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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    MARINIA (Frederick Pohl y Jack Williamson)

    Publicado el miércoles, mayo 10, 2017

    Sinopsis

    Tras la muerte de sus padres, Jim Eden, recibe la visita de su tío Stewart, comandante retirado de la Marina, que le habla del mar, de su padre y de Marinia, con sus ciudades gigantescas bajo el mar. Finalmente, le entrega su solicitud aceptada para ingresar en la Academia Submarina. Este será el comienzo de sus aventuras bajo el mar.



    CAPÍTULO 1
    La Carta del Membrete Platinado


    LA PRIMERA vez que vi a mi tío Stewart Eden, acababa yo de cumplir los diez años.

    Vino a nuestra casa, en New London, donde siempre había vivido la familia. La señora Flaherty, la anciana ama de llaves, quien era toda la “familia” que me quedaba, me había preparado para su llegada, pero no me dijo nada de su apariencia personal.

    Yo estaba parado en el pórtico cuando mi tío llegó, bamboleándose al caminar. Era un gigante de rostro pálido, barba bronceada y que cojeaba ligeramente a causa de una vieja herida. Su voz sonaba extrañamente suave.

    —Tú eres Jim —dijo, y se rascó la cabeza. Eso fue todo.

    Supongo que él no sabía mucho respecto a niños de diez años de edad ni si mi reacción sería soltarme a reír o a llorar, o si me escondería detrás de la puerta a su llegada. Creo que intuyó que si me daba unas palmaditas en la cabeza o si me estrechaba la mano yo rompería en llanto; me imagino que eso es lo que hubiera hecho. Yo siempre había vivido solo, excepto por el ama de llaves, hasta donde podía recordar.

    Mi tío no podía correr ese riesgo, porque no tenía tiempo para lloriqueos. Puso en el suelo su estropeada maleta de piel de tiburón y miró su reloj. ¡Qué característico era ese gesto en él! Debe haberlo hecho unas mil veces aquella tarde de su llegada y cada vez que lo hacía fruncía el ceño, como si las horas estuvieran transcurriendo con demasiada rapidez para él y los minutos desaparecieran antes de que pudiera aprovecharlos.

    —Vamos —murmuró con voz suave.

    Me tomó de la mano y me hizo bajar los escalones, no como lo hace un adulto conduciendo a un niño, sino como un camarada ayuda a otro.

    Me resistí y dije con incertidumbre:

    —¿Qué dirá la señora Flaherty?

    El ama de llaves no me permitía salir solo desde el día en que me encontró atrapado en una campana de buceo que yo me había construido y tuvo que llamar al cuerpo de bomberos para que me sacaran del fondo del lago.

    —Olvida a la señora Flaherty —murmuró entre dientes con su afectuosa voz—. Ahora ya eres un hombre, Jim. Los hombres tenemos derecho a salir juntos de vez en cuando.

    Lo seguí con cierta duda, pero ésta se desvaneció cuando vi con el rabillo del ojo a la señora Flaherty que nos observaba detrás de la cortina. Sus labios sonreían, aunque se estaba limpiando las lágrimas de los ojos. ¡Pobre señora Flaherty! Había sido demasiado leal al recuerdo de mi madre, aun para querer ocupar el puesto de ella ante mis ojos, pero no podía evitar pensar en mí como si fuera su propio hijo.

    ¡Aquella tarde fue muy importante!

    Mi tío me llevó hasta la playa en el enorme y rápido monorriel. Miré anhelante en dirección del parque de diversiones cuando pasamos por allí, pero mi tío movió la cabeza negativamente.

    —No, Jim —me dijo, emitiendo una risita—. Los tiovivos y las montañas rusas no son cosas de hombres. Desde hoy tienes que ser un hombre. Tú y yo vamos a ver algo que jamás has visto...

    Tenía razón. Aquella tarde, mi tío me mostró el mar.

    ¿Nunca antes lo había yo visto?

    Nunca, a pesar de que todos los días observaba desde mi ventana la línea blanca de las olas al romperse, o la raya grisácea de las gaviotas contrastando contra el horizonte. Y a pesar también de las horas y más horas que mi padre y yo habíamos pasado navegando en pequeños veleros.

    Aquella tarde, mi tío me mostró lo que era realmente el mar. Nos sentamos en el malecón a observar las gaviotas, los cargueros submarinos que se deslizaban a lo lejos por el agua, y las olas que se rompían debajo de donde nos encontrábamos. Él me habló. Me relató cosas extrañas y maravillosas; me enseñó por qué el mar había sido toda su vida y cómo podría llegar a ser también la mía.

    Me mostró la grandeza misma del mar; la inmensa y sólida maraña submarina de abismos, picachos, ciudades y junglas desconocidas de algas marinas, de la cual la parte que nosotros vemos es únicamente la corteza, delgada como un papel de China. Mi tío había consagrado su vida a las tierras que existen bajo el mar y, aquella tarde, en las rocosas playas de Connecticut, comencé a comprender la causa de su devoción por el océano.

    El sol ya estaba muy bajo a nuestras espaldas cuando mi tío dejó de hablar. No tanto porque no tuviera más que decir (y puedo asegurarles que tampoco porque yo me hubiera cansado de escucharlo), sino porque no era posible relatar toda la historia del mar. Eso era algo que cada hombre debería tratar de descubrir por sí mismo. Algo que tendría que vivir, porque jamás podría ser expresado en palabras.

    Volvió a ver su reloj en la forma insistente, casi preocupada que acostumbraba, y suspiró.

    —Es todo un mundo, Jim —me dijo, poniéndome la mano sobre el hombro—, y tengo que regresar a él. Desearía poder pasar un poco más de tiempo contigo para hacerte saber algo más, pero debo marcharme esta noche.

    Me paré lo más derecho y erguido que pude, tratando de aparentar mayor edad de la que tenía.

    —Tío Stewart —contesté hablando con voz profunda, como si fuera un adulto—. ¡Llévame contigo!

    No sonrió ni me dio ninguna palmadita en la cabeza. Sólo dijo pacientemente:

    —No, Jim. Créeme que lo haría si fuera posible. No sería agradable para ti. La vida en las ciudades que hay bajo el mar es dura. No hay lugar para ti en ellas... todavía. Tienes por delante seis años de escuela aún, antes de que puedas comenzar a pensar en ello. Pero el tiempo pasará, Jim —continuó diciéndome, y su mano apretó mi hombro con más fuerza, como para tranquilizarme—. ¡No pasará rápido, no! No quiero engañarte en eso. Pasará lenta, muy lentamente. Es duro estudiar, ver al maestro y leer los libros, cuando se sabe que las ciudades del mar están brillando allá abajo, listas, esperándolo a uno, pero algunas cosas son duras en esta vida, y a pesar de eso, tenemos que hacerlas. Tu padre. . . —hizo una pausa y desvió la mirada de mí mirando a lo lejos. Luego, continuó con mucha calma—: Tu padre fue un hombre admirable, Jim. De no haber sido por un incidente desgraciado y por un mal hombre, tal vez él habría estado hoy aquí en vez de mí —meneó la cabeza. El tono alegre de su voz casi había desaparecido cuando agregó suavemente—: No es correcto odiar a nadie, muchacho, pero algunos hombres hacen que uno se sienta tentado a odiarlos casi irresistiblemente.
    —¿Te refieres al señor Hallam Sperry? —pregunté con voz aguda.
    —Exactamente. Del señor Hallam Sperry es de quien estoy hablando. Todo lo que tu padre fue y todo lo que hizo fue bueno. Él, más que ningún otro hombre, fue quien convirtió a Marinia en una potencia en el mundo.

    ¡Ciudades gigantescas bajo el agua! Y fue tu padre quien ayudó a construirlas allí. Después él murió, y Hallam Sperry se apoderó de todo —miró a lo lejos, sobre el mar, con amargura. Luego, sacudió la cabeza, volvió a sonreír y agregó—: ¡Pero eso ya ha pasado, Jim! Tu padre jamás evadió sus responsabilidades y su hijo tampoco lo hará, ¿verdad, muchacho? De modo que irás a la escuela a aprender tus lecciones y a prepararte a ser hombre. Serán seis años, y aún después de esos seis años la escuela no habrá terminado. Sólo que después la escuela será diferente.

    —¿Diferente? ¿Por qué? —le pregunté.

    No podía comprender bien lo que me decía ese desconocido que era mi tío, pero me sentía extrañamente excitado y feliz.

    —¡Será muy diferente! —sonrió amablemente, haciéndome olvidar la decepción, y puntualizó—: Verás, Jim. La gente recuerda a tu padre y..., bueno, yo también tengo amigos. No te haré esperar. Si el mar es lo que tú deseas en la vida, entonces esto es tuyo. Ábrelo, Jim —dijo, entregándome un sobre azul marino que tenía un brillante membrete platinado.

    Saqué el papel y lo desdoblé con manos temblorosas a causa de mi ansiedad. En el membrete estaba escrito: Academia Submarina de los Estados Unidos. Debajo de él, redactado en letras brillantes de color escarlata, había un corto mensaje dirigido a mí:

    “Muy señor nuestro:
    ”El señor Stewart Eden, comandante retirado de la Marina de los Estados Unidos y tutor legal suyo, ha presentado una solicitud a nombre de usted. Dicha solicitud fue revisada por la Mesa de Admisiones de esta Academia y ha sido aceptada.
    ”El primero de septiembre siguiente a su decimosexto cumpleaños, deberá usted reportarse ante el Oficial de Cubierta de la Sección de Admisiones de esta Academia, para ser asignado a un escuadrón de entrenamiento.

    Atentamente,
    ROGER SHEA LARRABEE,
    vicealmirante de la Marina de
    los Estados Unidos.”


    Me quedé mirando asombrado la maravillosa, la increíblemente maravillosa carta.

    Después de un momento, la alegre voz de mi tío preguntó:

    —¿Bueno, Jim? ¿Es eso lo que deseas?
    —Tío Stewart —le respondí—, eso es lo que más deseo en el mundo.

    Luego, a pesar de tener diez años y sentirme un adulto en aquel día, creo que lloré.

    Los seis años transcurrieron tal como me lo había advertido mi tío. Pasaron lenta y difícilmente, pero con aquella carta guardada bajo llave en mi baúl, parecieron menos duros. Tenía que aprender muchísimas cosas para estar preparado para la academia: matemáticas, inglés, una docena de ciencias diferentes, idiomas, historia y muchas, muchas cosas más. Seis años no fueron un lapso muy largo para la tarea.

    Pero las aprendí, y aprendí también algunas otras cosas, entre ellas, a comprender quién era realmente mi tío Stewart, el de la voz suave y calmada.


    CAPÍTULO 2
    El Cadete Eden se Reporta a Servicio


    EL BRILLO del sol de Bermuda era cegador. El taxi que me llevó del aeropuerto me dejó frente a las puertas de coral, y un cadete submarino, vestido con el uniforme rojo de gala, presentó armas rigurosamente.

    Me quedé parado allí con mi maleta en la mano preguntándome si debería saludar. El conductor del taxi se alejó sonriendo en su vehículo y el cadete tomó la decisión por mí.

    —Avance e identifíquese —ordenó secamente.
    —James Eden se reporta —dije, tratando de pararme en posición de firmes—. Aquí están mis órdenes.

    Le entregué los documentos de viaje que me habían llegado por correo la semana anterior. El cadete los examinó rápidamente.

    —Pase, cadete Eden —respondió. Luego, la tensa formalidad desapareció por un momento de su rostro y añadió sonriendo—: Buena suerte.

    Esa fue la primera vez que vi la Academia Submarina.

    Al entrar por aquella puerta, Jim Eden desapareció; había nacido el cadete Eden J., de la Armada Submarina de los EE.UU.

    Las primeras horas pasaron como si se tratara de segundos. Fueron una sucesión de exámenes físicos, cuestionarios, entrevistas, instrucciones, conseguir mis uniformes y mi equipo y encontrar mi alojamiento. En el departamento de proveeduría, situado en el interior de una especie de hangar, los activos dedos de la máquina ajustadora recorrieron mi cuerpo, produciendo ligeros chasquidos y zumbidos hasta que por fin, en la compuerta de salida del sastre automático surgió, ya terminado, mi primer uniforme.

    Era el uniforme de faena color verde-mar obscuro, usado por los submarineros. Ahora que la máquina ya había registrado mis medidas, yo podía obtener de ella los demás uniformes a medida que los fuera necesitando. Mientras los brazos del pantógrafo tridimensional diseñaban la camisa y las máquinas expendedoras del plástico, semejantes a arañas produciendo su tela, tejían y entretejían fabricando el material, el intendente de proveeduría me gritó:

    —¡Apresúrese, amigo! Vístase con esa ropa. ¡La marea no espera!

    Pero bien podía haberse ahorrado el aliento, porque tan pronto como se abrió la puerta y el uniforme colgó hacia afuera, todavía con brillantes gotas del lavado químico, comencé a ponérmelo. Cuando la compuerta de cristal volvió a cerrarse, pude verme reflejado en ella. Fue difícil evitar que mi cara sonriera. Ahora todo el mundo podía verlo claramente. ¡Ya era yo un submarinero!

    Pero el siguiente almacenista ya me estaba gritando y no tuve tiempo de seguir admirándome en el cristal.

    Salí tambaleándome del almacén de proveeduría, gruñendo bajo el peso de casi cincuenta kilogramos de equipo, que serían los implementos v los símbolos de mi nueva vida. Cuando llegué a la puerta, el sol del Caribe parecía la entrada de un homo que se abría a un metro de mi cabeza. El calor, después de mi estancia en el enorme y frío almacén, fue como una sacudida para mí.

    Tuve que cruzar una distancia de noventa metros a través del patio en forma de cuadrángulo para llegar al dormitorio al que había sido asignado. Cuando estuve allí, iba haciendo eses.

    Tal vez fue el sudor que obstruía mis ojos la razón por la que no vi al superior vestido de rojo que dio una brusca vuelta a la derecha y comenzó a subir los escalones adelante de mí.

    Tropecé contra él.

    Mi equipo cayó sobre los escalones y dejé oír un gruñido, pero dije, un poco malhumorado, debo admitirlo:

    —Lo siento —y me agaché para recoger mi casco.
    —¡ATENCIÓN!

    La palabra restalló como un latigazo y aclaró mi nublado cerebro como por arte de magia.

    Me enderecé de un salto y lo más inteligente que se me ocurrió decir fue:

    —¡Lo siento, señor!

    El cadete me miró desde lo alto de los escalones con una expresión de disgusto. Era tan alto como yo, pero más corpulento. Sus ojos me miraban fríamente por debajo de su achatada gorra roja y en cierto modo me infundían una sensación de peligro.

    —¡Guarde silencio, señor Novato! —respondió secamente—. Cuando un oficial o un superior deseen saber si usted lo siente, se lo preguntarán. No trate de dar ninguna información que no se le pida. Y párese en posición de firmes, amigo. ¡Firmes! Los brazos a sus costados.
    —Pero se me caerá el casco —objeté.
    —¡Se-e-ñor Novato!
    —¡Sí, señor! —dije, y bajé los brazos.

    El casco volvió a caer al suelo. Había tenido suerte la primera vez, pero a la segunda caída, se estrelló el cristal del visor.

    El superior no le prestó ninguna atención.

    Se me quedó mirando fríamente un momento; luego descendió los escalones v caminó lentamente a mi alrededor. Cuando hubo completado un círculo, movió la cabeza y dijo en tono de quien está conversando:

    —He visto muchísimos ejemplares indeseables en mi vida, señor Novato, pero en los dos años, tres días y trece horas que llevo en la Academia Submarina, jamás había visto ninguna persona, animal o cosa. . . (y debo aclarar que no estoy seguro a qué clasificación pertenezca usted) que se mostrara tan poco prometedor a llegar a ser alguna vez algo escasamente parecido a lo peor que exista para formar a un segundo ayudante de un desaguador de tercera categoría —luego agregó—: Si yo dijera que es usted una desgracia para el país, para el servicio militar y para la Academia, señor Novato, podrían culparme de estarle haciendo el mayor de los halagos. En vista de esto, puede verse claramente que es imposible que usted dure en esta academia siquiera dos semanas. No debería yo molestarme ni interesarme en lo absoluto por usted. Estoy desperdiciando el precioso tiempo de la Academia al hacerlo así, pero, señor Novato, todo buen submarinero es caritativo. Mi buen corazón me obliga a hacer lo que yo pueda por prolongar su inútil y molesta estancia entre nosotros lo más posible. Por lo tanto, me tomaré cierto interés en su educación —puso las manos en sus caderas y se me quedó mirando fijamente—. Para comenzar, señor Novato, lo invito a que aprenda la Regla Número Uno. ¿Quisiera usted aprenderla? Puede usted responder con dos palabras: la primera, de una sílaba, y la segunda, de dos, siendo esta última “señor”.

    Los músculos de la quijada me temblaban, no podría decir si de rabia o si porque sentía un impulso nervioso de soltar una carcajada, pero le respondí obediente:

    —Sí, señor.
    —Muy bien —asintió bruscamente—. Lo hizo muy bien si tenemos en consideración que me contestó en una forma más o menos apropiada y que fue la primera vez que lo intentó. Lo felicito, señor Novato. Puede haber alguna esperanza para usted, después de todo. Tal vez dure aquí tres semanas, quizá hasta tres semanas y dos o tres días más, antes de que la Junta de Adecuación se vea obligada a llegar a la conclusión de que está completamente incapacitado para tocar siquiera las botas de un verdadero submarinero. Sin embargo, continuemos con la Regla Número Uno. ¡Atención a sus órdenes, señor Novato! La Regla Número Uno dice: “Siempre que se encuentre con algún superior se parará usted en posición de firmes hasta que él le dé permiso de abandonar esa posición o le haga comprender, al alejarse de usted una distancia de cuando menos cinco metros, que no está interesado en lo que usted hace.” ¿Lo comprendió?

    Comencé a decir “sí, señor”, pero volví a cerrar la boca inmediatamente. Él no me había dado permiso de hablar. Ya estaba comenzando a aprender las reglas.

    Pero no lo hice con suficiente rapidez. Se quedó viendo fijamente mi quijada con mirada absorta.

    —Un tic facial —murmuró para sí—. Parece que este individuo es subnormal también físicamente además de serlo mental, moral, emocional y todo lo demás terminado en “mente” —suspiró—. Bueno, ya tuvimos suficiente de esto, señor Novato. Es bien conocido que memorizar reglas difíciles, especialmente aquellas que contienen cuarenta palabras, requiere una concentración absoluta. Para ayudarlo a conseguir esta condición, voy a permitirle dar quince vueltas alrededor del cuadrángulo. No me lo agradezca; me siento complacido en hacerlo por usted. Es por su propio bien. No es un castigo. Está destinado únicamente a ayudarlo a concentrarse. Sin embargo —agregó—, debemos considerar también la cuestión del castigo. Por conducta indebida en un cadete submarino...; para ser más específicos: por atropellar a un superior, puede usted dar cinco vueltas más. Y por destrucción negligente de la propiedad del gobierno —sus ojos dieron un rápido vistazo sobre mi estrellado visor—, diez vueltas más. Ya me ha hecho usted perder mucho tiempo, señor Novato. Sea tan amable en comenzar inmediatamente. ¡La marea no espera!

    Sin decir una palabra más, dio media vuelta y subió los escalones.

    Esa fue mi presentación en la Academia Submarina. Ni siquiera conocía yo el nombre de aquel cadete.

    Treinta vueltas al cuadrángulo, que tienen noventa metros por lado, equivalen casi a once kilómetros.

    Las di. Tardé un poco más de tres horas en hacerlo, y las últimas vueltas las caminé en un estado casi de coma.

    Cuando estaba dando la vuelta número veinticinco, se me ocurrió que nadie las estaba contando; solamente yo sabía cuántas había dado. En la número veintisiete tuve que hacer un esfuerzo para que mis piernas continuaran caminando alrededor del mareante patio, pero únicamente la obstinación me hizo continuar. La Academia era para hombres de honor y, aunque uno de los superiores era obviamente un bruto sádico, yo iba a seguir al pie de la letra toda orden que se me diera mientras vistiera el uniforme.

    Al fin, terminé las vueltas.

    Recogí todo mi equipo que había quedado esparcido en el suelo. Docenas de cadetes habían subido por las escaleras mientras yo estaba haciendo mis vueltas, pero ninguno se había dignado mirarme siquiera. Busqué y encontré el camino hasta mi cuarto.

    Cuando abrí la puerta, un muchacho, novato como yo, de corta estatura y sorprendentemente joven, se puso de un salto en posición de firmes. Descansó después de verme.

    —Tú debes de ser Eden —dijo, extendiéndome la mano—. Me llamo Eskow. Ya vi que tuviste mala suerte allá afuera.

    Estaba sonriendo; me agradó el modo amistoso como lo hacía.

    —Creo que comenzaste antes que los demás —continuó—. Pero tú no serás el último. Todos estaremos allá afuera tarde o temprano. Si me conozco bien, seré uno de los primeros y de los que más a menudo andarán por allí.

    Dije algo entre dientes y coloqué el equipo sobre mi catre. La cama sin hacer, con la ropa, los libros y el equipo esparcidos encima de ella presentaba un cuadro del más completo desorden, tan desordenado y desaseado como yo mismo me sentía.

    Miré en dirección a la cama de Eskow. Estaba perfectamente hecha y había una frazada extra colocada transversalmente sobre la almohada. La puerta de su armario estaba abierta y podía verse todo su equipo muy bien guardado y ordenado. El mismo Eskow tenía las mejillas sonrosadas y se notaba que acababa de bañarse y rasurarse..., aunque creo que él bien podía haber omitido el rasurarse, todavía por algún tiempo, antes de que se le notara que no lo había hecho.

    Mi aspecto debió revelar cómo me sentía, porque Eskow dijo:

    —¡Ánimo, compañero! Te daré una mano. No tenemos nada que hacer hasta la hora de cenar y no habrá ninguna inspección hasta después de la cena. Descansa un poco.

    Me hundí en la silla mientras mi compañero de cuarto comenzaba a separar y a guardar mis cosas alegremente. En un par de minutos, comencé a sentirme mejor; me levanté y me puse a ayudarle. Tendría que pasar bastante tiempo antes de que se me quitara el dolor de los pies; parecía que no toda mi suerte había sido mala aquel día. Sin embargo, si Eskow iba a ser mi compañero de habitación durante los siguientes cuatro años, podía considerarme un hombre afortunado a juzgar por la primera impresión que tuve de él.

    Aquella noche, durante la cena, volví a ver al superior de aquella tarde. Estaba sentado solo a una pequeña mesa, al extremo del salón comedor. Toqué disimuladamente con el codo a Eskow y se lo señalé.

    Como a los cadetes del primer año no se les concedía el privilegio de poder conversar durante las comidas, Eskow murmuró por un lado de la boca:

    —Se llama Sperry. Siento decírtelo, Jim, pero él es el oficial que está al mando de nosotros. Lo vas a tener que ver muy a menudo hasta que se gradúe —Eskow titubeó—. Sperry —repitió mirando fijamente al frente—. Me pregunto si él no será. . .

    Uno de los superiores estaba mirando en nuestra dirección, por lo que mi amigo no acabó de contestar lo que se preguntaba.

    Pero entendí lo que quería decir, y la respuesta era “sí”: el oficial cadete Brand Sperry, al mando de Fletcher Hall, era el hijo de Hallam Sperry, el alcalde millonario de la ciudad de Thetis, en Marinia.

    Algo en las facciones del joven Sperry me había parecido familiar desde un principio; familiar y, extrañamente, casi peligroso. Al principio no supe lo que era, pero ahora ya lo sabía: yo había visto muchas veces la fotografía de Hallan Sperry, y el cadete que estaba sentado ahora ante la pequeña mesa se parecía a ella. En la foto aparecían su padre, el mío y mi tío Stewart. Fue tomada cuando todo lo que existía de Marinia era apenas un par de pequeños puestos de avanzada submarinos; los tres eran muy jóvenes. Mucho antes de que la amarga disputa distanciara a Sperry de los Eden. Mucho antes de que muriera mi padre como un hombre brillante y famoso, pero cuya fortuna y propiedades se habían desvanecido.

    Me llevé el tenedor a la boca con los movimientos precisos y exactos aprobados por la academia en la que una herencia combinada de las antiguas Annapolis, West Point y la Academia de Aviación de Colorado había producido una riqueza en tradiciones y miles de reglas destinadas a confundir a los novatos del primer año como yo. Casi no le tomé sabor a la comida.

    Si el hijo del hombre que había defraudado a mi padre y había intentado hacer lo mismo con mi tío iba a ser mi comandante, la misión que yo iba a tener que cumplir en la Academia Submarina iba a ser difícil. Ciertamente, nuestro primer encuentro había sido un mal principio. ¿Podría haber sido, acaso, que me había reconocido? ¿Que había buscado deliberadamente aquel encuentro para asegurarse de que yo me doblegaría ante él?

    No podía creerlo. Sin importarme lo que el padre de Brand Sperry pudiera ser, el hijo era un oficial cadete del Servicio Submarino, y mientras estuviéramos juntos en el servicio, no habría dificultades entre nosotros que yo buscara deliberadamente. Allí mismo, en ese momento, me hice esa promesa.

    Comoquiera que fuera, no disfruté de mi primera cena en la Academia Submarina.


    CAPÍTULO 3
    Los Hijos de la Flota Submarina


    EL TOQUE de diana fue a las 4:45 de la mañana. ¡Todavía se veían las estrellas!

    Allí estábamos parados bajo la luz anunciadora del amanecer. Éramos trescientos muchachos temblorosos que tratábamos de mantenernos en posición de firmes. Debimos haber formado un extraño grupo de novatos dentro del sagrado recinto de la Academia Submarina. Casi hasta disculpé al capitán cadete Sperry por su expresión de disgusto.

    Después de que corrieron lista, regresamos a nuestras habitaciones y nos preparamos a que nos pasaran inspección. Después de un abundante desayuno (¡el levantarse antes del amanecer despertaba enormemente el apetito!) salimos para dar principio a nuestro primer día de entrenamiento.

    Todos y cada uno de nosotros habíamos sido preparados para aquel primer día desde que teníamos diez o doce años. Cada uno había estudiado tanto acerca de las materias básicas que se nos enseñarían, como nuestras jóvenes cabezas habían podido retener. No solamente matemáticas, ciencias y teoría naval, sino también una enorme variedad de estudios diferentes: desde el arte hasta la ingeniería; desde balística hasta ballet. Durante años, la tendencia en las escuelas había sido cada vez más hacia la especialización, pero nosotros, los futuros oficiales de la flota submarina, teníamos que profundizar en todo el conocimiento y todo el saber humanos.

    Estábamos preparados y comenzamos a trabajar inmediatamente. Sudando en los campos de atletismo dentro de nuestros uniformes de faena. Sentados en rígida atención detrás de nuestros escritorios, con los uniformes blancos de cuartel. Desfilando a través de los campos de entrenamiento, vistiendo nuestras llamativas casacas color escarlata.

    Era un trabajo fuerte. Duro a propósito. Ningún debilucho podría llegar a tener el mando de una nave submarina. El servicio no podía permitirlo. Un momento de debilidad o de vacilación podría significar la destrucción, el hundirse en las tremendas profundidades del océano, donde el enorme peso de los kilómetros de agua que hay encima podría aplastar cualquier objeto de acero o hierro como si estuviera hecho de cartón. Sólo una cosa hacía posible que nuestros submarinos navegaran a seis mil metros o más bajo la superficie; solamente una cosa podía hacer sobrevivir bajo sus cúpulas a las ciudades de Marinia; su nombre era: la Edenita.

    Bob Eskow fue el primero de mis condiscípulos en hallar relación entre la palabra “edenita” con el nombre de su compañero de cuarto, el cadete James Eden, y me preguntó directamente si yo era pariente del inventor de ella, Stewart Eden.

    Desde el día en que conocí a mi tío, había yo descubierto el significado que tenía el nombre de Stewart Eden. Traté de evitar que apareciera orgullo alguno en mi voz cuando le respondí:

    —Es mi tío.
    —¡Tu tío! —exclamó Bob impresionado. Se quedó pensativo un momento, y luego se aventuró a decir cautelosamente—: Dicen que está trabajando ahora en algo nuevo, en algo que...
    —No puedo hablarte de eso —le interrumpí.

    Y era verdad; no podía hacerlo porque no sabía nada acerca de ello. De cuando en cuando aparecían historias en los periódicos acerca de lo que estaba haciendo Stewart Eden en Marinia, pero todo lo que yo sabía era lo que había leído en ellos. Lo poco que había sabido de mi tío estaba relacionado directamente conmigo y con mi enseñanza y nada se refería a él o al trabajo que estaba realizando.

    Eskow no hizo más presión sobre ese punto. Yo pude notar en su rostro franco, el momento exacto en que él recordó que entre la familia Eden y la familia Sperry había dificultades...

    La voz se corrió rápidamente, y antes de que transcurriera una semana, la mitad de la clase estaba haciendo apuestas sobre cuánto tiempo pasaría antes de que se declarara francamente la guerra entre nuestro superior y yo. La historia de la pugna habida entre Hallam Sperry, mi padre y mi tío era del dominio público, pero mi tío me había enseñado, en sus poco frecuentes cartas, que los hombres sensatos no odian, y yo estaba tratando de obrar de acuerdo a su consejo en mis relaciones con Brand Sperry.

    Una tarde conversé sobre ello con Bob Eskow. Las clases habían terminado y podíamos disponer de media hora antes de la cena.

    Estábamos sentados en el amarillento césped, frente al comedor, y observábamos las gigantescas nubes que se acumulaban en lo alto sobre el agua. Bob dijo titubeante:

    —Tal vez deberías hablar con Sperry, Jim. Quizá eso disiparía la atmósfera.

    Recordé mi primer encuentro con él en los escalones que conducen a los dormitorios, y respondí:

    —A él no le agradan los novatos.
    —Ese es el riesgo que tienes que correr. Es decir, si deseas hacerlo. Es tu problema, Jim. No puedo decirte lo que debas hacer, pero lo que sé, es que todo esto es causa de mucha habladuría.

    Yo ya había tomado una decisión. Estaba seguro de haber aprendido una cosa: que los novatos no hablan a sus superiores si no son invitados por éstos a hacerlo.

    En todo caso, pensé, los comentarios irían disminuyendo. La pugna entre Hallam Sperry y los Eden era ya historia antigua; el rompimiento entre ellos había ocurrido mucho antes de que yo hubiera nacido. ¿Para qué despertar a las fieras dormidas?

    ¡No sabía yo cuán alerta estaba esa fiera dormida!

    Pero tenía muy poco tiempo para ocuparme de mis problemas personales, y a medida que fueron pasando los días, los comentarios fueron decayendo. Comenzamos a parecer cadetes en vez de civiles. Trabajamos, estudiamos, nos ejercitamos y, poco a poco, empezamos a mostrar de qué madera estábamos hechos.

    Dije que trescientos de nosotros iniciamos el curso. En el transcurso del primer mes ya habían quedado eliminados veinticinco. Algunos no fueron capaces de soportar el esfuerzo físico; otros no pudieron asimilar siquiera los estudios científicos básicos de los comienzos del año, y otros no pudieron adaptarse a la disciplina. Veinticinco no era un número muy grande y era casi seguro que, para la época de nuestra graduación y la ceremonia de asignación de comisiones, no quedaríamos más de cien.

    El servicio no podía aceptar debiluchos.

    A los que quedaban eliminados se los disputaban generalmente las líneas de submarinos comerciales. El simple hecho de haber pasado el examen de admisión a la academia era una prueba de que se tenían grandes aptitudes para comandar un submarino. De los doscientos que quedaban eliminados en una clase promedio de trescientos, cuando menos la mitad de ellos llegarían a ser oficiales marinos en las compañías civiles.

    A menudo me preguntaba si yo llegaría a calificar. La lista de nuestros estudios para el primer año era simplemente aterradora: minería submarina, diseño de motores y cascos para submarinos, operación y reparación de acumuladores Vau´lain; alumbrado con tubos de troyón, generadores de aire sintético, arquitectura submarina y reparación y mantenimiento de los generadores Eden.

    Por supuesto, yo le llevaba ventaja al resto de mis condiscípulos en esto último. En la primera clase que tuvimos acerca del generador Eden, Eskow francamente sintió envidia de mí. Después de todo, ¡mi tío lo había inventado! Pero, claro, el saber cómo balancear los circuitos, comprobar los relés y graduar las capacitaciones del enormemente complejo generador Eden, era algo que no se lleva en la sangre. Yo sabía lo que era la edenita, naturalmente, pero eso también lo sabían los demás de la clase.

    Lo que sí me ayudó mucho realmente, fueron los años de paciente enseñanza por los que me había hecho pasar mi tío antes de que yo entrara en la Academia. Los cursos científicos eran mucho menos difíciles para mí que para la mayoría de la clase. Yo ya había aprendido los principios elementales en una escuela civil en la que el estudio era más lento y la presión infinitamente menor que en la academia. En la parte superior de la pared del frente de todos los salones de clase estaba escrito el lema La Marea no Espera. Todo el sistema de la academia estaba basado en ese principio; teníamos que asimilar en un solo semestre cursos que en las universidades civiles eran efectuados en cuatro años.

    Sin embargo, algunos de los cursos eran completamente nuevos para mí. Había clases de operaciones militares y tácticas navales, el empleo de la aviación naval, abastecimiento y logística militares y navales. Había clases de artillería en las que teníamos que aprender a decir de memoria el alcance, propósito y características de todas las armas que de un modo concebible pudieran ser empleadas por o contra un submarino de guerra, desde los torpedos hasta el polvo atómico. Había clases interminables de estrategia en las acciones navales, en los problemas tácticos infinitamente variables de las operaciones submarinas, muchísimo más complicados que cualquiera otra operación militar conocida por el hombre, ya que se desarrollan en tres dimensiones.

    Además, cada minuto de cada hora del día teníamos que tener presentes los irritantes detalles de la disciplina de la academia. Jamás hubo un solo instante mientras estuvimos dentro de los terrenos de la academia (en aquel primer año, el tiempo máximo que pudimos estar fuera de ellos fue de tres horas a la semana, si no estábamos confinados en nuestras habitaciones por haber cometido alguna infracción) en el que no estuviéramos expuestos a que cuando menos lo pensáramos nos encontráramos frente a algún oficial o frente a algún superior furioso porque nuestros zapatos no estaban limpios o por no haber hecho un giro perfecto al dar vuelta en una esquina. Nunca íbamos a ningún lado caminando, siempre marchábamos. No nos podíamos recostar cómodamente hacia atrás en una silla. Durante las horas de clase, teníamos que sentarnos erguidos como si estuviéramos en la posición de firmes. Nos costó trabajo aprender todo eso. Algunas veces, cien o más de nosotros estábamos al mismo tiempo dando vueltas de castigo alrededor del cuadrángulo durante horas y más horas. Lo aprendimos y jamás lo olvidamos.

    Durante veintitrés horas y treinta minutos de cada día era así, pero teníamos media hora antes de la cena en la que, si no estábamos dando vueltas de castigo o quemándonos las pestañas estudiando para algún examen, podíamos pasear por los terrenos de la academia a nuestro antojo. Esa media hora, las tres horas de libertad que nos daban los sábados, y el pequeño lapso entre la hora de ir a la iglesia y la hora de almorzar, los domingos, era todo el tiempo libre de que podíamos disfrutar y casi siempre surgía algún deber extra que también lo ocupaba.

    Pero los resultados valían la pena.

    La Academia Submarina era una institución muy nueva si se compara con Annapolis, de la cual se derivó, o con la antigua West Point, pero ya tenía su historia y se enorgullecía de los servicios prestados. Los recintos de la academia abundaban en trofeos obtenidos por la flota submarina.

    Eskow, por ejemplo, se sentía obsesionado por el estudio de la construcción del casco del viejo SSN-571, el Nautilus, el primer submarino impulsado por fuerza atómica, que estaba fondeado a la orilla del Caribe. Siempre que podía me llevaba hasta él y pasábamos horas de nuestro breve tiempo de descanso recorriendo sus estrechos corredores y cámaras. Era difícil creer que aquel frágil bote de hoja de lata había sido alguna vez el orgullo de la Marina. Comparado con la más pequeña de nuestras modernas corbetas submarinas, era lastimosamente pequeño y débil. Por supuesto, los constructores del Nautilus habían hecho lo más que habían podido si consideramos que únicamente contaban con acero para la construcción del casco y de las planchas. Cuando instalaron la quilla del Nautilus todavía ni pensaban siquiera que algún día mi tío iba a inventar la delgada película de edenita que, al forzar la presión del agua contra ella, en vez de tratar de contenerla empleando la fuerza bruta, utilizaría la presión misma para proporcionar la resistencia necesaria y haría posible sumergirse a siete kilómetros debajo de la superficie.

    Sin embargo, mi favorito era el salón Dixon. Toda la historia del servicio submarino estaba concentrada en aquella silenciosa sala: desde las gráficas que mostraban el hundimiento del New Ironsides, allá en aquel sangriento octubre de la guerra civil, la primera acción submarina de gran éxito en la historia, hasta la imponente Lista de Honor de los graduados de la academia que habían perdido la vida en acción. Toda una pared estaba cubierta por un mapa del mundo en proyección Mercator. Era un mapa extraño, porque los continentes eran espacios vacíos en negro, en los que únicamente estaban trazados los ríos en color blanco y se indicaban algunas de las grandes ciudades. Sin embargo, todos los detalles del suelo del océano estaban registrados minuciosamente. Distintos matices de colores marcaban las profundidades; las montañas y los riscos submarinos sobresalían en relieve. Me pasé horas siguiendo las líneas que mostraban las rutas de los submarinos mercantes, la delgada red que mostraba los oleoductos y las tuberías al vacío que transportaban las riquezas del océano. Allí estaban todas las ciudades bajo las cúpulas de Marinia: Cúpula Eden, Campo Negro, Mil Brazas, Risco de Oro, Rudspatt y cien más de ellas. Miraba anhelante el punto que marcaba a Thetis, muy en lo profundo del Pacífico del Sur, donde mi tío vivía y realizaba sus misteriosos trabajos. Él nunca discutió de sus trabajos conmigo, únicamente de los míos.

    Existía una riqueza incalculable allí en el lecho del océano; ¡un área tres veces más extensa que la de todos los continentes y tres veces más rica que ellos! Las zonas sombreadas y las manchas de colores mostraban las regiones abundantes en minerales: los campos petrolíferos, las arenas auríferas, los yacimientos de carbón, los filones de cobre, cinc y platino. Las minas de uranio estaban marcadas en color rojo como señal de advertencia; eran la sangre vital que movía al mundo y especialmente la que suministraba su potencia al servicio submarino, ya que sin la energía atómica obtenida del uranio las naves se verían limitadas a navegar en la superficie como lo hicieron los antiguos barcos. Era algo que lo hacía pensar mucho a uno el ver qué pocas y qué espaciadas eran aquellas manchas. Cada uno de esos sitios estaba siendo explotado intensamente y se rumoraba que se estaban agotando.

    Pero lo que más llamaba la atención eran las zonas sin formas características, marcadas en blanco en medio del océano, porque éstas eran las profundidades inexploradas; el Foso de las Filipinas, el Abismo de Nares, las Marianas, a diez, doce o más kilómetros de profundidad, más allá aún del alcance de nuestros cruceros de exploración más potentes; intactas y casi desconocidas.

    En el gigantesco mapa, las marcas de color que señalaban los depósitos de minerales parecían hacerse más gruesas y más grandes a medida que aumentaba la profundidad, hasta llegar a los límites inexplorados del color blanco. Se decía que aquello era muy natural; los minerales pesados se asentaban más al fondo. ¡Cuántos tesoros deberían ocultar aquellos abismos!

    Había suficientes tesoros, sin embargo; en el mismo salón Dixon había vitrinas que contenían perlas, amatistas marinas y coral; y grandes piezas de marfil sacadas de los abismos más profundos que se había podido sondear y que los científicos decían que eran colmillos de antiguos monstruos marinos. Creo que, parado en el centro del salón, dentro de lo que mi vista podía abarcar, debería haber un millón de dólares en piedras preciosas. ¡Nunca estaban guardadas bajo llave ni había guardias vigilando! ¡Verdaderamente, el sistema de honor de la academia era muy fuerte!

    Se trataba de un lugar maravilloso, excitante y cautivador. Lo más extraordinario para mí, sin embargo, eran los enormes gabinetes y vitrinas clasificados en los que se exhibía la historia de la navegación submarina. Allí estaba representado el diminuto batisfero de Beebe, el Squalus con su cúpula, el antiguo Deutschland alemán, y muchos más, en modelos construidos con cuidadosa precisión. Y había una cosa más: el diminuto modelo del primer aparato de buceo todavía no perfeccionado de mi tío, un instrumento cilíndrico construido con edenita.

    Creo que en el salón Dixon acumulé más deméritos que ninguno en toda la academia, porque me quedaba parado asombrado ante algún mapa o algún modelo, hasta que la campana, igual a la que usan en los barcos, anunciaba que era la hora de ir a formarse para acudir al comedor y llegaba a las filas formadas frente a los dormitorios corriendo y sin aliento a tiempo de que algún oficial o superior me amonestara por llegar tarde. Aquello me costaba parte de mi tiempo libre, porque tenía que hacer mis vueltas alrededor del cuadrángulo para pagar las faltas, pero valía la pena.

    Eskow generalmente estaba a mi lado mientras daba las vueltas al cuadrángulo.

    Era difícil para mí poder comprender qué fuerzas habían impulsado a Bob durante los duros años de la academia. En su familia no había tradición alguna en el servicio submarino como la que había en la mía. Su padre era propietario de un puesto de periódicos en Nueva York. Sus abuelos habían sido inmigrantes de una comunidad de agricultores de los Balcanes.

    Cuando le pregunté acerca de ello, él se sintió embarazado. Me dijo con cara casi avergonzada:

    —Creo que simplemente deseaba hacer algo por mi país.

    Dejamos el asunto en paz, pero Eskow siempre estaba a mi lado, vagando en el interior del Nautilus o reflexionando acerca de las profundidades no exploradas que quedaban más abajo del límite de siete kilómetros, más allá del cual la edenita no podía ya lograr que la fuerza del agua actuara contra ella misma. No advertí hasta qué punto estaba yo llegando a depender de la alegre determinación de Eskow, lo mismo que de su reposada amistad.

    No lo advertí hasta que desapareció.


    CAPÍTULO 4
    Hombre Desaparecido


    ANTES DE QUE FINALIZARA el primer mes, ya estábamos sumergiéndonos bajo la superficie del océano.

    Es cierto que no nos hundíamos mucho, pero, escuadrón por escuadrón, nos poníamos nuestro equipo de buceo: tanques de oxígeno, mascarillas, pistolas neumáticas y aletas, y salíamos a nuestras primeras expediciones submarinas.

    Yo y otros veinte estábamos en la cuadrilla cinco, bajo las órdenes del cadete teniente Hachette. La primera vez nos pusimos nuestros equipos, abordamos una lancha ballenera y salimos al mar. No perdíamos de vista la costa. Bermuda era una pequeña línea en el horizonte, y cuando el teniente Hachette dio la orden de detener las máquinas, quedamos a la deriva, cabeceando suavemente en las aguas del Caribe, hasta que, al recibir la orden, nos tiramos al agua por un costado, uno por uno.

    El agua era poco profunda allí; no tendría más de seis metros de hondo y era clara como un cristal. Llevábamos puestos nuestros zapatos reglamentarios de compensación de peso, cuidadosamente balanceados al peso y volumen del cuerpo de cada hombre. Al llevarlos puestos, balanceábamos exactamente el peso del agua que desplazábamos. Era como estar suspendidos igual que la tumba de Mahoma. Con un leve movimiento de la aleta de un pie, subíamos; con un simple golpe de los brazos nos hundíamos.

    Nos reunimos por categorías en el fondo rizado y arenoso y esperamos las órdenes.

    El hablar entre nosotros estaba por supuesto descartado. Al estar allí parado, balanceándome suavemente hacia adelante y hacia atrás, como una columna de humo en un día sin viento, tuve conciencia del silencio absoluto que me rodeaba. El único sonido que percibía era el murmullo de las burbujas que producía mi equipo de respirar. Más tarde descubrí que aquello no era usual; ¡el fondo del océano puede ser un lugar muy ruidoso! Los peces no son las bestias mudas que parecen, y, como puedo atestiguar, el estar cerca de una batalla real entre un cazón y un calamar es como estar escuchando la lucha entre dos gatos monteses.

    Pero aquella mañana en Bermuda me sentía tan remoto como el espacio que hay entre las estrellas.

    El teniente nos pasó inspección para asegurarse de que todo estaba en orden; nos hizo una señal para que nos aseguráramos de que nuestros equipos no tuvieran alguna fuga o avería. Luego nos ordenó avanzar. Marchamos en columnas de dos en dos por el fondo del océano, alejándonos de la costa. Era un avance extraño y lento, íbamos a paso de marcha y el piso tan desigual hacía difícil el poder conservar el mismo tranco. Tropezábamos contra montículos de arena y contra ramas rotas de coral, evitando tocar las traicioneras y pequeñas anémonas marinas, que parecen crisantemos y pican como una avispa, deberíamos haber sido un espectáculo ridículo para los pequeños y curiosos peces que nadaban en bancos sobre nuestras cabezas. Aquello parecía más bien un paso de ballet que una marcha; la mitad de las veces, mi pie derecho ya se había levantado del piso antes de que el izquierdo hubiera tocado el suelo, en un lento y majestuoso grand jété que el mismo Nijinsky habría envidiado.

    Parecía mentira que estuviéramos avanzando más de kilómetro y medio por hora. En aquel primer buceo llevábamos aire únicamente para treinta minutos. Marchamos en total unos mil metros; cien metros en una dirección, luego torcimos bruscamente a la derecha y avanzamos otros cien metros. Al final de los treinta minutos habíamos regresado al lugar de donde habíamos partido; el teniente Hachette nos hizo la señal y nos deslizamos de dos en dos hacia arriba, hacia la lancha que nos esperaba.

    Esto podría parecer un poco aburrido, tal vez.

    ¡No lo era! Cada segundo de la primera hora fue una enorme, increíble y excitante aventura. No era excitante a causa del peligro, después de todo, ¡no estábamos más que a seis metros de profundidad! Aunque los tiburones abundan en las aguas de Bermuda, éstos rara vez se acercan al hombre y menos aún si van en grupos de veinte. Pero aquello era un país encantado por el que estábamos viajando, habitado por estrellas de mar de largas patas, por lentos colombros de mar, palpitantes esponjas e incontables millares de brillantes pececillos de una pulgada de largo.

    Aquel día nos zambullimos dos veces más y después regresamos en la lancha ballenera. Pasarían dos semanas antes de que nos volviera a tocar nuestro turno, pero yo ya estaba haciendo planes para la siguiente vez, porque ya había bajado al fondo del océano...; aquello era como volver a casa después de mucho, mucho tiempo.

    El cadete capitán Sperry gritó desde la lancha ballenera que iba al frente:

    —¡Atención, todos los botes! ¡Prepárense a zambullirse!

    Todo el alumnado había salido en las lanchas balleneras. Se trataba de nuestra primera maniobra nocturna bajo el agua y éramos un ejercicio en conjunto. Catorce lanchas balleneras formaban una línea detrás de la lancha dirigida por Sperry; veinte cadetes iban en cada lancha.

    Ya hacía buen rato que se había puesto el sol, aunque al oeste podía notarse todavía un leve resplandor y el aire del anochecer estaba enfriando. En silencio, nos pusimos nuestro equipo y nos sentamos tranquilamente, mientras el capitán Sperry y sus jefes de cuadrilla formulaban sus planes de última hora.

    En lo alto, las estrellas se veían grandes y con enorme claridad. La Vía Láctea parecía una mancha de pintura luminosa; el cinturón de Orión estaba casi en el horizonte y el rojo Marte parpadeaba sobre nuestras cabezas. La luz de las estrellas parecía haber sido capturada por el agua misma; pero lo que hacía brillar y centellear las olas no era luz que se reflejaba en ellas sino su propia luminiscencia. Eskow susurró:

    —¿Crees que esté igual de brillante allá abajo?

    Sacudí la cabeza. No estaba seguro, pero me parecía que había oído decir que la luminiscencia existía únicamente en la superficie. No lo sabía. ¡Había tantas cosas acerca del mar que yo no sabía!

    Pero estaba aprendiendo.

    La llamada no se hizo esperar.

    —¡Atención, todos los botes! ¡Revisen sus equipos! Por orden: ¡Válvulas del aire! —se escuchó un múltiple bufido en los botes cuando todos dejamos escapar un poco de aire de nuestros tanques.

    ” ¡Luces! —doscientas luciérnagas revolotearon sobre el agua cuando revisamos el funcionamiento de las linternas que llevábamos en la cabeza.

    "¡Mascarillas! —me bajé la mascarilla al mismo tiempo que los demás y recorrí con los dedos toda la línea donde el hule hacía contacto con mi piel.”

    Todo estaba en orden. Hubo una pequeña pausa y luego se escuchó la voz de Sperry:

    —¡Comandantes de los botes! ¡Manden a sus cuadrillas al fondo!

    Nos deslizamos por el costado de las lanchas.

    Bajo nosotros reinaba la más profunda obscuridad.

    Tan pronto como el agua se cerró sobre mi cabeza, desaparecieron las estrellas. No obstante lo brillante de su luz, ésta no penetraba la superficie del océano. Podía yo ver claramente las linternas de las catorce cuadrillas; aquello parecía una convención de luciérnagas, pero no pude ver una sola figura humana o algún objeto, solamente las luces. Luego, mi vista se fue ajustando a la obscuridad y comencé a distinguir algunas sombras que se movían entre el agua, a mi lado, a la luz resplandeciente de las lámparas.

    Nos reunimos en el fondo como acostumbrábamos, pero ahora no íbamos a marchar. Aquella era una maniobra designada a familiarizarnos con los problemas del combate submarino cuerpo a cuerpo por si se nos presentaba alguna ocasión en que necesitáramos emplearlo. Seis cuadrillas habían sido designadas como invasoras y las otras ocho como defensoras. Nuestra tarea, como invasoras, era atravesar la línea de defensores. Si éramos interceptados, nos considerarían como “muertos”. El éxito o fracaso de cada equipo se juzgaría de acuerdo con el número de invasores que pudieran atravesar sus líneas sin ser atacados.

    Los defensores estaban agrupados a cien metros de distancia. A una señal apagaron sus luces y desaparecieron completamente de nuestra vista. El oficial de nuestra cuadrilla hizo una señal con su luz y nuestro grupo se levantó del fondo y comenzamos a nadar para atacar. Nadamos varios metros antes de que, de acuerdo con nuestro plan, todos apagáramos nuestras luces simultáneamente. Aquello había sido idea del teniente Hachette: dejaríamos que los defensores vieran la dirección en que viajábamos; luego, cuando apagáramos las luces, cambiaríamos el rumbo.

    Nuestra cuadrilla fue la última en apagar las luces. Cuando éstas se apagaron, cada uno de nosotros quedó completamente solo.

    Entonces, el ejercicio me comenzó a parecer más serio. Cuando el teniente nos lo había explicado en tierra, en la sala de conferencias, me había parecido un juego muy simple, como si hubiera sido ideado por un niño; una especie de juego submarino de muchachos, ¡nada apropiado para que lo jugaran hombres adultos! Pero, en la obscuridad y solo, nadando a través de una negrura de tinta sin saber adónde iba, comencé a ver lo difícil que era. Primero, existía cierto elemento de peligro; los enormes peces de presa: los tiburones, mantarrayas, barracudas y otros, rara vez atacaban a un ser humano, pero en aquella obscuridad, ¿cómo podrían ellos saber lo que éramos? Era cierto que la lancha insignia estaba equipada con equipo buscador de mi crosonar y que si cualquier objeto del tamaño de un tiburón se acercaba a menos de cuatrocientos metros de nosotros a cierta velocidad, la alarma submarina sonaría y abandonaríamos el ejercicio; pero..., supongamos que el hombre encargado del sonar se equivocara…

    Pero nosotros éramos más de doscientos y había cierta seguridad en el número que formábamos, aun si alguna cosa iba mal. Lo que era peor que la probabilidad de encontrar un tiburón era la misma lucha en sí, avanzando a ciegas y desamparados. Estaba suspendido en la nada; no había arriba ni abajo, no podía decir si iba nadando en la dirección correcta o si me estaba desviando en un ángulo absurdo. Recordaba las experiencias obtenidas en las zambullidas a la luz del día y todas las largas conferencias que había escuchado, y traté de relajarme, traté de “sentir" con mi cuerpo, con mi sangre, y con los conductos de mis oídos si iba yo nadando horizontalmente al nivel del piso. No era fácil; más tarde, supe que una docena de cadetes habían nadado directamente hacia el fondo aquella noche y que más de veinte se habían quedado sorprendidos al descubrir que habían salido a la superficie a la primera media docena de brazadas que habían dado.

    Traté de escuchar el murmullo de las burbujas del aparato respirador de alguno de los otros. Me pareció escucharlo, y luego desapareció. Me pareció volver a escuchar las burbujas, pero me encontraba imposibilitado por completo para determinar si venían de adelante, de atrás, de arriba o de abajo de mí. Forcé el oído para escuchar...

    Un rápido retintín metálico comenzó a retumbar en mis oídos. Por un momento quedé como aturdido por el asombro, luego comprendí de lo que se trataba.

    ¡Era la alarma de emergencia! Habían detectado tiburones en el microsonar; el ejercicio terminaba automáticamente y deberíamos regresar a los botes, ¡pronto!

    Las luces comenzaron a encenderse a mí alrededor, subiendo como las burbujas en un vaso de vino espumoso. Encendió mi lámpara y nadé hacia arriba también; en la superficie, el silencio desapareció como si jamás hubiera existido. Se oían voces que gritaban, llamaban y gruñían; aquello parecía un manicomio. Sobre la ensordecedora gritería se oyó la ronca voz del capitán Sperry que vociferaba:

    —¡Tómense su tiempo! ¡Súbanse al bote que les corresponda! ¡Tienen tiempo de sobra! Cada uno suba a la lancha en que vino. Todo el que se suba al bote que no le corresponda se ganará el tener que dar diez vueltas al cuadrángulo como castigo. ¡Tómense su tiempo! ¡Estarán en sus botes dentro de dos minutos! ¡Ese es tiempo más que suficiente!

    Me arranqué la mascarilla de la cabeza y permanecí flotando en la superficie mirando a mí alrededor. Tuve suerte. Las tres luces verdes que distinguían a la lancha de la cuadrilla cinco estaban a sólo unos cuantos metros de mí. Con media docena de brazadas llegué hasta su popa, trepé a bordo y ayudé a subir al hombre que venía después de mí.

    Los gritos y el chapoteo comenzaron a disminuir en intensidad.

    —¡En descanso! —gritó Sperry desde la lancha insignia—. ¡Comandantes de cuadrillas, repórtense cuando estén listos!

    Comenzaron a escucharse las voces de cada uno de los comandantes de las lanchas.

    —¡Primera cuadrilla, todos presentes!
    —¡Segunda cuadrilla, todos presentes!
    —¡Octava cuadrilla, todos presentes!

    El teniente Hachette contó rápidamente los que había en el bote a la luz de su lámpara.

    —Diecinueve —dijo preocupado—. ¿Quién falta? ¡Atención! ¡Pasen lista!

    Las voces comenzaron a responderle:

    —¡Degaret!
    —¡Dodd!
    —¡Domowsky!
    —¡Dowling!
    —¡Dunphy!
    —¡Duxley!
    —¡Dyanosky!
    —¡Dye!
    —¡Ealy!
    —¡Eckstrom!
    —¡Eden! —dije, y esperé oír a Bob Eskow, quien me seguía en orden.

    No lo oí. Miré a mí alrededor casi sin creerlo, pero no había duda. Bob no estaba en la lancha.

    El teniente Hachette ya había efectuado una rápida comprobación del resto de nosotros. Luego, llamó a la lancha insignia a través de su megáfono:

    —¡Cuadrilla cinco, falta un cadete! ¡El cadete Robert Eskow no está en la lancha!

    Se escuchó un murmullo en los catorce botes. El capitán Sperry llamó desde la lancha insignia:

    —¡Cadete Eskow! ¡Repórtese!

    No hubo respuesta.

    Los enormes reflectores buscadores se encendieron y barrieron la superficie del agua a nuestro alrededor, buscando una cabeza, el movimiento de un brazo...; no había nada. Doscientos sesenta y ocho cadetes habían iniciado la maniobra, doscientos sesenta y siete estaban en sus lanchas.

    Bob Eskow estaba todavía bajo la superficie.


    CAPÍTULO 5
    Búsqueda Submarina


    EL CAPITÁN cadete Sperry ni siquiera pidió voluntarios.

    Los tiburones, si es que habían sido tiburones lo que detectó el microsonar y no delfines o troncos que flotaban a la deriva, no nos importaron cuando, por cuadrillas, volvimos a llenar nuestros tanques de oxígeno y nos deslizamos al agua por los costados de las lanchas. El ejercicio se había olvidado; nos agrupamos por cuadrillas en el fondo con las luces encendidas y organizamos la búsqueda.

    La situación se presentaba grave para Bob Eskow, aunque no me parecía necesariamente fatal. Él tenía aire para treinta minutos. Si se había alejado simplemente y no había podido oír la señal de alarma (lo cual era casi imposible), él podría regresar por sí solo. Si había quedado atrapado por alguna razón, deberíamos encontrarlo a tiempo.

    Lo grave era que si su equipo de respiración había fallado, probablemente ya sería demasiado tarde.

    Las lanchas comenzaron a dejar caer luces de Bengala que flotaban sobre nuestras cabezas. Parecían pequeños soles que flotaban a una braza, más o menos, bajo la superficie, alumbrando todo el lecho del océano. Patrullamos el fondo en escuadrones ordenados, siguiendo las señales que con la mano nos daban los jefes de cada grupo. Los jefes se hacían señales unos a otros apagando y prendiendo sus linternas y, poco a poco, todo el alumbrado se había desperdigado partiendo de un punto central, explorando el fondo del mar bajo la sombra de nuestros propios cuerpos al nadar y a unos dos metros los unos de los otros.

    Difícilmente podría Bob haberse alejado más de unos ochocientos metros del lugar donde habíamos bajado, y nosotros éramos casi trescientos. Nadábamos como delfines a través de las aguas, iluminadas de tal modo que dábamos un aspecto misterioso. Nos sumergíamos para investigar los valles de algas marinas y las cavernas de coral. Trataba de mantenerme en contacto con los hombres que iban a ambos lados de mí. Me lanzaba rápidamente hacia cada montecillo o montón de arena que me parecía sospechoso. Hice un rápido cálculo mental: si el círculo de la búsqueda se extendía ochocientos metros en cada dirección, los doscientos ochenta y tantos que éramos nosotros, estaríamos diseminados alrededor de un perímetro de casi cinco kilómetros. ¿Podría cada uno de nosotros explorar una franja de dieciocho metros de ancho? Lo dudaba y me preocupaba. Lo que era peor aún, era el hecho seguro de que las gigantescas luces de Bengala de las lanchas ni siquiera podrían iluminar un área tan extensa. Desde mucho antes que llegáramos al límite que nos habíamos fijado de ochocientos metros, teníamos que valernos de la hasta cierto punto débil luz de nuestras lámparas…

    Llegamos al límite de los ochocientos metros..., y lo pasamos. Buscamos hasta donde nos alcanzó el aire que llevábamos, antes de que se escuchara la señal de llamada que llegó a nuestros oídos muy débil, disminuida por la distancia. Salimos a la superficie desalentados. Nos quitamos las mascarillas y nadamos de regreso a las lanchas. En las embarcaciones reinaba un silencio casi absoluto; sólo se oía el put-put de los motores mientras regresábamos al muelle.

    Formábamos un grupo abatido cuando nos alineamos a un lado del muelle. Nos pasaron lista y se disolvió la formación. El silencio que siguió al llamado del nombre de Eskow fue patético.

    Algunos de mis condiscípulos se acercaron a mí cuando nos dirigíamos a los dormitorios y me expresaron su condolencia; pero lo que me decían parecía negarse a penetrar en mi cerebro. Simplemente no podía creer que Bob Eskow hubiera desaparecido.

    Ya era más de la medianoche. Nos acostamos inmediatamente. La diana se limitaba a la mañana siguiente a un simple ejercicio, pero de todos modos teníamos que levantarnos a las siete para comenzar las clases. Yo estaba acostado en mi cuarto increíblemente vacío; miraba al techo tratando de comprender lo que había sucedido. Era imposible. Él había estado allí conmigo y, de pronto, ya no estaba más.

    Debo de haber permanecido despierto durante horas, mirando fijamente en la obscuridad.

    En algún momento me quedé dormido, porque de pronto alguien me estaba sacudiendo por el hombro.

    —¡Eden! —oí que decía con voz excitada el teniente Hachette—¡Eden! Lo encontraron. ¡Está vivo!
    —¿Qué? —pregunté incrédulo y tratando de ponerme de pie.
    —¡Es cierto! —dijo Hachette—. Lo recogió un bote de pescadores a unos cinco kilómetros de donde nos zambullimos. Sólo Dios sabe cómo fue a parar allá, pero está vivo.

    Supimos que estaba vivo, pero eso fue todo lo que supimos. Hubo un anuncio oficial a la hora del desayuno:

    —El cadete Eskow ha sido rescatado por un pequeño barco pesquero de las Bermudas y fue llevado a un hospital civil. Se encuentra bien, pero necesitará estar hospitalizado durante algún tiempo.

    Pocos días después, recibí una carta que me escribió Bob desde el hospital, pero en ella explicaba muy pocos detalles más. Durante siete días todos en la academia nos hacíamos la misma pregunta: ¿Cómo había él ido a dar allí? ¿Qué había sucedido? Pero todo lo que teníamos eran preguntas sin respuestas, y, a medida que fueron pasando los días y las semanas, se fue oyendo cada vez menos el nombre de Bob.

    Aquella fue, en cierto modo, una época difícil para mí. El principio del compañerismo tenía mucha fuerza en la academia. Se suponía que los compañeros de cuarto deberían trabajar juntos; cuidarse entre sí; saber uno siempre dónde estaba el otro. Si Bob Eskow hubiera sido borrado de las listas de la academia, ya me habrían asignado otro compañero de cuarto, alguien cuyo compañero original había sido tal vez eliminado, pero Bob únicamente estaba bajo licencia por enfermedad y su lugar quedaba reservado para él.

    Sin embargo, no me sentía solitario completamente. Lo que hacía que el tiempo no sólo fuera tolerable para mí, sino que también que pareciera que volara, era, primero, el pesado plan de trabajo; siempre estábamos demasiado ocupados para tener tiempo de ponernos a cavilar; y, segundo, las cartas que recibía de mi tío.

    Nunca podía saber cuándo iba a recibir una de ellas. A veces pasaban meses enteros sin que tuviera noticias de él. Luego, de pronto, recibía una carta casi a diario, escritas con tinta roja en papel amarillo. Algunas veces eran cortas, otras maravillosamente largas.

    Leer las letras de mi tío Stewart era casi como hacer el largo viaje a las profundidades de Marinia. Yo veía a través de ellas las escenas y las maravillas del mundo acuático donde él vivía, el cual esperaba que con el tiempo, sería el mío también. Casi podía ver a mi tío frente a mí mientras leía: alto, la piel bronceada por la luz violeta de los tubos de Troyón submarinos, hasta adquirir un color café como el del cuero, la barbilla cubierta con su barba color bronce. Casi podía yo oír su voz suave que susurraba al contarme lo que sucedía en aquel nuevo mundo que me aguardaba.

    Casi tan reales como los campos de la academia bañados por el sol que veía yo por la ventana, eran para mí las grandes ciudades submarinas que me describía en sus cartas: Thetis, Nerus, Cúpula Siete, Campo Negro y otras. Firmes en el profundo lecho del Pacífico bajo sus cúpulas construidas con la edenita que él había inventado. Mi tío Stewart era un hombre de múltiples empresas. Durante los años que hacía que no lo había visto, había comenzado a enterarme de algunas de ellas, no por sus cartas, ya que él siempre hablaba de lo que yo haría en Marinia y rara vez hablaba de sí mismo, sino por los libros y periódicos que yo devoraba. Oí que él estaba perforando en busca de petróleo en los nuevos campos, situados a tres kilómetros de profundidad. Supe de la veta de platino que él había demarcado en la cadena de montañas submarinas, llamadas las Montañas de la Obscuridad, porque sus escarpadas laderas carecen de la vida fosforescente que muestran muchas de las montañas del fondo del mar. Oí de las mil aventuras que corría mi tío explorando por todo el lecho del Pacífico, desde el Abismo de Kermadec hasta Tuscarora.

    Si me hubiera detenido a pensar, tal vez habría terminado haciéndome muchísimas preguntas. Petróleo, platino y otros minerales; criaturas extrañas de las profundidades del océano cuyos restos proporcionaban las materias primas para fabricar drogas nuevas y asombrosas; sus regalías (entonces no sabía que él nunca había podido cobrarlas) en el proceso mismo de la edenita. Mi tío debía ser varias veces multimillonario, pero él nunca mencionaba el dinero, y nunca me pareció que fuera un hombre rico.

    Tampoco mencionó jamás el nombre de Hallam Sperry, el padre del oficial bajo cuyo mando estaba yo.

    ¡Aquellas lagunas eran significativas! ¡Difícilmente podría yo haber adivinado la conexión tan estrecha que había entre ellos!

    No me había dado cuenta de la importancia que Bob

    Eskow tenía para mí hasta que él estuvo lejos. Me mantuve en contacto con el hospital; sin embargo, no dejó de ser una gran emoción para mí cuando uno de mis condiscípulos me llamó y me dijo que Bob había vuelto.

    Entré corriendo a Fletcher Hall y me metí en el ascensor sonriendo por dentro y por fuera. Mi mente estaba ausente de todo lo demás cuando oprimí el botón que me llevaría a mi piso.

    Quizá estaba demasiado ausente de todo, porque una voz familiar para mí restalló:

    —¡Se-e-ñor Novato! —inmediatamente salté y me paré en posición de firmes. El capitán cadete Brand Sperry estaba parado con los brazos en jarras fuera del ascensor. La puerta ya comenzaba a cerrarse y, a toda prisa, oprimí el botón de parada. La voz de Sperry sonó como un latigazo—: ¡Firmes, señor Novato!
    —Sí, señor —contesté.
    —¿Sabe cuáles son las órdenes del día, señor Eden? —preguntó en tono cortante—. ¿Ha tenido oportunidad de leerlas?
    —Sí, señor —repetí, pensando en lo que se me venía encima.
    —¡Ah! —dijo fingiendo sorpresa, mientras movía la cabeza—. No lo comprendo entonces, señor Eden. Está anunciado en un lugar muy visible del tablero de boletines, tanto que desde aquí lo puedo ver, que a partir de las 0600 de hoy y hasta nuevo aviso no se deberá hacer uso de los ascensores. Esa es una orden general, señor, expedida por las autoridades más altas en un esfuerzo por ahorrar energía. ¿O es que no sabía usted que existe escasez de energía? Hay poca existencia de uranio, señor Eden; y si no lo tenemos, debemos ahorrar la energía eléctrica. ¿Alcanza usted a comprender eso?
    —Sí, señor —volví a decir, y luego sucedió lo de siempre. Me ordenó pasar la media hora que tendría libre el día siguiente antes de la cena, parado en posición de firmes frente al tablero de boletines y memo- rizando las órdenes del día. Eso no me importaba mucho; lo que me dolía era que el capitán cadete Sperry había oído cuando mi condiscípulo me llamó para decirme que Eskow había regresado y sabía por lo tanto por qué llevaba yo tanta prisa y por qué estaba tan distraído. Sin embargo, se me echó encima por la que después de todo, era la más pequeña de las faltas.

    Yo estaba llegando al convencimiento de que era muy difícil vivir bajo el mando del capitán cadete Brand Sperry.

    Pero, cinco minutos después, en nuestro cuarto, Bob Eskow compensó todo aquello.

    Le estreché la mano agitándosela calurosamente.

    —¡Bob! —le dije de un modo inarticulado—. ¡Creí que jamás volvería a verte!

    La sonrisa desapareció de su rostro y contestó malhumorado:

    —Tal vez no me veas aquí por mucho tiempo. Estoy a prueba.
    —¿A prueba? Pero...
    —En cierto modo tienen razón —añadió Bob, encogiéndose de hombros—. Espera un momento y te con taré todo lo que sucedió. La noche de la maniobra nocturna, bajé detrás de ti y todos comenzamos a avanzar hacia la línea defensora. Recuerdo haber apagado mi lámpara y recuerdo también que me preguntaba cómo diantres iba yo a saber si iba nadando hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado o hacia dónde. Luego... —titubeó un momento y sacudió la cabeza antes de proseguir—: Luego sucedió algo, Jim. Honradamente no sé qué fue. El doctor habló de sensibilidad anormal a la presión y desmayos... No lo sé. Lo que sé es que de repente todo se me nubló. Sentía que no podía respirar y todo se ponía negro, aunque todo estaba negro desde el principio. Es difícil explicar lo que sentí. Luego me encontré en la cubierta de un pequeño barco pesquero; me sacaron entre sus redes.
    —Pero, Bob. .. —dije.
    —Lo sé —me interrumpió—. Yo había estado en el agua mucho tiempo. Casi se me había terminado el oxígeno, según me dijeron, pero estaba vivo. Ellos no tenían radio en el barquito y no veían por qué iban a tener que molestarse en llevarme hasta el muelle de la academia, de modo que me llevaron al puerto de donde salieron. Luego telefonearon a la academia y un oficial médico de la base submarina fue a verme y me llevó al hospital.
    —Pero, ¿qué fue lo que te hizo perder el sentido?
    —El oficial médico me hizo un montón de preguntas acerca de eso —contestó Bob, mirándome sombríamente—. Primero pensó que se había tratado de algún defecto en el funcionamiento del equipo de respiración, pero después recibió el informe de los ingenieros que echó por tierra esa idea. De modo que me dio unas palmaditas en la cabeza y me dijo que algunas personas eran más susceptibles a esas cosas que las demás y que después de todo podría yo vivir perfectamente como un marinero de agua dulce. . .
    —Bob, ¿no te habrán eliminado? —le pregunté, mirándolo con la boca abierta.

    Bob Eskow sonrió y me golpeó en el hombro con un dedo, pero la sonrisa no era tan feliz como yo hubiera querido.

    —No exactamente —dijo—. Todavía no, pero estuve muy cerca de ser eliminado. Hicieron una audiencia allá mismo en el hospital, tan pronto como pude ponerme de pie y pensar con claridad. Logré convencerlos de que, después de todo, pudo haber funcionado mal el aparato, de modo que consintieron en darme otra oportunidad. Pero..., eso aparece en mi expediente, Jim. No es una deshonra el que lo eliminen a uno de la academia por razones de salud, lo sé, pero no quiero que me eliminen de ella por ninguna razón.

    De ahora en adelante, la menor falta, cualquier cosa que en circunstancias ordinarias tal vez sólo me valdría una reprimenda, puede ser causa para que me echen afuera.

    —Bob, debe haber habido algún error —repliqué indignado—. ¡Eso no es justo! Tal vez el equipo estaba realmente defectuoso. No pueden poner una observación así en tu expediente a menos que estén seguros de por qué lo hacen. ¿Tomaron en consideración tu record aquí? Todos los ejercicios calisténicos, los otros ejercicios submarinos y. . .
    —Por supuesto que lo hicieron —me dijo lacónicamente y ya sin sonreír—. Puedes estar seguro de que eso fue lo más decisivo. Tienen pruebas de que desde mi primer día en la academia, constantemente he dado muestras de no poder ir a la par con el resto de la clase. Siempre cansado y jadeando y casi sin poder completar el número de levantamientos y cosas por el estilo.
    —Pero... —dije horrorizado.
    —¡No hay pero que valga! Esa es la realidad, Jim. No negaré que tal vez no tenga la musculatura que tú tienes, ¿quién la tiene?, pero creo que me defendí bastante bien en todo lo que hice. Sólo que. . ., el testimonio que presentaron decía lo contrario.
    —¿Qué testimonio? —inquirí—. ¿Quién les contó una patraña semejante?
    —El testigo hizo aparecer todo muy aceptable, Jim —dijo Bob calmadamente—. Fue un viejo conocido tuyo. Se apareció por el hospital y se comportó como el modelo perfecto de lo que es un cadete submarino mientras hacía las preguntas. Ya sabes de quién estoy hablando: del mismísimo capitán cadete Brand Sperry.


    CAPÍTULO 6
    El Crucero del Pocatello


    DURANTE EL SEGUNDO verano que pasé en la academia estuve a punto de ver a mi tío Stewart.

    Yo había cambiado mucho y ya no era el torpe jovenzuelo civil que había entrado por las puertas de coral de la academia dos años antes. Todos habíamos cambiado. Dos intensos años de entrenamiento, de trabajo y de estudio nos habían convertido en… bueno, si no en verdaderos oficiales submarineros, sí en algo muy distinto a lo que éramos en nuestra cómoda vida de civiles. Podía yo bucear sin ningún equipo a una profundidad de doce metros; con equipo para respirar, a veintiún metros; y con equipo completo de buzo podía llegar hasta los límites que permitía la capacidad del traje de edenita. Era capaz de enumerar los deberes de cada uno de los miembros de la tripulación de cualquiera de los submarinos de guerra del servicio. Si era preciso, podía desempeñar cualquier trabajo, desde cocinar huevos revueltos para ochocientos hombres en la cocina de un submarino, hasta gobernar mi nave y conducirla a través de algún acceso difícil hasta una bahía.

    En realidad todo, o casi todo, lo había aprendido en los libros. Todavía me faltaba poner en práctica mis nuevas habilidades y me faltaban aún dos años más de estudios avanzados antes de que me pudieran dar una comisión; pero fue como alférez alumno del servicio submarino y no como un novato cualquiera, que me embarqué junto con el resto de la clase (que ahora ya había quedado reducida a menos de doscientos alumnos) en el submarino Pocatello para efectuar nuestro crucero de entrenamiento alrededor del mundo.

    Iba a ser un viaje de noventa días a través del Atlántico del Norte, cruzaríamos el Mediterráneo, atravesaríamos el Canal de Suez y el Mar Rojo para llegar al Golfo de Aden, donde tomaríamos parte en las maniobras de la flota. Luego, cruzaríamos el océano Índico y las traicioneras aguas que rodean las Indias Orientales e iríamos a Marinia, donde esperaba tener una licencia y la oportunidad de volver a ver a mi tío, antes de que iniciáramos la larga jornada a través del Pacífico hasta el Canal de Panamá; de allí regresaríamos a nuestra base en el Caribe. Teníamos que recorrer casi cincuenta mil kilómetros; la mayor parte del tiempo navegaríamos bajo la superficie; únicamente en Suez y en Panamá el Pocatello navegaría por los canales como si fuera un barco de superficie.

    Cruzar el Atlántico fue un juego de niños. Supongo que lo necesitábamos para iniciar nuestro adiestramiento y acostumbrarnos a la rutina de la vida dentro de un submarino; puede decirse que lo único que teníamos que hacer nosotros era cumplir con nuestras guardias, mantener funcionando nuestras máquinas y esperar hasta que el crucero de ocho días terminara. Nosotros conducíamos la nave. Nos acompañaba una tripulación mínima de submarineros regulares, pero su tarea era únicamente estar listos para el caso de que ocurriera una emergencia y observarnos para informar sobre nuestro trabajo.

    El segundo oficial del Pocatello era el cadete capitán Sperry. Desde el punto de vista técnico él no estaba al mando, pero tenía las funciones de un superior y suficientes atribuciones en su puesto como para poder damos a Bob Eskow y a mí malos ratos. No hubo, sin embargo, ninguna dificultad durante el trayecto a través del Atlántico.

    Pasamos entre las Columnas de Hércules (el estrecho que se encuentra entre Gibraltar y la costa de África) con nuestras máquinas paradas. Este era un truco que los antiguos submarinos movidos por motores Diésel empleaban durante los tiempos de guerra para poder atravesar el angosto pasaje sin ser descubiertos. El Mediterráneo es poco profundo y semeja una gigantesca cacerola de evaporación. Continuamente está absorbiendo agua del océano Atlántico. Bajo el candente sol, parte del agua se evapora y queda una densa solución salina. Ésta se hunde hasta el fondo y vuelve a salir al Atlántico a través del Estrecho de Gibraltar, formando una corriente densa y pesada que fluye hacia el océano, pasando por debajo de otra corriente nueva y más ligera que entra al Mediterráneo. Este movimiento nunca termina y las aguas no se mezclan. Penetramos navegando en la corriente superior, pero todavía bastante abajo de la superficie. Yo estaba en el puente escudriñando las aguas que nos rodeaban por medio del microsonar mientras pasábamos el estrecho. Era una sensación aterradora estar allí en aquel viejo y enorme navío de guerra, con sus máquinas paradas y sin emplear el timón, e ir viendo cómo iban pasando los puntos de comprobación poco a poco en la pantalla del sonar.

    —Bien hecho —dijo el oficial regular que estaba vigilando, mientras cerraba su libro de notas de un golpe—. Puede usted tomar el mando de la nave y salir a la superficie, cadete capitán Sperry.

    Fijamos el rumbo para ir a la base de aprovisionamiento de combustible que había en el peñón mismo. No era que lo necesitáramos, sino que habíamos recibido nuevas órdenes en ese sentido. No hubo explicación alguna acerca de aquellas órdenes, lo que hizo surgir una serie de especulaciones entre nosotros. Bob y yo oímos los comentarios y estuvimos de acuerdo en que lo mejor sería no hacer caso de ellos; esto, en cierto modo, fue un error, porque, siguiendo el mismo principio del reloj roto que solamente marca la hora correcta dos veces al día, entre todas las explicaciones contradictorias que el runrún daba a nuestras nuevas órdenes, algunas de ellas resultaron correctas.

    Entramos a la enorme base de reaprovisionamiento de combustible de las Naciones Unidas, navegando sobre la superficie y a plena luz del día. Mi substituto llegó antes de que atracáramos, pero yo no sentía muchos deseos de abandonar mi puesto. Bob Eskow, relevado al mismo tiempo de sus deberes como suboficial maquinista, entró a nuestro cuarto de oficiales. Los dos nos escabullimos silenciosamente y subimos al puente de observación, ocultándonos lo más que podíamos. No había razón alguna por la que no debiéramos estar allí; la nave estaba asegurada para que no se pudiera sumergir, pero ninguno de los dos quería oír la lengua cáustica del cadete capitán Sperry en esos momentos.

    Miramos maravillados el enorme peñón de piedra caliza.

    —Vamos a tener licencia —dijo Bob, feliz—. ¡Esto va a ser magnífico, Jim! Subiremos hasta allá arriba y veremos los monos de Berbería. Podremos ver hasta el otro lado del estrecho el Monte Abila. Hay una caverna; la caverna de San Miguel la llaman; y algunas gentes dicen que pasa por debajo del agua y llega hasta África, y. . .
    —Atención en el puente —rugió una voz en el amplificador que estaba atrás de nosotros—. Los dos cadetes que están en el puente de observación. Preséntense ante el oficial de guardia. Ambos están reportados.

    Nos paramos muy tensos en posición de firmes. ¡Estábamos reportados! Saludamos en dirección al puente y bajamos mucho menos contentos de lo que estábamos un momento antes.

    —Ahí va nuestra subida a ver los monos —gruñí en el portalón—. ¡Qué perra suerte tenemos!
    —No fue mala suerte, Jim —respondió Bob frunciendo el ceño y tocándome ligeramente con el codo—. Dudo que el comandante nos hubiera molestado aun cuando no debiéramos estar ahí. Pero..., echa un vistazo.

    Levanté la mirada. En el puente de observación, el comandante, de pie, vigilaba cuidadosamente la operación de atracar al muelle y ya no nos miraba; pero, junto a él, estaba nuestro segundo oficial, el cadete capitán Sperry, mirándonos con una expresión muy complacida en el rostro.

    En lugar de obtener una licencia en Gibraltar, pasamos nuestro tiempo libre en el puerto haciendo gimnasia en el área de entrenamiento de la base de aprovisionamiento de combustible. La cosa no era muy pesada; hacíamos gimnasia durante diez minutos y después descansábamos cinco. Esto lo hicimos dos horas seguidas. Durante uno de los descansos, Bob advirtió algo en lo que ninguno de nosotros se había fijado.

    Las máquinas de carga y descarga funcionaban con gran actividad cerca del Pocatello, lo que no era nada anormal, ya que lo que espera uno ver en una estación de abastecimiento de combustible es cómo cargan combustible en una nave. Las pilas de lingotes de uranio, cada uno dentro de su propio envase a prueba de radiaciones, con las que las máquinas trabajaban, no atrajeron, al principio, nuestra atención.

    Pero Bob notó que los lingotes estaban siendo sacados del submarino.

    —¡Están descargando el combustible! —dije con incredulidad—. Pero eso es una locura…; tenemos que recorrer cincuenta mil kilómetros.

    Eskow se frotó la barbilla jadeando; el ejercicio le afectaba más que a mí, y movió la cabeza.

    —No lo necesitamos —respondió lentamente—. Una sola carga de combustible podría impulsar a esta bañera alrededor del mundo unas dos o tres veces, con facilidad. Esa es únicamente nuestra reserva de emergencia. Pero de todos modos, es extraño.

    Estuvimos de acuerdo con él en que aquello era raro. Luego sonó la sirena y los diez o doce que estábamos cumpliendo nuestros castigos continuamos con nuestros ejercicios y olvidamos aquello. ..., pero por un momento.

    Al anochecer, el Pocatello estaba navegando hacia la base naval de Nápoles. Fue un viaje sin contratiempos. Salimos a la superficie en las afueras del Golfo de Nápoles y entramos en él pasando entre las islas gemelas de Ichia y Capri, precisamente al amanecer. Yo formaba parte de la guardia de la mañana y vi cómo el sol se asomaba sobre el cono del Vesubio que humeaba levemente.

    Fue allí donde supimos la mala noticia: el crucero había sido cancelado.

    No se dio razón oficial para ello; simplemente se recibió un breve radiograma en el cual se ordenaba al Pocatello regresar a su base; naturalmente, comenzó a correr el runrún de cuál era el motivo, y al recordar lo que Bob y yo habíamos visto en Gibraltar, no me cupo duda de que era cierto: había escasez de uranio.

    Estoy seguro de que no hubo ningún tripulante en todo el submarino que no se sintiera desilusionado cuando se supo la noticia. Todos nosotros habíamos esperado con ansiedad aquel viaje de entrenamiento; para mí, aquello significaba mucho más que perder un viaje. Yo había deseado con más intensidad de la que creía, la oportunidad de ir a Marinia y ver a mi tío Stewart.

    Pero aquello quedaba descartado por el momento.

    La orden de que el Pocatello regresara a su base en Bermuda se recibió temprano por la mañana. El submarino estaba siendo aprovisionado y no estaría listo para partir hasta la noche. Bob Eskow y yo teníamos la tarde libre y, sin embargo, nos sentíamos muy desanimados cuando nos dirigíamos a tierra en la lancha.

    Nos entusiasmamos cuando llegamos al puerto. Ninguno de los dos había estado nunca tan alejado de su hogar; Nápoles nos parecía otro mundo, tan remoto de mi New London y el Nueva York de Bob, como la Luna.

    Recorrimos las estrechas y antiquísimas calles, caminamos a lo largo de los anchos bulevares que corrían a la orilla del mar y nos detuvimos a tomar una taza de café muy fuerte en una gallería con techo de cristal, en el centro de la ciudad.

    Mientras estábamos sentados tomando nuestro café, un hombre delgado v moreno se acercó a nosotros sonriendo amigablemente.

    —Scusi, signori —nos dijo.

    Vestía un uniforme azul marino en el que se veían las anclas cruzadas de la flota submarina italiana.

    —Hola —contesté yo—. No hablamos italiano, señor.

    Él se encogió de hombros.

    —Tal vez yo hable un poco de inglés —dijo él muy despacio y con muy poco acento italiano—. Les ruego que me disculpen por interrumpirlos, pero ustedes pertenecen al submarino americano, ¿no es cierto?
    —Así es —respondió sonriendo Bob—. Yo soy el cadete submarino Eskow y mi amigo es el cadete Eden —extendió la mano y el italiano se la estrechó muy contento.
    —¡Lo sabía! —dijo—. Permítanme darles la bienvenida a Napoli, caballeros. Soy el subteniente Vittorio di Laterani, a sus órdenes.

    Bob y yo nos dimos cuenta, al mismo tiempo, que estábamos hablando con un oficial comisionado y ambos tropezamos aturdidos y lo saludamos rápidamente. Respondió a los saludos con profunda cortesía, nos expresó su satisfacción de que nuestra nave estuviera en Nápoles y se ofreció a servirnos como guía por el resto de la tarde.

    Nos miramos y no tuvimos nada que decimos; estábamos encantados con la oferta.

    El teniente di Laterani era un poco mayor que nosotros; tenía veinte años y acababa de ser comisionado. Había sido, por el momento, asignado a la base de Nápoles. El crucero submarino Pontevecchio, a cuya tripulación pertenecía, estaba en el dique seco en reparaciones importantes. Podía disponer de casi todo su tiempo hasta que éstas terminaran. Cuando sugirió que subiéramos en su automóvil y que él nos llevaría a recorrer la base, aceptamos inmediatamente.

    Fue una tarde maravillosa, pero tuvo un final muy triste. Las nubes se habían estado acumulando sobre el Vesubio durante toda la tarde. Aún ahora, no puedo soportar el recuerdo de lo sucedido: nos encontrábamos en un pequeño hotel a un lado del Vesubio tomando un último café espresso y admirando el Golfo de Nápoles, cuando se desató la tormenta.

    El teniente di Laterani se puso en pie de un salto al oír los primeros truenos.

    —¡Madre mía! —exclamó—. Vamos, caballeros. De prisa, la carretera que baja del Vesubio es intransitable cuando llueve mucho y ustedes tienen que llegar a tiempo para la salida de su nave.

    No estuvimos a tiempo.

    Llegamos al muelle casi una hora después del anochecer, y bien podíamos haber llegado un año más tarde. El Pocatello se había ido.

    Lo intentamos todo. El teniente, avergonzadísimo por habernos hecho perder nuestro barco, nos condujo a toda prisa en su pequeño automóvil al cuartel general de la base y buscó por todos los medios posibles conseguirnos transporte: una lancha torpedera, un avión, cualquier cosa que nos llevara hasta el Pocatello antes de que éste se hubiera alejado lo suficiente como para sumergirse y emprender su largo viaje de regreso. Por desgracia, la tormenta obligaba a los aviones a permanecer en tierra y para la hora en que di Laterani logró convencer al capitán de una lancha torpedera para que nos llevara hasta el submarino, la cabina de radar de la base informó:

    —El crucero submarino de los Estados Unidos se ha sumergido y no se le puede hacer regresar.

    Habíamos perdido nuestro barco.

    Lo único que nos quedaba por hacer era reportamos al oficial norteamericano al mando de la sección y aceptar la sanción que nos impusieran.

    La medicina que recibimos fue muy amarga de tomar.

    Creo que todo habría salido bien, dentro de las circunstancias, si hubiéramos podido reunimos con el Pocatello cuando menos en Gibraltar, pero estaba escrito que no sucedería así. El oficial de la sección se compadeció de nosotros y comunicó por radio a nuestra nave lo que nos había sucedido, pidiendo que el submarino saliera a la superficie en Gibraltar para que pudiéramos ir en avión hasta allá a reunimos con el barco. Nos pareció una eternidad lo que esperamos por la respuesta:

    Petición denegada. Los cadetes aludidos regresarán a la academia en avión.

    Brand Sperry, segundo oficial en comando activo.

    A la mañana siguiente abordamos un avión jet comercial para hacer nuestro largo y triste viaje de regreso.

    Cuando llegamos a la academia, nos encontramos con una recepción de rostros duros como la piedra. El comandante mismo nos llamó. Nos dijo que éramos una deshonra para el cuerpo. El accidente que tuvo Eskow durante el primer año parecía ahora, después de esta nueva falta, haber sido más grave e intencional. Me dijo que yo me había estado aprovechando de la ilustre reputación de mi padre y de mi tío. Nos dieron a escoger: o presentábamos nuestra renuncia al cuerpo, o tendríamos que enfrentarnos a una corte marcial.

    Estoy seguro de que mi padre habría preferido la corte marcial. Sin embargo, a Eskow no le habría servido de nada negarse a renunciar; en vista de su accidente anterior, la corte, con seguridad, fallaría en contra de él. No quise aceptar la posibilidad de poder continuar en la academia, en tanto que Eskow, por la misma falta que yo había cometido, fuera expulsado deshonrosamente.

    Renunciamos.

    Aun en ese momento, no se me ocurrió que detrás de nuestras dificultades había algo más que la simple disciplina.

    Completamente abatido, le envié a mi tío un largo radiograma explicándole lo sucedido, y comencé a hacer mis maletas.


    CAPÍTULO 7
    La Carta que llegó del fondo del mar


    CUANDO LLEGÓ la respuesta, ésta fue un simple radiograma:

    ENTERADO. NO TE DESANIMES. TE ESCRIBO CARTA. STEWART EDEN.


    La carta tardó una semana en llegar.

    Hubiera preferido que jamás llegara.

    Vino en un sobre largo, azul, que no me pareció familiar y en cuya esquina superior izquierda aparecía el nombre y la dirección del abogado de mi tío. Cuando lo rasgué para abrirlo, cayeron tres cosas de su interior: un cheque, una tarjeta y una carta.

    El cheque era por una cantidad que hizo que mis ojos se desorbitaran.

    La tarjeta era una hoja amarilla en la que mi tío había escrito a mano con tinta roja:

    “No te preocupes, Jim. Debería haberme esperado esto. Tú no tienes la culpa. Ven a Thetis. Me reuniré contigo y te explicaré.”

    Era una nota extraña que tenía un significado oculto. La leí dos veces tratando de comprender lo que mi tío habría querido decirme. ¿Querría decir que él ya había supuesto que yo fracasaría en un curso tan difícil? Pero eso no concordaba con la frase “tú no tienes la culpa”. Molesto, examiné la carta.

    Al instante olvidé lo demás. La carta estaba mecanografiada formalmente en celutano azul. Debajo del membrete: Wallace Faulkner, Abogado, decía:

    "Señor James Eden.
    "Academia Submarina de los Estados Unidos.
    "Clase Tres, Cuadrilla Cinco.

    "Estimado señor:
    "Tengo la pena de participarle que su tío, el señor Stewart Eden, ha fallecido. Poco después de escribir la nota adjunta se embarcó en un crucero hacia Cúpula Siete. La ruta de Thetis a Cúpula Siete pasa sobre el Abismo de Eden; cuando cruzaba este abismo, navegando a cuatro mil brazas de profundidad y siguiendo el curso debido, se escuchó que su nave comenzaba a transmitir lo que al parecer era una llamada de auxilio. La llamada se interrumpió y no se logró volver a hacer contacto con su nave.
    "Las autoridades navales locales hicieron, por supuesto, todo el esfuerzo posible por lograr comunicarse con su tío, pero no tuvieron éxito. Se me ha notificado que no existe posibilidad de que haya sobrevivido.
    "Supongo que estará enterado que usted es su único heredero. Debo advertirle, sin embargo, que su tío no era un hombre muy rico.
    "La parte principal de su legado está constituida por ochenta acciones de una compañía denominada Minas Marinas, Sociedad Limitada. Esto forma un interés mayoritario, ya que la compañía únicamente emitió cien acciones. El valor de estas acciones es problemático. Su valor nominal en lista es de mil dólares, pero no existe mercado para ellas en condiciones ordinarias.
    "Hace algunos años, esta compañía denunció ante el gobierno de Marinia los derechos absolutos de explotación del Abismo de Eden y le fueron concedidos para explotar la superficie y los minerales de ese lugar. Este es el activo principal con que cuenta la compañía. Aunque es muy posible que el lecho del océano del Abismo de Eden contenga depósitos minerales de gran valor, es manifiesta la dificultad existente para explotarlos, ya que las estructuras de los automóviles submarinos que existen en la actualidad no han podido ser empleadas con éxito a tales profundidades. Es admisible, en realidad, que la muerte de su tío se haya debido a un intento por extender el campo de acción de su equipo hacía el fondo, lo suficiente como para poder explotar el suelo del Abismo de Eden. Si fue así, el intento fracasó.
    "Hablando francamente, el proyecto para explotar esa concesión es visionario e impracticable. Aparte de las dificultades inherentes a la aplastante presión de miles de toneladas de brazas de agua, el fondo está habitado por una infinidad de peligrosas criaturas marinas, entre las que se incluyan los pulpos de las grandes profundidades y el casi desconocido k’wapti. Se dice también que esa es la guarida de la fabulosa serpiente marina, aunque esto último, por supuesto, es simplemente una teoría.
    ”Sin embargo, y por fortuna para sus intereses, cuento entre mis clientes con una persona que está deseosa de invertir en esta propiedad como una simple especulación, pensando en la remota posibilidad de que las nuevas técnicas pudieran permitir la explotación de los recursos que se supone existan allí. Como usted sabrá probablemente, no se avizora la perspectiva de que surjan esas nuevas técnicas en un futuro cercano. Además, tal vez usted sepa que, de acuerdo con las leyes de Marinia, las minas denunciadas deben comenzar a ser explotadas dentro de un plazo de ocho años o de lo contrario, vuelven a pasar a dominio del público. Es decir, que la explotación real debe comenzar dentro de ese período.
    "El plazo de ocho años fenece el primero de febrero del año próximo. Comprenderá que, aunque se inviertan técnicas nuevas, no quedaría tiempo suficiente para aplicarlas antes de que el plazo expirara.
    "Por esta razón, le aconsejo encarecidamente que acepte cualquier oferta que pudieran hacerle por esta propiedad. Estoy autorizado a ofrecerle a usted cuatrocientos dólares por acción en todo el lote de ochenta acciones de las Minas Marinas, Sociedad Limitada, lo que hace un total de treinta y dos mil dólares. No existe la menor posibilidad de que le puedan ofrecer un precio mayor por ellas.
    "Por favor, comuníqueme inmediatamente por radio si acepta la oferta. Ya he preparado el contrato correspondiente de venta y procederé a legalizarlo tan pronto como reciba su autorización. Mi cliente podría retirar su oferta en cualquier momento, por lo que es indispensable actuar con prontitud. Le aseguro que las acciones no podrían venderse a un precio más alto en el mercado.
    "El resto del legado de su tío lo forman el automóvil submarino en el cual él se perdió y que es muy difícil que pueda ser rescatado, y algunos artículos personales que le están siendo enviados a usted por correo submarino.
    "Puede usted confiar en que yo cuidaré de sus intereses con el mismo fervor que he cuidado de los de su tío.
    "Esperaré su radiograma autorizándome a proceder con la venta de las acciones.
    "Rogándole se sirva aceptar mis más profundas condolencias, quedo de usted su atento y seguro servidor,

    WALLACE FAULKNER.”


    CAPÍTULO 8
    El Hombre del Traje Blanco


    LA MUERTE de mi tío Stewart fue un golpe muy doloroso para mí, tanto más cuanto que siguió tan brutalmente a mi renuncia forzada de la academia. Pero casi olvidé mis problemas personales cuando leía la carta de Faulkner informándome la lamentable pérdida. Con sólo que yo hubiera podido completar el viaje, pensé, con sólo que hubiéramos seguido nuestro crucero como estaba planeado, yo habría visto a mi tío en Marinia...

    Pero no tenía caso lamentarse por algo que ya era demasiado tarde para enmendar. Discutí el asunto con Bob Eskow, en Nueva York, adonde yo había ido en avión desde la academia. Él estuvo de acuerdo conmigo en que la carta de Faulkner presentaba tantas interrogantes como las que respondía, y que tal vez no debería apresurarme demasiado en aceptar la oferta que su desconocido cliente había hecho. De cualquier manera, aquello representaba muy poco para mí comparado con la pérdida de mi tío, mi último pariente vivo.

    Durante muchos años había yo esperado con ansiedad poder explorar las maravillas de Marinia en compañía de él. El Servicio Submarino me habría enviado seguramente a alguna base cerca de allí, habríamos podido vernos con mucha frecuencia y habríamos hecho tantas cosas juntos...

    Parecía increíble que él estuviera muerto.

    Decidí ir a Marinia inmediatamente para ver si podía hacer algo aún por encontrar el cuerpo de mi tío y para hacerme cargo del asunto de las minas en el Abismo de Eden. La palabra “imposible” tenía un significado muy impreciso para mí; después de todo, ¡acababa yo de cumplir los diecisiete años!

    Le envié un radiograma a Faulkner en el que le decía que las acciones de Minas Marinas no estaban a la venta y que yo iba a ir inmediatamente a Thetis a reclamar la herencia.

    Su respuesta fue inmediata:

    NO ES NECESARIO QUE USTED VENGA A THETIS. YO CUIDARÉ SUS INTERESES. MI CONSEJO ES QUE VENDA LAS ACCIONES EN SEGUIDA. ESTOY AUTORIZADO POR MI CLIENTE PARA OFRECERLE VALOR NOMINAL. PRECIO TOTAL POR LO TANTO SERIA OCHENTA MIL DOLARES. ENVIE ACEPTACIÓN POR RADIO INMEDIATAMENTE. LE RUEGO CONFÍE EN MÍ.
    WALLACE FAULKNER


    Aquel era un mensaje sorprendente, y Bob estuvo de acuerdo conmigo en que así era. Resultaba extraño que la persona desconocida que tan “reluctantemente” había hecho la oferta por treinta y dos mil dólares ofreciera ahora más del doble tan rápida y fácilmente.

    Si aquello valía tanto para él, debería ser igualmente valioso para mí. Sentí cierta desconfianza por Faulkner. Sin embargo, si mi tío había empleado sus servicios, el abogado debía ser honrado.

    Pero... era difícil aceptar sus protestas de sinceridad; había en ellas demasiadas “confianzas” y “solicitudes” y muy pocas explicaciones. ¿Por qué había tenido tanta prisa en que yo vendiera en treinta y dos mil dólares cuando, en cuestión de unos cuantos días, pudo obtener una oferta por ochenta mil?

    Bob Eskow comentó:

    —No sé si es un pillo o un mal comerciante. En cualquiera de los casos, ¡yo lo vigilaría!

    Mi respuesta al abogado fue:

    LAS ACCIONES NO ESTAN A LA VENTA. LLEGARE EN EL “ISLA DE ESPAÑA”.


    Y tomé un avión jet a San Francisco para transbordar al gigantesco transatlántico submarino.

    Cuando aterrizamos en la bahía de San Francisco, había una espesa neblina.

    Apenas tenía tiempo para confirmar mi reservación en el Isla de España, conseguir mi pasaporte y pasar algunas horas curioseando. El transatlántico iba a hacer el viaje directo a Marinia. Era una de las mejores naves del servicio submarino del Pacífico y yo esperaba la travesía con ansiedad, excitación y regocijo. ¡Qué pronto puede uno olvidar! No había pasado todavía una semana desde que recibiera la noticia de la muerte de mi tío, y apenas haría un poco más de dos semanas que yo había sufrido la peor desgracia que podía imaginar al habérseme pedido que renunciara a la academia cuando ya estaba yo pensando en una nueva aventura. Podría admitir, además, que estaba pensando también en que Wallace Faulkner y las demás personas de Thetis me tomaran en serio. Después de todo, ¡yo sería el único heredero de las acciones que controlaban a una compañía! Cierto era que la compañía podría tener tan poco valor como me había indicado Faulkner, pero me negaba a creerlo. Repito: apenas tenía yo diecisiete años.

    Me pregunté por un momento quién sería mi socio desconocido, el poseedor del restante veinte por ciento de las acciones. Mi tío Stewart no me había dicho nada y Faulkner había guardado silencio acerca de ello de un modo desconcertante.

    Pero todas esas preguntas serían respondidas a su debido tiempo...

    No tuve dificultad alguna en obtener mi pasaporte. Desde que Marinia se había convertido en una nación independiente administrada por las Naciones Unidas, muchos americanos iban allá, como cosa natural, a pasar sus vacaciones, en viajes de negocios o simplemente por hacer el viaje. El Isla de España tendría una lista enorme de vacacionistas. Pasaría por Campo Negro y la pequeña Cúpula Eden antes de llegar a Thetis. Junté mi pasaporte, mi credencial de la academia (que en realidad era una pequeña libreta en la que aparecía toda la historia de mi vida) y mi certificado de nacimiento. No sabía qué papeles iría yo a necesitar para establecer mi identidad como heredero de Stewart Eden y no quería que me fuera a faltar ninguno. Empaqué una pequeña maleta, y el resto de mis pertenencias las dejé en el departamento de equipaje del hotel, para que me fueran enviadas.

    El empleado de la oficina del hotel tenía otro radiograma para mí retransmitido desde Nueva York:

    SU VENIDA A MARINIA ES INNECESARIA E IMPRUDENTE. ES IMPOSIBLE USTED PUEDA EXPLOTAR CONCESION MINERA. LE ADVIERTO ES DISPARATADO Y SUICIDA. MI CLIENTE HACE OFERTA FINAL DE DOBLE PRECIO NOMINAL POR ACCIONES. DEBE SER ACEPTADA INMEDIATAMENTE POR RADIO. PUEDO ASEGURAR POSITIVAMENTE NO HABRÁ MEJOR OFERTA.
    WALLACE FAULKNER


    ¡Ciento sesenta mil dólares!

    Comencé a sentirme rico.

    Si algo hubiera necesitado yo para sentirme más ansioso por ir a Thetis inmediatamente y para decidirme aún más a rechazar cualquier oferta que se me hiciera, eso habría sido aquel radiograma. ¿Por qué estaba Faulkner tan ansioso de mantenerme alejado? ¿Cuál era la razón por la que él porfiaba tanto en referirse al “peligro" que existía en el Abismo de Eden?

    Repetí mi radiograma anterior y, entonces, para aumentar mi confusión, descubrí que alguien me estaba siguiendo.

    Iba yo en camino a la zona comercial de la ciudad, de pie sobre la banda rápida que, protegida por una barandilla, conducía a sus pasajeros hacia el edificio del embarcadero. Era un día frío y nublado. Una densa neblina marina estaba suspendida sobre la ciudad. Aunque todavía no anochecía, las luces ya estaban encendidas y producían destellos rojos rodeados de halo amarillo. En el aeropuerto, los faros de los jets brillaban penetrando débilmente el frío gris de la neblina. Las rojas luces de niebla de los helicópteros, que volaban muy bajo y que eran empleados para el tránsito suburbano, parecían borrosas manchas encarnadas que se movían en la obscuridad.

    Yo continuaba parado en la banda vibratoria, con el abrigo abotonado hasta el cuello para protegerme del aire húmedo, recargado contra el pasamano y pensando en el viaje que me aguardaba. Puede decirse que fue por casualidad que me fijé en el hombre corpulento que se paseaba distraídamente sobre la banda, cincuenta metros atrás de mí. Posiblemente no habría hecho ningún caso de él, pero había algo vagamente malsano en su aspecto: fofo, pesado, fuera de condición física. Estaba vestido descuidadamente y con muy mal gusto, según pude notar; chaqueta y pantalón blancos que le quedaban chicos y estaban un tanto sucios; llevaba un bastón negro con puño de plata, y sombrero de fieltro rojo de ala ancha y copa alta.

    Me pareció, en cierto modo, familiar, como en ocasiones suele parecemos alguna persona a quien, sin embargo, no conocemos. Pensé que lo había visto antes, pero no pude recordar dónde.

    Luego, llegué a mi parada en la banda transportadora y me bajé, apartándolo de mi mente. . ., pero no por mucho tiempo.

    Cuando llegué al edificio del embarcadero, me formé en la cola de la oficina de reservaciones v reclamé mi camarote en el Isla de España. Al darme vuelta llevando mi confirmación en la mano, vi que el hombre de blanco había estado parado detrás de mí.

    ¡Aquello ya no era una coincidencia!

    Estaba seguro de ello, pero podía probarlo para salir de dudas si lo deseaba, e hice el esfuerzo.

    El hombre no parecía prestarme la menor atención. Le hizo algunas preguntas al empleado de la oficina y éste le respondió brevemente, después de lo cual el hombre asintió con la cabeza y caminó distraídamente hasta un lado del cuarto y se quedó mirando, pensativo, hacia afuera, por la ventana. Tenía ocultos los ojos bajo la roja y ancha ala de su sombrero, y sus dedos, enfundados en unos guantes blancos, golpeaban ligeramente en el borde de la ventana. Yo estaba seguro, sin embargo, de que él estaba observándome.

    Compré un periódico de cinta magnética en un puesto del edificio del embarcadero y salí por la puerta caminando a largos pasos. No miré en ningún momento hacia atrás.

    Bajé en dirección a la orilla caminando de prisa. Ya había obscurecido completamente; me quedaban algunas horas antes de que el Isla de España zarpara, pero no tenía mucho tiempo que perder. El cielo parecía una cúpula de tenue luz amarillenta formada por el reflejo de las luces de la ciudad contra el manto de niebla. Las lámparas del alumbrado y los reflectores se veían rodeados por un brillante halo de neblina. ¡Todo satisfactorio a mis propósitos!

    Di vuelta a la esquina en una calle casi desierta y obscura cercana a los muelles que en un tiempo habían sido muy bulliciosos, y me escondí en el quicio de una puerta.

    El hombre del traje blanco cayó inocentemente en la trampa. Dio vuelta a la esquina tranquilamente. No lo oí hasta que estaba casi frente a la puerta donde me ocultaba. Salí de mi escondite llevando la mano en mi bolsillo simulando traer una pistola, y dije:

    —¡Alto!

    No mostró sorpresa alguna. Me miró fijamente por debajo del ala de su sombrero rojo y luego dijo con mucha calma:

    —No dispare.

    Respiraba despacio; no estaba nervioso en lo absoluto. Por un instante un pensamiento cruzó por mi mente: ¿y si yo estuviera equivocado? ¿Y si él era un indefenso peatón? ¿Y si se le ocurría gritar y venía la policía? Lo más natural sería que supusieran que yo era un asaltante. Sin duda podría aclarar mi situación y demostrar mi inocencia, pero seguramente perdería el barco. ¡Ya tenía yo suficiente con haber perdido un barco una vez!

    Pero ese hombre no era un indefenso peatón. Parecía estar buscando problemas. No movió un solo músculo cuando dijo:

    —Cálmate, muchacho. Ten cuidado con la pistola.
    —¡Cuidado! —grité yo enojado—. ¿Por qué me está siguiendo? ¡De prisa. . ., dígalo!
    —¿De qué diablos estás hablando? —respondió con burlona inocencia.
    —¡Usted lo sabe bien! —dije acalorado—. ¡No me haga perder el tiempo! ¡Hable, o disparo!

    Naturalmente, yo no hubiera disparado, aun teniendo con qué hacerlo. Si él lo suponía, jamás lo sabré. Se volvió para verme de frente y movió los labios como si fuera a hablar. Su boca se abrió un poco. ..

    Fue demasiado tarde cuando vi el pequeño y brillante artefacto metálico que sostenía entre los dientes. El hombre lo aplastó haciendo brotar su contenido. Sentí que las gotas pequeñas y frías me golpeaban en la mejilla. Instantáneamente el frío cambió a una sensación punzante de calor, como una llamarada que se extendía en ese lado de mi cara; sentí como si me pincharan el cerebro con agujas calientes.

    Debí haberlo sabido, me dije aturdido en esa fracción de segundo en que me di cuenta de lo que pasaba, debí haber sabido que él se defendería. La cápsula de anestesia era un viejo truco; debí haberlo sabido. . .

    Sentí como si una luz cegadora parpadeara ante mis ojos. Después, desapareció.

    Luego todo fue obscuridad. Sentí que me desplomaba, bajo los efectos de la anestesia.

    Debió de haber pasado una hora o más antes de que volviera en mí. Me puse de pie torpemente. Me dolían los músculos a causa de la humedad del suelo.

    Todavía estaba en el quicio de la puerta y no vi a nadie. Me apoyé contra la pared y rápidamente revisé mis bolsillos.

    Me habían esculcado, eso era obvio. Mi cartera estaba tirada en el suelo y mi pasaporte salía a medias de ella.

    Al parecer, no me faltaba nada. Tenía mi pasaporte, mi credencial, mi dinero y mi reloj. No se había tratado de un simple robo, eso era seguro. Yo llevaba una fuerte suma de dinero conmigo y no faltaba ni un solo centavo de él.

    Traté de sacudirme la ropa empapada y caminé tambaleándome hacia la esquina. No tenía idea de qué hora era; en lo único que podía pensar era en que el Isla de España partía a la medianoche.

    Tuve suerte. Un taxi helicóptero pasaba sobre mi cabeza y le hice una seña. Se posó en la acera, cerca de mí, con un suave zumbido de las aspas de su rotor.

    Pensé brevemente en acudir a la policía; ciertamente, debí informar lo sucedido… pero en el reloj del tablero del helitaxi vi que apenas me quedaba tiempo para llegar a la hora en que el submarino partiría.

    Le ordené al piloto del taxi que me llevara al embarcadero donde estaba esperando el Isla de España. Por fortuna, mis maletas ya estaban a bordo; en todo caso, no había perdido nada en mi desgraciado encuentro con el hombre del traje blanco.

    Cuando menos eso fue lo que creí entonces...


    CAPÍTULO 9
    A Bordo del Isla de España


    CUANDO ABORDÉ el Isla de España, olvidé todos mis problemas.

    El gigantesco transatlántico submarino de más de trescientos metros de largo y tan sólido y espacioso como un edificio de siete pisos, cabeceaba suavemente en el agua del Pacífico. Subí a él por una rampa cubierta; por las portañolas de la rampa vi la coraza de edenita que protegía todo su largo, la poderosa curva de sus líneas que le daban forma de torpedo, a proa y a popa.

    ¡Estaba realizándose una de las mayores ambiciones de mi vida! Bajo aquella extensión de olas grises estaba el lecho del Pacífico, formando un declive que se extendía por kilómetros en las aguas poco profundas que rodean el continente, para después sumergirse en los profundos abismos donde se encontraba Marinia, a cinco mil kilómetros de allí y a más de mil quinientas brazas bajo la superficie.

    ¡En cuestión de un momento me estaría deslizando entre el agua, en ruta hacia las ciudades submarinas!

    Casi me olvidé de la academia, de la muerte de mi tío y del hombre del sombrero rojo.

    Casi...., pero no por completo. Disimuladamente examiné a los pasajeros que estaban a mi vista. Algunos de ellos eran vacacionistas que hacían del largo viaje submarino un crucero de placer; otros eran aguerridos mineros submarinos de piel obscura, bronceada por los rayos de la luz troyón. Veía a los tripulantes de la nave y a los oficiales de rostros enérgicos que se movían con gran eficiencia entre la multitud, preparándose a zarpar. Vi, además, a un grupo de alféreces y subtenientes (sentí un aguijonazo de celos) que vestían el uniforme escarlata del Servicio Submarino.

    Pero nadie me pareció peligroso y ciertamente nadie me llamó tanto la atención como lo había hecho antes el hombre del sombrero rojo.

    Estampé mi firma en la lista de pasajeros y esperé a que el camarero me condujera a mi camarote. Me senté mirando a las personas que había a mi alrededor.

    Entonces se me ocurrió que el hombre del sombrero rojo había sido una figura llamativa, tan descollante que tal vez podría pasar desapercibida a causa de su misma obviedad, a no ser porque yo recordé vagamente haberlo visto antes.

    Tal vez, quienquiera que fuera el que se interesaba tanto en lo que yo hacía, intentaría ahora un plan completamente diferente. Quizá ahora me estaría vigilando alguien tan neutro y tan poco llamativo, que resultaba invisible a mis ojos.

    Con este nuevo pensamiento miré a las personas que se aglomeraban en el salón.

    En seguida lo localicé. Estaba seguro.

    Estaba sentado hundido en un sillón, rodeado de su equipaje, y miraba fijamente al piso. Era un hombre pequeño, delgado y encogido. Su enjuto rostro no mostraba expresión alguna. Sus ojos pálidos parecían no interesarse por nada. Vestía un traje gris pardusco no muy nuevo, pero tampoco muy usado.

    Era la clase de individuo que podía entrar a una habitación sin que nadie advirtiera su presencia. No había ninguna característica en él que se grabara en la memoria.

    Por supuesto, me dije, tal vez esté imaginándome cosas.

    Ese hombre podría ser perfectamente un pasajero inofensivo. Quizá no había nadie en el barco que se interesara lo más mínimo en mí. Sin embargo, las personas que habían llegado hasta el extremo de dejarme sin sentido y registrar mis bolsillos en las desiertas calles de San Francisco probablemente seguirían acechándome.

    Sea como fuere, yo iba a estar vigilante.

    Un camarero vestido de blanco se me acercó y yo le entregué mis maletas, le di una propina y lo dejé ir solo a mi camarote. Lo acompañé únicamente hasta la entrada del salón y esperé allí, ocultándome, para ver lo que hacía el hombre de gris.

    Después de unos minutos, el hombre llamó a un mozo, le entregó sus maletas y salieron en la misma dirección por donde se había ido mi camarero. Los dejé que se adelantaran a una distancia razonable y luego los seguí.

    El mozo condujo al delgado hombrecillo hasta más allá de los ascensores que comunicaban con los camarotes de tercera clase. Pasaron luego las escaleras mecánicas que subían a los apartamentos de lujo. Perfecto; su camarote estaría en la misma cubierta que el mío.

    El camarero se detuvo a abrir una puerta con llave y los dos entraron.

    Tan pronto como el mozo salió y cerró la puerta me apresuré a pasar frente a ésta.

    Era el camarote 335.

    Y el mío era el número 334.

    Pregunté a un camarero para asegurarme. Éste me condujo a la habitación contigua a la del hombre de gris. ¡Él iba a ser mi vecino en el cuarto de al lado!

    Ya no pensé en una coincidencia. ¡Ahora estaba seguro de lo que se trataba!

    El mozo entró en el camarote detrás de mí. Me mostró cómo ajustar la luz de troyón, cómo regular la suave brisa de aire artificial, cómo manejar los controles de temperatura, el radio del barco, los lavabos y demás equipo. Luego se entretuvo arreglando las toallas en sus colgadores, como acostumbran hacerlo los camareros desde tiempos muy remotos, en espera de la propina.

    Todo podría ser una casualidad..., pero yo estaba seguro de que no lo era. Al fin y al cabo, el hombre del sombrero rojo tuvo tiempo más que suficiente para averiguar el número de mi camarote cuando estaba parado detrás de mí en el momento en que yo confirmaba mi reservación; o, si por cualquier razón no lo había podido averiguar entonces, lo pudo haber hecho cuando, más tarde, me registró los bolsillos. Era indudable que el hombre de gris, suponiendo que ellos trabajaran juntos, pudo habérselas arreglado para conseguir fácilmente el camarote contiguo al mío.

    Pero, ¿por qué?

    Hurgué en mi bolsillo para darle una propina al camarero.

    Él me lo agradeció con un ligero saludo y yo lo detuve para preguntarle, simulando indiferencia:

    —Oiga, ¿sabe usted quién viaja en el camarote contiguo? Me pareció reconocerlo cuando entré.
    —Si usted lo conoce, señor —respondió mirándome—, ¿por qué simplemente no...?

    Le aumenté la propina y el mozo me miró de un modo diferente.

    —¿Puede averiguar su nombre? —le pregunté.
    —Por supuesto, señor —respondió frunciendo los labios—. Debe estar en la lista de pasajeros.
    —Hágalo, por favor —dije.

    Asintió con la cabeza haciéndome una especie de guiño y salió. Cinco minutos más tarde, estaba nuevamente en la puerta. Me informó:

    —Se llama E.A. Smith, señor. No dio dirección —titubeó un momento y añadió—: El sobrecargo dice que hizo su reservación a última hora.
    —Gracias —le dije, mostrando poco interés—. Creo que me he equivocado. Hay muchos Smith en el mundo.
    —Y muchos más que no lo son —contestó el hombre, cerrando la puerta y sonriendo enigmáticamente.

    Cuando salí de mi cabina a la mañana siguiente, el barco ya se había sumergido. Sentí el suave balanceo de la nave, no agitado como el de un barco de superficie, sino moderado y tranquilizador, mientras se deslizaba entre las fuertes corrientes submarinas. Eso y la vibración casi imperceptible de las hélices eran los únicos signos de que íbamos navegando rápidamente a una velocidad de sesenta nudos o más.

    Aquello era dolorosamente familiar para mí...

    Más tarde, me hice amigo de un oficial subalterno que se ofreció a enseñarme todo el barco. Acepté su oferta encantado.

    Fuimos primero al estrecho pasillo que rodeaba la cubierta de camarotes, precisamente por la parte inferior del casco. Él abrió un postigo de metal, dentro de una portañola, y miramos hacia afuera.

    Era una vista que yo ya había admirado antes muchas veces. Obscuridad total, y de vez en cuando alguna forma ligeramente luminosa que pasaba rápidamente.

    —Estamos a cien brazas de profundidad —me explicó el oficial—. Esa agua está fría como el hielo. Vamos bajo una presión de casi un cuarto de tonelada por pulgada cuadrada.
    —Lo sé —asentí.

    Me estiré y cerré la portañola. Me miró con curiosidad, pero no dijo nada.

    Fuimos abajo y él me mostró los tanques de lastre con sus potentes bombas; la cubierta de las baterías y sus hileras de acumuladores Vau´clain, listos a funcionar en el remoto caso de que fallara el reactor que proporcionaba su fuerza al barco. Rodeamos la gigantesca masa del mismo reactor que parecía susurrar el canto de los neutrones y la fisión, con tonos suaves. Atravesamos las salas de máquinas, limpias y ordenadas y que olían ligeramente a aceite lubricante. Casi no se oía ruido, con excepción de la apagada vibración de las hélices y el suspiro del vapor que salía de las turbinas al final de la cadena de intercambiadores de calor.

    Lo vimos todo: las bodegas de la carga, el castillo de proa, el alojamiento de los pasajeros de tercera, la cubierta superior con su invernadero y su tanque de natación, la superestructura sobre el casco, con su timonera, su caseta de derrota, el cuarto de radio y la sala de los oficiales.

    Todo era tan diferente del aporreado y apretujado viejo Pocatello, como una esmeralda podría serlo de un pedazo de lodo. Pero bien sabía yo cuál de los dos escogería si se me diera la oportunidad de escoger.

    Pasó el día. Comimos. La tarde transcurrió lentamente. Volvimos al comedor. Llegó la noche y el Isla de España seguía arremetiendo contra la obscuridad submarina.

    Se estaba haciendo muy tarde y me retiré a mi camarote.

    Algo extraño había allí.

    Me quedé parado en el umbral de la puerta con la llave todavía metida en la cerradura, escuchando, esperando.

    Ayudado por un sentido en el que los científicos no creen, supe que había pasado algo. El camarote no estaba como yo lo había dejado cuando salí. Algo había cambiado.

    Encendí la luz de troyón y miré a mí alrededor. Si habían efectuado un registro de mi equipaje, éste había sido en extremo habilidoso. No pude notar que hubieran revuelto nada, pero el presentimiento persistía dentro de mí.

    Decidí examinar el camarote centímetro por centímetro y, en el baño, debajo del toallero, encontré lo que andaba buscando.

    Había polvo de yeso en el suelo, abajo, y detrás del toallero; oculto por la barra en que colgaban las toallas, había un pequeño agujero redondo que no podía verse a menos que uno lo estuviera buscando. No tenía más de medio centímetro de diámetro, tal vez menos, y había sido perforado a través de la pared.

    ¿Con qué objeto?

    Era un nuevo problema, para el que no podía encontrar respuesta. Por supuesto que no lo habían hecho para espiar; no se podía ver más allá de la barra desde el otro lado. ¿Para escuchar? Difícilmente; existían aparatos electrónicos que eran muchísimo más ingeniosos y seguros.

    Pero, indudablemente, lo habían hecho para algo...

    Si bien no podía imaginarme para qué, cuando menos podía tomar mis precauciones. Llamé a un camarero y le dije que había decidido dejar ese camarote.

    Si yo hubiera sabido cuáles iban a ser las consecuencias de mi decisión... Pero no lo sabía. ¿Cómo podía haberlo adivinado?

    El mozo pareció consternado cuando le dije lo que deseaba.

    —¡Eso es muy irregular, señor! —farfulló—. ¿No le satisface el cuarto?

    No era el mismo camarero de la mañana y le dije con tanta arrogancia como pude:

    —¡Camarero, quiero otro cuarto! Eso es todo. Consígamelo, por favor. Comprendo que tendré que pagar por dos cuartos, pero estoy listo para hacerlo.

    Estaba asumiendo una actitud estúpida, pero, de otro modo, tendría que enseñarle el agujero que habían hecho en la pared y no me sentía dispuesto a confiar en nadie.

    El hombre siguió farfullando y farfullando, hasta que encontré un billete muy convincente en mi bolsillo. Desde entonces, el mozo se mostró mucho más deseoso de cooperar.

    —Por aquí, señor —dijo, encogiéndose de hombros con la resignación que debe esperarse de aquellos cuya profesión los hace tratar a mucha gente...

    Aquella noche dormí tan profundamente como un niño. . .; sin embargo, no tan profundamente como lo habría hecho si no hubieran sucedido todos los hechos anteriores.


    CAPÍTULO 10
    El Largo Sueño


    CUANDO DESPERTÉ, tardé un buen rato antes de darme cuenta de dónde me encontraba. Mi estuche de afeitar y todas mis pertenencias estaban todavía en el camarote 334. Debí haber ido a buscarlo, pero el susurro de las hélices me indicó que algo estaba sucediendo. El sonido era diferente al del día anterior.

    Me vestí rápidamente con la misma ropa y salí al corredor. Un miembro de la tripulación que pasaba me informó que estábamos a punto de atracar en Campo Negro, la primera de las ciudades submarinas de Marinia. Apenas tendría tiempo para desayunarme y hacer una rápida visita a la barbería del barco para que me afeitaran.

    Abandoné la idea de ir hasta mi camarote anterior.

    El barbero del barco me aseó con presteza, salí de allí sintiéndome mucho mejor y me dirigí al comedor.

    Encontré en mi camino al hombre de gris.

    Se me quedó mirando incrédulamente con sus pálidos ojos. Emitió un sonido entrecortado y sus delgados labios se abrieron como si fuera a decir algo. Su rostro perdió el color y se puso grisáceo.

    Estaba temblando cuando, de pronto, dio media vuelta y huyó.

    Otro enigma más...

    ¿Por qué se había asustado tanto al verme? No podía adivinarlo. Olvidé el problema y entré al comedor.

    Acababa de terminar mi desayuno cuando atracamos en Campo Negro. Habíamos hecho el recorrido de un poco más de tres mil trescientos kilómetros en unas treinta y tres horas. Me apresuré a subir a la cubierta de paseo y atisbé a través de una de las portañolas blindadas.

    ¡Era la primera vez que veía una ciudad submarina! Lo fantástico y maravilloso de ella casi me hicieron olvidar la red de misterio que rodeaba mi vida.

    El extenso y nivelado valle de limo radiolario brillaba con una fría y pálida fosforescencia. A causa de una ilusión de óptica parecía extenderse hasta el infinito, aunque en realidad, aquello se debía a la turgencia del agua. La visibilidad alcanzaba, cuando mucho, unos cuantos centenares de metros.

    El “cielo”, el frío océano que estaba sobre nosotros, era completamente negro. Aquel era un mundo extraño: los valles eran luminosos, las montañas brillaban y todo bajo un cielo completamente negro.

    Pero al mismo tiempo era familiar para mí. Lo nuevo era Campo Negro en sí: la cúpula hemisférica de edenita que se elevaba fantásticamente sobre el valle luminoso; la sólida estructura de metal blindado que protegía a la ciudad contra la tremenda y constante presión del mar.

    La disposición de los muelles era la misma de las demás ciudades submarinas: unas tuberías salían de la ciudad por debajo de las rocas del fondo del océano. Los muelles estaban sobre ellas. Eran unas plataformas de metal magnético sobre las cuales las naves submarinas se posaban abriéndose una compuerta en sus vientres para unirse a los tubos que quedaban debajo de ellas.

    Desde mi lugar en la cubierta de paseo, podía ver únicamente la cúpula de la ciudad, que no tenía ningún rasgo característico, y el mar, que siempre era igual. Bajé al salón para ver el paso de los pasajeros.

    Subieron unos veinte y cuando menos, bajaron otros tantos.

    Entre los que bajaron iba el hombre de gris. Él sabía que yo estaba allí; alcancé a ver por el rabillo del ojo que me lanzaba una mirada y en sus ojos vi reflejado el asombro y algo que casi parecía ser miedo. Pero luego ya no volvió a mirarme y me quedé pensativo contemplando fijamente su espalda mientras se alejaba.

    En cuestión de unos minutos se cerraron las compuertas y las portañolas de presión. El Isla de España fue llevado por las aguas nuevamente.

    Me dirigí otra vez a mi camarote. Como el hombrecillo se había ido, no había razón para mantenerme apartado de él. En realidad, si jugaba bien mis cartas y conseguía que el camarero me dejara entrar al camarote 335, tal vez pudiera averiguar algo.

    No tuve oportunidad de hacerlo.

    Di vuelta a la llave de la puerta de mi camarote abriéndola imprudentemente y di un paso para entrar. Una nube de vapor azulado se arremolinó ante mí.

    Retrocedí tambaleándome, enceguecido, tosiendo, con las lágrimas escurriéndome en la cara. Había respirado los gases solamente una pequeña fracción de segundo

    Y eso fue suficiente para que me sintiera sofocado. Me faltaba la respiración y me doblé hacia adelante tosiendo desesperadamente.

    En ese momento llegó un camarero a mi lado.

    —¡Señor! —gritó—. ¿Qué le pasa, señor?

    Entonces, él también respiró algo de gas.

    Los dos nos apartamos de allí tambaleándonos. Él se agarró desesperadamente a cierto aparato de señales que había en la pared y a lo lejos se oyó sonar un timbre de alarma. Después de un momento, aparecieron seis marineros vestidos con el equipo contra incendios: se protegían con cascos y mascarillas. Sin preguntarnos nada, pasaron corriendo junto a nosotros en dirección al camarote 334. . . Después de un rato, dos de ellos salieron tambaleándose y arrastrando el cuerpo rígido de un hombre cuyo rostro estaba pálido como la cera. Era el camarero que me había cambiado de camarote.

    El capitán del Isla de España fue considerado, discreto, pero despiadado conmigo. Si yo hubiera tenido algo que ocultar, él me habría hecho decírselo. Agradecí haber podido hablar sinceramente con ese hombre de rostro bronceado. Tuve buen cuidado de no mentirle.

    Le conté todo. Empezando por mí renuncia forzada a la academia, la muerte de mi tío, el hombre del sombrero rojo, el hombrecillo de gris. No le oculté nada.

    No quería hacerlo. Había alcanzado a ver al infortunado camarero: helado, rígido y en una posición grotesca, horriblemente blanco; el color había desaparecido hasta de sus cejas y su cabello a causa de la acción corrosiva del gas. El doctor del barco dijo que era gas letino; yo había ya oído hablar de él y sabía que era mortal.

    Quienquiera que fuere la persona que estaba detrás del hombre de gris, no cabía duda que estaba actuando en serio.

    Los oficiales de la nave fueron rápidos; tan pronto como escucharon el principio de mi historia, se comunicaron por radio a Campo Negro para que detuvieran al hombre de gris; yo dudaba, sin embargo, de que lo pudieran encontrar. Él sabía lo que sucedería cuando descubrieran el cadáver.

    ¡Infortunado camarero! El capitán dedujo que mi modo de comportarme había despertado su curiosidad y que él había regresado al camarote 334 a averiguar por qué deseaba yo pagar pasaje doble en vez de quedarme en él. Su curiosidad fue su perdición.

    El interrogatorio terminó finalmente. El capitán me hizo prometerle que, cuando yo llegara a Thetis, no me movería de la nave, hasta que la policía de Marinia hubiera tenido oportunidad de interrogarme, si así lo deseaban, y que después podría marcharme.

    No regresé al camarote 334. Hice que trasladaran mis pertenencias a mi nuevo cuarto y rogué que el reciente fracaso de mis enemigos desconocidos hubiera agotado sus recursos...

    Íbamos a llegar a Cúpula Siete por la noche, casi al amanecer. Por un momento pensé en quedarme en vela para verlo, pero decidí mejor no hacerlo. Estaba cansado y molesto. Había pasado por momentos difíciles y aquel día había sido el más agotador.

    Me retiré a mi camarote muy temprano pero no pude dormirme inmediatamente. Alguien llamó a mi puerta. La abrí y un camarero se disculpó con una sonrisa y me extendió un sobre escarlata sobre una bandeja de plata.

    —Para usted, señor Eden —dijo—. Siento haberlo molestado.

    Lo despedí y rasgué el sobre para abrirlo. El mensaje decía:

    “Estimado señor Eden:
    "Siento mucho los problemas que lo han afectado. Como usted probablemente sabrá, su padre, su tío y yo estuvimos estrechamente relacionados en una época. Tal vez pueda ayudarlo en algo.
    "Por favor, venga a mi suite en la cubierta A cuando reciba la presente."


    Me quedé mirando la nota, mientras la más extraña mezcla de emociones me invadía.

    La firma de la nota decía: HALLAM SPERRY.


    CAPÍTULO 11
    Mi socio, mi enemigo


    HALLAM SPERRY en persona me franqueó el paso a su camarote.

    Había una enorme diferencia entre su camarote y el pequeño cuarto que yo ocupaba en la cubierta de abajo. Más que un camarote era un verdadero departamento y quise convencerme de que así era como debería ser. Después de todo, el Isla de España era únicamente uno de los doce gigantescos transatlánticos submarinos de la compañía de transatlánticos Sperry. Había enormes fotomurales en las paredes y, en unos tanques de presión, podían verse curiosos animales-flores del fondo del mar y diminutos peces que se movían como dardos en el agua. Había tubos de troyón pintados para calentar la habitación y darle al mismo tiempo la apariencia de la luz del día.

    Hallam Sperry me estrechó la mano con un apretón tan firme y tan frío como el acero. Era un hombre gigantesco, tan corpulento como fue mi tío, pero moreno y de barba negra, en tanto que mi tío había sido de tez clara y barba rojiza. Sus ojos tenían un extraño color azul penetrante; en ellos había el frío de las heladas aguas de lo más profundo del océano. Sin embargo, sus labios sonreían y sus palabras no parecían simple cortesía.

    —Jim Eden —dijo con voz retumbante—. Sé mucho de ti, muchacho. Conocí a tu padre y a su hermano muy bien. Fue una pena lo que le sucedió a Stewart, pero él siempre fue muy temerario. Por mi hijo supe la mala suerte que tuviste en la academia.

    Me ofreció una silla de patas delgadas como las de una araña. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? ¿Que la “mala suerte” que yo había tenido en la academia había sido resultado de las maquinaciones de su hijo? ¿Que la disputa entre él y los Eden era un escándalo público?

    No dije nada. Aprendí muchas cosas en la academia y una de las primeras fue a no hablar hasta saber lo que tenía que decir. Era posible que Hallam Sperry no fuera tan perverso como lo habían descrito; no era justo atacarlo basándome únicamente en referencias y viejos recuerdos.

    Me ofreció un vaso de cristal que contenía un provocativo líquido color verde pálido. Lo probé y posé el vaso sobre una mesa. Me dijo que era un raro licor de las profundidades del mar.

    —Stewart Eden era un viejo amigo mío. Es verdad que tuvimos nuestras diferencias, pero siempre admiré a tu tío. Era un gran hombre. Lástima que muriera de esa manera.

    Iba a responderle algo, pero lo que yo pudiera decir no parecía tener mucha importancia para él y continuó hablando con su voz grave y retumbante.

    —Trabajé con Stewart muchos años, y con tu padre también. Oirías hablar de nuestras disputas; eso no importa ya, muchacho. Él se ha ido y nuestras diferencias han desaparecido también. Lo importante ahora es: ¿qué sucederá?
    —¿Perdone? —interrumpí.
    —¿Qué sucederá contigo? —rugió impaciente—. ¿Qué piensas hacer? Vas a Thetis, ¿para qué?
    —Soy el heredero de mi tío, señor Sperry —dije firmemente—. Él me dejó todos sus intereses.
    —¡Intereses! —bufó Sperry—. ¡Uf! Una compañía en bancarrota y un barco hundido. Sé cuáles eran sus “intereses" —me miró escrutadoramente y añadió—: Tal vez no estés enterado de esto: tu tío me debía dinero. Mucho dinero. Más de lo que pueda valer su legado, muchacho.

    Cambié de posición en la silla, sintiéndome incómodo, y respondí:

    —No. ..., no sé nada de eso. El señor Faulkner, el abogado de mi tío, no me dijo nada de eso.
    —Claro que no. Faulkner no lo sabía. Fue un convenio entre caballeros que hicimos tu tío y yo. Le presté el dinero y no hicimos ningún recibo, no hubo nada por escrito. La cuestión es si tú vas a aceptar la deuda.

    Comencé a decir algo, pero él me interrumpió.

    —Deja eso —me ordenó—. Olvídalo por un momento. Ya hablaremos de negocios después. Primero cuéntame algo de ti mismo... —hizo una pausa y, antes de que yo comenzara a hablar, una amplia sonrisa se extendió en su rostro y me ordenó—: Y tómate tu bebida. ¡Es una orden, muchacho!

    Sentí que el hombre comenzaba a simpatizarme; había en él una energía y un cierto encanto que me agradaban. Tal vez me estaba diciendo la verdad. Quizá la amarga disputa entre él, mi padre y mi tío había sido causada por simples transacciones de negocios, únicamente una lucha sin restricciones entre hombres. En verdad, Hallam Sperry tenía una sonrisa agradable y estrechaba la mano con franqueza.

    Sin embargo, no pude menos que notarlo, sus labios sonreían pero sus ojos seguían fríos como el hielo.

    Le relaté mi estancia en la academia; mis relaciones con su hijo, Brand Sperry; el problema que tuve en Italia y cómo me vi forzado a renunciar. Me escuchaba con atención y sin darme cuenta ya le estaba contando lo de los radiogramas que había recibido de Wallace Faulkner y cómo los había respondido; hasta le conté lo del hombre del sombrero rojo, lo del hombrecillo de gris y el gas letino que había matado al camarero en vez de a mí.

    ¿Fue una tontería de mi parte contarle todo aquello? Todavía me lo pregunto sin encontrar respuesta, aunque, después de todo, Hallam Sperry era el propietario del Isla de España y seguramente se enteraría de todo lo que sucedía a bordo.

    Luego descubrí que él sabía más, muchísimo más.

    Cuando terminé mi relato, él dijo, dándole un sorbo a su licor marino:

    —Has tenido mala suerte, muchacho. La cuestión es: ¿qué piensas hacer ahora?
    —No lo sé exactamente, señor —contesté moviendo la cabeza—. Ahora voy a Thetis. Luego veré cómo andan las cosas y ya decidiré lo que haga. Yo...yo no sé mucho de Marinia en realidad.
    —¡Nunca pensé que oiría decir eso a un Eden! —dijo con una sonrisa retumbante—. ¡Cúpula Eden lleva ese nombre en honor de tu familia!
    —Lo sé, señor —respondí muy serio—. Pero, después de todo, yo nunca he estado aquí antes. En realidad, ni siquiera sé lo que estaba haciendo mi tío estos últimos años.

    Me miró con sorpresa.

    —Oh, yo puedo decírtelo —se ofreció—. Yo sé todo lo que sucede en Marinia, no me importa admitirlo. Especialmente lo relacionado con tu tío Stewart —comenzó a contar con los dedos y enumeró—: Primero, la explotación de una mina de platino en las Montañas de la Obscuridad; la trabajó durante un año y la veta se agotó. Después, petróleo; parecía una buena inversión, pero tu tío la liquidó. Necesitaba capital. ¿Para qué? Para Minas Marinas, Sociedad Limitada. Invirtió en esa compañía hasta el último níquel que tenía o que pudo conseguir prestado y, finalmente, la compañía se hundió y él mismo se hundió con ella. No quise ofenderte, muchacho. Tú sabes, Stewart siempre fue un temerario —dijo finalmente, como disculpándose.
    —No se preocupe —respondí.
    —Volvamos a la cuestión más importante —continuó—. Le presté dinero a tu tío durante estos dos últimos años. Él me debe una fuerte suma...; más de medio millón de dólares. ¿Qué piensas hacer acerca de ello?
    —No lo sé, señor —admití lastimeramente—. Esto es lo primero que oigo. Te... tendré que hablar con el señor Faulkner de eso.

    La expresión de Hallam Sperry cambió de un modo curioso. Por primera vez, su rostro estaba en reposo, pero ahora eran sus ojos los que me sonreían con una débil, sardónica y alarmante sonrisa. Todo lo que dijo fue lo siguiente:

    —Tómate tu tiempo, muchacho.

    Tocó un timbre para llamar a un camarero y le ordenó que trajera café.

    —Ya va a ser hora de irse a dormir —dijo—. Te dejaré ir en un par de minutos. ¿Hay alguna cosa que quieras saber de mí?
    —Bueno, creo que no, señor —contesté lentamente—. A no ser que usted crea que haya algo que yo deba saber.

    Encogió sus anchos hombros expresivamente.

    —¿Te hablé de la compañía Minas Marinas? —preguntó.
    —Sé algunas cosas de ella por conducto del señor Faulkner.
    —No sabrás mucho, probablemente. Bueno, en realidad no hay mayor cosa que decir. Una de las empresas típicamente descabelladas de tu tío, por supuesto. ¡Querer explotar minas en el Abismo de Eden! No podía acercarse ni a mil brazas del fondo. Ni siquiera con su propia edenita. Traté de decírselo, pero era imposible convencerlo de obrar cuerdamente.
    —Eso mismo pensaban los matemáticos —dije con tanta mordacidad como pude— cuando mi tío Stewart anunció por primera vez su proceso de aplicación de la edenita. Los matemáticos se apresuraron a decir que era imposible. Probaron concluyentemente con hechos y cifras que era ridículo imaginar que una armadura blindada pudiera ser construida de modo que su campo de fuerza hiciera que el agua trabajara contra sí misma, es decir, que su propia presión trabajara contra ella para evitar que llegara a lo que estuviera encerrado dentro de esa armadura. No fue hasta que mi tío Stewart logró poner en operación su primer blindaje de edenita que los matemáticos abandonaron inmediatamente la oposición.
    —Ganaste un buen tanto, muchacho —admitió Sperry, sonriendo—. Yo también pensaba algo por el estilo. Comoquiera que fuere, él siguió adelante. Abrió una oficina en las afueras de Cúpula Siete, bastante apartada del territorio minero y muy cerca del Abismo de Eden. Tenía a un hombre trabajando allí con él, un individuo llamado Westervelt, me parece. No sé dónde se encuentra él ahora. Desapareció después de la muerte de tu tío. Lo último que supe de él es que estaba escondido en el Reino de Kelly porque tenía algún problema con la ley. Eso es todo lo que hay que contar, muchacho. No puedo referirme a nada que haya logrado Minas Marinas alguna vez, porque en realidad jamás logró ningún éxito. Es una compañía de papel y su activo es de papel también.
    —Papel o no papel —repliqué, tratando de dominar mi mal genio—, el activo de esa compañía valía ciento sesenta y cuatro mil dólares para alguien.
    —¿Para quién?
    —¡No lo sé! —admití—. Es un cliente del señor Faulkner.
    —Por supuesto que no lo sabes —rugió—. Te lo voy a decir si quieres. Fui yo. Ofrecí ciento sesenta mil dólares y tú rechazaste la oferta. Bueno..., tal vez me hayas hecho un favor. Por supuesto que no vale ese dinero.
    —Pero..., ¿cómo? —lo miré asombrado.

    Soltó una estrepitosa carcajada.

    —Pero. . ., ¿cómo? —me remedó—. Muchacho, ¡todavía eres demasiado inexperto para ir a Marinia! Lo digo sin ánimo de ofenderte, por supuesto. Te diré por qué: tienes un socio en la compañía, ¿sabes?
    —Bueno, sí. Pero. . .
    —Pero nada. Tu socio soy yo. Yo puse dinero y compré el veinte por ciento de las acciones. Se suponía que el resto lo recibiría de las utilidades. ¿Cuáles utilidades? Ninguna, claro. Pero podía darme el lujo de correr el riesgo y lo corrí. Perdí, pero si puedo obtener la propiedad absoluta de las Minas Marinas, tal vez pueda hacer algo con ellas. Tengo cierta influencia en Marinia, tú lo sabes. Quizá podría obtener una prórroga del plazo de la reclamación por otros dos años. Tal vez surja algo mientras tanto. Sigue siendo un juego arriesgado y las apuestas no estarían niveladas mientras yo siguiera siendo un accionista minoritario. ¿Comprendes ahora?

    No lo entendí, pero yo era demasiado terco, demasiado joven para admitirlo, y contesté incómodo:

    —Se. . . será mejor que yo hable con el señor Faulkner. No es que dude de nada de lo que usted me ha dicho, claro, pero...
    —Pero. . ., pero. . . —me remedó nuevamente. Todavía sonreía con aquella sonrisa fría y en cierto modo inquietante.

    Su actitud cambió de pronto: Colocó de golpe y porrazo su taza de café sobre el plato y gruñó:

    —Basta. Es hora de irse a la cama. Ve a tu cuarto, muchacho. Ve a dormir un poco.

    Tocó el timbre para llamar al camarero. Hallam Sperry no se levantó. Cuando yo iba saliendo, dijo:

    —Consúltalo con la almohada, muchacho. Toma una decisión. Quieres pagar las deudas de tu tío, o pagar lo más que puedas, ¿o no? Si aceptas mi oferta, olvidaré el resto. No puedo obligarte a hacerlo. Se trata de un negocio entre caballeros. Toma tu decisión.

    Me volví, furioso, pero Sperry ya me había despedido. Sin darse prisa se levantó, caminó pesadamente hasta una puerta del lado opuesto y penetró en otra de sus habitaciones. El camarero, cortés pero firmemente, cerró la puerta.


    CAPÍTULO 12
    En la Cúpula de Thetis


    POR FIN llegamos a Thetis. El Isla de España surgió de la obscuridad que lo rodeaba, a un extenso valle de arcilla azul ligeramente iluminado. Anclamos en la acostumbrada plataforma plana.

    Al oeste de nosotros estaba Thetis. Su cúpula resplandecía débilmente y se combaba hacia lo alto, penetrando en las oscurísimas aguas. Al este y al norte se alzaban unas escarpadas montañas negras. Al sur había un abismo en cuyo borde se encontraba un valle fosforescente, cubierto por una fantástica maraña de algas marinas que parecían viñedos, y por espesas enramadas que se erguían hacia arriba, como los árboles en la tierra. Parecían viñedos y árboles, pero, como lo iba yo a descubrir más tarde, no lo eran. En realidad no crece ninguna vegetación tan abajo de la superficie del mar: todos los delicados capullos y las viscosas enramadas eran animales, no plantas.

    Desembarqué del Isla de España, comprobé mi equipaje y me encaminé directamente hacia la oficina de Faulkner.

    Tenía bien grabada en mi mente la dirección: 0-17, S-469, Nivel 9. La había visto en los largos sobres azules en los que mi tío me enviaba los cheques.

    Del ascensor salí a la enorme sala de espera que había debajo de los muelles y que había sido excavada en la roca viva, por el interior del lecho del océano.

    Brillaba a la luz troyón violeta y fría. Estaba atestada con los pasajeros del Isla de España, los empleados de la aduana y cientos de personas más. Parecía increíble estar en aquella gigantesca cámara teniendo seis kilómetros y medio de agua sobre nuestras cabezas.

    ¡Pero era cierto! ¡Me encontraba en Marinia!

    Descubrí una banda transportadora para pasajeros que se movía en la dirección a la que yo me dirigía y subí en ella. Rápidamente fui conducido, bajando por un largo túnel. Encontré la línea de ascensores que andaba buscando y en pocos minutos me hallaba en el nivel 9.

    Salí del ascensor y me encontré en una calle muy ancha.

    Estaba iluminada con luz troyón color violeta y una multitud de marinianos se movía apresurada en ella. Era el primer vistazo que yo daba a la vida de una ciudad de Marinia, y, verdaderamente, quedé poco menos que desencantado. La gente parecía sucia y mal vestida. Vi a varios policías con uniformes escarlata que caminaban entre la multitud. La gente hablaba en voz alta y con vulgaridad. Los edificios, que se elevaban unos quince metros sosteniendo el siguiente nivel superior, estaban más sucios de lo que yo había imaginado.

    Por supuesto, Marinia en sí no era culpable de aquello. Aun entonces, antes de que yo hubiera visto ninguno de los amplios y hermosos niveles residenciales, o las multitudes que se arremolinaban en la sección administrativa, comprendí que aquello no podía ser típico. El nivel 9 era la tierra de nadie, situado entre los niveles de las fábricas y los astilleros que quedaban debajo, y los niveles de las oficinas y las residencias que había arriba. Este nivel tenía las peores características de sus vecinos de abajo y de arriba.

    Me pareció que la oficina de Faulkner estaba situada en una vecindad nada agradable.

    Sin embargo, Faulkner era el abogado de mi tío. Detuve a un policía vestido de rojo y le pedí me indicara dónde quedaba la dirección 0-17, S-149.

    Resultó ser la puerta de un sucio edificio de oficinas detrás de la cual había un largo tramo de escaleras que conducían arriba.

    Al final de la escalera, entré en un cuarto obscuro de techo bajo que olía a polvo y a aire viciado. Bajo un único tubo de troyón, todo el mobiliario que había eran dos sillas y un maltratado escritorio.

    Un hombre corpulento estaba reclinado hacia atrás en una silla. Tenía los pies subidos sobre el escritorio y las nudosas manos entrelazadas por atrás de su cabeza despeinada. Tenía la boca abierta y le colgaba la quijada, dejando ver los amarillos dientes. Su rostro, moreno y picado de viruelas, estaba cubierto de cicatrices.

    Roncaba con fuerza.

    Tosí y dije:

    —Buenas tardes.

    El hombre de la silla dejó oír un bufido, bajó los pies al suelo y se me quedó mirando, parpadeando.

    —¿Eh? —dijo con voz espesa. Entonces, sus ojos se aclararon y me miró con más comprensión—. ¿Qué quiere? —preguntó con hosquedad.
    —Quisiera ver al señor Wallace Faulkner —le dije.
    —No está —respondió el gigantón, moviendo la cabeza.
    —¿Cuándo cree que venga?
    —No sé. No regresará hoy.

    Titubeé. No podría hacer nada hasta que viera a Faulkner. Y me urgía preguntarle acerca de lo que Hallam Sperry me había dicho en el Isla de España.

    —Necesito verlo con urgencia —repuse—. ¿Dónde puedo encontrarlo en este momento?

    El hombretón me miró con el ceño fruncido.

    —Venga mañana —dijo—. ¿Quién es usted?
    —James Eden —le respondí.

    Me pareció que los ojos del hombre se dilataban un poco, pero todo lo que contestó fue:

    —Se lo diré.

    Ya iba a marcharme. Todo aquello me estaba comenzando a disgustar: el hombre, la sucia y miserable oficina y la impresión que tenía de Faulkner, a través de sus cartas y sus radiogramas.

    Pero tenía que enfrentarme al asunto tarde o temprano e hice otro intento.

    —Mire, debo ver al señor Faulkner. ¿No hay modo de que yo pueda localizarlo hoy?
    —Ya le dije que no —refunfuñó el gigantón—. Venga mañana. A primera hora de la mañana. ¿Entendió?

    No me quedaba otra cosa que hacer que marcharme, especialmente cuando vi que volvía a subir de golpe los pies sobre el escritorio y que se inclinaba hacia atrás, preparándose a continuar su interrumpido sueño.

    Salí de la oficina y comencé a bajar la escalera.

    Iba a la mitad de ella, cuando me detuve. Me pareció oír que el hombretón decía mi nombre en voz alta.

    Permanecí allí un momento, escuchando. Lo volví a oír claramente, no como si me estuviera llamando, sino que parecía que el hombre se lo estaba diciendo a otra persona. Lo oí con la claridad suficiente como para estar seguro de que no me había equivocado, después hubo una pausa y el murmullo de otras palabras.

    Volví a subir.

    Cuando llegué a la puerta, oí un último murmullo.

    —. . .sí. Eden. Está bien... Nos veremos en la mañana.

    Luego oí el sonido de un teléfono al ser colgado de golpe en su base. Esperé, pero ya no se volvió a oír ningún ruido. Después de un momento, comencé a escuchar la respiración acompasada del hombre.

    Se había dormido, pero primero le había telefoneado a alguien para informarle acerca de mí.

    No, aquello no me gustaba nada.

    Sin embargo, me dije, las cosas podrían estar peor.

    Si no podía ver a Faulkner hasta la mañana siguiente, eso significaba que yo tenía casi todo el día para pasarlo como quisiera. Podría, por ejemplo, dar una vuelta por Thetis y ver todas las maravillas de la capital de Marinia con mis propios ojos.

    Mi decaído ánimo comenzó a levantarse. Detuve a un policía submarino vestido de rojo y le pedí que me recomendara un hotel. Mencionó varios y me dijo cómo podría llegar a ellos y dónde encontraría un teléfono para reservar un cuarto.

    El teléfono estaba en un establecimiento donde se expendían bebidas. Los parroquianos parecían ser en su mayoría la misma clase de personas rudas que se abrían paso a empujones por las calles. Bueno. . ., pero yo no tendría que beber con ellos, después de todo. Encontré el teléfono, le eché una moneda y llamé al primero de los hoteles que me había sugerido el policía.

    El encargado que me contestó era enérgico, pero cortés. Tenían un cuarto y me lo reservarían. Me esperarían en una hora, tan pronto como yo fuera a recoger mis maletas.

    Las cosas parecen estar mejorando, pensé cuando colgué la bocina. Luego me dirigí a la calle. Podría sacar mis maletas sin problemas. Los empleados de la aduana ya habrían tenido tiempo de examinarlas.

    Después, tendría el resto del día para hacer lo que yo quisiera.

    Cuando me dirigía hacia la puerta, un hombre alto y delgado se apartó de la barra adelante de mí. Me detuve, pero no con la rapidez suficiente; tropecé ligeramente con él y unas cuantas gotas se derramaron de su bebida.

    —¡A ver si te fijas, tú! —gruñó volviéndose a mirarme.
    —Lo siento —contesté, y esperé a que se apartara a un lado, pero no lo hizo. Con mucho cuidado, colocó su bebida en el mostrador de la barra y se acercó más hacia mí.
    —¿Te crees que eres el dueño del lugar? —preguntó—. Andas buscando camorra, ¿verdad?

    Aquello no parecía muy razonable, pero todo indicaba que él estaba buscando pelea. No tengo miedo a pelear cuando es necesario; en la academia acostumbrábamos tener encuentros de boxeo y algunas veces no lo hacíamos únicamente por hacer ejercicio, sino para dirimir diferencias de opiniones. Aunque el hombre era unos centímetros más alto que yo y me sobrepasaba en peso, no le tenía miedo.

    Sin embargo, un pleito de taberna no era la idea que me había formado de cómo pasar mejor mi primer día en Thetis, y le dije:

    —Perdone, no fue mi intención atropellarlo. ¿Quiere hacerme el favor de permitirme pasar?

    Él pareció tomar mis palabras como un insulto.

    —¿Permitirte pasar? —preguntó—. Seguro, te voy a dejar pasar. Ustedes los novatos creen que pueden atropellarnos sin más ni más, ¿no es cierto? ¡Bueno, están muy equivocados!

    El hombre estaba tan cerca de mí que me podía tocar. Podía sentir el aire caliente de su respiración en mi rostro cuando me hablaba. Aquello terminaría en una pelea, no había duda. Me aparté un poco hacia atrás para tener espacio...

    Entonces una voz gruesa preguntó:

    —¿Qué pasa, Kelly? ¿El muchacho te está amenazando?

    Era el policía submarino. Estaba parado en el umbral de la puerta, alto y cuadrado, en su uniforme escarlata. El tono de su voz estaba cargado de humorismo, pero no había nada tranquilizador en la forma como miraba al hombre delgado.

    Éste hizo un rápido examen de la situación y gruñó:

    —Ah, ustedes los polizontes siempre me andan molestando. ¿Por qué se meten en lo que no les importa?

    Los ojos del policía brillaron peligrosamente, pero todo lo que dijo fue:

    —Está bien, hijo. Si vas a salir de aquí, vamos —me dijo.

    Pasé junto a Kelly sin mirarlo y el policía cerró la puerta detrás de nosotros.

    —Pensé que tal vez tendrías problemas allí —explicó—. Tan pronto como te mandé allí adentro a hablar por teléfono, me dije: “Shaughnessy, un muchacho como ese no debe estar en un lugar como la taberna de Mamá, La Vaca Marina.” Así que me asomé por lo que pudiera suceder.
    —Gracias, oficial —le respondí—. Aunque creo que no habría habido ningún problema.

    Me miró interrogadoramente.

    —¿Eres nuevo por aquí? ¿Eh? —preguntó. Luego añadió—: Bueno, no importa. Que te vaya bien —y se quedó parado observándome mientras yo me dirigía hacia la hilera de ascensores.

    Me tomó únicamente unos minutos reclamar mi equipaje. Cargado con él, estudié la calle y los rótulos que indicaban los niveles, tratando de encontrar cuál sería el mejor camino para llegar al hotel.

    Lo mejor hubiera sido preguntarle a alguien, pero siempre me había disgustado parecer ignorante. He desperdiciado muchas horas en mi vida vagando en alguna ciudad extraña, tratando tercamente de encontrar una dirección por mí mismo, mientras cualquier peatón podría haberme indicado el camino en cuestión de segundos.

    Después de devanarme los sesos, llegué a la conclusión de que la forma más fácil de llegar era atravesar un estrecho pasaje que conectaba con otra hilen de ascensores expresos. Ellos me llevarían rápidamente y sin paradas hasta el nivel 18, donde estaba ubicado el hotel.

    Eché a andar, tambaleándome por el peso de las maletas. El pasaje atravesaba un callejón entre unos almacenes. Ya era media mañana, pero habría poca gente por allí. Supuse que, al igual que en las ciudades de la superficie de la tierra, los almacenes y los mercados tendrían sus horas de mayor actividad antes del amanecer, cuando se están preparando para las operaciones comerciales del día. Por supuesto que, bajo seis kilómetros de mar, la hora del día no tiene mucha importancia. La luz siempre es el mismo alumbrado violáceo de los tubos de troyón, aunque me pareció que aquéllos alumbraban más débilmente que la mayoría. Las fachadas de los almacenes proyectaban sombras extrañas; algunas de ellas casi parecían figuras humanas que estuvieran escondidas acechándome.

    Algunas de ellas lo eran.

    Lo vine a saber para desgracia mía. Posé las maletas en el suelo, en el lugar en que otro callejón cruzaba en el que yo estaba atravesando. Me sentí indeciso acerca de si debía dar vuelta a la izquierda o a la derecha. Oí pasos detrás de mí. No me pareció que ello tuviera importancia hasta que, de pronto, los pasos se acercaron y se hicieron más rápidos, como si un asaltante se echara encima de su víctima. Me volví más con curiosidad que con alarma.

    Fue demasiado tarde. Algo duro y largo venía zumbando entre las sombras violáceas y me golpeó en la sien. Fue lo último que vi por un buen rato.

    Desperté.

    Estaba tendido sobre el suelo metálico, frío y liso de un cuarto sumido en la más completa obscuridad.

    Tenía amarrados los tobillos y tinas cuerdas me rodeaban la cintura. Mis muñecas estaban atadas a los costados. Los nudos, muy apretados, me interrumpían la circulación, y mis manos y piernas estaban insensibles.

    No podía ver, sentir ni oír nada. Lo único que podía percibir del cuarto era el olor y éste era una preocupación para mí. El cuarto olía a aire viciado y a moho. Como si fuera una bodega húmeda bajo el piso. ¿En qué lugar de Thetis podía estar ese cuarto?

    Como no podía adivinarlo, lo dejé en paz. Luché inútilmente durante un rato. Luego permanecí tendido tratando de hacer un examen de la situación con toda la frialdad y desapasionamiento que nos habían enseñado los instructores en la academia. Recordaba las lecciones: “El pánico es vuestro peor enemigo. No importa lo difícil que sea la situación, el dejarse llevar por él la empeorará.”

    Aquello había parecido tan lógico y tan sensato, ¡allá, a la luz del cálido sol del Caribe!

    Pero no nos habían dicho qué era lo que teníamos que hacer exactamente, cuando fuéramos atados por uno o más desconocidos y nos dejaran tendidos en lo que parecía una bodega subterránea de una ciudad submarina. Todo aquello me parecía ridículo. En primer lugar, ¿por qué iba alguien a atacarme? Yo no le había causado daño a nadie. . .

    Sin embargo, la pregunta qué importaba; en aquel momento no era “por qué”, sino “cómo”. ¿Cómo salir de aquello? Parecía haber poco que hacer en cuanto a eso. Apenas si podía mover cualquier músculo. Quienquiera que me hubiera amarrado, seguramente había tomado lecciones con algún maestro en el arte.

    No obstante..., descubrí que podía mover un brazo ligeramente. Si encontraba alguna cosa contra la cual frotar las cuerdas, me quedaba todavía la posibilidad de deshilacharlas y romperlas. El buscar a tientas alguna saliente cortante en el piso era como tratar de reconocer la denominación de una moneda con las manos enfundadas en unos guantes de boxeo. Mis dedos entumecidos estaban casi insensibles al tacto, pero persistí en mi intento, aunque infructuosamente. El piso era plano y desnudo.

    No podía alcanzar ninguna de las ataduras, por mucho que me esforzaba.

    Creo que me dejé llevar por la desesperación por un momento. Tal vez eso me ayudó, no lo sé, pero me retorcí violentamente de espaldas al piso...

    Y sentí que las cuerdas que me rodeaban la cintura se corrían un poco, muy poco.

    No se estaban soltando, eso hubiera sido esperar demasiado, pero se corrieron un par de centímetros alrededor de mi cintura y ahora mi mano derecha estaba un poco hacia mi espalda y la izquierda un poco hacia el frente. Volví a dar un tirón a la cuerda y ésta se corrió una fracción más de centímetro.

    Debo de haber tardado media hora para lograrlo, pero, al fin, mi mano izquierda alcanzaba a tocar la hebilla de mi cinturón. Di gracias a los Kelpies, los duendes marinos que protegen a los submarinos, por llevar todavía puesto mi cinturón de la academia, con sus anclas cruzadas sobresaliendo en relieve de la hebilla.

    No me infundía muchas esperanzas, pero era lo mejor que tenía. Apreté las cuerdas que me ataban la muñeca contra la hebilla, hacia adelante y hacia atrás..., hacia adelante y hacia atrás. Seguí haciéndolo hasta que creí que los músculos de mi brazo se me harían un nudo y me daría un calambre...; descansé y persistí luego en mi intento.

    Empecé a tener la esperanza de que, si me daban tiempo, tal vez lograría soltarme.

    Pero se me acabó el tiempo.

    Oí de pronto un ligero chasquido detrás de mí. Una débil luz penetró en la habitación. Sólo podía ver lo que estaba directamente frente a mis ojos: unas paredes lisas de metal, que brillaban con una delgada capa de humedad: nada más, pero alguien había abierto una puerta detrás de mí.

    Me quedé completamente inmóvil.

    Oí el sonido suave de unos pasos. Hubo una pausa, y los pasos se alejaron.

    Volvió a oírse un débil chasquido cuando la puerta se cerró y otra vez quedé sumido en la obscuridad.

    Alguien había entrado en el cuarto, me había echado un vistazo y se había ido de nuevo.

    ¿Qué significaba aquello? No podía adivinarlo. Lo único que podía imaginarme era que alguien deseaba saber si yo había recobrado el conocimiento o no. Tuve la esperanza de haberlo engañado.

    Continué frotando las cuerdas, pero sólo por un momento. La puerta volvió a abrirse, y ahora los pasos no eran suaves.

    Había varios hombres detrás de mí. Venían hablando entre ellos cuando entraron. No intentaron ocultar lo que decían, ni parecía que estuvieran fingiendo sus voces; aparentemente no les interesaba que estuviera vivo o no. Aquello sólo podía significar una cosa: a ellos no les importaba que los reconociera; sabían que me quedaban pocas horas de vida.

    —Seguramente está despierto —dijo uno de los hombres agresivamente—. Vamos, Jack... Dale una patada a ver si es cierto.

    El hombre lo hizo. Me golpeó con el pie en el omóplato izquierdo. De casualidad no me rompió ningún hueso, pero nunca me habían golpeado tan fuerte en mi vida. El impacto me hizo dar vuelta sobre el piso, tendido como estaba, y quedé recostado sobre el otro lado, de cara a los hombres.

    El que me golpeó era un hombre gordo con cara de sapo. Nunca antes lo había visto. Uno de los otros también me era desconocido, pero reconocí al tercero.

    Se llamaba Kelly. Había tratado de buscarme camorra en la taberna del nivel 9.

    —¿Por qué hacen esto? —dije ofuscado por el dolor—. ¿Qué es lo que...?
    —¡Cállate! —interrumpió Kelly con desprecio—. Si vuelve a abrir la boca, Jack, húndele los dientes de una patada. Vamos, levántenlo.

    El hombre se apartó hacia atrás, mirando sin expresión en la cara cómo Jack y el otro me levantaban, tomándome por los pies y la cabeza. Me sacaron del cuarto y me llevaron por un corto pasillo débilmente alumbrado.

    —Kelly, no me gusta esto —dijo el hombre que me llevaba por los pies—. ¿Qué pasará si los polizontes submarinos andan por ahí?
    —¿Qué pasará si la Luna se nos cae encima? —respondió con sarcasmo—. No te pagan por pensar. Jack exploró los alrededores y dijo que no había ningún jeep patrullando en todo el nivel.
    —Correcto —gruñó Jack.

    Se veía que era hombre de pocas palabras. Abrí la boca para decir algo, pero el repentino brillo de interés que vi en sus ojos me detuvo. Me llevaron cargando unos metros, sacudiéndome de un lado al otro y luego me dejaron en el suelo.

    —Está bien —dijo Kelly—. Lárguense, muchachos; ya no los necesitaré.

    Los otros dos se fueron a toda prisa. Kelly se acercó y se agachó a mi lado. Buscó en el piso algo que estaba fuera del alcance de mi vista. Oí un pesado sonido metálico.

    —Hasta la vista —me dijo sonriendo.

    Una ráfaga de aire frío se elevó junto a mí en el momento en que levantó un pie para empujarme. Comprendí lo que había hecho. Había abierto una trampa. ¡Debajo de ella estaban los túneles del drenaje de Thetis!

    Cuando vi venir su pie, hice un esfuerzo desesperado y sentí que la cuerda que ataba mi muñeca izquierda se rompía. Era, sin embargo, demasiado tarde; me golpeó en el costado y me empujó sobre la orilla metálica. Me retorcí en el aire y logré asirme al borde, pero una mano entumecida no fue suficiente para sostenerme.

    Me precipité en una fuerte corriente de agua helada. La impresión que recibí al golpear contra ella me dejó paralizado por un momento. Me hundí profundamente antes de que, de algún modo, comenzara a luchar con una mano para volver a subir.

    Sin saber cómo, subí a la superficie y me las arreglé para mantenerme a flote, tosiendo, sintiéndome sofocado, jadeando para hacer llegar el aire húmedo y frío a mis pulmones. La corriente me arrastraba a lo largo de un gigantesco conducto metálico, a una velocidad de varios nudos. Me sentía tan indefenso como podría sentirse una medusa llevada por la marea.

    Estuve a punto de darme por vencido, pero algo no me permitía rendirme. Tal vez era la voz de mi instructor de la academia que decía: “El pánico es el peor ene migo.” Quizá era una voz aún más autoritaria. Lo cierto es que algo me mantuvo pateando y luchando, no obstante que lo más que podía esperar era mantenerme vivo hasta que llegara a las bombas expulsoras... Y en los pistones de las bombas, movidos por una fuerza tremenda que bombeaba el agua del drenaje hacia el mar, rompiendo una presión de muchas atmósferas, la lucha terminaría seguramente.

    Pero continué luchando.

    Vi una luz.

    Sólo era un débil resplandor, pero era una luz. La vi, muy lejos, a través de un velo de agua salada. Parpadeé y volví a mirar. Estaba más cerca. Era un débil parpadeo sobre una especie de saliente, a un lado de la rápida corriente.

    Era una luz troyón portátil y junto a ella estaba parado un hombre que miraba al agua.

    Traté de llamarlo, pero sólo logré balbucir algo. Tal vez me oyó o tal vez fue por suerte que él miró hacia donde iba yo luchando, pero lo oí gritar algo ininteligible y logré tomar... liento para responderle, entre toses.

    Actuó con la velocidad de un rayo. En el preciso momento en que pasaba debajo de él, estiró hacia mí lo que parecía ser una pértiga.

    Algo agudo que me causó un fuerte dolor se enganchó en mi hombro. Sentí cómo se desgarraba la piel cuando el bichero se deslizó por la parte superior de mi brazo y por mi espalda. La tela de mi chaqueta se rasgó, resistió un tanto y volvió a rasgarse...; finalmente resistió.

    Me arrastró, diciendo algo débilmente, hasta el borde donde se encontraba, y me ayudó a subir.

    Me aplasté sin aliento contra la pared y él me sonrió.

    —Muchacho —me dijo—, ¡debes de haber tenido muchas ganas de nadar!


    CAPITULO 13
    El Ermitaño del Reino de Kelly


    —GRACIAS —LE DIJE.

    En realidad, me había salvado la vida a riesgo de la suya, ya que si él hubiera resbalado y caído en la furiosa corriente, ambos habríamos muerto. Todo lo que pude decirle fue: “Gracias.”

    —De nada —contestó sin mucha ceremonia.

    Se me quedó mirando escrutadoramente, examinándome de pies a cabeza. Yo hice lo mismo con él. Era un negro alto y fornido, de piel obscura como la de un Gullah. Me miraba con ojos amistosos, y cuando vio las cuerdas que me ataban, comentó:

    —Mmm. Tal vez no estabas nadando por divertirte, después de todo.

    Metió una mano en lo más profundo del bolsillo trasero de su pantalón y sacó una navaja.

    El dolor que sentí en los dedos de mis manos y mis pies cuando cortó las cuerdas v me volvió la circulación, fue peor que todo lo que había pasado. ¡Nunca creí que alguna vez iba yo a sentir dolor con agradecimiento! ¡Pero cuando menos, aquello me hacía comprender que había tenido suerte! ¡Estaba vivo!

    —Gracias —repetí—: me salvaste la vida. Espero poder pagarte el favor algún día.
    —Francamente —respondió riéndose a medias—, yo espero con toda mi alma que nunca lo tengas que hacer, compañero. No siento muchas ganas de verme precisado a necesitar esa clase de favor. Vamos, déjame ayudarte a levantarte.

    Caminé cojeando y apoyándome en él algunos metros a lo largo del borde, hacia donde estaba la luz troyón. Era un tubo pequeño, que parpadeaba con una fuerza muy disminuida, como si se le estuviera agotando el gas luminoso; pero aquella luz era bien venida para mí y miré al contorno ayudado por su débil resplandor.

    Había un nicho en el borde. En el interior del nicho, apenas lo suficientemente alto para no tocar el techo con mi cabeza y lo bastante ancho para que cupiera un hombre acostado, había algunas mantas rasgadas, una tosca plataforma de tablas que parecía servir como una cama y algunas cajas de embalar.

    —Bien venido a mi casa —indicó el hombre—. Mi nombre es Park. Gideon Park. El lugar no es muy elegante, pero eres bien venido y puedes disponer de él a tu antojo.
    —Señor Park —contesté agradecido—, nunca he visto un lugar que me haya gustado tanto como éste.
    —Me lo imagino —dijo sonriendo—. Llámame Gideon, si no te importa. Es un nombre que me gusta. Por eso lo inventé. Mis padres me bautizaron con el nombre de Walter, pero creo que a ellos ya se les habían agotado los nombres después de tener once hijos. A menos que prefieras olvidar todo el asunto, tal vez querrías satisfacer mi curiosidad. ¿Quién te amarró así?
    —Yo mismo quisiera saberlo, señor… quiero decir, Gideon —le respondí meneando la cabeza—. Todo lo que sé de ellos es que uno se llama Kelly y el otro Jack. Me quitaron todo lo que traía en los bolsillos, lo que me hace suponer que eso era lo que querían. ¿Por qué me escogieron? Creo que eso es algo que nunca sabré.
    —Hay muchos Kelly por aquí —dijo Gideon sombríamente y frunciendo el ceño—. ¿No sería éste un tipo alto y delgado y que tiene un carácter muy violento?
    —Así es exactamente. ¿Lo conoces?
    —Siento decir que sí —asintió—. Sin embargo, esa es una larga historia, pero puedes considerarte muy afortunado en estar aún con vida.

    Cavilé sobre aquello. Empezaba a tener las esperanzas de que podría volver a emplear los dedos de mis manos y de mis pies. Traté de pararme. Me sentía tan inestable como una medusa a merced de la resaca, pero logré ponerme de pie. Flexioné los músculos de mis piernas y también los dedos. Sabía que iba a sentir dolor por un buen rato, pero, al parecer, no tenía ningún hueso roto.

    Estaba, por supuesto, completamente empapado y escurriendo agua. Gideon y yo nos percatamos de ello al mismo tiempo y él dijo:

    —Quítate esas ropas, muchacho; encenderé un pequeño fuego. Ya que no te ahogaste, vamos a evitar que te dé una pulmonía.

    Rompió luego algunas tablas sueltas, las apiló sobre un periódico viejo y arrugado, como si estuviera formando una casita, y las encendió. Ardieron produciendo mucho humo a causa de la humedad del aire, pero, después de un momento, el fuego mismo secó la humedad de su combustible y se levantaron las llamas. Gideon colgó mis ropas cerca de la lumbre; yo me acerqué al calor de la fogata y él comenzó a sacar varios utensilios.

    —Puesto que tenemos fuego, bien podríamos tomar una taza de té. A ambos nos caerá bien —dijo, y puso a hervir agua.

    Luego, se sentó en cuclillas y parecía sentirse muy cómodo. Debió haber notado la curiosidad en mis ojos, porque rio entre dientes.

    —Te estás preguntando adonde habrás venido a parar, ¿no es cierto? —me preguntó—. Supongo que mi viejo hogar ha de parecerte bastante extraño.
    —La verdad —contesté— es que siento un poco de curiosidad.
    —Esta es mi forma de ganarme la vida —explicó Gideon, y añadió con desenvoltura—: Por el drenaje viene toda clase de cosas. Tú sabes que Thetis está a una gran profundidad. La presión es tremenda. El agua se filtra a través de la roca misma. De modo que tienen que estar bombeando continuamente, y como de todos modos tienen que bombear el agua hacia afuera, aprovechan los drenajes para deshacerse de toda clase de objetos. Algunos no valen la pena; otros son simplemente curiosidades, como tú, por ejemplo —en ese momento sonrió—; pero de vez en cuando pasa alguna cosa que puedo vender. De modo que la pesco y la saco a un lado, y cuando junto objetos suficientes como para que valga la pena echar el viaje, subo a los niveles habitados y me dedico al comercio. Generalmente obtengo dinero suficiente para surtirme de comida, té y demás artículos necesarios... luego, regreso a casa, al Reino de Kelly.
    —¿El Reino de Kelly? —repetí—. ¿Tiene alguna relación el nombre con el Kelly de quien estábamos hablando?
    —Comenzaron a llamar a los subniveles con el nombre de El Reino de Kelly hace unos treinta años —respondió Gideon encogiéndose de hombros—. El Kelly que tú conoces probablemente no había nacido todavía. Creo que él adoptó ese nombre tomándolo del lugar, en vez de haber sido lo contrario. Después de todo, los nombres son algo que le importa únicamente a quien los lleva. Yo escogí el mío y, por ejemplo, tú tendrás un nombre, sin duda, pero como has preferido no mencionarlo, no me atrevo a incomodarte pre...
    —Oh, lo siento, Gideon —lo interrumpí disculpándome—. Me llamo James Eden.

    La sonrisa desapareció de su rostro instantáneamente.

    —¿Qué? —preguntó cortante.
    —James Eden —dije parpadeando—. Soy... soy sobrino de Stewart Eden...; quizá lo conozcas.

    Se levantó y se me quedó mirando fijamente con rostro inexpresivo.

    —James Eden —repitió, y fue todo lo que dijo por un largo momento.

    Estiró hacia abajo su largo brazo y me tomó por la mano haciéndome levantarme de un tirón. Me puse de pie con cierta agresividad, como si previera una pelea. Era imposible comprender la expresión de su rostro.

    Pero el apretón de su mano sobre la mía era fuerte y caluroso.

    —Jim —me dijo—, trabajé para Stewart durante nueve años y estaría trabajando con él si viviera y quisiera admitirme. Tu tío Stewart me salvó la vida en dos ocasiones, de modo que creo que al salvarte a ti ya pagué parte de mi deuda y todavía sobra una vida por salvarte...

    Aquellas eran las primeras palabras amistosas que me decían desde que dejé a Bob Eskow en Nueva York, hacía ya tanto tiempo. Estuve a punto de ponerme en ridículo, de ridiculizar de paso a la academia que me había expulsado, a mi tío y a todo el servicio submarino, pues poco me faltó para que me echara a llorar.

    El agua estaba hirviendo y mi nuevo amigo preparó té. Mientras saboreábamos los primeros sorbos del vaporizante líquido, él me contó lo que sabía de mi tío Stewart. Gideon mismo había sido un explorador del lecho del océano. Uno de aquellos rudos individuos que se ponen una armadura para las grandes profundidades y exploran caminando trabajosamente entre el fango y el limo del escarpado fondo del mar, bajo kilómetros de presión de agua. Había trabajado en las minas con mi tío Stewart, en las Montañas de la Obscuridad. Había perforado pozos de prueba en busca de petróleo; juntos habían buscado concha de nácar y perlas en los bancos de Kadang. Cuando mi tío vendió todas sus pertenencias para concentrarse en Minas Marinas, Sociedad Limitada, Gideon rechazó otros trabajos y se había ido a vivir al Reino de Kelly, pero siempre listo a regresar con Stewart Eden apenas él lo necesitara.

    Gideon sabía muy poco de la compañía Minas Marinas; le pregunté ansioso, pero no me dijo más acerca de ellas de lo que ya me había dicho Hallam Sperry.

    Antes de la muerte de mi tío, Gideon había estado tratando de preparar algunos planes, pero fracasó. Todo lo que le interesaba hacer estaba fundado en su deseo de trabajar nuevamente con su antiguo jefe. Allí mismo le ofrecí trabajo. No le especifiqué cuáles serían sus deberes y le dije que le pagaría el sueldo que él pensara conveniente y que lo haría hasta donde me alcanzara el dinero. Inmediatamente aceptó y se rio de la idea de que yo le fuera a pagar un salario.

    —Estás hablando igual que tu tío —gruñó—. Le ofrecí trabajar para él sin que me pagara y no me lo permitió. Con tal de que los dos tengamos que comer y no nos veamos en dificultades con la ley, ni nos acusen de vagancia, y ese es todo el salario que quisiera ganar hasta que se arreglen las cosas.

    Yo estaba exhausto y no podía mantenerme despierto. Gideon colocó unas mantas sobre la plataforma y me quedé dormido.

    Al dormirme, sabía perfectamente que, al menos, había encontrado a un amigo y a un compañero. ¡Casi bendije a Kelly por haberme echado por el drenaje!

    Cuando desperté, mi amigo preparó más té y algo de comida. Mis ropas estaban secas, pero sucias. Los compinches de Kelly me habían vaciado los bolsillos, pero pasaron por alto el dinero en efectivo que traía en un compartimiento de la hebilla del cinturón de la academia. Gideon y yo nos fuimos de compras.

    Cuando estuvimos vestidos y listos para nuestro viaje, ya era nuevamente de noche. Las luces de troyón de las ciudades submarinas no indican si es de noche o de día, pero el ser humano necesita dormir y por ello las ciudades conservan, por zonas, los mismos horarios que rigen en el mundo exterior. Pensando en la posibilidad remota de que Faulkner estuviera en su oficina, llamé allá pero nadie respondió el teléfono. Gideon y yo pasamos la noche admirando las maravillas de Thetis. Fue una experiencia agradable y reconfortante. Me sentía en paz con el mundo cuando, finalmente, nos fuimos a dormir, no a la cueva, sino a una casa de huéspedes modesta, limpia y cómoda que él conocía.

    Me sentí en paz con el mundo por un buen rato...

    A la mañana siguiente, fui directamente a la oficina de Faulkner.

    Tomé el inevitable ascensor para subir al nivel 9.

    El repugnante sujeto del día anterior se encontraba despierto esta vez, sentado, leyendo un periódico.

    Cuando me vio, abrió enormemente los ojos con incredulidad y la quijada le quedó colgando. Me miró fijamente sin decir palabra, como si no pudiera creer lo que estaba viendo, y luego se repuso.

    —¡Usted! —farfulló.

    Tenía una expresión asustada, como la de alguien que ha visto un fantasma.

    —Sí, soy yo —le contesté—. ¿Está el señor Faulkner en su oficina?

    Me miró amenazadoramente y frunció el ceño. Obviamente, su cerebro de simio estaba tratando de llegar a una difícil decisión. Gruñó y dijo:

    —Iré a ver.

    Levantó su enorme cuerpo con vigor asombroso, cruzó el cuarto bamboleándose v desapareció por una puerta en la que estaba escrito el nombre de Faulkner. Permanecí de pie esperando por largos minutos. Él regresó y refunfuñó:

    —Pase usted.

    El cuarto al que entré era un poco más grande que el anterior, pero era obscuro y con el techo muy bajo. Las paredes se hallaban cubiertas por hileras de libros antiguos, con los forros de cuero agrietados v raspados. El aire era mohoso y olía rancio v a polvo. Debajo de un único tubo de troyón que emitía una débil luz, estaba sentado Faulkner mirándome fijamente. Era un hombre difícil de describir; no muy alto, ni muy delgado, de rostro ligeramente pálido y un poco arrugado, y de mediana edad. Su traje negro estaba demasiado usado para ser el de un abogado de éxito, y además no estaba muy limpio. Su mirada era dura, detrás de sus lentes de aros gruesos.

    —¿El señor Faulkner? —le pregunté.

    Se sentó muy erguido, con las palmas de las manos apretadas contra la superficie del escritorio.

    —Yo soy —dijo cortante—; y usted alega ser James Eden.
    —Yo soy James Eden —le corregí mirándolo con curiosidad—. Usted me envió varios radiogramas en relación con la herencia de mi tío, señor Faulkner. Le dije que iba a venir aquí a reclamarla. ¿Recibió mi radiograma?
    —Hum —murmuró sin dejar de mirarme con frialdad, y agregó, mirándome de soslayo—: ¿Por qué no acudió a su cita ayer?
    —Porque fui raptado y robado, señor —repuse con cierta irritación—. Siento mucho que eso lo haya incomodado.
    —Hum —murmuró. Su cara de halcón no mostraba sorpresa ni simpatía—. ¿Qué es lo que quiere?
    —Bueno..., pues..., como le escribí: deseo tomar posesión de la herencia de mi tío.
    —¡De veras! —gritó de un modo desagradable—. ¿Y quiere decirme quién es su tío?

    Me le quedé mirando sin poder creer lo que había oído.

    —Mi tío Stewart Eden —dije un poco confundido—. ¡Usted lo conoce, señor Faulkner!
    —Lo conocía. Stewart Eden ha muerto, jovencito —contestó el abogado, y luego continuó—: Antes que nada, quisiera ver algún documento que lo identifique a usted.
    —Ya se lo dije, señor Faulkner —respondí acalorado—. ¡Me robaron! Me quitaron todos mis papeles de identificación.

    Me miró con escepticismo y gruñó:

    —¡Hum!
    —Pero eso es lo que sucedió en la realidad —insistí—. Yo...
    —¡Ya basta, jovencito! —me interrumpió, levantando la mano y hablando con acento cortante—. No tiene caso alguno que continuemos con esto. Como abogado, permítame que le explique algunos puntos de la ley. La impostura con propósitos de ganancias ilícitas, haciéndose pasar por heredero, es un delito muy serio. Le aconsejo que abandone eso.
    —¿Qué? —pregunté asombrado.
    —Creo que me entendió muy bien. Usted no es James Eden. No sé quién es, pero estoy bien seguro de que no es él.
    —Escuche, señor —dije alzando la voz—. ¡Está usted cometiendo un error! ¡Yo soy James Eden!
    —¡Y yo digo que usted no lo es! —me gritó—. ¡He conocido al señor James Eden, aquí mismo, en esta oficina! ¡Usted no se parece más a él de lo que se parece a mí!
    —¿Quéeee? —pregunté con la boca muy abierta.
    —¡Es usted un impostor! —exclamó furioso—. ¡Salga de mi oficina! Inmediatamente. ¡Y agradézcame que no lo entregue a la policía!
    —Oiga, señor Faulkner —estallé—, esto es ridículo. Claro que yo soy James Eden. ¡Puedo probarlo!
    —¡Hágalo! —dijo explosivamente.
    —Bueno —admití después de un titubeo—, eso tomará un poco de tiempo. Tendré que ordenar que me envíen mis documentos desde los Estados Unidos...
    —¡Mentiroso! —gritó—. ¡Atreverse a decir eso, cuando yo tengo en mi escritorio la libreta de identificación del verdadero James Eden, con su fotografía, sus huellas digitales y todo lo demás!
    —¿U... us... usted qué? —pregunté débilmente, presa de un enorme asombro.

    Introdujo una mano en un cajón del escritorio y me dijo:

    —Véalo usted mismo —y tiró ante mí un pequeño libro rojo que me era familiar. Lo recogí con cierta aprensión...

    ¿Dije familiar?

    Yo lo había llevado conmigo durante años. No era una imitación de mi libreta, era mi libreta... Hasta la última arruga, mancha de tinta y raya borrosa.

    Pero la fotografía que llevaba no era la mía. El hombre retratado allí era un desconocido. La descripción era la de él, no la mía. La firma tampoco era la mía.

    —¡Bishop! —llamó, al mismo tiempo que me arrebataba la libreta. El simio entró tambaleándose y se quedó parado mirándome con ansiedad. Faulkner me dijo fría-mente—: ¡Lárguese!

    ¿Qué otra cosa podía yo hacer?

    Quizá la explicación que encontró Gideon era la acertada.

    —Tu amigo, el señor Faulkner, debe haber sido quien ordenó que te raptaran —especuló—. Me imagino, Jim, que él quiere desembarazarse de ti y que le urge tanto hacerlo que llegó hasta a querer asesinarte.
    —¡Pero, y mi libreta de identificación! —grité.
    —Jim —me contestó pacientemente—, existen hombres en Thetis que podrían falsificar cualquier documento por difícil que fuera. Eso no es difícil para quien sabe cómo hacerlo. Lo que debemos preguntarnos no es “cómo” sino “por qué”. No me gusta sacar conclusiones precipitadas, pero la conclusión que surge por sí misma en este momento es que Minas Marinas, Sociedad Limitada, vale más de lo que parece.
    —Pero eso no puede ser —dije agitando la cabeza extrañado—. Esas minas están más abajo del límite de profundidad. Aun cuando mi tío hubiera encontrado algo allá abajo, no hay medio de sacarlo.
    —¿Se te ocurre alguna idea mejor? —preguntó Gideon encogiéndose de hombros.

    Tuve que confesar que no, y nos quedamos callados un momento. Luego dije:

    —Bueno, ¿qué debo hacer? ¿Regresar a la oficina de Faulkner a que me vuelvan a echar?

    Gideon sacudió la cabeza y algo que anticipaba su mente brilló en sus ojos.

    —Ahora no, Jim. Primero, establece tu identidad. Ve a ver al cónsul, aquí en Thetis. Consigue un duplicado de tus papeles. Luego, regresaremos a visitar a Faulkner. Iremos juntos. Quisiera que se atrevieran a tratar de echamos a los dos. Ese sería un espectáculo digno de verse, muchacho.

    Hice lo que él me sugirió.

    La oficina del inspector de inmigración se encontraba arriba, con los demás edificios del gobierno, en el nivel 21.

    Le expliqué cuál era mi caso a un empleado de la ventanilla de pasaportes. Él asintió sin comprometerse, se excusó, y luego regresó para conducirme a la oficina del propio inspector.

    Éste era un hombrecillo calvo, regordete, de modales vivos y que se llamaba Chapman. Me estrechó la mano con amabilidad, escuchó mi historia, y asintió con la cabeza comprensivamente.

    —Esa clase de cosas suceden muy seguido —dijo—. Es lamentable, pero así es. Podemos ayudarlo, joven —hizo sonar un timbre y su secretario me indicó el camino para llegar al laboratorio.

    Me desnudaron, midieron, pesaron v me tomaron las huellas digitales y los rasgos característicos de las retinas de mis ojos. Me tomaron fotografías con luz natural, con luz fluorescente y con rayos X. Me examinaron, me hicieron un sinfín de preguntas y curiosearon en todo mi pasado. Me contaron los dientes y trazaron una gráfica de ellos. Los poros de las plantas de mis pies fueron localizados y sacaron un diagrama de ellos. El proceso tardó más de una hora.

    Cuando hubo terminado, uno de los ayudantes del laboratorio, vestido con una bata blanca, me llevó de nuevo ante el inspector.

    El inspector Chapman me entregó un pasaporte que llevaba estampada la palabra TEMPORAL en letras rojas, y me instruyó:

    —Lleve esto consigo por las siguientes dos semanas; para entonces, ya nos habrán avisado de los Estados Unidos si sus estadísticas concuerdan con la información que nuestro laboratorio les está enviando; entonces le expediremos un nuevo pasaporte definitivo. Siento decirle que este que le entrego no le será muy útil. Sólo le servirá para viajar por Thetis, pero no puede salir de aquí sin tener un pasaporte estable.
    —Si usted me lo tiene listo en dos semanas, se lo agradeceré mucho, señor.
    —No tiene por qué agradecerlo —dijo acompañándome hasta la puerta—. Es nuestro trabajo —me miró con franqueza y añadió—: Siempre suponemos que el documento es realmente de la persona que lo reclama.

    La puerta se cerró detrás de sus últimas palabras.


    CAPÍTULO 14
    Los Proscritos de Marinia


    TENÍAMOS, PUES, que esperar. Esperar hasta que el lío de mis papeles se arreglara. Esperar hasta que pudiéramos tener un encuentro definitivo con Faulkner. Esperar hasta que yo pudiera encontrarle respuesta a tantas incógnitas.

    Teníamos que matar el tiempo y lo dedicamos a recorrer la ciudad submarina de Thetis. Gideon la conocía muy bien, desde los altos niveles administrativos hasta los sótanos más bajos que quedaban a un nivel aún más profundo que el del mismo fondo del mar. Él me enseñó todo lo que había.

    Me llevó a los grandes muelles submarinos; no a las terminales de los transatlánticos donde yo había atracado en el Isla de España, sino a los muelles de carga, donde se realizaban las operaciones comerciales del mundo subacuático. A través de las portañolas de observación que había en los lados de la cúpula, pudimos ver, a la luz de potentes reflectores, un activo enjambre de desgarbados cargueros y pequeños automóviles submarinos que parecían delfines que se zambullían hacia los puertos de descarga, o subían alejándose en dirección a las otras ciudades de Marinia. Vimos un pesado barco-tanque pasar cinco veces infructuosamente frente al puerto, sin lograr atracar.

    —Es un trabajo difícil para ellos —explicó Gideon, riéndose—; son más ligeros que el agua y es difícil dirigirlos con exactitud.

    Asentí con la cabeza y me quedé pensando asombrado, con los ojos muy abiertos. ¡Más ligeros que el agua! Sin embargo, aquello era obvio: las cargas que llevaban de petróleo y sus derivados, necesitaban algo más que el solo peso del casco y la carga, para compensar un volumen similar de agua de mar. Uno casi no se daba cuenta del agua que había afuera, al ver a través de las portañolas de observación; aquello parecía una escena extraña del espacio interplanetario, en la que los submarinos substituían a los cohetes. Las impurezas suspendidas alrededor de Thetis hacían que el agua pareciera nublada, pero semejaba más una neblina de tierra que una escena submarina. Pude ver hasta el rostro del piloto del buque-tanque que le gritaba enfurecido a su maquinista a través del sistema de intercomunicación, mientras hacía sus infructuosas maniobras y, luego, su sonrisa de triunfo, cuando los garfios se cerraron y logró atracar. No estaba solo en la caseta del puente; junto a él había algunos hombres que vestían el uniforme del Servicio Marítimo...

    ¡Uno de ellos no me era desconocido!

    —¡Bob! —exclamé con un grito entrecortado—. ¡Bob Eskow!

    Gideon me miró con curiosidad y me preguntó:

    —¿Algún conocido tuyo?
    —¡El mejor amigo que tengo en el mundo, nada menos! ¡Esto se llama tener buena suerte! ¿Cómo podemos llegar hasta ese tanquero?
    —No sé si eso sea una buena idea —dijo rascándose la cabeza y con cierta objeción—. Mira, Jim, aún no sabemos cuáles eran las intenciones de Kelly cuando te secuestró, y eso que ves allá abajo es el Reino de Kelly, donde están descargando las naves...

    La expresión de mi cara debe haberlo convencido porque sonrió con una mueca y se rindió.

    —Está bien. Vamos —respondió.

    Tomamos un ascensor muy rápido para bajar, pero a mí me pareció que tardaba años en llegar. En el nivel de descarga salimos a una sección muy mal conservada de la ciudad de Thetis, que estaba escasamente alumbrada. Muy parecida a la primera que yo había visto, pero, si eso era posible, todavía peor en su aspecto. Había la misma larga hilera de almacenes, la misma multitud de rudos y bravucones estibadores. Me mantuve pegado a Gideon mientras éste se abría paso resuelta y confiadamente.

    No hubo dificultades, por lo menos no la clase de dificultades que yo temía. No había allí rastro de Kelly. Nadie nos miró siquiera y mucho menos intentó repetir el ataque anterior. Lo que en realidad sucedió fue muchísimo peor.

    Llegamos hasta el submarino-tanque; era el Warren F. Howard. Subimos en el pequeño ascensor neumático hasta la portañola de entrada. Detuve a un miembro de la tripulación v le pregunté cómo podrimos llegar al puente. Corrí por el estrecho pasillo llevando casi a remolque a Gideon y trepé por una escotilla para subir.

    Bob no estaba allí.

    El piloto conversaba distraídamente con uno de los oficiales. Ambos volvieron la cara y nos miraron con cierta irritación. Les pregunté excitado:

    —¿Está aquí Bob Eskow? Lo vi desde la cúpula...

    El piloto murmuró algo y el oficial del puente asintió, pensativo, con la cabeza.

    —¿Quién desea verlo? —preguntó este último.
    —Mi nombre —le dije— es…

    Gideon me incrustó con fuerza su codo entre las costillas y me interrumpió diciendo afablemente:

    —Somos un par de amigos suyos, señor. ¿Puede decirnos dónde podríamos encontrarlo?

    El oficial frunció el ceño y preguntó en tono cortante:

    —¿Cómo subieron a bordo?
    —Caminando, simplemente —respondió Gideon abriendo desmesuradamente los ojos para fingir una mirada de inocencia—. ¿Hicimos mal?

    El oficial lo miró largamente. Luego se dirigió a mí y dijo:

    —Tendrán que ir a tierra. Eskow está en su camarote y no puede ser molestado.
    —¡Pero si lo acabo de ver! —exclamé.
    —Ya oyeron lo que les dije —replicó el oficial al tiempo que tocaba un timbre que hizo aparecer inmediatamente a un marino—. Conduzca a estos hombres a tierra —le ordenó.

    Me fui a regañadientes, y ya en la portañola de entrada le pregunté al marino:

    —¿Puede llevarle un mensaje mío al señor Eskow?

    El marino pareció dudar hasta que vio el billete doblado que le extendía en la palma de mi mano.

    —Seguro —dijo alegremente—. ¿Qué quiere que le diga?

    Escribí rápidamente una nota, la firmé “Jim” y se la entregué al hombre, que desapareció por la portañola.

    —No sé si eso haya sido muy inteligente —murmuró Gideon—. ¿Sabes qué barco es ese?

    Negué con la cabeza y Gideon susurró:

    —Es el barco-tanque insignia de la flota de Hallam Sperry, y ese oficial que vimos es uno de sus hombres de confianza. Por eso fue que no quise que le dijeras tu nombre.
    —¡Pero seguramente no se habría opuesto a que yo viera a un viejo amigo! —dije con cierta vehemencia.
    —¿Estás muy seguro de eso? —preguntó Gideon calmadamente.

    No tuve tiempo de responderle porque en ese momento el marinero regresó y me dijo mirándome con frialdad:

    —El señor Eskow dice que jamás ha oído hablar de usted —y volvió a desaparecer, antes de que yo lograra reponerme de mi asombro.

    De nuevo en el hotel, permanecí sentado junto a la ventana mirando fijamente el bullicioso ir y venir de los marinianos. Al parecer, ¡hasta Bob Eskow se había puesto en contra mía! A excepción de Gideon, no había nadie en quien pudiera confiar.

    Nunca me sentí tan solo en mi vida, como en aquel momento.

    Permanecí allí preocupado infructuosamente, hasta que entró Gideon. Él me había dicho que me adelantara y lo esperara en el hotel mientras él iba a hacer una misteriosa diligencia por su cuenta, en el Reino de Kelly. Cuando entró en la habitación, su rostro mostraba gravedad.

    —Jim —dijo al entrar—, algo sucede. Se rumora en los niveles de los estibadores que Sperry ha conseguido algo.
    —¿Qué es lo que ha conseguido?
    —Eso es lo malo. No lo sé. ¿Has oído hablar alguna vez de un hombre llamado Catroni?
    —No.
    —Afortunadamente para ti —dijo Gideon; los rasgos de su cara eran severos—. Catroni fue expulsado de los Estados Unidos y de todos los países de Europa. Aquí en Marinia está al servicio de Hallam Sperry. ¿Por qué lo tiene Sperry a su servicio? Nadie lo sabe oficialmente, pero el hombre ha sido un pillo toda su vida. Saca tus propias conclusiones.
    —Por lo que me dices, es un individuo de quien no se puede confiar mucho —comenté.
    —Ese es el problema, Jim —asintió Gideon muy serio—. Alguien confió demasiado en él. Catroni estaba con tu tío cuando su auto submarino se perdió, y dicen. . . —titubeó y me miró casi como si me suplicara algo—, dicen. . .; no vayas a sentirte muy esperanzado por esto, Jim. Dicen que ayer vieron entrar a Catroni en la casa de Sperry.
    —¡Gideon! —exclamé dando un salto—. Eso significa. ..
    —Ya sé lo que significa —interrumpió de mala gana—. Si es verdad que Catroni está aquí, y si él estaba realmente con tu tío Stewart, entonces tal vez haya una posibilidad. Sólo Dios lo sabe, porque si Catroni regresó en secreto, debe haber un trabajo sucio en alguna parte y él lo está ocultando; sin embargo...
    —Gideon —dije tenso—, ¡vayamos a ver a Hallam Sperry!
    —¡Estás loco! —contestó, mirándome asombrado.
    —No, Gideon. Puedo ir a verlo. Él me invitó. Después de todo, me hizo una oferta en el Isla de España. Puedo decirle que quiero discutir su oferta y tal vez pueda averiguar algo. ¿No te das cuenta, Gideon? Tengo que intentarlo. Sperry no se atreverá a hacer nada abiertamente. Tiene mucho que arriesgar. Además..., bueno..., te diré claramente lo que pienso: supongamos que tú estás equivocado. Supongamos que Sperry no sea tan malo como me lo has pintado.

    Me interrumpió mirándome con lástima. Luego apareció un furioso orgullo y cierto dolor en sus ojos y me dijo cautelosamente:

    —Está bien, Jim. No puedo culparte por querer comprobarlo con tus propios ojos —se hundió cansado en un sillón, sin mirarme, y agregó—: Lo único que espero es que lo que averigües no te vaya a lastimar.
    —SIÉNTATE, SIÉNTATE —retumbó impaciente la voz de Hallam Sperry.

    Me senté y comencé a decir:

    —Señor Sperry, yo...
    —Mi hijo está aquí —me interrumpió—. Brand. Recuerdas a Brand, ¿eh? Me contó muchas cosas de ti. Tal vez debería decir acerca de James Eden, ¿eh?

    La pregunta parecía hasta cierto punto humorística, pero no había nada de humorístico en sus fríos ojos.

    —¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.
    —¿Qué es lo que quieres tú? —inquirió él, encogiéndose de hombros como si estuviera aburrido.

    Me tenía un poco confundido y dije:

    —Usted me hizo una proposición en el Isla de España, señor Sperry.

    Me detuve porque él estaba agitando negativamente su enorme cabeza.

    —Olvida eso —contestó—. Ya soy un viejo. No te guardo rencor por la forma como me quisiste engañar, pero no te dio resultado. Tú eres tan James Eden como yo podría serlo. Lo sabes muy bien, y yo lo sé también. ¿Qué caso tiene que pretendas seguir engañándome?
    —Señor Sperry —dije, tratando de dominar mi rabia—. ¡Yo soy James Eden! Me golpearon dejándome sin sentido v me robaron mis papeles, pero ya me van a mandar nuevos documentos desde San Francisco.
    —Eso está bien, muchacho —contestó después de una breve carcajada, y aplaudió—. ¡Mantente en tus trece!
    —¡Por favor, señor Sperry! Mire, dice usted que su hijo está aquí, pídale a él que me identifique.

    Hallam Sperry me miró abstraídamente durante un largo momento. Luego se puso de pie pesadamente y me volvió la espalda mientras se servía un trago. Sin volverse, gritó:

    —¡Brand!
    —Sí, señor —respondió inmediatamente una voz a través de una bocina que estaba sobre el escritorio del viejo.
    —Brand —preguntó Hallam Sperry—, ¿nos has estado observando en la pantalla?
    —Sí, papá —dijo la voz metálica con fuerza—. Él es un impostor. Nunca lo había visto antes.
    —Gracias, Brand —dijo el viejo indulgentemente. Apagó un interruptor en su escritorio y se sentó, saboreando su bebida. Me miró inquisitivamente con sus fríos ojos y me preguntó—: ¿Qué, todavía quieres discutir?

    De pronto, todo el mundo pareció horriblemente obscuro para mí. Lo único que pude hacer fue quedar me allí sentado, mirándolo asombrado. ¿Se había vuelto loco todo el mundo? ¿Cómo podía negar Brand Sperry que yo fuera James Eden?

    Entonces recordé las palabras que ya me habían ayudado en otra ocasión, las palabras que el instructor me había repetido y repetido tantas veces, la mejor lección que los cuatro duros años pasados en la academia me habían podido enseñar: El pánico es vuestro peor enemigo.

    Un hecho era cierto para empezar: yo sabía que estaba cuerdo.

    Partiendo de ello examiné los demás hechos: Si estoy cuerdo, entonces soy realmente James Eden; si soy James Eden, entonces estas gentes, todos ellos, los Sperry y sus compinches, están tratando de quitarme de en medio.

    Y, si ellos están tratando de quitarme de en medio, ¡entonces seguramente debe existir algo que ellos temen! Algo que yo puedo hacer y que ellos quieren evitar que haga; algo que debo descubrir primero y luego realizar.

    Tardaría mucho en describir todo lo que pasó por mi mente en ese momento de incertidumbre, pero no tardé mucho en decidir lo que debía hacer.

    —¿Dónde está Catroni? —pregunté audazmente.

    Crash.

    La botella del licor verde-mar se hizo añicos contra el piso. Hallam Sperry permaneció sentado mostrando una fría calma, sin hacer caso de la botella que había tirado sin querer, y dijo con voz apagada:

    —¿Quieres hacer el favor de repetir eso?
    —¿Dónde está Catroni? —insistí—. Sé que él está aquí, en alguna parte. Quiero hablar con él —me levanté y me acerqué al viejo—. Catroni estaba con mi tío Stewart, señor. Si él sobrevivió, tal vez mi tío también haya sobrevivido. ¿Dónde está Catroni?

    Hallam Sperry se descongeló lentamente, como un gigantesco témpano de hielo del Antártico, y dijo con calma:

    —Catroni ha muerto.
    —No, señor —respondí con obstinación—. Está vivo. Lo sé.
    —Estás equivocado, jovencito. Catroni está muerto —hubo un destello de algo que no pude reconocer en aquellos ojos fríos y azules. Triunfo, quizá, o burla escondida. Luego agregó—: Tal vez no me crees, pero es cierto.
    —No le creo —dije cortante.
    —Claro que no —replicó asintiendo con la cabeza—. Nunca creemos las noticias que no nos gustan. Bueno, jovencito, permíteme convencerte —volvió a conectar el interruptor de su escritorio y dijo sin levantar la voz—: Brooks, este joven caballero quisiera saber si Catroni está vivo o si está muerto. ¿Quieres demostrárselo?
    —Sí, señor —dijo una voz en la bocina.

    Hubo una pausa y luego se abrió la puerta. Apareció en ella un individuo rechoncho, de corta estatura y con aspecto de luchador. Se quedó parado mirándonos, mientras parpadeaba. Iba vestido con ropas que le daban un aspecto ridículo por no ser nada apropiadas a su cuerpo regordete y su mandíbula de antropoide: vestía una librea de mayordomo ya pasada de moda.

    —¿Dígame, señor? —preguntó.
    —Este individuo —rugió Hallam Sperry—. Llévalo a que se convenza de que Catroni está muerto. Déjalo que vea la evidencia…

    Debí haber sospechado. Naturalmente, sospechaba algo, pero no estaba seguro. Y aunque hubiera estado seguro de que Hallam Sperry tramaba una traición, ¿qué otra cosa podía yo haber hecho en esas circunstancias?

    Nada. Nada más de lo que hice. Seguí a la bestia vestida de mayordomo, a lo largo de un corredor. Atravesamos una puerta común y corriente y penetramos en una pequeña habitación cuyas paredes eran blancas.

    Había un cadáver en el cuarto. Era un hombre de corta estatura y piel morena. Yacía sobre una mesa angosta. Sobre su cabeza había un extraño aparato metálico y unos alambres salían del aparato hasta una máquina que sobresalía de la pared y producía ligeros chasquidos y un suave ronroneo.

    Reconocí la máquina; la había visto una vez, o cuando menos una semejante, en la academia. La llamaban bombeacerebros. Era un aparato electrónico que podía registrar los pensamientos de la mente de un hombre y arrancar los secretos de un cerebro vivo. Era una máquina horrible y gigantesca. Recordé la placa que tenía la que había en el museo de la academia:

    EL EMPLEO DE ESTA MAQUINA HA SIDO PROSCRITO POR ACUERDO INTERNACIONAL. LA APLICACION DE ELLA, AUN EN LAPSOS BREVES, CAUSA DAÑOS EN EL CEREBRO. LA APLICACIÓN PROLONGADA CAUSA INVARIABLEMENTE LA MUERTE.


    —¿Quería ver a Catroni? —dijo el simiesco mayordomo con voz espesa—. Ese es él. Está bien muerto, ¿no es verdad?
    —¡Ustedes lo mataron! —exclamé cortante—. No se ahogó con mi tío. ¡Tal vez mi tío tampoco se ahogó! Voy a informar de esto a las au…

    Casi con displicencia, el simio me dio un puñetazo. Había una fuerza tremenda en aquellos anchos hombros y en sus largos brazos. Salí rodando semiinconsciente hasta el otro lado del cuarto. Oí débilmente su voz que decía con desprecio:

    —¡Cállate!

    Y salió de la habitación cerrando la puerta tras él.

    Pasó el tiempo. Intenté salir, aunque sabía cuál sería el resultado de mi intento. Estaba encerrado con llave. Me encontraba atrapado. Me quedé sentado en aquel cuarto, encerrado con el cadáver, y la máquina ronroneaba y daba ligeros chasquidos, meditando en la catástrofe en que habían acabado mis planes.

    De pronto se abrió la puerta. Era el mayordomo y con él venía un hombre negro y alto que traía las manos atadas y echaba chispas por los ojos. ¡Era Gideon!

    —Tienes visitas —dijo el mayordomo con una risita burlona—. Los voy a dejar aquí juntos, muchachos. Seguramente tendrán muchas cosas que contarse.

    Allí quedamos encerrados bajo llave.


    CAPÍTULO 15
    En el Fondo del Abismo


    PASÓ EL TIEMPO. Gideon y yo charlamos brevemente; pronto ya no tuvimos de qué hablar. Él me había estado esperando fuera de la casa de Sperry. Lo habían atacado por la espalda y lo arrastraron al interior. Estábamos prisioneros.

    Gideon había tenido toda la razón.

    Mi amigo recorría sin descanso toda la habitación, investigando y hurgando por todas partes, tratando de encontrar algo. Yo estaba sentado muy callado. Trataba de resolver mentalmente lo sucedido. Estábamos metidos en una situación verdaderamente difícil. Todas las dudas que había tenido con respecto a Hallam Sperry habían quedado ya aclaradas: era un canalla. Ciertamente, él era el alcalde de Marinia, pero no por eso dejaba de ser un canalla. Presos dentro de su casa no teníamos la menor esperanza y no podíamos esperar que nadie nos ayudara desde el exterior. ¿Quién había allá afuera que nos pudiera ayudar? Bob Eskow había negado que me conociera. . ., si es que realmente había recibido mi mensaje. La policía. Bueno..., para ayudarnos, primero tendrían que saber que estábamos en dificultades, y no era muy probable que se enteraran. El asunto mismo de mis credenciales era confuso; si yo no aparecía a recoger los nuevos documentos, las autoridades de inmigración, sin duda, se olvidarían de todo. Gideon era, en cierto modo, una especie de proscrito, un desheredado del Reino de Kelly, sin familia ni amigos que notaran su ausencia.

    No; no había esperanza alguna de que pudiéramos recibir ayuda desde el exterior.

    Y poco podríamos hacer desde el interior, pensé.

    —¡Jim! —dijo Gideon en ese momento—. Ven acá.

    Lo miré. Estaba parado a un lado de la máquina que seguía zumbando y produciendo sus chasquidos metálicos. Mi amigo tenía algo en la mano: era un carrete de alambre.

    —¡Jim! —me explicó excitado—, esto estaba en el carrete de la máquina. Debe ser lo que le sacaron a Catroni.

    Me aproximé a él y aparté a un lado el cuerpo que estaba sobre la mesa. Me parecía algo horrible y sucio andar curioseando en los pensamientos de un hombre que había muerto.

    —¿Qué ganaremos con eso? —pregunté.
    —No lo sé —repuso Gideon al mismo tiempo que colocaba el carrete en la máquina—. No sé lo que haya en él, pero debe haber sido algo importante para que Hallam Sperry resolviera matar a Catroni para obtenerlo. Estas máquinas están prohibidas. Es probable que nadie sepa que Sperry es propietario de una. Averigüemos qué es lo que obtuvo con ella.

    Insertó el alambre en un reproductor y puso en marcha el aparato; tomó luego un par de cascos más pequeños que el que tenía puesto el hombre muerto, pero muy semejantes en diseño. Se colocó uno de ellos y me entregó el otro.

    Me lo puse y, al instante, me hallé a cientos de kilómetros de distancia. Estaba yo en la mente de otro hombre. Veía lo que él había visto. Sentía lo que él había sentido. Estaba observando una escena que él había vivido meses antes, muy lejos de donde nos encontrábamos.

    En el interior del automóvil submarino estaban Catroni, mi tío Stewart y un hombre llamado Westervelt, el que Sperry había mencionado como “desaparecido”, con su cínico humor.

    Podía oírlos hablar entre ellos como si me encontrara allí. Podía verlos moverse de un lado a otro, manejando la nave, manipulando todos los manómetros, palancas e instrumentos que hacían dirigir el auto submarino hacia el fondo. Cada vez más hacia el fondo.

    Era el auto submarino de mi tío, blindado con su propio casco de edenita, diseñado para soportar una presión muchísimo mayor de la que había soportado jamás ninguna nave.

    El aparato navegaba ahora a nueve kilómetros y medio de profundidad —¡nueve kilómetros y medio!— y seguía bajando. Estaba estableciendo nuevos records a cada braza que descendía, y la blanca y brillante cubierta de edenita estaba soportando presiones titánicas sin la menor tensión.

    “Está dando resultado”, dijo mi tío Stewart riéndose entre dientes y dándole una palmadita en la espalda a Catroni. Éste asintió impaciente con los ojos fijos en los medidores de profundidad que tenía frente a él. Se oyó un murmullo en el casco que yo tenía puesto: reproducía los pensamientos de Catroni en aquel momento. Era un murmullo siniestro y peligroso no expresado en palabras. Me estremecí, escuchando y observando, y me pareció que sabía lo que iba a suceder.

    El auto submarino continuó bajando más y más, en tanto que el ingeniero Westervelt continuaba dando vueltas a las tuercas y Catroni comprobaba y mantenía equilibrados los niveles cada vez más altos de sus tanques de flotación. Stewart Eden gobernaba la nave, y su figura triunfante con su barba bronceada hacía recordar a un antiguo marino escandinavo luchando contra los espíritus malignos del feroz Atlántico.

    La escena, en ocasiones, aparecía nublada, como si Catroni, en lugar de concentrarse en lo que estaba haciendo, hubiera concentrado su atención en pensamientos interiores que no habían captado los filtros electrónicos selectivos del bombea cerebros. Pero podía verse lo suficiente para comprender lo que estaba sucediendo. Podía ver cómo el pequeño auto submarino seguía descendiendo ligeramente inclinado sobre un costado, hasta que, casi a trece kilómetros debajo de la superficie del Pacífico, el brillante casco tocó el obscuro fondo y se detuvo.

    Hubo un lapso borroso, como si Catroni estuviera ocultando sus pensamientos aun para sí mismo. Pero pude ver escenas fugaces. Vi a mi tío, a Westervelt y al mismo Catroni, poniéndose uno por uno una brillante armadura de edenita, comprobar los cierres y salir de la nave a caminar sobre el lecho del océano. En realidad, había poco que ver. Las brillantes luces del auto submarino, que podían notarse a una distancia de ochenta kilómetros en la superficie, eran amortiguadas y obscurecidas dentro de un límite de pocos metros en las opacas y comprimidas aguas del fondo del abismo. El fondo mismo era lodoso y disforme.

    Catroni y mi tío regresaron juntos a la nave. Westervelt estaba parado junto a las bombas de las compuertas de admisión. Luego, Westervelt y mi tío desaparecieron en el interior del cuarto de máquinas situado a popa...

    Entonces fue cuando Catroni hizo la tarea por la cual le habían pagado.

    Cuando ellos se ausentaron, Catroni asesinó, por así decirlo, al auto submarino.

    Destruyó la vida de la nave tan despiadadamente como en otros tiempos había acabado con la vida de otros gangsters con el tableteo de su ametralladora.

    Mientras Westervelt y mi tío se encontraban a popa, Catroni provocó un corto circuito en tres hileras completas de los acumuladores que guardaban la energía vital de la nave, inundó todos los tanques de lastre y luego destrozó las maravillosas bombas que había diseñado Stewart Eden para mantenerlos libres de cualquier presión. Destruyó finalmente el equipo de comunicación de rayos sónicos.

    Luego esperó a que mi tío y Westervelt regresaran. Cuando lo hicieron, él se escabulló hacia popa, confiando en que ellos no mirarían los controles y los manómetros, ya que sabía que no había dejado ningún otro indicio visible de su criminal trabajo.

    Una vez en popa, Catroni inutilizó los trajes blindados con edenita que habían usado Westervelt y mi tío. El suyo lo dejó intacto.

    La primera señal que tuvieron los otros de lo que había sucedido, fue al oír que se abría la compuerta que conducía al abismo exterior, en el momento en que Catroni escapó.

    Dentro de su armadura de edenita, Catroni anduvo vagando cerca del auto submarino durante media hora. Sabía que seguramente ni Westervelt ni mi tío se iban a dar por vencidos fácilmente. Aguardó para ver lo que harían.

    Vio cómo la compuerta se cerraba lenta y pesadamente detrás de él. En la mente de Catroni, tal como la veíamos a través del carrete de alambre que pasaba por el bombeacerebros, había una fría sorpresa y en cierto modo una extraña admiración.

    El haber logrado cerrar la compuerta ya era por sí sola una hazaña asombrosa. De algún modo, los dos hombres que él había abandonado a morir, habían logrado extraer de los acumuladores su último residuo de energía, para poder echar a andar los motores que la cerraban. Sería inútil que trataran de bombear el agua fuera de la compuerta. Todo lo que podrían intentar sería abrir la puerta interior y permitir que el agua acumulada penetrara en el pequeño auto submarino. Eso les haría la vida aún más miserable, y la energía que pudieran emplear les robaría días y aun semanas de vida, porque una vez que los acumuladores se agotaran completamente, el frío los mataría si es que al fallar la carga eléctrica en la armadura de edenita del auto submarino, no los aplastaba la presión del mar.

    Pero ellos lo intentaron.

    Además, habían conseguido reparar uno de los trajes blindados.

    Sentimos, a través de la mente de Catroni, consternación y temor. Él vio cómo se volvía a abrir la compuerta. Vio cómo una figura vestida con la brillante armadura salía moviéndose muy despacio y daba un paso al exterior. Podíamos sentir la silenciosa batalla que Catroni libraba consigo mismo, titubeando sin decidirse a atacar al hombre que trataba de seguir viviendo en el fondo del abismo.

    Pero el océano hizo el trabajo de Catroni por él.

    La armadura había quedado muy averiada. Reparada provisionalmente, no estaba capacitada para resistir las presiones que actuaban contra ella.

    Catroni, oculto fuera de los últimos rayos de luz de los reflectores del auto submarino que cada vez brillaban más débilmente, notó que la figura vestida con la armadura se apartaba un poco del auto v caminaba por el fango azul. Vio que el hombre trataba de echar a andar la diminuta hélice que lo haría subir hasta quedar a salvo, vio que el brillante brazo se levantaba.

    ¡Entonces, todo un costado de la armadura se puso negro!

    El efecto Eden, aquella maravillosa activación de las moléculas del metal que obliga a la presión a luchar consigo misma, dura únicamente mientras el brillo lechoso producido por la corriente eléctrica subsiste en la delgada capa que la cubre. Cuando esta corriente disminuye o muere, la armadura se convierte en simple metal completamente inútil para resistir la presión aplastante.

    El costado obscuro de la armadura del hombre se acható como si fuera un trozo arrugado de hoja de lata. El otro costado se hinchó y repentinamente se obscureció. Se formó una tenue burbuja que subió en espiral hasta perderse de vista. Y una débil corriente arrastró y se llevó el cuerpo.

    Catroni esperó un rato más, ya que existía la remota posibilidad de que el otro hombre que estaba en el interior del auto submarino, quienquiera que fuera, intentara también la fatal aventura. Luego, ya satisfecho, echó a andar la hélice de su intacta armadura y la corriente eléctrica del acumulador que llevaba en la espalda lo impulsó hacia arriba, a más de doce kilómetros de altura de donde se encontraba y donde lo estaría esperando un barco anfibio submarino, de acuerdo con lo planeado. . .

    Tal vez hubiéramos podido ver más, pero fuimos interrumpidos.

    Se escuchó un extraño rugido y sentí que me agarraban. Me arrancaron el casco de la cabeza y las visiones distantes desaparecieron como si alguien hubiera apagado una lámpara.

    El simiesco mayordomo me estaba sonriendo con una mueca y Hallam Sperry se encontraba parado detrás de él.

    —Son ustedes unos entremetidos, caballeros —retumbó la voz del viejo, con un tono de siniestro buen humor—. Andan husmeando y hurgando en lo que no les importa. Bueno..., los dejamos aquí y creo que no tengo derecho a quejarme.

    Traté de llegar hasta él, pero la enorme fuerza de los brazos del mayordomo me detuvo con facilidad.

    —Sperry —le grité—, usted contrató a ese gángster para que matara a mi tío.

    El hombre se encogió de hombros.

    —Sí —convino—. Tal vez lo haya hecho. Las apuestas aquí son muy fuertes, jovencito. Uno emplea todos los métodos que cree necesarios. ¡Los medios no importan..., siempre que uno gane!

    Sentí que, detrás de mí, Gideon se ponía tenso preparándose a saltar sobre el viejo, pero el mayordomo también lo vio. Me soltó y dio un salto hacia atrás, sacando una pistola del bolsillo.

    —¡Quietos! —advirtió toscamente.
    —Siéntense, caballeros —nos ordenó Hallam Sperry, riéndose entre dientes—. Así, Brooks se sentirá más cómodo y ustedes también.

    Brooks. Miré nuevamente al rechoncho individuo. El nombre repiqueteaba en mi cerebro.

    —¡Ah! —dije, comprendiendo poco a poco—. ¡Qué estúpido soy! Ahora me acuerdo de ti. Eres uno de los hombres que me asaltaron y me echaron por el tubo del drenaje.

    Sperry asintió con entusiasmo.

    —Eres muy inteligente —dijo—. Estás en lo cierto. Él fue uno de ellos, pero ese punto va pasó. Olvidémoslo. La cuestión que importa ahora es: ¿qué vamos a hacer con ustedes?
    —Supongo que lo mismo que hizo con mi tío —contesté con amargura—. Nos matará sin sentir el menor remordimiento.
    —Por supuesto. Tal vez tendré que hacerlo, pero quisiera…
    —Sperry me miró calculadoramente—, quisiera tener un poco más de información. Ese estúpido de Catroni, como quizá lo hayas visto por ti mismo, se apresuró un poco. Las órdenes que tenía eran que debía esperar hasta que Stewart Eden anotara en el cuaderno de bitácora los resultados de su expedición antes de echarlos a pique. Tal vez le preocupaba que el barco que estaba en la superficie no lo esperara y, sea como fuere, salió un poco prematuramente. Como resultado de eso, no sé lo que más me importaba saber: ¿existe o no existe uranio en el fondo del abismo?
    —¿Quiere que los pongamos en el bombeacerebros, señor Sperry? —preguntó Brooks ansiosamente.
    —Ten paciencia —contestó Sperry con voz retumbante, al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Luego volvió a hablarme—: Jovencito, ya sabes lo que puede hacer la máquina bombeacerebros. Tuve que emplearla en Catroni porque no podía creer que él fuera tan estúpido como aparentaba. Pensé, injustamente, como pude ver después, que él me estaba ocultando algo. Murió porque sospeché de él. El bombeacerebros no es nada saludable para la persona a quien se lo aplican —me miró atentamente y luego continuó pensativo—: No creo realmente que tú sepas más de los asuntos de tu tío de lo que yo sé; pero no puedo arriesgarme a estar equivocado. Puedo ponerte fácilmente en el bombeacerebros y averiguarlo de una vez por todas. Por supuesto que, si lo hago, morirás.
    —¡Las baladronadas no le servirán de nada conmigo, Sperrry! —dije con firmeza.
    —Nunca alardeo. Simplemente estoy considerando las posibilidades que existen, y no intentaré ocultarte el hecho de que no quiero que mueras por ahora. Todavía eres el propietario de esas acciones y yo las necesito. Si mueres, las acciones pasarán a tus herederos, quienesquiera que ellos sean. Si las reclaman, tendré que tratar con ellos. Si no se les pudiera localizar, la corte de intestados intervendrá para proteger los intereses de ellos hasta una fecha futura. Tú sabes que tengo muchas influencias aquí en Marinia, por lo que, si eso ocurriera, no sería realmente una catástrofe, pero sí me causaría muchos inconvenientes.
    —¿Qué es lo que quiere usted? —le pregunté.
    —Las acciones —respondió cortante—. Endósalas a mi nombre.
    —¿Y después qué? —inquirí—. ¿Nos matará?
    —¿Qué puedo decirte? —dijo Sperry suavemente, extendiendo las manos. Luego se acercó más a mí y me miró echando chispas por los ojos. Me amenazó en un tono que aún era suave y amable—: Puedo decirte esto, jovencito: hay cosas peores que la simple muerte.

    Nos miramos fijamente un momento. Él parpadeó y volvió a ser el viejo amabilísimo que siempre aparentaba ser.

    —Digo lo que pienso —dijo—. Clara y llanamente; siempre me da buenos resultados. Quiero que comprendas perfectamente cuál es mi posición. Tengo parte de las acciones de Minas Marinas y las quiero todas. Está en mi poder el primer automóvil submarino experimental que construyó tu tío. Tiene la misma clase de blindaje que el que Catroni neutralizó siguiendo mis órdenes. Me imagino que trabajará tan bien como el otro. Si existe uranio allá abajo, mi propósito es adueñarme de él. El mundo pagará lo que le pidan por él, señor Eden. Tal vez pague en dinero, o en otras cosas. La tierra está escasa de uranio, y el hombre que posea suficiente de él puede adueñarse del mundo.

    Hubo un repentino brillo animal en sus ojos y por un momento tuve la leve visión de lo que era Hallam Sperry realmente; el hombre lobo que destruiría cualquier cosa por obtener poder. Luego la visión se desvaneció.

    Hallam Sperry emitió un profundo suspiro y dio media vuelta.

    —Encárgate de estos dos, Brooks —dijo, mirando por encima de un hombro—. Volveré a hablar con ellos dentro de un rato.

    Se fue y la puerta se cerró tras él.

    La situación era muy difícil. Los problemas se habían ido acumulando unos sobre otros; parecía que ya habíamos llegado al fondo, pero lo peor aún no había pasado.

    Lo peor fue. . . Gideon.

    Cuando Hallam Sperry salió dejándonos bajo la estrecha vigilancia de Brooks, Gideon estaba sentado inmóvil apoyado contra la pared. Permaneció sentado, quieto y rígido durante largo rato, hasta que comencé a inquietarme y le hablé tentativamente:

    —Gideon...

    No respondió. Permaneció sentado mirando fijamente. Los rasgos de su cara estaban tan tensos que infundían miedo. Me pareció ver que estaba temblando.

    Aquella fue la peor impresión que recibí. Mi amigo parecía haber perdido completamente el valor. En ese preciso instante comencé a darme cuenta de lo mucho que había dependido yo de su fuerza, su sentido común y su paciencia.

    Las cosas comenzaban a verse muy negras.

    El mayordomo lo notó y sonrió.

    —Todos ellos son iguales —dijo con desprecio—. Él ya no causará más problemas. Ni tú tampoco —añadió mirándome fríamente.
    —El único problema que existe es el que tú te estás buscando —le contesté—. No podrán hacer esto impunemente.
    —¿No podremos? —preguntó, moviendo la cabeza burlonamente y fingiendo preocupación—. Ahora me lo dices. ¡Si me lo hubieras dicho antes!

    No me reí. Supongo que debería haberlo hecho porque su buen humor imitativo se desvaneció, y, antes de que pudiera evitarlo, su mano, que parecía un mazo, me golpeó en un lado de la cabeza y caí rodando.

    —Eso fue por no hacer nada —pude oír que decía—. ¡Ahora será mejor que no se te ocurra hacer algo!

    Sacudí la cabeza y me levanté sobre las manos y las rodillas. Nosotros habíamos recibido en la academia mucho entrenamiento en combates cuerpo a cuerpo. Si hubiera podido contar con Gideon para que distrajera al hombre por un momento, lo habría atacado y habría corrido el riesgo, no obstante que él pesaba el doble que yo y todo su peso era en músculos potentes como los de un animal. Pero mi amigo seguía sentado inmóvil detrás de mí, sin darse cuenta siquiera de lo que sucedía.

    —Brooks —dije con fuerza—, pagarás por esto. Nos tienes en tu poder, pero tarde o temprano alguien se enfrentará a ti y no llevarás un arma para defenderte.
    —¿Una pistola? —preguntó con desdén—. ¿Para qué necesito yo una pistola? —dio una palmada en su bolsillo—. Aquí la tengo y aquí se queda. Si no puedo encargarme de dos miserables sujetos como ustedes empleando únicamente mis manos, regresaré a Alcatraz a partir roca para fortalecerme —se acercó a mí mirándome amenazadoramente y me ordenó—: Párate, muchachito. Hoy no he hecho mis ejercicios de entrenamiento y con mucho gusto los haré contigo. Solamente te ablandaré un poco para que estés listo para el bombeacerebros.

    ¡El bombeacerebros! De modo que aquello era lo que nos tenían preparado. . .

    —Vamos. . . —continuó con dureza y con ojos brillantes.

    Era un completo animal, desde el cráneo hasta sus pies calzados con gruesas botas; una criatura violenta que amaba su modo de vivir. Parecía que me esperaba un rato muy desagradable: mi única esperanza era levantarme y enfrentarme a él, rogando porque me pusiera pronto fuera de combate. . .

    Me puse de pie y salté sobre él. Era como saltar sobre un tanque Tigre de los empleados en la segunda guerra mundial. Acabé rodando por el suelo impulsado por uno de sus gigantescos puños. Se rio y me persiguió. Reboté contra la pared y lo ataqué. . .

    En ese momento, Gideon entró en acción.

    Como un relámpago negro, saltó de donde estaba sentado v cayó sobre la espalda del corpulento mayor domo. Volví a atacar, pero un golpe tirado al azar por el puño de Brooks me envió al suelo, aturdido. Lo único que pude hacer por un momento fue mirarlos. Mis músculos no me obedecían. Era una pelea muy dispareja. Gideon era un poco más alto que el simiesco mayordomo, pero cuando menos pesaba unos veinticinco kilos menos que él. Después de la sorpresa inicial, Brooks simplemente gruñó, se sacudió y mi amigo salió volando. El mayordomo avanzó pesadamente en pos de él y lo agarró por la garganta. Aquellos enormes músculos estaban estrangulando a Gideon. Yo seguía allí agazapado, paralizado, luchando por poder levantarme y prestar alguna ayuda...

    Pero Gideon no necesitaba ayuda alguna. Los duros días vividos en el Reino de Kelly le habían enseñado más trucos de los que yo jamás había aprendido en la academia. Ni siquiera pude ver lo que sucedió exactamente; todo lo que vi fue a mi amigo que se agachaba doblando las rodillas, luego se levantó con un enorme impulso y el musculado mayordomo salió volando. Gideon lo siguió y se le echó encima. Hubo una lucha breve y salvaje. El mayordomo trató de sacar su pistola...

    Luego vi a Gideon, sangrando y sin aliento, parado junto a Brooks, y empuñando el arma.

    —Levántate, Jim —dijo mi amigo, jadeante—. Vamos a dar un pequeño paseo.


    CAPÍTULO 16
    El Padre Neptuno, Agricultor


    DE ALGÚN modo logramos salir de allí. Lo único que recuerdo es que Gideon marchaba adelante, mientras el mayordomo le precedía malhumorado, abriendo las puertas. Nos manteníamos alerta para no encontrarnos con otros miembros de la cuadrilla de Sperry. Tuvimos suerte, nadie se cruzó en nuestro camino. El mayordomo, por supuesto, fue más afortunado aún, ya que Gideon estaba junto a él empuñando la pistola y dispuesto a matarlo si había alguna interrupción.

    Nos llevamos al hombre hasta que llegamos a las hileras de puertas de los ascensores expresos; luego nos metimos rápidamente en uno de ellos y lo dejamos parado allí mientras la puerta del ascensor se cerraba.

    Teníamos prisa.

    Gideon me apretó el brazo con fuerza en señal de advertencia; había otras personas en la cabina y aquél no era lugar para discutir nuestros planes. Bajamos y bajamos aún más, hasta el último nivel, que correspondía a los almacenes. Mi amigo me jaló y me condujo fuera de los ascensores. Recorrimos un largo y húmedo corredor, atravesamos un pasaje lateral y comencé a oír el murmullo del mar.

    Estábamos de regreso, en el escondite de ermitaño de Gideon, en el borde que sobresalía sobre la rápida corriente del drenaje.

    —Bueno, muchacho —comentó Gideon alegremente—. ¡Dejémoslos que traten de encontramos aquí!

    Teníamos allí todas las comodidades de un hogar. Hasta el pequeño surtido de víveres y la madera para hacer fuego de Gideon permanecían intactos. Se ocupó en encender fuego y colocó un recipiente con agua sobre él para preparar el té que tanto le gustaba. Mientras tanto, yo intentaba ordenar mis pensamientos.

    —No lo comprendo —dije—. Brand Sperry no