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  • SOMBRA DEL TEMA
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  • ● Normal
  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    ¡CIUDAD SUBMARINA! (Frederick Pohl y Jack Williamson)

    Publicado el martes, mayo 09, 2017

    1
    EL DON DE PROFECÍA


    —¡Cadete Eden, ATENCIÓN!

    Me detuve a la orilla de la piscina de profundidad y me paré en posición de firmes. Había estado jugando tenis submarino con Bob Eskow en las mesas de la piscina, aquella calurosa tarde de sábado. Había salido a la superficie para ajustar mi pulmón de oxígeno. Podía ver a Eskow, quien estaba aún en el agua nadando impacientemente, esperando a que yo volviera a zambullirme, y la orden del capitán de cadetes me llegó en el momento en que me preparaba a hacerlo. —¡Cadete Eden, en descanso!

    Relajé los músculos y me volví. El oficial del día acompañaba al capitán de cadetes, y me dijo:

    —Preséntese en la oficina del comandante a las trece horas, cadete Eden. Puede seguir con lo que estaba haciendo.

    Respondió a mi saludo y se alejó caminando con el capitán de cadetes.

    Bob Eskow sacó la cabeza del agua. Se quitó la mascarilla y se quejó:

    —¡Bah, Jim! ¿Qué te ha hecho suspender el partido? En ese momento vio al capitán de cadetes y al oficial del día. Dio un silbido y me preguntó:
    —¿Qué querían?
    —No lo sé. Tengo que presentarme con el comandante a las trece horas. Eso es todo.

    Eskow salió del agua y se acostó a mi lado en la orilla de la piscina de profundidad.

    —Tal vez se trate de lo que dijo Danthorpe —comentó muy serio.
    —¿Qué dijo?
    —Sólo insinuó algo —respondió Eskow, sacudiendo la cabeza—, pero nos concernía a ti, a mí y a él.
    —Olvídalo —le aconsejé, y me senté. Me quité la mascarilla de mi equipo de respiración y revisé la válvula de las burbujas, que había estado fallando. Yo ya la había arreglado, pero hay una cosa que uno aprende en la Flota Submarina: el asegurarse doblemente de que todas y cada una de las piezas de su equipo submarino trabajen a la perfección. Las profundidades del mar no le dan a uno más de una oportunidad. . .

    El sol de las Bermudas me quemaba la nuca. Habíamos marchado muchos kilómetros bajo ese sol como cadetes de la Academia Submarina, pero ya habíamos perdido la costumbre. Habíamos permanecido demasiado tiempo bajo mortíferos kilómetros de oscuras aguas. El sol era extraño ahora para Bob Eskow y para mí.

    No era que el sol me molestara. A pesar de todas las invenciones que están realizando la conquista del océano —ciudades cubiertas por cúpulas que se extienden en el oscuro desierto del fondo del mar, que es tan extraño como el planeta Marte— ningún invento podrá substituir jamás al aroma puro del aire natural, ni a la libertad que se siente al contemplar el ancho horizonte en la superficie. Cuando menos durante los primeros días en que uno vuelve a ella.

    Bob Eskow se puso en pie. Miró a su alrededor, hacia los árboles de un verde brillante y los tejados rojos de las casas más arriba de la playa blanca y caliente; miró hacia el mar, las blancas crestas de las olas, y dijo lo que yo estaba pensando:

    —Daría todas las perlas que hay en Tonga Trench sólo por volver al mar.

    Las profundidades del mar se le meten a uno en la sangre. Existen allí una tensión y un peligro que uno no olvida jamás. La oscura sombra de la muerte está siempre allí, esperando afuera de una delgada capa de brillante edenita, más delgada que una gasa, aguar dando a que uno mueva el interruptor equivocado o accione la válvula incorrecta para así poder entrar ella. Puede aplastar la cúpula de una ciudad como si fuera un cacahuate bajo las ruedas de un camión, o hacer trizas a un hombre con un chorro de agua salada. . .

    —¡Eh, ustedes dos, ya dejen de estar soñando despiertos!

    Levantamos los ojos, y vimos que otro cadete se aproximaba.

    No lo conocía, pero sabía su nombre: Harley Dan Thorpe. El mismo a quien Bob Eskow acababa de mencionar.

    Era más delgado y un poco más bajo de estatura que Bob. Las rayas del pantalón de su uniforme escarlata estaban perfectamente planchadas y parecían tener el filo de un cuchillo. Llevaba el pelo peinado muy liso, aplanado sobre el cráneo.

    No me agradó la expresión de su rostro cuando Bob nos presentó; parecía estar burlándose de mí.

    —Jim —dijo Bob—, Harley Danthorpe es un estudiante del intercambio de las ciudades submarinas.
    —Y voy a regresar allá —dijo Danthorpe, al mismo tiempo que se sacudía una mota de polvo de coral que se había pegado a su manga— junto con ustedes dos.

    Bob y yo nos miramos uno al otro.

    —¿De qué estás hablando, Danthorpe? El semestre de otoño está a punto de principiar. . .
    —Nosotros no estaremos aquí —dijo Danthorpe, moviendo negativamente la cabeza—. Cambiarán nuestras órdenes esta misma tarde.
    —¿No estás burlándote de nosotros? —le pregunté, mirándolo con dureza—. ¿Cómo lo sabes?
    —Poseo el don de profecía —respondió, encogiéndose de hombros.

    Algo sucedió en ese momento. Nos sucedió a ambos: a Bob y a mí. Lo sentí y pude verlo reflejado en los ojos de mi amigo. No me agradaba Danthorpe. No sabía si creerle o no, pero sus palabras me habían afectado. Sentía la quemante comezón de los rayos del sol, tan placentera como siempre. El cielo seguía siendo tan azul y tan alto como siempre, y la brisa de la isla seguía siendo agradable; pero, de pronto, sentí deseos de volver a las profundidades del océano.

    —¿Adónde iremos? —le pregunté.

    Se irguió y nos miró a Bob y a mí. Luego se volvió a ver hacia el mar, y dijo:

    —Pues… a Cúpula Krakatoa.
    —¡Krakatoa! —repitió violentamente Bob.
    —Así es —asintió Danthorpe, mirando con curiosidad a Bob, lo que yo también hice, porque de pronto me pareció que Bob se había puesto pálido.
    —¿Y a qué se supone que debemos ir nosotros a Krakatoa? —le pregunté rápidamente a Danthorpe, para desviar su atención de lo que fuera que estuviera molestando a Bob.
    —Poseo el don de profecía, pero éste no llega a tanto —admitió Danthorpe encogiéndose de hombros—. Todo lo que sé es que vamos a ir allá.

    ¡Krakatoa! Deseaba creerle. En aquel preciso momento lo deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo. Cúpula Krakatoa era una de las ciudades submarinas más modernas. Estaba situada a cinco kilómetros de profundidad, cerca del Canal de Java, al sur de las famosas islas volcánicas del Estrecho de la Sonda.

    Deseaba muchísimo ir allá, pero no podía creer que ello fuera posible.

    Sabía algunas cosas acerca de Cúpula Krakatoa. Mi tío Stewart Eden me había hablado infinidad de veces de la riqueza que la rodeaba; el lecho del océano abundaba en petróleo, en uranio y en el preciado estaño, pero nunca había oído decir que la Flota Submarina tuviera una estación de adiestramiento allí. ¿Qué otra razón podría haber para enviar allá a tres cadetes cuando el año de estudios estaba a punto de iniciarse?

    —¿Qué te pasa, Eskow? —preguntó Danthorpe, en un tono de voz que denotaba cierto desprecio—. Te veo preocupado.
    —Déjalo en paz —le ordené cortante, pero la expresión de Bob me había inquietado también. Su rostro estaba pálido a causa de haber vivido algún tiempo en las profundidades del mar, pero su palidez se había acentuado.

    Danthorpe lo miró escrutadoramente.

    —Tal vez les tengas miedo a los terremotos submarinos —dijo lentamente.

    Bob se enderezó de pronto, mirándolo con enojo.

    Yo sabía que Bob se sentía presionado. Se había hecho violencia a sí mismo desde el primer momento en que había llegado a la Academia, agobiado por el constante temor de fracasar en los exámenes. Yo sabía que nuestras aventuras en Tonga Trench habían agotado hasta sus últimas reservas; sin embargo, no podía comprender qué le sucedía en aquel momento.

    Entonces, él se calmó y miró a lo lejos.

    —Creo que es eso —dijo en voz baja—. Creo que les tengo miedo a los terremotos.
    —¡Entonces Cúpula Krakatoa no es lugar para ti! ¡Allí tenemos infinidad de ellos! —exclamó Danthorpe, sonriendo con presunción, como si estuviera realmente haciendo alarde de ello; como si los terremotos fueran otro valioso recurso natural del fondo del mar que rodea a Krakatoa, comparable al petróleo—. Está situada cerca de la gran falla geológica, donde la corteza terrestre se comba hacia abajo para formar el Canal de Java.

    ¿Nunca han oído hablar de la erupción del Krakatoa, hace ya más de cien años? Produjo olas de treinta metros de altura, en la superficie, por supuesto. ¡Esa fue únicamente una muestra de la inestabilidad de la zona!

    —Danthorpe —lo interrumpí con verdadera curiosidad—, ¿qué tienen de bueno los terremotos submarinos o maremotos?

    No pude evitar preguntárselo. Los terremotos en tierra firme son por supuesto algo terrible, pero bajo el agua pueden ser miles de veces peores. Hasta el más ligero temblor puede romper una tubería transportadora, o hacer que las enloquecidas aguas del mar penetren en los túneles de una mina; aun un temblor muy pequeño puede estrellar la delicada película del blindaje de edenita en un segundo. Y un segundo es todo lo que necesitan las profundas aguas del océano para destrozar la cúpula de una ciudad.

    —¿De bueno? —dijo Danthorpe con una sonrisa engreída—. ¡Pero si son lo mejor de todo, Eden! ¡Los terremotos asustan a los novatos y los hacen irse de allí! —en el tono de su voz se advertía una verdadera alegría—. Eso deja mayores oportunidades para los hombres que poseen el don de profecía —exclamó—. Como por ejemplo, mi padre; él está haciendo grandes negocios allá en Krakatoa. ¡A él no le preocupan los terremotos submarinos!

    De pronto, mi mente recordó algo.

    —¿Tu padre? —repetí—. ¿Danthorpe? Entonces tu padre debe ser…
    —Has oído hablar de él —asintió orgullosamente—. ¡Por supuesto que has oído hablar de él! Mi padre compró muchos terrenos en el lecho del océano de Cúpula Krakatoa cuando ésta no era otra cosa que seis burbujas de edenita unidas entre sí, que representaban una esperanza para el futuro. ¡Él se ha sabido abrir camino hasta las más altas esferas, comerciando inteligentemente! Cada vez que hay un terremoto, los precios bajan y él compra, haciéndose cada vez más rico. Ocupa un lugar preponderante en la bolsa de valores y forma parte del ayuntamiento de Cúpula Krakatoa. Ha vivido tanto tiempo en el fondo del mar, que la gente lo llama Ben el Escaramujo...
    —¡Ben el Escaramujo! —lo interrumpió Bob, que cada vez se veía más molesto—. A decir verdad, ese es un buen apodo. ¡Suena como si hablaras de un parásito! Si quieres hablar de los verdaderos precursores, de los inventores y exploradores que realmente hicieron posible la vida en el lecho de los océanos cuando la tierra firme se vio sobrepoblada, debes preguntarle a Jim acerca de su tío Stewart. ¡Stewart Eden, el hombre que inventó la edenita!

    Danthorpe se quedó repentinamente callado, y me miró escrutadoramente.

    —¿El viejo Stewart Eden es tu tío?
    —Así es —le respondí brevemente—. No me gusta vanagloriarme de ello. Mi tío Stewart dice que la familia sólo es importante por la inspiración y ayuda que le da a uno, y no por el efecto que el saber de un pariente famoso pueda causar en otra persona; pero no negaré que me siento orgulloso de mi parentesco con el hombre que hizo posible la existencia de todo el imperio submarino.

    Hubo una pausa, y después Danthorpe dijo en tono de reto:

    —Mi padre podría comprar todo lo que tiene tu tío con el dinero sobrante que lleva en el bolsillo.

    No le dije una sola palabra, no obstante que él se quedó aguardando a que yo le replicara. Eso era algo que había aprendido de mi tío Stewart. Danthorpe miró a Bob con el ceño fruncido.

    —Está bien, Eskow —le dijo—. ¿Qué me cuentas de tus parientes?
    —Bueno, ¿qué quieres que te cuente de ellos? —dijo Bob con una expresión dura en el rostro.
    —¿No tienes familia? Cuéntamelo todo. ¿Quiénes son ellos? ¿Qué importancia tienen? ¿Dónde viven? ¿Qué hace tu padre?
    —Son simplemente personas —respondió lentamente Bob—. Mi padre gana lo suficiente para vivir.
    —¿En las profundidades del océano? —inquirió retadoramente Danthorpe—. ¿O es un marinero de agua dulce?

    Aquello ya era demasiado, y decidí interrumpirlo.

    —Déjalo en paz, Danthorpe —le dije—. Mira, si es cierto que posees ese gran don del que tanto alarde haces, comprende que los tres tenemos que llevarnos bien. ¡Empecemos como amigos! Olvidémonos de todo lo referente a nuestras familias, y concentrémonos en nuestra tarea, cualquiera que ésta vaya a ser.

    Danthorpe se encogió de hombros perezosamente. Señaló a Bob, quien estaba mirando a la distancia, en dirección de la diminuta vela blanca de un pequeño velero que navegaba kilómetros mar adentro, sobre la risueña superficie del océano.

    —Será mejor que hagas que comience a concentrarse —me advirtió Danthorpe—, porque, para ser sincero, me parece que él no es la persona indicada para ir a Krakatoa. ¡Aquel no es lugar para nadie que les tenga miedo a los terremotos!

    Después de que Danthorpe se fue, Bob y yo regresamos caminando a los dormitorios. Pude advertir que él se sentía deprimido, y traté de levantarle el ánimo.

    —Después de todo —le dije—, todavía no hemos recibido ningunas órdenes especiales. Tal vez comencemos el semestre de otoño con todos los demás.
    —No lo creo —dijo sacudiendo la cabeza, malhumorado—. ¿Qué es eso que está ahí en el tablero de boletines?

    Un ordenanza de cuarto año estaba alisando una hoja de órdenes sobre la superficie adhesiva del tablero que se encontraba a la entrada de nuestro dormitorio. La leímos por encima de su hombro.

    En efecto, se refería a nosotros.


    Los cadetes que aparecen en esta lista deberán presentarse el día de hoy a las 17:00 horas, en la oficina del comandante:


    Cadete Danthorpe, Hanley

    Cadete Eden, James

    Cadete Eskow, Robert


    Nos miramos, y una idea me asaltó.

    —Me pregunto si..., pero el oficial del día me dijo que debería ir a las trece horas. ¿Recuerdas? Cuando me encontró en la piscina de profundidad...
    —Yo no lo oí —respondió Bob, moviendo negativamente la cabeza—. En ese momento estaba debajo del agua.

    Pero el ordenanza se volvió repentinamente, y dijo con tono enérgico:

    —¡Señor! El cadete Tilden, Walter S., solicita permiso para dirigirle la palabra a un superior.

    Era un ejemplo de la forma apropiada de hablarle a un superior, y no pude menos de admirarlo. Lo hacía muchísimo mejor que yo cuando había llegado por primera vez a la Academia.

    —¡Adelante, cadete Tilden! —le dije.

    Mirando hacia el horizonte, en posición de firmes, con la barbilla tan metida en el cuello de su camisa que apenas si podía mover la quijada para hablar, respondió:

    —Señor, el cadete Eden tiene dos citas. ¡La que tiene a las trece horas se relaciona con el posible fallecimiento de su tío, el señor Stewart Eden!


    2
    EL PADRE TIDE*


    Sobre los portales de coral del edificio de la administración aparece en letras doradas el lema de la Academia:

    ¡La Marea no Espera!

    Pero yo sí tuve que esperar. Llegué con diez minutos de adelanto a mi cita con el comandante; pero para éste las trece horas significan eso exactamente: las trece horas. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Me senté en posición de atención en la antesala del comandante y me pregunté tristemente cuán acertado habría estado el ordenanza al decirme cuál creía él era la razón por la que el comandante deseaba verme.

    Mi tío Stewart Eden era el único pariente cercano que tenía. Él vivía a dieciséis mil kilómetros de distancia de la Academia y a cinco kilómetros de profundidad, en la nación submarina de Marinia. Yo sabía que el estado de salud de mi tío era delicado. Tal vez su enfermedad se había agravado y. . .

    No. Cerré mi pensamiento a esa idea, Como quiera que fuera, el ordenanza había dicho posible fallecimiento y eso no daba idea de una muerte por enfermedad.

    Hice a un lado todo intento de pensar y concentré mi atención en permanecer allí sentado aguardando.

    El comandante apareció exactamente a las trece horas.

    Venía del comedor de los oficiales. Era un hombre alto, corpulento y ceñudo. Poderoso como el mar mismo. A su lado venía un hombrecillo vestido pulcramente con un traje negro de clérigo y quien trotaba para ir al paso de las largas zancadas del comandante, y le hablaba animadamente a éste.

    —¡ATENCIÓN! —vociferó el cadete centinela al mismo tiempo que presentaba armas y yo me paré de un salto para adoptar la posición de firmes.

    El comandante se detuvo en su camino a su oficina y el extraño individuo se paró detrás de él.

    —Cadete Eden —me dijo el comandante en tono grave—. Tiene usted una visita. Le presento al padre Jonah Tidesley, de la Compañía de Jesús. Él ha venido desde muy lejos para verlo a usted.

    Recuerdo haberle estrechado la mano al hombrecillo, pero no recuerdo mucho más excepto que me vine a encontrar en el interior de la oficina privada del comandante en compañía de éste y del padre Tidesley. Recuerdo que el comandante mostraba un gran respeto por el sacerdote; recuerdo que aquél me miraba con una mirada aguda e inquietante. Decían que el comandante podía leer lo que pensaban los cadetes y por un momento creí que eso era verdad...

    Después concentré mi atención en lo que me estaba diciendo el padre Tidesley.

    —Conocí a tu tío, Jim —dijo con voz clara y afectuosa—. Tal vez lo hayas oído hablar de mí. Generalmente me llamaba padre Tide...; todos me llaman así.
    —No recuerdo, señor —le dije—, pero es que yo rara vez veo a mi tío.

    Él asintió alegremente. Era un hombrecillo muy amable, pero sus ojos azules como el mar miraban tan escrutadoramente como los del mismo comandante. No era joven. Tenía la cara redonda y regordeta, pero sus rojas mejillas estaban surcadas como el coral. No podía calcular su edad, ni adivinar qué relación tenía con mi tío, ni por qué deseaba hablar conmigo.

    —Toma asiento, Jim —me indicó en tono alegre—. Siéntate.

    Miré al comandante y éste asintió con la cabeza.

    —He oído hablar de tu aventura con las serpientes marinas, Jim —continuó diciendo el padre—. ¡Debe haber sido toda una aventura! Siempre he deseado conocer Tonga Trench, pero no me ha sido posible hacerlo. Sin embargo, tal vez algún día. . . Pero tú has hecho más aún que eso, Jim. Oh, sé mucho de ti, muchacho, aunque nunca nos habíamos conocido.

    Continuó hablando y era verdad lo que había dicho. Me sorprendió, no únicamente porque sabía tantas cosas de mi vida (mi tío Stewart muy bien podía haberle contado todo eso), sino también porque se veía que conocía perfectamente aquel otro mundo, el mundo de las profundidades, que es tan extraño para la mayoría de los habitantes de tierra firme como lo son las montañas de la luna.

    ¡Un novato de tierra firme! Esa fue la idea más tonta que jamás se me había ocurrido. ¡El padre Tide un novato! Bueno, pero entonces yo todavía no lo conocía bien.

    Habló durante veinte minutos. Pienso que estaba tratando de calmarme, y confieso que lo logró, pero finalmente abrió un portafolios, y me dijo:

    —Jim, mira esto.

    Sacó un grueso sobre de plástico y vació su contenido sobre el escritorio enfrente de mí.

    —¿Reconoces estas cosas? —me preguntó solemnemente.

    Me incliné hacia adelante y las toqué, pero no era necesario. Había allí un gastado anillo de plata que llevaba engarzada una blanca perla Tonga, un reloj —un magnífico cronómetro de pulsera con caja de acero inoxidable—, varias monedas y unos cuantos billetes de baja denominación; algunos de ellos eran americanos y el resto dólares de Marinia. Había además un sobre rasgado.

    No tuve que mirar la dirección escrita en el sobre; sabía cuál sería: estaba dirigido al señor Stewart Eden, a su oficina en la ciudad submarina de Thetis, Marinia.

    Lo reconocí todo inmediatamente. Yo mismo había escrito la dirección del sobre. El anillo pertenecía a mi tío y la perla había sido un obsequio que le hiciera su viejo amigo Jason Craken. El reloj era el que mi padre le había regalado hacía muchos años a mi tío Stewart.

    —Pertenecen a mi tío Stewart Eden —respondí con tanta calma como pude.

    El padre Tide me miró compasiva y pensativamente durante un largo momento. Después juntó todos aquellos artículos y comenzó a meterlos nuevamente en el sobre de plástico.

    —Temía que así fuera —dijo suavemente.
    —¿Le ha sucedido algo a mi tío Stewart? —inquirí.
    —No lo sé, Jim. Esperaba que tú pudieras decírmelo.
    —¿Decírselo? ¿Pero cómo podría yo hacerlo? ¿Dónde encontró usted esas cosas?

    El padre Tide volvió a meter el sobre de plástico en su portafolios y me miró por encima del escritorio.

    —Las encontré en un auto submarino —me respondió calmadamente—. Aguarda un minuto, Jim. Deja que te explique todo esto a mi modo.

    Se puso de pie y comenzó a pasearse inquieto por la habitación.

    —Tal vez sepas —dijo en aquel tono suyo de voz claro y amable— que nuestra orden ha sido uno de los pioneros en vulcanología y sismología, es decir, en el estudio científico de los volcanes y los terremotos. Yo mismo soy una especie de experto en los fenómenos submarinos relacionados con estas cosas.

    Asentí, inquieto, con la cabeza.

    —Hace dos semanas —continuó diciendo, deteniéndose frente a la ventana para ver el brillante mar de las Bermudas a través de ella— hubo una repentina erupción en el océano Índico. Dicha erupción fue completamente inesperada.
    —¿Inesperada? —no pude menos que preguntar—. Quiero decir, señor, ¿no es cierto que esas cosas pueden pronosticarse?
    —¡Sí, Jim! —asintió, volviéndose para verme—. Esa es casi una ciencia actualmente, pero esta erupción no fue pronosticada. No había nada que indicara actividad alguna en esa área. . ., nada. Pero comoquiera que fuere, la erupción ocurrió. Yo me encontraba en Cúpula Krakatoa cuando las ondas causadas por esta perturbación fueron detectadas por los sismógrafos de esa ciudad —continuó diciendo formalmente—. El epicentro se encontraba a menos de tres mil kilómetros de distancia y yo salí inmediatamente a hacer observaciones sobre el lugar. La noche siguiente ya estaba yo en el epicentro.

    No obstante que lo que me contaba no me aclaraba en lo absoluto lo que le había sucedido a mi tío, hizo aumentar mi respeto por el padre Tide y no pude menos que sentirme interesado.

    —La superficie del océano todavía se hallaba agitada —me dijo—. En el fondo, descubrí una nueva corriente de lodo y lava que se había extendido sobre docenas de kilómetros cuadrados. La lava todavía estaba caliente, y el número de explosiones de vapor era considerable, pero mi auto submarino está diseñado para ser utilizado en las cercanías de los terremotos submarinos. No creo que conozcas el área, y debo decirte que está casi deshabitada. ¡Afortunadamente! Porque si hubiera habido una ciudad submarina en esa región, habría quedado destruida con una considerable pérdida de vidas. Con todo y eso, temo que haya habido algunas muertes de las que nunca llegaremos a saber; tal vez entre los mineros.
    —Señor —le dije señalando el portafolios—, ¿no habrá encontrado esas cosas ahí?
    —Así fue —asintió en tono sombrío—, pero, por favor, tenme un poco de paciencia, Jim. Estaba yo recorriendo el área navegando cerca del fondo del mar en las cercanías de la orilla de la corriente de lava. Estaba haciendo algunas observaciones científicas y a la vez buscaba cualquier superviviente que pudiera necesitar mi ayuda. Mi equipo de microsonar había resultado seriamente dañado por las explosiones y por supuesto, el agua estaba más negra que nunca a causa del lodo. A pesar de todo, recibí una señal de auxilio en el sonar.
    —¿Era mi tío? —inquirí impaciente—. ¿Era su señal?
    —No lo sé, Jim —respondió suavemente—. Reconocí inmediatamente la señal como proveniente de un trasmisor automático de emergencia. Pude localizarla y seguirla hasta su fuente emisora que se encontraba al mismo borde de la corriente de lava. Allí había un auto submarino averiado y semienterrado entre piedras y lodo. Le hice una llamada pero no recibí respuesta. Como había una probabilidad de que hubiera supervivientes, me puse el traje de edenita y fui hasta el submarino averiado.
    —¿Hizo qué? —exclamé con voz entrecortada—. ¿Pero no sabía usted lo peligroso que es hacer eso?

    Vi que el comandante me estaba mirando y me interrumpí; pero aquello me decía mucho a favor de la clase de hombre que era el padre Tide. ¿Que si lo sabía? Por supuesto que lo sabía, pero el peligro no lo había detenido.

    —Era necesario —fue su única respuesta—, pero no encontré a nadie. Creo que algunas rocas lanzadas por la explosión golpearon al submarino y lo inutilizaron. Las compuertas estaban abiertas y todo el equipo UDARSA había desaparecido.

    Aquello también lo hacía parecer como un verdadero hombre de mar, ya que ningún novato hablaría de las unidades de aparatos de respiración subacuática refiriéndose a ellas llamándolas por su apodo, Udarsa.

    —¿Entonces las personas que iban en el auto submarino lograron salir? —inquirí esperanzado.
    —Sí —asintió—. Pero no estoy muy seguro de que hayan logrado escapar de las cercanías del volcán —señaló con un gesto el portafolios y añadió—: Encontré estas cosas en el interior del auto submarino y después tuve que abandonar éste a toda prisa. Apenas tuve tiempo de hacerlo y estuve a punto de quedar atrapado por otra corriente de lodo volcánico.
    —¿Qué. . .? —comencé a decir, pero tuve que tragar saliva y preguntar de nuevo—: ¿Qué cree que le haya ocurrido a mi tío?

    Para mi sorpresa, el padre Tide me miró con ojos fríos y penetrantes, ya que yo había esperado ver amabilidad y compasión en ellos.

    —Esperaba que tú me lo pudieras decir, o cuando menos. . ., bueno, esperaba que me dijeras que estas cosas no eran propiedad suya.
    —Lo son. No obstante, ¡no puedo creer que se haya perdido!
    —Rezaré por él —me aseguró el padre Tide—, aunque tal vez él no me habría pedido que lo hiciera.

    Suspiró y volvió a mirar afuera al brillante mar azul.

    —Desgraciadamente —dijo—, el haberse perdido no es lo peor que podría haberle pasado a tu tío.
    —¿Qué quiere usted decir, señor? —le pregunté mirándolo asombrado.
    —Estoy acostumbrado a vérmelas con la muerte —me respondió solemnemente—, para lo que creo estar bien preparado, pero este volcán submarino me ha hecho enfrentarme a otros problemas —hizo una pausa sin decir a qué problemas se refería y sus ojos azules me miraron escrutadoramente.

    De pronto, me preguntó:

    —¿Qué estaba haciendo tu tío en el océano Índico?
    —No lo sé, señor. La última vez que supe de él, se encontraba en Cúpula Thetis.
    —¿Cuánto tiempo hace de eso? —inquirió vivamente.
    —Bueno..., debe haber sido hace unos dos meses.
    —¿Y qué hacía él allá?
    —Estaba enfermo, padre Tide. Dudo que él pudiera hacer mucho. Está delicado de salud y...
    —Ya —me interrumpió el padre Tide—. En otras palabras, estaba desesperado. Tal vez tan desesperado para hacer... cualquier cosa.
    —¿Qué es lo que está usted tratando de insinuar? —inquirí.

    Durante treinta segundos, el pequeño sacerdote me miró con tristeza.

    —Ese temblor no fue pronosticado —dijo por fin—. Existe evidencia de que fue... producido artificialmente.

    Me quedé sentado mirándolo asombrado; me había dejado completamente perplejo.

    —No comprendo, señor —admití.
    —Sólo un sismólogo preparado puede evaluar la evidencia —me dijo en su voz clara y amable como si yo estuviera en el salón de clase—. Admito también que ningún punto de la tierra está completamente libre del peligro de sufrir un terremoto que no sea previsible. Sin embargo, el estudio que se efectúa para pronosticar un temblor debería dar alguna indicación. Esta erupción es únicamente una en una serie de varias relativamente menos intensas, las cuales se han localizado, todas, en regiones deshabitadas y que parecen seguir un cierto patrón. Ha habido seis. Se han ido haciendo progresivamente más intensas. El foco de la primera fue a poca profundidad, los centros de las que vinieron después se fueron haciendo progresivamente más profundos.
    —De modo que usted piensa... —lo interrumpí, la idea me pareció demasiado espantosa para expresarla en palabras.

    El padre Tide asintió con la cabeza.

    —Sospecho —aclaró— que alguien está perfeccionando una técnica malévola para producir terremotos artificiales.
    —Y mi tío... —dije tragando saliva.
    —Sí, Jim —asintió—. Sospecho que tu tío, si vive todavía, está involucrado en ello de algún modo.


    3
    FUEGO BAJO EL MAR


    ¡Terremotos artificiales! ¡Y culpaban a mi tío de estarlos provocando! ¡Así lo había dicho aquel extraño sacerdote que se hacía llamar el padre Tide!

    Era demasiado para que yo pudiera aceptarlo. Ya no me sentía preocupado; me sentía furioso.

    Me dejó en la oficina del comandante casi sin decirme una sola palabra más. Cuando salía, se detuvo, al pedirle yo que me entregara las cosas de mi tío.

    Titubeó un momento, le lanzó una mirada al comandante y después sacudió negativamente la cabeza.

    —Lo siento, Jim. Indudablemente te serán entregadas más tarde, pero ahora son consideradas como pruebas. Es necesario que la Flota Submarina se haga cargo de la investigación que yo he iniciado privadamente, y no tengo la menor duda de que ellos desearán examinarlas.

    Ya no me dijo más.

    Supongo que el comandante me despidió, pero no recuerdo que lo haya hecho.

    De lo siguiente que me acuerdo fue que estaba yo en el interior de una caseta telefónica tratando de comunicarme con mi tío a Cúpula Thetis. Las largas líneas de comunicación tardaron una eternidad en despejarse. .. y después, nadie contestó. No recibí respuesta de su casa ni de su oficina. Desesperado, hice que lo llamaran en los hoteles y en las terminales de autos submarinos, a él y a su fiel ayudante, Gideon Park, pero no hubo respuesta.

    Al menos, de todo lo que me había contado el padre Tide había algo de cierto: mi tío había desaparecido.

    Me quedé mirando sin ver. No tenía la menor idea de dónde me encontraba. Poco a poco el objeto que estaba mirando comenzó a tener sentido para mí. Era un gigantesco mapa del mundo en proyección Mercator. El mapa que durante mi primer año en la Academia había ido memorizando incansablemente por la gloria y la grandeza que significaba. Era un mapa extraño, cuando menos para los habitantes de tierra firme, ya que los continentes estaban pintados en color negro sin mostrar ninguna característica esencial, sólo aparecían en ellos los ríos y algunas de las ciudades más importantes.

    ¡Sin embargo, los océanos!

    Los océanos resaltaban en colores brillantes y luminosos. Matices de azul y verde que indicaban las profundidades del fondo del mar. Capas anaranjadas o color carmesí que indicaban, los picachos y las cadenas montañosas submarinos. Un color dorado brillante para las ciudades; líneas entrelazadas en color plateado que mostraban los oleoductos y las tuberías al vacío que las unían; trazos sombreados que indicaban los inmensos depósitos minerales del lecho del océano. ¡Había allí una riqueza incalculable! ¡Suficiente para hacer un millón de millonarios! Pero hombres deshonestos estaban devastando lo que con tantos trabajos había sido edificado por los pioneros de las profundidades del mar, como mi padre y mi tío Stewart. Sin embargo, según lo que decía el padre Tide, mi tío era uno de esos hombres deshonestos.

    Volví en mí con un sobresalto. Sacudí la cabeza y me alejé del mapa gigantesco de las profundidades del mar.

    Estaba en Dixon Hall, el excitante museo de la Academia, donde se exhibía toda la historia del servicio submarino. No recordaba cómo había llegado allí. Alguien me llamaba por mi nombre.

    —¡Oh! ¡Hola! —dije—. No..., no los vi entrar.

    Eran Bob y Harley Danthorpe.

    —No veías nada —gruñó Danthorpe—. ¿No pudiste encontrar otro lugar mejor donde soñar despierto que un basurero como éste? Te hemos estado buscando por todas partes.

    Esperaba que Bob le fuera a contestar algo, porque él sentía casi tanto respeto por Dixon Hall y la historia que se encerraba allí como el que sentía yo, pero él no estaba prestando atención.

    —¡Miren! —dijo señalando algo.

    Era un tubo metálico de forma ahusada, de unos diez centímetros de grueso y unos noventa de largo y que estaba montado en el interior de una vitrina de cristal.

    La pulida superficie del tubo brillaba como la edenita, el fantástico blindaje que mi tío había inventado, la película de presión que obliga a la mortífera presión de las aguas a actuar contra sí misma, haciendo de este modo posible que el hombre pueda sondear las profundidades del océano.

    Pero no se trataba de edenita, o cuando menos no de la clase de edenita que yo conocía, porque el resplandor que producía el tubo no era el continuo verde brillante del blindaje submarino de edenita, sino que producía pequeños puntos como chispas de colores, que se encendían y se apagaban igual que los focos de un árbol de Navidad vistos a través de las ondulantes ramas del árbol.

    —¡Es un modelo de un mole! —exclamó Bob—. ¡Vean el letrero!

    Señaló la tarjeta que había en el interior de la vitrina que decía:

    Modelo en Operación de un Mecanismo Ortolítico de Excavación.

    Una nave experimental de este tipo está siendo probada actualmente por la Flota Submarina y promete nuevas oportunidades a los graduados de la Academia. Con ella tal vez puedan hacerse exploraciones directas en el estrato existente bajo el lecho del océano.

    —Bajo el lecho del océano —leí en voz alta, asombrado—. ¿Quieren decir que realmente pueden penetrar bajo el lecho del mar?
    —Si quieres saber todo lo relativo a los moles, pregúntame a mí —dijo con voz gangosa Harley Danthorpe, que se había acercado detrás de nosotros y miraba de soslayo el resplandeciente modelo—. Mi padre tiene invertido dinero en las patentes básicas —alardeó—. Es un taladro ortolítico, ¿comprendes? Mecanismo- ortolítico-excavador. M-O-L-E.

    Le dio unas palmaditas de confianza a la vitrina y continuó diciendo:

    —Mi padre dice que podrá penetrar en las rocas de basalto igual que una bala penetra en la mantequilla. Dice que llegará un día en que estas máquinas taladradoras podrán navegar a través de las rocas y debajo del lecho del océano, tal como lo hacen los submarinos bajo la superficie del agua. Además, dice que el mole le dará a ganar millones al hombre que posea el don interior de la predicción.
    —¡Eso sí que es grande! —exclamó disgustado Bob—. ¡Ves una cosa como esta, y en lo único que puedes pensar es en cómo ganar dinero con ella!
    —¿Qué tiene de malo el dinero? —preguntó acalorado Danthorpe—. Después de todo, si no fuera por...
    —Espera un momento —lo interrumpí—. Ahora recuerdo haber oído hablar de este aparato. Ha habido ciertas dificultades, ¿no es cierto? El modelo trabaja bien, pero las máquinas grandes han tropezado con serias dificultades.
    —Bueno —admitió Danthorpe—, todos los taladros atómicos generan mucho calor, y el taladro ortolítico perfora con mayor rapidez, pero al mismo tiempo produce más calor. Además, la corteza terrestre ya está bastante caliente de por sí, si uno perfora a varios kilómetros de profundidad. Se han topado con un tremendo problema de refrigeración.
    —Por ahora —convino Bob—; pero lo resolverán y... ¡Caramba!

    Se detuvo y señaló el enorme reloj que había en la pared bajo el letrero que decía:

    ¡La Marea no Espera!

    —¡Faltan cinco minutos para las siete! —gritó—. ¡Vamos, tenemos que ir a la oficina del comandante!


    Permanecimos en posición de firmes mientras el comandante giraba, rodeando su enorme escritorio y nos inspeccionaba escrutadoramente con sus ojos fríos como los mares polares.

    No dijo nada respecto a lo ocurrido en su oficina pocas horas antes, ni indicó por ningún gesto ni mirada que hubiera sucedido algo, por lo cual le quedé agradecido.

    Volvió a caminar hasta detrás de su escritorio, y se sentó muy circunspecto.

    —Caballeros —dijo con voz tan dura como su rostro curtido por el aire del mar—, están ustedes llegando al fin de su curso de adiestramiento. Han llegado ustedes a una etapa en la que ciertos cadetes seleccionados son escogidos para encomendárseles alguna misión como parte de su aprendizaje. En esta ocasión, quiero recordarles sus enormes tareas y las oportunidades especiales que se les presentan.

    ¡Oportunidades!

    Era un modo extraño, como lo explicaba. No dije nada, ni me moví siquiera, pero pude oír que Bob Eskow contenía la respiración a mi lado.

    El comandante seguía hablando en tono de quien está impartiendo una cátedra:

    —La Flota Submarina fue creada originalmente para proteger los intereses de los Estados Unidos en el fondo del mar. Eso sucedió antes de que todas las armas del mundo fueran entregadas a la supervisión directa de las Naciones Unidas. Nosotros vigilábamos las ciudades norteamericanas, las minas y los embarques de los Estados Unidos. Esa es todavía una parte importante de nuestros deberes, pero la Flota Submarina tiene una misión más importante actualmente. En nuestros días, los enemigos que tenemos que combatir en las profundidades del mar rara vez son hombres. En realidad, la antigua institución de la guerra ha quedado ahogada en el fondo del mar. Allí hay espacio y riquezas suficientes para todos; pero para obtenerlos se requiere de la cooperación internacional. La edenita fue un invento norteamericano —¿lo habré imaginado, o realmente me lanzó una mirada al decir esto?—. Los ingleses perfeccionaron las técnicas de la agricultura submarina. El taladro ortolítico fue originalmente ideado por los alemanes. Los japoneses han sido los verdaderos precursores en la ciencia de la predicción de los terremotos submarinos. Todos los hombres luchan unidos contra los peligros y los problemas del mar.

    Hizo una pausa, y nos miró.

    —¡La marea no espera!— su voz resonó al decir el antiguo lema de la Academia—. Eso significa que la Flota Submarina no vive de sus glorias pasadas. Reconocemos que el progreso es una realidad, y nos apresuramos a adoptar y a sacar el mayor partido de todas las nuevas tecnologías.

    "Caballeros —dijo con su fría voz de mando—, basándonos en sus aptitudes excepcionales señaladas por las calificaciones que han ganado en sus pruebas psicológicas y que han sido confirmadas por sus proezas reales y meritorias aquí mismo, en la Academia, los hemos seleccionado para una misión en la que está en juego un nuevo campo dentro de la investigación científica. Se han dado órdenes especiales para ustedes. Deberán estar preparados para partir por aire esta misma noche, a las veintiuna horas. Se dirigirán vía Nueva York y Singapur a Cúpula Krakatoa. Se presentarán ante el oficial comandante de la base de la Flota en ese lugar, para recibir un entrenamiento especial. Caballeros, pueden retirarse."

    Hicimos el saludo, dimos media vuelta y salimos marchando de la oficina.

    —Se lo dije —siseó Harley Danthorpe, apenas hubimos salido de la oficina privada del comandante—. ¡Poseo el don de profetizar!

    Pero ni el mismo Danthorpe pudo decirnos cuál podría ser aquella misión especial de entrenamiento.


    4
    LA CIUDAD DE LOS TERREMOTOS SUBMARINOS


    Le íbamos ganando la carrera al sol; no hacía más de una hora que éste había aparecido en el horizonte, cuando el último hidroavión de nuestro viaje disminuyó el rugido de sus reactores, bajó los alerones y descendió sobre la “pista” marcada por boyas en las aguas del océano que cubrían a Cúpula Krakatoa.

    El avión golpeó con fuerza contra las olas, no obstante que éstas no eran muy grandes, porque unos “apaciguadores” electrostáticos habían suavizado las olas más altas en el espacio comprendido entre las boyas que marcaban nuestra pista de aterrizaje, pero nuestro piloto había logrado el primer contacto perfectamente bien. Dimos un pequeño salto, y el avión se posó sobre el agua. En un momento ya habíamos atracado en la brillante estructura en forma de X que flotaba sobre la cúpula blindada con edenita que yacía a cinco kilómetros de profundidad debajo de nosotros.

    —¡Bien, señores! ¡Prepárense a desembarcar!

    Eskow me miró y frunció el ceño, pero yo sacudí la cabeza negativamente. Como el nombre de Danthorpe aparecía antes que el de nosotros en orden alfabético, él había decidido suponer que eso lo pondría a él al frente del grupo. Esto irritaba a Bob, pero después de todo uno de nosotros tenía de todos modos que hacerse cargo del grupo, y cuando menos, así nos asegurábamos que Danthorpe sería el que tendría que preocuparse por conseguir los pasajes de conexión en los aviones, encargarse de despachar nuestros asuntos en las aduanas, etc. Nos levantamos, recogimos nuestro equipo y bajamos del jet a la plataforma de desembarco que tenía forma de X.

    ¡Era un muelle flotante de un tamaño colosal! Tenía cerca de trescientos metros de largo en cada pata de la X, largo suficiente para que un avión pudiera aterrizar en caso de emergencia, si el mar estaba demasiado agitado y no fuera posible calmarlo aun con el uso de los “apaciguadores”. Sobresalía sesenta metros sobre el nivel del agua. La quilla de sus flotadores estaba sumergida a treinta metros. Era una pequeña ciudad en sí.

    Sin embargo, sólo era una especie de combinación de puerta de entrada y tubo de respiración para la ciudad submarina. La plataforma era un tubo snorkel con conductos flexibles especiales blindados con edenita, por los cuales la ciudad inhalaba aire puro y exhalaba el aire viciado y todos los gases de desperdicio. Las antiguas ciudades se habían valido de aparatos regeneradores de aire; Cúpula Krakatoa bombeaba aire fresco desde la superficie hasta la ciudad. Subimos y pasamos cerca de las ventilas que exhalaban el aire que subía desde cinco kilómetros de profundidad y percibimos el vaho frío y húmedo de la atareada industria de la ciudad submarina, de las filtraciones de agua salada y de la respiración de miles de personas que subía desde el fondo. Era un olor familiar para nosotros, y nos miramos unos a otros.

    —¡Uno, dos! —gritó Harley Danthorpe, y nos hizo salir marchando de la terminal en la que se aglomeraba la gente, para dirigimos a los ascensores magnéticos que nos bajarían cinco kilómetros. Se cerró la puerta del ascensor. Se escuchó un “uuuus”, y de pronto el piso del ascensor se separó de nuestros pies, o cuando menos eso fue lo que sentimos.

    Eskow y yo buscamos instintivamente algo de que agarrarnos y Harley Danthorpe soltó una carcajada.

    —¡Novatos! —exclamó en tono de mofa—. ¿No creen que debían estar alerta? Si un ascensor los asusta, ¿qué va a suceder cuando ocurra un terremoto?
    —Ya veremos lo que pasa —le espetó Eskow pálido pero engallado—. Te garantizo una cosa, Danthorpe: si tú puedes soportarlo, Jim Eden y yo también podremos.

    Al salir del ascensor parecía que se nos doblaban las rodillas e inmediatamente nos sentimos como en otro mundo.

    ¡Estábamos a cinco kilómetros bajo la superficie del océano! El cielo azul y la brisa del mar habían desaparecido. Cinco kilómetros de agua del océano Índico se revolvían sobre nuestras cabezas y la posición del sol ya no importaba.

    —¡Uno, dos! —cantó Danthorpe, y nos condujo marchando desde la estación de los ascensores, situada en la cima de la cúpula, hasta las salidas. Nos llevó por aceras en movimiento, ascensores y pasajes, a través del atareado y bullicioso corazón de Cúpula Krakatoa. La base de la flota estaba situada al nivel de los muelles, en la orilla más baja de la cúpula. Para llegar a ella tuvimos que bajar toda la profundidad de la cúpula y Harley nos condujo por lo que debe haber sido el camino más largo.

    Vimos los grandes niveles de las terrazas en los cuales crecían árboles y pasto reales, pálidos y alargados bajo las luces troyón de las ciudades submarinas, pero eran un símbolo de la riqueza y el lujo de los habitantes acaudalados de Krakatoa que habían construido allí sus casas. Atisbamos a través de las gruesas portañolas y vimos el iluminado fondo del mar que rodeaba a la cúpula, donde los pálidos y ondulantes tallos de la vegetación submarina se movían a impulso de las agitadas corrientes. Pasamos por el nivel financiero, donde se realizaba el frenético comercio de los metales y los productos del lecho del océano, y de las acciones y valores que financiaban a las compañías que allí operaban.

    —¿Ven eso? —exclamó Harley Danthorpe—. ¡Fue idea de mi padre!

    Miramos lo que nos señalaba; era la entrada a la bolsa de valores de Krakatoa formada por columnas macizas que tenían la forma de naves submarinas alargadas hacia arriba y cuyos altos cascos brillaban con un fulgor semejante al de la edenita.

    —Mi padre fue uno de los miembros fundadores —nos informó Harley muy orgulloso—. Él diseñó la bolsa de valores.
    —¡Muy bien! —comentó Bob, pero dudo mucho que hablara en serio.

    Harley se detuvo y lo miró detenidamente.

    —Eskow —le dijo—, te ves muy solemne. ¿No te gusta Krakatoa?
    —Estaba pensando en la plataforma de aterrizaje que hay allá arriba en la superficie —le respondió Bob—. Nunca había visto nada parecido en las otras ciudades submarinas.
    —¡Las otras ciudades! —exclamó Harley riéndose despreciativamente—. ¿Qué es lo que tienen ellas? ¡Krakatoa es una verdadera ciudad, no lo olvides! ¡Esa plataforma costó quinientos millones de dólares! Se tardaron tres años en construirla, pero es una buena inversión —guiñó un ojo y agregó, bajando la voz—: Mi padre compró una parte de ella. Claro que él tuvo el don de predecir. Dice que simplemente la franquicia vale por toda la inversión, porque, ¿sabes?, esos conductores de aire son la tráquea de la ciudad y. . .
    —En eso es en lo que estaba pensando —lo interrumpió Bob—. Supón que se rompen.
    —¿Qué podría romperlos?
    —Una tormenta, quizá.

    Harley sonrió como lo haría alguien que se acabara de encontrar un millón de dólares.

    —Puedo enseñarte una sección de los cables. Ninguna tormenta podría romperlos. Además, las olas pueden pasar por el espacio que hay entre la plataforma y los flotadores sin causar ningún daño. No, prueba otra cosa.
    —Esta es una región donde abundan los terremotos —le recordó Bob—. Podría producirse una ola enorme.
    —Querrás decir una tsunami —lo corrigió Danthorpe con presunción—. Ese es el nombre correcto para una ola producida por un sismo. ¡Muchacho, realmente eres un novato! Los tsunamis son peligrosas a lo largo de una costa, donde pueden desarrollar velocidad y fuerza, pero no lo son en mar abierto. Ni siquiera la notaríamos si pasara, sólo comprobándolo en los instrumentos.

    Bob se encogió de hombros, pero no pareció haber quedado muy convencido.

    —Espero que no te asusten los terremotos —le dijo cortésmente Harley (demasiado cortésmente) como si se burlara de él—. Después de todo, hasta los novatos tienen que sobreponerse a esas cosas. Quédate por aquí una temporada, Bob. En Cúpula Krakatoa no les tenemos miedo a los temblores. ¡Bueno, con decirte que la llamamos “La Ciudad de los Terremotos”! La construimos para que soporte hasta un terremoto del grado nueve, y los terremotos no alcanzan esa intensidad con mucha frecuencia. Poseemos el don de profecía, y mi padre se ha hecho rico con el estaño, el uranio y el petróleo que todos los demás temían explotar.

    Bueno, eso era lo más que yo podía soportar de su famoso “don de profecía”. A Bob le molestaba aún más que a mí. El tal Harley Danthorpe posiblemente fuera un experto en terremotos submarinos y en la vida de Cúpula Krakatoa, pero no sabía ni jota en cuanto a cómo llevarse bien con sus compañeros. Pude ver que el rostro de Bob se ponía tenso a causa del resentimiento que lo embargaba.

    Afortunadamente allí terminó nuestra pequeña discusión porque habíamos llegado a la puerta de la base de la flota.

    —¡Alto! —exclamó un guardia de la Flota Submarina, vestido con su brillante uniforme escarlata y presentando armas—. ¡Adelántense, e identifíquense!

    Harley Danthorpe se irguió también inmediatamente y avanzó tres pasos marchando como si se encontrara en el campo de entrenamiento de la Academia.

    —¡Cadete Danthorpe, Hanley! —gritó—. ¡Con un destacamento de dos cadetes y reportándose ante el oficial al mando!

    El guardia nos dejó pasar sin decir una sola palabra más..., pero cuando entramos alcancé a notar un ligero guiño en sus ojos. Evidentemente él ya había visto antes cadetes tan bisoños como Harley Danthorpe.

    Nos reportamos ante un oficial de mando de rostro amable, quien parecía haber salido de la academia apenas hacía unas tres horas. Leyó nuestras órdenes, frunció el ceño y dijo finalmente:

    —Se alojarán ustedes aquí en la base. El contramaestre Harris los acompañará a sus habitaciones. Se reportarán con el teniente Tsuya —consultó un memorando que tenía sobre su escritorio, y agregó—: Lo encontrarán abajo en la estación K a las dieciséis horas.
    —¿Estación K? —repitió Harley Danthorpe inquieto y nos miró interrogadoramente, pero nosotros movimos la cabeza negando.
    —Esto… perdone, señor —dijo—. ¿Dónde está la estación K?
    —Tres kilómetros abajo de nosotros —le espetó el joven oficial.
    —¿Tres...? —comenzó a decir Harley pero no terminó la pregunta. Evidentemente, aquello era algo que su famoso don no había predicho, porque estaba tan perplejo como Bob y yo. ¿Tres kilómetros abajo? ¡Pero eso era roca firme!

    No tuvimos tiempo de hacer más preguntas porque el oficial dijo irritado:

    —El contramaestre Harris les mostrará el camino. Cualquier otra información que necesiten se la proporcionará el teniente Tsuya. Re...

    No tuvo oportunidad de terminar la palabra “retírense” porque Harley Danthorpe tragó saliva y gritó ansioso:

    —¡Señor! Por favor, señor oficial. Mi familia vive aquí en la ciudad. Supongo que usted habrá oído hablar de mi padre, el señor Benford Danthorpe. Él es uno de los miembros de la Junta de la Bolsa de Valores. ¿Podría yo conseguir un pase para ir a visitar a mi familia?

    El oficial lo miró detenidamente durante un largo segundo.

    Entonces Harley tragó saliva y dijo:

    —Oh —y agregó la palabra que le había faltado decir—: Señor.
    —Está bien —dijo el oficial—. Su petición es denegada.
    —¿Denegada? Pero. ..
    —¡Ya basta! —vociferó el oficial—. Ya les he dicho que el teniente Tsuya estará al mando de ustedes. Puede usted presentar su petición ante él. Aunque puedo decirle que su respuesta será negativa, señor Danthorpe. A los cadetes que están en adiestramiento aquí en la base de Krakatoa no se les concede ningún pase durante las primeras dos semanas.
    —¿Dos semanas? —titubeó Harley—. ¡Pero, señor! Mi padre es el hombre más importante de Kra. . .
    —¡Es muy posible! ¡Sin embargo, usted es un cadete!
    —Sí, señor —dijo Danthorpe, y por primera vez su voz perdió su tono de presunción.

    Saludamos, pero Bob Eskow dijo:

    —¡Señor! ¿Puedo hacerle una pregunta?
    —¿Y ahora qué?
    —Bueno, señor, no nos han dicho cuáles serán nuestros deberes. ¿Puede usted hacerlo?

    El oficial frunció los labios. Luego se encogió repentinamente de hombros, e inmediatamente pareció volverse más humano.

    —Sólo puedo decirles una cosa —nos dijo, hablando con voz normal, sin el tono brusco militar que había empleado antes—: Los envidio.
    —¿Nos envidia?
    —Sus deberes —asintió muy serio el oficial— son algo completamente nuevo en la historia de la Flota. Ustedes tres han sido asignados a recibir adiestramiento en sismología marítima, la ciencia que estudia los terremotos submarinos. Ustedes van a investigar no solamente el mar mismo, sino también la roca que hay debajo de él.

    Salimos de allí de algún modo. No recuerdo cómo.

    ¡Debajo del lecho del océano! Era un pensamiento que me causaba sobresalto; casi terror.

    El contramaestre Harris se hizo cargo de nosotros, y comenzó a conducirnos hacia la sección de la base donde nos alojaríamos. Apenas noté las cosas maravillosas que vi y oí al pasar. El estruendo de los talleres donde se hacían las reparaciones, los escuadrones de miembros de la Flota Submarina que pasaban marchando con paso rápido; todo lo que comprendía el movimiento de operación de una base de la flota.

    Miré a Bob, que caminaba a mi lado.

    ¡Tres kilómetros de profundidad dentro de la roca firme!

    ¿Podría Bob soportarlo? Él siempre había tenido dificultades. Sólo su valor lo había sostenido dentro de la academia hasta entonces. ¿Qué sucedería ahora? Si los helados kilómetros del agua del mar eran mortíferos por su oscura presión que podría destruir la mente con tanta facilidad como podría hacerlo con el cuerpo, la corteza sólida de la tierra sería algo muchas veces peor.

    ¡Tres kilómetros más abajo del lecho del océano!

    Era algo peor que todo lo que el mismo mar podría habernos hecho soportar, fue la conclusión que saqué. Largos años de investigaciones habían logrado el perfeccionamiento de los métodos para contener la mortal presión de las aguas del mar. La armadura de edenita que había inventado mi tío Stewart era algo en lo que se podía confiar plenamente, siempre y cuando se proporcionara la corriente necesaria para hacerla trabajar y se tuviera la habilidad de saberla emplear apropiadamente.

    ¡Pero el MOLE era todavía un invento con el que no se había experimentado!

    Habría miles de problemas que resolver. Problemas de supervivencia. Problemas de refrigeración, como lo había mencionado Bob cuando nos encontrábamos en Dixon Hall, y el asunto sólo había sido una discusión casual para nosotros. ¡Problemas de presión! La edenita era muy poderosa, sí. .., ¿pero podría resistir a la presión de la corteza terrestre? Habría un problema de blindaje. Yo recordaba que el primer taladro atómico ortolítico que se había probado había contaminado toda una montaña en el estado de Nevada, por lo que ésta había tenido que ser cercada y abandonada durante cien años, según decían.

    Traté de apartar mi mente lo más que pude de esas preocupaciones.

    En cuanto a Bob..., yo lo conocía bien. Él podía aprender a enfrentarse con lo que fuera. Me pareció que yo estaba cavando demasiado hondo al preocuparme por problemas que tal vez jamás se nos presentarían, pero no estaba seguro. . .

    Si a eso íbamos, el rostro pálido y tenso de Bob no era el que mostraba mayor preocupación entre los de nosotros tres. Detrás de mí y de Bob, Harley Danthorpe caminaba pesadamente, como si de pronto el equipo que llevaba se hubiera vuelto demasiado fatigante para él. Iba murmurando algo para sí, referente a la importancia de su padre y del ultraje del que lo estaban haciendo víctima al mandarlo a tres kilómetros de profundidad.

    Su don de predicción le había fallado, y no pude menos que sentir cierta lástima por él.


    5
    ¡LA PREDICCIÓN DE TERREMOTOS!


    Allá abajo, los días no son naturales. Ha habido la más oscura noche desde que fueron llenados los océanos. La vida en las profundidades del mar no se sirve del sol como reloj; no hay reloj; allí no existe el tiempo. El tiempo submarino, fijado por el observatorio de la flota en las Bermudas, es el mismo en todas partes.

    A las quince horas con quince minutos apareció el contramaestre Harris en nuestras habitaciones, para conducirnos a la estación K.

    Bajamos en un ascensor hasta la misma base de la ciudad, más abajo del nivel de los muelles, pero muy lejos aún de la profundidad a la que íbamos a descender. Allí pasamos a través de sombríos espacios de almacenamiento, y vislumbramos momentáneamente oscuros túneles obstruidos por los conductos del aire y serpenteantes tuberías que daban servicio a la ciudad. Pudimos escuchar la profunda vibración de las bombas que absorbían las aguas negras que escurrían de los miles de drenajes y cisternas de la ciudad, las reunían en pozos colectores y después las bombeaban a una presión fantástica para expulsarlas al mar exterior luchando contra la enorme opresión de éste. Salimos de allí para penetrar en un túnel arqueado cuyo techo de negra roca basáltica goteaba y en el cual todavía se veían las marcas desiguales dejadas por los taladros que lo habían perforado en el lecho del océano después de que fuera construida la cúpula.

    —Estamos a mitad del camino —dijo el contramaestre Harris con hosquedad. El hombre no hablaba mucho que digamos.

    Un guardia armado salió apresuradamente de una pequeña caseta metálica que le servía de abrigo.

    —¡Alto!

    El contramaestre Harris avanzó unos pasos y le mostró una copia de nuestras órdenes. Aquella no era una visita de cortesía, ni ningún ejercicio de entrenamiento. Ahora la cosa iba en serio. El guardia examinó cada palabra y cada renglón, y cuando le devolvió las órdenes a Harris tuve la impresión de que se las había aprendido de memoria.

    Ahora la cosa iba en serio. De eso podíamos estar seguros.

    —Vamos —gruñó el viejo contramaestre, quien respiraba con dificultad, y nos condujo más allá del guardia hasta otro ascensor. Pero este ascensor era algo nuevo para mí.

    Era una pequeña jaula redonda que colgaba dentro de un pozo circular que había sido cortado en la roca viva y brillaba, por tener cubiertas las paredes interiores con una capa de fulgurante edenita.

    Había allí una presión mayor de la que yo había conocido. A aquella profundidad no se podía confiar siquiera en el rígido basalto que contiene a los océanos del mundo; podría desmoronarse; podría ceder al tremendo peso del agua y las rocas que soportaba, y por eso tenía que ser forrado con edenita.

    Harris nos hizo apretujarnos en el interior de la jaula, y oprimió un botón.

    La jaula comenzó a descender a nuestros pies por el agujero que brillaba con una luz pálida. Las paredes fulguraban con miles de matices diferentes a medida que íbamos bajando, y reflejaban la acción de la presión que tenían que contener; aquello era tranquilizador para mí, ya que la edenita era algo que yo conocía desde mi infancia; era algo común y corriente entre mi familia, pero Harley Danthorpe estaba blanco como la tiza, y Bob había vuelto la cara hacia otro lado.

    En cuestión de minutos, salimos de la jaula tres kilómetros más abajo. Sobre nosotros había tres kilómetros de roca maciza y, sobre eso, el peso de Cúpula Krakatoa; toda una ciudad con sus habitantes y sus industrias, su base de la flota y los altos pilares de la bolsa de valores. Todo eso encima de nuestras cabezas, a miles de metros de distancia. Y todavía sobre eso, cinco kilómetros de las aguas del océano Índico.

    Salimos de la jaula. Pasamos por una compuerta de edenita y entramos a un túnel abovedado.

    En éste no había edenita. Tal vez sólo el estrecho pozo era vulnerable porque en el túnel solamente se veía la rugosa superficie de concreto de presión oscurecido a causa de la humedad. Estábamos a tres kilómetros del lecho del océano y, sin embargo, el túnel estaba salpicado de gotas de agua que escurrían por todas partes en las paredes a través de la roca forzadas por la tremenda presión. Las gotas iban creciendo lentamente y se alcanzaba a notar su crecimiento a simple vista; se reunían silenciosamente para formar pequeños riachuelos y escurrían hasta pequeñas canaletas que habían sido cortadas en el piso de basalto, al pie de todas las paredes.

    —No empleamos la edenita aquí —nos explicó con aspereza el contramaestre Harris—. No podemos emplearla. No podríamos atravesar la roca cuando salimos en los Moles.

    Nos miramos unos a otros en silencio. No teníamos nada que decir.

    La blanca luz de los tubos isotópicos troyón del techo caía sobre nosotros.

    Penetramos en una pequeña oficina que parecía una tumba. Nos detuvimos. Saludamos, y nos presentamos al teniente Tsuya, nuestro nuevo superior.

    —Danthorpe, Eskow, Eden —dijo muy contento, estrechándonos las manos a todos. Era un hombre joven y delgado, de mirada penetrante y modales vivos—. Me da mucho gusto conocerlo, Eden —me dijo, agitándome la mano al estrechármela—. He oído hablar mucho de su tío. Es un hombre excelente. No haga caso de lo que dicen algunas personas; simplemente le tienen envidia.
    —Gracias —le dije, pero no me gustó oír aquello. Eso indicaba que la murmuración había penetrado hasta aquellas profundidades.
    —Me alegro de tenerlos conmigo —les dijo a los otros—. Tomen asiento. Comenzaremos a trabajar inmediatamente.

    Me senté, y otro tanto hicieron Bob y Harley. Hacía frío en aquel cuarto, y a pesar de la luz seguía pareciéndome una habitación muy lúgubre a causa de la humedad de las paredes y por la sofocante negrura de los kilómetros de roca y agua que todos sabíamos había sobre nuestras cabezas.

    —Se estarán preguntando —dijo el teniente Tsuya— por qué no hace calor aquí.

    Hice un gesto afirmativo con la cabeza. Era extraño. A aquella profundidad el calor interno de la tierra debía haber hecho elevarse la temperatura en un par de grados y no hacerla bajar. Sin duda, los aparatos acondicionadores de aire hacían la temperatura soportable, pero, definitivamente, hacía frío.

    —En parte es psicológico —dijo el teniente Tsuya sonriendo con su cara que tenía forma de calabaza—, y en parte se debe al agua que fluye. Hemos horadado mucho la roca por aquí. No se preocupen; ya entrarán en calor cuando comiencen a emplear sus geosondas.
    —¿Geosondas…?— exclamó Danthorpe, tragando saliva, y añadió desesperado—: Quisiera solicitar inmediatamente un pase de veinticuatro horas con el propósito de visitar a mi familia.
    —¿A su familia?
    —A mi padre —dijo muy orgulloso Danthorpe—. Benford Danthorpe. Él es muy importante...
    —Lo sé —lo interrumpió el teniente, y la sonrisa comenzó a desvanecerse en su rostro—. Sin embargo, durante algunos días no habrá pases para nadie. Durante las siguientes dos semanas, ustedes tres estarán ocupados dieciséis horas diarias. Ninguno de ustedes tendrá tiempo libre. Estarán en servicio las veinticuatro horas del día, excepto ocho…y éstas las emplearán para dormir. Lo necesitarán.

    Se sentó, e hizo funcionar un conmutador que estaba sobre su escritorio. En la pared que quedaba detrás de él apareció un mapa. Era un mapa muy extraño, y nunca había yo visto ninguno semejante. Parecía mostrar los contornos del lecho del océano, pero estaba cubierto de líneas y áreas de sombras cuyo significado no pude comprender.

    —Ustedes han sido asignados —dijo el teniente Tsuya— a uno de los estudios más difíciles y exigentes que tendrán que emprender en su carrera como submarinistas. Como una pequeña parte de dicho estudio, colaborarán ustedes en la investigación de la roca que nos rodea, a ocho kilómetros bajo la superficie del mar y tres kilómetros dentro de la roca maciza. Caballeros, difícilmente podría yo exagerar la importancia que tiene lo que ustedes van a hacer aquí. La única razón por la que están aquí es que van a aprender la ciencia de pronosticar los terremotos submarinos.


    ¡Qué dos semanas fueron aquellas!

    Los primeros días que habíamos pasado en la Academia habían sido arduos, pero no tenían comparación con aquello. Sin más preámbulos y casi sin damos tiempo para comer, nos precipitaron a largas y arduas horas de trabajo en el interior del lúgubre calabozo cavado en las rocas bajo el lecho del océano. Estudio, práctica y más estudio, y la sardónica lengua del teniente Tsuya aguijoneándonos. El teniente era un buen hombre, pero había recibido órdenes de meternos en la cabeza todos los conocimientos relativos a la sismología submarina en el breve plazo de dos semanas.

    Estaba decidido a lograrlo, así tuviera que matamos, y en realidad nos parecía que estaba muy cerca de hacerlo.

    Primero vino la teoría.

    Largas horas de conferencias, estudio y exámenes. ¿Qué es la corteza terrestre? La roca. ¿Es maciza la roca? ¡No; no si es sometida a presión! Porque bajo una presión, sobre todo una tan grande como esta, aun la roca fluye. ¿Fluye de un modo regular? ¡No! Se pega y se arruga y se le forman presiones.

    —Los temblores ocurren —repetía monótonamente el teniente—, porque la roca no es completamente plástica Se acumulan tensiones. Éstas aumentan, crecen y..., ¡pum!, se liberan. Los temblores son simplemente las vibraciones que dispersan la energía de esas tensiones, liberadas repentinamente.

    Tuvimos que aprender toda clase de palabras nuevas y extrañas: el lenguaje de los terremotos. Recuerdo que Bob murmuraba:

    —Epicentro, epicentro... Si con ello quieren designar al centro de un temblor, ¿por qué no lo dicen así?
    —¡Novato! —le dijo Danthorpe—. El epicentro es el punto en la superficie de la tierra que queda exactamente sobre el centro del terremoto. Éste puede estar treinta kilómetros más abajo.

    Tuvimos que aprender cuáles eran los tres tipos principales de ondas sísmicas.

    La impetuosa y martilleante onda primaria llamada onda “P”. La primera que registran los instrumentos, por ser la más rápida en recorrer las capas inferiores de la tierra a una velocidad de ocho kilómetros por segundo. La onda secundaria “S”, que corre a cinco kilómetros por segundo produciendo una vibración en ángulos rectos a ambos lados de la dirección en que viaja, como cuando se sacude la cuerda de un tendedero o se hace restallar un látigo. Y después viene la onda mayor: la poderosa y larga onda “L”, que es la que causa los daños. Aprendimos que, midiendo el lapso transcurrido entre las ondas “P” y “S”, podíamos predecir la llegada de la destructora onda “L”.

    Y aprendimos mucho más.

    Para empezar, aprendí mucho de la persona que era nuestro instructor.

    Dibujamos nuestros primeros mapas, semejantes al mapa que el teniente Tsuya había proyectado sobre la pared para mostrárnoslo. Esos mapas indicaban las tensiones y fallas de la corteza terrestre en cientos de kilómetros a la redonda y tenían regiones sombreadas que representaban la energía térmica y los flujos de convección (porque no hay que olvidar que hasta la misma roca fluye a esa profundidad), y líneas que mostraban los microsismos, las fuerzas en acción, y todo lo que se sabe del movimiento de las rocas.

    El teniente Tsuya realizó una crítica de nuestros mapas y luego descansó.

    Todos nosotros permanecimos sentados tomándonos un breve descanso, mientras se formaban burbujas de rocío salado en las paredes de concreto y las gotas de la trasudación caían del techo.

    —Teniente —dijo Bob Eskow—, el contramaestre nos dijo que no podíamos emplear la edenita aquí abajo porque la geosonda no podría atravesarla. ¿Es cierto eso?

    Apareció una sonrisa en el moreno rostro del teniente Tsuya.

    —No. Eso es un asunto de previsión —dijo poniéndose en pie, y tocando nuestros mapas agregó con voz suave—: Toda esta información la obtenemos por medio de instrumentos. Estos instrumentos son muy delicados, y por ello es que la estación está situada tan debajo de la ciudad. Cualquier vibración producida por el tráfico de la ciudad o por las bombas, perturbaría a los instrumentos. Ustedes deben aprender a caminar con suavidad aquí, y deben evitar dejar caer cualquier objeto pesado.
    —Sí, señor —se apresuró a decir Harley Danthorpe, mirando atentamente al teniente con el ceño fruncido, como si quisiera encontrar en él su famoso don interno—. Comprendo, señor.
    —¿De veras? —le preguntó el teniente, mirándolo, pensativo—. Bien, es por eso que tenemos que renunciar al empleo de la edenita para protegernos aquí en la estación. Las vibraciones sísmicas nos llegan a través de las rocas; serían anuladas por la Anomalía Eden, ¿comprenden? Si nuestros instrumentos estuvieran blindados, no podrían registrar las vibraciones.
    —Sí, señor —volvió a decir Harley Danthorpe, pero esta vez su voz no tenía el mismo tono impetuoso de antes, ni lo dijo con tanto apresuramiento; además, de ver que miraba inquieto las oscuras y brillantes titas del agua del mar que trasudaban silenciosamente las paredes.
    —El trabajo que estamos realizando aquí debe conservarse en secreto —dijo de pronto el teniente—. No deben hablar acerca de él fuera de la estación.
    —¿Pero por qué, señor? —le pregunté.

    La cara con forma de calabaza del teniente Tsuya tornó repentinamente grave.

    Porque —dijo— hay una fea historia respecto a predicción de los terremotos submarinos. Algunos de los primeros científicos dedicados a la predicción de ellos fueron demasiado confiados. Cometieron errores. Por supuesto que ellos no contaban con algunos de los nuevos instrumentos que tenemos ahora, y no sabían muchas cosas que ahora conocemos; pero cometieron errores y emitieron pronósticos incorrectos. El peor de todos ocurrió en Cúpula Nansei Shoto —el teniente se pasó la mano nerviosamente por la pálida frente, como si tratara de borrar un recuerdo desagradable—. Sé lo que sucedió en Cúpula Nansei Shoto, porque fui uno de los sobrevivientes. La cúpula quedó destruida totalmente.

    Volvió a sentarse sin mirarnos directamente.

    —En aquella época yo era un muchacho. Mis padres vinieron desde Yokohama y fueron a vivir en la cúpula cuando ésta acababa de ser construida. Nos mudamos a vivir allí en la primavera de aquel año, y en ese verano ocurrieron muchos temblores que sembraron el pánico. Pero desgraciadamente no todos se dejaron llevar por el pánico, y mi padre fue uno de estos últimos. Recuerdo que mi madre le suplicaba que nos fuéramos, pero él no quiso hacerlo. Ello se debió en parte a cuestiones de dinero; ellos habían gastado hasta su último yen al mudarse, pero también se debió a..., bueno, llamémoslo valor. Mi padre no tenía miedo. Allí había un científico muy sabio, ¿comprenden? El doctor se llamaba John Koyetsu. Era un sismólogo, jefe de la estación experimental de predicción de sismos que había en la ciudad. Él habló a través de la cadena de televisión de la ciudad y dijo que no se alarmaran, porque no había nada porque inquietarse. Les dijo a los habitantes de la ciudad que tuvieran calma; que los temblores que los habían asustado sólo eran temblores pequeños, y no había necesidad de huir. Les dijo que no había posibilidad de que ocurriera un terremoto de peligro. Les pidió que vieran sus mapas y les mostró que ellos indicaban que no podría haber otro terremoto peligroso en el abismo de Nansei Shoto, cuando menos durante un año. Sus mapas fueron muy convincentes, pero él se había equivocado —sacudió la cabeza, y una mueca de dolor torció sus enjutas mejillas—. Era la mañana de un viernes —siguió diciendo—. Mi padre y mi madre estaban hablando de ello cuando yo regresé de la escuela, y se sentían muy tranquilizados; pero sucedió que habían hecho arreglos para mandarme a la escuela a tierra firme, y mi madre pensaba que aquel momento era tan bueno como cualquier otro. ¡Oh! Ellos no tenían miedo, pero mi madre no quería correr ningún riesgo. Aquella noche me embarcaron en un submarino y me enviaron a Yokohama. El terremoto ocurrió la noche siguiente. Destruyó Cúpula Nansei Shoto, y nadie se salvó.

    El teniente permaneció en silencio durante un momento. Sus ojos oscuros seguían el pequeño riachuelo de agua oscura que bajaba silenciosamente hacia la estrecha canaleta que corría junto a la trasudante pared de concreto.

    Danthorpe lo miraba escrutadoramente, con el ceño fruncido, como si quisiera adivinar lo que pensaba. Bob miraba atentamente y sin expresión en el rostro hacia la oscura y húmeda pared de concreto.

    —Por eso, nuestro trabajo debe mantenerse en secreto —dijo de pronto el teniente—. El pronóstico de terremotos ha adquirido muy mala fama. Evitó que Cúpula Nansei Shoto fuera evacuada, y causó muchas muertes. La muerte de mis padres entre ellas. La Flota Submarina está autorizada para controlar esta estación, pero no para proporcionar ninguna predicción al público. Espero que con el tiempo podremos salvar a más personas que las que murieron a causa del error de Koyetsu, pero primero debemos establecer la exactitud de nuestros métodos de predicción. Por ahora, entonces, ustedes no deben hablar con nadie acerca del trabajo que estamos efectuando aquí. Es una orden.


    6
    PERFORANDO EL INTERIOR DE LA TIERRA


    Fue transcurriendo el tiempo, y fuimos aprendiendo.

    Un día, el teniente llegó cuando nosotros tres estábamos trazando nuestros diagramas de convección.

    —Están comenzando a comprender —dijo, con una sonrisa en el enjuto rostro.

    Se inclinó sobre nuestras cartas, examinándolas línea por línea, y agregó:

    —Muy bien. Ahora. . . tengo algo nuevo para ustedes.

    Extrajo de su portafolios un tubo sellado de plástico amarillo.

    —¡Las observaciones son la clave para la predicción! —explicó—. Y como ya han visto, son los terremotos cuyos centros están a grandes profundidades, a cientos de kilómetros debajo de la superficie, los que determinan lo que puede sucederles a nuestras ciudades submarinas. A esa profundidad es difícil hacer observaciones, pero ahora. . .

    Abrió el tubo. En su interior había una pequeña máquina pesada de menos de sesenta centímetros de largo y unos cinco centímetros de diámetro. Se parecía mucho al modelo del Mole que habíamos visto en la Academia Submarina, excepto que este era más delgado y más pequeño.

    —¡Es una geosonda! —exclamó con orgullo—. Un telémetro diseñado para perforar las profundidades de la tierra, de modo muy parecido al de las radiosondas que investigan la atmósfera —la levantó, sosteniéndola en las manos para que la viéramos—. En la punta —dijo en tono doctoral— lleva un taladro ortolítico atómico. El cuerpo está formado por un tubo protegido con edenita de alta tensión. Y en su interior lleva los elementos detectores y un transmisor de sonido. La capa de edenita nos enfrentó con un difícil problema de ingeniería, porque, como ustedes saben, nuestros instrumentos no pueden registrar nada a través de la edenita. Lo resolvimos apagando la capa de edenita una vez por minuto durante una pequeña fracción de segundo. No demasiado tiempo, pero sí el suficiente para que los elementos tomen sus registros sin que el aparato sea aplastado. Por medio de esta geosonda podemos, al fin, llegar hasta los focos de temblores que ocurran a las mayores profundidades. Con ella. . . tal vez logremos asegurarnos de que nunca vuelva a suceder otra catástrofe como la de Cúpula Nansei Shoto —nos sonrió con amabilidad—. ¡Oh!, hay otra cosa más: su periodo de adiestramiento ha terminado. Todos ustedes podrán obtener un pase para salir mañana.
    —¡Magnífico, teniente! —exclamó Harley Danthorpe—. Eso es lo que he estado esperando. Ahora mi padre...
    —Lo sé —dijo con sequedad el teniente Tsuya—. Todos hemos oído hablar de su padre. Les prepararé los pases para las doce horas de mañana. Quiero que cada uno de ustedes complete mañana por la mañana un pronóstico, basándose en las actuales indicaciones de los instrumentos. Será una cosa real. Cuando hayan terminado eso, podrán salir.

    Asintió aprobadoramente con la cabeza mirando nuestros diagramas de convección y observó:

    —Han adelantado mucho. Pueden retirarse.


    Regresamos a la base situada muy por encima del observatorio de profundidades, y nos dirigimos al salón comedor. Bob desapareció durante un momento, y cuando volvió a reunirse con Danthorpe y conmigo, parecía estar un poco preocupado, pero no le di mucha importancia a ello... en aquel momento.

    Durante toda la comida, Harley Danthorpe estuvo alardeando acerca de su padre. La idea de verlo, de volver a su ambiente apropiado en el que él se veía a sí mismo como el príncipe heredero del reino del mar que gobernaba su padre, parecía excitarlo.

    Bob estaba muy sumiso.

    Después de la comida, Harley y yo regresamos a nuestras habitaciones. Yo para efectuar algunas lecturas de práctica para el pronóstico que teníamos que dar al día siguiente. Harley para telefonear a su padre. No vi a Bob durante un rato.

    Entonces noté que el microsismómetro que estaba utilizando parecía estar fallando. Esos instrumentos son muy precisos y, aunque estuviera haciendo lecturas de práctica, deseaba emplear uno que trabajara adecuadamente.

    Salí de nuestras habitaciones y estuve a punto de tropezar con Bob, quien estaba hablando acaloradamente en voz baja con un hombre a quien yo nunca había visto. Era un hombrecillo delgado de rostro macilento y color almendrado, como el de un chino o el de un malayo. Iba vestido como un conserje civil.

    Bob tenía la mano extendida hacia el hombre, como si le estuviera entregando algo. En ese momento levantó la vista y me vio. Sus modales cambiaron repentinamente.

    —Oiga, ¿qué está creyendo? —gritó—. ¿Dónde está mi libro?

    El pequeño conserje me miró y se encogió, para apartarse.

    —¡No, señor! —chilló—. ¡Yo no tengo el libro, señor!
    —¿Qué ocurre? —pregunté.
    —¡Este individuo me robó mi Koyetsu! —dijo furioso Bob—. ¡No me preguntes para qué lo quiere, pero exijo que me lo devuelva!

    ¿Koyetsu? Quería decir el libro de Koyetsu, Principios de Sismología, el cual era uno de nuestros libros de texto.

    —Pero, Bob. ¿No se lo prestaste a Harley? Estoy casi seguro de que vi que él lo tenía.
    —¿A Harley? —preguntó Bob con un titubeo, y luego se encogió de hombros y gruñó—: Está bien. ¡Lárguese de aquí!

    El pequeño sirviente levantó las manos sobre su cabeza como si tuviera miedo de que Bob fuera a golpearlo, corrió corredor abajo y desapareció de nuestra vista.

    Regresé a nuestras habitaciones y allí estaba el libro de Bob, sobre el estante que había arriba de la litera de Harley. Se lo mostré a Bob y él dijo:

    —¡Oh! —y agregó sin mirarme—. ¡Oh, sí!, ahora lo recuerdo.

    Se dejó caer en su litera, sin verme, y me dijo con un tono de voz que todavía se notaba perturbado:

    —Creo que voy a descansar un poco.

    Todo aquello era muy extraño, y cavilé acerca de ello mientras me dirigía al departamento de repuestos donde estaba guardado el microsismómetro que yo necesitaba. Lo encontré, y entonces se me ocurrió que necesitaría revisar la geosonda, ya que el teniente Tsuya deseaba que dibujáramos un diagrama esquemático de ella. Así podría yo matar dos pájaros de un solo tiro.

    La geosonda estaba guardada dentro de una caja a prueba de humedad. La encontré, y comencé a abrirla mientras pensaba en Bob y en su extraño comportamiento.

    Entonces ya no tuve tiempo de pensar más en Bob. Abrí la caja. Estaba llena, sí, pero no con una geosonda. Contenía un montón de trozos de plomo que se utilizaban como lastre en un instrumento que se empleaba para medir la gravedad, y estaban empacados con papel arrugado para evitar que se movieran dentro de la caja.

    ¡La geosonda había desaparecido!

    El teniente Tsuya se puso furioso.

    —¡Este es un asunto muy serio, Eden! —rugió, cuando le informé de la desaparición a la mañana siguiente—. ¿Por qué no vino a avisarme inmediatamente?
    —Bueno, señor, yo... —le dije, titubeando.

    ¿Por qué? En realidad porque había estado demasiado preocupado acerca de Bob Eskow; pero esa no era una razón que yo quisiera dar, porque no quería hablar del extraño comportamiento de Bob con el teniente.

    —No tiene excusa, ¿eh? —dijo el teniente Tsuya irritado—. ¡Por supuesto que no! Bueno, ustedes tres se quedarán aquí trabajando en sus pronósticos. Yo voy a iniciar la investigación inmediatamente. ¡No podemos permitir que roben lo que es propiedad de la flota!

    Especialmente, pudo haber añadido, pero no fue necesario que lo hiciera, cuando dicha propiedad está relacionada con un proyecto secreto como lo era el de la predicción de terremotos. Nos dejó, y fue a entrevistar al personal de la estación.

    Cuando regresó, su rostro estaba ensombrecido como una nube que presagiara tormenta.

    —Quiero saber qué ocurrió a ese instrumento —nos dijo—. Sé que estaba allí hace dos semanas, porque yo mismo lo puse en aquel lugar.

    Nos miró a los tres y nos dijo:

    —¡Si alguno de ustedes sabe quién lo tomó, dígalo! Sus ojos recorrieron nuestros rostros.
    —¿Han visto a alguien sacando algo de la estación?

    En ese momento me acordé de Bob y del pequeño y encorvado sirviente. ¿Le había entregado Bob algo al otro? Así me había parecido; pero no estaba seguro, y no dije nada.

    —Está bien —gruñó el teniente—. Tendré que comunicar esto al comandante de la base; él se hará cargo del asunto de aquí en adelante. Ahora, veamos esos pronósticos.

    Nos pusimos en fila en silencio delante de él, y le entregamos nuestros mapas y nuestros diagramas sinópticos, junto con el pronóstico detallado de los sismos que cada uno de nosotros había elaborado, basándonos en nuestras propias lecturas y en nuestras propias observaciones.

    El teniente Tsuya los examinó cuidadosamente, frunciendo el ceño. Él tenía, por supuesto, su propio pronóstico, hecho como una parte del programa regular de la estación. Estaba comparando el pronóstico oficial de lo que Cúpula Krakatoa podría esperar en materia de movimientos telúricos, ya fueren pequeños o importantes, dentro de las siguientes veinticuatro horas, con los pronósticos sacados por nosotros.

    Fue evidente que no le gustó algo que vio. Levantó los ojos y nos miró por encima de los oscuros aros de sus anteojos.

    —Los pronósticos exactos —nos recordó— dependen de las observaciones exactas.

    Puso aparte el trabajo de Danthorpe y el mío con un cortante:

    —Satisfactorio.

    Luego se volvió a ver a Bob y le dijo:

    —Eskow, no comprendo sus cálculos. Predice usted un sismo del grado dos para las veintiuna horas de hoy.

    ¿No es así?

    —Sí, señor —respondió Bob con rostro inexpresivo.
    —Comprendo. No se predice nada parecido ni en el pronóstico oficial de la estación ni en los elaborados por Danthorpe y Eden. ¿Cómo explica eso?
    —Así es como lo calculé yo, señor —repuso Bob, muy serio—. El foco está situado a treinta y seis kilómetros al nor-noroeste de Cúpula Krakatoa. La corriente térmica...
    —¡Ya entiendo! —rugió el teniente Tsuya—. Usted tomó un valor cincuenta por ciento más bajo para la corriente térmica que el aceptado por los demás. De modo que, según usted, las tensiones no serán liberadas, ¿no es así?
    —¡Sí, señor!
    —No estoy de acuerdo con sus cálculos —siguió diciendo el teniente—. Por lo tanto, no puedo darle una nota aprobatoria por este pronóstico. Lo siento, Eskow, pero tendré que cancelar su permiso de salida.
    —¡Pero, señor! —exclamó Bob aturdido—. Es decir..., señor, ¡yo ya contaba con que se me concedería permiso de salir!
    —Rechazado, Eskow —dijo con frialdad el teniente—. Los pases son su recompensa por realizar satisfactoriamente sus trabajos. Este pronóstico no es satisfactorio —hizo un gesto con la cabeza y agregó con sequedad—: ¡Pueden retirarse!


    Ya de regreso en nuestras habitaciones, Danthorpe y yo nos dimos un duchazo y nos pusimos a toda prisa nuestros uniformes escarlata de gala. Luego nos dirigimos al escritorio del contramaestre Harris, para recoger nuestros pases.

    Bob había desaparecido mientras nosotros nos estábamos bañando, y en cierto modo me sentí aliviado, ya que no me habría gustado salir dejándolo allí. En cuanto a Danthorpe. . ., bueno, nada inquietaba a Danthorpe; él estaba feliz con los planes y las cosas que esperaba hacer.

    —Vamos, Eden —me apremió—. Ven conmigo. Comeremos con mi padre. ¡Él te mostrará lo excelente que puede ser la cocina submarina! Tiene un cocinero. . . ¡Vamos, Eden!

    El contramaestre Harris alzó los ojos para mirarlo agriamente, pero el teléfono repiqueteó antes de que él pudiera hablar.

    —¡Sí, señor! —dijo con voz ronca, y luego esperó un momento—. ¡Conecto, señor!

    Colgó el teléfono y se aclaró la garganta como lo haría alguien que padeciera asma.

    —Ustedes dos —nos dijo—. ¿Saben dónde está el cadete Eskow?
    —En el dormitorio, supongo —le respondió Danthorpe—. Vamos, Harris, denos nuestros pases.
    —Aguarden un minuto —gruñó el contramaestre—. El que habló era el teniente Tsuya. Quiere que Eskow vaya a la estación K a las veinte horas para un servicio especial, y Eskow no está en el dormitorio.

    Harley y yo nos miramos. ¿No estaba en el dormitorio? Pero tenía que estar allí…

    —Me pregunto qué clase de servicio especial será ese —dijo Harley.

    Asentí con la cabeza. Ambos sabíamos cuál sería ese servicio especial. No era difícil adivinarlo. A las ocho de la noche. Una hora antes del pequeño temblor que Bob había pronosticado. Era obvio que el teniente planeaba tener a Bob en servicio a la hora en que éste suponía iba a ocurrir el temblor, para mostrarle que su predicción había sido equivocada, de modo que Bob quedara perfectamente convencido.

    Pero Bob no aparecía por ninguna parte.

    El contramaestre Harris jadeó suavemente.

    —El pase de Eskow ha desaparecido —nos dijo, abriendo el cajón de su escritorio para mostrarnos su interior—. Estaba aquí. El teniente Tsuya lo canceló y yo lo iba a destruir, pero no lo encontré.

    Miré incrédulo el cajón abierto. Bob se estaba comportando en forma muy extraña. Recordé su conducta con el enjuto sirviente chino. Aquello había ocurrido casi al mismo tiempo que cuando se había descubierto la desaparición de la geosonda; pero Bob era mi amigo...

    No podía imaginarme que hubiera algo en Cúpula Krakatoa que lo hiciera salir a la ciudad sin permiso.

    —Será mejor que vayan a ver si lo encuentran —resolló el contramaestre Harris—. El teniente Tsuya es un buen oficial mientras uno cumple sus órdenes, pero no aceptará que nadie falte estúpidamente a la disciplina.

    Tomamos nuestros pases, y sin decir palabra regresamos apresuradamente al dormitorio.

    Bob no estaba allí, y su uniforme de gala había desaparecido.

    —¡Se fue sin permiso! —exclamó Harley Danthorpe—. Bueno, ¿qué te parece?
    —Ahórrate tus comentarios —le dije, cortante—. Bob es un buen cadete. Él no haría tal cosa.
    —Entonces, ¿dónde está? —inquirió Harley.

    Eso me contuvo. No supe qué responderle.


    7
    LA VIDA SOBRE UNA ZONA SÍSMICA


    —Tú no posees el gran don interno —me dijo Harley, con aires de sabihondo—. Créeme lo que te digo: Bob está allá arriba en la ciudad en este momento y ha de estar divirtiéndose.

    —No lo creo —dije, pero parecía que todo le daba la razón a Harley.

    Los guardias revisaron nuestros pases y tomamos el ascensor para subir a la cúpula. Salimos del ascensor para entrar en las salas, donde se escuchaba el zumbido de las bombas y de los ventiladores, y pasamos por las compuertas donde un esbelto submarino carguero se estaba zambullendo en la cámara de presión de edenita.

    —Busquemos a Bob —dije de pronto.
    —¡Ajá! —exclamó regocijado Harley—. De modo que admites...

    Se interrumpió. Me miró a la cara. Se encogió de hombros. Cambió la expresión de su rostro, y al cabo de un momento consultó su reloj.

    —Bueno —dijo con cierta reluctancia—, te diré lo que pasa. No me importaría hacerlo, pero tengo que ir a comer con mi familia dentro de tres horas. ¿Vendrás conmigo?
    —Ayúdame a buscar a Bob —le propuse.
    —¡Oh! Está bien —aceptó por fin, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no? ¡Pero no pienso perderme la comida que prepara el chef de mi padre! ¡Si no lo encontramos para las diecinueve horas, lo dejamos!

    Subimos a una acera en movimiento que circundaba la ciudad, y después bajamos de ella para tomar otra que nos llevaría hacia el centro de la cúpula.

    —La mayoría de los submarinistas que están de asueto van al octante superior sudeste —dijo Harley en tono de quien sabe lo que dice—. Esa es la Vía Blanca, como la llamamos, donde están las tiendas, los teatros y los restaurantes. Los novatos como tú tienen que tener cuidado al subir en una acera en movimiento, porque te puede lanzar hacia afuera si no andas listo. Observa cómo lo hago yo, Jim.
    —Yo no soy precisamente un novato —protesté.
    —Depende de cómo lo quieras ver —arguyó encogiéndose de hombros—. Tú has vivido un par de semanas en una cúpula. Yo he pasado toda mi vida aquí. No sé hasta qué punto seas novato, pero sé lo que me pareces —sonrió, y me dijo—: Vamos; te iré aleccionando en el camino.

    Me condujo hacia otra serie de ascensores.

    —Para principiar —me dijo en tono de quien está dando una conferencia—, debes saber que Cúpula Krakatoa es un hemisferio perfecto, excepto por el tubo que tiene en la parte superior, y que conduce a la terminal flotante de la superficie. Tiene seiscientos metros de diámetro y trescientos de altura, sin contar las bombas de desagüe, los distritos donde se encuentran los almacenes, y otras cosas que en realidad han sido cavadas en el lecho del océano. Y sin contar tampoco la estación K.
    —Entiendo —le dije, aunque en realidad casi no lo estaba escuchando, porque concentraba mi atención en los rostros de las personas que pasaban cerca de nosotros, con la esperanza de ver a Bob.
    —Esas bombas son lo que mantiene al mar fuera de la cúpula. No es probable que ningún temblor pueda dañar la cúpula en sí. Necesitaría ser un terremoto del grado ocho cuando menos, o probablemente del grado nueve o diez; pero aun el temblor más ligero, si azota en el lugar preciso podría hender la roca que hay debajo de nosotros, donde no hay blindaje de edenita. Entonces..., ¡pum! ¡El mar penetraría como tromba!

    Le lancé una mirada de asombro. En realidad parecía estar disfrutando con esa idea.

    —No dejes que eso te asuste, Jim —dijo, para consolarme—. Quiero decir que es cierto que estamos viviendo en la parte superior de una zona sísmica en actividad. Pero, ¿eso qué importa? Es verdad que, si las bombas se descompusieran y la roca de la base se resquebrajara, no podríamos evitar que el agua penetrara en la cúpula, pero todavía habría una oportunidad de que lográramos salvarnos, ¿sabes? ¡Oh! No creas que allá abajo en la Estación K ésta desaparecería, puedes estar seguro; pero aquí arriba, la cúpula está dividida en octantes, y cada uno de ellos puede quedar cerrado herméticamente en cuestión de segundos. Por supuesto —agregó en tono meditativo—, tal vez no contáramos ni con un segundo para hacerlo. Especialmente si le sucediera algo a la central de luz y fuerza y las barreras automáticas de los octantes no pudieran cerrarse.

    Lo dejé que siguiera hablando. ¿Por qué no? Él estaba tratando de asustar a un novato, pero sin importar lo que él pensara, yo no era ningún novato. Amo demasiado las profundidades del océano como para considerarlas como un enemigo. Pero ya habíamos subido una docena de cubiertas, y le dije:

    —Ya basta, Harley. ¿De acuerdo? Quisiera que nos concentráramos en la búsqueda de Bob.
    —¿Te asustaste un poco? —dijo sonriendo amablemente, pero estaba equivocado—. Está bien. Bueno, ya hemos subido bastante desde el Nivel Cero. Esta es el área comercial; echemos un vistazo por aquí.

    Salimos del ascensor a una calle populosa. No había mucha diferencia en ella con cualquier calle comercial de una ciudad de la superficie. Eso le parecía a uno al principio, hasta que notaba los tubos de troyón que la alumbraban desde el techo metálico que colgaba a doce metros sobre nuestras cabezas.

    Nos abrimos paso entre la muchedumbre que había en los alrededores de los cinematógrafos de tercera dimensión y de los restaurantes. Había allí mucha gente: civiles, tripulantes de los submarinos cargueros y los submarinos de pasajeros, y miembros uniformados de la flota. Vi a varios cadetes luciendo sus uniformes rojos de gala, pero ninguno de ellos era Bob.

    Viajamos por una acera en movimiento, a lo largo de una calle circular, hasta llegar a la siguiente calle radial, donde nos bajamos y saltamos sobre una acera que nos volvió a llevar de regreso hasta los ascensores.

    Harley consultó su reloj, haciendo cálculos.

    —La cúpula tiene ciento sesenta kilómetros de calles —dijo—. Como las aceras se mueven a una velocidad de siete kilómetros por hora, tardarías unos cuatro días en recorrer todas las calles en su búsqueda. Además, probablemente Eskow esté en el interior de un edificio cuando tú pases por allí. Será mejor que lo dejes y vengas conmigo a mi casa.
    —Intentemos en otro nivel más —le dije.

    Subimos a otro nivel. La acera nos hizo pasar frente a hileras de galerías de tiro, juegos mecánicos y tiendas de regalos en las que se vendían pequeños modelos de plástico de la cúpula en cajas de cartón preparadas para ser enviadas por correo. Vimos muchos hombres uniformados, pero ninguno de ellos era Bob.

    —¡Ya es suficiente para mí! —exclamó Danthorpe.

    Me encogí de hombros y él me dijo persuasivamente:

    —¿Por qué no subimos al siguiente nivel? Allí es donde vive mi familia. Es igual que busques allí que en cualquier otra parte.

    Aquello me pareció razonable.

    Subimos a un nivel más y salimos a una calle radial en la que había numerosos restaurantes de lujo. La acera en movimiento nos condujo a través de la pared de seguridad, y entramos en el octante residencial donde vivía Danthorpe.

    Allí, las calles eran más anchas. Bajo la luz troyón crecían tiras de césped perfectamente recortado a los lados de las calles. Los edificios de apartamentos tenían paredes bruñidas y brillantes que denotaban la riqueza de sus habitantes. En las puertas había costosísimos mayordomos robots que las guardaban.

    —Entra —me dijo hospitalariamente Harley Danthorpe—. Quédate a comer. El cocinero de mi padre puede...
    —Gracias, no puedo —lo interrumpí, moviendo negativamente la cabeza. Danthorpe se encogió de hombros y me dejó.

    Continué viajando sobre la acera y pasé por la siguiente pared de seguridad.

    Aquella parte de la ciudad era completamente diferente. Me encontraba ahora en el distrito financiero, y ya había pasado la hora de mayor actividad. Las calles parecían túneles vacíos construidos con placas de cristal, acero inoxidable y granito. Aquel no era el lugar donde tendría más probabilidades de encontrar a Bob. Seguí por las aceras móviles y penetré en el siguiente octante.

    Aquella era una sección mucho más animada. Era la populosa sección residencial, donde vivía la mayor parte de la población de la cúpula. No eran lujosísimas mansiones como en la que vivía la familia Danthorpe, sino los modestos hogares de los empleados y los trabajadores de las fábricas, de las familias de los tripulantes de la flota y de los trasatlánticos submarinos. Allí no había ningún lujo. Había algunas tiendas pequeñas en la planta baja, pero los pisos superiores estaban todos ocupados por apartamientos. Algunos hombres en camiseta leían el periódico en los balcones. Los niños gritaban y corrían jugando a la pelota en la calle y sus madres, en bata, los llamaban.

    Sin embargo, tampoco pude pensar en una sola razón lógica por la que Bob pudiera estar allí.

    Acababa de decidirme a permanecer en la acera que rodeaba la periferia de la ciudad hasta que regresara al distrito comercial, cuando ¡vi a Bob!

    Estaba hablando con un hombre: el encorvado chino; el hombre que yo había visto en nuestro dormitorio.

    Estuve a punto de echar a correr hacia él, pero, cosa extraña, me contuve. Aunque odiaba admitirlo, parecía que allí estaba ocurriendo algo tortuoso; algo en lo que estaba involucrado mi buen amigo Bob Eskow, de un modo que no me gustaba. Yo no era ningún espía ni detective privado que sintiera placer en seguir a un hombre para sorprenderlo cometiendo una falta, pero allí estaba ocurriendo algo que yo no podía comprender, y no pude decidirme a avanzar hasta que tuviera un indicio de lo que estaba sucediendo.

    En realidad, el comportamiento de ellos era muy extraño. Era casi como si sospecharan que alguien los estaba siguiendo. Hablaron brevemente y se separaron. Bob se arrodilló sobre la acera interior y fingió estar atándose las botas, mirando furtivamente a su alrededor. El pequeño chino caminó unos diez metros más allá de él e insertó una moneda en una máquina vendedora de goma de mascar marina sin dejar, él también, de mirar a su alrededor.

    Permanecí oculto a la vista de ellos. Cuando la acera movible interior los hubo llevado un poco más allá de la pared de seguridad, salté sobre la acera.

    Los seguí tan de cerca como me atreví a hacerlo. Nos dirigimos al centro de la ciudad, hacia los ascensores.

    Me sentía como un dedo hinchado en el que toda la gente se fija. Mi traje de gala color escarlata era el peor disfraz posible para andar en una misión secreta. Además, me sentía un tonto, pero no tenía tiempo para preocuparme por mis sentimientos. Tenía que seguir a los dos hombres.

    Bob ya se había formado detrás de tres bulliciosos submarinistas en la fila que esperaba el descenso del ascensor. El pequeño chino se había detenido después de bajar de la acera para introducir una moneda en la máquina de noticias. Estaba inclinado sobre la protegida pantalla, parado de modo que podía ver toda la plataforma con sólo levantar los ojos.

    Mientras más cautelosos se mostraban, más seguro estaba yo de que estaban tramando algo.

    Imité sus tácticas. Un par de cadetes de uno de los submarinos de entrenamiento que estaban en el puerto, el Simon Lake (pude saberlo por la insignia que llevaban) miraban un escaparate. Éste estaba lleno de equipo de buceo, diseñado para el uso de los civiles en aguas poco profundas, y los submarinistas se divertían viéndolo. Me uní a ellos. Si mantenía el rostro hacia el otro lado, no sería probable que el chino y Bob pudieran reconocerme. Los cadetes no se fijaron en mí, estaban demasiado ocupados señalando los objetos del escaparate, y comentando lo exageradamente cromados que estaban los artículos y el empleo poco práctico que tenía todo aquel equipo de buceo.

    Empleando un lado cromado de un electropulmón como espejo, pude ver que Bob seguía a los bulliciosos submarinistas y penetraba en el ascensor.

    El pequeño chino dejó la máquina de noticias y se formó en la cola de personas que esperaban el siguiente ascensor.

    Me arriesgué, y entré en el ascensor con él.

    Estaba desenvolviendo su pequeño paquete de goma de mascar submarina con tanta seriedad como lo haría un niño de tres años, pero apenas se acababa de cerrar la puerta del ascensor deslizándose detrás de mí, cuando él levantó los ojos y me miró durante una fracción de segundo. Y de pronto se convirtió en algo más que en un chino cansado y negligente; se convirtió en un ser humano.

    No era ningún pobre chino negligente... En la mirada que me lanzó pude percibir una brillante inteligencia. Yo estaba seguro de que él me había reconocido, pero no hizo intento alguno de hablar. Y la expresión de su rostro fue algo que jamás olvidaré.

    Yo había pensado en aquel momento de duda que podría haber peligro para mí en todo aquello.

    Y había peligro. Se veía en sus ojos, pero no era peligro para mí, ya que la mirada de sus ojos era la de un animal cogido en una trampa. ¡Tenía miedo! Su arrugado rostro estaba contraído por el terror. Me miró con sus ojos hundidos, y desvió la mirada como un animal atrapado que espera que lo exterminen.

    No pude comprender qué estaba ocurriendo.

    Desvié la mirada casi con tanta rapidez como él, y no volví a mirarlo a los ojos.

    Llegamos a la terminal inferior del ascensor, y las puertas de éste se abrieron. Miré rápidamente a mi alrededor, buscando a Bob.

    No había ni rastro de él.

    Sólo me quedaba una cosa que hacer: no perder de vista al chino.

    Lo seguí tenazmente durante más de una hora.

    Dimos una vuelta completa a la cúpula, y antes de que pasara una hora comprendí que el hombre estaba jugando conmigo. Sabía quién era yo y que lo estaba siguiendo. No podría enterarme de nada, pero continué siguiéndolo, ya que no podía hacer otra cosa.

    Ya eran cerca de las veinte horas, la hora a la que se suponía Bob debería regresar a sus deberes en la estación K; la hora en la que el teniente Tsuya deseaba demostrarle que el temblor que había pronosticado no ocurriría. Él había tenido tiempo más que suficiente para regresar desde el momento en que yo lo había perdido de vista, y lo único que yo podía esperar era que él hubiera aprovechado ese tiempo; pero eso no ayudaba en nada a resolver el misterio más importante: en primer lugar, por qué había él salido sin permiso; y en segundo, qué relación había entre él y el hombre a quien yo estaba siguiendo.

    A medida que iban acercándose las veinte horas, el hombre a quien yo seguía comenzó a actuar como si estuviera nervioso e inquieto. Varias veces se volvió a ver en mi dirección. Más de una vez comenzó a caminar decididamente hacia mí, pero siempre cambió de opinión. Y no era solamente yo lo que le preocupaba, porque muy a menudo miraba hacia arriba, a su alrededor, a las paredes, a los edificios y a la gente.

    Algo en verdad muy importante bullía en su mente.

    No podía imaginar lo que sería hasta que un terrible lamento pareció invadir la cúpula. Provino de alguna parte, debajo de nosotros, muy abajo, tan lejos que parecía un lejano y cruel lamento que no tenía sentido.

    De pronto, el piso comenzó a moverse alocadamente bajo mis pies y aquello comenzó a tener verdaderamente sentido.

    ¡Estaba temblando!

    ¡El pronóstico de Bob había sido muy acertado! Oí gritar a la gente a nuestro alrededor, y vi que el viejo chino se volvía y echaba a correr hacia mí.

    Entonces alcancé a ver que algo enorme y dentado caía sobre mí desde el techo; traté de apartarme de un salto, pero ya era demasiado tarde. La cosa me alcanzó y me lanzó a un par de metros de distancia. Perdí el conocimiento.


    8
    EL TERREMOTO SUBMARINO DE UN MILLÓN DE DÓLARES


    Sentí un zumbido en los oídos, y traté de sentarme.

    Alguien me estaba sosteniendo la cabeza. Abrí los ojos aturdido y vi que era el anciano chino. En sus ojos no se veían ni el miedo ni el peligro, sólo tristeza. Me miró, y después me soltó la cabeza suavemente.

    Cuando logré incorporarme nuevamente, él ya había desaparecido.

    Un miembro del cuerpo médico de auxilio corrió hacia mí.

    —¡Oiga! —gritó—. ¿Está usted bien?
    —Creo.... Creo que sí —murmuré, pero él ya me estaba examinando. Sobre nuestras cabezas se oía una voz ronca que gritaba en los altavoces de emergencia:
    —¡Alerta de terremoto! ¡Repito, esta es una alerta de terremoto! Se han tomado las precauciones rutinarias. Se ha conectado la corriente a las paredes de seguridad. Todas las aceras movibles se detendrán. Todas las puertas de seguridad deberán cerrarse inmediatamente. ¡No intenten pasar por las barreras de los octantes! ¡Repito, no intenten pasar las barreras de los octantes!
    —Está usted bien, no tiene nada —dijo el enfermero, poniéndose en pie a mi lado.
    —Eso fue lo que traté de decirle —le dije, pero él no me oyó, porque ya se dirigía a atender a otros heridos. Me puse en pie un poco tambaleante y miré a mi alrededor. El anuncio de troyón de un pequeño restaurante se había desprendido, y había alcanzado a golpearme; afortunadamente, sólo con una de sus esquinas. Unas cuantas pulgadas más y... Bueno, el caso era que había salido bien librado.

    La fuerte voz ronca de los altavoces continuaba gritando:

    —No hay razón para dejarse llevar por el pánico. Sólo se sabe de pequeños daños, y no hay heridos de gravedad. Estas medidas de seguridad se están tomando simplemente como precaución. ¡Por favor, permanezcan en el interior de las casas hasta que cese el estado de alerta! ¡Repito: favor de permanecer en el interior de las casas hasta que se levante el estado de alerta! Las vías públicas deben mantenerse despejadas para el uso oficial.

    No podía evitarlo. Las barreras del octante habían sido bajadas y quedé encerrado donde estaba.

    Pasaron casi dos horas antes de que se levantara el estado de alerta. Ya no podría hacer mucho con el poco tiempo que me quedaba de mi permiso.

    A mi alrededor, los habitantes de Cúpula Krakatoa respondían al desafío del terremoto. Éste parecía no haberlos asustado, y apenas habían interrumpido el ritmo de sus vidas. Por supuesto, los temblores pequeños como aquél eran cosa muy común allí, ya que, después de todo, la cúpula estaba situada en el gran cinturón sísmico que corre desde México, pasando por las Antillas y el sur de Europa, a través del Asia Menor y llega hasta las Indias Orientales. Los ingenieros que diseñaron Cúpula Krakatoa lo habían sabido mejor que yo, y habían construido la cúpula para resistir los temblores.

    Pero aquel temblor era algo especial.

    Era el temblor que nadie había pronosticado, excepto Bob Eskow.

    Regresé a la base con un montón de preguntas bullendo en mi mente, pero la estación estaba cerrada.

    Por supuesto, eso se debía a causa del terremoto. El teniente Tsuya había lanzado una geosonda, y era muy peligroso hacerlo sin activar los blindajes de edenita colocados entre la estación sismológica y el resto de la base y la misma cúpula, especialmente cuando acababa de ocurrir un temblor; y había probabilidades de que ocurriera otro. Aquello tenía sentido, pero en nada me ayudaba.

    Yo quería ver a Bob.

    Me fui a dormir, a pesar de no desear hacerlo, pero el dolor que sentía en la cabeza me hizo difícil permanecer despierto, aunque deseaba estarlo cuando Bob regresara de la estación.

    Cuando desperté, vi que Bob había dormido en su cama y ya se había levantado y marchado. Harley Danthorpe estaba sentado en el borde de la cama de Bob, y me miraba con una expresión extraña en el rostro.

    —Eden —me dijo—, tengo que contártelo.
    —¿De qué estás hablando?

    Lanzó una risita, pero había una mirada de respeto en sus ojos. Sí; de respeto, y de algo más también; algo que no pude comprender. Era como si me estuviera expresando de mala gana su admiración por algo que, después de todo, él encontraba en cierto modo decepcionante.

    —¡Y yo que siempre estoy hablando mal del don interior! — dijo, sacudiendo la cabeza—. ¡Muchacho! Tú y tu tío nos han dejado asombrados.

    Me levanté y me vestí.

    —No sé de qué estás hablando —le dije, y lo dejé, para ir al salón comedor.

    Cuando regresé al dormitorio, Bob Eskow estaba allí..., y, cosa extraña, ¡Danthorpe lo miraba exactamente como me había mirado antes a mí!

    No deseaba hablar con Bob estando presente Danthorpe. No deseaba hacerlo acerca del mustio chino, ni de nada escabroso; Bob tal vez no tendría una buena explicación. Me limité a decirle:

    —Me alegra que hayas regresado.

    Bob se encogió de hombros y me miró a los ojos calmadamente.

    —No debías haberte preocupado por mí, Jim.
    —¡No preocuparme por ti! Bob, ¿sabes lo que habría sucedido si el teniente Tsuya hubiera descubierto que habías salido sin permiso?
    —¡Silencio! —intervino Harley Danthorpe, sonriendo—. Ustedes dos, par de tiburones, deberían tener cuidado en lo que dicen. ¡Vamos, muchachos! ¿Qué tal si me dejan entrar en el asunto?

    Lo miré, y luego vi a Bob, pero advertí que éste estaba tan perplejo como yo por lo que decía Harley.

    —¡Vamos! —insistió—. ¡Tú, Bob! ¿Por qué no me dices cómo obtuviste el gran don de la adivinación para saber qué ocurriría el temblor de anoche?
    —Hice mis cálculos —le respondió Bob, encogiéndose de hombros—; eso fue todo.
    —¡Oh, claro! Y acertaste exactamente... ¡Eso fue todo! Siendo que ni el teniente Tsuva ni el resto de nosotros pudimos pronosticarlo —dijo Danthorpe, mirando a Bob astutamente.
    —Yo no poseo ningún don especial —dijo Bob con terquedad—. Simplemente leí las indicaciones de los instrumentos, y apliqué los principios de la sismología. No tenía ninguna seguridad de que el terremoto fuera a producirse.
    —Pero ocurrió —dijo Danthorpe, asintiendo con la cabeza—. ¡Oh, sí! ¡Eres un verdadero experto, Eskow! —me miró, y agregó—: Y aquí Eden es otro experto también, ¿eh?

    Se sentó de nuevo en la litera de Bob, y bajando la voz en tono confidencial, dijo:

    —¿Saben una cosa? Estuve hablando con mi padre respecto al temblor. Por supuesto que no pude discutir con él acerca del trabajo que estamos realizando aquí; ustedes lo saben, pero de algún modo el... asunto de los terremotos surgió en la plática —nos guiñó un ojo y siguió diciendo—: Y mi padre dice que pueden ganarse millones con un sistema acertado para predecir los terremotos.
    —¡Por supuesto! —exclamó muy serio Bob—. Pero el dinero es lo menos importante en ello, Harley. ¡Piensa en las vidas que se pueden salvar! Un sistema de predicción en el que se pudiera confiar, podría prevenir tragedias como la de Cúpula Nansei Shoto.
    —¡Claro! ¡Claro! —repuso Danthorpe—, pero es del dinero de lo que yo estoy hablando. ¿Saben? Un inversionista listo no tendría que esperar a que ocurriera un terremoto fuerte. Podría ganar una fortuna con un ligero temblor como el de anoche.

    ”En realidad —dijo después de un momento mirándome con aquella expresión extraña— mi padre dice que un inversionista lo hizo.”

    Hubo una pausa que fue interrumpida por Bob.

    —¿Qué quieres decir? —inquirió.
    —Pregúntaselo a él —dijo sonriendo, y señalándome—. Pregúntale acerca de su tío.
    —¿Mi tío? —le pregunté a mi vez totalmente perplejo—. ¿Te refieres a Stewart Eden? ¡Si hace mucho tiempo que no lo veo! No querrás decir que mi tío está en Cúpula Krakatoa, ¿verdad?
    —No sé si esté aquí o no —me respondió, encogiéndose de hombros—. Lo único que sé es lo que dice mi padre. El corredor de bolsa de tu tío estuvo muy activo en el mercado de valores el día de ayer, vendiendo acciones y valores con la esperanza de volver a comprarlos a precios más bajos. ¡Él sabía que habría una baja en el mercado hoy! Y creo que sabía también que un terremoto sería lo que causaría dicha baja en el mercado
    —me volvió a mirar fijamente otra vez, con aquella extraña especie de respeto reflejada en sus ojos—. Para tu tío, ¡ese terremoto representó una ganancia de un millón de dólares!

    Me quedé sin aliento.

    Yo sabía que mi tío Stewart tenía invertido dinero en toda clase de empresas en el fondo del océano. Sabía que algunas veces era rico, y otras estaba cerca de la bancarrota. Así vivía él. Mucho antes de que él inventara la edenita, había estado jugando un juego peligroso contra el mar, oponiendo su inteligencia y su dinero, y en ocasiones hasta su vida misma, contra todos los azares del océano. Algunas veces había ganado; todas las ciudades submarinas eran buena prueba de ello; pero otras muchas el indómito océano lo había derrotado.

    Mas apenas podía yo creer aquello. ¡Que él estuviera ganando dinero aprovechándose de un desastre! Cuando menos, eso me hizo olvidar un momento a Bob.

    —¡Vamos, Jim! —insistió Danthorpe—. ¿Dónde está tu tío? ¿Está en Cúpula Krakatoa?

    Sólo podía responderle lo que sabía de cierto.

    —La última vez que supe de él —le dije—, estaba en Marinia, en Cúpula Thetis, creo. No sé dónde se encuentre ahora.
    —¡Vaya! —dijo Harley Danthorpe, pero parecía sentirse decepcionado—. ¡Lástima! Mi padre deseaba conocerlo.

    Bob sonrió con la boca apretada.

    —Apuesto a que sí —dijo con voz punzante—. Apuesto a que a él le gustaría ganarse unos cuantos millones con los terremotos.

    No era una observación muy agradable, pero Danthorpe asintió con la cabeza astutamente.

    —Por supuesto. Ambos están aprovechando el don de profecía, y creo que deberían trabajar juntos.

    Dudé mucho de que mi tío deseara trabajar en ninguna clase de asunto con el viejo “Escaramujo” Ben Danthorpe, pero no dije nada. No tuve tiempo de hacerlo, además, porque en ese preciso momento entró el contramaestre Harris a nuestro dormitorio.

    —¿Dónde está Eden? —inquirió, mirando a su alrededor—. ¡Oh, aquí está usted, Eden! Debe usted presentarse ante el teniente Tsuya en la estación K a las ocho horas.

    Miré mi reloj. Ya casi era esa hora.

    —¡En seguida! —agregó Harris.

    Titubeé un momento. ¿Para qué me querría el teniente? Miré escrutadoramente el rostro curtido del viejo contramaestre, pero sus ojos saltones y acuosos no me dijeron nada.

    —¿No puede usted informarme de qué se trata? —le pregunté—. No sé para qué me quiere ver.
    —¿Informarle? —me espetó—. ¡Ustedes los cadetes causan más problemas que nadie! —y mirando a Bob Eskow, murmuró—: Usted, dígame, quisiera saber qué estuvo haciendo anoche cuando desapareció su pase.
    —Creí que usted había encontrado el pase —dijo Bob, con una expresión de inocencia en el rostro.
    —¡Lo encontré, sí! ¿Pero dónde estaba cuando no pude hallarlo? ¿No lo habrá usted tomado por casualidad y después de usarlo lo volvió a regresar?

    Bob simplemente lo miró complaciente, pero aquello fue bastante respuesta para mí; pero no tuve tiempo para pensar en ello, porque el contramaestre rugió:

    —¡En seguida, Eden! ¡La marea no espera!

    Salí corriendo para dirigirme a la estación K.


    El teniente Tsuya levantó la vista distraídamente cuando entré en la estación, murmuró algo y volvió a bajar los ojos al mapa que estaba examinando.

    Había estado allí toda la noche. Yo no tenía idea de cuándo encontraba él tiempo para dormir; su cara de calabaza mostraba los estragos causados por el cansancio, pero el brillo de sus ojos no había desaparecido.

    Estaba trabajando en un mapa de corte transversal en el cual se veían cuidadosamente trazadas todas las capas de la corteza terrestre situadas debajo de la cúpula, y que se extendían hasta llegar abajo del gran declive del Canal de Java. Cuidadosamente trazó una línea con tinta roja que marcaba las fallas, y levantó la vista.

    —Eden —me dijo—, supe que había resultado herido en el temblor de anoche.

    Por lo visto, al teniente no se le pasaban muchas cosas por alto.

    —No fue nada serio, señor. Sólo fue un rasguño.
    —Sí —asintió con la cabeza y se recostó hacia atrás en la silla mirando al techo—. Cúpula Krakatoa tuvo suerte. Si hubiera sido un terremoto fuerte como el que sacudió a Cúpula Nansei Shoto... —sacudió la cabeza y cerró los ojos un momento—. Usted no lo predijo, Eden —dijo echando la cabeza hacia atrás para frotarse contra la espalda los doloridos músculos de la nuca—. Eso no es ninguna vergüenza para usted. Yo no lo pronostiqué tampoco, pero Bob Eskow sí lo hizo.
    —Sí, señor.
    —¿Cuán bien conoce usted al cadete Eskow? —me preguntó repentinamente.
    —Bueno. . ., esto. . . —me había tomado desprevenido—. Hemos sido buenos amigos desde que ingresamos en la Academia.
    —¡Ah! ¿Y qué piensa usted acerca de que él haya podido hacer ese pronóstico del temblor de anoche?

    Era una buena pregunta; desgraciadamente, yo no tenía una buena respuesta que darle. Debía haber supuesto que el teniente me haría esa pregunta porque, como dije antes, a él no se le pasaban muchas cosas por alto.

    —No puedo explicarme eso, señor —le respondí.

    El teniente asintió.

    —Pero le gustaría encontrarle una explicación, ¿no es cierto, cadete Eden?
    —¡No comprendo lo que quiere usted decir, señor!
    —He interrogado a Eskow —dijo, con gesto reflexivo, el teniente Tsuya—, y todo lo que he podido sacarle es que su pronóstico estuvo basado en las observaciones que todos hicimos juntos. Es verdad que las observaciones apoyan su pronóstico, si lo vemos desde cierto punto de vista. Todo es cuestión de probabilidades. Yo preferí considerar poco probable el temblor, y así lo hicieron también usted y el cadete Danthorpe, pero el cadete Eskow.... No; él lo consideró probable —se inclinó hacia adelante y me miró escrutadoramente—, y yo me pregunto: ¿por qué? Eden, sé que usted se hace la misma pregunta.

    No dije nada, pero no pude evitar preguntarme cuánto sería lo que el teniente sabía realmente.

    —Eden —dijo muy serio el teniente—, voy a confiarle una cosa. Tengo entendido que usted conoce al padre Tidesley, el sismólogo jesuita.
    —Sí, señor. Lo conocí en la Academia.
    —¿Y conoce la teoría de él respecto a los terremotos ocurridos recientemente en esta zona?
    —Bueno, señor —dije titubeando—. En realidad, no.
    —¡Él cree que han sido causados artificialmente! —dijo Tsuya torvamente—. Él supone que alguien los está provocando, tal vez con el propósito de ganar dinero especulando en la bolsa de valores. ¿Qué piensa usted de eso?
    —No sabía que eso fuera posible, señor —dije tercamente.
    —Yo tampoco —admitió, asintiendo con la cabeza—; pero ahora ya no estoy tan seguro, Eden, y sé que usted tampoco lo está. Supe de las investigaciones que estuvo usted haciendo anoche, Eden. Sé lo que estuvo usted haciendo allá arriba en la ciudad. Y sé también que su propio tío está en entredicho —me miró con gesto reflexivo y, de pronto, pareció tomar una decisión—. Cadete Eden —me dijo—, la lealtad de usted hacia la flota es intachable. No le voy a pedir que traicione la confianza que alguien haya depositado en usted —titubeó un momento y luego asintió para sí como si hubiera decidido lo que tenía que decirme—; si usted quisiera continuar sus... investigaciones ..., me agradaría darle las facilidades que necesite para ello. Específicamente, si usted pide otro pase para efectuar mayores investigaciones, haré que éste le sea concedido.

    Eso fue todo lo que me dijo.

    Regresé al dormitorio muy perturbado mentalmente. Lo que sugería el teniente Tsuya era demasiado horrible para poderlo creer. Él sabía perfectamente que Bob se había ausentado la noche anterior, y que yo lo había estado siguiendo, y sospechaba, tal como yo había comenzado a sospechar, que la predicción de Bob del sorpresivo terremoto no había sido, de ningún modo, una casualidad.

    Eran demasiadas cosas para poder uno reflexionar en ellas detenidamente.

    No pude menos que pensar en aquella ocasión en que había visto a Bob en el dormitorio entregarle algo al encorvado y viejo chino, poco antes de que descubriéramos que la geosonda había desaparecido.

    No podía dejar de pensar en lo que Harley Danthorpe había dicho acerca del corredor de bolsa de mi tío Stewart, y en lo que me había comunicado el padre Tide en la Academia respecto al auto submarino averiado que había quedado atrapado en la erupción ocurrida en el fondo del océano indico.

    Sin embargo, Bob y mi tío Stewart eran las dos personas que más estimaba yo en el mundo. ¿Cómo iba a poder dudar de ellos?

    Resolví firmemente apartar todo el asunto de mi mente. No aceptaría la oferta que me había hecho el teniente de concederme un pase. ¡No me convertiría en espía! Seguramente Bob tendría algunas explicaciones que dar. Esperaría a que me las diera. En cuanto a mi tío, bueno, probablemente él no estaría a menos de dos mil kilómetros de Cúpula Krakatoa. Todo el asunto debía ser una mala interpretación.

    Encontré a Bob y a Harley preparando su equipo para someterse a inspección, y me apresuré a hacer lo mismo. No tenía mucho tiempo para ello.

    No saqué a colación el asunto de la predicción de Bob, ni hablé de mi tío. Decidí esperar a ver qué sucedía.

    Así lo hice, hasta que al abrir mi armario, la fotografía de mi tío que tenía en él cayó al suelo. Harley Danthorpe la recogió y me la entregó, pero al dármela vio la firma.

    —¡Oh! —exclamó—. De modo que éste es él, Jim. Quisiera que cambiaras de opinión y lo llevaras a presentárselo a mi padre.
    —Pero... Ni siquiera sé dónde está, Harley —repuse—. Que yo sepa, él lo mismo podría estar en la Antártica que en el Golfo de California.
    —Él está aquí —dijo distraídamente Bob—; me pareció. . .

    Se interrumpió de pronto.

    —¿Qué dijiste?

    Bob parecía confuso, como si hubiera hablado sin pensar.

    —Bueno..., esto... —se retorció inquieto—.Quiero decir que lo vi. O cuando menos que me pareció haberlo visto, a él o a alguien que se le parecía. Probablemente eso haya sido, Jim; debe haber sido alguien que se le parece. Yo… esto..., no tuve tiempo de hablar con él...
    —¡Ahí!—le dije, después de mirarlo atentamente un momento, y dejé el asunto por la paz.

    Pero ya no me cabía la menor duda de que Bob me estaba ocultando algo relacionado con mi tío.

    Y ya no dudé de que, independientemente de lo que ello significara, cambiaría yo de opinión y aceptaría el pase que me ofreciera el teniente Tsuya.


    9
    EMPRESAS EDEN, SOCIEDAD DE RESPONSABILIDAD ILIMITADA


    Me acomodé bien la gorra, vi que llevara perfectamente abotonado el uniforme, y penetré por la gigantesca puerta situada entre los pilares abovedados en forma de submarinos alargados. Éstos se alzaban hasta doce metros hasta el techo de aquel recinto, y eran de basalto, formando una entrada tan impresionante como la del mismo Taj Majal; en realidad, eran la entrada a las oficinas de Ben Danthorpe “el Escaramujo”.

    En el escritorio de la recepción, una joven rubia me inspeccionó con sus ojos fríos como un iceberg, sin mostrar el menor indicio de deshelarse.

    —Quisiera ver al señor Danthorpe —le dije. No respondió—. Soy amigo íntimo de Harley Danthorpe —siguió sin responder—. Harley es el hijo del señor Danthorpe.

    Permaneció en silencio, mirándome de arriba abajo.

    Luego se encogió de hombros y me dijo:

    —Aguarde un momento, señor —y tomó un teléfono.

    Permanecí en pie, esperando. Me sentía fuera de lugar allí, pero era la única pista que tenía que seguir.

    Si mi tío Stewart estaba realmente en Cúpula Krakatoa, había logrado evadir mi poca habilidad como detective al tratar de encontrarlo. Busqué en el directorio telefónico, en la Cámara de Comercio y en los hoteles. Nadie había oído hablar de él.

    De modo que lo único que me quedaba era hablar con Ben Danthorpe “el Escaramujo”. Él le había dicho a su hijo que había oído un rumor acerca de mi tío Stewart y tal vez yo pudiera seguirle la pista a ese rumor.

    Vi que la joven levantaba ligeramente las rubias cejas.

    —¿Lo verá? —dijo incrédula al teléfono y luego me miró con una curiosa expresión, como si no pudiera creer lo que pasaba. Señaló con la cabeza en dirección del ascensor de la oficina, y me dijo con frialdad—: Puede usted pasar, señor Eden. El señor Danthorpe se encuentra en el Subnivel A.

    Cuando salí del pequeño ascensor, en la parte más alta de su curso, el señor Danthorpe me estaba esperando.

    Me estrechó la mano cordialmente, en realidad como si fuera un agente vendedor.

    —¡Jim Eden! —exclamó—. ¡Harley me ha hablado mucho de ti y de tu tío! Stewart Eden y yo... ¡Hace muchos años, muchacho! ¡Muchos años! —no dijo exactamente lo que había sucedido hacía muchos años y, por supuesto, no esperé que lo hiciera. Yo sabía que él y mi tío no habían sido amigos precisamente. “Enemigos” habría sido la palabra más indicada; sin embargo, él era la única pista que yo podía seguir.

    Me condujo al interior de una espaciosa oficina a prueba de ruidos, cuyas paredes estaban cubiertas de madera obtenida de los restos de barcos hundidos.

    —¿Qué pasa, Jim? —me preguntó mirándome de soslayo, exactamente igual que como acostumbraba hacerlo su hijo—. ¿En qué puedo ayudarte?
    —Puede ayudarme a encontrar a mi tío —respondí con brusquedad.
    —¡Ah! —dijo mirándome con gesto reflexivo durante un momento—. ¿No sabes dónde está?
    —No, señor —le respondí con la verdad—. He oído decir que él está aquí, en Cúpula Krakatoa, y espero que usted me pueda comunicar en dónde se encuentra.
    —No, Jim —dijo, moviendo la cabeza negativamente—; no puedo hacer eso, pero tal vez...

    El tono de su voz se apagó. Se puso en pie y comenzó a pasearse de un lado a otro de la oficina.

    —He oído decir cosas muy extrañas acerca de tu tío, Jim —reflexionó—. Supe que andaba naufragando, ¿eh? ¿Hizo demasiadas inversiones malas? —movió la cabeza—. Nunca da buenos resultados, Jim. Nunca da buenos resultados invertir el dinero dejándose llevar por los sentimientos. A tu tío siempre le gustó invertir su dinero en aventuras arriesgadas, porque según decía, éstas beneficiaban a la gente del mar. ¡Tonterías! Yo se lo advertí muchas veces, pero parece que al fin aprendió la lección.
    —No sé a qué se refiere usted, señor.
    —¡Ah, Jim! —me sonrió astutamente—. ¡Ahora él posee el gran don de predicción! Todo el mundo lo sabe. Su corredor de valores ganó millones para él con el temblor de anoche. ¡Millones! Lo sé bien. . . ¡Buena parte de ese dinero me lo ganó a mí! —hizo una ligera mueca pero sus astutos ojos no dejaron de mirarme—. Harley me contó que un amigo de ustedes sabía que iba a ocurrir el terremoto. ¿Tendría eso alguna relación con tu tío, Jim?
    —No me está permitido discutir la predicción de terremotos, señor —le respondí, cortante—. Y Harley no debe hacerlo tampoco.
    —Ya entiendo. Bueno, Jim —observó Danthorpe—, estoy de acuerdo en eso; de veras que lo estoy, pero cuando vuelvas a ver a tu amigo, dile que venga a verme —asintió con aires de conocedor—. Si él realmente puede pronosticar los temblores, ¡yo lo haré más rico que el mismo Diablo!
    —Señor Danthorpe —le dije apremiante—. Realmente tengo urgencia de encontrar a mi tío. ¿No puede usted ayudarme?

    Ben Danthorpe me miró escrutadoramente, como si se estuviera preguntando si no me había dicho demasiado.

    —Tal vez pueda, Jim. Cuando menos, conozco al corredor de tu tío.

    Se excusó y tomó un teléfono que tenía un aditamento en la bocina para ahogar la voz, de modo que únicamente pude escuchar un ligero murmullo. Después de un momento, colgó el teléfono y me miró con el ceño fruncido.

    —Tengo la dirección del corredor de valores de tu tío —me comunicó y, cosa extraña, algo había hecho que el tono de su voz se hiciera frío y ya no me hablaba tan amistosamente—. Está abajo, en el Nivel Cuatro Más, Radial Siete, número ochenta y ocho. Ahora, si me perdonas, tengo que seguir atendiendo mis negocios.

    Me condujo apresuradamente hasta la puerta.

    Cuando bajé al Nivel Cuatro Más, pronto adiviné por qué me había despedido tan fríamente de su oficina.

    El Nivel Cuatro Más estaba situado en el límite entre el distrito financiero y los muelles de los submarinos comerciales. La mayor parte de los edificios eran almacenes y oficinas de embarques.

    Aquello no era nada impresionante para que un corredor de bolsa tuviera su oficina allí, pero significaba algo más para mí. Allí no había aceras deslizantes para los peatones, y las calles estaban atestadas de carretillas que conducían la carga de un lado a otro con gran estruendo. La atmósfera estaba impregnada del aroma del café submarino, el olor agrio a copra del fondo del mar y el tufo a rancio de las pacas de lino marino. Tal vez allí no se respiraba el ambiente de las grandes finanzas, pero para mí aquel era un perfume agradable.

    Era el olor a mar.

    Esquivando las carretas, me encaminé hacia el número ochenta y ocho.

    Era una puerta situada entre dos almacenes, y en cuyo interior subía un tramo de escaleras oscuras. Subí hasta un desierto corredor de un desván que se encontraba sobre los almacenes, y que había sido dividido en espacios para oficinas. La única persona a quien vi fue a un hombre vestido con un uniforme manchado de pintura, y que estaba pintando un letrero en la puerta metálica que había al final del corredor.

    El letrero decía:

    EMPRESAS EDEN, SOCIEDAD DE
    RESPONSABILIDAD ILIMITADA


    Recorrí apresuradamente el oscuro pasillo para acercarme al hombre. Todas las puertas que había en el corredor tenían letreros semejantes. Letreros que anunciaban empresas dudosas y enigmáticas: A. Yelverton, Consultor Bentólogo y Siminsky, Experto en ingeniería Submarina; al lado de la Compañía de Salvamentos de la Sonda y Hong Lee, Importaciones de Oriente, ninguna de las cuales parecía muy próspera; pero eso no me importaba y ansiosamente le pregunté al pintor, que estaba de espaldas hacia mí:

    —Perdone usted. ¿Está el señor Eden?

    El pintor se volvió tan repentinamente que estuvo a punto de volcar un bote de pintura.

    —¡Jim! —exclamó—. ¡Jim, qué gusto verte!

    ¡Era Gideon Park!

    —¡Gideon! —grité, estrechándole la mano. Gideon Park, el fiel amigo y ayudante de mi tío; el hombre que me había salvado la vida una vez en Marinia; el hombre que nos había acompañado en nuestras grandes aventuras por el fondo del mar.

    Me sonrió con su rostro negro como el azabache, que tenía manchado de pintura color verde mar.

    —¡Jim, muchacho! —exclamó con alegría—. ¡Yo creía que estabas en las Bermudas! —retiró su mano de la mía, se la miró, y dijo sonriendo—: Aquí tienes, Jim —me ofreció un trapo mientras se frotaba las manchas de las manos con otro—. Sospecho que no soy un pintor muy limpio.
    —No importa, Gideon —le dije—; pero dime, ¿qué estás haciendo aquí? No han pasado ni dos meses desde que estuvimos en Tonga Trench luchando con aquellos gigantescos saurios. Creía que habías regresado a Marinia.
    —Parece que ambos nos equivocamos —observó—. Pero entra, Jim, entra. No es una oficina muy lujosa, pero podremos usarla.
    —Está bien, Gideon; pero primero dime: ¿qué le ha pasado a mi tío?

    Se detuvo, y me miró gravemente.

    —Suponía que me lo preguntarías, Jim —dijo, después de un momento, en su tono amable y burlón—. No está muy bien de salud; creo que ya estás enterado, ¡pero todavía no se va a pique! ¡Nadie puede hundir a Stewart Eden, sea quien sea el que lo intente!

    Titubeé un momento y luego dije al recordar al padre Tide:

    —Gideon, oí decir que el auto submarino de mi tío se había hundido en el océano índico hace unas semanas. ¿Es cierto?

    La pregunta hizo aparecer una expresión grave en su rostro. Apartó la vista de mí y comenzó a recoger sus brochas y sus botes de pintura. Luego señaló con la cabeza hacia la puerta de la oficina.

    —Entra, Jim —me dijo con tristeza—. Cuéntame lo que sepas de eso.

    La oficina de las Empresas Eden, Sociedad de Responsabilidad Ilimitada, constaba de dos cuartos sencillos.

    Habían sido pintados recientemente con el mismo color verde mar que manchaba el negro rostro de Gideon, pero lo único nuevo que había en ellos era la pintura. El mobiliario consistía en un desvencijado escritorio y un par de sillas rotas dejados allí por los inquilinos anteriores, según supuse, ya que no valían la pena pagar el acarreo por llevárselos. Sólo había allí una cosa nueva: una pesada caja fuerte de acero que tenía el letrero “Empresas Eden, Sociedad de Responsabilidad Ilimitada”, pintado por una mano más profesional que la de Gideon.

    Éste se sentó, y me hizo seña de que me sentara en la otra silla mientras me escuchaba el relato de lo ocurrido durante la visita del padre Tide.

    —Es verdad que tuvimos un pequeño accidente —me dijo al final de mi narración—, pero deseábamos que nadie lo supiera. A tu tío no le gusta que los demás sepan lo que él hace.

    Se agachó hacia adelante y frotó una mancha de pintura que había en el piso.

    —¡Es natural que el padre Tide lo supiera! —dijo de pronto, sonriendo con obvia admiración—. ¡Ese hombre, Jim, siempre aparece en todas partes! Dondequiera que haya problemas, allí encontrarás al padre Tide, protegido por su fe y su blindaje de edenita —su rostro volvió a tornarse grave, y siguió diciendo—: Pero algunas veces él me preocupa, Jim. ¿Dices que él te comunicó que alguien estaba provocando terremotos artificialmente?

    Asentí con un movimiento de cabeza.

    —¿Y él pensó que ese alguien podría ser tu tío?
    —Así es, Gideon.

    Él movió la cabeza lentamente.

    —¡Pero eso no puede ser verdad, Gideon! —exclamé—. ¡Simplemente mi tío Stewart es incapaz de hacer tal cosa!
    —¡Por supuesto que no, Jim! Sin embargo...

    Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación.

    —Jim —me dijo—, tu tío no está bien. Es cierto; quedamos atrapados por ese temblor en el océano Índico. El auto submarino quedó averiado irremediablemente, y lo abandonamos. Pasamos sesenta horas en nuestro equipo de salvamento, antes de que un submarino carguero nos recogiera acudiendo a nuestra llamada de socorro. ¡Sesenta horas! Hasta un muchacho como tú tardaría algún tiempo en reponerse de un trance como ese, y tu tío ya no es ningún muchacho. En realidad, aún no se ha recuperado del todo; pero él está aquí, en Krakatoa. Esta mañana lo dejé en nuestro hotel, descansando.
    —¡Quiero verlo, Gideon!
    —Por supuesto, Jim —me dijo afectuosamente—, y lo verás; pero espera a que venga aquí.

    Volvió a sentarse, y se quedó mirando con el ceño fruncido la pared recientemente pintada.

    —Conoces a tu tío —me dijo—. Él ha pasado toda su larga vida luchando contra el mar. No tengo que decírtelo. Él inventó la edenita... ¡Oh!, eso y cientos de cosas más, también; es un gran inventor, Jim, y no es únicamente un hombre de laboratorio. Ha escalado las montañas marinas y explorado los grandes abismos. Él ha localizado y denunciado minas en el lecho del océano y explotado granjas flotantes en la superficie.

    Y siempre, sin importarle cómo, ha ayudado a los demás. Bueno, yo podría nombrarte miles de buscadores de minas a quienes él ha ayudado financieramente; o de hombres que han acudido a él con nuevos inventos o historias fantásticas de tesoros que deseaban buscar. ¡Miles, Jim! Su interés por el mar no tiene límites.

    No pude evitar mirar el desvencijado mobiliario.

    —¡Oh! —se apresuró a decir Gedeon—, ya sé que tu tío ha estado navegando en aguas poco profundas últimamente. Tal vez él ha sido demasiado generoso. Todo lo que sé es que él ha estado gastando poco más de lo que gana..., desde hace mucho tiempo, Jim.
    —¿Pero qué me dices de lo ocurrido anoche? —le pregunté rápidamente—. ¿No manejaste tú por él las especulaciones en el mercado de valores? ¿Y no ganaron en ellas millones de dólares...?

    Me interrumpí al ver que Gideon miraba al piso con gesto sombrío.

    —Tu tío te tendrá que responder a eso personalmente, Jim —me respondió con voz apagada.

    Preferí cambiar de tema. Yo conocía a mi tío, y lo que había dicho Gideon era cierto. Algunas veces la esplendidez de sus sueños iba más allá de los dictados de su sentido común.

    —Supongo que tío Stewart ha cometido errores —concedí—. Recuerdo, Gideon, lo que me decía uno de mis instructores de la Academia Submarina. Él decía frecuentemente que Stewart Eden no era siquiera un científico, ¡a pesar de que él había inventado la edenita! Decía que un científico no lo habría logrado. Un científico habría conocido la Ley de Newton, de que toda fuerza tiene que ser equilibrada por otra fuerza opuesta igual, y no se habría molestado en trabajar en un proyecto tan disparatado como el de la edenita, el cual, al parecer, no obedece a esa ley. Creo que al instructor le molestaba todo aquel asunto, porque tío Stewart fue tan tonto en seguir trabajando con la edenita, ¡pero ésta dio resultado!
    —Dio resultado, sí —convino Gideon—, pero tu tío ha respaldado muchas empresas que no han tenido éxito.
    —¿Qué está respaldando ahora?
    —Tú lo sabes, Jim —respondió Gideon suavemente, meneando la cabeza—; sabes que yo te lo diría si pudiera hacerlo —se encogió de hombros y prosiguió diciendo—: Tú sabes cómo maneja sus negocios tu tío. Lleva sus libros en la memoria. Nunca firma un contrato por escrito cuando financia a alguien; un apretón de manos es suficiente para Stewart Eden. Dice que si la persona es honrada, un apretón de manos es suficiente, y que si no lo es, no serán suficientes todos los abogados que ejercen en las ciudades submarinas para hacer que un ladrón se vuelva honrado. Hay muchas cosas que tu tío no me cuenta, Jim. No porque se avergüence de ellas, sino porque así es como siempre ha actuado. Y las cosas que me cuenta. . ., bueno, Jim, tú sabes que a él no le agradaría que yo se las repitiera a nadie. Ni siquiera a ti.

    Me disculpé. No había otra salida, porque comprendí que Gideon tenía toda la razón. Mi tío había confiado en él, y yo no debería intentar quebrantar la confianza que en él había depositado; pero no podía dejar de pensar, y mis pensamientos no eran nada agradables.

    Pensaba en la promesa que le había hecho al teniente Tsuya; la promesa por la cual me había concedido un pase. En una palabra, ¡yo le había prometido convertirme en un espía!

    No se me había ocurrido que sería a mi tío a quien yo iba a espiar, así como a mi mejor amigo, Bob Eskow, pero esa era la verdad.

    —¡Jim, muchacho! —tronó una voz a mi espalda.

    Me volví. La puerta se estaba abriendo, y entró mi tío, ¡Stewart Eden!


    10
    EL PAQUETE ENVUELTO EN PAPEL MARINO


    Durante un momento no pude articular palabra alguna.

    El cambio habido en mi tío me había dejado atónito. Sus anchos hombros se habían encorvado. Había perdido peso. Su piel tenía un malsano color amarillento. Caminaba arrastrando los pies inciertamente. Sus ojos azules se habían opacado, y parpadeaba como si apenas pudiera reconocerme.

    —¡Tío Stewart! —exclamé.

    Me apretó la mano con desesperado esfuerzo. Después, se volvió tambaleante caminando hasta la silla que estaba detrás de su desvencijado escritorio, y se dejó caer en el asiento.

    Se sonó la nariz y se frotó los ojos con un pañuelo.

    —¿Pasa algo malo, Jim? —inquirió con ansiedad—. Creía que estabas en las Bermudas.
    —Estaba, tío Stewart. Vinimos aquí a seguir un curso especial de entrenamiento —no dije más; Seguridad no me permitía hacerlo, pero tuve el inquietante presentimiento de que mi tío ya lo sabía sin que yo se lo dijera, y me apresuré a preguntarle—: ¿Cómo has estado, tío Stewart?
    —¡Estoy mejor de lo que parezco! —exclamó, incorporándose repentinamente en la silla—. He estado navegando en aguas borrascosas. Puedes notarlo. Pero todo eso ya ha pasado.

    Aspiré hondo y asentí:

    —Eso he oído, tío Stewart. En realidad, oí decir que ganaste un millón de dólares con el terremoto de anoche.

    Stewart Eden me miró un momento. No había expresión en sus ojos, y no pude leer en ellos lo que pensaba. Finalmente, suspiró.

    —Sí, quizá lo haya ganado —dijo casi con indiferencia—. Se logró una fuerte utilidad, pero todavía no soy solvente, Jim.

    Se inclinó hacia adelante, y la vieja silla en que estaba sentado crujió.

    —¡Pero qué objeto tiene hablar de dinero, muchacho! —exclamó—. ¡Déjame verte! ¡Pero si ya estás hecho todo un hombre, Jim! ¡Ya casi eres un oficial! — emitió una risita afectuosa inspeccionando con la mirada mi uniforme escarlata de gala—. ¡Ah, Jim, si tu padre viviera para verte en este momento, se sentiría muy orgulloso!

    Se recostó hacia atrás en la silla, asintiendo con la cabeza. Sus ojos volvieron a cobrar vida, y él me pareció que volvía a estar perfectamente bien. Por un momento imaginé estar viendo de nuevo al hombre que él había sido durante aquella emocionante época, en Marinia.

    —Nunca temas, Jim —me dijo—; tú y yo conseguiremos lo que deseamos en este mundo. Tú serás un oficial de la Flota Submarina y yo recobraré lo que he perdido, tanto en salud como en dinero, Jim. Ya he estado a flote antes, y volveré a estarlo.

    Se volvió, y miró fijamente hacia la enorme caja fuerte marcada Empresas Eden, Sociedad de Responsabilidad Ilimitada.

    Sólo podía yo tratar de adivinar lo que él estaba pensando; ¡pero la caja fuerte me pareció demasiado pesada para que pudiera flotar!

    Gideon tosió ligeramente.

    —Stewart —dijo en voz calmada—, no ha olvidado su cita, ¿verdad?
    —¿Cita? —mi tío se enderezó en la silla y consultó su reloj de pulsera—. No tenía idea de que ya fuera tan tarde. ¡Caramba, Jim, yo...!

    Se interrumpió y me miró con aire preocupado. De pronto me pareció nuevamente un hombre agotado y preocupado. Cuando habló, su voz había perdido el tono habitual de amabilidad.

    —Jim —dijo apuradamente—, quisiera estar algún tiempo contigo, pero en este momento tengo que atender un asunto. Concerté una cita para ir a comer con alguien a quien no creo que conozcas. De modo que si me perdonas...
    —Por supuesto, tío Stewart —asentí, poniéndome en pie—. Regresaré a la base. Te telefonearé la próxima vez que pueda conseguir un pase, y comeremos juntos.

    Pero cuando estaba a punto de salir, hubo una interrupción. La persona con quien mi tío tenía cita para comer había llegado, pero mi tío se había equivocado; porque yo sí lo conocía; bastante bien, en realidad.

    El hombre con quien mi tío tenía una cita para comer; el hombre a quien al parecer, mi tío no deseaba que yo conociera era... el padre Tide.


    El pulcro hombrecillo de las mejillas de coral no cesó de conversar durante todo el camino al restaurante.

    —Te ves muy bien, Jim —dijo con voz clara y amable moviendo la cabeza como un pequeño monje, alegre y jovial, que hubiera sido sacado de un antiguo grabado en madera alemán—, ¡muy bien! Es un placer tenerte con nosotros. Un placer verdaderamente inesperado, ¿verdad, Stewart? —se rio burlonamente ya que había sido él y no mi tío quien había sugerido que yo los acompañara a comer.

    Yo no podía evitar preguntarme qué estaba haciendo mi tío que hacía que él deseara apartarme de su camino con tanta insistencia; pero fuere lo que fuere, no era mi destino saberlo aquella tarde. Tal vez por haber estado yo allí no se dijo una sola palabra durante la comida que me indicara nada importante. La mayor parte de la charla recayó sobre la comida que nos sirvieron, la cual estaba preparada completamente con productos de mar al maravilloso estilo oriental, que era una característica de la vida en Cúpula Krakatoa.

    Solamente al final de la comida se dijo algo, y no pude sacar ninguna conclusión de ello. El padre Tide había hecho alusión a su investigación sismológica, y mi tío le dijo:

    —Lo siento, padre, no estoy en posición de poder seguir contribuyendo a su proyecto.
    —No es únicamente el dinero lo que importa, Stewart —le recordó amablemente el padre Tide—. Además, la investigación sismológica tal vez pueda ser lucrativa todavía. Si uno aprende a pronosticar terremotos, puede ganar mucho dinero. Cuando menos, eso es lo que he oído decir. Con sólo pronosticarlos o hasta, digamos, crearlos.

    De la taza que tenía mi tío en la mano se derramó el hirviente café. Se limpió los dedos escaldados con una servilleta y miró irritado al padre Tide por encima de la pequeña mesa.

    —El problema para usted, padre —le reprochó—, es que en la disciplina que le enseñaron pusieron demasiado acento en el pecado. Eso lo hace sospechar siempre lo peor y lo impulsa a pensar con pesimismo en los seres humanos.

    Lo dijo casi en el tono de quien hace una broma intrascendente, pero el padre Tide lo tomó muy en serio, y repuso con voz clara:

    —Tal vez piense así, Stewart, en cuanto a las flaquezas de los seres humanos, pero cuando menos soy optimista en lo que se refiere a las posibilidades de redimirlos.

    Apuró calmadamente el resto de su taza de café y se recostó hacia atrás en la silla.

    —Durante toda mi vida —explicó—, desde que inicié mi noviciado, me han fascinado las perturbaciones sísmicas y volcánicas. ¿Por qué? Porque siempre las he considerado como una expresión directa de la voluntad divina. Aun después de pasar toda una larga vida dedicado al estudio de las causas materiales, el temor reverente inicial no ha decrecido. No deben pensar —dijo con vehemencia— que yo dude de que el hombre pueda intervenir en ello. Por supuesto que no. Como tampoco pienso que la intervención del hombre sería impropia; puedes llamarme un cazador del pecado, Stewart, pero no puedes pensar que yo crea eso. La predicción de los terremotos es exactamente tan conveniente como lo es la predicción del tiempo. No hay nada de malo en ella.

    Me lanzó una mirada y sentí un repentino escalofrío. ¿Acaso todo el mundo conocía en Cúpula Krakatoa lo que el teniente Tsuya creía que era un secreto celosamente guardado? Pero el padre Tide siguió hablando:

    —Existe otro asunto, además de la predicción, en el que la intervención del hombre es probablemente mucho más peligrosa, tanto para la vida de los hombres como para la salvación de su alma. Quiero decir con esto que tengo razones para creer que alguien, no sé con seguridad el nombre de esa persona, puede producir terremotos a voluntad. Si este poder existe, debe ser empleado para salvar vidas y propiedades, ¡y no para enriquecer a los hombres perversos!

    Eso fue todo lo que se habló del tema, y en realidad tal vez haya sido suficiente, porque indudablemente que lo que dijo el padre Tide afectó a mi tío, quien comió en silencio y en actitud hosca.

    Aquel fue un encuentro entre dos hombres enérgicos, y debo admitir que quedé impresionado. Mi tío me pareció tan resuelto en su fe en sí mismo, en su inteligencia, en su habilidad y aun en su menguante vigor físico, como lo estaba el padre Tide en su religión.

    Yo no podía dudar de la honradez de mi tío. Era absolutamente imposible creer que él pudiera haber intervenido en algo que le causara daño a un ser humano.

    Y sin embargo... ¿Por qué no había él negado lo que había insinuado el padre Tide?

    En cuanto a eso, había aún otra pregunta que contestar referente al padre Tide: ¿por qué continuaba él sus relaciones con mi tío si pensaba que éste era capaz de una acción semejante? ¡Aquello estaba fuera del carácter de ambos!

    El padre Tide conservó su jovialidad hasta lo último. Hizo comentarios acerca del exquisito sabor de los bistés marinos, y de la suculencia de las nuevas frutas marinas que nos sirvieron como postre; pero mi tío apenas le respondió.

    Me alegré de que la comida hubiera terminado.

    El padre Tide se marchó y yo caminé con mi tío a través de las populosas y bulliciosas calles, en nuestro camino hacia su desaliñada oficina. Él seguía muy callado y caminaba trabajosamente, como un inválido; pero cuando llegamos a la entrada del número ochenta y ocho, se detuvo de pronto y me asió del brazo.

    —¡Lo siento, Jim! —me dijo con voz vigorosa—. Habría deseado que subieras a la oficina conmigo, pero..., bueno, tengo un compromiso. Es algo muy importante para mí, y sé que tú lo comprenderás.
    —Por supuesto, tío Stewart —le aseguré, y me despedí de él allí mismo en la calle.

    Porque en realidad lo había comprendido. Un hombre se había asomado a la destartalada entrada del número ochenta y ocho, precisamente cuando nosotros nos aproximábamos a ella.

    Mi tío había visto a aquel hombre una fracción de segundo antes de que se detuviera repentinamente y “recordara” su cita.

    Yo conocía a aquel hombre. Ya lo había visto antes. En realidad lo había visto en circunstancias muy parecidas a las de aquel momento.

    El hombre era el encorvado viejo chino a quien yo había visto con Bob en el dormitorio, y a quien había seguido después por las calles de Cúpula Krakatoa. El hombre llevaba un paquete pequeño y pesado, envuelto en papel marino.

    No pude evitar pensar que el paquete tenía la medida aproximada del modelo desaparecido de la sonda ortolítica.

    Me encontré de regreso en la base, casi sin saber cómo había llegado allí.

    Bob Eskow y Harley Danthorpe me miraron de un modo muy extraño; con envidia por parte de Harley Danthorpe, y con una emoción que difícilmente pude comprender por parte de Bob; una emoción que casi me pareció era temor.

    —¡Novato con suerte! —exclamó Harley—. Dime, ¿qué le has dado al teniente Tsuya? ¡Es el segundo permiso que te concede!
    —El teniente quiere que te presentes ante él en la Estación K —fue lo único que dijo con voz calmada Bob.

    Me apresuré a bajar los pocos niveles que me faltaban, sintiéndome aliviado, ya que no deseaba quedarme a hablar con Bob en ese momento.

    Encontré al teniente Tsuya trabajando en su escritorio, en el silencio húmedo de tumba de la estación. Estaba trazando con tinta líneas isobáricas, isogeotérmicas e isógonas en un mapa plutónico del lecho del mar.

    —¿Bien, Eden? —me preguntó con voz en la que se notaba el cansancio y la tensión—. ¿Tiene algo que comunicarme?

    Sólo titubeé un instante antes de responderle:

    —¡Nada, señor!

    Porque era cierto que no tenía pruebas..., y fuera lo que fuere lo que estuviera haciendo mi tío, yo no iba a informar de nada al teniente basándome en simples sospechas.

    El teniente Tsuya titubeó un momento y su rostro amarillo mostró su preocupación.

    —Eso es más o menos lo que me esperaba —comentó.

    Tomó distraídamente un lápiz rojo y comenzó a sombrear mecánicamente la zona de tensión que había trazado en su mapa plutónico. Noté que el plano potencial de fractura estaba localizado casi directamente debajo del asiento de Cúpula Krakatoa.

    Levantó la vista para verme, parpadeando con sus ojos hinchados, y me dijo abruptamente:

    —Le he concedido un pase al cadete Eskow. Él me lo pidió, y decidí concedérselo.

    Aquello me tomó desprevenido.

    —Pero... acabo de verlo en el dormitorio —protesté.
    —Así es. Retuve el pase en la oficina del contramaestre Harris hasta que usted regresara, Eden, porque quiero que usted siga a Eskow.
    —¿Seguirlo? —me encrespé—. ¡Pero yo no puedo hacer eso! Él es mi mejor amigo. No podría...
    —¡Silencio, Eden! —vociferó el teniente. Me puse tenso y permanecí callado. Él me dijo con voz más amable—: Ya sé que él es su amigo. Precisamente esa es la razón por la que quiero que sea usted quien investigue. ¿Sabe usted cuál es la alternativa que tenemos?
    —Bueno..., esto..., no, señor. Es decir, no me he puesto a pensarlo.
    —La alternativa que se nos presenta —me explicó el teniente Tsuya con voz calmada— es turnar todo este asunto al Departamento de Seguridad de la Flota Submarina.

    Hizo una pausa.

    —Una vez que haga eso —me recordó—, todo el asunto queda fuera de mis manos. Si el cadete Eskow es culpable de una grave falta al reglamento, por supuesto lo tendré que hacer, ya que no puedo perdonar ninguna desobediencia a las órdenes cuando éstas son tan importantes, como en este caso; pero si el cadete Eskow únicamente es culpable de..., llamémoslo así..., un error de juicio, entonces cometeríamos una grave injusticia al turnar el caso al Departamento de Seguridad. De usted depende, Eden.

    El teniente me miró en silencio aguardando mi respuesta.

    —Creo que no me queda otra alternativa, señor —dije por fin.

    Él asintió lentamente con la cabeza.

    —Ni a mí tampoco —convino en tono triste.


    11
    LA NAVE EN EL INTERIOR DEL POZO


    Una hora más tarde, ya estaba yo de regreso en la zona civil de Cúpula Krakatoa..., y Bob Eskow también estaba allí.

    Bob no estaba solo.

    Había sido un juego de niños seguirlo. Yo había esperado fuera de la puerta principal de la base, escondido y vestido con un impermeable que ocultaba mi uniforme; pero no necesitaba esconderme, porque Bob salió de la base como si fuera un proyectil disparado desde un lanzatorpedos, y se encaminó directamente a los ascensores. Lo seguí... y lo vi reunirse con alguien. Ese alguien era el mismo anciano chino que ya conocía.

    Ya no había duda alguna de la intriga, porque el chino ya no llevaba el paquete que yo había visto. Lo había guardado en alguna parte, y sólo pude pensar en un lugar donde lo podría haber guardado: en la caja fuerte de mi tío.

    El nivel donde se encontraron era el nivel Menos Uno; el que quedaba inmediatamente encima de la puerta principal de la base. Volvieron a bajar al nivel de la base, y siguieron descendiendo hasta el nivel del desagüe.

    Acababan ellos de bajar del apeadero cuando yo salí del ascensor, detrás de un grupo de mecánicos que trabajaban en las bombas de desagüe.

    Llegamos a un túnel transversal marcado con un letrero en letras brillantes que decía: Estación de Bombeo Número Cuatro. Pude sentir la vibración de las potentes bombas que absorbían el desagüe de Cúpula Krakatoa para expulsarlo al exterior, contra la poderosa presión de cinco kilómetros del agua del océano que teníamos sobre nuestras cabezas; pero no tuve tiempo de ponerme a pensar en tales cosas, ya que Bob y el anciano siguieron caminando.

    Aguardé un momento para dejarlos que se adelantaran un poco, y los seguí.

    Aquel era un túnel de servicio. Tenía el piso plano, pero a los lados corrían unos desaguaderos a lo largo de las paredes. Estaba forrado de concreto e iluminado con escasos tubos de troyón, muy separados entre sí. Excepto por un poco de agua que escurría lentamente, el túnel estaba bastante seco.

    Bob y el otro hombre desaparecieron de pronto delante de mí. Me detuve inquieto un segundo, y continué avanzando más despacio… hasta que vi que ellos habían penetrado en un colector.

    Entonces, confieso que me detuve más de un segundo, porque eso me hizo darme cuenta de algo que antes había pasado por alto. Ya no me encontraba debajo de la cúpula de la ciudad. Ya había salido de debajo de ella; más allá del lecho mismo del océano. Sobre mi cabeza había unos cien metros de roca resquebrajada por los sismos..., y sobre aquello no había otra cosa que cinco kilómetros de agua salada.

    Los túneles no estaban reforzados ni sellados, excepto en algunos puntos en que se había hecho necesario hacerlo. Se escuchaba en ellos el rumor de las gotas que caían chapoteando del agua del mar que trataba de invadirlos; estaban fríos casi hasta el punto de congelación de las profundidades, y mal ventilados. Había en ellos un olor a humedad y a sal.

    Pero allí estaba yo, y mi presa se iba alejando más cada segundo que pasaba. Había un declive de aproximadamente un metro de altura, que bajaba desde el extremo del túnel de servicio al interior del anillo exterior. Se curvaba hacia afuera en ambos lados; había sido perforado por medio de excavadoras automáticas, y sus negras paredes de roca mostraban las marcas de los dientes de los taladros múltiples.

    El agua trasudaba y escurría por las paredes, y el piso del túnel estaba cubierto por varios centímetros de agua negra que corría perezosamente bajo el pálido resplandor de los distantes tubos de troyón.

    En aquel momento estuve a punto de regresar, pero tenía que averiguar adonde habían ido ellos. Me detuve a escuchar, pero todo lo que pude oír fue el murmullo del agua que escurría por las salientes de las paredes.

    Al cabo de un rato, mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la penumbra. Vi un resplandor ondulante a mi derecha, sobre las oscuras aguas. Era el reflejo de una linterna isotópica que ya no alcanzaba a ver, y decidí seguirlo. Bajé lo más silenciosamente que pude hasta el agua, que me llegó al tobillo. Estaba tan fría que me hizo vacilar un segundo; pero tomé aliento y seguí la dirección de la luz de la linterna hasta que se desvaneció detrás de un ruidoso chorro de agua que surgía de la resquebrajada roca.

    La situación se comenzaba a poner difícil. Yo ya estaba medio empapado. Tenía los pies ateridos y tiritaba de frío. Además, iba desarmado.

    Si ellos estuvieran esperando detrás de la caída de agua, ¿qué podría yo hacer? Yo sería una víctima fácil para ellos; pero no podía creer eso de Bob Eskow.

    El lejano tubo de troyón era sólo un débil reflejo en la negra y húmeda curva de la pared del túnel. Atisbé en la oscuridad, y di algunos pasos chapoteando...

    Entonces contuve la respiración y avancé vadeando, penetrando a través de la helada cortina de rocío.

    Más allá, el túnel estaba completamente oscuro.

    El agua helada era más profunda y corría con mayor fuerza. Avancé tambaleándome a ciegas en el agua por espacio de unos cincuenta metros.

    Entonces vi un débil resplandor adelante de mí.

    Me detuve a esperar pero el resplandor no se movió. En seguida vi que era una luz que brillaba en la mojada roca. La luz procedía de uno de los tubos radiales que descendían del túnel circular, como los rayos de una rueda cóncava encajada a gran profundidad, y conducían las filtraciones del agua hacia las bombas.

    Más allá del tubo radial vi dos figuras, eran Bob Eskow y el oriental.

    El radial era una línea recta y pude ver la oscura silueta de ellos contra el resplandor en movimiento de la linterna isotópica.

    Penetré en el túnel radial. El piso de éste bajaba en un declive tan pronunciado que estuve a punto de caer; el agua corría con fuerza tirando de mis ateridos pies, pero en un momento recobré el equilibrio. Descubrí que el piso estaba inclinado y bajaba de un modo muy extraño hacia las paredes del túnel, dejando la parte del centro apenas sumergida, y me mantuve lo mejor que pude en la oscuridad, encima de ese vado.

    Los dos hombres se me habían adelantado mucho y de repente desaparecieron. Por un momento el túnel me pareció desierto y sumido en la más completa oscuridad. Luego pude ver un débil parpadeo de luz sobre la negra superficie del agua.

    Continué avanzando por el túnel, guiándome principalmente por lo poco que podía sentir con mis pies mojados y helados. El agua corría rápidamente por las canaletas que no podía ver y que había a ambos lados de mí, pero ahora, algunas veces, el centro del piso estaba..., bueno, no diré que seco, pero al menos no estaba cubierto por el agua corriente y era más fácil caminar. No obstante, gotas de agua helada caían sobre mí del techo de roca del túnel. Estaba empapado, tiritaba de frío y tenía el uniforme hecho una sopa; pero al fin llegué al fondo del tubo radial.

    El agua de éste caía a un pozo colector, uno de los tanques subterráneos que habían sido excavados para dar a la ciudad un margen de seguridad, en caso de ocurrir una falla seria en las bombas del drenaje. Aquella enorme caverna medía más de treinta metros de lado a lado y estaba techada con concreto reforzado, pero las paredes eran de basalto negro en el que se notaban aún las marcas dejadas por los taladros.

    En el pozo se derramaba el agua proveniente de una docena de drenajes radiales. Bajo mis pies se sentía en la roca la vibración de las bombas ocultas que absorbían el agua para expulsarla a la triturante profundidad exterior.

    La luz pálida que me permitía ver algunos cuantos detalles del inundado pozo provenía de alguna parte que quedaba más abajo de la salida del túnel que yo había seguido.

    Me acerqué más al pozo buscando la fuente de dónde provenía la luz. El agua corría con más fuerza allí, produciendo espuma alrededor de mis pies, aunque yo me mantenía sobre la estrecha saliente situada entre las dos canales. Tenía tanta fuerza que estuvo a punto de arrastrarme hasta la orilla del pozo. Me dejé caer a gatas y me asomé por el borde de éste.

    Allí descubrí la fuente del pálido resplandor de luz. Era una fulgurante capa de edenita..., el blindaje de un enorme submarino que flotaba a flor de agua en el interior del pozo.

    Aquel era el espectáculo más asombroso que jamás había yo visto.

    Permanecí allí, aferrado a la dentada roca del borde del pozo, mirando asombrado y sin casi notar el agua helada que mi cuerpo cortaba. ¡Era un submarino!

    Y un submarino grande, además. Flotaba en el interior de aquel colector de drenaje sin tener ninguna compuerta, ningún medio para entrar o salir.

    Era imposible creer aquello, y sin embargo, lo estaba viendo con mis propios ojos.

    No podía siquiera adivinar la profundidad que tendría el pozo, pero la superficie de la oscura agua quedaba a unos cuatro metros más abajo de donde yo me encontraba. La corriente de agua del drenaje formaba una cascada al caer al interior del pozo. El ruido que producía ahogaba los demás sonidos y había tan poca luz que yo corría poco riesgo de ser descubierto al quedar casi oculto por el borde del drenaje radial.

    El largo y brillante casco de la nave estaba a flor de agua. La achatada timonera blindada sobresalía unos dos metros sobre el agua. El anciano oriental estaba descendiendo al interior de la timonera y había otro hombre afuera de ésta, sobre la pequeña plataforma de superficie. Estaba agarrado a una barandilla y se inclinaba hacia afuera para mirar hacia abajo a las oscuras aguas.

    El hombre aguardó, y yo, pocos metros más arriba de él, aguardé también. . ., hasta que la cabeza de un buzo surgió en el agua. ¡Un buzo! Era casi tan fantástico encontrar un buzo en aquel pozo, como la presencia de la nave misma. El buzo llevaba puesto un grueso traje térmico, ya que sin éste difícilmente podría haber vivido más de un minuto en aquellas aguas. El casco provisto de goggles ocultaba su rostro.

    Levantó un brazo en el que sostenía el extremo de una cuerda.

    —¿Listo? —preguntó, y su voz fue ahogada y distorsionada por el casco, produciendo un eco extraño que retumbó en el interior de la oscura cúpula de concreto—. ¡Tiren de ella!

    Volvió a sumergirse en el agua.

    El hombre que estaba en la cubierta tiró de la cuerda. Era evidente que pesaba porque él comenzó a respirar con dificultad. Hizo una breve pausa y miró hacia arriba para limpiarse la frente.

    No me vio, pero yo sí lo vi a él. No me había equivocado. Había estado siguiendo al hombre indicado. Era Bob Eskow.

    De pronto volví a tener conciencia de lo empapado que estaba y del frío que me atería. Todo me parecía frío. Había esperado que por alguna casualidad fantástica, todo aquel asunto hubiera sido un error, pero ahora ya no había duda.

    Continué observando entumecido de frío cómo el buzo volvía a salir a la superficie guiando el objeto que Bob estaba izando con tantos trabajos a la cubierta del submarino. El buzo lo manejaba con mucho cuidado y se interpuso entre el objeto y la nave para evitar que golpeara contra ella.

    Me incliné hacia adelante lo más que pude, tratando de ver lo que era.

    Todo aquello era fantástico. ¿Cómo era que aquel submarino estaba allí en aquel pozo colector del drenaje tan lejos y tan abajo de la ciudad? No podía haber ningún pasaje que lo llevara al mar; no había la menor posibilidad de ello, porque todo el océano penetraría rugiendo como tromba, impulsado por la poderosa presión de cinco kilómetros de agua salada.

    Igualmente era imposible que hubiera una compuerta. Un sistema de compuertas blindadas de edenita comprendía un proyecto complicadísimo de ingeniería. Habría sido más sencillo construir un nuevo submarino en el fondo mismo del océano que construir un sistema secreto de compuertas; pero aun sin ponerme a considerar todas aquellas fantasías, quedaba una pregunta: ¿por qué?

    ¿Cuál podría ser el propósito de todo aquello? ¿Quién podría considerar que valiera la pena meter de contrabando a ese lugar un submarino blindado con edenita? Contrabando. . . Aquella palabra sugería una explicación: contrabandistas. Pero eso era igualmente ridículo, no acababa yo de pensar en ello cuando comprendí que difícilmente podría ser la respuesta; no había nada tan valioso que pudiera pasarse de contrabando que justificara aquella clase de esfuerzo.

    En ese momento vi lo que estaban subiendo a bordo del submarino.

    Todas mis especulaciones mentales se congelaron en mi cerebro, porque lo que Bob Eskow y el buzo estaban subiendo a bordo con tanta precaución y con tanto trabajo, tenía un aspecto aterradoramente familiar para mí.

    Era una bola dorada pulida y brillante, de unos quince centímetros de diámetro y muy pesada, a juzgar por los esfuerzos que les costaba izarla. Exageradamente pesada para su tamaño.

    A su alrededor tenía una banda de acero inoxidable que utilizaban para manejarla y que tenía una argolla a la que habían amarrado la cuerda con la que la estaban subiendo.

    Supe lo que era apenas la vi, porque yo había trabajado en la Academia con un aparato semejante en el Laboratorio de Armas Termonucleares.

    Era el reactor primario de un aparato termonuclear.

    En otras palabras..., ¡era el detonador de una bomba H!

    No necesitaba que nadie me dijera que el uso privado de las armas termonucleares era un asunto muy serio.

    ¿Qué era aquello? ¿Estaba siendo armado aquel submarino para realizar alguna especie de empresa pirata de pillaje y destrucción? Eso fue lo primero que pensé, pero Bob Eskow no encuadraba en la idea de lo que yo pensaba era un pirata. ¡Ni siquiera de un pirata termonuclear!

    Casi olvidé que sentía frío por estar esperando a lo que podría suceder después. Bob bajó la pequeña y mortífera esfera dorada a través de una escotilla. Abajo, el viejo oriental debió de haberla acomodado en alguna parte. Entonces Bob volvió a lanzarle el extremo de la cuerda al buzo y éste se sumergió otra vez.

    ¡Hubo más!

    No sólo se trataba de un detonador para una bomba H, sino de varios. ¡Muchos! Pronto estaban ellos izando otro de algún lugar donde los habían escondido bajo el agua. Después subieron otro..., y otro más...

    Subieron ocho de aquellos pequeños pero mortíferos artefactos.

    ¡Ocho detonadores termonucleares! Cada uno de ellos capaz de iniciar una explosión atómica que podría aniquilar toda una ciudad.

    Aquello no era un simple viaje de piratería, no; aquello era algo mucho más mortífero y más serio.

    Seguí observando, semiaturdido, mientras que el buzo, después de haber terminado su horrible tarea, subió al submarino y comenzó a quitarse el voluminoso traje térmico.

    Cuando se quitó el casco, yo estuve a punto de caerme al pozo.

    El rostro que apareció debajo del casco era el rostro oscuro, honrado y amigable del hombre considerado la mano derecha de mi tío: Gideon Park.

    Aquello era más que suficiente para que yo considerara aquel día como uno de los peores de mi existencia, pero todavía no era todo, aún faltaba algo más, lo peor.

    Habían terminado la tarea de cargar aquellos artefactos.

    Mientras yo observaba, Gideon dobló rápidamente el traje térmico, enrolló la cuerda, guardó todo el equipo que había sobre la pequeña plataforma y le dijo algo a Bob, en voz tan baja que no pude oír lo que decía a causa del ruido del agua.

    Después, los dos bajaron por la escotilla. Comenzaron a zumbar los motores en el interior del submarino. Se cerró la escotilla.

    La torre de la timonera se contrajo hacia adentro del submarino hasta que la parte superior de ella quedó al ras del brillante casco. El blindaje de edenita parpadeó con un leve resplandor y aumentó en brillantez. . .

    De pronto comprendí al fin uno de los problemas que me tenían intrigado.

    ¿Compuertas? No, no había compuertas.

    Aquella nave no necesitaba de compuertas.

    No era un submarino común y corriente que necesita tener vía libre para salir a las profundidades del océano; era algo más que eso, algo más poderoso y más siniestro.

    ¡Era un MOLE!

    Era un crucero submarino equipado con taladros ortolíticos que le permitían horadar la roca misma. Ahora, al haber escondido la timonera, podía yo ver las espirales del taladro ortolítico.

    Aquello sólo podía significar una cosa: alguien había traicionado uno de los secretos más celosamente guardados por la Flota Submarina.

    Ya se estaba sumergiendo. Las oscuras aguas se cerraron sobre él. La capa de edenita del casco volvió a fulgurar y a hacerse más brillante respondiendo al cambio de presión.

    Se fue sumergiendo poco a poco. Pude ver que se iba desvaneciendo en el agua hasta que desapareció.

    Había penetrado en la roca misma.

    Una sofocante oscuridad llenó el colector del drenaje.

    Temblando tanto a causa de la impresión como del frío, me puse de pie sintiéndome envarado y subí tropezando hacia el drenaje radial e inicié el largo viaje de regreso a través del agua, que goteaba del techo y corría a mis pies, y la sofocante oscuridad del túnel.

    Pude sentir que la roca retemblaba bajo mis pies. ¿Serían las bombas? ¿O sería la rotación de las espirales del taladro ortolítico del MOLE?

    Me apresuré, exhausto como estaba, a subir por los fríos y húmedos túneles, en tanto que bajo mis pies la pequeña nave submarina navegaba en un océano de roca llevando a dos de mis mejores amigos aventurándose en una empresa que sólo podía tener la traición como objetivo.


    12
    PRONÓSTICO: ¡PROBLEMAS!


    Ya eran más de las doce de la noche cuando regresé a la base. Deseaba darme un baño caliente y ponerme un uniforme seco; pero había algo que habría deseado aún más que esas dos cosas, que alguien me dijera que mis ojos me habían engañado, que lo que acababa de ver no era cierto.

    En vez de todo eso, llamé a la estación K.

    El teniente Tsuya estaba nuevamente en servicio y me ordenó perentoriamente que me reportara ante él al instante.

    Cuando entré, él estaba sentado ante su amplio escritorio donde elaboraba sus pronósticos y estudiaba con el ceño fruncido un mapa que mostraba una extensión de doscientos kilómetros de tensiones sismológicas. Giró sobre su alto banquillo para verme. Enmarcado dentro de las luces de troyón que alumbraban los mapas que tenía sobre su escritorio, él se veía enflaquecido, ceñudo y preocupado, aun antes de que yo le contara lo que había visto.

    Cuando hube terminado mi relato, él permaneció callado un largo momento mirando fijamente una carta gráfica de análisis isentrópico, pero sin ver realmente una sola línea de ella.

    —Quisiera que la sección de computadores se apresurara —dijo malhumorado.
    —Señor —inquirí asombrado; él parecía estar distraído. ¡Distraído, mientras yo le había estado relatando los terribles acontecimientos que había visto en el colector del drenaje!

    Sacudió la cabeza y pareció recordar que yo me encontraba allí.

    —Oh, sí —me dijo—. Eden, me estaba usted hablando acerca de..., este...
    —Señor —lo apremié—, tal vez no me haya expresado con claridad. Ellos tienen un MOLE y lo que es más, está cargado con artefactos empleados en la fisión del hidrógeno.
    —Comprendo —asintió gravemente, pero había algo muy extraño en su comportamiento. O era que no me creía, o. . ., bueno... ¿Qué otra cosa podría ser?
    —Eden —me dijo con un tono de irritación en la voz que nunca antes le había oído—, viene usted aquí a contarme una de las historias más fantásticas que he oído en mi vida y espera que le preste atención. ¡Es ridículo, hombre! No existen más de seis MOLES en el mundo y puedo garantizarle que a nadie que no fuera un experto sismólogo se le permitiría emplear uno de ellos. ¡A nadie! Si usted dice que el padre Tide está involucrado en el asunto. . ., bueno, sí, tal vez habría alguna posibilidad de que fuera cierto. ¡Una posibilidad muy remota, Eden! ¿Pero Bob Eskow? ¡Tonterías!

    Meneó la cabeza y luego dijo formalmente cambiando el tono de su voz:

    —Eden, quiero que piense cuidadosamente antes de responder a la pregunta que voy a hacerle. ¿Tiene usted alguna evidencia que pruebe lo que me acaba de decir?

    La pregunta me tomó por sorpresa. Estaba preparado para todo, menos para eso. Si él hubiera llamado al Departamento de Seguridad, si hubiera exigido que dispararan contra Eskow apenas lo vieran, aun si él hubiera salido corriendo de la estación llevándome con él para investigar personalmente en el colector. . ., bueno, cualquiera de esas cosas habría tenido sentido; pero él estaba actuando como si dudara de lo que yo le había dicho y, además, como si no le importara.

    —Señor, por supuesto que hay algunas pruebas —le dije aterrándome a las primeras palabras que se me ocurrieron—. Quiero decir. . . ¡Mire! —le dije señalando mi arruinado uniforme. El agua helada todavía me escurría de los zapatos. Él miró y sacudió la cabeza.
    —Está usted empapado, cadete Eden —vociferó entrecerrando sus ojos adormilados—. ¿No puede usted pensar en una prueba mejor?
    —No, señor —le respondí desesperanzado—, excepto que no creo que Bob Eskow regrese de su permiso hasta que la máquina haya retornado del viaje que está efectuando debajo del lecho del océano.
    —Aun eso —señaló con justicia— no sería una prueba razonable. Él podría estar en alguna otra parte. Cualquier otra parte sería más lógica —aspiró hondo y me miró de hito en hito—. Eden —me dijo ceñudo—, tengo que decirle que apenas si puedo creer lo que acaba de decirme. No puedo evitar preguntarme si me ha estado diciendo la verdad, ya sea que se haya equivocado o no, o si será que usted ha estado inventando todo ese cuento para proteger a su tío.
    —Señor... —la acusación me había dejado sin aliento.
    —Si estoy equivocado —me interrumpió—, ya le presentaré después mis disculpas, pero por el momento. . . ¡Aguarde un instante!

    Se encendió una luz roja y se escuchó el repiquetear de un timbre. El teniente Tsuya se olvidó completamente de mí; se lanzó hacia la salida del tubo de mensajes, ya que la alarma había indicado que llegaba un mensaje.

    Vi la cápsula en el momento en que el teniente Tsuya la recogía febrilmente y la abría de un tirón.

    Llevaba el membrete Sección de Computadores.

    En ese momento comencé a comprender por qué se estaba comportando de aquella manera el teniente Tsuya. Primero, me envió a mí en una misión; después, cuando hube regresado de ella llevando información importante que reportarle, no me hizo caso, no creyó lo que le decía; en resumen, parecía que se había vuelto loco.

    Pero no se había vuelto loco en lo absoluto.

    Lo que ocurría era algo completamente diferente. Algo había pasado, algo tan importante que él simplemente no podía perder el tiempo pensando en Bob Eskow o en la geosonda desaparecida; mucho menos en una historia fantástica de un MOLE en el interior del colector del drenaje y del contrabando de explosivos nucleares.

    Sección de computadores.

    ¡Aquellas tres palabras me decían mucho!

    Como comprenderán, la ciencia de la predicción de terremotos comprende muchos factores, cada uno de los cuales debe ser valorado en la importancia que tiene, antes de que pueda ser empleado, y los computadores son casi inútiles para ello.

    Un computador puede resolver un problema enormemente complicado de matemáticas en una pequeñísima fracción del tiempo que le tomaría a un ser humano el resolverlo, sí; pero los computadores no tienen juicio propio y no poseen más conocimientos de los que se les hayan alimentado. En otras palabras, carecen de inteligencia. Un computador puede resolver cualquier problema que pueda resolver el hombre, pero el hombre tiene que pensar primero el modo de resolverlo. El preparar un problema sísmico para que lo resuelva un computador requiere mayor trabajo que la solución misma. Por esa razón no se utilizan los computadores excepto en un caso: cuando el pronosticador no puede creer que sean correctos sus resultados.

    Entonces él los somete al computador con la esperanza de encontrar algún error matemático.

    Pero fuere lo que fuere lo que pensaba el teniente, pude comprender por la forma en que agachó sus huesudos hombros, que no había encontrado ningún error matemático. Dejó caer la pequeña hoja llena de símbolos matemáticos que había llegado del Departamento de Computadores y en la cual estaban resumidos los resultados y se sentó, mirando con la vista perdida en el espacio durante un momento.

    —¿Sucede algo malo, señor? —le pregunté.

    Logró enfocar sus ojos en mí con dificultad.

    —¿Malo? —murmuró y luego sonrió con una mueca—. Sí, puede usted llamarlo así. Hay indicios de un rápido aumento en las tensiones de los niveles inferiores.
    —Pero las observaciones que hicimos hoy.... —comencé a decir frunciendo el ceño.
    —Las observaciones que hicimos esta noche —me interrumpió— muestran un considerable aumento y éste sigue creciendo rápidamente. Sí —asintió con la cabeza—, algo amenazador se está formando allá abajo.

    Por primera vez desde que yo había entrado al cuarto eché un rápido vistazo a las gráficas y a los sondeos. El aumento de las fuerzas de tensión que aparecían en las observaciones efectuadas durante las doce horas transcurridas entre las nueve y las veintiuna horas era extraordinario.

    —Voy a ordenar un geosondeo especial —dijo cansadamente por encima de mi hombro el teniente Tsuya y agregó señalando con un punzón de dibujo en el mapa que tenía frente a él—: Si pudiéramos llegar con una sonda al nivel de los doscientos kilómetros, tal vez podríamos tener una base para elaborar un pronóstico sísmico, pero...

    No tuvo que terminar de decirlo. Yo sabía que las probabilidades que teníamos de hacer llegar una sonda a aquella profundidad eran muy escasas. Simplemente, la presión era demasiado grande. Nueve de cada diez geosondas que se enviaban eran destruidas por la implosión, es decir, eran aplastadas por la presión, a profundidades mucho menores que aquélla.

    —Como están las cosas —murmuró hablando más para sí que para mí—, con la mejor información que tenemos de los niveles inferiores derivada de la reflexión y la refracción de las sondas disparadas a un nivel de veinte kilómetros...

    Su voz se fue apagando hasta desvanecerse. Giró sobre su asiento para verme.

    —Ahora comprenderá, Eden —me explicó—, que tengo demasiadas cosas en que pensar para perder el tiempo escuchando cuentos de hadas en los que aparecen MOLES piratas sin que haya ninguna evidencia que los apoye.
    —Señor —le dije con urgencia—, si es cuestión de pruebas, seguramente debe haber algún rastro en el pozo colector. Si pudiéramos vaciarlo y examinar la roca...
    —No vaciaremos ningún colector esta noche —me replicó cortante—. Ahora tengo que hacer venir a la cuadrilla encargada de las sondas de sonar. Puede usted retirarse. Vaya a dormir un poco.

    Sus ojos cansados y preocupados ya estaban fijos nuevamente en sus gráficas antes de que yo abandonara la habitación.

    Pero a pesar de sus órdenes pude dormir muy poco aquella noche.

    Permanecí bajo una ducha caliente hasta que mis pies entumecidos comenzaron a dolerme y a hormiguear, cobrando vida finalmente. Después me fui a la cama y me quedé acostado en ella durante largo rato en una especie de pesadilla trágica con los ojos abiertos.

    En realidad, no podía culpar al teniente Tsuya por sospechar que yo había inventado toda aquella historia para proteger de algún modo a mi tío. Ya era bastante difícil para mí mismo el creer lo que había visto. No era sencillo comprender cómo habían hecho Bob Eskow, el viejo chino y el buen amigo de mi tío, Gideon Park, para conseguir apoderarse de un MOLE. Era casi imposible comprender dónde habían obtenido ellos las armas termonucleares. Y ni siquiera podía adivinar para qué querían ellos todas esas cosas, a menos..., a menos que...

    Me incorporé y me senté en la cama.

    ¡A menos que estuvieran involucrados de algún modo con la amenaza de perturbaciones sísmicas que preocupaban al teniente Tsuya!

    Acababa de recordar algo que había dicho el padre Tide: él pensaba que alguien estaba creando realmente terremotos artificiales. ¡Produciéndolos con el propósito de manipular el mercado de valores!

    Entonces me vino la reacción. Aquello no encajaba en el patrón, éste era incorrecto. Tenía que ser una coincidencia.

    Porque en todo aquello había dos cosas actuando por separado. Las gráficas y los sondeos del teniente Tsuya parecían indicar que se estaba formando una tensión..., la roca se estaba extendiendo y se retorcía contra sí misma, por decirlo así, preparándose a deslizarse y a ceder, lo que produciría un temblor, pero hasta el momento éste no había ocurrido.

    Aun cuando fuera cierto que las bombas de hidrógeno pudieran producir un terremoto, era completamente imposible que produjeran la clase de patrón que preocupaba al teniente Tsuya. Lejos de eso, era mucho más probable que pudieran aliviar esa clase de tensiones y no que las causaran. Como ya había dicho, todo el patrón era incorrecto.

    Aparté la idea de mi mente. Y por fin me quedé dormido...

    Soñé que había descubierto una grieta en la cúpula de la ciudad. Me quedaba observando cómo las heladas gotas de agua comenzaban a filtrarse hasta convertirse en un chorro, después en un rugiente río y luego en un retumbante chorro de presión de cien metros de extensión. Yo estaba tratando de llamar a mi tío para que viniera a reparar el blindaje de edenita que estaba fallando, pero el primer chorro me había atrapado dejándome helado. Estaba imposibilitado. No podía hacer nada. El agua me llegaba a la barbilla...

    Alguien me agarró y tiró de mí liberándome.

    Desperté.

    Era Harley Danthorpe, que me estaba sacudiendo para despertarme.

    —Se te oía que estabas muy desesperado —me dijo—. Debes de haber comido calamares en la cena.

    Pero su rostro no sonreía, ni en el momento en que dijo aquel chiste viejo y tonto. (Hay una creencia entre los viejos submarinistas que el comer calamares produce pesadillas, pero todo el mundo sabe que eso no es cierto.)

    —Nos han ordenado reportarnos a la estación K dentro de treinta minutos —me informó Harley.

    Traté de consultar, aturdido, mi reloj.

    —¿Qué..., qué... hora es?
    —Son las cinco, Jim —me respondió Danthorpe.

    Me desperté inmediatamente. Eso significaba que nos requerían a servicio tres horas antes de la hora acostumbrada, lo que quería decir que algo estaba ocurriendo.

    O que, como había dicho el teniente Tsuya la noche anterior, algo amenazador se estaba formando allá abajo.

    Cuando llegamos a la estación, el teniente McKerrow estaba al mando. Este era un hombre nervioso e irritable. El teniente Tsuya siempre había iniciado cada turno con una breve plática acerca de las fuerzas que constantemente estaban contrayendo y dando nueva forma a la roca plástica que había debajo de la estación. El teniente McKerrow no se molestaba en eso. La fatigada cuadrilla encargada del sondeo estaba preparando una nueva geosonda y él nos ordenó que les ayudáramos.

    Bob Eskow no se encontraba en la estación. Tampoco había estado en el dormitorio; cuando menos eso había resultado cierto de todo lo que le había dicho al teniente Tsuya, pero éste, al parecer, no estaba interesado en ello; se encontraba en el pequeño cuarto de mapas anexo a la estación, acostado sobre un catre, durmiendo, mientras nosotros preparábamos la siguiente serie de sondas de sonar.

    No fue un disparo muy afortunado. El punto hasta el que llegó la geosonda antes de ser destruida por la implosión estaba situado únicamente a veintiún kilómetros de profundidad bajo el nivel de la estación K.

    Pero los breves registros que tomamos nos dejaron bastante preocupados una vez que los hubimos descifrado y calculado. Mostraban un fuerte aumento en la anomalía de gravitación negativa. Asumiendo que el elemento sensorio de la sonda hubiera permanecido calibrado apropiadamente, aquello podía significar un repentino flujo de roca más caliente y por lo tanto menos densa, que estaba penetrando en el área situada debajo de la estación.

    Roca más caliente y menos densa. Por ejemplo..., magma líquida.

    McKerrow estudió con aspecto de cansancio las gráficas que habíamos trazado.

    Asintió con la cabeza y con los ojos semicerrados.

    —Más o menos lo que había esperado Tsuya —murmuró—. Es un aumento considerable. Eden y Danthorpe, analicen estas gráficas. Hágalo cada quien por separado. Quiero ver si los dos sacan los mismos resultados. Si ustedes ya tienen lo que se necesita para ser un buen pronosticador sísmico, ahora podrán probarlo.

    Harley y yo nos pusimos a trabajar, uno al lado del otro, en nuestros escritorios de trabajo.

    Tracé las líneas isobáricas de presión, las isogeotérmicas de temperatura y los miligals de anomalía de gravitación.

    Calculé los vectores de fuerza, computé los cambios comparándolos con análisis anteriores y los proyecté al futuro.

    Empleando las ecuaciones geodinámicas inventadas por el padre Tide, calculé las tensiones. Localicé los planos probables de fallas. Medí las tensiones periódicas y valoré las otras fuerzas de descarga.

    Finalmente, trasladé mis cifras a las ecuaciones de tiempo y fuerza probables.

    Examiné mis resultados y me volví a ver a Harley Danthorpe. Era evidente que sus cálculos lo habían llevado a concusiones similares. Tenía el rostro pálido y el ceño fruncido en una mirada de preocupación. Estaba borrando y volviendo a escribir sus cifras frenéticamente.

    La predicción de sismos no es una ciencia exacta, como no lo es la predicción del tiempo.

    Uno comprende la causa y efecto de los grandes procesos involucrados en ellas, sí, pero el ser humano no está equipado para ver lo suficiente. . ., para estudiar los datos necesarios. . ., para conocer todos los hechos.

    La información completa para lograr un pronóstico sísmico verdaderamente acertado requiere una investigación completa de cada cristal. . ., quizá hasta de cada molécula... de la corteza terrestre. Sería necesario conocer la temperatura y el punto de fusión, los componentes químicos y las impurezas, la presión y la resistencia al deslizamiento, el momento magnético y el potencial electrostático, la radiactividad, la anomalía de gravitación, el período natural de vibración. . ., todas esas cosas. Y después de conocer todo eso, únicamente se habrá aprendido una pequeña fracción de lo que se necesita, porque será necesario saber cómo todos esos millones de pequeñísimas medidas están cambiando, si están aumentando o disminuyendo, a qué velocidad, de un modo regular o irregular...

    Es como si uno se encontrara en el interior de un gigantesco teatro en el que hubiera una audiencia de millones de personas y alguien gritara “¡fuego!”. No existe modo de saber con seguridad cómo reaccionaría la multitud, a menos que uno vaya a consultar a cada una de las personas por separado y averigüe todo lo necesario para saber cómo reaccionará, ya que un solo individuo que se deje llevar por el pánico puede echar por tierra todos los cálculos que uno haya hecho.

    Por supuesto no es posible hacerlo, como no es posible conocer todo lo que debe saberse acerca de los elementos involucrados en la predicción de un sismo. Haría falta tener una máquina computadora del tamaño de la Tierra para almacenar y analizar la información, suponiendo que pudiera obtenerse dicha información.

    De modo que uno tiene que trabajar con lo que posee. La información incompleta disponible consiste en muestras. No puede uno medir cada pedazo de roca, de modo que toma al azar algunos pequeños trozos con la esperanza de obtener un buen cálculo promedio. (Algunas veces se obtiene.) Se toman las lecturas de unos cuantos instrumentos, de una exactitud únicamente aproximada, ya que los mismos instrumentos están sujetos a errores, al trabajar como lo hacen, sometidos a temperaturas y presiones tremendas, y luego uno interpreta esas dudosas lecturas, sabiendo que la interpretación que uno haga es tan importante como las cifras.

    Es un problema de distancia; es difícil lograr bajar hasta el lugar donde se inicia el terremoto. ¿Difícil? Digamos imposible y estaremos un poco más cerca de la verdad. Los terremotos se originan en focos situados a cientos de kilómetros debajo de la superficie. Con nuestras sondas de sonar podíamos alcanzar a ciegas a sondear la tierra a unos treinta y cinco kilómetros de profundidad..., y eso teniendo suerte. El resto es teoría comprobada a medias, pruebas indirectas y algunas veces simples conjeturas.

    Conociendo la existencia de todas esas fuentes de error, volví a repetir todos mis cálculos.

    Comprobé todo lo que podía ser comprobado. Descarté las cifras relativas a la anomalía de gravitación que acabábamos de registrar, porque me parecieron exageradamente altas..., y las volví a tomar en cuenta después de comprobar que en los records de las últimas tres geosondas aparecía el mismo rápido incremento en la anomalía negativa.

    Trasladé mis cifras comprobadas a las ecuaciones de tiempo y fuerza probables y obtuve el mismo resultado.

    En la forma en que estaban establecidas nuestras ecuaciones nunca se obtenía una respuesta que dijera claramente: no habrá un sismo. Hay una razón para ello y ésta es simplemente que siempre es posible que ocurra un sismo en cualquier parte. Las ecuaciones estaban basadas en este hecho.

    Lo más que podía uno esperar era una solución que no mostrara que fuera a ocurrir un sismo perceptible en un momento previsto. En esas condiciones la solución a la fuerza probable sería: cero. Y la solución al tiempo probable daría el resultado: infinito.

    Pero esos no fueron los resultados que obtuve.

    Me volví para ver a Harley Danthorpe y descubrí que me estaba mirando de soslayo ansiosamente.

    —Jim —su voz era ronca y seca—. Jim, ¿ya has terminado?

    Asentí con la cabeza.

    —¿Cuál..., cuál es tu pronóstico?

    Aspiré hondo y le respondí sin rodeos:

    —Fuerza probable: diez, con un posible margen de error de más o menos dos. Tiempo probable: treinta y seis horas, con un posible margen de error de más o menos veinticuatro.

    Colocó a un lado su borrador y me pareció que se sentía en cierto modo aliviado.

    —Pensé que tal vez andaba yo a la deriva —murmuró—, pero es la misma respuesta que obtuve yo.

    Permanecimos sentados allí durante un momento. Nos rodeaba el silencio de tumba de la estación sísmica. El agua trasudaba por las paredes y escurría silenciosamente por las pequeñas canaletas a los lados del piso. Sobre nuestras cabezas teníamos tres kilómetros de roca y cinco kilómetros más de agua.

    —Eso significa que podría ocurrir dentro de doce horas —dijo Harley con voz que tenía un extraño tono apagado, como si a él le faltara la respiración— y podría alcanzar una fuerza del grado doce.

    Giró sobre su banquillo y miró el reloj de la estación con el ceño fruncido.

    —Nada puede sobrevivir a un terremoto del grado doce —dijo en voz que casi no pude oír.


    13
    EL PÁNICO DE LOS MIL MILLONES DE DÓLARES


    Le llevamos nuestros pronósticos al teniente Mc Kerrow.

    —¡Despierte, teniente Tsuya! —ordenó bruscamente, y sin más, comenzó a revisar nuestras cifras. Un momento después entró adormilado el teniente Tsuya y ambos estudiaron y comprobaron las cifras una y otra vez.
    —Es lo que nos habíamos figurado, Tsuya —dijo por fin McKerrow.

    El teniente Tsuya asintió con la cabeza.

    —Veré lo que puedo hacer allá arriba —dijo, y salió del cuarto a toda prisa.

    El teniente McKerrow se volvió a mirarnos y nos dijo amargamente:

    —Los felicito. Todos hicimos las mismas observaciones y las conclusiones de ustedes confirman las del teniente Tsuya y las mías. Podemos esperar que ocurra un terremoto de gran intensidad en un lapso comprendido dentro de las siguientes sesenta horas.

    Durante algunos segundos nadie habló. La estación quedó en el más completo silencio. Se escuchó el plink de una gota de agua que cayó. Los silenciosos microsismógrafos se estremecieron débilmente al registrar las vibraciones producidas por el impacto. Entonces escuché que Harley Danthorpe contenía la respiración.

    —¡Un terremoto muy fuerte! —exclamó con voz entrecortada—. ¿Qué vamos a hacer acerca de ello?
    —Dejarlo que ocurra, supongo —respondió el teniente McKerrow encogiéndose de hombros—. ¿Sugiere usted alguna otra cosa? — entonces su rostro delgado se puso tenso, y agregó con severidad—: Pero sí hay una cosa que no vamos a hacer: hablar de ello. ¿Entendieron? Nuestro trabajo es secreto. Ustedes no deben emitir ningún pronóstico sísmico privado a nadie; a nadie.
    —¡Pero, teniente! —no pude menos que intervenir yo—. ¡Si la ciudad está en peligro, seguramente que tiene derecho a saberlo!
    —La ciudad siempre ha estado en peligro —me recordó agriamente el teniente McKerrow.
    —¡Pero nunca como ahora! Suponga que es un terremoto del grado doce. ¿Puede usted imaginar las pérdidas de vidas que causaría? Seguramente que cuando menos se debería hacer el intento de evacuar la ciudad...
    —Esa decisión no nos corresponde a nosotros —replicó torvamente el teniente—. Es por eso que el teniente Tsuya subió a ver qué podía hacer.

    Miró preocupado las hojas en las que habíamos elaborado nuestros pronósticos.

    —El gobierno de la ciudad cooperó con la flota para establecer esta estación —nos explicó—. Una de las condiciones que pusieron fue que no podemos hacer público ningún pronóstico sísmico sin su consentimiento. El teniente Tsuya le telefoneó anoche al alcalde para prevenirlo. Ahora acaba de subir a verlo. Van a tratar de reunir al consejo de la ciudad para celebrar una sesión de emergencia, con objeto de obtener su aprobación y nos permitan publicar el pronóstico.
    —¡Pero no podemos quedarnos aquí sentados sin hacer nada! —exclamé.

    El teniente me miró con el ceño fruncido.

    —No podemos hacer otra cosa —me dijo.

    Durante las siguientes dos horas comprobamos y volvimos a comprobar cifra por cifra. Siempre nos dio el mismo resultado.

    El teniente Tsuya regresó a la estación. Se había rasurado y se había puesto un uniforme limpio; pero su cara delgada y amarillenta seguía viéndose macilenta y contraída como una calabaza que se hubiera marchitado por haberse dejado demasiado tiempo a merced de la helada. Sin decir palabra, se apresuró a comprobar los instrumentos personalmente; observó fijamente durante largo rato los registros que iba trazando el microsismógrafo en su cinta y regresó caminando lentamente hasta su escritorio.

    El teniente McKerrow estaba trazando una nueva sección transversal de la falla pronosticada y levantó los ojos.

    —¿Hay algún cambio? —inquirió Tsuya.
    —Ninguno —respondió McKerrow sacudiendo negativamente la cabeza—. ¿Cómo le está yendo con los miembros del ayuntamiento?
    —¡Están demasiado ocupados para reunirse!— respondió con amargura Tsuya—. La mayor parte de ellos son también hombres de negocios. Supongo que piensan que pueden arriesgarse a dominar el pánico. Ya hay bastante pánico allá arriba en este momento.
    —¿Pánico? —inquirió el teniente McKerrow volviéndose a mirarnos a Danthorpe y a mí con el ceño fruncido—. ¿Ha dicho algo alguno de ustedes?
    —Oh, no lo creo —dijo pensativo el teniente Tsuya—. No, es más probable que sea una reacción retardada al primer temblor. Hubo una tendencia a vender ayer por la mañana, como ya saben. Y hoy, bueno, la bolsa de valores abría en el momento en que yo subí a la oficina del alcalde. Aquello parecía una casa de locos. Ni siquiera pude comunicarme por teléfono con el señor Danthorpe —miró pensativo a Harley, pero luego movió negativamente la cabeza—. Por un momento pensé..., pero no, tendremos que conducir esto del modo apropiado, a través de los conductos debidos. El alcalde dice que será imposible que podamos reunir un quorum entre los miembros del consejo de la ciudad hasta que la bolsa de valores no haya cerrado. Eso será —consultó su reloj— exactamente dentro de tres horas.
    —Señor —pregunté desesperado—, ¿no podemos hacer algo?
    —¿Algo?

    El teniente Tsuya me miró durante un momento. Su mirada tenía esa extraña cualidad inquisitiva que yo ya había observado con anterioridad. En su mente había algo más, comprendí, que el simple peligro del terremoto que se preparaba debajo de nosotros, por grande que fuera ese peligro. En cierto modo pude comprender su posición. Tenía que dirigir una estación experimental, contando con un personal compuesto por dos oficiales y tres cadetes, cada uno de los cuales debe haber presentado separadamente un gigantesco problema para el comandante de la estación. Bob Eskow, por ejemplo, cuyo extraño comportamiento era algo completamente fuera de lo acostumbrado. Yo mismo, quien desde el punto de vista del teniente Tsuya tal vez fuera la mayor incógnita de todas, ya que todo lo que él sabía del comportamiento de Bob se debía a lo que yo le había dicho, y seguramente que él tenía que considerar la posibilidad de que yo estuviera ligado a mi tío Stewart en algún proyecto malvado y peligroso.

    Y finalmente, Harley Danthorpe, el hijo de uno de los hombres de cuya buena voluntad dependía toda la existencia de la estación.

    ¡No, su posición no era nada fácil!

    —Suponga que tomamos el asunto en nuestras manos, Eden —razonó el teniente Tsuya—, y hacemos público el pronóstico. Si no contáramos con la más completa cooperación del consejo de la ciudad de Krakatoa y con su departamento de policía, ¿puede usted imaginar lo que sucedería? ¡El pánico sería tremendo! ¡Se producirían escenas tumultuosas como las que jamás habrá usted podido imaginar! Dudo que eso lograra salvar vidas, Eden. Por otra parte —y de pronto su voz calmada adquirió un tono nuevo y más rudo—, si es por su propia vida por lo que está preocupado en este momento, entonces deje de preocuparse. La Flota tiene su propio plan de evacuación y tiene barcos suficientes para llevarlo a cabo. Ya he comunicado mi pronóstico al comandante de la base. Por supuesto, esta estación continuará operando hasta el último momento posible, pero si usted desea solicitar ser transferido de su misión actual para de ese modo poder ser evacuado...
    —¡Señor! —lo interrumpí secamente—. ¡No, señor!

    Sonrió débilmente.

    —Entonces —me dijo— le ruego que me disculpe, Eden. Prepare otra geosonda. Haremos un nuevo pronóstico.

    La sonda volvió a explorar a los veintiún kilómetros; pero no había duda en lo que nos tenía que informar. Sus transmisiones mostraron que la anomalía de gravitación negativa continuaba aumentando debajo de la ciudad. Nada había cambiado, nada que fuera importante.

    Cuando yo hube convertido todas las lecturas obtenidas y vuelto a recomputar las ecuaciones de fuerza y tiempo, la respuesta que obtuve fue una fuerza del grado once, con error posible de más o menos uno, y un tiempo de treinta horas, con error probable de más o menos doce.

    El teniente Tsuya comparó mis cifras con las suyas y asintió.

    —Nuevamente estamos de acuerdo, cadete Eden —dijo en tono formal—. El único cambio es que el sismo tal vez sea un poco más severo y probablemente ocurra un poco antes.

    Su voz se oía bastante calmada pero pude advertir que se habían formado líneas blancas alrededor de su boca.

    —Voy a telefonear otra vez al alcalde —dijo.

    Harley Danthorpe entró a la estación en el momento en que el teniente Tsuya desaparecía en el interior de su oficina para telefonear. Harley traía unos tarros blancos de café que había conseguido en el comedor.

    —Toma —me dijo entregándome uno de ellos—. ¿Quieres un sándwich?

    Miré el plato que me ofrecía y sacudí la cabeza negativamente. En ese momento no sentía mucho apetito, aunque el reloj de la estación indicaba que ya hacía tiempo que había pasado la hora del almuerzo.

    —Yo tampoco —dijo Harley en tono sombrío—. ¿Qué está haciendo el teniente?
    —Llamando al alcalde.
    —¡Quisiera que él me dejara hablar con mi padre! —dijo Danthorpe irritado—. Si yo le informara a él de lo que pasa, él reuniría al consejo de la ciudad en sesión, en diez minutos.

    Entonces levantó la vista porque la puerta de la oficina del teniente Tsuya se había abierto y éste salía calmadamente, diciendo:

    —Eso no será necesario, cadete Danthorpe. El consejo está en sesión en este momento.
    —¡Bravo! —exclamó Harley—. ¡Ahora van a ver un poco de acción! Cuando mi padre llegue... Perdone usted, teniente —terminó de decir avergonzado.

    El teniente asintió.

    —Teniente McKerrow —llamó—. Voy a subir a presentar el pronóstico al consejo de la ciudad. Lo dejaré a usted a cargo de la estación —McKerrow asintió cansadamente con la cabeza y Tsuya continuó diciendo pensativo—: Me espera una dura sesión con ellos. Algunos de los miembros se oponen a que se hagan pronósticos sísmicos y ahora, por supuesto, se opondrán más.
    —Señor, ¿puedo ir con usted? —preguntó con ansiedad Harley—. Quiero decir que si yo estoy allí mi padre sabrá que el pronóstico es cierto...

    Volvió a interrumpirse confundido.

    —Gracias, cadete Danthorpe —le respondió Tsuya con sequedad—. Ya había pensado en que usted y el cadete Eden me acompañaran. Sin embargo, sus deberes serán simplemente ayudarme a extender las gráficas para enseñarlas.

    Harley asintió.

    —Yo seré quien hable —aclaró Tsuya—. ¡Recuérdenlo!


    El Palacio de Gobierno de Cúpula Krakatoa estaba situado en el octante más alto del lado noroeste, entre el distrito financiero y la plataforma terminal.

    El alcalde y los miembros del consejo nos esperaban en un amplio salón, en cuyas paredes estaban pintados murales que mostraban escenas de la vida submarina: una granja de algas marinas; una mina submarina de uranio; transportes submarinos al ser cargados, etc. Los murales eran hermosos e irradiaban tranquilidad.

    En contraste, las personas reunidas en el salón no tenían nada de esta última.

    Era una reunión turbulenta en la que todos discutían sus opiniones en voz alta y en tono de disputa. Juzgándola en los términos empleados por la flota, la sesión estaba siendo conducida en forma muy chapucera. El alcalde llamó al orden una docena de veces antes de lograr apaciguarlos un poco. Y cuando el teniente Tsuya fue llamado a hablar, todavía se escuchaban algunas disputas en voz baja que casi ahogaban las palabras.

    Pero el teniente captó la atención de todos, casi desde el primer momento en que comenzara a hablar, cuando les dijo secamente y sin rodeos que todas las probabilidades indicaban que habría un terremoto del grado once.

    —¿Grado once? —inquirió el alcalde, alarmado.
    —Posiblemente del grado doce —respondió Tsuya torvamente.
    —Posiblemente —interrumpió despreciativamente el Escaramujo Ben Danthorpe—. Posiblemente sea del grado doce o posiblemente del grado once, ¿correcto?
    —Eso fue lo que dije desde un principio, señor Danthorpe —replicó el teniente Tsuya.
    —¿O posiblemente sea del grado diez?
    —También eso es posible.
    —O del grado nueve, ¿eh? ¿O también quizá del grado ocho o siete?
    —Las probabilidades de que eso ocurra, señor Danthorpe, son tan pocas...
    —¿Pocas? Oh, tal vez, teniente, tal vez, pero no es imposible, ¿verdad?
    —No es completamente imposible —admitió el teniente—. Todo es cuestión de probabilidades relativas.
    —Comprendo —sonrió Ben Danthorpe—. Y basándose en probabilidades es que quiere usted que evacuemos la ciudad. ¿Tiene idea de lo que eso costaría?

    Los ojos castaños del teniente Tsuya despidieron chispas de furia.

    —¡El dinero no es lo único que hay que tomar en consideración, señor Danthorpe!
    —Pero sí es algo que hay que considerar. Oh, sí, teniente, para nosotros lo es, porque nosotros tenemos que ganarlo. No vivimos del dinero que pagan los contribuyentes, ¿sabe?

    Tsuya se encolerizó en silencio; pude ver las líneas de tensión que aparecían en su delgado rostro amarillento.

    —No niego que ustedes los científicos pueden proporcionarnos muchísima información útil —continuó diciendo despreocupadamente Danthorpe—. Después de todo, ¿no tengo a mi propio hijo trabajando con ustedes? Y él es un muchacho listo, teniente, ¡un muchacho muy listo! —pude sentir que Harley Danthorpe se erguía muy orgulloso a mi lado—. ¡Pero él sólo es un muchacho! —vociferó su padre repentinamente—. ¡Y no vamos a permitir que los muchachos nos digan cómo debemos gobernar Cúpula Krakatoa! Usted dice que estamos situados en una zona de fallas geológicas propensa a los sismos. Bueno, eso ya lo sabemos. ¿Qué espera usted que hagamos acerca de eso?
    —Podemos esperar que ocurra un sismo catastrófico dentro de las próximas cuarenta y ocho horas —replicó con terquedad el teniente Tsuya—. Posiblemente dentro de doce horas. La ciudad debe ser evacuada.
    —Ningún “debe" —dijo irritado Danthorpe—. Usted hace sus pronósticos y eso es todo. Nosotros decidiremos lo que “debe” hacerse. Y entienda esto de una vez: la ciudad no puede ser evacuada.

    Hubo un momento de silencio.

    Entonces el teniente Tsuya tomó aliento calmadamente. Extrajo un fajo de notas de su portafolios y las consultó.

    —He hablado con los ingenieros de la ciudad —explicó—. Aquí está el informe de ellos. De acuerdo con lo que ellos dicen, la ciudad fue construida para poder sobrevivir a un sismo del grado nueve con un margen adecuado de seguridad. Creen ellos que haciendo trabajar a su máximo las paredes de seguridad de edenita, la mayor parte de los habitantes de la ciudad se salvarían, siempre y cuando el terremoto no tuviera una duración muy larga, pero piensan que la cúpula se derrumbará si el sismo llega al grado diez. Nuestro pronóstico, como ustedes saben, es de un sismo del grado once, posiblemente del grado doce.

    Ben Danthorpe lo escuchaba en silencio. Luego, sin cambiar de expresión, asintió y dijo:

    —Ya he examinado esas cifras en mis propios archivos, teniente. Sin embargo, repito lo que dije: Cúpula Krakatoa no puede ser evacuada. Su señoría —dijo volviéndose a ver al alcalde—, explíquele usted por qué.

    El alcalde se estremeció ligeramente. Era un hombre robusto, sonrosado y sudoroso que parecía inclinarse a aceptar órdenes de Ben Danthorpe y se sintió casi asombrado al pedírsele que interviniera en aquella clase de discusión; pero cuando habló, lo que dijo cambió las cosas.

    —El personal de mi oficina ha estado trabajando en el problema de la evacuación durante muchos años, basándose en un estado de emergencia —explicó—. Esta mañana les pedí que hicieran un informe al día de sus investigaciones. ¡Es un verdadero problema, teniente! Y no creo que exista ninguna solución para él. Nuestra población total alcanza los tres cuartos de millón. Las naves submarinas disponibles no podrían transportar fuera de aquí a más de cincuenta mil personas. Podríamos formar un tren aéreo que llevaría a tierra firme a otras cien mil en un lapso de dos días; si contáramos con dos días para hacerlo. Podríamos encontrar espacio de emergencia para otras cincuenta mil arriba en la plataforma; tal vez para cien mil, si interrumpiéramos los vuelos y las colocáramos sobre los muelles de aterrizaje. Pero eso nos deja, a lo más, con más de medio millón. Más de quinientos mil hombres, mujeres y niños, teniente, que se quedarán aquí aguardando a estrecharle la mano al viejo padre Neptuno.
    —¿Por qué no prepararon un plan mejor? —le espetó el teniente Tsuya irritado—. ¿No sabían que esto podía ocurrir algún día?
    —¡Teniente! —rugió el alcalde y su sonrosado rostro se puso rojo—. ¡No se olvide de quién es usted!

    Pero Ben Danthorpe intervino antes de que la explosión de ira del alcalde lo hiciera perder el dominio de sí mismo.

    —Ese es únicamente el problema físico, teniente —dijo—. Existe también un problema psicológico. La mayor parte de nosotros no abandonaríamos la ciudad, aunque pudiéramos. Este es nuestro hogar y muchos de los habitantes de la ciudad piensan lo mismo que yo: que no necesitamos que ningunos pronosticadores de terremotos nos vengan a decir lo que debemos hacer —se volvió a ver al alcalde, y le dijo—: Su señoría, propongo que le demos las gracias al teniente por las molestias que se ha tomado y lo mandemos a que siga divirtiéndose con sus juguetes.

    Surgió un rugido de comentarios al oír esas palabras y siguió una airada discusión que duró más de una hora, en la que surgieron preguntas como: ¿qué había sucedido con los fondos que se habían asignado para las diversas medidas de seguridad contra los terremotos?

    Pero la propuesta de Danthorpe fue aprobada finalmente.

    Nos mandaron regresar a seguir entreteniéndonos con nuestros juguetes, sabiendo nosotros que a todos los habitantes de Cúpula Krakatoa les quedaban menos de dos días de vida.


    14
    LA CAJA FUERTE FORRADA DE PLOMO


    El teniente Tsuya iba trinando de rabia contenida, no muy bien contenida por cierto, cuando salimos del Palacio de Gobierno y nos dirigimos a las plataformas de los ascensores.

    —Señor —dijo tímidamente Harley Danthorpe—. Espero que comprenda por qué mi padre...
    —¡Ya basta! —masculló el teniente—. ¡No escucharé ninguna excusa que quiera usted dar!
    —Pero si yo no estaba tratando de disculparlo, señor —protestó Harley—. Él es un hombre de negocios. Debe usted comprender eso.
    —¡Lo que comprendo es que él es un asesino! —rugió el teniente.

    Harley Danthorpe se detuvo en seco.

    —¡Él es mi padre, señor!
    —Y usted es... —comenzó a decir Tsuya, pero titubeó y gruñó después de un momento—: Lo siento, Danthorpe. Este asunto me está sacando de quicio.

    Miró a su alrededor y comprendí lo que estaba pensando. Allí estaban las gigantescas columnas de basalto, la bulliciosa multitud, la elaborada arquitectura de los edificios administrativos y de oficinas de una enorme y próspera ciudad. Y sin embargo, si nuestros pronósticos eran correctos, en cuestión de días, no muchos por cierto, todo aquello sería barrido y destruido. El atronador encogimiento de la roca del subsuelo del mar, al ajustarse, derribaría los edificios y arrancaría la capa del blindaje de edenita de Cúpula Krakatoa. Un chorro de agua helada, duro como el acero bajo cinco kilómetros de presión, penetraría como tromba. Una semana después, el pulpo y el calamar gigante de las grandes profundidades construirían sus guaridas allí, en las sumergidas ruinas de lo que había sido Cúpula Krakatoa.

    No había nada que nosotros pudiéramos hacer por evitarlo. Ni la misma ciudad podría hacer nada por salvar las vidas de sus habitantes.

    —¡Danthorpe! —exclamó de pronto el teniente Tsuya y Harley se paró en posición de firmes—. Danthorpe, vaya a un teléfono. Presente mis respetos al comandante e infórmele que el consejo de la ciudad ha rechazado mis recomendaciones. Sugiérale que él actúe independientemente, a través de la flota.
    —¡Sí, señor! —exclamó Harley Danthorpe, y salió corriendo a buscar un teléfono.
    —No es que se pueda lograr hacer nada a tiempo por conducto de la flota —murmuró el teniente mirándolo alejarse—, pero tal vez tengan tiempo aún para rescatar a parte de la población.
    —Señor —me ofrecí—, si puedo ayudar en algo...
    —Sí puede —replicó con firmeza el teniente Tsuya—. Tan pronto como regrese Danthorpe. Los tres vamos a ir a investigar la posibilidad de que estos temblores los esté produciendo alguien artificialmente.
    —¡Muy bien, señor! —exclamé con ansiedad—. Lo conduciré al colector donde vi el MOLE, y no tendremos que secarlo, señor; he estado pensando en eso y podemos bucear utilizando trajes térmicos...
    —No vaya tan aprisa, Eden —me ordenó y sonrió con los labios apretados—. Se equivoca; no pienso iniciar esta investigación en el pozo del drenaje. La voy a iniciar en la oficina de su tío.

    Los tres bajamos al Nivel Cuatro Más tan pronto como Harley estuvo de vuelta.

    No hablamos; no había nada que decir. No parecía haber mucho pánico entre la gente trabajadora de la ciudad. El Radial Siete continuaba igual de bullicioso con el rumor de los camiones eléctricos. Las fábricas y los almacenes seguían trabajando y en el aire se percibía el mismo olor a los productos del océano, empacados y almacenados.

    Conduje al teniente y a Harley y subimos por la oscura escalera situada entre los dos almacenes en el número ochenta y ocho. Marchamos con paso rápido por el corredor y llegamos a la puerta de Empresas Eden, Sociedad de Responsabilidad Ilimitada.

    Titubeé un segundo.

    —Vamos —ordenó cortante el teniente.

    Abrí la puerta de un empujón y penetramos a la oficina.

    Gideon Park estaba sentado ante una mesa de madera de tercera mano en el interior de la desnuda antesala, y escribía algo trabajosamente con un dedo en una vieja máquina de escribir. Levantó la vista, y al verme, estuvo a punto de tirar la máquina al suelo.

    —¡Jim! —exclamó—. ¡Muchacho, esperábamos que vinieras!

    Entonces advirtió que yo no estaba solo.

    La ancha sonrisa que aparecía en su rostro se desvaneció y su cara, oscura y amigable, se tornó impasible y sin expresión. Colocó la cubierta protectora de plástico sobre la máquina de escribir ocultando así lo que había estado escribiendo y se puso de pie, adoptando una extraña expresión de cortesía.

    —Te presento al teniente Tsuya, Gideon.
    —Es un placer conocerlo, teniente —dijo cortésmente Gideon.

    Pero el teniente no estaba para esas cosas.

    —Queremos ver al señor Stewart Eden —exigió—. ¿Por qué no está él aquí ahora?
    —Pero, teniente, si él está aquí —dijo amablemente Gideon frunciendo los labios—. Se encuentra en su oficina privada.
    —De acuerdo —replicó el teniente y echó a andar hacia la puerta interior, pero Gideon se apresuró a interponerse en su camino.
    —Lo siento —se disculpó—. No puede molestar al señor Eden en este momento; está durmiendo.
    —¡Despiértelo!
    —Oh, no, teniente. Temo que eso es imposible. Comprenda —explicó Gideon siempre cortés e impasible—, el señor Eden no se encuentra bien de salud. Son órdenes del doctor. Debe descansar todas las tardes a esta hora. Le suplico que vuelva más tarde —dijo moviendo la cabeza cortésmente.
    —¡Usted está ocultando algo, señor Park! —vociferó el teniente—. ¡Apártese de mi camino!

    Pero Gideon no se movió. Sin perder la calma y sin la menor sombra de expresión en su rostro ancho y oscuro, permaneció inmóvil frente a la puerta.

    El teniente Tsuya estaba pálido y casi temblaba de excitación. Por un momento pensé que iba a haber lucha; pero el teniente logró dominar sus emociones y retrocedió todavía pálido.

    —Le ruego me disculpe, señor Park —le dijo—. Se trata de un asunto de suma importancia y temo que estoy actuando con demasiada precipitación, pero estoy aquí en representación de la Flota Submarina.

    La expresión en el rostro de Gideon cambió ligeramente.

    —¿De la flota? —replicó.
    —Estoy efectuando una investigación muy importante, señor Park. Si Stewart Eden está realmente aquí, será mejor que lo llame. Él se encuentra en graves dificultades, se lo aseguro. Y si a eso vamos, señor Park, en iguales condiciones se encuentra usted. De acuerdo con lo que me ha dicho el cadete Eden, aquí presente, están ustedes involucrados en un asunto muy extraño en el cual se incluye la posesión de un MOLE y lo que al parecer, son explosivos nucleares.

    Gideon Park asintió ligeramente con la cabeza y se volvió despacio a verme.

    —De modo que nos seguiste, Jim —me dijo amablemente después de un momento.
    —Lo que dice el teniente es verdad, Gideon —afirmé yo—. Creo que será mejor que despiertes a mi tío Stewart.
    —Tal vez sí, muchacho —suspiró—. De acuerdo.

    Se volvió hacia la puerta pintada de color verde mar y llamó con los nudillos. No hubo respuesta. Después de un momento, dio vuelta a la perilla y abrió la puerta.

    Lo primero que vi fue la enorme caja fuerte colocada en el rincón más alejado del cuarto y un catre estrecho junto a ella. Las botas marinas de mi tío estaban sobre el piso a un lado del catre y sobre éste... mi tío Stewart, apoyado sobre un codo, nos miraba con sus viejos ojos azules todavía nublados por el sueño.

    —¡Jim! —su rostro marchito se iluminó de pronto al reconocerme—. ¡Jim, me alegro de verte!

    Entonces, al igual que Gideon, se dio cuenta de que no venía solo y ocurrió el mismo y repentino cambio en la expresión de su rostro. Era como si hubieran bajado un velo de neblina de pronto, entre nosotros, que ocultaba lo que él sentía.

    Cuando habló, su voz era controlada.

    —¿Sucede algo malo? —me preguntó.
    —¡Mucho! —exclamó el teniente Tsuya—. Cadete Eden, ¿este señor es su tío?
    —Sí, señor.
    —¡Entonces permítame presentarme yo mismo! Soy el teniente Tsuya, de la Flota Submarina, y estoy aquí en un asunto oficial.

    Registró el cuarto con la mirada tomándose su tiempo, miró fijamente con el ceño fruncido la caja fuerte y dijo abruptamente:

    —Señor Eden, la flota tiene razones para creer que está usted involucrado en una maquinación, cuyo propósito es la producción de temblores artificiales con fines de lucro. ¡Le advierto que todo lo que me diga podrá ser utilizado como prueba!
    —¡Oh, eso! —dijo mi tío sentándose—. Comprendo —asintió débilmente, como un antiguo Buda. No parecía estar preocupado..., ni tampoco sorprendido.

    Era como si él hubiera estado esperando durante mucho tiempo que aquello sucediera. Se levantó y caminó despacio hasta la silla colocada detrás de su escritorio. Se sentó pesadamente, mirando a Tsuya.

    —¿Qué es lo que desea usted saber? —preguntó por fin.
    —Muchas cosas —le respondió Tsuya—. Quiero saber todo lo relacionado con un MOLE y con el contrabando de aparatos de hidrógeno que su ayudante fue visto usando.

    Mi tío me lanzó una mirada y luego vio a Gideon. Éste asintió con la cabeza.

    —Entiendo —dijo después de un momento—. ¿Pero qué tiene todo eso que ver conmigo?

    Era algo en extremo sorprendente oírle a mi tío decir eso. Jamás había pensado que lo oiría tratar de evadir su responsabilidad por algo que hubiera hecho Gideon. Pero el teniente Tsuya meneó la cabeza.

    —De acuerdo entonces, señor Eden —dijo—. Saquemos a relucir algunas cosas que le conciernen directamente. Primero —dijo contando con los dedos—: quisiéramos saber qué estaba usted haciendo en las cercanías de Monte Calcuta durante una erupción reciente en la cual perdió su submarino.
    —Una de las cosas en las que estoy más interesado, teniente, es en el rescate de restos de naufragios en las grandes profundidades. Habíamos localizado un barco naufragado en uno de los cañones que quedan al pie de la montaña submarina y estábamos intentando rescatarlo.

    El teniente alzó una de sus cejas negras y delgadas.

    —Conozco bastante la historia del océano índico y no creo que haya habido ningún naufragio de importancia en las cercanías de Monte Calcuta durante el último cuarto de siglo.
    —Los restos de este naufragio eran más antiguos —replicó mi tío asintiendo con la cabeza.
    —Comprendo —observó el teniente Tsuya encogiéndose de hombros con escepticismo—. Entonces, si el rescate de naufragios en las grandes profundidades es su negocio, ¿por qué abrió esta oficina en Cúpula Krakatoa?
    —El rescate es únicamente uno de mis negocios. Por eso es que la compañía se llama

    “Empresas Eden, Sociedad de Responsabilidad Ilimitada"; con esto quiero decir que puedo aceptar cualquier aventura a la que desee lanzarme.

    —¿Incluyendo la especulación en la bolsa de valores? —gruñó el teniente Tsuya—. Tengo entendido que ganó usted un millón de dólares con el último temblor.
    —Incluyendo en algunas ocasiones la especulación en la bolsa de valores, sí —aceptó mi tío—. He estado comerciando con las riquezas del océano durante treinta años, teniente. Cuando aquí, después de la pérdida de mi auto submarino en Monte Calcuta, descubrí que los precios de las acciones y los valores estaban indebidamente inflados. Era muy seguro que el menor temblor causaría pánico y obligaría a bajar los precios, y no me cupo la menor duda de que tarde o temprano ocurriría un temblor. Por consiguiente, ordené la venta de acciones que aún no poseía en el mercado. ¿Responde eso a sus preguntas?
    —¡No a todas! —replicó irritado el teniente Tsuya—. Todavía tengo otra pregunta en mente y le advierto que no me daré por vencido hasta que reciba contestación a ella. ¿Qué hay en el interior de esa caja fuerte?
    —¡Teniente Tsuya, está usted excediéndose en sus derechos! —le espetó mi tío—. Soy ciudadano de Marinia. Mi visa me da derecho a la protección del gobierno de esta ciudad. ¡Si usted desea ver lo que hay dentro de esa caja, tendrá que traer una orden judicial de registro!
    —No tengo tiempo para eso —repuso el teniente.
    —¡Entonces no la abriré!
    —Creo que sí lo hará, señor Eden —dijo el teniente Tsuya muy serio—. Por varias razones. Primera: porque el temblor ocurrido aquí anteanoche fue pronosticado exitosamente por el cadete Eskow. Segunda: porque Eskow y su ayudante aquí presente, fueron seguidos hasta un excavador ortolítico oculto en un pozo del drenaje debajo de Cúpula Krakatoa. Tercera: porque Eskow y el señor Park fueron vistos cuando cargaban en el MOLE varios reactores disparadores de bombas termonucleares. Cuarta: porque la persona que siguió a Eskow y a Park y descubrió el MOLE es alguien cuyo testimonio no creo dudará usted aceptar; se trata de su propio sobrino, el cadete Eden.

    Mi tío estaba sentado hundido hacia atrás en la silla y se fue encogiendo un poco cada vez que el teniente daba una de sus razones, como si éstas fueran verdaderos golpes físicos.

    Su arrugado rostro se encendió de ira. Sus manos cubiertas de cicatrices se cerraron formando un par de temblorosos puños. Pero al final, cuando el teniente Tsuya dijo mi nombre, dejó caer las manos sobre su regazo.

    —Ya basta, teniente —dijo por fin—. Usted gana. Abriré la caja fuerte.

    Se puso de pie torpemente. Se detuvo un segundo sosteniéndose del respaldo de la silla, como si se sintiera mareado, pero luego se arrodilló trabajosamente v se inclinó hacia adelante para acercar sus empañados ojos a la combinación de la caja.

    En un momento los pernos produjeron un chasquido.

    Mi tío Stewart se puso trabajosamente de pie y abrió la puerta de la caja fuerte.

    Me aproximé al teniente para ver en su interior. Lo que vimos me hizo sentir la impresión de haber recibido una carga de profundidad a un nivel de gran presión. Ya había sido bastante terrible para mí el haber descubierto que Bob Eskow y Gideon Park estaban involucrados en aquel asunto del contrabando de explosivos nucleares y sismos artificiales; pero ahora...

    La caja estaba forrada con diez centímetros de plomo gris mate.

    Gruesos lingotes de plomo habían sido colocados en el interior de la puerta para formar una pared protectora. Pero a la pared le faltaban unos cuantos centímetros para llegar a la parte superior de la caja. La luz pasó sobre ella para reflejarse sobre unas pesadas esferas doradas, cada una de las cuales estaba circundada por una tira brillante de acero inoxidable.

    —¡Fusibles atómicos de contrabando! —exclamó en tono triunfal el teniente y se volvió a ver furioso a mi tío—. ¡Explique eso, señor Eden! ¡Son fusibles atómicos... para disparar bombas nucleares!


    15
    EL CRIMEN DE STEWART EDEN


    El teniente Tsuya cerró la puerta de la caja fuerte con forro interior de plomo.

    Se apartó cautelosamente de ella sintiendo un silencioso respeto por los mortíferos artefactos atómicos que contenía. Se volvió a ver a mi tío y en su rostro se reflejaba una mezcla de emociones: preocupación, sobresalto, tristeza y, sobre todo, triunfo.

    —¡Está bien, señor Eden! —exclamó—. ¿Qué tiene usted que decir en su defensa?
    —Yo..., yo... —balbuceó mi tío y caminó torpemente desde la caja fuerte hasta el catre para sentarse en la orilla de éste. Sacudió la cabeza como si quisiera aclarar sus ideas y luego se recargó hacia atrás débilmente para apoyarse contra la pared color verde mar.
    —¡Esos son artefactos termonucleares! —gritó el teniente Tsuya—. No deben estar en posesión de ningún civil, Eden...; usted lo sabe. Deben de haber sido robados a la flota. Bueno, hasta el gobierno de Krakatoa está de acuerdo en apoyar las leyes internacionales que conceden a la flota jurisdicción absoluta sobre la fabricación y el empleo de artefactos nucleares. Son contrabando y usted no puede negar que fueron hallados en su poder.

    Mi tío lo miró, parpadeando.

    —No lo niego —murmuró en voz tan débil que apenas si pude oírle.
    —¡Creo que usted los ha estado usando para producir temblores! —exclamó el teniente, y apuntándole con su largo y puntiagudo índice, inquirió—: ¿Niega usted eso?

    Mi tío sacudió la cabeza negativamente con gran esfuerzo.

    El teniente se quedó asombrado. Me miró y luego miró nuevamente a mi tío; evidentemente él había esperado una mayor resistencia.

    —¿Admite usted todo esto? —preguntó en tono mitad de incredulidad mitad de triunfo—. ¿Admite usted ser culpable de un crimen tan horrendo que no tiene nombre, el crimen de causar muerte y destrucción al provocar terremotos?
    —¿Muerte? —susurró mi tío—. Pero si no ha habido ninguna muerte..., no...

    Se detuvo. Tomó aliento jadeando.

    Su rostro curtido por el mar palideció y de pronto cayó de lado sobre el catre repentinamente, como si hubiera recibido un golpe.

    Quedó con la cabeza colgando sobre la orilla del catre y respirando trabajosamente.

    —¡Tío Stewart! —grité y corrí hacia él. Gideon acudió también a ayudarlo.
    —¡Alto! —rugió el teniente Tsuya—. ¡Apártense! ¡No lo toquen! ¡Ese hombre es un criminal confeso!
    —Pero es un hombre enfermo —protestó suavemente Gideon—. Necesita medicinas. ¡Usted lo matará si no me permite ayudarlo!
    —Eso —exclamó el teniente con rudeza— es responsabilidad mía. Él es mi prisionero —se volvió a ver a mi tío, que vacía inconsciente sobre el catre, y declaró en tono formal—: Stewart Eden, en mi autoridad como oficial comisionado de la Flota Submarina, en el desempeño del deber que tengo de prevenir el uso y la fabricación ilegales de armas nucleares en el mar, queda usted arrestado.

    Mi tío yacía acostado jadeando, y yo no podría decir si oyó o no la larga fórmula legal empleada por el teniente; pero mientras yo permanecí inmóvil y en silencio, Gideon no le hizo caso al teniente y corrió pasando junto a éste para atender a mi tío. Rápidamente, mostrando la práctica que había adquirido, colocó un cojín debajo de la cabeza de mi tío Stewart, levantándosela suavemente; le subió los pies sobre el catre y extendió una manta sobre él.

    —Así estará bien, Stewart —le dijo en tono tranquilizador—. Le prepararé su inyección.
    —¡Usted no hará nada semejante! —le espetó el teniente Tsuya—. ¡Él es mi prisionero ahora!

    Gideon se levantó y se volvió a encararse con el teniente.

    No recuerdo haber visto a Gideon muy enojado; él no es hombre que pierda los estribos con facilidad; pero en ese momento, enojado o no, me alegré de que fuera el teniente quien tuviera que enfrentarse a él y no yo.

    Se irguió como un gigantesco guerrero surgido de la antigua África y sus oscuros ojos parecían tan negros como el mismo fondo del océano. Dijo en voz baja, profunda y vibrante:

    —Stewart Eden está enfermo del corazón, teniente. Pienso ponerle una inyección. ¡Si usted trata de impedírmelo, tendrá que matarme!

    El teniente se contuvo por un momento escuchando la dificultad con que respiraba mi tío, mientras Gideon traía una pequeña jeringa hipodérmica del escritorio y comenzaba a enrollar hacia arriba la manga de la camisa de mi tío.

    —Está bien —accedió el teniente Tsuya—. Póngale la inyección —y se volvió a verme furioso.

    Pero para ese momento el trabajo ya estaba hecho.

    Gideon había introducido con sus dedos negros y diestros la pequeña aguja en el delgado brazo de mi tío. Empujó suavemente el diminuto pistón de la jeringa hasta el fondo. Sacó la aguja y frotó con un algodón para limpiar una brillante gota de sangre.

    La inyección tardó en hacer efecto.

    Todos permanecimos de pie formando un círculo alrededor de mi tío mientras que él respiraba jadeante, cubierto por la manta. Gideon se arrodilló a su lado murmurándole algo. El rostro de mi tío se veía marchito y pálido bajo una capa de sudor.

    —¡Será mejor que lo mantenga vivo! —le espetó el teniente a Gideon—. Tenemos muchas preguntas que hacerle. Robar reactores..., producir terremotos con fines de lucro... ¡No puedo imaginar crímenes más horribles! ¡Y que los haya cometido un hombre a quien el mundo considera un héroe! ¡Lo quiero vivo, Park!

    Gideon levantó la vista para verlo y dijo suavemente:

    —Yo también —se levantó y agregó—: Pero creo que pronto estará bien. Cuando despierte quiero que escuche usted lo que él tenga que decir.
    —¡Lo haré! —masculló el teniente torvamente—. Puede estar seguro de ello; pero le advierto que no pienso creerle las mentiras que se le ocurran.
    —Suponga que no son mentiras —exclamó Gideon cortésmente.

    El teniente se encogió de hombros.

    En ese momento intervine yo. Se notaba cierta sequedad en mi voz, pero no pude evitar hablar, ya había esperado demasiado; todo lo que sabía me decía que ya había esperado demasiado. ¡Aquel era mi tío Stewart, el hombre más grande del mundo! Cuando menos eso había creído cuando yo era niño y así lo seguía creyendo, por decirlo así, ahora.

    —Teniente —dije—. ¡Dele usted una oportunidad! Usted no conoce a mi tío. ¡Yo sí! ¡El no pudo ser culpable de ninguno de esos crímenes! Es imposible.

    Debe haber alguna explicación, se lo garantizo. Tiene que haberla. ¡No resuelva todavía lo que va a hacer! ¡Espere a oír lo que él tenga que decir cuando despierte!

    El teniente me miró por un momento antes de responderme. Pude notar lo cansado que estaba. Yo había descansado muy poco en los últimos dos días, pero el teniente no había descansado nada, excepto una breve siesta que había dormido en el catre de la estación sísmica. Agotado como estaba se sentía más preocupado por mi tío de lo que yo hubiera imaginado.

    —Cadete Eden —me dijo con voz baja y apagada—, usted lleva demasiado lejos su lealtad hacia su familia. Conozco bastante acerca de su tío para saber que en otro tiempo fue un hombre muy famoso y muy respetado; ¿pero qué tiene que ver todo eso con la situación actual? ¡Después de todo, Eden, usted lo oyó admitir su culpabilidad!

    Aquel era un golpe demoledor y no supe qué contestar. Tal vez Gideon sí lo supo porque iba a comenzar a decir algo..., pero no pudo hacerlo porque hubo una interrupción. De pronto sentí que el suelo se movía bajo mis pies y sorprendido extendí un brazo para agarrarme de una silla y guardar el equilibrio. Me volví a ver a los demás...

    En sus rostros descubrí una expresión igual de sorpresa. Todos se tambaleaban ligeramente.

    Entonces, la sorpresa se convirtió en certidumbre. Se escuchaba un fuerte rumor que surgía del fondo rocoso sobre el que estaba construida la ciudad; era un gigantesco gemido de queja en tono de bajo profundo. La enorme caja fuerte se estremeció suavemente y comenzó a avanzar sobre sus ruedas en mi dirección, lenta, cuidadosamente, como si no estuviera segura de ser bien recibida. Aumentó la vibración, produciéndome un hormigueo en las plantas de los pies. Una botella de tinta que estaba sobre el destartalado y viejo escritorio de mi tío comenzó a danzar temblorosa sobre la cubierta del escritorio y cayó para romperse en el piso. Gotas de tinta azul-negra salpicaron las valencianas del pantalón de mi uniforme escarlata. Harley Danthorpe quiso dar un paso, perdió el equilibrio y cayó al suelo.

    —¡Está temblando! —grité—. ¡Es un terremoto submarino! ¡Está ocurriendo antes de lo que habíamos pronosticado!

    Las vibraciones deben de haber sacudido a mi tío haciéndolo salir de su estado de inconsciencia. Tío Stewart era la clase de marino que habría retornado de las mismas puertas de la muerte ante un peligro como aquel. Se incorporó adormilado sobre un codo.

    —Está temblando —susurró—. Gideon...

    Gideon lo miró y asintió con la cabeza.

    —Así es, Stewart —dijo suavemente—. Exactamente a la hora fijada. ¡Ahora será mejor que nos vayamos de aquí!
    —¡Esperen! —gritó el teniente Tsuya, que estaba agarrado del escritorio—. ¿De qué están hablando?
    —Este edificio —respondió ceñudo Gideon— no aguantará mucho. Si espera usted llevar vivo a su prisionero, teniente, será mejor que nos conduzca a todos nosotros al Radial Siete.

    El piso bailaba alocadamente a nuestros pies en ese momento. No era un terremoto muy fuerte..., todavía no; sería del grado tres o cuatro, calculé en la fracción de segundo que tuve para hacerlo, pero de ningún modo había cesado todavía. Muy bien podría aumentar al grado diez o doce que nosotros habíamos pronosticado..., y en ese caso, ¡todo habría terminado!

    Del altavoz de emergencia que había en la pared surgió un murmullo y luego una voz exclamó:

    “¡Atención todos los ciudadanos! ¡Atención todos los ciudadanos! ¡Esta es una alerta de terremoto! Todas las precauciones rutinarias se tomarán inmediatamente. Se conectará la corriente a todas las paredes de seguridad. Todas las aceras móviles serán detenidas para ahorrar energía eléctrica. Las vías públicas se utilizarán únicamente para asuntos oficiales.”

    Tosí y permanecí en silencio cuando desconectaron la energía eléctrica.

    —¿Oyó usted eso? —demandó Gideon—. ¡Vamos, teniente! Salgamos de aquí.

    Pero no era tan fácil lograrlo. El piso se estremecía perezosamente otra vez bajo nuestros pies, y la caja fuerte, que poco a poco había avanzado hasta el centro de la habitación, ahora volvía a regresar muy discreta hacia la pared. Regresó hasta la pared..., y un poco más allá de ella. La caja fuerte era pesada y la ligera inclinación del piso, casi imperceptible, que la hizo moverse, le dio ímpetu suficiente para que se estrellara estrepitosamente contra la pared, rompiendo el yeso. Se escuchó un retumbar en su interior, semejante al rodar de las bolas de bolos, al entrechocar los lingotes de plomo contra los reactores primarios. ¡Aquel no era un sonido muy agradable! Teóricamente, aquellos artefactos eran seguros, a menos que se hicieran disparar con sus propios fusibles, pero en aquel momento no nos sentíamos muy dispuestos a creer en esa teoría. Si uno solo de ellos hubiera explotado a causa de un caprichoso accidente que lo hiciera dispararse...

    Bueno, entonces todos nuestros pronósticos sísmicos no habrían senado de nada; un sismo del grado doce podría azotar la ciudad y a nadie le importaría..., porque todos estaríamos ya muertos, ya que una de las esferas habría hecho dispararse a la siguiente y todas habrían estallado en una gigantesca descarga de energía nuclear, suficiente para destruir la cúpula completamente.

    —¡Agárrate de ahí, Jim! — me ordenó Gideon—. ¡Sostén la caja!

    Todos saltamos hacia la caja fuerte; hasta mi tío se puso en pie tambaleante. Fuera lo que fuere lo que había en la pequeña jeringa hipodérmica que le había inyectado Gideon, estaba produciendo su efecto. En el rostro de mi tío había reaparecido el color, y sus ojos comenzaban a cobrar vida. Arrimó su hombro junto al mío y entre los dos sostuvimos uno de los costados de la caja fuerte. Harley Danthorpe y el teniente sostenían el otro, en tanto que Gideon se apresuraba a atorar las ruedas de las patas de la caja con directorios telefónicos, con el colchón del catre..., con todo lo que encontraba a mano.

    —¡Ahora vámonos de aquí! —gritó Gideon.

    El teniente miró las tambaleantes paredes del desvencijado y viejo edificio y asintió. El edificio era de acero y los cimientos eran suficientemente fuertes. El edificio en sí no corría peligro de derrumbarse, pero las paredes interiores..., eso ya era otra cosa. Bajo la capa de pintura verde que les había aplicado Gideon, estaban viejas y endebles, y no se necesitaría mucho para que el yeso se resquebrajara o comenzaran a caer sobre nosotros trozos del techo. Gideon tenía razón; lo único que podíamos hacer era ir al Radial Siete donde estaríamos a salvo mientras la cúpula resistiera.

    El altoparlante hipó y crepitó cobrando vida de nuevo en el momento en que salíamos atropelladamente por la puerta.

    “¡Atención todos los ciudadanos! ¡Atención todos los ciudadanos! ¡Este es un mensaje del alcalde! No hay razón para alarmarse. Repito, no hay razón para alarmarse. Nuestros instrumentos de seguridad están funcionando a la perfección. El alcalde no cree que pueda haber heridos ni daños serios. El alerta de terremoto será levantado tan pronto como sea posible. Repito, ¡no hay razón para alarmarse!”

    —Sin embargo, apuesto que él sí está asustado —comentó jadeando Gideon mirándome por encima de su hombro y guiñándome un ojo. ¡Aquello era como en los viejos tiempos! Sentí un repentino estremecimiento de entusiasmo al recordar los peligros que Gideon y yo habíamos afrontado; las situaciones difíciles por las que habíamos pasado y cómo logramos salvarnos. Terremotos artificiales..., contrabando de explosivos nucleares...; bueno, todas estas cosas no importaban. En ese momento me sentía completamente seguro de que no importaban, que nada importaba excepto que yo estaba con mi tío y con Gideon Park; ellos lo explicarían todo y demostrarían su inocencia, todo era cuestión de esperar y tener fe...

    En ese momento... Pero algo sucedió.

    Llegamos a la salida a la calle que daba a Radial Siete, y que en ese momento se encontraba llena de personas que corrían precipitadamente, en busca de abrigo, apresurándose a proteger sus hogares y sus pertenencias, pero al parecer no había ocurrido ningún daño.

    —Ojalá no comience a temblar de nuevo —murmuró fervientemente el teniente Tsuya.
    —Habrá siete terremotos más —informó claramente mi tío.
    —¡Siete! —exclamó el teniente, volviéndose a verlo con el rostro ceñudo y contorsionado—. Entonces, confiesa usted que...

    Pero no pudo terminar la oración. El viejo edificio había continuado vibrando con los últimos movimientos de temblor y no eran únicamente las paredes interiores lo que se había descuidado en él. Una vieja cornisa de adorno colocada más arriba de la puerta crujió, emitió un quejido, se bamboleó y finalmente se desplomó.

    —¡Salta, Jim! —restalló como un latigazo la voz de Gideon. Salté, pero no lo hice a tiempo. La cornisa cayó en el momento en que yo saltaba entre el teniente Tsuya y Danthorpe. La cornisa era un horrible adorno anticuado, pero afortunadamente para nosotros era de yeso, y no del granito que aparentaba ser. No obstante, me alcanzó a golpear en el hombro; me precipité contra Harley y Tsuya. Escuché un súbito grito de alarma y perdí el sentido.

    Cuando volví en mí, vi al teniente Tsuya que estaba aprisionado por las piernas y gritaba desaforadamente:

    —¡Huyeron! ¡Huyeron! ¡Asesinos! ¡Traidores! ¡Stewart Eden, acabaré contigo así sea lo último que haga en este mundo!

    En la confusión, Gideon y mi tío habían escapado.

    Para el momento en que logramos liberar al teniente y tratamos de comunicarnos con la policía de la ciudad, ya habían pasado minutos preciosos. La policía estaba muy atareada atendiendo la llamada de alerta del terremoto, y no se interesó por la historia absurda de un oficial de la flota que hablaba de contrabando de fusibles atómicos y terremotos creados por el hombre.

    —¡Está bien, cadete Eden! —vociferó el teniente Tsuya amargamente, volviéndose a verme—. ¿Ahora qué tiene que decir en defensa de su tío? Ha huido. Por lo que a mí respecta, eso prueba su culpabilidad.

    No supe qué responderle.


    16
    EL INTRUSO EN LA ESTACIÓN K


    Cúpula Krakatoa había recibido un golpe muy duro, pero había en ella suficientes fuerzas de reserva para afrontarlo; la ciudad había recibido una fuerte sacudida, pero eso era todo.

    Finalmente, logramos conseguir un destacamento de submarinistas de la base de la flota para que se hicieran cargo de los fusibles nucleares que había en el interior de la caja fuerte de mi tío, y nosotros nos apresuramos a ir a la estación K e inspeccionar las consecuencias del terremoto.

    —Grado cuatro —dijo el teniente Tsuya, frunciendo el ceño—. ¡Es extraño! ¡Más que eso! ¡Es asombroso! Simplemente no pudimos habernos equivocado tanto al hacer nuestro pronóstico.

    El teniente McKerrow, con los ojos enrojecidos seguramente a causa de la falta de sueño, ya que él solo había tenido que estar a cargo de la estación K todo el tiempo que estuvimos fuera, le espetó a Tsuya:

    —Véalo usted mismo, Tsuya. ¡Creo que fallamos completamente en nuestro pronóstico!

    Pero Tsuya no estaba convencido.

    —Traiga a la cuadrilla de las geosondas —vociferó—. Necesito hacer un nuevo sondeo; comprobar los instrumentos, iniciar un nuevo juego de gráficas... Quiero tener un nuevo pronóstico antes de media hora, porque no creo que ese temblor fuera el que nosotros habíamos pronosticado.

    Lo que más necesitaba yo en el mundo era dormir, pero no había tiempo para ello. No obstante lo cansados que estábamos, el teniente Tsuya tenía razón: necesitábamos saber lo que vendría después. Si era cierto que el último temblor había sido producido por el hombre, entonces seguía habiendo el gran peligro de que el terremoto mayor, el que se había pronosticado en nuestras gráficas, todavía pudiera ocurrir. El terremoto de grado cuatro habría sido un juego de niños comparado con lo que sucedería si ocurría el temblor mayor; la falta de sueño no importaría nada en ese caso.

    Mientras yo estaba señalando las lecturas de la sonda, un destacamento de submarinistas entró en la estación. El capitán que lo comandaba golpeó los tacones marcialmente e informó:

    —Teniente Tsuya, vamos a traer los artefactos nucleares que encontró usted para que los almacenen aquí. Son órdenes del comandante de la base.
    —¿Aquí? —repitió el teniente Tsuya asombrado, y en seguida se repuso y gritó—:

    ¡Llévese esas cosas de aquí! ¿No cree que ya tengo demasiado de que preocuparme para que ahora me vengan a llenar la estación de bombas atómicas?

    —Lo siento, teniente —el capitán de marinos parecía estar ligeramente divertido—. Son órdenes del comandante —luego agregó en tono más afable—: Después de todo, no esperará usted que dejemos esas cosas en cualquier parte de la ciudad en la situación actual de alarma; podrían estallar.

    Nos miramos unos a otros mientras el destacamento de marinos comenzaba a entrar, tambaleándose bajo el peso de las pesadas esferas doradas.

    Sin embargo, había mucho de lógico en lo que el capitán había dicho. Allí, cuando menos, estábamos en un lecho de roca. La estación K sería la primera y más permanente víctima de un terremoto realmente enérgico; pero habría más probabilidades de que quedara inundada y destruida por el agua que por la fuerza del terremoto mismo. El agua no haría dispararse los fusibles nucleares; en cambio, un golpe o una sacudida sí podría hacerlo.

    Continuamos con nuestro trabajo, y cuando el último marino entró con su mortífera carga, alcancé a ver por el rabillo del ojo una figura vestida de negro, con cuello de clérigo.

    Me levanté sobresaltado.

    —¡Padre Tide! —exclamé.
    —El mismo que viste y calza —asintió el padre—. ¡Hola, Jim! Buenas noches, teniente Tsuya. Confío en que no tendrá usted objeción a que me haya permitido entrar aquí sin su permiso.

    El teniente Tsuya se levantó del banquillo en el que estaba sentado frente a la mesa de trabajo y le estrechó con fuerza la mano al padre Tide.

    —Créame una cosa, señor —le dijo—: nadie podría ser mejor bien venido que usted. Usted sabe, nuestros pronósticos...
    —Lo sé —lo interrumpió el padre Tide casi con alegría—. ¡Oh, sí! Lo sé. Pronosticaron un terremoto del grado doce y tuvieron que conformarse con uno del grado cuatro, ¿eh?; pero usted duda de que este último terremoto haya sido el que ustedes pronosticaron. Bueno, creo que ustedes tienen razón, y si me lo permiten les ayudaré a ratificar las cifras.
    —Por supuesto —aprobó el teniente Tsuya—. Podemos aceptar toda la ayuda que nos ofrezcan.

    Para ese momento ya tenía todas mis cifras convertidas en trazos en las gráficas; Harley Danthorpe ya había terminado de tomar sus lecturas de los microsismómetros, y todos estábamos preparados para comenzar.

    Iniciamos nuestras computaciones individuales, los dos tenientes, Harley Danthorpe, el padre Tidesley y yo. No fue difícil, porque creo que todos sabíamos la respuesta antes de comenzar.

    El padre Tide fue el primero en terminar. Colocó su lápiz sobre la mesa, asintiendo ligeramente con la cabeza, y esperó.

    El teniente Tsuya levantó la vista y dijo:

    —Mi resultado es grado diez.
    —Grado once es lo que yo obtengo —informó Harley Danthorpe.

    El padre Tide hizo un gesto afirmativo.

    —Pero todos concordamos en una cosa, ¿eh, caballeros? En que sigue existiendo el peligro de un terremoto muy intenso que ocurrirá en un plazo no mayor de unas doce a veinticuatro horas. ¿De acuerdo?

    Todos asentimos.

    —Lo cual —explicó en tono profesional— prueba que el último terremoto no fue el que ustedes pronosticaron, y me conduce a pensar, al menos, que éste fue producido probablemente por Stewart Eden y las personas que trabajan con él.

    El teniente Tsuya asintió. Lo mismo hizo el teniente McKerrow, y Harley Danthorpe me miró y dijo en voz tan baja que casi no se le oyó:

    —Así parece.

    En cuanto a mí... No sé lo que habría hecho, pero no tuve necesidad de hacerlo, porque en ese momento comenzó el segundo terremoto.

    Tal vez era de menor intensidad que el anterior. Los instrumentos indicaban que apenas alcanzaba el grado cuatro, pero quizá eso se debía al lugar donde nos encontrábamos. Los edificios oscilan y amplifican las vibraciones de un temblor; allá abajo, en la estación K, nosotros estábamos en el interior de la roca sólida, pero comoquiera que fuere, el temblor únicamente me mareó un poco, y ninguno de nosotros perdió el equilibrio.

    Pero el teniente Tsuya rugió tan pronto como logró tomar aliento para hacerlo:

    —¡Eso aclara nuestras dudas! Esos locos van a acabar por echamos encima la cúpula. Padre Tide, voy a ir al ayuntamiento de la ciudad a exigir la inmediata evacuación de la cúpula. ¿Quiere venir conmigo?
    —Trate de evitar que no vaya —respondió muy serio el padre Tide.

    Nuevamente dejamos al teniente McKerrow, el de los ojos enrojecidos, a cargo de la estación, en tanto que el teniente Tsuya, el padre Tide, Harley Danthorpe y yo, subíamos a toda prisa al Palacio de Gobierno. Ahora había verdadero terror en las calles de Cúpula Krakatoa. Los daños materiales no eran muchos todavía, pero los causados a la moral del público eran visibles en los rostros de toda la gente. Más de una vez tuvimos que desviarnos para buscar otro medio de cruzar una radial o atravesar alguna plaza central congestionada de gente que corría para todos lados, estorbándonos el paso.

    Pero logramos llegar al ayuntamiento, y nos encontramos con que sólo había menos de la mitad de sus miembros presentes. Tal vez los demás habían decidido evacuar la ciudad, a pesar de lo valientes que habían querido aparecer ante los ciudadanos de Cúpula Krakatoa. El salón parecía más una riña de gatos en la que todos gritaban y aullaban, que una sesión parlamentaria. Cada uno de los miembros parecía estar decidido a gritar más fuerte que los demás; las acusaciones y las invectivas que se lanzaban unos a otros daban la impresión de rebotar de un lado a otro, lastimando a todos los presentes.

    El Escaramujo Ben Danthorpe estaba allí gritando:

    —¡Tú eres el alcalde, Bill! Haz callar a estos estúpidos para que podamos oír lo que tienen que decirnos los muchachos de la flota.

    Y el alcalde, sonrosado y sudoroso bajo los coloridos murales representando la vida submarina, murmuraba:

    —¡Caballeros, caballeros! Esto es una crisis. Debemos tener calma...

    Pero los otros miembros del ayuntamiento seguían gritándose unos a otros.

    El padre Tide miró a su alrededor y luego, igual que Daniel al entrar a la cueva de las fieras, caminó muy serio hasta el frente del salón del consejo. Recogió del suelo el mazo del alcalde. Inclinó la cabeza saludando cortésmente a su señoría, golpeó ligeramente sobre el estrado y dijo en su voz suave y clara:

    —¡Orden!

    Como por arte de magia cesó el alboroto. Todos los rostros se volvieron a mirarlo.

    El padre Tide les dio cortésmente las gracias con una inclinación de cabeza y dijo con afable entonación:

    —El teniente Tsuya tiene algo que decirles. Por favor, guarden silencio hasta que él haya terminado de hablar.

    El teniente no necesitaba que nadie lo apremiara. Se adelantó inmediatamente y le explicó al consejo, en pocas palabras, cuál era la situación.

    —No sabemos cuántos terremotos artificiales habrá todavía —terminó de decir—. Tenemos razones para creer que cuando menos habrá otros seis más, pero de una cosa sí estamos seguros: de que el terremoto principal no ha ocurrido todavía. Cuando esto suceda, será el fin de Cúpula Krakatoa.
    —Gracias —saludó cortésmente el padre Tide al teniente, y luego dijo con voz clara dirigiéndose a los demás—: Ahora, caballeros, me parece que sólo puede hacerse una cosa. Con el permiso de su señoría... —inclinó la cabeza para saludar al sonrosado e infeliz alcalde, que estaba a su lado sin saber qué hacer— voy a pedirles a todos ustedes que voten. La moción que propongo es que sea evacuado el mayor número posible de personas de Cúpula Krakatoa inmediatamente. Todos los que estén a favor, les suplico que levanten la mano.

    Hipnotizadas, casi todas las personas del salón levantaron la mano, incluso el mismo alcalde. Harley Danthorpe y yo mismo, aunque nosotros no podíamos votar en aquella asamblea.

    Pero una voz fuerte y ronca intervino.

    —¡Esperen! —vociferó Ben Danthorpe, abriéndose paso entre la multitud—. ¡Usted no puede hacer eso, padre Tide! ¡Usted no tiene nada que hacer aquí!
    —Le ruego me perdone —murmuró el padre Tide, volviéndose para verlo sin perder su tono calmado y cortés—. Me pareció que era necesario hacer una votación.
    —¿Votación? —dijo con un gesto de desprecio Danthorpe—. ¡Oh, claro!, ¿por qué no? Voten. Decidan la evacuación de Cúpula Krakatoa, y entonces verán que durante los próximos cincuenta años ninguna propiedad de Krakatoa valdrá un solo centavo, porque todos los inversionistas se asustarán. “Esa es la cúpula que evacúan a cada rato”, pensarán, y comprarán en otra parte. No, padre Tide. ¡No me importa quién sea usted! ¡No voy a permitir que arruine mis inversiones en Cúpula Krakatoa! En cuanto a ustedes, tontos, voten. ¡Adelante! ¡Voten! ¡Pero recuerden que todo aquel que vote a favor de que la ciudad sea evacuada va a tener que vérselas conmigo!

    Hubo un momento de silencio.

    Entonces, como si nada hubiera sucedido, el padre Tide dijo amablemente:

    —Todas aquellas personas que voten a favor, les suplico que levanten la mano.

    Dos manos se levantaron lentamente y después una tercera. Luego una de ellas se volvió a bajar, y luego la otra y después la tercera.

    No había ni un solo voto a favor de que la cúpula fuera evacuada, a pesar de todo.

    El padre Tide suspiró. Con mucho cuidado dejó el mazo frente a él. Le hizo una reverencia al alcalde y dijo:

    —Que Dios se apiade de vuestras almas.

    El tercer temblor comenzó cuando ya casi estábamos de regreso en la base de la flota.

    —Grado cuatro —susurró el padre Tide, asiéndose de la barandilla de la acera móvil con una mano y sosteniéndose del teniente Tsuya con la otra.

    El teniente se irguió, mostrando asombro en el rostro.

    —Sí —dijo—, grado cuatro. ¡Siempre grado cuatro! ¿No pueden darnos de una vez el golpe de gracia y acabar con todo esto de una buena vez? —su voz era delgada y tensa; estaba al borde del colapso nervioso.
    —¡Cálmese, muchacho! —le aconsejó el padre Tidesley. Se paró para probar si podía guardar el equilibrio, y se soltó de la barandilla—. Ya ha pasado lo peor —dijo—. Ahora debo dejarlos.
    —¿Dejarnos?
    —Temo que hemos hecho todo lo que podíamos aquí en Cúpula Krakatoa —dijo con acento de cansancio—. Teniente, ya es hora de que tome mi auto submarino y salga a las profundidades del mar. Este no es el epicentro del sismo; usted lo sabe. Usted lo ha visto en mis gráficas. Saldré a acercarme lo más que pueda al epicentro, obtener información... Obtener información... —y dijo violentamente—: ¡Lo único que quisiera sería poder hacer algo más efectivo que obtener información! —luego se pasó una mano por el rostro, y agregó—: Naturalmente, llevaré en mi submarino tantos refugiados como quepan en él, pero temo que el viaje hasta un lugar seguro sea muy largo si la cúpula llega a fallar.

    El teniente Tsuya se enderezó y lo saludó formalmente.

    —Cadete Danthorpe —ordenó—, escoltará usted al padre Tide hasta su submarino. Adiós, señor.
    —Adiós —repitió el padre Tide. Le estrechó la mano al teniente y luego me la estrechó a mí. Me dijo algo que en aquel momento no tuvo mucho sentido para mí pero que ahora sé que lo tenía para el padre Tide. Era un mandamiento general; una regla a seguir en todos los casos. Me dijo—: Ten fe.

    Más tarde ello significó algo muy especial en aquel caso tan especial. “Ten fe.” Nunca debí haberla perdido.

    Cuando nos aproximábamos a la entrada de la base de la flota, el teniente Tsuya me agarró con fuerza por el hombro y gritó:

    —¡Mire!

    Estábamos en las dársenas de desembarque de la flota. Había allí portañolas de observación en la cúpula y a través de ellas pudimos ver que la flota estaba entrando.

    Veintenas de naves submarinas de la flota estaban llegando a Cúpula Krakatoa en grupos. Sin importar lo que el alcalde y el consejo de la ciudad pudieran haber decidido por votación, la flota tenía sus propias órdenes, y estaba entrando para hacerlas cumplir por la fuerza. Pudimos ver media docena de escuadrones que habían recibido órdenes por radio y microsonar de sus superiores de dirigirse a la cúpula. No eran suficientes. Yo recordaba las cifras: más de medio millón de ciudadanos quedarían atrapados dentro de la cúpula cuando el gran terremoto la azotara, a despecho de los esfuerzos que se hicieran por evacuar la ciudad en el tiempo que quedaba; pero, ¡qué gran espectáculo era aquel! Ver aquellas naves esbeltas y largas, protegidas con edenita que resplandecía suavemente en sus cascos, entrando en la base de la flota.

    Pero, como digo, no eran suficientes.

    Agotados, casi desesperanzados, regresamos a la estación K a seguir tomando lecturas y a preparar nuevos pronósticos.

    En el sistema de comunicación pública de la cúpula estaban tocando discos de música de baile. Discos de música de baile y palabras tranquilizadoras del alcalde. Finalmente, el teniente Tsuya apagó el aparato, disgustado.

    Acabábamos de terminar otro pronóstico y lo que nos mostraba era lo mismo de siempre. El tiempo variaba ligeramente y la amplitud exacta del terremoto había bajado unos cuantos puntos..., pero el gran terremoto iba a ocurrir. Todos nuestros pronósticos concordaban en eso.

    Las sacudidas que ya habíamos recibido habían averiado nuestros instrumentos. Eso no podía evitarse; habían sido construidos para registrar el más ligero movimiento de la roca, y las fuertes sacudidas de un sismo aun del grado cuatro tenían que afectarlos. El contramaestre Harris, acompañado de una cuadrilla de técnicos, estaba comprobándolos y reajustándolos a toda prisa, en tanto que nosotros calculábamos nuestros pronósticos.

    Cuando hubimos terminado, el teniente Tsuya preguntó:

    —¿Qué pasa, Harris? ¿Ya está todo trabajando bien?
    —No estoy seguro, teniente —respondió el contramaestre rascándose la cabeza—. Todo está comprobado, pero..., bueno, será mejor que lo vea usted mismo.

    El teniente se apresuró a acercarse al microsismógrafo. Le echó un vistazo y exclamó furioso:

    —¡Es ridículo! Hay algo mal aquí. Estas lecturas...

    Entonces hizo una pausa. Miró durante largo rato con el ceño fruncido la gráfica que trazaba el microsismó grafo, y luego dijo en diferente tono de voz:

    —McKerrow. Eden. Vengan a ver qué conclusión sacan ustedes de esto.

    Nos apresuramos a acercarnos a ver.

    Por principio de cuentas, el trazo de amplitud y distancia estaba mal. Mostraba una pequeña vibración constante y cercana, demasiado rápida para ser producida por un movimiento natural de las rocas; demasiado fuerte y potente para ser la vibración de una máquina. Era absurdo; no podía existir una vibración semejante. Además, la dirección que mostraba no podía ser verdadera, ya que el epicentro de aquella pequeña perturbación no estaba localizado en el magma ni en las fallas que habíamos encontrado; no estaba debajo de nosotros; si es que existía, se encontraba más arriba de la estación K.

    —La máquina está funcionando mal —dijo Mc Kerrow bruscamente—. ¡Vamos, Harris!, debe usted de haberse equivocado al repararla.
    —Un momento —dijo el teniente Tsuya, frunciendo el ceño—. Observen el vector de dirección —ordenó—. No es constante. Lo he visto cambiar en los últimos segundos.

    Todos observamos. ¡Era cierto! Cualquiera que fuere la causa de aquella perturbación débil y constante, no estaba fija en un mismo lugar. Se desplazaba con lentitud, pero perceptiblemente; las lecturas cambiaban ante nuestros ojos. Mientras observábamos, la dirección mostró un cambio de azimut de tres o cuatro grados, así como un cambio de elevación. La fuente de la perturbación bajó hasta quedar al nivel del fondo de la estación K, y luego bajó más aún. En el indicador de distancia y amplitud apareció claramente que, fuere lo que fuere, se estaba acercando.

    —¿Qué diantres pasa? —exclamó el teniente Mc Kerrow—. Tsuya, ¿ha domesticado usted un terremoto y ahora éste viene a visitarnos?

    Tsuya sacudió la cabeza y dijo solemnemente:

    —Si no me he vuelto loco, creo que ya sé lo que es. ¡Es el MOLE! Ha regresado del mar, y está atravesando la roca en este momento, debajo de Cúpula Krakatoa.

    Permanecimos observando durante largos minutos. ¡Era algo increíble! A pesar de todo, me parecía difícil creer que una máquina fabricada por el hombre pudiera navegar a través de la roca sólida. Había visto cómo nuestras geosondas descendían penetrando en el basalto, y no lo había creído; había visto la nave en el interior del pozo, y tampoco lo había creído. A pesar de toda la evidencia de mis sentidos y de todas las razones que me dieran, todo me había parecido harto fantástico para creerlo.

    Pero ahora tenía que creerlo porque no había otra cosa que pudiera explicar lo que estábamos viendo. En la roca que había debajo de nosotros, una máquina en la que probablemente viajaban mi tío y Bob Eskow, si no es que eran otras personas, navegaba con tanta facilidad como lo haría un arenque en aguas poco profundas.

    Se abrió la puerta que conducía al pozo de salida, y entró Harley Danthorpe. Estaba pálido y en sus ojos había una expresión de aflicción que no pude comprender.

    —El cadete Danthorpe se presenta al servicio, señor —dijo, haciendo un trágico esfuerzo por mostrar marcialidad.
    —Descanse —le dijo distraídamente el teniente Tsuya, pero al verlo se enderezó y exclamó—: ¡Danthorpe! ¿Qué le pasa?

    Harley tenía los ojos desorbitados y miraba horrorizado algo que estaba ocurriendo detrás de nosotros. Señaló con el dedo tratando de hablar, con voz estrangulada.

    —¡La..., la roca! —gritó.

    Todos nos volvimos a mirar, asombrados.

    Bajo mi mano, la pluma del microsismógrafo trazaba rayas alocadamente tratando de registrar vibraciones mucho mayores de las que podía registrar según su diseño.

    Se abrió una larga grieta en la pared y comenzó a salir un chorro de agua por ella.

    ¿Un terremoto?

    No, no se trataba de un terremoto. ¡Era algo mucho más extraño! Porque de la grieta surgió un sonido taladrante como el rechinar de una barrena, y el gemido de motores trabajando a alta velocidad.

    En la grieta asomó la punta brillante de un casco blindado con edenita.

    Los elementos espirales de los taladros ortolíticos aparecieron después, girando y produciendo chispas.

    La roca se estremeció, resquebrajándose estrepitosamente y dejando el paso libre...

    El largo casco de un mecanismo ortolítico excavador penetró en el cuarto que quedaba al nivel más bajo de nuestra estación K, como si fuera un hurón que irrumpiera dentro de una conejera. Un MOLE..., el MOLE robado que Bob Eskow había llevado al pozo del desagüe, y que después había ocasionado los terremotos que habían estado sacudiendo a Cúpula Krakatoa a todas horas.


    17
    LOS DOCTORES CURATERREMOTOS


    El teniente Tsuya actuó rápido para ser un hombre delgado y de corta estatura. Ya había ido hasta su oficina privada para buscar una pistola en su armario y empuñaba ésta en la mano antes de que los demás nos hubiéramos recobrado de la impresión.

    —¡Apártense hacia atrás! —gritó—. ¡Todos ustedes, dejen el campo libre!

    El MOLE se arrastró crujiendo y gimiendo, penetrando varios metros dentro del cuarto, destruyendo las paredes donde estaban los mapas, despedazando la mesa de trabajo, y convirtiendo en confeti toda una pila de croquis y hojas de diagramas.

    Después, los elementos ortolíticos del taladro aminoraron su velocidad poco a poco, hasta detenerse.

    La escotilla superior del pequeño auto submarino, ahora equipado como MOLE, se estremeció y rechinó. Una mano la empujó para abrirla en parte, pero la compuerta de la escotilla chocó contra un pedazo de roca. La mano empujó con fuerza, titubeó un momento y luego golpeó la puerta tres o cuatro veces contra la roca suelta. Cayeron fragmentos de ésta y la escotilla se abrió.

    De ella salió Bob Eskow con el rostro ceñudo como el de alguien que hubiera tenido un arduo día de trabajo.

    —¡Alto! —profirió el teniente Tsuya pistola en mano—. ¡No se mueva, Eskow!

    Bob levantó la vista aturdido, como si no pudiera comprender por qué tenía el teniente una pistola en la mano. Se deslizó por la escalera, descendiendo por un costado del submarino, trastabilló, estuvo a punto de caer y logró recobrar el equilibrio agarrándose al casco de edenita. Eso fue un error; un tremendo error, porque el casco estaba caliente como hierro candente a causa de la fricción de los elementos del taladro contra la roca viva. Bob emitió un grito y retiró rápidamente la mano; pero el dolor pareció despejar su mente.

    —Lo siento —murmuró, agarrándose la mano con la otra y mirando al teniente—. Hemos armado una tremenda confusión en su estación, señor.
    —¡Han hecho más que eso, Eskow! —vociferó el teniente.
    —Yo..., yo... —a Bob parecían faltarle las palabras pero al fin dijo—: ¿Pueden los demás salir del MOLE, señor?
    —¿Los demás? —preguntó Tsuya frunciendo el ceño, pero hizo una seña de asentimiento.

    Bob volvió a trepar trabajosamente por la escalera de abordaje y dijo algo asomándose por la escotilla.

    Primero apareció mi tío Stewart. Estaba agotado, con el rostro perlado de sudor y sucio de tizne, pero tenía un aspecto mucho más saludable que el del día anterior.

    —¡Jim! —exclamó, y en ese momento vio al teniente Tsuya y la pistola que éste empuñaba. Frunció el ceño burlonamente, pero no dijo nada.

    Después de mi tío salió Gideon Park, quien se paró junto a la abierta escotilla y nos sonrió. Luego se agachó, estirando la mano dentro de la escotilla, para ayudar a salir al último de los tripulantes del MOLE.

    ¡Era el viejo chino que yo había visto con Bob!

    Escuché que el teniente Tsuya ahogaba una exclamación a mi lado.

    —¡Doctor Koyetsu! —exclamó con voz entrecortada. El cañón de su pistola osciló y apuntó al suelo—. Doctor, ¿qué está usted haciendo aquí?

    ¿Chino? ¡Nada de eso! El “viejo chino” era el sismólogo japonés que había escrito la mayoría de los libros que teníamos en los estantes de la estación. ¡El doctor John Koyetsu!

    Desde el momento en que el teniente Tsuya vio al doctor Koyetsu, por quien sentía gran admiración, en compañía de mi tío y de los otros, desapareció la certeza que tenía de que mi tío era un criminal. Fue un cambio de la noche al día. Se volvió sin decir palabra, y guardó la pistola.

    —Doctor Koyetsu —dijo sencillamente—, ¿quiere decirme qué significa todo esto?
    —Por supuesto —respondió con cansada voz el doctor, mirando a su alrededor. Era un anciano agotado, que había estado esforzándose más allá de los límites de su resistencia física, y buscaba un lugar donde sentarse. Harley Danthorpe se apresuró a arrastrar una silla plegadiza por el piso de roca, y se la ofreció.
    —Gracias —le dijo el doctor, sonriendo, y se sentó—. ¿Recuerda usted lo sucedido en Cúpula Nansei Shoto? —preguntó de pronto, y el teniente Tsuya asintió con la cabeza; todos nosotros lo hicimos, porque fue en Nansei Shoto donde ocurrió la peor tragedia submarina de la historia, cuando aquel mismo doctor John Koyetsu había presentado un pronóstico equivocado, evitando con ello que la cúpula fuera evacuada—. Cometí un error en Nansei Shoto —dijo ásperamente— y he dedicado todo el resto de mi vida a descubrir en qué consistió ese error, y a tratar de hacer lo posible porque a nadie le vuelva a suceder lo mismo. Lo primero que hice fue trabajar en compañía del padre Tide en la Fundación Fordham, donde diseñamos inicialmente la geosonda, y más tarde este MOLE —dio unas palmaditas en el costado del submarino, que ya se estaba enfriando—. Como ustedes saben, con la ayuda de las sondas hemos podido pronosticar los terremotos mucho mejor que antes.
    —No estoy muy seguro de eso —dije con amargura, y me apresuré a pedirle disculpas por haberlo interrumpido, pero el doctor Koyetsu únicamente sonrió.
    —Los pronósticos que obtuvieron ustedes fueron erróneos por una buena razón, Jim —me explicó—: porque nosotros hicimos que lo fueran. La sola predicción de los sismos no es suficiente, por lo que decidí encontrar un medio no únicamente para predecir los sismos que vayan a ocurrir y poder aminorar los daños que puedan causar..., sino también para evitarlos y el medio de evitarlos resultó ser la creación de sismos artificiales. Sismos pequeños regulados a ciertas horas, para que ocurran en los lugares indicados, de modo que aligeren la tensión que se esté incubando en la roca, acumulándose para producir una enorme devastación, y de este modo dicha tensión va teniendo salida en pequeños temblores inofensivos, semejantes a los que han ocurrido últimamente en Krakatoa. Nosotros creamos esos cuatro temblores.

    La noticia nos produjo una sacudida más fuerte de la que nos había producido ninguno de los temblores. En el rostro del teniente Tsuya apareció una expresión de perplejidad; Harley Danthorpe se quedó aturdido, mirando asombrado con los ojos desmesuradamente abiertos; el teniente McKerrow movía la cabeza de un lado a otro sin cesar.

    Pero yo... ¡Yo me sentía alborozado!

    —¡Se lo dije! —exclamé—. Les dije que mi tío no podía estar coludido en algo desleal o turbio. ¡Debieron haberme hecho caso!
    —¡Un momento, Eden! —exclamó el teniente Tsuya, con aspereza—. Admito que creo en la palabra del doctor Koyetsu, pero todavía quedan muchas preguntas por contestar para dejarme satisfecho. No puede cambiar lo negro a blanco con unas simples palabras, y su tío ya ha admitido, por ejemplo, que él ganó un millón de dólares con el pánico causado por el primer terremoto. ¡Sin mencionar los explosivos atómicos que tenía en su poder!
    —Pero yo creo que puedo explicarlo todo —le dije, nervioso—; con sólo que usted me escuche, porque creo que ese millón de dólares no es dinero suficiente para pagar lo que él ya había gastado en el proyecto tan importante en el que está trabajando.
    —¿Y qué proyecto es ese? —inquirió enojado el teniente.
    —¡La salvación de Cúpula Krakatoa!
    —Muy bien, muchacho —dijo sonriendo mi tío Stewart, y preguntó con voz amable y burlona—: ¿Y cómo pensaste que iba yo a lograr eso?
    —Bueno... —titubeé tratando de recordar exactamente lo que había dicho el doctor Koyetsu, y de hacer que concordara con toda la teoría de los procesos sísmicos que me habían enseñado allí mismo, en aquella estación—. Bueno, supongo que lo haría del modo siguiente. Esta ciudad está situada sobre una falla peligrosa. Hemos estado observando los aumentos de tensión sísmica a lo largo de dicha falla. El único problema era saber cuándo iría a liberarse esa tensión, pero podía hacerse que se liberara prematuramente, y en ese caso la tensión no llegaría a acumularse. Especialmente si podía irse liberando poco a poco, en sismos que no fueran lo suficientemente graves para causar daños excesivos, de este modo se evitaría el sismo mayor que causaría una total destrucción. Todo era cuestión de lograr disparar esas fuerzas de tensión —continué diciendo apresuradamente, y cuando vi que Gideon me guiñaba un ojo afectuosamente comprendí que no lo estaba haciendo mal—, y para poder disparar los pequeños temblores artificiales tendrían que emplear energía nuclear. Para ser exactos, usarían los fusibles de bomba H que encontramos en su caja fuerte.

    El doctor Koyetsu asintió sonriendo y explicó en tono profesional:

    —Acertó usted exactamente, cadete Eden. Las tensiones acumuladas en la corteza terrestre son liberadas por medio de una serie controlada de pequeños sismos producidos, utilizando explosivos nucleares.
    —¡Resultaste el mejor de la clase, Jim! —exclamó el profundo vozarrón de mi tío.

    Pero aquello no era suficiente todavía para el teniente Tsuya. Estaba convencido, no había duda de ello. Era imposible para él dudar del doctor Koyetsu, ya no digamos de mi tío, pero al mismo tiempo él era un oficial de la Flota Submarina que tenía un deber que cumplir, y parte de ese deber consistía en atenerse a los reglamentos.

    —Eso deja todavía tres preguntas por responder —vociferó—. ¿Dónde consiguió usted un MOLE? ¿Dónde obtuvo los explosivos nucleares? Y la más importante de todas, ¿por qué era necesario que mantuviera todo en secreto?
    —Usted debería poder contestar a esa última pregunta —sonrió mi tío respirando con dificultad. Se sentó, y el color volvió a su rostro; sus hundidos ojos azules volvieron a brillar con su antiguo e inextinguible fuego—. ¿Que por qué mantuvimos todo en secreto? Era necesario que esta operación se realizara en secreto. ¿Qué podíamos hacer? Ir a ver al consejo de la ciudad y decirles: “Por favor, caballeros, se nos ha ocurrido una idea con la cual pensamos que es probable que podamos prevenir que los sismos dañen la cúpula. Por supuesto que para ello tendremos que producir artificialmente un par de temblores.” ¿Debimos haber hecho eso? Véalo de este modo: ¿lo habría hecho usted, recordando las dificultades que usted mismo tuvo tratando de convencer al consejo de la ciudad, dominado por el Escaramujo Ben Danthorpe?

    Harley Danthorpe se sonrojó pero no dijo nada. El teniente Tsuya frunció el ceño y luego dijo asintiendo con la cabeza:

    —Muy bien. ¿Qué me contesta usted a las otras preguntas?
    —¡Hicimos lo que teníamos que hacer para salvar vidas! —exclamó violentamente mi tío—. Todo esto comenzó cuando el doctor Koyetsu fue a verme a mi casa, en Marinia, hace un año. Él había estado observando las fallas de Krakatoa. Él sabía que aquí había peligro y que tarde o temprano ocurriría un terremoto de gran intensidad, del grado diez o mayor, y que ese sería el fin de Cúpula Krakatoa. Estaba decidido, por razones que todos conocemos, a evitar más pérdidas de vidas causadas por la destrucción de una ciudad submarina —mi tío miró afectuosamente al doctor Koyetsu—. ¿Pueden culparlo por eso?
    —¿Pero por qué acudió a verlo a usted? —inquirió el teniente Tsuya—. ¿Por qué no vino a ver a alguien de aquí de Cúpula Krakatoa?
    —Ah, pero si sí lo hizo —explicó mi tío suavemente—. Primero fue a ver al señor Danthorpe. Imagino que adivinará usted lo que le dijo el señor Danthorpe. Le dijo que no deseaban perjudicar la prosperidad de la Cúpula con aquella tontería ideada por un viejo chiflado, y que cómo sabía Koyetsu que el plan daría resultado, y miles de cosas por el estilo. Además, no se olvidó de recordarle al doctor Koyetsu lo sucedido en Nansei Shoto. De modo que no le hizo el menor caso, y se opuso a permitirle someter su plan a prueba. En realidad, hasta lo amenazó con hacer que la policía lo detuviera si volvía a presentarse en Cúpula Krakatoa.
    —Él me ofreció que me permitiría quedarme con una condición, Stewart —le recordó el doctor Koyetsu.
    —¡Oh, sí! —asintió mi tío—; le ofreció al doctor Koyetsu un trabajo..., le ofreció que pronosticara terremotos, de modo que él supiera de antemano los sismos que podrían afectar el mercado de valores. En aquel momento el doctor Koyetsu lo tomó como un insulto, pero no me importa decir que la idea nos resultó muy útil más tarde. El doctor Koyetsu fue a verme. Me habló de sus temores por Krakatoa, y de sus esperanzas de que pudieran impedir los terremotos, no únicamente aquí, sino en cualquier parte, mediante la aplicación de su técnica. Al principio me sentí escéptico. No me culpen demasiado por ello; recuerden que hasta el mismo padre Tide se mostró escéptico al principio, pero el doctor Koyetsu me convenció, y decidí correr el riesgo. Después de todo, así lo he hecho toda mi vida: siempre he corrido riesgos en beneficio del desarrollo y la explotación de las riquezas de las grandes profundidades del mar. Lo difícil era: ¿cómo podría yo ayudar? Mi salud no era muy buena; todavía no estoy bien, lo admito, aunque lo peor ya ha pasado. En aquel momento yo no contaba con mucho dinero y era dinero lo que se necesitaba, grandes cantidades de dinero; el MOLE costó casi diez millones de dólares y yo no tenía los explosivos nucleares que necesitábamos; ¡pero los conseguimos! —exclamó—. Conseguí el dinero, como ustedes saben, especulando en el mercado de valores, basándome en los pronósticos de John. En cuanto a los explosivos..., bueno, me acordé del naufragio del Amílcar Barca.
    —¿Amílcar Barca? —inquirió extrañado el teniente Tsuya, y luego dijo en tono de duda—: ¡Oh! Fue ese... Eso sucedió hace mucho tiempo, cuando yo todavía era muy niño. ¿Pero no fue ese el barco que se hundió hace muchos años cuando usted todavía no inventaba la edenita? Llevaba un cargamento de...
    —¡Fusibles nucleares! —terminó de decir mi tío en tono de triunfo—. ¡Tiene usted buena memoria, teniente! El Amílcar Barca se hundió en las cercanías de Monte Calcuta hace treinta y un años. Y después de pasados veintiocho años, la carga de todo barco hundido pertenece a quien la recupere. ¡Esa es la ley! Entonces decidí que yo sería quien recobrara esa carga. Lo que es más: había que realizar un trabajo de investigación en los alrededores de Monte Calcuta. John había pronosticado un fuerte terremoto allí, y estaba ansioso por probar sus hipótesis. Bueno, yo obtuve el cargamento..., y las pruebas de las teorías de John dieron un resultado espléndido...; pero nos metimos en dificultades —sonrió—. Sin embargo, logramos escapar aunque mi viejo auto submarino quedó convertido en chatarra —adoptó una expresión de gravedad y continuó hablando—: Entonces el doctor Koyetsu nos rescató, con el cargamento, en el MOLE, y vinimos a Cúpula Krakatoa. Escondimos los reactores en el colector del drenaje junto con el MOLE mismo, hasta que llegara el momento adecuado para poner en práctica las teorías de John. Ese momento llegó hace cuatro días y ustedes conocen el resto de la historia.
    —¡Stewart! La hora... —exclamó con urgencia John Koyetsu.

    Mi tío titubeó y miró el reloj de la estación. Asintió gravemente.

    —Prepárense, caballeros —dijo.

    Hubo un momento de silencio. Pasaron segundos... todo un minuto.

    —¿Qué es lo que estamos esperando? Es... —comenzó a decir el teniente Tsuya.
    —¡Aguarde! —le ordenó mi tío, y entonces, casi como un eco a sus palabras, comenzamos a sentirlo.

    La roca se estremeció bajo nuestros pies. Se escuchó en el aire un lejano y horrible gemido de masas sísmicas en movimiento. Aun dentro de la estación lo sentimos, y todos nos agarramos de lo que encontramos a mano para no caernos.

    —¡Este es el tercer temblor! —gritó mi tío por encima del estrépito ensordecedor—. ¡Y todavía faltan otros cinco!

    La roca continuaba gimiendo de dolor a nuestros pies.

    El piso de la estación se inclinó con una sacudida.

    Los elementos del taladro ortolítico de la proa del MOLE se estremecieron y giraron lentamente, impulsados por el movimiento de la tierra, produciendo la extraña ilusión de que el MOLE protestara contra los efectos del terremoto que él mismo causara.

    Comenzaron a caer trozos de roca del techo y por las grietas, que cada vez eran más anchas; penetraron chorros de agua fría y salada al interior de la estación.


    18
    LA TUMBA EN EL FONDO DEL OCÉANO


    Se escuchó un rugido estruendoso proveniente de los túneles que conducían a la estación. Por un momento me alarmé. ¿Podría tratarse de un nuevo temblor que siguiera tan de cerca al anterior? Pero no se trataba de eso. Eran las bombas del desagüe, que habían comenzado a trabajar automáticamente para extraer el agua que estaba inundando la estación.

    Tenían potencia suficiente para realizar la tarea; la estación no se inundaría, cuando menos no por el momento, aunque el terremoto nos había costado la mitad de los sismógrafos que nos quedaban, había abierto una larga grieta en la pared del túnel principal y las negras aguas escurrían entre la rajada roca.

    —¿Fue ese uno de sus terremotos artificiales? —inquirió con aspereza el teniente Tsuya.
    —El programa del doctor Koyetsu implica ocho temblores provocados —asintió mi tío— que deben seguir una línea diagonal hacia abajo, oponiéndose al plano de la falla geológica. Hemos provocado cuatro de ellos. Este fue el cuarto.
    —¿Y los otros cuatro?
    —Esos todavía hay que prepararlos —respondió mi tío en voz baja.

    Hubo un momento de silencio en la estación, interrumpido únicamente por la vibración de las bombas y el murmullo del agua que escurría por el piso.

    —Los explosivos nucleares que obtuvimos del barco hundido permanecieron demasiado tiempo bajo el agua —explicó el doctor Koyetsu poniéndose de pie—. Algunos de ellos están dañados. Utilizamos todos los que estaban en buen estado entre los que teníamos a bordo del MOLE, y luego nos vimos precisados a regresar por más. Fuimos al colector del desagüe. Gideon y Bob subieron a la oficina del señor Eden, pero ya se habían llevado los que estaban guardados en la caja fuerte. El superintendente del edificio nos dijo lo que había sucedido: que la flota se los había llevado. Por eso tuvimos que venir aquí a buscarlos. ¡Los necesitamos! —exclamó en voz alta—. ¡Sin ellos, todo lo que hemos hecho hasta ahora no servirá de nada! El terremoto principal se habrá retardado, sí, y tal vez sea uno o dos grados más débil..., pero ocurrirá. Y destruirá Cúpula Krakatoa.

    El teniente no perdió un solo instante para tomar una decisión. Él había sido entrenado como oficial de la Flota Submarina, y su preparación no le permitía perder un solo segundo para tratar de explicar o justificar lo que había hecho con anterioridad. Se había equivocado; bien, pero ahora sabía lo que tenía que hacer: continuar el trabajo.

    —Eso no sucederá, doctor Koyetsu —dijo, decidido—. Los fusibles nucleares están aquí, en un almacén de la estación. ¡Les ayudaremos a subirlos al MOLE!

    No tardamos mucho tiempo en hacerlo. Por parejas, atamos cuerdas alrededor de las brillantes esferas doradas, y condujimos éstas por el túnel de roca hasta la estación para subírselas después a Gideon, quien ya se había trepado al MOLE y nos gritaba sonriendo:

    —¡Traigan más! —al mismo tiempo que levantaba las pesadas esferas para meterlas por la escotilla, donde el teniente Tsuya y Harley Danthorpe, dirigidos por mi tío, las colocaban en el interior del MOLE. El doctor Koyetsu y el teniente McKerrow formaban una pareja de acarreadores y Bob Eskow y yo la otra.

    Cuando todos los fusibles hubieron sido cargados, Bob y yo nos quedamos parados un segundo, jadeando, y mirándonos uno al otro. En cierto modo aquel fue un momento embarazoso, era la primera vez que nos encarábamos desde que había comenzado todo aquel misterioso asunto. Y ambos recordábamos la forma tan severa como yo había desconfiado de Bob. Yo deseaba, al recordarlo, que todo pudiera darse por olvidado, y fue Bob quien me extendió la mano sonriendo.

    —Eres muy buen detective —me elogió—. ¡Te felicito! Debí tener más cuidado para evitar que me siguieras, pero honradamente no creí que fueras tan bueno.
    —Lo siento, Bob —le dije muy serio. Él sonrió y yo agregué—: No, no te rías. Debí haber tenido confianza en ti..., en Gideon y en mi tío, pero... —titubeé, y por fin confesé—: Bueno, había una cosa que no podía comprender, y en realidad todavía no comprendo. Entiendo que todo este asunto tuviera que guardarse en secreto, pero, ¿por qué ocultármelo también a mí? Si mi tío necesitaba que alguien le ayudara aquí en la estación, ¿por qué no me lo pidió a mí en vez de a ti?
    —Porque entonces la pista conduciría directamente a él —me explicó inmediatamente Bob—. ¿No lo comprendes, Jim? El mejor medio para ocultar sus actividades era involucrarme a mí en ellas y no a ti. Cuando él me habló, poco después de que llegamos aquí, me explicó todo. Me dijo que tú resentirías que te dejáramos fuera del asunto, y con mucha razón, pero que sabía que al final comprenderías cuando se explicara todo. Y sé que lo has comprendido, Jim.
    —Supongo que sí —dije después de un momento, ¡pero no estaba muy seguro! A pesar de todo, habría deseado haber podido tomar parte en el trabajo y haberme preocupado igual que ellos.

    El teniente Tsuya bajó por la escalera de abordaje y nos interrumpió:

    —Yo también tengo una pregunta que hacer. Usted hizo ese pronóstico tan acertado de un terremoto porque usted sabía que iba a ocurrir y que lo iba a causar Stewart Eden. ¿De acuerdo?

    Bob asintió.

    —Creo que debería haberlo ocultado —admitió—, pero..., bueno, me pareció que era una buena oportunidad para mí de demostrar lo inteligente que era. En realidad, no fue muy inteligente de parte mía...
    —Eso no es lo que quiero preguntarle —dijo el teniente sacudiendo la cabeza negativamente—. Quiero saber lo que ocurrió después; hablo de la geosonda que fue robada de la estación.

    Bob lo miró confundido.

    —Esa sonda le costó a la flota miles de dólares —dijo el teniente Tsuya—. ¡Y quiero saber qué sucedió con ella! Yo soy responsable por ella; usted lo sabe.
    —Señor —dijo francamente Bob meneando la cabeza—, no puedo ayudarle en eso. No sé absolutamente nada de esa sonda.

    Harley Danthorpe asomó la cabeza por la escotilla del MOLE y exclamó:

    —¡Todo está estibado! ¡Estén preparados para partir!

    Y en aquel momento comenzó el quinto terremoto.

    No creo que fuera más fuerte ni peor que los otros. En los sismógrafos que todavía funcionaban se veía que la amplitud de onda no era mayor, pero me pareció que el ruido que producía era más fuerte, cuando comenzó a oírse el quejido a través de la roca y empezó a sacudir la quietud húmeda y helada de los túneles. La vibración parecía ser mayor.

    Y lo más importante de todo: ¡aquel terremoto no formaba parte del plan del doctor Koyetsu!

    Mi tío se volvió a vernos con el rostro pálido y nos gritó:

    —¡Tenemos que colocar esas otras bombas! ¡Hemos empezado algo, y tenemos que terminarlo!

    Un trozo de roca se desprendió de las hendiduras del techo y cayó sobre mi tío cuando éste hablaba, derribándolo al suelo, y haciéndolo sangrar por la cabeza y por un hombro. Comenzaron a caer rocas sobre la armadura de edenita del casco del MOLE, como si las estuvieran disparando con una ametralladora. Una roca me pegó a mí y otra alcanzó al doctor Koyetsu. Gideon fue derribado al suelo, pero sólo recibió un golpe de refilón que le sacó el aire, sin causarle ningún otro daño.

    Pero Koyetsu y mi tío no estaban en condiciones de soportar un tratamiento semejante. Ninguno de ellos era ya joven, y ambos habían tenido unos días de tremenda tensión. Ahora, en una fracción de segundo, los dos habían caído, derribados por las rocas que se desprendían a causa del terremoto que representaba un enorme peligro para nosotros.

    Tsuya gritó rápidamente unas órdenes y Bob y yo ayudamos a llevar a los heridos a un lugar seco y nivelado sobre las mesas de planos. Bob me miró y exclamó:

    —¡Jim, tú también estás sangrando!

    Era cierto, pero se trataba simplemente de una raspadura. Un pedazo afilado de roca me había raspado el cuello y el hombro produciéndome un rasguño poco profundo en la piel.

    Atendimos a los heridos mientras el teniente Tsuya procedía rápidamente a efectuar algunas computaciones. No teníamos sondeos, y los sismógrafos nos proporcionaban poca información, ya que la mayor parte de las máquinas habían quedado descompuestas a causa de las repetidas sacudidas; pero el arte de pronosticar sismos está más en la mente del hombre que hace los pronósticos, que en la información con la que tiene que trabajar. El teniente Tsuya arrojó su lápiz hasta el otro lado de la estación.

    —¡Oigan! ¡Miren esto! —gritó, tomando otro lápiz, y rápidamente trazó la posición de los focos de los cinco temblores. Los cuatro que habían sido provocados por Koyetsu, y el quinto producido por la naturaleza—. ¡Miren! —unas cruces rojas marcaban la posición de cada uno de los focos, y debajo de ellos había una línea de puntos—. El quinto temblor no fue perjudicial —dijo apresuradamente—; ayudará a aliviar la tensión, siempre y cuando los restantes estallidos sean provocados conforme al plan. ¡El MOLE debe partir inmediatamente! ¡Nos queda menos de una hora para provocar la siguiente explosión y apenas si tendremos tiempo para llegar al lugar indicado!

    Mi tío se incorporó sobre la mesa y bajó de ella.

    —Estoy preparado —dijo con voz ronca, asiéndose de una silla para sostenerse—. ¡John, Gideon, vamos!

    Pero el teniente Tsuya lo empujó, haciendo que se volviera a sentar en la silla.

    —Usted no irá a ninguna parte —le ordenó violentamente—. ¡Nosotros nos haremos cargo de todo ahora!
    —¿Ustedes? —lo miró parpadeando mi tío asombrado—. ¿Pero... qué saben ustedes de esas cosas? John y yo ya tenemos experiencia en ello. ¡Es muy peligroso que lo haga otra persona!
    —¡Y sería un verdadero crimen permitir que ustedes lo hicieran! —exclamó el teniente. Señaló en la gráfica que tenía frente a él e indicó—: ¡Aquí..., aquí... y aquí! Esos son los lugares donde deben provocarse las siguientes tres explosiones. ¿Qué otra cosa necesitamos saber? Llevaremos a Bob con nosotros, si quiere ir, y a Gideon. Sólo necesitaremos una persona más.
    —¡Yo! —grité inmediatamente, pero no fui el único en hacerlo, porque Harley Danthorpe avanzó un paso al mismo tiempo y gritó:
    —¡Yo! —luego se volvió a verme y me dijo muy tenso—: ¡Tengo que ir, Jim!

    Por un momento la estación quedó casi en silencio, excepto por el zumbido de las bombas y el chapoteo del agua del mar que penetraba por las hendiduras de las rocas. Todos estábamos pensando en el viaje que tendría que hacer el MOLE, perforando la corteza terrestre miles de millas debajo de nosotros, bajo la acción cada vez mayor del calor y la presión. Ya habían ocurrido cinco temblores, pero todavía faltaban tres.

    Y esos tres tenían que ser provocados a una mayor profundidad, en la que el MOLE correría más peligro de ser aplastado por los deslizamientos de las rocas o de perecer entre un mar de lava fundida. Yo recordaba el gran número de geosondas que habían sido destruidas por la implosión a veintiún kilómetros, o menos, de profundidad. ¡Y ahora tendríamos que descender mucho más aún que eso! Pero era necesario hacerlo.

    —De acuerdo —dijo por fin el teniente Tsuya—. ¡Los dos vendrán con nosotros! Teniente McKerrow, lo voy a dejar al cuidado de la estación y de estos dos caballeros. Atiéndalos.
    —Gracias —gruñó McKerrow, y luego agregó ansiosamente—: Oiga, ¿por qué no vamos los seis? Estoy seguro de que Eden y Koyetsu pueden cuidarse solos.
    —Es una orden —vociferó Tsuya—. Tendrá bastante quehacer aquí. Ahora... —miró por encima de su hombro hacia la brillante armadura del MOLE y los elementos del taladro ortolítico que la circundaban—. Ahora, ¡vámonos de aquí!

    Mientras estábamos terminando de subir todo lo que necesitábamos y de subir a bordo nosotros mismos, los altavoces de emergencia, que habían estado tanto tiempo silenciosos, comenzaron a sonar nuevamente dando llamadas de advertencia y de alarma de terremotos. Los informes que daba parecían malos a pesar de la poca información que había recibido el locutor. Habló de que se habían abierto nuevas grietas en los tubos del desagüe y de que los pozos colectores se estaban llenando con mucha rapidez para que las bombas, sobrecargadas de trabajo, pudieran vaciarlos. Se estaban toma