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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS ENEMIGOS DEL SOL (Francisco Valverde Torné)

    Publicado el viernes, agosto 18, 2017

    Sinopsis

    Año 2655…. Una terrible amenaza gravita sobre la Tierra. Todos los Gobiernos y sabios del planeta unen sus fuerzas para combatir el peligro. Un cometa rodeado de una pesada atmósfera de gases mortíferos se acerca a nuestro globo, y puede aniquilar a todos los seres. Se preparan febrilmente naves espaciales dotadas de poderosas armas atómicas para detener su avance. Los más valerosos pilotos salen a su encuentro pero fracasan. Paul Rogers y Héctor Galvez parten de sus respectivos países, Francia y España, para realizar un esfuerzo desesperado. Consiguen desviar el curso del astro amenazador y son arrastrados tras él.

    Así empieza la más extraordinaria aventura imaginable. Dos hombres penetran en la cuarta dimensión y vuelven a la Tierra 10.000 años después; un planeta al que no llega la luz del Sol, habitado por seres humanos que han creado una supercivilización entre los hielos. En otro lugar del sistema planetario, una antigua colonia hostil decide romper la capa que rodea la antigua habitación humana para que el calor sol la transforme de nuevo en lugar habitable. Esto amenaza exterminar a los moradores de los hielos. Estalla una lucha interplanetaria en la que Gálvez y Rogers participan.


    Nos vamos renovando constantemente.
    Vamos siendo creados en cada momento.
    Cada instante de nuestro futuro no es nada,
    pero cada uno de nuestro pasado somos
    nosotros mism

    Both.


    Capítulo Primero


    A MENUDO RESULTA GRATO EMPRENDER DE NUEVO la tarea cotidiana después de unos días de bien aprovechadas vacaciones. Paul Rogers las había aprovechado extraordinariamente: se había marchado a Suiza solo y había vuelto acompañado nada menos que de una flamante esposa. Nadie hubiera pensado jamás que Paul fuera capaz de casarse. Para nadie que le conociera un poco era un secreto que Paul tenía unos gustos muy particulares, y hasta exigentes, con respecto a las mujeres. Por eso más de un malicioso hubiera pensado para sus adentros que aquella maravillosa rubia cenicienta que había conseguido llevarle al altar debía ser una mujer muy lista, poseedora de muchos más atractivos de los que podían adivinársele a primera vista, que no eran pocos. En cambio, los que hubieran conocido a fondo a Paul le habrían atribuido a la chica muchas más virtudes de las normales en la mejor persona del mundo. Sin embargo Paul no tenía muchos amigos, y por ello no dio demasiado que pensar a nadie; en cualquier caso, unos y otros habrían tenido razón, sobre todo si se tiene en cuenta que Paul, que había hecho toda la guerra de Marte sin salir apenas de la base aeronáutica, excepto para los vuelos de reconocimiento jamás había demostrado sentir añoranza por las damiselas de los cabarets de París, aunque durante los tres largos años de la guerra, tanto él como la inmensa mayoría de sus compañeros no habían podido disfrutar de otro espectáculo que no fuera el que podían ofrecerles las mujeres azules de las tribus de las rocas con sus pintorescas y salvajes danzas que jamás pudieron llegar a comprender del todo.

    Una vez concluida la guerra, que había terminado con la independencia absoluta de la nación de los Hombres Azules, última colonia europea de Marte en el año 2265, los supervivientes regresaron a la Tierra derrotados, preguntándose, como siempre ocurría, la causa por la cual tantos compañeros habían quedado bajo el suelo reseco de Marte con una cruz de madera sobre sus cabezas los más afortunados y otros disueltos en la atmósfera del planeta rojo, entremezclados entre sus átomos. Por suerte el pueblo de los Hombres Azules, pese a su tremenda fuerza, no había podido tomar represalias después de expulsar a los invasores, por no disponer de medios en su empobrecido planeta para lanzarse a la conquista de los espacios. Sí, Marte no era otra cosa en casi toda su superficie que un erial inmenso, sin valor ni riqueza alguna, cuya conquista había costado mucha sangre, tiempo y sacrificios. Pero había enseñado algo a sus ambiciosos conquistadores: a amar la paz y el suelo de su hermoso mundo. Aunque esto, claro está, pertenece a otra historia, como diría un autor de tres siglos antes.

    A lo largo de aquella despiadada guerra Paul se había distinguido como un excelente aviador, a pesar de no haber tenido muchas ocasiones de entrar directamente en combate, cosa que no le pesaba lo más mínimo. Su absoluto dominio sobre los aparatos de aviación le valió después de la contienda un empleo como piloto de pruebas de una fábrica de aerocohetes. Era un trabajo arriesgado, pero para quien hubiera conocido las duras jornadas de Marte, aquello era tan sencillo como andar en patín. Además, estaba bien retribuido, lo cual le permitía llevar una vida, si no de dispendios, por lo menos bastante despreocupada e independiente, aunque debamos insistir que Paul era un hombre todo lo sobrio que se podía ser en aquel atribulado siglo XXIII, en que los hombres habían conseguido hollar con sus plantas el suelo de todos los planetas de nuestro sistema.

    Por eso había podido permitirse el lujo de pasar sus primeras vacaciones de verano en Suiza. Sólo había aclarado al marcharse que deseaba disfrutar de unos días de tranquilidad absoluta, de una tranquilidad como hacía años no conociera, incluso a riesgo de hundirse en el más feroz aburrimiento.

    A juzgar por lo que había traído no debía haberse aburrido tanto. ¿Qué había ocurrido en Suiza? Probablemente nada extraordinario. Simplemente lo que suele ocurrir cuando un hombre y una mujer se encuentran, se miran a los ojos y a través de ellos descubren algo que les ata dulcemente y que no desean romper: en una palabra, el amor. Pero todo esto carece de la menor importancia, aunque para Paul fuera lo más importante que le había ocurrido en su vida. Al fin y a la postre a la mayoría de las personas les venía ocurriendo lo mismo desde los tiempos más remotos... por suerte para los que debían continuar la tradición. El caso es que Paul parecía haber experimentado un cambio en su carácter, hasta el punto de que sonreía a menudo. La felicidad anda siempre tan cerca del amor como la desgracia.

    Aunque no había apurado todos sus días de permiso a su regreso de París, se presentó en la fábrica al día siguiente.

    Monsieur Farman, ingeniero presidente de la sociedad, hombre de unos cincuenta años, bonachón y simpático, de carácter amplio y abierto y que profesaba a Paul un afecto casi paternal, le recibió con una exclamación de sorpresa:

    — ¡Vaya, mira quién aparece! ¡El hombre de las nubes! Hasta de la tranquilidad se cansa uno, ¿eh?

    Los dos hombres se estrecharon la mano con calor.

    Paul también había llegado a apreciar de una manera especial a Farman en los dos años que llevaba desempeñando su cargo de piloto de pruebas. El ingeniero gustaba de exponer y discutir todos sus proyectos con él. Y Paul, que después de todo era el que debía meterse en los cohetes para ser lanzado al espacio a velocidades endiabladas, sabía agradecérselo y sugerirle sus ideas con la seguridad de ser escuchadas y tenidas en cuenta. Aunque su carácter era mucho más reservado que el de Farman, a pesar de contar veinte años menos, para el ingeniero no poseía secretos, ni aun con respecto a sus problemas personales, que también los hombres como Paul suelen tenerlos. Así que lo primero que dijo después de sentarse, acariciando distraídamente la maqueta del último cohete construido para las fuerzas del aire, fue:

    —He vuelto porque lo mismo me da estar en París, en Suiza e incluso en el mismísimo Marte. Me he casado.

    No había querido decirlo con ánimo de impresionar a su amigo. Pero lo había hecho. Farman arrugó el entrecejo. Era su forma de reaccionar ante las cosas imprevistas y desagradables.

    — ¿Que te has casado? ¿Con quién? — preguntó, como si pudiera conocerla, lo cual era algo muy improbable, puesto que Paul jamás le había presentado a ninguna mujer. Y esto le demostraba que jamás se había interesado en serio por ninguna. Sin duda debía haberla encontrado en Suiza.
    —Se llama Giséle —respondió Paul, adivinando el efecto desastroso que en su amigo había producido la noticia. Y ello no le hizo ninguna gracia, ya que se apresuró a añadir—: Te aseguro que es una chica excelente.
    —Yo aseguraría que es mucho más que todo eso. ¿Cómo lo consiguió?

    Paul le clavó una mirada interrogante.

    —Debe ser una joven muy despierta — opinó Farman, dejando claramente adivinar lo que estaba pensando.

    Paul lo adivinó. -

    —No fue ella quien me pescó — aclaró.
    —Yo no he dicho eso, querido Paul.
    —Pero conozco lo que piensas, sobre todo cuando no lo dices. Giséle no es como todas las mujeres. Es muy... muy...
    — ¡Pero, Paul, no tienes por qué darme explicaciones! Me alegro mucho, y tú lo sabes.

    El ingeniero hizo unos gestos con las manos que querían ser expresivos, sin conseguir explicar nada.

    —Habla claro, Farman.

    Farman se sentó al borde de la mesa, con una pierna colgando.

    —No todos los hombres somos iguales, Paul. Quiero decir que no tenemos todos los mismos derechos. La misma vida suele obligarnos a renunciar a muchas de las cosas que nos ofrece. Quisiera estar seguro de que has pensado bien en... en obligar a una mujer a soportar durante toda su vida la angustia de esperarte diariamente, sin estar segura de que volverás.
    —Todo eso son tonterías.
    —Sabes que no lo son. Tienes tanta seguridad en ti mismo cuando te lanzas al espacio como si hubieras nacido con alas. Tengo derecho en hablarte así, porque soy tu amigo, aunque ya veo que he hecho tarde. Por otra parte, no debería hacerlo.
    — ¿A qué viene, pues, todo este discurso?
    —Viene a que nunca podré olvidar el horrible fin de otros dos pilotos de pruebas que antes que tú se arriesgaron confiadamente en pilotar dos de mis más rotundos fracasos. Me voy haciendo viejo, Paul, y los años suelen dar sensatez.

    Paul le dio una palmada sobre la pierna que tenía en el aire.

    — ¡Bah! Te culpas a ti mismo como si tuvieras el deber de ser infalible. Todos nos equivocamos alguna vez y...

    Farman no le dejó terminar; se puso en pie de un salto con excitación.

    — ¡Sí, eso es, tú mismo lo has dicho! ¡No todos tenemos derecho a equivocarnos! Hay errores cuyas consecuencias anulan toda justificación.
    —Pero tú estabas seguro de tu obra, como lo has estado siempre, porque jamás dejas nada al azar.
    —Esa idea es la que siempre me atormenta, la de las cosas que no hayan podido ver mis ojos ni calculado mi cerebro. La experiencia me ha demostrado que el peligro siempre existe.

    Paul sonrió despreocupado, o al menos esforzándose por estarlo. Le disgustaba toda aquella conversación. Farman no había tomado nunca las cosas de aquel modo. Sospechaba que todo obedecía a una razón oculta, algo que atormentaba a su amigo en lo más hondo de su alma. Durante un momento, contemplando su rostro desacostumbradamente apretado, le pareció mucho más viejo, casi un anciano.

    —Querido Farman, todo eso no demuestra otra cosa que tu extremada cautela. Cuando llega el momento de la prueba jamás me asaltan pensamientos negros. Es mi oficio, y no arriesgo mucho más la vida en él que los obreros que extraen metales del fondo de los océanos, con varios kilómetros de agua sobre sus cabezas. Estoy seguro de que no construirás nunca ningún proyectil que pueda matarme. Eres el mejor ingeniero del país.
    —Sí, y tú el mejor piloto. Eso no cambia las cosas. Casi las empeora. Nos confiamos tanto en nuestros propios éxitos, o mejor en nuestras propias fuerzas, que nos parece que nada puede tener secretos para nosotros. Cada vez que lanzo al espacio un nuevo proyectil siento un escalofrío, algo como un presagio. Durante los días anteriores a la prueba casi no puedo dormir. No te lo he confesado nunca, pero ahora no puedo evitar el pensamiento de que si eso me ocurre a mí, para una mujer enamorada debe ser horrible.
    — ¡Pero, Farman, ella no puede saber nada!
    —Te has dado cuenta cuando ya lo has dicho, pero es igual.
    —Sí, sin duda exagero demasiado las cosas. Ya sabes que te deseo la mayor felicidad. Jamás me ha gustado ser un aguafiestas.

    Paul se frotó las manos.

    —Siento deseos de reanudar el trabajo. Llevo tanto tiempo pisando tierra firme que empiezo a marearme.
    — ¿A pesar de... Giséle?
    —Son dos cosas diferentes.
    —Pero están atadas a tu vida. ¿Por qué no te dedicas a otra cosa? Hay empleos bastante bien retribuidos y menos arriesgados, incluso dentro de tu especialidad. Yo podría recomendarte...
    — ¡Por favor, no empieces de nuevo! ¿A qué viene todo esto? ¿Es que pretendes insinuar que estoy despedido? Sabes que no puedes hacerlo...
    —No, de ningún modo. Tus servicios son inestimables para la sociedad, y todo ello gracias a mis propios informes, que a fuer de sinceros te han hecho acreedor de una confianza absoluta.
    —Entonces, ¿por qué me hablas ahora como a un novato? Conozco mi oficio y nací para él.
    —Ya lo sé. Me pregunto qué habrías hecho de nacer cuatro siglos antes.
    —Además, es un absurdo preocuparse por Giséle. Ella... es una mujer especial. No podría explicártelo.

    Ya me lo imagino. Yo también creía lo mismo de mi mujer cuando me casé con ella. Después descubrí que estaba equivocado, pero en cambio le encontré otras muchas cosas que no se tienen en cuenta y que son las que realmente hacen feliz a un hombre. Ya te irás dando cuenta. Y también de que tienes el deber de velar de ti mismo, porque en su vida serás algo necesario.

    Paul soltó una carcajada.

    — ¡Te estás volviendo un sentimental! Mira, no sé bien lo que quieres decir. Pero quiero que sepas una cosa: en Giséle he descubierto una gran facilidad para comprenderme. No le he ocultado nada.
    —Tanto mejor.

    Paul acarició de nuevo la maqueta del cohete cuya base ocupaba casi la mitad de la mesa de despacho, de extrañas y al propio tiempo sencillas formas.

    —Fue uno de tus más rotundos éxitos, ¿eh?
    —Nuestro. Tal vez más tuyo que mío.
    — ¡Bah! Te has vuelto demasiado reflexivo durante el tiempo que he estado fuera. Y ahora —se volvió bruscamente a Farman— vas a decirme lo que tienes entre manos. Porque después de toda la perorata que me has soltado ya no me puedes ocultar que planeas algo nuevo... y peligroso.

    Farman esbozó una sonrisa.

    —Peligroso... sí. Pero no nuevo. Cuando los viajes interplanetarios son una realidad desde hace bastantes años, ¿qué crees que queda por hacer?
    —Siempre queda mucho que hacer. Mientras el hombre exista sobre la faz de la Tierra habrá algo que conquistar. Si mal no recuerdo son palabras textuales tuyas.

    Farman permaneció silencioso.

    —Por mi parte, por ejemplo, aún no he pilotado ningún cohete interplanetario —siguió Paul—. Y no me consuela el pensar que ya lo han hecho otros.
    —Ni yo los he construido... aún.
    —Pero piensas hacerlo, ¿verdad?
    —Todavía no tengo nada en concreto. Es un asunto que no me gusta... Hay algo raro que no entiendo.
    —Me estás intrigando, Farman.
    —Apenas nos queda tiempo. Pero hay que hacerlo. Son órdenes oficiales. Tendrás que realizar pruebas con muy pocas garantías de seguridad. Te repito que no me gusta, Paul. Jamás he hecho nada contra reloj. De momento sólo he trazado un anteproyecto... Mira.

    Farman extrajo unos planos y los extendió sobre la mesa. Paul los examinó con interés.

    —Diríase a primera vista que son los estudios y cálculos previos para construir una astronave armada hasta los dientes... No lo comprendo. Que yo sepa el peligro de guerra no es tan inminente como para tomar tales precauciones.
    —Y costará una tremenda fortuna. Sólo tengo una vaga idea... Supongo estarás enterado del asunto ese del nuevo cometa.

    Sí, leí algo de eso hace unos días. Aunque aún no se ha hecho visible parece que se aproxima a nuestro sistema, concretamente a la Tierra. Lo ha descubierto un astrónomo inglés desde el observatorio de París.

    —Carrey. Precisamente de él me han llegado los escasos informes que tengo.
    — ¿Y qué tiene que ver el cometa Carrey con este asunto del cohete?
    —Si no fuera por la fabulosa importancia del proyecto creería que lo único que se proponen es examinarlo de cerca. Los cometas no han sido bien estudiados hasta hoy a pesar de los adelantos en materia de astronáutica, aunque un gran número de ellos penetra todos los años en nuestra órbita procedentes de las más remotas regiones del espacio. Sus órbitas excéntricas son su más acusada característica. Las más pequeñas pueden llegar mucho más allá de Plutón. Pero esto es todo cuanto sé. Parece ser que este cohete tiene que desempeñar un papel muy importante con respecto a este nuevo cometa. No me han dado explicaciones, así que ignoro en absoluto la naturaleza del experimento. Espero que nos informarán mejor a su debido tiempo. Todo esto casi suena a secreto de guerra.

    Farman volvió a enrollar los planos y a guardarlos.

    —Pero ya tendremos ocasión de enterarnos de todo —agregó—. De todas formas tus vacaciones no han terminado aún.
    — ¿Quién ha ordenado el proyecto de este cohete?
    —El Centro de Investigaciones Extraterrestres, al que pertenece el profesor Carrey. Y lo curioso es que el propio estado está dispuesto a sufragar todos los gastos que origine la construcción del aparato, como si se tratara de fabricar varios centenares en serie.
    —Es extraño. ¿Cuándo debe estar dispuesto para la primera prueba?
    —Un mes antes de que el cometa esté más próximo a la Tierra.
    — ¿Que es...?
    —Dentro de tres meses justos.
    —Poco tiempo —reflexionó Paul—. Tendremos que trabajar mucho.

    Farman le dio una amistosa palmada en la espalda.

    —No pienses ahora en eso, muchacho. ¿Nos veremos esta noche? Quiero que me presentes a tu esposa.
    —Precisamente iba a proponértelo. Giséle y yo hemos preparado una pequeña fiesta entre los amigos con motivo de la boda. Espero que todos hayan recibido la tarjeta con tiempo.
    —Esta clase de invitaciones siempre se reciben — sonrió el ingeniero.
    —Te esperamos con tu mujer.
    —Ella te aprecia mucho, Paul. Se alegrará. Hasta la vista.

    Y cuando Paul salió del despacho el rostro de Farman se tornó insólitamente pensativo. Pero fue sólo un instante. En seguida volvió la sonrisa a sus labios y movió la cabeza con un gesto de comprensión.


    * * *

    Paul, quiero presentarte al profesor Carrey —dijo Farman—. Profesor, éste es Paul Rogers, nuestro piloto de pruebas.

    El piloto, un poco desconcertado, cerró la puerta del piso que había quedado abierta y estrechó la mano del profesor, dándole la bienvenida con palabras algo inseguras.

    «Algo debe pasar», pensó.

    —Es un honor para mí, profesor Carrey — añadió en voz alta.
    —Encantado, señor Rogers — sonrió el profesor.

    Lo único que Paul vio en él de momento fue su voluminoso abdomen, debido sin duda a la vida sedentaria a que le obligaba su profesión. Contaría unos cuarenta años, y a no ser porque a Paul le constaba que detrás de aquella abundante anatomía se ocultaba la inteligencia de un sabio excepcional, habría podido clasificarlo como un hombre vulgar para el que no hubieran existido otros horizontes ante sus ojos que los física y humanamente visibles. Solamente su voz, o mejor dicho, la forma de modular las palabras, descubrían bajo aquella apariencia de vulgaridad a un hombre de capacidad intelectual superior. Era ésta una impresión difícil de expresar con exactitud; pero se adivinaba, aunque Paul hubiera ignorado su verdadera personalidad.

    —Temo que no haya sido éste el momento más indicado para importunarle, señor Rogers —dijo a modo de tímida disculpa—. Pero...

    Se detuvo, esperando que Paul le replicara. Y éste tardó unos segundos más de los necesarios antes de hacerlo.

    — ¡De ningún modo, profesor! Me ha sorprendido su visita, esto es todo. Celebro que haya aprovechado la oportunidad para venir. Me siento muy honrado. Yo... ¡Perdón, señora Farman! ¿Cómo está usted? Pero entren, por favor. Quiero presentarles a mi esposa.

    Los visitantes penetraron en el apartamiento. Éste no era muy amplio, pues era el que había habitado Paul en su vida de soltero. Por ello, a pesar de las escasas personas que lo ocupaban en aquellos momentos, charlando y riendo en franca camaradería, parecía no tener cabida para la redonda humanidad del profesor Carrey. Paul quiso iniciar una explicación, pero no lo hizo al observar que no era necesario, pues el rostro del profesor sonreía a la señora Farman, escuchando con galante atención algo divertido. La señora Farman decía cosas muy graciosas cuando conseguía desatar el nudo que se le formaba en la lengua ante la presencia de extraños. Había estado allí no más de un par de veces en compañía de su marido, pero habían sido suficientes para que tomara gran aprecio a Paul, con lo que éste ya había tenido ocasión de escuchar sus genialidades. Su animada charla fue interrumpida por la presencia de Giséle.

    Paul hizo las presentaciones.

    Para todos fue motivo de admiración la joven esposa del piloto, incluso para la señora Farman. Su belleza era un tanto intrigante, aunque no de esa clase que obliga a los hombres a volver los ojos.

    Su mayor encanto consistía precisamente en la sencillez que parecía emanar de toda ella. Sus ojos eran expresivos e inteligentes, y miraban de frente, con abierta franqueza, mostrando un poco su propia alma. Farman imaginó aquellos ojos mirando con amor y no pudo por menos que reconocer que también él se habría casado con ella en el mismo caso que Paul, aunque hubiera estado seguro de morir al día siguiente. Después observó su cabello ceniciento, fino y sedoso, revuelto con un toque de maestría, y que por sí solo constituía toda una tentación. Vestía elegantemente un traje de fiesta a la moda de la época, con los hombros al descubierto, falda muy corta por delante, que se alargaba hacia atrás en un amplio vuelo hasta tocar el suelo, y cubría sus piernas con un ajustado pantalón de la misma luminosa tela roja de todo el resto. Una argolla de oro con incrustaciones de rubíes amarillos procedentes de Venus rodeaba su exquisita garganta. Este detalle hizo comprender a Farman que se trataba de una mujer con unos medios económicos por lo menos tan atractivos como ella misma. Pero no acudió la duda a su cerebro porque conocía lo suficiente a Paul.

    —Ahora comprendo por qué Paul se casó con usted —dijo con sinceridad—. Lo habría hecho aunque hubiera sido un hombre de piedra.

    Giséle tomó aquello por un cumplido y lo aceptó sonriendo,

    —Lamento no tener mucho espacio para que se pongan cómodos —dijo—. Como ven, aún no hemos tenido tiempo de instalarnos. Hemos llegado hoy mismo a París.
    —Siempre he pensado que este era un apartamiento demasiado grande para un hombre solo—argumentó la señora Farman—. Pero ahora creo que estaba equivocada. La verdad es que un hombre solo, raramente está solo del todo.

    La señora Farman se mordió la lengua, convencida de que acababa de decir una estupidez, en especial cuando aludía a Paul. Pero Giséle tuvo el buen gusto de reírse.

    —Conozco bien a Paul —trató de enmendar la señora Farman—. Lo cierto es que dudo mucho que allá en el cielo, cuando realiza los vuelos experimentales de los artefactos que construye mi marido, se encuentre mucho más solo de lo que acostumbra a estar en tierra firme.
    — ¡Oh, no me diga, señora Farman! — exclamó Giséle, aparentando incredulidad.

    Paul casi arrastró al profesor Carrey hacia el diminuto bar que ocupaba un rincón junto al único gran ventanal de la sala, abierto sobre un parque que la luz de la luna dibujaba con perfiles violentos sin relieves, como una mancha negra sobre una superficie de plata. La inmovilidad de las hojas de los árboles contribuía a que tal impresión fuera más real. La quietud de la atmósfera era absoluta y sin duda tan opresiva como en el interior del apartamiento. Todo esto lo observó el profesor distraídamente, ya que Paul parecía presa de cierta agitación.

    — ¿Una copa, profesor? — invitó, llenando un vaso de la primera botella que encontraron sus manos.
    —Gracias.
    —Ha sido una verdadera sorpresa, profesor. Sinceramente, no esperaba verle tan pronto.
    — ¿Esperaba que nos viéramos, entonces?
    —Farman me ha hablado de usted esta tarde.
    —Ah. ¿Qué le ha dicho?
    —Poca cosa. Algo sobre un cohete que por lo visto tiene algo que ver con ese cometa que acaba usted de descubrir. ¿Es tan importante?
    — ¿Importante? No. Más bien... grave y urgente. Tanto, que cuando Farman me ha comunicado que estaba usted en París me ha faltado tiempo para venir. De todas formas ahora me doy cuenta de que me he precipitado un poco. Insisto en que no considero este el momento oportuno para que hablemos, señor Rogers.
    — ¡Por favor, déjese de cumplidos! —exclamó Paul. Y luego, un poco más sosegado—: Perdone, profesor. A veces no puedo reprimir mis impulsos adquiridos durante la guerra, como muchas otras cosas que se nos han quedado dentro para siempre... —Paul llenó un vaso para él y después añadió—: Estoy algo excitado. Siento una gran curiosidad. Raras veces me ocurre esto.
    —Según mis referencias —dijo el profesor con calma— es usted el mejor piloto de pruebas de todo el territorio de los Estados Unidos europeos, creados sobre el suelo de la vieja y romántica Europa. Así lo creo, y por eso me asombra que pueda tener nervios.
    —Los tengo, como los tiene el mejor cirujano; es como el miedo que muerde el corazón del soldado más heroico. El único valor real es el de sobreponerse a ese miedo, sin dejarle que nos domine.
    —El tiempo de los héroes ha pasado ya. Ahora sólo ganan las guerras los cerebros.
    —Tal vez. Pero esta tarde Farman me hablado de un modo raro... como si presintiera mi muerte; Farman nunca ha sido un hombre de imaginación calenturienta. He reflexionado y...

    Paul vaciló sin poder terminar.

    — ¿Qué se propone decirme, señor Rogers?
    —No me haga caso. ¿Quiere que bajemos al jardín? Aquí hay demasiado ruido. No se preocupe por los invitados. Son todos de confianza y ya ve que Giséle ha sabido ganárselos... ¿Viene, profesor? Estaremos más tranquilos. El jardín no suele estar frecuentado por los vecinos a estas horas.
    —De acuerdo.

    Paul estaba seguro de que iba a oír algo terrible. Y no sabía por qué, presentía que todo aquel misterio iba a trascender en su vida tranquila y apacible de un modo decisivo.

    Ya en el jardín ofreció a Carrey un cigarrillo, que sacó encendido del paquete y ambos hombres comenzaron a caminar en silencio, adentrándose entre los parterres por un sendero de piedrecillas que se quejaban bajo sus pies.

    El murmullo de la reunión llegaba a sus oídos apagadamente, cabalgando sobre los rayos de luz que salían de la ventana.

    Después de unos instantes, demasiados para la impaciencia de Paul, el profesor Carrey comenzó:

    —He descubierto un cometa nuevo. Bueno, esto ya lo sabe. Este hecho no hubiera tenido la menor importancia si se hubiera tratado de un cometa como todos los demás.
    —Ya imaginaba que no lo era.
    —Sin rodeos, este cometa representa una gran amenaza para el mundo.
    — ¿Una amenaza? ¿En qué aspecto?

    Paul sintió un estremecimiento. Había comenzado a comprender la vida, es decir, a encontrarla mucho más grata e importante. Y por eso la amaba.

    Se sentaron en un banco. Evidentemente hay cosas que perdurarán tanto como el hombre mismo. Paul arrojó la colilla al suelo y la aplastó con ensañamiento. El profesor siguió hablando.

    —Me explicaré. En primer lugar quiero recordarle algunas de las particularidades de los cometas. Hasta será conveniente que se documente sobre cuantos detalles pueda con respecto a ellos. Esto facilitará quizá su misión, de la que le hablaré luego. Generalmente los cometas se dividen en dos partes claramente definidas: el núcleo y la cola o cabellera. El núcleo está constituido por una masa más o menos compacta de cuerpos sólidos, cuya naturaleza no ha sido aclarada aún. La cola, en cambio, está formada por gases bastante enrarecidos, a menudo venenosos, como el cianógeno y el monóxido de carbono, aunque de una densidad tan sutil que no pueden constituir un serio peligro para nosotros, ni aun cuando la Tierra fuera envuelta por ellos. Esta cola suele aparecer al acercarse el cometa al Sol, extendiéndose siempre en dirección opuesta al mismo, como si el Sol, los repeliera. El cometa que acabo de descubrir no pertenece a los llamados «periódicos» por la extraordinaria longitud de su órbita, que tardará varios cientos o miles de años en recorrer; esto no he podido aún calcularlo. Sin embargo esta órbita debe ser elíptica, como la de todos los cometas, así que es indudable que en épocas remotas hizo su aparición en las proximidades de nuestro mundo y sin duda volverá a aparecer en un futuro lejano.
    —Pero, entonces, en apariciones anteriores también tuvo que influir sobre la vida en la Tierra, como creo adivinar ocurrirá ahora.
    — ¿Quién puede asegurarlo? Su verdadero peligro está en los gases que le acompañan, y tal vez entonces serían más normales. Por otra parte pudo haber pasado mucho más lejos de la Tierra. De cualquier forma la realidad de ahora es que sus gases son extraordinariamente densos, que al acercarse al Sol se extenderán en una luminosa estela. Será un espectáculo como ojos humanos tal vez no han podido contemplar jamás; pero también dramático, porque será un espectáculo de muerte. No crea que exagero ni trato de impresionarle. Le hablo con absoluta objetividad científica. Es una verdadera atmósfera mortal lo que arrastra consigo. Y pasará tan cerca de la Tierra que casi rozará la superficie de Europa. Esto no salvará en modo alguno a nuestros antípodas. Toda la atmósfera terrestre quedará envenenada.

    Paul encendió otro cigarrillo. Todo aquello sonaba a sus oídos como un relato fantástico en la era de las conquistas del espacio, cuando ya nada parecía tener misterios para el hombre... ¡El fin del mundo! De esto era concretamente de lo que le hablaba el profesor Carrey, uno de los más notables científicos del mundo, allí, en un banco de su jardín, a la luz de la luna; en un rincón solitario del mundo, que seguía viviendo y palpitando como lo había venido haciendo durante millones de años. Y ahora, de pronto, el fin de todo, así, lisa y escuetamente. Su mente se negaba a admitirlo a pesar de todo.

    —Es algo demasiado dramático —murmuró—. Un drama universal expuesto con una frialdad desconcertante. Creí que empezaba a vivir ahora. Mucha gente empieza a vivir en realidad todos los días. Ahora oigo, sin lugar a dudas, la amenaza de que todo esto se acabará en unos instantes como si nada hubiera existido, como si el paso del hombre por el cosmos fuera algo sin importancia ni trascendencia, algo tan despreciable como ese absurdo cometa. Casi estaba asustado antes de oírle, profesor. Es como si mi naturaleza viva rechazara de plano esta amenaza como a un imposible. Tal vez sea esto lo que se siente cuando sabemos que la muerte no está lejos. Ahora yo sugiero: ¿No hay posibilidad de que se haya equivocado?
    — ¿Cree que no me he hecho yo esa misma pregunta cientos de veces? ¿Y supone que si no estuviera seguro le habría hablado como lo he hecho?

    La aparente serenidad de Paul se rompió violentamente para dar escape a una excitación repentina e incontenible. Se levantó de un salto, como si sus nervios le hubieran impulsado al adquirir una brusca tirantez.

    — ¡No puede ser, profesor! ¡Eso es...! ¡Tiene que haber un error! Siempre se han atribuido las mayores calamidades a los cometas, pero esto raya en lo absurdo. ¡En nuestro siglo xxiii! ¿No lo entiende? ¡Debe haber un error!
    —Cálmese, amigo —replicó el profesor con serenidad—. No es un loco supersticioso el que le habla. Comprendo su reacción pero le ruego que siga escuchándome.

    Paul se serenó un poco aunque no volvió a sentarse.

    —Como bien ha dicho estamos en el siglo xxiii. Es una suerte. Disponemos de muchos medios con los cuales no han contado nuestros antepasados. No podemos luchar contra la muerte, pero sí contenerla, alejarla. Hoy casi todo el mundo muere de vejez. En épocas pasadas esto hubiera planteado un serio problema de superpoblación. Hoy hay sitio para todos y muchos más gracias a los alimentos que hemos aprendido a extraer de las algas. Todas las enfermedades se combaten con éxito. Antiguamente las epidemias eran también una amenaza universal.
    —Perdóneme, profesor — murmuró Paul.
    —Es una reacción humana la suya. Usted deberá desempeñar tal vez una misión muy importante, la más importante de todas, para alejar el peligro.
    —Bien, de todas formas ya es un consuelo morir luchando.
    — ¿Quién habla de morir?
    — ¡Usted!
    —No se trata de morir, sino de que nos salvemos todos. Hemos pensado en usted porque necesitamos a los mejores. Y no puede negarse, aunque en ello le fuera la vida.

    Los ojos del profesor brillaron un segundo en la oscuridad, como si un átomo de luz hubiera hecho impacto en ellos. Su voz se había endurecido.

    —Jamás han tenido que advertirme mis deberes, profesor.
    —Lo sé. Ahora oiga nuestro proyecto. Como ya le he dicho el cometa pasará casi en tangente sobre nuestro mundo, en un punto que coincidirá casi a todo lo largo de Europa. Está calculado al segundo. Los científicos más eminentes del mundo se han reunido conmigo en París. Todos los estados de la Tierra hemos de contribuir en la empresa de nuestra defensa. Así, pues, se ha podido comprobar que mis cálculos eran exactos. Una vez esto comprobado, todos los países del planeta han puesto a nuestra disposición todos los medios de que disponen.
    — ¿Y a qué solución han llegado?
    —Tenemos la creencia de que el cometa puede desviarse de su órbita antes de que llegue a constituir un peligro, por medio de un intensivo bombardeo de plutonio. O deshacerlo, y con él toda la capa de gases mortales que arrastra consigo.
    —Ya voy comprendiendo. Ahora es cuando me toca a mí actuar. Si sobrevivimos podré decir con orgullo que el mundo entero me deberá la vida. Sin duda me levantarán un monumento de oro.
    —Puede ser, pero no se haga ilusiones. Ni siquiera es seguro que tenga usted que entrar en acción. Lo cual sería una suerte. Los preparativos para tal bombardeo requieren una preparación intensa, y no nos queda mucho tiempo. La clase de explosivos de que disponemos en la actualidad, debido al desarme universal que se ha llevado a cabo después de la última guerra, no son suficientes. Hemos de poner en movimiento fabulosas cantidades de dinero.
    — ¿Qué importancia tiene el dinero en todo esto?
    —Ninguna, cierto; sería ridículo y estúpido discutirlo. Pero debe comprender que la gravedad de la situación no puede hacerse pública Sería catastrófico.
    —Entiendo.
    —Cuando el cometa se halle en nuestras proximidades, Rusia se hallará en situación de lanzar el primer cohete bombardero. Estos cohetes deberán ser tripulados para una absoluta garantía de éxito. Creemos que será suficiente. Sin embargo Alemania se prepara a su vez y asimismo Inglaterra y Francia, que actuarán en este orden, en el caso de que sea necesario.
    —Quiere decir que nuestra actuación será casi a la desesperada...
    —Si nos vemos obligados a hacerlo, no puedo ocultarle que sí. El cometa se hallará a unas horas de distancia de la Tierra. Si fracasamos... El profesor enmudeció, repentinamente asaltado por sombríos pensamientos.
    —Será el fin ¿verdad? — se atrevió a insinuar Paul.
    —Sólo los españoles, en el extremo opuesto de Europa, tendrán posibilidad de intentarlo. La última posibilidad.
    —Confiemos en que los rusos tengan éxito.
    —Abrigamos esa esperanza. Incluso somos algo optimistas. Es casi seguro que lo lograrán.

    ¿Intentaba infundirse esperanzas a sí mismo con estas palabras? Paul no se atrevió a averiguarlo. Hay cosas que es preciso creer aunque se ignore si lo que se cree merece creerse.

    —Al principio me hablaba usted como si el fin fuera inevitable —murmuró Paul—. Y no lo sentía por mí ¿comprende? ¿Quiere otro cigarrillo?
    —Gracias — aceptó el profesor.

    Absorbió el humo con fruición, como si necesitara templar sus nervios.

    —Ahora sólo me queda advertirle —dijo— que lo que acaba de oír es un secreto que no debe trascender ni a su propia esposa.
    —Es innecesaria tal advertencia.
    —No, no lo es. Y desde este momento debo advertirle que deja de ser en absoluto dueño de su persona. Estará siempre dispuesto a obedecer cualquier clase de orden que venga de mí. ¡Pero sólo y exclusivamente de mí!
    —Perfectamente.
    —Mañana le visitaré en la fábrica De momento mi primera orden es esta: Sólo podrá permanecer usted allí o en su casa, de la que no podrá salir bajo ningún pretexto, excepto para ir a su trabajo. Por las mañanas un coche oficial vendrá a buscarle. Ya recibirá más instrucciones a su debido tiempo. Ahora usted y Farman sólo se ocuparán de la realización del cohete.
    —Pero ¿y mi esposa? ¿Cree que no se dará cuenta?
    —Sí, es un inconveniente. Era una ventaja que usted fuese soltero y viviera solo. De su discreción depende ahora todo. Piense en su responsabilidad. ¿Podemos confiar en usted?
    —A ciegas.
    —Bien —terminó el profesor levantándose—. Su esposa me estará maldiciendo.

    Encontraron a Giséle en animada charla con los Farman.

    —El señor Farman nos estaba contando algunas anécdotas — explicó Giséle al verlos llegar —. Su vida debe haber sido muy divertida.

    La señora Farman manifestó su deseo de que Giséle la acompañara de compras al día siguiente.

    —Cuando mi mujer le pide a otra que vaya de compras con ella es porque le ha caído en gracia — aclaró Farman.
    —Encantada — aceptó Giséle —. Yo también he de comprar algunas cosas. Creo que nosotras nos entenderemos bien mientras nuestros maridos piensan en las nubes.

    El profesor Carrey se despidió primero, quizás de una forma un poco brusca. Poco a poco le siguieron los invitados y por fin los Farman también manifestaron su deseo de marcharse.

    Al quedarse solos Giséle se colgó del cuello de Paul y le besó.

    —Hace por lo menos dos horas que no te he dicho que te quiero, Paul.
    — ¡Dos horribles horas!
    —Pero ahora estamos solos.
    — ¡Al fin!
    — ¿Qué te parece si salimos a cenar y luego a un cabaret? No conozco París de noche.
    —No vale la pena. Además, estoy... algo cansado. Prefiero, si no te importa, que nos quedemos aquí los dos solos.

    Giséle volvió a besarle.

    —Tienes razón. ¡Soy muy feliz a tu lado, Paul! Ya habrá tiempo para todo, ¿verdad? Oye ¿qué quería el profesor Carrey?
    —Oh, nada. Lo ha invitado Farman.
    —Sin embargo habéis estado media hora larga de charla ahí abajo.
    —No me di cuenta. Ya sabes como son los sabios... En cuanto se les demuestra algún interés por su trabajo, hablan por los codos. Ha descubierto un cometa nuevo. Todos los periódicos lo dijeron. Y la astronomía siempre me ha gustado. Paul se dirigió al bar y eligió una botella.
    — ¿Quieres una copa?
    — ¿No me ocultas nada, Paul?

    Paul dejó la botella en su sitio.

    — ¿Qué crees que puedo ocultarte?
    —No sé. Pero no te esfuerces, querido. Desde un principio supe que no sabías mentir.
    — ¡Bah! ¡Qué imaginación! El profesor Carrey sueña con cohetes que puedan llegar a las estrellas y cree que Farman puede construirlos.

    Si alguna sombra de duda cruzó por el cerebro de Giséle supo disimularlo muy bien. Paul la vio sonreír como a través de un cristal que borrara los contornos, hermosa y atrayente, tal como la había visto la primera vez. Sí, tal como la había encontrado en Suiza, de pronto, sin saber de dónde había salido... Pero ¿qué le importaba eso? Giséle era algo más que un sueño. Quería convencerse con un empeño absurdo de esta realidad, cual si súbitas dudas le asaltaran fugazmente. Nada sabía de ella, y sin embargo... ¡qué poco necesitaba saber cuando la tenía cerca!


    Capítulo II


    EL TIMBRE DE LA PUERTA SONÓ INSISTENTEMENTE. Paul, que no hacía más de media hora había conciliado el sueño, saltó de la cama rezongando maldiciones entre dientes, se puso una bata y acudió a la puerta.

    Al abrir se tropezó con un guardia uniformado que le saludó militarmente.

    —Buenos días, señor —dijo—. El coche está abajo.
    — ¿El coche? ¿Qué coche? — preguntó Paul, envuelto aún su cerebro en la niebla del sueño. De pronto acudió a su memoria la conversación sostenida la noche anterior con el profesor Carrey. Y por primera vez en su vida maldijo al sol que iniciaba un día nuevo.
    —Tenemos orden de llevar a usted a la fábrica —explicó el guardia—. ¿No es usted monsieur Paul Rogers?
    —Sí, sí, ya voy. ¿Quiere una taza de café?
    —Si no le importa esperaré abajo, señor.
    —No, no, claro que no me importa. En seguida estoy listo.

    El guardia volvió a saludar y se retiró.

    — ¿Quién es? — preguntó Giséle, frotándose los ojos.

    Paul entró en la alcoba y comenzó a vestirse con rapidez.

    —Vienen a buscarme para ir a la fábrica.

    Giséle se sentó en la cama.

    — ¡Qué amables! —exclamó—. ¿Siempre han hecho eso?

    Paul creyó notar una nota de ironía en el acento de su mujer que exigía una explicación, pero no le hizo demasiado caso. Se afeitó rápidamente y le dio un beso.

    — ¿Te marchas sin desayunar?
    —Lo haré en la fábrica.
    — ¿Tienes que ir todos los días tan temprano? Son las seis de la mañana.

    Efectivamente, Paul nunca madrugaba tanto, pero se limitó a encogerse de hombros, sin ocurrírsele ninguna explicación.

    —Te telefonearé —dijo—. Hasta luego.
    —Es posible que no esté en casa. He quedado citada con la señora Farman para salir juntas.
    —Bueno, es igual. Nos veremos por la noche. Adiós.

    El coche le esperaba abajo con la puerta trasera abierta. Dentro aguardaban dos guardas con cara de aburridos, sentados junto a las ventanillas. Paul se situó entre los dos.

    —Vaya, hasta tengo escolta y todo— dijo con sorna.

    Los dos guardias, como si se hubieran puesto de acuerdo, soltaron un gruñido.

    Durante todo el trayecto los cuatro ocupantes del coche permanecieron en silencio. Por otro lado, los acompañantes de Paul sabían tanto sobre todo aquello como él mismo veinticuatro horas antes. El piloto les envidiaba por ello.

    Observando la calle distraídamente, desierta aún y débilmente alumbrada por la claridad del alba, se preguntaba a sí mismo si alguna vez volvería a ser un hombre libre de ir a donde se le antojara. De una cosa estaba seguro: que por el momento había perdido su libertad y que la pareja armada que le escoltaba no lo hacía por protegerle de nada, sino para impedirle que se le ocurriera bajar para comprar un periódico en la esquina, o irse a dar un paseo por los Campos Elíseos, a riesgo de que le cayera un tiesto en la cabeza o le pasara por encima un vehículo atómico de los miles que circulaban por París. Y esto era un albur que no podía correr la humanidad. Aunque nadie lo supiera era él, Paul Rogers, uno de los hombres más importantes del mundo en aquellos críticos momentos... y también uno de los más necesarios.

    Pero todas estas consideraciones que en cierto modo le hacían sentirse un poco superior, no conseguían aliviar la angustiosa incertidumbre que habíase apoderado de su espíritu al ver la primera claridad del nuevo día, un día que para casi todos los demás sería como otro cualquiera en su feliz ignorancia de que posiblemente fuera uno de los últimos que vieran amanecer. ¡Parecía todo tan absurdo! Seguro que la situación no sería tan grave como se la había pintado el profesor Carrey con su persuasivo modo de expresarse. Mas en este caso ¿por qué tantas precauciones para con su valiosa persona?

    Cuando todo aquello hubiese terminado, si terminaba bien, prolongaría sus interrumpidas vacaciones. Si por el contrario el fin era inevitable ¿para qué preocuparse? Al menos no sería él uno de los que lo pasaran peor. Ni siquiera se daría cuenta. ¡Bah! ¡Qué estúpido consuelo!

    Pensó en Giséle. Para ella no sería lo mismo. Se la representó en su imaginación atacada por horribles convulsiones y tratando en vano de contener el veneno que penetraba dentro de ella a través de su respiración y de todos los poros de su cuerpo.

    Por fortuna volvió a la realidad al detenerse bruscamente el coche a un lado de la autopista de la fábrica, frente a los enormes edificios de administración, en donde Farman tenía su despacho y demás dependencias particulares.

    Cumplido su cometido los guardias se alejaron con el vehículo.

    Paul atravesó las amplias estancias, desiertas a aquella temprana hora, hasta llegar frente a la puerta del despacho del ingeniero. Encontró a éste frente a la ventana que miraba al gran polígono de pruebas.

    No demostró haber oído entrar a Paul, pues continuó manteniéndose inmóvil y silencioso mientras el piloto se acercaba hacia él. Sólo al tocarle el hombro se volvió sobresaltado. Paul vio sus ojos enrojecidos. Adivinó que Carrey se había encargado la noche anterior de quitarle el sueño, cosa que sabía ya era bastante fácil de conseguir.

    — ¡Oh! Eres tú —dijo Farman, aunque sin demostrar sorpresa—. No te había oído.
    —Bien, ya lo sabemos todo. Espero que ahora tengamos que trabajar como no lo hemos hecho nunca. Quizá sea por eso que me hayan sacado de la cama tan temprano. Y no creas que he dormido mucho.
    —Sí, hemos de trabajar desde ahora mismo.
    — ¿Qué opinas tú de todo el asunto este, Farman?

    El ingeniero se encogió de hombros.

    — ¿Opinar? Nada. Nunca me he ocupado demasiado de los cometas. Lo único que sé es que tengo que construir un cohete capaz de transportar una carga de plutonio hasta este que se nos acerca ahora con intención de mandarnos a todos a hacer compañía a nuestros antepasados. Suponen que nadie mejor que yo puede hacerlo en todo el territorio del estado francés, y que nadie puede pilotarlo como tú con absoluta seguridad. Muy sencillo, según parece. Pero nunca ha realizado hombre alguno empresa de tal envergadura, de tanta responsabilidad.
    — ¿Eso te preocupa?
    —Eso no puede preocuparme. Si fracaso no quedará nadie que pueda pedirme cuentas —. Miró fijamente a Paul —. ¿Has pensado esto? ¿Crees que fracasaremos?

    Farman exigía una respuesta, la necesitaba, porque esperaba que ella pudiera devolverle algo de la paz de su espíritu, aunque estaba convencido de que la paz perdida no podía devolvérsela ni Paul ni nadie.

    Paul también lo sabía, pero también necesitaba alejar las nubes negras que empeñaban las imágenes de su incierto futuro.

    —No, no lo creo — aseguró.
    —Tengo miedo, Paul. No puedo ni quiero ocultarlo. Sería como querer engañarme a mí mismo En estas circunstancias el trabajo se me hará insoportable.
    —No debes decir eso, Farman. Es ahora cuando más necesidad tenemos de nuestras propias fuerzas. Lo ves todo con excesivo pesimismo.
    —Es una tontería tratar de convencernos de que la situación no es tan grave cuando se nos ha pintado como desesperada y se nos ha pedido que obremos en consecuencia.
    — ¡Bah! Lo único que necesitas es dormir.

    Farman sonrió tristemente.

    —Estamos en ayunas —añadió Paul—. ¿Te apetece una taza de café?
    —Más bien me apetece un narcótico. Pero tienes razón: tenemos que trabajar.

    Farman puso en funcionamiento el dictáfono de su mesa.

    —Ordene que suban dos cafés a mi despacho — pidió. Luego se volvió a Paul —. Creo que no volveré a pegar ojo mientras no termine el cohete. Pero te juro que después abandonaré esto para siempre y me dedicaré durante todo el resto de mi vida a la cría de gusanos de seda.


    * * *

    Fueron dos largos meses de trabajo constante, agotador, sin apenas un momento de reposo. Habíanse entregado a él casi con ferocidad, buscando en su propio cansancio la huida de sí mismos y el olvido de la amenaza que se aproximaba implacable para adelantarles en el tiempo.

    Al fin pudieron contemplar su obra concluida.

    Descansando sobre la rampa de despegue el cohete apuntaba su afilada proa al cielo, reluciendo bajo la luz del sol. Era una obra magnífica, perfecta, que casi parecía consciente del tremendo poder destructor que había de llevar en sus entrañas. Farman la habría contemplado con orgullo en otras circunstancias, pero la realización de aquella maravilla había agotado todas sus energías físicas y mentales. Era un hombre prácticamente acabado, repentinamente envejecido, contemplando su obra casi sin fuerzas para verla.

    Paul, el profesor Carrey y varios altos jefes militares y políticos le rodeaban en el centro del polígono, con las miradas fijas en la punta del proyectil como una minúscula y expectante humanidad que mirara al cielo pidiendo un milagro que salvara sus vidas.

    —Ahí está —murmuró Farman apagadamente—. Mi última obra. Sólo pido a Dios que jamás tenga que elevarse con su carga de plutonio. Si es así juro que la destruiré como ella me ha destruido a mí. Me pertenece. Es mío.

    Paul sabía mejor que nadie que aquello era cierto, aunque no sólo los esfuerzos del ingeniero había exigido aquel instrumento de destrucción y de salvación al propio tiempo, sino también el de cientos de personas más. Pero para Farman había sido definitivo. El transcurrir del tiempo en su trabajo constante, que había exigido sus facultades atentas al máximo, le había ido aniquilando. Y tanto él como Paul habían puesto a prueba el aguante de sus nervios día tras día, minuto a minuto. Cada segundo había tenido un valor inmenso. Y en la gran factoría eran ellos solos los que sabían el valor del tiempo.

    Pero ahora le esperaba al piloto la tarea más dura: la prueba diaria del cohete, estudiando constantemente su funcionamiento en sus menores detalles. Y así, hasta el día del vuelo final, hasta el momento decisivo, en que no podía producirse ningún fallo. Tenía que llegar a compenetrarse de tal modo con el aparato que llegara a ser parte de su persona, como una prolongación de su propio cuerpo dispuesta a obedecer ciegamente a cualquier orden. Tenía que vivir por y para la máquina, convertirse en algo así como su propia alma, desterrando pensamientos y flaquezas humanas. No, él no podía permitirse el lujo de sentirse ya cansado.

    — ¡Lo han logrado! — exclamó el profesor Carrey —. Estábamos seguros de que lo haría, Farman.
    —He contado con todos los medios necesarios. Jamás se pudo hacer nada tan perfecto en tan poco tiempo.
    —Nunca hubo necesidad de hacerlo. ¿Está dispuesto para la primera prueba, señor Rogers?
    —Sí — afirmó Paul, que ya tenía puesto el traje de vuelo.
    —En adelante precisaremos de toda su capacidad física y mental. Quiero decirle con esto que deberá mantenerse fresco y despejado constantemente. Me parece que una prueba diaria no le fatigará demasiado.

    Paul sintió deseos de echarse a reír, pero sólo respondió:

    —En absoluto.
    —Esto es más importante de lo que cree.
    —Ya me hago cargo.
    —Está bien. Cuando quiera.

    Todos se retiraron, quedando el piloto solo en medio del polígono, frente a la mole reluciente del flamante proyectil, que desde aquel momento se convertía en su amo, y se lo exigiría todo, como había hecho con Farman, el hombre que lo había creado.

    Subió a la rampa y penetró en la cabina de mandos del cohete. Una vez herméticamente cerrado rodeó su cuerpo con las correas de protección y encendió el transmisor-receptor. Todos los mandos, asombrosos por su sencillez, se hallaron al fácil alcance de sus manos.

    —Preparado — anunció.

    No se encontraba nervioso. En aquellos momentos, por primera vez en mucho tiempo, se sentía sereno y tranquilo. Se encontraba en su elemento. Se sabía dueño absoluto de sí mismo y del aparato, que esperaba sólo una leve orden para salir disparado al impulso de sus poderosos motores.

    Oyó una voz impersonal:

    —Cuando quiera, Rogers.

    Paul sólo tuvo que alargar un poco el dedo, y el cohete se elevó lentamente, sin trepidación ni aceleramientos bruscos. El zumbido de los motores parecía llegar de muy lejos. La visibilidad había sido estudiada a la perfección. Podía ver en casi toda su amplitud el polígono de pruebas alejándose bajo el, hasta alcanzar toda la superficie de la factoría y más tarde de todo el inmenso París. Era un espectáculo al que estaba acostumbrado, pero que siempre le maravillaba y le atraía por su grandiosa belleza. El Sena relucía bajo la luz del sol como si sus aguas hubieran adquirido la nitidez de la plata. Ni una sola nube empañaba el azul del cielo. La ciudad, sin embargo, fue sumergiéndose en una bruma gris, hasta que quedó borrada de su vista.

    Consultó el altímetro. —Veinte mil metros.

    El aparato continuaba ganando altura, cada vez con mayor velocidad.

    —Treinta mil metros. He penetrado en una nube de polvo cósmico. Visibilidad nula. El sol se ha oscurecido por completo. Voy a disparar las cargas atómicas.

    Paul fue pulsando los disparadores con cronométricos intervalos. Hizo luego dar un viraje al aparato, de forma que a su derecha comenzó a ver el resplandor de las sucesivas explosiones en una larga y perfecta cadena, como una infernal traca celeste. Después de la última explosión llegó a él el sonido de las mismas de una forma continuada, cual un interminable trueno.

    —Resultados satisfactorios — comunicó —. Voy a iniciar el descenso.

    El aparato inclinó el morro hacia tierra con docilidad. La atmósfera se aclaró tan súbitamente como se había oscurecido al salir de la densa nube de polvo. La tierra firme comenzó a dibujarse con claridad y momentos después el poderoso proyectil, cumplido su primer cometido, se posaba con limpieza sobre la pista del polígono, deslizándose sobre unas diminutas ruedas que habían surgido de su vientre. Con mano segura Paul lo hizo ascender hacia la rampa de despegue, quedando frenado automáticamente a la debida altura.

    Paul saltó al suelo con toda la agilidad que le permitía su traje de vuelo.

    Algunos hombres, entre los que no vio a Farman, le salieron al encuentro. Después de estrechar varias manos fue a cambiarse de ropas y más tarde se dirigió al despacho del ingeniero, que le esperaba en compañía del profesor Carrey.

    —Conforme a lo previsto —dijo el profesor— la prueba ha constituido un éxito. Confiemos que en lo sucesivo todo suceda igual. ¿Qué tal siguen esos ánimos?
    —Bien.

    No todo marchaba bien, esta era la verdad. Pero eran cosas que no tenían la menor importancia para nadie, excepto para Paul. Desde hacía algún tiempo, concretamente desde que había comenzado la construcción del cohete, se daba cuenta de que se había tornado irritable, nervioso e inquieto. Por ejemplo, no tenía la más leve duda de que para Giséle era aquél un cambio inexplicable, por más que nunca le había preguntado nada; lo que en cierto modo sólo contribuía a aumentar su excitación. Ni siquiera le había insinuado salir por las noches, cosa que a él le constaba estaba deseando. A veces le hubiera gustado saber si Giséle era en realidad diferente de las otras mujeres que ni siquiera parecía importarle que su marido se comportara de una forma a todas luces ilógica y anormal. Todo esto, que parecía separarles día a día, quería despertar en el alma de Paul un sentimiento de rebeldía que tenía que ahogar apelando a toda su voluntad.

    Así continuaron transcurrieron los días lentamente, cargados de angustia. Las pruebas siguieron efectuándose con normalidad, sin ningún fallo. Paul tuvo ocasión de comprobar que efectivamente el cohete era una obra maestra, la suprema realización de un gran cerebro dedicado durante toda su vida a acumular conocimientos para crearlo; un cerebro que ya lo había dado todo. Farman sabía que después de aquella ya no podría llegar más lejos, ya que por otra parte tampoco lo intentaría.

    Carrey volvió a la fábrica tres semanas después de la primera prueba.

    —Señores —dijo con gravedad y cierta emoción—. El gran momento se acerca Mejor dicho ya está aquí.
    — ¿Cuándo? — inquirió Farman.
    —Mañana por la noche.

    Paul vio a Farman palidecer. A él mismo la noticia, aunque la había estado esperando con gran ansiedad, le produjo un desfallecimiento repentino. Se esforzó por pensar que en el plazo de unas breves horas habría pasado todo y que al fin podría volver a reanudar unos días felices, truncados tan bruscamente, de una vida que había comenzado a saborear. Pero no lo consiguió.

    Aquella noche, como las anteriores, contempló a través de la ventana el espectáculo impresionante que ofrecía el cometa en el cielo. Noche tras noche lo había contemplado durante horas, hipnotizado por el resplandor espléndido de tu cabellera que se extendía como una mágica lluvia de oro de este a oeste del firmamento, apagando los puntos luminosos de las estrellas.

    Su cabellera parecía despedir ahora ráfagas sangrientas. Paul tenía que llegar hasta la misma cabeza de aquel monstruo de belleza y de muerte. Entonces lo destruiría; lo aniquilaría aunque tuviera que penetrar en el mismo corazón de su masa y reventar con él.- ¡Lo transformaría en polvo! Cerró los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas de las manos.

    Notó un suave contacto sobre su hombro y volvió la cabeza.

    Giséle le miraba anhelante, esperando o pidiendo algo que Paul casi había olvidado.

    Ella comenzó a hablar con dulzura.

    —Yo sé que nos ha distanciado durante algún tiempo. Comprendo que la causa debe haber sido muy poderosa. Yo espero, Paul; pero quiero que tú también sepas hacerlo, que no olvides que la vida sigue guardando algo hermoso para nosotros... ¡No, no hables ahora! — Le cerró la boca con la punta de sus dedos y se aproximó más a él —. La vida puede destruirse, pero no lo que ella puede ofrecernos de grato mientras que sea nuestra. Y esta noche... esta noche, Paul querido, deseo decirte que yo... estaré siempre contigo... siempre... incluso mañana, cuando vayas hacia el cielo para destruir a ese monstruo que ahora nos ilumina...
    — ¡Giséle! ¡Tú sabes...!
    —Sé muchas cosas, Paul. Sé tantas cosas que tú no podrías imaginar... Sólo quiero que no olvides una cosa: mañana, si te sientes solo de pronto, si la duda o el miedo se clavan en tu alma, piensa por encima de todo que yo estaré contigo. Incluso entonces, Paul, estaré a tu lado, como lo estaré siempre. Y después, cuando todo haya terminado, recuerda que yo...

    Paul la atrajo hacia él y la besó casi con violencia, casi con la desesperación del último instante.

    —Yo seré siempre la misma para ti, Paul, amado mío. A través del tiempo, del espacio, de todo lo que sabemos y todo lo que ignoramos, yo seré la misma.
    —Sí, Giséle, pero explícame...
    —No puedo, no puedo.

    Callaron, sumidos en un silencio absoluto como si el mismo tiempo hubiera detenido su marcha inexorable.

    —Prométeme que no olvidarás nada de lo que acabo de decirte, Paul. Prométemelo.
    —Sí, Giséle, te lo prometo.

    Nuevamente unieron sus labios en un beso bajo la estela celeste que se extendía sobre sus cabezas, indiferente, magnífica, orgullosa y desafiante.


    Capítulo III


    —FARMAN, GISÉLE LO SABE TODO — dijo Paul, que había llegado aquella mañana más temprano que de costumbre al domicilio del ingeniero. Y aprovechó que la señora Farman había ido a la cocina en busca del café para soltar la noticia

    El ingeniero, que estaba untando mermelada en un pedazo de pan, detuvo su cuchillo en el aire para preguntar intrigado:

    —Explícate. ¿Qué quiere decir todo?
    — ¡Todo... todo...! — respondió Paul sin aclarar nada en concreto —. Anoche me lo dijo.
    —Cuéntame eso.

    El ingeniera dejó el pan y el cuchillo sobre la mesa y se dispuso a escuchar.

    —Me dijo que estaba enterada del asunto del cometa —. Paul bajó la voz para que la señora Farman no pudiera oírle. —También me aseguró que sabía muchas cosas más que yo ignoraba. ¿Crees que se lo habrá contado a tu mujer?
    —No. Si fuera así le habría dado un ataque.
    —Has llegado a tiempo para tomar café con nosotros — le dijo a Paul.
    —Gracias, pero no me apetece.
    — ¿Sabes lo que pienso? Que trabajáis demasiado. Esto ya es el colmo. Me gustaría saber lo que os traéis entre manos, pero ya sé que los proyectos de la compañía son secretos de guerra hasta que los difunden a los cuatro vientos en todos los periódicos... ¡Pero Paul! Te has tragado el café de un sorbo sin echarle azúcar.
    —No... no me he dado cuenta.

    Farman se levantó precipitadamente.

    —Debes perdonarnos, Alice — dijo —. Tenemos mucho que hacer.
    — ¡Pero si aún no has terminado el desayuno...! ¡Bien, haced lo que queráis! Pero recuerda que cuando termines lo que estás haciendo nos iremos de vacaciones. Me lo has prometido.
    —Tranquilízate. Mañana mismo nos iremos.

    Ella le miró con desconfianza.

    — ¿No me engañas?
    —Te lo prometo.

    Los dos hombres salieron de la casa y se dirigieron al despacho del ingeniero, situado en el edificio de al lado.

    —Nunca he engañado a mi mujer —dijo Farman pensativo—. Me remuerde la conciencia —. Levantó la mirada al cielo, cargado de nubes extrañamente amarillentas —. Mañana... ¿qué será de nosotros? Pero olvidemos eso. Ahora ya puedes hablar libremente. ¿Qué me estabas contando?

    Paul volvió a relatarle lo ocurrido la noche anterior entre él y Giséle. Y al entrar en el despacho se dejó caer en una butaca, llevándose maquinalmente un cigarrillo a la boca.

    —No me lo explico — dijo reflexivo, contemplando las espirales de humo—. No pensarás que yo se lo he dicho ¿verdad?
    —Si fuera así no me lo contarías ahora. Además, a estas alturas ya no creo que tenga mucha importancia. Hoy se decidirá todo.
    —Sí, hoy — suspiró el piloto. Se levantó y se acercó a la ventana —. El aire tiene un raro aspecto. Si fuera posible creería que se está muriendo.
    —Todo eso son fantasías, Paul. El aire está como siempre.

    Paul giró sobre sus talones con brusquedad, arrojando con rabia el cigarrillo al suelo.

    — ¿Fantasías? ¿Quién puede decirme dónde está la fantasía y dónde la realidad? Durante estos tres largos meses he vivido con la obsesión de que por más esfuerzos que hagamos, por más que luchemos, será todo inútil. El destino de la humanidad entera no puede estar en nuestras manos, ni siquiera el de un hombre solo. Lo que haya de ocurrir ocurrirá. Estoy convencido de que el fatalismo es la única filosofía sensata ¿Cuándo se han podido evitar las catástrofes? — Se serenó un poco ante el silencio de Farman, y prosiguió sombríamente: —Día tras día he luchado por alejar de mí esa idea. Ya no puedo distinguir lo posible de lo imposible. Y no es esto sólo. Mi propia esposa me ha producido a veces la sensación de que no es más material que un fantasma, como si quisiera esfumarse en el aire... no sé... no consigo explicarlo... Como si se volviera un poco transparente.

    Esperó que Farman rompiera a reír, pero le habló con cierta comprensión desconcertante.

    —La culpa de todo esto la tienen los nervios. Te comprendo, pues también yo me siento destrozado.
    — ¿Me comprendes? ¿Crees que todo esto es posible? ¡Lo único que necesito oír para sentirme tranquilo es que estoy delirando!

    Cálmate, Paul. Mañana volveremos a ver de nuevo las cosas con normalidad y nos reiremos de todo. Mañana...

    No continuó. Aquel «mañana» quedó flotando en el aire como una incógnita.

    Hay algo, Farman, que ni aun ese hipotético «mañana» podrá borrar, suponiendo que sigamos vivos. Algunas noches me he despertado sobresaltado con el presentimiento de que Giséle no estaba conmigo. Casi me ha asombrado verla a mi lado, sumida en un sueño profundo y tranquilo. Es la sensación de que su alma se ha desplazado a millones de años de mí. ¿Cómo podrías entenderlo?

    —Temo que no podría
    —La luz del día no consigue apartar de mí esa sensación, como ocurre con las pesadillas. Entonces la proximidad del cometa no me preocupa en absoluto. Es una inquietud diferente, más absorbente aún que el pensamiento de ese horrible fin que nos aguarda. Y anoche... ¡me dijo cosas tan extrañas! ¡Farman, estoy deseando que llegue de una vez el momento de que todo acabe, aunque sea para siempre! ¡La quiero, Farman, la quiero con toda mi alma, pero no puedo soportar más esta vida incomprensible! ¡Quizás me esté volviendo loco...!
    — ¡No permitiré que sigas diciendo tonterías! —exclamó el ingeniero, dando un golpe sobre la mesa—. ¡Tus problemas domésticos me traen sin cuidado!

    Paul se quedó sorprendido.

    —Perdona —musitó—. Antes podía confiarte ciertas cosas. Pero ya veo que no es lo mismo.
    —Lo único que importa en estos momentos es la destrucción del cometa.
    —Sí, ya lo sé. No te reprocho nada.
    —Comprende, Paul —suplicó Farman algo más sosegado—, que si alguna vez hemos de ser dueños de nosotros mismos es precisamente ahora.

    Paul se sintió un poco avergonzado. Su amigo, mucho más viejo que él, no tanto en edad como físicamente, no había demostrado desfallecimiento en ningún instante, aunque interiormente estuviera hecho pedazos. No, seguramente no tenía derecho a dejarse llevar por sus arrebatos.

    Solamente restaba aguardar que transcurriera el resto de aquel último día. Habíase despedido de Giséle con la impresión de que ya no volvería a verla, pero sin calor, sin dejar traslucir la más leve emoción, quizás porque ni él mismo había sabido interpretarla. Siempre había aborrecido las escenas dramáticas; y sin embargo había sentido impulsos de abrazar a Giséle como cuando el amor de toda una vida renace con el vivo impulso de expresarse con toda su fuerza. Y sólo se habían mirado a los ojos. Después casi salió huyendo de su casa. Pero, ¿de quién? ¿Por qué? Una fuerza irresistible le había empujado.

    Evocó el instante en que Giséle había aparecido ante él por primera vez. Parecían haber transcurrido dos años desde entonces, porque tenía la certidumbre de que los dos habían cambiado, de que quizás eran más humanos, pero menos sinceros. Giséle le hechizó desde el primer momento. Apareció en su vida cuando empezaba a necesitarla; surgió como si la nieve que todo lo escondía se hubiera abierto para arrojarla al mundo exterior. Era un gris atardecer y la niebla descendía resbalando sobe las laderas de las montañas.

    Se habían casado en un pueblecito perdido en un valle pintoresco, el mismo donde ella le dijo haber nacido, lo que efectivamente Paul pudo comprobar por los trámites legales de la boda. Según dijo, sus padres habían muerto muchos años antes. Tampoco parecía tener pariente alguno en su propio pueblo natal, ya que sólo asistieron a la ceremonia dos testigos sacados de cualquier parte. ¿Qué misterio era aquél? ¿Cómo no había intentado aclararlo, aunque no hubiera sido más que por mera curiosidad? ¿Qué le había impulsado a obrar tan a ciegas?

    Farman le arrancó de su abstracción al oírle hablar por el viso teléfono, aunque no le dio tiempo de ver quién era su interlocutor ni entender lo que estaban diciendo.

    —El profesor Carrey está a punto de llegar —anunció el ingeniero, apagando el aparato—. Todo está dispuesto, pero hemos de comprobarlo cien veces más. Sígueme.
    — ¿Adónde vamos?
    —A la torre de control. Hemos de hacer una nueva y última revisión general de todas sus instalaciones.
    —La torre de control se había construido con todo lujo de adelantos técnicos. Estaba equipada con aparatos de radio, viseteléfonos, telerradar, telescopio ultrasensible, cerebro electrónico, generadores atómicos de energía, y mil instrumentos más de medida y precisión que constituían en conjunto un verdadero templo de la ciencia de una civilización que parecía ser dueña de todas las potencias que gobernaban el mundo.

    Y sin embargo, allí estaban, como una réplica cruelmente irónica de que aún existían fuerzas primitivas incontrolables, tan antiguas como la misma Creación.

    ¡Tremenda lección para la orgullosa raza humana terrestre, que lamentablemente corría el peligro de no poder aprovechar!

    Igual que otras veces Paul y Farman tuvieron que atravesar un estrecho cordón de vigilancia militar, así como varias puertas materialmente inaccesibles por la fuerza. A Paul todas estas precauciones le parecían un tanto exageradas, aun cuando sabía que en todo momento era preciso tener presente la importancia de la operación que se iba a desarrollar, no solamente allí, sino también en otros estados europeos. A la fábrica tenían acceso miles de personas de difícil control una vez que se hallaban dentro.

    Al penetrar en la torre observaron que todo el personal que constituía su dotación se movía inquieto. Todos ellos, expertos, técnicos y miembros de la fuerza pública, habían sido puestos en antecedentes de la naturaleza de la operación «Cometa» la noche anterior, y aunque no se les había pintado con exactitud la tremenda gravedad de la situación, había sido necesario reconocer ante ellos la existencia de un peligro que habían de contribuir a alejar.

    Un hombre indumentado con uniforme militar le salió al encuentro.

    Se han efectuado los primeros enlaces con las bases de Rusia, Alemania, Inglaterra y España —informó—. Todo sin novedad.

    Sin decir una palabra, Farman fue revisando con minuciosidad todo el heterogéneo cúmulo de aparatos e instrumentos, muchos de ellos ideados y construidos por él. Casi al terminar llegó el profesor Carrey, acompañado de varios hombres que Paul ya conocía, aunque no recordaba sus nombres.

    —Todo en orden — dijo el ingeniero.
    —Perfectamente. ¿Y las bases de los otros Estados?
    —Preparadas.

    El profesor se dirigió a Paul, ensayando una sonrisa, cosa que había tomado la costumbre de hacer siempre que hablaba con el piloto, lo que a éste, sin saber por qué, le irritaba.

    — ¿Nervioso, Rogers?
    —Un poco.
    —Todos lo estamos. Pero no hay que preocuparse. Ya verá como todo saldrá bien.
    —Eso espero. En caso contrario, no será por ningún descuido nuestro.
    —Solamente podría hacernos fracasar lo imprevisible, cosa que no creo se produzca. Tenemos la esperanza de que no nos veamos obligados a intervenir.

    Ahora fue Paul quien sonrió, preguntándose si el optimismo del profesor era fundado o si lo único que perseguía era infundirle ánimos. Se inclinó por creer esto último por estimarlo más posible.

    —No me preocupa eso, profesor — aseguró.
    —Sí, ya sabemos que para usted los cohetes no tienen secretos. No obstante, quizá tenga usted más motivos que nadie para preocuparse.
    — ¿Por qué lo dice?
    — ¡Oh! No quiero insinuar, naturalmente, que estos motivos sean fundados. Ya le he dicho que estamos seguros de que todo saldrá bien. Pero es un recién casado y... para usted la vida ha de tener un valor especial.
    — ¡Ah, ya, Giséle! Quisiera no haberla conocido hasta... después.
    —Una mujer recién casada quiere saberlo todo — terció Farman, que había estado escuchando en silencio.

    Paul le dirigió una mirada que obligó al ingeniero a morderse los labios.

    —Esto le habrá creado situaciones difíciles y delicadas —dedujo Carrey con sospechosa malicia—. Pero después de esta noche, cuando pueda explicárselo todo, la normalidad volverá a su cauce.
    —Mire, profesor —dijo Paul con impaciencia—. Yo creo que ya no importa, de manera que le aclararé sus dudas: Giséle ya lo sabe.
    — ¿Sabe qué? — inquirió Carey, endureciendo su expresión.
    —Lo del cometa.
    — ¿Que ella lo sabe?
    —Sí. Y usted lo sospechaba.
    — ¿Qué galimatías es ese? ¿Cómo podía yo sospechar semejante cosa? ¿Se lo ha dicho usted?
    —No acostumbro a decir lo que no debo — replicó el piloto, molesto.
    —Sin embargo, y según usted, ella lo sabe. ¿Quién puede habérselo dicho? ¿Eh?
    — ¡Y yo qué sé!
    —A lo mejor habla usted en sueños...
    —A lo mejor está usted soñando cuando habla, profesor.
    — ¡Paul! — exclamó Farman, visiblemente disgustado. Afortunadamente, comprobó que nadie más era testigo de la conversación.

    El profesor descolgó un teléfono.

    — ¡Capitán! —llamó—. Venga ahora mismo a la torre de control.
    — ¿Qué se propone hacer? — preguntó Paul.
    —Lo que se figura: ¡Detenerla! No podemos dejar que su mujer ande por ahí con lo que sabe y provocar lamentables disturbios, aunque sea involuntariamente.
    — ¡Mi esposa...! — empezó a protestar Paul, rojo de ira.

    Carrey no le dejó continuar.

    —Ahora no es el momento de discutir, Rogers.

    Un capitán de policía se presentó en la torre.

    —Busquen a la esposa de monsieur Rogers —le ordenó el profesor—. Tráiganla aquí. Utilice toda la fuerza necesaria, pero sin alarmas. Creo que será suficiente con ir a su domicilio.

    El capitán se retiró sin hacer ninguna pregunta.

    — ¡Usted no tiene autoridad para hacer eso! —protestó Paul—. Giséle no es una delincuente.
    — ¿Y quién ha dicho que lo sea? Representa un peligro público, aunque ella no lo sepa. ¿Es que no se da cuenta? La gente es muy impresionable ante la aparición de un cometa. Es una manía que tiene metida en los sesos desde los tiempos en que se alimentaba de frutas silvestres y carne de mamut. Hace mal en alterarse. Después la policía se encargará de averiguar quién ha sido el culpable de esto.
    —Usted cree, por lo visto, que alguien tiene interés en desencadenar una psicosis de pánico público, ¿no? ¿Y por qué?
    —Sus intenciones son fácilmente comprensibles. Entre otras cosas, resultaría un medio sumamente sencillo de hacerse rico en pocas horas y arruinar de paso a media humanidad Ante la proximidad de una catástrofe algunos hombres se arrepienten de sus pecados, pero otros se entregan al vandalismo.

    Paul se tranquilizó un poco.

    —Pero yo no comprendo —dijo— por qué esa persona le ha revelado el secreto a mi mujer, en lugar de hacerlo público directamente.
    —Eso es extraño, es cierto — reflexionó el profesor.
    —Además, ¿qué provecho podría sacar de unas riquezas, si es eso lo que persigue, que no podría disfrutar?
    —Eso demuestra que se trata de alguien que conoce todo tan bien como usted... o como yo.
    —Esa persona debe encontrarse, por tanto, aquí dentro, entre nosotros.
    —Es una observación que tendré en cuenta para más tarde. Aunque supongo que su esposa nos dirá de quién se trata.

    Transcurrieron varias horas. Paul no volvió a hablar con Carrey sobre el asunto, aunque sospechaba que Giséle no había sido objeto de revelación alguna. Tenía la seguridad de que ella se hallaba en posesión del secreto por algún motivo mucho menos claro, sin saber en qué fundar tal creencia.

    La policía tardaba demasiado. ¿Por qué Giséle estaba tan ligada al asunto del cometa en todos los aspectos? Por más que fuera una idea disparatada, presentía que entre Giséle y el endiablado cometa existía una relación, algo indefinible que causas inexplicables había hecho coincidir en su vida. Pero no podía decirle todo esto a Carrey. No le habría comprendido. Él mismo no encontraba cohesión entre sus ideas y la realidad.

    El capitán regresó a media tarde.

    —No la hemos encontrado —dijo—. Su domicilio está constantemente vigilado, pero no ha vuelto.
    — ¡Sigan buscando! — ordenó Carrey.
    —Hacemos lo que podemos, pero no es fácil la búsqueda en una ciudad de ocho millones de habitantes sin poder utilizar los procedimientos normales.
    — ¡Pues úsenlos!
    — ¡Se lo prohíbo, profesor! —exclamó Paul—. ¡Eso ya es demasiado! ¡No pueden acusarla de ningún delito imaginario! ¡La ley...!
    — ¡Ahora la ley no cuenta para nada, Rogers! Éste es un caso de excepción que no puede haberse previsto en ningún código. Lo siento, pero no hay otro remedio. Mire, capitán, no es preciso que la busquen por asesinato... Se trata sólo de una extranjera que posee secretos militares de la mayor importancia sobre el experimento que se va a realizar aquí.
    — ¡Mi mujer no es una espía!
    —Rápido, capitán. El tiempo es precioso. — Y cuando el capitán hubo salido, Carrey se volvió a Paul. — Tranquilícese usted. La inocencia de su esposa brillará en cuanto esté aquí. Pero era preciso dar una explicación a la policía. Ellos ni siquiera sospechan lo que estamos haciendo. Se figuran que no se trata más que de un experimento secreto militar. Si le parece, olvidemos de momento este enojoso asunto. Hemos de prestar atención a otras cosas más perentorias. Váyase preparando.

    Una hora más tarde el capitán de las patrullas volantes que buscaban a Giséle comunicó por teléfono que sus pesquisas no habían obtenido resultado alguno.

    —Parece que se la ha tragado la tierra —dijo la voz del capitán—. No hay rastro de ella por toda la ciudad.

    Paul había ido a vestirse el traje de vuelo, de lo que el profesor se alegró.

    Dígame, capitán ¿ha habido desórdenes en la ciudad?

    — ¿De qué clase, señor?
    —Revueltas, disturbios, pánico o cualquier síntoma de alarma.
    —No, señor.
    —Por lo menos se está portando bien — comentó el profesor para sí.
    — ¿Cómo dice, señor?
    —Nada. Continúen buscando.

    Carrey cerró el aparato en el mismo instante en que entraba Paul.

    — ¿Ha hablado con la policía?

    Carrey, contrariado, no pudo ocultar la verdad.

    —Sí. No la han encontrado.
    —Esto es muy extraño. Una persona no puede desaparecer así como así.
    —Estoy seguro de que la encontrarán de un momento a otro. No puede haberle ocurrido nada, de lo contrario ya tendríamos noticias.

    Paul no le oía. Fumaba pensativamente, abandonado a una inquietud peligrosa.

    Los ánimos comenzaron a excitarse. Paul parecía ser el más afectado, pues a los motivos generales tenía que añadir los propios. Carrey se había percatado, pero no veía el medio de evitarlo. Esto le volvió malhumorado e irritable, lo que contribuyó a nublar el ambiente y a dañar la moral de todos, más necesitados que nunca de sus palabras de esperanza. Únicamente Farman, con admirable temple, se había sobrepuesto y luchaba por mantener la tranquilidad mínima entre el personal de la torre.

    Al oscurecer todos los ojos se clavaron en el cielo, siguiendo con la atención que produce el miedo la lenta aparición del cometa, que se encendía con lentitud deteniendo el crepúsculo.

    —Ya está ahí, más cerca que nunca —murmuró Carrey—. Se nos echa materialmente encima. ¿Qué hora es, Farman?
    —Las nueve menos tres minutos.
    —El cohete ruso debe ser lanzado a las nueve en punto.

    Se estableció la comunicación con la base rusa. Carrey puso en funcionamiento el poderoso telescopio, observando la imagen del cometa en la pantalla fotovisora. El aspecto del astro era realmente deslumbrante. Su núcleo, no muy bien definido por la densa atmósfera que le cubría, brillaba como un sol.

    —Mire, Rogers, es algo inaudito. Su tamaño no es más que ligeramente superior al del normal; parece increíble que su reducida masa posea la fuerza de atracción suficiente para conservar esa atmósfera adherida a su superficie.
    —Faltan diez segundos — anunció Farman con voz velada, atento a las comunicaciones que por radio le enviaban desde la base rusa.

    Todas las respiraciones se interrumpieron. Paul, expectante, fijó su mirada en la pantalla telescópica.

    —Esperemos que tengan suerte — deseó íntima y ardientemente —. Y que el piloto afine bien la puntería.
    —Cinco segundos...

    Paul fue contando mentalmente la sucesión de segundos. Y al llegar a cero ninguna fuerza humana hubiera sido capaz de apartar sus ojos de la imagen del cometa.

    Esperó con ansiedad durante unos largos minutos. Nadie se atrevía a hablar. Por fin un punto fácilmente visible entró en el encuadre, aproximándose al núcleo del astro y dejando una marcada estela tras él. Otras líneas partieron del cohete hasta unirse con el cometa, en donde estallaron con una luz cegadora. Eran las primeras explosiones de plutonio, a las cuales siguieron otras no menos espectaculares.

    Carrey se secó la frente perlada de sudor. La luz de la pantalla marcaba con dureza las sombras de su rostro enrojecido. Hizo girar la pantalla de forma que coincidiera el núcleo del cometa con unos signos grabados en la superficie de la misma. Después se apartó para poner en marcha el cerebro electrónico, maravillosa miniatura de la técnica, no mayor que una máquina de escribir. En unos segundos obtuvo los resultados.

    — ¿Y bien? — preguntó Farman.
    — ¡Nada! — exclamó el profesor sin poder disimular la tremenda decepción sufrida —. ¡No lo han conseguido! ¡Han fracasado! ¡Sus explosiones han sido de una potencia capaz de hacer saltar en pedazos a la Luna, pero el cometa no se ha estremecido!
    — ¿Cómo puede explicarlo?
    —Sin duda nos encontramos ante un caso de materia superdensa, como las estrellas enanas. Su masa es semejante a la de nuestro sol, pero sin embargo no llegan a tener el tamaño de Deimos, por ejemplo. Un centímetro cúbico de su materia pesa miles de toneladas. ¡Esto no es un cometa, señores, aunque su órbita sea semejante! ¡Se trata de una auténtica estrella enana que ha penetrado en nuestro sistema planetario! ¡Por eso han fracasado! ¡No podremos hacer nada!

    A estas palabras siguió un silencio profundo, casi palpable.

    Farman lo rompió con timidez.

    Aún quedan dos intentos antes que nosotros. ¡No pueden fracasar todos! ¡Es imposible que fracasen!

    Nadie osó contradecirle. Era dura de admitir una derrota absoluta. Tal vez, aunque ellos no lo hubieran notado, habría existido algún fallo por parte de los rusos.

    — ¡Miren! — exclamó Paul con súbita excitación, que continuaba observando la pantalla —. ¡El cohete ruso sigue aproximándose al núcleo del cometa! ¡Y va ganando velocidad por momentos!

    Farman y Carrey se unieron al piloto dando un salto.

    ¡Va a estrellarse contra él! — exclamó el profesor.

    Era cierto. En pocos instantes se produjo la colisión, acusada por un resplandor semejante al de las bombas de plutonio.

    Paul se sintió desfallecer. Adivinaba que aquella heroica acción le marcaba una pauta a seguir, un nuevo deber ineludible.

    —Lo ha... intentado todo — murmuró con voz apagada.
    —Ese monstruo ha conseguido ya su primera víctima — se oyó decir a Carrey.


    Capítulo IV


    FARMAN CONECTÓ CON LA ESTACIÓN ALEMANA. Estaban dispuestos.

    —Habla el piloto —dijo una voz desconocida, de timbre metálico, aunque a través de ella Paul creyó oír el latido de un corazón—, Quiero decir adiós a todos. Esta vez lo conseguiremos. Si el cometa no está protegido por el diablo no podrá aguantar la explosión simultánea de todas las cargas de plutonio y los motores atómicos de mi cohete. Yo... lo destruiré.

    Estas palabras sencillas y dramáticas de una postrer despedida, pronunciadas por un hombre que iba a darlo todo, despertaron en sus oyentes un profundo sentimiento de gratitud que les empañó los ojos.

    Paul cerró la radio sin fuerzas para seguir escuchando ni para corresponder con palabras, que por otra parte se le antojaban todas inexpresivas y frías. Hubiera necesitado poseer un don mucho más precioso que el del lenguaje para decir lo que sentía. Un nudo le atenazó el pecho. Dejó de pensar en él mismo para murmurar un fervoroso:

    —Que Dios vaya contigo, compañero.

    Seguidamente corrió a la pantalla. No tardó en aparecer la estela trazada por el nuevo proyectil, conducido por aquel héroe al que Paul acompañaba con el pensamiento y el corazón. Lo siguió con la mirada atenta, hasta que cerró los ojos por no ver la pavorosa explosión, cuyo resplandor parecía haber encendido todo el aire encerrado en el interior de la torre. Luego los abrió lentamente, temblando un poco, temiendo a la realidad que se clavó en sus sentidos brutal y cruelmente. ¡El cometa continuaba inamovible!

    Carrey estaba haciendo cálculos. Sus manos temblaban al comprobar los resultados que obtuviera en el cerebro electrónico.

    — ¡No puede ser! —exclamó con una rabia que casi le hacía llorar—. ¡Es como si se estuviera burlando de nosotros! ¡Dos sacrificios inútiles! ¿Es que Dios nos ha maldecido?
    — ¡Calle, Carrey! —gritó Farman, el que quizá por su profunda fe religiosa se mantenía más sereno—. ¡Le prohíbo que blasfeme!
    — ¡No tenemos esperanzas! ¡El fin es cuestión de segundos! ¡Sólo Dios, si nos oye, podrá salvarnos!
    — ¡Lo hará si es preciso, Carrey! Todavía no está todo perdido.

    Paul no pudo por menos que admirar la energía de aquel hombre, ya materialmente acabado, pero cuya alma poseía una entereza a toda prueba. Y se dio cuenta de que hasta aquel momento no había llegado a conocerle.

    Los hombres que les acompañaban en el encierro de la torre permanecían extrañamente callados. Sin embargo, en sus rostros estaba pintado el más vivo terror. Quizá fuera esto lo que les impedía hablar, y quizá también lo que los haría incontenibles cuando pudieran hacerlo. Paul adivinaba que no resistirían mucho tiempo. Sabían ya toda la verdad. Manejaban los aparatos con un esfuerzo supremo que no podría prolongarse mucho tiempo. Su instinto de conservación devoraba sin remedio y con ferocidad todos los sentimientos de sus almas.

    Las esperanzas se desplomaron ya en el abismo mortal de la resignación cuando el cohete inglés se desintegró contra el cometa sin obtener mejores resultados.

    Entonces mil ojos se clavaron amenazadores, casi con hambre de vida, en la persona de Paul. Ni una sola de aquellas miradas era de compasión o de súplica, sino imperiosas, exigentes.

    Entre aquellos ojos Paul no vio los de Farman, los únicos que deseaba ver, porque el ingeniero miraba al cielo.

    —Bien, adiós — dijo el piloto, deseando más que nunca en aquel supremo instante que un alma amiga se uniera un poco a la suya; un alma que no le exigiera su sacrificio, pero por la cual lo habría hecho con alegría. Necesitaba un motivo que no encontraba, una razón que ya no existía; algo hermoso que justificara la renuncia a la vida.

    No vaciló. En aquellas circunstancias su vida no tenía razón de existir. Todo le era de pronto indiferente.

    —Adiós repitió—. Yo también reventaré con mi cohete. No sé si vale la pena... Pero si continuáis viviendo es posible que encontréis la respuesta.
    — ¡Paul!

    El piloto vio unos ojos arrasados de lágrimas. Tras ellas descubrió el rostro sereno, maravillosamente tranquilo, de Farman.

    —Me gustaría pedirte que no lo hicieras, Paul.
    —Gracias. Y gracias también por este pensamiento tuyo que me ha dado el motivo que necesitaba. Ahora sé que vale la pena. No era agradable morir por... nada.

    Salió con decisión al exterior. Le asaltó nuevamente aquella indescriptible soledad. Bajo la luz diabólica del cometa, el cohete brillaba en la noche con la luz fría de su metálica piel.

    Paul atravesó el inmenso y solitario polígono. Se sintió como trasladado de pronto a un punto muerto, sin relieves, sin colores ni sonidos, un mundo creado para el castigo.

    Al llegar junto al cohete le dio una amistosa y absurda palmada, como esperando que el aparato le correspondiera con un relincho de complicidad. Pero sólo oyó el sonido frío y seco de su mano contra el metálico blindaje. Penetró dentro y conectó la radio.

    —Listo — dijo.

    No le respondieron en seguida. Pasaron unos segundos antes de que una voz entrecortada se oyera débilmente.

    —Confía en Dios, muchacho. ¡Buena suerte!

    Paul tuvo un macabro pensamiento que rechazó. Quiso murmurar una oración, pero sólo pudo coordinar unas breves palabras:

    —Dios mío, no dejes que mi espíritu vacile. Y haz que mi sacrificio no sea en vano. Si esto es un suicidio, perdóname.

    Pulsó los mandos de arranque. El cohete comenzó a elevarse lentamente, como si no tuviera prisa.

    «Sólo quiero que no olvides una cosa: mañana, si te sientes solo de pronto, si la duda o el miedo se clavan en tu alma, piensa por encima de todo que yo estaré contigo. Incluso entonces, Paul, estaré a tu lado, como lo estaré siempre.»

    Recordó con asombrosa claridad estas palabras que pronunciara Giséle la noche anterior. Casi creyó oírlas de nuevo confundidas con el zumbido de los motores, como un eco que ahogara el viento.

    El cometa, frente a él, le esperaba complaciéndose en mostrarse a sus ojos más resplandeciente que nunca, con la maligna intención de una sirena hermosa y asesina. Sólo que el hombre, esta vez, no iba a él atraído por su melodioso canto ni cegado por su belleza, sino consciente y decidido a destruirlo y autodestruirse.

    Paul apretó los dientes. De su cerebro huyó toda imagen que no fuera la de ver a su poderoso enemigo reducido a cenizas. Toda su vida anterior, todo su pasado y también su futuro, se borraron de su mente, dejaron de tener sentido absorbidos por la existencia del presente, única verdad. Sólo él y el cometa; sólo su fuerza humana contra el cielo, y también sólo debilidad frente al destino inmutable. Todo lo demás dejó de tener forma y dimensiones.

    La distancia se acortaba por momentos. Unos pocos minutos le separaban del cometa. Ni siquiera tendría el consuelo o la desesperación de saber cuál sería el vencedor de aquel único y definitivo choque. Ya no le preocupaba la idea de la victoria, porque aquella no era una lucha normal. Únicamente le animaba un ansia de destrucción que guiaba todos sus movimientos conscientes e instintivos.

    Ya no podía sentir miedo, ni vacilación, ni siquiera cólera. Su exclusivo pensamiento, como si su cerebro hubiera sido creado sólo para un fin, era el de apagar para siempre aquella masa luminosa, deshacerla en millones de fragmentos y esparcirlos hasta los últimos confines del universo; borrarlo para siempre del espacio, dividir incluso sus átomos en la más absoluta aniquilación.

    —Escuche, Rogers...

    El piloto creyó oír una voz del otro mundo interrumpiendo bruscamente, como un intruso, el silencio de la cabina.

    Reconoció a Carrey, pero no respondió.

    — ¡Escuche, Rogers! ¡Aquí torre de control! ¿Nos puede oír?
    —Claro que puedo —repuso el piloto, con absoluta indiferencia a la excitación del profesor—. Tengo los motores a la máxima potencia. Siga mirando la pantalla. ¡Voy a proporcionarle un espectáculo magnífico!

    Paul soltó una risita sádica, más cruel para consigo mismo que para quien le estaba escuchando.

    — ¡No sea loco y escuche! ¡Es preciso...!
    —Es inútil, profesor.
    — ¡Escucha, Paul! —gritó la voz de Farman—. ¡A mí tienes que escucharme!, ¿o es que tampoco quieres hacerlo?

    El piloto hizo un esfuerzo para volver a sí mismo.

    ¡Escucha, por Dios, antes de que sea demasiado tarde! —prosiguió el ingeniero—. ¡Sólo tienes unos segundos! ¡Debes seguir nuevas instrucciones!

    ¡No me harás desistir, Farman! — replicó Paul con desconfianza y firmeza.

    ¡Por lo que más quieras, escucha!

    — ¡Voy a cerrar la radio! ¡Adiós!

    ¡No! —gritó la voz de Carrey con tanta fuerza que consiguió detener la mano de Paul—. ¡Es una orden! ¡Le ruego que atienda por su honor o por lo que a usted le parezca! No nos guía la intención de salvar sólo su vida. En estos momentos no vale nada, ¿entiende? Lo único que conseguiríamos es prolongarla unos segundos.

    Paul dudó. La indignación le subió a la boca como una corriente de fuego. En un momento comprendió que aquellas palabras duras y crueles eran sobre todo ciertas. Y Carrey, al pronunciarlas, había conseguido su propósito. Muchas cosas comenzaron de nuevo a tener sentido para Paul.

    —Escucho — dijo.
    —Bien. Tenemos poco tiempo —siguió el profesor precipitadamente—. Ya ha visto que es inútil hacer impacto de lleno en el cometa. Las instrucciones son éstas: descargue todas las bombas de plutonio casi en tangente con el núcleo, en el punto que mira hacia la Tierra. La fuerza de las explosiones le imprimirá un movimiento de rotación que romperá su inercia.
    — ¿Y luego?
    —De momento eso es bastante. Lo demás no corre de su cuenta. ¿Ha comprendido bien?
    —Perfectamente.
    —Y otra cosa. A pesar de lo que le he dicho no quiero que arriesgue su vida sin necesidad.
    —Gracias por perdonármela.
    — ¡Déjese de ironías estúpidas!
    —Está bien, hermano. ¡Allá voy!
    —Suerte.

    Paul inclinó un poco hacia abajo la afilada proa del cohete. Casi tenía el tiempo justo. El núcleo del cometa se aproximaba ahora adquiriendo mayores proporciones por momentos. Su brillo se oscureció y Paul pudo examinar todos sus detalles. La estela habíase hecho invisible.

    —Estoy rozando su atmósfera. ¡No estaba usted equivocado, Carrey! ¡Esto no es un conglomerado de piedras! ¡Es una perfecta esfera de una pieza!
    —Eso ya lo sabía, Rogers —respondió Carrey—. Sólo su tremenda velocidad le impide caer a la Tierra. ¡Dispare!

    Paul oprimió todos los disparadores a la vez. Los proyectiles hicieron blanco en el lugar preciso en una andanada infernal. Paul tuvo que realizar una difícil maniobra para desviar el aparato que se dirigía en línea recta hacia el mismo centro del incendio.

    — ¡Magnífico, Rogers! — exclamó Carrey con entusiasmo.

    Paul iba a decirle algo, pero el resplandor de una nueva y formidable explosión se lo impidió.

    — ¿Qué es esto? — exclamó.
    —El cohete español. Al romper la inercia del cometa el nuevo bombardeo ha conseguido desviarlo. ¡El plan ha tenido éxito, Rogers! ¡Lo hemos conseguido!

    Paul comprendió, aunque tardó unos instantes en poder asimilar la idea de que el peligro había sido alejado. Después soltó un aullido de júbilo, casi salvaje.

    — ¡El cometa se desvía, Paul! —oyó exclamar a Farman—. ¡Se aleja de nosotros! ¡Lo hemos logrado, lo hemos logrado! ¡Ya puedes regresar, muchacho!

    Paul vio pasar casi a la velocidad de un rayo un cuerpo a muy poca distancia. Adivinó que se trataba del cohete español que evolucionaba por efecto de la euforia alrededor del derrotado cometa. Paul estableció comunicación con él.

    — ¡Enhorabuena, valiente! —exclamó—. Te habla Paul Rogers.
    —Encantado, compañero. Yo me llamo Héctor Gálvez y ahora espero poder repetirlo durante muchos años. Hemos conseguido hacer saltar esa pelota ¿eh? Y gracias a tu buena puntería, sino yo no hubiera podido hacer nada.
    —Vamos, no seas modesto. En realidad tú le has dado el tiro de gracia Me gustaría estrechar tu mano.
    — ¡Estupendo! Te invito a emborracharte conmigo. ¿Lo has hecho alguna vez?
    —Creo que no.
    —Es horrible. Pero supongo que después de esto hasta nos divertiremos.
    — ¿Puedes tomar tierra en mi base?
    — ¡En cualquier lugar del mundo! ¡Allá voy...!

    El piloto español permaneció en silencio durante unos instantes. Paul sólo conseguía distinguir su aparato durante breves momentos, pero no le pareció que efectuara la maniobra adecuada.

    — ¿Qué ocurre, Héctor? — preguntó.
    — ¡No me obedecen los mandos!
    — ¿Qué clase de tontería es esa?
    — ¡Lo que te digo, Paul! ¡No puedo dominar el cohete!

    Paul probó de maniobrar y comprobó estupefacto que tampoco su aparato le obedecía.

    — ¡Bueno, ya está bien de evoluciones y juegos! —exclamó Farman—. ¡Dejaros de bromas estúpidas y regresad!
    — ¡Pero si no puedo, Farman! ¡Es verdad! ¡No puedo hacerme con el cohete! —Paul comenzó a asustarse—. Los motores parecen no tener potencia suficiente. ¿Me habré quedado sin combustible?
    — ¡Tienes bastante combustible para dar cien veces la vuelta al mundo!
    —Pues entonces que reviente si lo entiendo... ¡Te digo que no puedo hacer nada, Farman! ¡Y al cohete español le ocurre lo mismo! ¿Qué demonios es esto? ¡No podemos despegarnos del núcleo del cometa! ¡Giramos en torno suyo sin cesar! ¡Farman...! — exclamó Paul vislumbrando de pronto toda la alucinante verdad —. ¡Su fuerza de gravedad es tan grande que nos arrastra con él...! ¡Farman, pronto...! ¡Dinos qué hacemos! ¡Nos hemos convertido en unos satélites suyos!
    — ¡Eso no es posible, Paul! ¡Vuestros motores os han arrancado de la gravedad de la Tierra! ¿Cómo no van a libraros de la del cometa? ¡Inténtalo, Paul! ¡Lo conseguirás...! ¡Tienes que conseguirlo!
    — ¡Es inútil, señor! —intervino la voz de Héctor, el piloto español—. Mis motores trabajan a la máxima potencia y sin embargo el cometa me atrae con una fuerza invencible.

    Desde la base española comenzaron a llegar instrucciones para arrancar a los pilotos de aquella situación. Pero éstos no contaban con otros medios que la fuerza de sus motores y todos sus intentos resultaron inútiles.

    Farman sudaba copiosamente. Toda la entereza que había demostrado anteriormente se derrumbó de la forma más desastrosa. Se acercó a Carrey, que contemplaba la pantalla telescópica hipnotizado.

    — ¿Es... cierto? — preguntó.
    —Sí, es cierto, Farman. Y lo peor es que no podemos hacer ya nada por ellos. El mundo se ha salvado, pero el cometa arrastra a esos dos muchachos hacia Dios sabe qué remotos lugares del infinito.
    — ¡Tiene que haber un medio!
    —Mire, Farman, ya están demasiado lejos. La fuerza de atracción del cometa, como suponía, es fabulosa. No, no hay remedio, Farman. Es horrible. El cometa ha exigido sus víctimas y se las lleva consigo.

    Los gritos de júbilo que habían estallado con gran alborozo en el interior de la torre cesaron al instante de propagarse la noticia de lo que estaba ocurriendo, dejando paso a un silencio que quería ser un homenaje póstumo hacia los dos desgraciados pilotos.

    De pronto la voz de Paul, lejana pero poderosa, se oyó como un latigazo que quisiera cortar en dos el pesado silencio:

    — ¡Farman... Farman! ¡Tengo... mucho frío...! ¡Farman...! ¡Me... me estoy congelando...!

    Luego el silencio se hizo absoluto.


    Capítulo V


    — ¡ZADE, ZADE!

    La muchacha tardó unos instantes en reaccionar a la llamada del anciano. Desvió su mirada del desolado paisaje blanco que contemplaba a través de la cúpula de cristal, asomada a flor del suelo como una gran pompa helada que pugnara por librarse de la presión del hielo.

    La figura del anciano era toda una imagen viviente de un patriarca arrancado de las Sagradas Escrituras. Su majestuosa cabeza era casi tan blanca como el suelo exterior, aunque poseía, como todas las cosas, unos reflejos violáceos intensos. Sobre su rostro, al que las arrugas de la vejez habían impreso marcados rasgos, crecía una barba que le llegaba al pecho y asimismo blanca. Sus pupilas apagadas no se fijaban jamás sobre punto alguno, acusando la imposibilidad de ver.

    Se hallaba reclinado sobre unos monumentales cojines, tan relajado e inmóvil su cuerpo que recordaba una figura de trapo abandonada en una postura chocante. Las ropas que le cubrían, finas y pesadas, de vivos colores, marcaban todos los agudos relieves de su cuerpo exageradamente delgado.

    — ¿No me oyes, Zade? —preguntó, aunque sabía que la joven le estaba mirando Y con su instinto maravilloso adivinó lo que había estado haciendo—. ¿Por qué contemplas el cielo, Zade? ¿Acaso sientes miedo?
    —No, abuelo —respondió la muchacha—. No siento miedo.
    —Es verdad, tú no puedes tenerlo, mi pequeña Zade —reflexionó el viejo Both—. Pero yo sé que nuestro mundo está largo tiempo paralizado, aunque no pueda verlo. Pero confío en que esto sea como el sueño invernal que atacaba a ciertos animales, cuando el hombre era dueño y señor de todo. Entonces brillaba el sol. Cuando la Tierra entera despierte, el sol volverá a calentarla y a fundir los hielos, y las plantas volverán a cubrir toda la superficie del planeta, abriendo sus flores. ¡Ah, es un espectáculo inolvidable!
    —Por favor, abuelo —exclamó la muchacha con un gesto de cansancio—. No vuelvas a contármelo.

    Y como el anciano enmudeciera, sin osar hacer réplica alguna, le increpó con impaciencia:

    — ¿Es que siempre has de pensar en lo mismo, abuelo? ¿Por qué no lo olvidas de una vez, o lo recuerdas para ti solo, si es cierto?
    — ¡Es cierto, Zade, es cierto! — afirmó el viejo Both con vehemencia.

    Por fortuna no podía ver el ademán de indiferencia que hizo Zade.

    — ¿Y qué, abuelo?
    —Esta humanidad de hoy parece tener adormecido hasta el deseo de la felicidad — murmuró el anciano en voz baja.
    —Es posible que éste sea el único modo de conseguirla. ¿Qué importa, abuelo, lo que nuestros antepasados tuvieran? Todo esto pertenece a tiempos muertos. Tú eres el único de los hombres vivientes que asegura haber visto el Sol. ¿Qué lograste con ello?

    El anciano inclinó la cabeza.

    —Perdona, abuelo.

    A los labios increíblemente rojos del viejo Both asomó una sonrisa de amargura. Luego suspiró:

    — ¡Es hermoso recordarlo! — Durante una fracción de segundo sus ojos parecieron recobrar un hálito de vida que se apagó en seguida. — Tuve la dicha de ver lo más maravilloso que imaginarse pueda. Tú no podrías porque eres hija de un mundo sin imaginación. El Sol me cegó, es cierto, pero no creas que me pesa. Valía la pena sacrificar el don de ver la vulgaridad que nos rodea durante años por aquel único y magnífico instante. Soy el único que ha visto el Sol, y las plantas, y el agua líquida correr en abundancia por los campos. Por eso soy también el ciego de nuestro mundo al que la ciencia no ha podido curar. ¡No me pesa, Zade!

    Zade conocía todo esto por haberlo visto en la proyección de algunas de aquellas cintas que superponían imágenes en una pantalla en una sucesión continua, produciendo la ilusión de movimiento por tan primitivo sistema. Y aunque no podía negar que le maravillaron algunas de aquellas cosas, no es menos cierto que las consideraba tan lejos en el pasado como la creación del mundo. Aquellas películas que tan milagrosamente se conservaban a través de los siglos, y que sólo se proyectaban muy rara vez, constituían unos documentos valiosísimos para el estudio y conocimiento de la Tierra en épocas pasadas, antes de que apareciera en el cielo la Capa Azul.

    Zade era una mujer práctica, que no soñaba con tiempos pasados, aunque por lo mismo sí lo hacía frecuentemente con el futuro, incluso tan intensamente que había acabado por hundirse en una vida interna incomprensible para los demás.

    —Hay muchas cosas que los hombres hemos perdido —murmuró el anciano Both—. Pero confío en que vuelvan a recuperarlas. Aunque yo no lo vea.
    —Me voy fuera — anunció Zade bruscamente.
    —Ya no queda mucho tiempo, ¿verdad?

    Zade comprendió a qué se refería su abuelo.

    —Pocas horas... Pero antes estaré de vuelta. No te preocupes.
    —Ten cuidado, Zade. Ya sé que no podría impedírtelo.

    La muchacha entró en su cuarto, se puso un traje protector contra el frío y poco después se perdía entre la multitud que circulaba sobre las cintas deslizantes de la avenida subterránea. Al llegar a cierto punto saltó con agilidad del deslizador y penetró en uno de los elevadores que la transportaron al nivel del suelo exterior.

    A pesar del inminente peligro que les amenazaba, nadie le impidió la salida. Era aquélla una civilización en donde el derecho a la libertad constituía casi un culto, incluso en momentos tan excepcionales. El pueblo del Séptimo Continente se sentía orgulloso de aquella libertad que consideraba como la suma perfección de los derechos humanos cuando la humanidad había perdido el derecho a la posesión de su mundo.

    Zade gustaba, sin embargo, de contemplar el paisaje, único natural que habían conocido sus ojos, de los interminables hielos, arrancándole todo cuanto de impresionante y bello en cierto modo guardaba La muchacha sentía al contemplarlo que su alma se encogía en un sufrimiento íntimo, provocado por un terror profundo que tenía algo de subyugante.

    Pocos eran los humanos que gustaban, como ella, de salir de la ciudad subterránea para aventurarse por aquellas soledades que no podían brindarles más que imágenes petrificadas de frío y muerte. Pero Zade no era como los demás. Zade había sabido conservar milagrosamente, como en una mutación retrospectiva de la raza, un alma sensible, con la facultad de ser feliz o desgraciada. La especie humana había olvidado los sentimientos para entregarse con todas sus fuerzas a la lucha por la existencia, elevando el poder de la ciencia, su única fuerza, casi al milagro. Pero, como decía el viejo Both, habían perdido, en cambio, muchas cosas que hubieran podido conservarse. Y es que el viejo Both ignoraba que es innato en el hombre destruir lo que más ama.

    A Zade le gustaba lo que su mundo podía ofrecerle porque en medio de todo la muchacha no era una nota discordante entre las corrientes de la civilización a que pertenecía. Ella pensaba, al oír hablar a su abuelo, que el Sol posiblemente hubiera sido tan bello como se lo pintaba, pero se había ocultado para siempre a los ojos humanos desde hacía miles de generaciones. Y por otro lado, ¿dónde podía estar la belleza de un espectáculo que quemaba los ojos? Era suficiente con saber que el sol estaba allí, tras la Capa Azul. Al empezar el día, éste se manifestaba por una luminosidad violácea intensa, que no hacía sombras Era un Sol invisible, aunque Zade, como todo el mundo, lo conocía bien. El hombre había aparecido sobre la Tierra al calor de sus rayos, pero había aprendido a prescindir de él. El hombre había superado y vencido a la Naturaleza. Ya sólo quedaban recuerdos de aquellas civilizaciones en las películas, libros, fotografías y otros objetos que perduraban, celosamente guardados, en los museos, como testimonio de unas formas de vida consideradas como decadentes.

    Los padres de Zade trabajaban en los mismos laboratorios de Estudios Orgánicos para la obtención de alimentos químicos, y por ello la joven casi se había acostumbrado a convivir constantemente con el viejo Both. Era éste, tal vez, el que había conseguido humanizar el alma de la muchacha, y por ello sabía comprenderla. Para Zade el anciano era como una enciclopedia viviente, un almacén de ideas interesantes y también disparatadas. Zade pensaba que los árboles y los animales mayores que el hombre no habían sido más que monstruos de pesadilla. ¿Cómo era posible que los seres humanos hubieran podido vivir en semejante mundo? Y sobre todo, ¿por qué a su abuelo le obsesionaba tanto la idea del pasado?

    Zade había terminado sus estudios sobre las lenguas muertas y poseía un flamante título que, a pesar de sus esfuerzos por conseguirlo, no le había impresionado lo más mínimo. Su abuelo había influido con tenacidad a que prosiguiera aquellos absurdos estudios a los que no veía la utilidad, y que tal vez por amor al anciano los había llevado a su fin, sin hacer uso de su derecho a la libertad absoluta de elegir su profesión. Ahora se arrepentía. Tenía la seguridad de haber perdido lamentablemente el tiempo, y no le consolaba la idea de que la mayoría de los jóvenes de su edad, precisamente por haber hecho uso de este derecho, experimentaban idéntica impresión.

    Al encontrarse en el exterior, Zade conectó los dispositivos generadores de calor de su traje y ascendió a la pequeña colina formada por un apiñamiento de bloques de hielo soldados y de vértices cortantes. Sus zapatos se adherían perfectamente al resbaladizo suelo, permitiéndole subir con agilidad hasta el punto más elevado, desde el que se dominaba toda la extensión de pompas cristalinas que eran como los ojos por los que la ciudad subterránea se asomaba al exterior. No se trataba propiamente de una ciudad subterránea, ya que había sido construida bajo varios kilómetros de hielo fosilizado en diferentes capas, el cual cubría toda la superficie de los antiguos continentes.

    Zade fijó sus ojos en la lejanía, como si husmeara en el infinito la expansión de su alma, ahíta de límites.

    Miró al cielo. Aún era de día. Una luz casi fosforescente teñía los corpúsculos del aire, eternamente inmóvil, de un violeta intenso. Al llegar la noche toda aquella luminosidad desaparecería absorbida por una negrura tan impenetrable que los mismos hielos serían incapaces de reflejar los más débiles destellos de luz. Aunque no podía verlo, Zade sabía que el Sol no tardaría mucho en ocultarse frente a ella. Sus rayos eran casi totalmente reflejados por la Capa Azul, aquella muralla radiactiva tan impenetrable como si fuera de acero. Intentar atravesarla significaba una muerte irremediable, contra la cual no existía defensa posible.

    En épocas remotas los hombres habían podido elevarse a los espacios y llegar a otros planetas. Ellos mismos, con su ansia de conquista, habían sido los culpables de que el Sol no volviera a alumbrar la superficie de la Tierra, sumiéndola en una eterna noche sin calor.

    Zade permaneció inmóvil durante largo rato. El silencio era absoluto Su pensamiento cabalgaba con facilidad en un medio sin obstáculos.

    ¿Qué traería consigo aquella anunciada lluvia de meteoritos que los astrónomos habían podido advertir tras la Capa Azul? ¿Cuál sería la procedencia de aquellos cuerpos que se aproximaban velozmente a la Tierra? ¿Acaso volvería el enemigo para asegurarse de la total aniquilación de la vida sobre la Tierra? Y si era así, ¿qué esperanzas podían abrigar de sobrevivir? Cierto que no se había reconocido la posibilidad del tal ataque, pero de todas formas era una idea que deberían tener en cuenta. Sin duda lo habrían pensado.

    Y bien mirado, ¿por qué se preocupaba ella por todo esto, siendo así que no sentía miedo alguno, como había comprendido su abuelo? Seguramente tenían razón sus amigos cuando la consideraban como a una persona extravagante e incomprensible. Ella misma se había preguntado en ocasiones si era una persona normal, aunque jamás se había hecho esta pregunta en serio.

    Descubrió una figura humana que ascendía hacia ella. Zade hizo un movimiento de contrariedad. Era muy expresiva en sus gestos, y quizás por eso, aunque sus amigos que la conocían bien la estimaban, no tenía muchos. ¿Quién podía ser aquel intruso que venía a turbarla en la soledad de sus dominios?

    — ¡Zade! — exclamó el hombre cuando llegó a su lado.

    La sorpresa paralizó los labios de la muchacha, que tenía a punto un saludo poco amistoso. Y sin apartar los ojos de aquella figura de hermosas proporciones, como todos los individuos de su raza, murmuró:

    — ¡Padre! ¿Tú? ¿Por qué... por qué me has seguido? ¿Cómo sabías que estaba aquí?
    —Esto es peligroso, Zade.

    La joven vio la mano de su padre que le tendía para ayudarla a levantarse, pero no la tomó.

    — ¿Por qué buscas siempre la soledad, hija mía?

    Ella le miró extrañada al oír estas palabras insólitas, pronunciadas con un acento de comprensión que Silón, su padre, no acostumbraba a usar. Jamás habían llegado a conocerse bien, pero sin duda no era de ellos la culpa.

    —No lo sé... —respondió—. Aquí me siento a gusto y tranquila.

    Silón se sentó a su lado, posando una mano sobre su rodilla.

    — ¿Sueñas, Zade? Dímelo, como si yo fuera... tu mejor amigo.

    Zade experimentó una emoción desconocida y grata. Por primera vez se dio cuenta de que había necesitado oír, durante años, aquellas palabras precisamente de aquellos labios.

    —Ignoro si puede ser un sueño dejar vagar el pensamiento sin querer saber adónde va ni por qué.
    —Quizás dentro de ti misma exista un ferviente deseo por algo que no conoces y que buscas sin encontrar.
    — ¡Padre! ¿Tú me comprendes, acaso?

    Era casi un reproche, que Silón supo recoger.

    —Hace tiempo que tu abuelo me ha hablado de estas escapadas tuyas al exterior. Yo creo que sin duda buscas algo que yo... podría darte. Por eso quiero comprenderte.
    —Tú no tienes la culpa de nada, padre, porque no ocurre nada. Yo soy... un poco rara.

    Silón sonrió comprensivo.

    —Los raros somos nosotros, Zade. Vivimos empujados por la corriente de los demás, dejándonos llevar por ellos, sin pensar si existe algo más que merezca nuestro esfuerzo individual. Es posible que, por haberlo hecho, seas tú un poco extraña para nosotros. Pero, en todo caso, eres mejor.
    — ¿Tú crees eso, padre?
    —Sí, lo creo.
    —Gracias.
    —Mira, la ciudad está allí abajo, oculta bajo los hielos. Somos hijos de la Tierra en nuestros orígenes y sin embargo hemos tenido que huir de ella porque dejó de darnos todo lo que tan generosamente, en el transcurso de muchos miles de años, produjo sin cesar para el hombre. A menudo pienso, como el abuelo, que me habría gustado vivir en épocas pasadas, cuando la raza humana podía mirar al Sol, dominar a los animales y arrancar del suelo todas sus riquezas Creo que aquellos hombres tenían motivos para considerarse superiores. Podían luchar por lo que ambicionaban... y podían tener ambiciones.

    Zade escuchó sorprendida, maravillada de que su padre fuera capaz de pensar de aquel modo, aunque ella tuviera ideas contrarias. Descubrió que su padre había sido para ella un desconocido durante toda su vida y, sin importarle la razón, sintió que le embargaba una alegría inmensa por tan brusco cambio.

    — ¿Piensas todo eso de verdad, padre? ¿Te agradaría haber vivido en aquellos tiempos de terror, de monstruos, de guerras y enfermedades?
    —No era todo tal como tú lo crees, Zade. Cierto que existía todo eso que has dicho, pero también la vida tenía un sentido por el que valía la pena soportarlo todo, y que les animaba a luchar para vivir. ¿No es, pues, sensato pensar que tenían cosas agradables? ¿Qué poseemos nosotros? Una vida muy fácil y una Tierra muerta.
    —No necesitamos la Tierra. Y tenemos todo lo que los hombres han buscado precisamente durante toda su historia: esa vida fácil que disfrutamos. Nosotros lo tenemos todo. Jamás podemos sufrir hambre. Las enfermedades no existen. Prolongamos la juventud hasta una edad en que para ellos se iniciaba la decadencia de la vida.

    Silón suspiró.

    — ¿No piensas, Zade, lo hermoso que tuvo que ser para ellos la conquista de mundos desconocidos?
    —Si algo nos falta a nosotros ellos nos lo quitaron. Ese Sol, que era su vida, se ocultó por su culpa. Los caminos del espacio se cerraron para siempre desde que la Capa Azul envolvió toda la atmósfera de la Tierra. ¿Supones que nuestra raza no ha luchado para vivir? En unas condiciones catastróficas tuvo que sostener la más dura lucha por sobrevivir, una lucha gigantesca. Todos lo sabemos. Así, robándole terreno a la misma muerte, se fue forjando nuestra raza superior, que los hombres como tú y como el abuelo creen que se ha entumecido y que sería incapaz de reaccionar a nuevas dificultades. Pero yo no lo creo. Yo me siento orgullosa de pertenecer a esta raza que supo vencer a la más grande de las transformaciones que ha sufrido nuestro planeta a todo lo largo de su historia. Esta era eternamente glacial que se inició para el mundo, cuando su atmósfera fue cubierta por la Capa Azul, nos ha hecho más fuertes. Somos felices a nuestro modo.
    —No tan fuertes, sin embargo, Zade. No hemos podido vencer a la Capa Azul.
    —No lo hemos conseguido porque no lo necesitamos. El Sol nos quemaría nuestros ojos. Los rayos ultravioleta, al penetrar en nuestro cuerpo, nos destruirían las células. Somos seres adaptados a fuerza de luchas que se han prolongado durante milenios para poder subsistir en un medio artificial y que se nos ha hecho necesario. Sería algo peor que absurdo volver atrás.

    Silón no replicó. Contempló a su hija admirado. La atrajo contra él en un abrazo de impulsiva ternura.

    —Me gusta escucharte, Zade...
    —Yo no pensaba que pudiera decirte un día todo esto — murmuró la muchacha —. Y me alegro de poder hacerlo, padre.
    —Yo también. Tenemos que conocernos mejor, mucho mejor...
    —Dime, padre, ¿es cierto que el abuelo vio el Sol?
    —Él lo asegura.
    — ¿Cuándo?
    —Yo no había nacido. Hace mucho tiempo.
    —Pero... ¿tú lo crees?
    —No sé. Ya sabes que no ha sido posible devolverle la vista. Y esto no tiene precedentes en la historia de nuestra medicina.

    Ambos quedaron pensativos.

    —Es muy extraño — dijo Zade.

    Silón se incorporó, ayudando a hacerlo a la muchacha.

    —Debemos regresar — dijo —. Se hace tarde. Pronto será de noche.
    — ¡Qué lástima! Me habría gustado ver la lluvia de meteoritos.
    —Es posible que se hagan incandescentes al roce contra la atmósfera, y al atravesar la Capa Azul sean visibles. De todas maneras., seguir aquí es peligroso. Los veremos desde la cúpula.
    — ¡Padre! ¿Y si consiguieran romper la Capa Azul?
    — ¡Qué idea, Zade!
    — ¿No sería posible?
    —Jamás ningún meteorito lo consiguió.

    Descendieron la pendiente cogidos de la mano. Al llegar al pie de la colina comenzaba a oscurecer por el oeste, tiñéndose el cielo de unas ráfagas intensamente negras.

    De pronto Silón sintió que Zade le tiraba con fuerza del brazo. Y la oyó exclamar:

    — ¡Los meteoritos! ¡Ya están aquí!

    Silón miró hacia arriba. Varias ráfagas de luz amarilla y cegadora cruzaron el cielo en todas direcciones. En pocos segundos se transformaron en una lluvia densísima de luces fantásticas. Era un espectáculo impresionante.

    — ¡Corramos, Zade! — exclamó Silón, tirando de la joven.

    Pequeños fragmentos se estrellaban contra el suelo, produciendo secos golpes y resquebrajaduras en el hielo, que saltaba en mil pedazos como si violentas explosiones agitaran el interior de la tierra.

    — ¡Cuidado, Zade!

    Silón rodeó a la joven con sus brazos y se arrojó al suelo, protegiéndola con su cuerpo. La luz de los meteoritos al inflamarse les deslumbraba, mientras el suelo se sacudía con violencia.

    Un silbido penetrante se unió al infernal estruendo, pero como si hubiera sido una señal, éste cesó paulatinamente hasta que se hizo el silencio de nuevo. Silón y Zade se levantaron lentamente, casi asombrados de permanecer con vida y mirando a su alrededor aterrorizados. El suelo aparecía profundamente agrietado y una gran parte de la colina habíase desprendido en un alud que aún dejaba caer algunos pequeños bloques de hielo. Las piedras que habían caído del cielo, aún humeantes, salpicaban el suelo de manchas negras y rojas.

    — ¡Mira, padre! —exclamó Zade—. ¿Qué es aquello?

    Su padre no pudo detenerla. La muchacha echó a correr precipitadamente. Una mole de extraña figura acababa de detenerse no lejos de ellos, resbalando sobre el hielo, en el que había abierto un profundo surco. Silón siguió a su hija, deteniéndose ambos a una distancia prudencial de aquel cuerpo alargado y brillante, cuyos principales detalles podían ver con claridad. Un calor sofocante les obligó a retroceder unos pasos, pero su curiosidad les impulsó a acercarse de nuevo.

    — ¡Esto es una astronave! —exclamó Silón, sin acabar de creer a sus propios ojos—. ¡Una astronave que ha atravesado la Capa Azul!
    — ¡Allí hay otra!

    La noche comenzaba a caer, pero aún pudo Silón distinguir el interior del aparato, a través de sus ventanas.

    — ¡Corramos a la ciudad, Zade! ¡Dentro del aparato hay un hombre!


    Capítulo VI


    DESDE TIEMPO INMEMORIAL NINGÚN ACONTECIMIENTO IMPORTANTE HABÍA alterado la tranquilidad de aquel pueblo ordenado, casi durmiente, cuya sangre parecía haberse enfriado también al contacto de los hielos. El hallazgo de los dos misteriosos seres llegados del espacio le había despertado un profundo temor después de la primera sorpresa. Para aquel pueblo que huía del aire libre, todo cuanto viniera del cielo no podía representar más que una amenaza.

    También entre los medios científicos del Séptimo Continente se había producido una gran agitación y una impaciente curiosidad.

    En el hospital donde el doctor Sinda, la máxima autoridad médica, llevaba la dirección, se había habilitado una especie de laboratorio para someter a tratamiento de recuperación a los dos misteriosos «hombres del espacio», como les habían bautizado. Hacía ya nueve días que el doctor Sinda trabajaba afanosamente, y por fin había anunciado el tan esperado momento de informar sobre los resultados.

    Silón había ayudado con eficacia al doctor Sinda y tras los insistentes ruegos de Zade había conseguido que el doctor permitiera a la obstinada muchacha contemplar de cerca y detenidamente a los dos «hombres del espacio».

    Con los ojos desmesuradamente abiertos, sin atreverse a respirar, Zade observaba a aquellos dos cuerpos humanos, rígidos como dos estatuas de hielo, protegidos bajo unas campanas de cristal cuya parte más elevada llegaba al techo, por donde penetraban una serie de complicados conductores cuya misión ignoraba, aunque su padre le había explicado algo confuso relacionado con el calor.

    El doctor Sinda calculaba que era cuestión de minutos poder interrogar a sus extraños pacientes. Había llegado a la conclusión de que no se trataba de seres procedentes de otro planeta, como habían creído en un principio, ya que al examinar los aparatos que los habían traído se había podido comprobar su origen terrestre, a pesar de que hacía muchos siglos que no se construían en la Tierra aparatos semejantes, cuya existencia estaba ya tan olvidada como las naves de Colón. Tal seguridad se basaba en dos hechos indiscutibles: en primer lugar, los signos numéricos que figuraban en los indicadores de los mandos de los aparatos pertenecían a la numeración árabe, que había perdurado invariable a través de los tiempos, y su sistema tenía por base el diez. En segundo lugar, aquellos aparatos no habían sido construidos para cubrir una larga distancia interplanetaria; su radio de acción indudablemente no podía alcanzar, en todo caso, más allá de la Luna.

    Todo esto no había hecho más que aumentar el misterio que envolvía a los dos «hombres del espacio». ¿De qué punto de la Tierra procedían aquellos proyectiles, y cuál había sido su objetivo? ¿Cómo habían logrado atravesar la mortal Capa Azul? ¿Y por qué habían llegado precisamente acompañados de la lluvia de meteoritos? Sólo para esta última pregunta parecía existir una respuesta: confundirse con los cuerpos cósmicos para pasar inadvertidos. Había sido verdaderamente providencial la presencia de Silón y su hija en el exterior en el momento de producirse la caída de los meteoritos. Sin embargo, los tripulantes de los cohetes se encontraban en un absoluto estado de congelación, lo cual podía obedecer a un accidente y no a un hecho premeditado.

    — ¿En serio crees que viven? — preguntó Zade a su padre.
    —Estamos seguros de ello. Han permanecido en estado de congelación bajo una temperatura de 270 grados bajo cero, cerca del cero absoluto, y su recuperación ha de ser lenta. La actividad vital de sus organismos, sometidos a la absoluta falta de calor, ha permanecido prácticamente interrumpida, en un estado que no puede considerarse como vida, pero que tampoco es la muerte.
    — ¿Cuánto tiempo crees que pueden haber estado así?
    —Eso es imposible saberlo de momento. En tal estado pueden haberse mantenido durante varios días o muchos millones de años. No existe diferencia.

    Zade miró a su padre con incredulidad.

    —No es posible que un ser humano viva tanto.
    —Sabemos por experiencias realizadas que en estado de congelación un ser vivo puede conservarse durante un tiempo incalculable sin envejecer, y volver después a la vida como en el instante en que se produjo la congelación. Sobre la edad de estos hombres sólo podemos hacer suposiciones.
    —Y tú ¿qué crees? Sin duda tendrás una teoría.
    —Me da miedo pensarlo. Pero lo cierto es que si su origen es terrestre, cosa que parece segura, su edad debe oscilar sobre los... diez mil años.
    — ¡Diez mil años! — exclamó Zade en voz baja, volviendo a clavar sus ojos en aquellos dos extraordinarios seres —. ¡Es impresionante! Pero ¿y si fueran contemporáneos nuestros? A pesar de todo lo encuentro mucho más normal Diez mil años son demasiados.
    —La Tierra está cubierta totalmente por la Capa Azul. Si se hubiera producido alguna rotura en la misma en cualquier punto, nos habríamos dado cuenta, ya que se observa constantemente, como ya sabes, por si alguna vez se produjera tal circunstancia, cosa que nos llevaría a la muerte. Pero sólo se produjo la rotura por el impacto de los meteoritos, casi instantánea, que afortunadamente para nosotros se cerró en seguida. Esto explica que los dos hombres del espacio hayan podido atravesarla sin sufrir el menor daño. Pero ¿y para salir? Esto no se ha hecho desde hace diez mil años, cuando la Capa Azul apareció sobre nuestro cielo.

    El doctor Sinda dio unas órdenes a Silón el cual, junto con dos ayudantes más, se pusieron a manipular febrilmente en los aparatos que ocupaban gran parte del laboratorio.

    Zade adivinó que se acercaba el momento. Su corazón comenzó a latir con rapidez. Continuó observando fascinada a los dos rostros inexpresivos de los «hombres del espacio», inmóviles con la rigidez de la muerte, sin atreverse a admitir que un hálito de vida palpitaba aún en ellos. Sintió el contacto de una mano sobre su hombro que la arrancó de su abstracción. Se volvió sobresaltada y vio al doctor Sinda junto a ella.

    —Es preferible que salgas, Zade — le dijo con gravedad.
    —Pero ¿por qué? — protestó la muchacha.
    —Se acerca el momento. No sabemos cómo van a reaccionar.
    —No tengo miedo.
    —Debes esperar fuera —insistió el doctor—. Todos lo hacen, incluso el presidente. No está bien hacer contigo una excepción, aun cuando no tenga que responder de mis decisiones ante nadie.
    —Bueno, doctor Sinda. Como quieras. Esperaré.

    Zade salió de mala gana del laboratorio, reuniéndose con las personas que aguardaban en la contigua y enorme sala.

    Paseó impaciente durante breves minutos. Después se sentó frente a la puerta del laboratorio. El tiempo parecía haberse inmovilizado. El murmullo de la gente que la rodeaba iba creciendo a medida que la impaciencia se apoderaba de todos. Nunca habían esperado acontecimiento alguno de tal importancia y por ello sus nervios tenían una fuerza incontrolable.

    Dos hombres armados con sendos fusiles de grueso cañón, pertenecientes a la guardia presidencial, único ejército con que contaba la nación, penetraron decididamente en el laboratorio. Sin duda los había requerido el propio doctor Sinda, pensó Zade, que se movió inquieta. Aquello podía obedecer a una simple precaución, pero también podía ser consecuencia de algún peligro inminente. Después de todo ¿quién podía asegurar que los dos «hombres del espacio» no habían llegado al Séptimo Continente dispuestos a conseguir «algo» a sangre y fuego, si era preciso?

    — ¿Qué significa eso, Zade? — preguntó un hombre de cierta edad a la muchacha. Y aunque la había llamado por su nombre, ella no pudo reconocerle.
    —Me han echado —repuso de mal humor—. El doctor Sinda no ha querido explicarme nada. ¿Cómo quieres que lo sepa?
    —Tú eres la última que ha salido de ahí. Por eso te he preguntado. —Lo siento. Yo... —Es igual. Sigamos esperando. No tuvieron que hacerlo durante mucho tiempo. Abrióse la puerta del laboratorio y apareció Silón, con el semblante alterado. Al descubrir a Zade se dirigió resueltamente hacia ella. — ¡Padre! ¿Qué ha ocurrido? La joven vio como Silón hacía un signo de respeto al individuo que la había interpelado antes, y con asombro le oyó decir:
    —Permíteme, presidente. Es necesaria la presencia de mi hija en el laboratorio.
    — ¡El presidente! — exclamó Zade, estupefacta y avergonzada.
    —Sí, Zade, pero no me mires de ese modo — respondió el aludido sonriendo.
    —Es que antes... le he hablado de un modo poco cortés. Pero yo no sabía...
    —Lo comprendo. No tiene importancia. ¿Ocurre algo con los hombres del espacio, Silón?
    —Sí, es decir, no; todo se ha desarrollado según lo previsto. Su reacción ha sido brusca y al parecer son víctimas de una violenta impresión.

    Están asombrados, casi tanto como nosotros mismos, o tal vez más. Pero no podemos comprender lo que dicen. He pensado que Zade podría hacerlo. Como sabes, es profesora en lenguas muertas y tal vez pueda descifrar algo.

    —Espero que si el interrogatorio tiene éxito sea debidamente registrado y traducido.
    —Todo se halla dispuesto.
    —Bien, Silón, adelante. Quiero estar presente.

    El presidente y algunos hombres más siguieron a Silón que había asido a Zade por un brazo, y penetraron en el laboratorio.

    Los dos hombres del espacio estaban sentados en el centro del mismo, vigilados de cerca por los guardias armados y la mirada atenta del doctor Sinda y sus ayudantes.

    Zade y Silón avanzaron despacio hacia los dos extraños, que les miraban con los ojos muy abiertos, denotando el más absoluto asombro. Y de pronto uno de ellos se puso en pie de un salto, al propio tiempo que avanzaba hacia Zade con los brazos extendidos, la cual se detuvo aterrorizada, asiéndose al brazo de su padre. Y un nombre extraño brotó como un grito de los labios de aquel hombre:

    — ¡Giséle!

    Pero en seguida se vio sujeto e inmovilizado.

    — ¡Suéltenme! ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué está ella aquí? ¡Suéltenme les digo!

    ¡Habla francés! — exclamó Zade en el colmo de la sorpresa —. ¡Le he entendido perfectamente! ¡Dejadlo!

    Y aunque Paul no la pudo entender a ella, comprendió que había dado una orden, porque en seguida se encontró libre de las manos que le tenían sujeto.

    Se acercó lentamente a la muchacha, quizás presintiendo que si volvía a mostrarse excitado corría el peligro de que le mataran allí mismo.

    — ¡Giséle! —repitió—. ¿Quieres explicarme todo esto? ¿Por qué estás aquí, entre esta gente? ¿Qué ha pasado?
    — ¡Hablas francés! ¡Puedo comprenderte muy bien!
    — ¡Claro que hablo francés! ¿Qué tiene de particular? ¿Es que antes lo hacía en turco? ¿Por qué no habías de entenderme, Giséle?
    —Pero ¿por qué me llamas así? Yo soy Zade, hija de Silón, profesora en lenguas muertas. Por eso te entiendo.

    Paul sintió que su cabeza giraba vertiginosamente, como si hubiera sido alcanzada por un objeto contundente.

    — ¿Lenguas muertas? ¿Qué lío es éste, si se puede saber? El que no te entiende una palabra soy yo —. Se volvió a su compañero, que había estado escuchando con la boca abierta —. ¿Has oído eso, Héctor? ¡Resulta que ella no es Giséle y que hablamos la lengua de los faraones! ¿Tú entiendes algo?
    —Es posible que nos esté tomando el pelo — sugirió Héctor con candidez.

    Paul lanzó con la mirada una especie de reto a todos aquellos misteriosos hombres que contemplaban la escena sin dar muestras de entender ni a la chica ni a ellos.

    — ¡Bueno! ¿Es que no tenéis nada que decir? ¿Quién se ha vuelto loco, vosotros o yo? ¿Por qué no nos explicáis algo? ¿Cómo queréis que comprendamos todo esta serie de barbaridades que está diciendo Giséle? Lo primero de todo ¿dónde nos encontramos?

    Por toda respuesta todos los presentes retrocedieron un paso Zade, la única que podía haberle respondido, estaba hablando con el doctor Sinda.

    —Toda esta gente les ha puesto nerviosos. Me parece que sería conveniente que nos quedáramos solos con ellos y darles algo de comer. El rubio me ha confundido con otra mujer.
    —Tienes razón, Zade. Pondremos en marcha el traductor automático para que vuestra conversación pueda ser comprendida más tarde por el presidente.

    Cuando, obedeciendo al ruego del doctor Sinda todos hubieron salido, incluso el presidente y Silón, aunque éste no lo hizo muy de buen grado, Zade se ocupó que sirvieran de comer a Paul y Héctor, y esperó, armada de paciencia. El español comió con buen apetito, pero Paul no probó bocado.

    — ¿No te gusta? —preguntó Zade—. Tal vez estos alimentos sean desconocidos para vosotros, pero son muy nutritivos.

    Paul se limitó a mirar fijamente a la muchacha como si ésta fuera un fantasma en el que no pudiera terminar de creer.

    Zade, un poco azarada, se dirigió a Héctor, que parecía mejor predispuesto para la conversación.

    Ahora tenemos que hablar, Héctor. Tenemos que decirnos muchas cosas.

    Yo también lo creo... ¿Qué te ocurre, Paul? No has probado bocado. Te suponía más animoso... Sí, ya sé que no entiendes nada de lo que pasa, pero te aseguro que después de comer se siente uno mucho más optimista. ¿Qué importa, después de todo, dónde hayamos ido a parar? Lo único que tiene importancia es que hemos estado a punto de morir arrastrados por el cometa y que estas personas nos han salvado la vida. Sea cual sea este planeta me trae sin cuidado. La vida sigue siendo amable. Zade nos aclarará con mucho gusto donde estamos y como hemos llegado hasta aquí ¿verdad, muchacha?

    —Lo intentaré. Vayamos con orden. ¿Quién empieza a preguntar?
    —Si no te importa, nuestra ansiedad apenas tiene espera. Sobre todo Paul parece ser el que tiene más necesidad de aclarar algo.

    Pero Paul continuaba mudo, casi ausente. Héctor se dio cuenta de que ni siquiera le había oído. Ahora tenía clavados sus ojos en el suelo, y sospechó que algo muy extraño estaba ocurriendo en su interior a juzgar por su actitud.

    En efecto, Héctor se hubiera asombrado de haber podido leer en sus pensamientos, porque éstos estaban al lado de una muchacha tan exactamente igual a Zade como la imagen de ésta en el espejo, pero a la que llamaba Giséle. Y los hubiera visto a los dos sobre el fondo de unas montañas nevadas; y habría penetrado en los más ocultos secretos de una intimidad como sólo puede existir en la vida privada de un matrimonio unido. Pero Héctor no podía sospechar nada de esto. Por eso no podía comprenderle.

    —Bueno, Zade, sólo una pregunta de momento: ¿En qué planeta estamos?
    —En la Tierra.
    —No me gastes bromas —replicó el español con seriedad—. En la Tierra no existe un pueblo que se parezca en nada a vosotros. Aparte de vuestro idioma y muchas otras cosas, vuestros trajes son... bueno, una de las cosas más chocantes que he visto en mi vida.
    —Pero ya ves que yo sé hablar francés...
    —Sí, también saben hablarlo algunos marcianos...
    —Oye, Héctor, comprende que yo no tengo ningún interés en engañaros. No sería éste el mejor modo de llegar a entendernos.
    —Entonces... ¿Cómo hemos vuelto aquí? ¿Qué ha pasado con el cometa?
    —Sin duda te refieres a los meteoritos que os trajeron.
    — ¡Nada de meteoritos! Era redondo como una ciruela... Lo recuerdo muy bien. ¿No es cierto, Paul?
    —Sí —respondió éste, que de pronto parecía haberse interesado por la conversación—. Pero sin duda hizo explosión por alguna causa desconocida y sus fragmentos se precipitaron a la Tierra, junto con nosotros. Creo que es algo muy fácilmente comprobable en cuanto nos pongamos en comunicación con cualquier estado de Europa.

    ¡Claro! Esto es lo que ha ocurrido... Oye, Zade ¿dónde podemos comunicar con Europa?

    — ¿Europa? ¿Hablas en serio? Hace miles de años que todos los continentes desaparecieron bajo los hielos.

    Paul y Héctor miraron a la muchacha con expresión estúpida.

    —Debes estar soñando —murmuró Paul—. Ahora comprendo por qué no me has reconocido. ¿Qué te han hecho, Giséle?
    — ¡Te repito que no me llamo así! Es cierto lo que digo. Os lo puedo demostrar cuando queráis.
    — ¡Bueno, ya está bien de tonterías! —explotó Paul—. ¡Parecemos unos niños jugando a las adivinanzas! ¡Por mil diablos...! ¿Qué es lo que ocurre, Giséle? ¿Quieres decirme de una vez qué hacemos aquí y por qué finges no conocerme, si es que no te has vuelto loca?
    —Debe haber un error... Te aseguro que soy Zade, y que es la primera vez que oigo el nombre de Giséle. Todo cuanto he dicho es verdad. Yo... no os he mentido.
    —No es posible que exista un parecido tan extraordinario entre dos personas —replicó Paul desconcertado—. Pero aun admitiéndolo... ¿y todo lo demás? ¿Y todo ese lío de las lenguas muertas? ¿Y toda esa historia de los hielos?
    —Me temo que sea un poco difícil explicarlo. Siéntate, por favor, y escucha. Hay una cosa indudable: vosotros habéis llegado del cielo en unos aparatos que no se construyen en la Tierra desde hace diez mil años. Habláis un idioma que ya nadie ni siquiera recuerda, y todo cuanto veis os extraña. Todo esto tiene una explicación, porque...

    Zade vaciló.

    — ¡Continúa!
    —No os parecerá fácil de creer... Pero mi padre me lo ha explicado. Es posible que él, si pudiera hablar con vosotros, os lo diría de un modo más convincente.
    —Pero, por lo visto, no podríamos entendernos. Mira, Gi... Zade, o como te llames, puesto que aún a riesgo de volverme chiflado procuraré imaginarte como quien dices que eres: para nosotros el único hecho indiscutible es que hemos salido a destruir el cometa y que ahora nos encontramos aquí sin saber cómo hemos llegado.
    — ¡Otra vez el cometa! Todos los astros son invisibles para nosotros. Vivimos bajo los hielos y en el exterior la Capa Azul nos oculta el cielo.
    — ¡Paul! — exclamó Héctor, dando un salto, que obligó al doctor Sinda, que manejaba los controles del traductor automático, a volverse sorprendido, aunque ya lo estaba por todo cuanto estaba oyendo.
    — ¿Qué demonios te pasa? — dijo Paul.
    — ¡Empiezo a comprender algo! —respondió Héctor con gran agitación—. Ahora lo veo todo claro... bueno, claro del todo no, pero... Yo creo que lo que Zade pretende explicarnos es que... ¡Pero es fantástico!
    — ¿Quieres explicarte de una vez?
    — ¿Es que no te das cuenta, Paul? ¡Hemos acompañado al cometa a lo largo de toda su órbita! ¿No recuerdas cómo nos atraía? Nos convertimos en sus satélites y nos arrastraba, nos arrastraba... ¡Una órbita cuyo recorrido es de... diez mil años! ¡Y hemos regresado con él a la Tierra!

    ¡En mi vida he oído tamaños disparates! ¿Es que crees que no nos habríamos dado cuenta? ¡Diez mil años! ¿Por qué no un millón o... mil millones o... qué se yo? ¿Es que os habéis vuelto locos?

    —Es verdad lo que dice Héctor —se atrevió a asegurar Zade—. Esto es lo que yo quería explicaros aunque no sabía lo del cometa, lo cual empieza a hacerme comprender algunos puntos oscuros. Tu amigo tiene razón...
    — ¡Basta ya!

    Paul sacudió a Zade hasta que los dos hombres armados que les vigilaban lo redujeron a la impotencia a viva fuerza. Pero esta vez Zade no estaba asustada.

    — ¡Es cierto, Paul! Ya sé que se trata de algo increíble, pero no hay más remedio que admitir lo evidente. Déjame que te explique un poco sin que te alteres ni me interrumpas. En estado de congelación los seres vivos pueden permanecer durante miles de años en una situación vital adormecida sin que llegue a la muerte. Eso no os lo puedo explicar muy bien, pero mi padre puede hacerlo, o el doctor Sinda, aquí presente. Vosotros habéis estado en contacto con el frío sideral, de 273 grados bajo cero, durante todo el tiempo que ha durado la trayectoria de ese cometa que intentabais destruir, no sé aún por qué razón. Así os encontramos cuando llegasteis acompañados de la lluvia de meteoritos que sin duda serían los restos del cometa que por cualquier causa desconocida haría explosión en un momento determinado. Existen antecedentes de casos como este. En 1827 un astrónomo francés, llamado Biela, descubrió un pequeño cometa cuya trayectoria coincidía con otros dos aparecidos en 1772 y en 1805. Tardaba en dar una vuelta alrededor del Sol seis años y medio. Sus sucesivas apariciones se produjeron con normalidad hasta que en 1846 se partió en dos. Volvieron a aparecer nuevamente en 1852 muy separados. Los cometas de Biela, pues ya eran dos, parecieron haber desaparecido misteriosamente, pues hasta 1877 no volvieron a acercarse a la Tierra. Pero esta vez ya no eran dos, sino muchos miles de fragmentos los que se precipitaron sobre la Tierra en forma de lluvia de brillantes estrellas que cruzaban el firmamento en todas direcciones. Así, pues, ya veis que nuestra suposición no es solamente una teoría. Todo esto me lo ha explicado mi abuelo con motivo de la lluvia de meteoritos que se ha producido hace nueve días en el exterior. Todo este tiempo ha tardado el doctor Sinda en descongelaros, Paul. Pero tranquilízate. Nuestro mundo, este mundo extraño para ti en que vivirás desde ahora, no es tan malo, aunque muchos como mi abuelo o mi padre, no están muy conformes con él. Supongo que en el mundo que te has dejado atrás también habría descontentos. Creo que esta increíble realidad te ha afectado más que a tu amigo. Pero yo quiero que sepas una cosa, Paul. Yo estaré siempre contigo...

    El rostro de Paul sufrió una brusca transformación. Asió a Zade por los hombros y exclamó:

    ¡Repítelo, repite eso, Giséle! ¡Eres tú, tú misma, ahora estoy seguro! ¿Recuerdas? Me prometiste eso mismo cuando más solo me sentía, igual que ahora. ¡Repítelo, repítelo!

    Zade, profundamente impresionada, tuvo la seguridad de que aquella obsesión de Paul no era sólo eso, sino algo que para él tenía mucho más fundamento que la simple sospecha por un mero parecido físico. Y asombrada de sí misma, obedeciendo a un impulso incontenible de su corazón, repitió con sinceridad, segura de que cumpliría su promesa:

    —Siempre... siempre estaré contigo.

    Paul la soltó. La contempló durante unos segundos muy fijamente y luego ocultó el rostro entre sus manos, mientras repetía casi en sollozos:

    — ¡Siempre... siempre... siempre...! ¡Dios mío! ¡No es posible!

    Se derrumbó sin conocimiento al mismo tiempo que Zade soltaba un grito.


    Capítulo VII


    LENTAMENTE, COMO UNA PESADA TRANSACCIÓN DEL SUEÑO a la realidad, Paul recuperó la conciencia de sí mismo. Un gran vacío separaba sus ideas, confusas y revueltas, sin llegar a ordenarse. Más que ideas eran imágenes amorfas y sin significado. Durante unos minutos no fue capaz de recordar nada, ni siquiera su propio nombre. Una gran debilidad le tenía paralizados todos los miembros de su cuerpo. Al aclararse un poco su visión descubrió unas caras extrañas que le contemplaban con ansiedad. Oyó unas voces lejanas a las que no pudo entender. Más tarde se dio cuenta de que eran aquellas personas las que hablaban.

    Con la rapidez de un relámpago se hizo la luz en su cerebro. Reconoció a Héctor; después a Zade, o a Giséle, ya que en sus recuerdos era incapaz de separarlas. Pero ningún músculo de su rostro denotó el brusco impacto que la imagen de la muchacha hizo en su alma y en su razón. Cerró los ojos fatigado, indiferente de pronto a todo, sin importarle donde se encontraba ni lo que le había ocurrido. En aquel momento no hubiera tenido fuerzas para estremecerse ni ante un peligro de muerte. Posiblemente le traía sin cuidado el pensamiento de si estaba verdaderamente vivo.

    — ¿Cómo te encuentras? — preguntó Héctor, mostrándole todos los dientes en una amplia sonrisa. Nos has tenido preocupados muchos días.

    El doctor Sinda se acercó con un vaso lleno de un líquido ambarino.

    Yo se lo daré — se precipitó Zade. Tomó el vaso de la mano del doctor y se sentó en la cabecera de la cama, incorporando con el brazo libre a Paul que se tomó la medicina sin ofrecer resistencia alguna.

    —Con esto se recuperará del todo en unos minutos —dijo el doctor Sinda mientras recogía sus cosas—. Ahora tengo que marcharme. No os extrañéis si acusa pérdida de memoria. Sería un fenómeno temporal, aunque no es probable que se produzca. Ha sufrido una sacudida demasiado fuerte en su sistema nervioso, pero por lo demás ya no corre ningún peligro. Bien, adiós
    — ¿Qué ha dicho? — preguntó Héctor.
    —Que ya está fuera de peligro, pero que puede sufrir un pasajero ataque de amnesia.

    Paul murmuró algo ininteligible. Zade le sonrió con dulzura, acariciando su frente.

    Héctor, de pronto., sintió algo parecido a la envidia. Zade era una chica cuya belleza podía explicar por sí misma que un hombre perdiera la razón. Había cuidado a Paul durante todos los días que éste había permanecido en la inconsciencia, con un celo que en modo alguno podía obedecer a un exclusivo sentimiento de humanidad. Se preguntó si por él habría hecho lo mismo, pero por muy extraña que fuera aquella gente, comenzaba a darse cuenta de que no habían cambiado en lo esencial.

    Hubiera apostado la cabeza a que Zade se había enamorado perdidamente de Paul, con un amor fulminante, capaz de todos los sacrificios y renunciamientos. Esto era evidente, por más que nunca hubiera podido creer que el amor pudiera surgir de aquel modo tan repentino. Había intentado arrancar a la chica alguna confidencia sobre la curiosa reacción que había sufrido Paul al encontrarla, y se había tenido que dar por vencido al comprobar que ella sabía tanto del asunto como él mismo. Pero era indudable que Paul se había impresionado profundamente por algo relacionado con Zade y que no tenía nada que ver con aquella portentosa aventura que les había tocado en suerte vivir. Paul parecía estar seguro de conocer a Zade de mucho antes —diez mil años nada menos— e incluso la había llamado por el nombre con que la recordara. ¿Era un simple parecido físico razón suficiente para sufrir semejante impresión? Aquel misterio era inexplicable, no en su solución, sino precisamente en su planteamiento. Le intrigaba incluso mucho más que todas las cosas increíbles que le estaban ocurriendo y que la causa extraordinaria que le había permitido vivirlas. Este, al fin y al cabo, era un hecho evidente, tangible, real, que tenía una explicación, aunque no estuviera lo suficiente clara para su capacidad de comprensión; era, sobre todo, un hecho metafísicamente posible.

    Y lo curioso era que Zade estaba igualmente ignorante, aunque de saber algo hubiera sido mucho más curioso todavía. Cuando Paul estuviera en condiciones de hablar tenía que aclararle todo aquello, en el caso de que no se hubiera vuelto loco, cosa bastante improbable. Paul era un piloto de pruebas que había tomado parte en la «operación Cometa». Esto quería decir que había sido cuidadosamente observado, tanto en el orden mental como en el físico. No, Paul no se había vuelto loco. Podía haber sufrido un duro choque ante la presencia de Zade por causas sólo por él conocidas, pero no cabía duda de que podría explicárselas.

    Zade había dejado a Paul reposando en un reparador sueño producido por la droga. Se había sentado a los pies de la cama y le observaba fijamente y en silencio.

    —Es incomprensible lo que le ha ocurrido —comentó Héctor—. ¿Crees que se pondrá bien?
    —El doctor Sinda ha dicho que sí.
    — ¡Pobre muchacho! ¿Qué... qué ocurrió entre vosotros para que se desmayara de aquel modo? — se atrevió a preguntar abiertamente por primera vez.

    Zade hizo un gesto de perplejidad.

    —Nada.
    —Eso no es cierto, Zade.
    —Es algo extraño. No sé por qué razón me siento... unida a él en cierto modo.
    —A eso le llamamos amor.
    —Se trata de algo diferente. Ni yo misma lo entiendo. No puedo evitarlo. De pronto me di cuenta de que no era un desconocido para mí.
    — ¡Hum!
    —Ya sé que no me crees. Pero no me importa. No puedo explicarme mejor.
    —Por un momento estuve seguro de que os conocíais... antes.

    Zade volvió a mirar a Paul.

    —Él así lo creía — dijo.
    —¿Y tú?

    Zade hizo un esfuerzo por desechar sus pensamientos y atenerse a la razón.

    — ¡Es absurdo! ¿No te das cuenta de que eso es imposible?
    —Sí.
    —Todo parece imposible y sin embargo es cierto —agregó la muchacha pensativa—. Es algo extraordinario. La investigación que se ha abierto sobre vuestro origen parece confirmar sin género de dudas la creencia sobre el fenómeno que se ha efectuado en vosotros.

    Al quedar en silencio Zade volvió a contemplar el rostro sereno de Paul. Diríase que le obsesionaba. Algo existía dentro de ella que la acercaba a aquel hombre procedente de épocas remotas, con una fuerza desconocida, incomprensible, ilógica, pero real y poderosa. Una voz interior le hablaba, produciéndole la impresión de que Paul, por su parte, le pertenecía a ella, a pesar del espacio y del tiempo; de que Paul no era un extraño ni un intruso. Su razón luchaba por rechazar con energía esta idea que iba ahondando en su mente a medida que el sentimiento, mucho más poderoso, se aferraba en su corazón.

    Mientras había durado la inconsciencia de Paul apenas había dormido. Sus ojos estaban enrojecidos. Sin embargo no demostraba cansancio alguno. Había acompañado a Héctor a visitar la ciudad y en todo momento habíase mostrado infatigable, quizás provocando ella misma una agitación de su naturaleza para poder luchar contra su propia debilidad.

    De repente Paul abrió los ojos y se incorporó.

    — ¿Qué hago aquí? — preguntó.

    Se hallaba tan absolutamente recuperado que la propia Zade se sorprendió.

    —Paul, ¿cómo te encuentras? — preguntó solícita.
    —Estoy bien.

    Paul examinó fugazmente todo el cuarto.

    — ¿Dónde estamos?
    —En mi casa. El doctor Sinda es muy bueno y me permitió que pudiera alojaros aquí, aunque, como diríais vosotros, extraoficialmente, ya que se os reconoce el derecho de habitar donde queráis, como cualquier ciudadano del Séptimo Continente.
    —Te advierto que por lo que a mí respecta estoy aquí muy bien —aseguró Héctor—. ¡Paul, tienes que conocer la ciudad! ¡Es algo fantástico!
    —Ya habrá tiempo para todo. Ahora estoy aturdido.
    —Has estado muchas horas inconsciente.
    — ¿Qué me ocurrió? — Se quedó mirando a Zade con atención. Héctor esperó por un momento que volviera a agitarse, pero Paul sólo dijo: —Eres muy hermosa. Como ella. Pero no eres ella.
    —No, no lo soy.
    —Es igual, Zade. Yo quiero creer que sí. No lo entiendo, pero cuando te miro veo a Giséle. Si quisiera comprenderlo me volvería loco. Estoy acostumbrado a ti tal como eres. ¿Qué importa que te llames de un modo u otro?
    —No importa, es verdad.

    Ambos se dieron cuenta de que Héctor los había dejado solos.

    Se miraron frente a frente. La muchacha fue quien desvió primero los ojos hacia el suelo.

    — ¿Quién era... Giséle?
    —Mi esposa. ¡Qué misterio, Zade! Me parece que le estoy diciendo esto a ella misma.
    —La amabas mucho, ¿verdad?
    — ¡Zade! ¿Cómo puedes preguntarme tú misma si te amaba? ¿Qué nos importa el pasado? ¡No te he perdido nunca!
    —Pero... yo sólo te recuerdo a ella. Tú mismo has dicho que no lo soy. No puedo hacerlo. ¡No es posible Paul! ¡Yo soy Zade, no Giséle, y tú vienes de una época remota! ¡Por Dios, Paul, seamos razonables!
    — ¡Razonables! ¿Cómo podemos serlo si la misma razón se empeña en engañarnos? Lo único de que estoy seguro, es que estás aquí, que eres tú, que no has muerto. Tampoco yo debería estar aquí. Zade, yo no sé lo que puede ocurrir con las personas en el transcurso del tiempo, pero lo único que importa es que ni tú ni yo hemos desaparecido.
    —Yo no soy tu esposa, Paul — replicó la muchacha casi a punto de llorar.

    Paul le tomó las manos, aprisionándolas con fuerza entre las suyas.

    — ¿Quieres... serlo?
    — ¿Tú lo quieres?
    —Sí, Zade, lo quiero, lo necesito. No podría renunciar a lo que antes me has dado.

    Zade se arrojó en sus brazos.

    — ¡Yo también te necesito, Paul querido! ¡Te amo! ¡Te quiero desde siempre, lo sé! ¡No me importa saber por qué es así!

    Y Paul recibió un beso que no era el primero de aquellos labios. Eran unos labios que había besado muchas veces.

    —No quiero saber nada, amor mío. No quiero saber qué es lo que ha ocurrido con nosotros. Estamos juntos, aquí, y esto es lo que importa.

    Zade se libró dulcemente del abrazo y se acercó a la ventana, por la que penetraba una luz amarilla que hacía sombras azules. Paul se dio cuenta de que estaba vestido, cosa que a su pesar tranquilizó su pudor, y saltó de la cama con decisión.

    ¡Zade! ¡Giséle! Se esforzó por convencerse de que era lo mismo, pero sabía que no lo era. El beso de Zade no había podido engañarle. Sin embargo entre los dos existía una muralla extraña: él tenía recuerdos.

    Se unió a la muchacha. El espectáculo que pudo contemplar a través de la ventana le dejó mudo de asombro.

    Una tupida red de puentes colgantes a diferentes niveles, de las más increíbles y audaces formas, se extendía en todas direcciones, penetrando entre los espacios que separaban los fantásticos edificios, rutilantes con miles de ventanas encendidas y cuyas bases se perdían en lo profundo de insondables abismos. Millares de personas circulaban sobre las cintas deslizantes a lo largo de los puentes, muchos de los cuales rodeaban los edificios en forma de espiral, o de escalera de caracol. Para Paul era aquélla una visión arrancada de una imaginación fabulosa y materializada por efecto de un milagro.

    Hacia arriba no existía cielo alguno, sino una amalgama de luces y sombras indefinidas.

    Se sintió mareado. Se apartó de la ventana y se llevó un cigarrillo a la boca, exhalando el humo con un resoplido.

    —Esto es sólo un sector de la ciudad —dijo Zade—. ¿Qué te parece?
    —Sencillamente increíble. No podría decir si lo encuentro hermoso o repelente. Produce una impresión desconcertante, demasiado profunda para saber si es grata.
    —Es la ciudad más poblada de la Tierra. Existen otras, pero la mayoría de ellas se han construido sobre los restos de antiguas metrópolis sepultadas bajo los hielos. Casi la tercera parte de los habitantes de la Tierra se encuentran aquí, en el Séptimo Continente. Esta es la única ciudad que ha nacido por, sí misma. Sin duda esto era antes un océano. Poseemos algunos ricos yacimientos de peces congelados.
    — ¡Yacimientos de peces! — exclamó Paul. Y soltó una estrepitosa carcajada —. Perdona que me ría, Zade. Jamás había oído hablar de tal cosa.
    —Los animales helados que extraemos de tales yacimientos constituyen una de las bases de la alimentación de nuestro pueblo —explicó Zade muy seria —. Hay abiertas galerías que se extienden como una malla hasta muy largas distancias a través de los hielos, sobre una sólida base de sal.
    —Me resulta muy difícil asimilar todo esto de pronto. En mi tiempo se sabía que la Tierra, a todo lo largo de su historia, atravesaba diferentes períodos glaciales, alternados con otras épocas de calor, pero jamás se supuso que pudiera llegar a tal extremo.

    Es que entonces no se podía tener en cuenta la Capa Azul.

    — ¿Qué es la Capa Azul?

    Zade le tomó de una mano.

    Ven, Paul. Quiero que conozcas a mi abuelo.

    Es un gran sabio, aunque tiene ideas un poco raras con respecto a nuestra juventud.

    —Eso les ha ocurrido a todos los viejos de todas las épocas.
    —Está deseoso de hablar contigo. Ya lo ha hecho con Héctor, pero según dice le falta imaginación.

    Paul se dejó llevar por la muchacha, contemplando con asombro las extraordinarias salas que iban atravesando, todas ellas decoradas con irritantes formas geométricas, duras y cortadas, que a veces producían ilusorias perspectivas.

    —Espera, Zade. Dime una cosa. ¿Todo esto es tú casa?
    —Sí. ¿Te gusta?
    —Es muy grande, ¿Para qué tanto espacio?
    —Mi padre es un hombre importante...
    — ¡Ah!
    —Además, nosotros no tenemos problemas relacionados con el espacio vital. No vivimos sobre una superficie, sino dentro de un volumen. Cada uno puede tomar el espacio que necesite. Toda la Tierra es nuestra.
    —Habéis cambiado su piel por su corazón.
    —Sí... Algo así. Pero nunca se me hubiera ocurrido decirlo de ese modo.
    —Pero si es cierto que todo está construido bajo los hielos, ¿de dónde salen los materiales de construcción?
    —Del suelo rocoso, la antigua superficie, o tal vez el fondo de los mares.
    —Creo que tendré que aprenderlo todo. Soy más extraño aquí que una hormiga que quisiera habitar en un panal.
    — ¿Un panal? ¿Qué es eso?
    — ¡Oh! Ya veo que yo también puedo enseñarte cosas.
    —A mi abuelo le encantará oírte. Y tú aprenderás también todo cuanto se relaciona con nuestra vida. Pero no le hagas mucho caso si te habla en tono pesimista. Ya te he dicho que es algo raro en sus ideas Un inadaptado. Asegura que vio el sol, y como consecuencia de ello se quedó ciego.
    — ¿Por qué? El sol no quema los ojos, so pena de mirarlo durante mucho rato, lo cual es imposible.
    —No es extraño, si es cierto lo que dice. Nuestros ojos no pueden recibir ya la luz del sol. Han perdido el hábito y la facultad de soportar sus radiaciones. Tú debes de notar nuestra luz un poco apagada, ¿verdad?
    —Así es.
    —A Héctor le ocurre igual.
    —Oye, ¿tu abuelo es también profesor de lenguas muertas?
    —No, pero habla tantas como yo.

    Zade le condujo a un rápido elevador y poco después los dos jóvenes se encontraban en la estancia más elevada, la cúpula que asomaba a la superficie, en donde el viejo Both dejaba transcurrir su vida y sus reflexiones en una absoluta paz. Paul experimentó al verle la sensación, más intensa que nunca, de hallarse efectivamente en un mundo desconocido. Aquel anciano era el símbolo viviente de su época. Su persona encarnaba toda la majestad de un superior que la misma vejez, quizá, había aumentado.

    Zade puso un cojín en el suelo, junto al viejo, indicando con un ademán a Paul que se sentara.

    —Abuelo —dijo—, este es Paul Rogers, el otro hombre del espacio.
    —Celebro que estés mejor, muchacho. Supongo que Zade te habrá dicho que soy un viejo loco.
    —No... yo... — balbució Paul azarado,

    El anciano le tranquilizó con una sonrisa que mostró todos sus dientes intactos y blanquísimos.

    —Ella y yo somos dos polos opuestos. Por eso no estamos nunca de acuerdo, aunque nos gusta nuestra mutua compañía, ¿verdad, Zade? Tiene un interés especial en que te ilustre acerca de nuestro mundo. Ahora deberás vivir en él. Sin embargo, lo más importante lo aprenderás por ti mismo, si eres inteligente, Zade también te ayudará. ¿Es cierto que tu mundo, el que has dejado atrás, data de diez mil años?
    —No puedo asegurar nada. Todo esto me aturde. Sólo sé que... allí hay sol.
    — ¡El sol! — El rostro del viejo se iluminó como si el astro rey, en efecto, hubiera asomado frente a él. — ¡Qué afortunado mundo! Yo también lo he visto, ¿sabes? Estoy seguro de que Zade también te ha dicho esto.
    —Sí.
    —No podrás acostumbrarte a esto, muchacho. Yo no puedo ver nada, pero dudo que los demás puedan ver mucho más que yo. En la vida de las generaciones actuales hay algo que palpita, que se siente incluso en el aire, y que ha quemado sus ojos del alma. Es algo macabro.
    —Sin duda también tiene algo bueno.
    — ¡Claro que si! —dijo Zade con firmeza—. Pero el abuelo no quiere comprenderlo. Eso les ocurre a todas las personas que piensan demasiado y viven sólo de recuerdos del pasado.
    —Tú mismo hallarás la respuesta, Paul — replicó el viejo con calma.
    —Hay una cosa que ha empezado a intrigarme de veras. ¿Por qué se ocultó el sol? ¿Qué les obligó a vivir bajo los hielos?
    —Para la segunda pregunta la respuesta es fácil: consecuencia de la primera. Los hielos cubrieron toda la Tierra cuando apareció en el cielo la Capa Azul y ocultó el sol para siempre. Se inició entonces una era glacial que posiblemente sea eterna. Fue hace mucho tiempo. Por causas que no vienen al caso la Tierra se vio envuelta en una horrorosa guerra interplanetaria. Los enemigos de la Tierra poseían un arma con la que vencieron en pocos instantes. Cubrieron la atmósfera de nuestro planeta de una capa mortal impenetrable para los rayos solares por un lado, y para las astronaves terrestres por el otro. La humanidad no contaba con medios para contrarrestar aquella arma desconocida, que no hacía ruido, ni producía explosiones. En su inmovilidad estaba su terrible fuerza destructiva. Aún hoy la Capa Azul sigue siendo para nosotros un misterio, aunque podríamos aniquilarla.

    ¿Por qué no lo hacen?

    Porque lo que fue en un principio el más feroz enemigo de la raza humana es hoy su mejor aliado, su más efectiva defensa contra la muerte que nos acarrearía el sol. Milagros de la adaptación. Al fundirse los hielos desaparecerían hasta los vestigios de nuestra civilización. Sería el fin. Sería peor que entonces.

    — ¿Qué ocurrió? — preguntó Paul ansioso.
    —La humanidad, en su mayor parte, no pudo sobrevivir. La vida, tanto animal como vegetal, desapareció por completo, salvo algunos resistentes microorganismo, para los cuales empezó una era de óptimas condiciones de vida. El hambre y el frío hicieron estragos. Pero no todos los hombres perecieron. Los sobrevivientes demostraron que la facultad de adaptación del hombre iba mucho más allá de todo lo imaginable. Aquellos hombres fuertes buscaron refugio en las entrañas del hielo. Combatieron el frío con los restos de los medios técnicos con que podían contar. Todas sus fuerzas y sus escasos recursos los dedicaron al mismo y exclusivo fin: producir calor. Combatieron también al hambre. Al principio, posiblemente, este nuevo problema no se hizo acuciante. Todo el reino animal helado les proporcionaba carne en abundancia, pero cada vez habían de ir más lejos en su busca. Llegó un día en que el género humano corrió un serio peligro de desaparecer de la Tierra. Pero aprendió a fabricar alimentos sintéticos. Este fue el primer paso hacia nuestra supercivilización, lo único con que contamos ahora. El hombre ha subsistido pese a todas las adversidades. Se siente orgulloso de sí mismo. Es el único ser vivo del planeta. Pero, por lo mismo, no le queda ya nada por hacer.

    El anciano calló Luego añadió con un suspiro:

    —Debes haberte dejado muchas cosas bellas en tu mundo. Ya lo verás. Te será duro acostumbrarte. Tú has entrado de un modo brusco en esta época. No te has hecho en ella. Sucumbirás, si no eres fuerte como aquellos únicos hombres que al principio tuvieron que poner a prueba toda su vitalidad.
    —Ya no es igual, abuelo — objetó Zade —. Ahora nos tiene a nosotros.
    —Zade tiene razón. Debo adaptarme, puesto que no puedo volver a mi tiempo.

    El viejo Both sonrió enigmáticamente.

    — ¿Te gustaría poder hacerlo?
    —Aún no lo sé. Pero ¿qué puede importar eso?
    —Escucha, Paul — añadió el viejo, bajando la voz e inclinándose hacia él como si fuera a revelarle un secreto —. Yo, el viejo Both, poseo el secreto de poder viajar en el tiempo.

    Paul miró a Zade, buscando en ella la respuesta a semejante incongruencia. Pero la muchacha sólo hizo un gesto de ignorancia.

    —Ahora sí que piensas que estoy loco, ¿no es así, Zade? Nunca te he hablado de ello.
    —Eso que dices es imposible, abuelo.
    — ¿Qué dices tú, Paul?
    —Nunca podría convencerme de una cosa semejante.

    Háblame de ti, muchacho — dijo el viejo Both con seriedad —. Es nuestra costumbre.

    ¡Abuelo! —exclamó la muchacha con impaciencia—. Creo que tu imaginación ha llegado demasiado lejos. ¿Qué pensará Paul de ti?

    — ¡Oh Zade! En este rincón, privado para siempre de la luz, hay cosas que adquieren una claridad deslumbrante.

    Paul oprimió una mano de Zade para indicarle que guardara silencio

    —Analicemos primero la cuestión: ¿qué es el tiempo? —empezó el viejo Both—. Una sucesión ininterrumpida de instantes. Detengámonos en uno cualquiera de ellos. Entonces veremos que no existe nada. Esos instantes que se suceden unos a otros enlazan, como los eslabones de una cadena, siempre con el anterior y con el posterior, con el pasado y con el futuro inmediatos El paso de uno a otro no puede ocupar un tiempo, puesto que en este caso habría de estar compuesto de otros eslabones menores. Tenemos, pues, que el presente no existe, ya que en el momento de producirse, sin transición alguna, es ya pasado. Siempre existe el pasado. Vivimos en él, en el más cercano, es cierto, pero pasado, tan pasado como cualquier instante de la Creación en su principio... Es un camino sobre el que sólo se puede marchar hacia atrás, nunca hacia adelante, puesto que el futuro no ha empezado a ser, no tiene sustancia. Vosotros considerabais el tiempo como la cuarta dimensión, ¿no es así? Una cuarta dimensión absoluta, sin límites. No es cierto. Es la cuarta dimensión, sí, pero contenida en una quinta. Sus límites son el futuro. El pasado contiene a su vez las otras tres dimensiones en que se desenvuelve nuestro mundo físico, el que puede impresionar nuestros sentidos corporales. Por ello tu cuerpo ha necesitado diez mil años para encontrarse entre nosotros, mientras que para tu espíritu ha sido instantáneo. Has utilizado en tu yo físico la cuarta dimensión. Tu pasado inmediato, o el presente, como tú dirías, dejó de tener sentido para ti, y tu pasado se acumuló sin las trabas de tu tiempo interior. Si vamos profundizando en el mundo de lo infinitamente pequeño y de lo inmensamente grande veremos que el tiempo tiene valores distintos. Para nosotros, los hombres, una hora no es lo mismo que para una efímera, de vida fugaz, o la de una estrella, que consideramos prácticamente eterna. Sin embargo, una y otra tienen un fin y un principio dentro de la misma dimensión. El hombre, la efímera, el sol, poseen un tiempo interior, una relativa duración en el espacio, lo que hace de una hora algo sustancial, y por tanto de toda nuestra vida, de nuestro antes y nuestro después. El pasado no es el mismo para todos los seres tridimensionales y, sin embargo, está en el mismo sitio. Tú no podrías lanzarte al futuro, aunque creas que lo has hecho. Es sólo una ilusión. Por lo mismo no podrías ir en busca de la nada, porque si paradójicamente la encontraras descubrirías que es «algo» que se puede encontrar. Pero el pasado no es esto. Está ahí, más cerca o más lejos. Constituye la esencia de la cuarta dimensión. De pronto dejaría de existir todo, pero «habría existido», aunque no «volviera a ser». Su imagen se trasladaría en el espacio absoluto. El pasado es inmutable, es el mismo Dios en el instante de la Creación, es decir en el momento en que todo empezó a ser. Nos vamos renovando constantemente. Vamos siendo creados en cada momento. Cada instante de nuestro futuro no es nada, pero cada uno de nuestro pasado somos nosotros mismos. Ahora comprendemos que podemos marchar sobre el pasado, de la misma forma y por la misma razón que podríamos transformar un cuerpo tridimensional en una imagen de dos dimensiones sobre una placa fotográfica. Y nos hallaremos en el instante de nuestro pasado que nos apetezca, en el momento que se quedó atrás y que por tanto sigue «ahí», aunque este pasado corresponda a un instante anterior a nuestro principio.
    —Pero entonces, ¿y cuándo el futuro vuelva? —preguntó Paul, que había escuchado al viejo Both profundamente impresionado—. ¿Estaría yo nuevamente aquí, escuchando esto mismo? Si volviera atrás, volvería el cometa, y me llevaría con él de nuevo. Todo debería ocurrir igual. Si el pasado es inmutable, para mí constituiría una repetición.
    —Ni para ti, ni para nada de lo que exista en tu época, este futuro existiría, por el simple hecho de serlo. No existiría ningún futuro. Nunca existe.
    —Luego se puede rectificar... Se puede cambiar el pasado...
    —No. ¿Cuándo termina tu pasado?
    —Cuando empecé a congelarme.
    — ¿Y después?
    —No sé.
    —Entonces no existe desde este momento.
    —Pero yo estoy aquí. Existió todo lo demás.

    Diez mil años no se meten en un bolsillo, no pueden esfumarse por arte de magia. Existió un pasado, aunque yo no me diera cuenta. Si yo, por ejemplo, volviera atrás en el tiempo, el planeta volvería a recorrer su órbita de diez mil años, arrastrándome con él. «Está ahí», como tú dices, en el pasado, y yo con él.

    —Si queremos situarnos de forma que eso sea un futuro, puede no ocurrir. Ir hacia el pasado no significa ir a un lugar determinado, sino a un momento. Trasladarnos en el tiempo no es ir hacia atrás como una película puesta al revés, sino situarnos en un eslabón de la cadena que no es un objeto, sino un instante. Al poder ir hacia atrás no cabalgamos sobre nuestra propia vida. Tal cosa no sería más que una forma de rejuvenecer. Y eso no es posible, porque nuestro tiempo interior es algo distinto, algo que llevamos con nosotros mismos y que nos acompaña al futuro y al pasado si vamos hacia él. Sería una repetición, como dices. No podríamos ir más allá de nuestro nacimiento para volver a vivir lo mismo. Por el contrario, viajar hacia el pasado es situarnos en un punto de la cuarta dimensión, en uno cualquiera de ellos; elegir el instante deseado en el lugar que queramos.
    —Entonces... —reflexionó Paul—, sería posible que un hombre hubiera muerto antes de haber nacido.
    —Antes, después... No logras sustraerte de la concepción humana del tiempo. En el interior de la quinta dimensión, amigo Paul, el principio y el final son iguales. ¿Cuál es el primer punto de una superficie? ¿Y la primera línea de una esfera?

    ¿Puede cruzarse el último meridiano de la Tierra antes que el primero? Evidentemente, no; si tales líneas tuvieran una existencia sustancial, no imaginativa. En la quinta dimensión, el antes y el después son el primero y el último puntos de una superficie, la que los contiene todos.

    La súbita irrupción de Héctor en la estancia interrumpió al viejo, de lo que Paul, en cierto modo, se alegró. Traía un papel en la mano que entregó a Zade, diciendo:

    — ¿Quieres traducir esto? Me lo han dado dos soldados que están esperando ahí fuera.
    —El presidente requiere vuestra presencia de inmediato —dijo Zade después de leer la nota—. Y quiere que yo os acompañe.
    — ¿Ocurre algo? — preguntó Paul.
    —No sé —respondió la muchacha—. Esto me parece un poco precipitado. El doctor Sinda debe haber hablado con él.
    —Muy bien. Cumplamos la orden y saldremos de dudas. Me alegro mucho de haberte conocido, Both.
    —Y yo también, Paul. Tenemos que volver a charlar. Cuando quieras hacerlo recuerda que siempre estoy aquí. Adiós y buena suerte.


    Capítulo VIII


    EL PALACIO PRESIDENCIAL SE HALLABA SITUADO EN el centro de la ciudad y ocupaba uno de los edificios más grandiosos de todos cuantos Paul había podido ver a todo lo largo del recorrido Sus pisos eran incontables, alineados por encima y por debajo de la monumental puerta de entrada, a cuyo nivel convergían gran número de puentes colgantes, o calles aéreas, que de los dos modos podían clasificarse. Habían llegado hasta allí utilizando una de las cintas deslizantes más rápidas, medio de locomoción que parecía ser el único con que contaban los habitantes de la ciudad, ya que no se veían vehículos por parte alguna.

    Penetraron en un vestíbulo enorme, de paredes y suelo de relucientes piedras pulimentadas, blancas como el alabastro. Cuatro grandes columnas de base pentagonal sostenían una bóveda de complicados relieves rectilíneos.

    Uno de los soldados que les había acompañado les hizo una indicación de que esperaran y desapareció tras una puerta oculta por pesados cortinajes.

    —Ahora nos estarán haciendo preguntas hasta que se cansen —murmuró Héctor—, Por lo menos es lo que haríamos nosotros si nos hubiera visitado un ciudadano fenicio.

    Yo creo que será preciso realizar ciertos requisitos para que se nos reconozca oficialmente como vivos y súbditos de este país —opinó Paul—. Legalmente llevamos muertos cien siglos.

    — ¡Quién lo diría!

    De todas maneras no hay motivos para preocuparse — dijo Zade.

    Supongo que tendrán pensado lo que van a hacer con nosotros. Tendrán que darnos una ocupación —dijo Paul, reflexivo—. A no ser que quieran utilizarnos como cobayas para algún experimento.

    — ¿Qué son cobayas? — preguntó la muchacha.
    —Unos bichitos metidos en jaulas.
    —A vosotros no os encerrarán en ninguna jaula. ¿Por qué habían de hacerlo?

    Antes de que Paul pudiera responder el soldado volvió a aparecer, diciendo algo a Zade.

    —El presidente nos está esperando — anunció la muchacha.

    El presidente les recibió en una acogedora y confortable sala. No estaba solo. Le acompañaban algunos hombres de respetable apariencia, en cuyos rostros Paul supo leer una oculta preocupación. El presidente omitió las presentaciones, tal vez porque no las consideraba necesarias, o porque en la educación de aquel pueblo no se usaban. Invitó con un gesto a los recién llegados a sentarse en unos bajísimos taburetes tapizados, y él lo hizo frente a ellos.

    Si no hubiera sido por la presencia de los otros hombres, silenciosos y graves, Paul se hubiera sentido cómodo. Una mujer les sirvió unos pequeños recipientes triangulares llenos de una aromática bebida roja, de exquisito y suave paladar, que tomaron con unas pequeñas cucharitas. Después el presidente comenzó a hablar, con una voz reposada y casi inaudible. Zade tradujo sus palabras:

    —Os doy la bienvenida en nombre de todos los ciudadanos del Séptimo Continente. Sabemos la causa por la cual habéis llegado hasta nosotros, viajando a través de los espacios siderales y de los tiempos. Vuestra llegada ha sido providencial, ya que en vosotros hemos depositado nuestra confianza para la lucha contra un serio peligro que amenaza a nuestra vida y a nuestra civilización,

    A continuación el presidente continuó dando unas explicaciones a Zade, interrumpidas a veces por los hombres que se hallaban presentes.

    Paul observó que Zade palidecía intensamente al oírle. Pronunció unas entrecortadas palabras y luego se levantó, presa de una gran agitación. Se despidió del presidente y dijo a Paul:

    —La entrevista ha terminado.
    —Pero yo sólo me he enterado de su bienvenida y de un peligro que no sé cuál es.
    —Ya os explicaré.

    Salieron de la estancia, y una vez en el gran vestíbulo la muchacha agregó:

    —De ahora en adelante debéis estar bajo mi custodia.
    — ¿Es que ese peligro nos amenaza a nosotros solamente? — inquirió Héctor, perplejo.

    Sin responder, Zade anduvo hasta la salida y subió a una rápida cinta deslizante, seguida por los desconcertados pilotos.

    Paul le oprimió un brazo con brusquedad.

    ¿Quieres explicarnos eso?

    Es un poco largo de contar. Aquí no. Vayamos donde estemos más cómodos.

    Después de un corto recorrido. Zade les condujo a un local público, una especie de cabaret que no se diferenciaba gran cosa de otro cualquiera de París, a no ser por la falta absoluta de camareros. El público que lo llenaba permanecía silencioso oyendo a una cantante de hermosa voz que actuaba en el centro del salón, pero cuando la artista hubo terminado empezaron todos a hablar y gesticular con gran alboroto. Las luces se encendieron mientras una dulce melodía llenaba el ambiente.

    Zade y sus acompañantes se acomodaron en una apartada mesa. La muchacha eligió una pequeña cartulina entre otras que sacó de un bolsillo y la introdujo en una ranura abierta sobre el tablero, bajo unos botones en los que figuraban unos signos extraños. Después oprimió uno de los botones y automáticamente se abrieron unos compartimientos del tablero. Ante ellos aparecieron tres copas muy altas llenas de un líquido rosado.

    — ¡Servicio instantáneo! —exclamó Héctor—. ¿Qué hemos de hacer para conseguir esas cartulinas mágicas?
    —Seguramente trabajar — dijo Paul.
    — ¿Crees que no sé qué eso es dinero? Pero la verdad es que estamos sin blanca.

    Zade sonrió.

    —No os hace falta. Yo tengo mucho.
    —A tu salud —brindó Héctor, levantando la copa—. Nunca había oído decir eso en serio. ¡Ah! —suspiró después del primer trago—, Esta bebida es reconfortante. Yo ya la había probado. Ahora me gusta más.

    Paul no tocó su copa. Observaba a Zade intrigado y nervioso.

    —Hay una rotura en la Capa Azul — se explicó ella al fin.
    — ¡Diantre! — exclamó Paul con más decepción que asombro.
    —Te aseguro que la situación es bastante grave, Paul. No puedes ni siquiera vislumbrar con claridad lo que esto representa para nosotros.
    —Recuerdo bien lo que me ha dicho tu abuelo. Pero yo no puedo creer que eso sea tan peligroso. Me pintó un cuadro demasiado terrorífico.
    —Y no exageró.
    — ¿Cómo se ha producido esa rotura?
    —La lluvia de meteoritos cayó sobre todo un hemisferio de la Tierra. En el punto donde cayeron los más grandes se produjo una perforación. Otras ciudades que han observado el fenómeno nos lo han confirmado. En un principio se creyó en una circunstancia temporal, pero la rotura de la Capa Azul parece ser cada vez mayor y deja penetrar los rayos del sol, que caen de plano sobre la tierra cada veinticuatro horas. ¿Te das cuenta de lo que esto representa?
    —Tengo una ligera idea
    —Sí, que tendremos que construir una especie de arca de Noé lo suficientemente grande para que quepamos todos — dijo Héctor, en cuyo cerebro comenzaba a sentir los efectos de la bebida.

    Zade no podía ocultar su intensa inquietud.

    —No es para tomarlo a broma, Héctor —le reprendió—. Sí todos los hielos del planeta se fundieran, lo que si Dios no lo remedia ocurrirá en un plazo más o menos largo, aún cabría la posibilidad de sobrevivir. Pero los rayos del sol nos aniquilarían sin remedio. Contra él nada podríamos hacer.
    —Sí que es un problema... —reflexionó el español, haciendo un gran esfuerzo—. Pero, ¿qué tenemos nosotros que ver con eso, Zade? ¿Es que el presidente supone que nosotros podemos arreglarlo?
    —No tanto, pero sí ayudarnos para que lo consigamos nosotros. Vosotros sois los únicos que os podéis exponer sin peligro a los rayos solares.
    —Podemos, y además tengo ganas de hacerlo.
    —Por eso el presidente nos ha confiado vuestra custodia a mi padre y a mí, puesto que somos vuestros amigos y yo, por mi parte, la única que de momento puede hablar con vosotros. Mi responsabilidad es muy grande. Se os considera como unos auxiliares quizá decisivos en nuestro futuro.

    Héctor, aunque la cabeza se le iba dando brincos, procuró tranquilizar a la muchacha.

    —No te preocupes, Zade. Seremos unos buenos chicos. Te prometemos no atrapar el cólera ni marcharnos de juerga sin que tú lo sepas. ¿Verdad, Paul?
    — ¿Cuál es nuestro cometido? — preguntó éste sin hacerle caso.
    —Somos el país que contamos con los mejores recursos. De aquí partirá una expedición destinada a combatir el peligro cuando se sepa con qué clase de armas debemos hacerlo... Para las primeras investigaciones vuestra colaboración será nuestra más eficaz ayuda. Vuestras vidas son, pues, preciosas.
    — ¡Quién lo hubiera dicho! — exclamó Héctor, cada vez más aturdido.
    —Nosotros estamos dispuestos, Zade, pero no confiéis demasiado. Para vosotros debemos de ser unos hombres pertenecientes a una civilización enormemente atrasada. No debéis olvidarlo. Sin duda contáis con defensas adecuadas para realizar toda clase de investigaciones bajo la luz del sol, por ejemplo, unos sencillos trajes de protección.
    —Desde luego; pero hemos de tener en cuenta los imprevistos. Por otra parte, nuestra civilización no ha avanzado gran cosa con respecto a la vuestra. Desde la aparición de la Capa Azul, que hizo retroceder al hombre casi a la edad de piedra, aunque su cultura no sufriera gran cosa, todos los esfuerzos de la humanidad se han encaminado casi exclusivamente a la lucha por la supervivencia en el más hostil de los medios, y no al progreso, aunque éste se haya desarrollado lentamente como consecuencia. ¿O es que no estáis dispuestos a ayudarnos?
    — ¿Acaso se nos permitiría renunciar?
    —No se os puede obligar a nada. En nuestro mundo nuestra libertad es ilimitada. Ni la gravedad de un caso como éste tiene fuerza suficiente para limitar esa libertad, ya que en nuestro pensamiento no cabe la idea de que estos derechos no sean encaminados al bien común.
    —Un pensamiento hermoso... para un ideal utópico. Estáis equivocados, Zade. Con semejante doctrina no se puede construir una base filosófica ni política. Esa libertad absoluta sólo puede imaginarse en un pueblo perfecto. Ahora me parece comprender un poco a tu abuelo.

    Paul quedó pensativo.

    — ¿Y bien? —inquirió Zade con impaciencia—. ¿Qué respondes, en resumen?
    -—No debes preocuparte. Aceptamos, desde luego. Nosotros estamos tan interesados como el resto de la humanidad en continuar viviendo.
    — ¡Claro! — exclamó Héctor —. El sol no nos hace daño, pero no somos peces. Nuestra vida también cuenta, y en todo caso sería muy agradable ser los únicos náufragos del hundimiento de un planeta entero. Además, somos unos altruistas. No es la primera vez que la humanidad entera nos pide el milagro de salvarle la vida —. El español levantó su copa en alto, aunque ya no tenía nada dentro —. Brindo por todas las catástrofes presentes y futuras. ¡Allí estaremos siempre Paul Rogers y Héctor Gálvez para dar el pecho, qué diablos! —Dejó la copa a un lado y añadió—: Está vacía. Préstame otro cartoncito, Zade... ¡Es estupendo! —exclamó cuando ante él apareció una nueva copa—. Tu abuelo, Zade, no debe haber probado nunca esta esencia de rosas. De lo contrario no se sentiría tan pesimista.
    —Bebes demasiado, Héctor — le reprendió Paul.
    —Estoy muy contenta —aseguró la muchacha—. Sabía que podía contar con vosotros.

    La mitad de las luces del local se apagaron y un grupo de muchachas, cuyas ropas apenas eran unos pretextos para dar realce a sus perfecciones naturales, comenzaron a danzar armoniosamente, en excitantes ondulaciones al compás de una música obsesionante, arrancada de mil misteriosos instrumentos de extraña sonoridad.

    Héctor volvió las espaldas a sus compañeros y se entregó a la contemplación del espectáculo.

    —En el fondo estaba segura de que podía contar con vosotros —dijo Zade a Paul—. Sobre todo contigo.
    —No existe nada que no hiciera por ti, Zade. Y tú lo sabes, ¿verdad?
    —Desde que te he conocido parece que la vida tiene para mí un significado distinto. Antes, a veces, salía al exterior y allí, en la soledad inmensa de los hielos, pensaba y esperaba. Ahora sé que eras tú lo que mi alma inquieta deseaba encontrar. Nunca pude imaginar, sin embargo, que el amor fuera así, tan profundo, tan enigmático. Es posible, como dices, que antes, en tu vida anterior, yo también estuviera contigo. ¿Quién lo sabe?
    —Yo lo sé, Zade. Tú misma lo crees. Es curioso, ya me he acostumbrado a tu nombre Hemos de casarnos, Zade. Deseo vivir para ti. Cuando el peligro que nos amenaza ahora...
    — ¡Eh, un momento! —le interrumpió Héctor, volviéndose de pronto—. Antes de que ocurra algo quiero recordaros que yo estoy aquí, aunque no sea por mi gusto ni por el vuestro. Zade tiene ahora que cuidar de los dos, ¿no es así?
    —Bueno, ¿y qué?
    —Que soy alérgico a las escenas amorosas... ¡Sí, no me mires de ese modo! Zade ya estaba enamora da de ti cuando tú te encontrabas inconsciente como una piedra. Lo siento, pero no lo puedo remediar. Sólo veo películas de dibujos animados. Una vez quise leer Romeo y Julieta y cuando iba por la mitad perdí el conocimiento.
    —Parece que el líquido de rosas te ha desatado la lengua.
    —Nunca la tuve atada. Bueno, a lo nuestro. ¿Cuáles son nuestras instrucciones?
    —Lo primero —dijo Zade— procurar hablar menos para guardar el secreto.
    —Mal podríamos revelarlo cuando nadie nos entiende.
    —No soy la única persona de la ciudad que conoce lenguas muertas.
    —No, pero eres la más guapa... Perdona, Paul, esto te tocaba decirlo a ti... ¡Está bien, ya me callo! ¿En qué lugar se ha producido esa rotura de la Capa Azul?
    —Muy al este. Sobre una gran cordillera de montañas, la más elevada del planeta
    — ¡El Himalaya! —adivinó Paul—. ¿Y dices que se encuentra en el este? Entonces debemos encontrarnos en un punto cualquiera del Mediterráneo.
    — ¡Bah! ¿Qué más da? De todas maneras, Europa está tan lejos de nosotros como si nos hubiéramos trasladado a la estrella polar.
    — ¿Cuándo estará la expedición dispuesta para la marcha?
    —Lo antes posible — repuso Zade —. En las faldas de las montañas han comenzado a producirse algunos deshielos.
    — ¡Qué cosas! — exclamó el español —. Parece increíble que un pueblo que es capaz de convertir el hielo en pan y salchichas corra un peligro de muerte sólo por un poco de sol. Oye, ¿qué ocurrirá si pese a nuestros esfuerzos no conseguimos remendar la Capa Azul?

    Zade se quedó un momento atónita. Sin duda no había pensado en aquella posibilidad. Después su rostro reflejó una profunda preocupación.

    —Bueno, voy a divertirme un poco mientras pueda hacerlo —dijo Héctor, levantándose de pronto—. Hasta la vista, amigos.

    El espectáculo terminó en aquel momento y el español se dirigió decidido hacia una de las danzarinas, que se había quedado rezagada.

    — ¡Hola, guapa! —la abordó ruidosamente con los brazos abiertos—. ¿No me recuerdas? ¡Pues yo estoy seguro de haberte visto en alguna parte! ¿No sabes quién soy yo? ¡El hombre del espacio! — Se dio un puñetazo en el pecho — Bueno, sólo uno, porque somos dos. El otro está allí, con Zade. ¡Vaya, dime algo, preciosa!

    La joven, más sorprendida que asustada, comenzó a increparle en voz alta.

    — ¿Por qué no hablas una lengua muerta, como todos los cristianos? Que me cuelguen cabeza abajo si te entiendo.

    Algunas personas, divertidas por la imprevista escena, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas.

    — ¡Está completamente borracho! —exclamó Paul. —Hemos de impedir que haga una tontería.

    Se levantó rápidamente dispuesto a hacer callar a su compañero, pero un par de guardias llegaron antes que él, aunque no tan a tiempo como para evitar que la encantadora bailarina tumbara a Héctor de un tremendo bofetón. Hecho esto le dio olímpicamente la espalda y se marchó.

    — ¡Un momento, preciosa! Nadie me ha pegado nunca así y tenemos que celebrarlo juntos. ¡Demonio! ¿Me habré equivocado? Estaba seguro de que era una mujer, y estupenda además... ¡Eh! —gritó, cuando los dos guardias le incorporaron, cada uno por un brazo—. ¿Qué hacen ustedes? ¿Es que se creen que estoy borracho?

    Paul y Zade se unieron al grupo. Uno de los guardias dijo algo a la muchacha.

    —Son nuestros guardianes —explicó ella a Paul—. Será mejor que nos vayamos a casa. El amigo Héctor no se encuentra muy bien.
    — ¿Qué demonios puede haberle dicho a esa bailarina para que le tratara de ese modo?

    Zade sonrió picarescamente.

    —Lo que le dijo no tiene importancia. Ella no podía entenderle.

    Salieron del local, empujando a Héctor.


    * * *

    El espléndido comedor irradiaba luz. La atmósfera estaba saturada de un agradable y sutil aroma. Alrededor de la mesa se hallaban sentados sobre cómodos cojines Paul, Héctor, Zade, los padres de ésta y el viejo Both. La comida había transcurrido en la mayor animación.

    Habían pasado varios días. Silón, que se había reunido con todos por primera vez, así como Mag, su esposa, estaba algo sombrío, aunque procuraba disimularlo ante su mujer, que sin duda ignoraba el secreto del peligro recién descubierto. El viejo Both, si no sabía nada, lo aparentaba muy bien. Sin embargo, Paul le atribuía un sentido especial para adivinar las cosas. Había evitado hallarse a solas con él, con tan poco tacto que el mismo viejo le había preguntado si le tenía miedo.

    Los dos jóvenes pilotos expresaron su admiración por la asombrosa juventud y hermosura de Mag. Su edad parecía exactamente igual a la de su hija Zade. Por lo mismo también observaron que Silón parecía mucho más joven de lo que cabía suponer en el padre de la muchacha.

    Zade, naturalmente, y el viejo Both, servían de intérpretes en la conversación.

    —No es extraño que os asombre nuestra juventud, que no tiene nada de aparente —dijo Silón, respondiendo a la extrañeza que manifestara Paul—. La prolongamos hasta casi el borde de la vejez. Después, ésta sobreviene rápidamente. No es exclusivamente obra de nuestra ciencia. Nuestra naturaleza es así. Se trata de un fenómeno natural.
    —En ese caso, ¿qué edad tiene el abuelo?

    El viejo Both soltó una risita.

    —La que represento para ti, sin duda. Mi juventud ya pasó, de la forma que ha dicho mi hijo: casi repentinamente. Ya sabemos que antes no ocurría así. Pero esto no afecta en nada a la duración de nuestra vida ni al estado de nuestra salud. Puedo vivir aún veinte años más, y espero poder hacerlo.
    —Me alegro por ti —dijo Héctor—. Sólo los optimistas llegan a donde quieren. Fíjate en nosotros.
    —Zade me ha contado cosas extraordinarias sobre vuestro mundo —dijo Mag—. Es casi increíble. Estoy segura de que nunca ningún ser humano ha podido vivir una aventura parecida.
    —Ni tan larga —repuso Héctor—. Es que Paul y yo teníamos que estar aquí para... —Se interrumpió de pronto, aparentando no advertir la mirada que Paul le dirigía desde el otro lado de la mesa. Y como tenía que terminar lo hizo como pudo —: ...para gozar del placer del vino color de rosa.
    — ¡Hum! —gruñó el viejo Both—. Ya sabemos que has prometido no volver a probarlo.

    Cuando se disponían a levantarse de la mesa se presentó un emisario que entregó un pliego a Zade.

    — ¡Un nuevo papelito! —exclamó Héctor—. ¿Qué quiere ahora el presidente?
    —Ven tú también con nosotros, padre.
    — ¿Qué es? — preguntó Mag con curiosidad.
    —Sin duda nada importante —respondió Silón—. Seguramente, el presidente tendrá deseos de un poco de charla con nuestros invitados.

    Cuando hubieron salido Silón leyó el papel y después lo estrujó en su mano, reduciéndolo en un segundo a un montoncito de polvo volátil.

    —Secreto de guerra — comentó Héctor.

    Esta vez el propio presidente salió a recibirles, acompañándoles a las dependencias más altas del edificio. Al llegar arriba se encontraron en unas grandiosas naves en donde con sordo zumbido funcionaban poderosos motores.

    —Esta es una de las centrales productoras de energía —explicó Zade a sus atónitos compañeros—, la que mueve las cintas deslizantes de un gran sector de la ciudad y también del alumbrado. Aquí, además, se construyen toda clase de máquinas.

    Los pilotos no pudieron expresar su admiración porque otra cosa les había sorprendido poderosamente. Los dos exclamaron al unísono:

    — ¡Nuestros cohetes!
    —Efectivamente, estos son los cohetes que os trajeron — dijo un hombre que se había acercado a ellos, un individuo alto, de constitución atlética, que vestía un sobrio uniforme semejante al de los guardias presidenciales, aunque con algunas diferencias. Y se presentó a sí mismo —: Soy Szeb, general jefe de la guardia.
    —Celebro que hables nuestro idioma —dijo Paul—. Así nos entenderemos mejor.
    — ¿Qué hacen nuestros cohetes aquí?
    —Han sido reparados. Sólo esperamos que los examinéis para comprobar si hemos olvidado algo.
    —A menudo me he preguntado cómo habríamos logrado tomar tierra sin estrellarnos — dijo Paul.
    —Estaban casi intactos por haber caído casi paralelos al suelo y la superficie helada, aunque dura, sirvió como excelente pista resbaladiza que mitigó el impacto. Aparte de la base, que entró en contacto con el suelo, todo lo demás sufrió pocos desperfectos. Habríamos tardado un tiempo precioso en construir unos aparatos semejantes. Por fortuna, aquí mismo se han podido reparar. Deberéis utilizarlos en seguida.
    — ¡Cómo! ¿Ahora mismo?
    — ¿Adónde hemos de ir?
    —A efectuar la primera exploración en la abertura de la Capa Azul. Necesitamos una serie de datos para estudiar nuestros planes de defensa. A bordo hemos instalado todos los instrumentos necesarios que funcionarán automáticamente, así que lo único que tendréis que hacer es atravesar la Capa Azul a través de la perforación y regresar. Un simple paseo para vosotros. Si me acompañáis ahora a mi despacho os mostraré el plano de ruta y os daré las instrucciones necesarias para que encontréis con facilidad el objetivo. Desconocéis nuestra posición exacta y la topografía actual de la Tierra. Dentro de una hora aproximadamente los rayos del sol penetrarán perpendiculares a través de la abertura.
    — ¿Cómo es eso posible si ésta, según tenemos entendido, se encuentra sobre la cordillera del Himalaya?
    —Precisamente por eso. Esa cordillera está situada sobre la línea del ecuador y ahora nos encontramos en el equinoccio de primavera.
    — ¡En el ecuador!
    —Los polos de la Tierra se han desplazado mucho —dedujo Héctor con naturalidad—. Nada tiene de extraño que tal cosa haya ocurrido en diez mil años. Otras cosas más raras han pasado.

    Una vez puestos al corriente sobre las instrucciones los pilotos examinaron los aparatos, quedando no solamente satisfechos, sino profundamente asombrados. Los cohetes parecían recién fabricados, aun en sus menores detalles. Multitud de instrumentos, no todos comprensibles, les habían sido adicionados en un acoplamiento perfectamente estudiado. Ocuparon sus puestos y las plataformas hidráulicas donde descansaban los aparatos comenzaron a elevarse lentamente hacia los compartimientos estancos que les separaban del exterior. Todo había sido minuciosamente construido en un tiempo récord.

    Paul hizo un ademán de despedida a Zade, a la cual veía alejarse bajo sus pies.

    De pronto desapareció la luz. La plataforma continuaba ascendiendo. Cuando notó que se había detenido sus ojos distinguieron una borrosa neblina violeta, fantástica, asombrosa. Y cuando sus ojos pudieron distinguir detalles sólo vio un interminable mar de hielo, a través del cual asomaban infinidad de cúpulas cuyo resplandor fosforescente apenas conseguía romper la intensa sombra azul.

    — ¿Qué te parece esto? — le preguntó Héctor por la radio, cuyo aparato Paul distinguía a pocos metros a su derecha.
    —Jamás podría imaginar nada tan aterrador como este paisaje.
    —El cementerio de mi pueblo es una sala de fiestas al lado de esto. Zade me trajo aquí una vez. Me contó que ella venía sola con frecuencia... ¡a pensar! ¿Te figuras semejante insensatez? Todas las mujeres de todas las épocas han sido raras.
    —Bueno, ¿estás dispuesto?
    —Adelante, Paul. Y suerte. Espero que cuando volvamos a vernos no sea dentro de otros cien siglos.

    Paul apartó los ojos de aquel espectáculo que deprimía su espíritu y prestó atención a los indicadores de los mandos. Puso el motor en marcha. La claridad producida por los tubos de los reactores le permitió dibujar en sus retinas contornos y relieves definidos, de acusadas sombras. Hasta el mismo cielo pareció aumentar su color violáceo. Vio el cohete de Héctor elevarse lentamente y después salir disparado como una centella. Le siguió procurando mantener la distancia, aunque sin perder de vista su estela.

    En aquel momento acudieron a su memoria, con violencia, un tropel de recuerdos. Tuvo la viva impresión de que los últimos acontecimientos no eran más que un sueño del que despertaría en cualquier momento. Le pareció ver el rostro satisfecho de Farman, felicitándole por el éxito de la operación cometa, aquella pesadilla que les había mantenido en tensión durante tres largos meses. Después regresaría a su casa, en donde Giséle le esperaría ansiosa. ¿Qué clase de policía había movilizado Carrey, que no era capaz de encontrar a una mujer que no tenía motivos para desaparecer de aquel modo? Pero... ¡Claro! ¿Cómo era posible que la encontrasen? Giséle no estaba en París, sino en el Séptimo Continente. Muy lejos A diez mil años de distancia. Y se llamaba Zade, pero era ella, ella misma. Sólo que a él no podía recordarle... ¡Dios santo! ¿Cuál era la verdad? ¿Por qué no despertaba de una vez? ¿Por qué?

    Hizo un intenso esfuerzo mental para dejar su cerebro en blanco y encontrar la paz, Pero no lo consiguió.

    Frente a él seguía extendiéndose la inmensidad azul, como si quisiera devorarlo. ¡La Capa Azul! ¿Imaginación o realidad? ¿Cuál sería la naturaleza de aquella capa? Les habían informado sobre su altura, siempre constante y uniforme, la que no deberían rebasar por ninguna causa, ya que el simple contacto con la misma provocaría la desintegración instantánea de los cohetes.

    El pueblo de la Tierra había perdido la costumbre y la necesidad de volar. No sólo eso, sino que se había transformado en un pueblo de topos humanos. Sólo por eso Paul y Héctor tenían una misión que cumplir, tan importante como cuando tuvieron que lanzarse a la destrucción del cometa Carrey, aquella estrella enana que se había deshecho en los espacios antes de su nuevo regreso a la Tierra. Por fortuna había sido así, porque de haber hecho impacto con toda su comprimida masa sin duda habría convertido al planeta en polvo meteórico.

    Los pensamientos de Paul fueron súbitamente cortados por la visión que apareció ante sus ojos. En la lejanía, sobre el fondo de la Capa Azul, un rayo luminoso caía perpendicular hacia la Tierra, iluminando una extensa zona montañosa, de elevadísimos picos. Era como si de pronto se hubiera abierto en las tinieblas una ventana al más fascinante paisaje.

    — ¡Ahí está! —exclamó Héctor excitado—. ¿Lo ves, Paul? ¡Las montañas iluminadas por el sol!

    A medida que se acercaban, la cordillera, esplendorosa bajo aquel fondo gigantesco, iba adquiriendo una blancura inmaculada, suavemente azulada.

    Los dos aparatos penetraron de lleno en la luz. El espíritu de Paul se saturó de una alegría infinita, de una paz casi sobrenatural. Bajo él se alzaban las ingentes moles de la cordillera, sobre las que los glaciales fosilizados habían despertado de su inmovilidad de siglos, comenzando a deslizarse de nuevo, alargando sus líneas multicolores. En algunos puntos el agua se precipitaba en cascadas espumeantes, descomponiendo la luz solar en los colores del arco iris, mientras vivos destellos diamantinos de líquido pulverizado flotaban en la atmósfera transparente e inmóvil. Toda la naturaleza entera parecía sonreír a aquellos rayos que por primera vez en tantos siglos volvían a acariciarla y a enviarle su calor. Era el resurgir a la vida de un mundo muerto, la resurrección del planeta entero... y también la muerte de la especie humana que vegetaba sepultada bajo los hielos, condenada a no poder gozar jamás del espectáculo de la vida renaciente, con toda su belleza incomparable.

    Paul se estremeció. Sin poder evitarlo un par de lágrimas empañaron sus ojos.

    Enfiló la proa del cohete hacia el Sol. Le hubiera gustado poder llegar hasta él y expresarle de algún modo la admiración que le embargaba los sentidos en su contemplación; darle las gracias por estar aún allí. ¡El Sol! La más admirable obra del Supremo Hacedor, creada para el hombre; el Sol, padre de la vida, y ahora el enemigo mortal de todo ser humano. Era preciso condenarle para siempre, cerrarle aquella ventana por la que otra vez quería derramar sobre el planeta toda su fuerza vivificadora, toda la grandiosidad de su poder creador.

    — ¡Ya está bien! —oyó exclamar a Héctor—. ¿Es que te has propuesto llegar hasta el Sol?

    Paul no se atrevió a responder que, en efecto, tal había sido su pensamiento. Dio la vuelta y enfiló la tierra. Ahora podía contemplar la Capa Azul desde el otro lado. Bajo la luz del Sol, en una atmósfera limpia de nubes, presentaba el aspecto de una superficie metálica, pulimentada y brillante. Su color no era ya azul, sino blanco, como una losa de plata, bajo la que reposaban los restos de la vida. Pensó en la Tierra como en una inmensa tumba, dentro de la cual algunos seres miserables arrastraban su existencia parásita royéndole las entrañas, construyendo las ciudades más diabólicamente absurdas.

    Dejó atrás el Sol para penetrar de nuevo en el mundo de las tinieblas, ahora incomparablemente más negras... La afortunada cordillera, aquel pedazo de un paraíso prohibido, quedó atrás.

    — ¿Qué piensas, Paul? — preguntó su compañero, observando el silencio en que había permanecido durante tan largo rato.
    —Es algo horroroso lo que ha ocurrido con nuestro mundo, Héctor. Jamás hubiera sido capaz de imaginar una transformación tan monstruosa de la Tierra. Lo que hemos visto no es, en realidad, ni más ni menos hermoso que cualquier otro panorama natural de los que estamos acostumbrados a ver. Pero su contraste es terriblemente violento en este infierno azul, en el que estamos condenados a vivir y a morir.
    — ¡Bah! Eres un sentimental, amigo Paul — exclamó el español con su emoción contenida.


    Capítulo IX


    LA OPERACIÓN DE RECONOCIMIENTO APENAS HABÍA DURADO unos minutos. Sin embargo, al descender Paul de su aparato, Zade le rodeó el cuello con sus brazos y le besó apasionadamente, como si hubiera estado largo tiempo ausente.

    — ¡Paul, querido! ¿Estás bien?
    —Magníficamente, Zade. ¿Por qué no había de estarlo?

    Héctor comentó con sorna:

    —Quizás porque las mujeres de este mundo no están acostumbradas a que sus enamorados se vayan de paseo por los aires.

    Zade, riendo, le dio a él también un rápido beso.

    — ¡Aja! —exclamó el español satisfecho—. Esto ya está mejor.
    —He pasado un miedo terrible — confesó la muchacha a Paul.

    Los tres jóvenes se apartaron de los aparatos. Varios hombres, entre ellos el mismo general Szeb, estaban ocupados en la tarea de extraer instrumentos de a bordo.

    —No has debido asustarte —dijo Paul—. Estoy acostumbrado a volar en esos cohetes. Era mi oficio antes de venir aquí. Y el de Héctor. — Se llevó a la joven a un apartado rincón donde las máquinas parecían oírse menos. Pero lo único que buscaba, en realidad, era alejarse de su compañero, aunque éste no se dio por aludido y les siguió. A pesar de eso Paul prefirió ignorarlo y, tomando las manos de Zade le dijo, mirándola a los ojos: —Zade, ya sé que no es muy normal lo que voy a pedirte, pero debo hacerlo porque a nadie puedo pedírselo, ni yo directamente puedo hacerlo, ya que tu padre no me entendería.
    —Me parece, Paul, que ni yo misma te entiendo. ¿Qué intentas decirme?
    —Quiero pedir a tu padre tu mano.
    — ¿Mi mano? — exclamó la muchacha, arqueando las cejas —. ¿Para qué quieres pedir mi mano?

    Héctor dio una palmada sobre la espalda de Paul.

    —Amigo mío, aquí, por lo que veo, deben tener otras costumbres para pedir a una joven en matrimonio. Lo que quiere éste, Zade, es casarse contigo, Y ya que te lo he aclarado y me doy cuenta de que estoy estorbando, hasta luego, pichones. Os doy la enhorabuena.
    —Eso ya me lo dijiste, Paul —murmuró Zade, cuando Héctor se hubo alejado silbando—. Ya sabes que yo también lo deseo. Lo quiero más que a nada en este mundo. — Tomó una mano de Paul y tiró de él. — Vamos.
    — ¿Adonde?
    —A casarnos. Creo que no tenemos nada que esperar.
    —Sí. Vamos a decírselo a tu padre.
    — ¿Para qué? Ah, ya entiendo. Según tus costumbres hay que pedirle a él permiso, ¿no?
    —Poco más o menos eso.
    —Aquí no es necesario. Somos libres. Puedo casarme cuando quiera y con quien quiera.
    —Por supuesto.

    Paul vio acercarse a Héctor acompañado del general Szeb. Adivinó que algo anormal debía estar pasando, porque el general tenía la expresión de hallarse gravemente preocupado.

    —De momento vas a tener que aplazar la boda — fue lo primero que le dijo el español.
    — ¿Es cierto eso? — preguntó el general.
    —Sí. ¿Es que hay algún inconveniente?
    — ¡De ninguna manera! Te felicito por tu elección —dijo el general, aunque sin perder la gravedad de su semblante—. Si es posible quisiera rogarte ahora que te quedaras. Sólo será un momento. En el laboratorio hemos examinado los instrumentos que acoplamos en los cohetes y hemos encontrado algo en las placas fotográficas; algo que conviene que veáis los dos.

    Paul miró interrogante a su compañero. Éste, por toda respuesta, se encogió de hombros.

    —No os entretendrán mucho — añadió el general.
    —Está bien. Vamos.

    Paul tenía sus pensamientos ocupados en otras cosas fácilmente comprensibles para sentirse intrigado. Llevaba a Zade del brazo y a pesar de su contacto no podía sustraerse del vivo recuerdo de Giséle. Casi parecía que su proximidad lo intensificaba. Cierto es que para él el recuerdo de Giséle no tenía motivos para atormentarle, ya que en Zade había vuelto a encontrarla. Era un deseo extraño el de casarse con ella. No porque no estuviera seguro de desearlo, sino por recibir la impresión de desear conseguir algo por segunda vez, algo que ya era suyo. Ahora sabía que jamás podría vivir tranquilo, que aquel obsesionante problema no se aclararía nunca. No se trataba de borrar el recuerdo del pasado, ni siquiera de reanudar algo interrumpido. Vivía simultáneamente dos vidas que giraban en torno de una misma persona que se encontraba en dos lugares diferentes separados por diez mil años.

    Al entrar en el laboratorio el general les mostró unas ampliaciones fotográficas clavadas en la pared, de un metro cuadrado aproximadamente, en color y tres dimensiones. Esta clase de fotografías no eran desconocidas para los dos pilotos. Sin embargo se admiraron ante la extraordinaria rapidez y perfección con que se había obtenido aquellas magníficas reproducciones. Eran cuatro en total y todas representaban una panorámica de las montañas sobre las que habían volado momentos antes, tomadas desde diferentes puntos y alturas. El efecto de realidad era extraordinario. Zade exteriorizó su sorpresa con grandes exclamaciones. Era obvio suponer que jamás había tenido ocasión de contemplar un paisaje semejante, tan rebosante de luz y colorido. Incluso para Paul y Héctor resultaba chocante la inmovilidad y el silencio de las cascadas cristalinas y espumeantes que se precipitaban desde las alturas.

    —Mirad —les mostró el general Szeb—. Estas son cuatro de las fotografías obtenidas por las cámaras que instalamos en vuestros aparatos. Hemos de confesar que a todos nos han asombrado. Y nuestro asombro ha llegado al límite al encontrar en ellas algo tan extraordinario que sobrepasa a todo cuanto podíamos imaginar. ¿Queréis observar aquí, estas manchas oscuras?

    Todos se aproximaron curiosos.

    —Pueden observarse con todo detalle gracias a la fidelidad y perfección de las ampliaciones. En las cuatro se puede ver lo mismo. No se trata, pues, de una ilusión de sombras y luces ni de una impresión de fotografías superpuestas.
    — ¡Esto... es increíble! — exclamó Zade atónita.
    —Sí, también nosotros nos hemos resistido a admitirlo —aseguró el general—. Y lo curioso es que no podemos engañarnos. La cámara fotográfica no sufre ilusiones ópticas. ¡Eso son figuras humanas! ¡Hombres que viven en las montañas bajo la luz del Sol! Como se puede apreciar claramente, no llevan trajes de protección. Sus ropas, aunque un tanto exóticas, son de un tejido ligero y tanto sus cabezas como sus manos están desnudas.

    ¿Cómo puede ser eso, general? Esto supone que están acostumbrados al Sol. No podemos admitir tal cosa si, como suponemos, la rotura de la Capa Azul es reciente.

    —Tal vez no sea tan reciente como suponemos, Zade — reflexionó el general —. Es posible que siempre haya existido sin que nosotros nos diéramos cuenta.
    — ¿Qué te hace creer tal cosa?
    —Aún no podemos asegurarlo con exactitud, pero después de las primeras observaciones parece que en algunos puntos de esas montañas existe vida vegetal muy desarrollada, semejante a la que cubría el suelo de la Tierra desde hace cien siglos atrás. Estas plantas requieren, forzosamente, la acción de los rayos solares para su crecimiento. Yo no soy un científico, Zade, y ninguno ha examinado todavía estos datos, excepto tu padre, pero no soy tan ignorante como para imaginarme que la existencia de esas plantas obedece a una generación espontánea. Puede que mis deducciones sean algo precipitadas. Lo que es innegable es la existencia de seres humanos que pueden sobrevivir bajo los efectos de los rayos solares, o que inclusive los necesitan. Esto solo es ya bastante significativo.

    Zade dio media vuelta y se retiró pensativamente. Silón, aunque no había entendido nada de lo que el general acababa de decir, había sido uno de los primeros en hacer aquel descubrimiento y su rostro reflejaba bien a las claras el estado de su ánimo. Sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor se había enfrascado en unos experimentos químicos, mientras daba indicaciones a un hombre que iba tomando notas

    — ¿Qué piensas de esto? — preguntó Héctor.
    —He sacado la conclusión de que en la Tierra existe una raza privilegiada que ha vivido siempre en su medio natural
    —Eso ya lo sabemos.
    —Lo más extraño no es esto, sino que ese pueblo y el lugar donde habitan hayan sido ignorados hasta hoy.

    ¿Y qué crees que ocurrirá ahora?

    Lo mismo que tú. Nada. Esto demuestra que el tan temido peligro no existe, ya que no se ha producido la supuesta rotura de la Capa Azul. En realidad ese agujero ha existido siempre. Ahora todos podemos respirar tranquilos. Y yo me alegro por nosotros. Podremos irnos a vivir a un lugar decente en donde cada hijo de vecino pueda ponerse la piel morena.

    —Esta gente no parece tener motivos para tomarlo así, Héctor. Zade está preocupada.
    —Y tú también, claro. ¿Pero a ti qué te importa? ¿Crees que en el pueblo de las montañas no existen mujeres? Te aseguro que ahora pienso ir allí a buscar la mía

    Paul le volvió las espaldas disgustado y se reunió con la muchacha.

    Quiso explicarle que aquel descubrimiento no representaba peligro alguno, sino que, por el contrario, demostraba que tal peligro no había pasado nunca de ser imaginario.

    —Todo eso lo comprendo, Paul. Pero hay algo que no está tan claro: ¿por qué no nos dimos cuenta antes? ¿Por qué en todos los siglos que llevamos observando la Capa Azul jamás, hasta hoy, se ha descubierto esa anomalía?

    Era un argumento contundente.

    —Debe haber un motivo.
    —Sí, lo hay, pero no lo conocemos. De momento sólo podemos hacer aventuradas conjeturas que no prueban nada.
    — ¿Y qué importa ese motivo?
    —Sí que importa, Paul, porque hasta que lo conozcamos no estaremos seguros de si el peligro nos amenaza o no. Y, entretanto, el sol puede fundir todos los hielos que cubren el planeta. Nos encontramos muy cerca del ecuador, el lugar más amenazado, el que sufrirá antes las consecuencias en toda la longitud de sus cuarenta mil kilómetros. ¿Te has fijado bien en las montañas? — La joven volvió a indicarle las fotografías. — Tú has estado allí.
    —Ya sé que para ti son algo insólito. Pero no tienen nada de particular, Zade. Así era antes el mundo entero, el que yo conozco, el que se hallaba cubierto por una vida pujante y hermosa. En ese mundo fue donde se formó el hombre, y donde seguiría viviendo si esa monstruosa Capa Azul no hubiera hecho de tan maravilloso planeta un inmenso bloque de hielo. Estas montañas, Zade, son la verdad. Todo lo demás... — Paul vaciló, para concluir: — Es bastante triste.
    —Triste o no, es nuestro mundo. ¿De qué nos serviría reconocer todo cuanto has dicho? ¿Acaso para llorar toda nuestra vida, como hace el abuelo, los tesoros perdidos para siempre? El otro mundo, el de las montañas, puede que sea más hermoso, pero para nosotros sólo significa una cosa: la muerte. Ahora nuestro ambiente natural es este. Nosotros mismos lo hemos creado, casi en una rebelión a los principios naturales de la vida. Nuestro instinto de conservación se ha vuelto más sensible. Por ello nuestro temor no es exagerado. Esas montañas, Paul, hablan mucho más claro que lo que el general Szeb ha sabido entender. Mira, están cubiertas de nieve. ¿No te dice nada eso?

    Si te refieres a algo especial debo confesar mi absoluta ignorancia.

    ¡Está muy claro! Mi padre debe haberlo comprendido.

    —Sin duda será más inteligente.

    No he querido insinuar tal cosa. Si esa abertura de la Capa Azul hubiera existido siempre es indudable que la nieve no podría encontrarse en sus cumbres, ya que el calor del Sol la hubiera fundido. Eso precisamente es lo que está ocurriendo ahora, como lo demuestran las cascadas. En todo el resto de la Tierra no se produce evaporación de agua, ni siquiera se encuentra ésta en estado líquido, como no sea a grandes profundidades. No se forman nubes. Esa nieve debería haberse renovado constantemente, y ya he demostrado que eso no es posible. Fíjate, hasta hay glaciares. Estos se forman, o se formaban, si mal no recuerdo, por la acumulación incesante de nieve, que se precipitaba en forma de río hacia los valles por razón de su peso y bajo la acción del Sol se iba fundiendo. Esto es, en resumen, lo que dicen algunos de los libros antiguos que hemos venido conservando a través de los tiempos. Paul, si esa abertura de la Capa Azul hubiera existido siempre, se habrían fundido todos los glaciares, hasta la última partícula de nieve o hielo.

    —Empiezo a darme cuenta de lo que quieres decir, Zade.
    —La conclusión es bien fácil: Si esos hombres están ahí, en donde el Sol no se ha dejado ver hasta ahora, y si pueden resistir la acción de sus rayos... ¡Esos hombres llegan del otro lado de la Capa Azul!

    Ante aquella conclusión categórica e irrebatible Paul no pudo hacer réplica alguna. Pero, de pronto, recordó algo.

    —Hay otra cosa que has olvidado, Zade. Tu teoría tiene un punto flaco. El general Szeb ha hablado de unas plantas. ¿Cómo puede haberse desarrollado su vida sólo en un instante?
    —Esa vida vegetal no ha surgido, naturalmente, por generación espontánea. Al menos no podemos admitir tal cosa.
    — ¿Entonces?
    — ¡Es que existía antes, Paul, sepultada bajo los hielos en estado de hibernación, o congelación, si lo prefieres! Algo parecido a lo que ha ocurrido con vosotros, dos seres humanos de naturaleza infinitamente más compleja que la de una planta.

    Zade se apresuró a exponer al general Szeb sus conclusiones, comprobando que, efectivamente, Silón ya había llegado a ellas con los mismos razonamientos.

    —Esto significa que es posible que seamos víctimas de una invasión.

    Paul y Héctor tuvieron que admitir aquella posibilidad. Y escucharon con atención los planes que ya se había trazado el general.

    —Hemos de estar preparados para lo peor. He comunicado al presidente nuestro descubrimiento, sin ocultarle la importancia de las posibles consecuencias de una invasión. No poseemos suficiente potencia bélica para rechazarla, ni siquiera contenerla. Nuestros supuestos enemigos cuentan con un arma que por sí sola es suficiente para destruirnos: el Sol. Nuestro ejército, al mismo tiempo, es poco numeroso, mal armado y peor preparado para la guerra, de la que sólo han oído hablar como de un mal tan antiguo como la destrucción de Troya. Su papel es exclusivamente simbólico. No tenemos experiencia guerrera. Por fortuna contamos con una nueva fuerza: Paul y Héctor. Los he propuesto al presidente para que los nombre jefes absolutos de los ejércitos del Séptimo Continente.

    ¿Qué ejércitos? — dijo Héctor con ironía.

    —Los que vosotros mismos forméis y organicéis.
    — ¿Formar un ejército de la noche a la mañana con unos hombres que ni siquiera han jugado de niños con soldados de plomo? —replicó Paul—. En este país no lo habría logrado ni Napoleón.
    —No se lo hemos pedido a Napoleón.
    —Pero... —vaciló Paul estupefacto e indeciso—. ¿Cómo podemos éste y yo llevar a cabo tan gigantesca empresa?
    —Habéis llegado de un mundo en el cual las guerras eran casi constantes.
    —No tanto, general —dijo Héctor—. Había semanas que no nos peleábamos con nadie.
    — ¿No habéis tomado parte en ninguna?
    —Si, en la guerra de Marte —respondió Paul—. Nos sacudieron fuerte y tuvimos que salir huyendo de allí. Nuestras experiencias bélicas no son suficientes para que aceptemos la responsabilidad que nos pides. Si hay que luchar lo haremos como los primeros. Incluso haremos uso de las ventajas que poseemos sobre vosotros. Trazaremos planes.
    —Ya están trazados. Y es mucho mejor para vosotros, y para todos, que os ocupéis de instruir a los futuros soldados en lugar de luchar sin esperanzas, conociendo la derrota de antemano. Será la primera vez en la historia de nuestra civilización que tengamos que hacer frente a una agresión armada. Por tanto también puede ser la primera en que un hombre sea obligado a hacer algo en contra de su voluntad.
    —Prometisteis ayudarnos en todo — recordó Zade.
    — ¿Y en qué fundáis el temor de una agresión? ¿En el simple hecho de que esos hombres hayan venido del otro lado de la Capa Azul? Lo único que esto significa es que provienen de otro planeta. ¿Por qué han de ser invasores?
    — ¿Y por qué no? — replicó el general.
    —Puede que vengan en son de paz.
    —Puede...
    —Incluso es posible que desconozcan la existencia de seres humanos sobre la Tierra.
    —Hacer divagaciones sobre este punto no conduce a nada. Ellos están ahí y en potencia son nuestros enemigos. Si la Tierra les gusta querrán quedarse aquí. Si pueden destruir la Capa Azul, lo que no es tan difícil, lo harán. Hemos de prepararnos para hacer frente a esta amenaza. Es lo único sensato que podemos pensar.
    —Bien, he ahí la razón que ha desencadenado todas las guerras.
    —No es posible que pueblo alguno haya sido jamás tan pacifista como nosotros. Pero tampoco ha tenido que luchar ninguno tanto contra tantos enemigos.
    —Supongamos, general Szeb, que conseguimos organizar un ejército bien preparado y armado hasta los dientes. ¿Qué piensas hacer con él?

    Salir al encuentro de nuestros enemigos. Si sus propósitos no nos convienen, luchar por lo nuestro y arrojarlos de aquí.

    Ignoro hasta qué punto puede ser ésta una táctica acertada. ¿Con qué armas contamos?

    Con todas las que hagan falta. Produciremos todas las necesarias en el menor tiempo posible.

    ¿Qué dices tú a esto? — preguntó Paul a Héctor.

    —Esta vez no nos han dejado la posibilidad de decir nada. Adelante.
    —Muy bien. Ya lo has oído, general. Tal vez sea una locura, pero en todo caso tiene su fundamento. Nuestro principal inconveniente es que desconocemos la fuerza de nuestro supuesto enemigo.
    —Tal vez vosotros, con los cohetes, pudierais... — insinuó Zade.
    — ¿Te refieres a ir allí para jugar un poco a espionaje?
    —Podría ir uno de los dos — sugirió el general.

    Paul no tuvo más remedio que sonreír ante la candidez de aquel general de ideas tan descabelladas como audaces.

    —Mira, general. Nuestros aparatos necesitan de unas pistas especiales de despegue y aterrizaje. Lo comprendisteis en seguida. Sería problemático tomar tierra en las montañas. Y con una llegada tan aparatosa, suponiendo que ellos sean en realidad enemigos nuestros, lo primero que harían sería convertirnos en una nube radiactiva que ni habla ni oye.
    —Es cierto. Bien, quizá sea mejor no perder el tiempo en averiguaciones. Si pueden destruir la Capa Azul debemos aniquilarlos lo antes posible. Tal vez ignoren que éste sea el medio más rápido y eficaz para combatirnos, y, como dices, que ni siquiera tengan la intención de hacerlo. Saben que existimos porque han visto nuestros cohetes evolucionar sobre sus cabezas. ¿Qué pensarán ahora? Seguramente habrán tomado una decisión. Y hemos de adelantarnos a ellos como sea por si fuera la peor.
    —Difícil tarea. No son un pueblo de salvajes. Viajan de un planeta a otro.
    —Eso los hace mucho más peligrosos.
    —Lo intentaremos todo, general.
    —No es bastante. Hay que hacerlo.
    —Está bien. Se hará. Esperaremos tus instrucciones. Hasta la vista.

    Los dos pilotos se despidieron y salieron acompañados de Zade.

    —Nos vamos a meter en un asunto que tiene muy mal aspecto —consideró Héctor—. ¿Has pensado que lo único que podemos conseguir es provocar una catástrofe, a lo mejor sin motivos?
    —Sí.
    —Según mi opinión lo primero que tendríamos que hacer es buscar el medio de ponernos en contacto con esa gente para averiguar sus intenciones. Por ejemplo, la radio.
    —A la distancia que se encuentran —objetó Zade— las ondas son atraídas y absorbidas por la Capa Azul. Por otra parte, no creo que consiguiéramos entendernos.

    Al día siguiente Paul y Héctor recibieron el nombramiento oficial del mando de los ejércitos del Séptimo Continente, en los que se les conferían absolutos poderes, y con la orden de organizar las tropas con una rapidez que rayaba en lo imposible.

    De nuevo se entrevistaron con el general, que les recibió con un rígido saludo militar.

    Lo ha tomado muy en serio — comentó Héctor en voz baja.

    — ¿Con cuántos hombres contamos? — preguntó Paul.
    —Si te refieres a la guardia presidencial, con cinco mil.
    —Todos ellos se quedarán aquí.
    — ¿Todos? — exclamó el general perplejo.
    —Quiero hombres nuevos, que no estén viciados en una falsa y cómoda disciplina. Además, no sería prudente dejar a la población abandonada. Para la marcha sobre el enemigo necesitamos un ejército mucho más numeroso. Recluta a todos los hombres útiles. ¿Con cuántos podremos contar?
    —Calculo que con unos cien mil.
    —No está mal. Lo primero que hemos de hacer es convertir a los mejores en oficiales instructores.
    —Se hará una selección.
    —Recuerda que lo menos importante es su fortaleza física. No se trata de preparar una lucha entre gladiadores.
    —Sé lo que quieres decir, Paul.
    —Me parece que nos entenderemos a las mil maravillas, general. ¿Cómo va la producción de armamento?
    —A marchas forzadas. Hemos puesto en movimiento toda nuestra potencia industrial. Y hemos tomado la precaución de poner sobre aviso a las otras ciudades de la tierra por si se produjeran ataques en otros puntos.
    —Una medida acertada. ¿Cómo ha reaccionado la población?
    —Trabajan como endemoniados. Nunca creí que pudieran desarrollar tal actividad.

    Paul estaba satisfecho con la marcha que llevaban las cosas.

    Los días se sucedieron, hasta que llegó el momento en que todo estuvo dispuesto.

    El flamante ejército se congregó en el exterior. Paul y Héctor lo contemplaron con orgullo. Aquella era una obra suya, sin duda la más importante que habían realizado en su vida. Todos habían contribuido con su esfuerzo, era verdad, pero ellos se sabían el alma que los había movido para hacer realidad aquel milagro. Paul estaba convencido de que todos los hombres continuarían respondiendo bien, como auténticos soldados, si era necesario entrar en combate. Todos ellos habían sido convenientemente adiestrados. No se les podía pedir que fueran duros hasta el heroísmo, puesto que en el fondo sabía que en el alma de cada uno de ellos existía el lastre de una tradición indestructible y de una vida cómoda sin problemas mantenida durante generaciones. Pero en cambio su moral era firme. La experiencia le decía a Paul que la moral en el soldado era su mayor fuerza, su única fuerza.

    No se había olvidado nada. Cada uno de los individuos que componían el poderoso ejército estaba equipado con un traje impenetrable a las radiaciones solares. Se habían construido los suficientes carros de combate para transportar a todas las tropas a través de los hielos hasta las mismas cumbres del Himalaya, si era preciso llegar hasta ellas. Eran vehículos acorazados con el metal más duro y resistente que Paul había visto en su vida, capaces de aguantar todos los medios de destrucción conocidos, y armados para replicar a cualquier ataque con una potencia aterradora.

    Una multitud impresionante, impasible al intenso frío, había salido de la ciudad para contemplar aquel fantástico arsenal de guerra y para despedir a sus soldados. Todos estaban silenciosos y expectantes. Muchas de aquellas personas elevaban al cielo sus más fervientes plegarias. Después, cinco millones de gargantas entonaron un cántico profundo, poderoso como el bramido de las olas en el océano, y cuyo significado Paul no pudo comprender. Sin embargo sintió con intensidad el deseo de que aquel pueblo no pereciera, un pueblo que había depositado en él todas sus esperanzas.

    El general Szeb, desde el interior de su carro, dio la orden de partir. Con el súbito ronquido de los motores, que se impuso a la voz de la multitud hasta hacerla enmudecer, los carros enmascarados de blanco se desperdigaron, reuniéndose más tarde en columnas muy separadas entre sí.

    Paul observaba la maniobra desde la torreta de su carro, con el semblante taciturno. Desde otro carro cercano Héctor le hizo un saludo que fue correspondido sin entusiasmo. El español comprendió que aquel día, como en todos los anteriores desde hacía dos semanas, Zade tampoco habíase dejado ver. No sabía a qué atribuir aquella desaparición que tanto había afectado a Paul, aunque éste no hubiera hecho nunca mención a tal cosa. El trabajo les había impedido ocuparse de sí mismos y de sus propios problemas. Desde luego Zade no se había portado bien. Sobre todo Paul había necesitado de un estímulo que solamente ella podía brindarle.

    Entre tanto, el general Szeb, satisfecho, decía a Silón:

    —Ignoro cuál será el final de todo esto. De lo único que estoy convencido es que nuestro pueblo necesitaba esta inyección de actividad. Y esto, de por sí, ya es una victoria.
    —Esperemos que no sea una victoria amarga — respondió Silón sombrío.


    Capítulo X


    LA VOZ DEL GENERAL SZEB, QUE AVANZABA en el primer carro de una de las columnas de vanguardia, se dejó oír poderosa en los altavoces de la radio:

    — ¡Atención, Paul y Héctor! ¡Estamos dando vista a nuestro objetivo! Espero instrucciones.
    — ¡Manda detener todos los carros! — se apresuró a ordenar Paul.

    Las máquinas de los dos pilotos siguieron avanzando hasta que pudieron avistar, frente a ellos, en la lejanía, el resplandor de las montañas iluminadas por el sol, como una inmensa hoguera roja, a pesar de que el astro rey debería hallarse en aquellos momentos a punto de ponerse.

    — ¡La perforación de la Capa Azul es mucho mayor! —descubrió Paul—. Puedo advertir perfectamente su gran tamaño a pesar de la distancia.
    —Es verdad —corroboró Héctor—. Yo también puedo verlo.

    De nuevo se dejó oír la voz del general Szeb:

    —Es conveniente que estudiemos con calma la situación, ¿Podéis venir a mi encuentro?
    — ¿Cuál es tu posición? — inquirió Paul.
    —El primero de la columna central de vanguardia.
    —Bien. En seguida estamos contigo. No nos encontramos lejos.

    Paul desconectó la radio y dio una orden a su ayudante, un joven estudiante que hablaba francés, elegido por ello para dicho puesto. A continuación el piloto se vistió el traje aislante contra el frío y salió al exterior.

    Héctor ya le estaba esperando.

    — ¿Qué hay? —saludó—. Parece que la gente de las montañas no se porta bien, ¿eh?

    Paul no respondió, limitándose a hacer un gesto hosco. Pasó junto a su amigo sin detenerse, como si no le hubiera visto, dirigiéndose al carro de vanguardia a toda prisa.

    Héctor le alcanzó de un salto.

    — ¿Se puede saber qué demonios te pasa, Atila motorizado? —le increpó molesto—. ¿Se te ha subido la cosa a la cabeza?
    —En vez de hablar tanto ya podrías ir pensando en algo útil. Me fastidias con tanta charlatanería.

    Héctor le miró con más sorpresa que rencor. Era posible que Paul tuviera sus motivos para estar malhumorado, pero él había odiado siempre a las personas que se empeñaban en contagiar a los demás sus preocupaciones.

    No pudo reprimirse.

    —Te has vuelto insoportable desde que... desde que Zade dejó de ser nuestra niñera.

    Paul se plantó amenazador, aunque refrenó sus impulsos a tiempo. Después de todo comprendió que aquello era cierto. Y Héctor no tenía la menor culpa.

    Perdona —dijo—. Me lo tengo merecido.

    — ¡Bah! ¿Qué importancia tiene esto entre nosotros?

    Paul observó el lugar en que se hallaban.

    —Mira —dijo golpeando el pie sobre el suelo—. El hielo está húmedo. Durante el día el calor debe llegar hasta muy cerca de aquí. La abertura de la Capa Azul se debe haber extendido muchos kilómetros, los suficientes para que la atmósfera se caliente en un gran radio a todo su alrededor.
    —Ya veo.
    —De aquí en adelante deberemos avanzar con precaución. Los hielos pueden estar en falso en algunos puntos y hundirse bajo el peso de los carros.

    Al verles llegar el general Szeb abrió la portezuela de su vehículo, que cerró tras ellos rápidamente, ya que en aquellos breves segundos casi se había quedado helado. Una vez en el interior los pilotos se despojaron de sus trajes aislantes.

    Silón les saludó con un leve movimiento de cabeza.

    El general no podía contener su inquietud.

    — ¿Es cierto que la perforación de la Capa Azul es más grande? — preguntó.
    —Eso nos ha parecido, aunque tenemos que esperar el día para confirmarlo. De todas formas puedo anticiparte que el hielo muestra señales de comenzar a fundirse bajo las orugas de los carros.
    —Estaba seguro de que sería así —dijo el general pensativo—. Pretenden destruir la Capa Azul y pueden hacerlo. ¡Hemos de acabar con ellos antes de que sea demasiado tarde! —exclamó con súbita excitación—. Abrigaba la remota esperanza de que esto no ocurriera, una esperanza con menos fundamentos que deseos de que se realizara.
    —No hay que desesperar, general —trató de calmarle Paul—. Recuerda que nos hemos preparado para hacer frente a esto y ahora es cuando hemos de demostrar que nuestros esfuerzos no han sido inútiles.
    —Tal como están las cosas se nos presenta la lucha muy incierta. Pero haremos frente a nuestros enemigos con todas nuestras fuerzas. Todos estamos deseando movernos, ¿Cuándo iniciamos el ataque?
    —Despacio, general. Nada podría ser más desastroso para nosotros que un ataque precipitado a tontas y a locas.
    — ¡Considero que hemos pensado ya bastante en lo que debemos hacer!
    — ¡Pero ellos están ocultos en las montañas y si sus fuerzas son solamente la mitad de las nuestras no conseguiremos otra cosa que ir hacia una muerte cierta! Y tenemos el deber de vivir para proteger a todos los que confían en nosotros. Hazme caso y no te impacientes, general.

    Szeb clavó en Paul una mirada perdida.

    —Si esperamos a que salgan de su escondrijo terminaremos igual más tarde o más temprano.
    —No se trata de esperar pasivamente. Obremos con sentido común. Si son civilizados, como es de suponer, cabe la posibilidad de que lleguemos a una inteligencia. Lo único que sabemos de ellos es que están ahí. Ignoramos su fuerza, sus intenciones y por qué han venido. El conocimiento del enemigo es lo más importante en toda acción de guerra.
    —Sus intenciones están claras.

    Paul reflexionó unos instantes.

    —Ahora, precisamente, es cuando podemos intentar un acercamiento —dijo—. Voy a ir hacia ellos, sin amenazas, sin demostrarles hostilidad ni miedo. Sólo yo puedo hacerlo sin correr riesgos.
    —Tenemos trajes especiales de protección contra el sol — objetó el general.
    —Hemos de evitar en lo posible poner en peligro la importancia de esta misión.

    El general no quedó muy convencido.

    —Siempre que no se pierda demasiado tiempo... — dijo indeciso.
    —Saldré ahora mismo.
    —Sigo creyendo que es una temeridad innecesaria. Te necesitaremos con nosotros, y vivo.
    —Ya lo sé.
    —Me parece que olvidas que yo también puedo ir — intervino Héctor.
    —Es igual. He decidido ir yo. Estoy empeñado en ver la cara de esa gente.
    —Muy bien. Entonces iré contigo.
    —No. Debo ir solo. No podemos dejar esto abandonado. Me aproximaré todo lo posible con el carro. Luego seguiré a pie.
    —Es una locura. Tardarás una semana en llegar. Y de aquí a entonces los carros habrán tenido que retroceder muchos kilómetros — reflexionó el general.
    —Espero que no sea necesario. Si tengo éxito el Sol no llegará nunca hasta aquí. Además, espero emplear menos tiempo.
    — ¿Te das cuenta de lo que te propones? —exclamó el español— ¡Pretendes nada menos que escalar el Himalaya tú sólito!
    —Ya no es igual. Ahora las condiciones atmosféricas son diferentes. No puede sorprenderme una ventisca ni una tormenta. Además, con el carro puedo llegar muy alto en un solo día. Sólo lo abandonaré cuando sea necesario.
    —Te repito que si pretendes darme esquinazo pierdes el tiempo. Yo también tengo ganas de hacer un poco de deporte. El general Szeb podrá dirigir la maniobra de ataque él sólito si es preciso. Tiene todas las instrucciones.
    —En un caso así las instrucciones no pasan de ser una simple idea teórica. El general sería incapaz de hacer frente a cualquier contingencia imprevista.
    —Yo creo que no — replicó el general picado en su amor propio.
    — ¿Lo ves? — exclamó Héctor triunfante.
    —Como quieras — accedió Paul no de muy buen grado.

    Pero el general era obstinado. Se daba cuenta de que Paul tenía razón.

    —No estoy seguro de que vuestro plan sea bueno.
    —Deja ya de preocuparte, general. Lo que no podemos hacer es desencadenar una sangrienta batalla sin saber antes si es posible evitarla. Luchamos tanto por nuestra propia vida como por las de todo el pueblo del Séptimo Continente.
    —Os deseo suerte. ¿Cuánto tiempo necesitaréis?
    —Supongo que tres o cuatro días.

    Si dentro de cinco no estáis de regreso desarrollaré el plan de ataque número uno.

    Volveremos, general, puedes estar seguro.

    Adiós, Silón.

    Éste respondió al saludo y Paul y Héctor salieron del carro.

    —Mi carro está más cerca — dijo Paul. Y una vez en él ordenó a su ayudante: —En marcha hacia las montañas y a toda velocidad.

    El muchacho transmitió la orden a los otros dos hombres que componían la dotación y las orugas del vehículo comenzaron de nuevo a morder el hielo ablandado, que se resquebrajaba a su paso abriéndose en un profundo surco.

    Encendieron los focos.

    El terreno, cada vez más irregular, no ofrecía, sin embargo, serias dificultades al avance de la poderosa máquina, si bien el suelo cedía a veces bajo su peso, con amenazadores crujidos. Avanzaron así, durante algunas horas, hasta que Paul creyó prudente detenerse hasta que se hiciera de día.

    —El terreno es cada vez más inseguro —dijo—. Nuestros focos no son suficientes para hacer una buena exploración. Esperaremos.
    — ¿Crees que nos habrán descubierto? — preguntó Héctor, que contemplaba el exterior dentro de la torreta de observación situada sobre la cabeza de Paul, el cual consultaba en aquellos momentos unos planos garabateados con mil indicaciones.
    —No me cabe la menor duda — respondió.
    — ¿Qué pensarías tú en su lugar?
    —Que iba a ser víctima de un ataque y me aprestaría a la defensa.
    —Te digo esto porque me extraña que no hayan dado señales de vida... ¡Eh! ¿Qué es esto? ¡Sube, Paul, rápido!
    — ¿Qué pasa ahora?
    — ¡Sube aquí, de prisa!

    Paul se reunió rápidamente con su compañero a tiempo de ver una ráfaga luminosa que cruzaba el cielo, alargándose velozmente hacia las montañas. Era un trazo fino y contrastaba sobre el negro absoluto del cielo. A esta ráfaga le sucedió otra casi paralela a ella y después otras dos.

    — ¿Qué demonios será eso?
    — ¡Astronaves! — exclamó Paul —. ¡Astronaves que vienen del espacio!

    Continuaron observando durante unos minutos, pero las apariciones no se repitieron. Lentamente las estelas luminosas se disolvieron en la oscuridad hasta desaparecer por completo.

    Paul y Héctor descendieron de la torreta de observación. Conectaron la radio y llamaron al general.

    —Szeb al habla — respondió éste inmediatamente.
    —Oye, general. Nos hemos detenido para pasar la noche. Hemos avanzado unos cuarenta kilómetros ya que hemos tenido que hacerlo con precauciones. El suelo ofrece cada vez más obstáculos y se presenta menos firme y más peligroso. Esperamos que a la luz del día podremos avanzar más rápidamente. ¿Hay alguna novedad?
    —Todo está en orden y tranquilo. Demasiado tranquilo para mí gusto.
    —No seas tan impaciente. Cuatro astronaves acaban de pasar en dirección a las montañas. Creemos que su procedencia es extraterrestre.
    —Ha de serlo por fuerza. En la Tierra no existen. Hemos captado su paso, aunque desde aquí no hemos podido verlas.
    —Seguid a la escucha por si hubiera novedad. Nosotros continuaremos observando. Adiós. Corto.

    Paul apagó la radio y añadió:

    —Mañana volveremos a llamarles.
    —Quisiera estar seguro de que mañana podremos hacerlo — pensó Héctor en voz alta.
    — ¿Qué te hace sentirte de pronto tan pesimista?

    El español ensayó un gesto de despreocupación que no engañó a su amigo.

    —Nada —respondió—. Sólo he hecho un comentario No me tomes en serio.
    —Eso es justamente lo que hago desde que te conozco.
    —Pues haces mal porque a veces también a mí se me ocurren ideas.

    Paul le dio una amistosa palmada en un hombro, sonriendo abiertamente.

    — ¡Quién lo hubiera dicho, amigo Héctor! Bueno, creo que nos conviene dormir. En cuanto despunte la claridad del día reanudaremos la marcha. Haremos guardia por turnos. Yo haré la primera. Buenas noches.

    No tenía sueño. Desde hacía algunos días no dormía bien, justamente desde que comenzó a notar la ausencia de Zade. No había tenido ni siquiera un momento libre para ir a su casa. Había preguntado a Silón y éste le había contestado de la forma que pudo que la muchacha estaba bien. Paul la justificaba, o procuraba hacerlo para su propia conformidad, tratando de convencerse a sí mismo de que ella no había querido distraerlo en aquellos días de trabajo intensivo. Pero todas estas razones dejaron de tener sentido en el último día. No podía comprender el motivo por el cual no había acudido a despedirle. Algo anormal debía haber ocurrido. Zade no era capaz de comportarse de aquel modo. Y quizás por miedo a saber la verdad no había intentado averiguarlo por Silón. Ahora lo lamentaba. Al relevarle de la guardia uno de sus hombres se sentía fatigado; tanto que a pesar de tener la imaginación llena de fantasmas se durmió en seguida.

    Le despertó un brusco movimiento Se levantó de un salto con la mente completamente despejada y el cuerpo fresco y descansado por primera vez en mucho tiempo. El carro había emprendido la marcha y la claridad del día entraba a raudales por la torreta, una luz espléndida y cálida que le llenó de optimismo.

    Encontró a Héctor en su puesto explorando el exterior.

    — ¡Buenos días! — saludó éste.
    — ¿Por qué no me habéis despertado?
    — ¿Para qué? He hecho la última guardia y he arrancado esto en cuanto he visto asomar el día. Hace rato que salió el Sol. Mira qué hermoso —. Héctor suspiró. —Es como volver a ver a una chica guapa después de haber estado largo tiempo metido en una alcantarilla. ¿No te da pena que tengamos que correr esa odiosa cortina azul por delante de su redonda cara?

    Paul no respondió. Las palabras de su amigo le habían hecho pensar por primera vez que estaban empeñados en una lucha contra todo lo que tenía derecho a existir; en contra de la propia Naturaleza y de la Vida.

    Se sintió hechizado por el paisaje que les rodeaba. Avanzaban ahora sobre un terreno fangoso, en donde el hielo en fusión se mezclaba con la tierra. Aquello le demostró que las montañas eran realmente varios kilómetros más bajas que habían sido en su tiempo, ya que la corteza helada debería haber sepultado más de la mitad de la cordillera del Himalaya. Era algo escalofriante imaginar que toda aquella masa sólida estaba a punto de convertirse en un mar que lo anegara todo.

    Algunos riachuelos de agua clara corrían haciendo zigzags. Otros saltaban entre los bloques de hielo que a su vez lo engrosaban, fundiéndose bajo el calor del Sol. Las propias faldas de las montañas ocultaban ya de su vista las mismas cumbres. En su mayor parte se mostraban casi totalmente pedregosas. Las grandes masas de hielo se conservaban intactas únicamente en los lugares protegidos por la sombra.

    La luz era tan intensa que hacía daño en los ojos. Pero Paul se resistía a cerrarlos, fascinado por tanta grandeza y ávido de saturarse de aquella luminosidad maravillosa.

    —Empezamos a ascender —anunció Héctor, interrumpiendo una canción que estaba silbando—. A ver ahora si la máquina ésta se porta bien.
    —Está ideada para franquear los más difíciles obstáculos.
    —Ya veremos.
    —Seguiremos avanzando con ella mientras sea posible. Espero que los hombres de las montañas nos descubran pronto y vengan a nuestro encuentro.
    —Mientras no sea para traernos un regalito de proyectiles desintegradores...
    —No lo harán.
    — ¿Cómo estás tan seguro?
    —Porque querrán asegurarse de nuestras intenciones. Ellos desconocen también nuestra potencia.

    No había terminado Paul de decir esto cuando a unos cincuenta metros delante de ellos una tremenda explosión hizo temblar todo el carro con violencia, mientras sobre él caía una verdadera lluvia de piedras y bloques de hielo. La máquina se detuvo en seco al mismo borde de un profundo y humeante cráter.

    —Conque no dispararían, ¿eh? —dijo Héctor con marcada ironía—. ¿Quieres explicarme entonces qué ha sido eso? ¡La próxima nos dará de lleno! ¡Demos marcha atrás!
    — ¡No! —le sujetó Paul—. ¿Quieres estropear el resultado de nuestra misión?
    —Lo que no quiero estropear es mi piel.
    —Aguarda, Héctor — exclamó Paul con energía, aunque con serenidad. Se daba cuenta de que tenía que apelar a toda su fuerza de convicción para impedir a Héctor sus propósitos, aunque si era preciso estaba dispuesto a emplear cualquier otra clase de fuerza —. Eso no ha sido más que un aviso.
    — ¿Y si no lo ha sido?
    —Si quieren desintegrarnos no se lo impedirá el hecho de retroceder.

    Pero Héctor no se dejó convencer por esta indiscutible razón. Tenía el rostro encendido. No sentía miedo, pero pensaba que Paul había llegado demasiado lejos por una idea estúpida

    — ¡Entérate de una vez de que aquí soy tan capitán como tú! —exclamó—. ¡Ahora seré yo quien decida lo que debemos hacer!

    Dicho esto, el español puso de nuevo en marcha el motor del carro.

    Paul le apartó a un lado con violencia, deteniendo el vehículo, que había iniciado ya la vuelta.

    — ¿Es que te has propuesto matarnos a todos?

    Paul descendió de la torreta para examinar a sus hombres.

    — ¿Qué ha ocurrido? — preguntó el ayudante que, como sus otros dos compañeros, vestía el traje de protección contra las radiaciones solares, que le ocultaba incluso la cabeza dentro de una escafandra cilíndrica, de un material translúcido que reflejaba los rayos ultravioleta sin impedir la visión.
    —No pasa nada, no os alarméis —respondió Paul con calma—. Nos han mandado un aviso para que nos detengamos, esto es todo. Ahora Héctor y yo vamos a salir del carro y nos dirigiremos al encuentro de los hombres de las montañas. Después vosotros retrocederéis hasta poneros bajo la protección de la Capa Azul. Comunicad con el general Szeb. ¡Vamos, Héctor! ¿Estás dispuesto?
    —Lo estoy —dijo éste, que ya se había embutido en su traje aislante—. Paul —añadió después de vacilar un momento —: No quisiera que...
    —Deja de pensar en ello. No tiene importancia.

    Los dos compañeros escondieron sendas pistolas atómicas bajo sus abrigos y abandonaron el vehículo, el cual dio la vuelta después de transcurridos unos prudenciales minutos, y se alejó rápidamente, sobre sus mismas huellas.

    —Ya nos habrán visto salir —dijo Paul—. Ahora no dispararán. Si tienen la milésima parte de la inteligencia que parece, comprenderán nuestras pacíficas intenciones.

    Caminaban con toda la rapidez que les permitía el resbaladizo suelo. El frío era intenso, pero sobre sus rostros el sol parecía querer abrasarles la piel. El rumor del agua llegaba hasta sus oídos desde millones de diminutas cascadas como una sinfonía de la Naturaleza que despertaba, evocadora de unos días olvidados. A menudo se detenían para contemplar con admiración el paisaje que se extendía a todo su alrededor, cortado a lo lejos bruscamente por las sombras de la Capa Azul, como si allí terminara el mundo; un mundo minúsculo y bello, un oasis de luz en medio de unas tinieblas aterradoras.

    — ¡Mira, Paul!—descubrió Héctor—. ¡Hierba!

    Arrancó la diminuta planta y se la llevó a la boca, mordiendo el tallo con fuerza.

    —Descansemos un poco —dijo Paul sentándose sobre una roca desprovista completamente de todo vestigio de hielo—. En esta altura la presión atmosférica es muy débil.
    —Ya lo he notado. Pero no recuerdo haber respirado nunca un aire tan puro.

    De improviso una ráfaga de viento clavó en sus rostros los alfilerazos del frío.

    — ¿Pero cuándo diablos se dejarán ver esos mamarrachos? — gruñó el español, oteando en todas direcciones. — El carro se ha perdido ya de vista. ¿Es que se proponen matarnos de frío?
    —Ten paciencia. Nos encontrarán.
    —Eso será si nos buscan.
    —Saben dónde estamos. Hasta aseguraría que nos están observando con atención. Bien, sigamos.

    Su avance se hacía a cada momento más difícil y peligroso, mientras el viento, que soplaba cada vez con mayor fuerza, arrancaba lágrimas de sus ojos. Sus pies, al atravesar los ventisqueros, se hundían profundamente.

    Después de algunas horas de penoso caminar en silencio, reservando todas sus energías para el esfuerzo muscular, Héctor se detuvo jadeante, cayendo de rodillas. Su respiración era agitada y casi le impedía hablar.

    — ¡Espera! —exclamó con gran esfuerzo—. No puedo... más. ¡Nos dejarán morir, Paul! ¡No vendrán a... buscarnos!

    Paul se hallaba también al borde del desfallecimiento. No comprendía por qué no habían ido ya en su busca y temía que Héctor no se equivocara en sus sospechas. En ese caso sería el fin. No llegarían a ver de nuevo la luz del Sol. Pero no podía demostrar sus pensamientos si querían aprovechar la remota posibilidad de que les encontraran con vida. Era preciso seguir adelante, hasta llegar al mismo escondrijo de los hombres de las montañas o perecer en el camino. Muchas otras vidas dependían tal vez de que fueran un poco más fuertes y llegaran un poco más lejos. Paul recordaba haber visto en los desiertos marcianos los restos de hombres y animales muertos de sed a pocos pasos del agua. No, no podían darse por vencidos. Asió a Héctor por un brazo y le ayudó a incorporarse.

    — ¡Deja ya de decir tonterías! ¿Es que estás delirando? ¿Dónde están tus ánimos?
    — ¡No daré un paso más! Si quieren venir, aquí me encontrarán.
    —Te creía más fuerte. . ¿No te das cuenta de que si te detienes morirás de frío?
    — ¿De frío? ¡Me río yo de eso! Una vez nos congelamos del todo y ya puedes ver los resultados... ¡Hemos vivido diez mil años! ¿No te hace gracia? Yo lo encuentro muy gracioso. ¡Diez mil años! ¡Ja, ja, ja!

    Paul le abofeteó con fuerza. Héctor se encontraba a punto de ser víctima de un ataque de histeria que incluso podía conducirle a la locura.

    Afortunadamente el español reaccionó con normalidad.

    —Perdona... No... no ha sido culpa mía...
    —Ya lo sé, Héctor.

    Paul giró su vista a todo su alrededor. Sólo pudo ver montañas, cúspides silenciosas que se sucedían unas detrás de otras, hasta llegar muy lejos, penetrando en la negra sombra de la Capa Azul; otras, resplandecientes, blancas, que querían acercarse al Sol para calentar un poco sus entrañas heladas. Pero todo envuelto en una soledad deprimente.

    Héctor sacó su pistola y disparó al aire. El estampido se repitió en mil ecos distintos, cada vez más lejanos, hasta ser tragados por el silencio.

    — ¿Te has vuelto loco? —exclamó Paul, arrebatándole el arma de un manotazo—. ¿Quieres provocar un alud?

    Héctor se quedó perplejo. Efectivamente, su razón estaba casi adormecida. No podía darse perfecta cuenta de las cosas. Además, había revelado a los hombres de las montañas que estaban armados, y esto quizás podía volverles algo recelosos.

    —Soy un imbécil —reconoció con rabia—. Bien, si estás dispuesto, continuaremos.

    Su compañero, sin replicar, volvió a iniciar la marcha, aunque esta vez con el más profundo desaliento. Paul le vio caminar a su lado como un autómata, casi sin darse cuenta de sus propios movimientos. De pronto se quedó clavado, con la mirada fija al frente.

    — ¡Allí! —exclamó con excitación—. ¡Ya están ahí, Paul! ¡Nos han encontrado! ¡Míralos!

    Podía ser verdad o únicamente un espejismo, pero frente a ellos, sobre una pequeña elevación, surgieron en contraluz cuatro siluetas humanas.

    Paul soltó un grito. Los recién aparecidos respondieron con otros y se lanzaron pendiente abajo.

    — ¿No te lo decía, Héctor?

    Los cuatro hombres llegaron junto a ellos. Eran individuos de una estatura gigantesca, pues sobrepasarían los dos metros. También ellos se quedaron perplejos al encontrar a aquellos dos enanos que les miraban con una expresión de miedo. Comenzaron a hablar en una lengua extraña, sin duda para ponerse de acuerdo sobre lo que deberían hacer con aquellos dos liliputienses. No llevaban armas, al menos visibles, e iban indumentados con unos trajes amarillos de una sola pieza que no aparentaban abrigar mucho. A pesar de su descomunal estatura estaban muy bien proporcionados. Tres de ellos parecían bastante viejos, aunque robustos, y lucían unas pobladas barbas rubias, así como sus largos cabellos que revolvía el viento. El otro era mucho más joven, casi un muchacho, imberbe y de piel sanguínea. Contemplaba a los dos enanos con asombro. Extrajo de una bolsa que llevaba colgada al hombro un par de galletas muy grandes y se las entregó, indicándoles por señas que comieran.

    Los dos desfallecidos compañeros no se hicieron de rogar, comprobando que se trataba de un alimento muy agradable al gusto y que casi instantáneamente les renovó las energías perdidas.

    —Gracias, pequeño — dijo Héctor con una sonrisa, que el «pequeño» correspondió con otra.
    — ¡Una raza de gigantes! —exclamó Paul—. ¿De dónde demonios habrán llegado? Que yo sepa, en todo nuestro sistema planetario no existen hombres así.
    —No existían — corrigió Héctor.
    —Lo más curioso es que respiran nuestro aire con toda tranquilidad

    Los gigantes parecieron llegar al fin a un acuerdo e interrumpieron su polémica para indicarles que les siguieran.

    —No tuvimos en cuenta —pensó Héctor— que no podremos entendernos con ellos.
    —Nos entenderemos con un poco de buena voluntad. Ellos también han de estar interesados en interrogarnos.
    —Lo malo es que sólo hablamos «lenguas muertas». Y aunque así no fuera, ellos no pueden entender ninguna lengua terrestre.
    —Calla y guarda el resuello para caminar.

    Sin embargo, los gigantes no avanzaban con la rapidez que era de suponer, sino que por el contrario parecían realizar un esfuerzo enorme. Con frecuencia se detenían para tomar alientos.

    El terreno era pedregoso y húmedo, muy quebrado, que ofrecía a veces como único camino estrechos senderos naturales que bordeaban abismos profundísimos, en cuyo fondo bramaban los barrancos invisibles e impetuosos. Era un suelo virgen, que nunca había sido modificado por erosión alguna.

    El grupo escaló la falda de una extensa y alta meseta, en cuya planicie encontraron una verdadera formación de sorprendentes astronaves, de líneas valientes y enormes dimensiones. Era difícil calcular su número, pues como los árboles de un bosque, se ocultaban unas tras otras. De todas formas, no podían ser menos de cien, todas iguales.

    Algunos nuevos gigantes se les acercaron curiosos Todos ellos vestían de amarillo. Los dos pilotos fueron conducidos a una de las astronaves, a la que les invitaron a entrar por una portezuela.

    La puerta se cerró tras ellos, dejándoles sumidos en una impenetrable oscuridad.

    — ¡Bueno! —exclamó Héctor—. ¡Hemos caído en la trampa como un par de conejos! Conozco una fábula que también termina así. Sólo me consuela la idea que de momento hemos salvado la vida.
    —Tranquilízate. Yo no creo que nos tengan aquí mucho tiempo.
    —No veo nada.
    —Haz como yo. Siéntate en el suelo.
    — ¿Y crees que así veré más?
    — ¡No seas estúpido!

    Héctor soltó un suspiro.

    —Nos armaremos de paciencia... ¡Oye! Ahora que recuerdo. ¿Sabes que tenemos cada uno una pistola atómica? Lo extraño es que ellos también lo saben, por culpa de aquel disparo tuyo. Y no nos las han quitado.
    —Lo que demuestra que sus intenciones son buenas.
    —O que el blindaje de este aparato es tan resistente a las explosiones atómicas como el acero a las flechas. ¿Y si hiciéramos la prueba?
    — ¿Quieres dejar de una vez de decir tonterías? Ni siquiera nos han amenazado.
    —Eso no podemos asegurarlo. Eres demasiado confiado, amigo Paul.

    Transcurrieron unos minutos de silencio. Héctor comenzó a sentirse incómodo. La oscuridad era tan impenetrable que por un momento pensó si no les habría ocurrido igual que al viejo Both cuando vio el sol. Pero aquello era absurdo.

    —Deben habitar un pequeño planeta — dijo Héctor de pronto.
    —A juzgar por su estatura yo diría que debe ser tan grande como Júpiter.
    —Al contrario. Un astro posee una menor gravedad cuanto más reducida sea su masa. Así, la altura de sus habitantes ha de ser proporcionalmente superior en razón inversa. Es un hecho comprobado. Además, he observado que la gravedad de la Tierra les fatiga mucho. Su resistencia física no debe ser muy grande.

    Una puerta se abrió repentinamente sin producir el más leve ruido. En su marco ovalado se dibujó la silueta de uno de aquellos gigantes, que les hizo una seña para que le siguieran. Así lo hicieron los dos pilotos, recorriendo un largo y estrecho pasillo, casi justo para permitir el paso de su guía. Este se detuvo frente a otra puerta, que se abrió tan silenciosamente como la primera al influjo de un simple ademán. Después les invitó a entrar.

    Paul y Héctor se encontraron en una reducida estancia, incluso para ellos, y cuyos detalles no pudieron observar, pues se tropezaron con un hombre de apariencia simpática, que les tendió su enorme mano con cordialidad. Los pilotos se la estrecharon, es decir, se dejaron estrechar las suyas, y luego se sentaron en una especie de largo sofá que rodeaba por completo la cámara, excepto el trozo que correspondía a la puerta. Ningún otro mueble ocupaba la superficie del suelo. Daba la sensación de ser aquél un espacio lamentablemente desperdiciado. Sólo un par de redondos ventanillos daban vista al exterior, por los cuales penetraba la luz del Sol.

    El gigante, sin duda el capitán de la astronave y posiblemente el jefe de toda la flota, empezó a dar paseos con las manos a la espalda y el semblante pensativo. Dadas las pequeñas dimensiones de la cámara sus paseos se reducían casi a dar vueltas y más vueltas, hasta que los dos pilotos comenzaron a ponerse nerviosos.

    Por fin, se plantó frente a ellos y les dijo algo incomprensible. Seguramente debió encontrar muy cómica la expresión de los dos pilotos, porque sonrió sospechosamente. Hizo a continuación varios intentos más para hacerse entender, hasta que acertó a preguntar ¡en perfecto español!:

    — ¿Quiénes sois?

    Los rostros de los pilotos sufrieron tan brusco cambio que el gigante retrocedió un paso, como si temiera que se le echaran encima.

    — ¡Mi madre! —exclamó Héctor estupefacto, cuando consiguió desatragantar las palabras—. ¿A que ahora va a resultar que es de mi pueblo? ¿Pero cómo demonios has aprendido a hablar en español? ¡Pero si, además, es una lengua muerta!
    —Sin embargo — replicó el gigante —, tú la hablas tan bien como yo.
    —Bueno, pero eso es muy natural, si tenemos en cuenta que yo soy español.
    — ¿Español? ¿Es que aún existe ese país?
    —No, ya ha dejado de existir hace... mucho tiempo. No podrías creerme si te lo explicara. Así que es mejor que nos expliques tú quién eres. Nosotros estamos dispuestos a creerlo todo.
    —Mi nombre es Ivo y yo soy el comandante de esta flota.

    Paul y Héctor se presentaron a su vez.

    —Muy bien, amigo. Estoy encantado de saludaros y comprobar que en la Tierra hay aún seres humanos. Me gustaría saber cómo la humanidad pudo sobrevivir a los efectos de esta envoltura impenetrable que cubre todo el planeta. Pero ya tendréis tiempo de contármelo. Nosotros hemos venido a destruir esa envoltura. Desde hoy comenzará para todos una nueva era de felicidad y progreso...
    — ¡Un momento! —le interrumpió Héctor—. Hablemos despacio antes de que prosigas con ese discurso tan bonito. Precisamente nosotros hemos venido a...
    —Sí, ya me figuro que os sorprende nuestra visita —le cortó Ivo—. Pero ya veis que somos amigos. Detuvimos vuestro vehículo con un disparo porque desconocíamos vuestras intenciones. Estábamos intranquilos desde que descubrimos vuestros aparatos voladores, ya que suponíamos que la Tierra estaba deshabitada. Ahora imagino que os gustaría saber quiénes somos nosotros.
    —Lo estamos deseando.
    —Amigos míos, cuando la Tierra fue cubierta con esa envoltura que la sumió en las tinieblas ya estaba la ciencia tan adelantada que para el hombre era normal viajar de un planeta a otro.
    —Ya lo sabemos.
    —También para vosotros la historia comienza entonces. Quedasteis aislados del resto del universo hasta hoy, en que por un afortunado azar, se os abren de nuevo las puertas del espacio. Nuestro origen es el mismo que el vuestro, aunque nos hemos acostumbrado a denominarnos a nosotros mismos selenitas.
    — ¿Hombres de la Luna? —exclamó Paul, sin dar crédito a sus oídos—. ¿Hablas en serio?
    —Así es. En aquella época la Tierra tenía una colonia en el satélite que había sido acondicionado para que sus habitantes pudieran vivir por sí mismos sin depender de la ayuda del planeta. Bajo enormes campanas que filtraban y amortiguaban los rayos del Sol se creó una atmósfera artificial de aire, bajo la que se trasplantó la vida vegetal de la Tierra; se llevó agua en cantidad y hasta se logró extraerla del subsuelo lunar, y nacieron pequeñas ciudades. De pronto, un día, los pobladores de la Luna se dieron cuenta de que la Tierra había dejado prácticamente de existir. Y este es el origen de mi raza. Ahora, al veros a vosotros, he comprendido que hemos sufrido un cambio notable, aunque no tanto como para dejar de sentir que somos hermanos vuestros. Conservamos nuestras antiguas lenguas y hablamos otras nuevas. Nos hemos extendido por todo el Universo, pues nuestro mundo es pobre y pequeño. Nuestros antiguos enemigos son hoy nuestros aliados. Pero siempre hemos soñado con recuperar la patria perdida, la Tierra, el más bello planeta de la Creación; el único lugar donde podemos vivir bajo condiciones naturales. Tendremos que adaptarnos nuevamente a su gravedad y a muchas otras cosas que aún desconocemos, pero eso no importa. Durante miles de años terrestres la capa que ha envuelto el planeta ha aguantado indestructible, incluso rebelde a la misma ciencia que la generó. Hace poco, y por circunstancias desconocidas, una lluvia densísima de meteoritos consiguió romperla. Entonces vimos que una vez perforada nosotros podíamos destruirla desde el otro lado por medio de un intenso bombardeo de partículas beta muy penetrantes. Esto es todo, amigos míos, y lamentamos que la circunstancia fortuita que nos ha permitido alcanzar el éxito no se haya producido antes.

    Paul se sintió trastornado. Aquello era completamente inesperado. Complicaba la situación de una forma desastrosa. Era preciso explicar a aquel hombre que lo único que estaban haciendo era provocar una catástrofe de dimensiones descomunales.

    —Es volver a recuperar la patria perdida —siguió Ivo—, la tierra de nuestros antepasados, el lugar donde debimos haber nacido, como ellos.
    —Ivo —empezó Paul—. En el transcurso de diez mil años, las cosas ya no son igual en la Tierra. Los seres humanos han cambiado. El planeta se cubrió de hielos al verse privado de su principal fuente de calor. La vida se extinguió. Sólo el hombre logró subsistir, pero a costa de muchas renuncias y grandes esfuerzos. Ahora la Capa Azul es precisamente su mejor protección. Se ha adaptado a ella de tal modo que ahora los rayos solares lo aniquilarían. Se fundirían los hielos, bajo los que han edificado sus ciudades. No pueden consideraros como a hermanos suyos. Sois, por lo tanto, su mayor enemigo.

    Ivo le escuchó atónito. Luego comenzó de nuevo a pasearse.

    —Todo eso que me cuentas es bastante fantástico. No lo puedo creer. A vosotros el Sol no os hace ningún daño.
    —El motivo de que esto sea así es mucho más increíble aún. Es algo muy difícil de explicar. Somos los únicos que podemos prescindir de la Capa Azul y por eso hemos venido hasta aquí. Debéis dejar las cosas como están; de lo contrario no tendremos más remedio que haceros frente por la fuerza.
    — ¿Es que nos amenazas?
    —De momento es sólo una advertencia, una llamada a vuestra buena voluntad.
    — ¡Pues es muy lamentable! ¡Sí, muy lamentable! —exclamó Ivo con energía—. ¡Eso no nos hará retroceder! Tú mismo has dicho que ya no somos hermanos. Es muy posible. Nuestras fuerzas son diferentes, aunque nuestro origen sea el mismo. También lo es el de los seres más inferiores. ¡Volveremos a la Tierra! ¡Es nuestra! La conquistaremos con sangre si es necesario. Hemos estado esperando este momento durante miles de años. No renunciaremos a lo que nos pertenece.

    Paul vislumbró con claridad y con súbito horror que todo intento de inteligencia con aquellos hombres estaba condenado al fracaso de antemano. Pero eran millones de vidas las de los seres humanos que estaban en juego. No podía renunciar. Sin embargo, vaciló.

    -—Quiero que reflexionéis —dijo el selenita—. Por nuestra parte, os prometemos hacer todo lo posible para que los habitantes de la Tierra no corran peligros innecesarios.
    — ¡Vosotros tenéis un vasto mundo, sin límites! Podéis vivir en todos los planetas. ¿Por qué empeñaros en la conquista de éste que ya, por más que os lo imaginéis, ha dejado de ser el vuestro? ¿Qué importa vuestro origen? Sólo podéis alegar el derecho de la fuerza, es decir, un derecho que no tiene fuerza alguna. ¿Qué les queda, en cambio, a esta gente? Su única defensa contra la muerte es la Capa Azul. Adaptaros vosotros a ella. Nosotros dos hemos podido hacerlo.
    —Nuestra existencia es miserable, Paul. En nuestro pequeño astro somos seres prisioneros en una pecera, y cuando salimos de ella hemos de hacerlo dentro de unas monstruosas escafandras. Sólo aquí podemos respirar con libertad. La sensación que experimentamos al poder hacerlo es imposible de describir. Es como el renacer a una vida mejor a la que ya no se puede renunciar. Por otra parte, yo no puedo hacer nada. El impulso de toda la raza no puede detenerse por la decisión de un solo hombre.
    —Entonces, la guerra es inevitable. Será la más injusta de las guerras. Mientras haya un solo hombre en este planeta, luchará hasta el fin por defender su vida.
    —Lo lamento. Pero lo cierto es que vosotros sois distintos. El sol no os daña. Por lo que veo, no todo el pueblo terrestre vive bajo los hielos. No lo comprendo, pero tengo la evidencia en vosotros mismos. Por eso estoy seguro de que no podréis declararos enemigos nuestros, sino aliados que disfrutarán también de un mundo nuevo.
    — ¡Estás en un error, Ivo! ¡Te repito que somos los únicos! No podrías comprenderlo, pero te juro que es así.
    —Y en ese caso, ¿qué son los demás? ¡Unos míseros gusanos de tierra, unos seres inhumanos que huyen de la luz y de la vida! ¿Por qué hemos de sacrificarnos nosotros?

    Ivo tomó una decisión repentina: se marchó precipitadamente sin añadir una sola palabra.

    — ¿Qué hacemos, Héctor, qué hacemos? ¿Por qué no me has ayudado? — se lamentó Paul.

    Su compañero no se atrevió a responder. Consideró que la situación personal de Paul no era la misma que la suya. Él tenía a Zade en el pasado, y no creía equivocarse al pensar que para su compañero era la muchacha la única razón que impulsaba todas sus acciones y gobernaba sus sentimientos.

    Ivo había expuesto claramente sus indiscutibles razones. Si al final había una guerra, estaba bien claro quién sería a la larga el vencedor. Era lamentable para el pueblo del Séptimo Continente. ¿Y para qué tenían ellos dos que sacrificar sus vidas? ¿Acaso con ello podrían remediar algo?

    Y, a fin de cuentas, ellos no pertenecían al pueblo de los hielos, sino al del Sol, al de la nueva Tierra. Pero, ¿quién podía meter esto en la cabeza de Paul?

    Éste se frotaba las manos, nervioso, buscando una solución desesperada.

    —Vámonos de aquí.
    —Yo me quedo — replicó Héctor con toda la serenidad que le fue posible.

    Paul miró a su compañero con incredulidad, inmovilizado por la sorpresa.

    — ¿Lo has decidido?
    —Sí.
    —Está bien. Tú sabrás lo que haces. No te lo reprocho. Yo no puedo hacerlo. Me sentiría... un traidor. Adiós.

    Salió. Sin mirar a nadie, con el único pensamiento de alejarse de allí lo más rápidamente posible, se lanzó pendiente abajo, con la amargura y el desengaño clavados en el corazón. Había perdido tantas cosas en unos instantes que sólo el pensamiento de Zade le animaba como si tuviera alas en los pies. Acababa de perder de un golpe la fe en todo, incluso en la fidelidad, un sentimiento que para él había sido sagrado. Incluso había perdido la fe en el futuro, que es lo peor que puede perder un hombre cuando ya ha dejado de creer en todo lo demás.

    Nadie le detuvo.

    En aquellos instantes sólo existía una cosa en el universo entero: Zade. Era lo único que le impulsaba a vivir, aunque no fueran más que unos últimos instantes de angustia y agonía.

    De pronto, una voz le hizo detenerse.

    — ¡Paul, Paul! ¡Espérame!

    Era su compañero.

    —Me voy contigo — dijo éste cuando hubo llegado jadeante a su lado.
    — ¿Es cierto eso?
    —Sí.
    —No debes hacerlo.
    —Hago lo que me da la gana, ¿entiendes? —Héctor estaba nervioso—. Soy español, romántico o imbécil, como te parezca. Si intentas echarme sólo conseguirás que te rompa la cara.
    —Muy bien, como quieras. Y... gracias.

    Se estrecharon la mano.

    —Vamos, Paul. Empezamos esta aventura juntos. Así la terminaremos, aunque no sepamos cómo... o aunque lo sepamos. En realidad, me he dado cuenta de que no podría seguir viviendo como un ser raro, como... un enano. Además, tengo ganas de volver a ver a la chica aquélla que me pegó.

    Paul soltó una carcajada.

    — ¡La verás, Héctor, la verás! ¡Te lo prometo!

    Echaron a andar uno junto a otro.

    Una figura humana les vio alejarse desde las alturas. Y si alguien hubiera estado a su lado le hubiera oído murmurar:

    —Tal vez sea un error dejarlos ir. Pero de todos modos triunfaremos nosotros. Son unos locos. Renuncian a la vida sin tener por qué hacerlo.


    Capítulo XI


    — ¿QUÉ HACES AQUÍ, ZADE? ¿Por qué has salido? Es una imprudencia.

    La muchacha miró a su padre con gran tristeza.

    —Me ahogaba ahí dentro —. Señaló el carro del general con un gesto —. El general Szeb se ha puesto furioso cuando me ha descubierto. Lo siento, padre.
    —Eso ya no importa. Lo que me preocupa eres tú.
    —No me ocurre nada, si es eso lo que piensas. Necesitaba estar sola un rato. Han ocurrido muchas cosas desde que tuvimos aquella charla tú y yo, ¿recuerdas?

    Igual que aquella vez, Silón se sentó a su lado. Y también, como entonces, le acarició la rodilla. Pero, como había insinuado Zade, ya no era lo mismo. Ahora no le inquietaban pensamientos idealistas, sustituidos por otros más concretos y definidos.

    —Sigo creyendo que no debiste venir con nosotros, Zade. ¿Por qué me obligaste a ocultarte en el carro del general?
    —Era algo superior a mis fuerzas el quedarme allí esperando pasivamente. Ya lo sabes
    —Es cierto, y aunque no me lo has dicho, también sé que existe otra causa, en realidad la causa principal.

    A pesar del frío que le mordía cruelmente el rostro, Zade enrojeció. La razón, sin embargo, no era otra que la de una especie de sentimiento de culpabilidad por haber ocultado su secreto a su padre. Ignoraba el motivo por el cual no le había confesado su amor por Paul. En su propia conciencia sólo existía una explicación, pero ni ella misma habíase atrevido a pensar en ello detenidamente. Paul no era de su raza, ni siquiera de su mismo mundo. Era un ser diferente, anacrónico, un auténtico intruso. Todo esto no le importaba nada, mas en el fondo de todo parecía ocultarse, sin llegar a conseguirlo, un temor indeciso, una incertidumbre con respecto al porvenir de ambos si unían sus vidas; una duda nacida del misterio del lugar que las almas podían ocupar con el tiempo. Era un presentimiento que tenía clavado en lo más profundo de su alma. Tuvo que confesarse que lo que realmente sentía era miedo, un miedo tanto o más poderoso que el mismo amor que sentía por Paul. No sabía cuál sería el resultado de aquella terrible lucha interior. Por eso no le había dicho nada a Silón. Quizá temía que al hacerlo se le revelara con claridad el fundamento de su miedo.

    La incógnita de sus vidas continuaba latente entre ellos. Para Paul ella había existido mucho antes, en su propio tiempo, y la había amado intensamente. Zade ya no se había atrevido a negar que aquello fuera cierto. ¿Quién era ella, entonces? ¿Por qué permitía que en su mente se clavara el aguijón de esta interrogante, cuando su misma razón la rechazaba de plano? ¿Por qué Paul había penetrado de aquel modo en su vida, haciendo vacilar y tambalearse todos sus convencimientos?

    —Amo a Paul —confesó a Silón, sintiendo que con ello aliviaba su espíritu de un gran peso—. Y él también me ama. Quiere que nos casemos.

    Era curioso: le había sido sumamente fácil revelar su secreto. Dicho así, de esta forma, parecía lo más natural del mundo. Sin embargo, tuvo la impresión de que acababa de decir algo sin sentido.

    —No me importa nada, padre —agregó para adelantarse a posibles objeciones—. Ahora sólo puedo pensar en su vida.
    —Volverá pronto, Zade, no temas. Además, no se encuentra solo. Héctor está con él.
    — Ya lo sé. Pero lo que más me atormenta es lo que estará pensando de mí. No debí dejarle partir sin decirle que... estoy aquí por él. Tú me comprendes, ¿verdad, padre?
    —Claro que sí. El amor sigue siendo algo misterioso, pero no ha cambiado ni puede cambiar mientras el alma humana sea capaz de darlo y recibirlo. Es el principio de todo, y a veces también el final.
    —Quisiera que las horas pasaran muy de prisa — suspiró la muchacha con vehemencia. Y casi con el suspiro dentro se puso en pie de un brinco exclamando —: ¡Mira, padre! ¡Ya están aquí!

    Silón distinguió una mancha oscura que no pudo identificar de momento como un carro. Corrió a la torreta de observación de la máquina del general y apuntó el radavisor hacia aquel objeto.

    —Sí, deben de ser ellos — murmuró,
    — ¿Quién? — preguntó el general Szeb.
    —Héctor y Paul.
    — ¡Gracias a Dios! Me tienen indignado por no haber comunicado con nosotros durante estos dos últimos días. ¡Pronto, conectad la radio!

    Zade salió a toda prisa, corriendo a través de los hielos hacia el carro, que se aproximaba. Al encontrarse lo suficientemente cerca abrió los brazos. El vehículo se detuvo y de su interior salió una figura humana que reconoció en seguida a pesar del voluminoso traje aislante que le cubría.

    — ¡Paul! — gritó, corriendo a sus brazos.

    El joven se quedó petrificado por la sorpresa.

    — ¿Zade? ¡Eres tú! ¡Estás aquí! ¿Por qué no me lo dijiste?
    —Temía que no me permitieras ir contigo. Y yo no quería dejarte venir solo.
    — ¡Eh! —gritó Héctor, asomándose por la portezuela del carro— ¡El general Szeb...! — Y al descubrir a la muchacha —: ¡Caramba, Zade! ¿Has caído del cielo? ¡Esto sí que es una sorpresa! Me alegro de que estés aquí.
    — ¿Qué le pasa al general? — preguntó Paul.
    —Está que muerde. No hace más que dar gritos por la radio Dice que ya está harto de decirle al presidente que espere. Yo no me he atrevido a decirle la verdad. ¿Por qué no se lo dices tú?
    — ¿Qué verdad es esa, Paul? — quiso saber Zade, presintiendo de lo que se trataba.

    El rostro de Paul se ensombreció Consideró que era mejor no ocultar nada. Por otra parte, Zade lo adivinaría o se enteraría más tarde. Con aquella chica no se podían guardar secretos.

    —No hemos conseguido nada, Zade.
    — ¿Está... todo perdido?

    La muchacha palideció, pero se mantuvo serena.

    — ¿Para qué ocultártelo? De momento la guerra es inevitable. Puede que se resuelva en unos minutos, o que se prolongue durante años, pero no tenemos más remedio que apelar a la fuerza. No he podido evitarlo.
    —Lo has intentado y es suficiente.

    Paul, más tranquilo por la gran presencia de ánimo que demostraba la muchacha, la condujo dentro del carro y respondió al general Szeb, que no cesaba de dar voces.

    — ¡Cálmate, general, ya estamos aquí! ¡Un poco de paciencia!
    — ¡Paciencia, paciencia! ¿Cómo puedes pedirme eso después de dos días de silencio?
    —Pensé que era mejor no decir nada por radio.
    — ¿Por qué? Creí que os había ocurrido algo. ¿Habéis visto a los hombres de las montañas?
    —Sí, y hemos hablado con ellos.
    — ¿De veras? ¿Cuál ha sido el resultado?
    —Te lo explicaré personalmente dentro de unos minutos. Es largo de contar. Corto.

    El general soltó un grito de desesperación.

    — ¡Van a conseguir destrozarme los nervios!

    Cinco minutos más tarde le encontraron deshaciéndose las manos, poseído de la más feroz impaciencia.

    Paul se lo explicó todo sin rodeos.

    Los nervios del general cedieron visiblemente su tensión, dejándole abatido y sin fuerzas para reaccionar al duro golpe que acababa de recibir.

    Zade había informado ya a Silón, que pareció tomar la cosa con mucho más calma, posiblemente porque nunca había llegado a forjarse ilusiones o porque en su interior era un fatalista,

    Se impuso un silencio embarazoso que rompió Héctor.

    — ¡Bueno, no podemos quedarnos con los brazos cruzados! Hemos de actuar con toda rapidez. Aún no está todo perdido. ¿Para qué demonios, si no, hemos armado y organizado todo este ejército? ¡Si quieren la guerra la tendrán, y estoy seguro de que al fin les obligaremos a largarse a la Luna para siempre! ¡Vamos, general Szeb, ya está aquí el momento que tanto esperabas!

    Ni él mismo creía lo que acababa de decir, pero consiguió su propósito: levantar los ánimos. En pocos minutos el ejército entero se entregó a una febril actividad.

    —Mañana llegaremos al pie de la cordillera —dijo Paul, estudiando los planos—. Desarrollaremos el plan número dos como estaba previsto. Espero que dirijas la operación sin un solo fallo, Szeb.
    —Te garantizo que lo haré así.
    —Muy bien; ahora Héctor y yo retrocederemos a la retaguardia, en donde transportan los cohetes. Sólo tenemos dos, frente a la fabulosa flota de astronaves con que cuenta el enemigo, pero ellos no lo saben y pueden creer que poseemos muchas más Es una ventaja que debemos aprovechar.

    El general Szeb hizo un gesto de escepticismo

    —Ha sido una lástima que no tuviéramos tiempo para fabricar algunas más — se lamentó.
    —Confiemos en que de momento sean suficientes para contenerles —respondió Paul—. Vamos, Héctor.

    Zade se arrojó a sus brazos antes de dejarle partir.

    —Prométeme que volveremos a vernos... una vez más, Paul — le suplicó anhelante.
    —Nos veremos muchas más veces, Zade. Al final la victoria será nuestra, y volverán los días de paz.
    —Paul, no trates de engañarme. Tú sabes tan bien como yo que estamos irremisiblemente perdidos.
    —No debes decir eso.
    —Lo sé. Pero también sé que las armas y las estratagemas no significan nada en esta guerra

    No había miedo en las palabras de Zade. Sólo una gran tristeza, una fatal resignación.

    Paul no podía luchar contra esto.

    —Te prometo volver —musitó, seguro de que al menos haría todo lo posible para que fuera así—. Adiós.
    —Hasta siempre, amor mío.

    No podía continuar mirando su rostro entristecido, aquellos ojos húmedos que casi parecían suplicar al destino la limosna de vivir un día más, o unas horas, o tan sólo unos minutos.

    La vida no tenía ya importancia. Pero para ellos dos existía algo más que les despertaba una impotente fuerza de rebeldía, una negativa a renunciar a la felicidad.

    Bajo la primera y lejana luz del amanecer los des cohetes estaban ya dispuestos, con sus cargas atómicas, para emprender el despegue desde las plataformas que remolcaban varias docenas de carros.

    Paul pudo observar que entre los hombres que componían la gigantesca expedición, la moral era inmejorable. Le invadió hacia ellos un profundo sentimiento de compasión y un incontenible deseo de salvar sus vidas a costa de todo. Se portaban bien porque se les había inculcado la idea, desde un principio, de que la lucha era inevitable, y no se les había hecho concebir falsas esperanzas de paz. Para ellos la suerte estaba echada desde el primer día.

    Los dos pilotos ocuparon sus puestos en las cabinas de los cohetes.

    El corazón de Paul latía como un caballo sin freno, casi ahogándole. Le hubiera gustado detenerlo. Procuraba mantenerse sereno y tranquilo, sin conseguir alejar de sí los negros presentimientos que le enturbiaban la visión del futuro.

    Comprobó que todo estaba en orden.

    — ¿Preparado? — preguntó a Héctor.
    —Preparado.
    — ¡Adelante, pues!

    Los poderosos motores rugieron, escupiendo por los tubos reactores sendos chorros de fuego que impulsaron a los cohetes al espacio... Después de tomar la suficiente altura, las afiladas proas se nivelaron con la horizontal y enfilaron la dirección de las montañas.

    Parecían estar muy cerca, pero Paul experimentó la ilusión de que iban alejándose de ellos, manteniendo una distancia constante.

    Escasos minutos después, que se le antojaron horas, comunicó al general Szeb:

    —Volamos sobre el objetivo, general. ¿Cuál es tu posición?
    —Cinco, tres.
    —Perfectamente. La hora cero está próxima.
    —Estamos dispuestos.
    —Bien, hasta la vista. Corto. ¡Atención, Héctor! Ahí les tenemos. ¿Ves las astronaves posadas?
    — ¡Vamos a hacer una hermosa ensalada con esa fila de pepinos!
    — ¡Dispara!

    Al mismo tiempo que daba la orden, Paul oprimió el disparador.

    El cohete, bruscamente aliviado de un gran peso, sufrió una sacudida y se elevó rápidamente varios cientos de metros, ya bajo la luz directa del Sol, que pareció apagarse al resplandor de las dos explosiones atómicas que se produjeron simultáneamente sobre la formación de astronaves selenitas. Una densa nube de humo negro cargada de voraces llamas se elevó hacia el cielo en unos segundos, ocultando la visibilidad de toda la cordillera.

    Transcurrió bastante tiempo hasta que la nube se disipó lo suficiente para que los pilotos pudieran vislumbrar los efectos de su bombardeo. La meseta entera habíase transformado en un cráter profundo y negro, al que se precipitaban desde las alturas, con saltos inverosímiles, enormes bloques de piedra.

    — ¡Los hemos machacado bien! —exclamó Héctor, casi con un aullido—. ¡Nuestras bombas les han hecho efecto!
    — ¿Es que lo dudabas?
    —La verdad es que no estaba muy seguro de que les hiciéramos nada. Nos llevan cien siglos de ventaja en... ¡Cuidado, Paul! ¡Nos ataca un grupo de astronaves! ¿De dónde demonios habrán salido?

    Relucientes como husos de oro. Paul pudo ver a sus enemigos, que se dirigían hacia ellos.

    Hizo una rápida maniobra hacia la izquierda, mientras Héctor, comprendiendo, viraba a la derecha, con el fin de dividir la formación.

    Eran seis aparatos que sin duda se habían propuesto aplastar el ataque de los carros. Paul creyó adivinar que su velocidad de maniobra era algo más lenta que la de los cohetes, por lo que no les dieron tiempo a que salieran en su persecución. Se lanzaron en picado sobre las naves enemigas, grandes y pesadas. Una nutrida andanada de proyectiles cayó sobre ellas, haciéndolas estallar convertidas en seis abrasadores soles.

    Paul no pudo reprimir su alegría y su sorpresa ante la facilidad con que se habían deshecho de sus enemigos.

    — ¡Listos! — exclamó —. ¡Eran de mantequilla!

    Héctor, mucho más expresivo, le contestó con un alarido salvaje.

    Los dos cohetes; continuaron explorando las montañas, elevándose sobre sus cumbres y descendiendo hasta casi rozar los valles y los glaciares, sin encontrar la menor huella de fuerzas enemigas.

    —Bueno, Héctor, por lo que veo ya no tenemos nada que hacer aquí. Podemos regresar.

    Héctor no le respondió. No hubiera podido hacerlo, porque al terminar Paul de hablar ya estaba muerto. Su aparato estaba describiendo rápidas piruetas cuando se esfumó tras un destello cegador. La fuerza expansiva de la explosión despidió con violencia el cohete de Paul hacia arriba, consiguiendo éste dominarlo después de mil vanos intentos y cuando estaba a punto de entrar en barrena.

    — ¡Héctor! —exclamó, estupefacto y desconcertado, sin acabar de creer aún lo que sus ojos habían visto—. ¡Héctor!

    Durante los minutos que siguieron creyó haber sido víctima de una alucinación. Aún no estaba seguro de que su amigo no podía responderle. Había ocurrido todo tan fugazmente que sus sentidos se negaban a comprender la verdad.

    Poco a poco esta verdad fue clavándose dolorosamente en su corazón. Su compañero había sido alcanzado de lleno por un proyectil dirigido, posiblemente desde la misma Luna. Algunos de aquellos proyectiles llovieron a su alrededor, estrellándose contra las montañas que quedaron sumergidas en un infierno como si mil volcanes pavorosos hubieran entrado de pronto en actividad, vomitando fuego y reventándolas en millones de fragmentos.

    Paul retrocedió con la rabia brotando en sus ojos y buscó por puro instinto la protección de la Capa Azul.

    Descubrió la enorme formación de carros que habían sido detenidos por el alud de rocas ígneas que se les echaba encima. La mayor parte de las máquinas iniciaban ya la retirada en el más franco desorden.

    El ataque aéreo había sido un éxito, una victoria aplastante. Los carros no habían tenido que entrar en acción. Sin embargo aquel primer triunfo no había decidido en absoluto el resultado final de la guerra. Sin duda alguna las fuerzas enemigas habían sido aniquiladas por no hallarse preparadas para hacer frente a una agresión armada por sorpresa. La próxima batalla sería diferente, Paul lo sabía. Incluso desde la Luna podían bombardearles, como lo estaban haciendo, aunque la Capa Azul constituía un excelente blindaje contra los proyectiles. Aquella réplica no era peligrosa de momento, excepto para la integridad de las montañas sobre las que se abría el espacio libre. Sólo a Héctor le había costado la vida.

    — ¡Atención, general Szeb! — llamó Paul.
    — ¡Szeb al habla!
    —Hemos destruido todas las fuerzas enemigas en un ataque relámpago. Alejaros de las montañas y poneros a cubierto bajo la Capa Azul ¡Nos están lanzando una lluvia de proyectiles dirigidos!
    —Ya nos hemos dado cuenta. No pueden hacernos daño alguno. Regresad en seguida. Tengo deseos de estrecharos la mano.
    —Regreso yo solo — dijo Paul con un nudo en la garganta.
    — ¿Y... Héctor? — vaciló el general.
    —Ha sido alcanzado por un proyectil.

    Paul cortó porque su voz comenzaba a fallarle.

    Y en aquel momento, como si antes no hubiera podido darse cuenta de la realidad, como si hasta entonces le hubiera sido imposible admitir el fin de su amigo, sintió que todo el peso de la verdad se desmoronaba sobre su alma de la misma forma que caían en pedazos las cumbres de las montañas.

    Cuando tomó tierra hubiera sido un desconocido para sí mismo si se hubiera podido contemplar el rostro en un espejo. Sus ojos estaban hinchados y todos los músculos de su cara apretados y tensos.

    Un carro se detuvo a pocos metros de la plataforma y pudo ver a Zade correr a su encuentro.

    Se unieron en un abrazo.

    El general Szeb se aproximó a ellos.

    —Hemos triunfado, Paul. Pero lamento que haya sido a un precio tan alto.

    Su sentimiento era sincero.

    —Héctor habría entregado su vida de antemano voluntariamente si se le hubiera pedido —repuso Paul, ausente de sí mismo. Luego se sobrepuso, añadiendo—: Lo importante es que de momento hemos alejado el peligro. Ahora sólo hemos de procurar hallarnos en condiciones de rechazar un nuevo ataque cuando éste se produzca, lo que ocurrirá más tarde o más temprano. Ahora no pueden hacer otra cosa que bombardear las montañas, pero ya habrán comprendido que esto es una estupidez. Antes tenían un motivo para destruir la Capa Azul. Nosotros les hemos dado otro.
    — ¡Pero no les dejaremos, Paul! — aseguró el general con energía.

    Realmente, esto ya no le importaba mucho al joven.

    De pronto le asaltó la necesidad imperiosa de encontrarse solo. Se desprendió suavemente del abrazo de Zade y echó a andar sin dirección definida. Sus pensamientos estaban con Héctor, su heroico y siempre jovial compañero, pero también con Ivo, y con todos sus gigantes, que habían llegado a la Tierra creyendo conquistar un paraíso y se habían encontrado con la muerte.

    Volverían, de esto estaba seguro. Y no sabía ya si se sentiría con fuerzas para volver a hacerles frente. Ellos también tenían sus derechos, era indiscutible Pero el pueblo de la Tierra no luchaba por derechos, que los tenía, sino por defender su vida.

    Se detuvo de pronto indeciso y pálido. La Capa Azul seguía allí, protegiéndoles, alejando de ellos todos los peligros naturales y artificiales que pugnaban por abrir una brecha y acabar con toda huella de vida humana sobre el planeta.

    Aquella Capa Azul, como si fuera capaz de ser sensible a los presagios, habíase teñido de rojo sangriento.


    Capítulo XII


    DURANTE TODO EL RESTO DEL DÍA NO cesó el bombardeo de las montañas, hasta que al caer la noche se dejaron de oír los estruendos de las explosiones. A pesar de tener el convencimiento de que no les podían hacer ningún daño, el general Szeb y sus nombres respiraron tranquilos cuando se hubo hecho el silencio y dejaron de ver los formidables resplandores.

    Entonces se reorganizaron las columnas blindadas y se reunieron los más altos jefes con el general Szeb y Paul para deliberar sobre las operaciones futuras.

    Paul estaba un poco alejado de cuanto le rodeaba y tenía que hacer un sobrehumano esfuerzo para sobreponerse a la impresión que le había producido la muerte de Héctor. Lo consiguió, al menos aparentemente, ya que le molestaba demostrar la más pequeña debilidad ante aquellos hombres que, con ciega confianza, le habían aceptado como jefe indiscutible, y como tal tenían derecho a exigirle una responsabilidad absoluta.

    Zade le dio a beber un poco de líquido rosa, aquel maravilloso vino que hacía tan feliz a Héctor, y comprobó admirado que era lo único que había estado necesitando.

    —Su velocidad debe ser tremenda — decía el general Szeb en aquel momento en francés, ya que se dirigía a Paul.
    — ¿La velocidad de quién? — preguntó éste, que le había estado oyendo sin escucharle.
    —De las astronaves selenitas.
    — ¿Cómo has podido deducir tal cosa? Las que nos hicieron frente no lo eran, y por eso pudimos deshacernos de ellas con gran facilidad.
    —Ten en cuenta que no es lo mismo la rapidez de desplazamiento que la facilidad de maniobra. Además, hay un detalle significativo. El tiempo transcurrido desde nuestro ataque a las naves enemigas hasta el bombardeo por proyectiles dirigidos fue muy breve para salvar la distancia que separa la Tierra de la Luna.
    —Eso es verdad —admitió Paul—. Pero también pudieron lanzar los proyectiles desde otras astronaves.
    —En tal caso nos habrían atacado directamente en lugar de bombardear las montañas a ciegas. Y de todos modos, llegamos a la misma conclusión: el enemigo no tardará en iniciar una organizada contraofensiva contra nosotros. Ya se habrán dado cuenta de que la Capa Azul nos protege contra sus armas, y por ello intentarán atravesarla Si yo estuviera en su lugar atacaría esta misma noche, o lo más tarde por la mañana.
    —Es una idea digna de tenerse en cuenta — reflexionó Paul. Y pensó para sus adentros que también era posible que no tuvieran prisa alguna. Los selenitas estaban convencidos de que la victoria a la larga sería suya. Conocían el punto débil del enemigo y no tenían más que atacar por allí para destruirlo completamente. Planearían el modo de hacerlo sin correr demasiados riesgos. Pero, naturalmente, Paul no podía exteriorizar estos pensamientos. Era necesario, ante todo, mantener la fe en sus hombres y ¿quién sabe? quizás él llegara a engañarse a sí mismo, a autosugestionarse por la idea de una posible victoria si resistían con tenacidad.

    Sin embargo los hechos confirmaron las sospechas del general Szeb, de lo que Paul casi se alegró al principio. Despuntando el alba, veinticuatro horas justas después de la agresión terrestre a los selenitas, éstos iniciaron el ataque.

    El general, que había permanecido toda la noche a la expectativa junto a Paul, fue el primero en descubrirles por el teleobjetivo del radavisor.

    — ¡Acaban de atravesar la Capa Azul! — exclamó —. ¡Son innumerables! ¡Paul! ¿Qué hacemos?

    En efecto, había que hacer algo, y pronto. Por primera vez Paul se sintió un tanto desconcertado.

    —Sobre todo, mantened la calma. Que se dispersen los carros lo más lejos posible unos de otros, de forma que ocupen una extensión enorme.

    El general transmitió las órdenes inmediatamente.

    —Ya hemos demostrado que son vulnerables a nuestras armas —añadió Paul—. Procura que todos nuestros hombres tengan esto presente. Les dará seguridad en sí mismos.

    El general repitió esto varias veces. Por primera vez en su vida iba a presenciar y a tomar parte en una batalla cuyos caracteres no podía aún prever, pero que adivinaba gigantescos. La potencia destructora de ambos bandos era formidable. Sería una batalla terrible que se decidiría en muy poco tiempo y en la que no podría quedar un solo superviviente en el bando que fuese derrotado. Paul creía estar en el pensamiento de todos al concebir esta idea, y no estaba equivocado. Todos se habían propuesto combatir hasta exterminar al último enemigo, tanto por parte de los selenitas como de los terrestres. Sería una batalla en la que no habría prisioneros.

    Pero Paul se sintió maravillosa y casi increíblemente tranquilo. Todos los hombres que estaban bajo su mando demostraban una serenidad asombrosa al aprestarse a la lucha, es decir, a algo que no habían hecho jamás. Eran admirables. Ni un solo movimiento nervioso, ni un pequeño gesto de miedo o ansiedad traicionaban la impasibilidad de sus rostros. Todo se les hubiera podido perdonar, incluso la cobardía. Pero, lejos de eso, demostraban un valor sereno y confiado.

    — ¡Triunfaremos! —se dijo Paul, íntimamente convencido—. Un ejército como éste no puede ser jamás derrotado. ¡Triunfaremos y luego llegaremos hasta la misma Luna para aplastar al último de esos gigantes! ¡Te lo prometo, Héctor!

    El pensamiento de su malogrado amigo obraba como un incentivo poderoso en su espíritu.

    —Zade — murmuró a la muchacha, que se hallaba junto a él silenciosa —. ¿Tienes miedo?
    —No, Paul. A tu lado no tengo miedo. Quizá te parezca una forma como otra cualquiera de decirte en estos momentos que para mí lo eres todo, que no me importa morir a tu lado. Pero no es sólo eso. Te aseguro que creo en ti, que nos conducirás a todos a la salvación. Todo mi pueblo te adorará.
    —Yo sólo ambiciono tu amor, Zade.
    —Siempre ha sido tuyo, Paul mío.
    — ¡Zade, eres maravillosa!

    Un bramido creciente, como un trueno prolongado, les impidió seguir hablando, aunque no lo necesitaban La nube de astronaves selenitas se aproximaba desplegándose de forma que ofrecieran menos blanco y ocupando toda la extensión visible del espacio, siguiendo la misma táctica que los carros.

    Miles de cañones seguían la trayectoria de las astronaves como amenazadores ojos expectantes, ansiosos de oír la orden de escupir toda su potencia destructiva.

    Las primeras astronaves soltaron sus proyectiles, que hicieron varios matemáticos blancos entre los carros más avanzados, transformándolos en un segundo en unas masas ígneas que se fundieron en pocos instantes como si hubieran estado hechos de cera.

    — ¡Nuestros blindajes no aguantan sus proyectiles! —exclamó el general Szeb, súbitamente alterado su semblante—. Creí que no existiría energía alguna capaz de hacerle la menor huella, y mucho menos derretirlo de ese modo.

    No había ya tiempo para tomar nuevas decisiones. Cualquier vacilación podía ser fatal.

    — ¡Fuego! — ordenó Paul.

    Szeb repitió la orden que se prodigó hasta el más lejano de los carros.

    El estruendo simultáneo de miles de disparos fue indescriptible. Como si todas las estrellas, del firmamento hubieran crecido de pronto, adquiriendo el tamaño del sol, así todo el espacio se inflamó con una luz blanca, tan intensa que los ojos cerrados apenas podían soportarla. Tanto los carros como las mismas figuras humanas que ocupaban su interior, fueron envueltos por aquella luz que devoraba las sombras, de modo que todo se hizo invisible en un instante.

    Era imposible comprobar el efecto de los disparos entre las naves enemigas. La Tierra entera parecía haberse sumergido en un infierno en donde, aparte del fuego y el rugido constante de materias en desintegración, era imposible darse cuenta de nada.

    Las naves selenitas replicaron con un bombardeo furioso y tenaz, persiguiendo a los dispersos carros por toda la superficie de los hielos. Su número había sido considerablemente diezmado, pero aun así la batalla estaba indecisa. Los hielos comenzaron a fundirse, lo cual era una nueva dificultad a la que las fuerzas terrestres tenían que enfrentarse. No saltaban en pedazos por efecto de los disparos, sino que inmediatamente se transformaban en verdaderas cataratas que anegaban todo con la fuerza incontenible que sólo pueden desarrollar las aguas embravecidas. Su ímpetu arrastraba los carros, sepultándolos bajo nubes de espuma que luego se precipitaba en forma de lluvia torrencial.

    — ¡Paul! —gritó el general con todas sus fuerzas, intensamente pálido—. ¡La mitad de los carros resisten aún a este endemoniado bombardeo térmico, pero el agua se los está tragando!

    ¡Que sigan disparando mientras puedan!

    Era inútil intentar la huida. Las naves les perseguirían con saña hasta destruirlos a todos. Además, Szeb tenía razón Las aguas acabarían por tragarse al último de los carros si no conseguían acabar con aquel bombardeo implacable. Era preciso continuar disparando sin tregua, hacerlo hasta que por las mismas bocas de los cañones comenzara a entrar el agua; seguir disparando aún con el último aliento de vida en el cuerpo; disparar aprovechando hasta las fuerzas de los estertores de la muerte.

    El fuego lo abrasaba todo, impidiendo mantener una cohesión entre los combatientes del ejército terrestre. Cada carro debía defenderse por su cuenta. Era imposible saber cuántos aguantaban aún. Seguían disparando sin cesar, aunque cada vez con menos intensidad. El cielo, en el que la misma Capa Azul se había hecho invisible, era la continuación del ascua ardiente que todo lo envolvía

    Después, casi de pronto, se hizo una oscuridad impenetrable.

    Los ojos deslumbrados de Paul apenas podían distinguir los objetos que tenía al alcance de sus manos. Buscó el contacto de Zade, a la que encontró, helada, y sólo un vivo temblor le indicó que seguía viviendo. Sí, aún vivían, aunque no estaba seguro del valor que tenían sus vidas en aquellos momentos.

    Desde la torreta de observación, a la que subió a tientas, pudo ver algunos espaciados disparos de los carros, cuyos proyectiles se estrellaban ya en la Capa Azul, sin encontrar obstáculos.

    — ¡Los hemos destruido! ¡General Szeb! ¿Has oído? ¡Hemos vencido!

    La idea de «victoria» apenas tenía sentido, pero era la forma de expresar que aún había corazones latiendo después de aquella batalla sin precedentes en la que no se había derramado una sola gota de sangre, ya que hasta el último glóbulo de las víctimas había sido deshecho en átomos.

    La batalla había terminado. Millones de vidas se habían esfumado, sin dejar más rastro de su anterior existencia que su sola memoria entre los pocos que habían sobrevivido. Los que habían quedado sepultados bajo las aguas, por otra parte, jamás podrían ser recuperados. En su muerte habían encontrado su tumba.

    No había una sola nave enemiga en el cielo, pero nadie, excepto Paul, tuvo fuerzas para soltar un grito de victoria.

    Algunos focos taladraron con timidez la oscuridad, rielando sobre las aguas negras, ya tranquilas, que constituían un espectáculo de macabra poesía. Después, lentamente, la luz del día que penetraba a lo lejos por la abertura de la Capa Azul, se hizo visible, descorriendo el velo de las tinieblas a un cuadro estremecedor.

    Densas nubes de vapor ocultaban las montañas.

    Toda la extensión que alcanzaban a distinguir los ojos estaba cubierta por las aguas, sobre las que flotaban densas emanaciones radiactivas. El aire parecía tranquilo. Paul recordó, como en un sueño, que una vez lo había descrito como muerto. Se había equivocado. Si el aire podía morir, lo había hecho ahora.

    Algunos puntos oscuros sobresalían de la superficie líquida como restos de un naufragio. Eran los carros que aún conservaban bajo sus orugas una base firme.

    El general comunicó a Paul que su propio carro se estaba hundiendo.

    — ¡Pronto, hemos de salir de aquí! — exclamó Paul.

    Silón había puesto ya en marcha el motor, y el carro se movió lentamente, avanzando sobre los obstáculos ocultos bajo el agua, que a veces subía amenazadoramente hasta casi cubrir la torreta.

    —No te preocupes, saldremos de ésta —tranquilizó Paul al general—. Averigua cuántos supervivientes hay y que se reúnan con nosotros en cuanto pisemos el suelo firme.
    —Apenas quedan una décima parte —informó el general después de una larga comunicación—. Muchos de los carros han sido tragados por el agua, y no ha sido posible salvar a todos sus ocupantes. Es horrible, Paul.

    Poco a poco se fueron agrupando todos los carros, y así, en un éxodo que más parecía la retirada de los vencidos, se alejaron lentamente, hasta que las aguas comenzaron a bajar y la luz del día quedó atrás, lejos, como un punto apenas visible.

    Paul pasó una rápida revista a las fuerzas. Habían aguantado con un heroísmo increíble el ataque enemigo, e incluso cabía decir que con éxito. Sólo el valor que se había revelado en ellos, como una fuerza oculta que hubieran tenido antes aletargada, les había salvado. Pero habían quedado exhaustos, incapaces de resistir ya una nueva acometida selenita. Se imponía una rápida organización. ¿Hasta cuándo podrían resistir? Esta pregunta se imponía por sí misma, como una muda y terrible amenaza.

    —Regresemos al Séptimo Continente —dijo Paul—. Sería un suicidio seguir aquí, donde sólo podemos esperar a que perezcamos los últimos.
    —Acabo de recibir noticias de que nuevas fuerzas, procedentes de otros puntos de la Tierra, se dirigen hacia aquí —dijo el general con excitación—. ¡Sabía que no estábamos solos! ¡Todos los pueblos del planeta están prestos a continuar la lucha!
    — ¿Has establecido comunicación directa con ellos?
    —Sí.
    —Su único objetivo debe consistir en no dejar penetrar al enemigo por la abertura. Si la atraviesan de nuevo, acabarán fundiendo todos los hielos.
    —Ya les he advertido sobre esto. Por suerte las aguas empiezan de nuevo a solidificarse.
    —Entonces nuestras esperanzas pueden mantenerse aún firmes.

    Paul tropezó con los ojos de Zade. Por un momento creyó que hacía años que no los había contemplado tan de cerca. La muchacha se refugió impulsivamente en sus brazos, abandonándose a un llanto reparador. Al oír al general hablar de una esperanza acaso abandonada, no pudo contenerse más.

    Lloraba por todos, por los muertos, por Héctor, por los que aún quedaban... y por ella misma.

    — ¡Oh, Paul! —sollozó—. ¡Quizá podamos vivir! ¡Quizá todos estos momentos de horror pasen para siempre!

    Cuando después de largos días de marcha vislumbraron a lo lejos la luminosidad fosforescente de las cúpulas del Séptimo Continente, Paul se sintió invadido por la emoción del regreso al hogar, exactamente igual que si hubiera nacido allí. Se sentía ligado a aquel pueblo con lazos que habían nacido y morirían con él.

    —Ya estamos en casa —suspiró, oprimiendo los hombros de Zade—. Jamás nos dejaremos arrebatar lo que es nuestro.
    — ¡Jamás! — respondió Zade.

    Las fuerzas de guarnición y la población entera de la ciudad salieron a su encuentro, sin gritos ni desorden, como en un mudo y póstumo homenaje a los que no volvían. Era una alegría empañada de tristeza; una victoria, como había dicho el general en el momento de partir, dolorosamente amarga.

    Pero los demás vivían. Y aún confiaban.

    El presidente abrazó a Paul con muestras de la más incontenible emoción, y luego hizo lo mismo con Zade, Silón y el general. Dijo algo en su lengua y Paul pudo ver que los ojos de sus compañeros se iluminaban con un nuevo resplandor.

    —Paul —dijo el general, casi sin poder articular las palabras—. Ahora ya podemos asegurar que hemos vencido. Hay algo que hasta ahora no nos han revelado por no estar seguros del resultado final. Pero... ahora... quiero ser el primero en decírtelo...
    — ¡Acaba! — exclamó Paul impaciente.
    — ¡Paul! ¡Nuestros sabios han conseguido regenerar la Capa Azul! ¡Nuestros enemigos han sido alejados para siempre!

    Por un momento Paul no pudo abarcar el alcance de lo que esto significaba. Fue sólo por un segundo. Después la misma vida saltó con alborozo dentro de su pecho.

    Sólo podía hacer una cosa y lo hizo. Besó a Zade largamente que, como él, recibía de aquella forma a la nueva existencia que se abría ante ellos impregnada de promesas.

    Al separarse el joven se encontró frente a dos manos que oprimieron las suyas con fuerza. Eran las de Silón.

    —Paul —murmuró éste. Luego hizo un poderoso esfuerzo y consiguió balbucir —: Yo contento... Yo aprender decir palabras en tu lengua... para decirte que yo... yo contento y orgu... orgulloso tú amar a Zade. Ella mejor mujer para mejor hombre.

    Esto último le había salido de un tirón y sonrió satisfecho.

    Paul estaba demasiado emocionado para decir nada. Pero no era necesario.

    —Ahora —dijo Zade feliz, colgándose de su brazo— no tendrás más remedio que aprender a hablar como nosotros. En nuestras ceremonias de boda los novios tienen que prometer muchas cosas. Y todos deben oírlas y entenderlas.


    Capítulo XIII


    — ¿NO ME CREES, PAUL? —dijo el viejo Both con ansiedad—. Haces mal, muy mal.

    — ¿Y qué importa todo eso, Both?
    —Quiero que nunca tengáis que arrepentiros de no haber hecho caso de mis palabras.
    —Por favor, abuelo —suplicó Zade—. Tus temores no tienen fundamento. Te lo hemos explicado todo. Te hemos repetido mil veces que ya nada tienes que temer.
    —Yo no, Zade, pues soy muy viejo, y mi vida se extingue rápidamente. Pero la amenaza continúa existiendo para vosotros. Ellos siguen allí, esperando, buscando la forma de destruir la protección que tenemos entre ellos y nosotros. Y lo lograrán. Saben que ahora vale la pena conquistar este planeta. Vivimos en un mundo condenado a desaparecer para siempre en poco tiempo. Hemos de dejar sitio a una raza más fuerte.
    —No está bien que nos hables así, abuelo — protestó la muchacha.
    —Ya lo sé. Sois felices. Pero lo considero necesario, y daría mi vida por no tener que hacerlo, puedes creerme.
    —Zade y yo vamos a casarnos —dijo Paul, que comenzaba a sentirse irritado—. No es éste, desde luego, el momento oportuno para hablarnos de esos imaginarios temores.
    — ¡Tengo que hacerlo, Paul, porque no son imaginarios!
    —Mira, Both. Hemos luchado lo indecible por alcanzar esta paz. La vida se nos presenta por delante mucho más amable, especialmente para nosotros dos. Sólo hemos venido aquí para participarte la noticia. Pero si tan mal te sienta...
    — ¿Cómo puedes decir eso, Paul? —le interrumpió el viejo—. ¿Crees que mi corazón no está lleno de alegría? Nunca tuve motivos para sentirme más dichoso que ahora. Pero precisamente ahora es cuando tengo que deciros todo esto, en este preciso momento en que la felicidad, que casi tocáis con las manos, os ciega los ojos del entendimiento. La ceguera del alma ha sido siempre el gran defecto de este pueblo, y es mucho peor que la de mis ojos. ¿Por qué no me crees?
    —Si no te creyera no me importaría que hablaras así, Both. Pero también es una virtud saber olvidar y ser felices sin pensar en lo que nos deparará el futuro. Preocuparnos por lo que puede venir es tanto como convertir la existencia en un infierno absurdo.
    —Pero tú no puedes admitir, Paul, que yo retrocediera al pasado. Dime ¿de qué otra forma pude quemarme los ojos? Si hubiera sido por cualquier otra causa ahora tendría la dicha de poder veros a los dos.

    Paul, profundamente enojado, tomó a Zade de una mano.

    —Vamos, Zade —dijo—. Ya volveremos, abuelo... cuando estés más tranquilo. Y hasta es posible que escuche tu historia.

    La voz del viejo Both se impuso con una insólita energía.

    — ¡No os dejaré marchar! Tenéis que escucharme.

    Una fuerza desconocida retuvo a Paul inmóvil, contemplando al viejo. No hubiera podido rebelarse contra aquella fuerza porque no combatía a su voluntad, sino que la había adormecido por completo. Esto sólo pudo advertirlo durante una fracción de segundo. En seguida se dio cuenta de que no deseaba marcharse, pero no le importaba lo que estaba aguardando. Sus ojos, fijos, miraban al viejo Both sin definir los contornos de su rostro, como si entre ambos se hubiera interpuesto una ráfaga de niebla blanquecina que empañara la transparencia del aire. Algo comenzó a girar en torno de él. ¿El mundo entero? ¿El espacio infinito? ¿El mismo tiempo? Su espíritu se debatía en un torbellino. Y volvió a oír la voz del viejo, tan cerca que casi sonaba dentro de sí mismo, como si fuera la suya propia. Zade dejó de existir para sus sentidos, aunque la sentía más próxima que nunca, unificada con él en el interior de su propia alma...


    * * *

    Pero no. Aquella voz no era la del viejo Both. La oía muy cerca, pero no podía reconocerla. Notó que recobraba la voluntad, que sus ojos querían ver, mas sus párpados le pesaban cual si fueran de plomo. Después, a través de ellos, recibió una claridad extrañamente conocida y a la vez multicolor.

    Al fin consiguió abrir los ojos. La luz del Sol, espléndida, le hirió las retinas. Su mismo asombro le impidió dejar de mirarla.

    Se hallaba tendido, como aquella vez, sobre una superficie horizontal, aunque ahora era mucho más blanda. Quiso incorporarse. Unas manos se lo impidieron apoyándose con fuerza en sus hombros.

    —Aún no. ¡Pronto, señor Farman, llame al doctor!

    Farman... Farman... ¿Qué le decía aquel nombre? Descubrió que quien le echaba hacia atrás con las manos era una muchacha de rostro sonrosado, enmarcado por una corta cabellera rubia y brillante, tocada con un gorrito blanco.

    ¡Una enfermera!

    — ¿Qué... qué me ha ocurrido? — murmuró.
    —Ha estado a las puertas de la muerte, monsieur Rogers —aclaró la enfermera, cuyo agradable rostro parecía sonreír todo entero—. Ahora ya está fuera de peligro. ¡Ah! Aquí está el doctor.

    Paul sintió un pinchazo en el brazo. Seguidamente una oleada de calor le invadió todo el cuerpo, notando que volvían a él las fuerzas.

    Ahora ya le permitieron incorporarse.

    Se encontraba sobre una cama blanca, en el interior de una habitación de tonalidades alegres. Casi toda rodeada de amplísimos ventanales.

    — ¿Dónde estoy? — inquirió con un sobresalto.

    El doctor pareció complacido por aquella pregunta que le indicaba que el paciente volvía a la normalidad.

    —En un hospital, monsieur Rogers. ¡Ha tenido suerte, muchacho! Los doctores más eminentes han luchado durante largos días por salvarle la vida. El mundo entero ha estado pendiente de usted al saber la verdad. Se ha convertido en el hombre más famoso de nuestro tiempo.

    Paul estaba hecho un mar de confusiones. No comprendía nada. Escuchaba al doctor con expresión idiotizada.

    —Las más altas personalidades de Europa están pendientes de usted, monsieur Rogers — agregó la enfermera.

    Súbitamente Paul saltó de la cama sobre el doctor, que momentáneamente le había vuelto la espalda.

    — ¡Oiga! ¿Qué historia es ésa? ¿De dónde demonios he salido? ¿Quién es usted?
    —Soy uno de los doctores que le han atendido.

    Paul vio una sonrisa bondadosa que le desarmó por completo.

    —Le recomiendo que no se agite, monsieur Rogers. Ya se encuentra fuera de peligro, pero de momento será preciso que guarde cama por unos días.
    — ¡Yo no quiero guardar cama! ¡No me pasa nada! Estoy perfectamente, ¿entiende?
    —Vamos... — trató de calmarle el doctor.
    — ¡No me ponga las manos encima! ¡Yo no soy un enfermo! ¿Quiere explicarme qué hago aquí?
    —Lo haremos si procura sosegarse.
    —Está bien — aceptó Paul.
    —Acuéstese.

    Paul lo hizo de mala gana. Pero de nuevo volvió a sentarse presa de una súbita agitación.

    — ¿Y Zade? ¿Dónde está?
    —Supongo que se refiere a su esposa...
    —Sí... es decir, aún no. Yo...
    —Está ahí fuera, esperando. ¿Quiere verla?
    — ¡Sí, ahora mismo!

    El doctor hizo una indicación a la enfermera, la cual salió un momento para volver a entrar acompañada de varias personas, aunque entre todas ellas Paul no vio más que una.

    Se abrazaron fuertemente. Paul sintió que los brazos de ella le oprimían de un modo especial y significativo, como si realmente el joven hubiera escapado de un serio peligro.

    — ¡Zade, Zade! — murmuró, sin comprender por qué ella estaba allí, entre toda aquella gente, pero intensamente feliz.

    Ella se apartó un poco.

    — ¿Qué dices, querido?

    Había lágrimas en sus ojos y Paul adivinó que tenía que realizar un poderoso esfuerzo para contenerlas.

    —Nada, que te quiero, Zade.
    — ¿Por qué me llamas así? Soy yo... Giséle.

    Algo muy violento hizo impacto de una forma contundente en su cerebro ¡Giséle! Miró a todos... ¡Farman estaba también allí! Estaba un poco envejecido, pero era él... ¡Farman! ¡Y el gordo Carrey! ¿Qué quería decir todo aquello, Dios santo? ¿Cuál era su auténtica vida?

    — ¡No! — gritó como si quisiera huir de una visión de horror.

    Giséle se apartó, un poco asustada.

    Farman creyó que debía decir algo. Sólo se le ocurrió una tontería, pues estaba demasiado preocupado.

    —Paul ¿cómo te encuentras?

    El joven cerró los ojos ocultando su rostro contra la almohada, esforzándose por concentrarse, por coordinar todas sus ideas en medio de aquel caos que le martirizaba la razón.

    —Un momento, por favor —musitó—. No comprendo nada. . ¡Está todo tan revuelto! Zade... Giséle...

    Se enfrentó casi con un gesto de desafío a todos los que le rodeaban.

    — ¿Sois sombras, visiones, fantasmas o seres reales?
    —Somos... nosotros —contestó Farman perplejo—. Nosotros, tus amigos, tu esposa...
    —Sufre un trastorno pasajero —creyó comprender el doctor— Es conveniente que le dejemos descansar.
    — ¡No quiero descansar, doctor, o quienquiera que sea! — gritó Paul. Tomó con ansiedad las manos de Giséle, quizás para convencerse a sí mismo de que ella era un ser material, pero no lo consiguió del todo.
    —Ayúdame tú, Giséle. ¿No recuerdas?

    Era una súplica desesperada, un deseo de huir de aquella sensación de vivir en dos mundos simultáneos, dos vidas absolutamente diferentes, que se sucedían alternativamente sin una razón que mente humana pudiera aceptar. Estaba plenamente convencido de que se había vuelto loco, de que antes o después había sufrido, o estaba sufriendo, sensaciones alucinantes; pero esperó la respuesta de Giséle deseando con toda su alma que ella le diera la luz de su cerebro.

    —Eres tú... Giséle...
    —Sí, yo, amor mío.
    —Estoy aturdido. Por favor... Explícame todo.
    —Tal vez yo pueda hacerlo con más claridad — intervino Farman.
    —Sí, Farman... Te escucho.

    Paul intentó vaciar su cabeza de recuerdos que le oscurecieran la facultad de comprensión, pero su memoria se negó a olvidar lo que para ella no era más que un pasado inmediato.

    —Debe ser amargo para ti recordarlo —empezó Farman—, pero hemos de partir del momento en que el cometa te atrajo hacia él.
    —El cometa... sí, el cometa, es verdad. Recuerdo. Me llevó consigo.
    —El frío espacial que te atacó, ya que el cohete no había sido construido para penetrar en él, fue tan intenso que congeló tu cuerpo repentinamente, de forma que no te sobrevino la muerte, como te hubiera ocurrido con un enfriamiento progresivo. Tu situación era desesperada. La única solución era anular rápidamente el campo gravitatorio del cometa que obraba sobre tu aparato, pero para ello necesitábamos una astronave, de la que no disponíamos. Los segundos eran preciosos. El cometa se alejaba con rapidez. Y entonces... Paul ¿por qué no me dijiste que Giséle era una excelente piloto?
    — ¿Giséle, piloto?
    —Ah, ya veo que tú tampoco lo sabías. ¿Recuerdas que había desaparecido?
    —Sí, lo recuerdo.
    —Luego supimos que estaba en un astropuerto, preparada para salir en tu ayuda si era necesario. Giséle había adivinado toda la verdad en el transcurso de aquellos días, cuando construíamos el cohete.
    —No podías ocultármelo, Paul —siguió Giséle—. Perdona que no te lo dijera antes, pero yo tomé parte activa en la guerra de Marte, y quería olvidarlo todo. ¡Viví tinos horribles días de terror, Paul! Al encontrarte a ti me di cuenta de que aún podía emprender una nueva vida. Te había prometido estar contigo en todo momento; quizá presentía algo, no puedo explicar qué, pero yo sabía que tenías que realizar una peligrosa misión relacionada con el cometa. Conseguí que en el astropuerto me proporcionaran una nave capaz de ser pilotada por una sola persona. Tuve suerte, pues pocos días antes había tomado tierra un aparato particular. Tuve que comprarlo. Vi que se encontraba en perfectas condiciones y esperé. Ignoro lo que esperaba, pero mi única idea era la de hacer todo cuanto pudiera por si me necesitabas. Tal vez no me guiaba otra cosa que un temor instintivo, pues para mis adentros comprendía que todo aquello era una insensatez. Representabas demasiado en mi vida. No podía perderte. Me iría contigo si era preciso. Estaba dispuesta a todo. Al observar por la pantalla televisora tu maniobra y el bombardeo del cometa, lo comprendí todo. Después oí tu propia voz. ¡Ya sabía lo que tenía que hacer! Bendije al cielo por haberme enviado aquel aviso. ¡Me necesitabas! Cuando llegué junto a ti tú ya no podías darte cuenta de nada. Comencé a girar en torno de tu aparato, casi rozándolo, creando al mismo tiempo un nuevo campo gravitatorio por medio de las ondas electromagnéticas de mi nave. Era como envolverte en un ovillo de fuerza atractiva. Si el hilo se rompía ya no podría haber salvación para ti. Descargué toda la energía de mi aparato, dejándolo inservible para un nuevo despegue, pues le había agotado toda su fuerza antigravitatoria. De pronto, elevando a Dios una ferviente plegaria, di el salto... ¡Y te arrastré conmigo, Paul! ¡Te había salvado! Tuve que renunciar al otro, al cohete español. Pero yo... tenía que elegir entre él y tú, Paul.
    —El pobre Héctor estaba ya demasiado lejos —dijo Farman—. Si se hubiera podido prever lo ocurrido habríamos tenido dispuestas varias astronaves. Pero no se nos puede culpar de carecer de la intuición de una mujer como Giséle. Hubo que renunciar y abandonar a Héctor a la muerte.
    —No —dijo Paul después de un silencio, con entonación extraña—. Héctor no ha muerto... aún.

    ¿Estaba verdaderamente seguro de esto? ¿Era posible que aquel valeroso muchacho viviera durante...? ¡No! ¿Cómo explicar que él le había visto morir de otra forma? ¿Cuál era la explicación racional de aquel misterio? Tal vez nada había sido cierto. El viejo Both no podía tener el poder de trasladar las personas de un tiempo a otro. ¿Y los sueños? ¿Podían los sueños hacerlo, igual que el pensamiento? ¿Cuál era la verdad, Dios? ¿La sabría alguna vez? ¿Y si aquel estado de congelación le había colocado entre la vida y la muerte, de forma que su alma, sin abandonarle del todo, se hubiera querido asomar un poco al Más Allá, trasladándolo a través de una dimensión exterior a la vida a un futuro que realmente había existido? Pero, entonces, ¿por qué recordaba? Interrogó a Giséle con los ojos, buscando una respuesta, sin encontrarla. No, en todo caso ella no podía recordar. Las personas sólo pueden recordar el pasado. Y Giséle quería olvidarlo; luego lo tenía, como todo el mundo, como él mismo.

    Nunca le contaría nada.

    Y al hacerse este propósito comprendió que nunca hubiera podido hablar. Las imágenes de su memoria comenzaban a borrarse, sumergiéndose en una sima oscura sin fondo.

    ¡Se daba cuenta de que estaba olvidando!

    Todos, excepto Giséle, habían abandonado la habitación.

    Paul contemplaba absorto la vida pujante que rebosaba por todos los rincones del jardín del hospital, bañado por la luz de Sol de mediodía. Una abeja se posó suavemente sobre una corola, cuyo tallo se inclinó con un movimiento leve. Jamás había gozado como en aquel instante de un espectáculo de tan sencilla y al mismo tiempo grandiosa belleza.

    ¿Por qué la naturaleza y el calor del Sol embelesaban de aquel modo sus sentidos, inundando su espíritu de un placer desconocido hasta entonces, que casi le ahogaba?

    —La vida es maravillosa — murmuró quedamente.
    —Y nos pertenece a nosotros solos —dijo Giséle a su lado— Paul, aunque no me importa mucho, me gustaría que me explicaras una cosa. Antes... me has llamado con un nombre extraño. ¿Has soñado con un antiguo amor, Paul? ¿Qué significa el nombre de Zade?

    No, aquel nombre no podía decirle nada. Era un nombre que no podía relacionar con nada.

    —No sé —respondió—. Pero te prometo que de hoy en adelante sólo soñaré contigo.

    Besó los labios trémulos de su esposa. Y no pudo comprender por qué aquel beso cálido le hizo estremecerse con una felicidad sin límites, que nacía de mucho más adentro de sus sentimientos; una felicidad que llegaba de mucho más lejos que el amor, y quizás de mucho más lejos que de los principios de los tiempos...


    Fin



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