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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    AVENTURAS BAJO EL MAR (Frederik Pohl y Jack Williamson)

    Publicado el miércoles, abril 12, 2017

    1…El Éxtasis de la Profundidad


    Subimos a bordo de la nave gimnasio a las 0400.

    Faltaba aún mucho para que amaneciera. El mar semejaba un tranquilo espejo negro que se revolvía suavemente bajo la luz de las estrellas. De pie, en posición de firmes, podía ver por el rabillo del ojo los lejanos muelles de la Academia Submarina como una mancha de luz que contrastaba contra el oscuro y bajo contorno de las Bermudas.

    —¡Cadetes! ¡Atención! —profirió vivamente el capitán cadete Roger Fairfane.

    Todos los que estábamos allí formados adoptamos inmediatamente la posición de firmes. La nave gimnasio era una gigantesca balsa submarina, tan airosa y elegante como podría serlo un iceberg. Los remolcadores submarinos se arremolinaban a su alrededor como pequeñas y atareadas tortugas, remolcando y tirando de la balsa desde varios puntos con el objeto de llevamos mar adentro. Todavía estábamos en la superficie, de pie, formados sobre la cubierta de la nave gimnasio para pasar lista; pero la balsa ya estaba comenzando a chapotear y a cabecear sobre las olas del mar abierto.

    Sentí un ligero estremecimiento causado no únicamente por las ráfagas de viento procedentes del lejano Atlántico, sino también por una hormigueante excitación: ¡Estaba de nuevo en la Academia Submarina! Allí formados podía percibir la ansiedad de Bob Eskow, de pie a mi lado. Ambos habíamos perdido toda esperanza de volver a pasar lista como cadetes, y, sin embargo, ¡allí estábamos nuevamente!

    —¡Jim, Jim! —susurró Bob—. Esto lo impresiona a uno, ¿no es cierto? Estoy comenzando a tener la esperanza de que...

    Se interrumpió bruscamente cuando toda la formación guardó silencio repentinamente; pero no necesitaba terminar la frase: yo sabía lo que él quería decir.

    Bob y yo —me llamo Jim Eden y soy cadete de la Academia Submarina— casi habíamos perdido toda esperanza durante algún tiempo. Fuimos expulsados ignominiosamente de la Academia, pero habíamos luchado por volver a ella y otra vez éramos cadetes y estábamos a punto de graduamos. Comenzaba un nuevo año para nosotros con las tradicionales pruebas de buceo necesarias para calificar. Ese era el problema para Bob, ya que había algo en su constitución física contra lo que había luchado, sin poder derrotarlo completamente, algo que hacía que el buceo fuera tan difícil para él como, digamos, el saltar en paracaídas sería para un hombre que le tuviera miedo a la altura. En Bob, no era miedo ni debilidad, simplemente era algo inherente en él.

    —¡Efectúen conteo!

    El capitán Fairfane dio la orden y toda la extensa línea que formábamos fuimos pasando lista en voz alta. En la oscuridad —todavía faltaba mucho para que amaneciera— no podía ver el extremo más lejano de la fila, pero podía ver al capitán cadete Fairfane a la luz producida por la linterna que llevaba en la punta su bastón de mando. La figura rígida del capitán, la ininterrumpida fila de cadetes que se desvanecía en la oscuridad, el opaco resplandor de la cubierta del barco gimnasio, la blanca fosforescencia de las crestas de las olas, todo el conjunto formaba una sugerente escena.

    ¡Éramos los hombres que pronto estaríamos al mando de la Flota Submarina!

    Todos y cada uno de nosotros habíamos trabajado con ahínco para llegar a ser lo que éramos. Aquello era por lo que Bob Eskow había pasado inflexiblemente, día tras día, por el rudo y agobiante programa de pruebas, de trabajo y de estudio. Las profundidades del mar son semejantes a una droga —solía decir mi tío Stewart Eden, quien había dedicado toda su vida a ellas—; algunas veces son excesivamente amargas, pero una vez que uno las ha probado, ya no puede vivir sin ellas.

    —¡Comandantes de cuadrillas! ¡Repórtense! —rugió la voz del capitán Fairfane.
    —¡Primera cuadrilla, todos-listos-y-presentes-SEÑOR!
    —¡Segunda cuadrilla, todos-listos-y-presentes-SEÑOR!
    —¡Tercera cuadrilla, todos-listos-y-presentes-SEÑOR!

    El capitán cadete devolvió el saludo a los tres comandantes de cuadrilla, dio media vuelta muy erguido y saludó al teniente Blighman, nuestro instructor de buceo.

    —¡Todos-listos-y-presentes-SEÑOR! —profirió en voz alta el capitán.

    El instructor de buceo, Blighman, respondió al saludo desde el lugar donde estaba de pie a sotavento de la superestructura de proa. Avanzó rápidamente con largos y ágiles pasos, dando muestras de la soltura de piernas y el porte de un submarinista veterano. Era un hombre alto, huesudo y moreno, con cara de tiburón famélico. No era más que una sombra para quienes estábamos formados en la fila —el primer resplandor rosa y púrpura apenas comenzaba a aparecer en el horizonte—, pero yo podía sentir cómo sus ávidos ojos recorrían la fila de un lado a otro. El instructor Blighman era conocido en toda la Academia como un oficial rudo y exigente. Si era necesario, se pasaba horas trabajando con nosotros para estar completamente seguro de que hasta el último cadete de sus cuadrillas había sido instruido a la perfección en cada uno de los movimientos que tendría que efectuar bajo la superficie del océano. El desprecio que sentía por los debiluchos era ya algo legendario, y para él, todo el que no pudiera igualar sus propios récords de profundidad y resistencia era un debilucho.

    Quince años antes, sus récords habían sido insuperables en todo el mundo, lo que los hacía difíciles de igualar. Cuando él hablaba, todos lo escuchábamos con atención.

    —¡En descanso! —vociferó—. Hoy van a sumergirse para obtener sus calificaciones en buceo de profundidad. Quiero que todos los hombres que están en la balsa pasen al primer intento. Todos están en condiciones físicas para lograrlo, me han dicho los doctores. Todos saben lo que tienen que hacer, pero se lo voy a explicar una vez más por si acaso alguno de ustedes estaba sordo o dormido. ¡Así no tendrán excusa alguna para no calificar!

    "El buceo es una parte de su entrenamiento en la Academia. Todo cadete tiene que calificar en un deporte submarino para poder graduarse; y no podrán calificar para ningún deporte si no califican en buceo, precisamente esta mañana y en este lugar."

    Se interrumpió y pasó la vista por todos nosotros. En ese momento pude ya distinguir su rostro, envuelto entre sombras, pero con las facciones fuertemente marcadas.

    —Tal vez ustedes piensen que nuestros deportes submarinos son rudos —continuó diciendo—. Lo son. Así los preparamos. Lo que ustedes aprenden en los deportes submarinos de esta Academia, tal vez algún día les ayude a salvar las vidas de otras personas, ¡o tal vez sean sus propias vidas las que salven!

    "Los deportes marinos son rudos porque el mar es rudo. Si alguna vez han visto al mar golpear contra un casco y abrirse camino por una vía de agua o por algún defecto en la presión de la cúpula de una ciudad, entonces ya lo saben. Si nunca lo han visto, entonces créanme..., el mar es rudo.

    "Tenemos un enemigo, caballeros; el nombre de ese enemigo es «la presión hidrostática». Cada minuto que pasamos bajo el agua ese enemigo está a nuestro lado; siempre mortífero, siempre esperando. Uno no puede permitirse el cometer errores cuando está a tres kilómetros de profundidad. De modo que si van a cometer algún error, si van a sumergirse para quedar a merced de la presión, sigan mi consejo y háganlo hoy y aquí. Cuando uno se encuentra en las grandes profundidades, ¡un error significa que alguien muere!

    "¡La presión hidrostática! Nunca la olviden. Significa aproximadamente ciento veinte gramos sobre cada centímetro cuadrado por cada metro que uno se sumerge. A dos kilómetros de profundidad, y dos kilómetros no son nada, caballeros, son apenas el principio de las grandes profundidades, eso se convierte en casi un cuarto de tonelada haciendo presión sobre cada centímetro cuadrado, o sea: ¡varios miles de toneladas haciendo presión sobre la superficie de un cuerpo humano!

    "Ningún ser humano que haya sido expuesto a tal castigo ha logrado sobrevivir para contarlo. No puede hacerse sin llevar puesto un traje de presión, y el único traje de presión que puede soportar tal presión es el fabricado con edenita."

    Bob Eskow estaba parado a mi lado y me dio un ligero codazo. ¡Edenita! El gran invento de mi tío. Permanecí parado más erguido que nunca, escuchando y tratando de no demostrar el orgullo que sentía.

    Aún había muy poca luz, pero al teniente Blighman no se le pasaba nada y miró severamente en dirección de Bob antes de continuar diciendo:

    —Vamos a intentar algo nuevo hoy, novatos; van ustedes a ayudar a toda la flota. Vamos a tratar de alcanzar mayores profundidades, no solamente utilizando trajes de edenita sino también buceando sin ellos. No estamos únicamente tratando de perfeccionar día a día nuestro equipo, sino que los médicos marinos están tratando también de perfeccionamos a nosotros. Hoy, por ejemplo, una parte de su prueba será el experimentar con una nueva clase de inyección que los ayude a adaptarse a la profundidad. Después de que nos sumerjamos, todos ustedes se presentarán con el doctor para que les administre una de esas inyecciones. Se supone que les ayudará a luchar contra los daños en los tejidos del cuerpo y contra la narcosis; dicho en palabras más simples, los hará más fuertes y les despejará la mente. Tal vez dé resultado, no lo sé. Me han dicho que no siempre es así y que en realidad, algunas veces actúa al revés. . . ¡La narcosis! Ese es el peligro principal del buceo sin traje especial, señores. Cuando lleguen más abajo de cierto nivel, sabremos quiénes son realmente verdaderos peces y quienes son simples medusas; porque más abajo de las cincuenta brazas tropezaremos con lo que se conoce como “el éxtasis de la profundidad" —hizo una pausa y nos miró muy serio—. El éxtasis de la profundidad, es una forma de locura que mata. He conocido hombres que estando en el fondo se han arrancado las mascarillas de la cara. A los que sobrevivieron a ello les he preguntado por qué lo hicieron y me han respondido cosas extrañas como: “Quería regalarle la mascarilla a un pez." ¡Eso es indicio de locura! Y estas inyecciones quizá los ayuden a luchar contra ella. Comoquiera que sea, los médicos marinos dicen que ayudarán a algunas medusas como ustedes, pero que algunos otros encontrarán que las inyecciones les producirán tal vez un efecto contrario y que quizá los hagan más sensibles en vez de menos sensibles.

    Oí que Bob Eskow murmuraba lúgubremente para sí:

    —Uno de esos seré yo; esa es mi suerte.

    Comencé a decir algo para animarlo, pero los famélicos ojos de Blighman miraban en nuestra dirección y me contuve.

    —¡Escúchenme..., si quieren vivir! —rugió Blighman—. Algunas personas pueden resistir la presión y otras no. Esperamos poder separar hoy a aquellos de ustedes que no la resistan, si es que hay alguno. Si no la resisten, vigilen las siguientes señales de advertencia: Primera: tal vez sientan un fuerte dolor de cabeza. Segunda: quizá vean rayos luminosos de diversos colores. Tercera: probablemente tengan lo que los doctores han dado en llamar “alucinaciones auditivas"; como el repiquetear de campanas en el fondo del océano y esa clase de cosas. Si ustedes advierten cualquiera de esas señales, regresen inmediatamente a las compuertas, los haremos entrar y los doctores se encargarán de alejar el peligro.

    "Pero si hacen caso omiso de esas señales... —hizo una pausa mirando con frialdad a Bob Eskow quien permaneció rígido y callado, pero pude notar que se había puesto tenso—. Recuerden —continuó diciendo el instructor sin terminar la oración anterior—, recuerden, la mayor parte de ustedes podrán encontrar empleo en las líneas de trasatlánticos comerciales si no logran graduarse aquí. No queremos que ningún cadete muera —consultó su reloj y dijo—: Creo que eso es todo. ¡Capitán Fairfane, haga romper filas a sus hombres!"

    El cadete capitán Fairfane se adelantó al centro y vociferó:

    —¡Descanso para desayunar! La nave se sumergirá dentro de cuarenta minutos. Todas las cuadrillas deberán acudir a recibir sus inyecciones contra la profundidad antes de ponerse sus equipos. ¡Formación, rompan filas!

    Bob y yo desayunamos de pie y nos apresuramos a subir por la escalera. La mayor parte de los otros estaban aún desayunándose, pero Bob y yo no sentíamos demasiado interés por la comida, entre otras cosas, porque la Academia estaba experimentando con raciones de profundidad que tenían un ligero sabor a agua de pantoque, y además, ambos deseábamos ver la salida del sol sobre el mar abierto.

    Todavía faltaba mucho para esto último; las estrellas aún brillaban sobre nuestras cabezas, no obstante que el horizonte ya estaba ribeteado de color. Estábamos parados casi solos sobre la larga y oscura cubierta. Caminamos hasta la orilla del barco y nos agarramos a la barandilla con ambas manos. A popa, una barcaza estaba descargando dos sondómetros que servirían para medir y comprobar nuestro buceo desde la misma cubierta de la balsa. Una cuadrilla de trabajadores estaba subiendo uno de ellos sobre la cubierta por medio de una grúa. Ambos sondómetros serían instalados allí y serían maniobrados por cadetes oficiales que vestirían trajes de presión de edenita, y quienes proporcionarían un récord gráfico y constante de nuestras calificaciones.

    La barcaza se alejó resoplando y la cuadrilla de trabajadores comenzó a asegurar con pernos el primero de los sondómetros. Bob y yo nos volvimos a mirar al frente, a las oscuras aguas.

    —Tú lograrás hacerlo, Jim —dijo de pronto Bob—; no necesitas que te pongan ninguna inyección.
    —Tú también lo lograrás.

    Me miró en silencio. Luego sacudió la cabeza y dijo:

    —Gracias, Jim. Quisiera poder creerte —miró en dirección al agua, arrugando la frente. Su lucha por combatir los efectos del buceo era ya algo que lo había obsesionado hacía mucho tiempo—. El éxtasis de la profundidad; es un bonito nombre, Jim, pero es algo horrible... —se irguió sonriendo y agregó—: Lo venceré. ¡Tengo que hacerlo!

    No supe qué decirle; afortunadamente no tuve que decir nada porque otro cadete cruzó la cubierta en dirección a nosotros, nos dijo algunas palabras y se paró a mi lado mirando al negro espejo de agua y al brillo de las estrellas que se reflejaba en él, iluminado suavemente por el cerco de luz que comenzaba a aparecer en el horizonte. No reconocí al cadete; obviamente era un cadete del primer año, pero no pertenecía a nuestra cuadrilla.

    —¡Qué extraño espectáculo! —dijo hablando casi para sí—. ¿Siempre es así?

    Bob y yo intercambiamos una mirada. No cabía duda de que se trataba de un novato procedente quizá de algún pueblo de Indiana y quien veía por primera vez cómo era realmente el mar.

    —Ya estamos acostumbrados a él —le respondí con cierta condescendencia—. ¿Es ésta tu primera experiencia con las profundidades del mar?
    —¿Con las profundidades del mar? —contestó mirándome con sorpresa y luego sacudió la cabeza negativamente—. No me refería al mar, me refería al cielo. ¡Uno puede ver tan lejos! Y las estrellas y el sol que comienza a salir. ¿Hay siempre tantas estrellas?
    —Generalmente hay muchas más —respondió secamente Bob—. ¿Nunca antes habías visto estrellas?

    El extraño cadete sacudió la cabeza y había un raro apagamiento de asombro en su voz cuando contestó:

    —Muy pocas veces.

    Ambos lo miramos asombrados y Bob refunfuñó:

    —Pues, ¿quién eres tú?
    —Me llamo Craken, David Craken —respondió y volviendo sus negros ojos hacia mí, agregó—: Tú eres Jim Eden. Tu tío Stewart Eden es el inventor de la edenita.

    Asentí con la cabeza, un poco desconcertado por la vehemente reverencia que denotaba su voz. Yo estaba orgulloso de la armadura formada por una membrana eléctrica de edenita que había inventado mi tío y que hacía actuar a la presión contra sí misma, permitiendo de ese modo que los hombres hubieran podido llegar hasta el fondo del océano; pero mi tío me había enseñado a no vanagloriarme de ella.

    —Mi padre conoció a tu tío —se apresuró a decirme David Craken— hace ya muchos años, cuando ambos trataban de resolver el problema de la presión de las grandes profundidades. . .

    Se interrumpió súbitamente y me le quedé mirando con cierto enojo. ¿Estaba él tratando de decirme que mi tío había recibido la ayuda de alguien al perfeccionar la edenita? Eso no era cierto; tío Stewart jamás habría vacilado en decirlo si fuera verdad y él nunca había mencionado a ningún otro hombre.

    Esperé a que el desconocido se explicara, pero no hubo mayor explicación por parte de él, únicamente emitió un sonido entrecortado.

    —¿Qué sucede? —inquirió Bob Eskow.

    David Craken estaba mirando fijamente en dirección del agua, tan tersa y calmada como un charco de aceite, ligeramente iluminada por el suave resplandor de colores del sol naciente; pero algo lo había asustado.

    Señaló con el dedo. Vi un leve arremolinamiento de luz y un ligero movimiento de las olas a varios cientos de metros de la balsa gimnasio, hacia el mar abierto. Eso fue todo.

    —¿Qué fue eso? —preguntó con voz entrecortada.
    —¡Parece que vio algo! —me dijo Bob con una risita—. Yo también alcancé a vislumbrarlo. .. Me pareció que era un banco de atunes. Supongo que vendrán de los criaderos de las Bermudas —le sonrió al otro cadete y le preguntó—; ¿Qué creías que era, una serpiente marina?

    David Craken nos miró con rostro inexpresivo y contestó:

    —Pues sí; pensé que tal vez eso pudiera haber sido.

    ¡De qué modo lo dijo! Como si fuera absolutamente posible que hubiera habido realmente una serpiente marina allí, surgiendo de entre los bancos de las aguas poco profundas de las Bermudas. Lo dijo como si las serpientes marinas fueran algo real y muy conocido para él; tal como cualquiera de nosotros podría haber dicho: “Pues sí; pensé que tal vez era un tiburón."

    —Déjate de bromas —le dijo Bob con aspereza—. No estarás hablando en serio y si de veras lo crees..., ¿cómo fue que te admitieron en la Academia?

    David Craken le lanzó una mirada y luego miró a lo lejos. Durante un momento se inclinó hacia adelante sobre la barandilla con los ojos fijos en las olas que se extendían frente a nosotros. La fosforescencia había desaparecido y ya no había más que ver.

    Se volvió a miramos y se encogió de hombros sonriendo ligeramente.

    —Tal vez era un banco de atunes; eso espero.
    —¡Estoy seguro de que lo fue! —afirmó Bob—. No hay serpientes marinas en la Academia. ¡Eso es una superstición estúpida!
    —No soy supersticioso, Bob —dijo David Craken después de un momento—, pero créeme, existen cosas en el fondo del océano que..., bueno, cosas que tal vez no creerías.
    —¡Muchacho! —exclamó Bob mordazmente—. ¡No necesito que ningún novato me venga a contar lo que hay en las profundidades del océano! Ya he estado allí. . . ¿No es verdad, Jim?

    Asentí; Bob y yo habíamos recorrido juntos Cúpula Thetis, en la lejana y profunda Marinia misma, la nación de las ciudades sumergidas, cubiertas por cúpulas, situada a una gran profundidad bajo las oscuras aguas del Pacífico, donde ambos habíamos luchado contra los Sperry y estuvimos a punto de sucumbir.

    —La Flota Submarina ha explorado los océanos a conciencia —continuó diciendo Bob—, y que yo sepa, no se han encontrado con ninguna serpiente marina. Oh, existen cosas extrañas, eso te lo garantizo, pero ha sido el hombre quien las ha puesto allí. Hay enormes tuberías que corren como ferrocarriles subterráneos debajo del lecho del océano, y modernas ciudades cubiertas por cúpulas; buscadores de minas submarinas que recorren de un lado a otro el lecho del mar; pero no existe ninguna serpiente marina, ¡porque ya la habrían visto! Es una superstición tonta y déjame decirte una cosa: aquí, en la Academia, no creemos en esas supersticiones.
    —Tal vez deberían hacerlo —repuso David Craken.
    —¡Despierta, muchacho! —exclamó Bob—. Te digo que ya he estado en las grandes profundidades..., no trates de contarme lo que hay allí. Las únicas veces que Jim o yo oímos hablar de serpientes marinas durante todo el tiempo que estuvimos en Marinia, fue en boca de estúpidos viejos hilanderos que trataban de que les pagaras las copas contándote puras mentiras. ¿Dónde has oído esa clase de historias, Craken? ¿Allá en Iowa, o en Kansas, o en el lugar de dónde vienes?
    —No —respondió David Craken—, no vengo de ninguno de esos lugares —titubeó y nos miró de un modo extraño—. Yo. . yo nací en Marinia. He vivido allí toda mi vida, a casi siete kilómetros de profundidad.


    2…Los Depredadores del Mar


    A proa, los pequeños y rechonchos remolcadores submarinos resoplaban tirando de los cables, arrastrándonos lentamente a una velocidad de nueve nudos hacia los declives submarinos cercanos a la costa. Ya estaba amaneciendo realmente y el cielo era una mezcla de colores con el sol dorado y gigantesco asomando entre una corona de nubes en el horizonte.

    —¿Marinia? —preguntó Bob Eskow—. ¿Tú? ¿Naciste en Marinia? Pero... ¿Qué haces aquí entonces?
    —Nací en las cercanías de Cúpula Kermadec, en el Pacífico del Sur —explicó gravemente David Craken—. Vine a la Academia como estudiante de intercambio, ¿saben? Habernos varios de nosotros aquí; provenientes de Europa, de Asia, de América del Sur, y como yo, de Marinia.
    —Lo sé, pero...
    —Pero pensaste que era un novato que nunca había visto el mar —lo interrumpió Craken con un ligero tono humorístico—. Bueno, la verdad de las cosas es que hasta hace un par de meses nunca había visto otra cosa. Nací a varios kilómetros de profundidad y es por eso que el cielo, el sol y las estrellas me parecen tan fantásticos como, al parecer, una serpiente marina lo sería para ustedes.
    —¡No te burles de mí! —exclamó enojado Bob—. El lecho del océano ya ha sido perfectamente explorado...
    —No —dijo David mirándonos casi implorante, como si nos suplicara que le creyéramos—, no lo ha sido. Hay un puñado de ciudades unidas entre sí por medio de tuberías. Hay exploradores y mineros en todos los abismos del mar y algunas granjas submarinas a algunos kilómetros de distancia de las ciudades protegidas con cúpulas; pero el suelo del mar, Bob, tiene una extensión tres veces mayor que toda el área seca de la Tierra. El microsonar puede descubrir algunas cosas; la observación visual puede descubrir otras pocas más, pero el resto del lecho del mar está tan escasamente poblado y es tan desconocido como la Antártica...

    Sonó el claxon de advertencia y dimos fin a nuestra charla.

    Corrimos sobre la cubierta en dirección a las escotillas, cuando ya la voz del instructor Blighman anunciaba en el altavoz:

    —¡Despejen la cubierta! ¡Despejen la cubierta! ¡Todos los cadetes repórtense a recibir sus inyecciones de profundidad! ¡Nos sumergiremos dentro de diez minutos!

    Un cadete delgado y moreno se nos unió mientras corríamos.

    —¡David! —exclamó—. ¡Te perdí de vista! ¡Debemos bajar a que nos inyecten ahora!
    —Les presento a mi amigo, Eladio Ángel —nos dijo David.
    —Hola —dijo jadeando Bob, y yo lo saludé con una inclinación de cabeza sin dejar de correr.
    —Laddy es un estudiante de intercambio, igual que yo.
    —¿También viene de Marinia? —le pregunté.
    —¡No, no! —exclamó sonriendo Laddy, mostrando unos dientes muy blancos—. Vengo del Perú. Mi casa está tan lejos de Marinia como de aquí. Yo...

    Se interrumpió mirando hacia popa. Estábamos subiendo en fila en dirección a las escotillas, pero comprendimos que algo sucedía. La cuadrilla de trabajadores llamaba a gritos al instructor Blighman.

    Nos volvimos para mirar en dirección de popa. El teniente Blighman salió apresuradamente por la escotilla echando chispas por sus ojos de tiburón. Nos hicimos a un lado para dejarle paso cuando corrió en dirección a popa.

    Uno de los sondómetros había desaparecido.

    Podíamos escuchar los gritos de excitación de la cuadrilla de trabajadores. Habían estado asegurando el primero de los sondómetros sobre la cubierta, donde proporcionaría un registro constante de nuestros buceos, mientras el otro sondómetro estaba aún sobre la plataforma flotante de embarcar; cuando fueron a buscarlo se encontraron con que había desaparecido. Había desaparecido cuando nadie lo veía. Un bulto perfectamente empacado conteniendo instrumentos marinos y con un peso aproximado de cincuenta kilogramos, y, sin embargo, había desaparecido.

    Nos alineamos para que nos inyectaran. Todos hablábamos del sondómetro perdido.

    —La culpa la tuvo la cuadrilla de trabajadores —explicó dándose aires de sabihondo el capitán Fairfane—. No lo ataron bien, vino una oleada y. . .
    —No hubo ninguna oleada —dijo casi para sí David Craken.
    —¡Atención! —vociferó amenazadoramente Fairfane—. ¡Están hablando demasiado en esta fila!

    Nos quedamos callados, pero David tenía razón; no había habido ninguna oleada ni existía modo de que el instrumento de cincuenta kilogramos hubiera podido caer por el costado de la plataforma flotante. Simplemente, había desaparecido. Y recordé que no era la primera vez que ocurría un incidente semejante: la semana anterior, un pequeño bote submarino de propulsión neumática y capacidad para un tripulante, había desaparecido de un modo extraño de la playa de recreo. Posiblemente, pensé con gran excitación, las dos desapariciones estaban relacionadas entre sí. Alguien podía haberse deslizado tripulando un bote submarino por detrás del barco gimnasio; haber salido a la superficie mientras la cuadrilla de trabajadores estaba ocupada en la cubierta y haber robado el sondómetro...

    No, era imposible; en primer lugar, el bote no era lo suficientemente rápido para alcanzar siquiera la velocidad de la tambaleante balsa en que viajábamos; en segundo lugar, los aparatos de microsonar lo habrían detectado. Posiblemente, un buceador rápido que hubiera estado esperando a nuestro paso y se hubiera ido acercando a nosotros aprovechando el punto ciego del microsonar pudo haberlo hecho, pero era ridículo pensar que un buceador anduviera nadando solo en el Atlántico, tan lejos de la costa.

    Pensé por un momento en la fantástica advertencia que había hecho David Craken: en la serpiente marina..., pero eso era ridículo.

    Sonaron los timbres que anunciaban que ya íbamos a sumergimos y la desgarbada balsa submarina se inclinó y comenzó a hundirse bajo la superficie. Por encima de nosotros, los remolcadores submarinos continuarían patrullando, uno en la superficie y el otro a nuestro mismo nivel para vigilar que no se acercara ninguna nave que pasara por allí y, si fuera necesario, para ayudamos en caso de algún rescate de emergencia.

    Estábamos listos para iniciar nuestro buceo de calificación.

    Las inyecciones consistieron en un ligero pinchazo, un doloroso frotamiento y eso fue todo. No me sentí en nada diferente después de que me hubieron inyectado. Bob trataba de ocultar su renuencia, pero se veía bastante alegre cuando corrimos de la enfermería a los gabinetes donde guardábamos nuestros equipos de buceo.

    La balsa gimnasio vibraba bajo nuestros pies desde el momento en que sus pequeños motores auxiliares, demasiado pequeños para que pudieran hacerla navegar como una nave de travesía por su propia propulsión, iniciaron la tarea de mantenemos quietos a cierta profundidad. Podía yo ventear el débil pero penetrante olor del barco mismo, ahora que el aire puro de la superficie ya no llegaba hasta nosotros. Casi podía imaginarme claramente cómo las verdes y espumantes olas iban cubriendo la cubierta y podía sentir todo el misterio y la inmensidad del mundo submarino al que estábamos penetrando.

    Bob me dio un ligero codazo y sonrió. No tuvo que decirme nada; comprendí lo que sentía. ¡Estábamos de nuevo en el mar!

    El capitán cadete Fairfane se nos apareció de pronto. Lo había visto discutir excitadamente con el instructor Blighman, pero no había puesto demasiada atención en ello; pensé que hablaban del sondómetro desaparecido; pero no se trataba de eso. Fairfane se acercó a mí agresivamente, su rostro bien parecido reflejaba su ira y me dijo echando chispas por los ojos:

    —¡Eden! Quiero hablar contigo.
    —Sí, señor —respondí en voz alta.
    —Deja lo de “señor" ahora; esto es de hombre a hombre.

    Me quedé sorprendido. No existía una estrecha amistad entre Roger Fairfane y yo. Se había portado muy amigablemente cuando Bob y yo regresamos a su clase, pero eso fue sólo al principio; después, sin saber por qué, se mostró indiferente hacia nosotros. Bob creía que tal vez Fairfane pensaba que yo andaba tratando de quitarle su puesto como capitán cadete, aunque esto no era muy probable; el puesto se lograba a base de aplicación en las clases y dotes atléticas, y Fairfane tenía un récord impresionante en ambas cosas; pero, comoquiera que fuere, él no le agradaba a Bob, tal vez porque pensaba que Fairfane tenía demasiado dinero. Su padre trabajaba en una de las compañías más importantes de trasatlánticos submarinos; Roger nunca había dicho cuál era exactamente el puesto que su padre desempeñaba en la compañía, pero daba a entender que era muy importante.

    —¿Qué es lo que quieres, Roger? —colgué mi chaqueta en el interior del armario y me volví para hablar con él.
    —Eden —dijo en tono cortante—, nos han estado engañando, a ti y a mí.
    —¿Engañando? —le dije mirándolo con asombro.
    —¡Así es! ¡Ese muchacho Craken, nada como una mantarraya! No tenemos la menor oportunidad si competimos contra él.
    —Mira, Roger —le dije—, esto no es un concurso. No importa si David Craken puede soportar la presión a algunas brazas más de profundidad que nosotros y...
    —Tal vez no te importe a ti, pero a mí sí me importa —me interrumpió—. Escucha, Eden. ¡Él ni siquiera es americano! Es un estudiante transferido del océano. ¡Sabe más acerca de la presión que el mismo instructor! Quiero que vayas a protestar ante el teniente Blighman. ¡Dile que no es justo que Craken compita nadando contra nosotros!
    —¿Por qué no protestas personalmente, si piensas así?
    —¡Pero Jim! —Fairfane pareció sentirse lastimado—. Eso no se vería bien; como yo soy capitán cadete y todo eso. Además. . .
    —Además —intervino Bob—, ya lo hiciste y no te hizo caso, ¿no es verdad?
    —Tal vez sí —dijo Fairfane frunciendo el ceño—. No protesté en realidad; simplemente... Bueno, ¿y eso qué importa? Él te hará caso a ti, Eden. Tal vez piensa que tengo prejuicios.
    —¿Y no los tienes? —le espetó Bob.
    —¡Sí, los tengo! —respondió enojado Roger Fairfane—. ¡Soy mejor que él y mejor también que ese peruano amigo suyo! Es por eso que me disgusta que me quieran hacer pasar por un tonto compitiendo en su elemento natural. ¡Se supone que vamos a bucear y a competir contra hombres, Eskow, no contra peces!

    Pude ver que Bob estaba comenzando a enojarse y le toqué el brazo para calmarlo.

    —Lo siento, Roger —le dije—. No creo que pueda ayudarte.
    —¡Pero tú eres sobrino de Stewart Eden! Escúchame, Jim. Si tú hablas con Blighman él te hará caso.

    Aquello era algo que no había aprendido Roger Fairfane a pesar de las calificaciones que había obtenido en sus estudios: yo era sobrino de Stewart Eden, sí, pero eso, junto con cinco centavos, no me serviría para comprar más del valor de un níquel en dulces dentro de la Academia. A la Academia no le interesa quién es el tío de uno, a la Academia le interesa quién es uno y qué es lo que uno puede hacer.

    —Tengo que ponerme mi equipo —le dije—. Lo siento.
    —¡Lo vas a sentir más antes de que hayas conocido bien a Craken! —dijo iracundo Fairfane—. Hay algo extraño en él. Conoce más de las grandes profundidades que...

    Se interrumpió de improviso. Nos miró, echando chispas por los ojos. Dio media vuelta y salió.

    Bob y yo nos miramos uno al otro y nos encogimos de hombros. No tuvimos tiempo de hablar en ese momento porque los otros cadetes ya se estaban alineando, listos a entrar a las compuertas.

    Nos pusimos a toda prisa el equipo de buceo. Era muy simple: aletas para los pies, boquilla y goggles en la cara, y el pulmón portátil a la espalda.

    Este último era un modelo nuevo de electropulmón, de un reciente tipo que genera oxígeno mediante la electrólisis del agua del mar. Los decloronizadores eliminan los gases tóxicos de la sal. Ahorra peso y extiende el radio de acción considerablemente, ya que el agua es ocho novenas partes oxígeno por peso, y de ese modo, puede obtenerse un abastecimiento por tiempo indefinido, en tanto que la batería atómica de estronio no deje de proporcionar la corriente eléctrica.

    Bob se puso su equipo de mala gana y comprendí por qué: como los primeros buzos habían descubierto al bucear con pulmones de oxígeno, el oxígeno puro tiene sus riesgos; para aquellos que son propensos a sentir “el éxtasis de la profundidad" el oxígeno admi-nistrado en demasía, al parecer producía los ataques más rápidamente y con mayor violencia que el aire ordinario.

    Tal vez las inyecciones servirían de ayuda...

    Penetramos en la compuerta, formados en escuadrones de veinte hombres, y las aletas azotaban el suelo de la cubierta. Allí nos entregaron trajes térmicos que nos quedaban completamente ceñidos al cuerpo. Esa fue la primera prueba de que aquella no era una expedición ordinaria de buceo; bajaríamos a profundidades tales en las que el agua estaría despiadadamente fría a la vez que iba a ejercer una presión aplastante sobre nosotros.

    Nos sentamos en las húmedas bancas que había alrededor del borde de la lúgubre y baja cúpula de la compuerta y el instructor Blighman nos dio las últimas instrucciones.

    —Cada uno de ustedes tiene un número. Cuando inundemos la compuerta y abramos la puerta al mar, ustedes deberán nadar hasta la superestructura de proa, buscarán su número y apretarán el botón que hay abajo de él. La luz que hay sobre su número se apagará indicando que han completado la prueba. Entonces, naden de regreso hacia acá y entren en la compuerta. Eso es todo lo que tienen que hacer. Hay una cuerda guía para evitar que alguno de ustedes se pierda. Si se mantienen cerca de la cuerda guía, no pueden perderse; si no lo hacen...

    Paseó su mirada a su alrededor mirándonos con sus ojos de tiburón, fríos como el mismo océano.

    —Si no lo hacen —repitió alzando aún más la voz—, harán que el servicio submarino tenga que perder su tiempo en una expedición para buscarlos a ustedes... o a sus cadáveres.

    Sus ojos recorrieron todo el grupo esperando que alguien dijera algo.

    Nadie habló. En realidad no había mucho riesgo de que nos pudiéramos perder... ¿O sí lo había? Uno de los sondómetros había desaparecido. Era parte del circuito de microsonar de la balsa gimnasio; sin él, tal vez fuera muy difícil realmente localizar a un cadete que anduviera vagando trastornado, a causa de la narcosis de las profundidades...

    Resolví no perder de vista a Bob.

    —¿Alguna pregunta? —rugió el instructor Blighman.

    No hubo preguntas.

    —Muy bien. ¡Ajústense las secciones de la cara! ¡Abran válvulas uno y tres!

    Nos colocamos los lentes y las boquillas en su lugar.

    El cadete que atendía el tablero de controles saludó y dio vuelta a dos perillas de plástico. El agua del mar entró como tromba.

    Penetró en dos blancos chorros, espumando y chocando con fuerza contra los mamparos de la cámara. Un rocío enceguecedor distorsionó la visión de nuestros lentes y la fría agua salada se agitó embravecida alrededor de nuestros pies jalándonos hacia uno y otro lado.

    El instructor Blighman había retrocedido hasta la portañola de mando, donde se paró a observar a través del grueso vidrio. A medida que la compuerta se iba llenando podíamos oír su voz que se escuchaba opaca y distante a través del agua y nos llegaba por los trasmisores:

    —¡Abran la puerta al mar!

    Se oyó un gemido de motores y la puerta se abrió deslizándose hacia arriba.

    —¡Cuenten y salgan!

    Bob Eskow era el número cuatro de nuestra cuadrilla e iba precisamente adelante de mí. Pude oír cómo golpeaba rápidamente cuatro veces sobre el mamparo, al mismo tiempo que salía por la puerta.

    Golpeé cinco veces y lo seguí.


    ¡El éxtasis de la profundidad!

    Pero no era peligroso, era... sentirse con vida. Todo mi trabajo y esfuerzo en la Academia, en realidad toda mi vida, iban dirigidos a aquello. Ya estaba en el mar.

    Tomé oxígeno y sentí que mi cuerpo comenzaba a ascender hacia la superficie que se encontraba a treinta metros sobre nosotros; exhalé y mi cuerpo se hundió hacia la cubierta de la balsa submarina. El electro- pulmón burbujeaba y susurraba a mi espalda, midiendo mi respiración, proporcionándome oxígeno para mantenerme con vida a una profundidad igual a la altura que tendría un edificio de diez pisos, debajo de las olas y el cielo. Arriba ya era pleno día, pero allí abajo sólo se distinguía un suave resplandor verdoso.

    La cubierta de la balsa gimnasio, que en la superficie no era más que gris acero y negras sombras, se había transformado en una caverna de los cuentos de Simbad: en un piso verde grisáceo abajo de nosotros y en unas paredes verde mar a los lados. La cuerda guía brillaba como una serpiente verde que se extendía tirante delante de mí, penetrando entre el verde resplandor del agua. No sentía estar bajo el agua, ni estar “mojado"; me parecía estar volando.

    Pataleé y avancé rápidamente sobre la cuerda guía sin tocarla.

    Bob estaba adelante de mí, nadando lentamente, casi tocando con los dedos la cuerda. Aminoré la marcha impaciente detrás de él, en tanto que él nadaba tenazmente hacia la superestructura de proa y buscaba a tientas en el aparato marcador. Allí estaban nuestros números iluminados por la luz azul de los tubos de troyón que había sobre los botones señaladores. Se veían claramente en el resplandor de luz verde, pero al parecer, Bob estaba teniendo problemas.

    Por un instante tuve el impulso de ayudarlo, pero existe un código de honor en la Academia, estricto y firme: cada cadete ejecuta sus propias tareas, nadie puede entrometerse en el trabajo de otro. En ese momento, él encontró el botón y su número se apagó.

    Lo seguí, sintiéndome cada vez más preocupado, de regreso a lo largo de la cuerda guía. Se le hacía difícil conservarse cerca de ésta. En dos ocasiones lo vi agarrarse de la cuerda y tirar de ella, impulsándose hacia adelante, ya que su forma de nadar se hacía cada vez más torpe.

    ¡Y eso le sucedía a treinta metros! ¡Lo que era apenas el principio de las pruebas de buceo de calificación! ¿Qué le pasaría a noventa metros? ¿O a ciento cincuenta?

    Finalmente, todos regresamos al interior de la compuerta y las bombas comenzaron a producir un sonido profundo, como el ronronear de un gato. Tan pronto como el agua hubo bajado hasta nuestras cinturas, el instructor Blighman vociferó:

    —¡Eden, Eskow! ¿Qué estaban haciendo ustedes, par de medusas? ¡Hicieron demorarse a toda la cuadrilla!

    Permanecimos de pie chorreando agua sobre las resbalosas tablas del piso, aguardando a recibir una buena reprimenda, pero nos escapamos de ella. Otro de los cadetes emitió un grito agudo y cayó chapoteando en el piso. Los médicos marinos ya estaban allí antes de que el agua terminara de salir de la compuerta. Lo agarré, sosteniéndole la cabeza fuera de la poca agua que quedaba. Ellos me lo arrebataron y rápidamente y sin miramientos le arrancaron la boquilla y los lentes del rostro. Tenía la cara convulsionada en una mueca de dolor y estaba desmayado.

    El instructor Blighman se acercó rápidamente chapoteando en el agua con furia. Antes de que los médicos pudieran examinar a conciencia al cadete, Blighman rugió:

    —¡Tapones para los oídos! ¡Nunca falta alguno en cada cuadrilla! ¡Se lo he repetido cientos de veces! ¡Se lo he remachado una y otra vez! Los tapones en los oídos no sirven de nada más abajo de una braza. Muchachos, si no pueden luchar contra el mar, no traten de ocultarse detrás de unos tapones para los oídos; todo lo que éstos hacen es permitir que la presión aumente un poco más..., muy poco más..., y luego, ceden y lo único que logran es que se les revienten los oídos y los echen de la Academia. ¡Como le va a suceder aquí a Dorrit!

    Lo sentí por Dorrit, pero al menos nos había salvado por el momento. Pero sólo fue por el momento.

    No habíamos avanzado un metro al salir de la compuerta, cuando Bob se tambaleó y dio un traspié. Lo agarré por el brazo tratando de sostenerlo de pie cuando menos, hasta que estuviéramos fuera del alcance de los escrutadores ojos del instructor Blighman.

    —¡Bob! ¡Ánimo, muchacho! ¿Qué te pasa? —le pregunté.

    Me miró con una expresión extraña y distante y luego, sin más ni más, cerró los ojos y cayó al suelo sin que yo pudiera sostenerlo.

    Me permitieron ir con él a la enfermería y hasta me dejaron que llevara uno de los extremos de la camilla.

    Despertó cuando bajamos la camilla y se volvió a mirarme. Por un momento creí que él había perdido la razón.

    —¡Jim! ¡Jim! ¿Puedes oírme?
    —Puedo oírte. Bob. Yo...
    —¡Estás tan lejos! —tenía los ojos vidriosos y me miraba fijamente—. ¿Eres tú, Jim? No puedo ver... Hay una niebla verde y relámpagos... Jim, ¿dónde estoy?
    —Estás en la enfermería, Bob —le dije tratando de infundirle confianza—. Aquí está el teniente Saxon. Vamos a hacer que te pongas bien...

    Cerró los ojos tan pronto como uno de los doctores lo pinchó con una aguja. La inyección lo durmió casi instantáneamente, pero antes de que se quedara dormido lo oí murmurar:

    —La narcosis... sabía que jamás lo lograría.

    El teniente Saxon me miró por encima del cuerpo inconsciente de mi amigo.

    —Lo siento, Eden —me dijo.
    —¿Quiere decir que será eliminado de la Academia, señor?
    —Es muy sensible a la presión —asintió—. Lo siento, será mejor que regreses a donde está tu cuadrilla.


    3… ¡En Busca de un Récord de Buceo!


    A los doscientos diez metros de profundidad salí a nadar en la oscuridad.

    Los poderosos reflectores submarinos de la nave gimnasio apenas si permitían distinguir vagamente la oscura cubierta. No había el menor rastro de luz del sol que alumbraba la superficie y únicamente se percibía un ligero halo, muy distante, que marcaba la super-estructura de proa.

    Me sentía mareado..., casi enfermo.

    ¿Era a causa de la presión?, me pregunté. ¿O era a causa de lo que le ocurría a mi amigo Bob Eskow en la enfermería? Lo había dejado y había regresado a las pruebas, pero mi pensamiento seguía puesto en él.

    Traté de apartarlo de mi mente y nadé hacia adelante a través de la oscura profundidad, en dirección al leve resplandor de la superestructura de proa donde tendría que apagar mi número.

    Sólo quedábamos diecisiete de nosotros; los demás habían realizado unos cuantos buceos y habían sido descalificados por los médicos marinos que ya no les habían permitido continuar o se habían descalificado ellos mismos. O, al igual que Bob Eskow, habían reventado.

    Sólo quedábamos dos de la cuadrilla a la que yo pertenecía y que había estado formada originalmente por veinte hombres; otro y yo. Los otros quince pertenecieron a otras cuadrillas. Reconocí entre ellos a David Craken y al muchacho peruano, Eladio, al cadete capitán Fairfane que miraba con fiereza a los dos cadetes extranjeros, y a algunos más.

    Los dejé atrás y pataleé. No percibía ninguna sensación de presión sobre mí, porque la presión que sentía en el interior de mi cuerpo era casi tan fuerte como la presión exterior. El electropulmón que llevaba a la espalda susurraba y burbujeaba al suministrarme oxígeno bajo aquella tremenda presión, llenando mis pulmones y circulando por mi sangre. Los ingeniosos filtros químicos absorbían todo rastro de cloro, de nitrógeno y de bióxido de carbono, de modo que no existiera riesgo de ser intoxicado o de ser atacado por “los calambres", esa parálisis que había matado o dejado lisiados a tantos de los primeros buzos de antaño.

    Una columna de agua de doscientos diez metros de altura me estaba aplastando, pero la presión de mi propio cuerpo la contrarrestaba. No podía sentir la presión en sí, pero me sentía viejo, cansado, exhausto, sin saber por qué. Se me había agotado toda energía. Cada golpe que daba con las aletas que llevaba en los pies, cada movimiento de los brazos parecían necesitar de toda la fuerza de mi cuerpo. Cada vez que completaba un mo-vimiento, me parecía completamente imposible que encontraría la energía necesaria para el siguiente. Habría sido mucho más sencillo dejarme flotar a la deriva...

    Pero, de algún modo encontraba fuerzas y de algún modo también, el halo verdoso que percibía a proa, se iba acercando lentamente. Comenzó a tomar forma al igual que el potente brillo de los reflectores y comencé a distinguir las hileras de números.

    Encontré a tientas el botón que me correspondía y vi cómo mi número producía un resplandor más fuerte y luego se apagaba. Me volví y cansada y lentamente pude retomar a lo largo de la cuerda guía hasta estar una vez más en el interior de la compuerta.

    Doscientos setenta metros.

    Únicamente once de nosotros habíamos terminado el buceo a doscientos diez metros; y los médicos marinos, valiéndose de sus pruebas rápidas y seguras, eliminaron a otros seis de los once, entre ellos a Eladio. El electro estetoscopio del teniente Saxon había detectado un ligero murmullo en su corazón y se rehusó terminantemente a que el peruano volviera a salir.

    Sólo quedábamos cinco y dos de ellos mostraron los inconfundibles signos de que iban a sufrir un colapso tan pronto como el agua comenzó a entrar a borbotones en la cámara. Unos cadetes vestidos con trajes blindados salieron rápidamente de las compuertas de emergencia y se los llevaron, en tanto que el resto de nosotros permanecimos allí para sentir el zumbido parecido a un gemido de los motores que abrían las puertas al mar y ver la profundidad nuevamente abierta ante nosotros.

    “El resto de nosotros"; sólo quedábamos tres ya: yo, el capitán cadete Roger Fairfane, agotado, rendido, irritado y tenso, pero inflexiblemente determinado, y David Craken, el cadete de Marinia.

    Ahora no se percibía ni siquiera el más ligero resplandor a proa. Me arrastré a través del agua, concentrándome tenazmente en el brillo de la cuerda guía... ¡Qué opaca, qué débilmente brillaba a doscientos setenta metros de profundidad!

    Me parecía como si estuviera tratando de deslizarme a través de algo gelatinoso durante horas y más horas sin lograr progreso alguno. De pronto percibí algo adelante de mí: el suave y distante resplandor de unas luces (los reflectores de proa que en la superficie podían verse a treinta kilómetros de distancia, pero que allí abajo apenas podían distinguirse a unos seis metros) y resaltando contra ellas, una especie de seres marinos irreconocibles y fantásticos...

    Había dos de ellos. Los miré con indiferencia y de pronto comprendí lo que eran: eran David Craken y Roger Fairfane. Ambos habían salido de la compuerta un momento antes que yo, ya habían llegado a su objetivo y venían en su camino de regreso.

    Pasaron junto a mí casi sin verme. Luché desfallecido por avanzar. Para el momento en que encontré mi botón y apagué mi número, ellos ya se habían perdido nuevamente de vista.

    Los volví a ver a mitad de mi camino de regreso. Cuando menos eso fue lo que creí al principio, pero luego comprendí que no podían ser ellos.

    Algo se movía en el agua frente a mí. Miré más de cerca, en cierto modo sacando fuerzas de la curiosidad.

    Eran peces. Docenas de pequeños peces que parecían huir a toda prisa cruzando directamente frente al curso que yo seguía, a lo largo de la cuerda.

    No hay nada de extraño en ver peces en las aguas de las Bermudas, ni siquiera a doscientos setenta metros de profundidad, pero aquellos peces parecían estar asustados. Los miré cansadamente, posando una mano sobre la cuerda mientras pensaba lo extraño que era que estuvieran asustados. Miré hacia atrás en dirección de donde habían venido y vi algo..., algo en lo que no podía creer.

    Pude ver. . . muy débilmente... una línea de sombra que contrastaba contra la sombra aún más oscura que era la barandilla de babor de la nave gimnasio y, marcado con otra sombra más oscura todavía, algo se cernía sobre la barandilla. No había casi luz pero parecía tener una forma definida y por demás increíble.

    Parecía..., parecía una cabeza; una cabeza enorme que surgía sobre la oscura cubierta. Era más grande que un hombre, y parecía estar mirándome con sus pequeños y rasgados ojos, abriendo la boca para mostrarme una hilera de dientes dignos de una pesadilla...

    Supongo que debería haberme sentido aterrado, pero a doscientos setenta metros de profundidad y metido en mi traje de buceo no tuve fuerzas siquiera para sentir terror.

    Permanecí allí, con una mano sobre la cuerda guía, mirando sin creer lo que estaba viendo, pero sin dudar de que era cierto.

    Entonces, desapareció, como si jamás hubiera estado allí.

    Miré fijamente al lugar donde había estado o donde yo había creído que la había visto, esperando a que sucediera algo: que apareciera de nuevo, o cualquier cosa que me convenciera de que no había sido únicamente producto de mi imaginación.

    Nada sucedió.

    No sé cuánto tiempo permanecí allí, esperando. Luego, poco a poco, recordé: se suponía que yo no debía permanecer allí; se suponía que debería estar haciendo algo, tenía una meta definida que alcanzar; iba de regreso a la compuerta...

    Me obligué a mí mismo a ponerme trabajosamente en movimiento.

    La brillante cuerda parecía tener millones de kilómetros de largo. Me mantuve cerca de ella nadando con tanta fuerza como pude, hasta que las luces de popa comenzaron a tomar forma y la cúpula de la cámara misma surgió entre la oscuridad.

    Me arrastré al interior de la puerta v miré hacia atrás. No había nada allí. Las puertas dejaron oír un gemido y se cerraron. Las bombas comenzaron a funcionar expulsando el agua.

    No sé lo que los otros dos habrían visto —supongo que nada—, pero se veían tan aporreados y tan exhaustos como yo mismo, cuando el último resto de agua hubo salido y el instructor Blighman se descolgó al interior por la escotilla de emergencia.

    Sonreía, y cuando habló, su voz retumbó como un trueno en la pequeña cámara.

    —¡Los felicito, muchachos! —exclamó—. ¡Son ustedes verdaderos lobos de mar, y lo han probado! Los tres han logrado calificar a doscientos setenta metros... ¡Doscientos setenta metros! ¡Eso es un récord! En todos los años que llevo como instructor de la Academia, apenas si había habido media docena de cadetes que habían logrado calificar a esta profundidad, y ahora, ¡lo han logrado tres de ustedes en una sola clase!

    Estaba comenzando a recobrar el aliento y dije:

    —Instructor, teniente Blighman, yo. . .
    —Aguarda un minuto, Eden —dijo suavemente—. Antes de que digas nada, quiero preguntarles algo.

    No estaba seguro de lo que había estado a punto de decir..., algo acerca de lo que había visto o de lo que creía que había visto, supongo; pero en la pequeña y bien iluminada cámara, con Blighman hablando de récords, aquello parecía tan remoto, que cada vez fui creyendo menos en que lo había visto realmente.

    —Los tres han calificado, no hay duda de eso —estaba diciendo Blighman—; pero el teniente Saxon ha preguntado si alguno de ustedes está dispuesto a intentar otro buceo a sesenta metros más de profundidad. Se trata estrictamente de una operación voluntaria, no habrá objeción alguna si ninguno de ustedes desea hacerlo, pero él tiene la esperanza de que sus nuevas inyecciones van a hacer posible establecer récords a mayores y mayores profundidades y le gustaría probar un poco más. ¿Qué responden, muchachos?

    Nos examinó a los tres con sus centelleantes ojos de tiburón. Se detuvo frente a mí.

    —¿Eden? ¿Te sientes bien? Parece como si estuvieras teniendo alguna reacción.
    —Creo..., creo que tal vez la esté teniendo, señor. —titubeé, tratando de encontrar el modo de explicarle de qué clase de reacción se trataba; pero... ¡La cabeza de una serpiente gigantesca! ¿Cómo iba a poder decirle eso?

    No me dio oportunidad para ello.

    —¡Está bien, Eden! —vociferó—. Eso te deja fuera. No me discutas. Ya realizaste una hazaña espléndida, no tiene caso continuar, a menos que te sientas bien seguro. ¿Craken?
    —Sí, señor. Estoy listo —respondió David en voz casi tan baja que apenas se le escuchó.

    Recordé, al mirarlo, lo que él había dicho acerca de las serpientes marinas poco antes, cuando todavía estábamos en la superficie, y lo que yo le había respondido. Por un momento me sentí tentado a advertirle que su serpiente marina estaba realmente allí... Pero tal vez todo había sido causado por la presión y la inyección. ¡Las serpientes marinas no existían! Todo el mundo sabía eso...

    —¿Fairfane?
    —Estoy bien —respondió Roger Fairfane con un esfuerzo—. Sumerjámonos.

    El instructor Blighman lo miró pensativamente un momento. Luego, se encogió de hombros. Pude leer su pensamiento tan claramente como si hubiera hablado. Fairfane no tenía muy buen aspecto, eso era seguro, pero Blighman ya se había decidido; si había algo malo en él; los doctores lo notarían, y si no lo había, no importaba el aspecto que tuviera el cadete capitán.

    Los médicos marinos entraron apresuradamente. Hicieron sus rápidos exámenes e informaron que tanto David como Roger estaban en condiciones de continuar.

    Entonces, Blighman nos ordenó en tono cortante a los doctores y a mí que saliéramos de la compuerta. Al salir, vi que Roger Fairfane se volvía a ver a David con ojos centelleantes y lo oí murmurar algo que me pareció había sido:

    —¡Nunca podrás hacerme ver como una medusa!


    Trescientos treinta metros.

    El instructor Blighman me permitió entrar con él al cuarto de controles a observar cómo Fairfane y David Craken realizaban su prueba de buceo a trescientos treinta metros de profundidad.

    Los motores de la nave comenzaron a zumbar equilibrando los tanques de lastre para hacemos descender otros sesenta metros. Era importante que la balsa permaneciera completamente quieta en el agua; si se estuviera moviendo cuando alguno de nosotros efectuaba sus pruebas de buceo, el movimiento del agua nos arrastraría lejos de la balsa. Por esa razón no se podían emplear las hélices de inmersión y el equilibrio de la nave tenía que depender únicamente de los tanques.

    Finalmente, se ajustó el equilibrio de la nave y se llenó la compuerta. Pude ver cómo se abrían las puertas que daban al mar, girando al abrirse, como si fuera el obturador del lente de una cámara fotográfica. David y Roger salieron lentamente de la compuerta.

    Los gruesos vidrios de la portañola de observación hacían que se vieran pequeños y distorsionados. Se alejaron nadando penosamente, penetrando en la oscuridad. Parecían dos ranas pequeñas y extrañas, más lentas y más torpes que los peces. Tan pronto como se perdieron de vista comencé a sentirme culpable.

    Me creyeran loco o no, yo debería haberles advertido de lo que creí haber visto. Esperé y ellos no regresaban. Bueno, después de todo, apenas habían pasado unos cuantos segundos.

    Comencé a retorcerme inquieto y dije titubeante:

    —Señor.

    Blighman no me prestó atención.

    —¡Instructor Blighman! —exclamé abruptamente—. La reacción que tuve..., no le expliqué lo que pasó, pero lo que me pareció ver fue...
    —¡Aquí están ya! —gritó él; no había escuchado una sola palabra de lo que yo le decía—. Aquí vienen... ¡Los dos! ¡Lo han logrado!

    Miré por la portañola y los vi también. Vi a los dos cadetes que surgían lentamente de la oscuridad acercándose en nuestra dirección, nadando con gran esfuerzo. Patalearon perezosamente hacia nosotros y me pareció que Roger Fairfane estaba en dificultades.

    Ambos avanzaban lentamente, pero Fairfane se veía debilitado, exhausto y torpe.

    David Craken venía nadando cerca de él a un lado y un poco más arriba, sin dejar de observarlo. Entraron nadando en la compuerta que quedaba más arriba de nosotros y oí cómo se cerraban las puertas.

    Todo había terminado y me alegré de no haber dicho nada acerca de las serpientes marinas. Habían regresado sin novedad. Las pruebas habían terminado y ahora podríamos regresar a nuestra vida en la Academia.

    Cuando menos eso fue lo que pensé...

    El instructor entró chapoteando a la cámara antes de que hubiera salido toda el agua y yo le seguí. Roger Fairfane estaba tendido sobre la banca, exhausto y con los brazos y piernas extendidos. David Craken lo miraba con ansiedad.

    —¡Magnífico buceo, muchachos! ¡Han establecido nuevos récords! —exclamó regocijado Blighman. Luego, mirando atentamente a Roger le preguntó—: ¿Sientes alguna reacción?

    Roger Fairfane lo miró parpadeando, con los ojos vidriosos, y dijo:

    —Es... estoy bien.
    —¿Y tú, Craken?
    —Me siento perfectamente bien, señor —contestó David—. Traté de explicarle al teniente Saxon que no necesitaba para nada sus inyecciones, no soy sensible a la presión.

    Blighman los miró pensativamente y les preguntó:

    —¿Se sienten en condiciones para efectuar otro buceo?
    —¡Señor! —intervine yo sin poder evitarlo—. Ellos ya han buceado sesenta metros más abajo de lo que los reglamentos...
    —¡Eden! —su voz restalló como un latigazo—. ¡Soy yo quien está al mando de estas pruebas! ¡Yo soy quien debe decidir lo que dicen los reglamentos!
    —Sí, señor, pero...
    —¡Eden!
    —Sí, señor.

    Me miró fijamente un momento con sus ojos de tiburón y luego se volvió a ver a Roger y a David.

    —¿Bien? —les preguntó.

    Roger Fairfane se veía pálido y agitado pero logró cobrar fuerzas para mirar, con el ceño fruncido, no al instructor Blighman, sino a David, y para decir:

    —Estoy listo, instructor. ¡Voy a demostrarle a él quién es una medusa!
    —Escucha, Roger —dijo David con voz que denotaba preocupación—, no creo que debas intentarlo. Tuviste problemas para regresar a la compuerta a trescientos treinta metros de profundidad. A trescientos noventa...
    —¡Instructor! —gritó Roger—. Quítelo de mi vista, ¿quiere? Está tratando de convencerme de que no busque otro récord porque sabe que no puede ganarme.
    —¡No, por favor! —dijo David—. Si el récord es tan importante para ti, yo lo dejaré también. Lo consideraremos un empate. Pero es peligroso para ti, Roger. ¿No lo comprendes? Para mí es diferente; yo nací a siete kilómetros de profundidad; la presión no me importa.
    —Quiero seguir adelante —dijo Roger con terquedad.

    Y así fue como sucedió. El instructor Blighman hizo que los médicos marinos examinaran concienzudamente a los dos cadetes y les exigió mayor minuciosidad esta vez. Los dos salieron bien de los exámenes; no habían sufrido ninguna reacción física, pero... ¿no habrían experimentado alguna reacción mental, como la narcosis de la profundidad? No había forma de decirlo. Sólo David y Roger podían saberlo y ambos negaron haberla experimentado.

    El proceso de descender y equilibrar la balsa nuevamente pareció durar toda una eternidad.

    ¡Trescientos noventa metros!

    Estábamos casi a cuatrocientos metros de profundidad. Sobre cada centímetro cuadrado del resistente casco de edenita de nuestra balsa submarina; la presión ejercía una fuerza de más de cuarenta kilogramos. Y la misma fuerza oprimiría la débil carne humana de David y Roger tan pronto como iniciaran su prueba.

    Escuché el gemido que produjeron las puertas al abrirse.

    Salió David, lentamente pero seguro de sí mismo. Después de un momento, Roger apareció ante nuestros ojos detrás de él. Ambos se sumergieron a lo largo de la cuerda guía en dirección a la superestructura de proa que no estaba al alcance de nuestra vista.

    Pero Roger estaba en dificultades.

    Lo vi desviarse de la cuerda guía hacia la barandilla de estribor. Se repuso, dio un tirón convulsivo hacia atrás. Luego pareció quedar un momento a la deriva. Movía brazos y piernas pero no había coordinación en sus movimientos.

    —¡Está teniendo una reacción! —dijo el instructor Blighman violentamente—. ¡Eso es lo que me temía! Pero las pruebas salieron bien. . .
    —¡Llámelo y hágalo regresar! —dijo en tono cortante la voz del teniente Saxon detrás de mí.

    No me había fijado cuando había entrado el teniente Saxon al cuarto de controles, pero en aquel momento me alegré de que estuviera allí.

    —Tiene usted razón —asintió bruscamente Blighman—. No dejen de observarlo... Trataré de ordenarle que vuelva.

    Corrió hasta el altoparlante de grandes profundidades que enviaría un cono concentrado de vibraciones a través del agua. Cerca de la superficie podía ser escuchado por los nadadores que bucearan con equipos como los que llevaban David y Roger, pero a la profundidad en que estábamos en ese momento...

    Era evidente que no penetraba las enormes presiones de las profundidades. Tal vez ni siquiera pudiera vibrar el diafragma debido a los cuarenta kilogramos que oprimían cada centímetro de él. Cualquiera que fuera la causa, Roger no regresó. Se sacudió convulsionándose y comenzó a nadar lenta y uniformemente, pero en dirección equivocada.

    Se dirigía en línea recta hacia la barandilla de babor y hacia las profundidades que había más allá.

    —¡Cuadrillas de emergencia! ¡Cuadrillas de emergencia! —vociferó Blighman, y varios cadetes vestidos con trajes de blindaje de edenita se dirigieron caminando pesadamente y produciendo una serie de ruidos metálicos, en dirección a las escotillas de emergencia.

    En ese momento, David Craken volteó mirando en busca de Roger, lo vio y regresó. Nadó para alcanzarlo y llegó hasta él antes de que desaparecieran del alcance de nuestras portañolas de observación.

    Parecía estar teniendo dificultades. Aparentemente Roger estaba luchando por deshacerse de él, pero era difícil ver claramente lo que sucedía.

    Si hubo lucha o no, David ganó. Regresaron y en cierto modo David venía remolcando al capitán Roger Fairfane y lo metió en la compuerta.

    Una vez más, tuvimos que aguardar a que las bombas expulsaran el agua.

    Cuando entramos a la lúgubre compuerta, Roger estaba tendido sobre la húmeda banca y se había quitado los lentes. La boquilla de respiración producía un siseo y colgaba del arnés que llevaba sobre los hombros. Estaba pálido como un cadáver y tenía los ojos vidriosos e inyectados en sangre.

    —Fairfane, ¿estás bien? —exclamó el instructor.

    Roger tomó aliento profundamente y dijo jadeando:

    —¡Él. . . él me golpeó! ¡Ese medusa me golpeó!
    —¡Eso no es verdad, señor! —dijo exasperado David—. Era obvio que Roger estaba en dificultades y yo. ..
    —No des más explicaciones, Craken —le espetó Blighman—. Vi lo que sucedió allá afuera. Probablemente le hayas salvado la vida. Comoquiera que sea, esto pone fin a nuestras pruebas. Quítense los equipos, todos ustedes.

    Roger Fairfane logró ponerse de pie y dijo muy serio tratando de ocultar su ira:

    —¡Protesto, teniente Blighman! El cadete Craken me atacó porque tenía miedo de que yo lo derrotara en la prueba. Pienso presentar una acusación ante la corte de los cadetes y...
    —¡Repórtese a la enfermería! —le gritó Blighman—. No sé si se dé cuenta o no, pero usted está teniendo una reacción al suero de Saxon o a la presión. ¡No quiero escuchar una sola palabra más de usted en este momento!

    Se fue. Gruñendo y enojado, pero se fue.

    Una vez más pensé que las pruebas habían concluido. Y una vez más me equivoqué, porque David Craken, a pesar de su aspecto de cansancio, dijo con determinación:

    —Señor, solicito su permiso para completar la prueba a trescientos noventa metros de profundidad.
    —¿Qué cosa? —inquirió Blighman sorprendido esta vez.
    —Solicito su permiso para completar la prueba, señor —repitió tercamente David—. Yo no golpeé al capitán Fairfane. Habría sido muy fácil para mí completar la prueba y le pido permiso para demostrarlo.

    Blighman titubeó frunciendo el ceño.

    —Craken, se encuentra usted a trescientos noventa metros de profundidad. Lo que quiere usted hacer allá afuera no es ningún juego de niños.
    —Lo sé, señor. Soy nativo de Marinia y ya he tenido experiencia con la presión anteriormente.
    —De acuerdo, Craken. El teniente Saxon dice que estas pruebas son muy importantes para ayudar a conocer los resultados del suero. Supongo que eso lo justifica. Puede usted completar su prueba.

    Una vez más, bajamos a la cámara de controles.

    Las puertas se abrieron por encima de nosotros y vi a David salir nadando para penetrar en la fría oscuridad del agua a una profundidad de casi cuatrocientos metros.

    Se le veía tan lento y torpe como se ven los nadadores humanos bajo el agua, pero sus golpes eran regulares y parejos mientras nadaba siguiendo la brillante cuerda guía, hasta que desapareció de nuestra vista.

    Esperamos a que regresara.

    Esperamos segundos. Los segundos se convirtieron en minutos.

    Él había nadado siguiendo la cuerda guía hasta pasar el umbral de la oscuridad donde se hizo invisible para nosotros, y jamás regresó.


    4… ¡La Marea no Espera!


    Todo el día siguiente me pareció estar soñando una pesadilla.

    Sin embargo, no había tiempo para soñar; era el Día de la Academia y la gran revista e inspección nos tuvo atareados a todos.

    Sobre las puertas de coral del edificio de la Administración aparecía el lema de la Academia: “¡La Marea no Espera!" La marea no espera a nada, ni a un camarada perdido, ni a la tragedia, ni a ningún asunto de los humanos. David Craken se había ido, pero la Academia continuaba su curso.

    Nos formamos ataviados con nuestros uniformes de gala color escarlata sobre la rampa cubierta de coral triturado de un blanco enceguecedor. El resplandeciente sol de las Bermudas brillaba furiosamente sobre nuestras cabezas asomándose entre un cielo cubierto de nubes aborregadas. Los cadetes oficiales gritaban sus órdenes. Las largas filas que formaban los escuadrones terminaron sus ejercicios de armas y giraron para iniciar la gran parada. Cuando pasamos frente a la cuadrilla de David Craken, me arriesgué a echar un vistazo. Ni siquiera había un sitio vacío que indicara la ausencia de él. Vi a Eladio Ángel. Tenía el rostro tirante pero sin expresión y estaba parado en posición de firmes aguardando a recibir la orden de iniciar la marcha. David habría marchado a su lado; pero David estaba... Bueno las palabras que aparecían en el boletín oficial del tablero decían: “Perdido y probablemente ahogado."

    La banda comenzó a tocar el himno de los submarinistas en el momento en que viramos a la izquierda para salir de la rampa, dar una vuelta completa al cuadrángulo y detenernos formados en escuadrones en el centro de la plaza de cara a la plataforma de inspección frente al edificio de la Administración. El sol quemaba implacable aunque todavía no era mediodía, pero ningún hombre de nuestra clase vaciló. Permanecimos allí de pie mientras tocó el tumo de marchar a los oficiales; seguimos allí mientras el comandante decía su breve arenga para recordamos lo sagrado de aquel día; permanecimos en posición de firmes mientras el comandante y sus oficiales efectuaban una minuciosa inspección hombre por hombre, paseándose entre las filas, revisando las armas con ojo avizor a cualquier mancha en el uniforme o a cualquier botón empañado.

    Por fin, todo terminó y salimos marchando nuevamente en escuadrones, para romper filas al final de la rampa. Bob Eskow y yo abandonamos la formación y comenzamos a correr en dirección a nuestras habitaciones. Sólo teníamos veinte minutos para cambiamos nuestros uniformes de gala por nuestros uniformes blancos de trabajo para asistir a la primera clase del día.

    Nos detuvo un cadete de la Guardia que nos preguntó secamente:

    —¿Eden? ¿Eskow?
    —Nosotros somos —le respondí.
    —Repórtense a la oficina del comandante. Inmediatamente.

    Nos miramos uno al otro asombrados. ¡El comandante! Pero si no habíamos hecho nada que justificara que fuéramos reprendidos. . .

    —¡Inmediatamente, novatos! —ladró el cadete de la Guardia—. ¿Qué están esperando? ¡La marea no espera!

    Me llamaron a mí primero. Dejé sentado a Bob en posición de atención en la antesala del comandante, abrí la puerta de la oficina privada, tomé aliento y entré. Llevaba correctamente mi gorra bajo el brazo; mi uniforme estaba tan perfecto como pude arreglármelo; pensé que cuando menos, ya que el comandante tuvo que llamarme, fue muy amable de su parte hacerlo cuando acabábamos de pasar inspección en traje de gala. Saludé y dije con toda la energía que pude:

    —¡Señor, cadete Eden, James, reportándose ante el comandante de acuerdo con órdenes recibidas!

    El comandante, vestido aún con su uniforme de gala, se pasó un pañuelo rojo por su grueso cuello y me miró de pies a cabeza apreciativamente.

    —Está bien, Eden —dijo después de un momento—, descanse.

    Se puso de pie y caminó cansadamente hasta la puerta de un cuarto privado que había junto a la oficina.

    —Pase usted, teniente —llamó.

    El instructor Blighman entró marchando muy erguido a la habitación. El comandante permaneció de pie un momento junto a la ventana, mirando sombríamente a las blancas e iluminadas playas y al mar azul que se veía a lo lejos. Sin volverse, dijo:

    —Eden, perdimos a un compañero suyo ayer durante las pruebas de buceo. Se llamaba David Craken. Tengo entendido que usted lo conocía.
    —Sí, señor, pero no muy bien. Lo conocí poco antes de las pruebas de buceo, señor.

    Se volvió y me miró pensativamente.

    —Pero sí lo conocía, Eden. Y le voy a decir algo que tal vez no sepa. Es usted uno de los pocos cadetes de la Academia que pueden decir eso; su compañero de cuarto, el cadete Ángel, y creo que nadie más. Al parecer, el cadete Craken, cualesquiera que hayan sido sus demás cualidades, no era muy aficionado a hacer amigos.

    Permanecí en silencio. Cuando el viejo quisiera que yo dijera algo, me lo haría saber, estaba seguro de eso.

    Me miró por un largo rato con una expresión de seriedad en su rostro duro y rubicundo. Luego dijo:

    —Teniente Blighman, ¿tiene usted algo que añadir a su reporte sobre el cadete Craken?
    —No, señor —respondió con voz ronca el instructor Blighman—. Como ya le dije, cuando transcurrió un lapso razonable de tiempo y vi que el cadete Craken no regresaba di la alarma al puente y ordené una búsqueda por medio del microsonar. Me reportaron que el microsonar no estaba trabajando a la perfección e inmediatamente llamé por radio a los remolcadores que nos escoltaban, pidiéndoles que hicieran un reconocimiento. Los remolcadores tardaron unos cuantos minutos en llegar hasta nosotros y cuando lo hicieron no lograron encontrar el menor rastro de Craken.

    Pensé en David Craken, solo en el oscuro y helado mar, bajo la trituradora presión de trescientos noventa metros de agua. No era de asombrarse el que los remolcadores no hubieran podido localizarlo. El cuerpo de un hombre es un objeto insignificante en la inmensidad del océano.

    —¿Qué sucedió con el microsonar? —preguntó el comandante—. ¿Qué problema tuvieron con él?
    —Bueno, señor —respondió Blighman arrugando la frente—, yo..., yo no sé si eso tenga sentido.
    —Yo decidiré eso —lo interrumpió el comandante alzando un poco la voz.
    —Sí, señor —dijo Blighman y claramente se veía que estaba molesto—. En primer lugar, señor, uno de los sondómetros desapareció aparentemente de la cubierta de la balsa gimnasio antes de que nos sumergiéramos. Como el microsonar había sido adaptado para utilizar dos sondómetros con objeto de llevar el récord oficial de los buceos, eso puede haber afectado su eficacia. Sea como fuere, el cuarto de microsonar reportó tener un fantasma en la imagen. Habían desarmado el sonar para encontrar la causa cuando se perdió Craken.
    —Un fantasma en la imagen —repitió el comandante. Me miró y le dijo al teniente Blighman—: Dígale al cadete Eden cuál era la forma que suponen tenía esa imagen, teniente.
    —Bueno… la cuadrilla del sonar pensó que era, bueno, que parecía una serpiente marina.

    El comandante dejó que las palabras quedaran flotando en la habitación durante un rato.

    —Una serpiente marina —repitió—. Cadete Eden, el teniente me ha informado que usted dijo algo acerca de una serpiente marina.
    —Sí, señor —dije muy tenso—. Me..., me pareció haber visto algo a los trescientos treinta metros de profundidad, pero pudo haber sido cualquier otra cosa, señor. Pudo haber sido un pez o simplemente un producto de mi imaginación a causa de la narcosis o algo parecido, señor, pero...
    —Pero usted utilizó el término “serpiente marina", ¿no es cierto?
    —Sí, señor —le respondí tragando saliva.
    —Comprendo —el comandante volvió a sentarse a su escritorio y se miró las manos.
    —Cadete Eden —dijo—, he investigado la desaparición del cadete Craken lo más concienzudamente que he podido. Pero hay varios aspectos en el asunto sobre los cuales no he podido tomar una decisión firme. En primer lugar está la pérdida del sondómetro; es cierto que no estaba asegurado, por lo cual ya he impuesto un castigo a la cuadrilla de trabajadores responsables de ello; o tal vez simplemente resbaló por un costado de la plataforma; pero ya ha habido varios incidentes semejantes y en este caso, lo más probable es que nos haya costado la vida de un cadete. En segundo lugar, tenemos la sugerencia de que una serpiente marina esté involucrada de algún modo. Debo decirle, Eden, que me siento instintivamente inclinado a pensar que las serpientes marinas sólo existen en las mentes de los que beben demasiado. He pasado cuarenta y seis años en el servicio submarino y he estado en los lugares más extraños, pero jamás he visto una serpiente marina. La cuadrilla del microsonar no está muy segura de lo que vio, si es que en realidad vieron algo; y además, sabemos que el equipo estaba funcionando defectuosamente a causa de la desaparición del sondómetro. Eso determina que tenga que ser usted quien decida: ¿puede usted asegurar positivamente que vio una serpiente marina?

    Pensé con rapidez, pero sólo pude llegar a una conclusión.

    —No, señor. Pudo haber sido una reacción causada por el suero de profundidad o por la narcosis.
    —Así lo pensé —asintió el comandante—. De modo que solamente nos resta el punto tres. Cadete, Eden, ya he entrevistado al capitán cadete Roger Fairfane. Él reporta que hubo un serio desacuerdo entre el cadete Craken y él, y después de reflexionarlo debidamente, Fairfane opina que el cadete Craken tal vez estaba en un estado mental inestable cuando efectuó su último buceo. En otras palabras, Eden, Fairfane sugiere que Craken quizá se apartó deliberadamente de la balsa y se dirigió directamente al fondo para suicidarse.

    Me olvidé por completo de la disciplina de la Academia y dije furioso:

    —¡Eso es ridículo, señor! ¡Fairfane debe estar loco si piensa que David pudo haberse suicidado! En primer lugar, todo el pleito que hubo entre ellos lo buscó el mismo Fairfane...; además, David no tenía ninguna razón para hacer nada semejante. Tal vez él era un poco... extraño, señor, por ser tan retraído y esas cosas; pero juraría que él no era de la clase de personas que se suicidan. Él era...

    Me interrumpí de pronto al recordar quién era yo y dónde estaba. El teniente Blighman me miraba enojado, con el ceño fruncido, y el comandante mismo me estaba viendo con los ojos entrecerrados.

    —Lo siento, señor —me disculpé—; pero... no, señor, es imposible; el cadete Craken no pudo haberse suicidado.

    El comandante se tomó un momento para cavilar y luego dijo:

    —Está bien, cadete Eden. Si le interesa saberlo, puedo decirle que piensa usted lo mismo que el teniente Blighman. En opinión suya, el cadete Craken, al igual que usted, debo decirlo, es, o era uno de los cadetes que más prometen en la Academia. ¡Puede retirarse!

    Saludé, di media vuelta y salí, pero no sin alcanzar a ver al teniente Blighman que parecía turbado. ¡El viejo tiburón! Pensé asombrado. Evidentemente, detrás de aquellos fieros y voraces ojos, había un ser humano después de todo.

    Por ser el Día de la Academia sólo hubo una clase aquella tarde y Eladio Ángel estuvo en ella conmigo. Como Bob no regresó de la oficina del comandante antes de que la clase terminara, Laddy, como lo había llamado David Craken, y yo salimos juntos.

    Caminamos en dirección a sus habitaciones charlando acerca de lo que el comandante nos había dicho a los dos. A ambos nos había contado más o menos lo mismo y Laddy estaba tan furioso como yo por la sugerencia de Fairfane acerca de que pensaba que David se había suicidado.

    —Ese Fairfane es un calamar lleno de odio, Jim —dijo Laddy—. No hay duda de que David es mejor buceador que él, ¿no es cierto? Y ahora que Craken se ha perdido, el calamar quiere destruir su buen nombre —me miró escrutadoramente un momento y añadió—: Además, no creo que David haya muerto.

    Me detuve y lo miré asombrado.

    —Pero...
    —No, no —me interrumpió Eladio Ángel levantando la mano—. No me digas que él se ha perdido, eso ya lo sé, Jim, pero conozco a David. No sé exactamente por qué, pero creo que aún vive —se encogió de hombros y agregó con una leve sonrisa—: Sin embargo, no importa lo que yo piense, a él se le declaró extraviado y posiblemente ahogado, es cierto, y debo obrar de acuerdo con lo que dice la Academia. Por eso estoy empacando sus cosas para enviárselas a su padre, que vive cerca de Cúpula Kermadec, Jim —titubeó un momento y luego me preguntó—: ¿No..., no te gustaría ver una cosa de él, Jim?
    —Bueno, gracias —le respondí—; pero no me parece correcto andar curioseando entre sus cosas.
    —¡No, no! No será curiosear, Jim. Se trata de algo que tal vez te gustaría ver, Jim. No se trata de nada personal, es una..., es una cosa que hizo David. No es nada privado; está colgado en la pared para que todos lo vean. Tal vez deberías verlo antes de que lo quite de allí.

    Bueno, ¿por qué no? Aunque no conocí muy bien a David lo consideraba mi amigo y tenía curiosidad de ver aquello de lo que hablaba Laddy Ángel. Fuimos al cuarto que él había compartido con David y lo vi inmediatamente.

    El espacio de pared que queda sobre la cabecera de la cama de un cadete le pertenece por entero a él y puede hacer de éste lo que le plazca. La mitad de los cadetes de la Academia cuelgan allí los retratos de sus novias; la mayor parte de los demás tienen allí las fotografías de sus madres o de algún submarino, o, en algunos casos, el retrato autografiado de algún famoso submarinista o de algún atleta.

    Sobre la cama de David Craken estaba colgada una pequeña acuarela sin marco.

    Él mismo la había pintado y estaba firmada “DC" en la esquina inferior derecha. Mostraba una escena submarina. Una enorme criatura submarina surgía de entre una enmarañada jungla de plantas subacuáticas.

    Había poco en aquella escena que me fuera familiar o que siquiera fuera creíble. La vegetación me era desconocida: hojas extensas y gruesas que en cierto modo parecían despedir una luminosidad que contrastaba contra la oscura agua. Igualmente extraña era la criatura que allí aparecía. Tenía un cuello muy largo, aletas retorcidas y puntiagudas y... la misma cabeza que yo había visto sobre el costado del barco gimnasio —si en realidad la había visto— a trescientos treinta metros de profundidad.

    Pero había algo más extraordinario aún: cuando miré el cuadro más de cerca, pude ver que el monstruo no estaba solo; sentada sobre su lomo había una figura humana que lo aguijoneaba con una larga puya, como lo hacen en la India los conductores de los ele-fantes.

    Por un momento, la impresión me había hecho que comenzara a creer cosas fantásticas. ¡Comenzaba a creer en las serpientes marinas! Pero la figura humana puso fin a todo. Tal vez habría creído en la existencia de las serpientes marinas. Tal vez habría creído que aquel cuadro era una especie de corroboración de lo que me parecía haber visto y de lo que los muchachos del sonar habían creído ver en sus pantallas, y de lo que David había hablado; pero el hombre sentado sobre el lomo del monstruo, hacía que todo se convirtiera en pura fantasía, simplemente en algo que un joven de Marinia había pintado en sus ratos de ocio.

    Le di las gracias a Eladio por haberme permitido ver el cuadro y salí de la habitación.

    Bob no había regresado aún de la oficina del comandante. Fui a comer y regresé; Bob todavía no estaba allí. Comencé a preocuparme. Había pensado que lo habían llamado únicamente para hacerle preguntas sobre lo que sabía en relación con la desaparición de David, pero eso no les hubiera llevado tanto tiempo. Comencé a temer que se tratara de algo más grave. El teniente Blighman estaba con el comandante; ¿sería acaso que el instructor había llamado a Bob para descalificarlo? Cierto que él era ahora un caso dudoso. Todos nosotros necesitábamos calificar en un deporte submarino cada año para tener derecho a conservar nuestro puesto en la Academia, y Bob ya había fallado en tres de las cuatro pruebas de calificación. Todavía faltaba el maratón submarino y generalmente no eliminaban a nadie hasta que hubiera fallado también en esa prueba, pero. . ., ¿qué otra explicación podría haber para su tardanza?

    No tenía caso andar de un lado a otro preocupándome, por lo que me senté a escribirle una carta al padre de David Craken a Marinia, a la dirección que me había dado Eladio que era:

    Señor J. Craken
    Al cuidado de Morgan Wensley, Esq.
    Cúpula Kermadec
    Marinia


    No había mucho que yo pudiera decir; sin embargo, estaba decidido a escribir algo. Por supuesto que la Academia le notificaría la desaparición de David al señor Craken; pero yo deseaba decirle algo más que lo que pudiera informarle un simple radiograma oficial. Por otro lado, sería tonto de mi parte suscitar su preocupación y sus preguntas si le hablaba de las serpientes marinas o de la desavenencia que David había tenido con el capitán Roger Fairfane. . .

    Al fin de cuentas, simplemente escribí que, aunque no había conocido por mucho tiempo a David sentía mucho su desaparición; que él había sido un nadador hábil y valiente y que si había alguna cosa que yo pudiera hacer, me ponía a sus órdenes.

    Estaba cerrando la carta cuando entró Bob. Se veía cansado pero no precisamente preocupado; excitado sería la palabra más apropiada. Lo asedié a preguntas: ¿Qué había sucedido? ¿Habían estado hablando todo ese tiempo de la desaparición de David? ¿Había acontecido algo nuevo?

    Él se rio y me sentí aliviado.

    —Jim, te preocupas demasiado. No, no ha sucedido nada nuevo. En efecto, me preguntaron acerca de David. Simplemente les respondí que no sabía nada, lo que era realmente la verdad.
    —¿Y para eso estuviste allá tanto tiempo?

    Se desvaneció su sonrisa y nuevamente me pareció excitado, pero sacudió la cabeza y contestó:

    —No, Jim, no fue para eso que estuve allá tanto tiempo.

    Eso fue todo lo que dijo.

    No le pregunté más. Era evidente que el instructor Blighman le había hecho pasar un mal rato después de todo. Sin duda la sesión había sido ardua, con el instructor y el comandante asediándolo, diciéndole que su récord en calificaciones submarinas no era nada satisfactorio, recordándole que si no calificaba en el deporte submarino que faltaba aquel año, sería eliminado. No era de extrañar, pensé, que él no quisiera hablar de ello, debió haber sido una experiencia poco agradable.

    Mientras más lo pensaba más seguro estaba que eso era lo que había sucedido. Y mientras más seguro me sentía, más equivocado estaba, como vine a saber mucho tiempo después.


    5…Un Visitante del Océano


    Aquello sucedió en octubre. Pasaron las semanas y recibí una breve nota procedente de Cúpula Kermadec, del señor Morgan Wensley. Informaba que había recibido mi carta y que sería enviada al señor Craken. La nota venía firmada por Morgan Wensley.

    No decía una sola palabra acerca de la desaparición de David Craken. El señor Morgan Wensley, quienquiera que él fuera, no mostraba la menor pena ni el menor interés.

    Por lo que a él y a la Academia concernía, era como si David Craken jamás hubiera existido. El nombre de David fue borrado de las listas y dado por “perdido". Laddy Ángel y yo nos encontrábamos algunas veces y después de todo. Y, como no pertenecíamos a la misma cuadrilla y ni siquiera estábamos alojados en el mismo edificio, las veces en que nos encontrábamos fueron siendo día a día menos frecuentes.

    Yo mismo casi comencé a olvidarme de David, por algún tiempo.

    A decir verdad, ninguno de nosotros teníamos mucho tiempo para pensar en el pasado. Las clases, las formaciones, las inspecciones y los ejercicios, nos tenían ocupados minuto a minuto, y, siempre que Bob y yo teníamos una hora libre, la pasábamos practicando buceo bajo las olas del mar. Bob estaba firmemente decidido a que, cuando llegara el momento del gran maratón subacuático, después de las vacaciones, él estaría en la mejor forma física que pudiera lograr.

    —Tal vez resulte eliminado, Jim —me decía tenazmente, sentado y jadeando entre una zambullida y otra—, pero no será porque no haya hecho todo lo posible.

    Y se zambullía nuevamente después de ajustarse los lentes, tratando de aumentar, lo más posible, el tiempo que podía durar bajo el agua sin respirar. Era difícil que él pudiera aguantar tanto como yo; al principio sólo resistía unos segundos, luego un minuto, un minuto y medio. Después ya estaba haciendo buceos de dos minutos y de dos minutos y medio. . .

    Desde mi niñez, yo podía aguantar buceos de tres minutos, pero podía decirse que ése era el límite aproximado para mí. Para las vacaciones de Navidad, Bob lograba seguirme segundo a segundo.

    Sin llevar abastecimiento de oxígeno, únicamente con el aire que podíamos retener en nuestros pulmones, ambos nos sumergíamos a doce y hasta a quince metros, y lográbamos permanecer bajo el agua hasta tres minutos y medio. Inventamos todo un sistema elaborado de pruebas. Pedimos prestados un par de electro- pulmones y pasamos toda la tarde de un sábado bajo el agua, cerca de la balsa, marcando distancias y pro-fundidades, imponiéndonos marcas y objetivos. Después, todos los sábados siguientes, hiciera buen o mal tiempo, íbamos allá. Algunas veces bajo la fuerte lluvia y con el cielo tan oscurecido que no podíamos ver las marcas que habíamos dejado bajo el agua.

    Aquello benefició muchísimo a Bob, no solamente porque aumentó su habilidad para desenvolverse debajo del agua sino que también comenzó a perder peso, a adelgazar, pero al mismo tiempo a ponerse más fuerte. Cuando el teniente Saxon lo examinó antes de las vacaciones de Navidad, lo miró atentamente y le preguntó:

    —¿Tú eres el que se desmayó durante las pruebas de buceo?
    —Sí, señor.
    —Y ahora estás tratando de matarte, ¿no es cierto? —dijo enojado el doctor—. ¡Mira tu expediente, muchacho! ¡Has perdido diez kilos! Te estás quedando en los puros huesos. ¿Qué has estado haciendo contigo?
    —Nada, señor —respondió soliviantado Bob—. Estoy en perfecto estado de salud.
    —¡Soy yo quien tiene que decidir eso! —le advirtió Saxon, pero, finalmente, le dio el visto bueno a regañadientes.

    Bob se estaba esforzando excesivamente, pero no existe ninguna ley que diga que un cadete debe mimarse a sí mismo y Bob continuó con la agobiadora rutina. Bob no sólo nadaba los sábados por la tarde conmigo, sino que adquirió la costumbre de desaparecer a las horas más extrañas, cuando se le presentaba cualquier oportunidad, después de ir a misa, durante las horas de visita, o siempre que podía. Yo sabía lo preocupado que estaba de que tal vez no pudiera pasar la prueba del maratón. No le pregunté lo que hacía en sus horas libres, porque estaba seguro de que las pasaba en el gimnasio o corriendo en la carretera para hacer aire.

    Por supuesto, yo estaba completamente equivocado.

    Pasaron los días y los meses y al fin llegó la primavera.

    Casi habíamos olvidado a David Craken, al extraño y triste muchacho que había venido del fondo del mar. Pasó abril y llegó mayo, y con él la prueba del maratón subacuático.

    Nuevamente abordamos la nave gimnasio después del almuerzo. Era la primera vez que Bob y yo volvíamos a ella desde la desaparición de David. Observé que Bob miraba en dirección al lugar donde él, David y yo habíamos estado parados junto a la barandilla mirando hacia las playas de las Bermudas. Él se dio cuenta de que lo estaba mirando y sonrió levemente.

    —Pobre David —fue todo lo que dijo.

    Para él eso fue todo, pero para mí no, yo veía algo más sobre la barandilla: algo enorme y con forma de reptil; una cabeza gigantesca y picuda que había surgido de los abismos del océano.

    Desde aquel día la había visto en sueños frecuentemente, pero, aquella primera vez, ¿habría sido un sueño?

    No era ese el momento de soñar ni había tiempo para ello. No acabábamos de perder de vista la costa todavía, cuando el capitán, cadete Roger Fairfane, ya nos estaba llamando para que nos formáramos por cuadrillas, y el instructor Blighman nos hizo pasar por un intenso ejercicio de entrenamiento, allí mismo, sobre la cubierta de la balsa submarina que era remolcada sobre las olas de las Bermudas por los chatos remolcadores submarinos. Hicimos quince minutos de ejercicio y luego tuvimos un descanso de diez minutos.

    Después, se nos ordenó a todos que bajáramos y despejáramos la cubierta. Se cerraron las escotillas. La nave gimnasio quedó lista a sumergirse. Se dio la señal a los remolcadores y bajamos a diez brazas, para continuar nuestro viaje bajo la superficie. Teníamos que recorrer otras diez millas marinas para llegar hasta el lugar a donde íbamos. A la velocidad de nueve nudos a que navegaba la balsa gimnasio, arrastrada por los remolcadores, tardaríamos unos cuantos minutos más de una hora. Diez millas marinas, a mil ochocientos cincuenta y dos metros cada una, daban un total aproximado de dieciocho kilómetros y medio. Y nosotros tendríamos que nadar esa distancia para regresar a la base, manteniéndonos a diez brazas de profundidad hasta que llegáramos a las partes poco profundas cercanas a la playa.

    A mitad del trayecto, nos ordenaron que nos pusiéramos nuestros equipos de buceo: aletas, “goggles", electropulmón y traje térmico. Los trajes térmicos nos harían nadar más despacio, pero necesitábamos llevarlos. A una profundidad de diez brazas, o sean unos dieciocho metros, la presión no es el enemigo contra el que hay que luchar; el principal peligro es el frío. ¡Sí, el frío! Aun en las aguas de las Bermudas y estando en plena primavera. La temperatura del cuerpo humano es de un poco más de noventa y ocho grados Fahrenheit; la temperatura del agua del mar, a esa profundidad y no obstante estar en esa época del año, es de unos setenta grados. Sumerja usted un bloque de acero del tamaño de un cuerpo humano, y a la temperatura de éste, en las aguas de las Bermudas, y en un minuto se habrá enfriado a la temperatura del agua que lo rodee. Existe una diferencia entre un bloque de acero y un cuerpo humano, por supuesto; a un bloque de acero no le perjudica el ser enfriado a setenta grados, pero a esa temperatura no puede vivir el cuerpo humano.

    ¿Qué mantiene vivos a los nadadores? Pues el calor que sus cuerpos producen, por supuesto; ya que el cuerpo humano se aferra tenazmente a conservar su calor y produce calorías que remplazan a las que ha perdido; pero si a la pérdida de calorías térmicas causada por el enfriamiento del agua agregamos la pérdida de calorías de energía ocasionada por el movimiento de los músculos que impulsan al nadador, en dieciocho kilómetros el desgaste de calorías habrá ido agotando las reservas de éstas hasta llegar al límite peligroso.

    Los antiguos nadadores de superficie, los que lograron cruzar el Canal de la Mancha, por ejemplo, trataban de protegerse del frío cubriéndose hasta el último centímetro del cuerpo, a excepción de los ojos, con gruesas capas de grasa. Eso era menos que inútil; en realidad la grasa ayudaba a malgastar el calor. Oh, sí, algunos de ellos lograron cruzar el canal con todo y eso; pero, ¿cuántos otros —a pesar de hacer frecuentes pausas a mitad del canal para beber líquidos calientes— fallaron?

    Éramos ciento sesenta y un cadetes los que estábamos en el barco gimnasio, y de acuerdo con la tradición de la Academia, ninguno de nosotros debería fallar.

    Cuando subíamos por las escaleras que conducían a la compuerta que daba al mar, le di un ligero golpe en el brazo a Bob y le susurré:

    —¡Lo lograrás, ya verás!
    —Tengo que hacerlo —dijo sonriendo, pero había preocupación en su sonrisa.


    Penetramos en la compuerta y las puertas que daban al mar se abrieron.

    La nave gimnasio, ajustada para permanecer inmóvil a diez brazas de profundidad, fue vomitando sus ciento sesenta y un buzos, escuadrilla por escuadrilla.

    A la verde luz del sol que se filtraba desde arriba, realizamos silenciosamente cinco minutos de ejercicios calisténicos con el propósito de calentarnos. Luego escuchamos la voz retumbante y ondulante del instructor Blighman proveniente del altavoz del puente de controles.

    —¡Atención, jefes de cuadrilla! ¡Partan al oír la señal!

    Hubo una pausa de diez segundos y luego se escuchó el agudo y penetrante silbido que daba la señal.

    Partimos.

    Bob y yo estábamos en la última cuadrilla, capitaneada por Roger Fairfane. Yo había decidido una cosa: no dejar solo a Bob. La formación acostumbrada se rompió casi inmediatamente. Pude ver a diez, veinte, quizá treinta nadadores diseminados a los lados y al frente de mí. Parecían fantasmas color verte pálido que nadaban de acuerdo con el método que nos había enseñado la Academia y que los hacía avanzar rápidamente. Vi a Bob y me mantuve cerca de él sin dejar de vigilarlo.

    Él me vio, sonrió —cuando menos eso me parecía, porque los lentes y la boquilla le ocultaban la mayor parte de la cara— y luego concentró toda su energía en la larga distancia que teníamos por nadar.

    Después de los primeros dos kilómetros, el capitán, cadete Fairfane, se acercó a nosotros agitando los brazos enojado. Nos habíamos rezagado mucho de los otros y él quería que los alcanzáramos. Sacudí la cabeza decididamente y señalé en dirección de Bob. Roger hizo un gesto de furia, avanzó rápidamente y luego regresó. Permaneció malhumorado cerca de nosotros durante todo el recorrido. Como oficial de cuadrilla, era su deber vigilar a los rezagados y nosotros nos estábamos rezagando.

    Después de otro kilómetro, Bob continuaba nadando tenazmente; no avanzábamos mucho, pero él no daba signos de vacilación.

    A los cinco kilómetros el frío comenzó a filtrarse en nuestros trajes; todos estábamos comenzando a sentir lo fatigoso del esfuerzo. Los demás va hacía tiempo que se habían perdido de vista. Bob interrumpió un segundo su lento pataleo v braceo. Se volvió sobre su espalda extendiendo los brazos. . ., y dio lentamente un giro completo bajo el agua.

    Roger y yo nos lanzamos inmediatamente hacia él alarmados, pero él se enderezó, nos sonrió nuevamente —esta vez lo pude ver con claridad— y formó la “V" de la victoria con los dedos.

    Por primera vez comprendí que los largos meses de entrenamiento habían sido provechosos y que Bob llevaría la prueba a feliz término.

    Nos impulsamos hacia arriba para salir a la superficie a un kilómetro y medio más abajo de la playa donde estaban los edificios de la Academia. Casi había oscurecido va. Los demás nadadores debían haber regresado hacía ya largo rato.

    Cansados como estábamos, Bob y yo nos estrechamos la mano alborozados. Roger nos esperaba impaciente, de pie, en el agua poco profunda de la playa y gruñó algo, irritado; pero no lo escuchamos. ¡Bob lo había logrado!

    Roger abrió el zurrón a prueba de agua que llevaba en la cintura, sacó la pistola de señales, apuntó hacia arriba, en dirección al mar, y disparó el cohete que anunciaba que habíamos llegado a salvo. Aquello era necesario para que el oficial que llevaba la cuenta de nosotros supiera que no nos habíamos perdido y no fuera a mandar grupos de rescate.

    —Vamos —gruñó Roger—, estamos alejados casi la mitad de la isla y ya va a ser hora de comer.

    Bob y yo nos quitamos los lentes y las boquillas y aspiramos profundamente el cálido y fragante aire puro. Nos quitamos los trajes térmicos y nos quedamos sonriéndonos el uno al otro un momento.

    —¡Vamos! —vociferó de nuevo Roger—. ¿Qué esperan?

    Corrimos hacia él chapoteando en el agua sin dejar de sonreír. Podíamos ver las luces amarillentas que brillaban en los grandes hoteles de recreo que se encontraban más allá de los edificios de la Academia y un resplandor de luz que se elevaba en el cielo sobre Hamilton. La luna llena aparecía muy alta en el horizonte. El cohete escarlata que señalaba que todo estaba bien fue disparado en los muelles de la Academia en ese momento; eso era indicio de que nuestra señal había sido la última y de que todos habían completado ya la prueba.

    —¡Despierta ya, Eskow! —gritó furioso Roger—. Muévete. Hiciste rezagarse a toda la cuadrilla, estúpido medusa, y...

    Se interrumpió bruscamente mirando en dirección al agua que había entre nosotros.

    Una ola había arrastrado algo, más allá de nosotros, hacia la marca dejada por la marea alta en la playa. Era algo que brillaba con un débil resplandor azul.

    Era un pequeño cilindro de metal, no más grande que una lata de ración para un submarinista. La ola se rompió y retrocedió, trayendo consigo al pequeño cilindro nuevamente hacia el mar.

    Bob se agachó, sintiendo curiosidad a pesar del estado de agotamiento en que se encontraba, y lo recogió.

    Todos lo vimos inmediatamente. ¡El débil resplandor azul era el resplandor de la edenita!

    —¡Mira, Jim! —gritó—. ¡Es algo blindado! ¿Qué diantres...?

    Nos quedamos mirando asombrados el objeto. ¡Estaba blindado con edenita! Tenía que ser forzosamente algo que había salido de lo más profundo del océano, ya que el único objeto de la edenita era poder resistir las fuertes presiones de las grandes profundidades. Lo tomé de su mano; era pesado, pero no tanto como para que pudiera flotar. El brillo de la edenita era muy pálido allí en la atmósfera, pero los pequeños generadores que llevaba el cilindro en su interior todavía debían estar funcionando. Pude ver cómo ondeaba el resplandor de luz a lo largo del objeto cuando el calor de mi respiración produjo un cambio de presión en el cilindro. Además, vi una línea oscura donde las dos mitades del cilindro habían sido unidas probablemente.

    —Abrámoslo —dije—, debe desatornillarse aquí, donde la línea da la vuelta a todo su alrededor.

    Roger se acercó a nosotros chapoteando.

    —¿Qué tienen ahí? —inquirió. Sus aletas de natación hacían salpicar el agua y se hundían en la arena de coral—. ¡Déjenme verlo!

    Se lo volví a dar instintivamente a Bob. Éste titubeó y luego extendió el brazo para mostrárselo a Roger pero sin soltarlo.

    —¡Dámelo! —rugió Roger tirando de él con fuerza—. ¡Yo lo vi primero!
    —Espera un momento —dijo Bob con voz calmada—. Yo lo sentí golpearme contra el tobillo antes de que tú lo hubieras visto. Estabas demasiado ocupado llamándome una medusa para. . .
    —¡Te digo que es mío!
    —Antes de que nos preocupemos demasiado por ello —intervine yo—. ¿Por qué no lo abrimos y vemos lo que hay en el interior?

    Ambos me miraron y Roger se encogió de hombros desdeñosamente.

    —De acuerdo, pero recuerden que yo soy su oficial cadete. Si lo que ese objeto contiene es importante, será mi deber hacerme cargo de ello.
    —Seguro —dijo Bob y me entregó el cilindro. Alcancé a notar un ligero guiño en sus ojos no obstante que el resto de su cara permaneció completamente serio.

    Apreté los extremos del objeto entre mis manos e hice fuerza para desenroscarlos. Cedieron más fácilmente de lo que yo había esperado, y tan pronto como comencé a hacerlo el resplandor del blindaje de edenita parpadeó y se apagó; la conexión de los pequeños generadores que había en su interior se había interrumpido.

    La tapa metálica quedó suelta y sacudí el cilindro, invertido sobre mi mano.

    Lo primero que salió fue un grueso rollo de papel. Lo examinamos y ahogamos una exclamación de asombro: ¡El papel era dinero! Al parecer se trataba de una suma importante. Los billetes estaban enrollados y sostenidos con una liga. Luego salió un documento, tal vez una carta, enrollado también para que entrara en el cilindro. Dentro del documento había una pequeña bolsa de terciopelo negro. Aflojé las cintas de la bolsa y miré en el interior de ésta.

    No pude evitar una exclamación de asombro.

    —¿Qué es? —gruñó impaciente Roger.

    Sacudí la cabeza sin poder decir palabra y vacié el contenido de la bolsa sobre la palma de mi mano.

    Eran trece perlas enormes que brillaban como la edenita a la amarillenta luz de la luna.

    —¡Trece perlas!

    Se veían tan enormes y brillantes como la luna misma. Todas eran perfectas y todas eran exactamente del mismo tamaño. Parecían brillar con luz propia sobre mi mano.

    —¡Perlas! —balbuceó Roger—. ¡Perlas Tonga! Una..., una vez vi una, hace mucho tiempo. ¡Son valiosísimas!
    —Perlas Tonga —repitió como un eco Bob mirándolas con incredulidad—. ¡Imagínense...!

    Todo el mundo había oído hablar de las perlas Tonga, pero muy pocas personas habían visto una de ellas. ¡Y allí teníamos trece enormes y perfectas! Eran las perlas más preciosas del océano, y las más misteriosas; porque la luz que parecían producir no era ilusión. Realmente tenían un resplandor propio, una belleza plateada y fantasmal que la ciencia jamás había podido explicar. Los bancos de donde provenían jamás habían sido localizados. Recordaba haber oído a un submarinista hablar de ellas en una ocasión.

    —Las llaman perlas Tonga —había dicho él—, porque la leyenda dice que provienen de Tonga Trench, un abismo que queda a nueve kilómetros y medio de profundidad. ¡Eso no tiene sentido, Jim! Las ostras no viven más abajo de los mil quinientos metros; cuando menos, las ostras grandes. Yo he estado en el borde de Tonga Trench tan abajo como la edenita ordinaria puede resistir y no hay nada allí, Jim, no hay otra cosa que agua fría y un fango negro e inanimado.

    Pero era obvio que las perlas venían de alguna parte, porque allí tenía yo trece de ellas en la palma de la mano.

    —¡Soy rico! —se vanaglorió Roger Fairfane semiaturdido de excitación—. ¡Rico! ¡Cada una de ellas vale miles de dólares..., créanme! ¡Y yo tengo trece!
    —¡Tente! —le dije cortante, y la mirada aturdida desapareció de sus ojos. Parpadeó y, de pronto, trató de agarrarme la mano. Yo la aparté bruscamente.
    —¡Son mías! —rugió—. ¡Maldito seas, Eden! ¡Dámelas! ¡Yo las vi primero! ¡No creo ese cuento chino que cuenta Eskow! Si no me las entregas, los abogados de mi padre...
    —¡Tente! —repetí yo—. Tal vez ni siquiera sean reales.
    —Son reales —dijo Bob Eskow suspirando profundamente—. Su brillo no deja lugar a dudas. Bueno, Roger, mi padre no tiene abogados, pero creo que los tres las encontramos y que todos tenemos derecho a ellas.
    —Eskow, eres un apestoso...

    Me apresuré a detener a Roger antes de que nos fuéramos a ver envueltos en un pleito en el que podrían salir a relucir los cuchillos marinos que llevábamos.

    —¡Espera! A ambos se les ha olvidado una cosa: las perlas no son nuestras, cuando menos todavía no. Alguien las perdió y probablemente querrá que le sean devueltas. Tal vez tengamos algún derecho sobre ellas por haberlas rescatado, pero lo que debemos hacer es explicarle todo el asunto al comandante. Él decidirá lo que haya que hacerse después. Luego, si él decide que...
    —¡Calla! —me interrumpió Bob.

    Estaba mirando sobre mi hombro playa abajo con los ojos entrecerrados en una expresión cautelosa.

    —Me temo que tienes razón, Jim —susurró—. ¡Alguien las perdió y ahora viene a buscarlas!


    6…Los Ojos Nacarados


    Bob estaba parado apuntando hacia el mar. El Atlántico se iba oscureciendo cada vez más a la escasa luz del crepúsculo y la luz de la luna llena se reflejaba sobre él.

    Por un momento, fue todo lo que vi. Luego, Bob señaló con el dedo y vi a un hombre que surgía vadeando de entre las oscuras aguas.

    —¿Quién es? —preguntó vivamente Roger—. ¿Uno de los cadetes?
    —No —le respondí porque sabía que eso era imposible.

    El mismo pensamiento había cruzado por mi mente; un cadete como nosotros, un rezagado del maratón submarino. Por supuesto, nadie más tenía nada que andar haciendo por allí; pero no era un cadete.

    No llevaba puesto ningún equipo para nado submarino, únicamente un traje de baño de un extraño y brillante color metálico. Se aproximó a nosotros caminando a largos pasos sobre la humedecida arena y mientras más se aproximaba más extraño parecía. Había algo en él que era... extraño. No había otra palabra para describirlo.

    El resplandor de la luna es un ladrón de colores; la luz polarizada se roba los rojos y los verdes y borra todos los matices a excepción del gris. Tal vez esa fuera la única causa, pero la piel del recién llegado parecía demasiado blanca, pálida y blanca como la panza de un pez. La forma como caminaba era un poco rara. Pensé que sería a causa de las aletas que llevaría en los pies, pero advertí que no llevaba aletas, o si las llevaba, eran mucho más pequeñas que las nuestras.

    Lo más extraordinario de todo era algo extraño que se veía en sus ojos; brillaban con un resplandor blanco lechoso a la luz de la luna como dos perlas que tuvieran un pequeño punto de terciopelo negro en el centro, formando las pupilas.

    Metí rápidamente las perlas en la bolsita de terciopelo y las introduje de nuevo en el cilindro de edenita. Volví a enroscar la tapa y la capa de edenita parpadeó produciendo una luz azulosa.

    El desconocido se detuvo a medio metro de mí con sus extraños ojos fijos en el cilindro de edenita. Observé que llevaba un largo cuchillo de mar colgado en el cinturón de su traje de baño.

    —Hola —dijo respirando con dificultad, casi jadeando—. Han recobrado ustedes algo que yo perdí, por lo que veo —su voz era extrañamente áspera y ronca. No se distinguía en ella claramente ningún acento, pero era evidente que tenía dificultad para respirar. Eso no era sorprendente en un hombre que acababa de salir del agua; el nadar una distancia larga puede hacer que se le dificulte la respiración a cualquiera; pero eso, aunado a aquellos ojos y a la piel tan pálida, le daban tal aspecto que habría preferido encontrarme con él a la luz del día y en compañía de más personas.
    —¡Son nuestras! —intervino retadoramente Roger—. No será tan fácil que le demos las p. . .
    —Si usted ha perdido algo —interrumpí a Roger antes de que dijera la palabra—, sin duda podrá describirlo.

    Por un momento, su rostro reflejó una extraña llamarada de furia a la luz de la luna, pero luego sonrió condescendiente y pude notar que sus dientes eran perfectos y extraordinariamente blancos.

    —Naturalmente —accedió—. ¿Por qué no iba a poder hacerlo? —y señaló con una mano que me pareció tener una forma extraña—. Pero no necesito hacer una descripción demasiado detallada de lo que he perdido, ya que usted lo tiene en la mano; es ese tubo de edenita.
    —¡No se lo des! —exclamó vivamente Roger—. Que se identifique primero. Que pruebe que es suyo.

    La mano del desconocido, semejante a una garra, titubeó cerca del mango de su cuchillo y el sonido ronco de su respiración se escuchó claramente en la noche. Era curioso que en aquel momento parecía respirar con más dificultad que cuando se aproximó a nosotros; estaba jadeando y respirando entrecortadamente, como si acabara de nadar una distancia de treinta kilómetros...

    —Puedo identificarme —dijo el desconocido—, me llamo. . ., me llamo Joe Trencher.
    —¿De dónde vino?
    —De un lugar muy lejos de aquí —respondió, e hizo una pausa para tomar aliento sin dejar de miramos—. Vengo de un lugar que está cerca de Kermadec.

    ¡Kermadec! Allí era donde había vivido Jason Craken, al otro lado del mundo, a seis kilómetros bajo la superficie del océano, en la planicie de una montaña submarina situada entre Nueva Zelandia y el abismo de Kermadec.

    —Está usted muy lejos de su casa, señor Trencher —comenté.
    —Demasiado lejos —dijo con una risita—. ¡No estoy acostumbrado a estas tierras secas! No son como Kermadec.

    Era extraño que él dijera “Kermadec" en lugar de decir “Cúpula Kermadec", pensé, pero tal vez aquella era una costumbre local y, además, había cosas más importantes en que pensar en aquel momento.

    —¿Le importaría explicamos qué anda usted haciendo por aquí?
    —¿Por qué no iba a hacerlo? —resolló con dificultad—. Salí de Kermadec —nuevamente lo llamó así— en un viaje de negocios y viajando en mi propio auto submarino. Ustedes podrán comprender que no conozco muy bien estas aguas y mi sonar no estaba trabajando bien, evidentemente, porque hace aproximadamente una hora venía yo navegando con el piloto automático hacia Ciudad Sargazo a una profundidad de quinientas brazas y de pronto me encontré nadando luchando por salvarme —nos miró con mucha calma—. Supongo que llegué a tierra un poco más allá —dijo señalando con un gesto hacia el mar iluminado por la luna—. El tubo de edenita debe haber flotado hasta la superficie. Con mucho gusto daré una recompensa a ustedes tres por haberme ayudado a recuperarlo, por supuesto. Ahora, si son tan amables de entregármelo... Estiró la mano hacia el cilindro y yo retrocedí. Roger Fairfane se interpuso entre nosotros.
    —¡No es usted quien tiene que decirlo! —dijo cortante—. Si usted es el propietario, será un juez quien fije nuestra recompensa por haberlo rescatado, pero primero tendrá usted que probar que le pertenece.
    —Por supuesto que puedo probarlo —dijo respirando con dificultad el hombre que había dicho llamarse Joe Trencher—, pero ustedes pueden ver que lo he perdido todo, excepto el tubo, en el naufragio de mi auto submarino. ¿Qué clase de pruebas desean ustedes?

    Bob Eskow había permanecido callado y pensativo, pero dijo en ese momento:

    —Por principio de cuentas, tal vez pueda explicarnos una cosa, señor Trencher: ¿dónde está su traje térmico, si es que lo llevaba puesto?
    —¿Que si lo llevaba puesto? ¡Por supuesto que lo llevaba! —repuso el desconocido, pero se vio que había sido tomado por sorpresa y nos miró echando chispas por los ojos—. Tenía un traje térmico y un electropulmón. ¿De qué otro modo podría haber sobrevivido al accidente?
    —Entonces, ¿qué hizo con su equipo?

    Trencher se convulsionó en un repentino ataque de tos y yo me pregunté hasta qué punto estaría fingiendo para ganar tiempo.

    —Estaba… estaba descompuesto —dijo por fin con voz silbante—. No pude quitarme los lentes al salir a la superficie y me estaba… me estaba sofocando, de modo que tuve que cortarlo para deshacerme de él y lo abandoné en el agua.
    —¡Eso es mentira, Trencher! —exclamó brutalmente Roger.


    Por un momento, pensé que el desconocido se iba a abalanzar sobre nosotros a pesar de que éramos tres. Se puso tenso y casi en cuclillas con la mano sobre el mango del cuchillo nuevamente. Su respiración era un jadeo silbante y tenía entrecerrados los nacarados ojos que brillaban diabólicamente a la luz de la luna.

    Luego, se enderezó y mostró sus dientes blancos y perfectos en una fría sonrisa al mismo tiempo que sacudía la cabeza.

    —Mejore sus modales, jovencito —bisbiseó—. No me gusta que me digan que soy un mentiroso.

    Roger tragó saliva y retrocedió.

    —Está bien —dijo en tono conciliador—. Lo único que quise decir fue que...; bueno, tendrá que admitir que lo que acaba de contamos no suena muy convincente. Ese tubo es muy valioso, usted lo sabe.
    —Lo sé —convino el desconocido respirando trabajosamente.
    —Si usted es realmente quien dice que es —intervine yo—, ¿no hay nadie que pueda identificarlo?

    Movió la cabeza negativamente y una vez más noté la extraña palidez cadavérica de su piel a la luz de la luna.

    —Nadie me conoce aquí —dijo.
    —Bueno, ¿a quién iba usted a ir a ver en Ciudad Sargazo? Tal vez pudiéramos comunicamos con él.

    Sus extraños ojos se entrecerraron.

    —No puedo hablar de los asuntos que me llevaban allá. Sin embargo, lo que me pide es razonable. ¿Qué le parece si pide información a Cúpula Kermadec? Puedo darle varios nombres de personas que viven allá, tal vez le sirva el nombre de mi abogado, el señor Morgan Wensley...
    —¡Morgan Wensley! —casi grité el nombre—. ¡Pero si ese es el mismo nombre! ¡Así se llama la persona que contestó la carta que le escribí a Jason Craken!
    —¿Craken?

    El desconocido surgido del océano saltó un paso hacia atrás como si el nombre hubiera sido una especie de amenaza.

    —¿Craken? —repitió encogiéndose y llevando la mano al mango del cuchillo como si temiera que fuera yo a saltar sobre él—. ¿Qué sabe. . .? —murmuró con voz ronca interrumpiéndose para recobrar el aliento—¿Qué sabe usted de Jason Craken? —jadeaba tratando de respirar y sus ojos entrecerrados brillaban amenazadoramente.
    —Su hijo David era cadete aquí —le expliqué—. Era amigo mío, en realidad, antes de que se perdiera. ¿Conoce usted al señor Craken?

    El desconocido llamado Joe Trencher se estremeció como si hubiera sentido el frío del agua, o como si le tuviera miedo al nombre “Craken". Estaba asustado y en cierto modo, su miedo le daba un aspecto aún más extraño y peligroso.

    —He oído ese nombre —murmuró con los brillantes ojos fijos ávidamente en el cilindro de edenita que tenía yo en la mano—. No puedo seguir perdiendo el tiempo; ¡quiero que me entregue lo que es mío!
    —Si es suyo —le dije—, díganos lo que contiene.

    En el pálido rostro de Trencher apareció una expresión horrible, antes de que él lo suavizara haciendo desaparecer la furia que sentía.

    —El tubo contiene..., este..., dinero —titubeó jadeando y tosiendo y mirándonos escrutadoramente—. Sí, dinero..., y documentos legales —tuvo otro acceso de tos—, y perlas —¡Obsérvalo bien! —gritó Roger—. ¿Qué no te das cuenta de que está tratando de adivinar?

    Era cierto que Trencher parecía estar dudando, pensé; sin embargo, hasta el momento había estado bastante acertado.

    —¿Qué clase de perlas? —inquirí.
    —¡Perlas Tonga!

    Bueno, eso era fácil de adivinar para un hombre que vivía en Kermadec.

    —¿Cuántas?

    El pálido rostro se contorsionó en una expresión de rabia y miedo. La desigual respiración fue el único sonido que escuchamos por un momento, en tanto que Joe Trencher nos miraba asombrado.

    —No lo sé —admitió por fin—. Yo sólo actúo como un agente, ¿comprenden? Soy agente de Morgan Wensley. Él me pidió que hiciera este viaje y me entregó el tubo. No puedo darles una lista pormenorizada de su contenido, porque eso le pertenece a él.
    —¡Entonces no le pertenece a usted! —gritó Roger triunfalmente.
    —Soy responsable de él —jadeó Trencher, y estirando la mano hacia mí exclamó—
    —¡A ver usted! ¡Déme eso!

    Por un momento pensé que se iba a desatar la violencia que había estado flotando en el aire durante todos aquellos largos minutos, pero Bob Eskow saltó interponiéndose entre nosotros y dijo:

    —Escuche, Trencher: vamos a ir a ver al comandante para que él arregle todo este asunto. Si eso le pertenece a usted, él se encargará de que le sea devuelto. Él se asegurará de que nadie resulte engañado.
    —No estoy tan seguro —gruñó Roger Fairfane—. Preferiría guardarlo hasta que el abogado de mi padre me dijera lo que debería hacer.

    Luego miró el largo cuchillo de Trencher y accedió molesto:

    —¡Oh!, está bien, vayamos a ver al comandante.

    Me volví a ver al señor Trencher, quien estaba teniendo problemas para poder respirar, pero hizo un gesto de asentimiento.

    —Una solución muy conveniente —jadeó—. No vayan a pensar que le temo a la Ley. Confiaré gustosamente en su comandante y sé que él reconocerá mis derechos y verá que se haga justicia...

    Se interrumpió de pronto mirando asombrado hacia el oscuro océano.

    —¡Miren! —gritó.

    Todos nos volvimos a mirar y oí que Bob preguntaba con voz tan ronca y entrecortada como la del mismo Trencher:

    —¿Qué diantres es eso?

    Era difícil explicar qué era lo que veíamos. Más o menos a un kilómetro y medio mar adentro, había algo en el agua. No lo podía ver claramente ni siquiera a la luz de la luna, pero era algo enorme.

    Por un momento me pareció haber visto un grueso cuello levantarse sobre el agua y una cabeza..., la misma gigantesca cabeza de reptil que había creído ver asomarse en la barandilla del barco gimnasio...

    Algo me golpeó debajo de la oreja y el mundo se oscureció completamente para mí.

    No me causó realmente dolor, pero por un momento me quedé paralizado, sin poder ver ni sentir nada.

    El golpe no me había desmayado porque sentía que estaba cayendo pero no podía mover un solo músculo para evitarlo. Supongo que debió haber sido un golpe de judo que me había afectado hábilmente algún centro nervioso.

    Luego, pude enfocar mi vista y escuché pasos sobre la dura arena y el chapoteo del agua.

    —¡Detenlo, Eskow! —gritó Roger con voz chillona—. ¡Lleva las perlas!

    Pero Bob estaba inclinado sobre mí, preocupado por lo que me pudiera haber pasado. El entumecimiento comenzaba a abandonar mi cuerpo y pude sentir los dedos de Bob que exploraban cuidadosamente en un lado de mi cabeza.

    —No hay ningún hueso roto —murmuró para sí—, pero ese canalla te dio un buen golpe cuando estabas mirando para otra parte. Te golpeó con el dorso de la mano, creo. Tuviste suerte, Jim, parece que no te causó mucho daño.

    Después de un par de minutos pude ponerme de pie con la ayuda de Bob. Me dolía el cuello y lo sentía tieso al moverlo, pero no tenía ningún hueso roto.

    Roger estaba parado a la orilla del agua mirando ávidamente hacia las olas. El desconocido que había dicho llamarse Joe Trencher había desaparecido.

    —Te golpeó —dijo Bob—, se apoderó del tubo de edenita y se zambulló en el agua. Roger corrió tras él tratando de agarrarlo, pero cuando Trencher blandió su cuchillo, Roger se detuvo en seco. Entonces, el otro se tiró de clavado al agua y ya no lo volvimos a ver.

    Roger oyó nuestras voces y regresó corriendo hasta donde estábamos.

    —¡Levántense! —gritó—. ¡Vigilen el agua! No puede ir muy lejos. No ha salido a tomar aire todavía y no podrá estar bajo el agua mucho tiempo más, ya que no lleva equipo de buceo. ¡Quiero recuperar esas perlas!
    —¡Ve a buscarlo, Eden! ¡Recupera esas perlas y te daré la mitad de lo que valgan! —dijo tomándome del brazo.
    —Tendrás que hacer algo más que eso —le dije, ya me comenzaba a sentir mejor—; quiero que Bob también entre en el reparto. Una parte igual para cada uno de los tres si sacamos algo de todo esto. ¿De acuerdo?

    Roger farfulló algo un momento, pero finalmente cedió.

    —Está bien —dije—. Vean lo que vamos a hacer. Todos nos pondremos nuestros equipos de buceo, cuando menos los electropulmones y los lentes, supongo que no necesitaremos los trajes térmicos. Nadaremos en la superficie y esperaremos a que saque la nariz para respirar. Entonces lo rodearemos y lo atacaremos. Tienes razón en que necesitará salir a respirar, Roger, él no podrá nadar más de unos cuantos metros sin tomar aire.

    Los tres revisamos rápidamente nuestros lentes y nuestros electropulmones y chapoteando en el agua nos zambullimos entre las suaves olas de las Bermudas.

    —¡Tengan cuidado con el cuchillo que trae! —les grité, y los tres comenzamos a nadar desplegándonos y registrando la superficie en busca de los brillantes ojos del desconocido.

    Pasaron los minutos. Podía ver a Roger a mi izquierda y a Bob Eskow a mi derecha, avanzando en el agua y buscando a su alrededor. Eso fue todo.

    Pasaron algunos minutos más y no vi nada. Desesperado levanté las piernas, me doblé por la cintura y me zambullí para ver lo que había debajo de nosotros. Fue una experiencia extrañamente aterradora. Parecía que iba nadando entre tinta, en el espacio, entre los planetas, donde no existe la luz ni la ley de gravedad. No había arriba ni abajo: no se percibía ninguna luz a excepción del débil parpadeo fosforescente ocasional de la vida marina. Fácilmente me podía perder y nadar directamente hacia el fondo. Eso era peligroso y para combatirlo dejé de nadar por completo, aspiré profundamente y contuve el aliento. En un momento sentí que el aire exterior acariciaba mis hombros y mi espalda. La respiración que había contenido en mis pulmones me había hecho flotar hasta la superficie.

    Levanté la cabeza y miré a mi alrededor.

    Bob Eskow estaba gritando y chapoteando unos cien metros a mi derecha y Roger se dirigía nadando frenéticamente hacia él pasando cerca de donde yo había salido a la superficie.

    —¡Vamos! —gritó jadeante Roger—. ¡Creo que Bob lo ha encontrado!

    Eso fue todo lo que tuve que oír y me deslicé a través del agua con tanta rapidez como mis brazos y mis aletas podían impulsarme, pero me sobró aliento para gritar:

    —¡Ten cuidado, Bob! ¡Acuérdate del cuchillo!

    En un momento llegamos hasta donde él se encontraba y los tres rodeamos con cautela una forma que flotaba suavemente en el agua.

    ¿Cuchillo? No había ningún cuchillo.

    No había allí ningunos ojos nacarados, ni ninguna cara pálida y brillante.

    Miramos la figura y luego nos vimos unos a otros. Sin decir palabra los tres nos asimos de la figura y nadamos a toda prisa en dirección a la playa.

    Arrastramos el cuerpo inerte hasta la arena. No pude evitar mirar hacia el mar y sentí un estremecimiento. ¡Qué misterios guardaba! La cabeza extraña y gigantesca; el hombre de los ojos blancos que me había golpeado y se había llevado las perlas; ¿dónde estarían en aquel momento?

    ¿Y cuál era este nuevo misterio que se nos presentaba, más extraño aún que todos los demás?

    Porque el cuerpo inerte que habíamos traído no era el de Joe Trencher; inmediatamente lo reconocimos: era David Craken quien estaba inconsciente y casi ahogado.


    7…Retorno de las Profundidades


    La voz de Bob denotaba asombro y reverente pavor. Aun el mismo Roger Fairfane se quedó mirando, pasmado como un tonto. ¡No era para menos! Yo mismo no podía creerlo. Cuando un hombre se ha perdido mientras buceaba a trescientos noventa metros de pro-fundidad no es de esperarse que aparezca flotando a la deriva cerca de la playa varios meses después y todavía con vida.

    —¡No se queden ahí parados! —grité—, ¡Ayúdame, Bob! Le daremos respiración artificial. ¡Roger, prepárate a remplazarme!

    Lo arrastramos hasta la arena firme y seca y lo colocamos boca abajo. Bob se arrodilló junto a la cabeza de David, cuidando que éste no se fuera a ahogar con su propia lengua, mientras que yo le extendía los brazos y comenzaba a movérselos como si fueran alas, hacia arriba y hacia abajo, hacia arriba y hacia abajo...

    Eso apenas si fue necesario; no acabábamos de comenzar a hacerlo cuando David se volvió rápidamente boca arriba tosiendo y tratando de sentarse.

    —¡Está vivo! —exclamó Roger Fairfane—. Jim, vigílalo. Voy a buscar una ambulancia y un médico. Informaré lo sucedido al comandante y...
    —¡Espera! —gritó débilmente David Craken levantándose sobre un brazo y jadeando en busca de aire—. Por favor, no informes de nada...; todavía no.

    Me asió del brazo con fuerza sorprendente y se sentó. Roger lo miró preocupado y luego vio con inquietud en dirección al oscuro océano, hacia el lugar donde aquel hombre que había dicho llamarse Joe Trencher había desaparecido llevándose las perlas.

    —Pero tenemos que reportar esto —dijo no muy convencido.

    En realidad lo dijo como si fuera una pregunta; en los reglamentos no aparecía nada que hiciera referencia a una situación semejante.

    —Por favor —repitió David que estaba temblando a causa del frío de las profundidades del mar; se veía tan exhausto como si acabara de nadar una enorme dis-tancia, pero estaba vivo. Las marcas que se advertían en sus hombros mostraban el lugar donde había llevado sujeto el electropulmón, que al parecer había perdido al salir a la superficie.
    —No reporten nada. Yo estoy... perdido de acuerdo con lo que aparece en los registros de la Academia y será mejor dejarlo así.
    —¿Qué sucedió, David? —inquirió Bob—. ¿Dónde has estado?

    David sacudió la cabeza sin dejar de observar a Roger, quien permaneció parado, indeciso, mirando fijamente a Craken. Luego miró en dirección de las luces de la Academia y dijo:

    —Está bien, Craken. Se hará como dices, pero debería ir a buscar un doctor...

    David se atragantó pero logró sonreír.

    —No necesito ningún médico —dijo—. No voy a regresar a la Academia, ¿comprenden? Estoy aquí en un asunto de negocios para ayudar a mi padre. Venía en un auto submarino y fui atacado cerca de aquí —señaló en dirección al agua— por unos piratas subacuáticos —gritó furioso—. Me atacaron en el mar y me robaron. Tuve suerte de salir con vida.
    —¡Piratas! —exclamó Roger mirándolo asombrado—. ¿Frente a la misma Academia? Craken, tenemos que hacer algo acerca de esto. ¿Cómo eran? ¿Cuántos eran? ¿Qué clase de auto submarino empleaban? Dame los datos, Craken... Informaré a la Academia y a la flota y...
    —¡Aguarda, Roger, aguarda! —protestó desesperado David—. No quiero que la flota se entere. Ya no pueden ayudarme ahora y yo. . ., y yo no puedo dejar que nadie sepa que estoy aquí.

    Roger lo miró con suspicacia y luego nos miró a Bob y a mí. Pude ver lo que estaba pensando y las conclusiones a las que estaba llegando.

    —No quieres que la flota se entere —dijo lentamente— ni que nadie sepa que estás aquí. ¿Podría deberse eso...? —se inclinó hacia adelante mirando airadamente a los ojos de David—. ¿Podría deberse eso a lo que perdiste cuando te robaron?
    —No..., no sé de qué estás hablando —respondió débilmente David.
    —¡Lo sabes Craken! ¡Apostaría mi licencia de todo un verano a que lo sabes muy bien! ¿Fueron unas perlas lo que ellos te robaron, Craken? ¿Trece perlas, perlas Tonga, que estaban en un cilindro de edenita?

    Hubo un momento de silencio. Luego. David se puso de pie sin expresión en el rostro y dijo irritado:

    —Son mías. ¿Dónde están?
    —¡Eso fue lo que pensé! —exclamó Roger—. ¿Qué te parece eso Eden? Ya sabía yo que era mucha coincidencia que Craken hubiera aparecido precisamente en este momento. ¡Él está relacionado con ese Joe Trencher que se robó mis perlas!

    David se irguió muy derecho. Por un momento pensé que estaba enojado pero en la expresión de sus ojos no aparecía la ira.

    —¿Trencher? —preguntó—. ¿Dijiste... Trencher?
    —¡Ese es el nombre! ¡Como si no lo supieras! Es un extraño hombrecillo de piel blanca y enfermo de asma, al parecer. David, no trates de fingir que nunca habías oído hablar de Trencher.

    David soltó una brevísima carcajada.

    —Ojalá fuera cierto, Roger —dijo muy serio—. ¡Cuánto quisiera que hubiera sido así! Pero debo admitir que he oído hablar de él; de ellos, en todo caso. Trencher no es su nombre verdadero, ¿comprenden? Trencher se deriva de Trench. ¡De Tonga Trench! —sacudió la cabeza y agregó—: Joe Trencher, sí, claro, tenía que ponerse un nombre como ése. ¿Y ustedes se encontraron con él?
    —No sólo nos encontramos con él, David —intervine yo—, sino que además me temo que se nos escapó llevándose las perlas.

    Le referí brevemente lo acontecido desde el momento en que Bob sintiera que el cilindro de edenita chocaba con sus piernas hasta el instante en que el desconocido me golpeó, me lo arrebató de la mano y se zambulló en el mar.

    —No salió a la superficie —le dije a David—. No llevaba electropulmón, ni traje térmico, pero no salió. Supongo que se debe haber ahogado cerca de aquí...
    —¿Ahogado? ¿Él? —David Craken me miró en forma extraña pero luego sacudió la cabeza nuevamente—. No, él no se ha ahogado, Jim. Puedes estar seguro de eso. Ya te lo explicaré algún día, pero los tipos como Joe Trencher jamás se ahogan.

    Miró muy serio en dirección al mar y continuó diciendo:

    —Creí que me había logrado escapar de ellos durante el largo trayecto desde Cúpula Kermadec hasta aquí, pero me alcanzaron. Supongo que era inevitable que lo hicieran. El primer indicio que tuve de ello fue cuando pude ver en el microsonar que algo se aproxi-maba a mí a toda prisa. Supongo que explotó un proyectil, pero, comoquiera que fuere, mi auto submarino quedó fuera de control y comenzó a hacer agua. Esos demonios se introdujeron en él por las compuertas de emergencia. Logré escapar, pero ellos se llevaron las perlas —suspiró—. Yo necesitaba esas perlas. No es simplemente por el dinero que valen. Las iba a vender para..., para comprar algo que necesita mi padre. Algo que necesita con urgencia.
    —¿Dónde conseguiste las perlas? —inquirió Roger—. Tienes que decimos eso. De lo contrario, Craken, te lo advierto. . ., informaré a la Academia todo esto.
    —¡Espera un momento, Roger! —lo interrumpí—. ¡No tienes porque chantajear a David!

    David Craken me sonrió y luego miró a Roger.

    —Chantajear es la palabra —dijo—, pero métete esto en la cabeza, Roger: Jamás te diré de dónde provienen las perlas Tonga. Muchos hombres han tratado de averiguarlo y han muerto en el intento... No lo diré. ¿Lo comprendiste bien?
    —Escucha —profirió iracundo Roger—, ¡no creas que me asustas! ¡Mi padre es un hombre muy importante! Has oído hablar de la Línea de Trasatlánticos Trident, ¿no es verdad? ¡Mi padre es uno de los principales ejecutivos de esa compañía! Y si yo le digo...
    —Aguarda un momento —lo interrumpió David Craken y el tono de su voz era extrañamente conciliador; parecía que de pronto había recordado algo—. ¿La Línea de Trasatlánticos Trident, dijiste?
    —¡Así es! —dijo Roger en tono de burla—. ¡Ya me suponía que eso te daría en qué pensar! ¡No podrás luchar contra la compañía Trident!
    —No, no —dijo impaciente David—. La compañía de Trasatlánticos Trident es una de las principales compañías constructoras de submarinos, ¿no es cierto?
    —Es la que ocupa el tercer lugar en el mundo —respondió Roger Fairfane muy orgulloso.
    —Roger —dijo David respirando hondo—, si te interesan las perlas Tonga, tal vez podamos llegar a un arreglo. Necesito ayuda —se volvió a vernos suplicante—, pero no de la flota. ¡No quiero que se le reporte nada!
    —Quizá eso no sea necesario, Craken —dijo Roger muy engreído, porque las cosas parecían seguir el curso que él deseaba—. ¿Qué es lo que quieres?
    —Quiero..., quiero pensarlo bien —titubeó David—. Vine aquí a hacer algo por mi padre, y sin las perlas no puedo llevarlo a cabo, a menos que alguien me ayude; pero primero sería mejor que nos fuéramos de aquí. ¿Hay algún lugar a donde podamos ir a discutir esto?
    —Hay una casa en la playa, a un kilómetro y medio de aquí —respondió Roger—, Pertenece al gerente de la zona del Atlántico de la compañía Trident. Él no está allí ahora pero me dijo que podía hacer uso de ella cuando lo deseara —dijo muy orgulloso.
    —Eso estará bien —repuso David—, ¿Puedes llevarme a ella?
    —Bueno..., supongo que sí —respondió con cierta reluctancia Roger—, ¿Crees que sea necesario? Quiero decir: ¿Te preocupa tanto que alguien de la Academia te pudiera ver?

    David miró hacia el mar, muy preocupado, y luego se volvió a ver a Roger.

    —No es que me vea alguien de la Academia lo que me preocupa —le dijo a Roger.


    Hicimos nuestros preparativos. Dejamos a David en un cobertizo para botes que había en la playa, diciéndole que nos esperara, y Roger, Bob y yo nos apresuramos a regresar a la Academia a reportamos. Todos los nadadores que hubieran completado el maratón tenían derecho a recibir un pase para estar toda la noche fuera, como recompensa, de modo que no nos fue difícil conseguir los nuestros. El cadete de guardia, muy erguido en posición de firmes y luciendo su uniforme escarlata de gala, le echó un breve vistazo a nuestros pases, pero examinó cuidadosamente la pequeña maleta que llevaba Roger.

    —¿Ropas de civil? —inquirió—. ¿Qué va a hacer con ellas?
    —Ne… necesito mandarlas limpiar —respondió Roger sin faltar mucho a la verdad—. Hay una buena tintorería en Hamilton.
    —Pueden pasar, cadetes —dijo el guardia guiñando un ojo y volvió a su posición de firmes. A pesar de eso, yo no me sentí seguro hasta que perdimos de vista las puertas. Roger no había dicho realmente que fuéramos a ir a Hamilton, pero había dicho lo suficiente para que el guardia de la puerta nos comenzara a hacer preguntas si veía que nos apartábamos de la carretera para ir en otra dirección.

    Regresamos a la playa con bastante facilidad y encontramos a David. Casi me sorprendí al verlo allí; habría sido tan fácil creer que todo había sido un sueño si él no hubiera estado allí; pero sí estaba, vivito y coleando, y esperamos mientras él se ponía las ropas secas que le había traído Roger.

    Después, los cuatro nos encaminamos playa abajo hacia la elegante casa de la playa que pertenecía al gerente de la zona del Atlántico de la compañía Trident.

    Por encima de nuestras cabezas oímos un agudo silbido hender el aire; era el jet nocturno de pasajeros que se dirigía al continente. El sonido era muy común y Bob, Roger y yo apenas si lo notamos, pero David se detuvo en seco, tenso y con el rostro contraído.

    Me miró y sonrió avergonzado.

    —Es sólo un avión, ¿no es cierto? Todavía no puedo acostumbrarme a ellos. En Marinia no los hay.

    Roger murmuró algo para sí. Supongo que fue una exclamación de desprecio por la momentánea nerviosidad de David Craken. Luego, siguió andando muy erguido adelante de nosotros, playa abajo. Él mismo parecía estar nervioso por algo, pensé.

    —No le hagas caso, David —dije—. Nos alegramos mucho de que hayas regresado. Él también se alegra, sólo que..., que...
    —Que él desea echarle mano a las perlas Tonga —terminó de decir David con una sonrisa. Parecía estar más calmado, aunque no pude menos que darme cuenta de que sus ojos nunca miraban hacia el mar—. No puedo culparlo por eso. Las perlas son muy valiosas. Hasta el hijo de uno de los principales ejecutivos de la compañía Trident desearía tener un par de perlas Tonga para guardarlas para un momento de apuro.
    —No creo que sea únicamente eso —dije tratando de ser justo—. Roger siempre quiere ganar, creo. Para él, eso es muy importante. Recuerda siempre su comportamiento durante las pruebas de buceo. Recuerda...

    Me interrumpí y lo miré fijamente.

    —Eso me hace recordar —le dije—. ¿No tienes que explicamos lo que sucedió allí?
    —Créeme, Jim —respondió muy serio—. Responderé a todas las preguntas que pueda, hasta a ésa, pero no en este momento —titubeó y dijo bajando la voz—: Fui secuestrado de la balsa gimnasio, Jim. Secuestrado por la misma persona que se hace llamar Joe Trencher.
    —¿Secuestrado? —lo miré asombrado—. ¿A trescientos noventa metros de profundidad? ¡Pero eso es imposible, David! ¿Cómo podría un ser humano hacer eso? ¡Pero si para ello habría hecho falta un auto submarino y quién sabe cuántas cosas más!

    David fijó en mí sus ojos serios y brillantes a la luz de la luna.

    —Jim —dijo—, ¿qué te hace pensar que Joe Trencher sea un ser humano?


    8…Los Semihombres


    Roger la había llamado “una casa en la playa", pero ésta tenía dos pisos de alto. Era una extensa mansión rodeada por diez acres de jardines subtropicales y por una docena de edificios exteriores.

    Toda la propiedad estaba circundada por un seto de seis metros de alto formado por ramas espinosas y pequeñas flores rojas. Tal vez un cangrejo de tierra habría podido atravesar el seto, pero un ser humano jamás lo lograría. Roger nos condujo hasta una entrada que había en el seto; tenía dos puertas de metal labrado y tres metros de altura. El seto crecía muy tupido y se unía por encima de ellas. Las puertas estaban abiertas de par en par y no había nadie allí, pero no por eso carecían de vigilancia.

    —¡Alto! —exclamó perentoriamente una voz mecánica—. ¡Alto! ¡Deténgase! ¿Adónde va usted y qué es lo que desea?

    Las puertas se movieron inquietas aunque no hacía viento. Parecía como si estuvieran ansiosas por cerrarse aplastando a los intrusos que éramos.

    —Es el guardián automático —explicó un poco nervioso Roger y gritó—: Soy Roger Fairfane. Tengo permiso de entrar.
    —Roger Fairfane. ¡Dé un paso adelante! —ordenó la voz mecánica. Se escuchó un siseo y el susurro de estática por un momento, como si el cerebro electrónico, invisible para nosotros, estuviera examinando sus registros para comprobar que el nombre de Roger Fairfane aparecía en la lista de las personas a quienes les estaba permitida la entrada.

    Roger avanzó un paso y un rayo de luz roja produjo un siseo y saltó hacia él desde un proyector situado a un costado de la entrada. A la luz del rayo, Roger se veía diferente, pálido y un poco asustado.

    —¡Roger Fairfane! —exclamó la voz mecánica—. Tiene usted permiso para ir al cobertizo de los botes. Siga el sendero que se le indique.

    Se escuchó un “clic" y el débil zumbido del altoparlante se desvaneció. Las puertas se estremecieron una vez más, como si estuvieran pesarosas de no poderse cerrar y luego permanecieron inmóviles.

    Una línea de pequeñísimas luces troyón color violeta del tamaño de un grano de arroz, se encendieron en el piso, trazando un sendero que conducía a través de palmeras y grupos de hibiscos en dirección al agua.

    —Vengan, vengan —dijo Roger apresuradamente—. ¡Sigan el sendero!

    Seguimos el ondulante caminito de coral trazado por los puntos de luz violácea. El cobertizo de los botes resultó ser del tamaño de una casa habitación común y corriente. Había una dársena privada para un yate submarino v tenía una casa construida a su alrededor en la que había un apartamiento en el piso superior. Otro rayo de luz rojiza surgió alumbrándonos desde la entrada cuando nos aproximamos. Apuntó principalmente a Roger e inmediatamente se abrió la puerta.

    Entramos y la puerta se cerró detrás de nosotros haciéndonos sentir tan incómodos como si acabáramos de entrar en una trampa.

    Lo primero que necesitábamos era conseguir algo que comer; no sólo para David, sino también para todos nosotros, ya que no habíamos comido nada desde que iniciáramos la prueba del maratón. Roger desapareció en el interior de la cocina del pequeño apartamiento y lo oímos afanarse en los controles del ama de casa electrónica. Después de un momento, regresó trayendo una charola con sándwiches y leche.

    —Fue lo mejor que pude conseguir —dijo gruñendo un poco—. Este apartamiento pertenece al piloto del auto submarino y no está muy bien aprovisionado.

    A todos nos pareció bastante bien. Devoramos los sándwiches y luego nos fuimos a sentar cerca del fuego que ardía en el hogar y el cual se había encendido automáticamente cuando entramos a la habitación. ¡Si aquel era el apartamiento del piloto, cómo sería la casa del dueño! Todos estábamos impresionados por el lujo y la comodidad que nos rodeaba, aun el mismo Roger.

    Después, hablamos. David apartó a un lado el resto de su sándwich y se quedó sentado mirándonos por un momento.

    —Es difícil saber por dónde empezar —dijo por fin.
    —Empieza por las perlas Tonga —se apresuró a sugerir Roger.

    David lo miró y luego nos vio a Bob y a mí con ojos en los que se advertía la preocupación.

    —Antes de que les diga nada —dijo finalmente—, deben prometerme una cosa. Prométanme que no repetirán a nadie lo que les voy a contar si yo no los autorizo a hacerlo. Especialmente, prométanme que no informarán de nada a la flota.
    —¡De acuerdo! —se apresuró a decir Roger.

    David me miró y yo titubeé.

    —No estoy seguro de que deba prometértelo —le dije hablando lentamente—. Después de todo, somos cadetes a quienes están entrenando para servir a la flota...
    —¡Pero todavía no nos han dado ninguna comisión! —objetó Roger—. Aún no hemos prestado juramento.

    Bob Eskow estaba frunciendo el ceño ensimismado en sus propios pensamientos y parecía que iba a decir algo, pero se arrepintió.

    David Craken me miró con dureza y me dijo con voz clara y firme:

    —Jim, si no puedes prometer que no dirás nada, tendré que pedirte que te vayas. De mí dependen cosas demasiado importantes. Necesito ayuda urgentemente, pero no puedo correr el riesgo de que se sepa lo que estoy haciendo —titubeó y agregó—: Es un asunto de vida o muerte, Jim. La vida de mi padre está en juego.
    —Escucha, Jim —intervino Roger—. No hay ningún problema en ello. David no te está pidiendo que violes ningún juramento, todavía no lo has prestado. ¿Por qué no aceptas y le prometes no decir nada?
    —Aguarda un momento, Roger —dijo David levantando la mano y luego se volvió de nuevo hacia mí—: Supongamos que te pido que guardes en secreto esta conversación mientras no interfiera con tu deber en la flota y que me prometas que si tienes que reportar alguna cosa lo discutirás primero conmigo.

    Lo pensé detenidamente y me pareció bastante razonable, pero antes de que pudiera hablar, Bob Eskow se puso de pie, la expresión de su rostro se había aclarado como por arte de magia, y dijo:

    —Por lo que a mí toca, eso es justo, ¡Estrechémonos las manos para cerrar el pacto!

    Todos nos estrechamos las manos solemnemente. —Ahora dinos, ¿de dónde sacaste las perlas? —inquirió Roger.

    David sonrió repentinamente y dijo:

    —No seas impaciente. ¿Sabes una cosa, Roger? Yo podría decirte exactamente de dónde provienen. Te podría señalar dónde están localizadas en un mapa submarino y la ruta exacta para llegar hasta allí, y créeme, no te serviría de nada, sería peor para ti —la sonrisa desapareció de su rostro y agregó—: ¿Sabes una cosa, Roger? Jamás regresarías de allí con vida.

    Se reclinó hacia atrás y miró fijamente las llamas del hogar.

    —Mi padre es un experto bentólogo. Un científico especializado en la flora y la fauna del fondo del océano. Se ganó una excelente reputación como tal hace muchos años, antes de que yo naciera, y bajo otro nombre. Como bentólogo, participó en muchas misiones de exploración submarina y en una de ellas descubrió los bancos perlíferos que producen las perlas Tonga —hizo una pausa y agregó en un tono diferente—: Quisiera que jamás lo hubiera hecho: las perlas... son peligrosas.
    —¿Te refieres a todas esas leyendas estúpidas? —dijo Roger en tono agresivo—. ¡Pamplinas! Son puras supersticiones. Desde hace miles de años se cuentan historias de gemas que traen la mala suerte, pero la única verdadera mala suerte es no tenerlas.
    —Las perlas Tonga han causado muchísimos problemas —dijo David meneando la cabeza—, en parte tal vez por ser tan valiosas y tan bellas, pero créeme, hay algo más en ellas. Causaron la muerte de todos los hombres que iban en la expedición y sólo uno se salvó: mi padre.
    —¿Quieres decir que se mataron irnos a otros por las perlas? —inquirió Bob.
    —¡Oh, no! Todos ellos eran buenas personas, científicos, exploradores y expertos submarinistas, pero los bancos perlíferos están bien custodiados y es por eso que nadie más ha regresado de los bancos de Tonga para decir dónde se encuentran.
    —Espera un momento —lo interrumpí—. ¿Dices que están custodiadas? ¿Por quién?
    —David me miró y frunció el ceño dubitativamente.
    —Jim, debes recordar que la mayor parte del océano es tan desconocida aún como otro planeta. El fondo del océano es tres veces más extenso que toda la tierra seca de la superficie y es más difícil de explorar. Podemos viajar por él, investigarlo por medio de sondómetros y microsonar, pero, ¿cuál es el alcance de nuestra investigación? Es como tratar de sacar un mapa de las Bermudas desde un avión durante una tormenta. Podemos ver algunos pedazos de terreno y podemos penetrar entre las nubes con el radar, pero sólo se podrá sacar un croquis general. Existen cosas en el fondo del mar que te parecerían increíbles.

    Deseaba interrumpirlo de nuevo para preguntarle si se refería a aquella horrible cabeza de saurio que yo había visto sobre la barandilla de la balsa gimnasio, o al misterio de su propia desaparición y su regreso, o a los extraños ojos de aquel ser que se hacía llamar Joe Trencher, pero algo me hizo callar mientras él continuaba diciendo:

    —La nave en que ellos iban se perdió, mi padre logró escapar en su traje de buceo llevando consigo la primera hornada de perlas Tonga. Creo. . . que él debería haber reportado lo que le había sucedido a la expedición, pero no lo hizo —frunció el ceño como si tratara de disculpar a su padre—. Ustedes comprenden, las cosas eran diferentes en aquella época. Apenas se iniciaba la conquista del mundo submarino. No había ninguna Flota Submarina y la piratería era muy común. Él sabía que perdería su derecho al descubrimiento y quizá hasta su propia vida si el secreto de las perlas se hacía del dominio público.
    —Entonces. . ., no reportó nada.
    —Se cambió el nombre por el de Jason Craken. Es un nombre muy apropiado, como verán, ya que Kraken escrito con “K" al principio era el nombre que se les daba antiguamente a los fabulosos monstruos de las profundidades. Él tomó las perlas que había logrado salvar y las fue vendiendo cautelosamente, unas cuantas cada vez, por medios no muy legales, pero comprenderán que no le quedaba otra alternativa.

    David se sentó más erguido, sus ojos comenzaron a relampaguear y su voz se hizo más fuerte.

    —Después. . ., bueno, ya les dije que él era un experto bentólogo. Inventó una nueva técnica: un método de cosechar más perlas sin que lo mataran. Créanme, no fue nada fácil, todos estos años él ha estado cosechando los bancos perlíferos de Tonga...
    —¡Él solo! —exclamó Roger Fairfane echando su silla hacia atrás y poniéndose de pie de un salto para comenzar a pasearse de un lado a otro—. ¡Un solo hombre recogiendo todas las perlas Tonga! ¡Vaya oportunidad para él!
    —Era algo más que una oportunidad, Roger —dijo David mirándolo—, porque él no estaba completamente solo. Él tenía..., bueno, llamémoslos empleados, que lo protegían y lo ayudaban a recoger las perlas.
    —Aguarda un momento —dijo Bob Eskow poniéndose de pie—. Creí que habías dicho que tu padre era el único hombre que conocía el secreto de los banco perlíferos de Tonga.

    David asintió con la cabeza. Permaneció callado un momento y luego dijo:

    —Sus empleados no eran hombres.
    —¡No eran hombres! Pero...
    —Por favor, Bob, déjame que les relate esto a mi manera —le dijo a Bob, quien se encogió de hombros y David continuó diciendo—: Mi padre se construyó una casa cerca de los bancos de perlas, una fortaleza submarina blindada con edenita. Logró reunir muchísimas perlas. Tenían un valor fabuloso y todas eran suyas. Adoptó una nueva identidad en las ciudades submarinas para poder vender las perlas y ganó mucho dinero.

    Los ojos de David se veían reminiscentes y ligeramente tristes.

    —Mientras vivió mi madre, vivimos con mucho lujo. Era una existencia fantástica y maravillosa. La mitad del tiempo vivíamos en las ciudades submarinas y la otra mitad debajo de nuestra propia cúpula; pero murió mi madre y ahora todo ha cambiado.

    Su voz se hizo ligeramente ronca y su delgado rostro se puso muy pálido. Noté que le temblaban un poco las manos, pero continuó hablando.

    —Todo ha cambiado. Mi padre es ahora un anciano y además está enfermo. Él no puede gobernar a sus..., a sus empleados como lo hacía antes. Su imperio submarino se le está escurriendo de entre las manos. Las gentes en quienes antes él había confiado se han vuelto contra él. Ya no le queda nadie más. ¡Es por eso que tenemos que buscar ayuda!

    En los ojos de Roger y de Bob brillaba la excitación y yo podía sentir cómo se aceleraba mi propio pulso. ¡Una fortaleza secreta guardando un oculto imperio submarino! ¡Perlas Tonga brillando como lunas en la oscuridad! ¡El desafío a peligros desconocidos bajo el agua! ¡Era igual que una maravillosa novela de aventuras y nos estaba sucediendo a nosotros, allí, en aquel pequeño apartamiento del piso superior del cobertizo de los botes!

    —¿Qué clase de ayuda es la que necesitas, David? —le pregunté.
    —¡Ayuda para luchar, Jim! —me respondió mirándome directamente a los ojos—. Hay peligro; la vida de mi padre no valdrá más que un fragmento del caparazón de una ostra Tonga a menos que pueda llevarle ayuda. Necesitamos... —titubeó antes de decirlo—, necesitamos una nave de guerra. ¡Un crucero submarino armado!

    Eso nos dejó fríos y nos quedamos viéndolo asombrados como si se tratara de un lunático.

    —¿Un crucero? —le pregunté—. ¡Pero, David, los ciudadanos civiles no pueden tripular un crucero de la flota! ¿Por qué no avisas a la flota? Si el caso es tan serio...
    —¡No! ¡Mi padre no quiere que vaya la flota!

    Lo miramos desesperanzados.

    —No estoy loco —sonrió David con los labios apretados—. Él no quiere dar a conocer el lugar donde se encuentran los bancos perlíferos. Él perdería todo lo que tiene y además están las... criaturas que habitan en esa parte del océano. Si la flota acudiera tendría que matarlos a todos y mi padre no quiere hacer eso.
    —¿Criaturas? ¿Qué criaturas? —le pregunté, pero creo que ya sabía la respuesta por anticipado, ya que no podía olvidar la enorme cabeza cubierta de escamas que yo había visto sobre la barandilla del barco gimnasio.

    David agitó la mano como queriendo dejar a un lado la pregunta.

    —Ya se lo explicaré —dijo— cuando sepa si pueden ayudarme, porque no tengo mucho tiempo. Los empleados, llamémoslos así, de mi padre se han vuelto contra él, lo tienen rodeado y no puede escapar de su fortaleza submarina. Tenemos que conseguir un submarino de guerra y hombres que lo tripulen para poder rescatarlo, y no nos queda mucho tiempo para hacerlo.

    Se puso de pie y se nos quedó mirando resueltamente.

    —¡Pero no debemos llevar a la Flota!
    —¿Entonces qué haremos? —preguntó intrigado Roger.
    —¿Han oído hablar alguna vez del crucero submarino La Ballena Asesina? —nos preguntó David.

    Nos miramos unos a otros. El nombre nos parecía conocido, lo habíamos escuchado en alguna parte y había sido recientemente.

    —¡Por supuesto! —exclamé yo siendo el primero en recordarlo—. ¡La venta de sobrantes de la Flota que se está efectuando en Ciudad Sargazo! Hay dos, ¿no es cierto? Dos cruceros submarinos anticuados que van a ser vendidos como chatarra.

    David asintió, luego se contuvo y sacudió la cabeza negativamente y dijo:

    —Casi acertaste, Jim, pero en realidad sólo hay un barco. El otro, El Delfín es solamente un montón de hierros viejos. La Ballena Asesina es el submarino que quiero. Es verdad que tendré que comprar armamento para él en alguna parte, ya que la Flota lo venderá desmantelado, pero es un submarino que puede navegar. Mi padre lo conoce bien, estaba en la base de Cúpula Kermadec hace algunos años. Si pudiera encontrar armamento para él y conseguir una tripulación de tres o cuatro hombres bien preparados...
    —¡Nosotros podríamos ayudarte, David! —exclamó excitado Bob—. Ya hemos completado los cursos necesarios en táctica militar y maniobras de guerra y hemos tenido entrenamiento en combates submarinos simulados; pero el precio, David, esos barcos costarán una fortuna aunque ya sean de desecho.
    —Mi padre y yo ya habíamos calculado eso —asintió David—. Costarán más o menos lo que vale un puñado de perlas.

    Permanecimos callados por un momento. Después, Roger Fairfane echó la cabeza hacia atrás y soltó una breve carcajada.

    —De modo que nos has hecho perder el tiempo —dijo—. Has perdido las perlas y no hay manera de conseguir el dinero sin ellas.

    David lo miró pensativamente.

    —¿No hay manera? —le dijo, e hizo una pausa para encontrar las palabras adecuadas—. Tú dijiste que ayudarías, Roger, y que tu padre es un hombre muy rico que trabaja en la Compañía Trident. . .
    —¡No metas a mi padre en todo esto! —le ordenó Roger enrojeciendo a causa de su furia.

    David asintió con la cabeza sin demostrar sorpresa.

    —Ya había pensado que sucedería esto —dijo con mucha calma y sin explicar su aseveración, pero Roger pareció comprender lo que quería decir. Se puso rojo como un tomate y luego palideció de rabia, pero no dijo nada.
    —Ya sabía que habría peligro —dijo David—. Joe Trencher fue en otro tiempo el capataz de mi padre y ahora que él encabeza la rebelión contra mi padre, sabíamos lo que podíamos esperar. Mi padre me advirtió que sería muy probable que Trencher hallara un medio para arrebatarme las perlas.
    —¿Y te dijo lo que tendrías que hacer en ese caso? —preguntó con soma Roger.

    David asintió y me miró.

    —Me dijo: “Pide ayuda. Ve a ver a Jim Eden y pídele a su tío que te ayude."

    No me habría sentido más sorprendido si él hubiera hecho aparecer uno de aquellos extraños saurios submarinos ante mis ojos.

    —¿Mi tío Stewart? Pero si...
    —Eso es todo lo que sé, Jim. Mi padre está enfermo como ya te dije y tal vez estaba delirando un poco, pero eso fue lo que me dijo.
    —Pero... —repetí sacudiendo la cabeza tratando de ordenar mis ideas—, Pero..., si mi tío está en Marinia, a más de dieciséis mil kilómetros de aquí, y él mismo no se encuentra muy bien de salud.

    David se encogió de hombros y repentinamente se vio cansado.

    —Eso es todo lo que sé, Jim —repitió—. Lo único. .. —se interrumpió y se quedó escuchando—. ¿Qué fue eso?

    Todos nos quedamos inmóviles escuchando. Sí, se oía algo, un débil murmullo mecánico. Sonaba como el mido ahogado de unos potentes motores no muy lejos de allí.

    —¡La dársena del auto submarino! —exclamó Bob poniéndose de pie de un salto—. ¡Viene de allí!

    Era difícil de creerse, pero realmente parecía provenir de aquella dirección. Todos nos pusimos de pie apresuradamente y salimos corriendo del pequeño apartamiento, bajamos la escalera y llegamos a la plataforma que circundaba la pequeña dársena donde el gerente de la zona del Atlántico anclaba su yate cuando estaba en su casa de la playa.

    No había nada allí. Miramos a nuestro alrededor a la luz violácea de los tubos de troyón y pudimos ver el pequeño desembarcadero con su barandilla, las paredes blancas y la superficie del agua; eso era todo, pero las puertas que daban al mar estaban abiertas de par en par.

    Nos asomamos al exterior por las puertas abiertas y vimos el lugar donde las aguas de la dársena interior se unían al estrecho canal recto que conducía al mar. Había olas allí, una imitación en miniatura de las olas que rompían en la playa, pero el agua estaba agitada y golpeteaba contra las orillas.

    No había rastro de ningún auto submarino.

    —Me pregunto si... —dijo David molesto—. No, no podría ser.
    —¿Qué es lo que no podría ser? —le pregunté.
    —Creo que estoy oyendo fantasmas —respondió él encogiéndose de hombros—. Por un momento pensé en la posibilidad de que Joe Trencher nos hubiera seguido hasta aquí, hubiera entrado a la dársena y escuchado lo que estábamos hablando, pero eso no puede ser —señaló en dirección de las silenciosas portañolas de observación del guardián electrónico y nos recordó—: Cualquier cosa que hubiera entrado o salido habría tenido que pasar ante el circuito buscador. El guardián electrónico no hizo sonar su alarma de modo que no pudo haber ocurrido eso.
    —Estoy seguro de que oí el ruido de unos motores —dijo tercamente Bob Eskow.
    —Yo también estaba seguro —dijo David—, ¿pero no ves que es imposible? Supongo que hemos de haber oído algún extraño eco que nos llegó desde el mar o tal vez fue algún barco de superficie que pasó muy lejos en alta mar...
    —¡No soy ningún novato, David! —exclamó enojado Bob—. ¡Puedo reconocer el sonido de los motores de un auto submarino cuando los oigo! —pero luego titubeó y pareció confundido al admitir—: Tienes razón, no pudo haber sido eso. El guardián electrónico lo hubiera detectado inmediatamente.

    Subimos de nuevo las escaleras y en cierto modo la excitación que se había posesionado de nosotros minutos antes, se había desvanecido. Todos estábamos pen-sativos, casi preocupados.

    Ya se estaba haciendo tarde y rápidamente planeamos lo que tendríamos que hacer.

    —Trataré de comunicarme con mi tío —dije—. No sé si servirá de algo, pero lo intentaré. Mientras tanto, David, supongo que podrás quedarte escondido aquí. Nosotros tenemos que regresar a la Academia, pero volveremos mañana y entonces...
    —Comenzaremos a trabajar —prometió Bob.

    Eso parecía haber sido todo por aquel extraño y excitante día, pero todavía faltaba algo más.

    Dejamos a David allí y regresamos caminando lentamente por el fantástico jardín en dirección a la puerta de salida. Todos nos sentíamos muy cansados para entonces. Estábamos exhaustos no únicamente a causa de la agobiadora actividad desarrollada durante la prueba del maratón, sino también por lo ocurrido después de nuestro encuentro con David Craken y con Joe Trencher, quienquiera que fuese este último.

    Tal vez fue por eso que ya habíamos salido del jardín y habíamos bajado unos cien metros por la carretera antes de que yo me diera cuenta de una cosa.

    Me detuve y permanecí inmóvil en el camino de coral.

    —¡Tú cerraste la puerta! —le dije violentamente a Bob.
    —Bueno. . ., sí, lo hice —dijo él mirando a su alrededor—. La empujé para cerrarla después de que pasamos. Después de todo, no me pareció bien dejarla abierta en caso de que alguien...
    —¡No, no! —exclamé—. ¡La cerraste! ¿Recuerdas? Estaba entreabierta. ¿No comprendes lo que quiero decir? ¡Vengan, síganme!

    A pesar de lo cansado que estaba corrí en dirección a la puerta. Estaba cerrada, sí, tal como la había dejado Bob. Allí estaba el seto de seis metros de altura, espinoso e impenetrable. Allí estaba la puerta, con su torre de vigilancia, para el guardián electrónico, a un lado.

    Nos detuvimos jadeantes frente a la puerta y nada sucedió.

    —¿Lo ven? —grité y ellos se me quedaron mirando, parpadeando—. ¿Todavía no lo comprenden? ¡Observen lo que hago! —les dije y empujé la puerta que se abrió.

    Nada sucedió.

    Roger Fairfane comprendió lo que yo quería decir y un momento después, Bob Eskow lo entendió también.

    —¡El guardián electrónico! —murmuró Bob—. ¡No está funcionando! Esa puerta es automática; no deberías haber podido moverla, a menos que el rayo rojo identificador te hubiera reconocido. . .

    Asentí.

    —Ahora lo comprendo —les dije—. Los guardianes electrónicos han sido desconectados de alguna manera. No están trabajando. Supongo que les habrán cortado los alambres.

    Roger me miró preocupado.

    —Entonces..., esos motores que creímos haber oído...
    —No fue nuestra imaginación —dije moviendo la cabeza—. Los oímos realmente. Desconectaron el guardián electrónico y entraron. Escucharon hasta la última palabra de lo que dijimos.


    9…Ciudad Sargazo


    Dirección este y al fondo. Nuestro destino era Ciudad Sargazo.

    Ni Bob ni Roger pudieron conseguir un pase, por lo que nos correspondió a David y a mí el ir a Ciudad Sargazo a echarle un vistazo a la Ballena Asesina. Discutimos largamente si sería arriesgado que David viniera conmigo, ya que si algún cadete lo veía y lo reconocía, comenzarían las preguntas, pero nos pareció que sería mejor que fuéramos dos en aquella misión, por lo que no nos quedó otra alternativa.

    Sacamos pasajes en Hamilton para el submarino de pasajeros que hacía el viaje ordinario a Ciudad Sargazo, situada a doscientos cuarenta kilómetros al este de las Bermudas y a más de tres kilómetros de profundidad. En el breve momento que faltaba para que saliera nuestro submarino busqué una caseta telefónica y pedí una llamada de larga distancia a la lejana Cúpula Thetis para hablar con mi tío Stewart.

    No hubo respuesta. Le dije a la operadora:

    —Por favor, se trata de algo muy importante. ¿Puede seguir tratando de conseguir la comunicación?
    —¡Por supuesto, señor! —me respondió ella en su tono profesional y competente—. ¿Quiere darme su número por favor? Yo lo llamaré más tarde.

    Pensé rápidamente; aquello era imposible, por supuesto. Yo no estaría allí más de unos cuantos minutos y no quería que mi tío me fuera a llamar a la Academia porque allí había peligro de que alguien escuchara nuestra conversación.

    —Siga tratando de comunicarse, operadora. Yo la llamaré desde Cúpula Sargazo dentro de... —consulté mi reloj—..., dentro de unas dos horas.

    David me estaba haciendo señas frenéticamente desde afuera de la caseta. Colgué el teléfono y ambos bajamos corriendo por el largo y sombrío hangar del muelle de la Línea Pan-Caribe. Llegamos a la nave en el momento en que iban a bajar las escalinatas.

    No podía evitar sentirme un poco preocupado, aunque en realidad no había ninguna buena razón para ello. Mi tío siempre estaba muy ocupado, naturalmente, y no debería preocuparme demasiado si él no estaba en su casa en un momento dado. Sin embargo, Thetis quedaba al otro lado del mundo y ya debería ser más de medianoche allá. Sentí una duda molestándome en lo más recóndito de mi mente, de que tal vez mi tío no estuviera bien… pero la alegría que me causaba el volver a navegar en las profundidades del océano apartó esa duda de mi mente.

    Nos alejamos de Hamilton deslizándonos sobre la superficie. Tan pronto como hubimos pasado los bajos cercanos a la costa, nos sumergimos bajo las olas y el submarino tomó curso hacia Cúpula Sargazo.

    El pequeño submarino era un enano comparado con los gigantescos trasatlánticos que navegaban en el Pacífico y en los cuales yo había viajado hasta Cúpula Thetis hacía ya algún tiempo, pero con todo y eso tenía sus buenos sesenta metros de largo. Como era una nave pequeña, la disciplina no era muy estricta y David y yo pudimos recorrer los lugares donde trabajaba la tripulación y los cuartos de máquinas sin tener muchos problemas. Eso hizo que el tiempo se nos pasara rápidamente. Viajando a setenta nudos por hora, la travesía duraba un poco menos de dos horas y el tiempo se nos pasó sin darnos cuenta.

    Desembarcamos en Ciudad Sargazo atravesando por unas tuberías de acoplamiento protegidas con edenita y primero buscamos una caseta de teléfonos.

    Introduje varias monedas en el aparato y logré comunicarme nuevamente con la misma operadora marcando su número clave.

    Todavía no había respondido nadie en Thetis.

    Dejé pendiente la llamada y David y yo preguntamos la dirección de la dársena de la Flota donde estaban los barcos sobrantes esperando a ser vendidos en pública subasta.

    La Ballena Asesina estaba lado a lado del viejo Delfín en los diques de carena situados en la parte más baja de Cúpula Sargazo.

    Ninguno de los dos era muy grande. Ambos habían sido lo suficientemente pequeños para caber por la compuerta de los barcos que les había permitido entrar a la ciudad viniendo de las frías profundidades del exterior, pero El Delfín parecía un pequeño bote al lado de La Ballena Asesina. No perdimos el tiempo en mirarlo y abordamos a toda prisa La Ballena Asesina entrando por la escotilla principal; examinamos el submarino de proa a popa.

    —Es una preciosidad —murmuró David levantando hacia mí sus ojos que le brillaban de excitación.

    Asentí. La Ballena Asesina era uno de los últimos cruceros submarinos Clase-K que se habían construido. No había nada malo en él, en lo absoluto, excepto que durante los últimos diez años se habían logrado tantos adelantos en materia de armas submarinas, que requerían distintos montajes y diseños diferentes en los submarinos de proa a popa que la Flota había decidido deshacerse de toda nave que tuviera más de diez años de uso. El proceso de conversión casi se había completado ya y únicamente unos cuantos viejos submarinos como El Delfín y La Ballena Asesina quedaban para ser remplazados.

    Tenía cabinas de alojamiento para una tripulación de dieciséis hombres.

    —Estaremos muy atareados aquí dentro —le dije a David—, pero podremos gobernarlo. Uno de nosotros en las máquinas y el otro en los controles. Podemos dividirnos y hacer tumos de doce horas. Navegará a la perfección, ya verás.

    Él colocó una mano sobre el timón como si estuviera tocando un objeto sagrado.

    —Es una preciosidad —repitió—. Bueno, subamos y veamos si podemos hacer una oferta.

    Eso nos hizo salir un momento de nuestro arrobamiento, ya que hablamos de hacer una oferta, pero, ¿qué teníamos para hacerla? A menos que mi tío Stewart pudiera ayudamos, y él no era un hombre rico, no podríamos siquiera pagar el precio de la pe-queña cápsula de expulsión que llevaba La Ballena en la sentina y mucho menos el precio del crucero.

    En la oficina del teniente comandante que estaba a cargo de la venta de los dos submarinos nos informaron que la oferta mínima que se aceptaría por cada uno de ellos sería de cincuenta mil dólares. El oficial nos miró de pies a cabeza y nos dijo sonriendo:

    —Demasiado caro para comprarlo con lo que hayan ahorrado de sus mesadas, muchachos. ¿Por qué no se deciden a comprar algo más pequeño, digamos algo como un barco de vela de juguete?

    Por primera vez en mi vida sentí llevar puesto el uniforme escarlata de los cadetes de la Academia; si hubiera ido vestido de civil me habría sentido con mayor libertad para decirle lo que pensaba. David se interpuso delante de mí para evitar mi explosión de rabia.

    —¿Qué tenemos que hacer para presentar una oferta? —preguntó.

    La mirada divertida se desvaneció en parte del rostro del oficial.

    —Bueno, si están hablando en serio, todo lo que tienen que hacer es tomar una de esas formas de solicitud y llenarla. Escriban su nombre y su dirección, y la cantidad que piensan ofrecer. Tendrán que hacer un depósito por valor de la tercera parte de la cantidad que están ofreciendo, antes de que se abra la subasta; de lo contrario su oferta ni siquiera será tomada en cuenta. Eso es todo lo que tienen que hacer.
    —¿Puede darme una forma para La Ballena Asesina, señor?

    El teniente comandante se le quedó mirando y se encogió de hombros.

    —¿La Ballena, eh? —dijo, y comenzó a buscar entre la pila de formas que tenía sobre su escritorio—. Cuando menos en eso se ve que son listos porque El Delfín es sólo un montón de chatarra. Yo debería saberlo bien, serví en él como alférez. Pero, ¿para qué diantres quiere usted un crucero, joven, aun en el caso de que tenga el dinero para comprarlo?
    —Lo quiero —tosió David—, lo quiero para mi padre —dijo, y tomó apresuradamente las formas de la mano del oficial.

    Nos retiramos a la oficina exterior apretando ansiosamente las formas en las manos. Era un salón grande que estaba lleno de personas, algunas de las cuales nos miraron con curiosidad. Encontramos un rincón donde poder examinar los papeles.

    Yo miré por encima del hombro de David. El encabezado de las formas decía: Solicitud de Compre de Submarinos Sobrantes, y en la primera página había un espacio en los que ya estaban escritos los nombres de La Ballena Asesina y de El Delfín. David se apresuró a poner una cruz grande junto al nombre de La Ballena Asesina. Escribió mi nombre y mi dirección y titubeó al llegar al espacio marcado: Cantidad que se Ofrece.

    Lo detuve.

    —Aguarda un segundo —le dije—. Déjame que trate de comunicarme con mi tío otra vez. Hay una caseta telefónica al otro lado del salón.
    —Será mejor que veamos si vamos a poder pagar —asintió sonriendo.

    Esta vez logré comunicarme, pero la persona que respondió no fue mi tío.

    Era un visionteléfono y la imagen que tenía ante mí serpenteó y fue aclarándose hasta tomar forma. Era Gideon Park, el ayudante en quien mi tío confiaba más; el hombre que me había salvado la vida en los drenajes de Cúpula Thetis hacía ya tanto tiempo.

    En su negro rostro apareció la sorpresa y luego sonrió mostrando sus blancos dientes.

    —¡joven Jim! ¡Me alegro de verte, muchacho! —exclamó y luego pareció sentirse extrañamente preocupado—. Supongo que deseas hablar con tu tío, ¿eh? Él está..., bueno..., él no está disponible en este momento, Jim. ¿Puedo ayudarte en algo? No te habrás metido en dificultades en la Academia, ¿verdad?
    —No, no se trata de nada de eso, Gideon. ¿Dónde está mi tío?
    —Bueno —titubeó—, Jim...
    —¡Gideon! ¿Qué sucede? ¿Ha ocurrido algo malo?
    —Cálmate, Jim —me respondió—. Él se va a poner bien, pero ahora está..., está durmiendo. Hice desconectar el teléfono todo el día para que nadie lo molestara y no quisiera despertarlo a menos que...
    —¡Gideon, dime qué le pasa a mi tío!
    —La cosa no es tan grave —dijo muy serio—. Eso te lo aseguro, Jim, pero la verdad es que él está enfermo.
    —¡Enfermo!

    Gideon asintió y la negra cara reflejaba preocupación y pesar.

    —Tuvo un ataque hace tres días. Recibió una carta de un viejo conocido y la estaba leyendo, aquí mismo en su escritorio, cuando de repente, se desmayó y...
    —¿Un ataque cardiaco?

    Gideon sacudió la cabeza negativamente voz suave y afectuosa:

    —No se trata de eso, Jim. Todo lo que los doctores dicen es que tu tío ha estado demasiado tiempo bajo la presión. Ha vivido a una profundidad demasiado grande por demasiado tiempo.

    Eso era muy cierto, no cabía duda. Recordé la larga vida de aventuras que había vivido mi tío en los abismos del océano; aquella vez en que había quedado atrapado, no hacía muchos meses de eso, en un submarino averiado en el fondo del abismo más profundo del Pacífico suroccidental, cuando Gideon y yo lo encontramos y logramos rescatarlo, pero el cuerpo humano no está hecho para la vida de los peces de las grandes profundidades. Las fuertes presiones y las drogas pueden causar algunas veces efectos inesperados.

    —¿Puedo hablar con él?
    —Bueno..., los doctores dicen que no debería excitársele demasiado, Jim. ¿Se trata de algo en lo que yo pudiera ayudarte?

    No vacilé un segundo; sabía que podía confiar en Gideon tanto como en mi tío mismo y comencé a explicarle, a toda prisa, toda la enredada historia de los hombres con ojos nacarados, las perlas Tonga y David Craken...

    —¿Craken? ¿Dijiste David Craken?

    Me interrumpí y miré asombrado a la pantalla.

    —Pues sí, Gideon. Su padre se llama Jason Craken..., o cuando menos así se hace llamar.
    —¡Qué extraño, Jim! ¡Craken! ¡Ese es el nombre que aparecía en la carta! ¡La carta que tu tío leía cuando tuvo el ataque, estaba firmada por Jason Craken! —titubeó un segundo y luego prosiguió—: No cuelgues, Jim —me ordenó—, ¡Al diablo con los doctores..., voy a despertarlo!

    Hubo un momento de pausa y luego vi un rápido parpadeo al transferir Gideon la llamada a la extensión de la habitación de mi tío.

    Vi a mi tío Stewart sentado entre cojines en una cama estrecha. Tenía el rostro enjuto y demacrado, pero sonrió al verme. Era evidente que había estado acostado, pero despierto, porque no había el menor indicio de soñolencia en sus ademanes.

    —¡Jim! —su voz se oía ronca y cansada pero fuerte—. ¿Qué es todo ese asunto que me cuenta Gideon?

    Rápidamente le conté todo lo que ya le había dicho a Gideon y más aún, desde el momento en que había conocido a David Craken en la balsa gimnasio hasta lo que estábamos haciendo ahora, llenando la solicitud de compra de La Ballena Asesina.

    —Y él dijo que te llamara, tío Stewart —concluí—, y así lo hice.
    —¡Me alegro de que lo hayas hecho, Jim! —dijo mi tío y cerró los ojos un momento para pensar y por fin exclamó—: ¡Tenemos que ayudarle, Jim! Se trata de una deuda de honor.
    —¿Una deuda? —pregunté mirando la pantalla asombrado—. Pero yo no sabía que tú hubieras conocido a Jason Craken...
    —Es algo de lo que nunca te había hablado, Jim —dijo asintiendo con la cabeza—. Hace muchos años, cuando tu padre y yo éramos jóvenes, anduvimos explorando los bordes de Tonga Trench a la mayor profundidad a que podíamos llegar con el equipo de buceo que teníamos entonces. Buscábamos perlas, perlas Tonga.

    Volvió a asentir con la cabeza y repitió:

    —Perlas Tonga. Bueno, las encontramos pero no pudimos quedarnos con ellas porque cuando tu padre y yo estábamos buceando en nuestros trajes de presión a la mayor profundidad que podíamos hacerlo con seguridad, fuimos atacados. No..., no puedo decirte qué fue lo que nos atacó, Jim, porque di mi palabra de que no lo revelaría jamás; tal vez los Craken mismos te lo dirán algún día, pero fuimos arrastrados a una profundidad cada vez mayor, más allá del límite de resistencia de nuestros trajes y éstos comenzaron a fallar.

    Hizo una pausa para recordar aquel lejano día y, cosa extraña, sonrió.

    —Creí que todo había terminado para nosotros en aquel momento, Jim —continuó diciendo—, pero fuimos rescatados. El hombre que nos rescató fue... Jason Craken.

    Mi tío se había incorporado y estaba sentado más derecho en la cama. Por un momento, el tono de su voz se hizo más fuerte.

    —¡Jason Craken! ¡Un nombre extraño para un hombre extraño! Él no hablaba mucho, era un poco raro, casi rudo; llevaba barba y vestía elegantemente. Le gustaban los lujos y gastaba pródigamente; era un anfitrión generoso y un hombre muy astuto, Jim. Vendía perlas Tonga y nadie podía competir con él porque nadie más sabía de dónde provenían. El mantener secreto el monopolio representó una fortuna para él, Jim. Tu padre y yo conocíamos su secreto y sin embargo nos salvó. Arriesgó su propia vida por salvamos y puso en peligro el secreto de sus perlas, pero confió en nosotros. Le prometimos que nunca regresaríamos a Tonga Trench. Le dimos nuestra palabra de no decir jamás de dónde provenían las perlas. Si él necesita ayuda ahora, Jim, debemos encargarnos de que la reciba.

    "No puedo hacer mucho personalmente, Jim —prosiguió diciendo con el ceño fruncido—. Tengo que guardar cama por algún tiempo. Supongo que el ataque me sobrevino por la sorpresa que me causó la carta de Jason Craken; él mencionó en su carta que tal vez necesitaría dinero para comprar un submarino de guerra y he podido reunir algo. No es una fortuna, pero creo que será suficiente. Me encargaré de que lo recibas lo más pronto posible. Compra La Ballena Asesina para él. Ayúdalo cuanto puedas. "

    Se volvió a recostar entre los cojines de la cama y me sonrió.

    —Eso es todo, Jim. Será mejor que cuelgues ahora, esta llamada debe estar costando una fortuna, pero recuerda una cosa, le debemos mucho a Jason Craken, porque de no haber sido por él, ni tú ni yo estaríamos aquí en este momento.

    Eso fue todo.

    Me volví, un poco aturdido, a ver a David que aguardaba afuera de la caseta.

    —Todo está bien, David —le dije mirando alrededor en el interior del salón—. Él nos va a ayudar. Recibiremos algún dinero de él, lo suficiente, me dijo, y...

    Me interrumpí.

    —¡David! —le grité—. ¡Mira allá, a donde estábamos llenando la solicitud!

    Él se volvió rápidamente. Había dejado las formas sobre un pequeño escritorio mientras yo llamaba a mi tío. Las formas todavía estaban allí, pero sobre ellas se inclinaba la figura de un hombre.

    ¿Era en realidad un hombre? La figura se volvió y se dio cuenta de que lo estábamos mirando, nos vio con sus ojos nacarados que se contraían y parecían despedir chispas. ¡Era la persona que había surgido del mar y que se hacía llamar Joe Trencher!

    Dio la media vuelta y echó a correr cruzando la puerta para perderse entre los pasillos atestados de gente que había al otro lado.

    —¡Vamos! —gritó David—. ¡Veamos si podemos agarrarlo, tal vez todavía tenga las perlas!


    10….Tencha de Tonga Trench


    Aquel día recorrimos toda Ciudad Sargazo buscando a Joe Trencher, pero no lo pudimos encontrar. Finalmente, David se detuvo jadeante y dijo:

    —Lo hemos perdido. Desapareció como por arte de magia.
    —Pero tiene que estar en alguna parte de la ciudad. Podemos buscar nivel por nivel.
    —No —dijo David meneando la cabeza—, no tiene que estar forzosamente en la ciudad, Jim. Él no es como tú y yo; él podría tranquilamente meterse en una compuerta de escape y desaparecer en el mar y podríamos pasamos todo un mes buscándolo aquí mientras que él ya estaría a cientos de kilómetros de la ciudad.
    —¿En el mar? ¿A casi cinco kilómetros de profundidad? ¡Eso no es humanamente posible!
    —Firma la solicitud, Jim —fue la única respuesta que me dio David—, tenemos que entregarla.

    Eso fue todo lo que me diría.

    Regresamos a la oficina del teniente comandante. Firmé la forma de solicitud con mi nombre casi sin verla. Escribimos en ella la oferta mínima; cincuenta mil dólares. ¡Cincuenta mil dólares! Pero por supuesto, la nave había costado muchas veces más esa cantidad cuando nueva.

    Apenas si llegamos a tiempo para tomar el submarino de regreso a las Bermudas.

    Ambos íbamos callados y supongo que pensábamos lo mismo. Era curioso que Joe Trencher nos hubiera podido encontrar en Cúpula Sargazo. Eso hacía que fuera casi seguro que el ruido de motores que habíamos oído en la dársena del yate lo había hecho Trencher o alguien allegado a él, quien habiendo escuchado lo que discutíamos sabía ahora cuáles eran nuestros planes.

    La cosa no tenía remedio; no podíamos cambiar nuestros planes. Simplemente no podíamos hacer otra cosa.

    Estuvimos sentados sin hablar en el salón principal de descanso para los pasajeros durante una media hora poco más o menos. Estábamos casi solos. De los altavoces surgía un suave murmullo de música y había algunas parejas disfrutando de su día de descanso al extremo más alejado del salón. Eso era todo. El comercio entre Bermuda y Ciudad Sargazo no era muy animado en aquella época del año.

    Finalmente no pude resistir más aquella tensión y estallé:

    —¡David! ¡Este asunto ya ha llegado demasiado lejos! ¿Comprendes? ¡Tengo que saber contra lo que vamos a luchar! ¿Quién es ese Joe Trencher? ¿Qué relación tiene con tu padre y las perlas Tonga?

    David me miró con ojos en los que se adivinaba la preocupación. Luego miró a su alrededor en el salón. No había nadie cerca de nosotros que pudiera escucharnos y él dijo por fin:

    —Está bien, Jim, supongo que será lo mejor. Le prometí a mi padre que no hablaría de ello, pero él está enfermo y muy lejos de aquí. Creo que tendré que juzgar por mí mismo de ahora en adelante.
    —¿Me contarás todo lo relacionado con Trencher y con esas serpientes marinas o lo que hayan sido?

    Él asintió con la cabeza.

    —Trencher —dijo—, Joe Trencher fue durante algún tiempo el capataz de mi padre, su empleado de confianza, pero ahora él es quien encabeza a los amotinados.
    —¿Amotinados contra qué, David? —le pregunté exasperado porque había muchas cosas que no entendía y mucho misterio impenetrable para mí.
    —Amotinados contra mi padre, por supuesto. Ya te he contado acerca de la cúpula de mi padre y del imperio que logró construir con el dinero obtenido de las perlas Tonga. Bien, ese imperio se le está escurriendo de entre los dedos actualmente. Los ayudantes que él tenía y en quienes había depositado toda su confianza se han rebelado contra él. Trencher es sólo uno de ellos.

    No pude evitar asombrarme una vez más de aquel “imperio" en las profundidades del océano. No me parecía que el padre de David hubiera podido edificarlo por medios estrictamente legales y honestos...; pero, por supuesto, eso había ocurrido hacía ya mucho tiempo...

    —Todo comienza con las serpientes marinas —estaba diciendo David—. Ellas han vivido en Tonga Trench, y hecho sus nidos en la misma montaña submarina donde mi padre construyó su cúpula, durante millones de años, Jim, tal vez cientos de millones de años. Uno puede ver reproducciones de bestias como esas en los museos y le explican a uno que pertenecieron a una época muy remota, anterior en muchísimos años a la aparición del hombre sobre la Tierra. Son increíblemente antiguas y no han cambiado en lo más mínimo en todos esos cientos de millones de años. Hasta que llegó mi padre. Ha estado tratando de hacer algo con ellas, algo que es difícil de creer: está tratando de domesticarlas, como se domestica a un caballo o a un perro, para que lo ayuden, para que trabajen para él. ¡Está tratando de domesticar saurios que han sobrevivido desde la época de los dinosaurios!

    Lo miré asombrado sin poder creer lo que me decía. Recordé aquella cabeza gigantesca que había visto asomarse en la oscuridad sobre la barandilla del barco gim-nasio. ¿Domesticar eso? Habría sido más fácil enseñar a una víbora de cascabel a que me llevara el periódico a la hora del desayuno; pero él siguió hablando.

    —Naturalmente, mi padre no podía hacerlo solo, pero tuvo ayuda, una extraña clase de ayuda, casi tan increíble como las mismas serpientes marinas: Joe Trencher y unos cuantos cientos más de criaturas como él, no muchos, pero suficientes. Sin ellos, mi padre no habría podido ni siquiera comenzar a trabajar con los saurios. La gente de Trencher fue una valiosa ayuda.
    —Son bastante feos de aspecto, si Trencher es la muestra —comenté—. Con esos ojos que parecen perlas y esa piel tan pálida. Esa manera tan curiosa como respiran. ¡Ni siquiera parecen seres humanos!
    —No lo son —dijo calmadamente David negando con la cabeza—, ya no lo son, cuando menos. Descienden de los humanos, de unos polinesios que quedaron atrapados quién sabe cómo cuando su isla se hundió en el mar. ¿Has oído hablar de las montañas submarinas que hay en el Pacífico?

    Asentí. Se refería a aquellas montañas submarinas con planicies niveladas en la cúspide a causa de la acción de las olas del mar, aunque se encontraban muy abajo de la superficie donde no había olas.

    —En un tiempo fueron islas —continuó diciendo David— y los antepasados de Trencher vivieron en una de ellas. Supongo que eran buenos buzos, ha pasado tanto tiempo desde eso que es imposible asegurarlo, pero tenían nombres polinesios, por lo que no pudo haber ocurrido hace demasiados años. El padre de Trencher se llamaba Tencha y Trencher adoptó su nuevo nombre derivándolo caprichosamente del de su padre. Trencher, un habitante de Tonga Trench. Cuando su isla se sumergió, lograron sobrevivir de algún modo y dieron un salto atrás hacia el pasado, al lejanísimo pasado cuando todos los seres vivientes habitaban en el agua.
    —¿Quieres decir que...? —dije titubeando y tratando torpemente de encontrar las palabras sin poder creer que había oído correctamente—. ¿Quieres decir que Joe Trencher es una especie de... tritón?
    —Mi padre los llama “anfibios". Son mutaciones. Sus pulmones han ido cambiando para funcionar como las agallas de un pez. En realidad, ellos se sienten más a gusto en el agua que en la tierra firme.

    Asentí. Recordaba claramente cómo Joe Trencher respiraba con dificultad, jadeando y produciendo un silbido al respirar el aire. En ese momento comencé a comprender la causa.

    —En otro tiempo, Trencher fue mi amigo —dijo sombríamente David—. Cuando yo pasaba una temporada en casa de mi padre, acostumbraba ponerme un pulmón y salía a bucear con él. No lo hacíamos en el fondo de Tonga Trench, sino a unos trescientos metros de profundidad. Lo observaba mientras él domesticaba a las... criaturas. Él me mostró cosas que existen en el lecho del océano que la flota jamás ha visto. Luego, él cambió. Mi padre se culpa a sí mismo por no haberlo previsto. Dice que la mutación hace que los anfibios sean en cierto modo inestables temperamentalmente y luego, a medida que fueron sabiendo cosas del mundo exterior, cambiaron. Fuere lo que fuere, ahora Trencher odia a mi padre y a todos los humanos. Él fue quien me secuestró del barco gimnasio. Había estado esperando la oportunidad de hacerlo. ¿Recuerdas cuántas cosas extrañas habían estado sucediendo? Como piezas de equipo que desaparecían misteriosamente. Era Joe Trencher quien las causaba. Él se me apareció de pronto a trescientos noventa metros de profundidad y yo no sospeché nada, Jim. Me alegré de verlo, pero yo no sabía lo que había estado ocurriendo en la cúpula de mi padre. No sé lo que me hizo Trench, supongo que me golpeó en la cabeza con algo, porque desperté en su auto submarino cuando íbamos de regreso a Tonga Trench. Me amenazó con matarme, ¿comprendes? Me llevaba como rehén y me utilizó para amenazar a mi padre, pero éste es un hombre muy obstinado. Él ha gobernado mucho tiempo en su imperio submarino y no cedió.
    —¿Entonces cómo lograste escapar?

    David Craken sonrió por primera vez desde que iniciara su relato.

    —Maeva —dijo—. Mi amiga Maeva. Ella es una muchacha anfibia, pero ha permanecido leal a nosotros. La conozco desde que ambos éramos muy niños. Crecimos juntos. Ambos observábamos a Trencher cuando él domaba a los saurios. Luego, ella y yo nos íbamos a explorar, yo en mi traje de edenita y ella respirando el agua misma. Entrábamos a las cuevas que hay en la montaña submarina. Supongo que eso era hasta cierto punto peligroso porque aquellas cuevas pertenecían a los saurios; allí era donde ellos ponían sus huevos y tenían a sus crías. Por supuesto que en el verano teníamos buen cuidado de no acercamos a ellos, porque esa es su estación de crianza. Ese es otro misterio, ya que bajo el agua no existen las estaciones, pero los saurios las recuerdan... Era peligroso ir allí, sí, pero no tan peligroso como lo que Maeva hizo por mí hace un par de meses. Ella me encontró en el auto submarino de Joe Trencher, me trajo el cilindro de edenita que me envió mi padre junto con un mensaje, y me ayudó a escapar en el auto submarino.

    "Naturalmente, Trencher me siguió. No sé si él haya sospechado de ella o no, espero que no —el rostro de David se contrajo al decir esto y continuó—: Fuere como fuere Trencher me siguió. No lo hizo en un auto submarino sino nadando, montado en uno de los saurios. Éstos pueden desarrollar una velocidad fabulosa bajo el agua. Me siguieron y me alcanzaron."

    David levantó los ojos y dijo:

    —El resto ya lo conoces. Ahora todo depende de lo que todos nosotros hagamos y no nos queda mucho tiempo.

    No teníamos mucho tiempo, pero las horas transcurrieron.

    David regresó al pequeño apartamiento del cobertizo de los botes a esperamos. Roger, Bob y yo continuamos con nuestras clases.

    No tuvimos mucho tiempo para pensar el día siguiente. Faltaban únicamente siete días para que llegara la semana de Graduación y teníamos que presentar nuestros exámenes finales. Era difícil concentrar nuestra atención en las teorías de Mahan y en la física de los líquidos teniendo una aventura en perspectiva, pero tuvimos que hacerlo. Después del último día de exámenes no hubo descanso porque hubo ejercicios de pre-paración para el desfile. Nos vestíamos con nuestros uniformes de gala color escarlata y nos formábamos para pasar horas interminables de ejercicios de contramarcha y conversiones a la derecha y a la izquierda. No íbamos a marchar en el desfile de nuestra propia graduación, pero todos y cada uno de nosotros esperábamos con ansiedad el día en que nos tocaría prestar juramento ante los altos oficiales de la Academia y todos poníamos en las maniobras hasta el último gramo de precisión de que éramos capaces. Hacía un calor despiadado cuando realizábamos nuestras prácticas hora tras hora, bajo el candente sol de las Bermudas, preparándonos para la revista final. Entonces, poco antes de que fuera disparado el cañonazo que anunciaba la puesta del sol, vino un cambio bien venido por todos. Masas de nubes se habían ido acumulando muy altas sobre el mar y se aproximaron hacia nosotros cada vez más bajas descargando sus rayos. Las nubes se abrieron y la lluvia comenzó a caer con fuerza sobre nosotros.

    Corrimos a buscar refugio donde podíamos encontrarlo.

    Me refugié a sotavento de una lancha ballenera y descubrí que otro cadete estaba sentado en cuclillas a mi lado, tan empapado como yo. Sacudió con la mano un verdadero río de agua de lluvia de su gorra achatada de visera, del uniforme escarlata de gala, y se volvió sonriendo hacia mí.

    Era Eladio Ángel.

    —¡Jim! —exclamó—. ¡Jim Eden! ¡Hacía mucho tiempo que no te veía!

    Estreché la mano que me tendió y supongo que debo haberle dicho algo, pero no recuerdo qué.

    Eladio Ángel, el antiguo compañero de cuarto de David Craken, su mejor amigo; el único cadete en toda la Academia, aparte de Bob Eskow y de mí, que estimaba lo suficientemente a David para haber sentido su pérdida cuando él había desaparecido. ¿Qué le podría yo decir a Laddy Ángel ahora?

    Él continuaba hablando:

    —... Desde el día en que le escribiste la carta al señor Jason Craken, el padre de David. Ah, David. Aún ahora, Jim, pienso algunas veces en él. ¡Una pérdida tan irreparable! ¡Era tan buen amigo! Apenas puedo creer que se haya ido y para ser sincero contigo, Jim, todavía no puedo creer que sea cierto. No, en mi corazón siento que él vive aún, que está en alguna parte, que logró salvarse y no se ahogó. ¡Bueno, pero ya es suficiente! —dijo sonriendo una vez más—. Dime, Jim, ¿cómo has estado? Sólo te he visto una o dos veces, cuando salías de clases o cruzabas el cuadrángulo. No hemos tenido tiempo para charlar un poco. Qué oportuna fue esta lluvia, nos reunió otra vez.
    —Este..., este... sí, Laddy —dije aclarándome la garganta y sintiéndome incómodo—, sí, realmente es agradable verte de nuevo. Yo… este... —fingí mirar hacia la incesante lluvia y exclamé sorprendido—: ¡Pero, mira, Laddy! ¡Creo que está parando de llover! Bueno, tengo que regresar al dormitorio. ¡Ya nos veremos!

    Y salí corriendo bajo el implacable diluvio.

    Mientras me alejaba, me parecía sentir sus ojos clavados en mi espalda no con enojo sino con tristeza. Indudablemente lo había lastimado al ser tan rudo con él, pero, ¿qué otra cosa podía yo hacer? David había dicho una y otra vez que debíamos mantener en secreto todo el asunto y yo no soy tan buen mentiroso como para poder charlar con su mejor amigo sin revelar que él no había muerto.

    No tuve mucho tiempo para cavilar acerca de ello; cuando iba corriendo a través del cuadrángulo, calado hasta los huesos, alguien me gritó:

    —¡Eden! ¡Cadete Eden, repórtese!

    Me detuve bruscamente patinando en el suelo y saludé.

    Era un oficial que prestaba sus servicios temporalmente en la oficina del comandante. Iba cubierto con un impermeable que sólo dejaba asomar su cara bajo aquel diluvio. Me devolvió el saludo con desagrado porque el agua de la lluvia penetró por su manga al levantar el brazo.

    —¡Cadete Eden! —vociferó—. ¡Repórtese inmediatamente en la oficina del comandante! ¡Alguien quiere verlo!

    ¿Alguien quería verme?

    Las órdenes de la Academia dicen terminantemente: ¡Los cadetes que sean llamados a reportarse ante el comandante deberán hacerlo inmediatamente! Pero no necesitaba el aguijón de las órdenes para moverme porque me devoraba la curiosidad por saber de quién se trataba, ya que no podía imaginarme quién querría verme. Si era David, o alguien relacionado con él, eso sólo podía significar que había dificultades; dificultades graves, tan graves como para hacerlo revelar su secreto...

    Pero no hubo dificultades.

    Entré corriendo y jadeando a la antesala del comandante y me detuve en posición de firmes. Al mismo tiempo que saludaba, dije con voz entrecortada:

    —Cadete Eden, señor, reportándose a las órdenes de...

    Me interrumpí asombrado; una figura alta y negra se estaba levantando de un sillón de la antesala, una figura que yo conocía muy bien; la figura de alguien a quien yo creía en el otro lado del mundo en ese momento. ¡Gideon Park!

    Me sonrió mostrando sus blancos dientes y dijo en su voz suave y moderada:

    —Jim, tu tío dijo que necesitabas ayuda y aquí me tienes.


    11…La Semana de Graduación


    ¡El alto, negro y leal Gideon Park! Sólo con verlo allí esperándome en la oficina del comandante sentí que un gran peso se me quitaba de encima. Gideon y yo nos habíamos visto juntos en situaciones desesperadas y yo sentía un gran respeto por él. ¡Después de todo, tal vez lograríamos llevar a cabo nuestros planes!

    Gideon y yo sólo tuvimos un breve momento para charlar aquella primera tarde. Le susurré el lugar donde podría encontrar a David Craken, en la casa de botes de la mansión del gerente de la zona del Atlántico de la compañía Trident. Él asintió, me guiñó un ojo y se marchó.

    Regresé al dormitorio para prepararme para la cena, sintiéndome mejor de lo que me había sentido en muchos días.

    No pude salir de los terrenos de la Academia aquella noche, pero Bob no había usado todos sus pases e inmediatamente después de la cena él salió en dirección al cobertizo de los botes para charlar con Gideon y David Craken.

    Regresó unos segundos antes de que dieran la orden de apagar las luces. Había estado fuera casi cuatro horas.

    —Todo está bien —me susurró mientras se apresuraba a meterse en la cama—, Gideon trajo el dinero.
    —¿Cuánto? —le pregunté en voz baja, porque si el oficial de guardia nos oía eso significaría una falta y el final del año escolar estaba demasiado próximo para que deseáramos tener alguna.
    —Suficiente, Jim. ¡Noventa y siete mil dólares! Los trae en efectivo. Es la cantidad de dinero más grande que jamás había yo visto junta.

    Asentí con un movimiento de cabeza en la oscuridad y repetí:

    —Noventa y siete mil. ¡Qué cantidad tan rara! Supongo que es hasta el último centavo que pudo reunir —el sólo pensarlo me entristeció y murmuré apremiante—: Bob, tenemos que salir bien de esto. Conozco bien a mi tío, él se ha endeudado para conseguir ese dinero. Está devolviéndole a Jason Crake un enorme favor que él le hizo en otro tiempo, y si algo sale mal, si no podemos ayudar a que Craken le devuelva el dinero a mi tío, éste se verá en graves problemas.
    —Por supuesto —dijo Bob, que ya se había metido en la cama—. Gideon va a ir a Cúpula Sargazo mañana para hacer el depósito y que nuestra oferta sea tomada en cuenta. No nos queda mucho tiempo.
    —¿Le dijiste a David que yo había visto a Laddy Ángel?

    Durante un segundo hubo una pausa.

    —Lo..., lo olvidé. Jim. No tuve tiempo de hacerlo, de todos modos, sólo estuve con ellos unos minutos.
    —¡Sólo unos minutos! —dije asombrado y me incorporé en la cama—. ¡Pero, Bob, si estuviste fuera varias horas!
    —Tuve algo que..., bueno, Jim —dijo con voz forzada como tratando de disculparse—... yo, este...

    Ambos oímos los pasos rápidos del oficial de guardia en el corredor.

    Eso puso fin a nuestra conversación, pero no pude evitar preguntarme extrañado, mientras trataba de conciliar el sueño, por qué si Bob había estado fuera cuatro horas, sólo había permanecido unos cuantos minutos en el cobertizo de los botes. ¿Qué habría hecho el resto del tiempo?

    —¡ATENCIÓN! —rugió la voz del comandante en los altavoces y todo el cuerpo de estudiantes de la Academia adoptó instantáneamente la posición de firmes.
    —¡Por escuadrones! ¡De frente, MARCHEN!

    La banda de los submarinistas tocó el himno de la Academia y todas las clases pasaron revista.

    La semana de Graduación llegaba a su término. Giramos enérgicamente para salir del cuadrángulo, pasamos frente a las plataformas donde estaban los altos oficiales que nos pasaban revista y bajamos por la rampa cubierta de coral triturado para dirigimos a las áreas donde nos dispersaríamos.

    El año escolar había llegado a su término.

    Bob y yo éramos ya estudiantes avanzados y teníamos libre todo el verano.

    Aquel día se abrirían los sobres sellados que contenían las ofertas hechas sobre los barcos sobrantes de la flota y sabríamos si La Ballena Asesina era nuestro o no.

    Bob y yo regresamos corriendo a las barracas. La disciplina había terminado y los corredores estaban atestados de cadetes que se arremolinaban charlando, riendo y haciendo planes para el verano. Aun los oficiales de guardia, por una vez en la vida, sonreían reposadamente y caminaban entre los cadetes estrechándoles la mano a aquellos a quienes pocas horas antes regañaban y reportaban.

    Rápidamente nos pusimos nuestros uniformes blancos de paseo y nos dirigimos a la salida. Los guardias seguían igual de formarles en posición de firmes, pero cuando nos detuvimos automáticamente frente a la caseta del guardia y por la fuerza de la costumbre nos buscamos los pases que no llevábamos, uno de los guardias abandonó la posición de firmes y murmuró sonriendo:

    —¡Pueden hacer lo que les plazca, cadetes! ¡Que se diviertan!

    Asentimos con un movimiento de cabeza y pasamos frente a él, pero no nos habíamos alejado mucho cuando una voz gritó detrás de nosotros:

    —¡Bob Eskow! ¡Jim!

    Nos volvimos, pero antes de verlo ya sabía quién nos llamaba. ¡Era Eladio Ángel! Su rostro serio mostraba determinación mientras corría para alcanzamos.

    Bob y yo nos miramos uno al otro mientras él se aproximaba a nosotros observándonos con sus ojos serios y un gesto de determinación en la boca. En todos aquellos meses apenas si habíamos hablado con Laddy, a excepción de aquella en que me había encontrado con él bajo el casco de la lancha y yo me había despedido tan abruptamente.

    Y ahora, cuando menos podíamos permitir que estuviera con nosotros, allí lo teníamos.

    Se detuvo frente a nosotros jadeando ligeramente.

    —Jim —dijo en tono imperioso—, vamos, voy con ustedes.
    —¿Con nosotros? Pero... Laddy...
    —No, Jim —dijo sacudiendo la cabeza—, no tiene caso discutir conmigo. He estado pensando y sé que no estoy equivocado —sonrió débilmente y con gravedad—. Me pregunté: “¿Por qué tuvo Jim Eden que ser rudo conmigo?" Y no hallé la respuesta, porque tú no eres la clase de persona que acostumbra hacerlo. No encontraba la respuesta hasta que pensé que tal vez había algo que no querías decirme y me quedé esperando allí, Jim —dijo ansiosamente, mirándome directamente a los ojos—. Esperé allí debajo del bote, donde me habías dejado y miré la lluvia que seguía cayendo a cántaros, Jim. La lluvia que tú dijiste que ya casi había amainado, y me dije: “Jim Eden tiene un secreto."

    ¿Cuál podría ser ese secreto? Sólo había una respuesta porque ya había notado cómo me miraste cuando mencioné el nombre de cierta persona. De modo que comencé a hacer preguntas y averigüé que habías estado saliendo mucho de la Academia últimamente, demasiadas veces; y siempre ibas al mismo lugar a visitar a alguien a quien nadie había visto. De modo que el secreto ya no fue secreto, Jim, porque yo ya lo había adivinado todo —dijo con una ancha sonrisa de sincero afecto—. Así que los tres nos vamos a ir a ver a mi amigo que no se ha perdido, a mi amigo a quien ustedes han estado visitando a hurtadillas: ¡David Craken!


    El rayo electrónico surgió inmediatamente alumbrando mi rostro con un color rosa como el coral a la luz de la tarde.

    —Puede usted entrar —dijo la voz del guardián electrónico y las puertas se agitaron brevemente para quedar quietas otra vez.

    Atravesamos el hermoso jardín siguiendo las luces de troyón que alumbraban con luz pálida marcando el sendero que nos estaba permitido seguir. Desde que el guardián electrónico había sido reparado ya no había habido más problemas, pero, con una sola vez que no había funcionado fue más que suficiente.

    Llegamos a un cruce y Laddy dio vuelta distraídamente en sentido equivocado, siguiendo por una vereda de conchas color de rosa en dirección a una fuente que comenzó a funcionar cuando nos aproximamos a ella. Un rayo color coral surgió inmediatamente de una escondida mirilla y la voz mecánica gritó:

    —¡Deténgase! ¡Regrese! ¡No se le permite el paso! ¡Regrese!

    Cogí a Laddy por el hombro y lo conduje al sendero debido. No era muy saludable desobedecer las órdenes del guardián electrónico. Tenía armas para emplearlas contra los intrusos. En realidad, no era probable que fuera a derribar a Laddy de un balazo por seguir el sendero que no debía, pero tal vez podría enviar la alarma al cuartel de la policía en Hamilton si su cerebro electrónico pensaba que la propiedad de su amo estaba en peligro, y no deseábamos que la policía se enterara de que estábamos allí.

    —Es curioso —dijo Bob Eskow.
    —¿Qué es lo que es curioso?
    —Bueno... —titubeó—. Roger Fairfane. Él siempre está haciendo alarde de lo importante que es su padre y de que él maneja la compañía Trident y sin embargo no lo dejan entrar más que a la casa de los botes. ¿No te parece extraño eso, Jim? Quiero decir, si su padre es un tipo tan importante, ¿el gerente del Atlántico de la compañía de su padre no dejaría entrar a Roger donde él quisiera?
    —No nos preocupemos por esas cosas —dije encogiéndome de hombros—. Laddy, ya hemos llegado; David nos espera en aquel apartamiento que está sobre el cobertizo de los botes.

    Había sentido cierta preocupación pensando que quizá David se enojaría porque habíamos traído con nosotros a Laddy, pero no tenía por qué haberme preocupado; bastaron dos o tres palabras de explicación para que David se encogiera de hombros sonriendo.

    —Eres todo un detective, Laddy —concedió—. A decir verdad, me alegro de que lo hayas descubierto. ¡Me da mucho gusto verte!

    Gideon no había regresado todavía de Ciudad Sargazo y no teníamos nada que hacer hasta que él viniera. Por lo tanto, los cuatro —cinco cuando llegó Roger una media hora más tarde— pasamos las siguientes dos horas charlando de los viejos tiempos. David ya había preparado la comida en la cocina automática y comimos opíparamente. Luego vimos un juego de béisbol en el aparato de teleestereovisión que había en la sala y estuvimos holgazaneando.

    Fue la tarde más descansada que yo había pasado en mucho tiempo. Desgraciadamente no duró mucho.

    Ya se estaba naciendo tarde cuando oímos el sonido distante del altavoz de la entrada marcándole el alto a alguien. Luego, un momento después, vi desde la ventana los débiles puntos violáceos de la luz troyón que señalaba el sendero al visitante.

    —¡Debe ser Gideon! —exclamé—. Viene en esta dirección. ¡Espero que traiga buenas noticias!

    Era Gideon, sí. Entró en la habitación, pero no había cruzado el umbral de la puerta cuando los cinco ya habíamos saltado hacia él asediándolo a preguntas.

    —¿Lo conseguimos? ¡Vamos, Gideon, no nos hagas esperar más! ¿Qué sucedió? ¿Ya tenemos La Ballena Asesina?

    Nos miró en silencio por un momento. Las preguntas cesaron. Todos comprendimos al instante que algo andaba mal y permanecimos allí, de pie, helados y aguardando a que él hablara.

    —Jim —dijo por fin—. ¿Dijiste que habías visto a ese fulano, Joe Trencher, en Ciudad Sargazo cuando hiciste tu oferta?
    —Pues..., sí, Gideon. Él estaba revolviendo entre nuestros papeles, pero no creo que él...
    —Te equivocas, Jim —me interrumpió Gideon; en su rostro enérgico y negro apareció una expresión de frialdad y había en su voz, usualmente calmada, un tono de furia que pocas veces había yo escuchado—. ¿Recuerdas alguna otra cosa que haya sucedido ese día?
    —Bueno..., déjame pensar —repuse tratando de acordarme—. Bajamos a la dársena de la flota. Allí estaban los submarinos que se iban a vender como sobrantes: La Ballena y el otro, el que sólo es un montón de hierro viejo: El Delfín. Inspeccionamos La Ballena y llenamos las formas. Luego, mientras yo llamaba a mi tío, Joe Trencher comenzó a revolver entre nuestros papeles y no lo pudimos agarrar. Entonces firmé la solicitud de compra y tomamos el submarino que nos trajo de regreso.

    Gideon asintió con rostro sombrío.

    —¿Qué sucede, Gideon? —exclamó David—. Tengo que conseguir ese crucero. Es la vida de mi padre lo que está en juego. Si no ofrecimos lo suficiente, bueno, tal vez podamos ofrecer más de algún modo, pero es preciso que yo tenga ese submarino.
    —Oh, la oferta fue más que suficiente —dijo Gideon—, pero...
    —¿Pero qué, Gideon?

    Gideon suspiró y dijo con su voz suave y ahogada, que ahora tenía un tono de preocupación:

    —Creo que Joe Trencher sabía lo que estaba haciendo. Él también hizo una oferta, ¿saben?

    Aquella era una mala noticia y nos miramos unos a otros.

    —Joe Trencher —dijo al fin David con voz ronca y cansada—. Utilizó las perlas que me robó para comprar el submarino que yo necesitaba para salvar la vida de mi padre. Ahora ya no queda tiempo para intentar otra cosa, ya va a ser hora...

    ¿Hora de qué? Me pregunté, pero Roger Fairfane lo interrumpió y preguntó:

    —¿Fue eso lo que sucedió, Gideon? ¿Hizo Trencher una oferta más alta para que no pudiéramos comprar el submarino?
    —No fue eso exactamente —dijo Gideon negando con la cabeza—. Trencher es el propietario de La Ballena Asesina, pero la compró por cincuenta mil dólares, o sea lo mismo que ustedes ofrecieron.
    —¿Pero entonces qué...?
    —Vean —dijo Gideon con voz suave—, Trencher no estuvo únicamente curioseando entre esos papeles. Él los cambió. Los cambió para su propio beneficio. Hice que el comandante de la flota me los mostrara y es obvio que fueron alterados, pero, por supuesto, no pude probar nada —nos miró tristemente y continuó—: La oferta que ustedes hicieron no fue por La Ballena Asesina; no después de que Trencher anduvo hurgando entre sus papeles. Sobre lo que ustedes ofrecieron, y que ahora les pertenece, fue sobre el otro submarino, el montón de hierro viejo como tú lo llamaste, Jim, El Delfín.


    12…La Armada de Chatarra


    Al día siguiente, David Craken y yo fuimos a Ciudad Sargazo a recoger la “ganga" que habíamos comprado.

    La Ballena Asesina todavía estaba en la dársena junto a nuestro submarino. El primero era ya un submarino anticuado, no había duda de ello, pero se veía tan bruñido y mortífero como el cetáceo cuyo nombre llevaba. Estaba bastante sumergido en el agua y su casco de edenita producía débiles destellos de luz cuando las pequeñas olas golpeaban contra sus costados.

    Al lado de La Ballena Asesina nuestro Delfín parecía lo que en realidad era, un montón de chatarra.

    Naturalmente no había el menor rastro de Joe Trencher por allí. Por un momento tuve la disparatada idea de que debíamos esperar, vigilando a La Ballena Asesina hasta que Trencher viniera a reclamar el submarino que nos había arrebatado con engaños, y nos enfrentáramos a él... Pero, ¿de qué habría servido eso? Además, no teníamos tiempo. David había repetido una y otra vez que sólo teníamos unas cuantas semanas. Algo iba a suceder en julio, algo a lo que se refería con mucho misterio, algo que era muy peligroso.

    Ya estábamos a principios de junio. Cuando mucho nos quedaban cuatro semanas para reacondicionar al Delfín, sumergimos, hacer el largo viaje bordeando todo el Continente Americano hacia el sur hasta el Cabo de Hornos (no podíamos cruzar por el Canal de Panamá porque teníamos que evitar la inspección que la flota nos haría si pasábamos por allí) y llegar al océano Pacífico para poder ayudar al padre de David.

    La travesía iba a ser muy larga... y El Delfín era un submarino muy pequeño.

    —Bueno —me dijo David sonriendo cansadamente—, subamos a bordo.

    El Delfín había sido un submarino magnífico y muy famoso..., treinta años atrás. Nos abrimos paso entre un montón de piezas de equipo que habían sido abandonadas allí. Era evidente que su última tripulación había tenido tanta prisa por dejar el submarino que ni siquiera se habían molestado en empacar.

    Llegamos al cuarto de oficiales. Las placas de enmohecido latón que habían sido soldadas a los mamparos registraban los grandes momentos en la historia de la nave. Nos detuvimos un momento a leerlos.

    A pesar de todo no pude evitar sentir un estremecimiento de emoción.

    El submarino había mantenido los récords de profundidad y velocidad, dentro de su clase, durante tres buenos años. Había sido la nave insignia del almirante Kane durante sus expediciones polares, realizadas en años pasados antes de que yo hubiera nacido, y en las cuales había logrado sacar gráficas del fondo del mar que se encuentra bajo el hielo. Había perseguido y hundido al pirata submarino que se hacía llamar Davy Jones. Y más tarde, cuando todavía podía navegar, pero ya era demasiado viejo para prestar un servicio regular en la flota, se había convertido en el submarino escuela de la Academia. Había sido dado de baja hacía dos o tres años, poco antes de que todos nosotros viniéramos a la Academia, y, finalmente, había sido sacado a subasta.

    Ahora era nuestro.

    Alquilamos un cuarto en un hotel de Cúpula Sargazo para pasar la noche. Era un lugar muy lujoso en el cual abundaban las comodidades y las diversiones para los vacacionistas y los turistas ansiosos de probar las imitaciones de los misterios del fabuloso Mar de los Sargazos, pero nosotros no estábamos de humor para disfrutar de ellas. Nos fuimos a acostar y ambos permanecimos despiertos un buen rato preguntándonos si el anticuado blindaje del Delfín resistiría las trituradoras presiones de los abismos del océano...

    Roger Fairfane nos sacudió para despertamos. Me senté en la cama parpadeando y consulté mi cronómetro pulsera. Apenas eran las cinco de la mañana y pregunté torpemente:

    —¡Roger! ¿Qué haces aquí? Pensaba que todavía estabas en las Bermudas.
    —Estaba —me respondió frunciendo el ceño preocupado—. Tuvimos que venir en seguida, todos nosotros. Laddy, Bob y Gideon vinieron conmigo. Tomamos el submarino nocturno que salió de las Bermudas.

    David ya se había levantado de la cama y estaba parado a nuestro lado.

    —¿Qué sucede, Roger?
    —¡Mucho! ¡Nuevamente se trata de Joe Trencher! La oferta que él hizo por El Delfín la efectuó a nombre de una compañía llamada Compañía de Naves Submarinas de desecho. Bueno, alguien revisó las ventas de naves de desecho y descubrió que no existía dicha compañía. Gideon averiguó que se va a dar la orden a las nueve de la mañana para que todas las ventas sean canceladas. De modo, David, que si queremos usar El Delfín para ayudar a tu padre, tenemos que zarpar antes de que la orden llegue a las nueve de la mañana.
    —¡Eso no nos dio mucho tiempo!

    David y yo habíamos pensado pasar cuando menos un día completo probando el viejo equipo de propulsión y presión de El Delfín. Aun en caso de haberlo podido hacer sería bastante arriesgado someter al viejo submarino a las tremendas presiones que rodeaban a Cúpula Sargazo. Pero, ahora, sólo teníamos unas horas.

    —Bueno, gracias a Dios que contaremos con ayuda —murmuró David mientras nos vestíamos a toda prisa para después abandonar el hotel—. ¡Me alegro que Gideon haya venido por avión desde Marinia! Y que también haya venido Laddy. Haremos falta todos nosotros para mantener a flote esa vieja bañera oxidada.
    —Lo único que espero es que logremos hacerlo —gruñí, y corrimos corredor abajo siguiendo a Roger Fairfane hasta los ascensores para pasajeros y llegar a los niveles que quedaban al ras del lecho del océano, donde El Delfín y La Ballena Asesina flotaban tranquilamente...
    —¡Se ha ido! —gritó David cuando llegamos al angosto pasillo que había sobre la dársena—. ¡La Ballena se ha ido!
    —Por supuesto que se ha ido —dijo Roger—. ¿No te lo expliqué ya? Trencher debe haber recibido la noticia también. La Ballena Asesina ya se había ido cuando llegamos aquí. ¿No es irónico? —agregó disgustado—: ¡Trencher fue el causante de todo este problema, pero él ya se ha ido llevándose su Ballena Asesina!

    Gideon ya estaba trabajando y revisaba la capa del blindaje de edenita con rostro preocupado. Levantó la vista cuando subimos por la plataforma hasta la escotilla que daba a las cubiertas.

    —¿Crees que resistirá la presión, Gideon? —le pregunté.

    Se echó hacia atrás el sombrero y se quedó mirando al parpadeo de una línea de luz que se formaba donde las pequeñas olas lamían el costado del submarino.

    —¿Que si lo creo? —me respondió—. No, Jim, te diré la verdad; no lo creo. Por lo que he visto, este submarino debería ser remolcado al mar y echado a pique. Su capa de edenita es defectuosa. Necesitaría yo trabajar cien horas reparando el generador antes de que pudiera confiar realmente en ella. Su planta de energía hace diez años que la debían haber vendido por anticuada. Una de las bombas está descompuesta y tanto la planta de energía, como las bombas y como todo lo demás se calientan porque se filtra la radiación. Si de mí dependiera, tiraría a la basura la planta con todo y las planchas que la sostienen.
    —Pero, Gideon... —le dije mirándolo asombrado.
    —Es igual, Jim —me interrumpió levantando la mano, y agregó con su voz suave—: El submarino flota. Además he hablado con el oficial encargado de los barcos de desecho, lo levanté de la cama para hablarle, y él me dijo que el submarino llegó aquí por propulsión propia y que ese mismo blindaje que tiene ahora soportó la presión del agua. Bueno, eso sucedió hace un mes y si lo pudo hacer entonces lo podrá hacer ahora —sonrió y continuó diciendo—: Estos submarinos no son únicamente un montón de maquinaria. ¡Tienen vida propia! Éste, por ejemplo, a simple vista parece que no sirve para otra cosa que para ser vendido como chatarra, pero todavía navega y mientras siga navegando, me arriesgaré en él.
    —¡Yo digo lo mismo! —se apresuró a decir David.
    —Y yo también —les dije—. ¿Qué opinan Laddy y Bob?
    —Ya están abajo —respondió Gideon— tratando de echar a andar las máquinas. ¿Escuchan eso?

    Todos escuchamos.

    No, no oímos nada; cuando menos yo no, pero pude sentir algo debajo de mí, donde mis pies tocaban la redondeada joroba superior de la armadura de El Delfín, pude percibir una débil vibración.

    ¡La nave había cobrado vida! ¡Aquella vibración la producían los viejos motores que por fin comenzaban a trabajar!

    —Ya está, Jim. Podremos zarpar tan pronto como abran las compuertas que dan al mar para dejamos salir —me dijo Gideon, y luego agregó volviéndose a ver a Roger Fairfane—: Tú eres el único que no ha dado su opinión. ¿Qué dices? ¿Quieres continuar, o piensas que es demasiado peligroso?

    Roger frunció el ceño nervioso.

    —Yo… yo... —comenzó a decir, pero luego sonrió y nos dijo—: ¡Voy con ustedes! Además recordemos nuestras categorías; soy el cadete de mayor graduación entre todos nosotros, Gideon y David ni siquiera son cadetes y mucho menos oficiales. De modo que yo seré el capitán, recuérdenlo.

    El capitán estuvo a punto de tener que enfrentarse a un motín antes de que pasaran cinco minutos desde que se había autonombrado, pero Gideon nos calmó.

    —¿Qué más da? —nos preguntó con su voz grave y calmada—. Déjenlo, que él sea el capitán. Necesitamos que alguien lo sea, ¿no es cierto? Todos debemos trabajar en armonía...
    —No sé si podremos hacerlo si él es el capitán —gruñó Bob. Nos encontrábamos en ese momento en el cuarto de oficiales acomodando en sus lugares nuestras cartas de navegación y esperando a que el oficial de la flota nos diera el visto bueno para poder pasar por las compuertas de los submarinos y salir al mar—; pero creo que tienes razón; que sea él el capitán si así lo quiere. No me importa...

    Se oyó el ruido de una trompeta arriba y todos salimos de la cámara de oficiales para ver de qué se trataba.

    —¡Ah, del Delfín! —gritó una voz por los altoparlantes de la oficina de la Flota—. ¡Tienen el campo despejado para pasar por la Compuerta Baker! ¡Buen viaje!
    —¡Gracias! —gritó la voz de Roger Fairfane a través del altavoz del puente. Escuchamos el repiquetear de los sistemas de advertencia y el rechinante gemido de los motores que cerraban la escotilla.

    Todos corrimos a nuestros puestos. Tendríamos que hacer el trabajo de dos hombres, cada uno, durante aquella aventura en el fondo del océano.

    Mi puesto estaba en el puente, al lado de Roger Fairfane. Éste dio la señal a Laddy Ángel y a Bob Eskow, quienes se encontraban abajo en el cuarto de máquinas, de avanzar hacia adelante a poca velocidad.

    En la pantalla del microsonar que teníamos frente a nosotros, vimos cómo el pequeño punto verde que marcaba la posición de El Delfín iba penetrando pulgada a pulgada en la Compuerta Baker.

    Paramos las máquinas cuando la proa del submarino topó contra los topes de protección formados con cuerdas.

    Las puertas de la compuerta se cerraron detrás de nosotros.

    El Delfín cabeceó y se balanceó bruscamente cuando el agua del profundo océano penetró en chorros de tremenda presión en la compuerta.

    Escuché cómo el gemido del generador que proporcionaba la corriente a la edenita se hacía una octava más agudo al recibir la fuerza de aquella tremenda presión y hacerla volverse contra sí misma para protegemos de ser horriblemente triturados.

    El casco del viejo submarino chisporroteó y fulguró con un fuego verde al recibir la fuerza de la presión.

    La puerta de la compuerta se abrió ante nosotros.

    Roger Fairfane señaló Avante Lento en el tablero de controles y nuestra nave salió a penetrar en el implacable océano.

    Supongo que fue nuestra buena suerte lo único que nos salvó.

    Gideon subió a toda prisa desde el cuarto de máquinas.

    —¡Pon rumbo a la superficie! —gritó—. Este submarino es muy viejo. Roger, y el blindaje de edenita no es tan bueno como debiera serlo. ¡Llévalo arriba, muchacho, llévalo arriba! ¡Está haciendo agua!

    Roger se sonrojó y parecía que estaba a punto de oponerse a recibir órdenes de Gideon. ¡Él era el capitán! Pero no se podía discutir con la presión de las profundidades; maniobró las aletas de proa y popa para colocarlas en posición de ascensión rápida y señaló Velocidad de Flanqueo en el indicador.

    El viejo Delfín se estremeció y comenzó a ascender a mayor velocidad.

    Bajé corriendo con Gideon por la escalera de la cámara para ir a revisar las vías de agua.

    No eran demasiado peligrosas, pero cualquier vía de agua es peligrosa cuando uno tiene tres kilómetros de agua sobre su cabeza. Sólo era una nube de rocío que surgía del lugar donde se unían dos planchas y el blindaje de edenita no cerraba perfectamente la grieta entre ellas.

    —Puedo arreglarlas, Jim —dijo Gideon hablando en parte para sí—. Navegaremos en la superficie y desarmaré el generador de la edenita. El casco resistirá, pero ahora tenemos que llegar arriba.

    Teníamos que subir tres kilómetros, pero el viejo Delfín lo logró.

    Salimos a la superficie y navegamos en ella. Aquello no era propio de los buenos marinos, pero teníamos prisa. Fijamos curso sureste para el larguísimo viaje en que daríamos vuelta al Cabo de Hornos para llegar al Pacífico del Sur. En la superficie no podíamos alcanzar nuestro máximo de velocidad. A diferencia de los antiguos submarinos, El Delfín había sido diseñado para navegar bajo el agua; su silueta regordeta había sido delineada para navegar así y el hacerlo en la superficie era difícil en realidad para el submarino, pero a pesar de todo, podíamos navegar a bastante buena velocidad.

    Gideon se puso a trabajar inmediatamente para desarmar el viejo generador. Podíamos continuar navegando confiando en las placas de acero que cubrían la capa de edenita, en tanto no nos sumergiéramos. Una vez que Gideon terminara su trabajo, podríamos regresar a las profundidades, donde el submarino debía navegar. Entonces nos lanzaríamos a nuestro largo recorrido hasta el Abismo de Tonga. Tendríamos que recorrer medio mundo, y un poco más, porque la larga desviación que tomaríamos para dar vuelta a la América del Sur añadía miles de kilómetros a nuestro viaje. A la velocidad de cuarenta nudos, Gideon prometió que alcanzaríamos esa velocidad, llegaríamos a Tonga Trench en unas dos semanas.

    David y yo comprobamos nuestra posición con un compás solar y trazamos nuestro curso en los mapas de navegación.

    —Dos semanas —dije, y él asintió.
    —Dos semanas —repitió él mirando desolado a la distancia—. Espero que lleguemos todavía a tiempo...
    —¡Craken! ¡Eden! —gritó con voz chillona de excitación Roger desde el puente de mando. Salimos a toda prisa de la cabina de nave le pasaba.
    —¡Miren eso! —nos ordenó apuntando en dirección al microsonar—. ¿Qué creen que sea?

    Miré atentamente la pantalla. Había un pequeño punto de luz, atrás de nosotros y a gran profundidad, cuando menos a cien brazas.

    Traté de obtener una imagen mejor cerrando el campo de visión. Eso hizo que el pequeño punto se hiciera más brillante y se aclarara un poco...

    —¡Ahí está! —gritó Roger y se notaba un ligero tono de pánico en su voz.

    No podía culparlo, porque la imagen que aparecía en el microsonar se vio clara y brillante por una fracción de segundo.

    Luego volvió a convertirse en un pequeño punto que iba disminuyendo en tamaño; pero en aquella fracción de segundo yo había visto una silueta extraña. ¿Sería un submarino? Tal vez, pero si era un submarino, se trataba de uno muy extraño, porque tenía una torrecilla de mando muy rara, con la forma de una enorme cabeza triangular sobre un cuello largo y flexible.