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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
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    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
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    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
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    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    SEÑORES DEL SOL (Walt G. Dovan)

    Publicado el miércoles, febrero 01, 2017

    El Sol tiene 1.390 860 kms. de diámetro; es, pues, 109 veces el diámetro de la Tierra. Su volumen es 1.300.000 mayor que el de nuestro mundo, y su temperatura asciende a 6.260 grados. (Datos enciclopédicos.)


    CAPÍTULO I


    JERRY Albermale, ingeniero cibernético inglés, tuvo en suerte construir un cerebro electrónico más inteligente que él mismo. Esto le enojaba mucho, le enfurecía; sin embargo, se sentía orgulloso de su «Einstein», la obra más acabada de «hombre máquina» del siglo XXIV.

    Estaban los dos en el laboratorio-taller de Jerry. Este con su bata anticorrosiva hasta las rodillas, despeinado, ojeroso y con evidentes muestras de cansancio en su agraciado semblante. «Einstein», alto, metálico, inmóvil como una máquina —¡lo que era!—, haciendo fluctuar las luces de su caja registradora torácica, sus circuitos, y diciendo con voz bien timbrada y agradable

    —He hecho cuanto he podido, Jerry. —Entre hombre y «robot» existía toda familiaridad que el primero había otorgado al segundo—. Pero ella insiste en verte.
    —¡Que se vaya al diablo esa hindú!
    —También se lo he dicho. Cerré el contacto. Pero volvió a llamar.

    Jerry Albermale se mesó los cabellos con gesto desesperado.

    ¡Desconecta el fonovisor! ¡Haz algo; pero que no me moleste más esa muchacha! ¡Dile que no estoy, que me he muerto...! —Jerry miró a su «robot» con ojos chispeantes. Se le había ocurrido una súbita idea, por eso agregó—: ¡Eso, dile que me he muerto! ¡Dile que me ha estallado en las manos un fuerte explosivo y que he desaparecido junto con el labo-ratorio!

    «Einstein» no sacudió su redonda cabeza inexpresiva, pero dijo:

    —No te aconsejo que le digas eso, Jerry. Irina Ispikán vendría inmediatamente a Nottingham. Es una mujer enamorada y muy decidida. Se ha propuesto hablar contigo y no cejará hasta conseguirlo.

    El joven ingeniero tuvo que reconocer una vez más que su «robot» tenía razón. «Einstein» pensaba juiciosamente. Por algo le había conectado él una célula especial, llamada de «discernimiento», que le permitía entrever múltiples posibilidades reactivas en los demás. ¡Y lo peor era que siempre elegía la más correcta en su juicio!

    —Entonces, ¿qué me aconsejas?
    —Que hables con ella. Es una mujer joven e inteligente, Jerry. Capaz de todo por ti, puesto que te quiere...

    ¡Canastos, también me quieren Lidia, Mary, Emerald, Ingrid y cien más! —rugió Jerry—. Yo no tengo la culpa de que Irina Ispikán sea tan romántica y se dejase besar aquella noche en Calcuta...

    —Me da la impresión que esa muchacha no es como todas las demás.
    —¡Y claro que no lo es! ¡Es mucho peor! —barbotó Jerry, apoyándose en el marco vítreo de su ventana y contemplando la campiña verde y el sendero metálico que conducía al río. Aquella arboleda encantadora donde se refugiaba para evadirse de todo, incluso de la fama que le habían dado sus experimentos, y de la legión de soñadoras muchachas que le asediaban a todas horas—. Es una chica con rostro angelical, ojos inmensos. —Jerry sonrió al recordar a Irina; luego frunció el ceño y siguió diciendo—: Pero enérgica como un oficial de policía. ¡Con decirte que viajó sola por el cinturón de Saturno!
    —Le escuchó en un «telediario», Jerry —respondió «Einstein» gravemente—. Es una gran piloto sideral. Una mujer joven y excepcional. En la Confederación India hay pocas mujeres como ella.
    —¡Exactamente, «Chico»! —se volvió Jerry—. ¿Y tú crees que una mujer así merece que yo...?
    —¿No la besaste en Calcuta?

    Sí... ¡Pero no sabía quién era! Vestida con tules blancos la tomé por la hija de algún alto dignatario, embajador o...

    —Lo es. Su padre. Kiangyi Ispikán, es cónsul general de la Confederación India en Marte, especialista en relaciones comerciales.
    —¡«Chico», tú no me quieres! —reprobó Jerry, volviéndose a su inmóvil y solemne «robot».
    —Te equivocas, Jerry. Precisamente mis células de afecto no pueden ser más fieles. Pero esa muchacha está esperando. Ve a verla. Le hablas y consuelas su corazón.
    —¿Te parece conveniente? —preguntó Jerry, vacilando al fin.
    —Es conveniente.
    —Bueno, sea como quieres. —Jerry Albermale se dirigió resignadamente hacia la puerta del laboratorio, donde empezaba la escalera en espiral, en el centro de la cual, a modo de ascensor, había un tubo neumático amortiguador de caídas. Pero antes de llegar a la salida, se volvió y dijo—: Pon un poco de orden aquí, amigo mío. Luego comeré algo.
    —Está todo preparado, Jerry —respondió «Einstein», familiarmente conocido como «Chico».


    * * *

    Nada más hizo Jerry que entrar en el salón, adornado de «vitro» color verde claro, el material de moda, resistente al calor, aislante, antirradioactivo y mil propiedades más, según el arquitecto que lo había patentado para la construcción de viviendas rurales. Una voz cantarina, alegre y bien modulada llenó la estancia:

    —¡Jerry, amor mío! ¿Por qué no querías verme? ¿Tan ocupado estabas?

    Jerry imitó una mala sonrisa y fue a sentarse en un reclinable de acero-esponja, frente al fonovisor, en cuya pantalla aparecía una graciosa morena de ojos grandes; labios «sangre», según la moda de la época, y unas manos nacaradas que parecían querer salir del plano catódico del aparato «visoparlante».

    —¡Hola, Irina! Sí, tengo mucho trabajo...
    —¿Algún nuevo cerebro electrónico? —preguntó Irina sonriendo deliciosamente—. ¡Tenía tantas ganas de verte! Salgo la semana próxima para Marte. El cumpleaños de papá. ¡Cumple cien años! ¿No es maravilloso, Jerry?

    El aludido imitó otra sonrisa y sonrió con des-gana.

    —Sí, muy maravilloso. Pero tengo que terminar un conmutador automático para el hermano de «Chico»... ¡Para «Einstein II»!
    —Tienes que dejarlo. Quiero que vengas conmigo a la fiesta de papá.
    —¡Imposible! ¿Ir a Marte, yo...?
    —¡Claro que sí, tú! Soy la única hija soltera que tiene mi padre. Mis diez hermanos y mis seis hermanas quieren conocer al hombre que ha de casarse conmigo...

    Jerry se puso en pie de un salto. Su mano aplastó furioso el pulsador del fonovisor y la bella imagen de Irina Ispikán se borró de la pantalla en colores.

    —¡Uf! —exclamó Jerry pasándose la mano por la frente—. ¿Casarse conmigo? ¡Pero qué se ha creído que...!

    El zumbador del fonovisor empezó a sonar en el mismo instante. Jerry se inclinó sobre el cordón metálico y lo arrancó de un violento tirón. Luego, con el cordón en la mano, habiendo dejado de sonar el zumbador, sonrió.

    —Así no me dará más la lata.

    En el umbral del salón apreció «Einstein» en aquel momento. Levantó su articulado brazo y mostró los tentáculos, semejantes a falanges flexibles, de sus dedos, entre los que sostenía una pequeña válvula electrónica.

    —Primero: este circuito lo he cambiado en «Einstein II». Debías estar dormido al conectarlo mal. Consecuencia: necesitas un descanso. Segundo: has hecho mal en arrancar el cordón del fonovisor. Irina Ispikán se enfurecerá y vendrá aquí antes de cinco horas...
    —¡ Pues prepárame el equipaje que me, voy a la Luna!
    —Ni aun así conseguirás escapar de Irina —respondió el «robot» estáticamente—. Y tercero: tienes visita. He visto venir un «hélico-taxi» procedente de Nottingham. En mi «radarscopio» he visto a un viejo oriental que hablaba con el piloto. Decía: «Estamos cerca de la casa del ingeniero Albermale» Y el conductor respondió: Es aquella «cottage-house» que hay al otro lado de la arboleda. Ya estamos llegando.
    —¿Un oriental? —preguntó Jerry soltando el cable metálico, que había arrancado del muro
    —¿Qué clase de oriental?
    —Creo que es japonés —respondió «Einstein». Se había puesto en movimiento, flexionando sus macizas piernas de acero, y se dobló junto al joven ingeniero cibernético para recoger el cable caído—. Esto tendrás que arreglarlo. Tengo que hacer algunos pe-didos a la ciudad.
    —Ya te lo arreglaré luego —contestó Jerry, dirigiéndose hacia la terraza.

    Pulsó un conmutador y una sección del muro se descorrió. Al instante escuchó el sordo zumbido de los motores del «hélico-taxi» que descendía ante el «parking» de la casa. Avanzó unos pasos al exterior y contempló el perfecto aterrizaje del pequeño vehículo, a través de cuya cabina transparente vio por primera vez a Yoku Chosio, menudo, pálido, encorvado y sosteniendo su cartera de mano.

    Cuando se abrió la puerta del vehículo metropolitano, Jerry Albermale avanzó hacia el hombre que saltó a tierra, con no mucha agilidad. Una voz aflautada llegó hasta Jerry, matizada de cierta jovialidad.

    —¿Es usted Jerry K. Albermale, de la Institución Física de Nottingham?
    —El mismo —respondió Jerry extendiendo la mano plana hacia delante, según el saludo habitual entre extranjeros.

    El recién llegado hizo una seña al piloto del «hélico-taxi», indicándole que esperase, y avanzó hacia Jerry, también con la mano extendida. Ambas manos se juntaron, palma con palma, los dedos apuntando al cielo, y el oriental sonrió: presentándose:

    —Soy Yoku Chosio, de la Universidad Técnica de Kyoto. Supongo que habrá oído hablar de mí.

    Jerry sonrió ampliamente.

    —¿Cómo no, profesor Chosio? ¿Quién no ha oído hablar del más eminente hombre de ciencia japonés? Es para mí un grande e inesperado honor. !Por favor, pase usted!

    Jerry Albermale había sentido siempre un profundo respeto por el hombre que ahora tenía delante. En cuanto escuchó el nombre recordó la fisonomía que había visto en múltiples publicaciones fonovisadas, en libros de técnica, panfletos de utilidad técnica en muchas materias mecánicas, físicas y químicas. Pero desde hacía tiempo no se había vuelto a decir nada de Yoku Chosio.

    Era frecuente en la sociedad moderna que los órganos publicitarios del Sistema Solar, hablasen de alguien o de algo intensamente durante algún tiempo y de pronto todo quedase mudo en torno a ello. Con el propio Jerry K. Albermale había sucedido lo mismo meses atrás en el Congreso Cibernético de París, cuando presentó su «Einstein», el «robot» más perfecto construido por el hombre.

    Sin embargo, del profesor Yoku Chosio hacía años que no se decía nada. La última vez que se habló de él por todo el Sistema fue a raíz de su descubrimiento de un metal antirradioactivo, el «kyotino», que había revolucionado la técnica de los metales fuertes.

    —Considérese usted como mi huésped, profesor Chosio —adujo Jerry mientras acompañaba al anciano japonés hacia su salón de «vitro» verde, donde «Einstein» estaba erguido como una estatua moderna y metálica.

    Yoku Chosio sonrió y miró con curiosidad al «robot», el cual resistió el examen sin «parpadear» siquiera.

    —¿ Tú eres «Einstein», no es así?
    —En efecto señor. Y ahora que le veo mejor, usted es el profesor Yoku Chosio, de la Universidad Técnica de Kyoto, Japón, Premio «Esmeralda» y «Diamante» de la Confederación Oriental, por sus relevantes trabajos en las «aleaciones duras» y por el descubrimiento del «kyotino». Me complace saludarle. Yo también llevo varias piezas metálicas del material descubierto por usted.
    —¡Fantástico! —exclamó el japonés, admirado de la perorata del «robot»—. ¡Esto es maravilloso, Albermale! Leí su disertación cibernética en una publicación japonesa y concebí un gran interés por verlo con mis propios ojos.
    —No era necesario molestarse en venir a verme, profesor —dijo Jerry, henchido por el elogio—. En París tiene usted un ejemplar «cerebro solo» que está al alcance de todos.

    Chosio se volvió a Jerry, sin soltar la mano metálica que había estrechado a «Einstein». Sonrió y dijo:

    —Ya estuve en París. Lo que me trae aquí es particularísimo y de la mayor utilidad. Era preciso hablar en privado con usted. Pero, ¡por favor, Albermale, permítame felicitarle de nuevo por su éxito!


    * * *

    Sobre una mesita hervía el té. Cigarrillos y bombones se esparcían por la mesita del despacho de Jerry. El profesor Yoku Chosio tenía varios planos enrollados en la mano, y otro ante sí, sobre la mesa de «vitro» roja y pies metálicos invisibles.

    Jerry, con una de sus pipas favoritas en la mano, reclinado en un extensible de acero-esponja. Tenía la boca abierta, los oídos dilatados y la expresión del que está por entero pendiente de su interlocutor.

    —Sí, Albermale. Frank Hollow Atkinson realizó un concienzudo trabajo de investigación relacionado con la cosmogonía del Sol. Por medio de los rayos «supra-roëntgen» y la aplicación de la teoría de las radiaciones del estroncio formó una teoría atrevida...
    —¡Que le llevó a un manicomio! —interrumpió Jerry impensadamente.

    Yoku Chosio quedó mudo. Su rostro cetrino adquirió un matiz ceniciento, de ira concentrada. Pero respondió con calma:

    —Hollow no está loco, Albermale... ¡No lo ha estado nunca!
    —Eso fue lo que se dijo —se disculpó Jerry, nervioso.
    —¡Se han dicho siempre muchas cosas de los gran-des hombres! ¡Y no todas buenas! —Arrojó Chosio los planos sobre la mesa y se acercó al joven con menudos pasos, cuadrándose ante él—. ¡Nosotros podemos demostrar a todo el Sistema Solar que Hollow Atkinson no está loco! ¡Que su teoría es cierta!
    —¿Demostrar a las gentes que el Sol fue la cuna del género humano?—. A Jerry se le cayó la pipa de las manos. Su boca se abrió desmesuradamente, mostrando una fila de bien cuidados dientes—. Profesor Chosio, ¡me gustaría saber cómo!

    Yoku Chosio arrastró el otro extensible de acero-esponja y se sentó en el borde, frente a Jerry. Incluso extendió sus manos marcadas por los ácidos y tomó las viriles y bien formadas de Jerry.

    —Albermale, al leer su disertación sobre el «robot» perfecto vislumbré la solución a mi problema. Entre usted y yo tenemos en las manos el modelo para abrir los ojos a los obtusos y cerriles gobernantes que rigen las Confederaciones del Sistema.

    Jerry no replicó, dedicándose unos instantes a liberar sus manos y mirar fijamente a los ojos de Chosio, donde brillaba un extraño y apasionado fuego. Había esperado otra cosa de aquel hombre que tenía por grande. Pero su revelación le preocupaba. ¡Un sueño de locos!

    Frank Hollow Atkinson, norteamericano, había sido examinado por eminentes psiquiatras, declarándole demente, por lo que había sido enviado al satélite terrestre artificial «Magallanes» en órbita en torno a la Tierra. Allí podría seguir estudiando su teoría, hablando a los otros locos de que «hacía cien millones de años, cuando el Sol era un planeta gigante, sus habitantes se trasladaron a otros mundos, les aplicaron magnetismo energético y los atrajeron hacia el Sol».

    Incluso Jerry Albermale, cuando escuchó aquellas teorías cinco años antes, sonrió,, escéptico. Entonces, Jerry era estudiante de Nottingham, con grandes esperanzas e ilusiones, y dedicado intensamente a su estudio. No, no creyó a Atkinson, ¡como no le creyó nadie! Pero tampoco le dedicó mucha atención. Y cuando supo por los telediarios que el teorizante había sido enviado al «Magallanes», se limitó a decir para sus adentros: «¡Pobre hombre!»

    —¡Sí, he dicho obtusos y cerriles gobernantes! —gritó Yoku Chosio, enérgico—. Yo intenté defender a Hollow, porque era amigo mío. Esto me valió la antipatía e indiferencia de muchos. Incluso me enemisté con ciertas «elevadas eminencias». Pero el propio Hollow me envió un aviso desde su encierro, antes de ser enviado al manicomio, rogándome aban-donara su causa, que consideraba perdida.
    —Prosiga, profesor —comentó Jerry, distraído ahora.
    —Mi sentido de la amistad es muy grande, Albermale, y soy capaz de ir muy lejos por un amigo.

    ¿Incluso al Sol? —sonrió Jerry, burlándose interiormente del defensor de locos.

    —¡Incluso al Sol, Albermale!... Ese era exactamente mi propósito, ¡ir al Sol, atravesar su fotosfera y penetrar bajo aquella envolvente gaseosa y radioactiva, porque estoy seguro de encontrar una superficie sólida, donde debió morar el hombre del cual descendemos!

    Jerry Albermale se quedó tan petrificado que no encontró palabras para replicar. ¡Jamás había oído sandez semejante! Los muchos años de estudio del profesor japonés debían haberle afectado al cerebro. Sin embargo, se sintió dominado por la curiosidad.

    —Le supongo en su sano juicio, profesor Chosio. Pero ¿ha pensado usted en la temperatura solar? -inquirió el joven ingeniero de Nottingham.
    —Naturalmente. Y por eso estoy aquí. Ya sabe que el «kyotino» es antirradioactivo. Pues bien, mezclado con otro metal raro descubierto por mí recientemente, no por aleación, naturalmente, sino por un procedimiento termoeléctrico nuclear, he logrado formar un material infusionable. ¡Nada puede fundirlo! ¿Comprende?
    —¿Nada? —preguntó Jerry, medio poniéndose en pie de asombro.
    —¡Nada! —respondió tajante el pequeño hombre de ciencia.

    Y para corroborar su aserto se puso en pie y fue hasta la mesa donde había dejado su cartera, de la cual extrajo un trozo de plancha metálica, color azulado, que tendió a Jerry con gesto grave.

    —Esto es mi «kyotita», Albermale. Ha sido probada por mí hasta cien mil, grados termógenos. No ha hecho mella. Es infusionable, impenetrable y aislante. Piense usted en lo que podría hacer un hombre cubierto con una coraza de esto. ¿Qué temperatura existe en el Sol?
    —Algo más de seis mil grados —repuso Jerry examinando entre sus dedos el raro metal, cuyo peso era, poco más o menos, como el del acero.
    —Pues bien. Le insto a que pruebe usted mi «kyotita» con un arco voltaico y me diga si resistiría en su contacto con la temperatura solar. ¿Se imagina usted lo que podría averiguarse realizando un viaje al Sol?
    —¡Pero eso sería suicida, profesor Chosio! —protestó Jerry, terminándose de poner en pie.
    —Cierto —admitió el japonés—. Jamás me atrevería a enviar a nadie al Sol en semejante expedición. Sin embargo, alguien puede ir. Alguien cuya muerte o desaparición no significaría más que la pérdida de unas cien mil libras-oro, ¡y cuya cantidad estoy dispuesto a pagar gustoso por efectuar el experimento!
    —¿Se refiere usted a...?
    —¡A «Einstein», naturalmente! —terminó Yoku Chosio sonriendo ante el estupor de Jerry Albermale—. Aunque recubierto con una plancha de «kyotita» en vez de acero. Nadie puede reprocharnos nada. La ciencia no puede censurarnos, y si descubrimos lo que espero, mi amigo Frank Hollow Atkinson podrá salir de «Magallanes» como un genio de nuestra época.
    —Pero... ¿qué espera usted encontrar en el Sol? —preguntó Jerry; confuso y aturdido.

    A lo que el profesor Chosio respondió con aplomo:

    —Espero encontrar vestigios de una civilización antiquísima, ¡o a los descendientes, degenerados o supracivilizados, de aquellos hombres que construyeron el Sistema Solar con su ciencia magnética!

    Estoy segurísimo de que bajo la atmósfera, al parecer, incandescente del Sol encontraremos esa prueba que demostrará la cordura de Frank Hollow el que puede efectuar el viaje es «Einstein», el «robot» construido por usted, Albermale!

    Jerry Albermale perdió el apoyo de sus pies y cayó sobre el extensible de acero-esponja, donde quedó casi sin aliento, a causa de la estupefacción.


    CAPÍTULO II


    La muchacha arrojó primero contra el fonovisor cuantos objetos contundentes encontró a mano, incluso un antiquísimo y valioso jarrón de porcelana «Ming» que se destrozó cuando ya el fonovisor era poco menos que un trasto inútil. Y la retahíla de improperios que salieron de su graciosa boca rojo «sangre», también podía haber hecho época en el catálogo de insultos ofensivos:

    —¡Engreído, presuntuoso, cochino, villano, plebeyo, feminoide, imbécil, estúpido...

    Y otros cien más, entre los que figuraban menesteres bajos, como «bagmo», «adido» y «zogrú», especie de animal hermafrodita recién descubierto en uno de los satélites de Júpiter, y que era lo peor que se le podía decir a un hombre en el siglo XXIV.

    Y todo porque el aludido, Jerry K. Albermale, palideciendo, había tenido la osadía de cerrar el fonovisor cuando ella le dejó entrever que había decidido aceptar su declaración de amor y casarse con él.

    Cuando se hubo desfogado rompiendo y jurando corno una afgana, Irina se sentó en cuclillas en un rincón de su cuarto y se puso a meditar con el rostro fruncido, ceño fruncido y labios fruncidos.

    —¡Me las pagará! —rezongó

    Una llamada a la puerta la hizo levantar la cabeza. —¡Adelante, maldito seas! —gritó.

    Un ordenanza de la base entró y se quedó asombrado ante el desconcierto reinante. Luego, su mirada se encontró con la de la muchacha y dijo, balbuceante:

    —Señorita Irina, el general Kerman... la llama a su despacho.
    —¡Que se vaya al infierno ese viejo carcamal —gritó Irina.

    El ordenanza, ataviado con el lustroso uniforme de «nylon-X-O», aquel fantástico tejido «mimético», que adquiría el color del lugar donde se encontrase, abrió la boca y retrocedió un paso. Irina Ispikán podía ser una singular excepción en la base espacial de Jamnagar, pero insultar al general Kerman de aquel modo sí que era algo excepcional, ¡increíble! Ni siquiera la hija de Kiangyl Ispikán podía atreverse a tanto!

    —¿Está usted segura de lo que dice, señorita?
    —¡Síííííííí! ¡Y vete de mi vista!

    El ordenanza hurtó la cabeza a un zapato que le arrojó la enfurecida Irina. Luego salió, cerrando la puerta, y corrió por la plataforma inclinada espiral, hacia la comandancia.

    Minutos después, un altavoz instalado en el exterior daba la siguiente orden:

    —Irina Ispikán ha de comparecer inmediatamente ante el general Kerman.

    Irina se puso en pie. Su enojo había terminado. Ahora, una fría calma lo dominaba. Su reflexión había servido para hacerla comprender que, desde que conoció a Jerry Albermale, en Calcuta, la vida había cambiado para ella.

    —Sí, le quiero... Tal vez se haya burlado de mí, o tal vez no haya sabido yo afectarle lo necesario para enamorarle. Reconozco que fui una tonta al dejarme besar. ¡Me fascinó!... Pero no está dispuesto a casarse conmigo. ¿Para esto, me he jugado la vida en medio del anillo de Saturno? ¿Para esto he ansiado tanto regresar a la Tierra, sin dejar de soñar en él ininterrumpidamente? ¿Para esto he pedido el permiso de seis meses?... ¡Oh, Jerry, Jerry, qué injusto eres conmigo! ¿Quién vas a encontrar que sea capaz de quererte como yo?
    —¡El piloto Irina Ispikán que comparezca inmediatamente ante el general Kerman!

    ¡Cualquiera que vea a Irina Ispikán deténgala y condúzcala a la Comandancia!

    Pero ella, ajena al altavoz seguía dialogando consigo misma:

    ¿Qué puedo hacer? No está bien que vaya inmediatamente a Inglaterra a verle, a abofetearle a suplicarle. ¡Tengo que hacer algo mejor, más efectivo! No soy tonta, ni cualquier mujer puede compararse conmigo. Mi padre dice que soy excepcional, por lo tanto he de encontrar un medio realmente original para llegar al corazón de Jerry...

    La puerta se abrió bruscamente. Un oficial de la Fuerza Astronáutica apareció en el umbral. Su rígida expresión no era precisamente una lisonja para la muchacha.

    —¡Piloto Ispikán...! —empezó a decir el oficial.
    —¡Cállese, estúpido! ¡Todos los hombres sois iguales!

    El hombre quedó con la boca abierta, asombrado. Y más se asombró cuando Irina abrió velozmente un armario metálico y sacó una pistola de rayos paralizantes.

    —¡Váyase de aquí o disparo!

    El hombre farfulló unas palabras ininteligibles y retrocedió un paso.

    —¡Está usted violando el reglamento, señorita Ispikán!
    —¡Estoy enojada, eso es todo! ¿Es que no saben respetar aquí el enojo de una mujer? —la voz de Irina tembló de cólera; al mismo tiempo, la pistola eléctrica se agitó en su mano. Y agregó— Váyase. Y dígale al general Kerman que no quiero saber nada con él ni con su reglamento.
    —¡Será usted juzgada por un Consejo de Guerra! —barbotó el oficial.

    Pero cuando el rayo de la pistola de Irina surgió, el oficial ya había cerrado la puerta violentamente.

    Media hora después, la piloto Irina Ispikán era sometida por la fuerza y conducida a un calabozo aislado. Cuando se despertó encontróse tendida sobre una litera dura.

    Sin embargo, en esta ocasión no se enojó lo más mínimo. Su enojo por causa de Jerry Albermale la había conducido allí. Se reconoció como terca e irreflexiva; luego, sonrió y se sentó sobre la litera. Encendió un cigarrillo que extrajo del bolsillo y se puso a filosofar:

    —¡Ea, ya estás donde querías! El viejo Kerman estará furioso. Luego se le pasará y hará que me suelten. ¡Necesita ese informe que traje de Saturno! ¡Pues no pienso dárselo, ea!

    »¿Qué me importa ahora ir a Marte de permiso?¡Para que se rían mis hermanas!... Fui una tonta al enviarles aquel cosmograma diciéndoles que iría al centenario de papá con mi prometido. ¿De dónde he sacado yo que Jerry era mi prometido? La soledad del viaje por el espacio debió afectarme el cerebro. ¡No, claro que no; yo no soy una chica corriente! Tengo veintisiete años, y una brillante hoja de servicios en la fuerza astronáutica de la Confederación India... ¡Soy la mejor de mi familia, sin duda! Pero no tengo experiencia con los hombres. ¡Nunca me fijé en ellos! ¡¡Nunca!!

    Se puso en pie de un salto y se acercó a la puerta. Un timbre sonó en el exterior cuando ella pulsó el botón de llamada. Casi al instante, un sector cuadra-do de la puerta desapareció, quedando en su lugar un grueso panel de acero transparente. Y un rostro bien rasurado, de un turco joven y no mal parecido se enmarcó.

    —¿Qué desea, señorita Ispikán?
    —¿Por qué me han traído aquí?
    —Indisciplina. Arresto personal del general Kerman.
    —Bueno —Irina se rascó el mentón y sonrió—. Me está bien... ¡Por tonta!

    El turco parpadeó. Jamás había custodiado a ninguna mujer piloto. Todo el mundo en la base de Jamnagar conocía a la caprichosa Irina. Incluso la admiraban por su singular belleza. Para muchos hombres de las fuerzas astronáuticas era como una diosa inasequible, ¡una mujer-estrella, como decían algunos! Hija de un alto dignatario, mimada y egoísta. Pero el turco era un simple soldado, jamás había navegando en una cosmonave, ni salido de la base. Era bastante simple y sólo se había afeitado hacía media hora, dada la calidad de detenida que había de custodiar.

    —¡No, señorita Ispikán; usted no es tonta! —osó corregir tímidamente.
    —¿Quiere usted decir? —preguntó ella distraída. Se preguntaba cómo podía pasar la voz a través de aquel cristal de acero que no podía ser roto ni por una carga de T.N.T. Sabía algo acerca de la propiedad «osmofónica» del vidrio acerado, pero jamás preocupó de tales nimiedades.

    Golpeó el cristal con los dedos y preguntó de nuevo:

    —¿Es vidrio «osmofónico» u «osmoacústico»?
    —¿Qué...? ¿Cómo? —se sorprendió el turco, interrumpido en su pensamiento simple, cuando intentaba decir a Irina que no era tonta, sino, todo lo contrario, muy inteligente y afortunada.
    —Bueno, déjelo. Oiga, ¿cómo se llama usted?
    —Hasan Bey, señorita. ¿Puedo servirla en algo?
    —Pues... ¡Me gustaría salir de aquí!

    El turco retrocedió unos pasos. Su rostro cambió de expresión, poniéndose grave. Y tartajeó:

    — ¡Im... impo... imposible!
    —¿Por qué? —preguntó Irina inocentemente— ¿No es usted capaz de hacer algo por mí?
    —¡Haría cualquier cosa, señorita; pero eso no...! ¡Me electrocutarían!
    —¡Bah!
    —¡Salga pronto! —exclamó Hasan Bey con voz hueca.
    —Mucho has tardado, Hasan —censuró ella.

    El turco se mordió los labios. Apretó con fuerza el desintegrador que tenía en las manos y miró a derecha e izquierda. Luego dijo:

    —Esperé a ser revelado. Nadie sabe que estoy aquí. Mi compañero está narcotizado... ¡Salga pronto! Irina bostezó y se acercó a la puerta abierta, sonriendo con ironía.
    —Han pasado cinco horas y... ¡he cambiado de pensamiento! No quiero irme. ¿Verdad que las mujeres somos incomprensibles?

    Hasan Bey no había sido nunca nada. Un paria anónimo, un «mazmorrero», como le dijo alguien en cierta ocasión. ¡Pero aquella muchacha voluble le había trastornado!

    Entornó los ojos y rezó una plegaria. Luego, dominado por la ola roja de la vesania, levantó el desintegrador contra Irina.

    —¡NOOOO ! —gritó ella, dando un salto atrás. Por un instante vio la muerte en los ojos del turco.

    Su grito repercutió como un trallazo a lo largo del corredor de cemento. Fue un alarido de infrahumana desesperación, de fiera acorralada y cobarde. Incluso vio el dedo índice de Hasan Bey, demoníaco, crisparse sobre el disparador.

    ¡Instantes después brotaría un chispazo rojo violáceo! Sería sólo una fracción de segundo, pero Irina Ispikán, voluble e inconstante, caprichosa y antojadiza, dejaría de existir.

    Pero el turco no disparó contra ella. ¡Era un infeliz! Ni siquiera sabía por qué estaba en el mundo. Sus primeros recuerdos databan de un asilo infantil. Allí lo habían dejado. La

    India, treinta años atrás, era como siempre fue y sería: reducida y densamente poblada. ¡Tierra de castas y privilegiados!

    Hasan Bey no comprendía nada de todo esto. Pero cuando dijo a Irina, «¿Puedo servirla en algo?» su destino se cumplió. Ahora supo que había nacido para ser el capricho más ínfimo de aquella mujer.

    ¡Y todavía repercutía en sus oídos el grito aterrador de Irina, cuando levantó el desintegrador, se lo apoyó bajo la mandíbula, y apretó el disparador con furia de demente!

    Un chasquido leve, ¡pero qué resonó como una explosión atómica en la mente de Irina! y la cabeza desapareció. El pelele sin cabeza, sangrando abundantemente, se dobló por las rodillas, las manos se abrieron, soltando el arma, y cayó al suelo, donde quedó como un guiñapo inarticulado.

    Irina no daba crédito a lo que había visto. Quiso respirar y le faltó el aliento. Sólo recordó haber murmurado:

    —¡Dios mío... Por mí... Lo ha hecho por mí... ¿Tanto le he afectado?

    Ya no supo más. Luego creyó verse flotando en el aire, corriendo, saltando sobre aquel cuerpo sin cabeza, rozando las paredes frías del corredor. Vio una garita de cristal y un cuerpo caído sobre una mesa. Tropezó contra el fondo de un ascensor neumático.

    El aire tibio la empujó hacia arriba. Se dio un golpe en la cabeza, luego cayó de rodillas. Gimió. Pero, como entre sueños, se encontró en la noche, bajo las estrellas, aunque unas estrellas diferentes a como las conocía ella en la «Noche Eterna». Detrás de ella, la puerta del ascensor neumático seguía abierta. No había nadie a la vista. La Base Especial de Jamnagar dormía. El silencio era absoluto, como si se hubiera quedado sorda, como si estuviera en su «Groog-104» circunvalando a Saturno, esquivando las enormes rocas amarillentas, como el cuarzo, que formaban aquel anillo inmenso y misterioso.

    Pero el aire fresco de la noche la reanimó.

    —¡Se ha matado... por mí ! ¿Qué extraños son los hombres!

    Y corrió, corrió como enloquecida, ajena a todo! Presentía que la muerte, una muerte estúpida y sin razón, la perseguía, pretendía atenazarla, arrancarle la cabeza...

    Alguien surgió hacia la derecha. Era una silueta erguida sobre una plataforma móvil. Alguien que gritó conminatorio. Pero Irina no le hizo caso, corriendo aún más. Hubo varias imprecaciones detrás de a. Escuchó el choque de un amortiguador contra suelo, y un hombre cayó sobre ella.

    —¡Quieto! —sintió en sus oídos una voz desconocida.

    Se debatió, engarfió sus dedos en un arma. Luego clavó los dientes en una mano nervuda. Un grito ahogado y la soltaron.

    Momentos después, cinco minutos escasos, Irina Ispikán volaba hacia el cielo en un raudo «Groog-104». Detrás de ella se conmocionaba la base espacial de Jamnagar, encendiéndose todas sus luces...


    CAPÍTULO III


    —«Chico», ¿crees que estoy un poco loco?

    —Nada de eso, Jerry. Posiblemente, el profesor Yoku Shosio tiene razón. La teoría de Frank Hollow es muy interesante —respondió suavemente «Einstein»—. Yo no tendría inconveniente en atravesar la fostosfera solar y ver qué misterio se esconde debajo... Si es que hay algún misterio.
    —Entonces, ¿opinas que debemos intentarlo? —Sí. Aunque, como ha dicho el profesor Yoku Chosio, debe hacerse con el mayor sigilo. El Parlamento se enfrentaría con un problema al tener que encerrar en un manicomio a un «robot».

    La carcajada de Jerry repercutió en todo el «cottage-house». El chiste de «Einstein» había sido muy bueno, a su juicio.

    Jerry estaba cenando en el enorme y bien decorado comedor, y el «robot» estaba erguido y grave ¡ante él! ¡El prototipo de un mayordomo impecable y perfecto!

    —Jerry...

    Fi aludido levantó la vista.

    —¿Qué?
    —¿Soy capaz de matar, aunque sea en defensa propia?

    ¡Extraña pregunta la de «Einstein»! ¡Matar en el siglo xxiv era un curioso fenómeno síquico! La Justicia había llegado a ser algo muy perfecto. Un encefalóscopo permitía examinar la mente de un homicida. El siquiatra que manejaba el complicado aparato podía saber si el homicida cometió su delito sometido a una influencia ajena a su voluntad. El robo era voluntario, pero el cleptómano era un enfermo. Igual sucedía con los homicidios. Un enfermo puede matar y ser irresponsable. Pero un hombre en su sano juicio, matando por odio o despecho, por celos o por instinto, era descubierto por los siquiatras. Según este informe, el homicida era encerrado en un manicomio o electrocutado. No había apelación. En el peor de los casos, ante una apelación, se repetía varias veces da prueba del encefalóscopo.

    —¿Por qué me haces esa pregunta? —preguntó Jerry asombrado, dejando sus utensilios alimenticios sobre la mesa.
    —Consecuencias de una complicada deducción. Puedo llegar al Sol, encontrar que Frank Hollow Atkinson no se había equivocado, que existen seres superiores capaces de resistir temperaturas elevadas, o habituados a ella. Cabe también que se hayan protegido por medios mecánicos... En conclusión, he pensado que esos seres no tengan interés en que nadie los invada. Mi presencia allí podría resultar enojosa.

    »En pro de su salvaguardia cabe que intenten destruirme. Y, en ese caso, ¿soy capaz de defenderme?

    —¡No! —respondió tajante Jerry. Y agregó más suave— Oye, «Chico», soy un ingeniero cibernético. Mi fuerte no es la filosofía del pensamiento mecánico. Ya está en estudio ese problema. El Parlamento me llamará dentro de algunos meses, cuando sus técnicos hayan tomado algún acuerdo, aunque sea estúpido. Mientras tanto, yo he sido simple y sencillo.

    »Contigo he hecho un ser casi perfecto. ¡Digo casi! ¿Comprendes? Pero no me atreví a facultarte para matar, ¡ni siquiera en defensa propia! Por el contrario, te faculté de una

    acendrada fidelidad hacia los hombres. No sólo eres incapaz de matar voluntariamente, sino que estás hecho, para que trates con cariño y cuidado a los semejantes míos...

    —¿Dices que soy incapaz de matar voluntariamente? —preguntó «Einstein»— ¿Puedo hacerlo involuntariamente?

    Jerry Albermale se abrió de brazos con gesto d impotencia.

    —Un vehículo automóvil puede tener una avería. Pero el responsable es el propietario. Su obligación es repasar convenientemente su aparato. Si involuntariamente causas alguna desgracia sólo yo soy el responsable, «Chico».
    —Grave situación, Jerry —respondió «Einstein». Luego, el «robot» dio media vuelta y se alejó hacia la cocina, dejando a Jerry profundamente perplejo.


    * * *

    Primero llegó a Nottingham, Irina Ispikán. Se dejó caer sobre el jardín que rodeaba la mansión de Jerry en el interior de una cápsula de aterrizaje auxiliar cubierta de «pintura invisible». Esta película tenía la propiedad de desviar los haces luminosos sobre su superficie esférica, concentrándolos al otro lado, de modo que un observador situado fuera de la cápsula no podía ver a ésta interceptando cualquiera de los puntos luminosos que estuviera viendo ante él.

    Naturalmente, recibiría un sobresalto cuando se abriera la esfera, que mantenía cerrada un ligero desequilibrio de la presión atmosférica, y emergiera ella la figura de su ocupante.

    Sin embargo, como Irina Ispikán aterrizó en la oscuridad, nada de esto sucedió. Luego, se dirigió a la pista metálica y se acercó a la puerta exterior de la casa. Al transitar entre dos cátodos invisibles y opuestos, en ambos extremos de la pista, un zumbador funcionó en el interior de la mansión, donde en aquel momento, Jerry Albermale recibía la más fuerte impresión de su vida.

    Acababa de cenar y estaba contemplando la pantalla del «tele-news international», en donde un locutor de la Confederación India informaba del suceso ocurrido hacía dos horas en la base espacial de Jamnagar.

    —...se supone que Irina Ispikán debió recibir ayuda del exterior. Posiblemente, alguno de sus misteriosos amigos consiguió del guardián Hasan Bey algo que se considerará como «ayuda a cambio de dinero». Una vez rescatada la detenida, el guardián recibió la muerte en pago. Mucho ha de agradecer nuestra cónsul de Marte...
    —¡Ahora la emprenderán con su familia! —pensó Jerry, inquieto, casi sin aliento.
    —Por el cónsul Ispikán se permitió a su hija surcar los espacios. Y una pregunta que se nos viene a la mente es: ¿Hasta qué punto han intervenido en Irina Ispikán influencias extraterrestres y enemigas para llevarla al extremo de insubordinación, fuga y asesinato? ¿Es que se han propuesto de antemano desprestigiar a nuestras fuerzas astronáuticas?

    Jerry Albermale no quiso oír más y cerró el circuito que conectaba la pantalla del «tele-news international». Un nudo se había formado en su garganta. Antes de poder coordinar sus ideas sonó el zumbador de la puerta. «Einstein» dejó cuidadosamente el rociador de lavar platos y se dirigió a franquear la entrada al intempestivo visitante. ¿Sería el profesor Chosio? No, no era posible. Había regresado a Kyoto, después de cerrar su trato con Albermale y no regresaría hasta cuatro o cinco días más tarde.

    El «instinto» de «Einstein» presintió la proximidad femenina aún antes de abrir la puerta. Pero cuando lo hizo, algo perplejo, no pudo evitar que una extraña figura, vestida con traje de vuelo espacial penetrase corriendo en el vestíbulo.

    —¡Jerry! ¿Dónde está Jerry?

    Irina quedó algo sobrecogida ante la imponente mole metálica que tenía delante. Vio parpadear los «ojos luminosos» de la caja torácica de «Einstein» y su agitada mente creyó percibir de nuevo el rayo rojo violáceo del desintegrador. Por esto retrocedió, abriendo mucho los ojos, y gritando de nuevo:

    —¡Jerry!

    Luego, se desmayó.

    «Einstein» poseía rápidos reflejos. Intuyó el desmayo de Irina una fracción de segundo antes de realizarse. Por esto, cuando la muchacha se desplomaba hacia el suelo, completamente enajenada por el sufrimiento mental, avanzó dos rápidos y pesados brazos y la sujetó antes de caer. La levantó y se quedó inmóvil.

    La puerta del comedor se descorrió y apareció Jerry Albermale. Al ver la escena, exclamó:

    —¿Pero..., qué significa esto, «Chico»?
    —Es Irina Ispikán, Jerry —respondió el «robot» tranquilamente dado que no se alteraba nunca—; ya te dije que vendría.


    * * *

    El segundo que llegó a la casa rural de Jerry K. Albermale fue un inspector de policía de la Confederación India. Era un curioso tipo, vestido con hopalanda de grandes hombreras, azul prusia, pistola, paralizante sobre el vientre, piernas enfundadas en medias de acero y... ¡turbante! Eso es, un turbante casi prehistórico y anacrónico.

    Se dejó caer en un «hélico-taxis» a primera hora de la mañana.

    Despidió a su vehículo y luego se entretuvo dando una vuelta por el jardín hasta que se tropezó con «Einstein» que le miraba a través de una mal llamada ventana del salón. En realidad, «Einstein» estaba asomado al mirador transparente. Había escuchado la llegada del «hélico-taxis» y le atrajo la curiosidad.

    —¿Desea usted algo, señor?

    El inspector hindú miró al «robot» de hito en hito y dijo:

    —¿Puedo ver al señor Albermale?
    —Creo que sí. Debe estar ya levantado.
    —¿Está aquí Irina Ispikán?

    Einstein» no respondió.

    —Sé que esa muchacha tuvo la charla con el número de comunicación de aquí.
    —Sí, ayer llamó desde Jamnagar una mujer llamada así —dijo «Einstein», que sabía cuándo debía callar y hablar. Precisamente, horas antes había sido aleccionado por Jerry.
    —Bueno, entraré a ver al señor Albermale.
    —Vaya por la puerta. Le abriré.

    Jerry recibió en el salón al inspector de policía.

    —Permítame que me presente. Soy el inspector Mahuida, de Calcuta.
    —Tanto gusto. ¿En qué puedo servirle? ¡Por favor, siéntese! ¿Quiere tomar algo? —era evidente que Jerry Albermale se mostraba correctísimo, seguro de sí mismo, y representando su papel a las mil maravillas.

    Incluso al cabo de diez minutos de charla, había conseguido engañar perfectamente al inspector de policía.

    —¡Es raro! —dijo éste, después de haber sido respondido satisfactoriamente— Hubiera jurado que encontraría aquí a Irina Ispikán. Sin embargo, ¿me permitirá echar un vistazo a la casa?
    —¡No faltaba más! «Einstein» le acompañará... En una casa moderna no existían escondrijos. Todo, incluso las paredes, podían descorrerse. Los armarios eran planchas superpuestas, los muebles podían descorrerse. Los armarios eran planchas superpuestas, los muebles desmontables, en su mayoría transparentes; el baño, la pequeña piscina de agua termógena, el sótano, el «solarium», el garaje, los dormitorios, todo, lo que se dice todo, fue cuidadosamente inspeccionado.

    Cuando llegó el turno al laboratorio-taller del ingeniero, «Einstein» advirtió al inspector Mahuida:

    —Ya verá que no hay nadie ahí dentro. Pero le aconsejo que no toque nada. La pieza más insignificante de las múltiples que componen un computador electrónico, podría producirle una fuerte descarga neutrónica... Además, está todo un poco enredado. Mi amo es muy distraído y desordenado.

    Mahuida entró, naturalmente, con mucha prevención. Era capaz de imaginarlo todo, pero nunca se le habría ocurrido pensar en el «robot» que se alzaba en un rincón del laboratorio fuese otra cosa que un robot. Y ni siquiera el montón de piezas, células y circuitos que invadían el suelo le sugirió el engaño.

    La inspección militar india —iba diciendo Mahuida— tenía interés en que Irina Ispikán no hablase con nadie acerca de lo que había visto en Saturno. Secretos militares, ¿sabe?

    —Comprendo —respondió «Einstein», que en ningún momento miró hacia el inmóvil caparazón metálico de su homólogo «robot» erguido en el rincón. —Por esto controlaron la llamada de Irina a Nottingham. No podían privarla de una llamada particular. Así se supo que tenía mucho interés por Jerry Albermale.
    —Lo tenía, en efecto —respondió «Einstein»—. Me reiteró repetidas veces que deseaba hablar con Jerry.

    Al saber esto, me trasladé rápidamente aquí. —Lamento su error, señor Mahuida. ¿Salimos? ¡Cuidado con ese cable!

    —¡Ah! Sí, salgamos. ¿Nos queda algo por ver?
    —Nada, señor. Ha podido comprobar que Irina lspikán no está en esta casa. Pero no tema, si nos deja algún lugar donde podamos enviarle recado, en cuanto aparezca, si es que lo hace, le avisaremos.
    —¡Oh, muchas gracias! —respondió el inspector. Se despidió de Jerry, poco después, y marchó, dan-do un paseo por la orilla del río. Al cabo de una hora había alcanzado la cima de una colina, donde se sentó sobre un banco metálico.

    Allí se le reunió otro individuo, aunque sin turbante, que traía una caja negra en la mano.

    —Hola, Shangro.
    —Hola, Mahuida.
    —¿Ves bien la casa desde aquí?
    —Perfectamente.
    —Pues enfócala y abre bien los ojos. Yo iré a preparar una brigada de asalto.
    —Descuida —respondió Shangro poniendo su caja sobre el banco y abriéndola.

    A poca distancia había un vehículo terrestre de la policía, en el que había venido silenciosamente Shangro, y en él subió Mahuida, pensativo, mientras que en la colina, su compañero se quedaba instalando un extraño periscopio de rayos subinfrarrojos, los cuales permitían examinar incluso a través de densas paredes.


    * * *

    El profesor Yoku Chosio llegó tres días más tarde. Bajó del «hélico-taxis» con dos grandes y pesadas maletas, conteniendo las piezas recortadas según plano que formarían la coraza de «kyotita» que había de cubrir a «Einstein II» y la protección de la cápsula que le permitiría atravesar impunemente la fotosfera solar.

    Chosio había trabajado aprisa y regresado con un día de anticipación.

    En cuanto estuvo en el despacho de Jerry, con éste pendiente de sus palabras, dijo:

    —Todo arreglado, Albermale. No se arrepentirá usted. Si fracasamos quedaremos en el anónimo. Sólo la fuga de Frank Hollow Atkinson puede causar algún ruido. Pero cuando se cansen de buscarle lo olvidarán también. En cambio, si tenemos éxito... ¡Qué gran día, Albermale ; qué gran día!... ¡Oiga! ¿Qué le ocurre a usted?

    Jerry bajó la cabeza.

    —Malas noticias, Yoku Chosio —dijo Jerry en voz baja—. La policía india puede asaltar esta casa de un momento a otro.
    —¿Y eso? —inquirió el japonés alarmado—. ¿Qué relación tiene usted con la policía india?
    —Intervienen en una cuestión estrictamente de su Confederación. Buscan a una muchacha que tengo escondida en mi laboratorio. Hasta ahora, creo que he conseguido despistarlos. Nos observan con un telescopio de rayos «menos-infrarrojo», o algo por el estilo. Creo que no conseguí engañarlo del todo cuando visitó esta casa.

    Intervino «Einstein»:

    —Pero yo adiviné lo que podía ocurrir. Cuando me encontré con el inspector Mahuita me preguntó si estaba aquí Irina Ispikán. No respondía, puesto que no puedo mentir. Sospecho que el inspector debió captar este fallo.
    —Pero... ¿qué tiene que ver esa muchacha con nosotros? —se volvió Chosio hacia Jerry.
    —Esa chica está enamorada de mí. ¡No lo comprendo; pero es así! Al parecer ha matado a un hombre...
    —¡Ah, he escuchado algo! —dijo Chosio—. Se habla bastante de esa chica en todas partes. Ha cometido una locura. ¿Por qué no la entrega y comprueben que está mal de la cabeza?
    —Pues... No lo sé —dijo lentamente Jerry—. Tal vez sea porque siento algo por ella... ¡Tal vez porque nos haga falta!
    —¡Claro que sí! ¡Es una excelente piloto espacial! —exclamó Chosio—. ¡Exactamente lo que necesitábamos! ¿Dónde está esa muchacha?
    —En mi laboratorio. La tengo dentro de la envolvente de «Einstein». No la dejo moverse de allí para que no sea detectada. Pero no creo que resista mucho tiempo más. Precisamente esperaba que viniera usted mañana para consultarle el caso. —Perfectamente, Albermale. Mi cómplice en «Magallanes» posee una pequeña cosmonave de recreo.

    En ella encontraremos a Frank Hollow Atkinson. ¡Esa muchacha puede pilotarla hasta Mercurio! ¡Esto es formidable!

    —¿Pero se da usted cuenta de la situación en que nos vamos a encontrar? —protestó Jerry, no muy convencido del optimismo de su compañero de expedición.
    —¿No hemos quemado nuestras naves, Albermale? Yo liberto a un loco, sobornando a un guardián, usted infringe la ley empleando su «robot» en experiencias suicidas, y esa muchacha está buscada por la policía de la Tierra... ¿Y dice usted que no es formidable?
    —¿Por qué?
    —Tenemos un estímulo que nos incita al triunfo, y un incentivo que nos empuja a intentarlo. ¡Cualquiera se queda sobre el volcán en erupción que tenemos bajo nosotros! Nada, nada, Albermale. Salgamos cuanto antes hacia Mercurio.. ¡Oiga, pero esa chica...! ¿No huyó con una cosmonave «Groog-104»?
    —Sí. La cubrió de una emulsión invisible y la tiene orbitando en torno a la Tierra.
    —¡Fantástico! —prorrumpió Chosio alborozado—. Esto es más que formidable. Estamos de suerte, Albermale. Todo nos sale a pedir de boca. Propongo que recoja usted todo su material, lo carguemos en uno de sus bólidos y vayamos al «Groog-104» que puede pilotar esa chica. Nadie nos podrá alcanzar con él. Además, tiene suficiente espacio para convertirlo en laboratorio espacial. En Mercurio ultimamos los detalles y lanzamos a «Einstein» sobre el Sol envuelto en su coraza de «kyotita».
    —¿Y si fracasamos, Chosio? —preguntó Jerry preocupado.
    —La Ciencia requiere mártires, ¿no? Yo estoy dispuesto a perder tanto como usted. Vamos.

    Y cuando Yoku Chosio se dirigía al laboratorio Jerry, éste se volvió a «Einstein» y le preguntó:

    —¿Qué opinas, «Chico»?
    —Que estamos a punto de cometer una insensatez muy sensata... ¿De qué te ríes? ¿Es otro chiste? ¡Ignoraba que con células tan graves se pudiera ser un humorista, Jerry, palabra!


    CAPÍTULO IV


    CUANDO el inspector Mahuida, de la Confederación India, pudo, al fin, obtener permiso de la policía Occidental para actuar en la casa de Jerry Albermale, y, en un autobólido, se trasladó a Nottingahm, se encontró con que en la casa no había nadie.

    ¡Ni siquiera encontró sobre la colina a su compañero Shangro! ¡Éste también habla desaparecido! ¡Todos parecían haberse volatilizado!


    Y el bochorno de Mahuida era grande pues los agentes de la Confederación Occidental que le acompañaban, empezaron a comentar humorísticamente acerca de si habría algo abajo el turbante del hindú».


    * * *

    Jamás se había fugado un interno del «Hospital Psiquiátrico Magallanes». Este era un vetusto satélite artificial, construido en el siglo anterior, cuando las potentes emanaciones radioactivas de la Tierra, a consecuencias de los vestigios dejados por la sublevación de las Colonias, y que posteriormente, pasado el peligro y su utilidad primitiva, se convirtió en manicomio.

    Una cárcel perfecta para enfermos mentales. Incluso habían jardines artificiales, salas de recreo, cinematógrafo en relieve, campo de deportes y ¡celdas acolchadas para enajenados peligrosos!

    Allí vivían unos dos mil hombres, y podían deambular por una superficie de gravedad artificial superior a los doce kilómetros. La forma externa del manicomio, era muy característica para los navegantes del espacio: una gran esfera de plancha antimeteórica reforzada y muchos tubos, a modo de tentáculos, que se extendían hacia todos los puntos del hemisferio celeste. Unos eran pasillos de acceso, otros generadores de energía solar y atómica, talleres, torretas de vigilancia astronómica, donde no vigilaba nadie, y compartimientos para entrada y salida de naves espaciales.

    En suma, un complejo artificial como tantos otros de los que circunvalaban la Tierra. Pero, eso sí, jamás se habían fugado un demente. Esto, práctica-mente, era imposible.

    Pero Rat-g-ma había dicho a Chosio que un «beam» o rayo luminoso les haría de faro.

    El propio guardián accionaba un centelleador regulador. Detrás de él, en la penumbra de aquel corredor metálico no utilizado hacía años, cubierta la cabeza con un casco escafandra de vacío, estaba Frank Hollow Atkinson. En la mano llevaba un paquete con todos sus apuntes, todo el trabajo efectuado durante años en su encierro, donde no se le había prohibido trabajar en su teoría.

    —¿Se ven ?—preguntó Frank por el intercomunicador.
    —No —respondió Rat-g-ma-. Es muy extraño. Ya te dije que hablé con el profesor Chosio en Kyoto.

    No dijo Rat-g-ma que había recibido treinta mil libras, ni que las había depositado en un banco de Shanghai. ¿Para qué? Esto no interesaba a Frank Hollow. El «sabio» estaba por encima de las cosas livianas de esa vida. A él sólo le importaba una cosa: ¡demostrar que el Sol había estado o estaba aún habitado!

    Irina, obsesionada aún, con la mente extrañamente fija en los pensamientos de Jerry, de un Jerry que le parecía desconocido con su bata anticorrosiva, pilotaba su «Groog-104» como lo había hecho meses antes entre los enormes pedruscos amarillentos que formaban el cinturón de Saturno.

    Había cerrado dos motores y maniobraba por inercia, ágilmente, con habilidad extrema. Y era extraño, puesto que Irina no era la misma muchacha alocada e irreflexiva de días atrás. ¡Ya no era la caprichosa Irina Ispikán! Un hombre se había matado delante de ella y esto no podía olvidarlo.

    —¡Hasan Bey era un anómalo, un desequilibrado! ¿Qué le dije? ¿Qué le hice? ¿Por qué tenía que desintegrarse la cabeza?»
    —¿Los has visto? —preguntó Jerry a su lado.
    —Sí. Veo las señales. Ya puedes decirle al profesor Chosio que abra la compuerta tal y como le dije. Jerry salió corriendo de la cabina de mandos. Acto seguido, Irina conectó el aproximador magnético. Hubo un brusco movimiento lateral, capaz de hacer perder el equilibrio a una persona no avisada. Pero a bordo de la cosmonave todos estaban advertidos. Sabían perfectamente cuáles habían de ser sus movimientos en la «niebla» de la noche.

    Junto al profesor Yoku Chosio estaba «Einstein», rígidamente grave, metálico y silencioso, como si no fuese un «robot». Fuera, en, el compartimiento de descompresión, se oyeron las botas de plomo sobre el pavimento de metal.

    —¡Ya están ahí! —gritó Yoku Chosio—. Todo sea por la Ciencia... ¡Por favor —se volvió a Jerry que se le había acercado en aquel momento—, abra usted la compuerta! ¡Estoy tan nervioso que no atinaría a ejecutar bien la maniobra!

    Bajo la débil claridad azulada que reinaba en el interior de la nave, Jerry miró primero a «Einstein», luego a Chosio. Y le pareció que el japonés estaba algo pálido. Tenía incluso brillante la mirada.

    También sintió él que su mano temblaba. Entonces sonó por el altavoz la palabra de Irina Ispikán, muy distinta a como sonó días atrás desde Jamnagar, hablando por el fonovisor con Jerry Albermale:

    —¡Dense prisa!

    Jerry accionó la palanca. Se oyó un chasquido.. Automáticamente se cerró la puerta exterior y se encendió una luz verdosa. A través del recuadro transparente, todos pudieron ver a los dos hombres que avanzaban dentro de la cámara de descompresión. Uno de ellos, Frank Hollow Atkinson, con su paquete en la mano, gritaba algo, movía mucho la boca. Había visto a Chosio al otro lado de la protección transparente.

    —¡Frank!
    —¡Mi bueno y querido profesor! —prorrumpió el norteamericano con emocionadas palabras—. ¡No olvidaré mientras viva...!

    Se interrumpió bruscamente. Como brusca fue la sacudida del aparato al desconectarse la atracción magnética. Sonó un rugido en el exterior, y un segundo más tarde, el «Groog-104», pilotado por Irina Ispikán, saltaba hacia el cosmos, dejando atrás a un conmocionado manicomio.

    La fuga había sido perfecta. Se acercaron a «Magallanes» sigilosamente, y salían de estampida. A los tres segundos llevaban una velocidad superior a los cien mil metros.

    Y no era nada extraño que los ocupantes del «Groog-104» siguieran charlando y saludándose como si tal cosa, pese a la fantástica aceleración. Es necesario indicar que la aceleración y la declaración había sido considerablemente amortiguada en los modernos vehículos espaciales del siglo XXIV, debido a un gran descubrimiento efectuado tiempo atrás, que consistía en desplazar simultáneamente las partículas de aire artificial interior en dirección opuesta a la dirección de la nave cósmica y en la misma velocidad.

    En contra de lo que debe parecer a muchos, no se formaba ninguna enorme corriente de aire, y mucho menos un desequilibrio molecular. Aquel fenómeno era tan sencillo como desconcertante.

    Por ello, pese a la cada vez mayor velocidad, y mientras allá atrás, en «Magallanes» se daba la alarma de la fuga, los hombres a bordo de «Groog-104» seguían hablando.

    —Frank, te presento a Jerry K. Albermale, una lumbrera en cibernética.
    —Mucho gusto, mi docto amigo... Supongo que usted no me creerá un loco peligroso
    —Frank Hollow, el delgado y alto norteamericano, tendió la mano a Jerry sonriendo—. Lamentaría mucho equivocarme en mi teoría. Yo estoy convencido de lo que digo. Si la ley considera que esto es una locura... ¿Cuántos hombres de ciencia deberían estar encerrados por mucho menos?

    Jerry dejó escapar una risita. Le gustó la forma de hablar del evadido. Le gustaba su rostro sereno, rasurado y casi jovial.

    —Yo también estaba expuesto a eso cuando construí a «Einstein» —se volvió a éste y le dijo—: «Chico», saluda a este caballero.

    «Einstein» extendió la mano, diciendo:

    —¿Cómo está usted, señor Hollow?

    Frank retrocedió un paso sobrecogido. Luego reaccionó y sonrió también:

    —¡Fantástico! ¡No había visto un «robot» tan perfecto ! ¿No habrá ningún ser humano en su interior?

    Tanto Chosio como Jerry sonrieron. El infiel guardián de «Magallanes» estaba a un lado, sin proferir palabra, asombrado de verse entre aquella extraña gente. Y también miraba con curiosidad a «Einstein».

    —Pero no nos quedemos aquí —atajó Chosio. Se volvió a Rat-g-ma y añadió— Tenemos un autobólido con el que puede usted ir a donde quiera. Está atrás, en la catapulta y pertenece a Jerry Albermale. Se lo regalamos. Sin embargo, como ya le dije, no le aconsejo que vaya usted a refugiarse a cualquier lugar de la Tierra. Tarde o temprano le encontrarían.

    Rat-g-ma caminó junto a Yoku Chosio hacia un pasillo vivamente iluminado; pero no respondió. Por esto, intervino Jerry:

    —Nuestro objetivo es demostrar algo que puede ser transcendental. Si conseguimos demostrarlo, el fin habrá justificado dos medios, y por tal su infidelidad le será perdonada y posiblemente recompensa-da también. En caso de salirnos mal, todos estaremos en las mismas condiciones y entonces estudia-remos un procedimiento o bien para huir lejos, o para entregarnos con un margen de seguridad. En ambos casos, le aconsejo que se quede usted con nosotros.
    —Sí, creo que es mejor así —repuso Rat-g-ma, que, pese a su origen sudafricano su piel era casi blanca y sus rasgos occidentales.
    —Bien —exclamó Yoku Chosio—, en ese caso, comeremos algo y nos pondremos a trabajar en seguida. Conviene adelantar cuanto nos sea posible antes de llegar a Mercurio.


    * * *

    El polizón Shangro había corrido una verdadera aventura para introducirse a bordo de la cosmonave «Groog-104». Y todo fue por seguir, por instinto policíaco, cumpliendo con su deber de vigilancia.

    Cuatro días observando la casa de Jerry Albermale, desde la colina, y esperando a su compañero Mahuida, le parecieron interminables. No era la primera vez que le sucedía. Shangro había llegado a estar tres meses, sin moverse en un lugar, vigilando.

    En una cajita llevaba provisiones de boca. Píldoras alimenticias y antisomníferos para seis meses. Recordaba, empero, que en aquella célebre ocasión fue preciso someterse a una operación de estómago, puesto que las píldoras le habían reducido la capacidad digestivo-intestinal, y luego hubo de dormir durante setenta y cuatro días.

    Shangro era un buen policía. Además, tenía iniciativa propia y era arriesgado.

    Por esta razón, cuando vio aparecer a Irina Ispikán por ver primera sintió un inmenso regocijo: ¡su espera no había resultado vana!

    Se había preguntado mil veces dónde estaría su compañero Mahuida. Pero viendo que no venía, y que Irina se disponía a escapar sola a bordo de un auto-bólido que sacó del garaje del «cottage-house» de Jerry Albermale, cerró su caja y corrió ladera abajo, escondiéndose entre los árboles.

    Así, llegó a tiempo de oír a Irina:

    —«Einstein», tenedlo todo preparado para primera hora de la noche. Hemos de cargarlo todo apresuradamente en mi espacionave.

    Y una voz grave y metálica que surgió de la puerta de la casa respondió:

    —No tema, señorita. Todo estará preparado... Ya sé que aquel espía la ha visto. Pero le daremos esquinazo.

    Ignoraba «Einstein» que el espía aludido estaba ahora peligrosamente cerca, oyéndolo todo.

    Acto seguido, Irina se remontó al cielo, convirtiéndose poco después el pequeño aparato que pilotaba, en un diminuto punto que no tardó en desaparecer.

    Shangro hizo su composición de lugar, sospesó pros y contras, y decidió esconderse junto a la casa. Irina volvería a recoger las cosas que habían de tener preparadas. Por lo tanto, él seguiría vigilándola.

    Así fue como se introdujo en uno de los paquetes que «Einstein» había preparado en el vestíbulo. Miela tras desalojaba las ropas y los libros metálicos allí almacenados, escondiéndolos en un armario vacío, escuchaba a Jerry Albermale y Yoku Chosio dando instrucciones a «Einstein», en el laboratorio:

    —Toma con cuidado esa caja de circuitos. ¡No le des ningún golpe!
    —¡Este comprobador electrónico también nos hará falta!
    —Tráeme el computador que tengo en el receptáculo... ¡Y cuidado con este «cerebelo» eléctrico... Tu hermano no podría pensar bien si se estropea algo!

    En cuanto Shangro se encerró en la caja de bakelita las voces se hicieron más apagadas.


    * * *

    Ahora, una vez efectuado el rescate de Hollow Hollow Atkinson en el manicomio de «Magallanes», Shangro viajaba, como todos los demás pasajeros del «Groog-104», con destino a Mercurio.

    Y fue descubierto de un modo tonto y simple.

    Shangro ya había contado con aquella eventualidad. Por esto, cuando se abrió la tapa de la caja y se encontró ante el rostro sorprendido de Jerry Albermale, se limitó a sonreír, y dijo:

    —¿Qué tal, señor? ¿Cómo está usted?

    Jerry se recobró y se irguió:

    —¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? —volvió el rostro hacia la puerta de la cabina almacén y gritó— ¡Profesor Chosio... «Chico»... Señor Hollow... Tenemos un polizón a bordo!
    —Lo siento —dijo Shangro muy comedido, haciendo un esfuerzo para salir de su encierro, puesto que tenía los miembros entumecidos—. Lamento haberle causado este susto... ¿Usted es Jerry K. Albermale, no es así?

    Se levantó Sangro y saltó fuera de la caja. Jerry retrocedió aún perplejo.

    —Soy de la policía de la Confederación India. No es extraño que me encuentre aquí. Debo vigilar a la señorita Ispikán. Tengo motivos para sospechar que se halla a bordo de esta nave.
    —¡La policía...!

    En esto penetraron los otros en la cabina almacén. El menos sorprendido fue «Einstein», que se quedó a un lado oyendo las exclamaciones de Chosio y Frank Hollow, puesto que Rat-g-ma, que también llegó siguiendo a los otros, no parecía ni asustado ni preocupado.

    —¿Quién es usted? —gritó con muchos aspavientos el profesor Yoku Chosio.
    —¿Qué hace este hombre aquí? —agregó el norte-americano.

    Shangro sonrió de nuevo. Indicó a Jerry y dijo:

    —Como he dicho aquí al señor, soy de la policía india. Ando siguiendo a una mujer... A Irina Ispikán.—¿Viene a detenerla? —preguntó fríamente Jerry.
    —En cuanto la encuentre... Aunque depende dónde estemos. Necesito una autorización de la autoridad local —respondió Shangro, terminando de efectuar sus movimientos de desentumecimiento.
    —¿Y cómo se ha metido aquí? —preguntó «Einstein».

    Ahora Shangro dejó de sonreír. Miró algo asustado al «robot» y se arrimó a Jerry :

    —¿Ha..., hablado..., eso? —tartamudeó al mismo tiempo que se llevaba la mano a la cintura, donde colgaba su revólver desintegrador.
    —¡No podrá usted detener a Irina! —gritó Jerry—. No lo consentiré. Además, estamos en el espacio libre. Aquí no manda nadie más que el capitán piloto.
    —¡Que es Irina Ispikán, precisamente ! —gritó Chosio.

    Shangro giró la mirada en derredor, deteniéndose más del tiempo necesario para mirar a «Einstein». Ya le conocía. Le había visto moviéndose en la casa de Jerry. Pero jamás hubiese creído que fuese capaz de hablar de aquel modo! ¡como un ser humano, casi agresivamente, según le pareció!

    —Por favor, señores. Nosotros no actuamos ilegalmente. Quizá mi presencia aquí sea algo desusada. Pero yo cumplo con mi deber...
    —¡No le dejaremos llevarse a esa muchacha! —agregó Frank Hollow.

    Al mismo tiempo, Rat-g-ma salió de la cabina almacén. Fuera de la vista de los demás corrió por el pasillo y no tardó en penetrar en la cabina de mando, fuertemente iluminada por una gran pantalla que irradiaba luz amarilla y cegadora.

    —¡ Señorita Ispikán..., un policía.. Estaba dentro de una caja... Tiene usted que huir!

    Irina volvió la cabeza sorprendida:

    —¿Qué dice usted?
    —¡Hay un policía indio a bordo!
    —¿Que hay un policía a bordo? —Irina conectó una clavija del complicado cuadro de mandos, que correspondía a un piloto automático y se puso en pie. Se echó hacia atrás el casco y sus ojos negros y brillantes asaetearon al ex loquero.
    —Sí —prosiguió Rat-g-ma— Estábamos desayunando en la cabina grande y el señor Albermale discutía con Frank Hollow de algo que yo no entiendo. Dijo el señor Albermale que podía demostrar lo que decía. Poseía una cinta grabada con un documento histórico hallado en no sé qué lugar. Y para demostrarlo preguntó a su «Chico» donde había puesto sus documentos. El «robot» contestó que en la caja de bakelita, y el señor Albermale fue a buscarlo personalmente.

    «Fue al abrir la caja cuando se encontró dentro al policía de la Confederación India.

    —¡Dios mío ! —exclamó Irina llevándose la mano a la boca.

    En aquel instante, en la cabina de mando irrumpieron los demás pasajeros, entre los que venía Shangro. Irina retrocedió y se apoyó en el respaldo de su asiento.

    La mirada dura del policía se suavizó al ver a la muchacha. Luego sonrió.

    —Hemos encontrado a este... —empezó a decir Yoku Chosio.
    —Señorita —atajó Shangro—, yo no pensaba detenerla. Mi misión era de vigilancia. Pero las cosas han cambiado mucho. Mi compañero, el inspector Mahuida, se ha quedado en tierra y yo no tengo autorización para detenerla. Según el código Interplanetario en una nave espacial manda el capitán... ¡Y creo qué un cambio de impresiones podría solucionar las cosas!
    —¿Qué... pretende? ¡Yo no maté a aquel hombre! ¡Fue él mismo quien se disparó! ¡Se lo juro!
    —Un detector comprobaría eso. De ser cierto quedaría usted absuelta. Si quiere usted regresar y someterse voluntariamente...
    —¡ No regresamos a la Tierra ! —gritó Chosio— ¡Seguiremos nuestro camino al Sol!
    —¿Al Sol? —preguntó Shangro volviéndose, como picado por un aguijón—. ¿No ha dicho este señor que íbamos a Mercurio?
    —¡Vamos al Sol! —terminó «Einstein», con voz grave.


    CAPÍTULO V


    MERCURIO, en contra de la clásica teoría astronómica, no poseía una temperatura tan rígida como para hacer inhabitable el planeta. Es cierto que, igual que nuestra Luna, ofrece siempre una misma cara al sol; sin embargo, debido a su elongación, rotación y oscilación polar posee lugares de benigna temperatura.

    Por esta razón, la colonia mercuriana se había establecido tres siglos antes en los polos, donde la temperatura era, aproximadamente, como en la Tierra. Pero aventurarse fuera de aquellos sectores de privilegio era peligroso.

    La fauna y la flora del planeta se había encontrado en forma muy rudimentaria. Arboles móviles y ciegos, debido a la oscuridad en que vivían, larvas, también sin ojos y una enraizada e impenetrable vegetación en su hemisferio oscuro, pero de curiosa y mutable coloración a medida que se acercaba a los polos iluminados periódicamente.

    En cambio, verdaderos lagos de metales fundidos cubrían casi por entero el hemisferio calcinado por el sol. Sólo existían algunas montañas, a veces cubiertas con penachos rojizos y violáceos de gases raros, que luego el suave viento caliente arrastraría a zonas más templadas, produciendo de este modo lo que se conocía como el «soplo del horno», y no era extraño ver, de cuando en cuando, una tromba de estaño fundido levantarse al cielo para caer luego como lluvia mortal sobre aquel desierto amarillo y rojo, de quebrada configuración.

    La riqueza mineral de Mercurio había hecho que se instalasen primero las colonias de deportados, que en condiciones casi dramáticas, trabajaban en las minas provistos de refrigeradores especiales.

    Un cataclismo terminó con aquellos primeros mineros y durante casi un siglo nadie se atrevió en la Tierra a enviar a nuevos deportados. El escándalo había sido mayúsculo, pues perecieron dos mil hombres que habían ido a redimir sus pecados.

    Ciento cincuenta años después, una compañía minera de Marte, la importante «Colonial Mining» solicitó en la conferencia de Tegucigalpa el permiso para explotar las minas de Mercurio con moderno material y trabajadores voluntarios que cobraban ele-vadísimos salarios.

    Se aprobó la solicitud y la «Colonial Mining» reanudó los trabajos. Sin embargo, ahora, después de bastantes años de trabajar en aquel planeta en condiciones verdaderamente duras, no habían conseguido obtener beneficios. Fletes y salarios, amén de la competencia que la compañía rival marciana «Groktle» les hacía en los nuevos yacimientos de los «mundos pequeños», concesión especial para la explotación minera de los planetoides, muchos de los cuales tenían órbitas cercanas a la Tierra, a Venus y Marte, lo que permitía un transporte económico, les estaban arruinando.

    Cuando se inicia este relato, o sea, por las fechas del año 2311, cuando la nave «Groog-104» se dirigía a Mercurio, la «Colonial Mining», sólo tenía en Mercurio muy escaso personal, y no dedicado precisamente al trabajo de extraer minerales, sino esperando que transcurrieran los meses del contrató, cazando árboles o larvas, o durmiendo y consumiendo agua.

    Pese a todo, Irina Ispikán tenía órdenes de Yoku, Chosio para posar su nave «Groog-104» allá en el desierto mercuriano, lejos de los hombres dedicados a la caza de árboles móviles, en medio de los lagos hirvientes. ¡Allí donde la temperatura era tan rígida que hacía imposible la supervivencia!


    * * *

    La espacionave «Groog-104» fue a posarse suavemente, gracias a sus antirreactores de frenado, sobre una pequeña meseta, elevada unos trescientos pies sobre un lago metálico y donde grandes burbujas simulaban cráteres de pequeños volcanes humeantes.

    Dentro de la nave, Jerry K. Albermale había puesto en marcha los refrigeradores, mientras que Rat-g-ma y Frank Hollow Atkinson terminaban tres trajes de vacío acondicionados con generadores de hielo y agua fría corriente para soportar el intenso calor exterior, puesto que habría de llegar el momento de salir fuera de la nave.

    La operación más curiosa la efectuaba Jerry Albermale, con ayuda de Yoku Chosio y «Einstein». Este curioso trío se disponía a efectuar el montaje de «Einstein II».

    Irina Ispikán, muy nerviosa por la constante vigilancia de Shangro realizó el aterrizaje —¡puede emplearse la palabra «amercurizaje», que no usamos por excesivamente insonora!— y se volvió al policía de la Confederación India, diciéndole irritada :

    —¡Me pone usted la piel de gallina, con tanto mirarme!... Ya le he dicho que yo no maté al guardián de la base espacial...
    —No se excite, señorita. Ya le he dicho que la creo. No tiene usted que convencerme a mí, sino al Parlamento, a la Justicia —Shangro fumaba tranquilamente y se recostaba contra un giróscopo sideral—. En todo caso, cabe la posibilidad de intentar convencer a mi jefe el inspector Mahuida. Su informe puede favorecerle mucho. ¡Naturalmente, yo me limito a vigilarla!
    —¡Pues siga vigilando, estúpido!

    Irina arrojó el instrumental que habla arrancado de su cuello sobre una mesa. Luego salió altiva de la cabina de mando. Shangro la siguió.

    En una de las cabinas, con la puerta abierta, Jerry y Chosio trabajaban en algo que parecía un amasijo de alambres de colores, bobinas válvulas y extrañas cajas conocidos en cibernética como «circuitos neurónicos» o simplemente «relais».

    Irina se acercó a ellos, siempre seguida de Shangro:

    —Ya hemos aterrizado, profesor. ¿Puedo ayudar en algo?
    —Sí —respondió el japonés—. Póngase uno de los trajes terminados por mi amigo Hollow y salga a inspeccionar el terreno. Necesitamos conocer el lugar más adecuado para instalar nuestra rampa de lanzamiento. ¡Ya sabe cuál es el objetivo!
    —De acuerdo —respondió Irina—. Pero háganme un favor. Den trabajo a este individuo. ¡No quiero tenerlo pegado a mis talones todo el día... Me pone nerviosa!

    Jerry arrojó sobre la mesa un aparato de soldar que tenía en la mano y avanzó a zancadas hacia Shangro, a quien sujetó bruscamente por la pechera de su hopalanda:

    —¡Oiga, polizonte; nadie le ha llamado a esta nave!...
    —¡Suélteme! —rugió Shangro cambiando de color y perdiendo parte de su aplomo.
    —¡Como siga usted importunando a Irina, le partiré las narices! ¡Déjela en paz! Cuando hayamos terminado esto hablaremos detenidamente de su situación! Ahora olvídese de que es policía y ya que está en la misma lancha que nosotros reme o achique el agua.
    —¿Qué quiere decir? —preguntó Shangro desasiéndose lentamente de la mano de Jerry.
    —¡Que colabore o irá usted a parar al fondo de uno de esos lagos que hemos visto a través de las pantallas visoras ! —gritó Yoku Chosio.

    Shangro miró a Irina y luego respondió:

    —Está bien, les ayudaré. ¡Seré un loco más! ¿Qué hago?
    —Que ayude a «Einstein» a preparar las planchas de «kyotita» —sugirió Chosio, calmándose.


    * * *

    Varios días duraron las obras. En cuanto Rat-g-ma y Frank Hollow terminaron su labor con los trajes refrigeradores y los probaron satisfactoriamente se unieron al montaje del nuevo «robot» experimental, al que, poco a poco, fueron viendo tomar forma análoga a la que tenía «Einstein».

    Era apasionante aquel trabajo. Las pruebas que efectuaba Jerry iban siendo satisfactorias. Todos habían podido escuchar a Einstein II» antes de ser instalado su cerebro en el interior de la envolvente de «kyotita».

    Esto sucedió al quinto día después de su llegada a Mercurio. Jerry conectó unos circuitos y llamó a sus compañeros.

    —Ya lo tengo prácticamente concluido. Sólo falta el montaje. Pero ahora efectuaré las pruebas preliminares. Ahora podréis escuchar la voz y el «pensar» de nuestro amigo «Einstein II».

    Todos se acercaron a la mesa donde trabajaba el joven cibernético. Todos se sentían dominados por la curiosidad.

    Frank Hollow Atkinson había sido un hombre dedicado a la espeleología, la ciencia de las antigüedades geológicas. Para él, el nacimiento de un hombre máquina tenía algo de esotérico y futurista. Viviendo de cara al ayer, al pasado, aquella proyección del futuro, después de su aislamiento en «Magallanes», significaba un salto prodigioso hacia el no sabía qué.

    Sentía afecto por Chosio, mucho afecto. Además, presentía que aquel monstruo metálico que iba a nacer solucionaría el problema de la mayor ambición de su vida. Era el «medio» tanto tiempo buscado e inimaginado siquiera.

    Por su parte, Yoku Chosio creía hallarse en los umbrales de un descubrimiento sensacional. No le importaba la fama, ¡ni siquiera la vida! Quería experimentar su teoría, probar su «kyotita» en un viaje a través de la fotosfera solar... ¡quería dar la razón a su amigo Hollow, por quien sentía respeto y estimación!

    Irina Ispikán, menos voluble y consentida que tiempo atrás, olvidada de todo, incluso de su delicada situación, pero más enamorada de Jerry Albermale que nunca, al verle en un elemento de trabajo que no había soñado siquiera, veía aquellas manipulaciones con curiosidad y nerviosismo. Deseaba ver actuar al nuevo engendro cibernético como vela moverse y actuar a «Einstein», con el cual ya se había reconciliado, sabiendo que tenía en él a un amigo. Y por todo ello, deseaba el triunfo de Jerry, como cosa suya, propio e íntima.

    Fue un gran momento aquel. Ante todos ellos nacía un extraño «robot», el que habría de darles la razón o decepcionarles. Y nació cuando Jerry Albermale, con un excitador electrónico en la mano, inclinado sobre el revoltijo de conexiones, dijo:

    —Ahora tiene que funcionar «Einstein II».

    Aplicó el excitador a una bobina. Se oyó una especie de ronquido y luego una serie de gruñidos, como el despertar de un monstruo.

    —¿Me oyes? —preguntó Jerry con voz hueca.

    Hubo algo como un «sííí» silbante, ronco. Todos se Inclinaron junto a Jerry. Todos contuvieron el aliento, sin atreverse a decir nada. Incluso parecía oírse el latido de los corazones.

    Jerry reguló varias piezas de su mecanismo. No hablaba, no miraba a nadie. Parecía estar ausente, concentrado solo en su labor. El cerebro electrónico estaba todo esparcido sobre la mesa. A un lado aguardaba el «cuerpo» metálico desmontado, esperando albergar aquella maravilla de la cibernética .Pero el montaje definitivo no se haría hasta que el «cerebro» estuviera funcionando.

    ¡Y de pronto...!

    —Sí, oigo... —era una voz muy semejante a la de «Einstein», pero vacilante.

    Jerry retrocedió. Se volvió a «Einstein» y le dijo:

    —Acércate, amigo mío. Hemos de hacer una pequeña «transfusión sicológica».

    «Einstein» se acercó y aflojó dos tuercas de su caja torácica. Mientras Jerry tomaba dos hilos y limpiaba sus extremidades, dijo a los que le rodeaban:

    —El nuevo «robot» no sabe quién es ni dónde está. Funciona perfectamente. Yo hube de enseñar a mi primer «robot». Luego, forzoso es reconocerlo, él me superó en discriminación y juicio, porque su calculador de conocimiento no puede fallar, mientras que el cerebro humano está expuesto a fatiga, a desgaste.

    »Por esto, lo que he dado en llamar «transfusión sicológica» se la transmite «Chico». Así abreviamos.

    —¿O sea que lo que sabe el uno se lo pasa al otro? —preguntó Yoku Chosio.
    —Algo así. En realidad, los dos saben. Tienen células fotoeléctricas con grandes estudios, pero «Einstein II» no las ha ejercitado. La transfusión las activa, convirtiendo al «robot» en un ser experimentado. Vamos.

    «Chico» había destornillado ya su caja y una plancha de metal se corrió, permitiendo ver dos agujeritos brillantes, en los cuales introdujo Jerry cuidadosamente los dos hilos que tenía en la mano. Luego los soldó con estaño y se volvió al excitador, sobre el que manipuló de nuevo.

    Incluso pareció oírse en el altavoz modulado, algo así como un jadeo.

    —¿Se queja? —preguntó Rat-g-ma.
    —¿Cómo va a quejarse una máquina insensible al dolor? —preguntó a su vez Jerry con ironía— ¿Si le cae a usted un martillo en el pie descalzo, cree que al martillo sufre algún daño?

    Rat-g-ma se guardó muy bien de hacer nuevo comentario.

    En aquel instante habló «Einstein», dirigiéndose a Jerry:

    —Ya está, Jerry. Dile ahora quién es.
    —¿Me oyes bien, amigo mío? Soy Jerry Albermale...
    —Sí —dijo ahora claramente el enjambre de circuitos esparcidos sobre la mesa—. Eres Jerry Albermale... Y éste es mi hermano «Chico».
    —¡Me llamo «Einstein»! —pareció protestar el «robot» de la voz grave.

    Jerry se volvió sorprendido hacia él.

    —¡No conocía tu enojo, «Chico»! -exclamó.
    —No estoy enojado. Sólo que has de bautizar a éste para evitar confusiones.

    Jerry se volvió a los otros. Miró más largamente a Irina, la sonrió y preguntó:

    —¿Alguno tiene un nombre para este «robot» que nace? ¡Es imprescindible dárselo ahora! Así le evitamos confusiones.
    —¡Helios, como el Sol! —exclamó vivamente Frank Hollow Atkinson—.Además, encaja con la misión que ha de cumplir.
    —¡Eso es! Que se llame Helios —aprobó Yoku Chosio.

    Pero Jerry miró insistentemente a Irina.

    —¿No te gustaría que fuese «Irino», por ejemplo?

    Ella bajó los ojos. Los demás comprendieron. Incluso Hollow, que demostró no estar loco una vez más.

    —Sí, por mí no hay inconveniente. «Irino» es un nombre muy bonito y sugerente...
    —¡Muy sugerente! —exclamó Irina retrocediendo. Luego dio media vuelta bruscamente y salió de la cabina, dejándoles a todos consternados.
    —¡Einstein», cuida de tu hermano! ¡Por favor, no toquen nada, ahora vuelvo! —exclamó a su vez Jerry, saliendo en pos de la muchacha y dejándoles a todos boquiabiertos.

    Fuera, ante uno de los ventanales panorámicos que permitían ver el paisaje atormentado y violento de Mercurio bajo la brillante e implacable luz del Sol, Jerry alcanzó a Irina, La tomó en brazos y ella escondió el rostro en su pecho, sollozando.

    —¿Qué te ocurre, Irina? —preguntó acariciándole los cabellos.
    —No lo sé, Jerry... ¡Yo no hubiera querido esto así! Sé que significa mucho para vosotros. Mi presencia aquí hace las cosas más complicadas. Soy una evadida... ¡Estamos ilegalmente en un lugar donde corremos peligro...!
    —No digas eso, Irina. Ha sido una suerte para todos el que tú estés con nosotros. ¡Pobrecilla, sé que sufres!

    Irina Ispikán sollozó más fuerte.

    —¡Yo te quiero, Jerry! ¡Te quiero con toda mi alma! Antes no lo sabía, pero al vivir contigo estos últimos días he comprendido que antes no era igual. ¡Antes sentía capricho por ti! Ahora sólo respeto...
    —Gracias, Irina. Pero no llores. ¿Verdad que no llorarás? Verás, te diré lo que haremos. Una vez efectuado nuestro experimento; tanto si tenemos éxito como si no, regresaremos a la Tierra y arreglaremos tu asunto. Demostraremos que tú no mataste a ese hombre, que no fuimos tus cómplices. Shangro dice que te vieron huir sola, cuando mordiste la mano a un vigilante de la base...

    Irina levantó la cabeza, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y alzó los labios, besando tibiamente los de Jerry.

    —¡Eres muy bueno! —dijo emocionada—. Volvamos allí. Tu trabajo es necesario.
    —Creo que llegaré a quererte mucho, Irnia —respondió sencillamente Jerry—. «Chico» tenía razón. ¡Eres la mujer más maravillosa que he conocido nunca!
    —¿Has... has conocido a muchas? —preguntó ella con un mohín de picardía.
    —Pues... —Jerry se echó a reír—. Algunas... ¡No muchas, eh!— Y los dos rieron, regresando a la cabina laboratorio.


    CAPÍTULO VI


    COMPRENDO, querido amigo. Pero lo que no acaba de entender muy bien es lo que debo hacer una vez haya llegado al Sol.

    —¡Pero si está clarísimo! Ver, observar, tomar nota «mental» de todo, y presentar un informe a tu regreso.
    —En caso de que exista el regreso, ¿no es así?
    —Bueno, aleja tu pseudo pesimismo. Vas provisto de una protección infusionable. Llevarás colgado sobre el pecho una pantalla visera, de modo que desde aquí podremos contemplar lo mismo que tú veas. El control accesorio de registro te permitirá recibir instrucciones a distancia, instrucciones que te transmitirá Jerry en persona..
    —¡Simpático ese chico!... Y la muchacha que está con él es muy bonita. Creo que hacen una pareja perfecta.

    Los «robots» que sostenían esta conversación, uno frente a otro, en el vacío laboratorio, mientras que los ocupantes de la nave dormían, parecían dos postes iguales. Sólo centelleaban sus ojos de luz, fluctuando según las modulaciones de sus sensibilidades electrónicas. No se movían lo más mínimo. Uno de ellos, de una tonalidad acerada, azul brillante, y el otro, de un plateado mate. El primero aún no terminado del todo, con rebordes en sus junturas metálicas de «kyotita», pero funcionando perfectamente, como «Chico».

    —«Irino», tu misión es muy importante —siguió diciendo «Einstein»—, mucho se espera de ti. Cualquier hombre se sentiría ufano de ser elegido para lo que tú has de hacer en pro de la ciencia.
    —Bien, pero yo no soy ningún hombre. Soy un «robot». Cumpliré mi deber lo mejor que sepa. No me apena si desaparezco en esa masa radioactiva del Sol. No sentiré dejar el mundo al que no conozco... ¿Por qué no poseo curiosidad como tú?
    —¡Claro que la tienes! —respondió «Chico»—. Lo que te ocurre es que naces sabiendo cuál es tu destino. Te parece, como me parecía a mí, que estos hombres están equivocados, y que has de morir a poco de existir.
    —Exactamente, «Chico». Mis células intuitivas están apáticas. No ansían el porvenir. Gustoso me negaría a realizar ese experimento. Pero no puedo hacerlo. Jerry se enojaría.
    —También puede que estemos equivocados. No tenemos precedente. Si Frank Hollow Atkinson tiene razón serás envidiado, «Irino». Pasarás a la posteridad como el primero que visitó a la supe raza solar.

    ¡Ahora «Einstein» adulaba a «Einstein II»! No podían sonrojarse, pero eran susceptibles de lisonja, infatuación electrónica. Algo puesto por Jerry Albermale debió vibrar en el interior de aquel cuerpo de «neuronas electrónicas», de válvulas magnéticas, en alguna parte del enjambre de conexiones y conductores eléctricos que los movían.

    Somos muy simples, Irino —siguió diciendo «Einstein»—. Una batería eléctrica nos mueve. Ni siquiera es preciso lubrificantes. Están engrasadas nuestras articulaciones para más de mil años. Las baterías no se agotarán nunca, puesto que son regeneradores de electricidad; de una explosión atómica podrías resultar incólume. ¿Qué más quieres? En cuanto a mí, el profesor Chosio me ha prometido una envoltura, ¡un traje!, como el tuyo, el «kyotita». También me ha dicho que cuando muera Jerry me dará un empleo en la Universidad Técnica de Kyoto.

    «Por todo esto comprenderás que nuestro destino es servir al hombre. ¡Qué mayor gloria que servir a quien nos creó!

    —Con eso no estoy conforme. Yo sirvo a Jerry Albermale...
    —Pero él te destina al servicio de los demás. No puedes negarte. De intentarlo siquiera tu voluntad se torcería. Ni tú mismo te darías cuenta que no cumples lo qué tu voluntad mecánica no es capaz de cumplir.
    —¡Pero sí capaz de pensar! Nuestro «conocimiento» es ilimitado...
    —Te equivocas, Irino. Estás limitado a la capacidad del hombre. Puedes ser más «avispado» que el cerebro que te creó, ver más que él, en lo que él sabe. Puesto que nuestro juicio es más claro, más matemático. El hombre puede equivocarse al juzgar, pero nosotros no, dado nuestro sentido. Sin embargo, no podemos crear o descubrir lo que no está oreado o descubierto.
    —Lo sé, «Chico»; lo sé. Negar esto sería como negar la existencia de la luz, aunque sea invisible. No obstante, razonemos mecánicamente, por orden matemático. Nunca pretenderé saber más que Jerry Albermale. Pero muestra capacidad deductiva no progresa, simplemente se perfecciona, ¿no es así?
    —Claro, obtenemos conocimientos diariamente, que incluso para Jerry pueden pasar desapercibidos. Si él se enfrasca en su trabajo, lógico es que no oiga un comentario del «telediario» que nosotros bien podemos oír.
    —A eso voy. Nuestros conocimientos, dada la capacidad asimiladora que poseemos, pueden llegar a ser más vastos.
    —Forzosamente, dado que dedicamos más tiempo á la reflexión.
    —¿Y no podemos ser más perfectos?
    —¿Qué entiendes por perfección?
    —Saber más que Jerry Albermale.
    —Yo, antes de nacer, ya sabía más que él. Y estaba destinado a saber mucho más. ¡Pero no soy más, sino menos! Yo no puedo sentir ardor por nadie. Ni odio, ni afecto. No puedo hacer seres humanos, ni tener fe, ni gustarme...
    —Pero sabemos cómo hacer hombres máquinas. Soy capaz de construir un «robot» como tú y como yo.
    —Cientos de miles podríamos hacer... ¡Y todos serían igual que nosotros, sin esas facultades sólo permisibles a los nacidos de madre, a los hijos de Dios!

    Irino guardó silencio. No tenía respuesta a su compañero. Intuía y sabía que «Chico» también intuía el factor de la rebelión. Negarse a obedecer al hombre, a Jerry Albermale, concretamente. Pero era incapaz de formular en abstracto el pensamiento. ¡Quería, pero no podía! Sin embargo, comentó:

    —Nosotros podríamos prescindir del hombre.
    —Mientes. ¡No podrías! —retrucó «Einstein»— en cuanto prescindas del hombre, tú existencia no tendría objeto. ¿Ibas a servirte a ti mismo? ¿Ibas a dedicarte a construir sin utilidad? El hombre necesita construir para su progreso. Pero el progreso de un «robot» no es constructivo, no tiene ambiciones ni aliciente.

    »Analízalo. No puedes destruir ni matar. Por lo tanto, todo lo que construyas acabaría ahogándote. Además, has de construir de acuerdo con tus conocimientos. Aislado del hombre, sin su esfuerza y concurso, puesto que de él recibes la enseñanza, incluso la ciencia, acabarías quedando rezagado. El hombre posee inventiva, creo cosas útiles e inútiles. Las primeras las conserva y las perfecciona, las segundas las elimina con el tiempo. ¿Todo esto puedes hacerlo tú?
    »Aislado del hombre todas tus cosas serían iguales, o en el peor de los casos, serían retrógradas; volverías atrás. Terminarías haciendo casas en forma de caverna y te alumbrarías con fuego de leña. Volverías a la prehistoria del hombre, en caso de que tus células resistieran tanto tiempo.

    —Bien te comprendo, «Chico»... Y bien veo que tienen más experiencia que yo. De todos modos, servir al hombre es un buen destino para nosotros.

    Tres días más tarde, estando ya terminado definitivamente «Einstein II», y el proyectil cohete que había de transportarlo al Sol, Jerry Albermale, Frank Hollow Atkinson y Yoku Chosio, todos embutidos en sus trajes espaciales refrigerados, salieron de la cos-monave «Groog-104» por la rampa que terminaba en el duro y amarillento suelo de la meseta.

    Detrás de ella iba «Irino» y «Chico».

    Desde una de las ventanas panorámicas contemplaban al grupo los demás pasajeros de la cosmonave: Irina Ispikán, Rat-g-ma y Shangro, en cuyos rostros se dibujaba la curiosidad y el nerviosismo.

    Llevaban casi un mes en Mercurio y por fin habían terminado el trabajo. Ahora sólo podían hacer lo que hacían: mirar y rezar por el éxito de la empresa.

    Todos, excepto Shangro y Rat-g-ma, ansiaban tener éxito. A los dos excluidos les era indiferente. Aunque, en sus fueros internos, ambos se sentían ya bastantes identificados con los demás. Habían colaborado con entusiasmo y les gustaría ver «algo».

    «Irino» llevaba en la mano una cámara visora que se estaba colgando al cuello mientras escuchaba a Joku Chosio:

    —En cuanto la cápsula atraviese la fotosfera debes pulsar el botón de frenado. Luego amortiguar la caída. Si tienes bien enfocada la pantalla, nosotros iremos viendo el camino que tú recorres. En todo caso te orientaremos. Tus células no pueden fallar.
    —En caso de que mi teoría sea cierta —dijo tímidamente el norteamericano Hollow—. Si me he equivocado... Bueno, posiblemente te estrellarás sobre el núcleo radioactivo del Sol, penetrarás en un medio cada vez más denso y de mayor temperatura y...
    —De ser así, ni siquiera la «kyotita» que te protege resistiría ¡Quedarías desintegrado!
    —¿Y entonces? —preguntó «Irino» con una voz muy semejante a la de «Chico».

    Jerry se echó a reír. A través del intercomunicador de su escafandra, su risa sonó hueca, ligeramente burlona:

    —Haré un «Irino» exactamente igual como tú. Seis meses más de trabajo y todo estará resuelto... ¡En caso de que en presidio nos dejen hacer «robots»!
    —¡Pero no seáis pesimistas! —exclamó Irina Ispikán dentro de la cosmonave Su voz fue trasmitida por radio a los expedicionarios que fuera se dirigían a la rampa le lanzamiento que habían preparado entre todos y que apuntaba directamente al centro del Sol, el cual parecía poder tocarse con la mano, cegador y gigantesco, cubriendo el techo de Mercurio como una luminaria de fuego blanco.

    Jerry se volvió y dirigió a la muchacha piloto un beso con la punta de los dedos. Ella no se lo devolvió. Sus nacarados dedos se quedaron a flor de labios, sin atreverse a enviar aquel símbolo a su amado, como temerosa de romper un hechizo mágico que tanto significaba para ella.

    En aquel momento se detuvieron ante el huso brillante, de un azul bruñido, que descansaba abierto en la rampa. La «kyotita» había sido pulimentada pacientemente, por Shangro y el propio «Irino» días antes.

    —¡Es un excelente sarcófago para un «robot»! —ironizó «Irino».

    Hollow y Chosio se miraron. No terminaban de comprender a estos «robots». Jerry, sin embargo, sonrió y repuso;

    —¡Has nacido bajo el signo del pesimismo, «Irino»! Y, no obstante, voy a decirte algo: ¡estoy seguro de que volverás!
    —¿Tú crees? —preguntó «Irino», volviéndose a su amo.. Era evidente que de haber poseído expresión, el- rostro del «robot» se habría dulcificado.
    —Yo también lo presiento —agregó «Einstein» avanzando hacia su homólogo.
    —¡Ea, que hace mucho calor aquí ! —apremió Yoku Chosio.

    Vamos, «Chico», ayuda a «Irino» a penetrar en su sarcófago.

    Los dos «robots» se acercaron a la cápsula brillante. «Irino» levantó su pesada extremidad y «Chico» le sujetó por lo que puede llamarse la cintura, dada su configuración humanoide. Se oyó un crujido. El peso del «robot» era considerable, pero «Einstein» pudo perfectamente con «Einstein II», logrando, sin al parecer mucho esfuerzo, tenderlo boca adelante —léase cabeza adelante, o con los pies hacia atrás.

    —No te muevas de esta posición. —recomendó «Chico» a su compañero. Tomó la cámara tomavistas y la situó frente a «Irino», en el hueco que quedaba— Ahora, extiende los brazos y sujeta los mandos.
    —¿Lo haces fácilmente, «Irino»? —preguntó Jerry Albermale, inclinándose sobre el postrado «robot». —Sí, puedo accionar perfectamente. Ya podéis cerrar la cápsula y dispararme... Si no volviera, quiero que sepáis todos que me he alegrado de conoceros. ¡Os deseo mucha suerte!

    El afecto de aquellas palabras enterneció a los tres humanos que las escucharon. Hollow se había colgado al brazo del japonés y abría mucho los ojos. En aquellos momentos alguien le podía haber tomado por un loco. Se podía decir que estaba afectado. Le parecía estar despidiendo a un hijo al que enviaba a la guerra, a una guerra de la que dudaba saliera triunfador.

    —Tengo miedo, Yoku —murmuró.

    Jerry se volvió y le agradeció las palabras con una elocuente mirada. Pero le reconvino:

    —Por favor, cállese, Hollow.

    «Einstein» cerraba la cápsula, dejándola caer sobre sus goznes.

    —Prueba de abrirla tal y como estás, «Irino» —dijo una vez cerrada.

    «Einstein II», desde el interior, levantó un articulado brazo y la tapa se levantó de nuevo. Por esto respondió:

    —Perfectamente. Creo que podré salir de aquí. Ya cierro yo desde adentro. Adiós a todos.
    —Adiós —respondió primero «Chico».

    Luego se retiraron. Jerry fue extendiendo el cable con el cual dispararían el cohete hacia el Sol. Delante de ellos, avivando el paso, iba «Chico», ya cumplida su misión.

    Un instante después penetraban de nuevo en la cosmonave...


    * * *

    Ante la pantalla televisora cinco hombres y una mujer estaban pendientes de algo que podía cambiar el rumbo de sus vidas. Todos ellos habían abandonado la ventana panorámica de la espacionave.

    Jerry había dicho poco antes:

    —Será mejor que veamos la marcha de «Irino» desde el televisor.

    Ahora, ávidos los rostros, todos contemplaban la mancha solar. Se había interpuesto en la pantalla catódica un cristal oscuro, por lo que el Sol se veía enorme, casi ocupando todo el cuadro, como podía verlo un niño axil a Tierra mucho más pequeño a través de un cristal ahumado.

    —¡Ahora! —exclamó Jerry Albermale.

    ¡Y su mano pulsó un detonador dejado sobre la mesa!

    Fuera se oyó algo así como una detonación muy potente, que !a escasa atmósfera de Mercurio trasladó hasta ellos. Sólo Rat-g-ma volvió instintivamente la cabeza, pudiendo ver sólo por una fracción de segundo cómo la cápsula brillante que contenía a «Einstein II» salía impulsada hacia el cielo por la rampa de lanzamiento que habían preparado.

    Un instante después, el artefacto con su carga robótica exploratoria desaparecía de la vista.

    Pero en la pantalla visora empezaron a suceder cosas. El tamaño aparente del Sol empezó a aumentar. La cámara instalada ante «Einstein II» estaba ya trabajando y transmitiéndoles imágenes. Por esta causa, cuando Rat-g-ma perdió de vista a la cápsula-proyectil, se volvió a mirar la pantalla. ¡En ella se veía el Sol, captado por la cámara que accionaba «Irino» o «Einstein II»:

    —¿A qué distancia estamos del Sol? —preguntó Shangro, que ignoraba lo más elemental de la astronomía.
    —A 48 millones de kilómetros —respondió Frank Hollow Atkinson, sin apartar la mirada de la pantalla, en la que el diámetro del Sol ocupaba ahora todo el recuadro.
    —¿Y cuánto tiempo tardará «Irino» en llegar a él? —apuntó Rat-g-ma con curiosidad, y que como Shangro era de los inexpertos de la reunión.
    —Pocos minutos. -Si la velocidad fuese constante, estaría allí en dos horas, dada la alta velocidad que lleva la cápsula. Pero hemos tenido en cuenta la poderosa fuerza de atracción del Sol, lo cual acelera la velocidad... ¡Vean cómo se van perfilando los flóculos o manchas solares!

    Chosio, que era quien había hablado, fue interrumpido por Frank Hollow Atkinson:

    —¿Habéis calculado que penetre a través de una de esas manchas oscuras?
    —Sí —respondió Jerry Albermale—. Existe la posibilidad de que se trate de vacíos atmosféricos descargados de radiaciones. Eso podría ser un buen acceso al núcleo interior solar.

    Así rendía Jerry Albermale tributo a la teoría heliocosmogónica de Frank Hollow, quien, anteriormente, había anunciado algo similar, pero mucho más complicado, sobre composición y origen del Sol, en el prólogo de su famosa teoría sobre el génesis del Sistema Solar.

    Y Frank Hollow agradeció a Jerry su respuesta con una sonrisa.

    Pasaron los minutos en un tenso silencio. Las manchas solares ocupaban ahora buena parte de la pantalla, y seguían aumentando, lo que indicaba que la cápsula que transportaba a «Einstein II» y su cámara tomavistas teletransmitidas se iba acercando más al Sol, a velocidad cada vez más creciente.

    Con un curioso aparato espectroscópico, Yoku Chosio estaba dedicado a comprobar el espectro del Sol a través de la pantalla, computando de este modo las calorías que iba sufriendo el «robot» en viaje hacia el Sol.

    —La temperatura aumenta de un modo considerable. ¡Es superior a lo previsto! —anunció contrariado.
    —¿Cree que resistirá su «kyotita»? —preguntó Jerry.
    —Estamos aún muy por debajo del límite de resistencia. Pero cualquier fallo podría producir la fusión del metal... No me gusta nada el cariz.

    Jerry comprobó el espectroscopio y rectificó casi al instante un error de Chosio.

    —Pero... ¡mi querido profesor, aquí computa usted mal! —amonestó sonriente—. No son cincuenta mil grados, sino cinco mil.,. La diferencia es notable.

    Yoku Chosio estaba nervioso y su error era excusable. Por esto al saber la verdad respiró aliviado. Y dijo, como disculpándose:

    —Temía que la «kyotita» no pudiera resistir tal temperatura.

    Irina Ispikán, cuyos reflejos como piloto espacial eran más rápidos que los de sus compañeros, exclamó en aquel instante:

    —¡Oh, miren!

    Indicaba al centro de la gran mancha solar, hacia donde se dirigía la cápsula que contenía a «Irino». Y en aquel centro, con un tono azulado, viéron algo así como un claro en la mancha!

    —¡Por ahí debe penetrarse en el interior del Sol ! —exclamó Frank Hollow alborozado.

    Todos abrieron desmesuradamente los ojos. Nadie quería perderse ni un detalle, incluso Chosio abandonó su espectroscopio y se apoyó sobre Jerry para examinar la pantalla.

    Vieron cómo la tonalidad azulada aumentaba de tamaño.

    —No es azul, sino verdosa —aclaró Jerry—. El cristal polarizado de la pantalla nos lo hace ver así... ¡Calle!

    El proyectil debía estar ya penetrando en la fostosfera solar, precisamente sobre la gran mancha, que ahora ocupaba toda la pantalla visera. Pero entonces empezaron a suceder cosas raras. La imagen difusa se movió, oscilando de un lado a otro.

    —¡El proyectil cabecea! —gritó Chosio.

    Así debía ser; puesto que la imagen que retransmitía oscilaba cada vez más. Hubo un verdadero juego de luces en la pantalla, todas de oscuras tonalidades. Y de pronto...

    —¡Cielo santo! —exclamó Frank Hollow.

    Hubo un vivo destello. Por un momento vieron algo así como un campo azul, que debía ser verde, según el aserto anterior de Jerry Albermale, pero al momento la imagen se borró por completo.

    Pareció que algo había estallado en el interior del televisor.

    La pantalla volvió a tomar la nitidez del cristal, como un aparato cerrado. Jerry maniobró rápidamente los mandos, pero la imagen no volvió.

    ¡Se ha terminado! —dijo Chosio con voz de desaliento.

    Frank Hollow, por su parte, no se dio por vencido y corrió a la ventana panorámica, mirando ávidamente hacia el sol. Sólo pudo ver una protuberancia solar, como una gigantesca nube de fuego que surgía hacia el cosmos.

    —¡Ha sido destruido! —exclamó Jerry. Y con voz débil agregó— Sí, esto ha terminado. La fotosfera solar es infranqueable.

    Frank Hollow y Yoku. Chosio, pálidos los rostros, se dejaron caer al suelo, rompiendo en sollozos de desesperación...


    CAPÍTULO VII


    FRANK Hollow Atkinson, el «bioheliófilo», se puso enfermo a consecuencia del tremendo fracaso. Se negó a comer nada y pasaba las horas tendido en su litera mirando fijamente al techó metálico de la cabina.

    Yoku Chosio reaccionó de un modo análogo. Iba de un lugar a otro de la nave, con las manos cruzadas a la espalda, cabizbajo, y ensimismado en profundos y tristes pensamientos.

    Por su parte, Jerry se encogió de hombros, respetó el mutismo de sus compañeros, pero decía :

    —No podemos hacer nada. Hemos fracasado y no podemos efectuar un nuevo intento. ¡No estoy dispuesto a sacrificar a «Chico», y mucho menos estar aquí seis meses para construir otro «Einstein», aparte de que esto es imposible, ya que no tengo material para trabajar!

    La enfermedad de Hollow prolongó la situación de un modo patético y desesperado. Todos ellos intuían el porvenir, pero nadie se atrevía a tocar el tema, rehuyendo incluso pensar en ello.

    No así el policía Shangro, que al tercer día se dirigió a Irina, mientras comían juntos en torno a la mesa alargada y desmontable del lugar habilitado como comedor.

    —Me hago cargo, Irina —empezó a decir—. Pero no podemos continuar aquí.

    Chosio levantó la cabeza y miró al policía de la Confederación India; sin embargo, cuando pareció que iba a decir algo, se calló. Rat-g-ma, por su parte, se estremeció ligeramente.

    Jerry fue el único que dijo:

    Sí, Shangro... No podemos seguir aquí. Apenas si nos quedan raciones para el regreso a la Tierra. Esto animó al policía, quien prosiguió:

    La situación no es tan grave como parece, después de todo... Comprendo que de haber tenido éxito el experimento el regreso a La Tierra habría sido muy diferente. Pero...

    En las presentes circunstancias sólo cabe esperar que el señor Hollow vuelva al satélite «Magallanes». Usted, Albermale, usted, Rat-g-ma y el profesor Chosio tendrán que sufrir un ligero castigo por su ayuda a la evasión de un... De un presunto loco, o mejor dicho, de un internado...

    —!Yo no estoy loco, señor Shangro! —gritó desde su litera el aludido— ¡Y usted lo sabe muy bien ! Sé muy bien lo que digo, y si no he podido demostrarlo no ha sido culpa mía.
    —¡Cállate, Frank! —reconvino Chosio volviendo la cabeza hacia la cabina donde estaba su amigo,
    —Bueno, no discutamos eso. Pero compréndame. Es preciso regresar a la Tierra —siguió diciendo Shangro.
    —¿Y a Irina, qué le ocurrirá? —preguntó Jerry.

    Shangro miró al joven y luego a la muchacha fijamente.

    —Hay una cuestión de homicidio contra ella, Albermale —dijo Shangro—. Tiene que intervenir la justicia. Pero puede demostrarse que es inocente. En este caso tiene arreglo. Creo que serán benignos con ella. Su padre es un alto dignatario...

    ¿Y si es todo lo contrario? preguntó Irina con un hilo de voz.

    Shangro no contestó y dedicó su atención al plato que tenía delante.

    Entonces, Jerry tomó la palabra:

    —Irina y yo no regresaremos a la Tierra. Iremos a donde sea, cuanto más lejos mejor. No estoy persuadido de que los métodos jurídicos sean perfectos.

    Shangro se encogió de hombros.

    —Hagan ustedes lo que quieran. Sin embargo, propongo que sea consultado «Einstein». Su juicio es muy acertado y tal vez nos dé una solución viable para salir del apuro.

    Se volvió Shangro hacia donde «Chico» preparaba los recipientes del postre, y le preguntó:

    —¿Qué opinas tú de todo esto?

    «Chico»» tardó en responder. Antes, dejó la ocupación que tenía entre manos y se volvió hacia los comensales de la mesa, dirigiéndose particularmente a Jerry Albermale.

    —¿Te interesa saber mi opinión, Jerry?
    —Sí, dila. Será interesante oír algo bien pensado.
    —Tengo dos soluciones. La primera consiste en dirigirse a Venus. Estoy plenamente convencido, dada la situación, de que los «adxlos» acogerían a ustedes con simpatía.
    —¡Eso es una traición! —gritó Shangro.
    —No es una traición —dijo «Chico» inmutable—. Sino un medio de conservar la vida y la libertad.
    —¿Libertad con esos monstruos asadores de carne?
    —No estoy de acuerdo con esa solución, «Chico» —dijo Irina Ispikán por vez primera.
    —Yo tampoco —agregó Jerry—. Dinos la otra.
    —La otra es aceptar la proposición del señor Shangro. Huir a otra parte es inútil. Significa la terrible aventura, la incógnita y tal vez la muerte. En la Tierra hay medios para conseguir un perdón, hacer que la opinión pública comprenda.
    —Pero en este caso hay que estudiar particularmente las consecuencias que puedan recaer, sobre cada uno de ustedes. El señor Shangro las ha expuesto someramente. Tal vez sean peores de lo que él dice, aunque sospecho que pueden ser malas...
    —¿Peores que un ligero castigo?
    —Sí, pueden ser un largo encierro por prácticas prohibidas, por ayudar a la evasión de un internado en «Magallanes», y la señorita Ispikán tal vez sea electrocutada por homicidio.

    Cuando Rat-g-ma terminó de hablar, miró significativamente a la muchacha. Tal vez esperaba verla temblar. Irina, empero, ni siquiera modificó la expresión de su semblante.

    —¿No hay otra solución, «Chico»,? —preguntó Jerry.
    —No la hay, Jerry.
    —Muy bien —declaró Jerry—. Estudiaremos la situación durante un día. Transcurridos veinticuatro horas efectuaremos una votación. Los que opten por buscar la protección de los «axdlos» podrán hacerlo, y los que deseen regresar a la Tierra también... Yo no deseo comer más.


    * * *

    La extraña tripulación del «Groog-104», el cohete espacial descansaba sobre la elevada meseta mercuriana, rodeado de un infierno de luz y calor, había distribuido las veinticuatro horas de sus cronómetros de acuerdo con el uso horario de la Tiara.

    De este modo, descansaban durante lo que convencionalmente llamaban noche y trabajaban y permanecían levantados —puesto que ahora ninguno hacía nada —durante las horas del día, Sin embargo, tanto de «noche» como de «día» reinaba una intensa luz, que el sol no se ponía nunca, y el paisaje exterior seguía siendo constantemente tan salvaje, árido y desolado como siempre.

    Esta visión podía contemplarse a cualquier hora.

    «Einstein» no tenía ojos, y sin embargo veía como un ser humano. Captaba las imágenes de las cosas y sus células se las reproducía en el cerebro electrónico de su interior. «Einstein», sin embargo, no tenía necesidad de descansar. Era un vigilante asiduo. Siempre hacía algo, jamás estaba parado.

    Como criado de seis personas debía limpiar, arreglar, ordenar, y que su obligación era servir a su amo y a los compañeros de su amo.

    Por esto, aquella «noche», llamémosla así, mientras rociaba con un «lavaplatos» las sobras de la comida, estaba pensando en la triste suerte que había corrido su hermano.

    Debió ser telepatía o «instinto mecánico» arraigado en él. El caso fue que «Einstein» presintió algo extraño. Tanto fue así que dejó el rociador lavaplatos y se acercó a una de las ventanas panorámicas que do-minaban la meseta.

    Escuchó la acompasada respiración de uno de los durmiente que supuso sería Rat-g-ma, como siempre. Y sin embargo, «Einstein» presintió «algo» sin poder discernir de qué se trataba.

    La sensación se acentuó. Y, un momento después, ante el campo visual de «Einstein», fuera de la meseta, apareció un objeto familiar.

    ¡Era una cápsula que procedía del cielo y que descendía lentamente, frenada por un chorro de reacción, y que terminó por posarse suavemente en el suelo, a escasa distancia de cosmonave!

    Cinco identificó la cápsula inmediatamente: era la misma que cuatro días antes había partido hacia el Sol transportando a «Irino». Y, al poco de detenerse, la plancha que la cerraba herméticamente se abrió dejando ver un brazo mecánico articulado, y luego parte del cuerpo de su compañero dado por desaparecido.

    «Chico no era un «robot impresionable. Pero dijo en voz alta:

    —¡Ha vuelto! ¿Cómo es posible esto?

    Luego, dio media vuelta y se dirigió pesadamente hacia la cabina en que dormía Jerry Albermale. Abrió la puerta y penetró dentro. Cruzó la estancia y se inclinó sobre su yaciente amo, a quien sacudió del brazo suavemente.

    —Jerry, despierta... ¡Despierta, Jerry!
    —¡Eh... eh...! ¿Qué pasa? —preguntó Jerry abriendo bruscamente los ojos y parpadeando—. ¡Oh, Chico... Estaba soñando una pesadilla!... ¿Qué ocurre? ¿Qué hora es?
    —Levántate inmediatamente. ¡Irino ha vuelto!

    Jerry no creía en lo que estaba oyendo. No obstante, dio un brinco en la litera y tomó el albornoz que colgaba de los pies del lecho poniéndoselo precipitadamente. La cremallera magnética se lo cerró en torno al cuerpo mucho antes de que Jerry hubiera alcanzado la puerta, en seguimiento de «Chico».

    Y cuando se asomó a la ventana panorámica vio asombrado a «Irino» como un monstruo metálico avanzando hacia la astronave.

    —¡Cielos santo... Esto es increíble! —exclamó

    Luego, sin detenerse a buscar una explicación al fenómeno que había hecho regresar a girino» de su aparentemente catastrófico viaje, se puso a gritar como un loco:

    —¡Irina... Chosio... Hollow... Venid pronto, despertad!

    Corrió por el pasillo de las cabinas y fue aporreando las puertas con frenesí, hasta que el alboroto aumentó con el despertar de los demás pasajeros de la nave cósmica.

    —¿Qué ocurre?
    —¿Qué alboroto es este?
    —¿Que ha vuelto «Irino»? ¡Imposible!
    —¿Pero qué hora es?

    Un grupo de alborotadores personajes se reunía poco después en la cabina principal y se apelotonaban ante la ventana para ver el increíble espectáculo de la aparición de «Irino», ahora parado e inmóvil ante la rampa que conducía al aparato, y que había sido cerrada, dado que en el interior de la cosmonave existía una atmósfera artificial.

    —¡Dios mío! —exclamó Yoku Chosio, que vestía un quimono estilo oriental prehistórico— ¿Cómo es posible esto?
    —¡Hemos de hacerle entrar inmediatamente! —gritó Shangro, no menos excitado que los demás.

    Y fueron Frank Hollow y Jerry Albermale los que corrieron hacia la cámara de descompresión y maniobraron para abrir la escotilla exterior. Chosio, sin embargo, se acercó a ellos y dijo:

    —No comprendo cómo «Irino» ha escapado a lo que debió ser una tremenda explosión. Pero si ésta vivo es que puede darnos información. Puede haber estado en el interior del Sol... Más, ¿habéis pensado que puede estar infectado de radioactividad? Conviene examinarlo antes de que entre con nosotros.

    Jerry sacudió la cabeza afirmativamente. Se volvió y gritó a Irina:

    —Comprueba el detector cuando «Irino» entre en la antecámara. Entonces yo le hablaré a través del intercomunicador.

    En aquel momento se abrió automáticamente la puerta o escotilla exterior e «Irino» empezó a subir la rampa, hacia la antecámara hermética. Sus pasos eran normales, recios y pesados, y nadie vio nada anormal en aquel «robot» que todos habían visto nacer.

    —¡No parece haber sufrido el menor daño! —dijo Frank Hollow, que tenía el rostro materialmente aplastado contra el grueso cristal qué comunicaba con la cámara hermética de descompresión.

    Jerry estaba ahora accionando la palanca para cerrar la escotilla detrás de «Irino»». Y empezó a gritar:

    —¿«Irino», me sientes?
    —Sí, Jerry. Perfectamente.
    —¿Cómo te ha ido? —preguntó Yoku Chosio sin poderse contener.
    —Pues... No como vosotros esperabais.

    El desaliento se dibujó en el rostro de Frank Hollow.

    Entonces, gritó Irina Ispikán desde la cabina de mando.

    —Hay residuos de radioactividad, pero muy escasos y no son nocivos. ¡Podéis abrir la compuerta! Ya se ha purificado la atmósfera

    En efecto, la escotilla exterior ya estaba cerrada y el «robot» aguardaba el acceso al interior de la nave. Mientras se abría la compuerta de cristal. Jerry siguió preguntando.

    —Pero, ¿qué te pasó? ¿Quedó destruida la cámara tomavistas?
    —Lo ignoro. Emitió un chasquido cuando nos acercábamos al Sol. Esto fue antes de que la cápsula empezase a oscilar de un lado a otro.
    —¿Y qué pasó?

    Ahora se había abierto la puerta y el «robot» penetró en la cabina del aparato, quedándose inmóvil frente a Jerry, y siendo rodeado por todos los demás individuos de la cosmonave.

    —Explícate «Irino». ¡Te habíamos dado por desaparecido! No pudimos entrar en contacto contigo y la visión desapareció. ¿No hubo una fuerte explosión?
    —No —respondió gravemente el «robot»—. Creo que el calor afectó al aparato de trasmisión... —el «robot se detuvo, emitió algo así como unos ronquidos o jadeos, y luego prosiguió, como disculpándose— Algo no debe funcionar bien dentro de mí. Sí, hacía mucho calor. Pero no fui directamente hacia el interior del Sol.
    —Las oscilaciones parece ser que me desviaron cuando ya penetraba en la fotosfera solar. El proyectil fue de un lado para otro, cada vez con más violencia; luego de haber emitido la cámara su chasquido vi que me desviaba completamente, tomando una dirección orbital en torno al sol.
    —Así estuve durante un tiempo indefinido. Creo que detrás de mi, al entrar en contacto con la superficie radiante del sol, surgió una gran columna de radiación...
    —¡Sí, lo vi! —exclamó Frank Hollow— Una protuberancia solar. ¿Y qué pasó luego? ¿Es que no vistes una mancha verdosa en el centro de la mancha solar?

    «Irino» tardó unos segundos en modular sus circuitos electrónicos. Evidentemente debió sufrir alguna pequeña avería, pero Jerry, pendiente de las palabras que emitía su sistema parlante no prestó, como cibernético, demasiado interés a tales dudas e interrupciones, puesto que «Irinó» se explicaba casi perfectamente.

    —No, había demasiada luz amarilla casi cegadora. Ya he dicho que el proyectil empezó a cabecear y luego se desvió completamente. En cuanto transcurrió el tiempo y me vi bordeando la fotosfera, decidí maniobrar los mandos y procurar la desviación total, a fin de regresar aquí.
    —Creo que lo he conseguido. ¿No es así?

    Hubo una pausa, durante la cual los hombres se miraron entre sí.

    —¿Faltó impulso para atravesar la fotosfera solar? —preguntó Hollow esperanzado—. Debemos estudiar este fenómeno, rectificarlo y probar de nuevo.
    —¿Probar de nuevo? —preguntó Jerry, como si fuera algo insólito. Estuvo a punto de agregar: No, no pienso arriesgar más a «Irino». Ya lo había dado por perdido y ahora que lo tengo de nuevo a mi lado no pienso dejarlo ir. Pero se calló, le pareció una tontería decir tal cosa. Además, carecía de sentido en las circunstancias en que se hallaban casi todos los presentes.
    —Sí —intervino Yoku Chosio—. Hemos de corregir esa desviación e intentar de nuevo. En cierto modo presentía yo, que todo no podía ir bien desde el primer instante. Estudiaremos el modo de evitar el balanceo de la cápsula-cohete.
    —Lo que hice luego fue volver aquí. No sé cuánto tiempo he estado tendido en ese cohete —siguió diciendo «Irino» de un modo impersonal—. Pero recordé las instrucciones de ustedes para el regreso y. creo que no lo he hecho mal del todo.
    —¡Lo has hecho magníficamente! —exclamó Jerry acariciando la coraza del «robot» con aire de posesión.
    —Presiento que debió tratarse de un fenómeno de gran magnetismo. Algo así como un remolino magnético —agregó Hollow—. Si podemos conseguir una envolvente antimagnética tendremos resuelto el problema. Propongo que nos pongamos a estudiar inmediatamente el asunto. No nos conviene perder tiempo ahora que todavía tenemos esperanzas.
    —¡Esperanzas! —repitió escépticamente Shangro— ¿A qué llaman ustedes esperanzas? ¿A estar enviando aquí indefinidamente a este «robot» al Sol?
    —Le aconsejo que se calle, Shangro —barbotó sordamente Yoku Chosio—. Ya le dije que no es usted policía aquí, aparte de que no queremos detractores. Limítese a callar, ver y oír y será mejor para usted.


    * * *

    Sin embargo, aunque se reanudaron los trabajos inmediatamente para dotar a la cápsula-cohete de una cubierta antimagnética, los trabajos no pudieron avanzar.

    Al día siguiente por la «noche», mientras Frank Hollow Atkinson trabajaba en su cabina en un sistema que consideraba factible de atravesar la fotosfera magnética del Sol, ¡alguien entró en su cabina silenciosamente y le hendió el cráneo con un objeto con-tundente!

    Frank Hollow Atkinson murió sin exhalar ni una queja.


    * * *

    Yoku Chosio descubrió el asesinato a la mañana siguiente cuando se disponía a tomar el desayuno. Salió del lavabo y se dirigió al plato de fruta caliente que «Chico» había preparado para él.

    —Bien, esto tiene un aspecto magnífico —exclamó el profesor japonés frotándose las manos. Estaba optimista e incluso se permitió el atrevimiento de palmotear en la espalda de Shangro, que se desayunaba en silencio.
    —¡Muy contento parece usted, Chosio!
    —Jovial, eso es todo, amigo mío. —se volvió el japonés a «Chico» y le preguntó— ¿Se ha levantado ya Hollow?
    —No —respondió el «robot».
    —Bien, yo mismo le llamaré, He tenido una idea que creo buena.

    Se levantó Yoku Chosio de la silla y se dirigió al pasillo, en cuya segunda puerta dormía su amigo el norteamericano. Llamó con los nudillos y gritó

    —¡Eh, Frank; he tenido una buena idea!... ¿Estás despierto?

    Se abrió otra puerta y apareció Irina Ispikán luciendo un precioso salto de cama, casi transparente, color rosa. Chosio se sintió obligado a elogiarla y comentó:

    —¡Está usted radiante, señorita!

    Ella le devolvió la sonrisa, y contestó:

    —¡Buenos días, profesor; parece usted muy contento!
    —En efecto, lo estoy. Creo haber revivido... Eh, Frank, ¿estás despierto?

    Cuando Irina penetró en el lavabo Yoku Chosio abrió la puerta de la cabina de su amigo. Y en el mismo umbral lanzó un grito tan penetrante y aterrador que conmocionó a toda la nave.

    ¡Ante su mesa de trabajo, con la luz encendida, yacía el cadáver de Frank Hollow

    Atkinson bañado en un charco de sangre!

    Un instante después, todos los ocupantes de aquella extraña expedición, incluyendo a los dos «robots», penetraban en la cabina del muerto, y quedaban consternados ante el macabro espectáculo.


    CAPÍTULO VIII


    ERA una situación sumamente embarazosa y violenta.

    Y las acusaciones no tardaron en surgir. El primero que la lanzó al rostro de Shangro, fue el menos inteligente de todos: Rat-g-ma. Se volvió como un felino hacia el policía de la Confederación India y le escupió al rostro:

    —¡Has sido tú, repugnante asesino! ¡Tú, que no querías que se continuasen los experimentos! ¿Por qué no nos has matado a todos y obligabas luego a tu presunta prisionera que regresara a la Tierra con un depósito de cadáveres?

    Shangro enrojeció y, sin poder contenerse, se echó al cuello de Rat-g-ma, intentando estrangularle, mientras barbotaba:

    —¡Canalla, vil, miserable!... ¿Cómo te atreves a decir tal cosa? ¡Suéltenme, que estrangularé a esta víbora!

    Jerry y Chosio luchaban denodadamente, sujetando a Shangro, para desprender sus manos del cuello de Rat-g-ma.

    —¡Suéltalo, Shangro; suéltalo o te parto el corazón! La serena y rápida intervención de Irina terminó el incidente. Recogió del suelo una gruesa barra de hierro y golpeó el hombro de Shangro, haciéndole lanzar un alarido y soltar a Rat-g-ma.

    Acto seguido, Chosio y Jerry lo apuntalaron contra el muro metálico, a la vez que Irina soltaba la barra de hierro lanzando un grito.

    «Chico» señalaba la barra de hierro y decía:

    —Le han matado con eso...
    —Salgamos de aquí... Me ahogo —gimió Rat-g-ma frotándose el cuello.

    El que obstruía la puerta era «Einstein II», pero se apartó cuando los hombres salieron de la cabina. Jerry fue el último en salir, aún sujetando a Shangro, y cerró la puerta, mientras decía:

    —No podemos perder la cabeza. Algo grave ha ocurrido aquí y el culpable debe ser castigado.
    —¿Qué ley queréis imponer vosotros que no respetáis ninguna? —rugió Shangro.
    —No tuerza usted el sentido de las cosas —añadió Jerry—, Yo soy un hombre justo. Ignoro quién ha matado a Frank, pero sé que ha sido uno de nosotros, yo también me cuento.
    —Eso está bien respondió el policía—. Y yo represento a la autoridad, aunque ustedes no quieran reconocerlo.

    Jerry y Shangro se miraron con fiereza. Irina dijo:

    —Será mejor desarmarlo, Jerry.

    Sin embargo, Shangro desenfundó rápidamente su pistola desintegradora y la arrojó sobre la mesa.

    —¡ No quiero ventajas sobre ustedes! —gritó—. Esto lo demuestra. ¡ Tengo tanto interés como el primero saber quién ha matado al señor Hollow!
    —¿Por qué? —preguntó Irina como un escopetazo.
    —¡Porque igual que han matado esta noche a Hollows, pueden luego matarme a mí, o a cualquiera de ustedes!

    La declaración cayó como una bomba ente los excitados reunidos. Sobre la mesa humeaban aun los platos de fruta que había depositado «Chico». A un lado los dos «robots» parecían estatuas. Era evidente que no comprendían. Ninguno se había enfrentado antes con la muerte humana y sus células fotoeléctricas no podían reaccionar, comprender. ¡Aquel asesinato era cosa de los hombres! ¡Los «robots» no podían matar!

    —Yo no he matado a Hollow. No tenía motivo —afirmo Jerry, rompiendo el breve silencio.
    —Ni yo tampoco —agregó Yoku Chosio—. Era mi amigo y me lo he jugado todo por él.
    —Yo tampoco tenía motivo para matarle —declaró acto seguido Rat-g-ma.
    —¡Ni yo! —rugió Shangro.

    Irina fue la única que no respondió, ni dijo nada.

    Por esto todas las miradas se centraron en ella, interrogantes, expectantes. Ante aquella muda acusación, la muchacha retrocedió un paso, se llevó la mano a la boca y exclamó:

    —¿Por qué habría de querer la muerte de Frank Hollow?
    —Pero… ¡Podía querer la mía! —exclamó Shangro— Yo soy el único aquí que puedo perjudicarla a usted, tarde o temprano. Y usted lo sabe. Además, mi cabina está contigua a la de Hollow. Inquieta y temerosa, una persona que va a matar bien puede equivocarse de puerta. ¿No es esta una explicación?
    —¡Falso! —gritó Irina.

    Mientras todos miraban a la asustada muchacha, Jerry hizo una cosa que nadie pudo impedir. Saltó sobre la mesa y tomó la pistola que Shangro había arrojado, encañonando con ella al policía, y situándose luego junto a Irina.

    —¡Que nadie se mueva! —gritó—. No consiento que nadie acuse falsamente a Irina. ¡La quiero y sé que es incapaz de matar a nadie!

    Hubo un dramático silencio que nadie se atrevió a interrumpir. Rat-g-ma, Chosio y Shangro miraban como hipnotizados la pistola que Jerry empuñaba con mano segura.

    —Gracias, Jerry —dijo, al fin, débilmente, Irina.

    Luego dio media vuelta y fue a encerrarse en la cabina de mando.

    —Déjenla ir —agregó Jerry—. Nosotros arreglaremos este asunto. Por favor, siéntense todos. Hablaremos.

    Shangro fue el primero en obedecer.

    —Jerry, no perdamos la cabeza —comentó Yoku Chosio.
    —¡Quien ha perdido la cabeza ha sido el pobre Hollow, y alguien de los que estamos aquí se la ha destrozado! —rugió Jerry Albermale—. Ya he dicho antes que yo no me excluyo, ¡pero nadie mejor que yo mismo sabe que no he sido! Por lo tanto, me erijo en juez y tomo la voz de mando en este asunto. «Chico», sitúate detrás de Shangro y sujétale si intenta levantarse. Tú, «Irino», haz lo mismo con Rat-g-ma. El profesor Chosio no creo que tenga nada que ver con esto. ¿A ti qué te parece, «Chico»?

    Mientras los dos «robots» obedecían, situándose detrás de los dos hombres aludidos y poniendo sus manos metálicas sobre sus hombros en ademán muy poco confortable para Shangro y Rat-g-ma, «Chico» respondió a su amo secamente:

    —Esperaba que me pidieras mi opinión. Pero no sé quién ha matado a Frank Hollow. Ya sabes que yo no puedo matar. Sin embargo, siento una gran curiosidad por saber quién ha podido hacerlo y por qué.

    Lo más interesante es saber el porqué, ¡la causa! He deducido que debe existir una causa. A veces los hombres sois capaces de comprender estas cosas mejor que nosotros. Al decir nosotros me refiero también a «Irino».

    —Cierto —dijo por vez primera el mecánico aludido—. «Chico» ha expresado mis pensamientos con sus palabras.
    —¿Una causa? —preguntó Jerry muy perplejo.

    Pero cuando Shangro iba a decir algo, un rugido y una leve trepidación le interrumpió.

    ¡Entonces todos percibieron que la astronave se movía!


    * * *

    —¡Abre, Irina! —gritó Jerry aporreando la puerta de la cabina de mandos—. ¡Abre la puerta! ¿Qué estás haciendo?

    La voz de la muchacha llegó hasta él a través de un intercomunicador de radio. Todos los hombres de la cabina central escucharon aquellas extrañas palabras.

    —¡Volvemos a la Tierra! Esto es cosa de las autoridades. Una muerte pesando en la conciencia de todos nosotros y una acusación contra mí de un crimen que no he cometido, es suficiente. ¡Que la policía investigue y decida! ¡Estoy dispuesta a someterme a las consecuencias! ¿No comprendes, amor mío, que es mejor así?... ¡Y no pienso abrir esta puerta para nadie, hasta que no estemos en la Tierra! Hay a bordo un asesino y mi obligación es pilotar la cosmonave.

    Shangro sonrió arteramente. Había intentado levantarse para seguir a Jerry hacia la cabina de mando pero las tenazas de «Chico» le sujetaron al asiento. El «robot» había dicho:

    —¡Por favor, no debe usted moverse! ¡Mi amo así lo ha mandado y no deseo hacerle daño!
    —¡Muy bien «Chico» —respondió Shangro—. Serías un policía perfecto, correctísimo…
    —Me alegro que lo comprenda, señor Shangro —respondió el «robot».

    Después de aporrear furiosamente la puerta de la cabina de mando sin resultado alguno, Jerry Albermale se volvió hacia Yoku Chosio.

    —¡Curiosa situación! ¿No le parece, profesor?
    —No comprendo la actitud de esa muchacha. Todo podía haberse arreglado. ¡Ahora que estamos a punto de conseguir nuestro objetivo!...

    Pero ambos pensaron instintivamente en el cadáver que yacía en la cabina segunda, entrando por el pasillo. Y un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Jerry. ¿No era mejor lo que hacía Irina?

    Regresó a la sala y dijo a «Chico» e «Irino»:

    —Ya podéis soltar a esos dos señores… Shangro, tome usted su pistola y hágase cargo de la situación. ¡Me pongo a sus órdenes!

    «Chico» retiró sus manos de acero del hombro del policía y se retiró. «Irino» hizo lo mismo, situándose ante una de las ventanas panorámicas.

    —Bien, creo que es mejor así —comentó el policía levantándose y tomando la pistola desintegradora que le ofrecía Jerry—. ¿Es seguro que Irina Ispikán nos conduce a la Tierra?

    Jerry se dejó caer en una silla y se llevó las manos a la cabeza:

    —¡Dios mío, profesor Chosio! ¡Qué locura hemos cometido!

    El diminuto japonés no contestó. Paseaba arriba y abajo, con las manos a la espalda.

    —No es ninguna locura, Albermale —respondió—. Pero… ¿qué hemos de hacer? ¡Estamos entre locos! ¿Por qué habéis matado a Frank Hollow? ¿Había hecho daño a alguien?

    Nadie respondió. Rat-g-ma se había levantado y, recostado contra la mesa, de pie, mirando furtivamente a «Chico», comía un plato de fruta ya fría. Tenía todo el aspecto de un ser vulgar, ajeno a los problemas que allí se gestaban; y por ende, tenía hambre.

    ¡Rat-g-ma era un hombre vulgar, incapaz de matar a nadie; pero de mente retorcida! ¿Era él el asesino de Frank Hollow?

    —No podemos movernos de aquí —comentó el policía a la vez que enfundaba confiadamente la pistola—, y confiemos en que Irina Ispikán sea razonable y cumpla lo que dice. Por lo tanto, dada la circunstancia que ha terminado con el experimento de Frank Hollow, propongo una solución.
    —¿De qué se trata? —preguntó Jerry, levantando la cabeza.
    —Todos somos sospechosos. Por lo tanto, todos quedamos detenidos. ¡Han de pasar ustedes a sus respectivas cabinas, donde quedarán encerrados hasta la llegada a la Tierra!
    —¿Nos encierra usted? —preguntó Chosio, con su hilo de voz.
    —Es mejor así. Yo les encerraré a todos y les custodiaré. Imposibilitaré al asesino de poder actuar y protegeré las vidas de los que sean inocentes. —Al decir esto, Shangro tenía la mano cerca de su pistolera.

    Miró uno por uno a los hombres allí reunidos. Pero nadie replicó.

    —Usted primero, Rat-g-ma… Camine hacia su cabina…


    * * *

    Todos fueron encerrados, incluso «Chico» e «Irino», Shangro aseguró las puertas con su cerradura eléctrica y comprobó que todos estaban herméticamente cerrados. Luego, con la pistola en la mano, se situó delante de la puerta que conducía a la cabina de mando y se sentó.

    Sabía que dentro de la dirección de vuelo, Irina le podía escuchar a través del intercomunicador general. Por esto dijo:

    —Me alegra que haya tomado usted esta decisión, señorita Ispikán. Cuente usted con mi apoyo decidido cuando lleguemos a la Tierra.
    —¡Cállese estúpido; me importa bien poco su apoyo!...Hago esto por lo que considero más justo. Estoy dispuesta a afrontar las consecuencias de todo cuanto venga.
    —Es usted muy inteligente. ¿Cuándo llegaremos?
    —Tomaré tierra en la base espacial de Jamnagar dentro de tres días, con que póngase cómodo. Ahora, cierro el intercomunicador. Me repugna oír su empalagosa voz.

    Un «click» metálico indicó al policía que Irina había cortado la comunicación. Sin embargo, no se movió de su asiento. Sacó cigarrillos y se puso a fumar tranquilamente.

    Luego terminó silbando con suavidad una tonadilla en boga. A él le era indiferente lo que sucedía a su derredor. Sin embargo, fue, poco después, puerta por puerta, llamando a sus ocupantes:

    —¿Está usted bien, profesor Chosio? Si necesita algo no tiene más que llamar.
    —¡Déjeme en paz! —exclamó el japonés desde el interior, aunque la voz llegó hasta Shangro apagada por el metal de la puerta.

    Jerry Albermale ni se dignó contestar. Pero Rat-g-ma dijo que tenía hambre y que deseaba algo para comer, lo que fue satisfecho inmediatamente por Shangro.

    Ninguno de los «robots» contestó a la llamada del policía. Posiblemente no escucharon su voz, a través de tan grueso muro. Sin embargo, Shangro no estaba preocupado por ellos, sabiendo que no tenían ninguna clase de necesidad.

    En cuanto a Irina, llamó repetidas veces a la puerta y sólo percibió un apagado: «¡Váyase al diablo!».

    Por su parte, Jerry Albermale, encerrado en su cabina, pensaba furiosamente en la muerte de Frank Hollow Atkinson. Por más que daba vueltas al caso no podía comprender quién le había matado.

    —Pero…¿por qué?

    De un modo lejano, casi incomprensible, creía entrever un pavoroso misterio. Jerry era capaz de enjuiciar las cosas de un modo impersonal. Creía poder justificar a Irina Ispikán, que era la única que había terminado por importarle. Los demás le tenían sin cuidado.

    «¡Puede haber sido cualquiera, incluso Yoku Chosio después de una acalorada discusión sobre el modo de mandar de nuevo a «Irino» al Sol! —pensaba—. Pero Irina Ispikán no puede haberlo hecho!... No puede haber sido ella!».

    Y luego, se dijo, mientras permanecía tendido en su litera mirando al techo:

    —¿Puede ser que matase a aquel hombre en Jamnagar para escapar de su encierro? —incluso su propia voz le sorprendió.

    Luego por uno de esos extraños caprichos de la mente humana, sus pensamientos retrocedieron a días atrás. Habían estado trabajando en la cápsula que fabricaron para «Irino», pero «Chico» dio la señal que la cena estaba servida.

    Los hombres habían trabajado mucho, incluso Shangro, y estaban cansados. Él y ella, sin embargo, se sentían aquel día bastante inquietos. El trabajo en el exterior, provistos de escafandras refrigeradas que no amortiguaban completamente el intenso calor reinante, había hecho que sus sangres corrieran tumultuosas.

    Fueron los últimos en dirigirse a la cosmonave. Jerry miraba de reojo a la muchacha y vio guedejas morenas sobre su frente sudorosa. Sus grandes ojos negros y brillantes miraban hacia el extremo sur de la meseta, donde un lago de plomo hirviendo levantaba nubecillas de humo amarillo blancuzco.

    Irina se detuvo, perdida la mirada en aquel paisaje abrupto, violentamente iluminado por el sol.

    —¡Esta naturaleza salvaje me fascina! —dijo.

    Por el intercomunicador de sus respectivos aparatos de radio, Jerry escuchó las modulaciones cantarinas de su voz alegre. Hacía días que no veía a Irina con aquella hechizada expresión. Le pareció que estaba de nuevo en Calcuta, bajo las rutilantes luces de la fiesta del gobierno.

    —Sí, es muy bonito.
    —¿Estás cansado, Jerry? —preguntó ella, volviéndose a él.

    ¿Qué iba a decir? Sonrió y repuso:

    —No, Irina.
    —¿Quieres que vayamos a sentarnos al borde de aquel precipicio?

    Irina le tomó la mano y sin esperar su respuesta le condujo hasta el lugar indicado. La altura daba vértigo. El lago hirviente que se extendía abajo era impresionante, cubierto de explosivos cráteres, moviéndose en ondas raras y desiguales.

    —Sentémonos aquí, Jerry. Pero, por favor, no digas nada. Solo te permito mirarme…¡Aunque tu mirada ha de ser así, no decaiga tu interés por mí!

    Se echaron a reír y se sentaron; estaban al borde mismo del precipicio, ante un mundo amarillo y rojo, ante un mundo desierto y desconocido. Entrelazaban las enguantadas manos y tenían los hombros juntos.

    —Te digo que eres muy bonita, Irina.
    —Por favor, no hables. ¿No ves que no podemos besarnos?

    ¡Dos cascos de cristal irrompible les separaban! A sus espaldas funcionaban rítmicamente los émbolos de sus tubos de oxígeno, aspirando el aire de sus botellas y expulsando el anhídrido carbónico. Sin embargo, ella descansaba su casco sobre el hombro forrado de él.

    —¿Verdad que es impresionante? —preguntó ella débilmente.
    —¿Te refieres a tenerte aquí, tan cerca de mí, y no poderte besar?
    —¡No, tonto; me refiero a esto, a todo!... A lo que hacemos aquí, a lo solos que estamos bajo este sol que parece una enorme luminaria… ¡A todo, Jerry!

    El no respondió. Pero al cabo de unos segundos hizo una pregunta:

    —¿Te querrás casar conmigo cuando termine todo?
    —No sé… Creo que no estás enamorado de mí. Simplemente hechizado. ¿Por qué no me lo preguntas cuando hayamos vuelto a la Tierra?... ¡Ea, dejemos eso, Jerry, amor mío! ¿Sabes qué día es hoy?
    —¡No! ¿Qué pasa con el día de hoy?
    —Pues hoy habría sido yo la mujer más dichosa del universo… Estaría en Marte, con la familia, en la fiesta del centenario de mi padre. ¡Hoy cumple cien años, y es un gran día para él! Supongo que el gran Kisgui habrá ido a visitarle… ¿Sabes lo que significa esto para él? ¡Nada menos que el «Gwan Mayor» de Marte! Habría sido una fiesta muy grande también para nosotros… Mayor que el día que nos conocimos en Calcuta.

    Hizo la muchacha una pausa y miró de soslayo a Jerry. A través de los cristales esféricos se encontraron sus miradas.

    Él no replicó, pensaba y vivía intensamente aquellos instantes.

    Irina dijo:

    —Yo había pensado mucho en eso cuando viajaba en torno a Saturno. A mi lado tenía una maquina provista de un «ojo registrador» que filmaba kilómetros y kilómetros de cinta proyectora. Mi nave transitaba entre los pedruscos gigantes que forman su fantástico anillo. Recorrí el «camino de Cassini» a fulminante velocidad, luego penetré entre las rocas. En cierta ocasión quedé aprisionada. Había calculado mal la capacidad de paso y mi «Groog-104» se quedó allí; sentí crujir las cadenas y sentí miedo de morir allí sola, tan lejos de mi mundo… ¡Tan lejos de ti!
    —¡Pero si sólo me habías visto una vez! —comentó Jerry.
    —Sí, una vez. ¡Pero fue suficiente para comprender que había encontrado al hombre de mis sueños… Con el que tanto tiempo había soñado! Durante aquel viaje en torno a Saturno sólo te vi a ti, cariño…

    Cuando media hora después regresaron a la nave y se quitaron las escafandras, se abrazaron frenéticamente. ¡Ya nada se interponía entre ellos!

    Pero ahora mientras Jerry rememoraba aquella y otras escenas similares, sentíase dominado por una intensa preocupación. Su preocupación era el giro que habían tomado los acontecimientos: ¡aquel cadáver con la cabeza aplastada que yacía en la cabina de Frank Hollow!

    ¡Puesto que la muerte se había interpuesto entre Jerry y la mujer que amaba, y entre todos los demás que formaban parte de aquella extraña e insólita expedición a Mercurio!

    Ahora, sin embargo, la cosmonave pilotada por Irina Ispikán decidida y serena, se dirigía a través del espacio infinito hacia su punto de partida. ¡Volvía a la Tierra llevando a un hombre muerto, a un hombre asesinado misteriosamente!

    Allá, en los confines del cosmos, un punto luminoso indicaba la situación de la madre Tierra. Y hacia allí dirigía Irina la proa de su «Groog-104»; sin embargo, llevaba la muerte en su corazón.

    ¡Ella no tenía la fe de Jerry, y en su subconsciente presentía acertadamente que Jerry Albermale era el causante de la muerte que llevaban a bordo!

    ¡¡Estaba segura de que Jerry había matado a Frank Hollow!!


    CAPÍTULO IX


    A llegada a la Tierra de la astronave «Groog-104» fue algo sensacional. El general Kerman, comandante en jefe de la base espacial Jamnagar, pegó un salto en el asiento en cuanto diéronle la noticia.

    —¡Encerrad inmediatamente a Irina Ispikán! Rugió.

    Pero su asombro aumentó cuando, poco más tarde, Shangor informó verbalmente de lo que había sucedido a bordo de la nave espacial, en la que llevaban un hombre asesinado.

    No era posible detener a ninguno de los hombres inmediatamente, puesto que todos pertenecían a representaciones consulares distintas. Rat-g-ma pertenecía a la Confederación Africana, Yoku Chosio a la Oriental y Jerry Albermale a la Occidental, a todas las cuales pidieron inmediatamente representación diplomática

    También hubo de ser pedido un diplomático a la representación de la Confederación Americana, puesto que Frank Hollow Atkinson, el hombre asesinado, pertenecía a ella.

    En total, un verdadero embrollo diplomático. Por otra parte, Kiangyl Ispikán había movilizado al Parlamento, y amenazaba desde Marte, terribles consecuencias como se cometiera una injusticia con su hija.

    Todo esto se enredó en el breve espacio de dos horas. Por desgracia, intervinieron los agentes de la «Tele-news international», se filtró alguna noticia que debió facilitar algún empleado de la base espacial, y a los pocos instantes la noticia, muy tergiversada, llegaba a todos los hogares del mundo y sus colonias.

    «Impresionante asesinato de un loco evadido en condiciones extrañas y dramáticas.»
    «¡Ha aparecido la piloto espacial Irina Ispikán, que se había fugado de prisión, matando a un guardián!»
    «¿Acusará el dedo de la justicia a los prestigiosos hombres de ciencia Jerry K. Albermale y Yoku Chosio?»

    Tales eran los títulos que aparecían en la gran cadena de noticias de todo el mundo. Algo escandaloso y ruidoso en grado sumo, como no se había dado en mucho tiempo. Todo el mundo quería saber, todo el mundo preguntaba. Fue precisa una rápida reunión de urgencia para acallar, como por ensalmo, a la gran agencia informativa.

    Esto fue una mala táctica de los presidentes, puesta que la «vox populi» dio mayor incremento a la cuestión, mayor revuelo. Y la gente explicó historias fabulosas en los centros culturales de reunión.

    ¿Qué había sucedido, en realidad?

    Nada. Ni siquiera el general Kerman se atrevió a tomar decisiones por su cuenta. Irina Ispikán, como medida preventiva, fue encarcelada con dos guardias de vista; y los demás pasajeros del «Groong-104» instalados en dependencias privadas de la base, prohibiéndoles únicamente salir del vasto recinto.

    Jerry se negó a ser interrogado, lo mismo que Chosio, a menos que hubiera delante de ellos un representante de sus respectivas Confederaciones, los cuales no tardaron en aparecer.

    «Chico» y «Irino», en compañía de Jerry Albermale, ocupaban una amplia sala, cuya puerta estaba siempre abierta, de la que podían salir y entrar libremente, aunque, como es natural, se les vigilaba a distancia.

    Los representantes de las confederaciones co-participantes en el caso «Hollow Atkinson», como le dieron en llamar, no pudieron reunirse hasta el día siguiente. Mientras tanto, ya había venido a Jamnagar un alto comisario del Gobierno, que aconsejo prudencia al general Kerman.

    —No me moveré de su lado ni un instante, general Kerman —dijo el comisario—. Es una orden especial del Presidente. ¡La situación es muy delicada! ¡Oriente y Occidente se consideran ultrajados en lo más hondo por la parte que tienen en esto dos de sus más prestigiosos hombres de ciencia!


    * * *

    ¡Y, sin embargo, el estallido fragoroso aún no repercutió en la agitada base espacial de la Confederación India! ¡Había de detonar al día siguiente, cuando se encontraron al profesor Yoku Chosio, tendido en el suelo de su alojamiento provisional con la columna vertebral partida!

    El general Kerman sintió que un sudor le venía y otro le iba, al saber la noticia.

    Un capitán de las fuerzas astronáuticas, ataviado con el característico uniforme mimético de «nylon-X-O», se cuadró ante él y le dijo simplemente:

    —¡El profesor Yoku Chosio ha sido asesinado!... ¿Me ha oído, mi general? ¡Asesinado!

    Comparecieron inmediatamente los representantes consulares. También llegó el inspector Mahuida, quien sostuvo una larga charla con su colega Shangro. La noticia sorprendió a éstos en la conferencia y corrieron hacia el alojamiento de Chosio.

    —¿Cómo ha sido? ¿Quién ha venido aquí durante la noche?
    —¡Nadie! —respondió un suboficial, encargado de la vigilancia nocturna—. Sin embargo, han roto la ventana que da a la parte posterior. Lo han hecho con una palanca. ¡Pero lo extraño es que no hemos sentido nada!

    A Jerry no le dejaron salir de su alojamiento. Ni siquiera cuando se presentó el representante consular de la Confederación Occidental. Con él vino Mahuida y Shangro.

    —¿Ha salido usted la noche pasada para ver a Chosio, Albermale? —preguntó Shangro.

    El joven presintió la tragedia.

    —No… ¿Qué ha sucedido?
    —Le han roto la columna vertebral… ¡Brutalmente asesinado! —exclamó Shangro, quien empezaba a intuir que toda la expedición de Mercurio estaba destinada a la muerte.

    ¡Y él formaba parte de aquella extraña expedición! Por esto había aumentado su inquietud.

    —¿No salió para nada? —insistió el inspector Mahuida.
    —¡No, no, no…! —gritó Jerry, exasperado.

    El representante de Jerry habló con él en privado, durante unos minutos; luego, los dos hombres se volvieron a los policías.

    —Estoy dispuesto a someterme al detector de mentiras —dijo Jerry—. Firmaré una declaración. Luego me iré a Inglaterra. No pueden retenerme más tiempo aquí. El resto de sus gestiones habrán de hacerlas por vía diplomática.

    Sin embargo, Shangro tenía miedo. Y no salió con su jefe, el inspector Mahuida, sino que se quedó ante Jerry, y le dijo:

    —¡Albermale, tanto su vida como la mía peligra! ¡Presiento que la muerte la hemos traído de Mercurio!
    —¿A quién se refiere usted? ¿A Irina Ispikán?
    —No. Precisamente ella es la única que no ha podido matar al profesor Chosio, puesto que ha estado encerrada en aquella tumba de cemento y hierro. ¡Me refiero al canalla de Rat-g-ma!
    —¿Quiere usted decir que es él? ¿Y por qué no puede haber sido usted mismo?

    Shangro guardó silencio unos segundos. Luego dijo:

    —Yo no he sido. Rat-g-ma es fuerte, como todo loquero de «Magallanes». Para matar al profesor Chosio se ha empleado mucha fuerza. Estoy seguro de que lo han levantado en alto y lo han dejado caer contra el borde de la litera. Antes lo aturdieron de un golpe en la mandíbula con un objeto contundente.
    —El profesor Chosio pesa poco, Shangro —replicó fríamente Jerry.
    —¡Muy bien, Albermale! —rugió Shangro—. He intentado advertirle. Presiento que es así. De lo que le ocurra a usted, no quiero saber nada. Tengo permiso del inspector Mahuida para abandonar inmediatamente esta base.

    Y salió de la estancia caminando aprisa.


    * * *

    ¡Hubo otra muerte: la de Rat-g-ma!

    Pero alguien vio al asesino. Un soldado que, aterrado y medio paralizado de espanto, disparó contra el criminal, sin causarle el menor daño. El soldado había estado vigilando el alojamiento del loquero africano. De pronto oyó un grito, corrió hacia la ventana y miró dentro, ¡a tiempo de ver a un crispado Rat-g-ma elevado en el aire, por las fuertes manos de su asesino…, y luego caer sobre la rodilla, de espaldas, quebrándosele la espina dorsal!

    Cuando el asesino arrojó a su víctima al suelo, se volvió hacia la ventana, corriendo hacia ella. El miedo y el terror habían paralizado al soldado. Pero por instinto más que por juicio, disparó su arma.

    ¡El chorro desintegrador no causó ningún efecto en el asesino, aunque destrozó por completo la ventana!

    Un instante después, la dura mano de «Irino» o «Einstein II» hendía el cráneo del infeliz soldado, después de haber saltado con cierta impresionante agilidad por la ventana.

    ¡¡Era «Irino», el robot creado por Jerry Albermale, el que mataba, el que mató a Frank Atkinson, al profesor Yoku Chosio y ahora al infeliz Rat-g-ma!!

    Pero la locura y el desenfreno habían acometido a «Irino», haciéndole perder la prudencia que le insertaron sus fatídicos dueños, ¡los señores del Sol! ¡«Irino» había sido construido para no hacer daño a ningún ser humano y, sin embargo, mataba cruelmente, con sadismo robótico!

    Luego, procurando no ser visto, «Irino» regresó al alojamiento de Jerry Albermale. Nadie le había visto, estaba seguro. Y el soldado no hablaría.

    «Irino» luchaba contra algo superior a si mismo. Había intentado la noche anterior, después de matar a Chosio, hacer lo mismo con Jerry Albermale. Pero no pudo. ¡Algo le frenaba!

    Ahora, envuelto en la niebla que cubría la base espacial, regresaba hacia Jerry, y su alienado cerebro electrónico, le ordenaba matar sin piedad.

    «¡Ahora debe morir Jerry Albermale… Tengo que matarle, aunque fue él quien me hizo!... ¡Tengo que destrozarle, igual que a todos los que se pongan en mi camino, porque soy yo indestructible!»

    ¡Y decidió matarle! ¡Había logrado romper el eslabón de fidelidad: ahora moriría Jerry!

    Pero no lo encontró en su alojamiento. Precisamente mientras «Irino» mataba a Rat-g-ma, Jerry había sido llamado por el inspector Mahuida y una escolta. Había llegado el detector de mentiras y tanto él como Irina Ispikán, a quien habían sacado del calabozo, debían someterse a él.

    Sólo encontró a «Chico», ocupado en limpiar la habitación de Jerry.

    —¿Dónde está Jerry? —preguntó «Irino» a «Chico».

    El robot increpado se volvió y dijo:

    —Ha salido con una escolta y ese inspector de policía. ¿Qué quieres de él?
    —Nada, quiero verle.

    «Irino» dio media vuelta y se alejó.

    Sólo cuando estuvo fuera de la estancia «Chico» reaccionó. Había visto sangre humana una vez, en torno al cuerpo de Frank Hollow. Ahora la había visto de nuevo en la mano derecha de «Irino», quien ni siquiera habíase dado cuenta de que al reventar el cráneo al soldado, ante la ventana del alojamiento de Rat-g-ma, la mano se le había ensuciado de escarlata.

    Y un chispazo de comprensión de hizo en «Chico».

    —¡«Irino» ha matado… «Irino» quiere matar a Jerry… «Irino» es el responsable de todo esto…! ¿Pero cómo es posible? ¿Algo debió permutarse en él en el Sol?... ¿Fue así?

    Y también se dirigió a la salida.


    * * *

    En el edificio de la Comandancia de la base, la reunión de representantes, pese a la neblina del día, se había agrupado en torno al gigantesco aparato que acababa de llegar de Calcuta. Estaba presente el general Kelman, el alto comisario del Gobierno, varios técnicos, y la escolta que custodiaba a Irina Ispikán. Jerry Albermale se acercaba en aquel momento al detector para someterse a él.

    En aquel momento sucedieron varias cosas simultáneamente. Dos suboficiales entraron corriendo en la sala. Uno de ellos había sido enviado poco antes en busca de Rat-g-ma, a instancias del representante de la Confederación Africana. El otro había visto venir a «Irino» y no obedeció a sus órdenes de que se volviera.

    Los «robots» de Jerry habían sido considerados hasta entonces como inofensivos. Mastodontes de acero, pero inofensivos. Sin embargo, «Irino» no solamente ignoró las órdenes, sino que arremetió contra dos soldados, partiéndoles la cabeza.

    El suboficial de la guardia empuñó su pistola desintegradora y disparó contra el monstruo homicida, sin causarle ningún efecto. Al ver esto, aterrado, y comprendiendo que «Irino» se le echaría encima, dio media vuelta y corrió hacia el interior del edificio.

    —¡Socorro... El «robot» está enloquecido...!
    —¡Rat-g-ma ha muerto, igual que un soldado! —gritó el otro suboficial.

    La consternación no pudo ser mayor. Y más cuando irrumpió «Irino» pesadamente en la estancia, vacilando ante la fuerte luz reinante. Jerry se volvió y comprendió mal la situación, pues dijo:

    —¡Vuélvete, «Irino»; nadie pretende hacerme ningún daño aquí!

    Los hombres que ocupaban la sala en torno al detector no supieron qué hacer ni qué decir. Pero los soldados empuñaron sus armas, al ver al suboficial disparando de nuevo contra el «robot». Una verdadera lluvia de material desintegrante envolvió a «Irino», pero éste salió de ella y sujetó a dos soldados, apretándoles el cuello e incrustándole los dedos de «kyotita», hasta seccionarles las yugulares.

    ¡La desbandada fue general, seguido de un coro de voces aterradas! La única que no se movió, paralizada de espanto, fue Irina Ispikán, como si sus piernas se hubieran convertido en gelatina.

    ¡¡Y el «robot» homicida reconoció a la muchacha, acercándose a ella!!

    Antes de que Jerry pudiera evitarlo, pues fue de los primeros en reaccionar, comprendiendo al fin toda la verdad, «Irino» sujetó con sus manos a la muchacha y la levantó en vilo.

    —¡Suéltala, «Irino»!, —gritó Jerry, abalanzándose contra el monstruo metálico.

    ¡Y, cosa curiosa, «Irino» vaciló, retrocedió unos pasos, mientras la muchacha se debatía en sus fuertes brazos, intentando soltarse, agitando inútilmente piernas y brazos, chillando desaforadamente!

    Pero al instante, «Irino» levantó a la muchacha sobre su cabeza y empezó a levantar la pierna articulada. Irma chilló y perdió el conocimiento. Fue un instante fugaz, pero comprendió que su espalda caería sobre la rodilla del monstruo y moriría con la columna vertebral partida.

    Jerry Albermale también vio el gesto y comprendió su significado. Todo lo comprendió. Fue un relámpago en su mente. ¡Un destello de comprensión, haciéndose la verdad como una luz!

    ¡Y cerró los ojos para no ver, impotente, la muerte de Irina!

    Así, con los ojos cerrados, se lanzó sobre el «robot». Un fuerte golpe en el pecho lo arrojó de espaldas contra el suelo...

    Pero en aquel mismo instante, alguien sujetó el brazo de «Irino» ¡Alguien que acababa de entrar y que actuó como Jerry Albermale hubiese querido que actuase: en bien de la humanidad!

    ¡«Chico» sujetó a «Irino» con una mano, sosteniéndole el brazo en alto e impidiéndole abatir a Irma sobre su rodilla! Luego un fuerte empujón y el «robot» homicida rugió, soltando a Irina y volviendo se hacía su nuevo y fuerte agresor.

    —¡Estás maldito, «Irino»! —exclamó «Chico»—. ¡No puedes matar al hombre que te ha construido! ¡Yo lo impediré!

    «Irino» atacó entonces a «Chico». Sus dos poderosas manos manchadas de sangre cayeron fieras sobre la cabeza de «Chico». El metal que le protegía se hendió. Pero «Chico» recordó haber visto una lucha en las pantallas del televisor, y recordó la estrategia de la lucha, esquivando con habilidad. La feroz acometida del monstruo metálico quedó parcialmente sin efecto.

    Luego se entabló un cuerpo a cuerpo fantástico e increíble. Ruidosos porrazos sacudían a los dos «robots». «Irino» pegaba ciegamente, con brazos y piernas; mientras que «Chico», con ambas extremidades aplastadas, intentaba, inteligentemente, destruir los registros de la caja torácica de su adversario. «Chico» sabía que «Irino» estaba construido con «kyotita», material mucho más duro que el acero que lo cubría a él. Por lo tanto, estaba en desventaja. Por esta causa atacaba con sus machacadas manos los registros.

    Estos eran durísimos también. Cristal irrompible para proteger al «robot» en el peligroso viaje que debía efectuar. Y los golpes de «Chico» sólo conseguían estropear sus manos articuladas.

    En aquellos instantes, Jerry Albermale abrió los ojos y presenció la lucha, Vio a Irina, sin sentido, a escasa distancia de donde luchaban los dos «robots» y sólo tuvo un pensamiento: ¡salvar a Irina!

    Por esto se lanzó hacia ella y la retiró de donde se peleaba cada vez con más furia. Tropezó con uno de los soldados estrangulados, y en el nerviosismo, estuvo a punto de caer.

    También entraron un grupo de soldados armados con desintegradores, que se dispusieron en la puerta a disparar contra los dos «robots». Pero Jerry acertó a verlos y gritó estentóreamente:

    —¡Alto, no disparéis!

    Los soldados vacilaron. Detrás de ellos, un oficial les gritó:

    —¡Fuego, imbéciles!

    Para impedir aquella estupidez, Jerry dejó a Irina en un rincón y corrió a interponerse entre los amedrentados soldados y los dos «robots» en pugna.

    —¡No tiréis! ¡Destruiréis a «Chico», que es el único que puede salvarnos! —se arrojó sobre un soldado y, tomándole el arma de las manos, agregó— ¡Suelta; dame el arma! ¡Yo sé cómo emplearla!

    Desde el alféizar de una ventana, el general Kerman gritó:

    —¡Obedeced a ese hombre, soldados!

    Por todas partes aparecían rostros asustados que miraban a los gladiadores. Los golpes de éstos resonaban fortísimos en la amplia sala. Pero era evidente que «Chico» llevaba las de perder.

    En aquel momento, cuando Jerry se volvía empuñando el desintegrador, «Chico» había conseguido zancadillear a «Irino», y ambos gigantes metálicos rodaron estruendosamente por el suelo. Pero «Chico» sujetaba férreamente un brazo a su antagonista.

    Entonces vio Jerry su oportunidad. Se acercó cuanto pudo y gritó:

    —¡«Chico», presiónale el brazo; no conseguirás rompérselo, pero sí abrir una leve brecha en la juntura!

    «Einstein» obedeció a su amo. Tenía el pecho abombado de un golpe de «Irino» con la cabeza, y una pierna había quedado extrañamente rígida. Sin embargo, descargó toda su potencia —¡la de veinte hombres juntos!— sobre aquel brazo. ¡Y la juntura de «kyotita» cedió unos milímetros!
    «Einstein II» quiso deshacer aquella llave que le desarticulaba el brazo y se volvió sobre sí mismo, logrando situar a «Chico», medio destrozado, bajo su cuerpo aún íntegro. Sólo fue una fracción de segundo, pero con la rapidez que da a veces la desesperación, Jerry aprovechó la ocasión.

    Su dedo presionó el disparador y un chorro de fuego desintegrante fue a golpear en la articulación del brazo de «Irino». «Chico» sufrió una contracción, porque parte del chorro le golpeó en el costado, crispándolo.

    ¡Pero «Irino» quedó rígido bruscamente! El chorro penetró a través de su coraza y destrozó una válvula vital, dejando el mecanismo electrónico sin vida. Ambos luchadores quedaron inertes en el suelo. Ante ellos, su ingeniero constructor, con un desintegrador en la mano, los había destruido.

    —¡Al fin! —exclamó Jerry.

    Luego se sintió rodeado por un grupo de hombres y alejado del escenario de la lucha.

    Alguien le dio un tónico y fue recuperando la completa noción de las cosas. El rostro del alto comisario de la Confederación India se inclinaba sonriendo sobre él. Alguien, a un lado, Mahuida, exactamente, dijo:

    —¡Qué lucha! ¡Jamás había presenciado nada semejante!
    —¡Dos «robots» mecánicos acometiéndose como dos fieras! ¡Todavía tiemblo al pensarlo! Pero ¿cómo ha sido posible?

    ¡Eso! ¿Cómo había sido posible?


    EPÍLOGO


    Habían de pasar muchos días antes de que los gobiernos de la Tierra pudieran tener la respuesta exacta a lo que se dio en llamar «El caso del "robot" de Jerry Albermale», proceso que llenó cientos de metálicas cuartillas y algunos miles de kilómetros de cinta magnetofónica.

    Al fin, una junta de hombres de ciencia no tuvo más remedio que rehabilitar el nombre de Frank Hollow Atkinson y dejar sentada la incuestionable premisa que asombró al mundo:

    «¡El Sol está habitado!»

    Sólo así se comprendían los muchos fenómenos que concurrieron en el caso. La explicación que primero dio Jerry Albermale, atestiguada por Irina Ispikán y Shangro, fue así:

    —El «robot» debió atravesar la fotosfera del sol. Alguna fuerza muy potente destruyó la cámara de orientación que llevaba «Irino», pero él siguió su curso hacia el núcleo solar. Atravesó la atmósfera radioactiva del Sol y descendió hasta el suelo firme.

    »Lo que allí sucedió sólo podemos conjeturarlo. Pero las pruebas incuestionables de las modificaciones que «alguien» realizó en el mecanismo de «Irino» nos demuestran, sin lugar a dudas, que este «alguien» es un ser vengativo y con unos conocimientos verdaderamente portentosos, ya que modificó, con materiales extraños y desconocidos, los circuitos de «Irino», haciéndole artero y homicida.
    »No podían cambiar su envolvente de «kyotita», puesto que nosotros habríamos descubierto la mistificación, ¡pero sí sus circuitos, y lo hicieron astutos como una serpiente!
    «Debieron trabajar rápidos en «Irino», puesto que cuatro días más tarde nos lo devolvieron aparentemente igual que se había ido. Pero ya su mente electrónica era artera, sutil y ansiaba vengarse de los seres humanos que habían intentado desentrañar el secreto oculto durante miles de siglos bajo la radiante atmósfera del Sol.
    »«Irino», sin embargo, habría terminado con la humanidad. Era un arma perfecta para conseguirlo. La «kyotita» que lo envolvía era infusionable; ningún arma podía destruirla, y su potente energía habría podido destruir, incluso, un tanque acorazado.
    »Ninguno de los hombres de ciencia que, junto conmigo, han estudiado la composición de los materiales empleados en la transformación de «Irino» los ha reconocido. Todos, igual que yo, admitimos que estos materiales son de naturaleza extraterrena y no se encuentran en ninguno de los planetas que nosotros conocemos.
    »La conclusión es obvia: ¡«Irino» llegó al Sol y fue modificado allí! Ahora bien, ¿qué intención movía a los «Señores del Sol» al modificar la estructura interna de mi «robot»? Las consecuencias las hemos podido apreciar. Esos seres no quieren a nadie que vaya a inmiscuirse en su mundo solar. Ha sido una venganza que habría quedado impune si una mujer, Irina Ispikán, no hubiese tomado la iniciativa de encerrarse en la cabina de mando de la astronave y regresado a la Tierra. De este modo impedía actuar a «Irino», cuya misión era la de exterminarnos a todos en Mercurio, como hizo con Frank Hollow Atkinson.
    »Bien pudo habernos atacado a todos en el primer momento. Pero la sutilidad de su maniobra, ¡como yo he podido constatar por sus «realais» modificados!, le indujo a obrar arteramente, solapadamente, matando a Frank Hollow cuando nadie le veía.
    »Luego, Shangro nos encerró a todos en nuestras cabinas. También fue un acierto que no podemos omitir. Así imposibilitó a «Irino», quien no pudo actuar hasta que no fue librado de su encierro. Podía haber roto la puerta, pero su identidad habría quedado descubierta. ¡Y él necesitaba silenciar uno a uno a todos cuantos habíamos tomado parte en la expedición!
    »Aquí comprendió que nos dispersaríamos y tuvo que actuar a toda prisa. Sus reflejos mecánicos, de acuerdo con las órdenes recibidas de nuevos dueños, así se lo indicaban. Y confiando en su impunidad, atacó en el último instante.
    »También cabe la posibilidad que esos registros desconocidos que hemos hallado en su interior, no sean otra cosa que pequeños motores de influencia teledirigida, y que su actuación haya estado gobernada desde gran distancia, posiblemente desde el Sol. En este caso ya sabrán esos «Señores» que su servidor ha sido destruido y que, por tanto, estamos en posesión del secreto.
    »¿Consecuencias de todo esto?... El comité de Confederaciones debe resolverlo. Tanto yo, como los hombres de ciencia que hemos estudiado el caso, coincidimos en lo mismo: ¡ahora debe actuar la diplomacia o el ejército del Cosmos!


    * * *

    La cuestión había sido demasiado grave para ser difundida. Se buscó una fórmula de compromiso para justificar muchas cosas, entre ellas el comportamiento de Irina Ispikán, a quien, por otra parte, el detector de mentiras declaró inocente, y los organismos del gobierno de todo el mundo acordaron dejar ir a Jerry Albermale.

    Éste y su novia se casaron varios meses después, en Nottingahm, partiendo en viaje de novios en dirección a Marte.

    Sin embargo, el problema de los habitantes del Sol no había sido abandonado. La solución y el compromiso tomado por las Confederaciones de la Tierra y sus colonias, fue la de preparar una gran flota de cosmonaves construidas con «kyotita» y enviarlas al Sol en una doble embajada político-militar.

    La comisión encargada de estudiar aquel caso fue prudente. Consideraron que los «Señores del Sol» podían ser enemigos peligrosos, dada su avanzada ciencia. Por esto convenía parlamentar primero. La circunstancias de haber descubierto su oculta existencia se llegaron a medio olvidar, por razones de estado, naturalmente; ahora, lo que convenía era sacar partido del descubrimiento.

    Y fue de nuevo Kiangyl Ispikán, ahora aspirando al cetro de la diplomacia universal que facilitó la fórmula asequible ante la junta de Gobiernos:

    —Presumiendo que los «Señores del Sol» sean más avanzados que nosotros, ya que la teoría del inmortal Frank Hollow Atkinson así lo confirma —dijo el centenario político al tomar la palabra ante los micrófonos de la asamblea que estudiaba el caso—, no nos interesa en ningún momento, una vez hayamos entrado en contacto con ellos, una política de sumisión a su poderío.

    »Nosotros somos más poderosos que los «adxlos» de Venus, y en cambio, pese a la constante hostilidad, nos soportamos. Por esto, propongo que el trato oficial con los «Señores del Sol» sea análogo al que los principales moradores de Venus tienen hacia nosotros.

    Muchas voces expresaron su aprobación.

    Y Kiangyi Ispikán, siguió diciendo;

    —Como dijo Frank Hollow Atkinson, la cuna del Sistema Solar está ubicada en distintos seres han dejado su huella antiguamente en distintos planetas, lo que demuestra que sus medios de comunicación son poderosos. Al mismo tiempo, indica que no han querido saber nada con nuestras razas civilizadas.

    Hubo mucha expectación; Ispikán estaba poniendo, por así decir, la herida en carne viva. Todas habían pensado en ello, pero nadie había tenido la osadía de decirlo. Sin embargo, allí estaba el viejo diplomático y político que ponía la verdad al desnudo:

    —Nosotros no hemos de pretender la violencia de descubrir a esa gente. Sólo queremos una justificación. Ellos deben expresar su punto de vista sobre la actitud del «caso del «robot» de Jerry K. Albermale.

    »Hemos de considerar que nuestra expedición científica oficial a Mercurio llevaba intenciones pacíficas. —así sobreestimaba Ispikán la labor llevada acabo por aquella expedición clandestina, en la que su propia hija había tomado parte—. En cambio, los llamados «Señores del Sol» nos obsequiaron con la muerte. Estoy seguro que nuestra civilización moderna hallará el medio de contraatacar en caso de que seamos atacados.
    »Pero las razones de la diplomacia son otras. Primero el diálogo, la mesa de conferencias durante el tiempo que sea necesario, cuanto más mejor, para salvaguardar así nuestros intereses e ir conociendo al presunto adversario. Creo que es el único medio de conseguir nuestro propósito de defendernos mejor, y, al mismo tiempo, llevar nuestra embajada de paz al Sol.

    Una aclamación estruendosa acogió las últimas palabras del veterano Kiangyl Ispikán, el cónsul de la Confederación India en Marte. Y no faltó quien, desde la mesa del presidente de la Asamblea, impusiera el silencio para proponer:

    —¡Pues que sea Kiangyl Ispikán nuestro embajador especial, en esta misión especial!

    Pero el padre de Irma era demasiado zorro viejo y sabía muy bien lo que buscaba con aquella bien estudiaba perorata. Él no quería ser embajador en una misión cuyo peligro no le pasaba desapercibido. Quería algo más. Por esto modestamente propuso:

    —No, mis años no me permiten desempeñar ventajosamente una misión tan vasta y elevada. Sin embargo, tengo el hombre idóneo para llevarla a feliz término, el hombre que es capaz de sostener el diálogo durante varios años, los suficientes para que la Tierra se prepare, si llega el caso.
    —¿Quién es? —preguntó uno de sus seguidores, con el que Ispikán estaba de acuerdo.
    —Nuestro honorable presidente de la Confederación India, Majtama Uri-Al... ¡Es mucho más joven que yo y más capacitado! Para relevarle en su alto cargo, me ofrezco humildemente, y de modo provisional, mientras que su misión se lleva a término. Supongo que reconoceréis conmigo que Majtama Uri-Al está mucho más capacitado que yo para tan alta misión, ¿no es así?

    Ni que decir tiene que la propuesta fue aceptada por las demás Confederaciones de la Tierra. ¡Y el presidente de la Confederación India no tuvo más remedio que admitir su derrota, ante el astuto Ispikán!

    De éste dijo Jerry Albermale, cuando supo el resultado de la Asamblea:

    —¡Diablos, Irma; tienes el padre más astuto que he conocido jamás! ¡Vaya un tipo embaucador... ¡Cómo se ha metido en el bolsillo a todo el mundo! Deberían proponerlo para consejero de todos los Parlamentos.
    —¡Precisamente de eso me hablaba el día que nos casamos! Dijo que lo aceptaría gustoso —respondió

    Irina, una Irina muy dichosa, abrazando a su marido y contemplando por encima del hombro de él el rojo paisaje vegetal de los bosques de Marte.

    Para ellos había terminado bien una terrible aventura, donde la muerte tendió sus afiladas garras de acero hacia sus vidas en peligro. El destino había querido librarles, como también era el destino quien les ofrecía ahora un maravilloso porvenir lleno de felicidad.

    Al menos, así lo parecía cuando Jerry preguntó a su esposa:

    —¿Me quieres, amor mío?
    —¡Con toda mi alma!
    —¿Lo has olvidado todo?
    —¡Todo... menos a ti, a quien no olvidaré mientras viva!


    Fin



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