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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    ESTACIÓN ARAMINTA 2 (Jack Vance)

    Publicado el miércoles, agosto 16, 2017

    La culminación de una novela tan intensa como singular.


    El descubridor del planeta Cadwal fundó la Sociedad Naturalista de la Tierra para que lo administrara como reserva natural de acuerdo con las directrices de la Carta, documento que a efectos legales actúa como su constitución. La única construcción humana que se permite en Cadwal es la Estación Araminta, encargada de controlar la Reserva y el acceso a las áreas turísticas, estando prohibido cualquier tipo de explotación de los recursos del planeta a fin de mantener su integridad.

    Con el paso de las generaciones, lo que inicialmente era casi un cuerpo burocrático se ha convertido en una sociedad cerrada en sí misma y estructurada en torno a las directrices de la Carta. Las familias que se encargan de los diferentes aspectos de la administración de Cadwal tienen limitado su crecimiento, y han desarrollado un complejo sistema de puntuación para los jóvenes, basado en factores hereditarios por un lado y en los resultados de sus estudios por otro, que deben alcanzar un IE (Índice de Estatus) de 20 o inferior para ganar la ciudadanía al llegar a su mayoría de edad; en caso contrario se ven obligados a abandonar el planeta.

    Glawen Clattuc, un joven nativo de Cadwal que aspira a conseguir la ciudadanía, descubre muy pronto que la rígida sociedad de la Estación de Araminta, es mucho más frágil de lo que parece. Su trabajo en el Negociado B, la fuerza de policía local, le pone sobre la pista de una conspiración que involucra a los yips, la cual puede poner en peligro la propia supervivencia del asentamiento. Además, Glawen ha sabido por la joven Wayness que el original de la Carta ha desaparecido de la sede de la Sociedad Naturalista en la Tierra; la situación de Cadwal como reserva sería insostenible si la noticia llegara a divulgarse.

    Estación Araminta es un verdadero triunfo. Escrita cuando Vance se acercaba a su setenta cumpleaños —una edad en la que la mayoría de los escritores apenas recuerdan sus años mas creativos—, Estación Araminta no sólo mantiene toda la frescura de su obra anterior, sino que supera en intensidad y ambiciones a sus novelas mas logradas. Un libro unico de un escritor deslumbrante.

    Para
    David Alexander
    Kin Kokkonen
    Norma Vance


    Resumen del volumen anterior

    El joven Glawen Clattuc se encuentra particularmente afectado por las directrices de la Carta, debido a que su madre no era nativa de Cadwal. Al cumplir los dieciséis años se le comunica su índice de Estatus inicial, que resulta ser de 24, pese a un intento de lograr que sea superior por parte de su tía Spanchetta, que abriga un intenso odio hacia su padre. Glawen entra así a trabajar en el Negociado B, el servicio de policía de la Estación Araminta, junto a su padre, teniendo unas expectativas razonables de obtener la ciudadanía a los dieciocho años.

    Por su parte, su primo Arles, hijo de Spanchetta, que tiene un IE de 16, se muestra del todo indolente en sus estudios, sabiéndose seguro de su posición. Ambos primos se sienten atraídos por la joven Sessily, pero ésta rechaza los avances de Arles y acepta salir con Glawen en una excursión para cazar mariposas, surgiendo una relación afectiva entre ellos. Sessily quiere las mariposas para confeccionar el traje con el que actuará en la Fantasmagoría, una representación de la compañía de Mimos de Maese Floreste.

    Un incidente durante la excursión pone de manifiesto que los yips que trabajan en la Estación Araminta, una mano de obra barata procedente del atolón Lutwen, se han venido dedicando sistemáticamente a robar armas y piezas diversas de planeadores.

    Glawen ha quedado en reunirse con Sessily después del espectáculo, pero la joven desaparece misteriosamente y, más tarde, se descubre que ha sido asesinada. Glawen y su padre investigan los detalles del suceso y llegan a la conclusión de que algún miembro del grupo de los Leones Temerarios, entre los que se cuenta Arles, podría estar implicado. Pese a las sospechas de Glawen con respecto a su primo, el crimen queda sin resolver.

    El grupo de los Leones Temerarios, en el que Glawen se ha visto obligado a ingresar como parte de su trabajo en el Negociado B, realiza una excursión a Yipton, la cercana ciudad de los yips. Durante la investigación realizada por Glawen y Kirdy, miembro a su vez del Negociado B, este último es hecho prisionero. Una vez rescatado, Kirdy se sume en un estado de extrema apatía.

    Glawen se relaciona progresivamente con Wayness, hija de Egon Tamm, Conservador de Stroma y responsable último de la Reserva. El hermano de la joven muere durante un accidente que involucra una vez más a los yips, y ésta confiesa a Glawen su intención de viajar a la Tierra para efectuar una investigación largamente postergada. El objeto de la misma consiste en averiguar el paradero de la Carta, desaparecida del depósito de la Tierra, para lo cual, si es necesario, se ofrecerá como nueva secretaria de la Sociedad Naturalista, a fin de que la pérdida del documento no pueda ser utilizada en perjuicio de la Reserva.



    Capítulo 1
    1


    Wayness partió de la Estación Araminta a bordo del paquebote Faerlith Winterflower, de las Líneas Perseian, que la conduciría por el Manojo de Mircea hasta Andrómeda 6011 IV, un planeta de paso donde transbordaría a un crucero espacial Glistmar Explorer Route, que realizaría el resto del viaje hasta la Tierra.

    La partida de Wayness dejó un vacío deprimente en la vida de Glawen. De la noche a la mañana, su existencia había pasado a ser triste y monótona. ¿Por qué había permitido que se marchara tan lejos, más allá del alcance de la percepción humana? Se repetía a menudo la pregunta, y la respuesta siempre venía acompañada de una sonrisa de pesar: no le habían dejado otra elección. Wayness había tomado su decisión sin contar con nadie, basándose en su criterio. Nada se podía objetar, pensaba Glawen, sin la menor convicción.

    En algunos aspectos, podía compararse a Wayness con una fuerza de la naturaleza: en ocasiones benigna y afectuosa (sobre todo en las últimas semanas), en otras misteriosa e incomprensible, pero siempre reacia al control humano.

    Glawen meditó sobre aquel individuo único llamado Wayness Tamm. Si por alguna circunstancia extraordinaria se viera dotado de poderes divinos y le asignaran la agradable tarea de diseñar a una nueva Wayness, disminuiría la proporción de obstinación testaruda e independencia terca e intratable, no lo suficiente para perjudicar el sabor de la mezcla, sino para que fuera un poco más… Glawen vaciló, sin encontrar la palabra adecuada. ¿Maleable? ¿Predecible? ¿Servil? No, nada de eso. Cabía la posibilidad de que el ser divino creador de la Wayness original hubiera realizado su trabajo con una pericia tan consumada que ninguna mejora fuera posible.

    Para ocupar sus energías, Glawen se matriculó en varios cursillos, que después de concluir le permitirían presentarse al examen de Primer Grado de la CCPI. Un aprobado, acompañado de una competencia demostrable en uso de armas, técnicas prácticas, control de emergencias y lucha cuerpo a cuerpo le calificarían como Agente Ordinario de la CCPI, proporcionándole estatus de CCPI y autoridad a lo largo y ancho de la Extensión Gaénica. Varios otros miembros del Negociado B habían alcanzado dicho estatus. Scharde había pasado del primer grado a Agente de la CCPI de Segundo Nivel, lo cual permitía al Negociado B funcionar como filial de la CCPI.

    Kirdy Wook anunció que él también aspiraba al estatus de CCPI, pero no parecía tener prisa en asistir a las clases. Por lo visto, se había recuperado de su odisea de Yipton, excepto por una tendencia a la vaguedad y una serie de hábitos bruscos o impacientes, que todo el mundo esperaba que desaparecieran cuando se recobrara por completo. Kirdy todavía se negaba, o tal vez era incapaz, a hablar de sus experiencias. En cuanto dejó el hospital, se borró de los Leones Temerarios y no volvió a relacionarse con el grupo.

    Durante un tiempo, Glawen intentó entablar conversaciones con Kirdy, en la esperanza de ayudarle a adoptar una actitud más positiva. Glawen descubrió que era como intentar coger el mercurio. Kirdy se limitaba a escuchar en un hosco silencio la mayor parte del rato, y dibujaba una extraña media sonrisa con los ojos vidriosos, en los cuales Glawen creía detectar señales de hostilidad y desprecio. Kirdy no contribuía con comentarios de su cosecha, y si Glawen no volvía a hablar, los dos permanecían sentados en un silencio total. A las preguntas, o bien no respondía, o se demoraba en largas parrafadas que no tenían ninguna relación con la cuestión.

    Kirdy había sido famoso por su buen humor; ahora, daba la impresión de que consideraba incomprensible la levedad. Siempre que Glawen hablaba con ligereza o ironía, Kirdy le dirigía una mirada tan gélida y malhumorada que las palabras se le atragantaban a Glawen.

    Un día, Glawen observó que Kirdy se desviaba para no encontrarse con él, y desde aquel momento desistió de sus esfuerzos.

    Glawen comentó con Scharde la conducta de Kirdy.

    —Está pasando algo casi divertido. Kirdy sabe que si apruebo el examen de la CCPI saltaré un nivel por encima de él en el Negociado. El único recurso de Kirdy es presentarse también al examen. Eso significa no sólo estudiar a fondo, sino también el temible riesgo de suspender, que en el caso de Kirdy es real, puesto que flojea en matemáticas y en las demostraciones prácticas.
    —No pasará el psicométrico, eso es seguro.
    —Ése es el dilema de Kirdy. No sé cómo se las arreglará, como no rece para que yo fracase de una forma tan vergonzante que dimita del Negociado B y me pase a enología, junto con Arles.
    —Pobre Kirdy. Lo ha pasado muy mal.
    —Estoy de acuerdo: pobre Kirdy. Lo cual no facilita la tarea de trabajar con él.

    Desde Watertown, una ciudad de Andrómeda 6011 IV, llegó una carta de Wayness, escrita mientras esperaba el transbordo a uno de los cruceros espaciales Glistmar. Había escrito: «Ya añoro mi hogar, y te echo de menos muchísimo. Es sorprendente cómo una persona puede aprender a amar, confiar y depender de otra hasta tal punto, y no ser consciente de ello hasta que esa persona desaparece de su vida. Ahora ya lo sé». Y terminaba: «Volveré a escribir desde Tierens, con las últimas noticias sobre la situación. Espero que, por algún milagro, sean buenas, pero no confío demasiado. En cierto modo, me muero de ganas por meterle mano al problema, aunque sólo sea para ahuyentar otros de mi mente».

    El verano pasó. El vigésimo cumpleaños de Glawen vino y se fue. El último antes del vigésimo primero; el Día del Suicidio, como se le llamaba en ocasiones. Glawen se debatía entre la esperanza y la desesperación. Su índice de Estatus continuaba siendo 22. Podría haber sido peor, pero también mejor.

    El smollen siguiente, Arles trajo como invitada a la Cena de la Casa Clattuc a Drusilla co-Laverty, ante la evidente sorpresa y desaprobación de Spanchetta.

    Arles fingió no darse cuenta. Drusilla estaba de excelente humor, y no hizo el menor caso a Spanchetta, lo cual enfureció aún más a la mujer.

    Arles se mantuvo sentado durante la cena con dignidad mayestática, hablando poco, excepto a Drusilla, y en tono confidencial. Iba vestido con elegancia: chaqueta negra, pantalones rojos, camisa blanca y faja azul en la cintura. El atavío de Drusilla era menos conservador, incluso extremado. Su vestido era de raso a rayas negras, rosa y naranja, con un generoso escote. Un turbante negro, adornado con una pluma negra alta, ceñía sus rizos rubiorosados; puntas de elfo negras se alzaban cinco centímetros por encima de sus orejas. Por puro atrevimiento, el conjunto superaba al vestido púrpura y rojo de Spanchetta, y la expresión de ésta, cuando se tomó la molestia de examinar a Drusilla, transparentó un disgusto total.

    Drusilla se negó a inhibirse. Rió a pleno pulmón con frecuencia, a veces sin motivo aparente. Contribuyó con sus opiniones a todas las conversaciones que tenían lugar alrededor de la mesa, cotorreó, hizo bromas y sedujo a sus nuevos conocidos con cabeceos y sonrisas, guiños y pucheros.

    Scharde, después de observarla con disimulo, se volvió hacia Glawen.

    —Admito mi confusión. ¿No es uno de los ligues favoritos de Namour?
    —Creo que ya cortaron, o quizá se trate de un amorío propio de la estación, porque lo cierto es que Drusilla aún va de gira con los Mimos.
    —Da la impresión de que ya es un poco talludita. A Floreste le gusta tener sangre joven en su compañía.
    —Ya no actúa. Es la ayudante de Floreste.
    —Arles parece un gato que acaba de atrapar un gigantesco ratón. Eso me confunde aún más. Pensaba que Arles ya no iba detrás de las chicas.
    —Y yo también. Parece que estábamos equivocados. Drusilla es una real hembra, no cabe la menor duda.
    —Ya lo creo. —Scharde apartó la vista—. Bien, no es mi problema, y me alegra decirlo.
    —Fíjate en Arles. Creo que está a punto de soltar un discurso.

    Arles se había levantado y, por un momento, paseó una sonrisa alrededor de la mesa, esperando a que las conversaciones enmudecieran. Por fin, dio unos golpecitos en su copa de vino con un cuchillo.

    —¡Damas y caballeros, por favor! ¡Reclamo su atención! Deseo dar una noticia. Tengan la bondad de escucharme. Observarán, sentada a mi lado…, ¿cómo habría podido pasar desapercibida?, a una criatura encantadora y maravillosa, a la que muchos de ustedes habrán reconocido como la honorable y distinguida Drusilla co-Laverty. Posee tanto talento como encanto, y durante algunos años ha ayudado a Floreste a obrar milagros con sus Mimos, pero las cosas cambian. En respuesta a mis súplicas, Drusilla ha accedido a convertirse en una Clattuc. ¿Me he expresado con claridad?

    Arles paseó la vista alrededor de la mesa, mientras los congregados aplaudían.

    —Confesaré más secretos todavía a los presentes. Hoy hemos firmado el contrato y la unión ha sido legalizada por el Registrador. ¡Todo está consumado!

    Arles hizo una reverencia cuando el grupo prorrumpió en felicitaciones. Drusilla levantó una mano, con la cabeza perfectamente ladeada, y agitó los dedos.

    —Fíjate en Spanchetta —murmuró Scharde a Glawen—. Está meditando si sufrir o no un infarto.

    Arles continuó hablando.

    —No es necesario decir que estoy tan asombrado como ustedes por mi buena suerte. Partimos de inmediato en un romántico periplo que nos llevará muy lejos, a lugares míticos y misteriosos. ¡Pero volveremos, se lo prometemos! ¡No hay lugar comparable a la Estación Araminta en toda la Extensión Gaénica!

    Arles se sentó y estuvo ocupado varios minutos en responder a brindis y preguntas.

    —De modo que se van a lugares míticos y misteriosos —musitó Scharde.
    —Me pregunto de dónde habrá sacado Arles el dinero. De Spanchetta no, desde luego.
    —Quizá Drusilla haya prosperado de repente.
    —No será por lo que le paga Floreste. El dinero de los Mimos va a parar a la fundación pro Orfeo. Drusilla tiene suerte de que le cubra los gastos de traslado y manutención, más los extras que pueda inventarse.
    —Tal vez realiza negocios por su cuenta.
    —Ojalá sean negocios en que Arles le sirva de ayuda.

    Al día siguiente, Arles y Drusilla partieron a bordo del crucero de lujo Mircean Lyre, de las Líneas Perseian. A última hora, Scharde se reunió con Glawen.

    —El rompecabezas está resuelto. Intercambié unas cuantas palabras con Floreste y el problema de la riqueza de Arles ha desaparecido. No posee la menor fortuna, y Drusilla todavía menos. ¿Cómo han podido embarcar hacia «lugares míticos y misteriosos»? Muy sencillo. Drusilla hace un viaje de rutina, dedicado a concertar contratos para los Mimos. Cada año se encarga de eso. Floreste ha negociado tarifas baratas para su personal; tanto Arles como Drusilla entran en esa categoría. Sus gastos son mínimos, y en cuanto a los lugares míticos y misteriosos, se refieren a sitios como Soum, Natrice, el Hogar de Liliander y Tassadero, planetas que se encuentran en el circuito habitual de Floreste. En su mayoría, son bastante aburridos.
    —Me pregunto dónde piensan vivir cuando regresen —murmuró Glawen—. ¿Crees que Spanchetta les acogerá de buena gana?
    —Sin la menor efusión.

    Glawen fue a mirar por la ventana.

    —A mí también me gustaría viajar. A la Tierra, sobre todo.
    —Espera a tu próximo cumpleaños.

    Glawen cabeceó con amargura.

    —Como colateral, puedo ir a donde me apetezca, especialmente si no vuelvo.
    —No seas tan pesimista. Aún no eres un paria. Estoy seguro de que podremos convencer al viejo Dorny de que coja una borrachera mortal de necesidad. Descant es otra cosa. No se jubilará y hará todo lo posible por seguir con vida.
    —No puedo preocuparme por esas minucias —gruñó Glawen—. Si me echan a patadas de la Casa Clattuc, qué le vamos a hacer. Como no puedo viajar a planetas míticos y misteriosos como Arles, ni siquiera a la Tierra, creo que saldré a navegar en el balandro. Tal vez hasta la isla Thurben. ¿Quieres acompañarme? Acamparemos un par de días en la playa.
    —No, gracias. La isla Thurben no es de mi agrado. Si vas, coge mucha agua; no encontrarás ni una gota en Thurben. Y no vayas a nadar a la laguna.
    —Creo que iré. Al menos, es un cambio.


    2


    Glawen cargó de provisiones el balandro, llenó los depósitos de agua, recargó la unidad de energía, y después, sin más ceremonias, soltó amarras y zarpó del muelle Clattuc.

    A baja potencia, surcó el río Wan hasta la desembocadura y salió a mar abierto. Izó velas a un cuarto de milla de la orilla, y con viento de estribor se desplazó hacia el este, un curso que, de seguirlo indefinidamente, le conduciría a la costa oeste de Ecce.

    Glawen conectó el piloto automático y se sentó para disfrutar del gorgoteo de la estela, el amplio cielo azul, los cabeceos de la embarcación al cabalgar sobre las largas olas.

    La orilla de Araminta se convirtió en un punto grispurpúreo en el horizonte, y no tardó en desaparecer. El viento cambió de dirección. Glawen se ciñó al viento lo máximo posible.

    El día transcurrió, sin otro panorama que el perezoso océano azul, el cielo y alguna ocasional ave marina.

    A última hora de la tarde, el viento amainó, hasta dar paso a una calma chicha cuando anocheció. Glawen bajó las velas, y la embarcación se movió al compás del oleaje. Glawen fue a la bodega, preparó una olla de estofado, la subió a cubierta y cenó, además de un pedazo de pan y una botella de clarete Clattuc, mientras los colores del crepúsculo teñían el cielo.

    Aparecieron las estrellas. Glawen se acomodó y estudió las constelaciones. El flujo del Manojo de Mircea, junto con Lorca y Sing, se encontraba por debajo del horizonte. En el cénit centelleaba el amasijo conocido como Perseo Alzando la Cabeza de Medusa; las dos estrellas rojas resplandecientes, Cairre y Aquin, representaban los ojos de Medusa. Hacia el sur, localizó un círculo de cinco estrellas blancas, llamado el Nautilus. En el centro del círculo brillaba una estrella amarilla de décima magnitud, demasiado apagada para verse. La estrella era el Viejo Sol. Por allí, surcando el vacío en un gran crucero espacial Glistmar, se encontraba Wayness. ¿Qué tamaño aparentaría desde aquella distancia? ¿El de un átomo? ¿Más pequeño aún? Un interesante problema. Glawen bajó a la sentina y calculó. Wayness, de pie a cien años luz de distancia, parecería tan grande como un neutrón a una distancia de mil doscientos cincuenta kilómetros.

    —Algo es algo —dijo Glawen—. Ahora ya lo sé.

    Volvió a la cabina. Escrutó el cielo, comprobó que todo funcionaba como era debido y regresó a la sentina, dejando que el balandro se ocupara de sí mismo.

    La mañana aportó una brisa favorable del sur. Glawen izó velas y la embarcación se dirigió hacia el noreste.

    A mediodía del día siguiente divisó la isla Thurben, un cúmulo más o menos circular de arena y residuos volcánicos, de tres kilómetros de diámetro, en el que crecían espinos verdegrisáceos, unos pocos tomillos dispersos y otros tantos dendrones semáforo esqueléticos. En el centro se alzaba un peñasco de basalto volcánico. Un arrecife de coral rodeaba la isla y creaba una laguna de doscientos metros de anchura. Un par de estrechos rompían el arrecife, en los extremos norte y sur de la isla, y permitían el acceso a la laguna. Glawen bajó las velas e impulsó el balandro por el estrecho del sur, a contracorriente. Lanzó el ancla a sesenta metros de la playa, en un agua tan transparente que parecía agrandar los detalles del fondo: tambores coralinos, anémonas, moluscos blindados; peces diminutos y faloriales se acercaron a investigar el barco, el ancla y la cadena del ancla, y después se alejaron para aguardar acontecimientos: basura, un nadador, o alguien que cayera por la borda.

    Glawen utilizó la grúa para levantar el bote de su basada y bajarlo por el costado. Descendió al bote, con muchas precauciones, cargado con un rollo de cuerda, uno de cuyos extremos había atado previamente al caperol del balandro. Conectó el motor del bote y puso proa a la playa, dejando que la cuerda se fuera desenrollando.

    El bote se detuvo sobre la arena. Glawen saltó a tierra y puso el bote fuera del alcance del oleaje. Ató la cuerda al tronco retorcido de un espino, y de esta forma protegió por partida doble el balandro de una súbita ventolera.

    Ahora ya podía campar a sus anchas. No tenía nada que hacer: ni trabajo, ni rutina, ni nada que le robara tiempo. Para eso había venido.

    Examinó los alrededores. Detrás de él había espinos, algunos tomillos, unas pocas balsaminas, ocasionales horcas negras y escuálidas, y una prominencia de basalto quebradizo en el centro de la isla. Delante, la laguna, de aspecto inocente y pacífico, donde estaba fondeado el balandro. A derecha e izquierda, idénticas franjas de arena blanca, flanqueadas por arbustos de espinos verdegrisáceos y tomillos, de largas y esbeltas hojas, plateadas en la parte inferior y escarlata en la superior. El menor soplo de brisa ondulaba la superficie de la laguna, que centelleaba a la luz del sol, mientras los tomillos arrojaban destellos plateados y escarlata.

    Glawen se sentó en la arena. Escuchó.

    Silencio, salvo por el susurro del agua que se movía arriba y abajo de la playa.

    Se tumbó sobre la arena y dormitó bajo el sol.

    Pasó el tiempo. Un cangrejo de tierra pellizcó el tobillo de Glawen. Éste se removió, pataleó y se incorporó. El cangrejo de tierra huyó despavorido.

    Glawen se puso en pie. El balandro flotaba plácidamente. Syrene se había desplazado en el cielo. Nada más había cambiado. De hecho, pensó Glawen, había poco que hacer en la isla Thurben, excepto dormir, contemplar el paisaje o, en un arranque de energía, pasear a lo largo y ancho de la playa.

    Miró a la derecha, y después a la izquierda. Como no advirtió diferencias en ninguna de ambas direcciones, se encaminó hacia el norte. Su cercanía ahuyentó a los cangrejos de tierra, que huyeron hasta el borde del agua y se volvieron a mirarle. Lagartos azules saltaron sobre sus patas traseras y corrieron a buscar refugio con grandes zancadas en los arbustos de espinos, donde recobraron el valor y lanzaron furiosos desafíos.

    La orilla se desviaba hacia el este, rodeando el extremo norte de la isla. Glawen llegó a un punto opuesto al estrecho que atravesaba los arrecifes por el norte, un canal natural similar al del sur, que permitía el acceso de las embarcaciones a la laguna. Glawen rodeó la curva de la playa y se paró en seco, estupefacto y confuso.

    Habían tenido lugar cambios desde su última visita. Un tosco muelle se internaba en la laguna. Cerca del pie del muelle, un pabellón de bálago y bambú, al estilo de los yips, proporcionaba refugio del sol y la lluvia.

    Glawen permaneció varios minutos inmóvil, examinando la zona. No vio huellas recientes en la arena. Los alrededores parecían desiertos.

    Glawen se serenó un poco y avanzó hacia el pabellón, aunque algo tenso y cauteloso. La brisa agitó hebras de bálago marrón. El interior estaba seco, polvoriento y desocupado. De todos modos, Glawen se arrepintió de no haber traído un arma. En situaciones de este tipo, su bulto y peso le habrían tranquilizado.

    Glawen se alejó del pabellón. Contempló el muelle, perplejo. ¿Para qué podía servir? ¿Un campamento para pescadores yips alejados de sus bases? Glawen reparó en un extraño artilugio sujeto al muelle, a unos diez o doce metros de la orilla. Se trataba de una grúa provista de una viga situada sobre ella, como una especie de horca, que debía de servir para alzar objetos de las embarcaciones y depositarlos sobre el muelle, o viceversa.

    Glawen caminó hasta el final del muelle, que se hundió y crujió bajo su peso. Forzó la vista en dirección al estrecho y el desierto océano azul que se extendía al otro lado. A derecha e izquierda, la plácida laguna. Hacia la orilla, la franja de playa que seguía la curva de la isla. Abajo, pilotes de bambú desaparecían en el fondo; debían de medir unos cuatro metros y medio de longitud. Menudas olas dibujaban sobre la arena formas y sombras. Glawen escudriñó el fondo marino y los pelos de su nuca se erizaron. Había hecho un descubrimiento escalofriante. Al principio, no dio crédito a sus ojos.

    No había error. En el fondo, cerca del final del muelle, distinguió una grotesca confusión de huesos humanos. Algunos estaban recubiertos de arena; las algas envolvían otros, y los demás yacían al descubierto, como desnudos, tan sólo arropados por las sombras móviles.

    Glawen se obligó a examinar los huesos. Era difícil calcular el número de individuos a quienes pertenecían. El movimiento del agua distorsionaba la percepción. En cualquier caso, los huesos parecían pequeños y delicados.

    Glawen tuvo la impresión de que alguien le observaba. Giró en redondo y escrutó la orilla. Nada daba la impresión de haberse alterado. No se veía ni rastro de seres vivos, aunque era posible que una docena de ojos invisibles le estuvieran espiando desde la espesura.

    Los nervios le estaban jugando malas pasadas, se dijo Glawen.

    Volvió a la playa. Se quedó un momento contemplando el muelle, el pabellón y la grúa. Una nueva idea cruzó por su mente: ¿y si alguien le había visto llegar y, aprovechando su ausencia, había subido a bordo de su barco y zarpado? El corazón le dio un vuelco. Thurben no era la isla más apropiada para naufragar, con cangrejos de tierra como único manjar, y bastante indigesto, y agua de mar como bebida.

    Glawen regresó a la playa corriendo, y cada pocos metros volvía la vista atrás.

    El balandro continuaba donde lo había dejado. Su semiataque de pánico se disipó. Estaba solo en la isla. No obstante, había perdido la tranquilidad. La playa ya no podía considerarse un plácido lugar donde haraganear unos cuantos días.

    La tarde estaba bastante avanzada. La brisa había cesado por completo. Ni el agua del mar ni la de la laguna se movían. Glawen decidió aprovechar la brisa de la mañana para partir. Bajó el bote al agua y volvió al balandro.

    Syrene se puso. Las tinieblas cayeron sobre la isla Thurben. Glawen preparó y devoró su cena, subió a la cabina y pasó dos horas escuchando los leves e inidentificables sonidos procedentes de la orilla. Las constelaciones refulgían en lo alto, pero Glawen no les prestó atención esa noche. Su mente estaba absorta en especulaciones más sombrías.

    Por fin, se tendió en su catre. Yació despierto, la vista clavada en las tinieblas, incapaz de controlar las ideas que acudían a su mente. Por fin, se sumió en un sueño inquieto, despertándose en ocasiones al creer oír que alguien había subido a bordo.

    La noche prosiguió su camino imperturbable. Lorca y Sing se alzaron por detrás de la isla y treparon hacia el cénit. Glawen se durmió por fin, tan profundamente que ni siquiera el amanecer logró despertarle. Por fin, cuando Syrene ya llevaba casi tres horas en el cielo, despertó, nervioso y ojeroso.

    Consumió un desayuno de té y gachas en la cabina. Desde el norte soplaba una brisa excelente para el regreso. Las columnas y cúpulas de brillantes cúmulos blancos, que surgían sobre el horizonte en dirección sur, acentuaban el azul profundo del mar. El mundo parecía limpio e inocente. Lo que había visto en el extremo norte de la laguna resultaba tan incongruente con este soleado mundo blanco y azul que hasta se le antojó irreal.

    Glawen decidió llevar a cabo otra rápida inspección del muelle y el pabellón antes de zarpar; igual descubría algo que había pasado por alto el día anterior. Saltó al bote y se dirigió a toda máquina hacia el norte de la laguna, mientras nubes de raudos faloriales plateados le seguían.

    El bote llegó al estrecho del norte. El pabellón y el muelle seguían tal como los había visto el día anterior. Glawen encaminó el bote hacia la playa, saltó a tierra con la boza y la ató a uno de los pilares de bambú.

    Se detuvo un momento a contemplar los alrededores. Como el día anterior, sólo descubrió silencio y desolación. Continuó hasta el final del muelle. La brisa rizaba la superficie de la laguna, impidiendo ver con claridad el fondo, pero los huesos seguían en su sitio.

    Glawen volvió a la orilla y examinó el pabellón. Detrás de una zona abierta protegida por la sombra, en la parte delantera, había ocho compartimentos, sólo amueblados con gruesas esterillas. No había cocina ni cuarto de baño, salvo un retrete en la parte posterior del pabellón.

    Glawen decidió que ya había visto bastante; no había sido presa de alucinaciones durante su primera visita. Volvió a bordo del bote y se internó en la laguna. Mientras el bote se alejaba del muelle, Glawen miró hacia el estrecho y divisó, a unas dos millas mar adentro, un par de velas latinas hinchadas por la brisa.

    El curso del barco le conducía al estrecho del norte.

    Glawen regresó a toda velocidad hacia su balandro. Dadas las circunstancias, desarmado como iba, no podía permitirse el lujo de una batalla naval, y era preciso huir cuanto antes. Una vez saliera a mar abierto, estaría a salvo. Con el viento a favor, el catamarán le alcanzaría. Con el viento en contra o en calma, su unidad motriz le alejaría con suma facilidad del catamarán, carente de motor.

    Glawen subió al balandro, se colgó los prismáticos al hombro y trepó al mástil. Enfocó los prismáticos en el barco que llegaba y vio que se trataba de un catamarán de dos palos y unos dieciocho o veinte metros de eslora, demasiado grande para ser un pesquero yip. Glawen comprobó con alivio que su curso le conducía al estrecho del norte. Existían escasas posibilidades de que le vieran. El esbelto mástil gris del balandro se confundiría contra el fondo de espinos y dendrones semáforo.

    Glawen vigiló hasta que el catamarán desapareció por la curva de la isla, y luego bajó a cubierta. Contempló la laguna, indeciso. La prudencia le instaba a partir cuanto antes de la isla Thurben. Por otra parte, si avanzaba con cautela playa arriba, a la sombra de los arbustos de espinos, quizá descubriría la identidad de los tripulantes del catamarán. En caso de que le vieran, podría retroceder de inmediato, subir a bordo del balandro y huir. ¿Qué iba a hacer? ¿Retirarse con prudencia, o emprender la exploración? De haber tenido una pistola, la respuesta habría sido automática. Desarmado por completo, salvo por un cuchillo de cocina, deliberó durante diez segundos.

    —Soy un Clattuc —dijo en voz alta—. La sangre, la naturaleza y la tradición me dictan la forma de actuar.

    Sin pensarlo dos veces, cogió el cuchillo de cocina, provisto de una afilada hoja de quince centímetros, lo encajó entre el cinturón y la camisa, se acercó a la orilla en el bote y corrió playa arriba, protegido por los arbustos de espinos.

    Mientras corría, mantenía la vista clavada al frente, por si alguien del catamarán también había tenido la idea de explorar la playa, pero no vio a nadie, lo cual le evitó la necesidad de elegir entre incómodas opciones.

    Divisó los palos del catamarán. Avanzó unos cuantos centenares de metros más, y ante su vista aparecieron el muelle y el barco. Glawen trepó la pendiente de la parte posterior de la playa y siguió caminando, oculto por los matorrales. Al poco, gateó y reptó hasta acercarse a unos cincuenta metros del pabellón. Se tiró al suelo y examinó la escena con los prismáticos.

    Cuatro yips de piel dorada iban y venían del barco al pabellón. Ya habían llevado a tierra almohadas, alfombras y sillas de mimbre, y ahora estaban disponiendo una mesa larga. Sólo llevaban túnicas blancas cortas y parecían muy jóvenes, aunque negras capuchas ocultaban sus cabezas y caras.

    Seis hombres más, adultos, se sentaron en las sillas de mimbre. Vestían túnicas sueltas grises y, al igual que los yips, ocultaban su identidad mediante capuchas negras. Estaban sentados en silencio y con serenidad: hombres de cierta riqueza, incluso importancia, a juzgar por sus posturas y la forma de erguir la cabeza. No se comunicaban entre sí, como aislados mutuamente a propósito. Glawen fue incapaz de adivinar su lugar de origen. Ninguno era yip; ninguno parecía un Naturalista de Throy y, casi con seguridad, no eran ciudadanos de la Estación Araminta.

    Algo se mascaba en el ambiente. Los seis hombres de las túnicas grises estaban sentados muy tiesos e inmóviles, y sus capuchas creaban una atmósfera siniestra e irreal. Glawen se dio cuenta de que no corría peligro. Los cuatro yips y los seis hombres estaban enfrascados en sus propios asuntos. Glawen les contempló fascinado y dejó de hacer especulaciones.

    Un peculiar elemento nuevo entró en escena. Una mujer alta y huesuda, de torso amplio y enormes piernas y brazos, muy diferente de los yips y los hombres encapuchados, bajó del barco. En lugar de capucha, utilizaba una máscara negra, que ocultaba su nariz y ojos, pero dejaba al descubierto sus mejillas lisas y su rotundo mentón. La piel de estas zonas y de sus brazos desnudos era de un blanco perlífero, en tanto una mata de pelo color arena se elevaba cinco centímetros por encima de su ancho cráneo. El único indicio de femineidad eran los dos pechos caídos y las potentes caderas ceñidas por unos pantalones cortos sueltos.

    La mujer llegó al final del muelle y paseó la vista en torno suyo. Habló unas pocas palabras con los yips; dos corrieron al barco y regresaron con cajas de madera, que depositaron sobre la mesa. Levantaron las tapas, sacaron botellas de vino y copas, que llenaron y ofrecieron a los seis hombres sentados. Los otros dos trajeron ramas del arbusto de espinos y encendieron un fuego.

    La mujer volvió hacia el barco. Subió a bordo y desapareció en el camarote. Pocos momentos después, surgió un grupo de muchachas yips, seguidas por la mujer. Las chicas recorrieron el muelle con paso vacilante, mirando a derecha e izquierda, y también a la ceñuda mujer que caminaba detrás. Eran seis, en la flor de la juventud, de grandes ojos color topacio, rasgos delicados y cabello color miel. Entonces. Glawen adivinó la procedencia de los huesos esparcidos en el fondo de la laguna, y también lo que iba a suceder a continuación.

    Los seis hombres encapuchados continuaban inmóviles y silenciosos. Las seis muchachas inspeccionaron la zona, con expresión de inocencia en la que empezaba a insinuarse la inquietud. Una severa palabra de la mujer las conminó a sentarse en la arena.

    Glawen comprendió enseguida lo que se avecinaba. Petrificado, contempló el inexorable desarrollo de los acontecimientos.

    Por fin, ya no pudo aguantar más. Volvió sobre sus pasos, deprimido y asqueado, hasta llegar al balandro, cargando con la cuerda que había desatado del tronco de un espino.

    Syrene se hundió por el oeste y Glawen reflexionó sobre lo que había visto, sin saber qué hacer. De haber llevado armas encima, la solución habría sido sencilla.

    El sol desapareció, llegó el crepúsculo, y poco después la oscuridad cayó sobre la isla Thurben. Glawen alzó el ancla y, sin forzar la marcha, condujo el balandro hacia el norte de la laguna, guiado por la playa blanca, que la luz de las estrellas teñía de un tono lechoso. Una nube de faloriales fosforescentes le seguía por debajo de la quilla, semejantes a gruesos cables plateados de diez centímetros de longitud. Despedían un resplandor móvil que iluminaba el fondo.

    Delante, en la orilla, apareció el parpadeo de la hoguera. Glawen lanzó con cautela el ancla por la borda, para que la cadena no hiciera ruido. Examinó la playa con los prismáticos. Aún continuaba la actividad. Glawen esperó una hora, y luego bajó al bote. Con el motor a un cuarto de potencia, avanzó a escasa velocidad hacia el muelle, alejado de la orilla. Una burbuja móvil que arrojaba una luz amarilloverdosa, compuesta por diez mil faloriales, surcaba las aguas.

    La hoguera estaba a punto de extinguirse. Glawen desvió el bote hacia el muelle. Avanzó centímetro a centímetro por la laguna en tinieblas, en dirección al catamarán. Los cascos se tocaron. Se aferró a la regala del catamarán y aguzó el oído. Ni el menor ruido. Trepó a bordo con el mayor sigilo. Se quedó inmóvil. Silencio. Se acercó a las amarras de popa, las cortó con su cuchillo y las tiró a un lado. Se deslizó hasta la proa agachado y cortó las amarras correspondientes. El catamarán flotó libremente. Una oleada de alegría asaltó a Glawen. Corrió de vuelta hacia su bote.

    Un ruido sordo, un roce, una gigantesca presencia. Era la mujer, que había salido al presentir que algo iba mal. La luz de las estrellas reveló la forma de Glawen, así como la distancia que separaba al barco del muelle. La mujer lanzó un grito de rabia estrangulado, corrió por el techo del camarote y se lanzó sobre Glawen con los brazos extendidos y los dedos engarfiados. Glawen intentó retroceder, pero se enredó con los obenques y la mujer le agarró. Emitió un inarticulado grito de triunfo y cerró las manos en torno a su cuello.

    Glawen cayó de rodillas, con el rostro apretado contra el estómago de la mujer. Percibió el hedor de su cuerpo. «¡No puede ser! ¡No puedo acabar así!», pensó desesperado. Enderezó las rodillas y lanzó la cabeza contra la mandíbula de su atacante. Ésta gruñó y aflojó su presa. Glawen golpeó ciegamente, aferró la máscara y la bajó con violencia, hasta que cubrió los ojos de la mujer, que consiguió apartarla. Glawen hundió el cuchillo en su abdomen. La mujer lanzó un grito de horror y asió el mango. Glawen apoyó un pie en el techo de la cabina, empujó con todas sus fuerzas y propulsó hacia atrás a la mujer, que tropezó con la borda y cayó al mar. Glawen, jadeante, miró hacia abajo. El brillo de los faloriales iluminaba el rostro de la desconocida; daba la impresión de que le había crecido una barba compuesta de cables plateados retorcidos. Glawen la miró un instante a los ojos, que contemplaban abiertos de par en par la tragedia que le estaba sucediendo. Glawen observó su frente, tatuada con un curioso símbolo negro: una horquilla de dos puntas, que se curvaban hacia dentro.

    El veneno de los faloriales paralizó a la mujer; cables plateados surgieron de todo su cuerpo. El aire huyó de sus pulmones, y se hundió lentamente hasta el fondo.

    Glawen escudriñó la orilla. Los ruidos, apagados por el susurro de la corriente entre los pilones, no habían despertado a nadie.

    Glawen, todavía estremecido y algo aturdido, bajó con cautela al bote. Ató una cuerda al caperol del catamarán y el otro extremo a la argolla de popa del bote. Conectó el motor y arrastró el catamarán hasta el lugar donde había anclado el balandro.

    Trasladó la sirga a una de las cornamusas de popa, subió el bote a bordo y se dirigió hacia el sur, remolcando el catamarán.

    Por fin, alguien del pabellón se dio cuenta de que el catamarán había desaparecido. Glawen oyó gritos de consternación y sonrió para sí.

    Atento al tenue brillo del oleaje a su derecha, donde las olas rompían sobre los arrecifes, Glawen viró lentamente hacia el sur. Donde terminaba la línea de espuma blanca, encontró el paso del arrecife. Salió del canal y se encontró en mar abierto, lejos ya de la maldita isla Thurben.

    Glawen continuó remolcando el catamarán, impulsado por el motor, un par de horas más; después, izó velas y dejó que el viento empujara las embarcaciones hacia el sur.

    Al recordar el olor de la mujer, Glawen se desnudó por completo y se lavó bien. Se cambió, comió pan con queso y bebió media botella de vino. Ya de mejor humor, subió a cubierta y pasó una hora sentado en la cabina.

    Por fin, se removió, largó la vela, comprobó la sirga, aseguró todo, bajó al catre y se durmió.

    Por la mañana, Glawen subió al catamarán. No encontró nada que le diera una pista sobre la identidad de sus ocupantes.

    Glawen trasladó los instrumentos de navegación del catamarán al balandro; sin duda, habían sido robados de la Estación Araminta.

    Prendió fuego al catamarán y regresó al balandro. Navegó hacia el sudoeste, impulsado por una fresca brisa. Las llamas se elevaron sobre el agua, visibles entre el humo negro. A medida que aumentaba la distancia, las llamas se hicieron poco a poco invisibles y desaparecieron. Sobre el horizonte sólo quedó un hilo de humo negro.


    3


    Tras navegar un día y una noche con vientos variables, Glawen avistó la costa del continente. Una hora después de que Syrene hubiera rebasado el cénit, Glawen se adentró en el río Wan. Una hora más tarde estaba sentado en las oficinas del Negociado B y relataba sus aventuras a toda la jerarquía superior, el llamado Zoo: Scharde Clattuc, el enjuto lobo gris; Ysel Laverty, el jabalí; Rune Offaw, el implacable armiño y, casi perdido en su enorme butaca de cuero, el pequeño orangután calvo, Bodwyn Wook.

    Glawen terminó su relato.

    —Les dejé abandonados y muy desdichados. Cuatro yips y seis personas más, de origen desconocido. Se habrán registrado en el hotel, diría yo.
    —Absolutamente sorprendente —dijo Bodwyn Wook—. Y totalmente intolerable, no hace falta decirlo. —Miró al techo y habló en su tono más didáctico—. Varias preguntas acuden a mi mente. ¿Quién ha organizado esas diversiones? No tiene por qué ser Titus Pompo, aunque seguro que colabora. ¿Cuántas veces ha ocurrido? Una o dos, como mínimo, a juzgar por los huesos. ¿Quiénes son esas seis personas encapuchadas? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo las abordaron, y quién? ¿Quién es, o mejor dicho, quién era esa mujer de la frente tatuada? No cabe duda de que pronto encontraremos respuestas a algunas de estas preguntas, pero yo no me quedaré satisfecho hasta averiguar todos los detalles de este horrendo escándalo. Por fin, ¿cuál debe ser nuestra reacción a corto plazo? —Bodwyn Wook se reclinó en la butaca—. Espero sus opiniones, caballeros.

    Rune Offaw habló al cabo de una breve pausa.

    —Pronto se sabrá en Yipton que el catamarán ha desaparecido. Considero que es una buena oportunidad para que Titus Pompo ordene una investigación. Podría enviar otro barco, o su propio avión, si es que existe. Deberíamos estar preparados para aprovechar esta posibilidad, que no es muy grande, lo admito.
    —¿Qué sugiere usted?
    —Creo que deberíamos enviar de inmediato un transporte para recoger a los hombres abandonados, y disponer una emboscada con dos o tres aviones bien armados. Si Titus Pompo envía su hipotético avión, podremos optar entre obligarlo a descender, derribarlo o traerlo aquí, a la Estación Araminta. Si aparece un barco, capturaremos a los yips y hundiremos la embarcación.

    Bodwyn Wook paseó la mirada por el grupo.

    —No se me ocurre un plan mejor. A menos que haya objeciones, procedamos ahora mismo.


    4


    Scharde pilotó el enorme transporte turístico de la Agencia hasta la isla Thurben, acompañado por cuatro agentes del Negociado B. Al aproximarse a la isla, Scharde disminuyó la velocidad y descendió a una altitud de trescientos metros. Luego, se desvió hacia el norte y sobrevoló la laguna, hasta situarse encima del muelle y el pabellón. Dos aviones más y un segundo transporte, cargado con provisiones de agua y comida para tres días, ya habían aterrizado en el pico central, desde donde el radar vigilaba el mar y el cielo.

    El radar de Scharde mostraba un mar y un espacio aéreo vacíos. Utilizó los prismáticos para inspeccionar la zona que se extendía bajo sus pies, y descubrió a los cuatro yips acurrucados con aire desconsolado en la playa, cerca de la base del muelle. Los otros seis hombres no se veían por parte alguna.

    Scharde aterrizó cerca del pabellón. Saltó a la arena, seguido de sus tres acompañantes. Los yips les miraron con apatía. Scharde hizo un ademán.

    —Entren en el transporte.

    Se levantaron con dificultades.

    —Dennos agua —susurró uno con voz hueca.
    —Dadles de beber —ordenó Scharde a sus hombres.

    Los seis hombres salieron del pabellón, demacrados y con los ojos desorbitados. Se habían quitado las capuchas negras, quedando así de manifiesto que se trataba de hombres de edad madura y aspecto corriente, sin duda pertenecientes a la alta sociedad. Avanzaron con paso vacilante hacia Scharde, suplicando agua con voz entrecortada.

    Scharde indicó el transporte.

    —Suban a bordo y les darán agua.

    Los seis hombres subieron al compartimento de pasajeros, donde les dieron agua. Scharde elevó el transporte y regresó a la Estación Araminta.

    Pasaron quince minutos. Los náufragos habían bebido hasta reventar, y ahora estaban valorando la situación.

    —¡Oiga, piloto! —gritó uno—. ¿Adónde nos llevan?
    —A la Estación Araminta.
    —Estupendo. Puede que aún consiga llegar a tiempo de embarcar.
    —Temo que no —respondió Scharde—. Están todos detenidos, bajo cargos muy serios. No irán a ninguna parte.
    —¡Cómo! ¡No hablará en serio! ¡Después de las privaciones y agonías que hemos sufrido!
    —¡Carece de base legal para eso! —gritó otro—. Soy un jurista de considerable prestigio, y le aseguro que no es posible. Tengo la intención de exigir una sustanciosa indemnización, y tal vez demandarles por daños y perjuicios.
    —¿A quién? ¿A la Estación Araminta?
    —A Empresas Ogmo, claro está. No prestaron los servicios prometidos.

    Otro miembro del grupo abundó en el comentario.

    —Tiene toda la razón. ¡Estoy indignado y me niego a ser detenido!
    —¿También es usted jurista? —preguntó Scharde.
    —Temo que no puedo presumir de tal distinción, aunque tengo empleados a varios. Controlo cierto número de instituciones financieras, incluido un importante banco. No estoy acostumbrado a que me traten mal.
    —¡Las privaciones a que me he visto sometido son imperdonables! —afirmó enardecido otro miembro del grupo—. Mis derechos han sido violados, y toda la responsabilidad recae sobre la Estación Araminta.
    —Creo que no le sigo —dijo Scharde.
    —Es muy sencillo. Me engatusaron con la promesa de una exquisita recepción y las agradables diversiones de Cadwal; en cambio, sólo he conocido privaciones, sed, angustia e incomodidades. Alguien ha de pagar la culpa.
    —Sospecho que la culpa la pagará usted —rió Scharde.
    —Soy un Acólito de Tercer Grado en el Kadesh de Bogdar —gritó otro—. Sus acusaciones son ofensivas. Nuestra misión es promulgar el Derecho, no dar ejemplo en cada detalle ínfimo de nuestra vida. ¡Rechazo enérgicamente sus viles insinuaciones, y debo insistir en el debido respeto a mi hábito!
    —Muy bien —dijo Scharde.

    Al llegar a la Estación Araminta, los náufragos, pese a un gran despliegue de protestas, fueron encerrados en un viejo almacén de piedra. Después, uno tras otro, fueron conducidos al despacho de Bodwyn Wook para ser interrogados. Se encontraban presentes Scharde, el Conservador Egon Tamm y Glawen.

    Los cuatro yips fueron los primeros en ser sometidos a interrogatorio, por separado. Cada uno contó más o menos la misma historia. Todos eran cadetes ump, especialmente elegidos para colaborar en las excursiones a la isla Thurben. Este último caso había sido el tercero de una serie iniciada un mes antes. Conocían a la mujer muerta como «Sibil». Había participado en la segunda orgía, pero no en la primera. Los cuatro yips detestaban y temían a Sibil. Sus exigencias eran perentorias y no toleraba la lánguida negligencia a la que estaban acostumbrados. La incesante preocupación de Sibil era la pulcritud y la puntualidad. De esta forma se expresaron los yips, y todos habían recibido su buena ración de golpes y bofetadas.

    El último yip en ser interrogado fue Saffin Dolderman Nivels; así se identificó, y contestó a las preguntas como si participara en una cordial y relajada conversación.

    —Me alegra mucho saber que Sibil ha muerto —manifestó—. Ponía nervioso a todo el mundo, y nadie se divertía en los espectáculos.
    —Ni siquiera las chicas —insinuó Scharde.
    —Ah, bien, era de esperar. De todos modos, las excursiones saldrán mejor con Sibil bajo el muelle, en lugar de sobre la playa. Será instructivo echar un vistazo a sus huesos.

    Bodwyn Wook sonrió.

    —Saffin, vive usted en un mundo extraño y portentoso.

    Saffin inclinó la cabeza.

    —Yo también pienso lo mismo. No conozco ningún otro, por supuesto, y es una pena. Soy la clase de hombre que adereza su pescado no sólo con salsa de dragón, sino también con chutney de placaminero dulce.
    —Las excursiones tenían lugar cada dos semanas —dijo Egon Tamm—. ¿Iba a continuar así en el futuro?
    —No lo sé, señor. Nadie se molestó en avisarme. —Saffin les miró de uno en uno, con una vaga sonrisa. Se puso en pie, vacilante—. Ahora, señores, si han terminado con sus preguntas, mis camaradas y yo seguiremos nuestro camino. Ha sido un placer hablar con ustedes, pero el deber nos reclama con voz de hierro, y no debemos eludirlo.

    Bodwyn Wook lanzó una risita.

    —El sociólogo Porlock afirmaba que los yips carecían de sentido del humor. Tendría que haber escuchado sus bromas mordaces. Es usted un asesino, y algo peor. No irá a ninguna parte, salvo a la cárcel.

    El rostro de Saffin expresó una decepción mayúscula.

    —¡Temía que adoptara esa actitud, señor! Me ha entendido mal. Las tareas que ha mencionado no eran de nuestro agrado, pero ¿qué podíamos hacer? Para un buen cadete, la obediencia es esencial.

    Bodwyn Wook cabeceó violentamente.

    —¿No tenían otra alternativa que cometer esos crímenes bestiales?
    —¡Ninguna en absoluto! ¡Se lo juro!
    —Podría haber dimitido —sugirió Scharde.

    Saffin meneó la cabeza.

    —No habría sido una buena idea.
    —Se equivoca —dijo Bodwyn Wook—. Pronto descubrirá que sí lo habría sido; de hecho, la mejor idea de toda su vida.
    —Con toda justicia —se lamentó Saffin—, debería pensar en nuestras necesidades. Cuándo los woskers ricos vienen con los dientes brillantes ¿hemos de rechazar su dinero?

    Bodwyn Wook hizo caso omiso de la pregunta.

    —¿Daban dinero los woskers ricos a Sibil?
    —¡Ni a Sibil, ni a mí! ¡Ni un dinket por un trabajo bien hecho!
    —¿Hablaba Sibil con los woskers? ¿Le hacían preguntas acerca de su tatuaje? ¿Le contó algo a usted?

    Saffin agitó los dedos en un gesto de desdén.

    —Sibil sólo me hablaba para darme órdenes, que debía obedecer al instante. Tenía amistad con el segundo grupo, y hablaba con ellos, pero sólo en relación con su conducta.
    —¿Qué quiere decir?
    —Era una gente muy rara, en muchos sentidos, y no tocaron a las chicas, pero Sibil profirió amenazas e insistió en que fornicaran. Se esforzaron en obedecer, por temor a que cumpliera sus amenazas.
    —¿Cuáles eran esas amenazas?
    —Dijo que debían fornicar o bien con las chicas, o con ella. Podían elegir. Todos se apresuraron a poseer a las chicas.
    —Era la alternativa más sabia, sin duda —dijo Bodwyn Wook—. Creo que yo también habría hecho lo mismo. ¿En qué otros sentidos era rara esa gente?

    Saffin sólo pudo proporcionar vagas impresiones.

    —Eran muy extraños, pero también lo era Sibil, y ahora que lo pienso, se habló de otra excursión, con un grupo formado por cuatro mujeres y cuatro hombres. Me pregunté qué actividades tendría en mente Sibil.
    —Tal vez pensaba emplear sus expertos servicios.

    Saffin parpadeó.

    —Yo no me dedico a esas ocupaciones.
    —Nunca lo sabremos, y toda especulación al respecto es inútil. ¿Qué más puede decirnos?
    —Nada más. Estoy seguro de que ya se habrán convencido de mi inocencia. ¿Puedo irme?

    Bodwyn Wook lanzó un bufido de incredulidad.

    —¿Es que no se da cuenta de las atrocidades que ha cometido? ¿No se siente culpable? ¿No se siente avergonzado?
    —Señor, es usted viejo y sabio, pero no puede percibir cada ínfima y delicada fase del cosmos.
    —¡De acuerdo! ¿Y qué?
    —Es posible que yo conozca algún detalle nimio, pero ajeno por completo a su experiencia personal.
    —¡De acuerdo, y van dos! Algunas sutilezas de su trabajo con las chicas sobrepasan mi capacidad inventiva hasta extremos inconcebibles.
    —Si tal es el caso, ¿me consideraría irrespetuoso si le explicara las reglas por las que usted, yo y todo el mundo hemos de gobernar nuestra conducta, con el fin de hacer más placentera nuestra vida?
    —¡Hable! Siempre estoy dispuesto a aprender.
    —¡«Ahora» es «ahora»! ¡Ahí tiene el lema liberador! Debe repetírselo una y otra vez. «Pasado» y «tiempos pretéritos» son meras construcciones mentales. Lo pasado, pasado está. Se ha evaporado, convertido en la abstracción de nada. Podría ser que los llamados «acontecimientos del pasado» jamás hubieran tenido lugar, y lo mejor y más apropiado para nosotros es contemplarlos a esta luz. Créame, señor, no sólo esta vez, sino mil veces más. Jamás sucumba a las malas costumbres. Entregarse a los recuerdos, a melancólicos arrebatos por los buenos y viejos tiempos, es señal segura de senilidad. Hay que tomar la vida como viene: nunca hay que buscar asidero en lo ya acaecido. ¡«Ahora» es «ahora»! Todo lo demás es trivial e inútil. En términos prácticos, «ahora» es cuando deseo abandonar esta tétrica habitación, que huele a generaciones y generaciones de woskers, y salir de nuevo al aire libre y al sol.
    —Y así será —dijo Bodwyn Wook—. Su elocuencia me ha conmovido profundamente. Se ha ganado la suspensión de la ejecución, si mis colegas están de acuerdo. —Se volvió hacia los demás—. ¡Saffin acaba de proclamar verdades como puños! Recomiendo que, en lugar de colgar de un árbol a estos villanos, o encerrarles a perpetuidad en una oscura mazmorra, les dispensemos un dulce y útil futuro. Primero, irán a la isla Thurben, y mientras disfrutan del sol y el aire libre, destruirán el muelle y el pabellón, devolviendo la isla a su estado salvaje anterior. Después, serán conducidos a Cabo Journal, donde los inmensos espacios abiertos y furiosos vientos gratificarán el espíritu indomable de Saffin. La satisfacción de dedicar su vida a una obra útil será un placer añadido. Miel sobre hojuelas, por así decirlo.
    —A mí también me ha emocionado la filosofía de Saffin —dijo Egon Tamm—. Su propuesta es magnífica, como Saffin sin duda ratificará.
    —En efecto —dijo Bodwyn Wook—. Saffin, es usted un hombre afortunado. De momento, sin embargo, ha de volver a la cárcel.

    Saffin fue sacado entre protestas. Bodwyn Wook se recostó en la butaca.

    —Es difícil sentenciar a alguien con una mirada tan límpida y una sonrisa tan espontánea… Bien, Saffin sería el primero en rechazar el sentimentalismo. ¿Qué hemos averiguado?
    —Algunos detalles curiosos —dijo Scharde—. Que suscitan más preguntas que respuestas, por supuesto.
    —Me desconcierta Sibil —dijo Egon Tamm—. Si yo me encargara de esas excursiones, contrataría a una azafata que fuera encantadora y grácil… A Sibil no, desde luego.
    —Es un rompecabezas —dijo Bodwyn Wook—, pero hemos de seguir adelante. Scharde, creo que ha intercambiado unas palabras con nuestros prohombres, ¿no?
    —Poseo escasa información. Todos son hombres de edad madura y buena posición. Todos se describen como personas importantes. Todos se sienten indignados por su confinamiento, y varios han proferido amenazas. Todos se sienten agraviados y se creen víctimas de una estafa.

    Bodwyn Wook exhaló un suspiro.

    —Supongo que deberíamos escuchar sus quejas. Quizá obtengamos alguna información más.

    Los seis participantes en la excursión a la isla Thurben fueron introducidos, uno tras otro, en el despacho y sometidos a interrogatorio. Al igual que los yips, todos contaron la misma historia. Se habían enterado de la excursión por unos folletos publicados por Empresas Ogmo, que habían obtenido en sus agencias de viajes. Todos describieron su interés como mera curiosidad, aunque todos habían pagado a su agencia mil soles, como precio por el pasaje a la Estación Araminta. Nadie había conocido a ninguna persona relacionada con Empresas Ogmo hasta llegar a Yipton. En aquel momento, Sibil se ocupó de ellos. Todos reafirmaron su escala social, y se describieron como personas ricas e importantes. Ninguno se consideraba un pervertido, sino gente corriente en busca de «un poco de juerga» o «echar una cana al aire». Uno se indignó.

    —¿Yo, un pervertido? ¡Usted está loco!

    Los seis intentaron ocultar su identidad bajo un nombre falso, para evitar el escándalo o desagradables rumores.

    —No serviría de nada montar un alboroto, así de claro —afirmó uno, que se autocalificaba de ranchero—. Mi esposa se preocupará muchísimo.
    —No hace falta que se entere —dijo Bodwyn Wook—, a menos que desee tenerla a su lado cuando le ejecuten. A nosotros nos da igual colgarle bajo su nombre auténtico o no.
    —¿Eh? ¿Qué dice? ¡No hablará en serio!
    —No soy un hombre frívolo. ¿Tengo aspecto de payaso?
    —No.
    —Eso es todo por ahora, señor.

    El ranchero salió con paso vacilante, mirando hacia atrás por si captaba alguna señal tranquilizadora, que no se produjo.

    Otro miembro del grupo, que se autodenominó «financiero y banquero», y dijo llamarse Alvary Irling, se quejó aún con más amargura, y amenazó con emprender acciones legales si sus exigencias no se cumplían.

    —¿Cómo podrá entablar acciones legales, si está muerto? —preguntó Bodwyn Wook.
    —¿Muerto? ¿Cómo voy a estar muerto?
    —La ejecución por asesinato suele causar la muerte, excepto en casos excepcionales.
    —¡Esto es absurdo! —afirmó Alvary Irling en tono despectivo.
    —Conque absurdo, ¿eh? —rugió Bodwyn Wook—. ¿Ve aquel shardash? Es posible que antes de que termine el día, cuelgue de esa rama que sobresale, y todos disfrutaremos del espectáculo.
    —Deseo consultar con mi abogado —repuso con frialdad Alvary Irling.
    —¡Petición denegada! Sólo serviría para complicar un sencillo procedimiento, a menos que también le colguemos a él, por conspiración para entorpecer la justicia.
    —Si es una demostración de buen humor, la considero grotesca. Soy un importante hombre de negocios, y esta detención me está causando graves inconvenientes.

    Alvary Irling fue conducido a la celda improvisada entre gritos de protesta.

    Bodwyn Wook meneó la cabeza en señal de irritación.

    —No veo motivos para perder más tiempo en este desagradable asunto. El Conservador tiene la última palabra en cuestiones de esta índole, por supuesto.
    —Sólo puede haber un veredicto —dijo Egon Tamm—. Primero, ejecución de esos seis, y segundo, identificación de los organizadores y tratamiento similar para ellos, dondequiera que se les encuentre.
    —Estoy completamente de acuerdo —dijo Bodwyn Wook. Reparó en la expresión de Scharde—. ¿Me equivoco, o tiene otras ideas?
    —Permítame que relacione algunos hechos —dijo Scharde—. Primero: sabemos que tarde o temprano los yips intentarán invadir la provincia de Marmion; si triunfan, se acabó la Reserva. En este momento, quizá podamos rechazarles. Nuestros medios son inadecuados, y no podemos comprar lo que necesitamos porque carecemos de dinero. Reflexionen un momento. Tenemos en custodia a seis criminales acaudalados. Si les matamos, nos quedamos con seis cadáveres. Si cada uno de ellos paga una generosa reparación, un millón de soles por cabeza, digamos, tendremos seis millones de soles, suficiente para adquirir dos aviones armados y un puesto de cañones permanente sobre el estrecho de Marmion.
    —No es limpio, justo ni atrayente —se quejó Bodwyn Wook.
    —Pero muy práctico —replicó Egon Tamm—. Además, no necesitaré consultar con esos malditos Pacifistas. No conseguirá seis millones de soles de otra manera, al menos de Throy.
    —Muy bien. Decidido —dijo Bodwyn Wook—. Sugiero que añadamos un recargo de mil soles por cabeza, para financiar nuestra investigación de Empresas Ogmo. —Habló por el micrófono—. Traigan a los seis prisioneros.

    Los seis soumjianos, vestidos aún con las túnicas grises que habían llevado en la isla Thurben, entraron con aspecto hosco en el despacho, y se alinearon contra la pared. Impulsado por un malicioso capricho, Bodwyn Wook llamó al alguacil.

    —Ahí los tiene: seis bribones en fila. Haga una buena fotografía para el expediente y anote los nombres con todo cuidado. —Se dirigió a los prisioneros—. Procuren decir su verdadero nombre al alguacil. Si intentan engañarnos, no tardaremos en descubrir la verdad, y será peor para ustedes.
    —¡Basta ya! —gritó el que se hacía llamar Alvary Irling—. ¿Qué más da el nombre que usemos?

    Bodwyn Wook no hizo caso de la interpelación.

    —Sus crímenes son horripilantes. Deberían demostrar cierta vergüenza, porque remordimiento sería esperar demasiado. No les voy a dar ningún sermón; les aburriría demasiado. Les debe de interesar más averiguar que ya les hemos juzgado y decidido su castigo. ¡Basta! ¡Ni el menor comentario! Escúchenme con atención: cada uno de ustedes merece la extinción instantánea que se reserva a los insectos nocivos. Me encantaría verles bailar al unísono en el shardash, tal vez al compás de un cuarteto de cuerda, y es posible que todavía ocurra.

    »Bien, pese a la repulsión que produce en esta sala su mera presencia, hemos llegado a la conclusión de que necesitamos dinero antes que cadáveres. Para no andarnos con rodeos, pueden evitar la muerte mediante el pago de una multa de un millón de soles por cabeza.

    Los seis acusados permanecieron en silencio unos instantes, mientras sus perspectivas cambiaban y asimilaban el impacto de la nueva calamidad. Uno tras otro, empezaron a murmurar, hasta expresar a voz en grito su aflicción.

    —¿Un millón de soles? ¡Como si nos pide las lunas de Geidion!
    —¡Pagar un millón de soles representaría mi ruina!
    —¡Si vendiera todas mis propiedades, apenas conseguiría reunir un millón de soles!

    Por fin, Bodwyn Wook perdió la paciencia.

    —Muy bien. Los que quieran pagar pónganse en aquel rincón. Scharde, ¿será tan amable de colgar a los demás?
    —¡Quiero pagar —gritó uno de los hombres, aterrorizado— pero no creo que consiga reunir esa cantidad en tan poco tiempo!
    —¡Ni yo tampoco! —chilló otro—. ¡No solemos llevar en los bolsillos un millón de soles! ¿No pueden disminuir la cifra a digamos, diez mil, o incluso nueve mil soles?
    —¡Ajá! —exclamó Bodwyn Wook—. ¿Quieren regatear? Pagarán la cantidad acordada, ni un dinket menos.

    Scharde habló en voz baja con sus colegas.

    —Observo que Alvary Irling, el banquero, guarda un hosco silencio. Supongo que será él quien pague la multa. Se me ocurre que podría conceder préstamos a sus compañeros y pagarnos la suma total de seis millones seis mil soles. Cuando regrese a Soumjiana, podrá negociar las deudas de la manera acostumbrada.
    —Una propuesta muy poco feliz —dijo Alvary Irling—. No es mi problema recaudar rescates para ustedes.
    —¡Todo lo contrario! —exclamó Bodwyn Wook—. Es una idea noble y práctica, que simplifica la transacción.
    —Tal vez desde su punto de vista. Yo soy banquero, no un mecenas.
    —¿Ha existido alguna vez algo más diferente? —preguntó Bodwyn Wook—. Los términos siempre han sido contradictorios.
    —No sé nada de estas personas. No me han presentado a ningún colateral, y no tengo la seguridad de que pagarán su deuda.
    —Siéntese a la mesa y extienda los pagarés. Para usted, son gajes del oficio, e incluso existe la posibilidad de obtener beneficios que dulcifiquen su tarea.
    —Esto es irregular, inconveniente y, en definitiva, un mal negocio —gruñó Alvary Irling—. Preveo miles de dificultades.
    —De ninguna manera —replicó Bodwyn Wook—. Prepare un cheque contra su banco por la cantidad de seis millones seis mil soles, y nosotros lo cursaremos por los canales reglamentarios. En cuanto el dinero esté en nuestras manos, las puertas de la cárcel se abrirán para ustedes.
    —¿Cómo se llama su banco? —preguntó Scharde.
    —Yo soy el Banco de Mircea.
    —¡Una sólida institución! —exclamó Bodwyn Wook—. En circunstancias más felices, sería un placer hacer negocios con usted. Antes de que nos abandone, le consultaré respecto a mis inversiones.


    5


    Glawen, de pie junto al mostrador de recepción del Hotel Araminta, examinaba a las personas presentes en el vestíbulo. Un numeroso contingente acababa de llegar a bordo del paquebote Sublume Overdyne, de las Líneas Perseian. ¿Cabía la posibilidad de que alguna de estas personas educadas y correctas, en apariencia, trajera consigo billetes para una excursión «Consumación del Goce» a la isla Thurben?

    Examinó primero a un grupo, y después a otro. No era preciso que estuvieran compuestos exclusivamente por varones. Según Saffin, Sibil había proyectado divertir a un grupo de cuatro hombres y cuatro mujeres. Cualquier persona que viajara a Yipton podía ser considerada sospechosa.

    No debería ser difícil identificar a esas personas. Los visitantes de Yipton ya eran registrados para comprobar que no llevaban moneda de curso legal; el registro podía extenderse a los billetes para la «Consumación del Goce».

    ¿Y después? Glawen apartó la vista. Por suerte, a él no le competía tomar esas decisiones.

    Glawen se dirigió a la oficina del director y examinó con sumo cuidado el registro de huéspedes, y tomó notas cuando lo consideró necesario.

    El trabajo le exigió dos horas. Cuando hubo terminado, abandonó el hotel y se encaminó al Viejo Cenador, para encontrarse con su padre, que había realizado investigaciones similares en la terminal del espaciopuerto.

    Chilke le llamó cuando pasó junto al hangar de la pista.

    —¿Adónde vas?
    —Al Viejo Cenador.
    —Te acompañaré, si no te molesta.
    —En absoluto.

    Los dos caminaron por la Carretera de la Playa, y luego se desviaron por Wansey Way.

    —Quería hacerte una consulta —dijo Chilke—. Hay algo que me reconcome.
    —Si algo va mal, yo soy inocente.
    —Es por algo que hice una vez. Tu padre me contó lo de la isla Thurben, y mencionó a una dama con muy mal genio llamada Sibil.
    —La recuerdo muy bien.
    —Según Scharde, que recibió la información de ti, la tal Sibil llevaba un tatuaje negro en la frente, una horquilla de dos puntas dobladas hacia dentro.
    —Ésa fue mi impresión. Sólo le eché un vistazo, pero fue suficiente.
    —Todo esto es muy extraño. No entiendo qué está pasando.
    —¿Por qué dices eso?
    —Recuerdo que te conté —prosiguió Chilke, al cabo de un momento—, hace unos años, cómo había llegado a la Estación Araminta.
    —Exacto, aunque no recuerdo los detalles, me avergüenza reconocerlo. Según creo recordar, Namour andaba de por medio. Trabajabas en un rancho cuya dueña quería casarse contigo.
    —Bastante aproximado. ¿Recuerdas cómo describí a la dama en cuestión?
    —No mucho. Me parece que era alta, grande y algo corpulenta.
    —Correcto. Tenía también la piel blanca, y un tatuaje en la frente: una horquilla de dos puntas, dobladas hacia dentro.
    —¿Sospechas que podía ser Sibil?
    —Como no he visto a Sibil, no puedo decirlo, pero sé algo con toda seguridad: no fue la casualidad lo que me trajo a la Estación Araminta. Pero si no fue casualidad, ¿qué, y por qué? En especial, ¿por qué yo, Eustace Chilke? Si se lo preguntara a Namour, se reiría en mi cara.
    —No cabe duda de que tienes razón. Me asombra pensar en las cosas que sabe Namour y guarda en secreto.

    Chilke rió.

    —Namour es un fenómeno, pero me interesa saber cuál era el aspecto de esa Sibil, aparte de grande, malvada y tatuada.
    —Cuentas con los datos principales. Tenía espalda de hombre, grandes caderas y estómago, todo músculo, pero nada de busto, dos bolsas diminutas que procuraba ignorar. Tenía la mandíbula larga, mejillas hundidas y nariz larga, que tal vez se había roto tiempo atrás en una pelea. Su piel era blanca como la tiza, y su boca una simple marca gris. ¿Su cabello? Tirando a color arena y tieso, como un cepillo. En conjunto, yo la llamaría medianamente fea y, encima, olía fatal.
    —Eso no encaja mucho con madame Zigonie, dejando aparte el tatuaje y el gran culo. Tenía la cara redonda, con mejillas redondas y un estupendo busto, por no mencionar los rizos negrorrojizos.
    —Quizá llevaba peluca.
    —No creo. Me alegro de que Sibil fuera otra persona. Deberías averiguar en qué lugar utilizan las damas ese tipo de tatuajes.
    —Buena idea. Llamaremos a Información de la CCPI; somos una filial, como ya sabrás.
    —Eso te convierte en un agente de la CCPI al cien por cien. La gente se toma muy en serio ese rango en toda la Extensión Gaénica. —Chilke se detuvo—. Ya he averiguado lo que quería. Vuelvo al trabajo.

    Glawen se encaminó al Viejo Cenador. Scharde aún no había llegado. Se sentó a una mesa apartada, a la sombra del follaje. Pidió un plato de pescado salado y una botella del Elixir Verde Suave de Diffin, y se dispuso a esperar.

    Transcurrió el tiempo. Glawen pidió otra botella de vino, se inclinó hacia adelante y movió la copa de un lado a otro, de modo que franjas de luz surcaron el líquido verde claro.

    Cierta extensión de raso bermejo se interpuso en su visión. Levantó poco a poco los ojos, muy consciente de lo que iba a ver: un vestido negro bordado con pájaros púrpura posados en ramas verdes, un cuello blanco y ancho, una cara grande en la que centelleaban unos ojos negros como ópalos de fuego y, como remate, una enorme masa de rizos oscuros, ceñidos mediante misteriosos métodos en una forma casi cilíndrica, si bien Spanchetta se había aficionado últimamente a permitir que algunos rizos traviesos cayeran sobre sus orejas.

    Spanchetta examinó a Glawen con una expresión burlona que sólo conseguía disimular a medias el desagrado y la desaprobación. Glawen le devolvió la mirada, como un pájaro hipnotizado por una serpiente.

    —¿Es así como la gente del Negociado B desperdicia el tiempo? —preguntó Spanchetta—. Veo que pertenezco al negociado equivocado. A mí también me gusta descansar.
    —Está cometiendo un error —replicó con educación Glawen—. Estoy aquí por orden de mis superiores. Pese a las apariencias, estoy trabajando.

    Spanchetta cabeceó.

    —Como no tienes nada mejor que hacer, quizá puedas proporcionarme alguna información.
    —Haré cuanto esté en mi mano. ¿Quiere tomar asiento?

    Spanchetta ocupó la silla opuesta.

    —Explícame, si quieres, el secreto que ahora impregna el Negociado B. Todo el mundo sabe que algo se está tramando, pero nadie se toma la molestia de averiguarlo. ¿Por qué tanta actividad furtiva?

    Glawen sonrió y meneó la cabeza.

    —Me pone en un brete. No puedo contestarle.
    —¡Claro que puedes! ¿No has escuchado mi pregunta? ¿Has perdido el uso de la lengua?
    —Suponga que esos secretos existen. Suponga que por algún motivo me han sido confiados. En tal caso, tendría prohibido revelar mis conocimientos a cualquiera que me lo preguntara. Es un caso hipotético, por supuesto. En todo caso, si desea tranquilizar su mente, ¿por qué no se lo pregunta a Bodwyn Wook?

    Spanchetta emitió un sonido de desdén.

    —Hablas mucho, de una manera poco común, diría yo. Es más que notable. ¿Cuánto vino has trasegado, mientras estabas sentado aquí, trabajando?
    —No mucho. ¿Le apetece una jarra?
    —No, gracias. Debo volver cuanto antes a mi trabajo, y sería de mal gusto entrar en mi oficina tambaleándome y cantando, como parece ser del todo aceptable en el Negociado B.
    —¿Qué sabe de Arles? —preguntó Glawen, para cambiar de tema y a falta de otro mejor—. ¿Ha tenido noticias, o también sus actividades están calificadas como «secretas»?

    Antes de que Spanchetta pudiera contestar, Scharde se acercó a la mesa. Se sentó y miró con curiosidad a Spanchetta.

    —¿Vienes o te vas? ¿Quieres tomar una copa de vino con nosotros?

    Spanchetta vaciló, y después, con gran dignidad, aceptó la invitación.

    —He intentado averiguar el significado de los susurros y señales furtivas que se producen cada vez que dos o más personas del Negociado B se encuentran. Glawen ha encontrado un inteligente método de evadir las preguntas. Propone toda clase de hipótesis y acertijos, y mientras yo intento adivinar las respuestas, cambia de tema. Quizá tu espectro de discreción sea más amplio.
    —Eso espero. Para ser exacto, hay muchas cosas que nos preocupan en los últimos tiempos, teniendo en cuenta los sucesos de Stroma y los impedimentos de Titus Pompo. Vamos a perder la paciencia con él.
    —Justo cuando has llegado, Spanchetta iba a comunicarme las últimas noticias acerca de Arles —dijo Glawen.
    —Eso no es del todo cierto —resopló Spanchetta—. No he tenido noticias.
    —Bueno, es probable que Arles esté ocupado en sus asuntos —dijo Scharde. Sirvió una copa a Spanchetta—. Aún me intriga que le alentaras a casarse con una colateral, y encima una Laverty.
    —Yo no alenté el enlace —replicó Spanchetta con voz plañidera—. De hecho, me sorprendió que Arles diera ese paso sin consultarme. Tal vez sospechaba que Drusilla, con sus ambiguos antecedentes, no habría sido mi primera elección.
    —La suerte está echada —dijo Scharde.
    —Precisamente. —Spanchetta bebió la mitad de la copa de un solo trago. La dejó sobre la mesa con brusquedad—. En cualquier caso, tú eres el menos indicado para criticar. Todavía recuerdo que despreciaste y maltrataste a la pobre Smonny, empujándola a la desesperación.
    —Fue un caso trágico —convino Scharde—. De todos modos, sospecho que acabó en buen estado. Era una mujer con una voluntad de hierro. Me extraña que no te enteraras.
    —De ningún modo. Simonetta era una muchacha sensible y encantadora.
    —Una especie de demonio, si no recuerdo mal. Spanny y Smonny: menuda pareja hacíais.

    Spanchetta no se dignó hacer comentarios. Vació la copa y se puso en pie.

    —Como no trabajo en el Negociado B, considero que debo volver a mi puesto, sin saber nada más que antes.

    Spanchetta abandonó el Viejo Cenador. Scharde sacó un cuaderno de notas.

    —He ido a la terminal del transbordador, por eso me he retrasado. He apuntado unos nombres, pero podemos compararlos con la lista del espaciopuerto y la lista del hotel, y descubrir sus planetas de procedencia.
    —Se me ocurrió algo mientras estaba en el hotel. Una nave cargada de turistas llegó esta mañana. Algunos podrían llevar billetes «Consumación del Goce».
    —Es cierto. Comentaré el asunto a Bodwyn Wook; tal vez quiera investigar la posibilidad. De momento, comparemos nuestras listas.


    6


    Tras salir del Viejo Cenador, Glawen se encaminó a las oficinas del Negociado B, donde fue interceptado por Hilda, la delgada y adusta secretaria. Hilda desconfiaba de todos los Clattuc por lo que ella consideraba sus costumbres «burlonas y dominantes». Contemplaba a Glawen con particular suspicacia, puesto que a las típicas cualidades Clattuc añadía otra dimensión, de elaborada y casi siniestra educación, que sólo podía ser falsa. ¡Sin la menor duda! Glawen era un maestro de la intriga. ¿Cómo, si no, se había ganado con tanta rapidez la buena opinión del Supervisor? Por lo tanto, a la petición de Glawen de ser recibido inmediatamente por Bodwyn Wook, Hilda afirmó que Bodwyn Wook no deseaba ser molestado, y había dado órdenes a tal efecto, lo cual, en cierto sentido, era el caso.

    Después de una espera que duró una hora, Bodwyn Wook se asomó al despacho de fuera y vio a Glawen sentado en una silla.

    Bodwyn Wook se paró en seco.

    —¡Glawen! ¿Qué haces sentado ahí tan tranquilo? ¿No tienes nada mejor que hacer?
    —Ya lo creo, señor, pero su secretaria prefiere que me quede sentado en esta silla.

    Bodwyn Wook fulminó a Hilda con una fría mirada.

    —¿Qué tonterías son ésas? ¡Sabe muy bien que Glawen puede entrar en cuanto haga acto de aparición!
    —Sus órdenes fueron explícitas.
    —¡Da igual! A partir de ahora, interprételas con una inteligencia más flexible. ¡Nos ha hecho perder el tiempo a todos! Ven, Glawen.

    Bodwyn Wook le precedió hasta su despacho y se dejó caer sobre su gran butaca negra.

    —¿Qué has averiguado?

    Glawen colocó tres hojas de papel sobre el escritorio.

    —Mi padre y yo examinamos los registros del espaciopuerto, el hotel y el transbordador. Éstos son los nombres que coinciden con las tres excursiones.

    Bodwyn Wook estudió las listas.

    —El primer grupo sería éste de Natrice: sir Mathor Borph y sir Lonas Medlyn, de Halcyon City, y también CS Guntil, CS Foum, CS Nobile, CS Koldach, CS Rolp y CS Buler, de Lanklands. ¿CS? Este título honorífico me desconcierta. ¿Qué significa «CS»?
    —No lo sé.

    Bodwyn Wook apartó la hoja de Natrice.

    —Segundo grupo: seis personas de Tassadero, que si no me equivoco, es un planeta de la Estrella de Zonk. Zonk, por supuesto, era Zab Zonk el Pirata, tristemente conocido a lo largo y ancho del Manojo. Ummm. No veo ninguna referencia a Sibil.
    —Pensamos que debía de ser «S. Devella, del Pico de Pogan».
    —Estos otros hombres proceden de la Tierra de Lutwiler. ¿Qué significa esta palabra entre paréntesis, «zubenitas»?
    —Busqué Tassadero en la guía de referencia. Fexelburg es el espaciopuerto, «una ciudad moderna y progresista», según la guía. La Tierra de Lutwiler está en la Estepa del Este, y se encuentra habitada por miembros de la secta zubenita.

    Bodwyn Wook miró la tercera lista.

    —Éstos son los caballeros de Soum, que tenemos detenidos. Parece que aquí no hay sorpresas. —Bodwyn Wook apartó las listas y se recostó en la butaca—. Da la impresión de que hemos hecho pequeños progresos. Permíteme que te explique mis ideas. Las excursiones dependen de tres elementos: Titus Pompo, los clientes y el organizador, a veces conocido como Empresas Ogmo. De momento, es el único elemento desconocido, pero no podemos dejarlo así. Es posible que sea la peor sanguijuela del lote, y también que sea alguien ya conocido por nosotros. En esta ocasión, me abstendré de lanzar conjeturas o adelantar nombres; ni la más mínima especulación. Baste decir que es preciso seguir su pista, identificarle y detenerle. ¿Qué opinas?
    —Nada, señor. Estoy de acuerdo.
    —Muy bien. —Bodwyn Wook alzó los ojos al cielo—. Señalaré que, con el fin de llevar a cabo una investigación, se necesitan investigadores. Tu nombre ha sido mencionado a ese respecto. Se te pediría viajar a otros planetas, a Natrice, Tassadero y Soum, y realizar en cada uno las pesquisas convenientes. ¿Te interesa el programa?
    —Sí, señor.
    —Esta persona, que a falta de mejor nombre llamaré Ogmo, habrá dejado huellas. Ha tratado con agencias de viajes y publicado un folleto. Habrá tenido que pagar dinero a las agencias de viajes, que luego habrá sido transferido a Ogmo. Esas transacciones habrán dejado algún rastro que, debidamente seguido, debería conducirnos a Ogmo. ¿Me he expresado con claridad?
    —Sí, señor.
    —Bien. Aparte de estos puntos generales, no puedo ofrecer otras directrices. Tú y tu colega tendréis que usar vuestro notable ingenio y desarrollar vuestro propio método de investigación. Bien, ¿alguna pregunta?
    —Sí señor, ya lo creo. Ha empleado la palabra «colega». Ya he sufrido la amarga experiencia de trabajar con un colega, llamado Kirdy, y no quiero repetir el mismo error. Estoy convencido de que trabajaré mejor solo.

    Bodwyn Wook frunció el ceño y carraspeó.

    —Temo que en este caso, por desgracia, deberemos dejar de lado tus preferencias personales. Por diversos motivos, todos de considerable importancia, considero mejor que trabajes con un colaborador.

    Glawen buscó palabras, pensó y desechó cierto número de comentarios, mientras Bodwyn Wook le observaba con la imperturbabilidad de un búho.

    —¿En quién ha pensado? —preguntó Glawen.
    —Trabajar con un ayudante no es el fin del mundo —dijo Bodwyn Wook—. Tal vez tu anterior experiencia con Kirdy no salió muy bien, pero hemos de aprender de nuestros errores. Estarás al mando, y estoy seguro de que la ayuda adicional de los ojos, las manos y la fuerza de una mente Wook serán de utilidad. Además, como ya he indicado, existen otros motivos que justifican esta medida.
    —¿Quiere decir que debo trabajar con Kirdy… otra vez?
    —Un trabajo responsable es esencial para la recuperación de Kirdy. Ha de bajar de las nubes y tocar con los pies en el suelo. —Bodwyn Wook habló por el interfono—. ¿Está Kirdy ahí?

    Kirdy entró en el despacho. Sus ojos se posaron en Glawen, y al instante adoptaron un aspecto vidrioso.

    —Aquí estáis los dos, ¡juntos de nuevo! —exclamó Bodwyn Wook con exageración—. Desde aquel incidente en Yipton, Kirdy ha estado un poco descentrado, pero ahora está en plena forma, dispuesto a todo. Lo que necesita son estímulos y mucho trabajo, para ejercitar los talentos que son su marca de nacimiento Wook. Esta investigación es la receta adecuada y una oportunidad que no podemos desperdiciar, teniendo en cuenta, además, que ya habéis trabajado juntos.

    Kirdy sonrió, un lento y frío torcimiento de boca.

    —En efecto.
    —Aunque sólo fuera por ese motivo —se apresuró a decir Glawen—, es posible que Kirdy se sienta incómodo al trabajar conmigo como subordinado. Sería mejor que…
    —¡Tonterías! —dijo Bodwyn Wook—. A estas alturas, ya conocéis las fobias y excentricidades mutuas, y deberíais colaborar con total armonía.

    Kirdy asintió vigorosamente.

    —Me parece una oportunidad maravillosa.
    —Asunto arreglado —dijo Bodwyn Wook. Habló por el interfono—. ¡Hilda, por favor!

    Hilda entró en el despacho.

    —Prepare credenciales de viaje para Glawen y Kirdy —ordenó Bodwyn Wook—. Les asciendo en este mismo momento al grado de sargento. Utilicen ese rango.
    —¡Espere! —gritó Glawen—. Si se me pide tratar con la policía de otros planetas, prefiero credenciales más altas, aunque sólo sea para esta misión en particular. Sugiero el rango de capitán, como mínimo.
    —¡Bien pensado! Hilda, ocúpese de ello.

    Hilda bufó y dirigió una mirada envenenada a Glawen.

    —¿Y Kirdy? ¿Sólo será sargento? También tratará con la policía.

    Bodwyn Wook hizo un gesto ampuloso.

    —¡Muy bien! Los dos, durante esta misión, serán capitanes de la policía de Cadwal. ¡Los capitanes más jóvenes en toda la historia del Negociado B!
    —Glawen aún no posee pleno estatus de Agencia —indicó Hilda—, y a juzgar por como van las cosas, nunca lo obtendrá. ¿No es una extravagancia nombrarle capitán?
    —En absoluto —replicó Bodwyn Wook—. Ni la ley ni el sentido común impiden que un colateral alcance el rango para el que está capacitado.

    Hilda volvió a bufar.

    —He oído decir que para ciertas enfermedades, orgullo, engreimiento y cuna Clattuc, la mejor medicina es una potente dosis de humildad.
    —¡Ajá! —gritó Bodwyn Wook—. La sabiduría popular oculta en ocasiones la verdad más absoluta… ¿Qué dices, Glawen?
    —Cité otro ejemplo de sabiduría popular. Por lo visto, nadie lo oyó.
    —Dijo «La vaca que nunca ha parido da una leche muy amarga» —habló Kirdy con voz apagada.

    Bodwyn Wook se frotó el mentón.

    —Original, sí; relevante, no. Hilda, ¿adónde va?
    —Tengo trabajo que hacer.
    —Llame a la oficina de viajes y averigüe el siguiente vuelo a Soumjiana, Soum.
    —Se lo puedo decir ahora mismo —intervino Glawen—. El Rayo Sagitariano parte a mediodía de mañana.
    —Muy bien. Capitán Clattuc, capitán Wook, diríjanse cuanto antes a la agencia de viajes, compren billetes y vayan a hacer las maletas. Sugiero que se las arreglen con una pequeña por cabeza. Vengan mañana por la mañana a buscar las credenciales, dinero y los consejos finales.

    Glawen y Kirdy salieron del despacho. Descendieron la escalera en silencio.

    —Sentémonos un momento en la rotonda —dijo Glawen, cuando llegaron a la planta baja.
    —¿Por qué?
    —Quiero decirte algo.

    Kirdy siguió a Glawen hasta un banco situado cerca de la fuente central. Glawen se sentó e invitó a Kirdy a que le imitara.

    Kirdy se negó, tirante.

    —Me quedaré de pie. ¿Qué quieres?

    Glawen habló con voz desprovista de toda emoción.

    —Debemos resolver ahora mismo los temas pendientes entre nosotros. Ya no se puede esperar más.

    Kirdy rió. Un sonido hueco, rasposo.

    —No tengo prisa. Puedo esperar… a que llegue el momento adecuado.
    —El momento adecuado es ahora.
    —¿De veras? —rió Kirdy—. ¿Te toca a ti marcar el compás que debo seguir?
    —Me toca a mí conseguir que esta misión se desarrolle sin problemas. Dadas las actuales condiciones, no es posible.
    —Una deducción correcta. ¿A qué acuerdo debemos llegar?
    —Hablemos de tu antagonismo. No está justificado.

    Kirdy frunció el ceño, perplejo.

    —No hablas con sensatez. Al fin y al cabo, es mi antagonismo, no el tuyo. ¿Cómo sabes en qué se basa?
    —Sufriste mucho en Yipton. Yo no compartí tus padecimientos, y por este motivo estás resentido. ¿Me equivoco?
    —Hasta cierto punto.
    —Tus errores provocaron tus problemas. No es racional culparme a mí. Es obra de tu subconsciente, que no quiere admitir su fallo. Debes controlarte.

    Kirdy volvió a reír.

    —Ahórrate los tópicos. Emplearé los procesos mentales que considere convenientes.

    Glawen estudió el rostro de Kirdy. Las grandes facciones marcadas, en otro tiempo tan apacibles, sonrosadas y plácidas, parecían haberse convertido en rígido cartílago.

    —¿Por qué no utilizas tu antigua mente consciente? —preguntó Glawen, inquieto—. A mí me parece un buen plan.
    —¡Qué poco sabes! Ésa mente fue reducida a añicos, que se mueven de un lado a otro de mi cabeza como murciélagos en un cuarto oscuro. Considero que son una fuente de problemas, puesto que ahora están bajo el control de otra mente, y los problemas subsistirán. —Kirdy apretó el índice contra el pulgar—. Así. Y así…
    —Y así, ¿qué?
    —Nada.
    —¿Quieres un consejo?
    —Escucharé, tanto si me gusta como si no. Algo aprenderé. —Kirdy dirigió a Glawen una sonrisa significativa—. ¡Aconséjame, Glawen! Vamos a ver cómo me ayudas en mi carrera.
    —Primero, ¿a qué vienen tantas prisas por eliminar tu antigua mente? Quizá volverá a acoplarse. Segundo…
    —Ya sé lo que vas a decir. Quédate en casa. Descansa, disfruta de la vida, lee libros entretenidos. Deja que Glawen prospere en paz y tranquilidad.
    —Llámalo como quieras, pero los hechos son los hechos. No podemos trabajar juntos si cada vez que te doy la espalda me clavas un hacha. Eso provoca que la situación sea tensa.

    Kirdy reflexionó.

    —Sólo desde tu punto de vista.
    —¡No acabas de captar lo principal! ¡No existen motivos para que adoptes esa actitud!

    Kirdy miró al otro lado de la rotonda y habló en tono de aburrimiento.

    —¡Oh, tengo motivos! ¡Varios motivos! ¡Muchos motivos! ¡Nunca los sabrás! Es posible que no puedan ser traducidos a palabras, incluso que sean irracionales. De ser así. ¿Qué más da? Yo los siento, sin embargo.
    —Si reconoces que esos motivos son irracionales, ¿no los puedes desechar?
    —Si es necesario.
    —¿Estás de acuerdo en que es necesario?
    —Reflexionaré sobre el tema… ¿Adónde vas?
    —Al despacho de Bodwyn Wook.
    —Te acompaño.

    Hilda les condujo en silencio al despacho interior. Bodwyn Wook levantó la vista, irritado.

    —¿Qué pasa ahora?
    —La situación es imposible —dijo Glawen—. ¡Kirdy no está en sus cabales! ¡Ni siquiera ha prometido que no me matará!
    —¡Pues claro que no! —estalló Bodwyn Wook—. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Te he prometido yo que no te mataré? ¿Y Hilda? ¿Y los demás? ¡Estás al borde de un ataque de histeria!

    Glawen consiguió conservar la voz serena.

    —Se lo diré de otra manera. Un equipo no puede funcionar si sus miembros no se tienen mutua confianza. Kirdy no está cuerdo y no sé cómo voy a trabajar con él.

    Bodwyn Wook se volvió hacia Kirdy.

    —Acabemos con esto de una vez por todas. ¿Estás cuerdo o no?
    —Yo me considero cuerdo.
    —¿Puedes trabajar con Glawen?
    —Sería más apropiado preguntar «¿Puede él trabajar conmigo?».

    Glawen empezó a hablar, pero Bodwyn Wook levantó los brazos.

    —Puedes irte, Glawen. Hablaré con Kirdy y zanjaré el problema. ¡Ni una palabra más! Nos veremos por la mañana.

    Glawen salió del despacho, atravesó la oficina exterior y bajó la escalera. Ya en la rotonda, paseó de un lado a otro, sopesando y desechando en su mente planes desesperados. Por fin, maldijo por lo bajo, se dirigió a la oficina de viajes y compró pasajes para el Rayo Sagitariano. Por la noche, no dijo nada sobre sus problemas, y Scharde tampoco le preguntó. Por la mañana. Glawen se encaminó a las oficinas del Negociado B y en el camino se encontró con Kirdy, ataviado con su reluciente uniforme nuevo, en el que destacaban los rojos galones de capitán. Kirdy miró a Glawen de arriba abajo, con desaprobación.

    —¿Por qué no vas de uniforme?
    —Porque no me da la gana, y porque no es adecuado para la misión.
    —No eres tú, sino yo, quien debe decidirlo.

    Kirdy caminó a paso ligero hacia las oficinas del Negociado B, seguido de Glawen.

    Al llegar al Negociado B, Glawen se presentó a Hilda, quien depositó ante él una carpeta con los documentos. Glawen los examinó. Todo parecía en orden.

    —¿Dónde está mi dinero?

    Hilda le tendió un paquete, con las manos temblorosas de renuencia.

    —Cuente el contenido. Encontrará mil soles. Es una gran cantidad de dinero. Vaya con cuidado; no se le entregará más.

    Glawen contó el dinero, guardó los documentos y el paquete en el bolsillo interior de la chaqueta. Hilda le contempló con fría diversión.

    —Si lleva el dinero en el bolsillo, se lo robarán de inmediato. Que la costurera le cosa unos bolsillos en el interior de las perneras de los pantalones. Es donde debe llevar el dinero.
    —Esos bolsillos de que habla ya están colocados, pero he postergado su utilización. Temí que quitarme los pantalones en su presencia la ofendería.
    —¡Buf! —resopló Hilda—. ¿A mí qué más me da? —Movió la cabeza en dirección al despacho interior—. Ya puede entrar. El Supervisor le está esperando.

    Glawen cruzó la puerta y vio que Bodwyn Wook estaba de pie junto a la ventana.

    —Soy Glawen, señor.

    Bodwyn Wook se volvió y caminó lentamente hacia el escritorio. Se sentó y, por fin, se dignó reparar en Glawen.

    —¿Preparado para partir?

    Glawen le dirigió una mirada penetrante. ¿Estaba equivocado, o el proceder de Bodwyn Wook se le antojaba un tanto forzado?

    —No, señor —respondió con firmeza—. No estoy preparado para partir. Sólo puedo reiterar que Kirdy es incapaz de realizar un trabajo coherente. Le encontré vestido con el uniforme nuevo, anunciando a toda la Extensión que es un agente del Negociado B. Aún peor, me riñó por no ir de uniforme.
    —¡Ay, sí! El pobre Kirdy está un poco distraído. Confío en tu tenaz sentido común para equilibrar la balanza. ¿Has recibido los documentos, el dinero, las píldoras de rectificación?
    —Recogí un botiquín en la farmacia.
    —Tira el medicamento llamado Erythrist; no sirve de nada, sobre todo contra la comezón soumjiana. Te darán un específico en el espaciopuerto de Soum; lo recogerás cuando pases la taquilla. Por lo tanto, ya estás preparado.

    Glawen empezó a sentirse desesperado.

    —Señor, no puedo trabajar con Kirdy en estas condiciones.
    —¡Ya basta! Hemos de mirar a largo plazo. La experiencia no sólo ayudará a Kirdy, sino que puede aumentar tus capacidades.
    —¿Cuál es mi misión, pues? ¿Investigar el caso de la isla Thurben, o proporcionar terapia a Kirdy?

    La voz de Bodwyn Wook adquirió un tono severo.

    —¡Basta, Glawen! Tus angustias empiezan a aburrirme. ¿De veras necesita tu pregunta una respuesta?
    —Lamento molestarle, señor, pero tal vez sea inevitable. ¿Lleva Kirdy dinero propio?
    —Se le ha entregado una suma sustancial.
    —¿Cuánto, exactamente?
    —Dos mil soles, si tanto te interesa. Es mucho dinero, pero podría ser necesario acudir al soborno.
    —A mí sólo me han dado mil soles.
    —Será suficiente.
    —¿Ha dejado absolutamente claro que yo doy las órdenes?
    —Bien… Creo que estaba más o menos implícito.

    Glawen respiró hondo.

    —Haga el favor de describir por escrito mis prerrogativas, indicando que Kirdy ha de obedecer mis órdenes hasta el último detalle.

    Bodwyn Wook hizo un ademán desenfadado.

    —En este asunto, hemos de ser prácticos. He dejado el tema de la autoridad un poco vago. Como ya sabes, quiero reforzar la autoestima de Kirdy de todas las maneras posibles. De hecho, es posible que haya insinuado que él tenía el mando de la misión.

    Glawen tiró los documentos y el dinero sobre el escritorio.

    —En ese caso, mi presencia sólo puede tener efectos adversos sobre la misión. El esfuerzo que Kirdy ponga en juego para intentar asesinarme, y mis esfuerzos por tratar de evitar mi muerte, son contraproducentes. Renuncio a la operación definitivamente, con tremendo alivio.

    Un brillo de furia apareció en los ojos de Bodwyn Wook.

    —¡Te estás pasando! Sugiero que moderes tu tono.
    —Aún mejor, me iré con la música a otra parte. Le deseo buenos días. —Hizo una reverencia y se encaminó rabioso hacia la puerta.
    —¡Vuelve aquí! —le conminó Bodwyn Wook—. ¿No sabes seguir una broma? Eres tan soso como Hilda. Tendrás tu informe por escrito.
    —Quiero mucho más que eso. Debe informar claramente a Kirdy de mi autoridad, y debe degradarle a sargento.
    —¡No puedo hacer eso! Ya he confirmado su ascenso.
    —Explique que cometió una equivocación. Además, yo me encargaré de cuidar los dos mil soles. Él sólo llevará cien soles. Después, ordénele que se quite el uniforme y vista de paisano.
    —¡Eso es imposible! ¡La nave despega dentro de una hora!
    —Hay tiempo. Si es necesario, la nave esperará. En cualquier caso, no subiré a bordo a menos que me licencie de la terapia de Kirdy. Prefiero mil veces más ir solo.

    Bodwyn Wook agitó la cabeza.

    —¡Eres un demonio! ¡Si la insolencia fuera ladrillos y la insubordinación mortero, podrías construirte un gran palacio!
    —¡No, señor! ¡Usted no se rendiría con tanta facilidad si yo estuviera equivocado!

    Bodwyn Wook rió.

    —No intentes psicoanalizar a tu supervisor. Éste es el acto más flagrante de todos. ¡Hilda! ¿Dónde está Kirdy?
    —Aquí, en la oficina.
    —Hágale pasar.

    Kirdy entró en el despacho. Bodwyn Wook se puso en pie.

    —He intentado manejar este asunto quitándole importancia. Me equivoqué, y ahora debo enmendar mi error. No hay animosidad en mi decisión; los dos me gustáis, pero en toda misión sólo puede haber un jefe, y será Glawen. Kirdy, le obedecerás en todas las órdenes sujetas a la legalidad. Debo reducir tu rango a sargento, temporalmente, y debes quitarte el uniforme, puesto que se trata de una investigación secreta. Si tienes resentimientos contra Glawen, olvídate de ellos, o renuncia a la misión. ¿Qué dices?

    Kirdy se encogió de hombros.

    —Lo que usted diga.
    —Tomaré esa frase como una afirmación. Finalmente, me haré cargo del dinero que Hilda te entregó antes.

    Kirdy permaneció inmóvil, pálido. Sólo sus ojos poseían vida. Hundió poco a poco la mano en el bolsillo, sacó el paquete de dinero y lo dejó sobre la mesa.

    —No debes considerar esto una derrota o un revés. Ante ti se abre una espléndida carrera. ¿Algo que decir?
    —He oído sus órdenes.
    —¿Intentarás trabajar con Glawen en términos amistosos?
    —Trabajaré con él, por el bien de la Estación Araminta. Mis sentimientos son cosa mía.
    —No eres el compañero ideal, desde luego —dijo Glawen—, pero hemos de trabajar juntos, por lo visto. Seamos sinceros. Estás convaleciente, pero todavía padeces una incapacidad que ayer me describiste. ¿Te dificultará dicha incapacidad la plena cooperación?

    Kirdy permaneció en silencio. Bodwyn Wook y Glawen le miraron, al igual que Hilda desde el fondo del despacho, todos preparados para la respuesta limitada o ambigua que apartaría irrevocablemente a Kirdy de la operación.

    —Sí. Trabajaremos juntos —respondió Kirdy con voz apagada.
    —Entonces, ponte ropas de calle y ve directamente al espaciopuerto —replicó Glawen—. Nos veremos a bordo de la nave.

    Kirdy se marchó. Glawen esperó diez segundos: luego, avanzó y cogió el dinero de la mesa.

    —Haremos lo que podamos.

    Salió del despacho.

    Bodwyn Wook suspiró.

    —Clattuc o no, tiene una buena cantidad de sangre Wook. Admiro de verdad a ese orgulloso bribonzuelo. Es rápido de decisiones y muy duro, pero suavizado por cierta ternura. Ojalá fuera hijo mío.

    Hilda bufó.

    —Ya me ha pasado la edad de esos deseos. De todos modos, de vez en cuando deseo. De haber existido un Glawen cuando era joven, las cosas me habrían ido de forma muy diferente.



    Capítulo 2
    1


    Cuando Glawen entró en el Rayo Sagitariano, experimentó un estremecimiento de placer. Nunca había viajado a otros planetas. Kirdy, por su parte, se había desplazado a lo largo y ancho del Manojo de Mircea con los Mimos de Floreste. Los planetas del itinerario, Natrice, Soum y Tassadero, no representaban ninguna novedad para Kirdy y embarcó con semblante hosco. Se detuvo varias veces para mirar atrás, como tentado de abandonar la empresa.

    Un mozo les guió hasta sus camarotes. Glawen sólo se demoró lo suficiente para dejar la maleta sobre un estante y colgar su capa, antes de dirigirse al mirador, desde el cual pudo ver la cubierta de observación del espaciopuerto. Allí estaban su padre y Bodwyn Wook, que habían acudido para despedirles y darles las últimas instrucciones. Bodwyn Wook se había mostrado terminante en algunos puntos.

    —¡Olvídate de que eres un Clattuc y de que echas fuego por la nariz! El caso es delicado, y con delicadeza hay que tratarlo. Ni el lenguaje brusco ni el sarcasmo aceleran la eficacia de la policía extraplanetaria: han carecido de tus ventajas, y debes proceder con amabilidad. De hecho, obedece todas las leyes locales, tanto si las entiendes como si no. Sois agentes del Negociado B, filial de la CCPI, pero la policía local suele pasar de esas monsergas.

    Scharde abundó en las observaciones de Bodwyn Wook.

    —En Tassadero, será conveniente que os vistáis al estilo local. Los buhoneros os abordarán nada más desembarcar, y os animarán a comprar su mercancía. Pese a los gritos, los insultos y el ridículo, esperad hasta llegar a Fexelburg; entonces, id a una tienda que tenga los precios marcados. De lo contrario, os estafarán. El espíritu de Zab Zonk el Pirata pervive de muchas maneras en Tassadero.

    Bodwyn Wook añadió otra advertencia.

    —¡No os mezcléis en política bajo ningún concepto! Las facciones son particularmente fanáticas en Natrice, que será vuestra primera escala. Existen pocas oportunidades de que os enreden, pero de todos modos callaos vuestras opiniones.
    —Creo que no habrá problema —contestó Glawen—. En Natrice, evitar la política. En Tassadero, vestir a la moda, pero no dejarse estafar. ¿Qué debemos temer en Soum?
    —El matrimonio —dijo Scharde—. Si te acuestas con una chica, insiste en que antes firme un rechazo específico a toda intención matrimonial. Los formularios se venden en quioscos y bombonerías.
    —Sugiero que subáis a bordo —dijo Bodwyn Wook—. Puede que la nave despegue mientras estéis escuchando nuestras instrucciones finales.

    Glawen, de pie junto al ventanal del mirador, saludó con la mano a Scharde y Bodwyn Wook, pero ellos no le vieron. Glawen tragó saliva y fingió que no sentía corazonadas ni temores.

    Algunos pasajeros retrasados llegaron corriendo desde la terminal y subieron a la nave. Sonó un timbre. Glawen escuchó el impacto sordo de las puertas al cerrarse, seguido de un zumbido apenas perceptible. La nave se elevó hacia el cielo sin aparente aceleración.

    Glawen paseó la vista por el mirador. No vio a Kirdy. Volvió la vista hacia el exterior. Kirdy había sufrido penosas experiencias y merecía toda la compasión que las circunstancias permitieran.

    Cadwal se convirtió en una bola, iluminada por el resplandor blanco limón de Syrene. Hacia el sur, Throy era una mera cuña negroverdosa. Glawen intentó localizar Stroma, sin éxito. Nostálgicos recuerdos de Wayness acudieron a su mente. ¿Cuándo volvería a verla? ¿Qué le contaría ella?

    Kirdy se acercó a paso lento, el rostro sombrío, la mirada vaga. Glawen comprendió que pasaría de largo sin decirle nada. Pese a su anterior amago de compasión, se irritó un poco.

    —¡Kirdy! —llamó—. ¡Estoy aquí! ¡Soy Glawen!

    Kirdy se detuvo, reflexionó un momento y se reunió con Glawen junto a la ventana.

    —Permíteme proponerte un silogismo —dijo Glawen—. El mundo es real. Yo formo parte del mundo, luego soy real.

    Kirdy meditó.

    —No estoy seguro de que la lógica sea totalmente rigurosa. Tendrías que haber enunciado la primera premisa de esta manera: «El mundo está compuesto de partes reales», o «Cada parte del mundo es real». Y a continuación: «Yo soy una de esas partes». En este último caso, dejas sin resolver la cuestión de si un agregado de partes reales constituye necesariamente un conjunto real.
    —Pensaré en ello —prometió Glawen—. Entretanto, tú y yo estamos a bordo de la nave. No podemos evitarnos mutuamente, al menos no del todo. Éstos son los hechos.

    Kirdy se encogió de hombros y desvió la vista.

    —¿Aún disfrutas del panorama? —preguntó cortésmente Glawen—. Supongo que lo habrás visto muchas veces.

    Kirdy miró por la ventana, como si sólo ahora hubiera reparado en el panorama.

    —Como bien has dicho, lo he visto otras veces. No cambia mucho. Unas veces, Lorca y Sing cuelgan ahí fuera como un par de aves carroñeras, pero otras no. A Floreste nunca le gusta verlos; piensa que traen mala suerte. Tiene docenas de manías parecidas, a las que nosotros hacemos caso omiso.
    —¿Cuánto tiempo estuviste con los Mimos?
    —Siete años. Empecé cuando tenía diez. Fui una de las primeras Pulgas Saltadoras.
    —Debió de ser muy divertido.

    Kirdy gruñó.

    —Floreste nos obligaba a trabajar con ahínco. La mitad del tiempo no sabíamos dónde estábamos, aunque solíamos hacer la misma ruta: Natrice, Soum, en ocasiones llegábamos hasta Protagne, Tassadero o Nuevo Calvario, incluso hasta el Mundo Azul de Mildred, y luego volvíamos al Manojo y Old Lumas, y una o dos veces fuimos al Mundo de Caffin. De ahí no pasamos.
    —¿Por qué?
    —Llegábamos hasta donde Floreste podía conseguir transporte barato. Es avaro como un demonio, no para amasar fortuna, sino por el nuevo Orfeo.
    —¿Cuál de esos planetas te gustó más?

    Kirdy habló con voz monótona.

    —Floreste nos daba de comer mejor en Soum. Natrice era aburrido y muy pacato, sobre todo en las Tierras Flacas, donde la comida era aborrecible. Nos daban pastelillos de ortigas y sopa de lagarto negro agria. Los únicos postres eran unas bolitas arrugadas, parecidas a pasas; luego averigüé que eran insectos resecos. Floreste sólo iba a las Tierras Flacas cuando no había fechas disponibles en Poinciana, Halcyon o Summer City. Los Científicos de Sanart tienen una ley que prohíbe los espectáculos heterosexuales ante públicos heterosexuales. Floreste no hizo caso de la ley, pero nadie le molestó, porque los espectáculos eran muy inocentes, sobre todo entre los Científicos de Sanart.
    —¿Los Científicos de Sanart? —La comprensión alumbró en la mente de Glawen—. Ahora entiendo el significado de las siglas CS.
    —Todos son CS esto, o CS aquello. Indica dignidad.
    —¿Y las mujeres? ¿También reciben esa distinción?
    —Ya les gustaría, pero ellas son RS.
    —¿Qué significa eso?

    Kirdy se encogió de hombros.

    —Floreste dijo que significaba «recipiente», pero debía de estar bromeando. Llevan largos vestidos negros y peculiares sombreros negros. Floreste dijo que se debía a que las mujeres son intrínsecamente frívolas. Las Científicas parecían más afligidas que otra cosa. Me dijeron que cada mañana, al amanecer, se bañan en agua fría.
    —Yo también estaría afligido.

    Kirdy cabeceó.

    —Nos contaron historias extrañas sobre los Científicos de Sanart.
    —La más extraña es que seis Científicos de Sanart fueron a la isla Thurben, junto con sir Mathor Borph y sir Lonas Medlyn, de Halcyon.
    —Esos dos últimos son Patrunes, que significa «aristócratas». Por lo general, no se llevan bien con los Científicos de Sanart, pero supongo que en la isla Thurben todos los gatos son pardos. Bien, al fin y al cabo, no es mi problema.

    Glawen le miró desconcertado.

    —Claro que es nuestro problema, si nos ayuda a identificar a Ogmo.
    —¿No crees que es una pérdida de energías? Es otro de los famosos exabruptos de Bodwyn Wook. El viejo babuino teme que de lo contrario, nadie le haga caso. Las fiestas en la isla Thurben han cesado. ¿Qué más quiere?
    —Quiere capturar a los responsables, para que no vuelvan a hacerlo. Me parece una buena idea.
    —No estoy tan seguro. Líbrate de un villano, y otros dos vendrán a ocupar su lugar. Todo este asunto es una falacia, un enredo caprichoso. ¿Y a quiénes les toca hacer de espías, sudorosos e incómodos? ¿A Bodwyn Wook? Ni hablar. A un par de jóvenes lacayos. Glawen Clattuc y Kirdy Wook.
    —Es nuestro destino —dijo con tristeza Glawen.
    —¡Bah! ¿Para qué molestarse? Lo mismo ocurre en Yipton, si alguien se molesta en pagar el precio.
    —Sospecho que tienes razón. —Una suave voz anunció por los altavoces que la comida iba a servirse—. En cualquier caso, nos han asignado esta misión y prefiero hacerlo bien antes que mal. ¿Qué opinas?

    Kirdy se limitó a lanzar una mirada impenetrable a Glawen, que éste fingió no ver.

    Los dos se encaminaron al comedor y se sentaron a una mesa. Una pantalla exhibió el menú. Kirdy lo miró, y luego apartó la vista.

    Glawen enarcó las cejas. Kirdy era una caja de sorpresas.

    —¿Qué te apetece? —preguntó.
    —Me da igual. Lo mismo que tú.

    Glawen no quería hacerse responsable de lo que comiera Kirdy.

    —Será mejor que elijas algo. No quiero que me eches la culpa si no te gusta lo que te sirven.
    —Tomaré pan y estofado.
    —Una comida sencilla, aunque aquí le llaman ragout.
    —Me da igual como lo llamen.

    Glawen pidió los platos. Sirvieron el ragout a Kirdy, pero no lo encontró de su gusto.

    —Quería un estofado a secas. A éste le han añadido alguna extravagante salsa galáctica. Ojalá hubieras pedido estofado, como yo quería.
    —Después de esto, te ocuparás de tus propias comidas. Para empezar, ¿por qué he de pedir tu estofado?

    Kirdy se encogió de hombros, sin más explicaciones. Glawen le observó con disimulo.

    —Aquellas trizas de tu mente consciente ¿ya han empezado a encajar?
    —Creo que no.
    —Es una lástima. Bodwyn Wook confía en que este viaje, con nuevos paisajes y nuevas experiencias, te siente bien. ¿Cuál es tu opinión?
    —Está equivocado, pero es el jefe y hay que obedecerle.
    —Es una forma de mirarlo.
    —Considerándolo todo —prosiguió Kirdy, con voz tétrica—, es posible que pronto vuelva a casa. No sé nada sobre ese tal Ogmo. Quizá esté bien, quizá esté mal. Me han impuesto tu compañía, pese a mi rechazo. Cada vez que hablas, mis puños se cierran con el deseo de aplastarte la cara. Tal vez sea el acto correcto, pero soy un hombre precavido y desisto, porque puede que necesite tu ayuda, entre esta gente extraña y estos extraños ruidos. Me quedaría solo. Solo, solo, como si tanteara en la oscuridad.

    Glawen consiguió esbozar una sonrisa preocupada.

    —Las premisas son erróneas, pero el análisis es correcto. Si me aplastaras la cara, no sólo te aplastaría yo la cara, sino que poca cosa más podría hacer contigo. Por lo tanto, continúa desistiendo, porque soy tu jefe y es una orden.

    Kirdy se humedeció los labios.

    —Es verdad. Muy preciso.

    A medida que transcurría el viaje, Kirdy se hizo más dependiente, una situación que Glawen consideraba fastidiosa y peculiar. Los temas favoritos de Kirdy eran los viejos tiempos, cuando Glawen y él eran niños. Recordaba detalles, con minuciosa exactitud, incidentes que Glawen había olvidado; luego, extraía significados y presagios que Glawen solía considerar exagerados e inapropiados.

    Después de estos episodios, Glawen intentaba desviar el foco de atención de Kirdy hacia la actualidad. Una mañana, por fin, después del desayuno, Kirdy habló de sus experiencias en Yipton.

    —Hasta yo estoy asombrado. Pensaron que era un gamberro sumiso, un ser hecho de masilla y gachas, con excrementos de pájaro por cerebro.

    Kirdy hizo una pausa para reflexionar y dirigió una sonrisa de amarga ironía a algunas personas estupefactas de una mesa próxima.

    —De modo que me dieron la primera dosis de droga, e incluso mencionaron su nombre. «Vas a probar un poquito de nyene», dijo el yip, un pequeño sapo viscoso que bien podía ser el mismísimo Titus Pompo. «Te acercará a las verdades fundamentales y verás el flujo de la existencia desde abajo y desde arriba al mismo tiempo. Es un paisaje muy interesante, según me han dicho».

    »Fue entonces cuando comprobaron mi valor. De una patada le rompí la mandíbula a uno. Le di un puñetazo a otro y le rompí los huesos de la cabeza, y sus ojos dieron vueltas como un juguete cómico. Miré a Titus Pompo, le llamaré así, pero se zambulló debajo de la mesa. Aparté la mesa y salté de un lado a otro, con la intención de aplastarle. Después, pensé en descuartizarle, pero entraron muchos umps, de modo que salté por la ventana y caí al canal.
    »No me encontraron, porque me oculté en el barro, bajo los pilotes, y nadie osó venir en mi busca. —Kirdy emitió una risita gutural que puso los pelos de punta a Glawen—. Estaba libre, en el reino de los yoots. ¡Ay, qué tiempos aquellos! ¿Cómo describirlos? Es un lugar hediondo, lleno de limo. Los yoots, así les llaman los yips, lo han convertido en su reino. ¿Cómo tratar con los yoots? ¿Con lógica y cordialidad? ¿Qué hacen debajo de Yipton? ¡Inverosímil! Les horroricé con mis hazañas, y huían nada más oír mi voz, que les llamaba con dulzura. Me comí sus crías, cogí el pescado que habían capturado y también me lo comí, y he aquí el gran secreto, ¡el auténtico gran secreto! Los peces devoran a otros peces que sueltan el nyene a modo de veneno, que a su vez es neutralizado por una sustancia de los primeros peces, a la que los yoots llaman glemma.
    »En cuanto ingerí la glemma, me sobrevino un cambio. Dejé de ser aquel terrible ser salvaje, los yoots perdieron el temor y empezaron a reptar hacia mí. Tienen miedo de ver sus propias tripas, así que destripé a algunos, pero no me dejaron en paz. Pensé en nadar por el canal al anochecer, coger una barca y dirigirme hacia el Marmion. Llevé a la práctica el plan, pero fui capturado y conducido a presencia del supuesto Titus Pompo.
    »Esta vez, se tomó muchas molestias conmigo. Me ató hasta inmovilizarme. “¡Ahora veremos!”, dijo Titus Pompo. “¿Probamos un poco más de nyene?”.
    »Me drogaron, pero la sustancia no obró efecto. Fingí enloquecer, para que me devolvieran a mi gente, y regresé a la Estación Araminta. Y después… Mis perspectivas han cambiado. He descubierto nuevas metas.

    Kirdy enmudeció bruscamente.

    —¿Cuáles son las nuevas metas? —le urgió Glawen.

    Kirdy miró a Glawen de soslayo.

    —No puedo confiar en nadie. Ahora lo sé. De todas las realidades, es la más segura: la más pura, dulce y única verdad. Todo lo demás es hedor, limo y espacios angostos.

    Glawen no encontró respuestas.

    —Si tus metas son loables —dijo al cabo de unos momentos—, ¿por qué guardarlas en secreto?
    —Da igual. Ahora no me extenderé en ese sentido. Un día, descubrirás el alcance de mi idea.
    —Dudo que me interese —replicó con frialdad Glawen.

    Kirdy le miró con sus ojos azules, gélidos y opacos, que en otro tiempo habían sido sinceros y dóciles.

    —No debes estar seguro de nada. Todo cambia. Hasta noto cambios en mí. En un tiempo, era duro e impenetrable. Veía con absoluta penetración, como nunca antes. Descubría el engaño bajo cualquier disfraz. Veía a la gente haciendo cabriolas y contoneándose, vestida de manera ridícula. Antes, mi subconsciente absorbía tales mensajes, y los apartaba de mi mente consciente. Ahora, el subconsciente es el consciente y la nueva claridad de mi visión es ilimitada. Lucidez absoluta. ¡Incluso tú, Glawen! Tus actitudes afectadas no me ocultan nada.

    Glawen lanzó una breve carcajada.

    —Si te ofenden, sugiero que regreses a la Estación Araminta en la primera nave que salga de Poinciana. Me las arreglaré muy bien solo. ¿Ha quedado clara mi actitud, o debo precisarla aún más?
    —Es innecesario.
    —Bien… ¿Qué harás? ¿Volverás a Cadwal?
    —Estudiaré el asunto.


    2


    El Rayo Sagitariano deceleró, pasó junto a la estrella azul Blaise (el «Demonio de los Ojos Azules») y descendió hacia Natrice. Glawen divisó desde el mirador un planeta de modestas dimensiones, cuya mitad estaba iluminada por el resplandor azul de Blaise. Pequeños casquetes de hielo polar se destacaban como manchas blancas; la densa atmósfera y las elevadas neblinas de cristales de hielo, que reflejaban la mayoría de los actínicos dañinos de Blaise, ocultaban otros aspectos de la topografía.

    Los mozos habían dispuesto en el gran salón del Rayo Sagitariano un enorme globo geográfico que representaba Natrice. Mientras estudiaba el globo, Glawen había averiguado que los hemisferios eran más o menos simétricos. Un estrecho mar ecuatorial, el Mirling, rodeaba el globo, y una llanura costera flanqueaba cada orilla. Al norte y al sur, el paisaje se inclinaba y plegaba, hasta convertirse primero en tierras altas de clima templado, después en elevadas montañas, y por fin en la tundra que se extendía hasta los casquetes polares. En el hemisferio norte, las regiones que se iniciaban al otro lado de la llanura costera eran las Tierras Flacas; las zonas correspondientes eran los Condados Salvajes. La población de Natrice, debido a circunstancias históricas, no era extensa. El Mirling separaba unas cuantas ciudades pequeñas, la mayor de las cuales era Poinciana, que también albergaba el espaciopuerto. La siguiente en importancia era Halcyon, casi directamente al otro lado del Mirling.

    Los primeros colonos permanentes habían llegado cuando Natrice aún se encontraba «Más Allá», es decir, fuera de las fronteras definidas de la Extensión Gaénica. Se trataba de piratas retirados, esclavistas, fugitivos y desesperados de todo tipo, junto con una muestra de criminales normales. Les había unido el deseo de disfrutar con tranquilidad de su riqueza, a salvo de las persecuciones de la CCPI. A tal efecto, habían establecido extensas propiedades a lo largo de las orillas del Mirling, empleando una arquitectura que armonizaba con el entorno. Cúpulas amplias y bajas de espuma de hormigón creaban espaciosas zonas frescas y recoletas, de colores apagados. Estanques sombreados y maravillosos jardines rodeaban las mansiones. La fascinante flora nativa coexistía con ejemplares importados igualmente notables. Había palmeras de todas clases, parasoles verdes, picacielos negros, salmáticos de ramas caídas y hojas verdeazuladas en forma de corazón, limoneros dulces de follaje verde oscuro, perpetuamente en flor y henchidos de exquisitos frutos, jazmines, hinanos, kahaleas, ramifolias que se alzaban sobre diez patas torcidas, batecerebros, de ramas terminadas en nudos similares a garrotes, hierba del cielo, de tallos rosados, azules, verdes y violeta, utilizados para bordear senderos, helechos plateados y helechos negros, que gritaban cuando se les tocaba, dendrones enmarañados de los que colgaban centenares de flores gong carmesíes, híbridos de rosa y glicina, enredaderas globo y flores llama de Cadwal, toneles grotescos a franjas rojas, negras y blancas.

    En dicho entorno natural, los degolladores, violadores de tumbas, esclavistas y canallas en general se convirtieron en los Patrunes de Natrice. Vivían con absoluto decoro, enseñaban honor, responsabilidad y virtud a sus hijos, y se distanciaron de los antiguos camaradas, que solían pedirles préstamos, acosar con recuerdos de los buenos tiempos e incluso solicitar su consejo sobre la mejor manera de llevar a cabo algún crimen atroz. Para evitar tales episodios, los Patrunes adoptaron modales aristocráticos y adiestraron a sus hijos en una altivez majestuosa, y así pasaron los siglos, Los Patrunes se transformaron en auténticos aristócratas, y sus orígenes, en objeto de conjeturas humorísticas, o incluso de tímido orgullo.

    Cuando la Extensión Gaénica envolvió al Manojo de Mircea, una oleada de inmigrantes invadió Natrice, para disgusto de los Patrunes. Los más numerosos fueron los Científicos de Sanart, una orden de filósofos naturópatas que se establecieron en las Tierras Flacas. Llegaron de todas partes de la Extensión Gaénica en un flujo continuo, hasta que los Patrunes cerraron el espaciopuerto de Poinciana a la inmigración. Los Científicos hicieron caso omiso de la prohibición y abrieron su propio espaciopuerto en un prado de las tierras altas; el flujo prosiguió, sin que los Patrunes pudieran evitarlo. Por fin, la invasión menguó y cesó, al parecer porque todos los Científicos de Sanart de la Extensión Gaénica ya habían llegado a Natrice, en número superior al millón. Trabajaron pequeñas tierras, fundieron suficiente metal y cortaron bastante madera para satisfacer sus necesidades y, en general, se mantuvieron apartados, sin tratar de propagar sus creencias, que consideraban una verdad patente.

    Esta presunción debía de ser correcta, porque la filosofía de Sanart era desarmantemente simple. Afirmaban que el hombre gaénico era un ser natural hecho de materias naturales; su salud, bondad, fuerza y cordura dependían de una sincronía total con «las lentas y suaves armonías de la naturaleza», para emplear su expresión. Éstas pocas palabras resumían la Idea, de la que los Científicos de Sanart derivaban otros corolarios, más o menos elaborados. Disfrutaban con los procesos elementales: los truenos, los rayos, el fluido del agua, el calor del sol, la rica sustancia de la tierra, el paso de las estaciones. Se consideraban buenos y merecedores de su disfrute los placeres y alimentos naturales. Se consideraban malos y, por tanto, a evitar, los alimentos sintéticos, los espectáculos artificiales, las costumbres antinaturales, la estética abstracta… Lealtad, fortaleza de carácter, empeño y austeridad: virtudes positivas, que contribuían a la Verdad y a la Idea. Intemperancia, complacencia en los excesos y tolerancia indiscriminada eran defectos, junto con la glotonería, el despilfarro y los excesos lujuriosos y sensuales. La Idea nunca se recomendaba o predicaba. Era un concepto de energía natural, sin dejar de ser un pensamiento humano a escala humana. Por encima de todo, los Científicos de Sanart despreciaban el misticismo. Aborrecían a los sacerdotes y sus religiones, que los Científicos consideraban necias y ridículas, hasta el punto de lindar con la estupidez criminal.

    Se deploraba casi igual el hedonismo y lujo de los Patrunes, parásitos de los rendimientos de la riqueza invertida. La reacción ordinaria de un Científico de Sanart era encogerse de hombros y dar media vuelta, tal vez con una sonrisa pesarosa («que los Patrunes se revuelquen en su envilecimiento a placer»), de no ser por una circunstancia perturbadora: sus frivolidades y orgías constituían un mal ejemplo para los jóvenes impresionables, cuando por un motivo u otro iban a la ciudad. Regresaban a las Tierras Flacas con la cabeza llena de tonterías, contrarias a la Idea. Algunos «se desviaban» y trataban de propagar las nuevas ideas. Cuando se les reprendía o corregía, estos «malos» adoptaban una actitud desafiante y abandonaban las Tierras Flacas. La situación no mejoraba. Antes bien, las nuevas ideas infectaban cada vez más a los jóvenes de las Tierras Flacas, como una insidiosa enfermedad.

    Los delegados de distrito se reunían cada tres años en un Sínodo Mundial. En los últimos, se habían utilizado palabras fuertes en relación con los Patrunes, a los que se calificaba de fuente de problemas. Las voces más radicales exigían acción directa para librar a Natrice de «sus degenerados, cuyas vidas son como llagas purulentas».

    Estas propuestas siempre eran derrotadas en las votaciones, pero por márgenes cada vez más estrechos. Cierta tensión se había apoderado de las Tierras Flacas.

    Junto con los Científicos de Sanart, una miscelánea de otras gentes había llegado a Natrice, aportando nuevas habilidades, nuevos talentos, nuevas empresas. Los recién llegados, después de reunir una pequeña fortuna, se dieron aires de grandeza e imitaron el estilo de vida de los Patrunes, ante el disgusto de los Científicos, pero cuanto más se esforzaban, más eran desairados por los Patrunes, hasta que por fin se resignaron a su estatus inferior.

    El Rayo Sagitariano aterrizó en el espaciopuerto de Poinciana. Glawen y Kirdy desembarcaron y subieron a una carreta con toldo, que atravesó la pista, bajo la luz de Blaise, hasta llegar a la terminal. En la oficina de información turística les recomendaron el Hotel Relinda.

    —Es un lugar de primerísima categoría —afirmó el empleado, un joven atractivo ataviado con prendas blancas anchas, al estilo de los Patrunes—. El Rolinda es absolutamente moderno y goza de las mejores prestaciones cosmopolitas.
    —Floreste reservaba para los Mimos el Hostal Mirlview —dijo Kirdy, en tono melancólico.
    —Definitiva y decididamente inferior —replicó el empleado—. Se pone énfasis en lograr resultados tolerables con el mínimo esfuerzo. Es donde se alojan los Científicos de Sanart cuando vienen a la ciudad. ¿Debo añadir algo más?
    —El Mirlview era muy austero —reconoció Kirdy—. De todos modos, fueron tiempos felices. En aquellos días, tenía mucho que aprender, y también que padecer.

    Su voz enmudeció.

    —Bien —dijo el empleado—. En conciencia, no puedo recomendar el Mirlview. Las personas de buen gusto y bien relacionadas eligen inevitablemente el Rolinda. Es caro, cierto, pero ¿qué más da? Si desembolsar uno o dos dinkets produce dolor de cabeza, lo mejor es quedarse en casa, para que las frugalidades propias no ofendan a los miembros de la industria turística. ¿Están de acuerdo?
    —Por supuesto —contestó Glawen—. Yo soy un Clattuc y Kirdy es un Wook. Para nosotros, lo mejor nunca es demasiado bueno; ambos ponemos mermelada y mantequilla al pan.
    —¿De veras?
    —Por supuesto. ¿Cómo se va al Rolinda? ¿Hemos de caminar, con este calor?
    —Claro que no. El hotel pone a su servicio un lujoso vehículo, refrigerado y con una amplia selección de cervezas.
    —¿Cómo obsequio a los huéspedes?

    El joven enarcó las cejas.

    —¡Mi querido señor!
    —Tiene un recargo, pues.
    —Un recargo sustancial, se lo aseguro. Existe un ómnibus. Lo utilizan los tacaños, los menesterosos, los Científicos de Sanart y los vagabundos. Es rápido, práctico y barato, pero carece de otras ventajas. Si, como yo, están maldecidos por una propensión a la despreocupación caprichosa, prueben el ómnibus, para divertirse un poco. Para delante de la terminal.
    —Nos será útil. Una pregunta más: ¿cuáles son las principales agencias turísticas?
    —Sugiero sin la menor vacilación, como las más prestigiosas, la Agencia Phlodoric y Viajes Bucyrus. Encontrarán ambas oficinas en el paseo del Hotel Relinda, para su mayor comodidad.
    —¿Las personas que viajan a otros planetas utilizan por lo general esas agencias?
    —Correcto, señor.

    Glawen y Kirdy subieron al ómnibus y llegaron al Hotel Rolinda, un complejo de cuatro cúpulas bajas y casi chatas dispuestas de forma que dejaban un espacio de ochenta metros en el centro. En este espacio crecía un jardín al que protegía de los ardientes rayos de Blaise un armazón elevado de cristal gris. A derecha e izquierda se alzaban un par de esbeltas torres de cristal gris, que albergaban las habitaciones de los huéspedes.

    El ómnibus se detuvo bajo una partiere de cristal gris. Glawen y Kirdy bajaron y fueron recibidos por ráfagas de aire frío. Atravesaron una cortina de niebla perfumada y penetraron en un espacio poco iluminado, de tales dimensiones que no se podía abarcar de un solo vistazo. Un techo blanco, bajo en las paredes laterales, se curvaba hasta alcanzar una altura de nueve metros en el centro. El mostrador de recepción se extendía a lo largo de una pared; al otro lado, un comedor lindaba con el jardín.

    Glawen y Kirdy se acercaron al mostrador, donde les asignaron habitaciones en el decimonoveno nivel de la torre norte. Descubrieron que las habitaciones estaban amuebladas de manera confortable, en un estilo neutro y de colores suaves, que se olvidaba nada más apreciar la vista que permitían las paredes de cristal gris.

    Glawen contempló el paisaje, tan diferente de todo cuanto había conocido. Cientos de cúpulas blancas bajas se extendían de forma irregular y, en apariencia, al azar hasta perderse de vista, cada una rodeada por masas de follaje oscuro. Hacia el sur, y tanto a derecha como a izquierda, se extendía el pacífico Mirling, que la luz de Blaise parecía dotar de una sedosa superficie azul. Un panorama intrigante y extraordinario, pensó Glawen, si bien demasiado abrumador, demasiado luminoso, demasiado insistente en los tonos blanco y azul.

    Glawen apartó la vista. Se duchó en un cuarto de baño de monolítico cristal azulgrisáceo, iluminado por misteriosos medios desde el interior de su propia sustancia. Primero, se aplicó un buen chorro de espuma perfumada, y después se aclaró con agua perfumada. Volvió al dormitorio y descubrió que habían dejado para su uso las prendas anchas blancas de moda en Poinciana. Se vistió, salió al pasillo y llamó a la habitación de Kirdy.

    No hubo respuesta. Glawen estaba a punto de irse, cuando la puerta se abrió. Kirdy se asomó, con su cabello rubio despeinado y arrugas de preocupación en su rostro rubicundo.

    —¿Por qué me molestas? —Reparó en la indumentaria de Glawen y le miró con suspicacia—. ¿Adónde vas?
    —Al vestíbulo. Quiero hacer unas cuantas preguntas. Reúnete conmigo cuando estés listo, y comeremos.

    Kirdy compuso una expresión malhumorada.

    —Tenías que haberme avisado de que íbamos a salir. Pensaba comer en la habitación.
    —Come donde quieras. Baja cuando estés listo. Si no me ves, siéntate y espera. No saldré del hotel, creo.
    —¡Al diablo! Espérame, pues. Tardaré un cuarto de hora o así. ¿De dónde has sacado la ropa?
    —La dejaron mientras me duchaba, pero no voy a esperarte. Tengo trabajo que hacer. Si no me ves, siéntate y ponte a mirar a las chicas.
    —¡Siempre dificultando las cosas! —gruñó Kirdy—. ¿Por qué no puedes ser sensato, para variar? Has de aprender a tenerme en cuenta a mí y a mis opiniones.
    —Esto es absurdo. Eres tú quien ha de ser sensato. ¡Nuestra misión es muy seria!

    La garganta de Kirdy latió y pareció hincharse. Habló con voz ominosa.

    —Noto ausencia de respeto. No te importan mis sentimientos. Tienes los ojos entornados, en señal de desprecio. Haces caso omiso de mis palabras, como si no hablara, y me vienes con hipócritas evasivas. Hablas con impertinencia de mí y de mis estudios. No soy una persona que se deba tomar a la ligera, como ya he demostrado en diversas ocasiones. Tú también has de aprender mucho de mí.

    Glawen le miró sin expresión, falto de palabras. Se irritó. Loco o no, debía cortar las alas a Kirdy. Un instante después, reflexionó. La ira sólo serviría para divertir a Kirdy y reforzar su actual postura. Glawen habló con frialdad.

    —Tus modales son impresentables. Está claro que no podemos trabajar juntos. Los dos nos alegraremos de que vuelvas a Cadwal. Continuaré solo la misión.

    Una sonrisa torcida deformó la boca de Kirdy.

    —¡Ajá, capitán Clattuc! ¡Eso es lo que deseabas desde el primer momento!
    —Piensa lo que quieras. Bodwyn Wook me pidió que vinieras; por eso estás aquí, con la esperanza de que te recuperes.
    —¿Y me culpas a causa de mis dificultades? Muy generoso por tu parte.
    —Te equivocas. Soy responsable ante Bodwyn Wook, y continuaré aguantándote, pero sólo si decides en este mismo momento cambiar de actitud. Eso significa que debes comportarte como una persona normal. Me niego a seguir soportando tus arranques de cólera.

    Kirdy le fulminó con la mirada, mientras abría y cerraba las manos. Glawen le observó con atención, preparado para lo que fuera.

    —Decídete —dijo.

    Kirdy le siguió la corriente.

    —Lo que pides es más fácil decirlo que hacerlo —gruñó.
    —Sospecho que no es tan difícil como imaginas. Un comportamiento correcto debería ser algo natural en un Wook. Sabes cómo debes actuar. ¿Por qué no lo haces?
    —Como ya te he dicho, es más fácil decirlo que hacerlo.
    —Me da igual, sea fácil o difícil. Hazlo o vuelve a casa.
    —Hago lo que puedo.
    —Eso significa que sólo harás lo que te dé la gana, y eso no es suficiente. Decídete. Un comportamiento sensato, o la primera nave de vuelta a casa.

    Kirdy cerró la puerta con estrépito. Glawen dio media vuelta y bajó al vestíbulo. En aquel momento, Kirdy estaba furioso, pero Glawen creía que de una forma cuerda y normal. Dentro de pocos minutos, se serenaría y consideraría la situación. Glawen le imaginó de pie junto a la pared de cristal gris, su cara grande surcada por arrugas de concentración. Tal vez los fragmentos de su antigua mente consciente volverían a encajar, forzados por la necesidad, y recobrarían su dominio normal sobre el subconsciente. Tal vez el astuto subconsciente fingiría normalidad y trataría de engañar a Glawen. Qué pena que Bodwyn Wook no estuviera a mano para lidiar con el problema, pensó Glawen.

    Glawen preguntó en el mostrador de recepción por la ubicación de la Agencia Phlodoric y Viajes Bucyrus. El empleado indicó un amplio pasillo que daba la vuelta al jardín central, flanqueado por tiendas.

    —Encontrará esas oficinas en el Paseo. Las dos agencias gozan de excelente reputación y sus clientes son gente muy bien relacionada, incluyendo a Patrunes, por descontado. Sirrah Kyrbs dirige la Agencia Phlodoric; Sirrah Fedor despliega idéntica eficacia en Viajes Bucyrus.

    Glawen visitó primero la Agencia Phlodoric. Se identificó ante Sirrah Kyrbs y fue conducido apresuradamente a un despacho trasero, por si algún cliente importante reparaba en su presencia.

    Sirrah Kyrbs, un hombre corpulento de edad madura, cuidadosamente ataviado, acicalado, perfumado, peinado y calzado, dedicó a Glawen una cortesía formal, aunque algo rígida.

    —Señor, siento una natural curiosidad por los motivos de su visita.
    —Se los explicaré a continuación, pero antes déjeme preguntarle si hace negocios con Empresas Ogmo.
    —¿Empresas Ogmo? Creo que no, pero consultaré mis archivos. —Sirrah Kyrbs pulsó algunos botones en el ordenador de su despacho, pero no descubrió ninguna información al respecto—. Lo siento, pero no puedo ayudarle.
    —¿Qué sabe de las Excursiones «Consumación del Goce» a Cadwal?

    Syrrah Kyrbs meneó la cabeza, perplejo.

    —Lo mismo le digo.
    —Gracias, señor.

    Glawen se marchó.

    En Viajes Bucyrus, Sirrah Fedor no le proporcionó más información que Sirrah Kyrbs. Glawen regresó al vestíbulo, donde encontró a Kirdy, bien vestido y en pleno control de sus facultades, al parecer, sentado en un rincón de la sala.

    Glawen se acercó a él. Kirdy se puso en pie de un brinco.

    —¿Dónde te habías metido?

    Su voz no revelaba la menor emoción, aunque sonó un poco tensa, pensó Glawen. ¿La pregunta? Podía entenderse como una queja irritada o razonable curiosidad. Glawen decidió conceder a Kirdy el beneficio de la duda.

    —He preguntado en las dos agencias de viajes. Ninguna admite tratar con Empresas Ogmo, ni se les han encargado excursiones «Consumación del Goce». Los dos directores parecen honrados.
    —¿Adónde nos conduce eso?
    —Vamos a comer y hablemos.

    El restaurante lindaba con el jardín, que ocupaba una zona superior a los sesenta metros de diámetro, bajo la cúpula de cristal gris. Plantas de todo tipo crecían por doquier, hasta distintas alturas, desplegando hojas de todas las características. En el centro, un peñasco de basalto negro se alzaba quince metros sobre el suelo del jardín. Un chorro de agua brotaba de una fuente cercana a la cima y descendía, saltaba y daba lugar a un agradable murmullo. Desde el restaurante surgían senderos que se adentraban en el jardín y conducían a mesas ocultas entre el follaje.

    Glawen y Kirdy se sentaron en el borde del jardín. Les sirvieron una comida de gran calidad. Kirdy, al ver los precios, meneó la cabeza, sumido en melancólicos recuerdos.

    —Con lo que este almuerzo nos va a costar, Floreste daría de comer a los Mimos durante una semana. En aquellos días, ignorábamos la diferencia, o tal vez nos daba igual. Éramos un grupo atolondrado; siempre había jolgorio. No sé si podría adaptarme ahora a ese tipo de vida. Tenía sus aspectos atrayentes, desde luego. Las chicas eran muy bonitas, revoloteaban a nuestro alrededor, y sin embargo eran inaccesibles. Floreste se encargaba de ello. No era nada permisivo. Si amabas, amabas en vano, al menos hasta el final de la gira. Después, por supuesto, podías hacer lo que quisieras, si no era ya demasiado tarde. Con todo, fueron buenos tiempos.
    —Muy lejanos —comentó Glawen—. Hablemos de nuestra situación. Está claro que…
    —He pensado seriamente en ello —le interrumpió Kirdy—. Comprendo tu punto de vista. Para que la investigación progrese es preciso que trabajemos en armonía. No es necesario que tú me caigas bien, o viceversa, pero hemos de encontrar un sistema que nos permita trabajar juntos.
    —Exacto. Utilizaremos el sistema normal y tradicional. Yo doy las órdenes: tú obedeces. No se admiten arranques de mal humor. No quiero arranques emocionales ni amenazas: me distraen del trabajo. Eso es todo. El sistema de siempre, o ninguno en absoluto, lo cual significa que yo voy a la mía y tú regresas a Cadwal.
    —Comprendo y estoy de acuerdo.

    Glawen recordó sus temores sobre el astuto subconsciente y la normalidad fingida.

    —En este momento, te pareces mucho al antiguo Kirdy —dijo, como llevado por la curiosidad—. ¿Has encajado los fragmentos de tu antigua mente, por así decirlo, o se ha adaptado tu segunda mente a la situación real?

    Kirdy exhibió una breve y tensa sonrisa.

    —¿Situación real? Es una expresión ambigua, que divierte, como mínimo, a una de mis mentes. Con toda sinceridad, es como si hubiera visto la luz. Durante todo este tiempo he sostenido la teoría de que mi conducta anterior a Yipton estaba gobernada por lo que llamaré Mente A, y después de Yipton por la Mente B. Acabo de comprender que esto no era correcto. En verdad, la Mente B ha dominado durante muchos años, en tanto la Mente A era el intermediario que se hacía cargo de lo que tú denominas «situación real». Creo que esta regla general es aplicable a todo el mundo: tú, yo, Bodwyn Wook, Arles, Namour, todos. La Mente B es la ciudadela; la Mente A es el heraldo que sale corriendo para entregar mensajes aquí y allí, y que de vez en cuando trae noticias del mundo exterior.
    —No sé nada sobre el tema —admitió Glawen—. Es muy posible que estés en lo cierto. De momento, quiero tu plena colaboración: nada de amenazas, nada de resentimientos, nada de lamentos. ¿Serás capaz de controlarte hasta ese punto?
    —Naturalmente —replicó Kirdy con frialdad—. Soy capaz de hacer cualquier cosa que considere pertinente.
    —¿Y lo harás?

    El rostro de Kirdy se tensó, una señal que Glawen consideró inquietante.

    —Haré lo que pueda —fue la breve respuesta de Kirdy.
    —Lo siento —dijo Glawen—. Como ya he dicho antes, no es suficiente. Quiero un sí o un no, de una vez por todas, sin reservas ni evasivas.
    —En ese caso, sí.

    La voz de Kirdy había vuelto a adoptar un tono apagado y mecánico. Glawen exhaló un profundo suspiro. No podía hacer más, excepto confiar en terminar la investigación cuanto antes y regresar a la Estación Araminta.

    Los dos terminaron de comer en silencio. Glawen se levantó de la mesa.

    —He de hacer algunas preguntas más en las agencias de viajes. Puedes acompañarme o esperar en el vestíbulo, lo que tú prefieras.
    —Te acompañaré.

    Los dos se encaminaron por el Paseo hasta la Agencia Phlodoric. Sirrah Kyrbs, sentado ante su escritorio, les miró con rostro apático. Se levantó y les recibió con una tensa reverencia.

    —¿En qué puedo servirles?
    —Le presento a mi colega, sargento Kirdy Wook. Quiero hacerle unas cuantas preguntas más, si es tan amable.
    —Responderé tal como prescribe la ley, dentro de los límites que dicte mi discreción.
    —No tema. Su información será guardada en total secreto.
    —Pregunte.
    —¿Le suena el nombre «sir Mathor Borph»?
    —Naturalmente. Sir Mathor es uno de nuestros principales clientes.
    —¿Y sir Lonas Medlyn?
    —Conozco el nombre. Su familia es de una calidad algo inferior a la de sir Mathor.
    —Tengo entendido que tanto sir Mathor como sir Lonas viajaron en fecha reciente fuera del planeta. Supongo que se encargó usted de los trámites.
    —No estoy autorizado a comentar los asuntos de nuestros clientes, señor.
    —Creo que hasta cierto punto, deberá dejar a un lado sus escrúpulos. Se trata de una investigación policíaca oficial. Es su deber ayudarnos, al tiempo que vela por los intereses de la empresa. Además, sus revelaciones serán consideradas confidenciales.
    —Ummm. ¿Cómo defiendo los intereses de mi empresa si me dejo arrastrar por una verborrea imprudente?
    —No necesito describirle los poderes coactivos de la CCPI, pero Phlodoric no sobreviviría si las compañías de transporte se negaran a aceptar billetes expedidos por la agencia.
    —Ummm. ¿Me permite ver sus credenciales?
    —Por supuesto. —Glawen sacó su documentación y Kirdy le imitó—. Verá que somos afiliados de pleno derecho a la CCPI.

    Sirrah Kyrbs se encogió de hombros y le devolvió la documentación.

    —En Natrice no se tiene en gran estima a la CCPI, una actitud que debe de remontarse a los primeros pobladores, sin duda. De hecho, no hay delegación permanente de la CCPI en Natrice. Bien, da igual. Intentaré contestar a cualquier pregunta razonable.
    —Gracias. Supongo que vendió billetes a sir Mathor y a sir Lonas.
    —No es ningún secreto. Hace algunos meses que sir Mathor y sir Lonas embarcaron hacia Cadwal a bordo del Espada de Piedra Alphecca, de las Líneas Perseian.

    Glawen cabeceó.

    —Correcto. Bien, ¿qué me dice de seis Científicos de Sanart? Sus nombres serían…

    Sirrah Kyrbs hizo un breve ademán.

    —Conozco al grupo, y me sorprende que se decidieran a viajar por un motivo en apariencia frívolo. Esas personas, como quizá sepa, suelen ser de ideas fijas.
    —¿También compraron los billetes por su mediación?
    —En persona no. Vendí un lote de seis billetes, a sus nombres, a una joven que se presentó como su representante.
    —¿Cómo se identificó?
    —No se molestó en hacerlo. La tomé por una persona de otro planeta, poco relacionada. No era una Científica de Sanart, desde luego.
    —¿Se alojó en el hotel?
    —Creo que no. Quiso los billetes al instante, para ahorrarse otro viaje.
    —¿No tiene la menor pista sobre su identidad?
    —Ninguna. Pagó la factura en metálico y me olvidé del asunto, excepto cuando me divertí un momento pensando en los Científicos y los Patrunes, viajando juntos hacia el mismo destino, y me pregunté si se hablarían.
    —Una situación peculiar —murmuró Glawen.
    —En nuestro negocio se ven muchas, y no es problema nuestro especular sobre quién va a donde con quién, si entiende lo que quiero decir.
    —Oh, ya lo creo.
    —No puedo decirle más. Si quiere más información, sugiero que acuda a los implicados.
    —Una idea excelente. Tendría que habérseme ocurrido a mí. ¿Dónde puedo encontrar a sir Mathor y a sir Lonas?

    Sirrah Kyrbs hizo una leve mueca.

    —Estaba pensando en los Científicos. Los Patrunes no se dignaron dar la menor información; se limitaron a comprar sus billetes.
    —Todo puede sernos útil. Formularemos unas cuantas preguntas a sir Mathor, y quizá pueda aclarárnoslo todo.

    Sirrah Kyrbs carraspeó, paseó la mirada por el despacho, enlazó las manos a la espalda y se inclinó hacia Glawen.

    —Confieso mi curiosidad. ¿Cuál es la naturaleza de este asunto?
    —En esencia, una complicada trama de chantajes. Es posible que las víctimas hubieran sido los Patrunes, de no haber dado nosotros pasos decisivos.
    —Entiendo, aunque sería bastante difícil chantajear a los Patrunes. Ellos son, en sí, la ley, por eso no hay representación de la CCPI en Natrice. Los Patrunes dictan su propia justicia, pasando de todo lo demás. Como los Científicos de Sanart hacen lo mismo, es fácil comprender por qué se producen a menudo fricciones y hostilidades.
    —¿Dónde encontraremos a sir Mathor y a sir Lonas?
    —Sir Mathor habita en la histórica finca Borph, a las afueras de Halcyon, al otro lado del Mirling. Según tengo entendido, sir Lonas es su fiel compañero y ayudante, y comparte la residencia.
    —¿Cómo se llega a la finca Borph?
    —Muy sencillo. Vuele hasta Halcyon, alquile un taxi y recorra unos cuarenta y cinco kilómetros paralelo a la orilla. El avión sale cada media hora y, si no pierde el enlace, el viaje dura una hora y media, dos a lo sumo. Creo que hoy ya es demasiado tarde para emprender el viaje.
    —Yo también opino lo mismo —dijo Glawen—. Bien, una cosa más. Queremos encontrar a sir Mathor en casa cuando lleguemos, y si conociera nuestro propósito por adelantado, es posible que se encontrara ausente. ¿No pensará llamar a sir Mathor, creyendo que le va a hacer un favor?

    Sirrah Kyrbs sonrió de mala gana.

    —Intento mantenerme lo más alejado posible de este asunto.
    —Muy prudente.
    —Me atreveré a darle un consejo. Necesitará un sombrero para protegerse de los rayos de Blaise, y porque es el atavío adecuado para ir al campo. Encontrará una selección de sombreros en su habitación. El blanco de ala ancha es el apropiado para viajar de día.
    —Gracias, tanto por el consejo como por la información.


    3


    Glawen y Kirdy emplearon el resto de la tarde en pasear al azar. Recorrieron las tiendas del Paseo, contemplaron la actividad que se desarrollaba en la piscina del hotel, echaron un vistazo a los periódicos desplegados en la sala de lectura y, a última hora de la tarde, se encaminaron al salón para tomar una copa. Una hora después, subieron a sus habitaciones y se cambiaron para cenar, una convención rigurosamente obligatoria en el Hotel Rolinda.

    Glawen encontró prendas apropiadas, pues el paje de hotel había examinado su equipaje, sin encontrar nada conveniente. Glawen examinó las prendas: pantalones de lustrosa seda trenzada negra, una blusa azafrán oscuro, una chaqueta escarlata rabioso de guarniciones negras, corta por delante, como un frac por detrás, una cinta negra para la cabeza de cinco centímetros, con un par de adornos a la moda de hilo plateado que temblaban encima, como antenas de insecto.

    Después de vestirse, permaneció indeciso un momento, salió repentinamente de la habitación y bajó al vestíbulo. Se sentó desde donde pudiera ver los siempre fascinantes movimientos de los demás invitados y se dispuso a esperar.

    Pasaron veinte minutos antes de que Kirdy apareciera, con aspecto incómodo y algo torpe en su atavío oficial, como si fuera una talla más pequeño. Tenía la boca apretada, como irritado porque Glawen no le hubiera informado sobre sus movimientos.

    Glawen no hizo el menor comentario. Se levantó y ambos, en un silencio tirante, atravesaron el enorme vestíbulo y salieron al jardín restaurante.

    Tomaron asiento en una mesa que se encontraba diez metros dentro del follaje, un aislamiento ilusorio, pero convincente y muy agradable. Una luminosidad verdeazulada bañaba la zona, como si brotara del follaje. Glawen supuso que era debido a una sustancia fluorescente mezclada con la savia y sueros vegetales, que una radiación de alta potencia estimulaba a brillar.

    Glawen y Kirdy se sentaron sobre almohadones que presentaban complicados diseños de color pardo, negro y blanco. Las sillas, con respaldo en forma de abanico, eran de roten trenzado, de un estilo que se remontaba a miles de años antes, nacido en el antiguo Oriente de la Vieja Tierra. El roten crujía cuando se movían. Un mantel negro, pardo y blanco cubría la mesa; los cubiertos eran de madera. Orquídeas rojas colgaban sobre sus cabezas. A un lado, un macizo de lobelias blancas desprendía una luz blanca como el marfil. Música, de un estilo conocido como Gitanesque Antiguo, apenas audible, llegaba hasta sus oídos como arrastrada por la brisa de un lugar lejano e irreal.

    Kirdy encontró impresionante el restaurante y su decoración.

    —Se nota el esfuerzo de cerebros competentes. Han creado un ambiente romántico y dramático. Todo oropeles, falsificaciones y tonterías, desde luego, pero muy bien hecho.
    —Eso pienso yo —contestó Glawen, mientras se preguntaba qué podía significar, en su caso, este nuevo aspecto de Kirdy—, pero es una falsificación auténtica, no una imitación.
    —¡Exacto! —exclamó Kirdy con voz ampulosa—. Gracias al esfuerzo humano, este lugar, que era un batiburrillo, se ha transformado en algo con personalidad propia. Incluso me atrevo a decir que es una obra de arte, puesto que responde a todas las cuestiones críticas. Es artificial y utiliza elementos naturales para trascender la Naturaleza, que es la auténtica definición del arte. ¿Estás de acuerdo?
    —No veo motivos para disentir —dijo Glawen. Esta versión particular de Kirdy se parecía bastante al Kirdy pomposo y filosófico de cinco años antes—. He oído otras definiciones, desde luego. Da la impresión de que todo el mundo tiene guardadas una o dos definiciones para ocasiones como ésta.
    —¿De veras? ¿Cuál es la tuya?
    —De momento, se me escapa. El barón Bodissey utiliza «arte» como sinónimo de «faramalla», aunque es posible que le cite fuera de contexto. Es probable que aprobara tu concepto del restaurante como forma de arte. De hecho, no se me ocurren motivos para rechazarlo.

    Kirdy ya había perdido interés en la idea. Imprimió a su cabeza la típica sacudida que indicaba buceo en los recuerdos.

    —Cuando era Mimo, no tenía ni idea de que existían lugares así. Floreste lo sabía, pero nos mantenía en la inopia.

    Ja, pensó Glawen. La fase analítica de Kirdy había dado paso a lo que Glawen denominaba el «autobiógrafo».

    —Apenas sabíamos en qué planeta estábamos —musitó Kirdy—. Los hoteles siempre olían raro, a antiséptico indefinido, y en ellos hacía demasiado calor o demasiado frío. La comida siempre era mala, aunque aquí en Natrice, cuando actuábamos en las fiestas de algún Patrune, siempre nos regalaban con exquisiteces. ¡Ay, qué memorables banquetes! —Kirdy sonrió—. En sitios como el Hostal Mirlview, las cosas eran muy diferentes. Nos servían gachas fritas con verduras hervidas, o lija al vapor con cuajada, o calabaza adobada con tripas. Al menos, nadie sentía la tentación de repetir, ni siquiera Arles, que se gastaba toda la calderilla en dulces. De todos modos, lo pasábamos muy bien. —Kirdy dirigió a Glawen una mirada de curiosidad—. Nunca te apuntaste a los Mimos. Me pregunto por qué.
    —Carezco del talento necesario.
    —Y yo, y Arles. Floreste nos adjudicaba papeles de primordiales, ogros y demonios de la tempestad, para lo cual no se necesita mucho talento. Caras diferentes, voces diferentes, pero los mismos alaridos y carcajadas. ¡Sí, eran buenos tiempos! —Kirdy adoptó una expresión remota y relajada.

    Kirdy continuó desgranando recuerdos, hasta que Glawen se aburrió y cambió de tema.

    —Mañana puede ser un gran día.
    —Espero que averigüemos algo más que hoy.
    —No ha ido tan mal. Hemos descubierto a otro actor del drama.
    —Ah, ¿sí? ¿Quién?
    —Una joven extraplanetaria que compra billetes para Cadwal en lotes de seis.
    —Deberías llamarla una «actriz» del drama, no un «actor».
    —Quiero saber su nombre; el género puede esperar. ¿Quién puede ser? Quizá sir Mathor lo sepa.
    —Sir Mathor ni siquiera te dirá si es de día o de noche —gruñó Kirdy—, ya te lo adelanto. La CCPI no significa nada para los Patrunes; dictan sus propias leyes.
    —Ya lo veremos.

    Por la mañana, Glawen se vistió con esmero, y utilizó su ropa en lugar de las prendas proporcionadas por el hotel.

    Kirdy llamó a la puerta, y Glawen le dejó entrar. Kirdy se había vestido a la moda local y miró perplejo a Glawen.

    —De ti siempre se puede esperar una excentricidad. ¿Quieres explicarme por qué te comportas de esta manera?
    —¿Te refieres a mi ropa? No tiene nada que ver con la excentricidad.
    —¿Piensas explicármelo?
    —Desde luego. Los Patrunes tienen una pobre opinión de sus vecinos. Sir Mathor nos tomará más en serio si vamos vestidos a nuestro estilo.

    Kirdy parpadeó y reflexionó.

    —¿Sabes una cosa? Creo que tienes razón. Dame dos minutos para cambiarme.
    —Muy bien. Esta vez, yo te esperaré a ti, pero date prisa.

    Nada más terminar de desayunar, Glawen y Kirdy fueron en ómnibus al aeropuerto. Subieron a un avión, volaron sobre el Mirling y aterrizaron en Halcyon, tras un viaje de media hora.

    Era media mañana. El cielo estaba encapotado. Blaise, una gran perla azul, parecía flotar entre capas de luz prismática: orquídea, rosa, verde pálido.

    Al salir del aeropuerto de Halcyon, Glawen y Kirdy vieron una fila de taxis, donde vehículos controlados mediante sistemas informáticos internos estaban al servicio de las personas que necesitaban transporte.

    Un letrero exhibía las instrucciones:


    1. Seleccionar un vehículo. Subir y sentarse.
    2. El mecanismo de control solicitará que usted precise su destino. Responda de esta manera: «La residencia de tal o cual persona», o «Las oficinas de tal o cual empresa». Por lo general, es suficiente.
    3. Hay que pagar una tarifa. Introduzca las monedas en las ranuras correspondientes. Pague por adelantado el tiempo de espera. El vehículo le devolverá lo que sobre.
    4. Puede dar las siguientes órdenes: «Ve más deprisa», «Ve más despacio», «Para», «Cambia de destino a tal o cual sitio». Otras directrices son innecesarias. El vehículo circulará a la velocidad que calcule más apropiada, por la ruta más rápida. Le rogamos que no maltrate el equipo.

    —Parece bastante sencillo —dijo Glawen.

    Escogió un vehículo bajo de dos asientos, protegido de la luz de Blaise por una burbuja de cristal verde oscuro. Sin embargo, Kirdy se rezagó y contempló el vehículo con el ceño fruncido.

    —Vamos a cometer una imprudencia.

    Glawen le miró asombrado.

    —¿Por qué?
    —No se puede confiar en estos coches. Son guiados por cerebros extraídos de cadáveres. Lo averiguamos por fuentes fidedignas cuando éramos Mimos. Los cerebros no son necesariamente de cadáveres recientes.

    Glawen lanzó una carcajada de incredulidad.

    —¿Quién te ha dicho eso?
    —Alguien bien informado, pero no recuerdo quién. Tal vez Arles, al que es difícil engañar.
    —En ese caso, debía de estar bromeando. Estos coches están guiados por ordenador.
    —¿Estás seguro?
    —Por supuesto.

    Kirdy siguió remoloneando.

    —¿Cuál es el problema? —preguntó Glawen, exasperado.
    —En primer lugar, el coche es demasiado pequeño. Los asientos son estrechos. Creo que deberíamos coger un taxi, con un chófer de verdad, que hará exactamente lo que le mandemos. Estos vehículos son insensibles a los deseos humanos. Hacen lo que consideran mejor, aunque eso signifique arrojarnos de cabeza al mar.
    —A mí no me preocupa. Si empieza a hacer tonterías, sólo necesitamos decir «¡Para!». Aquí tienes uno de cuatro asientos; podrás acomodarte en dos. Sube o espérame aquí, como prefieras.

    Kirdy masculló por lo bajo y subió con cautela al cuatro plazas.

    —Este sistema es absurdo. Todo es absurdo. Toda la Extensión Gaénica es absurda, incluido tú, con tus ideas extravagantes y tu sonrisa de bacalao.

    La sonrisa de Glawen, que él consideraba cordial y afable, se petrificó en su cara. Subió al vehículo. Una voz surgió de la malla del panel frontal.

    —¡Bienvenidos, damas y caballeros!
    —¡Ya lo ves! —exclamó Kirdy en tono de triunfo—. ¡Este trasto ni siquiera sabe qué clase de personas somos!
    —Han subido dos personas —dijo la voz—. ¿Falta alguien?
    —No —contestó Glawen.
    —¿Cuál es su destino?
    —La residencia de sir Mathor Borph, a unos cuarenta y cinco kilómetros al este por la carretera de la costa.
    —La distancia exacta es de 44,52 kilómetros —dijo la voz—. El viaje de ida son tres soles. El de ida y vuelta, cinco soles. Hay que pagar ahora. El tiempo de espera es a un sol por hora. Pueden introducir todo el dinero que deseen. Les será devuelta la diferencia.
    —Ordena a ese trasto que circule con cuidado —murmuró Kirdy.
    —¿Están preparados para partir? —preguntó el vehículo—. Si es así, digan «Preparados».
    —Preparados.

    El vehículo salió a la carretera y dio varias vueltas.

    —¡No ha entendido nuestras instrucciones! —exclamó Kirdy, disgustado—. Está confuso.
    —Creo que no —respondió Glawen—. Nos lleva hacia la autovía de la costa por la ruta más rápida.

    Un momento después, el coche desembocó en una amplia avenida que corría paralela a la costa, y aceleró de inmediato a una velocidad que levantó las protestas de Kirdy.

    Glawen no le hizo caso y Kirdy se tranquilizó poco a poco, aunque seguía sin aprobar algunos aspectos de la misión.

    —Sir Mathor no sabe que vamos. Se considera grosero presentarse en casa de alguien sin previo aviso.
    —Somos agentes del Negociado B, no necesitamos ser educados.
    —De todos modos, tendríamos que haber avisado a sir Mathor. Al fin y al cabo, es un Patrune. Si no hubiera querido vernos, nos lo habría dicho.
    —Quiero verle, independientemente de que a él le guste o no. He venido a Natrice para eso.
    —Puede ser muy brusco…, incluso grosero.
    —¿Con un Clattuc y un Wook? No es probable.
    —Quizá desconozca nuestros antecedentes.
    —Si es necesario, le informaremos al respecto, pero con suavidad, para no herir sus sentimientos.
    —Bah —gruñó Kirdy—. Nunca sé cuándo hablas en serio.
    —Eso parece indicar buena salud mental. Es posible que el viaje constituya una excelente terapia.

    Kirdy no hizo comentarios. Los dos circularon en silencio por un paisaje en el que se mezclaban vegetación tropical, terrenos cultivados, zonas de jungla desbordante, donde se alzaban árboles de noventa metros, superados por dendrones gigantescos con parasoles de follaje marrón que se elevaban a sesenta metros por encima. Algunos huecos en el follaje permitían ver fugazmente las aguas azul lavanda del Mirling, bañado por la luz brumosa de Blaise. Ocasionales carreteras secundarias se alejaban en dirección al mar hacia la finca de algún Patrune, protegida por un muro alto.

    El vehículo no tardó en salir de la autovía. Se internó por una carretera lateral y se detuvo ante un portal.

    —Éste es el destino especificado. ¿Desean regresar ahora mismo?
    —No. Espera.
    —La tarifa de espera es de un sol por hora, a pagar por adelantado. Les será devuelta la diferencia.

    Glawen introdujo cinco soles en el receptáculo.

    —El coche aguardará sus órdenes durante cinco horas. Hagan el favor de elegir un santo y seña para asegurar la prioridad de uso.
    —Spanchetta —dijo Glawen.
    —Este vehículo queda reservado durante cinco horas a nombre de Spanchetta —canturreó el coche.

    Kirdy dirigió una mirada de desaprobación a Glawen.

    —¿Por qué has dado ese nombre?
    —Es el primero que me ha venido a la cabeza.
    —Ummm —resopló Kirdy—. Espero que no nos obligue a demostrar nuestra identidad.
    —Eso no me preocupa. Bien, escúchame con atención. Voy a darte instrucciones. No intervengas en la conversación a menos que yo te haga una pregunta directa. Si efectúo una afirmación falsa, no me corrijas; es posible que lo haga a propósito. No demuestres antagonismo ni cordialidad. Mantén una actitud de cortés indiferencia, aunque nos abrumen de improperios. No admires a las damas que puedan estar presentes. En general, compórtate como un verdadero Wook de la Casa Wook.
    —Me siento inclinado a protestar contra esas instrucciones.
    —No me importa en lo más mínimo. Protesta todo cuanto quieras, mientras obedezcas.
    —No sé si podré cumplirlas a rajatabla. Compórtate como un Wook, cúbreles de improperios, admira a las damas…
    —Lo repetiré una vez más —dijo Glawen, y así lo hizo—. ¿Está claro?
    —Naturalmente —contestó Kirdy—. Al fin y al cabo, por algo soy sargento del Negociado B.
    —Bien. —Glawen se acercó al portal y pulsó un botón.
    —Señores, anuncien sus nombres y el propósito que les trae —dijo una voz.
    —Somos Glawen Clattuc y Kirdy Wook, del Negociado B de la Estación Araminta, Cadwal. Deseamos hablar con sir Mathor Borph sobre un asunto importante.
    —¿Tienen cita?
    —No.
    —Un momento, por favor. Anunciaré sus nombres.

    Pasaron los minutos. Kirdy comenzó a inquietarse.

    —Está claro…

    El portal se deslizó a un lado. Un hombre alto, de musculatura impresionante, piel oscura, cabello cano y ojos gris pálido se erguía en la entrada. Inspeccionó a los dos visitantes con desapasionada minuciosidad.

    —¿Son ustedes nativos de Cadwal?
    —Exacto, señor.
    —¿Cuál es el motivo de su visita?
    —¿Es usted sir Mathor?
    —Soy sir Lonas Medlyn.
    —El motivo de nuestra visita está relacionado especialmente con sir Mathor.
    —¿Son agentes de negocios, o abogados, o evangelistas religiosos?
    —Nada de eso.
    —Entren, por favor.

    Sir Lonas les precedió por un sendero pavimentado con losas de piedraconcha blanca. Glawen y Kirdy le siguieron bajo árboles floridos, cruzaron un estanque mediante un puentecillo y subieron hacia un conjunto de amplias cúpulas bajas. Una puerta se deslizó a un lado. Sir Lonas les invitó a entrar en un vestíbulo circular, indicándoles que esperaran. Desapareció por un portal. Glawen y Kirdy contemplaron con admiración el vestíbulo. Una docena de ninfas talladas en mármol se erguían sobre pedestales alrededor de la sala; el suelo de alabastro se veía desnudo de adornos. Del techo colgaba, por mediación de un cable plateado, una esfera de cristal de unos sesenta centímetros de diámetro, de hipnótica claridad.

    Sir Lonas volvió.

    —Pueden entrar.

    Les introdujo en un espacio tan inmenso que resultaba imposible abarcar de inmediato. Al fondo, paneles de cristal daban a una terraza que dominaba una piscina, a la que proporcionaba sombra un armazón alto de cristal gris. Al atravesar el cristal, la luz de Blaise se refractaba alrededor del disco central azul marino en anillos concéntricos de color: carmín, verde intenso, púrpura, azul oscuro, azul celeste, naranja rabioso, rosa. Una docena de personas de diversas edades chapoteaban en la piscina, mientras un grupo de otras tantas estaba sentado a la sombra de los parasoles.

    Sir Lonas se acercó a hablar con sir Mathor, un hombre en los albores de la madurez, alto, de cabello rubiogrisáceo corto, facciones regulares y buena forma física, que se puso en pie de un salto y entró en el gran salón. Se detuvo a unos tres metros de Glawen y Kirdy para examinarles a sus anchas. Glawen creyó intuir a una persona segura, sin afectaciones, algo dada a los excesos, pero sin cambios bruscos de carácter. De hecho, si bien apuesto, vivaz y en pleno dominio de las convenciones sociales, sir Mathor parecía de lo más vulgar.

    Sir Mathor, a su vez, no se molestó en ocultar su sorpresa al calibrar la calidad y estilo de sus visitantes.

    —¿Son ustedes de la Estación Araminta, Cadwal? —preguntó—. Un lugar muy remoto. ¿Qué les trae por aquí?
    —Ya he mencionado a sir Lonas que somos representantes de nuestro Negociado B —contestó Glawen—. Soy el capitán Glawen Clattuc; éste es mi ayudante, el sargento Kirdy Wook. Aquí tiene nuestras credenciales.

    Sir Mathor las desechó con un ademán. Seguía desconcertado, si bien parecía algo divertido.

    —Está claro que es usted un joven sincero; no dudo que está diciendo la verdad. Sólo me pregunto qué desea de mí.
    —A menos que alguien asumiera sus identidades, sir Lonas y usted visitaron hace poco la Estación Araminta. Deseamos investigar las circunstancias de dicha visita. ¿Podemos sentarnos, o prefiere que sigamos de pie?
    —¡Lo lamento muchísimo! ¡Una estremecedora falta de cortesía! ¡Siéntense, se lo ruego!

    Sir Mathor señaló un sofá. Glawen y Kirdy se sentaron, pero sir Mathor paseó lentamente de un lado a otro, delante de ellos, tres pasos en cada dirección. Por fin, se detuvo.

    —¿Mi reciente visita a la Estación Araminta, dice usted? ¿Está seguro de los hechos?
    —Puede confiar en nuestra profesionalidad señor. De hecho, somos una filial de la CCPI. Usted empleó un nombre falso en la Estación Araminta, pero no se trata de algo anormal o perseguible, y no es el motivo de nuestra visita, desde luego.
    —Extraordinario —dijo sir Mathor—. Estoy totalmente perplejo.
    —No me extraña, señor —dijo Glawen—. Es necesario que comprendamos la situación. Espero que se avenga a hablar del tema con nosotros hasta el último detalle.

    Sir Mathor se dejó caer en un sillón bien acolchado. Se reclinó y estiró las piernas. Miró a sir Lonas, que seguía de pie en silencio, las manos enlazadas a la espalda.

    —Lonas, ¿quieres ser tan amable de servirnos un aperitivo? Tal vez un poco de ese excelente Escarcha Amarilla. Yo también tomaré.

    Sir Lonas asintió y se alejó. Sir Mathor devolvió su atención a Glawen y Kirdy.

    —Bien. Lo mejor será que me diga exactamente el tipo de información que desea.
    —Hace unos dos meses, ustedes fueron a Yipton, y luego hicieron una excursión a la isla Thurben. Allí se dedicaron a actividades ilegales, tanto en Cadwal como en toda la Extensión Gaénica.

    Sir Mathor echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada, un sonido metálico y musical, sin el menor rastro de humor.

    —¿Han venido a detenerme?

    Glawen meneó la cabeza.

    —No somos tan ingenuos, sir Mathor, pero no hay de qué reírse. Esos crímenes tienen nombres muy feos.
    —Sí, sí. Palabras feas describen a menudo saludables procesos. —Sir Mathor contempló a sir Lonas mientras éste servía copas de ponche helado—. Dígame una cosa: ¿ha hablado de este asunto con las demás partes implicadas en la excursión?
    —El procedimiento exige que formule mis preguntas de forma ordenada —respondió con educación Glawen—. No obstante, me pregunto qué más da.

    Sir Mathor perdió un instante la compostura.

    —¡Muchísimo! Si quiere información, bien, se la daré, siempre que no aborde a esas otras personas. Al menos, de momento.
    —Sugiero que me refiera los hechos. Empiece contando cómo se enteró de la excursión.

    Sir Mathor exhaló un suspiro.

    —Hablaría con usted más tranquilo si conociera sus objetivos. Tengo la impresión, ahora que lo pienso, de que si sólo tuviera ganas de castigar a los participantes en la excursión, trabajaría en colaboración con la CCPI. ¿Extorsión? ¿Chantaje? No parece que vaya por ahí, aunque le aseguro que perdería el tiempo. Entonces, ¿qué? ¿Qué persigue?
    —No busque misterios donde no los hay, se lo ruego. El caso nos ha indignado. Nos gustaría castigar a todos los implicados, sobre todo a los más cercanos. Con toda sinceridad, no parece usted el tipo de persona deseosa de identificarse con un episodio tan repugnante.
    —Tiene toda la razón. Estoy ocupado en temas más urgentes. —Sir Mathor calló y se dio unos golpecitos en la barbilla con la punta de los dedos—. No sé muy bien cómo manejar este asunto. —Se enderezó en el sillón—. Tal vez sepan que en Natrice estamos librando una guerra sorda y desesperada con un enemigo que nos supera en la proporción de veinte a uno. Si estalla la violencia, sufriremos enormes pérdidas. No es una exageración decir que nos estamos jugando la supervivencia…, y emplearemos cualquier arma que tengamos a mano.
    —Ah —dijo Glawen—. Empiezo a entender. ¿Se refiere a los Científicos de Sanart?
    —Me refiero a una de sus facciones, los llamados Ideacionistas. Son unos fanáticos que hacen virtud de la severidad. En el pasado, nos han atacado económica, filosófica y verbalmente, lo cual nos era indiferente. Desde hace poco tiempo, bandas de saqueadores anónimos bajan desde los Condados Salvajes y nos atacan de noche, dedicándose al asesinato y el pillaje.

    »Ésa es nuestra apurada situación. Nuestro enemigo está motivado por su “Idea”, que en sí no es innoble. Sus virtudes son evidentes: ¿existe alguna fuerza más violenta que la generada por un empacho de virtud? ¿Cómo combatir a la virtud? ¿Con depravación? ¿Es mejor la depravación que la virtud, a fin de cuentas? Discutible. Como mínimo, la depravación ofrece al que la practica diversas opciones. Personalmente, detesto los extremismos. Sólo deseo vivir plácidamente, sin privarme de nada. Y aquí me tiene, sentado, atrapado por estos arranques de Sanart. Quieren que abrace su Idea. Yo me resisto. Debo adoptar por fuerza una incómoda postura de autodefensa y cautela. La dulzura de mi alma se ha agriado. Me empujan, mal que me pese, hacia el odio.
    »¿Qué hacer? Sentarse en una butaca a pensar, como yo ahora. Estimular la mente con Escarcha Amarilla, como yo ahora. —Sir Mathor bebió de su copa—. ¿No beben los caballeros?

    —No es correcto ni prudente beber mientras se está de servicio —respondió Glawen—. Como máximo, tiñe la investigación de un falso aire de camaradería. En el peor de los casos, la bebida contiene drogas o veneno. No es una simple obsesión neurótica. Me gustaría ver cómo usted o sir Lonas beben de estas copas.

    Sir Mathor rió.

    —Sea como sea, reflexionamos sobre cómo tratar con esos Científicos de Sanart. No queremos destruirles. Nos contentaríamos con que moderaran su fervor y nos dejaran vivir nuestras inútiles, ociosas, innobles, pero muy gozosas vidas.

    »Con este fin, hemos trazado un plan para confundir y desmoralizar a nuestros enemigos, para que al final también ellos aprendan las maldades de la frivolidad y los perversos alicientes de la laxitud. Confiamos alcanzar este objetivo demostrando la hipocresía y la secreta inmoralidad de los Ideacionistas más conspicuos.
    »Ahora que sabe esto, debe empezar a comprender. Elegimos a los seis Científicos más ardientes. Yo me encargué de que recibieran pasajes a Cadwal, junto con la noticia de que el Conservador deseaba introducir la Idea en la ideología conservacionista. ¿Querrían los seis eminentes Científicos asistir a un coloquio en Cadwal, con todos los gastos pagados?
    »No hace falta decir que los seis Científicos aceptaron, y el resto ya lo saben.

    —¿Los Científicos se comportaron en la isla Thurben tal como usted esperaba?
    —De una manera soberbia. Les aplicamos una buena dosis de antiinhibidores; todas sus represiones se disiparon. Llevaron a cabo espectaculares hazañas, que fueron cuidadosamente grabadas.

    »Y así, en estado de confusión, los seis Científicos volvieron a las Tierras Flacas. Intuían que algo horroroso había sucedido, y ninguno podía recordar los detalles del coloquio, y todos estaban seguros de que los potentes vinos de Cadwal les habían emborrachado. Durante el viaje de regreso sólo hablaron de los peligros latentes en la uva, y todos querían que cada uno de los otros se disculpara. En cuanto a la grabación, nos hemos encargado de que sea proyectada durante el próximo Sínodo. El impacto será tremendo.

    —Es posible que los delegados adivinen la verdad.
    —La mayoría se decantarán por creer en el escándalo. Incluso entre los escépticos, las imágenes quedarán grabadas en sus cerebros para siempre, y contradirán un millón de homilías.
    —Tiene razón —dijo Kirdy, con voz profunda.
    —¿Se permitirá a los Patrunes proyectar ese material en un Sínodo? —preguntó Glawen.

    Sir Mathor sonrió, como por obra de un chiste privado.

    —Le diré esto: se han llevado a cabo los preparativos convenientes. La grabación se hará pública. En este momento, el asunto se nos ha ido de las manos. —Sir Mathor se reclinó en el sillón—. Ahora, ya lo saben todo.
    —Todo no. Al principio, ¿cómo se enteró de las excursiones a la isla Thurben?

    Sir Mathor frunció el ceño con aire pensativo.

    —No lo sé. Habladurías en alguna fiesta, o algo por el estilo.
    —Me parece imposible. Su excursión fue la primera, seguida de otras dos.
    —¿De veras? Acepto la corrección, pero da igual: es agua pasada.
    —Falso. La gente que organizó la excursión sigue libre.
    —Temo que no puedo ayudarle al respecto.
    —¿Recuerda quién organizó las fiestas?
    —Compré los billetes en una agencia. Más tarde, hablé con una jovencita muy presentable, y ella se encargó de las gestiones. Después, un hombre telefoneó para decir que había entregado los billetes y las invitaciones, y que los seis ideacionistas habían aceptado.
    —¿Cómo se llamaba? ¿Qué aspecto tenía?
    —No puedo decírselo: no llegué a verle.

    Glawen se puso en pie. Kirdy le imitó, con algo más de lentitud.

    —Por ahora, nos basta con eso —dijo Glawen—. Quizá no vuelva a saber nada más de nosotros, pero eso deben decidirlo mis superiores.
    —¿Sabían que venía a verme?
    —Por supuesto.
    —¿Dónde están?
    —En la Estación Araminta.
    —Ah. ¿Cuáles son sus planes?
    —Como ya le he explicado, nuestra preocupación principal es identificar a los capitostes de Empresas Ogmo. Usted no parece inclinado a ayudarnos, de modo que continuaremos nuestras pesquisas en otra parte.

    Sir Mathor se pellizcó el mentón con aire pensativo.

    —Vaya. ¿Y dónde está esa «otra parte»?
    —No puedo contestar a su pregunta, señor.
    —Sospecho que pretende interrogar a los Ideacionistas respecto al hombre que compró los billetes.
    —Desde luego. ¿Por qué no, si pueden identificar al hombre?
    —Por diversos motivos —respondió sir Mathor, en tono razonable—. Primero, no quiero que le identifiquen. Segundo, no confío en su discreción, ahora que el Sínodo está próximo. —Se puso en pie y volvió la cabeza—. ¿Tengo razón, Lonas? No deberían hacerlo, ¿verdad?
    —Yo diría que no.
    —Caballeros —dijo sir Mathor a Glawen y Kirdy—, desde el primer momento temí que llegáramos a esto. Me planteé toda clase de posibilidades: las sopesé mientras hablábamos. Siempre llegué a una amarga conclusión. Lonas, ¿cuál es tu opinión?
    —La conclusión es amarga.
    —Ocúpate de ello, rápida y silenciosamente, para no perturbar a nuestros amigos. Caballeros, dentro de un momento estarán vagando por la tierra que se extiende más allá de las estrellas. ¡Ojalá pudieran enviarnos buenas noticias de esas benditas regiones! Sin embargo, estoy seguro de que su belleza les aturdirá.

    La voz de sir Mathor era suave y tranquilizadora. Sir Lonas avanzó una zancada, y luego otra.

    Kirdy lanzó de repente un ronco aullido, una demostración de furia rabiosa. Cuando sir Mathor se quedó estupefacto, Kirdy descargó su enorme puño, que le golpeó con la fuerza de un garrote. La cara de sir Mathor se torció de una forma extraña, y puso los ojos en blanco. Un objeto metálico cayó de su mano, una pequeña pistola. Glawen la recogió, mientras Kirdy se volvía hacia el sorprendido sir Lonas, que le sacaba treinta centímetros de estatura y cincuenta kilos de peso. Kirdy agarró a sir Lonas por su áspero cabello negro, dobló su enorme cabeza y le golpeó en el cuello. Sir Lonas se derrumbó sobre una butaca y cayó hacia atrás, pataleando frenéticamente, mientras Kirdy, que no cesaba de emitir quejidos y lamentos, buscaba la forma de lanzarse sobre su cuerpo agitado. Sir Lonas rodeó con las piernas la cintura de Kirdy; éste descargó una lluvia de puñetazos sobre el grave y hermoso rostro, pero sir Lonas consiguió arrastrar al suelo a Kirdy y procedió a estrangularle. Glawen avanzó y disparó una bala en la nuca de sir Lonas.

    Kirdy se puso en pie, jadeante. Glawen miró hacia la terraza. Nadie se había enterado de lo ocurrido en el salón.

    Kirdy bajó la vista hacia sir Mathor.

    —Está muerto —dijo, perplejo—. Le he abierto la cabeza. Me duele la mano.
    —Deprisa —dijo Glawen—. Hemos de arrastrarle hasta la habitación contigua.

    Necesitaron combinar las fuerzas de ambos para tirar de sir Lonas, agarrándole cada uno por un tobillo. Glawen alisó la arrugada alfombra y recogió una silla caída.

    —Vámonos.

    Salieron corriendo de la casa y subieron al vehículo que les esperaba.

    —Digan el nombre al cual está reservado el coche —dijo éste.

    Kirdy miró angustiado a Glawen.

    —¿Te acuerdas? Me he olvidado. Qué cosa tan extraña.

    Durante unos terribles instantes, el nombre también eludió a Glawen.

    —¡Spanchetta! —gritó.

    El vehículo les condujo de vuelta al aeropuerto de Halcyon donde tuvieron que esperar veinte angustiosos minutos a que el avión partiera hacia Poinciana.

    Mientras sobrevolaban el Mirling, Glawen reflexionó sobre lo ocurrido. Ni Kirdy ni él habían llamado la atención en su trayecto hacia la finca Borph; no existían motivos para asociarles con las dos muertes. De hecho, los Patrunes creerían que había sido una banda de terroristas Sanart. No obstante, el día anterior habían mencionado los nombres de sir Mathor Borph y sir Lonas Medlyn a alguien. ¿A quién? Al director de la agencia de viajes Phlodoric. En cuanto la noticia de la muerte de sir Mathor llegara a sus oídos, se lanzaría inevitablemente hacia el teléfono y llamaría a la policía. «He de denunciar un incidente, tal vez relacionado con el caso». Así empezaría la conversación, y la policía detendría al cabo de una hora a Glawen Clattuc y Kirdy Wook, de la Estación Araminta, Cadwal. En Natrice, los Patrunes definían la ley y la forma de aplicarla. Harían caso omiso de su filiación a la CCPI.

    Otro pensamiento aumentó los temores de Glawen. La policía también extraería información del vehículo alquilado. Averiguarían que un par de sospechosos habían volado a Poinciana, y la policía de Poinciana ya estaría esperando la llegada del vuelo.

    El avión aterrizó en el aeropuerto. Los dos llegaron sin problemas a la terminal. Glawen no vio señales de actividad policíaca.

    Los pensamientos de Kirdy parecían correr parejos a los de Glawen. Tocó el codo de Glawen y señaló.

    —Mira allí.

    Glawen se volvió. En el espaciopuerto adyacente descubrió el bulto familiar del Rayo Sagitariano, del que habían descendido tan sólo un día antes.

    —Sí —dijo Glawen—. Tu instinto y mi lógica conducen a la misma conclusión.
    —Aquel pasillo nos lleva a la terminal espacial —dijo Kirdy.

    Sin más comentarios, los dos subieron a un tapiz rodante que les condujo a la terminal espacial. Se dirigieron al mostrador donde se vendían los billetes.

    —¿Cuándo sale el Rayo Sagitariano? —preguntó Glawen.
    —Dentro de una hora, señor.
    —¿Cuál es la siguiente escala?
    —Soumjiana, en el planeta Soum.
    —Nos va de perlas. ¿Quedan pasajes?
    —Sí, señor, tanto en primera como en segunda clase.
    —Queremos dos camarotes individuales de segunda clase.
    —Muy bien. Necesitaré trescientos soles y sus tarjetas de identidad.

    Glawen pagó el dinero. Los dos exhibieron sus credenciales y recibieron los billetes.

    Se alejaron del mostrador.

    —Nuestro equipaje continúa en el hotel —gruñó Kirdy.
    —¿Quieres ir a buscarlo? —preguntó Glawen—. Hay tiempo de sobra, y es probable que aún no hayan encontrado los cadáveres.
    —¿Y tú qué harás?
    —Creo que subiré a la nave.

    Kirdy meneó la cabeza, nervioso.

    —Yo también.
    —Pues vamos… Sin embargo…

    Glawen vaciló.

    —Y ahora ¿qué?
    —También hay tiempo de hacer una llamada telefónica.
    —¿Para qué? ¿A quién vas a llamar?
    —A algún Ideacionista. A CS Foum, por ejemplo. Quiero saber quién le vendió el billete.
    —¿Crees que te lo va a decir por teléfono? —rezongó Kirdy—. Hará miles de preguntas, y al final no dirá nada.
    —También puedo avisarle del complot, que, a pesar de todo, me parece injusto.
    —Aún no he llegado a entender ese complot. De todos modos, considero que la controversia ni nos va ni nos viene.

    Glawen exhaló un suspiro.

    —He de darte la razón. De hecho, cuanto más lo pienso, más te doy la razón.
    —En tal caso, subamos a la nave.


    4


    Las estrellas del Manojo de Mircea, pese a su rutilante brillo, eran de tamaño y luminosidad normal. Vergaz, el sol blancorrosáceo que destellaba en el cielo de Soum, no constituía una excepción.

    El Rayo Sagitariano descendió hacia Vergaz, se orientó primero hacia la órbita de Soum, después hacia su plano de rotación diurna, y aterrizó por fin en el espaciopuerto de Soumjiana. Cargamento y pasajeros, incluyendo a Glawen y Kirdy, fueron bajados y el Rayo Sagitariano prosiguió su ruta por el Manojo hacia su escala final en Andrómeda 6011 IV.

    Glawen preguntó en la terminal espacial por los enlaces a Tassadero que pasaban por la Estrella de Zonk, un sistema solitario y aislado, situado a un lado del Manojo. Averiguó que un par de pequeños paquebotes cubrían la ruta: el Camulke, que despegaba dentro de cuatro días, y el Kersnade, que lo hacía dentro de un mes. Ninguna fecha les convenía si aparecía la necesidad de viajar a Tassadero, a menos que terminaran en cuatro días las pesquisas que debían realizar en Soum. La posibilidad no parecía tan remota, y Glawen reservó pasajes a bordo del Camulke, ante el desagrado instantáneo de Kirdy.

    —¿Por qué demonios insistes en esta frenética carrera contra reloj? ¿Nunca tienes en cuenta los deseos de los demás? Yo digo que trabajemos con calma y disfrutemos de nuestra estancia. Las salchichas son especialmente buenas en Soumjiana.

    Glawen rechazó con educación las protestas de Kirdy.

    —Por lo que sabemos, el tiempo puede ser un factor crítico en el caso. De ser así, Bodwyn Wook no se tomaría a la ligera que nos dedicáramos a gandulear y comer salchichas, sobre todo a expensas del Negociado.
    —Bah —murmuró Kirdy—. Cuando Bodwyn Wook y yo salimos a pasear, ha de aprender a seguir mi paso.

    Glawen rió.

    —No pretenderás que me lo crea.

    Kirdy se limitó a rezongar y mirar por el rabillo del ojo, mientras Glawen terminaba los trámites en el mostrador de reservas.

    Mientras esperaban los billetes, Kirdy preguntó con voz sedosa:

    —¿Y si no podemos terminar el trabajo en cuatro días?
    —Nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento.
    —Supón que ocurra.
    —Casi todo depende de las circunstancias.
    —Entiendo.

    Era media mañana. Glawen y Kirdy se dirigieron a Soumjiana en un coche de tránsito elevado y atravesaron un distrito compuesto de edificios industriales y pequeños talleres, fabricados todos con espuma de cristal, azul pálido, verde agua, rosa o amarillo limón pálido. A derecha e izquierda, la ciudad se extendía sobre una llanura uniforme, en la que sólo destacaban las siluetas de delgados árboles negros que señalaban las rutas de los bulevares importantes.

    En términos geológicos, Soum era un planeta viejo. Desde hacía mucho tiempo, las montañas habían quedado reducidas a lomas. Innumerables riachuelos serpenteaban a lo largo y ancho del país. Los siete mares conocían tan sólo las tempestades más lánguidas.

    Los soumjianos, como su planeta, eran de temperamento manso y afable. Cierta escuela de sociólogos, que se autodenominaban los Deterministas Circunstanciales, sostenían la idea de que el plácido entorno había moldeado la psique de los soumjianos. Otro grupo, que se calificaban de meros sociólogos, abrazaban la teoría del «puro misticismo y total disparate». Afirmaban que, a lo largo de los siglos, personas de cien tipos raciales diferentes habían llegado como inmigrantes a Soum, adaptándose por necesidad a las costumbres de las demás y, de paso, aprendiendo la tolerancia y el compromiso, virtudes integradas en la personalidad del soumjiano actual. Hombres y mujeres disfrutaban de los mismos derechos y tendían a vestirse igual; existía poco misterio o encanto en la sexualidad. Por tanto, los crímenes sexuales eran poco comunes, al igual que los estallidos de celos asesinos, mientras que los grandes amores y las aventuras románticas eran poco más que el tema de especulaciones soñadoras, a menos que alguien se pudiera permitir servicios como los ofrecidos por Empresas Ogmo en sus excursiones «Consumación del Goce».

    Cuando llegaron al centro de Soumjiana, Glawen y Kirdy se alojaron en la Posada de los Viajeros, que daba al Octaclo, como se llamaba a la gran plaza central octogonal.

    Kirdy parecía inquieto y algo fuera de sí. Glawen le explicó sus planes con todo detalle.

    —Tenemos una lista de las agencias de viajes utilizadas por los soumjianos que viajaron a la isla Thurben. Visitaremos estos lugares y trataremos de identificar el vínculo que las relaciona con Empresas Ogmo. Tal vez podamos descubrir una dirección, una cuenta bancaria, o incluso una persona con nombre y cara.
    —Tal vez.
    —Si procedemos con celeridad, es muy posible que terminemos antes de que transcurran los cuatro días, dando por sentado que consideremos necesario ir a Tassadero. Ojalá no.

    Kirdy aún no se había reconciliado con el plazo.

    —Puede que cuatro días sean insuficientes. De todos los lugares en que actuaron los Mimos, éste era nuestro favorito. A todo el mundo le gustaban las salchichas. Verás salchicherías por toda la ciudad, sobre todo en el Octaclo. En una de éstas, las salchichas eran particularmente sabrosas, y me muero de ganas por averiguar la dirección. Floreste nunca nos dejaba comer más de dos por cabeza, actitud que todos considerábamos rigurosa y avara. Dos salchichas sólo servían para embelesar a una persona. Estoy decidido a localizar la mejor y mi favorita salchichería. Tardaré más de cuatro días. Si es así, ¿qué más da? ¡Por fin me hincharé de esas maravillosas salchichas!

    Glawen abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla. ¿Qué podía decir? Empezó de nuevo.

    —Kirdy, ¿me has escuchado?
    —Pues claro.
    —No hemos venido a buscar salchichas, ni que fueran una combinación de néctar, ambrosía y esencia de rosas. Si quieres buscar salchichas, no puedo impedírtelo, pero no te acompañaré.

    Los ojos azules de Kirdy centellearon.

    —¡Esto es absurdo! ¡Hemos de permanecer juntos!
    —Eso sí me parece sensato. Tú sigue el rastro de las maravillosas salchichas, yo buscaré Empresas Ogmo, y todos seremos felices.
    —Bah. En primer lugar, cuatro días no bastan.
    —¿A ti o a mí?
    —A mí. No quiero darme prisa, y correr de una salchichería a la siguiente, comiendo salchichas a dos manos.
    —Muy bien. Quédate cuanto quieras.
    —Ah. ¿sí? ¿Y tú?
    —Me iré en cuanto termine.

    La cara sonrosada de Kirdy adoptó una expresión ofendida.

    —Tu actitud es muy desagradable.

    Pese a sus buenas intenciones, Glawen se irritó.

    —¡Ja! Tú y tu búsqueda de salchichas. No me lo puedo creer. ¿No recuerdas para qué hemos venido?

    Kirdy sonrió con amargura.

    —Me acuerdo muy bien, pero ya no me interesa. ¿Qué más da ahora? Es agua pasada. Ahora es ahora, y ahora es cuando estoy vivo.
    —Es totalmente inútil enfadarse contigo. Vamos, es la hora de comer. Come salchichas, si te apetece; me parece una adicción inofensiva. Pensándolo bien, a mí también me gustan las salchichas.

    Colocadas a intervalos alrededor del Octaclo, pequeñas salchicherías impregnaban el aire de apetitosos olores. Kirdy insistió en comprar y devorar dos salchichas en cada una de cuatro diferentes salchicherías.

    —Muy buena, pero no es la salchicha que ando buscando —dijo en cada uno de los locales. —O bien—: Estas salchichas son excelentes, pero les falta algo. Vamos a ésa salchichería de allí; quizá sea la que busco.

    Kirdy comió las salchichas con deliberada lentitud, masticando un bocado cada vez, mientras Glawen le contemplaba con una mezcla de fastidio y diversión. Al parecer, Kirdy confiaba en sabotear los planes de Glawen mediante el expediente de hacerle perder tanto tiempo que Glawen se viera obligado a aplazar su partida, pero mientras Kirdy comía salchichas, Glawen iba localizando las agencias de viajes que deseaba visitar en un plano de la ciudad. Casi todas estaban ubicadas en el Octaclo, o cerca de éste. Cuando Kirdy se encaminó hacia la quinta salchichería, Glawen señaló una de las agencias de viajes, a escasos metros de distancia.

    —La hora de comer ha terminado. Estaré allí. Come salchichas o regresa al hotel, como quieras.
    —Aún no he terminado de comer.
    —Qué pena. El trabajo nos espera.

    Kirdy dio media vuelta y siguió a Glawen hasta la agencia de viajes.

    Así transcurrió la tarde, todo el segundo día y la mañana del tercero. Kirdy perdía el mayor tiempo posible y Glawen extraía un sombrío e irracional placer de frustrar las tácticas dilatorias de Kirdy. Durante ese período, Glawen visitó todas las agencias de viajes de su lista, obteniendo resultados similares en cada una. Todas habían efectuado los trámites con una joven bien parecida que vestía prendas de estilo extraplanetario. Desde la perspectiva soumjiana, su atributo más llamativo era su descarada femineidad, cuyo recuerdo provocaba leves sonrisas en los hombres y bufidos despectivos en las mujeres. La describieron como de estatura mediana, figura curvilínea y cabello negro, castaño, castaño rojizo, rojo, rubio y plateado; al parecer, se había cambiado el color en función de su estado de ánimo o su indumentaria. La calificaron de «extranjera exótica», «schlemielish» (un adjetivo más allá de la comprensión de Glawen), «presumida», «exhibicionista: todo tetas, culo y pestañas», «algo lanzada», «descastada fina, si sabe a qué me refiero». Y «¡Misteriosa! Le pregunté su nombre y dijo que era la “O” de “Ogmo”. ¿Usted lo entiende?». «La tomé por lo que era: una lagartona». Y «Entró como una actriz, todo poses». Y «Le pregunté dónde tenían lugar esas fiestas “Consumación del Goce”, y ella contestó “En Cadwal”. Le pregunté si todas las chicas de Cadwal eran tan bonitas como ella. Se limitó a sonreír y dijo que no era su lugar favorito, que estaba pasado de moda».

    Glawen se interesó en todas las agencias por los trámites económicos.

    —Cuando usted vendía esos billetes para las excursiones «Consumación del Goce», recibía dinero. ¿Qué pasaba con ese dinero? ¿Lo recogía la joven?

    En cada caso, la respuesta era la misma.

    —Transferíamos el dinero a la cuenta de Ogmo en el Banco de Mircea. Nos habían dado esas instrucciones y las cumplimos al pie de la letra.
    —¿Ha visto a esa joven en otras ocasiones?
    —No, señor.
    —¿Sabe dónde están las oficinas de Empresas Ogmo?
    —No, señor.

    Glawen no podía evitar una sensación de decepción. Las pistas más prometedoras de la investigación no habían dado el menor resultado. Sólo había averiguado que una joven iba y venía, sin dejar el menor rastro de su identidad, aunque su personalidad e incluso su apariencia habían adquirido una borrosa realidad.

    Kirdy comió su lote habitual de salchichas, llevó a cabo su intento habitual de prolongar la hora de comer, y su falta de éxito habitual provocó una andanada de amargas protestas. Glawen no le hizo caso y, seguido a dos pasos de distancia por Kirdy, cruzó el Octaclo en dirección al Banco de Mircea, banco que casualmente dirigía Alvary Trling, aún detenido en la Estación Araminta.

    Ya en el banco, Glawen se vio obligado a discutir, amenazar y exhibir sus credenciales en cuatro niveles de funcionarios cada vez más importantes, hasta que por fin tuvo acceso a alguien provisto de la autoridad y voluntad de proporcionar información. Entretanto, Kirdy esperaba en el vestíbulo, sin perder de vista los movimientos de Glawen, como si sospechara que tuviera intención de darle esquinazo.

    El directivo del banco escuchó con atención la petición de Glawen, y después meneó la cabeza.

    —No puedo ayudarle. Empresas Ogmo es una cuenta ciega. Cualquiera puede depositar el dinero, que luego desaparece, en lo que a nosotros concierne. Sólo pueden retirarse fondos utilizando el código apropiado. La cuenta es secreta y anónima; sólo podría serlo más si no existiera.
    —¿Podría localizar la cuenta, si quisiera?
    —Un genio de la informática podría localizar la cuenta si depositara fondos a nombre de Empresas Ogmo y rastreara la actividad del ordenador. Podría averiguar el código, pero no estoy seguro. Lo que no podría identificar sería al titular de la cuenta.
    —¿Y si se lo ordenara, digamos, Alvary Irling, sin reparar en gastos?

    El ejecutivo examinó a Glawen con una expresión calculadora y curiosa al mismo tiempo.

    —Utiliza ese nombre con gran desenvoltura —dijo en tono indiferente.
    —¿Por qué no? En estos momentos, es huésped de la Estación Araminta. Si yo me sintiera inclinado a sugerírselo, le despediría a usted al instante.
    —Vaya. —El ejecutivo ordenó los papeles esparcidos sobre su escritorio—. Posee usted una gran influencia. Interesante. Haga el favor de pedirle que me ascienda al cargo de primer director ejecutivo, con un generoso sueldo.
    —Podría hacerlo, si usted me proporcionara la información que necesito.

    El ejecutivo meneó la cabeza con tristeza.

    —Tengo las manos atadas. No es nada relacionado con las normas del banco. Sólo el impositor conoce la clave. Su nombre no aparece en los registros del banco.

    Glawen salió del banco, seguido de Kirdy. Volvieron a la Posada de los Viajeros. Glawen estaba de muy mal humor.

    Se dejó caer en una butaca del vestíbulo. Kirdy, con una críptica sonrisa en los labios, se quedó de pie y le miró.

    —Y ahora ¿qué?
    —Ojalá lo supiera.
    —¿Quieres seguir con la investigación?
    —¿A quién puedo interrogar? ¿Qué preguntas he de hacer?

    Kirdy se encogió de hombros para manifestar su indiferencia.

    —Hay muchas cosas más que averiguar. Soum es un planeta grande.
    —Deja que reflexione sobre el asunto.
    —Piensa, piensa.

    Kirdy se alejó para examinar un tablero de anuncios. Lanzó un grito de regocijada sorpresa y atravesó a grandes zancadas el vestíbulo.

    —¡No podemos irnos de Soum! ¡Es imposible que nos marchemos ahora!
    —¿Por qué?
    —¡Mira el cartel!

    Glawen se acercó al tablero sin demasiado interés, y descubrió un cartel impreso con vivos colores.

    El famoso empresario
    Maese Floreste
    regresa a Soumjiana
    con su brillante grupo
    Los Niños Abandonados del Manojo.
    Se aconseja reservar entradas por anticipado.


    —Falta un mes o más para que vengan —dijo Glawen—. Nos iremos mañana.
    —¿Mañana? —exclamó Kirdy, estremecido—. ¡No quiero irme mañana!
    —Quédate todo el tiempo que quieras, pero no me molestes con más lamentos absurdos.

    Kirdy miró a Glawen y los músculos de su rostro se tensaron.

    —¡Te aconsejo que moderes tu lenguaje! No estás hablando con un niño.

    Glawen suspiró.

    —Lo siento. No tenía intención de ofenderte.

    Kirdy cabeceó con mesurada dignidad.

    —Debo hacer una sugerencia.
    —Mientras no esté relacionada con las salchichas o los Mimos, la escucharé.
    —Es obvio que la investigación se reduce a un montón de tonterías. Lo sospeché desde el principio. Creo que deberíamos pasar una o dos semanas más en Soum, ocuparnos de ciertos asuntos y tomar la primera nave de vuelta a Cadwal.
    —Si quieres, vete —respondió Glawen—. Mi deber es terminar la investigación lo mejor que pueda. Eso significa que mañana he de ir a Tassadero.

    Kirdy apretó los labios y desvió la vista hacia el otro lado del vestíbulo.

    —El deber está muy bien, si es necesario, pero este deber es absurdo e innecesario.
    —No eres tú quien debe decidirlo.
    —¡Claro que soy yo quien debe decidirlo! ¿En qué otra persona podría confiar a este respecto? ¿En ti? ¿En Bodwyn Wook? ¿En Arles? Excelentes personas todos, ¡pero yo soy yo! Si pienso que cierto «deber» es innecesario, me niego a meterme en líos. Es indigno andar de un lado a otro sin propósito. Mi dignidad me prohíbe ponerme en ridículo. Siempre ha sido así y siempre lo será.
    —De acuerdo —le interrumpió Glawen—. Toma las decisiones que quieras, pero no me atormentes con ellas. Mañana me iré a bordo del Camulke. Ven o quédate.


    5


    La Estrella de Zonk, una enana blanca de insignificante luminosidad, se movía sola en un abismo negro situado a un lado del Manojo, acompañada por un solo planeta cercano, Tassadero.

    Tres razas habitaban Tassadero: los zubenitas de la Tierra de Lutwiler, en un número aproximado de cien mil; unos cincuenta mil nómadas que vagaban por las Grandes Estepas y las Regiones Lejanas, y tres millones de habitantes en la Tierra de Fexel, que incluía la ciudad de Fexelburg. Estas tres razas conservaban su identidad propia, y daban lugar a un apartado especial en el índice Planetario:

    Los pueblos de Tassadero son social y psicológicamente inmiscibles, y quizá también genéticamente. Cada raza considera a las otras dos repulsivas desde el punto de vista físico, y se entrecruzan con tanta frecuencia como un número igual de colibrís, lenguados y camellos.

    Los fexels pertenecen a la raza gaénica normal; el turista medio considera que es la menos peculiar de las tres razas. Cultivan un sofisticado estilo de vida, tal vez algo demasiado entusiasta. Algunos observadores tal vez encuentren su afán por la novedad y las modas poco estimulante.

    Desde la perspectiva fexel, los zubenitas son fanáticos religiosos de origen incierto y costumbres desagradables, mientras que califican a los nómadas de simples bárbaros. A su vez, los nómadas tildan de «petimetres atolondrados, intelectuales y pisaverdes» a los fexels. Los nómadas afirman descender de los piratas que mucho tiempo atrás habían lanzado sus ataques desde Tassadero. Zab Zonk era el rey de los piratas, y jamás se había descubierto su tumba, que según los rumores contenía un gran tesoro. Cada año, miles de «zonkeros» llegan desde otros planetas y pasan semanas o meses rastreando las estepas y las Regiones Lejanas, en busca de la escurridiza tumba. Es de señalar que los zonkeros traen con ellos su propio tesoro, en forma de divisas.

    Otros aspectos pueden interesar al turista, cansado y aburrido después de fracasar en la búsqueda de la tumba. Puede inspeccionar los así llamados «ríos de fango púrpura» o disfrutar de los deportes de invierno en Monte Esperanza. Es un volcán extinguido de seis mil metros de altura, cuyas pendientes permiten espectaculares pistas de esquí de treinta kilómetros de largo.

    Glawen, sentado en el salón del Camulke, dejó a un lado el índice Planetario. Kirdy se encontraba de pie junto a la ventana de observación, contemplando de mal humor el flujo brillante del Manojo. El último intento de Glawen por entablar conversación había conseguido como respuesta un monosílabo indiferente. Había rehusado pedir opinión a Kirby sobre Fexelburg, y adquirido la publicación oficial de la Agencia de Información Turística de Fexel, un hermoso volumen titulado Guía Turística de Tassadero. Una entrada describía el tesoro de Zonk con todo lujo de detalles. El texto aseguraba a los cazadores de tesoros interesados que «las autoridades garantizan a quien encuentre tan valioso tesoro que será recompensado con su valor total, libre de impuestos, derechos de aduana, deducciones o tasas especiales».

    Kirdy apartó la vista de la ventana.

    —Escucha esto —dijo Glawen. Leyó el párrafo en voz alta. Mientras leía, Kirdy se volvió una vez más hacia la ventana—. ¿Qué te parece?
    —Una conmovedora muestra de generosidad y gentileza por parte de las autoridades… Yo no opino.

    Kirdy había hablado sin volver la cabeza.

    —También dice: «Se recomienda no comprar mapas que afirmen revelar la exacta localización del tesoro. Es sorprendente la cantidad de dichos mapas que se llega a vender. Si alguien se lo ofrece, pregúntele: “En lugar de venderme este mapa, ¿por qué no va usted a ese lugar y se queda el tesoro?”. El vendedor estará preparado para la pregunta, pero aunque su respuesta sea convincente, no lo compre, porque sin duda será falso».
    —¡Ja! —exclamó Kirdy—. Arles compró uno de esos mapas a un viejo que afirmaba estar a punto de morir y quería que un joven recto como Arles disfrutara del tesoro, lo cual pareció razonable a Arles, pero Floreste no le dejó ir a la Estepa del Norte en busca del tesoro.
    —Me parece algo injusto. Arles podría haber destinado esa riqueza a un buen fin. Comprar un yate espacial para los Leones Temerarios, por ejemplo.
    —Eso afirmó.

    Glawen devolvió su atención a la Guía Turística. Averiguó que los «ríos de fango púrpura» eran en realidad colonias de medusas púrpura que atravesaban la estepa en columnas de cuatrocientos metros de largo y treinta de ancho. Según la Guía Turística, los «ríos de fango» eran espectáculos que entusiasmaban a los más indiferentes: «Estos maravillosos fenómenos son notables por el misterio que encierran. Nos estremecen con su belleza sobrenatural. Una vez más, conviene advertir al lector. No todo es tan espléndido. El olor que despiden estos grandes gusanos es muy acre. Se aconseja a la gente remilgada estudiar a estos seres desde un lugar donde el viento sople en dirección contraria[1]». Glawen siguió leyendo y descubrió un artículo titulado «Zak Zonk: su presencia en canciones y relatos», en el que se referían sus hazañas y se calculaba el alcance de su fabuloso tesoro.

    Hasta el momento nos hemos ceñido a lo que podríamos llamar hechos aproximados (escribió el autor). ¿Han sido otros tan juiciosos? Decidan ustedes mismos, a partir de este ejemplo de lo que se sabe sobre Zonk. Aquí tienen su brindis favorito:

    «¡Gloria a Zonk, Supremo, Total y Poderoso Emperador de las Excelencias, de la Vida y la Muerte, del Presente y el Pasado, del Aquí y el Allí, de todas las cosas Conocidas y Desconocidas, del Universo y del Más Allá! ¡Gloria a Zonk! Así sea. Bebamos».

    Cuando firmaba, Zonk era más modesto, y su caligrafía, extrañamente delicada: «Zonk, Primer y Último Superhombre».

    De fuentes desconocidas pero muy remotas procede este apostrofe:

    «ZONK: Encarnación de Febo, Sublimación de todas las Bellezas Melodiosas, Aquel que consume el Uiskebaugh y realiza las Diecisiete Señales del Amor».

    Enfrentada a tales perspectivas, la verdad ha de plegarse, sin disculpas ni arrepentimientos, a las convenciones más afables de la leyenda.

    Kirdy se alejó de la ventana y se sentó en una silla con las piernas extendidas, la cabeza echada hacia atrás y la vista clavada en el techo. Glawen dejó el libro.

    —¿Qué opinas sobre Tassadero? —preguntó.
    —Fexelburg no está mal —respondió con voz monótona Kirdy—. Las tierras interiores son espantosas. Los «ríos de fango» te ponen la piel de gallina. Tampoco me gusta la comida. En las ciudades, lo condimentan todo con especias extrañas y verduras peculiares, y no creo que les guste ni a ellos, pero han de comerlo porque es la moda. Nunca sabes qué esperar, y tampoco lo reconoces cuando llega. —Kirdy lanzó una siniestra carcajada—. Los rancheros comen bastante bien, pero Floreste nos arruinó la visita. Fue cuando vimos el fango púrpura.
    —¿Qué hizo Floreste?
    —El ranchero nos invitó a su rancho y nos ofreció un banquete delicioso. Su mujer y sus hijos quisieron que les obsequiáramos con alguna de nuestras representaciones, pero Floreste, viejo bastardo avaricioso, exigió un pago en metálico. El ranchero se rió y nos mandó de vuelta a Fexelburg. Todo el mundo se enfadó muchísimo con Floreste. Yo estuve en un tris de abandonar la compañía. —Kirdy emitió una amarga carcajada—. ¡Ojalá me hubiera quedado! ¡No existían preocupaciones ni temores! Todo el mundo sabía lo que debía hacer. En ocasiones, cuando Floreste no estaba al acecho, nos escapábamos a ligar con las chicas. Algunas eran auténticas preciosidades. ¡Qué tiempo tan feliz!
    —¿Actuasteis alguna vez en la Tierra de Lutwiler? —preguntó Glawen.
    —¿En la Tierra de Lutwiler? —Kirdy frunció el ceño—. ¿No viven ahí los zubenitas? Nunca nos acercamos a ellos. No aprueban tales frivolidades, como no sea gratis.
    —Qué raro. ¿Para qué fueron a la isla Thurben?

    El interés de Kirdy, nunca demasiado grande, se difuminó, y reanudó su contemplación del techo. Glawen dio gracias en silencio porque la investigación llegaba a su término.

    A su debido tiempo, el Camulke aterrizó en el espaciopuerto de Fexelburg. Glawen y Kirdy desembarcaron, y oficiales vestidos con uniformes rojos y azules, extraordinariamente elegantes, aceleraron las formalidades de entrada.

    El oficial de guardia en el mostrador donde se controlaba a los visitantes procedentes de otros planetas examinó con mirada crítica sus documentos y vestimenta.

    —¿Son ustedes agentes acreditados de la policía de Cadwal? —preguntó con educada incredulidad.
    —Exacto —contestó Glawen—. También estamos afiliados a la CCPI.

    El oficial no se impresionó.

    —Eso significa poco para nosotros. En Fexelburg no tenemos gran aprecio por la CCPI.
    —¿Por qué?
    —Digamos que nuestras prioridades son diferentes. Se exceden en legalismos y se quedan cortos en flexibilidad. Sin embargo, en casos prácticos nos son de utilidad.
    —¡Sorprendente! La CCPI suele estar bien considerada.
    —¡En Fexelburg no! Party Plock es el ayudante, juez, doble comandante, o algo por el estilo, y un auténtico obseso en lo que respecta a las ordenanzas. Por estos pagos debemos estar preparados para todo; al fin y al cabo, Tassadero es en su mayor parte una estepa salvaje. Flexibilidad es la consigna, y al diablo el libro de ordenanzas. Si el triple comandante Partric Plock y sus secuaces ponen objeciones, no hay manera de evitarlo. En Fexelburg, lo primero es lo primero.
    —Me parece razonable. Me interesa conocer a ese temible Plock.

    El oficial dirigió una socarrona mirada de soslayo a la indumentaria de Glawen.

    —Si va vestido así, le cerrará la puerta en las narices y, encima, le llamará payaso.
    —¡Ajá! —exclamó Glawen—. Por fin comprendo su desaprobación. Son las únicas ropas que llevamos. Perdimos el equipaje y aún no lo hemos reemplazado.
    —¡Cuánto antes mejor! Sugiero que se pongan en manos de un sastre competente. ¿Cuál es su hotel?
    —Aún no lo hemos elegido.
    —Permítanme sugerirles el Lambervoilles, que tiene un gran prestigio y mucho estilo. En Fexelburg somos ultramodernos en todos los sentidos, y no encontrarán nada desaliñado o de mala apariencia.
    —Eso me tranquiliza.
    —Recuerden: ¡lo primero es lo primero! Antes de acudir al Lambervoilles, vístanse de modo apropiado. El Salón Nouveau Cri está justo enfrente del Lambervoilles. Les vestirán de una manera decente.
    —¿Cuál es el medio de transporte más conveniente?
    —Salgan de la terminal y suban al tranvía. Al poco, dejarán atrás una estatua heroica de Zab Zonk en la matanza de Dirdie Panjeon. Bajen en la siguiente parada. Verán a la derecha el Lambervoilles, y a la izquierda el Nouveau Cri. ¿Está claro?
    —Muy claro, y gracias por los consejos.

    Los dos salieron de la terminal. Subieron a un reluciente tranvía negro de metal y cristal, que les transportó con celeridad al centro de Fexelburg. Era media mañana. La Estrella de Zonk, un ancho disco pálido, se había encaramado hasta la mitad del cielo. A derecha e izquierda se extendían los suburbios de Fexelburg, hileras de casas pequeñas construidas según un vistoso diseño arquitectónico. Cada una procuraba exhibir una decoración diferente, para diferenciarse de los vecinos. Esbeltos frooks negros nativos, de treinta metros de altura, bordeaban los bulevares.

    El tranvía se internó en una amplia avenida que conducía al corazón de Fexelburg. Vehículos privados circulaban a toda velocidad a ambos lados del tranvía. Se trataba de vehículos largos, bajos, aerodinámicos, más diseñados para la ostentación que para la utilidad. Todos estaban esmaltados en colores vívidos, y a menudo ondeaba una bandera con el emblema del club automovilístico al que pertenecía el propietario. Cada vehículo contaba con una serie de teclados que, situados sobre el tablero de control, permitían al ocupante ejecutar melodías mientras conducía, con frecuencia a todo volumen, para que los ocupantes de los demás vehículos y los peatones disfrutaran también de la música.

    Al menos, pensó Glawen, la ciudad de Fexelburg latía con una frenética energía.

    Kirdy seguía disgustado, con las comisuras de la boca apretadas, como si hubiera probado algo amargo. Glawen se preguntó si aún lamentaba haber abandonado Soumjiana antes de completar su exploración de las salchicherías. O tal vez no le gustaba Tassadero.

    El tranvía dejó atrás una gran estatua, que plasmaba a Zab Zonk en el momento de ejecutar a una amante infiel. Glawen y Kirdy descendieron en la siguiente parada, una pequeña plaza, frente al Hotel Lambervoilles, el cual, como los demás locales de Fexelburg, anunciaba su presencia con un enorme letrero móvil. Kirdy señaló el letrero como si hubiera descubierto algo excepcional.

    —¡Allí está! ¡El Lambervoilles! Floreste siempre nos llevaba al Flinders Inn, donde se alojan los nómadas.
    —Tal vez Floreste se considere un nómada, y también a los Mimos.
    —¡Vamos! —le apremió Kirdy—. No hay tiempo para bromas.
    —Mil disculpas.

    Glawen y Kirdy cruzaron el bulevar, saltando y corriendo para esquivar a los coches que pasaban a toda velocidad, indiferentes a los peatones. Cada conductor interpretaba una alegre melodía en el teclado de su tablero de control.

    A unos cuantos metros, un llamativo letrero anunciaba la sastrería Nouveau Cri. Plasmaba a un hombre que entraba por una puerta con un vestido negro anticuado y salía al instante vestido con elegantes prendas nuevas. Volvía a entrar y reaparecía con una indumentaria diferente. El hombre del traje negro volvía a entrar una y otra vez por la puerta, y siempre salía con un conjunto nuevo.

    Kirdy se paró de repente.

    —¿Adónde vas? ¡El hotel está allí!

    Glawen le miró perplejo.

    —¿No recuerdas lo que nos dijo el oficial del espaciopuerto?

    Kirdy frunció el ceño. Había esperado ir directamente al Lambervoilles, para regalarse con un baño caliente y un par de horas de siesta.

    —Ya compraremos la ropa más tarde.

    Glawen no le hizo caso, y siguió caminando hacia el Nouveau Cri, mientras Kirdy contemplaba desconsolado el Lambervoilles. Kirdy reparó de repente en la ausencia de Glawen. Lanzó una exclamación de sorpresa y corrió en su persecución, irritado.

    —¡Podrías decir algo, antes de escurrirte como una sabandija!
    —Lo siento —dijo Glawen—. Creí que me habías oído.

    Kirdy se limitó a gruñir. Los dos entraron en la sastrería. Un empleado de su misma edad salió a su encuentro, se detuvo, contempló su indumentaria, y después habló en tono desdeñoso.

    —¿Qué desean los señores?
    —Queremos cambiar de ropa —contestó Glawen—. Nada demasiado complicado. Nos quedaremos poco tiempo.
    —Les proporcionaré lo que necesitan. ¿Qué dimensión categórica ocuparán?

    Glawen meneó la cabeza, confuso.

    —Esos términos no me resultan familiares.
    —Es una forma sutil de preguntarnos si nos consideramos caballeros o parias —explicó Kirdy.

    El empleado hizo un ademán delicado.

    —Son personas extraplanetarias, por lo que veo.
    —Exacto.
    —Bien, ¿cuál es su profesión? Es importante que su ropa refleje sus perspectivas sociales. Es un tópico de la industria de la confección.
    —¿Acaso no es obvio? —preguntó Glawen con altanería—. Yo soy un Clattuc; mi amigo es un Wook. Eso debería contestar a su pregunta una docena de veces.
    —Supongo que sí —admitió el empleado—. Parece concluyente. Bien, vamos a la selección. Como caballeros, desearán vestir como caballeros, sin términos medios ni falsas economías. Déjenme pensar. Como mínimo vestuario, necesitarán un par de trajes, o mejor tres: uno informal, otro serio, y el tercero ceremonial. A continuación, un atavío apropiado para los almuerzos oficiales. Ropa deportiva para las diversiones de la tarde, que pueda utilizarse para ir en coche, si bien es preferible un atuendo de gala completo para conducir. Para los acontecimientos sociales vespertinos en compañía de damas encantadoras, lo que nosotros llamamos nuestro aporreapájaros gris pálido. Veladas vespertinas, de dos niveles, y atuendo para la cena, formal e informal. Con los debidos accesorios, y una selección de sombreros, dos docenas como mínimo.

    Glawen levantó una mano.

    —¿Todo eso para una semana de estancia?
    —Un vestuario del Nouveau Cri despertará la admiración a lo largo y ancho de la Extensión Gaénica, sobre todo mientras dure la moda de esta estación, que posee una gran personalidad.
    —Ha llegado la hora de ser realista —dijo Glawen—. Elija un traje para cada uno, adecuado a todas las situaciones, con el que podamos entrar en el Lambervoilles, y uno o dos informales. No necesitaremos nada más.
    —Caballeros —exclamó el empleado, en tono desconsolado—, haré lo que deseen, pero consideren mi ejemplo personal. Honro mi cuerpo y lo trato con la generosidad que merece. Lo baño con agua de lluvia y jabón de aceite de perla, le aplico loción Koulmoura, y froto mi cabello con tintura de calistenia. A continuación, la ropa interior inmaculadamente blanca y limpia, y una elección de prendas absolutamente escrupulosa. Trato bien a mi cuerpo, que a su vez me sirve a las mil maravillas.
    —Una espléndida asociación, por lo visto —dijo Glawen—. En cualquier caso, mi cuerpo es menos exigente, y al de Kirdy le da igual. Denos la ropa que he pedido, no demasiado cara, y seremos felices, cuerpos y todo.

    El empleado lanzó un bufido de desdén.

    —Por fin he comprendido sus necesidades. Haré lo que pueda.

    Ataviados con sus nuevas prendas, Glawen y Kirdy se dirigieron confiados hacia el Hotel Lambervoilles. Ni el portero ni los empleados del mostrador central opusieron dificultades, y les asignaron habitaciones en lo alto de la torre central que dominaba la plaza. Mientras subían en el ascensor, Kirdy anunció su intención de bañarse y marcharse después a la cama.

    —¿Cómo? —exclamó Glawen—. ¡Ni siquiera es mediodía!
    —Estoy cansado. Nos conviene descansar.
    —Puede que a ti, pero no a mí.

    Kirdy emitió un gemido de auténtica frustración.

    —¿Qué propones, pues?
    —Tú haz lo que quieras. Yo bajo al restaurante a comer.
    —¿Y me vas a dejar solo y hambriento?
    —Si duermes, no te darás cuenta.
    —Claro que me daré cuenta, dormido o despierto. ¡Bah! Como siempre, insistes en hacer la tuya. ¿Es que mis deseos no significan nada?

    Glawen lanzó una cansada carcajada.

    —No sé a qué viene esa pregunta. Nos han enviado para investigar, no para dormir. Y tú debes de estar tan hambriento como yo.
    —Te advierto que la comida es rara —murmuró Kirdy—. Nos darán gusanos y plumas con salsa de gangaree picado, además de jengibre y almizcle como guarnición. Ponen jengibre en todo; está de moda en Tassadero.
    —Tendremos que ponernos en guardia.

    Los dos bajaron al restaurante. Letreros y placas pregonaban las excelencias de platos nuevos, pero Glawen pidió por fin el menú titulado «Cocina tradicional y dietética para ancianos y enfermos», que prometía comida más o menos a su gusto.

    Durante el almuerzo, Kirdy propuso una vez más que subieran a sus habitaciones para entregarse a un período de relajación total. Glawen repitió que podía hacer lo que le diera la gana.

    —Tengo otros planes en mente.
    —Sin duda relacionados con nuestra inútil investigación.
    —Yo no pienso que sea inútil.
    —¿Qué esperas averiguar? Todas las agencias de viajes cantan la misma canción. Te tomarán el pelo.
    —No podemos estar seguros si no preguntamos.
    —Ya estoy harto de agencias de viajes —gruñó Kirdy—. Venden donuts y te cobran el doble por el agujero.
    —En cualquier caso, podemos interrogar a los zubenitas que fueron a la isla Thurben, puesto que conocemos sus nombres.
    —No dirán ni pío. ¿Por qué iban a hacerlo?
    —Quizá porque se lo preguntaremos con educación.
    —¡Ja ja! Vana esperanza. En este planeta, como en los demás, la gente sólo se esfuerza en fastidiar. —Kirdy sacudió la cabeza en señal de amarga desesperación—. ¿Por qué es así? Nunca hay respuestas a mis preguntas. De hecho, ¿por qué estoy vivo?
    —Esa respuesta, al menos, es evidente. Estás vivo porque no estás muerto.

    Kirdy lanzó a Glawen una mirada suspicaz.

    —Tu comentario es más sutil de lo que pretendías. A decir verdad, no puedo imaginar otra condición, lo cual puede ser un poderoso argumento en favor de la inmortalidad.
    —Es posible. A mí no me cuesta imaginar esa otra condición. No me cuesta nada imaginarme vivo y a ti muerto. ¿Sirve esto para debilitar tu argumento en favor de la inmortalidad?
    —Te equivocas de medio a medio. Hay algo seguro, como mínimo: los zubenitas no te dirán nada si piensan que les vas a traer problemas. Y hablando de problemas, ¿te has fijado en los dos hombres sentados a aquella mesa?

    Glawen miró en la dirección que Kirdy había indicado.

    —Ahora sí.
    —Sospecho que son detectives de policía, y que nos están vigilando. No me gustan estas situaciones. Me ponen nervioso.
    —Debes de tener mala conciencia.

    La cara de Kirdy adquirió un tono más sonrosado de lo habitual. Clavó por un instante sus ojos azules en Glawen, se volvió a medias en la silla y miró hacia el otro lado del comedor.

    —Ha sido una broma —dijo Glawen—, pero no te has reído.
    —No era divertida.

    Kirdy continuó taciturno.

    «En realidad, —pensó Glawen—, no le caigo muy bien». Suspiró.

    —Cuanto antes volvamos a casa, mejor.

    Kirdy no contestó. Glawen miró otra vez a los hombres que tal vez fueran detectives de policía. Estaban sentados a una mesa apartada, junto a la pared, y conversaban en voz baja. Ambos eran de edad madura y bastante parecidos: corpulentos, de cabello oscuro, ojos penetrantes e inteligentes, cetrinos y con papada. Vestían prendas que el empleado del Nouveau Cri habría definido como «traje semiformal para todo uso, perteneciente al nivel categorial de la clase media de servicios profesionales».

    —Creo que tienes razón —dijo Glawen—. A mí también me parecen agentes de policía. Bien, nada que ver con nosotros.
    —¡Pero si nos están vigilando!
    —Que vigilen. No tenemos nada que ocultar.
    —La policía de Fexelburg es casi histérica en sus sospechas. A menos que seas un turista que gaste dinero a manos llenas, sospechan de ti. Floreste los trata con mucho cuidado. Tal vez sería prudente solicitar su colaboración.
    —Creo que tienes razón.

    Cuando salieron del comedor, los dos hombres se levantaron, les siguieron hasta el vestíbulo y les abordaron.

    —¿Capitán Clattuc, sargento Wook? —preguntó uno.
    —Correcto, señor.
    —Somos los inspectores Barch y Tanaquil, de la policía de Fexelburg. ¿Podemos hablar con ustedes?
    —Cuando quieran.
    —Ahora nos va bien. Sígannos, por favor.

    Los cuatro se sentaron en un tranquilo rincón del vestíbulo.

    —Confío en que no hayamos quebrantado ninguna de sus leyes —dijo Glawen—. Nos hemos asegurado a conciencia de que nuestra indumentaria fuera la apropiada para almorzar en el Lambervoilles.
    —En efecto —respondió Barch—. De hecho, les hemos abordado por pura curiosidad. ¿Qué hace la policía de Cadwal en Tassadero? No encontramos ninguna respuesta satisfactoria; quizá tendrán a bien decírnoslo.
    —Ésa era nuestra intención —respondió Glawen—, pero, como ya sabrán, acabamos de llegar, y nos pareció que era innecesario apresurarnos.
    —Por supuesto —dijo Barch—. Tanaquil y yo no teníamos nada que hacer y pensamos en aprovechar la ocasión. Supongo que se encuentran aquí en misión oficial.

    Glawen asintió.

    —Podría ser fácil, o podría ser difícil, eso depende de las circunstancias. Supongo que podemos contar con su colaboración, en caso necesario.
    —Yo también lo espero, hasta donde nos sea posible. ¿Cuál es la naturaleza de su investigación?
    —Estamos investigando una serie de diversiones criminales que se ofrecían a grupos extraplanetarios en una de nuestras islas oceánicas. Estos grupos eran reclutados en diversos planetas del Manojo, incluido Tassadero, y por eso estamos aquí.
    —¡Qué extraño! Tanaquil, ¿dejarán alguna vez de asombrarte las siniestras circunvoluciones del comportamiento criminal?
    —Jamás, te lo aseguro.

    Barch devolvió su atención a Glawen.

    —¿Qué habitantes de Tassadero participaron en este desagradable asunto?
    —Debo pedirles la máxima discreción a este respecto. Nuestro principal propósito es identificar al organizador del proyecto, y por ello debemos proceder cautelosamente con los participantes, al menos hasta averiguar lo que saben.
    —Es obvio. Estoy seguro de que podemos garantizarles la máxima y total discreción. ¿Qué dices, Tanaquil?
    —Soy de la misma opinión.
    —En ese caso, hablaremos con toda libertad —dijo Glawen—. Hemos averiguado que seis zubenitas de la Tierra de Lutwiler fueron a la isla Thurben y se dedicaron a actividades decididamente peculiares.

    Barch lanzó una carcajada incrédula.

    —¿Zubenitas? ¡Esto es asombroso! ¿Están seguros?
    —Por completo.
    —¡Extraordinario! Los zubenitas no son propensos a los excesos eróticos, por decir algo. Tanaquil, ¿habías oído algo semejante?
    —¡Me encuentro en estado de shock! ¿Con qué nos sorprenderán ahora?
    —Conocemos muy bien a los zubenitas —explicó Barch— que vienen a comerciar desde la Tierra de Lutwiler. Se les considera gente estólida, lo más cercano a apática; de ahí nuestra perplejidad.
    —Pese a todo, participaron zubenitas. Tal vez les sometieron a algún tipo de coerción, y por esa razón creo que se avendrán a decirnos lo que saben.
    —¿Por ejemplo?
    —¿Quién les vendió los billetes? ¿Cómo les entregaron los billetes? ¿Quién recibió su dinero? Algún miembro o miembros de Empresas Ogmo residían en Cadwal. ¿Quiénes eran estas personas? En suma, queremos averiguar qué ocurrió.
    —Me parece muy razonable. ¿Estoy en lo cierto, Tanaquil?
    —Creo que sí, pero ¡atención! Dudo que los zubenitas proporcionen alguna información, aunque sólo sea por pura inercia.
    —Eso diría yo también —admitió Barch—. Por lo tanto, ¿cuáles son sus alternativas? Tristemente limitadas. No pueden amenazarles con un proceso. Tales leyes no existen en la Tierra de Lutwiler.
    —Pero ustedes tienen autoridad. Por eso es indispensable su cooperación.

    Barch y Tanaquil rieron al mismo tiempo.

    —¿En la Tierra de Lutwiler, en la Tierra de Varmoose, o en cualquiera de las Tierras Lejanas? —Barch señaló con el pulgar una mesa cercana—. ¿Ven aquella anciana del extravagante sombrero verde?
    —La veo muy bien.
    —Ella tiene exactamente la misma autoridad que yo en la Tierra de Lutwiler. En suma, ninguna. Mantenemos la paz en la Tierra de Fexel, y punto. En ausencia de medios e inclinación, no queremos dolores de cabeza.

    Tanaquil levantó un dedo.

    —Hacemos una excepción. Los turistas que eligen Fexelburg como base de operaciones para sus exploraciones y búsquedas del tesoro son considerados responsabilidad nuestra. Si los nómadas atacan a una caravana de turistas, les castigamos severamente, pero no es lo que podría calificarse de trabajo policial, y sucede muy raramente.
    —En efecto —asintió Barch—. El turismo es importante para nosotros, y los nómadas maman este conocimiento junto con la leche materna.
    —¿Y los zubenitas? Deben de vivir sometidos a alguna especie de ley.

    Barch meneó la cabeza, sonriente.

    —Viven a la sombra del Pico de Pogan, y el seminario Monomántico ejerce la autoridad necesaria. Lejos del Pico de Pogan y en las estepas, la única justicia es lo que ocurre cuando le pillan. Éstas son las reglas de la vida en Tassadero.
    —En situaciones graves, supongo que la CCPI impone orden —sugirió Glawen—. Al fin y al cabo, la ley Gaénica afecta a toda la Extensión, incluyendo la Tierra de Lutwiler. A propósito, nosotros estamos afiliados a la CCPI.

    Barch se encogió de hombros.

    —La CCPI de Fexelburg es impredecible. En ocasiones, cuesta bastante tratar con el comandante Plock. Digamos que tiene costumbres profundamente arraigadas.
    —Cierta persona —habló Tanaquil— cuyo nombre no mencionaré, ha utilizado incluso la palabra «arrogante» a este respecto.
    —Lamento escuchar eso —dijo Glawen—. Al ser agentes de la CCPI, debemos realizar una visita de cortesía, y no olvidaremos sus comentarios.
    —Hay otro asunto —dijo Barch con aire pensativo—, bastante delicado, sobre el que he de pedir consejo. Si me disculpan un momento, telefonearé a mis superiores.

    Barch cruzó el pasillo en dirección a un teléfono.

    —¿Por qué es tan delicado, así de repente? —pregunto Kirdy a Tanaquil.

    El aludido se acarició el mentón.

    —Los zubenitas pueden ser muy desagradables cuando se les molesta. La gente del seminario Monomántico es muy extraña. Procuramos no molestarles, por temor a que se enfaden y se venguen con los turistas.
    —¿Qué método emplearían? —preguntó Glawen.
    —Existen maneras, pequeñas dificultades, más que nada. Por ejemplo, docenas de caravanas de turistas rastrean la Tierra de Lutwiler en busca de la tumba de Zonk, o la atraviesan camino de las Tierras Lejanas. A los zubenitas les basta con colocar una garita en mitad de la carretera y exigir un peaje, u obligar a cada turista a subir al Pico de Pogan y dirigirse al seminario para firmar los documentos de entrada, y que vuelva al día siguiente para una contrafirma, por el precio de veinte soles, o insistir en que los turistas aprendan Sintoraxis Monomántica, o docenas de tonterías más, y el turismo no tardaría en convertirse en un recuerdo del pasado.

    El inspector Barch regresó.

    —Mis superiores están de acuerdo en que les ofrezcamos toda nuestra colaboración. Esperan que nos mantengan informados de sus actividades, y también de sus eventuales descubrimientos. Aconsejan que utilicen todo su tacto en el trato con los zubenitas. El seminario Monomántico es el centro filosófico de los zubenitas. Podría decirse que es la sede del gobierno, sin mentir. En lo que a nosotros concierne, nos mantenemos al margen. Nos entrometemos con los zubenitas lo menos posible, por muy buenos motivos.
    —Por lo tanto, si se niegan a responder a mis preguntas, no puedo amenazarles con represalias de la policía de Fexelburg.
    —Sería estúpido, no aconsejable, inútil y una pérdida de aliento.
    —Parece definitivo.

    Barch y Tanaquil se levantaron.

    —Ha sido un placer hablar con ustedes —dijo Barch—. Les deseamos mucha suerte en sus pesquisas.
    —Yo también comparto esos sentimientos —añadió Tanaquil.

    Los inspectores de policía se marcharon. Glawen les siguió con la mirada.

    —Se han expresado con suma claridad —comentó—. No quieren que nos metamos con los zubenitas, pero no nos lo pueden impedir, así que colaborarán. Eso significa que quieren saber lo que hacemos en todo momento.
    —Me han parecido bastante honrados —contestó Kirdy.
    —A mí también.

    Glawen se levantó.

    —¿Adónde vas? —preguntó Kirdy, de nuevo suspicaz.
    —Al mostrador.
    —¿Para qué? ¿Pasa algo? Acabamos de llegar. ¿Ya te vas a quejar?
    —No me voy a quejar. Quiero localizar la oficina de la CCPI.

    Kirdy gruñó y lanzó un juramento vulgar, al que Glawen no prestó atención. Se acercó al mostrador y regresó enseguida.

    —Está a cinco minutos a pie. Siento curiosidad por ver a ese grupo «doctrinario y arrogante».
    —¿Es que nunca puedes relajarte? —preguntó Kirdy—. ¿Ni por una hora? Es el momento apropiado de descabezar un sueñecito. Ya hemos hecho bastante por hoy.
    —Yo no estoy cansado.
    —Yo he de descansar un poco y me voy a la habitación —dijo Kirdy con firmeza.
    —Felices sueños.

    Kirdy se alejó unos pasos, pero Glawen observó que se dejaba caer en una butaca, irritado. Cuando Glawen se dispuso a salir, Kirdy se puso en pie de un salto y le siguió. Alcanzó a Glawen nada más pasar la puerta principal.

    —¡Ajá! —exclamó Glawen—. ¿No podías dormir?
    —Algo así —gruñó Kirdy.

    Los dos caminaron alrededor de la plaza. Kirdy la comparó en tono desfavorable con la plaza central de Soumjiana.

    —¡Fíjate! A izquierda y derecha, en todas direcciones. ¡Ni una salchichería!
    —Las salchichas no están de moda esta temporada.
    —Ésa debe de ser la explicación. ¡Uf! ¡Qué espantoso lugar! Nunca me ha gustado Tassadero. La Estrella de Zonk es un sol de segunda. —Kirdy dirigió una mirada despreciativa a la Estrella de Zonk—. Está infestado de moho. Esa luz no es muy saludable.
    —Es sólo luz. No mucha, por supuesto.
    —Tal vez sí, tal vez no. Sé de buena tinta que la luz de Zonk transmite una peculiar vibración que no se encuentra en ningún otro lugar. Da dentera y produce extraños efectos en las uñas de los dedos.
    —¿Quién te ha dicho eso?
    —Un científico que había estudiado el tema en profundidad se lo contó a Floreste, además de otras muchas cosas.
    —No he leído nada semejante en el folleto turístico. Dice: «La Estrella de Zonk flota en el cielo como una enorme perla. Brilla y oscila, proyectando cien colores sutiles. Las perspectivas de Tassadero son particularmente atrayentes». Cosas por el estilo.
    —¡Paparruchas! Esos técnicos de turismo son unos mentirosos.

    Glawen no hizo comentarios. Llegaron a las oficinas de la CCPI, entraron y se encontraron en una amplia sala, amueblada con cuatro escritorios y una fila de canapés, robustos pero faltos de estilo. En aquel momento no había nadie en la sala, excepto una joven sentada ante un escritorio. Era alta, esbelta, de cabello rubio ceniza corto y aspecto competente. Vestía el uniforme reglamentario, que no hacía concesiones al sexo, excepto en el corte: blusa azul oscuro con ribetes rojos, pantalones azul oscuro y botines negros hasta el tobillo. Dos estrellas blancas en cada hombro indicaban su rango. Tasó a Glawen y Kirdy de dos rápidas miradas y habló con voz neutra, impersonal, pero nada desagradable.

    —¿Les podemos servir en algo, señores?
    —Nada urgente —respondió Glawen—. Soy el capitán Glawen Clattuc y éste es el sargento Wook. Somos afiliados de la Estación Araminta, en Cadwal. Creímos conveniente anunciarles nuestra presencia.
    —Excelente idea. Les acompañaré al despacho del comandante Plock, que querrá saludarles. Les ruego que vengan conmigo. Aquí no nos andamos con grandes formalidades.

    Les condujo a un despacho lateral y habló desde el umbral.

    —Visitantes extraplanetarios, comandante. El capitán Clattuc y el sargento Wook, de Cadwal.

    El comandante Plock se puso en pie de un salto. Era un hombre alto, ancho de hombros, de cintura estrecha, espeso cabello negro muy corto, ojos color avellana y facciones en las que predominaban los huesos y cartílagos prominentes. Qué extraño, pensó Glawen. Plock parecía cualquier cosa, excepto un esclavo de las ordenanzas.

    Plock señaló dos sillas.

    —Siéntense, por favor. Son ustedes el capitán Clattuc y el sargento Wook, ¿verdad?
    —Correcto, señor.
    —¿Es su primera visita a Tassadero?
    —Para mí sí —dijo Glawen—. Kirdy ya había estado antes, con los Mimos de Floreste.
    —¿Cuáles son sus impresiones, hasta el momento?
    —Fexelburg es un lugar animado, sin duda. La gente viste con gran esmero y todos los conductores son músicos consumados. La policía parece extremadamente alerta, incluso suspicaz. Al poco de llegar al hotel, los inspectores Barch y Tanaquil vinieron a ofrecernos sus respetos.
    —Casi insultante —dijo Plock—. En su próxima visita, utilicen títulos más expresivos: «Gran Exterminador Plenipotenciario Clattuc», «Supremo Señor de la Guerra de los Ejércitos de Araminta Wook», o algo por el estilo. Entonces, enviarán una delegación más digna a husmear en sus asuntos, que supongo que serán de naturaleza profesional.
    —Me complacerá explicárselos, si tiene tiempo.
    —Si Barch y Tanaquil lo tuvieron, supongo que yo puedo hacer lo mismo. Adelante.

    Glawen refirió las circunstancias que les habían traído a Tassadero. Al igual que Barch y Tanaquil, Plock se quedó asombrado.

    —¿Por qué los zubenitas? Esperaba tales excentricidades de los fexels. Anuncie un método original, nuevo y muy caro de fornicar, y se pelearán por cubrirle de dinero.
    —Eso es más o menos lo que dijeron Barch y Tanaquil. Fueron bastante cordiales y hablaron de plena colaboración, pero creo que no llegará a tanto. Quieren que nos mantengamos alejados de la Tierra de Lutwiler, ésa es la impresión que me dio. La Tierra de Lutwiler es peligrosa, según dicen, sin ley de ningún tipo.
    —La ley Gaénica afecta a toda la Extensión —dijo Plock—. Barch y Tanaquil lo saben tan bien como yo.
    —Yo dije algo parecido, pero no me prestaron mucha atención.
    —En la práctica, no existen leyes locales en la Tierra de Lutwiler. La justicia carece de refinamientos, y funciona a un nivel muy básico. En la Tierra de Lutwiler yo utilizo el título de «juez ejecutivo», porque me veo obligado a ser policía, juez, fiscal, defensor y verdugo al mismo tiempo, sin ni siquiera cambiarme de atuendo.
    —¿Qué delitos le llevan a las estepas? —preguntó Kirdy.
    —Casi cualquier cosa que se pueda imaginar. Cada pocos años, un nómada se convierte en bandido y causa bastantes problemas. Quema ranchos, mata turistas, patea perros, tira bebés al fango púrpura y arma un gran escándalo. Entonces, llaman a la CCPI para que acabe con el engorro, lo cual significa días solitarios y noches duras en la estepa, buscando una hoguera con mi sensor de infrarrojos. Cuando encuentro al bandido, converso con él unos minutos, después le declaro culpable y le ejecuto. Así son las cosas en las Tierras Exteriores, incluida Lutwiler.
    —El inspector Barch dijo que la policía de Fexelburg protege a los turistas, si es necesario.
    —Exacto. Querían que nosotros nos encargáramos del trabajo. Contestamos que si formaban caravanas y enviaban turistas a las Tierras Lejanas, la protección se convertía en responsabilidad suya. En caso de ocuparnos nosotros, se prohibiría a los turistas abandonar Fexelburg, como no fuera con una escolta armada particular.
    —La CCPI no goza de gran popularidad entre la policía de Fexelburg.

    Plock echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.

    —Hemos tenido nuestras dificultades. Los escalones superiores se las arreglan bien solos. Hace un año o así, un tal Rees Angker formó un «comité de ciudadanos» para investigar los ingresos de la policía. Desapareció una noche y nunca se le volvió a ver. El comité de ciudadanos captó el mensaje y se disolvió. Nos ofrecimos para investigar, pero la policía de Fexelburg rechazó nuestra ayuda. Cuando insistimos, nos ordenaron cerrar la oficina, como si no fuera necesaria. Accedimos y nos dispusimos a mudarnos. Había un tecnicismo sin importancia: nuestra misión, la protección del comercio interestelar, no se podía realizar sin la presencia de una CCPI local. Por este motivo, ya no iban a llegar más naves al espaciopuerto de Fexelburg, que debería cerrarse al día siguiente de nuestra partida, y ya estábamos empaquetando para irnos. ¡Ay, qué deliciosas súplicas! Nos aseguraron que todo era una equivocación, que nos necesitaban y amaban. Nos vendieron el edificio por la mitad de su valor, cuando antes pagábamos un alquiler exorbitante, y nos eximieron de pagar impuestos. Terminó bien.
    —¿Definitivamente?
    —No del todo. Exigimos la renuncia del comandante en jefe de la policía y de los dos comandantes responsables de la desaparición de Rees Angker. ¡Presto! ¡Dicho y hecho! Renunciaron graciosamente a sus títulos, pero funcionando como antes. Un día, alguien, no me pregunten su nombre, condujo en avión a estos caballeros hasta la Tierra de Varmoose y les depositó en la Estepa Desolada, en mitad del planeta. Se le entregó a cada uno un pañuelo, un botellín de enjuague y una muda de ropa interior, y se les dejó en libertad. No cabe duda de que debieron de labrarse nuevas e interesantes carreras. Bien, ¿es ahora incorruptible la policía de Fexelburg? Creo que no. Siguen haciendo lo que les da la gana, pero con más discreción, puesto que saben que les vigilamos.
    —Bien por lo visto tendremos que correr el riesgo e ir a la Tierra de Lutwiler —dijo Glawen—. ¿Cuál es la mejor forma de acceder?
    —Si alquilan un coche, el chófer correrá como un maníaco y no parará de tocar canciones. El ómnibus realiza tres viajes diarios en cada dirección. Pueden salir por la mañana, hacer sus pesquisas, que sospecho que serán inútiles, y volver por la noche. La parada está al otro lado de la plaza, frente a la agencia de viajes B & AA. Sería mejor que compraran los billetes ahora, porque los autobuses suelen llenarse.

    Glawen y Kirdy se levantaron.

    —Un último detalle, y el más importante —dijo Plock—. La CCPI, al contrario que la policía de Fexelburg, va a todas partes, sobre todo para ayudar a los suyos. Les aconsejo que improvisen algún sistema de comunicación, para que uno de ustedes siempre esté cerca de un teléfono. Luego, si algo va mal, utilicen ese sistema para avisarnos, y haremos lo posible por solucionar el problema.
    —¿Hay teléfonos en la Tierra de Lutwiler?
    —Ummm. No muchos. En Flicken Junction, a mitad de camino, y también en el Pico de Pogan, pero ninguno en medio.
    —Ya se nos ocurrirá algo —dijo Glawen—. Gracias por sus consejos.

    Glawen y Kirdy siguieron explorando la plaza, buscando en vano la agencia B & AA. Por fin, preguntaron a un peatón, que les dirigió una mirada de extrañeza e indicó con el pulgar hacia atrás.

    —Está justo enfrente de la plaza.
    —¡Oh! Disculpe nuestra torpeza.

    Glawen dio media vuelta y examinó el letrero que anunciaba la Agencia de Viajes de Bailes y Artes Alienígenas.

    Kirdy miró al otro lado de la acera.

    —Ese hombre ha empleado un tono ofensivo con nosotros. Siento tentaciones de hablar con él y propinarle una patada en el estómago.
    —Hoy no —se apresuró a decir Glawen—. No tenemos tiempo.
    —No tardaría mucho.
    —Su mente ya está absorta en otros asuntos. No comprendería por qué le castigabas. Vamos. Echemos un vistazo a B & AA, tal como la llaman.

    Ambos atravesaron puertas fabricadas a base de bandas concéntricas de cristal púrpura y negro, con un núcleo central de fragmentos carmesíes y verdeazulados. Carteles de colores vivos decoraban las paredes. Frente a ellos había un mostrador y una ventanilla, con un letrero que rezaba «Billetes de ómnibus».

    Un cartel colgado a un lado plasmaba a un lustroso ómnibus detenido en la carretera, en mitad de un bucólico paisaje campestre. El ómnibus parecía casi vacío. A través de una ventana se veía a una sonriente pareja de turistas que conversaban con dos encantadores niños de ojos brillantes, de pie junto al vehículo. La niña estaba representada en el acto de ofrecer un ramo de flores silvestres a la mujer. El niño indicaba con semblante extasiado una columna de fango púrpura que se destacaba a lo lejos. Un epígrafe decía:

    ¡Explore en ómnibus las maravillas de Tassadero!
    ¡Seguro! ¡Cómodo! ¡Acogedor!
    Compre aquí su billete


    La ventanilla estaba cerrada. Glawen se acercó al mostrador. Una joven tecleaba en un ordenador y no le prestó atención.

    —¿Puede venderme billetes para el ómnibus? —preguntó Glawen en tono cortés.

    La joven miró a Glawen de arriba abajo.

    —En la ventanilla, señor. ¿No ha leído el letrero?
    —La ventanilla está cerrada.
    —Lo sé. Yo misma la cerré.
    —¿Y la abrirá usted misma?
    —Sí.
    —¿Cuándo?
    —Dentro de once minutos.
    —¿Me venderá un billete?
    —Haré lo que pueda, señor.
    —En ese caso, esperaré.
    —Como guste, señor.

    Glawen se dedicó a examinar los carteles. Muchos estaban relacionados con Zab Zonk, los episodios de su carrera y su misterioso tesoro.

    VISITE EL AUTÉNTICO TASSADERO


    Así rezaba el encabezamiento de un letrero, que plasmaba a Zonk en el momento de decapitar a un adversario con una cimitarra de metal azul incrustada de rubíes, mientras al fondo unas muchachas contemplaban con deleite y asombro unos arcones rebosantes de joyas.

    Un epígrafe en la parte inferior del cartel decía:

    ¿Será usted quien encuentre el tesoro?


    Otro cartel mostraba a Zonk con un grupo de embelesadas muchachas, en posturas que sugerían la más abyecta sumisión, mientras Zonk acariciaba con aire indulgente la cabeza de una rubia de ojos azules particularmente lasciva. El epígrafe era el siguiente:

    Zab Zonk disfruta de sus riquezas, y bien que hace.
    ¿Quién será el siguiente?
    ¡Ven a Tassadero e inténtalo!


    Otro cartel plasmaba a un turista abriendo una puerta que daba a una estancia llena de joyas luminosas. El encabezamiento insinuaba:

    ¡Los secretos ocultos de Zab Zonk
    podrían ser sólo tuyos!


    Entre los folletos tirados sobre la mesa, Glawen reparó en uno encuadernado en terciopelo púrpura, con un dibujo en tinta dorada de una chica desnuda, medio vuelta hacia el lector. El título era:

    LA CONSUMACIÓN DEL GOCE
    está a su alcance


    —Vaya, vaya —dijo Glawen—. ¿Qué tenemos aquí?

    Se dispuso a coger el folleto, pero en ese momento Kirdy lanzó un grito de sorpresa y alegría.

    —¡Ven aquí enseguida! ¡Mira esto!

    Glawen se guardó el folleto en el bolsillo y se acercó a Kirdy. Éste señaló un cartel con un dedo tembloroso.

    —¡Los Mimos están en la ciudad! ¡Hemos de encontrarles cuanto antes! ¡Mira! ¡Aquí están sus fotos! Éste es Arles, y ahí están Glostor, Malory, Favlissa, Mullin y Dorre. ¡Están todos! ¡Hasta Floreste! ¡Ay, el bueno de Floreste!
    —La última vez que mencionaste a Floreste dijiste que era «un avaricioso y viejo bastardo».
    —¡Da igual! ¡Qué maravillosa coincidencia! Justo cuando las cosas empezaban a torcerse, sucede esto.

    Glawen examinó el cartel, que, además de las fotos de Floreste y los Mimos, anunciaba algunas de sus representaciones y las fechas de actuación.

    —No has leído bien la fecha. Faltan dos días para que lleguen. Ahora están actuando en una ciudad llamada Diamonte.
    —¡Pues iremos a Diamonte! Es lo único que debemos hacer. ¡Piensa en la sorpresa que se llevarán al vernos! ¡Piensa en lo mucho que nos divertiremos todos!
    —Kirdy, ven aquí, por favor. —Glawen condujo al nervioso Kirdy a un rincón de la sala—. Escucha con atención, sin pasar por alto ni una palabra, para que no tenga que repetirlo. No iremos a ver a los Mimos a Diamonte, ni a ninguna otra parte. Mañana iré al Pico de Pogan para averiguar algo sobre Sibil, que dio el Pico de Pogan como dirección. Puede ser un poco peligroso, si la gente que hay allí es parecida a Sibil. Por ese motivo, quiero que te quedes en el hotel, ya sea en tu habitación o en el vestíbulo. Espero que no surjan problemas, pero si no he vuelto mañana por la noche, tendrás que ponerte en contacto con Plock. ¿Está claro?

    Kirdy miró hacia el cartel.

    —Bastante claro, pero…
    —Nada de peros. Si todo va bien, pasado mañana volveremos a casa en el Camulke. Cuando los Mimos regresen a la Estación Araminta, los verás tantas veces como quieras, pero ahora no. Esto es definitivo. Ven conmigo. He de comprar mi billete y quiero hacer algunas preguntas al director.

    La ventanilla ya estaba abierta. Glawen compró un billete de ida y vuelta al Pico de Pogan.

    —¿Cómo se llama el director? —preguntó a la joven que se ocupaba de la ventanilla.
    —Arno Rorp. Está en la oficina de al lado.

    Glawen fue a la oficina de al lado y, como la puerta estaba abierta, entró. Un caballero delgado de edad madura, suave cabello gris inmaculadamente peinado y bigote aún más cuidado, estaba sentado ante el escritorio. Glawen se presentó, exhibió el folleto de «Consumación del Goce» y preguntó cómo había llegado a la Agencia de Viajes de Bailes y Artes Alienígenas.

    Arno Rorp dirigió una mirada irónica al folleto.

    —Francamente, no es el tipo de material con el que acostumbramos a trabajar, pero… Bueno, me convencieron. En realidad, parece poco más ofensivo que muchos de nuestros carteles sobre Zonk.
    —¿Cuántos folletos le entregaron?
    —Tres docenas. Casi todos se los han llevado los curiosos, pero se han hecho con una pequeña clientela, de lo más peculiar.
    —¿Los zubenitas?
    —En efecto. ¿Cómo lo sabe? Ah, olvidaba que las excursiones son a Cadwal.
    —Ya no. ¿Quién se los trajo?
    —Una joven bastante atractiva, extraplanetaria, de primera calidad, diría yo.
    —¿Dijo su nombre?
    —Empresas Ogmo, nada más.
    —¿Apareció alguna otra persona en representación de Empresas Ogmo, un hombre, por ejemplo?
    —Nunca.
    —Acérquese un momento, por favor.

    Glawen condujo a Arno Rorp hasta el cartel que anunciaba a Floreste y sus Mimos.

    —Ah, sí —dijo Rorp—. Los Mimos. Su espectáculo es muy brillante.
    —Fíjese en estas fotografías —pidió Glawen—. ¿Reconoce alguno de estos rostros?
    —Ya lo creo. ¡Qué raro! Ésta es la joven que trajo los folletos. —Miró el pie de la foto—. Drusilla. Así se llama.

    Glawen desprendió el cartel de la pared.

    —Quiero que ponga su firma sobre la fotografía. En este espacio en blanco, escriba: «Mi firma designa a la persona que distribuyó los folletos “Consumación del Goce”». Después, vuelva a firmar.
    —Ummm. ¿Me reportará ese acto pleitos, correspondencia airada o violencia física?
    —En absoluto. Habrá problemas si no coopera con la policía.

    Arno Rorp se encogió.

    —No diga nada más.

    Escribió lo que Glawen le había ordenado.

    —Lo más probable es que no vuelva a oír hablar del asunto —dijo Glawen—. En el ínterin, si aparece de nuevo esta joven, no mencione mis investigaciones.
    —Como usted diga, señor.

    Glawen y Kirdy cruzaron la plaza en dirección al hotel. El gran disco de la Estrella de Zonk había descendido hacia el oeste. La luz de Zonk poseía una curiosa cualidad, pensó Glawen; pálida y suave, pero fluida, como si tuviera la capacidad de filtrarse por las esquinas y penetrar en las grietas. También daba la impresión de que realzaba los colores oscuros, marrones y ocres, verdes y añiles, en tanto las sombras eran más negras que el propio color negro.

    Kirdy no parecía predispuesto a la conversación. Glawen le miró de reojo y vio que tenía la cara tensa.

    —Empresas Ogmo ya tiene nombre, por fin —dijo.

    Kirdy se encogió de hombros.

    —Supongo que no es una gran sorpresa —dijo Glawen—. Tenía desde hace tiempo la sensación de que los acontecimientos apuntaban en esa dirección.
    —Por supuesto —contestó Kirdy con indiferencia—. Pensaba que ya lo sabías desde el primer momento.
    —¿De veras?

    Kirdy volvió a encogerse de hombros.

    —Asunto concluido. Descanse en paz.
    —Las cosas no son así. Otro motivo por el que no quiero que confraternices e intercambies chismorrees con los Mimos. Deben ignorar nuestra investigación.
    —No sé por qué.
    —No es posible que seas tan obtuso. Si Drusilla sabe que podemos relacionarla con una serie de crímenes, desaparecerá, y nunca sabremos qué puede contarnos sobre sus compinches. No olvides que está casada con Arles.

    Kirdy lanzó un bufido de desdén.

    —¿También estás acusando a Arles?
    —Las acusaciones pueden esperar a nuestro regreso a la Estación Araminta.

    Pocos pasos después, Kirdy hizo una vacilante sugerencia.

    —Podríamos ir a ver a los Mimos, pero sin decir nada de esto.

    Glawen suspiró.

    —Si crees que estoy llevando mal esta investigación, redacta un informe para Bodwyn Wook. Hasta entonces, estás bajo mis órdenes, y las he dejado muy claras. Si desobedeces, te expulsaré inmediatamente del Negociado B.
    —Careces de autoridad.
    —Ponme a prueba y lo verás. No estás tan desorientado como para entender mal el significado de una orden oficial.
    —No me gustan las órdenes oficiales.
    —Es una lástima.

    Los dos continuaron caminando en silencio. Al llegar al vestíbulo del Lambervoilles, Glawen hizo una sugerencia amistosa.

    —Vamos al salón a comprobar las virtudes de la cerveza local.
    —¿Es una orden? —preguntó Kirdy con sarcasmo.
    —No —respondió Glawen—. Quiero conocer tu opinión sobre el caso, tal como está en este momento.
    —¿Por qué no? Hablar es barato.

    Entraron en el salón, se sentaron en mullidas butacas frente a la chimenea y les sirvieron cerveza de buena calidad, en vasos altos de cristal.

    —Bien —dijo Glawen—. ¿Quién es culpable y quién es inocente? ¿Ya te has formado una opinión?
    —Antes que nada, quiero saber por qué quieres ir al Pico de Pogan. Ya has averiguado quién distribuyó los folletos.
    —Hasta el momento, todo va bien, pero tengo la incómoda sensación de que sólo hemos visto la punta del iceberg. Por ejemplo, Sibil llevaba un tatuaje en la frente.
    —¿Y qué? He oído hablar de damas con luces de babor y estribor tatuadas en las nalgas.
    —Da igual. Estas mujeres de la frente tatuada constituyen un misterio.
    —¿Hay más de una?
    —Sí. Una mujer de ésas sostuvo extrañas relaciones con Chilke. Algo ocurre que ni él ni yo entendemos. Es posible que Namour se halle mezclado, y me gustaría saber por qué, cómo, cuándo y dónde.
    —Bah —murmuró Kirdy—. La gente del Pico de Pogan no conoce a Namour.
    —Tal vez no. Ni siquiera intuyo lo que saben, pero quiero averiguarlo. Y mañana es una excelente oportunidad.
    —Podríamos emplear el tiempo de una manera mejor.
    —¿Cómo?
    —¡Visitando Diamonte y a los Mimos, por ejemplo!
    —Ya te he explicado tres veces —replicó Glawen con voz tensa— y dado tres órdenes explícitas de que no quiero que vayas a ver a los Mimos. Ya sabes mis motivos. ¿No te acuerdas?
    —Recuerdo tus palabras, pero no son muy convincentes.
    —En ese caso, ¿por qué tomarme la molestia de explicártelo? Bien, por cuarta y, desde luego, última vez, te doy esta clara, definitiva y directa orden: ¡no te comuniques con los Mimos! ¡No te acerques a ellos! No hables, ni escuches, ni hagas señales, ni envíes mensajes a los Mimos, sus representantes o cualquier miembro de su compañía. No asistas a ninguna representación. En definitiva, ¡no te relaciones para nada con los Mimos! ¿He olvidado algo? Si es así, inclúyelo como parte de las órdenes. No puedo ser más claro. ¿Tengo razón en lo que he dicho?
    —¿Eh? Sí, claro. Creo que tomaré un poco más de esta excelente cerveza.
    —Mañana me marcharé temprano al Pico de Pogan. Tú te sentarás en el vestíbulo o en tu habitación, pero asegurándote antes de que el empleado de la recepción conozca tu paradero. Si no he regresado mañana por la noche, ponte en contacto con la CCPI. ¿Me has oído?

    Kirdy sonrió. Una curiosa sonrisa, pensó Glawen, que comunicaba serenidad y prudencia.

    —He oído tus palabras. Las he comprendido en todos los niveles de mi mente.
    —En tal caso, no diré nada más. Ahora, me marcho a una librería a comprar algunos libros, con el fin de averiguar algo más sobre los zubenitas. Puedes acompañarme, esperar aquí o subir a tu habitación para echar una siesta.
    —Te acompañaré.



    Capítulo 3
    1


    Glawen llegó temprano a la Agencia de Viajes de Bailes y Artes Alienígenas, y descubrió que el ómnibus ya estaba allí y lleno hasta los topes. Filas de pálidos rostros provistos de grandes ojos miraban por las ventanillas. Glawen contempló la escena con desagrado. Tanto el autobús como sus ocupantes no tenían nada que ver con lo plasmado en el cartel. Glawen se felicitó por su previsión al comprar el billete por anticipado, porque el autobús no sólo parecía cargado, sino sobrecargado.

    No había forma de evitarlo, pensó, y subió al vehículo por la puerta de delante. Se paró un momento a observar las filas de pasajeros, todos vestidos igual, con trajes de fust, y cargados con paquetes.

    El chófer no estaba acostumbrado a esas indecisiones. Levantó la mano y habló con voz crispada.

    —Deme su billete, por favor. Si quiere viajar, ésa es la norma. Si no, haga el favor de bajar.
    —Claro que quiero viajar —contestó Glawen—. De hecho, mi asiento es de primera clase. Aquí tiene el billete; acompáñeme a mi sitio, por favor.

    El chófer dirigió al billete una mirada superficial.

    —Sí, está correcto. El billete es válido.
    —¿Cuál es la sección de primera clase?
    —Todo es primera clase. Lo único que ha reservado es el privilegio de sentarse donde quiera.
    —Yo no lo había entendido así. El billete destina un asiento a mi uso; otra persona lo ocupa en este momento.

    El chófer lanzó a Glawen una mirada intrigada.

    —El «privilegio» es para todo el mundo, no sólo para usted. En las estepas no hay elitistas.
    —Muy bien. De todos modos, tengo un billete, que me garantiza un asiento. ¿Dónde está?

    El chófer miró hacia atrás.

    —Así de improviso, no lo sé. Pruebe atrás de todo.

    Glawen se dirigió a la parte posterior del autobús y se encajó entre un par de zubenitas. Habían dejado sus fardos sobre el asiento, y se resistieron a la intrusión de Glawen. Extendieron las piernas y ocuparon el mayor espacio posible, pero Glawen se mostró irreductible, provocando murmullos de desagrado. Por fin, de muy mala gana, los zubenitas trasladaron sus paquetes a la rejilla dispuesta a tal fin. Después de evaluar la situación, Glawen renunció a actuar con tacto y se acomodó en el asiento sin el menor escrúpulo. Los zubenitas gimieron, como si les hubiera hecho daño.

    —¡Piedad, querido hermano! —gritó uno—. ¡Ten compasión de nuestros pobres huesos!
    —¿Por qué lleváis ese bulto en el asiento contiguo? —preguntó Glawen con serenidad—. Subidlo a la rejilla y tendréis más sitio.
    —Sería un vano esfuerzo, porque sólo voy hasta Flicken. De todos modos, si insistes, da la impresión de que debo hacerte caso.
    —De entrada, tendrías que haberlo puesto ahí.
    —¡Ay, querido hermano! Ésa no es la forma adecuada.

    Glawen no creyó necesario discutir. Examinó a los demás pasajeros, que parecían divididos en números iguales de hombres y mujeres, aunque a menudo resultaba difícil distinguirlos. Todos vestían igual: un guardapolvo con capucha, pantalones abolsados metidos en largas medias negras, y zapatos negros puntiagudos. Tenían las capuchas echadas hacia atrás, dejando al descubierto mechones de grueso cabello. Las caras eran grandes, redondas y blancas, de húmedos ojos grandes y largas narices chatas. No sorprendió a Glawen la falta de mestizaje entre los zubenitas y las demás razas de Tassadero.

    El chófer del ómnibus no vio motivos para esperar a más pasajeros. Puso en marcha el vehículo y salió de Fexelburg por una carretera que se alejaba hacia el este, atravesando la estepa.

    El paisaje era monótono. Como no tenía nada mejor que hacer, Glawen se dedicó a observar a los pasajeros. Intentó analizar sus procesos mentales a partir de sus gestos inconscientes, pero no tuvo el menor éxito. Los zubenitas tenían la vista clavada al frente, como zombis, y ni siquiera se molestaban en mirar por la ventana. Tal vez estaban reflexionando sobre las sutiles disciplinas de la Sintoraxis Monomántica, pensó Glawen.

    Aunque lo más probable era que no. A menos que estuviera muy equivocado, estos individuos no eran adeptos superiores o inferiores, sino pequeños granjeros, para nada interesados en la filosofía.

    La noche anterior. Glawen había echado un vistazo al Primer Sintoráctico, y ahora decidió poner a prueba su teoría. Se volvió hacia el zubenita de la derecha.

    —Señor, observo lo que tal vez sea una ambigüedad en la disposición de las Doctrinas Naturales. Las Conjunciones Teserácticas deberían preceder a la Doctrina de la Tresis y la Anatresis. ¿Se ha formado usted alguna opinión sobre el tema?
    —Querido hermano, me resulta imposible hablar hoy con usted, porque no tengo ni idea de lo que me está diciendo.
    —Eso responde a mi pregunta —contestó Glawen.

    Dedicó su atención al paisaje, una llanura que parecía extenderse hasta el infinito, a la cual proporcionaban acento y perspectiva unos solitarios frooks, que se alzaban a intervalos distanciados. Hacia el norte, una hilera de colinas bajas se diluían en la niebla. Allí, en algún lugar, se encontraba la tumba de Zonk, si había que creer en las leyendas. Glawen se preguntó si los inspectores Barch y Tanaquil participaban en la búsqueda del tesoro cuando estaban de vacaciones. Probablemente no, decidió.

    El autobús llegó a Flicken, una ciudad situada en el corazón de la Tierra de Lutwiler, que consistía en algunas casitas de color pardusco, un taller mecánico y los Almacenes Keelums, que anunciaban:

    Artículos para el cazador de tesoros
    Comida y alojamiento disponibles


    El vehículo se detuvo frente a los almacenes el tiempo suficiente para descargar pasajeros, incluyendo al corpulento zubenita sentado al lado de Glawen. Mientras sacaba el fardo de la rejilla, dirigió a Glawen una mirada de reproche, como diciendo: «¿Entiende ahora el estorbo que ha representado?».

    Glawen le devolvió un frío y medido cabeceo de despedida, pero no recibió respuesta.

    El autobús siguió hacia el este y, cuando la Estrella de Zonk alcanzó el meridiano, entraron en una región donde se cultivaban cereales y verduras. Enfrente, se alzaba el gran peñasco negro del Pico de Pogan, y el autobús penetró pocos minutos después en una ciudad que se extendía cerca de la base del peñasco. Glawen miró por la ventana y vio el seminario, un enorme edificio de piedra construido a mitad de la altura del peñasco.

    El autobús se dirigió a la plaza central de la ciudad y se detuvo en una estación destartalada. Glawen descendió y miró hacia el Pico, que en su opinión debía de ser el cuello de un antiguo volcán y, desde luego, lo más notable que había visto en todo el día. Una estrecha carretera ascendía hacia el risco, zigzagueando, hasta llegar al seminario. La primera impresión de Glawen se reforzó. El seminario, un enorme bloque de piedra de tres pisos de altura, se cernía sobre la ciudad como una fortaleza. Debía de ser un lugar donde la frivolidad y las orgías no interferirían en el estudio de la Sintoraxis Monomántica.

    Glawen entró en la estación, una amplia sala con un mostrador al final. En otro tiempo, las paredes habían sido pintadas de un verde amarillento, que alguien, seguramente el jefe de estación, había considerado de mal gusto, y cubierto de cualquier manera con carteles y letreros, como en un esfuerzo personal por aliviar la atmósfera depresiva del Pico de Pogan.

    El chófer del ómnibus había traído consigo un paquete de periódicos y revistas, que dejó sobre el mostrador; la estación debía de servir también de oficina de correos. El jefe de estación, un hombre de rostro enjuto, estatura mediana y edad madura, cabello rojizo que empezaba a teñirse de gris y brillantes ojos color avellana, ojeó los periódicos. Su rasgo más distintivo era un bigote bermejo erizado que, como los carteles y los letreros, desafiaba al deprimente entorno. Llevaba una gorra roja y una chaqueta azul, con botones de latón que daban cuenta de su cargo, pero Glawen sospechó que, si el atavío no le hubiera divertido, no lo habría utilizado nunca. Era obvio que no se trataba de un zubenita.

    Glawen se acercó al mostrador. El jefe de estación le dedicó una fugaz mirada de soslayo.

    —¿Puedo hacer algo por usted, señor?
    —Quiero saber cuándo vuelve el autobús a Fexelburg.
    —El de mediodía ya se ha ido. El nocturno saldrá dentro de cinco horas, al ponerse el sol. ¿Necesita un billete?
    —Ya he reservado la vuelta, pero quiero asegurarme de que mi asiento sea de la calidad que he pedido.
    —¡Sin duda, señor! Tiene el asiento reservado, pero ni el chófer ni yo tenemos ganas de explicárselo a los zubenitas. No se atreven a salir cuando llueve, pero son rápidos como comadrejas cuando descubren un asiento vacío en el autobús. Tal vez guarden ahí el cerebro.
    —Como soy forastero, me reservaré la opinión, al igual que el asiento del autobús.
    —No necesita preocuparse por el asiento. El autobús nocturno nunca va lleno.

    Glawen sacó la lista de los zubenitas que habían participado en la segunda excursión a la isla Thurben.

    —¿Le suenan estos nombres?

    El jefe de estación leyó los nombres en voz alta y se humedeció los labios, como si notara un sabor astringente.

    —Lasilsk, Struben, Mutis, Kutah, Robidel, Bloswig. Todos son del seminario. Se hacen llamar Altos Ordinarios. Si anda buscando el tesoro de Zonk, hágalo en otra parte. Si se acerca al seminario, le obligarán a confesarse, o algo peor.
    —No soy buscador de tesoros. —Glawen indicó la lista—. Quiero hablar con estas personas, o al menos con algunas. ¿Cómo las puedo localizar?
    —Por aquí no vendrán, se lo aseguro.
    —En definitiva, debo subir al seminario.
    —Pero… —El jefe de estación alzó el índice para subrayar sus palabras— si sólo aspira a una o dos horas de plácida conversación, con preguntas sobre su salud y tal vez un par de referencias casuales a Zonk y su tumba, le aconsejo que se siente en aquella silla y no se mueva ni un milímetro hasta que suba al ómnibus nocturno. Después, vuelva sano y salvo a Fexelburg.

    Glawen dirigió una mirada vacilante al seminario.

    —Los pinta usted como una familia de ogros.
    —Son filósofos. Están hartos de que los turistas les molesten. Han explicado un millón de veces que si el tesoro de Zonk estuviera en las cercanías, ya lo habrían encontrado hace mucho tiempo. Ahora, se niegan a abrir la puerta. Si alguien llama más de tres veces, le arrojan encima un cubo lleno de orines.
    —Eso servirá para desalentar a casi cualquier persona educada.
    —No siempre. Un par de turistas esquivaron los orines y volvieron a llamar. Cuando la puerta se abrió, dijeron que eran estudiantes de arquitectura que querían examinar el diseño del seminario. La Ordene dijo: «¡Por supuesto! Pero antes deberían conocer algo más sobre nuestro estilo de vida, que dictó la disposición interna». «Claro», dijeron los turistas, «Estaremos encantados». Fueron apresados, vestidos con hábitos grises, y aprendieron Sintoráctica Elemental durante un año. Por fin, recibieron permiso para examinar el seminario. A esas alturas, lo único que querían era largarse. Bajaron corriendo la colina, agitando los brazos en el aire. Compraron billetes para el autobús de Fexelburg. Les pregunté si lo querían de ida y vuelta; dijeron que no, que jamás regresarían.
    —Parecen unos filósofos muy dedicados —comentó Glawen.
    —Otros turistas exploraron la parte posterior de la colina, con la esperanza de encontrar una cueva o un pasadizo. Nunca volvieron a bajar. Alguien dijo que habían caído en el vertedero del seminario. Por lo que yo sé, lo mismo ha sucedido a otras personas, y no cuento a los turistas.
    —¿La policía de Fexelburg no protege a los turistas?
    —Desde luego. Les aconsejan que se mantengan alejados del Pico de Pogan.
    —Me importan un bledo Zonk y su tesoro. Quiero otra clase de información, pero no pienso arriesgar el pellejo. ¿Hay teléfono en el seminario?
    —Sí. Llamaré y veré qué puedo hacer por usted. ¿Cómo se llama?
    —Soy el capitán Glawen Clattuc, de la Estación Araminta, Cadwal.
    —¿Y qué asunto le trae por aquí?
    —Prefiero explicarlo en persona.

    El jefe de estación habló por teléfono, esperó, volvió a hablar. Miró a Glawen.

    —Sus preferencias les son indiferentes. Quieren saber qué quiere.
    —Necesito información sobre Empresas Ogmo.

    El jefe de estación habló por teléfono.

    —No saben de qué está hablando —dijo a Glawen.
    —Hace poco, las seis personas de esa lista visitaron Cadwal. Quiero saber quién les proporcionó los billetes. Es lo único que me interesa.

    El jefe de estación transmitió la información, escuchó, colgó el teléfono y volvió poco a poco hacia Glawen.

    —Estoy muy sorprendido.
    —¿Por qué?
    —Han accedido a hablar con usted.
    —¿Y es eso lo que le sorprende tanto?
    —En cierto modo. Se ponen en contacto con muy pocos forasteros. Suba por la carretera y llame a la puerta. Cuando le abran, pregunte por la Ordene Zaa. Vaya con cuidado, amigo. Esa gente es muy rara.
    —Formularé mis preguntas con la mayor educación posible. Si se niegan a contestar, me iré. No hay otra alternativa.
    —Me parece muy razonable.

    El jefe de estación acompañó a Glawen hasta la puerta. Contemplaron a un grupo de zubenitas que cruzaba la plaza.

    —¿Cómo se distinguen los hombres de las mujeres? —preguntó Glawen.
    —¡Ésa es la pregunta favorita de los turistas! Yo siempre les digo: «¿Para qué quieren saberlo?».
    —¿No ha entablado amistad con alguna de las damas locales?
    —¡Puaf! Eso sería un ejercicio inútil. Piensan tanto en mí como en una cabra. —Señaló al otro lado de la plaza—. Ahí empieza la carretera que sube a lo alto de la colina.


    2


    Glawen cruzó la plaza y agachó la cabeza para protegerse del viento frío del norte. Donde la carretera se alejaba de la plaza, un letrero rezaba:

    SEMINARIO MONOMÁNTICO
    ¡Atención! ¡Prohibido acercarse!


    Glawen hizo caso omiso de la señal y comenzó la ascensión. La carretera zigzagueaba, cien metros a la izquierda, cien metros a la derecha, y a cada tramo iba aumentando la vista sobre las estepas de la Tierra de Lutwiler.

    El seminario se recortaba contra el cielo. La carretera hizo un giro final y retrocedió para pasar frente al edificio. Glawen se detuvo para recuperar el aliento ante los tres escalones de piedra que conducían a un pequeño porche y a una pesada puerta de madera.

    A la luz pálida de la Estrella de Zonk, el panorama era el de un mundo notablemente diferente del suyo, en perspectiva, en el flujo de luz y color, pero sobre todo en talante. A sus pies, la ciudad era un conglomerado de edificios rojo parduzco y ocre oscuro, de tejados negros que se apretujaban alrededor de la plaza. A lo lejos se veían los terrenos de cultivo, protegidos por hileras de frooks y árboles hechiceros, y luego las estepas, que se desvanecían en la oscuridad.

    Glawen se volvió hacia el seminario. Enderezó los hombros, alisó la chaqueta y levantó la vista hacia la fachada. Las altas y estrechas ventanas parecían ciegas y vacías, como si nadie se molestara en asomarse a ellas. Un lugar de lo más deprimente para estudiar, con una única ventaja: no habría entretenimientos ni frivolidades que distrajeran a los estudiantes. Avanzó y golpeó la puerta con la aldaba de latón.

    Pasaron unos momentos. La puerta se abrió. Apareció un hombre corpulento, de cara redonda, ojos redondos y hundidos, algo más alto que Glawen. Llevaba un traje de fust pardogrisáceo y una cogulla que dejaba al descubierto tan sólo su rostro. Inspeccionó a Glawen con el ceño fruncido.

    —¿Para qué cree que ponemos los letreros? ¿Es usted analfabeto?
    —No soy analfabeto, y he leído el letrero.
    —¡Tanto peor! ¡No tratamos con cortesía a los intrusos!

    Glawen controló su voz.

    —Soy el capitán Glawen Clattuc. Me dijeron que llamara a la puerta y preguntara por la Ordene Zaa.
    —¿De veras? ¿Cuál es el asunto que le trae por aquí?
    —Ya lo he explicado por teléfono.
    —Explíquelo otra vez. No dejo entrar a todos los petimetres que vienen a merodear en busca de tesoros.

    Glawen se irguió en toda su estatura.

    —Desconozco sus métodos. ¿Cómo se llama?
    —De momento, no es pertinente.

    Glawen leyó los nombres de la lista.

    —¿Es uno de éstos?
    —Yo soy Mutis, si tanto le interesa.
    —¿Participó usted en la excursión a la isla Thurben?
    —¿Y qué?
    —¿Quién le proporcionó los billetes?

    Mutis levantó una mano.

    —Formule las preguntas a la Ordene, a ver qué respuestas le da.
    —Ésa es mi intención.

    Mutis hizo caso omiso del comentario.

    —Quédese aquí.

    Cerró la puerta en las narices de Glawen.

    Glawen se volvió, bajó los peldaños y llegó hasta la carretera, donde paseó arriba y abajo. Se paró en seco. Un acto infantil, se dijo. Era indigno de él dejarse influir por la conducta de Mutis. Regresó al porche y permaneció de pie, dando la espalda a la puerta, mientras contemplaba la estepa. Oyó que la puerta se abría y se volvió. La expresión condescendiente que había preparado para Mutis se desvaneció. En el umbral se erguía una persona de menor estatura, mucho más esbelta que Mutis. ¿Hombre o mujer? Glawen se inclinaba por creer que era una mujer. ¿Su edad? Difícil de calcular, a causa de la austera indumentaria del seminario. Glawen pensó que estaba en su temprana, o media, madurez. Aun envuelta en los pliegues de su hábito blanco, parecía delgada. La capucha sólo dejaba ver unos ojos oscuros y luminosos, la nariz pequeña, la piel casi tan blanca como la capucha, una boca sin color y severa. Era de una raza diferente de los zubenitas que Glawen había visto en el autobús. La desconocida examinó a Glawen de pies a cabeza, con más atención de la que él consideró necesaria. Por fin habló, con voz hueca.

    —Soy la Ordene Zaa. ¿Para qué desea verme?

    Glawen contestó con extremada cortesía.

    —Soy el capitán Glawen Clattuc, de la Estación Araminta, Cadwal. El Conservador me ha enviado para realizar ciertas investigaciones. Ésa es la razón de mi presencia.

    La cara de Zaa no cambió de expresión, ni mostró la menor disposición a permitir la entrada de Glawen.

    —Sólo puedo repetir mi pregunta.

    Glawen aceptó la observación con un cabeceo.

    —Soy oficial de la policía de la Estación, y estoy afiliado a la CCPI. Le enseñaré mis credenciales, si así lo desea.
    —Da igual. Sea como sea, da igual.
    —Cito estos hechos para que no me confunda con un visitante cualquiera. Mis investigaciones conciernen a la reciente excursión efectuada a la isla Thurben por seis de los suyos. —Leyó los nombres—. No me interesan estos seis hombres. Sólo quiero averiguar la identidad de la persona o personas que prepararon el viaje.

    Zaa continuó en silencio. Glawen se dio cuenta de que no había contestado a las preguntas formuladas por la mujer. La fría mirada era inquietante. Debía procurar no impacientarse ni perder la compostura, se dijo. Habló con la misma educación que antes.

    —¿Puede decirme el nombre de esa persona?
    —Sí.
    —¿Cuál es?
    —Esa persona ha muerto. No sé si los muertos utilizan nombres.
    —¿Cuál era el nombre de esa persona cuando estaba viva?
    —La Ordene Sibil.
    —¿Sabe cómo se enteró la Ordene Sibil de esas excursiones?
    —Sí, y anticipándome a su pregunta, no veo motivos para divulgar esa información.
    —¿Cuáles son las razones de su renuencia?
    —Son complicadas y requerirían cierto conocimiento de los antecedentes antes de que pudiera comprenderlas.

    Glawen asintió con aire pensativo.

    —Si es tan amable de salir, nos sentaremos en los escalones, y se ahorrará el cansancio de permanecer de pie. Luego, si le parece, podría hacerme un resumen de ese «conocimiento», lo justo para nuestros actuales propósitos.
    —Sugiero que mantenga a raya su impertinencia —replicó la Ordene Zaa—. Detecto en usted vanidad y agresividad. Me ha causado una muy pobre impresión.
    —Lamento oír eso. No era mi intención.
    —No veo motivos para sentarme en los peldaños y repetir los comentarios que acabo de hacer. Piense en ellos con atención. Si desea más información, puede entrar en el recinto, pero por voluntad propia, sin mi invitación. ¿Está claro?

    Glawen frunció el ceño.

    —En absoluto.
    —Pues a mí me parece que sí.

    Glawen vaciló. Las observaciones de Zaa, tanto por su tono como por su contenido, insinuaban ciertas molestias, de las que sólo él sería responsable. Abrió la boca para solicitar más detalles, pero ya no había nadie en el umbral. Zaa se había marchado.

    Glawen contempló la puerta con aire indeciso. ¿Qué podía pasarle? Era un agente de policía. Si le retenían o molestaban, Kirdy avisaría al juez Plock. Respiró hondo y entró en un vestíbulo de techo alto, con paredes y suelo de piedra, en el que no había nadie.

    Glawen esperó un momento, pero nadie apareció para hablar con él. A un lado, un corto pasillo abovedado conducía a lo que parecía una sala de conferencias, de techo alto y pavimentada a base de losas cuadradas de piedra negra, al igual que el vestíbulo. Tres ventanas altas y estrechas se abrían en la pared opuesta. Pálidos rayos de luz de Zonk caían sobre una larga mesa de planchas de madera, frotadas con tanto esmero a lo largo de los años que se destacaba la superficie granulada. Pesadas sillas de madera rodeaban la mesa. Al final de la sala, protegida por las sombras, se erguía Zaa.

    La mujer señaló un banco.

    —Descanse, señor. Diga cuanto antes lo que desea.

    Glawen hizo un gesto educado.

    —¿Y si me imita?

    Zaa le dirigió una mirada inexpresiva.

    —¿En qué?
    —No me gusta estar sentado mientras usted permanece de pie.
    —Es usted muy galante, pero prefiero seguir de pie.

    La mujer señaló de nuevo el banco, de un modo que Glawen consideró autoritario.

    Glawen ejecutó una reverencia con dignidad y se acomodó en el extremo del banco.

    —Este edificio es muy notable —dijo, intentando aportar un elemento de urbanidad a la conversación—. ¿Es antiguo?
    —Muy antiguo. ¿Para qué ha venido aquí, exactamente?

    Glawen repitió con gran paciencia el motivo de su presencia.

    —Como ve, no es muy complicado. El promotor de esas excursiones es un criminal que debemos entregar a la justicia.

    Zaa sonrió.

    —¿No es posible que nuestras opiniones sean diferentes?
    —En este caso, no. Los detalles la pondrían enferma.
    —No me impresiono con facilidad.

    Glawen se encogió de hombros.

    —Dejando la justicia a un lado, es posible que le interese responder a mis preguntas.
    —Me cuesta seguir su lógica.
    —Nuestra investigación actual se centra en Empresas Ogmo. Si la CCPI interviene, la investigación incluirá al seminario, por culpa de la participación de Sibil, lo cual les provocará grandes molestias e inconvenientes, puesto que el juicio se llevará a cabo en Fexelburg.
    —¿Y qué más? Ardo en deseos de escuchar la lista completa de amenazas y horrores.

    Glawen lanzó una carcajada.

    —Ni lo uno ni lo otro, sólo circunstancias predecibles. De todos modos, ya que me lo pregunta, es posible que los seis Altos Ordinarios sean acusados de complicidad, como sin duda merecen. Por ahora, este aspecto del caso sobrepasa mis instrucciones.

    Zaa parecía divertirse.

    —A ver si le he entendido bien. Si no respondo a sus preguntas, la CCPI intervendrá en el caso, provocará problemas y acusará a los seis Altos Ordinarios. ¿Es lo que se desprende de sus afirmaciones?

    Glawen lanzó otra carcajada forzada.

    —Ha interpretado mis observaciones de la forma más cruda posible. He indicado algunas posibilidades que usted puede evitar, si lo decide así.

    Zaa avanzó lentamente.

    —¿Se da cuenta de que estamos en la Tierra de Lutwiler?
    —Por supuesto.
    —Las leyes locales buscan nuestra protección. Nos conceden el derecho de tratar con rudeza a intrusos, criminales y pelmazos. Quien se enfrenta a nosotros lo hace a sus expensas.
    —Soy un agente de la policía en misión de rutina —contestó Glawen con aplomo—. ¿Qué he de temer?
    —Primero, el castigo habitual reservado a los chantajistas.
    —¡Cómo! —exclamó Glawen, estupefacto—. ¿De dónde ha sacado esa idea?

    Zaa le examinó un momento, y Glawen pensó que se estaba divirtiendo.

    —Hoy me avisaron de su llegada y de las exigencias que haría.

    Glawen se quedó boquiabierto.

    —¡Esto es absurdo! ¿Quién la avisó?
    —Los nombres carecen de toda relevancia.
    —Yo no opino lo mismo, en especial porque la información es falsa.

    Zaa meneó lentamente la cabeza.

    —Yo creo que no. Se ha traicionado con sus propias palabras.
    —Explíquese.
    —¿De veras es tan ingenuo, o piensa que va a confundirme con sus ardides y engaños?
    —Madame, me ha entendido mal. No intento nada por el estilo, se lo aseguro de todo corazón. Si lo ha deducido de mi conducta, se ha equivocado.
    —Diríjase a mí como «Ordene», por favor.

    La voz de Zaa era más fría que nunca, y Glawen comprendió que había expuesto su caso con un fervor desprovisto de tacto.

    —En cualquier caso, no soy ni ingenuo ni chantajista.
    —Eso es palpablemente falso. Me ha amenazado con una investigación de la CCPI con astuta malicia. Ha descrito con evidente satisfacción las angustias y humillaciones que recaerán sobre mí, y referido los daños que sufrirán los Altos Ordinarios.
    —¡Basta! —gritó Glawen—. Cuanto más habla, más atroces aparecen esas fechorías imaginarias. ¡Enfréntese a los hechos! ¡Los crímenes fueron cometidos! Alguien ha de investigarlos. Yo no le exijo nada. Si decide no responder a mis preguntas, le desearé buenos días y nunca volverá a verme.

    Zaa había tomado una decisión.

    —¡Sí! ¡Llegaremos a un acuerdo! Las condiciones serán las siguientes: yo le proporcionaré toda la información que usted desea; a cambio, me prestará ciertos servicios.

    Glawen se levantó.

    —¿Qué clase de servicios? ¿Dónde, cuándo, cómo y por qué?
    —Ya tendremos ocasión de discutir los detalles cuando lleguemos a un acuerdo de principio. Si se siente inclinado favorablemente, consultaré con las demás Ordenes.
    —Es inútil consultar con nadie, porque primero debo saber lo que quiere de mí.
    —Ni siquiera puedo adelantar el tema sin llegar a un consenso —replicó Zaa, impertérrita.
    —¿Puede proceder cuanto antes? El tiempo apremia. Debo irme antes de dos horas.
    —Procederé a toda prisa, si accede a mi propuesta en sus términos más amplios. Debo recibir una respuesta clara.

    Glawen meneó la cabeza.

    —Esto ha sido demasiado repentino. No puedo acceder a unas condiciones tan vagas.
    —Ha de decidir si quiere la información que ha venido a buscar o no —dijo Zaa con frialdad.
    —Claro que quiero la información, pero ¿qué servicios son ésos? ¿Cuánto tiempo necesitaré? ¿Hay que viajar? Si es así, ¿adónde? Si quiere que mate o amenace a alguien, o corra peligro, me niego en redondo. En suma, insisto en averiguar todos los detalles antes de acceder a prestarle esos servicios.

    Zaa pareció más complacida que otra cosa.

    —¡Así sea! Ha tomado una postura prudente, y le felicito por ello. Accedo a sus deseos, y el acuerdo se ceñirá a sus condiciones.

    Glawen pensó que el episodio era inquietante.

    —¿Cuál es la razón de todo esto?
    —Ha insistido, con gran prudencia, en saber lo que yo quiero de usted. A este respecto, el primer e indispensable paso es acceder al conocimiento de nuestra orden y nuestros preceptos básicos, que sin duda considerará no sólo fascinantes, sino útiles y una fuente de energía. He enviado a buscar a alguien que le instruirá, al menos en los principios básicos.

    Glawen se obligó a hablar en voz baja y en tono sumiso.

    —Con todos los respetos, Ordene Zaa, su programa no es factible, ni práctico, ni me gusta una pizca. De hecho, anoche leí un libro, un texto elemental sobre la Monomántica, y ya sé algo acerca de sus ideas, suficiente por el momento.

    Zaa cabeceó y sonrió.

    —Conozco el libro. Es, digamos, una introducción a una introducción. No servirá a nuestros propósitos.

    Glawen habló con decisión.

    —Ordene Zaa, no tengo tiempo ni ganas de dedicarme a esos estudios. Deme la información, explíqueme a continuación lo que quiere que haga y, si es factible, lo haré, pero no deseo recibir lecciones ni que expriman mi tiempo. De hecho, he de coger el autobús nocturno a Fexelburg, o mi compañero se preocupará y avisará a la CCPI.
    —¿De veras? En ese caso, llámele por teléfono y comuníquele que todo va bien.
    —¿Es que no me he expresado con claridad?

    Zaa no le hizo caso.

    —La enseñanza es esencial. De lo contrario, su comprensión será incompleta, y es una cláusula de nuestro contrato.

    Mutis y otras dos personas entraron en la sala. La primera era tan corpulenta como Mutis, y la segunda algo más delgada. Un joven o una muchacha.

    —Éste es Glawen —anunció Zaa a los tres—, que recibirá lecciones durante un tiempo. Lilo, tú le introducirás en los conceptos elementales y, tal vez, en el primer Compendio. Lilo es excelente para la instrucción —dijo Zaa a Glawen— perspicaz y paciente. Mutis y Funo son Altos Ordinarios, y Monitores de la Casa. Ambos son sabios y entregados, y debe seguir siempre sus consejos.
    —¡De una vez por todas, no quiero aprender Monomántica ni ninguna otra cosa! —gritó Glawen, irritado—. Como está claro que no piensa proporcionarme la información que he venido a buscar, me voy.
    —No se desaliente —respondió Zaa—. Si estudia con diligencia, no pensaremos que nos hemos tomado tantas molestias en vano. Ahora, le prepararán para el estudio.

    Mutis y Funo avanzaron.

    —¡Vamos! —dijo Mutis—. Le acompañaremos a su habitación.

    Glawen miró a Zaa y percibió la emoción que delataba su rostro. Disfrutaba con aquella humillación.

    —¿De modo que se propone seriamente retenerme aquí contra mi voluntad? —preguntó.

    Zaa había enmascarado ya su expresión.

    —No es una decisión frívola. Las condiciones de nuestro acuerdo son explícitas.

    Glawen caminó hacia el pasadizo.

    —Me voy. Si se entrometen en mi camino, allá ustedes.

    Mutis y Funo avanzaron con parsimonia. Glawen les apartó a un lado y corrió por el pasadizo hasta llegar al vestíbulo. Mutis y Funo le siguieron sin prisa. Glawen se acercó a la puerta, pero no distinguió pestillo ni picaporte. Empujó y tiró, pero la pesada hoja se negó a moverse.

    —No oponga resistencia —intervino Lilo—. Le harán mucho daño y el dolor le convertirá en un ser dócil y sumiso. No les dé la oportunidad.
    —¿Cómo se puede salir de aquí?
    —Es imposible. Haga lo que le dicen. Venga conmigo. Le aseguro que es lo mejor.

    Glawen examinó a los dos Monitores de la Casa. Estaba en inferioridad de condiciones. ¿Para qué meterse en líos? Si no volvía, Kirdy transmitiría su mensaje a Plock, quien tomaría las medidas necesarias.

    —Vamos —dijo Lilo—. Ni siquiera necesitan tocarle.
    —Afortunado Glawen —dijo Mutis.
    —¡Esto es intolerable! —masculló Glawen, con los dientes apretados—. ¡Me aguardan importantes asuntos en otra parte!
    —Tendrán que esperar —respondió Funo, con una voz extrañamente estridente para una persona tan grande y musculosa—. Ya ha oído a la Ordene. Dese prisa, antes de que perdamos la paciencia.
    —Venga —dijo Mutis, que avanzó unos centímetros, con la boca sonrosada abierta y palpitante como un pólipo.

    Glawen se acercó con cautela. Lilo le cogió por el brazo y le guió por el pasadizo.


    3


    Glawen siguió con semblante hosco a Lilo hasta un tramo de húmedos escalones de piedra que conducían al segundo piso, y después por un pasillo. Al observar el contoneo de las caderas de Lilo, decidió que era una mujer. Detrás caminaba Mutis.

    Lilo se detuvo al pie de una segunda escalera y esperó a que Mutis se adelantara y encendiera una hilera de lámparas, para iluminar la escalera.

    —Vamos a subir esta escalera —dijo Lilo a Glawen—, pero vaya con cuidado, porque es muy peligrosa, sobre todo cuando las luces están apagadas.
    —Que lo averigüe por sí mismo —dijo Mutis, con una dura sonrisa—. Le irán bien un par de tropezones.

    Lilo empezó a subir la escalera. Glawen se detuvo, paralizado por una súbita oleada de pánico. Lilo paró y miró atrás.

    —Adelante.

    Glawen siguió vacilante. Mutis y Funo le contemplaron con semblante impasible. Glawen se puso en tensión, dispuesto a saltar sobre ambos, pillarles por sorpresa y escapar como fuera. La razón prevaleció. No sería fácil sorprenderles y, en cualquier caso, Kirdy avisaría a la CCPI de su ausencia, antes de que la noche terminara.

    —Vamos, Glawen —repitió Lilo.

    Glawen dio media vuelta y subió la escalera, dos pasos detrás de Lilo. Una escalera muy extraña para un edificio tan enorme, pensó. Era empinada, irregular, carente de pasamanos, y dos veces cambió de dirección en ángulos caprichosos. Lilo la había descrito como peligrosa, sobre todo en la oscuridad. Bien podía ser.

    Lilo le precedió hasta un largo y desierto pasillo, conduciéndole hasta una habitación llena de arcenes y estanterías.

    —Se trata de un pequeño paso preliminar, pero esencial. Ha de ser bañado y vestido con la indumentaria adecuada, para adaptarse a las normas. Ahora, puede quitarse y tirar su ropa alienígena, que no es apropiada para el seminario. No volverá a utilizarla.
    —Claro que volveré a utilizarla —dijo Glawen, con los dientes apretados—. ¡Esto es una locura! ¿Es que el mundo ha perdido la razón? ¡No quiero estar aquí, y no quiero quedarme aquí!
    —En cuanto a eso, Glawen, no sé qué decirle. Yo sólo obedezco a la Ordene. Descubrirá que es lo más sencillo.
    —Pero yo no quiero obedecer a la Ordene.
    —Es posible, pero las reglas del seminario son inexorables. ¿Quién sabe? Cuando descubra las excelencias de la Sintoraxis, puede que cambie de actitud. Piénselo.
    —Es una posibilidad muy remota. Abomino de lo que he visto hasta ahora.
    —Puede utilizar esa cabina, para su intimidad —dijo con frialdad Lilo.

    Glawen entró en la cabina, se quitó la ropa y salió, descubriendo que Mutis le estaba esperando.

    Mutis señaló un taburete.

    —¡Siéntese!
    —¿Para qué?
    —Para que pueda eliminar de su cabeza ese criadero de piojos. Aquí vivimos en un estado de limpieza civilizada.
    —No quiero que me corten el pelo —replicó Glawen, conteniendo su rabia con un esfuerzo—. Cuando me vaya de aquí, no quiero parecer un fenómeno.
    —Siéntese.

    Mutis y Funo le cogieron por los brazos y le depositaron sobre el taburete.

    —Bien —dijo Mutis—. Estese quieto y no nos cause problemas, o irá a parar al nido de búhos, y de noche sopla un viento frío.
    —Haga lo que ordena —dijo Lilo—. Será lo mejor.

    Glawen se quedó inmóvil, jurando docenas de venganzas, mientras Mutis le cortaba el pelo con ruda eficacia.

    —¡Bien! —exclamó Mutis—. Quítese el taparrabos, o como quiera llamarle, y al baño.

    Glawen fue obligado a lavarse con un «fluido descontaminador» acre, después a ducharse con agua fría, y por fin recibió permiso para vestirse con la indumentaria propia del seminario, que seleccionó de los arcones.

    Mutis ya se había ido.

    —Ahora, le acompañaré a su habitación —dijo Lilo a Glawen—, para un período de meditación.
    —Un momento. —Glawen hizo un atado con sus antiguas ropas, que sujetó bajo el brazo. Lilo le miró sin hacer comentarios—. Vámonos.

    La joven le guió por el pasillo, mientras recitaba una lista de advertencias.

    —Durante un cierto tiempo, deberá abstenerse de ir a la ciudad o pasear por el campo. Deseche tales inclinaciones; recibirán una rotunda desaprobación.
    —No permaneceré aquí lo suficiente para experimentar la necesidad. Al menos, eso espero.

    Lilo habló con más rapidez.

    —En ese caso, no tendrá motivos para tratar de bajar la escalera, pues es extremadamente peligrosa.
    —No sólo parece peligrosa, sino ominosa.
    —¡Es muy observador! Recuerde que la vida es más fácil para el estudiante aplicado que para el vago. Está claro que no es del segundo tipo. ¿Me equivoco?
    —¡Soy un Clattuc, de la Casa Clattuc! ¿Responde eso a su pregunta?

    Lilo le miró de soslayo.

    —¿Qué es un Clattuc?
    —Ya quedará claro. Más pronto que tarde, espero.

    Lilo se quedó silenciosa un rato.

    —¿Ha viajado a lo largo y ancho de la Extensión? —preguntó después, en tono anhelante.
    —No tanto como quisiera. De hecho, sólo he estado en unos cuantos planetas del Manojo.
    —Viajar ha de ser interesante. Yo sólo conservo algunos recuerdos de la guardería, y después el seminario. —Se detuvo ante una puerta—. Ésta será su habitación. —Abrió la puerta y esperó. Glawen no se movió—. No ganará nada siendo inflexible. A Mutis le encanta la intransigencia.

    Glawen suspiró y entró en la habitación.

    —Hablaremos más tarde —dijo Lilo—. Me complace que la Ordene me haya elegido para ser su instructora. Por lo general, la tarea recae en Bayant o Hylas. En el ínterin, cerraré la puerta, para su comodidad y protección.
    —¿Protección contra qué?

    Lilo hizo un vago ademán.

    —A veces, cuando los estudiantes acaban su trabajo, esperan charlar con otros que tal vez prefieren descansar o meditar. Cerrando la puerta, le ahorraré esa molestia.

    La puerta se cerró. Glawen, abrumado de furia por la sensación de haber sido estafado, engañado y burlado, examinó la habitación. Las dimensiones eran convenientes: seis metros hasta la pared del fondo y una anchura de unos cuatro metros. Una estera de mimbre trenzado mitigaba el frío que desprendía el suelo de piedra. Las paredes eran de un color incierto, tirando a mate. Contra la pared del fondo, bajo una ventana alta, estaban apoyadas una mesa y una silla de madera. A la izquierda había un catre, y a la derecha, un ropero alto y una caja para guardar cosas. Una puerta permitía el acceso a un austero cuarto de baño.

    Glawen tiró su atado de ropas sobre el catre y se sentó en la silla.

    La habitación era fría; Glawen aún estaba medio entumecido de la ducha. Sus dientes empezaron a castañetear, un nuevo motivo de fastidio. Se levantó, agitó los brazos, paseó arriba y abajo, dio unos saltitos y se sintió mejor.

    Levantó la vista hacia la ventana. Un poste vertical dividía la abertura en dos mitades, demasiado estrechas para permitir la evasión. Cada segmento de cristal podía abrirse para proporcionar ventilación, en caso necesario. En este momento, los dos segmentos estaban cerrados contra el poste central vertical.

    Glawen se subió a la mesa y miró por la ventana. Divisó la estepa y el borde oriental de la ciudad, donde se alzaban algunas casitas destartaladas. No podía ver la Estrella de Zonk, pero a juzgar por la escasa luz y la longitud de las sombras, se aproximaba el crepúsculo. El autobús ya habría partido hacia Fexelburg, y él no iba a bordo, para su desgracia.

    Glawen se puso de puntillas y miró hacia abajo. La pared caía treinta metros en vertical hasta la ladera rocosa. Abrió una ventana y comprobó la rigidez del poste central. Empujó y tiró; el poste ni siquiera se movió. Cerró la ventana para que no entrara el frío viento. ¿Cuál había sido el comentario de Mutis? Algo acerca del «nido de búhos». Glawen se estremeció al pensarlo. Saltó de la mesa y volvió a sentarse en la silla. Suponiendo que Kirdy hubiera seguido las instrucciones con rapidez y eficacia, Glawen imaginaba que le rescatarían aquella misma noche, aunque lo más realista sería esperar al día siguiente.

    Glawen estiró las piernas y trató de sopesar las circunstancias. Era una aventura que nunca olvidaría. Lanzó un amago de risita irónica. El descaro de Zaa y sus acólitos era tan enorme que desafiaba a la lógica, incluso a la realidad. Utilizaban técnicas de control mental. Primero, destruir la confianza de la víctima en lo que consideraba las pautas normales de la existencia, y después, sustituir un sistema alterno que funcionaba bien. Deliberada o no, ésa parecía ser la táctica de Zaa.

    —No será uno de los casos de los que me sienta más orgulloso —dijo Glawen en voz alta.

    Otro problema acudió a su mente. Si había que creer a Zaa (¿por qué no?), había sido avisada por teléfono de su llegada. ¿Quién conocía sus planes? Kirdy, los inspectores Barch y Tanaquil, el juez Plock. ¿Por qué iba a traicionarle alguna de estas personas? El misterio era profundo.

    Glawen se frotó el mentón, con el fin de estimular su mente. Zaa le había tratado, pese a ser un agente de policía, con total indiferencia hacia las consecuencias. Estaba claro que no tenía miedo a la policía de Fexelburg. ¿Bastaba con decir que estaba en la Tierra de Lutwiler, donde la policía de Fexelburg carecía de jurisdicción, o había optado por no implicarse? Eso último era lo más probable.

    Se le ocurrió de súbito a Glawen que en ningún momento había recibido un trato violento. Le habían reducido mediante insinuaciones y sutiles amenazas, y ahora se encontraba encerrado en una habitación, con la cabeza afeitada. Se enderezó en la silla, tembloroso de vergüenza.

    Glawen apretó los dientes y se dijo «Lo hecho, hecho está. Me han enseñado un buen truco, cuando menos».

    Pero una sola pregunta era más insistente que las demás: ¿por qué?

    Advirtió que la habitación se había oscurecido. Subió a la silla y miró por la ventana. La noche había caído sobre la Tierra de Lutwiler. El Manojo de Mircea colgaba inclinado en el cielo. Glawen volvió a sentarse. No había visto ninguna fuente de luz o interruptor. Se dispuso a esperar.

    Transcurrieron diez minutos. Oyó un ruido en el pasillo y la puerta se abrió, dando paso a la esbelta silueta de Lilo.

    —¿No hay luz ni calor en esta habitación? —preguntó con frialdad Glawen.
    —Hay luz, desde luego.

    Lilo tocó un botón situado junto a la puerta, y franjas de luz dispuestas en el techo se encendieron.

    Lilo entró en la habitación. Cerró la puerta en silencio, con aire pensativo, y atravesó la estancia. Glawen vio que traía media docena de libros. Los dejó sobre la mesa, sin abandonar aquel aire de abstracción, Glawen contempló en silencio como alineaba los libros en la parte posterior de la mesa. Al notar el estado de ánimo alterado de Glawen, Lilo volvió la cabeza y le estudió con atención.

    —He traído textos que va a necesitar. Como ya sabe, soy su instructora, al menos durante un tiempo. Usted llevará a cabo el trabajo más importante, desde luego; así se hacen los auténticos progresos. Los textos son áridos, pero hay que someterlos a un estudio minucioso.
    —No me interesa en absoluto la Monomántica —replicó en tono glacial Glawen.
    —Su interés aumentará, cuando descubra las ventajas del estudio. Bien, vamos a empezar, para que no piensen que somos unos vagos.

    Lilo escogió un libro y se dejó caer en el catre con felina delicadeza.

    —Esto es el Índice de los Primeros. Hay que aprenderlos de memoria, aunque su significado no quede muy claro al principio. Se los voy a leer, y ha de escucharme con toda atención, para recibir su fuerza y su sonido, aunque no entienda nada. «Uno: la Dualidad es la materia de que están hechas la rutina y la abrasión. Se fundirá con la Unidad. Dos…».

    Glawen la miró con ojos entornados mientras leía, y se preguntó qué avatares del destino la habrían traído al seminario del Pico de Pogan. Era un ser bienintencionado, pensó, con más ternura y compasión de las necesarias. Ella le dirigió una veloz mirada.

    —¿Me está escuchando?
    —Por supuesto. Tienes una voz muy tranquilizadora. Es lo único agradable que he encontrado aquí.

    Lilo desvió la vista.

    —No debería pensar en esos términos —le dijo con severidad. Glawen comprendió que no estaba disgustada. Lilo prosiguió—: Ya ha oído el Índice, que repetiré cada día hasta que se lo haya aprendido por completo. Ahora, volvamos a nuestros estudios. Aquí, en letra verde, están los Preceptos, Laterales y Fluxiones, y en el mismo volumen, pero impresos al revés en rojo, están los Terminadores Útiles. Son inmensamente importantes, pero de momento será mejor que empiece con Hechos y Primordiales, que proporcionan una base comprensible para lo que viene después. Además, por supuesto, tiene los Conceptos Primarios. —Tendió el libro a Glawen—. Eso debe ser lo primero.

    Glawen ojeó las páginas.

    —Parece difícil… Muy lejos de mi comprensión, si me interesara, que no es el caso.
    —El interés aparecerá. La Sintoraxis, en esencia, es una progresión de axiomas, y cada uno deriva de la así llamada Verdad Fundamental. Grosso modo, la Verdad dicta la unidad de todas las cosas. La Verdad Fundamental es un nodo de fuerza intelectual, una sustancia conocida como sthurre. Alcanzar la cima es difícil, pero posible. Nada debe enturbiar la claridad de nuestra visión. El Pico de Pogan, en la Tierra de Lutwiler, es el entorno correcto. No hay nada que pueda impedir nuestro progreso. El seminario carece de distracciones; no es ni severo ni agradable…
    —Pero frío.

    Lilo no le hizo caso.

    —… no permite que nada nos distraiga, especialmente la absurda delectación en frivolidades pasajeras. Es posible hacer caso omiso del dolor, pero el placer es más insidioso.
    —Y mucho más agradable, ¿no crees?

    Lilo apretó los labios.

    —La idea carece de valor y consecuencias.
    —Tal vez para Mutis y Zaa, pero no para mí. Lamento haberme perdido placeres, pero no me paro a pensar ni un momento en el dolor que no he sufrido.
    —¡No sea impertinente! —le reprendió Lilo—. Tales ideas son debilitadoras y perturban el fluido de la lógica. Como el Primero nos dice, los impulsos erráticos de la evolución han causado anomalías que hemos intentado corregir. Nuestra meta es la imposición del orden en el caos. ¿Recuerda «Tres» en el Índice? ¡La Unidad es la Pureza! ¡La energía es la dirección! ¡Dualidad es colisión, desorden y estasis!

    Glawen, algo divertido, estudió las facciones de Lilo, que, al igual que las de Zaa, eran finas, delicadas y acentuadas por grandes ojos oscuros.

    —¿Se han grabado firmemente esas ideas en su mente? —preguntó Lilo.
    —Por completo.
    —La Dualidad es a la unidad lógica lo que la muerte a la vida. El capítulo «Opuestos y Oportunos» analiza el tema a grandes rasgos y es adecuado a las necesidades del principiante.
    —¿Qué quieres decir por «Dualidad»?
    —¡Tendría que comprenderlo! La Dualidad es el origen del Gran Cisma que nos apartó de la Polimántica. En cualquier caso, estaba dominada por los elementos masculinos, que de nuevo provocaron polaridades. En la Fórmula Progresiva, que nosotros abrazamos, la polarización sexual se ignora o evita.
    —¿Y tú qué opinas?
    —No es necesario que yo piense. El Credo Monomántico es correcto.
    —Pero ¿qué sientes, a nivel personal?

    Lilo volvió a apretar los labios.

    —Jamás he pensado en analizar el tema. La introspección no es una ocupación productiva.
    —Entiendo.

    Lilo le miró de reojo.

    —¿Y usted?
    —Me gusta la Dualidad.

    Lilo meneó la cabeza en señal de desaprobación, aunque insinuó una sonrisa.

    —Lo sospechaba. Ha de aceptar la Unidad. —Le dirigió otra rápida mirada—. ¿Por qué me mira así?
    —Me pregunto cómo piensas en ti. ¿Hembra? ¿Macho? ¿Unificada? ¿Tipo desconocido? ¿O qué?

    Lilo miró al otro lado de la habitación.

    —Esas ideas no se consideran adecuadas para la discusión. Una evolución irracional nos ha castigado con el dualismo, pero lo dejamos a un lado con la fuerza de nuestra filosofía.
    —No has contestado a mi pregunta.

    Lilo bajó la vista hacia el Índice.

    —¿Cómo me ve usted?
    —Como una hembra.

    Lilo asintió a regañadientes.

    —Fisiológicamente, soy una hembra, es cierto.
    —Si te dejaras crecer el pelo, hasta serías bonita.
    —¡Qué cosas más raras dice! Significaría una Dualidad consciente.

    Glawen, impulsado a partes iguales por travesura, malicia e irresponsable galantería Clattuc, se sentó en el catre junto a Lilo. Ella le miró con ojos asombrados.

    —¿Por qué ha hecho eso?
    —Para que podamos estudiar Dualidad juntos y aprender su funcionamiento. Es mucho más interesante que la Monomántica.

    Lilo fue a sentarse en la silla.

    —¡Es la sugerencia más extraordinaria que he oído en mi vida!
    —¿Te interesa?
    —Por supuesto que no. Debemos concentrar toda nuestra atención en lo que está preceptuado. —Sonó una nota musical—. Es hora de cenar. Venga, iremos juntos.

    En el refectorio les sirvieron pan, judías y verduras hervidas. Se sentaron a una larga mesa. Unos treinta miembros de la orden estaban encorvados sobre sus platos.

    —¿Alguno de éstos es amigo tuyo? —preguntó Glawen a Lilo.
    —Nos amamos los unos a los otros y a toda la humanidad con idéntico fervor. Usted ha de hacer lo mismo.
    —Considero difícil amar a Mutis.
    —A veces, Mutis propende a la arbitrariedad.
    —Y sin embargo, ¿le amas?
    —Todos nosotros debemos aportar nuestro grano de amor universal.
    —¿Por qué desperdiciarlo en gente como Mutis?
    —¡Ssssh! ¡Silencio! Es una persona muy ruidosa. En el refectorio, la regla es el silencio. Muchos de nosotros aprovechamos este tiempo para reflexionar, o para clarificar alguna paradoja aparente, y nadie quiere ser molestado.
    —Lo siento.

    Lilo miró el plato de Glawen.

    —¿Por qué no come?
    —La comida me da asco. Las judías están podridas y las verduras están quemadas.
    —Si no come, pasará hambre.
    —Mejor hambriento que enfermo.
    —Vámonos. Es absurdo estar aquí sin hacer nada.

    De nuevo en la habitación, Lilo se sentó recatadamente en la silla, mientras Glawen lo hacía en el catre.

    —Ahora, deberíamos hablar de los Primordiales —dijo la joven.
    —Hablemos de algo más interesante —contestó Glawen—. ¿Qué servicios espera de mí Zaa?

    Lilo agitó la mano con nerviosismo.

    —No osaría aventurar una opinión.
    —¿Quién la telefoneó para decirle que yo venía?
    —No lo sé. Ahora, en relación con los libros, los dejaré a su disposición. Como son valiosos, me han ordenado que extienda un recibo. —Lilo se levantó y le tendió una hoja de papel—. Ha de poner su símbolo y su nombre.

    Glawen desechó el papel con un ademán.

    —Llévate los libros. No los quiero.
    —Pero son indispensables para sus estudios.
    —Esta pantomima ha de acabar, y cuanto antes mejor. Soy el capitán Glawen Clattuc, agente de policía. Llevo a cabo una investigación. Cuando termine mis pesquisas, pienso marcharme.

    Lilo permaneció unos instantes contemplando el recibo con el ceño fruncido.

    —De todos modos, ha de firmar este papel. Así lo ha ordenado Zaa.
    —Lee lo que está escrito en el recibo.

    Lilo leyó el documento con voz vacilante.

    —«Yo, Glawen, he recibido seis libros, cuyo título se adjunta». —Lilo leyó los títulos—. «Los utilizaré con cuidado y diligencia, tal como es preciso para mis estudios. Pagaré los derechos de costumbre por su utilización al Instituto Monomántico, y también un recargo razonable por el sustento, el alojamiento y demás».
    —Dame la pluma —pidió Glawen.

    Al final de la página escribió: «Yo, Glawen Clattuc, de la Casa Clattuc, Estación Araminta (Cadwal), capitán de la policía y afiliado a la CCPI, no pagaré nada. Estoy aquí en calidad de agente de policía, y me marcharé lo antes posible. Cualquier reclamación sobre el impago deberá trasladarse a la oficina de la CCPI en Fexelburg».

    Glawen devolvió el papel a Lilo.

    —Llévate los libros. No pienso usarlos.

    Lilo cogió los libros y se encaminó a la puerta. Glawen dio un salto y le cerró el paso.

    —Olvídate de cerrar con llave. Como no estoy estudiando, me arriesgaré a que me distraigan.

    Lilo salió poco a poco al pasillo, donde se detuvo para mirarle con expresión preocupada.

    —Es mejor que cierre la puerta con llave —dijo por fin.
    —No me gusta. Me hace sentirme como un prisionero.
    —Es por su comodidad y seguridad.
    —Correré el riesgo.

    Lilo se alejó por el pasillo. Glawen observó que bajaba por la supuesta escalera peligrosa. Estuvo tentado de seguirla, pero decidió no precipitar un enfrentamiento. Que Plock se las entendiera con estos extraordinarios personajes.

    Por otra parte, tomar precauciones no podía perjudicarle. Miró a ambos lados del pasillo y no vio a nadie. Corrió hacia el cuarto donde Mutis le había cortado el pelo. De un estante cogió seis sábanas limpias, y fue hasta la puerta. Examinó una vez más el pasillo. Seguía desierto. Volvió a su habitación con la misma rapidez de antes. Se puso de pie sobre la silla y dejó las sábanas sobre lo alto del ropero, donde nadie pudiera verlas. Tras pensarlo un momento, también ocultó el fardo que había hecho con sus ropas.

    Pasó media hora. Mutis abrió la puerta y entró en la habitación.

    —Acompáñame.
    —¿Es que no tienes educación? —preguntó Glawen con frialdad—. ¡Llama a la puerta antes de entrar!

    Mutis le miró sin comprender y movió su enorme mano.

    —Vamos.
    —¿Adónde?

    Mutis frunció el ceño y avanzó.

    —¿He de expresarme con más claridad? La palabra es «Vamos».

    Glawen se puso lentamente en pie. Mutis parecía estar de muy mal humor.

    —¡Deprisa! —gruñó Mutis—. No me hagas esperar. Hasta el momento, has salido bien librado.

    Glawen salió de la habitación. Mutis le empujó.

    —¿No he dicho que te des prisa?

    Hundió el puño en los riñones de Glawen. Éste le propinó un codazo en el cuello. Se volvió y vio que la cara de facciones pequeñas se retorcía, hasta que la boca formó un diminuto círculo sonrosado. Mutis se lanzó hacia adelante. Glawen intentó esquivarle, pero tardó demasiado; Mutis le derribó al suelo. Glawen rodó y pateó, alcanzando a Mutis en la oreja. Se puso en pie de un salto y esperó, jadeante, pero el pasillo ya se había transformado en una confusión de siluetas encapuchadas, vestidas con aleteantes hábitos grises. Manos anónimas sujetaron a Glawen y le taparon los ojos con la capucha, para cegarle. Oyó que Mutis farfullaba algo, furioso, y un arrastrar de pies, como si Mutis intentara abalanzarse sobre él.

    Glawen fue bajado en volandas por dos tramos de escalones. Se produjo una nueva confusión, exclamaciones y preguntas. Mutis dio por fin hoscas instrucciones.

    —Al lugar antiguo. Éstas han sido las órdenes.

    Glawen oyó murmullos de duda y comentarios en voz baja que no entendió. Intentó zafarse de las manos que le aferraban para levantarse la capucha, pero sin éxito.

    —Ahora, yo me ocuparé de él —dijo Mutis—. Es dócil; no necesitaré más ayuda.
    —Es rápido y fuerte —dijo una voz áspera junto al oído de Glawen—. Te acompañaremos para evitar violencias.
    —¡Bah! —gruñó Mutis.

    Glawen fue conducido por un pasillo que olía a piedra húmeda, amoníaco y un curioso aroma, como de hongos aplastados. Oyó un crujido y un roce, y le empujaron hacia adelante.

    Las manos le soltaron. Oyó de nuevo el crujido y el roce, el golpe sordo de la puerta al cerrarse, y luego el silencio.

    Glawen apartó la capucha de su cara. No vio nada. Se encontraba en la más absoluta oscuridad.

    Al cabo de un momento, Glawen retrocedió hacia la puerta y encontró la pared. Los ecos, o quizá otra sutil percepción, le informaron de que estaba a un lado de una amplia habitación, un lugar subterráneo, a juzgar por el olor a piedra húmeda. El único sonido que se oía era el suave murmullo del agua al correr.

    Glawen permaneció inmóvil cinco minutos, intentando recobrar lo poco que le quedaba de serenidad.

    —Da la impresión de que he cometido varias equivocaciones —dijo en voz alta—. Vamos de mal en peor.

    Notó la pared detrás de él y palpó roca natural, irregular, húmeda y con olor a tierra. Al parecer, se encontraba en pleno corazón del Pico de Pogan.

    Inició una cautelosa exploración, tanteando el suelo a medida que avanzaba, para no caer por el borde de un abismo, un truco que cabía esperar de los Monománticos, de modo que cuando Plock fuera en su busca, la Ordene Zaa diría, en un tono de inocencia ofendida: «¿El loco capitán Clattuc? ¡No pudimos detenerle! Entró en una cueva y cayó al abismo. Nosotros no tuvimos nada que ver».

    Pero no había ningún precipicio. El piso parecía llano. Glawen se alejó diez pasos a la izquierda de la puerta, regresó y avanzó otros diez pasos a la derecha. La curvatura aparente de la pared, en el supuesto de que la cámara fuera circular, indicaba un diámetro de unos dieciocho metros. La circunferencia mediría, más o menos, sesenta metros. Glawen volvió a la puerta y se dispuso a esperar. Tarde o temprano, alguien acudiría para interesarse por sus necesidades. O tal vez no…, nunca. Se preguntó si éste era el destino de los turistas desaparecidos, que habían buscado con demasiado empeño la tumba de Zonk. La idea era deprimente. Había propinado una patada a Mutis en la oreja, pero eso no bastaba para morir feliz.

    Pasó media hora. Glawen se cansó de estar apoyado contra la pared y se sentó en el suelo. Los ojos se le fueron cerrando y, pese al frío de la piedra, empezó a dormitar.

    Se despertó. Habían transcurrido varias horas, como mínimo. Se sentía aterido, incómodo y desdichado. Tenía la boca desagradablemente seca. Aguzó el oído. No oyó nada, salvo el chapoteo del agua, que procedía de su derecha. Se puso en pie y tanteó en busca de la puerta. Se le ocurrió una idea: ¡quizá no la habían cerrado con llave! Menuda broma irónica para gastar al policía forastero, encerrarle en una mazmorra y dejar que se muriera de hambre…, tras una puerta abierta.

    Forcejeó con la puerta, que resistió todas sus tentativas. Tanteó la hoja y alrededor del marco, pero no encontró pestillos, goznes ni cadenas. Se apartó y la golpeó con el hombro. La puerta ni siquiera se movió. Glawen emitió un gruñido de decepción.

    Pasó una hora, quizá dos, imposible saberlo. En cualquier caso, la espera se le estaba haciendo insoportable, y las circunstancias no mejorarían durante aquella larga noche. Permanecería encerrado hasta la mañana siguiente, mientras todo el mundo descansaba en sus calientes camas.

    Exhaló un suspiro y se serenó. En este momento, enfurecerse no servía de nada.

    La sed le torturaba. Sin abandonar en ningún momento el contacto con la pared, gateó hacia la derecha, y al cabo de veinte metros se topó con un hilillo de agua. Recogió un poco juntando las manos y la probó. El agua era rica en minerales, apenas potable.

    Bebió un poco más, lo suficiente para calmar su sed, se puso en pie, tanteó la pared y regresó a la puerta.

    Transcurrió un período de tiempo indefinido. Glawen se sentó junto a la puerta, la mente embotada.

    Captó un ruido en lo alto de la pared. Levantó la vista. El ruido se repitió. Lo identificó como el chirrido de una puerta al girar sobre goznes secos. A continuación, apareció una rendija de luz, que reveló los contornos de una galería, a seis metros por encima del suelo.

    Una silueta vestida de blanco se recortó en la galería. Portaba una lámpara. Glawen permaneció inmóvil. El juego de luces y sombras confundía su percepción. Sólo experimentó un pasivo interés por la persona que había venido a inspeccionar la cámara.

    El recién llegado encajó la lámpara en una cavidad y, con un veloz movimiento, echó hacia atrás la capucha. A la luz amarilla de la lámpara, Glawen vio un rostro enjuto, de grandes ojos oscuros, una mata de cabello cobrizo y unas facciones bellas y bien definidas. El pelo se pegaba a la cara como un casco de cobre, cubría casi las orejas, se apretaba contra la frente y descendía en rizos por la nuca. Glawen descubrió sin gran sorpresa que se trataba de la Ordene Zaa. Su vestido era de una tela más fina que el que había llevado antes, y se ajustaba a su cuerpo con bastante más gracia.

    Zaa miró a Glawen con expresión inescrutable. Habló en tono desenvuelto, casi frívolo.

    —Con gran habilidad, se ha metido en un buen lío.

    Glawen contestó con calma.

    —Mi conducta ha sido correcta en todo momento. Es usted quien me ha metido en este lío, por razones que escapan a mi comprensión.

    Zaa meneó la cabeza.

    —En términos de la realidad local, mi conducta es correcta. La suya se basa en teorías ingenuas; ya se ha demostrado inútil.
    —No tengo ganas de discutir. Daría la impresión de que me estoy lamentando.

    Zaa le contempló, divertida.

    —Da la impresión de que posee una serenidad desacostumbrada.

    Glawen se dio cuenta de que Zaa estaba jugando con él como un gato con un ratón, y no hizo ningún comentario.

    —¿Se debe a una predisposición estoica? —Le azuzó Zaa—, ¿o a una firme filosofía de complicados componentes?
    —No lo sé. Soy poco propenso a la introspección. Quizá me haya quedado atontado.
    —Qué pena. Si Mutis tiene un defecto, es que no olvida fácilmente, y la cabeza todavía le da vueltas de la patada que usted le dio. Pero no nos demoremos en errores del pasado; hay que mirar hacia el futuro. ¿Qué opina?
    —Digo que me dé la información y me iré de este tenebroso lugar sin más dilación, sin mirar ni un momento atrás. Es la alternativa más sensata para usted.

    Zaa sonrió.

    —Sólo desde su punto de vista.
    —Y también desde el suyo. Si hostiga a un agente de policía, se meterá en problemas.
    —Olvida que estamos en la Tierra de Lutwiler. Carece de autoridad aquí.
    —La CCPI no opina lo mismo.
    —No deje que esa teoría influya en su proceder. Yo mando en el seminario; tal es la naturaleza de la Verdad local. Debe acceder a mis propósitos, no yo a los suyos. Si no lo entiende, está claro que necesita una terapia cerebral.
    —La he comprendido perfectamente. No necesito ninguna terapia.
    —Aún no estoy convencida del todo, tras escuchar los testimonios de Mutis y Lilo. En un caso, usted lanzó insinuaciones eróticas…
    —¿Cómo? ¡Yo no he hecho nada por el estilo!
    —… y en el otro se mostró brutalmente violento e hizo daño a Mutis, cuya oreja aún le duele.
    —¡Esas acusaciones son absurdas!

    Zaa se encogió de hombros.

    —Los indicios son suficientes. Mutis le ha descrito como un ser intratable. Lilo se siente perturbada por sus tácticas, y se pregunta en qué se ha equivocado.

    Glawen forzó una carcajada.

    —Yo le contaré la verdad. Mutis me golpeó en la espalda antes de que yo me revolviera. Me provocó, siguiendo probablemente sus órdenes. En cuanto a Lilo, quizá me pasé de galante, empujado por el aburrimiento, sólo para dar un poco de alegría a mi vida. Mi conducta no fue lasciva, desde luego. La obsesión sexual está en la cabeza de la muchacha, no en la mía.

    Zaa volvió a encogerse de hombros.

    —Es posible, ¿por qué no? Usted es fuerte y seguro de sí mismo. Una joven impresionable podría encontrarle atractivo. —Zaa paseó la vista por la cámara—. Estos aposentos no son lujosos, pero sí baratos; gratuitos, de hecho. Como insiste en no pagar nada por el alojamiento, esta cueva le bastará.
    —Pagaría si me hubiera quedado aquí voluntariamente, pero no es el caso. Estoy prisionero.
    —¿Ha olvidado nuestro contrato?
    —¿Contrato? Los términos eran tan vagos como absurdos. Ningún contrato tiene validez entre un prisionero y su carcelero.

    Zaa rió. Un leve tintineo, como campanillas movidas por la brisa.

    —En la Tierra de Lutwiler, esos contratos poseen una validez peculiar y particular, sobre todo en relación con los deberes del cautivo.

    Glawen no dijo nada. Zaa prosiguió.

    —¿Recuerda nuestro acuerdo?
    —Usted ofreció proporcionarme información a cambio de ciertos servicios no especificados, trato al cual yo no accedí. Después, intentó enseñarme Sintoraxis Monomántica, como condición inexcusable. Un buen chiste, pero ¿no se da cuenta de que ya no me tomo en serio ni a usted ni el contrato?
    —Es un error. Debe tomar en serio el acuerdo.
    —En ese caso, sugiero algo. Sáqueme de este agujero, deme la información que necesito, y explique qué desea de mí. Si puedo hacerlo, y no se trata de nada delictivo, inmoral, perjudicial, pernicioso, ni ignominioso, que no exija mucho tiempo ni muchos gastos, lo haré.

    Zaa reflexionó.

    —Una propuesta desarmantemente sencilla.
    —Me alegro de que le guste.
    —¡Ay! Me preocupa menos su felicidad que su sinceridad.

    Glawen meditó en sus palabras.

    —Soy sincero en lo tocante a mis compromisos.
    —Ummm. Tal vez sí, pero debo estar segura. Casi tengo miedo de ponerle a prueba. Un momento; hablaremos del tema más en profundidad.

    Zaa desapareció de la galería y la puerta se cerró. Pocos momentos después, la puerta de la cámara se abrió. Zaa entró y la cerró a su espalda.

    —Es más fácil hablar aquí.
    —Cierto.

    La tela del vestido blanco de Zaa era transparente. El ser epiceno que Glawen había conocido antes se había metamorfoseado. A la luz de la lámpara, sus facciones bien marcadas adquirían una sutil delicadeza. El casquete de cabello cobrizo dotaba a su cara de un aire provocativo; sus ojos oscuros eran tiernos y luminosos. Percibió un tenue aroma a perfume.

    Zaa examinó la cámara con una vaga expresión.

    —¿Se ha familiarizado ya con este lugar?
    —¿A oscuras? Soy un Clattuc, pero no estoy loco.
    —Mire a su alrededor. Es un hueco en el mismísimo corazón del Pico.
    —Un lugar tenebroso, desde luego.
    —Fíjese en aquel tablado. Encima hay una colchoneta y una manta, que los visitantes pueden utilizar a modo de cama.
    —¿Cuánto hay que pagar?
    —Nada. Puede pernoctar gratis donde Zab Zonk yace en su catafalco de jade blanco, bajo cortinas festoneadas de adularías y perlas.
    —Un alojamiento muy curioso para huéspedes indigentes.
    —¿Eso piensa?
    —La atmósfera es pintoresca, aunque un poco macabra. El mobiliario, mínimo.

    Zaa paseó la mirada por la cámara.

    —Es austero, sin duda. Las comodidades son caras.

    Glawen hizo caso omiso de la observación.

    —¿Los fexels saben que han encontrado la tumba?

    Zaa estiró los brazos lánguidamente a ambos lados y miró a Glawen por encima del hombro. Glawen la contempló, fascinado.

    —Por supuesto —contestó Zaa—. ¿Por qué cree que nos complacen en todo momento y soportan nuestros caprichos? Porque miles de turistas gastan fortunas recorriendo las estepas, con la esperanza de descubrir la tumba. Nosotros guardamos el secreto y los fexels nos dejan en paz.

    Glawen miró hacia el tablado con aire pensativo. Era extraño que le hubieran confiado de una forma tan indiferente aquel valioso secreto. Zaa ni siquiera le había sugerido discreción. ¿Cómo podía estar segura de que callaría esa sensacional información, una vez se marchara del Pico? Confiaba en su buena fe, sin duda. ¡Muy notable! Zaa no parecía una mujer confiada. Otras ideas pasaron por la cabeza de Glawen, pero prefirió desecharlas.

    —¿Qué hay del fabuloso tesoro? —preguntó.
    —El catafalco estaba destrozado. No pudimos encontrar ni los huesos de Zonk. No había tal tesoro. —Zaa se volvió y cruzó a paso lento la cámara. Se detuvo y miró hacia atrás—. ¿Viene?

    Glawen la siguió, con la sensación de estar caminando en un sueño. Grandes acontecimientos se avecinaban. ¿Cuál sería su importancia? Lo ignoraba. Su mente procuró erradicar todo pensamiento.

    Zaa se detuvo junto al hilillo de agua que atravesaba el suelo. Miró a Glawen.

    —¿Se ha fijado en este riachuelo?
    —Sí. Corrí el riesgo de que estuviera comunicado con sus sumideros y hasta llegué a probar el agua.

    Zaa asintió con gravedad.

    —El agua contiene gran cantidad de minerales, pero es potable. Fíjese como el agua desaparece por un túnel. Otras personas, aún más afligidas por desórdenes mentales que usted, pensaron en abreviar su terapia reptando por el hueco. No es un buen plan. El túnel se estrecha y el aventurero no puede regresar. Si consigue pasar del tramo más estrecho, se precipita en un pozo oscuro y profundo. El agua está fría, y al cabo de pocos momentos de chapotear, se hunde y sus tejidos se impregnan con suma rapidez de minerales. Se dice que, en una ocasión, una persona muy flaca reptó por el túnel atada al extremo de una cuerda, en busca del tesoro. No encontró nada de valor, pero cuando iluminó el pozo con su lámpara, vio diversos huesos blancos en el fondo, dispuestos en distintas posturas. Algunos de aquellos fósiles databan de la época de Zab Zonk. Hasta es posible que uno de ellos sea el propio Zonk, pero nunca nos hemos molestado en comprobarlo.
    —El pozo sería una estupenda atracción turística —dijo Glawen en voz baja.
    —Ya lo creo, pero no queremos saber nada de turistas. El desorden, los ruidos y la basura que esparcirían acabarían con nuestra paciencia. La tumba nunca cambiará, ni tampoco el pozo. Imagine: dentro de un millón de años, es posible que exploradores de alguna raza alienígena encuentren el pozo. Piense en su asombro cuando vean lo que hay en el agua.

    Glawen volvió la cabeza hacia el túnel.

    —Una idea interesante.
    —Pues sí. Aquí, en la tumba, se nota el paso del tiempo. En el silencio, a menudo creo oír el murmullo de esas voces del futuro, mientras exploran la tumba. —Zaa desechó el tema con un aleteo de los dedos—. Pero eso no debe preocuparnos. Vivimos en el presente. Estamos vivos. Somos conscientes. Mandamos en nuestros destinos. Conducimos nuestros mundos personales por el universo como si fueran grandes carros.
    —Me sorprende que me haya confiado tanta información —dijo Glawen al cabo de un momento, con algo más de cautela—, sobre todo en lo tocante a Zonk y su tumba.
    —¿Por qué no? ¡Información es lo que ha venido a buscar! ¿No es cierto?
    —Sí, pero…

    Zaa se acercó al tablado. Se sentó en el borde y miró a Glawen.

    —Pero ¿qué?
    —Nada en concreto.
    —Si no se sienta, tendré que levantarme. No puedo hablar con la cabeza echada hacia atrás.

    Glawen se sentó a una discreta distancia, y examinó a Zaa por el rabillo del ojo. La luz de la lámpara empañaba sus facciones y dotaba a su rostro de un extraño encanto.

    —Como ya le he dicho —habló en voz baja Zaa—, Lilo está convencida de que usted está poseído por un desenfrenado e inmoderado erotismo, como si rezumara lascivia, podríamos decir.
    —Las esperanzas o temores de Lilo, llámelo como quiera, superan la realidad por un factor de cincuenta a uno. Se excita demasiado, y se convierte en víctima de sus fantasías. Por otra parte, si los únicos hombres que ve son animales como Mutis y Funo, sus anhelos son lógicos.
    —Ocurre que Funo es una mujer.
    —¡Cómo! ¿Lo dice en serio?
    —Por supuesto.
    —¡Ja! Me extraña que la pobre Lilo siga cuerda.
    —¿Considera a Lilo sexualmente estimulante?

    Glawen frunció el ceño. La situación empezaba a ofrecer delicadas posibilidades. El tiempo era un factor importante. A estas alturas, Plock ya habría recibido el mensaje, y su rescate no tardaría en producirse.

    Entretanto, Zaa parecía relajada, incluso inclinada a proporcionarle más información. Si explotaba su galantería al máximo, se relajaría más que nunca. Glawen se encogió. Zaa parecía menos grotesca y más humana que antes, pero algo en ella sugería a un reptil blanco, un lagarto andante, un tritón de piel blanca y cabello rojo. Glawen volvió a encogerse. Debía expulsar tales ideas de su mente. Si Zaa las intuía, adoptaría una actitud no sólo fría, sino desdeñosa.

    Todo eso pasó por la mente de Glawen en apenas dos segundos. ¿Qué había preguntado? ¿Si consideraba a Lilo sexualmente estimulante?

    —Seré absolutamente sincero —dijo—. Las mujeres estimulan a los hombres de muchas maneras, como ya sabrá.
    —Nunca me he tomado la molestia de estudiar el tema.
    —Bien, es cierto. En el caso de Lilo, el hábito gris rellena su figura, que necesita toda la ayuda posible. Su cráneo afeitado es muy poco atractivo, y he visto cadáveres de color más saludable. Como puntos positivos, tiene bonitas facciones y hermosos ojos. Sus movimientos son graciosos, y su carácter es muy agradable. Ahora que lo pienso, me cuesta creer que la alarmara. Mis atenciones parecieron devolverla a la vida.
    —Es posible que esos sentimientos la perturbaran, provocando culpa y confusión al mismo tiempo, que atribuyó a usted y exageró, a mi modo de ver. ¿Así que la encuentra sosa?
    —Sosa, recatada, resuelta, lo que sea. Si llevara el pelo largo, vistiera bien y su piel tuviera mejor color, sería pasablemente atractiva.
    —Interesante. Por lo tanto, ¿la considera poco atractiva?

    Glawen midió sus palabras.

    —Los hombres del espacio se topan con toda clase de mujeres. Les he oído decir que, de noche, todos los gatos son pardos.

    Zaa asintió con aire pensativo.

    —Lilo es totalmente inocente, por supuesto. Hasta hoy, su vida ha sido monomántica y unificada, y por ciertos motivos estamos interesados en su reacción instintiva a la proximidad de un hombre atractivo como usted.
    —Por eso es mi instructora.
    —En parte.
    —No debo de ser el primer hombre que conoce.

    Zaa lanzó una triste carcajada.

    —Ya veo que deberé explicarme. La meta de los Monománticos es la Unidad. Los Polimánticos aceptaban la Dualidad, pero estaban dominados por los masculinos. La rebelión monomántica fue dirigida por hembras heroicas, empeñadas en la igualdad sexual, y que tenían como objetivo crear una raza en que la sexualidad no fuera una fuerza coactiva. Se hicieron muchos experimentos en los talleres biológicos de Strock, pero los esfuerzos fueron en vano. Los zubenitas de la Tierra de Lutwiler se consideraron al principio un glorioso éxito, porque se demostraron, en parte, interfértiles. La Dualidad había sido lograda, hasta este punto. Hemos perfeccionado la Monomántica en muchos aspectos. La doctrina afirma que «hombre» y «mujer» son palabras arcaicas y, en esencia, accesorias. Mutis es un hombre; Funo es una mujer. Es posible que ni siquiera sean conscientes de sus diferencias, que no son funcionales. Mutis es impotente; Funo no produce óvulos. Los zubenitas son así. Su supervivencia como raza es incierta.

    Glawen calló sus opiniones.

    —De todos modos, nuestros esfuerzos han alcanzado un éxito teórico. La Dualidad ha sido desacreditada y relegada. Ya no puede ser considerada una filosofía inspiradora. ¿Está de acuerdo?
    —Nunca he tomado postura al respecto.
    —Ahora, la Unidad es la norma. Hombres y mujeres son iguales en todos los aspectos. Las mujeres han sido liberadas de la antigua maldición de la maternidad. Por su parte, los hombres ya no padecen los apremios glandulares que desviaban sus energías y, en ocasiones, les empujaban a galanteos ilógicos. ¿Qué opina?
    —Es un punto de vista muy interesante —contestó con cautela Glawen—. No tengo la menor dificultad con mis glándulas, y ninguna inclinación hacia la Unidad, desde luego.

    Zaa sonrió.

    —Debo informarle de que una nueva teoría ha ganado enconados adeptos, entre ellos yo. Los zubenitas ya no son satisfactorios. No copulan, por una razón u otra, y la población desaparecerá, a menos que se traigan jóvenes de Strock.
    —Lilo no parece la típica mujer zubenita…, ni usted tampoco, a propósito.
    —La historia de Lilo es muy interesante. Para facilitar nuestro trabajo en Strock, trajimos a un joven genetista de Alfanor, muy a pesar suyo. Por puro aburrimiento, empezó a realizar experimentos secretos. Al parecer, en el caso de Lilo utilizó un óvulo de gran calidad y su propio esperma. La crió en un caldo de cultivo especial. El cigoto fue alimentado en una cuba aparte, sin inhibidores o supresores de hormonas, y con sustancias nutritivas especiales. En su trabajo habitual, por culpa de su resentimiento y falta de entusiasmo, descuidó sus deberes y produjo un millar de seres con un solo ojo, una sola pierna, lunares azules y enormes órganos genitales, que él consideró una broma divertida. En otro tanque, estropeó tres docenas de óvulos de primera calidad al fertilizarlos con el esperma de un mapache que tenía a mano. La broma no se detectó hasta que les empezaron a crecer colas a los bebés. Se descubrió la verdad y el genetista fue despedido sin contemplaciones.

    »Lilo estuvo a punto de sufrir la misma suerte de los teratoides, pero alguien observó que su desarrollo seguía pautas más convencionales, y por eso sobrevivió, aunque nunca supimos por qué había salido tan bien, pues el genetista ya no estaba vivo.

    —Un relato fascinante.
    —Y ahora, Lilo es similar a una hembra de la antigua Dualidad. Para no turbarla, le hemos ocultado esta información. Por lo visto, se ha enterado por otros conductos.
    —Dejando eso de lado, mi primera preocupación soy yo. ¿Hasta cuándo pretende tenerme confinado en esta ratonera?
    —Ya veo que deberé ser totalmente sincera. En nuestros esfuerzos por extirpar la Dualidad, nos hemos pasado, como ya sabe. Podemos producir zubenitas a voluntad, pero tienen muchas características negativas y son necesarios algunos cambios. ¿Hemos de rectificar la Monomántica y correr el riesgo de una nueva sexualidad? La teoría que le he mencionado insinúa que tal vez sea necesario, por la naturaleza intrínseca del protoplasma. De Strock sólo llegan noticias decepcionantes. Los procesos están fracasando. Los cigotos mueren con más rapidez de la que tardan en producirse; las crías son enfermizas y anormales.

    »Para sobrevivir, todo indica que deberemos volver a las técnicas primitivas. Pero ¿cómo? Los hombres son como Mutis, no aptos para la tarea, mientras que las mujeres son como Funo. Sólo de pensar en ello, sufren convulsiones.
    »Bien, no es cierto en todos los casos. Algunas mujeres ovulan, y son receptivas. Son los hombres quienes no sirven. Forman un grupo lerdo y estúpido.

    —¡Es posible que les den una sorpresa! —dijo Glawen nervioso—. Vistan a las mujeres con bonitas prendas, dejen que les crezca el pelo y que tomen el sol, para que su piel adquiera un poco de color. En lugar de filosofía, deberían aprender a bailar, cantar y preparar deliciosos banquetes, regados con buen vino. Los hombres no tardarían en acudir como moscas.

    Zaa lanzó una exclamación de desagrado.

    —Ya hemos oído esa historia otras veces. Cierto hombre se jactaba de un gran conocimiento en lo concerniente a las emociones humanas. Afirmó que nuestros problemas eran mentales, y nada más, y que se encargaría de llevar a cabo una serie de sesiones de terapia sexual. Pusimos a prueba su teoría, con grandes esfuerzos y gastos mayores todavía. Descubrimos que la avaricia del hombre excedía en mucho a su habilidad.

    Glawen fingió escaso interés.

    —Imagino que se está refiriendo al caso de la isla Thurben.
    —Evidentemente. ¿No basta con ese ejemplo?
    —¿No logró nada ese sabio codicioso? ¿Cuáles eran sus credenciales?
    —Los resultados fueron ambiguos, como máximo. Nos animó a continuar con el programa, y nuestra Ordene Sibil se quedó como observadora y para aprender, pero sus noticias son confusas.
    —¿Cómo se llamaba ese sabio?
    —Casi no me acuerdo. Yo no me encargué de los preparativos… Floreste, así se llamaba. Dirige una compañía de payasos y charlatanes. ¡Está loco por el dinero!

    Glawen exhaló un suspiro. Pensó que Zaa le estaba proporcionando información a manos llenas. Se preguntó qué condiciones exigiría antes de permitirle continuar su camino, aunque estaba seguro de que Plock llegaría de un momento a otro.

    —Fue Floreste, por cierto, quien me avisó de su llegada —dijo Zaa de improviso—. No quiere que vuelva a Cadwal. Desbarataría sus planes, según me ha contado.
    —¿Cómo conocía mis movimientos? —preguntó Glawen, asombrado.
    —No hay ningún misterio. Su compañero se quedó en Fexelburg, ¿verdad?
    —Sí. Es Kirdy Wook.
    —Al parecer, Kirdy Wook llamó a Floreste en cuanto usted subió al autobús, y preguntó si podía volver a ingresar en la compañía. Floreste accedió, y Kirdy está con él ahora. Todas las instrucciones que le dio a Kirdy fueron en vano.

    Glawen estaba como atontado.

    —Bien —prosiguió Zaa—, en relación con nuestros negocios, y me refiero a nuestro acuerdo, debo decir que me impresionó favorablemente cuando llegó. Es usted sano, inteligente y atractivo, evidentemente normal en sus funciones sexuales. Decidí que intentaría fertilizar a las mujeres que ovulan, para formar un cuadro de lo que llamaré Neomonománticos. Puse a Lilo en estrecha relación con usted, casi esperando que algo sucediera, pero su comportamiento malicioso asustó a Lilo. No todo está perdido, por supuesto. La muchacha está fascinada y aterrada al mismo tiempo por lo que sospecha. Me encargaré de que su pelo crezca y de que tome el sol. Las demás harán lo mismo.
    —¡Tardarán meses! —gritó Glawen, horrorizado.
    —Desde luego. Ha de acostumbrarse a la idea, incluso a la de un período de tiempo más dilatado. Entretanto, puede experimentar conmigo. Soy fértil. Soy una verdadera mujer y no tengo miedo. Todo lo contrario.
    —¿Ésos eran los «servicios» incluidos en el acuerdo? —preguntó Glawen con voz hueca.
    —Exacto.

    Glawen era incapaz de pensar racionalmente. Una cosa estaba clara: para escapar, debía salir de la tumba de Zonk. Miró de reojo a Zaa.

    —El entorno no me parece especialmente agradable.
    —Es tan bueno como cualquier otro del seminario.
    —El tablado no es nada cómodo.
    —Extienda la colchoneta.
    —Una idea sensata.

    Glawen la extendió. Miró a su alrededor y descubrió que Zaa se había quitado el hábito. Sus formas, recortadas contra la luz de la lámpara, no eran en absoluto desdeñables. Zaa se acercó y quitó el hábito a Glawen. Éste se excitó, pese a las circunstancias fuera de lo común.

    Los dos se tendieron sobre la colchoneta, y la luz de la lámpara reveló más detalles que antes. Glawen se dijo, desesperado:

    «Me olvidaré de la piel blanca, de las venas azules, de las rodillas nudosas, de los dientes afilados. Haré caso omiso de las siniestras circunstancias, y de los espectros que vigilan con ojos ciegos y desorbitados».

    —Ay, Glawen —jadeó Zaa—. Sospecho que nunca llegué a desprenderme de la Dualidad. Soy una Ordene, pero también una mujer.

    Echó hacia atrás la cabeza y la peluca roja cayó al suelo, dejando al descubierto el cráneo rapado y el tatuaje de su frente.

    Glawen lanzó un grito entrecortado y se soltó.

    —¡Es superior a mis fuerzas! ¡Fíjate! ¡Compruébalo por ti misma!

    Zaa, en silencio, volvió a ponerse la peluca y el hábito blanco. Miró a Glawen con una abatida sonrisa torcida.

    —Da la impresión de que yo también deberé dejarme crecer el pelo y exponer mi cuerpo al sol —dijo por fin.
    —Y yo ¿qué?

    Zaa se encogió de hombros.

    —Haz lo que quieras. Estudia Monomántica, haz ejercicios gimnásticos, explora el pozo. Te he proporcionado toda la información que querías. Hasta que tus servicios me hayan satisfecho, y hasta que mi rabia femenina primitiva se haya aplacado, no saldrás del Pico de Pogan.

    Zaa se acercó a la puerta y dio tres golpes. Se abrió, y volvió a cerrarse cuando la mujer salió.


    4


    Glawen se quedó sentado en el borde del tablado, con las piernas extendidas y la mirada clavada en la lejanía. Este momento, pensó, debía considerarse el nadir de su vida, si bien todo indicaba que la situación podía empeorar.

    Transcurrió un lapso de tiempo indefinido; más de una hora, menos de un día. Alguien salió a la galería y bajó una cesta mediante una cuerda. Después se marchó, y dejó la lámpara en su sitio.

    Glawen fue a investigar, sin prisa y sin gran interés. La cesta contenía varias ollas, llenas de sopa de judías, estofado, pan, té y tres higos. Era evidente que no le iban a matar de hambre.

    Glawen descubrió que estaba muy hambriento. No había comido nada en el refectorio, excepto un poco de pan. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Más de un día, menos de una semana.

    Glawen dio cuenta de toda la comida y devolvió las ollas a la cesta. Se sentía algo más animado y paseó la mirada alrededor de la tumba. El techo, a unos quince metros de altura, era una bóveda de piedra ininterrumpida. El arroyo se filtraba en la cámara por una fisura abierta en mitad de la pared.

    Glawen examinó el túnel por donde escapaba el agua. La abertura era más o menos circular, de un metro de diámetro. Vio que el túnel se inclinaba hacia abajo después de salir de la tumba. Oyó a lo lejos un gorgoteo continuo, de agua al precipitarse sobre agua. Glawen se apartó con un estremecimiento. Tal vez un día iría en busca del pozo, frío y oscuro, pero todavía no.

    Se sentó de nuevo en el borde del tablado. ¿Qué hacer? «Algo ha de suceder —se dijo—. Una persona no puede pasar los días, semanas y años de su vida encerrado en una cueva». De todos modos, ninguna ley inmutable de la naturaleza afirmaba lo contrario.

    Transcurrió el tiempo. No sucedió nada, excepto que al cabo de un largo intervalo la cesta fue izada y se bajó otra.

    Glawen comió, se tendió sobre la colchoneta se echó la manta por encima y se durmió.

    Pasó un tiempo que podía ser medido en días y semanas; dos cestas de comida representaban el intervalo de un día, por lo visto. Glawen anotó la sucesión haciendo una marca por cada dos cestas en una piedra plana. Mutis apareció en la galería el undécimo día, y le bajó ropas limpias.

    —Me han ordenado que te pregunte si deseas algo —gruñó.
    —Sí. Una navaja y jabón. Papel y pluma.

    La siguiente cesta contenía los objetos solicitados.

    Pasaron treinta días, cuarenta, cincuenta. El quincuagésimo segundo, si no se había descontado, era su cumpleaños. ¿Era Glawen Clattuc, agente de pleno estatus de la Estación Araminta, o Glawen co-Clattuc, colateral y excedente, sin ningún tipo de estatus?

    ¿Qué estaría ocurriendo en la Estación Araminta? A estas alturas, alguien estaría investigando su paradero. ¿Qué le habría dicho Kirdy a Bodwyn Wook? ¿La verdad? Improbable. Sin embargo, pasara lo que pasara, su padre jamás abandonaría la investigación. Su rastro sería fácil de seguir, pero ¿y qué? Aunque Scharde llegara al seminario, y Zaa le permitiera registrarlo, descubriendo de esta forma la tumba de Zonk, Glawen sabía que al cabo de poco tiempo otro cuerpo se reuniría con el cónclave blanco del fondo del pozo.

    En el ínterin, Glawen intentaba mantener la forma física y la moral alta. Dedicaba mucho tiempo cada día a la gimnasia, dando incesantes saltos por la estancia, lanzando patadas contra las paredes, enfrentado a sí mismo, caminando sobre las manos, ejecutando saltos mortales. El ejercicio se convirtió en una obsesión, una ocupación que le impedía pensar. Cada día vertía más esfuerzos en las horas que pasaba despierto.

    Transcurrieron sesenta días. A Glawen le costaba recordar el mundo exterior. La realidad se circunscribía a la tumba de Zonk. ¡Afortunado Glawen Clattuc! Miles de turistas acudían a Tassadero en busca de este agujero en la roca que él conocía tan bien. De repente, comprendió que Zaa le había proporcionado tanta información no porque confiara en él, sino porque cuando hubiera prestado todos los servicios de los que fuera capaz, se asegurarían su silencio de la forma más definitiva posible. Cuando Zaa le había revelado con tal indiferencia que se encontraba en la tumba de Zonk, había anunciado su muerte al mismo tiempo.

    Aquel día, la puerta de la cámara se abrió. Funo apareció en el umbral.

    —Ven.

    Glawen cogió sus papeles y la siguió. Subieron dos tramos de escalera, como la primera vez, y se detuvieron ante la habitación que había ocupado antes. Le indicó que entrara, y la puerta se cerró. Glawen se subió a la silla: su atado de ropas y las seis sábanas seguían en el mismo sitio.

    Oyó un ruido delante de la puerta. Saltó al suelo, justo cuando Mutis entraba.

    —¡Vamos! Has de bañarte.

    Glawen se sometió a una ducha de agua fría. Mutis fingió no darse cuenta de que a Glawen le había crecido el pelo.

    —Vístete como es debido, y luego ve a tu habitación.

    Glawen obedeció sin hacer comentarios. Cuando volvió a su cuarto, la puerta se cerró con llave. Descubrió sobre la mesa su cena habitual, que comió sin apetito. Al poco, Mutis vino para llevarse las ollas vacías.

    Ya había anochecido. La luz lavanda del crepúsculo había desaparecido del cielo. Por las ventanas se filtraba la luz procedente del lejano Manojo de Mircea.

    Transcurrió media hora. Glawen siguió sentado a la mesa, examinando los papeles que había traído consigo. La puerta se abrió. Lilo entró poco a poco en la habitación, sin mirar a ningún lado. Glawen la inspeccionó con interés. Vestía pantalones blancos, blusa gris y sandalias. Su aspecto había cambiado por completo; apenas recordaba a la muchacha pálida de grandes ojos que Glawen había conocido. Su pelo había crecido y formaba una cascada de rizos castaños sueltos, que enmarcaba un rostro de aspecto delgado y frágil, en lugar de demacrado, y que, tal vez por el tiempo pasado al aire libre, había adquirido un tono tostado. Parecía pensativa y serena, pero Glawen no pudo adivinar cuál era su estado de ánimo real.

    Lilo avanzó con parsimonia. Glawen se levantó. La chica se detuvo y preguntó:

    —¿Por qué me miras?
    —Estoy sorprendido. Pareces una persona diferente.

    Lilo asintió.

    —Me siento una persona diferente, alguien con quien aún no me he familiarizado.
    —¿Te gusta el cambio?
    —No estoy segura. ¿Crees que debería gustarme?
    —Desde luego. Pareces normal…, casi. En cualquier ciudad, nadie te miraría dos veces, excepto para admirarte.

    Lilo se encogió de hombros.

    —Me ordenaron someterme a este cambio. Tenía miedo de que mi aspecto fuera grotesco, llamativo o vulgar.
    —Pues te equivocaste.
    —¿Sabes para qué he venido?
    —Me lo imagino.
    —Me siento muy violenta.

    Glawen lanzó una breve carcajada.

    —Esa sensación es un lujo que, por ahora, está fuera de mi alcance. He olvidado su existencia.
    —No es necesario pensar en esas cosas —dijo Lilo en tono de preocupación—. Hay que hacer lo debido. Por eso estoy aquí.

    Glawen cogió sus manos.

    —Supongo que Mutis está espiando por alguna mirilla.
    —No. Las paredes son de roca sólida. No hay posibilidad de practicar mirillas.
    —Me alegra saberlo. Bien, procedamos.

    Glawen la guió hasta el catre. Lilo se resistió.

    —Creo que estoy asustada.
    —No hay nada que temer. Relájate.

    Lilo siguió las instrucciones de Glawen, y todo ocurrió sin incidentes.

    —¿Qué opinas ahora de la Dualidad? —preguntó Glawen.

    Lilo se apretó contra él lo máximo posible.

    —No sé cómo explicarlo. Es probable que mis pensamientos sean incorrectos.
    —¿Por qué?
    —No quiero compartirte con las demás.
    —¿Las demás? ¿Cuántas son?
    —Unas doce. Zaa vendrá mañana, si todo va bien esta noche.
    —¿Has de presentarle un informe?
    —Naturalmente. Está esperando en su despacho.
    —¿Volverás a decirle que soy un obseso sexual?

    Lilo se quedó sorprendida.

    —Nunca he dicho eso.
    —¿No te ofendieron y turbaron mis insinuaciones y propuestas?
    —¡Claro que no! En primer lugar, nunca me di cuenta.
    —¿Por qué afirmó Zaa que me había puesto en evidencia?

    Lilo reflexionó.

    —Tal vez me entendió mal. Tal vez estaba, bueno… —Lilo susurró una palabra en el oído de Glawen—, celosa.
    —Al parecer, ha superado sus sentimientos.
    —Por fuerza. Yo he sido la primera porque quiere asegurarse de que funcionas bien.
    —¿Piensa encerrarme de nuevo en la tumba?
    —No creo…, mientras te portes bien. Si no, Mutis te estrangulará con una cuerda.
    —En ese caso, ¿probamos de nuevo?
    —Como quieras.

    Lilo se fue por fin de la habitación. Glawen esperó cinco minutos. Después, cruzó la habitación y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave.

    Había llegado el momento. Se vistió con su ropa y se tendió en el catre.

    Pasó una hora. Glawen aplicó el oído a la puerta. No oyó nada y se puso al instante en acción con gran celeridad.

    El catre estaba hecho de madera, diseñado para levantarlo y desarmarlo con facilidad. Mallas de cuerda sujetaban el colchón. Glawen quitó las cuerdas. Ahora, las fuertes maderas laterales estaban a su disposición.

    Glawen montó de nuevo el catre, para que nadie se diera cuenta de sus maniobras si entraba a mirar. Llevó de una en una las sábanas al cuarto de baño, las rasgó en cintas de quince centímetros y las ató hasta formar una cuerda de treinta y cinco metros de largo, que consideró adecuada a sus necesidades.

    Aplicó de nuevo el oído a la puerta. Silencio.

    Se subió sobre la mesa con un tablón y la cuerda sacados del catre. Abrió los dos ventanales y examinó el poste central que le impedía el paso. Existían varias formas de sacarlo; el método más simple consistía en romper la soldadura de la parte inferior.

    Ató el extremo del tablón a la parte inferior del poste con gran cantidad de nudos y lazos, a fin de que el tablón funcionara como palanca de par de torsión. Giró con cautela el extremo del tablón hacia el interior de la habitación, para que ejerciera presión sobre el poste. La cuerda, tal como esperaba, se tensó y estiró. Reajustó los nudos e hizo palanca de nuevo. La soldadura se rompió con un brusco chasquido.

    Glawen suspiró de satisfacción. Movió el poste hasta romperlo. Toda la ventana estaba ya a su disposición.

    Con febril rapidez, ató la cuerda trenzada a base de sábanas rotas al tablón, que ahora utilizó como fiador. Tiró la cuerda por la ventana y descendió por ella.

    Sus pies tocaron la pendiente rocosa.

    —Adiós, seminario —dijo Glawen, casi llorando de alegría—. ¡Adiós, adiós, adiós!

    Bajó por la colina, embriagado de libertad. Por fin, cruzó la plaza y entró en la ciudad.

    La estación estaba desierta y apagada. Cerca había un ómnibus, con la puerta de entrada entreabierta. Glawen miró en su interior y descubrió al chófer dormido sobre el asiento posterior. Glawen le agitó para despertarle.

    —¿Quiere ganarse cincuenta soles?
    —Por supuesto. Es lo que gano en un mes.
    —Tenga. Lléveme a Fexelburg.
    —¿Ahora? Por el precio de un billete, puede ir por la mañana.
    —Me esperan asuntos urgentes en la ciudad. De hecho, incluso tengo un billete.
    —Supongo que es usted un turista.
    —Exacto.
    —¿Ha subido al seminario? Allí no encontrará nada, salvo malos tratos.
    —Eso pensaba.
    —No tengo motivos para negarme. ¿Un asunto urgente, ha dicho?
    —Sí. Olvidé hacer una llamada telefónica.
    —Qué pena, pero supongo que todo saldrá bien. De paso, sacaré tajada de su olvido.
    —Por desgracia, la vida es así.


    5


    El ómnibus avanzaba en la noche, bajo un cielo tachonado de constelaciones que Glawen desconocía. El viento soplaba a rachas, susurraba alrededor del autobús y doblaba los frooks solitarios, que se veían a la luz de las estrellas.

    El chófer se llamaba Bant, un robusto mocetón de Fexelburg de buen talante y tendencia a la locuacidad. Glawen respondía a sus comentarios con monosílabos, y Bant no tardó en quedarse silencioso.

    —¿Cómo se realizará el viaje matutino desde el Pico de Pogan? —preguntó Glawen, al cabo de un par de horas de viaje.
    —Yo me estaba preguntando lo mismo —contestó Bart—. Creo que no habrá problemas graves. En el peor de los casos, no habrá transporte, y el problema se convertirá en un motín. Sin embargo, he trazado un plan que complacerá a todo el mundo. Dentro de unas dos horas llegaremos a Flicken, desde donde telefonearé a Esmer, el chófer de relevo. Le ofreceré cinco soles por utilizar el viejo Deluxus Especial verde para el servicio matutino. A Esmer le encantará ganar un sobresueldo, y los pasajeros estarán contentos. Creo que nadie derramará una sola lágrima de angustia… Yo no, desde luego.
    —Una solución ingeniosa. ¿Cuánto falta para llegar a Flicken? Yo también quiero llamar por teléfono.
    —Entre una hora y una hora y media. Conduzco despacio a causa del viento. Cuando sopla así, es peligroso ir a mucha velocidad. ¿Qué opina?
    —Creo que la seguridad es importante. Es mejor llegar vivo que muerto.
    —Eso mismo pienso yo. Ya se lo he explicado a Esmer: ¿qué son treinta minutos, más o menos, para un cadáver? Ya llega tarde y tampoco tiene prisa. Yo creo que el tiempo es más útil a este lado del velo.
    —Estoy completamente de acuerdo. En relación con el teléfono de Flicken, es noche cerrada. ¿Cree que podremos utilizarlo?
    —Sin duda. Keelums estará en la cama, pero el sonido de uno o dos soles le hará bajar rápidamente.

    La conversación languideció una vez más. Glawen no podía apartar sus pensamientos del seminario. Se preguntó cuándo advertirían su ausencia. Al amanecer, con toda seguridad, y quizá antes. Tal vez alguien ya había echado un vistazo a la habitación vacía. Glawen sonrió al pensar en la consternación que su huida provocaría, puesto que el emplazamiento de la tumba de Zonk había dejado de ser un secreto. Había meditado en la situación desde que saliera del Pico de Pogan, y ardía en deseos de llamar por teléfono.

    A lo lejos, aparecieron unos puntos de luz. Bant señaló.

    —Flicken.
    —¿Por qué están las luces encendidas? ¿Hay gente levantada?
    —Creo que es una cuestión de orgullo ciudadano.
    —¿A qué hora cree que llegaremos a Fexelburg?
    —Si tomamos un cuenco de sopa para quitarnos el frío, y un pedazo de pastel de carne, o sea, una parada de media hora, incluyendo nuestras llamadas telefónicas… Digamos que llegaremos al amanecer. En esta época del año, las noches son cortas.

    Al amanecer, descubrirían la fuga de Glawen, si no antes, y en respuesta al pensamiento, Glawen experimentó un estremecimiento de rabia y odio, casi palpable de tan intenso. Estaba seguro de que en este momento ya habían descubierto su ausencia.

    El autobús entró en Flicken y se detuvo frente al almacén. Bant descendió y se acercó a la puerta. Tiró del cordel del timbre.

    —¡Keelums! —gritó—. ¡Levántate! ¡Ya dormirás después! ¡Keelums! ¿Estás despierto?
    —Sí, estoy despierto —graznó Keelums desde la ventana de arriba—. Eres Bant, ¿verdad? ¿Qué quieres?
    —Un poco de sopa caliente y utilizar tu teléfono. Este caballero te ofrecerá un sol por el servicio, y si él no lo hace, yo sí. Claro que, si eres orgulloso, no es preciso que aceptes.
    —¡Oh, soy bastante orgulloso! Sobre todo después de ganar dinero. ¿Has dicho sopa?
    —Y un poco de pastel de carne, y una miaja de budín de uvas. ¡Abre ya! El viento aúlla y mordisquea mis pobres piernas.
    —¡Ten paciencia! Deja que me ponga la bata.

    La puerta se abrió. Glawen entró en el almacén, seguido de Bant.

    —¿Dónde está el teléfono? —preguntó Glawen.
    —Sobre el escritorio, pero antes de que nos olvidemos, el sol.

    Glawen pagó y cogió el teléfono. Llamó a la oficina de la CCPI en Fexelburg, hasta que por fin le pasaron con la residencia del juez Partric Plock. Escuchar la fría y serena voz provocó tal alivio a Glawen que estuvo a punto de desmayarse.

    —¿Sí? —preguntó Plock—. ¿Quién llama y qué desea?

    Glawen se identificó.

    —Creo que se acordará de mí. Hace dos meses fui al Pico de Pogan para llevar a cabo unas pesquisas en el seminario.
    —Me acuerdo muy bien. Pensaba que ya había vuelto a Cadwal.
    —Mi compañero me traicionó, porque prefirió unirse a los Mimos de Floreste antes que avisarle a usted de que yo no había regresado. He sido retenido como cautivo durante dos meses en la tumba de Zonk, que es una cueva excavada en el Pico. Acabo de escapar, y llamo desde Flicken. Ése es el resumen de los acontecimientos, pero hay más.
    —Prosiga.
    —La policía de Fexelburg sabe todo cuanto hay que saber sobre la tumba de Zonk. Silencian la verdad y, en consecuencia, dejan en paz a los Monománticos del seminario mientras mantengan el secreto. Sospecho que en cuanto la Ordene Zaa descubra que me he ido, avisará a las autoridades de Fexelburg, que tratarán de interceptarme antes de llegar.
    —Estoy seguro de que está en lo cierto —dijo Plock—. De hecho, estábamos esperando algún pretexto para limpiar la fuerza de policía de Fexelburg. Déjeme pensar un momento. ¿Está en el almacén general de Flicken?
    —Sí.
    —¿Cómo ha llegado ahí?
    —Alquilé el ómnibus.
    —¿Cuándo supone que descubrirán su huida?
    —Tuve una extraña sensación telepática hace unos minutos, en el sentido de que mi fuga había sido descubierta. En cualquier caso, se sabrá al amanecer, como máximo.
    —Volaré de inmediato a Flicken con un destacamento. Llegaremos dentro de media hora. En el caso de que la policía de Fexelburg nos haya precedido, y ya esté en camino, envíe a su chófer a Fexelburg, pero usted quédese en Flicken. La policía irá por carretera, pero aunque vayan por aire, se retrasarán si ven el autobús. ¿Comprende lo que quiero decir?
    —Perfectamente.
    —Llegaremos lo antes posible.

    Bant usó el teléfono a continuación para llegar a un acuerdo con Esmer. Luego, se volvió hacia Glawen.

    —Es hora de que sigamos viaje, si queremos llegar al amanecer.
    —Los planes han cambiado —contestó Glawen—. Continuará solo hasta Fexelburg.

    La cara redonda de Bant expresó sorpresa.

    —¿Se va a quedar aquí?
    —Sí.
    —¿No es un poco absurdo? ¿Quiere que continúe hasta Fexelburg con el autobús totalmente vacío?
    —Mientras cincuenta soles no sean absurdos, todo vale.
    —¡Jamás había escuchado una verdad más rotunda! En ese caso, adiós. Ha sido un placer hacer negocios con usted.

    El ómnibus se alejó. Glawen volvió al almacén, donde gratificó a Keelums con otro sol.

    —Debo esperar a unos amigos que llegarán dentro de poco. Usted puede volver a la cama. Si necesitamos algo, ya le llamaremos.
    —Como quiera.

    Keelums se fue a la cama. Glawen apagó las luces, se sentó junto a la ventana y esperó en la oscuridad.

    Imágenes de los dos últimos meses, en una rápida secuencia, pasaron por su mente, mientras contemplaba la noche. Había experimentado la mayor alegría de su vida cuando sus pies tocaron la ladera rocosa. ¿Y si Mutis y Funo le hubieran estado aguardando, sonrientes? Desechó la idea. ¿Perderían alguna vez aquellos recuerdos su dolorosa vividez actual? No lo creía así. Aún ahora, se le ponía la piel de gallina al pensar en su grotesca experiencia. El cosmos hacía caso omiso de la racionalidad humana, o de cualquier cosa humana. Mientras meditaba, un nuevo estado de ánimo se apoderó de él, compuesto de pesar y aflicción, de una tristeza inconmensurable, que tal vez sobrepasaba su comprensión.

    Glawen clavó la vista en la noche. ¿Qué le estaba pasando? Nunca había experimentado tales influencias. ¿Podían ser reales? Tal vez el tiempo pasado en la tumba de Zonk le había proporcionado una nueva e inoportuna sensibilidad.

    Aquel estado de ánimo se desvaneció, dejando paso a una sensación de frío y desolación. Glawen se puso en pie y paseó de un lado a otro, mientras movía los brazos.

    Transcurrieron veinte minutos, media hora. Glawen salió al exterior. Un avión grande y negro, adornado con el emblema de nueve puntas de la CCPI, descendió del cielo. Se posó sobre un terreno desnudo, situado detrás del almacén. Plock bajó, seguido por cinco soldados uniformados, un par de agentes y tres reclutas.

    Glawen salió a su encuentro, y todos se encaminaron al almacén, molestando a Keelums de nuevo. Glawen pidió sopa para los recién llegados. Después, siguiendo instrucciones de Plock, llamó a la comisaría de policía de Fexelburg.

    —Soy el capitán Glawen Clattuc. Póngame ahora mismo con el superintendente Wullin. Es urgente.

    La respuesta fue sardónica.

    —¿A estas horas de la noche? ¿Ha tenido alguna pesadilla? El superintendente Wullin no dejaría de roncar ni que se personara el mismísimo Avatar Gundelbah. Pruebe mañana.
    —El asunto es muy urgente. Póngame con el inspector Barch. Dígale que llama el capitán Glawen Clattuc.

    El inspector Barch se puso al teléfono.

    —¿Capitán Clattuc? Me sorprende oírle. Pensaba que había vuelto a casa hace mucho tiempo. ¿Por qué me llama cuando trataba de dormir?
    —Porque poseo información de gran importancia, y porque estoy furioso y agraviado, muy justificadamente.
    —Por lo visto, ha vivido excitantes aventuras.
    —Ya lo creo.

    Glawen refirió sus aventuras, expresó su indignación y la necesidad de una reacción oficial sin más dilación.

    —Apenas puedo describir la insolencia de esos chiflados, ni la forma tan cínica de tratar a un agente de policía.
    —Ha utilizado la palabra correcta —dijo Barch—. «Chiflados» les va como anillo al dedo. Por ese motivo, quizá se les haya tratado con excesiva benevolencia.

    Glawen continuó hablando.

    —He sido retenido durante dos meses en una cueva, que según afirman es la tumba de Zonk. No descubrí ningún tesoro, naturalmente, pero el misterio se ha resuelto por fin.

    Mientras hablaba, Glawen pensó que Barch debía de conocer su encarcelamiento. La idea dificultó la cordialidad.

    Sin embargo, Barch no se mostró contrariado, sino divertido, a lo sumo.

    —Ha sufrido una desdichada experiencia. De todos modos, las cosas son así, y como ya sabe, la Tierra de Lutwiler está fuera de nuestra jurisdicción.
    —¿No van a hacer nada?
    —¡No tan deprisa! Aquí, en Tassadero, nada es sencillo. Todo se hace de una cierta manera, y dos más dos a menudo suman siete, o quizá treinta y siete. Depende de quién hace las cuentas.
    —No entiendo esa forma de hablar. Quiero sencillez, y quiero acción. Tal vez debería avisar a la CCPI, ya que se muestra tan preocupado por su jurisdicción. La CCPI actúa en cualquier parte de la Extensión Gaénica.
    —Exacto, y por eso sus esfuerzos son tan ineficaces. La CCPI local es una guarida de ineptos. Si quiere acción, ha llamado al lugar correcto. ¿Está en Flicken?
    —Así es, en el almacén de Keelums.
    —Quédese al teléfono mientras llamo al superintendente Wullin. Seguramente ordenará un asalto en masa al seminario Monomántico. Pero no llame a la CCPI; sólo meterían la pata.
    —Lo que usted diga.

    Pocos momentos después. Barch volvió a llamar.

    —El superintendente dice que espere en Flicken. Ha decidido lanzar una acción definitiva.
    —¿Qué tipo de acción?
    —Severa y definitiva, se lo aseguro. Ya discutiremos las posibilidades más tarde. Sobre todo, no hable con nadie acerca de sus experiencias.
    —¿Por qué no? De hecho, hablaré con cualquiera que muestre interés, puesto que he localizado sin la menor duda la tumba de Zonk, sin encontrar ni siquiera un dinket. Hay que propagar la noticia con la mayor rapidez posible, en beneficio de los turistas.
    —Un punto de vista muy altruista. ¿Ha hablado ya con alguien?
    —No, es demasiado temprano.
    —Saldremos ahora mismo.
    —Necesitarán un avión grande.
    —¿Para qué?
    —En el seminario hay treinta Monománticos. Voy a acusarles a todos, y quiero que sean detenidos, sin excepción.
    —No sé si podremos hacerlo hoy.
    —Entonces, no se molesten en venir. Llamaré a la CCPI.

    La voz de Barch se tiñó de tensión.

    —Sugiero que hoy sólo detengamos a los líderes. Después, ya decidiremos lo que hacemos con los demás. La mayoría son fanáticos religiosos cortos de miras. Tendremos que hacer una selección. En cualquier caso, espere ahí. No se mueva y no hable con nadie. Podría comprometer su caso.
    —Me parece ridículo. Inspector Barch, ¿se está lavando las manos del caso?
    —¡Claro que no! ¡Jamás! ¡De ninguna manera! Estaré ahí dentro de pocos minutos y se lo explicaré todo.

    El teléfono enmudeció. Glawen se alejó, sonriente.

    —La paciencia de Barch es muy elástica.
    —Sólo hasta que llegue. Ahora, hemos de decidir qué hacemos. Es importante atrapar a esos bribones con las manos en la masa, por así decirlo.
    —Pero sin que la aprieten demasiado, espero.
    —Ése es nuestro objetivo.

    Pasó media hora. Las primeras orlas plateadas de la aurora aparecieron en el horizonte; una tenue luz lechosa iluminó el paisaje. Un avión llegó desde Fexelburg y aterrizó frente al almacén. Cuatro hombres saltaron de inmediato a tierra: los inspectores Barch y Tanaquil, acompañados de dos agentes.

    Glawen aguardaba en la puerta. Los cuatro policías avanzaron hacia él. Barch levantó las manos en un gesto afable.

    —Recordará al inspector Tanaquil, por supuesto.
    —Por supuesto.
    —Ha tenido algunas aventuras desusadas —siguió Barch.
    —Es verdad —contestó Glawen— por desgracia, pero estoy sorprendido.
    —¿Por qué? —pregunto Barch.
    —Ese avión es de cuatro plazas. Somos cinco, y en el seminario habrá que detener, como mínimo, a cinco o seis personas.
    —Bien, Glawen, a decir verdad, no es tan sencillo como parecía al principio. La Ordene nos ha avisado hace un rato de que usted había escapado de su custodia. Como ya le he dicho, en la Tierra de Lutwiler tendemos a dejar que la Ordene Zaa haga lo que considere más apropiado. Ha presentado graves acusaciones contra usted y quiere que vuelva al seminario.
    —No hablará en serio. Soy un agente de la CCPI.
    —Casi siempre hablo en serio. Ésa es una de las alternativas que mencioné. Wullin se irritó cuando le desperté pidiendo órdenes, y nos ofreció una segunda alternativa, que tal vez le agrade más. Se llama la hamaca de Fexelburg y, teniendo en cuenta la situación, creo que nos decantaremos por esa alternativa.
    —Sus modales son casi ofensivos. No sé nada de su hamaca, ni quiero saberlo.

    Barch se limitó a reír.

    —De todos modos, se lo explicaré. La utilizamos cuando cuatro agentes y un bribón hemos de compartir un avión de cuatro plazas. El bribón utiliza la hamaca. —Hizo una señal a sus subordinados—. Demuestren lo rápidos que son con la hamaca. Aquí hace mucho frío y tengo ganas de volver a casa para desayunar.
    —Ahora que lo pienso —dijo Glawen— yo también. No se puede imaginar lo terrible que era la comida del seminario.
    —Temo que hoy no va a desayunar.

    Los patrulleros se acercaron a Glawen con un trozo de cuerda.

    —No se molesten —dijo Glawen—. Prefiero esperar al ómnibus.
    —¡Vamos, Glawen! Acérquese un poco más al avión. ¿No le gusta caminar? Da igual. Le llevaremos a rastras. Ferl, ocúpate de la cuerda. Ahora…

    Dos hombres agarraron a Glawen y le empujaron hacia el avión. Ferl ató los tobillos de Glawen, pasó un lazo alrededor de sus brazos y pecho y otro alrededor de su cuello. Introdujo el otro extremo de la cuerda en el interior del avión, para poder soltarlo en el momento apropiado sobre las estepas.

    —Han olvidado algo —dijo Glawen.
    —¿Qué?
    —Soy un agente de la CCPI.
    —No le culpo por eso —dijo Barch—. ¿Preparados, caballeros? Vámonos.

    Plock apareció por el otro extremo del avión, armado con una pistola que apuntaba a los cuatro policías.

    —¿Qué está ocurriendo?
    —Demonios —exclamó Barch—. Es Party Plock.

    Plock les miró de uno en uno.

    —¿Reconozco a los inspectores Barch y Tanaquil?
    —En efecto —respondió Barch, con voz sumisa de repente—. Por lo visto, Glawen, tan novato e inocente, nos ha jugado una mala pasada.
    —Una cruel mala pasada —apuntó Tanaquil.
    —Algo por el estilo —dijo Plock—. De todos modos, si lo recuerdan, él les ha advertido, una y otra vez de que estaban atentando contra un agente de la CCPI.
    —Pensé que era simple fanfarronería juvenil —dijo Barch, en tono dolido.

    Dos hombres de Plock surgieron por detrás, registraron a los fexels y les quitaron las armas. Un tercero liberó a Glawen de la «hamaca de Fexelburg».

    —Estoy muy disgustado con los inspectores Barch y Tanaquil —dijo Glawen—. Querían matarme. Qué raro. Se mostraron muy cordiales en Fexelburg. Aún tengo mucho que aprender sobre la naturaleza humana.
    —Ordenes son órdenes —repuso Barch—. Han de ser obedecidas.
    —¿Quién les dio esas órdenes? —preguntó Plock.
    —Permítame la dignidad de un leal silencio, comandante Plock.
    —Aquí, en la Tierra de Lutwiler, han de llamarme juez Plock.
    —Como quiera, juez.
    —Temo que debo exigir una respuesta. Pueden morir aquí, sin lealtad ni dignidad, o en total silencio y total dignidad, dentro de una ciénaga púrpura.
    —¿Hay que llegar a eso?
    —Estamos en la Tierra de Lutwiler. Han intentado asesinar a sangre fría a un agente de la CCPI. Ya conocen las normas.
    —Sí. Conocemos las normas.
    —Les diré lo siguiente: hoy no van a desayunar, pero consuélense. Esta noche, muchos de sus superiores tampoco cenarán en sus restaurantes favoritos. Nosotros, los ineptos, estamos dispuestos a depurar a la policía de Fexelburg. Una vez más: ¿quién les dio las órdenes?
    —Wullin, naturalmente, como sabe bien.
    —¿Nadie con más autoridad?
    —No me atrevería a llamarles a estas horas de la noche.
    —Wullin podría, y Wullin me lo dirá antes de morir.
    —¿Por qué se va a molestar en preguntarle? Todo el mundo está en el ajo.
    —Dentro de una semana, todos habrán muerto. Usted será el primero, si le sirve de consuelo.

    Plock disparó cuatro veces, y cuatro cadáveres se desplomaron sobre la carretera.

    Plock entró en el almacén y llamó a un pálido Keelums.

    —Supongo que tendrá una furgoneta.
    —Sí, señor, ya lo creo, y es un vehículo muy bueno, que utilizamos para traer mercancías de Fexelburg.
    —Aquí tiene diez soles. Traiga su furgoneta, cargue esos cuatro bultos, llévelos a la estepa y tírelos donde no molesten. Como ve, somos agentes de la CCPI, y le ordeno que no cuente nada de esto a nadie.
    —¡No, señor! ¡Ni una palabra a nadie!

    Plock volvió a la carretera. Glawen examinó las armas expropiadas a los policías de Fexelburg y escogió una pequeña pistola, que se guardó en el bolsillo de la chaqueta.

    —Asunto concluido —dijo Plock—. ¿Se encuentra con fuerzas para visitar ahora el Pico de Pogan?
    —Estoy dispuesto.
    —El avión de la policía nos servirá. Kylte, Narduke —dijo Plock a los dos agentes—, seguidnos en el otro avión hasta el Pico de Pogan.


    6


    La Estrella de Zonk surgió por el este y bañó con la pálida luz de la mañana la Tierra de Lutwiler. Los dos aviones sobrevolaban la estepa, siguiendo la carretera que Glawen había recorrido en autobús por la noche.

    Glawen estuvo relajado y medio adormecido hasta que Plock le despertó.

    —Ya se divisa el Pico de Pogan.

    Glawen se incorporó y trató de despejarse. Delante, el risco negro del Pico de Pogan se alzaba hacia el cielo. Glawen señaló.

    —¡Mire! A media altura se ven unas ventanas que brillan al sol. Es el seminario.

    Los aviones volaron en círculo alrededor del peñasco y aterrizaron en la plaza central del pueblo. Los ocupantes descendieron y, sin perder tiempo, se lanzaron hacia la sinuosa carretera que conducía al seminario. Sólo Maase, el más joven de los reclutas, se quedó a vigilar los aviones y ponerse en contacto con la oficina de Fexelburg.

    Los seis hombres siguieron el camino zigzagueante, hasta que por fin llegaron frente al seminario. Plock llamó a la puerta con la aldaba, una, dos, tres veces, sin obtener respuesta. Intentó forzar la puerta, pero estaba cerrada con llave. Por fin, la puerta se entreabrió lentamente, con un chirriar de goznes. Mutis se asomó. Paseó la vista por el grupo, sin dar señales de reconocer a Glawen.

    —¿Qué desean? —gruñó—. Esto es el seminario Monomántico. No sabemos nada de Zab Zonk ni de su tesoro. ¡Lárguense!

    Plock empujó la puerta, sin hacer caso de las indignadas protestas de Mutis.

    —¿Qué están haciendo? —gritó Mutis—. ¡Retrocedan, o será peor para ustedes!

    Los agentes de la CCPI entraron en el vestíbulo.

    —¡Traiga a la Ordene Zaa ahora mismo!
    —¿A quién debo anunciar? —preguntó Mutis con semblante hosco.

    Glawen rió.

    —¡Por favor, Mutis! Sabes muy bien quiénes somos, y para qué hemos venido. Esto es un escuadrón de la CCPI, y tienes serios problemas.

    Mutis se alejó y regresó al poco con Zaa. Ésta se detuvo en la entrada al pasadizo de piedra y examinó al grupo. Vestía la indumentaria que Glawen había visto cuando la conoció. Zaa reparó en su presencia y le miró durante tres segundos.

    —Si no lo has olvidado, te advertí que no se podía fastidiar impunemente a un agente de la CCPI. Ha llegado el momento de que lo compruebes.
    —¿Qué quieren? —preguntó Zaa a Plock con brusquedad—. ¡Hable rápido, y váyanse!
    —Glawen ya lo ha insinuado —respondió Plock—. No tenemos prisa, porque tenemos la intención de trabajar a fondo.
    —¿De qué está hablando? ¿Se da cuenta de que esto es el seminario Monomántico?
    —Eso me tranquiliza —dijo Plock—. Es la dirección correcta y no estamos cometiendo un tremendo error. De momento, usted y los demás residentes del seminario quedan detenidos, por delitos cometidos contra el capitán Glawen Clattuc. Ordéneles que se reúnan fuera.

    Zaa no hizo ademán de obedecer.

    —Carece de jurisdicción —dijo impasible—. Nosotros somos la ley en la Tierra de Lutwiler. Debe marcharse, o desafiar a la ley.

    Plock perdió la paciencia.

    —¡Basta ya! Si no obedece al instante, mis hombres la atarán y conducirán fuera.

    Zaa se encogió de hombros y volvió la cabeza hacia Mutis.

    —Convoca asamblea general en el exterior.

    Zaa se dispuso a salir de la sala.

    —¿Adónde vas? —preguntó Glawen.
    —No es de tu incumbencia.
    —Responda a la pregunta, por favor —intervino Plock.
    —Debo ocuparme de un asunto particular.
    —Acompáñala y asegúrate de que no destruye los archivos —ordenó Plock a uno de sus subordinados.
    —Esperaré —dijo Zaa.

    Los Monománticos bajaron en fila la escalera y salieron, quedándose de pie bajo la luz de Zonk.

    —¿Están todos? —preguntó Plock a Zaa.

    La mujer miró a Mutis.

    —¿Ha bajado todo el mundo?
    —Todo el mundo.

    Plock dirigió la palabra al grupo.

    —Se han cometido ciertos delitos en este recinto. Su completa descripción aún no ha sido concretada, pero son muy graves. Cada uno de ustedes es culpable. Es irrelevante que no participaran activamente en los delitos, o que no fuera de su incumbencia, o que estuvieran absortos en sus estudios. Todos son cómplices, en mayor o menor grado, y todos serán castigados.

    Glawen se había dedicado a examinar los rostros con creciente perplejidad.

    —Creo que falta una persona, como mínimo —dijo—. ¿Dónde está Lilo?

    Zaa exhibió una fría sonrisa.

    —No está aquí.
    —Eso ya lo veo. ¿Dónde está?
    —No discutimos de nuestros problemas internos con extraños.
    —Yo no quiero discutir, sino una respuesta a mi pregunta. ¿Dónde está Lilo?

    Zaa se encogió de hombros con indiferencia y desvió la vista hacia la estepa. Glawen se volvió hacia Mutis.

    —¿Dónde está Lilo?
    —No estoy autorizado a revelar información.

    Un joven Monomántico, que se mantenía algo apartado, ladeó la cabeza con brusquedad, como irritado.

    —Dime dónde está Lilo —le preguntó Glawen.

    Zaa giró en redondo.

    —No digas nada, Danton.
    —Con todos los respetos —replicó Danton—, estos señores son policías de alta graduación. Debo contestar a sus preguntas.
    —Muy bien —dijo Glawen—. Responde a mi pregunta, por favor.

    Danton miró de reojo a Zaa, y luego habló.

    —A medianoche, descubrieron que usted había desaparecido. Oímos gritos de rabia desde nuestras habitaciones, y nos preguntamos qué habría ocurrido.
    —¿Dices que fue a medianoche?
    —Un poco después. No sé la hora exacta.

    Un poco después de medianoche, sentado en Flicken, Glawen había experimentado una oleada de rabia y odio, tal vez una proyección telepática llegada desde el seminario, aunque no podía descartarse una coincidencia.

    —¿Qué pasó después?
    —Danton, no hace falta que hables más —intervino de nuevo Zaa.

    Danton, sin embargo, continuó su relato.

    —Se produjo un gran alboroto. Culparon a Lilo. La reprendieron por haberle proporcionado sábanas de más, y no escucharon sus disculpas. Mutis y Funo la pusieron en el nido del búho. Anoche sopló un viento fuerte y potente. Por la mañana, estaba muerta. Mutis y Funo se llevaron el cuerpo al otro lado de la colina y lo tiraron al vertedero.

    Glawen se encogió. No se atrevió a mirar a Mutis, por si su indignación le empujaba a cometer una locura. Cuando notó que podía controlar la voz, se volvió y habló a Zaa.

    —Lilo no tuvo nada que ver con las sábanas. Yo las cogí hace dos meses, la primera vez que ocupé la habitación. Habría huido aquel mismo día si no me hubieras encerrado en la tumba. Lilo desconocía mis planes.

    Zaa no dijo nada.

    Glawen continuó hablando.

    —Asesinaste a la muchacha en vano.

    Zaa no se conmovió.

    —Se cometen equivocaciones constantemente. Cada instante, a lo largo y ancho de la Extensión Gaénica, ocurren miles de incidentes similares. Son inherentes a la conducta de una civilización coherente.
    —Es posible —dijo Plock—, y ésa es la misión de la CCPI, minimizar ésos, así llamados, errores. En el caso que nos ocupa, la conclusión es clara y sencilla, pese a la complejidad de sus móviles. Usted encarceló a Glawen; cuando escapó, asesinó a una joven inocente. Si hay que prestar crédito a los rumores, como ocurre a menudo, ha asesinado a un número indeterminado de turistas. ¿Estoy en lo cierto?
    —No tengo nada que decir. Sus opiniones son inconmovibles.
    —Es verdad. Ya he tomado una decisión. —Se dirigió a todo el grupo—. Este lugar es nocivo, y debe ser desalojado ahora mismo. Reúnan sus objetos personales y regresen aquí cuanto antes. Serán conducidos a Fexelburg y se estudiarán sus casos uno por uno. Estas instrucciones, a propósito, no son de aplicación a Funo, Mutis y la Ordene Zaa. Los tres me acompañarán ahora al vertedero. No es necesario que recojan sus objetos personales.

    Mutis, abatido, dirigió una mirada vacilante a Zaa. Funo siguió inmóvil, absorta en sus pensamientos.

    —Esto es completamente absurdo —replicó Zaa—. ¡Jamás había oído tantas tonterías!
    —Tal vez Lilo pensó lo mismo cuando usted ordenó que la mataran —dijo Plock—. Estas ideas siempre parecen inverosímiles, cuando aplicadas a uno mismo, pero da igual.
    —Quiero hacer una llamada telefónica.
    —¿A la policía de Fexelburg? No lo hará. Prefiero cogerles desprevenidos.
    —Entonces, he de escribir algunas cartas.
    —¿A quién?
    —A la Ordene Klea, de Strock, y a otras Ordenes.
    —¿Cómo cuáles? —preguntó Glawen en tono indiferente.
    —Después de todo, no voy a escribir —dijo Zaa.
    —¿Es posible que una de tus Ordenes sea madame Zigonie, que vive en un rancho del planeta Rosalia?
    —Estamos divagando. No te diré nada más. Haz tu sucio trabajo y acabemos de una vez.
    —Una sugerencia práctica —dijo Plock—. No nos iremos con más ceremonias.

    Disparó su pistola tres veces, con suma precisión.

    —Asunto concluido —dijo Plock, mientras contemplaba un momento los tres cadáveres.

    ¡Con qué rapidez ha sucedido!, pensó Glawen. Funo ya no estaba absorta en sus pensamientos, Mutis ya no vacilaba y Zaa se había llevado sus conocimientos a la tumba.

    Plock se volvió hacia el estupefacto Danton.

    —Llévate estos tres cuerpos al vertedero. Utiliza una carretilla, un carretón, o improvisa un caballete, a tu gusto. Escoge a dos o tres compañeros robustos para que te ayuden. Cuando hayas terminado, reúnete con los demás al pie de la colina.

    Danton se dispuso a obedecer las órdenes de Plock, pero Glawen le detuvo.

    —¿Por qué es peligrosa la escalera que separa el segundo piso del tercero?

    Danton desvió la vista hacia los cadáveres, como para asegurarse de que ninguno podía oírle.

    —Cuando un forastero era conducido al tercer piso, y retenido contra su voluntad, lo cual ocurría con mayor frecuencia de la que usted supone, Mutis colocaba un alambre a lo largo de los escalones, cerca del final del tramo. El alambre estaba cargado de electricidad. Si alguien intentaba utilizar la escalera, acababa con los huesos rotos al pie. A continuación, Mutis y Funo le transportaban, vivo o muerto, al vertedero y allí lo tiraban.
    —¿Y nadie protestaba?

    Danton sonrió.

    —Cuando se estudia la Sintoraxis con gran concentración, uno apenas se entera de nada.

    Glawen se alejó.

    —Ya puedes encargarte de los cadáveres —dijo Plock a Danton.


    7


    El desierto seminario parecía contener el eco de mil susurros, por debajo del umbral de la percepción. Glawen y Plock, acompañados de Kylte y Narduke, se encontraban en la sala de conferencias, situada en el primer piso. Plock hablaba en tono extrañamente pensativo.

    —Como no soy un hombre supersticioso, los siseos de tantos fantasmas me inquietan.
    —Ni Zab Zonk ni su fantasma me molestaron —dijo Glawen—. De hecho, habría recibido con agrado su compañía.
    —En cualquier caso, hemos de registrar los pisos de arriba. Tal vez aún queden Monománticos, tan embebidos en sus estudios que no hayan oído las órdenes.
    —Vayan ustedes tres. Yo ya tengo bastante de los pisos altos. Cuando entren en la cocina, apaguen los fuegos, para que la sopa no tenga peor gusto del habitual.

    Plock y sus dos ayudantes subieron la escalera. Entretanto, Glawen exploró la primera planta. Descubrió los aposentos privados y el despacho de Zaa, una amplia habitación de paredes enyesadas, amueblada con lámparas de un peculiar diseño retorcido, una gruesa alfombra negra y verde, y muebles tapizados de felpa roja. Una habitación singular, pensó Glawen, percibiendo las tensiones que habían empujado a Zaa en una docena de direcciones diferentes. Las estanterías contenían diversos libros, todos de naturaleza seglar. Glawen registró el escritorio, pero no encontró registros, direcciones, clasificadores de correspondencia ni otro material que le interesara. Sin embargo, tenía la impresión de que Zaa había intentado destruir cierta información. ¿Cuál y dónde? ¿Acaso había malinterpretado sus intenciones? En un cajón del escritorio encontró una caja fuerte, abierta, que contenía una gran cantidad de dinero. La sacó del cajón y debajo descubrió una fotografía de doce mujeres, de pie en lo que parecía un jardín. El entorno no parecía pertenecer a Tassadero. Una de las mujeres era Zaa, diez o tal vez quince años antes. Otra era Sibil. Glawen no conocía a las demás, aunque entre ellas debían de encontrarse Klea, ahora en Strock, y quizá madame Zigonie, de Rosalia. Ningún código, leyenda o anotación a mano identificaba a las mujeres. Glawen guardó la fotografía en su bolsillo interior; no era información que pudiera interesar demasiado a la CCPI.

    Glawen devolvió su atención a los aposentos privados de Zaa y, conteniendo con firmeza su asco, continuó la búsqueda de documentos: cartas, agendas, diarios, fotografías. Al igual que antes, no encontró nada sustancial, ninguna referencia a madame Zigonie, del planeta Rosalia, ni ningún nombre que reconociera.

    Plock y los demás bajaron de los pisos superiores. Glawen les guió hasta la tumba de Zonk, donde una lámpara iluminaba la cámara con un resplandor amarillento.

    Glawen abrió la puerta, pero no se decidió a entrar en la cámara más de unos dos o tres pasos.

    —Aquí la tienen —dijo—. Tal como la dejé: plataforma, riachuelo, túnel y todo.

    Plock examinó la tumba.

    —No veo ningún tesoro.
    —Yo no encontré ninguno, y como no tenía nada mejor que hacer, investigué con suma minuciosidad. No descubrí trampillas, piedras sueltas, paneles deslizantes, ni tesoros.
    —En cualquier caso, no es asunto nuestro —dijo Plock—. Ya he visto la tumba de Zonk y estoy dispuesto a marcharme, en cuanto quieran.
    —Ya he visto todo lo que quería ver —dijo Narduke.
    —Aquí no se me ha perdido nada —coreó Kylte.
    —Yo también he visto bastante —dijo Glawen—. Tengo ganas de irme.

    Glawen acompañó al grupo al despacho de Zaa y vertió el contenido de la caja fuerte sobre el escritorio. Plock contó el dinero.

    —La cantidad asciende a nueve mil soles, dinket más o menos. —Reflexionó un momento—. En mi opinión —dijo a Glawen— los Monománticos le deben una gran suma, difícil de calcular, en concepto de daños y perjuicios. Asignemos un valor arbitrario de mil soles por cada mes de su tiempo, más otros mil soles por los sufrimientos psíquicos. En unos segundos llegaremos a un acuerdo que exigiría meses en los tribunales. Quién sabe lo que podría ocurrirle a ese dinero en el ínterin. Es mejor cogerlo, ahora que lo tenemos a mano. Dicto sentencia contra el monasterio Monomántico: tres mil soles por daños y perjuicios.

    Glawen se guardó el dinero en el bolsillo.

    —El asunto ha terminado mejor de lo que esperaba. Destinaré el dinero a un buen uso.

    Los cuatro hombres salieron del seminario y bajaron por la colina hasta el pueblo.



    Capítulo 4
    1


    Mediada una tenebrosa tarde invernal, la nave espacial Solares Oro atravesó la capa de nubes que cubría la Estación Araminta y aterrizó cerca de la terminal.

    Entre los pasajeros que desembarcaron se encontraba Glawen Clattuc. Nada más finalizadas las formalidades de entrada, localizó un teléfono y llamó a la Casa Clattuc. Hoy era smollen; los Clattuc se dispondrían a reunirse en la Cena de la Casa semanal. Sin embargo, en lugar de su padre, la voz sintética del tablero de control respondió a Glawen.

    —¿Con quién desea hablar, señor?

    Qué raro, pensó Glawen. Había llamado directamente a los aposentos que compartía con su padre.

    —Con Scharde Clattuc.
    —No está en este momento. ¿Algún mensaje?
    —No, ninguno.

    Glawen llamó a la Casa Wook. El mayordomo le informó que Bodwyn Wook había bajado a la Cena de la Casa, y sólo podía ser molestado en un caso de extrema urgencia.

    —Haga el favor de darle este mensaje de inmediato. Dígale que Glawen Clattuc acudirá a la Casa Wook dentro de poco, en cuanto haya pasado por la Casa Clattuc y hablado con mi padre.
    —Le daré el mensaje, señor.

    Glawen se dirigió a la cola de taxis que aguardaba frente a la terminal y se acercó al primero de la fila. El chófer no demostró excesivo interés por su equipaje, pero contempló con benévola aprobación como Glawen lo cargaba en el maletero. Era de una especie desconocida para Glawen, un joven moreno, con pretensiones de ir a la moda, facciones angulosas, ojos inteligentes y una mata indisciplinada de cabello oscuro. Debía de formar parte de la mano de obra importada para sustituir a los yips.

    Glawen se sentó en el compartimento de pasajeros. El chófer dejó a un lado el periódico que había estado leyendo y le dirigió una cordial sonrisa.

    —¿Adónde vamos, señor? Basta con que nombre el lugar y le trasladaremos a él, con glorioso y majestuoso estilo. No abrigue dudas a ese respecto. Me llamo Maxen.
    —Lléveme a la Casa Clattuc.

    En los viejos tiempos, los chóferes yips, aunque no eran tan afables, le habrían cargado el equipaje.

    —¡Bien, señor! ¡A la Casa Clattuc!

    Mientras veía pasar los lugares que conocía tan bien, Glawen experimentó la sensación de que había estado ausente infinidad de años. Todo estaba igual, pero también era diferente, como si lo viera con nuevos ojos.

    Maxen miró hacia atrás.

    —¿Es la primera vez que viene, señor? A juzgar por su ropa, yo diría que viene de Soum, o tal vez de Aspergill. Bien, le diré algo: este lugar es muy notable, incluso único.
    —Tal vez.
    —Personalmente, encuentro a la gente un poco extraña. La población es muy endogámica, no hace falta decirlo, lo cual parece dar lugar a una considerable, digamos, excentricidad. Es el sentimiento general.
    —Soy un Clattuc de la Casa Clattuc —dijo Glawen—. He estado fuera un tiempo.
    —¡Ah! —Maxen compuso una expresión de pesar. Después, se encogió de hombros y lanzó una risita—. Muy bien. No encontrará muchos cambios. Aquí casi nada cambia. Me gustaría que pusieran una sala de baile, y una fila de casinos a lo largo de la playa. Además, algunos puestos de pescado frito en la Carretera de la Playa. Tendrían mucho éxito. Este lugar necesita un poco de progreso.
    —Es posible.
    —¿Ha dicho que es un Clattuc? ¿Cuál de la tribu es usted?
    —Glawen Clattuc.
    —¡Encantado de conocerle! La próxima vez, le reconoceré enseguida. Ya hemos llegado a la Casa Clattuc. Demasiado lujosa para gente como yo, me temo.

    Glawen bajó y sacó su equipaje del maletero, mientras Maxen tamborileaba con los dedos sobre el volante. Glawen pagó la tarifa habitual, que Maxen recibió enarcando las cejas.

    —¿Y la propina?

    Glawen se volvió poco a poco y clavó la vista en el compartimento del chófer.

    —¿Me ha ayudado a cargar mi equipaje?
    —No, pero…
    —¿Me ha ayudado a descargarlo?
    —Por la misma regla de tres…
    —¿No ha dicho que era endogámico y excéntrico, y probablemente débil mental?
    —Era una broma.
    —¿Ya sabe dónde puede meterse la propina?
    —Sí, perfectamente.
    —Así me gusta.
    —¡Pijo! —masculló Maxen, y se alejó a toda velocidad, con la cabeza bien erguida.

    Glawen entró en la Casa Clattuc y subió directamente a sus aposentos, situados en el extremo este de la galería del segundo piso. Abrió la puerta, dio un paso adelante y se paró en seco.

    Todo estaba cambiado. Los antiguos y sólidos muebles habían sido sustituidos por finas construcciones angulares de metal y cristal. Extraños adornos de colores estridentes y pasmosos temas colgaban de las paredes. Las alfombras habían sido reemplazadas por una amarillo rabioso. Hasta el aire olía diferente.

    Glawen avanzó poco a poco, mirando con asombro a derecha e izquierda. ¿Se habría vuelto loco su padre? Entró en el salón, donde descubrió a una joven rolliza, de pie ante un espejo de cuerpo entero, que daba los últimos toques a su peinado, en teoría, antes de bajar a la Cena de la Casa. Glawen miró el reflejo y reconoció a Drusilla, esposa de Arles y activo miembro de los Mimos de Floreste.

    Drusilla vio a Glawen por el espejo y se volvió con tibia curiosidad, como si la imagen de un extraño en su espejo no fuera una novedad ni motivo de seria preocupación. Al cabo de un momento, reconoció a su visitante.

    —¿No eres Glawen? ¿Qué haces aquí?
    —Yo iba a preguntarte lo mismo.
    —No veo por qué —dijo Drusilla, haciendo un mohín.
    —Porque éstos son mis aposentos —explicó con paciencia Glawen—, donde vivo con mi padre. Ahora, descubro una monstruosa alfombra amarilla en el suelo, un terrible olor y a ti. La explicación no se me ocurre.

    Drusilla lanzó una espléndida carcajada de contralto.

    —Es muy sencillo. La alfombra es del color conocido como Flor Mareante; el olor es Gorton. Yo soy la persona única y deliciosa que ves. ¿Es que no te has enterado de las noticias?

    Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Glawen.

    —Acabo de bajar de la nave.
    —Eso lo explica todo. —Drusilla compuso una expresión solemne—. Scharde salió en una misión de patrulla. Ocurrió hace meses. Nunca regresó y se le dio por muerto. Estoy segura de que esto es un golpe muy fuerte para ti. ¿Te encuentras bien?
    —Sí, me encuentro bien.
    —En cualquier caso, las habitaciones estaban vacías y nosotros las ocupamos. Bien, ¿quieres disculparme? Descansa todo cuanto quieras, pero debo bajar a cenar, o recibiré un buen rapapolvo.
    —Yo también me voy.
    —Ya llego un poco tarde —se quejó Drusilla—. Por lo tanto, molestaré a Arles, que es el crimen inexcusable en esta casa.

    Glawen siguió a Drusilla hasta el vestíbulo. Allí se detuvo y se apoyó en la balaustrada. No era posible que su padre, su querido padre, estuviera muerto, tendido en alguna parte con los miembros torcidos, los ojos ciegos mirando al cielo. Glawen notó que le fallaban las piernas y se dejó caer en un banco. No se le había ocurrido imaginar algo semejante. Incluso en lo tocante a los aposentos, todo orden y lógica parecían descartados. Arles y Drusilla no tenían ningún derecho a ocuparlos.

    Los aposentos significaban poca cosa, si su padre estaba muerto. Advirtió que alguien se acercaba, levantó la vista y descubrió a Spanchetta. Se detuvo y permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre la cadera, mientras la otra jugueteaba con la borla de su fajín púrpura. Como siempre, se había ataviado con prendas impresionantes, y esta noche había magnificado el efecto con tres plumas blancas que oscilaban sobre su espléndido montículo de rizos.

    —Drusilla ha dicho que estabas aquí —dijo Spanchetta—. Por lo visto, te ha contado las noticias.
    —¿En relación con Scharde? ¿Es verdad?

    Spanchetta asintió.

    —Volaba cerca de los montes Mahadions durante una tormenta, y un rayo alcanzó su avión; ésa es la teoría, al menos. ¿Drusilla no te ha dicho nada más?
    —Sólo que Arles y ella se han mudado a mis aposentos. Tendrán que marcharse, y de inmediato.
    —No. Por desgracia para ti, Arles y Drusilla tuvieron un hijo, Gorton, antes de la fecha de tu cierre, y te ha precedido. Obtuviste un 21 y no conseguiste el estatus de Agencia. Ahora eres un colateral y has perdido el derecho a tus aposentos. De hecho, has entrado ilegalmente en la Casa Clattuc.

    Glawen miró a Spanchetta, estupefacto. La mujer dio un paso a un lado.

    —Quizá no sea el momento apropiado para hablar de estas cosas —dijo—, pero tu linaje era ambiguo, de entrada, y no tienes por qué quejarte.

    A través de la confusión que nublaba la mente de Glawen, se abrió paso un irónico pensamiento: Spanchetta había logrado por fin la venganza sobre Scharde, algo tarde y viciada por la muerte de Scharde, pero venganza al fin y al cabo, y más dulce que ninguna.

    Spanchetta se volvió hacia el comedor. Habló por encima del hombro.

    —Vamos, Glawen, has de aprender a asumir la realidad. Ya desde niño eras propenso a la melancolía. Encontrarás un alojamiento adecuado a tus necesidades en el recinto, y sin duda te proporcionarán un trabajo bueno y provechoso.
    —Tiene razón. No debo sumirme en la melancolía.

    Glawen se puso en pie, atravesó el vestíbulo a grandes zancadas, casi corriendo, y salió por la puerta principal. A mitad de la avenida se detuvo, acosado por un repentino pensamiento, y volvió a la Casa Clattuc. Se dirigió al despacho del mayordomo, situado a un lado del vestíbulo, y preguntó al lacayo de guardia:

    —¿Dónde está mi correo? Habré recibido cartas.
    —No lo sé, señor. Aquí no tengo nada para usted.

    Glawen volvió a salir de la Casa Clattuc y se encaminó a la Casa Wook. El lacayo encargado de la puerta, tras oír el nombre de Glawen, adoptó una actitud cortés.

    —Sir Bodwyn está en la Cena de la Casa, pero desea que se le avise al instante de su llegada. Un momento, señor.

    Glawen contempló sus ropas, arrugadas después del viaje.

    —No creo que vaya vestido para la ocasión.
    —Yo también lo insinué, pero le han reservado un asiento. Sígame, por favor.

    Bodwyn Wook le esperaba en el pasillo. Cogió a Glawen por los brazos.

    —¿Te has enterado de lo de Scharde?
    —¿Es cierto, pues?
    —Despegó en un avión y no regresó. Eso es lo único que sabemos. Tal vez esté vivo, pero lo más probable es que haya muerto. Es innecesario decir que comparto tu dolor. Dime, en pocas palabras, ¿qué has averiguado?
    —Spanchetta me ha dicho que tengo suerte de ser un colateral. En otros sitios, he descubierto que Floreste organizó las orgías en la isla Thurben. Ordenó que me asesinaran en Tassadero. Escapé, como ve. Le interesará escuchar toda la historia. ¿Está ahora Floreste en la Estación Araminta?
    —Ya lo creo. Ha vuelto después de la gira y proyecta grandes planes.
    —Debe detenerle cuanto antes, en este mismo momento, antes de que averigüe que he regresado.

    Bodwyn Wook lanzó una breve carcajada.

    —¡No te preocupes! Esta noche, Floreste se encuentra a nuestra total disposición. De hecho, está sentado a la mesa, a menos de veinte metros de nosotros. Bebe nuestro mejor vino con ahínco y fascina a las damas como nunca. Te sentarás delante de él. Una situación encantadora. ¿Qué hay de Kirdy? Se expresa de manera vaga, y no he podido sonsacarle.
    —Kirdy me traicionó. Ya no puede utilizar como excusa el desorden mental. No conozco todos los detalles, pero me envió a lo que habría podido ser mi muerte, de no haber escapado. No puedo sentir compasión hacia Kirdy.

    Bodwyn Wook meneó la cabeza, entristecido.

    —Otra tragedia. Llueve sobre mojado. Vamos a la mesa.

    Los dos entraron en el comedor y se sentaron. Glawen lo hizo junto a Bodwyn Wook, con Ticia al otro lado. Casi enfrente se sentaba Kirdy, al lado de Floreste. Los dos estaban conversando y, durante unos momentos, no repararon en la presencia de Glawen.

    —Éste es uno de esos momentos que Floreste debe de considerar altamente dramáticos —murmuró Bodwyn Wook al oído de Glawen—. La tensión aumenta mientras ese par no se da cuenta de lo que está pasando.

    Glawen asintió. Estudió a Kirdy con atención, notando que su estómago se revolvía. En aquel momento, Kirdy parecía plenamente dueño de sí mismo, liberado de la introversión o la melancolía que había demostrado en compañía de Glawen. Antes al contrario, hacía gala de la espontaneidad y sencillez juveniles que le habían hecho popular en los viejos tiempos, junto con su cara redonda, ojos azul cielo y sonrisa fácil.

    Glawen le contempló fascinado. Apenas recordaba al mismo Kirdy que había visto por última vez en Fexelburg. Kirdy se inclinó para comer un pedazo de pescado escalfado; después, alzó la cabeza y se secó la boca con la servilleta. Su mirada cayó sobre Glawen y se quedó petrificado. Sus hombros se derrumbaron lentamente y clavó la vista en la mesa, sin la menor señal de alegría en su cara.

    —Ni rastro de locura o error —susurró Bodwyn Wook al oído de Glawen—. Se trasluce la más pura y evidente culpabilidad. No hace falta más para convencerme. Es vergonzoso. Debo investigar sus antecedentes.
    —Ha cambiado desde que le vi por última vez. La terapia utilizada por Floreste es increíble. ¡Fíjese! Está comunicando la noticia a Floreste. Otra cena echada a perder.

    Mientras Kirdy murmuraba en su oído, Floreste irguió su hermosa cabeza y paseó la mirada por la mesa, sin detenerse en Glawen. Después, giró en su silla y se enfrascó en una animada conversación con dama Dorna Wook, sentada a su izquierda.

    Glawen aguardó unos segundos, y luego habló.

    —Maese Floreste, veo que ha regresado de su gira.

    Floreste le dirigió una fría y fugaz mirada.

    —Sí, es evidente.
    —¿Ha triunfado?
    —Como siempre. Damos lo mejor de nosotros y esperamos lo mejor. Nuestro credo es el optimismo.
    —Por lo visto, tenemos amistades mutuas en Tassadero.
    —¿De veras? No me sorprende. Cada semana conozco a miles de personas, y desde luego me olvido de todas, salvo de las más encantadoras.
    —¿Considera encantadora a la Ordene Zaa?
    —¿La Ordene Zaa? ¿Quién es ésa? ¿Qué más da? En este momento, sólo me interesa este exquisito pescado.
    —En ese caso, sólo le diré que le envía recuerdos. Sus actuales circunstancias no son felices. ¿Conocía sus problemas?
    —No.
    —Se mezcló en una serie de sorprendentes crímenes, que llamaron la atención de la CCPI. Hasta es posible que le citen para verificar algunas de sus informaciones, o tal vez traspasen el caso a la filial local de la CCPI, que es el Negociado B.
    —Eso no tiene nada que ver conmigo.

    Floreste se volvió hacia dama Dorna y reanudó su conversación.

    Ticia, que ya había observado con ojo crítico la indumentaria de Glawen, le reprendió.

    —¿Me equivoco, o ha querido importunar a nuestro genio local?
    —Se equivoca. No he pretendido nada por el estilo.
    —Ésa «Ordene Zaa» ¿es una de las amantes de Floreste, o algo por el estilo?
    —No me sorprendería. Ambos son personas extraordinarias.
    —Ummm. Ha estado ausente, ¿verdad? Hace tiempo que no le veía.
    —Sí, he estado ausente.
    —Lo de su padre es lamentable. Ahora que lo pienso, usted es un colateral ahora. Sin embargo, está sentado aquí, tan pancho, en nuestra Cena de la Casa, de la que se expulsa a los colaterales.
    —¿Piensa expulsarme?
    —De ahora en adelante, sí. Esta noche no puedo hacerlo, porque estamos sentados uno al lado del otro, y es demasiado fácil para usted llamar mi atención.
    —No soy tan sensible. Puede rechazarme tanto como quiera.
    —No necesito su permiso. De hecho, rechazo a casi todo el mundo. Mis favores son así más valiosos.
    —No hagas caso a esa idiota —dijo Bodwyn Wook a Glawen—. Ya está perdiendo la chaveta. Dentro de diez años, será toda dientes, nariz y clavículas, como su tía, dama Audlis.
    —Esta noche, tío Bodwyn —dijo Ticia— estás más ingenioso que nunca. A tu avanzada edad, te estás convirtiendo en un enfant terrible.
    —Muy cierto, Ticia. Soy demasiado mordaz, y tu actitud es correcta. Hay que mantener el decoro, y no se puede permitir que los colaterales molesten a nuestras viejas amistades. Glawen, no puedo esperar más a escuchar tu relato. Terminemos la cena en la habitación de al lado.

    Bodwyn Wook y Glawen salieron del comedor.

    —¿No existe la menor duda de que Floreste es culpable? —preguntó Bodwyn Wook en el pasillo.
    —Ninguna.
    —En ese caso, ordenaré que le detengan y encierren. Sin embargo, he de esperar a que termine la cena, para no ofender las ideas preconcebidas de Ticia sobre la educación. ¿Qué me dices de Kirdy?
    —Me traicionó, y también al Negociado. Era víctima de una tensión mental excesiva para él. No puedo reprimir la sensación de que sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero prefiero que usted se forme su propia opinión.
    —Mi opinión se ha formado en la mesa. La verdad es que estás tratando con mucha generosidad a Kirdy. Te asestó una última puñalada por la espalda que desconoces. Cuando regresó a Araminta, me aseguró y perjuró que estabas muerto, con absoluta y total seguridad. Por lo tanto, cancelé la misión de rescate que estaba a punto de partir. Me mintió. Él lo sabe, y yo lo sé. Habría podido significar la diferencia entre la vida y la muerte para ti. No estoy satisfecho con Kirdy. Será sometido a una investigación y perderá el estatus de Wook, como mínimo.
    —Ahora parece más cuerdo que cuando le dejé en Fexelburg.
    —Vamos a terminar la cena. Hablaremos mientras comemos.


    2


    Glawen y Bodwyn Wook cenaron en un saloncito situado junto a la galería central. Glawen refirió sus investigaciones, en el lenguaje más llano posible, así como las dificultades con que se había topado durante ellas.

    —Cuando pienso ahora en lo que ocurrió, experimento una docena de emociones. La más fuerte es el alivio de que todo haya terminado. Hubo buenos momentos, por supuesto, cuando mis pies tocaron tierra fuera del seminario, por ejemplo. Incluso esta noche, ver a Kirdy y Floreste me ha proporcionado cierto placer cruel.
    —Y ahora vienen los detalles aburridos. Floreste suplicará piedad. Sus víctimas fueron simples yips, materia prima de una nueva técnica artística. En todas partes se le reconoce como a un genio y no debe someterse a las normas habituales. Es muy posible que dama Dorna apoye tales argumentos. Bebe los vientos por él y es miembro del Comité de Bellas Artes.

    Un lacayo entró en la estancia.

    —Sus instrucciones han sido cumplidas, señor.

    Bodwyn Wook cabeceó, satisfecho.

    —Como ya esperaba, Floreste y Kirdy, aduciendo cansancio, se marcharon pronto de la cena. Les detuvieron en la puerta. Bien, basta de eso. ¿Te apetece un poco de vino? Es nuestro mejor Chariste y supera a cualquiera de su estilo que se produce en esta estación.
    —Es muy bueno.

    Los dos bebieron vino durante un rato.

    —Bien —dijo Bodwyn Wook—, hemos de pensar en tus problemas personales.
    —Yo ya lo he hecho. Tengo la intención de averiguar qué le ha pasado a mi padre.
    —Ummm, sí. Bien, no abrigo muchas esperanzas. Buscamos con minuciosidad. No encontramos nada y no escuchamos señales de socorro. Existen docenas de posibilidades. Hemos tratado de analizarlas todas, con el mismo resultado: nada.

    Glawen dio vueltas al vino en la copa.

    —Eso es sugestivo per se, ¿no cree? —dijo por fin.
    —¿En qué sentido?
    —No lo sé. Ha de significar algo. Antes que nada, en el caso de haberse estrellado, se habrían encontrado los restos.
    —No necesariamente. Podría haber caído en un bosque o un lago.
    —De todos modos, es intrigante. Según Spanchetta, su avión fue alcanzado por un rayo cerca de los Mahadions.
    —Es una teoría, tan buena como cualquier otra…, o mala, si lo prefieres.
    —Mañana hablaré con Chilke. —Glawen vaciló—. Prefiero saber lo peor ahora mismo. ¿Cómo me afectará mi nuevo estatus en relación con el Negociado B? ¿O ya estoy expulsado?
    —¡Ja ja! —rió Bodwyn Wook, y bebió de su copa—. Mientras yo sea el superintendente Bodwyn Wook, tú serás el capitán Glawen Clattuc. Tus capacidades, que considero notables, están por encima del estatus oficial. Y a este respecto, presiento que algo extraño está pasando.
    —¿Por qué?
    —Aún no estoy seguro. De puertas afuera, todo parece correcto, pero me pregunto si es así.
    —Temo que no le comprendo.
    —Retrocedamos en el tiempo tres semanas antes de tu cumpleaños. Estabas en el Pico de Pogan. Aquel día, Erl Clattuc se mató en un corrimiento de tierras en Cabo Journal y tu índice bajó a 20.

    »Y después, ¿qué? Suceden extraños acontecimientos. Los Mimos regresan a la Estación Araminta, con Arles, Drusilla y Gorton. Vuelves al 21. Si Scharde hubiera podido, se habría jubilado y solucionado el problema, pero Scharde llevaba casi dos meses desaparecido.
    »¿Y si Scharde no vuelve antes de tu cumpleaños? ¿Si no vuelve jamás? En cualquier momento, la Junta Electora de la Casa Clattuc, presidida, a propósito, por Spanchetta, puede reunirse y declararle muerto, una suposición bastante plausible. Si esto ocurre antes de tu cumpleaños, bajas otra vez al 20 y recobras el estatus de Agencia que Scharde pretendía para ti.
    »Spanchetta se negó a convocar la reunión hasta dos semanas después de tu cumpleaños, cuando ya eras irremediablemente un colateral, expulsado de la Casa Clattuc. Entonces, y sólo entonces, Spanchetta convocó la reunión que, como primer punto del orden del día, declaró la muerte de Scharde, anunció la vacante y fue ocupada por un miembro de la lista de colaterales. ¿A que no adivinas quién encabezaba la lista?

    —¡Namour!
    —Exactamente. De hecho, Spanchetta te expulsó y concedió a Namour tu plaza. ¿No es irónico? Namour afirma que la Casa se le da una higa. Sin embargo, no vaciló ni un instante cuando se presentó la oportunidad.

    Glawen suspiró.

    —De momento, todo me da igual.
    —A tu padre no le gustaría que adoptaras una actitud pasiva.
    —Es verdad. Reflexionaré sobre la situación.
    —Hasta que resuelvas el problema, serás mi invitado en la Casa Wook. Kirdy se disgustará y Ticia fingirá no verte, pero no hagas caso; es su forma de llamar la atención sobre sí misma. Por lo demás, nos encontrarás agradables.


    3


    Por la mañana, Glawen desayunó solo en las habitaciones que Bodwyn Wook había puesto a su disposición. Después, bajó por Wansey Way, bajo un cielo cubierto de pequeñas nubes que se deslizaban a toda velocidad, fugitivas de una tremenda tormenta, alejada ochocientos kilómetros hacia el mar, pero que avanzaba inexorablemente hacia la costa. Cuando llegó a la Carretera de la Playa, se desvió hacia el norte en dirección al aeropuerto, donde encontró a Chilke sentado en su oficina, bebiendo té. Chilke le miró sorprendido.

    —¡Pensaba que habías muerto! Eso afirmaban los rumores que llegaron a mis oídos.
    —Estoy vivo. Es mi padre quien parece haber muerto.
    —Eso cree todo el mundo. No sé más que tú. —Chilke sacó un mapa—. Volaba en una misión de patrulla normal, hacia el noreste, sobre la llanura de Pandora, hasta dejar atrás los Mahadions, rodear el lago Carnet, virar al norte hacia el océano, seguir paralelo a la costa de Marmion y regresar a la costa. Al menos, ésa era la ruta dictada al piloto automático.

    Glawen hizo más preguntas, pero Chilke no pudo añadir nada más, salvo especulaciones y sospechas.

    —En casi todas las circunstancias, habríamos oído la señal de socorro, pero no oímos nada y el monitor no registró nada. Tampoco encontramos restos del siniestro. Es lo único que sé con seguridad. ¿Y tú? ¿Qué te pasó, para dar lugar a rumores tan pesimistas? Estás pálido, pero se te ve fuerte.
    —Estuve haciendo ejercicio en una cueva.

    Glawen contó sus aventuras a Chilke, y luego sacó la fotografía que había cogido del escritorio de Zaa.

    —¿Qué opinas?

    Chilke estudió la fotografía con atención.

    —Estas damas tienen un aspecto muy severo. Si mis ojos no me engañan, veo a mi vieja amiga madame Zigonie, que aún me debe dinero.
    —¿Cuál es?
    —Ésta, la tercera de la izquierda. Cuando la conocí llevaba el pelo más largo, o quizá era una peluca. ¿Quiénes son estas damas?
    —Miembros de una secta filosófica. Se hacen llamar Monománticos. Ésta es Sibil, responsable de las operaciones en la isla Thurben. Ésta es la Ordene Zaa, que se enamoró de mí… Supongo que tú lo llamarías así. Escapé descolgándome por una cuerda hecha con sábanas rotas, y estoy muy contento de haber vuelto a casa, pese a todo.
    —¿Por qué lo dices?
    —Ahora. Namour es un Clattuc y yo un colateral. Tú tienes más estatus que yo.
    —Da que pensar.

    Glawen volvió a la Casa Wook. Se dirigió a la biblioteca y pasó el resto de la mañana meditando y tomando notas. Bodwyn Wook entró y palmeó el hombro de Glawen.

    —Me alegra ver que te estás tomando un descanso. Has soportado grandes penalidades y necesitas tiempo para readaptarte. ¡Sigue sesteando! Nadie te molestará hasta la hora de comer.

    Glawen levantó la vista, indignado.

    —Estoy despierto. De hecho, estoy pensando.

    Bodwyn Wook rió.

    —Seguro que en la tumba de Zab Zonk pensaste hasta que las ideas te salieron por las orejas.
    —Pienso en otras cosas, y más interesantes. Quiero enseñarle algo.

    Glawen sacó la fotografía.

    De pronto, los ojos de Bodwyn Wook adquirieron un brillo de interés inusitado.

    —¿De dónde has sacado esto?
    —Del escritorio de la Ordene, en el Pico de Pogan. —Glawen señaló una cara—. Ésta es Zaa, y ésta es Sibil.
    —¿Por qué no me la enseñaste antes?
    —Quería averiguar si Chilke identificaba a su «madame Zigonie», para poder enseñarle algo.
    —¿La identificó? No, deja que lo adivine. Era esta dama.
    —¡Exacto! ¿Cómo lo ha sabido?
    —En otro tiempo fue conocida como Smonny, o sea, Simonetta, la hermana menor de Spanchetta.

    Glawen estudió las caras con renovado interés.

    —Ahora que lo dice, existe cierto parecido.
    —Si me permites, me haré cargo de esta fotografía. Guardemos esto en secreto. Ordenaré a Chilke que haga lo mismo. Esta información es de lo más intrigante.
    —Namour debe de saberlo.

    Bodwyn Wook se sentó en una silla al lado de Glawen.

    —Un día pillaremos a Namour en uno de sus pecadillos, y entonces, todos sus preciados secretos serán expuestos a la luz del día, en toda su dimensión, y a todo color.
    —Ya se preocupará Namour de no darle la oportunidad.
    —Hasta el momento, es cierto. A propósito, cambié unas palabras con Drusilla esta mañana, y confirmó la culpabilidad de Floreste con apasionadas afirmaciones de virtud. —Bodwyn Wook contempló los papeles esparcidos frente a Glawen—. ¿Qué son todas esas notas y listas?
    —Representan puntos aún oscuros para mí; misterios, si le gusta más.

    Bodwyn Wook examinó las notas.

    —¿Tantos? Pensaba que habíamos despejado bastantes.
    —Para empezar, me intriga la relación de Floreste con los Monománticos. Quiero formularle algunas preguntas.
    —Ummm. Si quieres, ¿por qué no? Te servirá de práctica, como mínimo. He hablado con él esta mañana, pero no saqué nada en claro. Es un experto en el oscurantismo, que al final se hace insoportable. No creo que te vaya mejor.
    —A menos que me tome a la ligera y cometa algún desliz.
    —Es posible. Prepárate a lidiar con un santo mártir, cuyo único delito es la expresión artística. Hice hincapié en la virulencia de sus crímenes, pero se limitó a reír, como si supiera más que yo. Me aseguró que los habitantes de la Estación Araminta nunca habían reconocido su gran genio. Se considera un «ciudadano del universo». La Estación Araminta es un lugar atrasado, con un sistema social incestuoso y estúpido, que recompensa a los idiotas y patanes, y obliga a la gente dotada de talento a buscarse la vida en otras partes. Fueron sus palabras, y contienen ciertas verdades a medias.

    »En cualquier caso, y por un instante tomemos a Floreste al desnudo y sin adornos, ¿qué ha hecho por él la Estación Araminta? ¿Dónde están sus honores oficiales y alta posición, su riqueza y su mansión particular? ¿Cómo ha sido recompensado su gran genio? Con una salva de aplausos por sus maravillosas producciones y el patrocinio del Comité de Bellas Artes. Yo puntualicé que no era más que un cómico habilidoso, y que no entraba dentro de nuestras costumbres ennoblecer o santificar a gente de ese estilo. Floreste se abstuvo de responder, pero está claro que no siente el menor aprecio por la Reserva, la Carta o la Estación Araminta.

    —Me pregunto por qué quiere construir aquí el nuevo Orfeo.
    —¿Dónde sino aquí? La situación es ideal. ¿Por qué no se lo preguntas? Evitará una respuesta directa, por pura perversidad. Es imperturbable.

    Glawen se reclinó en la silla.

    —Mientras estaba aquí pensando, dormitando, como usted apuntó, me di cuenta de que Floreste debía de haber acumulado una gran cantidad de dinero. ¿Sabe dónde lo guarda?
    —Pues sí. Está depositado en el Banco de Mircea de Soumjiana.
    —He decidido presentar una denuncia contra Floreste. Creo que tengo bastantes posibilidades de lograr una generosa compensación, sobre todo si el Tribunal Supremo de la Estación enjuicia el caso, porque es su jurisdicción.
    —¡Ja! —exclamó Bodwyn Wook—. Has llegado a dominar ese vil arte Clattuc de atacar al enemigo donde más le duele. Aún al borde de la condenación, Floreste sufrirá horrores si ve su dinero amenazado.
    —Eso pienso yo. ¿Cómo puedo presentar esa demanda?
    —Wilfred Offaw redactará los documentos hoy mismo, y el dinero de Floreste quedará tan a buen recaudo como si estuviera guardado en una caja de durastrang y custodiado por cien Cascos Grises.
    —Como mínimo, Floreste se quedará desconcertado.
    —Sin la menor duda. ¿Cuándo quieres interrogarle? Puedes hacerlo cuando quieras; Floreste ya no tiene compromisos.
    —Esta tarde me irá bien.
    —Ordenaré a Marcus que te proporcione toda la ayuda posible.

    Nada más terminar de comer, Glawen se envolvió en una capa y caminó, inclinado para protegerse del insistente viento, hacia la antigua prisión, situada al otro lado del río, frente al Orfeo. El carcelero, Marcus Diffin, le registró en la oficina.

    —No pienso disculparme, porque nadie pasa sin ser registrado, incluido Bodwyn Wook, que dio la orden. ¿Qué es este paquete, si me permite la pregunta?
    —Es lo que aparenta ser. Si es necesario, le avisaré.

    Glawen entró en la celda y se recostó un momento contra la puerta. Floreste estaba sentado en una butaca de madera, frente a una tosca mesa de tablones, con la atención concentrada en una diminuta flor blanca que sobresalía de un delgado jarrón azul. La intensidad de su mirada sugería una introversión mística, o tal vez confiaba en que Glawen advirtiera su preocupación y saliera de puntillas de la celda. Todo era posible, pensó Glawen.

    —Avíseme en cuanto pueda interrumpir su meditación —dijo en voz baja.

    Sin siquiera levantar la vista, Floreste hizo un ademán de cansada resignación.

    —¡Habla! No tengo otro remedio que escucharte. Mi única esperanza es la propia esperanza. Miro a todas partes, pero sólo la encuentro en el símbolo expresado por esa florecilla, tan gallarda y hermosa.
    —Es una flor muy bonita —admitió Glawen. Cogió una silla y se sentó frente a Floreste—. Quiero hacerle algunas preguntas, y espero que las responda.
    —No estoy de muy buen humor. Dudo que mis respuestas te complazcan.
    —Por pura curiosidad, ¿desde cuándo conocía a Zaa? Me refiero, por supuesto, a la Ordene del Pico de Pogan.
    —Los nombres no significan nada para mí. He conocido millares de personas, de todas las razas y descripciones. Recuerdo a algunas, por su manera de ser, o por cierta elegancia que las distinguía de las demás. Otras son como huellas en la arena de la playa, seres decepcionantes que vale más olvidar.
    —¿En qué categoría situaría a la Ordene Zaa?
    —Estas insignificantes clasificaciones son absurdas y aburridas.
    —Quizá pueda responderme a esta pregunta: ¿cómo y por qué se mezcló una mujer inteligente como Zaa con los Monománticos?

    Floreste lanzó una fría carcajada.

    —Un hecho es un hecho, ¿no? Las cosas son como son, y eso ha de ser suficiente para un hombre de acción.
    —Cómo dramaturgo, ¿no le interesan las motivaciones?
    —Sólo como dramaturgo. Empatias, simpatías… Por su mediación, el inseguro intenta racionalizar su lóbrego y aterrador universo.
    —Un punto de vista interesante.
    —En efecto. Ya he dicho todo lo que estaba dispuesto a decir. Puedes marcharte.

    Glawen fingió no oírle.

    —El día aún no es demasiado joven para tomar una copa de vino. Supongo que piensa lo mismo que yo sobre el tema, puesto que ambos somos hombres de gustos refinados.

    Floreste dirigió a Glawen una altiva mirada.

    —¿Piensas ganarte mi favor con esas estúpidas tácticas? No quiero tu vino, ni ahora ni después.
    —Esperaba que adoptara esa postura. No he traído vino.
    —Bah —murmuró Floreste—. Tu conversación es necia e insípida. ¿Me has oído bien? Te he dado permiso para marcharte.
    —Como quiera, pero no le he comunicado la noticia.
    —Las noticias no me interesan. Sólo deseo vivir en paz.
    —¿Aunque la noticia le concierna a usted?

    Floreste bajó la vista hacia la flor blanca. Meneó la cabeza y suspiró.

    —Gracia y nobleza, adiós, sin duda para siempre. Estoy hundido en la vulgaridad, bien a mi pesar. —Miró a Glawen de arriba abajo, como si le viera por primera vez—. Bien, ¿por qué no? El hombre sabio, a medida que viaja por la vida, disfruta del paisaje que se extiende a ambos lados, porque sabe que nunca volverá a verlo. El camino es largo y tortuoso, y ¿quién sabe lo que acecha más adelante?
    —A veces, es fácil de adivinar. Como en su caso, por ejemplo.

    Floreste se puso en pie de un salto y paseó de un lado a otro, con las manos enlazadas a la espalda. Glawen le contempló en silencio. Floreste volvió a sentarse.

    —Vivo momentos aciagos. Beberé vino.
    —A mí me pasa lo mismo —dijo Glawen—. He venido preparado para cualquier contingencia.

    Se acercó a la puerta y golpeó la hoja.

    Marcus Diffin abrió el postigo de la mirilla.

    —¿Qué quiere?
    —Mi paquete.
    —Debo verterlo en un recipiente de sintán y darles copas de siman. A los delincuentes no se les permite el uso del cristal.
    —¡No me llame delincuente! —rugió Floreste—. ¡Soy un artista dramático! ¡Existe una notable diferencia!
    —Si usted lo dice, señor. Aquí está el vino. Beban a placer.
    —¡Qué idiota! —estalló Floreste—. De todos modos, ¿qué más da? ¡El hombre sabio disfruta de cada instante que transcurre! ¡Sirve vino a manos llenas!
    —Es un triste asunto —dijo Glawen—. Su ejecución anegará de lágrimas muchos ojos.
    —Incluyendo los míos. Es vergonzoso tratarme así.
    —¿Qué me dice de sus grotescos crímenes? Se merece algo mucho peor.
    —¡Paparruchas! Eso que llamas crímenes eran los medios de conseguir un fin, calderilla gastada para obtener una gran fortuna. Están terminados y olvidados. Pero ahora… Piensa en ello, te lo ruego. Estoy obligado a participar, contra mi voluntad, en este macabro ballet que llamas justicia, y ¿con qué fin? ¿Quién sale ganando? Yo no, desde luego. Sería mucho mejor olvidarnos de esta locura y empezar de nuevo, como los caballeros civilizados que somos.
    —He de preguntarle a mi padre su punto de vista, si vuelvo a verle. Ha desaparecido. ¿Lo sabía usted?
    —Algo he oído.
    —¿Sabe qué le ocurrió?

    Floreste vació la copa de un solo trago.

    —Aunque lo supiera, ¿por qué iba a decírtelo? Estoy aquí por tu culpa, contando los minutos que me quedan de vida.
    —Tal vez sería considerado un acto generoso.
    —¿Generoso, dices? —Floreste llenó su copa de nuevo—. ¡Toda mi vida he sido generoso! ¿Me han otorgado un título de nobleza, o recompensado de alguna manera? Aún sigo inscrito como colateral lejano. En el ínterin, he entregado mi genio a manos llenas. Donaré mi fortuna personal para el nuevo Orfeo, aunque nunca vea su espléndida realidad. ¡Pero la donaré! Será mi memorial y, pese a los siglos que transcurran, la gente seguirá leyendo mi nombre con respeto y admiración.

    Glawen meneó la cabeza con escepticismo.

    —Tal vez no sea así, y ésa es la noticia que he venido a comunicarle. Me temo que no es una buena noticia.
    —¿Qué estás diciendo?
    —Muy sencillo. He sufrido grandes perjuicios por culpa de sus injustificables, crueles y deliberados actos. Por lo tanto, he presentado una demanda contra usted, sus propiedades y todo su dinero. Tengo asegurada una generosa indemnización. Deberá aplazar sus proyectos para el Orfeo.

    Floreste miró consternado a Glawen.

    —¡No hablará en serio! ¡Sería la obra de un maníaco!
    —De ninguna manera. Usted dispuso un terrible sino para mí y he sufrido mucho. Cada vez que lo pienso, se me antoja una verdadera pesadilla. Tiene que recompensarme. Mi demanda es legítima.
    —¡Sólo en teoría! Tú quieres mi dinero, el tesoro que he reunido sol a sol, siempre con el gran sueño en mi mente. Y ahora que ya lo tenía al alcance de la mano, destrozas mi universo.
    —A usted no le preocuparon los padecimientos que sufrí en el Pico de Pogan. A mí no me importan los suyos.

    Floreste, desolado, contempló la flor blanca. De pronto, se levantó de la silla.

    —Te estás encarnizando en la persona equivocada. Fue Kirdy, no yo, quien insistió en la llamada al Pico de Pogan. Accedí, cierto, pero sin entusiasmo; tu destino no significaba nada para mí. Fue Kirdy quien planeó tu captura con enorme placer. Coge su dinero, pero déjame en paz.
    —No lo creo —dijo Glawen—. Lo único que Kirdy tenía en mente era confusión.
    —Querido amigo, ¿cómo puedes ser tan lerdo? El odio de Kirdy hacia ti provocó su confusión, pero no al revés. Te ha detestado desde que erais niños.

    Glawen desvió la vista y se abismó en los recuerdos. Floreste, en este caso, le estaba diciendo la dura verdad.

    —Siempre he tenido esa sensación, pero la reprimí ferozmente. Kirdy era considerado un tipo recto; era absurdo pensar esas cosas de Kirdy, aunque apenas pudiera disimular. Sin embargo, no entiendo por qué. No tenía motivos para odiarme.

    Floreste continuaba con la vista clavada en la flor.

    —Después de llamar al Pico de Pogan, lo expulsó todo como un vómito. No calló nada. Por lo visto, le arrebataste todo cuanto deseaba, durante toda su vida, sin el menor esfuerzo o dificultad. Estaba loco por Sessily Veder. La deseaba tanto que sólo mirarla le ponía enfermo. Ella le evitaba como si fuera deforme, pero se prendó de ti.

    »Ganaste honores académicos y un puesto en el Negociado B, todo sin esfuerzo aparente. En Yipton, hizo cuanto pudo por implicarte, pero los umps no le hicieron caso y le detuvieron. Me dijo que desde aquel momento, te odió tanto que, en cuanto te veía, las piernas le flaqueaban.

    —Me enferma un poco oír eso.
    —Es muy desagradable. Por fin, le dejaste solo en Fexelburg, y Kirdy comprendió con gran alegría que el momento había llegado. La llamada telefónica al Pico de Pogan fue su ocasión de saldar cuentas. He de confesar que su ferocidad me abrumó.

    Glawen suspiró.

    —Todo esto es muy interesante, de una forma horripilante, pero no lo que deseaba saber.
    —¿Y qué es?
    —¿Dónde está mi padre?
    —¿Ahora? No estoy seguro de saberlo.
    —¿Está vivo?

    Floreste parpadeó, irritado por haber revelado aquella ínfima información.

    —Es posible, si mis suposiciones son correctas.
    —Dígame lo que sabe.
    —¿Qué me ofreces a cambio? ¿Mi vida y mi libertad?
    —Yo no puedo hacerlo. Sólo tengo poder sobre su dinero.

    Floreste se encogió y bebió más vino.

    —Esa idea es inconcebible.
    —Dígame lo que sabe. Si encuentro a mi padre, su dinero quedará a salvo.
    —Es obvio que no puedo confiar en ti.
    —¡Claro que puede confiar en mí! ¡Le daré su dinero, el mío y todo cuanto quiera, si recupero a mi padre! ¿Por qué no confía en mí? ¡Es su única oportunidad!
    —Pensaré en ello. ¿Cuándo me juzgarán?
    —Ha rechazado asesoramiento legal, de modo que no existen motivos para retrasarlo. El juicio tendrá lugar dentro de dos días. ¿Cuándo me contestará?
    —Ven a verme después del juicio —dijo Floreste, y se sirvió lo que quedaba de vino.


    4


    La Corte del Tribunal Supremo residía en la Sala de Juntas de la Antigua Agencia, una amplia cámara circular situada bajo una elevada cúpula de cristal verde y azul, con paneles de palisandro y un suelo a cuadros de mármol gris, veteados de cuarzo blanco y gris. A un lado, el tribunal realizaba su trabajo. Al otro, una galería de tres filas semicircular permitía a toda la población de la Estación Araminta seguir la vista.

    A mediodía, los tres Jueces Supremos entraron en la sala y ocuparon sus asientos: dama Melba Veder, Rowan Clattuc y el Conservador Egon Tamm, que presidía el tribunal. Los jueces se sentaron.

    —¡Atención todos! —gritó el Anunciador—. ¡Se abre la sesión! ¡Que el caballero encausado ocupe su puesto!

    Floreste entró en la cámara, trastabillando y mirando hacia atrás encolerizado, como si quisiera descubrir quién le había empujado.

    —Que el acusado se siente en el banquillo —dijo el Anunciador—. Alguacil, sea tan amable de acompañar a sir Floreste a su sitio.
    —Por aquí, señor.
    —¡No me dé prisas! —dijo Floreste—. Puede estar seguro de que la sesión no empezará sin mí.
    —Sí, señor. Éste es su lugar.

    Floreste se sentó por fin. El Anunciador lanzó una sonora orden.

    —Señor, se encuentra aquí para responder de graves acusaciones. Levante su mano derecha y diga su nombre, para que todos los presentes sepan quién se sienta en el banquillo de los acusados.

    Floreste lanzó un bufido de puro desprecio.

    —¿Lo dice en serio? ¡Todo el mundo me conoce! Diga usted su nombre en voz alta, para que investiguemos sus delitos. A mí me da lo mismo, y hasta puede ser divertido.
    —Tal parece que las formalidades obstaculizan nuestro trabajo —dijo con gravedad Egon Tamm— y nos las saltaremos, si sir Floreste está de acuerdo.
    —No estaré de acuerdo con nada que abone esta farsa. Ya he sido declarado culpable y condenado. Lo acepto, y no niego nada, sólo serviría para confundir e irritar a todo el mundo. En cuanto a mi inminente muerte, ¿qué más da? Hace tiempo que padezco la incurable enfermedad llamada vida. Por lo tanto, ahora me enfrento al fin sin remordimientos ni vergüenza. ¡Sí! Reconozco mis errores, pero si los explicara daría la impresión de que me estoy disculpando, de modo que guardaré un digno silencio, pero diré esto: mi móvil fue la grandeza. ¡Cabalgué como un dios sobre sueños de gloria! Ahora, estas visiones se apagarán y transformarán en polvo. Mi partida es una gran tragedia para todos. ¡Miradme bien, habitantes de Araminta! ¡Jamás volveréis a ver a nadie como yo! —Floreste se volvió hacia los jueces—. En lo que a mí concierne, el juicio ha terminado. Anuncien su temible veredicto, y yo sugeriré una sentencia de seis meses de trabajos forzados para el Anunciador, basándome en puras sospechas, puesto que todo en él sugiere venalidad.
    —Dentro de tres días, al amanecer, será ejecutado —dijo Egon Tamm—. En cuanto al Anunciador, por esta vez se librará con una reprimenda.

    Floreste se puso en pie para abandonar el estrado. El Conservador le llamó.

    —Un momento, señor. Hemos de tratar unos asuntos secundarios, y tal vez necesitemos su testimonio.

    Floreste volvió a sentarse de mala gana.

    —¡Namour Clattuc! —llamó el Anunciador—. ¡Acérquese al estrado!

    Namour avanzó poco a poco, con una sonrisa de perplejidad.

    —¿He oído bien? ¿Me ha llamado?
    —En efecto, señor —dijo Egon Tamm—. Hemos de hacerle algunas preguntas. Usted conoce bien a Floreste y a Titus Pompo. ¿Estaba enterado de las excursiones a la isla Thurben?

    Namour reflexionó unos instantes antes de contestar.

    —Tan sólo sospechaba que algo ocurría. No hice preguntas, por temor a averiguar más de lo que deseaba. Debo puntualizar que no conozco bien a Titus Pompo.
    —¿Considera correcto este testimonio? —preguntó Egon Tamm a Floreste.
    —Bastante.
    —Eso es todo, Namour. Vuelva a su sitio.

    Namour obedeció sin dejar de sonreír.

    —¡Drusilla co-Laverty Clattuc! —llamó el Anunciador—. Haga el favor de acercarse.

    Drusilla. Sentada entre Arles y Spanchetta, se levantó vacilante.

    —¿Se refiere a mí?
    —¿Es su nombre el que ha oído?
    —Oh, sí. Es mi nombre.
    —Entonces, ¿a quién me refería, sino a usted?
    —No lo sé.
    —Acérquese, por favor.

    Drusilla tiró de su vestido negro y rosa caqui, bastante poco apropiado, y caminó hacia la silla reservada a los testigos.

    —Siéntese, por favor —dijo el alguacil—. ¿Sabe que ha de responder a todas las preguntas con sinceridad y precisión?
    —Por supuesto. —Drusilla sé sentó y saludó a Floreste agitando alegremente los dedos. Floreste, con semblante hosco, no contestó a su gesto—. Estoy segura de que no podré decirles nada. No sé nada sobre este asunto.
    —¿No sabía lo de las excursiones a la isla Thurben? —preguntó Egon Tamm.
    —Sabía que algo estaba pasando, y sospechaba que podía ser un poco desagradable, pero yo no tuve nada que ver con ello.
    —Usted era la representante de Empresas Ogmo, ¿verdad?

    Drusilla hizo un ademán desenvuelto.

    —¡Ah, eso! Sólo distribuía material de propaganda, un poco por todas partes.
    —¿No buscaba activamente clientes para la empresa? —preguntó con brusquedad la jueza dama Melba Veder.

    Drusilla parpadeó.

    —No entiendo a qué se refiere.
    —No atormenten a la pobre criatura —habló Floreste con voz triste—. Ella no sabía nada.

    Dama Melba no le prestó atención.

    —Usted mantenía una íntima amistad con Namour. ¿No habló con él de Empresas Ogmo y de las excursiones?
    —No. Examinó los folletos un par de veces, se rió y los dejó a un lado. Nada más.
    —¿Y su marido, Arles?
    —Más o menos igual.
    —Eso es todo.
    —Puede bajar —dijo Egon Tamm.

    Drusilla, con evidente alivio, y tras dirigir una alegre mirada a Floreste, se reunió con Arles y Spanchetta. Bodwyn Wook se acercó al estrado y habló en voz baja con Egon Tamm, quien a su vez conferenció con sus colegas. Bodwyn Wook se apartó a un lado y aguardó.

    Egon Tamm se dirigió a la cámara.

    —El superintendente del Negociado B ha llamado nuestra atención sobre otro asunto, que deberíamos examinar ahora. Sir Floreste, el tema no le concierne, y puede retirarse.

    Floreste se levantó y abandonó la sala, sin mirar ni a un lado ni a otro.

    —Ahora, solicito que Bodwyn Wook nos proporcione los detalles del caso sobre el cual nos ha llamado la atención —dijo Egon Tamm.

    Bodwyn Wook se adelantó.

    —Este asunto se refiere a un fraude particularmente desagradable, perpetrado por motivos de pura maldad, al parecer. Estoy hablando del estatus de Agencia del capitán Glawen Clattuc. Hace varios meses, y mucho antes de su cumpleaños crucial, su índice era de 22. Entonces, Artwain Clattuc se jubiló y Erl Clattuc se mató en un corrimiento de tierras sucedido en Cabo Journal. El índice de Glawen bajó a 20.

    »Poco después, el padre de Glawen, Scharde Clattuc, salió en un vuelo de patrulla rutinario y nunca regresó. Buscamos con gran minuciosidad, pero por fin nos vimos obligados a dar por perdido a Scharde.
    »¿Qué ocurrió a continuación? ¡Hechos muy curiosos! Dos semanas antes del cumpleaños de Glawen, llega del espacio una nave, en la que viajan Arles, Drusilla y su hijo Gorton. Una gran sorpresa, y una noticia muy mala para Glawen. Es sustituido por Gorton y su índice asciende a 21.
    »En cualquier momento, la Junta Electora de la Casa Clattuc, presidida, a propósito, por Spanchetta, podía reunirse y declarar muerto a Scharde. Si esto sucede antes del cumpleaños de Glawen, como parecería razonable y adecuado, el índice de Glawen se queda en 20, y ocupa el lugar de su padre en la Casa Clattuc. Spanchetta, pese a las airadas protestas de los demás miembros del comité, aplaza la reunión hasta dos semanas después del cumpleaños de Glawen, que se convierte en colateral. Scharde es declarado muerto, deja una plaza vacante y ¿quién es nombrado para ser el nuevo Clattuc? ¡Namour! ¿A que es fantástico?

    Spanchetta no pudo contenerse más. Se puso en pie de un brinco.

    —¡Rechazo estas viles calumnias con todas mis fuerzas! ¡Estoy asombrada de que los Jueces Supremos permitan a este babuino demente pavonearse en su tribunal, mofándose de toda dignidad y vilipendiando a personas decentes! ¡Exijo una explicación!
    —Superintendente, ya ha oído la demanda de dama Spanchetta —dijo Egon Tamm con serenidad—. ¿Puede ampliar sus explicaciones?
    —¡No quiero ninguna ampliación! —rugió Spanchetta, feroz—. Quiero una disculpa y la retirada de todas estas infames acusaciones.
    —Todavía no he presentado acusaciones —replicó Bodwyn Wook—. En cuanto a la disculpa, su comportamiento habitual habla por sí mismo. ¿Quiere que me disculpe por citar sus antecedentes?
    —¡No he cometido ninguna ilegalidad! La Junta Electora se reúne siempre que yo lo considero pertinente. No puede demostrar ilegalidad ni malicia. En cuanto a Gorton, sustituyó con todo derecho a Glawen. Así es la ley.
    —¡Ajá! —exclamó Bodwyn Wook—. En eso diferimos. Durante los últimos días he investigado en profundidad el caso de Gorton. En primer lugar, averiguamos que nació apenas seis meses después del enlace oficial entre Arles y Drusilla.
    —¡Disparates! Arles y Drusilla se casaron extraoficialmente un poco antes en Soumjiana. Y aunque no estuvieran casados, ¿qué más da? Arles ha reconocido el hijo como suyo.
    —Muy bien, pero la ley niega expresamente el estatus a los hijos adoptados.
    —¿Qué está diciendo? ¡Gorton no fue adoptado por Arles, ni por nadie!
    —Perfecto. Como ya he dicho, hemos investigado el caso en profundidad. Primero, por el medio que sea, obtuvimos material que nos permitió descubrir las pautas genéticas de Arles, Drusilla y Gorton. Esta investigación fue llevada a cabo por eminentes expertos, que pueden prestar testimonio en caso necesario.
    —Todo esto son memeces —exclamó Spanchetta, con voz profunda y desdeñosa—. ¡Vaya al grano, por favor!
    —Las pruebas demostraron que Gorton era hijo de Drusilla, sin la menor duda. En cuanto a la otra mitad progenitora, no está tan claro, aunque se ha encontrado típico material genético Clattuc.
    —¡Sus tubos de ensayo le han dicho lo que los demás ya sabíamos! ¿No es suficiente? ¿Quiere dejarnos en paz de una vez?
    —Paciencia, Spanchetta. Escuche con atención, que aún no he terminado. Retrocederemos en el tiempo varios años, cuando, con auténtica audacia desprovista de escrúpulos, Arles intentó violar a Wayness Tamm, la hija del Conservador. Fracasó y fue capturado. Dejaré que el Juez Supremo describa el castigo que recibió Arles.
    —Arles llevaba una máscara y una capucha para ocultar su identidad —dijo Egon Tamm—. Por este motivo, dimos por sentado que sólo intentaba violar, sin llegar al asesinato, y le perdonamos la vida.

    »Sin embargo, para asegurarnos de que Arles jamás volvería a intentar algo parecido, fue sometido a una operación quirúrgica que le dejó estéril y casi incapaz de alcanzar la erección. La operación fue permanente e irreversible. Gorton no es hijo de Arles.

    Spanchetta emitió un extraño aullido de indignación.

    —¡No es verdad, no es verdad, no es verdad!
    —Es verdad —replicó Egon Tamm.

    Bodwyn Wook señaló a Drusilla.

    —Póngase en pie.

    Drusilla obedeció de mala gana.

    —¿Quién es el padre de Gorton? —preguntó Bodwyn Wook.

    Drusilla vaciló, miró a derecha e izquierda, se humedeció los labios y dijo con voz mohína:

    —Namour.
    —¿Arles lo sabía?
    —¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a saberlo?
    —¿Lo sabía Spanchetta?
    —No lo sé y me da igual. Pregúnteselo.
    —Puede sentarse. —Bodwyn Wook miró a Arles—. Bien, ¿tiene algo que decir?
    —De momento, nada.
    —¿Sabía su madre que Gorton no era hijo suyo?

    Arles miró de reojo a Spanchetta, que se había derrumbado en su silla, con su gran montaña de rizos castaños inclinada.

    —Creo que no.

    Glawen, sentado al lado de Bodwyn Wook, se puso en pie.

    —Si el tribunal lo permite, quiero hacer una pregunta a Arles.
    —Adelante.

    Glawen se volvió hacia Arles.

    —¿Qué has hecho con mi correo?
    —Hicimos lo que era preciso y correcto —dijo Arles con voz tonante—. Como tú no estabas, ni tampoco Scharde, y nadie sabía dónde estabais, las devolvimos a su lugar de procedencia, con la inscripción «Dirección desconocida».

    Glawen se volvió hacia Egon Tamm.

    —Eso es todo, señor.

    Egon Tamm asintió, y una sombría sonrisa apareció en sus duras facciones. Conferenció con sus colegas, y después habló.

    —Nuestro veredicto es el siguiente: se concede a Glawen el estatus al que tiene derecho. El tribunal lamenta que haya sufrido lo que el superintendente Wook ha calificado acertadamente de fraude malicioso. Arles y Drusilla son desposeídos de todo estatus, y ni siquiera podrán considerarse colaterales. Deben abandonar al instante la Casa Clattuc, hoy mismo. Los aposentos deberán ser devueltos lo antes posible a su exacto estado anterior, a la total satisfacción del capitán Clattuc. «Lo antes posible» significa lo siguiente: el trabajo ha de empezar de inmediato y realizarse de día y noche, independientemente de lo que cueste. Si Arles y Drusilla carecen del dinero necesario, dama Spanchetta sufragará los gastos, y se encargará de pactar con Arles la devolución.

    »Además, Arles y Drusilla son sentenciados a ochenta y cinco días de trabajos forzados en el campo de trabajos de Cabo Journal. El tribunal confía en que la experiencia les resulte benéfica. Es una sentencia mínima, y deberían sentirse afortunados.

    Drusilla emitió un gemido de auténtica aflicción. Arles miró en silencio el suelo.

    Egon Tamm prosiguió.

    —El tribunal no puede descartar la sospecha de que dama Spanchetta sabía mucho más sobre el caso de lo que indican las pruebas. Es una deducción de puro sentido común. De todos modos, no podemos actuar impulsados únicamente por las sospechas, y en esta ocasión, dama Spanchetta no compartirá la suerte de Arles y Drusilla. Carecemos de jurisdicción sobre el gobierno interno de la Casa Clattuc, pero sugerimos que dama Spanchetta es una presidenta inadecuada de la Junta Electora, o de cualquier comité de importancia. Recomendamos que la Casa Clattuc actúe en este sentido.

    »Si no hay más casos que juzgar, se levanta la sesión.


    5


    Durante la tarde del día siguiente, Glawen visitó de nuevo la cárcel. Al entrar en la celda, encontró a Floraste sentado a la mesa, inclinado sobre un libro encuadernado en una elegante tela rosa. Floreste dedicó a Glawen una mirada de desagrado.

    —¿Qué quieres ahora?
    —Lo que quería antes.
    —Temo que no puedo ayudarte. Me queda poco tiempo y he de hacer los preparativos.

    Floreste devolvió la atención a su libro y aparentó expulsar a Glawen de su mente. Glawen cruzó la celda y se sentó en la silla dispuesta frente a Floreste.

    Pasó un momento. Floreste levantó la vista, con el ceño fruncido.

    —¿Aún sigues aquí?
    —Acabo de llegar.
    —Tiempo de sobra. Como ves, estoy ocupado con la lectura de este libro.
    —Ha de tomar una decisión definitiva, sea cual sea.

    Floreste lanzó una amarga carcajada.

    —Ya se han tomado todas las decisiones urgentes.
    —¿Y su nuevo Orfeo?
    —El Comité de Bellas Artes se encargará del trabajo. La presidenta es dama Skellane Laverty. Hace muchos años que la conozco y es una devota de la causa. Me ha traído este libro, uno de mis favoritos. ¿Lo conoces?
    —No me ha enseñado el título.
    —Los poemas de Navarth el Loco. Sus canciones quedan prendidas en el recuerdo para siempre.
    —Conozco algunas.
    —Ummm. Me sorprendes. Pareces un… Bien, no te llamaré un muermo, pero sí un sujeto bastante lúgubre.
    —Yo no pienso eso de mí. La verdad es que estoy preocupado por mi padre.
    —Hablemos de Navarth. Aquí hay un fragmento particularmente delicioso. Ve un rostro un solo instante, pero antes de que pueda volver a mirarlo, ha desaparecido. Su fascinación hechiza a Navarth durante días, y por fin traduce sus sensaciones en una docena de maravillosos cuartetos, visionarios y ominosos, llenos de ritmo, terminado cada uno con el estribillo:

    Así vivirá ella y así morirá,
    y así se alejarán los vientos del mundo.


    —Muy hermoso —dijo Glawen—. ¿Pretende tan sólo recitarme poesía?

    Floreste enarcó las cejas con altivez.

    —¡Eres un privilegiado!
    —Quiero saber qué le ocurrió a mi padre. Parece que usted lo sabe. No entiendo por qué no me lo dice.
    —No trates de entenderme —advirtió Floreste—. Yo tampoco hago ningún esfuerzo a esos respectos. Utilizo el plural a propósito.
    —Dígame al menos si sabe lo que pasó. ¿Sí o no?

    Floreste se acarició el mentón.

    —El conocimiento es una mercancía compleja —dijo por fin—. No hay que tratarla como si fuera bosta de vaca. ¡El conocimiento es poder! Vale la pena que retengas este aforismo en la memoria.
    —Sigue sin darme ninguna respuesta. ¿Tiene la intención de contarme algo?
    —Diré esto, y has de escucharme con atención. Nuestro universo es sutil, y hasta palpitante. Nada se mueve sin desplazar otra cosa. El cambio es inherente a la estructura del cosmos; ni siquiera el Cadwal de la Carta es ajeno al cambio. ¡Ay, el hermoso Cadwal, con sus bellas tierras y nobles provincias! Los prados son verdes a la luz del sol. ¡Cómo invitan a entregarse a los placeres! Los animales pacen y las aves vuelan, mientras los hombres cantan y bailan, en paz y armonía. Así debería ser, cada uno disfrutando de su parte y trabajando en lo que considera necesario. Ésta es la opinión de mucha gente noble, aquí y en todas partes.
    —Es posible, pero ¿qué me dice de mi padre?

    Floreste frunció el ceño y expresó impaciencia con un ademán.

    —¿Tan obtuso eres? ¿Es que hay que gritártelo todo al oído? ¿Suscribes los ideales que acabo de citar?
    —No.
    —¿Y Bodwyn Wook?
    —Tampoco.
    —¿Y tu padre?
    —No. De hecho, casi ningún habitante de la Estación Araminta.
    —En otros lugares, son más progresistas, pero ya he dicho bastante, y ahora debes irte.
    —Desde luego. Como usted quiera.

    Glawen salió de la cárcel y se dedicó a sus asuntos, que le mantuvieron ocupado el resto del día, y también la mañana siguiente. A mediodía, Bodwyn Wook le encontró comiendo en el Viejo Cenador.

    —¿Dónde te habías escondido? —preguntó Bodwyn Wook—. Te hemos buscado por todas partes.
    —No han buscado en los Archivos, de lo contrario me habrían encontrado. ¿Qué es tan urgente?
    —Floreste está fuera de sí. Insiste en hablar contigo lo antes posible.

    Glawen se levantó.

    —Voy a verle ahora mismo.

    Cruzó el río y llegó a la cárcel.

    —Por fin ha llegado —dijo Marcus Diffin.
    —Tanta popularidad me sorprende. La última vez que estuve aquí, no paró hasta deshacerse de mí.
    —Tenga cuidado. Ha tenido un mal día y está histérico.
    —¿Por qué?
    —Primero vino Namour, y los dos se pelearon. Estaba a punto de interponerme, cuando Namour se fue, con cara de pocos amigos. Después, dama Skellane. Enfureció a Floreste de nuevo, y empezó a llamarle a gritos.
    —Creo que sé lo que le preocupa —dijo Glawen—. Quizá consiga calmarle un poco.

    Marcus Diffin abrió la puerta y gritó:

    —¡Glawen Clattuc ha llegado!
    —¡Con retraso! Dígale que entre.

    Glawen encontró a Floreste de pie junto a la mesa, muy furioso.

    —¡Tu conducta es increíble! ¿Cómo te atreves a interrumpir mis preparativos?
    —¿Se refiere a mi conversación con dama Skellane Laverty?
    —¡Ya lo creo! ¡Me han embargado el dinero y ella se entera de que has llegado a un arreglo absolutamente grotesco! ¡Nuestros planes quedarán hechos añicos!
    —Se lo expliqué, pero usted optó por no escuchar.
    —Pues claro que hice caso omiso de semejantes estupideces.
    —Se lo volveré a explicar. A cambio de información, no le llevaré a juicio. Muy sencillo, ¿no cree?
    —¡No lo creo y no es tan sencillo! ¡Me has puesto en un dilema abominable! ¿No me he expresado con claridad?
    —En los términos que yo entiendo, no.
    —No hace falta que lo entiendas. Has de aceptar mis garantías.
    —Prefiero arrebatarle un millón de soles.

    Floreste se apoyó en la mesa.

    —Estás arruinando mis últimas horas.
    —Sólo ha de darme la información que deseo.

    Floreste dio un puñetazo.

    —¿Puedo confiar en ti?
    —Yo debo confiar en que usted me cuente todo lo que sabe. Usted debe confiar en mí.

    Floreste lanzó un suspiro de cansancio.

    —No tengo otra elección, y de hecho creo que eres honrado, aunque malvado.
    —Bien; ¿sí o no?
    —¿Qué debo decirte, exactamente?
    —Si lo supiera, no se lo preguntaría. Sobre todo, quiero saber todo acerca de mi padre: cómo desapareció, por qué, quién es el responsable, dónde está. Tal vez haya otras preguntas que quiera formularle.
    —¿Cómo voy a saber todo eso? —gruñó Floreste. Paseó de un lado a otro de la celda—. De modo que debo elegir. Dame tiempo para pensar. Vuelve dentro de un par de días.
    —Será demasiado tarde, y si cree que me ablandaré después de su muerte, olvídelo. Su Orfeo no significa nada para mí. Me apoderaré de su dinero y me compraré el yate espacial que deseo desde hace tanto tiempo.

    Floreste se sentó en la silla de madera y contempló a Glawen.

    —Me obligas a quebrantar una fe para honrar otra.
    —En lo que a mí concierne, este tema es secundario.
    —De acuerdo. Me plegaré a tus deseos. Escribiré cierta información que te complacerá, espero, pero debes leerla después de mi muerte.
    —¿Por qué no me dice ahora lo que quiero saber?
    —Tengo ciertos compromisos que quizá peligrarían si te lo dijera ahora.
    —Su propuesta no me satisface. Tal vez calle algún dato crucial.
    —Por la misma regla de tres, tú podrías considerar acertado aceptar una generosa compensación a cuenta de mis posesiones. La confianza ha de ser el vínculo que nos una, por seres dispares que seamos.
    —En ese caso… —Glawen sacó la fotografía que había cogido del escritorio de Zaa—. Mire esta foto y dígame el nombre de estas damas.

    Floreste examinó los rostros con atención. Miró de soslayo a Glawen.

    —¿Por qué me la enseñas?
    —Ha hablado de confianza. Si no hay sinceridad, no puede haber confianza. Y si yo no puedo confiar en usted, usted no puede confiar en mí. ¿Está claro?
    —Innecesariamente claro. —Floraste estudió de nuevo la fotografía—. Debo renunciar a toda reserva. Ésta es Zaa, como ya sabes. Su nombre auténtico, si no recuerdo mal, era Zadine Babbs. Ésta es Sibil Devella, y ésta… —Floreste titubeó—, ésta es Simonetta Clattuc.
    —¿Bajo qué otro nombre la conoce?

    Floreste reaccionó a la pregunta con notable vehemencia. Levantó la cabeza y miró a Glawen.

    —¿Quién te ha dicho ese otro nombre? —estalló.
    —Basta con que lo sepa. Quiero oír lo que usted tenga que decir.
    —Es increíble —murmuró Floreste—. ¿Te lo ha dicho Namour? No, claro que no; no se atrevería. ¿Quién, entonces? ¿Zaa? ¡Sí! Tiene que haber sido Zaa. ¿Por qué lo hizo?
    —Intentó asesinarme…, siguiendo su sugerencia, por supuesto. Habló durante horas.
    —¡Esa perversa y loca mujer! Ahora, toda cohesión ha desaparecido.
    —No entiendo lo que dice.
    —Da igual. Tampoco pretendo que lo entiendas. Vuelve mañana a mediodía. Tu documento estará preparado.

    Glawen regresó a los Archivos. A media tarde, encontró lo que esperaba. Telefoneó de inmediato a Bodwyn Wook.

    —He de enseñarle algo. ¿Puede venir a los Archivos?
    —¿Ahora?
    —Si es posible.
    —Pareces de mal humor.
    —Acabo de despertar viejos sentimientos. Pensaba que habían perdido fuerza, pero estaba equivocado.
    —Voy enseguida.

    Bodwyn Wook llegó y Glawen le llevó a la sala de proyecciones.

    —Algo que Floreste dijo me dio una idea. Fui a mirar… Bueno, ahora lo verá.

    Ambos entraron en la sala de proyecciones. Salieron dos horas después. Glawen, pálido y silencioso, Bodwyn Wook, sombrío y tenso por el esfuerzo de controlar sus sentimientos.

    Ya en Wansey Way, descubrieron que la noche había caído sobre la Estación Araminta. Bodwyn Wook se detuvo y reflexionó unos instantes.

    —Me gustaría liquidar este asunto ahora mismo, pero es tarde, y mañana será el momento adecuado. Mañana a mediodía, digamos. Daré las instrucciones necesarias después de cenar.

    Los dos cenaron a solas en los aposentos de Bodwyn Wook. Glawen le contó su entrevista con Floreste.

    —Cuando le dejé, la cabeza me daba vueltas, como de costumbre. Le interrogué respecto al otro nombre de Simonetta, pensando en la madame Zigonie de Rosalia. Floreste se conturbó muchísimo, pensando en quién me habría proporcionado una información tan secreta. Debía de conocerla por otro nombre. ¿Quién podría ser, para que se pusiera tan nervioso?

    »Bien; escribirá lo que sabe sobre mi padre, pero no puedo leerlo hasta después de su muerte. Intenté averiguar sus motivos, pero mantuvo la reserva. Estoy confuso. ¿Qué más da?

    —No es tan confuso. Existe la notable diferencia de un día entero, durante el cual pueden ocurrir muchas cosas.
    —Quizá sea ése el motivo. Me avergüenza ser tan lerdo. Y como un día no significa ya nada para Floreste, el tiempo ha de ser importante para otra persona. ¿Cuál?
    —Seguiremos el desarrollo de los acontecimientos con gran atención y estaremos dispuestos a todo.


    6


    A mitad de la mañana siguiente, Glawen fue a la cárcel, pero Floreste estaba reunido con dama Skellane Laverty. Ninguno de los dos pareció complacido cuando entró en la celda.

    Floreste indicó la puerta con un ademán.

    —Como ves, estoy conversando con dama Skellane.
    —¿Y la información que iba a prepararme? —preguntó Glawen.
    —Aún no está terminada. Vuelve más tarde.
    —El tiempo apremia.
    —¡No hace falta que me lo recuerdes! Pienso a menudo en ese detalle.
    —Le ruego que no le distraiga mucho —dijo Glawen a dama Skellane—. Si no cumple su palabra, usted no verá ni un dinket de su dinero. Cruzaré la Extensión en mi yate espacial, y usted suspirará por el nuevo Orfeo.
    —¡Qué lenguaje tan basto! —exclamó dama Skellane—. ¡Estoy conmocionada! —Se volvió hacia Floreste—. Da la impresión de que hemos de abreviar nuestra pequeña charla, que yo esperaba que le confortaría.
    —¡Mi destino está al acecho, querida señora! Debo obedecer a este taciturno joven, y revelar todos mis secretos. Vuelve más tarde, Glawen. Aún no estoy preparado para ti. Discúlpeme, dama Skellane.

    La mujer se volvió hacia Glawen, furiosa.

    —¡No debería acosar al pobre Floreste durante las últimas horas de su vida! Debería tranquilizarle y consolarle.
    —En el caso de Floreste, el único remedio es el tiempo —contestó Glawen—. Dentro de treinta años, sus crímenes habrán sido olvidados y todo el mundo le considerará un santo mártir. ¡Menudo chiste! Le rebanaría el pescuezo ahora mismo con tal de conseguir la libertad o ahorrarse cien soles.

    Dama Skellane se volvió hacia Floreste.

    —¿Cómo puede tolerar con tanta placidez ese insulto?
    —Porque es verdad, querida. ¡La primera y más noble función de la vida es el arte! Mi arte, en particular. Soy un poderoso vehículo que surca el cosmos con una preciosa aunque frágil carga. Si alguien se opone a mi avance, a mi existencia, a mi comodidad, o a mi cuenta del Banco de Mircea, ha de ser doblegado o arrollado por mis ruedas. Ars gratia artis, el dicho favorito del poeta Navarth. ¡Ésa es la verdad!
    —Oh, Floreste, me resulta imposible creer esas cosas.

    Glawen se encaminó a la puerta.

    —Vamos, dama Skellane. Hemos de irnos.

    Dama Skellane dirigió unas palabras finales a Floreste.

    —Al menos, le he devuelto su optimismo habitual.
    —¡Ya lo creo, querida! Gracias a usted, moriré feliz.


    7


    A mediodía, Bodwyn Wook entró en su despacho. Avanzó hacia su butaca negra de respaldo alto, sin mirar a ningún lado, y se sentó. Por fin, se dignó mirar a los ocupantes de la habitación.

    —¿Están todos presentes? Veo a Kirdy, Drusilla y Arles. Veo a Glawen, Ysel Laverty, Rune Offaw, y allí se sienta el teniente Larke Diffin, de la milicia. ¿Quién falta? ¿Namour? Rune, ¿dónde está Namour?
    —Namour se ha mostrado algo reacio —contestó Rune Offaw—. Dice que está demasiado ocupado para asistir a la reunión. He enviado un par de sargentos uniformados para traerle, y si no me equivoco, ya les oigo.

    La puerta se abrió y Namour entró en el despacho.

    —¡Ah, Namour! —dijo Bodwyn Wook—. Me alegro de que haya podido venir, pese a todo. Es posible que le necesitemos para confirmar o explicar en detalle algún aspecto de nuestra investigación.
    —¿Qué están investigando? —preguntó Namour, sin la menor señal de cordialidad—. Con toda probabilidad, no sé nada del asunto, en cuyo caso desearía marcharme, porque voy un poco justo de tiempo.
    —¡Vamos, vamos, Namour! Es demasiado modesto. Todo el mundo cree que lo sabe todo.
    —¡Ni hablar! Sólo me interesan mis asuntos.

    Bodwyn Wook meneó la cabeza.

    —Hoy tendrán que someterse a las necesidades del Negociado B, el cual, como órgano de la Carta, solicita la plena cooperación de todo el mundo.

    Namour sonrió con ironía.

    —Me han traído aquí contra mi voluntad; no espere que, encima, me arrastre por el suelo ante usted. En cuanto mi ayuda ya no sea necesaria, espero que me dé permiso para marcharme.
    —Por supuesto —dijo con vehemencia Bodwyn Wook.

    Meditó unos instantes, y después hizo una seña a Rune Offaw e Ysel Laverty. Éstos se acercaron y los tres conferenciaron en voz baja unos breves momentos. Luego, el «Jabalí» y el «Armiño» volvieron a su sitio.

    Bodwyn Wook carraspeó.

    —Hoy hemos de abundar de nuevo en un desagradable tema que muchos hemos relegado al olvido. Lo vamos a hacer por buenos motivos que complacerán incluso a Namour cuando los escuche. Me refiero al atroz asesinato de Sessily Veder, ocurrido durante la Parilia de hace varios años.

    »El expediente nunca se cerró, pero sólo la insistencia del capitán Glawen Clattuc nos ha permitido solucionar el caso. Glawen, te ruego que expongas tus descubrimientos, puesto que conoces los detalles mejor que yo.

    —Como guste. Trataré de ser lo más breve posible. Para empezar, contábamos con las pistas descubiertas durante la primitiva investigación, en especial las fibras encontradas en el camión de la bodega. Podían proceder de las patas de sátiro de Namour, o de dos disfraces, de los llamados «primordiales», de los Mimos. Todos los disfraces de los Leones Temerarios eran de un material diferente.

    »Namour pudo dar cuenta de sus movimientos durante los instantes cruciales. En teoría, Arles y Kirdy estaban patrullando el recinto yip. Sus firmas y contrafirmas parecían exculparles.
    »Sin embargo, Ysel Laverty descubrió en la cinta grabada una silueta sentada en el Viejo Cenador. Era Arles, con un disfraz de primordial. Daba la impresión de que habíamos descubierto al asesino. Arles admitió que había falsificado la firma. Kirdy admitió que había permitido la falsificación, sobre la base de que Arles y él eran Leones Temerarios y por tanto no podía ser perjudicial. Arles admitió que había ido al guardarropa de los Mimos, que está en un almacén cerca del recinto. Se vistió con su disfraz de primordial y corrió al Viejo Cenador para asistir a su cita con Drusilla. Kirdy se quedó patrullando solo.
    »Drusilla confirmó la declaración de Arles, más o menos, aunque sin plena convicción. De hecho, estaba ebria. De todos modos, daba la impresión de que habían visto juntos la Fantasmagoría, y parece improbable que Arles hubiera esquivado la fascinante compañía de Drusilla para llevar a cabo una serie de ultrajes en la persona de Sessily.
    »Cuando volví a revisar la cinta grabada, vi a Namour, con su disfraz de sátiro, detenerse fuera de la glorieta, pasar bajo uno de los arcos y hablar unos momentos con alguien sentado dentro. Namour. ¿Recuerdas ese episodio?

    —No. Ocurrió hace mucho tiempo, y había bebido vino.
    —Yo me acuerdo muy bien —intervino Arles con vehemencia—. Se rió de mi morrión, que no era el habitual de los Leones Temerarios. Me dijo que parecía una rana con una peluca esperpéntica. Le expliqué que no había podido conseguir nada mejor, pero no me escuchó. Estaba demasiado ocupado lisonjeando a Drusilla.

    Namour lanzó una risita.

    —Es verdad. Ahora me acuerdo. Fue como Arles lo ha descrito.
    —Este episodio tuvo lugar poco después de la Fantasmagoría. Arles, al igual que Namour, queda eliminado de la lista de sospechosos.

    »Entonces, ¿qué nos queda? Los Leones Temerarios están un poco por todas partes. Kirdy patrulla bravamente en solitario a lo largo de la verja. Namour, tras abandonar la glorieta, baila la pavana con Spanchetta. Arles se queda sentado en el Viejo Cenador. Y así ha permanecido la situación durante años, mientras la dulce e inocente Sessily desaparecía de nuestros recuerdos.
    »Pero en dos mentes, como mínimo, el recuerdo sigue vivo. El asesino piensa en ella a menudo, y yo también. Permanecí encerrado en la tumba de Zab Zonk durante dos meses, y pensé en muchas cosas. Una idea en especial se me antojó interesante y sorprendente. Habíamos investigado con minuciosidad la grabación de la cámara. Cuando encontramos a Arles, no buscamos más. En aquel tiempo nos pareció suficiente.
    »Ésa fue la primera fisura en el caso, porque, para abreviar, seguí investigando la cinta, justo a tiempo. Descubrí otra forma furtiva, y esa forma furtiva es el culpable, sin la menor duda. Llega corriendo desde detrás del Orfeo pocos minutos antes de la medianoche, y se aleja a buen paso por Wansey Way. Debe regresar a la patrulla antes de que se produzca el cambio de guardia.
    »Floreste también refrescó mi memoria, mientras desgranaba recuerdos sobre los Mimos. Dijo que Kirdy deseaba a Sessily, en vano. Sessily no quería saber nada de él, ni de Arles. ¿Y la patrulla? Otra idea encajó. Kirdy me dijo una vez que no obedecía órdenes que consideraba absurdas o estúpidas. Kirdy tenía un concepto grandioso de sí mismo: era único, ajeno a las leyes y normas ordinarias. En la mente de Kirdy, la idea de patrullar fuera del recinto yip era absurda y estúpida. En cuanto Arles se marchó, Kirdy decidió imitarle. Siguió a Arles hasta el guardarropa de los Mimos, se embutió en el otro disfraz de primordial, y se sintió libre. Podía hacer lo que le diera la gana, liberado de inhibiciones. Y lo que más deseaba era violar a Sessily, hacerle una demostración de su violenta lascivia y castigarla por lo que había hecho.
    »Le pareció una buena idea y la llevó a la práctica. Fue el momento más glorioso de su vida.

    Glawen hizo una pausa. Todo el mundo miraba de reojo a Kirdy, que no había movido ni un músculo.

    —Todo eso está muy bien —dijo con brusquedad Namour—, y no es asunto mío, pero ¿dónde están las pruebas?
    —Kirdy aparece en la grabación —dijo Glawen—. Tiene prisa por volver a la patrulla y actúa con descuido. Le vemos avanzar por Wansey Way con su disfraz de primordial, y es inconfundible.
    —Todo es mentira —dijo Kirdy—. Todo es falso.
    —¿No admites nada, pues? —preguntó Bodwyn Wook.
    —No puedo admitir una mentira.
    —¿Patrullaste todo el tiempo que se te ordenó?
    —Por supuesto. Glawen siempre ha tenido celos de mí, por ser yo quien soy, un Wook de pura raza, en tanto que él es un mestizo.
    —Larke Diffin, acérquese por favor —dijo Bodwyn Wook sin la menor entonación.
    —Si han terminado conmigo —intervino Namour con voz quejosa—, me iré.

    Bodwyn Wook miró a Glawen.

    —¿Has de formular más preguntas a Namour?
    —En este momento no.
    —Puedes irte.

    Namour salió en silencio del despacho. Ysel Laverty aguardó unos momentos, y después le siguió. Entretanto, Larke Diffin había abandonado el rincón de la habitación donde estaba sentado. Era un joven rubio de buen porte, alto y con unos cuantos kilos de más, de bigote erizado y aire afable.

    Bodwyn Wook dirigió la palabra a todos los reunidos.

    —Todos ustedes conocen a Larke Diffin, teniente de la milicia. Larke formaba parte de la patrulla que sustituyó a Kirdy y Arles. Teniente, repita lo que me dijo.

    Larke Diffin se tiró del bigote y lanzó una mirada de preocupación hacia Kirdy.

    —Informaré de los hechos porque son como son, y nada que yo diga los cambiará. En la ocasión citada, la última noche de Parilia, entré de guardia diez minutos antes, para asegurarme de no llegar tarde. No encontré ni a Kirdy ni a Arles en el lugar convenido. Sin embargo, ante mi sorpresa, descubrí que todas las patrullas habían sido firmadas y contrafirmadas, lo cual es contrario a las normas. Las firmas certifican que la patrulla ha sido realizada, y estaba claro que la última aún no se había terminado.

    »Pocos momentos después apareció Kirdy, sin aliento ni uniforme reglamentario. De hecho, vestía lo que se ha descrito aquí como un disfraz de primordial. Se quedó estupefacto al verme antes de tiempo, y turbado por mi evidente desaprobación. Dijo que se había acercado al guardarropa de los Mimos para coger el disfraz, con el fin de ganar tiempo. Dijo que Arles había hecho lo mismo.
    »Me resultó imposible comportarme con aspereza durante aquellas últimas horas de Parilia. Señalé, con la mayor severidad posible, que Arles y él habían falsificado los certificados de patrulla, circunstancia que consideraba de lo más irregular. Subrayé que debía denunciar la incidencia, pero como todo estaba en paz y no había sucedido nada, pasé por alto el delito. Todo se redujo a eso, y no volví a pensar en el asunto hasta que Glawen me interrogó. Ahora que lo pienso, Kirdy no llegó desde el almacén, sino desde Wansey Way.

    Glawen miró a Kirdy.

    —Bien, ¿qué dices, Kirdy? ¿Más mentiras?
    —No diré nada más. Debo seguir solo mi camino. Siempre he sido yo contra el mundo.
    —Eso es todo por hoy —interrumpió Bodwyn Wook—. No estamos en una audiencia oficial y no has sido acusado. De todos modos, no intentes salir de la Estación. Consultaré con mis colegas y decidiremos qué debe hacerse. Sugiero que busques un abogado que te represente.


    8


    Glawen comió solo en el Viejo Cenador. Después, sin nada mejor que hacer, bebió lo que quedaba en la jarra, mientras Syrene recorría su camino.

    Mediada la tarde, Glawen ya no pudo esperar más. Se encaminó a la cárcel, y Marcus Diffin le dejó entrar en la celda sin hacer comentarios.

    Floreste, sentado a la mesa, escribía en hojas de papel naranja con tinta negra. Levantó la vista y cabeceó.

    —Estoy acabando.

    Introdujo los papeles en un grueso sobre, en el que escribió: «No abrir hasta la puesta de sol».

    Selló el sobre y lo tiró hacia Glawen.

    —He cumplido tus deseos. Debes seguir la indicación.
    —No entiendo, pero haré lo que me pide.

    Glawen se guardó el sobre en el bolsillo con aire pensativo.

    Floreste le dirigió una veloz mirada lobuna.

    —Mañana, o tal vez antes, mis móviles quedarán claros. Nuestro pacto ha sido cumplido y has de abandonar toda idea de pleitear.
    —Dependerá de lo que contenga este sobre. Si no son más que golpes de pecho y pararruchas, le sacaré hasta el último dinket. De modo que piénselo bien, Floreste, y haga ahora los cambios que sean necesarios.

    Floreste meneó la cabeza.

    —No osaría estafarte. Conozco tu temple: ¡eres despiadado!
    —No, pero haré lo que sea para ayudar a mi padre.
    —No puedo afearte tu lealtad. Ojalá percibiera el mismo sentimiento en las personas encargadas de velar por mis intereses. —Se puso en pie de un salto y paseó de un lado a otro—. Para ser sincero, estoy preocupado. Me pregunto si mis amigos se dedicarán a mis objetivos con el mismo ardor que proclaman. —Se detuvo junto a la mesa—. Debo ser lógico. ¿Puedo confiar en Namour? ¿Subordinará sus intereses a mis objetivos, impulsado por la lealtad?
    —La respuesta bien podría ser no.
    —Me inclino a darte la razón. En cuanto a Smonny, también afirma compartir mis ideales, pero en Yipton existen pocas pruebas de eso. Cada vez que ella piensa «Araminta», piensa «venganza», no en gloriosos honores nuevos. Seamos brutalmente realistas una vez más: si tuviera acceso a mi dinero, ¿trabajaría por el nuevo Orfeo, o lo invertiría en aviones y armas? ¿Cuál es tu opinión?

    Glawen consiguió ocultar su estupefacción con un gran esfuerzo. ¿Podía estar diciendo Floreste lo que parecía desprenderse de sus palabras?

    —Opino lo mismo —logró responder Glawen.

    Floreste, que continuaba sus paseos, pareció no haber oído a Glawen.

    —Tal vez he sido demasiado confiado. Mi cuenta del Banco de Mircea incluye no sólo mi dinero, sino los fondos ingresados a nombre de Empresas Ogmo. Es una cuenta utilizada por Smonny a su conveniencia, e incluye unos depósitos recientes muy importantes. Si pleiteas, esos fondos quedarán bloqueados y Smonny no podrá utilizarlos, lo cual le causará una gran angustia. Namour me convenció de que redactara un testamento, legando todas mis propiedades a Smonny, que a su vez donaría mi fortuna personal al Comité de Bellas Artes, y ahí es donde aparecen mis dudas. ¿Lo haría?
    —Yo diría que no.
    —Me inclino a pensar lo mismo. Mi nuevo Orfeo será construido sólo en el contexto de las actuales condiciones. Me pregunto… —Floreste contempló la mesa con aire pensativo—. Quizá no sea demasiado tarde para introducir unos pequeños cambios.
    —¿Por qué no? Llame a Namour y recupere su testamento.

    Floreste lanzó una carcajada muy parecida a un ladrido.

    —¿No está claro? Da igual. Sólo me preocupan las consecuencias, y ahora veo una forma de asegurar la consecución de mis objetivos. Por pura curiosidad, ¿cómo averiguaste tantas cosas sobre Smonny? Se suponía que era un gran secreto. Zaa te lo dijo, claro, pero me pregunto por qué.

    En este caso, la falsedad era más sencilla y limpia que la verdad.

    —Zaa pensaba matarme, después de haber complacido a sus compañeras. Experimentó un perverso placer al contarme todo cuanto yo deseaba saber.
    —¡Ajá! «Perversa» es el calificativo apropiado para Zaa. Podría contarte cien historias extrañas a ese respecto. Fue Zaa quien concibió la idea de las excursiones a la isla Thurben, para enseñar a copular a sus torpes zubenitas. Al menos, ése era el pretexto. Sibil llevó el proyecto a la práctica y como sentía impulsos de amor/odio hacia las chicas bonitas, cumplió su parte con gran celo. Smonny proporcionó las chicas, indiferente a su sino. ¿Y yo? Hice caso omiso del asunto, volví la espalda a los detalles, mientras me pagaran, y poco quedó cuando Smonny cogió su parte. Bien pensado, no deja de ser irónico. Todo el dinero está en mi cuenta, y Smonny ni siquiera ha recuperado los gastos.
    —Es una buena broma —admitió Glawen.
    —¡Ya lo creo! Claro que Smonny nunca ha tenido sentido del absurdo.
    —¿Cómo llegó a su actual posición? Zaa no me lo contó.
    —Smonny se casó con un rico ranchero, un tal Titus Zigonie, en el planeta Rosalia. Los dos visitaron Yipton para contratar mano de obra yip. En aquella época, el Umfau era el viejo Calyactus. No sé cómo, lograron que Calyactus les visitara en Rosalia. Del pobre viejo nunca más se supo.

    »Smonny y Titus regresaron a Yipton. Titus se hizo llamar Titus Pompo, pero no sentía inclinación hacia el poder y el auténtico Umfau era Smonny, una posición que le proporcionó placeres sin cuento.
    »Namour también se mezcló en la situación, tal vez como amante de Smonny. ¿Quién sabe? Namour es un hombre que posee una disciplina de hierro y carece de escrúpulos. Una combinación peligrosa. Eso es todo cuanto sé.

    Siguió paseando un rato.

    —Nuestro pacto está cumplido —dijo Glawen—, y ahora…

    Floreste le calló con un ademán autoritario.

    —¡Aún no! Concédeme unos cuantos minutos más.
    —Por supuesto. Como usted quiera.

    Floreste prosiguió su incesante recorrido de la celda.

    —Durante años he sido un visionario. Mi vista ha escudriñado los horizontes, en tanto hacía caso omiso de la tierra que pisaban mis pies. Ahora, en estas horas finales, debo hacer algunos cambios.

    Se acercó a la mesa y se sentó. Cogió pluma y papel y redactó un breve documento con gran cuidado. Alzó la cabeza y escuchó.

    —¿Quién está en el despacho de fuera?
    —Marcus Diffin, supongo.
    —Alguien le acompaña. Pide a esas dos personas que entren.

    Glawen llamó con los nudillos a la puerta. Marcus Diffin aplicó el ojo a la mirilla.

    —¿Qué quiere?
    —¿Quién está ahí?
    —Bodwyn Wook.
    —Floreste desea que ambos entren un momento.

    La puerta se abrió. Marcus Diffin y Bodwyn Wook entraron en la celda.

    Floreste se puso en pie.

    —He tomado una importante decisión. Puede parecer extraño a los aquí reunidos, pero lo considero justo y apropiado, y por fin me siento en paz. —Indicó el documento que acababa de redactar—. Es mi testamento. Lleva la fecha y la hora exacta del día. Dice así:

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    Éste es mi último y definitivo testamento, escrito durante la tarde anterior a mi muerte. Mi mente está lúcida y me encuentro tranquilo, como certificarán los testigos. Este testamento sustituye a todos los demás, en especial y en particular a aquél en que lego mis pertenencias a Simonetta co-Clattuc Zigonie, que aquí y ahora declaro revocado e invalidado en todas y cada una de sus provisiones. Ahora, por voluntad propia y tras cuidadosas meditaciones, lego todo cuanto poseo al morir, incluyendo dinero, cuentas bancarias, objetos depositados en las bóvedas del Banco de Mircea en Soumjiana, artículos preciosos, joyas y obras de arte, tierras, propiedades, fincas, efectos personales y demás, al capitán Glawen Clattuc, confiando en que utilizará esta fortuna y sus intereses para llevar a cabo el proyecto más querido por mí, a saber, la construcción del llamado Nuevo Orfeo de la Estación Araminta. Firmo este testamento en presencia de los testigos abajo firmantes.

    Floreste cogió la pluma y añadió su firma al documento. Después, tendió la pluma a Marcus Diffin.

    —Firme.

    Marcus Diffin obedeció.

    Floreste entregó la pluma a Bodwyn Wook.

    —Firme.

    Bodwyn Wook hizo lo que se le pedía.

    Floreste dobló el testamento y lo entregó a Bodwyn Wook.

    —Le confío la custodia de este documento. ¡Ejecútelo con rapidez y hágase cargo de las propiedades! Se levantarán airadas protestas, pues en mi cuenta hay fondos que Smonny reclamará como suyos. Namour se dirige a Soumjiana para ejecutar mi anterior testamento y retirar esos fondos.
    —Por eso estaba tan nervioso durante la reunión de esta mañana. ¿Parte una nave hoy?
    —Sí —dijo Floreste—. El Karessimuss. Namour irá a bordo.

    Bodwyn Wook salió corriendo de la celda para llamar por teléfono desde el despacho de Marcus Diffin.

    —Eso es todo —dijo Floreste a Glawen—. Puedes marcharte, y yo me quedaré aquí sentado, reflexionando sobre las extrañas tierras que recorreré mañana.
    —¿Le apetece una botella de vino para animar sus pensamientos?
    —¿Qué clase de vino? —preguntó con suspicacia Floreste—. El último que trajiste revolvía las tripas.
    —Marcus traerá una botella de estupendo Zoquel Verde.
    —Eso está mejor.
    —Me encargaré de emplear el dinero como usted desea.
    —No abrigo ninguna preocupación al respecto. Estoy en paz.

    Glawen salió de la celda.

    —He prometido a Floreste una botella de Zoquel Verde —dijo a Marcus—. ¿Se encargará de dársela?
    —De inmediato.

    Bodwyn Wook se apartó poco a poco del teléfono.

    —El Karessimuss partió hace una hora. Namour iba a bordo. Consiguió burlar a mis hombres. Ysel Laverty ha salido en su búsqueda.
    —Cuando Namour llegue a Soumjiana, ¿qué pasará con el dinero de Floreste?
    —Está a buen recaudo. Primero, está inmovilizado a causa de la demanda que presentaste, y que aún no ha sido retirada. Segundo, esos asuntos van despacio. El testamento ha de ser ratificado, y los registros han de buscarse; también hay que demostrar la muerte de Floreste. El proceso puede durar entre uno y tres meses. Entretanto, el último será validado aquí, y con mucha mayor rapidez. Las propiedades de Floreste están a salvo.
    —Ahora también sabemos por qué insistió Floreste en poner por escrito su información.
    —¿Por qué?
    —¿Está preparado para recibir un buen golpe?
    —Más que nunca.
    —¿Por qué cree que Titus Pompo se esfuerza tanto en que nadie le vea?
    —Me lo he preguntado a menudo.

    Glawen se lo explicó.

    Por fin, Bodwyn Wook encontró las palabras.

    —Quizá sea el principal motivo de las prisas de Namour por marcharse. Ahora se ha demostrado que es un cómplice pasivo, como mínimo, en las actividades de Empresas Ogmo en la isla Thurben, y no escapará a un severo castigo, veinte años en Cabo Journal, quizá. Tal vez peor. No volveremos a verle en la Estación Araminta. Ahora, si me disculpas, debo encargarme de disponer unos melancólicos detalles.
    —Al menos, Floreste beberá un buen vino cuando el gas penetre en su celda.
    —Hay peores maneras de morir. ¿Ya tienes la información que deseabas?
    —No puedo verla hasta la puesta de sol.
    —Ya da igual. Namour ha puesto los pies en polvorosa.
    —De todos modos, debo obedecer los últimos deseos de Floreste. De lo contrario, me sentiría mal.
    —Glawen, o eres extremadamente sentimental, o exageradamente supersticioso, o ambas cosas a la vez… Después de pensarlo, quizá sea ésa la definición esencial del honor.
    —No sabría decírselo.

    Glawen dio media vuelta y salió de la cárcel.


    9


    Glawen caminó lentamente por Wansey Way. El sol se filtraba entre los árboles que flanqueaban la orilla del río, y que pintaban largas manchas rosadas sobre la carretera. Glawen miró hacia atrás. Syrene aún colgaba en todo su diámetro sobre las colinas del oeste; faltaba una hora para el ocaso.

    Glawen se detuvo para echar un vistazo en el Viejo Cenador. Voces alegres y risas apagadas creaban una atmósfera distendida, algo en desacuerdo con el estado de ánimo de Glawen. Kirdy estaba sentado en un rincón, solo y con aspecto malhumorado, sin mirar nada en particular.

    Glawen no se quedó en el Viejo Cenador, sino que continuó por Wansey Way, dejó atrás la avenida que conducía a la Casa Wook, una segunda avenida que llegaba hasta la Casa Veder, y una tercera que moría en la Casa Clattuc. Glawen se detuvo y examinó la familiar fachada. Mañana entraría para comprobar que se estaba trabajando de la forma debida, sin las improvisaciones y desaliños que Spanchetta intentaría llevar a cabo.

    Sus pensamientos se centraron en Spanchetta. ¿Hasta qué punto estaba mezclada en las maquinaciones de Simonetta? ¿Cuánto sabía? Sin duda negaría todo conocimiento, con hipócrita indignación. De momento, Glawen se negó a continuar especulando. Miró hacia Syrene, un globo naranja y rosa que aún no había entrado en contacto con las colinas. Guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta y siguió su recorrido por Wansey Way. Pasó frente al liceo, ahora tranquilo y silencioso, pero plagado de multitud de recuerdos. Desvió la vista hacia el otro lado del río, al lugar donde Floreste proyectaba alzar el nuevo Orfeo. La cuenta de Floreste en el Banco de Mircea incluía los fondos de Empresas Ogmo, y Glawen rió en voz alta. La noticia de la decisión final de Floreste provocaría consternación en Yipton.

    Wansey Way desembocaba en la Carretera de la Playa. Glawen cruzó la carretera y entró en la playa. Las olas eran altas, empujadas por una serie de tormentas que se habían desencadenado en alta mar. Rompían una y otra vez contra la orilla, disolviéndose en espuma.

    Glawen se acercó hasta que las burbujas siseantes casi mojaron sus pies. El sobre le pesaba en el bolsillo; lo sacó y examinó por ambas caras, y leyó la inscripción. El sobre era de excelente calidad, fabricado de papel pergamino satinado, moteado de color tostado y gris, del tipo utilizado para albergar documentos legales. ¿Había pretendido Floreste subrayar el significado del mensaje que contenía? No era necesario, pensó Glawen. Tal vez Floreste se había permitido un final melodramático, o tal vez era el único sobre que tenía a mano.

    Daba igual, pensó, mientras el mensaje fuera explícito. Glawen desechó tales pensamientos y volvió a guardar el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta, cuyo botón abrochó. Syrene casi estaba rozando las colinas. Al borde de la carretera, un hombre le estaba mirando. Glawen forzó la vista y el corazón le dio un vuelco. La postura era inconfundible. Se trataba de Kirdy, que al parecer le había seguido desde el Viejo Cenador.

    Kirdy descendió la pendiente con cautela y cruzó la playa, sin apartar la mirada de Glawen. Iba vestido de negro, pantalones, botines, camisa de manga larga y sombrero de ala ancha. Su expresión era impenetrable, y sus ojos azules se veían tan carentes de vida como los de un pez muerto.

    Glawen miró en todas direcciones. No se veía a nadie más. Kirdy y él estaban solos.

    Glawen calculó sus posibilidades. Lo más prudente era alejarse o, en caso necesario, correr. No tenía nada que ganar y todo que perder en un enfrentamiento con Kirdy.

    Glawen caminó paralelo a la orilla. Kirdy se desvió para cortar la retirada de Glawen, definiendo de esta manera sus siniestras intenciones.

    Kirdy se acercó sin apresurar el paso, como si de esa manera confiara en no alarmar o asustar a Glawen.

    Sin embargo, no logró calmar los temores de Glawen, que buscó la arena mojada, donde le sería más fácil correr, una alternativa factible, aunque algo embarazosa. Aceleró su paso, pero Kirdy le imitó. Daba la impresión de que sonreía, pues los extremos de sus grandes dientes blancos eran visibles entre sus labios.

    Glawen se detuvo. A su espalda, una inmensa masa de agua rompió contra la orilla con ruido ensordecedor; la playa quedó cubierta de espuma. Glawen había jugado con frecuencia entre los rompientes, y no tenía miedo del oleaje. Kirdy, por el contrario, era un nadador deficiente, que detestaba y temía el mar. Pronto se cansaría del juego y se iría, tal vez satisfecho de haber empujado a Glawen hacia las olas.

    Glawen contempló fascinado los músculos que se destacaban en las mejillas de Kirdy. Éste preferiría marcharse, antes de acercarse más al agua.

    Kirdy se detuvo y miró hacia el mar. Se quedó boquiabierto y la sonrisa abandonó su rostro. La espuma avanzó y mojó los pies de Glawen. Kirdy reculó de mala gana. La espuma, al retroceder, dejó una extensión de arena mojada que Kirdy encontró irresistible. Se dejó de rodeos y cargó como un poseso, con los brazos levantados para asir a Glawen y arrastrarle hacia donde mejor pudiera controlarle.

    Glawen saltó hacia la ola que se aproximaba y se paró a mirar como el agua lamía las fuertes espinillas de Kirdy. Éste frunció el ceño con desagrado, pero chapoteó sin la menor gracia en el agua, convencido de que Glawen estaba atrapado y no se atrevería a retroceder más. Ahora, Glawen debería tratar de razonar con él, o suplicar que se calmara, lo cual sería muy divertido.

    Pero Glawen no estaba dispuesto a pedir clemencia y se quedó fuera del alcance de Kirdy. Éste saltó, pero Glawen fue reculando paso a paso. La espuma se agitaba alrededor de sus piernas. Kirdy continuó su acoso, pero Glawen siempre se mantenía unos pocos metros alejado de él. ¿No se iba a detener para recibir su merecido? Muy cerca, detrás de él, acechaban las profundas aguas donde la gente se hundía para siempre y, antes de perecer, se convertía en pútrido limo gris.

    Glawen parecía indiferente al peligro, pero ya no podía retroceder más. Kirdy avanzó con determinación.

    La nueva ola mojó a Kirdy hasta el estómago. Se paró en seco. Glawen, a menos de tres metros, lanzó agua a la cara de Kirdy, que parpadeó y meneó la cabeza con rabia.

    La espuma retrocedió. Glawen y Kirdy se encontraban a pocos pasos de la playa. El agua se retiró. Glawen estaba muy cerca, y Kirdy, irritado, se abalanzó sobre él, pero Glawen ya se había alejado otra vez. Kirdy se puso en pie, pero había perdido el sombrero.

    Una gran ola se desplomó sobre los combatientes. Kirdy se distrajo y se asustó. Glawen recibió el impacto de la espuma, pero plantó los pies con firmeza y no se movió. Kirdy fue arrastrado unos metros hacia la playa. La ola volvió y con ella Kirdy, casi corriendo, y por fin consiguió agarrar a Glawen. Lanzó un rugido de alegría, tiró a Glawen al agua e intentó clavarle las rodillas en el cuello. Glawen tragó una bocanada de agua salada y arena. Kirdy dejó caer su peso sobre él, pero sin grandes consecuencias. Glawen levantó las piernas, hundió un pie en el estómago de Kirdy y se levantó. Kirdy cayó hacia atrás y una ola se lo llevó, bajo un enorme rompiente. Glawen fue arrastrado hacia la playa. Kirdy, capturado por la corriente, ya había sobrepasado la primera fila de rompientes.

    Glawen tanteó en busca del sobre. Estaba a salvo. Desabrochó el bolsillo, lo sacó y lo examinó. El brevísimo contacto con el agua marina no había perjudicado al grueso pergamino. Su mensaje, bueno o malo, seguía a buen recaudo.

    Glawen se estremeció de frío y cansancio. Miró hacia el agua. ¿Dónde estaba Kirdy? Los rompientes que se sucedían impedían ver a lo lejos. Por allí estaría Kirdy, debatiéndose y preguntándose por qué de repente se encontraba perdido en el océano, cuando sólo una hora antes estaba sentado en el Viejo Cenador.

    Glawen se alejó de la orilla. No experimentaba la menor sensación, ni de triunfo ni de complacencia. Meditó unos instantes sobre su conducta, y después se dijo: «De todos modos, ¿qué más da? Me alegro de que se haya ido».

    Glawen llegó a la carretera y se volvió para mirar hacia el océano. Por un segundo, creyó distinguir a la luz melancólica del ocaso un brazo cubierto de tela negra que se agitaba, y el destello de una cara sonrosada. Cuando volvió a mirar, sólo vio agua embravecida.

    Temblando de frío, examinó el cielo del oeste. Aún se veía la mitad de Syrene, teñida de un rosa bermejo, sobre las colinas.

    Había un banco para uso de los peatones en la confluencia de Wansey Way con la Carretera de la Playa. Cuando llegó, Glawen volvió a examinar el cielo del oeste. Los árboles ocultaban las colinas, pero la luz había empezado a desvanecerse, y llegó a la conclusión de que Syrene había desaparecido por fin. Había comenzado el ocaso. Glawen se sentó en el banco. Sacó el sobre, mientras sus dientes castañeteaban, y rompió con ciertas dificultades el grueso pergamino. Extrajo los papeles de color naranja y se puso a leer por encima las tres páginas. Después, regresó al primer párrafo, que era breve y sucinto, pero que le informaba de todo cuanto quería saber.

    A la atención de Glawen Clattuc: Scharde Clattuc, según me han dicho y creo, se encuentra cautivo en un lugar absolutamente insólito y difícil. ¿Por qué ha recibido un trato tan cruel? Sólo puedo hacer suposiciones.

    El viento azotó las prendas mojadas de Glawen, y sus dientes castañetearon de nuevo. Dobló las hojas, las introdujo en el sobre, y guardó éste en el bolsillo. Miró una vez más hacia el océano, apenas visible a la luz del crepúsculo. No vio nada. Se levantó y caminó a toda la velocidad de sus piernas por Wansey Way.



    Notas

    [1] En su monografía Los deslizadores púrpura de Tassadero, el biólogo Dennis Smith utiliza un lenguaje más directo: «Proyectan un hedor mayestático que, sin la menor duda o vacilación, es algo auténticamente épico. Los guías turísticos suelen olvidar un curioso efecto colateral de este hedor. Impregna por igual la piel de las damas melindrosas y de los caballeros altivos, y resulta imposible erradicarlo, mitigarlo o disimularlo. El hedor persiste durante varios meses. A veces, se afirma que las agencias turísticas de Tassadero deberían ser censuradas por estas ambigüedades». <<



    Crónicas de Cadwal - 2
    Título original: Araminta Station
    Autor: Jack Vance, 1987
    Traducción: Eduardo G. Murillo
    Editorial: Martínez Roca, 1993
    ISBN: 978-84-270-1821-1