• GUARDAR IMAGEN


  • GUARDAR TODAS LAS IMAGENES

  • COPIAR IMAGEN A:

  • OTRAS OPCIONES
  • ● Eliminar Lecturas
  • ● Ultima Lectura
  • ● Historial de Nvgc
  • ● Borrar Historial Nvgc
  • ● Ayuda
  • PUNTO A GUARDAR



  • Tipea en el recuadro blanco alguna referencia, o, déjalo en blanco y da click en "Referencia"
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Todas Las Revistas Diners
  • Todas Las Revistas Selecciones
  • CATEGORIAS
  • Libros
  • Libros-Relatos Cortos
  • Arte-Graficos
  • Bellezas Del Cine Y Television
  • Biografias
  • Chistes
  • Consejos Sanos
  • Cuidando Y Encaminando A Los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Paisajes Y Temas Varios
  • La Relacion De Pareja
  • La Tia Eulogia
  • La Vida Se Ha Convertido En Un Lucro
  • Mensajes Para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud Y Prevencion
  • Sucesos-Proezas
  • Temas Varios
  • Tu Relacion Contigo Mismo Y El Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • CATEGORIAS
  • Arte-Gráficos
  • Bellezas
  • Biografías
  • Chistes que llegan a mi Email
  • Consejos Sanos para el Alma
  • Cuidando y Encaminando a los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Fotos: Paisajes y Temas varios
  • La Relación de Pareja
  • La Tía Eulogia
  • La Vida se ha convertido en un Lucro
  • Mensajes para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud y Prevención
  • Sucesos y Proezas que conmueven
  • Temas Varios
  • Tu Relación Contigo mismo y el Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Selecciones
  • Diners
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005

  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    QUE NO CAIGAN LAS TINIEBLAS (L. Sprague de Camp)

    Publicado el martes, agosto 15, 2017

    Que no desciendan las tinieblas, considerada por la revista Locus como una de las grandes novelas de ciencia ficción de todos los tiempos, fue la primera del que después fuera uno de los grandes clásicos. Con un estilo ameno y humorístico se nos narra una historia aventurera emparentada directamente (y casi contemporánea en el tiempo literario) con Un yankee en la corte del rey Arturo de Mark Twain.

    El arqueólogo Martin Padway se ve trasladado casi milagrosamente a la Roma del siglo VI, que vive el crepúsculo de la Era Clásica y el amanecer de la Edad Media. Convencido de que nunca volverá al siglo XX, Padway utiliza sus conocimientos de hombre culto de nuestro tiempo para frenar la barbarie y perpetuar la civilización clásica.

    A Catherine


    Capítulo I


    TANCREDI LEVANTÓ LAS MANOS del volante y nuevamente las agitó.

    —… y lo envidio, doctor Padway. Todavía tenemos algún trabajo que hacer aquí, en Roma. Pero, ¡bah! Todo es llenar pequeñas lagunas. Nada grande, nada nuevo. Y trabajo de restauración. Trabajo para constructores de edificios. Otra vez, ¡bah!
    —Profesor Tancredi —respondió Martin Padway pacientemente—, como dije, no soy doctor. Espero serlo pronto si puedo sacar una tesis de esta excavación en el Líbano.

    Como era el más cauto de los automovilistas, sus nudillos estaban blancos de aferrarse a los costados del pequeño Fiat y le dolía el pie derecho, de intentar hundirlo a través del piso del vehículo.

    Tancredi aferró el volante a tiempo para evitar a un majestuoso Isotta que continuó su camino con pensamientos tenebrosos.

    —Oh, ¿cuál es la diferencia? Aquí todos son doctores, ¿entiende? Y un hombre tan hábil como usted… ¿De qué estaba hablando?
    —Eso depende —Padway cerró los ojos, mientras un peatón escapaba de una destrucción inminente—. Habló de inscripciones etruscas, después de la naturaleza del tiempo y luego de la arqueolo…
    —Ah, sí, la naturaleza del tiempo. Esto es únicamente una idea necia mía, ¿comprende? Estaba diciendo que esta gente que ha desaparecido sin dejar rastro, ha descendido por el tronco.
    — ¿El qué?
    —El tronco. El tronco del árbol del tiempo. Cuando terminan de deslizarse se encuentran en algún tiempo anterior. Pero tan pronto como hacen algo cambian toda la historia.
    —Parece una paradoja —comentó Padway.
    —N-no. El tronco sigue existiendo. Pero donde llegan a detenerse, crece una nueva rama. Tiene que ser así, de lo contrario todo desaparecería pues la historia habría cambiado.
    — ¡Qué pensamiento! —observó Padway—. Es muy malo saber que el Sol podría convertirse en una nova; pero si también fuera probable que nos desvaneciéramos porque alguien volviera al siglo XII y agitara un poco las cosas…
    —No. Eso no ha sucedido jamás. Esto es, nunca hemos desaparecido. ¿Lo ve, doctor? Seguimos existiendo, pero ha principiado otra historia. Quizá ya hay muchas no muy distintas a la nuestra. Tal vez el hombre se detiene en medio del océano, ¿y qué? Los peces se lo comen y las cosas continúan como antes. O piensan que está loco y lo encierran o lo matan. Tampoco hay mucha diferencia. Pero, suponga que se convierte en un rey o en un duce. ¿Entonces?

    » ¡Presto, tenemos una nueva historia! La historia es una red tetradimensional, tenaz. Pero tiene sus puntos débiles. Los lugares de unión, podríamos decir los puntos focales, son débiles. El retroceso, si ocurre, sucedería en estos sitios.

    — ¿Qué quiere decir con puntos focales? —inquirió Padway.

    Le parecía una tontería polisilábica.

    —Oh, lugares como Roma, donde se cruzan las líneas mundiales de muchos sucesos famosos. O Estambul. O Babilonia. ¿Recuerda a ese arqueólogo, Skrzetuski, quien desapareció en Babilonia en 1936?
    —Creo que fue asesinado por algunos asaltantes árabes.
    —Ah, ¡jamás hallaron su cadáver! Ahora, Roma puede ser pronto nuevamente el punto de intersección de grandes acontecimientos. Eso significa que la red está debilitándose aquí otra vez.
    —Espero que no bombardeen el Foro —comentó Padway.
    —Oh, nada de eso. Nuestro Duce es demasiado hábil para meternos en una auténtica guerra. Pero no hablemos de política. Como digo, la red es dura. Si un hombre retrocediera tendría que hacer un trabajo terrible para rehacerla.
    —Es un pensamiento agradable —comentó Padway.

    Tancredi se volvió para sonreírle y después hundió el freno frenéticamente. El italiano asomó y bañó con insultos a un peatón. Volvió su atención otra vez a Padway.

    — ¿Vendrá mañana a cenar a mi casa?
    — ¿Que-é? Oh, sí, lo haré con gusto. Luego zarparé…
    —Sí, sí. Le enseñaré las ecuaciones que he elaborado. La energía debe conservarse incluso al cambiar el tiempo de uno. Pero, por favor, no diga nada de esto a mis colegas. Usted entiende. Es una excentricidad inofensiva, pero nuestra reputación profesional no debe padecer.
    — ¡Ay! —exclamó Padway.

    Tancredi hundió el freno y se deslizó hasta detenerse detrás de un camión en la intersección de la Vía Mare y la Piazza Aracoeli.

    — ¿De qué estaba hablando? —preguntó.
    —Excentricidades inofensivas —respondió Padway.

    Sintió tentación de agregar que la forma de conducir del profesor Tancredi no era de las más inocuas. Pero se contuvo.

    —Ah, sí, las cosas se filtran y la gente habla, los arqueólogos murmuran todavía peor. ¿Es usted casado?
    — ¿Qué? —Padway sintió que debía haberse acostumbrado a esa clase de cosas. Pero no era así—. Oh… sí.
    —Bueno. Traiga a su esposa.

    Fue una invitación sorprendente, proviniendo de un italiano.

    —Está en Chicago.

    Padway no sintió deseos de explicar que él y su esposa estaban separados desde hacía más de un año.

    Podía ver ahora que no había sido enteramente culpa de Betty. Para una persona de su clase y de sus gustos, debió parecerle bastante insufrible: un hombre que bailaba mal, se negaba a jugar bridge, y cuya idea de la diversión era reunir a unas criaturas similares para una noche de árida conversación sobre el futuro del capitalismo y de la vida amorosa de la rana catesbiana. Al principio la había entusiasmado la idea de viajar a sitios lejanos, pero la vida en una tienda y ver a su esposo refunfuñando ante fragmentos de alfarería, la curó de eso.

    Y no era muy digno de mirarse: un hombre más bien pequeño, con nariz y orejas grandes y una actitud tímida. En el colegio lo habían apodado Ratón Padway. De cualquier modo, era una tontería que un explorador se casara. Nada más tenía que verse la proporción de divorcios entre antropólogos, paleontólogos y todos esos…

    — ¿Podría dejarme en el panteón? —inquirió—. Jamás lo he examinado detenidamente y está a un par de cuadras de mi hotel.
    —Sí, doctor, aunque temo que se moje. Parece que lloverá.
    —Es verdad, pero este impermeable me protegerá del agua.

    Tancredi se encogió de hombros. Volaron por el Corso Vittorio Emanuele y dieron vuelta hacia la Vía Cestari. Padway se apeó en la Piazza del Panteón y Tancredi partió, agitando los brazos y gritando:

    — ¿Entonces, mañana a las ocho? Sí, magnífico.

    Padway miró el edificio unos pocos minutos. Siempre había pensado que era muy feo, con el frente corintio encajado en la rotonda de ladrillo. Por supuesto, la gran cúpula de concreto había requerido alguna ingeniería, considerando cuándo fue construida.

    Caminó hasta el pórtico, rodeado de hombres congregados en grupos, dedicados al deporte nacional de haraganear. Una de las cosas que le agradaban de Italia era que ahí, por comparación, era un hombre bastante alto. El trueno rodó tras él y una gota de agua cayó en su mano. Comenzó a caminar dando zancadas.

    Sus reflexiones fueron cortadas en flor por el abuelito de todos los rayos, que cayó en la Piazza, a su derecha. El pavimento se hundió bajo él como una trampa.

    Sus pies parecieron estar colgando en el vacío. No podía ver nada por las imágenes moradas rojizas remanentes en sus retinas. El trueno continuaba sonando.

    Fue la sensación más desconcertante, colgar en medio de la nada. Se sintió en cierta forma como debió sentirse Alicia en su caída pausada por el agujero de la liebre, únicamente que sus sentidos no le daban ninguna información de lo que estaba sucediendo. Ni siquiera podía adivinar lo que ocurría.

    Después, algo duro golpeó contra sus suelas. Casi cayó. Al trastabillar, se golpeó contra algo en la espinilla.

    — ¡Ay! —exclamó.

    Sus retinas se aclararon. Estaba de pie, en la depresión causada por la caída de una pieza de pavimento aproximadamente circular.

    Ahora la lluvia caía con fuerza. Salió del foso y corrió bajo el pórtico del panteón. La oscuridad era tan densa que debían encontrarse ya encendidas las luces del edificio, pero no era así.

    Padway vio algo curioso: el ladrillo rojo de la rotonda se hallaba cubierto por losas de revestimiento de mármol. Pensó que ésa debía ser una de las obras de restauración de las que había estado quejándose Tancredi.

    Los ojos de Padway se deslizaron con indiferencia sobre el más próximo de los haraganes. Volvió a verlo otra vez. En vez de saco y pantalones el hombre vestía una túnica blanca, sucia, de lana.

    Era raro. Pero si el hombre quería vestir con ese atavío no era de la incumbencia de Padway.

    La penumbra disminuyó un poco. Sus ojos principiaron a danzar de persona en persona. Todos vestían túnica. Algunos se habían puesto bajo el pórtico para escapar de la lluvia. Éstos también llevaban túnica, algunos con capas como sarapes sobre ellas.

    Unos pocos de ellos miraron a Padway, sin mucha curiosidad. Él y ellos aún estaban mirándose cuando escampó, unos minutos más tarde.

    Sintió temor. Las túnicas por sí mismas no lo hubieran atemorizado. Un hecho incongruente, aislado, podría tener una explicación racional aunque recóndita. Pero hacia cualquier parte que miraba, lo asediaban más de estos hechos. No podía notarlos todos a la vez, concisamente.

    En lugar de la banqueta de hormigón vio losas de pizarra.

    Aún había edificios en torno a la Piazza, pero no eran los mismos. Por encima de los más bajos Padway notó que faltaban la Casa del Senado y el Ministerio de Comunicaciones, edificios sobresalientes.

    Los sonidos eran distintos. No se oían las bocinas de los taxis, pues no los había. En lugar de ellos, dos carretas de bueyes rodaban crujiendo lenta y estridentemente por la Vía della Minerva.

    Padway olfateó. El olor de ajo y gasolina de la Roma moderna había sido sustituido por una sinfonía de pajar y retrete, en la cual el olor a caballo era el más fuerte. Otro ingrediente era el incienso, que flotaba desde la puerta del panteón.

    Salió el sol. Padway dejó el pórtico. Sí, éste tenía todavía la inscripción que acreditaba a M. Agrippa la construcción del edificio.

    Miró en torno para asegurarse de que no era observado, caminó hacia uno de los pilares y lo golpeó con el puño. Le dolió.

    Pensó, no estoy dormido. Todo esto es demasiado sólido y consistente para ser un sueño. No hay nada fantástico en la luz de la tarde ni en los limosneros en torno a la Piazza.

    Pero si no estaba soñando, podía estar loco…

    Existía la teoría de Tancredi concerniente al retroceso en el tiempo. ¿Había retrocedido o le ocurrió algo que lo hizo imaginarlo? La idea del viaje a través del tiempo no le agradó. Le parecía metafísica, y él era un empirista endurecido.

    Quedaba la posibilidad de la amnesia. Suponiendo que el rayo lo hubiera tocado realmente y suprimido su memoria hasta ese momento; después, tal vez sucedió algo que lo sacudió otra vez… Había una laguna en su memoria entre el primer relámpago y su llegada a esa copia de la antigua Roma. Quizá se hubiera metido a un foro cinematográfico. Mussolini, que se creía en secreto una reencarnación de Julio César, podría haber hecho que su pueblo adoptara el atavío romano clásico.

    Era una atractiva teoría. Pero el hecho de que vistiera exactamente la misma ropa y tuviera en sus bolsillos lo mismo que antes del relámpago la hizo explotar.

    Escuchó la charla de un par de ociosos. Padway hablaba un italiano práctico, aunque pedante. No pudo comprender la sustancia de la conversación de estos hombres. En el torrente de sílabas, a menudo le era posible captar un grupo de sonidos familiares, pero jamás lo suficiente. Sus palabras tenían la seudofamiliaridad tentadora de algunos dialectos germanos para una persona de habla inglesa.

    Pensó en el latín. Las palabras de los ociosos se hicieron más familiares. No hablaban latín clásico. Pero descubrió que si tomaba una de sus oraciones y la cotejaba con el italiano y el latín podía casi entenderla.

    Decidió que hablaban una forma de latín vulgar, más semejante al lenguaje de Dante que al de Cicerón. Jamás había tratado de hablar en ese idioma híbrido, pero buscó en su memoria los conocimientos de los cambios de sonido y pudo hacer un intento: Omnia Gallia e devisa en parte trei, quaro una encolont Belge, alia…

    Los dos haraganes habían notado que los escuchaba. Fruncieron el ceño, bajaron la voz y se retiraron.

    No, la hipótesis del delirio podría ser difícil, pero ofrecía menos dificultades que la del deslizamiento en el tiempo.

    Si estaba imaginando cosas, ¿se hallaba realmente frente al panteón, imaginando que la gente se encontraba vestida y hablando el lenguaje de los años 300 a 900 d. C.? ¿O yacía en un lecho de hospital, recuperándose de una casi electrocución e imaginando que estaba frente al panteón? En el primer caso, debía buscar a un policía y hacerse llevar a un hospital. En el segundo, sería un desperdicio de movimiento. Sería mejor asumir lo primero, por razones de seguridad.

    Sin duda una de esas personas era realmente un policía, completo con su tocado brillante.

    Un limosnero había estado plañendo por un par de minutos. Padway dio una impresión de sordera tan perfecta, que el pequeño jorobado harapiento se retiró. Ahora otro hombre estaba hablándole. Éste llevaba en su palma izquierda una sarta de cuantas con una cruz. Tomó el broche de la sarta entre el pulgar y el índice de la mano derecha. La levantó hasta que toda la sarta pendió de ella, después lo bajó a su palma izquierda y luego lo levantó nuevamente, hablando todo el tiempo.

    Cuando fuera y como fuera todo esto, ese ademán le aseguró que todavía estaba en Italia.

    — ¿Podría decirme dónde es posible encontrar un policía? —preguntó Padway en italiano.

    El hombre se encogió de hombros.

    —Non compr’endo —respondió.
    — ¡Eh! —exclamó Padway.

    El hombre hizo una pausa. Con gran concentración, Padway tradujo su solicitud a lo que esperó fuera latín vulgar.

    El hombre pensó y contestó que no lo sabía. Padway comenzó a volverse. Pero el vendedor de cuentas se volvió a otro:

    — ¡Marco! El caballero desea encontrar a un agente de policía.
    —El caballero es valiente —replicó Marco—. También está loco.

    El vendedor de cuentas rio. También varias otras personas. Padway sonrió; la gente era servicial, aunque no muy útil.

    —Por favor, realmente… quiero… saberlo —insistió.

    El segundo buhonero, quien llevaba colgada del cuello una bandeja llena de chucherías de bronce, se encogió de hombros. Disparó un párrafo que no pudo seguir Padway.

    — ¿Qué dijo? —preguntó Padway al vendedor de cuentas.
    —Que no lo sabía —replicó el vendedor—. Yo tampoco.

    Padway principió a retirarse.

    — ¡Señor! —gritó el vendedor de cuentas.
    — ¿Sí?
    — ¿Te refieres al prefecto municipal?
    —Sí.
    —Marco, ¿dónde puede hallar el caballero a un agente del prefecto municipal?
    —No lo sé —contestó Marco.

    El vendedor de cuentas se encogió de hombros.

    —Lo siento, yo tampoco lo sé.
    —Si ésta fuera la Roma del siglo XX no habría dificultad para encontrar a un policía. Y ni siquiera Benito el Alce podría hacer que toda una ciudad cambiara de lenguaje. Así que debía estar en a) un foro cinematográfico; b) en la Roma antigua (la hipótesis de Tancredi), o c) era una creación de su imaginación.

    Principió a caminar. El hablar era un esfuerzo muy grande.

    No pasó mucho tiempo, antes de que sus esperanzas de estar en un foro cinematográfico fueran disipadas por el descubrimiento de que la supuesta ciudad antigua se extendía por millas en todas direcciones, y que la disposición de sus calles era muy distinta a la que conocía. Halló casi inútil su pequeño mapa de bolsillo.

    Los anuncios de los establecimientos estaban en latín clásico inteligible. La ortografía permanecía como en la época de César, aunque la pronunciación no.

    Las calles eran angostas y en su mayor parte no estaban muy transitadas. La ciudad tenía una personalidad somnolienta, vieja y gentil, desgastada, como la de Filadelfia.

    En una intersección relativamente transitada Padway vio a un hombre a caballo que dirigía el tráfico. Levantó una mano para detener a una carreta de bueyes e indicó a una silla de manos que cruzara. El hombre vestía una blusa a rayas chillantes y calzones de cuero. Parecía un europeo central o septentrional.

    Padway se apoyó en un muro para escuchar. Un hombre decía una oración con demasiada rapidez para que la captara. Era como si un pez mordiscara la carnada de uno, pero nunca la tragara. Padway se obligó a pensar en latín, mediante una concentración terrible. Confundía el caso y el número, pero mientras se confinara a oraciones sencillas no tenía demasiadas dificultades.

    Padway recordó los proyectos del gobierno de Estados Unidos para la restauración de las ciudades coloniales como Williamsburg. Pero ésta parecía auténtica. Ninguna restauración incluía la basura y la enfermedad, los insultos y altercados que vio y oyó en un recorrido de una hora.

    Únicamente subsistían dos hipótesis: delirio o retroceso en el tiempo. Ahora la primera parecía menos probable. Actuaría sobre la suposición de que las cosas eran en efecto lo que parecían.

    No podría permanecer allí indefinidamente. Tendría que hacer preguntas y orientarse. La idea le puso la carne de gallina. Sentía fobia en abordar a desconocidos. Abrió la boca en dos ocasiones, pero su glotis se cerró con miedo escénico. «Vamos, Padway, domínate», se dijo.

    —Perdón, ¿podrías decirme la fecha? El hombre a quien se dirigió, una persona de aspecto amable, con una hogaza de pan bajo el brazo, se detuvo y lo miró estúpidamente.
    —Qui’ e?
    —Dije: ¿podrías decirme la fecha?

    El hombre frunció el ceño.

    —Non compr’endo —fue todo lo que dijo. Padway lo intentó otra vez, hablando muy lentamente. El hombre repitió que no entendía.

    Padway sacó su agenda y su lapicero. Escribió su petición en una página de la agenda y le enseñó lo escrito.

    El hombre leyó, moviendo los labios. Su cara se aclaró.

    —Oh, ¿quieres saber la fecha? —preguntó.
    —Sic, la fecha.

    El hombre disparó una oración prolongada. Lo mismo podría haberle dicho en tabresh, Padway agitó las manos desesperadamente.

    — ¡Lento! —chilló.
    —Dije que te entendía —el hombre volvió a principiar—, y creía que era el 9 de octubre, pero no estaba seguro, pues no podía recordar si el aniversario de bodas de mi madre fue hace tres o cuatro días.
    — ¿De qué año?
    — ¿Qué año?
    —Sic, ¿qué año?
    —Mil doscientos ochenta y ocho, Anno Urbis Conditae.

    Entonces tocó su turno de no entender a Padway.

    —Por favor, ¿a qué equivale eso en la era cristiana?
    — ¿Quieres decir, cuántos años han pasado desde el nacimiento de Cristo?
    —Hoc Ille.
    —Bueno, vamos… no lo sé; quinientos y pico. Mejor pregúntalo a un sacerdote, extranjero.
    —Lo haré —respondió Padway—. Gracias.
    —No fue nada —contestó el hombre y continuó su camino.

    Las rodillas de Padway estaban débiles, aunque el hombre no lo había mordido y había contestado cortés a sus preguntas.

    ¿Qué iba a hacer? Bueno, ¿qué haría un hombre inteligente en esas circunstancias? Tendría que hallar un lugar para dormir y un medio de ganarse la vida. Se sobresaltó un poco al comprender cuán rápidamente había aceptado la teoría de Tancredi como una hipótesis práctica.

    Entró a un callejón para esconderse de las miradas y comenzó a buscar en sus bolsillos. El rollo de billetes italianos de banco sería más o menos tan útil como una ratonera de a cinco centavos rota. Una libreta de cheques de viajero de American Express, una transferencia del tranvía romano, una licencia de conducir, de Illinois, un llavero de cuero lleno de llaves… todo inútil. Su pluma, su lapicero y su cerillera serían útiles mientras tuviera tinta, puntillas y combustible. Podría vender su cortaplumas y su reloj a buen precio, indudablemente, pero deseaba conservarlos mientras pudiera.

    Contó las monedas fraccionarias. Tenía veinte, comenzando con cuatro de plata, de a diez liras. Sumaban cuarenta y nueve liras con ocho centesimi, alrededor de cinco dólares. Las de plata y las de bronce podrían ser cambiadas. En cuanto a las piezas de a cincuenta y veinte céntimos, tendría que verlo. Empezó a caminar nuevamente.

    Se detuvo ante un establecimiento anunciado como perteneciente a S. Dentatus, orífice y cambista. Inhaló profundamente y entró. Padway puso sus monedas sobre el mostrador.

    —Yo… me gustaría cambiar esto por moneda local, por favor.

    Tuvo que repetir la oración para hacerse entender.

    S. Dentatus, que tenía una cara muy semejante a la de una rana, parpadeó al ver las monedas. Las tomó una a una y las raspó con un instrumento.

    — ¿De dónde son… eres tú? —graznó finalmente.
    —De América.
    —Jamás he oído hablar de ese lugar.
    —Está muy lejos.
    —Hm-m-m. ¿De qué están hechas éstas? ¿De estaño?

    El cambista indicó las cuatro monedas de níquel.

    —De níquel.
    — ¿Qué es eso? ¿Un metal raro que tienen en tu país?
    —Hoc ille.

    Padway pensó por un segundo, tratando de poner un valor muy elevado a las monedas. S. Dentatus interrumpió sus pensamientos.

    —No importa, pues yo no las podría comprar. No habría mercado para ellas. Pero estas otras piezas… vamos a ver —sacó una balanza y pesó las monedas de bronce y luego las de plata. Movió hacia arriba y abajo las esferas de un pequeño ábaco y dijo—: Valen poco menos de un sólidus. Te daré un sólidus por ellas.

    Padway no replicó inmediatamente. Al final tendría que aceptar lo que se le ofrecía, ya que odiaba la idea de regatear, y no sabía los valores del dinero circulante.

    Un hombre se acercó al mostrador, junto a él. Era un hombre grueso, rubicundo, con un florido bigote castaño y los cabellos largos, al estilo de Ginger Rogers. Vestía una blusa de lino y grandes calzones de cuero. Sonrió a Padway y escupió:

    —Ho, frijond, habai faurthei! Alai skalljans sind waidedjans.

    ¡Oh, Señor, otra lengua!

    —Yo… lo siento, pero no comprendo —respondió Padway.

    La cara del hombre se alargó un poco; recurrió al latín.

    —Lo siento, creí que eras del Quersoneso, por tu ropa. ¡No podría resistir viendo que un compatriota godo era estafado!

    Rio, y la risa fuerte, explosiva del godo hizo que Padway saltara un poco; esperó que nadie lo hubiera notado.

    —Lo agradezco. ¿Cuánto valen estas monedas?
    — ¿Cuánto te ofreció? —Padway se lo dijo—. Bueno —comentó el hombre—, hasta yo puedo ver que estás siendo engañado. Ofrécele un buen precio, Sextus, o te haré tragar tu mercancía. ¡Eso sería muy chistoso!

    S. Dentatus suspiró resignadamente.

    —Oh, está bien, un sólidus y medio. ¿Cómo voy a vivir con ustedes entrometiéndose todo el tiempo en los negocios legales? Al tipo de cambio actual, eso serán un sólidus y treinta y un sestercios.
    — ¿Qué es eso del tipo de cambio? —preguntó Padway.
    —La relación entre la plata y el oro. El oro ha estado bajando en los últimos meses —contestó el godo.
    —Creo que lo aceptaré todo en plata —dijo Padway. Mientras Dentatus contaba agriamente noventa y tres sestercios, el godo inquirió:
    — ¿De dónde eres? ¿De algún sitio lejano del país de los hunos?
    —No —replicó Padway—, de un lugar aún más lejano, llamado América. Jamás has oído hablar de él, ¿verdad?
    —No. Bueno, eso es interesante. Me alegra haberte conocido, joven. Tendré algo que contar a la esposa. ¡Ella piensa que me encamino al burdel más próximo cada vez que vengo a la ciudad, ja, ja! —buscó en su talego y sacó una gran sortija de oro y una gema sin facetas—. Sextus, esta cosa volvió a desmontarse. Arréglala, ¿quieres?

    Al salir, el godo habló a Padway en voz baja.

    —La verdadera razón por la que me gusta venir a la ciudad es porque alguien hizo caer una maldición sobre mi casa.
    — ¿Una maldición? ¿Cómo?

    El godo afirmó con movimientos solemnes de cabeza.

    —Una maldición de falta de aliento. Cuando estoy en casa no puedo respirar. Ando así… —jadeó asmáticamente—. Pero tan pronto como salgo estoy bien. Y creo que sé quién lo hizo.
    — ¿Quién?
    —El año pasado hice efectivas un par de hipotecas. No puedo probar nada contra los viejos propietarios, pero… —guiñó un ojo.
    —Dime, ¿tienes animales en tu casa? —preguntó Padway.
    —Un par de perros. Por supuesto, hay ganado, pero no lo dejamos entrar en la casa. Aunque ayer entró una bestia y huyó con uno de mis zapatos. Tuve que perseguirla por toda la maldita granja. ¡Debí ser todo un espectáculo, ja, ja!
    —Bueno —dijo Padway—, trata de mantener los perros afuera todo el tiempo y que barran bien la casa todos los días. Eso hará que dejes de jadear.
    —Vamos, eso es interesante. ¿Crees realmente que ocurrirá eso?
    —No lo sé. Alguna gente siente que le falta el aliento por los pelos de perro. Inténtalo durante un par de meses y verás.
    —Todavía creo que es una maldición, joven, pero haré la prueba con tu plan. He utilizado todo, desde un par de médicos griegos hasta uno de los dientes de san Ignacio, y nada de eso funciona —titubeó—. Si no te molesta, ¿qué eras en tu país?

    Padway pensó rápidamente y recordó las pocas hectáreas que tenía en el estado de Illinois.

    —Tenía una granja —respondió.
    —Magnífico —rugió el godo, palmeando a Padway en la espalda, con fuerza estremecedora—. ¡Soy un alma amigable, pero no deseo mezclarme con personas que estén muy arriba de mi clase, ja, ja! Mi nombre es Nevitta, hijo de Gummund. Si pasas alguna vez por la Vía Flaminia, visítame. Mi casa está a ocho millas al norte.
    —Gracias. Mi nombre es Martin Padway. ¿Dónde habrá un buen lugar para alquilar un cuarto?
    —Eso depende. Si yo no quisiera gastar demasiado dinero elegiría un sitio más abajo del río. Hay bastantes casas de pensión hacía la colina Viminal. Mira, no tengo prisa, te ayudaré a buscar —silbó agudamente y gritó—: Hermann, hiri her!

    Hermann, quien estaba vestido de manera muy parecida a su amo, se levantó de la acera y corrió calle abajo llevando de la mano dos caballos. Sus calzones de cuero produjeron un claro flop-flop al correr.

    Nevitta inició la marcha a paso vivo.

    — ¿Cuál dijiste que era tu nombre? —preguntó Nevitta.
    —Martin Padway… puedes llamarme Martinus. Padway no quería abusar de la buena naturaleza de Nevitta, pero deseaba toda la información útil que pudiera obtener. Pensó un minuto y luego inquirió:
    — ¿Podrías indicarme el nombre de algunas personas de Roma, abogados, médicos y todo eso, para recurrir a ellos si lo necesito?
    —Seguro. Si quieres un abogado especializado en casos que involucren a extranjeros, tu hombre es Valerio Mummius. Su oficina está junto a la Basílica Emilia. Como médico, haz la prueba con mi amigo Leo Vekkos. Es un buen hombre, para ser griego. Pero personalmente, pienso que la reliquia de un buen santo arriano, como Asterius, es tan efectiva como todas sus hierbas y pociones.
    —Es probable —replicó Padway. Escribió los nombres y direcciones en su agenda—. ¿Qué banquero me recomiendas?
    —No tengo mucho trato con ellos; odio la idea de estar en deuda. Pero si deseas el nombre de uno, está Tomás el sirio, cerca del Puente Emilio. Mantén los ojos abiertos si tratas con él.
    — ¿Por qué? ¿No es honrado?
    — ¿Tomás? Seguro, es honesto. Únicamente que tienes que vigilarlo, eso es todo. Mira, éste parece un sitio donde podrías quedarte.

    Nevitta golpeó la puerta. La abrió un conserje desaseado.

    Sí, había un cuarto, pequeño y mal iluminado. Apestaba. Pero toda Roma olía mal. El conserje quería siete sestercios diarios.

    —Ofrécele la mitad —dijo Nevitta en un aparte.

    Padway lo hizo. El administrador pareció tan fastidiado por el regateo como Padway. Obtuvo la habitación por cinco sestercios.

    Nevitta estrechó la mano de Padway en su manaza roja.

    —No lo olvides, Martinus, ven a visitarme.

    Él y Hermann montaron y se alejaron al trote.

    A Padway no le agradó verlos partir. Pero Nevitta debía atender sus asuntos. Padway vio que la figura rechoncha desaparecía al dar vuelta a una esquina y entró a la casa de pensión, oscura y crujiente.


    Capítulo II


    PADWAY DESPERTÓ TEMPRANO con un mal sabor de boca y un estómago que parecía haber tenido algún saltamontes entre sus antepasados. Tal vez fue la cena, no mala, pero sí extraña, que consistió principalmente en un estofado, ahogado en puerros. El fondero debió asombrarse cuando Padway crispó las manos a los lados de su plato; intentaba, sin pensarlo, tomar un tenedor y un cuchillo que no se encontraban ahí.

    Bien se podía dormir mal en una cama que consistía meramente en un colchón relleno con paja. Y, además, le había costado un sestercio más diario. Una comezón lo hizo levantarse la camiseta. Cierto, una hilera de puntos rojos en su cuerpo le demostró que, después de todo, no había dormido solo.

    Se levantó y se lavó con el jabón comprado la noche anterior. Fue una sorpresa agradable descubrir que ya se había inventado el jabón. Pero cuando arrancó un pedazo del pan, que parecía un pastel de calabaza ligeramente podrido, halló que el interior estaba suave y pegajoso, por una metátesis incompleta de potasa-sosa. Aún más, era tan alcalino, que mejor podría haberse limpiado las manos y la cara con papel de esmeril.

    Luego hizo un esfuerzo desesperado por afeitarse con aceite de olivo y una navaja de afeitar del siglo VI. El proceso fue tan doloroso que se preguntó si sería mejor permitir que la naturaleza siguiera su curso.

    Sabía que estaba en un gran apuro. Su dinero le duraría alrededor de una semana… con cuidado, quizá un poco más.

    Si un hombre supiera que iba a ser llevado hacia el pasado, se pertrecharía con toda clase de cosas útiles: una enciclopedia, textos sobre metalurgia, matemáticas y medicina, una regla de cálculo, etcétera. Y una pistola con municiones abundantes.

    Pero Padway no tenía nada, excepto lo que un hombre ordinario del siglo XX lleva en sus bolsillos. Oh, un poco más, pues en ese tiempo había estado viajando: cosas tan útiles como cheques de viajero, un mapa de las calles desesperadamente anacrónico, y su pasaporte.

    Pero tenía su ingenio. Lo necesitaría. El problema era hallar modo de emplear sus conocimientos del siglo XX, que lo sostuviera sin meterlo en dificultades.

    Regresó a desayunar al mismo restaurante. El lugar tenía sobre el mostrador un anuncio que decía: «no se permiten discusiones religiosas». Padway preguntó al propietario cómo llegar al establecimiento de Tomás el sirio.

    —Sigue la Calle Larga hasta el Arco de Constantino —le indicó el hombre—, después la Calle Nueva hasta la Basílica Juliana; entonces das vuelta a la izquierda por la Calle Toscana… —y así sucesivamente.

    Padway lo hizo repetir dos veces las instrucciones. Aun así, tardó la mayor parte de la mañana para encontrar su objetivo.

    Al ver la Biblioteca Ulpiana, Padway tuvo que suprimir un impulso de mandar al demonio sus propósitos. Adoraba hurgar en las bibliotecas y no le halagaba, definitivamente, la idea de hacer frente a un banquero desconocido, en un país extraño, con una proposición rara. De hecho, la idea lo atemorizaba, pero su valor era de la clase que se demuestra mejor cuando el que lo posee está a punto de caer por el miedo. Así que continuó con decisión hacia el Tíber.

    Tomás vivía en un edificio miserable de dos pisos. El negro que estaba a la puerta, probablemente un esclavo, introdujo a Padway a lo que habría llamado una sala. Al fin apareció el banquero. Tomás era un hombre panzón, calvo, con una catarata en el ojo izquierdo. Cerró su bata miserable en torno suyo y se sentó.

    — ¿Bueno, joven? —preguntó.
    —Yo… —Padway tragó saliva y comenzó otra vez—. Estoy interesado en un préstamo.
    — ¿Cuánto?
    —No lo sé aún. Quiero iniciar un negocio y primero tendré que investigar precios y otras cosas.
    — ¿Deseas iniciar un nuevo negocio? ¿En Roma? ¡Hm-m-m! —Tomás se restregó las manos—. ¿Qué garantía puedes dar?
    —Ninguna en absoluto.
    — ¿Qué?
    —Dije, ninguna. Tendrás que correr el riesgo conmigo.
    —Pero… señor mío, ¿no conoces a nadie en la ciudad?
    —Conozco a un granjero godo, Gummund, hijo de Nevitta. Él me mandó a este sitio.
    —Oh, sí, Nevitta. Lo conozco. ¿Respondería él por tu nota?

    Padway pensó. A pesar de sus ademanes expansivos, Nevitta le había parecido bastante conservador en lo relativo a dinero.

    —No —replicó—. No creo que respondería.

    Tomás levantó la mirada a las alturas.

    — ¿Oyes eso, Dios? ¡Viene él, un bárbaro que casi no habla latín, y admite que no tiene garantía ni aval, y todavía espera que le preste dinero! ¿Escuchaste alguna vez algo igual?
    —Creo que puedo hacerte cambiar de opinión —dijo Padway.

    Tomás movió negativamente la cabeza y emitió sonidos de cacareo.

    —En verdad, tienes bastante confianza en ti mismo, joven; convengo en eso. ¿Cuál dijiste que era tu nombre? —Padway repitió lo que le había dicho a Nevitta—. Muy bien, ¿cuál es tu plan?
    —Como dedujiste correctamente —principió Padway, esperando mostrar la mezcla apropiada de dignidad y cordialidad—, soy extranjero. Acabo de llegar de un sitio llamado América. Está muy lejos y, por supuesto, tiene muchas costumbres y características diferentes a las de Roma. Ahora, si me patrocinas en la manufactura de algunos de nuestros artículos que no se conocen aquí…
    — ¡Ay! —chilló Tomás, levantando las manos—. ¿Escuchaste eso, Dios? No desea que lo patrocine en algún negocio bien conocido. Oh, no. ¡Quiere que comience en un ramo nuevo del que nadie ha oído hablar nunca! No podría pensar en eso, Martinus. ¿Qué era lo que habías pensado?
    —Bueno, tenemos una bebida hecha de vino, llamada brandy, que debe dar buen resultado.
    —No, no podría considerarlo. Aunque admito que Roma necesita apremiantemente establecimientos manufactureros. Cuando la capital fue mudada a Rávena, cesaron todos los ingresos de los salarios imperiales, por eso ha disminuido tanto la población en el último siglo. La ciudad está mal situada y no existe ninguna razón auténtica para que continúe siendo la capital. Pero no puede conseguirse que alguien haga eso. El rey Thiudahad pierde el tiempo escribiendo poesía latina. ¡Versos! Pero no, joven, no podría invertir dinero en un proyecto descabellado de hacer alguna extraña bebida bárbara.

    Padway comenzó a recordar la historia del siglo VI.

    —A propósito de Thiudahad —dijo—, ¿todavía no ha sido asesinada la reina Amalaswentha?
    —Oh… —Tomás miró fijamente a Padway con su ojo bueno—, sí, fue asesinada —eso significaba que Justiniano, el emperador «romano» de Constantinopla, pronto iniciaría su esfuerzo de reconquistar Italia para el imperio—. Pero ¿por qué formulaste la pregunta en esa forma?
    — ¿Puedo… sentarme? —preguntó Padway.

    Tomás respondió que podía hacerlo. Padway casi se desplomó en una silla. Sus rodillas estaban débiles. Hasta entonces, su aventura había parecido un baile de máscaras complicado y difícil. Su pregunta respecto al asesinato de la reina Amalaswentha lo hizo recordar de inmediato los peligros terribles de la vida en este mundo.

    —Inquirí, joven señor —replicó Tomás—, ¿por qué formulaste tu pregunta de ese modo?
    — ¿De qué modo? —preguntó Padway, inocentemente.

    Sabía dónde había cometido un desliz.

    —Inquiriste si aún no ha sido asesinada. Eso suena como si hubieras sabido con anticipación que sería asesinada.

    Las moscas no se posaban en Tomás. Padway recordó el consejo de Nevitta, de que mantuviera abiertos los ojos. Se encogió de hombros.

    —No exactamente. Oí antes de venir a esta ciudad que había dificultades entre los dos soberanos godos y que Thiudahad quitaría del camino a su colega, si hallaba una oportunidad. Yo… uh… sólo me preguntaba qué había sucedido, eso es todo.
    —Sí —admitió el sirio—. Fue una lástima. Era toda una mujer. Y también era hermosa, aunque tenía más de cuarenta años. La sorprendieron en el baño, el verano pasado, y la sumergieron hasta que murió. Yo pienso que Gudelinda, la esposa de Thiudahad, presionó al viejo para que lo hiciera. Él solo no hubiera tenido suficiente valor por sí mismo.
    —Quizá estaba celosa —observó Padway—. Ahora, respecto a la manufactura de esa bebida bárbara, como la llamas…
    — ¿Qué? Eres un tipo terco. No obstante, eso está totalmente fuera de discusión. Se debe tener cuidado para hacer negocios aquí, en Roma. No es como una ciudad en crecimiento. Ahora, si aquí fuera Constantinopla… —suspiró—. En realidad puede hacerse dinero en Oriente. Pero no me interesa vivir ahí, con Justiniano haciendo la vida excitante para los heréticos, como los llama. ¿Cuál es tu religión, a propósito?
    — ¿Cuál es la tuya? No quiero decir que eso constituya una diferencia para mí.
    —Nestoriano.
    —Bueno —dijo Padway cautelosamente—. Yo soy lo que llamamos un congregacionalista —no era cierto, pero dedujo que un agnóstico no debía ser popular en ese mundo loco por la teología—. Es lo más parecido al nestorianismo que tenemos en nuestro país. Pero en relación con la manufactura de brandy…
    —Nada de eso, joven. Absolutamente. ¿Cuánto equipo necesitarías para comenzar?
    —Oh, una gran caldera de cobre, mucha tubería de cobre y vino como materia prima. No tendría que ser vino bueno. Y podría empezar más rápidamente con un par de hombres que me ayudaran.
    —Temo que es arriesgar demasiado. Lo siento.
    —Mira, Tomás, ¿si te enseño cómo puedes reducir a la mitad el tiempo que tardas en hacer tu contabilidad, estarías interesado?
    — ¿Quieres decir que eres un genio matemático o algo así?
    —No, pero tengo un sistema que puedo enseñar a tus empleados.

    Tomás cerró los ojos como un Buda levantino.

    —Bueno… si no deseas más de cincuenta sólidi…
    —Tú sabes que todo negocio es un riesgo.
    —Ésa es la dificultad. Pero… lo haré, si tu sistema de contabilidad es tan bueno como dices.
    — ¿Y cuál será el interés? —preguntó Padway.
    —Tres por ciento.

    Padway se sobresaltó.

    — ¿Tres por ciento por cuánto tiempo? —inquirió.
    —Cada mes, por supuesto.
    —Es demasiado.
    —Bueno, ¿qué esperabas?
    —En mi país, seis por ciento anual se considera un interés bastante elevado.
    — ¿Quieres decir que esperas que yo te preste dinero a ese interés? ¡Ay! ¿Oíste eso, Dios? Joven, debías ir a vivir entre los salvajes sajones, para enseñarles algo respecto a la piratería. Pero me agradas, así que lo haré por veinticinco por año.
    —Aún es demasiado. Podría considerar siete y medio.
    —Eres ridículo. No pensaría un minuto en menos de veinte.
    —No. Quizá nueve por ciento.
    —Ni siquiera estoy interesado. Es demasiado malo. Quince.
    —Ni pensarlo, Tomás. Nueve y medio.
    — ¿Escuchase eso, Dios? ¡Desea que le obsequie mi negociación! Vete, Martinus. Estás perdiendo tu tiempo aquí. No podría bajar más. Doce y medio. Eso es absolutamente lo más bajo.
    —Diez.
    — ¿No entiendes latín? Dije que eso era lo último. Buenos días; me alegra haberte conocido —cuando Padway se levantó, el banquero aspiró aire entre los dientes como si hubiera sido herido de muerte y rezongó—: Once.
    —Diez y medio.
    — ¿Quieres enseñarme los dientes? Hombre, son humanos, después de todo. Pensé que eran dientes de tiburón. Oh, muy bien. Esta generosidad sentimental mía será mi ruina. Y ahora, vamos a ver tu sistema de contabilidad.

    Una hora más tarde, tres empleados malhumorados estaban sentados en una fila, mirando a Padway con expresiones de asombro, recelo y odio activo, respectivamente. Padway había terminado de hacer una división simple de muchas cifras con números arábigos, en el tiempo en que los tres empleados comenzaban el proceso interminable de prueba y error que requería su sistema con números romanos. Padway convirtió sus resultados a números romanos, los escribió en su tablilla y la entregó a Tomás.

    —Ahí tienes —dijo—. Haz que uno de tus muchachos la compruebe multiplicando el divisor por el cociente. Sería mejor que los relevaras de su trabajo; estarán practicando toda la noche.

    El empleado de edad madura, el que tenía la expresión hostil, copió las cifras y principio ceñudamente a comprobarlas. Cuando concluyó, después de mucho tiempo, arrojó su estilo.

    —Ese hombre es un brujo —gruñó—. Hace la operación en la mente y hace todos esos signos tontos nada más para engañarnos.
    —En absoluto —respondió Padway, cortésmente—. Puedo enseñarte a hacer lo mismo.
    — ¿Qué? ¿Yo, tomando lecciones de un bárbaro con calzones largos? Yo… —empezó a decir algo más, pero Tomás lo interrumpió diciendo que hiciera lo que se le indicaba y no rezongara—. ¿Sí? —se burló el hombre—. Soy un ciudadano romano libre y he estado llevando contabilidades durante veinte años. Si deseas un hombre que utilice ese sistema pagano, ve a comprarte un vil esclavo griego. ¡Renuncio!
    — ¡Mira lo que has hecho! —chilló Tomás, después que el empleado se hubo marchado—. Tendré que contratar a otro hombre, ¡y con esta escasez de manos!…
    —Está bien —lo calmó Padway—. Estos dos muchachos podrán hacer con facilidad el trabajo de tres, una vez que aprendan aritmética americana. Y eso no es todo; tenemos algo llamado contabilidad por partida doble, que te permite saber en cualquier momento cómo estás financieramente y encontrar errores…
    — ¿Escuchas eso, Dios? ¡Quiere volver al revés todo el negocio bancario! ¡Por favor, querido señor, una cosa cada vez, o nos enloquecerás! Te otorgaré el préstamo, te ayudaré a comprar tu equipo. ¡Solamente que no exhibas por ahora más métodos revolucionarios! —siguió con mayor calma—: ¿Qué es ese brazalete que miras de tiempo en tiempo?

    Padway tendió su muñeca.

    —Es una especie de cronómetro portátil. Lo llamamos reloj.
    — ¿Reloj? ¡Hmm! Parece magia. ¿Estás seguro de que no eres una especie de hechicero, después de todo? —rio nerviosamente.
    —No —replicó Padway—. Es un simple aparato mecánico, parecido a… a una clepsidra.
    —Ah. Ya veo. Pero ¿por qué muestra aquí sexagésimos de hora? Con seguridad ninguna persona cuerda necesitará saber la hora con tanta precisión.
    —Nosotros lo hallamos útil.
    —Oh, bueno, otras tierras, otras costumbres. ¿Por qué no das ahora a mis muchachos una lección de tu aritmética americana? Únicamente para asegurarnos de que es tan buena como dices.
    —Muy bien. Dame una tablilla —Padway escribió los guarismos del 1 al 9 en la cera y los explicó—. Ahora —añadió—, ésta es la parte importante —trazó un círculo—. Éste es nuestro número que significa «nada».

    El empleado más joven se rascó la cabeza.

    — ¿Quieres decir que es un símbolo sin significado? ¿Para qué puede servir eso?
    —No dije que no tenía significado. Significa nada, cero… lo que resta cuando quitas dos a dos.

    El otro empleado pareció escéptico.

    —No tiene sentido para mí. ¿Qué utilidad tiene un signo para lo que no existe?
    —Tienes una palabra para eso, ¿verdad? De hecho son varias palabras. Y las encuentras útiles, ¿no es cierto?
    —Supongo que sí —respondió el empleado—, pero no utilizamos «nada» en nuestros cálculos. ¿Quién oyó nunca de calcular el interés de un préstamo a nada por ciento? ¿O de alquilar una casa por nada semanas?
    —Tal vez el honorable señor pueda decirnos cómo obtener ganancias con ninguna venta… —comentó sonriendo el empleado más joven.
    —Sin interrupciones concluiremos más pronto esta explicación —estalló Padway—, y aprenderéis prestamente la causa del símbolo cero.

    Tomó una hora cubrir los elementos de la adición. Después, Padway dijo a los empleados que habían tenido bastante para un día; debían practicar las sumas por un tiempo diariamente, hasta que las pudieran hacer con más rapidez que con números romanos. Estaba agotado. Por naturaleza, acostumbraba hablar con rapidez, y tener que adelantar sílaba por sílaba a través de esa lengua detestable lo enloquecía.

    —Muy ingenioso, Martinus —jadeó el banquero—. Y ahora, respecto a los detalles de ese préstamo, por supuesto, no hablaste en serio al fijar una cifra tan absurdamente baja como diez y medio por ciento…
    — ¿Qué? ¡Te aseguro que hablé en serio, maldita sea! ¡Y tú aceptaste…!
    —Vamos, Martinus. Lo que quise decir fue que después de que mis empleados hubieran aprendido tu sistema, si era tan bueno como afirmabas, consideraría la posibilidad de prestarte dinero a ese interés. Pero mientras tanto, no puedes esperar que te dé mí…

    Padway se levantó de un salto.

    — ¡Eres un…! Oh, demonios, ¿cómo se dice en latín…?
    —No te apresures, mi joven amigo. Después de todo, has iniciado a mis muchachos; si es necesario, ellos pueden continuar solos. Así que será mejor que…
    —Muy bien, permíteles tratar de seguir a partir de allí. Yo hallaré a otro banquero y enseñaré a sus empleados apropiadamente. Sustracción, multiplicación, divi…
    — ¡Ay! —chilló Tomás—. ¡No puedes divulgar este secreto por toda Roma! ¡No sería justo para mí!
    —Oh, ¿no puedo? Ya verás. Incluso puedo vivir bastante bien enseñándolo. Si piensas…
    —Vamos, vamos, no perdamos los estribos. Recordemos las enseñanzas de Cristo respecto a la paciencia. Haré una concesión especial porque estás principiando en los negocios…

    Padway obtuvo su préstamo a diez y medio. Convino de mala gana en no revelar la aritmética en ningún otro sitio hasta que estuviera pagado el primer préstamo.

    Compró un caldero de bronce en lo que habría llamado una tienda de desperdicios. Pero nadie había oído hablar nunca de tubería de cobre. Después de que él y Tomás recorrieron todas las tiendas de metales de segunda mano que estaban entre la casa del banquero y el distrito de bodegas, al extremo meridional de la ciudad, principiaron a recorrer los establecimientos de los caldereros. Ellos tampoco habían oído hablar jamás de tubos de cobre. Un par de ellos ofrecieron tratar de producirlos, pero a precios astronómicos.

    — ¡Martinus! —gimió el banquero—. Hemos caminado cuando menos cinco millas y mis pies me están matando. ¿No serviría igual la tubería de plomo? Ésa la puedes comprar en la cantidad que quieras.
    —Serviría, excepto por una cosa —replicó Padway—; probablemente envenenaríamos a nuestros clientes. Y tú sabes, eso podría dar un mal nombre al negocio.
    —Bueno, como van las cosas, no veo que llegues a ninguna parte.

    Padway pensó un minuto, mientras lo observaban Tomás y Ajax, el esclavo negro que llevaba el caldero.

    —Si pudiera contratar a un hombre que fuera hábil con las herramientas, en general, y tuviera alguna experiencia en metales, podría enseñarle cómo hacer tubería de cobre. ¿Cómo se contrata a la gente aquí?
    —No se hace —respondió Tomás—. Únicamente sucede. Podrías comprar un esclavo… pero no tienes dinero bastante. No me interesa agregar a tu aventura el precio de un buen esclavo. Y se necesita un capataz hábil para que obtenga suficiente trabajo de un esclavo, para hacerlo una inversión provechosa.
    — ¿Y si pongo un letrero frente a tu establecimiento, anunciando que hay un puesto vacante?
    — ¿Qué? —graznó el banquero—. ¿Escuchas eso, Dios? Primero seduce mi dinero para este plan descabellado. ¡Ahora desea cubrir mi casa con anuncios! No hay límite…
    —Vamos, Tomás, no te excites. No será un letrero muy grande y será artístico. Lo pintaré yo mismo. Tú quieres que tenga éxito, ¿no?
    —Te digo que no funcionará. La mayor parte de los trabajadores no saben leer. Y no permitiré que te rebajes de esa manera, haciendo labores manuales. Es ridículo; no lo aceptaré. ¿De qué dimensiones aproximadas es el anuncio en que has pensado?

    Padway se arrastró a la cama después de cenar. Hasta donde sabía, no había modo de regresar a su época. Nunca volvería a gozar de los placeres del American Journal of Acheology, del Ratón Miguelito, de los excusados estilo inglés y de hablar su idioma natal.

    Padway contrató a su hombre tres días después de su primera visita a Tomás el sirio. El hombre era un pequeño siciliano, moreno, atrevido, llamado Aníbal Escipión.

    Mientras tanto, Padway había arrendado una casa vieja en el Quirinal y reunido el equipo y los efectos personales que pensaba que requeriría. Compró una túnica con mangas cortas para usarla sobre los pantalones, con la idea de hacerse menos conspicuo. Los adultos raras veces le ponían mucha atención en esa ciudad abigarrada, pero estaba fastidiado de que los niños lo siguieran por las calles. No obstante, insistió en que le cosieran grandes bolsillos en la túnica, a pesar de las protestas escandalizadas del sastre, de que arruinaría un atavío bueno y elegante con esa innovación pagana.

    Talló un mandril de madera y enseñó a Aníbal a doblar las tiras de cobre en torno a él. Aníbal decía que sabía todo lo que se necesitaba respecto a la soldadura. Pero cuando Padway trató de dar forma al tubo para su alambique, las soldaduras se abrieron con facilidad. Después de eso, Aníbal fue un poco menos fanfarrón… por un tiempo.

    Padway se aproximó con algunos recelos al gran día de su primera destilación. Según las ideas de Tancredi, ésta era una nueva rama del árbol del tiempo. Pero ¿podría haberse equivocado el profesor, de modo que tan pronto como Padway hiciera algo suficientemente drástico para afectar a toda la historia subsecuente, haría imposible el nacimiento de Martín Padway en 1908 y desaparecería?

    — ¿No hay algún encantamiento? —inquirió Tomás el sirio.
    —No —replicó Padway—. Ya dije tres veces: esto no es magia.

    No obstante, al mirar en torno suyo, pudo ver que podría haber sido apropiada alguna cábala: iba a destilar su primer licor por la noche, en una casa vieja, iluminada por trémulas lámparas de aceite, en presencia de solamente Tomás, Aníbal Escipión y Ajax. Los tres parecían recelosos, y el negro era todo dientes y ojos. Miraba el alambique, como si esperase que comenzara en cualquier minuto a producir demonios por cargas.

    —Toma mucho tiempo, ¿verdad? —comentó Tomás, frotándose nerviosamente las manos regordetas.

    Su ojo bueno brillaba al mirar la boquilla, de la que escurría con lentitud una gota amarilla tras otra.

    —Creo que eso es bastante —dijo Padway—. Si continuamos la destilación, obtendremos agua en su mayor parte —indicó a Aníbal que retirase el caldero y vaciara en una botella el contenido del frasco receptor—. Será mejor que yo lo pruebe primero —agregó.

    Escanció un poco en un cubilete, lo olfateó y tomó un trago. No era buen brandy, definitivamente, pero serviría.

    — ¿Quieres un poco? —preguntó al banquero.
    —Antes da un poco a Ajax.

    Ajax retrocedió, levantando las manos delante de él.

    —No, por favor, amo…

    Pareció tan alarmado, que Tomás no insistió.

    — ¿Y tú, Aníbal?
    —Oh, no —respondió Aníbal—. No intento ser irrespetuoso, pero tengo un estómago delicado. La menor cosa lo trastorna. Y si han concluido, me agradaría retirarme. No dormí bien anoche.

    Bostezó. Padway lo dejó retirarse y bebió otro trago.

    —Bueno —dijo Tomás—, si estás seguro de que no me hará daño, puedo beber un poco —tomó un sorbo y después tosió violentamente, derramando unas gotas del cubilete—. ¡Buen Dios, hombre! ¿De qué están hechas tus entrañas? ¡Eso es jugo de volcán! —al ceder la tos, apareció en su cara una expresión beatífica—. Sin embargo, calienta deliciosamente el interior, ¿verdad?

    Frunció la cara, hizo acopio de valor y vació el cubilete de un trago.

    —Eh —exclamó Padway—. Calma. Esto no es vino.
    —Oh, no te preocupes por mí. Nada me embriaga. Padway llenó otro cubilete y tomó asiento.
    —Quizá tú puedas explicarme una cosa que aún no sé con precisión. En mi país, contamos los años a partir del nacimiento de Cristo. El día que llegué, cuando pregunté a un hombre qué año era, contestó que era 1288 después de la fundación de la ciudad. Ahora, ¿puedes decirme cuántos años antes de Cristo fue fundada Roma? Lo he olvidado.

    Tomás bebió otro trago de brandy y pensó.

    —Setecientos cincuenta y cuatro… no, setecientos cincuenta y tres. Eso significa que éste es el año 535 del Señor. Ése es el sistema que emplea la Iglesia. Los godos dicen el año segundo del reinado de Thiudahad y los bizantinos el primer año del consulado de Flavio Belisario. O el año tantos del imperium de Justiniano. Puedo entender que te confunda —bebió un poco más—. Éste es un invento maravilloso, ¿eh? —tendió su copa y la hizo girar—. Vamos a beber más. Creo que tendrás éxito, Martinus.
    —Gracias. Así lo espero.
    —Un invento maravilloso. Por supuesto, será una victoria. No podría impedirse que fuera un triunfo. Un gran éxito. ¿Estás oyendo, Dios? Bueno, asegúrate de que mi amigo Martinus tenga una gran victoria.

    »Reconozco a un triunfador cuando lo veo, Martinus. He estado reconociéndolo por años. Por eso he tenido tanto éxito en el negocio bancario. Victoria… triunfo… brindemos por el éxito. Por la bella victoria. Por el hermoso triunfo.
    »Ya sé qué haremos. Vayamos a algún sitio. No me gusta brindar por el éxito en esta vieja ruina. Tú sabes, atmósfera. Algún lugar donde haya música. ¿Cuánto brandy te queda? Bueno, trae la botella.

    El establecimiento estaba en el distrito de los teatros, en el lado norte de la Capitolina. La «música» era proporcionada por una joven que tañía un arpa y cantaba en dialecto calabrés.

    —Bebamos por… —Tomás iba a decir «éxito» por trigésima ocasión, pero cambió de idea—. Oye, Martinus, es mejor que compremos algo de este vino infame o nos echarán. ¿Cómo se mezcla esto con el vino? —ante la expresión de Padway, dijo—: No te preocupes, Martinus, viejo amigo, esto es por mi cuenta. No he pasado una noche de farra en años. Tú sabes, soy hombre de familia —chasqueó los dedos para llamar al mesero. Cuando había efectuado finalmente su pequeña ceremonia, dijo—: Un minuto, Martinus, veo a un hombre que me debe dinero. Regresaré.

    Atravesó el salón, vacilante.

    Un hombre sentado a la mesa vecina preguntó de pronto a Padway:

    — ¿Qué es eso que han estado bebiendo tú y el viejo tuerto, amigo?
    —Oh, una bebida extranjera llamada brandy —respondió Martin, intranquilamente.
    —Es cierto, eres extranjero, ¿no? Puedo adivinarlo por tu acento —frunció la cara—. Sé que eres persa. Yo conozco el acento persa.
    —No exactamente —contestó Padway—. Soy de más lejos.
    — ¿Sí? ¿Te agrada Roma?

    El hombre tenía cejas muy espesas y negras.

    —Mucho, hasta ahora.
    —Bueno, no has visto nada —afirmó el hombre—. No es la misma desde que llegaron los godos —bajó la voz conspiratoriamente—. ¡Recuerda mis palabras, tampoco seguirá siendo así siempre!
    — ¿No te simpatizan los godos?
    — ¡No! ¡Con las persecuciones que tenemos que soportar!
    — ¿Persecuciones?

    Padway levantó las cejas.

    —Persecución religiosa. No la soportaremos siempre.
    —Pensaba que los godos permitían que todos adoraran como quisieran.
    — ¡Eso es! Nosotros, los ortodoxos, estamos obligados a permitir que los arríanos, monofísicos, nestorianos y judíos hagan sus negocios sin ser molestados, como si fueran dueños del país. ¡Si eso no es persecución, me gustaría saber qué es!
    — ¿Quieres decir que eres perseguido porque los heréticos y otros similares no lo son?
    —Ciertamente, ¿no es obvio? No permitiremos… ¿Cuál es tu religión, a propósito?
    —Bueno —dijo Padway—. Soy lo que llaman en mi país un congregacionalista. Es lo más parecido que tenemos a la ortodoxia.
    — ¡Hm-m-m! Quizá haremos de ti un buen católico. Ya que no eres uno de esos maronitas o nestorianos…
    — ¿Qué dices de los nestorianos? —inquirió Tomás, quien había vuelto sin ser notado—. Nosotros, que tenemos la única razón lógica de la naturaleza del Hijo… que Él fue un hombre en quien el Padre…
    — ¡Tonterías! —explotó Cejas—. Eso es lo que puede esperarse de teólogos aficionados inmaduros. Nuestra versión, de la naturaleza dual del Hijo, ha sido demostrada irrefutablemente…
    — ¿Oyes eso, Dios? Como si una persona pudiera tener más de una naturaleza…
    — ¡Están locos todos! —rugió un hombre alto, de aspecto triste, con cabellos amarillos ralos, ojos azules acuosos y acento pronunciado—. Los arríanos aborrecemos las controversias teológicas, porque somos hombres inteligentes. Pero si deseas una opinión lógica de la naturaleza del Hijo…
    — ¿Eres godo? —ladró Cejas, tensamente.
    —No, soy vándalo, desterrado de África. Pero como estaba diciendo… —comenzó a contar con los dedos—, el Hijo fue hombre, o era un dios, o algo intermedio. Bueno, admitimos que no fue un hombre. Y que únicamente existe un Dios, así que no era un dios. Así que debió ser…

    Alrededor de ese momento, las cosas empezaron a ocurrir con demasiada rapidez para que Padway las siguiera al mismo tiempo. Cejas se levantó de un salto y principió a gritar como un poseído. Padway no pudo comprender más que el calificativo «herejes infames» que decía más o menos una vez en cada oración. Cabellos Amarillos respondió a sus rugidos y otros hombres comenzaron a gritar desde varios lugares de la sala: « ¡Cómetelo, bárbaro!». «Éste es un país ortodoxo y quienes no estén conformes, pueden regresar a donde…». « ¡Malditas necedades respecto a naturalezas duales! Nosotros, los monofisitas…». « ¡Soy jacobita y puedo zurrar a cualquier hombre que esté aquí!». «¡Soy eunomiano y puedo zurrar a dos hombres cualquiera de los que están aquí!».

    Padway vio venir algo y lo esquivó y el tarro pasó a cinco centímetros de su cabeza. Cuando alzó la mirada, la sala era un torbellino de acción. Cejas estaba sujetando por los cabellos al que se hizo llamar jacobita y golpeándole la cara. Cabellos Amarillos hacía girar por encima de su cabeza una banca de más de un metro, aullando un canto vándalo, de batalla. Padway golpeó en el estómago a un campeón de la ortodoxia; su lugar fue ocupado inmediatamente por otro, quien golpeó a Padway en el estómago. Después, fueron derribados por un torrente de hombres.

    Cuando Padway luchaba por salir del montón de humanidad que pateaba y gritaba, como un nadador impulsándose hacia la superficie, alguien le sujetó un pie e intentó morderlo. Como todavía calzaba unos zapatos ingleses, sólidos y prácticamente indestructibles, el mordedor no logró nada. Así que cambió su ataque al tobillo de Padway. Martin chilló de dolor, liberó su pie y pateó al mordelón en la cara. La cara cedió y Padway se preguntó si habría roto una nariz o unos dientes.

    Los heréticos parecían ser una minoría, que disminuyó al ser derribados y lanzados a las tinieblas sus miembros. Padway captó el brillo de la hoja de un cuchillo y pensó que ya había pasado hacía mucho su hora de dormir. No era un hombre religioso, por lo cual no tenía ningún deseo de ser segado por la causa de la naturaleza única, dual o de cualquier otra especie, de Cristo. Localizó a Tomás el sirio bajo una mesa. Cuando trató de sacarlo tirando de él, Tomás chilló de terror y abrazó la pata de la mesa como si fuera una mujer y él un marinero que hubiera estado seis meses a la mar. Por último, logró hacerlo soltarse.

    El vándalo de cabellos amarillos aún estaba haciendo girar su banco. Padway le gritó. El hombre no pudo haberlo oído, en el estruendo, pero atrajo su atención y cuando Martin señaló hacia la puerta, entendió la idea. Abrió un camino en pocos segundos. Los tres salieron trastabillando, apartando a la multitud que estaba principiando a reunirse afuera, y corrieron. Un grito tras ellos los hizo correr a mayor velocidad. Hasta que descubrieron que era Ajax; corrieron con menos rapidez para permitir que los alcanzara.

    Tomaron asiento finalmente en una banca en un parque, a orillas del Campo de Marte, a sólo pocas cuadras del panteón, donde Padway había visto por primera vez la Roma postimperial.

    —Martinus, ¿por qué me permitiste tomar tanto de esa bebida pagana? —inquirió Tomás—. ¡Oh, mi cabeza! Si no hubiera estado ebrio, no habría cometido la necedad de iniciar una discusión teológica.
    —Intenté evitar que bebieras demasiado —le recordó Padway suavemente—, pero tú…
    —Lo sé, lo sé. Pero debiste impedir que bebiera tanto, por la fuerza, si era necesario. ¡Mi cabeza! ¿Qué dirá mi esposa? ¡Nunca quiero beber otra vez esa infame bebida bárbara! ¿Qué hiciste con la botella, a propósito?
    —Se perdió en la confusión. Pero de cualquier forma, no quedaba mucho en ella —Padway se volvió hacia el vándalo—. Creo que debo agradecerte que nos hayas sacado de ahí tan rápidamente.

    El hombre tiró de su bigote caído.

    —Me alegré de hacerlo, amigo. Las discusiones religiosas no son ocupación para personas decentes. Permíteme; soy Fritharik, hijo de Staifan. En un tiempo fui reputado como hombre de familia noble. Ahora soy nada más un pobre errante. La vida ya no tiene nada para mí.

    Padway vio una lágrima que brillaba a la luz de la luna.

    — ¿Dijiste que eras vándalo?

    Fritharik suspiró como una aspiradora.

    —Sí, mis propiedades eran de las más grandes en Cartago, antes de que vinieran los griegos. Cuando huyó el rey Gelimer y se dispersó nuestro ejército, escapé a España y vine a este lugar el año pasado.
    — ¿Qué haces ahora?
    — ¡Ay, no hago nada! Tenía un empleo como guardaespaldas de un noble patricio, hasta la semana pasada. Imagínate… ¡un noble vándalo sirviendo como guardaespaldas! Pero mi patrón se empeñó en convertirme a la ortodoxia. No lo permití. Así que aquí estoy. Cuando se agote mi dinero, no sé qué será de mí. Tal vez me mataré. A nadie le importaría. ¿No buscas un buen guardaespaldas de confianza?
    —Por ahora no —respondió Padway—, pero podré necesitarlo en pocas semanas. ¿Crees que puedes aplazar tu suicidio hasta entonces?
    —No lo sé. Depende de cómo subsista mi dinero. No tengo sentido para el dinero. Como soy noble por nacimiento, jamás lo necesité. No sé si volverás a verme vivo nuevamente.

    Secó sus ojos con su manga.

    —Oh, por el cielo —observó Tomás—, hay muchas cosas que podrías hacer.
    —No —rectificó Fritharik trágicamente—. No entiendes, amigo. Existen consideraciones de honor. Y de cualquier modo, ¿qué tiene que ofrecerme la vida? ¿Dijiste que podrías ocuparme más tarde? —preguntó a Padway. Martin replicó que sí, y le dio su dirección—. Muy bien, amigo, probablemente estaré en una tumba solitaria y sin nombre antes de que hayan pasado un par de semanas. Pero si no sucede así, iré a verte.


    Capítulo III


    AL TERMINAR la semana, Padway estaba satisfecho, no sólo por el hecho de que no se había desvanecido en el aire y por la aparición de la hilera de botellas en los anaqueles, sino por el estado de sus finanzas. Aún le restaban más de treinta de los cincuenta sólidi que le había prestado el banquero, tomando en cuenta los cinco de la renta de la casa por el primer mes, los seis más invertidos en sus aparatos y el salario de Aníbal. De cualquier manera, no tendría que preocuparse por el primer par de renglones durante un par de semanas.

    — ¿Cuánto vas a cobrar por ese vino? —inquirió Tomás.

    Padway pensó.

    —Es obvio que es un artículo de lujo. Si podemos conseguir que lo vendan en algunos de los restaurantes de mejor clase, no veo por qué no debamos obtener dos sólidi por botella. Cuando menos, hasta que alguien descubra nuestro secreto y comience a competir con nosotros.

    Tomás se friccionó las manos.

    —A ese precio, prácticamente podrías pagar el préstamo con el producto de las ventas de la primera semana. Pero no tengo prisa; podría ser mejor reinvertirlo en el negocio. Veremos cómo resultan las cosas. Creo que conozco el restaurante con el que debemos comenzar.

    Padway experimentó un estremecimiento ante la idea de intentar vender la idea al dueño del restaurante. No había nacido para vendedor y lo sabía. Preguntó:

    — ¿Cómo debo proceder para hacer que compre algo del licor? No estoy muy familiarizado con los métodos romanos de hacer negocios.
    —No hay cuidado. No se negará, pues me debe dinero y está atrasado en el pago de los intereses. Te lo presentaré.

    Ocurrió como había dicho el banquero. El dueño del restaurante, un hombre pomposo, llamado Gayo Atalo, rabió un poco al principio. El promotor le sirvió un poco de brandy a manera de muestra y se hizo más cordial. Tomás únicamente tuvo que preguntar dos veces a Dios si estaba oyendo, antes de que Atalo aceptara el precio de Padway por media docena de botellas.

    Padway, quien había padecido uno de esos accesos periódicos de depresión durante toda la mañana, estaba radiante cuando salió del restaurante, con los bolsillos agradablemente pesados por el oro.

    —Creo que será mejor que contrates a ese muchacho vándalo —opinó Tomás—, si vas a tener dinero en la casa. Y yo gastaría parte de él en un buen cofre.

    Así que cuando Aníbal Escipión dijo a Padway: «Afuera está un pájaro alto y triste que dice que le dijiste que viniera a verte», hizo introducir al vándalo y lo contrató casi inmediatamente.

    Cuando Padway preguntó a Fritharik con qué pensaba protegerlo, el vándalo pareció confundido, masticó su bigote y dijo por último:

    —Tenía una espada magnífica, pero la pignoré para seguir viviendo. Era todo lo que se interponía entre una tumba anónima y yo. Quizá aún terminaré en una —suspiró.
    —Deja de pensar en tumbas por un instante —estalló Padway—, y dime cuánto necesitas.
    —Cuarenta sólidi.
    — ¡Uff! ¿Está hecha de oro sólido o de qué?
    —No. Pero es buen acero de Damasco y tiene joyas en la empuñadura. Fue todo lo que salvé de mi hermosa propiedad en África.
    — ¡Vamos, vamos! ¡Por el cielo, no comiences a llorar! Aquí tienes cinco sólidi; ve a buscar la mejor espada que puedas comprar con eso. Los descontaré de tu salario. Si quieres ahorrar para recobrar tu cuchillo enjoyado para queso, es negocio tuyo.

    Así que Fritharik partió y reapareció poco después con una espada de segunda mano, al costado.

    —Fue lo mejor que pude hallar por ese dinero —explicó—. El vendedor declaró que es obra de Damasco, pero puede verse que las marcas de Damasco en la hoja son falsas. Este acero local es blando, pero supongo que tendré que conformarme. Cuando tenía mis hermosas propiedades en África, el mejor acero no era demasiado bueno —suspiró ruidosamente.

    Padway examinó la espada, que era una spatha típica del siglo VI, con una ancha hoja de 75 centímetros, de un solo filo. De hecho, era muy semejante a un espadón escocés, sin la guarnición de fantasía. También notó que Fritharik, hijo de Staifan, aunque estaba tan triste como siempre, permanecía más erguido y caminaba con un paso más decidido cuando portaba la espada. Pensó que debía sentirse prácticamente desnudo sin ella.

    — ¿Puedes cocinar? —preguntó Padway a Fritharik.
    —Me contrataste como guardaespaldas, no como cocinero, mi señor Martinus. Yo tengo dignidad.
    —Oh, necedades, viejo. He estado cocinando mis alimentos, pero eso me quita demasiado tiempo. Si no me importa a mí, no debe importarte a ti. Repito, ¿puedes cocinar?

    Fritharik tiró de su bigote.

    —Bueno… sí.
    — ¿Qué, por ejemplo?
    —Puedo asar carne, freír tocino.
    — ¿Qué más?
    —Nada más. Eso es todo lo que he tenido ocasión de hacer. La buena carne roja es el alimento para un guerrero. No puedo tragar esas verduras que comen los italianos.

    Padway suspiró. Se resignó a vivir sin una dieta equilibrada hasta… bueno, ¿por qué no? Podría pagar servidumbre.

    Tomás encontró para él una criada que cocinaría, asearía la casa y arreglaría las camas por un sueldo absurdamente bajo. La moza se llamaba Julia. Provenía de Apulia y hablaba dialecto. Tenía alrededor de veinte años y era morena, rechoncha y prometía desarrollar un peso tremendo en años posteriores. Vestía un sencillo atavío sin forma, y caminaba por la casa con los grandes pies descalzos. Trabajaba con empeño, pero Padway tuvo que enseñarle sus ideas desde el comienzo. La primera ocasión que fumigó la casa, estuvo a punto de enloquecer de miedo. El olor del dióxido sulfúrico la hizo salir corriendo de la casa, chillando que había llegado satanás.

    Padway decidió descansar su quinto domingo de estancia en Roma. Desde hacía casi un mes, trabajaba todo el día y la mayoría de la noche, ayudando a Aníbal a manejar el alambique, a limpiarlo y a descargar toneles de vino; y visitaba a propietarios de restaurantes a quienes sus clientes habían preguntado por esa notable nueva bebida.

    En una economía de escasez, reflexionó, no tenía uno que dar marometas para hallar clientes, una vez que el artículo prendía. Estaba proyectando pedir otro préstamo a Tomás para construir otro alambique. Esta vez construiría rodillos y laminaría su propio cobre.

    Sin embargo, por el momento estaba cordialmente fastidiado de los negocios. Quería diversión, lo cual significaba para él la Biblioteca Ulpiana. Al mirarse al espejo, pensó que no había cambiado mucho. Le desagradaba tanto como antes imponerse, a desconocidos y regatear. Pero aparte de eso, ninguno de sus viejos amigos lo hubiera reconocido. Tenía una barba corta rojiza. Esto era parcialmente porque en su vida anterior jamás se afeitó con navaja libre, y en parte porque siempre codició en secreto una barba, para contrarrestar su gran nariz.

    Vestía otra nueva túnica, una cosa estilo bizantino, con mangas amplias. Los pantalones de su traje de paño provocaban un efecto incongruente, pero no le gustaban los calzones cortos del país con la aproximación del invierno. También llevaba una capa, una especie de manta cuadrada con un agujero en el centro para pasar la cabeza. Había contratado a una mujer para que le hiciera calcetines y ropa interior.

    En general, estaba muy complacido consigo mismo. Convino en que había sido afortunado en hallar a Tomás; el sirio fue una ayuda enorme para él.

    Se acercó a la biblioteca, con temblores viscerales, muy semejantes a los que padece un amante por la inminencia de un encuentro con su amada. Y no se decepcionó. Sintió ímpetus de gritar, cuando una revisión breve de los estantes le mostró la Historia Caldea, de Berosus, las obras completas de Livio, la Historia de la Conquista de Bretaña, de Tácito, y la Historia Gótica de Casiodoro, completa, recientemente publicada. Ahí había cosas por las que más de un historiador o arqueólogo del siglo XX asesinaría con gusto.

    Por unos pocos minutos nada más vaciló. Después decidió que Casiodoro debía poderle impartir la información más valiosa, ya que trataba respecto a un ambiente en el que estaba viviendo él mismo. Así que sacó los grandes volúmenes y comenzó a trabajar. Era trabajo difícil, aun para un hombre que supiera latín. Los libros se encontraban escritos en una letra diminuta, semicursiva, con todas las palabras muy juntas.

    —Excúsame, señor —dijo el bibliotecario—, pero ¿ese bárbaro alto, con bigote amarillo, es tu criado?
    —Supongo que sí —respondió Padway—. ¿Qué ocurre?
    —Está durmiendo en la sección oriental y está roncando, de manera que los lectores se quejan de eso.
    —Iré a arreglarlo —prometió Padway.

    Fue a despertar a Fritharik.

    — ¿No sabes leer? —preguntó.
    —No —contestó Fritharik, con sencillez—. ¿Por qué había de saber? Cuando poseía mis bellas propiedades en África, no tenía ocasión…
    —Sí, ya sé todo lo concerniente a tus bellas propiedades, viejo. Pero tendrás que aprender a leer o ir a roncar afuera.

    Fritharik salió un tanto malhumorado, rezongando en su dialecto germano oriental. Padway dedujo que estaba llamando a la lectura una actividad afeminada.

    Cuando Padway volvió a su mesa, halló a un anciano italiano, vestido con elegancia sencilla, hojeando su Casiodoro. El hombre levantó la mirada.

    —Lo siento, ¿estabas leyendo éstos? —le dijo.
    —Sí —replicó Padway—. Pero no puedo leerlos todos. Si no estás empleando el primer volumen…
    —Ciertamente, mi querido joven. Con todo, debo prevenirte que tengas cuidado de volverlo a su sitio apropiado. Scila no se enfureció más cuando Jasón le robó su presa, que nuestro estimado bibliotecario, cuando las personas ponen mal sus libros en los estantes. ¿Y puedo preguntarte qué piensas de la obra de nuestro ilustre prefecto pretoriano?
    —Eso depende —contestó Padway con prudencia—. Tiene datos que no se obtienen en otras partes. Pero prefiero los datos concretos.
    — ¿Qué quieres decir?
    —Quiero decir, con menos retórica florida.
    — ¡Oh, pero mi queridísimo joven! Aquí los modernos hemos producido al fin un historiador comparable al gran Livio, y dices que no te gusta… ¡Nada más considera las metáforas delicadas, la gloriosa erudición! ¡Qué estilo! ¡Qué ingenio!
    —Eso es lo malo. Puedes darme a Polibio, o aun a Julio César…
    — ¡Julio César! ¡Oh, todos saben que no sabía escribir! ¡Emplean su Guerra Gálica como texto de latín elemental para extranjeros! Todo está bien para el bárbaro vestido con pieles, que a través de las lejanías umbrosas de las septentrionales florestas al sanguinario jabalí y al horrible oso persigue. Mas para hombres cultos como nosotros… ¡Te pregunto, mi querido joven! ¡Oh…! —pareció confundido—, comprenderás que en mis comentarios concernientes a los extranjeros no intento expresar nada personal. Percibo que eres de otro país, a pesar de tu cultura y de tu erudición obvias. ¿Eres acaso de la fabulosa tierra del Indo, con sus doncellas cubiertas de perlas y sus elefantes?
    —No, de más lejos que eso —respondió Padway. Comprendió que había descubierto a un patricio romano demasiado culto—. De un lugar llamado América. Sin embargo, dudo que vaya a regresar nunca.
    — ¡Ah, cuánta razón tienes! ¿Por qué habías de vivir en un lugar que no fuera Roma, si no quieres? ¡Pero tal vez puedas hablarme de las maravillas de la China lejana, con sus calles pavimentadas con oro!
    —Puedo decirte algo sobre ella —contestó Padway, cautamente—. Por una parte, las calles no están pavimentadas con oro. De hecho, la mayor parte de ellas no están pavimentadas en absoluto.
    — ¡Qué decepción! Pero me atrevo a decir que un viajero veraz expondría sus maravillas con exageración extraordinaria. Debemos reunimos, mi excelente joven señor. Yo soy Cornelio Anicio.

    Padway pensó que se esperaba, evidentemente, que supiera quién era Cornelio Anicio. Se presentó. Ah, pensó, entra el romance. Una muchacha morena y esbelta se acercó, llamó «padre» a Anicio y dijo que no había podido encontrar la edición sabeliana de Persio Flaco.

    —Sin duda alguien la está utilizando —dijo Anicio—. Martinus, ésta es mi hija Dorotea. Una verdadera perla del tocado de una hija del rey Khusrau, aunque puedo ser parcial, como padre.

    La muchacha sonrió dulcemente a Padway y se excusó.

    —Y ahora, mi querido joven, ¿cuál es tu ocupación? —inquirió Anicio.

    Sin pensarlo, Padway replicó que estaba en los negocios.

    — ¿Sí? ¿En qué clases de negocios?

    Padway se lo dijo. El patricio se heló al digerir la información. Siguió siendo cortés y sonriente, pero con una sonrisa distinta.

    —Bueno, bueno, eso es interesante. Bastante interesante. Me atrevo a decir que tendrás un gran éxito económico en tus negocios —dijo esto con una ligera dificultad, como un secretario de la Asociación Cristiana de Jóvenes, que hablaba de cosas de la vida—. Supongo que no debemos culparnos por la actividad en que nos pone Dios. Pero es una lástima que no hayas intentado el servicio público. Ése es el único modo de levantarse por encima de la clase de uno, y un joven inteligente como tú, merece hacerlo. Y ahora, si me perdonas, leeré un poco.

    Padway había estado esperando una invitación a la casa de Anicio. Pero ahora que el patricio sabía que era un simple manufacturero vulgar, no recibiría ninguna invitación. Padway consultó su reloj; estaba próxima la hora de comer. Salió y despertó a Fritharik.

    El vándalo bostezó.

    — ¿Hallaste todos los libros que querías, Martinus? Soñaba con mis hermosas propiedades…
    — ¡Al infierno con…! —ladró Padway, pero luego cerró la boca.
    — ¿Qué? —protestó Fritharik—. ¿Ni siquiera puedo soñar con el tiempo en que era rico y respetado? Eso no es muy…
    —Nada, nada. No quise decir eso.
    —Me alegro. Ahora mi único consuelo son mis recuerdos. Pero ¿por qué estás tan furioso, Martinus? Parece que podrías morder clavos y partirlos en dos —al no obtener contestación, siguió—. Debe ser algo que encontraste en esos libros. Me alegra no haber aprendido nunca a leer. Te alteras mucho por cosas que ocurrieron hace mucho tiempo. Yo prefiero soñar con mi bello… ¡uup! Lo siento, patrón. No lo mencionaré nuevamente.

    Padway y Tomás el sirio estaban sentados, junto con varios cientos de romanos desnudos, en la sala de vapor de los baños de Diocleciano. El banquero miró en torno suyo con una expresión equívoca.

    —He oído que antes también dejaban entrar mujeres a estos baños, mezcladas con los hombres. Por supuesto, eso ocurría en épocas paganas; ya no hay nada como eso.
    —Sin duda es la moral cristiana —comentó Padway, secamente.
    —Sí —Tomás rio—. Los modernos somos una gente muy moral. ¿Sabes de qué se quejaba la emperatriz Teodora?
    —Sí —respondió Padway, y contó a Tomás de qué se quejaba la emperatriz.
    — ¡Maldita sea! —chilló Tomás—. Cada vez que tengo una historia la has oído ya o tienes una mejor.

    Padway no consideró adecuado decir al banquero que había leído ese fragmento obsceno en un libro que aún no había sido escrito, llamado las Anécdotas, por Procopio de Cesárea.

    —Recibí una carta de Napoleón —continuó Tomás—, de mi primo Antíoco. Está en el negocio naviero. Tiene noticias de Constantinopla —hizo una pausa impresionante—: Guerra.
    — ¿Entre nosotros y el imperio?
    —Cuando menos entre los godos y el imperio. Han tenido discusiones misteriosas desde que fue asesinado Amalaswentha. Thiudahad intenta esquivar la responsabilidad del asesinato, pero creo que el viejo rey poeta ha llegado al final de su cuerda.
    —Vigila a Dalmacia y a Sicilia —dijo Padway—. Antes del fin del año.

    Se interrumpió.

    — ¿Estás adivinando?
    —No, es solamente una opinión.

    El ojo sano brilló, muy negro y muy inteligente, al mirar a Padway a través del vapor.

    —Martinus, ¿quién eres?
    — ¿Qué quieres decir?
    —Oh, hay algo en ti… no sé cómo expresarlo… no es sólo tu modo extraño de formular las cosas. Presentas los conocimientos más asombrosos, como un mago que saca un conejo de un gorro. Y cuando trato de sondearte respecto a tu país o a cómo llegaste, cambias de tema.
    —Bueno… —dijo Padway, preguntándose la magnitud de la mentira que podría arriesgar. Entonces pensó en la contestación perfecta… una respuesta veraz, que Tomás de seguro interpretaría mal—. Tú sabes, salí de mi país a toda prisa.
    — ¡Oh! Por razones de salud, ¿eh? En tal caso, no te culpo por ser astuto —Tomás hizo un guiño.

    Cuando caminaban por la calle Larga hacia la casa de Padway, Tomás inquirió cómo iban los negocios.

    —Bastante bien —replicó Padway—. El nuevo alambique estará listo la semana próxima. Y vendí algunas láminas de cobre a un mercader que zarpará hacia España. Ahora estoy esperando el asesinato.
    — ¿El asesinato?
    —Sí, Fritharik y Aníbal Escipión no congenian. Aníbal ha sido más impertinente que nunca desde que tiene un par de hombres a su mando. Se monta en Fritharik.
    — ¿Lo monta?
    —Es una expresión americana, traducida literalmente, significa que lo somete al ridículo y a insultos sutiles y constantes. A propósito, voy a pagarte el préstamo cuando lleguemos a casa.
    — ¿Todo?
    —Sí. El dinero te está esperando en el cofre.
    — ¡Espléndido, mi querido Martinus! ¿Pero no necesitarás otro?
    —No estoy seguro —respondió Padway, quien tenía la seguridad de que lo necesitaría—. Estaba pensando en ampliar mi destilería.
    —Ésa es una gran idea. Por supuesto, ahora que te encuentras establecido, los préstamos serán sobre una base de negocios…
    — ¿Qué quiere decir? —preguntó Padway.
    —Quiere decir que la tasa de interés tendrá que ser ajustada. Tú sabes que la tasa normal es mucho más alta…
    — ¡Ja, ja! —rio Padway—. Eso es lo que pensé que tenías en la mente. Pero ahora que sabes que el negocio es seguro, puedes darme una tasa más baja.
    — ¡Ay, Martinus, eso es absurdo! ¿Ésa es la forma de tratarme, después de lo que hice por ti?
    —No tienes que prestarme, si no lo deseas. Hay otros banqueros que se alegrarán de aprender aritmética americana…
    — ¡Escúchalo, Dios! ¡Es un robo! ¡Es extorsión! ¡Nunca cederé! ¡Acude a tus otros banqueros y mira si me importa!

    Tres cuadras de discusiones bajaron la tasa de interés a diez por ciento, lo cual dijo Tomás que era arrancarle el corazón y quemarlo en el altar de la amistad.

    Cuando Padway habló de un asesinato inminente, no había estado intentando hacer pasar sus pensamientos como adivinación, ni tratando de ser literalmente profético. Se asombró más que Tomás cuando entraron a su gran fábrica, para encontrar a Fritharik y a Aníbal mirándose como un par de perros a quienes desagrada el olor del otro. Los dos ayudantes de Aníbal estaban mirando la escena, de espaldas a la puerta; por lo tanto, nadie vio a los recién llegados.

    — ¿Qué quieres decir, cabeza de algodón? —gruñó Aníbal—. Estás echado todo el día, sin hacer nada, y sí te atreves a criticarme…
    —Todo lo que dije —rezongó el vándalo en su latín torpe, deliberado—, fue que la siguiente vez que te sorprendería, hablaría. Bueno, te sorprendí y voy a hacerlo.
    — ¡Si lo haces, te rebanaré la sucia garganta! —gritó Aníbal.

    Fritharik lanzó una expresión corta, pero punzante, sobre la vida sexual del siciliano. Aníbal sacó una daga y se lanzó contra Fritharik. Se movió con velocidad de crótalo, pero empleó la cuchillada instintiva, aunque defectuosa tácticamente, por encima del hombro. Fritharik, quien estaba desarmado, sujetó su muñeca en un choque de carne contra carne y luego la soltó, cuando Aníbal hundió la punta en el antebrazo del vándalo.

    Cuando Aníbal levantó el brazo para otra cuchillada, llegó Padway y le detuvo el brazo. Separó al hombrecillo de su rival, e inmediatamente tuvo que defenderse, para no ser acuchillado él mismo. Aníbal estaba chillando en jerigonza siciliana y espumando un poco por la boca. Padway vio que quería matarlo. Echó la cabeza hacia atrás, mientras las uñas sucias de la mano izquierda de Aníbal buscaron su nariz.

    Entonces se oyó un golpe sordo y Aníbal se desplomó, soltando su daga. Padway lo dejó deslizarse hasta el suelo y vio que Nerva, el mayor de los dos ayudantes, había tomado un banquillo por una pata. Todo había sucedido tan rápidamente, que Fritharik estaba inclinándose para levantar una tabla corta como arma y Tomás y Carbo, el otro trabajador, aún se hallaban parados junto a la puerta. Padway dijo a Nerva:

    —Creo que tú serás mi nuevo capataz. ¿Qué sucedió, Fritharik?

    El vándalo no respondió; caminó hacia Aníbal, que continuaba inconsciente, con una expresión homicida en la cara.

    — ¡Basta, Fritharik! —exclamó Padway, cortantemente—. ¡No más violencia, o también serás despedido! —se plantó ante la presunta víctima—. ¿Qué estaba haciendo?

    El vándalo recobró la calma.

    —Robando pedazos de cobre y vendiéndolos. Intenté persuadirlo de que dejara de hacerlo, sin decírtelo; tú sabes lo que ocurre si los compañeros de trabajo creen que uno los está espiando. Por favor, patrón, déjame darle un golpe. Puedo ser un pobre desterrado, pero no un sodomita griego…

    Padway negó la autorización. Tomás sugirió que se hiciera una acusación y se entregara arrestado a Aníbal; Padway se negó; no deseaba enredarse con la justicia. Permitió que Fritharik echara a Aníbal con una fuerte patada en el fundamento, cuando el siciliano recobró el sentido. Fuera, villano, pensó Padway, viendo desaparecer al ex capataz.

    —Creo que eso fue un error, Martinus —comentó Fritharik—. Podría haber arrojado su cadáver al Tíber sin que nadie lo supiera. Nos causará dificultades.

    Padway sospechó que la última afirmación era correcta.

    —Será mejor que te vende el brazo. Toda tu manga está mojada en sangre. Julia, trae una tira de manta y hiérvela. ¡Sí, hiérvela!


    Capítulo IV


    PADWAY HABÍA RESUELTO no permitir que nada lo distrajera de la tarea de asegurarse un modo de vivir. Hasta que lo consiguiera, no intentaría arriesgar el pellejo, presentando la pólvora o la ley de gravitación a los confiados romanos.

    Pero los comentarios del banquero respecto a la guerra le recordaron que, después de todo, estaba viviendo en un mundo político y cultural, lo mismo que económico. En su otra vida, jamás había puesto más atención de la inevitable a los sucesos de actualidad. Y en la Roma postimperial, sin periódicos ni comunicación eléctrica, era aún más fácil olvidarse de las cosas que estuvieran fuera de la órbita inmediata.

    Se hallaba viviendo en el crepúsculo de la civilización clásica occidental. La edad de la fe, mejor conocida como la época del oscurantismo, se aproximaba. Europa quedaría en la oscuridad, desde un punto de vista técnico, por cerca de mil años. Ese aspecto era, para la mente prejuiciada de Padway, el aspecto más importante, si no el único de importancia, de una civilización. Por supuesto, la gente entre la cual vivía no tenía concepto de lo que estaba sucediéndoles. El proceso era demasiado lento para observarlo directamente, aun durante toda una vida. Daban por aceptado su medio ambiente, incluso alardeaban de su modernismo. ¿Y qué? ¿Podría cambiar un hombre el curso de la historia hasta el punto de impedir ese periodo de espera? Un hombre había cambiado antes el curso de la historia. Quizá. El ambiente fija el patrón de las realizaciones de un hombre y forma al hombre y lo adapta a ese patrón. Tancredi lo expresó de modo distinto, llamando a la historia una red resistente, que requeriría un esfuerzo enorme para distorsionarla.

    ¿Cómo podría hacerlo un hombre? Los inventos eran el motor del desarrollo técnico. Pero incluso en su época, la vida del inventor profesional había sido dura y suspicaz. ¿Y cuánto podría conseguir, «inventando» simplemente? Las artes de destilar y de laminar metal estaban lanzadas, sin duda, lo mismo que los números arábigos. ¡Pero había tanto qué hacer, con únicamente una vida para hacerlo!

    ¿Entonces qué? ¿Negocios? Ya se encontraba en ellos. Las clases superiores los despreciaban; y él no era un hombre de negocios por naturaleza, aunque podía hacer un buen papel entre esos bobos del siglo vi. ¿Política? ¿En un tiempo en que el éxito era del cuchillo más afilado y sin reglas morales de conducta observables? ¡Br-r-r!

    ¿Cómo impedir que descendiera la ignorancia?

    El imperio podría haber subsistido más tiempo si hubiera tenido mejores medios de comunicación. Pero el imperio, cuando menos en Occidente, estaba aplastado sin esperanza, con Italia, Galia y España bajo los pulgares musculosos de sus «guarniciones» bárbaras.

    La solución era «comunicación rápida e impresión múltiple…» es decir, la imprenta. Ni siquiera el bárbaro más diligentemente destructor puede extirpar la palabra escrita de una cultura donde la edición mínima de la mayor parte de los libros es de mil quinientos ejemplares.

    Así que sería impresor. La red podía ser resistente, pero tal vez nunca había sido atacada por un Martin Padway.

    —Buenos días, mi querido Martinus —saludó Tomás—. ¿Cómo está el negocio de laminar cobre?
    —Así así. Los caldereros locales están bastante bien abastecidos de lámina y no muchos navieros están dispuestos a pagar mis precios por un artículo tan pesado. Pero creo que pagaré esa última nota en pocas semanas.
    —Me alegra saberlo. ¿Qué harás luego?
    —Por eso vine a verte. ¿Quién publica libros en Roma?
    — ¿Libros? ¿Libros? Nadie, a menos que cuentes a los copistas que reproducen los ejemplares desgastados para las bibliotecas. Hay un par de librerías en Agiletum, pero todas sus existencias son importadas. El último hombre que trató de organizar un negocio de publicaciones en Roma quebró hace años. No hay demanda suficiente ni bastantes buenos autores. Espero que no estés pensando en dedicarte a eso.
    —Sí. Y además ganaré dinero en eso.
    — ¿Qué? Estás loco, Martinus. No lo consideraré. No quiero verte quebrar, después de haber principiado tan bien.
    —No quebraré. Pero necesito algún capital para empezar.
    — ¿Otro préstamo? Pero te he dicho que nadie puede hacer dinero publicando libros en Roma. ¿Cuánto piensas que necesitarás?
    —Alrededor de quinientos soldi.
    — ¡Ay, ay! ¡Has enloquecido, muchacho! ¿Para qué necesitarás tanto? Lo único que tienes que hacer es comprar o alquilar un par de escribas…

    Padway sonrió.

    —Oh, no. Ése es el punto. Un escriba tarda meses para copiar a mano una obra como la Historia Gótica, de Casiodoro y es solamente una copia. Pero requerirá tiempo y dinero construir la máquina y enseñar al operador cómo manejarla.
    — ¡Pero eso es mucho dinero! Dios, ¿estás oyendo? Bueno, ¡por favor, haz que mi joven amigo desorientado escuche razones! ¡Por última vez, Martinus, no lo consideraré! ¿Cómo funciona esa máquina?

    Si Padway hubiera sabido el trabajo que le esperaba, podría haber estado menos confiado respecto a las posibilidades de iniciar una imprenta en un mundo donde no se conocían las prensas de impresión, ni el tipo, ni la tinta de imprenta, ni el papel. Había disponible tinta para escribir, lo mismo que papiro. Pero Padway no tardó mucho tiempo en decidir que no serían prácticos para sus propósitos.

    Su prensa, aparentemente el trabajo más formidable, resultó el más fácil. Un carpintero del distrito de bodegas le prometió fabricar rápidamente una para él, aunque manifestó una curiosidad no extraña hacia lo que se proponía hacer Padway con el aparato. Padway no se lo dijo.

    —Jamás he visto prensa igual —dijo el hombre—. No parece una prensa para fieltro. ¡Ya sé! ¡Eres el nuevo verdugo de la ciudad, y éste es un nuevo instrumento de tortura! ¿Por qué no querías decírmelo, patrón? ¡Es un oficio absolutamente respetable! Pero oye: ¿por qué no me das un pase a la cámara de tormentos la primera vez que la utilices? ¡Tú sabes, quiero estar seguro de que mi aparato funciona!

    Como cama, utilizaron una pieza aserrada de la parte superior de una sección rota de una columna de mármol, montada sobre ruedas. Todos los instintos de Padway se rebelaron ante este uso de un monumento de la antigüedad, pero se consoló con el pensamiento de que una columna importaba menos que el arte de la impresión.

    Contrató a un grabador de sellos para que le cortara una serie de tipos de bronce. Al principio, se desalentó al descubrir que necesitaría de diez a doce mil de esas pequeñas cosas, ya que no podía construir una máquina para fundir tipos y, por lo tanto, tendría que imprimir directamente de los tipos. Había esperado poder imprimir en griego y gótico, lo mismo que en latín, pero nada más los tipos le costaron doscientos sólidi. Y la primera serie de muestra que hizo el grabador tenía las letras en posición normal y tuvieron que ser fundidos otra vez. El tipo era lo que llamaría un impresor del siglo XX «gótico de 14 puntos». Con un tipo tan grande no podría imprimir mucho texto en una página, pero esperaba que cuando menos fuera legible.

    Padway rechazó la idea de hacer su propio papel. No sabía cómo se hacía, excepto que era un proceso complicado. El papiro era demasiado brillante y quebradizo y el suministro en Roma era magro e inseguro.

    Restaba el pergamino. Halló que una de las curtidurías del otro lado del Tíber producía pequeñas cantidades como una línea adicional. Lo hacían de piel de oveja y de cabra, raspando, lavando, estirando y descarnando extensamente. El precio le pareció razonable. Sobresaltó al propietario de la curtiduría, ordenando mil hojas.

    Tenía la fortuna de saber que la tinta de imprenta se hacía a base de aceite de linaza y negro de humo. No fue difícil comprar un saco de linaza y pasarla entre unos rodillos similares a los empleados para laminar cobre, y armar un mecanismo consistente en una lámpara de aceite, un cuenco lleno de agua suspendido, girando sobre ella y un raspador para desprender el negro de humo. Lo único malo con la tinta resultante fue que no imprimía.

    Padway comenzó a sentirse nervioso respecto a sus finanzas; sus quinientos sólidi se estaban agotando y eso parecía una broma cruel. Se sentía desalentado, pero se dedicó a experimentar con su tinta. Seguro, halló que con un poco de jabón funcionaba bastante bien.

    A mediados de febrero llegó Nevitta, hijo de Grummund. Cuando lo introdujo Fritharik, el godo palmeó a Padway, tan fuerte en la espalda, que lo mandó a la mitad de la habitación.

    — ¡Bueno, bueno! —bramó—. Alguien me dio un poco de esa bebida terrible que has estado vendiendo y recordé tu nombre. Así que pensé visitarte. Oye, te estableciste en poco tiempo, para ser un extranjero. Un joven bastante hábil, ¿eh? ¡Ja, ja!
    — ¿Quieres echar una ojeada? —invitó Padway—. Únicamente que tendré que pedirte que guardes en secreto mis métodos. Aquí no hay ley que proteja las ideas, así que tengo que mantener mis cosas en secreto hasta que esté dispuesto a hacerlas propiedad pública.
    —Seguro, puedes confiar en mí. En cualquier forma, no comprenderé cómo funcionan tus aparatos.

    En el taller, la máquina de fabricar alambre que había construido Padway fascinó a Nevitta.

    — ¿No es bello? —comentó, levantando el rollo de alambre de bronce. Me agradaría comprar algo para mi esposa. Podrían hacerse bonitos brazaletes y zarcillos con esto.

    Padway no había pensado en esa utilización de sus productos.

    — ¿De dónde obtienes la fuerza? —preguntó Nevitta.

    Padway le enseñó el caballo de trabajo en el patio, caminando en torno de un eje.

    —No hubiera creído que un caballo sería eficaz —comentó el godo—. Podrías obtener mucha fuerza más de un par de esclavos robustos.
    —Oh, no —rectificó Padway—. Con este caballo no. ¿Encuentras algo peculiar en su arnés?
    —Bueno, sí, es diferente. Pero no sé dónde está la diferencia.
    —Es ese collar en torno a su cuello. Ustedes hacen que sus caballos tiren con una correa alrededor del cuello. Cada vez que tiran, la correa oprime su tráquea y corta la respiración del pobre animal. Ese collar pone la carga sobre sus brazuelos. Si tú fueras a tirar de una carga, no engancharías una soga en torno a tu cuello, ¿verdad?
    —Bueno —convino Nevitta dudosamente—, quizá tengas razón. He estado empleando la misma especie de arnés por mucho tiempo y no sé si desearía cambiarlo.
    —Cuando quieras uno de estos arneses, puedes obtenerlos con Metelo el talabartero, en la Vía Appia. Él hizo éste siguiendo mis especificaciones.

    Aquí, Padway se apoyó en el marco de la puerta y cerró los ojos.

    — ¿Te sientes bien? —inquirió Nevitta, alarmado.
    —No. Me pesa la cabeza como la cúpula del panteón. Creo que me iré a la cama.
    —Oh, te ayudaré. ¿Dónde está mi criado? ¡Hermann!

    Cuando apareció Hermann, Nevitta le dijo una oración rápida, en gótico, en la que Padway captó el nombre de Leo Vekkos.

    — ¡No quiero un médico…! —protestó Padway.
    —Tonterías, muchacho. Tenías razón respecto a mantener afuera los perros. Eso curó mis jadeos. Así que me alegra ayudarte.

    Padway temía más las ministraciones de un médico del siglo VI que la influenza que lo estaba abatiendo. No supo cómo rehusar cortésmente. Nevitta y Fritharik lo metieron al lecho, con eficiencia ruda.

    —Me parece un caso claro de herida de trasgo —opinó Fritharik.
    — ¿Qué? —graznó Padway.
    —Herida de trasgo. Los trasgos han disparado contra ti. Lo sé porque lo padecí una vez en África. Un médico vándalo me curó sacando los dardos invisibles de los trasgos. Cuando se hacen visibles, son como pequeñas puntas de flecha hechas de pedernal astillado.
    —Miren —dijo Padway—. Sé lo que me pasa. Si todos me dejan en paz, sanaré en una semana o diez días.
    — ¡No podríamos pensar en eso! —gritaron juntos Nevitta y Fritharik.

    Cuando estaban discutiendo, llegó Hermann con un hombre cetrino, barbado y aspecto sensitivo.

    Leo Vekkos abrió su bolso. Padway echó una ojeada al interior y se estremeció. Contenía un par de libros, una variedad de hierbas y varios frascos pequeños con órganos de los que probablemente habían sido pequeños mamíferos.

    —Ahora, excelente Martinus —dijo Vekkos—, déjame ver tu lengua. Di ¡ah!

    El médico palpó la frente de Padway, punzó su pecho y su estómago e hizo preguntas que sonaron inteligentes, relativas a su condición.

    —Ésta es una situación común en invierno —comentó Vekkos en tono didáctico—. Es una especie de misterio. Algunos sostienen que es un exceso de sangre en la cabeza, que causa la sensación de dificultad para respirar que te aqueja. Otros afirman que es un exceso de bilis negra. Yo sostengo que es motivada por el conflicto de los espíritus naturales del hígado con los espíritus animales del sistema nervioso. La derrota de los espíritus animales reacciona sobre el sistema respiratorio, naturalmente…
    —No es nada sino un fuerte resfriado… —insistió Padway.

    Vekkos no le hizo aprecio.

    —… ya que los pulmones y la garganta están bajo su control. La mejor curación para ti es excitar los espíritus vitales del corazón para poner a los espíritus naturales en su lugar.

    Comenzó a sacar hierbas del bolso.

    — ¿Qué dices de las heridas de trasgos? —preguntó Fritharik.
    — ¿Qué?

    Fritharik explicó la doctrina médica de su pueblo.

    —Mi buen hombre —Vekkos sonrió—, no hay nada respecto a eso en Galeno. Ni en Celso. Ni en Esculapio. Así que no puedo tomarte seriamente…
    —Entonces no sabes mucho de medicina —gruñó Fritharik.
    —En realidad —estalló Vekkos—, ¿quién es el médico?
    —Dejen de discutir o me haréis sentirme peor —refunfuñó Padway—. ¿Qué me vas a hacer?
    —Haz hervir estas hierbas —contestó Vekkos y mostró un puñado de hierbas—, y bebe una taza cada tres horas. Incluyen un purgante suave, para extraer la bilis negra de los intestinos, si hay un exceso de ella.
    — ¿Cuál es el purgante? —inquirió Padway.

    Vekkos lo apartó. Padway tendió un brazo delgado y tomó la hierba.

    —Solamente quiero tener esto separado del resto, si no tienes inconveniente.

    Vekkos convino en su petición, le ordenó que se mantuviera caliente en la cama y partió. Nevitta y Hermann salieron con él.

    —Se hace llamar médico —rezongó Fritharik—, y jamás ha oído hablar de las heridas de trasgo.
    —Trae a Julia —ordenó Padway. Cuando llegó la muchacha, hizo grandes espavientos.
    —Oh, generoso amo, ¿qué te sucede? Traeré al padre Narciso…
    —No, no lo harás —la interrumpió Padway. Separó una pequeña parte de la hierba purgante y se la entregó—. Hierve esto en agua y tráeme una taza —le dio el resto de las hierbas—. Y tira éstas en algún lugar donde no las vea el médico.

    Pensó que un laxante leve le haría provecho.

    A la mañana siguiente, su cabeza estaba menos congestionada, pero se sentía muy cansado. Durmió hasta las once, cuando fue despertado por Julia. La acompañaba un hombre de apariencia digna, vestido con una capa común de civil sobre una larga túnica blanca con mangas ceñidas. Padway adivinó por su tonsura que era el padre Narciso.

    —Hijo mío —dijo el sacerdote—. Siento ver que el demonio ha lanzado a sus compinches contra ti. Esta virtuosa joven buscó mi ayuda espiritual…

    Padway resistió el deseo de decir al padre Narciso a dónde podía largarse. Su principio era evitar dificultades con la iglesia.

    —No te he visto en la iglesia del Ángel Gabriel —continuó el padre Narciso—. Sin embargo, espero que seas uno de nosotros.
    —Del rito americano —murmuró Padway.

    El sacerdote se sintió confundido por esto.

    —Sé que has consultado al médico Vekkos —prosiguió—. ¡Cuánto mejor es poner tu confianza en Dios, con cuyo poder son impotentes en comparación estos sangradores y hervidores de hierbas! Comenzaremos con unas oraciones…

    Entonces apareció Julia, agitando algo.

    —No te alarmes —dijo el sacerdote—. Ésta es una curación que no falla nunca. Polvo de la tumba de san Nereo, mezclado con agua.

    No había nada obviamente letal en la combinación, así que Padway la bebió.

    — ¿No eres entonces de Padua? —preguntó el padre Narciso en tono de conversación.

    Fritharik asomó la cabeza.

    —Ése que se hace llamar médico está aquí nuevamente.
    —Dile que aguarde un instante —replicó Padway. Dios, estaba fatigado—. Muchas gracias, padre. Fue agradable haberle visto.

    El sacerdote salió, moviendo la cabeza por la ceguera de los mortales que confiaban en materia médica.

    Vekkos entró con una expresión acusadora.

    —No me culpes. La muchacha lo trajo —dijo Padway.
    —Los médicos pasamos nuestra vida en duros estudios científicos —Vekkos suspiró—, y luego tenemos que competir con estos presuntos creadores de milagros. Bueno, ¿cómo está hoy mi paciente?

    Mientras aún estaba examinando a Padway, llegó Tomás el sirio. El banquero esperó nerviosamente hasta que partió el griego.

    —Vine —dijo Tomás— tan pronto como supe que estabas enfermo, Martinus. Las plegarias y las medicinas están bien, pero no queremos perder ninguna posibilidad. Mi colega Ebenezer, el judío, conoce a un hombre llamado Jeconías de Nápoles, quien es bastante bueno para la magia curativa. Muchos de estos magos son falsarios; no creo en ellos por un segundo. Pero este hombre ha realizado algunos notables…
    —No lo quiero —gimió Padway—. Me pondré bien si todo mundo deja de tratar de curarme…
    —Lo traje conmigo, Martinus. Sé razonable. Yo no podría permitirme dejar que murieras, con esos pagarés pendientes… por supuesto, ésa no es la única razón; siento cariño hacia ti, personalmente…

    Padway se sintió como en poder de una pesadilla.

    Jeconías de Nápoles era un hombrecillo gordo, con modales enérgicos, más parecido a un vendedor dinámico que a un mago.

    —Ahora únicamente déjalo todo a mí, excelente Martinus. Aquí hay un pequeño hechizo que ahuyentará a los espíritus más débiles —sacó un pedazo de papiro y leyó algo en una lengua desconocida—. Ya, ¿no dolió, verdad? Nada más deja todo al viejo Jeconías. Él sabe todo lo que está haciendo. Ahora pondremos este amuleto bajo la cama, ¡a-a-sí! Ya, ¿no te sientes mejor? Ahora trazaremos tu horóscopo. Si me dices la fecha y la hora de tu nacimiento…

    ¿Cómo demonios podía explicar a este maldito charlatán que iba a nacer 1,373 años después? Arrojó a los vientos la discreción.

    —Esclavo presuntuoso —se incorporó y gritó—: ¿No sabes que soy uno de los custodios hereditarios del Sello de Salomón? ¿Qué puedo cambiar con una palabra tus necios planetas del firmamento y apagar el sol con una oración? ¿Y hablas de trazar mi horóscopo?

    Los ojos del mago estaban desorbitados.

    —Yo… lo siento, señor, no sabía…
    — ¡Shemkhamphoras! —gritó Padway—. ¡Ashtaroth! ¡Baal-Marduk! ¡San Frigidaire! ¡También Tippecanoe and Tyler! ¡Largo, gusano! ¡Si pronuncias una palabra sobre mi identidad auténtica, haré caer sobre ti la forma más hedionda de la lepra! Tus ojos se pudrirán, tus dedos caerán falange por falange…

    Pero Jeconías ya estaba afuera del cuarto. Padway pudo oírlo bajar la primera mitad de la escalera de tres en tres escalones, caer rodando el resto del descenso y salir corriendo a la calle.

    —Estaciónate a la puerta con tu espada —dijo a Fritharik, quien había sido atraído por el ruido—, y di que Vekkos ha dado órdenes de no permitir que me vea nadie. Repito, ¡nadie! Aunque venga el Espíritu Santo, no le permitas entrar.

    Fritharik hizo lo ordenado. Luego asomó la cabeza por un lado de la puerta.

    — ¡Excelente patrón! Hallé a un godo que sabe la teoría de las heridas de trasgo. ¿Lo hago venir y…?

    Padway subió las mantas sobre su cabeza.

    Era abril de 536. Sicilia había caído en manos del general Belisario en diciembre. Padway lo supo semanas después. Excepto por razones de negocios, casi no salió de su casa en cuatro meses, en su ansiedad desesperada de poner su prensa en funcionamiento. Y excepto por sus trabajadores y sus relaciones de negocios, no conocía prácticamente a nadie en Roma, aunque hablaba con los bibliotecarios y dos de los amigos banqueros de Tomás, Ebenezer el judío y Vardan el armenio.

    El día en que la prensa estuvo terminada, finalmente, reunió a sus trabajadores.

    —Supongo —les dijo— que sabéis que es probable que éste sea un día importante para nosotros. Fritharik dará a cada uno de vosotros una pequeña botella de brandy para que la lleven a casa. Pero el primer hombre que deje caer un martillo o cualquier cosa sobre estas pequeñas letras de cobre, será despedido. Espero que ninguno de vosotros lo haga, porque habéis hecho un buen trabajo y estoy orgulloso de vosotros. Eso es todo.
    —Bueno, bueno —dijo Tomás—, eso es espléndido. Desde el principio dije que harías funcionar tu máquina. ¿Qué vas a imprimir? ¿La Historia Goda? Sin duda eso halagaría al prefecto pretoriano.
    —No. Tardaría meses en imprimir eso, especialmente porque mis hombres son nuevos en el trabajo. Empezaré con un pequeño libro con el alfabeto. Tú sabes, A de asinus (asno), B de braccae (calzones) y así hasta concluir.
    —Me parece una buena idea. Pero, Martinus, ¿no puedes dejar que tus hombres se encarguen de eso y descansar? Parece que no has dormido una noche completa en meses.
    —A decir verdad, no he dormido. Pero no puedo alejarme; debo estar aquí para arreglar lo que salga mal. Y tengo que encontrar medios de distribución de este primer libro, profesores y gente así. Debo hacer todo en persona. Además, tengo una idea para otra clase de publicación.
    — ¿Qué? No me digas que vas a iniciar otro plan descabellado…
    —Vamos, no te excites. Será un folleto semanal de noticias.
    —Escucha, Martinus, no te excedas. El gremio de escribas se echará sobre ti. Como están las cosas, desearía que me dijeras más respecto a ti mismo. Tú sabes que eres el gran misterio de la ciudad. Todos preguntan respecto a ti.
    —Diles que soy el patán más carente de interés que has conocido en tu vida.

    Había únicamente poco más de cien escribas independientes en Roma. Padway desarmó cualquier hostilidad que pudieran tener contra él, con el simple expediente de enrolarlos como redactores. Hizo una oferta de un par de sestercios por narraciones aceptadas de noticias.

    Cuando iba a reunir el material para su primer ejemplar, vio que era necesario un poco de censura. Por ejemplo, un relato decía:

    »Nuestro depravado y licencioso gobernador de la ciudad, el conde Honorio, fue visto en la madrugada del miércoles, perseguido por la calle Ancha, por una joven con una hachita de carnicero. Como este cobarde despreciable no estaba estorbado por un mínimo decente de ropa, dejó atrás a su perseguidora.

    Ésta es la cuarta vez en un mes que el conde perverso y corrupto ha creado un escándalo por su conducta con las mujeres. Se rumora que un comité de airados padres de las hijas a quienes ha deshonorado, pedirá al rey Thiudahad que lo destituya. Se espera que la próxima ocasión que el diabólico conde sea perseguido con una hachita, su perseguidora lo alcance”.

    Nuestro ilustre conde no simpatiza con alguien, pensó Padway. No conocía a Honorio, pero fuera cierta o no la noticia, no había una cláusula de prensa libre en la constitución italiana que se interpusiera entre Padway y las cámaras de tortura de la ciudad.

    Así que el primer número de ocho páginas no decía nada respecto a jóvenes con hachitas. Tenía muchas noticias relativamente inofensivas, un poema corto con el que contribuyó un escriba que se creía un segundo Ovidio, un editorial por Padway, en el que decía de modo breve que esperaba que los romanos hallarían útil su periódico, y un artículo corto, también de Padway, sobre la naturaleza y los hábitos del elefante.

    Padway volvió las páginas crujientes de piel de oveja del ejemplar de prueba y se enorgulleció de sí mismo y de sus hombres, orgullo que no fue menguado mucho por el descubrimiento de un buen número de errores tipográficos. Uno de éstos, en la narración respecto a un romano herido mortalmente por ladrones, en el Camino Real, pocas noches antes, tuvo el efecto infortunado de convertir una palabra inofensiva en otra obscena. Oh, bueno, con sólo doscientos cincuenta números podía hacer que alguien las revisara y corrigiera el error con pluma y tinta.

    Aun así, no pudo menos que sentirse un poco asombrado por la importancia de Martin Padway en este mundo. Pero por pura buena suerte; podría haber sido él quien había sido acuchillado fatalmente en el Camino Real y he aquí que no habría prensa de imprimir, ni los inventos que todavía podría introducir, hasta que el lento proceso natural del desarrollo técnico preparase el camino para ellos.

    Padway llamó Tempora Romae a su periódico y lo ofreció a diez sestercios, alrededor del equivalente de cincuenta centavos. Se sorprendió cuando no únicamente se vendió todo el primer número, sino Fritharik estuvo ocupado tres días, devolviendo de su puerta a gente que deseaba ejemplares porque ya no había más.

    Unos pocos escribas llegaban todos los días con más noticias. Uno de ellos entregó una historia que comenzaba:

    «La sangre de un hombre inocente fue sacrificada a los apetitos de nuestro monstruo, el gobernador de la ciudad, el conde Honorio.
    »Fuentes fidedignas han revelado que Q. Aurelio Galba, crucificado la semana pasada, acusado de asesinato, era esposo de una mujer que había sido codiciada adúlteramente durante largo tiempo por nuestro villano conde. En el juicio de Galba hubo muchos comentarios entre los espectadores, concernientes a la debilidad de las evidencias…».

    — ¡Eh! —exclamó Padway—. ¿No eres tú el hombre que trajo esa otra noticia referente a Honorio y una hachita?
    —Cierto —respondió el escriba—. ¿Por qué no la publicaste?
    —Si lo hiciera, ¿cuánto tiempo crees que se me permitiría dirigir mi periódico?
    —Oh, no pensé en eso.
    —Bueno, recuérdalo la próxima ocasión. Tampoco puedo utilizar ésta. Pero no dejes que esto te desaliente. Está bien escrita. Pero ¿en dónde obtienes toda esta información?

    El hombre sonrió.

    —Oigo cosas. Y lo que no oigo, lo oye mi esposa. Tiene amigas que se reúnen a jugar chaquete y hablan.
    —Es una lástima que no me atreva a publicar chismes —dijo Padway—. Pero tú pareces tener madera de periodista. ¿Cómo te llamas?
    —Jorge Menandro.
    —Ese nombre es griego, ¿verdad?
    —Mis padres eran griegos; yo soy romano.
    —Muy bien, Jorge, mantente en contacto conmigo. Algún día podría necesitar un ayudante para que me ayude en la dirección de esto.

    Padway visitó al curtidor para ordenar más pergamino.

    — ¿Cuándo lo deseas? —inquirió el curtidor.

    Padway replicó que en cuatro días.

    —Eso es imposible. En ese tiempo podría tener cincuenta hojas para ti. Te costarán cinco veces más por pieza que las primeras.

    Padway jadeó.

    — ¿Por qué, en el nombre de Dios?
    —Barriste prácticamente con el abastecimiento de Roma con esa primera orden —contestó el curtidor—. Todas nuestras existencias y todo el resto que había cerca fueron para ti. No quedan en toda la ciudad pieles suficientes para hacer cien hojas. Y tú sabes que se requiere tiempo para hacer pergamino. Si compras las últimas cincuenta hojas, pasarán semanas antes de que pueda preparar otra entrega grande.
    — ¿Si ampliáramos tu planta —preguntó Padway—, crees que con el tiempo llegarías a una capacidad de dos mil a la semana?

    El curtidor movió negativamente la cabeza.

    —No desearía gastar dinero para ampliarme en un negocio tan arriesgado. Y si lo hiciera, no habría en Italia central bastantes animales para satisfacer esa demanda.

    Estaba derrotado. El pergamino era en esencia un producto secundario de la avicultura y de la carpicultura. Por lo tanto, un aumento repentino en la demanda elevaría mucho el precio, sin incrementar mucho la producción. Aunque los romanos no sabían casi nada de economía, la ley de la oferta y la demanda funcionaba aquí en la misma forma.

    Después de todo, tendría que trabajar con papel. Y su segunda edición iba a salir muy retrasada.

    Encontró un fabricante de fieltro y le dijo que deseaba que picara unos cuantos kilos de trapo blanco y los convirtiera en el fieltro más delgado que nunca se hubiera hecho. El hombre produjo una hoja de lo que parecía papel secante excepcionalmente grueso y velludo. Padway insistió con paciencia en que picara más el trapo, lo hirviera un poco antes de convertirlo en fieltro y luego lo prensara. Al salir del taller, vio que el fabricante de fieltro se daba golpecitos significativos en la frente, Pero después de muchos ensayos, el hombre le enseñó un papel no mucho peor para escribir que una toalla de papel del siglo XX.

    Entonces vino la parte desalentadora. Una gota de tinta aplicada a este papel se extendió con rapidez. Así que Padway dijo al fabricante de fieltro que hiciera diez hojas más, introduciendo en la papilla de cada una de ellas una sustancia común: jabón, aceite de oliva, etcétera. En este punto, el hombre amenazó con renunciar; lo apaciguó con una elevación de precio. Padway se sintió bastamente aliviado al descubrir que un poco de arcilla mezclada con la pulpa constituía toda la diferencia entre un papel regular para escribir y otro infame.

    Para cuando se agotó el segundo número del semanario de Padway, había dejado de preocuparse respecto a la posibilidad de dirigir un periódico. Pero otro sobresalto ocupó su pensamiento: ¿Qué debía hacer cuando la guerra goda estuviera ardiendo realmente? En su historia, hirvió durante veinte años por toda Italia. Casi toda ciudad importante había sido sitiada y capturada cuando menos una vez. La misma Roma casi sería despoblada por los asedios, el hambre y la peste. Si vivía el tiempo suficiente, podría ver la invasión lombarda y la casi destrucción de la civilización italiana. Todo esto obstaculizaría mucho sus planes.

    Trató de modificar su disposición. Era probable que el tiempo fuera responsable; había llovido constantemente durante dos días. En la casa, todo estaba húmedo. El único modo de arreglar eso sería encender fuego y el aire ya estaba demasiado caliente. Así que Padway permaneció sentado, mirando el panorama gris.

    Se sorprendió cuando Fritharik hizo entrar al colega de Tomás, Ebenezer el judío. Ebenezer era un viejo de aspecto frágil, con una larga barba blanca. Padway lo hallaba angustiosamente piadoso; cuando comía con los otros banqueros no comía en absoluto, por temor a transgredir alguna de las numerosas reglas de su secta.

    Ebenezer se sacó la capa por encima de la cabeza.

    — ¿Dónde puedo poner esto, que no se moje, excelente Martinus? Ah. Gracias. Vine aquí por razones de negocios y pensé en visitar tu establecimiento, si es posible. Debe ser interesante, a juzgar por las descripciones de Tomás. —Exprimió agua de su barba.

    Padway se alegró de tener algo para apartar su mente del ominoso futuro. Mostró el establecimiento al anciano.

    Ebenezer lo miró desde abajo de sus cejas blancas y espesas.

    —Ah. Ahora puedo creer que eres de un país lejano. Casi de otro mundo. Por ejemplo, ese sistema de aritmética tuyo; ha cambiado todo nuestro concepto bancario…
    — ¿Qué? —chilló Padway—. ¿Qué sabes de eso?
    —Oh —dijo Ebenezer—, Tomás nos vendió el secreto a Varna y a mí. Creía que lo sabías.
    — ¿Sí? ¿En cuánto?
    —En ciento cincuenta sólidi a cada uno ¿No…?

    Padway gruñó un sonoro juramento latino, tomó su sombrero y su capa y se encaminó hacia la puerta.

    — ¿A dónde vas, Martinus? —inquirió Ebenezer, alarmado.
    — ¡A decir a ese canalla lo que pienso de él! —estalló Padway.
    — ¿Prometió Tomás no revelar el secreto? No puedo creer que haya violado…

    Padway se detuvo con una mano en la manija de la puerta. Pensándolo bien, el sirio no había convenido en no hablar a nadie de los números arábigos. Pero si Tomás tuvo necesidad de dinero, no existía ningún impedimento legal para que vendiera o regalara el conocimiento.

    Cuando Padway controló su cólera, comprendió que en realidad no había perdido nada, pues su intención original había sido divulgar los números arábigos. Lo que lo irritó realmente fue que Tomás exprimiera una suma tan bonita de la ciencia, sin ofrecerle siquiera una parte. Así era Tomás. Nevitta había dicho que uno tenía que cuidarse de él.

    Después, cuando Padway apareció en casa de Tomás, ese mismo, día, llevaba con él a Fritharik. El vándalo llevaba un cofre. La caja pesaba agradablemente por el oro que llevaba dentro.

    —Martinus —chilló Tomás, un poco alterado—, ¿en realidad quieres pagar todos los préstamos? ¿Dónde obtuviste todo este dinero?
    —Ya me oíste —replicó Padway, sonriendo—. Aquí está la relación de los préstamos y de los intereses. Estoy cansado de pagar diez por ciento, cuando puedo conseguir lo mismo por siete y medio.
    — ¿Qué? ¿Dónde puedes obtener una tasa tan absurda?
    —Con tu estimado colega Ebenezer. Aquí está la copia del nuevo pagaré.
    —Bueno, si todo esto es verdad, supongo que puedo igualar su tasa.
    —Tendrás que mejorarla, después de lo que ganaste vendiendo mi aritmética.
    —Vamos, Martinus, lo que hice fue estrictamente legal…
    —No dije que no lo fuera.
    —Oh, muy bien. Te prestaré a siete y cuatro décimas.

    Padway rio en tono despreciativo.

    Entonces siete. Pero eso es lo más bajo, absoluta, positiva y finalmente.

    Cuando Padway hubo recibido sus viejos pagarés, un recibo por los préstamos anteriores y una copia del nuevo pagaré, Tomás inquirió:

    — ¿Cómo lograste que Ebenezer te ofreciera una tasa jamás otorgada antes?
    —Le dije que podría haberle revelado gratuitamente el secreto de la nueva aritmética —contestó Padway, con una sonrisa.

    Su siguiente esfuerzo fue un reloj. Iba a principiar con el diseño más simple posible: una pesa al extremo de una soga, el diente del caracol, una combinación de engranes, la manecilla y la carátula de un antiguo reloj de agua, de segunda mano, un péndulo y un escape. Reunió estas partes una a una… excepto la última.

    No había supuesto que hubiera algo tan difícil en hacer un escape. Podía quitar la tapa posterior de su reloj de pulsera y ver ahí la rueda del escape, girando a saltos con alegría. No quiso desarmar su reloj, por miedo de no poder armarlo nunca otra vez. Además, las piezas de su reloj eran demasiado pequeñas para reproducirlas exactamente.

    Pero podía ver la maldita cosa; ¿por qué no le iba a ser posible hacer una grande? Los trabajadores produjeron varios volantes y los fiadores correspondientes. Padway limó, raspó y dobló. Pero no funcionaban. Los fiadores caían en los dientes de los volantes y los detenían. O no trababan, de manera que el eje en que estaba enredada la cuerda giraba y la cuerda se desenredaba al momento. Al fin ajustó uno de los mecanismos de modo que si hacía oscilar el péndulo con la mano, los fiadores dejaban que el escape girase un diente cada vez. Magnífico. Pero el reloj no funcionaba por su propio impulso. Cuando uno quitaba la mano del péndulo, hacía un par de oscilaciones débiles y se detenía.

    Mandó todo al demonio. Regresaría a ese proyecto cuando tuviera más tiempo y mejores herramientas. Guardó la confusión de ruedas dentadas en un rincón de su sótano. Tal vez su fracaso había sido una cosa buena, para evitar que tuviera una idea exagerada de su habilidad.

    Nevitta apareció nuevamente.

    — ¿Te has repuesto de tu enfermedad, Martinus? Magnífico; sabía que tenías una constitución sana. ¿Por qué no vienes ahora conmigo al hipódromo Flaminio, a perder unos cuantos sólidi? Después pasarías la noche en la granja.
    —Me agradaría mucho. Pero tengo que acostarme temprano esta tarde.
    — ¿Meterte a la cama? —inquirió Nevitta.

    Padway se explicó.

    —Ya veo. Ja, ja, pensé que tenías una amiga llamada Témpora —comentó Nevitta—. Entonces ven mañana a cenar.
    — ¿Cómo puedo llegar a tu granja?
    — ¿No tienes un caballo de silla? Mañana por la tarde enviaré a Hermann con uno. ¡Pero, por favor, no quiero que me lo devuelvas con alas en el lomo!
    —Podría llamar la atención —replicó Padway, solemnemente—. Y tendrías una dificultad endiablada para atraparlo, si no quisiera ser embridado.

    Así que a la tarde siguiente, Padway partió con Hermann por la Vía Flaminia, con un nuevo par de botas bizantinas de cuero. Notó que la campiña romana aún era una región agrícola bastante próspera. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en convertirse en la llanura desolada, malárica de la Edad Media.

    — ¿Cómo estuvieron las carreras? —preguntó.

    Parecía que Hermann sabía muy poco de latín, aunque ese poco era todavía más que el godo de Padway.

    —Oh, mi amo… él terriblemente furioso… Él habla… tú sabes… deportista entusiasta. Pero odia perder dinero. Pierde cincuenta sestercios con un caballo. Hace ruidos como… tú sabes… león rabioso.

    En la granja, Padway conoció a la esposa de Nevitta, una mujer agradable, regordeta, que no hablaba latín, y a su hijo mayor, Dagalaif, un scaio o alguacil godo, de vacaciones en casa. La cena respondió completamente a las historias que había oído Padway respecto al apetito godo. Recibió una sorpresa al beber una cerveza bastante buena, después del agua de sentina que llamaban cerveza en Roma.

    —Tengo vino, si lo prefieres —dijo Nevitta.
    —Gracias, pero ya me estoy cansando del vino italiano. Los escritores romanos hablan mucho de sus diferentes clases, mas todos me saben igual.
    —Ya veo. Pero si quieres, tengo vino griego perfumado.

    Padway se estremeció. Nevitta sonrió.

    —Comprendo. Cualquier hombre que ponga perfume en su licor, tal vez camine haciendo oscilar las caderas. Nada más lo tengo para mis amigos griegos, como Leo Vekkos. Lo cual me recuerda que debo hablarle de tu curación para mis jadeos, manteniendo afuera los perros. Para explicarla, pensará alguna teoría fantástica llena de palabras largas.
    —Oye, Martinus —dijo Dagalaif—, tal vez tengas alguna información particular concerniente al curso de la guerra.

    Padway se encogió de hombros.

    —Todo lo que sé es lo que saben todos. No tengo un canal secreto de comunicación con el cielo. Si deseas una deducción, diría que Belisario invadirá Bruttium y sitiará Nápoles, cerca de agosto. No llevará una gran fuerza, pero será muy difícil vencerlo.
    — ¡Uh! —exclamó Dagalaif—. Lo dejaremos avanzar, sí. Un puñado de griegos no llegará muy lejos contra la nación goda unida.
    —Eso es lo que pensaban los vándalos —respondió Padway.
    — ¡Ah! Pero no cometeremos los mismos errores que cometieron los vándalos.
    —No sé, hijo —dijo Nevitta—. Me parece que ya lo estamos haciendo… o cometiendo otros no menos graves. Este rey nuestro… nada más sirve para despojar de sus tierras a sus vecinos, escribir poesía, y hurgar en las bibliotecas. Sería mejor que tuviéramos un rey iletrado, como Teodorico. Por supuesto —añadió con expresión de disculpa—, admito que sé leer y escribir. Mi padre vino de Panonia con Teodorico, y él siempre estaba hablando del deber sagrado de los godos, de proteger la civilización romana contra salvajes como los francos. Decidió que yo recibiría educación latina. Admito que he hallado útil mi educación. Pero en los meses inmediatos, será más importante que nuestro caudillo sepa cómo dirigir una carga, que decir amo-amas-amat.


    Capítulo V


    PADWAY VOLVIÓ A ROMA del mejor humor. Nevitta era la primera persona, a excepción de Tomás, que lo había invitado a su casa. Y a pesar de su exterior un tanto frío, Padway era en el fondo un tipo sociable. Estaba tan jubiloso, que desmontó y entregó a Hermann las riendas del caballo prestado, sin notar a los tres individuos de aspecto rudo apoyados contra la nueva cerca, frente a la vieja casa de la calle Larga.

    Cuando se encaminó hacia la puerta, el más alto de los tres, un hombre con barba negra, se puso frente a él. Este hombre tenía frente de sí una hoja de papel, verdadero papel, sin duda del fabricante de fieltro a quien había enseñado Padway el arte y leía en voz alta.

    —… estatura regular, cabellos y ojos castaños, nariz grande, barba corta. Habla con cierto acento —levantó la mirada agudamente—. ¿Eres Martinus Paduei?
    —Sic. Quis est?
    —Estás arrestado. ¿Vendrás en paz?
    — ¿Qué? ¿Quién…? ¿Por…?
    —Orden del prefecto municipal. Brujería.
    —Pero… pero… ¡Eh! ¡No puedes…!
    —Dije «en paz».

    Los otros dos hombres se habían puesto a un lado y otro de Padway, y cada uno de ellos lo tomó por un brazo y comenzaron a llevarlo caminando por la calle. Cuando se resistió, una cachiporra corta apareció en la mano de uno de ellos. Miró frenéticamente en torno suyo. Hermann ya no estaba a la vista. Sin duda, Fritharik se encontraba roncando, como siempre. Llenó de aire sus pulmones, para gritar; el hombre colocado a su derecha levantó la cachiporra. Padway no gritó.

    Lo llevaron a la vieja cárcel, bajo la Oficina de Registros, en la Capitolina. Todavía estaba aturdido cuando el empleado preguntó su nombre, edad y dirección. Recordó que había oído en algún lado que uno tenía derecho a llamar por teléfono a su abogado, antes de ser encerrado. Pero esa información no le sería útil en esas circunstancias.

    Un italiano pequeño y vivaz que estaba descansando en una banca, se levantó.

    — ¿Qué es esto, un caso de hechicería que implica a un extranjero? Me parece un caso nacional.
    —Oh, no, no lo es —respondió el empleado—. Ustedes, los funcionarios nacionales, únicamente tienen autoridad en Roma en los casos mixtos godo-romanos. Este hombre no es godo; dice que es americano, cualquier cosa que signifique eso.
    — ¡Sí, lo es! Lee tus reglamentos. La oficina del prefecto pretoriano tiene jurisdicción en todos los casos capitales que involucren a extranjeros. Si tienes una acusación de hechicería, nos entregarás el caso y el prisionero. Vamos.

    El hombrecillo caminó posesivamente hacia Padway, a quien no le gustó el empleo del término «casos capitales».

    —No seas tonto —dijo el empleado—. ¿Lo vas a arrastrar hasta Rávena para interrogarlo? Aquí tenemos una buena cámara de tortura.
    —Sólo estoy cumpliendo con mi deber —replicó el policía del Estado. Tomó a Padway por un brazo y principió a tirar de él hacia la puerta—. Ven, brujo. Te enseñaremos un verdadero tormento moderno en Rávena. Estos policías romanos no saben nada.
    — ¡Christus! ¿Estás loco? —gritó el empleado.

    Se levantó de un salto y sujetó el otro brazo de Padway; el hombre de barba negra que lo había detenido hizo lo mismo. El policía estatal tiró, y también lo hicieron los otros dos.

    — ¡Eh! —gritó Padway.

    Pero los funcionarios estaban demasiado empeñados en su lucha para notarlo. El policía del Estado gritó con voz penetrante:

    — ¡Justinio, corre y di al ayudante del prefecto que esta escoria romana está tratando de privarnos de un prisionero!

    Un hombre salió corriendo. Se abrió otra puerta y entró un tipo gordo, de aspecto soñoliento.

    — ¿Qué sucede? —chilló.

    El empleado y el policía municipal tomaron actitudes marciales, soltando a Padway. El policía estatal siguió tirando de él hacia la puerta; los policías locales abandonaron el protocolo y lo sujetaron otra vez. Todos gritaron al mismo tiempo al hombre gordo. Padway dedujo que era el commentariensius municipal, o jefe de policía.

    Entonces entraron dos policías municipales más, con un prisionero delgado y harapiento. Intervinieron en la discusión con auténtico fervor italiano, lo cual significó utilizar las manos. El prisionero harapiento salió prontamente a la carrera; sus captores no notaron su ausencia por un minuto completo.

    — ¿Por qué lo soltaste? —comenzaron a gritarse uno al otro.
    — ¡Idiota, tú fuiste quien lo dejó escapar!

    El hombre llamado Justinio regresó con una persona elegante, quien se anunció como el corniculatis, o prefecto ayudante. Este individuo agitó un pañuelo perfumado hacia el grupo en pugna.

    —Suéltenlo, muchachos —dijo—. Sí, tú también, Sulla —éste era el policía del Estado—. Así, no quedará nada de él para interrogarlo.

    Por la forma como se calmaron los otros presentes en el cuarto ya congestionado, Padway dedujo que el ayudante del prefecto era un tipo bastante importante. El prefecto ayudante hizo algunas preguntas.

    —Lo siento, mi querido commentariensius —concluyó—, pero temo que este hombre nos pertenece.
    —Todavía no —chilló el jefe—. No pueden entrar y apoderarse de un prisionero cuando quieran. Perdería mi empleo si se los cediera.

    El ayudante del prefecto bostezó.

    —Querido, ¡eres insufrible! Olvidas que represento al prefecto pretoriano, quien representa al rey, y si te ordeno que entregues al prisionero, lo entregarás y eso es todo. Así que ahora te lo ordeno.
    —Anda, ordena. Tendrás que llevártelo por la fuerza y aquí tengo más fuerzas que tú —el jefe resplandeció como Billiken e hizo girar sus pulgares, uno en torno del otro—. Clodiano, ve a traer a nuestro ilustre gobernador de la ciudad, si no está demasiado ocupado. Veremos si tenemos autoridad sobre nuestra propia cárcel —el empleado partió—. Por supuesto, podríamos emplear el método de Salomón.
    — ¿Quieres decir, cortarlo en dos? —inquirió el ayudante del prefecto.
    —Eso es. Sería gracioso, ¿verdad? ¡Jo, jo, jo, jo, jo! —el jefe rio en tono agudo, hasta que el llanto descendió por su cara—. ¿Preferirías la mitad de la cabeza o la de los pies? ¡Jo, jo, jo, jo, jo!

    Los otros policías, municipales rieron también debidamente; el prefecto ayudante se permitió una sonrisa vacía, tediosa. Padway pensó que el humor del jefe era de un gusto dudoso.

    Al fin volvió el empleado con el gobernador de la ciudad. El conde Honorio vestía una túnica con las dos cintas púrpuras de senador romano y caminaba con un paso medido tan cuidadosamente, que Padway se preguntó si no habrían marcado sus pisadas por anticipado, con señales de tiza. Tenía mentón cuadrado y toda la expresión cordial de una tortuga de carey.

    — ¿Qué sucede? —preguntó con una voz como una lima de acero—. Pronto, que soy un hombre ocupado.

    Y al hablar, la pequeña verruga que tenía bajo la mandíbula, osciló de un modo que recordó más que nunca a la tortuga de carey.

    El jefe y el ayudante del prefecto expusieron sus versiones. El empleado sacó un par de libros de leyes; los tres oficiales ejecutivos unieron sus cabezas y hablaron en tono bajo, volviendo las páginas rápidamente y señalando párrafos.

    Por último, el prefecto ayudante cedió.

    —Oh, bien, de cualquier forma, habría sido una molestia horrible tener que llevarlo hasta Rávena.

    En particular porque la estación de los mosquitos comenzará allí pronto. Me alegra haberte visto, mi señor conde.

    Hizo una inclinación hacia Honorio, inclinó la cabeza con indiferencia hacia el jefe y partió.

    —Ahora que lo tenemos —dijo Honorio—, ¿qué haremos con él? Déjenme ver la acusación. El empleado sacó un papel y lo entregó al conde.
    —Hm-m-m… «y además, que el citado Martinus Paduei se asoció perversa y felonamente con el Maligno, quien le enseñó las artes diabólicas de la magia, con la que ha estado poniendo en peligro el bienestar de los ciudadanos de Roma… firmado, Aníbal Escipión de Palermo». ¿No fue este Aníbal Escipión un asociado tuyo o algo así?
    —Sí, mi señor conde —respondió Padway, y explicó las causas del despido de su capataz—. Si está refiriéndose a mi prensa de impresión, puedo demostrar fácilmente que es un sencillo aparato mecánico, no más mágico que una de tus clepsidras.
    —Mm-m-m. Eso puede ser cierto o no —comentó Honorio. Miró a Padway entrecerrando los ojos—. Esas nuevas empresas tuyas han prosperado bastante. Su leve sonrisa recordó a Padway a un zorro soñando con gallineros desprotegidos.
    —Sí y no, mi señor. He ganado algún dinero, pero he vuelto a reinvertir la mayor parte en el negocio. Así que no tengo más dinero que el necesario para los gastos diarios.
    —Es una lástima —observó Honorio—. Parece que tendremos que dejar que prosiga el caso.

    Padway estaba sintiéndose más y más nervioso bajo el escrutinio penetrante, pero su actitud continuó siendo atrevida.

    —Oh, mi señor, no pienso que tengas un caso fácil. Si puedo decirlo, sería lo más infortunado para tu dignidad el dejar que fuera llevado a proceso.
    — ¿Sí? Mi buen hombre, temo que no sabes lo expertos que son los interrogadores que tenemos. Para cuando terminen de… ah… interrogarte, habrás admitido toda clase de cosas.
    —Mm-m-m. Mi señor, dije que no tengo mucho dinero en efectivo. Pero tenga una idea que podría interesarte.
    —Eso está mejor. Lutecio, ¿puedo emplear tu oficina privada?

    Honorio caminó hacia la oficina, sin aguardar la contestación, indicando con un movimiento de cabeza a Padway que lo siguiera. El jefe los miró con expresión amarga, resintiendo la pérdida de su parte en el soborno. Honorio se volvió hacia Padway en la oficina del jefe.

    —No estabas proponiendo por acaso cohechar a tu gobernador, ¿verdad? —inquirió con frialdad.
    —Bueno… uh… no precisamente…
    — ¿Cuánto? —restalló—. ¿Y en qué está, en… joyas?
    —Por favor, mi señor, no tan rápido. Requerirá una breve explicación —Padway exhaló un suspiro de alivio.
    —Conviene que tu explicación sea buena.
    —Es esto, mi señor; sólo soy un pobre extranjero en Roma y, naturalmente, debo depender de mi ingenio para vivir. La única cosa valiosa que tengo, en realidad, es ese ingenio. Pero con un tratamiento bondadoso, razonable, puede rendir buenas utilidades.
    —Al grano, joven.
    —Tenéis una ley contra corporaciones de responsabilidad limitada en empresas que no sean públicas, ¿verdad?
    —La tuvimos —Honorio se frotó el mentón—. No sé cuál es su estado, ahora que la autoridad del senado se limita a la ciudad. No creo que los godos hayan hecho reglamentos sobre ese tema. ¿Por qué?
    —Bueno, si puedes conseguir que el senado apruebe una enmienda a la antigua ley, aunque no creo que eso sea necesario, pero parecerá mejor, podría enseñarte cómo podrían beneficiarse generosamente tú y otros senadores que lo merecieran, con la organización y la operación de una compañía así.
    —Joven, ésa es una oferta miserable —Honorio se puso rígido—. La dignidad de un patricio le prohíbe dedicarse al comercio.
    —No te dedicarías a él, mi señor. Seríais accionista.
    — ¿Seríamos qué?

    Padway explicó la operación de una sociedad anónima.

    Honorio se friccionó nuevamente el mentón.

    —Sí, veo dónde podría hacerse algo con ese plan. ¿Qué clase de compañías tienes en la mente?
    —Una compañía para la transmisión de noticias a grandes distancias, mucho más rápida de lo que puede viajar un mensajero. En mi país la llamarían un telégrafo semafórico. La compañía obtiene sus ingresos del cobro por mensajes particulares. Por supuesto, no te perjudicaría obtener un subsidio de la hacienda real, con base en que la institución es valiosa para la defensa nacional.

    Honorio lo pensó por un momento.

    —No me comprometeré por ahora; tendré que pensarlo y sondear a mis amigos. Por supuesto, mientras tanto, permanecerás aquí, bajo la custodia de Lutecio.
    —Mi señor conde —Padway sonrió—, tu hija se casará la semana próxima, ¿verdad?
    — ¿Y qué?
    —Tú quieres, en mi periódico, una magnífica crónica de la boda, ¿no? Una lista de invitados distinguidos y un retrato de la novia.
    —Hm-m-m. No me molestaría eso; no.
    —Bueno, entonces será mejor que no me detengas, o no podré publicar el periódico. Sería una lástima que un suceso tan elegante no saliera en las noticias, porque el editor estaba en la cárcel.

    Honorio se frotó la barba y sonrió fríamente.

    —Para ser un bárbaro, no eres tan estúpido como esperaría uno. Te haré poner en libertad.
    —Muchas gracias, mi señor. Debo añadir que podré escribir párrafos mucho más brillantes después de que haya sido retirada la acusación. Tú sabes, nosotros, los trabajadores creativos.

    Cuando Padway estuvo lejos del alcance del oído de sus carceleros, emitió un largo suspiro. Estaba transpirando y tampoco era por el calor.

    Tan pronto como hubo puesto en orden su establecimiento, tuvo una conferencia con Tomás. Estaba preparado apropiadamente cuando llegó a su casa por la calle Larga una procesión de cinco sillas de manos, llevando a Honorio y a otros cuatro senadores. Los senadores parecían no sólo dispuestos, sino ansiosos de invertir su dinero, en particular después de que vieron los hermosos certificados de valores que había imprimido Padway. Pero tampoco parecían entender la idea de Padway respecto al manejo de una corporación.

    Uno de ellos le punzó las costillas y sonrió.

    —Mi querido Martinus, ¿no vas a poner en realidad esas necias torres de señales y esas cosas?
    —Bueno —respondió Padway, cautelosamente—, ésa fue la idea.
    —Oh, comprendo —el senador hizo un guiño—. Tendrás que construir un par de ellas para engañar a la clase media y poder vender nuestras acciones con ganancia. Pero nosotros sabemos que todo es un engaño, ¿no? No podrías hacer nada en mil años con tu plan de señales.

    Padway no se molestó en discutir con él. Tampoco se preocupó en explicar el verdadero objeto de hacer que Tomás el sirio, Ebenezer el judío y Vardan el armenio tomaran cada uno dieciocho por ciento de las acciones. Los senadores podrían haber estado interesados en saber que estos tres banqueros habían convenido por adelantado en retener sus acciones y votar como indicara Padway, dándole así, con cincuenta y cuatro por ciento de las acciones, un control completo de la operación.

    Padway tenía todas las intenciones de hacer un éxito de su compañía telegráfica, comenzando con una línea de torres de Nápoles, a Roma, a Rávena, y conectar su operación con la de su periódico. Pronto encontró una dificultad elemental: si deseaba mantener bajos sus gastos al grado de obtener utilidades, necesitaba telescopios, para posibilitar un amplio espaciamiento de las torres. Los telescopios requerían lentes. ¿Dónde había un lente o un hombre que pudiera hacer uno? Cierto, existía una historia concerniente al anteojo de esmeralda de Nerón…

    Padway fue a ver a Sexto Dentato, el orífice parecido a una rana que cambió sus liras por sestercios. Dentato graznó instrucciones para ir al establecimiento de cierto Floriano el vidriero.

    Floriano era un hombre de cabellos claros, con bigote caído y acento nasal. Salió al frente de su pequeño taller oscuro, oliendo fuertemente a vino. Sí, había tenido en un tiempo su fábrica de vidrio, en Colonia. Pero los negocios marcharon mal para la industria vidriera del Rin; las incertidumbres de la vida bajo los francos. Se arruinó. Ahora hacía una vida precaria reparando ventanas y esas cosas.

    Padway explicó lo que deseaba, pagó un poco a cuenta y se retiró. Cuando volvió el día fijado, Floriano agitó las manos.

    — ¡Mil perdones, señor! Ha sido difícil comprar la pieza de vidrio requerida. Pero aguarda unos días más, te lo suplico. Y si pudieras darme algún dinero más a cuenta… los tiempos son difíciles… soy pobre…

    En su tercera visita, Padway halló ebrio a Floriano. Cuando lo sacudió, todo lo que pudo hacer el hombre fue refunfuñar el galorrománico, que no entendió. Padway entró al taller. No había signos de instrumentos o materiales para hacer lentes.

    Padway se retiró, disgustado. La industria vidriera genuina más próxima estaba en Puteoli, cerca de Nápoles. Tardaría mucho en lograr por correspondencia que se hiciera algo.

    Llamó a Jorge Menandro y lo contrató como director del periódico. Habló durante varios días hasta enronquecer y dejar sordo a Menandro, respecto a cómo ser director. Luego salió hacia Nápoles.

    El Vesubio no estaba humeando. Pero Puteoli, sobre la pequeña faja de terreno plano entre el extinto cráter de Solfatara y el mar, sí humeaba. Padway y Fritharik buscaron el sitio recomendado por Dentatus. Ésta era una de las fábricas más grandes y humeantes.

    Padway preguntó al portero por Andrónico, el propietario. Andrónico era un hombre bajo, membrudo, cubierto de hollín. Cuando Padway dijo quién era, Andrónico chilló.

    — ¡Ah! ¡Magnífico! Entrad, caballeros, tengo la cosa exacta.

    Lo siguieron a su infierno privado. El vestíbulo, que era también la oficina, estaba rodeado de anaqueles. Los entrepaños se encontraban cubiertos con artículos de vidrio. Andrónico levantó un ánfora.

    — ¡Ah! ¡Mirad! ¡Tal claridad! ¡No podríais traer vidrio más blanco de Alejandría! ¡Únicamente dos sólidi!
    —No vine en busca de un ánfora, mi querido señor —dijo Padway—. Deseo…
    — ¿Una ánfora no? ¿Una ánfora no? ¡Ah! Aquí está la cosa —alzó otra ánfora—. ¡Mirad! ¡La forma! ¡Tal pureza de línea! Os recuerda…
    — ¡Dije que no deseo comprar una ánfora! Quiero…
    — ¡Os recuerda a una bella mujer! ¡El amor!
    —Deseo unas pequeñas piezas de cristal, hechas especialmente…
    — ¿Cuentas? Por supuesto, caballeros. Mirad —el vidriero tomó un puñado de cuentas—. ¡Mirad el color! ¡Esmeralda, turquesa, todo! —tomó otro puñado—. Mirad, las caras de los doce apóstoles, una en cada cuenta.
    —Cuentas no…
    — ¡Entonces un vaso! Aquí está uno. Mirad, tiene a la Sagrada Familia en altorrelieve…
    — ¡Jesús! —gritó Padway—. ¿Me escucharás?

    Por fin Andrónico dejó que Padway explicara lo que quería.

    — ¡Por supuesto! ¡Magnífico! He visto ornamentos con esa forma. Haré el corte preliminar esta noche y los tendré dispuestos pasado mañana.
    —No servirán —rectificó Padway—. Éstos deben tener una superficie esférica exacta. Pules uno cóncavo contra un convexo con… ¿cómo llaman el esmeril? ¿El material que utilizan para pulir? Un poco de naxium para afinarlos…

    Padway y Fritharik fueron a Nápoles y se alojaron en casa del primo de Tomás, Antíoco el naviero. Su bienvenida fue menos que cordial. Entrevieron que Antíoco era fanáticamente ortodoxo. Odiaba el nestorianismo de su primo. Sus observaciones acres respecto a los heréticos hicieron sentirse tan incómodos a sus huéspedes, que se mudaron al tercer día. Buscaron alojamiento en una posada cuya falta de limpieza perturbó el alma limpia de Padway.

    Cada mañana viajaban hasta Puteoli para ver cómo estaban saliendo los lentes.

    Cuando partieron hacia Roma, Padway tenía una docena de lentes, la mitad plano convexos y la mitad plano cóncavos. Estaba escéptico respecto a la posibilidad de hacer un telescopio con un par de lentes alineados con su ojo para juzgar las distancias. Con todo, funcionó.

    La combinación más práctica resultó ser un lente cóncavo para el ocular con uno convexo como de setenta y cinco centímetros al frente. El vidrio tenía burbujas y la imagen estaba un tanto distorsionada. Pero el telescopio de Padway, rudimentario como era, constituiría una diferencia de dos a uno en el número de torres requeridas.

    Más o menos por ese tiempo, el periódico publicó su primer anuncio. Tomás había tenido que apretar el tornillo a uno de sus deudores para hacerlo comprar espacio. El anuncio decía:

    ¿Quieres un funeral elegante?

    ¡Ve con buen estilo al encuentro de tu Creador! ¡Si esperas uno de nuestros funerales, casi no te importará morir!

    ¡No pongas en peligro tus posibilidades de salvación con un entierro chapucero!

    Nuestros expertos se han encargado de algunos de los cadáveres más nobles de Roma.

    Se hacen arreglos con el sacerdocio de cualquier secta.

    Precios especiales para heréticos. Música adecuadamente triste, proporcionada a un leve costo adicional.

    Juan el egipcio, sepulturero gentil.

    Cerca de la Puerta Vimanal


    Capítulo VI


    JUNIANO, DIRECTOR DE CONSTRUCCIONES de la Compañía Telegráfica Romana, entró jadeando a la oficina de Padway.

    —El trabajo… —dijo. Se interrumpió para tomar aliento y comenzó nuevamente—: el trabajo en la tercera torre de la línea de Nápoles fue interrumpido esta mañana por un escuadrón de soldados de la guarnición de Roma. Les pregunté qué demonios ocurría y dijeron que no lo sabían; nada más tenían órdenes de interrumpir la construcción. ¿Qué vas a hacer, excelente amo?

    ¿Así que los godos se oponían? Eso significaba ver a sus superiores. Padway se estremeció ante la idea de mezclarse más en la política.

    —Supongo que veré a Liuderis —suspiró.

    El comandante de la guarnición de Roma era un godo grande, grueso, con las barbas blancas más espesas que había visto Padway en su vida. Su latín era regular. Pero de tiempo en tiempo elevaba la mirada azul y movía los labios silenciosamente, como rezando; en realidad estaba repitiendo una declinación o una conjugación para hallar la terminación apropiada.

    —Mi buen Martinus, estamos en guerra. Principias a levantar estas… ah… torres misteriosas, sin pedirnos permiso. Algunos de tus patrocinadores son patricios… ah… conocidos por sus sentimientos helenófinos. ¿Qué podemos pensar? Debes considerarte afortunado por haber escapado al arresto.
    —Estaba esperando que el ejército las hallaría útiles para trasmitir información militar —protestó Padway.

    Liuderis se encogió de hombros.

    —Soy simplemente un soldado que cumple con su deber. No entiendo estos… ah… aparatos. Quizá funcionaron como dices. Pero yo no podía tomar la… ah… responsabilidad de permitirlos.
    — ¿Entonces no retirarás tu orden?
    —No. Si quieres permiso, tendrás que ver al rey.
    —Pero mi querido señor, no tengo tiempo de correr a Rávena.

    Otro encogimiento de hombros.

    —Es lo mismo para mí, buen Martinus. Yo conozco mi deber.

    Padway intentó la astucia.

    —Parece que ciertamente lo conoces. Si yo fuera el rey, no podría pedir un soldado más fiel.
    — ¡Adulón! —pero Liuderis sonrió complacido—. Lamento no poder satisfacer tu pequeña petición.
    — ¿Cuáles son las últimas noticias de la guerra?

    Liuderis frunció el ceño.

    —No hay muchas… Pero debo ser cuidadoso con lo que digo. Estoy seguro de que eres una persona más peligrosa de lo que parece.
    —Puedes confiar en mí. También soy partidario de los godos.
    — ¿Sí? —Liuderis guardó silencio, mientras los engranes giraban dentro de su cabeza. Luego inquirió—: ¿Cuál es tu religión?
    —Congregacionalista. En mi país, es lo más parecido al arrianismo.
    —Ah, entonces tal vez eres como dices. Las pocas noticias que hay no son buenas. No hay en Bruttium más que una pequeña fuerza al mando de Evermuth, el yerno del rey. Y nuestro buen rey…

    Se encogió de hombros nuevamente, esta vez con desesperación.

    —Mira, excelente Lauderis, ¿no retirarás esa orden? Escribiré a Thiudahad de inmediato, pidiéndole su permiso.
    —No, mi buen Martinus, no puedo. Antes consigue el permiso. Y es mejor que vayas en persona, si deseas acción.

    Así ocurrió que Padway se encontró, contra su voluntad, trotando en un anciano caballo de silla a través de los Apeninos, hacia el Adriático. Al principio, Fritharik se había sentido deleitado de tener cualquier caballo entre sus rodillas. Antes de que hubieran llegado muy lejos, su tono cambió.

    —Amo —gruñó—, no soy un hombre instruido. Pero conozco los caballos. Siempre afirmé que un buen caballo era una buena inversión —agregó sombríamente—: Si fuéramos atacados por malhechores, no tendríamos una oportunidad con estos pobres despojos viejos. No es que tema a la muerte, ni a los bribones tampoco. Pero sería triste que un caballero vándalo acabara en una tumba anónima en uno de estos valles solitarios. Cuando era un noble un África…
    —No estamos manejando una cuadra de carreras —estalló Padway. Cuando Fritharik lo miró con expresión ofendida, sintió haber hablado tan cortantemente—. Olvídalo, viejo, algún día podremos permitimos buenos caballos. Nada más que ahora siento como si tuviera los pantalones llenos de hormigas. Marabuntas, añadió para sí. Casi no había montado desde su llegada a la Roma antigua y no había cabalgado mucho en su vida anterior. Para cuando llegaron a Spoleto sentía que no podía sentarse ni permanecer de pie, sino que tendría que pasar el resto de su vida semiacuclillado, como un chimpancé reumático.

    Padway decidió que el ujier principal, como Poo-Bah, había nacido con una mueca en la cara.

    —Mi buen hombre —dijo este ser—, no podría darte una audiencia con nuestro señor rey sino cuando menos hasta dentro de tres semanas.

    ¡Tres semanas! En ese tiempo, la mitad de las variadas máquinas de Padway habrían dejado de trabajar y sus hombres estarían corriendo en círculos inútiles, tratando de arreglarlas. Menandro, quien se inclinaba a ser descuidado con el dinero, especialmente el ajeno, habría llevado el periódico a la bancarrota. Esta situación requería pensarse. Padway enderezó sus piernas doloridas e intentó retirarse.

    El italiano perdió de inmediato su soberbia.

    —Pero ¿no trajiste dinero? —chilló con asombro sincero.
    —Por supuesto, ¿cuál es tu tarifa?

    El ujier principió a contar muy seriamente con los dedos.

    —Bueno, por veinte sólidi podría darte tu audiencia mañana. Mi tarifa acostumbrada para pasado mañana es de diez sólidi; pero ese día será domingo, así que estoy ofreciendo entrevistas el lunes por siete y medio. Para dentro de una semana, dos sólidi. Para…

    Padway lo interrumpió para ofrecer un cohecho de cinco sólidi por una audiencia el lunes y finalmente la consiguió a ese precio, más una botella pequeña de brandy.

    —Tú sabes, seguro que también tienes un presente para el rey.
    —Lo sé —respondió Padway en tono cansado. Enseñó al ujier un pequeño estuche de cuero—. Se lo entregaré personalmente.

    El hijo de Thiudahad Tharasmund, rey de los ostrogodos e italianos; comandante en jefe de los ejércitos de Italia, Iliria y Galia meridional; primer príncipe del clan Amal; conde de Toscana; ilustre patricio; presidente ex-oficio del circo; etcétera, era de la estatura aproximada de Padway, delgado hasta la sequedad, y tenía una pequeña barba gris. Atisbo con ojos acuosos a su visitante.

    —Entra, entra, mi buen hombre —invitó, con voz aguda—. ¿Cuál es tu asunto? Oh, sí, Martinus Paduei. Tú eres el editor, ¿no? ¿Eh?

    Hablaba el latín de la clase superior, sin un asomo de acento.

    Padway hizo una inclinación ceremoniosa.

    —Lo soy, mi señor rey. Antes de discutir de negocios, tengo…
    —Esa máquina de hacer libros que tienes es una gran cosa. He oído hablar de ella. Gran cosa para la ciencia. Debes ver a mi súbdito Casiodoro. Estoy seguro de que a él le agradaría publicar su Historia Goda. Una gran obra. Merece una amplia circulación.

    Padway esperó pacientemente.

    —Traigo un pequeño obsequio para ti, mi señor.
    — ¿Eh? ¿Obsequio? Veámoslo, por todos conceptos.

    Padway tomó el estuche y lo abrió. Thiudahad chilló.

    — ¿Eh? ¿Qué diablos es eso?

    Padway explicó la utilidad de un lente de aumento. No insistió en la miopía evidente de Thiudahad. Thiudahad tomó un libro y probó la lupa en él. Chilló con deleite.

    — ¡Magnífico, mi buen Martinus! ¿Podré leer todo lo que quiera, sin que me duela la cabeza?
    —Así lo espero, mi señor. Cuando menos debe ayudarte. Ahora, respecto a mi negocio aquí…
    —Oh, sí, quieres verme para editar a Casiodoro. Lo haré venir.
    —No, mi señor, es respecto a otra cosa.

    Siguió rápidamente, antes de que Thiudahad pudiera interrumpirlo otra vez, hablándole de su dificultad con Lauderis.

    — ¿Eh? Yo jamás molesto a mis comandantes locales. Ellos saben sus obligaciones.
    —Pero, mi señor…

    Y Padway le hizo una pequeña exposición de ventas respecto a la importancia de la compañía telegráfica.

    — ¿Eh? ¿Dices que es un proyecto lucrativo? Si es tan bueno como dices, ¿por qué no se me permitió participar desde el principio?

    Eso trastornó a Padway. Replicó algo vago, respecto a que no había tenido tiempo. El rey Thiudahad movió la cabeza.

    —Aun así, eso no fue considerado, Martinus. No fue leal. Y si el pueblo no es leal a su rey, ¿dónde estamos? Si privas a tu rey de ganar un poco de dinero honrado, no veo por qué debo intervenir en tu provecho con Lauderis.
    —Bueno, ejem, mi señor, tuve una idea…
    —No fuiste considerado en absoluto. ¿Qué estabas diciendo? Al grano, mi buen hombre, al grano.

    Padway resistió un impulso de estrangular a ese hombrecillo exasperante. Llamó a Fritharik, quien estaba detrás, estatuariamente. Fritharik sacó un telescopio y Padway explicó sus funciones…

    — ¿Sí, sí? Estoy seguro de que es muy interesante. Gracias, Martinus. Diré que traes presentes originales.

    Padway abrió la boca. No había intentado obsequiar a Thiudahad su mejor telescopio. Pero ya era demasiado tarde.

    —Pensé que si mi señor rey considerase adecuado… ah… facilitar las cosas con su excelente Lauderis, podría asegurar su fama imperecedera en el mundo de los conocimientos.
    — ¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Qué sabes respecto a la ciencia? Oh, lo olvidaba. Eres editor. ¿Algo concerniente a Casiodoro?
    —No, mi señor. Casiodoro no. ¿Te agradaría el crédito de revolucionar las ideas de los hombres, relativas al sistema solar?
    —No me gusta interferir con mis comandantes locales, Martinus. Lauderis es un hombre excelente. ¿Eh? ¿Qué estabas diciendo? ¿Algo respecto al sistema solar? ¿Qué relación tiene eso con Lauderis?
    —Nada, mi señor.

    Padway repitió lo que había dicho.

    —Bueno, tal vez lo considere. ¿Cuál es esa teoría tuya?

    Padway arrancó poco a poco a Thiudahad una promesa de manos libres para la compañía telegráfica, a cambio de fragmentos de información referente a la teoría dé Copérnico, instrucciones para la utilización del telescopio para ver las lunas de Júpiter y una promesa de editar un tratado de astronomía bajo el nombre de Thiudahad.

    —Bueno, mi señor —después de una hora, sonrió—, parece que estamos de acuerdo. Hay una cosa más. Este telescopio sería un instrumento de guerra valioso. Si quisieras equipar a tus oficiales con ellos…
    — ¿Eh? ¿Guerra? Tendrás que ver a Wittigis respecto a eso. Él es mi general en jefe.
    — ¿Dónde está?
    — ¿Dónde? Oh, no lo sé. Creo que en algún sitio al norte. Ha ocurrido una pequeña invasión por los alemanes o algo así.
    — ¿Cuándo volverá?
    — ¿Cómo puedo saberlo, mi querido Martinus? Cuando haya expulsado a esos alemanes o borgoñones o lo que sean.
    —Pero mi más excelente señor, si me perdonas, la guerra con los imperialistas está definitivamente en marcha. Pienso que es importante poner estos telescopios, tan pronto como sea posible, en manos del ejército. Estaremos preparados para suministrarlos a un pre…
    —Vamos, Martinus —estalló el rey, irritado—, no trates de decirme cómo gobernar mi reino. Eres tan malo como mi Consejo Real. Siempre « ¿Por qué no haces esto?». «¿Por qué no haces lo otro?». Confío en mis comandantes; no me molesto en detalles. Digo que tendrás que ver a Wittigis y eso es todo.

    Thiudahad estaba preparado para ser terco, así que Padway dijo algunas superficialidades corteses, hizo una inclinación y se retiró.


    Capítulo VII


    CUANDO PADWAY REGRESÓ a Roma, su primer interés fue ver cómo marchaba su periódico. El primer número publicado desde su partida salió bien. Menandro estaba misteriosamente alegre respecto al segundo, recién impreso, insinuando que tenía una sorpresa espléndida para su patrón. Así era. Padway miró una prueba y su corazón casi se detuvo. En la primera plana había una historia detallada del cohecho que pagó Silverio el nuevo Papa, al rey Thiudahad, para asegurar su elección.

    — ¡Campanas del infierno! —gritó Padway—. ¿No tienes juicio para no publicar esto, Jorge?
    — ¿Por qué? —preguntó Menandro, abatido—. Es cierto, ¿no?
    — ¡Por supuesto, es cierto! Pero no quieres que nos cuelguen o nos quemen en una pira, ¿verdad? La Iglesia ya sospecha de nosotros.

    Menandro sorbió un poco; enjugó una lágrima y se sonó la nariz en su túnica.

    —Lo siento, excelente patrón. Intenté complacerte; no tienes idea de los trabajos que pasé para conseguir los datos concernientes.
    —Gracias al cielo, todavía no han salido ejemplares de este número.
    —Oh, sí, ya han salido.
    — ¿Qué?
    —Oh, sí, Juan el librero se llevó los primeros cien ejemplares hace nada más un minuto. Juan el librero recibió el susto de su vida cuando Padway, todavía sucio por días de viaje, galopó tras él por la callé, saltó a tierra desde su caballo y lo tomó por un brazo. Alguien inició los gritos de « ¡Ladrones! ¡Socorro! ¡Asesinos!». Padway se halló tratando de explicar a cuarenta ciudadanos truculentos, que todo estaba bien.

    Un soldado godo se abrió paso entre la multitud e inquirió qué sucedía allí. Un ciudadano señaló a Padway.

    — ¡Es el tipo de las botas! —gritó—. ¡Lo oí decir que cortaría la garganta al otro hombre, si no le entregaba su dinero!

    Así que el godo arrestó a Padway.

    Padway no soltó a Juan el librero, quien estaba demasiado atemorizado para hablar. Acompañó pacíficamente al godo, hasta que estuvieron lejos del oído de la muchedumbre. Entonces invitó al soldado a una vinatería, los agasajó a él y a Juan y se explicó. El godo permaneció inflexible, a pesar de la corroboración de Juan, hasta que Padway lo recompensó liberalmente. Padway obtuvo su libertad y sus preciosos periódicos. Entonces tuvo que preocuparse respecto al hecho de que alguien había robado su caballo, mientras él estaba custodiado por el godo.

    Padway volvió caminando a casa, con los periódicos bajo el brazo. Sus servidores mostraron su pesar por la pérdida del caballo.

    — ¡Vamos, ilustre amo —dijo Fritharik—, de cualquier modo, esa carne para los buitres no valía mucho!

    Padway se sintió mucho mejor cuando supo que el primer tramo del telégrafo debía terminarse en una semana o en diez días. Se sirvió una buena bebida antes de la cena. Después de ese fatigoso día eso hizo que su cabeza girara un poco.

    Como Julia tardó en llegar con la cena, Padway le dio una nalgada juguetona. Se sorprendió un poco de sí mismo.

    Después de la cena sintió sueño. Mandó las cuentas al demonio y subió a dormir, dejando a Fritharik ya roncando en su colchón, frente a la puerta. Padway no habría apostado mucho en favor de la capacidad de Fritharik para despertar cuando entrara un ladrón.

    Había comenzado a desnudarse cuando lo sobresaltó un golpe a la puerta. No pudo imaginar…

    — ¿Fritharik? —preguntó.
    —No. Soy yo.

    Frunció el ceño y abrió la puerta. La luz de la lámpara iluminó a Julia de Apulia. Entró con una oscilación de caderas.

    — ¿Qué deseas, Julia? —inquirió Padway.

    La muchacha gorda, de cabellos negros, lo miró, sorprendida.

    —Oh… ¿mi señor no quiere que lo diga? ¡No sería decente!
    — ¿Eh?

    La muchacha rio.

    —Lo siento —dijo Padway—. Te equivocaste de estación. Baja.

    Pareció confundida.

    — ¿Mi… amo no me quiere?
    —Eso es. Cuando menos no para eso.

    Las comisuras de su boca se inclinaron hacia abajo. Aparecieron en sus ojos dos grandes lágrimas.

    — ¿No te agrado? ¿No piensas que soy agradable?
    —Pienso que eres una cocinera magnífica y una buena muchacha. Ahora, buenas noches. Fuera.

    Ella se resistió a salir y principió a sorber. Luego sollozó. Su voz se elevó a un lamento agudo.

    —Sólo porque soy del campo… jamás me miraste… nunca me pediste en todo este tiempo… entonces, esta noche fuiste bueno… creí… creí… buu-u-ú…
    —Vamos, vamos… ¡por el cielo, deja de llorar! Siéntate. Traeré un trago para ti.

    Julia chasqueó los labios al primer sorbo de brandy diluido.

    —Bueno —dijo. Todo era bueno… bonus, bona o bonum, según fuera el caso—. El amor es bueno. Todo hombre debía tener un poco de amor. Amor… ¡ah!

    Hizo un movimiento serpentino, notable en una persona de su físico. Padway tragó saliva.

    —Dame esa bebida, Julia. Yo también la necesito.
    — ¿Ahora —inquirió después de un rato—, nos hacemos el amor?
    —Bueno… muy pronto. Sí, creo que lo haremos.

    Padway hipó. Frunció el ceño al ver los grandes pies descalzos de Julia.

    —Espera… hip… un minuto. Vamos a ver esos pies —las plantas estaban negras—. Eso no está bien. Oh, no, absolutamente. Los pies presentan un obstáculo sicológico insu-insuperable.
    — ¿Uh?
    —Interponen una barrera síquica a la… hip… adoración apropiadamente devota de Ashtaroth. Debemos lavar los pies.
    —No entiendo.
    —Olvídalo; yo tampoco. Lo que quiero decir, es que antes vamos a lavar tus pies.
    — ¿Es eso una religión?
    —Podrías expresarlo en esa forma. ¡Maldita sea! —derribó el aguamanil de su base, tomándolo en el aire milagrosamente.
    —Eres el hombre más bueno —Julia rio—. Eres un auténtico caballero. Ningún hombre me había hecho eso…

    Padway abrió los ojos y parpadeó. Recordó todo bastante rápidamente. Contrajo los músculos, uno tras otro. Se sintió bien. Hurgó en su conciencia en forma experimental. No reaccionó en absoluto.

    Se movió cuidadosamente, pues Julia ocupaba dos terceras partes de su cama no demasiado ancha. Se levantó sobre un codo y la miró. El movimiento descubrió sus grandes senos. Entre ellos tenía un trozo de hierro, pendiente de su cuello. Le había dicho que eso era un clavo de la cruz de San Andrés. Y no quiso quitárselo.

    Sonrió. Agregó un par de cosas a la lista de inventos mecánicos que intentaba producir. Pero por el momento, sería…

    Una pequeña cosa gris con seis patas, no mucho mayor que la cabeza de un alfiler, salió de los vellos de la axila de Julia. Pálido contra la piel olivácea, caminó con lentitud glacial.

    Padway saltó del lecho. Contrayendo la cara con asco, se vistió sin tomarse tiempo para lavarse. La alcoba apestaba. Roma debía haber embotado su sentido del olfato, o lo habría notado antes.

    Julia despertó cuando él estaba terminando de vestirse. Farfulló los buenos días y salió.

    Ese día pasó dos horas en los baños públicos. A la noche siguiente, el llamado de Julia obtuvo una orden áspera de que se largara de su cuarto y no se acercara a él. Ella comenzó a llorar. Padway abrió con violencia la puerta.

    — ¡Un chillido más y estás despedida! —y azotó la puerta.

    Ella obedeció, malhumorada. Durante los días inmediatos, él captó miradas venenosas de ella; no era una actriz.

    Al domingo siguiente, cuando volvió de la Biblioteca Ulpiana halló un pequeño grupo de hombres frente a su casa. Solamente estaban mirando. Padway no pudo ver nada raro en la casa.

    — ¿Qué hay de extraño en mi casa? —preguntó a un desconocido.

    El hombre lo miró el silencio. Todos lo miraron de igual modo. Se retiraron en parejas y en tríos, rápidamente, volviéndose a mirar de tiempo en tiempo.

    Dos trabajadores no se presentaron el lunes por la mañana. Nerva vino hasta Padway.

    —Pensé que desearías saberlo, señor Martinus —empezó después de carraspear—. Ayer fui a misa a la iglesia del Ángel Gabriel.
    — ¿Sí?

    Esa iglesia estaba a dos cuadras de la casa de Padway.

    —El padre Narciso predicó contra la hechicería. Habló de personas que contrataban demonios con Satanás y fabricaban aparatos extraños. Fue un sermón muy enérgico. Pareció que estuviera hablando de ti.

    Padway se preocupó. Eso podría ser una coincidencia, pero estaba casi seguro de que Julia había ido a confesarse de haber fornicado con un mago. Un sermón mandó a la gente a mirar el cubil del mago. Unos pocos más como ése…

    Temía más que nada en la tierra al entusiasmo religioso de una chusma, sin duda porque sus procesos mentales eran tan completamente diferentes a los de él.

    Llamó a Menandro y le pidió información respecto al padre Narciso.

    Los informes fueron desalentadores, desde el punto de vista de Padway. El padre Narciso era uno de los sacerdotes más respetados en Roma. Era recto, caritativo, humano y valeroso. Tenía formalidad absoluta las veinticuatro horas del día, y no había una sombra de escándalo en torno suyo, hecho que lo hacía por sí un Clérigo distinguido.

    —Jorge —dijo Padway—, ¿no mencionaste en una ocasión a un obispo con concubinas?
    —Es el obispo de Bolonia, señor. Tiene dos mujeres… cuando menos sabemos de dos. Sé sus nombres y todo. Creí que sería una buena historia para el periódico.
    —Todavía puede serlo. Escribe la historia concerniente al obispo de Bolonia, Jorge. Que sea sensacional. Páralo e imprime tres o cuatro pruebas de galera; después guarda el tipo en un lugar seguro.

    Padway tardó una semana para obtener audiencia con el obispo de Bolonia, quien por suerte estaba en Roma. El obispo era una persona hermosamente vestida, con una bella cara exangüe. Padway sospechó que había un cerebro muy inteligente detrás de esa sonrisa dulce, ascética.

    Besó la mano del obispo y murmuraron naderías amables. Padway habló del trabajo maravilloso de la Iglesia y de cómo él intentaba, a la medida de sus humildes posibilidades, de ayudarlo.

    —Por ejemplo —dijo—, ¿… conoces mi periódico semanario, reverendo señor?
    —Sí, lo leo con placer.
    —Bueno, tengo que vigilar a mis muchachos, quienes son propensos a errar, en su entusiasmo por cazar noticias. He intentado hacer de mi semanario una hoja limpia, digna de entrar a cualquier hogar, sin escándalo. Aunque eso signifique escribir yo mismo la mayoría del número, algunas veces —suspiró—. ¡Ah, hombres pecaminosos! ¿Creerías, reverendo señor, que he tenido que suprimir historias de sucio libelo contra miembros de la sagrada Iglesia? La más escandalosa de todas llegó recientemente —sacó una de las pruebas de galera—. Con dificultad me atrevo a enseñártela, señor, temiendo que tu ira justificada hacia este sucio producto de una imaginación desordenada me condene a las llamas eternas.
    —Déjame verlo, hijo mío. Un sacerdote ve muchas cosas horribles en su carrera. En estos tiempos se requiere un espíritu fuerte para servir al Señor.

    Padway le entregó la hoja. El obispo la leyó. Una expresión triste cubrió su cara angélica.

    — ¡Ah, pobres mortales débiles! No saben que se hacen un daño mucho mayor que el que sufre el objeto de su calumnia. Demuestra que debemos tener la ayuda de Dios a cada paso, para no caer en pecado. Si me dices quién escribió esto, oraré por él.
    —Un hombre llamado Marcus —dijo Padway—. Por supuesto, lo despedí inmediatamente. No quiero a nadie que no esté dispuesto a cooperar al máximo con la Iglesia.
    —Agradezco tus justos esfuerzos —dijo—. Si hay algún favor que pueda hacerte…

    Padway le habló del buen padre Narciso, quien estaba mostrando una incomprensión tan lamentable de sus empresas…

    Al domingo siguiente, Padway fue a misa. Tomó asiento bien al frente, determinado a enfrentarse a todo, si el padre Narciso sé mostraba obstinado.

    Reflexionó que había este beneficio en el cristianismo: con sus conceptos del Milenio y del Día del Juicio, acostumbraba a la gente a esperar, de una manera en que no lo hacían otras religiones, y así, preparaba sus mentes para los conceptos de evolución orgánica y progreso científico.

    El padre Narciso comenzó su sermón donde lo había concluido la semana anterior. La brujería era el más condenable de los crímenes; no debían dejar que un hechicero viviera, etcétera.

    Pero no debemos confundir en nuestro santo entusiasmo, continuó el buen sacerdote, con una mirada agria a Padway, al practicante de las negras artes y al familiar de los demonios con el artesano honesto, quien con sus aparatos ingeniosos hace más benigno nuestro viaje a través de este valle de lágrimas. Después de todo, Adán inventó el arado y Noé el barco. Y este nuevo arte de escribir con máquinas haría posible divulgar más efectivamente la palabra de Dios entre los paganos.

    Cuando Padway llegó a casa, llamó a Julia y le dijo que ya no la necesitaría.

    Al día siguiente en que se fue, Padway hizo un recorrido personal por la casa, para ver si algo había sido robado o roto. Halló bajo su lecho un objeto curioso: un rollo de plumas de pollo, atadas con crines de caballo en torno de lo que parecía ser un ratón muerto hacía mucho tiempo; todo estaba rígido con sangre coagulada. Fritharik no sabía qué era, pero Jorge Menandro sí; palideció un poco.

    — ¡Una maldición! —musitó.

    Informó a Padway, sin ganas, que era un amuleto de mala suerte, vendido por uno de los hechiceros locales; el ama de llaves despedida lo había dejado allí, indudablemente, para llevar a Padway a una muerte prematura y terrible. El mismo Menandro no estaba seguro de que quisiera seguir en su trabajo.

    —No es que en realidad crea en maldiciones, excelente señor, pero tengo que sostener a mi familia y no puedo correr riesgos…

    Un aumento de sueldo dispuso de los escrúpulos de Menandro. Jorge se sintió contrariado de que Padway no aprovechara la ocasión para hacer arrestar y colgar a Julia por brujería.

    — ¡Nada más piénsalo —dijo—, nos pondría de parte de la Iglesia y sería una historia maravillosa para el periódico!

    Padway contrató a otra ama de llaves. Ésta era canosa, de apariencia frágil y deprimentemente virginal. Por eso la aceptó.

    Supo que Julia había ido a trabajar para Ebenezer el judío. Esperó que Julia no intentara ninguna de sus especialidades en Ebenezer. No parecía que el viejo banquero pudiera soportar muchas de ellas.

    —En cualquier momento —explicó Padway a Tomás— debemos recibir ese primer mensaje por telégrafo desde Nápoles.
    —Eres una maravilla, Martinus —Tomás se friccionó las manos—, únicamente me preocupa que vayas a excederte. Los mensajeros del servicio civil italiano se quejan de que este invento destruirá su forma de vida. Dicen que es competencia injusta.

    Padway se encogió de hombros.

    —Veremos. Tal vez habrá algunas noticias de guerra.
    —Ésa es otra cosa que está preocupándome —Tomás frunció el ceño—. Thiudahad no ha hecho nada para defender Italia. Odiaría ver que la guerra llegara hasta Roma.
    —Te haré una apuesta —dijo Padway—. El yerno del rey, Evermuth el vándalo, abandonará a los imperialistas. Un sólidi.
    — ¡Hecho!

    Casi en ese instante Juniano, quien había sido puesto a cargo de las operaciones, llegó con un papel. Era el primer mensaje y traía la noticia de que Belisario había desembarcado en Reggio; que Evermuth se había pasado a su lado; que los imperialistas marchaban sobre Nápoles.

    Padway sonrió al banquero, quien tenía la boca abierta.

    —Lo siento, viejo, pero necesito ese sólidi. Estoy ahorrando para un nuevo caballo.
    — ¿Oyes eso, Dios? Martinus, la próxima ocasión que haga una apuesta con un mago, puedes nombrarme irresponsable.

    Dos días después, llegó un mensajero y dijo a Padway que el rey estaba en Roma, alojado en el palacio de Tiberio, y que se requería la presencia de Padway. Éste pensó que tal vez Thiudahad había reconsiderado la proposición de los telescopios.

    —Mi buen Martinus —dijo Thiudahad—. Debo pedirte que interrumpas la operación de tu telégrafo.
    — ¿Qué? ¿Por qué, mi señor rey?
    — ¿Sabes lo que sucedió? ¿Eh? Ésa cosa tuya esparció la noticia de que mi yerno se pasó… de su traición por toda Roma, pocas horas después de que ocurrió. Es malo para la moral. Alienta al elemento helenófilo y atrae críticas sobre mí. Así que por favor, no lo operes ya, cuando menos durante la guerra.
    —Pero mi señor, pensé que tu ejército lo hallaría útil para…
    —Ni una palabra más sobre eso, Martinus. Lo prohíbo. Ahora, déjame ver. Oh, había algo más por lo que te quería ver. Oh, sí, a mi servidor Casiodoro le gustaría conocerte. Te quedarás a comer, ¿verdad? Un gran sabio, Casiodoro.

    Así que más tarde, Padway se encontró inclinándose ante el prefecto pretoriano, un italiano viejo, un tanto beatífico. Se sumergieron inmediatamente en una discusión sobre historiografía, literatura y los azares del negocio editorial. Para su enfado, Padway descubrió que se divertía. Sabía que se encontraba apoyando a estos débiles viejos parásitos, en su descuido criminal de la defensa del país. Pero, estaba harto del insoportable intelectual que era él por naturaleza, de modo que no pudo menos que simpatizar con ellos.

    —Ilustre Casiodoro —dijo—, quizá has notado que en mi periódico he estado tratando de enseñar al componedor de tipo a distinguir entre la «u» y la «ve» y también entre la «i» y la «jota». Ésa es una reforma que se ha necesitado desde hace mucho, ¿no te parece?
    —Sí, sí, mi excelente Martinus. El emperador Claudio intentó algo similar. Pero ¿qué letra empleas para cada sonido en cada caso?

    Padway lo explicó. También habló a Casiodoro de sus planes para imprimir el periódico, o cuando menos parte de él, en latín vulgar. Casiodoro levantó las manos, horrorizado ante eso.

    — ¡Excelente Martinus! ¿Esos dialectos miserables que pasan ahora por latín? ¿Qué diría Ovidio si los escuchara? ¿Qué diría Virgilio? ¿Qué diría cualquiera de los antiguos maestros?
    —Temo que nunca lo sabrán —respondió Padway, sonriendo—, ya que son un poco anteriores a nuestra época. Pero te aseguro que incluso en su tiempo, las «eses» y «emes» finales habían sido eliminadas de la pronunciación común. Y en todo caso, la pronunciación y la gramática se han apartado demasiado de los modelos clásicos, para que regresen a ellos nuevamente. De manera que si deseamos que nuestro nuevo instrumento para la diseminación de la literatura sea útil, tendremos que adoptar una ortografía que esté más o menos de acuerdo con el lenguaje hablado. De lo contrario, la gente no se molestará en aprenderla. Para comenzar, tendremos que agregar media docena de nuevas letras al alfabeto.

    Cuando se despidió, horas después, al menos había hecho un esfuerzo para llevar la conversación hacia las medidas para continuar la guerra. Fue inútil, pero su conciencia estaba tranquila.

    Padway se sorprendió, por el efecto de las noticias de su amistad con el rey y el prefecto. Lo visitaron romanos bien nacidos e incluso fue invitado a un par de banquetes muy aburridos.

    Incluso Cornelio Anicio lo buscó y emitió la invitación a su casa, codiciada durante tanto tiempo. No se disculpó por el leve desaire en la biblioteca, pero su actitud deferente sugirió que lo recordaba.

    Padway se tragó su orgullo y aceptó. Pensó que era una tontería juzgar a Cornelio según sus valores. Y quería ver nuevamente a la hermosa morena.

    Cuando llegó la hora, se levantó de su escritorio, y ordenó a Fritharik que lo acompañara.

    — ¿Irás caminando hasta la casa de este caballero romano?
    —Seguro. Sólo son un par de kilómetros. Nos hará bien.
    — ¡Oh, muy respetable señor, no puedes! ¡No se hace! Lo sé; una vez trabajé para un patricio así. Debes ir en silla de manos, o cuando menos a caballo.
    —Tonterías. De cualquier modo, únicamente tenemos un caballo de silla. No quieres caminar mientras yo cabalgo, ¿verdad?
    —N-no es que me importe caminar; pero se vería raro que el servidor libre de un caballero, como yo, fuera a pie en una ocasión formal, como un esclavo.

    Maldito sea este protocolo, pensó Padway.

    —Por supuesto, está el caballo de trabajo —observó Fritharik, esperanzado—. Es un animal con buen aspecto; uno casi podría confundirlo con un caballo de guerra.

    Padway montó en el caballo de trabajo. Fritharik cabalgó en el flaco caballo de silla.

    Padway fue introducido a una gran sala. A través de una puerta cerrada pudo oír la voz de Anicio, en pentámetros ondulantes:

    Roma, la diosa guerrera, asiento había tomado,
    el pecho descubierto, corona mural en la cabeza.
    Detrás, bajo su espacioso yelmo escapando,
    los cabellos de su emplumada cabeza por su espalda fluían.
    Modesto el porte, pero la severidad su belleza hace severa.
    De tono púrpura es su capa, con broche en forma de colmillos;
    bajo su seno, una joya su manto cierra.
    Un vasto y brillante escudo su costado sostiene,
    en el que, en duro metal fundida, la caverna de Rhea…


    El criado se había escurrido al interior y murmurado. Anicio interrumpió su declamación y salió con un libro bajo el brazo.

    — ¡Mi querido Martinus! —gritó—. Imploro tu perdón; estaba ensayando un discurso que voy a decir mañana —dio golpecitos al libro, que llevaba bajo el brazo y sonrió con expresión culpable.
    —Escuché algo a través de la puerta.
    — ¿Sí? ¿Qué piensas de él?
    —Tu declamación es excelente.

    Resistió la tentación de agregar: « ¿Pero qué significa?».

    — ¿Sí? —chilló Anicio—. ¡Espléndido! ¡Estoy grandemente agradecido! Mañana estaré tan nervioso como Cadmo cuando comenzaron a brotar los dientes del dragón, pero la aprobación anticipada de un crítico tan competente me fortalecerá. Y ahora, te dejaré a merced de Dorotea, mientras concluyo esto. Espero que no te ofenderás. ¡Espléndido! ¡Oh, hija!

    Apareció Dorotea e intercambiaron amabilidades. La muchacha llevó a Padway al jardín, mientras Anicio continuaba su plagio de Sidonio.

    —Debías escuchar a mi padre en alguna ocasión —dijo—. Te lleva al tiempo en que Roma era realmente el amo del mundo. Si la restauración del poder de Roma pudiera hacerse nada más con palabras hermosas, mi padre y sus amigos lo habrían hecho hace mucho.

    Hacía calor en el jardín, un calor del junio italiano.

    — ¿Cómo llaman a esa flor? —Padway inquirió.

    Dorotea se lo dijo. Hizo más preguntas respecto a las flores… preguntas intrascendentes respecto a cuestiones sin importancia.

    Ella contestaba graciosamente, inclinándose de tiempo en tiempo para retirar un insecto. Ella también tenía calor. Había pequeñas perlas de transpiración en su labio superior. Su vestido delgado se pegaba en sitios a su cuerpo. Padway admiró esos lugares. Ella estaba cerca de él, hablando con humor grave de las flores, de los insectos y de las plagas que las atacan. Todo lo que tenía que hacer para besarla era inclinarse un poco hacia adelante. Pudo oír la sangre latiendo en sus oídos. Casi consideró una invitación el modo como le sonrió.

    Pero Padway no hizo ningún movimiento. Mientras vacilaba, su mente enumeró razones.

    Así que deseabas ser joven y necio hace pocos minutos, ¿eh? Martín, muchacho, pensó. No puedes; es demasiado tarde; siempre te detendrás a hacer las cosas racionalmente, como lo has estado haciendo en este momento. Es mejor que te resignes a ser un adulto calculador, en particular, si no puedes evitarlo.

    Pero lo entristeció un poco no poder ser uno de esos tipos impetuosos, descritos por lo común como altos y bellos, que miran a una muchacha, saben que está destinada a ser su compañera y la toman en sus brazos. Dejó que Dorotea hiciera la mayor parte de la conversación, mientras regresaban a la casa a cenar con Cornelio Anicio. Al mirar a Dorotea que lo procedía, Padway se sintió levemente disgustado consigo mismo, por haber dejado que Julia invadiera su cama.

    Se sentaron… o más bien se reclinaron en divanes, ya que Anicio insistió en comer al buen estilo romano antiguo, para aguda incomodidad de Padway. Anicio tenía en la cara una expresión que Padway encontró un poco familiar.

    Supo que la expresión era de un hombre que ha escrito o está a punto de escribir un libro.

    — ¡Ah, las épocas degeneradas en que vivimos, excelente Martinus! La lira de Orfeo sólo suena débilmente —Anicio explicó—. Calíope vela su rostro; la alegre Talía está muda; los himnos de nuestra santa Iglesia han ahogado los dulces acordes de Euterpe. Sin embargo, unos pocos de nosotros nos esforzamos por mantener en alto la antorcha de la poesía, mientras nadamos en el Helesponto del barbarismo y rastrillamos el jardín de la cultura.
    —Toda una hazaña —comentó Padway, retorciéndose en un esfuerzo vano por encontrar una posición cómoda.
    —Sí, persistimos a pesar de los desalientos hercúleos. Por ejemplo, no me considerarás atrevido por someter a tu escrutinio brillante de editor un pequeño libro de versos —sacó un manojo de hojas de papiro—. Algunos de ellos no son malos, aunque lo diga su indigno autor.
    —Yo debía estar muy interesado —dijo Padway, sonriendo con esfuerzo—. No obstante, respecto a su publicación, debo prevenirte que ya hice contratos por tres libros de tus excelentes colegas.
    —Oh —dijo Anicio con inflexión descendente.
    —El ilustre Trajano Herodio, el distinguido Juan Leoncio y el respetable Félix Avito. Son todos poemas épicos. Debido a las condiciones del mercado, estos caballeros han tomado la responsabilidad económica de la publicación.
    — ¿Lo cual significa…?
    —Significa que pagan en efectivo por adelantado y reciben el precio completo por sus libros cuando son vendidos, sujetos a los descuentos de los libreros. Por supuesto, distinguido señor, si el libro es bueno realmente, el autor no tiene que preocuparse respecto a recuperar su costo de publicación.
    —Sí, sí, excelente Martinus, ya veo. ¿Qué probabilidades piensas que tendría mi pequeña creación?
    —Tendría que verla primero.
    —La verás. Te leeré parte de ella ahora, para darte la idea.

    Anicio se sentó. Tomó los papiros en una mano, haciendo ademanes elocuentes con la otra:

    Marte con su atronadora trompeta a su señor aclama,
    el juvenil Júpiter, recién a su trono ascendido,
    sobre las estrellas por la omnisciente natura colocado.
    Las deidades menores a su señor adoran,
    a antigua soberanía con pompa sucediendo…


    —Padre —lo interrumpió Dorotea—, tu cena se está enfriando.
    — ¿Qué? Oh, así es, niña.
    —Y creo que en alguna ocasión debías escribir algún buen sentimiento cristiano, en lugar de toda esa superstición pagana.
    —Si alguna vez tienes una hija, Martinus —Anicio suspiró—, cásala joven, antes de que desarrolle la facultad crítica.

    Nápoles cayó en agosto en manos del general Belisario. Thiudahad nada había hecho para ayudar a la ciudad, excepto arrestar a las familias de la pequeña guarnición goda, para asegurar su fidelidad. La única defensa vigorosa de Nápoles fue efectuada por los judíos napolitanos. Éstos sabían el tratamiento que debían esperar bajo el régimen imperial, por haber oído hablar de los complejos religiosos de Justiniano.

    Padway oyó la noticia con una sensación de malestar. Había tanto que podía hacer por ellos, si únicamente se lo permitieran. Y se necesitaría un accidente tan pequeño para eliminarlo… uno de los accidentes normales de la guerra, como el que le ocurrió a Arquímedes.

    Sé que Thiudahad será depuesto —pensó— y que Wittigis perderá la guerra. Y la perderá de la peor forma… después de años de lucha que devastarán a toda Italia. No es culpa suya. Nada más está hecho de ese modo. Lo que menos deseo es ver arruinado el país; estropearía muchos planes que tengo. Así que me propongo intervenir y cambiar el curso natural de los acontecimientos. Los resultados pueden ser mejores; no podrían ser peores. Me propongo ganar la guerra para vosotros. Si puedo.


    Capítulo VIII


    SI PADWAY NO ESTABA EQUIVOCADO y si la historia de Procopio era cierta, Thiudahad debía pasar por la Vía Flaminia durante las veinticuatro horas siguientes, en su fuga empavorecida a Rávena. Por todo el camino preguntó a la gente si el ex rey había pasado por allí. Todos le contestaron negativamente.

    Ahora, a orillas de Narnia, se hallaba tan al norte como se atrevió a llegar. La Vía Flaminia se bifurcaba en ese punto y no tenía modo de saber si Thiudahad tomaría el camino viejo o el nuevo. Así que él y Hermann se pusieron cómodos a un lado del camino. Padway miró a su compañero con ojos furiosos. Hermann tomó demasiada cerveza en Ocriculum.

    Al oír las preguntas de Padway y sus instrucciones de tomar turnos para vigilar el camino, nada más sonrió como un idiota y dijo « ¡Ja, ja!». Quedó dormido a la mitad de una oración.

    Padway se paseó en la sombra de un lado a otro, oyendo los ronquidos de Hermann y tratando de pensar. No había dormido desde el día anterior y ahí estaba ese baboso barbudo, tomando el reposo que necesitaba Padway urgentemente.

    ¿Y si Thiudahad no apareciera? ¿O que diera un rodeo, por la Vía Salaria? Una y otra vez se había puesto tenso, al aparecer polvo camino abajo, solamente para que se materializara como un granjero tras una carreta de bueyes, o en cualquiera otra gente.

    ¿Podría haber cambiado los planes de Thiudahad la influencia de Padway, de modo que su curso de acción fuera diferente del que debió ser? Padway veía su influencia como una serie de ondas extendiéndose sobre un estanque. Por el mero hecho de haberlo conocido, las vidas de personas como Tomás y Fritharik ya habían cambiado radicalmente de lo que habrían sido, si él no hubiera aparecido en Roma.

    Pero Thiudahad nada más lo había visto dos veces, antes de ese momento y no había ocurrido nada drástico en ninguna ocasión. El camino de Thiudahad en el tiempo y el espacio podría haberse alterado, pero sólo de una manera leve.

    Intentó consultar su reloj de pulsera y recordó que lo había escondido en la Muralla de Aureliano para no mojarlo, antes de tenderse en el agua. Esperó que tendría una oportunidad de recobrarlo algún día y que estuviera en buenas condiciones de funcionamiento cuando lo hiciera.

    Esa nubecilla de polvo en el camino probablemente era otro maldito rebaño de vacas o de ovejas. No, era un hombre a caballo. El oído de Padway captó los resoplidos de una cabalgadura acicateada; entonces reconoció a Thiudahad.

    — ¡Hermann! —gritó.
    —Akhkhkhkhkhg —roncó Hermann. Padway corrió hacia él y punzó al godo con su bota. Hermann dijo—: Akhkhkhkhkhg. Meina luibs… guhhg.

    Padway cedió; el ex rey estaría sobre ellos en un instante. Montó a su caballo y salió al trote al camino, con las manos levantadas.

    — ¡Hai, Thiudahad! ¡Mi señor!

    Thiudahad taloneó su caballo y al mismo tiempo tiró de las riendas, indeciso respecto a si debía detenerse, rodear a Padway y seguir adelante, o volverse por el camino por donde había venido. Entonces, el animal exasperado inclinó la cabeza y corcoveó. Thiudahad se aferró frenéticamente a la silla. Su cara estaba pálida de terror, y café de polvo.

    Padway se inclinó y tomó las riendas.

    —Tranquilízate, mi señor —dijo.
    — ¿Quién… qué…? Oh, es el editor. ¿Cómo te llamas? No me la digas; lo sé. ¿Por qué me detienes? Tengo que llegar a Rávena… Rávena…
    —Serénate. Jamás llegarías vivo a Rávena.
    — ¿Qué quieres decir? ¿También tratas de asesinarme?
    —No. Pero como has de saber, puedo leer el futuro.
    —Oh, de veras, sí, lo he sabido. ¿Qué hay en mi futuro? ¡No me digas que voy a ser asesinado! No, excelente Martinus. No quiero morir. Si solamente me dejan vivir, no volveré a molestar a nadie jamás.

    El hombrecillo de barba gris casi gimoteó de miedo.

    —Si guardas silencio por unos minutos, te diré lo que veo. ¿Recuerdas cuando robaste, por una consideración a un godo, una bella heredera que le había sido prometida en matrimonio?
    —Oh, de veras. Al hijo de Optaris Winithar, ¿verdad? Únicamente que no digas «robaste», mi excelente Martinus. Yo nada más… ah… ejercí mi influencia del mejor hombre. Pero ¿por qué?
    —Wittigis confió a Optaris la misión de asesinarte. Te sigue día y noche. Si continúas hacia Rávena, te alcanzará antes de que llegues, te derribará del caballo y te cortará la garganta… así ¡shh!

    Padway tomó su propia barba con una mano, levantó su mentón y pasó un dedo sobre su manzana de Adán.

    Thiudahad se cubrió la cara con las manos.

    — ¿Qué haré? Si pudiera llegar a Rávena, tengo amigos allí…
    —Eso es lo que tú crees. Yo sé otra cosa.
    —Pero ¿no hay nada? Quiero decir, ¿me matará Optaris, sin importar lo que haga yo? ¿No podemos escondernos?
    —Tal vez. Mi profecía únicamente es buena si intentas llevar a cabo tu plan original.
    —Bueno, entonces nos ocultaremos.
    —Está bien, tan pronto como despierte a este tipo.

    Padway indicó a Hermann.

    — ¿Por qué esperarlo? ¿Por qué no lo dejamos ahí?
    —Trabaja para un amigo mío. Se suponía que debía cuidarme.

    Desmontaron y Padway reanudó sus esfuerzos por despertar a Hermann. Thiudahad se sentó en la hierba.

    — ¡Tanta ingratitud! Y fui un rey tan bueno… —gimió.
    —Seguro —respondió Padway acremente—, a excepción de que rompiste tu juramento a Amalaswentha de no intervenir en los asuntos públicos y después la hiciste asesinar…
    —Pero no comprendes, excelente Martinus. Ella hizo asesinar a nuestro más noble patriota, el conde Tulum, junto con esos otros dos amigos de Athalarico, el hijo de ella…
    —… e interviniste, nuevamente por una consideración, en la última elección papal; ofreciste vender Italia a Justiniano, a cambio de una propiedad cerca de Constantinopla y una anualidad…
    — ¿Qué? ¿Cómo supiste…? ¡Quiero decir, es una mentira!
    —Sé muchas cosas —continuó—; cometiste omisiones en la defensa de Italia; no socorriste a Nápoles…
    —Oh, de veras. Te digo que no me entiendes. Odio todas esas cosas militares. Admito que no soy un soldado; soy un hombre de estudios. Así que dejo eso a mis generales.
    —Como han probado los sucesos…, no.
    —Oh, de veras. Nadie me entiende. Te diré por qué no hice nada respecto a Nápoles. Sabía que era inútil. Había recurrido a un mago judío, Jeconías de Nápoles, quien tiene una gran reputación de hacer profecías acertadas. Este hombre tomó treinta cerdos y puso diez de ellos en cada una de tres zahúrdas. Una zahúrda era de «godos», otra «italianos» y la tercera «imperialistas». Los dejó sin comer durante varias semanas. Hallamos que todos los «godos» murieron; que algunos «italianos» murieron y el resto perdieron el pelo; pero los «imperialistas» estaban pasándola bien. Así supimos que los godos iban a perder. En tal caso, ¿por qué sacrificar inútilmente las vidas de muchos muchachos valientes?
    —Mierda —replicó Padway—. Mis profecías son tan buenas como las de ese farsante gordo. Pero cualquier profecía sólo es buena mientras sigas tus planes originales. Si sigues los tuyos, te cortarán el cuello como a uno de tus cerdos mágicos. Si quieres vivir, obedéceme.
    — ¿Qué? Vamos, oye, Martinus, aunque ya no sea rey, soy noble por nacimiento y no recibiré órdenes de…
    —Como gustes —Padway se levantó y caminó hacia su caballo—. Cuando encuentre a Optaris, le diré dónde hallarte.
    — ¡Ay! ¡No hagas eso! ¡Obedeceré! ¡Haré cualquier cosa, nada más que no dejes que ese hombre horrible me capture!
    —Está bien. Si obedeces órdenes, tal vez incluso pueda devolverte tu reino. Pero entiende que serás un rey puramente nominal.

    Padway captó el brillo astuto en los ojos de Thiudahad. Después, sus ojos se desviaron hacia atrás de Padway.

    — ¡Aquí viene! ¡Es el asesino Optaris! —chilló.

    Padway giró sobre sus pies. Seguro, un godo rollizo venía quemando el camino hacia ellos. Ésa era una situación magnífica. Perdió tanto tiempo hablando, que el perseguidor los alcanzó. Aún debía tener unas pocas horas de retraso; pero ahí estaba el hombre. ¿Qué hacer?

    No tenía más arma que un cuchillo, más adecuado para cortar filetes que para tajar gargantas humanas. Thiudahad tampoco llevaba espada. A Padway, criado en un mundo de subametralladoras Thompson, las espadas le parecían armas inútiles, así que nunca se le había ocurrido acostumbrarse a llevar una. Comprendió el error al captar el reflejo de la hoja de Optaris. El godo se inclinó y estimuló su caballo hacia ellos.

    Thiudahad permaneció clavado en su lugar, temblando con violencia y emitiendo leves maullidos de miedo. Humedeció sus labios secos y chilló una palabra una y otra vez: «Armaio!» (¡Merced!).

    En el último momento, Padway se lanzó contra el ex rey y lo derribó, apartándolo del camino del caballo de Optaris. Se levantó, mientras Optaris frenaba furiosamente su montura. Thiudahad también se levantó y se disparó hacia la protección de los árboles. Optaris saltó a tierra y corrió tras él. Mientras tanto, Padway había pensado con rapidez. Se inclinó sobre Hermann, quien estaba principiando a revivir, sacó la espada de su funda y corrió a cortar el paso a Optaris.

    Padway se maldijo por tonto. Sólo tenía el conocimiento teórico elemental de la esgrima, pero ninguna experiencia práctica. El pesado espadón godo le era desconocido e incómodo. Pudo ver el blanco de los ojos de Optaris mientras el godo trotaba hacia él, medía la distancia, cambiaba su peso y levantaba su espada para un tajo de revés.

    Padway paró el golpe de modo más instintivo que intencional. Las hojas chocaron con un gran ruido y la espada tomada en préstamo a Hermann voló dando vueltas hasta el bosque. Veloz como un relámpago, Optaris atacó otra vez, pero su hoja halló el aire solamente. Si Padway era un esgrimista incompetente, no tenía nada de eso en sus piernas. Corrió tras de su espada, la halló y siguió corriendo, con Optaris jadeando tras él. Había sido un astro menor del cuarto de milla en el colegio; si podía fatigar las piernas del godo, tal vez la desventaja sería menor, cuando finalmente… ¡uff! Tropezó con una raíz y cayó de cara.

    De alguna manera rodó sobre sí mismo y se levantó antes de que Optaris estuviera sobre él. Y en alguna forma se puso entre Optaris y un par de grandes robles que crecían demasiado próximos para pasar entre ellos. Así que no había otra cosa, excepto detenerse y defenderse. Cuando el godo avanzó haciendo oscilar su espada sobre su cabeza, en un último ademán desesperado, Padway lanzó una estocada al pecho descubierto de Optaris, alargando el brazo lo más que pudo, más con la idea de mantener alejado al hombre, que con la de herirlo.

    El godo era un combatiente apto. Pero la esgrima de su época se hacía por completo con el filo. Nadie había lanzado una simple estocada para detenerlo. Así que no fue culpa suya que en su esfuerzo de ponerse a distancia de cortar a Padway, se ensartara limpiamente en la hoja adelantada. El godo jadeó, intentó respirar y sus gruesas piernas se doblaron poco a poco. Cayó y la espada salió de su cuerpo. Sus manos se crisparon sobre la tierra y un gran río de sangre salió por su boca.

    Cuando llegaron Thiudahad y Hermann, encontraron a Padway vomitando contra el tronco de un árbol. Casi no oyó sus congratulaciones.

    Estaba reaccionando a su primer homicidio con una combinación de repulsión humana y excitación nerviosa. Para salvar el pellejo inútil de Thiudahad, había matado a uno que tal vez era un hombre mejor, quien tenía un resentimiento legítimo contra el ex rey y quien nunca había hecho ningún daño a Padway. Si nada más hubiera hablado con Optaris o lo hubiera herido levemente… Pero el hombre estaba bien muerto. Los vivos presentaban un problema más inmediato.

    —Será mejor disfrazarte —dijo a Thiudahad—. Si eres reconocido, Wittigis enviará a visitarte a otro de tus amigos. Es demasiado malo que ya lleves los cabellos cortos, al estilo romano.
    —Quizá podríamos cortarle la nariz —sugirió Hermann—. Entonces nadie lo reconocería.
    — ¡Oh! —chilló Thiudahad, agarrándose el apéndice indicado—. ¡Oh, por favor! ¿No me desfigurarías realmente en esa forma, mi más noble Martinus?
    —No, si te comportas bien, mi señor. Y tus ropas son demasiado lujosas. Hermann, ¿podría confiarte que fueras a Narnia y compraras a un campesino italiano su traje de ir a la iglesia los domingos?
    —Ja, ja, me provocas silubr. Voy.
    — ¿Qué? —chilló Thiudahad—. ¡No me pondré una ropa tan ridícula! Un príncipe de los Amaling tiene su dignidad.

    Padway fijó en él su mirada y palpó el filo de la espada.

    — ¿Entonces, mi señor —dijo sedosamente—, prefieres la pérdida de tu nariz? ¿No? Lo sabía. Entrega un par de sólidi a Hermann. Haremos de ti un granjero próspero. ¿Sabes hablar en dialecto umbrío?


    Capítulo IX


    EL HIJO DE OSKAR LIUDERIS, comandante de la guarnición de la ciudad de Roma, miraba lúgubremente el firmamento gris de septiembre por la ventana de su oficina. El mundo había estado volviéndose al revés con demasiada frecuencia para esta alma leal y simple. Primero, Thiudahad es depuesto y Wittigis elegido rey. Luego, por algún proceso misterioso, Wittigis se convence y persuade a los otros caudillos godos de que el modo de contender con el terrible Belisario es correr a Rávena, y deja una guarnición inapropiada en Roma. Y ahora se sabe que los ciudadanos se sienten insatisfechos; algo peor: que sus tropas temen tratar de defender la ciudad contra los griegos. Aún peor: que el papa Silverio ha estado tratando con Belisario y violado suavemente sus juramentos a Wittigis, pretextando que el rey es un herético, para arreglar una capitulación incruenta de la ciudad.

    Pero todos estos choques fueron leves, comparados con el que recibió cuando los dos visitantes anunciados por su ordenanza resultaron ser Martín Padway y el ex rey Thiudahad, a quien reconoció inmediatamente, a pesar de estar afeitado.

    — ¡Vosotros! —exclamó—. ¡Vosotros!
    —Sí, nosotros —respondió Padway en tono suave—. Creo que conoces a Thiudahad, rey de los ostrogodos e italianos. Y me conoces a mí. A propósito, soy el nuevo cuestor del rey.

    Eso significaba que era una combinación de secretario, legislador y escritor en nombre suyo.

    —Pero… ¡pero tenemos otro rey! Se supone que vosotros tenéis vuestras cabezas a precio o algo así.
    —Oh, eso —contestó Padway negligentemente—. El Consejo Real fue un poco apresurado en su acción, como esperamos demostrarle a su tiempo. Explicaremos…
    —Pero ¿dónde habéis estado? ¿Y cómo escapaste de mi campamento? ¿Y qué estáis haciendo aquí?
    —Una cosa cada vez, por favor, excelente Liuderis. Primero, hemos estado en Florencia, reuniendo unos pocos suministros para la campaña. Segundo…
    — ¿Cuál campaña?
    —… segundo, tengo la forma, negada a los hombres comunes para escapar de la prisión. Tercero, estamos aquí para conducir tus tropas contra los griegos y destruirlo.
    — ¡Estáis locos! Os haré encerrar hasta que…
    —Vamos, espera hasta que nos escuches. ¿Conoces mis… pequeñas dotes para ver los resultados futuros de las acciones de los hombres?
    —Unh, he oído cosas. Pero si piensas que puedes hacer que me aparte de mis deberes con algún cuento descabellado…
    —Exactamente, mí querido señor. Él rey te dirá cómo anticipé el infortunado intento de Optaris contra su vida y cómo usé mi conocimiento para frustrar sus planes. Puedo presentarte más pruebas. Por ejemplo, puedo decirte que no recibirás ayuda de Rávena. Que Belisario marchará por la Vía Latina en noviembre. Que el Papa convencerá a tu guarnición de que se retire antes de que lleguen ellos. Y que tú permanecerás en tu puesto y serás capturado y enviado a Constantinopla.
    — ¿Estáis aliado con Satanás? ¿O quizá eres el mismo diablo? No he dicho a nadie mi determinación de permanecer aquí si mi guarnición se retira y no obstante, tú lo sabes.
    —No tengo esa suerte —Padway sonrió—, excelente Liuderis. Solamente soy un hombre ordinario, de carne y hueso, que tiene algunas dotes especiales. Aún más, Wittigis perderá por último la guerra, aunque nada más será después de años de lucha destructora. Esto es, sucederán todas estas cosas, a menos que cambies tus planes.
    —Bueno, ¿qué planes de operaciones tienes en la mente contra los griegos? —inquirió Liuderis, después de una hora.
    —Sabemos que vendrán por la Vía Latina —replicó Padway—, así que no tiene objeto dejar Terracina guarecida. Y sabemos la fecha aproximada de su venida. ¿Cuántos hombres, más o menos, podrías reunir para fines del mes próximo, contando la guarnición de Terracina?

    Liuderis sopló entre sus barbas y pensó.

    —Si llamara a los hombres de Formia, seis, tal vez siete mil. Alrededor de la mitad arqueros y la mitad lanceros. Es decir, asumiendo que el rey Wittigis no lo sepa e intervenga.
    — ¿Si pudiera demostrarte que tendrías posibilidades bastante buenas contra ellos, los conducirías?
    —No lo sé todavía. Debo pensarlo. Quizá. Si como dices, nuestro rey… excúsame, noble Thiudahad, me refiero al otro rey, va a ser derrotado, podría valer la pena correr el riesgo. ¿Qué harías tú?
    —Belisario tiene más o menos diez mil hombres —respondió Padway—. Dejará dos mil para guarecer Nápoles y otras ciudades meridionales. Todavía tendrán una pequeña superioridad numérica sobre nosotros. Veo que tu bravo Wittigis huyó cuando tenía veinte mil disponibles.

    Liuderis se encogió de hombros y pareció confundido.

    —Es cierto que no fue una acción inteligente. Pero espera muchos miles más de Galia y Dalmacia.
    — ¿Tienen tus hombres alguna práctica en ataques nocturnos?
    — ¿Ataques nocturnos? ¿Quieres decir, atacar al enemigo por la noche? No. Nunca oí hablar de ese procedimiento. Las batallas siempre se libran durante el día. Un ataque nocturno no me parece muy práctico. ¿Cómo conservarías el control de tus hombres?
    —Ése es el punto. Nadie ha sabido jamás que los godos hagan un ataque por la noche, así que hay alguna posibilidad de éxito. Pero requerirá entrenamiento especial. Primero, tendrás que destacar patrullas en los caminos que conducen al norte, para devolver a la gente que pueda llevar a noticia a Rávena. Necesito un par de buenos ingenieros de catapultas. No deseo tener que depender enteramente de los libros que encuentre en las bibliotecas, para integrar mi artillería. Si entre tus tropas nadie sabe nada de catapultas, debemos hallar a uno o dos romanos que sepan. Y puedes hacerme miembro de tu estado mayor… ¿no tienes estado mayor? Entonces es tiempo de que comiences a tenerlo… con un salario razonable…

    Padway se tendió sobre la cumbre de una colina próxima a Fregellae y observó a los imperialistas a través de su telescopio. Le sorprendió que Belisario, el mejor soldado de su tiempo, no hubiera destacado exploradores más lejos, pero era el año de 536. Su partida avanzada consistía en unos pocos cientos de hunos y moros montados, quienes galopaban siguiendo caminos secundarios por cientos de metros y volviendo al camino principal. Luego venían dos mil de los famosos cataphracti o coraceros, trotando en formación ordenada. El sol bajo y frío hacía resplandecer las escamas de sus armaduras. Su estandarte era una serpiente de cuero inflada, retorciéndose al extremo de una larga asta.

    Éstos eran los mejores soldados y ciertamente los más versátiles en el mundo y todos les temían. Al verlos, Padway no se sintió confiado. Después venían tres mil arqueros de Isauria, marchando a pie y, finalmente, dos mil coraceros más. Junto a Padway, Liuderis observó:

    —Ésa es una especie de señal. Ja, creo que acamparán aquí. ¿Cómo sabías que escogerían ese punto, Martinus?
    —Es sencillo. ¿Recuerdas ese pequeño aparato que tenía en la rueda de esa carreta? Sirve para medir la distancia. Medí las distancias en el camino. Luego de saber su jornada normal de marcha y el punto del que partieron, el resto es fácil.
    —Tch, ech, maravilloso. ¿Cómo piensas en todas esas cosas? —los ojos grandes y confiados de Liuderis recordaron a Padway los de un San Bernardo—. ¿Debo hacer que los ingenieros ensamblen ya a Brunilda?
    —Aún no. Cuando el sol se ponga, mediremos la distancia hasta el campamento.
    — ¿Cómo lo harás sin ser visto?
    —Te lo enseñaré cuando llegue el momento. Mientras tanto, asegúrate de que los muchachos guarden silencio y se mantengan ocultos.
    —No les agradará tener que comer una cena fría —Liuderis frunció el ceño—. Si no los vigilamos, con seguridad encenderán fuego.

    Padway suspiró. Había tenido bastantes experiencias tristes con los godos temperamentales e indisciplinados. Como Padway sentía que no daría resultado que él les ordenara directamente, el pobre Liuderis tenía que hacerlo.

    Los bizantinos establecieron con prontitud ordenada su campamento. Ésos eran auténtico soldados, pensó Padway. Se podía hacer algo al mando de hombres como ésos. Pasaría largo tiempo antes de que los godos consiguieran una perfección de movimiento tan tersa. Los godos todavía estaban obsesionados con ideas infantiles de la guerra.

    Estaba oscureciendo demasiado para que su telescopio fuera útil. Podía distinguir el estandarte del general frente a una gran tienda. Quizá Belisario era una de esas pequeñas figuras que la rodeaban. Si tuviera una ametralladora… pero no la tenía y jamás la tendría. Se requieren máquinas para hacer ametralladoras y máquinas para hacer esas máquinas y así sucesivamente.

    Sin duda el estandarte tenía las letras S. P. Q. R…, el Senado y el Pueblo de Roma (Senatus Populusque Romanu). Un ejército de mercenarios hunos, moros y anatolios, comandado por un eslavo tracio, quien trabajaba para un autócrata dálmata que reinaba en Constantinopla y ni siquiera gobernaba en la ciudad de Roma, se hacía llamar Ejército de la República de Roma y no veía nada gracioso en el acto.

    Padway se levantó, gruñendo por el peso de su cota de escamas. Deseó muchas cosas, tales como haber tenido tiempo para entrenar a algunos arqueros montados. Eran las únicas tropas que realmente podían contender en igualdad de condiciones con los letales coraceros bizantinos. Pero tendría que esperar que la oscuridad nulificara la ventaja imperialista en fuego de proyectiles.

    Supervisó el hundimiento de una estaca en tierra y midió a pasos la base de un triángulo. Con un poco de geometría calculó la distancia de 400 metros que era el alcance de Brunilda, y ordenó que se ensamblara la gran catapulta. La cosa requirió once carretas cargadas de madera. Padway revoloteaba en torno a sus ingenieros, saltando y siseando reprimendas cuando alguien dejaba caer una pieza de madera.

    Fragmentos de cantos llegaban del campamento. Al parecer, la idea de Padway, de abandonar una carreta cargada de brandy donde era seguro que la hallaran los forrajeadores, había dado resultados, a pesar de la severidad de Belisario con los soldados borrachos.

    Se sacaron las bolsas de pasta de azufre. Padway consultó su reloj, recobrado del agujero de la muralla. Era cerca de media noche, aunque habría jurado que el trabajo no había tomado más de una hora.

    — ¿Todo dispuesto? —preguntó—. Enciendan la primera bolsa.

    Se encendieron los trapos embebidos en aceite. El saco fue puesto en la eslinga. El mismo Padway tiró del cabo: ¡Z-zam!, dijo Brunilda. La bolsa describió una parábola ígnea. Las canciones de ebrios cesaron y en lugar de eso, hubo un zumbido creciente como de un nido de avispas irritadas. Detrás de él, los látigos y las cuerdas crujieron, mientras los caballos tiraban de la polea que había aparejado Padway para la preparación rápida de la catapulta. ¡Z-zam! La mecha de la segunda bolsa se apagó en el aire, de manera que continuó su vuelo hasta el campo sin ser vista. No importaba. En pocos segundos voló otra. El zumbido fue más fuerte, interrumpido por órdenes claras y agudas. ¡Z-zam!

    — ¡Liuderis! —gritó Padway—. ¡Da tu señal!

    En el campamento, las líneas de caballos comenzaron a relinchar. A los caballos no les agraciaba el dióxido de azufre. Bueno; tal vez la caballería imperialista sería inmovilizada. Bajo los otros ruidos, Padway oyó los sonidos metálicos y las pisadas de los godos poniéndose en camino. En el campamento, algo estaba ardiendo brillantemente. Su luz mostró una compañía de godos, a la derecha de Padway, abriéndose paso por el terreno escabroso, cubierto de hierba. Sus grandes escudos redondos estaban pintados de blanco para reconocerse, y cada hombre tenía un trapo húmedo atado sobre la nariz. Padway pensó que podrían asustar a los imperialistas, aunque no lograran hacer otra cosa. Alrededor, la noche brillaba con el ligero reflejo anaranjado del fuego sobre yelmos, cotas de escamas y hojas de espadas.

    Al aproximarse los godos, el ruido de decuplicó, al añadirse los gritos de la batalla organizada, el restallido seco de las cuerdas de los arcos y, finalmente, el coro de herreros de metal sobre metal. Padway pudo ver que «sus» hombres, siluetas negras contra los fuegos, empequeñecían y se perdían de vista en el foso del campamento. Entonces sólo hubo una mancha confusa de movimiento y un gran estrépito, mientras los atacantes trepaban al otro lado, invisibles hasta que entraron nuevamente a la luz de los fuegos y se mezclaron con los defensores.

    Uno de los ingenieros informó que los sacos de azufre se habían terminado. ¿Qué debían hacer entonces?

    —Aguarden órdenes posteriores —replicó Padway.
    —Pero, capitán, ¿no podemos ir a pelear? ¡Estamos perdiéndonos de toda la diversión!
    — ¡Ni, no podéis! ¡Vosotros sois el único cuerpo de ingenieros que vale algo al oeste del Adriático, no permitiré que os hagáis matar!
    — ¡Uh! —exclamó una voz en la oscuridad—. Ésa es una actitud cobarde, permanecer aquí. Vamos, muchachos. ¡Al diablo con el misterioso Martinus!

    Y antes de que Padway pudiera hacer algo, los veinte y pico de sirvientes de la catapulta trotaron hacia los fuegos.

    Padway pidió furiosamente su caballo y cabalgó en busca de Liuderis. El comandante estaba refrenando su cabalgadura frente a una masa sólida de lanceros. La luz del fuego iluminaba sus cascos, sus caras, sus hombros y el bosque de lanzas verticales. Parecían algo salido de una ópera de Wagner.

    — ¿No hay aún señales de un contraataque? —preguntó Padway.
    —No.
    —La habrá. ¿Quién va a conducir este escuadrón?
    —Yo.
    — ¡Oh, señor! Creí que te había explicado por qué el…
    —Lo sé, Martinus —lo interrumpió Liuderis firmemente—. Tienes muchas ideas. Pero eres joven. Yo soy un soldado viejo. El honor requiere que guíe a mis hombres. Mira, algo ocurre en el campamento.

    Cierto. La caballería imperial estaba saliendo. A pesar de las dificultades, Belisario había conseguido reunir un grupo de caballos manejables y los coraceros para montarlos. Mientras observaban, este grupo salió atronando por la puerta principal y la infantería goda se dispersó en todas direcciones ante ellos. Liuderis gritó y la masa de jinetes godos se puso en movimiento, cobrando velocidad al avanzar. Padway vio que los imperialistas rodeaban ampliamente para tomar a los atacantes por la retaguardia y después, los hombres de Liuderis los ocultaron. Oyó el choque al encontrarse las fuerzas y luego todo fue confusión.

    El ruido se apagó poco a poco. Padway se preguntó qué había ocurrido. Se sintió tonto, montado en su caballo, a 400 metros de la acción. Estaba teóricamente donde debían estar la plana mayor, las reservas y la artillería. Pero no había reservas, su única catapulta se encontraba abandonada en algún lugar en la oscuridad y los artilleros y la plana mayor se hallaban al frente, intercambiando golpes de espada con los imperialistas.

    Padway trotó hacia el campamento, renegando contra las ideas del siglo VI respecto a la guerra. Se encontró con un godo que estaba vendando pacíficamente su espinilla con un trozo de tela arrancado de su túnica; otro que oprimía su estómago y gemía, y un cadáver. Luego halló un grupo de coraceros imperiales desmontados y desarmados.

    — ¿Qué estáis haciendo? —inquirió.
    —Somos prisioneros —replicó uno—. Había unos godos que se suponía que debían estar vigilándonos, pero enfurecieron por perderse del botín, así que se fueron al campamento.
    — ¿Qué sucedió a Belisario?
    —Aquí está —el prisionero señaló a un hombre sentado en tierra, con la cabeza entre las manos—. Un godo lo golpeó en la cabeza y lo aturdió. Está recuperando el sentido. ¿Sabes qué se hará con nosotros, noble señor?
    —Pienso que nada muy drástico. Aguardad aquí hasta que envíe a alguien por vosotros.

    Padway cabalgó hacia el campamento. Los soldados eran personas extrañas, pensó. Con Belisario al mando y una oportunidad de emplear su famosa táctica de arco y lanza, los cataphracti podrían haber vencido al triple de sus efectivos de tropas en otros tipos. Ahora, como su caudillo había sido golpeado en la cabeza, estaban tan mansos como ovejas.

    Halló más muertos y heridos cerca del campamento y unos pocos de caballos sin jinete pastando tranquilamente. En el campo mismo, había soldados imperiales, arqueros de Isauria, moros y hunos, en pequeños grupos que oprimían pedazos de tela contra sus narices para protegerse del efecto de los vapores sulfúricos. Los godos corrían entre ellos de un lado a otro, buscando propiedades que pudieran robarse.

    Padway desmontó y preguntó a un par de los saqueadores dónde estaba Liuderis. Contestaron que no sabían y continuaron con sus negocios. Encontró a un oficial llamado Gaina, que lo sabía. Gaina se hallaba sentado llorando junto a un cadáver.

    —Liuderis murió —dijo entre sollozos—. Cayó en la refriega, cuando atacamos a la caballería griega.
    — ¿Quién es ése? —Padway indicó al cadáver.
    —Mi hermano menor.
    —Lo siento. Pero ¿quieres venir conmigo a organizar las cosas? Allí hay cien coraceros sin nadie que los vigile. Si recobran el juicio, intentarán escapar…
    —No. Permaneceré con mi hermanito. Ve, Martinus. Tú puedes encargarte de las cosas —Gaina se disolvió en nuevas lágrimas.

    Padway buscó hasta que encontró a otro oficial, Gudareths, quien parecía tener algún sentido. Cuando menos estaba haciendo esfuerzos frenéticos para reunir algunos jinetes para vigilar a los imperialistas rendidos. Padway lo tomó por un brazo.

    —Olvídalos —estalló—. Oí que Liuderis murió, pero Belisario vive. Si no lo aseguramos…

    Así que arrastraron un puñado de godos y regresaron hacia donde continuaba el general imperial, sentado entre sus soldados. Retiraron a los prisioneros menores y apostaron a varios hombres para vigilar a Belisario. Después pasaron una hora completa reuniendo a jinetes y prisioneros y estableciendo algún orden.

    Gudareths, un hombre pequeño y jovial, hablaba continuamente.

    —Ésa fue una gran carga, una gran carga. Nunca vi una mejor, incluso en la batalla contra los gépidos en el Danubio. Los tomamos por el flanco, la cosa más limpia que hayas visto. El general griego luchó como un energúmeno, hasta que le pegué en la cabeza. Se rompió mi espada, sí. El mejor golpe que he dado en mi vida. Más fuerte aún que la vez que le corté la cabeza a un huno búlgaro, hace cinco años. Oh, sí, he matado en mi vida cientos de enemigos. Hasta miles. Lo siento por los pobres diablos. No soy en realidad un tipo sanguinario, pero trataron de enfrentarse a mí. Oye, ¿dónde estuviste durante la carga? —miró fijamente a Padway, como una ardilla acusadora.
    —Se suponía que debía estar dirigiendo la artillería. Pero mis hombres corrieron a participar en la pelea, y cuando llegué, todo había terminado.
    —Aiw, no lo dudo, no lo dudo. Como una vez que estuve en un combate contra los borgoñeses. Mis órdenes me mantuvieron fuera de la refriega hasta que casi, estaba concluida. Por supuesto, cuando llegué, debo haber matado cuando menos a veinte…

    El tren de tropas y prisioneros se encaminó hacia el norte por la Vía Latina. Padway, aún trastornado por hallarse al mando del ejército godo, simplemente por haberse hecho cargo de las responsabilidades de Liuderis en la noche de confusión, cabalgaba cerca del frente. Los primeros son siempre los primeros que desaparecen, pensó con tristeza, recordando al viejo Santa Claus sencillo y honrado que yacía en una de las carretas a retaguardia y pensando en el reyezuelo perverso y traicionero a quien tenía que manejar cuando volviera a Roma.

    Belisario, quien cabalgaba a su lado, estaba todavía menos jovial. El general imperialista era un hombre sorprendentemente joven, de alrededor de treinta y cinco años, alto y un poco gordo, con ojos grises y barba café rizada. Su ascendencia eslava se mostraba en sus grandes pómulos.

    —Excelente Martinus —dijo con gravedad—, debo agradecerte la consideración que mostraste hacia mi esposa. Te preocupaste por ponerla cómoda en este triste viaje.
    —Está muy bien, ilustre Belisario. Tal vez tú me capturarás algún día.
    —Eso es muy improbable, después de este fracaso. A propósito, si puedo saberlo: ¿qué eres tú? ¡Oí que te llamaban misterioso Martinus! Por tu forma de hablar no eres godo, ni siquiera italiano.

    Padway repitió su fórmula vaga, concerniente a América.

    — ¿Sí? Esos americanos deben ser gente muy hábil en la guerra. Cuando comenzó la batalla supe que no estaba enfrentándome a un comandante bárbaro. La coordinación fue demasiado buena.
    — ¿Te agradaría la idea de combatir a nuestro lado? —preguntó Padway—. Necesitamos un buen general. Como cuestor de Thiudahad, tengo las manos ocupadas en otras cosas.
    —No. Hice un juramento a Justiniano —contestó Belisario, y frunció el ceño.
    —Lo hiciste. Pero como oirás probablemente, en ocasiones puedo ver en el futuro. Y puedo decirte que mientras más fiel seas a Justiniano, más malo e ingrato será él contigo. Te…
    — ¡Dije no! Puedes hacer lo que quieras conmigo, pero la palabra de Belisario no debe ponerse en duda.

    Padway argumentó un poco más, pero al recordar su Procopio, tuvo poca esperanza de cambiar la actitud severa de este tracio. Belisario era un tipo magnífico, pero su virtud rígida lo hacía un compañero de viaje ligeramente molesto.

    — ¿Dónde está tu secretario, Procopio de Cesárea? —inquirió Padway.
    —No lo sé. Estaba en algún sitio en Italia meridional y se suponía que debía estar en camino para reunirse con nosotros.
    —Bien. Lo tomaremos con nosotros. Requeriremos un historiador competente.

    Los ojos de Belisario se dilataron.

    — ¿Cómo sabes que está reuniendo notas para la historia? Pensé que no lo había dicho a nadie, excepto a mí.
    —Oh, tengo medios. Por eso me llaman el misterioso Martinus.

    Entraron a Roma por la Puerta Latina, al norte, pasando el Circo Máximo, hacia el Campo Pretoriano.

    Ahí, Padway ordenó acampar a los prisioneros y dijo a Gudareths que estableciera una guardia sobre ellos. Eso fue bastante obvio. Luego se halló en medio de una multitud de oficiales que lo miraban expectantemente. No pudo pensar en las órdenes que debía librar entonces.

    Se frotó el lóbulo de la oreja por unos segundos y después apartó al cautivo Belisario.

    —Oye, ilustre general —preguntó en voz baja—, ¿qué diablos hago ahora? Estos asuntos militares no son mi verdadero oficio.

    Hubo una sugestión de asombro en la cara sincera y ordinariamente solemne de Belisario.

    —Llama a tu pagador general —replicó—, y haz que pague los salarios de los hombres. Será mejor que les otorgues una pequeña gratificación por la victoria en la pelea. Comisiona a un oficial para que traiga algunos médicos que atiendan a los heridos; cuando menos, no creo que un ejército bárbaro como éste tenga su propio cuerpo médico. Debe haber un hombre cuya obligación sea cotejar las nóminas. Investígalo. Supe que el comandante de la guarnición de Roma murió. Nombra a un hombre en su lugar y haz que la guarnición regrese a sus cuarteles. Indica a los comandantes de los otros contingentes que encuentren el alojamiento que puedan para sus hombres. Si tienen que utilizar casas particulares, promete a los dueños que serán pagados a las tarifas comunes. Puedes investigarlas después. Pero antes que nada, debes decir un discurso.
    — ¿Decir un discurso, yo? —siseó Padway, horrorizado—. Hablo un godo infame…
    —Eso es parte del oficio. Diles lo bueno que son como soldados. Que sea breve En cualquier forma, no escucharán muy atentamente.


    Capítulo X


    DESPUÉS DE BUSCAR DURANTE ALGÚN TIEMPO, Padway encontró a Thiudahad en la Biblioteca Ulpiana. El hombrecillo se hallaba detrás de un enorme montón de libros. Cuatro guardaespaldas estaban acostados sobre una mesa, roncando con estrépito. Thiudahad levantó la mirada legañosa.

    —Oh, sí, es el muchacho editor. Martinus, ¿no?
    —Es cierto, mi señor. Debo agregar que soy tu nuevo cuestor.
    — ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién te lo dijo?
    —Tú. Me nombraste tú.
    —Oh, de veras, lo hice. Soy un necio. Cuando me absorbo en libros realmente no sé qué está ocurriendo. Vamos a ver, Liuderis y tú iban a combatir a los imperialistas, ¿verdad?
    —Oc ille, mi señor. Todo ha concluido.
    — ¿Sí? Supongo que te vendiste a Belisario, ¿verdad? Espero que hayas logrado de Justiniano una propiedad y una anualidad para mí.
    —No fue necesario, mi señor. Vencimos.
    — ¿Qué?

    Padway hizo un resumen de los sucesos de los tres últimos días.

    —Y será mejor que te retires a dormir temprano esta noche, señor. Por la mañana saldremos hacia Florencia.
    — ¿A Florencia? ¿Por qué, en nombre del cielo?
    —Estamos en camino de interceptar a tus generales Asinar y Grippas. Vienen de Dalmacia, luego de haber sido atemorizados por el general imperial Constanciano. Si podemos alcanzarlos antes de que lleguen a Rávena y sepan respecto a Wittigis, quizá podamos recuperar tu corona.
    —Sí, supongo que debemos hacerlo —suspiró Thiudahad—. Pero ¿cómo supiste que Asinar y Grippas venían de regreso a casa?
    —Es un secreto profesional, mi señor. También he mandado una fuerza de dos mil hombres a recuperar Nápoles. Está en manos del general Herodiano sólo con trescientos hombres, así que no habrá gran dificultad.

    Thiudahad entrecerró los ojos acuosos.

    —Que se hagan las cosas, Martinus. Si puedes entregarme a ese vil usurpador, Wittigis… ¡aaah!… ¡Lo mandaré a un torturador de Constantinopla, si no puedo hallar uno bastante ingenioso en Italia!

    Padway no replicó, pues tenía sus propios planes para Wittigis.

    —Tengo una sorpresa agradable para ti: el cofre de la paga del ejército imperial…
    — ¿Sí? —los ojos de Thiudahad resplandecieron—. Por supuesto, es mío. Eso es muy considerado de tu parte, excelente Martinus.
    —Bueno, tuve que tomar un poco para pagar a nuestras tropas y las deudas del ejército. Pero encontrarás el resto en una condición agradable para agregarlo a la hacienda real. Te esperaré en casa.

    Padway omitió añadir que había confiscado más de la mitad del resto y depositado el dinero con Tomás. Quien es dueño de los cofres de la paga de un ejército capturado, en particular cuando el captor es un voluntario que sirve teóricamente a uno de dos reyes enemigos, era un problema que la ciencia legal de la época no estaba equipada para decidir. En todo caso, Padway tenía la seguridad de que podía utilizar el dinero mejor que Thiudahad.

    Padway cabalgó hacia la casa de Cornelio Anicio. Su propietario retórico había ido a los baños, pero salió Dorotea. Padway tuvo que admitir que lo hacía sentirse bastante bien cabalgar un caballo poderoso en un atavío romántico (para él), con capa, botas y todo, e informar de su éxito a una de las muchachas más bonitas en Roma.

    —Tú sabes, Martinus, al principio mi padre fue necio respecto a tu posición social. Pero después de todo lo que has hecho, se ha olvidado de eso. Por supuesto, no está entusiasmado por el régimen godo. Pero prefiere a Thiudahad, quien es culto, a ese salvaje Wittigis.
    —Me agrada eso. Me simpatiza tu viejo.
    —Todos hablan ahora de ti. Te llaman el «misterioso Martinus».
    —Lo sé. Es absurdo, ¿verdad?
    —Sí. Nunca me pareciste misterioso, a pesar de ser extranjero.
    —Eso es grande. No me temes, ¿verdad?
    —En lo más mínimo. Si hiciste un pacto con Satanás, como insinúa alguna gente, estoy segura de que el demonio obtuvo la peor parte —rieron. La muchacha agregó—: Casi es hora de cenar. ¿Te quedarás?
    —Lo siento, no puedo. Mañana saldremos de nuevo a la guerra.

    Al retirarse, pensó: Si cambiara de idea respecto a la conveniencia del matrimonio, sé dónde principiaría.

    Padway hizo un intento más por convencer a Belisario, pero sin éxito. No obstante, enlistó como guardia personal a quinientos de los coraceros imperiales. Su parte del botín sería suficiente para pagarles durante algunas semanas. Después de eso, ya vería.

    El viaje a Florencia no fue agradable. Llovió durante la mayoría del trayecto, con turbonadas intermitentes de nieve.

    En Florencia, mandó a sus oficiales a comprar ropa más abrigada para la tropa y revisó sus negocios.

    —No confío en ninguno de estos hombres, excelente patrón —observó Fritharik—. Estoy seguro de que el capataz y este Jorge Menandro han estado robando, aunque no puedo probarlo. No entiendo todas esas sumas y escritos. Si los dejas solos el tiempo suficiente, robarán todo y, ¿dónde estaremos entonces?
    —Ya veremos —replicó Padway.

    Llamó al tesorero, Proclus Proclus, y pidió ver los libros. Proclus Proclus pareció inquieto inmediatamente, pero le llevó los libros. Padway se sumergió en las cifras. Todas estaban claras y nítidas, ya que él mismo había enseñado contabilidad por partida doble al tesorero. Y… sus empleados se sorprendieron al oír que Padway estallaba en carcajadas.

    — ¿Qué… qué sucede, noble señor? —preguntó Proclus Proclus.
    —Pobre tonto, ¿no entiendes que con mi sistema de contabilidad, tus pequeños robos destacan en las cuentas? Mira: treinta sólidi el mes pasado y nueve sólidi y algunos sestercios hace nada más una semana.
    — ¿Qué… qué vas a hacerme?
    —Bueno… debería hacerte encarcelar y apalear —Padway guardó silencio por un momento y vio retorcerse a Proclus Proclus—. Pero no deseo ver que padezca tu familia. Y ciertamente, no debía conservarte, después de esto. Pero estoy bastante ocupado y no puedo tomarme el tiempo necesario para entrenar a un nuevo tesorero para que lleve los libros en una forma civilizada. Así que sólo descontaré una tercera parte de tu salario hasta que estén pagados estos pequeños «préstamos» tuyos.
    —Gracias, gracias, bondadoso señor. Pero en justicia… Jorge Menandro también debe pagar una parte de eso. Él…
    — ¡Mentiroso! —gritó el director.
    — ¡Mentiroso tú! Mira, puedo probarlo. Aquí está una partida por un sólidus, el 10 de noviembre. Y el 11, Jorge aparece con un par de zapatos nuevos y un brazalete. Sé dónde los compró. El día 15…
    — ¿Qué dices de eso, Jorge? —preguntó Padway.

    Menandro confesó finalmente, aunque insistió en que los robos habían sido sólo préstamos temporales hasta el día de pago.

    Padway dividió la deuda total entre ambos. Los previno con severidad en contra de la reincidencia. Después dejó al capataz una serie de planes para nuevas máquinas y procesos de trabajos en metal.

    — ¿Puedo acompañarte, excelente Martinus? —le preguntó Fritharik—. Florencia es muy aburrida. Y necesitas a alguien que te cuide. Ya he ahorrado bastante para recobrar mi espada enjoyada y, si me dejas…
    —No, viejo. Lo siento, pero necesito tener aquí una persona en quien pueda confiar. Ya veremos cuando haya terminado esta maldita guerra y esta política.
    —Oh, muy bien —Fritharik suspiró ruidosamente—, pero odio pensar que andes sin protección, con todos esos italianos, godos y griegos traicioneros. Aún temo que termines en una tumba anónima.

    Temblaron y se deslizaron al cruzar los helados Apeninos hacia Bolonia. Padway resolvió hacer herrar los caballos de sus hombres, si podía hallar unos pocos días libres… los estribos ya habían sido inventados, pero las herraduras no.

    En Padua supieron que no habían alcanzado a las fuerzas dálmatas por un día. Thiudahad quiso detenerse.

    —Martinus —gimió—, has arrastrado mis viejos huesos por toda Italia septentrional y casi me has matado de frío. Eso no es humano. Debes alguna consideración a tu rey, ¿no?

    Padway reprimió su irritación con algún esfuerzo.

    —Mi señor, ¿quieres recuperar tu corona o no?

    Así que el pobre Thiudahad tuvo que seguir adelante. Cabalgaron con determinación y alcanzaron al ejército dálmata a la mitad del trayecto hacia Atria. Trotaron dejando atrás a miles y miles de godos, a píe y a caballo. Debía haber más de cincuenta mil de ellos. Y estos hombres grandes, de aspecto rudo, habían huido ante el simple rumor de que se aproximaba el conde Constantiano.

    El conde tenía solamente una pequeña fuerza, pero Padway era el único presente que lo sabía y su fuente de información no era del todo legítima. Los godos aclamaron a Thiudahad y a los lanceros godos de Martinus y miraron y farfullaron contra los quinientos coraceros. Padway había hecho que su guardia se pusiera cascos godos y capas militares italianas, en lugar de los yelmos de acero con espiga y los mantos como albornoces que acostumbraban. Pero sus mejillas afeitadas, sus pantalones ceñidos y sus altas botas amarillas todavía los hacían suficientemente diferentes para despertar sospechas.

    Padway encontró a los dos comandantes cerca de la cabeza de la columna. Asinar era alto y Grippas bajo, pero aparte de eso, eran nada más un par de bárbaros maduros y barbudos. Saludaron con respeto a Thiudahad, quien pareció intimidarse un poco ante tanta fuerza latente. El ex rey presentó a Padway como su nuevo prefecto… no, quería decir, su nuevo cuestor.

    —Supimos en Padua que había ocurrido en Italia una guerra civil y una usurpación. ¿Qué significan esas noticias? —preguntó Asinar.

    Por esa vez, Padway agradeció que su telégrafo no hubiera estado operando tan al norte. Rio despreciativamente.

    —Oh, nuestro valeroso general Wittigis tuvo una idea hace un par de semanas. Se encerró en Rávena, donde no pudieran llegar a él los griegos y se hizo proclamar rey. Hemos eliminado a los griegos y ahora vamos a arreglar a Wittigis. Vuestros muchachos serán útiles.

    Dos días después, al mediodía, partieron hacia Rávena. La bruma era tan densa en la calzada septentrional, que un hombre tenía que preceder a pie a los primeros jinetes, para evitar que se desviaran a los pantanos.

    Cuando apareció la fuerza, saliendo de la niebla, hubo cierta alarma en Rávena. Padway y Thiudahad guardaron silencio, mientras Asinar y Grippas se identificaban. Como resultado, la mayoría de la enorme fuerza estuvo en la ciudad antes de que alguien notara al hombrecillo canoso junto a Padway. Luego hubo gritos y carreras de un sitio a otro. Un godo con una rica capa roja corrió hacia la cabeza de la columna.

    — ¿Qué diablos sucede aquí? —gritó—. ¿Habéis capturado a Thiudahad o es lo contrario?

    Padway espoleó su caballo para ponerse al frente.

    — ¿Quién eres tú, mi querido señor? —inquirió.
    —Si es de tu incumbencia, soy el hijo de Unilas Wiljarith, general de nuestro señor Wittigis, rey de los godos y de los italianos. ¿Y quién eres tú?
    —Me deleita conocerte, general Unilas —Padway sonrió y replicó tersamente—. Soy Martin Paduei, cuestor del viejo señor Thiudahad, rey de los godos y de los italianos. Ahora que nos conocemos…
    — ¡Pero tonto, ya no hay ningún rey Thiudahad! ¡Fue depuesto! ¿O no lo habías oído?
    —Oh, he oído muchas cosas. Pero mi excelente Unilas, antes de que hagas más observaciones rudas, considera que nosotros… esto es, el rey Thiudahad, tenemos más de sesenta mil soldados en Rávena, en tanto que vosotros tenéis alrededor de doce mil. No quieres ninguna molestia desagradable, ¿verdad?
    — ¡Eres un…! ¡Uh!… ¿dijiste sesenta mil?
    —Quizá setenta mil; no los he contado.
    —Oh, eso es distinto.
    —Pensé que lo considerarías en esa forma.
    — ¿Qué vais a hacer?
    —Bueno, si puedes decirme dónde está el general Wittigis, creo que podríamos hacerle una visita.
    —Se está casando. Estará en camino de la iglesia de san Vital.
    — ¿Quieres decir que todavía no se ha casado con Mathaswentha?
    —No. Hubo alguna demora para obtener el divorcio.
    —Pronto, ¿cómo podemos llegar a la iglesia de san Vital?

    Padway no había esperado llegar a tiempo de oponerse al intento de Wittigis para injertarse en el árbol genealógico de los Amal, por su matrimonio forzado con la hija de la fallecida reina Amalaswentha. Pero ésa era una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar.

    Unilas indicó una cúpula flanqueada por dos torres. Padway le gritó a su guardia y espoleó a su caballo a un galope corto. Los quinientos hombres galoparon detrás. Cruzaron un puente sobre uno de los canales de Rávena y llegaron a la puerta de la iglesia de san Vital.

    Había una veintena de guardias a la puerta, a través de la cual salía flotando suavemente la música de un órgano. Los guardias levantaron sus lanzas en «posición».

    Padway frenó su cabalgadura y se volvió al comandante de su guardia, un macedonio llamado Aquileo.

    —Cúbrelos —estalló.

    Hubo un movimiento rápido, concertado entre los coraceros, quienes se habían desplegado en un semicírculo frente a la puerta de la iglesia. En el momento siguiente, los guardias estaban mirando cien rígidos arcos bizantinos, tensos hasta la mejilla.

    —Nu —dijo Padway en godo—, muchachos, si sueltan sus pinchos y levantan las manos… tenemos una invitación… Oh, así está mejor —saltó a tierra—. Aquileo, dame un escuadrón. Luego rodea la iglesia y que nadie entre ni salga hasta que termine con Wittigis.

    Entró a la iglesia de san Vital con cien coraceros tras él. La música de órgano murió con un lamento y la gente se volvió a mirarlo. Sus ojos requirieron unos pocos segundos para habituarse a la penumbra.

    Un obispo arriano, con cara de encurtido, estaba en el centro del enorme octágono y tres personas se hallaban frente a él. Uno era un hombre grande, con una capa larga y rica, y una corona sobre su pelo negro canoso: Wittigis. Otra era una muchacha alta, con tez de cereza y crema y los cabellos en gruesas trenzas doradas: la princesa Mathaswentha. El tercero era un soldado godo común, un tanto aseado, quien estaba tras de la novia, sujetándole un brazo tras de la espalda. Los concurrentes eran un puñado de nobles godos y sus damas.

    Padway caminó muy determinadamente por el pasillo, con pasos pesados. La gente se retorció y se agitó en sus asientos.

    — ¡Los griegos! —murmuraron—. ¡Los griegos están en Rávena!
    — ¿Qué significa esta intrusión, joven? —demandó el obispo.
    —Pronto lo sabrás, mi señor obispo. ¿Desde cuándo ha sostenido la fe arriana que se tome contra su voluntad a una mujer por esposa?
    — ¿Qué es eso? ¿Quién está siendo tomada contra su voluntad? ¿Qué te importa esta boda? ¿Quién eres tú, para interrumpir…?

    Padway emitió su risa más irritante.

    —Una pregunta cada vez, por favor. Soy Martinus Paduei, cuestor del rey Thiudahad. Rávena está en nuestras manos y las personas prudentes se comportarán de acuerdo con eso. En cuanto a la boda, no es necesario normalmente nombrar a un hombre para torcer el brazo de la novia a fin de que diga las contestaciones apropiadas. No quieres casarte con este hombre, ¿verdad, mi señora?

    Mathaswentha libró su brazo del soldado, quien había estado disminuyendo la presión, cerró la mano y lo golpeó en la cara con fuerza bastante para echarle la cabeza hacia tras. Después se volvió hacia Wittigis, quien retrocedió.

    — ¡Bestia! —gritó—. ¡Te arrancaré los ojos…!

    El obispo la sujetó por un brazo.

    — ¡Cálmate, hija mía! ¡Por favor! ¡En la casa de Dios…!

    El rey Wittigis había estado parpadeando, absorbiendo gradualmente la noticia. El ataque de Mathaswentha lo sacó de su letargo.

    — ¿Intentas decirme que el miserable tinterillo, ése Thiudahad, ha tomado mi ciudad? ¿Mi ciudad? —gruñó.
    —Ésa, mi señor, es la idea general. Temo que tendrás que renunciar a la idea de convertirte en miembro de la familia Amal y gobernar a los godos. Pero nosotros…
    — ¡Cerdo! —rugió—. ¿Crees que entregaré pacíficamente mi corona y mi novia? ¡Por Jesús, antes te veré en el infierno más ardiente!

    Mientras hablaba, desenvainó su espada y corrió hacia Padway, con su pesada capa bordada en oro aleteando.

    Padway no fue tomado del todo por sorpresa. Sacó su espada y paró el golpe de Wittigis bastante fácilmente, aunque la fuerza del tajo casi lo desarmó. Entonces se encontró pecho a pecho con el godo, estrechando el torso de barril y masticando la barba canosa de Wittigis. Intentó gritar a sus hombres, pero fue como tratar de hablar con la boca llena de trigo desmenuzado.

    — ¡Sujé… sh… ssh… sujétenlo, muchachos! ¡No le hagan daño!

    Fue más fácil ordenarlo que hacerlo. Wittigis luchó como un gorila cautivo, aun cuando estaban colgados de él cinco hombres, bramando y echando espuma por la boca todo el tiempo. Los caballeros godos estaban poniéndose de pie, algunos llevando las manos a las empuñaduras de sus espadas, pero en una minoría desesperada, y entonces nadie pareció ansioso de morir por su rey. Wittigis principió a sollozar entre rugidos.

    —Átenlo hasta que se tranquilice —dijo Padway, sin sentimiento—. Mi señor obispo, ¿puedo molestarlo pidiéndole pluma y papel?

    El obispo miró agriamente a Padway y llamó a un sacristán, quien lo condujo a un cuarto junto al vestíbulo. Tomó asiento y escribió:

    Martinus Paduei a Tomás el sirio. Salud:

    Mi querido Tomás: te mando con esta carta a la persona de Wittigis, ex rey de los godos e italianos. Su escolta tiene órdenes de entregártelo en secreto.

    Según recuerdo, tenemos una torre del telégrafo en construcción, en la Vía Flaminia, cerca de Helvillum. Por favor, dispón que se haga construir de inmediato una cámara en la tierra bajo esa torre, y disponerla como un apartamento. Encarcela allí a Wittigis con una guardia apropiada. Ponlo tan cómodo como sea posible, no quiero que se le haga daño.

    Debe observarse el mayor secreto todo el tiempo. Eso no debe ser difícil, ya que esta torre está en una parte inculta del país. Será aconsejable hacer que Wittigis sea llevado a la torre por otros guardias distintos a los que lo lleven a Roma y que lo vigilen hombres que no hablen latín ni godo. Solamente liberarán a su prisionero por órdenes mías, dadas en persona o por vía telegráfica, o sin órdenes, en caso de mi encarcelamiento o de mi muerte.

    Con mis mejores consideraciones,

    Martinus Paduei

    —Siento tener que tratarte tan rudamente, mi señor —dijo Padway a Wittigis—. No habría intervenido si no hubiera sabido que era necesario para salvar a Italia.

    Wittigis había caído en un silencio taciturno.

    —En realidad, te estoy haciendo un favor —continuó Padway—. Si cayeras en manos de Thiudahad, morirías… lentamente.

    Todavía no hubo respuesta.

    —Está bien, llévenselo, muchachos. Cúbranlo de manera que la gente no lo reconozca, y utilicen calles extraviadas.

    Thiudahad miró húmedamente a Padway.

    —Maravilloso, maravilloso, mi querido Martinus. El Consejo Real aceptó lo inevitable. La única dificultad es que ese vil usurpador hizo alterar mi corona para adaptarla a su cabezota; tendré que volverla a alterar. Ahora puedo dedicar mi tiempo a alguna investigación auténtica. Vamos a ver… ¿qué hiciste con Wittigis?
    —Está fuera de tu alcance, mi señor rey.
    — ¿Quieres decir que lo mataste? ¡Vamos, eso es una lástima! Muy desconsiderado de tu parte, Martinus. Te dije que me había prometido una sesión larga y agradable en las cámaras de tormento…
    —No, está vivo. Muy vivo.
    — ¿Qué? ¿Qué? ¡Entonces entrégamelo inmediatamente!
    —Está donde nunca lo encontrarás. —Padway movió la cabeza—. Tú sabes, imaginé que sería necio desperdiciar un buen rey de repuesto. Si te ocurriera algo, podría necesitar uno al momento.
    — ¡Joven insubordinado! ¡No lo permitiré! Harás lo que ordene tu rey, o…
    —No, mi señor. Nadie hará daño a Wittigis —Padway sonrió, moviendo la cabeza—. Y será mejor que no seas duro conmigo. Sus guardias tienen órdenes de ponerlo en libertad si me ocurre algo. No te quiere más de lo que tú lo quieres. Puedes imaginar el resto tú mismo.
    — ¡Demonio! —escupió venenosamente el rey—. ¿Por qué, oh, por qué te permití salvar mi vida? Desde entonces no he tenido un instante de paz. Podrías tener un poco de consideración para un viejo —gimió—. Vamos a ver, ¿de qué estaba hablando?
    —Quizá del nuevo libro que vamos a publicar como coautores. Tiene una teoría perfectamente espléndida respecto a la atracción mutua de las masas. Explica los movimientos de los cuerpos celestes y toda clase de cosas. Se llama la ley de gravitación.
    — ¿Sí? Vamos, eso es muy interesante, Martinus, muy interesante. Extenderá hasta el fin de la Tierra mi fama como filósofo, ¿verdad?

    Padway preguntó a Unilas si Urias, sobrino de Wittigis, estaba en Rávena. Unilas replicó que sí, y envió a un hombre a buscarlo.

    Urias era grande y moreno como su tío. Llegó con el ceño fruncido en expresión de reto.

    —Bueno, misterioso Martinus, ¿qué vas a hacer conmigo, ahora que has derrocado traicioneramente a mi tío?
    —Nada —contestó Padway—. A menos que me obligues a hacerlo.
    — ¿No estás haciendo un purga de la familia de mi tío?
    —No. Ni siquiera expurgo a tu tío. En estricta confianza, lo estoy ocultando para impedir que Thiudahad le haga daño.
    — ¿Sí? ¿Puedo creerlo?
    —Seguro. Incluso le pediré una carta en la que declare si está recibiendo buen tratamiento.
    —Pueden obtenerse cartas por medio del tormento.
    —Con Wittigis no. Aparte de sus defectos, creo que estarás de acuerdo en que es un tipo obstinado.

    Urias se calmó visiblemente.

    —Eso es algo. Sí, tal vez tengas cierta decencia, después de todo, si eso es cierto.
    —Ahora, hablemos de negocios. ¿Deseas trabajar para nosotros… es decir, nominalmente para Thiudahad, pero en realidad, para mí?

    Urias se puso rígido.

    —Eso está fuera de discusión. Por supuesto, estoy renunciando a mi comisión. No efectuaré ninguna acción desleal a mi tío.
    —Siento escuchar eso. Necesito un buen hombre para comandar la reocupación de Dalmacia.
    —Es una cuestión de lealtad —Urias movió la cabeza, tenazmente—. Todavía no he faltado nunca a mi palabra dada.
    —Eres tan malo como Belisario —Padway suspiró—. Los pocos hombres capaces y dignos de confianza en este mundo no trabajan conmigo debido a obligaciones anteriores. Así que tengo que luchar con granujas y cretinos.

    La oscuridad parecía querer descender por pura inercia…


    Capítulo XI


    POCO A POCO, la población de Rávena se escurrió como agua de una esponja sobre un piso de mosaico. Una gran corriente fluyó hacia el norte, cuando cincuenta mil godos volvieron a Dalmacia. Padway oró porque Asinar, quien tenía un asomo más de inteligencia que Grippas, no tuviera otra idea y regresara a Italia antes de haber hecho nada.

    Padway no se atrevió a salir de Italia para tomar el mando personal de la campaña. Hizo lo que pudo, enviando parte de su guardia personal para enseñar a los godos tácticas de arquería a caballo.

    Padway al fin halló tiempo para rendir sus respetos a Mathaswentha. Se dijo que simplemente era cortés y hacía un contacto útil. Pero él sabía que en realidad no quería salir de Rávena sin ver otra vez a la hembra suculenta.

    La princesa goda lo recibió con gracia.

    —Te agradezco haberme salvado de la bestia, excelente Martinus. Jamás podré pagarte con propiedad —introdujo a Martinus en la sala.
    —Fue muy poco, señora —replicó—. Sólo que llegamos en el instante oportuno.
    —No te restes méritos, Martinus. Sé mucho respecto a ti. Se requiere un verdadero hombre para realizar todo lo que has hecho. Especialmente si una considera que llegaste a Italia, un extranjero, hace sólo poco más de un año.
    —Hago lo que puedo, princesa. Puedo parecer impresionante a otros, pero es para mí como si hubiera sido obligado a cada acción por las circunstancias, independientemente de mis intenciones.
    —Una doctrina fatalista, Martinus. Casi podría creer que eres un pagano. Y no es que me importe.
    —Difícilmente —Padway rio—. Entiendo que todavía se pueden hallar paganos, si uno busca gente italiana por las montañas.
    —Sin duda. Me agradaría visitar algún día algunas de las pequeñas aldeas. Con un buen guía, por supuesto.
    —Yo debo ser un guía bastante bueno, después de todo lo que he recorrido en el último par de meses.
    — ¿Me llevarías? Sé cuidadoso; tú sabes que te haría cumplir.
    —Eso no me preocupa, princesa. Pero al paso actual, Dios sabe cuándo tendré tiempo para algo que no sea la guerra y la política, ninguna de las cuales es mi oficio.
    — ¿Cuál es entonces?
    —Era un compilador de datos; un historiador de periodos que no tenían historia. Podrías llamarme un filósofo histórico.
    —Eres fascinante, Martinus. Sé que te llaman misterioso. Pero si no te agradan la guerra y la política, ¿por qué te dedicas a ellas?
    —Sería difícil explicarlo, mi señora. En el curso de mi trabajo en mi país, tuve ocasión de estudiar la elevación y la caída de muchas civilizaciones. Al mirar en torno mío, puedo ver muchos síntomas de una caída.
    — ¿Realmente? Eso es una afirmación extraña. Por supuesto, mi pueblo y bárbaros como los francos han ocupado la mayor parte del Imperio de Occidente. Pero ellos no son un peligro para la civilización. La protegen de auténticos salvajes como los hunos búlgaros y los eslavos. No puedo recordar una época en la que nuestra cultura occidental estuviera más segura.
    —Tienes derecho a expresar tu opinión, señora —dijo Padway—. Yo solamente relaciono los hechos que conozco y llego a las conclusiones que puedo. Datos tales como la declinación de la población en Italia, a pesar de las inmigraciones godas, el volumen de los embarques.
    — ¿Embarques?
    —Triggws para emplear vuestras propias palabras godas. Bueno, quiero impedir que las tinieblas de la barbarie desciendan sobre Europa occidental. Una de las debilidades de nuestra situación actual es la lentitud en las comunicaciones. Así que promuevo la compañía telegráfica. Y como mis patrocinadores son patricios romanos sospechosos de inclinaciones helenófilas, me hallo de lleno en la política. Una cosa lleva a otra hasta que hoy, prácticamente estoy gobernando a Italia.
    —Supongo que lo malo con las comunicaciones lentas es que un general puede rebelarse, o un invasor violar las fronteras, semanas antes de que lo sepa un gobierno central —Mathaswentha observó.
    —Cierto. Ya veo que eres la hija de tu madre. Diría que tienes la mente de un hombre, si quisiera condescender contigo.
    —Por el contrario, me sentiría muy complacida —la muchacha sonrió—. Cuando menos si te refieres a un hombre como tú. La mayoría de los hombres que me rodean… ¡bah! Niños chillones sin ideas. Cuando me case, lo haré con un hombre… ¿digamos, de pensamiento y de acción?

    Padway la miró a los ojos y notó que su corazón se había acelerado varios latidos por minuto.

    —Espero que lo encuentres, princesa.
    —Puedo encontrarlo todavía.

    Se irguió en su asiento y lo miró directamente, casi desafiante, sin importarle la confusión interior que le estaba causando.

    —Ésa es una razón —continuó—, por la cual estoy agradecida de que me hayas salvado de la bestia. De todos los imbéciles, él es quien tiene la cabeza más dura. ¿Qué fue de él, a propósito? No finjas inocencia, Martinus. Todos saben que tus guardias lo sacaron al vestíbulo de la iglesia y después pareció desaparecer.
    —Está en lugar seguro.
    — ¿Quieres decir que lo escondiste? La muerte habría sido todavía más segura.
    —Tenía razones para no desear que muriera.
    — ¿Sí? Te advierto que si alguna vez cae en mis manos, no tendré tales razones.
    — ¿No eres un poco dura con el pobre viejo Wittigis? Estaba intentando defender el reino a su modo.
    —Tal vez. Pero después de su actuación en la iglesia, lo aborrezco —los ojos grises se encontraban fríos como el hielo—. Y cuando odio, no lo hago a medias.
    —Eso veo —respondió Padway secamente, sacado de la bruma rosa por un momento.

    Pero entonces, Mathaswentha sonrió otra vez, una mujer curvilínea y deseable.

    —Por supuesto, te quedarás a cenar. Nada más asistirán pocas personas y se retirarán temprano.
    —Oh… Gracias, señora, será un deleite.

    Para su tercera visita a Mathaswentha, Padway estaba diciéndose: He aquí una verdadera mujer. Físico arrebatador, carácter enérgico, cerebro agudo. El hombre que la obtenga tendrá una en un millón. ¿Por qué no he de ser yo? Parece que le gusto. Con ella respaldándome, no hay nada que no pudiera realizar. Por supuesto, es un poco sanguinaria.

    En otras palabras, estaba tan enamorado como puede estarlo un hombre tan prudente y racional.

    Pero ¿cómo se procede para casarse con una princesa goda? Supuso que lo único que podía hacer era abordar poco a poco el tema y ver cómo reaccionaba.

    —Mathaswentha, querida mía, cuando hablaste de la clase de hombre con quien te gustaría casarte, ¿tenías en la mente otras especificaciones? —inquirió.
    — ¿Tienes curiosidad, Martinus? —ella sonrió y el salón osciló ligeramente—. No tengo muchas, aparte de las que mencioné. Por supuesto, no deberá ser mucho más viejo que yo, como era Wittigis.
    — ¿No te importaría que no fuera mucho más alto que tú?
    —No, a menos que fuera un simple redrojo.
    — ¿No tienes objeciones a las narices largas?
    —Martinus, eres el hombre más gracioso —emitió una risa rica, gutural—. Supongo que tú y yo somos diferentes. Yo voy directamente a lo que deseo, sea amor, venganza o cualquiera otra cosa.
    — ¿Qué hago yo?
    —Caminas alrededor, lo atisbas desde todos los ángulos y pasas una semana, calculando si lo deseas lo suficiente para arriesgarte a tomarlo. No creas que me enfada. Me agradas por eso.
    —Me alegra. Pero respecto a narices…
    — ¡Por supuesto, no me importa! Por ejemplo, pienso que la tuya es aristocrática. Ni tengo objeciones a las pequeñas barbas rojas, ni a los cabellos castaños ondulados, ni a ninguna de las otras características de un joven asombroso llamado Martinus Paduei. A eso era a lo que deseabas llegar, ¿no?

    Padway sintió un gran alivio. ¡Esta mujer maravillosa se empeñaba en allanar las dificultades!

    —En efecto, así era, princesa.
    —No necesitas ser tan impresionantemente respetuoso, Martinus. Cualquiera reconocería que eres extranjero, por la forma meticulosa como utilizas todos los títulos y epítetos adecuados.
    —No me agrada correr riesgos, como sabes —Padway sonrió—. Bien, mira, es así. Yo… uh… me preguntaba… uh… si no te disgustan estas… uh… características, si podrías aprender a… uh…
    —No quieres decir acaso a amarte, ¿sí?
    — ¡Sí! —exclamó Padway.
    —Con práctica, podría aprender.
    — ¡Cuándo! —dijo Padway, enjugándose la frente.
    —Necesitaré enseñanza —comentó Mathaswentha—. He vivido una existencia retraída y sé poco del mundo.
    —Estudié las leyes —informó Padway rápidamente—, y aunque hay una ordenanza contra el matrimonio entre godos e italianos, no hay nada respecto a los americanos. Así que…
    —Podría oírte mejor, querido Martinus, si te aproximaras más —lo interrumpió Mathaswentha.

    Padway se acercó y tomó asiento junto a ella.

    —Los edictos de Teodorico… —principió de nuevo.
    —Yo conozco las leyes, Martinus —dijo ella suavemente—. No es eso en lo que necesito instrucción.

    Padway suprimió su tendencia de hablar de modo frenético en cuestiones impersonales para cubrir su perturbación emotiva.

    —Mi amor —susurró—, tu primera lección será ésta.

    Le besó la mano. Ella tenía los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos y su respiración era rápida y superficial.

    — ¿Entonces los americanos practican el arte de besar como lo hacemos nosotros? —murmuró.

    La estrechó y aplicó la segunda lección. Mathaswentha abrió los ojos, parpadeó y sacudió la cabeza.

    —Ésa fue una pregunta tonta, mi querido Martinus. Los americanos están muy adelante de nosotros. ¡Qué ideas pones en la cabeza de una muchacha inocente! —rio con alegría. Padway rio también.
    —Me has hecho muy feliz, princesa.
    —Tú también me has hecho muy feliz, mi príncipe. Pensé que jamás hallaría a nadie como tú.

    Se echó nuevamente en sus brazos. Luego se irguió.

    —Hay muchas cosas que arreglar antes de que decidamos algo en forma definitiva —dijo de una manera viva, práctica—. Por ejemplo, Wittigis.
    — ¿Qué hay respecto a él?

    De pronto, la dicha de Padway no fue tan completa.

    —Tendrá que morir, naturalmente.
    — ¡Oh!
    —No hagas esas exclamaciones, querido. Te advierto que no aborrezco a medias. Y también Thiudahad.
    — ¿Por qué él?
    —Él asesinó a mi madre, ¿no? ¿Qué otra razón deseas? Y con el tiempo, tú mismo desearás convertirte en rey…
    —No, no lo desearé —rectificó Padway.
    — ¿No quieres ser rey? ¡Oh, Martinus!
    —Eso no es para mí, querida. De cualquier forma, no soy de la familia Amal.
    —Como esposo mío, serás considerado un Amal.
    —De cualquier manera, no deseo…
    —Vamos, querido, únicamente piensas que no lo deseas. Cambiarás de idea. Y ya que estamos en eso, está esa criada tuya, creo que se llama Julia…
    — ¿Qué… qué sabes de ella?
    —Bastante. Las mujeres oímos todo tarde o temprano.
    —Pero… —el punto helado en el estómago de Padway creció más.
    —Vamos, Martinus, es un pequeño favor que te pide tu prometida. Y no creas que una persona como yo siente celos de una simple criada. Pero sería una humillación para mí que ella continuara viviendo después de nuestro matrimonio. No necesita ser una muerte dolorosa… algún veneno rápido…

    La cara de Padway estaba inexpresiva. Su mente se hallaba girando. Los proyectos letales de Mathaswentha parecían no tener fin. La ropa interior de Padway estaba mojada de transpiración.

    Comprendió que no estaba enamorado en absoluto de la princesa. ¡Que algún godo salvaje se quedara con esa feroz valquiria rubia! Él quería una mujer con ideas menos directas para obtener lo que deseaba.

    — ¿Bueno? —dijo Mathaswentha.
    —Estaba pensando —replicó Padway.

    No dijo que pensaba frenéticamente cómo salir de ese lío.

    —Acabo de recordar que tengo una esposa en América —informó con lentitud.
    —Oh. Ésta es una ocasión magnífica para pensar en eso —contestó ella heladamente.
    —No la he visto durante mucho tiempo.
    —Bueno, entonces existe el divorcio, ¿verdad?
    —En mi religión no. Los congregacionalistas creemos que hay en el infierno un compartimiento especial para freír a las personas divorciadas.
    — ¡Martinus! —sus ojos fueron un par de llamas grises—. Tienes miedo. Tratas de retroceder. Ningún hombre hará eso jamás para contar…
    — ¡No, no, no, en absoluto! —chilló Padway—. ¡Nada de eso, querida mía! Vadearía ríos de sangre para llegar a tu lado.
    — ¡Hmm! Un discurso muy hermoso, Martinus Paduei. ¿Lo empleas con todas las muchachas?
    —Lo siento. Estoy loco por ti.
    — ¿Entonces, por qué actúas como si…?
    —Soy devoto tuyo. Fue una estupidez mía que no pensara antes en este inconveniente.
    — ¿Realmente me amas? —la muchacha se ablandó un poco.
    — ¡Por supuesto, te amo! Nunca he conocido a nadie como tú —esto último era cierto—. ¡Pero los hechos son los hechos!

    Mathaswentha se friccionó la frente.

    —Si no la has visto por tanto tiempo, ¿cómo sabes que vive?
    —No lo sé. Pero tampoco sé que ha muerto. Tú sabes lo estrictas que son vuestras leyes concernientes a la bigamia. Edictor de Athalarico, párrafo seis. Lo he estudiado.
    —Lo creo —respondió con cierta amargura—. ¿Sabe alguien más en Italia respecto a esa perra tuya?
    —N-no… pero.
    — ¿Entonces, no eres un poco necio, Martinus? ¿Qué diferencia existe, si ella está al otro lado de la tierra?
    —La religión.
    — ¡Oh, el demonio se la lleve! Yo manejaré a los arríanos cuando estemos en él poder. En cuanto a los católicos, tú tienes influencia con el obispo de Bolonia. Eso significa que la tienes con el Papa.
    —No me refiero a las iglesias, sino a mis convicciones.
    — ¿Un tipo práctico como tú? ¡Tonterías! Las estás utilizando como una excusa…

    Al ver que el fuego estaba a punto de arder nuevamente, Padway la interrumpió.

    —Vamos, Mathaswentha, no deseas iniciar una discusión religiosa, ¿o sí? Deja en paz mi credo y no diré nada en contra del tuyo. Oh, acabo de pensar en una solución.
    — ¿Cuál?
    —Enviaré a un mensajero a América, a investigar si mi esposa vive aún.
    — ¿Cuánto tiempo tomará eso?
    —Semanas. Quizá meses. Si me amas, no te importará esperar.
    —Esperaré —dijo ella sin entusiasmo. Levantó la mirada agudamente—. ¿Supongamos que el mensajero halla viva a tu esposa?
    —Bueno, nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento.
    —Oh, no, lo arreglaremos ahora mismo.
    —Mira, querida, ¿no confías en tu futuro esposo? Entonces.
    —No te evadas, Martinus. Eres tan resbaladizo como un abogado bizantino.
    —En tal caso, correré el peligro de que mi alma inmortal…
    — ¡Oh, Martinus! —chilló jovialmente—. ¡Cuán estúpida fui al no ver antes la solución! ¡Darás instrucciones a tu mensajero de que la envenene si la halla viva! Esas cosas pueden hacerse con discreción.
    —Ésa es una idea.
    —Es la idea obvia. De cualquier modo, la prefiero a un simple divorcio, en bien de mi nombre. Ahora han terminado todas nuestras preocupaciones —lo abrazó con violencia desconcertante.
    —Supongo que han terminado —dijo Padway, con una falta total de convicción—. Sigamos con nuestra lección, querida.

    La besó nuevamente, tratando de prolongar el beso el mayor tiempo que hubiera sido posible.

    —Nunca besarás a otra mujer, mi amor —ella le sonrió, feliz.
    —No pensaría hacerlo, princesa.
    —Será mejor que no lo pienses —respondió—. Perdóname, querido, por haberme mostrado contrariada. Pero no soy sino una muchacha inocente, sin conocimiento del mundo ni voluntad propia.
    —Debo retirarme. Enviaré al mensajero a primera hora. Y mañana partiré hacia Roma —Padway se puso de pie.
    — ¡Oh, Martinus! Seguramente no tienes que ir.
    —No, en realidad. Tú sabes, asuntos de Estado. Pensaré en ti durante todo el camino —la besó otra vez—. Sé valerosa, querida. Sonríe.

    Cuando Padway regresó a su alojamiento, hizo bajar de la cama a su ordenanza, un coracero armenio.

    —Ponte la bota derecha —le ordenó.

    El hombre se friccionó los ojos.

    — ¿Mi bota derecha? ¿Te comprendo, noble señor?
    —Sí, rápidamente —cuando la bota de cuero estuvo puesta, Padway volvió la espalda al ordenanza y se inclinó. Dijo por arriba de su hombro—. Me darás una rápida coz en el fundamento, mi buen Tirdat.

    Tirdat abrió la boca.

    — ¿Patear a mi comandante?
    —Me oíste bien. Adelante. Ahora.

    Tirdat movió los pies, inquieto, pero ante la mirada de Padway al fin hizo oscilar el pie y lo disparó. La coz casi envió a Padway de cara. Se irguió, frotándose el punto.

    —Gracias, Tirdat. Puedes regresar a la cama.

    Pero Padway no partió hacia Roma al día siguiente o ni siquiera a los dos días. Principió a saber que el puesto de cuestor del rey no era simplemente un empleo bien pagado, que le permitía a uno dar órdenes y hacer lo que quisiera. Primero vino el hijo de Wakkis Thurumund, un noble godo del Consejo Real, con un boceto de una enmienda propuesta a la ley contra el abigeato.

    —Wittigis convino en revisar la ley —explicó—, pero la contrarrevolución tuvo lugar antes de que tuviera oportunidad de cambiarla. Así que, excelente Martinus, corresponde a ti discutirlo con Thiudahad, poner la enmienda en lenguaje legal apropiado y tratar de retener la atención del rey el tiempo suficiente para obtener su firma. ¡Y que los santos te ayuden, si está en disposición obstinada, muchacho!

    Padway se preguntó qué diablos debía hacer; luego recurrió a Casiodoro, quien debía conocer los sistemas, como jefe del Servicio Civil Italiano. El viejo estudioso resultó una gran ayuda.

    Invitó a comer a Urias. El godo aceptó y fue bastante amigable, aunque aún estaba un tanto amargado por el tratamiento dado a su tío Wittigis. A Padway le simpatizó. Pensó que no podía hacer aguardar indefinidamente a Mathaswentha. Y no se atrevía a cortejar a una muchacha mientras se considera su pretendiente. Pero Urias era grande y hermoso y parecía inteligente. Si pudiera lograr una unión…

    Preguntó a Urias si estaba casado.

    —No. ¿Por qué? —replicó el godo, en tanto levantaba las cejas.
    —Sólo una pregunta. ¿Qué intentas hacer ahora?
    —No lo sé. Supongo que ir a residir en mis propiedades de Picenum. Será una vida aburrida, después de haber sido soldado en los últimos años.
    — ¿Conoces a la princesa Mathaswentha? —preguntó Padway, fingiendo indiferencia.
    —Formalmente no. Llegué a Rávena hace pocos días, para la boda. Pero la vi en la iglesia, cuando interviniste. Es atractiva.
    —Bastante. Es una persona digna de conocerse. Si lo deseas, arreglaré que se conozcan.

    Tan pronto como Urias se hubo retirado, Padway se apresuró a la casa de Mathaswentha. Intentó hacer que su llegada pareciera tan impremeditada como fuera posible.

    —Me retuvieron, querida. Tal vez no salga a Roma hhh…

    Mathaswentha había deslizado sus brazos en torno a su cuello e interrumpido sus palabras de la manera más efectiva. Padway no se atrevió a parecer tibio, pero eso no fue difícil en absoluto. La única dificultad fue que imposibilitó los pensamientos coherentes, en una ocasión en que necesitaba toda su astucia. Y la hembra apasionada parecía satisfecha con permanecer en el vestíbulo y besarlo toda la tarde.

    — ¿Qué estabas diciendo, querido? —al fin preguntó.
    —Pensé venir por un momento —rio—. Será mejor que vaya a Roma; nunca trabajaré, mientras esté en la ciudad contigo. A propósito, ¿conoces a Urias, el sobrino de Wittigis?
    —No. Y no estoy segura de querer conocerlo. Cuando matemos a Wittigis, consideraremos también la idea de matar a su sobrino, naturalmente. Y tengo un prejuicio necio respecto a matar a gente con la cual he tenido relaciones sociales.
    —Oh, querida, eso es un error. Es un joven espléndido; te agradará. Es un godo con cerebro y carácter; tal vez el único.
    —Bueno no sé…
    —Y lo necesito en mis negocios, sólo que tiene escrúpulos en trabajar para mí. Pensé que podrías emplear en él tu sonrisa deslumbrante, para suavizarlo un poco.
    —Si crees que en realidad puedo ayudarte, quizá…

    Así que esa noche, Padway y Urias acompañaron a cenar a la princesa goda. Al principio, Mathaswentha se mostró demasiado helada hacia Urias. Pero bebieron bastante vino y la muchacha cedió. Urias era buena compañía. Más tarde, todos reían estruendosamente de su imitación de un huno ebrio y de los cuentos de Padway, traducidos a toda prisa.


    Capítulo XII


    DE REGRESO EN ROMA, Padway fue a ver a sus generales imperialistas cautivos. Estaban alojados cómodamente y parecían bastante complacidos con su situación, aunque Belisario continuaba taciturno y abstraído. La inactividad forzada no sentaba bien al ex-comandante en jefe.

    —Como puedes ver con suficiente facilidad, pronto tendremos aquí un Estado poderoso. ¿Has cambiado de opinión respecto a unirte a nosotros? —le preguntó Padway.
    —No, mi señor cuestor. Un juramento es un juramento.
    — ¿Nunca has violado un juramento en tu vida?
    —No, que yo sepa.
    —Supongo que si por alguna razón me hicieras un juramento, te considerarías ligado con tanta firmeza como por los otros, ¿no?
    —Naturalmente. Pero ésa es una suposición ridícula.
    —Tal vez. ¿Qué te parecería que te ofreciera tu libertad y el transporte de regreso a Constantinopla, con la condición de que nunca volverías a esgrimir armas contra el reino de los godos y de los italianos?
    —Eres un hombre astuto y lleno de recursos, Martinus. Te agradezco tu oferta, pero no podría ajustarlo a mi juramento a Justiniano. Por lo tanto, debo declinar.

    Padway repitió su ofrecimiento a los otros generales. Los tres aceptaron de inmediato. El razonamiento de Padway fue: Estos tres son comandantes entre buenos y mediocres. Justiniano puede conseguir bastantes de su clase, así que no tiene objeto retenerlos. Por supuesto, violarán su juramento tan pronto como estén fuera de mi alcance. Pero Belisario es un auténtico genio militar; no debe permitírsele que luche otra vez contra el reino. Debe pasarse al lado de ellos o dar su palabra, que nada más él cumpliría, o tenerlo detenido.

    Por otra parte, la mente hábil, pero ligeramente retorcida de Justiniano, estaba celosa en grado irrazonable del éxito de Belisario y de su virtud un tanto ñoña. Cuando supiera que Belisario había permanecido en Roma, en vez de empeñar su palabra, que se esperaría que violara, el emperador podría estar bastante molesto para hacer algo interesante. Padway escribió:

    Del rey Thiudahad al emperador Justiniano, salud:

    Vuestra serena alteza: Te enviamos con esta carta a las personas de tus generales Constantiano, Periano y Bessas, bajo palabra de no volver a tomar las armas contra nosotros. Un ofrecimiento similar le fue hecho a tu general Belisario, pero él rehusó aceptar, basándose en su honor personal.
    Como parece improbable que la continuación de esta guerra produzca algún resultado constructivo, aprovechamos la oportunidad para establecer los términos que consideraremos razonables para el establecimiento de una paz prolongada entre nosotros.
    Las tropas imperiales evacuarán inmediatamente Sicilia y Dalmacia.
    Se nos pagará una indemnización de cien mil sólido en oro, por daños perpetrados por tus ejércitos invasores.
    Convendremos en jamás volver a hacer la guerra uno contra el otro, sin consulta mutua anticipada. Los detalles podrán ser arreglados a su debido tiempo.
    Acordaremos no ayudar con hombres, dinero o municiones a terceros, para que luego hagan la guerra contra cualquiera de nosotros.
    Pactaremos un tratado comercial para facilitar el intercambio de artículos entre nuestros reinos respectivos.
    Por supuesto, éste es un boceto muy elemental, cuyos detalles tendrán que ser ajustados en una conferencia entre nuestros representantes. Pensamos que aceptarás estas condiciones u otras muy similares en intención, son lo menos que podemos pedir razonablemente, en las circunstancias actuales.
    Anticiparemos el gracioso favor de una contestación a la más inmediata conveniencia de vuestra serenidad.
    por Martinus Paduei, Cuestor.


    Cuando vio quién era su visitante, Tomás se levantó y caminó hacia él, con su ojo bueno brillante y la mano extendida.

    — ¡Martinus! Es bueno verte otra vez. ¿Cómo se siente ser importante?
    —Es cansador —respondió Padway, estrechándole con vigor la mano—. ¿Qué noticias hay?
    — ¿Noticias? ¿Noticias? ¡Escuchen eso! ¡Ha estado haciendo la mayor parte de las noticias en Italia por los últimos meses y desea saber qué noticias hay!
    —Me refiero a nuestro pajarito enjaulado.
    — ¿Uh? Oh, ¿quieres decir… —Tomás miró cautelosamente en torno suyo—, el ex rey Wittigis? Estaba bien, de acuerdo con los últimos informes, aunque nadie ha logrado extraerle una sola palabra cortés. Oye, Martinus, de todas las jugadas infames que he oído, la peor fue confiarme la misión de esconderlo, sin avisarme. Estoy seguro de que Dios también está de acuerdo conmigo. Esos soldados me arrastraron de la cama y después los tuve varios días en la casa, junto con su prisionero.
    —Lo siento, Tomás. Pero tú eras el único hombre en Roma en quién podía confiar absolutamente.
    —Está bien, si lo miras en esa forma. Pero Wittigis es el hombre más gruñón que he conocido. Nada le agradaba.
    — ¿Cómo va la compañía telegráfica?
    —Eso es otra cosa. La línea de Nápoles está funcionando con regularidad. Pero las líneas a Rávena y Florencia no serán terminadas antes de un mes y hasta entonces no habrá posibilidades de obtener ganancias. Y la minoría de accionistas ha descubierto que son una minoría. Quieren tu sangre. Al principio, el conde Honorio estaba con ellos. Amenazó con encarcelarnos a Vardan, a Ebenezer y a mí si no le vendíamos, le dábamos prácticamente, el control. Pero supimos que necesitaba dinero más de lo que necesitaba las acciones y le compramos las suyas.
    —Voy a iniciar otro periódico tan pronto como tenga tiempo —dijo Padway—. Habrá dos, uno en Roma y otro en Florencia.
    — ¿Por qué uno en Florencia?
    —Allí es donde va a estar nuestra nueva capital.
    — ¿Qué?
    —Sí. Está mejor situada que Roma respecto a los caminos y todo eso y tiene un clima mucho mejor que Rávena. De hecho, no conozco un sitio que no tenga un clima mejor que Rávena, incluyendo al infierno. Vendí la idea a Casiodoro y entre ambos conseguimos convencer a Thiudahad de que mude las oficinas administrativas hacia allá. Si Thiudahad quiere tener su corte en la Ciudad de las Nieblas, los Pantanos y las Ranas, ésa será su opinión. Me alegraré de no tenerlo entre mis cabellos.
    — ¿Entre tus cabellos? ¡Jo-jo-jo! Eres el tipo más gracioso, Martinus. ¿Qué otra cosa de naturaleza revolucionaria estás proyectando?
    —Voy a tratar de iniciar una escuela. Tenemos un rebaño de profesores, pero todo lo que saben es retórica y gramática. Voy a hacer enseñar cosas que importen realmente: matemáticas, ciencias y medicina. Veo que tendré que escribir yo mismo todos los textos.
    —Nada más una pregunta, Martinus: ¿Cuándo encuentras tiempo para dormir?
    —La mayor parte del tiempo no duermo. Pero si en alguna ocasión logro salirme de toda esta actividad política y militar, espero recobrarme. No me agrada en realidad, pero es un medio necesario para alcanzar un fin. Éste son cosas como el telégrafo y las prensas. Mis acciones políticas y militares pondrán no constituir ninguna diferencia dentro de cien años, pero espero que las otras cosas sí la constituyan.

    Padway iba a partir pero antes preguntó:

    — ¿Aún está trabajando Julia de Apulia con Ebenezer el judío?
    —Lo último que supe de ello fue que estaba trabajando con él. ¿Por qué? ¿Deseas que regrese contigo?
    —No lo permita Dios. Debe desaparecer de Roma.
    — ¿Por qué?
    —Por su propia seguridad. Todavía no puedo explicártelo.
    —Pero creí que te desagradaba…
    —Eso no significa que quiera que la asesinen. Y también estaría en peligro mi pellejo, a menos que la saquemos de la ciudad.
    —Oh, Dios, ¿por qué dejaste que me enredara con un político?
    — ¿Qué dices de tu primo de Nápoles, Antíoco? Le pagaría por que la contratara con un salario más alto.
    —Bueno, yo…
    —Haz que vaya a trabajar con él, bajo otro nombre. Arréglalo discretamente, viejo. Si se divulga esto, estaremos en la sopa.
    — ¿Sopa? ¡Ja, ja! Muy gracioso. Haré lo que pueda. Ahora, respecto a ese pagaré tuyo de hace seis meses…

    Oh, de veras, pensó Padway, ahora comenzaría otra vez. La mayoría del tiempo era bastante fácil hablar con él. Pero no podía o no quería conducir la transacción financiera más simple sin tres horas de regateos frenéticos. Quizá él lo disfrutaba. Padway no.

    Mientras cabalgaba nuevamente por el camino a Florencia, Padway lamentó no haber visto a Dorotea mientras estaba en Roma. No se había atrevido a hacerlo. Ésa era una razón más para hacer que Mathaswentha se casara pronto. Dorotea sería una muchacha mucho más apropiada para él, aunque menos espectacular. No era que estuviera enamorado de ella. Pero era probable que se enamorase si la veía lo suficiente.

    Pero tenía muchas otras cosas que hacer. Su mente vivaz, concienzuda, lo espoleaba. Sabía que su puesto descansaba sobre la base de su influencia sobre un rey senil, impopular. Mientras Padway los satisficiera, los godos no intervendrían, ya que estaban acostumbrados a dejar la administración civil en manos de extranjeros. Pero ¿y cuando desapareciera Thiudahad? Padway tenía mucho heno qué recoger y había bastantes nubes de tormenta sobre el pajar.

    Arrendó espacio para oficinas en Florencia a nombre del gobierno y atendió sus negocios. Esta vez no hubo irregularidades en las cuentas. O no habían ocurrido más robos, o los muchachos estaban haciéndose más hábiles para ocultarlos.

    Fritharik renovó su petición de que le permitiera acompañarlo, mostrando mucho orgullo en su espada enjoyada, que recuperó y se hizo enviar de Roma. La espada decepcionó a Padway, aunque no lo dijo. Las gemas solamente estaban pulidas, no cortadas; no se habían inventado los cortes con facetas. Pero el llevarla parecía agregar pulgadas a la estatura ya imponente de Fritharik. Padway cedió, un tanto en contra de su mejor juicio. Nombró su gerente general al competente y al parecer honesto Nerva.

    Al cruzar las montañas, cayó sobre ellos una nevada retrasada durante dos días y llegaron todavía temblando a Rávena. La ciudad lo deprimió, con su atmósfera húmeda y sus corrientes de intriga, y el problema de Mathaswentha lo puso nervioso. La visitó y le hizo un amor insincero, lo cual lo hizo más ansioso por escapar.

    Urias anunció que estaba dispuesto y preparado para entrar al servicio de Padway.

    —Mathaswentha me convenció. Es una mujer maravillosa.
    —Lo es ciertamente —respondió Padway. Le pareció descubrir un aire un poco culpable y furtivo en el recto Urias cuando hablaba de la princesa. Sonrió para sí mismo—. En lo que yo estaba pensando era en establecer una escuela militar regular para los oficiales godos, más o menos al estilo bizantino, contigo a cargo de ella.
    — ¿Qué? Oh, creí que tenías para mí un mando en las fronteras.

    Así que no era el único a quien le desagradaba Rávena.

    —No, mí querido señor. Esta misión debe hacerse en bien del reino, y no puedo hacerlo yo mismo. Por tanto, necesito a un hombre inteligente e instruido para dirigirla y tú eres el único que hay a la vista.
    —Pero, mi muy excelente Martinus, ¿has intentado en alguna ocasión enseñar algo a un oficial godo? Admito que es necesaria una academia, pero…
    —Lo sé. La mayoría de ellos no saben leer ni escribir y desdeñan a quienes saben hacerlo. Por eso te escogí. Eres respetado, y si alguien puede poner sentido en sus cabezas duras, eres tú —sonrió comprensivamente—. No habría tratado con tanto empeño de obtener tus servicios, si fuera una misión fácil, ordinaria.
    —Gracias. Sabes hacer que las personas trabajen para ti.

    Padway pasó a explicar a Urias algunas de sus ideas. Que la debilidad de los godos era la falta de coordinación entre sus lanceros montados y sus arqueros a pie; que necesitaba lanceros a pie y arqueros montados para tener una fuerza bien redondeada. También describió la ballesta, el abrojo de hierro y otros ingenios militares.

    —Se requieren cinco años para hacer un buen arquero —observó—, en tanto que un recluta puede aprender a manejar una ballesta en pocas semanas. Y si puedo conseguir algunos trabajadores del acero, realmente buenos, te enseñaré una armadura de placas que pesa sólo la mitad que una de esas cotas de malla de escamas, proporciona mejor protección y permite la misma libertad de acción —sonrió—. Puedes esperar gruñidos contra todas estas ideas novedosas, de los godos más conservadores. Así que será mejor que las introduzcas gradualmente. Y recuerda, son ideas tuyas; no trataré de privarte del crédito de ellas.
    —Entiendo —Urias sonrió—. De modo que si alguien es colgado por ellas, seré yo y no tú. Como ese libro sobre astronomía que salió con el nombre de Thiudahad. Tiene ardiendo a todo religioso desde aquí hasta Persia. Se culpa al pobre viejo Thiudahad, pero sé que tú le proporcionaste las ideas y lo convenciste. Muy bien, mi amigo misterioso, acepto.

    El mismo Padway se sorprendió cuando Urias apareció pocos días después con una ballesta muy respetable. Aunque el aparato era bastante sencillo y le había proporcionado una serie muy adecuada de dibujos de él, sabía por triste experiencia que para conseguir que un artesano del siglo VI hiciera algo que nunca hubiera visto antes, se tenía que estar sobre él mientras fallaba en seis intentos y después hacerlo uno mismo.

    Pasaron una tarde en el gran bosque de pinos, al este de la ciudad, disparando contra blancos. Fritharik se mostró extraordinariamente acertado, aunque fingió despreciar las armas de proyectiles como indignas de un noble caballero vándalo.

    —Pero es muy fácil apuntarla —aceptó.
    —Sí —respondió Padway—. Entre mi pueblo hay una leyenda concerniente a un ballestero que ofendió a un funcionario del gobierno y como castigo, fue obligado a disparar contra una manzana puesta sobre la cabeza de su hijo. Lo hizo, sin herir al muchacho.

    Cuando regresó, Padway supo que tenía una audiencia al día siguiente con un enviado de los francos. El enviado, cierto conde Hlodovik, era un hombre alto, con mandíbula prominente. Obviamente, padecía los efectos posteriores de una borrachera.

    —Madre de Dios, tengo sed —dijo—. ¿Quieres hacer por favor algo al respecto, amigo cuestor, antes de que hablemos de negocios? —así que Padway hizo traer vino. Hlodovik lo bebió a grandes tragos—. ¡Ah! Así está mejor. Ahora, amigo cuestor, puedo decir que no creo haber sido tratado muy bien aquí. El rey únicamente me vio durante un parpadeo; dijo que tú manejas los negocios. ¿Ésa es la recepción adecuada para el enviado del rey Theudeberto, el rey Hildeberto y el rey Hlotokar? No sólo un rey, sino tres.
    —Son muchos reyes —replicó Padway, sonriendo placenteramente—. Estoy muy impresionado. Pero no debes ofenderte, mi señor conde. Nuestro rey está viejo y no soporta el peso de los negocios públicos.
    —Entonces, harrump, nos olvidaremos de eso. Pero no hallaremos fácil olvidar la razón de mi venida hasta acá. Concretamente: ¿qué fue de los ciento cincuenta mil sólidi que prometió Wittigis a mis señores, el rey Theudeberto, el rey Hildeberto y el rey Hlotokar, si no lo atacaban mientras estaba luchando contra los griegos? Aún más, cedió Provenza a mis amos, el rey Theudeberto, el rey Hildeberto y el rey Hlotokar. No obstante, vuestro general Sisigis no ha evacuado Provenza. Cuando mis señores mandaron una fuerza a ocuparla, hace pocas semanas, fueron rechazados, con varios muertos. Debías saber que los francos, que somos el pueblo más valiente y orgulloso de la tierra, jamás nos someteremos a tal tratamiento. ¿Qué vas a hacer al respecto?
    —Tú, mi señor Hlodovik —contestó Padway—, debías saber que los actos de un usurpador vencido no pueden comprometer a un gobierno legítimo. Pensamos retener lo que tenemos. Así que puedes informar a tus amos, el rey Theudeberto, el rey Hildeberto y el rey Hlotokar, que no habrá pago ni evacuación.
    — ¿Realmente piensas eso? ¿No sabes, joven amigo, que los ejércitos de los francos podrían barrer toda Italia, incendiando y saqueando, cuando quisieran? Mis señores, el rey Theudeberto, el rey Hildeberto y el rey Hlotokar, muestran gran indulgencia y humanidad al ofrecerte una solución. Piénsalo con cuidado antes de que invites al desastre.
    —Lo he pensado, mi señor. Y sugiero respetuosamente que tú y tus amos hagan lo mismo. Que consideren en particular un pequeño ingenio militar que estamos introduciendo. ¿Te agradaría ver una demostración?

    Padway había hecho los preparativos adecuados por anticipado. Cuando llegaron al campo de desfiles, encontraron a Urias, Fritharik, la ballesta y una dotación de dardos. La idea de Padway era que Fritharik hiciera unos cuantos disparos de demostración contra un blanco. Pero Fritharik y Urias tenían otra idea. Éste caminó cincuenta pasos, se volvió y puso una manzana sobre su cabeza. Fritharik preparo la ballesta, puso un dardo en la ranura y llevó el arma a su hombro.

    Padway quedó helado de horror. No se atrevió a gritar a los dos idiotas que desistieran, por miedo a quedar mal ante el franco. Y si Urias moría, aborreció pensar el daño que haría eso a sus planes.

    La ballesta restalló. Se oyó un chasquido y volaron fragmentos de manzana. Urias sonrió y quitó pedazos de manzana de sus cabellos.

    — ¿Encuentras impresionante la demostración, mi señor? —preguntó Padway.
    —Sí, bastante —respondió Hlodovik—. Vamos a ver ese aparato. Hm-m-m. Por supuesto, los valerosos francos no creen que alguna batalla sea ganada nunca con muchas ridículas flechas. Pero esto no sería malo para cazar. ¿Cómo funciona? Ya veo; tiras de la cuerda hacia atrás…

    Mientras Fritharik estaba demostrando la ballesta, Padway apartó a Urias y le dijo en voz baja lo que pensaba de esa acción imprudente. Urias intentó parecer serio, pero no pudo evitar una leve sonrisa infantil. Se escuchó otro restallido y algo silbó entre ellos a corta distancia de la cara de Padway. Saltaron y giraron. Hlodovik tenía en sus manos la ballesta, con una sonrisa estúpida en su cara larga.

    —No sabía que se disparaba tan fácilmente —dijo.

    Fritharik perdió la tranquilidad.

    — ¿Qué estás tratando de hacer, borracho tonto?
    — ¿Qué es eso? ¿Me llamas tonto? Oh… —y la espada del franco salió a medias de su vaina.

    Fritharik retrocedió de un salto y llevó la mano a la empuñadura de su espada. Padway y Urias corrieron y los tomaron por los codos.

    — ¡Serénate, mi señor! —gritó Padway—. No es nada para principiar por eso una pelea. Te ofrezco una disculpa.

    El franco sólo enfureció más y trató de soltarse de Padway.

    — ¡Le enseñaré a ese bastardo mal nacido! ¡Mi honor está ofendido! —gritó. Varios soldados godos que haraganeaban por el campo los miraron y se aproximaron trotando. Hlodovik los vio venir y volvió a guardar su espada, gruñendo.

    Padway intentó ablandarlo, pero Hlodovik solamente gruñó y pronto salió de Rávena. Padway despachó un aviso a Sisigis para que estuviera alerta contra un ataque franco. Su conciencia lo molestó mucho. En cierto modo, pensó que debió haber tratado de apaciguar a los francos, ya que odiaba la idea de ser responsable de una guerra. Pero sabía que esa tribu feroz y traicionera solamente tomaría cada concesión como signo de debilidad. La ocasión para retener a los francos era la primera vez.

    Llegó otra enviado; era de los kutrigures o hunos búlgaros.

    —Es muy digno —el ujier informó a Padway—; emplea un intérprete, pues no habla ni latín ni godo. Dice que es un boyardo.
    —Que pase.

    El enviado búlgaro era un hombre rechoncho, patizambo, con pómulos prominentes, un bigote ferozmente retorcido hacia arriba y una nariz todavía más grande que la de Padway. Vestía una hermosa casaca forrada con piel, pantalones bombachos y un turbante de seda enredado alrededor de la cabeza afeitada, del cual salían por atrás dos absurdas trenzas negras. A pesar del atavío, Padway encontró razón para sospechar que el hombre nunca había tomado un baño en su vida. El intérprete era un tracio, pequeño y nervioso, que revoloteaba alrededor del búlgaro.

    Éste entró caminando con paso rápido, se inclinó rígidamente y no ofreció la mano. Padway pensó que era probable que no se acostumbrara entre los búlgaros. Contestó la inclinación e indicó una silla. Un momento después lamentó haberlo hecho, cuando el búlgaro subió las botas al tapiz y se sentó con las piernas cruzadas. Luego comenzó a hablar en una lengua extrañamente musical, que dedujo Padway que estaba relacionada con el turco. Se interrumpía cada tres o cuatro palabras para que tradujera el intérprete. Fue más o menos así:

    —Soy el boyar Karojan… El hijo de Chakir… Quien fue hijo de Tardu… Enviado de Kardam… El hijo de Kapagan… Y gran khan de los kutrigures.

    Era perturbador escucharlo, pero no carecía de cierta grandeza poética. El búlgaro se interrumpió impasiblemente en ese punto. Padway se identificó y el dueto principió otra vez:

    —Mi señor, el gran khan… Ha recibido un ofrecimiento de Justiniano, emperador de los romanos… De cincuenta mil sólidi… Por no invadir sus dominios.

    Si Thiudahad, rey de los godos… Nos hace una oferta mejor… Asolaremos Tracia… Y dejaremos en paz el reino godo.

    —De lo contrario… Tomaremos el oro de Justiniano… E invadiremos los territorios godos… De Panonia y Nórica.

    Padway se limpió la garganta y principió su contestación, haciendo pausas para ser traducido. Halló que este método tenía sus ventajas. Le proporcionaba tiempo para pensar.

    —Mi señor Thiudahad, rey de los godos e italianos… Me autoriza para decir… Que tiene mejor empleo para su dinero… Que el de sobornar a pueblos para que no nos ataquen… Y que si los kutrigures piensan… Que pueden invadir nuestro territorio… Pueden intentarlo… Pero que no podemos garantizarles un recibimiento hospitalario.

    El enviado replicó:

    —Piensa lo que dices, hombre… Pues los ejércitos de los kutrigures… Cubren la estepa sármata como langostas.

    »El sonido de los cascos de sus caballos… Son trueno poderoso.
    »El vuelo de sus flechas… oscurece el sol.
    »Donde han pasado… Ni siquiera la hierba vuelve a crecer.

    Padway respondió:

    —Mi muy excelente Karojan… Lo que dices puede ser cierto.

    »Pero a pesar del trueno y del oscurecimiento del sol… La última vez que los kutrigures… Atacaron nuestra tierra, hace pocos años… Perdieron hasta los calzones.

    Al ser traducido esto, el búlgaro pareció perturbado por un momento. Después ruborizó. Padway creyó que estaba colérico, pero pronto descubrió que estaba intentando no reír. Dijo, entre risas contenidas:

    —Esta ocasión será diferente, hombre.

    »Si se pierden algunos calzones… Serán los vuestros.
    » ¿Cómo será esto?
    » ¿Nos pagaréis sesenta mil… En tres partes… De veinte mil cada una?

    Pero Padway estaba inflexible. El búlgaro concluyó:

    —Informaré a mi amo… Kardam, el gran khan de los kutrigures… De tu obstinación.

    »Por un cohecho razonable… Estoy dispuesto a hablarle… Del poder de los ejércitos godos… En términos que lo disuadirán… De la invasión proyectada.

    Padway hizo que el búlgaro redujera a la mitad el soborno que pidió originalmente, y se despidieron con la mayor afabilidad. Cuando volvió a su alojamiento, halló a Fritharik tratando de enredar una toalla en torno de su cabeza.

    El vándalo levantó la mirada con turbación culpable.

    —Excelente señor, estaba tratando de hacerme un tocado como el del caballero huno. Tiene estilo.

    Padway había decidido hacía mucho tiempo que Thiudahad era un caso patológico. Pero últimamente, el reyezuelo estaba mostrando signos más definidos de perturbación mental. Por ejemplo, cuando fue a verlo respecto a una nueva ley de herencias, Thiudahad lo escuchó con gravedad mientras explicaba las razones por las cuales el Consejo Real y Casiodoro habían convenido en llevar la ley goda más de acuerdo con la romana.

    Pero después habló puras incoherencias.

    Era conveniente, en cierto modo, ya que Thiudahad era inofensivo, Pero era molesto cuando el rey simplemente se negaba a oírlo o a firmar nada por todo un día.

    Luego se halló en disputa acalorada con el pagador del ejército godo. El pagador general se negó a poner en las nóminas de pago a los mercenarios imperialistas a quienes había capturado Padway.

    Cada uno defendió obstinadamente su opinión, así que la discusión fue llevada hasta Thiudahad. El rey escuchó los argumentos con un gran aire de sabiduría. Después despidió al pagador general.

    —Puede decirse mucho en favor de uno y otro, querido señor —dijo a Padway—, mucho puede decirse en favor de ambos. Ahora, si decido en tu favor, esperaré un mando adecuado para mi hijo Thiudegiskel.

    Padway se horrorizó, aunque intentó no demostrarlo.

    —Pero, mi señor rey, ¿qué experiencia militar ha tenido tu hijo? —no podía imaginar un comandante peor que ese cachorro arrogante.
    —Ninguna; ésa es precisamente la dificultad. Pasa todo el tiempo bebiendo con sus amigos desenfrenados. Necesita un poco de responsabilidad. Algo bueno, acorde con la dignidad de su nacimiento.

    Padway discutió un poco más. Thiudahad fue obstinado.

    —Después de todo, Martinus, soy rey, ¿verdad? No puedes intimidarme ni asustarme con tu Wittigis. Je, je, uno de estos días tendré una sorpresa para ti. ¿De qué estaba hablando? Oh, sí. Creo que debes algo a Thiudagiskel por haberlo encerrado en ese horrible campamento de prisioneros…
    — ¡Pero yo no lo encerré…!
    —No me interrumpas, Martinus. No es considerado. O le das un mando o decido en favor del otro hombre, como se llame. Ésa es la palabra real definitiva.

    Así que Padway cedió. Thiudegiskel fue puesto al mando de las tropas godas en Calabria, donde Padway esperó que no podría hacer mucho mal. Luego tuvo ocasión de recordar esa esperanza.

    Pudo haber parecido atrevido al haber incorporado un elemento tan extraño como los ex imperialistas al ejército ítalo-godo. Pero en ese tiempo no existía el nacionalismo, en el sentido moderno.

    Entonces sucedieron tres cosas. El general Sisigis envió informes de actividades sospechosas entre los francos.

    Padway recibió una carta de Tomás, en la que le hablaba de un atentado contra la vida del ex rey Wittigis. El asesino se había escurrido inexplicablemente al subterráneo, donde el rey Wittigis, aunque recibió una herida ligera, lo mató con las manos. Nadie sabía quién era el asesino, hasta que Wittigis declaró, con muchas maldiciones espeluznantes, que reconoció al hombre como a un viejo agente secreto de Thiudahad. Padway supo lo que significaba eso. Thiudahad había descubierto el paradero de Wittigis y trataba de quitar del camino a su rival. Si tenía éxito, estaría preparado para retar a la administración de Padway, o aun para echarlo del puesto. O algo peor.

    Finalmente, Padway recibió una carta de Justiniano. Decía:

    Flavio Anido Justiniano, emperador de los romanos, al rey Thiudahad, salud.

    La atención de nuestra serenidad ha sido llamada a las condiciones que propones para la conclusión de la guerra entre nosotros.

    Consideramos estos términos tan absurdos e irrazonables, que el dignarnos a responder en absoluto es una acción de gran condescendencia de nuestra parte. Nuestro santo empeño de recobrar para el imperio las provincias de Europa occidental, que pertenecieron a nuestros ancestros y nos pertenecen justamente a nosotros, continuará hasta una terminación victoriosa.

    En cuanto al nuestro ex general Flavio Belisario su negativa a aceptar su libertad bajo palabra es un acto de crasa deslealtad, que castigaremos en forma adecuada a su debido tiempo. Mientras tanto, el ilustre Belisario puede considerarse libre de toda obligación hacia nosotros. Todavía más: le ordenamos que se ponga incondicionalmente a las órdenes del infame hereje y agente del Maligno, que se hace llamar Martinus de Padua, de quien hemos oído hablar.

    Confiamos que entre la incompetencia y cobardía de Belisario y la ira celestial que ataca a quienes se someten al contacto impuro del diabólico Martinus, la ruina del reino godo no demorará mucho.

    Padway comprendió, con un sentimiento levemente enfermizo, que tenía que aprender mucho concerniente a la diplomacia. Su desafío a Justiniano, a los reyes francos y a los de los búlgaros había sido justificado, considerándolos por separado. Pero no debió comprometerse a batallar con todos ellos al mismo tiempo.

    Las nubes de tormenta se acumulaban con rapidez.


    Capítulo XIII


    PADWAY se apresuró a volver a Roma y mostró a Belisario la carta de Justiniano. Nunca había visto un hombre más infeliz que el recto tracio.

    —No lo sé —fue todo lo que replicó Belisario a sus preguntas—. Tendré que pensar.

    Padway tuvo una entrevista con Antonina, la esposa de Belisario. Se entendió bien con esta pelirroja esbelta y vigorosa.

    —Le dije en repetidas ocasiones que no recibiría otra cosa que ingratitud de Justiniano —observó Antonina—. Pero tú sabes cómo es… razonable respecto a casi todo, excepto lo relativo a su honor. Más, después de esta carta… haré lo que pueda, excelente Martinus.

    Para deleite de Padway, Belisario capituló finalmente.

    El punto de peligro inmediato parecía ser Provenza. El servicio de información de Padway había descubierto la historia de otro soborno pagado por Justiniano a los francos, para que atacaran a los godos. Así que Padway hizo algunos cambios. Ordenó a Asinar que regresara a casa. Sisigis fue transferido al mando del ejército Dálmata de Asinar, y se dio a Belisario el mando de las fuerzas de Sisigis en Galia. Antes de partir hacia el norte, Belisario pidió a Padway toda la información disponible referente a los francos.

    —Son valientes, traicioneros y estúpidos —explicó Padway—. No tienen sino infantería sin armadura, que combate en columna. Llegan dando alaridos, lanzan una andanada de hachas y jabalinas y avanzan con las espadas. Si puedes detenerlos con una línea de piqueros de confianza o con cargas de caballería, son indefensos contra los arqueros montados. Son muy numerosos, pero una masa tan enorme de infantería no puede permanecer mucho tiempo en un territorio que pueda alimentarlos, así que deben mantenerse en movimiento o padecer hambre.

    »Además, son tan primitivos que no pagan nada a sus soldados. Se espera que vivan del pillaje. Si puedes contenerlos en un lugar el tiempo suficiente, se disuelven por deserción. Pero no subestimes su número y su ferocidad.
    »Intenta enviar agentes a Borgoña para espolear a los borgoñones contra los francos, quienes los conquistaron hace sólo pocos años, y no simpatizan con ellos.

    Si iba a haber más guerra, Padway conocía un invento que la decidiría definitivamente en favor de los ítalo-godos. La pólvora se hacía con azufre, carbón y salitre. Había aprendido eso en sexto grado. Sin duda los dos primeros estaban disponibles.

    Supuso que el nitrato de potasio podía obtenerse en algún lado como mineral. Pero no sabía dónde ni qué apariencia tenía. No podía sintetizarlo con el equipo que tenía a la mano, aunque hubiera tenido los conocimientos de química necesarios. Pero recordó haber leído que se formaba debajo de los montones de estiércol. Y recordó también un montón enorme que vio en el patio de Nevitta.

    Visitó a Nevitta y le pidió permiso para cavar. Gritó de alegría cuando encontró cristales que parecían de azúcar de arce. Nevitta le preguntó si estaba loco.

    —Seguro —respondió—. ¿No lo sabías? He estado loco durante años.

    Su vieja casa de la calle Larga se hallaba más llena que nunca de actividad, a pesar de la mudanza a Florencia. Era empleada por la Compañía Telegráfica como cuartel en Roma. Padway estaba haciendo construir otra prensa. Y ahora, el espacio restante en la planta baja se convirtió en un laboratorio químico. Padway no sabía qué proporciones de los tres ingredientes hacían buena pólvora y el único modo de saberlo era por la experimentación.

    Dio órdenes en nombre del gobernador, de fundir y perforar un cañón. La fundición de bronce que recibió la orden no se mostró deseosa de cooperar. Nunca habían visto un objeto así y no estaban seguros de poder hacerlo. ¿Para qué quería este tubo, para un tiesto?

    Les tomó mucho tiempo hacer el modelo y el molde. El primero que entregaron pareció estar bien, hasta que Padway examinó cuidadosamente el extremo de la recámara. Allí el metal estaba esponjoso y agujerado. El cañón hubiera explotado la primera vez que disparara.

    La dificultad era que había sido fundido con el plano de boca hacia abajo. La solución fue aumentar la longitud del cañón, fundirlo con el plano de boca hacia arriba y aserrar la parte adicional de bronce defectuoso.

    Sus esfuerzos para producir pólvora no llegaron a ninguna parte. Muchas de las proporciones de los ingredientes ardían bellamente cuando eran encendidas. Pero no explotaban. Ensayó todas las proporciones; varió sus métodos de mezcla. No estallaban.

    Quizá tenía que encender una gran cantidad, comprimida aún más apretadamente. Presionó todos los días a la fundición, hasta que entregaron el segundo cañón.

    A la mañana siguiente, muy temprano, Fritharik y un par de ayudantes montaron el cañón sobre una cureña rudimentaria de tablones, en un espacio desocupado, cerca de la Puerta Viminal.

    Padway comprimió varios kilos de pólvora en el cañón y metió después una bola de hierro fundido.

    —Fritharik, dame esa tea —dijo en voz baja—. Ahora, atrás todos. Hasta allá y tiéndanse. También tú, Fritharik.
    — ¡Nunca! —exclamó el vándalo, indignado—. ¿Abandonar a mi patrón en un momento de peligro? ¡No!
    —Está bien, si deseas la posibilidad de volar en pedazos.

    Padway aplicó la llama de la tea al oído del cañón.

    La pólvora chispeó y siseó.

    La pólvora hizo ¡pfurnp! La bala del cañón saltó del plano de boca, cayó a tierra a un paso de distancia, rodó otro paso y se detuvo.

    El bello cañón nuevo y brillante regresó a la casa de Padway para ser guardado en el sótano con el reloj.

    A principios de la primavera, Urias apareció en Roma. Explicó que había dejado la academia militar en manos de subordinados y venía a encargarse de formar una fuerza de milicias de romanos, que era otra de las ideas de Padway. Pero tenía un aire desdichado, insidioso, que hizo que Padway sospechara que ésa no era la causa auténtica.

    A las preguntas de Padway, estalló al fin.

    —Excelente Martinus, simplemente debes darme un mando en algún lugar alejado de Rávena. No puedo soportarla más.

    Padway puso un brazo en torno a los hombros de Urias.

    —Vamos, viejo, dime qué te molesta. Quizá pueda ayudarte.
    —Uh… bueno… es… Oye, ¿qué es lo que hay entre tú y Mathaswentha? —balbuceó Urias, mientras miraba el suelo.
    —Eso pensé. Has estado viéndola, ¿verdad?
    —Sí. Y si me mandas de vuelta a Rávena, seguiré viéndola a pesar de mí mismo. ¿Están comprometidos tú y ella o qué?
    —Tuve esa idea una vez —Padway adoptó el aire de uno que está a punto de hacer un gran sacrificio—. Pero, mi amigo, no me interpondré en el camino de la felicidad de nadie. Estoy seguro de que estás mucho mejor dotado que yo para ella. Así que si quieres pretender su mano, hazlo, con mis bendiciones.
    — ¿Hablas en serio? —Urias se levantó de un salto y principió a pasearse, casi radiante—. Yo… No sé cómo agradecértelo… es lo más grande que podrías hacer por mí… Soy tu amigo para toda la vida…
    —Olvídalo; me alegra ayudarte. Pero ahora que estás aquí, será mejor que termines el trabajo que viniste a hacer.
    —Oh. Supongo que debo hacerlo —dijo Urias sobriamente—. Pero ¿cómo la cortejaré entonces?
    —Escríbele.
    — ¿Cómo puedo hacerlo? No sé frases hermosas. De hecho, jamás he escrito una carta de amor en mi vida.
    —También te ayudaré en eso. Mira, podemos hacerlo ahora —Padway comenzó a redactar una carta para la princesa—. Vamos a ver, debemos decirle cómo son sus ojos.
    —Son como ojos, ¿no?
    —Por supuesto, pero en este negocio los comparas con estrellas y con cosas.

    Urias pensó.

    —Son parecidos al color de un glaciar que vi en los Alpes.
    —No, eso diría que son tan fríos como el hielo.
    —También le recuerdan a uno la hoja pulida de una espada.
    —Objeción similar. ¿Qué dices de los mares nórdicos?
    —Hm-m-m. Sí creo que eso es, Martinus. Grises como los mares nórdicos.
    —Tiene un tono poético magnífico.
    —Lo tiene. Entonces serán los mares nórdicos.

    Urias escribió lenta y torpemente.

    Cuando estaba concluyendo la carta, Padway se hundió el sombrero y se encaminó a la puerta.

    —Hai —exclamó Urias—, ¿qué prisa tienes?
    —Voy a ver a unos amigos; una familia llamada Anicio. Gente buena. Te los presentaré algún día, cuando estés atado seguramente.

    La idea original de Padway había sido introducir una forma benigna de conscripción selectiva, comenzando con la ciudad de Roma, que requería que los reclutas se presentaran a una instrucción semanal. El Senado, que para entonces era un mero consejo municipal, rehusó. Algunos de ellos desconfiaban o no les simpatizaba Padway.

    No quiso ceder hasta que hubiera ensayado otras cosas. Hizo que Urias anunciara prácticas voluntarias, los salarios comunes. Los resultados fueron desalentadores.

    Los pensamientos de Padway fueron arrebatados en forma repentina de la remilitarización de los italianos, cuando llegó Juniano con un mensaje telegráfico. Decía:

    Wittigis escapó anoche de la detención, no se ha encontrado rastro de él.
    (firmado)
    Aturpad el Persa
    comandante.


    Por un minuto, Padway simplemente miró el mensaje. Luego se levantó de un salto.

    — ¡Fritharik! ¡Saca nuestros caballos! —gritó.

    Galoparon hacia el alojamiento de Urias.

    —Esto me pone en una situación incómoda, Martinus. Mi tío intentará recuperar su corona. Tú sabes que es un hombre tenaz.
    —Lo sé. Pero tú sabes lo que importa mantener las cosas en marcha como están.
    —Ja. No retrocederé. Pero no puedes esperar que trate de hacer daño a mi tío. Lo quiero, aunque sea un viejo gruñón y terco.
    —Respáldame y te prometo que haré lo posible por asegurarme que no se le haga daño.
    — ¿Cómo supones que escapó? ¿Soborno?
    —Sé tanto como tú. Dudo del soborno; cuando menos, Aturpad es considerado un hombre honrado. ¿Qué piensas que hará Wittigis?
    —En su lugar, yo me ocultaría por un tiempo y reuniría a mis partidarios. Eso sería lógico. Pero mi tío jamás fue muy lógico. Y odia a Thiudahad más que a nada en el mundo. Especialmente después del intento de Thiudahad de hacerlo asesinar. Mi deducción es que se encaminará a Rávena y tratará de liquidar a Thiudahad, él mismo.
    —Muy bien, entonces reuniremos alguna caballería veloz y nos encaminaremos hacia allá.

    Cuando llegaron a Rávena en la madrugada, no hicieron ninguna pregunta, sino que galoparon directamente hacia el palacio. La ciudad parecía bastante normal. La mayor parte de los ciudadanos estaban desayunando. Pero no vieron la guardia acostumbrada en el palacio.

    —Eso tiene mala apariencia —comentó Urias.

    Hicieron desmontar a sus hombres, desenfundaron sus espadas y entraron de seis en fondo. Un guardia apareció al final de la escalera. Desenvainó su espada y entonces reconoció a Urias y a Padway.

    —Oh, sois vosotros —dijo sin comprometerse.
    —Sí, somos nosotros —replicó Padway—. ¿Qué ocurre?
    —Bueno… uh… será mejor que veáis por vosotros mismos, nobles señores. Excusadme —el godo desapareció de su vista.

    Atravesaron a zancadas los salones. Las puertas se cerraban antes de que llegaran a ellas. Padway se preguntó si estarían entrando a una trampa. Mandó una escuadra para apoderarse de la puerta principal.

    A la entrada a los apartamentos reales, encontraron un grupo de guardias. Un par de ellos levantaron sus lanzas, pero el resto sencillamente permaneció incierto.

    —Atrás, muchachos —dijo Padway con calma y entró.
    — ¡Oh, Cristo misericordioso! —exclamó Urias en voz baja.

    Había varias personas de pie, en torno a un cadáver tirado en el piso. Padway les ordenó que se apartaran. El cadáver era de Wittigis. Su túnica se encontraba rasgada por una docena de heridas de lanza y espada. Bajo él, la alfombra estaba ensangrentada.

    El jefe de ujieres miró asombrado a Padway.

    —Esto acaba de suceder, mi señor. Y, no obstante, habéis venido desde Roma por esto. ¿Cómo lo supisteis?
    —Tengo sistemas —replicó Padway—. ¿Cómo sucedió esto?
    —Wittigis fue dejado entrar al palacio por un guardia amigo suyo. Hubiera matado a nuestro noble rey, pero fue visto y otros guardias se apresuraron al rescate. La guardia lo mató.

    Un sonido desde un rincón hizo que Padway levantara la mirada. Ahí estaba agazapado Thiudahad, semivestido. Nadie parecía prestarle atención. La cara cenicienta de Thiudahad atisbo a Padway.

    —Ah, si es mi nuevo prefecto, ¿verdad? Tu nombre es Casiodoro. Pero pareces mucho más joven, mi querido señor. Ah, yo, envejeceremos alguna vez. Je, je. Publiquemos un libro, mi querido Casiodoro. Ay, sí, en verdad, un adorable libro nuevo con tapas moradas. Je, je. Lo serviremos de cena, con pimienta y salsa. Ése es el modo de comer aves. Sí, cuando menos trescientas páginas. A propósito, ¿has visto a ese pillo general mío, Wittigis? Supe que iba a venir de visita. Un horrible patán; no sabe nada. Ay, de veras, siento ganas de danzar. ¿Bailamos, mi querido Wittigis? ¡La-la-la, dum de-um!
    —Atiéndelo y no le permitas salir —dijo Padway al médico del rey—. El resto de vosotros, volved a vuestro trabajo como si no hubiera sucedido nada. Sustituyan esta alfombra y hagan preparativos para un funeral digno, pero modesto. Urias, quizá sea mejor que te encargues de eso —Urias estaba llorando—. Vamos, viejo, podrás llorar más tarde. Entiendo, pero tenemos cosas que hacer.


    Capítulo XIV


    LOS MIEMBROS del Consejo Real godo aparecieron en la oficina de Padway con una variedad de ceños. Eran hombres de riqueza y ocio y no les agradaba ser arrastrados prácticamente de sus mesas de desayuno.

    Padway los informó. Sus noticias los aturdieron a un silencio temporal.

    —Como sabéis, mis señores —continuó—, bajo la constitución no escrita de la nación goda, un rey demente debe ser remplazado tan pronto como sea posible. Permitidme sugerir que las circunstancias hacen del reemplazo del infortunado Thiudahad un problema apremiante.
    —Esto es en parte obra tuya, joven —gruñó Wakkis—. Podríamos haber comprado a los francos…
    —Sí, mi señor. Sé todo eso. La dificultad es que los francos no permanecerían comprados, como bien sabes. En todo caso, a lo hecho, pecho. Ni los francos ni Justiniano han actuado todavía contra nosotros. Si podemos organizar rápidamente la elección de un nuevo rey, no estaremos peor de lo que estamos.
    —Supongo que tendremos que convocar otra convención de los electores —dijo Wakkis.
    —Aparentemente nuestro joven amigo tiene razón —habló otro consejero, llamado Mannfrith—, por mucho que yo odie recibir consejos de extraños. ¿Cuándo y dónde será la convención?

    Hubo muchos ruidos guturales de los godos.

    —Con la venia de mis señores, tengo una sugerencia —dijo Padway—. Nuestra nueva capital civil será Florencia y, ¿qué modo más apropiado hay de inaugurarla, que efectuar ahí nuestra elección?

    Hubo más gruñidos, pero nadie presentó una idea mejor. Padway sabía bien que no les gustaba seguir sus sugerencias, pero que, por otra parte, se alegraban de evitar el pensar y aceptar responsabilidades.

    —Tendremos que dar tiempo para que salgan los mensajes —observó Wakkis—, y para que lleguen a Florencia los electores.

    En ese momento entró Urias. Padway lo llevó aparte.

    — ¿Qué dijo? —le preguntó quedo.
    —Lo hará.
    — ¿Cuándo?
    —Oh, creo que en alrededor de diez días. No parece muy decente, tan pronto después de la muerte de mi tío.
    —Olvídalo. Es ahora o nunca.
    — ¿Quiénes serán los candidatos? —inquirió Mannfrith—. Me agradaría ser uno de ellos, solamente que mi reumatismo me ha estado molestando mucho.
    —Thiudegiskel será uno de ellos —propuso alguien—. Es el sucesor lógico de Thiudahad.
    —Pienso que os complacerá saber que nuestro estimado general Urias será candidato —anunció Padway.
    — ¿Qué? —chilló Wakkis—. Es un joven magnífico, lo admito, pero es inelegible. No es del clan Amal.

    Padway mostró una sonrisa triunfante.

    —No lo es ahora, mis señores, pero lo será para cuando sea convocada la elección —los godos parecieron sorprendidos—. Y mis señores, espero que todos vosotros nos daréis el placer de vuestra compañía en la boda.

    Durante el ensayo de la boda, Mathaswentha llamó a Padway.

    —Has sido realmente el más noble respecto a esto, Martinus —dijo—. Espero que no lo lamentarás demasiado.
    —Querida mía, tu dicha es mi felicidad —Padway hizo su mejor intento de parecer noble—. Y si amas a este joven, estás haciendo lo justo.
    —Lo amo. Prométeme que no te sentarás a lamentarlo, sino que irás a buscar alguna joven buena, adecuada para ti.
    —Será difícil olvidar, querida mía —Padway suspiró convincentemente—. Pero ya que lo pides, lo prometo. Vamos, no llores. ¿Qué pensará Urias? Deseas hacerlo dichoso, ¿no?

    La boda fue un bello acontecimiento, en una forma semibárbara. Padway descubrió un gusto insospechado por la dirección de escena e introdujo un acto que había visto en fotografías de bodas de la academia militar de los Estados Unidos: el de hacer que los amigos de Urias formaran un arco de espadas, bajo el cual bajaran las escaleras del templo el novio y la novia. En su interior estaba conteniéndose para reprimir la risa. Pensó que el largo hábito de Urias se parecía asombrosamente a una bata de baño que él tuvo, excepto que la bata de Padway no había tenido imágenes de santos bordadas con hilos de oro.

    Al partir la pareja, Padway se escondió tras un pilar. Si lo vio Mathaswentha de reojo, pudo haber pensado que estaba derramando una última lágrima. Pero en realidad se hallaba permitiéndose el lujo de un prolongado suspiro de alivio.

    Antes de reaparecer, oyó a un par de godos que hablaban al otro lado del pilar.

    —Sería un buen rey, ¿eh, Albehrts?
    —Quizá. Lo sería, por sí mismo. Pero temo que esté bajo la influencia de ese Martinus. No es que tenga nada específicamente contra el misterioso Martinus, entiende… pero tú sabes cómo es.
    —Ja, ja, ja. Oh, bueno, uno siempre puede lanzar al aire un sestercio para decidir por quién votar.

    Padway tenía toda la intención de mantener a Urias bajo su influencia. Eso parecía posible. A Urias le desagradaban los problemas de la administración civil y se impacientaba con ellos. Era un soldado competente y al mismo tiempo era susceptible a las ideas de Padway.

    Hizo que la noticia de la elección fuera trasmitida por telégrafo, economizando así una semana que de ordinario hubiera sido necesaria para que los mensajeros viajaran a todo lo largo y lo ancho de Italia, y convenciendo, incidentalmente, a los godos del valor de sus innovaciones. Envió otro mensaje también, ordenando a todos los altos comandantes militares que permanecieran en sus puestos. Su motivo verdadero era una determinación de mantener a Thiudegiskel en Calabria durante las elecciones.

    Los godos jamás habían visto unas elecciones conducidas según los principios estadounidenses, probados por el tiempo. Padway se los enseñó. Los electores llegaron a Florencia para hallar la ciudad cubierta con gallardetes y canelones enormes que decían:

    ¡VOTA POR URIAS, EL PREDILECTO DEL PUEBLO!
    ¡Impuestos más bajos! ¡Obras públicas más grandes!
    ¡Protección para los ancianos! ¡Gobierno eficaz!


    Y todo eso. También encontraron un sistema completo de comisionados de distrito para remolcarlos, enseñarles la ciudad, aunque en esos días Florencia no tenía mucho que mostrar, y atraérselos en general.

    Tres días antes de que se efectuaran los comicios, Padway ofreció una barbacoa al aire libre Él mismo se metió en deudas por los gastos. Bueno, no precisamente; metió en deudas al pobre Urias, que fue demasiado prudente en aceptar a su nombre compromisos que pudo haber evitado.

    Más tarde, Padway y Urias descansaron ante una botella de brandy. Padway comentó que la elección le parecía un cincho, pero luego tuvo que explicar qué era un cincho. De los dos candidatos adversarios, uno se había retirado y el otro, el hijo de Harjis Austrowald, era un anciano únicamente con la relación más remota con el clan Amal.

    Entonces llegó uno de los comisionados de distrito, sin aliento. Le pareció a Padway que la gente siempre acudía a él sin aliento.

    — ¡Thiudegiskel está aquí! —ladró el hombre.

    Padway no perdió tiempo. Investigó dónde estaba alojado, reunió unos cuantos soldados godos y fue a arrestarlo. Halló que Thiudegiskel se había apoderado, con una pandilla de sus amigos, de una de las mejores posadas de la ciudad, y arrojando a la calle a los huéspedes con sus pertenencias.

    La banda estaba hartándose en la planta baja, a la vista de todos. No habían cambiado aún sus ropas de viaje y parecían fatigados Padway entró. Thiudegiskel levantó la mirada.

    —Oh, eres tú nuevamente. ¿Qué quieres?
    —Tengo una orden de arresto contra ti —anunció Padway—, por insubordinación y abandono de tu puesto, firmada por Ur…

    La voz aguda lo interrumpió.

    —Ja, ja, sé todo respecto a eso, mi querido Sineigs. Quizá pensabas que permanecería lejos de Florencia, mientras hacías las elecciones sin mí, ¿eh? Pero yo no soy así, Martinus. En lo más mínimo. Estoy aquí, soy un candidato y cuando sea rey recordaré todo lo que intentes ahora Eso es una cosa mía; tengo una memoria infernalmente buena.
    — ¡Arrestadlo! —ordenó Padway a sus soldados.

    Hubo un gran ruido de sillas al levantarse la pandilla y echar mano a las empuñaduras de sus espadas. Padway miró a sus soldados; no se habían movido.

    — ¿Bueno? —estalló.

    El más viejo de ellos, una especie de sargento, se limpió la garganta.

    —Bueno, señor, así es. Sabemos que eres nuestro superior y todo eso. Pero las cosas son un tanto inseguras, con estas elecciones y todo y no sabemos de quién estaremos tomando órdenes dentro de un par de días. Supón que detenemos a este joven y luego es elegido rey. Eso no sería tan bueno para nosotros, ¿verdad, señor?
    — ¡Son unos…! —rugió Padway.

    Sus soldados principiaron a salir. El joven noble godo llamado Willimer murmuró algo a Thiudegiskel, mientras deslizaba su espada un poco fuera de la funda.

    Thiudegiskel movió la cabeza.

    —Parece que no simpatizas a mi amigo, aquí presente, Martinus. Jura que te hará una visita tan pronto como concluyan los comicios. Así que sería más saludable para ti que abandonaras Italia en un pequeño viaje. De hecho, tengo dificultad para evitar que él actúe ahora mismo.

    Ya casi todos los soldados se habían ido. Padway comprendió que era mejor que él también se marchara, si no quería que esos matones bien nacidos hicieran picadillo de él.

    Hizo acopio de toda la dignidad que le fue posible.

    —Conocéis las leyes contra el duelo.
    —Seguro, la conozco. Pero recuerda que yo seré quien la sancionará. Te hago una buena advertencia, Martinus. Ésa es una cosa…

    Pero Padway no esperó a escuchar la siguiente contribución de Thiudegiskel al tema inagotable de su persona. Salió, lleno de cólera y humillación. Para cuando terminó de maldecir su estupidez y pensó en reunir sus tropas orientales, las pocas que no estaban en el norte con Belisario y hacer un segundo intento, era demasiado tarde. Thiudegiskel había reunido un gran grupo de partidarios dentro del hotel y alrededor de él, y se necesitaría una gran batalla para desalojarlo. Los ex imperialistas disfrutaban mucho de parecer entusiastas respecto a la perspectiva y Urias farfulló que únicamente era honorable dejar que el hijo del ex rey tuviera una oportunidad de obtener la corona.

    Tomás el sirio llegó al día siguiente. Llegó jadeando.

    — ¿Cómo estás, Martinus? No deseaba perderme de toda la excitación, así que vine de Roma. Traje a mi familia.
    —Estoy bien, gracias —contestó Martinus—. O estaré bien cuando recupere el sueño atrasado. ¿Cómo estás tú?
    —Bien, gracias. Los negocios han sido buenos, para variar.
    — ¿Y cómo está tu amigo Dios? —inquirió Padway, con seriedad.
    —También bien… ¡oh, granuja blasfemo! Eso te costará un interés adicional en tu próximo préstamo. ¿Cómo van los sufragios?

    Padway lo informó.

    —No serán tan fáciles como pensaba. Thiudegiskel ha encontrado mucho apoyo entre los godos conservadores a quienes no les simpatizan los hombres hechos por su propio esfuerzo, como Wittigis y Urias. La nata prefiere a un Amal por nacimiento…
    — ¿La nata? ¡Oh, ya veo! ¡Espero que Dios te oiga! Podrías ponerlo de buen humor la próxima vez que piense mandar una plaga o un terremoto.
    —Y Thiudegiskel no es tan estúpido como se podía esperar —siguió Padway—. Tan pronto como llegó, envió a sus amigos a arrancar mis cartelones y a poner los suyos. Hubo peleas a puñetazos y un acuchillado, no fatalmente, por fortuna. Así que… ¿conoces a Dagalaif, hijo de Nevitta?
    — ¿El jefe de policía? Sólo de nombre.
    —No es elegible para votar. Bueno, el vigilante de la ciudad tiene demasiado miedo a los godos para mantener el orden y no me atrevo a usar a mis guardias por temor de provocar a todos los godos contra los «extranjeros». Extorsioné a los padres de la ciudad para que comisionaran a Dagalaif para que delegara a los otros alguaciles que no son electores como policía electoral. Como Nevitta está de nuestro lado, no sé cuán imparcial será Dagalaif. Pero espero que nos evite una batalla campal.
    —Maravilloso, maravilloso, Martinus. No te excedas; algunos godos consideran tus métodos de elección irregulares e indignos. Pediré a Dios que cuide en forma especial de ti y de tu candidato.

    Un día antes de los comicios, Thiudegiskel demostró su astucia política, ofreciendo una barbacoa todavía más en grande que la de Padway. Éste tuvo merced de la bolsa de Urias y había limitado su festín a los electores. Thiudegiskel, que podía recurrir a la riqueza de las inmensas propiedades de Thiudahad en Toscana, echó la casa por la ventana.

    Invitó a todos los electores y también a sus familias y amigos.

    Padway, Urias y Tomás, con los comisionados de distrito del segundo, la familia del tercero y una guardia considerable, llegaron al campo después de que había comenzado la fiesta. El campo estaba cubierto con miles de godos de todas edades, tallas y sexos.

    Un godo se acercó a ellos, con espuma de cerveza en la barba.

    —Oíd, oíd, ¿qué estáis haciendo? No fuisteis invitados.
    —Ni ogs frijond —respondió Padway.
    — ¿Qué? ¿Me dices que no tenga miedo? —gruñó el godo.
    —Ni siquiera intentamos participar en vuestra fiesta. Tenemos un pequeño día de campo. No hay ley contra los días de campo, ¿o sí?
    —Bueno… ¿para qué es el armamento? Me parece que estabais proyectando un secuestro.
    —Vamos —lo apaciguó Padway—. Tú portas una espada, ¿no?
    —Pero yo soy oficial. Soy uno de los hombres de Willimer.
    —Esta gente también son nuestros hombres. No te preocupes por nosotros. Permaneceremos al otro lado del camino, si eso te hace feliz. Ahora, ve a disfrutar de tu cerveza.
    —Bueno, no intentéis nada, pues estaremos preparados.

    El godo se retiró, farfullando respecto a la lógica de Padway.

    El grupo de Padway se estableció al otro lado del camino, sin hacer caso a las miradas hostiles de los partidarios de Thiudegiskel. El mismo Padway se tendió sobre el pasto, comiendo poco y observando con los ojos entrecerrados el festín, Tomás comentó:

    —Mi muy excelente general Urias, esa expresión me indica que nuestro amigo Martinus está planeando algo particularmente infernal.

    Thiudegiskel y algunos de su pandilla subieron a la plataforma de los oradores. Willimer presentó al candidato, con brevedad loable. Padway hizo callar a su grupo y esforzó el oído. Aun así, con tanta gente, pocos de ellos completamente silenciosos, entre él y el orador, no captó mucho del godo agudo de Thiudegiskel.

    —… ¿y sabíais, amigos, que el general Urias tenía doce años de edad, antes de que su pobre madre pudiera enseñarlo a que no se orinara en el lecho? Es verdad. Eso es una cosa mía; jamás exagero. Por supuesto, no podría exagerar las peculiaridades de Urias. Por ejemplo, la primera vez que visitó a una muchacha…

    Urias en raras ocasiones se encolerizaba, pero Padway pudo ver que el joven general estaba acercándose rápidamente a la incandescencia. Tendría que pensar pronto en algo o habría un combate.

    Sus ojos cayeron sobre Ajax y la familia del esclavo. El hijo mayor de Ajax era un muchacho de diez años, color chocolate, con cabellos lanudos.

    — ¿Sabe alguien si Thiudegiskel está casado? —preguntó Padway.
    —Sí —respondió Urias—. El cerdo se casó antes de marchar a Calabria. Y, además, con una buena muchacha, prima de Willimer.
    —Hm-m-m. Oye, Ajax, ¿ese hijo tuyo mayor habla godo?
    —Oh, no, mi señor, ¿por qué había de hablar?
    — ¿Cómo se llama?
    —Príamo.
    — ¿Te agradaría ganarte un par de sestercios, Príamo?

    El niño se levantó de un salto e hizo una inclinación. Padway consideró vagamente repulsiva esa actitud servil en un niño. Pensó que algún día debía hacer algo respecto a la esclavitud.

    —Sí, mi señor —chilló el niño.
    —Di la palabra atta. Eso significa «padre» en godo.

    Repitió Príamo:

    —Atta. ¿Dónde están mis sestercios, mi amo?
    —No tan pronto. Príamo. Eso es nada más el principio del trabajo. Practica por un tiempo, diciendo atta.

    Padway se levantó y atisbo hacia el campo.

    — ¡Hai, Dagalaif! —llamó suavemente.

    El jefe de la policía se apartó de la chusma y se acercó.

    — ¡Hails, Martinus! ¿Qué puedo hacer por ti?

    Padway le dio instrucciones en voz baja. Después dijo a Príamo:

    — ¿Ves al hombre con la capa roja en la plataforma, el que está hablando? Bueno, ve hasta él, sube a la plataforma y dile atta. Con voz fuerte, de modo que todos puedan oírlo. Dilo muchas veces, hasta que suceda algo. Luego corre de vuelta hasta aquí.

    Príamo frunció el ceño, concentrándose.

    — ¡Pero ése no es mi padre! ¡Éste es mi padre! —señaló a Ajax.
    —Lo sé. Pero harás lo que digo, si quieres tu dinero.

    Así que Príamo se escurrió entre la multitud de godos, con Dagalaif tras de sus talones. Se perdieron a la vista de Padway por unos minutos, mientras Thiudegiskel seguía chillando. Luego, la pequeña forma del negro apareció sobre la plataforma, subido por los fuertes brazos de Dagalaif. Padway escuchó claramente el grito infantil:

    — ¡Atta!

    Thiudegiskel se interrumpió a la mitad de una oración.

    — ¡Atta! ¡Atta! —repitió Príamo.
    — ¡Parece que te conoce! —gritó una voz, al frente.

    Thiudegiskel calló, frunció el ceño y enrojeció. Un suave murmullo de risas corrió entre los godos y ascendió a un rugido.

    — ¡Atta! —gritó Príamo una vez más, con mayor fuerza.

    Thiudegiskel tomó la empuñadura de su espada y avanzó hacia el niño. El corazón de Padway perdió una palpitación.

    Pero Príamo saltó de la plataforma a los brazos de Dagalaif, dejando a Thiudegiskel gritando y agitando su espada. En apariencia gritaba: « ¡Es mentira!» una y otra vez. Padway podía ver moverse su boca, pero sus palabras se perdían en el estruendo de la risa wagneriana de la nación goda.

    Aparecieron Dagalaif y Príamo corriendo hacia ellos. El godo estaba trastabillando levemente y oprimiéndose el estómago. Padway se alarmó, hasta que vio que Dagalaif padecía un acceso de risa y tos.

    Lo palmeó en la espalda hasta que se moderaron las toses y los jadeos.

    —Si permanecemos aquí, Thiudegiskel recobrará el juicio y estará lo bastante colérico para azuzar a sus partidarios hacia nosotros con las armas en las manos. En mi país teníamos la palabra «zape», que creo que es aplicable. Vámonos.
    —Eh, mi señor —chilló Príamo—, ¿dónde están mis dos sestercios? Oh, gracias, mi amo. ¿Quieres que llame «padre» a alguien más, mi señor?


    Capítulo XV


    —YA PARECE UNA COSA SEGURA —dijo Padway a Urias—. Thiudegiskel nunca sobrevivirá al episodio de esta tarde. Los estadounidenses tenemos algunos medios de hacer que las elecciones resulten a nuestro modo, tales como rellenar las ánforas por anticipado y utilizar personas que voten en diferentes distritos. Pero no creo que sean necesarios.

    — ¿Cómo lo hacen, Martinus?
    —No; te lo explicaré en alguna ocasión. No deseo corromper el sistema electoral godo más de lo que sea absolutamente necesario.
    —Mira, si alguien investiga, descubrirán que Thiudegiskel fue víctima inocente de una broma. ¿No se perderá entonces el efecto?
    —No, no es así como funcionan las mentes de los electores. Aunque se pruebe que es inocente, ha quedado como un tonto, y nadie lo tomará en serio, a pesar de sus méritos personales, si los tiene.

    En ese instante llegó sin aliento un comisionado de distrito.

    —Thiu-Thiudegiskel… jadeó.
    —Voy a ordenar que las personas que quieran hablarme, aguarden afuera hasta que se normalice su respiración —se quejó Padway—. ¿Qué sucede, Roderico?
    —Thiudegiskel ha salido de Florencia, distinguido Martinus. Nadie sabe hacia dónde. Willimer y algunos de sus otros amigos fueron con él —explicó Roderico, cuando ya pudo hablar.

    Padway envió inmediatamente por telégrafo la orden de Urias privando a Thiudegiskel de su grado de coronel… o su equivalente aproximado, en el vago y amorfo sistema godo de mando. Luego se sentó y aguardó noticias.

    Llegaron a la mañana siguiente, durante la votación. Pero no concernían a Thiudegiskel: un gran ejército imperialista había cruzado desde Sicilia y desembarcado, no en Scila, en el tacón de la bota italiana, donde lo esperaría uno, sino costa arriba, en Vibo, Bruttium.

    Padway informó a Urias inmediatamente y lo urgió.

    —No digas nada por unas horas. Esta elección está en la bolsa… quiero decir que está asegurada… y no queremos trastornarla.

    Pero los rumores principiaron a circular. Los sistemas telegráficos son operados por seres humanos y pocos grupos de más de una docena de individuos han mantenido un secreto por mucho tiempo. Para cuando fue anunciada la elección de Urias, por una mayoría de dos a uno, los godos estaban escenificando una demostración improvisada por las calles de Florencia, exigiendo ser conducidos contra el invasor.

    Entonces llegaron más detalles. El ejército imperialista se encontraba mandado por Juan el Sanguinario y tenía efectivos de cincuenta mil hombres. Fue evidente que Justiniano, encolerizado por la carta de Padway, había estado embarcando por partes una fuerza adecuada hacia Sicilia.

    Padway y Urias calcularon que tal vez podrían reunir la mitad de los efectivos que tenía Juan el Sanguinario, sin recurrir a las tropas de Provenza y Dalmacia. Pero nuevas noticias redujeron pronto esta estimación. Ese soldado capaz, feroz y sin principios envió un destacamento a través de las montañas Sila, por un camino secundario de Vibo a Scyllacium, mientras avanzaba con el cuerpo principal de su ejército hasta Reggio, por la Vía Popiliana. La guarnición de quince mil hombres de Reggio dio algunos golpes para salvar su honor y se rindió. Juan el Sanguinario reunió sus fuerzas y avanzó al norte hacia el tobillo.

    Padway vio con muchos recelos partir a Urias de Roma. El ejército se veía impresionante, con sus nuevos cuerpos de arqueros a caballo y sus baterías de catapultas móviles. Pero sabía que las nuevas unidades eran inexpertas en sus nuevas formas de combatir y que era probable que la organización resultara frágil en la práctica.

    Una vez que hubieron marchado Urias y el ejército, ya no tenía objeto preocuparse. Reanudó sus experimentos con la pólvora.

    Padway dedujo, combinando la información contradictoria que llegaba por el telégrafo, que había ocurrido esto: Thiudegiskel había llegado sin interferencia hasta sus fuerzas en Calabria. Se había negado a reconocer la orden telegráfica que lo privaba del mando y convenció a sus hombres de que hicieran lo mismo.

    Juan el Sanguinario se había movido cautelosamente; sólo habían llegado a Consentía, cuando arribó Urias para enfrentarse a él. Eso podría haber sido preparado por anticipado con Thiudegiskel, para atraer a Urias lo bastante al sur para atraparlo.

    Pero mientras Urias y Juan el Sanguinario maniobraban buscando aperturas, a lo largo del río Crathis, Thiudegiskel llegó a retaguardia de Urias… de parte de los imperialistas. Aunque únicamente tenía cinco mil lanceros, su carga inesperada rompió la moral del cuerpo principal del ejército godo. En quince minutos, el Valle del Crathis estaba lleno de miles de godos, lanceros, arqueros montados, arqueros a pie y piqueros, huyendo en todas direcciones. Miles de ellos fueron aniquilados por los coraceros de Juan el Sanguinario y la gran fuerza de caballería gépida y lombarda que lo acompañaba. Otros miles se rindieron. El resto huyó a las montañas.

    Urias logró mantener unido el regimiento de su guardia y atacó la fuerza de desertores de Thiudegiskel. Las noticias decían que Urias había matado personalmente a Thiudegiskel. Padway, que sabía la afición de los soldados a los mitos de esta especie, tuvo sus dudas. Pero se convino en que Thiudegiskel había muerto y que Urias y sus hombres habían desaparecido entre las huestes imperiales en una última carga desesperada; no había sido visto otra vez por los godos que escaparon del campo de combate.

    Padway permaneció sentado durante cuatro horas tras de su escritorio, mirando el montón de mensajes telegráficos y un gran mapa dolorosamente inexacto de Italia.

    — ¿Puedo servirte en algo, excelente amo? —preguntó Fritharik.

    Padway movió la cabeza.

    —Algunos mensajes más, mi señor —anunció Juniano.
    — ¿Qué dicen?
    —Juan el Sanguinario está a la mitad del camino a Salerno. Los nativos le están dando la bienvenida. Belisario informa que ha derrotado a una gran fuerza de francos.
    —Entra, Juniano. Eres nativo de Lucania, ¿no?
    —Sí, mi señor.
    —Eras un siervo, ¿verdad?
    —Bueno… uh… mi señor… tú sabes…

    El joven musculoso pareció asustado repentinamente.

    —No te preocupes; no dejaré por nada que seas arrastrado a las tierras de tu propietario.
    —Bueno… sí, mi señor.
    —Cuando los mensajes dicen que los «nativos» dan la bienvenida a los imperialistas, ¿no se refieren más a los terratenientes italianos que a nadie?
    —Sí, mi señor. A los siervos no les importa una u otra cosa. Un amo es tan cruel como el otro, así que, ¿por qué habían de hacerse matar combatiendo por unos patrones griegos, italianos o godos, según pueda ser el caso?
    —Si se les ofreciera la tierra que ocupan, como propietarios libres, sin patrones, ¿piensas que pelearían por eso?
    —Oh… pienso que lo harían. Sí. Solamente que es una idea tan extraordinaria, si me permites decirlo.
    — ¿Aun de parte de los arríanos heréticos?
    —No creo que importaría eso. Las curias y los citadinos pueden tomar en serio su ortodoxia. Pero de cualquier modo, muchos de los labriegos son semipaganos, y adoran su tierra más que a ninguno de los supuestos poderes celestiales.
    —Eso era lo que pensaba —dijo Padway—. Aquí están unos mensajes que deben trasmitirse. El primero es un edicto, emitido en nombre de Urias, emancipando a los siervos de Bruttium, Lucania, Calabria, Apulia, Campania y Samnium. El segundo es una orden al general Belisario, de que deje una fuerza defensiva en Provenza para que libre una acción dilatoria, por si los francos atacan otra vez, y que vuelva inmediatamente al sur con el cuerpo principal de su ejército. ¡Ah, Fritharik!, trae a Gudareths. Y quiero ver al capataz de la imprenta.

    Cuando llegó Gudareths, Padway le explicó sus proyectos.

    —Oh, oh, ésa es una medida desesperada, respetable Martinus. No creo que la apruebe el Consejo Real. Si liberas a todos esos campesinos de bajo nacimiento, ¿cómo los volveremos a la servidumbre?
    —No lo haremos —replicó Padway—. En cuanto al Consejo Real, la mayoría de ellos estaban con Urias.
    —Pero Martinus, no puedes hacer de ellos una fuerza combatiente. Escucha a un soldado que ha matado a cientos de enemigos con su propio brazo derecho. ¡Sí, miles, por Dios!
    —Sé todo eso —dijo Padway, cansadamente.
    — ¿Entonces qué? Estos italianos no son buenos para batallar, ni tienen ánimo. Será mejor que confíes en la fuerza goda que podamos reunir. Luchadores auténticos, como yo.
    —No espero derrotar a Juan el Sanguinario con reclutas —respondió Padway—. Pero podemos darle para que avance un país hostil. Tú encárgate de esas picas y busca más oficiales retirados.

    Padway reunió su ejército y salió de Roma una brillante mañana de primavera. No era un ejército muy digno de mirarse: godos ancianos que se supusieron retirados del servicio activo, y adolescentes cuyas voces no habían acabado de cambiar.


    Capítulo XVI


    ERA LA SEGUNDA MITAD de mayo de 537, cuando Padway entró a Benevento con su ejército. Sus efectivos aumentaron poco a poco, a medida que llegaban del norte los restos del ejército de Urias. Esa misma mañana, un grupo de forrajeros encontró a tres godos que se habían establecido cómodamente en una granja local, a pesar de las protestas del dueño, preparándose para pasar en paz el resto de la guerra. Éstos también se unieron a ellos, aunque no de muy buena gana.

    En lugar de ir directamente a la costa tirrena u occidental de Nápoles, Padway atravesó Italia hacia el Adriático y descendió por esa costa hasta Teate. Después avanzó tierra adentro hacia Lucera y Benevento. Como aún no tenían una línea telegráfica en la costa oriental, Padway se mantuvo informado de los movimientos de Juan el Sanguinario por medio de mensajeros a través de los Apeninos a las estaciones telegráficas que todavía no estaban en manos del enemigo. Calculó su marcha para llegar a Benevento después de que Juan el Sanguinario capturara Salerno, al otro lado de la península, dejando un destacamento protegiendo Nápoles e iniciado la marcha hacia Roma por la Vía Latina.

    Padway esperaba ponerse a su retaguardia en los alrededores de Capua, mientras Belisario, si entendía sus órdenes, venía directamente de Roma y atacaba a los imperialistas por el frente.

    En algún sitio entre Padway y el Adriático estaba Gudareths, llevando un tren de carretas llenas de picas y cartelones con la proclama de emancipación de Padway. Las picas habían sido sacadas de buhardillas e improvisadas con pértigas de cercas y cosas así. Los arsenales godos de Pavía, Verona y de otras ciudades septentrionales, estaban demasiado lejos en el momento para ser de alguna utilidad.

    Las noticias de la emancipación se extendieron como un fuego de gasolina. Los labriegos se sublevaron en toda Italia meridional. Pero parecían más interesados en saquear e incendiar las villas de sus patrones que en unirse al ejército.

    Una pequeña fracción de libertos se unió a ellos; esto significó varios miles de hombres. Cuando cabalgó hacia la retaguardia de su columna y vio esta gran chusma desordenada, que hormigueaba por el camino, parloteando como urracas y tomándose tiempo para dormitar, Padway se preguntó si serían de mucha utilidad.

    Benevento está en una pequeña elevación, en la confluencia de los ríos Calore y Sabbato. Al entrar a la ciudad, Padway vio a varios godos sentados contra una de las casas. Uno de ellos le pareció familiar. Cabalgó hacia él.

    — ¡Dagalaif! —gritó.

    El policía levantó la mirada.

    —Hails —dijo con voz fatigada, sin entonación. Donde debió estar su oreja izquierda, había un vendaje en torno a su cabeza—. Supimos que venías hacia acá, así que esperamos.
    — ¿Dónde está Nevitta? —Mi padre murió.
    — ¿Qué? Oh —Padway calló por segundos. Después comentó—: ¡Oh, demonios! Era uno de los pocos amigos auténticos que tenía.
    —Lo sé. Murió como un verdadero godo. Padway suspiró y se dedicó a alojar a su fuerza. Dagalaif continuó sentado contra el muro, sin mirar nada en particular.

    Permanecieron en Benevento por un día. Padway supo que Juan el Sanguinario casi había pasado el cruce de caminos en Calatia, en su marcha hacia el Norte. No tenía noticias de Belisario, así que lo mejor que podía esperar era librar una acción retardatoria y mantener a Juan en Italia meridional hasta que llegaran más fuerzas.

    Dejó su infantería en Benevento y cabalgó a Calatia con su caballería. Para entonces tenía una fuerza respetable de arqueros montados. Fritharik cabalgaba a su lado.

    — ¿No son bellas las flores, excelente patrón? —comentó—. Me recuerdan los jardines de mi hermosa propiedad de Cartago. Ah, eso era algo digno de verse. Padway volvió la cara macilenta. Todavía podía sonreír, aunque le doliera.
    — ¿Te sientes poético, Fritharik?
    — ¿Yo, poeta? ¡Honh! ¿Únicamente porque me agrada tener algunos recuerdos agradables en mi última cabalgata terrenal…?
    — ¿Qué quieres decir con «última»?
    —Quiero decir la última y no puedes decirme algo diferente. Juan el Sanguinario nos supera numéricamente por tres a uno, dicen. No habrá una tumba anónima para nosotros, porque no se molestarán en sepultarnos. Anoche tuve un sueño profético…

    Al aproximarse a Calatia, donde la Vía de Trajano a través de Italia se unía a la Vía Latina de Salerno a Roma, sus exploradores informaron que la retaguardia del ejército de Juan el Sanguinario había salido hacía poco tiempo de la ciudad. Padway disparó sus órdenes. Un escuadrón de lanceros trotó al frente y una fuerza de arqueros montados los siguió. Desaparecieron por el camino. Padway cabalgó hacia la cumbre de un otero para observarlos. Se hicieron más y más pequeños, apareciendo y desapareciendo por las ondulaciones del camino.

    Luego se escucharon gritos y sonidos metálicos, débiles por la distancia. Se impacientó. El telescopio no le servía, pues no podía ver alrededor de las esquinas. Los pequeños sonidos continuaron y continuaron. Leves columnas de humo principiaron a levantarse sobre los olivos. Bueno; eso significaba que sus hombres habían incendiado el tren de carretas de Juan el Sanguinario.

    Entonces apareció en el camino un pequeño grupo oscuro, rematado por lanzas en ristre que parecían delgadas como cabellos. Padway atisbo a través de su telescopio, para asegurarse de que eran sus hombres. Bajó trotando del otero y libró algunas órdenes más. La mitad de sus arqueros a caballo se extendieron en un cuarto creciente a uno y otro lado del camino, y un cuerpo de lanceros se agrupó tras ellos.

    Pasó el tiempo y los hombres transpiraban en sus cotas de malla de escamas. Después apareció la guardia avanzada, cabalgando a galope tendido. Sonreían y algunos agitaban partes del botín prohibido. Pasaron atronando el camino entre los arqueros en espera.

    Su comandante cabalgó hacia Padway.

    — ¡Funcionó como un hechizo! —gritó—. Caímos sobre las carretas, dispersamos a los guardias e incendiamos el tren. Entonces vinieron contra nosotros. Hicimos lo que ordenaste. Se desorganizaron. Luego vino el mismo Juan con su maldito ejército. Así que nos retiramos. Llegarán en cualquier minuto.
    —Magnífico —replicó Padway—. Ya sabes tus órdenes. Espéranos en el paso del monte Tifata.

    Así que partieron y Padway aguardó. Pero no por mucho tiempo. Apareció una columna de coraceros imperiales, cabalgando a galope tendido. Comprendió que eso significaba que Juan el Sanguinario estaba sacrificando el orden en favor de la velocidad en su persecución, ya que los escuadrones no podían viajar a través de los campos y huertos a los lados del camino a ese paso. Aunque se desplegaran, tomaría a sus alas algún tiempo para llegar.

    Los imperialistas se hicieron más y más grandes y los cascos de sus caballos produjeron un gran estruendo sobre el camino empedrado. Vio lo que iba a ocurrir y dio una orden. Alzaron las lanzas a los hombros y pusieron tensos los arcos. Para entonces estaban bien al alcance y los godos abrieron fuego. El restallido rápido y seco de los arcos y el silbido de las flechas se agregaron al clamor de la aproximación de los bizantinos. El caballo del comandante, un espléndido animal tordillo, se encabritó y fue derribado por otro corcel que chocó contra él. La vanguardia de la columna imperial se desorganizó en una masa de hombres y animales que se movían en círculos.

    Padway miró al comandante de su cuerpo de lanceros; hizo girar su brazo dos veces en torno a su cabeza y señaló a los imperialistas. La línea de arqueros montados se abrió y los caballeros godos cargaron. Como siempre, avanzaron lentamente al principio, pero para cuando llegaron hasta los imperialistas, sus pesados corceles habían tomado un impulso irresistible. Los coraceros retrocedieron con gran estruendo, defendiéndose de modo desesperado, cuerpo a cuerpo, pero poniendo sus arcos en acción tan pronto como podían.

    De reojo, Padway vio que un grupo de jinetes subía a una colina próxima. Eso significaba que las alas de Juan el Sanguinario estaban llegando. Hizo que su trompetero tocara la señal de retirada. Pero los caballeros siguieron presionando hacia atrás a la columna imperialista. Tenían la ventaja en el peso de hombres y caballos y lo sabían. Padway espoleó su caballo al galope por el camino, tras ellos. Si no detenía a los malditos tontos, serían tragados por el ejército imperialista. Llegó hasta sus godos, arrastró por la fuerza a su comandante fuera de la refriega y gritó a su oído que se retirase.

    — ¡Ni! ¡Nist! —replicó el hombre a gritos—. ¡Buena pelea! —y volvió a lanzarse a la lucha.

    Los godos empezaron a retroceder por el camino. En pocos segundos, todos estaban alejándose al galope, excepto unos pocos rodeados por los imperialistas.

    En teoría, fue una retirada estratégica. Pero desde el punto de vista de los caballeros godos, Padway se preguntó si sería posible detenerlos de ese lado de los Alpes.

    Una mirada hacia atrás le informó que los imperialistas habían dispuesto de los godos que no pudieron escapar y estaban iniciando la persecución.

    De acuerdo con el plan, los arqueros montados se reunieron detrás de los lanceros y galoparon tras ellos, los de extrema retaguardia disparando hacia atrás.

    Había catorce kilómetros hasta el paso, la mayor parte cuesta arriba. Padway esperó no tener que hacer esa cabalgata nuevamente.

    Los riscos estaban amarillos en el sol poniente de la tarde, cuando la columna goda llegó por último al paso, trastabillando. Habían perdido pocos hombres, pero cualquier perseguidor realmente vigoroso podría haberlos alcanzado, derribándolos con facilidad de sus monturas. Por fortuna, los imperialistas no estaban menos cansados. Pero de cualquier modo, seguían persiguiéndolos.

    Padway oyó que un oficial gritaba, despertando ecos que subieron por las paredes del paso:

    — ¡Descansarás cuando yo diga, cerdo perezoso! Miró en torno suyo y vio con satisfacción que la fuerza que envió adelante se encontraba aguardando en silencio en sus puestos. Éstos eran los hombres que aún no eran empleados en absoluto. La pandilla que incendió el tren de carretas estaba retirada detrás y los que habían huido se tendieron en tierra todavía más allá.

    Los imperialistas avanzaron. Padway pudo ver volverse las cabezas de los hombres y levantar las miradas nerviosamente a las pendientes. Pero al parecer, Juan el Sanguinario aún no admitía que sus enemigos pudieran estar conduciendo una campaña inteligente. La columna imperialista cabalgó hasta la parte más estrecha del paso, seguida por los rayos oblicuos del sol.

    Un caballo relinchó horriblemente y los imperialistas corrieron en todas direcciones. Padway dio la señal de ataque a un escuadrón de lanceros.

    Únicamente había espacio para seis caballos de frente e incluso así, estaban apretados. Las rocas y los troncos no hicieron mucho daño a los imperialistas, excepto al formar un gran montón que cortó en dos su columna. Y los godos atacaron a la fracción que había pasado del punto de ruptura. Los coraceros, sin poder maniobrar o siquiera utilizar sus arcos, fueron arrojados contra la barrera por sus enemigos, más pesados. La lucha concluyó cuando los imperialistas sobrevivientes echaron pie a tierra y escaparon hacia la seguridad. Los godos reunieron los caballos abandonados y los condujeron hacia sus filas, lanzando alaridos.

    Juan el Sanguinario se retiró a un par de tiros de flecha. Después hizo avanzar un pequeño grupo de coraceros, para disparar una andanada de flechas. Padway envió al paso a algunos arqueros godos desmontados. Éstos causaron tanto daño a los imperialistas, disparando desde atrás de la barrera, que los coraceros pronto fueron retirados.

    Entonces, Juan el Sanguinario mandó a algunos lanceros para que barrieran a los arqueros. Pero la barrera detuvo su ataque. Mientras avanzaban paso a paso entre las rocas, los godos los llenaron de flechas. Para un general mucho más estúpido que Juan el Sanguinario ya habría comprendido que en ese paso estrecho, los caballos eran más o menos tan útiles como loros verdes. El hecho de que los imperialistas pudieran defender su extremo del paso tan fácilmente como Padway defendía el suyo no podía ser un gran consuelo, ya que ellos estaban tratando de pasar y Padway no. Juan el Sanguinario desmontó a algunos lombardos y gépidos y los mandó avanzar a pie. Mientras tanto, Padway apostó a algunos lanceros desmontados tras la barrera, de modo que sus lanzas formaran un grupo denso. Sus arqueros retrocedieron y subieron por las pendientes para disparar sobre las cabezas de los caballos.

    Los lombardos y gépidos se adelantaron a trote corto. Estaban equipados con cotas de malla imperialistas. Llevaban espadas y algunos de ellos tenían inmensas hachas de combate. Al aproximarse, principiaron a gritar insultos a los godos, quienes sabían bastante bien sus dialectos germanos orientales para contestarles.

    Los atacantes se lanzaron aullando sobre la barrera y empezaron a cortar el seto de lanzas que estaban demasiado juntas para que se deslizaran entre ellos fácilmente. Más asaltantes que vinieron detrás empujaron a los primeros contra las puntas de las lanzas. Algunos fueron atravesados. Otros metían los cuerpos entre las astas de las lanzas y llegaban hasta los lanceros. Luego, las primeras filas fueron una maraña de hombres que gruñían y gritaban, demasiado apretados para poder emplear sus armas, mientras que los que estaban tras ellos trataban de alcanzar al enemigo por encima de sus cabezas.

    Los arqueros disparaban y disparaban. Las flechas rebotaban en los yelmos y se clavaban temblorosas en los grandes escudos de madera. Los hombres que eran heridos no podían caer ni retirarse.

    Un arquero retrocedió entre las rocas para traer más flechas. Algunas cabezas godas se volvieron a mirarlo. Un par más de arqueros lo siguieron, aunque no habían agotado las flechas de sus aljabas. Algunos de los caballeros de retaguardia principiaron a seguirlos.

    Padway vio el comienzo de una derrota desastrosa. Detuvo a un hombre y le quitó la espada. Después trepó a la roca desocupada por el primer arquero, gritando algo ininteligible incluso para él. Los hombres se volvieron a mirarlo.

    La espada era enorme. Padway la tomó con ambas manos, la alzó sobre su cabeza y la bajó sobre el enemigo más cercano, cuya cabeza estaba al nivel de su cintura. La espada descendió sobre el casco del hombre con un sonido metálico, hundiéndoselo sobre los ojos. Padway golpeó otra y otra vez. El imperialista desapareció; atacó a otro. Golpeó yelmos, escudos, cabezas descubiertas, brazos y hombros. No podía decir cuándo eran efectivos sus golpes, porque cuando se recobraba de cada tajo, el cuadro había cambiado.

    Después no hubo a su alcance cabezas que no fueran godas. Los imperialistas se estaban retirando, arrastrando sus heridos.

    A primera vista parecía haber alrededor de una docena de godos caídos. Por un momento, Padway se preguntó, colérico, por qué el enemigo había dejado menos cadáveres. Se le ocurrió que algunos de esa docena sólo estaban heridos moderadamente y que el enemigo se había llevado a la mayoría de sus bajas.

    El sol se había puesto y el ejército de Juan el Sanguinario se retiró valle abajo para levantar sus tiendas y cocinar su cena. Los godos de Padway hicieron lo mismo. El olor de los alimentos flotaba agradablemente. Cualquiera habría pensado que eran dos grupos de paseantes, a no ser por el montón de hombres y caballos muertos en la barrera.

    Padway no subestimó a su enemigo y estableció un amplio y estrecho sistema de puestos avanzados justificados. Una hora antes del amanecer, principiaron a llegar sus centinelas. Parecía que Juan el Sanguinario estaba desplegando dos grandes cuerpos de arqueros anatolios desmontados sobre las colinas a uno y otro lado de ellos. Vio que su posición pronto sería insostenible. Así que sus godos fueron sacados de entre sus mantas, bostezando y gruñendo y guiados hacia Benevento.

    Cuando salió el sol y Padway vio a sus hombres, se preocupó Seriamente por su moral. Gruñían y parecían tan desalentados como se veía Fritharik de ordinario. No entendían de retiradas estratégicas. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que principiaran a huir.

    En Benevento sólo había un puente sobre el Sabbato, con una corriente bastante rápida. Padway pensó que podría retener ese puente por algún tiempo y que Juan el Sanguinario se vería obligado a atacarlo, por la pérdida de sus provisiones y la hostilidad de los labriegos.

    Cuando llegaron al llano en torno a la confluencia de los dos pequeños ríos, Padway se encontró con una sorpresa horrorizante. Un enjambre de sus reclutas campesinos estaba cruzando el puente hacia él. Varios miles habían cruzado ya. Tenía que hacer pasar con rapidez su fuerza sobre el puente; sabía lo que ocurriría si se congestionaba con tropas en retirada. Gudareths cabalgaba a su encuentro.

    — ¡Seguí tus órdenes! —gritó—. Intenté contenerlos, pero pensaron que ellos mismos pueden derrotar a los griegos y se pusieron en marcha a pesar de todo. ¡Te dije que no sirven!

    Padway se volvió a mirar. Los imperialistas estaban a la vista, comenzaban a desplegarse. Parecía el fin de la aventura.

    Mientras tanto, los siervos italianos vieron la caballería goda galopando con los imperialistas persiguiéndolos y se formaron la idea de que la batalla se encontraba perdida. Oleadas de movimiento corrieron por los grupos desordenados y al fin, su movimiento se invirtió. El camino que conducía a la ciudad pronto se llenó de italianos fugitivos. Los que habían cruzado el puente estaban congestionados en una chusma que intentaba regresar.

    — ¡Vuelve sobre el río en alguna forma! —Padway gritó a Gudareths—. ¡Envía jinetes a los caminos para detener a los fugitivos! Que vuelvan de este lado. Trataré de contener a los griegos aquí.

    Desmontó a la mayor parte de sus tropas. Dispuso a los lanceros en seis hileras en semicírculo frente a la cabeza de puente, en torno a los labriegos empavorecidos, con las lanzas hacia afuera. Apostó a los arqueros a lo largo de la orilla del río, en dos cuerpos, uno a cada flanco, y tras ellos a sus lanceros montados restantes. Si algo detenía a Juan el Sanguinario, sería eso.

    Los imperialistas se detuvieron un momento. Luego, un gran cuerpo de lombardos y gépidos avanzaron hacia la línea de lanzas. Padway, de pie tras la línea, los vio crecer más y más. El sonido de sus cascos era como el de una gran orquesta de timbales, cada vez más fuerte.

    Los imperialistas avanzaban. Parecía que podrían pasar sobre cualquier cuerpo de hombres sobre la tierra. Entonces principiaron a restallar las cuerdas de los arcos La carga aminoró su velocidad perceptiblemente, pero siguieron adelante y cayeron sobre la línea de lanzas. Padway pudo ver los labios apretados y las caras pálidas de los lanceros. Si resistían… Lo hicieron. Los bridones de los imperialistas se encabritaban relinchando cuando los lanceros los herían. Algunos de ellos se detuvieron tan repentinamente, que sus jinetes fueron desmontados. Y después, toda la masa empezó a dispersarse de derecha e izquierda y retroceder hacia el cuerpo principal del ejército. No era la manera de combatir de la caballería y no tenían intenciones de ensartarse en las lanzas de aspecto desagradable.

    Padway respiró en verdad por primera vez en casi un minuto. Había estado instruyendo a sus hombres en el sentido de que ninguna caballería podría romper una línea de lanceros en realidad sólida, pero él mismo no lo creyó hasta entonces.

    Luego ocurrió algo terrible. Muchos de los lanceros, al ver a los imperialistas en fuga, rompieron la línea y se lanzaron contra sus adversarios de a pie. Padway chilló que regresaran, pero continuaron corriendo, o más bien, trotando pesadamente en sus armaduras. El alerta Juan envió un regimiento de coraceros tras la chusma entorpecida de godos y en un instante los dispersaron por todo el campo. Padway rabió con cólera y desesperación; ésa era su primera pérdida grave. Agarró a Tirdat por el cuello, casi estrangulándolo.

    — ¡Encuentra a Gudareths! —gritó—. ¡Dile que reúna a unos pocos cientos de estos italianos! ¡Voy a ponerlos en la línea!

    La línea de Padway era ya peligrosamente delgada y no podía contraerla sin aislar a sus arqueros y a sus jinetes. Pero esta vez, Juan lanzó a su caballería contra los arqueros flanqueadores. Los arqueros retrocedieron al talud del río, donde no podían llegar a ellos los caballos y la caballería de Padway atacó a los imperialistas, rechazándolos en un caos polvoriento de espadas agitadas.

    Al fin aparecieron los deseados reclutas, empujados por oficiales godos macilentos. El puente estaba cubierto de lanzas abandonadas; los campesinos fueron armados con ellas y puestos en primera línea. Llenaron bien la brecha. Para alentarlos, Padway colocó godos tras ellos, manteniendo las puntas de sus espadas contra sus riñones.

    Si Juan el Sanguinario le daba un instante de tregua, podía dedicarse a la delicada operación de hacer pasar toda la fuerza sobre el puente, sin exponer a la matanza ninguna parte de ella.

    Pero Juan el Sanguinario no tenía esa intención. Avanzaron dos grandes cuerpo a caballo, encaminados hacia la caballería goda flanqueadora.

    Padway no podía ver exactamente lo que ocurría, entre el polvo y las hileras de cabezas y hombros que se interponían. Pero por el estrépito menguante, juzgó que sus hombres estaban siendo obligados a retroceder. Luego vinieron galopando algunos coraceros contra los arqueros, haciéndolos abandonar nuevamente la parte superior del talud. Los coraceros tendieron sus arcos y por unos segundos, godos e imperialistas se disparaban flechas. Después, los godos principiaron a deslizarse al río y a cruzarlo rápidamente a nado.

    Atacaron finalmente los gépidos y lombardos. Esta vez no habría lluvia de flechas para hacer más lenta su carga. La masa atacante de gigantes agitando sus grandes hachas, se hizo más y más grande.

    Padway se sintió como debía sentirse una cuerda de violín un instante antes de reventarse.

    Hubo una conmoción violenta en sus propias filas, frente a él. Las espaldas de los godos fueron sustituidas por las caras morenas de los labriegos. Éstos habían soltado sus picas para abrirse paso hacia atrás entre las filas, a pesar de las puntas de las espadas. Padway vio sus ojos desorbitados, sus bocas emitiendo alaridos de terror, mientras él era derribado por la oleada. Pasaron sobre su cuerpo. Se retorció y pataleó como una salamandra en un anzuelo, preguntándose cuándo serían remplazados los pies descalzos de los italianos por los cascos de la caballería hostil. El reino ítalo-godo estaba perdido y todo su trabajo había sido inútil…

    La presión y los golpes menguaron. Padway se libró, dolorido, de los que habían caído sobre él. Toda su línea principió a ceder, pero luego quedó inmóvil.

    La caballería pesada imperialista no se veía. El polvo era tan espeso, que no podía verse mucho. De más allá del palio frente a la posición de Padway, venían pisadas, gritos y sonidos metálicos.

    — ¿Qué sucedió? —gritó Padway.

    Nadie respondió. No se veía nada frente a ellos sino polvo.

    Después apareció un hombre, corriendo a pie. Al disminuir la velocidad, Padway vio que era un lombardo.

    Se preguntaba si sería un lunático que intentaba atacar solo a su ejército.

    — ¡Armaio! ¡Merced!

    Los godos intercambiaron miradas sorprendidas. Entonces apareció un par más de bárbaros, uno de ellos conducía un caballo de la brida.

    — ¡Armaio, timrja! (¡piedad, camarada!) ¡Armaio, frijond! (¡merced, amigo!) —gritaron.

    Un coracero imperial, con pluma en el yelmo, cabalgó detrás de ellos, gritando en latín: ¡Amicus! Luego aparecieron compañías completas de imperialistas, a pie y a caballo, germanos, eslavos, hunos y anatolios mezclados, bramando en varias lenguas: « ¡Piedad, amigo!».

    Un grupo sólido de jinetes, con un estandarte godo en medio de ellos, cabalgó entre los imperialistas. Padway reconoció a una figura alta, con barba café, en medio de ellos.

    — ¡Belisario! —graznó.

    El tracio se acercó, se inclinó y le estrechó la mano.

    — ¡Martinus! No te reconocía, con todo ese polvo en la cara. Temí que llegaría demasiado tarde. Hemos estado cabalgando desde el alba. Los atacamos por la retaguardia y eso fue todo. Tenemos a Juan el Sanguinario, y tu rey Urias está a salvo. ¿Qué haremos con todos estos prisioneros? Deben ser cuando menos veinte mil o treinta mil.

    Padway osciló un poco sobre sus pies.

    —Oh, reúnelos y ponlos en un campo o algo. No me importa en realidad. En otro minuto estaré dormido sobre mis pies.


    Capítulo XVII


    —SÍ, ENTIENDO EL PUNTO —comentó lentamente Urias, ya de regreso en Roma—. Los hombres no lucharán por un gobierno por el que no tengan interés. Pero ¿piensas que podremos permitirnos indemnizar a todos los terratenientes leales cuyos siervos te propones liberar?

    —Nos arreglaremos —replicó Padway—. Todo terminará en un periodo de años. Y este nuevo impuesto sobre los esclavos ayudará.

    No explicó que esperaba hacer de la esclavitud una institución por completo onerosa, elevando de modo gradual el impuesto sobre los esclavos. Tal idea hubiera sido trastornadoramente radical, aun para la mente flexible de Urias.

    —No me importan las limitaciones al poder del rey en esa nueva constitución tuya —prosiguió Urias—. Esto es, por mí mismo. Soy un soldado, y me alegra dejar a otros la conducción de los negocios civiles. Pero no estoy seguro respecto al Consejo Real.
    —Aceptarán. Ya los tengo comiendo más o menos de mi mano. Les he demostrado que sin el telégrafo, jamás habríamos podido mantenernos tan bien informados de los movimientos de Juan el Sanguinario; y sin las prensas impresoras no nos habría sido posible levantar tan efectivamente a los siervos.
    — ¿Qué más hay?
    —Debemos escribir a los reyes de los francos y explicarles de manera cortés, que no es culpa nuestra si los borgoñones prefieren nuestro régimen al de ellos, pero que, ciertamente, no nos proponemos devolverlos a sus majestades merovingias.

    »También tenemos que hacer arreglos con el rey de los visigodos para equipar nuestros barcos en Lisboa para su viaje al otro lado del Atlántico. A propósito, te ha nombrado sucesor, de manera que cuando muera, los godos de Oriente y los de Occidente estarán unidos de nuevo. Lo cual me recuerda que debo hacer un viaje a Nápoles.

    — ¿Por qué estás tan empeñado en esta expedición atlántica, Martinus?
    —Te lo diré. En mi país nos distraíamos aspirando el humo de una planta llamada tabaco. Es un pequeño vicio bastante inocuo, si no se exagera. Desde que llegué he estado deseando un poco de tabaco y las tierras al otro lado del Atlántico es el lugar más cercano en donde puedes conseguirlo.

    Urias emitió su gran carcajada estruendosa.

    —Tengo que partir. Me agradaría ver la redacción de tu carta a Justiniano, antes de que la envíes.
    —Bien, como decimos en América. La tendré mañana para ti, lo mismo que el nombramiento de ministro de economía de Tomás el sirio, para que lo firmes. Él consiguió esos hábiles trabajadores del hierro de Damasco a través de sus relaciones particulares de negocios, así que no tendré que pedírselos a Justiniano.
    — ¿Estás seguro de que tu amigo Tomás es honrado?
    —Seguro, es honrado. Solamente que debes vigilarlo. Saluda en mi nombre a Mathaswentha. ¿Cómo está?
    —Muy bien. Se ha tranquilizado mucho desde que todas las personas que más temía han muerto o enloquecido. Tú sabes, estamos esperando a un pequeño Amal.
    — ¡No lo sabía! Felicitaciones.
    —Gracias. ¿Cuándo vas a hallar una muchacha, Martinus?

    Padway se estiró y sonrió.

    —Oh, tan pronto como recupere el sueño perdido. Padway vio alejarse a Urias, con un sentimiento de envidia. Él estaba en la edad en que los solteros se sienten nostálgicos respecto a la vida familiar de sus amigos. No era que deseara una repetición de su fracaso con Betty, o un cartucho de dinamita hecho mujer, como Mathaswentha. Esperaba que Urias tendría a su reina preñada prácticamente todo el tiempo a partir de entonces. Eso podría mantenerla alejada de malas ideas. Escribió:

    Urias, rey de los godos e italianos, a su radiante clemencia Flavio Anido Justiniano, emperador de los romanos, salud.

    Ahora que el ejército enviado por vuestra serena alteza a Italia bajo el mando de Juan, sobrino de Vitaliano, mejor conocido como Juan el Sanguinario, ya no es un obstáculo para nuestra reconciliación, reasumimos la discusión de términos para la terminación honorable de la guerra cruel e infructuosa entre nosotros.

    Subsisten las condiciones de nuestra carta anterior, con esta excepción: la indemnización de cien mil sólidi pedida previamente, se duplica, para compensar a nuestros ciudadanos de los daños causados por la invasión de Juan el Sanguinario.

    Resta el problema de vuestro general, Juan el Sanguinario. Aunque nunca hemos considerado en serio como una afición coleccionar generales imperiales, las acciones de vuestra serenidad nos han forzado a una política que se parece mucho a eso. Como no deseamos causar una pérdida grave al imperio, liberaremos al citado Juan cuando se pague un modesto rescate de cincuenta mil sólidi. Apremiamos formalmente a vuestra serenidad a considerar en forma favorable este camino. Como sabéis, el reino de Persia está regido por el rey Khusrau, joven de gran fuerza y habilidad. Tenemos motivos para creer que Khusrau intentará pronto otra invasión de Siria. Entonces necesitaréis al general más hábil que podáis encontrar.

    Además, nuestra leve capacidad para prever el futuro nos informa que dentro de alrededor de treinta años nacerá en Arabia un hombre llamado Mahoma, quien predicando una religión herética, instigará, a menos que sea detenido, una gran oleada de conquista bárbara, subvirtiendo el régimen, tanto del reino persa como del Imperio Romano de Oriente. Apremiamos respetuosamente la conveniencia de asegurar de inmediato el control de la península árabe, para que esta calamidad pueda ser detenida en su origen.

    Aceptad, por favor, mi advertencia como prueba de nuestros sentimientos más amigables. Esperamos el gracioso favor de una pronta respuesta.

    por Martinus Paduei, Cuestor.

    Padway se echó hacia atrás y miró la carta. Había también otras cosas que atender: la amenaza de invasión de Nórico por los bávaros y el ofrecimiento del khan de los avaros de una alianza para exterminar a los hunos búlgaros. La alianza sería rechazada cortésmente. Los avaros no serían unos vecinos más agradables que los búlgaros.

    Y, ¿debía seguir con sus experimentos con la pólvora? No tenía la seguridad de que fuera deseable. El mundo ya tenía suficientes medios de infligir muerte y destrucción.

    Al diablo con eso, pensó. Metió todos los papeles a una gaveta de su escritorio, tomó su sombrero de la clavija y pidió su caballo. Se encaminó a la casa de Anicio. ¿Cómo podría cortar el hielo con Dorotea, si ni siquiera la había visto después de su regreso a Roma?

    Dorotea salió a su encuentro. Pensó lo hermosa que estaba.

    Pero no había en su actitud nada de «salud, héroe conquistador». Antes de que Padway pudiera decir una palabra, ella principió:

    — ¡Bestia! ¡Cosa viscosa! ¡Te ofrecimos nuestra amistad y nos arruinaste! ¡El corazón de mi pobre padre está roto! ¡Y supongo que ahora has venido a jactarte!
    — ¿Qué?
    — ¡No simules que no lo sabes! Sé todo lo relativo a esa orden ilegal que expediste, liberando a los siervos de nuestras propiedades en Campania. Incendiaron nuestra casa y robaron las cosas que había conservado desde que era niña…

    Principió a llorar. Padway intentó decir algo, pero ella explotó nuevamente.

    — ¡Largo! ¡No quiero volver a verte nunca! Necesitarás un escuadrón de tus soldados bárbaros para entrar a nuestra casa. ¡Largo!

    Padway se retiró con lentitud, desalentado. Era un mundo complejo. Casi cualquier cosa que hiciera uno iba a herir a alguien.

    Después, su espalda se enderezó. No era algo por lo que debiera sentirse lástima por uno mismo. Dorotea era una buena muchacha, sí, bella y razonablemente brillante. Pero no era extraordinaria en esos aspectos; había muchas otras no menos atractivas. Para ser franco, Dorotea era una joven bastante común. Y como era italiana, era probable que engordara a los treinta y cinco años.

    La indemnización del gobierno por sus pérdidas haría mucho por curar los corazones rotos de los Anicio.

    Las muchachas estaban bien y era probable que él cayera uno de esos días. Pero tenía cosas más importantes por qué preocuparse. Su misión no se encontraba concluida. Nunca terminaría… hasta que la enfermedad, la vejez o la daga de algún enemigo acabara con él. Había mucho qué hacer y únicamente unos pocos decenios para hacerlo: brújulas, motores de vapor, microscopios y el mandato de habeas corpus.

    Tenía más de año y medio oscilando, tomando un poco de poder aquí, apaciguando a un posible enemigo allá, manteniéndose bastante lejos del desagrado de las diferentes iglesias, iniciando algún arte menor, como el torneado del cobre. ¡No estaba mal para un ratón Padway! Tal vez podría continuar por años.

    Y si no podía… si bastante gente se fastidiaba finalmente con las innovaciones del misterioso Martinus… bueno, había un sistema de telégrafo semafórico funcionando a todo lo largo y lo ancho de Italia, para ser sustituido algún día por un auténtico telégrafo eléctrico, si podía hallar el tiempo para los experimentos requeridos. Un sistema postal público estaba a punto de establecerse. Tenía prensas en Florencia, Roma y Nápoles, imprimiendo libros, panfletos y periódicos. Aunque le sucediera cualquier cosa, estas cosas seguirían adelante. Se encontraban demasiado arraigadas para ser destruidas por accidente.

    Sin duda, la historia había sido cambiada.

    Las tinieblas no descenderían.


    Fin



    L. Sprague de Camp, 1939
    Que no caigan las tinieblas
    Ilustración de portada: Jean Michel Nicollet
    EDITORIAL DIANA, S. A.
    T L A C O Q U E M É C A T L 7 3
    MÉXICO, D. F.
    Título original:
    Lest Darkness Fall
    Traductor:
    René Cárdenas Barrios
    DERECHOS RESERVADOS
    E D I T O R I A L D I A N A. S. A.
    Impreso en México Printed in México