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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    BOSQUE MITAGO (Robert Holdstock)

    Publicado el sábado, febrero 04, 2017

    Agradecimientos

    Me gustaría dar las gracias a Alian Scott, cuyo Manual anglosajón para el visitante de Ellorgaesten, escrito especialmente para mí, me fue de gran ayuda. Mi agradecimiento también para Mildred, por el entusiasmo que inspiró la visión y para George Huxley, que acuñó la palabra Mitago.


    R.H.

    Fue como si lo reconociera (…). Aquí había algo que había conocido toda mi vida, aunque no lo supiera (…).
    Ralph Vaughan WILLIAMS, comentando su primera impresión al descubrir el folklore y la música popular británica.


    Prólogo

    Edward:

    Tienes que volver al Refugio. ¡Por favor, no te retrases ni una hora! He descubierto un cuarto camino hacia las zonas más profundas del bosque. El arroyo. Qué obvio parece ahora… ¡un camino de agua! Pasa directamente a través del vórtice exterior de fresnos, más allá del sendero espiral y de las Cataratas de Piedra. Creo que nos servirá para llegar al mismo corazón del bosque. ¡Pero el tiempo, siempre el factor tiempo…!

    He encontrado un pueblo llamado los shamiga. Viven más allá de las Cataratas de Piedra. Vigilan los vados del río, pero descubrí con gran satisfacción que les encanta contar historias. Ellos lo llaman «narrar la vida». La narradora de la vida es una jovencita que se pinta la cara de verde y cuenta las historias con los ojos cerrados, para que las sonrisas o gestos desaprobadores de los que escuchan no la hagan «cambiar de forma» a los personajes de la historia. La escuché durante mucho tiempo, pero lo más importante que oí fue un fragmento que sólo puede pertenecer a la historia de Guiwenneth. Era una versión precéltica del mito, pero estoy seguro de que se refiere a la chica. Esto es lo que conseguí entender:

    «Una tarde, tras matar a un ciervo con astas de ocho puntas, a un jabalí más alto que dos hombres, y corregir los malos modales de cuatro pueblos, Mogoch, un jefe, se sentó junto a la orilla para descansar. Era de constitución tan gigantesca, que las nubes casi le tapaban la cabeza. Metió los pies en el mar, junto a la base de los acantilados, para refrescarse. Luego se reclinó hacia atrás y observó la reunión que tenía lugar entre dos hermanas sobre su fertilidad. »Las hermanas eran gemelas, ambas hermosas, de hablar dulce y hábiles con el arpa. Pero una de ellas se había casado con el jefe guerrero de una gran tribu, y pronto descubrió que su vientre no podía concebir. Se volvió tan agria como la leche que ha quedado demasiado tiempo expuesta al sol. La otra hermana se había casado con un guerrero exiliado llamado Peregu. El campamento de Peregu estaba en los más profundos desfiladeros de la parte más lejana del bosque, pero acudía junto a su amada en forma de lechuza. Ella acababa de tener una hija, pero, como Peregu estaba exiliado, la hermana de rostro amargado y su ejército se habían presentado para llevarse a la criatura. »Tuvo lugar una gran discusión, y las armas chocaron. La amada de Peregu ni siquiera había tenido tiempo deponerle nombre a la niña, cuando su hermana le arrebató el pequeño bulto envuelto en telas y lo alzó sobre su cabeza, para ser ella quien le diera nombre. »Pero el cielo se oscureció, y aparecieron diez urracas. Eran Peregu y sus nueve hermanos de espada, mutados por la magia del bosque. Peregu descendió en picado, tomó a la niña entre sus garras y se remontó, pero un tirador le derribó con su honda. La niña cayó, pero los otros pájaros la recogieron en el aire y se la llevaron. Así que fue llamada Hurfathana, que quiere decir "la niña criada por urracas". »Mogoch, el jefe, contempló todo esto con diversión despectiva, pero sentía respeto por el difunto Peregu. Recogió al pajarillo y le devolvió la forma humana.

    Como tenía miedo de aplastar pueblos enteros si excavaba una tumba con el dedo, Mogoch se metió al exiliado muerto en la boca, y se arrancó un diente para que le sirviera de lápida feraria. Así, Peregu fue enterrado bajo una gran piedra blanca, en un valle que respira.»

    No hay duda, se trata de una versión primitiva de la historia de Guiwenneth, y supongo que comprendes mi emoción. La última vez que vino la chica, pude preguntarle sobre su tristeza. Me dijo que se había extraviado. No conseguía dar con el valle que respiraba, ni la brillante roca bajo la que yacía su padre. Es la misma historia. ¡Lo sé, lo presiento! Tenemos que invocarla de nuevo. Tenemos que ir otra vez más allá de las Cataratas de Piedra. Necesito tu ayuda. ¿Quién sabe dónde y cuándo terminará esta guerra? Pronto llamarán a filas a mi hijo mayor, y Steven no tardará en seguirle. Entonces, tendré más libertad para explorar el bosque y hablar con la chica.

    Tienes que venir, Edward.


    Un saludo afectuoso.
    George Huxley Diciembre de 1941.



    PRIMERA PARTE Bosque Mitago
    Uno


    En mayo de 1944 recibí los papeles de alistamiento y, de mala gana, partí hacia la guerra. Mi entrenamiento tuvo lugar en Lake District, y luego me embarcaron hacia Francia con el Séptimo de Infantería.

    La noche anterior a la partida, estaba tan enfadado con mi padre por su aparente despreocupación en lo relativo a mi seguridad, que, cuando se durmió, me acerqué silenciosamente a su escritorio y arranqué una página de su libreta, el diario donde detallaba su trabajo silencioso y obsesivo. El fragmento tenía como única fecha «Agosto del 34», y lo leí muchas veces, desesperado por no comprender nada, pero contento de haberle arrebatado al menos una pequeña parte de su vida, una parte que me sustentaría en aquellos días dolorosos y solitarios.

    La anotación comenzaba con un amargo comentario sobre las pérdidas de tiempo que se le imponían: el mantenimiento de Refugio del Roble, nuestro hogar familiar, las exigencias de sus dos hijos, y la difícil relación con su esposa, Jennifer.

    Si mal no recuerdo, por aquel tiempo mi madre estaba gravemente enferma.

    Terminaba con un párrafo memorable por su incoherencia: Una carta de Watkins.

    Está de acuerdo conmigo en que, en ciertas épocas del año, el aura que rodea el bosque puede llegar hasta la casa. Debo meditar sobre las implicaciones. Quiere conocer el poder del vórtice roble que he medido. ¿Qué le cuento? Desde luego, nada del primer mitago. También he notado que la zona premitago es cada vez más rica. Pero, al mismo tiempo, es evidente que pierdo progresivamente el sentido del tiempo.


    Atesoré este pedazo de papel por muchas razones, pero sobre todo, porque representaba los escasos momentos de interés apasionado de mi padre… aunque, al mismo tiempo, no podía compartir este interés, igual que no podía compartir su vida cuando estaba en casa.

    Me hirieron a principios de 1945, y cuando terminó la guerra, me las arreglé para quedarme en Francia. Viajé hacia el sur para pasar la convalecencia en un pueblo de las colinas que hay más allá de Marsella, y allí viví con unos viejos amigos de mi padre. Era un lugar cálido, seco, silencioso y tranquilo. Me pasaba horas y horas sentado en la plaza del pueblo, y pronto se me consideró parte de la pequeña comunidad.

    Las cartas de mi hermano Christian, que había vuelto a Refugio del Roble cuando terminó la guerra, me llegaban puntualmente todos los meses durante el largo año de 1946. Eran cartas alegres, informativas, pero parecían cada vez más tensas: evidentemente, la relación de Christian con nuestro padre se deterioraba por momentos. El viejo no me escribió nunca, pero tampoco lo esperaba. Hacía mucho que me había resignado, lo máximo que obtendría de él sería indiferencia.

    Toda la familia no era más que una intrusión en su trabajo. Su sentimiento de culpabilidad por habernos descuidado, y sobre todo por haber hecho que nuestra madre se suicidara, se convirtió rápidamente, durante los primeros años de guerra, en una locura histérica verdaderamente aterradora. Esto no quiere decir que estuviera gritando siempre; todo lo contrario, se pasaba la mayor parte del tiempo en silencio, absorto en la contemplación del bosque de robles cercano a nuestra casa. Estos períodos de silencio, que al principio no le enfurecían por la distancia que interponían entre la familia y él, se convirtieron pronto en una auténtica bendición.

    Murió en noviembre de 1946, de una enfermedad que le había aquejado durante años. Cuando me enteré, me sentí dividido entre lo poco que me atraía volver a Refugio del Roble, en un rincón de Ryhope, en Herefordshire, y el evidente malestar de Christian. Ahora, mi hermano estaba solo en la casa donde habíamos pasado juntos la infancia. Me lo imaginaba recorriendo las habitaciones vacías, quizá sentado en el estudio húmedo e insalubre de nuestro padre, recordando las horas de rechazo, el olor a madera y mantillo que acompañaba al viejo al cruzar las puertas con paneles de cristal cuando regresaba de sus expediciones de una semana a lo más profundo del bosque. Éste se había extendido por esa habitación, como si mi padre no soportara estar lejos de los matorrales bajos y as húmedas sombras de los robles, ni siquiera cuando recordaba que tenía una familia. Demostraba recordarnos de la única manera en que sabía hacerlo: contándonos —sobre todo, contando a mi hermano— historias sobre los antiguos bosques que se divisaban desde la casa, sobre los robles, fresnos, hayas y otros árboles en cuyo oscuro interior (dijo una vez) aún se podía oír y oler al jabalí salvaje, incluso seguir sus huellas.

    Yo dudaba de que hubiera visto nunca a ese animal, pero aquella noche, sentado junto a la ventana de mi habitación, contemplando el pueblecito en las colinas (todavía llevaba la carta de Christian en la mano, hecha una bola), recordé con claridad cómo me había dedicado a escuchar los gruñidos lejanos de algún animal del bosque, cómo atendía al ruido del pesado desplazamiento de algo muy grande que se adentraba hacia el bosque por el ventoso camino que llamábamos Sendero Profundo, una ruta que transcurría en espiral hacia el mismo corazón del bosque.

    Sabía que debía volver a casa, pero retrasé el viaje casi otro año. Durante ese tiempo, las cartas de Christian cesaron bruscamente. En la última, fechada el diez de abril, escribía sobre Guiwenneth, acerca de su extraño matrimonio, y aseguraba que me sorprendería la encantadora muchacha por la que había perdido «corazón, mente, alma, razón, talento para cocinar y casi todo lo demás, Steve».

    Le escribí para darle la enhorabuena, claro, pero durante los meses siguientes no hubo ninguna comunicación más entre nosotros.

    Por fin, le escribí para hacerle saber que volvía a casa, que me quedaría en Refugio del Roble unas semanas, y luego buscaría alojamiento en alguna de las ciudades cercanas. Me despedí de Francia y de la comunidad que se había convertido en una parte importante de mi vida. Viajé hasta Inglaterra en autobús y tren, en ferry y otra vez en tren. El 20 de agosto, en coche de caballos, llegué hasta el tendido de ferrocarril en desuso que marcaba el límite de los terrenos.

    Refugio del Roble estaba al otro lado, a seis kilómetros si se daba un rodeo por la carretera, pero mucho más cerca por un camino que atravesaba los campos y bosquecillos de la finca. Mi intención era tomar la ruta más rápida, así que cogí lo mejor que pude mi única y destartalada maleta y eché a andar por el descuidado sendero. De cuando en cuando, echaba un vistazo por encima del alto muro de ladrillo rojo que señalaba los límites de la propiedad, tratando de ver algo a través de la espesura de pinos.

    Pronto desaparecieron tanto el bosque como el muro, y la tierra se convirtió en una serie de campos bordeados de árboles, a los que entré por un desvencijado portillo con escalones de madera, casi oculto bajo las raíces de fresno y los arbustos fresales. No me costó poco abandonar la vía pública y avanzar por el camino sur que atravesaba los bosquecillos, serpenteando junto al riachuelo llamado «arroyo arisco», hacia la casa cubierta de hiedra que era mi hogar.

    Se acercaba el mediodía y el calor arreciaba cuando por fin avisté Refugio del Roble. En algún lugar, a mi izquierda, se oía el sonido de un tractor. Pensé en el viejo Alphonse Jeffries, el encargado de los terrenos. Y, junto con su rostro bronceado, sonriente, recordé la alberca del molino y el pequeño bote de remos desde el que solía pescar.

    El recuerdo de la tranquila alberca se apoderó de mí, y me aparté del sendero sur, pese a que las ortigas me llegaban a la cintura, y los fresnos y los espinos crecían por doquier. Me acerqué a la orilla de la amplia alberca sombreada. El espeso bosque de robles del otro lado impedía verla en toda su extensión. Casi oculto entre los arbustos que poblaban la orilla más cercana estaba el pequeño bote desde el que Chris y yo solíamos pescar años antes. Había perdido casi por completo la capa de pintura blanca y, aunque el casco parecía intacto, dudé que soportara el peso de un hombre adulto. No lo toqué. Me limité a rodear la alberca para sentarme en los desiguales escalones de cemento que llevaban al desvencijado embarcadero. Desde allí, contemplé la superficie de la alberca, poblada por nubes de insectos, sólo alterada por el paso de algún que otro pez.

    —Sólo nos harían falta un par de palos y un trozo de cordel. La voz de Christian me sobresaltó. Debía de haber caminado desde el Refugio por el sendero que la vegetación me impedía ver. Alegre, me puse en pie de un salto y me volví hacia él.

    La sorpresa que me causó su aspecto fue tan brutal como si me hubieran golpeado, y creo que se dio cuenta, aunque le rodeé con los brazos y le di un fuerte abrazo fraternal.

    —Tenía que ver otra vez este lugar —dije.

    —Te comprendo —asintió, mientras nos separábamos—. Yo suelo venir a menudo.

    Nos miramos, y se hizo un extraño silencio. Y, de pronto, tuve la certeza de que no le alegraba verme.

    —Estás muy moreno —señaló—. Y muy demacrado. Saludable y enfermo al mismo tiempo…

    —Sol mediterráneo, recogida de la uva y una granada de metralla. Aún no me he recuperado del todo. —Sonreí—. Pero me encanta estar de vuelta y verte de nuevo.

    —Sí —respondió vagamente—. Me alegra que hayas regresado Steve. Me alegra mucho. Me temo que la casa… bueno, no está muy ordenada. Tu carta no llegó hasta ayer, y no he tenido tiempo de hacer nada. Pronto verás que las cosas han cambiado bastante.

    Sobre todo él. Apenas podía creer que éste fuera el joven alegre y vivaz que marchó con su unidad en 1942. Había envejecido de una manera increíble, tenía el pelo surcado de hebras grises, más evidentes al llevarlo largo y sucio. Me recordó a nuestro padre: la misma mirada distante, ausente, idénticas mejillas demacradas, idénticas arrugas profundas en todo el rostro. Pero lo que más me chocaba era su porte en general. Siempre había sido del tipo recio, musculoso. Ahora era como el proverbial espantapájaros, flaco, desgarbado, siempre nervioso. Lanzaba miradas hacia todas partes, pero sin concentrarse nunca en mí.

    Y olía. A bolas de naftalina, como si la camisa blanca y los anchos pantalones grises que llevaba acabaran de salir del armario. Y había otro olor, por debajo del de la naftalina…, el punzante aroma de bosque y hierba. Tenía tierra en las uñas y en el pelo, y sus dientes amarilleaban.

    Con el paso de los minutos, pareció relajarse ligeramente. Discutimos un poco, reímos otro poco y paseamos alrededor de la alberca, golpeando los arbustos con palos. Pero no podía librarme de la sensación de haber llegado a casa en un mal momento.

    —¿Fue difícil… lo del viejo? Me refiero a los últimos días.

    Negó con la cabeza.

    —Durante las dos últimas semanas, más o menos, le atendió una enfermera aquí. No puedo decir que muriera en paz, pero al menos dejó de hacerse daño a sí mismo… y, de paso, a mí.
    —Iba a preguntártelo. En tus cartas sugerías que había cierta hostilidad entre vosotros.
    Christian frunció los labios en una sonrisa sombría, y me miró con una expresión extraña, algo a medio camino entre el asentimiento y la sospecha.

    —Más bien una guerra abierta. Poco después de que yo regresara de Francia, se volvió bastante loco. Tendrías que haber visto la casa, Steve. Tendrías que haber visto al viejo. Creo que llevaba meses sin lavarse. No sé qué habría estado comiendo… Desde luego, nada tan sencillo como huevos y carne. Para ser sincero, durante unos meses creí que se alimentaba de madera y hojas. Estaba en unas condiciones desastrosas. Me dejó ayudarle con su trabajo, pero pronto empezó a odiarme. Trató de matarme más de una vez, Steve. Y lo digo en serio, auténticos atentados contra mi vida. Supongo que tenía un motivo…

    El relato de Christian me dejó atónito. La imagen de mi padre había cambiado. De ser un hombre frío, resentido, a convertirse en una figura enloquecida que se lanzaba sobre mi hermano para golpearle con los puños.

    —Siempre pensé que te quería más a ti. Era a ti a quien contaba las historias del bosque. Yo escuchaba, pero siempre era a ti a quien sentaba sobre sus rodillas. ¿Por qué iba a intentar matarte?
    —Me involucré demasiado —fue toda la respuesta de Christian. Me ocultaba algo, algo de importancia fundamental. Se le notaba en el tono de voz, en la expresión hosca, casi resentida. ¿Debía presionarle o no? Difícil decisión. Nunca me había sentido tan lejos de mi propio hermano. Me pregunté si su comportamiento repercutía en Guiwenneth, la chica con quien se había casado. Me pregunté qué clase de atmósfera estaría respirando la pobre en Refugio del Roble.

    Saqué el tema de la chica con precaución. Christian golpeó furioso los arbustos de la alberca.

    —Guiwenneth se ha ido —fue toda su respuesta. Me detuve, sobresaltado.

    —¿Qué quieres decir, Chris? ¿Adonde ha ido?

    —Simplemente se ha ido —replicó furioso, de mala gana—. Pertenecía a papá, se ha ido, y no hay más que hablar.
    —No sé qué quieres decir. ¿Dónde está? En tu carta parecías tan feliz…

    —No debí escribirte sobre ella. Fue un error. Ahora, deja el tema, ¿vale?

    Después de aquella réplica, me sentía cada vez más intranquilo con Christian.

    Desde luego, le sucedía algo terrible, y era evidente que la partida de Guiwenneth había contribuido en gran manera a aquel terrible cambio que no podía dejar de advertir. Pero también sentí que había algo más. Y no podía saber qué era, a menos que Christian hablara de ello.

    —Lo siento —fueron las únicas palabras que conseguí formular.

    —No lo sientas.

    Caminamos en dirección al bosque, donde el suelo se volvía fangoso e inseguro durante unos metros, antes de desaparecer en un pantano musgoso de piedras, raíces y madera putrefacta. Los rayos del sol apenas conseguían atravesar el espeso follaje de los árboles, y hacía frío. Los densos arbustos se movían con la brisa, y vi como el bote se mecía ligeramente.

    Christian siguió la dirección de mi mirada, pero no se fijó en el bote ni en la alberca. Estaba perdido en algún lugar de sus propios pensamientos. Durante un breve instante, la tristeza me atenazó al ver a mi hermano tan destruido en aspecto y actitud. Quería desesperadamente tocarle el brazo, estrecharle, y era terrible, pero me daba miedo hacerlo.

    —¿Qué demonios te ha pasado, Chris? ¿Estás enfermo? —le pregunté con una voz bastante serena. Por un momento no respondió.
    —No estoy enfermo —dijo al final.

    Dio una patada a una seta seca, que quedó convertida en un polvillo que la brisa arrastró. Me miró con algo parecido a la resignación en su rostro obsesionado.

    —He cambiado un poco, nada más. He retomado el trabajo del viejo. Quizá se me haya pegado algo de su indiferencia.
    —Si es así, quizá deberías dejarlo una temporada.

    —¿Por qué?

    —Porque la obsesión del viejo terminó por matarle. Y, por tu aspecto, sigues el mismo camino.

    Christian sonrió un instante, y lanzó el palo a la alberca, donde salpicó un poco y quedó flotando en un charco de sucias algas verdes.

    —Quizá valga la pena morir por lo que él buscaba…, aunque no lo encontrara.
    No comprendí el tono dramático en la afirmación de Christian. El trabajo que tanto había obsesionado a nuestro padre consistía en dibujar mapas del bosque, en buscar pruebas de la existencia de sus antiguos pobladores. Había inventado toda una nueva jerga para su propio uso, y consiguió dejarme completamente al margen, sin la menor posibilidad de comprender su trabajo. Se lo dije a Christian.

    —Es muy interesante, pero no tanto como crees —añadí.

    —Hacía mucho, mucho más que dibujar mapas. Pero ¿recuerdas esos mapas, Steve? Increíblemente detallados…

    Recordaba uno con bastante claridad, el más grande de todos. Mostraba con gran precisión los senderos y los caminos menos importantes, que atravesaban los grupos de árboles y montículos pedregosos. Los claros estaban dibujados con precisión casi obsesiva, cada uno numerado e identificado, y todo el bosque aparecía dividido en zonas con nombre propio. Una vez, Chris y yo montamos un campamento en uno de los claros, en el bosque, aunque no nos adentramos demasiado.

    —Muchas veces intentamos adentrarnos más. ¿Recuerdas aquellas expediciones, Chris? En cuanto terminaba el sendero profundo, nos perdíamos. Y nos asustábamos mucho.

    —Cierto —replicó Christian con voz tranquila, mientras me miraba de una manera enigmática—. ¿Y si te dijera que el bosque nos impidió entrar? —añadió—. ¿Me creerías?

    Contemplé los grupos de arbustos, árboles y sombras, donde apenas llegaba la luz del sol.

    —Supongo que, en cierto modo, lo hizo —respondí—. Nos impidió adentrarnos más porque nos hizo tener miedo, porque hay pocos senderos y está lleno de piedras y raíces… Es muy difícil caminar por ahí. ¿Te refieres a eso? ¿O a algo un poco más siniestro?

    —«Siniestro» no es la palabra que yo utilizaría —señaló Christian. Pero, por el momento, no añadió nada más, Se agachó para recoger una hoja de un roble pequeño, inmaduro, y la frotó entre el índice y el pulgar antes de aplastarla con el puño. Todo esto sin dejar de mirar hacia el bosque.

    —Éste es un bosque de robles, Steve. Un bosque virgen desde los tiempos en que todo el país estaba cubierto de bosques de árboles caducos: robles, fresnos, saúcos, serbales, espinos…

    —Y todos los demás —le interrumpí con una sonrisa—. Recuerdo la lista que nos hacía el viejo.

    —Cierto. Y hay más de cinco kilómetros cuadrados de bosque desde aquí hasta Grimiey. Cinco kilómetros cuadrados de auténtico bosque posterior a la Era Glaciar. Y ha permanecido intacto, sin que nadie lo invadiera, durante miles de años.

    Pareció despertar de un sueño, y me miró con gesto duro.

    —Se resisten a cambiar —añadió.

    —Siempre pensó que había jabalíes vivos ahí dentro —dije—. Recuerdo que una noche oí algo, y él me convenció de que se trataba de un jabalí salvaje, de un enorme jabalí que corría por el lindero del bosque, en busca de una hembra.

    Christian echó a andar de vuelta hacia el embarcadero, y le seguí.

    —Seguramente tenía razón. Si ha sobrevivido algún jabalí de la Edad Media, estará en un bosque como éste.

    Como estaba pensando en sucesos acaecidos muchos años antes, los recuerdos fueron regresando muy despacio. Volví a ver imágenes de mi infancia: el sol abrasador sobre la piel arañada por las zarzas, las excursiones de pesca a la alberca del molino, los campamentos entre los árboles, los juegos, las exploraciones… y, una y otra vez, recordé a Brezo.

    Mientras volvíamos hacia el pisoteado sendero que llevaba al Refugio, discutimos sobre la visión. Yo tenía nueve o diez años. Íbamos hacia el Arroyo Arisco a pescar, y decidimos probar nuestros palos y cordeles en la alberca del molino con la vana esperanza de atrapar a alguno de los peces depredadores que allí vivían. Cuando nos acuclillamos junto al agua —sólo nos atrevíamos a salir con el bote si nos acompañaba Alphonse—, vimos un movimiento entre los árboles, al otro lado de la orilla. Fue una visión asombrosa, que nos dejó subyugados durante los meses siguientes…, además de aterrorizarnos, desde luego. De pie, mirándonos, había un hombre vestido con pieles marrones. Se ceñía con un ancho cinturón brillante, y la barba hirsuta, anaranjada, le llegaba al pecho. Llevaba unas ramitas en la cabeza, sujetas a la coronilla con una tira de cuero.

    Nos contempló sólo un instante, antes de volver a la oscuridad. No oímos ni un ruido durante aquel lapso, ni cuando se acercó, ni cuando desapareció. Corrimos de vuelta a la casa, y llegamos ya algo más tranquilos. Christian concluyó que debía de tratarse del viejo Alphonse, que nos quería tomar el pelo.

    Cuando le mencionó a nuestro padre lo que habíamos visto, éste reaccionó casi con furia, aunque Christian creía recordar que se había puesto nervioso, y que si nos gritó fue por eso, no por habernos acercado a la alberca prohibida. Fue nuestro padre quien empezó a llamarle «el Brezo», refiriéndose a las ramas de brezo que llevaba en la cabeza. Y, poco después de que se lo contáramos, desapareció en el bosque durante casi dos semanas.

    —Fue la vez que volvió herido, ¿recuerdas?
    Ya habíamos llegado a Refugio del Roble, y Christian me abrió la puerta de la valla.

    —La herida de flecha. La flecha gitana. Dios, fue un día terrible.

    —El primero de muchos.

    Advertí que la mayor parte de la hiedra había desaparecido de los muros de la casa. Ahora era un lugar gris, con pequeñas ventanas sin cortinas entre el ladrillo oscuro. El tejado, con sus tres esbeltas chimeneas, quedaba parcialmente oculto entre las ramas de una enorme haya vieja. El patio y los jardines estaban sucios, descuidados; el corral de los pollos, vacío; los establos para animales, deteriorados, casi en ruinas. Desde luego, Chris lo había descuidado todo. Pero, cuando atravesé el umbral, me sentí como si nunca hubiera estado fuera de allí. La casa olía a comida rancia y a cloro, y casi pude ver la esbelta silueta de mi madre, limpiando la enorme mesa de pino de la cocina, con los gatos a su alrededor, tendidos en el suelo de losetas rojas.

    Christian estaba tenso otra vez. Me miraba de esa manera inquieta que delataba su intranquilidad. Supuse que aún no sabía si alegrarse o enfadarse conmigo por haber vuelto a casa. Por un momento, me sentí como un intruso.

    —¿Por qué no deshaces las maletas y te refrescas un poco? —me dijo—. Puedes instalarte en tu vieja habitación. Supongo que estará mal ventilada, pero no tardará en airearse. Luego, cuando bajes, podemos comer algo. En cuanto tomemos el té, tendremos todo el tiempo del mundo para charlar.

    Sonrió, y me pareció que era un intento de hacer un chiste. Pero siguió hablando rápidamente, mientras me miraba con frialdad.

    —Porque, si te vas a quedar en casa una temporada, más vale que sepas lo que está pasando aquí. No quiero que te entrometas en esto, ni en lo que estoy haciendo, Steve.

    —No me meteré en tu vida, Chris…

    —¿No? Ya veremos. No negaré que tu presencia me pone nervioso. Pero, ya que has venido…

    Se detuvo y, por un momento, pareció casi avergonzado.

    —Bueno, ya hablaremos.


    Dos


    Aunque me intrigaba lo que había dicho Christian, y me preocupaba la aprensión que parecía sentir ante mi presencia, contuve mi curiosidad y dediqué una hora a explorar de nuevo la casa, de arriba abajo, por dentro y por fuera.

    Todo, menos el estudio de mi padre, cuya mera visión me asustaba mucho más que el comportamiento de Christian. Nada había cambiado, excepto que todo estaba sucio y descuidado. Christian había contratado a alguien por horas para que limpiara y cocinara: una mujer del pueblo cercano acudía en bicicleta al Refugio todas las semanas, y preparaba una empanada o un estofado que a mi hermano le duraría tres días. Christian no andaba escaso de productos de la granja, tanto era así que apenas utilizaba la cartilla de racionamiento. Al parecer, obtenía todo lo que necesitaba —incluso té y azúcar—, en la hacienda Ryhope, donde siempre se habían portado bien con nuestra familia.

    Mi antigua habitación estaba casi exactamente como la recordaba. Abrí la ventana de par en par, y me tumbé en la cama unos minutos para contemplar el brumoso cielo de los últimos días del verano, atisbando entre las ramas de la gigantesca haya que crecía tan cerca del Refugio. Cuando era un chiquillo, salté muchas veces de la ventana a ese mismo árbol, y tenía mi campamento secreto entre sus gruesas ramas. Mientras la luna se reflejaba en mi pijama, tiritaba de frío acurrucado en aquel lugar privado, imaginando las oscuras actividades de las criaturas que pululaban abajo.

    La comida, a media tarde, fue un sustancioso festín de cerdo frío, pollo y huevos duros, todo en cantidades que no había soñado con volver a ver tras dos años de estricto racionamiento en Francia. Por supuesto, nos estábamos comiendo sus reservas para varios días, pero a Christian no parecía preocuparle.

    Además, él comió muy poco.

    Después charlamos durante un par de horas, y Christian se relajó de manera visible, aunque en ningún momento mencionó a Guiwenneth, ni el trabajo de nuestro padre. Yo tampoco saqué a relucir ninguno de los dos temas.

    Nos arrellanamos en los incómodos sillones que pertenecieran a nuestros abuelos, rodeados de recuerdos de familia, ajados por el tiempo: fotografías, un ruidoso reloj de palisandro, espantosos cuadros de la exótica España, todos con agrietados marcos de madera pintada de purpurina, y colgados contra el papel floreado que cubría las paredes de la sala de estar desde que yo naciera. Pero aquello era mi hogar, y Christian era mi hogar, y los olores, y los objetos viejos, todo era mi hogar. Menos de dos horas después de llegar, ya sabía que iba a quedarme. No porque me sintiera parte del lugar, aunque así era, sino porque aquel lugar me pertenecía. No en el sentido mercenario de la propiedad, sino porque la casa y sus alrededores habían compartido su vida conmigo.

    Formábamos parte de la misma historia. Ni siquiera en Francia, en aquel pueblo del sur, había quedado al margen de esa historia. Simplemente, había constituido un extremo.

    Cuando el pesado reloj empezó a chirriar, disponiéndose laboriosamente a dar las cinco, Christian se levantó como un resorte y arrojó el cigarrillo a medio fumar a la chimenea vacía.

    —Vamos al estudio —dijo.

    Me levanté sin decir nada, y le seguí a través de la casa hasta la pequeña habitación donde había trabajado nuestro padre.

    —Te asusta esta sala, ¿verdad?

    Abrió la puerta y entró. Se acercó al pesado escritorio de roble y, de uno de los cajones, sacó un gran libro con cubiertas de piel.

    Titubeé un instante, todavía fuera del estudio. Miré a Christian. No podía ordenarles a mis piernas que me llevaran dentro de la habitación. Reconocí el volumen: era el libro de notas de mi padre. Me toqué el bolsillo trasero, donde tenía la cartera, y pensé en el fragmento de ese libro de notas que llevaba oculto allí. Me pregunté si alguien, mi padre o Christian, habrían advertido alguna vez la desaparición de la página. Christian me miraba, ahora con los ojos resplandecientes de emoción. Cuando dejó el libro sobre el escritorio, las manos le temblaban.

    —Está muerto, Steve. Se ha marchado de esta habitación, de la casa. Ya no hay por qué tenerle miedo.

    —¿No?

    Pero, de pronto, encontré la fuerza necesaria para moverme, y traspasé el umbral. En cuanto entré en la húmeda habitación, la frialdad del lugar me afectó profundamente. El ambiente severo e inquietante que empapaba las paredes, las alfombras, las ventanas, me deprimió. Allí olía ligeramente a cuero, y también a polvo, con un leve gusto a barniz, como si Christian se hubiera tomado la molestia de mantener limpia aquella sofocante habitación. No era una sala atestada, ni una biblioteca, como quizá habría querido mi padre. Había libros sobre zoología y botánica, sobre historia y arqueología, pero no eran ediciones raras, sino los ejemplares más baratos que pudo encontrar en su momento. Había más libros en rústica que en cartoné. La exquisita encuademación de sus notas y el escritorio barnizado tenían un aire elegante que contrastaba con el descuidado estudio.

    En las paredes, entre las estanterías de libros, colgaban sus especímenes enmarcados en cristal: trozos de madera, colecciones de hojas, burdos bocetos de la vida vegetal y animal, hechos durante los primeros años de su fascinación por el bosque. Y, casi oculta entre las cajas y las estanterías, estaba la flecha que le había herido hacía quince años, con las plumas retorcidas e inútiles, el asta rota, aunque encolada, y la punta de hierro embotada por la herrumbre. De todos modos, con aspecto letal.

    Contemplé durante largos segundos aquella flecha; reviví el dolor del viejo, y las lágrimas que Christian y yo habíamos derramado por él mientras le ayudábamos a volver del bosque aquella fría tarde otoñal, seguros de que iba a morir. ¡Qué rápidamente cambiaron las cosas tras aquel extraño incidente, que nunca quedó explicado por completo! Si la flecha me recordó un lejano día, en el que todavía quedaba un atisbo de preocupación y amor en la mente de mi padre, el resto del estudio sólo irradiaba frialdad.

    Aún podía ver la figura, cada vez más gris, inclinada sobre el escritorio, escribiendo con furia. Podía oír la respiración trabajosa, a causa de la enfermedad pulmonar que terminó por matarle. Podía oír su aliento contenido, el grito de irritación al darse cuenta de mi presencia, su forma de despedirme con un gesto de la mano que ni siquiera era airado, como si me negara incluso esa fracción de segundo.

    Y cuánto se parecía ahora Christian a él, de pie tras el escritorio, desgreñado y enfermizo, con las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros encorvados, todo su cuerpo temblando visiblemente… y, a pesar de todo eso, con un aire de confianza absoluta.

    Había aguardado en silencio para que me acostumbrara a la habitación, para que los recuerdos y el ambiente surtieran efecto. Me acerqué al escritorio, de nuevo en el presente.

    —Deberías leer sus notas, Steve —me dijo—. Te aclararán mucho las cosas, y también te ayudarán a comprender mejor lo que estoy haciendo.

    Tomé el libro y examiné la caligrafía irregular, deslabazada. Entresaqué algunas palabras y frases. En pocos segundos, pasé la mirada por años de la vida de mi padre. En conjunto, las palabras tenían tan poco sentido como mi hoja robada. Al leerlas recordé la ira, el peligro, el miedo. La vida que palpitaba en aquellas notas me había sostenido durante casi un año de guerra, hasta significar algo fuera de su propio contexto. No quería perder aquella poderosa asociación con el pasado.

    —Las leeré, Chris. De la primera a la última, te lo prometo. Pero no ahora.

    Cerré el libro, y advertí que tenía las manos húmedas y temblorosas. Todavía no estaba preparado para acercarme tanto a mi padre. Christian lo comprendió, y lo aceptó.

    La conversación murió bastante temprano aquella noche, cuando se me agotaron las fuerzas y la tensión del largo viaje se cobró por fin su precio.

    Christian me acompañó al piso superior y se quedó en la puerta de mi habitación, mirando mientras yo colocaba las sábanas y ponía en su sitio algunos objetos, recogiendo fragmentos de mi vida pasada, riendo, meneando la cabeza y tratando de evocar un último momento de cansada nostalgia.

    —¿Te acuerdas de cuando acampamos en la haya? —pregunté, mientras observaba el gris de la rama y las hojas contra el descolo rido cielo del anochecer.

    —Sí —respondió Chris con una sonrisa—. Me acuerdo muy bien.

    Pero la conversación denotaba mi cansancio, y Christian se dio cuenta.

    —Que duermas bien, muchacho. Te veré por la mañana. Si dormí algo fueron las primeras cuatro o cinco horas después de poner la cabeza sobre la almohada. Me desperté sobresaltado, despejado, cuando ya casi amanecía y el viento soplaba en el exterior. Me quedé tumbado, mirando la ventana y preguntándome cómo era posible que mi cuerpo se sintiera tan despejado, tan alerta. Había ruido en el piso de abajo, y supuse que Christian estaba limpiando. Caminaba inquieto por la casa, tratando de acostumbrarse a la idea de mi presencia.

    Las sábanas olían a alcanfor y a algodón viejo. La cama dejaba escapar chirridos metálicos cada vez que me movía y, cuando me estaba quieto, toda la habitación parecía temblar y vibrar, como si quisiera adaptarse a tener compañía por primera vez en tantos años. Me quede allí, tendido, durante lo que parecieron siglos, pero debí de dormirme otra vez antes de que amaneciera, porque de repente Christian estaba inclinado sobre mí, y me sacudía suavemente por el hombro.

    Me sobresalté, otra vez despierto, y me apoyé sobre los codos para mirar a mi alrededor. Estaba amaneciendo.

    —¿Qué pasa, Chris?

    —Lo siento, Steve. No puedo evitarlo.

    Hablaba en voz baja, como si hubiera alguien más en la casa, alguien que fuera a despertarse si alzábamos la voz. Bajo aquella luz escasa, parecía más demacrado que nunca, tenía los ojos entrecerrados…, de dolor o de ansiedad, me pareció.

    —Tengo que marcharme unos días. No te faltará nada. Abajo he dejado una lista de instrucciones, dónde conseguir pan, huevos, todas esas cosas. Seguro que podrás usar mi cartilla de racionamiento hasta que llegue la tuya. No estaré fuera mucho tiempo, sólo unos días. Te lo prometo…

    Se irguió y se dirigió hacia la puerta.

    —Por Dios santo, Chris, ¿adonde vas?

    —Adentro —fue todo lo que respondió, antes de que le oyera bajar pesadamente la escalera.

    Me quedé inmóvil un momento, mientras trataba de aclarar mis ideas. Luego me levanté, me puse la bata y le seguí hasta la cocina. Ya había salido de la casa.

    Volví a la ventana del descansillo y le vi cruzar el patio, caminando rápidamente hacia el sendero sur. Llevaba un sombrero de ala ancha y un largo cayado negro.

    También llevaba un macuto, incómodamente cargado al hombro.

    —¿Adentro de dónde, Chris? —pregunté a la figura que se alejaba.

    Seguí contemplándole largo rato, incluso después de que desapareciera de la vista.

    —¿Qué está pasando, Chris? —pregunté a su dormitorio vacío, mientras vagaba inquieto por la casa.

    Guiwenneth, decidí en mi sabiduría. Su pérdida, su marcha… ¡qué poco se puede deducir de la frase «se ha ido»! Y, a lo largo de nuestra charla de la noche anterior, no volvió a mencionar a su esposa. Yo había vuelto a Inglaterra esperando encontrar una pareja de jóvenes alegres, y en vez de eso, tropezaba con un hermano agotado, perturbado, que vivía a la sombra de la casa de la familia.

    Por la tarde, ya estaba resignado a vivir en soledad una temporada, porque, dondequiera que hubiera ido Christian, y tenía una idea bastante aproximadahabía dicho con toda claridad que estaría ausente algún tiempo. Había mucho trabajo pendiente en la casa y en el patio, y no imaginé mejor manera de pasar los días que tratando de reconstruir la personalidad de Refugio del Roble. Hice una lista de las reparaciones esenciales, y al día siguiente fui caminando hasta el pueblo más cercano para conseguir todos los materiales que pudiera, especialmente madera y pintura. Conseguí una cantidad razonable de ambas cosas.

    Reanudé mi relación con la familia Ryhope y otras muchas de la zona con las que había tenido tratos en el pasado. También prescindí de los servicios de la cocinera por horas. Podía cuidarme perfectamente yo solo.

    Y, por último, visité el cementerio. Una sola visita, breve y fría.

    Al mes de agosto siguió septiembre. Al amanecer y al anochecer, el aire refrescaba. El paso del verano al otoño era mi época favorita del año, aunque estuviera relacionada con el regreso a la escuela tras unas largas vacaciones, un recuerdo nada agradable.

    Pronto me acostumbré a estar solo en la casa y, aunque daba largos paseos alrededor del bosque, vigilando el camino y aguardando el regreso de Christian, al final de la primera semana dejé de preocuparme por él. Me había instalado cómodamente en la rutina diaria de reconstruir el patio, pintar las maderas exteriores de la casa, preparándolas para el azote del invierno, y cavando en el enorme jardín, tan descuidado.

    Durante el anochecer de mi undécimo día en casa, esta rutina doméstica se vio turbada por una circunstancia tan peculiar que, después, no pude dormir pensando en ella.

    Había estado en la ciudad de Hobbhurst durante casi toda la tarde, y tras una cena ligera, me senté para leer el periódico. Alrededor de las nueve, cuando empezaba a sentirme predispuesto para un paseo nocturno, me pareció oír a un perro, no ladrando, sino más bien aullando. Lo primero que pensé fue que Christian regresaba, y lo segundo, que por aquellos alrededores no había perros.

    Salí al patio. Acababa de caer la noche. Todavía había algo de luz, pero el bosque de robles sólo se divisaba como una mancha borrosa verde grisácea.

    Llamé a Christian, sin obtener respuesta. Estaba a punto de volver para seguir leyendo el periódico, cuando un hombre salió del bosque y caminó rápidamente hacia mí. Atado con una correa corta de piel, llevaba al perro más grande que había visto en mi vida.

    Se detuvo junto a la valla de nuestros terrenos privados, y el perro empezó a gruñir. Apoyó las patas delanteras en la valla, demostrando que era casi tan alto como su amo. Me puse nervioso, y repartí mi atención entre las fauces abiertas de la oscura bestia y el extraño hombre que la dominaba.

    Me resultaba difícil distinguir sus rasgos, porque tenía la cara llena de dibujos negros, y los bigotes le caían más abajo de la barbilla. Tenía el pelo aplastado contra el cráneo, vestía una camisa oscura de lana y un chaquetón de cuero sin mangas, junto con una especie de pantalones a cuadros que le llegaban justo por debajo de las rodillas. Cuando cruzó cautelosamente la puerta de la valla, vi que calzaba unas sandalias de factura grosera. Llevaba un arco al hombro, y de su cinturón colgaba un puñado de flechas, atadas con una simple tira de piel. Tenía un cayado en la mano, igual que Christian.

    Tras cruzar la verja, titubeó y me miró. El perro parecía tenso, se relamía y gruñía suavemente. Nunca había visto un perro como aquél, de pelo oscuro e hirsuto, con el morro puntiagudo de los alsacianos, y el cuerpo parecido al de un oso… aunque con patas largas y delgadas. Un animal preparado para la caza.

    El hombre me habló, y por más que las palabras me resultaban familiares, no significaban nada. No sabía qué hacer, así que meneé la cabeza y dije que no comprendía. El hombre titubeó un segundó antes de repetir lo que había dicho, esta vez con tono claramente airado. Empezó a caminar hacia mí, tirando de la correa del perro para evitar que éste la tensara. Cada vez había menos luz, y cuanto más se me acercaba, más alto y gris parecía. El perro me miraba, hambriento.

    —¿Qué quiere? —pregunté, tratando de que mi voz sonara firme, aunque lo que en realidad deseaba era echar a correr hacia la casa.

    El hombre estaba a diez pasos de mí. Sé detuvo y habló otra vez, haciendo gestos como si comiera con la mano en que llevaba el cayado. Esta vez, le comprendí.

    Asentí vigorosamente.

    —Espere aquí —le dije.

    Entré en la casa y busqué el trozo de cerdo frío que debía durarme cuatro días más. No era muy grande, pero me pareció el gesto más hospitalario que podía hacer. Cogí la carne, media hogaza de pan y una jarra de cerveza de botella, y lo saqué todo al patio. Ahora el desconocido estaba sentado en cuclillas, con el perro tendido junto a él, aunque me dio la impresión de que lo hacía de mala gana.

    Cuando fui a acercarme a ellos, el perro gruñó, y luego ladró de una manera que me hizo galopar el corazón. Casi dejé caer mis presentes. El hombre gritó al animal y me dijo algo a mí. Dejé la comida en el suelo y retrocedí unos pasos. La horrible pareja se acercó, y volvió a sentarse para comer.

    Cuando el hombre cogió la carne, vi las cicatrices que cruzaban los enormes músculos de su brazo. También percibí su olor, un olor rancio y brutal, mezcla de sudor y orina y del fétido aroma de la carne putrefacta. Me sentí mareado, pero no me moví, y seguí mirando como el desconocido desgarraba el cerdo con los dientes y lo engullía sin apenas masticar. El perro me miraba.

    Tras unos minutos, el hombre dejó de comer, me miró y, con sus ojos clavados en los míos, casi desafiándome a reaccionar, entregó el resto de la carne al perro. El animal dejó escapar un sonoro gruñido y se lanzó sobre ella. Masticó y engulló todo el trozo dé cerdo en menos de cuatro minutos, mientras el desconocido, cautelosamente —y, al parecer, sin demasiado agrado— bebía cerveza y devoraba un buen trozo de pan.

    Por fin, el extraño banquete terminó. El hombre se puso en pie y dio un tirón a la correa del perro, que lamía ruidosamente el suelo. Dijo una palabra que, por intuición, reconocí como «Gracias». Estaba a punto de darse la vuelta, cuando el perro olfateó algo, dejó escapar primero un agudo aullido, y luego un ladrido estridente. Arrancó la correa de manos de su dueño, y echó a correr por el patio, en dirección a un punto situado entre los corrales del gallinero. Allí, olfateó y rascó el suelo hasta que su dueño le alcanzó, agarró la correa de cuero y le gritó furioso un buen rato. El perro fue con él, trotando en silencio, hacia la oscuridad más allá del patio. Corrieron a toda velocidad alrededor del bosque, hacia las granjas que rodeaban el pueblo de Grimiey, y eso fue lo último que vi de ellos.

    Por la mañana, el lugar donde se habían sentado hombre y bestia seguía oliendo a rancio. Pasé rápidamente por allí y me dirigí hacia el bosque, al lugar por donde habían salido de entre los árboles mis extraños visitantes. Descubrí un rastro de pisadas y ramas rotas, y lo seguí durante unos metros hacia el interior, antes de detenerme y volver sobre mis pasos. ¿De dónde demonios habían salido? ¿Es que la guerra había tenido tales efectos en Inglaterra, que algunos hombres volvían a un estado salvaje, a usar el arco, las flechas y los perros de caza para sobrevivir?

    Hasta el mediodía, no se me ocurrió investigar en el gallinero, el terreno que tan removido había quedado en sólo unos segundos de excavar. ¿Qué habría olfateado la bestia? De repente, se me heló el corazón. Me alejé corriendo de allí.

    Por el momento, no quería confirmar mis peores temores.

    No puedo imaginar cómo lo supe: intuición, o quizá algo que mi subconsciente había detectado en las palabras y comportamiento de Christian la semana anterior, durante nuestro breve encuentro. En cualquier caso, a última hora de la tarde, tomé una pala, me dirigí al gallinero y, a los pocos minutos de excavar, mi intuición resultó ser cierta.

    Necesité sentarme media hora junto a la puerta trasera de la casa para reunir el suficiente valor y descubrir por completo el cadáver de la mujer. Me costaba pensar, estaba algo mareado, pero sobre todo temblaba. Era un temblor de brazos y piernas, incontrolable, involuntario, y tan fuerte que apenas conseguí ponerme unos guantes. Pero, al fin, me arrodillé junto al agujero y quité el resto de la tierra que cubría el cadáver.

    Christian la había enterrado a un metro de profundidad, boca abajo. Tenía el pelo largo, rojizo. Su cuerpo seguía envuelto en una extraña vestimenta verde, una especie de túnica estampada ajustada a los lados. Aunque ahora la tenía enrollada alrededor de la cintura, debió de llegarle hasta las pantorrillas. Había un cayado enterrado junto a ella. Volví la cabeza y contuve el aliento para no seguir respirando aquella intolerable putrefacción. Con un esfuerzo, le examiné el rostro.

    Entonces, descubrí cómo había muerto:

    Aún tenía la punta de la flecha y una parte del asta clavadas en un ojo. ¿Habría intentado Christian quitársela, consiguiendo sólo romperla? Lo que quedaba del asta bastó para mostrarme que tenía los mismos dibujos tallados que la que se encontraba en el estudio de mi padre.

    Pobre Guiwenneth, pensé. Dejé caer el cadáver en el lugar de su descanso eterno, y volví a rellenar de tierra el agujero. Cuando entré otra vez en casa, estaba empapado en un sudor frío, y sabía que iba a vomitar.


    Tres


    Dos días más tarde, cuando bajé por la mañana, encontré toda la ropa y objetos personales de Christian dispersos por la cocina, y el suelo lleno de barro y restos de hojas. Subí de puntillas a su dormitorio, y contemplé su cuerpo semidesnudo: le vi tumbado sobre el vientre, con el rostro vuelto hacia mí, roncando ruidosamente, y supuse que llevaba sueño atrasado de una semana.

    Pero el estado de su cuerpo me causó cierta preocupación: estaba lleno de hematomas y arañazos del cuello a los tobillos, increíblemente sucio y maloliente.

    Tenía el pelo enmarañado. De todos modos, parecía más duro y fuerte. El rostro demacrado había cambiado de manera tangible, física. Aquél no era el joven esquelético que me había recibido hacía casi dos semanas.

    Se pasó casi todo el día durmiendo, y salió del dormitorio a las seis de la tarde, con una amplia camisa gris y unos pantalones anchos cortados por encima de las rodillas. Se había lavado la cara sin demasiado entusiasmo, pero todavía apestaba a sudor y a vegetación, como si hubiera pasado aquellos días enterrado en estiércol.

    Le preparé la comida, y se bebió el contenido de toda una tetera mientras yo le observaba. Él me lanzaba miradas, miradas de sospecha, como si temiera cualquier movimiento repentino, o un ataque por sorpresa contra él. Tenía los músculos de los brazos y antebrazos muy pronunciados. Casi era un hombre diferente.

    —¿Dónde has estado, Chris? —le pregunté. Su respuesta no me sorprendió en absoluto.

    —En el bosque. En lo más profundo del bosque. —Se metió más carne en la boca, y la masticó ruidosamente. Mientras la tragaba, encontró un momento para hablar—. Estoy bastante bien. Lleno de magulladuras y arañazos de los malditos espinos, pero bastante bien.

    En el bosque. En lo más profundo del bosque. En nombre del cielo, ¿qué había estado haciendo allí? Mientras le observaba devorar la comida, volví a ver al desconocido, acuclillado en mi patio como un animal, devorando la carne como si fuera una fiera salvaje. Christian me recordó a aquel hombre. Los dos tenían el mismo aspecto primitivo.

    —Necesitas un buen baño —le dije. Sonrió, e hizo un sonido afirmativo—. ¿Qué has estado haciendo? —seguí—. Quiero decir, en el bosque. ¿Has acampado?

    Tragó ruidosamente y se bebió media taza de té, antes de negar con la cabeza.

    —Tengo un campamento allí, pero he estado investigando. Me he acercado todo lo posible al centro. Pero aún no puedo ir más allá de…

    Se interrumpió y me observó, con una mirada interrogativa en los ojos.

    —¿Has leído las notas del viejo? —me preguntó. Le dije que no. En realidad, sorprendido por su brusca partida, me había dedicado tan intensivamente a arreglar la casa que olvidé por completo las anotaciones de nuestro padre sobre su trabajo. Y, mientras lo decía, me preguntaba si no habría relegado a mi padre, su trabajo y sus notas, al último rincón de mi mente, como si fueran espectros cuyo hechizo pudiera evaporar mi resolución de seguir adelante.
    Christian se limpió la boca con la mano, y contempló el plato vacío. De repente, se olfateó a sí mismo y se echó a reír.

    —Por Dios, huelo a rayos. Será mejor que me calientes un poco de agua, Steve. Me lavaré ahora mismo.

    Pero no me moví. Me limité a observarle desde el otro lado de la mesa de madera. Él advirtió mi mirada, y frunció el ceño.

    —¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?

    —La encontré, Chris. Encontré su cadáver. Guiwenneth. Encontré el lugar donde la enterraste.

    No sé qué reacción esperaba de Christian. Quizá furia, o pánico, o un torrente de explicaciones balbuceantes. Deseaba que reaccionara con asombro, que el cadáver del patio no fueran los restos de su esposa, que no tuviera nada que ver con aquella tumba. Pero Christian conocía la existencia del cadáver. Me miró inexpresivo, y el intenso silencio me hizo sentir incómodo.

    De pronto, comprendí que Christian estaba llorando. Sus ojos no se habían apartado de los míos, pero ahora estaban humedecidos por las lágrimas que le corrían entre la suciedad del rostro. Aun así, no hacía el menor ruido, y su rostro no perdió aquella expresión perdida, casi ciega.

    —¿Quién la mató, Chris? —pregunté con serenidad—. ¿Fuiste tú?

    —No, no fui yo. —Al hablar, las lágrimas dejaron de correr, y bajó la vista hacia la mesa—. La mató un mitago. No pude hacer nada para evitarlo, ¿un mitago? No comprendía el significado de la palabra, aunque la recordaba del fragmento de las notas de mi padre que yo llevaba en la cartera. Se lo pregunté, y Chris se levantó. Apoyó las manos en la mesa y me miró.

    —Un mitago —repitió—. Todavía está en el bosque, como todos. Ahí es donde he estado, buscándolos. Intenté salvarla, Steve. Todavía estaba viva cuando la encontré, y quizá hubiera vivido, pero la saqué del bosque… En cierto modo, la maté. La alejé del vórtice, y enseguida murió. Entonces, me asusté. No sabía qué hacer. La enterré porque me pareció la manera más fácil de…

    —¿Se lo dijiste a la policía? ¿Informaste de su muerte?

    Christian sonrió, no sin cierto humor morboso. Era una sonrisa de entendido, la del que tiene un secreto que no ha compartido con nadie. Pero aquel gesto era una simple defensa, y desapareció rápidamente.

    —No hacía falta, Steve. A la policía no le habría interesado.

    Me levanté de la silla, furioso. Pensaba que el comportamiento pasado y actual de Christian era de una irresponsabilidad francamente asombrosa.

    —¡Su familia, Chris…, sus padres! ¡Tienen derecho a saberlo todo!

    Y Christian se echó a reír. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza.

    —No le veo la gracia.

    Al momento se puso serio, y me miró casi avergonzado.

    —Tienes razón. Lo siento. No comprendes nada, y ya es hora de que lo hagas. Ella no tenía padres, Steve, porque no tenía vida. Auténtica vida. Ha vivido mil veces, aunque nunca ha vivido. Pero, aun así, me enamoré de ella…, y volveré a encontrarla en el bosque. Está allí, en alguna parte…

    ¿Acaso se había vuelto loco? Sus palabras eran los balbuceos irracionales de un desequilibrado, pero algo en sus ojos, en sus gestos, me dijo que no era tanto locura como obsesión. ¿Qué le obsesionaba?

    —Tienes que leer las notas del viejo, Steve. No lo retrases más. Te lo dirán todo sobre el bosque y sobre lo que está pasando aquí. De verdad. No me he vuelto loco, ni soy insensible. Simplemente, estoy atrapado. Y, antes de irme otra vez, me gustaría que supieras por qué, cómo y adonde voy. Quizá incluso puedas ayudarme, ¿quién sabe? Lee el libro. Luego, hablaremos. Y cuando sepas lo que consiguió nuestro querido y difunto padre, entonces me temo que tendré que dejarte otra vez.


    Cuatro


    Había una anotación en el libro de mi padre que parecía un punto clave en su investigación y en su vida. Era más larga que las otras de esas mismas fechas, y aparecía tras un lapso de siete meses sin ninguna entrada. Aunque las notas eran, en general, detalladas, no se puede decir que fuera un escritor de diarios muy dedicado, y el estilo variaba de las anotaciones telegráficas a las descripciones fluidas. Además, descubrí que él mismo había arrancado muchas páginas del grueso libro, ocultando así mi pequeño crimen. Christian nunca habría echado en falta la página. En resumen, parecía que mi padre había usado el libro de notas y las silenciosas horas de escritura para hablar consigo mismo. Una manera de aclarar sus propias ideas.

    Esa entrada en cuestión estaba fechada en septiembre de 1935, poco después de nuestro encuentro con el Brezo. Tras leerla por primera vez, recordé aquella época, y descubrí que yo sólo tenía ocho años.


    Wynne-Jones llegó después del amanecer. Caminamos por el sendero sur, y examinamos los drenajes de flujo en busca de síntomas de actividad mitago.

    Luego, otra vez a casa. No hay nadie, lo que conviene a mi estado de ánimo.

    Un día otoñal, frío y seco. Como el año pasado, las imágenes del Urscumug son más fuertes en los cambios de estación. Quizá sienta el otoño, la muerte del verde. Se acerca más, y los robles le susurran. Debe de estar cerca del génesis.

    Wynne-Jones cree necesario más tiempo de aislamiento, y hay que hacerlo.

    Jennifer, preocupada y disgustada por mis ausencias. Me siento impotente…, no puedo contárselo. Debo hacer lo que debo hacer.

    Ayer, los niños vieron al Brezo. Creí que había sido reabsorbido…

    Obviamente, la resonancia es más fuerte de lo que pensábamos. Al parecer, frecuenta el lindero del bosque, como yo esperaba. Le he visto muchas veces en el sendero, pero no desde hacía más o menos un año. La persistencia es preocupante. Los dos chicos están turbados por la visión. Christian, menos emocional. Creo que no significó nada para él, quizá un cazador furtivo, o alguien del pueblo tomando un atajo para ir a Grimiey. Wynne-Jones sugiere que vayamos al bosque y atraigamos al Brezo, quizá al claro del cerro, donde puede quedarse en el vórtice fuerte de robles y, eventualmente, desaparecer.

    Pero sé que penetrar profundamente en el bosque nos costará más de una semana, y la pobre Jennifer ya está bastante deprimida por mi comportamiento. Por mucho que lo desee, no puedo explicárselo. Tampoco quiero involucrar a los niños en esto, y me preocupa que ya hayan visto dos mitagos. He inventado criaturas mágicas del bosque, cuentos para ellos. Espero que asocien lo que vean con productos de su propia imaginación. Pero debo tener cuidado.

    Hasta que todo esté resuelto, hasta que el mitago Urscumug se forme del bosque, no puedo dejar que nadie sepa lo que he descubierto, excepto Wynne-Jones. Es esencial que la resurrección sea completa. El Urscumug es el más poderoso, porque es el primario. Estoy seguro de que el bosque de robles le retendrá, pero otros pueden tener miedo del poder que, desde luego, sentirían, y acabar con él. No quiero pensar lo que pasaría si este bosque fuera destruido…, pero no puede vivir eternamente.

    Jueves: Hoy, entrenamiento con Wynne-Jones: test pauta 26: III, hipnosis superficial, medio ambiente luz verde. Cuando el puente frontal alcanzó los sesenta voltios, pese al dolor, el flujo a través de mi cráneo fue el más poderoso que he sentido. Ahora estoy completamente seguro de que cada hemisferio del cerebro funciona de una manera ligeramente diferente, y de que la consciencia oculta está situada en el derecho. ¡Lleva tanto tiempo perdida…!

    El puente de Wynne-Jones permite una comunicación superficial entre los campos que rodean cada hemisferio, y la zona del premitago resulta potenciada. ¡Si hubiera alguna manera de explorar el cerebro vivo para averiguar dónde yace exactamente esa presencia oculta…!

    Lunes: Las formas de los mitagos se arremolinan todavía en mi visión periférica. ¿Por qué nunca delante? Después de todo, estas imágenes irreales son simples reflejos. La forma de Hood era ligeramente diferente, más marrón que verde, el rostro menos amistoso, más inquieto, demacrado. Desde luego, esto se debe a que las anteriores imágenes (incluso el mitago de Hood que se formó en el bosque hace dos años) estaban afectadas por mis propias confusas imágenes infantiles, sobre el arquero y sus alegres camaradas. Ahora, la evocación del premitago es más poderosa, alcanza la forma básica, sin interferencias. La forma de Arturo también era más real, y atisbé varias formas cenagosas de finales del primer milenio después de Cristo. También un rastro de una presencia inquieta que me pareció una especie de figura nigromántica de la Edad del Bronce. Un momento aterrador. El guardián del Sepulcro del Caballo ha desaparecido, el sepulcro está destruido. ¿Por qué? El cazador estuvo otra vez en la Hoya del Lobo. Los restos de la hoguera eran recientes. También encontré rastros del shamán neolítico, el cazador-artista que deja extraños dibujos dé color rojo ocre en árboles y rocas. Wynne-Jones querría que investigase a estos héroes populares, olvidados y desconocidos, pero yo estoy ansioso por encontrar la imagen primaria.

    El Urscumug se ha formado en mi mente con la forma más clara que le he visto. Atisbos del Brezo en esa forma, pero es más viejo, y mucho, mucho más grande. Se cubre con madera y hojas, sobre las pieles de animales. El rostro parece manchado de arcilla blanca, que forma una máscara sobre las exageradas facciones. Es difícil verle claramente la cara. ¿Una máscara sobre una máscara? El pelo es una masa de púas erizadas y rígidas. Las ramas de espino que lleva en la cabeza le dan una apariencia de lo más extraño. Creo que lleva una lanza, con una ancha hoja de piedra…, un arma de aspecto aterrador, pero también difícil de ver. Esta imagen primaria es tan vieja que está desapareciendo de la mente humana. También parece confuso. La superposición de interpretaciones culturales posteriores sobre cómo fue su aspecto… Más que nada toques de bronce, sobre todo en los brazos (torques).

    Sospecho que la leyenda del Urscumug era tan poderosa como para imponerse durante todo el neolítico, hasta bien entrado el segundo milenio antes de Cristo, quizá más avanzado. Wynne-Jones cree incluso que el Urscumug puede datar de antes del neolítico.

    Ahora, es esencial pasar tiempo en el bosque, permitir que el vórtice interactúe conmigo para formar el mitago. Saldré de casa la semana que viene.


    Sin comentar nada sobre los párrafos que acababa de leer, tan extraños como confusos, pasé las páginas del diario y leí anotaciones aquí y allá. Recordaba claramente el otoño de 1933, cuando mi padre preparó un gran macuto y se internó en el bosque, caminando raudo para alejarse de los gritos histéricos de mi madre. Le acompañaba su menudo amigo científico, un hombre de rostro amargado que no parecía reconocer la presencia de nadie aparte de mi padre, y que siempre daba la impresión de sentirse avergonzado en casa cuando venía de visita. Nuestra madre no dijo una palabra el resto del día, y no hizo otra cosa que permanecer sentada en su dormitorio, llorando de vez en cuando. Christian y yo estábamos tan turbados por su comportamiento que, aquella tarde, nos adentramos en el bosque todo lo que nos permitió el valor para llamar a nuestro padre. Al final, el silencio sombrío, y los bruscos ruidos que lo rompían de cuando en cuando, nos hicieron perder la calma. Volvió semanas más tarde, desgreñado y apestando como un vagabundo. La anotación de su libro, fechada pocos días después, era breve: la amarga constatación de un fracaso. No había pasado nada.

    Sólo unos párrafos, garabateados a toda prisa, me llamaron la atención.


    El proceso mitogenético no sólo es complejo, sino también reluctante. ¡Soy demasiado viejo! El instrumental sirve de ayuda, pero una mente más joven podría conseguirlo sin él, estoy seguro. ¡La sola idea me da pánico! Además, mi mente no descansa. Y, como ha explicado Wynne-Jones, es probable que mis preocupaciones humanas creen una barrera efectiva entre los dos flujos de energía mitopoética en mi córtex: la forma del cerebro derecho y la realidad del izquierdo. La zona premitago no tiene suficiente alimentación con mi energía vital para interactuar con el vórtice de robles.

    Yo también temo que la desaparición natural de tanta vida del bosque esté afectando a la conexión. Los jabalíes están ahí, lo sé. Pero quizá el número de vidas es crítico. Calculo que no habrá más de cuarenta, moviéndose dentro del vórtice espiral constreñido por los fresnos al círculo de robles. Hay unos pocos ciervos y lobos, aunque el animal más importante, la liebre, frecuenta a menudo los límites del bosque. Pero quizá la falta de mucha de la vida que hubo aquí en el pasado ha desequilibrado la fórmula…, aunque, durante la existencia primaria del bosque, la vida fue cambiando. En el siglo XIII había gran cantidad de vida botánica ajena a la ley matrix, en lugares donde todavía se formaban mitagos.

    La forma de los mitos humanos cambia, se adapta, y las formas más recientes son las que se generan con más facilidad.

    Hood ha vuelto. Como todos los inmaduros, es una molestia, y se le ve muchas veces por la zona de los riscos, alrededor del claro del cerro. Me disparó. ¡Esto empieza a preocuparme! Pero no consigo enriquecer suficiente el vórtice de roble con el premitago del Urscumug. ¿Cuál es la respuesta? ¿Tratar de adentrarme más? ¿Encontrar el bosque salvaje? Quizá el recuerdo sea demasiado remoto, quizá esté demasiado enterrado en zonas silenciosas del cerebro. Quizá ya no alcance a los árboles.


    Christian me vio fruncir el ceño al leer esta confusión de palabras e imágenes. ¿Hood? ¿Robín Hood? ¿Y alguien, el tal Hood, que disparaba contra mi padre en el bosque? Eché un vistazo a mi alrededor, al estudio, y vi la flecha con punta de hierro en su caja de cristal, larga y estrecha, colgada sobre la de mariposas del bosque. Christian hojeaba las páginas del libro de notas, después de haber pasado casi toda una hora en silencio, mirándome leer. Él estaba sentado sobre el escritorio. Yo, en el sillón de nuestro padre.

    —¿De qué va todo esto, Chris? Parece como si hubiera intentado hacer copias de los héroes de los libros.

    —Copias, no, Steve. Los auténticos. Aquí. Lee esto para terminar, luego te lo explicaré con palabras aptas para profanos.

    Era una anotación anterior, sin año, sólo con día y mes, aunque evidentemente databa de años antes de la entrada correspondiente a 1933.

    Yo llamo a esos momentos concretos «conexiones culturales»; forman zonas, delimitadas por el espacio, claro, por los límites del terreno, pero también delimitadas por el tiempo, algunos años, quizá una década, cuando las dos culturas —la del invasor y la del invadido— se encuentran en un estado de gran angustia. Los mitagos surgen de la fuerza del odio, del temor, y se forman en los bosques naturales de los que luego pueden emerger —como Arturo, o la forma Artúrica, el hombre-oso con su liderazgo carismático— o permanecer en su ambiente natural, estableciendo un foco oculto de esperanza: la forma Robín Hood, quizá Hereward. Y, por supuesto, la forma heroica que yo llamo el Brezo, que hostigó a los romanos en tantos lugares del país. Supongo que es la emoción combinada de dos razas la que crea al mitago. Pero, evidentemente, éste se alía con la cultura cuyas raíces llevan más tiempo establecidas, en lo que yo creo puede ser una especie de ley matrix; así, Arturo se forma, y ayuda a los britanos contra los sajones; pero, más tarde, Hood es creado para ayudar a los sajones contra el invasor normando.


    Cerré el libro y sacudí la cabeza. Las frases eran confusas, me dejaban perplejo. Christian sonrió, tomó el libro y lo sopesó entre las manos.

    —Años de su vida, Steve. Pero sus anotaciones no son lo que se dice detalladas.

    Se pasó años sin escribir nada, y luego hay notas de cada día del mes. Y arrancó muchas páginas. No sé dónde puede haberlas escondido.

    Al decir esto, frunció ligeramente el ceño.

    —Necesito un trago de algo. Y unas cuantas definiciones.
    Salimos del estudio. Christian llevaba el libro de notas. Al pasar junto a la flecha enmarcada, la miré más de cerca.

    —¿Dice que el auténtico Robín Hood le disparó con esto? ¿También mató a Guiwenneth?

    —Depende —respondió Christian, pensativo—. Depende de lo que entiendas por «auténtico». Hood vino a ese bosque de robles, y quizá siga ahí. Yo creo que sí. Como habrás notado, estaba ahí hace cuatro meses, cuando mató a Guiwenneth. Pero hubo muchos Robín Hood, todos igual de reales o de irreales, creados por el pueblo sajón cuando sufrió la opresión del invasor normando.

    —No entiendo nada, Chris. ¿Qué es una ley matrix? ¿Y un «vórtice de robles»? ¿Significan algo?

    Mientras bebíamos whisky con agua en la sala de estar, viendo cómo caía la noche, el patio que se extendía más allá de la ventana se convirtió en una masa gris de formas sin rasgos distinguibles. Christian me explicó que un hombre llamado Alfred Watkins había visitado a nuestro padre en muchas ocasiones, y le había mostrado en un mapa del país algunas líneas rectas que conectaban lugares de poder espiritual, o antiguo; los túmulos, piedras e iglesias de tres culturas diferentes. A estas líneas las llamaba «leys», y creía que eran una forma de energía terrestre que discurría por el subsuelo, pero influenciaba todo aquello que se alzaba sobre ellas.

    Mi padre pensó mucho sobre las leys y, al parecer, trató de medir la energía de los terrenos del bosque, aunque sin éxito. Pero, aun así, midió algo en el bosque de robles: una energía asociada con toda la vida que crecía allí. Había encontrado un vórtice espiral alrededor de cada árbol, una especie de aura, y esas espirales no sólo se ceñían a los árboles, sino que delimitaban grupos enteros de árboles, incluso claros. Con los años, consiguió hacer un mapa del bosque. Christian sacó el mapa, y volví a mirarlo, pero desde un punto de vista diferente: empezaba a comprender las marcas que había señalado el hombre que pasó tanto tiempo en los territorios allí reflejados. Había círculos dentro de círculos, cruzados y divididos por líneas rectas, algunas de las cuales coincidían con los caminos que llamábamos sendero sur y sendero profundo. Las letras CC en medio de una gran zona del bosque, se referían claramente al «claro del cerro» que había allí, una explanada, que ni Christian ni yo habíamos conseguido encontrar nunca. Había lugares marcados como «roble espiral», «zona del fresno muerto», «pasaje oscilante»…

    —El viejo creía que todos los seres vivos están rodeados por un aura energética.

    Con determinada luz, el aura humana se puede ver, es un ligero brillo. En estos bosques antiguos, los «bosques primarios», el aura combinada forma algo mucho más poderoso, una especie de campo creativo que puede interactuar con nuestro subconsciente. Y en el inconsciente es donde llevamos lo que él llama «premitago». »Un mitago es un mito imago, la imagen de la forma idealizada de una criatura mítica. En un medio ambiente natural, la imagen adquiere sustancia, carne sólida, sangre, ropa… y, como has visto, armas, La forma del mito idealizado, de la figura heroica, se altera con los cambios culturales. Asume la identidad y la tecnología de cada tiempo. Según la teoría de nuestro padre, cuando una cultura invade a otra, los héroes se manifiestan. ¡Y no sólo en un lugar concreto! Los historiadores y los investigadores de leyendas populares discuten sobre si Arturo de los Britanos y Robin Hood vivieron y lucharon de verdad, y no se dan cuenta de que vivieron en muchos lugares. »Otro hecho importante que debemos recordar, es que cuando la imagen mental del mitago se forma, lo hace en toda la población…, y que, cuando ya no resulta necesaria, permanece en nuestro subconsciente colectivo y se transmite de generación en generación.

    —Y la forma cambiante del mitago —le interrumpí para ver si había comprendido algo de la lectura fraccionada de las notas—, se basa en un arquetipo, una imagen primaria arcaica que él llamaba Urscumug, del que surgen todas las formas posteriores. Él intentó extraer al Urscumug de su propia mente consciente…

    —Y no lo consiguió —terminó Christian—, aunque no porque dejara de intentarlo. El esfuerzo le mató. Le debilitó tanto que su cuerpo no pudo seguir el ritmo. Pero, desde luego, consiguió crear un buen montón de adaptaciones más modernas del Urscumug.

    ¡Había tantas preguntas que hacer, tantas cosas que requerían una aclaración…! Pero una era más importante que las demás.

    —Si he entendido bien estas notas, hace mil años era todo el país el que necesitaba un héroe, una figura legendaria que defendiera la justicia. ¿Cómo pudo proyectar la misma pasión un solo hombre? ¿Cómo pudo provocar la interacción?

    Desde luego, no basta con la angustia familiar que nos causó a nosotros y a sí mismo. Como él mismo dice, eso turbaba su mente y le impedía funcionar correctamente.

    —Si existe una respuesta —dijo tranquilamente Christian—, hay que buscarla en el bosque, quizá en el claro del cerro. Según las notas del viejo, hace falta un período de soledad, de meditación. Ya llevo un año siguiendo al pie de la letra su ejemplo.

    Inventó una especie de puente eléctrico que, al parecer, funde elementos de los dos hemisferios del cerebro. He utilizado muchas veces su equipo, con y sin él. Pero ya encuentro imágenes, premitagos, que se forman en mi visión periférica, sin el complicado programa que él utilizaba. Fue el pionero. Su interacción con el bosque facilita las cosas para los que llegamos tras él. Además, yo soy más joven. El viejo creía que eso podía ser importante. Ya he conseguido cierto éxito. Tarde o temprano, completaré su trabajo. Crearé al Urscumug, el héroe de los primeros hombres.

    —¿Para qué, Chris? —pregunté con toda la serenidad que pude. Sinceramente, no veía el objetivo de jugar con las antiguas fuerzas que habitaban tanto en el bosque como en el espíritu humano. Era evidente que a Christian le obsesionaba la idea de dar vida a esas formas muertas, de terminar lo que el viejo había empezado. Pero ni leyendo las notas ni hablando con Christian había captado yo una sola palabra sobre por qué aquella monstruosidad de la naturaleza era tan importante para los que se dedicaban a estudiarla.

    Christian tenía una respuesta. Cuando me la dijo, su voz sonaba hueca, marcada por la incertidumbre, con el estigma de la falta de convicción en la verdad de lo que decía.

    —Para estudiar los primeros tiempos del hombre, Steve. A través de estos mitagos, podemos aprender muchísimo sobre cómo eran y cómo querían ser nuestros antepasados: las aspiraciones, las visiones, la identidad cultural de una época tan lejana que hasta sus monumentos en piedra nos resultan incomprensibles. Para aprender. Para comunicarnos con esas persistentes imágenes de nuestro pasado que todos llevamos dentro.
    Dejó de hablar, y se hizo un breve silencio, interrumpido tan sólo por el pesado sonido rítmico del reloj.

    —No me convences, Chris —dije.
    Por un momento, creí que iba a gritarme, furioso. Se le enrojeció el rostro, y todo su cuerpo se tensó, airado por mi tranquilo rechazo de su excusa. Pero el fuego se mitigó. Frunció el ceño, y me miró casi impotente.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que son palabras bonitas. Ni tú te las crees. No eres convincente.

    Tras un momento, pareció aceptar cierta verdad en lo que yo decía.

    —Entonces, quizá mi convicción haya desaparecido, quizá esté enterrada bajo… bajo lo otro. Guiwenneth. Ahora, ella se ha convertido en el motivo principal para que vuelva allí.
    Recordé sus duras palabras de apenas unas horas antes, sobre que la muchacha no tenía vida, aunque sí un millar de vidas. Lo comprendí al momento, y me pregunté cómo me había costado tanto entender algo tan obvio.

    —También era un mitago —dije—. Ahora te entiendo.
    —Guiwenneth era el mitago de mi padre, una chica de los tiempos romanos, una manifestación de la diosa Tierra. La joven princesa guerrera que, gracias a su propio sufrimiento, consigue unir a todas las tribus.

    —Como la reina Boadicea —señalé.

    —Boudicca —me corrigió Christian, antes de negar con la cabeza—. Boudicca fue un personaje histórico, aunque buena parte de su leyenda se inspiró en mitos e historias de Guiwenneth. No se recuerda ninguna leyenda sobre Guiwenneth. En su tiempo y en su cultura, sólo existía la tradición oral. Nunca se escribía nada. Pero tampoco hay referencias a ella de ningún observador romano, o cronista cristiano posterior. El viejo creía que las primeras leyendas sobre la reina Ginebra pudieron surgir en parte de las leyendas olvidadas. La memoria popular la ha olvidado…

    —¡Pero la memoria oculta, no! —Christian asintió.
    —Exacto. Su historia es muy antigua, muy familiar. Las leyendas sobre Guiwenneth surgen de historias procedentes de culturas previas, quizá del período posglacial… ¡o de tiempos del mismísimo Urscumug!
    —¿Y todas las formas previas de la chica estarán también en el bosque?
    Christian se encogió de hombros.

    —El viejo nunca vio ninguna, y yo tampoco. Pero deben de estar ahí.
    —¿Y cuál es su historia, Chris? —Me miró de una manera extraña.

    —Es difícil decirlo. Nuestro querido padre arrancó de su diario las páginas relativas a Guiwenneth. No sé por qué, ni dónde las escondió. Sólo sé lo que me contó. —Sonrió—. Es hija de la más joven de dos hermanas y de un guerrero que vivía en un campamento secreto, en el bosque. La hermana mayor era la esposa de uno de los invasores. Estéril, celosa, robó a su sobrina. La niña fue rescatada por nueve halcones, o pájaros similares, enviados por su padre. Creció en comunidades forestales de todo el país, bajo la custodia del Señor de los Animales. Cuando tuvo edad suficiente, volvió, despertó al espíritu de su padre guerrero, y expulsó a los invasores.

    —No es mucho.

    —Sólo tengo ese fragmento —asintió Christian—. También hay algo sobre una piedra brillante en un valle que respira. Todo lo demás que el viejo descubrió sobre ella, o quizá gracias a ella, lo destruyó.

    —¿Por qué?

    Por un momento, Christian no dijo nada.

    —De todos modos —siguió luego—, las leyendas de Guiwenneth inspiraron a muchas tribus a tomar la ofensiva contra el invasor, tanto fueran wessex, o sea, Edad del Bronce, Stonehenge y todo eso; celtas belgas, o sea, Edad del Hierro; o romanos. —Su mirada se perdió en el infinito—. Y entonces ella se formó en este bosque, y yo la encontré, y me enamoré. No era violenta, quizá porque el viejo no podía imaginar a una mujer violenta. Le impuso sus esquemas, la desarmó, la dejó indefensa en el bosque.

    —¿Durante cuánto tiempo la conociste? —pregunté. Christian se encogió de hombros.
    —No sabría decirlo, Steve. ¿Cuánto tiempo he estado fuera esta vez?

    —Unos doce días.

    —¿Tan poco? —Parecía sorprendido—. Creí que habrían sido más de tres semanas. Es posible que la conociera durante muy poco tiempo, pero a mí me parecieron meses. Viví en el bosque con ella, tratando de comprender su idioma, tratando de enseñarle el mío, hablando mediante gestos, mas siempre con intensidad. Pero el viejo nos persiguió hasta el corazón del bosque, hasta el fin. No podía permitírnoslo. Era su chica, estaba tan enamorado de ella como yo. Un día, le encontré exhausto y muy asustado, medio enterrado en hojas, en las afueras del bosque. Le llevé a casa, pero, antes de un mes, murió. Por eso te dije que había tenido motivos para atacarme. Le quité a Guiwenneth.

    —Y luego, te la quitaron a ti. La mataron.
    —Sí, pocos meses más tarde. Estaba demasiado contento, demasiado tranquilo.
    Te escribí porque tenía que hablarle a alguien sobre ella… Evidentemente, fue demasiado para su destino. Dos días más tarde, la encontré en un claro, moribunda. Quizá habría vivido si le hubiera llevado ayuda médica al bosque, si la hubiera dejado allí. Pero la saqué del bosque, y murió.

    Me miró, y la expresión de tristeza se endureció hasta transformarse en resolución.

    —Pero, cuando vuelvo al bosque, su imagen mítica tiene una oportunidad de formarse a partir de mi subconsciente. Será más dura que la versión de mi padre, pero puedo recuperarla, Steve. Si busco lo suficiente, si doy con esa energía por la que preguntabas, si puedo adentrarme lo necesario en el bosque, hasta ese vórtice central que…

    Volví a mirar el mapa. Concretamente, el campo espiral que rodeaba el claro del cerro.

    —¿Y cuál es el problema? ¿No lo encuentras?
    —Está bien protegido. Consigo acercarme a ese campo de unos doscientos metros que lo rodea, pero nunca traspasarlo. Aunque esté convencido de que camino en línea recta, pronto descubro que no he hecho más que trazar círculos. No puedo entrar, y sea lo que sea lo que hay dentro, no puede salir. Todos los mitagos están ligados al lugar de su génesis, aunque el Brezo y Guiwenneth podían llegar hasta los límites del bosque, incluso a la alberca.

    ¡Eso no era cierto! Yo había pasado una noche de miedo que lo demostraba.

    —Uno de los mitagos salió del bosque —le dije—. Un hombre alto, con el perro más grande e increíble que puedas imaginar. Llegó hasta el patio y se comió una pata de cerdo.

    —¿Un mitago? ¿Estás seguro? —preguntó asombrado.

    —Bueno, la verdad…, no. Hasta ahora, no tenía ni idea sobre qué era. Pero apestaba, iba muy sucio y, obviamente, había vivido en el bosque durante meses. También hablaba un idioma extraño, llevaba arco y flechas…

    —E iba con un perro de caza. Sí, claro. Es una imagen de la Edad del Bronce tardía, o quizá de la primera Edad del Hierro, muy extendida. Los irlandeses lo han asimilado a su propio Cuchulainn, le convirtieron en un gran héroe. Pero es una de las imágenes míticas más poderosas, reconocible en toda Europa. —Christian frunció el ceño—. No lo entiendo…, yo le vi hace un año, y le esquivé, pero se estaba desvaneciendo, muy de prisa, deteriorándose… Tras una temporada, les sucede a todos. Algo debe de haber alimentado al mitago, algo le ha fortalecido…

    —Alguien, Chris.

    —Pero ¿quién? —De repente, se le abrieron los ojos—. Dios mío. Yo. De mi propia mente. El viejo tardó años, y yo creí que a mí me costaría mucho más, más meses en el bosque, un mayor aislamiento. Pero todo ha comenzado de nuevo, mi propia interacción con el vórtice…

    Se había puesto muy pálido. Caminó hacia su cayado, apoyándose en la pared, lo recogió y lo sopesó con ambas manos. Lo miró y tocó sus marcas.

    —Ya sabes lo que significa eso —dijo con voz serena. Siguió antes de que yo pudiera responder—. Ella se formará. Ella volverá. Mi Guiwenneth. Quizá ya haya vuelto.

    —No te vayas tan pronto, Chris. Espera un poco. Descansa. —Volvió a apoyar el cayado contra la pared.

    —No me atrevo. Si se ha formado ya, está en peligro. Tengo que ir en su busca.

    Me miró y compuso una leve sonrisa, casi apologética.

    —Lo siento, hermano. No te he dado lo que se dice una buena bienvenida.


    Cinco


    Y así, tras la más breve de las reuniones, perdí de nuevo a Christian. Mi hermano no estaba de humor para hablar, y mucho menos para confiarme sus planes, esperanzas y temores sobre la posible resolución de su asunto amoroso.

    Sólo podía pensar en Guiwenneth, sola y atrapada en el bosque.

    Mientras él preparaba sus provisiones, me dediqué a vagar por la cocina y por el resto de la casa. Me aseguró una y otra vez que no estaría fuera más de una semana, quizá dos. Si Guiwenneth se hallaba en el bosque, ese tiempo bastaría para encontrarla. Si no, volvería a casa y esperaría un poco antes de volver a la zona más profunda del bosque y tratar de formar el mitago de la chica. Aseguró que, en menos de un año, la mayoría de los mitagos hostiles habrían dejado de existir, y ella estaría a salvo. Christian tenía las ideas confusas. Su plan de dotarla de la fuerza necesaria para permitirle la misma libertad de que disfrutaban el hombre y el perro, no se apoyaba en pruebas extraídas de las notas de nuestro padre. Pero Christian era un hombre decidido.

    Si un mitago podía salir del bosque, también podría el que él amaba.

    Se le ocurrió que yo podía acompañarle hasta el claro donde habíamos acampado de niños, y plantar allí una tienda. Podría ser un lugar de cita habitual para nosotros, dijo, y le ayudaría a mantener su sentido del tiempo. Además, si yo pasaba algún tiempo en el bosque, quizá encontrase otros mitagos, y así podría informarle sobre su estado. El claro del que hablaba estaba en las afueras del bosque, y era bastante seguro.

    Cuando expresé mi preocupación sobre si mi propia mente no empezaría a producir mitagos, me aseguró que pasarían meses antes de que empezara a ver la primera actividad de premitagos como una presencia inquietante por el rabillo del ojo, o sea, en lo que él llamaba «visión periférica». Fue igualmente brusco al afirmar que, si me quedaba mucho tiempo en aquella zona, estaba seguro de que empezaría a relacionarme con el bosque, cuya aura, según pensaba él, se había extendido más hacia la casa durante los últimos años.

    A última hora de la mañana siguiente, nos pusimos en marcha por el sendero sur. Un sol brillante se alzaba sobre el bosque. Era un día claro y fresco. El aire se impregnaba del humo de una granja distante, donde estaban quemando los rastrojos de la cosecha del verano. Caminamos en silencio hasta llegar a la alberca del molino. Yo suponía que Christian entraría al bosque de robles por allí…, pero tuvo la buena idea de no hacerlo. No tanto por los extraños movimientos que habíamos visto allí, cuando éramos niños, como por lo cenagoso del terreno.

    En vez de eso, seguimos andando hasta que el bosque que bordeaba el sendero fue menos espeso. Entonces, Christian se salió del camino.

    Le seguí hacia dentro, buscando la ruta más fácil entre los matorrales de zarzas y espinos, disfrutando del denso silencio. Allí, en el lindero del bosque, los árboles eran pequeños, pero cien metros más adelante empezaron a mostrar su auténtica edad. El terreno se hacía algo más elevado y, entre los matorrales, aparecían rocas grises cubiertas de musgo y líquenes. Sobrepasamos el montículo, y el terreno se hundió en una brusca pendiente. Empecé a advertir sutiles cambios en el bosque. Ahora, de alguna manera, parecía más oscuro, más vivo, y advertí que el agudo canto de los pájaros otoñales que había oído en las afueras del bosque se transformaba aquí en una tonada más esporádica, más triste.

    Christian se abrió camino entre los matorrales de zarzas. Yo le seguí como pude, y pronto llegamos al gran claro donde, años atrás, habíamos montado nuestro campamento. Un roble particularmente grande dominaba el lugar, y nos reímos al ver las viejas iniciales que en el pasado talláramos allí. Entre sus ramas habíamos construido nuestro puesto de vigilancia, aunque bien poco se podía ver en medio de tantas hojas.

    —¿Cumplo los requisitos necesarios para el puesto? —preguntó Christian, con los brazos abiertos.

    Sonreí al examinar su silueta cubierta por una capa. Ahora, el cayado con las runas parecía menos extraño, más funcional.

    —Pareces algo, pero no sé exactamente qué.

    Miró a su alrededor.

    —Haré todo lo posible por venir tan a menudo como pueda. Si algo va mal y no te encuentro, trataré de dejarte un mensaje, alguna señal para que sepas…

    —Todo irá bien —le interrumpí con una sonrisa. Evidentemente, no quería que le acompañara más allá del claro, y yo tampoco deseaba hacerlo. Sentí un escalofrío, un extraño cosquilleo, como si alguien me estuviera vigilando. Christian advirtió mi inquietud, y admitió que él también se sentía así: era la presencia del bosque, la suave respiración de las ramas.

    Nos estrechamos la mano y, algo incómodos, nos abrazamos, Christian dio media vuelta y echó a andar hacia la penumbra del bosque. Le vi marcharse, y luego me dediqué a escuchar. Sólo cuando todo sonido se hubo esfumado, empecé a plantar la pequeña tienda de campaña.

    Durante la mayor parte de septiembre, el tiempo siguió frío y seco. Fue un mes aburrido, que me permitió pasar los días sin apenas actividad. Hice algunos trabajos en la casa, leí más fragmentos de las notas de mi padre —aunque pronto me cansé de la repetición de ideas e imágenes— y, a intervalos cada vez más largos, me adentré en el bosque para sentarme en la tienda o al lado de ella, atento a cualquier ruido que delatara la presencia de Christian, maldiciendo los insectos que pululaban por allí, espiando cualquier atisbo de movimiento.

    Con octubre llegó la lluvia. Y sólo entonces comprendí, bruscamente, casi sorprendido, que Christian llevaba fuera casi un mes. El tiempo había pasado más de prisa de lo que creía posible y, en vez de preocuparme por mi hermano, me había limitado a suponer que sabía lo que hacía, que volvería en cuanto estuviera preparado. Pero llevaba semanas ausente, sin dar la menor señal de vida. Debería haber acudido al claro, al menos una vez, para dejarme alguna señal.

    Entonces, empecé a preocuparme de veras por su seguridad. En cuanto cesó la lluvia, corrí al bosque y aguardé el resto del día en el patético refugio de lona, lleno de goteras. Vi varias liebres, incluso un búho, y oí ruido de movimientos lejanos que no respondieron a mis gritos de «¿Christian? ¿Eres tú?».

    Empezaba a hacer frío. Pasé más tiempo en la tienda, y preparé un saco de dormir con mantas y viejas telas impermeables que encontré en el sótano de Refugio del Roble. Arreglé los desperfectos de la tienda, almacené allí alimentos y cerveza, así como leña seca para hacer hogueras.

    A mediados de octubre, me di cuenta de que no podía permanecer en la casa más de una hora sin ponerme nervioso, con unos nervios que sólo se calmaban cuando volvía al claro, a mi puesto de vigilancia, y me sentaba en la tienda con las piernas cruzadas. Lo único que hacía era contemplar la penumbra de los árboles, a unos metros de mí. En varias ocasiones, me adentré en el bosque en nerviosas expediciones, pero detestaba la sensación de silencio, y ese cosquilleo en la piel que parecía repetirme que estaba siendo observado. Eran simples imaginaciones, claro, o una respuesta demasiado sensible a la presencia de los animales del bosque: en cierta ocasión, cuando corrí gritando hacia un arbusto donde imaginaba oculto a mi espía, sólo vi una ardilla roja que huía aterrada hacia las ramas cruzadas de su hogar en el roble. ¿Dónde estaba Christian? Clavé papeles con mensajes, en tantos lugares y tan profundos en el bosque como me atreví. Pero descubrí que, en cuanto me adentraba en la cuenca que parecía engullir el bosque, volvía al mismo punto al cabo de pocas horas, y me encontraba de nuevo cerca del claro, de la tienda.

    Imposible, sí, y también exasperante. Pero comencé a comprender la frustración de Christian al no poder caminar en línea recta por el espeso bosque de robles.

    Quizá fuera cierto que había una especie de campo de fuerza, complejo y confuso, que canalizaba a los intrusos hacia el sendero exterior.

    Y llegó noviembre, y fue verdaderamente frío. La lluvia gélida caía a intervalos, pero el viento se colaba entre el denso follaje ocre del bosque, parecía capaz de encontrar su camino a través de las rendijas de la ropa y la tela impermeable, hasta llegar a la carne y helar los huesos. Yo estaba deprimido, y mis búsquedas de Christian eran cada vez más exasperantes, más frustrantes. Mis gritos empezaron a tener un matiz airado, a la par que mi piel lucía cada vez más arañazos y hematomas, de tanto subirme a los árboles. Perdí la cuenta de los días, y en más de una ocasión percibí, asustado, que me había pasado dos o tres días en el bosque, sin volver a la casa. Refugio del Roble estaba cada vez más descuidado y desierto. Iba allí para lavarme, comer, descansar, pero en cuanto reparaba las peores agresiones sufridas en mi cuerpo, volvía a concentrarme en Christian, a preocuparme mortalmente por él, y tenía que volver al claro, como si yo no fuera más que un montón de limaduras de hierro atraídas por un imán.

    Empecé a temer que le hubiera pasado algo terrible. O quizá no fuera terrible, sino simplemente natural: si de verdad había jabalíes en el bosque, quizá uno le había atacado. Quizá mi hermano estaba muerto, o se arrastraba hacia las afueras del bosque, incapaz de gritar pidiendo ayuda. O quizá se hubiera caído de un árbol. O quizá, sencillamente, se había dormido, y el frío no le permitió despertar por la mañana.

    Busqué cualquier rastro de su cuerpo, o de su presencia, y no encontré absolutamente nada. Eso sí, descubrí las huellas de algún animal grande, y marcas en la parte baja del tronco de muchos robles, como si una criatura con colmillos los hubiera mordisqueado.

    Pero la depresión pasó pronto y, a mediados de noviembre confiaba otra vez en que Christian estuviera vivo. Empecé a creer que, de alguna manera, se había visto atrapado en este bosque otoñal.

    Por primera vez en dos semanas fui al pueblo. Tras conseguir provisiones, recogí los periódicos que se habían acumulado en la pequeña oficina de correos. Al revisar las primeras páginas del semanario local, encontré un suelto relativo a los cadáveres putrefactos de un hombre y un perro lobo, descubiertos en la zanja de una granja, cerca dé Grimiey. No se sospechaba que fuera un crimen. No sentí ninguna emoción, sólo curiosidad, y cierta compasión por Christian, cuyo sueño de liberar a Guiwenneth no era más que eso: un sueño, una esperanza ferviente, un deseo condenado a la frustración.

    En cuanto a los mitago, sólo tuve dos encuentros, ninguno de ellos demasiado importante. El primero fue con una sombría forma masculina que atravesó el claro, me miró, y por último echó a correr hacia la penumbra, mientras golpeaba los troncos de los árboles con un pequeño bastón de madera. El segundo encuentro fue con el Brezo, cuya forma seguí furtivamente cuando le vi dirigirse a la alberca. Se quedó entre los árboles, espiando el cobertizo del embarcadero. No sentí auténtico temor ante estas manifestaciones, sólo una ligera aprensión. Pero tras el segundo encuentro, empecé a comprender lo ajenos que eran los mitagos al bosque. Estas criaturas, creadas muy lejos de su tiempo natural, ecos del pasado a los que se había dado sustancia, venían equipados con una vida, un idioma y una cierta ferocidad que no encajaba en absoluto con el mundo de 1947, azotado por la guerra. No era de extrañar que el aura del bosque tuviera tal carga de soledad, una melancolía contagiosa que se había adueñado de mi padre, luego de Christian, y que ahora se adentraba por mis tejidos. Si se lo permitía, me atraparía también a mí.

    Durante esos días, empecé a tener alucinaciones. Sobre todo al anochecer, cuando miraba el bosque, comencé a ver movimientos por el rabillo del ojo. Al principio, lo atribuí al cansancio, a la imaginación, pero recordé con toda claridad el fragmento de las notas de mi padre donde describía a los premitagos, la imágenes iniciales que aparecían siempre en su visión periférica. La primera vez me asusté.

    No quería reconocer que aquellas criaturas pudieran ser inquilinos de mi propia mente, que mi interacción con el bosque había comenzado mucho antes de lo que imaginara Christian. Pero, tras un tiempo, me senté con tranquilidad y traté de verles más detalladamente. No lo conseguí. Advertía el movimiento, y a veces una forma humana, pero fuera cual fuese el campo que inducía su aparición, aún no era tan fuerte como para darles realidad absoluta. O eso, o mi mente no podía controlar aún su existencia.

    El veinticuatro de noviembre, volví a la casa y pasé unas horas descansando y escuchando la radio. Se desencadenó una tormenta, y vi caer la lluvia, sintiéndome helado y enfermizo. Pero, en cuanto el cielo se despejó y las escasas nubes se tornaron blancas y brillantes, me eché el impermeable sobre los hombros y volví al claro. Esperaba encontrarlo todo tal como lo dejé. Por eso, lo que no hubiera debido ser más que una sorpresa, se convirtió en una auténtica conmoción.

    Habían destruido la tienda, y su contenido estaba disperso entre los charcos de lodo del claro. Parte del cable de retén colgaba de las ramas más altas del gran roble, y los matorrales de los alrededores estaban aplastados, como si hubiera tenido lugar allí una gran pelea. Cuando examiné el terreno, advertí que estaba lleno de huellas extrañas, redondas y profundas, como cascos de caballo. Fuera cual fuese la bestia que había pasado por allí, se las había arreglado para hacer jirones el refugio de lona.

    Sólo entonces noté lo silencioso que estaba el bosque, como si contuviera el aliento, a la espera. Se me erizó hasta el último pelo del cuerpo, y el corazón me latió tan fuerte que creí que el pecho me estallaría. Me quedé un segundo o menos junto a la tienda destrozada, y el pánico se apoderó de mí. La cabeza me daba vueltas, y el bosque parecía amenazarme. Huí del claro, aplastando los empapados matorrales entre dos gruesos troncos de roble. Corrí muchos metros por la penumbra, antes de darme cuenta de que estaba alejándome de la periferia del bosque. Creo que grité. Di media vuelta, y eché a correr de nuevo.

    Una pesada lanza se clavó en el árbol más cercano y, antes de poder detenerme, me precipité contra el asta de madera negra. Una mano me agarró por el hombro y me arrastró hacia el árbol. Grité de terror al ver el rostro sucio de barro de mi atacante. Él también me gritó:

    —¡Cállate, Steve! ¡Por lo que más quieras, cállate! —el pánico cesó, mi voz se convirtió en un susurro, y examiné más de cerca al furioso hombre que me tenía atrapado. Comprendí que era Christian, y el alivio fue tal que me eché a reír.

    Durante largos momentos, no me di cuenta del cambio tan profundo que había sufrido mi hermano.

    Christian miraba hacia el claro.

    —Tienes que marcharte de aquí —dijo.

    Y, antes de que pudiera responderle, me obligó a correr, prácticamente me arrastró de vuelta hacia la tienda.

    Una vez en el claro, titubeó, y me miró. No vi ninguna sonrisa bajo la máscara de barro y hojas amarillentas. Sus ojos brillaban, pero entrecerrados, apenas dos líneas. Tenía el pelo grasiento e hirsuto. Estaba casi desnudo, sólo llevaba un taparrabos y una desastrada camisa de piel, que no podía darle demasiado calor.

    Portaba tres lanzas peligrosamente puntiagudas. Ni rastro de la delgadez esquelética del verano. Era musculoso y duro, con pecho ancho y miembros fuertes. Un hombre hecho para luchar.

    —Tienes que salir del bosque, Steve. Y, por lo que más quieras, no vuelvas nunca.

    —¿Qué te ha pasado, Chris…? —empecé.

    Pero él meneó la cabeza y me empujó a través del claro y los árboles, hacia el sendero sur.

    Al momento, se detuvo y echó un vistazo hacia la penumbra, sin dejarme avanzar.

    —¿Qué pasa, Chris?
    Entonces, yo también lo oí, el sonido de los arbustos al ser aplastados por algo muy pesado. Algo se abría camino entre los árboles y los matorrales, hacia nosotros. Seguí la mirada de Christian, y vi una forma monstruosa, tan alta como dos hombres juntos, pero humana, encorvada, negra como la noche a excepción de la gran mancha blanca que era su rostro, todavía indistinguible por la distancia y las sombras.

    —¡Dios, ha escapado! —gritó Christian—. Se interpone entre la salida y nosotros.

    —¿Qué es, Chris? ¿Un mitago?

    —El mitago —respondió rápidamente Christian. Se dio la vuelta y atravesó de nuevo el claro. Yo le seguí. De repente, todo el cansancio había desaparecido de mi cuerpo.

    —¿El Urscumug? ¿Es eso? Pero no es humano, sino animal. Nunca ha habido un ser humano con semejante estatura.
    Al volver la mirada mientras corría, vi que el monstruo entraba en el claro. En espacio abierto se movía tan de prisa que creí estar viendo una película proyectada a cámara rápida. Se lanzó al bosque tras nosotros, y volvió a fundirse con la oscuridad. Pero ahora corría entre los árboles, nos perseguía, y acortaba distancia a una velocidad increíble.

    De pronto, el terreno desapareció bajo mis pies. Caí pesadamente en una depresión, pero Christian me agarró a tiempo. Luego, mi hermano arrastró una zarza para cubrirnos, y se puso un dedo en los labios. Apenas podía distinguirle en el oscuro agujero, pero oí como se alejaban los pasos del Urscumug, y pregunté a Christian qué sucedía.

    —¿Se ha ido?
    —Casi seguro que no —respondió—. Está aguardando, escuchando. Lleva dos días persiguiéndome desde las zonas más profundas del bosque. No descansará hasta que me mate.

    —¿Por qué, Christian? ¿Por qué quiere acabar contigo?

    —Es el mitago del viejo —me explicó—. Él le dio vida en el corazón del bosque, pero era débil, y estaba atrapado…, hasta que llegué yo y le proporcioné más poder con que alimentarse. Pero sigue siendo el mitago del viejo, y en parte está formado a su semejanza, tiene algo de su ego. ¡Dios, Steve, cómo debió de odiarnos para imponer tanto terror a ese monstruo!

    —Y Guiwenneth… —dije.

    —Sí…, Guiwenneth —repitió Christian, ahora en voz baja—. Por eso quiere vengarse de mí. Pero no le daré ni media oportunidad.

    Se irguió para echar un vistazo a través de la cobertura de espino. Oí el ruido de un movimiento lejano, inquieto, y me pareció escuchar el gruñido gutural de algún animal.

    —Creí que no había conseguido crear el mitago primario.
    —Murió creyéndolo —asintió Chris—. Me pregunto qué habría hecho de saber el éxito que había tenido. Volvió a acuclillarse en el agujero.

    —Es como un jabalí. Parte jabalí, parte hombre, y con elementos de otras bestias del bosque. Camina erguido, pero puede correr raudo como el viento. Se pinta la cara de blanco para que parezca un rostro humano. No sé en qué era vivió, pero una cosa es segura, fue mucho antes de existir el hombre tal como nosotros lo entendemos. Ese monstruo viene de una era en que el hombre y la naturaleza estaban tan próximos, que apenas se podía distinguir el uno de la otra.

    Entonces, me rozó el brazo. Fue un toque titubeante, casi como si tuviera miedo de estar en contacto con alguien de quien tanto se había distanciado.

    —Cuando corras —dijo—, ve hacia el lindero del bosque. No te detengas. Sal de ahí, y no vuelvas. Ahora no hay salida para mí. Es una parte de mi propia mente, que me ata a este bosque tanto como si yo mismo fuera un mitago. No vuelvas, Steve. Al menos, en mucho, mucho tiempo.

    —Chris… —empecé a decir.

    Pero era demasiado tarde. Mi hermano había apartado de golpe la cubierta de espino, y corría alejándose de mí. Momentos después, la forma más enorme que se pueda imaginar pasó sobre mi cabeza, y un enorme pie negro se plantó a centímetros de mi cuerpo paralizado. Todo sucedió en una fracción de segundo.

    Cuando conseguí salir del agujero y echar a correr, di un rápido vistazo a la criatura. Me había oído, y también me miraba. Durante aquel instante de contemplación recíproca, mientras los dos nos alejábamos en el bosque, vi el rostro pintado sobre la cabeza negra de jabalí.

    El Urscumug abrió la boca para dejar escapar un rugido, y mi padre pareció mirarme.



    SEGUNDA PARTE Los cazadores salvajes
    Uno


    Una mañana, a principios de la primavera, encontré un montón de liebres colgadas de uno de los ganchos de la cocina. Bajo ellas, garabateada con la pintura amarilla que había utilizado para la valla, había una letra «C». El regalo se repitió unas dos semanas más tarde. Después, nada. Y pasaron los meses.

    Yo no había vuelto al bosque.

    Durante el largo invierno, había leído mil veces el diario de mi padre. Me adentré en el misterio de su vida tanto como él se había adentrado en el misterio de su propio enlace inconsciente con el bosque primitivo. En las erráticas anotaciones encontré abundantes referencias a su sensación de peligro, a lo que, en una ocasión, llamó «idea mitológica del ego», la influencia de la mente del creador. Él pensaba que podía afectar a la forma y comportamiento de los mitagos.

    Entonces, había sido consciente del peligro. Me pregunté si Christian habría comprendido plenamente esta sutilidad de los procesos que tenían lugar en el bosque. De la oscuridad del dolor que anidaba en la mente de mi padre había surgido una sola hebra para dar forma a la chica de la túnica verde, condenándola quedar indefensa en un bosque agresivo. Si la chica tenía que surgir de nuevo sería la mente de Christian la que la controlase, y Christian no tenía tales prejuicios sobre las capacidades y debilidades de una mujer.

    El encuentro sería diferente.

    El libro de notas me asombraba y me entristecía a la vez. Había muchas anotaciones que se referían a los años anteriores a la guerra, a nuestra familia, a Chris y sobre todo a mí: era como si mi padre nos hubiera mirado constantemente, como si ésa fuera su manera de relacionarse con nosotros, de estar cerca de nosotros. Pero, mientras nos miraba, siempre pareció distante, frío.

    Yo había pensado que ni siquiera me veía. Creí que, para él, era una simple molestia, un insecto pesado que espantaba de un manotazo, sin apenas verlo. Y ahora descubría que siempre me había observado, que anotaba todos mis juegos, mis paseos cerca y alrededor del bosque, y los efectos de éste sobre mí.

    Un incidente, reseñado breve, rápidamente, me recordó un largo día de verano, cuando tenía nueve o diez años. En él, desempeñaba un papel importante un barco de madera, que Chris había tallado de un trozo de haya, para que yo lo pintara. El barco, el riachuelo que llamábamos Arroyo Arisco, y un revuelto pasaje a través del bosque bajo el jardín. Diversión inocente, infantil, y mi padre no había dejado de observarnos ni un momento, una sombra oscura en la ventana de su estudio.

    El día comenzó bien: un amanecer fresco, luminoso. Desperté viendo a Chris en las ramas de la haya, cerca de las ventanas de mi cuarto. Trepé desde la ventana, en pijama, y los dos nos sentamos allí, en nuestro campamento secreto, contemplando a lo lejos las actividades del granjero que trabajaba las tierras de los alrededores. En otro punto de la casa había movimiento, e imaginé que la señora de la limpieza había llegado pronto para aprovechar el hermoso día de verano.

    Chris tenía el trozo de madera, y ya había dado forma al casco del pequeño bote. Discutimos los planes para pasar un día épico junto al río, y volvimos a entrar en casa para vestirnos, devorar el desayuno recién preparado por la somnolienta figura de nuestra madre, y salir otra vez al cobertizo, donde pronto conseguimos tallar un mástil y colocarlo sobre el casco. Lo pinté de rojo y tracé nuestras iniciales a cada lado del mástil. Una vela de papel, unos cuantos aparejos, y el gran navío estuvo preparado.

    Salimos corriendo del patio y bordeamos el denso bosque silencioso, hasta encontrar el arroyo donde tendría lugar la botadura del navío.

    Recuerdo que corrían los últimos días de julio, cálidos y tranquilos. El riachuelo llevaba poca agua, y las orillas estaban agrietadas y secas, llenas de excrementos de oveja. El agua era algo verdosa, ya que en las piedras y el lodo del fondo crecían multitud de algas. Pero la corriente era fuerte, constante. El arroyo cruzaba los campos cultivados, entre los árboles bañados por el sol, para luego adentrarse entre la maleza más espesa y pasar bajo la puerta de la verja en ruinas. La verja estaba llena de hierbajos, zarzales y arbustos. La había puesto Alphonse Jeffries para evitar que los «golfillos», como Christian y yo, vagabundeáramos junto a las aguas más profundas de la alberca, donde el arroyo se hacía más ancho, y sus aguas más revueltas.

    Pero la verja estaba podrida, y había un buen agujero bajo ella, por donde el barco de nuestros sueños podía pasar con toda facilidad.

    Chris puso la maqueta en el agua con gran ceremonia.

    —¡Que Dios acompañe a todos los que viajen en ti! —dijo solemnemente.

    —¡Que vuelvas sano y salvo de tu aventura, Viajero! —añadí yo.

    Lo de Viajero nos parecía un nombre suficientemente dramático. Lo habíamos sacado de nuestro tebeo favorito.

    Chris soltó el barquito. Se tambaleó y giró mientras se alejaba de nosotros. No parecía muy cómodo en el agua. Me disgustó bastante que el bote no navegara como los de verdad, que se inclinara ligeramente hacia un lado, que subiera y bajara con cada diminuta ola. Pero era emocionante ver alejarse el pequeño barco, en dirección al bosque. Y al final, antes de desaparecer bajo la verja, sí pareció navegar de verdad en el océano. Dio la impresión de que el mástil se encogía para atravesar el obstáculo, y ya no lo vimos más.

    Entonces empezaba lo divertido. Corrimos jadeantes alrededor del bosque. Era un buen trayecto a través de un sembradío privado, lleno de altas espigas de maíz, y luego por las vías del tren y por un campo donde pastaban las vacas. En uno de los rincones había un toro. Alzó la cabeza para mirarnos, y bufó, pero pareció conformarse con eso.

    Tras pasar por la granja, junto a los animales, llegamos al extremo norte del bosque de robles. Por allí resurgía el Arroyo Arisco, una corriente más amplia y menos profunda.

    Nos sentamos y esperamos a que llegara nuestra nave para darle la bienvenida.

    En mi imaginación, durante aquella larga tarde en la que jugamos bajo el sol y escudriñamos la oscuridad del bosque en busca de cualquier señal de nuestro barco, la pequeña nave se encontraba con toda clase de animales extraños, de torbellinos y rápidos. Casi podía verla luchando valientemente contra mares tormentosos, perseguida por nutrias y ratas de agua que se lanzaban sobre su borda. Lo más importante fueron las imágenes mentales de aquel viaje, los sueños que inspiró la hazaña del pequeño bote. ¡Cómo habríamos disfrutado de verlo aparecer por el Arroyo Arisco! ¡Cuánto habríamos discutido sobre su rumbo, su viaje, sus aventuras!

    Pero el barquito no apareció. Tuvimos que enfrentarnos a la dura realidad de que, en algún punto de aquel bosque, oscuro y denso, la maqueta se había quedado enganchada entre unas ramas. Encallada, se quedaría donde estuviera hasta pudrirse, hasta volver de nuevo a la tierra.

    Disgustados, volvimos a casa al anochecer. Las vacaciones veraniegas habían empezado con un desastre, pero pronto olvidamos el barco.

    Entonces, seis semanas después, poco antes del largo viaje en coche y en tren que nos llevaría de vuelta al colegio, Christian y yo volvimos a la parte norte del bosque, esta vez paseando con los dos perros ojeadores de nuestra tía. La tía Edie era un auténtico castigo, y agradecíamos cualquier oportunidad para salir de la casa cuando estaba ella, incluso en un día tan encapotado y húmedo como aquel viernes de septiembre.

    Llegamos junto al Arroyo Arisco y allí, para nuestra sorpresa y alegría, estaba el Viajero, tambaleándose y girando en la corriente. El arroyo estaba muy crecido tras las lluvias de finales de agosto. La nave remontó las olas con gallardía, siempre enderezándose, a punto ya de perderse en la distancia.

    Corrimos por la orilla del riachuelo, mientras los perros ladraban con todas sus fuerzas, encantados por la repentina carrera. Al final, Christian ganó terreno al barquito, y sacó del agua nuestra pequeña maqueta.

    Le sacudió el agua y lo alzó, con el rostro brillante de alegría. Sudoroso, llegué junto a él y le quité la maqueta. La vela estaba intacta, las iniciales seguían allí. El pequeño objeto de nuestros sueños estaba exactamente igual que el día en que lo botamos.

    —Supongo que se quedó encallado, y que volvió a navegar cuando subió el agua —comentó Christian. ¿Qué otra explicación teníamos?

    Pero, aquella misma noche, mi padre escribió lo siguiente en su diario:

    Incluso en las zonas más periféricas del bosque, el tiempo se distorsiona en gran manera. Es lo que sospechaba. El aura producida por el bosque primario tiene un pronunciado efecto sobre la naturaleza de las dimensiones. En cierto modo, los chicos han llevado a cabo el experimento por mí, soltando su barquito de juguete en un arroyo que corre —o eso se cree— por la parte exterior del bosque. Ha tardado seis semanas en atravesar la zona exterior. Una distancia que, en términos reales, no es de más de kilómetro y medio. ¡Seis semanas! Más al centro del bosque, si la expansión de tiempo y espacio se incrementa progresivamente —es lo que sospecha Wynne-Jones—, ¿quién puede imaginar los extraños paisajes que hay allí?


    Durante el resto del largo y húmedo invierno que siguió a la desaparición de Christian, frecuenté cada vez más a menudo la oscura habitación polvorienta de la parte trasera de la casa: el estudio de mi padre. Encontraba un extraño consuelo entre los libros y especímenes. Me sentaba durante largas horas junto a su escritorio, sin leer, sin siquiera pensar, con la mirada fija en algún punto cercano, como si esperase algo. Me daba cuenta con toda claridad de que mi comportamiento resultaba bastante peculiar, y salía de aquellos ensueños casi enfadado.

    Siempre había cartas que escribir, sobre todo de tipo económico, ya que el dinero del que vivía sé acercaba rápidamente a una suma incapaz de garantizarme más de unos meses de reclusión e inactividad. Pero me resultaba difícil concentrarme en asuntos tan vulgares mientras pasaban las semanas. Chris seguía sin aparecer, y el viento y la lluvia soplaban como seres vivos contra los cristales de los balcones, casi llamándome para que me reuniera con mi hermano.

    Tenía demasiado miedo. Aunque sabía que la bestia me había rechazado otra vez, que había preferido seguir a Christian a las profundidades del Bosque Ryhope, no podía enfrentarme a la idea de repetir el enfrentamiento. Conseguí volver a casa, exhausto y angustiado, y ahora lo único que podía hacer era caminar por las afueras del bosque, llamando a Christian, esperando, siempre esperando, que apareciera otra vez de repente. ¿Cuánto tiempo pasé allí de pie, mirando la parte del bosque que se divisaba desde el balcón? ¿Horas? ¿Días? Tal vez fueran semanas. Los niños, los habitantes del pueblo, los peones de las granjas…, siempre se veía a alguien, figuras trabajando los campos o rodeando los árboles, atravesando la hacienda. Cada vez que veía una forma humana, el corazón me saltaba en el pecho, sólo para ver mis esperanzas frustradas minutos más tarde.

    Refugio del Roble era húmedo, y a humedad olía, pero no se encontraba en un estado más lamentable que su inquieto ocupante.

    Examiné cada centímetro del estudio. Pronto conseguí acumular una extraña colección de objetos que, años antes, no me habrían interesado en absoluto.

    Puntas de flechas y lanzas, tanto de bronce como de piedra, y también collares, algunos de ellos hechos con grandes colmillos. Descubrí que dos instrumentos de hueso —astas largas y delgadas, con múltiples dibujos— servían para dar velocidad a las lanzas. El objeto más bello era un caballito de marfil, muy estilizado, con un cuerpo extrañamente grueso y patas finas, pero talladas con una maestría exquisita. El agujero que le atravesaba el cuello indicaba que su función era servir de colgante. En los flancos del caballo, grabadas con claridad inconfundible, había dos figuras humanas in copulo.

    Aquel objeto me hizo revisar de nuevo una breve referencia en el diario:

    El Sepulcro del Caballo sigue desierto. Supongo que es lo mejor. El shamán ha vuelto a las tierras centrales, más allá del fuego del que hablaba. Me dejó un regalo. El fuego me intriga. ¿Por qué le tenía tanto miedo? ¿Qué hay más allá?


    Por fin descubrí el equipo de «puente frontal» que había utilizado mi padre.

    Christian lo había destruido todo lo posible: rompió la extraña máscara y dobló y deformó varios instrumentos eléctricos. Era una labor cruel, apenas pude creer que mi hermano lo hubiera hecho, pero me pareció entender la razón. Christian estaba celoso de cualquier posible intromisión en la realidad donde buscaba a Guiwenneth, y no quería que nadie más experimentase con la generación de mitagos.

    Cerré el armario donde estaban los restos de la máquina.

    Para animarme y librarme en parte de aquella obsesión, reinicié mi relación con los Ryhope, que vivían en la gran casa. Parecieron encantados de contar con mi compañía…, si exceptuamos a las dos hijas adolescentes, chicas engreídas y afectadas que me consideraban muy inferior a ellas. Pero el capitán Ryhope, cuya familia había ocupado aquellas tierras durante muchas generaciones, me regaló pollos con los que repoblar mis gallineros, mantequilla de su propia granja y, lo mejor de todo, muchas botellas de vino.

    Creo que era su manera de demostrar comprensión por lo que a él debían de parecerle una sucesión de tragedias en mi vida.

    El capitán no sabía nada sobre el bosque, ni siquiera que la mayor parte seguía virgen. Solían talar en la parte sur cuando necesitaban leña para la chimenea y madera para la granja. Pero la última referencia que pudo encontrar en los anales de su familia sobre intentos de explotar el bosque, era una breve alusión datada en 1722:

    El bosque no es seguro. La parte que hay entre Cavas Bajas y los Desmochados, y que se entiende hasta el Campo de la Acequia, es pantanosa y la frecuentan extraños pueblerinos que conocen muy bien el bosque y la manera de sobrevivir en él. Echarlos a todos sería muy costoso, así que he dado orden de vallar este lugar y talar los árboles del sur y el sudoeste. Se han instalado trampas.


    Durante dos siglos más, la familia siguió ignorando aquella inmensa extensión de bosques salvajes. Era un hecho que me resultaba difícil de creer y comprender…, pero, incluso hoy en día, el capitán Ryhope apenas se fijaba en la zona boscosa que interrumpía los campos, tan extrañamente bautizados.

    Era simplemente «el bosque», y la gente lo bordeaba, o usaba los senderos que recorrían la periferia, pero nadie pensaba en adentrarse en él. Era «el bosque».

    Siempre había estado ahí. Era un hecho de la vida. Y la vida seguía a su alrededor.

    Me enseñó una anotación hallada en los libros de la casa, fechada en 1536, o quizá 37, no se distinguía bien. Fue antes de los tiempos de su familia, y si me mostró el fragmento fue más por orgullo de la alusión al rey Enrique VIII que por su referencia a las extrañas cualidades del Bosque Ryhope:

    Al rey le complació cazar en los bosques, con cuatro miembros de su séquito y dos damas. Se llevaron cuatro halcones. El rey expresó su admiración ante lo peligroso de la caza, y cabalgó con la necesaria cautela por el bosque. Volvió a la mansión al anochecer. El rey en persona había matado un venado. El rey habló de fantasmas, y habló largo rato sobre cómo Robín Hood le persiguió por los claros más profundos del bosque, además de dispararle una flecha. Ha prometido volver a cazar en la hacienda la temporada que viene.


    Poco después de Navidad, mientras preparaba algo de comer en la cocina, detecté un movimiento a mi lado. Fue una auténtica conmoción, un momento de pánico que me hizo saltar. La adrenalina me hacía galopar el corazón.

    En la cocina no había nadie. Pero el movimiento continuó, una sombra titubeante que atisbaba por el rabillo del ojo. Crucé la casa corriendo y entré en el estudio. Me senté tras el escritorio y apoyé las manos sobre la superficie de madera barnizada, mientras jadeaba.

    El movimiento cesó.

    Pero era una presencia creciente a la que tenía que enfrentarme. Mi propia mente estaba interactuando ya con el aura del bosque, y los primeros premitagos se formaban en mi visión periférica. Eran formas confusas, inquietas, que parecían tratar de llamarme la atención.

    Mi padre necesitó el «puente frontal», la extraña máquina que parecía salida de Frankenstein, para que su mente vieja generase aquellas presencias míticas «almacenadas» en su subconsciente racial. Su diario, las anotaciones sobre los experimentos con Wynne-Jones, y también Chris, me habían dicho que una mente más joven podría interactuar con el bosque más fácil y rápidamente de lo que mi padre había creído posible.

    El estudio era un buen lugar en el que refugiarme de esas formas llamativas, aterradoras. El bosque sólo había tendido sus oscuros tentáculos psíquicos hasta las habitaciones más cercanas de la casa, la cocina y el comedor. Alejarse de aquella zona, cruzar el descansillo y el corredor que llevaba al estudio de mi padre, era como librarse de aquellos movimientos insistentes.

    Con el tiempo, en cuestión de semanas, las imágenes de mi subconsciente que se iban materializando, poco a poco, me asustaron cada vez menos. Se convirtieron en una parte de mi vida, algo molesta, pero no amenazadora. No volví a acercarme al bosque. Creía que, así, dejaría de generar mitagos que luego se materializaran para molestarme. Pasé mucho tiempo en el pueblo más cercano, y aproveché todas las ocasiones posibles para viajar a Londres y visitar a mis amigos. No quise establecer contacto con la familia del amigo de mi padre, Edward Wynne-Jones, aunque cada vez me resultaba más necesario encontrar a aquel hombre para hablar con él sobre sus descubrimientos.

    Supongo que estaba actuando como un cobarde. Pero, al verlo con cierta perspectiva, me atrevo a atribuirlo más bien a mi intranquilidad ante la falta de datos sobre lo que estaba haciendo Christian. Mi hermano podía volver en cualquier momento. Al no saber a ciencia cierta si estaba muerto, o sólo extraviado, me veía impelido a no hacer ningún movimiento.

    Estaba estancado. El flujo del tiempo a través de la casa, la interminable rutina de comer, asearme, leer, pero sin dirección, sin objetivo.

    Los regalos de mi hermano —las liebres y las iniciales— me hicieron reaccionar con algo muy parecido al pánico. A principios de la primavera, me aventuré por primera vez hasta los alrededores del bosque, para llamar a Christian.

    Y poco después de esta interrupción en la rutina, quizá a mediados de marzo, tuvo lugar la primera de las dos visitas procedentes del bosque que iban a afectarme tan profundamente durante los meses siguientes. De esas dos emergencias, la segunda fue la que tendría una importancia más inmediata; pero el significado de la primera sería cada vez más evidente… No obstante, en aquel frío anochecer desapacible de marzo, fue una presencia enigmática que pasó por mi vida como un aliento frío, un encuentro momentáneo.

    Había pasado el día en Gloucester, visitando el banco donde todavía controlaban los asuntos de mi padre. Fueron unas horas frustrantes; todo estaba a nombre de Christian, y no tenía pruebas de que mi hermano hubiera aceptado cederme el control de las cuestiones económicas. Mi apelación a que Christian estaba perdido en unos bosques lejanos fue escuchada con simpatía, pero con poquísima comprensión. Se seguían pagando las cuentas de siempre, desde luego. Pero mis disponibilidades económicas mermaban rápidamente y, sin un cierto acceso a la cuenta de mi padre, me vería obligado a trabajar. Cuando llegué, estaba ansioso por conseguir un empleo honrado. Ahora, distraído y obsesionado con el pasado, sólo quería que me dejaran gobernar mi propia vida.

    El autobús iba con retraso, y el viaje de vuelta a casa atravesando los campos de Herefordshire era lento. Una y otra vez nos veíamos detenidos por el ganado que cruzaba las carreteras. Estaba a punto de anochecer cuando recorrí en bicicleta los últimos kilómetros que separaban la estación de autobuses de Refugio del Roble.

    Hacía frío en la casa. Me puse un mono sin mangas y me dediqué a preparar la chimenea, quitando las cenizas del día anterior. El aliento se me helaba en el aire, y tiritaba violentamente… y, en ese momento, comprendí que un frío tan intenso no era natural. La habitación estaba vacía. Al otro lado de las ventanas, cubiertas con cortinas de encaje, los jardines delanteros eran una mancha marrón y verde, los últimos restos visibles antes de que cayera la noche. Encendí la luz, me froté los brazos y recorrí rápidamente toda la casa.

    No había la menor duda. Aquel frío no era normal. A ambos lados de la casa, en la parte interior de las ventanas, empezaba a formarse hielo. Lo barrí con la mano y miré por el hueco a través del patio posterior.

    Hacia el bosque.

    Allí había movimiento, una leve vibración, tan tenue e intangible como los movimientos tililantes de los premitagos que, aunque poblaban mi visión periférica, habían dejado de preocuparme. Observé aquel lejano movimiento, que se deslizaba entre los árboles y matorrales del bosque, y que parecía proyectar una sombra móvil sobre el campo cubierto de cardos que separaba los árboles del jardín.

    Allí había algo, algo invisible. Algo que me miraba y se acercaba lentamente a la casa.

    Sin saber qué hacer, aterrado ante la sola idea de que el Urscumug hubiera vuelto al lindero del bosque para buscarme, cogí la pesada lanza que había fabricado durante las largas semanas de diciembre. Era una defensa primitiva y burda, pero, en cierto modo, más satisfactoria de lo que habría sido una pistola.

    Pensaba que, contra lo primitivo, no se podía usar más que un arma primitiva.

    Al bajar la escalera, noté una bocanada de aire cálido en mis mejillas heladas, como la rápida respiración de un ser que pasara junto a mí. Una sombra pareció pender sobre mi cabeza, pero desapareció rápidamente.

    En el estudio de mi padre, el aura de inquietud desapareció, quizá por no poder competir contra el poderoso residuo de intelecto que representaba el fantasma de mi padre. Eché una mirada por el balcón, hacia la parte del bosque que se veía desde allí. Antes, tuve que frotar el hielo del cristal. Me sentía como debió de sentirse mi padre, asustado, intrigado, atraído por los enigmáticos acontecimientos que tenían lugar más allá de los límites humanos de la casa y sus alrededores.

    Uno de los tentáculos pasó por encima de la valla y se extendió hasta el balcón.

    Me aparté de un salto, asustado, y el rostro que me miraba desde fuera desapareció. La sorpresa hizo que el corazón me latiera a toda velocidad, y dejé caer la lanza. Mientras me agachaba para recoger el arma, los cristales vibraron.

    La puerta de madera sufrió un violento golpe, y las gallinas parecieron enloquecer.

    Pero yo sólo podía pensar en aquella cara. ¡Era tan extraña…! Humana, sí, pero con rasgos que sólo puedo describir como élficos. Los ojos eran rasgados; el interior de la boca sonriente, de un rojo brillante. Aquel rostro no tenía nariz ni orejas, pero una hirsuta mata de cabello indomable le brotaba del cráneo y de las mejillas.

    Era a la vez cruel, malévolo, divertido y aterrador.

    De pronto, el cielo se oscureció, y fuera de la casa todo pasó a ser gris y nebuloso. Los árboles quedaron amortajados en una niebla sobrenatural, aunque un extraño brillo surgía de un punto cercano al Arroyo Arisco.

    Por fin, la curiosidad se impuso al miedo. Abrí el balcón y salí al jardín, caminando cautelosamente en la oscuridad, hacia la puerta. Por el oeste, en dirección a Grimiey, el horizonte brillaba. Podía distinguir con toda claridad las siluetas de las granjas, los matorrales y las colinas. En el este, en dirección a la mansión de los Ryhope, el anochecer también era claro. Aquella nube sombría y tormentosa sólo pendía sobre el bosque y sobre Refugio del Roble.

    Los elementales llegaron entonces con toda su potencia. Surgieron de la misma tierra, se alzaron a mi alrededor, flotando, sondeando, emitiendo extraños sonidos muy parecidos a carcajadas. Me volví para tratar de distinguir alguna forma racional en las ráfagas de criaturas, y distinguí ocasionalmente una cara, una mano, un dedo largo y curvo, con una brillante uña engarriada que me señalaba. Pero siempre desaparecían antes de que pudiera tocarlas. Alcancé a ver formas femeninas, ágiles y sensuales. Pero, sobre todo, vi los rostros sonrientes de algo que era más élfico que humano. Melenas al viento, ojos brillantes, bocas abiertas en gritos silenciosos. ¿Eran mitagos? Apenas tuve tiempo de preguntármelo. Me tocaban el pelo, me rozaban la piel. Dedos invisibles se me clavaban en la espalda y me hacían cosquillas bajo las orejas. El silencio del anochecer gris se veía quebrado por ráfagas bruscas y breves de risas traídas por el viento, o por los escalofriantes gritos de las aves nocturnas que volaban sobre mí, con alas anchas y rostros humanos.

    Los árboles más exteriores del bosque se mecían rítmicamente. En sus ramas, a través de la niebla, vi más formas, sombras que se perseguían por los campos oscuros. Estaba en el centro de una actividad sobrenatural de proporciones increíbles.

    De repente, la actividad cesó, y la luz procedente del Arroyo Arisco se hizo más intensa. El silencio era escalofriante, aterrador. El frío me helaba los huesos, y tenía calambres por todo el cuerpo. La luz fue surgiendo de la niebla y el bosque, y, al ver su fuente, me quedé atónito.

    Un bote salió navegando de entre los árboles. Se movía con seguridad sobre un arroyo demasiado pequeño para la envergadura del casco. El bote estaba pintado con colores brillantes, pero la luz provenía de la figura que se alzaba de pie en la proa. Y aquella figura me miraba. Tanto bote como hombre eran dos de las cosas más extrañas que he visto jamás. El bote tenía la proa y la popa muy altas, y una sola vela colocada en ángulo. Ningún viento hinchaba la lona gris y los aparejos negros. La madera del casco estaba llena de símbolos y dibujos. Dos extrañas estatuas adornaban la proa y la popa, y ambas gárgolas parecieron volverse para mirarme.

    El hombre brillaba con un aura dorada. Sus ojos me contemplaban desde debajo de un resplandeciente casco de bronce con una complicada cresta, casi ocultos entre las protecciones de las mejillas. La barba, blanca como la tiza y con hebras rojas, le llegaba hasta el ancho pecho. Se inclinó sobre la borda del bote, envolviéndose el cuerpo con la adornada capa. La luz que le rodeaba arrancaba destellos de su armadura metálica.

    A su alrededor, los espíritus y fantasmas que habitaban en la periferia del bosque jugaban sin cesar. Parecían perseguir la nave, muy divertidos ante el movimiento en las tranquilas aguas del arroyo.

    La mirada recíproca, a una distancia de no más de cien metros, duró todo un minuto. Entonces, empezó a soplar un extraño viento, que hinchó la vela de la escalofriante nave. Los aparejos negros se movieron, el bote se estremeció, y el hombre brillante alzó la vista hacia el cielo. A su alrededor, las fuerzas oscuras de aquella noche se reunieron, atestando el barco, gimiendo y llorando con las voces de la naturaleza.

    El hombre arrojó algo en mi dirección, y luego alzó la mano en el gesto universal de agradecimiento. Caminé hacia él, pero una repentina ráfaga de viento me cegó. Los elementales se arremolinaban a mi alrededor. Vi como el brillo dorado desaparecía lentamente, de vuelta al bosque, con la popa convertida ahora en proa y la vela llena de una saludable brisa. Por mucho que lo intenté, no pude traspasar la barrera de fuerzas protectoras que acompañaban al misterioso extranjero.

    Cuando por fin pude moverme, la nave ya había desaparecido, y la oscura nube que pendía sobre el bosque se disolvió como por ensalmo, como el humo absorbido por un ventilador. Era un anochecer luminoso. Volví a sentir calor. Me dirigí hacia el objeto que había lanzado el hombre, y lo recogí.

    Era una hoja de roble, tan ancha como mi mano, labrada en plata. Una obra maestra de artesanía. Al examinarla con más atención, vi el dibujo: una letra C en el perfil de una cabeza de jabalí. La hoja estaba rota, había un desgarrón largo y delgado, como si alguien hubiera atravesado el metal con un cuchillo. Me estremecí. Aunque entonces no sabía aún por qué la mera visión de aquel talismán me causaba temor.

    Volví a la casa para pensar en las extrañas formas mitago que todavía emergerían del bosque.


    Dos


    La lluvia se abatió sobre la tierra, una ducha húmeda que parecía venir de un cielo demasiado brillante como para portar aquel diluvio. El campo se convirtió en un lodazal traicionero, que me entorpecía el camino de vuelta a Refugio del Roble.

    La lluvia me empapó el grueso jersey y los pantalones, y la sentí sobre la piel, fría, irritante. Me había tomado por sorpresa mientras bajaba paseando de la mansión tras trabajar unas horas en el jardín, a cambio de un trozo de carnero de sus reservas de carne salada.

    Atravesé corriendo el jardín y lancé el pesado trozo de carne dentro de la cocina. Todavía bajo la lluvia, me quité el empapado jersey. El aire estaba impregnado del olor a tierra y a bosque, y cuando estaba allí, colgando la ropa mojada, la tormenta pasó, y el cielo se aclaró ligeramente.

    El sol apareció entre las nubes y, durante unos segundos, una ola cálida me animó a pensar que los últimos días de abril dejaban paso a los primeros de mayo, y que los inicios del verano estaban a la vuelta de la esquina.

    Entonces vi la matanza junto al gallinero, y un escalofrío de aprensión me hizo correr hacia la puerta de la cocina…

    Una puerta que antes había dejado cerrada, de eso estaba seguro. Una puerta que alguien había abierto mientras yo huía de la lluvia.

    Dejé el jersey y caminé cautelosamente hacia el gallinero. Allí encontré las cabezas de dos gallinas, con los cuellos todavía sangrantes, separadas de los cuerpos por un tajo de cuchillo. En el suelo, que la lluvia había reblandecido, encontré huellas de pequeños pies humanos.

    En cuanto entré en la casa, supe que había tenido un visitante durante mi ausencia. Los cajones de la mesa de la cocina estaban abiertos, así como los armarios; las jarras y latas de alimentos en conserva estaban por el suelo, algunas abiertas y medio vacías. Recorrí la casa, y observé que las huellas de barro pasaban por la sala de estar, por el estudio, que subían por la escalera y entraban en varios dormitorios.

    En mi habitación, las huellas, un vago perfil de dedos y talones, se detenían junto a la ventana. Alguien había movido mis fotografías, las de Christian y las de mi padre, que tenía sobre la cómoda. Cuando examiné a la luz las fotografías enmarcadas, advertí la huella de unos dedos sobre el cristal.

    Tanto las huellas de los dedos como las de los pies eran pequeñas, pero no infantiles. Supongo que, incluso entonces, ya sabía quién era mi visitante misterioso, y por eso no sentí tanta aprensión como curiosidad.

    Hacía pocos minutos que ella había estado allí. No había sangre en la casa, prueba evidente de que se había llevado el botín de su incursión. Pero, al acercarme por el campo, no había oído ningún ruido extraño. Entonces, todo había sucedido hacía cinco minutos, ni más ni menos. La chica se había acercado a la casa, oculta por la lluvia, para examinarlo y curiosearlo todo con una minuciosidad admirable, y luego volvió rápidamente al bosque, no sin detenerse antes para arrancar la cabeza a dos de mis preciosas gallinas. Caí en la cuenta de que, probablemente, en aquel mismo momento me observaba desde el lindero del bosque.

    Me puse una camisa y unos pantalones limpios, y salí al jardín para observar la densa maleza y los escondrijos sombríos por los que discurrían los senderos del bosque. No vi nada.

    Entonces, decidí que tendría que hacerme a la idea de volver al bosque.

    El día siguiente amaneció más luminoso, y considerablemente más seco, así que cogí la lanza, un cuchillo de cocina y un impermeable y me encaminé cautelosamente hacia el interior del bosque, hasta el claro donde había plantado mi campamento unos meses antes. Para mi sorpresa, apenas quedaban rastros de aquel campamento. La tienda de lona había desaparecido, y alguien se había llevado las latas y los botes. Al examinar cuidadosamente el terreno, sólo encontré un mástil de la tienda, doblado y retorcido. Hasta el mismo claro había cambiado: estaba lleno de retoños de roble. Ninguno alcanzaba el metro de altura, y se aglomeraban en aquel espacio, demasiados para sobrevivir, pero demasiado altos para haber crecido en el transcurso de unos pocos meses… ¡Y meses de invierno, por añadidura!

    Tiré de uno de los arbolitos y descubrí que estaba profundamente enraizado.

    Me despellejé la mano y rompí la tierna corteza antes de que la planta deshiciera su firme abrazo con la tierra.

    No volvió aquel día, ni al siguiente, pero a partir de entonces fui cada vez más consciente de que, por las noches, tenía visita. La comida desaparecía de la despensa. Los objetos, sobre todo los cacharros de cocina, cambiaban de lugar.

    Además, algunas mañanas, flotaba un extraño olor en la casa, un olor que no era de tierra, ni de mujer, sino —si pueden imaginar la extraña combinación— de una mezcla de ambas cosas. Donde más lo notaba era en el vestíbulo, y solía pasar allí largos minutos, dejando que mi olfato se inundara con aquel aroma particularmente erótico. También solía encontrar barro y rastros de hojas en el suelo y en la escalera de la casa. Mí visitante era cada vez más osada. Imaginé que, mientras yo dormía, se quedaba en la puerta del dormitorio, y me miraba.

    Por extraño que parezca, la idea no me causaba aprensión.

    Puse la alarma del reloj para despertarme a medianoche, pero sólo conseguí dormir mal y levantarme de un humor espantoso. La primera vez que sonó el despertador, descubrí que mi visitante ya había pasado, porque el fuerte olor a mujer y a bosque inundaba la casa, excitándome de una manera que casi me avergüenza reconocer. En la segunda ocasión, ella no me visitó. La casa estaba en silencio. Eran las tres de la madrugada, y sólo olía a lluvia. Y a cebollas, parte de mi cena.

    Pero, en aquella ocasión, me alegré de haber puesto el despertador tan temprano: aunque mi ninfa del bosque no estaba a la vista, tenía otras visitas. En cuanto me incorporé en la cama, oí el ruido de las gallinas, nerviosas.

    Inmediatamente, corrí escalera abajo, hacia la puerta trasera, y sostuve en alto la lámpara de aceite. Tuve tiempo de ver un instante dos figuras de hombres, altos y robustos, antes de que el cristal de la lámpara saltara en pedazos y la llama se extinguiera. Al pensar en aquel incidente, recuerdo el silbido en el aire cuando lanzaron la piedra, con una puntería casi increíble.

    En la oscuridad, observé a los dos hombres, y ellos me devolvieron la mirada.

    Uno tenía la cara pintada de blanco, y parecía ir desanudo. El otro llevaba unos pantalones anchos y una capa corta. Tenía el pelo largo y rizado, pero quizá sólo imaginé ese detalle. Cada uno llevaba un pollo vivo, agarrado por el cuello para ahogar los gritos del animal. Mientras les miraba, retorcieron la cabeza a los pollos, echaron a andar hacia la valla y se alejaron en la noche. Justo antes de perderse en la oscuridad, el de los pantalones anchos se volvió hacia mí y me saludó.

    Me quedé despierto hasta el amanecer, sentado en la cocina, mordisqueando un trozo de pan y tomando dos tazas de té que, en realidad, no me apetecían. En cuanto amaneció, me vestí por completo y bajé a investigar el gallinero. Ahora sólo quedaban dos animales, que paseaban irritados por la arena llena de grano, y cloqueaban, casi resentidos.

    —Haré lo que pueda —les dije—, pero tengo la sensación de que sufriréis el mismo destino.

    Las gallinas se alejaron de mí, quizá pidiendo que les dejara disfrutar su última comida en paz.

    Un brote de roble, de diez centímetros de altura, crecía en medio del gallinero.

    Sorprendido y fascinado, lo arranqué. Me intrigaba el modo en que la misma naturaleza parecía infiltrarse en mis territorios, que tan celosamente guardaba.

    Alerta ante todo lo que brotaba del suelo, examiné los alrededores.

    Los retoños de roble crecían por todo el jardín contiguo al estudio, incluso en el campo de cardos que conectaba esa zona con el bosque. Había más de un centenar de brotes, ninguno de los cuales alcanzaba los quince centímetros de altura, dispersos por el jardincillo que iba del balcón del estudio hasta la verja.

    Salté la valla y vi que aquel campo, descuidado desde hacía muchos años, estaba ahora cubierto de brotes. Eran más altos cuanto más cerca del bosque crecían, tenían casi mi altura. Calculé la anchura y extensión que ocupaban, y comprendí con un escalofrío que una especie de tentáculo del bosque, de doce o quince metros de altura, se tendía hacia la casa, hacia la polvorienta biblioteca.

    Comencé a verlo como un pseudópodo de bosque que intentaba arrastrar la casa hacia el aura del bloque principal. No sabía si dejar allí los robles, o arrancarlos. Pero, cuando me agaché para aplastar uno, la actividad premitago en mi visión periférica se agitó, casi furiosa. Decidí dejar que siguieran con su extraño crecimiento. Llegaban hasta la misma casa, pero podría destruirlos cuando fueran demasiado grandes, aunque crecieran a una velocidad anormal.

    La casa estaba encantada. La sola idea me fascinaba, aunque escalofríos de miedo me recorrieran la columna vertebral. Pero no era un terror auténtico, sino la misma sensación de miedo e inquietud que se tiene al ver una película de Boris Karloff, o al escuchar un relato de fantasmas por la radio. Pensé que yo mismo me había convertido en parte del hechizo que tenía lugar en Refugio del Roble, y que, por tanto, mi respuesta a los signos y manifestaciones de presencia espectral no era normal.

    O quizá fuera algo aún más sencillo: quería a la chica. A la chica. La chica del bosque que había obsesionado a mi hermano y que yo sabía visitaba de nuevo Refugio del Roble, en su nueva vida. Quizá gran parte de lo que sucedió tuvo su raíz en mí desesperada necesidad de amor, de encontrar en aquella criatura del bosque lo mismo que había encontrado Christian. Yo tenía veintipocos años, y a excepción de un asunto con una chica del pueblo francés donde había vivido tras la guerra, una relación físicamente excitante, pero intelectualmente vacía, no tenía ninguna experiencia en el amor, en esa comunión de cuerpo, mente y alma que la gente llama amor. Christian lo había encontrado, y lo había perdido. Aislado en Refugio del Roble, a kilómetros de ninguna parte, no es de extrañar que la idea del regreso de Guiwenneth empezara a obsesionarme.

    Y, con el tiempo, regresó como algo más que un aroma pasajero, que unas huellas húmedas en el suelo. Llegó en carne y hueso. Yo ya no le inspiraba miedo, sino curiosidad. Igual que ella a mí.

    Estaba acuclillada junto a mi cama. La luz de la luna le arrancaba destellos del pelo. Apartó la mirada de mí, creo que nerviosa, y la misma luz se le reflejó en los ojos. Sólo obtuve una ligera impresión de ella, y cuando se irguió en toda su altura, no pude ver más que una forma esbelta envuelta en una amplia túnica.

    Llevaba una lanza, y apoyaba contra mi garganta la fría hoja de metal. Tenía los bordes afilados y, cada vez que me movía, la apretaba para arañarme la piel del cuello. Era un encuentro doloroso, y yo no pensaba permitir que resultara fatal.

    Así que me quedé allí, quieto, durante las horas posteriores á la medianoche, y escuché su respiración. Parecía un poco nerviosa… Estaba allí porque… ¿qué puedo decir? Porque buscaba algo. Es la única explicación que se me ocurre. Me buscaba a mí, o algo relativo a mí. De la misma manera que yo la buscaba a ella.

    Tenía un olor penetrante, la clase de olor que he llegado a asociar con la vida en los bosques y en lugares remotos de tierras yermas, con una vida en la que el aseo habitual es un lujo, y en la que a uno se le identifica por su olor tanto como en nuestro siglo se le identifica por su ropa.

    Tenía un olor… terrenal. Sí. Y también a sus propias secreciones: olor a sexo, penetrante, no desagradable; y a sudor, salado, acre. Cuando se acercó y se inclinó para mirarme, me dio la impresión de que tenía el pelo rojo y los ojos brillantes, salvajes. Me dijo algo así como «Ymma m'ch buth?». Repitió las palabras varias veces.

    —No comprendo —respondí.
    —Cefrachas. Ichna which chfathab. Mich ch'athaben!

    —No comprendo.

    —Mich ch'athaben! Cefrachas!

    —Mira, me gustaría entenderte, pero no puedo. —La hoja me presionó más el cuello. Me aparté ligeramente y alcé una mano muy despacio hacia el frío metal.
    Poco a poco, aparté el arma, sonriente, esperando que, pese a la oscuridad, pudiera ver mi servilismo.

    Ella dejó escapar un sonido de frustración o desesperación, no estoy muy seguro. Su ropa era de factura grosera. Aproveché la breve oportunidad para tocarle la túnica, y advertí que el tejido era rudo, como tela de saco, y que olía a cuero. Su presencia era poderosa, imponente. Pero su aliento sobre mi cara era dulce y ligeramente… estimulante.

    —Mich ch'athaben! —repitió, esta vez casi sin esperanzas.

    —Mich Steven —respondí, preguntándome si estaría en el camino correcto.

    Pero ella se quedó en silencio.

    —¡Steven! —repetí, mientras me señalaba el pecho—, Mich Steven.
    —Ch'athaben —insistió ella.

    Y me arañó profundamente la piel con el arma.

    —Hay comida en la despensa —ofrecí—. Ch'athaben. Abajen. Escaleren.

    —Cumchirioch —respondió, furiosa. Me sentí insultado.

    —Oye, hago lo que puedo. ¿Tienes que seguir clavándome esa lanza?

    Brusca, inesperadamente, me agarró por el pelo, me echó la cabeza hacia atrás y observó mi rostro.

    Un momento más tarde, había desaparecido silenciosamente, escalera abajo.

    Aunque la seguí tan de prisa como pude, parecía tener alas en los pies, y las sombras de la noche la devoraron. Me quedé en la puerta trasera, buscándola, pero no vi ni rastro de ella.

    —¡Guiwenneth! —grité a la oscuridad. ¿O quizá no se conocería a sí misma por aquel nombre? ¡Quizá sólo era el nombre que le había dado Christian! Repetí la llamada, cambiando cada vez la sílaba de énfasis.

    —¡Gwmneth! ¡Gwmeth! ¡Vuelve, Guiwenneth! ¡Vuelve!

    En el silencio de las primeras horas de la madrugada, mi voz regresó clara, hueca, reflejada por las sombras del bosque. Un movimiento entre los matorrales de espinos cortó mi grito a media frase.

    La escasa luz de la luna me impedía ver bien quién había allí, pero seguro que se trataba de Guiwenneth. Estaba allí, quieta, mirándome. Supuse que la intrigaba que le llamara por su nombre.

    —Guiwenneth —exclamó suavemente. Era un sonido más sibilante, más gutural, con una pronunciación parecida a chwin aiv.

    Alcé la mano en gesto de despedida.

    —Entonces, buenas noches, Chwin aiv.

    —Inos'c da… Stivven…

    Las sombras del bosque la reclamaron de nuevo, y esta vez, no reapareció.


    Tres


    Durante el día, exploré la periferia del bosque, tratando de penetrar hacia el interior, pero sin conseguirlo. Fueran cuales fuesen las fuerzas que defendían el corazón del bosque, no confiaban en mí. Caminé y me enredé con la maleza, para acabar una y otra vez junto a un tocón lleno de musgo, cubierto de espinos, insalvable, o para encontrarme frente a un muro de roca que se alzaba del suelo, oscuro y amenazador, erosionado, cubierto de las raíces retorcidas llenas de musgo de los grandes robles que crecían allí.

    Junto al riachuelo del molino, vi al Brezo. Y cerca del Arroyo Arisco, donde el agua era más turbulenta al pasar bajo la valla podrida, distinguí otros mitagos que se movían cautelosamente entre la maleza, aunque apenas pude distinguir sus rostros a través de la pintura con que se embadurnaban la piel.

    Alguien había eliminado los brotes que crecían en el claro, y encontré restos evidentes de una hoguera. Huesos de conejos y pollos yacían por doquier, y alguien había estado fabricando armas, pues sobre la hierba encontré esquirlas de piedra y trozos de corteza de madera joven, utilizada para hacer el asta de una flecha, oí una lanza.

    Era consciente de la actividad que me rodeaba, nunca a la vista, pero siempre al alcance del oído: movimientos furtivos, carreras rápidas, repentinas, y una llamada extraña, escalofriante…, como la de un pájaro, sí, pero de factura claramente humana. Los bosques estaban llenos de creaciones de mi propia mente… o de la mente de Christian. Y parecían especialmente abundantes alrededor del claro y del arroyo. De noche, salían del bosque por el tentáculo de robles que se tendía hacia el estudio.

    Me moría por adentrarme más en el bosque, pero nunca se me permitía. Mi curiosidad sobre lo que había a doscientos metros de la periferia comenzó a crecer… y, en mi imaginación, creé paisajes y seres tan extraños como durante la expedición imaginaria del Viajero.

    Habían pasado tres días desde el primer contacto de Guiwenneth conmigo cuando se me ocurrió por fin una idea para adentrarme en el bosque. No sé cómo no lo había pensado antes. Quizá Refugio del Roble estaba tan lejos del curso normal de la existencia humana, quizá las tierras que rodeaban Ryhope se hallaban tan lejos de la civilización tecnológica en cuyo corazón yacían, que sólo me permitían pensar en términos primitivos: caminar, correr, explorar sobre el terreno.

    Hacía muchos días que era consciente del sonido, y a veces de la presencia, de un pequeño monoplano que trazaba círculos sobre las tierras al este del bosque.

    En dos ocasiones, el avión —un Percival Proctor, creo— se había acercado bastante al Bosque Ryhope, antes de dar media vuelta y desaparecer en la distancia.

    Entonces, en Gloucester, cuando regresaba del banco, volví a ver el avión, u otro muy parecido. Descubrí que estaba tomando fotos aéreas de la ciudad.

    Operaba desde el Aeródromo de Mucklestone, y cubría una zona de unos cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, por encargo del Ministerio de la Vivienda.

    Si pudiera convencerles para que me «alquilasen» el asiento del pasajero durante una tarde, podría sobrevolar el bosque y ver el centro desde un punto ventajoso, hasta el que no llegarían las defensas sobrenaturales…

    Un sargento de las Fuerzas Aéreas me recibió junto a la puerta de la verja que marcaba los límites del Aeródromo Muckiestone. Me acompañó en silencio hasta el grupo de blancas cabañas prefabricadas que servían de oficinas, edificios de control y comedores. Dentro hacía más frío que fuera. Toda la zona era desagradablemente ruinosa y despoblada, aunque oí el teclear de una máquina de escribir, y unas carcajadas a lo lejos. Los dos aviones estaban en la pista; uno de ellos, evidentemente, en reparación. Era una tarde fría, el viento soplaba desde el sudeste, y parecía colarse por todas las rendijas de la destartalada habitación adonde me llevó mi guía.

    El hombre que me recibió con una sonrisa insegura tendría poco más de treinta años, pelo rubio, ojos brillantes y una desagradable cicatriz de una quemadura que le cubría la barbilla y la mejilla izquierda. Llevaba el uniforme y la insignia de capitán de la RAF, pero no se había abrochado el cuello de la camisa, y calzaba zapatos de lona en vez de botas. En él, todo era natural, todo delataba confianza. Pero, al estrecharme la mano, frunció el ceño.

    —Creo que no comprendo exactamente lo que quiere, señor Huxley. Siéntese, por favor.

    Hice lo que me indicaba, y contemplé el mapa de los alrededores extendido sobre el escritorio. Descubrí por la placa que se llamaba Harry Keeton. Y, evidentemente, había volado durante la guerra. La cicatriz de la quemadura era tan fascinante como horrible; pero él la llevaba con orgullo, como una medalla: al parecer, la grotesca marca no le molestaba en absoluto.

    Si yo le miré con curiosidad, él también parecía sorprendido por mi presencia y, tras unos segundos de intercambiar miradas titubeantes se echó a reír, nervioso.

    —No me piden prestado un avión todos los días. A veces viene algún granjero que quiere una fotografía aérea de su casa. Y arqueólogos. Ésos siempre quieren fotografías al amanecer o al anochecer. Por las sombras, ¿sabe? Así descubren marcas en los campos, emplazamientos antiguos, cosas por el estilo. Pero usted quiere sobrevolar un bosque, ¿no?

    Asentí. Aún no había descubierto en qué punto del mapa estaba la hacienda Ryhope.

    —Es un bosque muy extenso que se encuentra cerca de mi casa. Quiero volar sobre él y tomar algunas fotos.

    El rostro de Keeton se convirtió en una máscara de preocupación. Sonrió y se rozó la cicatriz de la mandíbula.

    —La última vez que volé sobre un bosque, un francotirador hizo el mejor disparo de su vida y me derribó. Fue en el cuarenta y tres. Yo iba en un Lysander. Un buen avión. Es una maravilla pilotarlo, pero aquel disparo… directo al tanque de fuel, y abajo. Caí entre los árboles, tuve suerte de salir vivo. Me ponen nervioso los bosques, señor Huxley. Pero supongo que en el suyo no habrá francotiradores.

    Me sonrió amistoso, y yo le devolví la sonrisa, sin atreverme a decirle que no podía garantizárselo.

    —¿Dónde está exactamente ese bosque? —preguntó.
    —En la hacienda Ryhope —respondí.

    Me puse de pie y me incliné sobre el mapa. Sólo tardé un momento en localizar el nombre. Era extraño, pero no había ninguna indicación del bosque, sólo una línea de puntos marcaba la extensión de la gran propiedad.

    Cuando me erguí, Keeton me miraba de una manera muy peculiar.

    —No está señalado. Qué extraño.

    —Mucho —replicó.
    Su tono era neutro, o quizá consciente.

    —¿Es muy grande ese lugar? —preguntó—. ¿Qué extensión tiene?

    Seguía mirándome.

    —Es bastante grande. Debe de tener casi diez kilómetros de perímetro…

    —¡Diez kilómetros! —exclamó. Ensayó una leve sonrisa—. ¡Eso no es un bosque, es una selva!

    En el silencio que siguió fui consciente de que Keeton sabía algo sobre el Bosque Ryhope.

    —Usted ha volado muy cerca de ese lugar —señalé—. Usted, o uno de sus pilotos.

    Asintió rápidamente, sin dejar de mirar el mapa.

    —Era yo. ¿Me vio?

    —Fue lo que me empujó a venir a este aeródromo. —No respondió nada, parecía un tanto cauteloso. Seguí hablando—. Entonces, ha debido de notar la anomalía. Es extraño que no haya ninguna señal en el mapa…

    En vez de responder a mi comentario, Harry Keeton se echó hacia atrás en la silla y jugueteó con un lápiz. Estudió el mapa, me miró, y volvió a fijar la vista en el papel.

    —No sabía que hubiera un bosque medieval de robles tan grande todavía sin localizar en los mapas —dijo, y preguntó—: ¿Está explorado?

    —En parte. Pero en su mayoría es virgen.

    Volvió a echarse hacia atrás en la silla. La cicatriz se le había oscurecido ligeramente, y me pareció que Keeton estaba conteniendo una emoción creciente.

    —Eso ya es sorprendente de por sí —dijo—. El Bosque de Deán es enorme, claro, pero está explorado. Y hay un bosquecillo salvaje en Norfolk. He estado allí… —Titubeó, y frunció el ceño ligeramente—. Hay otros. Todos son pequeños, simples bosquecillos a los que se ha permitido seguir vírgenes. En realidad, no son auténticos bosques salvajes.

    De pronto, Keeton parecía muy nervioso. Contempló el mapa, la zona de Ryhope, y me pareció oír que murmuraba algo como «Así que yo tenía razón…».

    —Entonces, ¿me llevará sobre el bosque? —pregunté. Keeton me miró con gesto de sospecha.
    —¿Por qué quiere sobrevolarlo?

    Iba a decírselo, pero me interrumpí.

    —No quiero hablar de ello.

    —Lo comprendo.

    —Mi hermano está vagando por algún lugar de ese bosque. Hace meses que se adentró para explorarlo, y todavía no ha vuelto. No sé si está extraviado, o muerto, pero me gustaría observar ese bosque desde el aire. Ya sé que es algo irregular…

    Keeton estaba inmerso en sus propios pensamientos. Se había quedado bastante pálido, a excepción de la quemadura de la mandíbula. De pronto, clavó los ojos en mí, y asintió.

    —¿Irregular? Bueno, sí. Pero me las arreglaré. Será un poco caro. Tengo que cobrarle el fuel…

    —¿Cuánto?
    Citó una cifra aproximada por un vuelo de noventa kilómetros, una cifra que me dejó blanco. Pero asentí, y me sentí aliviado al descubrir que no habría más costas. Él mismo pilotaría el avión. Giraría las cámaras hacia el Bosque Ryhope, y lo incluiría en el mapa que estaba confeccionando de la zona.

    —Tarde o temprano habrá que hacerlo, así que tanto da que sea ahora. Lo más temprano que podemos volar es mañana, después de las dos. ¿Le va bien?

    —Perfectamente —asentí—. Aquí estaré.

    Nos estrechamos la mano. Al salir del despacho, volví la vista atrás. Keeton estaba de pie, inmóvil tras su escritorio, examinando el mapa. Advertí que las manos le temblaban ligeramente.

    Hasta entonces, yo sólo había volado una vez. En aquella ocasión, el viaje había durado cuatro horas, y fue en un destartalado Dakota, lleno de agujeros de bala, que despegó durante una tormenta y aterrizó con los neumáticos desinflados en la autopista de Marsella. No me había enterado demasiado del pequeño drama, ya que estaba anestesiado y semiinconsciente. Era un vuelo de evacuación, preparado con grandes dificultades, hacia el lugar de convalecencia donde me recuperaría de la herida de bala que había sufrido en el pecho.

    Así que, a efectos prácticos, el vuelo en el Percival Proctor fue mi primer viaje por el aire, y cuando el endeble avión pareció saltar hacia los cielos, me agarré firmemente a los brazos del asiento, cerré los ojos, me concentré, y traté de contener el paquete de entrañas que quería irrumpir por mi garganta. Creo que en toda mi vida no me había sentido tan potencialmente mareado, y todavía no entiendo cómo conseguí recuperar el equilibrio. Cada pocos segundos, mi cuerpo y mi estómago entraban en conflicto, cada vez que una corriente —una termal, como las llamaba Keeton— parecía agarrar el avión con dedos invisibles, y lanzarlo hacia arriba o hacia abajo a velocidades alarmantes. Las alas resistían y se tambaleaban. A pesar del casco y de los auriculares, oía el chirriar quejumbroso del fuselaje de aluminio cuando la pequeña estructura entró en combate contra los elementos desencadenados.

    Trazamos dos círculos sobre el aeródromo, y por fin me arriesgué a abrir los ojos. Al principio me sentí desorientado cuando vi que lo que se divisaba desde la ventanilla lateral no era un horizonte lejano, sino campos cultivados. Pronto, mi cerebro y mi oído interno se pusieron de acuerdo, y me acostumbré a la idea de estar a varios cientos de metros por encima del suelo, apenas consciente de la confusión de mi cuerpo en relación con la gravedad. Luego, Keeton maniobró violentamente hacia la derecha —¡y entonces no sentí desorientación, sino pánico! Y el avión se encaminó hacia el norte. El brillante sol no nos permitía ver nada hacia el oeste, pero acercando mucho los ojos a la ventanilla lateral, fría y un tanto sucia, alcancé a ver el suelo, con los brillantes grupos dispersos de edificios blancos que formaban los pueblos y las ciudades.

    —Si se marea —me gritó Keeton, con una voz que me arañó los oídos—, utilice la bolsa de plástico que tiene al lado, por favor.

    —Estoy bien —le respondí, al tiempo que buscaba la tranquilizadora bolsa.

    Una ráfaga cruzada golpeó el avión, y el estómago se me subió al pecho antes de que le acompañaran el resto de los órganos. Aferré la bolsa con más fuerza al sentir el agudo sabor de la saliva en la boca, esa desagradable sensación fría que precede a las náuseas. Y, tan silenciosa y rápidamente como me fue posible, humillado por completo, cedí ante la violenta necesidad de vaciar mi estómago.

    Keeton se echó a reír.

    —Qué desperdicio de rancho —dijo.

    —Me alegro de librarme de él.

    En seguida me encontré mejor. Quizá la ira ante mi propia debilidad, quizá el simple hecho de tener el estómago vacío, fue lo que me permitió asimilar con más alegría el aterrador hecho de volar a cientos de metros sobre el suelo. Keeton estaba revisando las cámaras, más concentrado en ellas que en nuestro paso por el cielo. El volante semicircular se movía con voluntad propia, y aunque el avión parecía en manos de unos dedos gigantescos que lo bandearan de derecha a izquierda, que lo lanzaban hacia abajo a velocidad alarmante, seguíamos un rumbo recto. Bajo nosotros, las granjas se fundían con el denso verde de los bosques. Uno de los afluentes del Avon era una tira de lodo que corría sin rumbo a lo lejos. Las sombras de las nubes pasaban como humo sobre los parches que eran los campos, y todo parecía perezoso, plácido, pacífico.

    Entonces, Keeton dejó escapar una exclamación.

    —Santo Dios, ¿qué es eso?

    Miré hacia adelante, sobre su hombro, y vi el oscuro comienzo del Bosque Ryhope en el horizonte. Una gran nube parecía pender sobre aquella franja de tierra, una extraña oscuridad, como si una tormenta se estuviera abatiendo sobre los árboles. Pero el cielo estaba casi despejado. Había nubes, sí, cualquiera podía verlas, pero eran tan escasas y veraniegas como todas las que se divisaban en aquel momento sobre el oeste de Inglaterra. Aquella sombra parecía surgir hacia el cielo desde el mismo bosque y, cuando nos acercamos, la oscuridad afectó a nuestro estado de ánimo, llenándonos de pensamientos sombríos y de temor.

    Keeton lo formuló en voz alta, y desvió el pequeño avión hacia la derecha, para bordear el bosque. Miré hacia abajo para ver Refugio del Roble, un destartalado edificio de tejado gris. Las tierras de los alrededores se veían negras, y los brotes de robles crecían cada vez más aglomerados hacia la extensión dé la casa donde estaba localizado el estudio.

    El bosque mismo parecía oscuro, sombrío, hostil. Observé las copas de los árboles sin encontrar el menor hueco entre ellas. Formaban un mar verde grisáceo azotado por el viento; algo casi orgánico, una entidad que respiraba y se movía inquieta bajo una mirada aérea a la que no daba la bienvenida.

    Keeton voló a cierta distancia del Bosque Ryhope, rodeando el perímetro, y me pareció que el cuerpo principal del bosque no era tan vasto como me había parecido al principio. Observé el curso del Arroyo Arisco, una pequeña corriente sinuosa, casi errática, de aguas color gris oscuro a las que el sol sólo conseguía arrancar un destello de cuando en cuando. Se podía seguir el rumbo del arroyo un buen trecho en su camino hacia el bosque, antes de que las copas de los árboles se cerraran sobre él.

    —Voy a hacer una pasada de este a oeste —anunció de repente Keeton.

    Ante mis ojos atónitos, el bosque se inclinó y, de pronto, pareció precipitarse hacia mí como un borracho, agrandándose, extendiéndose silenciosamente.

    Entonces, una corriente de viento sorprendentemente fuerte atrapó al avión.

    Nos lanzó hacia arriba, y el avión casi giró sobre sí mismo cuando Keeton luchó con los controles, tratando de nivelar el aparato. Una extraña luz dorada surgió de la punta del ala y del motor, como si voláramos a través de un arco iris. Algo golpeó el flanco derecho del avión, y lo empujó hacia la periferia del bosque, de vuelta hacia terreno descubierto. Alrededor de la cabina se oía un aullido fantasmal, como el de un banshee. Era tan ensordecedor, que los gritos de rabia y miedo de Keeton, que me llegaban a través de los auriculares de la radio, resultaban casi inaudibles.

    En cuanto llegamos a los confines del bosque, conseguimos una calma relativa.

    El avión se niveló, descendió ligeramente, y sólo se tambaleó cuando Harry Keeton maniobró para intentar sobrevolar el bosque por segunda vez.

    Keeton estaba en silencio. Yo quería hablar, pero descubrí que tenía la lengua paralizada. Así que clavé la vista en el muro de sombras que se extendía ante nosotros. ¡Otra vez aquel viento!

    El avión se tambaleó bruscamente sobre los primeros cien metros de bosque, y la luz que empezaba a envolvernos se tornó más intensa: se arrastraba por las alas, y jugaba como pequeños relámpagos sobre la misma cabina. El aullido alcanzó una intensidad que me hizo gritar, y el avión recibía tales bandazos que estuve seguro de que se rompería de un momento a otro, como la maqueta de un niño.

    Conseguí echar un vistazo a través de la luz, y vi explanadas, claros, un río…

    Sólo fue una brevísima visión de un bosque totalmente oscurecido por las fuerzas sobrenaturales que lo guardaban.

    De pronto, el avión se volvió panza arriba. Estoy seguro de que grité al deslizarme en el asiento, y sólo el fuerte cinturón de cuero impidió que me estrellara contra el techo. El avión giró sobre sí mismo una y otra vez. Keeton luchaba por nivelarlo, y su voz era un rugido desesperado de rabia y confusión. El aullido del exterior se convirtió en una especie de risa burlona y, de pronto, el pequeño aparato fue lanzado hacia las afueras del bosque. Giró dos veces más, se enderezó, y estuvo peligrosamente cerca de estrellarse contra el suelo.

    Se elevó a duras penas, se tambaleó sobre los campos y las granjas, y huyó, casi asustado, del Bosque Ryhope.

    Cuando Keeton consiguió tranquilizarse, elevó el avión hasta unos trescientos metros y, pensativo, clavó la vista en el horizonte, en el bosque: un lugar cubierto por una extraña penumbra que le había impedido explorarlo.

    —No sé qué diablos ha causado eso —me dijo en un susurro—. Pero, ahora mismo, prefiero no planteármelo. Estamos perdiendo fuel. Debe de haber una grieta en el tanque. Agárrese al asiento…

    Y el avión se deslizó hacia el sur, hacia el campo de aterrizaje, donde Keeton descargó las cámaras y dejó que me las arreglara solo. Parecía muy impresionado. Y ansioso por alejarse de mí.


    Cuatro


    Mi relación sentimental con Guiwenneth del Bosque Verde comenzó al día siguiente, de manera inesperada, dramática…

    No volví a casa hasta bien entrada la noche. Estaba cansado, nervioso, y más que predispuesto para meterme en la cama. La alarma del reloj no consiguió despertarme, y dormí hasta las once y media de la mañana siguiente. Era un día luminoso, aunque el cielo estuviera encapotado. Tras desayunar, salí a pasear por el campo, y me dediqué a observar el bosque desde un punto a unos setecientos metros de distancia.

    Era la primera vez que veía desde el suelo la misteriosa oscuridad ligada al Bosque Ryhope. Me pregunté sí aquella aparición se habría desarrollado recientemente, o si yo había estado tan inmerso, tan concentrado en el aura del bosque, que no me había dado cuenta de aquel enigma. Caminé de vuelta a la casa. Hacía algo de frío para llevar sólo un jersey y unos pantalones amplios, pero no me sentía incómodo en aquellos últimos días de la primavera, ya casi los primeros del verano. Impulsivamente, paseé hasta la alberca del molino, el lugar donde me había reencontrado con Christian por primera vez en años, pocos meses antes.

    Aquel lugar me atraía. Incluso en invierno, cuando la superficie de la alberca se helaba alrededor de las cañas y arbustos de las encenagadas orillas. Ahora estaba cubierto de escorias, pero la parte central parecía clara y transparente. Las algas que todavía no habían transformado la alberca en un campo de hierbas no habían salido aún de su hibernación. Advertí que el casco podrido del bote de remos, que había estado atracado junto a los restos del embarcadero desde que yo tenía memoria, ya no se encontraba allí.

    La cuerda que le había mantenido amarrado, ¿contra qué temibles mareas? Quedaba por debajo del nivel del agua, e imaginé que en cualquier momento de aquel lluvioso invierno el destrozado bote se había hundido en el fondo cenagoso.

    Al otro lado de la alberca empezaba el denso bosque: una muralla de matorrales, arbustos y espinos, que se alzaba como una verja entre los delgados troncos de los robles. No había manera de atravesarla, porque los mismos robles habían crecido en terreno tan lodoso que un ser humano no podía pasar por allí.

    Caminé hacia el comienzo del lodazal, apoyándome en un tronco inclinado y tratando de atisbar algo en la penumbra del bosque. ¡Y un hombre salió de allí para dirigirse hacia mí!

    Era uno de los dos que se habían acercado a mi casa pocas noches antes, el hombre del pelo largo que llevaba pantalones. Ahora pude ver que su apariencia era la de un monárquico de los tiempos de Cromwell, a mediados del siglo diecisiete. Estaba desnudo de cintura para arriba, a excepción de dos arneses de cuero cruzados sobre el pecho, de los cuales colgaba un cuerno de pólvora, una saca de cuero con balas de plomo, y una daga. Tenía el pelo muy rizado, al igual que la barba y los bigotes.

    Las palabras que me dirigió me sonaron cortantes, casi furiosas, pero sonreía.

    Creí que hablaba en algún idioma extranjero, pero después descubrí que era inglés, un inglés con fuerte acento del interior. Me había dicho: «Eres de la sangre del extranjero, eso es lo único que importa…». Pero, en aquel momento, no pude identificar las palabras.

    Sonido, acentos, palabras… Entonces, lo más importante era que había alzado un trabuco de cañón brillante, retiraba el seguro con un esfuerzo considerable, se lo apoyaba en el pecho y disparaba contra mí. Si era un disparo de aviso, se trataba de un tirador cuya habilidad merecía la mayor admiración. Sí había intentado matarme, podía considerarme muy afortunado. La bala me rozó una sien. Yo estaba retrocediendo, alzando las manos en gesto defensivo, al tiempo que gritaba, «¡No! ¡Por lo que más quiera, no…!».

    El sonido de la descarga fue ensordecedor, pero todo se perdió rápidamente entre el dolor y la confusión, cuando la bala me golpeó la cabeza. Recuerdo que me lanzó hacia atrás como un pelele, y las gélidas aguas de la alberca se cerraron sobre mí. Entonces, durante un instante sólo hubo oscuridad. Y cuando recuperé el conocimiento, estaba tragando las sucias aguas. Chapoteé y luché contra el lodo, los hierbajos y los arbustos que parecían atraparme.

    No sé cómo conseguí salir a la superficie, y tomé aire mientras tosía violentamente.

    Sólo entonces vi un brillante bastón decorado, y comprendí que alguien me ofrecía una lanza como asidero. Una voz femenina dijo algo incomprensible, en todo menos en el sentimiento, y me agarré agradecido a la fría madera, todavía más ahogado que vivo.

    Sentí que limpiaban mi cuerpo de los hierbajos, y que unas manos fuertes me agarraban por los hombros y me arrastraban, mientras yo parpadeaba para limpiarme el agua y el barro de los ojos. Al mirar hacia arriba, vi dos rodillas desnudas, y luego la forma esbelta de mi salvadora, que se inclinó sobre mí y me obligó a tenderme boca abajo.

    —¡Estoy bien! —le espeté.

    —B'th towethoch! —insistió ella.

    Y unas manos fuertes me masajearon la espalda. Sentí que el agua me salía de los pulmones, y vomité la mezcla de líquido y lodo. Al fin, conseguí sentarme, y le aparté las manos.

    Ella retrocedió, todavía en cuclillas, mientras yo me limpiaba el barro de la cara.

    Entonces la vi claramente por primera vez. Me miraba, y se reía, casi burlona, de mi lamentable estado.

    —No tiene gracia —dije, observando ansioso el bosque que se extendía a su espalda.
    Pero mi atacante había desaparecido. Y, mirando a Guiwenneth, pronto me olvidé de él.

    Tenía un rostro asombroso, de piel clara, algo pecosa. Su pelo era de un castaño rojizo deslumbrante, y le caía en largas guedejas despeinadas sobre los hombros. Esperaba que los ojos fueran de un verde brillante, pero su color era un castaño profundo. Cuando me miró divertida, me sentí arrastrado por aquella mirada, fascinado por cada pequeño rasgo del rostro, por la forma perfecta de la boca, por las hebras de salvaje pelo rojo que le caían por la frente. Llevaba una túnica corta de algodón, teñida de color marrón. Sus piernas y brazos eran esbeltos, pero con músculos firmes. Advertí que tenía profundos arañazos en las rodillas. Llevaba unas sandalias abiertas, de factura grosera.

    Las manos que me habían arrastrado, que con tanta fuerza me habían sacado el agua de los pulmones, eran pequeñas y delicadas, con uñas cortas y rotas.

    Llevaba unas muñequeras de cuero negro y del estrecho cinturón con tachonaduras de hierro pendía una espada corta, embutida en una vaina gris.

    Así que ésta era la chica de la que tan desesperadamente se había enamorado Christian. Al mirarla, al experimentar una atracción hacia ella que nunca antes había sentido, al intuir su sexualidad, su sentido del humor, su fuerza, comprendí perfectamente por qué.

    Me ayudó a ponerme en pie. Era alta, casi tanto como yo. Miró a su alrededor, me dio una palmadita en el brazo y echó a andar hacia la maleza, en dirección a Refugio del Roble. Yo la detuve, negando con la cabeza. Ella se detuvo y dijo algo, furiosa.

    —Estoy empapado, y muy incómodo —dije. Me froté las manos contra la ropa, llena de lodo y hierbajos, y sonreí.

    —No pienso volver a casa atravesando el bosque. Iré por el camino fácil…

    Me dirigí hacia el sendero. Guiwenneth me gritó algo, y se palmeó el muslo, exasperada. Me siguió de cerca, sin alejarse de los árboles. Desde luego era una experta, y apenas hacía el menor ruido. Sólo cuando me detenía y observaba atentamente la maleza, podía verla un instante. Cuando yo me paraba, ella se paraba, y el sol arrancaba de su pelo reflejos que siempre debían de traicionar su presencia. Parecía bañada en fuego. En los bosques oscuros, era como un faro, y no debía de resultarle fácil sobrevivir.

    Cuando llegué a la puerta del jardín, me volví para buscarla. Salió rápidamente del bosque, con la cabeza baja y la lanza firmemente asida en la mano derecha, mientras con la izquierda agarraba la vaina de la espada para que no rebotara en el cinturón. Pasó junto a mí corriendo, atravesó el jardín a toda velocidad, se apoyó contra el muro de la casa a sotavento, y volvió la vista hacia los árboles, ansiosa.

    Pasé junto a ella y abrí la puerta trasera. Con una mirada salvaje, se deslizó hacia el interior.

    Cerré la puerta detrás de mí, y seguí a Guiwenneth, que recorría la casa, curiosa, dominante. Dejó caer la lanza sobre la mesa de la cocina, y se desató el cinturón del que colgaba la espada, para rascarse la carne irritada por encima de la túnica.

    —Ysuth'k —dijo con una sonrisa.

    —Sí, sí que debe de hacer cosquillas —asentí.

    Observé cómo cogía mi cuchillo, lo examinaba, sacudía la cabeza y lo dejaba caer de nuevo sobre la mesa. Yo empezaba a tiritar y a pensar en un buen baño caliente; pero tendría que conformarme con que fuera tibio, pues el calentador de Refugio del Roble no podía ser más primitivo: llené tres cazuelas de agua, y las puse a calentar. Guiwenneth observó fascinada cómo cobraba vida la llama azul.

    —R'vannith —dijo, escéptica.

    Cuando el agua comenzó a hervir, seguí a Guiwenneth a través de la sala de estar, donde se dedicó a mirar las fotos y a frotar el forro de tela de las sillas.

    Olfateó la fruta de cera, y dejó escapar un ligero sonido de admiración. Luego se echó a reír y me lanzó la manzana artificial. La atrapé en el aire, y ella hizo gesto de comerla.

    —¿Cliosga muga? —preguntó. Y se echó a reír.

    —Generalmente, no —respondí yo.

    Tenía unos ojos tan radiantes, una sonrisa tan juvenil, tan traviesa…, tan hermosa…

    Siguió rascándose las rozaduras del cinturón, sin dejar de explorar. Entró en el cuarto de baño, y se estremeció ligeramente. No me sorprendió. El cuarto de baño era una parte algo modificada del edificio anexo, sombríamente pintado de un color amarillo ahora desvaído; había telarañas en cada rincón. Bajo la agrietada pila de porcelana se almacenaban viejos botes de detergente y trapos sucios. Al ver de nuevo aquel lugar frío, desagradable, me divirtió recordar que durante toda mi infancia me había lavado allí bastante satisfecho… Bueno, si se exceptúa la presencia de las gigantescas arañas que recorrían el suelo o surgían del desagüe del baño con frecuencia alarmante. La bañera era honda, de esmalte blanco, con altos grifos de acero inoxidable que atrajeron la atención de Guiwenneth más que ninguna otra cosa. Pasó los dedos por el esmalte frío.

    —R'vannith —repitió.

    Y se echó a reír. De repente, comprendí que estaba diciendo romano. Asociaba las superficies frías, parecidas al mármol, y aquella peculiar técnica para calentar el agua, con la sociedad más avanzada tecnológicamente que había conocido en su tiempo. Si era frío, duro, de factura sencilla, decadente, entonces, por supuesto, debía de ser romano. Y ella, como celta, lo despreciaba.

    En realidad, a ella tampoco le iría mal un baño. Desprendía un olor muy fuerte, y yo aún no estaba acostumbrado a experimentar de manera tan poderosa aquella parte animal del ser humano. En Francia, durante los últimos días de la ocupación, el olor general era a miedo, a ajo, a vino rancio, demasiado a menudo a sangre rancia, y a uniformes húmedos infestados de hongos. En cierto modo, todos aquellos olores eran una parte natural de la guerra, de la tecnología. Guiwenneth olía a bosque, un aroma animal que era sorprendentemente desagradable… y, a la vez, extrañamente erótico.

    Dejé correr el agua tibia en la bañera, y seguí a Guiwenneth en su deambular hacia el estudio. Allí, otra vez, la vi estremecerse mientras caminaba por el exterior de la habitación, con una expresión que era casi de angustia. No dejaba de mirar hacia el techo. Se dirigió hacia el balcón y miró hacia el exterior. Luego se encaminó hacia el escritorio, tocó los libros y algunos de los artefactos de madera de mi padre. Los libros no le interesaron lo más mínimo, aunque examinó detenidamente la estructura de las páginas de un volumen, quizá tratando de averiguar qué era aquello exactamente. Desde luego, le gustó encontrar dibujos de hombres —hombres de uniforme en un libro de uniformes militares del siglo diecinueve— y me mostró las ilustraciones como si yo no las hubiera visto nunca.

    Su sonrisa delataba una inocente alegría infantil, pero yo sólo podía ver el poder adulto de su cuerpo. No había nada de inocencia juvenil en él.

    La dejé curioseando en el sombrío estudio, y terminé de llenar la bañera con el agua hirviente de las cazuelas. Aun así, sólo quedó tibia. No importaba. Cualquier cosa con tal de librarme de los repugnantes residuos de algas y barro. Me quité la ropa, me metí en la bañera, y sólo entonces me di cuenta de que Guiwenneth estaba en la puerta, sonriendo presuntuosa al ver mi torso mugriento, pálido y lleno de hierbajos.

    —Estamos en mil novecientos cuarenta y ocho —dije con toda la dignidad que me fue posible—, no en los siglos bárbaros de después de Cristo.

    Desde luego, me dije, ella no podía esperar que un hombre civilizado como yo fuera un manojo de músculos.

    Me lavé con rapidez, y Guiwenneth se acuclilló en el suelo, pensativa, silenciosa.

    —Ibri c'thaan k'thirig? —dijo luego.

    —Tú también eres preciosa.

    —K'thirig?

    —Sólo los fines de semana. Es una costumbre inglesa.

    —C'thaan perin avon? Avon! ¡Avon! ¿Stratford-upon-Avon? ¿Shakespeare?

    —Mi favorita es Romeo y Julieta. Me alegra ver que al menos tienes cierta cultura.

    Meneó la cabeza, y el hermoso cabello envolvió sus facciones como la seda.

    Aunque lo tenía sucio, lacio y grasiento, evidentemente seguía brillando, y se movía como si tuviera vida propia. Su cabello me fascinaba. Comprendí que lo estaba mirando demasiado fijamente. Ella dijo algo que parecía una orden de que dejara de observarla, y se puso en pie. Se colocó bien la túnica marrón —¡todavía rascándose!— y se cruzó de brazos, apoyándose en la pared de azulejos y mirando por la pequeña ventana del cuarto de baño.

    Otra vez limpio, aunque asqueado por el aspecto del agua que quedaba en la bañera, me armé de valor y me puse de pie para coger la toalla…, pero no antes de que volviera a mirarme… ¡y se burlara de nuevo! Se puso la mano en la boca para ocultar la sonrisa, y me miró de arriba abajo, calibrando toda la carne blanca que veía.

    —No tengo nada de malo —dije, secándome vigorosamente, algo cohibido, pero decidido a no dejarme humillar—. Soy un espécimen perfecto de varón inglés.

    —Chuin atenor! —dijo, completamente en desacuerdo.
    Me enrollé la toalla a la cintura, le señalé con un dedo, y luego apunté hacia la bañera. Captó el mensaje, y me respondió con otro de su cosecha: irritada, alzó el puño dos veces hacia su hombro derecho.

    Volvió al estudio, y la observé unos instantes mientras se dedicaba a pasar las páginas de varios libros, mirando las ilustraciones en color. Luego me vestí y fui a la cocina a preparar una sopa.

    Tras unos momentos, oí correr el agua en la bañera. Hubo un brevísimo período de chapoteos, junto con sonidos de confusión y risas cuando un trozo de jabón, desacostumbradamente resbaladizo, resultó ser más esquivo que útil.

    Vencido por la curiosidad —y quizá por el interés sexual— caminé silenciosamente hacia la fría habitación, y la miré desde la puerta. Ya estaba fuera de la bañera, y volvía a ponerse la túnica. Me dedicó una leve sonrisa mientras se echaba el pelo hacia atrás. El agua le resbalaba por los brazos y piernas. Se olisqueó a sí misma, y luego se encogió de hombros, como diciendo «Pues yo no noto la diferencia».

    Cuando le ofrecí un plato de sopa de verduras, media hora más tarde, lo rechazó con un gesto que era casi de sospecha. Olisqueó la cazuela, metió un dedo en el caldo y lo probó con evidente disgusto mientras me miraba comer. Por mucho que lo intenté, no conseguí que compartiera mi modesta ración. Pero tenía hambre, eso era obvio, y al final arrancó un trozo de pan y lo mojó en el caldo.

    No dejó de mirarme ni un instante, examinándome sobre todo mis ojos, o al menos eso me pareció.

    — C'cayal cualada… Christian? —dijo al final con voz serena.

    —¿Christian? —repetí, pronunciando el nombre correctamente. Ella había dicho algo parecido a «Krisatan», pero reconocí el nombre, no sin un leve escalofrío de emoción.

    —¡Christian! —exclamó.

    Y escupió en el suelo con desprecio. Sus ojos adoptaron una expresión salvaje mientras cogía la lanza, y me golpeó en el pecho con el asta.

    —Steven. —Una pausa pensativa—. Christian.

    Meneó la cabeza y pareció llegar a alguna conclusión.

    —C'cal cualada? Im clathyr!

    ¿Me estaría preguntando si éramos hermanos? Asentí.

    —Le he perdido. Se volvió loco. Entró en el bosque. En lo más profundo del bosque. ¿Le conoces? —La señalé a ella, le señalé los ojos—. ¿Christian? —repetí.

    Era pálida, pero se puso mucho más pálida todavía.

    —¡Christian! —escupió.

    Y expertamente, sin esfuerzo, tiró la lanza al otro extremo de la cocina. El arma se clavó en la puerta trasera, y allí quedó, el asta vibrante.

    Me levanté y arranqué el arma de la madera, un poco molesto porque la hubiera taladrado, dejando un agujero de buen tamaño hacia el mundo exterior.

    Se tensó un poco al ver que examinaba la hoja, basta, pero afilada como una navaja. Los dientes eran ganchos retorcidos que recorrían ambos filos. Los celtas irlandeses habían utilizado un arma temible llamada gae bolga, una lanza que jamás debía usarse en combates honorables, ya que sus dientes curvos destrozaban las entrañas de un hombre. Quizá en Inglaterra, o en el lugar del mundo celta en que hubiera nacido Guiwenneth, las cuestiones de honor no se tenían en cuenta cuando se usaban las armas.

    El asta estaba llena de pequeñas líneas, en ángulos diferentes; ogham, desde luego. Había oído hablar de él, pero no tenía ni idea de cómo descifrarlo. Pasé los dedos por las incisiones y miré a la chica.

    —¿Guiwenneth? —pregunté.

    —Guiwenneth mech Peen Ev —respondió con orgullo. Supuse que Penn Ev debía de ser el nombre de su padre. ¿Guiwenneth, hija de Penn Ev?

    Le devolví la lanza y saqué cautelosamente la espada de la vaina. Ella se apartó de la mesa, sin dejar de mirarme con prevención. La vaina era de cuero duro, con tiras muy finas de metal casi trenzadas en el tejido. Estaba decorada con clavos de bronce, y cosida con una gruesa hebra de cuero. La espada era un arma completamente funcional: puño de hueso, envuelto en piel de animal cuidadosamente masticada. Más clavos de bronce proporcionaban un asidero efectivo para los dedos. El pomo era casi inexistente. La hoja era de hierro brillante, de unos cuarenta y cinco centímetros de longitud. Estrecha a la altura del pomo, alcanzaba una anchura de diez o doce centímetros, antes de convertirse en una punta aguda. Era un arma curvilínea, hermosa. Y había rastros de sangre seca, como para demostrar su uso frecuente.

    Volví a guardar la espada en la vaina, y abrí el armario para sacar mi propia arma, la lanza que había fabricado pelando y tallando una rama, y añadiendo una aguda esquirla de piedra como punta. Guiwenneth la miró y se echó a reír, sacudiendo la cabeza en gesto de incredulidad.

    —Pues has de saber que yo estoy muy orgulloso de ella —dije, fingiendo indignación.

    Pasé el dedo por la afilada punta de piedra. La risa de la chica era espontánea, cristalina. Desde luego, mis patéticos esfuerzos la divertían muchísimo. Pareció intentar controlarse, y se cubrió la boca con la mano, aunque las carcajadas la hacían estremecerse todavía.

    —Tardé mucho tiempo en hacerla. Y estaba muy impresionado conmigo mismo.

    —Peth'n plantyn! —exclamó entre risas.

    —¿Cómo te atreves? —le espeté.

    Y, entonces, hice una auténtica tontería.

    Debí imaginarlo, pero el ambiente divertido, distendido, me hizo olvidarlo. Bajé la lanza y simulé un ataque contra ella, como diciendo «Ahora te enseñaré a…».

    Guiwenneth reaccionó en una fracción de segundo. La alegría desapareció de sus ojos y de su boca, y fue sustituida por una expresión de furia felina. Dejó escapar un sonido gutural, un grito de ataque, y en el breve tiempo que yo había tardado en lanzar mi patético juguete infantil a una distancia respetable de ella, blandió dos veces su propia lanza, salvajemente, con una fuerza increíble.

    El primer golpe arrancó la cabeza de la lanza, y casi me quitó el asta de la mano. El segundo golpe astilló la madera, y el arma decapitada voló de mis manos hacia el otro extremo de la cocina. Derribó unos cuantos cazos que colgaban de la pared, y fue a caer entre los botes de porcelana.

    Todo había sucedido tan rápidamente que apenas tuve tiempo de reaccionar.

    Ella parecía tan conmocionada como yo, y los dos nos quedamos allí, de pie, mirándonos boquiabiertos, con los rostros enrojecidos.

    —Lo siento —dije suavemente, tratando de quitar importancia al asunto.

    Guiwenneth sonrió, insegura.

    —Guirinyn —murmuró a modo de disculpa.

    Recogió la destrozada punta de lanza y me la tendió. Tomé la piedra, todavía atada a un trozo dé madera, la examiné, compuse un gesto de tristeza, y los dos rompimos a reír con carcajadas espontáneas, despreocupadas.

    De pronto, recogió todas sus pertenencias, se puso el cinturón y caminó hacia la puerta trasera.

    —No te vayas —le dije.

    Pareció intuir el significado de mis palabras, y titubeó.

    —Michag ovnarrana! (¡Tengo que irme!) —dijo. Entonces, con la cabeza baja y el cuerpo tenso, preparado para la rápida carrera, trotó de vuelta hacia el bosque.

    A punto de desaparecer en la penumbra, agitó una mano en gesto de despedida, y emitió un grito como el de una paloma.


    Cinco


    Aquella noche fui al estudio de mi padre y abrí el maltratado diario que había escrito. Lo abrí al azar, pero las palabras se negaban a dejarse leer, supongo que en parte por la repentina melancolía que me había invadido al anochecer. El silencio de la casa era opresivo, pero estaba lleno de ecos de la risa de Guiwenneth. Ella parecía estar en todas partes y en ninguna a la vez. Surgía del tiempo, de los años pasados, de la vida previa que había tenido lugar en aquella habitación silenciosa.

    Durante un rato, me quedé de pie, mirando hacia la noche, consciente sólo de mi reflejo en el sucio cristal del balcón, iluminado por la lámpara del escritorio. Casi esperaba que Guiwenneth apareciera ante mí, que surgiera a través de la forma esbelta del hombre de pelo enmarañado que me devolvía la mirada desesperada.

    Pero quizá ella había sentido la necesidad, mi necesidad de aclarar algo que yo había dado por hecho…, al menos, mientras lo leía.

    Era algo que sabía desde la primera vez que abrí el diario. Las páginas en donde se detallaban los datos amargos habían sido arrancadas del cuaderno mucho tiempo antes, sin duda para ser destruidas, o tan bien escondidas que yo jamás podría encontrarlas. Pero había pistas, insinuaciones, las suficientes para que la tristeza me invadiera de repente.

    Por fin, volví junto al escritorio y me senté, para pasar muy despacio las páginas del libro encuadernado en piel. Revisé las fechas, buscando el primer encuentro entre mi padre y Guiwenneth, y el segundo, y el tercero…

    Otra vez la chica. Salió del bosque, cerca del arroyo, corrió hasta los gallineros y se quedó allí, acurrucada, durante casi diez minutos. La observé desde la cocina, y luego, cuando se puso a recorrer los terrenos, me trasladé al estudio. J consciente de ella, me sigue en silencio…, me mira. No comprende, y no puedo explicárselo. Estoy desesperado. La chica me afecta profundamente. J se ha dado cuenta, pero… ¿qué puedo hacer? Está en la naturaleza del mitago. No soy inmune a ella, igual que no lo fueron los hombres cultos de los asentamientos romanos en los que debió de actuar. Desde luego, es la visión idealizada de la princesa céltica, brillante pelo rojo, piel pálida, un cuerpo fuerte e infantil a la vez. Es una guerrera, pero lleva las armas como si fueran algo extraño, poco familiar. J no ve nada de esto, sólo a la chica, y la atracción que siento por ella. Los niños no la han visto, aunque Steven ha hablado dos veces sobre el shamán con cornamenta de ciervo, una forma también muy activa en estos momentos. La chica es más vital que las primeras formas mitago, algo mecánicas, algo confusas. Ella no es muy reciente, pero se comporta con una viveza imposible. Me mira. La miro. Siempre pasa más de una estación entre cada visita, pero parece cada vez más confiada. Ojalá conociera su historia. Tengo unas conjeturas bastante aproximadas, pero como no podemos comunicarnos, desconozco los detalles.


    Unas cuantas páginas más adelante había una anotación sin fecha, que parecía escrita un par de semanas después de la anterior.

    Ha vuelto en menos de un mes. Desde luego, el poder que la generó es muy fuerte. He decidido hablar de ella con Wynne-Jones. Vino al anochecer y entró en el estudio. Me quedé inmóvil, mirándola. Lleva unas armas de aspecto violento. Es curiosa. Dijo algo, pero mi mente ya no es tan rápida como para captar los sonidos extranjeros de culturas perdidas. ¡Curiosidad! Examinó los libros, los objetos, los armarios. Tiene unos ojos increíbles. Cada vez que me mira, me deja clavado en la silla, Traté de establecer contacto con ella, usando palabras sencillas, pero los mitagos se generan con su propio lenguaje y percepción. De todos modos, WJ cree que la mente mitago puede ser receptiva a la educación, incluso al lenguaje, debido al enlace con la mente que la creó. Estoy confuso. Esta anotación es conclusa. J entró en el estudio y se disgustó mucho. Los niños empiezan a preocuparse por el declive de J. Está muy enferma. Cuando la chica se rió de ella, J se puso casi histérica, pero prefirió salir del estudio antes de enfrentarse a la mujer con la que cree que la engaño. No puedo dejar que la chica pierda interés. El único mitago que ha salido del bosque. Tengo que aferrarme a esta oportunidad.


    Después faltaban muchas páginas, páginas de una importancia inmensa, ya que seguramente debían de hablar sobre los esfuerzos de mi padre por seguir a la chica en el bosque, y quizá incluyeran documentación sobre los pasajes y caminos que utilizó. (Por ejemplo, hay una línea críptica en medio de un vulgar recuento del uso del equipo que llevaban Wynne-Jones y él: «Entramos por el camino del cerro, segmento siete, y caminamos más de cuatrocientos pasos. Ésa es una posibilidad, pero el auténtico camino, si no el obvio, se nos sigue escapando. Las defensas son demasiado fuertes, y yo soy demasiado viejo. ¿Un hombre más joven? Hay que probar otros caminos». Y ahí se interrumpe.) La última referencia a Guiwenneth del Bosque Verde es breve y confusa, pero contiene una pista sobre la tragedia que yo empezaba a reconocer.

    Quince de septiembre del cuarenta y dos. ¿Dónde está la chica? ¡Años! ¡Dos años! ¿Dónde? ¿Es posible que un mitago se haya deteriorado para que otro lo sustituya? J la ve, ¡J! Está cada vez peor. A punto de morir, lo sé. ¿Qué puedo hacer? Está hechizada. Hechizada por la chica. ¿Imágenes? ¿Imaginaciones? J pasa más tiempo histérica que tranquila. Cuando S y C andan cerca, se queda silenciosa, fría. Actúa como madre, pero ya no como esposa. No hemos intercambiado (esto último está tachado, pero no ilegible). J se muere. No hay nada que me duela más que esto.


    Fuera cual fuese la enfermedad que afligía a mi madre, su estado empeoró con la ira, los celos, y quizá, en última instancia, el dolor de ver como una mujer más joven e imposiblemente hermosa le robaba el corazón de mi padre. «Está en la naturaleza del mitago…»

    Las palabras eran como cantos de sirena, me alertaban, me asustaban, pero no podía dejar de escucharlas. Primero había sido consumido mi padre, y después, ¿qué tragedia tuvo lugar cuando Christian volvió a casa tras la guerra, y la chica —que para entonces, probablemente, ya se habría establecido allí— trasladó su afecto a un hombre de edad más aproximada a la suya? ¡No era de extrañar que el Urscumug fuera tan violento! ¡Qué peleas, qué persecuciones, qué furia se habría expresado en los meses anteriores a la muerte de mi padre en el bosque!

    En el diario no había ninguna referencia a este período de tiempo, así como tampoco ninguna otra referencia a Guiwenneth tras las palabras frías, casi desesperadas: «J se muere. No hay nada que me duela más que esto». ¿Quién había generado el mitago de Guiwenneth? Algo parecido al pánico me invadió, y en la madrugada siguiente, corrí alrededor del bosque hasta quedarme sin aliento, empapado en sudor. El día era luminoso, no demasiado frío. Había encontrado un par de pesadas botas de marcha y, con mi lanza despuntada, patrullé la periferia del bosque. Llamé repetidas veces a Guiwenneth. ¿Quién había generado el mitago de Guiwenneth? La pregunta me perseguía mientras corría, un pájaro negro revoloteando en mi mente. ¿Había sido yo? ¿O Christian? Christian había entrado allí para encontrarla de nuevo, para encontrar a la Guiwenneth del Bosque Verde que había creado su propia mente en interacción con los robles y con los fresnos, con los matorrales y los espinos, con todo el complejo de formas de vida que constituían el antiguo Ryhope. Pero ¿quién había generado el mitago de mi Guiwenneth? ¿Christian? ¿La había encontrado y perseguido hasta hacerla salir del bosque, había acosado a una chica que le temía y le despreciaba? ¿Era de Christian de quien se escondía? ¿O la había creado yo? Quizá mi propia mente le había dado vida, y por eso acudía a mí como creador, igual que en el pasado acudió a mi padre, la niña arrastrada hacia el adulto, atraída por su igual. Quizá Christian había encontrado a la chica de sus sueños, y ahora estaba con ella en el bosque, viviendo una vida tan extraña como plena.

    Pero la duda me corroía, y la cuestión de la «identidad» de Guiwenneth empezó a convertirse en una obsesión.

    Descansé junto al Arroyo Arisco, muy lejos de la casa, en el lugar donde Chris y yo habíamos esperado que el pequeño barco volviera de su viaje a través del bosque. El campo estaba plagado de excrementos de vaca, aunque ahora sólo pastaban allí ovejas, unas ovejas que se aglomeraban entre la hierba que crecía alta a orillas del río y me miraban con cautela. El bosque era una muralla oscura que se extendía hacia Refugio del Roble. Impulsivamente, empecé a remontar el curso del Arroyo Arisco, saltando sobre el tronco caído de un árbol, derribado por un rayo, y abriéndome paso entre arbustos y espinos que me llegaban a la rodilla.

    La maleza de mediados del verano estaba bien crecida, pese a que las ovejas penetraban hasta allí para pastar en los claros.

    Caminé durante unos minutos a contracorriente. La vegetación, cada vez más densa, hacía que la luz llegara tamizada. El arroyo se hizo más ancho, las orillas más abruptas. De repente, apareció una curva en su curso, empezó a fluir desde el centro del bosque. Y, cuando quise seguirlo, me desorienté; un gran roble me impidió el paso, y un gran escalón se abrió en el terreno, formando una pendiente peligrosa que rodeé lo mejor que pude. Las rocas grises llenas de musgo parecían gruesos dedos que surgieran del suelo. Los troncos retorcidos de robles jóvenes crecían alrededor de aquella barrera rocosa, incluso entre las mismas piedras. Para cuando encontré un paso, ya había perdido de vista el arroyo, aunque seguía oyendo su sonido distante.

    A los pocos minutos, la claridad entre los árboles me indicó que estaba en la periferia del bosque, muy cerca de terreno descubierto. Había caminado en círculo.

    Otra vez.

    Entonces, oí la llamada de una paloma, y me volví hacia la penumbra silenciosa.

    Grité el nombre de Guiwenneth, pero sólo me respondió el piar de un pájaro que, muy arriba, batía las alas como si se burlara de mí. ¿Cómo había entrado mi padre en el bosque? ¿Cómo había conseguido penetrar tan profundamente? Según sus diarios, según el detallado mapa que ahora colgaba en la pared del estudio, había logrado adentrarse un tramo considerable en el Bosque Ryhope, antes de verse derrotado por sus defensas. Él había descubierto un camino, de eso estaba seguro, pero había mutilado tanto el diario en sus últimos días —ocultando pruebas, quizá ocultando culpas, que no quedaba nada de toda esa información.

    Conocía a mi padre bastante bien. Refugio del Roble era la prueba de muchas cosas, sobre todo de una; su naturaleza obsesiva, su necesidad de preservar, de acumular, de almacenar. No podía concebir la idea de que mi padre hubiera destruido algo. Ocultarlo, sí. Borrarlo, jamás.

    Ya había revisado toda la casa, había estado en la mansión de los Ryhope para preguntar allí, y a menos que mi padre hubiera irrumpido una noche para usar las grandes habitaciones y los pasillos silenciosos para sus propios fines, era evidente que tampoco había escondido los papeles en la mansión.

    Quedaba una posibilidad: envié una carta de aviso a Oxford, con la esperanza de que llegara antes que yo, cosa que no se podía garantizar. Al día siguiente, preparé una pequeña bolsa, me vestí lo más elegantemente que pude, e hice el agotador viaje en autobús y tren hasta Oxford.

    A la casa donde había vivido el colega y confidente de mi padre, Edward Wynne-Jones.

    No esperaba encontrar a Wynne-Jones en persona. No recordaba cómo, pero en algún momento del año anterior —o quizá antes de ir a Francia— me había enterado de su desaparición o muerte, y de que su hija vivía ahora en la casa. No sabía su nombre, ni sí estaría dispuesta a recibirme, pero tenía que correr el riesgo.

    Resultó que era muy cortés. La casa, enclavada en las afueras de Oxford, estaba separada de otra por una pared medianera, tenía tres pisos y necesitaba desesperadamente unos cuantos arreglos. Cuando llegué, estaba lloviendo, y la mujer alta de aspecto severo que me abrió la puerta me hizo entrar rápidamente, aunque luego me dejó en un rincón del vestíbulo, mientras me quitaba de encima la chaqueta y los zapatos empapados. Sólo entonces me dedicó la cortesía habitual.

    —Soy Anne Hayden.

    —Steven Huxley. Siento haber avisado con tan poco tiempo, espero no molestar…

    —No, en absoluto.

    Tendría unos treinta y cinco años, vestía sobriamente con una chaqueta gris y un jersey también gris sobre una blusa blanca de cuello alto. La casa olía a barniz y a humedad. Todas las habitaciones se encontraban a un lado del pasillo: supuse que era una defensa contra posibles intrusos que entraran por las ventanas. Era la clase de mujer que hace surgir el epíteto «solterona» en las mentes inexpertas, y quizá esperaba ver varios gatos a sus pies.

    De hecho, Anne Hayden vivía de una manera muy diferente a la que sugería su apariencia. Había estado casada, y su marido la abandonó durante la guerra.

    Cuando me llevó a una oscura sala de estar que olía a piel, vi a un hombre, aproximadamente de mi edad, leyendo el periódico. Se puso de pie, me estrechó la mano, y supe que se llamaba Jonathan Garland.

    —Si quieren hablar tranquilos, les dejaré solos —dijo.

    Y, sin esperar respuesta, se dirigió a otra habitación de la casa. Anne no hizo el menor comentario ni ofreció ninguna explicación sobre él. Vivía allí, por supuesto.

    Como vi más tarde, la estantería inferior del cuarto dé baño estaba llena de útiles de afeitar.

    Quizá todos estos detalles parezcan irrelevantes, pero yo estaba observando detenidamente a aquella mujer y su situación. Estaba incómoda y se mostraba solemne, sin permitir ningún contacto amistoso, sin ofrecer ninguna prueba de afinidad que me permitiera enfocar mis preguntas con más facilidad. Preparó el té, me ofreció bizcochos, y se sentó en un silencio absoluto mientras le explicaba el motivo de mi visita.

    —No llegué a conocer a su padre —me dijo con serenidad—, aunque tenía noticias sobre él. Vino muchas veces a Oxford, pero nunca mientras yo estaba en casa. Mi padre era naturalista, y pasaba muchas semanas fuera de aquí. Yo estaba muy unida a él. Cuando nos abandonó, lo pasé muy mal.
    —¿Recuerda cuándo fue eso?
    Me dirigió una mirada que era en parte furiosa y en parte compasiva.

    —Recuerdo la fecha exacta. Un sábado, el trece de abril de mil novecientos cuarenta y dos. Yo vivía en el piso de arriba. Mi marido ya me había dejado. Mi padre tuvo una discusión terrible con John, mi hermano… y entonces, de repente, se marchó. John se fue al extranjero, con el ejército, y murió. Yo me quedé en la casa…

    Preguntando amablemente, sonsacándole poco a poco, conseguí enterarme de la historia de la doble tragedia. Cuando Wynne-Jones, por la razón que fuera, abandonó a su familia, a Anne Hayden se le rompió el corazón por segunda vez.

    Destrozada, vivió durante los años siguientes como una reclusa, aunque volvió a moverse en sociedad cuando terminó la guerra.

    Cuando el joven que vivía con ella trajo el té recién hecho, el contacto entre los dos fue cálido, genuino, breve. La cicatriz de la doble tragedia seguía allí, pero Anne no había dejado de sentir.

    Le expliqué con todos los detalles que consideré necesarios que los dos hombres, nuestros padres, habían trabajado juntos, y que las anotaciones del mío estaban incompletas. ¿Había encontrado ella extractos de diarios, hojas o cartas que no estuvieran escritas con la letra de Wynne-Jones?

    —La verdad, señor Huxley, apenas he mirado nada —dijo en voz baja—. El estudio de mi padre está tal y como él lo dejó. Si le parece una actitud dickensiana, es muy libre de pensar lo que quiera. Esta casa es grande, y no hace falta esa habitación. Limpiarla y conservarla era un esfuerzo innecesario. La cerré, y así se quedará hasta que vuelva y la limpie él mismo.

    —¿Puedo ver esa habitación?

    —Si quiere… Para mí, no tiene el menor interés. Y, mientras me lo enseñe antes, puede tomar prestado todo lo que quiera.

    Me guió al primer piso y por un largo pasillo oscuro que lucía un deteriorado papel pintado con dibujos de flores. Cuadros polvorientos se alineaban en la pared, copias descoloridas de Matisse y de Picasso. La alfombra estaba deshilachada.

    El estudio de su padre estaba al final del pasillo. Desde la ventana de la habitación se divisaba la ciudad de Oxford. A través de las sucias cortinas de malla, apenas pude distinguir el chapitel de Santa María. Los libros se alineaban contra la pared en tal número que el yeso empezaba a resquebrajarse sobre las maltrechas estanterías. El escritorio estaba cubierto por una película blanca, al igual que todos los demás muebles de la habitación, pero los libros estaban en peor situación, ocultos bajo una capa de polvo tan gruesa como un dedo. Mapas, planos e ilustraciones botánicas se apilaban contra una pared. Montones de periódicos y paquetes de cartas se almacenaban hasta rebosar en los estantes de un armario. Era la antítesis del meticuloso estudio de mi padre: una mezcla confusa de trabajo duro e intelecto, que me dejó confuso mientras lo miraba. No sabía por dónde empezar mi investigación.

    Anne Hyden me observó unos minutos, con los ojos cansados, entrecerrados tras las gafas con montura de concha.

    —Le dejaré solo —dijo.

    Y la oí alejarse escalera abajo.

    Abrí cajones, hojeé libros, hasta aparté las alfombras en busca de compartimentos ocultos. Examinar cada centímetro de aquella habitación hubiera sido un trabajo de titanes, y me di por vencido al cabo de una hora. No sólo no había páginas del diario de mi padre discretamente escondidas en el despacho de su colega: ni siquiera encontré un diario del propio Wynne-Jones. Lo único relativo al Bosque Mitago que encontré fue una maquinaria extraña, propia de Frankenstein: el equipo de «puente frontal» de Wynne-Jones. Este invento incluía unos auriculares, metros de cable, bobinas de cobre, pesadas baterías de automóvil, discos estroboscópicos y botellas de productos químicos de fuerte olor, con etiquetas en clave. Todo eso lo encontré en un gran cofre de madera, cubierto con un tapiz. Era un cofre antiguo, con complicados dibujos tallados.

    Tanteé y presioné todos los paneles, y descubrí un compartimento oculto, pero el escaso espacio estaba vacío.

    Con toda la serenidad de la que fui capaz, recorrí el resto de la casa, echando un vistazo a cada habitación para tratar de intuir si Wynne-Jones habría preparado o no un escondrijo fuera de su estudio. En ningún momento me dio esa impresión, sólo capté el olor de libros viejos, polvorientos y atacados por la humedad, y ese otro olor desagradable, característico de los lugares que nadie habita ni cuida.

    Volví a bajar la escalera. Anne Hayden me dedicó una leve sonrisa.

    —¿Ha habido suerte?

    —Me temo que no.

    Asintió, pensativa.

    —¿Qué es lo que buscaba, exactamente? —añadió—. ¿Un diario?

    —Su padre debió de llevar uno. Un dietario de escritorio, un anuario. No he encontrado ninguno.

    —Creo que nunca he visto nada por el estilo —dijo sencillamente, todavía pensativa—, y le aseguro que me extraña.

    —¿Le habló alguna vez de su trabajo?

    Me senté en el brazo de un sillón. Anne Hayden cruzó las piernas y dejó la revista a un lado.

    —Comentaba tonterías sobre animales extintos en Inglaterra que vivían todavía en lo más profundo de los bosques. Jabalíes, lobos, osos salvajes… —Sonrió de nuevo—. Me parece que se lo creía de verdad.

    —Igual que mi padre —señalé—. Pero al diario de mi padre le faltan páginas. Muchas. Pensé que a lo mejor las había escondido aquí. ¿Qué ha pasado con las cartas que se recibieron a nombre de su padre después de su desaparición?

    —Se las enseñaré.
    Se levantó, y la seguí hacia un armario alto de la sala principal, un lugar de mobiliario austero, lleno de antigüedades y algún que otro adorno. Aquel armario estaba tan abarrotado como los del estudio, lleno de periódicos todavía en sus sobres, y folletos informativos de la universidad enrollados y atados con cinta adhesiva.

    —Lo guardo todo. Dios sabe para qué. Quizá los devuelva a la universidad esta semana, no sé para qué lo quiero. Aquí están las cartas…

    Junto a los periódicos había un montón de correspondencia privada, de casi un metro de altura. Todas estaban cuidadosamente abiertas, y sin duda leídas por la dolida hija.

    —Quizá haya algunas de su padre. La verdad, no me acuerdo.
    Tomó el montón de correspondencia y me lo puso en los brazos. Volví con las cartas a la sala de estar y, durante una hora, examiné la caligrafía de cada carta.

    No encontré nada. Me dolía la espalda de estar tanto tiempo sentado, y el olor a polvo y a humedad empezaba a marearme.

    No podía hacer nada más. El reloj que estaba encima de la repisa de la chimenea resonaba en el pesado silencio de la habitación, y empezaba a sentir que estaba abusando de la hospitalidad. Entregué a Anne Hayden una hoja poco importante de un diario antiguo de mi padre.

    —Tenía una caligrafía bastante peculiar. Si descubre hojas sueltas o diarios… se lo agradecería mucho.

    —Será un placer, señor Huxley.

    Me acompañó hasta la puerta principal. Fuera, seguía lloviendo, y ella me ayudó a ponerme el pesado impermeable. Luego, titubeó y me miró de una manera extraña.

    —¿Llegó a conocer a mi padre en alguna de sus visitas?
    —Yo era muy niño. Le recuerdo del año treinta y cinco, más o menos, pero nunca nos dirigió la palabra a mi hermano ni a mí. En cuanto se veían, mi padre y él se adentraban en el bosque para buscar a esas bestias místicas…

    —En Herefordshire. Donde usted vive ahora, ¿no? —Había mucho dolor en la mirada que me dirigió—. Nunca supimos nada. Quizá hubo algo en aquella época que le hizo cambiar. Yo siempre seguí muy unida a él. Él confiaba en mí, en mi cariño. Pero nunca me habló de nada. Simplemente, estábamos… unidos. Le envidio a usted por todas las veces que le vio. Ojalá pudiera compartir su recuerdo de él haciendo lo que más le gustaba, con o sin bestias místicas. La vida que adoraba, y de la que apartó a su familia…

    —A mí me sucedió lo mismo —le dije amablemente—. Mi madre murió con el corazón destrozado. A mi hermano y a mí nos mantuvo al margen de su mundo.

    —Así que los dos perdimos.

    Sonreí.

    —Creo que usted más que yo. Si quiere visitar Refugio del Roble y ver el diario…

    Meneó la cabeza rápidamente.

    —Me temo que no me atrevo, señor Huxley. Pero muchas gracias. Simplemente, me pregunto… por lo que ha dicho…

    Apenas podía hablar. En la penumbra del callejón, la lluvia golpeaba monótonamente la ventana y las puertas. Anne tenía las mejillas enrojecidas de ansiedad, y ahora, tras las gafas, sus ojos se abrían de par en par.

    —¿Sí? —la urgí.

    —¿Está en el bosque? —preguntó inmediatamente, sin pausa, casi sin pensar.

    Por un momento, me cogió por sorpresa. Luego entendí lo que quería decir.

    —Es posible —respondí.
    ¿Qué podía decirle? ¿Debía hablarle de mi creencia de que, más allá de la periferia, en el corazón del bosque, había un lugar cuya inmensidad escapaba a la imaginación?

    —Todo es posible —repetí.


    Seis


    Me marché de Oxford frustrado, sucio y muy, muy cansado. El viaje de vuelta a casa no pudo ser peor: uno de los trenes fue cancelado, y a la salida de Witney había un atasco de tráfico que retuvo mi autobús durante casi media hora. Por suerte, la lluvia cesó, aunque el cielo seguía encapotado, amenazador, y el viento soplaba con fuerza, mala señal para el principio del verano.

    Cuando llegué a Refugio del Roble, ya eran las seis de la tarde, y en seguida advertí que había tenido un visitante: la puerta trasera estaba abierta de par en par, y había luz en el estudio. Aceleré el paso, pero me detuve junto a la puerta, mirando nerviosamente a mi alrededor por si había algún caballero de gatillo fácil, o algún mitago violento. Pero tenía que ser Guiwenneth. La puerta estaba forzada, y la pintura alrededor del pomo arañada, delatando los golpes de lanza. Dentro, capté enseguida el olor que asociaba con ella, agudo, pungente. Era evidente que necesitaba bañarse mucho más a menudo.

    La llamé por su nombre mientras recorría cautelosamente todas las habitaciones. No la encontré en el estudio, pero dejé la luz encendida. Un movimiento en el piso superior me sobresaltó, y me dirigí al vestíbulo.

    —¿Guiwenneth?

    —Me temo que me ha pescado usted curioseando —me llegó la voz de Harry Keeton.

    Apareció en lo alto de la escalera, con aspecto avergonzado, sonriendo para disimular su falta.

    —Lo siento mucho, pero la puerta estaba abierta.

    —Creí que era otra persona —respondí—. No hay nada digno de verse.

    Bajó la escalera y le guié hacia la sala de estar.

    —¿Había alguien cuando vino?

    —Sí, pero no llegué a verle. Como le he dicho, llamé a la puerta principal. No me abrieron. Rodeé la casa y encontré la puerta trasera abierta. Había un olor extraño, y luego esto…

    Señaló la habitación. Todos los muebles estaban desordenados, y las estanterías vacías, ya que su contenido, libros y objetos, se hallaba esparcido por el suelo.

    —No tengo costumbre de hacer este tipo de cosas —dijo con una sonrisa—. Alguien huyó de la casa cuando entré en el estudio, pero no llegué a verle. Pensé que sería mejor esperarle.

    Ordenamos la habitación, y luego nos sentamos junto a la mesa del comedor.

    Hacía frío, pero opté por no encender la chimenea. Keeton se relajó. La cicatriz de la quemadura se le había enrojecido considerablemente con la vergüenza, pero poco a poco se fue haciendo más clara, más discreta, aunque se cubría la mandíbula nerviosamente con la mano izquierda cuando hablaba. Advertí que parecía cansado, ni mucho menos tan agudo y vivaz como el día que le conocí en el Aeródromo de Muckiestone. Llevaba ropas de civil, muy gastadas. Cuando se sentó junto a la mesa, advertí que tenía una cartuchera y una pistola en el cinturón.

    —He revelado las fotografías que tomé hace unos días, durante ese vuelo.

    Se sacó del bolsillo un paquete enrollado, lo estiró y lo abrió para sacar varias fotografías del tamaño de una revista. Casi había olvidado que aquellas fotografías del terreno constituían parte del proceso.

    —Después de la tormenta en la que, al parecer, nos metimos, no creí que hubiéramos sacado nada. Pero me equivoqué. —Cuando empujó las copias hacia mí, parecía inquieto.

    —Suelo usar una buena cámara, de alta precisión. Película Kodak de alta sensibilidad. Así que he podido ampliarlas bastante. Mírelas…

    Me observó mientras yo miraba las escenas algo difuminadas, a veces borrosas, del Bosque Mitago.

    Las copas de los árboles y los claros parecían protagonizar todas las fotografías, pero pronto comprendí por qué Keeton estaba tan emocionado. En la cuarta foto, tomada cuando el avión se vio lanzado hacia el oeste, la cámara había hecho una toma panorámica algo inclinada del bosque, y mostraba un claro con una alta estructura de piedra, muy deteriorada, parte de la cual se alzaba por encima del nivel del follaje.

    —Un edificio —dije innecesariamente.

    —Hay una ampliación —siguió Harry Keeton.

    Algo más borrosa, la siguiente fotografía mostraba un plano más cercano de la construcción: un edificio y una torre, se alzaba en una interrupción de los árboles del bosque. Había varias figuras. No se podía observar ningún detalle, aparte del hecho de que eran humanas: formas blancas y grises, que sugerían la presencia de hombres y mujeres caminando alrededor de la torre. Dos de las formas parecían estar escalando la ruinosa estructura.

    —Probablemente fue construida en la Edad Media —comentó Keeton, pensativo—. El bosque creció alrededor del camino de acceso, y ese lugar se vio aislado…

    Otra idea, menos romántica pero más plausible, era que la estructura fuese alguna extravagancia victoriana, algo construido más por capricho que por motivos lógicos. Pero ese tipo de locuras solían aparecer en la cumbre de las colinas: estructuras altas, desde cuya cima el propietario excéntrico, adinerado, o simplemente aburrido, podía observar el paisaje más allá de los límites del condado.

    Si eso era lo que pretendía el lugar que observábamos en la fotografía, el arquitecto había sido particularmente inepto.

    Examiné la siguiente foto: mostraba la imagen de un río que discurría entre los densos grupos de árboles. Su curso trazaba meandros. Visto desde el aire, parecía un camino entre los árboles. En dos puntos, algo desenfocados, el agua brillaba y el río parecía particularmente ancho. ¿Aquello era el Arroyo Arisco? Me resultaba difícil creer lo que veía.

    —También he ampliado las fotos del río —dijo Keeton.

    Cuando examiné las tomas de las que hablaba, comprendí que allí se veían más mitagos.

    Esas formas también estaban desenfocadas, pero había cinco, muy juntas, vadeando el segmento del río que había atraído la atención de la cámara.

    Sostenían objetos sobre sus cabezas, quizá armas, quizá sólo cayados. Eran borrosas y mal definidas, como la foto que había visto en cierta ocasión del monstruo de un lago: sólo la sugerencia de una forma en movimiento. ¡Vadeando el Arroyo Arisco!

    La última fotografía era, a su manera, la más dramática de todas. Sólo mostraba bosque. ¿Sólo? Allí había algo más y, en aquel momento, yo no quería ni imaginar la naturaleza de las fuerzas y estructuras que tenía ante los ojos.

    Según me explicó Keeton, el negativo no había recibido suficiente exposición. Ese sencillo error, provocado por causas que no entendía, delataba la presencia de unos tentáculos de energía que se alzaban de la gran mancha de bosque. Eran escalofriantes, insinuantes, tentativos… Conté veinte de ellos, como tornados, pero más delgados, retorcidos y arqueados, sondeando el cielo desde la tierra oculta más abajo. Los vórtices se tendían claramente hacia el avión, para sondear el vehículo intruso… y rechazarlo.

    —Ahora sé qué clase de bosque es —dijo Keeton.
    Le miré, sorprendido. Me estaba observando. En sus ojos había una expresión de triunfo, pero no exenta de algo muy parecido al terror. Tenía la quemadura del rostro enrojecida, y la comisura de la boca afectada por el fuego, alzada, lo que daba cierta asimetría a su rostro. Se inclinó hacia adelante, con las palmas de las manos apoyadas en la mesa.

    —He estado buscando un lugar como éste desde que terminó la guerra —siguió—. Y, en pocos días, he comprendido la naturaleza del Bosque Ryhope. Ya había oído historias sobre un bosque encantado en esta zona…, por eso me he dedicado a investigar el condado.

    —¿Un bosque encantado?

    —Un bosque fantasma —aclaró rápidamente—. Había uno en Francia. Allí fue donde me derribaron. Aquél no tenía un aspecto tan sombrío, pero era igual.

    Le animé a que siguiera hablando. Parecía casi temeroso de hacerlo. Se echó hacia atrás en la silla, y su mirada vagó lejos de mí, mientras recordaba.

    —Lo he borrado de mi mente. He borrado muchas cosas…

    —Pero ahora las recuerda.

    —Sí. Estábamos muy cerca de la frontera belga. Había volado muchas veces por aquella zona, casi siempre llevando suministros a la Resistencia. Un anochecer, iba en misión cuando el avión fue zarandeado en el aire. Como atrapado por una corriente termal terrible. —Me miró—. Ya sabe cómo son.

    Asentí. Él siguió hablando:

    —Por mucho que lo intentara, no podía volar sobre aquel bosque. Era bastante pequeño. Maniobré y traté de hacerlo una vez más. El mismo efecto lumínico en las alas, como el otro día: una luz que surgía sobre la cabina. Y, una vez más, me zarandeó como a una hoja. Allí abajo había rostros. Era como si flotaran sobre el follaje. Como fantasmas, como nubes. Tenues. Ya sabe cómo se supone que son los fantasmas. Parecían nubes atrapadas en las copas de los árboles, moviéndose, cambiando… ¡pero eran rostros!
    —Así que no le derribaron —dije. Pero él asintió.
    —Oh, sí. Desde luego, algo derribó el avión. Yo siempre digo que fue un francotirador porque…, bueno, porque es la única explicación que se me ocurre. —Se miró las manos—. Un disparo, un golpe, y el avión cayó sobre el bosque como una piedra. Conseguí salir de entre los restos del aparato, igual que John Shackieford. Tuvimos una suerte increíble… hasta entonces.
    —¿Y luego?
    Alzó la vista, suspicaz.

    —Y luego… en blanco. Salí del bosque. Estaba vagando por entre las granjas de los alrededores, cuando una patrulla alemana me atrapó. Me pasé el resto de la guerra detrás de una alambrada de espino.

    —¿Vio algo en el bosque mientras estaba allí?
    Titubeó antes de responder y, cuando lo hizo, había un dejo de irritación en su voz:

    —Ya se lo he dicho, amigo. En blanco.
    Supuse que, por el motivo que fuera, no quería hablar de lo que había sucedido después del accidente del avión. Debía de ser humillante para él: prisionero de guerra, con una quemadura terrible y derribado en extrañas circunstancias.

    —Este bosque, el Bosque Ryhope, es igual… —empecé.

    —También había rostros, pero mucho más cerca.

    —No los vi —respondí, asombrado.

    —Estaban allí, pero usted no miró. Es un bosque fantasma. Exactamente igual que el otro. Y a usted también le ha hechizado. ¡Dígame que estoy en lo cierto!

    —¿Quiere que le diga algo que ya sabe?

    Tenía una mirada vehemente. El pelo rubio, indómito, le caía sobre las cejas y le daba un aspecto infantil. Parecía emocionado, pero también aprensivo. O, quizá, asustado.

    —Me gustaría entrar en ese bosque —dijo con una voz que era casi un susurro.

    —No llegará muy lejos —repliqué—. Lo sé, ya lo he intentado.

    —No le entiendo.

    —El bosque le obligará a dar la vuelta. Se defiende… Pero bueno, santo Dios, ya lo vio el otro día. Puede caminar durante horas, y siempre descubrirá que ha trazado un círculo. Mi padre descubrió un camino hacia el interior. Y Christian, también.

    —Su hermano.
    —El mismo. Ya lleva allí más de nueve meses. Debe de haber encontrado un camino a través de los vórtices…

    Antes de que Keeton me preguntara el significado del término, un movimiento en la cocina nos sobresaltó a los dos, y ambos reaccionamos con un gesto de silencio. Había sido un movimiento rápido, sólo delatado por el abrirse y cerrarse de la puerta trasera. Señalé el cinturón de Keeton.

    —Le sugiero que desenfunde la pistola, y si el rostro que aparece por esa puerta no tiene una melena pelirroja… dispare un tiro de aviso contra la pared.

    Con toda la rapidez posible, sin hacer ni un ruido innecesario, Keeton preparó el arma. Era una Smith and Wesson calibre 38. Armó el percutor, alzó el arma cargada y apuntó. Clavé la vista en la puerta de la cocina y, un momento más tarde, Guiwenneth entró cautelosa, lentamente, en la habitación. Miró a Keeton, luego a mí, y en su rostro se reflejó la pregunta: «¿Quién es éste?».

    —Santo Dios —se atragantó Keeton, animándose un poco. Bajó el arma, puso el seguro y se la guardó en la cartuchera, sin dejar de mirar a la chica. Guiwenneth se acercó a mí, me puso una mano en el hombro (¡casi protectora!), y se quedó a mi lado mientras escrutaba al piloto. Dejó escapar una risita y se rozó el rostro.
    Estaba estudiando la desagradable marca del accidente de Keeton. Dijo algo en su extraño idioma, demasiado de prisa para que yo lo interpretara.

    —Es usted increíblemente hermosa —le dijo Keeton—. Soy Harry Keeton. Me ha dejado sin aliento, casi olvido los buenos modales.

    Se levantó y dio un paso hacia Guiwenneth, que se apartó de él, incrementando la presión sobre mi hombro. Keeton me miró.

    —¿Es extranjera? ¿No habla nada de nuestro idioma?
    —Ni una palabra. Pero su idioma es de este país…, más o menos. No comprende nada de lo que hablamos.

    Guiwenneth se agachó y me besó la cabeza. También me pareció un gesto posesivo, protector, y no comprendí el motivo. Pero me gustó. Creo que enrojecí tanto como solía hacer Keeton. Alcé la mano, puse los dedos sobre los de la chica y, por un momento, nuestras manos se entrelazaron en una especie de comunicación que era inconfundible.

    —Buenas anoches, Steven —me dijo con un acento fuerte, extraño, pronunciando cuidadosamente cada palabra.
    Alcé la vista hacia ella. Sus ojos castaños brillaban, en parte de orgullo y en parte de diversión.

    —Buenas noches, Guiwenneth —la corregí. Ella hizo una mueca y se volvió hacia Keeton.

    —Buenas noches…

    Se interrumpió y dejó escapar una risita. Había olvidado el nombre. Keeton se lo recordó, y ella lo dijo en voz alta, al tiempo que alzaba la mano derecha, con la palma hacia él, y luego se ponía la palma en el vientre, Keeton repitió el gesto, hizo una reverencia, y los dos se echaron a reír.

    Después, Guiwenneth concentró su atención otra vez en mí. Se acuclilló a mi lado con la lanza entre las piernas, algo incongruente, casi obsceno. La túnica era demasiado corta, y el cuerpo demasiado sensualmente juvenil y atractivo como para que un hombre inexperto como yo pudiera aparentar indiferencia. Ella me tocó la nariz con un dedo largo y delgado, sonriendo al identificar las ideas que discurrían bajo mi rostro enrojecido.

    —Cuningabach —dijo en tono de advertencia—. Comida. Cocinar. Guiwenneth. Comida —añadió luego.

    —Comida —repetí—. ¿Quieres comida?

    Me señalé el pecho mientras hablaba, y Guiwenneth negó rápidamente con la cabeza, señalando su propio pecho.

    —¡Comida!

    —¡Ah! ¡Comida! —repetí, ahora señalándola a ella. Guiwenneth quería cocinar. Ya la entendía.

    —¡Comida! —asintió con una sonrisa. Keeton se lamió los labios.

    —Comida —dije, inseguro, preguntándome cuál sería la idea de Guiwenneth sobre una cena.

    Pero ¿qué importaba? Sería un buen experimento. Me encogí de hombros y asentí.

    —¿Por qué no?
    —¿Puedo quedarme… sólo para la cena? —intervino Keeton.

    —Por supuesto —respondí.

    Guiwenneth se puso en pie y se llevó un dedo a la nariz. (Parecía estar diciendo: «Va a ser un banquete».) Se dirigió a la cocina y revolvió entre las cazuelas y utensilios. Pronto oí el ominoso ruido de cortes, y el sonido desagradable de los huesos al ser quebrados.

    —Supongo que es muy impertinente por mi parte autoinvitarme de esta manera —dijo Keeton mientras se sentaba en un sillón, todavía con la chaqueta puesta—. Pero en las granjas siempre hay buena comida. Si quiere, pagaré…

    Le miré y me eché a reír.

    —Ni lo mencione. Quizá tenga que pagarle yo a usted. Siento decirlo, pero nuestra cocinera de hoy no cree en los métodos tradicionales. Nada de huevos fritos con bacon, ni siquiera ha oído hablar de ellos. Lo más probable es que esté asando un jabalí salvaje.

    Keeton frunció el ceño, por supuesto.

    —¿Un jabalí? Hace tiempo que se extinguieron aquí.

    —En el Bosque Ryhope, no. También hay osos. ¿Le gustaría un plato de oso estofado con mollejas de lobo?

    —Pues, la verdad, no mucho —respondió el piloto—, ¿es una broma?

    —El otro día le preparé una sopa de verduras de lo más normal, y le pareció repugnante. No quiero ni pensar qué considerará apetecible…

    Pero, cuando me aventuré hasta la puerta de la cocina para echar un vistazo, me resultó evidente que estaba preparando algo mucho menos ambicioso que un asado de jabalí. La mesa de la cocina estaba llena de sangre, igual que los dedos de Guíwenneth. Ella se los lamía con la misma tranquilidad con que yo hubiera lamido miel o salsa. La carcasa era larga y delgada. Un conejo, o una liebre. Había agua hirviendo. Había cortado groseramente algunas verduras, y examinaba el bote de la sal mientras se chupaba las manos. Al final, la comida resultó sabrosa, aunque tenía un aspecto un tanto repugnante. Sirvió la carcasa entera, con cabeza y todo, pero había partido el cráneo de manera que los sesos se cocieran también. Los separó con el cuchillo y los cortó cuidadosamente en tres partes. Keeton rechazó la suya con una divertida exhibición de cortesía y pánico.

    Guiwenneth comió con los dedos, y sólo usó su cuchillo corto para cortar tajadas del conejo, que resultó sorprendentemente abundante. Rechazó el tenedor, calificándolo de «R'vannith», pero probó a usarlo, y era evidente que reconocía su potencial.

    —¿Cómo va a volver al aeródromo? —pregunté más tarde a Keeton.
    Como la noche era algo fría, Guiwenneth había encendido la chimenea con madera de abedul. La sala de estar tenía un ambiente acogedor. Ella se sentó con las piernas cruzadas ante el fuego, y se dedicó a observar las llamas. Keeton se quedó junto a la mesa, y dividió su atención entre las fotografías y la espalda de la extraña chica. Yo me senté en el suelo, con la espalda apoyada en un sillón y las piernas estiradas tras Guiwenneth.

    Tras un rato, ella se echó hacia atrás, apoyó los codos en mis rodillas y me rozó cariñosamente un tobillo. El fuego hacía que el pelo le bri