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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
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    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
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    No colocar imagen en Header
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    S3
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    B2
    B3
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    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    hola

    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    MARINIA (Frederick Pohl y Jack Williamson)

    Publicado el miércoles, mayo 10, 2017

    Sinopsis

    Tras la muerte de sus padres, Jim Eden, recibe la visita de su tío Stewart, comandante retirado de la Marina, que le habla del mar, de su padre y de Marinia, con sus ciudades gigantescas bajo el mar. Finalmente, le entrega su solicitud aceptada para ingresar en la Academia Submarina. Este será el comienzo de sus aventuras bajo el mar.



    CAPÍTULO 1
    La Carta del Membrete Platinado


    LA PRIMERA vez que vi a mi tío Stewart Eden, acababa yo de cumplir los diez años.

    Vino a nuestra casa, en New London, donde siempre había vivido la familia. La señora Flaherty, la anciana ama de llaves, quien era toda la “familia” que me quedaba, me había preparado para su llegada, pero no me dijo nada de su apariencia personal.

    Yo estaba parado en el pórtico cuando mi tío llegó, bamboleándose al caminar. Era un gigante de rostro pálido, barba bronceada y que cojeaba ligeramente a causa de una vieja herida. Su voz sonaba extrañamente suave.

    —Tú eres Jim —dijo, y se rascó la cabeza. Eso fue todo.

    Supongo que él no sabía mucho respecto a niños de diez años de edad ni si mi reacción sería soltarme a reír o a llorar, o si me escondería detrás de la puerta a su llegada. Creo que intuyó que si me daba unas palmaditas en la cabeza o si me estrechaba la mano yo rompería en llanto; me imagino que eso es lo que hubiera hecho. Yo siempre había vivido solo, excepto por el ama de llaves, hasta donde podía recordar.

    Mi tío no podía correr ese riesgo, porque no tenía tiempo para lloriqueos. Puso en el suelo su estropeada maleta de piel de tiburón y miró su reloj. ¡Qué característico era ese gesto en él! Debe haberlo hecho unas mil veces aquella tarde de su llegada y cada vez que lo hacía fruncía el ceño, como si las horas estuvieran transcurriendo con demasiada rapidez para él y los minutos desaparecieran antes de que pudiera aprovecharlos.

    —Vamos —murmuró con voz suave.

    Me tomó de la mano y me hizo bajar los escalones, no como lo hace un adulto conduciendo a un niño, sino como un camarada ayuda a otro.

    Me resistí y dije con incertidumbre:

    —¿Qué dirá la señora Flaherty?

    El ama de llaves no me permitía salir solo desde el día en que me encontró atrapado en una campana de buceo que yo me había construido y tuvo que llamar al cuerpo de bomberos para que me sacaran del fondo del lago.

    —Olvida a la señora Flaherty —murmuró entre dientes con su afectuosa voz—. Ahora ya eres un hombre, Jim. Los hombres tenemos derecho a salir juntos de vez en cuando.

    Lo seguí con cierta duda, pero ésta se desvaneció cuando vi con el rabillo del ojo a la señora Flaherty que nos observaba detrás de la cortina. Sus labios sonreían, aunque se estaba limpiando las lágrimas de los ojos. ¡Pobre señora Flaherty! Había sido demasiado leal al recuerdo de mi madre, aun para querer ocupar el puesto de ella ante mis ojos, pero no podía evitar pensar en mí como si fuera su propio hijo.

    ¡Aquella tarde fue muy importante!

    Mi tío me llevó hasta la playa en el enorme y rápido monorriel. Miré anhelante en dirección del parque de diversiones cuando pasamos por allí, pero mi tío movió la cabeza negativamente.

    —No, Jim —me dijo, emitiendo una risita—. Los tiovivos y las montañas rusas no son cosas de hombres. Desde hoy tienes que ser un hombre. Tú y yo vamos a ver algo que jamás has visto...

    Tenía razón. Aquella tarde, mi tío me mostró el mar.

    ¿Nunca antes lo había yo visto?

    Nunca, a pesar de que todos los días observaba desde mi ventana la línea blanca de las olas al romperse, o la raya grisácea de las gaviotas contrastando contra el horizonte. Y a pesar también de las horas y más horas que mi padre y yo habíamos pasado navegando en pequeños veleros.

    Aquella tarde, mi tío me mostró lo que era realmente el mar. Nos sentamos en el malecón a observar las gaviotas, los cargueros submarinos que se deslizaban a lo lejos por el agua, y las olas que se rompían debajo de donde nos encontrábamos. Él me habló. Me relató cosas extrañas y maravillosas; me enseñó por qué el mar había sido toda su vida y cómo podría llegar a ser también la mía.

    Me mostró la grandeza misma del mar; la inmensa y sólida maraña submarina de abismos, picachos, ciudades y junglas desconocidas de algas marinas, de la cual la parte que nosotros vemos es únicamente la corteza, delgada como un papel de China. Mi tío había consagrado su vida a las tierras que existen bajo el mar y, aquella tarde, en las rocosas playas de Connecticut, comencé a comprender la causa de su devoción por el océano.

    El sol ya estaba muy bajo a nuestras espaldas cuando mi tío dejó de hablar. No tanto porque no tuviera más que decir (y puedo asegurarles que tampoco porque yo me hubiera cansado de escucharlo), sino porque no era posible relatar toda la historia del mar. Eso era algo que cada hombre debería tratar de descubrir por sí mismo. Algo que tendría que vivir, porque jamás podría ser expresado en palabras.

    Volvió a ver su reloj en la forma insistente, casi preocupada que acostumbraba, y suspiró.

    —Es todo un mundo, Jim —me dijo, poniéndome la mano sobre el hombro—, y tengo que regresar a él. Desearía poder pasar un poco más de tiempo contigo para hacerte saber algo más, pero debo marcharme esta noche.

    Me paré lo más derecho y erguido que pude, tratando de aparentar mayor edad de la que tenía.

    —Tío Stewart —contesté hablando con voz profunda, como si fuera un adulto—. ¡Llévame contigo!

    No sonrió ni me dio ninguna palmadita en la cabeza. Sólo dijo pacientemente:

    —No, Jim. Créeme que lo haría si fuera posible. No sería agradable para ti. La vida en las ciudades que hay bajo el mar es dura. No hay lugar para ti en ellas... todavía. Tienes por delante seis años de escuela aún, antes de que puedas comenzar a pensar en ello. Pero el tiempo pasará, Jim —continuó diciéndome, y su mano apretó mi hombro con más fuerza, como para tranquilizarme—. ¡No pasará rápido, no! No quiero engañarte en eso. Pasará lenta, muy lentamente. Es duro estudiar, ver al maestro y leer los libros, cuando se sabe que las ciudades del mar están brillando allá abajo, listas, esperándolo a uno, pero algunas cosas son duras en esta vida, y a pesar de eso, tenemos que hacerlas. Tu padre. . . —hizo una pausa y desvió la mirada de mí mirando a lo lejos. Luego, continuó con mucha calma—: Tu padre fue un hombre admirable, Jim. De no haber sido por un incidente desgraciado y por un mal hombre, tal vez él habría estado hoy aquí en vez de mí —meneó la cabeza. El tono alegre de su voz casi había desaparecido cuando agregó suavemente—: No es correcto odiar a nadie, muchacho, pero algunos hombres hacen que uno se sienta tentado a odiarlos casi irresistiblemente.
    —¿Te refieres al señor Hallam Sperry? —pregunté con voz aguda.
    —Exactamente. Del señor Hallam Sperry es de quien estoy hablando. Todo lo que tu padre fue y todo lo que hizo fue bueno. Él, más que ningún otro hombre, fue quien convirtió a Marinia en una potencia en el mundo.

    ¡Ciudades gigantescas bajo el agua! Y fue tu padre quien ayudó a construirlas allí. Después él murió, y Hallam Sperry se apoderó de todo —miró a lo lejos, sobre el mar, con amargura. Luego, sacudió la cabeza, volvió a sonreír y agregó—: ¡Pero eso ya ha pasado, Jim! Tu padre jamás evadió sus responsabilidades y su hijo tampoco lo hará, ¿verdad, muchacho? De modo que irás a la escuela a aprender tus lecciones y a prepararte a ser hombre. Serán seis años, y aún después de esos seis años la escuela no habrá terminado. Sólo que después la escuela será diferente.

    —¿Diferente? ¿Por qué? —le pregunté.

    No podía comprender bien lo que me decía ese desconocido que era mi tío, pero me sentía extrañamente excitado y feliz.

    —¡Será muy diferente! —sonrió amablemente, haciéndome olvidar la decepción, y puntualizó—: Verás, Jim. La gente recuerda a tu padre y..., bueno, yo también tengo amigos. No te haré esperar. Si el mar es lo que tú deseas en la vida, entonces esto es tuyo. Ábrelo, Jim —dijo, entregándome un sobre azul marino que tenía un brillante membrete platinado.

    Saqué el papel y lo desdoblé con manos temblorosas a causa de mi ansiedad. En el membrete estaba escrito: Academia Submarina de los Estados Unidos. Debajo de él, redactado en letras brillantes de color escarlata, había un corto mensaje dirigido a mí:

    “Muy señor nuestro:
    ”El señor Stewart Eden, comandante retirado de la Marina de los Estados Unidos y tutor legal suyo, ha presentado una solicitud a nombre de usted. Dicha solicitud fue revisada por la Mesa de Admisiones de esta Academia y ha sido aceptada.
    ”El primero de septiembre siguiente a su decimosexto cumpleaños, deberá usted reportarse ante el Oficial de Cubierta de la Sección de Admisiones de esta Academia, para ser asignado a un escuadrón de entrenamiento.

    Atentamente,
    ROGER SHEA LARRABEE,
    vicealmirante de la Marina de
    los Estados Unidos.”


    Me quedé mirando asombrado la maravillosa, la increíblemente maravillosa carta.

    Después de un momento, la alegre voz de mi tío preguntó:

    —¿Bueno, Jim? ¿Es eso lo que deseas?
    —Tío Stewart —le respondí—, eso es lo que más deseo en el mundo.

    Luego, a pesar de tener diez años y sentirme un adulto en aquel día, creo que lloré.

    Los seis años transcurrieron tal como me lo había advertido mi tío. Pasaron lenta y difícilmente, pero con aquella carta guardada bajo llave en mi baúl, parecieron menos duros. Tenía que aprender muchísimas cosas para estar preparado para la academia: matemáticas, inglés, una docena de ciencias diferentes, idiomas, historia y muchas, muchas cosas más. Seis años no fueron un lapso muy largo para la tarea.

    Pero las aprendí, y aprendí también algunas otras cosas, entre ellas, a comprender quién era realmente mi tío Stewart, el de la voz suave y calmada.


    CAPÍTULO 2
    El Cadete Eden se Reporta a Servicio


    EL BRILLO del sol de Bermuda era cegador. El taxi que me llevó del aeropuerto me dejó frente a las puertas de coral, y un cadete submarino, vestido con el uniforme rojo de gala, presentó armas rigurosamente.

    Me quedé parado allí con mi maleta en la mano preguntándome si debería saludar. El conductor del taxi se alejó sonriendo en su vehículo y el cadete tomó la decisión por mí.

    —Avance e identifíquese —ordenó secamente.
    —James Eden se reporta —dije, tratando de pararme en posición de firmes—. Aquí están mis órdenes.

    Le entregué los documentos de viaje que me habían llegado por correo la semana anterior. El cadete los examinó rápidamente.

    —Pase, cadete Eden —respondió. Luego, la tensa formalidad desapareció por un momento de su rostro y añadió sonriendo—: Buena suerte.

    Esa fue la primera vez que vi la Academia Submarina.

    Al entrar por aquella puerta, Jim Eden desapareció; había nacido el cadete Eden J., de la Armada Submarina de los EE.UU.

    Las primeras horas pasaron como si se tratara de segundos. Fueron una sucesión de exámenes físicos, cuestionarios, entrevistas, instrucciones, conseguir mis uniformes y mi equipo y encontrar mi alojamiento. En el departamento de proveeduría, situado en el interior de una especie de hangar, los activos dedos de la máquina ajustadora recorrieron mi cuerpo, produciendo ligeros chasquidos y zumbidos hasta que por fin, en la compuerta de salida del sastre automático surgió, ya terminado, mi primer uniforme.

    Era el uniforme de faena color verde-mar obscuro, usado por los submarineros. Ahora que la máquina ya había registrado mis medidas, yo podía obtener de ella los demás uniformes a medida que los fuera necesitando. Mientras los brazos del pantógrafo tridimensional diseñaban la camisa y las máquinas expendedoras del plástico, semejantes a arañas produciendo su tela, tejían y entretejían fabricando el material, el intendente de proveeduría me gritó:

    —¡Apresúrese, amigo! Vístase con esa ropa. ¡La marea no espera!

    Pero bien podía haberse ahorrado el aliento, porque tan pronto como se abrió la puerta y el uniforme colgó hacia afuera, todavía con brillantes gotas del lavado químico, comencé a ponérmelo. Cuando la compuerta de cristal volvió a cerrarse, pude verme reflejado en ella. Fue difícil evitar que mi cara sonriera. Ahora todo el mundo podía verlo claramente. ¡Ya era yo un submarinero!

    Pero el siguiente almacenista ya me estaba gritando y no tuve tiempo de seguir admirándome en el cristal.

    Salí tambaleándome del almacén de proveeduría, gruñendo bajo el peso de casi cincuenta kilogramos de equipo, que serían los implementos v los símbolos de mi nueva vida. Cuando llegué a la puerta, el sol del Caribe parecía la entrada de un homo que se abría a un metro de mi cabeza. El calor, después de mi estancia en el enorme y frío almacén, fue como una sacudida para mí.

    Tuve que cruzar una distancia de noventa metros a través del patio en forma de cuadrángulo para llegar al dormitorio al que había sido asignado. Cuando estuve allí, iba haciendo eses.

    Tal vez fue el sudor que obstruía mis ojos la razón por la que no vi al superior vestido de rojo que dio una brusca vuelta a la derecha y comenzó a subir los escalones adelante de mí.

    Tropecé contra él.

    Mi equipo cayó sobre los escalones y dejé oír un gruñido, pero dije, un poco malhumorado, debo admitirlo:

    —Lo siento —y me agaché para recoger mi casco.
    —¡ATENCIÓN!

    La palabra restalló como un latigazo y aclaró mi nublado cerebro como por arte de magia.

    Me enderecé de un salto y lo más inteligente que se me ocurrió decir fue:

    —¡Lo siento, señor!

    El cadete me miró desde lo alto de los escalones con una expresión de disgusto. Era tan alto como yo, pero más corpulento. Sus ojos me miraban fríamente por debajo de su achatada gorra roja y en cierto modo me infundían una sensación de peligro.

    —¡Guarde silencio, señor Novato! —respondió secamente—. Cuando un oficial o un superior deseen saber si usted lo siente, se lo preguntarán. No trate de dar ninguna información que no se le pida. Y párese en posición de firmes, amigo. ¡Firmes! Los brazos a sus costados.
    —Pero se me caerá el casco —objeté.
    —¡Se-e-ñor Novato!
    —¡Sí, señor! —dije, y bajé los brazos.

    El casco volvió a caer al suelo. Había tenido suerte la primera vez, pero a la segunda caída, se estrelló el cristal del visor.

    El superior no le prestó ninguna atención.

    Se me quedó mirando fríamente un momento; luego descendió los escalones v caminó lentamente a mi alrededor. Cuando hubo completado un círculo, movió la cabeza y dijo en tono de quien está conversando:

    —He visto muchísimos ejemplares indeseables en mi vida, señor Novato, pero en los dos años, tres días y trece horas que llevo en la Academia Submarina, jamás había visto ninguna persona, animal o cosa. . . (y debo aclarar que no estoy seguro a qué clasificación pertenezca usted) que se mostrara tan poco prometedor a llegar a ser alguna vez algo escasamente parecido a lo peor que exista para formar a un segundo ayudante de un desaguador de tercera categoría —luego agregó—: Si yo dijera que es usted una desgracia para el país, para el servicio militar y para la Academia, señor Novato, podrían culparme de estarle haciendo el mayor de los halagos. En vista de esto, puede verse claramente que es imposible que usted dure en esta academia siquiera dos semanas. No debería yo molestarme ni interesarme en lo absoluto por usted. Estoy desperdiciando el precioso tiempo de la Academia al hacerlo así, pero, señor Novato, todo buen submarinero es caritativo. Mi buen corazón me obliga a hacer lo que yo pueda por prolongar su inútil y molesta estancia entre nosotros lo más posible. Por lo tanto, me tomaré cierto interés en su educación —puso las manos en sus caderas y se me quedó mirando fijamente—. Para comenzar, señor Novato, lo invito a que aprenda la Regla Número Uno. ¿Quisiera usted aprenderla? Puede usted responder con dos palabras: la primera, de una sílaba, y la segunda, de dos, siendo esta última “señor”.

    Los músculos de la quijada me temblaban, no podría decir si de rabia o si porque sentía un impulso nervioso de soltar una carcajada, pero le respondí obediente:

    —Sí, señor.
    —Muy bien —asintió bruscamente—. Lo hizo muy bien si tenemos en consideración que me contestó en una forma más o menos apropiada y que fue la primera vez que lo intentó. Lo felicito, señor Novato. Puede haber alguna esperanza para usted, después de todo. Tal vez dure aquí tres semanas, quizá hasta tres semanas y dos o tres días más, antes de que la Junta de Adecuación se vea obligada a llegar a la conclusión de que está completamente incapacitado para tocar siquiera las botas de un verdadero submarinero. Sin embargo, continuemos con la Regla Número Uno. ¡Atención a sus órdenes, señor Novato! La Regla Número Uno dice: “Siempre que se encuentre con algún superior se parará usted en posición de firmes hasta que él le dé permiso de abandonar esa posición o le haga comprender, al alejarse de usted una distancia de cuando menos cinco metros, que no está interesado en lo que usted hace.” ¿Lo comprendió?

    Comencé a decir “sí, señor”, pero volví a cerrar la boca inmediatamente. Él no me había dado permiso de hablar. Ya estaba comenzando a aprender las reglas.

    Pero no lo hice con suficiente rapidez. Se quedó viendo fijamente mi quijada con mirada absorta.

    —Un tic facial —murmuró para sí—. Parece que este individuo es subnormal también físicamente además de serlo mental, moral, emocional y todo lo demás terminado en “mente” —suspiró—. Bueno, ya tuvimos suficiente de esto, señor Novato. Es bien conocido que memorizar reglas difíciles, especialmente aquellas que contienen cuarenta palabras, requiere una concentración absoluta. Para ayudarlo a conseguir esta condición, voy a permitirle dar quince vueltas alrededor del cuadrángulo. No me lo agradezca; me siento complacido en hacerlo por usted. Es por su propio bien. No es un castigo. Está destinado únicamente a ayudarlo a concentrarse. Sin embargo —agregó—, debemos considerar también la cuestión del castigo. Por conducta indebida en un cadete submarino...; para ser más específicos: por atropellar a un superior, puede usted dar cinco vueltas más. Y por destrucción negligente de la propiedad del gobierno —sus ojos dieron un rápido vistazo sobre mi estrellado visor—, diez vueltas más. Ya me ha hecho usted perder mucho tiempo, señor Novato. Sea tan amable en comenzar inmediatamente. ¡La marea no espera!

    Sin decir una palabra más, dio media vuelta y subió los escalones.

    Esa fue mi presentación en la Academia Submarina. Ni siquiera conocía yo el nombre de aquel cadete.

    Treinta vueltas al cuadrángulo, que tienen noventa metros por lado, equivalen casi a once kilómetros.

    Las di. Tardé un poco más de tres horas en hacerlo, y las últimas vueltas las caminé en un estado casi de coma.

    Cuando estaba dando la vuelta número veinticinco, se me ocurrió que nadie las estaba contando; solamente yo sabía cuántas había dado. En la número veintisiete tuve que hacer un esfuerzo para que mis piernas continuaran caminando alrededor del mareante patio, pero únicamente la obstinación me hizo continuar. La Academia era para hombres de honor y, aunque uno de los superiores era obviamente un bruto sádico, yo iba a seguir al pie de la letra toda orden que se me diera mientras vistiera el uniforme.

    Al fin, terminé las vueltas.

    Recogí todo mi equipo que había quedado esparcido en el suelo. Docenas de cadetes habían subido por las escaleras mientras yo estaba haciendo mis vueltas, pero ninguno se había dignado mirarme siquiera. Busqué y encontré el camino hasta mi cuarto.

    Cuando abrí la puerta, un muchacho, novato como yo, de corta estatura y sorprendentemente joven, se puso de un salto en posición de firmes. Descansó después de verme.

    —Tú debes de ser Eden —dijo, extendiéndome la mano—. Me llamo Eskow. Ya vi que tuviste mala suerte allá afuera.

    Estaba sonriendo; me agradó el modo amistoso como lo hacía.

    —Creo que comenzaste antes que los demás —continuó—. Pero tú no serás el último. Todos estaremos allá afuera tarde o temprano. Si me conozco bien, seré uno de los primeros y de los que más a menudo andarán por allí.

    Dije algo entre dientes y coloqué el equipo sobre mi catre. La cama sin hacer, con la ropa, los libros y el equipo esparcidos encima de ella presentaba un cuadro del más completo desorden, tan desordenado y desaseado como yo mismo me sentía.

    Miré en dirección a la cama de Eskow. Estaba perfectamente hecha y había una frazada extra colocada transversalmente sobre la almohada. La puerta de su armario estaba abierta y podía verse todo su equipo muy bien guardado y ordenado. El mismo Eskow tenía las mejillas sonrosadas y se notaba que acababa de bañarse y rasurarse..., aunque creo que él bien podía haber omitido el rasurarse, todavía por algún tiempo, antes de que se le notara que no lo había hecho.

    Mi aspecto debió revelar cómo me sentía, porque Eskow dijo:

    —¡Ánimo, compañero! Te daré una mano. No tenemos nada que hacer hasta la hora de cenar y no habrá ninguna inspección hasta después de la cena. Descansa un poco.

    Me hundí en la silla mientras mi compañero de cuarto comenzaba a separar y a guardar mis cosas alegremente. En un par de minutos, comencé a sentirme mejor; me levanté y me puse a ayudarle. Tendría que pasar bastante tiempo antes de que se me quitara el dolor de los pies; parecía que no toda mi suerte había sido mala aquel día. Sin embargo, si Eskow iba a ser mi compañero de habitación durante los siguientes cuatro años, podía considerarme un hombre afortunado a juzgar por la primera impresión que tuve de él.

    Aquella noche, durante la cena, volví a ver al superior de aquella tarde. Estaba sentado solo a una pequeña mesa, al extremo del salón comedor. Toqué disimuladamente con el codo a Eskow y se lo señalé.

    Como a los cadetes del primer año no se les concedía el privilegio de poder conversar durante las comidas, Eskow murmuró por un lado de la boca:

    —Se llama Sperry. Siento decírtelo, Jim, pero él es el oficial que está al mando de nosotros. Lo vas a tener que ver muy a menudo hasta que se gradúe —Eskow titubeó—. Sperry —repitió mirando fijamente al frente—. Me pregunto si él no será. . .

    Uno de los superiores estaba mirando en nuestra dirección, por lo que mi amigo no acabó de contestar lo que se preguntaba.

    Pero entendí lo que quería decir, y la respuesta era “sí”: el oficial cadete Brand Sperry, al mando de Fletcher Hall, era el hijo de Hallam Sperry, el alcalde millonario de la ciudad de Thetis, en Marinia.

    Algo en las facciones del joven Sperry me había parecido familiar desde un principio; familiar y, extrañamente, casi peligroso. Al principio no supe lo que era, pero ahora ya lo sabía: yo había visto muchas veces la fotografía de Hallan Sperry, y el cadete que estaba sentado ahora ante la pequeña mesa se parecía a ella. En la foto aparecían su padre, el mío y mi tío Stewart. Fue tomada cuando todo lo que existía de Marinia era apenas un par de pequeños puestos de avanzada submarinos; los tres eran muy jóvenes. Mucho antes de que la amarga disputa distanciara a Sperry de los Eden. Mucho antes de que muriera mi padre como un hombre brillante y famoso, pero cuya fortuna y propiedades se habían desvanecido.

    Me llevé el tenedor a la boca con los movimientos precisos y exactos aprobados por la academia en la que una herencia combinada de las antiguas Annapolis, West Point y la Academia de Aviación de Colorado había producido una riqueza en tradiciones y miles de reglas destinadas a confundir a los novatos del primer año como yo. Casi no le tomé sabor a la comida.

    Si el hijo del hombre que había defraudado a mi padre y había intentado hacer lo mismo con mi tío iba a ser mi comandante, la misión que yo iba a tener que cumplir en la Academia Submarina iba a ser difícil. Ciertamente, nuestro primer encuentro había sido un mal principio. ¿Podría haber sido, acaso, que me había reconocido? ¿Que había buscado deliberadamente aquel encuentro para asegurarse de que yo me doblegaría ante él?

    No podía creerlo. Sin importarme lo que el padre de Brand Sperry pudiera ser, el hijo era un oficial cadete del Servicio Submarino, y mientras estuviéramos juntos en el servicio, no habría dificultades entre nosotros que yo buscara deliberadamente. Allí mismo, en ese momento, me hice esa promesa.

    Comoquiera que fuera, no disfruté de mi primera cena en la Academia Submarina.


    CAPÍTULO 3
    Los Hijos de la Flota Submarina


    EL TOQUE de diana fue a las 4:45 de la mañana. ¡Todavía se veían las estrellas!

    Allí estábamos parados bajo la luz anunciadora del amanecer. Éramos trescientos muchachos temblorosos que tratábamos de mantenernos en posición de firmes. Debimos haber formado un extraño grupo de novatos dentro del sagrado recinto de la Academia Submarina. Casi hasta disculpé al capitán cadete Sperry por su expresión de disgusto.

    Después de que corrieron lista, regresamos a nuestras habitaciones y nos preparamos a que nos pasaran inspección. Después de un abundante desayuno (¡el levantarse antes del amanecer despertaba enormemente el apetito!) salimos para dar principio a nuestro primer día de entrenamiento.

    Todos y cada uno de nosotros habíamos sido preparados para aquel primer día desde que teníamos diez o doce años. Cada uno había estudiado tanto acerca de las materias básicas que se nos enseñarían, como nuestras jóvenes cabezas habían podido retener. No solamente matemáticas, ciencias y teoría naval, sino también una enorme variedad de estudios diferentes: desde el arte hasta la ingeniería; desde balística hasta ballet. Durante años, la tendencia en las escuelas había sido cada vez más hacia la especialización, pero nosotros, los futuros oficiales de la flota submarina, teníamos que profundizar en todo el conocimiento y todo el saber humanos.

    Estábamos preparados y comenzamos a trabajar inmediatamente. Sudando en los campos de atletismo dentro de nuestros uniformes de faena. Sentados en rígida atención detrás de nuestros escritorios, con los uniformes blancos de cuartel. Desfilando a través de los campos de entrenamiento, vistiendo nuestras llamativas casacas color escarlata.

    Era un trabajo fuerte. Duro a propósito. Ningún debilucho podría llegar a tener el mando de una nave submarina. El servicio no podía permitirlo. Un momento de debilidad o de vacilación podría significar la destrucción, el hundirse en las tremendas profundidades del océano, donde el enorme peso de los kilómetros de agua que hay encima podría aplastar cualquier objeto de acero o hierro como si estuviera hecho de cartón. Sólo una cosa hacía posible que nuestros submarinos navegaran a seis mil metros o más bajo la superficie; solamente una cosa podía hacer sobrevivir bajo sus cúpulas a las ciudades de Marinia; su nombre era: la Edenita.

    Bob Eskow fue el primero de mis condiscípulos en hallar relación entre la palabra “edenita” con el nombre de su compañero de cuarto, el cadete James Eden, y me preguntó directamente si yo era pariente del inventor de ella, Stewart Eden.

    Desde el día en que conocí a mi tío, había yo descubierto el significado que tenía el nombre de Stewart Eden. Traté de evitar que apareciera orgullo alguno en mi voz cuando le respondí:

    —Es mi tío.
    —¡Tu tío! —exclamó Bob impresionado. Se quedó pensativo un momento, y luego se aventuró a decir cautelosamente—: Dicen que está trabajando ahora en algo nuevo, en algo que...
    —No puedo hablarte de eso —le interrumpí.

    Y era verdad; no podía hacerlo porque no sabía nada acerca de ello. De cuando en cuando aparecían historias en los periódicos acerca de lo que estaba haciendo Stewart Eden en Marinia, pero todo lo que yo sabía era lo que había leído en ellos. Lo poco que había sabido de mi tío estaba relacionado directamente conmigo y con mi enseñanza y nada se refería a él o al trabajo que estaba realizando.

    Eskow no hizo más presión sobre ese punto. Yo pude notar en su rostro franco, el momento exacto en que él recordó que entre la familia Eden y la familia Sperry había dificultades...

    La voz se corrió rápidamente, y antes de que transcurriera una semana, la mitad de la clase estaba haciendo apuestas sobre cuánto tiempo pasaría antes de que se declarara francamente la guerra entre nuestro superior y yo. La historia de la pugna habida entre Hallam Sperry, mi padre y mi tío era del dominio público, pero mi tío me había enseñado, en sus poco frecuentes cartas, que los hombres sensatos no odian, y yo estaba tratando de obrar de acuerdo a su consejo en mis relaciones con Brand Sperry.

    Una tarde conversé sobre ello con Bob Eskow. Las clases habían terminado y podíamos disponer de media hora antes de la cena.

    Estábamos sentados en el amarillento césped, frente al comedor, y observábamos las gigantescas nubes que se acumulaban en lo alto sobre el agua. Bob dijo titubeante:

    —Tal vez deberías hablar con Sperry, Jim. Quizá eso disiparía la atmósfera.

    Recordé mi primer encuentro con él en los escalones que conducen a los dormitorios, y respondí:

    —A él no le agradan los novatos.
    —Ese es el riesgo que tienes que correr. Es decir, si deseas hacerlo. Es tu problema, Jim. No puedo decirte lo que debas hacer, pero lo que sé, es que todo esto es causa de mucha habladuría.

    Yo ya había tomado una decisión. Estaba seguro de haber aprendido una cosa: que los novatos no hablan a sus superiores si no son invitados por éstos a hacerlo.

    En todo caso, pensé, los comentarios irían disminuyendo. La pugna entre Hallam Sperry y los Eden era ya historia antigua; el rompimiento entre ellos había ocurrido mucho antes de que yo hubiera nacido. ¿Para qué despertar a las fieras dormidas?

    ¡No sabía yo cuán alerta estaba esa fiera dormida!

    Pero tenía muy poco tiempo para ocuparme de mis problemas personales, y a medida que fueron pasando los días, los comentarios fueron decayendo. Comenzamos a parecer cadetes en vez de civiles. Trabajamos, estudiamos, nos ejercitamos y, poco a poco, empezamos a mostrar de qué madera estábamos hechos.

    Dije que trescientos de nosotros iniciamos el curso. En el transcurso del primer mes ya habían quedado eliminados veinticinco. Algunos no fueron capaces de soportar el esfuerzo físico; otros no pudieron asimilar siquiera los estudios científicos básicos de los comienzos del año, y otros no pudieron adaptarse a la disciplina. Veinticinco no era un número muy grande y era casi seguro que, para la época de nuestra graduación y la ceremonia de asignación de comisiones, no quedaríamos más de cien.

    El servicio no podía aceptar debiluchos.

    A los que quedaban eliminados se los disputaban generalmente las líneas de submarinos comerciales. El simple hecho de haber pasado el examen de admisión a la academia era una prueba de que se tenían grandes aptitudes para comandar un submarino. De los doscientos que quedaban eliminados en una clase promedio de trescientos, cuando menos la mitad de ellos llegarían a ser oficiales marinos en las compañías civiles.

    A menudo me preguntaba si yo llegaría a calificar. La lista de nuestros estudios para el primer año era simplemente aterradora: minería submarina, diseño de motores y cascos para submarinos, operación y reparación de acumuladores Vau´lain; alumbrado con tubos de troyón, generadores de aire sintético, arquitectura submarina y reparación y mantenimiento de los generadores Eden.

    Por supuesto, yo le llevaba ventaja al resto de mis condiscípulos en esto último. En la primera clase que tuvimos acerca del generador Eden, Eskow francamente sintió envidia de mí. Después de todo, ¡mi tío lo había inventado! Pero, claro, el saber cómo balancear los circuitos, comprobar los relés y graduar las capacitaciones del enormemente complejo generador Eden, era algo que no se lleva en la sangre. Yo sabía lo que era la edenita, naturalmente, pero eso también lo sabían los demás de la clase.

    Lo que sí me ayudó mucho realmente, fueron los años de paciente enseñanza por los que me había hecho pasar mi tío antes de que yo entrara en la Academia. Los cursos científicos eran mucho menos difíciles para mí que para la mayoría de la clase. Yo ya había aprendido los principios elementales en una escuela civil en la que el estudio era más lento y la presión infinitamente menor que en la academia. En la parte superior de la pared del frente de todos los salones de clase estaba escrito el lema La Marea no Espera. Todo el sistema de la academia estaba basado en ese principio; teníamos que asimilar en un solo semestre cursos que en las universidades civiles eran efectuados en cuatro años.

    Sin embargo, algunos de los cursos eran completamente nuevos para mí. Había clases de operaciones militares y tácticas navales, el empleo de la aviación naval, abastecimiento y logística militares y navales. Había clases de artillería en las que teníamos que aprender a decir de memoria el alcance, propósito y características de todas las armas que de un modo concebible pudieran ser empleadas por o contra un submarino de guerra, desde los torpedos hasta el polvo atómico. Había clases interminables de estrategia en las acciones navales, en los problemas tácticos infinitamente variables de las operaciones submarinas, muchísimo más complicados que cualquiera otra operación militar conocida por el hombre, ya que se desarrollan en tres dimensiones.

    Además, cada minuto de cada hora del día teníamos que tener presentes los irritantes detalles de la disciplina de la academia. Jamás hubo un solo instante mientras estuvimos dentro de los terrenos de la academia (en aquel primer año, el tiempo máximo que pudimos estar fuera de ellos fue de tres horas a la semana, si no estábamos confinados en nuestras habitaciones por haber cometido alguna infracción) en el que no estuviéramos expuestos a que cuando menos lo pensáramos nos encontráramos frente a algún oficial o frente a algún superior furioso porque nuestros zapatos no estaban limpios o por no haber hecho un giro perfecto al dar vuelta en una esquina. Nunca íbamos a ningún lado caminando, siempre marchábamos. No nos podíamos recostar cómodamente hacia atrás en una silla. Durante las horas de clase, teníamos que sentarnos erguidos como si estuviéramos en la posición de firmes. Nos costó trabajo aprender todo eso. Algunas veces, cien o más de nosotros estábamos al mismo tiempo dando vueltas de castigo alrededor del cuadrángulo durante horas y más horas. Lo aprendimos y jamás lo olvidamos.

    Durante veintitrés horas y treinta minutos de cada día era así, pero teníamos media hora antes de la cena en la que, si no estábamos dando vueltas de castigo o quemándonos las pestañas estudiando para algún examen, podíamos pasear por los terrenos de la academia a nuestro antojo. Esa media hora, las tres horas de libertad que nos daban los sábados, y el pequeño lapso entre la hora de ir a la iglesia y la hora de almorzar, los domingos, era todo el tiempo libre de que podíamos disfrutar y casi siempre surgía algún deber extra que también lo ocupaba.

    Pero los resultados valían la pena.

    La Academia Submarina era una institución muy nueva si se compara con Annapolis, de la cual se derivó, o con la antigua West Point, pero ya tenía su historia y se enorgullecía de los servicios prestados. Los recintos de la academia abundaban en trofeos obtenidos por la flota submarina.

    Eskow, por ejemplo, se sentía obsesionado por el estudio de la construcción del casco del viejo SSN-571, el Nautilus, el primer submarino impulsado por fuerza atómica, que estaba fondeado a la orilla del Caribe. Siempre que podía me llevaba hasta él y pasábamos horas de nuestro breve tiempo de descanso recorriendo sus estrechos corredores y cámaras. Era difícil creer que aquel frágil bote de hoja de lata había sido alguna vez el orgullo de la Marina. Comparado con la más pequeña de nuestras modernas corbetas submarinas, era lastimosamente pequeño y débil. Por supuesto, los constructores del Nautilus habían hecho lo más que habían podido si consideramos que únicamente contaban con acero para la construcción del casco y de las planchas. Cuando instalaron la quilla del Nautilus todavía ni pensaban siquiera que algún día mi tío iba a inventar la delgada película de edenita que, al forzar la presión del agua contra ella, en vez de tratar de contenerla empleando la fuerza bruta, utilizaría la presión misma para proporcionar la resistencia necesaria y haría posible sumergirse a siete kilómetros debajo de la superficie.

    Sin embargo, mi favorito era el salón Dixon. Toda la historia del servicio submarino estaba concentrada en aquella silenciosa sala: desde las gráficas que mostraban el hundimiento del New Ironsides, allá en aquel sangriento octubre de la guerra civil, la primera acción submarina de gran éxito en la historia, hasta la imponente Lista de Honor de los graduados de la academia que habían perdido la vida en acción. Toda una pared estaba cubierta por un mapa del mundo en proyección Mercator. Era un mapa extraño, porque los continentes eran espacios vacíos en negro, en los que únicamente estaban trazados los ríos en color blanco y se indicaban algunas de las grandes ciudades. Sin embargo, todos los detalles del suelo del océano estaban registrados minuciosamente. Distintos matices de colores marcaban las profundidades; las montañas y los riscos submarinos sobresalían en relieve. Me pasé horas siguiendo las líneas que mostraban las rutas de los submarinos mercantes, la delgada red que mostraba los oleoductos y las tuberías al vacío que transportaban las riquezas del océano. Allí estaban todas las ciudades bajo las cúpulas de Marinia: Cúpula Eden, Campo Negro, Mil Brazas, Risco de Oro, Rudspatt y cien más de ellas. Miraba anhelante el punto que marcaba a Thetis, muy en lo profundo del Pacífico del Sur, donde mi tío vivía y realizaba sus misteriosos trabajos. Él nunca discutió de sus trabajos conmigo, únicamente de los míos.

    Existía una riqueza incalculable allí en el lecho del océano; ¡un área tres veces más extensa que la de todos los continentes y tres veces más rica que ellos! Las zonas sombreadas y las manchas de colores mostraban las regiones abundantes en minerales: los campos petrolíferos, las arenas auríferas, los yacimientos de carbón, los filones de cobre, cinc y platino. Las minas de uranio estaban marcadas en color rojo como señal de advertencia; eran la sangre vital que movía al mundo y especialmente la que suministraba su potencia al servicio submarino, ya que sin la energía atómica obtenida del uranio las naves se verían limitadas a navegar en la superficie como lo hicieron los antiguos barcos. Era algo que lo hacía pensar mucho a uno el ver qué pocas y qué espaciadas eran aquellas manchas. Cada uno de esos sitios estaba siendo explotado intensamente y se rumoraba que se estaban agotando.

    Pero lo que más llamaba la atención eran las zonas sin formas características, marcadas en blanco en medio del océano, porque éstas eran las profundidades inexploradas; el Foso de las Filipinas, el Abismo de Nares, las Marianas, a diez, doce o más kilómetros de profundidad, más allá aún del alcance de nuestros cruceros de exploración más potentes; intactas y casi desconocidas.

    En el gigantesco mapa, las marcas de color que señalaban los depósitos de minerales parecían hacerse más gruesas y más grandes a medida que aumentaba la profundidad, hasta llegar a los límites inexplorados del color blanco. Se decía que aquello era muy natural; los minerales pesados se asentaban más al fondo. ¡Cuántos tesoros deberían ocultar aquellos abismos!

    Había suficientes tesoros, sin embargo; en el mismo salón Dixon había vitrinas que contenían perlas, amatistas marinas y coral; y grandes piezas de marfil sacadas de los abismos más profundos que se había podido sondear y que los científicos decían que eran colmillos de antiguos monstruos marinos. Creo que, parado en el centro del salón, dentro de lo que mi vista podía abarcar, debería haber un millón de dólares en piedras preciosas. ¡Nunca estaban guardadas bajo llave ni había guardias vigilando! ¡Verdaderamente, el sistema de honor de la academia era muy fuerte!

    Se trataba de un lugar maravilloso, excitante y cautivador. Lo más extraordinario para mí, sin embargo, eran los enormes gabinetes y vitrinas clasificados en los que se exhibía la historia de la navegación submarina. Allí estaba representado el diminuto batisfero de Beebe, el Squalus con su cúpula, el antiguo Deutschland alemán, y muchos más, en modelos construidos con cuidadosa precisión. Y había una cosa más: el diminuto modelo del primer aparato de buceo todavía no perfeccionado de mi tío, un instrumento cilíndrico construido con edenita.

    Creo que en el salón Dixon acumulé más deméritos que ninguno en toda la academia, porque me quedaba parado asombrado ante algún mapa o algún modelo, hasta que la campana, igual a la que usan en los barcos, anunciaba que era la hora de ir a formarse para acudir al comedor y llegaba a las filas formadas frente a los dormitorios corriendo y sin aliento a tiempo de que algún oficial o superior me amonestara por llegar tarde. Aquello me costaba parte de mi tiempo libre, porque tenía que hacer mis vueltas alrededor del cuadrángulo para pagar las faltas, pero valía la pena.

    Eskow generalmente estaba a mi lado mientras daba las vueltas al cuadrángulo.

    Era difícil para mí poder comprender qué fuerzas habían impulsado a Bob durante los duros años de la academia. En su familia no había tradición alguna en el servicio submarino como la que había en la mía. Su padre era propietario de un puesto de periódicos en Nueva York. Sus abuelos habían sido inmigrantes de una comunidad de agricultores de los Balcanes.

    Cuando le pregunté acerca de ello, él se sintió embarazado. Me dijo con cara casi avergonzada:

    —Creo que simplemente deseaba hacer algo por mi país.

    Dejamos el asunto en paz, pero Eskow siempre estaba a mi lado, vagando en el interior del Nautilus o reflexionando acerca de las profundidades no exploradas que quedaban más abajo del límite de siete kilómetros, más allá del cual la edenita no podía ya lograr que la fuerza del agua actuara contra ella misma. No advertí hasta qué punto estaba yo llegando a depender de la alegre determinación de Eskow, lo mismo que de su reposada amistad.

    No lo advertí hasta que desapareció.


    CAPÍTULO 4
    Hombre Desaparecido


    ANTES DE QUE FINALIZARA el primer mes, ya estábamos sumergiéndonos bajo la superficie del océano.

    Es cierto que no nos hundíamos mucho, pero, escuadrón por escuadrón, nos poníamos nuestro equipo de buceo: tanques de oxígeno, mascarillas, pistolas neumáticas y aletas, y salíamos a nuestras primeras expediciones submarinas.

    Yo y otros veinte estábamos en la cuadrilla cinco, bajo las órdenes del cadete teniente Hachette. La primera vez nos pusimos nuestros equipos, abordamos una lancha ballenera y salimos al mar. No perdíamos de vista la costa. Bermuda era una pequeña línea en el horizonte, y cuando el teniente Hachette dio la orden de detener las máquinas, quedamos a la deriva, cabeceando suavemente en las aguas del Caribe, hasta que, al recibir la orden, nos tiramos al agua por un costado, uno por uno.

    El agua era poco profunda allí; no tendría más de seis metros de hondo y era clara como un cristal. Llevábamos puestos nuestros zapatos reglamentarios de compensación de peso, cuidadosamente balanceados al peso y volumen del cuerpo de cada hombre. Al llevarlos puestos, balanceábamos exactamente el peso del agua que desplazábamos. Era como estar suspendidos igual que la tumba de Mahoma. Con un leve movimiento de la aleta de un pie, subíamos; con un simple golpe de los brazos nos hundíamos.

    Nos reunimos por categorías en el fondo rizado y arenoso y esperamos las órdenes.

    El hablar entre nosotros estaba por supuesto descartado. Al estar allí parado, balanceándome suavemente hacia adelante y hacia atrás, como una columna de humo en un día sin viento, tuve conciencia del silencio absoluto que me rodeaba. El único sonido que percibía era el murmullo de las burbujas que producía mi equipo de respirar. Más tarde descubrí que aquello no era usual; ¡el fondo del océano puede ser un lugar muy ruidoso! Los peces no son las bestias mudas que parecen, y, como puedo atestiguar, el estar cerca de una batalla real entre un cazón y un calamar es como estar escuchando la lucha entre dos gatos monteses.

    Pero aquella mañana en Bermuda me sentía tan remoto como el espacio que hay entre las estrellas.

    El teniente nos pasó inspección para asegurarse de que todo estaba en orden; nos hizo una señal para que nos aseguráramos de que nuestros equipos no tuvieran alguna fuga o avería. Luego nos ordenó avanzar. Marchamos en columnas de dos en dos por el fondo del océano, alejándonos de la costa. Era un avance extraño y lento, íbamos a paso de marcha y el piso tan desigual hacía difícil el poder conservar el mismo tranco. Tropezábamos contra montículos de arena y contra ramas rotas de coral, evitando tocar las traicioneras y pequeñas anémonas marinas, que parecen crisantemos y pican como una avispa, deberíamos haber sido un espectáculo ridículo para los pequeños y curiosos peces que nadaban en bancos sobre nuestras cabezas. Aquello parecía más bien un paso de ballet que una marcha; la mitad de las veces, mi pie derecho ya se había levantado del piso antes de que el izquierdo hubiera tocado el suelo, en un lento y majestuoso grand jété que el mismo Nijinsky habría envidiado.

    Parecía mentira que estuviéramos avanzando más de kilómetro y medio por hora. En aquel primer buceo llevábamos aire únicamente para treinta minutos. Marchamos en total unos mil metros; cien metros en una dirección, luego torcimos bruscamente a la derecha y avanzamos otros cien metros. Al final de los treinta minutos habíamos regresado al lugar de donde habíamos partido; el teniente Hachette nos hizo la señal y nos deslizamos de dos en dos hacia arriba, hacia la lancha que nos esperaba.

    Esto podría parecer un poco aburrido, tal vez.

    ¡No lo era! Cada segundo de la primera hora fue una enorme, increíble y excitante aventura. No era excitante a causa del peligro, después de todo, ¡no estábamos más que a seis metros de profundidad! Aunque los tiburones abundan en las aguas de Bermuda, éstos rara vez se acercan al hombre y menos aún si van en grupos de veinte. Pero aquello era un país encantado por el que estábamos viajando, habitado por estrellas de mar de largas patas, por lentos colombros de mar, palpitantes esponjas e incontables millares de brillantes pececillos de una pulgada de largo.

    Aquel día nos zambullimos dos veces más y después regresamos en la lancha ballenera. Pasarían dos semanas antes de que nos volviera a tocar nuestro turno, pero yo ya estaba haciendo planes para la siguiente vez, porque ya había bajado al fondo del océano...; aquello era como volver a casa después de mucho, mucho tiempo.

    El cadete capitán Sperry gritó desde la lancha ballenera que iba al frente:

    —¡Atención, todos los botes! ¡Prepárense a zambullirse!

    Todo el alumnado había salido en las lanchas balleneras. Se trataba de nuestra primera maniobra nocturna bajo el agua y éramos un ejercicio en conjunto. Catorce lanchas balleneras formaban una línea detrás de la lancha dirigida por Sperry; veinte cadetes iban en cada lancha.

    Ya hacía buen rato que se había puesto el sol, aunque al oeste podía notarse todavía un leve resplandor y el aire del anochecer estaba enfriando. En silencio, nos pusimos nuestro equipo y nos sentamos tranquilamente, mientras el capitán Sperry y sus jefes de cuadrilla formulaban sus planes de última hora.

    En lo alto, las estrellas se veían grandes y con enorme claridad. La Vía Láctea parecía una mancha de pintura luminosa; el cinturón de Orión estaba casi en el horizonte y el rojo Marte parpadeaba sobre nuestras cabezas. La luz de las estrellas parecía haber sido capturada por el agua misma; pero lo que hacía brillar y centellear las olas no era luz que se reflejaba en ellas sino su propia luminiscencia. Eskow susurró:

    —¿Crees que esté igual de brillante allá abajo?

    Sacudí la cabeza. No estaba seguro, pero me parecía que había oído decir que la luminiscencia existía únicamente en la superficie. No lo sabía. ¡Había tantas cosas acerca del mar que yo no sabía!

    Pero estaba aprendiendo.

    La llamada no se hizo esperar.

    —¡Atención, todos los botes! ¡Revisen sus equipos! Por orden: ¡Válvulas del aire! —se escuchó un múltiple bufido en los botes cuando todos dejamos escapar un poco de aire de nuestros tanques.

    ” ¡Luces! —doscientas luciérnagas revolotearon sobre el agua cuando revisamos el funcionamiento de las linternas que llevábamos en la cabeza.

    "¡Mascarillas! —me bajé la mascarilla al mismo tiempo que los demás y recorrí con los dedos toda la línea donde el hule hacía contacto con mi piel.”

    Todo estaba en orden. Hubo una pequeña pausa y luego se escuchó la voz de Sperry:

    —¡Comandantes de los botes! ¡Manden a sus cuadrillas al fondo!

    Nos deslizamos por el costado de las lanchas.

    Bajo nosotros reinaba la más profunda obscuridad.

    Tan pronto como el agua se cerró sobre mi cabeza, desaparecieron las estrellas. No obstante lo brillante de su luz, ésta no penetraba la superficie del océano. Podía yo ver claramente las linternas de las catorce cuadrillas; aquello parecía una convención de luciérnagas, pero no pude ver una sola figura humana o algún objeto, solamente las luces. Luego, mi vista se fue ajustando a la obscuridad y comencé a distinguir algunas sombras que se movían entre el agua, a mi lado, a la luz resplandeciente de las lámparas.

    Nos reunimos en el fondo como acostumbrábamos, pero ahora no íbamos a marchar. Aquella era una maniobra designada a familiarizarnos con los problemas del combate submarino cuerpo a cuerpo por si se nos presentaba alguna ocasión en que necesitáramos emplearlo. Seis cuadrillas habían sido designadas como invasoras y las otras ocho como defensoras. Nuestra tarea, como invasoras, era atravesar la línea de defensores. Si éramos interceptados, nos considerarían como “muertos”. El éxito o fracaso de cada equipo se juzgaría de acuerdo con el número de invasores que pudieran atravesar sus líneas sin ser atacados.

    Los defensores estaban agrupados a cien metros de distancia. A una señal apagaron sus luces y desaparecieron completamente de nuestra vista. El oficial de nuestra cuadrilla hizo una señal con su luz y nuestro grupo se levantó del fondo y comenzamos a nadar para atacar. Nadamos varios metros antes de que, de acuerdo con nuestro plan, todos apagáramos nuestras luces simultáneamente. Aquello había sido idea del teniente Hachette: dejaríamos que los defensores vieran la dirección en que viajábamos; luego, cuando apagáramos las luces, cambiaríamos el rumbo.

    Nuestra cuadrilla fue la última en apagar las luces. Cuando éstas se apagaron, cada uno de nosotros quedó completamente solo.

    Entonces, el ejercicio me comenzó a parecer más serio. Cuando el teniente nos lo había explicado en tierra, en la sala de conferencias, me había parecido un juego muy simple, como si hubiera sido ideado por un niño; una especie de juego submarino de muchachos, ¡nada apropiado para que lo jugaran hombres adultos! Pero, en la obscuridad y solo, nadando a través de una negrura de tinta sin saber adónde iba, comencé a ver lo difícil que era. Primero, existía cierto elemento de peligro; los enormes peces de presa: los tiburones, mantarrayas, barracudas y otros, rara vez atacaban a un ser humano, pero en aquella obscuridad, ¿cómo podrían ellos saber lo que éramos? Era cierto que la lancha insignia estaba equipada con equipo buscador de mi crosonar y que si cualquier objeto del tamaño de un tiburón se acercaba a menos de cuatrocientos metros de nosotros a cierta velocidad, la alarma submarina sonaría y abandonaríamos el ejercicio; pero..., supongamos que el hombre encargado del sonar se equivocara…

    Pero nosotros éramos más de doscientos y había cierta seguridad en el número que formábamos, aun si alguna cosa iba mal. Lo que era peor que la probabilidad de encontrar un tiburón era la misma lucha en sí, avanzando a ciegas y desamparados. Estaba suspendido en la nada; no había arriba ni abajo, no podía decir si iba nadando en la dirección correcta o si me estaba desviando en un ángulo absurdo. Recordaba las experiencias obtenidas en las zambullidas a la luz del día y todas las largas conferencias que había escuchado, y traté de relajarme, traté de “sentir" con mi cuerpo, con mi sangre, y con los conductos de mis oídos si iba yo nadando horizontalmente al nivel del piso. No era fácil; más tarde, supe que una docena de cadetes habían nadado directamente hacia el fondo aquella noche y que más de veinte se habían quedado sorprendidos al descubrir que habían salido a la superficie a la primera media docena de brazadas que habían dado.

    Traté de escuchar el murmullo de las burbujas del aparato respirador de alguno de los otros. Me pareció escucharlo, y luego desapareció. Me pareció volver a escuchar las burbujas, pero me encontraba imposibilitado por completo para determinar si venían de adelante, de atrás, de arriba o de abajo de mí. Forcé el oído para escuchar...

    Un rápido retintín metálico comenzó a retumbar en mis oídos. Por un momento quedé como aturdido por el asombro, luego comprendí de lo que se trataba.

    ¡Era la alarma de emergencia! Habían detectado tiburones en el microsonar; el ejercicio terminaba automáticamente y deberíamos regresar a los botes, ¡pronto!

    Las luces comenzaron a encenderse a mí alrededor, subiendo como las burbujas en un vaso de vino espumoso. Encendió mi lámpara y nadé hacia arriba también; en la superficie, el silencio desapareció como si jamás hubiera existido. Se oían voces que gritaban, llamaban y gruñían; aquello parecía un manicomio. Sobre la ensordecedora gritería se oyó la ronca voz del capitán Sperry que vociferaba:

    —¡Tómense su tiempo! ¡Súbanse al bote que les corresponda! ¡Tienen tiempo de sobra! Cada uno suba a la lancha en que vino. Todo el que se suba al bote que no le corresponda se ganará el tener que dar diez vueltas al cuadrángulo como castigo. ¡Tómense su tiempo! ¡Estarán en sus botes dentro de dos minutos! ¡Ese es tiempo más que suficiente!

    Me arranqué la mascarilla de la cabeza y permanecí flotando en la superficie mirando a mí alrededor. Tuve suerte. Las tres luces verdes que distinguían a la lancha de la cuadrilla cinco estaban a sólo unos cuantos metros de mí. Con media docena de brazadas llegué hasta su popa, trepé a bordo y ayudé a subir al hombre que venía después de mí.

    Los gritos y el chapoteo comenzaron a disminuir en intensidad.

    —¡En descanso! —gritó Sperry desde la lancha insignia—. ¡Comandantes de cuadrillas, repórtense cuando estén listos!

    Comenzaron a escucharse las voces de cada uno de los comandantes de las lanchas.

    —¡Primera cuadrilla, todos presentes!
    —¡Segunda cuadrilla, todos presentes!
    —¡Octava cuadrilla, todos presentes!

    El teniente Hachette contó rápidamente los que había en el bote a la luz de su lámpara.

    —Diecinueve —dijo preocupado—. ¿Quién falta? ¡Atención! ¡Pasen lista!

    Las voces comenzaron a responderle:

    —¡Degaret!
    —¡Dodd!
    —¡Domowsky!
    —¡Dowling!
    —¡Dunphy!
    —¡Duxley!
    —¡Dyanosky!
    —¡Dye!
    —¡Ealy!
    —¡Eckstrom!
    —¡Eden! —dije, y esperé oír a Bob Eskow, quien me seguía en orden.

    No lo oí. Miré a mí alrededor casi sin creerlo, pero no había duda. Bob no estaba en la lancha.

    El teniente Hachette ya había efectuado una rápida comprobación del resto de nosotros. Luego, llamó a la lancha insignia a través de su megáfono:

    —¡Cuadrilla cinco, falta un cadete! ¡El cadete Robert Eskow no está en la lancha!

    Se escuchó un murmullo en los catorce botes. El capitán Sperry llamó desde la lancha insignia:

    —¡Cadete Eskow! ¡Repórtese!

    No hubo respuesta.

    Los enormes reflectores buscadores se encendieron y barrieron la superficie del agua a nuestro alrededor, buscando una cabeza, el movimiento de un brazo...; no había nada. Doscientos sesenta y ocho cadetes habían iniciado la maniobra, doscientos sesenta y siete estaban en sus lanchas.

    Bob Eskow estaba todavía bajo la superficie.


    CAPÍTULO 5
    Búsqueda Submarina


    EL CAPITÁN cadete Sperry ni siquiera pidió voluntarios.

    Los tiburones, si es que habían sido tiburones lo que detectó el microsonar y no delfines o troncos que flotaban a la deriva, no nos importaron cuando, por cuadrillas, volvimos a llenar nuestros tanques de oxígeno y nos deslizamos al agua por los costados de las lanchas. El ejercicio se había olvidado; nos agrupamos por cuadrillas en el fondo con las luces encendidas y organizamos la búsqueda.

    La situación se presentaba grave para Bob Eskow, aunque no me parecía necesariamente fatal. Él tenía aire para treinta minutos. Si se había alejado simplemente y no había podido oír la señal de alarma (lo cual era casi imposible), él podría regresar por sí solo. Si había quedado atrapado por alguna razón, deberíamos encontrarlo a tiempo.

    Lo grave era que si su equipo de respiración había fallado, probablemente ya sería demasiado tarde.

    Las lanchas comenzaron a dejar caer luces de Bengala que flotaban sobre nuestras cabezas. Parecían pequeños soles que flotaban a una braza, más o menos, bajo la superficie, alumbrando todo el lecho del océano. Patrullamos el fondo en escuadrones ordenados, siguiendo las señales que con la mano nos daban los jefes de cada grupo. Los jefes se hacían señales unos a otros apagando y prendiendo sus linternas y, poco a poco, todo el alumbrado se había desperdigado partiendo de un punto central, explorando el fondo del mar bajo la sombra de nuestros propios cuerpos al nadar y a unos dos metros los unos de los otros.

    Difícilmente podría Bob haberse alejado más de unos ochocientos metros del lugar donde habíamos bajado, y nosotros éramos casi trescientos. Nadábamos como delfines a través de las aguas, iluminadas de tal modo que dábamos un aspecto misterioso. Nos sumergíamos para investigar los valles de algas marinas y las cavernas de coral. Trataba de mantenerme en contacto con los hombres que iban a ambos lados de mí. Me lanzaba rápidamente hacia cada montecillo o montón de arena que me parecía sospechoso. Hice un rápido cálculo mental: si el círculo de la búsqueda se extendía ochocientos metros en cada dirección, los doscientos ochenta y tantos que éramos nosotros, estaríamos diseminados alrededor de un perímetro de casi cinco kilómetros. ¿Podría cada uno de nosotros explorar una franja de dieciocho metros de ancho? Lo dudaba y me preocupaba. Lo que era peor aún, era el hecho seguro de que las gigantescas luces de Bengala de las lanchas ni siquiera podrían iluminar un área tan extensa. Desde mucho antes que llegáramos al límite que nos habíamos fijado de ochocientos metros, teníamos que valernos de la hasta cierto punto débil luz de nuestras lámparas…

    Llegamos al límite de los ochocientos metros..., y lo pasamos. Buscamos hasta donde nos alcanzó el aire que llevábamos, antes de que se escuchara la señal de llamada que llegó a nuestros oídos muy débil, disminuida por la distancia. Salimos a la superficie desalentados. Nos quitamos las mascarillas y nadamos de regreso a las lanchas. En las embarcaciones reinaba un silencio casi absoluto; sólo se oía el put-put de los motores mientras regresábamos al muelle.

    Formábamos un grupo abatido cuando nos alineamos a un lado del muelle. Nos pasaron lista y se disolvió la formación. El silencio que siguió al llamado del nombre de Eskow fue patético.

    Algunos de mis condiscípulos se acercaron a mí cuando nos dirigíamos a los dormitorios y me expresaron su condolencia; pero lo que me decían parecía negarse a penetrar en mi cerebro. Simplemente no podía creer que Bob Eskow hubiera desaparecido.

    Ya era más de la medianoche. Nos acostamos inmediatamente. La diana se limitaba a la mañana siguiente a un simple ejercicio, pero de todos modos teníamos que levantarnos a las siete para comenzar las clases. Yo estaba acostado en mi cuarto increíblemente vacío; miraba al techo tratando de comprender lo que había sucedido. Era imposible. Él había estado allí conmigo y, de pronto, ya no estaba más.

    Debo de haber permanecido despierto durante horas, mirando fijamente en la obscuridad.

    En algún momento me quedé dormido, porque de pronto alguien me estaba sacudiendo por el hombro.

    —¡Eden! —oí que decía con voz excitada el teniente Hachette—¡Eden! Lo encontraron. ¡Está vivo!
    —¿Qué? —pregunté incrédulo y tratando de ponerme de pie.
    —¡Es cierto! —dijo Hachette—. Lo recogió un bote de pescadores a unos cinco kilómetros de donde nos zambullimos. Sólo Dios sabe cómo fue a parar allá, pero está vivo.

    Supimos que estaba vivo, pero eso fue todo lo que supimos. Hubo un anuncio oficial a la hora del desayuno:

    —El cadete Eskow ha sido rescatado por un pequeño barco pesquero de las Bermudas y fue llevado a un hospital civil. Se encuentra bien, pero necesitará estar hospitalizado durante algún tiempo.

    Pocos días después, recibí una carta que me escribió Bob desde el hospital, pero en ella explicaba muy pocos detalles más. Durante siete días todos en la academia nos hacíamos la misma pregunta: ¿Cómo había él ido a dar allí? ¿Qué había sucedido? Pero todo lo que teníamos eran preguntas sin respuestas, y, a medida que fueron pasando los días y las semanas, se fue oyendo cada vez menos el nombre de Bob.

    Aquella fue, en cierto modo, una época difícil para mí. El principio del compañerismo tenía mucha fuerza en la academia. Se suponía que los compañeros de cuarto deberían trabajar juntos; cuidarse entre sí; saber uno siempre dónde estaba el otro. Si Bob Eskow hubiera sido borrado de las listas de la academia, ya me habrían asignado otro compañero de cuarto, alguien cuyo compañero original había sido tal vez eliminado, pero Bob únicamente estaba bajo licencia por enfermedad y su lugar quedaba reservado para él.

    Sin embargo, no me sentía solitario completamente. Lo que hacía que el tiempo no sólo fuera tolerable para mí, sino que también que pareciera que volara, era, primero, el pesado plan de trabajo; siempre estábamos demasiado ocupados para tener tiempo de ponernos a cavilar; y, segundo, las cartas que recibía de mi tío.

    Nunca podía saber cuándo iba a recibir una de ellas. A veces pasaban meses enteros sin que tuviera noticias de él. Luego, de pronto, recibía una carta casi a diario, escritas con tinta roja en papel amarillo. Algunas veces eran cortas, otras maravillosamente largas.

    Leer las letras de mi tío Stewart era casi como hacer el largo viaje a las profundidades de Marinia. Yo veía a través de ellas las escenas y las maravillas del mundo acuático donde él vivía, el cual esperaba que con el tiempo, sería el mío también. Casi podía ver a mi tío frente a mí mientras leía: alto, la piel bronceada por la luz violeta de los tubos de Troyón submarinos, hasta adquirir un color café como el del cuero, la barbilla cubierta con su barba color bronce. Casi podía yo oír su voz suave que susurraba al contarme lo que sucedía en aquel nuevo mundo que me aguardaba.

    Casi tan reales como los campos de la academia bañados por el sol que veía yo por la ventana, eran para mí las grandes ciudades submarinas que me describía en sus cartas: Thetis, Nerus, Cúpula Siete, Campo Negro y otras. Firmes en el profundo lecho del Pacífico bajo sus cúpulas construidas con la edenita que él había inventado. Mi tío Stewart era un hombre de múltiples empresas. Durante los años que hacía que no lo había visto, había comenzado a enterarme de algunas de ellas, no por sus cartas, ya que él siempre hablaba de lo que yo haría en Marinia y rara vez hablaba de sí mismo, sino por los libros y periódicos que yo devoraba. Oí que él estaba perforando en busca de petróleo en los nuevos campos, situados a tres kilómetros de profundidad. Supe de la veta de platino que él había demarcado en la cadena de montañas submarinas, llamadas las Montañas de la Obscuridad, porque sus escarpadas laderas carecen de la vida fosforescente que muestran muchas de las montañas del fondo del mar. Oí de las mil aventuras que corría mi tío explorando por todo el lecho del Pacífico, desde el Abismo de Kermadec hasta Tuscarora.

    Si me hubiera detenido a pensar, tal vez habría terminado haciéndome muchísimas preguntas. Petróleo, platino y otros minerales; criaturas extrañas de las profundidades del océano cuyos restos proporcionaban las materias primas para fabricar drogas nuevas y asombrosas; sus regalías (entonces no sabía que él nunca había podido cobrarlas) en el proceso mismo de la edenita. Mi tío debía ser varias veces multimillonario, pero él nunca mencionaba el dinero, y nunca me pareció que fuera un hombre rico.

    Tampoco mencionó jamás el nombre de Hallam Sperry, el padre del oficial bajo cuyo mando estaba yo.

    ¡Aquellas lagunas eran significativas! ¡Difícilmente podría yo haber adivinado la conexión tan estrecha que había entre ellos!

    No me había dado cuenta de la importancia que Bob

    Eskow tenía para mí hasta que él estuvo lejos. Me mantuve en contacto con el hospital; sin embargo, no dejó de ser una gran emoción para mí cuando uno de mis condiscípulos me llamó y me dijo que Bob había vuelto.

    Entré corriendo a Fletcher Hall y me metí en el ascensor sonriendo por dentro y por fuera. Mi mente estaba ausente de todo lo demás cuando oprimí el botón que me llevaría a mi piso.

    Quizá estaba demasiado ausente de todo, porque una voz familiar para mí restalló:

    —¡Se-e-ñor Novato! —inmediatamente salté y me paré en posición de firmes. El capitán cadete Brand Sperry estaba parado con los brazos en jarras fuera del ascensor. La puerta ya comenzaba a cerrarse y, a toda prisa, oprimí el botón de parada. La voz de Sperry sonó como un latigazo—: ¡Firmes, señor Novato!
    —Sí, señor —contesté.
    —¿Sabe cuáles son las órdenes del día, señor Eden? —preguntó en tono cortante—. ¿Ha tenido oportunidad de leerlas?
    —Sí, señor —repetí, pensando en lo que se me venía encima.
    —¡Ah! —dijo fingiendo sorpresa, mientras movía la cabeza—. No lo comprendo entonces, señor Eden. Está anunciado en un lugar muy visible del tablero de boletines, tanto que desde aquí lo puedo ver, que a partir de las 0600 de hoy y hasta nuevo aviso no se deberá hacer uso de los ascensores. Esa es una orden general, señor, expedida por las autoridades más altas en un esfuerzo por ahorrar energía. ¿O es que no sabía usted que existe escasez de energía? Hay poca existencia de uranio, señor Eden; y si no lo tenemos, debemos ahorrar la energía eléctrica. ¿Alcanza usted a comprender eso?
    —Sí, señor —volví a decir, y luego sucedió lo de siempre. Me ordenó pasar la media hora que tendría libre el día siguiente antes de la cena, parado en posición de firmes frente al tablero de boletines y memo- rizando las órdenes del día. Eso no me importaba mucho; lo que me dolía era que el capitán cadete Sperry había oído cuando mi condiscípulo me llamó para decirme que Eskow había regresado y sabía por lo tanto por qué llevaba yo tanta prisa y por qué estaba tan distraído. Sin embargo, se me echó encima por la que después de todo, era la más pequeña de las faltas.

    Yo estaba llegando al convencimiento de que era muy difícil vivir bajo el mando del capitán cadete Brand Sperry.

    Pero, cinco minutos después, en nuestro cuarto, Bob Eskow compensó todo aquello.

    Le estreché la mano agitándosela calurosamente.

    —¡Bob! —le dije de un modo inarticulado—. ¡Creí que jamás volvería a verte!

    La sonrisa desapareció de su rostro y contestó malhumorado:

    —Tal vez no me veas aquí por mucho tiempo. Estoy a prueba.
    —¿A prueba? Pero...
    —En cierto modo tienen razón —añadió Bob, encogiéndose de hombros—. Espera un momento y te con taré todo lo que sucedió. La noche de la maniobra nocturna, bajé detrás de ti y todos comenzamos a avanzar hacia la línea defensora. Recuerdo haber apagado mi lámpara y recuerdo también que me preguntaba cómo diantres iba yo a saber si iba nadando hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado o hacia dónde. Luego... —titubeó un momento y sacudió la cabeza antes de proseguir—: Luego sucedió algo, Jim. Honradamente no sé qué fue. El doctor habló de sensibilidad anormal a la presión y desmayos... No lo sé. Lo que sé es que de repente todo se me nubló. Sentía que no podía respirar y todo se ponía negro, aunque todo estaba negro desde el principio. Es difícil explicar lo que sentí. Luego me encontré en la cubierta de un pequeño barco pesquero; me sacaron entre sus redes.
    —Pero, Bob. .. —dije.
    —Lo sé —me interrumpió—. Yo había estado en el agua mucho tiempo. Casi se me había terminado el oxígeno, según me dijeron, pero estaba vivo. Ellos no tenían radio en el barquito y no veían por qué iban a tener que molestarse en llevarme hasta el muelle de la academia, de modo que me llevaron al puerto de donde salieron. Luego telefonearon a la academia y un oficial médico de la base submarina fue a verme y me llevó al hospital.
    —Pero, ¿qué fue lo que te hizo perder el sentido?
    —El oficial médico me hizo un montón de preguntas acerca de eso —contestó Bob, mirándome sombríamente—. Primero pensó que se había tratado de algún defecto en el funcionamiento del equipo de respiración, pero después recibió el informe de los ingenieros que echó por tierra esa idea. De modo que me dio unas palmaditas en la cabeza y me dijo que algunas personas eran más susceptibles a esas cosas que las demás y que después de todo podría yo vivir perfectamente como un marinero de agua dulce. . .
    —Bob, ¿no te habrán eliminado? —le pregunté, mirándolo con la boca abierta.

    Bob Eskow sonrió y me golpeó en el hombro con un dedo, pero la sonrisa no era tan feliz como yo hubiera querido.

    —No exactamente —dijo—. Todavía no, pero estuve muy cerca de ser eliminado. Hicieron una audiencia allá mismo en el hospital, tan pronto como pude ponerme de pie y pensar con claridad. Logré convencerlos de que, después de todo, pudo haber funcionado mal el aparato, de modo que consintieron en darme otra oportunidad. Pero..., eso aparece en mi expediente, Jim. No es una deshonra el que lo eliminen a uno de la academia por razones de salud, lo sé, pero no quiero que me eliminen de ella por ninguna razón.

    De ahora en adelante, la menor falta, cualquier cosa que en circunstancias ordinarias tal vez sólo me valdría una reprimenda, puede ser causa para que me echen afuera.

    —Bob, debe haber habido algún error —repliqué indignado—. ¡Eso no es justo! Tal vez el equipo estaba realmente defectuoso. No pueden poner una observación así en tu expediente a menos que estén seguros de por qué lo hacen. ¿Tomaron en consideración tu record aquí? Todos los ejercicios calisténicos, los otros ejercicios submarinos y. . .
    —Por supuesto que lo hicieron —me dijo lacónicamente y ya sin sonreír—. Puedes estar seguro de que eso fue lo más decisivo. Tienen pruebas de que desde mi primer día en la academia, constantemente he dado muestras de no poder ir a la par con el resto de la clase. Siempre cansado y jadeando y casi sin poder completar el número de levantamientos y cosas por el estilo.
    —Pero... —dije horrorizado.
    —¡No hay pero que valga! Esa es la realidad, Jim. No negaré que tal vez no tenga la musculatura que tú tienes, ¿quién la tiene?, pero creo que me defendí bastante bien en todo lo que hice. Sólo que. . ., el testimonio que presentaron decía lo contrario.
    —¿Qué testimonio? —inquirí—. ¿Quién les contó una patraña semejante?
    —El testigo hizo aparecer todo muy aceptable, Jim —dijo Bob calmadamente—. Fue un viejo conocido tuyo. Se apareció por el hospital y se comportó como el modelo perfecto de lo que es un cadete submarino mientras hacía las preguntas. Ya sabes de quién estoy hablando: del mismísimo capitán cadete Brand Sperry.


    CAPÍTULO 6
    El Crucero del Pocatello


    DURANTE EL SEGUNDO verano que pasé en la academia estuve a punto de ver a mi tío Stewart.

    Yo había cambiado mucho y ya no era el torpe jovenzuelo civil que había entrado por las puertas de coral de la academia dos años antes. Todos habíamos cambiado. Dos intensos años de entrenamiento, de trabajo y de estudio nos habían convertido en… bueno, si no en verdaderos oficiales submarineros, sí en algo muy distinto a lo que éramos en nuestra cómoda vida de civiles. Podía yo bucear sin ningún equipo a una profundidad de doce metros; con equipo para respirar, a veintiún metros; y con equipo completo de buzo podía llegar hasta los límites que permitía la capacidad del traje de edenita. Era capaz de enumerar los deberes de cada uno de los miembros de la tripulación de cualquiera de los submarinos de guerra del servicio. Si era preciso, podía desempeñar cualquier trabajo, desde cocinar huevos revueltos para ochocientos hombres en la cocina de un submarino, hasta gobernar mi nave y conducirla a través de algún acceso difícil hasta una bahía.

    En realidad todo, o casi todo, lo había aprendido en los libros. Todavía me faltaba poner en práctica mis nuevas habilidades y me faltaban aún dos años más de estudios avanzados antes de que me pudieran dar una comisión; pero fue como alférez alumno del servicio submarino y no como un novato cualquiera, que me embarqué junto con el resto de la clase (que ahora ya había quedado reducida a menos de doscientos alumnos) en el submarino Pocatello para efectuar nuestro crucero de entrenamiento alrededor del mundo.

    Iba a ser un viaje de noventa días a través del Atlántico del Norte, cruzaríamos el Mediterráneo, atravesaríamos el Canal de Suez y el Mar Rojo para llegar al Golfo de Aden, donde tomaríamos parte en las maniobras de la flota. Luego, cruzaríamos el océano Índico y las traicioneras aguas que rodean las Indias Orientales e iríamos a Marinia, donde esperaba tener una licencia y la oportunidad de volver a ver a mi tío, antes de que iniciáramos la larga jornada a través del Pacífico hasta el Canal de Panamá; de allí regresaríamos a nuestra base en el Caribe. Teníamos que recorrer casi cincuenta mil kilómetros; la mayor parte del tiempo navegaríamos bajo la superficie; únicamente en Suez y en Panamá el Pocatello navegaría por los canales como si fuera un barco de superficie.

    Cruzar el Atlántico fue un juego de niños. Supongo que lo necesitábamos para iniciar nuestro adiestramiento y acostumbrarnos a la rutina de la vida dentro de un submarino; puede decirse que lo único que teníamos que hacer nosotros era cumplir con nuestras guardias, mantener funcionando nuestras máquinas y esperar hasta que el crucero de ocho días terminara. Nosotros conducíamos la nave. Nos acompañaba una tripulación mínima de submarineros regulares, pero su tarea era únicamente estar listos para el caso de que ocurriera una emergencia y observarnos para informar sobre nuestro trabajo.

    El segundo oficial del Pocatello era el cadete capitán Sperry. Desde el punto de vista técnico él no estaba al mando, pero tenía las funciones de un superior y suficientes atribuciones en su puesto como para poder damos a Bob Eskow y a mí malos ratos. No hubo, sin embargo, ninguna dificultad durante el trayecto a través del Atlántico.

    Pasamos entre las Columnas de Hércules (el estrecho que se encuentra entre Gibraltar y la costa de África) con nuestras máquinas paradas. Este era un truco que los antiguos submarinos movidos por motores Diésel empleaban durante los tiempos de guerra para poder atravesar el angosto pasaje sin ser descubiertos. El Mediterráneo es poco profundo y semeja una gigantesca cacerola de evaporación. Continuamente está absorbiendo agua del océano Atlántico. Bajo el candente sol, parte del agua se evapora y queda una densa solución salina. Ésta se hunde hasta el fondo y vuelve a salir al Atlántico a través del Estrecho de Gibraltar, formando una corriente densa y pesada que fluye hacia el océano, pasando por debajo de otra corriente nueva y más ligera que entra al Mediterráneo. Este movimiento nunca termina y las aguas no se mezclan. Penetramos navegando en la corriente superior, pero todavía bastante abajo de la superficie. Yo estaba en el puente escudriñando las aguas que nos rodeaban por medio del microsonar mientras pasábamos el estrecho. Era una sensación aterradora estar allí en aquel viejo y enorme navío de guerra, con sus máquinas paradas y sin emplear el timón, e ir viendo cómo iban pasando los puntos de comprobación poco a poco en la pantalla del sonar.

    —Bien hecho —dijo el oficial regular que estaba vigilando, mientras cerraba su libro de notas de un golpe—. Puede usted tomar el mando de la nave y salir a la superficie, cadete capitán Sperry.

    Fijamos el rumbo para ir a la base de aprovisionamiento de combustible que había en el peñón mismo. No era que lo necesitáramos, sino que habíamos recibido nuevas órdenes en ese sentido. No hubo explicación alguna acerca de aquellas órdenes, lo que hizo surgir una serie de especulaciones entre nosotros. Bob y yo oímos los comentarios y estuvimos de acuerdo en que lo mejor sería no hacer caso de ellos; esto, en cierto modo, fue un error, porque, siguiendo el mismo principio del reloj roto que solamente marca la hora correcta dos veces al día, entre todas las explicaciones contradictorias que el runrún daba a nuestras nuevas órdenes, algunas de ellas resultaron correctas.

    Entramos a la enorme base de reaprovisionamiento de combustible de las Naciones Unidas, navegando sobre la superficie y a plena luz del día. Mi substituto llegó antes de que atracáramos, pero yo no sentía muchos deseos de abandonar mi puesto. Bob Eskow, relevado al mismo tiempo de sus deberes como suboficial maquinista, entró a nuestro cuarto de oficiales. Los dos nos escabullimos silenciosamente y subimos al puente de observación, ocultándonos lo más que podíamos. No había razón alguna por la que no debiéramos estar allí; la nave estaba asegurada para que no se pudiera sumergir, pero ninguno de los dos quería oír la lengua cáustica del cadete capitán Sperry en esos momentos.

    Miramos maravillados el enorme peñón de piedra caliza.

    —Vamos a tener licencia —dijo Bob, feliz—. ¡Esto va a ser magnífico, Jim! Subiremos hasta allá arriba y veremos los monos de Berbería. Podremos ver hasta el otro lado del estrecho el Monte Abila. Hay una caverna; la caverna de San Miguel la llaman; y algunas gentes dicen que pasa por debajo del agua y llega hasta África, y. . .
    —Atención en el puente —rugió una voz en el amplificador que estaba atrás de nosotros—. Los dos cadetes que están en el puente de observación. Preséntense ante el oficial de guardia. Ambos están reportados.

    Nos paramos muy tensos en posición de firmes. ¡Estábamos reportados! Saludamos en dirección al puente y bajamos mucho menos contentos de lo que estábamos un momento antes.

    —Ahí va nuestra subida a ver los monos —gruñí en el portalón—. ¡Qué perra suerte tenemos!
    —No fue mala suerte, Jim —respondió Bob frunciendo el ceño y tocándome ligeramente con el codo—. Dudo que el comandante nos hubiera molestado aun cuando no debiéramos estar ahí. Pero..., echa un vistazo.

    Levanté la mirada. En el puente de observación, el comandante, de pie, vigilaba cuidadosamente la operación de atracar al muelle y ya no nos miraba; pero, junto a él, estaba nuestro segundo oficial, el cadete capitán Sperry, mirándonos con una expresión muy complacida en el rostro.

    En lugar de obtener una licencia en Gibraltar, pasamos nuestro tiempo libre en el puerto haciendo gimnasia en el área de entrenamiento de la base de aprovisionamiento de combustible. La cosa no era muy pesada; hacíamos gimnasia durante diez minutos y después descansábamos cinco. Esto lo hicimos dos horas seguidas. Durante uno de los descansos, Bob advirtió algo en lo que ninguno de nosotros se había fijado.

    Las máquinas de carga y descarga funcionaban con gran actividad cerca del Pocatello, lo que no era nada anormal, ya que lo que espera uno ver en una estación de abastecimiento de combustible es cómo cargan combustible en una nave. Las pilas de lingotes de uranio, cada uno dentro de su propio envase a prueba de radiaciones, con las que las máquinas trabajaban, no atrajeron, al principio, nuestra atención.

    Pero Bob notó que los lingotes estaban siendo sacados del submarino.

    —¡Están descargando el combustible! —dije con incredulidad—. Pero eso es una locura…; tenemos que recorrer cincuenta mil kilómetros.

    Eskow se frotó la barbilla jadeando; el ejercicio le afectaba más que a mí, y movió la cabeza.

    —No lo necesitamos —respondió lentamente—. Una sola carga de combustible podría impulsar a esta bañera alrededor del mundo unas dos o tres veces, con facilidad. Esa es únicamente nuestra reserva de emergencia. Pero de todos modos, es extraño.

    Estuvimos de acuerdo con él en que aquello era raro. Luego sonó la sirena y los diez o doce que estábamos cumpliendo nuestros castigos continuamos con nuestros ejercicios y olvidamos aquello. ..., pero por un momento.

    Al anochecer, el Pocatello estaba navegando hacia la base naval de Nápoles. Fue un viaje sin contratiempos. Salimos a la superficie en las afueras del Golfo de Nápoles y entramos en él pasando entre las islas gemelas de Ichia y Capri, precisamente al amanecer. Yo formaba parte de la guardia de la mañana y vi cómo el sol se asomaba sobre el cono del Vesubio que humeaba levemente.

    Fue allí donde supimos la mala noticia: el crucero había sido cancelado.

    No se dio razón oficial para ello; simplemente se recibió un breve radiograma en el cual se ordenaba al Pocatello regresar a su base; naturalmente, comenzó a correr el runrún de cuál era el motivo, y al recordar lo que Bob y yo habíamos visto en Gibraltar, no me cupo duda de que era cierto: había escasez de uranio.

    Estoy seguro de que no hubo ningún tripulante en todo el submarino que no se sintiera desilusionado cuando se supo la noticia. Todos nosotros habíamos esperado con ansiedad aquel viaje de entrenamiento; para mí, aquello significaba mucho más que perder un viaje. Yo había deseado con más intensidad de la que creía, la oportunidad de ir a Marinia y ver a mi tío Stewart.

    Pero aquello quedaba descartado por el momento.

    La orden de que el Pocatello regresara a su base en Bermuda se recibió temprano por la mañana. El submarino estaba siendo aprovisionado y no estaría listo para partir hasta la noche. Bob Eskow y yo teníamos la tarde libre y, sin embargo, nos sentíamos muy desanimados cuando nos dirigíamos a tierra en la lancha.

    Nos entusiasmamos cuando llegamos al puerto. Ninguno de los dos había estado nunca tan alejado de su hogar; Nápoles nos parecía otro mundo, tan remoto de mi New London y el Nueva York de Bob, como la Luna.

    Recorrimos las estrechas y antiquísimas calles, caminamos a lo largo de los anchos bulevares que corrían a la orilla del mar y nos detuvimos a tomar una taza de café muy fuerte en una gallería con techo de cristal, en el centro de la ciudad.

    Mientras estábamos sentados tomando nuestro café, un hombre delgado v moreno se acercó a nosotros sonriendo amigablemente.

    —Scusi, signori —nos dijo.

    Vestía un uniforme azul marino en el que se veían las anclas cruzadas de la flota submarina italiana.

    —Hola —contesté yo—. No hablamos italiano, señor.

    Él se encogió de hombros.

    —Tal vez yo hable un poco de inglés —dijo él muy despacio y con muy poco acento italiano—. Les ruego que me disculpen por interrumpirlos, pero ustedes pertenecen al submarino americano, ¿no es cierto?
    —Así es —respondió sonriendo Bob—. Yo soy el cadete submarino Eskow y mi amigo es el cadete Eden —extendió la mano y el italiano se la estrechó muy contento.
    —¡Lo sabía! —dijo—. Permítanme darles la bienvenida a Napoli, caballeros. Soy el subteniente Vittorio di Laterani, a sus órdenes.

    Bob y yo nos dimos cuenta, al mismo tiempo, que estábamos hablando con un oficial comisionado y ambos tropezamos aturdidos y lo saludamos rápidamente. Respondió a los saludos con profunda cortesía, nos expresó su satisfacción de que nuestra nave estuviera en Nápoles y se ofreció a servirnos como guía por el resto de la tarde.

    Nos miramos y no tuvimos nada que decimos; estábamos encantados con la oferta.

    El teniente di Laterani era un poco mayor que nosotros; tenía veinte años y acababa de ser comisionado. Había sido, por el momento, asignado a la base de Nápoles. El crucero submarino Pontevecchio, a cuya tripulación pertenecía, estaba en el dique seco en reparaciones importantes. Podía disponer de casi todo su tiempo hasta que éstas terminaran. Cuando sugirió que subiéramos en su automóvil y que él nos llevaría a recorrer la base, aceptamos inmediatamente.

    Fue una tarde maravillosa, pero tuvo un final muy triste. Las nubes se habían estado acumulando sobre el Vesubio durante toda la tarde. Aún ahora, no puedo soportar el recuerdo de lo sucedido: nos encontrábamos en un pequeño hotel a un lado del Vesubio tomando un último café espresso y admirando el Golfo de Nápoles, cuando se desató la tormenta.

    El teniente di Laterani se puso en pie de un salto al oír los primeros truenos.

    —¡Madre mía! —exclamó—. Vamos, caballeros. De prisa, la carretera que baja del Vesubio es intransitable cuando llueve mucho y ustedes tienen que llegar a tiempo para la salida de su nave.

    No estuvimos a tiempo.

    Llegamos al muelle casi una hora después del anochecer, y bien podíamos haber llegado un año más tarde. El Pocatello se había ido.

    Lo intentamos todo. El teniente, avergonzadísimo por habernos hecho perder nuestro barco, nos condujo a toda prisa en su pequeño automóvil al cuartel general de la base y buscó por todos los medios posibles conseguirnos transporte: una lancha torpedera, un avión, cualquier cosa que nos llevara hasta el Pocatello antes de que éste se hubiera alejado lo suficiente como para sumergirse y emprender su largo viaje de regreso. Por desgracia, la tormenta obligaba a los aviones a permanecer en tierra y para la hora en que di Laterani logró convencer al capitán de una lancha torpedera para que nos llevara hasta el submarino, la cabina de radar de la base informó:

    —El crucero submarino de los Estados Unidos se ha sumergido y no se le puede hacer regresar.

    Habíamos perdido nuestro barco.

    Lo único que nos quedaba por hacer era reportamos al oficial norteamericano al mando de la sección y aceptar la sanción que nos impusieran.

    La medicina que recibimos fue muy amarga de tomar.

    Creo que todo habría salido bien, dentro de las circunstancias, si hubiéramos podido reunimos con el Pocatello cuando menos en Gibraltar, pero estaba escrito que no sucedería así. El oficial de la sección se compadeció de nosotros y comunicó por radio a nuestra nave lo que nos había sucedido, pidiendo que el submarino saliera a la superficie en Gibraltar para que pudiéramos ir en avión hasta allá a reunimos con el barco. Nos pareció una eternidad lo que esperamos por la respuesta:

    Petición denegada. Los cadetes aludidos regresarán a la academia en avión.

    Brand Sperry, segundo oficial en comando activo.

    A la mañana siguiente abordamos un avión jet comercial para hacer nuestro largo y triste viaje de regreso.

    Cuando llegamos a la academia, nos encontramos con una recepción de rostros duros como la piedra. El comandante mismo nos llamó. Nos dijo que éramos una deshonra para el cuerpo. El accidente que tuvo Eskow durante el primer año parecía ahora, después de esta nueva falta, haber sido más grave e intencional. Me dijo que yo me había estado aprovechando de la ilustre reputación de mi padre y de mi tío. Nos dieron a escoger: o presentábamos nuestra renuncia al cuerpo, o tendríamos que enfrentarnos a una corte marcial.

    Estoy seguro de que mi padre habría preferido la corte marcial. Sin embargo, a Eskow no le habría servido de nada negarse a renunciar; en vista de su accidente anterior, la corte, con seguridad, fallaría en contra de él. No quise aceptar la posibilidad de poder continuar en la academia, en tanto que Eskow, por la misma falta que yo había cometido, fuera expulsado deshonrosamente.

    Renunciamos.

    Aun en ese momento, no se me ocurrió que detrás de nuestras dificultades había algo más que la simple disciplina.

    Completamente abatido, le envié a mi tío un largo radiograma explicándole lo sucedido, y comencé a hacer mis maletas.


    CAPÍTULO 7
    La Carta que llegó del fondo del mar


    CUANDO LLEGÓ la respuesta, ésta fue un simple radiograma:

    ENTERADO. NO TE DESANIMES. TE ESCRIBO CARTA. STEWART EDEN.


    La carta tardó una semana en llegar.

    Hubiera preferido que jamás llegara.

    Vino en un sobre largo, azul, que no me pareció familiar y en cuya esquina superior izquierda aparecía el nombre y la dirección del abogado de mi tío. Cuando lo rasgué para abrirlo, cayeron tres cosas de su interior: un cheque, una tarjeta y una carta.

    El cheque era por una cantidad que hizo que mis ojos se desorbitaran.

    La tarjeta era una hoja amarilla en la que mi tío había escrito a mano con tinta roja:

    “No te preocupes, Jim. Debería haberme esperado esto. Tú no tienes la culpa. Ven a Thetis. Me reuniré contigo y te explicaré.”

    Era una nota extraña que tenía un significado oculto. La leí dos veces tratando de comprender lo que mi tío habría querido decirme. ¿Querría decir que él ya había supuesto que yo fracasaría en un curso tan difícil? Pero eso no concordaba con la frase “tú no tienes la culpa”. Molesto, examiné la carta.

    Al instante olvidé lo demás. La carta estaba mecanografiada formalmente en celutano azul. Debajo del membrete: Wallace Faulkner, Abogado, decía:

    "Señor James Eden.
    "Academia Submarina de los Estados Unidos.
    "Clase Tres, Cuadrilla Cinco.

    "Estimado señor:
    "Tengo la pena de participarle que su tío, el señor Stewart Eden, ha fallecido. Poco después de escribir la nota adjunta se embarcó en un crucero hacia Cúpula Siete. La ruta de Thetis a Cúpula Siete pasa sobre el Abismo de Eden; cuando cruzaba este abismo, navegando a cuatro mil brazas de profundidad y siguiendo el curso debido, se escuchó que su nave comenzaba a transmitir lo que al parecer era una llamada de auxilio. La llamada se interrumpió y no se logró volver a hacer contacto con su nave.
    "Las autoridades navales locales hicieron, por supuesto, todo el esfuerzo posible por lograr comunicarse con su tío, pero no tuvieron éxito. Se me ha notificado que no existe posibilidad de que haya sobrevivido.
    "Supongo que estará enterado que usted es su único heredero. Debo advertirle, sin embargo, que su tío no era un hombre muy rico.
    "La parte principal de su legado está constituida por ochenta acciones de una compañía denominada Minas Marinas, Sociedad Limitada. Esto forma un interés mayoritario, ya que la compañía únicamente emitió cien acciones. El valor de estas acciones es problemático. Su valor nominal en lista es de mil dólares, pero no existe mercado para ellas en condiciones ordinarias.
    "Hace algunos años, esta compañía denunció ante el gobierno de Marinia los derechos absolutos de explotación del Abismo de Eden y le fueron concedidos para explotar la superficie y los minerales de ese lugar. Este es el activo principal con que cuenta la compañía. Aunque es muy posible que el lecho del océano del Abismo de Eden contenga depósitos minerales de gran valor, es manifiesta la dificultad existente para explotarlos, ya que las estructuras de los automóviles submarinos que existen en la actualidad no han podido ser empleadas con éxito a tales profundidades. Es admisible, en realidad, que la muerte de su tío se haya debido a un intento por extender el campo de acción de su equipo hacía el fondo, lo suficiente como para poder explotar el suelo del Abismo de Eden. Si fue así, el intento fracasó.
    "Hablando francamente, el proyecto para explotar esa concesión es visionario e impracticable. Aparte de las dificultades inherentes a la aplastante presión de miles de toneladas de brazas de agua, el fondo está habitado por una infinidad de peligrosas criaturas marinas, entre las que se incluyan los pulpos de las grandes profundidades y el casi desconocido k’wapti. Se dice también que esa es la guarida de la fabulosa serpiente marina, aunque esto último, por supuesto, es simplemente una teoría.
    ”Sin embargo, y por fortuna para sus intereses, cuento entre mis clientes con una persona que está deseosa de invertir en esta propiedad como una simple especulación, pensando en la remota posibilidad de que las nuevas técnicas pudieran permitir la explotación de los recursos que se supone existan allí. Como usted sabrá probablemente, no se avizora la perspectiva de que surjan esas nuevas técnicas en un futuro cercano. Además, tal vez usted sepa que, de acuerdo con las leyes de Marinia, las minas denunciadas deben comenzar a ser explotadas dentro de un plazo de ocho años o de lo contrario, vuelven a pasar a dominio del público. Es decir, que la explotación real debe comenzar dentro de ese período.
    "El plazo de ocho años fenece el primero de febrero del año próximo. Comprenderá que, aunque se inviertan técnicas nuevas, no quedaría tiempo suficiente para aplicarlas antes de que el plazo expirara.
    "Por esta razón, le aconsejo encarecidamente que acepte cualquier oferta que pudieran hacerle por esta propiedad. Estoy autorizado a ofrecerle a usted cuatrocientos dólares por acción en todo el lote de ochenta acciones de las Minas Marinas, Sociedad Limitada, lo que hace un total de treinta y dos mil dólares. No existe la menor posibilidad de que le puedan ofrecer un precio mayor por ellas.
    "Por favor, comuníqueme inmediatamente por radio si acepta la oferta. Ya he preparado el contrato correspondiente de venta y procederé a legalizarlo tan pronto como reciba su autorización. Mi cliente podría retirar su oferta en cualquier momento, por lo que es indispensable actuar con prontitud. Le aseguro que las acciones no podrían venderse a un precio más alto en el mercado.
    "El resto del legado de su tío lo forman el automóvil submarino en el cual él se perdió y que es muy difícil que pueda ser rescatado, y algunos artículos personales que le están siendo enviados a usted por correo submarino.
    "Puede usted confiar en que yo cuidaré de sus intereses con el mismo fervor que he cuidado de los de su tío.
    "Esperaré su radiograma autorizándome a proceder con la venta de las acciones.
    "Rogándole se sirva aceptar mis más profundas condolencias, quedo de usted su atento y seguro servidor,

    WALLACE FAULKNER.”


    CAPÍTULO 8
    El Hombre del Traje Blanco


    LA MUERTE de mi tío Stewart fue un golpe muy doloroso para mí, tanto más cuanto que siguió tan brutalmente a mi renuncia forzada de la academia. Pero casi olvidé mis problemas personales cuando leía la carta de Faulkner informándome la lamentable pérdida. Con sólo que yo hubiera podido completar el viaje, pensé, con sólo que hubiéramos seguido nuestro crucero como estaba planeado, yo habría visto a mi tío en Marinia...

    Pero no tenía caso lamentarse por algo que ya era demasiado tarde para enmendar. Discutí el asunto con Bob Eskow, en Nueva York, adonde yo había ido en avión desde la academia. Él estuvo de acuerdo conmigo en que la carta de Faulkner presentaba tantas interrogantes como las que respondía, y que tal vez no debería apresurarme demasiado en aceptar la oferta que su desconocido cliente había hecho. De cualquier manera, aquello representaba muy poco para mí comparado con la pérdida de mi tío, mi último pariente vivo.

    Durante muchos años había yo esperado con ansiedad poder explorar las maravillas de Marinia en compañía de él. El Servicio Submarino me habría enviado seguramente a alguna base cerca de allí, habríamos podido vernos con mucha frecuencia y habríamos hecho tantas cosas juntos...

    Parecía increíble que él estuviera muerto.

    Decidí ir a Marinia inmediatamente para ver si podía hacer algo aún por encontrar el cuerpo de mi tío y para hacerme cargo del asunto de las minas en el Abismo de Eden. La palabra “imposible” tenía un significado muy impreciso para mí; después de todo, ¡acababa yo de cumplir los diecisiete años!

    Le envié un radiograma a Faulkner en el que le decía que las acciones de Minas Marinas no estaban a la venta y que yo iba a ir inmediatamente a Thetis a reclamar la herencia.

    Su respuesta fue inmediata:

    NO ES NECESARIO QUE USTED VENGA A THETIS. YO CUIDARÉ SUS INTERESES. MI CONSEJO ES QUE VENDA LAS ACCIONES EN SEGUIDA. ESTOY AUTORIZADO POR MI CLIENTE PARA OFRECERLE VALOR NOMINAL. PRECIO TOTAL POR LO TANTO SERIA OCHENTA MIL DOLARES. ENVIE ACEPTACIÓN POR RADIO INMEDIATAMENTE. LE RUEGO CONFÍE EN MÍ.
    WALLACE FAULKNER


    Aquel era un mensaje sorprendente, y Bob estuvo de acuerdo conmigo en que así era. Resultaba extraño que la persona desconocida que tan “reluctantemente” había hecho la oferta por treinta y dos mil dólares ofreciera ahora más del doble tan rápida y fácilmente.

    Si aquello valía tanto para él, debería ser igualmente valioso para mí. Sentí cierta desconfianza por Faulkner. Sin embargo, si mi tío había empleado sus servicios, el abogado debía ser honrado.

    Pero... era difícil aceptar sus protestas de sinceridad; había en ellas demasiadas “confianzas” y “solicitudes” y muy pocas explicaciones. ¿Por qué había tenido tanta prisa en que yo vendiera en treinta y dos mil dólares cuando, en cuestión de unos cuantos días, pudo obtener una oferta por ochenta mil?

    Bob Eskow comentó:

    —No sé si es un pillo o un mal comerciante. En cualquiera de los casos, ¡yo lo vigilaría!

    Mi respuesta al abogado fue:

    LAS ACCIONES NO ESTAN A LA VENTA. LLEGARE EN EL “ISLA DE ESPAÑA”.


    Y tomé un avión jet a San Francisco para transbordar al gigantesco transatlántico submarino.

    Cuando aterrizamos en la bahía de San Francisco, había una espesa neblina.

    Apenas tenía tiempo para confirmar mi reservación en el Isla de España, conseguir mi pasaporte y pasar algunas horas curioseando. El transatlántico iba a hacer el viaje directo a Marinia. Era una de las mejores naves del servicio submarino del Pacífico y yo esperaba la travesía con ansiedad, excitación y regocijo. ¡Qué pronto puede uno olvidar! No había pasado todavía una semana desde que recibiera la noticia de la muerte de mi tío, y apenas haría un poco más de dos semanas que yo había sufrido la peor desgracia que podía imaginar al habérseme pedido que renunciara a la academia cuando ya estaba yo pensando en una nueva aventura. Podría admitir, además, que estaba pensando también en que Wallace Faulkner y las demás personas de Thetis me tomaran en serio. Después de todo, ¡yo sería el único heredero de las acciones que controlaban a una compañía! Cierto era que la compañía podría tener tan poco valor como me había indicado Faulkner, pero me negaba a creerlo. Repito: apenas tenía yo diecisiete años.

    Me pregunté por un momento quién sería mi socio desconocido, el poseedor del restante veinte por ciento de las acciones. Mi tío Stewart no me había dicho nada y Faulkner había guardado silencio acerca de ello de un modo desconcertante.

    Pero todas esas preguntas serían respondidas a su debido tiempo...

    No tuve dificultad alguna en obtener mi pasaporte. Desde que Marinia se había convertido en una nación independiente administrada por las Naciones Unidas, muchos americanos iban allá, como cosa natural, a pasar sus vacaciones, en viajes de negocios o simplemente por hacer el viaje. El Isla de España tendría una lista enorme de vacacionistas. Pasaría por Campo Negro y la pequeña Cúpula Eden antes de llegar a Thetis. Junté mi pasaporte, mi credencial de la academia (que en realidad era una pequeña libreta en la que aparecía toda la historia de mi vida) y mi certificado de nacimiento. No sabía qué papeles iría yo a necesitar para establecer mi identidad como heredero de Stewart Eden y no quería que me fuera a faltar ninguno. Empaqué una pequeña maleta, y el resto de mis pertenencias las dejé en el departamento de equipaje del hotel, para que me fueran enviadas.

    El empleado de la oficina del hotel tenía otro radiograma para mí retransmitido desde Nueva York:

    SU VENIDA A MARINIA ES INNECESARIA E IMPRUDENTE. ES IMPOSIBLE USTED PUEDA EXPLOTAR CONCESION MINERA. LE ADVIERTO ES DISPARATADO Y SUICIDA. MI CLIENTE HACE OFERTA FINAL DE DOBLE PRECIO NOMINAL POR ACCIONES. DEBE SER ACEPTADA INMEDIATAMENTE POR RADIO. PUEDO ASEGURAR POSITIVAMENTE NO HABRÁ MEJOR OFERTA.
    WALLACE FAULKNER


    ¡Ciento sesenta mil dólares!

    Comencé a sentirme rico.

    Si algo hubiera necesitado yo para sentirme más ansioso por ir a Thetis inmediatamente y para decidirme aún más a rechazar cualquier oferta que se me hiciera, eso habría sido aquel radiograma. ¿Por qué estaba Faulkner tan ansioso de mantenerme alejado? ¿Cuál era la razón por la que él porfiaba tanto en referirse al “peligro" que existía en el Abismo de Eden?

    Repetí mi radiograma anterior y, entonces, para aumentar mi confusión, descubrí que alguien me estaba siguiendo.

    Iba yo en camino a la zona comercial de la ciudad, de pie sobre la banda rápida que, protegida por una barandilla, conducía a sus pasajeros hacia el edificio del embarcadero. Era un día frío y nublado. Una densa neblina marina estaba suspendida sobre la ciudad. Aunque todavía no anochecía, las luces ya estaban encendidas y producían destellos rojos rodeados de halo amarillo. En el aeropuerto, los faros de los jets brillaban penetrando débilmente el frío gris de la neblina. Las rojas luces de niebla de los helicópteros, que volaban muy bajo y que eran empleados para el tránsito suburbano, parecían borrosas manchas encarnadas que se movían en la obscuridad.

    Yo continuaba parado en la banda vibratoria, con el abrigo abotonado hasta el cuello para protegerme del aire húmedo, recargado contra el pasamano y pensando en el viaje que me aguardaba. Puede decirse que fue por casualidad que me fijé en el hombre corpulento que se paseaba distraídamente sobre la banda, cincuenta metros atrás de mí. Posiblemente no habría hecho ningún caso de él, pero había algo vagamente malsano en su aspecto: fofo, pesado, fuera de condición física. Estaba vestido descuidadamente y con muy mal gusto, según pude notar; chaqueta y pantalón blancos que le quedaban chicos y estaban un tanto sucios; llevaba un bastón negro con puño de plata, y sombrero de fieltro rojo de ala ancha y copa alta.

    Me pareció, en cierto modo, familiar, como en ocasiones suele parecemos alguna persona a quien, sin embargo, no conocemos. Pensé que lo había visto antes, pero no pude recordar dónde.

    Luego, llegué a mi parada en la banda transportadora y me bajé, apartándolo de mi mente. . ., pero no por mucho tiempo.

    Cuando llegué al edificio del embarcadero, me formé en la cola de la oficina de reservaciones v reclamé mi camarote en el Isla de España. Al darme vuelta llevando mi confirmación en la mano, vi que el hombre de blanco había estado parado detrás de mí.

    ¡Aquello ya no era una coincidencia!

    Estaba seguro de ello, pero podía probarlo para salir de dudas si lo deseaba, e hice el esfuerzo.

    El hombre no parecía prestarme la menor atención. Le hizo algunas preguntas al empleado de la oficina y éste le respondió brevemente, después de lo cual el hombre asintió con la cabeza y caminó distraídamente hasta un lado del cuarto y se quedó mirando, pensativo, hacia afuera, por la ventana. Tenía ocultos los ojos bajo la roja y ancha ala de su sombrero, y sus dedos, enfundados en unos guantes blancos, golpeaban ligeramente en el borde de la ventana. Yo estaba seguro, sin embargo, de que él estaba observándome.

    Compré un periódico de cinta magnética en un puesto del edificio del embarcadero y salí por la puerta caminando a largos pasos. No miré en ningún momento hacia atrás.

    Bajé en dirección a la orilla caminando de prisa. Ya había obscurecido completamente; me quedaban algunas horas antes de que el Isla de España zarpara, pero no tenía mucho tiempo que perder. El cielo parecía una cúpula de tenue luz amarillenta formada por el reflejo de las luces de la ciudad contra el manto de niebla. Las lámparas del alumbrado y los reflectores se veían rodeados por un brillante halo de neblina. ¡Todo satisfactorio a mis propósitos!

    Di vuelta a la esquina en una calle casi desierta y obscura cercana a los muelles que en un tiempo habían sido muy bulliciosos, y me escondí en el quicio de una puerta.

    El hombre del traje blanco cayó inocentemente en la trampa. Dio vuelta a la esquina tranquilamente. No lo oí hasta que estaba casi frente a la puerta donde me ocultaba. Salí de mi escondite llevando la mano en mi bolsillo simulando traer una pistola, y dije:

    —¡Alto!

    No mostró sorpresa alguna. Me miró fijamente por debajo del ala de su sombrero rojo y luego dijo con mucha calma:

    —No dispare.

    Respiraba despacio; no estaba nervioso en lo absoluto. Por un instante un pensamiento cruzó por mi mente: ¿y si yo estuviera equivocado? ¿Y si él era un indefenso peatón? ¿Y si se le ocurría gritar y venía la policía? Lo más natural sería que supusieran que yo era un asaltante. Sin duda podría aclarar mi situación y demostrar mi inocencia, pero seguramente perdería el barco. ¡Ya tenía yo suficiente con haber perdido un barco una vez!

    Pero ese hombre no era un indefenso peatón. Parecía estar buscando problemas. No movió un solo músculo cuando dijo:

    —Cálmate, muchacho. Ten cuidado con la pistola.
    —¡Cuidado! —grité yo enojado—. ¿Por qué me está siguiendo? ¡De prisa. . ., dígalo!
    —¿De qué diablos estás hablando? —respondió con burlona inocencia.
    —¡Usted lo sabe bien! —dije acalorado—. ¡No me haga perder el tiempo! ¡Hable, o disparo!

    Naturalmente, yo no hubiera disparado, aun teniendo con qué hacerlo. Si él lo suponía, jamás lo sabré. Se volvió para verme de frente y movió los labios como si fuera a hablar. Su boca se abrió un poco. ..

    Fue demasiado tarde cuando vi el pequeño y brillante artefacto metálico que sostenía entre los dientes. El hombre lo aplastó haciendo brotar su contenido. Sentí que las gotas pequeñas y frías me golpeaban en la mejilla. Instantáneamente el frío cambió a una sensación punzante de calor, como una llamarada que se extendía en ese lado de mi cara; sentí como si me pincharan el cerebro con agujas calientes.

    Debí haberlo sabido, me dije aturdido en esa fracción de segundo en que me di cuenta de lo que pasaba, debí haber sabido que él se defendería. La cápsula de anestesia era un viejo truco; debí haberlo sabido. . .

    Sentí como si una luz cegadora parpadeara ante mis ojos. Después, desapareció.

    Luego todo fue obscuridad. Sentí que me desplomaba, bajo los efectos de la anestesia.

    Debió de haber pasado una hora o más antes de que volviera en mí. Me puse de pie torpemente. Me dolían los músculos a causa de la humedad del suelo.

    Todavía estaba en el quicio de la puerta y no vi a nadie. Me apoyé contra la pared y rápidamente revisé mis bolsillos.

    Me habían esculcado, eso era obvio. Mi cartera estaba tirada en el suelo y mi pasaporte salía a medias de ella.

    Al parecer, no me faltaba nada. Tenía mi pasaporte, mi credencial, mi dinero y mi reloj. No se había tratado de un simple robo, eso era seguro. Yo llevaba una fuerte suma de dinero conmigo y no faltaba ni un solo centavo de él.

    Traté de sacudirme la ropa empapada y caminé tambaleándome hacia la esquina. No tenía idea de qué hora era; en lo único que podía pensar era en que el Isla de España partía a la medianoche.

    Tuve suerte. Un taxi helicóptero pasaba sobre mi cabeza y le hice una seña. Se posó en la acera, cerca de mí, con un suave zumbido de las aspas de su rotor.

    Pensé brevemente en acudir a la policía; ciertamente, debí informar lo sucedido… pero en el reloj del tablero del helitaxi vi que apenas me quedaba tiempo para llegar a la hora en que el submarino partiría.

    Le ordené al piloto del taxi que me llevara al embarcadero donde estaba esperando el Isla de España. Por fortuna, mis maletas ya estaban a bordo; en todo caso, no había perdido nada en mi desgraciado encuentro con el hombre del traje blanco.

    Cuando menos eso fue lo que creí entonces...


    CAPÍTULO 9
    A Bordo del Isla de España


    CUANDO ABORDÉ el Isla de España, olvidé todos mis problemas.

    El gigantesco transatlántico submarino de más de trescientos metros de largo y tan sólido y espacioso como un edificio de siete pisos, cabeceaba suavemente en el agua del Pacífico. Subí a él por una rampa cubierta; por las portañolas de la rampa vi la coraza de edenita que protegía todo su largo, la poderosa curva de sus líneas que le daban forma de torpedo, a proa y a popa.

    ¡Estaba realizándose una de las mayores ambiciones de mi vida! Bajo aquella extensión de olas grises estaba el lecho del Pacífico, formando un declive que se extendía por kilómetros en las aguas poco profundas que rodean el continente, para después sumergirse en los profundos abismos donde se encontraba Marinia, a cinco mil kilómetros de allí y a más de mil quinientas brazas bajo la superficie.

    ¡En cuestión de un momento me estaría deslizando entre el agua, en ruta hacia las ciudades submarinas!

    Casi me olvidé de la academia, de la muerte de mi tío y del hombre del sombrero rojo.

    Casi...., pero no por completo. Disimuladamente examiné a los pasajeros que estaban a mi vista. Algunos de ellos eran vacacionistas que hacían del largo viaje submarino un crucero de placer; otros eran aguerridos mineros submarinos de piel obscura, bronceada por los rayos de la luz troyón. Veía a los tripulantes de la nave y a los oficiales de rostros enérgicos que se movían con gran eficiencia entre la multitud, preparándose a zarpar. Vi, además, a un grupo de alféreces y subtenientes (sentí un aguijonazo de celos) que vestían el uniforme escarlata del Servicio Submarino.

    Pero nadie me pareció peligroso y ciertamente nadie me llamó tanto la atención como lo había hecho antes el hombre del sombrero rojo.

    Estampé mi firma en la lista de pasajeros y esperé a que el camarero me condujera a mi camarote. Me senté mirando a las personas que había a mi alrededor.

    Entonces se me ocurrió que el hombre del sombrero rojo había sido una figura llamativa, tan descollante que tal vez podría pasar desapercibida a causa de su misma obviedad, a no ser porque yo recordé vagamente haberlo visto antes.

    Tal vez, quienquiera que fuera el que se interesaba tanto en lo que yo hacía, intentaría ahora un plan completamente diferente. Quizá ahora me estaría vigilando alguien tan neutro y tan poco llamativo, que resultaba invisible a mis ojos.

    Con este nuevo pensamiento miré a las personas que se aglomeraban en el salón.

    En seguida lo localicé. Estaba seguro.

    Estaba sentado hundido en un sillón, rodeado de su equipaje, y miraba fijamente al piso. Era un hombre pequeño, delgado y encogido. Su enjuto rostro no mostraba expresión alguna. Sus ojos pálidos parecían no interesarse por nada. Vestía un traje gris pardusco no muy nuevo, pero tampoco muy usado.

    Era la clase de individuo que podía entrar a una habitación sin que nadie advirtiera su presencia. No había ninguna característica en él que se grabara en la memoria.

    Por supuesto, me dije, tal vez esté imaginándome cosas.

    Ese hombre podría ser perfectamente un pasajero inofensivo. Quizá no había nadie en el barco que se interesara lo más mínimo en mí. Sin embargo, las personas que habían llegado hasta el extremo de dejarme sin sentido y registrar mis bolsillos en las desiertas calles de San Francisco probablemente seguirían acechándome.

    Sea como fuere, yo iba a estar vigilante.

    Un camarero vestido de blanco se me acercó y yo le entregué mis maletas, le di una propina y lo dejé ir solo a mi camarote. Lo acompañé únicamente hasta la entrada del salón y esperé allí, ocultándome, para ver lo que hacía el hombre de gris.

    Después de unos minutos, el hombre llamó a un mozo, le entregó sus maletas y salieron en la misma dirección por donde se había ido mi camarero. Los dejé que se adelantaran a una distancia razonable y luego los seguí.

    El mozo condujo al delgado hombrecillo hasta más allá de los ascensores que comunicaban con los camarotes de tercera clase. Pasaron luego las escaleras mecánicas que subían a los apartamentos de lujo. Perfecto; su camarote estaría en la misma cubierta que el mío.

    El camarero se detuvo a abrir una puerta con llave y los dos entraron.

    Tan pronto como el mozo salió y cerró la puerta me apresuré a pasar frente a ésta.

    Era el camarote 335.

    Y el mío era el número 334.

    Pregunté a un camarero para asegurarme. Éste me condujo a la habitación contigua a la del hombre de gris. ¡Él iba a ser mi vecino en el cuarto de al lado!

    Ya no pensé en una coincidencia. ¡Ahora estaba seguro de lo que se trataba!

    El mozo entró en el camarote detrás de mí. Me mostró cómo ajustar la luz de troyón, cómo regular la suave brisa de aire artificial, cómo manejar los controles de temperatura, el radio del barco, los lavabos y demás equipo. Luego se entretuvo arreglando las toallas en sus colgadores, como acostumbran hacerlo los camareros desde tiempos muy remotos, en espera de la propina.

    Todo podría ser una casualidad..., pero yo estaba seguro de que no lo era. Al fin y al cabo, el hombre del sombrero rojo tuvo tiempo más que suficiente para averiguar el número de mi camarote cuando estaba parado detrás de mí en el momento en que yo confirmaba mi reservación; o, si por cualquier razón no lo había podido averiguar entonces, lo pudo haber hecho cuando, más tarde, me registró los bolsillos. Era indudable que el hombre de gris, suponiendo que ellos trabajaran juntos, pudo habérselas arreglado para conseguir fácilmente el camarote contiguo al mío.

    Pero, ¿por qué?

    Hurgué en mi bolsillo para darle una propina al camarero.

    Él me lo agradeció con un ligero saludo y yo lo detuve para preguntarle, simulando indiferencia:

    —Oiga, ¿sabe usted quién viaja en el camarote contiguo? Me pareció reconocerlo cuando entré.
    —Si usted lo conoce, señor —respondió mirándome—, ¿por qué simplemente no...?

    Le aumenté la propina y el mozo me miró de un modo diferente.

    —¿Puede averiguar su nombre? —le pregunté.
    —Por supuesto, señor —respondió frunciendo los labios—. Debe estar en la lista de pasajeros.
    —Hágalo, por favor —dije.

    Asintió con la cabeza haciéndome una especie de guiño y salió. Cinco minutos más tarde, estaba nuevamente en la puerta. Me informó:

    —Se llama E.A. Smith, señor. No dio dirección —titubeó un momento y añadió—: El sobrecargo dice que hizo su reservación a última hora.
    —Gracias —le dije, mostrando poco interés—. Creo que me he equivocado. Hay muchos Smith en el mundo.
    —Y muchos más que no lo son —contestó el hombre, cerrando la puerta y sonriendo enigmáticamente.

    Cuando salí de mi cabina a la mañana siguiente, el barco ya se había sumergido. Sentí el suave balanceo de la nave, no agitado como el de un barco de superficie, sino moderado y tranquilizador, mientras se deslizaba entre las fuertes corrientes submarinas. Eso y la vibración casi imperceptible de las hélices eran los únicos signos de que íbamos navegando rápidamente a una velocidad de sesenta nudos o más.

    Aquello era dolorosamente familiar para mí...

    Más tarde, me hice amigo de un oficial subalterno que se ofreció a enseñarme todo el barco. Acepté su oferta encantado.

    Fuimos primero al estrecho pasillo que rodeaba la cubierta de camarotes, precisamente por la parte inferior del casco. Él abrió un postigo de metal, dentro de una portañola, y miramos hacia afuera.

    Era una vista que yo ya había admirado antes muchas veces. Obscuridad total, y de vez en cuando alguna forma ligeramente luminosa que pasaba rápidamente.

    —Estamos a cien brazas de profundidad —me explicó el oficial—. Esa agua está fría como el hielo. Vamos bajo una presión de casi un cuarto de tonelada por pulgada cuadrada.
    —Lo sé —asentí.

    Me estiré y cerré la portañola. Me miró con curiosidad, pero no dijo nada.

    Fuimos abajo y él me mostró los tanques de lastre con sus potentes bombas; la cubierta de las baterías y sus hileras de acumuladores Vau´clain, listos a funcionar en el remoto caso de que fallara el reactor que proporcionaba su fuerza al barco. Rodeamos la gigantesca masa del mismo reactor que parecía susurrar el canto de los neutrones y la fisión, con tonos suaves. Atravesamos las salas de máquinas, limpias y ordenadas y que olían ligeramente a aceite lubricante. Casi no se oía ruido, con excepción de la apagada vibración de las hélices y el suspiro del vapor que salía de las turbinas al final de la cadena de intercambiadores de calor.

    Lo vimos todo: las bodegas de la carga, el castillo de proa, el alojamiento de los pasajeros de tercera, la cubierta superior con su invernadero y su tanque de natación, la superestructura sobre el casco, con su timonera, su caseta de derrota, el cuarto de radio y la sala de los oficiales.

    Todo era tan diferente del aporreado y apretujado viejo Pocatello, como una esmeralda podría serlo de un pedazo de lodo. Pero bien sabía yo cuál de los dos escogería si se me diera la oportunidad de escoger.

    Pasó el día. Comimos. La tarde transcurrió lentamente. Volvimos al comedor. Llegó la noche y el Isla de España seguía arremetiendo contra la obscuridad submarina.

    Se estaba haciendo muy tarde y me retiré a mi camarote.

    Algo extraño había allí.

    Me quedé parado en el umbral de la puerta con la llave todavía metida en la cerradura, escuchando, esperando.

    Ayudado por un sentido en el que los científicos no creen, supe que había pasado algo. El camarote no estaba como yo lo había dejado cuando salí. Algo había cambiado.

    Encendí la luz de troyón y miré a mí alrededor. Si habían efectuado un registro de mi equipaje, éste había sido en extremo habilidoso. No pude notar que hubieran revuelto nada, pero el presentimiento persistía dentro de mí.

    Decidí examinar el camarote centímetro por centímetro y, en el baño, debajo del toallero, encontré lo que andaba buscando.

    Había polvo de yeso en el suelo, abajo, y detrás del toallero; oculto por la barra en que colgaban las toallas, había un pequeño agujero redondo que no podía verse a menos que uno lo estuviera buscando. No tenía más de medio centímetro de diámetro, tal vez menos, y había sido perforado a través de la pared.

    ¿Con qué objeto?

    Era un nuevo problema, para el que no podía encontrar respuesta. Por supuesto que no lo habían hecho para espiar; no se podía ver más allá de la barra desde el otro lado. ¿Para escuchar? Difícilmente; existían aparatos electrónicos que eran muchísimo más ingeniosos y seguros.

    Pero, indudablemente, lo habían hecho para algo...

    Si bien no podía imaginarme para qué, cuando menos podía tomar mis precauciones. Llamé a un camarero y le dije que había decidido dejar ese camarote.

    Si yo hubiera sabido cuáles iban a ser las consecuencias de mi decisión... Pero no lo sabía. ¿Cómo podía haberlo adivinado?

    El mozo pareció consternado cuando le dije lo que deseaba.

    —¡Eso es muy irregular, señor! —farfulló—. ¿No le satisface el cuarto?

    No era el mismo camarero de la mañana y le dije con tanta arrogancia como pude:

    —¡Camarero, quiero otro cuarto! Eso es todo. Consígamelo, por favor. Comprendo que tendré que pagar por dos cuartos, pero estoy listo para hacerlo.

    Estaba asumiendo una actitud estúpida, pero, de otro modo, tendría que enseñarle el agujero que habían hecho en la pared y no me sentía dispuesto a confiar en nadie.

    El hombre siguió farfullando y farfullando, hasta que encontré un billete muy convincente en mi bolsillo. Desde entonces, el mozo se mostró mucho más deseoso de cooperar.

    —Por aquí, señor —dijo, encogiéndose de hombros con la resignación que debe esperarse de aquellos cuya profesión los hace tratar a mucha gente...

    Aquella noche dormí tan profundamente como un niño. . .; sin embargo, no tan profundamente como lo habría hecho si no hubieran sucedido todos los hechos anteriores.


    CAPÍTULO 10
    El Largo Sueño


    CUANDO DESPERTÉ, tardé un buen rato antes de darme cuenta de dónde me encontraba. Mi estuche de afeitar y todas mis pertenencias estaban todavía en el camarote 334. Debí haber ido a buscarlo, pero el susurro de las hélices me indicó que algo estaba sucediendo. El sonido era diferente al del día anterior.

    Me vestí rápidamente con la misma ropa y salí al corredor. Un miembro de la tripulación que pasaba me informó que estábamos a punto de atracar en Campo Negro, la primera de las ciudades submarinas de Marinia. Apenas tendría tiempo para desayunarme y hacer una rápida visita a la barbería del barco para que me afeitaran.

    Abandoné la idea de ir hasta mi camarote anterior.

    El barbero del barco me aseó con presteza, salí de allí sintiéndome mucho mejor y me dirigí al comedor.

    Encontré en mi camino al hombre de gris.

    Se me quedó mirando incrédulamente con sus pálidos ojos. Emitió un sonido entrecortado y sus delgados labios se abrieron como si fuera a decir algo. Su rostro perdió el color y se puso grisáceo.

    Estaba temblando cuando, de pronto, dio media vuelta y huyó.

    Otro enigma más...

    ¿Por qué se había asustado tanto al verme? No podía adivinarlo. Olvidé el problema y entré al comedor.

    Acababa de terminar mi desayuno cuando atracamos en Campo Negro. Habíamos hecho el recorrido de un poco más de tres mil trescientos kilómetros en unas treinta y tres horas. Me apresuré a subir a la cubierta de paseo y atisbé a través de una de las portañolas blindadas.

    ¡Era la primera vez que veía una ciudad submarina! Lo fantástico y maravilloso de ella casi me hicieron olvidar la red de misterio que rodeaba mi vida.

    El extenso y nivelado valle de limo radiolario brillaba con una fría y pálida fosforescencia. A causa de una ilusión de óptica parecía extenderse hasta el infinito, aunque en realidad, aquello se debía a la turgencia del agua. La visibilidad alcanzaba, cuando mucho, unos cuantos centenares de metros.

    El “cielo”, el frío océano que estaba sobre nosotros, era completamente negro. Aquel era un mundo extraño: los valles eran luminosos, las montañas brillaban y todo bajo un cielo completamente negro.

    Pero al mismo tiempo era familiar para mí. Lo nuevo era Campo Negro en sí: la cúpula hemisférica de edenita que se elevaba fantásticamente sobre el valle luminoso; la sólida estructura de metal blindado que protegía a la ciudad contra la tremenda y constante presión del mar.

    La disposición de los muelles era la misma de las demás ciudades submarinas: unas tuberías salían de la ciudad por debajo de las rocas del fondo del océano. Los muelles estaban sobre ellas. Eran unas plataformas de metal magnético sobre las cuales las naves submarinas se posaban abriéndose una compuerta en sus vientres para unirse a los tubos que quedaban debajo de ellas.

    Desde mi lugar en la cubierta de paseo, podía ver únicamente la cúpula de la ciudad, que no tenía ningún rasgo característico, y el mar, que siempre era igual. Bajé al salón para ver el paso de los pasajeros.

    Subieron unos veinte y cuando menos, bajaron otros tantos.

    Entre los que bajaron iba el hombre de gris. Él sabía que yo estaba allí; alcancé a ver por el rabillo del ojo que me lanzaba una mirada y en sus ojos vi reflejado el asombro y algo que casi parecía ser miedo. Pero luego ya no volvió a mirarme y me quedé pensativo contemplando fijamente su espalda mientras se alejaba.

    En cuestión de unos minutos se cerraron las compuertas y las portañolas de presión. El Isla de España fue llevado por las aguas nuevamente.

    Me dirigí otra vez a mi camarote. Como el hombrecillo se había ido, no había razón para mantenerme apartado de él. En realidad, si jugaba bien mis cartas y conseguía que el camarero me dejara entrar al camarote 335, tal vez pudiera averiguar algo.

    No tuve oportunidad de hacerlo.

    Di vuelta a la llave de la puerta de mi camarote abriéndola imprudentemente y di un paso para entrar. Una nube de vapor azulado se arremolinó ante mí.

    Retrocedí tambaleándome, enceguecido, tosiendo, con las lágrimas escurriéndome en la cara. Había respirado los gases solamente una pequeña fracción de segundo

    Y eso fue suficiente para que me sintiera sofocado. Me faltaba la respiración y me doblé hacia adelante tosiendo desesperadamente.

    En ese momento llegó un camarero a mi lado.

    —¡Señor! —gritó—. ¿Qué le pasa, señor?

    Entonces, él también respiró algo de gas.

    Los dos nos apartamos de allí tambaleándonos. Él se agarró desesperadamente a cierto aparato de señales que había en la pared y a lo lejos se oyó sonar un timbre de alarma. Después de un momento, aparecieron seis marineros vestidos con el equipo contra incendios: se protegían con cascos y mascarillas. Sin preguntarnos nada, pasaron corriendo junto a nosotros en dirección al camarote 334. . . Después de un rato, dos de ellos salieron tambaleándose y arrastrando el cuerpo rígido de un hombre cuyo rostro estaba pálido como la cera. Era el camarero que me había cambiado de camarote.

    El capitán del Isla de España fue considerado, discreto, pero despiadado conmigo. Si yo hubiera tenido algo que ocultar, él me habría hecho decírselo. Agradecí haber podido hablar sinceramente con ese hombre de rostro bronceado. Tuve buen cuidado de no mentirle.

    Le conté todo. Empezando por mí renuncia forzada a la academia, la muerte de mi tío, el hombre del sombrero rojo, el hombrecillo de gris. No le oculté nada.

    No quería hacerlo. Había alcanzado a ver al infortunado camarero: helado, rígido y en una posición grotesca, horriblemente blanco; el color había desaparecido hasta de sus cejas y su cabello a causa de la acción corrosiva del gas. El doctor del barco dijo que era gas letino; yo había ya oído hablar de él y sabía que era mortal.

    Quienquiera que fuere la persona que estaba detrás del hombre de gris, no cabía duda que estaba actuando en serio.

    Los oficiales de la nave fueron rápidos; tan pronto como escucharon el principio de mi historia, se comunicaron por radio a Campo Negro para que detuvieran al hombre de gris; yo dudaba, sin embargo, de que lo pudieran encontrar. Él sabía lo que sucedería cuando descubrieran el cadáver.

    ¡Infortunado camarero! El capitán dedujo que mi modo de comportarme había despertado su curiosidad y que él había regresado al camarote 334 a averiguar por qué deseaba yo pagar pasaje doble en vez de quedarme en él. Su curiosidad fue su perdición.

    El interrogatorio terminó finalmente. El capitán me hizo prometerle que, cuando yo llegara a Thetis, no me movería de la nave, hasta que la policía de Marinia hubiera tenido oportunidad de interrogarme, si así lo deseaban, y que después podría marcharme.

    No regresé al camarote 334. Hice que trasladaran mis pertenencias a mi nuevo cuarto y rogué que el reciente fracaso de mis enemigos desconocidos hubiera agotado sus recursos...

    Íbamos a llegar a Cúpula Siete por la noche, casi al amanecer. Por un momento pensé en quedarme en vela para verlo, pero decidí mejor no hacerlo. Estaba cansado y molesto. Había pasado por momentos difíciles y aquel día había sido el más agotador.

    Me retiré a mi camarote muy temprano pero no pude dormirme inmediatamente. Alguien llamó a mi puerta. La abrí y un camarero se disculpó con una sonrisa y me extendió un sobre escarlata sobre una bandeja de plata.

    —Para usted, señor Eden —dijo—. Siento haberlo molestado.

    Lo despedí y rasgué el sobre para abrirlo. El mensaje decía:

    “Estimado señor Eden:
    "Siento mucho los problemas que lo han afectado. Como usted probablemente sabrá, su padre, su tío y yo estuvimos estrechamente relacionados en una época. Tal vez pueda ayudarlo en algo.
    "Por favor, venga a mi suite en la cubierta A cuando reciba la presente."


    Me quedé mirando la nota, mientras la más extraña mezcla de emociones me invadía.

    La firma de la nota decía: HALLAM SPERRY.


    CAPÍTULO 11
    Mi socio, mi enemigo


    HALLAM SPERRY en persona me franqueó el paso a su camarote.

    Había una enorme diferencia entre su camarote y el pequeño cuarto que yo ocupaba en la cubierta de abajo. Más que un camarote era un verdadero departamento y quise convencerme de que así era como debería ser. Después de todo, el Isla de España era únicamente uno de los doce gigantescos transatlánticos submarinos de la compañía de transatlánticos Sperry. Había enormes fotomurales en las paredes y, en unos tanques de presión, podían verse curiosos animales-flores del fondo del mar y diminutos peces que se movían como dardos en el agua. Había tubos de troyón pintados para calentar la habitación y darle al mismo tiempo la apariencia de la luz del día.

    Hallam Sperry me estrechó la mano con un apretón tan firme y tan frío como el acero. Era un hombre gigantesco, tan corpulento como fue mi tío, pero moreno y de barba negra, en tanto que mi tío había sido de tez clara y barba rojiza. Sus ojos tenían un extraño color azul penetrante; en ellos había el frío de las heladas aguas de lo más profundo del océano. Sin embargo, sus labios sonreían y sus palabras no parecían simple cortesía.

    —Jim Eden —dijo con voz retumbante—. Sé mucho de ti, muchacho. Conocí a tu padre y a su hermano muy bien. Fue una pena lo que le sucedió a Stewart, pero él siempre fue muy temerario. Por mi hijo supe la mala suerte que tuviste en la academia.

    Me ofreció una silla de patas delgadas como las de una araña. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? ¿Que la “mala suerte” que yo había tenido en la academia había sido resultado de las maquinaciones de su hijo? ¿Que la disputa entre él y los Eden era un escándalo público?

    No dije nada. Aprendí muchas cosas en la academia y una de las primeras fue a no hablar hasta saber lo que tenía que decir. Era posible que Hallam Sperry no fuera tan perverso como lo habían descrito; no era justo atacarlo basándome únicamente en referencias y viejos recuerdos.

    Me ofreció un vaso de cristal que contenía un provocativo líquido color verde pálido. Lo probé y posé el vaso sobre una mesa. Me dijo que era un raro licor de las profundidades del mar.

    —Stewart Eden era un viejo amigo mío. Es verdad que tuvimos nuestras diferencias, pero siempre admiré a tu tío. Era un gran hombre. Lástima que muriera de esa manera.

    Iba a responderle algo, pero lo que yo pudiera decir no parecía tener mucha importancia para él y continuó hablando con su voz grave y retumbante.

    —Trabajé con Stewart muchos años, y con tu padre también. Oirías hablar de nuestras disputas; eso no importa ya, muchacho. Él se ha ido y nuestras diferencias han desaparecido también. Lo importante ahora es: ¿qué sucederá?
    —¿Perdone? —interrumpí.
    —¿Qué sucederá contigo? —rugió impaciente—. ¿Qué piensas hacer? Vas a Thetis, ¿para qué?
    —Soy el heredero de mi tío, señor Sperry —dije firmemente—. Él me dejó todos sus intereses.
    —¡Intereses! —bufó Sperry—. ¡Uf! Una compañía en bancarrota y un barco hundido. Sé cuáles eran sus “intereses" —me miró escrutadoramente y añadió—: Tal vez no estés enterado de esto: tu tío me debía dinero. Mucho dinero. Más de lo que pueda valer su legado, muchacho.

    Cambié de posición en la silla, sintiéndome incómodo, y respondí:

    —No. ..., no sé nada de eso. El señor Faulkner, el abogado de mi tío, no me dijo nada de eso.
    —Claro que no. Faulkner no lo sabía. Fue un convenio entre caballeros que hicimos tu tío y yo. Le presté el dinero y no hicimos ningún recibo, no hubo nada por escrito. La cuestión es si tú vas a aceptar la deuda.

    Comencé a decir algo, pero él me interrumpió.

    —Deja eso —me ordenó—. Olvídalo por un momento. Ya hablaremos de negocios después. Primero cuéntame algo de ti mismo... —hizo una pausa y, antes de que yo comenzara a hablar, una amplia sonrisa se extendió en su rostro y me ordenó—: Y tómate tu bebida. ¡Es una orden, muchacho!

    Sentí que el hombre comenzaba a simpatizarme; había en él una energía y un cierto encanto que me agradaban. Tal vez me estaba diciendo la verdad. Quizá la amarga disputa entre él, mi padre y mi tío había sido causada por simples transacciones de negocios, únicamente una lucha sin restricciones entre hombres. En verdad, Hallam Sperry tenía una sonrisa agradable y estrechaba la mano con franqueza.

    Sin embargo, no pude menos que notarlo, sus labios sonreían pero sus ojos seguían fríos como el hielo.

    Le relaté mi estancia en la academia; mis relaciones con su hijo, Brand Sperry; el problema que tuve en Italia y cómo me vi forzado a renunciar. Me escuchaba con atención y sin darme cuenta ya le estaba contando lo de los radiogramas que había recibido de Wallace Faulkner y cómo los había respondido; hasta le conté lo del hombre del sombrero rojo, lo del hombrecillo de gris y el gas letino que había matado al camarero en vez de a mí.

    ¿Fue una tontería de mi parte contarle todo aquello? Todavía me lo pregunto sin encontrar respuesta, aunque, después de todo, Hallam Sperry era el propietario del Isla de España y seguramente se enteraría de todo lo que sucedía a bordo.

    Luego descubrí que él sabía más, muchísimo más.

    Cuando terminé mi relato, él dijo, dándole un sorbo a su licor marino:

    —Has tenido mala suerte, muchacho. La cuestión es: ¿qué piensas hacer ahora?
    —No lo sé exactamente, señor —contesté moviendo la cabeza—. Ahora voy a Thetis. Luego veré cómo andan las cosas y ya decidiré lo que haga. Yo...yo no sé mucho de Marinia en realidad.
    —¡Nunca pensé que oiría decir eso a un Eden! —dijo con una sonrisa retumbante—. ¡Cúpula Eden lleva ese nombre en honor de tu familia!
    —Lo sé, señor —respondí muy serio—. Pero, después de todo, yo nunca he estado aquí antes. En realidad, ni siquiera sé lo que estaba haciendo mi tío estos últimos años.

    Me miró con sorpresa.

    —Oh, yo puedo decírtelo —se ofreció—. Yo sé todo lo que sucede en Marinia, no me importa admitirlo. Especialmente lo relacionado con tu tío Stewart —comenzó a contar con los dedos y enumeró—: Primero, la explotación de una mina de platino en las Montañas de la Obscuridad; la trabajó durante un año y la veta se agotó. Después, petróleo; parecía una buena inversión, pero tu tío la liquidó. Necesitaba capital. ¿Para qué? Para Minas Marinas, Sociedad Limitada. Invirtió en esa compañía hasta el último níquel que tenía o que pudo conseguir prestado y, finalmente, la compañía se hundió y él mismo se hundió con ella. No quise ofenderte, muchacho. Tú sabes, Stewart siempre fue un temerario —dijo finalmente, como disculpándose.
    —No se preocupe —respondí.
    —Volvamos a la cuestión más importante —continuó—. Le presté dinero a tu tío durante estos dos últimos años. Él me debe una fuerte suma...; más de medio millón de dólares. ¿Qué piensas hacer acerca de ello?
    —No lo sé, señor —admití lastimeramente—. Esto es lo primero que oigo. Te... tendré que hablar con el señor Faulkner de eso.

    La expresión de Hallam Sperry cambió de un modo curioso. Por primera vez, su rostro estaba en reposo, pero ahora eran sus ojos los que me sonreían con una débil, sardónica y alarmante sonrisa. Todo lo que dijo fue lo siguiente:

    —Tómate tu tiempo, muchacho.

    Tocó un timbre para llamar a un camarero y le ordenó que trajera café.

    —Ya va a ser hora de irse a dormir —dijo—. Te dejaré ir en un par de minutos. ¿Hay alguna cosa que quieras saber de mí?
    —Bueno, creo que no, señor —contesté lentamente—. A no ser que usted crea que haya algo que yo deba saber.

    Encogió sus anchos hombros expresivamente.

    —¿Te hablé de la compañía Minas Marinas? —preguntó.
    —Sé algunas cosas de ella por conducto del señor Faulkner.
    —No sabrás mucho, probablemente. Bueno, en realidad no hay mayor cosa que decir. Una de las empresas típicamente descabelladas de tu tío, por supuesto. ¡Querer explotar minas en el Abismo de Eden! No podía acercarse ni a mil brazas del fondo. Ni siquiera con su propia edenita. Traté de decírselo, pero era imposible convencerlo de obrar cuerdamente.
    —Eso mismo pensaban los matemáticos —dije con tanta mordacidad como pude— cuando mi tío Stewart anunció por primera vez su proceso de aplicación de la edenita. Los matemáticos se apresuraron a decir que era imposible. Probaron concluyentemente con hechos y cifras que era ridículo imaginar que una armadura blindada pudiera ser construida de modo que su campo de fuerza hiciera que el agua trabajara contra sí misma, es decir, que su propia presión trabajara contra ella para evitar que llegara a lo que estuviera encerrado dentro de esa armadura. No fue hasta que mi tío Stewart logró poner en operación su primer blindaje de edenita que los matemáticos abandonaron inmediatamente la oposición.
    —Ganaste un buen tanto, muchacho —admitió Sperry, sonriendo—. Yo también pensaba algo por el estilo. Comoquiera que fuere, él siguió adelante. Abrió una oficina en las afueras de Cúpula Siete, bastante apartada del territorio minero y muy cerca del Abismo de Eden. Tenía a un hombre trabajando allí con él, un individuo llamado Westervelt, me parece. No sé dónde se encuentra él ahora. Desapareció después de la muerte de tu tío. Lo último que supe de él es que estaba escondido en el Reino de Kelly porque tenía algún problema con la ley. Eso es todo lo que hay que contar, muchacho. No puedo referirme a nada que haya logrado Minas Marinas alguna vez, porque en realidad jamás logró ningún éxito. Es una compañía de papel y su activo es de papel también.
    —Papel o no papel —repliqué, tratando de dominar mi mal genio—, el activo de esa compañía valía ciento sesenta y cuatro mil dólares para alguien.
    —¿Para quién?
    —¡No lo sé! —admití—. Es un cliente del señor Faulkner.
    —Por supuesto que no lo sabes —rugió—. Te lo voy a decir si quieres. Fui yo. Ofrecí ciento sesenta mil dólares y tú rechazaste la oferta. Bueno..., tal vez me hayas hecho un favor. Por supuesto que no vale ese dinero.
    —Pero..., ¿cómo? —lo miré asombrado.

    Soltó una estrepitosa carcajada.

    —Pero. . ., ¿cómo? —me remedó—. Muchacho, ¡todavía eres demasiado inexperto para ir a Marinia! Lo digo sin ánimo de ofenderte, por supuesto. Te diré por qué: tienes un socio en la compañía, ¿sabes?
    —Bueno, sí. Pero. . .
    —Pero nada. Tu socio soy yo. Yo puse dinero y compré el veinte por ciento de las acciones. Se suponía que el resto lo recibiría de las utilidades. ¿Cuáles utilidades? Ninguna, claro. Pero podía darme el lujo de correr el riesgo y lo corrí. Perdí, pero si puedo obtener la propiedad absoluta de las Minas Marinas, tal vez pueda hacer algo con ellas. Tengo cierta influencia en Marinia, tú lo sabes. Quizá podría obtener una prórroga del plazo de la reclamación por otros dos años. Tal vez surja algo mientras tanto. Sigue siendo un juego arriesgado y las apuestas no estarían niveladas mientras yo siguiera siendo un accionista minoritario. ¿Comprendes ahora?

    No lo entendí, pero yo era demasiado terco, demasiado joven para admitirlo, y contesté incómodo:

    —Se. . . será mejor que yo hable con el señor Faulkner. No es que dude de nada de lo que usted me ha dicho, claro, pero...
    —Pero. . ., pero. . . —me remedó nuevamente. Todavía sonreía con aquella sonrisa fría y en cierto modo inquietante.

    Su actitud cambió de pronto: Colocó de golpe y porrazo su taza de café sobre el plato y gruñó:

    —Basta. Es hora de irse a la cama. Ve a tu cuarto, muchacho. Ve a dormir un poco.

    Tocó el timbre para llamar al camarero. Hallam Sperry no se levantó. Cuando yo iba saliendo, dijo:

    —Consúltalo con la almohada, muchacho. Toma una decisión. Quieres pagar las deudas de tu tío, o pagar lo más que puedas, ¿o no? Si aceptas mi oferta, olvidaré el resto. No puedo obligarte a hacerlo. Se trata de un negocio entre caballeros. Toma tu decisión.

    Me volví, furioso, pero Sperry ya me había despedido. Sin darse prisa se levantó, caminó pesadamente hasta una puerta del lado opuesto y penetró en otra de sus habitaciones. El camarero, cortés pero firmemente, cerró la puerta.


    CAPÍTULO 12
    En la Cúpula de Thetis


    POR FIN llegamos a Thetis. El Isla de España surgió de la obscuridad que lo rodeaba, a un extenso valle de arcilla azul ligeramente iluminado. Anclamos en la acostumbrada plataforma plana.

    Al oeste de nosotros estaba Thetis. Su cúpula resplandecía débilmente y se combaba hacia lo alto, penetrando en las oscurísimas aguas. Al este y al norte se alzaban unas escarpadas montañas negras. Al sur había un abismo en cuyo borde se encontraba un valle fosforescente, cubierto por una fantástica maraña de algas marinas que parecían viñedos, y por espesas enramadas que se erguían hacia arriba, como los árboles en la tierra. Parecían viñedos y árboles, pero, como lo iba yo a descubrir más tarde, no lo eran. En realidad no crece ninguna vegetación tan abajo de la superficie del mar: todos los delicados capullos y las viscosas enramadas eran animales, no plantas.

    Desembarqué del Isla de España, comprobé mi equipaje y me encaminé directamente hacia la oficina de Faulkner.

    Tenía bien grabada en mi mente la dirección: 0-17, S-469, Nivel 9. La había visto en los largos sobres azules en los que mi tío me enviaba los cheques.

    Del ascensor salí a la enorme sala de espera que había debajo de los muelles y que había sido excavada en la roca viva, por el interior del lecho del océano.

    Brillaba a la luz troyón violeta y fría. Estaba atestada con los pasajeros del Isla de España, los empleados de la aduana y cientos de personas más. Parecía increíble estar en aquella gigantesca cámara teniendo seis kilómetros y medio de agua sobre nuestras cabezas.

    ¡Pero era cierto! ¡Me encontraba en Marinia!

    Descubrí una banda transportadora para pasajeros que se movía en la dirección a la que yo me dirigía y subí en ella. Rápidamente fui conducido, bajando por un largo túnel. Encontré la línea de ascensores que andaba buscando y en pocos minutos me hallaba en el nivel 9.

    Salí del ascensor y me encontré en una calle muy ancha.

    Estaba iluminada con luz troyón color violeta y una multitud de marinianos se movía apresurada en ella. Era el primer vistazo que yo daba a la vida de una ciudad de Marinia, y, verdaderamente, quedé poco menos que desencantado. La gente parecía sucia y mal vestida. Vi a varios policías con uniformes escarlata que caminaban entre la multitud. La gente hablaba en voz alta y con vulgaridad. Los edificios, que se elevaban unos quince metros sosteniendo el siguiente nivel superior, estaban más sucios de lo que yo había imaginado.

    Por supuesto, Marinia en sí no era culpable de aquello. Aun entonces, antes de que yo hubiera visto ninguno de los amplios y hermosos niveles residenciales, o las multitudes que se arremolinaban en la sección administrativa, comprendí que aquello no podía ser típico. El nivel 9 era la tierra de nadie, situado entre los niveles de las fábricas y los astilleros que quedaban debajo, y los niveles de las oficinas y las residencias que había arriba. Este nivel tenía las peores características de sus vecinos de abajo y de arriba.

    Me pareció que la oficina de Faulkner estaba situada en una vecindad nada agradable.

    Sin embargo, Faulkner era el abogado de mi tío. Detuve a un policía vestido de rojo y le pedí me indicara dónde quedaba la dirección 0-17, S-149.

    Resultó ser la puerta de un sucio edificio de oficinas detrás de la cual había un largo tramo de escaleras que conducían arriba.

    Al final de la escalera, entré en un cuarto obscuro de techo bajo que olía a polvo y a aire viciado. Bajo un único tubo de troyón, todo el mobiliario que había eran dos sillas y un maltratado escritorio.

    Un hombre corpulento estaba reclinado hacia atrás en una silla. Tenía los pies subidos sobre el escritorio y las nudosas manos entrelazadas por atrás de su cabeza despeinada. Tenía la boca abierta y le colgaba la quijada, dejando ver los amarillos dientes. Su rostro, moreno y picado de viruelas, estaba cubierto de cicatrices.

    Roncaba con fuerza.

    Tosí y dije:

    —Buenas tardes.

    El hombre de la silla dejó oír un bufido, bajó los pies al suelo y se me quedó mirando, parpadeando.

    —¿Eh? —dijo con voz espesa. Entonces, sus ojos se aclararon y me miró con más comprensión—. ¿Qué quiere? —preguntó con hosquedad.
    —Quisiera ver al señor Wallace Faulkner —le dije.
    —No está —respondió el gigantón, moviendo la cabeza.
    —¿Cuándo cree que venga?
    —No sé. No regresará hoy.

    Titubeé. No podría hacer nada hasta que viera a Faulkner. Y me urgía preguntarle acerca de lo que Hallam Sperry me había dicho en el Isla de España.

    —Necesito verlo con urgencia —repuse—. ¿Dónde puedo encontrarlo en este momento?

    El hombretón me miró con el ceño fruncido.

    —Venga mañana —dijo—. ¿Quién es usted?
    —James Eden —le respondí.

    Me pareció que los ojos del hombre se dilataban un poco, pero todo lo que contestó fue:

    —Se lo diré.

    Ya iba a marcharme. Todo aquello me estaba comenzando a disgustar: el hombre, la sucia y miserable oficina y la impresión que tenía de Faulkner, a través de sus cartas y sus radiogramas.

    Pero tenía que enfrentarme al asunto tarde o temprano e hice otro intento.

    —Mire, debo ver al señor Faulkner. ¿No hay modo de que yo pueda localizarlo hoy?
    —Ya le dije que no —refunfuñó el gigantón—. Venga mañana. A primera hora de la mañana. ¿Entendió?

    No me quedaba otra cosa que hacer que marcharme, especialmente cuando vi que volvía a subir de golpe los pies sobre el escritorio y que se inclinaba hacia atrás, preparándose a continuar su interrumpido sueño.

    Salí de la oficina y comencé a bajar la escalera.

    Iba a la mitad de ella, cuando me detuve. Me pareció oír que el hombretón decía mi nombre en voz alta.

    Permanecí allí un momento, escuchando. Lo volví a oír claramente, no como si me estuviera llamando, sino que parecía que el hombre se lo estaba diciendo a otra persona. Lo oí con la claridad suficiente como para estar seguro de que no me había equivocado, después hubo una pausa y el murmullo de otras palabras.

    Volví a subir.

    Cuando llegué a la puerta, oí un último murmullo.

    —. . .sí. Eden. Está bien... Nos veremos en la mañana.

    Luego oí el sonido de un teléfono al ser colgado de golpe en su base. Esperé, pero ya no se volvió a oír ningún ruido. Después de un momento, comencé a escuchar la respiración acompasada del hombre.

    Se había dormido, pero primero le había telefoneado a alguien para informarle acerca de mí.

    No, aquello no me gustaba nada.

    Sin embargo, me dije, las cosas podrían estar peor.

    Si no podía ver a Faulkner hasta la mañana siguiente, eso significaba que yo tenía casi todo el día para pasarlo como quisiera. Podría, por ejemplo, dar una vuelta por Thetis y ver todas las maravillas de la capital de Marinia con mis propios ojos.

    Mi decaído ánimo comenzó a levantarse. Detuve a un policía submarino vestido de rojo y le pedí que me recomendara un hotel. Mencionó varios y me dijo cómo podría llegar a ellos y dónde encontraría un teléfono para reservar un cuarto.

    El teléfono estaba en un establecimiento donde se expendían bebidas. Los parroquianos parecían ser en su mayoría la misma clase de personas rudas que se abrían paso a empujones por las calles. Bueno. . ., pero yo no tendría que beber con ellos, después de todo. Encontré el teléfono, le eché una moneda y llamé al primero de los hoteles que me había sugerido el policía.

    El encargado que me contestó era enérgico, pero cortés. Tenían un cuarto y me lo reservarían. Me esperarían en una hora, tan pronto como yo fuera a recoger mis maletas.

    Las cosas parecen estar mejorando, pensé cuando colgué la bocina. Luego me dirigí a la calle. Podría sacar mis maletas sin problemas. Los empleados de la aduana ya habrían tenido tiempo de examinarlas.

    Después, tendría el resto del día para hacer lo que yo quisiera.

    Cuando me dirigía hacia la puerta, un hombre alto y delgado se apartó de la barra adelante de mí. Me detuve, pero no con la rapidez suficiente; tropecé ligeramente con él y unas cuantas gotas se derramaron de su bebida.

    —¡A ver si te fijas, tú! —gruñó volviéndose a mirarme.
    —Lo siento —contesté, y esperé a que se apartara a un lado, pero no lo hizo. Con mucho cuidado, colocó su bebida en el mostrador de la barra y se acercó más hacia mí.
    —¿Te crees que eres el dueño del lugar? —preguntó—. Andas buscando camorra, ¿verdad?

    Aquello no parecía muy razonable, pero todo indicaba que él estaba buscando pelea. No tengo miedo a pelear cuando es necesario; en la academia acostumbrábamos tener encuentros de boxeo y algunas veces no lo hacíamos únicamente por hacer ejercicio, sino para dirimir diferencias de opiniones. Aunque el hombre era unos centímetros más alto que yo y me sobrepasaba en peso, no le tenía miedo.

    Sin embargo, un pleito de taberna no era la idea que me había formado de cómo pasar mejor mi primer día en Thetis, y le dije:

    —Perdone, no fue mi intención atropellarlo. ¿Quiere hacerme el favor de permitirme pasar?

    Él pareció tomar mis palabras como un insulto.

    —¿Permitirte pasar? —preguntó—. Seguro, te voy a dejar pasar. Ustedes los novatos creen que pueden atropellarnos sin más ni más, ¿no es cierto? ¡Bueno, están muy equivocados!

    El hombre estaba tan cerca de mí que me podía tocar. Podía sentir el aire caliente de su respiración en mi rostro cuando me hablaba. Aquello terminaría en una pelea, no había duda. Me aparté un poco hacia atrás para tener espacio...

    Entonces una voz gruesa preguntó:

    —¿Qué pasa, Kelly? ¿El muchacho te está amenazando?

    Era el policía submarino. Estaba parado en el umbral de la puerta, alto y cuadrado, en su uniforme escarlata. El tono de su voz estaba cargado de humorismo, pero no había nada tranquilizador en la forma como miraba al hombre delgado.

    Éste hizo un rápido examen de la situación y gruñó:

    —Ah, ustedes los polizontes siempre me andan molestando. ¿Por qué se meten en lo que no les importa?

    Los ojos del policía brillaron peligrosamente, pero todo lo que dijo fue:

    —Está bien, hijo. Si vas a salir de aquí, vamos —me dijo.

    Pasé junto a Kelly sin mirarlo y el policía cerró la puerta detrás de nosotros.

    —Pensé que tal vez tendrías problemas allí —explicó—. Tan pronto como te mandé allí adentro a hablar por teléfono, me dije: “Shaughnessy, un muchacho como ese no debe estar en un lugar como la taberna de Mamá, La Vaca Marina.” Así que me asomé por lo que pudiera suceder.
    —Gracias, oficial —le respondí—. Aunque creo que no habría habido ningún problema.

    Me miró interrogadoramente.

    —¿Eres nuevo por aquí? ¿Eh? —preguntó. Luego añadió—: Bueno, no importa. Que te vaya bien —y se quedó parado observándome mientras yo me dirigía hacia la hilera de ascensores.

    Me tomó únicamente unos minutos reclamar mi equipaje. Cargado con él, estudié la calle y los rótulos que indicaban los niveles, tratando de encontrar cuál sería el mejor camino para llegar al hotel.

    Lo mejor hubiera sido preguntarle a alguien, pero siempre me había disgustado parecer ignorante. He desperdiciado muchas horas en mi vida vagando en alguna ciudad extraña, tratando tercamente de encontrar una dirección por mí mismo, mientras cualquier peatón podría haberme indicado el camino en cuestión de segundos.

    Después de devanarme los sesos, llegué a la conclusión de que la forma más fácil de llegar era atravesar un estrecho pasaje que conectaba con otra hilen de ascensores expresos. Ellos me llevarían rápidamente y sin paradas hasta el nivel 18, donde estaba ubicado el hotel.

    Eché a andar, tambaleándome por el peso de las maletas. El pasaje atravesaba un callejón entre unos almacenes. Ya era media mañana, pero habría poca gente por allí. Supuse que, al igual que en las ciudades de la superficie de la tierra, los almacenes y los mercados tendrían sus horas de mayor actividad antes del amanecer, cuando se están preparando para las operaciones comerciales del día. Por supuesto que, bajo seis kilómetros de mar, la hora del día no tiene mucha importancia. La luz siempre es el mismo alumbrado violáceo de los tubos de troyón, aunque me pareció que aquéllos alumbraban más débilmente que la mayoría. Las fachadas de los almacenes proyectaban sombras extrañas; algunas de ellas casi parecían figuras humanas que estuvieran escondidas acechándome.

    Algunas de ellas lo eran.

    Lo vine a saber para desgracia mía. Posé las maletas en el suelo, en el lugar en que otro callejón cruzaba en el que yo estaba atravesando. Me sentí indeciso acerca de si debía dar vuelta a la izquierda o a la derecha. Oí pasos detrás de mí. No me pareció que ello tuviera importancia hasta que, de pronto, los pasos se acercaron y se hicieron más rápidos, como si un asaltante se echara encima de su víctima. Me volví más con curiosidad que con alarma.

    Fue demasiado tarde. Algo duro y largo venía zumbando entre las sombras violáceas y me golpeó en la sien. Fue lo último que vi por un buen rato.

    Desperté.

    Estaba tendido sobre el suelo metálico, frío y liso de un cuarto sumido en la más completa obscuridad.

    Tenía amarrados los tobillos y tinas cuerdas me rodeaban la cintura. Mis muñecas estaban atadas a los costados. Los nudos, muy apretados, me interrumpían la circulación, y mis manos y piernas estaban insensibles.

    No podía ver, sentir ni oír nada. Lo único que podía percibir del cuarto era el olor y éste era una preocupación para mí. El cuarto olía a aire viciado y a moho. Como si fuera una bodega húmeda bajo el piso. ¿En qué lugar de Thetis podía estar ese cuarto?

    Como no podía adivinarlo, lo dejé en paz. Luché inútilmente durante un rato. Luego permanecí tendido tratando de hacer un examen de la situación con toda la frialdad y desapasionamiento que nos habían enseñado los instructores en la academia. Recordaba las lecciones: “El pánico es vuestro peor enemigo. No importa lo difícil que sea la situación, el dejarse llevar por él la empeorará.”

    Aquello había parecido tan lógico y tan sensato, ¡allá, a la luz del cálido sol del Caribe!

    Pero no nos habían dicho qué era lo que teníamos que hacer exactamente, cuando fuéramos atados por uno o más desconocidos y nos dejaran tendidos en lo que parecía una bodega subterránea de una ciudad submarina. Todo aquello me parecía ridículo. En primer lugar, ¿por qué iba alguien a atacarme? Yo no le había causado daño a nadie. . .

    Sin embargo, la pregunta qué importaba; en aquel momento no era “por qué”, sino “cómo”. ¿Cómo salir de aquello? Parecía haber poco que hacer en cuanto a eso. Apenas si podía mover cualquier músculo. Quienquiera que me hubiera amarrado, seguramente había tomado lecciones con algún maestro en el arte.

    No obstante..., descubrí que podía mover un brazo ligeramente. Si encontraba alguna cosa contra la cual frotar las cuerdas, me quedaba todavía la posibilidad de deshilacharlas y romperlas. El buscar a tientas alguna saliente cortante en el piso era como tratar de reconocer la denominación de una moneda con las manos enfundadas en unos guantes de boxeo. Mis dedos entumecidos estaban casi insensibles al tacto, pero persistí en mi intento, aunque infructuosamente. El piso era plano y desnudo.

    No podía alcanzar ninguna de las ataduras, por mucho que me esforzaba.

    Creo que me dejé llevar por la desesperación por un momento. Tal vez eso me ayudó, no lo sé, pero me retorcí violentamente de espaldas al piso...

    Y sentí que las cuerdas que me rodeaban la cintura se corrían un poco, muy poco.

    No se estaban soltando, eso hubiera sido esperar demasiado, pero se corrieron un par de centímetros alrededor de mi cintura y ahora mi mano derecha estaba un poco hacia mi espalda y la izquierda un poco hacia el frente. Volví a dar un tirón a la cuerda y ésta se corrió una fracción más de centímetro.

    Debo de haber tardado media hora para lograrlo, pero, al fin, mi mano izquierda alcanzaba a tocar la hebilla de mi cinturón. Di gracias a los Kelpies, los duendes marinos que protegen a los submarinos, por llevar todavía puesto mi cinturón de la academia, con sus anclas cruzadas sobresaliendo en relieve de la hebilla.

    No me infundía muchas esperanzas, pero era lo mejor que tenía. Apreté las cuerdas que me ataban la muñeca contra la hebilla, hacia adelante y hacia atrás..., hacia adelante y hacia atrás. Seguí haciéndolo hasta que creí que los músculos de mi brazo se me harían un nudo y me daría un calambre...; descansé y persistí luego en mi intento.

    Empecé a tener la esperanza de que, si me daban tiempo, tal vez lograría soltarme.

    Pero se me acabó el tiempo.

    Oí de pronto un ligero chasquido detrás de mí. Una débil luz penetró en la habitación. Sólo podía ver lo que estaba directamente frente a mis ojos: unas paredes lisas de metal, que brillaban con una delgada capa de humedad: nada más, pero alguien había abierto una puerta detrás de mí.

    Me quedé completamente inmóvil.

    Oí el sonido suave de unos pasos. Hubo una pausa, y los pasos se alejaron.

    Volvió a oírse un débil chasquido cuando la puerta se cerró y otra vez quedé sumido en la obscuridad.

    Alguien había entrado en el cuarto, me había echado un vistazo y se había ido de nuevo.

    ¿Qué significaba aquello? No podía adivinarlo. Lo único que podía imaginarme era que alguien deseaba saber si yo había recobrado el conocimiento o no. Tuve la esperanza de haberlo engañado.

    Continué frotando las cuerdas, pero sólo por un momento. La puerta volvió a abrirse, y ahora los pasos no eran suaves.

    Había varios hombres detrás de mí. Venían hablando entre ellos cuando entraron. No intentaron ocultar lo que decían, ni parecía que estuvieran fingiendo sus voces; aparentemente no les interesaba que estuviera vivo o no. Aquello sólo podía significar una cosa: a ellos no les importaba que los reconociera; sabían que me quedaban pocas horas de vida.

    —Seguramente está despierto —dijo uno de los hombres agresivamente—. Vamos, Jack... Dale una patada a ver si es cierto.

    El hombre lo hizo. Me golpeó con el pie en el omóplato izquierdo. De casualidad no me rompió ningún hueso, pero nunca me habían golpeado tan fuerte en mi vida. El impacto me hizo dar vuelta sobre el piso, tendido como estaba, y quedé recostado sobre el otro lado, de cara a los hombres.

    El que me golpeó era un hombre gordo con cara de sapo. Nunca antes lo había visto. Uno de los otros también me era desconocido, pero reconocí al tercero.

    Se llamaba Kelly. Había tratado de buscarme camorra en la taberna del nivel 9.

    —¿Por qué hacen esto? —dije ofuscado por el dolor—. ¿Qué es lo que...?
    —¡Cállate! —interrumpió Kelly con desprecio—. Si vuelve a abrir la boca, Jack, húndele los dientes de una patada. Vamos, levántenlo.

    El hombre se apartó hacia atrás, mirando sin expresión en la cara cómo Jack y el otro me levantaban, tomándome por los pies y la cabeza. Me sacaron del cuarto y me llevaron por un corto pasillo débilmente alumbrado.

    —Kelly, no me gusta esto —dijo el hombre que me llevaba por los pies—. ¿Qué pasará si los polizontes submarinos andan por ahí?
    —¿Qué pasará si la Luna se nos cae encima? —respondió con sarcasmo—. No te pagan por pensar. Jack exploró los alrededores y dijo que no había ningún jeep patrullando en todo el nivel.
    —Correcto —gruñó Jack.

    Se veía que era hombre de pocas palabras. Abrí la boca para decir algo, pero el repentino brillo de interés que vi en sus ojos me detuvo. Me llevaron cargando unos metros, sacudiéndome de un lado al otro y luego me dejaron en el suelo.

    —Está bien —dijo Kelly—. Lárguense, muchachos; ya no los necesitaré.

    Los otros dos se fueron a toda prisa. Kelly se acercó y se agachó a mi lado. Buscó en el piso algo que estaba fuera del alcance de mi vista. Oí un pesado sonido metálico.

    —Hasta la vista —me dijo sonriendo.

    Una ráfaga de aire frío se elevó junto a mí en el momento en que levantó un pie para empujarme. Comprendí lo que había hecho. Había abierto una trampa. ¡Debajo de ella estaban los túneles del drenaje de Thetis!

    Cuando vi venir su pie, hice un esfuerzo desesperado y sentí que la cuerda que ataba mi muñeca izquierda se rompía. Era, sin embargo, demasiado tarde; me golpeó en el costado y me empujó sobre la orilla metálica. Me retorcí en el aire y logré asirme al borde, pero una mano entumecida no fue suficiente para sostenerme.

    Me precipité en una fuerte corriente de agua helada. La impresión que recibí al golpear contra ella me dejó paralizado por un momento. Me hundí profundamente antes de que, de algún modo, comenzara a luchar con una mano para volver a subir.

    Sin saber cómo, subí a la superficie y me las arreglé para mantenerme a flote, tosiendo, sintiéndome sofocado, jadeando para hacer llegar el aire húmedo y frío a mis pulmones. La corriente me arrastraba a lo largo de un gigantesco conducto metálico, a una velocidad de varios nudos. Me sentía tan indefenso como podría sentirse una medusa llevada por la marea.

    Estuve a punto de darme por vencido, pero algo no me permitía rendirme. Tal vez era la voz de mi instructor de la academia que decía: “El pánico es el peor ene migo.” Quizá era una voz aún más autoritaria. Lo cierto es que algo me mantuvo pateando y luchando, no obstante que lo más que podía esperar era mantenerme vivo hasta que llegara a las bombas expulsoras... Y en los pistones de las bombas, movidos por una fuerza tremenda que bombeaba el agua del drenaje hacia el mar, rompiendo una presión de muchas atmósferas, la lucha terminaría seguramente.

    Pero continué luchando.

    Vi una luz.

    Sólo era un débil resplandor, pero era una luz. La vi, muy lejos, a través de un velo de agua salada. Parpadeé y volví a mirar. Estaba más cerca. Era un débil parpadeo sobre una especie de saliente, a un lado de la rápida corriente.

    Era una luz troyón portátil y junto a ella estaba parado un hombre que miraba al agua.

    Traté de llamarlo, pero sólo logré balbucir algo. Tal vez me oyó o tal vez fue por suerte que él miró hacia donde iba yo luchando, pero lo oí gritar algo ininteligible y logré tomar... liento para responderle, entre toses.

    Actuó con la velocidad de un rayo. En el preciso momento en que pasaba debajo de él, estiró hacia mí lo que parecía ser una pértiga.

    Algo agudo que me causó un fuerte dolor se enganchó en mi hombro. Sentí cómo se desgarraba la piel cuando el bichero se deslizó por la parte superior de mi brazo y por mi espalda. La tela de mi chaqueta se rasgó, resistió un tanto y volvió a rasgarse...; finalmente resistió.

    Me arrastró, diciendo algo débilmente, hasta el borde donde se encontraba, y me ayudó a subir.

    Me aplasté sin aliento contra la pared y él me sonrió.

    —Muchacho —me dijo—, ¡debes de haber tenido muchas ganas de nadar!


    CAPITULO 13
    El Ermitaño del Reino de Kelly


    —GRACIAS —LE DIJE.

    En realidad, me había salvado la vida a riesgo de la suya, ya que si él hubiera resbalado y caído en la furiosa corriente, ambos habríamos muerto. Todo lo que pude decirle fue: “Gracias.”

    —De nada —contestó sin mucha ceremonia.

    Se me quedó mirando escrutadoramente, examinándome de pies a cabeza. Yo hice lo mismo con él. Era un negro alto y fornido, de piel obscura como la de un Gullah. Me miraba con ojos amistosos, y cuando vio las cuerdas que me ataban, comentó:

    —Mmm. Tal vez no estabas nadando por divertirte, después de todo.

    Metió una mano en lo más profundo del bolsillo trasero de su pantalón y sacó una navaja.

    El dolor que sentí en los dedos de mis manos y mis pies cuando cortó las cuerdas v me volvió la circulación, fue peor que todo lo que había pasado. ¡Nunca creí que alguna vez iba yo a sentir dolor con agradecimiento! ¡Pero cuando menos, aquello me hacía comprender que había tenido suerte! ¡Estaba vivo!

    —Gracias —repetí—: me salvaste la vida. Espero poder pagarte el favor algún día.
    —Francamente —respondió riéndose a medias—, yo espero con toda mi alma que nunca lo tengas que hacer, compañero. No siento muchas ganas de verme precisado a necesitar esa clase de favor. Vamos, déjame ayudarte a levantarte.

    Caminé cojeando y apoyándome en él algunos metros a lo largo del borde, hacia donde estaba la luz troyón. Era un tubo pequeño, que parpadeaba con una fuerza muy disminuida, como si se le estuviera agotando el gas luminoso; pero aquella luz era bien venida para mí y miré al contorno ayudado por su débil resplandor.

    Había un nicho en el borde. En el interior del nicho, apenas lo suficientemente alto para no tocar el techo con mi cabeza y lo bastante ancho para que cupiera un hombre acostado, había algunas mantas rasgadas, una tosca plataforma de tablas que parecía servir como una cama y algunas cajas de embalar.

    —Bien venido a mi casa —indicó el hombre—. Mi nombre es Park. Gideon Park. El lugar no es muy elegante, pero eres bien venido y puedes disponer de él a tu antojo.
    —Señor Park —contesté agradecido—, nunca he visto un lugar que me haya gustado tanto como éste.
    —Me lo imagino —dijo sonriendo—. Llámame Gideon, si no te importa. Es un nombre que me gusta. Por eso lo inventé. Mis padres me bautizaron con el nombre de Walter, pero creo que a ellos ya se les habían agotado los nombres después de tener once hijos. A menos que prefieras olvidar todo el asunto, tal vez querrías satisfacer mi curiosidad. ¿Quién te amarró así?
    —Yo mismo quisiera saberlo, señor… quiero decir, Gideon —le respondí meneando la cabeza—. Todo lo que sé de ellos es que uno se llama Kelly y el otro Jack. Me quitaron todo lo que traía en los bolsillos, lo que me hace suponer que eso era lo que querían. ¿Por qué me escogieron? Creo que eso es algo que nunca sabré.
    —Hay muchos Kelly por aquí —dijo Gideon sombríamente y frunciendo el ceño—. ¿No sería éste un tipo alto y delgado y que tiene un carácter muy violento?
    —Así es exactamente. ¿Lo conoces?
    —Siento decir que sí —asintió—. Sin embargo, esa es una larga historia, pero puedes considerarte muy afortunado en estar aún con vida.

    Cavilé sobre aquello. Empezaba a tener las esperanzas de que podría volver a emplear los dedos de mis manos y de mis pies. Traté de pararme. Me sentía tan inestable como una medusa a merced de la resaca, pero logré ponerme de pie. Flexioné los músculos de mis piernas y también los dedos. Sabía que iba a sentir dolor por un buen rato, pero, al parecer, no tenía ningún hueso roto.

    Estaba, por supuesto, completamente empapado y escurriendo agua. Gideon y yo nos percatamos de ello al mismo tiempo y él dijo:

    —Quítate esas ropas, muchacho; encenderé un pequeño fuego. Ya que no te ahogaste, vamos a evitar que te dé una pulmonía.

    Rompió luego algunas tablas sueltas, las apiló sobre un periódico viejo y arrugado, como si estuviera formando una casita, y las encendió. Ardieron produciendo mucho humo a causa de la humedad del aire, pero, después de un momento, el fuego mismo secó la humedad de su combustible y se levantaron las llamas. Gideon colgó mis ropas cerca de la lumbre; yo me acerqué al calor de la fogata y él comenzó a sacar varios utensilios.

    —Puesto que tenemos fuego, bien podríamos tomar una taza de té. A ambos nos caerá bien —dijo, y puso a hervir agua.

    Luego, se sentó en cuclillas y parecía sentirse muy cómodo. Debió haber notado la curiosidad en mis ojos, porque rio entre dientes.

    —Te estás preguntando adonde habrás venido a parar, ¿no es cierto? —me preguntó—. Supongo que mi viejo hogar ha de parecerte bastante extraño.
    —La verdad —contesté— es que siento un poco de curiosidad.
    —Esta es mi forma de ganarme la vida —explicó Gideon, y añadió con desenvoltura—: Por el drenaje viene toda clase de cosas. Tú sabes que Thetis está a una gran profundidad. La presión es tremenda. El agua se filtra a través de la roca misma. De modo que tienen que estar bombeando continuamente, y como de todos modos tienen que bombear el agua hacia afuera, aprovechan los drenajes para deshacerse de toda clase de objetos. Algunos no valen la pena; otros son simplemente curiosidades, como tú, por ejemplo —en ese momento sonrió—; pero de vez en cuando pasa alguna cosa que puedo vender. De modo que la pesco y la saco a un lado, y cuando junto objetos suficientes como para que valga la pena echar el viaje, subo a los niveles habitados y me dedico al comercio. Generalmente obtengo dinero suficiente para surtirme de comida, té y demás artículos necesarios... luego, regreso a casa, al Reino de Kelly.
    —¿El Reino de Kelly? —repetí—. ¿Tiene alguna relación el nombre con el Kelly de quien estábamos hablando?
    —Comenzaron a llamar a los subniveles con el nombre de El Reino de Kelly hace unos treinta años —respondió Gideon encogiéndose de hombros—. El Kelly que tú conoces probablemente no había nacido todavía. Creo que él adoptó ese nombre tomándolo del lugar, en vez de haber sido lo contrario. Después de todo, los nombres son algo que le importa únicamente a quien los lleva. Yo escogí el mío y, por ejemplo, tú tendrás un nombre, sin duda, pero como has preferido no mencionarlo, no me atrevo a incomodarte pre...
    —Oh, lo siento, Gideon —lo interrumpí disculpándome—. Me llamo James Eden.

    La sonrisa desapareció de su rostro instantáneamente.

    —¿Qué? —preguntó cortante.
    —James Eden —dije parpadeando—. Soy... soy sobrino de Stewart Eden...; quizá lo conozcas.

    Se levantó y se me quedó mirando fijamente con rostro inexpresivo.

    —James Eden —repitió, y fue todo lo que dijo por un largo momento.

    Estiró hacia abajo su largo brazo y me tomó por la mano haciéndome levantarme de un tirón. Me puse de pie con cierta agresividad, como si previera una pelea. Era imposible comprender la expresión de su rostro.

    Pero el apretón de su mano sobre la mía era fuerte y caluroso.

    —Jim —me dijo—, trabajé para Stewart durante nueve años y estaría trabajando con él si viviera y quisiera admitirme. Tu tío Stewart me salvó la vida en dos ocasiones, de modo que creo que al salvarte a ti ya pagué parte de mi deuda y todavía sobra una vida por salvarte...

    Aquellas eran las primeras palabras amistosas que me decían desde que dejé a Bob Eskow en Nueva York, hacía ya tanto tiempo. Estuve a punto de ponerme en ridículo, de ridiculizar de paso a la academia que me había expulsado, a mi tío y a todo el servicio submarino, pues poco me faltó para que me echara a llorar.

    El agua estaba hirviendo y mi nuevo amigo preparó té. Mientras saboreábamos los primeros sorbos del vaporizante líquido, él me contó lo que sabía de mi tío Stewart. Gideon mismo había sido un explorador del lecho del océano. Uno de aquellos rudos individuos que se ponen una armadura para las grandes profundidades y exploran caminando trabajosamente entre el fango y el limo del escarpado fondo del mar, bajo kilómetros de presión de agua. Había trabajado en las minas con mi tío Stewart, en las Montañas de la Obscuridad. Había perforado pozos de prueba en busca de petróleo; juntos habían buscado concha de nácar y perlas en los bancos de Kadang. Cuando mi tío vendió todas sus pertenencias para concentrarse en Minas Marinas, Sociedad Limitada, Gideon rechazó otros trabajos y se había ido a vivir al Reino de Kelly, pero siempre listo a regresar con Stewart Eden apenas él lo necesitara.

    Gideon sabía muy poco de la compañía Minas Marinas; le pregunté ansioso, pero no me dijo más acerca de ellas de lo que ya me había dicho Hallam Sperry.

    Antes de la muerte de mi tío, Gideon había estado tratando de preparar algunos planes, pero fracasó. Todo lo que le interesaba hacer estaba fundado en su deseo de trabajar nuevamente con su antiguo jefe. Allí mismo le ofrecí trabajo. No le especifiqué cuáles serían sus deberes y le dije que le pagaría el sueldo que él pensara conveniente y que lo haría hasta donde me alcanzara el dinero. Inmediatamente aceptó y se rio de la idea de que yo le fuera a pagar un salario.

    —Estás hablando igual que tu tío —gruñó—. Le ofrecí trabajar para él sin que me pagara y no me lo permitió. Con tal de que los dos tengamos que comer y no nos veamos en dificultades con la ley, ni nos acusen de vagancia, y ese es todo el salario que quisiera ganar hasta que se arreglen las cosas.

    Yo estaba exhausto y no podía mantenerme despierto. Gideon colocó unas mantas sobre la plataforma y me quedé dormido.

    Al dormirme, sabía perfectamente que, al menos, había encontrado a un amigo y a un compañero. ¡Casi bendije a Kelly por haberme echado por el drenaje!

    Cuando desperté, mi amigo preparó más té y algo de comida. Mis ropas estaban secas, pero sucias. Los compinches de Kelly me habían vaciado los bolsillos, pero pasaron por alto el dinero en efectivo que traía en un compartimiento de la hebilla del cinturón de la academia. Gideon y yo nos fuimos de compras.

    Cuando estuvimos vestidos y listos para nuestro viaje, ya era nuevamente de noche. Las luces de troyón de las ciudades submarinas no indican si es de noche o de día, pero el ser humano necesita dormir y por ello las ciudades conservan, por zonas, los mismos horarios que rigen en el mundo exterior. Pensando en la posibilidad remota de que Faulkner estuviera en su oficina, llamé allá pero nadie respondió el teléfono. Gideon y yo pasamos la noche admirando las maravillas de Thetis. Fue una experiencia agradable y reconfortante. Me sentía en paz con el mundo cuando, finalmente, nos fuimos a dormir, no a la cueva, sino a una casa de huéspedes modesta, limpia y cómoda que él conocía.

    Me sentí en paz con el mundo por un buen rato...

    A la mañana siguiente, fui directamente a la oficina de Faulkner.

    Tomé el inevitable ascensor para subir al nivel 9.

    El repugnante sujeto del día anterior se encontraba despierto esta vez, sentado, leyendo un periódico.

    Cuando me vio, abrió enormemente los ojos con incredulidad y la quijada le quedó colgando. Me miró fijamente sin decir palabra, como si no pudiera creer lo que estaba viendo, y luego se repuso.

    —¡Usted! —farfulló.

    Tenía una expresión asustada, como la de alguien que ha visto un fantasma.

    —Sí, soy yo —le contesté—. ¿Está el señor Faulkner en su oficina?

    Me miró amenazadoramente y frunció el ceño. Obviamente, su cerebro de simio estaba tratando de llegar a una difícil decisión. Gruñó y dijo:

    —Iré a ver.

    Levantó su enorme cuerpo con vigor asombroso, cruzó el cuarto bamboleándose v desapareció por una puerta en la que estaba escrito el nombre de Faulkner. Permanecí de pie esperando por largos minutos. Él regresó y refunfuñó:

    —Pase usted.

    El cuarto al que entré era un poco más grande que el anterior, pero era obscuro y con el techo muy bajo. Las paredes se hallaban cubiertas por hileras de libros antiguos, con los forros de cuero agrietados v raspados. El aire era mohoso y olía rancio v a polvo. Debajo de un único tubo de troyón que emitía una débil luz, estaba sentado Faulkner mirándome fijamente. Era un hombre difícil de describir; no muy alto, ni muy delgado, de rostro ligeramente pálido y un poco arrugado, y de mediana edad. Su traje negro estaba demasiado usado para ser el de un abogado de éxito, y además no estaba muy limpio. Su mirada era dura, detrás de sus lentes de aros gruesos.

    —¿El señor Faulkner? —le pregunté.

    Se sentó muy erguido, con las palmas de las manos apretadas contra la superficie del escritorio.

    —Yo soy —dijo cortante—; y usted alega ser James Eden.
    —Yo soy James Eden —le corregí mirándolo con curiosidad—. Usted me envió varios radiogramas en relación con la herencia de mi tío, señor Faulkner. Le dije que iba a venir aquí a reclamarla. ¿Recibió mi radiograma?
    —Hum —murmuró sin dejar de mirarme con frialdad, y agregó, mirándome de soslayo—: ¿Por qué no acudió a su cita ayer?
    —Porque fui raptado y robado, señor —repuse con cierta irritación—. Siento mucho que eso lo haya incomodado.
    —Hum —murmuró. Su cara de halcón no mostraba sorpresa ni simpatía—. ¿Qué es lo que quiere?
    —Bueno..., pues..., como le escribí: deseo tomar posesión de la herencia de mi tío.
    —¡De veras! —gritó de un modo desagradable—. ¿Y quiere decirme quién es su tío?

    Me le quedé mirando sin poder creer lo que había oído.

    —Mi tío Stewart Eden —dije un poco confundido—. ¡Usted lo conoce, señor Faulkner!
    —Lo conocía. Stewart Eden ha muerto, jovencito —contestó el abogado, y luego continuó—: Antes que nada, quisiera ver algún documento que lo identifique a usted.
    —Ya se lo dije, señor Faulkner —respondí acalorado—. ¡Me robaron! Me quitaron todos mis papeles de identificación.

    Me miró con escepticismo y gruñó:

    —¡Hum!
    —Pero eso es lo que sucedió en la realidad —insistí—. Yo...
    —¡Ya basta, jovencito! —me interrumpió, levantando la mano y hablando con acento cortante—. No tiene caso alguno que continuemos con esto. Como abogado, permítame que le explique algunos puntos de la ley. La impostura con propósitos de ganancias ilícitas, haciéndose pasar por heredero, es un delito muy serio. Le aconsejo que abandone eso.
    —¿Qué? —pregunté asombrado.
    —Creo que me entendió muy bien. Usted no es James Eden. No sé quién es, pero estoy bien seguro de que no es él.
    —Escuche, señor —dije alzando la voz—. ¡Está usted cometiendo un error! ¡Yo soy James Eden!
    —¡Y yo digo que usted no lo es! —me gritó—. ¡He conocido al señor James Eden, aquí mismo, en esta oficina! ¡Usted no se parece más a él de lo que se parece a mí!
    —¿Quéeee? —pregunté con la boca muy abierta.
    —¡Es usted un impostor! —exclamó furioso—. ¡Salga de mi oficina! Inmediatamente. ¡Y agradézcame que no lo entregue a la policía!
    —Oiga, señor Faulkner —estallé—, esto es ridículo. Claro que yo soy James Eden. ¡Puedo probarlo!
    —¡Hágalo! —dijo explosivamente.
    —Bueno —admití después de un titubeo—, eso tomará un poco de tiempo. Tendré que ordenar que me envíen mis documentos desde los Estados Unidos...
    —¡Mentiroso! —gritó—. ¡Atreverse a decir eso, cuando yo tengo en mi escritorio la libreta de identificación del verdadero James Eden, con su fotografía, sus huellas digitales y todo lo demás!
    —¿U... us... usted qué? —pregunté débilmente, presa de un enorme asombro.

    Introdujo una mano en un cajón del escritorio y me dijo:

    —Véalo usted mismo —y tiró ante mí un pequeño libro rojo que me era familiar. Lo recogí con cierta aprensión...

    ¿Dije familiar?

    Yo lo había llevado conmigo durante años. No era una imitación de mi libreta, era mi libreta... Hasta la última arruga, mancha de tinta y raya borrosa.

    Pero la fotografía que llevaba no era la mía. El hombre retratado allí era un desconocido. La descripción era la de él, no la mía. La firma tampoco era la mía.

    —¡Bishop! —llamó, al mismo tiempo que me arrebataba la libreta. El simio entró tambaleándose y se quedó parado mirándome con ansiedad. Faulkner me dijo fría-mente—: ¡Lárguese!

    ¿Qué otra cosa podía yo hacer?

    Quizá la explicación que encontró Gideon era la acertada.

    —Tu amigo, el señor Faulkner, debe haber sido quien ordenó que te raptaran —especuló—. Me imagino, Jim, que él quiere desembarazarse de ti y que le urge tanto hacerlo que llegó hasta a querer asesinarte.
    —¡Pero, y mi libreta de identificación! —grité.
    —Jim —me contestó pacientemente—, existen hombres en Thetis que podrían falsificar cualquier documento por difícil que fuera. Eso no es difícil para quien sabe cómo hacerlo. Lo que debemos preguntarnos no es “cómo” sino “por qué”. No me gusta sacar conclusiones precipitadas, pero la conclusión que surge por sí misma en este momento es que Minas Marinas, Sociedad Limitada, vale más de lo que parece.
    —Pero eso no puede ser —dije agitando la cabeza extrañado—. Esas minas están más abajo del límite de profundidad. Aun cuando mi tío hubiera encontrado algo allá abajo, no hay medio de sacarlo.
    —¿Se te ocurre alguna idea mejor? —preguntó Gideon encogiéndose de hombros.

    Tuve que confesar que no, y nos quedamos callados un momento. Luego dije:

    —Bueno, ¿qué debo hacer? ¿Regresar a la oficina de Faulkner a que me vuelvan a echar?

    Gideon sacudió la cabeza y algo que anticipaba su mente brilló en sus ojos.

    —Ahora no, Jim. Primero, establece tu identidad. Ve a ver al cónsul, aquí en Thetis. Consigue un duplicado de tus papeles. Luego, regresaremos a visitar a Faulkner. Iremos juntos. Quisiera que se atrevieran a tratar de echamos a los dos. Ese sería un espectáculo digno de verse, muchacho.

    Hice lo que él me sugirió.

    La oficina del inspector de inmigración se encontraba arriba, con los demás edificios del gobierno, en el nivel 21.

    Le expliqué cuál era mi caso a un empleado de la ventanilla de pasaportes. Él asintió sin comprometerse, se excusó, y luego regresó para conducirme a la oficina del propio inspector.

    Éste era un hombrecillo calvo, regordete, de modales vivos y que se llamaba Chapman. Me estrechó la mano con amabilidad, escuchó mi historia, y asintió con la cabeza comprensivamente.

    —Esa clase de cosas suceden muy seguido —dijo—. Es lamentable, pero así es. Podemos ayudarlo, joven —hizo sonar un timbre y su secretario me indicó el camino para llegar al laboratorio.

    Me desnudaron, midieron, pesaron v me tomaron las huellas digitales y los rasgos característicos de las retinas de mis ojos. Me tomaron fotografías con luz natural, con luz fluorescente y con rayos X. Me examinaron, me hicieron un sinfín de preguntas y curiosearon en todo mi pasado. Me contaron los dientes y trazaron una gráfica de ellos. Los poros de las plantas de mis pies fueron localizados y sacaron un diagrama de ellos. El proceso tardó más de una hora.

    Cuando hubo terminado, uno de los ayudantes del laboratorio, vestido con una bata blanca, me llevó de nuevo ante el inspector.

    El inspector Chapman me entregó un pasaporte que llevaba estampada la palabra TEMPORAL en letras rojas, y me instruyó:

    —Lleve esto consigo por las siguientes dos semanas; para entonces, ya nos habrán avisado de los Estados Unidos si sus estadísticas concuerdan con la información que nuestro laboratorio les está enviando; entonces le expediremos un nuevo pasaporte definitivo. Siento decirle que este que le entrego no le será muy útil. Sólo le servirá para viajar por Thetis, pero no puede salir de aquí sin tener un pasaporte estable.
    —Si usted me lo tiene listo en dos semanas, se lo agradeceré mucho, señor.
    —No tiene por qué agradecerlo —dijo acompañándome hasta la puerta—. Es nuestro trabajo —me miró con franqueza y añadió—: Siempre suponemos que el documento es realmente de la persona que lo reclama.

    La puerta se cerró detrás de sus últimas palabras.


    CAPÍTULO 14
    Los Proscritos de Marinia


    TENÍAMOS, PUES, que esperar. Esperar hasta que el lío de mis papeles se arreglara. Esperar hasta que pudiéramos tener un encuentro definitivo con Faulkner. Esperar hasta que yo pudiera encontrarle respuesta a tantas incógnitas.

    Teníamos que matar el tiempo y lo dedicamos a recorrer la ciudad submarina de Thetis. Gideon la conocía muy bien, desde los altos niveles administrativos hasta los sótanos más bajos que quedaban a un nivel aún más profundo que el del mismo fondo del mar. Él me enseñó todo lo que había.

    Me llevó a los grandes muelles submarinos; no a las terminales de los transatlánticos donde yo había atracado en el Isla de España, sino a los muelles de carga, donde se realizaban las operaciones comerciales del mundo subacuático. A través de las portañolas de observación que había en los lados de la cúpula, pudimos ver, a la luz de potentes reflectores, un activo enjambre de desgarbados cargueros y pequeños automóviles submarinos que parecían delfines que se zambullían hacia los puertos de descarga, o subían alejándose en dirección a las otras ciudades de Marinia. Vimos un pesado barco-tanque pasar cinco veces infructuosamente frente al puerto, sin lograr atracar.

    —Es un trabajo difícil para ellos —explicó Gideon, riéndose—; son más ligeros que el agua y es difícil dirigirlos con exactitud.

    Asentí con la cabeza y me quedé pensando asombrado, con los ojos muy abiertos. ¡Más ligeros que el agua! Sin embargo, aquello era obvio: las cargas que llevaban de petróleo y sus derivados, necesitaban algo más que el solo peso del casco y la carga, para compensar un volumen similar de agua de mar. Uno casi no se daba cuenta del agua que había afuera, al ver a través de las portañolas de observación; aquello parecía una escena extraña del espacio interplanetario, en la que los submarinos substituían a los cohetes. Las impurezas suspendidas alrededor de Thetis hacían que el agua pareciera nublada, pero semejaba más una neblina de tierra que una escena submarina. Pude ver hasta el rostro del piloto del buque-tanque que le gritaba enfurecido a su maquinista a través del sistema de intercomunicación, mientras hacía sus infructuosas maniobras y, luego, su sonrisa de triunfo, cuando los garfios se cerraron y logró atracar. No estaba solo en la caseta del puente; junto a él había algunos hombres que vestían el uniforme del Servicio Marítimo...

    ¡Uno de ellos no me era desconocido!

    —¡Bob! —exclamé con un grito entrecortado—. ¡Bob Eskow!

    Gideon me miró con curiosidad y me preguntó:

    —¿Algún conocido tuyo?
    —¡El mejor amigo que tengo en el mundo, nada menos! ¡Esto se llama tener buena suerte! ¿Cómo podemos llegar hasta ese tanquero?
    —No sé si eso sea una buena idea —dijo rascándose la cabeza y con cierta objeción—. Mira, Jim, aún no sabemos cuáles eran las intenciones de Kelly cuando te secuestró, y eso que ves allá abajo es el Reino de Kelly, donde están descargando las naves...

    La expresión de mi cara debe haberlo convencido porque sonrió con una mueca y se rindió.

    —Está bien. Vamos —respondió.

    Tomamos un ascensor muy rápido para bajar, pero a mí me pareció que tardaba años en llegar. En el nivel de descarga salimos a una sección muy mal conservada de la ciudad de Thetis, que estaba escasamente alumbrada. Muy parecida a la primera que yo había visto, pero, si eso era posible, todavía peor en su aspecto. Había la misma larga hilera de almacenes, la misma multitud de rudos y bravucones estibadores. Me mantuve pegado a Gideon mientras éste se abría paso resuelta y confiadamente.

    No hubo dificultades, por lo menos no la clase de dificultades que yo temía. No había allí rastro de Kelly. Nadie nos miró siquiera y mucho menos intentó repetir el ataque anterior. Lo que en realidad sucedió fue muchísimo peor.

    Llegamos hasta el submarino-tanque; era el Warren F. Howard. Subimos en el pequeño ascensor neumático hasta la portañola de entrada. Detuve a un miembro de la tripulación v le pregunté cómo podrimos llegar al puente. Corrí por el estrecho pasillo llevando casi a remolque a Gideon y trepé por una escotilla para subir.

    Bob no estaba allí.

    El piloto conversaba distraídamente con uno de los oficiales. Ambos volvieron la cara y nos miraron con cierta irritación. Les pregunté excitado:

    —¿Está aquí Bob Eskow? Lo vi desde la cúpula...

    El piloto murmuró algo y el oficial del puente asintió, pensativo, con la cabeza.

    —¿Quién desea verlo? —preguntó este último.
    —Mi nombre —le dije— es…

    Gideon me incrustó con fuerza su codo entre las costillas y me interrumpió diciendo afablemente:

    —Somos un par de amigos suyos, señor. ¿Puede decirnos dónde podríamos encontrarlo?

    El oficial frunció el ceño y preguntó en tono cortante:

    —¿Cómo subieron a bordo?
    —Caminando, simplemente —respondió Gideon abriendo desmesuradamente los ojos para fingir una mirada de inocencia—. ¿Hicimos mal?

    El oficial lo miró largamente. Luego se dirigió a mí y dijo:

    —Tendrán que ir a tierra. Eskow está en su camarote y no puede ser molestado.
    —¡Pero si lo acabo de ver! —exclamé.
    —Ya oyeron lo que les dije —replicó el oficial al tiempo que tocaba un timbre que hizo aparecer inmediatamente a un marino—. Conduzca a estos hombres a tierra —le ordenó.

    Me fui a regañadientes, y ya en la portañola de entrada le pregunté al marino:

    —¿Puede llevarle un mensaje mío al señor Eskow?

    El marino pareció dudar hasta que vio el billete doblado que le extendía en la palma de mi mano.

    —Seguro —dijo alegremente—. ¿Qué quiere que le diga?

    Escribí rápidamente una nota, la firmé “Jim” y se la entregué al hombre, que desapareció por la portañola.

    —No sé si eso haya sido muy inteligente —murmuró Gideon—. ¿Sabes qué barco es ese?

    Negué con la cabeza y Gideon susurró:

    —Es el barco-tanque insignia de la flota de Hallam Sperry, y ese oficial que vimos es uno de sus hombres de confianza. Por eso fue que no quise que le dijeras tu nombre.
    —¡Pero seguramente no se habría opuesto a que yo viera a un viejo amigo! —dije con cierta vehemencia.
    —¿Estás muy seguro de eso? —preguntó Gideon calmadamente.

    No tuve tiempo de responderle porque en ese momento el marinero regresó y me dijo mirándome con frialdad:

    —El señor Eskow dice que jamás ha oído hablar de usted —y volvió a desaparecer, antes de que yo lograra reponerme de mi asombro.

    De nuevo en el hotel, permanecí sentado junto a la ventana mirando fijamente el bullicioso ir y venir de los marinianos. Al parecer, ¡hasta Bob Eskow se había puesto en contra mía! A excepción de Gideon, no había nadie en quien pudiera confiar.

    Nunca me sentí tan solo en mi vida, como en aquel momento.

    Permanecí allí preocupado infructuosamente, hasta que entró Gideon. Él me había dicho que me adelantara y lo esperara en el hotel mientras él iba a hacer una misteriosa diligencia por su cuenta, en el Reino de Kelly. Cuando entró en la habitación, su rostro mostraba gravedad.

    —Jim —dijo al entrar—, algo sucede. Se rumora en los niveles de los estibadores que Sperry ha conseguido algo.
    —¿Qué es lo que ha conseguido?
    —Eso es lo malo. No lo sé. ¿Has oído hablar alguna vez de un hombre llamado Catroni?
    —No.
    —Afortunadamente para ti —dijo Gideon; los rasgos de su cara eran severos—. Catroni fue expulsado de los Estados Unidos y de todos los países de Europa. Aquí en Marinia está al servicio de Hallam Sperry. ¿Por qué lo tiene Sperry a su servicio? Nadie lo sabe oficialmente, pero el hombre ha sido un pillo toda su vida. Saca tus propias conclusiones.
    —Por lo que me dices, es un individuo de quien no se puede confiar mucho —comenté.
    —Ese es el problema, Jim —asintió Gideon muy serio—. Alguien confió demasiado en él. Catroni estaba con tu tío cuando su auto submarino se perdió, y dicen. . . —titubeó y me miró casi como si me suplicara algo—, dicen. . .; no vayas a sentirte muy esperanzado por esto, Jim. Dicen que ayer vieron entrar a Catroni en la casa de Sperry.
    —¡Gideon! —exclamé dando un salto—. Eso significa. ..
    —Ya sé lo que significa —interrumpió de mala gana—. Si es verdad que Catroni está aquí, y si él estaba realmente con tu tío Stewart, entonces tal vez haya una posibilidad. Sólo Dios lo sabe, porque si Catroni regresó en secreto, debe haber un trabajo sucio en alguna parte y él lo está ocultando; sin embargo...
    —Gideon —dije tenso—, ¡vayamos a ver a Hallam Sperry!
    —¡Estás loco! —contestó, mirándome asombrado.
    —No, Gideon. Puedo ir a verlo. Él me invitó. Después de todo, me hizo una oferta en el Isla de España. Puedo decirle que quiero discutir su oferta y tal vez pueda averiguar algo. ¿No te das cuenta, Gideon? Tengo que intentarlo. Sperry no se atreverá a hacer nada abiertamente. Tiene mucho que arriesgar. Además..., bueno..., te diré claramente lo que pienso: supongamos que tú estás equivocado. Supongamos que Sperry no sea tan malo como me lo has pintado.

    Me interrumpió mirándome con lástima. Luego apareció un furioso orgullo y cierto dolor en sus ojos y me dijo cautelosamente:

    —Está bien, Jim. No puedo culparte por querer comprobarlo con tus propios ojos —se hundió cansado en un sillón, sin mirarme, y agregó—: Lo único que espero es que lo que averigües no te vaya a lastimar.
    —SIÉNTATE, SIÉNTATE —retumbó impaciente la voz de Hallam Sperry.

    Me senté y comencé a decir:

    —Señor Sperry, yo...
    —Mi hijo está aquí —me interrumpió—. Brand. Recuerdas a Brand, ¿eh? Me contó muchas cosas de ti. Tal vez debería decir acerca de James Eden, ¿eh?

    La pregunta parecía hasta cierto punto humorística, pero no había nada de humorístico en sus fríos ojos.

    —¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.
    —¿Qué es lo que quieres tú? —inquirió él, encogiéndose de hombros como si estuviera aburrido.

    Me tenía un poco confundido y dije:

    —Usted me hizo una proposición en el Isla de España, señor Sperry.

    Me detuve porque él estaba agitando negativamente su enorme cabeza.

    —Olvida eso —contestó—. Ya soy un viejo. No te guardo rencor por la forma como me quisiste engañar, pero no te dio resultado. Tú eres tan James Eden como yo podría serlo. Lo sabes muy bien, y yo lo sé también. ¿Qué caso tiene que pretendas seguir engañándome?
    —Señor Sperry —dije, tratando de dominar mi rabia—. ¡Yo soy James Eden! Me golpearon dejándome sin sentido v me robaron mis papeles, pero ya me van a mandar nuevos documentos desde San Francisco.
    —Eso está bien, muchacho —contestó después de una breve carcajada, y aplaudió—. ¡Mantente en tus trece!
    —¡Por favor, señor Sperry! Mire, dice usted que su hijo está aquí, pídale a él que me identifique.

    Hallam Sperry me miró abstraídamente durante un largo momento. Luego se puso de pie pesadamente y me volvió la espalda mientras se servía un trago. Sin volverse, gritó:

    —¡Brand!
    —Sí, señor —respondió inmediatamente una voz a través de una bocina que estaba sobre el escritorio del viejo.
    —Brand —preguntó Hallam Sperry—, ¿nos has estado observando en la pantalla?
    —Sí, papá —dijo la voz metálica con fuerza—. Él es un impostor. Nunca lo había visto antes.
    —Gracias, Brand —dijo el viejo indulgentemente. Apagó un interruptor en su escritorio y se sentó, saboreando su bebida. Me miró inquisitivamente con sus fríos ojos y me preguntó—: ¿Qué, todavía quieres discutir?

    De pronto, todo el mundo pareció horriblemente obscuro para mí. Lo único que pude hacer fue quedar me allí sentado, mirándolo asombrado. ¿Se había vuelto loco todo el mundo? ¿Cómo podía negar Brand Sperry que yo fuera James Eden?

    Entonces recordé las palabras que ya me habían ayudado en otra ocasión, las palabras que el instructor me había repetido y repetido tantas veces, la mejor lección que los cuatro duros años pasados en la academia me habían podido enseñar: El pánico es vuestro peor enemigo.

    Un hecho era cierto para empezar: yo sabía que estaba cuerdo.

    Partiendo de ello examiné los demás hechos: Si estoy cuerdo, entonces soy realmente James Eden; si soy James Eden, entonces estas gentes, todos ellos, los Sperry y sus compinches, están tratando de quitarme de en medio.

    Y, si ellos están tratando de quitarme de en medio, ¡entonces seguramente debe existir algo que ellos temen! Algo que yo puedo hacer y que ellos quieren evitar que haga; algo que debo descubrir primero y luego realizar.

    Tardaría mucho en describir todo lo que pasó por mi mente en ese momento de incertidumbre, pero no tardé mucho en decidir lo que debía hacer.

    —¿Dónde está Catroni? —pregunté audazmente.

    Crash.

    La botella del licor verde-mar se hizo añicos contra el piso. Hallam Sperry permaneció sentado mostrando una fría calma, sin hacer caso de la botella que había tirado sin querer, y dijo con voz apagada:

    —¿Quieres hacer el favor de repetir eso?
    —¿Dónde está Catroni? —insistí—. Sé que él está aquí, en alguna parte. Quiero hablar con él —me levanté y me acerqué al viejo—. Catroni estaba con mi tío Stewart, señor. Si él sobrevivió, tal vez mi tío también haya sobrevivido. ¿Dónde está Catroni?

    Hallam Sperry se descongeló lentamente, como un gigantesco témpano de hielo del Antártico, y dijo con calma:

    —Catroni ha muerto.
    —No, señor —respondí con obstinación—. Está vivo. Lo sé.
    —Estás equivocado, jovencito. Catroni está muerto —hubo un destello de algo que no pude reconocer en aquellos ojos fríos y azules. Triunfo, quizá, o burla escondida. Luego agregó—: Tal vez no me crees, pero es cierto.
    —No le creo —dije cortante.
    —Claro que no —replicó asintiendo con la cabeza—. Nunca creemos las noticias que no nos gustan. Bueno, jovencito, permíteme convencerte —volvió a conectar el interruptor de su escritorio y dijo sin levantar la voz—: Brooks, este joven caballero quisiera saber si Catroni está vivo o si está muerto. ¿Quieres demostrárselo?
    —Sí, señor —dijo una voz en la bocina.

    Hubo una pausa y luego se abrió la puerta. Apareció en ella un individuo rechoncho, de corta estatura y con aspecto de luchador. Se quedó parado mirándonos, mientras parpadeaba. Iba vestido con ropas que le daban un aspecto ridículo por no ser nada apropiadas a su cuerpo regordete y su mandíbula de antropoide: vestía una librea de mayordomo ya pasada de moda.

    —¿Dígame, señor? —preguntó.
    —Este individuo —rugió Hallam Sperry—. Llévalo a que se convenza de que Catroni está muerto. Déjalo que vea la evidencia…

    Debí haber sospechado. Naturalmente, sospechaba algo, pero no estaba seguro. Y aunque hubiera estado seguro de que Hallam Sperry tramaba una traición, ¿qué otra cosa podía yo haber hecho en esas circunstancias?

    Nada. Nada más de lo que hice. Seguí a la bestia vestida de mayordomo, a lo largo de un corredor. Atravesamos una puerta común y corriente y penetramos en una pequeña habitación cuyas paredes eran blancas.

    Había un cadáver en el cuarto. Era un hombre de corta estatura y piel morena. Yacía sobre una mesa angosta. Sobre su cabeza había un extraño aparato metálico y unos alambres salían del aparato hasta una máquina que sobresalía de la pared y producía ligeros chasquidos y un suave ronroneo.

    Reconocí la máquina; la había visto una vez, o cuando menos una semejante, en la academia. La llamaban bombeacerebros. Era un aparato electrónico que podía registrar los pensamientos de la mente de un hombre y arrancar los secretos de un cerebro vivo. Era una máquina horrible y gigantesca. Recordé la placa que tenía la que había en el museo de la academia:

    EL EMPLEO DE ESTA MAQUINA HA SIDO PROSCRITO POR ACUERDO INTERNACIONAL. LA APLICACION DE ELLA, AUN EN LAPSOS BREVES, CAUSA DAÑOS EN EL CEREBRO. LA APLICACIÓN PROLONGADA CAUSA INVARIABLEMENTE LA MUERTE.


    —¿Quería ver a Catroni? —dijo el simiesco mayordomo con voz espesa—. Ese es él. Está bien muerto, ¿no es verdad?
    —¡Ustedes lo mataron! —exclamé cortante—. No se ahogó con mi tío. ¡Tal vez mi tío tampoco se ahogó! Voy a informar de esto a las au…

    Casi con displicencia, el simio me dio un puñetazo. Había una fuerza tremenda en aquellos anchos hombros y en sus largos brazos. Salí rodando semiinconsciente hasta el otro lado del cuarto. Oí débilmente su voz que decía con desprecio:

    —¡Cállate!

    Y salió de la habitación cerrando la puerta tras él.

    Pasó el tiempo. Intenté salir, aunque sabía cuál sería el resultado de mi intento. Estaba encerrado con llave. Me encontraba atrapado. Me quedé sentado en aquel cuarto, encerrado con el cadáver, y la máquina ronroneaba y daba ligeros chasquidos, meditando en la catástrofe en que habían acabado mis planes.

    De pronto se abrió la puerta. Era el mayordomo y con él venía un hombre negro y alto que traía las manos atadas y echaba chispas por los ojos. ¡Era Gideon!

    —Tienes visitas —dijo el mayordomo con una risita burlona—. Los voy a dejar aquí juntos, muchachos. Seguramente tendrán muchas cosas que contarse.

    Allí quedamos encerrados bajo llave.


    CAPÍTULO 15
    En el Fondo del Abismo


    PASÓ EL TIEMPO. Gideon y yo charlamos brevemente; pronto ya no tuvimos de qué hablar. Él me había estado esperando fuera de la casa de Sperry. Lo habían atacado por la espalda y lo arrastraron al interior. Estábamos prisioneros.

    Gideon había tenido toda la razón.

    Mi amigo recorría sin descanso toda la habitación, investigando y hurgando por todas partes, tratando de encontrar algo. Yo estaba sentado muy callado. Trataba de resolver mentalmente lo sucedido. Estábamos metidos en una situación verdaderamente difícil. Todas las dudas que había tenido con respecto a Hallam Sperry habían quedado ya aclaradas: era un canalla. Ciertamente, él era el alcalde de Marinia, pero no por eso dejaba de ser un canalla. Presos dentro de su casa no teníamos la menor esperanza y no podíamos esperar que nadie nos ayudara desde el exterior. ¿Quién había allá afuera que nos pudiera ayudar? Bob Eskow había negado que me conociera. . ., si es que realmente había recibido mi mensaje. La policía. Bueno..., para ayudarnos, primero tendrían que saber que estábamos en dificultades, y no era muy probable que se enteraran. El asunto mismo de mis credenciales era confuso; si yo no aparecía a recoger los nuevos documentos, las autoridades de inmigración, sin duda, se olvidarían de todo. Gideon era, en cierto modo, una especie de proscrito, un desheredado del Reino de Kelly, sin familia ni amigos que notaran su ausencia.

    No; no había esperanza alguna de que pudiéramos recibir ayuda desde el exterior.

    Y poco podríamos hacer desde el interior, pensé.

    —¡Jim! —dijo Gideon en ese momento—. Ven acá.

    Lo miré. Estaba parado a un lado de la máquina que seguía zumbando y produciendo sus chasquidos metálicos. Mi amigo tenía algo en la mano: era un carrete de alambre.

    —¡Jim! —me explicó excitado—, esto estaba en el carrete de la máquina. Debe ser lo que le sacaron a Catroni.

    Me aproximé a él y aparté a un lado el cuerpo que estaba sobre la mesa. Me parecía algo horrible y sucio andar curioseando en los pensamientos de un hombre que había muerto.

    —¿Qué ganaremos con eso? —pregunté.
    —No lo sé —repuso Gideon al mismo tiempo que colocaba el carrete en la máquina—. No sé lo que haya en él, pero debe haber sido algo importante para que Hallam Sperry resolviera matar a Catroni para obtenerlo. Estas máquinas están prohibidas. Es probable que nadie sepa que Sperry es propietario de una. Averigüemos qué es lo que obtuvo con ella.

    Insertó el alambre en un reproductor y puso en marcha el aparato; tomó luego un par de cascos más pequeños que el que tenía puesto el hombre muerto, pero muy semejantes en diseño. Se colocó uno de ellos y me entregó el otro.

    Me lo puse y, al instante, me hallé a cientos de kilómetros de distancia. Estaba yo en la mente de otro hombre. Veía lo que él había visto. Sentía lo que él había sentido. Estaba observando una escena que él había vivido meses antes, muy lejos de donde nos encontrábamos.

    En el interior del automóvil submarino estaban Catroni, mi tío Stewart y un hombre llamado Westervelt, el que Sperry había mencionado como “desaparecido”, con su cínico humor.

    Podía oírlos hablar entre ellos como si me encontrara allí. Podía verlos moverse de un lado a otro, manejando la nave, manipulando todos los manómetros, palancas e instrumentos que hacían dirigir el auto submarino hacia el fondo. Cada vez más hacia el fondo.

    Era el auto submarino de mi tío, blindado con su propio casco de edenita, diseñado para soportar una presión muchísimo mayor de la que había soportado jamás ninguna nave.

    El aparato navegaba ahora a nueve kilómetros y medio de profundidad —¡nueve kilómetros y medio!— y seguía bajando. Estaba estableciendo nuevos records a cada braza que descendía, y la blanca y brillante cubierta de edenita estaba soportando presiones titánicas sin la menor tensión.

    “Está dando resultado”, dijo mi tío Stewart riéndose entre dientes y dándole una palmadita en la espalda a Catroni. Éste asintió impaciente con los ojos fijos en los medidores de profundidad que tenía frente a él. Se oyó un murmullo en el casco que yo tenía puesto: reproducía los pensamientos de Catroni en aquel momento. Era un murmullo siniestro y peligroso no expresado en palabras. Me estremecí, escuchando y observando, y me pareció que sabía lo que iba a suceder.

    El auto submarino continuó bajando más y más, en tanto que el ingeniero Westervelt continuaba dando vueltas a las tuercas y Catroni comprobaba y mantenía equilibrados los niveles cada vez más altos de sus tanques de flotación. Stewart Eden gobernaba la nave, y su figura triunfante con su barba bronceada hacía recordar a un antiguo marino escandinavo luchando contra los espíritus malignos del feroz Atlántico.

    La escena, en ocasiones, aparecía nublada, como si Catroni, en lugar de concentrarse en lo que estaba haciendo, hubiera concentrado su atención en pensamientos interiores que no habían captado los filtros electrónicos selectivos del bombea cerebros. Pero podía verse lo suficiente para comprender lo que estaba sucediendo. Podía ver cómo el pequeño auto submarino seguía descendiendo ligeramente inclinado sobre un costado, hasta que, casi a trece kilómetros debajo de la superficie del Pacífico, el brillante casco tocó el obscuro fondo y se detuvo.

    Hubo un lapso borroso, como si Catroni estuviera ocultando sus pensamientos aun para sí mismo. Pero pude ver escenas fugaces. Vi a mi tío, a Westervelt y al mismo Catroni, poniéndose uno por uno una brillante armadura de edenita, comprobar los cierres y salir de la nave a caminar sobre el lecho del océano. En realidad, había poco que ver. Las brillantes luces del auto submarino, que podían notarse a una distancia de ochenta kilómetros en la superficie, eran amortiguadas y obscurecidas dentro de un límite de pocos metros en las opacas y comprimidas aguas del fondo del abismo. El fondo mismo era lodoso y disforme.

    Catroni y mi tío regresaron juntos a la nave. Westervelt estaba parado junto a las bombas de las compuertas de admisión. Luego, Westervelt y mi tío desaparecieron en el interior del cuarto de máquinas situado a popa...

    Entonces fue cuando Catroni hizo la tarea por la cual le habían pagado.

    Cuando ellos se ausentaron, Catroni asesinó, por así decirlo, al auto submarino.

    Destruyó la vida de la nave tan despiadadamente como en otros tiempos había acabado con la vida de otros gangsters con el tableteo de su ametralladora.

    Mientras Westervelt y mi tío se encontraban a popa, Catroni provocó un corto circuito en tres hileras completas de los acumuladores que guardaban la energía vital de la nave, inundó todos los tanques de lastre y luego destrozó las maravillosas bombas que había diseñado Stewart Eden para mantenerlos libres de cualquier presión. Destruyó finalmente el equipo de comunicación de rayos sónicos.

    Luego esperó a que mi tío y Westervelt regresaran. Cuando lo hicieron, él se escabulló hacia popa, confiando en que ellos no mirarían los controles y los manómetros, ya que sabía que no había dejado ningún otro indicio visible de su criminal trabajo.

    Una vez en popa, Catroni inutilizó los trajes blindados con edenita que habían usado Westervelt y mi tío. El suyo lo dejó intacto.

    La primera señal que tuvieron los otros de lo que había sucedido, fue al oír que se abría la compuerta que conducía al abismo exterior, en el momento en que Catroni escapó.

    Dentro de su armadura de edenita, Catroni anduvo vagando cerca del auto submarino durante media hora. Sabía que seguramente ni Westervelt ni mi tío se iban a dar por vencidos fácilmente. Aguardó para ver lo que harían.

    Vio cómo la compuerta se cerraba lenta y pesadamente detrás de él. En la mente de Catroni, tal como la veíamos a través del carrete de alambre que pasaba por el bombeacerebros, había una fría sorpresa y en cierto modo una extraña admiración.

    El haber logrado cerrar la compuerta ya era por sí sola una hazaña asombrosa. De algún modo, los dos hombres que él había abandonado a morir, habían logrado extraer de los acumuladores su último residuo de energía, para poder echar a andar los motores que la cerraban. Sería inútil que trataran de bombear el agua fuera de la compuerta. Todo lo que podrían intentar sería abrir la puerta interior y permitir que el agua acumulada penetrara en el pequeño auto submarino. Eso les haría la vida aún más miserable, y la energía que pudieran emplear les robaría días y aun semanas de vida, porque una vez que los acumuladores se agotaran completamente, el frío los mataría si es que al fallar la carga eléctrica en la armadura de edenita del auto submarino, no los aplastaba la presión del mar.

    Pero ellos lo intentaron.

    Además, habían conseguido reparar uno de los trajes blindados.

    Sentimos, a través de la mente de Catroni, consternación y temor. Él vio cómo se volvía a abrir la compuerta. Vio cómo una figura vestida con la brillante armadura salía moviéndose muy despacio y daba un paso al exterior. Podíamos sentir la silenciosa batalla que Catroni libraba consigo mismo, titubeando sin decidirse a atacar al hombre que trataba de seguir viviendo en el fondo del abismo.

    Pero el océano hizo el trabajo de Catroni por él.

    La armadura había quedado muy averiada. Reparada provisionalmente, no estaba capacitada para resistir las presiones que actuaban contra ella.

    Catroni, oculto fuera de los últimos rayos de luz de los reflectores del auto submarino que cada vez brillaban más débilmente, notó que la figura vestida con la armadura se apartaba un poco del auto v caminaba por el fango azul. Vio que el hombre trataba de echar a andar la diminuta hélice que lo haría subir hasta quedar a salvo, vio que el brillante brazo se levantaba.

    ¡Entonces, todo un costado de la armadura se puso negro!

    El efecto Eden, aquella maravillosa activación de las moléculas del metal que obliga a la presión a luchar consigo misma, dura únicamente mientras el brillo lechoso producido por la corriente eléctrica subsiste en la delgada capa que la cubre. Cuando esta corriente disminuye o muere, la armadura se convierte en simple metal completamente inútil para resistir la presión aplastante.

    El costado obscuro de la armadura del hombre se acható como si fuera un trozo arrugado de hoja de lata. El otro costado se hinchó y repentinamente se obscureció. Se formó una tenue burbuja que subió en espiral hasta perderse de vista. Y una débil corriente arrastró y se llevó el cuerpo.

    Catroni esperó un rato más, ya que existía la remota posibilidad de que el otro hombre que estaba en el interior del auto submarino, quienquiera que fuera, intentara también la fatal aventura. Luego, ya satisfecho, echó a andar la hélice de su intacta armadura y la corriente eléctrica del acumulador que llevaba en la espalda lo impulsó hacia arriba, a más de doce kilómetros de altura de donde se encontraba y donde lo estaría esperando un barco anfibio submarino, de acuerdo con lo planeado. . .

    Tal vez hubiéramos podido ver más, pero fuimos interrumpidos.

    Se escuchó un extraño rugido y sentí que me agarraban. Me arrancaron el casco de la cabeza y las visiones distantes desaparecieron como si alguien hubiera apagado una lámpara.

    El simiesco mayordomo me estaba sonriendo con una mueca y Hallam Sperry se encontraba parado detrás de él.

    —Son ustedes unos entremetidos, caballeros —retumbó la voz del viejo, con un tono de siniestro buen humor—. Andan husmeando y hurgando en lo que no les importa. Bueno..., los dejamos aquí y creo que no tengo derecho a quejarme.

    Traté de llegar hasta él, pero la enorme fuerza de los brazos del mayordomo me detuvo con facilidad.

    —Sperry —le grité—, usted contrató a ese gángster para que matara a mi tío.

    El hombre se encogió de hombros.

    —Sí —convino—. Tal vez lo haya hecho. Las apuestas aquí son muy fuertes, jovencito. Uno emplea todos los métodos que cree necesarios. ¡Los medios no importan..., siempre que uno gane!

    Sentí que, detrás de mí, Gideon se ponía tenso preparándose a saltar sobre el viejo, pero el mayordomo también lo vio. Me soltó y dio un salto hacia atrás, sacando una pistola del bolsillo.

    —¡Quietos! —advirtió toscamente.
    —Siéntense, caballeros —nos ordenó Hallam Sperry, riéndose entre dientes—. Así, Brooks se sentirá más cómodo y ustedes también.

    Brooks. Miré nuevamente al rechoncho individuo. El nombre repiqueteaba en mi cerebro.

    —¡Ah! —dije, comprendiendo poco a poco—. ¡Qué estúpido soy! Ahora me acuerdo de ti. Eres uno de los hombres que me asaltaron y me echaron por el tubo del drenaje.

    Sperry asintió con entusiasmo.

    —Eres muy inteligente —dijo—. Estás en lo cierto. Él fue uno de ellos, pero ese punto va pasó. Olvidémoslo. La cuestión que importa ahora es: ¿qué vamos a hacer con ustedes?
    —Supongo que lo mismo que hizo con mi tío —contesté con amargura—. Nos matará sin sentir el menor remordimiento.
    —Por supuesto. Tal vez tendré que hacerlo, pero quisiera…
    —Sperry me miró calculadoramente—, quisiera tener un poco más de información. Ese estúpido de Catroni, como quizá lo hayas visto por ti mismo, se apresuró un poco. Las órdenes que tenía eran que debía esperar hasta que Stewart Eden anotara en el cuaderno de bitácora los resultados de su expedición antes de echarlos a pique. Tal vez le preocupaba que el barco que estaba en la superficie no lo esperara y, sea como fuere, salió un poco prematuramente. Como resultado de eso, no sé lo que más me importaba saber: ¿existe o no existe uranio en el fondo del abismo?
    —¿Quiere que los pongamos en el bombeacerebros, señor Sperry? —preguntó Brooks ansiosamente.
    —Ten paciencia —contestó Sperry con voz retumbante, al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Luego volvió a hablarme—: Jovencito, ya sabes lo que puede hacer la máquina bombeacerebros. Tuve que emplearla en Catroni porque no podía creer que él fuera tan estúpido como aparentaba. Pensé, injustamente, como pude ver después, que él me estaba ocultando algo. Murió porque sospeché de él. El bombeacerebros no es nada saludable para la persona a quien se lo aplican —me miró atentamente y luego continuó pensativo—: No creo realmente que tú sepas más de los asuntos de tu tío de lo que yo sé; pero no puedo arriesgarme a estar equivocado. Puedo ponerte fácilmente en el bombeacerebros y averiguarlo de una vez por todas. Por supuesto que, si lo hago, morirás.
    —¡Las baladronadas no le servirán de nada conmigo, Sperrry! —dije con firmeza.
    —Nunca alardeo. Simplemente estoy considerando las posibilidades que existen, y no intentaré ocultarte el hecho de que no quiero que mueras por ahora. Todavía eres el propietario de esas acciones y yo las necesito. Si mueres, las acciones pasarán a tus herederos, quienesquiera que ellos sean. Si las reclaman, tendré que tratar con ellos. Si no se les pudiera localizar, la corte de intestados intervendrá para proteger los intereses de ellos hasta una fecha futura. Tú sabes que tengo muchas influencias aquí en Marinia, por lo que, si eso ocurriera, no sería realmente una catástrofe, pero sí me causaría muchos inconvenientes.
    —¿Qué es lo que quiere usted? —le pregunté.
    —Las acciones —respondió cortante—. Endósalas a mi nombre.
    —¿Y después qué? —inquirí—. ¿Nos matará?
    —¿Qué puedo decirte? —dijo Sperry suavemente, extendiendo las manos. Luego se acercó más a mí y me miró echando chispas por los ojos. Me amenazó en un tono que aún era suave y amable—: Puedo decirte esto, jovencito: hay cosas peores que la simple muerte.

    Nos miramos fijamente un momento. Él parpadeó y volvió a ser el viejo amabilísimo que siempre aparentaba ser.

    —Digo lo que pienso —dijo—. Clara y llanamente; siempre me da buenos resultados. Quiero que comprendas perfectamente cuál es mi posición. Tengo parte de las acciones de Minas Marinas y las quiero todas. Está en mi poder el primer automóvil submarino experimental que construyó tu tío. Tiene la misma clase de blindaje que el que Catroni neutralizó siguiendo mis órdenes. Me imagino que trabajará tan bien como el otro. Si existe uranio allá abajo, mi propósito es adueñarme de él. El mundo pagará lo que le pidan por él, señor Eden. Tal vez pague en dinero, o en otras cosas. La tierra está escasa de uranio, y el hombre que posea suficiente de él puede adueñarse del mundo.

    Hubo un repentino brillo animal en sus ojos y por un momento tuve la leve visión de lo que era Hallam Sperry realmente; el hombre lobo que destruiría cualquier cosa por obtener poder. Luego la visión se desvaneció.

    Hallam Sperry emitió un profundo suspiro y dio media vuelta.

    —Encárgate de estos dos, Brooks —dijo, mirando por encima de un hombro—. Volveré a hablar con ellos dentro de un rato.

    Se fue y la puerta se cerró tras él.

    La situación era muy difícil. Los problemas se habían ido acumulando unos sobre otros; parecía que ya habíamos llegado al fondo, pero lo peor aún no había pasado.

    Lo peor fue. . . Gideon.

    Cuando Hallam Sperry salió dejándonos bajo la estrecha vigilancia de Brooks, Gideon estaba sentado inmóvil apoyado contra la pared. Permaneció sentado, quieto y rígido durante largo rato, hasta que comencé a inquietarme y le hablé tentativamente:

    —Gideon...

    No respondió. Permaneció sentado mirando fijamente. Los rasgos de su cara estaban tan tensos que infundían miedo. Me pareció ver que estaba temblando.

    Aquella fue la peor impresión que recibí. Mi amigo parecía haber perdido completamente el valor. En ese preciso instante comencé a darme cuenta de lo mucho que había dependido yo de su fuerza, su sentido común y su paciencia.

    Las cosas comenzaban a verse muy negras.

    El mayordomo lo notó y sonrió.

    —Todos ellos son iguales —dijo con desprecio—. Él ya no causará más problemas. Ni tú tampoco —añadió mirándome fríamente.
    —El único problema que existe es el que tú te estás buscando —le contesté—. No podrán hacer esto impunemente.
    —¿No podremos? —preguntó, moviendo la cabeza burlonamente y fingiendo preocupación—. Ahora me lo dices. ¡Si me lo hubieras dicho antes!

    No me reí. Supongo que debería haberlo hecho porque su buen humor imitativo se desvaneció, y, antes de que pudiera evitarlo, su mano, que parecía un mazo, me golpeó en un lado de la cabeza y caí rodando.

    —Eso fue por no hacer nada —pude oír que decía—. ¡Ahora será mejor que no se te ocurra hacer algo!

    Sacudí la cabeza y me levanté sobre las manos y las rodillas. Nosotros habíamos recibido en la academia mucho entrenamiento en combates cuerpo a cuerpo. Si hubiera podido contar con Gideon para que distrajera al hombre por un momento, lo habría atacado y habría corrido el riesgo, no obstante que él pesaba el doble que yo y todo su peso era en músculos potentes como los de un animal. Pero mi amigo seguía sentado inmóvil detrás de mí, sin darse cuenta siquiera de lo que sucedía.

    —Brooks —dije con fuerza—, pagarás por esto. Nos tienes en tu poder, pero tarde o temprano alguien se enfrentará a ti y no llevarás un arma para defenderte.
    —¿Una pistola? —preguntó con desdén—. ¿Para qué necesito yo una pistola? —dio una palmada en su bolsillo—. Aquí la tengo y aquí se queda. Si no puedo encargarme de dos miserables sujetos como ustedes empleando únicamente mis manos, regresaré a Alcatraz a partir roca para fortalecerme —se acercó a mí mirándome amenazadoramente y me ordenó—: Párate, muchachito. Hoy no he hecho mis ejercicios de entrenamiento y con mucho gusto los haré contigo. Solamente te ablandaré un poco para que estés listo para el bombeacerebros.

    ¡El bombeacerebros! De modo que aquello era lo que nos tenían preparado. . .

    —Vamos. . . —continuó con dureza y con ojos brillantes.

    Era un completo animal, desde el cráneo hasta sus pies calzados con gruesas botas; una criatura violenta que amaba su modo de vivir. Parecía que me esperaba un rato muy desagradable: mi única esperanza era levantarme y enfrentarme a él, rogando porque me pusiera pronto fuera de combate. . .

    Me puse de pie y salté sobre él. Era como saltar sobre un tanque Tigre de los empleados en la segunda guerra mundial. Acabé rodando por el suelo impulsado por uno de sus gigantescos puños. Se rio y me persiguió. Reboté contra la pared y lo ataqué. . .

    En ese momento, Gideon entró en acción.

    Como un relámpago negro, saltó de donde estaba sentado v cayó sobre la espalda del corpulento mayor domo. Volví a atacar, pero un golpe tirado al azar por el puño de Brooks me envió al suelo, aturdido. Lo único que pude hacer por un momento fue mirarlos. Mis músculos no me obedecían. Era una pelea muy dispareja. Gideon era un poco más alto que el simiesco mayordomo, pero cuando menos pesaba unos veinticinco kilos menos que él. Después de la sorpresa inicial, Brooks simplemente gruñó, se sacudió y mi amigo salió volando. El mayordomo avanzó pesadamente en pos de él y lo agarró por la garganta. Aquellos enormes músculos estaban estrangulando a Gideon. Yo seguía allí agazapado, paralizado, luchando por poder levantarme y prestar alguna ayuda...

    Pero Gideon no necesitaba ayuda alguna. Los duros días vividos en el Reino de Kelly le habían enseñado más trucos de los que yo jamás había aprendido en la academia. Ni siquiera pude ver lo que sucedió exactamente; todo lo que vi fue a mi amigo que se agachaba doblando las rodillas, luego se levantó con un enorme impulso y el musculado mayordomo salió volando. Gideon lo siguió y se le echó encima. Hubo una lucha breve y salvaje. El mayordomo trató de sacar su pistola...

    Luego vi a Gideon, sangrando y sin aliento, parado junto a Brooks, y empuñando el arma.

    —Levántate, Jim —dijo mi amigo, jadeante—. Vamos a dar un pequeño paseo.


    CAPÍTULO 16
    El Padre Neptuno, Agricultor


    DE ALGÚN modo logramos salir de allí. Lo único que recuerdo es que Gideon marchaba adelante, mientras el mayordomo le precedía malhumorado, abriendo las puertas. Nos manteníamos alerta para no encontrarnos con otros miembros de la cuadrilla de Sperry. Tuvimos suerte, nadie se cruzó en nuestro camino. El mayordomo, por supuesto, fue más afortunado aún, ya que Gideon estaba junto a él empuñando la pistola y dispuesto a matarlo si había alguna interrupción.

    Nos llevamos al hombre hasta que llegamos a las hileras de puertas de los ascensores expresos; luego nos metimos rápidamente en uno de ellos y lo dejamos parado allí mientras la puerta del ascensor se cerraba.

    Teníamos prisa.

    Gideon me apretó el brazo con fuerza en señal de advertencia; había otras personas en la cabina y aquél no era lugar para discutir nuestros planes. Bajamos y bajamos aún más, hasta el último nivel, que correspondía a los almacenes. Mi amigo me jaló y me condujo fuera de los ascensores. Recorrimos un largo y húmedo corredor, atravesamos un pasaje lateral y comencé a oír el murmullo del mar.

    Estábamos de regreso, en el escondite de ermitaño de Gideon, en el borde que sobresalía sobre la rápida corriente del drenaje.

    —Bueno, muchacho —comentó Gideon alegremente—. ¡Dejémoslos que traten de encontramos aquí!

    Teníamos allí todas las comodidades de un hogar. Hasta el pequeño surtido de víveres y la madera para hacer fuego de Gideon permanecían intactos. Se ocupó en encender fuego y colocó un recipiente con agua sobre él para preparar el té que tanto le gustaba. Mientras tanto, yo intentaba ordenar mis pensamientos.

    —No lo comprendo —dije—. Brand Sperry no debería estar aquí, debería estar en la academia.
    —El viejo debe haberle ordenado regresar —contestó Gideon.
    —¡Pero no puede hacerlo! Quiero decir que, si Sperry ha abandonado la academia a mitad del año, eso perjudicará sus probabilidades de graduarse. Y...
    —.. .y tal vez eso no le importe, muchacho —respondió mi amigo solemnemente, pasándome una taza de hoja de lata llena de té. La dejé en el suelo rápidamente y me soplé los dedos—. Tal vez la academia no les importe mucho a los Sperry en este momento. Están preparando algo grande; acuérdate de lo que te digo —continuó y me miró pensativo por encima de su humeante lata de té mientras le daba unos pequeños sorbos. ¡Debe haber tenido labios de asbesto!

    “Piensa en todo lo ocurrido —dijo después—. Primero, te siguieron durante todo tu viaje desde los Estados Unidos hasta Marinia. Eso lo hicieron los hombres de Sperry. ¿Crees que lo hayan hecho nada más por divertirse? Segundo, uno de esos hombres intentó matarte. ¿Crees que eso fue una broma? Tercero, alguien se tomó la molestia de hacerse pasar por ti en Marinia, y de paso, por poco te matan. ¡Eso se está convirtiendo en una broma de muy mal gusto, Jim!”

    —Pero, ¿por qué?

    Gideon dejó su taza de té y se frotó el mentón pensativamente, mirándome.

    —¿Qué era lo que estaba buscando tu tío en el Abismo de Eden, Jim?
    —Pues... uranio.
    —Uranio —asintió con mirada tranquila—. Uranio. ¿Y qué es lo que escasea actualmente en todo el mundo? ¿Qué escasea tanto, que en todas partes han tenido que reducir el consumo de energía? ¿Qué escasea tanto al extremo que el hombre que logre obtener el control de una nueva y gran veta de uranio podría fácilmente pedir lo que quisiera? ¡Uranio! El uranio es energía, es poder, y poder es lo que más desea en este mundo Hallam Sperry.
    —Pero, Gideon —dije—. ¡Un hombre como Hallam Sperry no tiene por qué hacer eso! ¡Él ya es poderoso, rico e influyente! Es el alcalde de Marinia. Tiene líneas de transatlánticos, minas submarinas y toda clase de propiedades. Tiene más de lo que un hombre pueda desear.
    —¿Por qué? —continuó Gideon frunciendo los labios—. No sé si pueda explicártelo, Jim. Tendrías que conocer el interior de la mente de Hallam Sperry para conocer la respuesta. A decir verdad, eso sería algo que no me gustaría hacer..., a menos que empleara un bombeacerebros. El poder es una enfermedad; mientras más tienes, más enfermo estás. Hallam Sperry está tan enfermo como nadie podría estarlo. ¿Marinia? ¡Eso no es nada para él, muchacho!
    —Pero...
    —Pero nada, Jim —mi amigo se levantó y buscó entre las grietas de la pared las mantas que había guardado allí después de doblarlas metódicamente. Luego añadió—: No sé si te habrás dado cuenta, pero ya es muy tarde y hemos tenido un día muy duro. Durmamos toda la noche. Tal vez encontremos alguna respuesta a todo esto mañana por la mañana.

    Dormí, es verdad, pero no dormí bien. Pasé toda la noche revolviéndome agitado, soñando con los Sperry, con mi tío, con el hombre del traje gris, y, principalmente, con la máquina bombeacerebros y con el cadáver de Catroni.

    Cuando desperté, Gideon se había ido.

    Busqué de un lado a otro del borde del túnel sin encontrarlo. Fueron veinte minutos muy intranquilos. Luego oí que unos pasos se aproximaban cautelosamente. Me oculté hasta que apareció la persona que se acercaba... era Gideon.

    —¿Tan temprano y ya estás levantado, Jim? —me dijo sonriendo—: Pensé que continuarías durmiendo, cuando menos otra hora más.
    —¿Dónde has estado? —le pregunté—. Creí que...
    —Creíste que el viejo Hallam Sperry había bajado personalmente aquí y me había raptado, ¿no es cierto? No, muchacho, todavía no. Sólo fui a atender un asuntito que tenía pendiente. Eso fue todo —dejó en el suelo una alforja que traía, y agregó—: Es nuestro desayuno. Lo prepararemos, nos lo comeremos y luego iremos a visitar a un amigo mío. Tal vez él nos pueda dar alguna información.

    Nos desayunamos bastante de prisa. Sin embargo, Gideon me hizo enojar, pues insistió en que nos sentáramos a descansar un rato. Pronto me calmó con sus palabras.

    —Confía en mí —dijo—. Tengo a uno de mis amigos consiguiendo información. Démosle tiempo para que lo haga. Estamos más seguros aquí de lo que estaríamos allá afuera, y más cómodos también.

    Tenía razón en lo que respecta a estar más cómodos. Cuando mi amigo decidió por fin que era hora de actuar, me condujo por pasajes y desviaciones que yo jamás hubiera soñado que existieran; me llevó a lugares de Thetis en los que yo nunca había estado. Salimos a una cámara amplia que tenía el techo muy alto y por cuyo piso escurría un fangoso líquido verdoso. Él aire olía a algas marinas en descomposición y a yodo. Gideon se detuvo en la entrada y murmuró:

    —¿Alguna vez te has preguntado para lo que sirve un lugar como Thetis, Jim? ¡Aquí tienes la respuesta frente a tus ojos!

    Por todo el piso se extendían montones de algas marinas húmedas y otros vegetales del mar. Estaban colocados sobre plataformas que se levantaban unos cuantos centímetros sobre el suelo de la cámara; de ellas escurría el líquido que contribuía a aumentar la humedad del piso.

    —Esta es la cámara de secado —susurró mi amigo—. Lo que cosechan en las granjas exteriores viene a dar aquí. Lo colocan en plataformas para que se seque y luego lo empacan para enviarlo a las cámaras de procesamiento.
    —Tiene un olor muy fuerte —comenté.
    —Trata de soportarlo un momento —respondió riéndose y me advirtió—: En seguida regreso.

    Me dejó parado allí, en tanto que él cruzó cautelosamente la extensa cámara y se perdió de vista. No había nadie más por allí. Oí voces distantes, pero evidentemente, la cámara de secado no necesitaba un gran número de trabajadores para funcionar.

    No tuve que esperar mucho. Oí que alguien se aproximaba caminando de prisa. Era Gideon. Cuando estuvo lo bastante cerca, me dijo jadeando:

    —Vámonos, Jim. ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Sperry tiene a toda la ciudad buscándonos!

    Lo seguí, sin pensar, por el mismo camino que habíamos venido, a través de los pasillos y pasajes secretos que Gideon conocía tan bien. Mientras nos alejábamos a toda prisa, él me informó lo que pasaba:

    —Mi amigo estuvo investigando —dijo jadeando—. ¡Estamos en dificultades, muchacho! Sperry nos ha echado encima a la policía y nos andan buscando. ¡Tienen órdenes de disparar apenas nos vean!
    —¡Pero él no tiene derecho para hacer eso!
    —¡Jim, él puede hacer lo que le venga en gana! Él es el alcalde. . ., es la ley en Thetis. Tú y yo somos nadie aquí. Tenemos que salir de Thetis inmediatamente.
    —¿Pero dónde podemos ir?
    —¡Al océano, muchacho! ¿A qué otra parte? ¿Adónde iría tu tío si se encontrara en dificultades? ¡A los más profundos abismos!
    —Pero —contesté torpemente— seguramente podemos acudir ante las autoridades de aquí y arreglar todo si les explicamos lo sucedido. ¡Sperry no puede burlarse de la ley!
    —Puedes estar seguro de que puede —jadeó Gideon inflexiblemente—. Muchacho, ¿todavía no comprendes? Sperry es la ley en Thetis. Tarde o temprano tendremos que luchar contra él, sí, pero no de este modo. Es nuestra palabra contra la de él; se reirían de nosotros en la corte. ¡Recuerda que ni siquiera tienes tu pasaporte! Te aprehenderían apenas entraras a una estación de policía, ¡si es que vives hasta llegar a ella!
    —¿De qué sirve tratar de irnos de aquí? —protesté tercamente—. No acabaríamos de llegar al pasamano de uno de los transatlánticos de Sperrry cuando. . .
    —¿Quién habló de transatlánticos? —preguntó Gideon con una sonrisa—. ¡Ven conmigo!

    Él fue adelante y yo lo seguí. Aún dudaba, pero..., ¿qué otra cosa podíamos hacer? En dos ocasiones, nos escondimos en los callejones cuando vimos los uniformes escarlata de los policías submarinos. No podíamos correr riesgos.

    Por fin, llegamos a una maraña solitaria de sucios túneles donde se escuchaba el golpeteo y se sentía la vibración producidos por poderosos motores submarinos. Era la estación central de bombeo de los drenajes de Thetis. Era el lugar donde habría sido atrapado por la succión y lanzado a la aplastante presión de aquellas profundidades, si Gideon no me hubiera sacado de la corriente.

    —No hagas ruido ahora —ordenó mi amigo—. Estamos a punto de infringir algunas leyes.

    Avanzó adelante de mí, a través de un estrecho túnel que nos condujo a una cámara iluminada por un solo tubo de troyón que parpadeaba. Estaba ocupada por un anciano que cabeceaba medio dormido con la «quijada sobre el pecho. A lo largo de las paredes de la cámara estaban alineados los que parecían ser equipos de buceo. Nos detuvimos a la entrada. Gideon, silencioso como un fantasma, miraba al viejo con atención. Luego, sin hacer mido, movió la cabeza y me hizo regresar por el pasaje.

    —No podemos arriesgamos —susurró—. El guardia nos echaría la policía encima en menos de dos minutos. Tendremos que probar por la otra puerta.
    —¿Qué es lo que haremos? —le pregunté.
    —Robamos un traje de presión, Jim —respondió—. ¿Qué pensabas? Vamos a salir al océano.
    —Gideon, eso es una locura —dije—. ¿Adónde podemos ir? No podremos llegar hasta ninguna otra ciudad solamente con un traje de presión. Nos atraparían allá con la misma facilidad que aquí si lo hiciéramos. Regresemos a los niveles superiores y...
    —. . .y nos entregamos de una vez a Sperry, ¿no es eso? ¡Jim, a veces me pregunto qué fue lo que te enseñaron en la academia submarina! Déjame todo a mí, muchacho. Conseguiremos un par de trajes y nos escabulliremos fuera, hasta la zona agrícola que rodea la ciudad. Existe la posibilidad de que alguien nos preste un auto submarino allí. Si lo conseguimos, nos dirigiremos a Cúpula Siete. No te preocupes de que nos vayan a atrapar en Cúpula Siete. Correremos ese riesgo. ¿Entendido? Ahora, busquemos esos trajes. No los podremos obtener aquí, con ese guardia vigilando. Tendremos que probar por la otra puerta.

    Después de pensarlo bien, cedí y dije:

    —Bueno, creo que tú sabes mejor lo que hay que hacer. Sin embargo, ¿por qué no atamos al guardia? Sólo hay uno vigilando y nosotros somos dos. Bien podríamos...
    —¡Jim! —me interrumpió Gideon con la exasperación reflejada en el rostro—. Esa es la estación central de bombeo. Suponte que hubiera un desperfecto después de que nos vayamos. Si el guardia está atado, ¡Thetis se inundaría! Deja de pensar locuras y limítate a seguirme.

    Lo seguí malhumorado.

    Sin embargo, parecía que el plan iba a dar resultado. Tuve que admitirlo. La otra puerta no estaba vigilada por el momento. Posiblemente el guardia había salido a hacer su ronda. Encontramos un par de trajes de presión de edenita que se ajustaban a nuestros cuerpos. Cargamos rápidamente los circuitos de la armadura y nos deslizamos dentro de la compuerta de salida y la cerramos.

    El agua entró burbujeando a nuestro alrededor rebotando contra las planchas de acero, como lo harían las balas de una ametralladora de calibre de cincuenta milímetros, disparadas contra una placa blindada. Sólo las gotas que rebotaban tenían casi la fuerza suficiente para derribarnos al piso; pero la cosa duró únicamente lo que tardó en llenarse la cámara. Su presión subió entonces hasta nivelarse con la presión periférica.

    Abrimos la portañola exterior y subimos por una escalera metálica hasta el suelo del océano.

    El cieno nos llegaba casi hasta las rodillas. Gideon me hizo señas. Estábamos demasiado cerca de Thetis para atrevernos a usar los sistemas de comunicación de nuestros cascos. Logré entender que quería que yo ajustara los tanques de flotación de mi traje de la misma manera que él lo había hecho. Al ajustarlos, redujimos nuestro peso efectivo a un par de libras, suficientes para evitar que flotáramos y nos eleváramos en la inmensidad de kilómetros de agua que había sobre nosotros, pero suficiente también para que pudiéramos caminar por encima del lodo sin correr el peligro de hundirnos en él.

    Avanzamos caminando de puntillas sobre el fango como si fuéramos bailarines de ballet fotografiados con cámara ultrarrápida. Era algo parecido a aquellos ejercicios de entrenamiento realizados en las aguas poco profundas del Caribe. Encerrados dentro de la armadura que mi tío había inventado y legado al mundo, no sentíamos en lo más mínimo la aplastante presión exterior, ni notábamos los kilómetros de agua que teníamos arriba de nosotros. Allí la inmensidad era estéril; estéril y obscura. Las luces de Thetis a espaldas de nosotros nos daban iluminación suficiente para poder vernos el uno al otro. No podíamos, por supuesto, emplear las luces de nuestros cascos por miedo a que nos vieran desde alguna portañola. Una o dos veces, la trémula luz de un transatlántico Submarino se deslizó silenciosamente sobre nuestras cabezas. Aparte de eso, la obscuridad era absoluta.

    Durante media hora nos deslizamos a través del terreno desierto hasta que llegamos a la cima de una montaña bajo el mar. Vimos adelante de nosotros los ondulantes sembradíos de algas marinas, las luces y las casas de las granjas submarinas que rodeaban a Thetis.

    Las algas marinas que cultivaban allí eran parientas muy lejanas del sargazo conocido desde la antigüedad en la superficie. Era una vegetación de tallo grueso que crecía rápidamente, abonada con los desperdicios de la ciudad de Thetis y fortalecida por la luz producida por baterías flotantes de tubos de troyón. Allí, ninguna otra vegetación había crecido jamás. Las variedades de algas marinas eran muchas. En todos los colores del espectro, en todos los tamaños, desde las diminutas algas parecidas al musgo, hasta las de grueso tallo que se extendían una veintena de metros entre las heladas aguas. Algunas eran cultivadas para servir de alimento, otras para ser utilizadas como combustible. Otras muchas no servían a ninguno de esos propósitos sino que eran empleadas como máquinas osmóticas de minería, capaces de extraer elementos puros del agua del mar que las rodeaba. Estas eran las más maravillosas de todas, ya que hacían posible “cosechar” las sales suspendidas en el mar, extrayendo magnesio, hierro, oro, plata...; todos los incontables minerales que contienen las profundas aguas del mar. Trabajaban con tanta eficacia como lo hacía el alga natural al extraer el yodo, con gran asombro de los primeros químicos, pero, por supuesto, tenían sus limitaciones; algunos metales, entre ellos el uranio, no existían en el agua del mar en cantidades suficientes para que valiera la pena extraerlos de ese modo; así pues, nos veíamos obligados a depender de las minas...

    En ese momento comencé a pensar en mi tío Stewart, atrapado bajo una montaña de agua, en el fondo del Abismo de Eden, por culpa de Hallam Sperry. La placa de cristal de mi traje de presión se empañó...

    Gideon me tocó en la espalda. Acercó su casco al mío y encendió su aparato de comunicación a una mínima potencia.

    —¿Ves ese edificio? —dijo señalando hacia un grupo de luces semiescondidas entre las ondulantes algas—. Ahí es donde guardan los autos submarinos. Como es una base de la flota submarina, además de ser una de las granjas de Sperry, estará bien vigilada; pero mantente junto a mí, Jim, y lo lograremos.

    Avanzó adelante de mí y lo seguí. La vegetación era muy espesa y en algunas ocasiones tuvimos que detenernos a desenredarnos de las enmarañadas ramas utilizando para ello los cuchillos marinos que llevábamos en las vainas de las rodillas. A lo lejos, a la derecha de nosotros, flotaban algunas máquinas segadoras. Arrancaban las enmarañadas algas y las convertían en pacas para ser transportadas al interior de la ciudad, donde más tarde serían procesadas. En aquellas granjas a las que la luz del sol jamás soñó llegar, la cosecha era recogida durante todo el año y no solamente durante una estación. Detrás de las máquinas segadoras venían los cultivadores y los sembradores. La nueva cosecha ya estaba creciendo antes de que la anterior hubiera entrado a la ciudad de Thetis.

    Tuvimos suerte, pues nadie nos vio, no obstante que pasaron algunos autos submarinos cerca de nosotros y que más de una veintena de hombres vestidos con sus trajes de presión se movían en la selva de algas alrededor nuestro. Si alguno de ellos nos vio, seguramente pensó que éramos simplemente un par de trabajadores; pero Gideon me conducía con tanta cautela escondiéndonos entre la maleza que lo más probable era que nadie nos hubiera visto.

    Sea como fuere, llegamos a la portañola de entrada del edificio alrededor del cual los autos submarinos navegaban, sin que nadie se interpusiera en nuestro camino.

    Por supuesto que no podíamos hablar y lo único que me dirigía eran los ademanes que Gideon me hacía con los brazos. Subimos hasta la compuerta de entrada y nos detuvimos. Él miró a su alrededor y luego accionó los controles de la compuerta. Hubo un remolino a nuestro alrededor mientras las pequeñas pero potentes bombas nivelaban las presiones del interior y el exterior. La puerta se abrió, penetramos en la esclusa y cerramos la puerta de afuera.

    Inmediatamente comenzó a bajar el nivel del agua.

    Si hubiéramos llegado en un auto submarino, seguramente nos hubieran llamado y nos habrían descubierto, pero no podía culparse a los trabajadores submarinos por tener una guardia tan descuidada. Un auto submarino habría sido detectado por el microsonar y una docena de alarmas habrían llamado la atención sobre él; pero nosotros, escabulléndonos escondidos entre las algas, estábamos dentro de una zona que no era detectable y no había, por otra parte, razón para sospechar que alguien fuera tan estúpido para venir a pie a través del fondo del océano. Ni había, en realidad, una razón para tener una guardia demasiado estricta, ya que a excepción de los autos submarinos y la compleja maquinaria agrícola no existía en las granjas nada más de valor como para que alguien quisiera robar. Además, los autos y la maquinaria eran objetos demasiado voluminosos para que cualquiera se atreviera a llevárselos.

    Sin embargo, eso era exactamente lo que pensaba hacer Gideon.

    Tan pronto como salió el agua de la compuerta de entrada y se abrió la puerta interior, él entró caminando con seguridad, conduciéndome a través de la cámara de ingreso. Vimos a varios hombres. Unos estaban operando el equipo de comunicaciones, y se movían en los corredores. Eran una media docena o más tal vez, pero apenas si pusieron atención en nosotros. Mi amigo se dirigió al cuarto de trajes como si conociera perfectamente la disposición del lugar (en realidad la conocía, ya que él había trabajado en muchos lugares parecidos con mi tío, aquí y en otras partes, durante su larga vida submarina). Nos quitamos nuestros trajes. Afortunadamente, no había nadie en el cuarto.

    Luego, robamos un automóvil submarino.

    Hasta cierto punto, fue asombrosamente fácil hacerlo. Con Gideon marchando adelante, atravesamos descaradamente los serpenteantes corredores del edificio administrativo de la granja hasta llegar a las compuertas de entrada donde estaban los pequeños autos submarinos. Entonces actuamos con un poco de cautela. Gideon localizó un pequeño despacho, y cuando nadie nos miraba, nos deslizamos dentro de él y aguardamos, escuchando atentamente. La oficina del despachador estaba precisamente al lado. Allí, los conductores de los autos submarinos llenaban sus informes y recibían sus órdenes. El tráfico era irregular; a veces parecía que en la habitación había una docena de hombres y un momento más tarde parecía estar casi vacía.

    Escuchamos sus conversaciones, tratando de averiguar en qué auto submarino sería más fácil que nos pudiéramos escapar y cuál tenía suficientes reservas de combustible para hacer el viaje hasta Cúpula Siete. Algunas de las observaciones que hicieron me intrigaron; al parecer, uno de los autos era especial, y, en mucho, diferente a los otros.

    Una idea comenzó a formarse en mi mente. Excitado, le di un codazo a Gideon, pero éste me hizo callar.

    —Espera —susurro—. Todos van a marcharse...

    El grupo de conductores salió del cuarto charlando entre sí, probablemente a cumplir algún encargo desconocido para nosotros. Al parecer, esa era nuestra oportunidad. Gideon me hizo una seña y los dos salimos de la pequeña oficina caminando en puntillas hacia el cuarto del despachador, detrás del cual nos esperaban los autos submarinos...

    —¡James Eden! —restalló una voz muy familiar a espaldas de nosotros.

    Di media vuelta inmediatamente. En la otra puerta de la pequeña oficina estaba parado un joven alto vestido de civil. Me pareció conocido, aunque había algo raro en él. Mientras lo miraba, creí ver sobre su cabeza la gorra escarlata y achatada de la academia submarina y me pareció oír el eco de su voz reprendiéndome con desprecio en la escalera de Fletcher Hall.

    ¡Era Brand Sperry!

    Gideon fue más rápido que yo. Todavía tenía la pistola que le había quitado al mayordomo y la empuñaba en su mano. El joven Sperry miraba asombrado el cañón del arma.

    —Quieto, amigo —amenazó Gideon suave, pero enérgicamente—. Si quieres vivir, no te muevas.

    Brand Sperry se mantuvo quieto y preguntó, mirándonos fijamente:

    —¿Qué quieren ustedes?

    Inhalé profundamente. Se me había ocurrido una idea, un pensamiento vago que me había venido a la mente cuando oí platicar a los conductores de los autos submarinos. Me pareció que había una ligera posibilidad de que el auto submarino “especial” de que hablaban fuera realmente “especial”. Después de todo, Hallam Sperry había alardeado de tener algo muy moderno en materia de autos submarinos cuando nos habló en el cuarto donde estaba el cadáver de Catroni.

    —Queremos el auto experimental de mi tío, Brand —le dije—. Sabemos que está aquí. ¿Dónde lo tienen?

    Gideon era muy listo; me miró brevemente y me apoyó:

    —¡Así es, Sperry! ¡De prisa!

    El joven Sperry nos miró echando chispas por los ojos y exclamó:

    —¡Eskow! ¡Él les dio la información! ¡Ese mal...!
    —¡Cállate! —lo interrumpió Gideon con acento cortante—. No creo que debas atraer la atención de nadie hasta aquí. ¡Tú serías el primer perjudicado!
    —Espera un minuto, Gideon —intervine—. ¿Qué significa eso de Eskow?
    —Lo sabes muy bien —respondió Brand Sperry con desprecio—. Se lo advertí a mi padre. Ya sabía yo que era un error traerlo aquí. Evitamos que tu primer mensaje llegara hasta él, pero tarde o temprano lograste comunicarte con él y te dijo todo lo que sabe.
    —Brand —dije—, la única vez que vi a Eskow fue a través de la portañola de observación de los muelles. No creo que eso importe mucho ahora, pero, ¿dónde está él?
    —La última vez que lo vi, fue hace un par de horas en la oficina del despachador —contestó Sperry encogiéndose de hombros—. Mi padre lo hizo salir del transatlántico y lo transfirió aquí porque pensó que podíamos sacarle información acerca de ustedes. ¡Le advertí que no lo hiciera!

    Miré suplicante a Gideon, pero él, leyéndome el pensamiento, dijo:

    —No, Jim. No tenemos tiempo para buscar a ningún amigo, por bueno que sea. De un momento a otro puede entrar alguien aquí y, ¿qué crees que nos pasará entonces? —se interrumpió y ordenó con violencia—: ¡Sperry, queremos el auto submarino! ¡Llévanos a él!
    —No haré tal cosa —replicó Sperry fríamente y por un momento sentí cierta admiración por él. Como si tuviera un escuadrón de policía respaldándolo, se enfrentó a nosotros, gritando—: Suelta esa pistola; haré que los guardias se encarguen de ustedes.

    Sin dejar de sonreír, Gideon dijo amablemente:

    —Mira, Sperry, te aconsejo que no busques lío. De veras, te lo digo en serio —en ese momento, el tono de su voz se convirtió en un restallido y agregó, echando chispas por los ojos—: ¡Jovenzuelo idiota! Hemos estado muy cerca de que tu padre nos bombeara el cerebro. Sabemos que él hundió a Stewart Eden y ha intentado asesinar a Jim media docena de veces. Estamos al tanto de que todos los negocios sucios que se hacen en Marinia son suyos y que todos los empleados corrompidos del gobierno han sido sobornados por él. ¿Crees que vacilaría en dispararte si me dieras la menor causa para hacerlo? Llévanos a donde está el auto submarino de Eden, ¡en seguida! ¡Y da gracias a tu buena estrella que no te mato en este momento!

    Brand Sperry comprendió cuál era su situación y nos condujo hasta el auto submarino, sin dejar de mirar la pistola que Gideon llevaba en el bolsillo. Ordené bruscamente al despachador que no se metiera en lo que no le importaba, cuando éste trató de hacerle una pregunta. Sólo Dios sabe lo que habrá pensado el hombre, pero, al trabajar para los intereses de Sperry, indudablemente había aprendido que no era conveniente interponerse en el paso de ninguno de ellos.

    Brand entró con pasos firmes por la escotilla del auto submarino antes que nosotros y sin mirar hacia atrás. Lo seguimos.

    Los tres estábamos adentro. Poco después, la nave estaba en marcha y salía de la pequeña cúpula.

    ¡Éramos libres!

    —Buen trabajo, Jim —reconoció Gideon—. Oí lo que decían los operadores, pero no se me ocurrió que éste fuera el primer auto submarino que construyó tu tío. ¡Ahora es tuyo y ni siquiera lo estamos robando!
    —¡Ya veremos lo que la ley piensa acerca de eso! —espetó Brand Sperry levantando la voz—. ¡Ustedes son unos ladrones! ¡Unos miserables asaltantes!

    Lo único que hizo Gideon fue mirarlo y hacerle un cortés ademán con la pistola. El joven guardó silencio, pero ardiendo en cólera por dentro.

    Mi compañero me cedió los controles y puse rumbo a Cúpula Siete. Él se quedó observando sobre mi hombro pensativamente, hasta que me sentí incómodo y le pregunté:

    —¿No es allí a dónde quieres que vayamos, Gideon? ¿A Cúpula Siete? Dijiste que...
    —Yo sé lo que dije, Jim —convino con cierta vacilación—. Sólo que...
    —¿Sólo que qué?

    Miró a su alrededor en el interior del auto submarino. Era parecido a cualquier otro carro. Tal vez la armadura de edenita brillaba un poco más, mostrando que era muy fuerte, que tenía una carga mayor que la de cualquiera de las otras armaduras.

    —Este auto tiene la misma clase de blindaje que la que tenía el auto en el que se perdió tu tío Stewart, ¿no es así? —preguntó.
    —Creo que sí —convine con él.
    —De modo que puede soportar una presión muy grande, ¿verdad?

    Yo ya me había acostumbrado a la forma larga y complicada que tenía Gideon para llegar a lo que quería decir, por lo que únicamente asentí sin tratar de apresurarlo.

    Él continuó, cambiando el tema:

    —¿Recuerdas lo que vimos en la grabación que hicieron de los pensamientos de Catroni? —yo afirmé con la cabeza y él añadió—: Claro que lo recuerdas. Después de que Catroni salió, otro hombre lo siguió. Sólo que su armadura había sido saboteada y no pudo resistir la presión. Ese hombre murió.
    —Así fue, Gideon; era mi tío.
    —¿Era él? —preguntó mi amigo vivamente—. Hemos pensado que era él, claro, pero..., ¿cómo podíamos saberlo? Después de todo, había otro hombre a bordo; Westervelt, el ingeniero.
    —¿Quieres decir que tal vez no fuera mi tío el que murió? —dije muy despacio.
    —Así es, Jim. Claro que es sólo una suposición y no debes sentirte demasiado esperanzado. Aunque el hombre que salió haya sido Westervelt, tu tío pudo haber intentado salir luego, con el otro traje, si es que lo pudo arreglar. O tal vez el blindaje de su auto submarino haya cedido después de tantas semanas allá abajo; o quizá se le haya agotado el oxígeno. Lo que quiero decir es que sólo se trata de una posibilidad muy remota; pero, ¿y si todavía está vivo en el fondo del Abismo de Eden?

    Lo miré durante un largo momento. Luego volví a atender los controles e hice que el auto submarino se inclinara sobre un costado haciéndolo virar brusca-, mente.

    —¡Eso lo vamos a averiguar! —dije—. ¡Aunque nos hundamos intentándolo!


    CAPITULO 17
    En las Profundidades del mar


    LOS TRES formábamos una extraña tripulación descendiendo a través de las aguas densas y frías del Abismo de Eden.

    Brand Sperry, después de los primeros minutos, se sentó en el asiento del navegante y miraba fijamente sin ver, hacia la obscuridad exterior. No habló, y, por mi parte, me alegré de que permaneciera callado.

    Afortunadamente sabíamos la posición exacta de la nave de mi tío cuando fue inutilizada por Catroni. Todavía podía yo ver, a través de los ojos de Catroni, todo el tablero de instrumentos. Una de las cosas que había aprendido en la academia, era poder leer los medidores y manómetros de cualquier nave submarina, con sólo echarles un vistazo. No tendría mayor problema en colocar nuestra nave precisamente encima del casco del auto submarino de mi tío.

    Calculé que el viaje nos tomaría una hora y media. Ajusté los controles para que trabajaran con el piloto automático, pero sentía demasiada ansiedad para abandonar mi asiento y dejar que el auto submarino se condujera solo hasta el punto de contacto. Me quedé ahí observando el manómetro de distancia girar lentamente a lo largo de su arco y viendo cómo el contador de kilometraje iba marcando la marcha. Casi no podía contenerme de tomar entre mis manos el timón de inmersión y los estabilizadores, aunque sabía perfectamente bien que el piloto automático haría un trabajo muchísimo mejor para mantener el curso de la pequeña nave.

    —¿Estás cansado, Jim? —preguntó Gideon—. ¿Quieres dormir un rato?
    —No podría dormir —contesté negando con la cabeza—; pero si tú quieres hacerlo...
    —Tampoco yo podría dormir... —hizo una pausa y, mientras Brand Sperry seguía con la mirada perdida en la nada, Gideon dijo—: ¿Estás seguro de que puedes llevarnos hasta el submarino de tu tío?
    —Te garantizo que puedo conducir este auto submarino exactamente hasta el lugar donde está —dije encogiéndome de hombros—. Que podamos o no llegar al fondo, eso es otra cosa. Todo lo que puedo hacer es que el submarino se sumerja; si resistirá o no la presión, eso no lo sé. No olvides, Gideon, que éste es el primer auto submarino experimental que construyó mi tío. Quizá sea tan fuerte como el otro y quizá no.
    —Bueno —asintió mi amigo lentamente—, pronto lo sabremos.

    Al parecer, con eso quedaba finiquitado el punto.

    Seguimos sumergiéndonos en las aguas oscurísimas. Los pequeños motores del auto submarino producían un suave zumbido casi imperceptible. El silbido producido por la fricción del agua al deslizarse a lo largo de la armadura de edenita, se oía como un murmullo. El irregular chasquido del piloto automático y de los instrumentos me tenía como arrullado. Se escuchaban otros ruidos también...

    De pronto, me di cuenta de que algunos de los otros ruidos no tenían razón de ser.

    Me enderecé en el asiento escuchando atentamente. De alguna parte del auto submarino venía un débil ruido, como si estuvieran rascando algo sigilosamente. El ruido cesó, y, después de un momento, volví a oírlo.

    Gideon lo oyó también. Advertí la mirada de repentina tensión que apareció en sus ojos, y ambos pensamos lo mismo, simultáneamente...

    ¡Había alguien más en el interior del auto submarino!

    Mi amigo miró amenazadoramente a Brand Sperry sin decir una palabra. Sperry no le prestó atención alguna, y Gideon empuñó la pistola que le había quitado al mayordomo y se dirigió silenciosamente hacia la puerta que conducía al compartimiento de popa. ¡Habíamos sido unos estúpidos al no haber registrado la nave! Me eché la culpa, irritado.

    Mi compañero abrió la puerta de un tirón, se asomó al interior, entró rápidamente y yo escuché un ruido como de lucha.

    Después de un momento, volvió a aparecer Gideon con el ceño fruncido.

    —Jim —gruñó—, merecemos que nos den una patada. Mira quién estaba aquí adentro en el aparato de comunicaciones de popa. ¡Sólo Dios sabe qué mensajes habrá estado enviando!

    Hizo un movimiento con la pistola y otra figura apareció titubeante en la puerta...

    ¡Bob Eskow!

    —¡Bob! —dije.
    —Pe... pensé que eras tú, Jim —dijo, mirándome asombrado—. ¡No podía creerlo! ¡Jim Eden... un ladrón!

    Era imposible comprender la expresión de su rostro.

    —Joven —dijo Gideon irritado—. Jim Eden no es más ladrón que...
    —Bob —lo interrumpí—, escúchame. Tienes que confiar en mí.

    Tan rápido como pude, le conté todo lo que había sucedido desde que yo había llegado a Marinia; la esperanza que teníamos de encontrar la nave de mi tío; la falsedad de los Sperry; nuestras vidas amenazadas. Fue una larga historia, y, mientras se la relataba en el menor número de palabras posible, no sabía si él me estaba creyendo o no. Cuando terminé de hablar, suspiró y miró al piso.

    —No... sé, Jim —murmuró molesto—. Es difícil creerlo. Admito que..., bueno..., sabía que algo andaba mal desde el momento en que te vi en la escalera del muelle y tú huiste a toda prisa...
    —¡Bob! ¡No hui! Traté de verte. Te envié un mensaje. Me dijeron que no querías hablar conmigo.

    Me miró ceñudamente.

    —No recibí ningún mensaje —dijo—. ¿Comprendes? No puedo saber si tú corriste o si lo que dices es verdad y los hombres de Sperry evitaron que te viera. ¿Cómo puedo saberlo? Cuando llegaste a este submarino, yo lo estaba inspeccionando porque iba a salir en un crucero. Pensé que eras tú el ladrón, Jim, y me fue muy difícil decidir lo que debía hacer. La única solución que encontré fue enviar un mensaje a Thetis informándoles lo que sucedía para que enviaran un autopatrulla submarino que nos siguiera y te hiciera regresar. Pensé que la corte podría decidir, Jim...
    —La corte es Hallam Sperry —interrumpió Gideon.
    —Eso es lo que ustedes dicen —respondió Bob lentamente—, pero...

    Se estaba escuchando el débil repiquetear de un timbre y la conversación se interrumpió en ese momento. Regresé de un salto a los controles.

    —¡Estamos sobre el lugar! —grité—. ¡Si mis cálculos fueron correctos, el auto submarino de mi tío está exactamente debajo de nosotros!

    Desconecté el piloto automático con un ligero toque sobre las teclas y tomé el control manual. Dudé, mirando sobre mi hombro en dirección a Bob Eskow.

    —Ya que hemos llegado hasta aquí, Jim —dijo de mala gana—, sigue adelante. Si la nave de tu tío está allá abajo, bueno, eso contestará a muchas preguntas, pero no olvides que envié un mensaje a Thetis. ¡Nos debe estar siguiendo un autopatrulla!
    —Tendrán que sudar un poco para llegar hasta donde vamos, muchacho —contestó Gideon riéndose entre dientes suavemente—. Este es el Abismo de Eden a doce kilómetros de profundidad. ¡Haz descender la nave, Jim!

    Asentí y moví los controles. Los tanques de flotación comenzaron a llenarse cuando las diminutas bombas empezaron a zumbar e introducir chorros de agua de mar dentro de ellos. Accioné suavemente las aletas de inmersión y fijé el curso de la nave en un amplio círculo. El clinómetro indicó tres grados de descenso; luego indicó cinco. Cuidadosamente, moví los controles de las aletas hasta la posición máxima de quince grados para sumersión rápida y eché a andar los motores de las hélices... Nuestro pequeño automóvil submarino comenzó a descender al fondo del Abismo de Eden.

    Pronto nos encontrábamos cerca del límite de profundidad para la mayoría de los modelos usuales de submarinos, aun para aquellos equipados con armadura de edenita. Había casi siete kilómetros de agua sobre nosotros; la presión habría aplastado el acero o el cuarzo comprimido como si fueran masilla. Mientras continuábamos bajando más y más, a siete kilómetros, a siete y medio, vi algo que jamás había visto. Al principio, creí que se trataba de una alucinación producida por el cansancio de los ojos. Me pareció ver brillar una débil luz en las paredes de la cabina, pero la volví a ver parpadeando como la fosforescencia de un fantasma y se hacía más fuerte. Comprendí que se trataba del chispeante resplandor de la armadura de edenita que aparecía en el interior del casco y nos mostraba una ligera idea de la enorme fuerza que hacía presión sobre ella, presión que podría destruir cualquier metal y hasta penetrar en la poderosa resistencia de la edenita ordinaria...

    Seguimos sumergiéndonos.

    Continuamos descendiendo a unos trescientos metros por minuto, navegando a velocidad de crucero en una extensa espiral. Estábamos a ocho kilómetros; luego, a nueve. Las luces fantasmales del interior del casco aumentaban su intensidad.

    Brand Sperry las miraba fijamente con el rostro rígido como una máscara. Gideon miró en dirección de él y luego me hizo una seña de advertencia. Sperry estaba aterrorizado.

    Yo también, no puedo negarlo, sentí un extraño escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Nunca antes había llegado a esa profundidad. Únicamente tres hombres habían llegado hasta ella, o, cuando menos, únicamente tres hombres vivos la habían alcanzado. Teníamos la seguridad de que dos de ellos habían muerto. Uno murió instantáneamente, una fracción de segundo después de que su traje fallara. El otro tardó más tiempo en morir, bajo la acción del bombeacerebros de Hallam Sperry. El tercero, que podía ser mi tío, el inventor de la rutilante y poderosa armadura que era lo único que podía contener la fuerza del agua, podía ser que viviera. Claro que ellos lo hicieron en una nave construida después del primer modelo, que era en el que nos encontrábamos. . .

    ¿Qué mejoras había hecho él en la segunda nave? No había manera de saberlo ni de adivinar si la armadura de la nuestra resistiría la presión.

    Ni siquiera el blindaje de edenita soportaba la gigantesca presión de nueve kilómetros de agua sin mostrar señales de tensión. Era únicamente un débil zumbido metálico, tan débil que, en circunstancias normales, ninguno de nosotros ni siquiera lo habría oído, pero que en aquel momento nos hizo enderezarnos, con los ojos muy abiertos y los rostros tensos, esperando que irrumpiera el triturador torrente de agua.

    No ocurrió. Había sido solamente un ruido, pero hizo estallar a Sperry, quien gritó desesperadamente:

    —¡Detente, Eden! ¡Detén esto! ¡Regrésanos arriba, nos estás asesinando!

    Brand me miró salvajemente. Abrí la boca para responderle, pero en ese momento saltó sobre mí. Me encogí a medias para esquivar la acometida, pero Gideon se interpuso. Levantó el puño y lo descargó tras la oreja de Sperry, quien se dobló sin emitir sonido alguno y quedó tendido en el piso con los brazos extendidos y completamente inconsciente.

    Los tres nos quedamos mirándolo sin decir palabra.

    Después de un rato, Gideon se aclaró la garganta y dijo con voz ronca:

    —Muchachos, este joven pirata ha hecho surgir una duda en mi mente. Tú y yo, Jim, sabemos lo que estamos haciendo. Es un riesgo que hemos decidido correr y no vayas a creer que estoy tratando de sacarle la vuelta, pero, ¿qué hay de Sperry y de tu amigo Bob? Este no es un peligro que ellos estén obligados a correr.

    Tragué saliva. La decisión no era fácil. La tentación de decir entusiasmado: “¡Por supuesto, tienes razón, Gideon!”, y hacer que el auto submarino subiera con la mayor rapidez posible, era casi avasalladora, sobre todo al ver que el resplandor de la armadura de edenita se había convertido ya en una deslumbrante gama de colores. Podía oírse una verdadera sinfonía producida por los crujidos y el rechinar de la cubierta a medida que la armadura se acomodaba bajo la presión. En la mente se me presentaba una imagen vivida de lo que sucedería cuando la carga de edenita comenzara a fallar bajo la tensión y el mar penetrara como tromba aplastándonos.

    Miré en dirección de Bob Eskow. Era el más calmado de todos nosotros. Su rostro parecía esculpido en basalto marino cuando dijo:

    —Sigue bajando, Jim.

    Diez kilómetros.

    Once. Salí de la especie de estupor que me invadía, aparté violentamente la vista del manómetro de profundidad, que zumbaba y producía ligeros chasquidos metálicos, y conecté el mecanismo detector del micro- sonar. En su pantalla comenzaron a aparecer débiles manchas de colores. No había nada reconocible aún.

    —Jim —dijo Gideon suavemente, con un tono que me hizo desviar la vista de la pantalla—, mira el suelo.

    A través de la puerta del compartimiento de popa, comenzaba a penetrar lentamente un hilo de agua.


    CAPÍTULO 18
    En el Fondo del Mundo


    EL ENTRENAMIENTO, indudablemente, sirve de mucho.

    Creo que de no haber sido por los años de constante disciplina de la academia y el continuo remachar del instructor al repetirnos: El pánico es vuestro peor enemigo, allí, en ese preciso momento, mis nervios habrían estallado. Hubiera maniobrado el pequeño auto submarino para que subiera inmediatamente; habría expulsado de golpe el lastre de los tanques y perdido el control. Lo más probable es que todos hubiéramos muerto, pero una voz interior, algo que tenía más inteligencia que yo, me detuvo; sentí que en aquello había algo raro. Me contuve de tirar de los controles para iniciar el rápido ascenso. Todo fue cuestión de una fracción de segundo.

    En esa fracción de segundo lo comprendí: a once kilómetros de profundidad, el agua del mar no se filtra. No sabía lo que producía aquel hilo de agua que corría por el suelo, pero no era, no podía ser una filtración.

    Salté abandonando los controles, asegurándolos previamente, y corrí hacia el compartimiento de popa. Allí adentro, al no haber ninguna persona y por lo tanto no haber ningún calor, las paredes estaban frías como el hielo. La humedad se estaba condensando en ellas y era esa humedad la que se escurría al piso.

    Regresé a mi asiento con menos prisa y les dije a Bob y a Gideon lo que sucedía. Ninguno de los dos dijo una palabra.

    Brand Sperry comenzaba a moverse. Gideon se acercó a él sin dejar de mirar a Bob, pero listo a vérselas con Sperry si aún buscaba camorra. Nadie tenía deseos de pelear con él, sin embargo. Abrió los ojos, me miró y continuó tendido mirando fijamente al techo.

    Regresé a los controles y vi en la pantalla del microsonar una figura con la forma parecida a la de un torpedo. Su contorno era borroso y casi se perdía en el reflejo del fondo, pero podía reconocerse fácilmente. No podía ser otra cosa; tenía que ser la nave de mi tío.

    La armadura había resistido.

    Rezando en silencio, posamos suavemente nuestra nave sobre el otro auto submarino. Se sintió un ligero choque y ambas naves quedaron unidas casco con casco.

    Hasta allí llegaba lo que habíamos planeado, si es que puede definirse con la palabra “planear” a la frenética y atolondrada aventura que Gideon y yo habíamos corrido desde Thetis hasta el Abismo de Eden. En realidad, no sabíamos si habíamos llegado a la nave de mi tío Stewart o a su tumba.

    ¿Qué haríamos ahora?

    Gideon y yo nos miramos interrogativamente.

    Era imposible que pudiéramos pasar de una nave a la otra. No teníamos equipo que pudiera soportar aquella presión. La armadura que había en el auto submarino era de edenita común y corriente como todas las que había en cualquier auto submarino que cruzaba el océano: muy segura a siete kilómetros de profundidad, quizá a ocho, pero, ¡no a doce kilómetros!

    —¡Los garfios, Jim! —dijo Gideon.

    Crucé los dedos y asentí. Aquel era el único medio. Hice que nuestro pequeño submarino quedara perfectamente alineado con la figura del otro que aparecía en la pantalla del microsonar y luego abrí poco a poco los reóstatos que hacían funcionar los garfios magnéticos. Iba a ser una carga muy pesada la que trataríamos de llevar, pero forzosamente debería dar resultado, ya que no nos quedaba otra alternativa.

    Eché a andar las bombas de lastre, obligando a salir parte del agua de los tanques de flotación, aunque no mucha, ya que una tensión excesiva en los garfios magnéticos haría que éstos se soltaran, sin lugar a dudas. Luego, hice que los dos autos submarinos, enganchados, se mecieran suavemente hacia adelante y hacia atrás por medio de las hélices impulsoras...

    Aquello era una cosa fuera de lo común, y en aguas poco profundas habría sido imposible. Allí también lo era. Casi..., pero no tanto.

    En aguas de poca profundidad habría habido corrientes y turbulencia; el movimiento del agua hubiera acumulado fango alrededor del submarino de mi tío y lo hubiera enterrado a medias. Jamás habría yo podido luchar contra la fuerza de succión de cientos de toneladas de lodo.

    En el fondo del Abismo de Eden, el agua permanecía fría y quieta. No había corrientes. Es que es el calor lo que forma las corrientes en el agua, al igual que el ardor del sol es lo que forma los vientos en el aire. Allí, a cerca de doce kilómetros de profundidad, el fuego del sol nunca había llegado. Hubo leves turbulencias al posarse el submarino, pero la succión no era mucha y fue sólo cuestión de segundos el que lográramos liberarnos de ella.

    ¡Nos habíamos salvado!

    Fijé el curso para subir en una inclinada curva ascendente, para pasar sobre las montañas que rodeaban el Abismo de Eden y dirigirnos hacia Thetis.

    Nuestro destino era Thetis, pero Thetis estaba muy lejos de nuestro alcance.

    Mucho antes de que llegáramos a la cima del risco y estando aún a cientos de brazas más abajo de las profundidades navegadas normalmente, nos topamos con los primeros signos de que habría problemas.

    Fue únicamente una sombra que parpadeó en la orilla misma de la pantalla del microsonar, una sombra que se dividió, se agitó y volvió a unirse para dividirse nuevamente y convertirse en tres.

    ¡La patrulla submarina!

    —Yo tengo la culpa, Jim —gimió Bob Eskow—. Yo los llamé.
    —Hiciste lo que creías que era tu deber —dije yo meneando la cabeza—. El problema es: ¿qué vamos a hacer ahora?
    —Darse por vencidos —dijo con sorna Brand Sperry. Ahora que ya habíamos salido del fondo del abismo, el joven parecía haber recuperado su valor. Luego agregó—: Están perdidos y lo saben perfectamente. No me importa lo que encuentren en el submarino de tu tío. ¡No podrán enfrentarse a mi padre!

    No le hicimos caso y Gideon comentó pensativamente:

    —Cuando examiné los mapas, noté una cosa. Nos encontramos únicamente a unos ochenta kilómetros de la Isla de los Pescadores, Jim. Tu tío tenía un puesto allí. Lo empleaba para hacer conexión con los transportes aéreos en la época en que tenía minas en explotación por toda esta región. Creo que la isla está desierta actualmente. Es una isla muy pequeña, con un arrecife de coral. Nunca hubo población nativa que la habitara.
    —¿Y qué hay con eso? —dijo Bob—. ¿Para qué nos serviría?
    —Tal vez podríamos ocultarnos allí por algún tiempo —sugirió Gideon, y prosiguió—: y, bueno… no sé lo que pienses tú, Eskow, pero estoy seguro de que Jim y yo estamos ansiosos por entrar al auto submarino de Stewart Eden lo más pronto que podamos.

    No dijo por qué, pero sin que lo mencionara, supe lo que estaba pensando. Ninguno de los dos quería hablar de ello. Ninguno de los dos quería expresar sus esperanzas en voz alta.

    No estábamos seguros, sin embargo, de que mi tío Stewart hubiera muerto.

    Gideon señaló las ventajas de su plan: la ruta a la Isla de los Pescadores se ajustaba casi a la perfección a nuestras necesidades. Podríamos navegar muy cerca de la ladera del risco durante la mitad del camino, muy por abajo de la profundidad a la que los submarinos navegan habitualmente, y podíamos estar casi seguros de que estaríamos a salvo de ser descubiertos (ya que el equipo detector de microsonar tenía sus limitaciones, una de las cuales era que detectar hacia abajo era más difícil que hacerlo hacia arriba, debido al rebote del reflejo sobre el fondo del mar). Además, aun en el caso en que tuviéramos que pasar sobre el risco, en ese lugar el fondo estaba cubierto con picos y salientes; podríamos deslizamos a través de los valles situados entre ellos y la patrulla submarina tendría muy pocas probabilidades de localizamos.

    El viaje nos tomó menos de dos horas, a pesar de que tuvimos que ir serpenteando entre los picachos submarinos. Los autos de las patrullas submarinas que andaban explorando aparecían constantemente en nuestra pantalla de sonar, pero siempre se encontraban lejos. Estaba seguro de que no nos habían descubierto.

    Dimos vuelta alrededor de las laderas submarinas de la Isla de los Pescadores y maniobré la nave para que saliera a la superficie. A una profundidad de unos cuantos metros y guiándome por las indicaciones de la pantalla del sonar, encontré el canal que conducía a la laguna interior del arrecife de coral. Al atravesar el pasaje, el auto submarino que llevábamos enganchado en los garfios, debajo del nuestro, pasó casi rozando el fondo en algunos lugares. Salimos a la superficie a unos cien metros de la playa.

    Era la primera vez que me encontraba de nuevo en la superficie después de semanas que me habían parecido años.

    Di vuelta a la manivela que abría la escotilla superior y asomé la cabeza, preparado a recibir la enceguecedora luz del sol.

    No había sol. El cielo estaba cubierto por un polvo blanco. Era de noche y los millones de estrellas brillaban en la inmensidad y el agua lanzaba destellos de luminosa vida. En la playa reinaba una obscuridad absoluta. ¡Casi me había olvidado de que existían la noche y el día!

    Rápidamente consulté mi cronómetro, faltaba más o menos una hora para que amaneciera. Forzando la vista en dirección al horizonte, me pareció ver el principio de un débil resplandor violáceo.

    —Pongamos manos a la obra —dijo Gideon.

    Tardamos una hora en lograr maniobrar el auto submarino de mi tío para ponerlo en posición favorable. Conseguimos soltarlo del nuestro utilizando todas las combinaciones posibles de garfios y extensores hidráulicos. Lo llevamos luego hacia adelante de nosotros, hasta depositarlo sobre la arena. La marea estaba alta, al máximo de lo que suben las suaves mareas del Pacífico, y la parte superior del casco del submarino quedó a flor de agua. Esperamos media hora y luego media hora más, hasta que el nivel del agua hubo bajado exactamente bajo el nivel de la portañola de entrada.

    Los cuatro estábamos parados sobre el casco del pequeño auto submarino, esperando que las crestas de las olas lamieran más abajo del borde de la puerta. Brand Sperry estaba silencioso, pero se mostraba arrogante; Bob Eskow se veía muy cansado; Gideon y yo estábamos tensos y ansiosos. Yo tenía que hacer un gran esfuerzo para contenerme de abrir la puerta prematuramente.

    Ya no pudimos esperar más. Dejamos a Bob para que vigilara a Brand Sperry, y Gideon y yo abrimos la puerta de un tirón. Entramos precipitadamente. Una cascada de agua penetró detrás de nosotros cuando una ola, más alta que las otras, sobrepasó el nivel de la puerta. Pero eso fue todo.

    En el interior reinaba la más completa obscuridad y se percibía un olor fétido.

    El aire, caliente y enrarecido, era casi irrespirable. Sentí que me ahogaba y oí que Gideon tosía detrás de mí. Mi compañero había sido más previsor; y mientras yo miraba a mí alrededor, deslumbrado, tratando de ver en la obscuridad, se escuchó un ligero chasquido cuando encendió una linterna que llevaba en la mano.

    Estábamos en el compartimiento de popa. Alrededor de nosotros podíamos ver los signos de la traición de Catroni: el equipo destruido, los instrumentos destrozados, las máquinas saboteadas. Pasaría mucho, muchísimo tiempo, antes de que aquella nave pudiera ser reparada para poder navegar normalmente.

    Lo que andábamos buscando, sin embargo, no eran los restos del destrozo; buscamos por todos los rincones del compartimiento de popa, a la luz de la linterna de Gideon, algún rastro de mi tío o del otro hombre. No había nadie, ni vivo ni muerto.

    No se oía ruido alguno.

    Creo que aquel fue el peor momento para mí. Haber rescatado el submarino después de tantas dificultades era un triunfo tan grande que me había sentido casi seguro de que encontraríamos vivo a mi tío en su interior. En cierto modo ya me había imaginado lo que sentiría cuando abriera la puerta y saliera por ella Stewart Eden, sano y salvo, riéndose burlonamente...

    Sin decir palabra, Gideon me tocó en el hombro. Los dos nos dirigimos desesperanzados hacia la cabina de proa.

    No había destrucción. Después de todo, allí era donde habían estado mi tío y su amigo sin sospechar que Catroni estaba destruyendo el submarino. La obscuridad era más profunda aún. Gideon la taladró con el rayo de su linterna...

    Lo vimos al mismo tiempo. Frente al tablero de controles había lo que parecía un montón de ropa. Entramos precipitadamente, mi amigo pegado a mi espalda.

    El rostro que vimos, pálido y tranquilo, era el de mi tío Stewart. Tenía los ojos cerrados y estaba completamente inmóvil. Gideon se inclinó sobre él diciendo algo en voz muy baja.

    Me pareció que el tiempo se detenía. Al fin, mi compañero levantó la vista y me miró con los ojos desmesuradamente abiertos.

    —¡Alabado sea Dios, Jim Eden! —dijo devotamente—. ¡Aún vive!


    CAPÍTULO 19
    Vuelto a la Vida


    ASÍ FUE como Stewart Eden volvió a estar con nosotros.

    Le pedimos a Bob Eskow que nos ayudara y entre los tres logramos sacar a mi tío por la pequeña compuerta y lo depositamos sobre nuestro propio auto submarino, a la luz del día. Stewart abrió los ojos, me miró y sonrió, pero no tuvo fuerzas para hablar.

    Una vez más vino en mi ayuda lo aprendido en la academia. El agotamiento, la inanición y los perniciosos efectos del aire viciado no eran desconocidos para los hombres de la flota submarina. Durante cuatro años, cada semestre nos hacían aprender los métodos para aplicar un tratamiento de emergencia. Sacamos del pequeño botiquín para primeros auxilios del auto submarino, estimulantes, elixires y las maravillosas fórmulas químicas que garantizaban que harían volver inmediatamente a la vida a una persona casi muerta. Mi tío necesitaba de todos ellos. Mientras yo preparaba una solución de glucosa para alimentarlo por vía intravenosa, Gideon le inyectó toda una serie de drogas excitantes. Bob preparó el estimulador eléctrico para el corazón, colocando las bobinas en posición de poder emplear el aparato inmediatamente en caso de que fuera necesario. ¡Habíamos encontrado vivo a mi tío Stewart y no íbamos a permitir que muriera!

    No sé cuánto tiempo estuvimos esforzándonos en revivirlo. Debe haber sido una media hora, más o menos; no teníamos el complicado equipo que se habría precisado por más tiempo, pero el tiempo parecía haberse detenido. No sabíamos si habían transcurrido segundos o años.

    El tiempo comenzó a caminar nuevamente cuando le pusimos la última inyección y la solución alimenticia comenzó a circular en el interior de sus venas. Mi tío volvió a abrir los ojos.

    Eran los ojos despiertos de una persona sana. Eran los ojos moderadamente alegres y humorísticos que me miraban afectuosamente y los Cuales yo recordaba haber visto en mi niñez en aquella playa de New London.

    Mi tío Stewart Eden murmuró en su tono ligeramente burlón:

    —Hola, Jim.

    ¿Podría culpársenos de que en aquel momento de tan tremenda excitación nos olvidáramos de un par de cosas que en comparación con lo que habíamos estado haciendo parecían no tener mucha importancia?

    Colocamos al tío Stewart con la mayor comodidad posible en el reducido espacio del interior de un auto submarino. Lo envolvimos en mantas calientes v tratamos de que estuviera lo más tranquilo posible. Entonces, casi al instante, nos miramos unos a otros tontamente sorprendidos. Habíamos recordado algo.

    ¿Qué había sucedido con Brand Sperry?

    Dejamos a Gideon atendiendo a mi tío. Bob y yo corrimos hacia el otro submarino. Éste estaba meciéndose suavemente en la menguante marea. Parecía inofensivo y abandonado.

    En realidad lo estaba. Brand Sperry se había ido.

    Bob y yo miramos sobre la apacible laguna de la Isla de los Pescadores. El aspecto apacible del agua era engañoso. Sabíamos que estaba lejos de ser tranquila; habíamos visto las señales de advertencia de las aletas triangulares de los tiburones; sabíamos de las guaridas de pulpos, y de las veintenas de diferentes peligros que ocultaban las aparentemente inofensivas aguas en las pocas profundidades.

    —Si él escogió huir por un camino tan difícil —comentó Bob Eskow—, creo que lo mejor es que lo dejemos irse.
    —¡Especialmente porque ya no podemos hacer nada por evitarlo! —asentí yo—. No nos podemos quedar aquí para siempre. Él ya no tiene problemas. Dejémoslo en paz.

    Regresamos a nuestro submarino, sintiéndonos descansados y tranquilos por primera vez en mucho tiempo. Durante él, parecían haber transcurrido muchos meses.

    Stewart Eden se hallaba sentado y sus ojos brillaban. Gideon dijo que ya estaba lo suficientemente fuerte para hablar, pero que no lo excitáramos mucho.

    —Después de la..., podríamos llamarla cura de reposo que acabo de pasar —dijo Stewart, riéndose—, dudo que ustedes puedan excitarme demasiado. Créanme, aquello fue casi como una temporada de descanso. Mucho sueño, muchas horas sin hacer nada. No puedo quejarme en lo que a eso se refiere...

    Insistimos en que nos relatara lo sucedido, pero no le quedaba mucho que contarnos. Lo que nosotros habíamos obtenido de la mente de Catroni, lo que habíamos deducido después de ver el destruido interior de su auto submarino, eso era toda la historia. No había mucho más, excepto. . .

    —¡Uranio! —murmuró mi tío, con los ojos brillantes fijos en algo lejano, mucho más allá de todos nosotros—. ¡Miles y miles de toneladas de mineral de la mejor calidad, Jim! ¡Con sólo rascar un poco en el fango, allí está! El Abismo de Eden es el yacimiento más rico de mineral fisionable que jamás haya visto el mundo, y con mi nueva edenita puede ser extraído. ¡Lo hemos comprobado! —se inclinó hacia atrás, apoyándose contra la pared y jadeando con dificultad—. Eso significa energía para el mundo; energía para mover cualquier maquinaria que el hombre pueda construir durante los próximos siglos; energía barata; energía en cantidades que la Tierra nunca ha visto —sonrió, y como si se le acabara de ocurrir, dijo—: ¿Sabes, Jim, que vas a ser rico?
    —¡Pero eso no es mío, tío Stewart! —protesté—. Todo te pertenece a ti. Tú fuiste quien denunció las minas del Abismo de Eden y quien inventó la armadura.
    —¿Y para qué me servía todo eso mientras estaba encerrado allá abajo y miraba cómo iba bajando el nivel del oxígeno? No, Jim; no es mío, les pertenece a todos ustedes. Una parte a ti y una parte a mí, claro; pero también les corresponde una parte a Gideon y otra a Bob. ¡No hay necesidad de ser egoísta con esto! Hay más que suficiente para todos nosotros. Podremos caminar sobre billetes de a mil dólares, muchacho. Seremos más ricos de lo que jamás ha sido Hallam Sperry. Seremos. . .
    —Hallam Sperry —dijo Gideon, pensativo—. Señor Eden, usted me ha hecho recordar algo. Perdóneme un momento...

    Desapareció en dirección a la cámara de controles, y, después de un instante, lo oímos emitir un gruñido como si alguien lo hubiera golpeado. Cuando reapareció, su obscuro semblante estaba surcado por profundas arrugas.

    —Tal vez deberíamos dejar las felicitaciones para después —dijo—. Creo que nos estamos adelantando un poco. Mientras nosotros estábamos aquí sentados contando nuestro dinero y decidiendo cómo vamos a gastarlo, se nos vienen encima muchos problemas, ¡y vienen a toda prisa!

    Me apresuré a ir hasta el microsonar y las palabras de Gideon se hicieron realidad ante mis ojos. Vi una débil mancha que cruzaba en la brillante y azul pantalla del aparato. Era otro auto submarino y no estaba lejos, sino muy cerca de nosotros. No se encontraba dando vueltas como si estuviera patrullando, sino que navegaba directamente hacia la Isla de los Pescadores. Aquello sólo podía tener una explicación: en algún momento, quién sabe cómo, Brand Sperry había encontrado la oportunidad de llegar al aparato transmisor y había enviado una señal de alarma. ¡La nave de su padre venía ahora en pos de nosotros!

    —¡Cierra todas las compuertas! —le grité a Bob Eskow y él corrió a obedecer con la misma rápida disciplina que en nuestros días de la academia. Gideon saltó hacia donde estaban los instrumentos y yo puse en marcha los motores. Nos escabullimos del arrecife, bajo la superficie del agua, y nos sumergimos aún más.

    Esta vez no había esperanza de poderlos evadir. Nos tenían bien localizados y lo único que podíamos hacer era tratar de huir.

    Con toda la rapidez que nos podían llevar las máquinas trabajando a su máximo, avanzamos luchando contra la resistencia del agua, directamente hacia las profundidades del Pacífico.

    Nos deslizamos a través del agua, cada vez a mayor profundidad durante largos minutos, al mismo tiempo que observábamos el rastro de nuestros perseguidores en las pantallas. Al parecer, no nos ganaban terreno, pero yo sabía que llegaría un momento en que se nos terminaría la suerte. Nuestro pequeño auto submarino acababa de pasar por una prueba tremenda; había sido tratado con una rudeza despiadada y había llegado casi al límite de su resistencia cuando rescatamos a mi tío; lo habíamos forzado demasiado y por demasiado tiempo. Si pudiéramos mantenernos a cierta distancia delante de nuestros perseguidores hasta que llegáramos a Thetis o a una de las otras ciudades submarinas, cuando menos tendríamos la esperanza de lograr evadir a los asesinos de Sperry y poder llegar hasta algún alto funcionario del gobierno, muy muy alto como para que el poder de los millones de Sperry lo hubieran comprado... Pero no había que pensar siquiera en eso; el viaje hasta la ciudad más cercana tardaría muchas horas y, a la tremenda velocidad a la que íbamos navegando, no podíamos esperar que no hubiera alguna avería durante tanto tiempo.

    —Sumérgete más —dijo mi tío—; tal vez los podamos engañar.

    Empujé hacia adelante las aletas de inmersión y lo miré parpadeando, comenzando a sentir cierta esperanza.

    —¿Engañarlos? —le pregunté—. ¡Pero eso no será un engaño, tío Stewart! ¡Tienes razón! ¡De ese modo podremos evadirlos para siempre! Esta nave llegará hasta el fondo mismo del Abismo de Eden. Ellos jamás podrán llegar hasta nosotros. Podemos...
    —No, Jim —respondió mi tío moviendo la cabeza—. Aunque llegáramos al fondo del Abismo de Eden, ellos se limitarían a navegar en círculos por encima de nosotros, esperándonos. Alguna vez tendríamos que subir y allí estarían aguardándonos; pero el asunto es peor que eso. ¡Miren!

    Señaló hacia el muro de contención, donde una finísima aguja parecía penetrar en la cámara danzando en el aire. Me le quedé mirando asombrado sin comprender lo que era, pero Gideon sí lo comprendió.

    —Tenemos una vía de agua —dijo, y su voz resonó en el cuarto como una oración fúnebre.

    Stewart Eden asintió y murmuró fríamente:

    —Una vía de agua es la palabra correcta y eso que apenas estamos a unas cuantas brazas de profundidad. Si tuviéramos mi auto submarino en vez de éste...; pero no lo tenemos. Nunca podremos llegar al fondo del Abismo de Eden, muchacho; la única esperanza que tenemos es lograr persuadir a Sperry de alguna otra manera. ..

    Supe que sería una maniobra desesperada, pero era lo único que podíamos hacer.

    Todas las cartas parecían estar a favor de Hallam Sperry. Observamos la transparente pluma de rocío que parecía bailar en el aire surgiendo de la pequeña vía de agua de las planchas de nuestro casco. Luego volvimos nuestra atención a la pantalla del microsonar en donde el pequeño punto de luz que señalaba a nuestros perseguidores se acercaba a nosotros cada vez más. Para dondequiera que miráramos no había esperanza.

    Por un momento pensé que teníamos una probabilidad. El punto que nos seguía se movió rápidamente hacia arriba, en dirección a la mancha que indicaba el lugar donde se encontraba la Isla de los Pescadores. “¡Nos han perdido!”, pensé. "Creen que todavía estamos en la isla...” Pero aun en el momento en que lo pensé sabía que estaba equivocado. El punto titubeó únicamente un momento y luego continuó sumergiéndose hacia un lado de la montaña submarina, siguiendo nuestro rastro.

    Hallam Sperry se había detenido solamente el tiempo necesario para recoger a su hijo. Se había tardado unos minutos y ya no habría más demoras.

    Una hora después, el fin parecía haber llegado para nosotros.

    Mi tío Stewart se había puesto de pie y casi tocaba con la cabeza el techo de la pequeña cabina del auto submarino. Su voz era ronca y furiosa cuando habló ante la pantalla del sonar:

    —¡Calamares! ¡Puercos de mar! —murmuró—. ¡Malditos hijos de una mantarraya roñosa! ¡Ah, cómo me irrita ver que te salgas con la tuya, Hallam Sperry! ¡No me importa enfrentarme a la muerte, pero ver cómo tú y los de tu calaña gobiernan el mundo con la fuerza descubierta por mí..., eso me duele, eso me duele profundamente!
    —Siéntese y descanse, señor Eden —intervino Gideon, tratando de calmarlo—. Lo único que logra con eso es fatigarse.
    —¡Fatigarme! —la voz de Stewart Eden estalló apasionadamente—. ¡Ya me fatigaré apretándole el cuello a Sperry si acaso alguna vez logro ponerle las manos encima! ¡Jim!
    —¡Sí, señor! —respondí automáticamente.
    —Jim, te prometí que podrías caminar sobre billetes de mil dólares. No voy a poder cumplir mi promesa. Lo siento, muchacho. Lo más que puedo prometerte en este momento es que tendrás una tumba adecuada a un submarinero.
    —Eso es suficiente para mí, tío Stewart —contesté—, pero me repugna pensar que Hallam Sperry se apodere del Abismo de Eden.

    La sonrisa que se dibujaba en los labios de Stewart Eden indicaba que estaba dispuesto a luchar cuando dijo, con su habitual tono burlón:

    —Si eso es todo lo que te preocupa, muchacho, creo que puedo arreglar ese asunto inmediatamente. Eskow, ¿puedes comunicarte por radio con Thetis?
    —Sí, señor, pero no podrán llegar hasta nosotros a tiempo.
    —Claro que no podrán. Trata de comunicarte con ellos por radio. Eso es todo lo que te pido.

    Mientras Bob maniobraba los controles del potente transmisor de onda corta para grandes profundidades submarinas, mi tío escribió cuidadosamente un largo mensaje en letra de imprenta al dorso de un mapa del Abismo de Eden.

    Pasaron largos minutos y la sombra que nos seguía continuaba ganando terreno a los cansados motores de nuestro auto submarino. Al fin, Bob levantó la cabeza e informó:

    —Contacto con Thetis, señor.
    —Conforme —dijo mi tío—. Aquí tienes el mensaje.

    Bob lo tomó y leyó la primera línea.

    —No tiene dirección, señor —comentó—. ¿A quién debo enviárselo?
    —¡Dirígelo a todas las personas interesadas, muchacho! No esperes más. ¡Tienes que haber terminado de transmitirlo antes de que Hallam Sperry nos alcance! ¡Con una ligera embestida que nos dé su submarino, el nuestro se abrirá como si fuera una ostra!

    Bob parecía estar confundido, pero a medida que sus ojos iban leyendo más del mensaje, iba sonriendo, imitando la expresión lobuna de mi tío.

    —Muy bien, señor —dijo alegremente, y se inclinó sobre el transmisor.

    Me recosté sobre su hombro mientras sus rápidos dedos telegrafiaban el mensaje. Éste decía:

    “A quien corresponda: Habla Stewart Eden. Estamos siendo perseguidos y en breve seremos embestidos y hundidos por un auto submarino conducido o mandado por Hallam Sperry, quien ordenó el sabotaje de mi auto submarino experimental para grandes profundidades y el cual fue hundido en el Abismo de Eden. Actualmente, Sperry tiene en su poder uno de los dos modelos que existen de un auto submarino construido con una nueva clase de armadura de edenita, la cual hace posible llegar a cualquier profundidad de agua que haya en el mundo. Con esta armadura será factible explotar las minas del Abismo de Eden, donde está localizado un enorme yacimiento de uranio. Yo, Stewart Eden, otorgo y transfiero irrevocablemente y para siempre por medio de la presente, todos mis derechos, títulos e intereses en el proceso de fabricación de la nueva armadura, a todo el mundo libre. La fórmula para la fabricación es la siguiente: Se conecta en serie un generador capaz de mantener un campo de magnetostricción K-87 a. . .”

    El resto eran detalles técnicos, pero el efecto era muy simple:

    ¡Mi tío Stewart le había arrebatado a Hallam Sperry su superedenita al regalársela al mundo! Se habían esfumado los miles de millones de dólares que su aplicación nos habría dado a él y a mí. Tal vez se esfumarían también nuestras vidas, pero ¡Hallam Sperry no podría explotar los abismos del mar para su solo beneficio!


    CAPÍTULO 20
    Duelo en el Fondo del océano


    EL PUNTO suspendido en el centro de la pantalla del microsonar era nuestro auto submarino. Nuestro perseguidor estaba tan cerca que los dos puntos casi se tocaban en la pantalla.

    Los autos submarinos para grandes profundidades iban armados, pero a la velocidad que íbamos navegando, las armas eran inútiles. Existen torpedos, cohetes submarinos y minas, pero ninguno de ellos puede alcanzar la velocidad a la que se mueve un auto submarino navegando a toda marcha. Además, a la profundidad en la que nos encontrábamos y estando tan cerca un submarino del otro, cualquier explosión que destruyera al uno destruiría también al otro. La sola concusión desfondaría los cascos de ambas naves.

    A lo que debíamos temer era a una embestida y no era más que cuestión de segundos para que ésta se produjera.

    Mi tío Stewart ya estaba completamente recuperado, como si hubiera pasado todo un mes dándose baños de sol artificial bajo las lámparas de troyón de Thetis. Él mismo manejaba los controles. Había construido la nave y podría sacar hasta el último ápice de velocidad de las forzadas máquinas, pero aun haciéndolas trabajar a su máximo límite como él lo estaba haciendo, no podíamos ganarle una sola braza a nuestro perseguidor, que se cernía muy cerca, detrás de nosotros. A cada segundo, Sperry se acercaba más; cada segundo nos aproximaba más al rápido empellón que haría ceder las planchas de nuestra nave y nos enviaría en barrena hasta el fondo del océano.

    Ya nos hallábamos a demasiada profundidad para nuestra seguridad; Gideon y Bob Eskow martillaban metiendo cuñas para calafatear las filtraciones de las juntas del casco, pero, bajo la tremenda presión que trataba de abrirse paso, las cuñas salían disparadas como flechas tan pronto como las metían. Estábamos a mil quinientas brazas de profundidad, más hondo del límite de seguridad para cualquier submarino normal, y cuando menos al doble de profundidad a la que debíamos habernos atrevido a llevar al debilitado y destartalado armatoste que íbamos piloteando.

    No había escapatoria. No podíamos hacer nada. Ni siquiera podíamos dar la vuelta y pelear. Sólo podíamos seguir huyendo..., sin esperanza alguna. <