• GUARDAR IMAGEN


  • GUARDAR TODAS LAS IMAGENES

  • COPIAR IMAGEN A:

  • OTRAS OPCIONES
  • ● Eliminar Lecturas
  • ● Ultima Lectura
  • ● Historial de Nvgc
  • ● Borrar Historial Nvgc
  • ● Ayuda
  • PUNTO A GUARDAR



  • Tipea en el recuadro blanco alguna referencia, o, déjalo en blanco y da click en "Referencia"
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Todas Las Revistas Diners
  • Todas Las Revistas Selecciones
  • CATEGORIAS
  • Libros
  • Libros-Relatos Cortos
  • Arte-Graficos
  • Bellezas Del Cine Y Television
  • Biografias
  • Chistes
  • Consejos Sanos
  • Cuidando Y Encaminando A Los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Paisajes Y Temas Varios
  • La Relacion De Pareja
  • La Tia Eulogia
  • La Vida Se Ha Convertido En Un Lucro
  • Mensajes Para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud Y Prevencion
  • Sucesos-Proezas
  • Temas Varios
  • Tu Relacion Contigo Mismo Y El Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • CATEGORIAS
  • Arte-Gráficos
  • Bellezas
  • Biografías
  • Chistes que llegan a mi Email
  • Consejos Sanos para el Alma
  • Cuidando y Encaminando a los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Fotos: Paisajes y Temas varios
  • La Relación de Pareja
  • La Tía Eulogia
  • La Vida se ha convertido en un Lucro
  • Mensajes para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud y Prevención
  • Sucesos y Proezas que conmueven
  • Temas Varios
  • Tu Relación Contigo mismo y el Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Selecciones
  • Diners
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL GERMEN (Mike Resnick)

    Publicado el lunes, mayo 22, 2017

    Sinopsis
     
    En el año 2051 se produce la auténtica venida del Mesías. Sin embargo, este Mesías del siglo XXI está más interesado en la venganza que en el amor. Se hace llamar Jeremías el G., y además de ser aparentemente invulnerable a la muerte, es extremadamente tramposo e inmoral.

    En este año el planeta está repleto de gente ociosa en rutilantes ciudades de avanzada supertecnología que sólo piensan en entretenerse. Salomon Moody Moore ha erigido un imperio de riquezas con sus espectáculos para excitar a las aburridas masas humanas. Nadie conoce su existencia excepto Jeremías el G. La lucha por el poder se presenta alucinante.

    A Carol, como siempre,
    Y a mis Esposas y Rascaespaldas Auxiliares:
    Martha Beck
    Joan Bledig
    Phyllis Eisenstein
    Jo Ann Wood
    Lynne Aronson
    Ann Chancellor


    Prólogo

    No era la mejor de las épocas. No era la peor de las épocas. Era la más aburrida de las épocas.

    En justicia, no debería haber sido así. La primera mitad del siglo veintiuno era una época de rutilantes ciudades de fantasía extendidas cual cánceres progresivos por la superficie del planeta. Era una época de atrevidas formas de arte, placeres obscuros y caprichos extravagantes. Todos los días se descubría una perversión, todos los meses se inventaba un deporte de masas, todos los años había formas nuevas y espléndidas de diversión. La responsabilidad de que perversiones, deportes y entretenimientos fueran cada vez menos novedosos, tan sólo reciclajes de antiguas diversiones mundanas, difícilmente podía achacarse a la sociedad, que proseguía su búsqueda de lo nuevo y lo original con irrefrenable vigor, mientras sus miembros, individual y colectivamente, iban comprendiendo con pesar que un exceso de ocio no era el Valhala previsto.

    En los últimos tiempos la religión estaba sumamente rehabilitada. Igual que la filosofía. Igual que cualquier cosa que consumiera tiempo. Todas las ciudades disponían de equipos de béisbol, fútbol, hockey, rugby, baloncesto y lacrosse, así como infinidad de golfistas, jugadores de bolos, luchadores, tenistas y expertos en artes marciales, profesionales y aficionados. Los trabajos manuales gozaban de una popularidad increíble... y cuanto más complicados fueran y más tiempo exigiesen, tanto mejor. Acuarelas y colores acrílicos habían desaparecido ante el resurgimiento del interés en los óleos por parte de los pintores aficionados. El origami hacía furor en la nación entera. Los jardines interiores, en especial los que requerían atención constante y condiciones anormales, estaban a la orden del día.

    Sólo los ricos podían tener ropa de lana, algodón u otras fibras naturales. Pero incluso los ricos diseñaban y cosían todas sus prendas, en general eligiendo las modas más llamativas de épocas pasadas.

    Una casa raramente carecía de animales domésticos. Los gatos eran los más populares, puesto que se adaptaban con facilidad a los altísimos nichos de un millón de ventanas que formaban las superciudades, pero seguían existiendo en cierta cantidad algunas razas de perros (keeshond, shih tzu, lhasa apso y otras). Los perros, igual que los gatos, ratas, ratones, peces, pájaros, grillos y cualquier otra forma animal, eran criados, cruzados de diversos modos, exhibidos, entrenados y mimados.

    Naturalmente, esa época y esos tiempos no eran nada muy especial para la gente que los vivía. Aceptaban lo que venía, como las personas han hecho siempre, esperando lo mejor y temiendo lo peor. Nadie pasaba hambre, pocos estaban oprimidos, muchísimos se hallaban empleados mínimamente al menos y todos experimentaban aburrimiento.

    No iban a estar aburridos mucho tiempo.

    El 11 de diciembre de 2047 no parecía un día mejor o peor, más o menos interesante que cualquier otro día de cosecha reciente. Los dos hombres que iban a alterar la faz de su mundo parecían ciertamente bastante ordinarios a primera vista: uno de ellos era un criminal, el otro un pordiosero. Sin embargo, aunque nadie lo advirtiera (y menos que nadie los dos actores principales), ese día fue el principio de un tapiz de hechos que no tardaría en arrancar a los infelices y apáticos millones de terrestres de su letargia, una letargia que jamás reaparecería.

    Todo empezó, de forma muy conveniente, en un circo.


    PRIMERA PARTE
    1


    Igual que gran parte de la multitud, el joven se sintió atraído por los enormes letreros luminosos y órganos eléctricos. Los otros acudían por diversión, él por trabajo, pero todos se sentían atraídos como mariposillas suicidas por la llama artificial.

    Una inmensa bandera luminiscente que flotaba con suavidad bajo la fría brisa proclamaba a todos sin excepción que aquel era el

    ESPECTÁCULO DE EMOCIONES FUERTES
    Y CIRCO AMBULANTE INTERNACIONAL
    NIGHTSPORE & THRUSH


    Llegado directamente de Viena, como los circos antiguos solían anunciar, aunque éste era menos circo que espectáculo de emociones fuertes, y más bien acababa de llegar de Cleveland que no de Viena. Era enorme, como debía ser, porque la gente acudía procedente de Chicago y sus alrededores por decenas de millares, agitada y ansiosa mientras mantenía el ritmo frenético de su eterna búsqueda de diversión y excitación.

    Pregoneros, timadores, busconas, forzudos..., todos se habían reunido allí para enfrentarse al desafío.

    — ¡Pasen, señores, pasen! —gritaban los pregoneros—. ¡Vengan a ver a Madam Adam! ¿Es un hombre? ¿Es una mujer? ¡Acérquense, pasen, que no decaiga el espectáculo! ¡El único hermafrodita reconocido del mundo, el compendio de todo cuanto hay de excitante en el hombre y en la mujer está ya en el escenario a la espera de...!
    — ¡Tres tiradas por veinte dólares, tres por sólo veinte dólares!

    ¿Daño? ¡Claro que les hace daño, caballero! ¡Pregunte a su amiga si le gustaría que le clavaran un dardo en su vibrante carne desnuda! ¡Oigan los chillidos, vean cómo se retuercen! ¡Tres tiradas por...!

    El joven se detuvo un momento ante los Blancos Vivos y prosiguió su paseo por las hileras aparentemente interminables de barracones, juegos y espectáculos.
    — ¡Míster Ampolla, así lo llamamos! ¡Míster Ampolla! ¡No, él no hace trucos infantiles como comer fuego o caminar sobre ascuas! ¡No, caballeros, Míster Ampolla no! ¡Fíjense bien, amigos! ¿Ven este soplete que tengo en la mano? ¡Pues bien, acérquense un poco más y...!
    — ¡Por primera vez en un escenario: una producción de gran envergadura de Leda y el Cisne! ¡Sí, sé que hay incrédulos por aquí, sé que hay escépticos! ¡Pero oigan lo que pienso hacer! ¡Si alguno de ustedes se considera engañado después de la actuación, si alguien puede afirmar sinceramente que no cumplimos, devolveré no sólo el dinero de usted, sino el de todos y cada uno...!

    El joven se adentró en otro pasillo, pasó junto a la Cámara de los 1.000 Dolores, oyó los aullidos y gemidos que brotaban con fuerza y claridad de dos altavoces exteriores, pasó junto a los todavía más exóticos palacios del dolor placentero.

    Iba a ser una buena noche, él estaba totalmente convencido. El gentío era inmenso, como debía ser. Había contados Templos del Pecado, Madam Adam y Palacios de Perversión en el mundo, y cuando los espectáculos de emociones fuertes hacían su rara aparición el dinero corría como el agua... y no había razón alguna para que el joven no pudiera absorber una parte para él.

    El joven continuó su paseo junto a los llamativos y exóticos puestos, pugnando por abrirse paso entre la multitud. Por fin llegó a un espacio reducido y desocupado situado a cuatrocientos metros de un edificio administrativo sin ventanas, se quitó la mochila, sacó unas gafas muy oscuras y un bastón blanco y se puso a trabajar.

    También alguien trabajaba en el interior del edificio administrativo... como los señores Nightspore y Thrush estaban averiguando. Un hombre alto y delgado, inmaculada aunque arcaicamente ataviado a la moda de hacía más de un siglo, se hallaba sentado con los pies apoyados en el escritorio del señor Thrush. Sus dedos, finos y largos, estaban ocultos en guantes blancos, vestía un traje a rayas color azul marino con chaqueta cruzada y sus zapatos de cuero negro estaban cubiertos por relucientes polainas blancas. Extrajo un largo puro del bolsillo de su solapa y se lo llevó a la boca; lo encendió de inmediato uno de los cuatro fornidos hombres que se encontraban de pie detrás del desconocido.

    —Ya lo ven, caballeros —dijo tranquilamente mientras fumaba el puro con aire pensativo—, no es que yo tenga aversión a su empresa, ni deseo que desalojen el lugar y monten el negocio en otra parte. Chicago es una ciudad muy grande, lo bastante grande para todos nosotros.
    —En este caso, ¿por qué ha entrado por la fuerza? —inquirió el señor Nightspore.
    —Por favor, no me interrumpa —dijo el desconocido, con una sonrisa que empezaba y acababa en las comisuras de sus labios—. Como iba diciendo, aquí hay dinero suficiente para todos: dinero para ustedes, dinero para sus empleados y dinero para mí. Con franqueza, no comprendo qué problema tienen. Si alguien va a sufrir por culpa de la presencia de ustedes aquí, ese alguien soy yo. Al fin y al cabo, hoy no hay más dinero para gastar que el que había ayer, pero ahora tenemos dos manos más que lo buscan: las de ustedes. He estudiado su negocio, y mi opinión más moderada es que ustedes van a ganar unos nueve millones de dólares semanales. —Hizo una pausa, miró fríamente a los otros dos hombres—. Son, caballeros, nueve millones de dólares que yo no ganaré. ¿Empiezan a comprender mi preocupación?

    El señor Nightspore se dispuso a replicar, pero lo pensó mejor y se limitó a mover afirmativamente la cabeza.

    —Bien —prosiguió el desconocido, con otra sonrisa que no era tal—, me complace comprobar que nos entendemos. Al fin y al cabo, no somos enemigos: estamos en el mismo lado de la valla. La gente que está afuera —agitó la mano en la dirección aproximada de la avenida central de la feria—, ésa es nuestra oposición. Poseen algo que nosotros queremos, y es absurdo actuar cada cual por su cuenta para conseguirlo. Los tres actuamos de acuerdo con la misma premisa básica: si Dios no hubiera querido que desplumáramos a los incautos, no los habría hecho incautos. —Bajó los pies al suelo y se apoyó en el escritorio—. Bien, ¿pasamos a considerar el trato?
    — ¿Cuánto quiere? —preguntó con recelo el señor Thrush.
    —Lo dice como si fuera un regalo —replicó el desconocido—. Me apresuro a asegurarles que Salomón Moody Moore no acepta caridad de nadie. No, caballeros, todavía no me entienden. Mi organización se ocupará de ciertos servicios necesarios, de acuerdo con el contrato que redactaremos, simplemente a cambio de un pago justo y razonable.
    — ¿Qué servicios? —inquirió el señor Thrush.
    —Muy buena pregunta —dijo Moore—. En primer lugar, mis representantes vigilarán las instalaciones día y noche, actuando como lo que podríamos denominar una combinación de celadores y agentes de seguridad. Tienen ustedes gran cantidad de material valioso, caballeros —agregó significativamente—. Cualquier vándalo podría causar daños increíbles en cuestión de minutos.

    Hizo una pausa y siguió fumando el puro.

    —Además —continuó—, he visto bastantes juegos de azar mientras recorría el circo. Más de ochenta, diría yo. Casi todos construidos para proporcionar a la casa un beneficio de entre el diez y el quince por ciento. Ustedes los han amañado para conseguir el cuarenta, lógicamente, pero un puñado de torpes aficionados está embaucándoles. Les están robando sin que se enteren, y los incautos apenas tienen oportunidad de ganar. Mis hombres, sin ningún recargo, arreglarán los juegos para obtener un beneficio del cincuenta por ciento y los dirigirán ellos mismos.
    —Si todo esto es gratis, ¿qué factura tendremos que pagar en definitiva? —preguntó recelosamente el señor Nightspore.
    —La tercera parte —dijo Moore.
    — ¿La tercera parte de qué?
    —Del total. —El puro se había apagado, y Moore aguardó pacientemente a que uno de sus hombres lo encendiera—. Considérenlo una inversión que proporcionará grandes dividendos. Duplicaré sus ingresos a finales de semana, de modo que el contrato no les costará prácticamente nada, y cuando abandonen la ciudad todas mis mejoras se irán con ustedes.
    — ¿Y en ese momento concluirá nuestra asociación?

    Moore sonrió.

    —Oh, no. Eso, como los diamantes, es para siempre. —Alzó una mano para acallar las protestas—. Créanme, caballeros, si averiguamos que ustedes no ganan más dinero que antes, siempre podemos renegociar el contrato. —Inhaló más tabaco y dejó el puro en un cenicero—. Pasemos a los detalles. ¿Cuántos bazares de drogas tienen aquí?
    — ¡Ninguno! —dijo categóricamente el señor Nightspore.
    —Preferiría un poco más de sinceridad ya que vamos a ser socios —replicó tranquilamente Moore—. Yo he contado seis, aunque he podido pasar por alto un par. Repito, ¿cuántos hay?
    —Siete —dijo el señor Nightspore, suspirando.
    —Eso está mejor —contestó Moore—. Nada como la franqueza entre amigos. Aceptaré su palabra de que hay siete. Si encontramos más, supondremos que no se hallan bajo los auspicios de ustedes y nos apropiaremos del material. Bien, ¿hasta qué punto adulteran alucinógenos y drogas duras?
    — ¡No adulteramos nada! —espetó el señor Thrush.

    Moore lo miró con extrañeza un instante.

    —Mire, creo que es usted lo bastante estúpido para estar diciendo la verdad. También en este detalle podemos serles útiles. Siguiente punto: ¿cuántas personas mueren aquí semanalmente?
    —Estamos protegidos contra ese riesgo —dijo en tono defensiva el señor Nightspore—. Nadie entra en los entoldados de los espectáculos de horror o sadismo sin firmar un descargo riguroso. Fuimos ajuicio cuatro veces en los dos últimos años y ganamos los cuatro casos.
    —No ha contestado mi pregunta: ¿cuántas personas mueren en su circo semanalmente?
    —Diez, por término medio.
    —No es suficiente.
    — ¿Qué? —chillaron al mismo tiempo ambos socios.
    —No es suficiente —repitió Moore—. A la gente le gusta la sangre más incluso que lo grotesco. Nadie viene aquí a ver el Bebé Cuadricéfalo o el Cadáver de Vaselina. Los visitantes quieren muertos. Cuántos más les den, tanto más hablarán del circo y volverán a verlo. Hablemos de la función de Ruleta Rusa. Ustedes tienen una pistola de nueve cilindros con una sola bala cargada, y ofrecen mil birriosos dólares al hombre que quiera jugar. A partir de mañana pondrán tres balas en un revólver de seis cilindros, ofrecerán un premio de diez de los grandes y triplicarán el precio de la entrada. Y lo mismo en los palacios de perversiones y el resto de tonterías como ésas. ¿De acuerdo?

    Los dos socios accedieron a regañadientes.

    —En cuanto a mujeres, consigan más. Más guapas, además. Y este sitio apesta a caucasianas. Quiero ver negras, morenas, pelirrojas, rubias, albinas, chicas con lunares en el pelo... Si no pueden conseguirlas, informen a mis muchachos y nosotros las buscaremos. Si no conocen el significado de la palabra «normal», tanto mejor. Y también deseo que inauguren dos espectáculos exclusivos para mujeres. Yo facilitaré lo preciso. ¿Es posible?
    —Bien, no sé si... quiero decir que yo no... —balbuceó el señor Nightspore.
    — ¿Es posible? —repitió Moore con frialdad.

    El señor Nightspore movió afirmativamente la cabeza.

    —Excelente —dijo Moore—. Todos los miembros de mi organización llevarán brazaletes rojos con el distintivo del circo impreso. —Hizo una pausa—. Nadie debe entrometerse en su trabajo. ¿Queda absolutamente claro este punto?

    Los socios le aseguraron que sí.

    —Mis hombres irán armados para protegerles —continuó Moore—. Creo que sería preferible que nadie más llevara ninguna clase de armas, y eso concierne a cualquier agente de seguridad que actualmente tengan ustedes en nómina. Con esto evitaremos desagradables malentendidos. Si algún miembro de mi organización abusa de su hospitalidad, o si no se justifica hasta el último centavo, espero que me informen de ello.

    Moore se levantó y se desperezó.

    —Y ahora, si tienen la bondad de excusarme, caballeros, me gustaría dar otro paseo por el circo. Mis colaboradores les facilitarán los contratos adecuados. Tenía la impresión de que llegaríamos a un acuerdo equitativo y por eso me tomé la libertad de redactar los contratos antes de salir de mi despacho. Mis hombres —añadió significativamente— seguirán en compañía de ustedes hasta que los contratos estén firmados. Puesto que no van a necesitarme durante los siguientes minutos, creo que voy a despedirme. Estas entrevistas me resultan personalmente desagradables.

    Se puso el bombín, otro anacronismo, y abandonó el edificio.

    No era, reflexionó mientras se confundía con el gentío, una mala noche. Nightspore y Thrush dirigían el mismo tipo de espectáculo que cualquier otro profesional: montado para ofrecer miedo, lujuria y codicia, con una buena dosis de excursiones secundarias a lo extravagante. Y además sumamente bien dotado, detalle que lo convertía en caza no vedada para Moore.

    Contempló a una eurasiática que exhibía con orgullo sus cuatro pezones a modo de señuelo para el Espectáculo de Monstruosidades. Sí, reflexionó Moore, la gente se desharía de cualquier clase de moneda simplemente para ver algo distinto, para huir de la rutina y rendir culto ante otro altar que no fuera el de la Monotonía. Y mientras hombres como Nightspore y Thrush ansiaran embaucar a los espectadores, él, Moore, seguiría siendo solvente embaucando a los embaucadores.

    También había, por supuesto, legítimos intereses comerciales que considerar, y él había invertido en muchos de ellos en los últimos tiempos: una fábrica de artículos de cuero en New Hampshire, una planta de ordenadores en Pittsburgh, potros de pura sangre en Kentucky y California, un equipo profesional de baloncesto en Albuquerque. Con cada vez más tiempo que matar, había cada vez más formas de aprovecharse de las necesidades del prójimo. Aunque también los que se aprovechaban, reconoció tristemente Moore, tenían que combatir el aburrimiento. Él mismo poseía más dinero del que podía esperar gastar en toda su vida, y una fama cuya expurgación le costaría varias vidas, y sin embargo seguía en la brecha.

    ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? En cuanto dejara de nutrirse de la humanidad sería un hombre indistinguible de los demás, listo para que otro se nutriera de él. Empezó siendo ladrón de poca monta, aprendió el oficio, formó en torno a él una organización con miembros cuidadosamente seleccionados, siempre tuvo la prudencia de no apresurarse, y puesto que era un poco más listo, un poco más voraz y un poco más rudo que el vecino, se quedó con el territorio de éste, y con el de otro más y así sucesivamente. Tenía tras de él una estructura magnífica y sólida, poblada por los mejores hombres y mujeres que el dinero y la oportunidad de huir del aburrimiento podían comprar. Todos ansiaban el cargo de Moore (éste no tema sitio para una persona que se conformara de buena gana con un puesto secundario) y en consecuencia tanto ellos como él estaban siempre alerta, una situación saludablemente razonable en esos tiempos.

    Había logrado un éxito anormal con la clase de esfuerzo que había elegido. Cuando todo estaba dicho y hecho, los demás echaban a correr lejos del tedio y la monotonía, mientras que él corría hacia sus problemas, moldeaba hombres y situaciones a fin de satisfacer sus diversas necesidades.

    Un agudo alarido interrumpió la cadena de sus pensamientos, y al volver la cabeza se encontró ante la Cámara de los 1.000 Dolores. Hizo una mueca. El hecho de que una persona pagara una buena cantidad de billetes para recibir infernales latigazos superaba la capacidad de comprensión de Moore, y tampoco simpatizaba con los cientos de espectadores que renunciaban a más dinero aún para presenciar el espectáculo. Meneó la cabeza, se encogió de hombros y continuó paseando.

    Dio la vuelta a todo el espectáculo de emociones fuertes, sintiéndose cada vez más sucio dada la proximidad de los blancos, y finalmente decidió volver al edificio administrativo para recoger los contratos. Al acercarse vio un grupo de gente reunido alrededor de un joven que llevaba gafas oscuras. El hombre sostenía en una mano un sombrero con la copa carcomida por la polilla, y un bastón blanco en la otra, y estaba cantando salmos con una voz de tenor ni mucho menos notable.

    Moore se detuvo y observó el interior del sombrero.

    —Escasas ganancias —comentó—. Te iría mejor si cantaras baladas verdes.
    —Si quiere una, la tendrá —dijo el joven, y entonó uno de los aproximadamente tres millones de versos de «El Ring-Dang-Du».
    — ¡Ya basta! —dijo Moore al cabo de un momento, riendo, y echó una moneda en el sombrero.
    — ¿No le gustan las canciones de las masas? —preguntó el joven con una sonrisa.
    —No me gusta nada de las masas —replicó Moore—. ¿Te gustaría ganar un buen pellizco?

    El joven asintió.

    —Quinientos dólares a que no eres ciego.

    El joven palpó el interior de su sombrero, tocó las monedas.

    —Dieciséis dólares y setenta y tres centavos a que no puede demostrarlo.

    Moore encendió una cerilla y la lanzó tranquilamente hacia la cara del joven.

    No hubo reacción.

    —No está mal —dijo Moore, y de pronto asestó un puñetazo en el estómago del joven.

    El aire brotó del interior del mendigo, y éste cayó de rodillas. Parte de las monedas salió del sombrero, y los dedos del joven recorrieron frenéticamente el suelo para intentar recuperar el dinero perdido. Moore se acercó y amagó una patada a la cara, gesto que pasó desapercibido.

    Finalmente Moore le ayudó a incorporarse, sacó un fajo de billetes de cinco dólares, contó diez ante la cara del joven y los dejó en el sombrero.

    —Gracias, señor —dijo el pordiosero, jadeante.

    Moore se detuvo un momento, recogió el dinero, sacó su billetero, contó diez billetes de cincuenta dólares y los dejó caer en la raída copa del sombrero.

    —Estaba equivocado —dijo, dio una palmadita en el hombro al joven y se alejó hacia el edificio administrativo.

    Pero al llegar a la puerta el joven lo llamó.

    — ¡Hey, matón! ¿Dónde diablos compraste esas polainas blancas tan espantosas? ¡Pareces un marica asqueroso!

    Moore dio media vuelta, pero el joven se había esfumado ya entre el gentío.

    Y ése fue el primer encuentro entre Salomón Moody Moore y Jeremías el G.

    Muchísimos historiadores habrían renunciado a sus fortunas y a sus cónyuges, y habrían bebido los vientos por estar allí.


    2


    El martes era el día de la suciedad.

    O, más precisamente, el martes era el día de la semana en el que Moore revisaba los informes de su empresa editora y compañías afiliadas e impartía órdenes para la semana siguiente.

    Se hallaba sentado en el despacho quizá más espartano del complejo de Chicago. A diferencia de casi todas las oficinas de dirección, ésta no contenía televisores, radios, sistemas de sonido, cuadros, sofás, zonas de ejercicios, anexos para trabajos manuales o bares con bebidas alcohólicas. Era un despacho magro y aburrido, como el hombre que trabajaba en él. Había un solo escritorio, grande y de caoba artificial, que servía de apoyo a una terminal de ordenador, tres teléfonos y un cuarteto de intercomunicadores. Delante de ese mueble había seis sillas, ninguna de ellas excesivamente cómoda. Había puertas en tres paredes, dos de ellas raramente usadas, y en una de las paredes estaba empotrada una pequeña caja fuerte. Sólo había una ventana en la habitación, si bien muy grande, y la vista desde ella quedaba oscurecida de forma invariable por una hilera de persianas introducidas entre las hojas interna y externa de vidrio. Los placeres que ansiara Moore se hallaban en otro sitio; su despacho era un lugar de trabajo, y nada más.

    —Los informes, Ben, por favor.

    El hombre sentado al otro lado del escritorio entregó a Moore un fajo de impresos de ordenador, junto con una gran hoja de análisis. Ben Pryor, su atavío tan llamativo como apagado el de Moore, su ondulado cabello rubio un agudo contraste con el pelo liso de color gris metálico de su jefe, era el segundo en mando, responsable de la dirección cotidiana de todas las empresas de Moore. Era astuto, muy inteligente y competente en extremo, titulado en administración empresarial y economía. También era muy ambicioso, cosa lógica aunque lamentable; sabía demasiado sobre el negocio para que Moore lo dejara irse, y no estaba muy lejano el día en el que éste debería eliminarlo de un modo más permanente.

    Moore empezó a leer los informes, hizo esporádicos comentarios, dio alguna orden extraña. La industria de la pornografía iba muy bien en esos tiempos, como de costumbre, y los problemas de dirección estaban más relacionados con el vasto tamaño del negocio que con problemas legales o de ventas. En realidad, algunas veces el alcance de esa industria sorprendía incluso al mismo Moore: poseía tres empresas editoras especializadas en libros, revistas y periódicos eróticos, y otras dos que producían en profusión videos y discos de ordenador pornográficos. Entre todas elaboraban trescientos títulos mensuales, con ventas superiores a cuarenta millones de artículos.

    Pero eso era sólo el principio. La pornografía, a pesar de que pasaba por uno de sus periodos cíclicos de legalidad, distaba mucho aún de ser socialmente aceptable y estaba sometida a ocasionales vejámenes, es decir, que las distribuidoras enormes y monolíticas que monopolizaban ese servicio en las zonas metropolitanas densamente pobladas no se preocupaban en facilitar el material, o al menos no lo promocionaban con el entusiasmo y el celo que dedicaban a las publicaciones más satisfactorias. En consecuencia, Moore había adquirido en secreto diversas agencias secundarias y creado otras nuevas, todas ellas especializadas en el tipo de material que las grandes distribuidoras independientes no deseaban.

    De ahí a comprar y desarrollar cuatro mil emporios pornográficos especializados en la venta de esta mercancía hubo un simple paso. Puesto que muchos de estos emporios complacían los deseos de prostitución y las ansias sexuales más extravagantes del público, Moore se había introducido por completo en tales servicios. Finalmente había adquirido una inmensa imprenta que no sólo satisfacía sus necesidades sino que además imprimía una porción considerable de la producción de sus rivales, y había construido una pequeña fábrica que producía gran parte de los artefactos sexuales ofrecidos en sus tiendas.

    El dinero no entraba a raudales; entraba en forma de torrentes. El editor ordinario precisaba vender el cuarenta por ciento de su producción para recuperar los gastos; Moore, propietario de la empresa editora, la imprenta, las agencias de distribución, las librerías y todas las firmas asociadas, cubría gastos con una venta del cinco por ciento. Pero vendía más del cinco por ciento; más del ochenta por ciento, en realidad. Y no porque sus productos fueran superiores, que no lo eran. Pero si controlas los canales de distribución controlas la industria, y cuando tienes poder para despedir a cualquier distribuidor que pone en venta un solo ejemplar de una editorial rival antes de que todos los tuyos estén vendidos, eres un ganador seguro que acabará llevándose la parte del león del mercado. Moore no sólo tenía la parte del león del mercado, sino que además se aferraba a ella con la tenacidad de un león que defiende su presa de todos los carroñeros de la jungla.

    Las órdenes fueron brotando poco a poco mientras Moore estudiaba los informes: despide a este tipo, asciende a esta mujer, vende esta tienda, imprime más copias de esta revista, descarta este modelo de consoladores de plástico, pon diez chicas más en esta ciudad... Pryor anotó todo ello en un ordenador portátil y se fue a fin de poner en movimiento la maquinaria. Volvió algunos minutos más tarde, con una cerveza en la mano, y tomó asiento delante de Moore.

    —Es la cuarta que tomas hoy —comentó Moore en tono de reproche, señalando la cerveza.
    — ¿Es que tus espías no tienen nada mejor que hacer que medir mi consumo de alcohol? —preguntó Pryor sin una pizca de sorpresa o preocupación.
    —Hacen eso.
    —Tal vez deberías enviarlos al Espectáculo de Emociones Fuertes. Tus nuevos socios están tocando resortes para incumplir el contrato.
    —Déjalos —dijo fríamente Moore—. Esta es mi ciudad. —Hizo una pausa—. Si quieren jugar conmigo, será mejor que elijan una ciudad en la que yo no domine a la mitad de políticos y a todos los forenses.
    — ¿Cómo está el espectáculo? —preguntó Pryor—. Aún no he tenido oportunidad de ir allí.
    —Si dejaras de intentar seducir a mi secretaria, a mi corredora de bolsa y a todas las mujeres que han tenido alguna relación conmigo, es posible que tuvieras tiempo para ir —dijo Moore, con una sonrisa melancólica.
    —No puedes culpar a un hombre por intentar eso —replicó tranquilamente Pryor—. Además, no todo el mundo puede llevar tu vida de asceta.
    —Por eso seguimos prosperando —dijo Moore—. Mi forma de vivir, la forma de ellos.

    Pryor permaneció con la mirada fija al otro lado del escritorio, desconcertado como siempre por el concepto de un rey del crimen enriquecido gracias a la lujuria de sus víctimas y al parecer violentamente opuesto a manifestar tales impulsos. Finalmente se encogió de hombros.

    —Aun no me has explicado como es el espectáculo —dijo, y tomo un trago de cerveza.
    —Bastante típico —dijo Moore—. Venden sueños, como todos los demás.
    —Es un buen producto en estos tiempos.
    —Siempre lo ha sido —replico Moore. Cruzo las manos y se miró pensativamente las puntas de los dedos—. Pero me pregunto si no habrá una forma más fácil de abordarlo.
    — ¿De que estas hablando? —pregunto Pryor.
    —De sueños.
    —Ya estamos metidos en eso, aunque nosotros los llamamos drogas.

    Moore sacudió con irritación la cabeza.

    —Las drogas crean sueños. Yo quiero realizarlos.
    — ¿Hablas de poner una ramera en todas las habitaciones? —se mofo Pryor.
    —Hablo en serio, Ben —dijo fríamente Moore.
    —Como siempre —contesto Pryor, suspirando—. Pero no tengo la más nebulosa idea sobre lo que estás hablando.
    —Simplemente lo que he dicho: Sueños Hechos Realidad, S. A. Me pregunto si suena factible.
    — ¿Cómo diablos quieres que yo lo sepa? ¿Cuál es el enfoque?
    —El enfoque es sencillamente este: satisfaremos cualquier sueño por cierto precio. Al fin y al cabo, el Espectáculo de Emociones Fuertes no estará aquí eternamente... y además, ofrece muchas promesas y pocos resultados.
    —Ponme un ejemplo.
    —De acuerdo —dijo muy despacio Moore—. Digamos que un tipo considera insoportablemente aburrida su vida...
    —Cosa que seguramente será cierta.
    —Y desea emplear todos sus esfuerzos en alguno excitante.
    — ¿Cómo qué?

    Moore se alzó de hombros.

    —Digamos que desea robar el Banco Nacional.
    — ¿No estarás sugiriendo en serio que hagamos el trabajo por él? —dijo Pryor, incrédulo.
    —No. Pero ¿y si lo ayudamos a hacerlo? Disponemos el plan, lo ayudamos a inspeccionar el lugar, le facilitamos los brazos y la experiencia que precisa y le garantizamos impunidad.
    —Debe haber una trampa —dijo el escéptico Pryor—. ¿Por qué correr nosotros todos los riesgos para que él pueda quedarse con la pasta?
    —Naturalmente que hay una trampa —replicó pacientemente Moore—. No somos altruistas, Ben. ¿Qué te parece si le cobramos unos honorarios de medio millón redondo, rebajamos su botín a cien mil y repartimos con el banco nuestros beneficios, el sesenta por ciento para nosotros y el cuarenta para ellos? Todo el mundo queda contento, nadie va a la cárcel y todos nos enriquecemos un poco más. —Hizo una pausa—. En fin, la cosa ofrece posibilidades. ¿Qué opinas?
    —Opino que has elegido un ejemplo demasiado perfecto —dijo Pryor—. Deben quedar nueve elefantes en el mundo, todos valorados en decenas de millones. ¿Y si un tipo quiere matarlos a los nueve en una sola tarde? O pongamos un ejemplo más cerca de nosotros: me encantaría matar a mi ex esposa y tener cincuenta hijos bastardos antes de un año. ¿Qué puede hacer por mí esta empresa?
    —Ciertamente podríamos facilitarle cincuenta mujeres en un período de tres meses. El resto dependería de ti. En cuanto a matar a tu ex esposa... bien, eso podría arreglarse a cambio de unos honorarios sustancialmente más elevados. —Moore sonrió—. Naturalmente deberías indicarnos con exactitud a cuál de tus numerosas ex esposas tienes en la cabeza.
    — ¿Y los elefantes?
    —Ese hombre tendría que ser un soñador muy rico —dijo Moore mientras se encogía de hombros—. En fin, ordena a los muchachos que elaboren un esquema de las posibilidades reales de esta idea, y que me lo presenten dentro de un par de días. ¿Por qué tengo que repartir el dinero de los soñadores con los señores Nightspore y Thrush?
    — ¿Son esos sus nombres realmente? —preguntó Pryor con gesto de incredulidad.
    — ¿Qué importa un nombre? Es su negocio lo que me interesa.

    Pryor se fue momentos más tarde, y Moore se tomó un breve respiro para comer. Después se dedicó a parte de los negocios que el gobierno no conocía. Casi toda la tarea la hizo por teléfono, a través de intermediarios en número tan elevado que ninguna investigación podía dar con él. No existían registros, escritos o computerizados, en parte alguna y ni siquiera Pryor conocía por completo el alcance de las operaciones, aunque Moore sabía que el subdirector dedicaba gran parte de su tiempo y su dinero a intentar averiguarlo.

    Moore salió del despacho al atardecer, como era su costumbre, subió a un monorraíl subterráneo y, acompañado por un solitario guardaespaldas, marchó al centro de la ciudad. La zona había sido denominada en tiempos el «Loop», debido a las vías de ferrocarril elevado que la rodeaban, y el apelativo continuaba vigente a pesar de que los carriles habían sido arrancados hacía muchos años y los enormes edificios comerciales, interconectados en todos los pisos y cubiertos por una inmensa cúpula, ocupaban ocho kilómetros cuadrados de terreno increíblemente valioso. Los suburbios podían conocer la lluvia y la nieve, pero la ciudad interior siempre estaba seca y cómoda.

    Moore usó aceras deslizantes y escaleras mecánicas hasta que, a ochocientos metros sobre el nivel del suelo, llegó al acostumbrado comodibar de los martes por la noche, un pequeño restaurante elegante e ilegal con una descuidada fachada que anunciaba a los no socios la presencia allí de una cadena de centros de cirugía estética mediante silicona. El gobierno racionaba la carne y gran parte de otros productos no derivados de la soja desde hacía más de una década, pero hombres y mujeres de recursos no tardaron en encontrar empresarios para satisfacer sus gustos y apetitos, y los comodibares habían llegado a ser pilares muy voluminosos de la inmensa economía clandestina.

    Moore dejó al guardaespaldas en la entrada y su paraguas en la puerta (nunca llovía en la cubierta zona central de la ciudad, pero él llevaba devotamente ese objeto) y fue acompañado a una mesita de la parte trasera, donde gozó de una cena criminal compuesta de chuletas de auténtica ternera y puré de patata. Como postre pidió pastel de arándano (seis meses por venderlo, mil dólares por comerlo, cortesía de la Administración Alimentaria de los Estados Unidos), coronó la cena con una taza de genuino café y pagó la cuenta normal de seiscientos dólares. Saciado ya, cogió su paraguas y, acompañado por el guardaespaldas, regresó al mundo de los derivados de la soja y el agua sazonada.

    Acarició la idea de volver al Espectáculo de Emociones Fuertes, localizar al falso ciego que le había embaucado el día anterior y ofrecerle un empleo en la organización, pero decidió que aquel joven era lo bastante astuto para emplear un truco distinto todas las noches de la semana y que por tanto sería imposible localizarlo.

    Resolvió volver a casa para pasar la noche. Al acercarse a la estación del monorraíl metió la mano en el bolsillo en busca de una ficha y notó que sus dedos entraban en contacto con un trozo de papel. Lo sacó y vio que era una tarjeta de visita:

    BAZAR DE LA RAREZA
    Especialistas en lo insólito
    calle LaSalle Norte, 461, 5.aplanta


    Garabateadas al dorso, en caligrafía casi ilegible, aparecían las palabras: «Venga solo».

    Podía ser una trampa, por supuesto. Al fin y al cabo, suponiendo que su vida no estuviera en continuo peligro, Moore no habría necesitado guardaespaldas. Sin embargo, gran parte de sus mejores negocios se consumaba de esa forma: un político que no podía ser visto se presentaba en el despacho de Moore, o el subalterno de un rival con información en venta, o un amante abandonado dispuesto a volverse contra un hombre o una mujer que Moore deseaba arruinar. Tras unos momentos de debate interno, Moore despidió al guardaespaldas y subió por la escalera mecánica hasta la quinta planta de la calle Wabash. Después fue por la acera deslizante hasta la calle Randolph, pasó a otra que avanzaba hacia el norte, bajó en LaSalle y siguió a pie con el mismo rumbo por una rampa inmóvil.

    Al pasar sobre el lecho seco desde hacía años del río Chicago, que albergaba un parque y un enorme complejo deportivo, Moore percibió un sutil cambio en tiendas y almacenes. Habían desaparecido los inmensos almacenes de brillante iluminación, las elegantes joyerías con paredes de terciopelo, las tiendas de modas, los bazares y demás establecimientos especializados de alta calidad. En su lugar había anticuarios mugrientos e insignificantes, librerías de viejo ahogadas en interminables montones de tomos polvorientos y mohosos, bares, burdeles y almacenes de mercancías.

    Finalmente, Moore llegó a la dirección buscada. Parecía un cuchitril, con una fachada salida de una ciudad fantasma del Lejano Oeste. Las ventanas estaban cubiertas de sombras oscuras y opacas, ningún cartel anunciaba el nombre del establecimiento o lo que se vendía en él y un claro olor a incienso emanaba de la puerta entreabierta.

    Moore miró alrededor por última vez para asegurarse de que nadie le seguía y entró en la tienda. Se encontró en un laberinto débilmente iluminado con las paredes ennegrecidas hasta el techo, y lo siguió cautelosamente. Tras un recoveco de ciento ochenta grados, Moore salió a una habitación alargada y estrecha iluminada por algunas bombillas rojas.

    Había dos grandes vitrinas a ambos lados de la sala. En ellas se hallaban expuestos grotescos artefactos de tortura: collares con púas, ligaduras linguales, exóticos hierros para marcar, cinturones de castidad afilados como cuchillas, instrumentos para perforar o arrancar miembros u órganos no esenciales para la mínima conservación de la vida... Colgados en las paredes (o clavados en ellas, Moore no logró aclarar el detalle) se veían dedos, cabezas, manos, piernas, genitales, narices, orejas y ojos humanos. En un rincón estaban pulcramente amontonadas decenas de lanzas, clavos y aguijones.

    — ¿Puedo servirle en algo? —sonó una ronca voz detrás de Moore.

    Se volvió y se encontró ante un hombrecillo con un parche de satén en un ojo. El desconocido extendió una mano, en la que faltaban dos dedos y parte del pulgar, y Moore la estrechó mecánicamente.

    —Bienvenido al Bazar de la Rareza —dijo el hombrecillo—. Me llamo Krebbs. Si hay algo que no ve, pídalo. Tenemos muchas habitaciones, todas dedicadas a un tema concreto.
    —No soy un cliente —replicó Moore, y mostró la tarjeta a Krebbs.
    —Ah, bien —dijo el hombre, suspirando—, no hago ningún daño ofreciendo. Uno debe intentar ganarse la vida. —Sonrió—. Usted, más que nadie, puede reconocerlo.
    —Parece como si me conociera.
    —He oído hablar de usted, señor Moore —dijo Krebbs—. Es usted uno de mis ídolos, a decir verdad. ¡Ah, ejercer tanto poder, mutilar, matar y destruir! ¡Debe ser el mismo paraíso!
    —Debe confundirme con otra persona —dijo Moore en tono fino y sereno—. Soy un simple hombre de negocios.
    —Lo que usted diga, señor Moore —contestó Krebbs, risueño.
    —Eso es lo que digo. Bien, ¿por qué me ha pedido que viniera?
    —Oh, pero si no he hecho tal cosa —dijo Krebbs—. Le aseguro, señor Moore, que me conformo con adorarle desde lejos.
    —En ese caso, ¿quién ha sido?
    —Puedo llevarle ante ella, si quiere —se ofreció Krebbs.
    — ¿Ante quién?
    —Caramba, ante la señorita que usted desea ver.
    — ¿Cómo se llama ella? —preguntó Moore.
    —No sea reservado conmigo, señor Moore —dijo Krebbs—. Ya se lo he dicho, estoy de su parte. Si desea atender sus relaciones en mi establecimiento, estaré simplemente encantado de servirle.
    — ¿Dónde está ella? —inquirió Moore, tras decidir que nuevas preguntas serían infructuosas.
    —Ella no estaba muy segura de cuándo vendría usted —replicó Krebbs— y le dije que aguardara en nuestra Boutique Original. Estoy convencido de que allí habrá encontrado ropa apropiada, y hay una cama enorme al otro lado del pasillo. —Hizo un tímido guiño a Moore con su único ojo, lo cogió por el brazo y lo condujo hacia una cortina de cuentas colgantes—. Quinta habitación a la derecha.

    Moore se desasió bruscamente y avanzó por el corredor hasta la quinta, y última, puerta de la derecha. La abrió silenciosamente y entró. La habitación estaba débilmente iluminada igual que el cesto del bazar, y parecía estar ocupada sólo por perchas para ropa y espejos. En realidad era muy pequeña, pero los espejos, que tapaban paredes, suelo y techo, le conferían la apariencia de extenderse hasta el infinito en todas direcciones.

    Una rubia se hallaba en el extremo opuesto de la habitación, a cinco metros de Moore. Vestía botas de cuero que le llegaban a las caderas, finísimos tacones, guantes de piel hasta los hombros, un ceñidor negro y nada más. En la mano izquierda sostenía un pequeño látigo de nueve ramales con brillantes púas metálicas en las puntas. Su rostro quedaba oculto por una máscara gatuna, repleta de bigotes plateados.

    —Tenía un rato disponible —dijo la mujer en voz baja, susurrante— y he decidido probar parte de las mercancías. —Se dio la Vuelta graciosamente—. ¿Te gusta?
    —No compro estas porquerías —dijo Moore, disgustado—. ¿Se supone que te conozco?
    — ¿Te gustaría conocerme?
    —No en especial —replicó él—. ¿Pusiste tú la tarjeta en mi bolsillo?
    —No.
    —Pero ordenaste que la pusieran.
    —Sí. —Se acercó a Moore, y con un ligero movimiento de su muñeca hizo ondular rítmicamente las puntas del látigo.
    — ¿Por qué? —Tengo algo que darte.
    — ¿Qué?
    — ¡Esto! —musitó, y de pronto atacó con el látigo la cara del hombre.

    Moore extendió el brazo instintivamente y paró buena parte de la fuerza del golpe con la porción carnosa de su bíceps. Retrocedió, sorprendido, y la chica fue tras él.

    — ¿Quién te ha enviado? —inquirió Moore mientras paraba otro latigazo—. ¿Qué demonios está pasando aquí?

    No hubo respuesta por parte de la rubia, aparte de sus renovados esfuerzos por despedazarle la cara con el látigo. Moore comprendió que no podía seguir usando el brazo como escudo. Dio media vuelta y echó a correr por el estrecho pasillo en dirección a la sala en la que había encontrado a Krebbs. Una vez allí, buscó al tuerto propietario, pero la habitación estaba desocupada. Corrió hacia las armas apiladas y sacó una lanza con la punta en forma de gancho de la parte superior del montón.

    —Muy bien —dijo. Situó el arma entre los pechos de la chica en el momento en que ésta entraba en la habitación—. ¿Estás dispuesta a explicarme qué pasa?

    La mujer gritó una obscenidad y asestó un nuevo latigazo. Moore se agachó y pinchó el hombro de la rubia con la lanza. Apareció un pequeño reguero de sangre, pero la chica no pareció advertirlo. Sin preocuparse por la lanza, continuó acosando a Moore por toda la sala. Finalmente, Moore decidió que no tenía más opción que defenderse seriamente, e hirió dos veces en el brazo a la mujer, la segunda vez profundamente. La rubia siguió luchando como una bestia arrinconada, desentendiéndose por completo de las heridas. Moore casi le partió una oreja con el siguiente tajo, de nuevo sin efecto alguno.

    — ¡Claro! —dijo de pronto—. ¡Eres uno de los Tableros Vivientes! —Moore se agachó, ya que la chica había cogido un jarrón de vidrio del mostrador y lo lanzó contra él—. ¿Quién te ofreció este trabajito? ¿Nightspore o Thrush? ¿O fueron los dos?

    La única respuesta de ella fue darle una patada con la bota, intentando apuñalarle con aquel tacón alargado y criminalmente afilado. Moore se apartó, le cogió la pierna y la retorció. La rubia cayó pesadamente al suelo, y él saltó sobre la mujer, la obligó a apoyarse sobre el estómago y la inmovilizó. Fueron precisos seis golpes contundentes en la base del cráneo para que Moore lograra por fin dejarla sin sentido.

    La arrastro hacia una de las bombillas rojas y le examinó con sumo cuidado la espalda y el cuello. Sí, allí estaban las cicatrices, minúsculas, casi invisibles, producto de la operación para seccionar nervios que había dejado a la mujer insensible al dolor.

    Moore rechazó su deseo de interrogarla en cuanto despertara.

    Al fin y al cabo, si ella no quería hablar, nada que hiciera él la haría cambiar de opinión... y por lo que él sabía, Krebbs podía estar al acecho en alguna parte, con la intención de meterle una bala en la espalda. Acarició la idea de tapar a la chica con una manta, echársela a la espalda y llevársela, pero sabía que sería incapaz de dominarla si recobraba el conocimiento, por lo que decidió abandonarte a los tiernos favores de una de sus brigadas de seguridad. Todavía preocupado por Krebbs, Moore salió del edificio, buscó un teléfono y llamó a Pryor.

    — ¿Ben? Aquí Moore. Al parecer uno de nuestros nuevos socios sufre delirios de grandeza. Es posible que los dos... Sí. Muy bien... No me creerás... Una rubia desnuda con un látigo, si quieres saberlo. —Hizo una mueca al escuchar la réplica de Pryor—. Te he dicho que no me creerías. En fin, quiero que reúnas a los muchachos y averigües quién ha intentado eliminarme. Y mientras luces eso, envía una brigada a un garito de la calle LaSalle Norte, primera planta del número 461, que se llama Bazar de la Rareza. Haced un buen trabajo. Encontrarás allí a la chica. Creo que tiene un cómplice... un tipo con una mano mutilada. Cogedlo si lo encontráis merodeando por allí... No, estoy bien. Nos veremos por la mañana.

    Colgó, fue a la parada del monorraíl más cercana y al cabo de diez minutos estuvo cerca de la entrada de su apartamento, parte de un complejo residencial particular situado en el extremo sur de la cúpula que cubría la ciudad interior. Saludó a los agentes de seguridad, entró en la vivienda y cerró la puerta con llave. Acto seguido, puesto que era un hombre concienzudo, inició un metódico registro para asegurarse por partida doble de que nada había sido robado o manipulado. Cuando por fin quedó satisfecho de que todo estaba en orden, Moore se sentó en un sillón antiguo hecho de cuero, apoyó los pies en un armadillo disecado que usaba como almohadón y repasó mentalmente lo sucedido esa noche.

    Su conclusión fue que los hechos eran ilógicos. Cualquier necio sabía que él, tarde o temprano, acabaría descubriendo que la rubia procedía del Espectáculo de Emociones Fuertes... Y Nightspore y Thrush, si bien eran ciertamente maleables, no le parecían necios.

    Repentinamente inquieto, Moore se levantó y recorrió el piso. Igual que su despacho, su residencia privada estaba modestamente amueblada y desconectada del mundo externo si se exceptuaban dos teléfonos, cuyos números no aparecían en el listín. Mantenerse apartado de las masas que eran sus víctimas había llegado a ser casi un fetiche para él, y no se permitía ninguno de los vicios públicos por temor a que las debilidades que los acompañaban pudieran roerle. En cierta ocasión, como sorpresa, algunos de sus guardaespaldas introdujeron en el apartamento dos mujeres y las escondieron en el dormitorio antes de que él llegara; Moore corrió al teléfono y despidió en el acto a los culpables, y ordenó a Pryor que viniera y se llevara a las mujeres. El sexo, en especial la clase de sexo que las rameras le prometieron en voz baja y voluptuosa, difícilmente podía ser aburrido, pero Moore se dedicaba (entre otras cosas) a venderlo, y los camareros no beben en horas de trabajo. Durante una semana cada tres meses Moore hacía el equipaje y dejaba todo al cuidado de Pryor. Jamás decía adónde iba o que hacía en esos viajes trimestrales, y nadie se lo preguntaba, aunque en la oficina se apostaba a que el camarero iba de parranda cuatro veces anuales.

    En el apartamento no había drogas, ni alcohol, ni nada que pudiera interpretarse como medio para huir de la realidad. Cuando se dedicaba a la venta de fantasías, Moore practicaba la austeridad más absoluta: no se entregaba a ninguna clase de relación sexual, estimulante, afición o trabajo manual. Tenía dos caprichos: el primero la buena comida, el segundo su biblioteca. Desde el suelo hasta el techo todas las paredes estaban forradas de libros, algunos nuevos, otros increíblemente antiguos. No estaban limpios ni ordenados, pero él sabía dónde se hallaba hasta el último tomo, que conocimiento o emoción podía transmitirle un autor concreto. Había poetas y dramaturgos, filósofos y biógrafos, literatura moderna mezclada con realidad pasada y futura, e incluso un viejo y apolillado ejemplar de la Biblia.

    Recurrió precisamente a la biblioteca en busca de solaz y reposo. Cogió un par de obras de Wilde y Austen, crónicas de épocas más civilizadas que no precisaron negocios como el suyo, volvió al enorme sillón de cuero, tomó asiento con un gruñido y se dispuso a leer hasta quedar dormido.

    Estaba flotando en el mundo intermedio que separa la claridad del adormecimiento cuando el zumbido del teléfono le despejó por completo.

    —Aquí Moore.
    —Soy Ben. ¿Cómo se encuentra el violador de Blancos Vivientes?
    —Déjate de tonterías y ve al grano.
    —El «grano» es que tenemos un par de problemas —dijo Pryor.
    — ¿Has estado en el Espectáculo de Emociones Fuertes?
    —Sí.
    — ¿Y en el Bazar de la Rareza?
    —No existe ese bazar.
    — ¡Y un cuerno no existe! —espetó Moore—. Está en... —Saco la tarjeta de su bolsillo—. En el 461 de LaSalle Norte, planta quinta.
    —Los cuernos existen —replicó Pryor, no sin una pizca de diversión por la angustia de Moore—. Recorrimos el bloque cuatrocientos entero, los dos lados, y el bazar no está allí.
    — ¡Estuve hace dos horas!
    — ¿Seguro que no es LaSalle Sur, o el 461 de otra calle... Clark o Wells, tal vez?
    — ¡Maldita sea, Ben! ¡Sé dónde estuve y sé qué me pasó!
    —Naturalmente que sí —dijo Pryor—. Pero a pesar de todo la tienda no esta allí. Además, todo esto parece una fantasía juvenil. Si no te conociera mejor, diría que estabas borracho.
    —Te llevaré allí, a primera hora de la mañana —contestó Moore, disgustado—. ¿Qué me dices de Nightspore y Thrush?
    —Sé que esto te parecerá como si viviéramos en dos mundos distintos, pero ellos no sabían nada.
    — ¡Mierda!
    —Es la palabra más fuerte que te oído usar en toda mi vida —dijo Pryor, divertido.
    —Tienen que saber algo —insistió Moore, haciendo caso omiso del comentario.
    —Hemos sido muy concienzudos.
    — ¿Hasta qué punto?
    —Eres ahora el único socio sobreviviente del Espectáculo de Emociones Fuertes y Circo Ambulante Internacional Nightspore y Thrush.
    —Fabuloso —se mofó Moore—. Lo que siempre había deseado. —Suspiró—. ¡Maldición, Ben, te dije que los interrogaras, no que los mataras!
    —También me dijiste que uno de los dos estaba detrás de todo esto, de modo que hemos usado la fuerza necesaria para obtener las respuestas precisas. Si eran inocentes, mala suerte. He mandado a nuestros expertos legales al ayuntamiento, para que arreglen las cosas. Creo que saldremos bien parados.
    —Especulando con la suposición, seguramente errónea, de que los muchachos no los han matado antes de que pudieran decir la verdad, ¿quién demonios me envió esa chica?
    —Lo único que debemos hacer es localizarla y hacerla cantar —replicó Pryor—. Me encantaría intentarlo.
    —Muchísima suerte —dijo Moore, conteniendo el impulso de reír—. Tienes un punto de vista notablemente testarudo para resolver los problemas, Ben. —Hizo una pausa—. En cuanto a identificar a la chica, demonios, seguramente yo no la reconocería si lleva las bragas puestas. Investiga en el circo y averigua qué Blanco Viviente ha faltado dos horas a partir de las seis de la tarde. Localízala y tráela al despacho. Después busca otra vez el Bazar de la Rareza, y si realmente no está allí, reúne algunos hombres en mi despacho mañana a las nueve en punto e iremos a encontrarlo. Y otra cosa, Ben.
    — ¿Sí?
    —A menos que desees averiguar qué pasa cuando me disgusto seriamente con alguien, no metas la pata otra vez.

    Dejó el auricular en la horquilla, cogió la novela de Jane Austen y de nuevo intentó leer a fin de dormirse.

    Esta vez no fue fácil.


    3


    —Pareces más agotado todavía que de costumbre, siendo tan pronto —comentó Moore cuando Pryor entró en su despacho la mañana siguiente—. ¿Debo suponer que no hemos logrado casi nada?

    —Buena suposición —admitió Pryor—. Pero conseguí depreciar los elevados principios morales de los padres de la ciudad. Ahora están de acuerdo en que tanto Nightspore como Thrush fallecieron a causa de un fallo cardiaco.
    —Bien, algo es algo —dijo Moore—. ¿Qué hay de la chica?
    —Investigamos en el espectáculo de los Blancos Vivientes, y al parecer uno de ellos, una tal Lisa Walpole, falta desde ayer a las cuatro.
    — ¿Rubia?
    —Sí. Y por lo que sé es la clase de mujer que preferiría matarte a latigazos a echarse atrás y dispararte. Hay un par de hombres intentando seguirle el rastro, y hemos puesto agentes en todos los aeropuertos y estaciones de autobuses. Si esta en alguna parte del complejo de Chicago, la encontraremos antes de dos días. —Hizo una pausa—. También hemos sabido otra cosa de la rubia: se acostaba con Thrush.
    — ¿Estás seguro? —preguntó Moore con el ceño fruncido—. Pensaba que al seccionar los receptores de dolor disminuía también la capacidad de experimentar placer. —Hizo una pausa, se encogió de hombros—. Oh, bien, supongo que ninguna ley obliga a disfrutar a una mujer que se acuesta con su jefe. Pero de todas formas no comprendo la relación. Si Thrush no encargó el trabajo a la chica, ¿qué demonios hacía ella allí?

    Pryor se alzó de hombros.

    —Supongo que tendremos que cogerla para saberlo.
    —A propósito, hay otra persona que necesita que la agarren un poco: un viejo llamado Krebbs, sesentón, de un metro setenta más o menos. Lleva un parche en un ojo, no recuerdo cuál, y en la mano derecha le falta un par de dedos y parte del pulgar. Un tipo muy asqueroso.
    —Me olvidaré del último detalle, y pasaré la descripción a los muchachos inmediatamente —dijo Pryor, y entró los datos en su omnipresente ordenador de bolsillo.
    — ¿Qué me dices del Bazar de la Rareza?
    —Lo busqué yo mismo otra vez, y no está allí. En el listín tampoco aparece. ¿Estás totalmente seguro de esa dirección?

    Moore sacó la tarjeta y la deslizó sobre el escritorio en dirección a Pryor.

    —Este será el siguiente punto del orden del día. Deja alguien aquí por lo que pueda pasar, reúne cinco o seis agentes de seguridad y pongamos manos a la obra.

    Media hora más tarde Moore, Pryor y seis agentes de seguridad entraron en el bloque 400 Norte de la calle LaSalle y se dirigieron a la quinta planta. Pasaron junto a dos tiendas de revistas atrasadas y un restaurante de comidas sintéticas excepcionalmente sucio, y acto seguido Moore señaló una tienda a cincuenta metros de distancia.

    — ¡Allí está! —exclamó—. ¿Qué demonios has estado diciéndome, Ben?
    —Lo único que veo es una vieja tienda de artículos religiosos —dijo Pryor. Apretó el paso para no quedarse detrás de Moore—. La he investigado esta mañana, y es auténtica.

    Las vidrieras del escaparate ya no estaban cubiertas, y Moore no vio nada aparte de una tienda pequeña, de apenas cinco metros de fondo, con paredes y mostradores repletos de biblias, crucifijos y otros objetos religiosos. Una mujer entrada en años se hallaba detrás de uno de los mostradores, al otro lado de un montón de papeles que Moore creyó eran facturas o fichas.

    — ¿Puedo servirles en algo, caballeros? —inquirió la mujer en cuanto Moore y Pryor entraron en la tienda, seguidos por los agentes de seguridad.
    — ¿Dónde está Krebbs? —preguntó Moore.
    — ¿Krebbs? —repitió la mujer con aire pensativo—. Debe ser uno de los autores más modernos. No creo que tengamos ninguna de sus obras, pero naturalmente pueden ustedes hojear los libros que tenemos en existencia.

    Moore sacó un abultado fajo de billetes y dejó éstos en el mostrador.

    —Ayer por la noche un hombre llamado Krebbs estuvo trabajando aquí. Quiero saber dónde está.
    — ¿Aquí? ¿Ayer por la noche? Debe confundirse. Nadie trabaja aquí excepto yo y mi nuera. Aquí no hay nadie llamado Krebbs.
    —Probemos de otra forma. —Moore la miró fríamente—. ¿Significa algo para usted el nombre Salomón Moody Moore?
    —No.
    —Miéntame otra vez y no podrá decir lo mismo —prometió Moore—. ¿Por dónde se va a la parte trasera?
    —La parte trasera ¿de qué?
    —La trastienda —replicó Moore—. Tiene más de cincuenta metros.

    La mujer lo miró como si pudiera tirarse al suelo y echar espuma por la boca en cualquier momento.

    —La tienda termina en la pared, detrás de mí —dijo por fin, como si hablara con un niño—. No hay nada más, aparte de un lavabo, allí. —Señaló una puerta en una pared lateral.
    —Te dije que no había nada más —intervino Pryor, risueño.
    — ¿Cuántos años lleva trabajando en esta dirección? —continuó Moore.
    —Treinta y siete.
    — ¿Dónde estuvo ayer por la noche?
    —Aquí mismo, naturalmente.
    — ¿Hasta qué hora?
    —Hasta las nueve, como siempre —replicó la mujer—. ¿Está seguro de que se encuentra bien?
    — ¡No, no me encuentro bien! —espetó Moore—. ¡Estoy enfadado, y mi enfado aumenta por momentos! —Señaló los billetes extendidos en el mostrador—. Se lo preguntaré por última vez: ¿dónde está Krebbs?
    —Ya se lo he dicho, no conozco a nadie que se llame Krebbs.

    Moore recogió el dinero y se lo metió en el bolsillo. Luego habló con el jefe de los agentes de seguridad.

    — ¿Ves esa pared?
    —Sí, señor Moore.
    —Derribadla —dijo Moore, y se hizo a un lado.
    — ¿Te has vuelto loco? —intervino Pryor—. ¡Es una maldita tienda religiosa, simplemente eso!
    —Si hablas como un tonto, tendré que empezar a tratarte como eso, Ben —dijo Moore mientras decidía que en realidad estaba ya muy cerca el momento de eliminar a Pryor—. Yo estuve aquí. Sé qué vi.
    —Si no salen de aquí y dejan de molestarme ahora mismo, ¡llamaré a la policía! —exclamó la mujer.
    —Al contrario —dijo Moore—. Usted se quedará donde está hasta que yo se lo ordene. —Se volvió hacia el jefe de los matones—. Que uno de tus hombres se quede aquí y vigile a la vieja.
    — ¿Le parece bien con un láser? —preguntó el hombre que estaba examinando la pared.
    —No me importa cómo lo hacéis —replicó Moore—. Pero hacedlo.

    El hombre sacó un artefacto de rayos láser y empezó a trazar una línea de izquierda a derecha, medio metro por debajo del techo. Topó con un punto débil un metro antes de llegar al rincón opuesto.

    — ¡Ya está! —dijo, y arremetió con el hombro la pared.

    El falso muro se derrumbó como el fino cartón de yeso que era, dejando un boquete del tamaño de una puerta por el que pasaron Moore, Pryor y cinco matones.

    Se encontraban en la sala principal del Bazar de la Rareza, con sus armas, artilugios de tortura y espeluznantes recuerdos. Moore cruzó la sala y se adentró por un pasillo débilmente iluminado hasta llegar a la Boutique Original.

    — ¿Qué opinas de mi fantasía juvenil, Ben? —preguntó con torva satisfacción.

    Pryor meneó la cabeza.

    —Estaba equivocado. Pero si todo eso me hubiera pasado a mí y si la mañana siguiente hubiera encontrado esta tienda religiosa aquí, habría creído que lo había soñado.
    —Por eso yo soy el jefe en este negocio. —No te entiendo.
    —Yo nunca fantaseo —replicó Moore.

    Un agente de seguridad se acercó a ellos.

    —No hay nadie en las habitaciones, señor —anuncio—. Pero hemos encontrado varias tablas, negras y muy largas, seguramente el laberinto que usted describió.
    —Registradlo todo, a ver si descubrís algo más —dijo Moore, y ordenó al matón que se alejara—. Ben, si ya has dejado de comportarte como un tonto de remate, ¿por qué no me das tu opinión sobre todo esto?
    —Alguien intentó matarte y falló —replicó Pryor—, y luego decidió que no era muy recomendable quedarse a esperar nuestra llegada. —Hizo un gesto de indiferencia—. Es lógico. Creo que tampoco Al Capone dio a nadie una segunda oportunidad de acabar con él.

    Moore meneó la cabeza.

    —Demasiado sencillo. Aquí hay gato encerrado. Charlemos un poco con nuestra fanática religiosa, a ver si averiguamos algo.

    Cuando volvieron a la falsa entrada del Bazar de la Rareza encontraron al agente de seguridad muerto en medio de un charco de sangre, con una bala en la sien. La mujer había desaparecido.

    Moore llamó a gritos a otros matones, que llegaron instantes más tarde.

    — ¿Quién entiende de heridas de bala? —preguntó Moore—. ¿Ha hecho esto la vieja?

    Uno de los agentes examinó el cadáver.

    —Imposible —anunció tras una breve inspección—. La bala salió de un arma muy potente. Si la vieja hubiera disparado a quemarropa, le habría arrancado casi toda la cabeza. Yo diría que alguien abrió la puerta y disparó desde allí. Con silenciador, además, o habríamos oído una detonación impresionante.
    —En consecuencia podemos suponer que Krebbs o el Blanco Viviente tenían vigilado el lugar, por si yo regresaba —dijo Moore. Se volvió hacia Pryor—. Ben, has podido ver bien a la vieja. Intenta seguirle el rastro. Dos de vosotros, registrad la tienda de arriba abajo, a ver si encontráis algo que aclare este embrollo. Cuando acabéis, montad un dispositivo de vigilancia electrónica. Y vosotros tres vendréis conmigo y os preocuparéis de que yo vuelva entero a la oficina.

    Caminó recelosamente hacia el monocarril, casi esperando que le dispararan en cualquier momento y maldiciendo el día en el que se prohibió el transporte individual dentro de los límites urbanos, pero no sucedió nada anormal y Moore llegó a su oficina un cuarto de hora más tarde.

    Nada más llegar ordenó a las fuerzas de seguridad que vigilaran el edificio de forma permanente y usaran como dormitorio temporal la entrada del pasillo que conducía a su despacho. Acto seguido, puesto que la minuciosidad era su lema. Moore ordenó a otros agentes que vigilaran las posibles rutas de acceso al edificio.

    Pryor y el resto de agentes facilitaron informes regulares, pero nadie fue capaz de facilitar nueva información. Por fin, cuando le fue imposible concentrarse en los aspectos mundanos de su negocio, Moore se distrajo ideando los detalles básicos de Sueños Hechos Realidad con algunos empleados, y les ordenó que pusieran en práctica el proyecto.

    Cualquier persona podría presentarse y pedir la realización de un sueño... pero si el sueño era ilegal, y Moore esperaba que casi todos lo serían, se investigaría rígidamente al cliente en potencia a fin de asegurar que no trabajaba para alguna institución gubernamental o legal. Si el cliente quedaba libre de sospecha, se elaborarían planes preliminares y se convendría un precio. Moore decidió inaugurar el primer local en el Espectáculo de Emociones Fuertes, suponiendo que muchas personas acudirían allí dispuestas a gastar dinero, y pidió una amplia muestra de posibles sueños para saber qué detalles del negocio precisaban perfeccionarse.

    Pasó los dos días siguientes dedicado a la administración de su pequeño imperio, y las dos noches siguientes se revolvió inquietamente en la cama plegable del despacho adjunto. Por fin, cuando acababa de resolver que volvería a su apartamento, uno de los agentes de seguridad entró en el despacho.

    — ¿Sí? —dijo Moore.
    —Ya la tenemos, señor.
    — ¿La vieja?
    —Lisa Walpole.
    —Mejor que mejor —comentó Moore—. ¿Dónde estaba?
    —En el aeropuerto. Tenía un billete de ida para Buenos Aires.
    —Habéis hecho un buen trabajo —dijo Moore—. Habrá primas para todos los que han participado. Traedla aquí, y que venga Abe Bernstein.
    — ¿Su médico?

    Moore asintió.

    — ¿Alguna orden para él, señor?
    —Él sabrá qué ha de traer.

    Lisa Walpole, vestida de forma conservadora en esta ocasión, fue introducida en el despacho con las manos bien atadas a la espalda. Su oreja izquierda estaba tapada con vendas. Moore señaló una silla, y la mujer se acercó y tomó asiento, lanzándole una mirada venenosa.

    —Por favor, déjanos ahora —dijo Moore al agente—. A la señorita Walpole y a mí nos gustaría estar solos un rato.

    En cuanto se cerró la puerta, Moore se inclinó hacia adelante y examinó al Blanco Viviente.

    —Tenía razón —dijo, sonriente—. Jamás te habría reconocido con la ropa puesta.

    Ella le miró con aire desafiante, con los labios apretados.

    —Tengo algunas preguntas que me gustaría respondieras, Lisa —continuó Moore—. Para empezar, ¿por qué no dices quién te ordenó matarme hace tres noches?
    — ¡Vete a la mierda!
    — ¿Fue el difunto y no llorado señor Thrush?
    — ¿Te gustaría saberlo, eh? —dijo ella con desprecio.
    —Naturalmente que sí —convino Moore—. Y lo que es más, lo sabré dentro de muy poco.
    — ¿Vas a torturarme para hacerme cantar? —preguntó la rubia con una irónica carcajada.

    Moore meneó la cabeza.

    —No. No creo que una tontería como la tortura te molestara, aunque no te hubieran partido los receptores de dolor. Por supuesto —añadió despreocupadamente—, siempre podría cortarte un par de arterias y amenazarte con morir desangrada si no me dices lo que quiero saber, pero la sangre mancharía la alfombra... y además, sospecho que estás tan enamorada de la muerte que un ardid como ese no tendría finalidad alguna. Y tu desafortunado estado impide el uso de nuestra Máquina Antimentiras. Al fin y al cabo, poco sentido tiene que una descarga eléctrica recorra tu cuerpo en cuanto mientas si ni siquiera puedes notarla.
    —Entonces, ¿cómo esperas hacerme cantar?
    —No tengo ninguna intención de hacerte cantar —dijo Moore—. Me lo dirás voluntariamente.
    — ¡Ja!

    Moore apretó un botón del intercomunicador.

    — ¿Ha llegado ya Bernstein?
    —Sí —replicó una voz femenina—. Está esperando en el despacho exterior.
    —Que pase.

    La puerta se abrió un momento después y entró en la habitación un hombre bajito, corpulento y canoso que llevaba un maletín de cuero oscuro en la mano derecha.

    —Gracias por venir tan pronto, Abe —dijo Moore.
    —Estaba en la sauna, recuperándome de otra de las fiestas de mi mujer —replicó Bernstein, risueño—. He sabido que tuviste un fin de semana muy excitante, Salomón.
    —Te lo contaré más tarde —dijo Moore—. Mientras tanto, tenemos un pequeño problema que precisa tu talento —añadió, señalando a Lisa Walpole.
    —He visto a Ben al entrar, y él me lo ha explicado... aunque ya lo he supuesto al saber que no podías usar la Máquina Antimentiras.

    Mientras hablaba, Bernstein abrió el maletín y sacó una jeringuilla y una botellita. Llenó la jeringuilla, se acercó a la mujer y le inyectó el contenido en una vena del brazo.

    —Aguarda unos dos minutos —explicó a Moore—. Los ojos se le nublarán un poco, pero podrá hablar eficazmente. Hazle preguntas directas, y trata de acabar antes de diez minutos.
    —Gracias, Abe —dijo Moore—. Será mejor que te vayas ahora mismo.

    Bernstein saludó con la cabeza y salió del despacho, y Moore contó doscientos segundos en su reloj, para estar seguro del efecto.

    —Muy bien, Lisa —dijo. Se levantó y se acercó a la rubia—. Ahora vamos a charlar un rato. ¿Te mandó Thrush que me mataras?
    —No —dijo ella inexpresivamente.
    — ¿Nightspore?
    —No.
    — ¡Entonces fue Krebbs! —exclamó Moore—. Pero ¿por qué?
    —No fue Krebbs.
    — ¿Quién fue, pues?
    —Jeremías.
    — ¿Jeremías? —repitió Moore—. ¿Quién demonios es Jeremías?
    —Un joven que merodea por el Espectáculo de Emociones Fuertes —respondió Lisa. Su voz era un monótono zumbido.
    — ¿Cómo se apellida?
    —No lo sé. Se llama Jeremías el G.
    —No he oído hablar de él en toda mi vida —dijo Moore, con el ceño fruncido—. ¿Qué le he hecho yo?
    —Nada.
    —En ese caso, ¿por qué te ordenó matarme?
    —Thrush me explicó que te habías metido en el negocio por la fuerza, y que tenías mucho dinero.
    — ¿Y tú informaste de esto a Jeremías? —preguntó Moore.
    —Sí.
    — ¿Cuándo y dónde?
    —En la cama, la misma noche que Thrush me lo dijo.
    —Es un timador muy rápido, tengo que reconocerlo —dijo Moore—. Bien, ¿por qué no me explicas exactamente para qué me buscabais?
    —Jeremías supuso que llevarías encima un buen fajo de dinero.
    — ¿De modo que sólo queríais robarme? —dijo Moore en tono de duda.
    —No. Un simple robo no habría sido seguro. Pensamos que debíamos matarte antes.
    — ¿Pensamos? ¿Te refieres a ti y a Krebbs?
    —No. Jeremías y yo. Él estaba en otra habitación, escondido.
    —Un chico valiente —comentó con sequedad Moore—. ¿Qué me dices de Krebbs? ¿Cuál fue su papel?
    —Jeremías lo conocía, y le prometió una parte del botín si nos dejaba usar el bazar.
    — ¿Y la viejecita de la tienda religiosa?

    No hubo respuesta.

    — ¿Sabías que Krebbs hizo pasar su negocio por una tienda de artículos religiosos la mañana siguiente?
    —No.
    — ¿Sabes algo de una mujer entrada en años que fue cómplice de Krebbs o de Jeremías?
    —No.
    —Una última pregunta. ¿Dónde puedo encontrar a este Jeremías?
    —No lo sé. Seguramente en el Espectáculo de Emociones Fuertes.
    —Gracias, Lisa —dijo Moore. Apretó un botón del intercomunicador que hizo venir a dos agentes de seguridad—. Te has portado muy bien. El hecho de que te permita vivir, al menos de momento, no significa que yo sea un hombre indulgente. Te quedarás aquí, en este edificio, hasta que decida qué hacer contigo.

    Le cortó las ligaduras y ordenó a los agentes que la encerraran en otra planta. Después llamó a Pryor.

    —Abe ha mencionado que estabas aquí. ¿Alguna novedad?
    —Ninguna —replicó Pryor—. Creo que hemos investigado a todos los Krebbs de la ciudad, y ordené a uno de nuestros dibujantes pomos, nada menos, que hiciera un boceto de la vieja. Lo he pasado a todos nuestros agentes. No queda nada por hacer, aparte de aguardar. —Encendió un cigarrillo—. A propósito, ¿has averiguado algo con el Blanco Viviente?
    —Bastante —dijo Moore—. Para empezar, Nightspore y Thrush no tuvieron nada que ver.
    —Te aseguré que no mentían —dijo presumidamente Pryor.
    —Y yo te aseguré que los habías matado por nada —replico Moore irritado.
    —Lo hecho, hecho está —dijo Pryor, quitando importancia a los asesinatos con una simple frase—. ¿Has averiguado quién está detrás de esto?
    —Es difícil de creer, pero cierto embaucador del Espectáculo de Emociones Fuertes averiguó que yo llevo encima mucho dinero, y todo fue simplemente un plan para desplumarme.
    —Debe ser algo contagioso —observó alegremente Pryor.
    — ¿De qué estás hablando? —dijo Moore.
    —Este embaucador no es el único tipo que ha decidido repartir la riqueza. Sueños Hechos Realidad tuvo su primer cliente esta mañana. —Sacó una hoja de papel de su cuaderno y la entregó a Moore—. Échale una ojeada.

    Moore lo leyó, y volvió a leerlo para asegurarse de que sus ojos no le engañaban.

    SUEÑOS HECHOS REALIDAD, S.A.
    SOLICITUD PRELIMINAR
    ESTATURA: 155 centímetros
    PESO: 85 kilos.
    CABELLO: castaño
    OJOS: azules
    RASGOS CARACTERÍSTICOS: ninguno
    EDAD: 22
    NACIONALIDAD: estadounidense
    RELIGIÓN: ninguna
    DIRECCIÓN ACTUAL: secreta
    ESTADO CIVIL: soltero
    SITUACIÓN ECONÓMICA: poco clara en la actualidad
    PRIMER CONTACTO: 15 de diciembre de 2047
    SUEÑO DESEADO: asesinar a Salomón Moody Moore y tomar posesión de Sueños Hechos Realidad, S.A., como único propietario.
    FIRMA: Jeremías el G.


    —Un hijo de puta persistente, ¿no? —dijo Moore mientras dejaba el impreso en su escritorio.
    —No creo entenderte —replicó Pryor.
    —Jeremías el G. es casualmente el tipo que intentó liquidarme en el Bazar de la Rareza.
    — ¿Y ahora intenta usar Sueños Hechos Realidad para hacer lo mismo? —dijo Pryor, sumamente divertido por esa revelación.

    Moore asintió.

    —Está loco, tengo que reconocerlo.
    — ¿Vamos a hacer algo con él?
    —Creo que sería lo mejor... antes de que él venga a hacer algo conmigo. En cuanto el Espectáculo de Emociones Fuertes cierre esta noche, envía algunos muchachos y que hagan una visita a nuestro amigo Jeremías.
    — ¿Y?
    —Y que lo maten —dijo Moore.


    4


    El joven se incorporó en la cama, dio unas palmaditas cariñosas a las redondeadas nalgas de la aún dormida compañera y empezó a vestirse. Sabía que iban a buscarle dentro de poco, y el Espectáculo de Emociones Fuertes era el primer lugar que registrarían, lo que significaba que había llegado el momento de escabullirse.

    Asomó la cabeza por la puerta del remolque, se aseguró de que nadie acechaba en las sombras y se adentró en la noche, eludiendo las brillantes luces y los llamativos anuncios luminosos.

    Jeremías confiaba en su habilidad para evitar que le localizaran durante el tiempo preciso. Moore podía poseer o controlar casi todos los cubiles del vicio del complejo de Chicago, pero no los conocía. Al revés que Jeremías, y ésa era la única ventaja que necesitaba.

    Moore pondría patas arriba la ciudad con tal de encontrarlo, pero de nada le serviría. Jeremías podía permanecer oculto hasta que su rival abandonara la búsqueda, y plantear después su jugada: una participación de un tercio. Había averiguado datos suficientes sobre Moore para saber que éste jamás destruía algo que podía asimilar, y si Jeremías podía resistir la fuerza de toda la organización de su rival, habría demostrado poseer la valentía y los recursos que Moore exigía a un posible asociado.

    La trampa del Bazar de la Rareza había sido simplemente eso: una trampa. Jeremías no esperaba que Lisa Walpole fuera capaz de matar a Moore. Si ella lo hubiera logrado, tanto mejor. Pero lo probable era que fallara, y que Moore encontrara alguna forma de sonsacar a la chica. Jeremías nada sabía sobre el paradero de Lisa, pero estaba bastante seguro de que Moore la había capturado ya. No obstante, consideraba la solicitud en Sueños Hechos Realidad como su obra maestra. Si existía un método mejor de anunciar su presencia, Jeremías era incapaz de imaginarlo.

    El problema del momento era conservar la vida, mantener a Moore con la certeza constante de que el perseguido se hallaba todavía en Chicago, y aguardar el final de la búsqueda. Jeremías llevaba demasiado tiempo apostando miserias; ésta era su oportunidad de obtener el éxito dando un solo paso de gigante, y no tenía intención alguna de desaprovecharla.

    Ya había decidido dónde esconderse: en Ciudad Oscura, aquella porción subterránea de la urbe situada al oeste del viejo Loop, con sus vulgares cubiles de drogas y pecado. Si alguien deseaba comprar una mujer, un hombre, un niño, un asesino, un narcótico, un injerto de huellas digitales, cualquier cosa ilegal o de contrabando, podía conseguirlo al por mayor en Ciudad Oscura.

    No era un lugar de fácil acceso, aunque cualquier persona que tuviera negocios allí conocía el camino. Se hallaba, espectral y serena, a quinientos metros por debajo de las enormes cloacas de diez metros de diámetro que se extendían bajo la ciudad. Ascensores y escaleras mecánicas se detenían en las descomunales tuberías, y después el viajero tenía que saber con exactitud adonde ir si quería entrar en Ciudad Oscura.

    La construcción de Ciudad Oscura había estado jalonada por errores desastrosos. En principio la obra fue encargada por el ayuntamiento como depósito de agua de lluvia, después como vertedero de basuras. Durante las perforaciones y excavaciones iniciales los contratistas toparon, no una sino tres veces, con el nivel hidrostático del lago Michigan, ahogándose prácticamente tanto ellos como las vastas brigadas laborales. Posteriormente, cuando por fin lograron eludir el agua, crearon una caverna artificial de más de un kilómetro cuadrado de superficie... que se derrumbó antes del primer mes de existencia. A estos reveses siguieron problemas de ventilación y control térmico. Y finalmente, dado que los costes continuaban disparándose, el proyecto fue abandonado, dejando una zona tan enorme como vacía de kilómetro y medio de largura por casi un kilómetro de anchura, con alturas que variaban entre quince y veinticinco metros. Permaneció abandonada durante casi una década, y más tarde el elemento criminal la ocupó y tomó posesión de ella.

    Los primeros que se escondieron allí fueron los chulos, las rameras y los traficantes de drogas. Pronto los imitaron los peristas, que construyeron almacenes alargados y de techo bajo donde pieles, joyas, cuadros, aparatos y los mil y un artículos cobrables que tanto fascinaban a las multitudes hastiadas podían envejecer antes de volver al mercado.

    Después llegaron los contrabandistas de grandes mercancías. Los robots habían hecho su breve aparición en la sociedad humana antes de que la gente descubriera que su presencia creaban aún más tiempo de ocio; estaban proscritos desde hacía años, pero todavía podían adquirirse en Ciudad Oscura. Los automóviles, tanto los que empleaban combustibles fósiles como los que requerían energía eléctrica o solar, estaban prohibidos bajo casi todas las cúpulas de la nación, pero la persona que disponía de espacio para tener uno en secreto podía comprarlo en Ciudad Oscura. Las armerías abundaban, igual que las tiendas especializadas en herramientas para el oficio de desvalijador de viviendas.

    Las calles solían estar desiertas, ya que Ciudad Oscura no era sitio para mirones de escaparates. Si una persona tenía algo que hacer allí, sabía adonde ir; si no tenía asuntos que resolver, no iba a Ciudad Oscura.

    No había alumbrado público propiamente dicho, aunque diversas lámparas de argón aparecían empotradas en las rocosas paredes de la caverna, confiriendo a Ciudad Oscura un perpetuo fulgor de apagado color azul.

    Jeremías, con todas sus posesiones terrenas en una mochila y su caudal, no muy abundante, plegado en uno de los bolsillos, entro furtivamente en Ciudad Oscura con el mismo silencio que una de las ratas que merodeaban por los callejones. Fue directamente a una pensión de mala muerte y, dando un nombre falso, alquiló una pequeña habitación.

    Hecho eso, recorrió la calle húmeda y pestilente que conducía al Bar Siniestro, una taberna para drogadictos que, a pesar de su relativa inaccesibilidad, había logrado una fama que se extendía mucho más allá del complejo de Chicago. Allí una persona podía pedir un vaso de zumo eufórico venusino (que ni era zumo ni provenía de Venus) y sumirse al instante en un trance alucinógeno que duraba entre diez minutos y dos horas. Algunas de las mezcolanzas más famosas (la Explosión Gigantesca, el Pulsar y el siempre popular Polvo de Puta) tenían potencia suficiente para quemar cualquier circuito neural del cerebro de un consumidor habitual en cuestión de días; se sabía de novatos que habían muerto con sólo dos copas. Jeremías no era un novato.

    Se sentó ante una mesita y esperó a que una de las camareras semidesnudas se acercara y le sirviera. Nadie pareció advertir su presencia durante casi cinco minutos. Después un hombre bien vestido se aproximó.

    —Hola, Karl —dijo Jeremías.
    — ¿Qué demonios haces tú aquí? —espetó Karl Russo, propietario y encargado de la barra del Bar Siniestro.
    —Espero a que me atiendan —dijo Jeremías.
    — ¿No tienes dos dedos de cerebro? —preguntó Russo—. ¿No sabes que Moore ha enviado asesinos en tu busca?
    —Sus hombres me buscarán en el Espectáculo de Emociones Fuertes —replicó Jeremías confiadamente—. Pasarán días antes de que bajen aquí.
    —Días, ¿eh? —dijo Russo—. ¿Entonces por qué sé yo que han puesto precio a tu cabeza?
    — ¿Qué quieres decir?
    — ¿Quién demonios crees que es el dueño de la mitad de garitos de Ciudad Oscura? ¡Moore, ése es el dueño! Y tú, igual que un idiota, le facilitas tu descripción, ¡hasta el mismo color de tus ojos! Ha ofrecido diez mil dólares a quien te delate, y hay un dibujo de tu cara clavado en todos los garitos.
    —Moore actúa con rapidez, ¿no? —comentó Jeremías, obviamente inalterado.
    —Naturalmente que sí —respondió Russo—. Será mejor que abandones la ciudad un tiempo, si sabes lo que te conviene.
    —Oh, no lo sé. Me gusta estar aquí.
    —Pues sal de Ciudad Oscura por lo menos.
    —Me gusta especialmente Ciudad Oscura —dijo Jeremías.
    — ¿Tienes aserrín en la mollera? —replicó Russo—. ¿Cuántas personas has visto desde que llegaste aquí? ¿Cinco? ¿Diez? ¡Seguramente la mitad han informado ya de tu paradero a los matones de Moore!
    —Supongo que sí —dijo Jeremías—. Bien, ¿puedo tomar algo?

    Russo dejó caer su puño sobre la mesa.

    — ¡Maldita sea! ¡Te comportas como si quisieras que te encontrara!
    —No. Pero desde luego quiero que lo intente.
    — ¡Has perdido el juicio! Sea cual sea tu plan, olvídalo. Quédate otras dos horas en Ciudad Oscura y eres hombre muerto. Demonios, seguramente lo eres ya.
    —Creo que tomaré un Polvo de Puta —dijo Jeremías, risueño.
    — ¿Piensas tener algo que Moore desea? —preguntó Russo—. ¿Cierta experiencia, alguna información? ¡Olvídalo! Lo único que quiere él es tu cuero cabelludo. No sé por qué te busca, pero si está tan enfurecido como para ordenar tu muerte y ofrecer una recompensa, tratar con él será imposible.
    —No para un tipo listo y joven como yo —dijo Jeremías, todavía sonriente. Se sentía contento. Si toda la atención de Moore estaba centrada en él, su posición para negociar se vería reforzada posteriormente.
    —Si tuvieras la mitad de inteligencia que de valor, te ensuciarías los calzoncillos —dijo Russo, muy disgustado—. Ahora sal corriendo de aquí. Van a destrozarme el local a balazos para cogerte.
    — ¿Qué estás diciendo?
    —Vete. Te doy cinco minutos de ventaja. Luego diré a Moore que has estado aquí.
    —Pensaba que éramos amigos —dijo Jeremías.
    —Sólo si conviene al negocio. Y en este momento ser tu amigo es casi lo peor del mundo para mi negocio, por no hablar de mi salud. —Russo señaló un reloj de pared—. Te quedan cuatro minutos y medio.

    Jeremías se alzó de hombros, se levantó y caminó hacia la puerta, dedicando un lascivo guiño a una de las camareras al pasar junto a ella.

    —Volveré el mes que viene —dijo a Russo—. Creo que me debes un par de tragos gratis por eso. —Volvió la cabeza hacia la camarera—. Te veré entonces.

    Fue a otras tres pensiones, alquiló una habitación en todas y estaba dirigiéndose hacia una cuarta cuando vio varios hombres que bajaban las escaleras de piedra talladas en el lateral de la pared situada detrás del Bar Siniestro. Se agachó junto a un pequeño almacén y examinó atentamente a los desconocidos. Su vestimenta no era la típica de los arrabaleros ricos, ni la de los habitantes normales de Ciudad Oscura, y presentándose en tan elevado número sólo podían ser hombres de Moore.

    A Jeremías le sorprendió que hubieran llegado con tanta rapidez, pero no se desanimó. En tiempos se decía que un ciervo, antes de que esta especie se extinguiera, podía ocultarse fácilmente de dos cazadores armados en tan sólo media hectárea de terreno boscoso. Jeremías era muchísimo más listo que un ciervo, y Ciudad Oscura muchísimo más grande que media hectárea.

    Se descalzó y metió los zapatos en la mochila, se puso unas zapatillas con suela de caucho y echó a correr en silencio en ángulo recto respecto a los pistoleros. Pasó a toda velocidad junto a un largo trecho de burdeles y garitos de drogas y finalmente se agachó entre dos edificios para comprobar si le seguían.

    Hasta ese momento, todo iba bien. Trepó por el lateral de uno de los edificios y no tardó en llegar al tejado, a cuatro metros de altura sobre el suelo. Después, tras quitarse la mochila, dejó ésta en el piso y, usándola a modo de almohada, se tumbó. Los matones tardarían horas en registrar la infinidad de pensiones, y Jeremías estaría tan a salvo en el tejado como en el mejor de los escondrijos. La comida no sería problema, además; después de su visita a Sueños Hechos Realidad había metido en la mochila varias bolsas de productos concentrados derivados de la soja, lo suficiente para más de dos semanas, tres si tenía cuidado.

    Más tarde se despertó sobresaltado. Era imposible medir el paso del tiempo en la cámara subterránea, pero Jeremías estaba convencido de no haber dormitado más de un par de horas, ya que no se sentía entumecido ni descansado. Uno de los hombres de Moore estaba recorriendo lentamente la calle, delante mismo del edificio, y el hueco resonar de sus pies en el húmedo pavimento había despertado a Jeremías.

    Se levantó y caminó en silencio hacia el borde del tejado. Era muy fácil saltar sobre el pistolero; la misma fuerza del impacto bastaría quizá para matarlo. Pero Jeremías rechazó la idea. No quería presentar batalla, tan sólo impresionar a Moore con su habilidad para sobrevivir. Además, si mataba al tipo, Moore se limitaría a mandar otros.

    Observó al hombre de Moore durante varios minutos más, y por fin decidió seguir durmiendo. Dio media vuelta y regresó al centro del tejado. De pronto su pie se hundió en una parte débil de las podridas tablas.

    El desconocido se volvió e hizo cuatro rápidos disparos en la dirección aproximada de Jeremías. Éste corrió hacia la mochila, la cogió sin detenerse y se lanzó por el otro lado del edificio. Cayó de pie y echó a correr por el callejón, cruzando en zig zag las largas y espectrales sombras.

    Siguió corriendo hasta llegar al final del callejón y giró a la derecha junto al edificio indescriptible que era la sede extraoficial del no menos extraoficial gremio de asesinos de la ciudad. Nadie le disparó, detalle indicativo de que desconocían la identidad de Jeremías o bien, mucho más probable, no tenían intención alguna en ayudar a un hombre que contaba con pistoleros a sueldo. Entró en una pequeña fábrica abandonada de armas de fuego, corrió hacia la parte trasera y salió por una ventana rota. Se detuvo un momento para comprobar si había ruido de pasos, pero no captó ninguno. Poco a poco, con gran precaución, asomó la cabeza por la esquina de la fábrica y trató de observar el máximo tramo posible de la calle. Ésta parecía desierta.

    Acto seguido, tras esconder la cabeza de nuevo, dio media vuelta y echó a correr en dirección opuesta. Se detuvo al llegar a la otra esquina y a punto estuvo de toparse con otro hombre de Moore, que avanzaba por la calle arma en mano.

    Esperó a que el matón se hallara a más de doscientos metros de él y cruzó entonces al otro lado. Casi había conseguido regresar a las indistintas sombras cuando oyó un brusco pistoletazo. Fragmentos de piedra rociaron su cara, arrancados por la bala del borde de un edificio.

    Echó a correr otra vez, entró y salió en varios almacenes, cambió de dirección manzana tras manzana, aflojó el paso cuando le pareció prudente... En menos de una hora había dado una vuelta casi completa a Ciudad Oscura, y en ese momento avistó el brillo del Bar Siniestro.

    Llegó a trescientos metros del local, casi sin resuello, y entonces vio dos pistoleros delante de la entrada. Tras dar media vuelta una vez más, se adentró en un callejón que le condujo detrás de una hilera de garitos de drogas. Topó con una puerta trasera abierta, entró, se apoyó en una pared y trató de recobrar el aliento. Escuchó gemidos, extraños gorjeos en la parte opuesta y decidió no aventurarse a salir por la puerta delantera. Seguramente aquellos sonidos procedían de alguien sumido en un trance tan turbador que difícilmente sería una amenaza, pero Jeremías no podía saber con seguridad si aquella persona estaba sola y no valía la pena correr ese riesgo.

    Salió en silencio por la puerta trasera y vio que un hombre avanzaba hacia él por el callejón. Echó a correr en dirección contraria, oyó varios disparos y notó una quemadura en su codo izquierdo. Lanzó una maldición, apretó el paso y se introdujo en el primer edificio con puerta trasera que encontró.

    Sin dudarlo un momento, cruzó la vivienda y salió a la calle por la puerta principal. Sonaron dos nuevos disparos, procedentes de distinta dirección, y Jeremías entró a la carrera en otro edificio.

    El lugar era espacioso y estaba bien amueblado. Una escalera de caracol ascendía hacia un piso superior perdido en las sombras. Jeremías la subió rápidamente, de tres en tres escalones y cruzó una puerta en la parte superior. La puerta se cerró sola, y Jeremías se encontró en un salón suntuosamente decorado. La alfombra era afelpada y espesa, el papel de las paredes aterciopelado, varios sofás para dos personas se alineaban junto a los muros y suave música grabada brotaba de ocultos altavoces.

    —Bienvenido —sonó una voz grave y resonante.

    Jeremías se sobresaltó y volvió la cabeza. La habitación estaba vacía.

    —Acaba de entrar en la Plaza Gomorra, el colmo de la experiencia en burdeles.

    Jeremías corrió hacia la puerta, pero estaba cerrada.

    —Celebramos que haya elegido la Plaza Gomorra, donde experiencias sensuales insólitas aguardan incluso al más hastiado de los hedonistas. Aparte de otros que como usted buscan satisfacción y placer, ni un solo ser vivo está de servicio. Hasta la voz que oye ahora está grabada. Aquí no experimentará vergüenza, humillación o amenaza de censura pública. ¡Sea arrojado, sea malicioso, sea inventivo, no se inhiba, sea usted mismo! Lo único que pedimos es que nos permita demostrarle nuestra extraordinaria capacidad para servirle y satisfacer todos sus deseos. —Hubo una pausa—. Las habitaciones cuatro, quince, dieciocho y veinticuatro están disponibles en estos momentos. Las encontrará en el pasillo a su izquierda. El pago lo efectuará cuando salga. Aceptamos cualquier tipo de moneda o tarjeta de crédito actualmente en uso en Europa y el Hemisferio Occidental, así como bonos debidamente endosados de clase doble A o superior. Puede recurrir a otras formas de pago mediante acuerdo especial.

    Se abrió una puerta en la parte izquierda de la sala y Jeremías Salió corriendo por allí. Trató de introducirse en la primera habitación que encontró, comprobó que estaba cerrada herméticamente y se precipitó hacia el extremo del pasillo, muy largo y débilmente iluminado, donde topó con una puerta cuyos intermitentes diodos formaban el número 24.

    La abrió, cruzó un cuarto de vestir, oyó el ruido de la puerta al cerrarse detrás de él y caminó presurosamente hacia la ventana de la pared opuesta.

    —Hola, guapetón —sonó una voz suave y sensual.

    Jeremías se detuvo bruscamente y vio una pelirroja voluptuosa, totalmente desnuda, junto al pie de una enorme cama de bronce.

    —Hoy no, hermana —dijo—. Tengo una prisa terrible.
    —Me alegra que hayas podido venir esta noche —dijo la pelirroja en tono uniforme. Extendió una mano y cogió por el brazo a Jeremías.

    Jeremías intentó soltarse, y le sorprendió averiguar que no podía.

    —Llevo la semana entera esperando alguien como tú —dijo la pelirroja mientras lo arrastraba hacia la cama.

    Jeremías oyó el lejano ruido de una puerta al venirse abajo.

    — ¡Maldita sea, ya están aquí! —refunfuñó—. ¡Suéltame, puta estúpida!
    —Si quieres que te haga algo especial, sólo tienes que pedirlo —dijo la pelirroja, y se echó en la cama—. Estoy programada para realizar cualquier acto del Kama Sutra, The Perfumea Garden y las obras de Krafft-Ebing.
    — ¿Programada? —chilló Jeremías en el mismo momento que se derrumbaban otras dos puertas—. ¡Oh, Dios, suéltame, condenada máquina!

    Golpeó con los puños la cara del robot. La pelirroja sonrió y le mordisqueó cariñosamente la oreja.

    — ¡Suéltame! —suplicó él—. ¡Van a matarme!

    El robot puso a Jeremías encima de su cuerpo, lo envolvió con brazos y piernas y movió rítmicamente caderas y torso.

    Jeremías le hundió la rodilla entre los muslos, le mordió el cuello y le metió el pulgar en el ojo izquierdo.

    —Oh, vas a ser muy bueno, encanto —musitó ella mecánicamente—. Mejor que todos los demás.

    Jeremías oyó el ruido de la puerta de la habitación al venirse abajo, oyó los pasos de los cinco hombres de Moore que se acercaban a la cama.

    — ¡SUÉLTAME! —gritó.
    —Oh, encanto, eres el más grande —sonó la monótona voz del robot en el mismo momento que cinco pistolas abrían fuego al unísono.


    5


    El estruendo del disparo fue ensordecedor.

    — ¿Dónde está la bala? —preguntó Moore mientras dejaba a un lado la pistola.

    Pryor cruzó la habitación.

    —Aplastada contra la caja —respondió.

    Moore se volvió hacia los ocho agentes de seguridad que aguardaban nerviosamente ante el escritorio.

    —Caballeros —dijo, intentando dominar su mal humor—, usando una de vuestras armas he logrado alcanzar una pequeña caja fuerte a una distancia de seis metros... y yo no soy pistolero profesional. Bien, ¿alguien tiene una explicación lógica de lo que sucedió?

    No hubo respuesta, y Moore miró directamente al jefe de seguridad.

    —Montoya, tú lo seguiste hasta Gomorra. ¿Cómo se escapó?

    Montoya, un hombre de poca estatura, delgado y fuerte, de ojos oscuros y hundidos, se limitó a menear la cabeza y alzarse de hombros.

    —Muy bien —dijo Moore mientras paseaba de un lado a otro delante de los ocho hombres—. Veamos si lo entiendo. Jeremías subió corriendo las escaleras y entró en una habitación, mientras Montoya aguardaba refuerzos. Cuando llegaron otros cuatro hombres, un robot tenía al tipo totalmente indefenso. Entrasteis los cinco, rodeasteis la cama, apuntasteis tranquilamente y disparasteis cuarenta y tres balas en total. ¿Correcto hasta ahora?
    —Sí, señor —dijo Montoya.
    — ¿Disparasteis a menos de cinco metros?

    Montoya asintió.

    —Y cinco de los mejores pistoleros de la ciudad dispararon a quemarropa y no lograron matar, ni siquiera herir a un hombre que estaba delante de ellos —continuó Moore con fría furia—. No sólo eso, además reventasteis la cabeza del robot y dejasteis que Jeremías quedara libre, saltara por la ventana y os eludiera por completo. Y repito: ¿tiene alguien una explicación lógica?
    —Gustosamente me sometería a una sesión de la Máquina Antimentiras, señor Moore, si cree que algo de lo que le hemos contado es falso o inexacto —dijo Montoya.
    —Eso ya está preparado —repuso Moore—. Todos vosotros, nada más salir de aquí, iréis a la habitación de la Antimentiras. Podría añadir que el voltaje será casi mortal. Aquí está pasando algo raro, y quiero llegar al fondo del asunto. —Miró a Pryor—. Ben, quiero que registréis esa habitación del burdel. Averiguad cuántas balas hay en las paredes, en el robot, en todas partes.
    —Ya lo había ordenado —replicó Pryor—. Conoceremos los resultados dentro de poco.
    —También quiero saber cómo se las apañó Jeremías para salir de Ciudad Oscura después del tiroteo.
    —De acuerdo —dijo Pryor.

    Moore volvió a encararse con los ocho pistoleros.

    —Muy bien, salid de aquí —dijo muy disgustado.

    Mientras se iban en fila india, el ordenador de bolsillo de Pryor emitió una señal.

    —Ya lo tengo — anunció Ben.
    — ¿El qué? —preguntó Moore.
    —Un informe de Gomorra. Encontraron treinta y dos balas en la cabeza y las extremidades del robot, y otras cuatro en el colchón.
    — ¿Y las otras siete?
    —Ni rastro. Pero sabemos que Jeremías llevaba una mochila. Seguramente la llevaba cargada con envases y algún arma. Es de suponer que cuatro o cinco de las balas quedaran alojadas en la mochila.
    — ¿Por qué cuatro o cinco? —preguntó Moore—. ¿Por qué no las siete?
    —Porque había huellas de sangre en el suelo y en la ventana. Debieron herirle una vez como mínimo, tal vez dos.
    —Pero no lo suficiente para frenarlo —dijo Moore—. ¡Maldita sea, Ben, todo esto es increíble!
    —Estoy de acuerdo —dijo Pryor—. Pero ya que él hizo una fuga perfecta, sería mejor que empezáramos a creerlo... a menos que quieras creer que un miserable pordiosero ha pagado a cinco hombres que nos son leales desde hace años. —Hizo una pausa para encender un cigarrillo—. En cuanto a la reconstrucción de la escena qué puedo hacer yo, nuestros otros tres muchachos debieron dirigirse a la Gomorra en cuanto oyeron los disparos, y evidentemente Jeremías logró escabullirse y salir de la Ciudad Oscura mientras todos intentaban explicar lo sucedido. —Se alzó de hombros—. Es una locura, pero no hay otra forma de que los hechos encajen.
    — ¡Esto es totalmente absurdo! —repitió Moore—. ¿Cómo es posible que cinco tiradores de primera disparen cuarenta y tres balas a menos de cinco metros y ni siquiera frenen al tipo? Demonios, si el simple ruido debería haber bastado para matarlo del susto...
    —Por lo que dicen los muchachos, él estaba casi loco de miedo antes de que empezaran a disparar —dijo Pryor.
    — ¡No se me ocurre ninguna explicación racional! —gruño Moore—. Me refiero a que no parece que él tenga un exceso de cerebro. Consideremos los hechos. Primero, encarga a una mujer de cincuenta kilos que me mate con un arma que la obliga a estar cerca de mí. Eso fue pura tontería. Segundo, intenta camuflar el Bazar de la Rareza cuando yo conservo una tarjeta comercial con las señas. Más estúpido todavía. Tercero, usa un lisiado y un Blanco Viviente como cómplices, personas cuya identificación y localización no es precisamente lo más difícil del mundo. Cuarto, entrega el impreso de solicitud de Sueños Hechos Realidad, detalle que nos indica con exactitud su aspecto físico. Quinto, entra en el tugurio de Russo y se deja ver. Sexto, para tratar de ocultarse de nuestros muchachos sube al tejado del almacén más ruinoso de Ciudad Oscura y logra que el suelo se abra bajo él. Séptimo, se mete en una habitación con un robot ramera y consiente en quedar indefenso mientras nuestros hombres llegan y le disparan. ¡Demonios, un imbécil de remate se habría comportado con más inteligencia! Y sin embargo, Jeremías sigue suelto, y nuestra organización parece formada por un puñado de incompetentes.
    —Lo dices como si fuera algo más que suerte —observó irónicamente Pryor.
    — ¿Llamas suerte a que las tres cuartas partes de las balas alcanzaran al robot? —replicó Moore con brusquedad—. Esos tipos son especialistas, Ben. ¡No podían fallar!

    Pero la Máquina Antimentiras no tardó en comprobar que los matones decían la verdad, y Moore no tuvo más opción que ordenar la continuación de la búsqueda.

    —Otra cosa, soltad a Lisa Walpole —dijo a Pryor— y seguidla. —Si ella supiera dónde encontrar a Jeremías, te lo habría dicho mientras estaba bajo los efectos del suero de la verdad —repuso Pryor.
    —Lo sé —contestó Moore—. Pero él podría tener algún motivo para ver a la chica, y si la ve quiero estar enterado. —Hizo una pausa—. Además, debe haber huellas dactilares en el burdel. Compruébalas, a ver si averiguamos quién demonios es ese tipo. ¿Tiene apellido? ¿Dónde vive? ¿Y por qué me acosa? No puede ser tan imbécil como aparenta, o no sería capaz de vestirse sin ayuda por la mañana. Quiero averiguar todo cuanto sea posible sobre él.

    Pryor asintió y salió del despacho para poner en práctica las órdenes.

    El jefe de seguridad entró instantes más tarde, y se situó muy nervioso ante el escritorio.

    —Siéntate —dijo Moore, señalando una silla de madera—. Por más que me cueste creerlo, parece que no has mentido. Volvemos a estar en el punto de partida. Sigo queriendo saber por qué Jeremías no ha muerto.
    —Con franqueza, no lo sé, señor.
    — ¿Notaste algo anormal, por parte de Jeremías o en la habitación en general?
    —Nada en absoluto —replicó Montoya, meneando la cabeza—. ¡Caramba, señor, imposible que él supiera a donde iba! Yo estaba pisándole los talones, y se metió en el primer sitio que encontró.
    — ¿Estás seguro de que no lo planeó para que pareciera así? —sugirió Moore.
    —Totalmente.
    —Muy bien. En confianza, ¿a qué achacarías tú que todo saliera mal?

    Montoya hizo un elocuente encogimiento de hombros.

    —Ojalá lo supiera.
    — ¿No pudo ser el robot que estuviera preparado para atraer las balas de alguna forma?
    —Imposible. Sé que algunas balas no llegaron a tocar al robot.

    Moore hizo una mueca.

    —Once en total. —Hizo una pausa—. ¿Quedó muy malherido Jeremías?
    —Las heridas no le impidieron saltar por la ventana y echar a correr en cuanto tocó el suelo. —Montoya sacudió la cabeza—. Todavía no puedo creerlo, señor.

    Moore le ordenó que se fuera, acarició la idea de interrogar a los otros siete pistoleros y decidió no hacerlo. Al fin y al cabo, no podían decirle más que lo que habían dicho a la Máquina Antimentiras. Finalmente llamó de nuevo a Pryor.

    —Ben, no podemos seguir sentados esperando que Jeremías vuelva a actuar. Quiero que localices un actor que tenga mi aspecto, que lo vistas con mi ropa y que lo envíes a todos los sitios que suelo visitar: restaurantes, gimnasios, librerías, cualquier lugar donde puedo ir yo.

    Pryor expresó duda.

    —No creo que él muerda el anzuelo, pero podemos intentarlo.
    —De acuerdo. Y averigua porqué demonios hay tantos problemas para localizar a Krebbs.
    —Sería muy útil tener una foto.
    — ¡Demonios, le faltan varios dedos y un ojo! ¿No es suficiente para avanzar?

    Pryor se encogió de hombros.

    —Haré correr la voz de que continuamos interesados en él.
    —Otra cosa —agregó Moore—. Por lo poco que sabemos de Jeremías, yo diría que es incapaz de pasar por alto todo lo que se contonea. Investiga, busca un par de chicas que lo conozcan.
    — ¿Puedo ofrecer un incentivo?
    —Cinco mil dólares por cualquier información. —Moore hizo una pausa—. No, que sean diez mil. Ese hombre es igual que tener picor y no poder rascarse. Cuanto antes sepamos algo concreto sobre él, tanto mejor.

    Pryor asintió y se fue.

    El siguiente punto del orden del día era la mujer de Sueños Hechos Realidad que había recogido la solicitud de Jeremías, pero tampoco ella pudo añadir detalles al escaso cuerpo de conocimientos sobre él que poseían. Nadie del espectáculo de Emociones Fuertes lo recordaba. No tenía antecedentes policiales. Karl Russo lo conocía como cliente, pero no ofreció información útil. Ni siquiera el contacto de Moore introducido en el gremio de criminales pudo colaborar.

    El primer cambio se produjo al atardecer, cuando se encendió la luz intermitente del teléfono. Moore descolgó el auricular.

    — ¿El señor Moore? —dijo una voz femenina.
    — ¿Quién habla? —preguntó Moore—. ¿Cómo ha conseguido este número?
    —Me lo dio un empleado suyo, un tal Visconti —replicó ella—. Me dijo que usted podía tener algo para mí.
    — ¿Por ejemplo?
    —Diez mil dólares.
    — ¿Conoce a Jeremías?
    —Sí.
    — ¿Por qué no facilitó la información a Visconti?
    —Porque él no tenía el dinero —contestó la mujer.
    —Venga a verme y lo tendré aguardándola.
    —No, gracias. Si Salomón Moody Moore desea desembolsar tanto dinero simplemente por una información, eso indica que Jeremías debe ser un hombre bastante peligroso. No quiero que me vean cerca de su oficina.
    —Escoja usted hora y lugar —dijo Moore—. Acudiré.
    — ¿Solo?
    —Por supuesto que no —dijo Moore—. No permitiré que me engatusen dos veces en una semana.
    —Tendré que pensarlo.
    —Quince mil —dijo Moore al instante.

    Se produjo un momentáneo silencio.

    —De acuerdo —dijo ella por fin.
    —Estupendo. ¿Dónde nos encontramos?
    —En el Museo de la Muerte.
    —Nunca había oído hablar de ese sitio. ¿Está muy lejos?
    —En Evanston. Encontrará la dirección en el listín.
    — ¿Cuándo?
    —A las diez de la noche.
    — ¿Y si el museo está cerrado? —preguntó Moore.
    —Lo estará.
    —En ese caso...
    —Esté allí a las diez, señor Moore —dijo la voz—. Yo me ocuparé de lo demás. Y otra cosa, señor Moore.
    — ¿Sí?
    —No se retrase. Me disgusta que me hagan esperar.

    La mujer cortó la comunicación.

    Moore apretó otro botón del intercomunicador.

    —Quiero hablar por teléfono con Visconti.

    Momentos después el agente telefoneó.

    — ¿Quién es esa mujer que habló contigo de Jeremías? —preguntó Moore.
    —No lo sé. Llevaba gafas de sol, y la peluca roja más brillante que he visto en mi vida. Iba maquilladísima, pero tengo la impresión de que tiene la piel muy pálida.
    — ¿La seguiste?
    —No —repuso Visconti—. Supuse que si realmente sabía algo, no me interesaba asustarla.
    — ¿Cómo se puso en contacto contigo?
    —Hicimos correr la voz por los canales habituales. No tuvo que ser muy difícil. Bien mirado, estamos buscando a Jeremías, no escondiéndonos de él.
    —Cierto —dijo Moore—. Muy bien. Quiero que tú y Montoya estéis en mi despacho a las ocho de la noche.
    — ¿Algo especial?
    —Voy a encontrarme con la mujer esta noche, y quiero que confirmes su identidad, si es posible.

    Interrumpió la conexión y se entretuvo con sus intereses legítimos durante el resto del día. Se disponía a salir acompañado de Montoya y Visconti cuando Pryor le llamó por el intercomunicador.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Moore.
    —Acabamos de encontrar a María Delamond.
    — ¿Quién demonios es?
    —La vieja de la tienda de objetos religiosos —replicó Pryor.
    — ¡Excelente! ¿Dónde está?
    —Tumbada en un callejón detrás del tercer nivel de la Calle Monroe, con el cuello rebanado de oreja a oreja.


    6


    Moore y los dos pistoleros se acercaron al edificio, enorme y en sombras.

    — ¡Dios, qué frío! —murmuró Visconti, y se subió el cuello del abrigo. El viento de diciembre soplaba procedente del lago Michigan.
    —Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que salí de la cúpula en invierno —convino Montoya. Sopló en sus manos—. Había olvidado qué se sentía.
    —Los dos os estáis ablandando por culpa de tantos años de vivir en la ciudad —dijo Moore.
    — ¿No le molesta el frío, señor? —preguntó Visconti.
    —No lo bastante para que me queje.
    — ¡Fíjese en esas torrecillas! —exclamó Montoya—. Este maldito lugar parece un castillo gótico.
    —Más bien una mansión reformada, o tal vez un edificio de la vieja Universidad del Noroeste —replicó Moore—. Cuento seis puertas como mínimo. Visconti, saca la pistola e intenta abrirlas, una por una. Montoya, no te separes de mí y mantén los ojos abiertos.

    Mientras Visconti, un hombretón musculoso de pelo rubio y muy corto, corría hacia la entrada principal, Montoya volvió la cabeza hacia Moore.

    —No he tenido oportunidad de preguntárselo por culpa del problema en Ciudad Oscura —dijo el jefe de seguridad en voz baja—. ¿Qué quiere que hagamos con el señor Prior, señor? ¿Mantener la vigilancia, o concentrar todas nuestras fuerzas en Jeremías?

    Moore meditó la cuestión un momento.

    —Deja dos hombres vigilando a Ben —dijo por fin—. Que todos los demás se concentren en Jeremías.
    — ¿Está seguro de que eso es prudente, señor?
    —Ben no representa un problema inmediato —replicó Moore—. Jeremías está importunándome en estos mismos momentos.

    Visconti se reunió con ellos instantes más tarde.

    —No ha habido suerte —informó—. El edificio tiene seis puertas, y las he probado todas. —Hizo una pausa, pensativo—. Ella sabe que usted lleva el dinero encima. ¿Supone que esto podría ser una trampa?
    —Tú me la recomendaste —respondió Moore—. ¿Crees tú que nos están engatusando?
    —Lo dudo —replicó Visconti después de pensarlo un momento—. ¿Qué nos impide irnos ahora mismo? —Meneó concluyentemente la cabeza. —. No, si ella quisiera tenderle una trampa, creo que lo haría dentro del museo, no aquí.
    —Parece lógico —convino Moore—. De todas formas, toda la lógica del mundo no tendría importancia alguna si nos equivocamos. —Consultó su reloj de pulsera—. Faltan cinco minutos para las diez. Creo que comprobaremos otra vez las puertas a las diez en punto.

    Cinco minutos más tarde Visconti se acercó al edificio y regresó instantes después para informar que una de las entradas laterales estaba abierta.

    Los tres hombres entraron por ella y se detuvieron. Moore atisbo el interior, pero sólo vio un pasillo oscuro.

    —Muy bien —anunció al cabo de un momento—. Montoya primero. Visconti, tú irás detrás. Y recordad: vuestro trabajo consiste en protegerme, no en vengar mi muerte.

    Se adentraron en el edificio y habían dado escasos y vacilantes pasos cuando escucharon una voz femenina:

    —Cierren la puerta y sigan en línea recta.

    Moore hizo una señal a Visconti, que obedeció la orden de la voz. El pasillo describía una brusca curva a la derecha a diez metros de la entrada, terminando en una salita totalmente desprovista de muebles. De pie en el centro de ella se hallaba una mujer con la piel más blanca que Moore había visto nunca. Tenía el cabello corto y negro, ojos muy oscuros, pómulos salientes y una figura que Jeremías no podía haber pasado por alto. Moore supuso que debía estar cerca de los treinta años, aunque no le habría sorprendido averiguar que rondaba los cuarenta.

    —Ordene a sus hombres que guarden las pistolas —dijo la mujer—. Las armas me ponen nerviosa.
    —Las reuniones clandestinas me ponen nervioso —replicó Moore—. Las pistolas seguirán fuera. —Miró a Visconti—. ¿Es la misma mujer?
    —El pelo y el maquillaje son distintos, señor —dijo Visconti—, pero indudablemente la voz suena igual. — ¿Ha traído el dinero? —preguntó la mujer. Moore lo sacó y lo alzó para que ella lo viera. —Magnífico. Vayamos a mi despacho. Allí podremos sentarnos y hablar tranquilamente.
    —Usted primera —dijo Moore mientras él y sus hombres la seguían por una puerta situada en la parte opuesta de la habitación. Llegaron a un espacioso pasillo lleno de cajas de vidrio. Todas ilustraban una escena de fatalidad y destrucción.
    —Ésta es nuestra más popular sala de exposición —dijo la mujer, que aflojó el paso para que Moore pudiera contemplar los recipientes con más atención.

    Los estuches contenían figuras de tamaño natural en diversos estados de sufrimiento y muerte. Allí estaba Mussolini colgado por los tobillos, John Kennedy con la parte superior de la cabeza destrozada por los disparos, Lincoln un microsegundo después de que John Wilkes Booth disparara su pistola.

    —Muy realista —dijo Moore mientras se detenía para observar la agonía de Julio César.
    —Estamos especialmente orgullosos de esta obra —dijo la mujer, señalando la cabeza de María Antonieta, de la que goteaba un reguero de sangre y ganglios, suspendida en el tiempo y el espacio, a medio camino entre la hoja de la guillotina y la cestita que la aguardaba.
    —No está mal —comentó Moore—. ¿Tienen a Braden en alguna parte?
    —En la siguiente sección —replicó ella. Los hizo cruzar otro umbral y se detuvo ante una representación de James Wilcox Braden III, cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos y el único que se había suicidado mientras desempeñaba su cargo.
    —No se parece mucho al hombre que yo recuerdo —observó Moore—. A pesar de todo —añadió, contemplando la sangre que aparentemente brotaba sin cesar de la muñeca y caía en un recipiente con agua caliente—, resulta impresionante.

    Siguieron andando juntos a las otras representaciones. Sade se esforzaba de nuevo en encontrar el punto límite definitivo del alma y el cuerpo humanos, Martín Luther King contemplaba con aire de incredulidad la sangre que se extendía por su camisa y Nikolai Badeliovitch conservaba en su semblante una expresión de incomprensión mientras los fallos del sistema de sostén vital ponían fin a la primera expedición tripulada a Venus.

    Otra sala. En ella habían plagas, hambre, lepra...

    La prisión de Andersonville. Auschwitz. Vlad el Empalador atareado en ganarse su apodo.

    Otra sala más y toparon con los cristianos que caían bajo los colmillos y las garras de los leones, los enormes perros que despedazaban niños negros durante los tumultos de Johannesburg de 1998, héroes, mártires, amantes de mala estrella... Y en una alta vitrina que ocupaba la cuarta parte de la sala, Jesús se retorcía de nuevo en la cruz y sus ojos preguntaban con muda agonía por qué Dios le había abandonado.

    — ¿Qué le parece? —preguntó la mujer en cuanto pasaron junto a la última representación.
    —Me parece fascinante —respondió Moore—. La persona que lo ideó tenía ciertamente una morbosa preocupación por la muerte. —Miró alrededor—. ¿Desde cuándo existe esto?
    —El edificio en sí tiene casi dos siglos de antigüedad —dijo ella—. En cuanto al Museo de la Muerte, lleva en funcionamiento poco menos de cinco años.
    — ¿Quién lo frecuenta? —preguntó Moore—. No pensaba que pudieran atraer suficientes personas para justificar el desembolso.
    —Nos las arreglamos para cubrir gastos —replicó ella—. Viene un número considerable de turistas y curiosos. Y naturalmente también contamos con una clientela muy asidua: historiadores, artistas, especialistas en disfraces y bastantes chiflados.

    Hizo pasar a los tres hombres por un reducido umbral y los condujo escalera arriba hasta llegar a una hilera de oficinas. En las cuatro primeras puertas, que al parecer daban a un mismo salón de enormes proporciones, había rótulos idénticos: ALMACÉN.

    — ¿Qué guardan ahí? —preguntó Moore.
    —Futuras representaciones. ¿Le gustaría ver algunas?
    —Muchísimo.

    La mujer abrió una de las puertas, y una corriente de aire frío acometió a los visitantes. Moore entró y se encontró ante quizá cincuenta cadáveres, todos ellos ordenadamente clasificados y depositados en losas.

    —Los mantenemos refrigerados hasta que nos hacen falta —explicó la mujer.
    —De modo que no eran figuras de plástico lo que he visto...
    —Yo diría que no.
    — ¿De dónde sacan los cadáveres? —preguntó Moore.
    —En principio la morgue cubría nuestras necesidades, pero muchos ejemplares estaban tan mutilados que era imposible usarlos. Desde hace poco los obtenemos de otros sitios.
    — ¿Por ejemplo?
    —Secreto comercial —dijo ella, risueña, y condujo a los tres hombres fuera del salón—. Mi despacho es el último a la izquierda.
    —Deduzco que usted es algo más que una simple guía turística —observó secamente Moore.
    —Oh, soy un poco de todo —replicó ella.

    Se acercó a su despacho e insertó una ficha de ordenador en la cerradura. Moore avistó brevemente el rótulo dorado de la puerta antes de entrar con la mujer.

    MOIRA RALLINGS
    TAXIDERMISTA


    La mujer se volvió hacia Moore.

    —Ordene a sus hombres que inspeccionen el despacho y nos esperen afuera.

    Moore hizo una seña a Montoya y Visconti, que revisaron la habitación de arriba abajo y anunciaron que parecía segura. Moore les indicó que aguardaran en el pasillo y cerró la puerta.

    —Siéntese, señor Moore —dijo Moira Rallings, y tomó asiento en una mecedora de madera en un oscuro rincón del pequeño y acogedor despacho.

    Moore pasó junto a una gran estantería llena a rebosar de textos sobre anatomía y taxidermia y algún libro ilustrado de historia, y se sentó en el borde del atestado escritorio.

    — ¿Hablamos de negocios? —preguntó.
    —Para eso estamos aquí.
    —Estupendo. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Quién es Jeremías el G? ¿Cuál es su nombre real?
    —No lo sé.
    — ¿Dónde vive?
    —Tenía un piso en Skokie, pero está abandonado ahora.
    — ¿Por qué quiere matarme?

    Moira reflejó sorpresa.

    —No sabía que él quisiera matarle.
    —Tal vez estamos abordando mal el problema —sugirió Moore—. ¿Por qué no explica todo lo que sepa de él?
    —Sé que me gustaría verlo muerto tanto como a usted —dijo Moira con obvia sinceridad—. Y sé que no podrá seguirle el rastro mediante los canales habituales. No tiene antecedentes delictivos, y una vez me contó que jamás le habían tomado huellas dactilares o fonéticas.
    — ¿Qué me dice de identificación retinal?
    —Si logra acercarse a él lo suficiente para obtener ese dato, no creo que le haga falta —replicó ella con una sonrisa—. Además, esa técnica sólo se aplica desde hace ocho o diez años. Deduzco que el dato no estará registrado.
    —Ha dicho que desea verlo muerto. ¿Por qué?
    —Robó los ahorros de toda mi vida.
    — ¿Cómo?

    Moira suspiró profundamente.

    —Será mejor que empiece por el principio. Un día, hace tres meses, le vi robando carteras aquí mismo, en el museo, y amenacé con denunciarle. Ofreció repartir el dinero conmigo si yo guardaba silencio.
    — ¿Aceptó?
    —Guardé silencio —dijo Moira—, pero no acepté un solo billete. Jeremías vino a vivir conmigo dos días después.
    —En el piso de usted, no en el de él.
    —Exacto.
    —En ese caso, por lo que usted sabe, la dirección de Skokie podría no existir.
    —Existe —replicó amargamente ella—. Fui allí cinco semanas más tarde, después de que él se fuera con mis ahorros y mis joyas.
    —Supongo que no lo encontraría...

    Moira meneó la cabeza.

    — ¿Cómo estaba registrado el piso?
    —A nombre de Joseph L. Smith.
    — ¡Joe Smith! —dijo Moore, incrédulo—. ¿Cómo es posible que un aficionado como ése no haya caído todavía? ¡Joe Smith, por el amor de Dios! —Sacudió incrédulamente la cabeza—. Bien, sigamos. ¿Qué averiguó de él mientras vivían juntos?
    —Nació en Tel Aviv...
    —Pensaba que era ciudadano norteamericano —la interrumpió Moore.
    —Lo es. Su madre era una arqueóloga norteamericana. Estuvieron en Israel hasta que él cumplió diez u once años, y luego fueron a Egipto.
    — ¿Vive todavía la madre?
    —No. Los padres murieron en un accidente cuando Jeremías tenía catorce años, y regresó a los Estados Unidos para vivir con una tía. No sé el nombre de ella. Jeremías se fue de su casa al cabo de un par de meses y se las ha arreglado solo desde entonces.
    — ¿Dónde ha vivido?
    —Déjeme pensar un momento —dijo Moira, bajando la cabeza. Finalmente miró de nuevo a Moore—. Manhattan, el complejo de Denver, Seattle y después Chicago. Trabajó en una biblioteca, pero no sé de qué ciudad. Tengo la impresión de que sus ocupaciones eran muy humildes.
    — ¿Cuánto tiempo lleva él en Chicago?
    —Poco más de un año —replicó Moira.
    — ¿Qué hacía él antes de entenderse con usted? —insistió Moore.
    —Pedía limosna, estafaba, robaba. Un poco de todo... excepto trabajar.
    — ¿Dónde cree que andará ahora?
    —No lo sé.
    — ¿Qué aficiones tiene ese hombre?
    —Ninguna —dijo Moira—. Sabe mucho de arqueología, pero debe ser simplemente por su educación. Me comentó una vez que sabía hablar hebreo y árabe con la misma fluidez que el inglés, pero tal vez mintiera. —Sonrió tristemente—. Jeremías miente mucho.
    — ¿Tiene algún alias?
    —Sólo conozco uno: Manny el G. Pero tengo la impresión de que no es el único.
    — ¿Es jugador?

    Moira meneó la cabeza.

    —No jugaba cuando yo lo conocí. Perdió todos sus fondos en un combate de boxeo que creyó estaba amañado, y no ha hecho una apuesta desde entonces.
    — ¿Mucho dinero? —preguntó bruscamente Moore.
    —No lo sé, pero por la forma que lo explicaba, debió ser una suma bastante importante.
    — ¿Qué combate?
    —No sé nada de boxeo. Pero Jeremías mencionó los nombres de los boxeadores como si todo el mundo tuviera que conocerlos. Debió ser hace... hace nueve o diez meses.
    —Seguramente el combate Tchana-Makki por el título de los pesos pesados —dijo Moore—. Nos pondremos en contacto con los agentes de apuestas e intentaremos obtener una pista. En cuanto a los padres de Jeremías, sólo nos queda el camino difícil: averiguar qué arqueólogos norteamericanos estuvieron en Israel hace veinte años y fallecieron en Egipto durante la última década.
    — ¿Puede una organización como la suya hacer eso? —preguntó con curiosidad Moira.
    —Le sorprendería saber cuántas cosas podemos hacer si nos lo proponemos —replicó Moore con una torva sonrisa—. O mejor dicho, cuando yo me lo propongo. —Hizo una pausa—. ¿Sabe si Jeremías ha estado casado alguna vez?
    —Nunca lo mencionó —dijo ella, encogiéndose de hombros.
    — ¿Algún hijo, legítimo o no?
    —Ninguno, que yo sepa.

    Moore la contempló un largo momento.

    —Usted parece ser una mujer bastante inteligente, bastante atractiva, bastante selectiva —dijo por fin—. ¿Por qué demonios aceptó vivir con un estafador tan estúpido como Jeremías?
    —No lo sé, francamente —contestó ella, nerviosa—. Sucedió así.
    —Debe ser un hombre muy atractivo.
    —No es especial —dijo Moira, con expresión de asombro—. Esto es lo más curioso. Jeremías ni siquiera destaca en la cama. Recordando todo esto, estoy más sorprendida que usted.

    Moore se levantó, se desperezó y anduvo hacia una ventana con vista al oscurecido suburbio.

    —Basándose en lo que sabe de él, ¿por qué piensa que Jeremías desea matarme?
    —No creo que él desee hacerlo —replicó Moira, pensativa—. Si lo deseara, usted ya habría muerto.
    — ¿De quién pretende burlarse? —dijo Moore con una carcajada despreciativa—. Jeremías sería incapaz de matar un pez en un barril sin destrozarse medio pie.
    —Es un hombre poco normal —comentó Moira—. No sé por qué o cómo, pero siempre se sale con la suya. Llámelo suerte si quiere, pero si él quisiera realmente acabar con usted, creo que lo conseguiría.
    —No creo en la suerte —dijo Moore, esforzándose en no recordar el episodio de la Plaza Gomorra.
    —Allá usted —repuso ella—. Pero por suerte o por lo que sea, las cosas siempre parecen salirle bien.
    —En ese caso, ¿por qué él continúa siendo un ladrón de poca monta? —preguntó Moore.
    —No lo sé.
    — ¿Qué ambiciones tiene? ¿Qué pretende?
    —Creo que ni siquiera Jeremías podría responderle. Se diría que vive al día. Nunca lo vi preocupado o trastornado. Cuando necesitaba dinero, iba a buscarlo.
    — ¿Para qué necesitaba dinero? —se apresuró a preguntar Moore—. ¿Tenía algún vicio que pagar?
    —Sé que iba con frecuencia al local de Karl Russo, en Ciudad Oscura, pero no creo que tuviera vicios.
    — ¿Opina usted por tanto que si yo investigara a los distribuidores de drogas locales acabaría con las manos vacías?

    Moira guardó silencio para meditar la cuestión.

    —Seguramente —dijo al fin.
    —Si como usted dice él no desea matarme, ¿qué es lo que quiere?
    —Conociendo cómo piensa, yo diría que Jeremías trata de impresionarle para que le dé un buen empleo en su organización.
    — ¿Lo cree realmente? —preguntó Moore en tono de escepticismo.
    —Es una conjetura probable, simplemente eso —dijo Moira.
    — ¿Por qué demonios lo dejarían salir de la guardería? —dijo Moore mientras meneaba la cabeza, asombrado. Volvió al escritorio—. Si le dijera que Jeremías está herido, ¿dónde piensa que iría él para que le curaran?
    —No creo que se preocupara por eso —replicó Moira—. Si estaba lo bastante bien para esquivar al atacante, seguramente estará lo bastante bien para no arriesgarse a visitar a un médico.
    — ¿Tiene algún amigo que usted conozca?

    Moira meneó la cabeza.

    — ¿Le dice algo el nombre Krebbs, un viejo al que le falta un ojo y dos dedos?
    —No.
    — ¿Sabe algo de María Delamond?
    —No.
    — ¿Lisa Walpole?
    —Jamás había oído hablar de esa gente.
    —Basándose en lo que sabe de Jeremías, ¿diría que es un hombre capaz de rebanar el cuello a una vieja?

    Moira meditó un momento la cuestión.

    —No sé si lo haría él mismo, pero ciertamente no tendría escrúpulos morales para encargar a otro la tarea.
    — ¿Sabe una cosa? —dijo Moore—. No sé, pero creo que su información no vale tanto dinero.
    —Ahora sabe más sobre Jeremías que hace veinte minutos —replicó Moira—. Y si tiene tantos deseos de encontrarlo como yo pienso, ha compensado la pérdida de su dinero y mucho más. En definitiva, Salomón Moody Moore no sufre precisamente por el dinero.
    —Cierto —convino Moore—. De todos modos creo que su información sólo vale mil dólares. Ahora va a ganar los otros catorce mil.

    Moira lo miró recelosamente.

    — ¿Cómo?
    —Trabajará para mí.
    — ¡De eso nada!
    —Permítame hacer mi oferta antes de que la rechace —dijo Moore—. Le pagaré ahora los quince mil, y mil diarios hasta que yo atrape a Jeremías.
    — ¿Qué debo hacer a cambio?
    —Simplemente pasear y lucir su belleza.
    — ¿Cómo un señuelo? —Se río irónicamente—. ¿Realmente piensa que Jeremías vendrá corriendo para rescatarme de sus miserables garras?
    —Desde luego que no —replicó Moore—. Dudo mucho que a Jeremías le importe un bledo si usted está viva o muerta. Pero por otra parte, creo que le preocupará mucho lo que usted pueda decirme.
    —Pero si ya se lo he dicho todo sobre él...
    —Es posible —dijo Moore—, aunque en mi oficina hay un aparato que sondea la mente sin causar daño y dejará zanjada la cuestión. Sin embargo, lo que usted sabe y lo que Jeremías cree que usted puede saber son dos cosas totalmente distintas.
    —No dará resultado —dijo obstinadamente Moira.
    —Si no da resultado, usted tendrá unos ingresos garantizados durante el resto de su vida.
    — ¿Lo único que debo hacer es aparecer en público con usted? —preguntó con recelo la mujer.
    —Exacto.
    — ¿No tendré que acostarme con usted?
    —Por supuesto que no —le aseguró Moore—. Jamás mezclo el placer con los negocios. Le facilitaremos una habitación para usted sola en mi edificio comercial.
    —Es mucho dinero —dijo ella con aire pensativo—. Y quiero ver muerto a Jeremías tanto como usted. Pero debería dejar el museo y posponer mi trabajo hasta que atrapen a Jeremías, ¿no es cierto?
    —Sí, así sería.
    — ¿No podría pasar algunas horas aquí?

    Moore meneó la cabeza.

    —Por mil dólares diarios, tendrá que estar donde a mí me interese.
    —Hay una obra especial que he estado preparando en los dos últimos años —dijo Moira—. Tendría que permitirme llevarla a su edificio para poder seguir trabajando en ella.
    — ¿Cuál es? —preguntó Moore—. ¿La crucifixión?
    —No está expuesta al público. ¿Le gustaría verla?

    Moore accedió con cierta indiferencia, y Moira lo acompañó fuera del despacho. Montoya y Visconti les siguieron por el pasillo hasta llegar a una enorme puerta metálica.

    —Sólo usted —dijo la mujer, y Moore hizo una seña a sus hombres, que ocuparon de nuevo sus lugares junto al despacho de Moira.

    La taxidermista introdujo una llave en la puerta, empujó ésta y se introdujo en la oscura sala. Moore la siguió, y Moira cerró inmediatamente la puerta.

    — ¿Está preparado? —musitó.
    —Estoy preparado —replicó él en tono de hastío.

    Moira encendió las lámparas multicolores del techo y quedaron visibles, montados en diversas plataformas y podios, cuarenta cadáveres que parecían vivos, agrupados en dúos, tercetos y cuartetos, desnudos o ataviados caprichosamente, inmovilizados en posiciones de casi insufrible éxtasis. Felatorismo, cunilinguo, homosexualidad, lesbianismo, sodomía, servidumbre sexual, flagelación... y todo ello meticulosamente expuesto, igual que ciertos aspectos del acto sexual hacían parecer vulgares hasta las más descaradas representaciones del Espectáculo de Emociones Fuertes.

    — ¿Le gusta? —preguntó por fin Moira, con el semblante repentinamente iluminado por la excitación.
    —Es... eh... impresionante —dijo Moore, levemente sorprendido al comprobar que todavía le emocionaba algo relacionado con lo sexual. Y se preguntó en vano qué clase de mente era capaz de concebir y crear aquellas representaciones.
    —El proyecto es mío —dijo orgullosamente Moira—. A nadie más se le ha permitido trabajar en él, y pocas personas han visto esto. —Acarició amorosamente un varón desnudo de proporciones homéricas—. Todo es mío, y no pienso abandonarlo.
    —Sólo podría continuar el trabajo cuando yo no la necesitara —dijo Moore.

    Moira bajó la cabeza y se sumió en sus pensamientos un largo instante.

    —Creo que no me interesa —dijo al fin—. Mi trabajo es más importante que su dinero.
    —En ese caso permítame ofrecerle un último incentivo —repuso Moore, que había estado observando atentamente a la mujer—. Cuando acabe con Jeremías, podrá quedarse con lo que quede de él para el proyecto.
    — ¿Habla en serio?

    Moore asintió.

    Una expresión de júbilo apareció poco a poco en aquella cara blanca como la tiza, y los oscuros ojos se abrieron hasta conformar un gesto insondable que casi asustó a Moore.

    —Señor Moore, trato hecho —dijo Moira Rallings.


    7


    El Palacio de Neptuno estaba atestado, como normalmente. Jugadores profesionales y prostitutas de lujo se codeaban (entre otras cosas) con los principales latosos sociales de Chicago, muchos de ellos en busca de una última emoción fuerte en el camino de la senilidad o un primer sobresalto en el camino de la edad adulta. Travestidos muy pintados, exhibicionistas de ambos sexos con prendas de cuero, los nuevos ricos que desdeñaban ya sus anteriores relaciones con el proletariado... todos hacían correr el dinero entre los miembros del personal del palacio para asegurarse mesas conspicuas en las que poder lucirse y ser vistos.

    Ben Pryor y Abe Bernstein ocupaban un reservado pequeño y discreto en la parte trasera del enorme salón. Estaban bebiendo un par de Rabdomantes y observando a los payasos irremunerados capaces de atraer más espectadores que los profesionales. Había media docena de copas vacías en la mesa, delante de Pryor, y el cenicero estaba lleno a rebosar de cigarrillos sólo parcialmente fumados.

    —Bien, ¿qué opinas? —estaba diciendo Pryor.
    — ¿De este lugar? —replicó Bernstein, sonriendo—. Dame una oportunidad para decidirme, Ben. Sólo llevo aquí cinco minutos. Pero, en confianza, sospecho que mi esposa me mataría si supiera que estoy disfrutando en el Palacio de Neptuno mientras ella hace de canguro con dos de nuestros nietos. —Calló un momento—. Y ya que hablamos de este local, ¿por qué estoy aquí?
    —Es más fácil hablar en un ambiente agradable.
    — ¿Llamas agradable a esto? —se extrañó Bernstein—. Insólito y excitante, tal vez, pero...
    —Bien, de todas formas yo estoy cómodo —se defendió Pryor. Vació el cenicero en un vaso vacío y encendió otro cigarrillo.
    —Mientras pagues tú la cuenta... —dijo Bernstein, encogiéndose de hombros. Hizo un esfuerzo para dejar de mirar a los clientes y volvió la cabeza hacia Pryor—. No creo que me invitaras a venir aquí para hablar de ese Jeremías que había vivido con Moira. ¿Qué tienes en la cabeza?

    Pryor contuvo la risa.

    —Estoy sumamente harto de Jeremías. Es un simple pedigüeño con delirios de grandeza. —De pronto se puso serio—. Háblame de Moira.
    — ¿De Moira? ¿Qué puedo decir?
    —La sometiste a la sonda psíquica —insistió Pryor—. ¿Cómo piensa? He conocido muchas personas extrañas en mi vida, Abe, ¡pero ella es la más rara de todas!
    —La sondeamos en busca de información, nada más —replicó Bernstein—. Moira me habló de su... ¿cómo podrí a decirlo?... de su colección, si eso es lo que te interesa. —Sorbió de nuevo su bebida—. ¿Es cierto que Salomón desalojó cuatro oficinas de un piso para que ella pudiera mudarse?
    —De esa forma Moira se siente como en su casa —dijo Pryor mientras pedía por señas otra copa a un muchacho prepubescente vestido tan sólo con un turbante—. Pero me extraña que Moore diera su consentimiento. No es típico de él ir por ahí haciendo favores a la gente.
    — ¿Quién sabe? —respondió con indiferencia Bernstein—. Estoy seguro de que tendría sus motivos.
    —Ojalá supiera cuáles fueron —murmuró Pryor.
    — ¿Qué importancia tiene eso?
    —Debes conocer a tu enemigo antes de enfrentarte a él.

    Bernstein frunció el ceño.

    — ¿Enemigo? —repitió—. ¿De qué estás hablando?

    Pryor apuró su vaso y clavó la mirada en los ojos de Bernstein.

    —Pienso quedarme con su organización algún día. —Bernstein abrió la boca para protestar y Pryor alzó la mano—. No finjas tanta sorpresa, Abe. Moore lo sabe y tú también, pongamos las cartas sobre la mesa.
    —No quiero saber nada de esto —dijo Bernstein.
    —Claro que no quieres —dijo Pryor, sonriente—. Eres el favorito de Moore, Abe.
    —Curioso —replicó Bernstein, asombrado—. Así te he considerado siempre a ti.

    Pryor meneó la cabeza.

    —Ah, ah. La organización es tu único cliente, y has subido tantos peldaños como planeaste. Estás gordo, te pagan más que bien y apenas haces algo, sin ánimo de ofender. Eres miembro de un templo y de un club de campo, tus hijos han pasado ya por la universidad, posees una mansión en el lago Forest. La vida te ha dado lo que deseabas, Abe. Pero yo me hallo en otra situación: Moore tiene lo que yo deseo.
    —Aunque así fuera —dijo Bernstein—, ¿qué te hace pensar que él te dará el mando?
    —Él no me dará nada. Por eso tendré que arrebatárselo.
    —Esta conversación es peligrosa —dijo Bernstein, intranquilo.
    —Tonterías. Es una conversación de negocios. He dedicado nueve años de mi vida a esta organización, Abe. He trabajado tantas semanas de ochenta horas que es imposible contarlas, y he perdido tres esposas sin poder hacer nada. —Hizo una pausa—. No he hecho eso para aceptar órdenes de Moore el resto de mi vida.
    —Si soy yo el favorito de Moore, ¿por qué me cuentas todo esto?

    Pryor sonrió.

    —Como ya he dicho, no estoy contándote nada que él no sepa. Y no tengas tanto recelo: no pretendo presidir sobre un montón de escombros. Mi trabajo será el mejor posible hasta que me deshaga de Moore. —El chico desnudo volvió con la bebida—. Y mientras tanto, he montado un par de negocios al margen de la organización.
    — ¿Por ejemplo?
    — ¿Quién diablos crees que es el propietario del Palacio de Neptuno?
    — ¿Lo sabe Salomón? —pregunto Bernstein.
    —Naturalmente.
    —En este caso, se diría que estas progresando mucho por tu cuenta —comento Bernstein, agitando la mano en dirección al atestado salón.
    —Moore busca el dinero del hombre normal. Tal como otro tipo llamado Abe observo en cierta ocasión, de esos hay muchos. Yo pretendía demostrarle que también podemos buscar el dinero del hombre rico. Se gasta con la misma facilidad.
    —Y obviamente has tenido éxito —observo Bernstein antes de sorber su bebida.
    —Solo porque Moore no está interesado —dijo Pryor—. De lo contrario me quitaría a Naomi en un instante.
    — ¿Quién es Naomi?
    —Naomi Riordan. Su nombre profesional es La Hija de Poseidón.
    —He oído hablar de ella —dijo Bernstein, demostrando cierto interés—. Es toda una sensación, según las personas que me lo comentaron.
    —Puedes decidir por ti mismo —dijo Pryor—. Su número empezara dentro de muy poco.

    Antes de un minuto las luces del local se amortiguaron, y un gran acuario, que contenía cientos de peces exóticos y un par de engalanados castillos de arena, brotó del centro del suelo.

    —Observa —dijo Pryor.

    La música de un arpa invisible no tardó en impregnar el salón. Un foco iluminó el acuario, la puerta de uno de los castillos se abrió y La Hija de Poseidón efectuó su aparición vestida únicamente con una cola de sirena de color azul oscuro que pronto se quitó. Nadó alrededor del tanque. Sus movimientos cobraron la fluida gracia de alguna antigua Lorelei del océano, sus músculos se rizaron exóticamente bajo la inmaculada piel. Las llamas rojas de su largo cabello se agitaron tras ella, ondearon voluptuosamente en el agua conforme su cuerpo se arqueaba, se inclinaba y daba vueltas formando complejas figuras. Los peces, atraídos por el cabello de la mujer, iniciaron rápidamente una danza coreográfica sincronizada, y de pronto Naomi, el cabello, los peces e incluso las burbujas de aire compusieron un conjunto hipnóticamente vertiginoso que trascendió la Gracia y se convirtió en Arte.

    De inmediato, antes de que el público pudiera levantarse y prorrumpir en atronadores aplausos, La Hija de Poseidón desapareció bajo el segundo castillo de arena y de la actuación quedó tan sólo un pequeño banco de peces que, sin prestar atención a los gritos y vítores de los espectadores, se agruparon sobre la arena en un apartado rincón del acuario y prosiguieron su inútil búsqueda de algas.

    — ¿Qué opinas de ella? —preguntó Pryor en cuanto los aplausos menguaron y el tanque volvió a hundirse en el suelo.
    — ¡Absolutamente fantástico! —repuso el entusiasmado Bernstein—. ¡Jamás había visto cosa igual! —Miró a Pryor—. ¿Podría conocerla? Me gustaría comentarle cuánto admiro su actuación.
    —Tal vez en otra ocasión —replicó con tristeza Pryor—. Ayer por la noche tuvimos una pequeña pelea.
    — ¿Sí?

    Pryor movió afirmativamente la cabeza.

    —Sí. Vivimos juntos desde que la contraté, y anoche me despisté con la hora y volví a casa al amanecer.
    — ¿Qué pudo mantenerte alejado de algo como eso?
    —La verdad, estuve con Moira Rallings —dijo Pryor sin muestra alguna de vergüenza.
    —Hasta ahora no te he considerado hombre de mal gusto —repuso Bernstein—. Pero si prefieres esa lunática sin sangre a...
    —Fue únicamente por cuestiones de trabajo —le interrumpió Pryor.
    —Si sólo hubiera sido por eso —contestó con firmeza Bernstein—, Salomón habría estado allí.
    —Hay ciertos problemas para los que estoy más capacitado que él —dijo Pryor, no sin cierto orgullo—. Quería averiguar qué relación tiene ella con Jeremías.
    — ¿Para ayudar o para perjudicar a Salomón?
    —Para ayudarlo. Admite que soy un poco inteligente, Abe. Ser el número dos de Moore es mejor que estar en la calle con Jeremías. En fin, no sucedió nada.
    — ¿Nada? —dijo Bernstein en tono de duda.
    —Nada en lo que yo estuviera personalmente implicado —corrigió muy despacio Pryor—. Moira es una mujer muy rara.
    — ¿Hasta qué punto?

    Pryor lo miró fijamente un momento, como meditando si debía contestar o no. Finalmente se alzó de hombros.

    —Abe, ¡esa mujer es una maldita necrófila!
    —Me resulta difícil creerlo.
    —Lo mismo me pasaba a mí, hasta ayer por la noche.
    —Imaginarlo es más difícil todavía —prosiguió Bernstein—. Hacer el amor con una muerta puede tener sus desventajas, pero como mínimo es posible, aunque la idea es repugnante. Pero que una mujer fornique con un cadáver masculino...
    —Es taxidermista, ¿lo recuerdas?
    —Es igual...
    — ¡Maldición, Abe! —espetó Pryor—. ¡Yo estuve allí! ¡La vi!
    — ¡Y dices que la rara es ella! —respondió Bernstein, riéndose despreciativamente.
    —Es su forma de hallar placer. No quería hablar conmigo a menos que yo la mirara.
    — ¿Y bien?
    —Fue fascinante. Y debo admitir que muy excitante. Si pudiéramos hacer películas o grabaciones, venderíamos cinco millones de copias.
    —No me refería a eso —dijo Bernstein—. ¿Qué relación tiene ella con Jeremías? La sometí a la sonda psíquica y no averigüe un maldito detalle que Salomón no le hubiera sonsacado ya.
    —Nada.
    —Rectifico —dijo Bernstein tras un momento de meditación—. Moira me explico un detalle importante.
    — ¿Ah, si? —se apresuró a responder Pryor—. ¿Que?
    —Me explico porque a esta organización la dirige Salomón y no tú.
    — ¿Si? —dijo recelosamente Pryor—. ¿Por qué?
    —Porque ella hizo a Moore una oferta similar ayer, y él la dejo plantada. Volvió a su casa para trabajar en un piso vacío, mientras tú consentías que Naomi Riordan pasara la noche sola.
    — ¿Que prueba eso?
    —Ben, tanto si lo hiciste por diversión o bien en provecho de Salomón, la conclusión es la misma. Lo único que quiere Moore es poder. Si te interesa otra cosa además de eso, placer, perversión o dinero, continuaras estando en segundo plano, porque careces de la obstinada concentración que él posee.
    —Te he explicado porque fui allí —se defendió Pryor—. No puedes culparme de que me divirtiera.

    Bernstein meneo la cabeza.

    —Mala respuesta, Ben. Si Salomón sabía que ir allí no solucionaría nada, también tú lo sabías... Y si afirmas lo contrario, estas engañándote. —Miro a Pryor con suma seriedad—. Salomón engaña a mucha gente, pero jamás se engaña a si mismo. Por eso no podrás arrebatarle la organización.
    — ¡Ya lo veremos! —respondió Pryor, acalorado.
    —Ya lo veremos —convino Bernstein.
    —Pero mientras tanto —continuó Pryor, con la atención repentinamente atraída por una rubia de exuberante pecho que acababa de entrar sola en el club—, todos somos compañeros de equipo. El enemigo es Jeremías. Seguiremos hablando de eso mañana.

    Firmó la cuenta, saludó afablemente a Bernstein y emprendió la ardua persecución (con final feliz) de la rubia.

    Y mientras los pensamientos de Pryor se desviaban de nuevo hacia la conquista sexual, Moore se hallaba a solas en su apartamento, mediante diversos medios para que Jeremías se dejara ver. Pocos minutos más tarde, uno de sus agentes le telefoneó para comunicarle dónde pasaría la noche Pryor. Moore sonrió, sacudió la cabeza en un gesto de asombro y continuó con sus planes.


    8


    Moore pasó las cuatro semanas siguientes dejándose ver.

    Con Moira Rallings junto a él como constante compañía, Moore dedicó casi toda la primera semana a recorrer la legión de tabernas clandestinas y garitos de drogas que florecía bajo el reluciente exterior de Chicago, al mismo tiempo que anulaba las medidas de seguridad (o al menos las más obvias) en su sede comercial y su apartamento.

    No hubo rastro de Jeremías.

    La siguiente semana Moore inició un recorrido sistemático de los asilos locales, los terrenos de increíble valor que se extendían desde los barrios más occidentales de la megalópolis de Chicago hasta casi el río Mississippi. Visitó las quintas de salud, donde los enfermos auténticos morían sumidos en el lujo y los hipocondríacos no tardaban en convencerse de que eran enfermos auténticos. Visitó las granjas dietéticas, donde los resultados de años de aburrimiento e inactividad podían eliminarse sudando y pasando hambre a razón de diez mil dólares por kilogramo (o por semana, cosa que normalmente era la misma). Visitó las granjas para beodos, donde aromas de zumos de frutas y café acometieron sus mucosas nasales a cientos de metros de distancia, y donde alcohólicos arrepentidos y otros tan impenitentes como moribundos se hallaban siempre a poco camino de la iglesia y del sermón de múltiples usos sobre la moderación que prefirieran. Visitó las granjas de recuperación para hombres de negocios cansados, dedicados a dejar que los clientes ganaran competiciones deportivas amañadas durante el día entero y se apuntaran tantos con no menos amañadas deportistas durante la noche entera, y visitó las granjas de recuperación para mujeres de negocios, donde quizá había un entusiasmo más desbordante por satisfacer a las dientas. Visitó los campamentos religiosos, los campamentos naturistas y la multitud de establecimientos campestres instalados lejos de la ciudad, no para erradicar el aburrimiento de la raza humana, sino tan sólo para canalizarlo en otras direcciones.

    Jeremías continuaba oculto.

    A continuación Moore hizo una serie de visitas a las diversiones urbanas más costosas. Fue al Plaza de Obsidiana, el enorme casino casi legendario donde todo, desde sillas y mesas hasta las mismísimas paredes, era de vidrio volcánico de color negro brillante y que estaba situado, únicamente con un mínimo esfuerzo de camuflaje, en el centro del antiguo Loop. Moore estuvo en Canchas Celestes, el campo de golf de nueve hoyos más selecto del mundo, establecido a un kilómetro sobre el nivel del suelo (y cubierto por una inmensa red, por temor a que pelotas perdidas mataran a infortunados transeúntes en alturas inferiores). Moore fue al Mini K, el Kremlin antipartidista en miniatura que podía alquilarse, a precios desorbitados, para bodas, funerales, bautizos, festivales artísticos y prácticamente cualquier otra función deseada, sin excluir alguna orgía.

    A Jeremías no se le veía por ninguna parte.

    Moore fue a Veldtland, el rancho sumamente costoso y selecto situado en la parte noroeste del estado, que poseía cincuenta de los últimos trescientos leones de la Tierra, todos ellos vagando a sus anchas por una extensión de cincuenta kilómetros. Por el módico estipendio de dos millones de dólares, los visitantes podían abatir a tiros un animal; o bien, por la décima parte de dicha cantidad, desnudarse y salir de caza solamente con una lanza. Moore incluso patrocinó un combate con el título mundial de los pesos welter en juego, y él mismo se ofreció como cebo desempeñando las tareas de presentador en el cuadrilátero.

    Pero el mes llegaba a su fin y no había rastro de Jeremías.

    —Es posible que aquellos balazos lo mataran —musitó Moore, repantigado en un mullido sillón de cuero de su vivienda temporal al final del pasillo de su despacho.
    —Imposible —afirmo Moira—. Si hubiera muerto, el cadáver habría aparecido.
    —Todos los días mueren muchas personas en esta ciudad —dijo Moore, no muy convencido.
    —Tu tienes fuentes para perseguir a los vivos —replico Moira—, y yo tengo las mías para encontrar a los muertos. Si Jeremías muere, lo sabré el mismo día.
    —Bien, vivo o muerto, ojalá se dejara ver un poco más —dijo Moore—. Se están agotando mis ideas. —Se alzó de hombros—. ¿Tienes hambre?
    —Sí.

    Bajo las atentas miradas de los bien ocultos agentes de seguridad, Moore y Moira abordaron un monocarril con dirección a la Calle Randolph, y después pasaron a una escalera mecánica que los condujo a los niveles superiores.

    — ¿Adónde vamos hoy? —pregunto Moira, que en el transcurso del último mes había ido acostumbrándose cada vez más a comidas espléndidas servidas con idéntica esplendidez.
    —Un pequeño restaurante especializado en cocina francesa —replico Moore—. ¿Has comido alguna vez Ostras Bienville?
    —Nunca había oído hablar de ellas —dijo Moira—. ¿Que gusto tienen?
    —Ya lo veras —repuso Moore, sonriente—. Solo estamos aun bloque de distancia y...

    Quedo inmóvil de pronto.

    — ¿Qué pasa? —pregunto Moira—. ¿Ocurre algo?
    — ¡Ese hombre! —exclamo Moore, señalando a un individuo entrado en años que avanzaba hacia ellos por el otro lado de la calle—. ¡Es él!
    — ¿Quien?
    —Krebbs, el viejo del Bazar de la Rareza. ¡Vamos!

    Moore echó a correr, y al instante tres hombretones bien vestidos salieron de entre el gentío de compradores para seguirle. Alcanzaron al anciano en cuestión de segundos. La presa de Moore no hizo intento alguno de escaparse, se limitó a mirar al frente con unos ojos inexpresivos, apagados, sin brillo.

    — ¡Muy bien! —espeto Moore, sin preocuparse por la muchedumbre que se congregaba alrededor—. ¿Dónde esta él?

    El viejo siguió contemplando el vacío.

    — ¿Dónde esta Jeremías? —inquirió Moore.

    El anciano sonrió vagamente. Su semblante no mostraba signo alguno de comprensión.

    —Aguarda un momento —dijo Moira, que acababa de llegar junto a Moore—. ¿A Krebbs no le faltaba un ojo?

    Moore contempló sorprendido los dos ojos del viejo.

    —El parche del ojo pudo ser un disfraz —dijo.
    — ¿Qué me dices de su mano?

    Moore extendió el brazo y agarró la mano derecha del anciano. Tenía un pulgar y cuatro dedos más.

    —Has cometido un error —dijo Moira.

    Moore sacudió enérgicamente la cabeza.

    —Éste es Krebbs, no hay duda. No sé explicar lo de la mano y el ojo, pero es él.
    —Debes estar equivocado —insistió Moira—. El parche del ojo pudo ser un disfraz, pero a la gente no le crecen dedos así como así.
    — ¡Te digo que este hombre es Krebbs! Llama a Ben y dile que tenga a Abe Bernstein en mi despacho dentro de veinte minutos.
    —De acuerdo... pero creo que estás loco.
    — ¡Pues sígueme la corriente! —refunfuñó Moore.

    Condujo al anciano hacia el monocarril más próximo mientras sus guardaespaldas se aseguraban de que nadie le molestaba.

    Llegó a su despacho al cabo de un cuarto de hora y ordenó al viejo que tomara asiento. El anciano continuó de pie, mirando inexpresivamente la pared.

    Bernstein llegó pocos minutos después.

    —Me alegra que estés aquí, Abe —dijo Moore—. Tenemos un pequeño problema aquí.

    Bernstein sacó un oftalmoscopio de su maletín y centró la luz en los ojos del anciano. Finalmente alzó la mirada hacia Moore.

    —Una corrección: tienes un gran problema aquí. ¿Qué le pasó a este hombre, Salomón?
    —Esperaba que tú me ayudaras a saberlo.
    — ¿Quién es?
    —Krebbs —dijo Moore.
    — ¿El viejo que intentó embaucarte? —preguntó Bernstein—. Me dijiste que le faltaba...
    —Un ojo y varios dedos. Lo sé.
    — ¿Tienes algún motivo para creer que pudiste confundirte? —inquirió Bernstein.
    —Ninguno.
    —En ese caso, este hombre no puede ser Krebbs.
    —Es Krebbs —afirmó Moore.
    — ¿Qué te hace pensar así, Salomón?
    —No lo pienso. Lo sé. Demonios, ¿cómo voy a olvidar su aspecto?
    —Hay muchos hombres parecidos —sugirió Bernstein.
    —No estamos hablando de muchos hombres —espetó Moore—. Hablamos de un viejo especial... ¡un viejo llamado Krebbs, que resulta ser mi único vínculo con Jeremías!
    — ¿Por qué no coges el teléfono, llamas al hospital más próximo y preguntas cuándo fue la última vez que tuvieron un caso de regeneración digital en un ser humano? —dijo Bernstein, irritado.
    —Un poco menos de aires de superioridad y un poco más de medicina —repuso Moore—. Yo digo que es Krebbs, tú dices que no lo es. Estupendo. Olvidaremos esto de momento. ¿Puedes explicarme qué le pasa?
    — ¿En un segundo?
    —Antes, si es posible.

    Bernstein examinó de nuevo al anciano, comprobó el pulso, el ritmo cardiaco, la respiración y los reflejos. Por último, se apartó de él y respiró profundamente.

    —No has recurrido al médico apropiado, Salomón. Para la edad que tiene, este hombre goza de excelente salud. Diría que necesita un buen psiquiatra, y subrayo la palabra «buen».
    — ¿Por qué?
    —El doctor Freud, descanse en paz, opinaría que se trata de un caso típico de histeria. Puesto que el término ha llegado a significar chillidos y desvaríos, lo corrijo y digo que este hombre sufre una conmoción grave.
    — ¿Hasta qué punto grave?
    —En pocas palabras, parece haber hecho estallar todos los circuitos neurales del cerebro. Naturalmente se trata tan sólo de mi opinión, y no soy experto. Es posible que un hombre versado en la materia discrepara totalmente y curara al viejo en cinco minutos.
    — ¿Cuánto tiempo tardarías tú? —preguntó Moore.
    —Creo que no lo entiendes —dijo Bernstein—. Curar enfermos mentales, incluso emitir el diagnóstico, no es mi especialidad.
    —No has contestado mi pregunta —insistió Moore—. Escucha, este hombre no me sirve para nada tal como está. Debes encontrar la forma de devolverle el raciocinio. Un par de minutos es lo único que preciso.
    —En primer lugar, no soy un psiquiatra. Y en segundo lugar, este hombre no es Krebbs. —Bernstein hizo una pausa—. No sé cómo puedes estar tan seguro de un hecho obviamente falso.
    —Puedes creer en tu instinto y en tu criterio, o no creer. Yo creo en ellos.
    —Pero...
    —Sigues sin ayudarme —dijo Moore, impaciente—. Sé que un psiquiatra sería preferible, pero el caso es que no tengo ninguno en nómina, y no puedo perder un segundo. Bien, ¿cuál es el mejor método para sacar del trance a este hombre?
    —Estás pidiéndome que haga algo totalmente falto de ética. Salomón.
    —Te equivocas —dijo Moore—. Estoy ordenándotelo.

    Bernstein se volvió hacia el anciano, hizo una mueca y meneó la cabeza.

    —No soy versado en la materia. Déjame telefonear a alguien que lo es.
    —De acuerdo —accedió Moore—. Que esté aquí con todo lo preciso dentro de media hora.

    Bernstein se acercó al teléfono, hizo una rápida llamada y colgó.

    —Bien —anunció—. He llamado a Neil Procion. Pertenece al cuerpo médico del Hospital Mental Elgin, y por lo que he oído decir es un entendido en terapia de shock.
    — ¿Lo conoces personalmente? —preguntó Moore.
    —Lo he visto en tertulias —respondió Bernstein—. Él y mi hijo van a esquiar a Michigan.
    —Bien —dijo Moore en tono tétrico—, esperemos que conozca su oficio.

    Procion se presentó veinticinco minutos más tarde, con un maletín de plástico bajo el brazo. Era un hombre joven, vehemente y serio, con el cuerpo de un atleta y la cara demacrada de alguien que no sabe cuándo terminará de trabajar. Saludó formalmente a Bernstein, accedió a que le presentaran a Moore y se dirigió hacia el anciano con pasos enérgicos. Realizó un examen breve pero exhaustivo, y acto seguido miró a Moore.

    — ¿Cuál es la causa del estado de este hombre? —preguntó.
    —No lo sé... pero hay un cheque en blanco aguardándole si logra curarlo.
    —Ordenaré a un equipo del hospital que venga a recogerlo más tarde —dijo Porción.
    —Ahora —repuso fríamente Moore.
    — ¿Cómo dice?
    —No envíe ningún equipo, doctor. Cúrelo ahora mismo.
    — ¿Qué le hace pensar que puede darme órdenes? —preguntó acaloradamente Procion.

    Moore no contestó, pero apretó un botón del intercomunicador. Dos agentes de seguridad, armados, entraron de inmediato en el despacho y se situaron junto a la puerta pistola en mano.

    —Doctor Bernstein, ¿qué diablos está pasando aquí? —inquirió Procion.

    El aludido se encogió de hombros.

    —Le sugiero que intente sacar al viejo de su aturdimiento aquí y ahora mismo, Neil. El señor Moore no tiene fama de bromista.
    — ¿Y me ha hecho venir sabiendo eso?
    —Seguramente yo habría matado al enfermo —dijo Bernstein—. Usted tal vez no.
    —Es mi intención redactar un informe completo en cuanto vuelva al Elgin.
    —Como quiera —dijo Moore—. Pero mientras tanto... —Señaló al anciano.
    —De acuerdo —dijo Procion—. Deseo dejar bien claro que hago esto bajo amenaza de muerte, y por ninguna otra razón.

    Moore habló con uno de los agentes de seguridad.

    —Que vengan Moira y Ben. Quiero que escuchen todo lo que Krebbs pueda decir.
    —Si es que dice algo —comentó Bernstein—. Seguramente explicará que no se llama Krebbs, y que se ha dado al vino y a la droga durante los últimos cinco años.
    —Ya lo veremos —dijo Moore.
    —Necesitaré ayuda —anunció Procion.
    —Cualquier cosa que desee —dijo Moore, mientras Moira y Pryor entraban en el despacho.
    —Quiero que este hombre esté atado fuertemente, repito, fuertemente, a la silla.

    Los vigilantes, tras una seña de Moore, enfundaron sus armas y cumplieron las órdenes de Procion. El joven médico abrió el maletín que había traído y extrajo cuatro dispositivos transistorizados del tamaño de una moneda. Fijó dos en las sienes, otro en el corazón y el cuarto en el paladar del anciano. A continuación sacó un minúsculo tablero de mandos del maletín.

    —Apártense de él —ordenó. Se volvió hacia Moira—. Tal vez quiera mirar a otra parte...
    —Ni en sueños —murmuró Pryor.

    Procion apretó un botón del tablero, y el cuerpo del anciano empezó a moverse espasmódicamente. Pocos segundos después el médico separó su dedo del botón y el viejo quedó colgando de sus ligaduras.

    Bernstein se aproximó, alzó un párpado del anciano, le tomó el pulso y observó su respiración.

    —Bien, sigue vivo —anunció por fin—. Pero eso es casi lo único que puedo decir de él.
    —Repítalo —dijo Moore.
    —Pero, señor Moore... —protestó Procion.
    —Otra vez.

    Procion apretó el botón, y el cuerpo del viejo estuvo a punto de elevarse sobre la silla.

    —Ninguna reacción —dijo Bernstein tras examinarlo de nuevo.
    —Otra vez —ordenó Moore.
    — ¡Salomón, eso lo matará! —exclamó Bernstein.
    —Ya me ha oído —dijo Moore a Procion.

    El joven médico se dispuso a oponerse, pero vio a los vigilantes, suspiró y apretó nuevamente el botón.

    En esta ocasión, tras retorcerse furiosamente, el anciano abrió los ojos y contempló la habitación. La ausencia total de expresión se convirtió en una mirada de perplejidad.

    —Krebbs, ¿puede oírme? —dijo Moore, arrodillado junto a la silla.
    — ¿Krebbs? ¿Krebbs? —repitió el viejo, esbozando la palabra con los labios, atónito.
    — ¿Dónde está Jeremías?
    — ¿Jeremías? —dijo el anciano, desconcertado.
    — ¡Sí, Jeremías! —espetó Moore—. ¿Dónde está?
    — ¿Krebbs? ¿Jeremías?
    —Tú eres Krebbs, y Jeremías te mandó tenderme una trampa —dijo Moore—. Te soltaré, ¡pero tienes que decirme dónde está Jeremías!
    — ¿Soltaré? ¿Soltaré? —El anciano repitió la palabra como si fuera un nombre que no lograba recordar.
    —Concédele un poco de tiempo para que se recupere —recomendó Bernstein—. En estos momentos está espantosamente débil.
    —Cinco minutos, ni uno más —dijo Moore—. Desatadlo.

    Bernstein soltó al viejo y lo ayudó a sentarse con más comodidad. Un mechón de canas, empapado de sudor, cayó sobre la frente del anciano, y éste alzó la mano derecha para echárselo hacia atrás. Cuando la mano quedó al alcance de su vista, el viejo la contempló con creciente confusión mientras agitaba los dedos uno tras otro.

    —Oh, Dios mío —murmuró.
    — ¿Qué pasa, viejo? —preguntó Bernstein.
    — ¡Oh, Dios mío! —repitió, sin apartar la mirada de sus dedos.
    — ¿Dónde está Jeremías, Krebbs? —insistió Moore.

    El anciano levantó cautelosamente la mano izquierda y se tocó un ojo primero, el otro después.

    — ¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¡JEREMÍAS!

    Tras un alarido de puro terror, su cuerpo se inclinó y cayó pesadamente al suelo. Pese a la gran rapidez de Moore y de Bernstein, Moira los superó y quedó arrodillada al instante junto al anciano.

    — ¿Vive? —preguntó Moore.
    —No —repuso Moira, con las mejillas encendidas por la excitación.
    — ¡Maldición! —dijo Moore—. ¡Precisamente cuando estaba recobrándose y podía decirnos algo!
    —Yo no diría que estaba recobrando la razón —objetó Bernstein—. Yo diría que el susto estaba volviéndole loco, y en el sentido más literal posible. Creo que ha muerto de miedo.
    — ¿Por qué se ha asustado? —preguntó Moira mientras acariciaba cariñosamente la cara y el cabello del muerto.
    —Casi me da miedo pensarlo —dijo Bernstein. Se agachó y examinó atentamente la mano derecha del anciano—. No hay ninguna clase de cicatriz.
    — ¿Qué significa eso? —inquirió Moore.
    —Dejemos que el doctor Procion se vaya primero —sugirió Bernstein—. Después podremos hablar con más libertad.

    Moore ordenó a los dos vigilantes que se llevaran a Procion.

    —Necesitaré el cadáver para mi informe —dijo el joven médico, visiblemente afectado.
    — ¡No! —dijo bruscamente Moira—. Será para mí.
    — ¿Para qué demonios lo quiere? —preguntó Procion, curioso a pesar de todo.
    —Ella es algo así como una coleccionista —dijo Pryor, sonriente.
    —Muy gracioso —murmuró Procion—. Bien, ¿tendrá alguien la amabilidad de ayudarme a llevarlo al hospital?
    —No es una broma —dijo Moore—. La señorita se quedará con el cadáver.

    Procion dio dos pasos hacia el muerto, vio que los vigilantes le cerraban el paso, se volvió y salió del despacho.

    —Va a crearte muchísimos problemas, Salomón —dijo Bernstein.
    —Nada que no podamos resolver —dijo Moore, quitando importancia a la complicación—. ¿Qué comentabas de la mano?
    —No hay señal alguna de injerto —repuso Bernstein. Levanto alternativamente los dos párpados del difunto—. Ningún globo ocular es artificial, tampoco eso. Permíteme preguntártelo una vez más: ¿no es posible que te equivocaras respecto al ojo y la mano?
    —Rotundamente no —replicó Moore—. Ben, ordena que le tomen las huellas dactilares y averigüen cuanto sea posible sobre él... Y cuando hayas hecho eso, que Moira te diga dónde hay que esconder el cadáver.

    Pryor asintió y llamó a otros dos hombres para que le ayudaran a tomar las huellas digitales, mientras Moore tomaba asiento ante el escritorio.

    —Bien, Abe —dijo Moore—, ¿admites por fin que este hombre era Krebbs?
    —Me inclino en esa dirección —replicó Bernstein—. Háblame un poco más de ese Jeremías. Moira parece considerarlo un estafador, y no de mucha monta, por cierto.
    —Poca cosa más puedo decirte. Es un joven de aspecto normal, de veintitantos años, eso tengo entendido. Un artista del engaño, y mujeriego. Se sabe que frecuenta el local de Karl Russo en Ciudad Oscura, aunque seguramente no es drogadicto. Cometió errores estúpidos al intentar asesinarme, derrocha energías para comportarse como un imbécil y es el más afortunado hijo de perra que he conocido en toda mi vida.
    — ¿Y eso?
    —Cinco de mis muchachos lo acorralaron en una habitación y le dispararon a quemarropa. No sólo se libró de morir, además logró escapar.
    — ¿Por qué quiere matarte?
    —No lo sé. En realidad, Moira sostiene la opinión de que él sólo trata de asustarme.
    — ¿Y por qué afirmas que es estúpido?

    Moore se embarcó en una explicación, y cuando terminó Pryor se hallaba ya en el despacho con un impreso de ordenador en la mano.

    —Qué rapidez —observó Moore.
    —Identificar ex presidiarios es muy fácil —replicó Pryor.
    — ¿Qué sabes de él?
    —Mucho —dijo Pryor, con la mirada fija en el impreso—. Se llama Willis Comstock Krebbs, varón, caucasiano, sesenta y tres años, nacido en Tucson, Arizona. Estuvo en la cárcel por violación, incendio premeditado, extorsión, chantaje, bigamia y asesinato en segundo grado.
    —Un ángel —comento secamente Moore.
    —No he terminado —dijo Pryor—. Sus rasgos característicos son los siguientes: perdió el ojo izquierdo durante una reyerta en la cárcel en 2021, y el pulgar y parte de dos dedos de la mano derecha en un accidente de monocarril ocurrido en 2031.
    — ¿Eso es todo?
    —De momento.
    —Muy bien, Abe, tú eres el experto. ¿Qué demonios tenemos aquí?
    —No estoy muy seguro de querer saberlo —dijo Bernstein.
    — ¿Pudo Krebbs ser un mutante?
    —Imposible —replico Bernstein.
    — ¿Estas seguro?

    Bernstein asintió.

    —En primer lugar, casi todas las mutaciones, más del noventa y nueve por ciento, son tan pequeñas e insignificantes que pasan totalmente desapercibidas. Y las restantes, prácticamente sin excepción, no mejoran al mutante. Pueden consistir en un dedo extra, una vértebra menos en la columna, un color de cabello no incluido en la información genética... Solo los escritores sueñan con mutantes capaces de controlar mentes o respirar bajo el agua. La naturaleza no ha llegado tan lejos todavía. Además, si Krebbs hubiera tenido capacidad de regeneración, ¿por qué estuvo veinte años tuerto y dieciséis sin un par de dedos antes de tomar la decisión de volver a ser normal?
    — ¿Que me dice de Jeremías? —pregunto Moira, que por fin apartó la mirada del cadáver—. ¿Podría ser el un mutante?

    Bernstein meneo la cabeza.

    —De una vez por todas, olvidaos de los mutantes. Vosotros dos insistís en suponer que un mutante tendría poder para rehacer órganos y extremidades perdidas, y os aseguro que eso es imposible. Y ningún mutante, por supuesto, aunque poseyera ese poder, podría inducir regeneración en otra persona.
    — ¿Es posible que Jeremías sea extraterrestre? —sugirió Moira.
    —Has visto demasiadas teleseries malas —dijo Bernstein—. Dudo mucho que un extraterrestre se pareciera tanto a nosotros, y me resulta un poco difícil creer que un ser de otro mundo dedica todo su tiempo a timar a los hombres y fornicar con las mujeres. —Hizo una pausa y sonrió—. Además podría daros medio centenar de razones científicas fidedignas para respaldar mi opinión, suponiendo que desearais oírlas.
    — ¿No podría un mutante... o un hombre, si lo prefieres, controlar lo fortuito, determinar su suerte? —preguntó Moore.
    —No más que tú —dijo Bernstein—. Si Jeremías logró eludir a tus muchachos no fue por un deseo, consciente o inconsciente, de que no lo alcanzaran.
    — ¿Tienes una explicación mejor?
    —Aún no —admitió Bernstein—. Por de pronto, saber cómo pudo Krebbs regenerar su cuerpo me interesa mucho más que Jeremías.
    —No estés tan seguro de que no hay relación entre los dos —dijo Moore—. Al fin y al cabo, el viejo gritó el nombre de Jeremías en cuanto vio que había recuperado lo perdido.
    —Eso no significa que existiera una relación —repuso tercamente Bernstein.
    —Tampoco significa que no existiera —respondió Moore.
    —Jeremías me dijo una vez que los antiguos egipcios conocían toda clase de artes curativas mediante magia —intervino Moira—. Tal vez averiguó cómo lo hacían ellos y lo puso en práctica con Krebbs.
    — ¡Estupideces! —espetó Bernstein—. Jamás se ha producido un caso de regeneración en la historia de la humanidad. De todas formas, ¿qué sabe de Egipto un embaucador de feria?
    —Jeremías vivió allí —dijo Moira.
    — ¿Estuvo en Egipto? —preguntó Bernstein, repentinamente interesado.

    Moira asintió.

    — ¿Y también en Israel?
    —Creció en el Oriente Medio —dijo Moore—. ¿Cómo lo sabías?
    —No lo sabía —repuso Bernstein con aire pensativo—. Digamos que es una conjetura afortunada.
    — ¿Tienes más conjeturas? —inquirió Moore.
    —Ninguna que me atreva a añadir al expediente.
    —Pareces muy inquieto, Abe.
    —Lo estoy.
    —Si sabes algo, creo que deberías compartirlo con nosotros.
    —No sé nada. Por un momento he tenido una idea alocada. Olvidemos el asunto.
    —Seguramente no será más alocada que pensar que un hombre logra regenerar un ojo y varios dedos —dijo Moore—. Habla.

    Bemstein sacudió la cabeza firmemente.

    —Muy bien —dijo Moore, encogiéndose de hombros—. En ese caso, actuaremos suponiendo que Jeremías es un mutante con poderes desconocidos hasta el momento o un cirujano de habilidad increíble... que parece ser la explicación menos plausible de todas. Diré a Ben que busque algún científico, alguien que sepa algo sobre mutaciones.
    —No servirá de nada —dijo Bernstein.
    —Además, nadie ha visto a Jeremías desde que huyó de Ciudad Oscura —añadió Moira—. ¿Por qué no suponemos que se ha ido de Chicago? De ese modo tú podrías reanudar el trabajo y yo volvería al museo.
    —Porque si tolero que un tipo cometa impunemente un intento de asesinato contra mi persona —explicó Moore—, ¿cuánto tiempo crees que pasará antes de que otros hagan cola para probar su suerte?
    —Bien, no me gusta esto —dijo Moira.
    —No tiene por que gustarte. Limítate a continuar —replicó Moore.

    De pronto Bernstein se dirigió hacia la puerta.

    — ¿Adonde demonios crees que vas? —pregunto Moore.
    —Tengo mucho que pensar —repuso Bernstein, nervioso.
    —Pareces muerto de miedo.
    —Si quieres saber la verdad, lo estoy.
    —No has respondido mi pregunta. ¿Dónde puedo encontrarte si te necesito?
    —Estaré en mi templo —dijo Bernstein.

    Moore lanzó una irónica carcajada.

    — ¿Qué clase de basura repartís allí? Te conozco: siempre que estás asustado amenazas con dejarlo todo y trasladarte a Florida.
    —No creo que un traslado sirva de algo esta vez.
    — ¿Y marcharte al templo servirá? —preguntó Moore con una sonrisa.
    —Sí —respondió con seriedad Bernstein—. Creo que sí.


    9


    — ¡Lo tenemos rodeado, señor!

    — ¿Dónde?
    —En Lakeport.
    —Salgo hacia allí.

    Moore colgó el teléfono bruscamente, llamó a Moira, Pryor y seis agentes de seguridad, y todos se encaminaron hacia Lakeport, el inmenso aeropuerto que flotaba sobre el lago Michigan, a quince kilómetros de la orilla de Chicago.

    Al llegar supieron que Jeremías estaba atrapado en un hangar desocupado. Por lo que Moore sabía, no había medio alguno de huida. Treinta hombres armados rodeaban el lugar, con las armas apuntadas a puertas y ventanas. Otros hombres apoyaban al primer grupo, y el resto del cuerpo de seguridad de Moore comprobaba la identidad de los pasajeros de todos los barcos y aviones que llegaban y salían. Por si eso fuera poco, el ayuntamiento (o los miembros del mismo personalmente comprometidos con Moore) había bloqueado todas las rutas posibles de entrada y salida: rampas, túneles, monocarriles...

    — ¿Cómo lo encontrasteis? —preguntó Moore al hombre que estaba al mando.
    —Intentaba sacar billete para Cairo.
    — ¿El Cairo de Egipto o el de Illinois?
    —El de Egipto. Un par de agentes lo identificaron.
    — ¿Estáis seguros de que es Jeremías?
    —El o su hermano gemelo —fue la respuesta—. Concuerda exactamente con la descripción que tenemos, y echó a correr como un desesperado en cuanto lo llamamos.
    — ¿Y continúa en el hangar?
    —Sí.
    —Moira, acompáñame —dijo Moore—. Quiero estar totalmente seguro de que es él.
    —Creo que no deberías entrar —repuso ella—. Puede ser más peligroso de lo que piensas.
    —Quiero asegurarme de que lo sucedido la última vez no vuelve a repetirse —dijo Moore—. Y si se repite, deseo verlo con mis propios ojos.

    Cogió una pistola de uno de los guardias y, tras ordenar a sus hombres que le acompañaran, entró en el hangar.

    El lugar era muy espacioso, más de cien metros de largo, cincuenta de ancho y veinticinco de altura, y en él no había rastro de vida. Moore ordenó a uno de sus acompañantes que encendiera las luces, pero comprobó que la iluminación apenas era útil. Observó diversas rampas situadas a lo largo de la pared del hangar a una altura de cuatro metros e intentó localizar un posible escondite. No había ninguno.

    —Bien —dijo por fin—. Es evidente que no puede pasar por entre nuestros muchachos. Nos lo tomaremos con calma. Actuaremos en grupo y registraremos hasta el último hueco del condenado hangar.

    Empezaron a seguir la pared de la izquierda, avanzando poco a poco y mirando debajo, detrás y dentro de cualquier objeto de tamaño suficiente para ocultar un hombre. Habían recorrido cincuenta metros cuando oyeron un sonido apagado en la pared opuesta del hangar.

    — ¡Por allí! —gritó Moore, corriendo hacia el origen del ruido.

    Él y sus hombres llegaron a quince metros de una enorme carretilla para equipaje, y en ese momento un joven salió de las sombras con las manos en la cabeza.

    — ¿Es él? —preguntó Moore a Moira.
    —Sí —replicó ella.
    — ¿Estás segura?
    —Completamente.

    Moore contempló al joven un largo momento. Por fin se encogió de hombros.

    —Matadle —ordenó.
    — ¡No! —chilló Jeremías—. ¡Estoy desarmado! ¡No pueden hacerlo! ¡Estoy...!

    Siete pistolas dispararon al unísono, incluida la de Moore, y Jeremías fue arrojado a diez metros por la fuerza de las balas. En cuanto dejó de rodar por el suelo se levantó vacilantemente y echó a correr.

    — ¿Qué demonios pasa aquí? —murmuró Moore.

    Disparó de nuevo contra Jeremías, que siguió corriendo torpe aunque velozmente hacia la puerta del extremo opuesto del hangar mientras una lluvia de balas destrozaba las paredes alrededor de él.

    Moore emprendió la persecución, sin dejar de disparar. Jeremías cayó otras dos veces, y en ambas ocasiones logró incorporarse y proseguir la carrera hacia la puerta. La alcanzó con escasos segundos de ventaja sobre Moore y salió a la luz del sol.

    Moore cruzó la puerta con el tiempo justo de ver un avión que se salía de una pista y avanzaba en línea recta hacia el hangar.

    Comprendió la situación inmediatamente, volvió a entrar en el hangar y se echó al suelo. Hubo una estruendosa explosión un instante después, seguida por otras dos menos violentas y una oleada de calor y humo.

    El hangar ardió de inmediato. Vigas y maderos empezaron a derrumbarse. Moore se puso en pie y echó a correr hacia el otro lado del cobertizo. Moira y dos agentes de seguridad le siguieron, pero los demás habían desaparecido bajo los escombros que se acumulaban con rapidez.

    Tras cruzar la puerta por la que había entrado, Moore comprobó si estaba herido, vio que todo eran rasguños y magulladuras superficiales y se dirigió al otro lado del hangar para contemplar la matanza. El ambiente olía a carne quemada, y cincuenta de sus hombres yacían muertos o gravemente mutilados cerca de los restos del avión. Un equipo de rescate se hallaba ya presente, y varios más corrían hacia allí.

    — ¿Dónde está Jeremías? —preguntó Moore mientras intentaba localizar el cadáver entre los otros cuerpos.
    —No puede haber salido con vida —replicó en tono firme un agente de seguridad—. Estaba justo en medio. Tendrá usted suerte si encuentra los empastes de los dientes.
    —Espero que tengas razón —dijo Moore—, pero de todas formas quiero que registréis la zona de arriba abajo. Y que alguien averigüe qué pasó con el avión... por qué se salió de la pista y chocó con el hangar. —Miró a Moira, que tenía sangre en la boca—. ¿Estás bien?
    —Lo estaré, en cuanto vaya al dentista —dijo ella—. Tengo dos dientes sueltos. —Observó su vestido, rasgado y cubierto de mugre—. Y será mejor que me cambie de ropa. ¿Y tú, Salomón? Tienes un aspecto horrible.
    —Estoy perfectamente. Un poco aturdido, nada más —repuso él—. Volvamos al despacho. Poco podemos hacer aquí.

    Llegaron al edificio de Moore, curaron la mayor parte de sus heridas y se cambiaron de ropa justo a tiempo para recibir el primer informe de Pryor desde Lakeport: el tren de aterrizaje del avión no había funcionado bien. La breve investigación preliminar no había descubierto indicios de sabotaje.

    Diez minutos más tarde hubo una segunda llamada de Pryor. Un joven horriblemente herido cuya descripción correspondía con la de Jeremías había logrado subir a bordo de un avión comercial a punta de pistola y se disponía, según el mensaje radiofónico del piloto, a lanzarse en paracaídas sobre las montañas Pocono.

    — ¡Ojalá supiera qué demonios ocurre! —espetó Moore tras colgar el aparato.
    —No lo entiendo —dijo Moira.
    —Tu amiguito tiene más vidas que un condénate gato.
    — ¿No pretenderás decir que Jeremías está vivo?
    —Vivo y en libertad —dijo Moore—. El hijo de perra no sólo logró salvarse del holocausto, además ha secuestrado un avión.
    — ¡Pero eso es imposible! —exclamó Moira.
    —Evidentemente, no —replicó Moore—. Me parece recordar a Sherlock Holmes explicando al doctor Watson que si eliminas lo imposible, lo que queda debe ser la verdad. Si lo aplicamos a Jeremías, sólo queda una cosa: es totalmente imposible que sea un hombre normal con facultades normales... suponiendo que sea un hombre.
    —No me importa que sea hombre, mutante o extraterrestre —insistió Moira—. ¡Nadie ha podido salvarse, de una cosa así!
    —Alguien se ha salvado —dijo Moore—. Él.
    —Debe haber un error —reiteró Moira—. Seguramente han identificado a otro hombre como Jeremías.
    —Yo no lo creo, y tampoco tú —dijo gravemente Moore.
    — ¡Pero no hay otra explicación racional!
    —Tú lo has dicho —repuso Moore con sequedad.
    — ¡Tiene que estar muerto!

    Moore la miró dispuesto a replicar, pero finalmente hizo un gesto de indiferencia.

    —He consentido que demasiados subordinados investigaran a Jeremías. Creo que es hora de que yo mismo trabaje un poco.
    — ¿Por dónde empezarás? —preguntó Moira.
    —Por el principio —dijo Moore—. Hemos tenido gente trabajando veinticuatro horas diarias para averiguar algo sobre este tipo. Quiero repasar hasta el último retazo de información que hayan conseguido. Y quiero que tú pases por la sonda psíquica otra vez, en cuanto te arreglen la dentadura. Tal vez te saquemos algo que pasó desapercibido la primera vez.

    Moira salió del despacho, y Moore aguardó a que la información, no muy abundante, estuviera reunida en su escritorio. A continuación cerró con llave la puerta y repasó los datos lenta y metódicamente.

    A pesar de todo, los hechos eran escasos.

    Moore añadió los siguientes datos a las contadas pizcas de información que poseía ya:

     
    Los padres de Jeremías eran judíos agnósticos, y él ateo.

    Jeremías se había sometido a una operación de vasectomía hacía dos años, cuando residía en Seattle.

    Jeremías no solamente había padecido las enfermedades normales de la infancia, además había contraído tifus y una rara enfermedad del sueño. En ambos caso estuvo cerca de la muerte, pero se recobró de modo milagroso.

    La madre de Jeremías había publicado dos monografías breves sobre oscuras teorías acerca de los antiguos mesopotámicos. Ninguna de ellas había recibido apoyo de la comunidad académica.

    El nombre completo de Jeremías era Emmanuel Jeremías Germen, y era hijo de Marvin H. y Linda Germen.

     
    Y eso, en pocas palabras, era todo. La suma de los conocimientos de Moore sobre Jeremías no ocupaba dos hojas mecanografiadas. De hecho, lo único que Moore había averiguado (o, mejor, deducido) era la génesis de los nombres Jeremías el G y Manny el G.

    No recibió más noticias de Pryor, y Moira continuaba sometida al sondeo psíquico, por lo que Moore decidió volver a su apartamento por primera vez en muchos días, con la esperanza de que la comodidad de su biblioteca le permitiera revisar los hechos de la jornada y quizá aclararlos un poco.

    Nada más llegar al piso, se duchó con agua caliente y atendió de nuevo sus heridas. Luego preparó una cena formada en esencia por productos vegetales no derivados de la soja y pasó dos horas sentado en el viejo sillón de cuero, analizando las escasas notas que había garabateado y preguntándose qué relación tenían con un hombre capaz de sobrevivir a disparos y catástrofes aéreas con igual facilidad. Y no lo había logrado con estilo, no; Moore estaba convencido de que Jeremías se asombraba tanto de su habilidad para burlar a la muerte como cualquier otra persona.

    Contempló las notas varios minutos más y finalmente tres palabras atrajeron su atención: Emmanuel Jeremías Germen.

    En algún punto, oculto en las olvidadas cavidades de su mente, ese apellido reavivó un recuerdo, o quizá una serie de recuerdos. El nombre parecía conocido, aunque Moore estaba seguro de no haberse topado con él hasta entonces.

    Curioso, se levantó a coger una recopilación de apellidos antiguos, y no le sorprendió averiguar que el de Jeremías no estaba relacionado. Acto seguido revisó un par de libros dedicados a escudos de armas, con idénticos resultados. Incluso recurrió a los listines telefónicos de Chicago y Manhattan, de nuevo sin suerte.

    Y de pronto tuvo una corazonada y cogió la Biblia.

    Por lo que al nombre Emmanuel respectaba, Moore solo conocía un pasaje en el que recordaba haberlo visto. Busco el Libro de Isaías y fue pasando hojas hasta llegar al capítulo 7.

    «He aquí que la virgen quedara encinta y parirá un hijo, a quien denominara con el nombre de Emmanuel.»


    —Bien —murmuro—, ya he localizado a Emmanuel.

    El esperado Emmanuel, seguía diciendo Isaías, comería leche cuajada y miel y aprendería a rechazar el mal y escoger el bien... detalles que ciertamente no coincidían con el Emmanuel que Moore buscaba.

    Se disponía a guardar el libro cuando movió rápidamente las páginas con el pulgar para quitarles el polvo.

    Y en este momento lo vio, apareció fugazmente ante sus ojos. Moore doblo la cubierta de piel y dejo que las páginas pasaran con rapidez ante el, pero no logro nada y decidió mirarlas una por una hasta que el apellido pareció salir del libro y metérsele entre los ojos con letras mayúsculas incluidas:

    «Escucha, por favor, oh Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros, los que se sienten ante ti, pues son hombres que simbolizan lo por venir, porque he aquí que yo voy a traer a mi siervo, el GERMEN.»


    Era el Libro de Zacarías, y Moore continuo leyendo en busca de otras referencias al Germen.

    Las encontró.

    «Así dice Yahveh de los ejércitos: He aquí un hombre cuyo nombre es GERMEN y brotará de su sitio y construirá el Templo de Yahveh. El reedificará el Templo de Yahveh y alcanzará gloria y se sentará y dominará sobre su trono...»


    Dos minutos más tarde Moore hablaba por teléfono con Bernstein.

    —Abe, siento molestarte, pero tengo que hacerte un par de preguntas.
    — ¿Nos ha dicho Moira algo nuevo? —preguntó Bernstein.
    —Me importa un bledo lo que pueda decirnos Moira. ¿Estás muy familiarizado con la Biblia?
    —Sabía que preguntarías eso tarde o temprano —dijo Bernstein, suspirando—, pero nunca pensé que fueras tan rápido.
    —No has contestado mi pregunta.
    —Me eduque con el Antiguo Testamento. No estoy tan familiarizado con el otro.
    —Perfectamente. Precisamente estoy interesado en el Antiguo Testamento. ¿Qué puedes decirme del Germen? Con letras mayúsculas. Está en Zacarías.
    —Espera un momento, voy a por mi Biblia —dijo Bernstein.

    Moore aguardó con impaciencia. Mientras tanto, Bernstein tropezó ruidosamente con una silla, lanzó un apagado juramento, cruzó la habitación, cogió la Biblia y volvió renqueante al teléfono.

    —Aquí estoy —masculló.
    — ¿Lo has encontrado? —preguntó Moore.
    —Zacarías. Sí.
    —Estupendo. ¿Quién es el Germen, y por qué ese nombre?
    —Se trata de una oscura referencia al Mesías —dijo Bernstein tras leer el capítulo, una parte en voz alta y el resto en silencio—. El Germen deriva de que el Mesías es una rama nueva del agostado árbol genealógico de David.
    — ¿Por qué el árbol de David?
    —Porque una de las pocas cosas en que concordaban los profetas mesiánicos era que el mesías, que simplemente significa Ungido en arameo, procedería de la estirpe de David.
    — ¿Listo para otra pregunta?
    —Adelante —dijo Bernstein.
    — ¿Cuántos judíos actuales pueden averiguar su ascendencia hasta los tiempos de David?
    —Ninguno.
    —Así pues, ¿se trata de una estirpe muerta? —preguntó Moore.
    —Ni idea. Pero sé que nadie puede averiguar su ascendencia hasta tan lejos. Estás hablando de tres mil años o más.

    Hubo una pausa, prolongada y embarazosa.

    — ¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó por fin Moore.
    —Es una locura, Salomón.
    —Lo sé. Igual que todo lo que ha ocurrido últimamente.
    —Todo es tan improbable que hasta me avergüenza admitir que la idea me ha pasado por la cabeza —dijo Bernstein.
    —Lo mismo digo.
    —Es más probable que ese hombre sea marciano.
    —Estoy de acuerdo —dijo Moore—. Pero de todas formas quiero que me hagas un favor.
    —Si está dentro de mis posibilidades...
    —Ven a verme a mi despacho mañana a las ocho en punto.
    — ¿Eso es todo?
    —No.
    — ¿Qué más? —inquirió Bernstein.
    —Tráete a tu rabino.


    10


    —Salomón, permíteme presentarte al rabino Milton Greene —dijo Bernstein.

    Moore se levantó y observó al joven ataviado con una larga túnica a rayas que se hallaba ante él.

    —Puede llamarme Milt —dijo Greene, extendiendo la mano.
    —Vaya ropa que lleva —comentó Moore mientras le estrechaba la mano.
    — ¿Mi abrigo multicolor? —replicó Greene con una sonrisa. Dio una vuelta completa—. Lo tejí en mi propio telar.
    —Debe despertar a los fieles durante sus sermones —dijo Moore.
    —Oh, visto de un modo más formal para trabajar —contestó Greene—. En realidad, voy a ir a Canchas Celestes en cuanto salga de aquí.
    —No me diga que lleva escondido un palo de golf ahí... —intervino Bernstein.
    —Tengo un jersey y unos pantalones cortos en el armario del club —replicó Greene. Tomó asiento en una de las sillas de madera alineadas ante el escritorio de Moore—. Bien, señor Moore, ¿qué puedo hacer por usted? Abe me indicó que repasara los temas mesiánicos antes de venir aquí, pero aún no tengo idea del porqué, puesto que si de convertir al cristianismo se trata, yo podría ser la última persona que usted desearía ver.
    —Tengo algunas preguntas que hacerle —dijo Moore. Hizo una pausa para contemplar a Greene otra vez—. No pretendo herir sus sentimientos, pero parece jovencísimo para ser rabino.

    Greene hizo un gesto de indiferencia y sonrió.

    —Bien, si de eso se trata, usted parece jovencísimo para ser el rey del crimen.
    —Soy un simple hombre de negocios.
    —Esa no es la opinión de los medios de difusión.
    —En ese caso, ¿por qué accedió a verme?
    — ¿Por qué no? —Greene sonrió de nuevo—. No sé, me resulta muy difícil imaginar su organización inmiscuida en el negocio religioso.

    Moore miró a Bernstein.

    —Me gusta este hombre —le dijo en tono aprobador.
    —Por eso abandoné mi antiguo templo e ingresé en el de él —convino Bernstein.
    —Dígame, rabino... —empezó a decir Moore.
    —Milt —interrumpió Greene.
    —Dígame, Milt, ¿qué clase de consejo ofrece un tipo como usted a un veterano como Abe?
    — ¿Para preguntarme eso me ha hecho venir?

    Moore meneó la cabeza.

    —Simple curiosidad.
    —Le explico las tonterías normales, que lleve una vida decente y adore al Señor —replicó Greene—. Luego, en cuanto creo que ha bajado la guardia, le digo que eche de casa a su hijo antes que el chico se convierta en gorrón de oficio.
    — ¡Eh, un momento! —replicó Bernstein, molesto.
    —Abe, el chico tiene veinticuatro años y no ha trabajado un solo día. Lo único que hace es ir a esquiar con tu dinero. Tienes que poner fin a eso —dijo Greene, y Moore pensó que tenía razón.

    Una secretaria entró en el despacho en ese momento y entregó a Moore un informe secreto sobre el paradero de Pryor la noche anterior y una estimación sobre su hora de llegada al edificio. Moore abrió la carpeta, leyó el contenido y puso el informe en un cajón del escritorio. Cuando la secretaria abandonaba el despacho, Moore la hizo responsable de no ser interrumpido hasta que la reunión con el rabino concluyera.

    —Bien —dijo, mirando a Greene—, ¿vamos al grano?
    —Excelente —replicó Greene. Sacó un enorme cigarro puro—. ¿Le importa que fume?
    —Está usted en su casa —dijo Moore—. Empecemos con una pregunta fácil. ¿Todavía esperan la llegada del Mesías?

    Greene se echó a reír.

    — ¿En este mismo momento?
    —Es bastante improbable que él atraviese esa puerta mientras hablamos —dijo Moore, conteniendo el impulso de golpear madera—. En general, a eso me refiero.
    — ¿Desea una respuesta personal u oficial? —preguntó Greene.
    —Elija usted mismo.
    —Personalmente, no. Oficialmente, si.
    —De acuerdo, ciñámonos a lo oficial durante un rato —dijo Moore—. Suponiendo que usted, en calidad de rabino oficial, cree en el Mesías y en las profecías mesiánicas, ¿por qué no cree que Jesús fue el Mesías?
    —Se han publicado diez mil libros sobre ese tema —replico Greene—. Tal vez debiera prestarle algunos de los mejores.
    — ¿Podría condensarlos en un par de párrafos para mi?
    —Haré algo mejor que eso. Se lo diré en una sola frase. Jesús no satisfizo las profecías mesiánicas.
    —Casi cuatro mil millones de personas opinan lo contrario —dijo Moore—. ¿Por qué?
    —Algunas personas son más estúpidas que otras —replico tranquilamente Greene—. Mire, lo primero que debe entender es que las profecías mesiánicas no son ni mucho menos tan sencillas como la versión autorizada de la Biblia puede hacerle creer. Incluso antes del descubrimiento de los Pergaminos del Mar Muerto, sabemos de tres Mesías distintos esperados por los antiguos judíos.
    — ¿Tres? —dijo Moore, sorprendido.
    —Como mínimo. Seguramente hubo más. El término «Mesías», equivalente a «Khristos» en griego, si le interesa saber el origen del nombre de Jesús, significa simplemente «ungido», y ungido se suponía antiguamente a un rey. El Mesías de los judíos iba a ser un rey que devolvería a la raza su anterior gloria, y por supuesto Jesús no lo logro. De hecho, los judíos fueron expulsados de Jerusalén en el año 70, solo cuarenta años después de la muerte de Cristo, y no volvieron a establecerse allí durante casi dos mil años.
    — ¿Que más se esperaba de él? —pregunto Moore.
    —Absolutamente nada —intervino Bernstein.
    —Abe tiene razón —dijo Greene—. Lo único que el Mesías debía hacer era establecer un reino omnipotente en Jerusalén.
    —Un momento —dijo Moore—. He estado repasando la Biblia toda la noche, y he encontrado muchas otras cosas que él debía hacer.
    —No, se equivoca —repuso Greene—. Le aseguro que las cosas no son tan sencillas como las expone el Nuevo Testamento. Usted se refiere a diversas señales que permitirían identificar al Mesías, pero eran simples preliminares. El único objetivo del Mesías era establecer un reino en Jerusalén. —Meneo tristemente la cabeza—. Jamás lograre entender por que tanta gente puede adorar a un hombre que cumplió lo preliminar y fracaso en lo más importante... y no pretendo ofenderle si se encuentra en ese caso.
    —Entonces, ¿por qué se le adora como hijo de Dios?

    Greene se alzó de hombros.

    —No me lo explico. El Mesías sólo tenía poderes sobrenaturales en el Nuevo Testamento. En las profecías era simplemente un hombre. Un hombre muy especial, cierto, puesto que debía poseer mayor erudición que Abraham y David... pero a pesar de todo, un hombre.
    —Volvamos un momento a las señales. Yo pensaba que Jesús actuó según todo lo previsto: entró en la ciudad montado en un asno blanco, resucitó, etcétera.
    —Más cortinas de humo —afirmó Greene—. En los libros de los profetas y otras obras hebreas antiguas había cientos de señales predichas. El asno blanco se menciona exactamente una vez... y el detalle fue añadido seguramente uno o dos siglos después de la crucifixión, a fin de ratificar hechos anteriores."
    — ¿A qué se refiere?
    —No se han escrito demasiadas cosas en piedra desde los Diez Mandamientos —explicó Greene en tono gracioso—. La Biblia fue reescrita generación tras generación, y normalmente fue alterada para concordar con las creencias dominantes del período. En cuanto a las señales proféticas, la resurrección de Cristo jamás fue predicha. No lo olvide, su reino debía estar en la tierra. El cielo era, por así decirlo, dominio de Dios.
    —En este caso, ¿qué señales habrían aceptado los judíos como prueba de que él era el Mesías? —preguntó Moore, frustrado.
    —La señal más reveladora habría sido el establecimiento de su reino. Sé que esto es reiterativo, pero establecerse en Jerusalén es la esencia de toda la cuestión.
    —Permítame hacer la pregunta de otra forma —dijo Moore—. Si el Mesías se presentase en vida de usted, ¿qué señales, aparte del establecimiento de su reino, le capacitarían para reconocerlo?

    Greene siguió fumando su puro mientras meditaba un momento. Finalmente alzó la cabeza.

    —Creo que hay cuatro señales en las que estarían de acuerdo casi todos los eruditos judíos —respondió por fin—. Primera, el Mesías tendría que proceder de la línea de David. Segunda, su nombre debería ser Emmanuel. Tercera, tendría que salir de Egipto antes de establecer su reino. Y cuarta, tendría que resucitar muertos.
    — ¿No concuerda Jesús con todo eso?

    Greene lanzó una carcajada.

    —Ni por asomo. Jesús es el equivalente griego a Josué, no a Emmanuel. En ninguna parte existen pruebas históricas de que el resucitara a los muertos. En ninguna parte hay pruebas de que pusiera los pies en Egipto. Y...
    —Aguarde un momento —interrumpió Moore—. Los Evangelios determinan con claridad que Jesús fue a Egipto siendo un niño para salvarse de una de las matanzas de Herodes.

    Greene miró a Bernstein.

    — ¿Quieres explicárselo tú, Abe?
    —Salomón —dijo Bernstein—, repasa tus libros de historia. ¡No hubo una sola matanza de niños durante el reinado de Herodes!
    —Exacto —corroboró alegremente Greene—. Y si esa matanza mítica no tuvo lugar, no veo razón alguna para creer que Jesús tuviera que salvarse de ella.
    — ¿Qué me dice de su ascendencia davídica? —prosiguió Moore—. Mateo la documenta, generación tras generación.
    —Puras sandeces —dijo Greene—. Mateo cometió tantos errores genealógicos que incluso los autores que compilaron el trabajo en su evangelio fueron incapaces de corregirlos.
    — ¿Por ejemplo?
    —Por ejemplo, Mateo afirma que Joram engendró a Ozías. Pero documentos históricos prueban que hubo cuatro generaciones entre Joram y Ozías, y que éste fue en realidad hijo de Amasias. Mire —añadió el rabino—, cuando se escribe un Libro Sagrado, lo primero que se hace es asegurar que la historia escrita no lo contradice. Mateo fracasó. —Hizo una pausa para encender su puro, que se había apagado—. Su error más craso fue situar a José, y en consecuencia a Jesús, en la línea de David. No conozco un solo erudito bíblico, judío o no judío, capaz de justificar ese minúsculo detalle.
    —En definitiva, está afirmando que Mateo mintió.
    —No necesariamente. El dichoso libro fue reescrito seguramente veinte o treinta veces antes de concluir el medioevo. Afirmo que alguien mintió. Cosa que —agregó— es perfectamente comprensible. Tuvieron que deformar ciertos hechos e inventar otros para que los Evangelios corroboraran a Jesús como el Mesías.
    — ¿Y cuál es el punto de vista judío sobre Jesús? —preguntó Moore.
    — ¿El mío, o el oficial?
    —Continuemos con el oficial.
    —El punto de vista dominante es que Jesús fue un hombre bueno e inteligente, uno de los numerosos hijos de José el carpintero y la esposa de éste, cuyo nombre real era Miriam, no María. Se supone que creció en alguna parte de Galilea y que...
    — ¿Por qué lo sitúa en una zona tan enorme como Galilea? —inquirió Moore—. ¿Por qué no en Nazaret?
    —Porque probablemente no existió ningún Nazaret —replicó Greene—. Seguramente los nazarenos fueron una secta judía no muy distinta a la esenia. Había muchas sectas similares en aquellos tiempos, y la vida posterior de Jesús parece corroborar que él se instruyó en el seno de una de ellas. Estaba muy influenciado por Juan el Bautista y adoptó como propia la causa de éste. Debió poseer conocimientos básicos de medicina herbaria, puesto que curó a diversos enfermos... aunque naturalmente no creemos que curara a los leprosos o devolviera la vista a los ciegos.
    — ¿Tampoco cree que resucitó a Lázaro?
    —Naturalmente que no. ¿Y usted?

    Moore movió negativamente la cabeza.

    —No.
    —Bien por usted —dijo Greene—. Prosigamos. Creemos que Jesús seleccionó a sus discípulos entre las clases inferiores, porque también él procedía de ese estrato concreto, que los llevó a Jerusalén poco antes de la pascua de los hebreos, que se sintió ofendido al ver circular el dinero en el templo y que sus acciones posteriores crearon enorme preocupación, tanta que Pilatos y los fariseos decidieron desacreditarlo o expulsarlo de la ciudad. —Hizo una pausa—. Y naturalmente usted conoce el resto. Fue declarado culpable de traición y ejecutado.
    — ¿Y la resurrección?
    —Un cuento de hadas. Pero aunque fuera cierta, en modo alguno confirmaría que Jesús era el Mesías.
    — ¿Y los judíos han estado aguardando más de dos milenios desde la muerte de Cristo?
    —Algunos judíos, sí.
    — ¿Qué significa eso? —preguntó Moore.

    Greene sonrió y se recostó en la silla.

    —Esperaba tocar este tema, ya que lo repasé antes de venir aquí. ¿Creía usted que Jesús fue el único hombre que afirmó ser el Mesías y eligió un puñado de creyentes para lograr sus fines?
    —Eso suponía —admitió Moore.
    —Bien, haga nuevas suposiciones, señor Moore —dijo Greene—. Hubo cientos de personas antes que él, y muchísimas más después. En el siglo trece, un descendiente de una familia noble judeoespañola, un tal Abraham Abulafia, convenció a millares de personas de que él era el Mesías. A principios del siglo dieciséis, un enano misterioso, una especie de gnomo llamado David Reveni convenció a tantos fíeles de que él era el auténtico Mesías que incluso el papa Clemente VII le concedió audiencia.
    — ¿Es cierto? —dijo Moore, sorprendido.
    —Aguarde —prosiguió Greene—. Hay casos mejores. El Mesías en potencia más aceptado, sin excluir a Jesucristo, fue Sabbatai Levi, un turco del siglo diecisiete. Escuchó voces que lo exhortaban a redimir a Israel, y a fin de estar de acuerdo con las profecías mesiánicas fue a Egipto, donde dejó atónito a medio millón de discípulos al casarse con una prostituta de fama internacional.

    Moore contuvo la risa.

    — ¿Y ése fue su final?
    —En absoluto —replicó Greene—. Volvió a Turquía mientras se rumoreaba que tenía oculto en Arabia un impresionante ejército de judíos a la espera de sus órdenes, y anunció que planeaba deponer al sultán.
    — ¿Y qué sucedió?
    —El sultán le dio a elegir: o se convertía públicamente al Islam, o moriría despedazado, empezando por testículos y cabeza. Sabbatai prefirió lo primero, y otra esperanza mesiánica mordió el polvo.
    — ¿Hay casos más recientes? —preguntó Moore.
    —Un tal Jacob Frank, de origen ruso. Afirmó que cualquier persona podía redimirse mediante la pureza, pero que el camino auténtico era la impureza. Animó sus sesiones pseudorreligiosas con orgías sexuales, y posteriormente fue excomulgado por los rabinos de Turquía y Rusia. Falleció en..., ¿qué año fue? En 1791, creo. El último aspirante de importancia al título de Mesías fue Bal Shem Tov, nacido en Ucrania en la misma época que Jacob Frank. Tenía supuestamente un halo y realizaba curas milagrosas y en 1780, cuando murió, la mitad de los judíos europeos creían que era realmente el Mesías. —Hizo una pausa, estiró los brazos por encima de su cabeza y prosiguió—: Ya lo ve, señor Moore. Si bien tener un Mesías en quién creer es una experiencia única para los cristianos, tener uno que no cumpla las profecías no es nada nuevo para los judíos.
    —Eso veo.
    —Y ahora, señor Moore, creo tener derecho a formularle una pregunta.
    —Adelante.
    — ¿Quién es su candidato a Mesías?
    —Yo no creo en mesías —dijo Moore.
    —Qué alivio —dijo Greene con una sonrisa.
    — ¿Por qué? —preguntó Moore—. ¿No le gustaría ver al Mesías antes de morir?
    —Ciertamente no —respondió Greene—. El Señor, mi Dios, es un Dios celoso, y nada reacio a inundar la tierra o destruir totalmente Sodoma y Gomorra. Si proyecta un Mesías para nosotros, sospecho que su elegido rechazará el poder del amor en favor del poder de la espada, y reducirá a cenizas el viejo reino antes de erigir el nuevo sobre las mismas. —Hizo una pausa para meditar—. No, si el Mesías aparece alguna vez, yo por lo menos espero encontrarme pacíficamente muerto y metido en mi tumba antes de que llegue ese feliz momento.
    —Una última pregunta —dijo Moore—. Hábleme del Germen.
    —Ah, sí... Abe mencionó que yo debía leer a Zacarías. Al parecer, Zacarías aprovechó la metáfora de Isaías sobre una rama nueva que brotaría de la agostada línea davídica, aunque más adelante menciona a Zorobabel como el Mesías.
    — ¿No cumplió Zorobabel ninguna de las profecías de Zacarías e Isaías? —preguntó Moore.
    —Ni una sola. —El rabino hizo una pausa—. ¿Hemos terminado?
    —Sí.
    — ¡Magnífico! Aún puedo hacer nueve hoyos antes de la comida. Hay un estupendo comodibar húngaro dos niveles por debajo de Canchas Celestes. Si algún día tiene tiempo podría...
    —He estado allí —dijo Moore. Se levantó y acompañó a Greene a la puerta—. ¿Pondría su templo algún reparo si recibe un donativo mío?
    —Seguramente —repuso Greene—. Si cree que debe hacerlo, ¿por qué no lo entrega a Abe y deja que él lo dé?
    —Eso haré —prometió Moore.

    Greene se detuvo en el umbral y volvió la cabeza hacia Moore.

    — ¿Tiene grandes posibilidades su candidato?
    —No lo sé —dijo Moore—. Pero lo dudo muchísimo.

    Greene salió del despacho y Moore volvió a su escritorio.

    — ¿Bien? —dijo Bernstein.
    —Esperaba que tu rabino hiciera varios cientos de hoyos desarrollando la idea —dijo Moore, con el ceño fruncido—. Abe, ¿qué opinarías si te digo que el nombre completo de Jeremías es Emmanuel Jeremías Germen?
    —No me sorprendería.
    —De todas formas, es demasiado improbable para creerlo —dijo Moore—. Me gusta más la teoría del mutante.
    —Estaba seguro de que así sería —repuso Bernstein.
    — ¿Qué demonios significa eso?
    —Salomón, cuando las personas topan con algo que contradice su educación y su experiencia, tienden a ignorarlo o a interpretarlo mal.
    —Bien, si tú crees en estas tonterías mesiánicas, ¿por qué no te agarras al carro de Jeremías en vez de colaborar en mis planes para liquidarlo? —preguntó Moore.
    —Ya habrá tiempo para eso —dijo gravemente Bernstein—. Además, deberías tener claro ya que nadie podrá matarlo.
    —Lo veremos —dijo Moore—. Mientras tanto, Jeremías sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades: se llama Emmanuel y estuvo en Egipto.
    —A propósito, tengo una pequeña información para ti —anunció Bernstein.
    — ¿Sobre Jeremías?
    —Sí.
    — ¿Por qué no me los has dicho nada más llegar? —inquirió Moore.
    —Quería aguardar a que se fuera Milt Greene.
    —Muy bien. Habla.
    —Comprobé los resultados del sondeo psíquico de Moira antes de la llegada de Milt —empezó a explicar Bernstein.
    — ¿Y?
    —Jeremías le explicó una vez que cuando tenía diecisiete años y estaba nadando con un amigo, éste se ahogó a consecuencia de un calambre abdominal.
    — ¿Y qué?
    —Jeremías lo revivió.
    — ¿Y a eso llamas resucitar a los muertos? —se burló Moore—. ¡Demonios, cualquier boy scout sabe practicar la respiración artificial!
    —En las profecías no se dice que él deba sacar de la tumba un cadáver casi convertido en polvo y devolverle la vida por medios mágicos —replicó Bernstein—. Su compañero había muerto. Jeremías lo revivió. Quod erat demostrandum... y él tiene ya el setenta y cinco por ciento de posibilidades.
    —Es una tontería, y tú lo sabes.
    —Yo no lo sé, y tú tampoco, o no me habrías pedido que trajera a Milt —dijo tercamente Bernstein.
    — ¡Oh, vamos, Abe! Jeremías es un pordiosero y un ladrón, tan estúpido como el que más, y no está exactamente a punto de establecer un reino, ni en Jerusalén ni en ninguna parte. Yo diría que es el candidato a Mesías con menos probabilidades que puede encontrarse.
    —Aun a riesgo de parecer religioso —replicó Bernstein—. Jeremías no será el Mesías por tener grandes probabilidades, sino porque es el Mesías, así de simple.
    —Estupideces. Él no es más Mesías que tú o que yo. Suponiendo que haya existido un Mesías, fue Jesús.
    —Lo crees tanto como yo.
    —No, no lo creo —dijo Moore—. Pero casi la mitad de los habitantes de este mundo piensa que Jesucristo fue el Mesías. Tal vez sepan algo que nosotros desconocemos.
    —Cito a mi jefe: estupideces.
    —Pues considéralo de otra forma. Los judíos se establecieron en Israel hace un siglo, y vapulean a los árabes una vez por década. Es posible que el Mesías apareciera cuando nadie estaba mirando. Tal vez fue David Ben Gurion.
    —Interesante idea —admitió Bernstein—. Pero por desgracia no descarta a Jeremías.
    —No pretendo descartar a Jeremías —dijo Moore—. Sólo quiero matarlo. Demonios, tu rabino ha descartado elegantemente a Jesús, y a pesar de todo tres mil millones de personas creen en él.
    —Eso no les da la razón.
    —Eso tampoco se la quita.
    — ¿Cómo es posible que un ateo declarado defienda de pronto la divinidad de Jesús? —preguntó Bernstein—. ¿No será que, obligándote a creer en el Mesías de los cristianos, no tienes que hacer frente a la siniestra realidad del Mesías auténtico?
    —Es posible —admitió Moore, inquieto. Suspiró—. Supongo que el siguiente punto del programa es averiguar si Jesús fue o no fue el Mesías.

    Bernstein lanzó una carcajada irónica.

    —Cientos de miles de eruditos han dedicado su vida a averiguar eso. ¿Qué te hace pensar que triunfarás donde ellos fracasaron?
    —Ellos no sabían a quién preguntar —dijo Moore—. Yo lo sé.


    11


    Había alcanzado un renombre fuera de toda proporción con su aspecto. Estructuralmente era vulgar, un pequeño edificio dividido en vestíbulo, archivo y veinte cubículos. Era una sucursal de la Biblioteca de la Realidad, conocida por su fama por decenas de millones de personas y considerada erróneamente por casi todas ellas.

    Moore dejó a los guardaespaldas en la puerta, entró en el edificio y se acercó al único asistente, un hombre grueso de edad madura que estaba sentado detrás de un desordenado mostrador.

    — ¿Sí?
    —Me llamo Moore. Salomón Moody Moore. Concerté la visita.

    El encargado tecleó el nombre en la terminal del ordenador.

    —Ah, sí, señor Moore. Le he reservado el cubículo número siete.
    — ¿Le pago ahora o después?
    —El precio es veinte mil dólares por hora, y exigimos un pago mínimo adelantado de dos horas.
    —Perfecto —dijo Moore. Anotó rápidamente el número de identificación de su cuenta personal.
    —Gracias —repuso el encargado—. Podrá empezar dentro de poco, en cuanto nuestro ordenador haga la transferencia de fondos. Su banco sabe que esta transacción tendrá lugar, ¿no es cierto?
    —Sí.
    — ¿Ha usado la biblioteca anteriormente?
    —No —dijo Moore.
    — ¿Sabe cómo funciona?
    —Sólo de oídas.
    —En este caso le irá muy bien un poco de información —dijo el encargado, y sacó un folleto de los que guardaba detrás del mostrador—. Tenga. Le interesará leerlo. Si tiene alguna pregunta cuando termine, se la contestaré gustosamente.

    Moore le dio las gracias, se acercó a una silla, tomó asiento e inició la lectura.

    La Biblioteca de la Realidad, decía el folleto, pese a la increíble complejidad de su técnica, era en esencia un medio de diversión, la culminación lógica de todos los medios anteriores. Los registros fonográficos y las cintas magnetofónicas afectaban sólo a un sentido, el teatro y el cine sólo a dos... pero incluso si se encontraba un medio que afectase a los cinco sentidos, como los efímeros sensibilizadores habían intentado entre 2020 y 2030, la persona continuaba siendo mera espectadora, un voyeur que únicamente lograba placer indirecto.

    Pero la Biblioteca de la Realidad había cambiado todo eso. Cuando el usuario (el folleto aborrecía el término «cliente») tomaba asiento en un cubículo, encontraba dos nódulos que debía adherir a sus sienes, según la ilustración claramente expuesta. Después tocaba un botón del brazo derecho del sillón y de inmediato quedaba establecido el contacto con el banco de datos principal de la Biblioteca en Houston.

    La Biblioteca disponía de más de un cuarto de millón de obras literarias grabadas. El usuario se limitaba a elegir cualquier personaje, importante o secundario, de cualquier libro del catálogo y se transformaba, a todos los efectos, en dicho personaje mientras durara la grabación. Sus sentimientos serían idénticos a los del personaje, sabría lo mismo, vería lo mismo. El usuario no podía actuar de modo independiente o alterar el desarrollo pregrabado de la obra literaria seleccionada. Le parecería hallarse en una porción secreta de la mente del personaje, compartiendo todos sus pensamientos y experiencias y siguiéndolo hasta la conclusión de su saga.

    El folleto continuaba explicando el desarrollo del invento. En principio diversos actores quedaban conectados a los enormes bancos de datos de unas máquinas que clasificaban y almacenaban sus reacciones, para transferirlas de forma temporal a los cerebros de los usuarios de la Biblioteca. Los resultados no fueron satisfactorios, ni mucho menos, ya que lo que captaba el usuario era una interpretación de una obra literaria hecha por un actor, y naturalmente era casi imposible obtener escenas de guerras y muertes. Pero con el paso de los años la tecnología de la Biblioteca fue cobrando complejidad, hasta el punto de que el usuario podía vivir un libro sin necesidad del filtro de actores, directores, adaptadores y cualquier otro intermediario. Un equipo de cuatro técnicos tardaba normalmente entre dos y tres años para completar una grabación. Y con medio millón de técnicos contratados y más iniciados a diario, el catálogo de la Biblioteca de la Realidad crecía en progresión geométrica.

    Moore leyó algunos párrafos más, no vio nada interesante aparte de la inmoderada dosis de hipérboles congratulatorias por parte de la misma Biblioteca y finalmente volvió al mostrador.

    — ¿Alguna pregunta? —inquirió el encargado mientras recogía el folleto y lo escondía detrás del mostrador.
    — ¿Hacen daño?... Me refiero a esos objetos que debo ponerme en la cabeza.
    — ¡Santo cielo, no! —dijo riendo el encargado—. ¿Quién acudiría por segunda vez si el procedimiento fuera doloroso?
    —Le sorprendería averiguarlo —dijo Moore, pensando en las diversiones más famosas del espectáculo de Emociones Fuertes.
    —Le aseguro que no sufrirá molestia alguna, señor Moore.
    —Acepto su palabra —repuso Moore.

    La terminal de ordenador emitió dos bips.

    — ¡Ah! Su dinero está transferido.
    —Los precios deben asustar a muchos clientes —comentó Moore.
    —No tantos como cree —replicó el encargado—. Ofrecemos experiencias que nadie puede imitar. ¿Se ha preguntado alguna vez qué siente una mujer cuando alcanza el orgasmo? Usted puede ser Fanny Hill, vivir como ella, experimentar sus sensaciones. ¿Tiene sueños imperiales? Puede ser Julio César, Isabel, Bonaparte..., no simplemente observarlos, fíjese bien, sino transformarse en ellos. ¿Fantasea con sus atributos físicos? Pues sea Tarzán, trabado en combate mortal con Numa el león.
    — ¿Cuánto tiempo dura una cinta?
    —Depende, pero en general puede vivir su contenido en cuarenta minutos. Naturalmente, si desea ser la Natasha de Guerra y paz, la cinta durará un poco más. Y a la inversa, si desea convertirse en un personaje que aparece sólo en un capítulo de Guerra y paz, la cinta podría durar únicamente dos o tres minutos.
    — ¿Y si quiero ser un personaje en un momento concreto de un argumento? —preguntó Moore—. ¿Cómo puedo conseguirlo?
    —Debe aclarar qué parte del relato desea, por adelantado —respondió el encargado—. Estará totalmente incapacitado para actuar de forma independiente en cuanto empiece la cinta. En realidad, ni siquiera notará que está reviviendo una cinta, que esa vida no es real. En consecuencia, todas las limitaciones deben decidirse por adelantado.
    — ¿Dónde puedo encontrar una lista de cintas?

    El encargado le indicó una puerta.

    —Vaya allí y se encontrará en nuestra Sala de Catálogo. Anote los títulos y los números de código de las cintas que desea, así como las partes de las mismas que desea vivir. Luego entrégueme la lista y la entraré en el ordenador maestro mientras usted se prepara en el cubículo.

    Moore fue a la Sala de Catálogo y volvió con una lista media hora más tarde.

    —Ah —dijo el encargado, sonriendo al mirar los títulos—. Veo que es usted religioso.
    —No en especial —replicó Moore.
    — ¿Desea serlo?
    —No en especial.
    —Se sentirá muy distinto después de haber muerto por nuestros pecados y resucitado.
    —Lo dudo.
    —En ese caso, ¿por qué desea ser Jesús? —preguntó el curioso encargado.
    —No es ese mi deseo —dijo Moore. Anotó el personaje cuya vida deseaba experimentar—. Empecemos con el Evangelio de San Juan.

    Marchó al cubículo, adhirió los nódulos a sus sienes siguiendo las instrucciones, notó que un placentero atontamiento se apoderaba de él y...

    Era Judas Iscariote y estaba furioso. Jesús le había confiado la bolsa que contenía el dinero de los discípulos, con el único objeto de hacerle responsable si faltaba algo, y él se sentía agraviado. Era un ladrón, y en ese momento no había nadie a quien robar aparte de él mismo.

    En primer lugar, ¿por qué acompañaba a ese hombre benévolo que siempre iba ataviado con su túnica blanca? Seguramente no era un Mesías, sólo un maestro, un rabino de ideas extrañas y revolucionarias. Tenía que irse, tenía que intentar ganarse la vida, aunque fuera robando... y sin embargo siempre existía esa posibilidad, esa remota probabilidad.

    ¿Cuántas veces había implorado su pueblo al Dios de Israel que enviara Su Mesías y restituyera la antigua gloria de la raza? Los pretendientes al mesiazgo se habían presentado uno tras otro, habían intentado unir a las masas y habían muerto apedreados o crucificados como recompensa a sus esfuerzos. Y aunque él aguardaba la oportunidad de decidir si aquel hombre era el esperado por su pueblo, estaba seguro de que en definitiva Jesús demostraría no ser más Mesías que cualquiera de los otros.

    Sin embargo, mientras observaba y aguardaba, Judas debía obedecer las órdenes de su maestro, y le enfurecía desempeñar el papel de santo pacífico. Se hallaba sentado en la casa de Lázaro, y vio que María, la hermana del anterior, tomaba una libra de ungüento de gran coste, lo ponía en los pies de Jesús y lo frotaba con sus cabellos. Finalmente Judas no pudo soportarlo más.

    — ¿Por qué no se vendió ese ungüento en trescientos denarios, y se dio ello a los pobres? —pregunto.

    Le importaban tanto los pobres como los romanos, por supuesto. Pero el beneficio de la venta habría llenado más la bolsa del dinero... y si Jesús demostraba ser un hombre y nada más, tantos más fondos tendría Judas para la nueva vida que eligiera.

    —Déjala que lo haya reservado para el día de mi entierro —respondió Jesús con firmeza—. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.

    Los otros discípulos miraron a Jesús con aire de mudo reproche, y él, quizá por centésima vez, se encogió humillado ante su maestro. Nutria su odio, lo dejaba crecer y florecer en su interior. Pronto irían a Jerusalén, la Pascua se acercaba. Judas actuaría entonces. El dinero que recibiera por traicionar a su maestro hará que trescientos denarios fueran otros tantos granos de arena en el desierto.

    Pronto llegaría el momento. Pronto...


    Y de pronto fue arrojado al mundo violento y bárbaro de La última tentación de Cristo de Kazantzakis. Él era muy alto, delgado, viril, con la fuerza de un toro y una gran barba roja que era la envidia de todos los hombres...


    Era Judas, y estaba impaciente. En otro tiempo, hacía meses, había aborrecido la visión de Jesús, incluso había ido a un monasterio del desierto dispuesto a matarlo. Pero aquel hombre joven, extraño y pálido, el asceta de la mirada obsesionada que siempre parecía correr, no hacia el mesiazgo, sino en dirección contraria, convenció a Judas sin necesidad de convencerse el mismo de que era el Elegido.

    Y Judas estaba cada vez más impaciente. ¿Por qué Jesús no esgrimía la espada? ¿Por qué no hacía morder el polvo a romanos y fariseos? ¿Por qué bailaba y reía? ¿Por qué se codeaba con la escoria de la tierra? ¡Esa conducta era impropia del Mesías! El Mesías debía empuñar la terrible espada de la ira y la venganza del Señor. Estaban malgastando el tiempo, Jesús y su pandilla de fieles, aquellos cobardes flacuchos llenos de pulgas. Y a Judas correspondía mostrar el camino a Jesús, convencerlo de que había llegado la hora de asestar el golpe que liberara a su pueblo de una vez por todas.

    Pero esa noche Jesús llevo aparte a Judas y le hablo de una visión que había tenido mientras se hallaba a solas en lo alto del Gólgota. El profeta Isaías aparecía en su mente sosteniendo una piel de cabra de color negro cubierta de letras. De pronto Isaías y la piel de cabra se esfumaban, dejando únicamente las letras, que se retorcían como animales en el aire.

    Sudoroso y tembloroso, Jesús había leído las letras en voz alta:

    —Él ha cargado con nuestras faltas. Fue herido por nuestros pecados. Nuestras iniquidades le magullaron. Estaba afligido, pero no abrió su boca. Despreciado y rechazado por todos, prosiguió sin resistirse, igual que un cordero conducido a la matanza.

    Jesús dejó de hablar. Se había puesto mortalmente pálido.

    —No lo entiendo —dijo Judas—. ¿Quién es el cordero conducido a la matanza? ¿Quién va a morir?
    —Judas, hermano —dijo Jesús, esforzándose en dominar su pánico—. Yo soy el que va a morir.
    — ¿Tú? ¿Acaso no eres el Mesías?
    —Lo soy.
    —No lo entiendo —refunfuñó el barbirrojo, irritado y afligido al mismo tiempo.
    —Debes ayudarme a hacer lo que debe hacerse —suplicó Jesús—. Debes ir a Jerusalén.
    — ¿Por qué me eliges, por qué yo? —preguntó Judas.
    —Porque eres el más fuerte —replicó Jesús—. Los otros no lo soportarían.

    Como él era el más fuerte, y el más devoto, se escabulló en las sombras hacia Jerusalén a fin de cumplir la orden de su maestro.

    De pronto, en lugar de las calles calurosas y áridas de Jerusalén, salió lanzado hacia abajo y hacia abajo y hacia abajo, hacia las profundidades del Infierno de Dante.

     
    Era Judas Iscariote, y sufría tormentos no conocidos por hombre alguno hasta entonces.

    Por encima y alrededor de él, otras almas padecían los tormentos de los condenados eternamente. Soportaban ríos de fuego, espantosas mutilaciones, transformaciones en serpientes, eran enterrados vivos... todas las afrentas y torturas monstruosas que el Infierno podía ofrecer.

    Judas habría cambiado gustosamente su lugar por el de cualquiera de ellos.

    En el epicentro del Infierno se hallaba agazapado Lucifer, el mayor enemigo de toda la Creación. Tenía tres rostros y otras tantas bocas. En la boca de la izquierda estaba Bruto; en la de la derecha estaba Casio, y en la mayor de las tres, la del centro, estaba Judas.

    Llevaba en esa boca, masticado y mutilado por Lucifer y sintiéndose inconcebiblemente sucio por la misma presencia de éste, toda una eternidad. Permanecería allí toda una eternidad. El tormento era insoportable, y sin embargo Judas lo soportaba. Se esforzaba en apartar sus pensamientos del dolor, pero entonces veía la cara de su maestro contemplándose desde la cruz, e incluso el tormento de los dientes de Lucifer, negros y mellados, era preferible a eso.

    Judas chilló.

    Había chillado infinitas veces en el pasado. Chillaría infinitas veces en el futuro. Era Judas Iscariote, y había traicionado a su Dios...

     
    Libre de las regiones más profundas del Infierno, se encontró de nuevo en el cuerpo dolido y con frecuencia estuprado de Palestina, la tierra de El Nazareno de Asch.

     
    Era Judah Ish-Kiriot, y estaba preocupado. El templo iba a ser destruido, y Jerusalén quedaría arrasada y sería hollada por los gentiles.

    — ¿Quién ha dicho esas cosas tan horribles, hombre de Kiriot? —preguntó Nicodemo.
    — ¡Mi rabí! —gimió Judah—. ¡El hombre que yo suponía salvaría Israel!

    Nicodemo meneó la cabeza tristemente.

    —Tu rabí ha dicho que el que no renaciere no vera el reino de Dios. Yo no lo entendía y por eso le pregunté: « ¿Cómo puede un hombre ser engendrado si ya es viejo? ¿Acaso puede volver a entrar en el cuerpo de su madre?» Y tu rabí contestó: «Lo engendrado de la carne, carne es, y lo engendrado del espíritu, es espíritu». Esto es cierto, pero ¿nacemos solamente de la carne? ¿No es el Torah nuestra madre, y no son Abraham, Isaac y Jacob nuestros padres? De modo que pensé, la doctrina de este rabí es buena y magnífica para los que nacen sin el espíritu, o para los que niegan el espíritu. Y a partir de ese día me aparté de tu rabí.

    Judah lo contempló con aire de incomprensión.

    — ¿No es posible —prosiguió en voz baja Nicodemo— que tu rabí haya venido para los gentiles?

    Cuanto más lo pensaba, tanto más probable le parecía a su angustiado cerebro. Y sin embargo, a fin de redimir los millones de almas nacidas sin el espíritu, el desempeñaría su papel en el drama de dolor y muerte pendiente de representación...

     
    Y de la casa de Nicodemo se desplazó a una Jerusalén suspendida en el tiempo y el espacio, la Jerusalén del poema épico de Dunn Satán encadenado... Parecía un ser incorpóreo, vago, etéreo...

     
    Era Judas, y sin embargo no lo era. Era un juguete, un peón en la eterna partida de ajedrez iniciada cuando Satán y sus generales demoníacos encabezaron la revuelta. Los escenarios variaban, el tiempo seguía su curso y a pesar de todo el juego-batalla continuaba, inalterado.

    Pero Dios había resuelto introducir otra pieza en el tablero: Su Hijo. Y en consecuencia Satán contraataco con Judas Iscariote. El Hijo intentaría salvar a la humanidad. Judas intentaría clavarlo a la cruz.

    Judas venció, pero al vencer perdió, y el decorado se trasladó a otro lugar.

     
    Y por fin, tras regresar de Alguna Parte, se encontró de nuevo en Jerusalén, viviendo el Evangelio de Mateo...

     
    Era Judas Iscariote, y estaba atormentado. Había vendido a su maestro por treinta monedas de plata, y todavía no sabía porque.

    ¿Era Jesús el Mesías? Tampoco sabía eso. Lo único que sabía era que no podía ya tolerar la posesión del dinero por el que había cometido su traición. Que Jesús fuera hombre o Mesías no tenía importancia. Que Jesús viviera o muriera, si. Y Judas decidió sacrificar su vida para salvar la del maestro.

    Corrió hacia el templo y buscó a los archisacerdotes y ancianos.

    — ¡He pecado! —exclamo mientras echaba las monedas al suelo delante de ellos—. ¡He entregado una sangre inocente!
    — ¿Y a nosotros, qué? —respondió irónicamente el sumo sacerdote.

    Judas sabía que Jesús estaba condenado, y dejo el dinero maldito en el suelo y se retiró en la noche.

    Hizo un nuevo esfuerzo para examinar sus motivos. ¿Acaso intentaba obligar a Jesús a emprender alguna acción mesiánica?

    ¿Quena castigarlo por no ser la clase de Mesías que el deseaba? ¿O simplemente deseaba librar al pueblo de Israel de otra esperanza frustrada en cuanto el nuevo Mesías demostrara ser meramente un hombre? No lo sabía. Sólo sabía que Jesús de Nazaret iba a morir por culpa de treinta monedas de plata.

    Encontró una soga en el suelo y la cogió e hizo un nudo corredizo en un extremo. Luego buscó un árbol que tuviera una rama baja y fuerte...

     
    Moore se hallaba de nuevo en el cubículo. Las cintas habían terminado, pero tardó unos minutos en aclimatarse al nuevo ambiente. Finalmente lanzó un suspiro, se quitó los nódulos y salió al vestíbulo.

    — ¿Cuánto rato he estado? —preguntó.
    —Hora y media, aproximadamente —replicó el encargado—. Transferiremos diez mil dólares a su cuenta personal. —Hizo una pausa—. Si no le importa que lo diga, parece un poco aturdido, señor Moore.
    —Lo estoy.
    —No todos los días traiciona uno al Mesías tantas veces —dijo en tono irónico el encargado.
    — ¿Era el Mesías? —preguntó Moore.
    —No tengo la menor idea. Pensaba que Judas debía saberlo.
    —Judas no sabía más que usted.
    —Curioso —musitó el encargado—. Me preguntó por qué.
    —Tal vez no tenía todos los hechos ante él.
    — ¿Qué hechos faltaban?
    —Un hombre llamado Jeremías —replicó Moore.


    12


    El Bogovante Dorado, como casi todos los comodibares, estaba bien camuflado. Se hallaba en el cuarto nivel de State Street, tras la fachada de una tintorería bastante sencilla que parecía tener un notable volumen de trabajo propio.

    Pero una vez en el interior, la decoración cumplía la promesa del restaurante. Las paredes estaban totalmente recubiertas de oro, biombos japoneses de color amarillo y tapices de varios siglos de antigüedad, y sillas y mesas estaban forjadas a mano y doradas. Hasta las baldosas y las alfombras relucían como el oro, y los platos y los carritos del servicio eran igualmente dorados. Crustáceos de todos los tamaños y variedades imaginables habitaban en depósitos dorados de forma triangular cuidadosamente atendidos en los cuatro rincones del salón, y camareros y camareras lucían sobre su cuerpo una capa de pintura metálica color oro y poca cosa más, aunque todos llevaban una corona hecha con rutilantes conchas marinas.

    Moore y Pryor fueron conducidos a una mesa en la parte más recogida del restaurante, donde Moore pidió la cena de ambos.

    — ¡Es fabuloso! —exclamó Pryor mientras contemplaba el salón —. Hace un año que intento venir aquí, desde que inauguraron el local, pero nunca encuentro la oportunidad.
    —La comida es mejor incluso que la decoración —replicó Moore. Aguardó a que una camarera trajera una bebida a Pryor (él se abstuvo, como siempre) y siguió hablando con su ayudante—. ¿Sabes donde he estado por la tarde?

    Pryor asintió.

    —En la Biblioteca de la Realidad.
    — ¿Averiguaste algo?

    Moore meneó la cabeza.

    —Un derroche de tiempo y de dinero. Al parecer sólo topamos con callejones sin salida.
    — ¿Volvemos a estar en el punto de partida?
    —La cosa empieza a tomar ese aspecto —dijo sombríamente Moore. Miró a Pryor—. Ben, ¿cuál es tu opinión sobre Jeremías?
    —Creo que es un hombre difícil de eliminar.
    —Muchísimas gracias.
    — ¿Quieres una afirmación más rotunda? —dijo Pryor—. De acuerdo. Creo que, por algún motivo que se nos escapa, es literalmente imposible eliminarlo. Personalmente, me inclino por la teoría del imitante. Puede ser increíble, pero es mucho más fácil tragar eso que no las tonterías mesiánicas de Abe.
    —Acepto sugerencias —dijo Moore—. ¿Tienes alguna?
    —No soy científico —repuso Pryor—. Pero tampoco lo es Abe. Creo que recurriría a ciertas personas, tal vez en la universidad de Chicago, alguien que sepa algo sobre mutaciones, y escucharía lo que tengan que decir.
    —Podríamos hacer eso —convino Moore—. Encárgate tú mismo en cuando llegues a la oficina mañana.
    —Pareces tener dudas.
    —No me gusta apostar, Ben —dijo Moore—. Pero si me gustara, apostaría doce contra uno a que los expertos corroboran la opinión de Abe sobre las mutaciones. Los mutantes no pueden hacer lo que hace Jeremías, y supongo que los científicos son personas bastante normales: no les gusta enfrentarse cara a cara con algo que contradice sus creencias.
    —Igual que los cristianos —dijo riendo Pryor—. ¿No sería divertido que Jeremías fuera el Mesías?
    —Muy chistoso —repuso secamente Moore.

    La camarera llegó de nuevo con la cena (colas de langosta para Moore y zarzuela de mariscos con salsa de vino para Pryor) y los dos pasaron la siguiente media hora disfrutando esos manjares, tan deliciosos como ilegales. Después de que les trajeran un llameante postre, Moore reanudó la conversación.

    —Aunque sea imposible liquidarlo, quiero mantener la presión. Ofrece una recompensa.
    —Eso ya está hecho.
    —De mayor cuantía —dijo Moore mientras agitaba el azúcar en el café—. Un millón de dólares. Hasta la fecha, el asunto no ha salido de nuestra organización. Que corra la voz también entre los independientes. Con eso podríamos ganar un poco de tiempo.

    Pryor sacó dos puros y ofreció uno a Moore.

    —No, gracias —replicó Moore—. Sólo los fumo como complemento, cuando trato de convencer a alguien de que soy un cliente muy duro.
    —Te he visto dejarlos apagar simplemente para que los muchachos te los enciendan otra vez —dijo Pryor. Metió uno de los puros en su bolsillo—. Es asombroso cuánto impresiona a la gente una exhibición de deferencia por parte de un puñado de matones de cien kilos.
    —Hablar con mucha tranquilidad también es útil —comentó Moore—. Casi todos esperan ser tratados a gritos.
    —Nada como mantenerlos desequilibrados —convino Pryor mientras encendía su puro—. A propósito, dices que deseas ganar un poco de tiempo. ¿Para qué?
    —Porque hemos subestimado un hecho muy importante.
    — ¿Ah, sí? ¿Cuál?
    —Jeremías cree que es posible matarle. En cuanto comprenda que es imposible, dejará de correr pura alejarse de nosotros y echará a correr hacia nosotros.

    Pryor frunció el ceño.

    —No había pensado en eso. —Guardó silencio unos momentos y finalmente hizo un gesto de indiferencia—. En cualquier caso, ¿qué diablos puede hacernos él?
    —No lo sé... y naturalmente no pienso quedarme sentado para averiguarlo.
    —Hasta la fecha el único talento que ha exhibido es meramente defensivo. Creo que si tuviera posibilidades ofensivas ya las habría demostrado.
    —Tal vez no sabe que las tiene —replicó Moore—. Recuerda, no estamos enfrentándonos a un gigante mental. Sean cuales sean sus cualidades, la capacidad intelectual no forma parte de su arsenal.
    —Lo esperas —dijo Pryor.
    —Lo sé —contestó Moore.

    La camarera trajo la cuenta, y Moore dejó setecientos dólares en la mesa. Se reunió con los guardaespaldas en la puerta, dijo adiós a Pryor y volvió a su apartamento, donde pasó la noche leyendo todos los datos de que disponía sobre mutaciones. Cuando llegó al despacho por la mañana, sus conocimientos sobre mutantes superaban todo lo previsible... pero todavía no podía definir a Jeremías.

    Pasó buena parte de la mañana atendiendo tareas rutinarias. Más tarde, poco antes del mediodía, convocó en su despacho a Moira, Pryor y Bernstein.

    — ¿Qué ocurre, Salomón? —preguntó Bernstein.
    —Abe, ¿es posible que la suerte sea un talento de mutante? —preguntó Moore.
    — ¿Te refieres a la precognición?

    Moore meneó la cabeza.

    —No. Si fuera así no caería constantemente en trampas. Hablo de suerte... o, para expresarlo en tus términos, una reacción involuntaria que le permite superar los promedios estadísticos.
    — ¿Cómo esquivar cuarenta y tres balas disparadas a quemarropa? —preguntó Bernstein con una sonrisa—. ¿Te das cuenta de lo ridículo que es eso?
    —De acuerdo —dijo Moore—. ¿Es posible que su piel se haya transformado hasta ser prácticamente una muralla contra las balas?
    —No —intervino Moira, sacudiendo la cabeza con aire tajante—. Le he visto cortarse mientras se afeitaba.
    —Además —añadió Bernstein—, eso no explicaría lo sucedido en la Gomorra. Aquellas balas no rebotaron en su cuerpo, Salomón. No le alcanzaron.
    —Ben —dijo Moore—, ¿aun no tienes noticia de los biólogos?
    —Es demasiado pronto —respondió Pryor—. Seguramente no me responderán hasta dentro de dos días.
    — ¿Estás buscando asesoramiento fuera de la organización? —preguntó Bernstein—. ¿Qué harás cuando esos científicos digan lo mismo que yo, Salomón?
    —Pregúntamelo entonces —replicó Moore.
    —Lo haré gustosamente —dijo Bernstein—. ¿Puedo hacer una sugerencia mientras tanto?
    —Estás en tu casa.
    —Puesto que has de esperar dos días para evaluar la teoría del mutante, ¿por qué no consideras la alternativa mientras tanto?
    —Maldita sea, Abe. ¡Jeremías no se comporta como un Mesías! Incluso cuando hace algo previsto, lo hace a tropezones. ¡Es una locura!
    —Salomón, la evidencia lo define más como Mesías que como mutante, tanto si quieres admitirlo como si no.
    —Los mesías no hacen trucos estúpidos como Jeremías —dijo Moore—. Tienes la religión metida en la cabeza, Abe.
    — ¿No se te ha ocurrido que puedes estar abordando el problema al revés? —sugirió Bernstein.
    — ¿De qué estás hablando?
    —Has emprendido una carrera para probar que Jeremías no es el Mesías. Has hablado con Milt Greene, has visitado la Biblioteca de la Realidad, has visto lo que Jeremías hizo a Krebbs, has comparado sus actos con las señales mesiánicas aceptadas, y por mucho que protestes, no has podido demostrar nada. Sugiero que, en lugar de intentar probar que él no es el Mesías, trates de probar que lo es y analices los resultados.
    —No veo la diferencia —dijo Moore.
    —Es cuestión de método —explicó Bernstein—, Consideremos el caso de un cataléptico. Sin un estetoscopio o un espejo empañado puede ser muy difícil demostrar que vive. Pero si le pinchas con una aguja y ves sangre saliendo de la herida, es sencillo demostrar que no ha muerto.
    —Un ejemplo bastante flojo.
    —No te ofrezco ejemplos, te ofrezco métodos. Tienes cierto número de pruebas ante ti, y has sido incapaz de probar que Jeremías no es el Mesías... y créeme, tus expertos confirmarán todo cuanto he dicho sobre mutaciones. En consecuencia, ¿por qué no comprobar si da mejores resultados el otro método, intentar demostrar que él es el Mesías?
    —Es una estupidez —dijo Moore.
    — ¿Tienes algo mejor en que perder el tiempo?
    —Muchas cosas —dijo Moore—. Pero si vale para que al fin dejes de decir estupideces mesiánicas, lo intentaremos.

    Pulso un botón del intercomunicador y ordeno a su secretaria que trajera comida para cuatro al despacho. Después siguió hablando con Bernstein.

    —Muy bien, Abe. ¿Que sabemos de Jeremías que nos induzca a pensar que es el Mesías?
    —Se llama Emmanuel, fue a Egipto siendo niño y ha resucitado a un muerto. El setenta y cinco por ciento de las señales.
    —Vaya resurrección —se burló Moore—. ¿Y qué me dices de su ascendencia davídica?
    — ¿Quién sabe? —dijo Bernstein—. Es posible.
    — ¿Sabes con certeza que David existió realmente?
    —Al parecer hay pruebas históricas. Pero aunque un hombre llamado David no haya existido, eso no cambia nada.
    — ¿No? —dijo Moore—. ¿Por qué no?
    —Porque estamos interesados en el rey mencionado como David por la Biblia, y personalmente me importa un comino que se llamara David, Jorge o Federico. Se trata simplemente de un símbolo. Seguiré refiriéndome a la línea davídica porque es un término practico, pero cuando lo uso estoy hablando de la descendencia de un hombre al que la Biblia, correcta o incorrectamente, llama David.
    —Cosa que no resuelve nada —dijo Moore—. Tu rabino afirma que existen cuatro señales que permiten reconocer al Mesías. Aun exagerando, solo podemos confirmar tres. Y si no recuerdo mal, el Mesías debe establecer un reino en Jerusalén Jeremías no ha emprendido esa tarea, ¿no es cierto, Abe?
    —Todavía no —repuso Bernstein.
    —Pues hasta que lo haga, creo que el tema está agotado.
    —No estoy de acuerdo —dijo Moira.
    —Otro trimestre perdido —comento irónicamente Moore—. Muy bien, que salga todo ahora, y después tal vez podamos seguir haciendo algo más práctico —Lo único que he hecho —explico Moira— es seguir el consejo del doctor Bernstein me he preguntado si puedo refutar la hipótesis de que Jeremías es el Mesías. Para hacerlo, tengo que probar que el no cumple las profecías llamadas vitales. Se con certeza que las tres primeras se han cumplido, por lo que resta únicamente la profecía del linaje de David. —Hizo una pausa—. Bien, es obvio que no puede demostrarse nada, puesto que la mejor documentación se origina hace pocos siglos. Pero eso no significa que no haya otra forma de abordar el problema.
    — ¿Por ejemplo?
    —Si supongo que Jeremías es el Mesías, debo suponer por tanto que su ascendencia es davídica, y tengo que preguntarme cual es la consecuencia lógica de esto.
    — ¿Cuál es? —inquino Moore.
    —Bien, si el Mesías desciende del linaje de David, parece lógico suponer que la línea ha existido todo este tiempo a fin de originar ese Mesías. Ello significaría que Jeremías es el único varón del mundo que desciende directamente de David. Bien, ¿qué deduces tú?
    —Que estas tan loca como Abe —dijo Moore.
    —No, Salomón —respondió Moira—. Yo deduzco que, si debe existir alguna vez un Mesías de acuerdo con las profecías, es imposible matar a Jeremías. Estuvo a punto de morir varias veces por culpa de enfermedades infantiles, pero siempre se recobró y tampoco tus hombres fueron capaces de liquidarlo.
    — ¿Estas afirmando que el podrá seguir vivo hasta que engendre un varón que le suceda en la línea? —pregunto Moore.
    —No, Salomón. Estoy afirmando que Jeremías es el Mesías.
    — ¿Por qué?
    —Porque Jeremías se sometió a una vasectomía hace dos años. El linaje acaba con el.
    — ¡Dios mío, ella tiene razón, Salomón! —exclamo Bernstein.
    —No tan deprisa —dijo Moore. Miro a Moira—. ¿Y si Jeremías no es el único descendiente directo de David? ¿Y si hay cincuenta como el?
    —En ese caso, ¿por qué no habéis podido matarle? —respondió Moira— Si Jeremías desafía todas las leyes de la probabilidad y la naturaleza, debe existir una explicación. Yo he ofrecido la mía, Salomón. ¿Tienes otra mejor?
    —No de momento —admitió a regañadientes Moore, mientras entraba en el despacho un carrito con cuatro comidas.

    Y treinta horas después, cuando todos los biólogos confirmaron las palabras de Bernstein, Moore continuaba sin tener una explicación mejor.


    13


    Moore advirtió poco a poco un persistente zumbido en la mesita de noche. Finalmente apartó las sábanas y buscó a tientas el teléfono.

    — ¿Sí? —murmuró al fin.
    —Estoy en la oficina. Será mejor que vengas ahora mismo.
    — ¿Quién habla?
    —Ben.
    — ¿Qué ocurre?
    —Moira se ha fugado.
    —Voy hacia allí —dijo Moore.

    Tardó cinco minutos en vestirse. Luego, acompañado por los guardaespaldas, salió del apartamento y se dirigió a las oficinas, llegando poco antes del alba.

    Pryor le aguardaba con una nota en la mano.

    — ¿De ella? —preguntó Moore mientras recogía el trozo de papel plegado.

    Pryor asintió, y Moore abrió el papel y leyó.

    Estimado Salomón:
    Los hechos son los hechos. Si no quieres reconocerlos, el problema es tuyo. El mío es sobrevivir, y me uno al bando que parece ofrecerme la mejor oportunidad de lograrlo.
    Moira Rallings
    P.D.: Si logra matarlo, cosa que personalmente considero imposible, recuerde que me debe su cadáver.

     
    —Eso me gusta —dijo secamente Moore—. La lealtad de un empleado. ¿Cuándo encontraste esta nota?
    —Dos minutos antes de telefonearte —dijo Pryor—. Naomí y yo... eh... ya no somos compañeros de habitación, y he pasado aquí las dos últimas noches.
    —Sé dónde las has pasado —replicó lacónicamente Moore. Echó la nota encima del escritorio—. Será mejor que actuemos con rapidez. Quiero a esa mujer viva o muerta, pero sobre todo la quiero antes de que pueda ponerse en contacto con Jeremías.
    —Nosotros no podemos localizarle. ¿Qué te hace pensar que ella podrá?
    —A ese bastardo le salen las cosas bien —dijo Moore—. Creo que es mejor suponer lo peor cuando hablamos de él. —Miró a Pryor—. Esto me recuerda algo: ¿cómo está tu lealtad actualmente?
    —Si me vuelvo contra ti, no será para unirme a Jeremías.
    — ¿Por qué no? —preguntó Moore en tono de curiosidad.
    —Porque si él es el Mesías, no me necesitará. No me haría un gran favor si me uno a él.
    — ¿Y si no lo es?
    —Tarde o temprano descubriremos la forma de liquidarlo.
    —Lógico —comentó Moore—. El más débil siempre te ofrecerá una recompensa mayor que el favorito.
    — ¿Crees que somos los más débiles? —dijo Pryor, sonriendo incrédulamente.
    —Así empieza a parecerlo —replicó gravemente Moore.

    Nada de lo que ocurrió durante las tres semanas siguientes altero esa suposición. Moore aumentó la nómina de pago y extendió la búsqueda, pero Moira Rallings continuaba en paradero desconocido. No había usado transportes públicos para abandonar el complejo de Chicago, pero al cabo de diez días Moore se vio forzado a deducir que la taxidermista no se hallaba ya en el estado de Illinois, y veinte días después de la fuga no le quedo duda alguna de que Moira se encontraba a más de mil kilómetros de él.

    Los negocios seguían florecientes, por supuesto. El Espectáculo de Emociones Fuertes estaba superando el éxito previsto, e incluso Sueños Hechos Realidad comenzaba a rendir. Las autoridades de la ciudad declararon oficialmente que los señores Nightspore y Thrush habían fallecido por causas naturales, y no hubo investigación sobre la intempestiva muerte de Willis Comstock Krebbs. Otros dos congresistas estaban asegurados, y uno de los potros de pura sangre de Moore había ganado una carrera en Florida.

    Y a pesar de todo, conforme las semanas se convertían en meses, la tensión entre los miembros de la jerarquía de Moore alcanzó cotas insoportables. Esa tensión se rompió para siempre la mañana del 23 de junio de 2048, cuando una mujer ataviada con un uniforme rojo oscuro entró en el despacho de Moore.

    — ¿Sí? —dijo Moore, apartando la mirada de un montón de impresos de ordenador.
    —Recaderos Continentales, señor —dijo ella animadamente.
    —Recaderos Continentales puede entregar sus paquetes a una de las secretarias, en las oficinas exteriores —dijo Moore, y prosiguió con sus papeles.
    —Lo siento, señor —repuso la mujer—, pero este envío ha sido hecho con el código PVSU.
    — ¿Qué demonios significa eso? —pregunto Moore, irritado.
    —Para Verlo Solo Usted —fue la réplica—. Tengo órdenes de no marcharme hasta que abra el paquete.
    —De acuerdo —dijo Moore—. Démelo.

    La mujer se acercó al escritorio y le entrego un sobre de papel de manila. Moore lo abrió y extrajo una fotografía de Jeremías y Moira de pie junto al muro de un irreconocible edificio de ladrillo.

    — ¿Quién le dio el sobre? —pregunto Moore.
    —Mi supervisor, señor.
    — ¿De donde lo enviaron?
    —No lo sé. Puedo averiguarlo e informarle esta tarde.
    —Hágalo —dijo Moore, despidiéndola con un gesto de su mano, y sabiendo perfectamente que el sobre habría sido enviado a más de mil kilómetros del lugar donde se ocultaban Jeremías y Moira.

    Pryor entro en el despacho.

    —He visto a la de Recaderos Continentales hace un momento —dijo—. ¿Alguna novedad?
    —Podría decirse que si —replico Moore.

    Alzó la foto para que Pryor la viera... y en ese momento sus ojos se clavaron en un mensaje de dos palabras garabateado al dorso:

    Lo sé.



    SEGUNDA PARTE
    14


    El movimiento comenzó con tanta lentitud que Moore, aislado en sus oficinas de Chicago, ni siquiera lo advirtió durante varios meses... Pero finalmente empezaron a llegar los informes.

    Jeremías había devuelto la vista milagrosamente (y sin cámaras que filmaran la hazaña) a un niño ciego de Newark.

    Jeremías había sido aceptado como el Mesías verdadero por cuatro sectas protestantes de poca importancia, y posteriormente por otra importante.

    Doscientos rabinos de la Iglesia Reformada Norteamericana proclamaban que la profecía de Isaías estaba cumpliéndose.

    Los hombres de Moore tuvieron otras dos veces en sus manos a Jeremías, y en ambas ocasiones logró huir, no ileso pero sí vivo. Si tenía alguna vivienda, estaba en paradero desconocido. Si su nueva religión tenía nombre, también éste era desconocido. En realidad, los motivos, la filosofía religiosa, el paradero y los objetivos a largo plazo de Jeremías eran otros tantos misterios.

    La prensa y las emisoras de televisión iniciaron el juego de contar los discípulos de Jeremías. Una secta antaño risiblemente pequeña pronto pasó a tener un millón de miembros. El hecho no constituía aún una amenaza al orden establecido, pero las autoridades hicieron números por su cuenta y decidieron investigar el fenómeno de Jeremías el G.

    Y mientras la noción de un Mesías, aunque no se creyera en ella, iba calando en la conciencia pública, el descontento aumentó por primera vez en cincuenta años. La innovación y la movilidad de la sociedad permanecían inalteradas desde hacía décadas, puesto que la apatía y el hastío enterraban el sueño de una vida y un mundo mejores con más eficacia que las mil guerras anteriores. Pero en ese momento la gente empezó a comprender que, aunque Jeremías fuera un fraude, las cosas podían mejorar, que era posible manipular la maquinaría del cambio y el progreso aunque nadie supiera todavía cómo hacerlo.

    Pese a tocar esta cuerda sensible, Jeremías no hacía promesas, predicciones o profecías. Moore estaba firmemente convencido de que Jeremías, Mesías o no, carecía de cerebro para hacer algo con la masa de sus partidarios, no sabía cómo o adonde conducirlos.

    Y sin embargo, la oleada de creencia en Jeremías aumentó. Primero atravesó el Atlántico, después se extendió por Europa y Asia e hizo culebrear sus tentáculos en África. Tan sólo Israel condenó abiertamente a Jeremías como fraude... pero Israel sabía mejor que nadie dónde nacería el reino de Jeremías, si él tenía realmente la intención y el poder para establecerlo.

    No tardó en producirse una lluvia de solicitudes para que Jeremías apareciera en televisión, ante comités y en audiencias privadas concedidas por líderes políticos y religiosos. El supuesto Mesías accedió a grabar varios videos para llenar sus arcas, pero rechazó cualquier otra confrontación pública o privada tras declarar tajantemente que el Mesías no precisaba esa clase de relaciones.

    Y más tarde, aún necesitado de dinero, Jeremías se introdujo en el único negocio del que sabía algo: el pecado. Con el número de sus partidarios rozando la barrera de los tres millones, disponía de influencia y contactos suficientes para participar en el negocio de la pornografía y la prostitución, y para iniciar la compra de ciertos políticos de segunda categoría.

    Moore percibió el golpe muy despacio al principio. La pornografía perdió un tres por ciento de beneficios, la prostitución un siete por ciento, el tráfico doméstico de drogas un seis por ciento. Pero al cabo de pocos meses sus principales negocios sufrieron pérdidas del treinta por ciento o más, y Sueños Hechos Realidad, que había florecido hasta convertirse en saludable fuente de ingresos con sucursales en once estados, se hallaba prácticamente en bancarrota, puesto que el populacho prefería comprar sueños a un Mesías antes que a un rey del crimen.

    Cuando los ingresos quedaron reducidos a la mitad, Moore triplicó la recompensa y pronunció de nuevo la sentencia de muerte. Muchos empleados que normalmente habrían sido despedidos dada la desastrosa baja de los beneficios, conservaron su empleo para colaborar en la destrucción del imperio financiero que Jeremías erigía a expensas de Moore. Éste cerró sus empresas distribuidoras a los productos de su rival... y Jeremías fundó otras. Moore ordenó a políticos y policías a su servicio que tomaran medidas drásticas contra la red de prostitución de su enemigo... y descubrió que Jeremías disponía en su nómina de políticos y polizontes suficientes para que sus chicas continuaran trabajando. Moore obstruyó todas las posibles rutas de los narcóticos... y Jeremías creó nuevos caminos con idéntica rapidez.

    Finalmente Moore decidió que, puesto que no podía atacar directamente los negocios de Jeremías, pondría en práctica el segundo plan: intentar desacreditarlo ante sus partidarios. A tal fin, Moore contrató varios equipos de investigadores y periodistas. No fue difícil presentar a Jeremías como un necio inculto, grosero y mujeriego, puesto que en realidad era así. Ni siquiera fue complicado investigar sus finanzas y mostrar al mundo que el supuesto Mesías había acumulado ya casi doscientos millones de dólares. Jeremías no sólo lo admitió, sino que además declaró que planeaba duplicar esa cantidad cada seis meses durante los dos años siguientes. Fue hecha pública su juventud de pordiosero sin necesidad y estafador... y lejos de negarlo, Jeremías mostró cierto orgullo al facilitar a los equipos reporteriles de Moore parte de los detalles más salaces que habían pasado por alto.

    Pero cuando llegó el momento de probar que Jeremías era un fraude, el avance se hizo más difícil. Jeremías había impuesto sus manos sobre las piernas de una paralítica (tras recibir un sustancioso donativo del abuelo de la enferma) y logró que andará de nuevo. En una aventura totalmente impropia de un Mesías, Jeremías había saltado, sin paracaídas, de un helicóptero que volaba a quinientos metros de altitud ante un público de pago formado por cientos de millares de personas... y aunque había tenido que ser trasladado al hospital con las piernas fracturadas, roturas múltiples de la columna vertebral y varias hemorragias internas, el accidentado abandonó el centro médico tan campante nueve días después, completamente sano. Jeremías visitó un pueblo agonizante de California, y mientras se hallaba allí los depauperados campesinos conocieron la lluvia por primera vez desde hacía más de un año.

    Todos los domingos, pastores y sacerdotes subían al pulpito para proclamar que Jesús era el único Mesías, y todos los domingos había menos fíeles en sus congregaciones. Mil autores y biógrafos abordaron el enigma de Jeremías, y acabaron ofreciendo mil conclusiones distintas.

    Jeremías se recreaba con la publicidad. Lo único que insistía en no hacer era codificar su filosofía. Era suficiente, declaraba una y otra vez, con que el fuera el Mesías. Todo lo demás, incluso sus creencias personales, era insignificancias en comparación con esa realidad.

    Al cabo de otro año sus discípulos superaron la cifra de doce millones, y sus finanzas crecieron al mismo ritmo. Posteriormente se supo que Jeremías estaba erigiendo un aparato militar, y los gobiernos mundiales, que en su mayoría se habían desentendido de él con la esperanza de que desapareciera, se sobresaltaron y actuaron. Espías de todas nacionalidades y credos religiosos se infiltraron en la organización de Jeremías. Tuvieron éxito, hasta cierto punto: el tenia tantos hombres, tantas armas y tal y cual capacidad militar. Pero respecto a por que precisaba un ejército y donde pretendía desplegar sus fuerzas, no consiguieron respuesta alguna.

    Puesto que había investigado a Jeremías más que nadie, Moore obtuvo el indulto por todos los delitos cometidos en el pasado (y también, indirectamente, por los futuros delitos) a cambio de su colaboración con las diversas agencias comprometidas en la eliminación de Jeremías, que además eran muchas, puesto que casi todas las instituciones religiosas veían amenazada su existencia por la posibilidad de un Mesías de carne y hueso.

    Con los recursos financieros y los servicios de espionaje de prácticamente el mundo entero en sus manos, Moore acoso a Jeremías con una venganza. Asesino a sacerdotes y lugartenientes de su rival, interrumpió sus discursos y programas televisivos, embargo buena parte de sus fondos... y a pesar de todo la cifra de sus partidarios siguió aumentando.

    Y entonces se produjo el incidente que altero la marea de hechos en favor de Jeremías por primera vez. Lo provoco una fuente totalmente inesperada, pero su efecto fue enorme e inmediato.

    Era El Evangelio de Moira, escrito por Moira Rallings, y las ventas ascendieron a cuarenta millones de ejemplares durante los dos primeros meses de publicación.


    15


    E hizo ver a un niño ciego y andar a una
    paralítica, y cuando la gente le vio y supo
    quién era y qué era, en verdad entonces
    corrió la Voz por la tierra desolada.

    El Evangelio de Moira


    El despacho de Pryor estaba tan desordenado como desprovisto el de Moore. Era mucho más espacioso, y hasta el último centímetro cuadrado de pared estaba cubierto por pantallas de ordenador, con algunos monitores de televisión como única interrupción. El despacho contenía una alargada mesa de reuniones, un bar con bebidas alcohólicas, un par de sofás de cuero y un enorme escritorio de caoba con un sillón de juez igualmente de cuero.

    Moore entró en el despacho, fue derecho al escritorio de Pryor y dejo caer en él un ejemplar de El Evangelio de Moira.

    —Bien, ¿qué opinas? —preguntó.
    —Ella no va a obtener el Premio Nobel de Literatura —replicó Pryor—. Es uno de los peores tostones que he leído en mi vida. —Abrió un cajón del escritorio y sacó un ejemplar.
    —Además es uno de los tostones más peligrosos que has leído en tu vida —dijo Moore—. Mira encima del copyright.
    —Mi edición es la quincuagésimo tercera —repuso Pryor, sin abrir el libro—. ¿Y la tuya?
    —La quincuagésimo séptima —replicó Moore—. Deben estar deshojando bosques enteros para satisfacer la demanda de este libro. —Tomó asiento en uno de los sofás—. Y, mientras tanto, nuestros ingresos han descendido el cuarenta y dos por ciento este mes, y acabamos el último trimestre con más números rojos que nunca. Creo que deberemos abandonar totalmente Kentucky y Tennessee.
    —Lo sé —dijo sombríamente Pryor—. Hasta las empresas legales están viniéndose abajo.
    —Cuesta imaginar que es tan rematadamente difícil matar a Jeremías —dijo Moore con un profundo suspiro—. Al fin y al cabo, al último Mesías lo mataron sin dificultad.
    —Conoces la respuesta a eso: si lo mataran, no sería el Mesías. —Pryor cogió el nuevo Evangelio y pasó hojas rápidamente—. «Y Moira Rallings fue su concubina, y así fue ella bendita sobre todas las mujeres.»
    —Parece la idea de una epopeya bíblica que tendría un productor sin talento —dijo Moore en tono despreciativo.

    Pryor siguió pasando hojas y leyendo algún retazo.

    —Y él fue a Egipto, como predijeron los profetas... E inició su ministerio mancillado y ultrajado, un proscrito entre los hombres... Y en la ciudad de Chicago, dominada por el pecado, moraba un siervo del Diablo llamado Moore... —Pryor alzó la cabeza—. Todo está aquí... todo excepto el Sermón de la Montaña. —Sonrió—. Supongo que Moira lo guarda para la segunda parte.
    —No es tan divertido, Ben. Aunque la mitad de los compradores echen el libro a la basura, y aunque la mitad de los que lo conserven opinen que es bazofia, ella habrá ganado doce millones de conversos para Jeremías en seis semanas... y hasta el último de ellos pensará que Judas no fue tan mala persona comparado conmigo.
    —No podemos quitarles los libros de las manos —replicó Pryor—. No pasan por nuestras agencias... y por lo que he podido averiguar, casi el cincuenta por ciento se vende por correspondencia.
    —Lo sé —dijo Moore—. Además, con tantos ejemplares en venta, yo diría que es un poco tarde para conseguir una orden de restricción o un requerimiento judicial que prohíba la distribución. De todas formas, no creo que sirviera de nada. —Guardó silencio un momento y tamborileó con los dedos encima del brazo del sofá—. ¿Cuáles son las últimas noticias que tenemos de él?

    Pryor se encogió de hombros.

    —Desde ayer tenemos declaraciones juradas de que se encuentra en Albuquerque, Buenos Aires, el complejo de Manhattan e Islandia. Elige tú mismo.
    — ¡Maldito Macintosh! —exclamó de pronto Moore.

    Xaviar Macintosh era el único agente de Moore que había logrado infiltrarse en la floreciente organización de Jeremías y obtenido un cargo importante en ella. Era incuestionable que habría podido conocer el programa de Jeremías, y tal vez estar en el secreto de los planes de éste para el futuro. Pero cuatro días antes Xaviar Macintosh había enviado un telegrama a Moore comunicándole su dimisión y explicándole que había visto la luz y tomado la decisión de ser discípulo de Jeremías.

    —No es un hecho inaudito —dijo Pryor—. He estado en contacto con algunos de nuestros nuevos... eh... asociados, y han tenido problemas muy parecidos. En cuanto disponen de un infiltrado en situación de hacer algo útil, Jeremías... bueno, Jeremías lo convierte. No creo que haya otra palabra para expresarlo.
    — ¿Y cómo les va a nuestros nuevos asociados?
    —No muy bien. Si Jeremías encomendara a sus fuerzas algún objetivo militar, ellos podrían ser útiles... pero tal como están las cosas ahora, no pueden infiltrarse en la organización con más éxito que nosotros. Seguramente nos iría mejor con espías industriales y saboteadores.
    —Cierto —convino Moore—. Pero los monopolios industriales no ofrecen amnistía, al contrario que los gobiernos. Además, mira lo que ha pasado con nuestras finanzas el último año. Ninguna organización industrial se peleará con Jeremías. Tal vez haya métodos más sencillos para ir a la quiebra, pero no existe ninguno tan rápido. —Hizo una pausa—. En fin, nuestro problema inmediato es ese maldito libro que ha escrito Moira. Me señala como el mayor villano de la historia humana, y está dando a Jeremías más apoyo que todo lo que ha hecho él hasta ahora. —Se alzó de hombros—. ¿Sabes una cosa? Siempre es posible que ella tenga razón..., que yo sea el diablo encarnado por intentar acabar con Jeremías.
    —Lo dudo —replicó seriamente Pryor—. Después de todo, mucha gente ha intentado liquidarlo. El único motivo de que estés señalado es que metiste a Moira en este asunto.
    —Por el mismo motivo, deberían canonizarme, no condenarme —dijo Moore en tono irónico—. N adié tenía la menor idea de lo que era Jeremías antes de que yo interviniera.
    —Lo habrían adivinado tarde o temprano —respondió Pryor—. En realidad, si Jeremías es el Mesías, no se debe a que tú se lo comunicaras.
    —Lo sé, Ben. ¡Pero es tan frustrante! A veces creo que todos estamos andando bajo el agua. Nuestras reacciones son tan lentas... Pensaba que Moira podía ser un punto débil, y ha sido más útil a Jeremías que el resto del grupo en conjunto.
    —Sólo es un libro.
    —Sí, y Adolfo Hitler sólo fue un pintor de brocha gorda.

    El intercomunicador emitió un zumbido, y Pryor pulsó un botón.

    — ¿Qué ocurre?
    —Ben, ¿está Salomón contigo? —Era la voz de Bernstein.
    —Sí, Abe. ¿Quieres hablar con él?
    —No. Dile que ponga el canal 9 de televisión si quiere ver a una vieja amiga.

    Moore se acercó a un monitor y lo conectó.

    Moira Rallings, con la piel más blanca que nunca, estaba sentada en un sofá para dos con un ejemplar de su Evangelio en las manos. Había engordado cinco kilos y mostraba una afición hasta entonces desconocida por los vestidos transparentes, pero por lo demás parecía la misma.

    La estaba entrevistando Vendaval Norman Gorman (anteriormente Herbert Russell), un presentador de veinte años que había sido estrella musical durante un renacimiento del rock ácido hasta que la prolongada exposición a potencias sonoras de excesivos decibelios le provocó sordera. Sus millones de fans no le permitieron retirarse de los escenarios a los diecisiete años, por lo que Gorman aprendió a leer los labios y acabó presentando el programa de entrevistas del mediodía, el noveno de la nación en orden de audiencia.

    —... cifras deben ser sumamente gratas para ti —estaba diciendo Gorman.
    —Oh, lo son —replicó Moira. Moore jamás la había visto mostrar tanto entusiasmo por algo, salvo cuando se trataba de un cadáver—. El dinero va a los fondos de Jeremías, por supuesto. Yo estoy complacida y muy contenta sabiendo que muchas personas maravillosas han visto la luz ahora.
    —Investiga esa transmisión, averigua si emiten en directo —ordenó Moore a Pryor.
    — ¿Y habrá otro Evangelio en años venideros? —preguntó Gorman.
    —Ciertamente —dijo Moira—. Escrito por mí o por otra persona. La mediación de Jeremías sólo acaba de empezar, Norman. Aún le aguarda casi toda su tarea.
    — ¿Qué, exactamente, le aguarda? —preguntó Norman—. Él ha sido muy vago en ese punto, y estoy seguro de que a todos nuestros televidentes les gustaría saberlo.
    —Jeremías no revela detalles a nadie, ni siquiera a mí —replicó Moira—. Pero es sabido que en último término cumplirá las profecías mesiánicas.
    — ¿Incluido el establecimiento de un reino en lo que actualmente es la nación israelita?
    —Es posible.
    —Estás eludiendo el problema —dijo Gorman—. Los profetas hebreos afirman explícitamente que el Mesías debe establecer su reino en Jerusalén.

    Moira sonrió.

    — ¿Qué profetas hebreos?
    —Isaías, por ejemplo.
    — ¿Es cierto? —dijo ella, todavía risueña.
    —Por supuesto —repuso Gorman—. ¿Quieres que cite el capítulo y el versículo?
    — ¿De qué? —preguntó Moira—. ¿Del profeta Isaías mismo, o de las diez generaciones de judíos que repitieron sus profecías alrededor de la hoguera, o de los sabios hebreos que finalmente lo escribieron en el Torah, o de los griegos que lo reescribieron, o de los monjes de la Edad Media que lo reescribieron otra vez, o de los hombres que lo escribieron en la versión autorizada actual?
    — ¿Afirmas pues que Jerusalén no es el objetivo de Jeremías?
    —No estoy afirmando nada sobre sus objetivos —replicó Moira—. Estoy segura de que los dará a conocer a su debido tiempo. Lo único que digo es que cumplir una profecía y cumplir lo que la gente cree es una profecía no siempre es lo mismo.

    Pryor, que había estado hablando por teléfono en voz baja, colgó el aparato y se acercó a Moore.

    —Grabado ayer en Filadelfia —musitó—. Moira se presentó, pasó el día grabando veinte entrevistas para programas televisivos y desapareció. Seis agencias intentaron seguirla en secreto, y ella logró despistar a los detectives antes de diez minutos.

    Moore asintió, sin apartar los ojos de la pantalla.

    —Veo que casi ha concluido nuestro tiempo —dijo Gorman—. ¿Deseas decir algo más a nuestros telespectadores?
    —Sí —contestó Moira—. Tengo un mensaje de Jeremías.
    —Estoy seguro de que a todos nos encantará oírlo.
    — ¡Salomón Moody Moore! —recitó Moira, mirando hacia la cámara con ojos oscuros y fieros—. ¡Judas! ¡Encarnación de Satán! Si estás mirando o escuchando, te lo ruego: ¡Cesa en tu persecución del Mesías Verdadero! —Miró hacia otra cámara—. Miembros de la Nueva Fe, creyentes de la Nueva Verdad: ¡Un hombre que podría ser el asesino de Cristo está entre vosotros! ¡Se apellida Moore y quiere abatir al Mesías! ¡Uníos! ¡No le permitáis que cometa este acto espantoso!

    La cámara se acercó a ella hasta que los ojos de Moira llenaron la pantalla. Moore creyó que aquellos ojos estaban fijos en él.

    — ¡Arrepiéntete, Judas Moore, antes de que sea demasiado tarde!

    La imagen se disolvió en negro y empezó un anuncio.

    —Una mujer encantadora —dijo Moore mientras apagaba el televisor.
    —Será mejor que reforcemos la vigilancia del edificio —añadió Pryor.
    —Cierto. Así parecerá que sigo estando aquí.
    — ¿No estarás?
    —Ben, has pasado demasiado tiempo jugando con tus amiguitas —dijo Moore—. ¿No comprendes lo que acaban de decir? Jeremías se dispone a marchar sobre Jerusalén, o como mínimo a iniciar su campaña militar.
    — ¿Por qué se te ha ocurrido eso? —preguntó Pryor, francamente desconcertado.
    — ¿Para qué otra cosa iba a poner Moira una pantalla de humo como esa? Apuesto a que si obtienes grabaciones de los otros diecinueve programas, descubrirás que ella ha explicado la misma patraña, eso de que las profecías mesiánicas no se refieren por fuerza a Jerusalén.
    —No te comprendo.
    —Ben, muchos textos de los dos testamentos se reescribieron, muchos párrafos se suprimieron por razones políticas y muchos más se inventaron para que Jesús fuera el Mesías... Pero hay un detalle que no podemos olvidar.
    — ¿Cuál es?
    —El concepto en sí. El rabino de Abe me explicó que el significado literal de «Mesías» es «ungido» o «rey». Por definición, un mesías es el rey de los judíos... y por definición, el rey de los judíos reina en Jerusalén. Si Moira intenta convencer a todo el mundo de que todo esto es falso, es porque Jeremías se dispone a actuar y quiere que la gente, tanta como sea posible, mire en otra dirección.
    — ¿Que me dices de los piropos que te ha echado? —preguntó Pryor.
    —Con eso me será dificilísimo moverme —admitió Moore—, y seguramente miles de fanáticos saldrán en busca de mi cuero cabelludo. Reforzaremos la seguridad aquí para disimular, pero creo que es hora de abandonar Chicago una temporada.
    — ¿Adónde iras?

    Moore hizo un gesto de indiferencia.

    —No tiene demasiada importancia... pero pienso celebrar una reunión con algunos de nuestros asociados, así que prepárame algo más elegante que de costumbre.
    —De acuerdo —dijo Pryor.
    —Y otra cosa, Ben.
    — ¿Sí?
    —Ofrece una recompensa por la cabeza de Moira Rallings.


    16


    Jeremías mugió como un toro mientras su cuerpo se movía a sacudidas en las inevitables contorsiones del acto sexual. Luego, jadeante y sudoroso, se apartó de la inmóvil figura de Moira Rallings y se echó de espaldas.

    — ¡Cristo! —maldijo—. ¡Tal como va esto me cuesta saber qué diferencia hay entre ti y uno de tus malditos cadáveres!
    —Aprende a ser más hábil, en ese caso —dijo ella mientras se tapaba los pechos con la sábana.
    — ¡Soy el maldito Mesías! —exclamó Jeremías—. ¡Aprenderé lo que quiera aprender y follaré como me apetezca!
    —Pues no te quejes si no hay reacción —replicó tranquilamente ella.

    Moira se dispuso a salir de la cama, y él la cogió por el brazo y se lo impidió.

    — ¿Adónde vas ahora? —preguntó Jeremías—. ¿A tirarte una estatua?
    —Una obtiene satisfacción donde puede —respondió Moira sin asomo de vergüenza.
    — ¿Cuál es hoy, el general o ese que está vestido de emperador Augusto?
    —El que más me guste.
    —Unos gustos muy gastados, eso tienes allí —dijo Jeremías, disgustado—. ¿Por qué vistes esos cadáveres si todas las noches los desnudas para entrar en acción?
    —Para no escandalizarte.
    —Es muy difícil escandalizarme —replicó él con una risotada—. Algún día te explicaré qué hice esta mañana con tres miembros femeninos de mi rebaño.
    —Pues bueno —dijo Moira—, tal vez los encuentre más atractivos vestidos de uniforme. Tal vez a ellos les guste más.
    —A los muertos les importa muy poco estar enterrados con prendas suntuosas —comento alegremente Jeremías.
    — ¿Desde cuándo citas a Eurípides?
    —Desde que leí sus jodidos poemas —repuso él. Extendió una mano hacia la mesita de noche y cogió dos píldoras de propiedades indeterminadas—. ¿Qué te importa eso a ti, maldita necrófila? Leo, eso es todo. —Se echó las pastillas a la boca y las engulló.
    — ¿Últimamente?
    —Sí, últimamente.
    — ¿Y cuándo aprendiste el significado de «necrófila»?
    — ¡Tal vez soy un poco más listo de lo que piensas! —espetó Jeremías.
    —Es posible —dijo ella, pensativa.
    — ¡Y cada vez soy más listo! —añadió Jeremías—. Cosas que eran incomprensibles para mí hace pocos meses las veo muy claras de repente.
    — ¿Cómo el término «incomprensible»?
    — ¿Qué diablos quieres decir?
    —Que es cierto, cada día eres más inteligente —replicó Moira mientras se incorporaba—. Usas palabras que desconocías hasta ahora, lees libros cuya existencia desconocías y que antes no habrías entendido, y si exceptuamos tus obscenidades, hasta la construcción de tus frases es más compleja.
    —Todo el mundo aumenta su inteligencia, con el paso de los años —dijo Jeremías—. De lo contrario habría más estancamiento que el que se ve ahora. ¿De qué hablamos? Basta una pervertida frígida para empezar a cambiar el tema.
    —El tema era la inteligencia.

    Jeremías apartó las sábanas y separó las piernas de Moira sin encontrar resistencia.

    — ¡El tema es lo que estoy mirando, y nada más! Dios y el destino mesiánico son estupideces y palabrería a partes iguales, inventos para un puñado de borregos. El secreto del universo está justo entre tus piernas, ¡y estoy harto y cansado de que lo tapes con un puñado de cadáveres! —Le lanzó una mirada de furia—. ¡Dios! ¡Si no fuera por ese libro tuyo y la continuación que estás escribiendo, te echaría de aquí con una patada tan rápida que no sabrías quién te la ha dado!

    Moira siguió escuchando la reprimenda de Jeremías, escuchando de verdad por primera vez desde hacía meses. Prestó atención al vocabulario, los conceptos formulados entre vulgarismos, y comprendió que Jeremías estaba cambiando. El proceso no había concluido, y él no alcanzaría la categoría de Shakespeare o Einstein hasta dentro de mucho, muchísimo tiempo, si la alcanzaba alguna vez. Pero los indicios de un intelecto en desarrollo eran inconfundibles.

    Y siendo una superviviente por naturaleza, Moira ofreció su cuerpo cuando Jeremías se echó encima de ella, apretó fuertemente sus piernas al torso de él, chilló para simular un espléndido éxtasis, se aseguró de clavarle las uñas en el cuello y la espalda (con tanta fuerza que corrió la sangre), adoptó posiciones que jamás había ensayado e hizo un esfuerzo para pedir más cuando por fin él se tumbó exhausto junto a ella.

    Largo rato después de que Jeremías cayera dormido, Moira abandonó en silencio la cama, salió de puntillas de la habitación y recurrió a su forma especial de satisfacción. Saber que ella formaba parte del bando ganador, y que el poder de dicho bando aumentaba prácticamente segundo tras segundo, hizo que la experiencia fuera más gozosa y satisfactoria que de costumbre.

    Jeremías despertó a la mañana siguiente y se encontró acostado con la tigresa sexual de sus sueños. Podía faltarle sinceridad, pero Moira compensó de sobras el defecto con motivación y entusiasmo. Y mediante métodos que Jeremías sólo había imaginado hasta entonces, Moira se aseguró de que nadie pudiera substituirla pronto al lado del Mesías.


    17


    Oficialmente se denominaba Cúpula Submarina del Caribe Norte, pero sus moradores la llamaban Burbuja de Jamaica.

    Era una estructura inmensa, totalmente sumergida, situada en el suelo oceánico a cinco kilómetros al sureste de Kingston y lejos de los arrecifes de coral. La Burbuja tenía un diámetro de mil quinientos metros en su base, y la parte superior llegaba a menos de quince metros de la superficie marina, donde una serie de ascensores la unían a un aeropuerto flotante.

    La Burbuja contenía un trío de plantas potabilizadoras que producían más de cuarenta y cinco millones de toneladas de agua por día, apenas suficiente para satisfacer las necesidades siempre crecientes de México, las islas y la costa este de los Estados Unidos. Compartían el limitado espacio cuatro laboratorios de procesado de algas y dos institutos de investigación.

    En el interior de la Burbuja se hallaba también La Nueva Atlántida, un hotel de lujo que ofrecía una impresionante variedad de comidas, bebidas, drogas, diversión, juego y pecado. Salomón Moody Moore, oculto detrás de un impenetrable velo empresarial, era su propietario.

    La Nueva Atlántida constaba de doce pisos. En el superior, por encima de los bares, clubs nocturnos y casinos, Moore tenía un conjunto de habitaciones. A diferencia del ambiente espartano de su edificio comercial, estas salas se usaban únicamente con fines de diversión y olían a lujo, desde las cortinas tejidas con oro y los sofás de piel hasta los accesorios de platino de los cuartos de aseo. Cuadros de Van Gogh, Picasso, Changall y Frazetta se exhibían a la ventura en las paredes, junto con dos comics de Chiquito Abner y Pogo que tenían un siglo de antigüedad. Además de las numerosas ventanas que permitían ver las actividades de la Burbuja había un enorme «ojo de buey», una pantalla circular conectada con una cámara de elevada resolución que enfocaba siempre la vida marina en el exterior de la cúpula.

    Moore odiaba ese lugar. Se sentía incómodo, como siempre que estaba rodeado de lujos que difuminaban la línea divisoria entre él y las masas. Había pasado gran parte del día malhumorado, sentado junto a los torbellinos de una piscina de proporciones homéricas. Al atardecer había cenado un filete de lenguado y finalmente se vistió al estilo de un jugador siniestro, sin olvidar el sombrero negro y las espuelas de plata. Después entró en el suntuoso salón y aguardó.

    No tardaron en llegar:

    César de Jesús, cardenal argentino de la Iglesia Católica, un hombre de cabello asombrosamente rubio y piel inmaculada envuelto en un hábito de terciopelo; Félix Lewis, al parecer el inversor más rico de Wall Street y dirigente de la Liga pro Defensa de los Judíos, un hombre bajito, vivaracho y canoso que llevaba una pipa para fumar hachís; Naomí Wizner, ministra de defensa de Israel, que con la cabeza afeitada y la falda abierta por un lado desmentía sus cincuenta y seis años, y Piper Black, presidente del consorcio Black and Noir, un mulato de más de dos metros envuelto en sedas doradas y con un turbante lleno de joyas en la cabeza.

    Moore los saludó uno a uno, abrió una botella de borgoña chispeante y viejísimo y llenó copas de cristal para todos excepto él. Luego charló del tiempo, el deporte y los maravillosos resultados de la tecnología de la Burbuja, dejó que todos los invitados tuvieran oportunidad de admirar las obras de arte y la decoración y se aseguró de que no había cámaras o micrófonos ocultos en las habitaciones.

    Por fin, al cabo de veinte minutos, los cuatro visitantes se instalaron cómodamente en el salón, sorbieron felizmente el contenido de sus vasos y contemplaron la pantalla. Y Moore decidió entonces que era el momento de ponerse a trabajar.

    —Me alegra mucho que hayan podido venir los cuatro —anunció. Desconectó la pantalla y centró la atención en su persona—. Si alguno tiene hambre, puedo pedir que traigan algo, y todas las atracciones de La Nueva Atlántida estarán a su disposición en cuanto terminemos. Pero hay mucho terreno por recorrer esta noche, y si no hay objeciones creo que sería mejor empezar.
    —De acuerdo, Salomón —dijo Black mientras encendía un enorme cigarro puro—. ¿Por qué estamos aquí?

    Moore se echó un poco hacia adelante en su sillón.

    —Tengo motivos para creer que Jeremías se dispone a movilizar sus tropas.
    — ¿Qué le hace pensar que él tiene tropas? —preguntó Lewis.
    — ¿Qué le hace pensar que no tiene? —replicó Moore—. Escuche, usted conoce el mercado de valores, es su campo de actividad. Bien, mi campo de actividad es Jeremías, y le aseguro que él, aun suponiendo que no tuviera tropas suficientes, puede permitirse el capricho de comprar más. —Miró al impresionante mulato—. ¿Cuánto han perdido este año, Piper?
    — ¿Por qué piensa que hemos tenido pérdidas? —preguntó Black.
    —No iremos a ninguna parte si no ponemos las cartas sobre la mesa —dijo Moore—. Mis ganancias han descendido casi setecientos millones de dólares en los últimos nueve meses.
    —Quinientos millones —dijo Black sin emoción alguna.
    —Nadie está ahorrando más dinero que antes, por lo que no es ilógico suponer que casi millón y cuarto de nuestros dólares, o de un dinero que debía ser nuestro, ha ido a parar a Jeremías este año.
    — ¿Por qué únicamente a Jeremías? —preguntó Lewis—. ¿Por qué no a otros?
    —No me siento especialmente inclinado a explicarle los detalles de mis negocios, y estoy seguro de que el señor Black opina de forma parecida... Pero creo que ambos podemos asegurarle que nuestros negocios, dada su naturaleza, no fomentan la existencia de competidores. Nadie excepto Jeremías podría quitarnos un dólar sin nuestro consentimiento. ¿Tengo razón, Piper?

    Black asintió.

    —Así pues, tener dinero para pagar mercenarios no es precisamente el mayor problema de Jeremías —concluyó Moore.
    —Suponiendo que tenga algún problema, yo no lo he captado, desde luego —dijo Black.
    —Por eso he convocado esta reunión —prosiguió Moore—. Para intentar crearle algunos.
    —Usted le ha visto, ha hablado con él —dijo Naomí Wizner—. Más que lo que ha hecho cualquiera de nosotros. ¿Cuál es el secreto de ese hombre?
    —No tiene secretos —respondió Moore—. Posee las facultades cerebrales y la estabilidad emotiva de un niño de doce años que padece hipertiroidea. Pedí a Piper que participara porque su interés por Jeremías es similar al mío: nuestros libros de cuentas están siendo afectados. Pero el resto de ustedes ha estado financiándome, animándome y apoyando mi pequeña guerra personal, y ha llegado el momento de formularles la pregunta: ¿están dispuestos a salir de su encierro y librar una batalla pública con Jeremías?
    — ¡Eso es lo que hemos hecho! —protestó Lewis.
    — ¡No! —replicó Moore—. ¡Han hecho declaraciones hipócritas mientras los míos estaban en las trincheras! Les aseguro que este hombre va a dejar de ser una amenaza religiosa y está a punto de ser una amenaza militar. Tiene más dinero que el que necesita, y ninguna razón para esperar más. Antes de comprometer el resto de mis bienes, quiero saber cuál es la posición de ustedes.
    —Hay que frenar a Jeremías —dijo Naomí Wizner.
    —Hay que matarlo —agregó De Jesús.
    —Muy bien, cardenal —dijo Moore—. Permítame formularle la pregunta. ¿Dice que hay que matarlo?
    —Desde luego.
    — ¿No es un poco contradictorio con sus principios religiosos?
    —Mis principios religiosos son venerar y adorar la Santísima Trinidad —replicó De Jesús—. Mi fidelidad es para la Iglesia y el Papa.
    — ¿Aunque estén equivocados? —preguntó Moore.
    — ¡Eso es impensable!
    —Bien, será mejor que empiece a pensarlo muy seriamente —dijo Moore—. Porque hasta la última prueba que poseemos indica que Jeremías es el Mesías.
    —Podría elegir un mesías mejor en el listín de teléfonos —intervino en tono irónico Black.
    — ¿Cómo puede afirmar que este..., que este animal es el Príncipe de la Paz? —dijo De Jesús.

    Moore sacudió la cabeza.

    — ¿Quieren hacer el favor ustedes dos de meterse en la mollera que si Jeremías es el Mesías, es también el Mesías del Viejo Testamento? No es el Príncipe de la Paz, ni el Hijo de Dios. Es simplemente la persona que Dios, o alguien, ha elegido para establecer un reino en Jerusalén..., y por lo que a ustedes les interesa, siempre que eludan la pésima poesía de El Evangelio de Moira, los hechos son correctos. Así debían ser, porque Moira se enteró gracias a mí. Jeremías devolvió la vida a un ahogado. Pasó algún tiempo en Egipto. Se llama Emmanuel. Y es posible que tenga ascendencia davídica. Al menos, nadie puede demostrar lo contrario.
    —Yo me opongo a él porque sé que Jesús es el Mesías —dijo De Jesús—. Pero si usted sostiene la opinión de que Jeremías es el Mesías, ¿por qué se opone a él?
    —Él no es mi Mesías, cardenal —dijo Moore—. Mi interés por el futuro de Jerusalén y la raza judía es mínimo. Además, si Jeremías es lo mejor que Dios ha encontrado, creo que no me interesa tener relaciones con ninguno de los dos.
    —Una respuesta muy locuaz —dijo De Jesús.
    — ¿Quiere otra mejor? —preguntó Moore—. De acuerdo. Si Jeremías es el Mesías del Viejo Testamento, es simplemente un hombre, nada más. Me importa un comino qué planea hacer en Jerusalén. Pero me importa lo que está haciendo ahora... es decir, intentar matarme y quedarse con mi organización. Esos son mis motivos, sencillos y claros... y creo que en cualquier momento podré comparar el aguante de Jeremías con el de ustedes. —Miró a Lewis—. Puesto que el cardenal ha tocado el tema, permítame hacerle la misma pregunta: si Jeremías es el Mesías, ¿por qué no podría aceptarlo la Liga pro Defensa de los Judíos?
    —No ha hablado con demasiados judíos norteamericanos, ¿no es cierto? —dijo Lewis mientras fumaba su pipa de hachís—. No me importa que él sea el Mesías. Representa una influencia destructora. —Hizo una pausa para meditar—. El judaísmo no es tanto una religión como una forma de vida. Nuestra cultura significa más para nosotros que los detalles de nuestra religión, y este hombre amenaza destruir esa cultura. No me importa si establece un reino en Jerusalén o no. Después de todo, hay menos de cinco millones de judíos en Israel, y doce millones tan sólo en el complejo de Manhattan. Pero si logra apoderarse de Jerusalén, forzosamente alterará lo que significa ser judío, y no podemos tolerarlo.
    —Permítame repetir todo esto, para asegurarme de que lo entiendo —dijo Moore—. Ni la Liga pro Defensa de los Judíos ni la Iglesia Católica, o al menos las partes representadas aquí esta noche, se echarán atrás aunque Jeremías sea quien afirma ser. ¿Correcto?

    Lewis asintió.

    —No es el Mesías —afirmó De Jesús.
    —Pero, ¿y si lo es? —insistió Moore.
    —Si parece serlo, será el Diablo, el Príncipe de los Mentirosos, y debemos eliminarlo.

    Moore decidió que no iba a lograr una respuesta mejor del cardenal, se alzó de hombros y miró a Naomí Wizner.

    — ¿Y usted? ¿Habla en nombre de su gobierno?
    —Desde luego. A todos los efectos, si se produce un ataque contra Jerusalén, yo soy el gobierno.
    — ¿Y cómo se siente Israel?
    —Israel se siente atacada.
    —Israel siempre se siente atacada por alguien —dijo Black, conteniendo la risa.
    — ¡Y siempre se defiende! —replicó acaloradamente la ministra—. ¡Esta vez no es distinta a todas las demás!
    —Al contrario —observó Moore—. Si Jeremías es el Mesías, eso significa que la cristiandad ha estado terriblemente equivocada desde hace dos mil años... pero ¿por qué suponer que los ciudadanos israelitas no lo aceptan con los brazos abiertos? Al fin y al cabo, ustedes jamás han aceptado a Jesús. Por tanto, ¿por qué no ha de parecer Jeremías el hombre que cumple las profecías?
    —Jeremías vendrá con la espada y el fuego —replicó Naomí—. Estoy segura de que a Dios no le importará que nos defendamos.
    —No es una respuesta adecuada —dijo Moore.
    —Es la mejor que va a obtener usted, señor Moore —afirmó ella—. ¿Qué espera que haga mi gobierno, entregar la nación a Jeremías en una bandeja de plata?
    — ¿Y si convence a su gobierno de que es el Mesías?
    — ¿Y cómo cree que hará eso? —se mofó la ministra.
    —Tomando Jerusalén.
    —Señor Moore, ¿tiene la menor idea de cuántas veces ha sido conquistada Jerusalén entre la época de los profetas y el establecimiento del estado de Israel en 1948?
    —No.
    —Bien, acepte mi palabra: más veces de las que usted puede imaginar. Jamás aceptamos como mesías a los conquistadores anteriores. ¿Por qué ha de ser distinto este hombre?
    —Porque es distinto —dijo Moore—. Cuando Moira Rallings describe parte de las cosas que ha hecho él, no exagera. No digo que Jeremías sea por fuerza el Mesías, pero desde luego es distinto.
    —Al parecer está más convencido que todos nosotros, Salomón —dijo Black.
    —Eso no viene al caso —repuso Moore—. Mesías o no, Jeremías es un hombre, y debe tener debilidades. Ha intentado arruinarme, y no pienso rendirme sin pelear.
    —Bravo por usted —dijo Lewis, y aplaudió pausadamente—. Bien, ¿tiene algún plan pensado, o es que le gusta pronunciar discursos?
    —Tengo varios planes —replicó Moore, volviendo la cabeza hacia Lewis—. De mala gana he llegado a la conclusión de que no podremos liquidar a Jeremías, sea lo que sea. Ello significa que debemos considerar otras opciones. — ¿Por ejemplo? —preguntó Lewis.
    —Esta es la más sencilla —dijo Moore—. Tolerar que tome Jerusalén. Es lo único que se supone ha de hacer, ¿no? — ¿Qué? —exclamaron al unísono Lewis y Naomí. —Que se salga con la suya. Sólo es una ciudad. El gobierno israelí puede establecerse en otro lugar.
    — ¡Los judíos tardaron dos milenios en recuperar Jerusalén! —contestó bruscamente Lewis—. ¡Entregarla sin lucha es inaceptable!
    — ¿Sí? —inquirió Moore—. Jeremías dispone de treinta millones de personas que comprarán armas y se pagarán el pasaje para ir allí e iniciar la Guerra Santa. ¿Por qué no limitarse a entregarle la ciudad?
    — ¡Es impensable! —dijo Naomí—. ¿Por qué no entregar Checoslovaquia a Hitler? ¡Es lo único que quiere! Pero no era lo único que deseaba, y Jerusalén no es lo único que desea ese Jeremías. En cuanto tenga un ejército, deberá mantenerlo pertrechado y en activo. ¿Cómo cree que hará eso, señor Moore? Marchará sobre Egipto, Siria, Jordania y Líbano, y luego cruzará el Mediterráneo en dirección a Europa.
    — ¿Con qué? —se burló Black—. No tiene aviones, ni tanques, ni siquiera municiones.
    —Los conseguirá —dijo Naomí—. ¿Sabe cuántas iglesias le entregarán gustosamente sus tesoros a cambio de un tratamiento clemente? ¿Cuántos oficiales le darán equipo militar a cambio de puestos privilegiados en su ejército?
    —No tantos —dijo Black—. Jeremías sigue siendo un tipo de poca monta.
    — ¿De verdad? —dijo la ministra—. Este hombre era un mendigo indigente hace menos de tres años. Hoy se le calculan cuatro mil millones de dólares, tiene más de treinta millones de partidarios y sus ganancias semanales son de un millón. Y una iglesia de cada diez ha decidido que Jeremías es divino. ¿Qué hace falta en su opinión, señor Black, para que se convierta en un tipo de mucha monta?

    Black se dispuso a replicar, pero cambió de idea y guardó silencio.

    —Muy bien —dijo Moore—, Puesto que nadie desea aceptar la solución fácil, pelearemos con él. Pero deben comprender que la acción militar es imposible.
    — ¿Por qué? —inquirió Naomí—. Estamos dispuestos a presentarle batalla, hasta el último hombre, mujer o niño.
    —Más fuerzas para ustedes —dijo secamente Moore—. Pero Jeremías no posee todavía un ejército permanente. ¿Dónde lanzarán su ataque? ¿Cómo pueden cortar una ruta de suministros que no existe? Aun suponiendo que no les importara masacrar civiles, no podrían atacar el centro de operaciones de Jeremías. Nadie sabe dónde está.
    —Este hombre tiene razón —intervino Black, haciendo una mueca—. Hasta que Jeremías prepare un ejército auténtico, no hay batalla posible.
    —Exacto —dijo Moore—. Propongo por tanto un ataque conjunto y coordinado contra su credibilidad, a través de los medios de difusión. Hasta ahora lo hemos hecho fragmentadamente, y actuando cada cual por su cuenta. Naomí teme un ataque militar, el cardenal teme que Jeremías sea el Anticristo, Piper teme nuevas pérdidas de dinero, el señor Lewis teme por sus valores culturales y Dios sabe que chinos, hindúes y africanos tienen algo que temer... Pero hemos estado actuando como individuos, o al menos como grupos con intereses particulares. Hay que desacreditar a Jeremías, no ante los ojos de los judíos, o de los cristianos, o de los musulmanes, sino ante los ojos de todos al mismo tiempo.
    —Ofrezco hasta el último centavo que tengo —dijo Black—. Pero antes debemos llegar a un acuerdo.
    — ¿Qué clase de acuerdo? —preguntó recelosamente Lewis.
    —Si triunfamos, habrá un buen puñado de monedas disponible —prosiguió Black—. Nada de aires de superioridad, señor Lewis. Usted conserva aún todo su dinero. ¿Piensa realmente que me importan algo los judíos o los cristianos, que me preocupa quién gobierna en Jerusalén? Y si a Salomón le importa eso un pito más que a mí, será porque ha perdido la objetividad. Somos hombres de negocios, y sea cual sea el negocio, el sexo, la droga o frenar a un posible mesías, esperamos obtener beneficios.
    — ¿Son esos sus sentimientos? —preguntó Lewis, mirando a Moore.
    —Tengo razones personales para querer acabar con Jeremías —dijo Moore, midiendo cuidadosamente sus palabras—. Es lo más parecido a un enemigo a muerte que he tenido en mi vida, y seguiré con esto hasta el final, con o sin la ayuda de ustedes. —Hizo una pausa—. Pero tal como ha comentado mi amigo Piper, soy hombre de negocios, y ciertamente quiero una parte del botín si triunfamos. No obstante, no creo preciso entrar en detalles ahora mismo —añadió—. Tienen mi palabra de que no cogeremos nada que otro desee.

    Miró a los ojos a Black, que decidió abandonar el tema.

    —Bien —continuó Moore—, si todos estamos de acuerdo, será mejor que hablemos de la clase de campaña propagandística que vamos a lanzar. Cardenal, ¿cuántas emisoras de televisión controla la Iglesia Católica en América del Sur?
    —No controlamos emisoras, señor Moore —dijo De Jesús a la defensiva—. Poseemos emisoras.
    —Nadie está tomando notas —repuso Moore—. Nada de esto saldrá de la habitación. A cambio, creo tener derecho a esperar respuestas sinceras. Bien, ¿cuántas emisoras controlan ustedes?

    De Jesús miró furiosamente a Moore un largo momento y por fin se alzó de hombros.

    —Entre seiscientas y setecientas —dijo.
    — ¿Y la Liga pro Defensa de los Judíos? —preguntó Moore.
    —Personalmente, poseo o controlo cinco —replicó Lewis—. La Liga no controla ninguna, y es la verdad.
    — ¿Periódicos y video periódicos?
    —Yo, diez. La Liga, tal vez el doble.
    — ¿Cuánto tiempo tardarían en recoger dinero suficiente para que periódicos y emisoras se concentren en una campaña de odio?
    —Tres meses, tal vez cuatro —se apresuró a contestar Lewis.
    —Demasiado tiempo —replicó Moore—. Tendrá que rascarse el bolsillo y conseguirlo en seis semanas.
    — ¿Por qué tanta rapidez?
    —Porque si Jeremías está preparándose para actuar, no tardará cuatro meses en ensayar su actuación. Estamos hablando de fanáticos religiosos. Si él hace el llamamiento mañana, todos habrán adquirido el billete a Jerusalén antes del fin de semana.
    —Veré qué puedo hacer —dijo Lewis.
    —Yo no puedo prometer fondos —dijo Naomí Wizner—. Hasta la última moneda se invertirá en la defensa de Jerusalén.
    —No pensaba pedirle ninguna —replicó Moore—. Sólo deseaba asegurarme de que no planeaba arrojar la toalla después de que los demás comprometiéramos todo cuanto tenemos. En cuanto al señor Black y a mí, entre los dos controlamos la tercera parte del horario de las imprentas en el continente de América del Norte. Estoy seguro de que podemos lanzarnos a imprimir varios miles de millones de folletos contra Jeremías para dentro de pocas semanas.
    — ¡Por eso me hizo venir y no invitó a Quintara! —exclamó Black—. Él sólo se dedica a drogas y rameras, ¡pero yo tengo imprentas!

    Moore asintió.

    —Nuestra contribución consistirá en imprentas y canales de distribución.
    —Es lógico —convino Black.
    — ¿Está con nosotros? —preguntó Moore.

    Black movió afirmativamente la cabeza.

    —Magnífico —dijo Moore—. ¿Puedo sugerir que nos encontremos aquí de nuevo dentro de dos semanas?
    —De acuerdo por mi parte —dijo Lewis. Miró un momento a Moore—. ¿Cree realmente que puede salir algo bueno de esta reunión?
    —Su utilidad es limitadísima —replicó Moore.
    —En ese caso, ¿por qué estamos aquí?
    —Porque tenía que empezar por alguna parte —dijo secamente Moore—. Mañana me reuniré con un dirigente de la Iglesia Ortodoxa Griega, el ministro de asuntos exteriores de Egipto y Henri Piscard.
    — ¿Quién es ese Piscard? —preguntó Lewis.
    —Otro hombre de negocios —replicó Moore—. En Francia y Bélgica ofrece servicios muy similares a los que el señor Black y yo ofrecemos en los Estados Unidos.
    —Y supongo que tendrá más reuniones preparadas...
    —Seis en total. Creo que cuando nos veamos otra vez habremos creado una organización bastante útil. —Se puso en pie y caminó hacia la puerta—. Y ahora, permítanme sugerir que gocen algunos placeres de La Nueva Atlántida antes de regresar al hogar.

    De Jesús, Lewis y Naomí Wizner abandonaron el salón, y Moore cerró la puerta detrás de ellos. Después volvió con Black, que no se había movido de su sillón.

    —Hey, Salomón —dijo el mulato, sonriente—. Hemos recorrido un largo camino, ¿no?
    —Hola, Piper —repuso Moore mientras se sentaba y devolvía la sonrisa—. Sí, es cierto.
    —No está mal para un par de maleantes aficionados.
    —Habla por ti mismo —dijo Moore—. Yo nunca he sido aficionado.

    Black se echó a reír.

    —Y aquí estamos, luchando por la Verdad, la Justicia y la Tradición Cristiana.
    —O por el sitio de Judas en el infierno.
    —Oh, bueno —dijo Black—. De todas maneras nunca he deseado ir al cielo. Me gusta el calor.
    —Jamás he pensado que corrieras el riesgo de congelarte en la otra vida —dijo Moore.
    —Eso plantea un problema muy interesante, Salomón.
    — ¿Y cuál es?
    —He sido ateo toda mi vida... pero si Jeremías es el Mesías, eso imp