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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    BOSQUE MITAGO (Robert Holdstock)

    Publicado el sábado, febrero 04, 2017

    Agradecimientos

    Me gustaría dar las gracias a Alian Scott, cuyo Manual anglosajón para el visitante de Ellorgaesten, escrito especialmente para mí, me fue de gran ayuda. Mi agradecimiento también para Mildred, por el entusiasmo que inspiró la visión y para George Huxley, que acuñó la palabra Mitago.


    R.H.

    Fue como si lo reconociera (…). Aquí había algo que había conocido toda mi vida, aunque no lo supiera (…).
    Ralph Vaughan WILLIAMS, comentando su primera impresión al descubrir el folklore y la música popular británica.


    Prólogo

    Edward:

    Tienes que volver al Refugio. ¡Por favor, no te retrases ni una hora! He descubierto un cuarto camino hacia las zonas más profundas del bosque. El arroyo. Qué obvio parece ahora… ¡un camino de agua! Pasa directamente a través del vórtice exterior de fresnos, más allá del sendero espiral y de las Cataratas de Piedra. Creo que nos servirá para llegar al mismo corazón del bosque. ¡Pero el tiempo, siempre el factor tiempo…!

    He encontrado un pueblo llamado los shamiga. Viven más allá de las Cataratas de Piedra. Vigilan los vados del río, pero descubrí con gran satisfacción que les encanta contar historias. Ellos lo llaman «narrar la vida». La narradora de la vida es una jovencita que se pinta la cara de verde y cuenta las historias con los ojos cerrados, para que las sonrisas o gestos desaprobadores de los que escuchan no la hagan «cambiar de forma» a los personajes de la historia. La escuché durante mucho tiempo, pero lo más importante que oí fue un fragmento que sólo puede pertenecer a la historia de Guiwenneth. Era una versión precéltica del mito, pero estoy seguro de que se refiere a la chica. Esto es lo que conseguí entender:

    «Una tarde, tras matar a un ciervo con astas de ocho puntas, a un jabalí más alto que dos hombres, y corregir los malos modales de cuatro pueblos, Mogoch, un jefe, se sentó junto a la orilla para descansar. Era de constitución tan gigantesca, que las nubes casi le tapaban la cabeza. Metió los pies en el mar, junto a la base de los acantilados, para refrescarse. Luego se reclinó hacia atrás y observó la reunión que tenía lugar entre dos hermanas sobre su fertilidad. »Las hermanas eran gemelas, ambas hermosas, de hablar dulce y hábiles con el arpa. Pero una de ellas se había casado con el jefe guerrero de una gran tribu, y pronto descubrió que su vientre no podía concebir. Se volvió tan agria como la leche que ha quedado demasiado tiempo expuesta al sol. La otra hermana se había casado con un guerrero exiliado llamado Peregu. El campamento de Peregu estaba en los más profundos desfiladeros de la parte más lejana del bosque, pero acudía junto a su amada en forma de lechuza. Ella acababa de tener una hija, pero, como Peregu estaba exiliado, la hermana de rostro amargado y su ejército se habían presentado para llevarse a la criatura. »Tuvo lugar una gran discusión, y las armas chocaron. La amada de Peregu ni siquiera había tenido tiempo deponerle nombre a la niña, cuando su hermana le arrebató el pequeño bulto envuelto en telas y lo alzó sobre su cabeza, para ser ella quien le diera nombre. »Pero el cielo se oscureció, y aparecieron diez urracas. Eran Peregu y sus nueve hermanos de espada, mutados por la magia del bosque. Peregu descendió en picado, tomó a la niña entre sus garras y se remontó, pero un tirador le derribó con su honda. La niña cayó, pero los otros pájaros la recogieron en el aire y se la llevaron. Así que fue llamada Hurfathana, que quiere decir "la niña criada por urracas". »Mogoch, el jefe, contempló todo esto con diversión despectiva, pero sentía respeto por el difunto Peregu. Recogió al pajarillo y le devolvió la forma humana.

    Como tenía miedo de aplastar pueblos enteros si excavaba una tumba con el dedo, Mogoch se metió al exiliado muerto en la boca, y se arrancó un diente para que le sirviera de lápida feraria. Así, Peregu fue enterrado bajo una gran piedra blanca, en un valle que respira.»

    No hay duda, se trata de una versión primitiva de la historia de Guiwenneth, y supongo que comprendes mi emoción. La última vez que vino la chica, pude preguntarle sobre su tristeza. Me dijo que se había extraviado. No conseguía dar con el valle que respiraba, ni la brillante roca bajo la que yacía su padre. Es la misma historia. ¡Lo sé, lo presiento! Tenemos que invocarla de nuevo. Tenemos que ir otra vez más allá de las Cataratas de Piedra. Necesito tu ayuda. ¿Quién sabe dónde y cuándo terminará esta guerra? Pronto llamarán a filas a mi hijo mayor, y Steven no tardará en seguirle. Entonces, tendré más libertad para explorar el bosque y hablar con la chica.

    Tienes que venir, Edward.


    Un saludo afectuoso.
    George Huxley Diciembre de 1941.



    PRIMERA PARTE Bosque Mitago
    Uno


    En mayo de 1944 recibí los papeles de alistamiento y, de mala gana, partí hacia la guerra. Mi entrenamiento tuvo lugar en Lake District, y luego me embarcaron hacia Francia con el Séptimo de Infantería.

    La noche anterior a la partida, estaba tan enfadado con mi padre por su aparente despreocupación en lo relativo a mi seguridad, que, cuando se durmió, me acerqué silenciosamente a su escritorio y arranqué una página de su libreta, el diario donde detallaba su trabajo silencioso y obsesivo. El fragmento tenía como única fecha «Agosto del 34», y lo leí muchas veces, desesperado por no comprender nada, pero contento de haberle arrebatado al menos una pequeña parte de su vida, una parte que me sustentaría en aquellos días dolorosos y solitarios.

    La anotación comenzaba con un amargo comentario sobre las pérdidas de tiempo que se le imponían: el mantenimiento de Refugio del Roble, nuestro hogar familiar, las exigencias de sus dos hijos, y la difícil relación con su esposa, Jennifer.

    Si mal no recuerdo, por aquel tiempo mi madre estaba gravemente enferma.

    Terminaba con un párrafo memorable por su incoherencia: Una carta de Watkins.

    Está de acuerdo conmigo en que, en ciertas épocas del año, el aura que rodea el bosque puede llegar hasta la casa. Debo meditar sobre las implicaciones. Quiere conocer el poder del vórtice roble que he medido. ¿Qué le cuento? Desde luego, nada del primer mitago. También he notado que la zona premitago es cada vez más rica. Pero, al mismo tiempo, es evidente que pierdo progresivamente el sentido del tiempo.


    Atesoré este pedazo de papel por muchas razones, pero sobre todo, porque representaba los escasos momentos de interés apasionado de mi padre… aunque, al mismo tiempo, no podía compartir este interés, igual que no podía compartir su vida cuando estaba en casa.

    Me hirieron a principios de 1945, y cuando terminó la guerra, me las arreglé para quedarme en Francia. Viajé hacia el sur para pasar la convalecencia en un pueblo de las colinas que hay más allá de Marsella, y allí viví con unos viejos amigos de mi padre. Era un lugar cálido, seco, silencioso y tranquilo. Me pasaba horas y horas sentado en la plaza del pueblo, y pronto se me consideró parte de la pequeña comunidad.

    Las cartas de mi hermano Christian, que había vuelto a Refugio del Roble cuando terminó la guerra, me llegaban puntualmente todos los meses durante el largo año de 1946. Eran cartas alegres, informativas, pero parecían cada vez más tensas: evidentemente, la relación de Christian con nuestro padre se deterioraba por momentos. El viejo no me escribió nunca, pero tampoco lo esperaba. Hacía mucho que me había resignado, lo máximo que obtendría de él sería indiferencia.

    Toda la familia no era más que una intrusión en su trabajo. Su sentimiento de culpabilidad por habernos descuidado, y sobre todo por haber hecho que nuestra madre se suicidara, se convirtió rápidamente, durante los primeros años de guerra, en una locura histérica verdaderamente aterradora. Esto no quiere decir que estuviera gritando siempre; todo lo contrario, se pasaba la mayor parte del tiempo en silencio, absorto en la contemplación del bosque de robles cercano a nuestra casa. Estos períodos de silencio, que al principio no le enfurecían por la distancia que interponían entre la familia y él, se convirtieron pronto en una auténtica bendición.

    Murió en noviembre de 1946, de una enfermedad que le había aquejado durante años. Cuando me enteré, me sentí dividido entre lo poco que me atraía volver a Refugio del Roble, en un rincón de Ryhope, en Herefordshire, y el evidente malestar de Christian. Ahora, mi hermano estaba solo en la casa donde habíamos pasado juntos la infancia. Me lo imaginaba recorriendo las habitaciones vacías, quizá sentado en el estudio húmedo e insalubre de nuestro padre, recordando las horas de rechazo, el olor a madera y mantillo que acompañaba al viejo al cruzar las puertas con paneles de cristal cuando regresaba de sus expediciones de una semana a lo más profundo del bosque. Éste se había extendido por esa habitación, como si mi padre no soportara estar lejos de los matorrales bajos y as húmedas sombras de los robles, ni siquiera cuando recordaba que tenía una familia. Demostraba recordarnos de la única manera en que sabía hacerlo: contándonos —sobre todo, contando a mi hermano— historias sobre los antiguos bosques que se divisaban desde la casa, sobre los robles, fresnos, hayas y otros árboles en cuyo oscuro interior (dijo una vez) aún se podía oír y oler al jabalí salvaje, incluso seguir sus huellas.

    Yo dudaba de que hubiera visto nunca a ese animal, pero aquella noche, sentado junto a la ventana de mi habitación, contemplando el pueblecito en las colinas (todavía llevaba la carta de Christian en la mano, hecha una bola), recordé con claridad cómo me había dedicado a escuchar los gruñidos lejanos de algún animal del bosque, cómo atendía al ruido del pesado desplazamiento de algo muy grande que se adentraba hacia el bosque por el ventoso camino que llamábamos Sendero Profundo, una ruta que transcurría en espiral hacia el mismo corazón del bosque.

    Sabía que debía volver a casa, pero retrasé el viaje casi otro año. Durante ese tiempo, las cartas de Christian cesaron bruscamente. En la última, fechada el diez de abril, escribía sobre Guiwenneth, acerca de su extraño matrimonio, y aseguraba que me sorprendería la encantadora muchacha por la que había perdido «corazón, mente, alma, razón, talento para cocinar y casi todo lo demás, Steve».

    Le escribí para darle la enhorabuena, claro, pero durante los meses siguientes no hubo ninguna comunicación más entre nosotros.

    Por fin, le escribí para hacerle saber que volvía a casa, que me quedaría en Refugio del Roble unas semanas, y luego buscaría alojamiento en alguna de las ciudades cercanas. Me despedí de Francia y de la comunidad que se había convertido en una parte importante de mi vida. Viajé hasta Inglaterra en autobús y tren, en ferry y otra vez en tren. El 20 de agosto, en coche de caballos, llegué hasta el tendido de ferrocarril en desuso que marcaba el límite de los terrenos.

    Refugio del Roble estaba al otro lado, a seis kilómetros si se daba un rodeo por la carretera, pero mucho más cerca por un camino que atravesaba los campos y bosquecillos de la finca. Mi intención era tomar la ruta más rápida, así que cogí lo mejor que pude mi única y destartalada maleta y eché a andar por el descuidado sendero. De cuando en cuando, echaba un vistazo por encima del alto muro de ladrillo rojo que señalaba los límites de la propiedad, tratando de ver algo a través de la espesura de pinos.

    Pronto desaparecieron tanto el bosque como el muro, y la tierra se convirtió en una serie de campos bordeados de árboles, a los que entré por un desvencijado portillo con escalones de madera, casi oculto bajo las raíces de fresno y los arbustos fresales. No me costó poco abandonar la vía pública y avanzar por el camino sur que atravesaba los bosquecillos, serpenteando junto al riachuelo llamado «arroyo arisco», hacia la casa cubierta de hiedra que era mi hogar.

    Se acercaba el mediodía y el calor arreciaba cuando por fin avisté Refugio del Roble. En algún lugar, a mi izquierda, se oía el sonido de un tractor. Pensé en el viejo Alphonse Jeffries, el encargado de los terrenos. Y, junto con su rostro bronceado, sonriente, recordé la alberca del molino y el pequeño bote de remos desde el que solía pescar.

    El recuerdo de la tranquila alberca se apoderó de mí, y me aparté del sendero sur, pese a que las ortigas me llegaban a la cintura, y los fresnos y los espinos crecían por doquier. Me acerqué a la orilla de la amplia alberca sombreada. El espeso bosque de robles del otro lado impedía verla en toda su extensión. Casi oculto entre los arbustos que poblaban la orilla más cercana estaba el pequeño bote desde el que Chris y yo solíamos pescar años antes. Había perdido casi por completo la capa de pintura blanca y, aunque el casco parecía intacto, dudé que soportara el peso de un hombre adulto. No lo toqué. Me limité a rodear la alberca para sentarme en los desiguales escalones de cemento que llevaban al desvencijado embarcadero. Desde allí, contemplé la superficie de la alberca, poblada por nubes de insectos, sólo alterada por el paso de algún que otro pez.

    —Sólo nos harían falta un par de palos y un trozo de cordel. La voz de Christian me sobresaltó. Debía de haber caminado desde el Refugio por el sendero que la vegetación me impedía ver. Alegre, me puse en pie de un salto y me volví hacia él.

    La sorpresa que me causó su aspecto fue tan brutal como si me hubieran golpeado, y creo que se dio cuenta, aunque le rodeé con los brazos y le di un fuerte abrazo fraternal.

    —Tenía que ver otra vez este lugar —dije.

    —Te comprendo —asintió, mientras nos separábamos—. Yo suelo venir a menudo.

    Nos miramos, y se hizo un extraño silencio. Y, de pronto, tuve la certeza de que no le alegraba verme.

    —Estás muy moreno —señaló—. Y muy demacrado. Saludable y enfermo al mismo tiempo…

    —Sol mediterráneo, recogida de la uva y una granada de metralla. Aún no me he recuperado del todo. —Sonreí—. Pero me encanta estar de vuelta y verte de nuevo.

    —Sí —respondió vagamente—. Me alegra que hayas regresado Steve. Me alegra mucho. Me temo que la casa… bueno, no está muy ordenada. Tu carta no llegó hasta ayer, y no he tenido tiempo de hacer nada. Pronto verás que las cosas han cambiado bastante.

    Sobre todo él. Apenas podía creer que éste fuera el joven alegre y vivaz que marchó con su unidad en 1942. Había envejecido de una manera increíble, tenía el pelo surcado de hebras grises, más evidentes al llevarlo largo y sucio. Me recordó a nuestro padre: la misma mirada distante, ausente, idénticas mejillas demacradas, idénticas arrugas profundas en todo el rostro. Pero lo que más me chocaba era su porte en general. Siempre había sido del tipo recio, musculoso. Ahora era como el proverbial espantapájaros, flaco, desgarbado, siempre nervioso. Lanzaba miradas hacia todas partes, pero sin concentrarse nunca en mí.

    Y olía. A bolas de naftalina, como si la camisa blanca y los anchos pantalones grises que llevaba acabaran de salir del armario. Y había otro olor, por debajo del de la naftalina…, el punzante aroma de bosque y hierba. Tenía tierra en las uñas y en el pelo, y sus dientes amarilleaban.

    Con el paso de los minutos, pareció relajarse ligeramente. Discutimos un poco, reímos otro poco y paseamos alrededor de la alberca, golpeando los arbustos con palos. Pero no podía librarme de la sensación de haber llegado a casa en un mal momento.

    —¿Fue difícil… lo del viejo? Me refiero a los últimos días.

    Negó con la cabeza.

    —Durante las dos últimas semanas, más o menos, le atendió una enfermera aquí. No puedo decir que muriera en paz, pero al menos dejó de hacerse daño a sí mismo… y, de paso, a mí.
    —Iba a preguntártelo. En tus cartas sugerías que había cierta hostilidad entre vosotros.
    Christian frunció los labios en una sonrisa sombría, y me miró con una expresión extraña, algo a medio camino entre el asentimiento y la sospecha.

    —Más bien una guerra abierta. Poco después de que yo regresara de Francia, se volvió bastante loco. Tendrías que haber visto la casa, Steve. Tendrías que haber visto al viejo. Creo que llevaba meses sin lavarse. No sé qué habría estado comiendo… Desde luego, nada tan sencillo como huevos y carne. Para ser sincero, durante unos meses creí que se alimentaba de madera y hojas. Estaba en unas condiciones desastrosas. Me dejó ayudarle con su trabajo, pero pronto empezó a odiarme. Trató de matarme más de una vez, Steve. Y lo digo en serio, auténticos atentados contra mi vida. Supongo que tenía un motivo…

    El relato de Christian me dejó atónito. La imagen de mi padre había cambiado. De ser un hombre frío, resentido, a convertirse en una figura enloquecida que se lanzaba sobre mi hermano para golpearle con los puños.

    —Siempre pensé que te quería más a ti. Era a ti a quien contaba las historias del bosque. Yo escuchaba, pero siempre era a ti a quien sentaba sobre sus rodillas. ¿Por qué iba a intentar matarte?
    —Me involucré demasiado —fue toda la respuesta de Christian. Me ocultaba algo, algo de importancia fundamental. Se le notaba en el tono de voz, en la expresión hosca, casi resentida. ¿Debía presionarle o no? Difícil decisión. Nunca me había sentido tan lejos de mi propio hermano. Me pregunté si su comportamiento repercutía en Guiwenneth, la chica con quien se había casado. Me pregunté qué clase de atmósfera estaría respirando la pobre en Refugio del Roble.

    Saqué el tema de la chica con precaución. Christian golpeó furioso los arbustos de la alberca.

    —Guiwenneth se ha ido —fue toda su respuesta. Me detuve, sobresaltado.

    —¿Qué quieres decir, Chris? ¿Adonde ha ido?

    —Simplemente se ha ido —replicó furioso, de mala gana—. Pertenecía a papá, se ha ido, y no hay más que hablar.
    —No sé qué quieres decir. ¿Dónde está? En tu carta parecías tan feliz…

    —No debí escribirte sobre ella. Fue un error. Ahora, deja el tema, ¿vale?

    Después de aquella réplica, me sentía cada vez más intranquilo con Christian.

    Desde luego, le sucedía algo terrible, y era evidente que la partida de Guiwenneth había contribuido en gran manera a aquel terrible cambio que no podía dejar de advertir. Pero también sentí que había algo más. Y no podía saber qué era, a menos que Christian hablara de ello.

    —Lo siento —fueron las únicas palabras que conseguí formular.

    —No lo sientas.

    Caminamos en dirección al bosque, donde el suelo se volvía fangoso e inseguro durante unos metros, antes de desaparecer en un pantano musgoso de piedras, raíces y madera putrefacta. Los rayos del sol apenas conseguían atravesar el espeso follaje de los árboles, y hacía frío. Los densos arbustos se movían con la brisa, y vi como el bote se mecía ligeramente.

    Christian siguió la dirección de mi mirada, pero no se fijó en el bote ni en la alberca. Estaba perdido en algún lugar de sus propios pensamientos. Durante un breve instante, la tristeza me atenazó al ver a mi hermano tan destruido en aspecto y actitud. Quería desesperadamente tocarle el brazo, estrecharle, y era terrible, pero me daba miedo hacerlo.

    —¿Qué demonios te ha pasado, Chris? ¿Estás enfermo? —le pregunté con una voz bastante serena. Por un momento no respondió.
    —No estoy enfermo —dijo al final.

    Dio una patada a una seta seca, que quedó convertida en un polvillo que la brisa arrastró. Me miró con algo parecido a la resignación en su rostro obsesionado.

    —He cambiado un poco, nada más. He retomado el trabajo del viejo. Quizá se me haya pegado algo de su indiferencia.
    —Si es así, quizá deberías dejarlo una temporada.

    —¿Por qué?

    —Porque la obsesión del viejo terminó por matarle. Y, por tu aspecto, sigues el mismo camino.

    Christian sonrió un instante, y lanzó el palo a la alberca, donde salpicó un poco y quedó flotando en un charco de sucias algas verdes.

    —Quizá valga la pena morir por lo que él buscaba…, aunque no lo encontrara.
    No comprendí el tono dramático en la afirmación de Christian. El trabajo que tanto había obsesionado a nuestro padre consistía en dibujar mapas del bosque, en buscar pruebas de la existencia de sus antiguos pobladores. Había inventado toda una nueva jerga para su propio uso, y consiguió dejarme completamente al margen, sin la menor posibilidad de comprender su trabajo. Se lo dije a Christian.

    —Es muy interesante, pero no tanto como crees —añadí.

    —Hacía mucho, mucho más que dibujar mapas. Pero ¿recuerdas esos mapas, Steve? Increíblemente detallados…

    Recordaba uno con bastante claridad, el más grande de todos. Mostraba con gran precisión los senderos y los caminos menos importantes, que atravesaban los grupos de árboles y montículos pedregosos. Los claros estaban dibujados con precisión casi obsesiva, cada uno numerado e identificado, y todo el bosque aparecía dividido en zonas con nombre propio. Una vez, Chris y yo montamos un campamento en uno de los claros, en el bosque, aunque no nos adentramos demasiado.

    —Muchas veces intentamos adentrarnos más. ¿Recuerdas aquellas expediciones, Chris? En cuanto terminaba el sendero profundo, nos perdíamos. Y nos asustábamos mucho.

    —Cierto —replicó Christian con voz tranquila, mientras me miraba de una manera enigmática—. ¿Y si te dijera que el bosque nos impidió entrar? —añadió—. ¿Me creerías?

    Contemplé los grupos de arbustos, árboles y sombras, donde apenas llegaba la luz del sol.

    —Supongo que, en cierto modo, lo hizo —respondí—. Nos impidió adentrarnos más porque nos hizo tener miedo, porque hay pocos senderos y está lleno de piedras y raíces… Es muy difícil caminar por ahí. ¿Te refieres a eso? ¿O a algo un poco más siniestro?

    —«Siniestro» no es la palabra que yo utilizaría —señaló Christian. Pero, por el momento, no añadió nada más, Se agachó para recoger una hoja de un roble pequeño, inmaduro, y la frotó entre el índice y el pulgar antes de aplastarla con el puño. Todo esto sin dejar de mirar hacia el bosque.

    —Éste es un bosque de robles, Steve. Un bosque virgen desde los tiempos en que todo el país estaba cubierto de bosques de árboles caducos: robles, fresnos, saúcos, serbales, espinos…

    —Y todos los demás —le interrumpí con una sonrisa—. Recuerdo la lista que nos hacía el viejo.

    —Cierto. Y hay más de cinco kilómetros cuadrados de bosque desde aquí hasta Grimiey. Cinco kilómetros cuadrados de auténtico bosque posterior a la Era Glaciar. Y ha permanecido intacto, sin que nadie lo invadiera, durante miles de años.

    Pareció despertar de un sueño, y me miró con gesto duro.

    —Se resisten a cambiar —añadió.

    —Siempre pensó que había jabalíes vivos ahí dentro —dije—. Recuerdo que una noche oí algo, y él me convenció de que se trataba de un jabalí salvaje, de un enorme jabalí que corría por el lindero del bosque, en busca de una hembra.

    Christian echó a andar de vuelta hacia el embarcadero, y le seguí.

    —Seguramente tenía razón. Si ha sobrevivido algún jabalí de la Edad Media, estará en un bosque como éste.

    Como estaba pensando en sucesos acaecidos muchos años antes, los recuerdos fueron regresando muy despacio. Volví a ver imágenes de mi infancia: el sol abrasador sobre la piel arañada por las zarzas, las excursiones de pesca a la alberca del molino, los campamentos entre los árboles, los juegos, las exploraciones… y, una y otra vez, recordé a Brezo.

    Mientras volvíamos hacia el pisoteado sendero que llevaba al Refugio, discutimos sobre la visión. Yo tenía nueve o diez años. Íbamos hacia el Arroyo Arisco a pescar, y decidimos probar nuestros palos y cordeles en la alberca del molino con la vana esperanza de atrapar a alguno de los peces depredadores que allí vivían. Cuando nos acuclillamos junto al agua —sólo nos atrevíamos a salir con el bote si nos acompañaba Alphonse—, vimos un movimiento entre los árboles, al otro lado de la orilla. Fue una visión asombrosa, que nos dejó subyugados durante los meses siguientes…, además de aterrorizarnos, desde luego. De pie, mirándonos, había un hombre vestido con pieles marrones. Se ceñía con un ancho cinturón brillante, y la barba hirsuta, anaranjada, le llegaba al pecho. Llevaba unas ramitas en la cabeza, sujetas a la coronilla con una tira de cuero.

    Nos contempló sólo un instante, antes de volver a la oscuridad. No oímos ni un ruido durante aquel lapso, ni cuando se acercó, ni cuando desapareció. Corrimos de vuelta a la casa, y llegamos ya algo más tranquilos. Christian concluyó que debía de tratarse del viejo Alphonse, que nos quería tomar el pelo.

    Cuando le mencionó a nuestro padre lo que habíamos visto, éste reaccionó casi con furia, aunque Christian creía recordar que se había puesto nervioso, y que si nos gritó fue por eso, no por habernos acercado a la alberca prohibida. Fue nuestro padre quien empezó a llamarle «el Brezo», refiriéndose a las ramas de brezo que llevaba en la cabeza. Y, poco después de que se lo contáramos, desapareció en el bosque durante casi dos semanas.

    —Fue la vez que volvió herido, ¿recuerdas?
    Ya habíamos llegado a Refugio del Roble, y Christian me abrió la puerta de la valla.

    —La herida de flecha. La flecha gitana. Dios, fue un día terrible.

    —El primero de muchos.

    Advertí que la mayor parte de la hiedra había desaparecido de los muros de la casa. Ahora era un lugar gris, con pequeñas ventanas sin cortinas entre el ladrillo oscuro. El tejado, con sus tres esbeltas chimeneas, quedaba parcialmente oculto entre las ramas de una enorme haya vieja. El patio y los jardines estaban sucios, descuidados; el corral de los pollos, vacío; los establos para animales, deteriorados, casi en ruinas. Desde luego, Chris lo había descuidado todo. Pero, cuando atravesé el umbral, me sentí como si nunca hubiera estado fuera de allí. La casa olía a comida rancia y a cloro, y casi pude ver la esbelta silueta de mi madre, limpiando la enorme mesa de pino de la cocina, con los gatos a su alrededor, tendidos en el suelo de losetas rojas.

    Christian estaba tenso otra vez. Me miraba de esa manera inquieta que delataba su intranquilidad. Supuse que aún no sabía si alegrarse o enfadarse conmigo por haber vuelto a casa. Por un momento, me sentí como un intruso.

    —¿Por qué no deshaces las maletas y te refrescas un poco? —me dijo—. Puedes instalarte en tu vieja habitación. Supongo que estará mal ventilada, pero no tardará en airearse. Luego, cuando bajes, podemos comer algo. En cuanto tomemos el té, tendremos todo el tiempo del mundo para charlar.

    Sonrió, y me pareció que era un intento de hacer un chiste. Pero siguió hablando rápidamente, mientras me miraba con frialdad.

    —Porque, si te vas a quedar en casa una temporada, más vale que sepas lo que está pasando aquí. No quiero que te entrometas en esto, ni en lo que estoy haciendo, Steve.

    —No me meteré en tu vida, Chris…

    —¿No? Ya veremos. No negaré que tu presencia me pone nervioso. Pero, ya que has venido…

    Se detuvo y, por un momento, pareció casi avergonzado.

    —Bueno, ya hablaremos.


    Dos


    Aunque me intrigaba lo que había dicho Christian, y me preocupaba la aprensión que parecía sentir ante mi presencia, contuve mi curiosidad y dediqué una hora a explorar de nuevo la casa, de arriba abajo, por dentro y por fuera.

    Todo, menos el estudio de mi padre, cuya mera visión me asustaba mucho más que el comportamiento de Christian. Nada había cambiado, excepto que todo estaba sucio y descuidado. Christian había contratado a alguien por horas para que limpiara y cocinara: una mujer del pueblo cercano acudía en bicicleta al Refugio todas las semanas, y preparaba una empanada o un estofado que a mi hermano le duraría tres días. Christian no andaba escaso de productos de la granja, tanto era así que apenas utilizaba la cartilla de racionamiento. Al parecer, obtenía todo lo que necesitaba —incluso té y azúcar—, en la hacienda Ryhope, donde siempre se habían portado bien con nuestra familia.

    Mi antigua habitación estaba casi exactamente como la recordaba. Abrí la ventana de par en par, y me tumbé en la cama unos minutos para contemplar el brumoso cielo de los últimos días del verano, atisbando entre las ramas de la gigantesca haya que crecía tan cerca del Refugio. Cuando era un chiquillo, salté muchas veces de la ventana a ese mismo árbol, y tenía mi campamento secreto entre sus gruesas ramas. Mientras la luna se reflejaba en mi pijama, tiritaba de frío acurrucado en aquel lugar privado, imaginando las oscuras actividades de las criaturas que pululaban abajo.

    La comida, a media tarde, fue un sustancioso festín de cerdo frío, pollo y huevos duros, todo en cantidades que no había soñado con volver a ver tras dos años de estricto racionamiento en Francia. Por supuesto, nos estábamos comiendo sus reservas para varios días, pero a Christian no parecía preocuparle.

    Además, él comió muy poco.

    Después charlamos durante un par de horas, y Christian se relajó de manera visible, aunque en ningún momento mencionó a Guiwenneth, ni el trabajo de nuestro padre. Yo tampoco saqué a relucir ninguno de los dos temas.

    Nos arrellanamos en los incómodos sillones que pertenecieran a nuestros abuelos, rodeados de recuerdos de familia, ajados por el tiempo: fotografías, un ruidoso reloj de palisandro, espantosos cuadros de la exótica España, todos con agrietados marcos de madera pintada de purpurina, y colgados contra el papel floreado que cubría las paredes de la sala de estar desde que yo naciera. Pero aquello era mi hogar, y Christian era mi hogar, y los olores, y los objetos viejos, todo era mi hogar. Menos de dos horas después de llegar, ya sabía que iba a quedarme. No porque me sintiera parte del lugar, aunque así era, sino porque aquel lugar me pertenecía. No en el sentido mercenario de la propiedad, sino porque la casa y sus alrededores habían compartido su vida conmigo.

    Formábamos parte de la misma historia. Ni siquiera en Francia, en aquel pueblo del sur, había quedado al margen de esa historia. Simplemente, había constituido un extremo.

    Cuando el pesado reloj empezó a chirriar, disponiéndose laboriosamente a dar las cinco, Christian se levantó como un resorte y arrojó el cigarrillo a medio fumar a la chimenea vacía.

    —Vamos al estudio —dijo.

    Me levanté sin decir nada, y le seguí a través de la casa hasta la pequeña habitación donde había trabajado nuestro padre.

    —Te asusta esta sala, ¿verdad?

    Abrió la puerta y entró. Se acercó al pesado escritorio de roble y, de uno de los cajones, sacó un gran libro con cubiertas de piel.

    Titubeé un instante, todavía fuera del estudio. Miré a Christian. No podía ordenarles a mis piernas que me llevaran dentro de la habitación. Reconocí el volumen: era el libro de notas de mi padre. Me toqué el bolsillo trasero, donde tenía la cartera, y pensé en el fragmento de ese libro de notas que llevaba oculto allí. Me pregunté si alguien, mi padre o Christian, habrían advertido alguna vez la desaparición de la página. Christian me miraba, ahora con los ojos resplandecientes de emoción. Cuando dejó el libro sobre el escritorio, las manos le temblaban.

    —Está muerto, Steve. Se ha marchado de esta habitación, de la casa. Ya no hay por qué tenerle miedo.

    —¿No?

    Pero, de pronto, encontré la fuerza necesaria para moverme, y traspasé el umbral. En cuanto entré en la húmeda habitación, la frialdad del lugar me afectó profundamente. El ambiente severo e inquietante que empapaba las paredes, las alfombras, las ventanas, me deprimió. Allí olía ligeramente a cuero, y también a polvo, con un leve gusto a barniz, como si Christian se hubiera tomado la molestia de mantener limpia aquella sofocante habitación. No era una sala atestada, ni una biblioteca, como quizá habría querido mi padre. Había libros sobre zoología y botánica, sobre historia y arqueología, pero no eran ediciones raras, sino los ejemplares más baratos que pudo encontrar en su momento. Había más libros en rústica que en cartoné. La exquisita encuademación de sus notas y el escritorio barnizado tenían un aire elegante que contrastaba con el descuidado estudio.

    En las paredes, entre las estanterías de libros, colgaban sus especímenes enmarcados en cristal: trozos de madera, colecciones de hojas, burdos bocetos de la vida vegetal y animal, hechos durante los primeros años de su fascinación por el bosque. Y, casi oculta entre las cajas y las estanterías, estaba la flecha que le había herido hacía quince años, con las plumas retorcidas e inútiles, el asta rota, aunque encolada, y la punta de hierro embotada por la herrumbre. De todos modos, con aspecto letal.

    Contemplé durante largos segundos aquella flecha; reviví el dolor del viejo, y las lágrimas que Christian y yo habíamos derramado por él mientras le ayudábamos a volver del bosque aquella fría tarde otoñal, seguros de que iba a morir. ¡Qué rápidamente cambiaron las cosas tras aquel extraño incidente, que nunca quedó explicado por completo! Si la flecha me recordó un lejano día, en el que todavía quedaba un atisbo de preocupación y amor en la mente de mi padre, el resto del estudio sólo irradiaba frialdad.

    Aún podía ver la figura, cada vez más gris, inclinada sobre el escritorio, escribiendo con furia. Podía oír la respiración trabajosa, a causa de la enfermedad pulmonar que terminó por matarle. Podía oír su aliento contenido, el grito de irritación al darse cuenta de mi presencia, su forma de despedirme con un gesto de la mano que ni siquiera era airado, como si me negara incluso esa fracción de segundo.

    Y cuánto se parecía ahora Christian a él, de pie tras el escritorio, desgreñado y enfermizo, con las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros encorvados, todo su cuerpo temblando visiblemente… y, a pesar de todo eso, con un aire de confianza absoluta.

    Había aguardado en silencio para que me acostumbrara a la habitación, para que los recuerdos y el ambiente surtieran efecto. Me acerqué al escritorio, de nuevo en el presente.

    —Deberías leer sus notas, Steve —me dijo—. Te aclararán mucho las cosas, y también te ayudarán a comprender mejor lo que estoy haciendo.

    Tomé el libro y examiné la caligrafía irregular, deslabazada. Entresaqué algunas palabras y frases. En pocos segundos, pasé la mirada por años de la vida de mi padre. En conjunto, las palabras tenían tan poco sentido como mi hoja robada. Al leerlas recordé la ira, el peligro, el miedo. La vida que palpitaba en aquellas notas me había sostenido durante casi un año de guerra, hasta significar algo fuera de su propio contexto. No quería perder aquella poderosa asociación con el pasado.

    —Las leeré, Chris. De la primera a la última, te lo prometo. Pero no ahora.

    Cerré el libro, y advertí que tenía las manos húmedas y temblorosas. Todavía no estaba preparado para acercarme tanto a mi padre. Christian lo comprendió, y lo aceptó.

    La conversación murió bastante temprano aquella noche, cuando se me agotaron las fuerzas y la tensión del largo viaje se cobró por fin su precio.

    Christian me acompañó al piso superior y se quedó en la puerta de mi habitación, mirando mientras yo colocaba las sábanas y ponía en su sitio algunos objetos, recogiendo fragmentos de mi vida pasada, riendo, meneando la cabeza y tratando de evocar un último momento de cansada nostalgia.

    —¿Te acuerdas de cuando acampamos en la haya? —pregunté, mientras observaba el gris de la rama y las hojas contra el descolo rido cielo del anochecer.

    —Sí —respondió Chris con una sonrisa—. Me acuerdo muy bien.

    Pero la conversación denotaba mi cansancio, y Christian se dio cuenta.

    —Que duermas bien, muchacho. Te veré por la mañana. Si dormí algo fueron las primeras cuatro o cinco horas después de poner la cabeza sobre la almohada. Me desperté sobresaltado, despejado, cuando ya casi amanecía y el viento soplaba en el exterior. Me quedé tumbado, mirando la ventana y preguntándome cómo era posible que mi cuerpo se sintiera tan despejado, tan alerta. Había ruido en el piso de abajo, y supuse que Christian estaba limpiando. Caminaba inquieto por la casa, tratando de acostumbrarse a la idea de mi presencia.

    Las sábanas olían a alcanfor y a algodón viejo. La cama dejaba escapar chirridos metálicos cada vez que me movía y, cuando me estaba quieto, toda la habitación parecía temblar y vibrar, como si quisiera adaptarse a tener compañía por primera vez en tantos años. Me quede allí, tendido, durante lo que parecieron siglos, pero debí de dormirme otra vez antes de que amaneciera, porque de repente Christian estaba inclinado sobre mí, y me sacudía suavemente por el hombro.

    Me sobresalté, otra vez despierto, y me apoyé sobre los codos para mirar a mi alrededor. Estaba amaneciendo.

    —¿Qué pasa, Chris?

    —Lo siento, Steve. No puedo evitarlo.

    Hablaba en voz baja, como si hubiera alguien más en la casa, alguien que fuera a despertarse si alzábamos la voz. Bajo aquella luz escasa, parecía más demacrado que nunca, tenía los ojos entrecerrados…, de dolor o de ansiedad, me pareció.

    —Tengo que marcharme unos días. No te faltará nada. Abajo he dejado una lista de instrucciones, dónde conseguir pan, huevos, todas esas cosas. Seguro que podrás usar mi cartilla de racionamiento hasta que llegue la tuya. No estaré fuera mucho tiempo, sólo unos días. Te lo prometo…

    Se irguió y se dirigió hacia la puerta.

    —Por Dios santo, Chris, ¿adonde vas?

    —Adentro —fue todo lo que respondió, antes de que le oyera bajar pesadamente la escalera.

    Me quedé inmóvil un momento, mientras trataba de aclarar mis ideas. Luego me levanté, me puse la bata y le seguí hasta la cocina. Ya había salido de la casa.

    Volví a la ventana del descansillo y le vi cruzar el patio, caminando rápidamente hacia el sendero sur. Llevaba un sombrero de ala ancha y un largo cayado negro.

    También llevaba un macuto, incómodamente cargado al hombro.

    —¿Adentro de dónde, Chris? —pregunté a la figura que se alejaba.

    Seguí contemplándole largo rato, incluso después de que desapareciera de la vista.

    —¿Qué está pasando, Chris? —pregunté a su dormitorio vacío, mientras vagaba inquieto por la casa.

    Guiwenneth, decidí en mi sabiduría. Su pérdida, su marcha… ¡qué poco se puede deducir de la frase «se ha ido»! Y, a lo largo de nuestra charla de la noche anterior, no volvió a mencionar a su esposa. Yo había vuelto a Inglaterra esperando encontrar una pareja de jóvenes alegres, y en vez de eso, tropezaba con un hermano agotado, perturbado, que vivía a la sombra de la casa de la familia.

    Por la tarde, ya estaba resignado a vivir en soledad una temporada, porque, dondequiera que hubiera ido Christian, y tenía una idea bastante aproximadahabía dicho con toda claridad que estaría ausente algún tiempo. Había mucho trabajo pendiente en la casa y en el patio, y no imaginé mejor manera de pasar los días que tratando de reconstruir la personalidad de Refugio del Roble. Hice una lista de las reparaciones esenciales, y al día siguiente fui caminando hasta el pueblo más cercano para conseguir todos los materiales que pudiera, especialmente madera y pintura. Conseguí una cantidad razonable de ambas cosas.

    Reanudé mi relación con la familia Ryhope y otras muchas de la zona con las que había tenido tratos en el pasado. También prescindí de los servicios de la cocinera por horas. Podía cuidarme perfectamente yo solo.

    Y, por último, visité el cementerio. Una sola visita, breve y fría.

    Al mes de agosto siguió septiembre. Al amanecer y al anochecer, el aire refrescaba. El paso del verano al otoño era mi época favorita del año, aunque estuviera relacionada con el regreso a la escuela tras unas largas vacaciones, un recuerdo nada agradable.

    Pronto me acostumbré a estar solo en la casa y, aunque daba largos paseos alrededor del bosque, vigilando el camino y aguardando el regreso de Christian, al final de la primera semana dejé de preocuparme por él. Me había instalado cómodamente en la rutina diaria de reconstruir el patio, pintar las maderas exteriores de la casa, preparándolas para el azote del invierno, y cavando en el enorme jardín, tan descuidado.

    Durante el anochecer de mi undécimo día en casa, esta rutina doméstica se vio turbada por una circunstancia tan peculiar que, después, no pude dormir pensando en ella.

    Había estado en la ciudad de Hobbhurst durante casi toda la tarde, y tras una cena ligera, me senté para leer el periódico. Alrededor de las nueve, cuando empezaba a sentirme predispuesto para un paseo nocturno, me pareció oír a un perro, no ladrando, sino más bien aullando. Lo primero que pensé fue que Christian regresaba, y lo segundo, que por aquellos alrededores no había perros.

    Salí al patio. Acababa de caer la noche. Todavía había algo de luz, pero el bosque de robles sólo se divisaba como una mancha borrosa verde grisácea.

    Llamé a Christian, sin obtener respuesta. Estaba a punto de volver para seguir leyendo el periódico, cuando un hombre salió del bosque y caminó rápidamente hacia mí. Atado con una correa corta de piel, llevaba al perro más grande que había visto en mi vida.

    Se detuvo junto a la valla de nuestros terrenos privados, y el perro empezó a gruñir. Apoyó las patas delanteras en la valla, demostrando que era casi tan alto como su amo. Me puse nervioso, y repartí mi atención entre las fauces abiertas de la oscura bestia y el extraño hombre que la dominaba.

    Me resultaba difícil distinguir sus rasgos, porque tenía la cara llena de dibujos negros, y los bigotes le caían más abajo de la barbilla. Tenía el pelo aplastado contra el cráneo, vestía una camisa oscura de lana y un chaquetón de cuero sin mangas, junto con una especie de pantalones a cuadros que le llegaban justo por debajo de las rodillas. Cuando cruzó cautelosamente la puerta de la valla, vi que calzaba unas sandalias de factura grosera. Llevaba un arco al hombro, y de su cinturón colgaba un puñado de flechas, atadas con una simple tira de piel. Tenía un cayado en la mano, igual que Christian.

    Tras cruzar la verja, titubeó y me miró. El perro parecía tenso, se relamía y gruñía suavemente. Nunca había visto un perro como aquél, de pelo oscuro e hirsuto, con el morro puntiagudo de los alsacianos, y el cuerpo parecido al de un oso… aunque con patas largas y delgadas. Un animal preparado para la caza.

    El hombre me habló, y por más que las palabras me resultaban familiares, no significaban nada. No sabía qué hacer, así que meneé la cabeza y dije que no comprendía. El hombre titubeó un segundó antes de repetir lo que había dicho, esta vez con tono claramente airado. Empezó a caminar hacia mí, tirando de la correa del perro para evitar que éste la tensara. Cada vez había menos luz, y cuanto más se me acercaba, más alto y gris parecía. El perro me miraba, hambriento.

    —¿Qué quiere? —pregunté, tratando de que mi voz sonara firme, aunque lo que en realidad deseaba era echar a correr hacia la casa.

    El hombre estaba a diez pasos de mí. Sé detuvo y habló otra vez, haciendo gestos como si comiera con la mano en que llevaba el cayado. Esta vez, le comprendí.

    Asentí vigorosamente.

    —Espere aquí —le dije.

    Entré en la casa y busqué el trozo de cerdo frío que debía durarme cuatro días más. No era muy grande, pero me pareció el gesto más hospitalario que podía hacer. Cogí la carne, media hogaza de pan y una jarra de cerveza de botella, y lo saqué todo al patio. Ahora el desconocido estaba sentado en cuclillas, con el perro tendido junto a él, aunque me dio la impresión de que lo hacía de mala gana.

    Cuando fui a acercarme a ellos, el perro gruñó, y luego ladró de una manera que me hizo galopar el corazón. Casi dejé caer mis presentes. El hombre gritó al animal y me dijo algo a mí. Dejé la comida en el suelo y retrocedí unos pasos. La horrible pareja se acercó, y volvió a sentarse para comer.

    Cuando el hombre cogió la carne, vi las cicatrices que cruzaban los enormes músculos de su brazo. También percibí su olor, un olor rancio y brutal, mezcla de sudor y orina y del fétido aroma de la carne putrefacta. Me sentí mareado, pero no me moví, y seguí mirando como el desconocido desgarraba el cerdo con los dientes y lo engullía sin apenas masticar. El perro me miraba.

    Tras unos minutos, el hombre dejó de comer, me miró y, con sus ojos clavados en los míos, casi desafiándome a reaccionar, entregó el resto de la carne al perro. El animal dejó escapar un sonoro gruñido y se lanzó sobre ella. Masticó y engulló todo el trozo dé cerdo en menos de cuatro minutos, mientras el desconocido, cautelosamente —y, al parecer, sin demasiado agrado— bebía cerveza y devoraba un buen trozo de pan.

    Por fin, el extraño banquete terminó. El hombre se puso en pie y dio un tirón a la correa del perro, que lamía ruidosamente el suelo. Dijo una palabra que, por intuición, reconocí como «Gracias». Estaba a punto de darse la vuelta, cuando el perro olfateó algo, dejó escapar primero un agudo aullido, y luego un ladrido estridente. Arrancó la correa de manos de su dueño, y echó a correr por el patio, en dirección a un punto situado entre los corrales del gallinero. Allí, olfateó y rascó el suelo hasta que su dueño le alcanzó, agarró la correa de cuero y le gritó furioso un buen rato. El perro fue con él, trotando en silencio, hacia la oscuridad más allá del patio. Corrieron a toda velocidad alrededor del bosque, hacia las granjas que rodeaban el pueblo de Grimiey, y eso fue lo último que vi de ellos.

    Por la mañana, el lugar donde se habían sentado hombre y bestia seguía oliendo a rancio. Pasé rápidamente por allí y me dirigí hacia el bosque, al lugar por donde habían salido de entre los árboles mis extraños visitantes. Descubrí un rastro de pisadas y ramas rotas, y lo seguí durante unos metros hacia el interior, antes de detenerme y volver sobre mis pasos. ¿De dónde demonios habían salido? ¿Es que la guerra había tenido tales efectos en Inglaterra, que algunos hombres volvían a un estado salvaje, a usar el arco, las flechas y los perros de caza para sobrevivir?

    Hasta el mediodía, no se me ocurrió investigar en el gallinero, el terreno que tan removido había quedado en sólo unos segundos de excavar. ¿Qué habría olfateado la bestia? De repente, se me heló el corazón. Me alejé corriendo de allí.

    Por el momento, no quería confirmar mis peores temores.

    No puedo imaginar cómo lo supe: intuición, o quizá algo que mi subconsciente había detectado en las palabras y comportamiento de Christian la semana anterior, durante nuestro breve encuentro. En cualquier caso, a última hora de la tarde, tomé una pala, me dirigí al gallinero y, a los pocos minutos de excavar, mi intuición resultó ser cierta.

    Necesité sentarme media hora junto a la puerta trasera de la casa para reunir el suficiente valor y descubrir por completo el cadáver de la mujer. Me costaba pensar, estaba algo mareado, pero sobre todo temblaba. Era un temblor de brazos y piernas, incontrolable, involuntario, y tan fuerte que apenas conseguí ponerme unos guantes. Pero, al fin, me arrodillé junto al agujero y quité el resto de la tierra que cubría el cadáver.

    Christian la había enterrado a un metro de profundidad, boca abajo. Tenía el pelo largo, rojizo. Su cuerpo seguía envuelto en una extraña vestimenta verde, una especie de túnica estampada ajustada a los lados. Aunque ahora la tenía enrollada alrededor de la cintura, debió de llegarle hasta las pantorrillas. Había un cayado enterrado junto a ella. Volví la cabeza y contuve el aliento para no seguir respirando aquella intolerable putrefacción. Con un esfuerzo, le examiné el rostro.

    Entonces, descubrí cómo había muerto:

    Aún tenía la punta de la flecha y una parte del asta clavadas en un ojo. ¿Habría intentado Christian quitársela, consiguiendo sólo romperla? Lo que quedaba del asta bastó para mostrarme que tenía los mismos dibujos tallados que la que se encontraba en el estudio de mi padre.

    Pobre Guiwenneth, pensé. Dejé caer el cadáver en el lugar de su descanso eterno, y volví a rellenar de tierra el agujero. Cuando entré otra vez en casa, estaba empapado en un sudor frío, y sabía que iba a vomitar.


    Tres


    Dos días más tarde, cuando bajé por la mañana, encontré toda la ropa y objetos personales de Christian dispersos por la cocina, y el suelo lleno de barro y restos de hojas. Subí de puntillas a su dormitorio, y contemplé su cuerpo semidesnudo: le vi tumbado sobre el vientre, con el rostro vuelto hacia mí, roncando ruidosamente, y supuse que llevaba sueño atrasado de una semana.

    Pero el estado de su cuerpo me causó cierta preocupación: estaba lleno de hematomas y arañazos del cuello a los tobillos, increíblemente sucio y maloliente.

    Tenía el pelo enmarañado. De todos modos, parecía más duro y fuerte. El rostro demacrado había cambiado de manera tangible, física. Aquél no era el joven esquelético que me había recibido hacía casi dos semanas.

    Se pasó casi todo el día durmiendo, y salió del dormitorio a las seis de la tarde, con una amplia camisa gris y unos pantalones anchos cortados por encima de las rodillas. Se había lavado la cara sin demasiado entusiasmo, pero todavía apestaba a sudor y a vegetación, como si hubiera pasado aquellos días enterrado en estiércol.

    Le preparé la comida, y se bebió el contenido de toda una tetera mientras yo le observaba. Él me lanzaba miradas, miradas de sospecha, como si temiera cualquier movimiento repentino, o un ataque por sorpresa contra él. Tenía los músculos de los brazos y antebrazos muy pronunciados. Casi era un hombre diferente.

    —¿Dónde has estado, Chris? —le pregunté. Su respuesta no me sorprendió en absoluto.

    —En el bosque. En lo más profundo del bosque. —Se metió más carne en la boca, y la masticó ruidosamente. Mientras la tragaba, encontró un momento para hablar—. Estoy bastante bien. Lleno de magulladuras y arañazos de los malditos espinos, pero bastante bien.

    En el bosque. En lo más profundo del bosque. En nombre del cielo, ¿qué había estado haciendo allí? Mientras le observaba devorar la comida, volví a ver al desconocido, acuclillado en mi patio como un animal, devorando la carne como si fuera una fiera salvaje. Christian me recordó a aquel hombre. Los dos tenían el mismo aspecto primitivo.

    —Necesitas un buen baño —le dije. Sonrió, e hizo un sonido afirmativo—. ¿Qué has estado haciendo? —seguí—. Quiero decir, en el bosque. ¿Has acampado?

    Tragó ruidosamente y se bebió media taza de té, antes de negar con la cabeza.

    —Tengo un campamento allí, pero he estado investigando. Me he acercado todo lo posible al centro. Pero aún no puedo ir más allá de…

    Se interrumpió y me observó, con una mirada interrogativa en los ojos.

    —¿Has leído las notas del viejo? —me preguntó. Le dije que no. En realidad, sorprendido por su brusca partida, me había dedicado tan intensivamente a arreglar la casa que olvidé por completo las anotaciones de nuestro padre sobre su trabajo. Y, mientras lo decía, me preguntaba si no habría relegado a mi padre, su trabajo y sus notas, al último rincón de mi mente, como si fueran espectros cuyo hechizo pudiera evaporar mi resolución de seguir adelante.
    Christian se limpió la boca con la mano, y contempló el plato vacío. De repente, se olfateó a sí mismo y se echó a reír.

    —Por Dios, huelo a rayos. Será mejor que me calientes un poco de agua, Steve. Me lavaré ahora mismo.

    Pero no me moví. Me limité a observarle desde el otro lado de la mesa de madera. Él advirtió mi mirada, y frunció el ceño.

    —¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?

    —La encontré, Chris. Encontré su cadáver. Guiwenneth. Encontré el lugar donde la enterraste.

    No sé qué reacción esperaba de Christian. Quizá furia, o pánico, o un torrente de explicaciones balbuceantes. Deseaba que reaccionara con asombro, que el cadáver del patio no fueran los restos de su esposa, que no tuviera nada que ver con aquella tumba. Pero Christian conocía la existencia del cadáver. Me miró inexpresivo, y el intenso silencio me hizo sentir incómodo.

    De pronto, comprendí que Christian estaba llorando. Sus ojos no se habían apartado de los míos, pero ahora estaban humedecidos por las lágrimas que le corrían entre la suciedad del rostro. Aun así, no hacía el menor ruido, y su rostro no perdió aquella expresión perdida, casi ciega.

    —¿Quién la mató, Chris? —pregunté con serenidad—. ¿Fuiste tú?

    —No, no fui yo. —Al hablar, las lágrimas dejaron de correr, y bajó la vista hacia la mesa—. La mató un mitago. No pude hacer nada para evitarlo, ¿un mitago? No comprendía el significado de la palabra, aunque la recordaba del fragmento de las notas de mi padre que yo llevaba en la cartera. Se lo pregunté, y Chris se levantó. Apoyó las manos en la mesa y me miró.

    —Un mitago —repitió—. Todavía está en el bosque, como todos. Ahí es donde he estado, buscándolos. Intenté salvarla, Steve. Todavía estaba viva cuando la encontré, y quizá hubiera vivido, pero la saqué del bosque… En cierto modo, la maté. La alejé del vórtice, y enseguida murió. Entonces, me asusté. No sabía qué hacer. La enterré porque me pareció la manera más fácil de…

    —¿Se lo dijiste a la policía? ¿Informaste de su muerte?

    Christian sonrió, no sin cierto humor morboso. Era una sonrisa de entendido, la del que tiene un secreto que no ha compartido con nadie. Pero aquel gesto era una simple defensa, y desapareció rápidamente.

    —No hacía falta, Steve. A la policía no le habría interesado.

    Me levanté de la silla, furioso. Pensaba que el comportamiento pasado y actual de Christian era de una irresponsabilidad francamente asombrosa.

    —¡Su familia, Chris…, sus padres! ¡Tienen derecho a saberlo todo!

    Y Christian se echó a reír. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza.

    —No le veo la gracia.

    Al momento se puso serio, y me miró casi avergonzado.

    —Tienes razón. Lo siento. No comprendes nada, y ya es hora de que lo hagas. Ella no tenía padres, Steve, porque no tenía vida. Auténtica vida. Ha vivido mil veces, aunque nunca ha vivido. Pero, aun así, me enamoré de ella…, y volveré a encontrarla en el bosque. Está allí, en alguna parte…

    ¿Acaso se había vuelto loco? Sus palabras eran los balbuceos irracionales de un desequilibrado, pero algo en sus ojos, en sus gestos, me dijo que no era tanto locura como obsesión. ¿Qué le obsesionaba?

    —Tienes que leer las notas del viejo, Steve. No lo retrases más. Te lo dirán todo sobre el bosque y sobre lo que está pasando aquí. De verdad. No me he vuelto loco, ni soy insensible. Simplemente, estoy atrapado. Y, antes de irme otra vez, me gustaría que supieras por qué, cómo y adonde voy. Quizá incluso puedas ayudarme, ¿quién sabe? Lee el libro. Luego, hablaremos. Y cuando sepas lo que consiguió nuestro querido y difunto padre, entonces me temo que tendré que dejarte otra vez.


    Cuatro


    Había una anotación en el libro de mi padre que parecía un punto clave en su investigación y en su vida. Era más larga que las otras de esas mismas fechas, y aparecía tras un lapso de siete meses sin ninguna entrada. Aunque las notas eran, en general, detalladas, no se puede decir que fuera un escritor de diarios muy dedicado, y el estilo variaba de las anotaciones telegráficas a las descripciones fluidas. Además, descubrí que él mismo había arrancado muchas páginas del grueso libro, ocultando así mi pequeño crimen. Christian nunca habría echado en falta la página. En resumen, parecía que mi padre había usado el libro de notas y las silenciosas horas de escritura para hablar consigo mismo. Una manera de aclarar sus propias ideas.

    Esa entrada en cuestión estaba fechada en septiembre de 1935, poco después de nuestro encuentro con el Brezo. Tras leerla por primera vez, recordé aquella época, y descubrí que yo sólo tenía ocho años.


    Wynne-Jones llegó después del amanecer. Caminamos por el sendero sur, y examinamos los drenajes de flujo en busca de síntomas de actividad mitago.

    Luego, otra vez a casa. No hay nadie, lo que conviene a mi estado de ánimo.

    Un día otoñal, frío y seco. Como el año pasado, las imágenes del Urscumug son más fuertes en los cambios de estación. Quizá sienta el otoño, la muerte del verde. Se acerca más, y los robles le susurran. Debe de estar cerca del génesis.

    Wynne-Jones cree necesario más tiempo de aislamiento, y hay que hacerlo.

    Jennifer, preocupada y disgustada por mis ausencias. Me siento impotente…, no puedo contárselo. Debo hacer lo que debo hacer.

    Ayer, los niños vieron al Brezo. Creí que había sido reabsorbido…

    Obviamente, la resonancia es más fuerte de lo que pensábamos. Al parecer, frecuenta el lindero del bosque, como yo esperaba. Le he visto muchas veces en el sendero, pero no desde hacía más o menos un año. La persistencia es preocupante. Los dos chicos están turbados por la visión. Christian, menos emocional. Creo que no significó nada para él, quizá un cazador furtivo, o alguien del pueblo tomando un atajo para ir a Grimiey. Wynne-Jones sugiere que vayamos al bosque y atraigamos al Brezo, quizá al claro del cerro, donde puede quedarse en el vórtice fuerte de robles y, eventualmente, desaparecer.

    Pero sé que penetrar profundamente en el bosque nos costará más de una semana, y la pobre Jennifer ya está bastante deprimida por mi comportamiento. Por mucho que lo desee, no puedo explicárselo. Tampoco quiero involucrar a los niños en esto, y me preocupa que ya hayan visto dos mitagos. He inventado criaturas mágicas del bosque, cuentos para ellos. Espero que asocien lo que vean con productos de su propia imaginación. Pero debo tener cuidado.

    Hasta que todo esté resuelto, hasta que el mitago Urscumug se forme del bosque, no puedo dejar que nadie sepa lo que he descubierto, excepto Wynne-Jones. Es esencial que la resurrección sea completa. El Urscumug es el más poderoso, porque es el primario. Estoy seguro de que el bosque de robles le retendrá, pero otros pueden tener miedo del poder que, desde luego, sentirían, y acabar con él. No quiero pensar lo que pasaría si este bosque fuera destruido…, pero no puede vivir eternamente.

    Jueves: Hoy, entrenamiento con Wynne-Jones: test pauta 26: III, hipnosis superficial, medio ambiente luz verde. Cuando el puente frontal alcanzó los sesenta voltios, pese al dolor, el flujo a través de mi cráneo fue el más poderoso que he sentido. Ahora estoy completamente seguro de que cada hemisferio del cerebro funciona de una manera ligeramente diferente, y de que la consciencia oculta está situada en el derecho. ¡Lleva tanto tiempo perdida…!

    El puente de Wynne-Jones permite una comunicación superficial entre los campos que rodean cada hemisferio, y la zona del premitago resulta potenciada. ¡Si hubiera alguna manera de explorar el cerebro vivo para averiguar dónde yace exactamente esa presencia oculta…!

    Lunes: Las formas de los mitagos se arremolinan todavía en mi visión periférica. ¿Por qué nunca delante? Después de todo, estas imágenes irreales son simples reflejos. La forma de Hood era ligeramente diferente, más marrón que verde, el rostro menos amistoso, más inquieto, demacrado. Desde luego, esto se debe a que las anteriores imágenes (incluso el mitago de Hood que se formó en el bosque hace dos años) estaban afectadas por mis propias confusas imágenes infantiles, sobre el arquero y sus alegres camaradas. Ahora, la evocación del premitago es más poderosa, alcanza la forma básica, sin interferencias. La forma de Arturo también era más real, y atisbé varias formas cenagosas de finales del primer milenio después de Cristo. También un rastro de una presencia inquieta que me pareció una especie de figura nigromántica de la Edad del Bronce. Un momento aterrador. El guardián del Sepulcro del Caballo ha desaparecido, el sepulcro está destruido. ¿Por qué? El cazador estuvo otra vez en la Hoya del Lobo. Los restos de la hoguera eran recientes. También encontré rastros del shamán neolítico, el cazador-artista que deja extraños dibujos dé color rojo ocre en árboles y rocas. Wynne-Jones querría que investigase a estos héroes populares, olvidados y desconocidos, pero yo estoy ansioso por encontrar la imagen primaria.

    El Urscumug se ha formado en mi mente con la forma más clara que le he visto. Atisbos del Brezo en esa forma, pero es más viejo, y mucho, mucho más grande. Se cubre con madera y hojas, sobre las pieles de animales. El rostro parece manchado de arcilla blanca, que forma una máscara sobre las exageradas facciones. Es difícil verle claramente la cara. ¿Una máscara sobre una máscara? El pelo es una masa de púas erizadas y rígidas. Las ramas de espino que lleva en la cabeza le dan una apariencia de lo más extraño. Creo que lleva una lanza, con una ancha hoja de piedra…, un arma de aspecto aterrador, pero también difícil de ver. Esta imagen primaria es tan vieja que está desapareciendo de la mente humana. También parece confuso. La superposición de interpretaciones culturales posteriores sobre cómo fue su aspecto… Más que nada toques de bronce, sobre todo en los brazos (torques).

    Sospecho que la leyenda del Urscumug era tan poderosa como para imponerse durante todo el neolítico, hasta bien entrado el segundo milenio antes de Cristo, quizá más avanzado. Wynne-Jones cree incluso que el Urscumug puede datar de antes del neolítico.

    Ahora, es esencial pasar tiempo en el bosque, permitir que el vórtice interactúe conmigo para formar el mitago. Saldré de casa la semana que viene.


    Sin comentar nada sobre los párrafos que acababa de leer, tan extraños como confusos, pasé las páginas del diario y leí anotaciones aquí y allá. Recordaba claramente el otoño de 1933, cuando mi padre preparó un gran macuto y se internó en el bosque, caminando raudo para alejarse de los gritos histéricos de mi madre. Le acompañaba su menudo amigo científico, un hombre de rostro amargado que no parecía reconocer la presencia de nadie aparte de mi padre, y que siempre daba la impresión de sentirse avergonzado en casa cuando venía de visita. Nuestra madre no dijo una palabra el resto del día, y no hizo otra cosa que permanecer sentada en su dormitorio, llorando de vez en cuando. Christian y yo estábamos tan turbados por su comportamiento que, aquella tarde, nos adentramos en el bosque todo lo que nos permitió el valor para llamar a nuestro padre. Al final, el silencio sombrío, y los bruscos ruidos que lo rompían de cuando en cuando, nos hicieron perder la calma. Volvió semanas más tarde, desgreñado y apestando como un vagabundo. La anotación de su libro, fechada pocos días después, era breve: la amarga constatación de un fracaso. No había pasado nada.

    Sólo unos párrafos, garabateados a toda prisa, me llamaron la atención.


    El proceso mitogenético no sólo es complejo, sino también reluctante. ¡Soy demasiado viejo! El instrumental sirve de ayuda, pero una mente más joven podría conseguirlo sin él, estoy seguro. ¡La sola idea me da pánico! Además, mi mente no descansa. Y, como ha explicado Wynne-Jones, es probable que mis preocupaciones humanas creen una barrera efectiva entre los dos flujos de energía mitopoética en mi córtex: la forma del cerebro derecho y la realidad del izquierdo. La zona premitago no tiene suficiente alimentación con mi energía vital para interactuar con el vórtice de robles.

    Yo también temo que la desaparición natural de tanta vida del bosque esté afectando a la conexión. Los jabalíes están ahí, lo sé. Pero quizá el número de vidas es crítico. Calculo que no habrá más de cuarenta, moviéndose dentro del vórtice espiral constreñido por los fresnos al círculo de robles. Hay unos pocos ciervos y lobos, aunque el animal más importante, la liebre, frecuenta a menudo los límites del bosque. Pero quizá la falta de mucha de la vida que hubo aquí en el pasado ha desequilibrado la fórmula…, aunque, durante la existencia primaria del bosque, la vida fue cambiando. En el siglo XIII había gran cantidad de vida botánica ajena a la ley matrix, en lugares donde todavía se formaban mitagos.

    La forma de los mitos humanos cambia, se adapta, y las formas más recientes son las que se generan con más facilidad.

    Hood ha vuelto. Como todos los inmaduros, es una molestia, y se le ve muchas veces por la zona de los riscos, alrededor del claro del cerro. Me disparó. ¡Esto empieza a preocuparme! Pero no consigo enriquecer suficiente el vórtice de roble con el premitago del Urscumug. ¿Cuál es la respuesta? ¿Tratar de adentrarme más? ¿Encontrar el bosque salvaje? Quizá el recuerdo sea demasiado remoto, quizá esté demasiado enterrado en zonas silenciosas del cerebro. Quizá ya no alcance a los árboles.


    Christian me vio fruncir el ceño al leer esta confusión de palabras e imágenes. ¿Hood? ¿Robín Hood? ¿Y alguien, el tal Hood, que disparaba contra mi padre en el bosque? Eché un vistazo a mi alrededor, al estudio, y vi la flecha con punta de hierro en su caja de cristal, larga y estrecha, colgada sobre la de mariposas del bosque. Christian hojeaba las páginas del libro de notas, después de haber pasado casi toda una hora en silencio, mirándome leer. Él estaba sentado sobre el escritorio. Yo, en el sillón de nuestro padre.

    —¿De qué va todo esto, Chris? Parece como si hubiera intentado hacer copias de los héroes de los libros.

    —Copias, no, Steve. Los auténticos. Aquí. Lee esto para terminar, luego te lo explicaré con palabras aptas para profanos.

    Era una anotación anterior, sin año, sólo con día y mes, aunque evidentemente databa de años antes de la entrada correspondiente a 1933.

    Yo llamo a esos momentos concretos «conexiones culturales»; forman zonas, delimitadas por el espacio, claro, por los límites del terreno, pero también delimitadas por el tiempo, algunos años, quizá una década, cuando las dos culturas —la del invasor y la del invadido— se encuentran en un estado de gran angustia. Los mitagos surgen de la fuerza del odio, del temor, y se forman en los bosques naturales de los que luego pueden emerger —como Arturo, o la forma Artúrica, el hombre-oso con su liderazgo carismático— o permanecer en su ambiente natural, estableciendo un foco oculto de esperanza: la forma Robín Hood, quizá Hereward. Y, por supuesto, la forma heroica que yo llamo el Brezo, que hostigó a los romanos en tantos lugares del país. Supongo que es la emoción combinada de dos razas la que crea al mitago. Pero, evidentemente, éste se alía con la cultura cuyas raíces llevan más tiempo establecidas, en lo que yo creo puede ser una especie de ley matrix; así, Arturo se forma, y ayuda a los britanos contra los sajones; pero, más tarde, Hood es creado para ayudar a los sajones contra el invasor normando.


    Cerré el libro y sacudí la cabeza. Las frases eran confusas, me dejaban perplejo. Christian sonrió, tomó el libro y lo sopesó entre las manos.

    —Años de su vida, Steve. Pero sus anotaciones no son lo que se dice detalladas.

    Se pasó años sin escribir nada, y luego hay notas de cada día del mes. Y arrancó muchas páginas. No sé dónde puede haberlas escondido.

    Al decir esto, frunció ligeramente el ceño.

    —Necesito un trago de algo. Y unas cuantas definiciones.
    Salimos del estudio. Christian llevaba el libro de notas. Al pasar junto a la flecha enmarcada, la miré más de cerca.

    —¿Dice que el auténtico Robín Hood le disparó con esto? ¿También mató a Guiwenneth?

    —Depende —respondió Christian, pensativo—. Depende de lo que entiendas por «auténtico». Hood vino a ese bosque de robles, y quizá siga ahí. Yo creo que sí. Como habrás notado, estaba ahí hace cuatro meses, cuando mató a Guiwenneth. Pero hubo muchos Robín Hood, todos igual de reales o de irreales, creados por el pueblo sajón cuando sufrió la opresión del invasor normando.

    —No entiendo nada, Chris. ¿Qué es una ley matrix? ¿Y un «vórtice de robles»? ¿Significan algo?

    Mientras bebíamos whisky con agua en la sala de estar, viendo cómo caía la noche, el patio que se extendía más allá de la ventana se convirtió en una masa gris de formas sin rasgos distinguibles. Christian me explicó que un hombre llamado Alfred Watkins había visitado a nuestro padre en muchas ocasiones, y le había mostrado en un mapa del país algunas líneas rectas que conectaban lugares de poder espiritual, o antiguo; los túmulos, piedras e iglesias de tres culturas diferentes. A estas líneas las llamaba «leys», y creía que eran una forma de energía terrestre que discurría por el subsuelo, pero influenciaba todo aquello que se alzaba sobre ellas.

    Mi padre pensó mucho sobre las leys y, al parecer, trató de medir la energía de los terrenos del bosque, aunque sin éxito. Pero, aun así, midió algo en el bosque de robles: una energía asociada con toda la vida que crecía allí. Había encontrado un vórtice espiral alrededor de cada árbol, una especie de aura, y esas espirales no sólo se ceñían a los árboles, sino que delimitaban grupos enteros de árboles, incluso claros. Con los años, consiguió hacer un mapa del bosque. Christian sacó el mapa, y volví a mirarlo, pero desde un punto de vista diferente: empezaba a comprender las marcas que había señalado el hombre que pasó tanto tiempo en los territorios allí reflejados. Había círculos dentro de círculos, cruzados y divididos por líneas rectas, algunas de las cuales coincidían con los caminos que llamábamos sendero sur y sendero profundo. Las letras CC en medio de una gran zona del bosque, se referían claramente al «claro del cerro» que había allí, una explanada, que ni Christian ni yo habíamos conseguido encontrar nunca. Había lugares marcados como «roble espiral», «zona del fresno muerto», «pasaje oscilante»…

    —El viejo creía que todos los seres vivos están rodeados por un aura energética.

    Con determinada luz, el aura humana se puede ver, es un ligero brillo. En estos bosques antiguos, los «bosques primarios», el aura combinada forma algo mucho más poderoso, una especie de campo creativo que puede interactuar con nuestro subconsciente. Y en el inconsciente es donde llevamos lo que él llama «premitago». »Un mitago es un mito imago, la imagen de la forma idealizada de una criatura mítica. En un medio ambiente natural, la imagen adquiere sustancia, carne sólida, sangre, ropa… y, como has visto, armas, La forma del mito idealizado, de la figura heroica, se altera con los cambios culturales. Asume la identidad y la tecnología de cada tiempo. Según la teoría de nuestro padre, cuando una cultura invade a otra, los héroes se manifiestan. ¡Y no sólo en un lugar concreto! Los historiadores y los investigadores de leyendas populares discuten sobre si Arturo de los Britanos y Robin Hood vivieron y lucharon de verdad, y no se dan cuenta de que vivieron en muchos lugares. »Otro hecho importante que debemos recordar, es que cuando la imagen mental del mitago se forma, lo hace en toda la población…, y que, cuando ya no resulta necesaria, permanece en nuestro subconsciente colectivo y se transmite de generación en generación.

    —Y la forma cambiante del mitago —le interrumpí para ver si había comprendido algo de la lectura fraccionada de las notas—, se basa en un arquetipo, una imagen primaria arcaica que él llamaba Urscumug, del que surgen todas las formas posteriores. Él intentó extraer al Urscumug de su propia mente consciente…

    —Y no lo consiguió —terminó Christian—, aunque no porque dejara de intentarlo. El esfuerzo le mató. Le debilitó tanto que su cuerpo no pudo seguir el ritmo. Pero, desde luego, consiguió crear un buen montón de adaptaciones más modernas del Urscumug.

    ¡Había tantas preguntas que hacer, tantas cosas que requerían una aclaración…! Pero una era más importante que las demás.

    —Si he entendido bien estas notas, hace mil años era todo el país el que necesitaba un héroe, una figura legendaria que defendiera la justicia. ¿Cómo pudo proyectar la misma pasión un solo hombre? ¿Cómo pudo provocar la interacción?

    Desde luego, no basta con la angustia familiar que nos causó a nosotros y a sí mismo. Como él mismo dice, eso turbaba su mente y le impedía funcionar correctamente.

    —Si existe una respuesta —dijo tranquilamente Christian—, hay que buscarla en el bosque, quizá en el claro del cerro. Según las notas del viejo, hace falta un período de soledad, de meditación. Ya llevo un año siguiendo al pie de la letra su ejemplo.

    Inventó una especie de puente eléctrico que, al parecer, funde elementos de los dos hemisferios del cerebro. He utilizado muchas veces su equipo, con y sin él. Pero ya encuentro imágenes, premitagos, que se forman en mi visión periférica, sin el complicado programa que él utilizaba. Fue el pionero. Su interacción con el bosque facilita las cosas para los que llegamos tras él. Además, yo soy más joven. El viejo creía que eso podía ser importante. Ya he conseguido cierto éxito. Tarde o temprano, completaré su trabajo. Crearé al Urscumug, el héroe de los primeros hombres.

    —¿Para qué, Chris? —pregunté con toda la serenidad que pude. Sinceramente, no veía el objetivo de jugar con las antiguas fuerzas que habitaban tanto en el bosque como en el espíritu humano. Era evidente que a Christian le obsesionaba la idea de dar vida a esas formas muertas, de terminar lo que el viejo había empezado. Pero ni leyendo las notas ni hablando con Christian había captado yo una sola palabra sobre por qué aquella monstruosidad de la naturaleza era tan importante para los que se dedicaban a estudiarla.

    Christian tenía una respuesta. Cuando me la dijo, su voz sonaba hueca, marcada por la incertidumbre, con el estigma de la falta de convicción en la verdad de lo que decía.

    —Para estudiar los primeros tiempos del hombre, Steve. A través de estos mitagos, podemos aprender muchísimo sobre cómo eran y cómo querían ser nuestros antepasados: las aspiraciones, las visiones, la identidad cultural de una época tan lejana que hasta sus monumentos en piedra nos resultan incomprensibles. Para aprender. Para comunicarnos con esas persistentes imágenes de nuestro pasado que todos llevamos dentro.
    Dejó de hablar, y se hizo un breve silencio, interrumpido tan sólo por el pesado sonido rítmico del reloj.

    —No me convences, Chris —dije.
    Por un momento, creí que iba a gritarme, furioso. Se le enrojeció el rostro, y todo su cuerpo se tensó, airado por mi tranquilo rechazo de su excusa. Pero el fuego se mitigó. Frunció el ceño, y me miró casi impotente.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que son palabras bonitas. Ni tú te las crees. No eres convincente.

    Tras un momento, pareció aceptar cierta verdad en lo que yo decía.

    —Entonces, quizá mi convicción haya desaparecido, quizá esté enterrada bajo… bajo lo otro. Guiwenneth. Ahora, ella se ha convertido en el motivo principal para que vuelva allí.
    Recordé sus duras palabras de apenas unas horas antes, sobre que la muchacha no tenía vida, aunque sí un millar de vidas. Lo comprendí al momento, y me pregunté cómo me había costado tanto entender algo tan obvio.

    —También era un mitago —dije—. Ahora te entiendo.
    —Guiwenneth era el mitago de mi padre, una chica de los tiempos romanos, una manifestación de la diosa Tierra. La joven princesa guerrera que, gracias a su propio sufrimiento, consigue unir a todas las tribus.

    —Como la reina Boadicea —señalé.

    —Boudicca —me corrigió Christian, antes de negar con la cabeza—. Boudicca fue un personaje histórico, aunque buena parte de su leyenda se inspiró en mitos e historias de Guiwenneth. No se recuerda ninguna leyenda sobre Guiwenneth. En su tiempo y en su cultura, sólo existía la tradición oral. Nunca se escribía nada. Pero tampoco hay referencias a ella de ningún observador romano, o cronista cristiano posterior. El viejo creía que las primeras leyendas sobre la reina Ginebra pudieron surgir en parte de las leyendas olvidadas. La memoria popular la ha olvidado…

    —¡Pero la memoria oculta, no! —Christian asintió.
    —Exacto. Su historia es muy antigua, muy familiar. Las leyendas sobre Guiwenneth surgen de historias procedentes de culturas previas, quizá del período posglacial… ¡o de tiempos del mismísimo Urscumug!
    —¿Y todas las formas previas de la chica estarán también en el bosque?
    Christian se encogió de hombros.

    —El viejo nunca vio ninguna, y yo tampoco. Pero deben de estar ahí.
    —¿Y cuál es su historia, Chris? —Me miró de una manera extraña.

    —Es difícil decirlo. Nuestro querido padre arrancó de su diario las páginas relativas a Guiwenneth. No sé por qué, ni dónde las escondió. Sólo sé lo que me contó. —Sonrió—. Es hija de la más joven de dos hermanas y de un guerrero que vivía en un campamento secreto, en el bosque. La hermana mayor era la esposa de uno de los invasores. Estéril, celosa, robó a su sobrina. La niña fue rescatada por nueve halcones, o pájaros similares, enviados por su padre. Creció en comunidades forestales de todo el país, bajo la custodia del Señor de los Animales. Cuando tuvo edad suficiente, volvió, despertó al espíritu de su padre guerrero, y expulsó a los invasores.

    —No es mucho.

    —Sólo tengo ese fragmento —asintió Christian—. También hay algo sobre una piedra brillante en un valle que respira. Todo lo demás que el viejo descubrió sobre ella, o quizá gracias a ella, lo destruyó.

    —¿Por qué?

    Por un momento, Christian no dijo nada.

    —De todos modos —siguió luego—, las leyendas de Guiwenneth inspiraron a muchas tribus a tomar la ofensiva contra el invasor, tanto fueran wessex, o sea, Edad del Bronce, Stonehenge y todo eso; celtas belgas, o sea, Edad del Hierro; o romanos. —Su mirada se perdió en el infinito—. Y entonces ella se formó en este bosque, y yo la encontré, y me enamoré. No era violenta, quizá porque el viejo no podía imaginar a una mujer violenta. Le impuso sus esquemas, la desarmó, la dejó indefensa en el bosque.

    —¿Durante cuánto tiempo la conociste? —pregunté. Christian se encogió de hombros.
    —No sabría decirlo, Steve. ¿Cuánto tiempo he estado fuera esta vez?

    —Unos doce días.

    —¿Tan poco? —Parecía sorprendido—. Creí que habrían sido más de tres semanas. Es posible que la conociera durante muy poco tiempo, pero a mí me parecieron meses. Viví en el bosque con ella, tratando de comprender su idioma, tratando de enseñarle el mío, hablando mediante gestos, mas siempre con intensidad. Pero el viejo nos persiguió hasta el corazón del bosque, hasta el fin. No podía permitírnoslo. Era su chica, estaba tan enamorado de ella como yo. Un día, le encontré exhausto y muy asustado, medio enterrado en hojas, en las afueras del bosque. Le llevé a casa, pero, antes de un mes, murió. Por eso te dije que había tenido motivos para atacarme. Le quité a Guiwenneth.

    —Y luego, te la quitaron a ti. La mataron.
    —Sí, pocos meses más tarde. Estaba demasiado contento, demasiado tranquilo.
    Te escribí porque tenía que hablarle a alguien sobre ella… Evidentemente, fue demasiado para su destino. Dos días más tarde, la encontré en un claro, moribunda. Quizá habría vivido si le hubiera llevado ayuda médica al bosque, si la hubiera dejado allí. Pero la saqué del bosque, y murió.

    Me miró, y la expresión de tristeza se endureció hasta transformarse en resolución.

    —Pero, cuando vuelvo al bosque, su imagen mítica tiene una oportunidad de formarse a partir de mi subconsciente. Será más dura que la versión de mi padre, pero puedo recuperarla, Steve. Si busco lo suficiente, si doy con esa energía por la que preguntabas, si puedo adentrarme lo necesario en el bosque, hasta ese vórtice central que…

    Volví a mirar el mapa. Concretamente, el campo espiral que rodeaba el claro del cerro.

    —¿Y cuál es el problema? ¿No lo encuentras?
    —Está bien protegido. Consigo acercarme a ese campo de unos doscientos metros que lo rodea, pero nunca traspasarlo. Aunque esté convencido de que camino en línea recta, pronto descubro que no he hecho más que trazar círculos. No puedo entrar, y sea lo que sea lo que hay dentro, no puede salir. Todos los mitagos están ligados al lugar de su génesis, aunque el Brezo y Guiwenneth podían llegar hasta los límites del bosque, incluso a la alberca.

    ¡Eso no era cierto! Yo había pasado una noche de miedo que lo demostraba.

    —Uno de los mitagos salió del bosque —le dije—. Un hombre alto, con el perro más grande e increíble que puedas imaginar. Llegó hasta el patio y se comió una pata de cerdo.

    —¿Un mitago? ¿Estás seguro? —preguntó asombrado.

    —Bueno, la verdad…, no. Hasta ahora, no tenía ni idea sobre qué era. Pero apestaba, iba muy sucio y, obviamente, había vivido en el bosque durante meses. También hablaba un idioma extraño, llevaba arco y flechas…

    —E iba con un perro de caza. Sí, claro. Es una imagen de la Edad del Bronce tardía, o quizá de la primera Edad del Hierro, muy extendida. Los irlandeses lo han asimilado a su propio Cuchulainn, le convirtieron en un gran héroe. Pero es una de las imágenes míticas más poderosas, reconocible en toda Europa. —Christian frunció el ceño—. No lo entiendo…, yo le vi hace un año, y le esquivé, pero se estaba desvaneciendo, muy de prisa, deteriorándose… Tras una temporada, les sucede a todos. Algo debe de haber alimentado al mitago, algo le ha fortalecido…

    —Alguien, Chris.

    —Pero ¿quién? —De repente, se le abrieron los ojos—. Dios mío. Yo. De mi propia mente. El viejo tardó años, y yo creí que a mí me costaría mucho más, más meses en el bosque, un mayor aislamiento. Pero todo ha comenzado de nuevo, mi propia interacción con el vórtice…

    Se había puesto muy pálido. Caminó hacia su cayado, apoyándose en la pared, lo recogió y lo sopesó con ambas manos. Lo miró y tocó sus marcas.

    —Ya sabes lo que significa eso —dijo con voz serena. Siguió antes de que yo pudiera responder—. Ella se formará. Ella volverá. Mi Guiwenneth. Quizá ya haya vuelto.

    —No te vayas tan pronto, Chris. Espera un poco. Descansa. —Volvió a apoyar el cayado contra la pared.

    —No me atrevo. Si se ha formado ya, está en peligro. Tengo que ir en su busca.

    Me miró y compuso una leve sonrisa, casi apologética.

    —Lo siento, hermano. No te he dado lo que se dice una buena bienvenida.


    Cinco


    Y así, tras la más breve de las reuniones, perdí de nuevo a Christian. Mi hermano no estaba de humor para hablar, y mucho menos para confiarme sus planes, esperanzas y temores sobre la posible resolución de su asunto amoroso.

    Sólo podía pensar en Guiwenneth, sola y atrapada en el bosque.

    Mientras él preparaba sus provisiones, me dediqué a vagar por la cocina y por el resto de la casa. Me aseguró una y otra vez que no estaría fuera más de una semana, quizá dos. Si Guiwenneth se hallaba en el bosque, ese tiempo bastaría para encontrarla. Si no, volvería a casa y esperaría un poco antes de volver a la zona más profunda del bosque y tratar de formar el mitago de la chica. Aseguró que, en menos de un año, la mayoría de los mitagos hostiles habrían dejado de existir, y ella estaría a salvo. Christian tenía las ideas confusas. Su plan de dotarla de la fuerza necesaria para permitirle la misma libertad de que disfrutaban el hombre y el perro, no se apoyaba en pruebas extraídas de las notas de nuestro padre. Pero Christian era un hombre decidido.

    Si un mitago podía salir del bosque, también podría el que él amaba.

    Se le ocurrió que yo podía acompañarle hasta el claro donde habíamos acampado de niños, y plantar allí una tienda. Podría ser un lugar de cita habitual para nosotros, dijo, y le ayudaría a mantener su sentido del tiempo. Además, si yo pasaba algún tiempo en el bosque, quizá encontrase otros mitagos, y así podría informarle sobre su estado. El claro del que hablaba estaba en las afueras del bosque, y era bastante seguro.

    Cuando expresé mi preocupación sobre si mi propia mente no empezaría a producir mitagos, me aseguró que pasarían meses antes de que empezara a ver la primera actividad de premitagos como una presencia inquietante por el rabillo del ojo, o sea, en lo que él llamaba «visión periférica». Fue igualmente brusco al afirmar que, si me quedaba mucho tiempo en aquella zona, estaba seguro de que empezaría a relacionarme con el bosque, cuya aura, según pensaba él, se había extendido más hacia la casa durante los últimos años.

    A última hora de la mañana siguiente, nos pusimos en marcha por el sendero sur. Un sol brillante se alzaba sobre el bosque. Era un día claro y fresco. El aire se impregnaba del humo de una granja distante, donde estaban quemando los rastrojos de la cosecha del verano. Caminamos en silencio hasta llegar a la alberca del molino. Yo suponía que Christian entraría al bosque de robles por allí…, pero tuvo la buena idea de no hacerlo. No tanto por los extraños movimientos que habíamos visto allí, cuando éramos niños, como por lo cenagoso del terreno.

    En vez de eso, seguimos andando hasta que el bosque que bordeaba el sendero fue menos espeso. Entonces, Christian se salió del camino.

    Le seguí hacia dentro, buscando la ruta más fácil entre los matorrales de zarzas y espinos, disfrutando del denso silencio. Allí, en el lindero del bosque, los árboles eran pequeños, pero cien metros más adelante empezaron a mostrar su auténtica edad. El terreno se hacía algo más elevado y, entre los matorrales, aparecían rocas grises cubiertas de musgo y líquenes. Sobrepasamos el montículo, y el terreno se hundió en una brusca pendiente. Empecé a advertir sutiles cambios en el bosque. Ahora, de alguna manera, parecía más oscuro, más vivo, y advertí que el agudo canto de los pájaros otoñales que había oído en las afueras del bosque se transformaba aquí en una tonada más esporádica, más triste.

    Christian se abrió camino entre los matorrales de zarzas. Yo le seguí como pude, y pronto llegamos al gran claro donde, años atrás, habíamos montado nuestro campamento. Un roble particularmente grande dominaba el lugar, y nos reímos al ver las viejas iniciales que en el pasado talláramos allí. Entre sus ramas habíamos construido nuestro puesto de vigilancia, aunque bien poco se podía ver en medio de tantas hojas.

    —¿Cumplo los requisitos necesarios para el puesto? —preguntó Christian, con los brazos abiertos.

    Sonreí al examinar su silueta cubierta por una capa. Ahora, el cayado con las runas parecía menos extraño, más funcional.

    —Pareces algo, pero no sé exactamente qué.

    Miró a su alrededor.

    —Haré todo lo posible por venir tan a menudo como pueda. Si algo va mal y no te encuentro, trataré de dejarte un mensaje, alguna señal para que sepas…

    —Todo irá bien —le interrumpí con una sonrisa. Evidentemente, no quería que le acompañara más allá del claro, y yo tampoco deseaba hacerlo. Sentí un escalofrío, un extraño cosquilleo, como si alguien me estuviera vigilando. Christian advirtió mi inquietud, y admitió que él también se sentía así: era la presencia del bosque, la suave respiración de las ramas.

    Nos estrechamos la mano y, algo incómodos, nos abrazamos, Christian dio media vuelta y echó a andar hacia la penumbra del bosque. Le vi marcharse, y luego me dediqué a escuchar. Sólo cuando todo sonido se hubo esfumado, empecé a plantar la pequeña tienda de campaña.

    Durante la mayor parte de septiembre, el tiempo siguió frío y seco. Fue un mes aburrido, que me permitió pasar los días sin apenas actividad. Hice algunos trabajos en la casa, leí más fragmentos de las notas de mi padre —aunque pronto me cansé de la repetición de ideas e imágenes— y, a intervalos cada vez más largos, me adentré en el bosque para sentarme en la tienda o al lado de ella, atento a cualquier ruido que delatara la presencia de Christian, maldiciendo los insectos que pululaban por allí, espiando cualquier atisbo de movimiento.

    Con octubre llegó la lluvia. Y sólo entonces comprendí, bruscamente, casi sorprendido, que Christian llevaba fuera casi un mes. El tiempo había pasado más de prisa de lo que creía posible y, en vez de preocuparme por mi hermano, me había limitado a suponer que sabía lo que hacía, que volvería en cuanto estuviera preparado. Pero llevaba semanas ausente, sin dar la menor señal de vida. Debería haber acudido al claro, al menos una vez, para dejarme alguna señal.

    Entonces, empecé a preocuparme de veras por su seguridad. En cuanto cesó la lluvia, corrí al bosque y aguardé el resto del día en el patético refugio de lona, lleno de goteras. Vi varias liebres, incluso un búho, y oí ruido de movimientos lejanos que no respondieron a mis gritos de «¿Christian? ¿Eres tú?».

    Empezaba a hacer frío. Pasé más tiempo en la tienda, y preparé un saco de dormir con mantas y viejas telas impermeables que encontré en el sótano de Refugio del Roble. Arreglé los desperfectos de la tienda, almacené allí alimentos y cerveza, así como leña seca para hacer hogueras.

    A mediados de octubre, me di cuenta de que no podía permanecer en la casa más de una hora sin ponerme nervioso, con unos nervios que sólo se calmaban cuando volvía al claro, a mi puesto de vigilancia, y me sentaba en la tienda con las piernas cruzadas. Lo único que hacía era contemplar la penumbra de los árboles, a unos metros de mí. En varias ocasiones, me adentré en el bosque en nerviosas expediciones, pero detestaba la sensación de silencio, y ese cosquilleo en la piel que parecía repetirme que estaba siendo observado. Eran simples imaginaciones, claro, o una respuesta demasiado sensible a la presencia de los animales del bosque: en cierta ocasión, cuando corrí gritando hacia un arbusto donde imaginaba oculto a mi espía, sólo vi una ardilla roja que huía aterrada hacia las ramas cruzadas de su hogar en el roble. ¿Dónde estaba Christian? Clavé papeles con mensajes, en tantos lugares y tan profundos en el bosque como me atreví. Pero descubrí que, en cuanto me adentraba en la cuenca que parecía engullir el bosque, volvía al mismo punto al cabo de pocas horas, y me encontraba de nuevo cerca del claro, de la tienda.

    Imposible, sí, y también exasperante. Pero comencé a comprender la frustración de Christian al no poder caminar en línea recta por el espeso bosque de robles.

    Quizá fuera cierto que había una especie de campo de fuerza, complejo y confuso, que canalizaba a los intrusos hacia el sendero exterior.

    Y llegó noviembre, y fue verdaderamente frío. La lluvia gélida caía a intervalos, pero el viento se colaba entre el denso follaje ocre del bosque, parecía capaz de encontrar su camino a través de las rendijas de la ropa y la tela impermeable, hasta llegar a la carne y helar los huesos. Yo estaba deprimido, y mis búsquedas de Christian eran cada vez más exasperantes, más frustrantes. Mis gritos empezaron a tener un matiz airado, a la par que mi piel lucía cada vez más arañazos y hematomas, de tanto subirme a los árboles. Perdí la cuenta de los días, y en más de una ocasión percibí, asustado, que me había pasado dos o tres días en el bosque, sin volver a la casa. Refugio del Roble estaba cada vez más descuidado y desierto. Iba allí para lavarme, comer, descansar, pero en cuanto reparaba las peores agresiones sufridas en mi cuerpo, volvía a concentrarme en Christian, a preocuparme mortalmente por él, y tenía que volver al claro, como si yo no fuera más que un montón de limaduras de hierro atraídas por un imán.

    Empecé a temer que le hubiera pasado algo terrible. O quizá no fuera terrible, sino simplemente natural: si de verdad había jabalíes en el bosque, quizá uno le había atacado. Quizá mi hermano estaba muerto, o se arrastraba hacia las afueras del bosque, incapaz de gritar pidiendo ayuda. O quizá se hubiera caído de un árbol. O quizá, sencillamente, se había dormido, y el frío no le permitió despertar por la mañana.

    Busqué cualquier rastro de su cuerpo, o de su presencia, y no encontré absolutamente nada. Eso sí, descubrí las huellas de algún animal grande, y marcas en la parte baja del tronco de muchos robles, como si una criatura con colmillos los hubiera mordisqueado.

    Pero la depresión pasó pronto y, a mediados de noviembre confiaba otra vez en que Christian estuviera vivo. Empecé a creer que, de alguna manera, se había visto atrapado en este bosque otoñal.

    Por primera vez en dos semanas fui al pueblo. Tras conseguir provisiones, recogí los periódicos que se habían acumulado en la pequeña oficina de correos. Al revisar las primeras páginas del semanario local, encontré un suelto relativo a los cadáveres putrefactos de un hombre y un perro lobo, descubiertos en la zanja de una granja, cerca dé Grimiey. No se sospechaba que fuera un crimen. No sentí ninguna emoción, sólo curiosidad, y cierta compasión por Christian, cuyo sueño de liberar a Guiwenneth no era más que eso: un sueño, una esperanza ferviente, un deseo condenado a la frustración.

    En cuanto a los mitago, sólo tuve dos encuentros, ninguno de ellos demasiado importante. El primero fue con una sombría forma masculina que atravesó el claro, me miró, y por último echó a correr hacia la penumbra, mientras golpeaba los troncos de los árboles con un pequeño bastón de madera. El segundo encuentro fue con el Brezo, cuya forma seguí furtivamente cuando le vi dirigirse a la alberca. Se quedó entre los árboles, espiando el cobertizo del embarcadero. No sentí auténtico temor ante estas manifestaciones, sólo una ligera aprensión. Pero tras el segundo encuentro, empecé a comprender lo ajenos que eran los mitagos al bosque. Estas criaturas, creadas muy lejos de su tiempo natural, ecos del pasado a los que se había dado sustancia, venían equipados con una vida, un idioma y una cierta ferocidad que no encajaba en absoluto con el mundo de 1947, azotado por la guerra. No era de extrañar que el aura del bosque tuviera tal carga de soledad, una melancolía contagiosa que se había adueñado de mi padre, luego de Christian, y que ahora se adentraba por mis tejidos. Si se lo permitía, me atraparía también a mí.

    Durante esos días, empecé a tener alucinaciones. Sobre todo al anochecer, cuando miraba el bosque, comencé a ver movimientos por el rabillo del ojo. Al principio, lo atribuí al cansancio, a la imaginación, pero recordé con toda claridad el fragmento de las notas de mi padre donde describía a los premitagos, la imágenes iniciales que aparecían siempre en su visión periférica. La primera vez me asusté.

    No quería reconocer que aquellas criaturas pudieran ser inquilinos de mi propia mente, que mi interacción con el bosque había comenzado mucho antes de lo que imaginara Christian. Pero, tras un tiempo, me senté con tranquilidad y traté de verles más detalladamente. No lo conseguí. Advertía el movimiento, y a veces una forma humana, pero fuera cual fuese el campo que inducía su aparición, aún no era tan fuerte como para darles realidad absoluta. O eso, o mi mente no podía controlar aún su existencia.

    El veinticuatro de noviembre, volví a la casa y pasé unas horas descansando y escuchando la radio. Se desencadenó una tormenta, y vi caer la lluvia, sintiéndome helado y enfermizo. Pero, en cuanto el cielo se despejó y las escasas nubes se tornaron blancas y brillantes, me eché el impermeable sobre los hombros y volví al claro. Esperaba encontrarlo todo tal como lo dejé. Por eso, lo que no hubiera debido ser más que una sorpresa, se convirtió en una auténtica conmoción.

    Habían destruido la tienda, y su contenido estaba disperso entre los charcos de lodo del claro. Parte del cable de retén colgaba de las ramas más altas del gran roble, y los matorrales de los alrededores estaban aplastados, como si hubiera tenido lugar allí una gran pelea. Cuando examiné el terreno, advertí que estaba lleno de huellas extrañas, redondas y profundas, como cascos de caballo. Fuera cual fuese la bestia que había pasado por allí, se las había arreglado para hacer jirones el refugio de lona.

    Sólo entonces noté lo silencioso que estaba el bosque, como si contuviera el aliento, a la espera. Se me erizó hasta el último pelo del cuerpo, y el corazón me latió tan fuerte que creí que el pecho me estallaría. Me quedé un segundo o menos junto a la tienda destrozada, y el pánico se apoderó de mí. La cabeza me daba vueltas, y el bosque parecía amenazarme. Huí del claro, aplastando los empapados matorrales entre dos gruesos troncos de roble. Corrí muchos metros por la penumbra, antes de darme cuenta de que estaba alejándome de la periferia del bosque. Creo que grité. Di media vuelta, y eché a correr de nuevo.

    Una pesada lanza se clavó en el árbol más cercano y, antes de poder detenerme, me precipité contra el asta de madera negra. Una mano me agarró por el hombro y me arrastró hacia el árbol. Grité de terror al ver el rostro sucio de barro de mi atacante. Él también me gritó:

    —¡Cállate, Steve! ¡Por lo que más quieras, cállate! —el pánico cesó, mi voz se convirtió en un susurro, y examiné más de cerca al furioso hombre que me tenía atrapado. Comprendí que era Christian, y el alivio fue tal que me eché a reír.

    Durante largos momentos, no me di cuenta del cambio tan profundo que había sufrido mi hermano.

    Christian miraba hacia el claro.

    —Tienes que marcharte de aquí —dijo.

    Y, antes de que pudiera responderle, me obligó a correr, prácticamente me arrastró de vuelta hacia la tienda.

    Una vez en el claro, titubeó, y me miró. No vi ninguna sonrisa bajo la máscara de barro y hojas amarillentas. Sus ojos brillaban, pero entrecerrados, apenas dos líneas. Tenía el pelo grasiento e hirsuto. Estaba casi desnudo, sólo llevaba un taparrabos y una desastrada camisa de piel, que no podía darle demasiado calor.

    Portaba tres lanzas peligrosamente puntiagudas. Ni rastro de la delgadez esquelética del verano. Era musculoso y duro, con pecho ancho y miembros fuertes. Un hombre hecho para luchar.

    —Tienes que salir del bosque, Steve. Y, por lo que más quieras, no vuelvas nunca.

    —¿Qué te ha pasado, Chris…? —empecé.

    Pero él meneó la cabeza y me empujó a través del claro y los árboles, hacia el sendero sur.

    Al momento, se detuvo y echó un vistazo hacia la penumbra, sin dejarme avanzar.

    —¿Qué pasa, Chris?
    Entonces, yo también lo oí, el sonido de los arbustos al ser aplastados por algo muy pesado. Algo se abría camino entre los árboles y los matorrales, hacia nosotros. Seguí la mirada de Christian, y vi una forma monstruosa, tan alta como dos hombres juntos, pero humana, encorvada, negra como la noche a excepción de la gran mancha blanca que era su rostro, todavía indistinguible por la distancia y las sombras.

    —¡Dios, ha escapado! —gritó Christian—. Se interpone entre la salida y nosotros.

    —¿Qué es, Chris? ¿Un mitago?

    —El mitago —respondió rápidamente Christian. Se dio la vuelta y atravesó de nuevo el claro. Yo le seguí. De repente, todo el cansancio había desaparecido de mi cuerpo.

    —¿El Urscumug? ¿Es eso? Pero no es humano, sino animal. Nunca ha habido un ser humano con semejante estatura.
    Al volver la mirada mientras corría, vi que el monstruo entraba en el claro. En espacio abierto se movía tan de prisa que creí estar viendo una película proyectada a cámara rápida. Se lanzó al bosque tras nosotros, y volvió a fundirse con la oscuridad. Pero ahora corría entre los árboles, nos perseguía, y acortaba distancia a una velocidad increíble.

    De pronto, el terreno desapareció bajo mis pies. Caí pesadamente en una depresión, pero Christian me agarró a tiempo. Luego, mi hermano arrastró una zarza para cubrirnos, y se puso un dedo en los labios. Apenas podía distinguirle en el oscuro agujero, pero oí como se alejaban los pasos del Urscumug, y pregunté a Christian qué sucedía.

    —¿Se ha ido?
    —Casi seguro que no —respondió—. Está aguardando, escuchando. Lleva dos días persiguiéndome desde las zonas más profundas del bosque. No descansará hasta que me mate.

    —¿Por qué, Christian? ¿Por qué quiere acabar contigo?

    —Es el mitago del viejo —me explicó—. Él le dio vida en el corazón del bosque, pero era débil, y estaba atrapado…, hasta que llegué yo y le proporcioné más poder con que alimentarse. Pero sigue siendo el mitago del viejo, y en parte está formado a su semejanza, tiene algo de su ego. ¡Dios, Steve, cómo debió de odiarnos para imponer tanto terror a ese monstruo!

    —Y Guiwenneth… —dije.

    —Sí…, Guiwenneth —repitió Christian, ahora en voz baja—. Por eso quiere vengarse de mí. Pero no le daré ni media oportunidad.

    Se irguió para echar un vistazo a través de la cobertura de espino. Oí el ruido de un movimiento lejano, inquieto, y me pareció escuchar el gruñido gutural de algún animal.

    —Creí que no había conseguido crear el mitago primario.
    —Murió creyéndolo —asintió Chris—. Me pregunto qué habría hecho de saber el éxito que había tenido. Volvió a acuclillarse en el agujero.

    —Es como un jabalí. Parte jabalí, parte hombre, y con elementos de otras bestias del bosque. Camina erguido, pero puede correr raudo como el viento. Se pinta la cara de blanco para que parezca un rostro humano. No sé en qué era vivió, pero una cosa es segura, fue mucho antes de existir el hombre tal como nosotros lo entendemos. Ese monstruo viene de una era en que el hombre y la naturaleza estaban tan próximos, que apenas se podía distinguir el uno de la otra.

    Entonces, me rozó el brazo. Fue un toque titubeante, casi como si tuviera miedo de estar en contacto con alguien de quien tanto se había distanciado.

    —Cuando corras —dijo—, ve hacia el lindero del bosque. No te detengas. Sal de ahí, y no vuelvas. Ahora no hay salida para mí. Es una parte de mi propia mente, que me ata a este bosque tanto como si yo mismo fuera un mitago. No vuelvas, Steve. Al menos, en mucho, mucho tiempo.

    —Chris… —empecé a decir.

    Pero era demasiado tarde. Mi hermano había apartado de golpe la cubierta de espino, y corría alejándose de mí. Momentos después, la forma más enorme que se pueda imaginar pasó sobre mi cabeza, y un enorme pie negro se plantó a centímetros de mi cuerpo paralizado. Todo sucedió en una fracción de segundo.

    Cuando conseguí salir del agujero y echar a correr, di un rápido vistazo a la criatura. Me había oído, y también me miraba. Durante aquel instante de contemplación recíproca, mientras los dos nos alejábamos en el bosque, vi el rostro pintado sobre la cabeza negra de jabalí.

    El Urscumug abrió la boca para dejar escapar un rugido, y mi padre pareció mirarme.



    SEGUNDA PARTE Los cazadores salvajes
    Uno


    Una mañana, a principios de la primavera, encontré un montón de liebres colgadas de uno de los ganchos de la cocina. Bajo ellas, garabateada con la pintura amarilla que había utilizado para la valla, había una letra «C». El regalo se repitió unas dos semanas más tarde. Después, nada. Y pasaron los meses.

    Yo no había vuelto al bosque.

    Durante el largo invierno, había leído mil veces el diario de mi padre. Me adentré en el misterio de su vida tanto como él se había adentrado en el misterio de su propio enlace inconsciente con el bosque primitivo. En las erráticas anotaciones encontré abundantes referencias a su sensación de peligro, a lo que, en una ocasión, llamó «idea mitológica del ego», la influencia de la mente del creador. Él pensaba que podía afectar a la forma y comportamiento de los mitagos.

    Entonces, había sido consciente del peligro. Me pregunté si Christian habría comprendido plenamente esta sutilidad de los procesos que tenían lugar en el bosque. De la oscuridad del dolor que anidaba en la mente de mi padre había surgido una sola hebra para dar forma a la chica de la túnica verde, condenándola quedar indefensa en un bosque agresivo. Si la chica tenía que surgir de nuevo sería la mente de Christian la que la controlase, y Christian no tenía tales prejuicios sobre las capacidades y debilidades de una mujer.

    El encuentro sería diferente.

    El libro de notas me asombraba y me entristecía a la vez. Había muchas anotaciones que se referían a los años anteriores a la guerra, a nuestra familia, a Chris y sobre todo a mí: era como si mi padre nos hubiera mirado constantemente, como si ésa fuera su manera de relacionarse con nosotros, de estar cerca de nosotros. Pero, mientras nos miraba, siempre pareció distante, frío.

    Yo había pensado que ni siquiera me veía. Creí que, para él, era una simple molestia, un insecto pesado que espantaba de un manotazo, sin apenas verlo. Y ahora descubría que siempre me había observado, que anotaba todos mis juegos, mis paseos cerca y alrededor del bosque, y los efectos de éste sobre mí.

    Un incidente, reseñado breve, rápidamente, me recordó un largo día de verano, cuando tenía nueve o diez años. En él, desempeñaba un papel importante un barco de madera, que Chris había tallado de un trozo de haya, para que yo lo pintara. El barco, el riachuelo que llamábamos Arroyo Arisco, y un revuelto pasaje a través del bosque bajo el jardín. Diversión inocente, infantil, y mi padre no había dejado de observarnos ni un momento, una sombra oscura en la ventana de su estudio.

    El día comenzó bien: un amanecer fresco, luminoso. Desperté viendo a Chris en las ramas de la haya, cerca de las ventanas de mi cuarto. Trepé desde la ventana, en pijama, y los dos nos sentamos allí, en nuestro campamento secreto, contemplando a lo lejos las actividades del granjero que trabajaba las tierras de los alrededores. En otro punto de la casa había movimiento, e imaginé que la señora de la limpieza había llegado pronto para aprovechar el hermoso día de verano.

    Chris tenía el trozo de madera, y ya había dado forma al casco del pequeño bote. Discutimos los planes para pasar un día épico junto al río, y volvimos a entrar en casa para vestirnos, devorar el desayuno recién preparado por la somnolienta figura de nuestra madre, y salir otra vez al cobertizo, donde pronto conseguimos tallar un mástil y colocarlo sobre el casco. Lo pinté de rojo y tracé nuestras iniciales a cada lado del mástil. Una vela de papel, unos cuantos aparejos, y el gran navío estuvo preparado.

    Salimos corriendo del patio y bordeamos el denso bosque silencioso, hasta encontrar el arroyo donde tendría lugar la botadura del navío.

    Recuerdo que corrían los últimos días de julio, cálidos y tranquilos. El riachuelo llevaba poca agua, y las orillas estaban agrietadas y secas, llenas de excrementos de oveja. El agua era algo verdosa, ya que en las piedras y el lodo del fondo crecían multitud de algas. Pero la corriente era fuerte, constante. El arroyo cruzaba los campos cultivados, entre los árboles bañados por el sol, para luego adentrarse entre la maleza más espesa y pasar bajo la puerta de la verja en ruinas. La verja estaba llena de hierbajos, zarzales y arbustos. La había puesto Alphonse Jeffries para evitar que los «golfillos», como Christian y yo, vagabundeáramos junto a las aguas más profundas de la alberca, donde el arroyo se hacía más ancho, y sus aguas más revueltas.

    Pero la verja estaba podrida, y había un buen agujero bajo ella, por donde el barco de nuestros sueños podía pasar con toda facilidad.

    Chris puso la maqueta en el agua con gran ceremonia.

    —¡Que Dios acompañe a todos los que viajen en ti! —dijo solemnemente.

    —¡Que vuelvas sano y salvo de tu aventura, Viajero! —añadí yo.

    Lo de Viajero nos parecía un nombre suficientemente dramático. Lo habíamos sacado de nuestro tebeo favorito.

    Chris soltó el barquito. Se tambaleó y giró mientras se alejaba de nosotros. No parecía muy cómodo en el agua. Me disgustó bastante que el bote no navegara como los de verdad, que se inclinara ligeramente hacia un lado, que subiera y bajara con cada diminuta ola. Pero era emocionante ver alejarse el pequeño barco, en dirección al bosque. Y al final, antes de desaparecer bajo la verja, sí pareció navegar de verdad en el océano. Dio la impresión de que el mástil se encogía para atravesar el obstáculo, y ya no lo vimos más.

    Entonces empezaba lo divertido. Corrimos jadeantes alrededor del bosque. Era un buen trayecto a través de un sembradío privado, lleno de altas espigas de maíz, y luego por las vías del tren y por un campo donde pastaban las vacas. En uno de los rincones había un toro. Alzó la cabeza para mirarnos, y bufó, pero pareció conformarse con eso.

    Tras pasar por la granja, junto a los animales, llegamos al extremo norte del bosque de robles. Por allí resurgía el Arroyo Arisco, una corriente más amplia y menos profunda.

    Nos sentamos y esperamos a que llegara nuestra nave para darle la bienvenida.

    En mi imaginación, durante aquella larga tarde en la que jugamos bajo el sol y escudriñamos la oscuridad del bosque en busca de cualquier señal de nuestro barco, la pequeña nave se encontraba con toda clase de animales extraños, de torbellinos y rápidos. Casi podía verla luchando valientemente contra mares tormentosos, perseguida por nutrias y ratas de agua que se lanzaban sobre su borda. Lo más importante fueron las imágenes mentales de aquel viaje, los sueños que inspiró la hazaña del pequeño bote. ¡Cómo habríamos disfrutado de verlo aparecer por el Arroyo Arisco! ¡Cuánto habríamos discutido sobre su rumbo, su viaje, sus aventuras!

    Pero el barquito no apareció. Tuvimos que enfrentarnos a la dura realidad de que, en algún punto de aquel bosque, oscuro y denso, la maqueta se había quedado enganchada entre unas ramas. Encallada, se quedaría donde estuviera hasta pudrirse, hasta volver de nuevo a la tierra.

    Disgustados, volvimos a casa al anochecer. Las vacaciones veraniegas habían empezado con un desastre, pero pronto olvidamos el barco.

    Entonces, seis semanas después, poco antes del largo viaje en coche y en tren que nos llevaría de vuelta al colegio, Christian y yo volvimos a la parte norte del bosque, esta vez paseando con los dos perros ojeadores de nuestra tía. La tía Edie era un auténtico castigo, y agradecíamos cualquier oportunidad para salir de la casa cuando estaba ella, incluso en un día tan encapotado y húmedo como aquel viernes de septiembre.

    Llegamos junto al Arroyo Arisco y allí, para nuestra sorpresa y alegría, estaba el Viajero, tambaleándose y girando en la corriente. El arroyo estaba muy crecido tras las lluvias de finales de agosto. La nave remontó las olas con gallardía, siempre enderezándose, a punto ya de perderse en la distancia.

    Corrimos por la orilla del riachuelo, mientras los perros ladraban con todas sus fuerzas, encantados por la repentina carrera. Al final, Christian ganó terreno al barquito, y sacó del agua nuestra pequeña maqueta.

    Le sacudió el agua y lo alzó, con el rostro brillante de alegría. Sudoroso, llegué junto a él y le quité la maqueta. La vela estaba intacta, las iniciales seguían allí. El pequeño objeto de nuestros sueños estaba exactamente igual que el día en que lo botamos.

    —Supongo que se quedó encallado, y que volvió a navegar cuando subió el agua —comentó Christian. ¿Qué otra explicación teníamos?

    Pero, aquella misma noche, mi padre escribió lo siguiente en su diario:

    Incluso en las zonas más periféricas del bosque, el tiempo se distorsiona en gran manera. Es lo que sospechaba. El aura producida por el bosque primario tiene un pronunciado efecto sobre la naturaleza de las dimensiones. En cierto modo, los chicos han llevado a cabo el experimento por mí, soltando su barquito de juguete en un arroyo que corre —o eso se cree— por la parte exterior del bosque. Ha tardado seis semanas en atravesar la zona exterior. Una distancia que, en términos reales, no es de más de kilómetro y medio. ¡Seis semanas! Más al centro del bosque, si la expansión de tiempo y espacio se incrementa progresivamente —es lo que sospecha Wynne-Jones—, ¿quién puede imaginar los extraños paisajes que hay allí?


    Durante el resto del largo y húmedo invierno que siguió a la desaparición de Christian, frecuenté cada vez más a menudo la oscura habitación polvorienta de la parte trasera de la casa: el estudio de mi padre. Encontraba un extraño consuelo entre los libros y especímenes. Me sentaba durante largas horas junto a su escritorio, sin leer, sin siquiera pensar, con la mirada fija en algún punto cercano, como si esperase algo. Me daba cuenta con toda claridad de que mi comportamiento resultaba bastante peculiar, y salía de aquellos ensueños casi enfadado.

    Siempre había cartas que escribir, sobre todo de tipo económico, ya que el dinero del que vivía sé acercaba rápidamente a una suma incapaz de garantizarme más de unos meses de reclusión e inactividad. Pero me resultaba difícil concentrarme en asuntos tan vulgares mientras pasaban las semanas. Chris seguía sin aparecer, y el viento y la lluvia soplaban como seres vivos contra los cristales de los balcones, casi llamándome para que me reuniera con mi hermano.

    Tenía demasiado miedo. Aunque sabía que la bestia me había rechazado otra vez, que había preferido seguir a Christian a las profundidades del Bosque Ryhope, no podía enfrentarme a la idea de repetir el enfrentamiento. Conseguí volver a casa, exhausto y angustiado, y ahora lo único que podía hacer era caminar por las afueras del bosque, llamando a Christian, esperando, siempre esperando, que apareciera otra vez de repente. ¿Cuánto tiempo pasé allí de pie, mirando la parte del bosque que se divisaba desde el balcón? ¿Horas? ¿Días? Tal vez fueran semanas. Los niños, los habitantes del pueblo, los peones de las granjas…, siempre se veía a alguien, figuras trabajando los campos o rodeando los árboles, atravesando la hacienda. Cada vez que veía una forma humana, el corazón me saltaba en el pecho, sólo para ver mis esperanzas frustradas minutos más tarde.

    Refugio del Roble era húmedo, y a humedad olía, pero no se encontraba en un estado más lamentable que su inquieto ocupante.

    Examiné cada centímetro del estudio. Pronto conseguí acumular una extraña colección de objetos que, años antes, no me habrían interesado en absoluto.

    Puntas de flechas y lanzas, tanto de bronce como de piedra, y también collares, algunos de ellos hechos con grandes colmillos. Descubrí que dos instrumentos de hueso —astas largas y delgadas, con múltiples dibujos— servían para dar velocidad a las lanzas. El objeto más bello era un caballito de marfil, muy estilizado, con un cuerpo extrañamente grueso y patas finas, pero talladas con una maestría exquisita. El agujero que le atravesaba el cuello indicaba que su función era servir de colgante. En los flancos del caballo, grabadas con claridad inconfundible, había dos figuras humanas in copulo.

    Aquel objeto me hizo revisar de nuevo una breve referencia en el diario:

    El Sepulcro del Caballo sigue desierto. Supongo que es lo mejor. El shamán ha vuelto a las tierras centrales, más allá del fuego del que hablaba. Me dejó un regalo. El fuego me intriga. ¿Por qué le tenía tanto miedo? ¿Qué hay más allá?


    Por fin descubrí el equipo de «puente frontal» que había utilizado mi padre.

    Christian lo había destruido todo lo posible: rompió la extraña máscara y dobló y deformó varios instrumentos eléctricos. Era una labor cruel, apenas pude creer que mi hermano lo hubiera hecho, pero me pareció entender la razón. Christian estaba celoso de cualquier posible intromisión en la realidad donde buscaba a Guiwenneth, y no quería que nadie más experimentase con la generación de mitagos.

    Cerré el armario donde estaban los restos de la máquina.

    Para animarme y librarme en parte de aquella obsesión, reinicié mi relación con los Ryhope, que vivían en la gran casa. Parecieron encantados de contar con mi compañía…, si exceptuamos a las dos hijas adolescentes, chicas engreídas y afectadas que me consideraban muy inferior a ellas. Pero el capitán Ryhope, cuya familia había ocupado aquellas tierras durante muchas generaciones, me regaló pollos con los que repoblar mis gallineros, mantequilla de su propia granja y, lo mejor de todo, muchas botellas de vino.

    Creo que era su manera de demostrar comprensión por lo que a él debían de parecerle una sucesión de tragedias en mi vida.

    El capitán no sabía nada sobre el bosque, ni siquiera que la mayor parte seguía virgen. Solían talar en la parte sur cuando necesitaban leña para la chimenea y madera para la granja. Pero la última referencia que pudo encontrar en los anales de su familia sobre intentos de explotar el bosque, era una breve alusión datada en 1722:

    El bosque no es seguro. La parte que hay entre Cavas Bajas y los Desmochados, y que se entiende hasta el Campo de la Acequia, es pantanosa y la frecuentan extraños pueblerinos que conocen muy bien el bosque y la manera de sobrevivir en él. Echarlos a todos sería muy costoso, así que he dado orden de vallar este lugar y talar los árboles del sur y el sudoeste. Se han instalado trampas.


    Durante dos siglos más, la familia siguió ignorando aquella inmensa extensión de bosques salvajes. Era un hecho que me resultaba difícil de creer y comprender…, pero, incluso hoy en día, el capitán Ryhope apenas se fijaba en la zona boscosa que interrumpía los campos, tan extrañamente bautizados.

    Era simplemente «el bosque», y la gente lo bordeaba, o usaba los senderos que recorrían la periferia, pero nadie pensaba en adentrarse en él. Era «el bosque».

    Siempre había estado ahí. Era un hecho de la vida. Y la vida seguía a su alrededor.

    Me enseñó una anotación hallada en los libros de la casa, fechada en 1536, o quizá 37, no se distinguía bien. Fue antes de los tiempos de su familia, y si me mostró el fragmento fue más por orgullo de la alusión al rey Enrique VIII que por su referencia a las extrañas cualidades del Bosque Ryhope:

    Al rey le complació cazar en los bosques, con cuatro miembros de su séquito y dos damas. Se llevaron cuatro halcones. El rey expresó su admiración ante lo peligroso de la caza, y cabalgó con la necesaria cautela por el bosque. Volvió a la mansión al anochecer. El rey en persona había matado un venado. El rey habló de fantasmas, y habló largo rato sobre cómo Robín Hood le persiguió por los claros más profundos del bosque, además de dispararle una flecha. Ha prometido volver a cazar en la hacienda la temporada que viene.


    Poco después de Navidad, mientras preparaba algo de comer en la cocina, detecté un movimiento a mi lado. Fue una auténtica conmoción, un momento de pánico que me hizo saltar. La adrenalina me hacía galopar el corazón.

    En la cocina no había nadie. Pero el movimiento continuó, una sombra titubeante que atisbaba por el rabillo del ojo. Crucé la casa corriendo y entré en el estudio. Me senté tras el escritorio y apoyé las manos sobre la superficie de madera barnizada, mientras jadeaba.

    El movimiento cesó.

    Pero era una presencia creciente a la que tenía que enfrentarme. Mi propia mente estaba interactuando ya con el aura del bosque, y los primeros premitagos se formaban en mi visión periférica. Eran formas confusas, inquietas, que parecían tratar de llamarme la atención.

    Mi padre necesitó el «puente frontal», la extraña máquina que parecía salida de Frankenstein, para que su mente vieja generase aquellas presencias míticas «almacenadas» en su subconsciente racial. Su diario, las anotaciones sobre los experimentos con Wynne-Jones, y también Chris, me habían dicho que una mente más joven podría interactuar con el bosque más fácil y rápidamente de lo que mi padre había creído posible.

    El estudio era un buen lugar en el que refugiarme de esas formas llamativas, aterradoras. El bosque sólo había tendido sus oscuros tentáculos psíquicos hasta las habitaciones más cercanas de la casa, la cocina y el comedor. Alejarse de aquella zona, cruzar el descansillo y el corredor que llevaba al estudio de mi padre, era como librarse de aquellos movimientos insistentes.

    Con el tiempo, en cuestión de semanas, las imágenes de mi subconsciente que se iban materializando, poco a poco, me asustaron cada vez menos. Se convirtieron en una parte de mi vida, algo molesta, pero no amenazadora. No volví a acercarme al bosque. Creía que, así, dejaría de generar mitagos que luego se materializaran para molestarme. Pasé mucho tiempo en el pueblo más cercano, y aproveché todas las ocasiones posibles para viajar a Londres y visitar a mis amigos. No quise establecer contacto con la familia del amigo de mi padre, Edward Wynne-Jones, aunque cada vez me resultaba más necesario encontrar a aquel hombre para hablar con él sobre sus descubrimientos.

    Supongo que estaba actuando como un cobarde. Pero, al verlo con cierta perspectiva, me atrevo a atribuirlo más bien a mi intranquilidad ante la falta de datos sobre lo que estaba haciendo Christian. Mi hermano podía volver en cualquier momento. Al no saber a ciencia cierta si estaba muerto, o sólo extraviado, me veía impelido a no hacer ningún movimiento.

    Estaba estancado. El flujo del tiempo a través de la casa, la interminable rutina de comer, asearme, leer, pero sin dirección, sin objetivo.

    Los regalos de mi hermano —las liebres y las iniciales— me hicieron reaccionar con algo muy parecido al pánico. A principios de la primavera, me aventuré por primera vez hasta los alrededores del bosque, para llamar a Christian.

    Y poco después de esta interrupción en la rutina, quizá a mediados de marzo, tuvo lugar la primera de las dos visitas procedentes del bosque que iban a afectarme tan profundamente durante los meses siguientes. De esas dos emergencias, la segunda fue la que tendría una importancia más inmediata; pero el significado de la primera sería cada vez más evidente… No obstante, en aquel frío anochecer desapacible de marzo, fue una presencia enigmática que pasó por mi vida como un aliento frío, un encuentro momentáneo.

    Había pasado el día en Gloucester, visitando el banco donde todavía controlaban los asuntos de mi padre. Fueron unas horas frustrantes; todo estaba a nombre de Christian, y no tenía pruebas de que mi hermano hubiera aceptado cederme el control de las cuestiones económicas. Mi apelación a que Christian estaba perdido en unos bosques lejanos fue escuchada con simpatía, pero con poquísima comprensión. Se seguían pagando las cuentas de siempre, desde luego. Pero mis disponibilidades económicas mermaban rápidamente y, sin un cierto acceso a la cuenta de mi padre, me vería obligado a trabajar. Cuando llegué, estaba ansioso por conseguir un empleo honrado. Ahora, distraído y obsesionado con el pasado, sólo quería que me dejaran gobernar mi propia vida.

    El autobús iba con retraso, y el viaje de vuelta a casa atravesando los campos de Herefordshire era lento. Una y otra vez nos veíamos detenidos por el ganado que cruzaba las carreteras. Estaba a punto de anochecer cuando recorrí en bicicleta los últimos kilómetros que separaban la estación de autobuses de Refugio del Roble.

    Hacía frío en la casa. Me puse un mono sin mangas y me dediqué a preparar la chimenea, quitando las cenizas del día anterior. El aliento se me helaba en el aire, y tiritaba violentamente… y, en ese momento, comprendí que un frío tan intenso no era natural. La habitación estaba vacía. Al otro lado de las ventanas, cubiertas con cortinas de encaje, los jardines delanteros eran una mancha marrón y verde, los últimos restos visibles antes de que cayera la noche. Encendí la luz, me froté los brazos y recorrí rápidamente toda la casa.

    No había la menor duda. Aquel frío no era normal. A ambos lados de la casa, en la parte interior de las ventanas, empezaba a formarse hielo. Lo barrí con la mano y miré por el hueco a través del patio posterior.

    Hacia el bosque.

    Allí había movimiento, una leve vibración, tan tenue e intangible como los movimientos tililantes de los premitagos que, aunque poblaban mi visión periférica, habían dejado de preocuparme. Observé aquel lejano movimiento, que se deslizaba entre los árboles y matorrales del bosque, y que parecía proyectar una sombra móvil sobre el campo cubierto de cardos que separaba los árboles del jardín.

    Allí había algo, algo invisible. Algo que me miraba y se acercaba lentamente a la casa.

    Sin saber qué hacer, aterrado ante la sola idea de que el Urscumug hubiera vuelto al lindero del bosque para buscarme, cogí la pesada lanza que había fabricado durante las largas semanas de diciembre. Era una defensa primitiva y burda, pero, en cierto modo, más satisfactoria de lo que habría sido una pistola.

    Pensaba que, contra lo primitivo, no se podía usar más que un arma primitiva.

    Al bajar la escalera, noté una bocanada de aire cálido en mis mejillas heladas, como la rápida respiración de un ser que pasara junto a mí. Una sombra pareció pender sobre mi cabeza, pero desapareció rápidamente.

    En el estudio de mi padre, el aura de inquietud desapareció, quizá por no poder competir contra el poderoso residuo de intelecto que representaba el fantasma de mi padre. Eché una mirada por el balcón, hacia la parte del bosque que se veía desde allí. Antes, tuve que frotar el hielo del cristal. Me sentía como debió de sentirse mi padre, asustado, intrigado, atraído por los enigmáticos acontecimientos que tenían lugar más allá de los límites humanos de la casa y sus alrededores.

    Uno de los tentáculos pasó por encima de la valla y se extendió hasta el balcón.

    Me aparté de un salto, asustado, y el rostro que me miraba desde fuera desapareció. La sorpresa hizo que el corazón me latiera a toda velocidad, y dejé caer la lanza. Mientras me agachaba para recoger el arma, los cristales vibraron.

    La puerta de madera sufrió un violento golpe, y las gallinas parecieron enloquecer.

    Pero yo sólo podía pensar en aquella cara. ¡Era tan extraña…! Humana, sí, pero con rasgos que sólo puedo describir como élficos. Los ojos eran rasgados; el interior de la boca sonriente, de un rojo brillante. Aquel rostro no tenía nariz ni orejas, pero una hirsuta mata de cabello indomable le brotaba del cráneo y de las mejillas.

    Era a la vez cruel, malévolo, divertido y aterrador.

    De pronto, el cielo se oscureció, y fuera de la casa todo pasó a ser gris y nebuloso. Los árboles quedaron amortajados en una niebla sobrenatural, aunque un extraño brillo surgía de un punto cercano al Arroyo Arisco.

    Por fin, la curiosidad se impuso al miedo. Abrí el balcón y salí al jardín, caminando cautelosamente en la oscuridad, hacia la puerta. Por el oeste, en dirección a Grimiey, el horizonte brillaba. Podía distinguir con toda claridad las siluetas de las granjas, los matorrales y las colinas. En el este, en dirección a la mansión de los Ryhope, el anochecer también era claro. Aquella nube sombría y tormentosa sólo pendía sobre el bosque y sobre Refugio del Roble.

    Los elementales llegaron entonces con toda su potencia. Surgieron de la misma tierra, se alzaron a mi alrededor, flotando, sondeando, emitiendo extraños sonidos muy parecidos a carcajadas. Me volví para tratar de distinguir alguna forma racional en las ráfagas de criaturas, y distinguí ocasionalmente una cara, una mano, un dedo largo y curvo, con una brillante uña engarriada que me señalaba. Pero siempre desaparecían antes de que pudiera tocarlas. Alcancé a ver formas femeninas, ágiles y sensuales. Pero, sobre todo, vi los rostros sonrientes de algo que era más élfico que humano. Melenas al viento, ojos brillantes, bocas abiertas en gritos silenciosos. ¿Eran mitagos? Apenas tuve tiempo de preguntármelo. Me tocaban el pelo, me rozaban la piel. Dedos invisibles se me clavaban en la espalda y me hacían cosquillas bajo las orejas. El silencio del anochecer gris se veía quebrado por ráfagas bruscas y breves de risas traídas por el viento, o por los escalofriantes gritos de las aves nocturnas que volaban sobre mí, con alas anchas y rostros humanos.

    Los árboles más exteriores del bosque se mecían rítmicamente. En sus ramas, a través de la niebla, vi más formas, sombras que se perseguían por los campos oscuros. Estaba en el centro de una actividad sobrenatural de proporciones increíbles.

    De repente, la actividad cesó, y la luz procedente del Arroyo Arisco se hizo más intensa. El silencio era escalofriante, aterrador. El frío me helaba los huesos, y tenía calambres por todo el cuerpo. La luz fue surgiendo de la niebla y el bosque, y, al ver su fuente, me quedé atónito.

    Un bote salió navegando de entre los árboles. Se movía con seguridad sobre un arroyo demasiado pequeño para la envergadura del casco. El bote estaba pintado con colores brillantes, pero la luz provenía de la figura que se alzaba de pie en la proa. Y aquella figura me miraba. Tanto bote como hombre eran dos de las cosas más extrañas que he visto jamás. El bote tenía la proa y la popa muy altas, y una sola vela colocada en ángulo. Ningún viento hinchaba la lona gris y los aparejos negros. La madera del casco estaba llena de símbolos y dibujos. Dos extrañas estatuas adornaban la proa y la popa, y ambas gárgolas parecieron volverse para mirarme.

    El hombre brillaba con un aura dorada. Sus ojos me contemplaban desde debajo de un resplandeciente casco de bronce con una complicada cresta, casi ocultos entre las protecciones de las mejillas. La barba, blanca como la tiza y con hebras rojas, le llegaba hasta el ancho pecho. Se inclinó sobre la borda del bote, envolviéndose el cuerpo con la adornada capa. La luz que le rodeaba arrancaba destellos de su armadura metálica.

    A su alrededor, los espíritus y fantasmas que habitaban en la periferia del bosque jugaban sin cesar. Parecían perseguir la nave, muy divertidos ante el movimiento en las tranquilas aguas del arroyo.

    La mirada recíproca, a una distancia de no más de cien metros, duró todo un minuto. Entonces, empezó a soplar un extraño viento, que hinchó la vela de la escalofriante nave. Los aparejos negros se movieron, el bote se estremeció, y el hombre brillante alzó la vista hacia el cielo. A su alrededor, las fuerzas oscuras de aquella noche se reunieron, atestando el barco, gimiendo y llorando con las voces de la naturaleza.

    El hombre arrojó algo en mi dirección, y luego alzó la mano en el gesto universal de agradecimiento. Caminé hacia él, pero una repentina ráfaga de viento me cegó. Los elementales se arremolinaban a mi alrededor. Vi como el brillo dorado desaparecía lentamente, de vuelta al bosque, con la popa convertida ahora en proa y la vela llena de una saludable brisa. Por mucho que lo intenté, no pude traspasar la barrera de fuerzas protectoras que acompañaban al misterioso extranjero.

    Cuando por fin pude moverme, la nave ya había desaparecido, y la oscura nube que pendía sobre el bosque se disolvió como por ensalmo, como el humo absorbido por un ventilador. Era un anochecer luminoso. Volví a sentir calor. Me dirigí hacia el objeto que había lanzado el hombre, y lo recogí.

    Era una hoja de roble, tan ancha como mi mano, labrada en plata. Una obra maestra de artesanía. Al examinarla con más atención, vi el dibujo: una letra C en el perfil de una cabeza de jabalí. La hoja estaba rota, había un desgarrón largo y delgado, como si alguien hubiera atravesado el metal con un cuchillo. Me estremecí. Aunque entonces no sabía aún por qué la mera visión de aquel talismán me causaba temor.

    Volví a la casa para pensar en las extrañas formas mitago que todavía emergerían del bosque.


    Dos


    La lluvia se abatió sobre la tierra, una ducha húmeda que parecía venir de un cielo demasiado brillante como para portar aquel diluvio. El campo se convirtió en un lodazal traicionero, que me entorpecía el camino de vuelta a Refugio del Roble.

    La lluvia me empapó el grueso jersey y los pantalones, y la sentí sobre la piel, fría, irritante. Me había tomado por sorpresa mientras bajaba paseando de la mansión tras trabajar unas horas en el jardín, a cambio de un trozo de carnero de sus reservas de carne salada.

    Atravesé corriendo el jardín y lancé el pesado trozo de carne dentro de la cocina. Todavía bajo la lluvia, me quité el empapado jersey. El aire estaba impregnado del olor a tierra y a bosque, y cuando estaba allí, colgando la ropa mojada, la tormenta pasó, y el cielo se aclaró ligeramente.

    El sol apareció entre las nubes y, durante unos segundos, una ola cálida me animó a pensar que los últimos días de abril dejaban paso a los primeros de mayo, y que los inicios del verano estaban a la vuelta de la esquina.

    Entonces vi la matanza junto al gallinero, y un escalofrío de aprensión me hizo correr hacia la puerta de la cocina…

    Una puerta que antes había dejado cerrada, de eso estaba seguro. Una puerta que alguien había abierto mientras yo huía de la lluvia.

    Dejé el jersey y caminé cautelosamente hacia el gallinero. Allí encontré las cabezas de dos gallinas, con los cuellos todavía sangrantes, separadas de los cuerpos por un tajo de cuchillo. En el suelo, que la lluvia había reblandecido, encontré huellas de pequeños pies humanos.

    En cuanto entré en la casa, supe que había tenido un visitante durante mi ausencia. Los cajones de la mesa de la cocina estaban abiertos, así como los armarios; las jarras y latas de alimentos en conserva estaban por el suelo, algunas abiertas y medio vacías. Recorrí la casa, y observé que las huellas de barro pasaban por la sala de estar, por el estudio, que subían por la escalera y entraban en varios dormitorios.

    En mi habitación, las huellas, un vago perfil de dedos y talones, se detenían junto a la ventana. Alguien había movido mis fotografías, las de Christian y las de mi padre, que tenía sobre la cómoda. Cuando examiné a la luz las fotografías enmarcadas, advertí la huella de unos dedos sobre el cristal.

    Tanto las huellas de los dedos como las de los pies eran pequeñas, pero no infantiles. Supongo que, incluso entonces, ya sabía quién era mi visitante misterioso, y por eso no sentí tanta aprensión como curiosidad.

    Hacía pocos minutos que ella había estado allí. No había sangre en la casa, prueba evidente de que se había llevado el botín de su incursión. Pero, al acercarme por el campo, no había oído ningún ruido extraño. Entonces, todo había sucedido hacía cinco minutos, ni más ni menos. La chica se había acercado a la casa, oculta por la lluvia, para examinarlo y curiosearlo todo con una minuciosidad admirable, y luego volvió rápidamente al bosque, no sin detenerse antes para arrancar la cabeza a dos de mis preciosas gallinas. Caí en la cuenta de que, probablemente, en aquel mismo momento me observaba desde el lindero del bosque.

    Me puse una camisa y unos pantalones limpios, y salí al jardín para observar la densa maleza y los escondrijos sombríos por los que discurrían los senderos del bosque. No vi nada.

    Entonces, decidí que tendría que hacerme a la idea de volver al bosque.

    El día siguiente amaneció más luminoso, y considerablemente más seco, así que cogí la lanza, un cuchillo de cocina y un impermeable y me encaminé cautelosamente hacia el interior del bosque, hasta el claro donde había plantado mi campamento unos meses antes. Para mi sorpresa, apenas quedaban rastros de aquel campamento. La tienda de lona había desaparecido, y alguien se había llevado las latas y los botes. Al examinar cuidadosamente el terreno, sólo encontré un mástil de la tienda, doblado y retorcido. Hasta el mismo claro había cambiado: estaba lleno de retoños de roble. Ninguno alcanzaba el metro de altura, y se aglomeraban en aquel espacio, demasiados para sobrevivir, pero demasiado altos para haber crecido en el transcurso de unos pocos meses… ¡Y meses de invierno, por añadidura!

    Tiré de uno de los arbolitos y descubrí que estaba profundamente enraizado.

    Me despellejé la mano y rompí la tierna corteza antes de que la planta deshiciera su firme abrazo con la tierra.

    No volvió aquel día, ni al siguiente, pero a partir de entonces fui cada vez más consciente de que, por las noches, tenía visita. La comida desaparecía de la despensa. Los objetos, sobre todo los cacharros de cocina, cambiaban de lugar.

    Además, algunas mañanas, flotaba un extraño olor en la casa, un olor que no era de tierra, ni de mujer, sino —si pueden imaginar la extraña combinación— de una mezcla de ambas cosas. Donde más lo notaba era en el vestíbulo, y solía pasar allí largos minutos, dejando que mi olfato se inundara con aquel aroma particularmente erótico. También solía encontrar barro y rastros de hojas en el suelo y en la escalera de la casa. Mí visitante era cada vez más osada. Imaginé que, mientras yo dormía, se quedaba en la puerta del dormitorio, y me miraba.

    Por extraño que parezca, la idea no me causaba aprensión.

    Puse la alarma del reloj para despertarme a medianoche, pero sólo conseguí dormir mal y levantarme de un humor espantoso. La primera vez que sonó el despertador, descubrí que mi visitante ya había pasado, porque el fuerte olor a mujer y a bosque inundaba la casa, excitándome de una manera que casi me avergüenza reconocer. En la segunda ocasión, ella no me visitó. La casa estaba en silencio. Eran las tres de la madrugada, y sólo olía a lluvia. Y a cebollas, parte de mi cena.

    Pero, en aquella ocasión, me alegré de haber puesto el despertador tan temprano: aunque mi ninfa del bosque no estaba a la vista, tenía otras visitas. En cuanto me incorporé en la cama, oí el ruido de las gallinas, nerviosas.

    Inmediatamente, corrí escalera abajo, hacia la puerta trasera, y sostuve en alto la lámpara de aceite. Tuve tiempo de ver un instante dos figuras de hombres, altos y robustos, antes de que el cristal de la lámpara saltara en pedazos y la llama se extinguiera. Al pensar en aquel incidente, recuerdo el silbido en el aire cuando lanzaron la piedra, con una puntería casi increíble.

    En la oscuridad, observé a los dos hombres, y ellos me devolvieron la mirada.

    Uno tenía la cara pintada de blanco, y parecía ir desanudo. El otro llevaba unos pantalones anchos y una capa corta. Tenía el pelo largo y rizado, pero quizá sólo imaginé ese detalle. Cada uno llevaba un pollo vivo, agarrado por el cuello para ahogar los gritos del animal. Mientras les miraba, retorcieron la cabeza a los pollos, echaron a andar hacia la valla y se alejaron en la noche. Justo antes de perderse en la oscuridad, el de los pantalones anchos se volvió hacia mí y me saludó.

    Me quedé despierto hasta el amanecer, sentado en la cocina, mordisqueando un trozo de pan y tomando dos tazas de té que, en realidad, no me apetecían. En cuanto amaneció, me vestí por completo y bajé a investigar el gallinero. Ahora sólo quedaban dos animales, que paseaban irritados por la arena llena de grano, y cloqueaban, casi resentidos.

    —Haré lo que pueda —les dije—, pero tengo la sensación de que sufriréis el mismo destino.

    Las gallinas se alejaron de mí, quizá pidiendo que les dejara disfrutar su última comida en paz.

    Un brote de roble, de diez centímetros de altura, crecía en medio del gallinero.

    Sorprendido y fascinado, lo arranqué. Me intrigaba el modo en que la misma naturaleza parecía infiltrarse en mis territorios, que tan celosamente guardaba.

    Alerta ante todo lo que brotaba del suelo, examiné los alrededores.

    Los retoños de roble crecían por todo el jardín contiguo al estudio, incluso en el campo de cardos que conectaba esa zona con el bosque. Había más de un centenar de brotes, ninguno de los cuales alcanzaba los quince centímetros de altura, dispersos por el jardincillo que iba del balcón del estudio hasta la verja.

    Salté la valla y vi que aquel campo, descuidado desde hacía muchos años, estaba ahora cubierto de brotes. Eran más altos cuanto más cerca del bosque crecían, tenían casi mi altura. Calculé la anchura y extensión que ocupaban, y comprendí con un escalofrío que una especie de tentáculo del bosque, de doce o quince metros de altura, se tendía hacia la casa, hacia la polvorienta biblioteca.

    Comencé a verlo como un pseudópodo de bosque que intentaba arrastrar la casa hacia el aura del bloque principal. No sabía si dejar allí los robles, o arrancarlos. Pero, cuando me agaché para aplastar uno, la actividad premitago en mi visión periférica se agitó, casi furiosa. Decidí dejar que siguieran con su extraño crecimiento. Llegaban hasta la misma casa, pero podría destruirlos cuando fueran demasiado grandes, aunque crecieran a una velocidad anormal.

    La casa estaba encantada. La sola idea me fascinaba, aunque escalofríos de miedo me recorrieran la columna vertebral. Pero no era un terror auténtico, sino la misma sensación de miedo e inquietud que se tiene al ver una película de Boris Karloff, o al escuchar un relato de fantasmas por la radio. Pensé que yo mismo me había convertido en parte del hechizo que tenía lugar en Refugio del Roble, y que, por tanto, mi respuesta a los signos y manifestaciones de presencia espectral no era normal.

    O quizá fuera algo aún más sencillo: quería a la chica. A la chica. La chica del bosque que había obsesionado a mi hermano y que yo sabía visitaba de nuevo Refugio del Roble, en su nueva vida. Quizá gran parte de lo que sucedió tuvo su raíz en mí desesperada necesidad de amor, de encontrar en aquella criatura del bosque lo mismo que había encontrado Christian. Yo tenía veintipocos años, y a excepción de un asunto con una chica del pueblo francés donde había vivido tras la guerra, una relación físicamente excitante, pero intelectualmente vacía, no tenía ninguna experiencia en el amor, en esa comunión de cuerpo, mente y alma que la gente llama amor. Christian lo había encontrado, y lo había perdido. Aislado en Refugio del Roble, a kilómetros de ninguna parte, no es de extrañar que la idea del regreso de Guiwenneth empezara a obsesionarme.

    Y, con el tiempo, regresó como algo más que un aroma pasajero, que unas huellas húmedas en el suelo. Llegó en carne y hueso. Yo ya no le inspiraba miedo, sino curiosidad. Igual que ella a mí.

    Estaba acuclillada junto a mi cama. La luz de la luna le arrancaba destellos del pelo. Apartó la mirada de mí, creo que nerviosa, y la misma luz se le reflejó en los ojos. Sólo obtuve una ligera impresión de ella, y cuando se irguió en toda su altura, no pude ver más que una forma esbelta envuelta en una amplia túnica.

    Llevaba una lanza, y apoyaba contra mi garganta la fría hoja de metal. Tenía los bordes afilados y, cada vez que me movía, la apretaba para arañarme la piel del cuello. Era un encuentro doloroso, y yo no pensaba permitir que resultara fatal.

    Así que me quedé allí, quieto, durante las horas posteriores á la medianoche, y escuché su respiración. Parecía un poco nerviosa… Estaba allí porque… ¿qué puedo decir? Porque buscaba algo. Es la única explicación que se me ocurre. Me buscaba a mí, o algo relativo a mí. De la misma manera que yo la buscaba a ella.

    Tenía un olor penetrante, la clase de olor que he llegado a asociar con la vida en los bosques y en lugares remotos de tierras yermas, con una vida en la que el aseo habitual es un lujo, y en la que a uno se le identifica por su olor tanto como en nuestro siglo se le identifica por su ropa.

    Tenía un olor… terrenal. Sí. Y también a sus propias secreciones: olor a sexo, penetrante, no desagradable; y a sudor, salado, acre. Cuando se acercó y se inclinó para mirarme, me dio la impresión de que tenía el pelo rojo y los ojos brillantes, salvajes. Me dijo algo así como «Ymma m'ch buth?». Repitió las palabras varias veces.

    —No comprendo —respondí.
    —Cefrachas. Ichna which chfathab. Mich ch'athaben!

    —No comprendo.

    —Mich ch'athaben! Cefrachas!

    —Mira, me gustaría entenderte, pero no puedo. —La hoja me presionó más el cuello. Me aparté ligeramente y alcé una mano muy despacio hacia el frío metal.
    Poco a poco, aparté el arma, sonriente, esperando que, pese a la oscuridad, pudiera ver mi servilismo.

    Ella dejó escapar un sonido de frustración o desesperación, no estoy muy seguro. Su ropa era de factura grosera. Aproveché la breve oportunidad para tocarle la túnica, y advertí que el tejido era rudo, como tela de saco, y que olía a cuero. Su presencia era poderosa, imponente. Pero su aliento sobre mi cara era dulce y ligeramente… estimulante.

    —Mich ch'athaben! —repitió, esta vez casi sin esperanzas.

    —Mich Steven —respondí, preguntándome si estaría en el camino correcto.

    Pero ella se quedó en silencio.

    —¡Steven! —repetí, mientras me señalaba el pecho—, Mich Steven.
    —Ch'athaben —insistió ella.

    Y me arañó profundamente la piel con el arma.

    —Hay comida en la despensa —ofrecí—. Ch'athaben. Abajen. Escaleren.

    —Cumchirioch —respondió, furiosa. Me sentí insultado.

    —Oye, hago lo que puedo. ¿Tienes que seguir clavándome esa lanza?

    Brusca, inesperadamente, me agarró por el pelo, me echó la cabeza hacia atrás y observó mi rostro.

    Un momento más tarde, había desaparecido silenciosamente, escalera abajo.

    Aunque la seguí tan de prisa como pude, parecía tener alas en los pies, y las sombras de la noche la devoraron. Me quedé en la puerta trasera, buscándola, pero no vi ni rastro de ella.

    —¡Guiwenneth! —grité a la oscuridad. ¿O quizá no se conocería a sí misma por aquel nombre? ¡Quizá sólo era el nombre que le había dado Christian! Repetí la llamada, cambiando cada vez la sílaba de énfasis.

    —¡Gwmneth! ¡Gwmeth! ¡Vuelve, Guiwenneth! ¡Vuelve!

    En el silencio de las primeras horas de la madrugada, mi voz regresó clara, hueca, reflejada por las sombras del bosque. Un movimiento entre los matorrales de espinos cortó mi grito a media frase.

    La escasa luz de la luna me impedía ver bien quién había allí, pero seguro que se trataba de Guiwenneth. Estaba allí, quieta, mirándome. Supuse que la intrigaba que le llamara por su nombre.

    —Guiwenneth —exclamó suavemente. Era un sonido más sibilante, más gutural, con una pronunciación parecida a chwin aiv.

    Alcé la mano en gesto de despedida.

    —Entonces, buenas noches, Chwin aiv.

    —Inos'c da… Stivven…

    Las sombras del bosque la reclamaron de nuevo, y esta vez, no reapareció.


    Tres


    Durante el día, exploré la periferia del bosque, tratando de penetrar hacia el interior, pero sin conseguirlo. Fueran cuales fuesen las fuerzas que defendían el corazón del bosque, no confiaban en mí. Caminé y me enredé con la maleza, para acabar una y otra vez junto a un tocón lleno de musgo, cubierto de espinos, insalvable, o para encontrarme frente a un muro de roca que se alzaba del suelo, oscuro y amenazador, erosionado, cubierto de las raíces retorcidas llenas de musgo de los grandes robles que crecían allí.

    Junto al riachuelo del molino, vi al Brezo. Y cerca del Arroyo Arisco, donde el agua era más turbulenta al pasar bajo la valla podrida, distinguí otros mitagos que se movían cautelosamente entre la maleza, aunque apenas pude distinguir sus rostros a través de la pintura con que se embadurnaban la piel.

    Alguien había eliminado los brotes que crecían en el claro, y encontré restos evidentes de una hoguera. Huesos de conejos y pollos yacían por doquier, y alguien había estado fabricando armas, pues sobre la hierba encontré esquirlas de piedra y trozos de corteza de madera joven, utilizada para hacer el asta de una flecha, oí una lanza.

    Era consciente de la actividad que me rodeaba, nunca a la vista, pero siempre al alcance del oído: movimientos furtivos, carreras rápidas, repentinas, y una llamada extraña, escalofriante…, como la de un pájaro, sí, pero de factura claramente humana. Los bosques estaban llenos de creaciones de mi propia mente… o de la mente de Christian. Y parecían especialmente abundantes alrededor del claro y del arroyo. De noche, salían del bosque por el tentáculo de robles que se tendía hacia el estudio.

    Me moría por adentrarme más en el bosque, pero nunca se me permitía. Mi curiosidad sobre lo que había a doscientos metros de la periferia comenzó a crecer… y, en mi imaginación, creé paisajes y seres tan extraños como durante la expedición imaginaria del Viajero.

    Habían pasado tres días desde el primer contacto de Guiwenneth conmigo cuando se me ocurrió por fin una idea para adentrarme en el bosque. No sé cómo no lo había pensado antes. Quizá Refugio del Roble estaba tan lejos del curso normal de la existencia humana, quizá las tierras que rodeaban Ryhope se hallaban tan lejos de la civilización tecnológica en cuyo corazón yacían, que sólo me permitían pensar en términos primitivos: caminar, correr, explorar sobre el terreno.

    Hacía muchos días que era consciente del sonido, y a veces de la presencia, de un pequeño monoplano que trazaba círculos sobre las tierras al este del bosque.

    En dos ocasiones, el avión —un Percival Proctor, creo— se había acercado bastante al Bosque Ryhope, antes de dar media vuelta y desaparecer en la distancia.

    Entonces, en Gloucester, cuando regresaba del banco, volví a ver el avión, u otro muy parecido. Descubrí que estaba tomando fotos aéreas de la ciudad.

    Operaba desde el Aeródromo de Mucklestone, y cubría una zona de unos cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, por encargo del Ministerio de la Vivienda.

    Si pudiera convencerles para que me «alquilasen» el asiento del pasajero durante una tarde, podría sobrevolar el bosque y ver el centro desde un punto ventajoso, hasta el que no llegarían las defensas sobrenaturales…

    Un sargento de las Fuerzas Aéreas me recibió junto a la puerta de la verja que marcaba los límites del Aeródromo Muckiestone. Me acompañó en silencio hasta el grupo de blancas cabañas prefabricadas que servían de oficinas, edificios de control y comedores. Dentro hacía más frío que fuera. Toda la zona era desagradablemente ruinosa y despoblada, aunque oí el teclear de una máquina de escribir, y unas carcajadas a lo lejos. Los dos aviones estaban en la pista; uno de ellos, evidentemente, en reparación. Era una tarde fría, el viento soplaba desde el sudeste, y parecía colarse por todas las rendijas de la destartalada habitación adonde me llevó mi guía.

    El hombre que me recibió con una sonrisa insegura tendría poco más de treinta años, pelo rubio, ojos brillantes y una desagradable cicatriz de una quemadura que le cubría la barbilla y la mejilla izquierda. Llevaba el uniforme y la insignia de capitán de la RAF, pero no se había abrochado el cuello de la camisa, y calzaba zapatos de lona en vez de botas. En él, todo era natural, todo delataba confianza. Pero, al estrecharme la mano, frunció el ceño.

    —Creo que no comprendo exactamente lo que quiere, señor Huxley. Siéntese, por favor.

    Hice lo que me indicaba, y contemplé el mapa de los alrededores extendido sobre el escritorio. Descubrí por la placa que se llamaba Harry Keeton. Y, evidentemente, había volado durante la guerra. La cicatriz de la quemadura era tan fascinante como horrible; pero él la llevaba con orgullo, como una medalla: al parecer, la grotesca marca no le molestaba en absoluto.

    Si yo le miré con curiosidad, él también parecía sorprendido por mi presencia y, tras unos segundos de intercambiar miradas titubeantes se echó a reír, nervioso.

    —No me piden prestado un avión todos los días. A veces viene algún granjero que quiere una fotografía aérea de su casa. Y arqueólogos. Ésos siempre quieren fotografías al amanecer o al anochecer. Por las sombras, ¿sabe? Así descubren marcas en los campos, emplazamientos antiguos, cosas por el estilo. Pero usted quiere sobrevolar un bosque, ¿no?

    Asentí. Aún no había descubierto en qué punto del mapa estaba la hacienda Ryhope.

    —Es un bosque muy extenso que se encuentra cerca de mi casa. Quiero volar sobre él y tomar algunas fotos.

    El rostro de Keeton se convirtió en una máscara de preocupación. Sonrió y se rozó la cicatriz de la mandíbula.

    —La última vez que volé sobre un bosque, un francotirador hizo el mejor disparo de su vida y me derribó. Fue en el cuarenta y tres. Yo iba en un Lysander. Un buen avión. Es una maravilla pilotarlo, pero aquel disparo… directo al tanque de fuel, y abajo. Caí entre los árboles, tuve suerte de salir vivo. Me ponen nervioso los bosques, señor Huxley. Pero supongo que en el suyo no habrá francotiradores.

    Me sonrió amistoso, y yo le devolví la sonrisa, sin atreverme a decirle que no podía garantizárselo.

    —¿Dónde está exactamente ese bosque? —preguntó.
    —En la hacienda Ryhope —respondí.

    Me puse de pie y me incliné sobre el mapa. Sólo tardé un momento en localizar el nombre. Era extraño, pero no había ninguna indicación del bosque, sólo una línea de puntos marcaba la extensión de la gran propiedad.

    Cuando me erguí, Keeton me miraba de una manera muy peculiar.

    —No está señalado. Qué extraño.

    —Mucho —replicó.
    Su tono era neutro, o quizá consciente.

    —¿Es muy grande ese lugar? —preguntó—. ¿Qué extensión tiene?

    Seguía mirándome.

    —Es bastante grande. Debe de tener casi diez kilómetros de perímetro…

    —¡Diez kilómetros! —exclamó. Ensayó una leve sonrisa—. ¡Eso no es un bosque, es una selva!

    En el silencio que siguió fui consciente de que Keeton sabía algo sobre el Bosque Ryhope.

    —Usted ha volado muy cerca de ese lugar —señalé—. Usted, o uno de sus pilotos.

    Asintió rápidamente, sin dejar de mirar el mapa.

    —Era yo. ¿Me vio?

    —Fue lo que me empujó a venir a este aeródromo. —No respondió nada, parecía un tanto cauteloso. Seguí hablando—. Entonces, ha debido de notar la anomalía. Es extraño que no haya ninguna señal en el mapa…

    En vez de responder a mi comentario, Harry Keeton se echó hacia atrás en la silla y jugueteó con un lápiz. Estudió el mapa, me miró, y volvió a fijar la vista en el papel.

    —No sabía que hubiera un bosque medieval de robles tan grande todavía sin localizar en los mapas —dijo, y preguntó—: ¿Está explorado?

    —En parte. Pero en su mayoría es virgen.

    Volvió a echarse hacia atrás en la silla. La cicatriz se le había oscurecido ligeramente, y me pareció que Keeton estaba conteniendo una emoción creciente.

    —Eso ya es sorprendente de por sí —dijo—. El Bosque de Deán es enorme, claro, pero está explorado. Y hay un bosquecillo salvaje en Norfolk. He estado allí… —Titubeó, y frunció el ceño ligeramente—. Hay otros. Todos son pequeños, simples bosquecillos a los que se ha permitido seguir vírgenes. En realidad, no son auténticos bosques salvajes.

    De pronto, Keeton parecía muy nervioso. Contempló el mapa, la zona de Ryhope, y me pareció oír que murmuraba algo como «Así que yo tenía razón…».

    —Entonces, ¿me llevará sobre el bosque? —pregunté. Keeton me miró con gesto de sospecha.
    —¿Por qué quiere sobrevolarlo?

    Iba a decírselo, pero me interrumpí.

    —No quiero hablar de ello.

    —Lo comprendo.

    —Mi hermano está vagando por algún lugar de ese bosque. Hace meses que se adentró para explorarlo, y todavía no ha vuelto. No sé si está extraviado, o muerto, pero me gustaría observar ese bosque desde el aire. Ya sé que es algo irregular…

    Keeton estaba inmerso en sus propios pensamientos. Se había quedado bastante pálido, a excepción de la quemadura de la mandíbula. De pronto, clavó los ojos en mí, y asintió.

    —¿Irregular? Bueno, sí. Pero me las arreglaré. Será un poco caro. Tengo que cobrarle el fuel…

    —¿Cuánto?
    Citó una cifra aproximada por un vuelo de noventa kilómetros, una cifra que me dejó blanco. Pero asentí, y me sentí aliviado al descubrir que no habría más costas. Él mismo pilotaría el avión. Giraría las cámaras hacia el Bosque Ryhope, y lo incluiría en el mapa que estaba confeccionando de la zona.

    —Tarde o temprano habrá que hacerlo, así que tanto da que sea ahora. Lo más temprano que podemos volar es mañana, después de las dos. ¿Le va bien?

    —Perfectamente —asentí—. Aquí estaré.

    Nos estrechamos la mano. Al salir del despacho, volví la vista atrás. Keeton estaba de pie, inmóvil tras su escritorio, examinando el mapa. Advertí que las manos le temblaban ligeramente.

    Hasta entonces, yo sólo había volado una vez. En aquella ocasión, el viaje había durado cuatro horas, y fue en un destartalado Dakota, lleno de agujeros de bala, que despegó durante una tormenta y aterrizó con los neumáticos desinflados en la autopista de Marsella. No me había enterado demasiado del pequeño drama, ya que estaba anestesiado y semiinconsciente. Era un vuelo de evacuación, preparado con grandes dificultades, hacia el lugar de convalecencia donde me recuperaría de la herida de bala que había sufrido en el pecho.

    Así que, a efectos prácticos, el vuelo en el Percival Proctor fue mi primer viaje por el aire, y cuando el endeble avión pareció saltar hacia los cielos, me agarré firmemente a los brazos del asiento, cerré los ojos, me concentré, y traté de contener el paquete de entrañas que quería irrumpir por mi garganta. Creo que en toda mi vida no me había sentido tan potencialmente mareado, y todavía no entiendo cómo conseguí recuperar el equilibrio. Cada pocos segundos, mi cuerpo y mi estómago entraban en conflicto, cada vez que una corriente —una termal, como las llamaba Keeton— parecía agarrar el avión con dedos invisibles, y lanzarlo hacia arriba o hacia abajo a velocidades alarmantes. Las alas resistían y se tambaleaban. A pesar del casco y de los auriculares, oía el chirriar quejumbroso del fuselaje de aluminio cuando la pequeña estructura entró en combate contra los elementos desencadenados.

    Trazamos dos círculos sobre el aeródromo, y por fin me arriesgué a abrir los ojos. Al principio me sentí desorientado cuando vi que lo que se divisaba desde la ventanilla lateral no era un horizonte lejano, sino campos cultivados. Pronto, mi cerebro y mi oído interno se pusieron de acuerdo, y me acostumbré a la idea de estar a varios cientos de metros por encima del suelo, apenas consciente de la confusión de mi cuerpo en relación con la gravedad. Luego, Keeton maniobró violentamente hacia la derecha —¡y entonces no sentí desorientación, sino pánico! Y el avión se encaminó hacia el norte. El brillante sol no nos permitía ver nada hacia el oeste, pero acercando mucho los ojos a la ventanilla lateral, fría y un tanto sucia, alcancé a ver el suelo, con los brillantes grupos dispersos de edificios blancos que formaban los pueblos y las ciudades.

    —Si se marea —me gritó Keeton, con una voz que me arañó los oídos—, utilice la bolsa de plástico que tiene al lado, por favor.

    —Estoy bien —le respondí, al tiempo que buscaba la tranquilizadora bolsa.

    Una ráfaga cruzada golpeó el avión, y el estómago se me subió al pecho antes de que le acompañaran el resto de los órganos. Aferré la bolsa con más fuerza al sentir el agudo sabor de la saliva en la boca, esa desagradable sensación fría que precede a las náuseas. Y, tan silenciosa y rápidamente como me fue posible, humillado por completo, cedí ante la violenta necesidad de vaciar mi estómago.

    Keeton se echó a reír.

    —Qué desperdicio de rancho —dijo.

    —Me alegro de librarme de él.

    En seguida me encontré mejor. Quizá la ira ante mi propia debilidad, quizá el simple hecho de tener el estómago vacío, fue lo que me permitió asimilar con más alegría el aterrador hecho de volar a cientos de metros sobre el suelo. Keeton estaba revisando las cámaras, más concentrado en ellas que en nuestro paso por el cielo. El volante semicircular se movía con voluntad propia, y aunque el avión parecía en manos de unos dedos gigantescos que lo bandearan de derecha a izquierda, que lo lanzaban hacia abajo a velocidad alarmante, seguíamos un rumbo recto. Bajo nosotros, las granjas se fundían con el denso verde de los bosques. Uno de los afluentes del Avon era una tira de lodo que corría sin rumbo a lo lejos. Las sombras de las nubes pasaban como humo sobre los parches que eran los campos, y todo parecía perezoso, plácido, pacífico.

    Entonces, Keeton dejó escapar una exclamación.

    —Santo Dios, ¿qué es eso?

    Miré hacia adelante, sobre su hombro, y vi el oscuro comienzo del Bosque Ryhope en el horizonte. Una gran nube parecía pender sobre aquella franja de tierra, una extraña oscuridad, como si una tormenta se estuviera abatiendo sobre los árboles. Pero el cielo estaba casi despejado. Había nubes, sí, cualquiera podía verlas, pero eran tan escasas y veraniegas como todas las que se divisaban en aquel momento sobre el oeste de Inglaterra. Aquella sombra parecía surgir hacia el cielo desde el mismo bosque y, cuando nos acercamos, la oscuridad afectó a nuestro estado de ánimo, llenándonos de pensamientos sombríos y de temor.

    Keeton lo formuló en voz alta, y desvió el pequeño avión hacia la derecha, para bordear el bosque. Miré hacia abajo para ver Refugio del Roble, un destartalado edificio de tejado gris. Las tierras de los alrededores se veían negras, y los brotes de robles crecían cada vez más aglomerados hacia la extensión dé la casa donde estaba localizado el estudio.

    El bosque mismo parecía oscuro, sombrío, hostil. Observé las copas de los árboles sin encontrar el menor hueco entre ellas. Formaban un mar verde grisáceo azotado por el viento; algo casi orgánico, una entidad que respiraba y se movía inquieta bajo una mirada aérea a la que no daba la bienvenida.

    Keeton voló a cierta distancia del Bosque Ryhope, rodeando el perímetro, y me pareció que el cuerpo principal del bosque no era tan vasto como me había parecido al principio. Observé el curso del Arroyo Arisco, una pequeña corriente sinuosa, casi errática, de aguas color gris oscuro a las que el sol sólo conseguía arrancar un destello de cuando en cuando. Se podía seguir el rumbo del arroyo un buen trecho en su camino hacia el bosque, antes de que las copas de los árboles se cerraran sobre él.

    —Voy a hacer una pasada de este a oeste —anunció de repente Keeton.

    Ante mis ojos atónitos, el bosque se inclinó y, de pronto, pareció precipitarse hacia mí como un borracho, agrandándose, extendiéndose silenciosamente.

    Entonces, una corriente de viento sorprendentemente fuerte atrapó al avión.

    Nos lanzó hacia arriba, y el avión casi giró sobre sí mismo cuando Keeton luchó con los controles, tratando de nivelar el aparato. Una extraña luz dorada surgió de la punta del ala y del motor, como si voláramos a través de un arco iris. Algo golpeó el flanco derecho del avión, y lo empujó hacia la periferia del bosque, de vuelta hacia terreno descubierto. Alrededor de la cabina se oía un aullido fantasmal, como el de un banshee. Era tan ensordecedor, que los gritos de rabia y miedo de Keeton, que me llegaban a través de los auriculares de la radio, resultaban casi inaudibles.

    En cuanto llegamos a los confines del bosque, conseguimos una calma relativa.

    El avión se niveló, descendió ligeramente, y sólo se tambaleó cuando Harry Keeton maniobró para intentar sobrevolar el bosque por segunda vez.

    Keeton estaba en silencio. Yo quería hablar, pero descubrí que tenía la lengua paralizada. Así que clavé la vista en el muro de sombras que se extendía ante nosotros. ¡Otra vez aquel viento!

    El avión se tambaleó bruscamente sobre los primeros cien metros de bosque, y la luz que empezaba a envolvernos se tornó más intensa: se arrastraba por las alas, y jugaba como pequeños relámpagos sobre la misma cabina. El aullido alcanzó una intensidad que me hizo gritar, y el avión recibía tales bandazos que estuve seguro de que se rompería de un momento a otro, como la maqueta de un niño.

    Conseguí echar un vistazo a través de la luz, y vi explanadas, claros, un río…

    Sólo fue una brevísima visión de un bosque totalmente oscurecido por las fuerzas sobrenaturales que lo guardaban.

    De pronto, el avión se volvió panza arriba. Estoy seguro de que grité al deslizarme en el asiento, y sólo el fuerte cinturón de cuero impidió que me estrellara contra el techo. El avión giró sobre sí mismo una y otra vez. Keeton luchaba por nivelarlo, y su voz era un rugido desesperado de rabia y confusión. El aullido del exterior se convirtió en una especie de risa burlona y, de pronto, el pequeño aparato fue lanzado hacia las afueras del bosque. Giró dos veces más, se enderezó, y estuvo peligrosamente cerca de estrellarse contra el suelo.

    Se elevó a duras penas, se tambaleó sobre los campos y las granjas, y huyó, casi asustado, del Bosque Ryhope.

    Cuando Keeton consiguió tranquilizarse, elevó el avión hasta unos trescientos metros y, pensativo, clavó la vista en el horizonte, en el bosque: un lugar cubierto por una extraña penumbra que le había impedido explorarlo.

    —No sé qué diablos ha causado eso —me dijo en un susurro—. Pero, ahora mismo, prefiero no planteármelo. Estamos perdiendo fuel. Debe de haber una grieta en el tanque. Agárrese al asiento…

    Y el avión se deslizó hacia el sur, hacia el campo de aterrizaje, donde Keeton descargó las cámaras y dejó que me las arreglara solo. Parecía muy impresionado. Y ansioso por alejarse de mí.


    Cuatro


    Mi relación sentimental con Guiwenneth del Bosque Verde comenzó al día siguiente, de manera inesperada, dramática…

    No volví a casa hasta bien entrada la noche. Estaba cansado, nervioso, y más que predispuesto para meterme en la cama. La alarma del reloj no consiguió despertarme, y dormí hasta las once y media de la mañana siguiente. Era un día luminoso, aunque el cielo estuviera encapotado. Tras desayunar, salí a pasear por el campo, y me dediqué a observar el bosque desde un punto a unos setecientos metros de distancia.

    Era la primera vez que veía desde el suelo la misteriosa oscuridad ligada al Bosque Ryhope. Me pregunté sí aquella aparición se habría desarrollado recientemente, o si yo había estado tan inmerso, tan concentrado en el aura del bosque, que no me había dado cuenta de aquel enigma. Caminé de vuelta a la casa. Hacía algo de frío para llevar sólo un jersey y unos pantalones amplios, pero no me sentía incómodo en aquellos últimos días de la primavera, ya casi los primeros del verano. Impulsivamente, paseé hasta la alberca del molino, el lugar donde me había reencontrado con Christian por primera vez en años, pocos meses antes.

    Aquel lugar me atraía. Incluso en invierno, cuando la superficie de la alberca se helaba alrededor de las cañas y arbustos de las encenagadas orillas. Ahora estaba cubierto de escorias, pero la parte central parecía clara y transparente. Las algas que todavía no habían transformado la alberca en un campo de hierbas no habían salido aún de su hibernación. Advertí que el casco podrido del bote de remos, que había estado atracado junto a los restos del embarcadero desde que yo tenía memoria, ya no se encontraba allí.

    La cuerda que le había mantenido amarrado, ¿contra qué temibles mareas? Quedaba por debajo del nivel del agua, e imaginé que en cualquier momento de aquel lluvioso invierno el destrozado bote se había hundido en el fondo cenagoso.

    Al otro lado de la alberca empezaba el denso bosque: una muralla de matorrales, arbustos y espinos, que se alzaba como una verja entre los delgados troncos de los robles. No había manera de atravesarla, porque los mismos robles habían crecido en terreno tan lodoso que un ser humano no podía pasar por allí.

    Caminé hacia el comienzo del lodazal, apoyándome en un tronco inclinado y tratando de atisbar algo en la penumbra del bosque. ¡Y un hombre salió de allí para dirigirse hacia mí!

    Era uno de los dos que se habían acercado a mi casa pocas noches antes, el hombre del pelo largo que llevaba pantalones. Ahora pude ver que su apariencia era la de un monárquico de los tiempos de Cromwell, a mediados del siglo diecisiete. Estaba desnudo de cintura para arriba, a excepción de dos arneses de cuero cruzados sobre el pecho, de los cuales colgaba un cuerno de pólvora, una saca de cuero con balas de plomo, y una daga. Tenía el pelo muy rizado, al igual que la barba y los bigotes.

    Las palabras que me dirigió me sonaron cortantes, casi furiosas, pero sonreía.

    Creí que hablaba en algún idioma extranjero, pero después descubrí que era inglés, un inglés con fuerte acento del interior. Me había dicho: «Eres de la sangre del extranjero, eso es lo único que importa…». Pero, en aquel momento, no pude identificar las palabras.

    Sonido, acentos, palabras… Entonces, lo más importante era que había alzado un trabuco de cañón brillante, retiraba el seguro con un esfuerzo considerable, se lo apoyaba en el pecho y disparaba contra mí. Si era un disparo de aviso, se trataba de un tirador cuya habilidad merecía la mayor admiración. Sí había intentado matarme, podía considerarme muy afortunado. La bala me rozó una sien. Yo estaba retrocediendo, alzando las manos en gesto defensivo, al tiempo que gritaba, «¡No! ¡Por lo que más quiera, no…!».

    El sonido de la descarga fue ensordecedor, pero todo se perdió rápidamente entre el dolor y la confusión, cuando la bala me golpeó la cabeza. Recuerdo que me lanzó hacia atrás como un pelele, y las gélidas aguas de la alberca se cerraron sobre mí. Entonces, durante un instante sólo hubo oscuridad. Y cuando recuperé el conocimiento, estaba tragando las sucias aguas. Chapoteé y luché contra el lodo, los hierbajos y los arbustos que parecían atraparme.

    No sé cómo conseguí salir a la superficie, y tomé aire mientras tosía violentamente.

    Sólo entonces vi un brillante bastón decorado, y comprendí que alguien me ofrecía una lanza como asidero. Una voz femenina dijo algo incomprensible, en todo menos en el sentimiento, y me agarré agradecido a la fría madera, todavía más ahogado que vivo.

    Sentí que limpiaban mi cuerpo de los hierbajos, y que unas manos fuertes me agarraban por los hombros y me arrastraban, mientras yo parpadeaba para limpiarme el agua y el barro de los ojos. Al mirar hacia arriba, vi dos rodillas desnudas, y luego la forma esbelta de mi salvadora, que se inclinó sobre mí y me obligó a tenderme boca abajo.

    —¡Estoy bien! —le espeté.

    —B'th towethoch! —insistió ella.

    Y unas manos fuertes me masajearon la espalda. Sentí que el agua me salía de los pulmones, y vomité la mezcla de líquido y lodo. Al fin, conseguí sentarme, y le aparté las manos.

    Ella retrocedió, todavía en cuclillas, mientras yo me limpiaba el barro de la cara.

    Entonces la vi claramente por primera vez. Me miraba, y se reía, casi burlona, de mi lamentable estado.

    —No tiene gracia —dije, observando ansioso el bosque que se extendía a su espalda.
    Pero mi atacante había desaparecido. Y, mirando a Guiwenneth, pronto me olvidé de él.

    Tenía un rostro asombroso, de piel clara, algo pecosa. Su pelo era de un castaño rojizo deslumbrante, y le caía en largas guedejas despeinadas sobre los hombros. Esperaba que los ojos fueran de un verde brillante, pero su color era un castaño profundo. Cuando me miró divertida, me sentí arrastrado por aquella mirada, fascinado por cada pequeño rasgo del rostro, por la forma perfecta de la boca, por las hebras de salvaje pelo rojo que le caían por la frente. Llevaba una túnica corta de algodón, teñida de color marrón. Sus piernas y brazos eran esbeltos, pero con músculos firmes. Advertí que tenía profundos arañazos en las rodillas. Llevaba unas sandalias abiertas, de factura grosera.

    Las manos que me habían arrastrado, que con tanta fuerza me habían sacado el agua de los pulmones, eran pequeñas y delicadas, con uñas cortas y rotas.

    Llevaba unas muñequeras de cuero negro y del estrecho cinturón con tachonaduras de hierro pendía una espada corta, embutida en una vaina gris.

    Así que ésta era la chica de la que tan desesperadamente se había enamorado Christian. Al mirarla, al experimentar una atracción hacia ella que nunca antes había sentido, al intuir su sexualidad, su sentido del humor, su fuerza, comprendí perfectamente por qué.

    Me ayudó a ponerme en pie. Era alta, casi tanto como yo. Miró a su alrededor, me dio una palmadita en el brazo y echó a andar hacia la maleza, en dirección a Refugio del Roble. Yo la detuve, negando con la cabeza. Ella se detuvo y dijo algo, furiosa.

    —Estoy empapado, y muy incómodo —dije. Me froté las manos contra la ropa, llena de lodo y hierbajos, y sonreí.

    —No pienso volver a casa atravesando el bosque. Iré por el camino fácil…

    Me dirigí hacia el sendero. Guiwenneth me gritó algo, y se palmeó el muslo, exasperada. Me siguió de cerca, sin alejarse de los árboles. Desde luego era una experta, y apenas hacía el menor ruido. Sólo cuando me detenía y observaba atentamente la maleza, podía verla un instante. Cuando yo me paraba, ella se paraba, y el sol arrancaba de su pelo reflejos que siempre debían de traicionar su presencia. Parecía bañada en fuego. En los bosques oscuros, era como un faro, y no debía de resultarle fácil sobrevivir.

    Cuando llegué a la puerta del jardín, me volví para buscarla. Salió rápidamente del bosque, con la cabeza baja y la lanza firmemente asida en la mano derecha, mientras con la izquierda agarraba la vaina de la espada para que no rebotara en el cinturón. Pasó junto a mí corriendo, atravesó el jardín a toda velocidad, se apoyó contra el muro de la casa a sotavento, y volvió la vista hacia los árboles, ansiosa.

    Pasé junto a ella y abrí la puerta trasera. Con una mirada salvaje, se deslizó hacia el interior.

    Cerré la puerta detrás de mí, y seguí a Guiwenneth, que recorría la casa, curiosa, dominante. Dejó caer la lanza sobre la mesa de la cocina, y se desató el cinturón del que colgaba la espada, para rascarse la carne irritada por encima de la túnica.

    —Ysuth'k —dijo con una sonrisa.

    —Sí, sí que debe de hacer cosquillas —asentí.

    Observé cómo cogía mi cuchillo, lo examinaba, sacudía la cabeza y lo dejaba caer de nuevo sobre la mesa. Yo empezaba a tiritar y a pensar en un buen baño caliente; pero tendría que conformarme con que fuera tibio, pues el calentador de Refugio del Roble no podía ser más primitivo: llené tres cazuelas de agua, y las puse a calentar. Guiwenneth observó fascinada cómo cobraba vida la llama azul.

    —R'vannith —dijo, escéptica.

    Cuando el agua comenzó a hervir, seguí a Guiwenneth a través de la sala de estar, donde se dedicó a mirar las fotos y a frotar el forro de tela de las sillas.

    Olfateó la fruta de cera, y dejó escapar un ligero sonido de admiración. Luego se echó a reír y me lanzó la manzana artificial. La atrapé en el aire, y ella hizo gesto de comerla.

    —¿Cliosga muga? —preguntó. Y se echó a reír.

    —Generalmente, no —respondí yo.

    Tenía unos ojos tan radiantes, una sonrisa tan juvenil, tan traviesa…, tan hermosa…

    Siguió rascándose las rozaduras del cinturón, sin dejar de explorar. Entró en el cuarto de baño, y se estremeció ligeramente. No me sorprendió. El cuarto de baño era una parte algo modificada del edificio anexo, sombríamente pintado de un color amarillo ahora desvaído; había telarañas en cada rincón. Bajo la agrietada pila de porcelana se almacenaban viejos botes de detergente y trapos sucios. Al ver de nuevo aquel lugar frío, desagradable, me divirtió recordar que durante toda mi infancia me había lavado allí bastante satisfecho… Bueno, si se exceptúa la presencia de las gigantescas arañas que recorrían el suelo o surgían del desagüe del baño con frecuencia alarmante. La bañera era honda, de esmalte blanco, con altos grifos de acero inoxidable que atrajeron la atención de Guiwenneth más que ninguna otra cosa. Pasó los dedos por el esmalte frío.

    —R'vannith —repitió.

    Y se echó a reír. De repente, comprendí que estaba diciendo romano. Asociaba las superficies frías, parecidas al mármol, y aquella peculiar técnica para calentar el agua, con la sociedad más avanzada tecnológicamente que había conocido en su tiempo. Si era frío, duro, de factura sencilla, decadente, entonces, por supuesto, debía de ser romano. Y ella, como celta, lo despreciaba.

    En realidad, a ella tampoco le iría mal un baño. Desprendía un olor muy fuerte, y yo aún no estaba acostumbrado a experimentar de manera tan poderosa aquella parte animal del ser humano. En Francia, durante los últimos días de la ocupación, el olor general era a miedo, a ajo, a vino rancio, demasiado a menudo a sangre rancia, y a uniformes húmedos infestados de hongos. En cierto modo, todos aquellos olores eran una parte natural de la guerra, de la tecnología. Guiwenneth olía a bosque, un aroma animal que era sorprendentemente desagradable… y, a la vez, extrañamente erótico.

    Dejé correr el agua tibia en la bañera, y seguí a Guiwenneth en su deambular hacia el estudio. Allí, otra vez, la vi estremecerse mientras caminaba por el exterior de la habitación, con una expresión que era casi de angustia. No dejaba de mirar hacia el techo. Se dirigió hacia el balcón y miró hacia el exterior. Luego se encaminó hacia el escritorio, tocó los libros y algunos de los artefactos de madera de mi padre. Los libros no le interesaron lo más mínimo, aunque examinó detenidamente la estructura de las páginas de un volumen, quizá tratando de averiguar qué era aquello exactamente. Desde luego, le gustó encontrar dibujos de hombres —hombres de uniforme en un libro de uniformes militares del siglo diecinueve— y me mostró las ilustraciones como si yo no las hubiera visto nunca.

    Su sonrisa delataba una inocente alegría infantil, pero yo sólo podía ver el poder adulto de su cuerpo. No había nada de inocencia juvenil en él.

    La dejé curioseando en el sombrío estudio, y terminé de llenar la bañera con el agua hirviente de las cazuelas. Aun así, sólo quedó tibia. No importaba. Cualquier cosa con tal de librarme de los repugnantes residuos de algas y barro. Me quité la ropa, me metí en la bañera, y sólo entonces me di cuenta de que Guiwenneth estaba en la puerta, sonriendo presuntuosa al ver mi torso mugriento, pálido y lleno de hierbajos.

    —Estamos en mil novecientos cuarenta y ocho —dije con toda la dignidad que me fue posible—, no en los siglos bárbaros de después de Cristo.

    Desde luego, me dije, ella no podía esperar que un hombre civilizado como yo fuera un manojo de músculos.

    Me lavé con rapidez, y Guiwenneth se acuclilló en el suelo, pensativa, silenciosa.

    —Ibri c'thaan k'thirig? —dijo luego.

    —Tú también eres preciosa.

    —K'thirig?

    —Sólo los fines de semana. Es una costumbre inglesa.

    —C'thaan perin avon? Avon! ¡Avon! ¿Stratford-upon-Avon? ¿Shakespeare?

    —Mi favorita es Romeo y Julieta. Me alegra ver que al menos tienes cierta cultura.

    Meneó la cabeza, y el hermoso cabello envolvió sus facciones como la seda.

    Aunque lo tenía sucio, lacio y grasiento, evidentemente seguía brillando, y se movía como si tuviera vida propia. Su cabello me fascinaba. Comprendí que lo estaba mirando demasiado fijamente. Ella dijo algo que parecía una orden de que dejara de observarla, y se puso en pie. Se colocó bien la túnica marrón —¡todavía rascándose!— y se cruzó de brazos, apoyándose en la pared de azulejos y mirando por la pequeña ventana del cuarto de baño.

    Otra vez limpio, aunque asqueado por el aspecto del agua que quedaba en la bañera, me armé de valor y me puse de pie para coger la toalla…, pero no antes de que volviera a mirarme… ¡y se burlara de nuevo! Se puso la mano en la boca para ocultar la sonrisa, y me miró de arriba abajo, calibrando toda la carne blanca que veía.

    —No tengo nada de malo —dije, secándome vigorosamente, algo cohibido, pero decidido a no dejarme humillar—. Soy un espécimen perfecto de varón inglés.

    —Chuin atenor! —dijo, completamente en desacuerdo.
    Me enrollé la toalla a la cintura, le señalé con un dedo, y luego apunté hacia la bañera. Captó el mensaje, y me respondió con otro de su cosecha: irritada, alzó el puño dos veces hacia su hombro derecho.

    Volvió al estudio, y la observé unos instantes mientras se dedicaba a pasar las páginas de varios libros, mirando las ilustraciones en color. Luego me vestí y fui a la cocina a preparar una sopa.

    Tras unos momentos, oí correr el agua en la bañera. Hubo un brevísimo período de chapoteos, junto con sonidos de confusión y risas cuando un trozo de jabón, desacostumbradamente resbaladizo, resultó ser más esquivo que útil.

    Vencido por la curiosidad —y quizá por el interés sexual— caminé silenciosamente hacia la fría habitación, y la miré desde la puerta. Ya estaba fuera de la bañera, y volvía a ponerse la túnica. Me dedicó una leve sonrisa mientras se echaba el pelo hacia atrás. El agua le resbalaba por los brazos y piernas. Se olisqueó a sí misma, y luego se encogió de hombros, como diciendo «Pues yo no noto la diferencia».

    Cuando le ofrecí un plato de sopa de verduras, media hora más tarde, lo rechazó con un gesto que era casi de sospecha. Olisqueó la cazuela, metió un dedo en el caldo y lo probó con evidente disgusto mientras me miraba comer. Por mucho que lo intenté, no conseguí que compartiera mi modesta ración. Pero tenía hambre, eso era obvio, y al final arrancó un trozo de pan y lo mojó en el caldo.

    No dejó de mirarme ni un instante, examinándome sobre todo mis ojos, o al menos eso me pareció.

    — C'cayal cualada… Christian? —dijo al final con voz serena.

    —¿Christian? —repetí, pronunciando el nombre correctamente. Ella había dicho algo parecido a «Krisatan», pero reconocí el nombre, no sin un leve escalofrío de emoción.

    —¡Christian! —exclamó.

    Y escupió en el suelo con desprecio. Sus ojos adoptaron una expresión salvaje mientras cogía la lanza, y me golpeó en el pecho con el asta.

    —Steven. —Una pausa pensativa—. Christian.

    Meneó la cabeza y pareció llegar a alguna conclusión.

    —C'cal cualada? Im clathyr!

    ¿Me estaría preguntando si éramos hermanos? Asentí.

    —Le he perdido. Se volvió loco. Entró en el bosque. En lo más profundo del bosque. ¿Le conoces? —La señalé a ella, le señalé los ojos—. ¿Christian? —repetí.

    Era pálida, pero se puso mucho más pálida todavía.

    —¡Christian! —escupió.

    Y expertamente, sin esfuerzo, tiró la lanza al otro extremo de la cocina. El arma se clavó en la puerta trasera, y allí quedó, el asta vibrante.

    Me levanté y arranqué el arma de la madera, un poco molesto porque la hubiera taladrado, dejando un agujero de buen tamaño hacia el mundo exterior.

    Se tensó un poco al ver que examinaba la hoja, basta, pero afilada como una navaja. Los dientes eran ganchos retorcidos que recorrían ambos filos. Los celtas irlandeses habían utilizado un arma temible llamada gae bolga, una lanza que jamás debía usarse en combates honorables, ya que sus dientes curvos destrozaban las entrañas de un hombre. Quizá en Inglaterra, o en el lugar del mundo celta en que hubiera nacido Guiwenneth, las cuestiones de honor no se tenían en cuenta cuando se usaban las armas.

    El asta estaba llena de pequeñas líneas, en ángulos diferentes; ogham, desde luego. Había oído hablar de él, pero no tenía ni idea de cómo descifrarlo. Pasé los dedos por las incisiones y miré a la chica.

    —¿Guiwenneth? —pregunté.

    —Guiwenneth mech Peen Ev —respondió con orgullo. Supuse que Penn Ev debía de ser el nombre de su padre. ¿Guiwenneth, hija de Penn Ev?

    Le devolví la lanza y saqué cautelosamente la espada de la vaina. Ella se apartó de la mesa, sin dejar de mirarme con prevención. La vaina era de cuero duro, con tiras muy finas de metal casi trenzadas en el tejido. Estaba decorada con clavos de bronce, y cosida con una gruesa hebra de cuero. La espada era un arma completamente funcional: puño de hueso, envuelto en piel de animal cuidadosamente masticada. Más clavos de bronce proporcionaban un asidero efectivo para los dedos. El pomo era casi inexistente. La hoja era de hierro brillante, de unos cuarenta y cinco centímetros de longitud. Estrecha a la altura del pomo, alcanzaba una anchura de diez o doce centímetros, antes de convertirse en una punta aguda. Era un arma curvilínea, hermosa. Y había rastros de sangre seca, como para demostrar su uso frecuente.

    Volví a guardar la espada en la vaina, y abrí el armario para sacar mi propia arma, la lanza que había fabricado pelando y tallando una rama, y añadiendo una aguda esquirla de piedra como punta. Guiwenneth la miró y se echó a reír, sacudiendo la cabeza en gesto de incredulidad.

    —Pues has de saber que yo estoy muy orgulloso de ella —dije, fingiendo indignación.

    Pasé el dedo por la afilada punta de piedra. La risa de la chica era espontánea, cristalina. Desde luego, mis patéticos esfuerzos la divertían muchísimo. Pareció intentar controlarse, y se cubrió la boca con la mano, aunque las carcajadas la hacían estremecerse todavía.

    —Tardé mucho tiempo en hacerla. Y estaba muy impresionado conmigo mismo.

    —Peth'n plantyn! —exclamó entre risas.

    —¿Cómo te atreves? —le espeté.

    Y, entonces, hice una auténtica tontería.

    Debí imaginarlo, pero el ambiente divertido, distendido, me hizo olvidarlo. Bajé la lanza y simulé un ataque contra ella, como diciendo «Ahora te enseñaré a…».

    Guiwenneth reaccionó en una fracción de segundo. La alegría desapareció de sus ojos y de su boca, y fue sustituida por una expresión de furia felina. Dejó escapar un sonido gutural, un grito de ataque, y en el breve tiempo que yo había tardado en lanzar mi patético juguete infantil a una distancia respetable de ella, blandió dos veces su propia lanza, salvajemente, con una fuerza increíble.

    El primer golpe arrancó la cabeza de la lanza, y casi me quitó el asta de la mano. El segundo golpe astilló la madera, y el arma decapitada voló de mis manos hacia el otro extremo de la cocina. Derribó unos cuantos cazos que colgaban de la pared, y fue a caer entre los botes de porcelana.

    Todo había sucedido tan rápidamente que apenas tuve tiempo de reaccionar.

    Ella parecía tan conmocionada como yo, y los dos nos quedamos allí, de pie, mirándonos boquiabiertos, con los rostros enrojecidos.

    —Lo siento —dije suavemente, tratando de quitar importancia al asunto.

    Guiwenneth sonrió, insegura.

    —Guirinyn —murmuró a modo de disculpa.

    Recogió la destrozada punta de lanza y me la tendió. Tomé la piedra, todavía atada a un trozo dé madera, la examiné, compuse un gesto de tristeza, y los dos rompimos a reír con carcajadas espontáneas, despreocupadas.

    De pronto, recogió todas sus pertenencias, se puso el cinturón y caminó hacia la puerta trasera.

    —No te vayas —le dije.

    Pareció intuir el significado de mis palabras, y titubeó.

    —Michag ovnarrana! (¡Tengo que irme!) —dijo. Entonces, con la cabeza baja y el cuerpo tenso, preparado para la rápida carrera, trotó de vuelta hacia el bosque.

    A punto de desaparecer en la penumbra, agitó una mano en gesto de despedida, y emitió un grito como el de una paloma.


    Cinco


    Aquella noche fui al estudio de mi padre y abrí el maltratado diario que había escrito. Lo abrí al azar, pero las palabras se negaban a dejarse leer, supongo que en parte por la repentina melancolía que me había invadido al anochecer. El silencio de la casa era opresivo, pero estaba lleno de ecos de la risa de Guiwenneth. Ella parecía estar en todas partes y en ninguna a la vez. Surgía del tiempo, de los años pasados, de la vida previa que había tenido lugar en aquella habitación silenciosa.

    Durante un rato, me quedé de pie, mirando hacia la noche, consciente sólo de mi reflejo en el sucio cristal del balcón, iluminado por la lámpara del escritorio. Casi esperaba que Guiwenneth apareciera ante mí, que surgiera a través de la forma esbelta del hombre de pelo enmarañado que me devolvía la mirada desesperada.

    Pero quizá ella había sentido la necesidad, mi necesidad de aclarar algo que yo había dado por hecho…, al menos, mientras lo leía.

    Era algo que sabía desde la primera vez que abrí el diario. Las páginas en donde se detallaban los datos amargos habían sido arrancadas del cuaderno mucho tiempo antes, sin duda para ser destruidas, o tan bien escondidas que yo jamás podría encontrarlas. Pero había pistas, insinuaciones, las suficientes para que la tristeza me invadiera de repente.

    Por fin, volví junto al escritorio y me senté, para pasar muy despacio las páginas del libro encuadernado en piel. Revisé las fechas, buscando el primer encuentro entre mi padre y Guiwenneth, y el segundo, y el tercero…

    Otra vez la chica. Salió del bosque, cerca del arroyo, corrió hasta los gallineros y se quedó allí, acurrucada, durante casi diez minutos. La observé desde la cocina, y luego, cuando se puso a recorrer los terrenos, me trasladé al estudio. J consciente de ella, me sigue en silencio…, me mira. No comprende, y no puedo explicárselo. Estoy desesperado. La chica me afecta profundamente. J se ha dado cuenta, pero… ¿qué puedo hacer? Está en la naturaleza del mitago. No soy inmune a ella, igual que no lo fueron los hombres cultos de los asentamientos romanos en los que debió de actuar. Desde luego, es la visión idealizada de la princesa céltica, brillante pelo rojo, piel pálida, un cuerpo fuerte e infantil a la vez. Es una guerrera, pero lleva las armas como si fueran algo extraño, poco familiar. J no ve nada de esto, sólo a la chica, y la atracción que siento por ella. Los niños no la han visto, aunque Steven ha hablado dos veces sobre el shamán con cornamenta de ciervo, una forma también muy activa en estos momentos. La chica es más vital que las primeras formas mitago, algo mecánicas, algo confusas. Ella no es muy reciente, pero se comporta con una viveza imposible. Me mira. La miro. Siempre pasa más de una estación entre cada visita, pero parece cada vez más confiada. Ojalá conociera su historia. Tengo unas conjeturas bastante aproximadas, pero como no podemos comunicarnos, desconozco los detalles.


    Unas cuantas páginas más adelante había una anotación sin fecha, que parecía escrita un par de semanas después de la anterior.

    Ha vuelto en menos de un mes. Desde luego, el poder que la generó es muy fuerte. He decidido hablar de ella con Wynne-Jones. Vino al anochecer y entró en el estudio. Me quedé inmóvil, mirándola. Lleva unas armas de aspecto violento. Es curiosa. Dijo algo, pero mi mente ya no es tan rápida como para captar los sonidos extranjeros de culturas perdidas. ¡Curiosidad! Examinó los libros, los objetos, los armarios. Tiene unos ojos increíbles. Cada vez que me mira, me deja clavado en la silla, Traté de establecer contacto con ella, usando palabras sencillas, pero los mitagos se generan con su propio lenguaje y percepción. De todos modos, WJ cree que la mente mitago puede ser receptiva a la educación, incluso al lenguaje, debido al enlace con la mente que la creó. Estoy confuso. Esta anotación es conclusa. J entró en el estudio y se disgustó mucho. Los niños empiezan a preocuparse por el declive de J. Está muy enferma. Cuando la chica se rió de ella, J se puso casi histérica, pero prefirió salir del estudio antes de enfrentarse a la mujer con la que cree que la engaño. No puedo dejar que la chica pierda interés. El único mitago que ha salido del bosque. Tengo que aferrarme a esta oportunidad.


    Después faltaban muchas páginas, páginas de una importancia inmensa, ya que seguramente debían de hablar sobre los esfuerzos de mi padre por seguir a la chica en el bosque, y quizá incluyeran documentación sobre los pasajes y caminos que utilizó. (Por ejemplo, hay una línea críptica en medio de un vulgar recuento del uso del equipo que llevaban Wynne-Jones y él: «Entramos por el camino del cerro, segmento siete, y caminamos más de cuatrocientos pasos. Ésa es una posibilidad, pero el auténtico camino, si no el obvio, se nos sigue escapando. Las defensas son demasiado fuertes, y yo soy demasiado viejo. ¿Un hombre más joven? Hay que probar otros caminos». Y ahí se interrumpe.) La última referencia a Guiwenneth del Bosque Verde es breve y confusa, pero contiene una pista sobre la tragedia que yo empezaba a reconocer.

    Quince de septiembre del cuarenta y dos. ¿Dónde está la chica? ¡Años! ¡Dos años! ¿Dónde? ¿Es posible que un mitago se haya deteriorado para que otro lo sustituya? J la ve, ¡J! Está cada vez peor. A punto de morir, lo sé. ¿Qué puedo hacer? Está hechizada. Hechizada por la chica. ¿Imágenes? ¿Imaginaciones? J pasa más tiempo histérica que tranquila. Cuando S y C andan cerca, se queda silenciosa, fría. Actúa como madre, pero ya no como esposa. No hemos intercambiado (esto último está tachado, pero no ilegible). J se muere. No hay nada que me duela más que esto.


    Fuera cual fuese la enfermedad que afligía a mi madre, su estado empeoró con la ira, los celos, y quizá, en última instancia, el dolor de ver como una mujer más joven e imposiblemente hermosa le robaba el corazón de mi padre. «Está en la naturaleza del mitago…»

    Las palabras eran como cantos de sirena, me alertaban, me asustaban, pero no podía dejar de escucharlas. Primero había sido consumido mi padre, y después, ¿qué tragedia tuvo lugar cuando Christian volvió a casa tras la guerra, y la chica —que para entonces, probablemente, ya se habría establecido allí— trasladó su afecto a un hombre de edad más aproximada a la suya? ¡No era de extrañar que el Urscumug fuera tan violento! ¡Qué peleas, qué persecuciones, qué furia se habría expresado en los meses anteriores a la muerte de mi padre en el bosque!

    En el diario no había ninguna referencia a este período de tiempo, así como tampoco ninguna otra referencia a Guiwenneth tras las palabras frías, casi desesperadas: «J se muere. No hay nada que me duela más que esto». ¿Quién había generado el mitago de Guiwenneth? Algo parecido al pánico me invadió, y en la madrugada siguiente, corrí alrededor del bosque hasta quedarme sin aliento, empapado en sudor. El día era luminoso, no demasiado frío. Había encontrado un par de pesadas botas de marcha y, con mi lanza despuntada, patrullé la periferia del bosque. Llamé repetidas veces a Guiwenneth. ¿Quién había generado el mitago de Guiwenneth? La pregunta me perseguía mientras corría, un pájaro negro revoloteando en mi mente. ¿Había sido yo? ¿O Christian? Christian había entrado allí para encontrarla de nuevo, para encontrar a la Guiwenneth del Bosque Verde que había creado su propia mente en interacción con los robles y con los fresnos, con los matorrales y los espinos, con todo el complejo de formas de vida que constituían el antiguo Ryhope. Pero ¿quién había generado el mitago de mi Guiwenneth? ¿Christian? ¿La había encontrado y perseguido hasta hacerla salir del bosque, había acosado a una chica que le temía y le despreciaba? ¿Era de Christian de quien se escondía? ¿O la había creado yo? Quizá mi propia mente le había dado vida, y por eso acudía a mí como creador, igual que en el pasado acudió a mi padre, la niña arrastrada hacia el adulto, atraída por su igual. Quizá Christian había encontrado a la chica de sus sueños, y ahora estaba con ella en el bosque, viviendo una vida tan extraña como plena.

    Pero la duda me corroía, y la cuestión de la «identidad» de Guiwenneth empezó a convertirse en una obsesión.

    Descansé junto al Arroyo Arisco, muy lejos de la casa, en el lugar donde Chris y yo habíamos esperado que el pequeño barco volviera de su viaje a través del bosque. El campo estaba plagado de excrementos de vaca, aunque ahora sólo pastaban allí ovejas, unas ovejas que se aglomeraban entre la hierba que crecía alta a orillas del río y me miraban con cautela. El bosque era una muralla oscura que se extendía hacia Refugio del Roble. Impulsivamente, empecé a remontar el curso del Arroyo Arisco, saltando sobre el tronco caído de un árbol, derribado por un rayo, y abriéndome paso entre arbustos y espinos que me llegaban a la rodilla.

    La maleza de mediados del verano estaba bien crecida, pese a que las ovejas penetraban hasta allí para pastar en los claros.

    Caminé durante unos minutos a contracorriente. La vegetación, cada vez más densa, hacía que la luz llegara tamizada. El arroyo se hizo más ancho, las orillas más abruptas. De repente, apareció una curva en su curso, empezó a fluir desde el centro del bosque. Y, cuando quise seguirlo, me desorienté; un gran roble me impidió el paso, y un gran escalón se abrió en el terreno, formando una pendiente peligrosa que rodeé lo mejor que pude. Las rocas grises llenas de musgo parecían gruesos dedos que surgieran del suelo. Los troncos retorcidos de robles jóvenes crecían alrededor de aquella barrera rocosa, incluso entre las mismas piedras. Para cuando encontré un paso, ya había perdido de vista el arroyo, aunque seguía oyendo su sonido distante.

    A los pocos minutos, la claridad entre los árboles me indicó que estaba en la periferia del bosque, muy cerca de terreno descubierto. Había caminado en círculo.

    Otra vez.

    Entonces, oí la llamada de una paloma, y me volví hacia la penumbra silenciosa.

    Grité el nombre de Guiwenneth, pero sólo me respondió el piar de un pájaro que, muy arriba, batía las alas como si se burlara de mí. ¿Cómo había entrado mi padre en el bosque? ¿Cómo había conseguido penetrar tan profundamente? Según sus diarios, según el detallado mapa que ahora colgaba en la pared del estudio, había logrado adentrarse un tramo considerable en el Bosque Ryhope, antes de verse derrotado por sus defensas. Él había descubierto un camino, de eso estaba seguro, pero había mutilado tanto el diario en sus últimos días —ocultando pruebas, quizá ocultando culpas, que no quedaba nada de toda esa información.

    Conocía a mi padre bastante bien. Refugio del Roble era la prueba de muchas cosas, sobre todo de una; su naturaleza obsesiva, su necesidad de preservar, de acumular, de almacenar. No podía concebir la idea de que mi padre hubiera destruido algo. Ocultarlo, sí. Borrarlo, jamás.

    Ya había revisado toda la casa, había estado en la mansión de los Ryhope para preguntar allí, y a menos que mi padre hubiera irrumpido una noche para usar las grandes habitaciones y los pasillos silenciosos para sus propios fines, era evidente que tampoco había escondido los papeles en la mansión.

    Quedaba una posibilidad: envié una carta de aviso a Oxford, con la esperanza de que llegara antes que yo, cosa que no se podía garantizar. Al día siguiente, preparé una pequeña bolsa, me vestí lo más elegantemente que pude, e hice el agotador viaje en autobús y tren hasta Oxford.

    A la casa donde había vivido el colega y confidente de mi padre, Edward Wynne-Jones.

    No esperaba encontrar a Wynne-Jones en persona. No recordaba cómo, pero en algún momento del año anterior —o quizá antes de ir a Francia— me había enterado de su desaparición o muerte, y de que su hija vivía ahora en la casa. No sabía su nombre, ni sí estaría dispuesta a recibirme, pero tenía que correr el riesgo.

    Resultó que era muy cortés. La casa, enclavada en las afueras de Oxford, estaba separada de otra por una pared medianera, tenía tres pisos y necesitaba desesperadamente unos cuantos arreglos. Cuando llegué, estaba lloviendo, y la mujer alta de aspecto severo que me abrió la puerta me hizo entrar rápidamente, aunque luego me dejó en un rincón del vestíbulo, mientras me quitaba de encima la chaqueta y los zapatos empapados. Sólo entonces me dedicó la cortesía habitual.

    —Soy Anne Hayden.

    —Steven Huxley. Siento haber avisado con tan poco tiempo, espero no molestar…

    —No, en absoluto.

    Tendría unos treinta y cinco años, vestía sobriamente con una chaqueta gris y un jersey también gris sobre una blusa blanca de cuello alto. La casa olía a barniz y a humedad. Todas las habitaciones se encontraban a un lado del pasillo: supuse que era una defensa contra posibles intrusos que entraran por las ventanas. Era la clase de mujer que hace surgir el epíteto «solterona» en las mentes inexpertas, y quizá esperaba ver varios gatos a sus pies.

    De hecho, Anne Hayden vivía de una manera muy diferente a la que sugería su apariencia. Había estado casada, y su marido la abandonó durante la guerra.

    Cuando me llevó a una oscura sala de estar que olía a piel, vi a un hombre, aproximadamente de mi edad, leyendo el periódico. Se puso de pie, me estrechó la mano, y supe que se llamaba Jonathan Garland.

    —Si quieren hablar tranquilos, les dejaré solos —dijo.

    Y, sin esperar respuesta, se dirigió a otra habitación de la casa. Anne no hizo el menor comentario ni ofreció ninguna explicación sobre él. Vivía allí, por supuesto.

    Como vi más tarde, la estantería inferior del cuarto dé baño estaba llena de útiles de afeitar.

    Quizá todos estos detalles parezcan irrelevantes, pero yo estaba observando detenidamente a aquella mujer y su situación. Estaba incómoda y se mostraba solemne, sin permitir ningún contacto amistoso, sin ofrecer ninguna prueba de afinidad que me permitiera enfocar mis preguntas con más facilidad. Preparó el té, me ofreció bizcochos, y se sentó en un silencio absoluto mientras le explicaba el motivo de mi visita.

    —No llegué a conocer a su padre —me dijo con serenidad—, aunque tenía noticias sobre él. Vino muchas veces a Oxford, pero nunca mientras yo estaba en casa. Mi padre era naturalista, y pasaba muchas semanas fuera de aquí. Yo estaba muy unida a él. Cuando nos abandonó, lo pasé muy mal.
    —¿Recuerda cuándo fue eso?
    Me dirigió una mirada que era en parte furiosa y en parte compasiva.

    —Recuerdo la fecha exacta. Un sábado, el trece de abril de mil novecientos cuarenta y dos. Yo vivía en el piso de arriba. Mi marido ya me había dejado. Mi padre tuvo una discusión terrible con John, mi hermano… y entonces, de repente, se marchó. John se fue al extranjero, con el ejército, y murió. Yo me quedé en la casa…

    Preguntando amablemente, sonsacándole poco a poco, conseguí enterarme de la historia de la doble tragedia. Cuando Wynne-Jones, por la razón que fuera, abandonó a su familia, a Anne Hayden se le rompió el corazón por segunda vez.

    Destrozada, vivió durante los años siguientes como una reclusa, aunque volvió a moverse en sociedad cuando terminó la guerra.

    Cuando el joven que vivía con ella trajo el té recién hecho, el contacto entre los dos fue cálido, genuino, breve. La cicatriz de la doble tragedia seguía allí, pero Anne no había dejado de sentir.

    Le expliqué con todos los detalles que consideré necesarios que los dos hombres, nuestros padres, habían trabajado juntos, y que las anotaciones del mío estaban incompletas. ¿Había encontrado ella extractos de diarios, hojas o cartas que no estuvieran escritas con la letra de Wynne-Jones?

    —La verdad, señor Huxley, apenas he mirado nada —dijo en voz baja—. El estudio de mi padre está tal y como él lo dejó. Si le parece una actitud dickensiana, es muy libre de pensar lo que quiera. Esta casa es grande, y no hace falta esa habitación. Limpiarla y conservarla era un esfuerzo innecesario. La cerré, y así se quedará hasta que vuelva y la limpie él mismo.

    —¿Puedo ver esa habitación?

    —Si quiere… Para mí, no tiene el menor interés. Y, mientras me lo enseñe antes, puede tomar prestado todo lo que quiera.

    Me guió al primer piso y por un largo pasillo oscuro que lucía un deteriorado papel pintado con dibujos de flores. Cuadros polvorientos se alineaban en la pared, copias descoloridas de Matisse y de Picasso. La alfombra estaba deshilachada.

    El estudio de su padre estaba al final del pasillo. Desde la ventana de la habitación se divisaba la ciudad de Oxford. A través de las sucias cortinas de malla, apenas pude distinguir el chapitel de Santa María. Los libros se alineaban contra la pared en tal número que el yeso empezaba a resquebrajarse sobre las maltrechas estanterías. El escritorio estaba cubierto por una película blanca, al igual que todos los demás muebles de la habitación, pero los libros estaban en peor situación, ocultos bajo una capa de polvo tan gruesa como un dedo. Mapas, planos e ilustraciones botánicas se apilaban contra una pared. Montones de periódicos y paquetes de cartas se almacenaban hasta rebosar en los estantes de un armario. Era la antítesis del meticuloso estudio de mi padre: una mezcla confusa de trabajo duro e intelecto, que me dejó confuso mientras lo miraba. No sabía por dónde empezar mi investigación.

    Anne Hyden me observó unos minutos, con los ojos cansados, entrecerrados tras las gafas con montura de concha.

    —Le dejaré solo —dijo.

    Y la oí alejarse escalera abajo.

    Abrí cajones, hojeé libros, hasta aparté las alfombras en busca de compartimentos ocultos. Examinar cada centímetro de aquella habitación hubiera sido un trabajo de titanes, y me di por vencido al cabo de una hora. No sólo no había páginas del diario de mi padre discretamente escondidas en el despacho de su colega: ni siquiera encontré un diario del propio Wynne-Jones. Lo único relativo al Bosque Mitago que encontré fue una maquinaria extraña, propia de Frankenstein: el equipo de «puente frontal» de Wynne-Jones. Este invento incluía unos auriculares, metros de cable, bobinas de cobre, pesadas baterías de automóvil, discos estroboscópicos y botellas de productos químicos de fuerte olor, con etiquetas en clave. Todo eso lo encontré en un gran cofre de madera, cubierto con un tapiz. Era un cofre antiguo, con complicados dibujos tallados.

    Tanteé y presioné todos los paneles, y descubrí un compartimento oculto, pero el escaso espacio estaba vacío.

    Con toda la serenidad de la que fui capaz, recorrí el resto de la casa, echando un vistazo a cada habitación para tratar de intuir si Wynne-Jones habría preparado o no un escondrijo fuera de su estudio. En ningún momento me dio esa impresión, sólo capté el olor de libros viejos, polvorientos y atacados por la humedad, y ese otro olor desagradable, característico de los lugares que nadie habita ni cuida.

    Volví a bajar la escalera. Anne Hayden me dedicó una leve sonrisa.

    —¿Ha habido suerte?

    —Me temo que no.

    Asintió, pensativa.

    —¿Qué es lo que buscaba, exactamente? —añadió—. ¿Un diario?

    —Su padre debió de llevar uno. Un dietario de escritorio, un anuario. No he encontrado ninguno.

    —Creo que nunca he visto nada por el estilo —dijo sencillamente, todavía pensativa—, y le aseguro que me extraña.

    —¿Le habló alguna vez de su trabajo?

    Me senté en el brazo de un sillón. Anne Hayden cruzó las piernas y dejó la revista a un lado.

    —Comentaba tonterías sobre animales extintos en Inglaterra que vivían todavía en lo más profundo de los bosques. Jabalíes, lobos, osos salvajes… —Sonrió de nuevo—. Me parece que se lo creía de verdad.

    —Igual que mi padre —señalé—. Pero al diario de mi padre le faltan páginas. Muchas. Pensé que a lo mejor las había escondido aquí. ¿Qué ha pasado con las cartas que se recibieron a nombre de su padre después de su desaparición?

    —Se las enseñaré.
    Se levantó, y la seguí hacia un armario alto de la sala principal, un lugar de mobiliario austero, lleno de antigüedades y algún que otro adorno. Aquel armario estaba tan abarrotado como los del estudio, lleno de periódicos todavía en sus sobres, y folletos informativos de la universidad enrollados y atados con cinta adhesiva.

    —Lo guardo todo. Dios sabe para qué. Quizá los devuelva a la universidad esta semana, no sé para qué lo quiero. Aquí están las cartas…

    Junto a los periódicos había un montón de correspondencia privada, de casi un metro de altura. Todas estaban cuidadosamente abiertas, y sin duda leídas por la dolida hija.

    —Quizá haya algunas de su padre. La verdad, no me acuerdo.
    Tomó el montón de correspondencia y me lo puso en los brazos. Volví con las cartas a la sala de estar y, durante una hora, examiné la caligrafía de cada carta.

    No encontré nada. Me dolía la espalda de estar tanto tiempo sentado, y el olor a polvo y a humedad empezaba a marearme.

    No podía hacer nada más. El reloj que estaba encima de la repisa de la chimenea resonaba en el pesado silencio de la habitación, y empezaba a sentir que estaba abusando de la hospitalidad. Entregué a Anne Hayden una hoja poco importante de un diario antiguo de mi padre.

    —Tenía una caligrafía bastante peculiar. Si descubre hojas sueltas o diarios… se lo agradecería mucho.

    —Será un placer, señor Huxley.

    Me acompañó hasta la puerta principal. Fuera, seguía lloviendo, y ella me ayudó a ponerme el pesado impermeable. Luego, titubeó y me miró de una manera extraña.

    —¿Llegó a conocer a mi padre en alguna de sus visitas?
    —Yo era muy niño. Le recuerdo del año treinta y cinco, más o menos, pero nunca nos dirigió la palabra a mi hermano ni a mí. En cuanto se veían, mi padre y él se adentraban en el bosque para buscar a esas bestias místicas…

    —En Herefordshire. Donde usted vive ahora, ¿no? —Había mucho dolor en la mirada que me dirigió—. Nunca supimos nada. Quizá hubo algo en aquella época que le hizo cambiar. Yo siempre seguí muy unida a él. Él confiaba en mí, en mi cariño. Pero nunca me habló de nada. Simplemente, estábamos… unidos. Le envidio a usted por todas las veces que le vio. Ojalá pudiera compartir su recuerdo de él haciendo lo que más le gustaba, con o sin bestias místicas. La vida que adoraba, y de la que apartó a su familia…

    —A mí me sucedió lo mismo —le dije amablemente—. Mi madre murió con el corazón destrozado. A mi hermano y a mí nos mantuvo al margen de su mundo.

    —Así que los dos perdimos.

    Sonreí.

    —Creo que usted más que yo. Si quiere visitar Refugio del Roble y ver el diario…

    Meneó la cabeza rápidamente.

    —Me temo que no me atrevo, señor Huxley. Pero muchas gracias. Simplemente, me pregunto… por lo que ha dicho…

    Apenas podía hablar. En la penumbra del callejón, la lluvia golpeaba monótonamente la ventana y las puertas. Anne tenía las mejillas enrojecidas de ansiedad, y ahora, tras las gafas, sus ojos se abrían de par en par.

    —¿Sí? —la urgí.

    —¿Está en el bosque? —preguntó inmediatamente, sin pausa, casi sin pensar.

    Por un momento, me cogió por sorpresa. Luego entendí lo que quería decir.

    —Es posible —respondí.
    ¿Qué podía decirle? ¿Debía hablarle de mi creencia de que, más allá de la periferia, en el corazón del bosque, había un lugar cuya inmensidad escapaba a la imaginación?

    —Todo es posible —repetí.


    Seis


    Me marché de Oxford frustrado, sucio y muy, muy cansado. El viaje de vuelta a casa no pudo ser peor: uno de los trenes fue cancelado, y a la salida de Witney había un atasco de tráfico que retuvo mi autobús durante casi media hora. Por suerte, la lluvia cesó, aunque el cielo seguía encapotado, amenazador, y el viento soplaba con fuerza, mala señal para el principio del verano.

    Cuando llegué a Refugio del Roble, ya eran las seis de la tarde, y en seguida advertí que había tenido un visitante: la puerta trasera estaba abierta de par en par, y había luz en el estudio. Aceleré el paso, pero me detuve junto a la puerta, mirando nerviosamente a mi alrededor por si había algún caballero de gatillo fácil, o algún mitago violento. Pero tenía que ser Guiwenneth. La puerta estaba forzada, y la pintura alrededor del pomo arañada, delatando los golpes de lanza. Dentro, capté enseguida el olor que asociaba con ella, agudo, pungente. Era evidente que necesitaba bañarse mucho más a menudo.

    La llamé por su nombre mientras recorría cautelosamente todas las habitaciones. No la encontré en el estudio, pero dejé la luz encendida. Un movimiento en el piso superior me sobresaltó, y me dirigí al vestíbulo.

    —¿Guiwenneth?

    —Me temo que me ha pescado usted curioseando —me llegó la voz de Harry Keeton.

    Apareció en lo alto de la escalera, con aspecto avergonzado, sonriendo para disimular su falta.

    —Lo siento mucho, pero la puerta estaba abierta.

    —Creí que era otra persona —respondí—. No hay nada digno de verse.

    Bajó la escalera y le guié hacia la sala de estar.

    —¿Había alguien cuando vino?

    —Sí, pero no llegué a verle. Como le he dicho, llamé a la puerta principal. No me abrieron. Rodeé la casa y encontré la puerta trasera abierta. Había un olor extraño, y luego esto…

    Señaló la habitación. Todos los muebles estaban desordenados, y las estanterías vacías, ya que su contenido, libros y objetos, se hallaba esparcido por el suelo.

    —No tengo costumbre de hacer este tipo de cosas —dijo con una sonrisa—. Alguien huyó de la casa cuando entré en el estudio, pero no llegué a verle. Pensé que sería mejor esperarle.

    Ordenamos la habitación, y luego nos sentamos junto a la mesa del comedor.

    Hacía frío, pero opté por no encender la chimenea. Keeton se relajó. La cicatriz de la quemadura se le había enrojecido considerablemente con la vergüenza, pero poco a poco se fue haciendo más clara, más discreta, aunque se cubría la mandíbula nerviosamente con la mano izquierda cuando hablaba. Advertí que parecía cansado, ni mucho menos tan agudo y vivaz como el día que le conocí en el Aeródromo de Muckiestone. Llevaba ropas de civil, muy gastadas. Cuando se sentó junto a la mesa, advertí que tenía una cartuchera y una pistola en el cinturón.

    —He revelado las fotografías que tomé hace unos días, durante ese vuelo.

    Se sacó del bolsillo un paquete enrollado, lo estiró y lo abrió para sacar varias fotografías del tamaño de una revista. Casi había olvidado que aquellas fotografías del terreno constituían parte del proceso.

    —Después de la tormenta en la que, al parecer, nos metimos, no creí que hubiéramos sacado nada. Pero me equivoqué. —Cuando empujó las copias hacia mí, parecía inquieto.

    —Suelo usar una buena cámara, de alta precisión. Película Kodak de alta sensibilidad. Así que he podido ampliarlas bastante. Mírelas…

    Me observó mientras yo miraba las escenas algo difuminadas, a veces borrosas, del Bosque Mitago.

    Las copas de los árboles y los claros parecían protagonizar todas las fotografías, pero pronto comprendí por qué Keeton estaba tan emocionado. En la cuarta foto, tomada cuando el avión se vio lanzado hacia el oeste, la cámara había hecho una toma panorámica algo inclinada del bosque, y mostraba un claro con una alta estructura de piedra, muy deteriorada, parte de la cual se alzaba por encima del nivel del follaje.

    —Un edificio —dije innecesariamente.

    —Hay una ampliación —siguió Harry Keeton.

    Algo más borrosa, la siguiente fotografía mostraba un plano más cercano de la construcción: un edificio y una torre, se alzaba en una interrupción de los árboles del bosque. Había varias figuras. No se podía observar ningún detalle, aparte del hecho de que eran humanas: formas blancas y grises, que sugerían la presencia de hombres y mujeres caminando alrededor de la torre. Dos de las formas parecían estar escalando la ruinosa estructura.

    —Probablemente fue construida en la Edad Media —comentó Keeton, pensativo—. El bosque creció alrededor del camino de acceso, y ese lugar se vio aislado…

    Otra idea, menos romántica pero más plausible, era que la estructura fuese alguna extravagancia victoriana, algo construido más por capricho que por motivos lógicos. Pero ese tipo de locuras solían aparecer en la cumbre de las colinas: estructuras altas, desde cuya cima el propietario excéntrico, adinerado, o simplemente aburrido, podía observar el paisaje más allá de los límites del condado.

    Si eso era lo que pretendía el lugar que observábamos en la fotografía, el arquitecto había sido particularmente inepto.

    Examiné la siguiente foto: mostraba la imagen de un río que discurría entre los densos grupos de árboles. Su curso trazaba meandros. Visto desde el aire, parecía un camino entre los árboles. En dos puntos, algo desenfocados, el agua brillaba y el río parecía particularmente ancho. ¿Aquello era el Arroyo Arisco? Me resultaba difícil creer lo que veía.

    —También he ampliado las fotos del río —dijo Keeton.

    Cuando examiné las tomas de las que hablaba, comprendí que allí se veían más mitagos.

    Esas formas también estaban desenfocadas, pero había cinco, muy juntas, vadeando el segmento del río que había atraído la atención de la cámara.

    Sostenían objetos sobre sus cabezas, quizá armas, quizá sólo cayados. Eran borrosas y mal definidas, como la foto que había visto en cierta ocasión del monstruo de un lago: sólo la sugerencia de una forma en movimiento. ¡Vadeando el Arroyo Arisco!

    La última fotografía era, a su manera, la más dramática de todas. Sólo mostraba bosque. ¿Sólo? Allí había algo más y, en aquel momento, yo no quería ni imaginar la naturaleza de las fuerzas y estructuras que tenía ante los ojos.

    Según me explicó Keeton, el negativo no había recibido suficiente exposición. Ese sencillo error, provocado por causas que no entendía, delataba la presencia de unos tentáculos de energía que se alzaban de la gran mancha de bosque. Eran escalofriantes, insinuantes, tentativos… Conté veinte de ellos, como tornados, pero más delgados, retorcidos y arqueados, sondeando el cielo desde la tierra oculta más abajo. Los vórtices se tendían claramente hacia el avión, para sondear el vehículo intruso… y rechazarlo.

    —Ahora sé qué clase de bosque es —dijo Keeton.
    Le miré, sorprendido. Me estaba observando. En sus ojos había una expresión de triunfo, pero no exenta de algo muy parecido al terror. Tenía la quemadura del rostro enrojecida, y la comisura de la boca afectada por el fuego, alzada, lo que daba cierta asimetría a su rostro. Se inclinó hacia adelante, con las palmas de las manos apoyadas en la mesa.

    —He estado buscando un lugar como éste desde que terminó la guerra —siguió—. Y, en pocos días, he comprendido la naturaleza del Bosque Ryhope. Ya había oído historias sobre un bosque encantado en esta zona…, por eso me he dedicado a investigar el condado.

    —¿Un bosque encantado?

    —Un bosque fantasma —aclaró rápidamente—. Había uno en Francia. Allí fue donde me derribaron. Aquél no tenía un aspecto tan sombrío, pero era igual.

    Le animé a que siguiera hablando. Parecía casi temeroso de hacerlo. Se echó hacia atrás en la silla, y su mirada vagó lejos de mí, mientras recordaba.

    —Lo he borrado de mi mente. He borrado muchas cosas…

    —Pero ahora las recuerda.

    —Sí. Estábamos muy cerca de la frontera belga. Había volado muchas veces por aquella zona, casi siempre llevando suministros a la Resistencia. Un anochecer, iba en misión cuando el avión fue zarandeado en el aire. Como atrapado por una corriente termal terrible. —Me miró—. Ya sabe cómo son.

    Asentí. Él siguió hablando:

    —Por mucho que lo intentara, no podía volar sobre aquel bosque. Era bastante pequeño. Maniobré y traté de hacerlo una vez más. El mismo efecto lumínico en las alas, como el otro día: una luz que surgía sobre la cabina. Y, una vez más, me zarandeó como a una hoja. Allí abajo había rostros. Era como si flotaran sobre el follaje. Como fantasmas, como nubes. Tenues. Ya sabe cómo se supone que son los fantasmas. Parecían nubes atrapadas en las copas de los árboles, moviéndose, cambiando… ¡pero eran rostros!
    —Así que no le derribaron —dije. Pero él asintió.
    —Oh, sí. Desde luego, algo derribó el avión. Yo siempre digo que fue un francotirador porque…, bueno, porque es la única explicación que se me ocurre. —Se miró las manos—. Un disparo, un golpe, y el avión cayó sobre el bosque como una piedra. Conseguí salir de entre los restos del aparato, igual que John Shackieford. Tuvimos una suerte increíble… hasta entonces.
    —¿Y luego?
    Alzó la vista, suspicaz.

    —Y luego… en blanco. Salí del bosque. Estaba vagando por entre las granjas de los alrededores, cuando una patrulla alemana me atrapó. Me pasé el resto de la guerra detrás de una alambrada de espino.

    —¿Vio algo en el bosque mientras estaba allí?
    Titubeó antes de responder y, cuando lo hizo, había un dejo de irritación en su voz:

    —Ya se lo he dicho, amigo. En blanco.
    Supuse que, por el motivo que fuera, no quería hablar de lo que había sucedido después del accidente del avión. Debía de ser humillante para él: prisionero de guerra, con una quemadura terrible y derribado en extrañas circunstancias.

    —Este bosque, el Bosque Ryhope, es igual… —empecé.

    —También había rostros, pero mucho más cerca.

    —No los vi —respondí, asombrado.

    —Estaban allí, pero usted no miró. Es un bosque fantasma. Exactamente igual que el otro. Y a usted también le ha hechizado. ¡Dígame que estoy en lo cierto!

    —¿Quiere que le diga algo que ya sabe?

    Tenía una mirada vehemente. El pelo rubio, indómito, le caía sobre las cejas y le daba un aspecto infantil. Parecía emocionado, pero también aprensivo. O, quizá, asustado.

    —Me gustaría entrar en ese bosque —dijo con una voz que era casi un susurro.

    —No llegará muy lejos —repliqué—. Lo sé, ya lo he intentado.

    —No le entiendo.

    —El bosque le obligará a dar la vuelta. Se defiende… Pero bueno, santo Dios, ya lo vio el otro día. Puede caminar durante horas, y siempre descubrirá que ha trazado un círculo. Mi padre descubrió un camino hacia el interior. Y Christian, también.

    —Su hermano.
    —El mismo. Ya lleva allí más de nueve meses. Debe de haber encontrado un camino a través de los vórtices…

    Antes de que Keeton me preguntara el significado del término, un movimiento en la cocina nos sobresaltó a los dos, y ambos reaccionamos con un gesto de silencio. Había sido un movimiento rápido, sólo delatado por el abrirse y cerrarse de la puerta trasera. Señalé el cinturón de Keeton.

    —Le sugiero que desenfunde la pistola, y si el rostro que aparece por esa puerta no tiene una melena pelirroja… dispare un tiro de aviso contra la pared.

    Con toda la rapidez posible, sin hacer ni un ruido innecesario, Keeton preparó el arma. Era una Smith and Wesson calibre 38. Armó el percutor, alzó el arma cargada y apuntó. Clavé la vista en la puerta de la cocina y, un momento más tarde, Guiwenneth entró cautelosa, lentamente, en la habitación. Miró a Keeton, luego a mí, y en su rostro se reflejó la pregunta: «¿Quién es éste?».

    —Santo Dios —se atragantó Keeton, animándose un poco. Bajó el arma, puso el seguro y se la guardó en la cartuchera, sin dejar de mirar a la chica. Guiwenneth se acercó a mí, me puso una mano en el hombro (¡casi protectora!), y se quedó a mi lado mientras escrutaba al piloto. Dejó escapar una risita y se rozó el rostro.
    Estaba estudiando la desagradable marca del accidente de Keeton. Dijo algo en su extraño idioma, demasiado de prisa para que yo lo interpretara.

    —Es usted increíblemente hermosa —le dijo Keeton—. Soy Harry Keeton. Me ha dejado sin aliento, casi olvido los buenos modales.

    Se levantó y dio un paso hacia Guiwenneth, que se apartó de él, incrementando la presión sobre mi hombro. Keeton me miró.

    —¿Es extranjera? ¿No habla nada de nuestro idioma?
    —Ni una palabra. Pero su idioma es de este país…, más o menos. No comprende nada de lo que hablamos.

    Guiwenneth se agachó y me besó la cabeza. También me pareció un gesto posesivo, protector, y no comprendí el motivo. Pero me gustó. Creo que enrojecí tanto como solía hacer Keeton. Alcé la mano, puse los dedos sobre los de la chica y, por un momento, nuestras manos se entrelazaron en una especie de comunicación que era inconfundible.

    —Buenas anoches, Steven —me dijo con un acento fuerte, extraño, pronunciando cuidadosamente cada palabra.
    Alcé la vista hacia ella. Sus ojos castaños brillaban, en parte de orgullo y en parte de diversión.

    —Buenas noches, Guiwenneth —la corregí. Ella hizo una mueca y se volvió hacia Keeton.

    —Buenas noches…

    Se interrumpió y dejó escapar una risita. Había olvidado el nombre. Keeton se lo recordó, y ella lo dijo en voz alta, al tiempo que alzaba la mano derecha, con la palma hacia él, y luego se ponía la palma en el vientre, Keeton repitió el gesto, hizo una reverencia, y los dos se echaron a reír.

    Después, Guiwenneth concentró su atención otra vez en mí. Se acuclilló a mi lado con la lanza entre las piernas, algo incongruente, casi obsceno. La túnica era demasiado corta, y el cuerpo demasiado sensualmente juvenil y atractivo como para que un hombre inexperto como yo pudiera aparentar indiferencia. Ella me tocó la nariz con un dedo largo y delgado, sonriendo al identificar las ideas que discurrían bajo mi rostro enrojecido.

    —Cuningabach —dijo en tono de advertencia—. Comida. Cocinar. Guiwenneth. Comida —añadió luego.

    —Comida —repetí—. ¿Quieres comida?

    Me señalé el pecho mientras hablaba, y Guiwenneth negó rápidamente con la cabeza, señalando su propio pecho.

    —¡Comida!

    —¡Ah! ¡Comida! —repetí, ahora señalándola a ella. Guiwenneth quería cocinar. Ya la entendía.

    —¡Comida! —asintió con una sonrisa. Keeton se lamió los labios.

    —Comida —dije, inseguro, preguntándome cuál sería la idea de Guiwenneth sobre una cena.

    Pero ¿qué importaba? Sería un buen experimento. Me encogí de hombros y asentí.

    —¿Por qué no?
    —¿Puedo quedarme… sólo para la cena? —intervino Keeton.

    —Por supuesto —respondí.

    Guiwenneth se puso en pie y se llevó un dedo a la nariz. (Parecía estar diciendo: «Va a ser un banquete».) Se dirigió a la cocina y revolvió entre las cazuelas y utensilios. Pronto oí el ominoso ruido de cortes, y el sonido desagradable de los huesos al ser quebrados.

    —Supongo que es muy impertinente por mi parte autoinvitarme de esta manera —dijo Keeton mientras se sentaba en un sillón, todavía con la chaqueta puesta—. Pero en las granjas siempre hay buena comida. Si quiere, pagaré…

    Le miré y me eché a reír.

    —Ni lo mencione. Quizá tenga que pagarle yo a usted. Siento decirlo, pero nuestra cocinera de hoy no cree en los métodos tradicionales. Nada de huevos fritos con bacon, ni siquiera ha oído hablar de ellos. Lo más probable es que esté asando un jabalí salvaje.

    Keeton frunció el ceño, por supuesto.

    —¿Un jabalí? Hace tiempo que se extinguieron aquí.

    —En el Bosque Ryhope, no. También hay osos. ¿Le gustaría un plato de oso estofado con mollejas de lobo?

    —Pues, la verdad, no mucho —respondió el piloto—, ¿es una broma?

    —El otro día le preparé una sopa de verduras de lo más normal, y le pareció repugnante. No quiero ni pensar qué considerará apetecible…

    Pero, cuando me aventuré hasta la puerta de la cocina para echar un vistazo, me resultó evidente que estaba preparando algo mucho menos ambicioso que un asado de jabalí. La mesa de la cocina estaba llena de sangre, igual que los dedos de Guíwenneth. Ella se los lamía con la misma tranquilidad con que yo hubiera lamido miel o salsa. La carcasa era larga y delgada. Un conejo, o una liebre. Había agua hirviendo. Había cortado groseramente algunas verduras, y examinaba el bote de la sal mientras se chupaba las manos. Al final, la comida resultó sabrosa, aunque tenía un aspecto un tanto repugnante. Sirvió la carcasa entera, con cabeza y todo, pero había partido el cráneo de manera que los sesos se cocieran también. Los separó con el cuchillo y los cortó cuidadosamente en tres partes. Keeton rechazó la suya con una divertida exhibición de cortesía y pánico.

    Guiwenneth comió con los dedos, y sólo usó su cuchillo corto para cortar tajadas del conejo, que resultó sorprendentemente abundante. Rechazó el tenedor, calificándolo de «R'vannith», pero probó a usarlo, y era evidente que reconocía su potencial.

    —¿Cómo va a volver al aeródromo? —pregunté más tarde a Keeton.
    Como la noche era algo fría, Guiwenneth había encendido la chimenea con madera de abedul. La sala de estar tenía un ambiente acogedor. Ella se sentó con las piernas cruzadas ante el fuego, y se dedicó a observar las llamas. Keeton se quedó junto a la mesa, y dividió su atención entre las fotografías y la espalda de la extraña chica. Yo me senté en el suelo, con la espalda apoyada en un sillón y las piernas estiradas tras Guiwenneth.

    Tras un rato, ella se echó hacia atrás, apoyó los codos en mis rodillas y me rozó cariñosamente un tobillo. El fuego hacía que el pelo le brillara. Estaba inmersa en sus propios pensamientos, y parecía melancólica.

    La pregunta que le hice a Keeton quebró bruscamente aquel silencio contemplativo. Guiwenneth se sentó y me miró, con el rostro solemne y los ojos casi tristes. Keeton se puso de pie y recogió la chaqueta, colgada en el respaldo de la silla.

    —Sí, se está haciendo tarde…

    Me sentí avergonzado.

    —No era una indirecta para que se fuera. Si quiere, puede quedarse esta noche, hay sitio de sobra.

    Me sonrió de una manera extraña, y miró a la chica.

    —Quizá acepte su oferta en otra ocasión, pero mañana tengo que madrugar.

    —¿Cómo va a volver?

    —Igual que vine, en la motocicleta. La he dejado aparcada en el cobertizo, para protegerla de la lluvia.

    Le acompañé hasta la puerta. Antes de marcharse, dirigió una larga mirada hacia el bosque.

    —Volveré —dijo—. Espero que no le importe…, pero tengo que volver.

    —Cuando quiera —respondí.

    Unos minutos más tarde, el rugido de la motocicleta hizo que Guiwenneth se sobresaltara y me mirase interrogadora, asombrada y alarmada. Sonreí, y le dije que no era más que el carro de Keeton. Unos segundos más tarde, cuando el sonido del motor desapareció en la distancia, Guiwenneth se relajó.


    Siete


    Durante las primeras horas de aquella velada se había creado entre nosotros una intimidad que me afectó profundamente. El corazón me latía a toda velocidad, tenía el rostro sonrojado, y mis pensamientos eran los de un adolescente incontrolable. La presencia de la chica, sentada en el suelo junto a mí, silenciosa, su belleza, su fuerza, su aparente tristeza, todo se combinó para organizar un caos en mis emociones. Para impedirme a mí mismo agarrarla por los hombros, intentar torpemente besarla, tuve que abrazar el respaldo de la silla y luchar para mantener los pies inmóviles sobre la alfombra.

    Creo que ella era consciente de mi confusión. Me sonrió y me miró, insegura, antes de clavar otra vez sus ojos en el fuego. Más tarde, se inclinó y apoyó la cabeza en mis piernas. Le toqué el cabello, primero tentativamente, luego con más seguridad. No se resistió. Le acaricié el rostro, pasé los dedos ligeramente por entre los rizos de pelo rojo, y empecé a pensar que el corazón me iba a estallar en el pecho.

    La verdad, pensé que aquella noche dormiría conmigo. Pero, más o menos a medianoche, se marchó, sin una mirada, sin una despedida. El fuego se apagó, y la habitación quedó fría. Quizá se había dormido apoyada en mí, no lo sé. Tenía las piernas insensibles de estar en la misma postura durante horas. No quería molestarla con el menor movimiento de mi cuerpo, aparte de las suaves caricias.

    Y, de repente, se levantó, recogió su cinturón y sus armas, y salió de la casa. Me quedé sentado allí y, en algún momento de la madrugada, me cubrí con el mantel de la mesa a modo de manta.

    Volvió al día siguiente, por la tarde. Mostraba una actitud despegada, distante, rehuía mi mirada y no contestaba a ninguna pregunta. Decidí hacer las cosas habituales: cuidar de la casa (o sea, limpiarla) y arreglar la puerta trasera. No eran cosas que me hubieran preocupado en condiciones normales, pero tampoco quería seguir a Guiwenneth en su vagar por la casa, perdida en sus propios pensamientos.

    —¿Tienes hambre? —le pregunté más tarde. Ella estaba junto a la ventana de mi dormitorio. Sonrió y se volvió hacia mí, sin dejar de mirar hacia fuera.

    —Tengo hambre —respondió.

    El acento era extraño. Las palabras, perfectas.

    —Estás aprendiendo mi idioma muy bien —dije, marcando exageradamente el énfasis en cada palabra.

    Pero eso ya no lo entendió.

    Esta vez se preparó el baño sin que yo se lo dijera, y chapoteó en el agua fría durante algunos minutos, sin dejar de apretar entre los dedos la pastilla de jabón Lifebuoy. Hablaba consigo misma y, de vez en cuando, se reía. Hasta se comió la ensalada de jamón frío que le había preparado.

    Pero algo iba mal, algo que mi escasa experiencia me impedía comprender. Yo le atraía, estaba seguro, y también tenía la sensación de que me necesitaba. Pero algo la retenía.

    Más tarde, por la noche, se dedicó a curiosear por los armarios de las habitaciones en desuso, y encontró algo de ropa vieja de Christian. Se despojó de la túnica y se puso una camisa blanca sin cuello. Abrió los brazos y se echó a reír.

    La camisa le quedaba enorme, le llegaba a medio muslo, y las mangas le colgaban más allá de las manos. Le enrollé los puños, y sacudió los brazos como un pájaro, mientras reía, encantada. Luego, volvió al armario y sacó unos pantalones grises de franela. Con unos alfileres, conseguimos que sólo le llegaran a los tobillos, y atamos el conjunto a su cintura con el cordón de una bata.

    Con aquel estrambótico atuendo, parecía cómoda. Era como una niña perdida en las ropas de un payaso, pero ¿cómo iba ella a juzgar tales cosas? Y, sin preocuparse lo más mínimo por su aspecto, era feliz, Supongo que, en su mente, asociaba el hecho de usar unas ropas que consideraba mías, con estar más cerca de mí.

    Fue una noche cálida, de ambiente veraniego. A la escasa luz del crepúsculo, paseamos alrededor de la casa. A Guiwenneth le intrigó la cantidad de robles jóvenes que rodeaban la casa y crecían por todo el césped, junto al estudio.

    Caminó entre los arbolillos inmaduros, pasando las manos sobre la corteza flexible, doblándolos, soltándolos, acariciando las yemas más recientes, nacidas durante la nueva estación. La seguí, concentrado en cómo la brisa vespertina le hinchaba la amplia camisa y acariciaba aquella cascada increíble que era su pelo.

    Dio dos vueltas a la casa, caminando casi a paso de marcha. Yo no entendía el motivo de tanta actividad, hasta que volvió de nuevo al patio trasero, y contempló el bosque casi con nostalgia. Dijo algo en un tono que tenía un extraño matiz de frustración.

    La comprendí al momento.

    —Esperas a alguien. Alguien va a venir del bosque para buscarte. ¿Es eso? ¡Esperas a alguien!

    Y, al mismo tiempo, se me ocurrió una idea aterradora: ¡Christian!

    Por primera vez me descubrí a mí mismo deseando fervorosamente que Christian no volviera jamás. El deseo que me había obsesionado durante meses, su regreso, se invirtió tan fácil, tan cruelmente, como fácil y cruel sería destruir una carnada de gatitos. Ya no me dolía recordar a mi hermano, ya no le necesitaba, la pena había desaparecido. Desapareció porque él buscaba a Guiwenneth, y porque aquella hermosa muchacha, aquella melancólica niña guerrera, quizá también le esperase. Había acudido a la casa, fuera del bosque, para aguardar su regreso, con la certeza de que él volvería algún día a su extraña morada.

    No era mía. En absoluto. No era a mí a quien quería. Amaba a mi hermano mayor, al hombre cuya mente la había creado.

    Pero aquel momento de reflexiones airadas se vio interrumpido cuando recordé la imagen de Guiwenneth escupiendo en el suelo, y pronunciando el nombre de Christian con un desprecio amargo. ¿Era el desprecio de la que ha visto traicionado su afecto? ¿Un desprecio que el tiempo había suavizado?

    De alguna manera, supe que no. El pánico pasó. Ella había tenido miedo de Chris, y aquella violenta reacción contra él no fue fruto de un amor despechado.

    Volvimos a la casa y nos sentamos junto a la mesa. Guiwenneth me habló y me miró, vehemente, al tiempo que se tocaba el pecho y movía las manos para ilustrar los pensamientos que se ocultaban bajo las extrañas palabras. Durante el monólogo, utilizó vocablos de mi idioma con una frecuencia sorprendente, pero seguí sin comprender qué me decía. Pronto, su rostro reflejó una mezcla de cansancio y frustración. Esbozó una sonrisa algo triste al comprender que las palabras eran inútiles. Hizo una señal, indicándome que yo le hablara a ella.

    Durante una hora, le conté cosas sobre mi infancia, sobre la familia que había vivido en Refugio del Roble, sobre la guerra, y sobre mi primer amor. Durante todo el rato, ilustré la conversación con gestos, exagerando abrazos imaginarios, disparando pistolas inexistentes, haciendo caminar mis dedos sobre la mesa, persiguiendo mi mano izquierda y, por último, atrapándola e ilustrando un primer beso tentativo. Era puro Chaplin. Guiwenneth sonrió y rió a carcajadas, hizo comentarios, dejó escapar sonidos de aprobación, de sorpresa, de incredulidad…

    Y, así, nos comunicamos a un nivel que estaba más allá de las palabras. Creo que entendió todo lo que le conté, y ahora conocía mi vida interior a grandes rasgos.

    Pareció intrigada cuando le hablé de la infancia de Christian, pero adoptó una expresión solemne cuando le conté cómo había desaparecido en el bosque.

    —¿Comprendes lo que te digo? —le pregunté por fin. Sonrió y se encogió de hombros.

    —Entiendo hablar. Un poco. Tú hablar. Yo hablar. Un poco. —Se encogió de hombros otra vez—. En bosque. Hablar…

    Flexionó los dedos, tratando de explicar un concepto difícil.

    —¿Muchos? ¿Muchos idiomas?

    —Sí —asintió ella—. Muchos idiomas. Algunos entender. Algunos no…

    Sacudió la cabeza y cruzó las manos abiertas, en un claro gesto de incomprensión.

    El diario de mi padre hacía referencia a cómo un mitago puede aprender el idioma de su creador mucho más de prisa que a la inversa. Era increíble ver y oír cómo Guiwenneth comprendía cada vez más, entendía y usaba más conceptos casi con cada frase que le decía.

    El reloj de palisandro marcó las once. Contemplamos la repisa de la chimenea en silencio y, cuando el delicado sonido se extinguió, conté en voz alta hasta once. Guiwenneth me respondió en su propio idioma. Nos miramos el uno al otro. Había sido una velada muy larga, y yo estaba cansado. Tenía la garganta reseca de tanto hablar, y los ojos me picaban por el polvo, o quizá por las cenizas de la chimenea. Necesitaba dormir, pero no quería romper el contacto con la chica. Tenía un miedo mortal de que, tras marcharse al bosque la noche anterior, no volviera, así que me había pasado la mañana paseando intranquilo, esperándola. Cada vez la necesitaba más.

    Toqué la mesa.

    —Mesa —dije.

    Ella pronunció una palabra que sonaba como «tabla».

    —Cansado —dije.

    Dejé que la cabeza me cayera hacia un lado, y fingí unos ronquidos exagerados. Ella sonrió y asintió, mientras se frotaba los ojos castaños con las manos, y parpadeaba rápidamente.

    —Chusug —afirmó, para añadir luego en mi idioma—: Guiwenneth cansada.

    —Me voy a dormir. ¿Quieres quedarte?

    Me levanté y le tendí la mano. Entonces, titubeó. Me rozó los dedos con las puntas de los suyos, pero permaneció sentada, mirándome, y sacudió lentamente la cabeza. Me lanzó un beso, quitó el mantel de la mesa (como había hecho yo la noche anterior), y se tendió en el suelo, junto a la chimenea apagada. Allí, se enrolló sobre sí misma como un animal, y pareció dormirse de inmediato.

    Subí la escalera hacia mi fría cama, y permanecí despierto más de una hora. En cierto modo, decepcionado, pero también triunfante: por primera vez, ella iba a pasar la noche en mi casa. ¡Estábamos progresando!

    Aquella noche, la naturaleza avanzó hacia Refugio del Roble de una manera aterradora, dramática.

    Yo había dormido a intervalos irregulares, con la mente llena de visiones de la chica que dormitaba abajo, junto a la chimenea, y de recuerdos de su paseo entre los brotes de roble que rodeaban la casa. No podía olvidar su imagen, con la camisa azotada por el viento, ni sus manos acariciando la flexible corteza de los árboles, que tenían ya la altura de un hombre. Me parecía que toda la casa se movía y crujía, mientras las raíces en expansión penetraban y taladraban el suelo.

    Y quizá era una intuición de lo que sucedió a las dos de la madrugada.

    Me despertó un sonido extraño, el ruido de la madera al agrietarse, el gemido de grandes vigas que se retorcían y se combaban. Durante un segundo, mientras todos mis sentidos se despertaban, creí estar en medio de una pesadilla.

    Entonces comprendí que la casa entera temblaba, y vi como el haya que crecía ante mi ventana se movía como si la azotara un huracán. Oí el grito de Guiwenneth en el piso inferior, agarré la bata y corrí escalera abajo.

    Un extraño viento frío soplaba desde el estudio, y Guiwenneth estaba de pie, en el oscuro pasillo que llevaba a esa habitación. No era más que una forma frágil, envuelta en ropas demasiado grandes. El sonido empezaba a atenuarse. Un fuerte olor a barro y a tierra me llegó de repente cuando me acerqué cautelosamente a través del vestíbulo y encendí la luz.

    El bosque había llegado al estudio, irrumpiendo a través del suelo, creciendo y retorciéndose contra las paredes y el techo. El escritorio estaba destrozado, los armarios caídos y rotos bajo los dedos engarfiados de los árboles. No sé si se trataba de un solo árbol o de varios. Quizá no fuera un árbol normal, sino una extensión del bosque cuyo único objetivo era imponerse a las frágiles estructuras de factura humana.

    Allí imperaba el olor a tierra y a bosque. Las ramas que cubrían el techo temblaban. El barro caía en pequeños terrones de los troncos oscuros que habían destrozado el suelo en ocho puntos diferentes.

    Guiwenneth entró en aquella sombría jaula de bosque, y extendió la mano para rozar uno de los miembros temblorosos. Toda la habitación pareció estremecerse ante su toque, pero, ahora, una sensación de calma envolvía la casa. Era como si… como si, de pronto, en cuanto el bosque hubo atrapado el Refugio, en cuanto lo convirtió en parte de su aura, la necesidad de poseerlo hubiera desaparecido.

    La luz del estudio ya no funcionaba. Todavía atónito por lo sucedido, seguí a Guiwenneth hacia el interior de la escalofriante habitación oscura, para rescatar el diario de mi padre de entre los restos del escritorio. Cuando revisé los libros de un cajón, juro que una rama de roble se retorció para golpearme los dedos. Mientras trabajaba, algo me miraba, me calibraba. Hacía frío en aquella habitación. Me caía tierra en el pelo, para después estrellarse contra el suelo en pequeños terrones. Y, allí donde pisaba con los pies desnudos, parecía arder.

    Todo el estudio susurraba. Murmuraba. Fuera del balcón, que seguía intacto, los brotes de roble se aglomeraban cada vez más, ahora más altos que yo, y crecían cada vez más cerca de la casa.

    A la mañana siguiente, desperté de unas últimas horas de sueño irregular, inquieto, sólo para darme cuenta de que eran casi las diez, y de que el cielo estaba encapotado, amenazando lluvia. El mantel yacía arrugado en el suelo, junto a la chimenea, pero un ruido procedente de la cocina me indicó que mi invitada no se había marchado todavía.

    Guiwenneth me recibió con una sonrisa alentadora y unas palabras en su lengua céltica, que tradujo brevemente como «Bien. Comer». Había encontrado una caja de galletas del Cuáquero, y había preparado unas gachas espesas con miel y agua. Se lo llevaba a la boca con dos dedos, y se relamía con ruidoso placer. Alzó la caja y observó el dibujo del Cuáquero con su larga túnica oscura.

    Se echó a reír.

    —Meivoroth! —dijo, señalando el caldo espeso—. Bueno.

    Había encontrado algo que le recordaba su hogar. Cuando alcé la caja, descubrí que estaba casi vacía.

    Entonces, algo en el exterior le llamó la atención. Se acercó rápidamente a la puerta trasera, la abrió, y salió bajo el viento de la mañana. La seguí, consciente del sonido de los cascos de un caballo que trotaba por el prado cercano.

    La persona que cabalgó hasta la valla y se inclinó para abrir la puerta de la verja no era ningún mitago. La chica guió a la pequeña yegua por el jardín.

    Guiwenneth observó a la jovencita con interés. Parecía casi divertida.

    Era la hija mayor de los Ryhope, una chica desagradable que ejemplificaba todas las caricaturas crueles de la clase alta inglesa: mandíbula débil, ojos aburridos, con demasiadas opiniones y poca información. Era una obsesa de los caballos y una fanática de la caza, cosa que a mí me parecía particularmente ofensiva.

    Dirigió a Guiwenneth una larga mirada arrogante, con más celos que curiosidad. Piona Ryhope era rubia, pecosa y vulgar hasta la saciedad. Llevaba pantalones de montar y una chaqueta negra y, a mis ojos, no se distinguía en nada de todas las jovencitas chaladas por los caballos que solían saltar barriles y vallas en las carreras locales.

    —Una carta para usted. La enviaron a casa.

    Y no dijo una palabra más. Me entregó el abultado sobre, e hizo dar la vuelta al caballo en el jardín. No cerró la puerta de la verja. Desde la falta de cortesía hasta el hecho de que no se molestó en descabalgar, cada segundo de su presencia en mi territorio fue molesto e insultante. No me digné a darle las gracias. Guiwenneth se quedó viéndola alejarse, pero yo entré otra vez en la casa y abrí el sobre.

    Era de Anne Hayden. La carta era sencilla y breve:

    Estimado señor Huxley: Creo que los folios adjuntos son las hojas que buscaba cuando vino a Oxford. Desde luego, están escritos con la letra de su padre. Se hallaban en un ejemplar de la Revista de Arqueología. Creo que su padre los escondió ahí, y luego envió el ejemplar de la revista al mío. En cierto modo, usted mismo los descubrió: sin su visita, yo no me habría molestado en enviar el montón de periódicos a la universidad. Un amable bibliotecario encontró las hojas y me las devolvió. También le incluyo cierta correspondencia que quizá le interese.
    Sinceramente suya,
    Anne Hayden


    Junto a la carta había seis páginas dobladas, procedentes del diario de mi padre. No había querido que Christian las encontrase. Las seis páginas hablaban de Guiwenneth… y de la manera de traspasar las defensas exteriores del bosque primario.


    Ocho


    Mayo de 1942.

    Encuentros con la tribu del río, los shamiga, con una forma primitiva de Arturo y con un caballero que parece salido de los relatos de Malory. Este último, bastante peligroso. Observación de un torneo en el sentido antiguo de la palabra, una batalla demencial en un claro del bosque, diez caballeros, todos luchando en un silencio absoluto, sólo se oía el chocar de las armas. El caballero que triunfó cabalgó alrededor del claro, y los demás se marcharon tumbados sobre sus caballos. Un hombre de aspecto magnífico, con armadura brillante y capa púrpura.

    Su caballo llevaba una manta y unas alforjas de seda. No pude identificarle en términos de leyenda, pero me habló en un idioma que conseguí reconocer: francés medieval.

    Eran notables, pero lo más significativo fue el pueblo fortificado de Cumbarath.

    Allí me quedé cuarenta días, quizá más (¡y sólo estuve fuera dos semanas!). Me enteré de la leyenda de Guiwenneth. Esta aldea es el legendario pueblo cercado, oculto en un valle, o al otro lado de una montaña lejana, donde vive la raza pura, los antiguos habitantes de estas tierras que nunca fueron hallados por el conquistador. Uní mito poderoso que ha persistido durante siglos. Sorprendente para mí, ya que he vivido dentro de un mitago: el mismo pueblo, y todos sus habitantes, han sido creados por el inconsciente racial. Hasta ahora, éste es el territorio mítico más poderoso del bosque, al menos que yo sepa.

    Aprendí el idioma con facilidad, ya que se parecía al celta de la chica, y me enteré de fragmentos de su leyenda, aunque es evidente que la historia está incompleta. Estoy seguro de que la historia termina en tragedia. La narración me interesa profundamente. He comprendido gran parte de las cosas de las que habla G cuando viene, gran parte de sus obsesiones. Ha sido generada con 16 o 17 años, el momento en que su memoria empieza a ser importante, pero el pueblo recuerda claramente la historia de su nacimiento. Ésta es parte de la oscura historia de Guiwenneth, tal como me fue contada:

    Eran los primeros días, después de que las legiones del este llegaran a estas tierras.

    Dos hermanas vivían en un fuerte de Dun Emrys: las hijas del señor guerrero Morthid, que era viejo, débil, y se había rendido en paz. Cada una de las hijas era tan bella como la otra. Las dos habían nacido el mismo día, el anterior a la fiesta de Lug, el dios sol. Era casi imposible distinguirlas, excepto porque Dierdrath llevaba un capullo de brezo sobre el seno derecho, y Rhiathan la flor de un rosal silvestre sobre el izquierdo. Rhiathan se enamoró de un comandante romano del fuerte cercano, Caerwent. Se fue a vivir al fuerte, y hubo un tiempo de armonía entre el invasor y la tribu de Dün Emrys. Pero Rhiathan era estéril, y sus celos y su odio fueron creciendo, hasta que su rostro se endureció como el hierro.

    Dierdrath amaba al hijo de un valiente guerrero, muerto en lucha contra los romanos. El nombre del hijo era Peredur, y había sido expulsado de la tribu porque se oponía al padre de Dierdrath.

    Ahora vivía en el bosque con nueve guerreros, en un desfiladero de rocas donde ni una liebre osaba adentrarse. Por las noches se acercaba a las afueras del bosque y llamaba a Dierdrath como una paloma. Dierdrath iba a él y, con el tiempo, concibió un hijo suyo.

    Cuando llegó la hora del parto, el druida, Cathabach, anunció que sería una niña, y se le dio nombre: Guiwenneth, que significa «hija de la tierra». Pero Rhiathan envió soldados a Dun, y Dierdrath fue arrebatada a su padre, y llevada contra su voluntad a las tiendas, dentro de la empalizada de madera del fuerte romano. También fueron llevados cuatro guerreros de Dun, y el mismo Morthid, que accedió a que la niña, cuando naciera, fuera adoptada por Rhiathan. Dierdrath estaba demasiado débil para gritar, y Rhiathan juró en silencio que, cuando naciera la niña, su hermana moriría.

    Peredur, desesperado, lo veía todo desde las afueras del bosque. Sus nueve estaban con él, y ninguno podía consolarle. Durante la noche, atacaron el fuerte dos veces, pero fueron repelidos por la fuerza de las armas… Y ambas veces oyó la voz de Dierdrath, que le gritaba: «De prisa, salva a mi hija».

    Más allá del desfiladero de piedra, donde los bosques eran más oscuros, había un lugar donde el árbol más viejo era más viejo que la tierra. Allí, Peredur lo sabía, vivía la Jagad, una entidad tan eterna como la roca que habitaba. La Jagad era su única esperanza, porque sólo ella controlaba el curso de la cosas, no sólo en los bosques, sino también en los mares y en el aire. Vivía desde los tiempos más antiguos, y ningún invasor podía acercarse a ella. Conocía los caminos de los hombres desde el tiempo de la Vigilancia, cuando los hombres no tenían lenguas con las que hablar.

    Así fue como Peredur encontró a la Jagad.

    Dio con un valle donde crecían cardos salvajes, y ningún brote le llegaba más allá del tobillo. A su alrededor, el bosque era alto y silencioso. Ningún árbol había caído y muerto para formar este claro. Sólo la Jagad lo había creado. Los nueve guerreros que estaban con él formaron un círculo, dando la espalda a Peredur, que se erguía entre ellos. Todos sostenían ramas de avellano, de ciruelo y de roble.

    Peredur mató un lobo y esparció su sangre sobre la tierra, alrededor de los nueve.

    Puso la cabeza del lobo mirando hacia el norte. Clavó su espada en la tierra, al oeste del círculo. Dejó su daga en el este. Él mismo se situó en el sur, dentro del anillo, y llamó a la entidad.

    Así eran las cosas en los días anteriores a los sacerdotes, y la más importante de todas era el círculo, que unía al invocante a su propio tiempo, a su propia tierra.

    Nueve veces llamó Peredur a la Jagad.

    En la primera llamada, sólo vio los pájaros que volaban de los árboles (pero qué pájaros eran, cuervos, gorriones, halcones, cada uno tan grande como un caballo).

    En la segunda llamada, las liebres y los zorros del bosque corrieron alrededor del círculo y huyeron hacia el oeste.

    En la tercera llamada, los jabalíes salvajes salieron de entre los arbustos. Cada uno era más alto que un hombre, pero el círculo los detuvo (aunque Oswry mató con su lanza al más pequeño para comerlo luego; en otro tiempo tendría que responder por este acto).

    En la cuarta llamada, los ciervos salieron de entre los matorrales, seguidos por los antílopes, y cada vez que sus cascos tocaban la tierra del bosque, el círculo se estremecía. Los ojos de los ciervos brillaban en la noche. Guillauc puso un torque en las astas de uno de ellos, para que llevara su marca, y en otro momento tendría que responder por lo que había hecho.

    En la quinta llamada, el claro quedó en silencio, aunque algunas figuras se movían más allá del límite de la visión. Entonces, hombres a caballo surgieron de entre los árboles y rodearon el claro. Los caballos eran negros como la noche, y a los pies de cada uno había una docena de perros grises, y un jinete a sus lomos. Un viento silencioso agitaba sus capas, y las antorchas ardían, y esta salvaje partida de caza dio veinte vueltas en torno a los nueve, gritando con los ojos brillantes. No eran hombres de las tierras de Peredur, sino cazadores de tiempos pasados y de tiempos venideros, reunidos allí para proteger a la Jagad.

    En la sexta y séptima llamadas, la Jagad vino, seguida de los jinetes y los perros. La tierra se abrió y las puertas del subsuelo se abrieron, y la Jagad surgió a través de ellas: una figura alta, sin rostro, con el cuerpo envuelto en túnicas oscuras, con plata y hierro en las muñecas y tobillos. La hija caída de la Tierra, la airada y vengativa niña de la Luna. La Jagad se alzó ante Peredur y, en el vacío que era su rostro, apareció una sonrisa, y una carcajada terrible asaltó los oídos del guerrero.

    Pero la Jagad no podía romper el círculo de Tiempo y Tierra, no podía arrastrar a Peredur lejos de aquel lugar y época, ni extraviarle en un lugar salvaje donde estuviera a su merced. Tres veces rodeó el círculo, deteniéndose sólo ante Oswry y Guillame, que supieron entonces que, al matar al jabalí y marcar al ciervo, se habían condenado. Pero su momento llegaría en otro tiempo, en otra historia.

    Entonces, Peredur le dijo a la Jagad lo que necesitaba. Le habló de su amor por Dierdrath, y de los celos de la hermana de su amada, y del peligro que corría su hija. Le pidió ayuda.

    —Entonces, me quedaré con la niña —dijo la Jagad. Y Peredur le respondió que no.

    —Entonces, me quedaré con la madre —dijo la Jagad. Y Peredur le respondió que no.

    —Entonces, me quedaré con uno de los diez —dijo la Jagad.

    Y llevó a Peredur y a sus guerreros una cesta de avellanas. Cada uno de los guerreros, incluido Peredur, tomó una avellana y se la comió, sin saber que así quedaban atados a la Jagad, Y dijo la Jagad:

    —Sois los cazadores de la larga noche. Ahora, uno de vosotros es mío, porque la magia que os entrego tiene un precio, un precio que sólo se puede pagar con una vida. Romped el círculo, porque el trato está cerrado.

    —No —dijo Peredur. Y la Jagad se rió.

    Entonces, la Jagad alzó los brazos hacia el cielo oscuro. A Peredur le pareció ver, en el vacío que era su cara, la forma de la hechicera que habitaba el cuerpo de la entidad. Era más vieja que el tiempo, y sólo los bosques salvaban a los hombres de su malvada mirada.

    —Te devolveré a tu Guiwenneth —gritó la Jagad—. Pero cada uno de los hombres que están aquí pagarán por su vida. Soy la cazadora de los primeros bosques, y de los bosques de hielo, y de los bosques de piedra, y de los altos caminos, y de los pantanos cenagosos. Soy la Jagad, hija de la Luna y de Saturno. Las hierbas amargas me curan, los jugos ácidos me sustentan, la plata brillante y el hierro frío me dan fuerza. Siempre he estado en la Tierra, y la Tierra siempre me alimentará, porque soy la cazadora eterna, y cuando te necesite, Peredur, a ti y a tus nueve cazadores, os llamaré. Y aquel al que llame, partirá. No hay tiempo tan remoto que no pueda enviaros a él en una misión, ni lugar demasiado grande, ni demasiado frío, ni demasiado ardiente, ni demasiado solitario. Sabed y aceptad pues que, cuando la niña conozca el amor, todos y cada uno de vosotros seréis míos… para responder a mi llamada, o para no hacerlo, eso dependerá de la naturaleza de las cosas.

    Y Peredur se entristeció. Pero, cuando todos sus amigos dieron su consentimiento, aceptó, y así quedó pactado. Y, desde entonces, se les llamó Jaguth, que quiere decir «cazadores de la noche».

    El día que nació la niña, diez águilas aparecieron en el cielo, volando en círculos sobre el fuerte romano. Nadie sabía cómo interpretar el presagio, porque las aves eran un buen agüero para todos los implicados, pero el número resultaba extraño.

    Guiwenneth nació en una tienda, y sólo la vieron su tía y el druida. Cuando el druida daba las gracias con humo y un pequeño sacrificio, Rhiathan presionó un cojín contra el rostro de su hermana y la mató. Nadie la vio hacerlo, y libró su muerte con tantos lamentos como todos los demás.

    Rhiathan tornó a la niña y salió del fuerte, y alzó a la niña sobre su cabeza, proclamándose madre adoptiva, y proclamando a su vez padre adoptivo a su amante romano.

    Las diez águilas se reunieron sobre el fuerte. El batir de sus alas parecía el sonido de una tormenta lejana. Eran tan grandes que, cuando se agruparon, ocultaron el sol, y proyectaron una gran sombra sobre el fuerte. De esa sombra surgió una de las águilas, que bajó en picado del cielo. Batió las alas sobre la cabeza de Rhiathan, atrapó a la niña entre sus enormes garras, y remontó el vuelo de nuevo.

    Rhiathan gritó de furia. Las águilas se dispersaron rápidamente sobre el campo, pero los arqueros romanos dispararon un millar de flechas, para dificultar su vuelo.

    El águila que llevaba a la niña era la más lenta de todas. En la legión había un soldado famoso por su habilidad con el arco, y la única flecha que disparó atravesó el corazón del águila, que dejó caer a la niña. Al ver esto, las otras volvieron rápidamente, y una de ellas detuvo la caída de la niña, recogiéndola sobre sus alas. Otras dos atraparon al águila muerta entre sus garras. Con el bebé y el ave muerta huyeron a los bosques, al desfiladero rocoso, y ya allí recuperaron la forma humana.

    Era Peredur el que había bajado por la niña, el mismo Peredur, su padre. Yacía allí, hermoso y pálido en la muerte, con la flecha todavía clavada en el corazón.

    Cerca del desfiladero, la risa de la Jagad era como el viento. Había prometido a Peredur que le entregaría a su Guiwenneth. Y, por unos momentos, la había tenido.

    El Jaguth llevó a Peredur al fondo del valle de piedras, donde más fuerte era el viento, y le enterró allí, bajo una roca de mármol blanco. Magidion era ahora el jefe del grupo.

    Criaron a Guiwenneth lo mejor que pudieron, estos cazadores del bosque, estos guerreros proscritos. Guiwenneth era feliz con ellos. La amamantaron con rocío de flores silvestres y leche de cierva. La abrigaron con pieles de zorro y algodón. Cuando tuvo medio año, ya sabía andar. Corría antes de cumplir cuatro estaciones de vida. Poco después de aprender a hablar, ya conocía los nombres de las cosas del bosque. Su única pena era que el espíritu de Peredur la llamaba, y muchas mañanas la encontraban de pie junto a la roca de mármol, en el desfiladero azotado por el viento, llorando.

    Un día, Magidion y el Jaguth cazaban al sur del valle, y la chica iba con ellos.

    Acamparon en un lugar secreto, y uno de ellos, Guillauc, se quedó con ella mientras los demás cazaban.

    Así fue como Guiwenneth los perdió.

    Los romanos habían buscado incansablemente en las colinas, en los valles y en los bosques que rodeaban el fuerte. Ahora olfatearon el humo del fuego de campamento, y veinte hombres se acercaron al claro. Pero un cuervo delató su presencia, y Guiwenneth y el cazador Guillauc supieron que estaban perdidos.

    Rápidamente, Guillauc se ató a la chica a la espalda con tiras de cuero, apretando las ligaduras hasta hacerle daño. Entonces, invocó la magia de la Jagad, y se convirtió en un gran venado, y con esta forma huyó de los romanos.

    Pero los romanos tenían perros, y los perros persiguieron al venado durante todo el día. Cuando el venado estuvo exhausto, se dejó caer, y los perros lo despedazaron. Guiwenneth fue salvada y llevada al fuerte. El espíritu de Guillauc permaneció donde el venado había caído, y el año en que Guiwenneth conoció el amor, la Jagad fue por él.

    Durante dos años, Guiwenneth vivió en una tienda, dentro de los altos muros de la fortaleza romana. Siempre se la encontraba luchando para ver algo por encima de los muros del fuerte, gritando y sollozando, como si supiera que el Jaguth estaba allí fuera y la esperaba. No se vio niña más melancólica durante aquellos años, y no hubo ningún lazo de amor entre ella y su madre adoptiva.

    Pero Rhiathan no quería dejarla marchar.

    Así fue como el Jaguth la recuperó.

    A principios del verano, antes del amanecer, ocho palomas llamaron a Guiwenneth, y la niña despertó y las escuchó. A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, ocho búhos la llamaron. En la tercera mañana estuvo despierta antes de que sonara la llamada, y atravesó el campamento oscuro, hacia el muro, hasta el lugar desde donde veía las colinas que rodeaban el fuerte. Allí había ocho venados que la miraban. Tras un momento, corrieron rápidamente colina abajo, y sus cascos resonaron alrededor del fuerte, llamándola con fuertes bramidos antes de volver al valle.

    En la cuarta mañana, mientras Rhiathan dormía, Guiwenneth se levantó y salió de la tienda. Empezaba a amanecer. Todo estaba silencioso, envuelto en bruma.

    Oyó el murmullo de unas voces, los centinelas en sus torres. Era un día frío.

    De la niebla surgieron ocho enormes perros de caza. Cada uno más alto que la niña, todos tenían los ojos como pozos, mandíbulas como heridas rojas y lenguas colgantes. Pero Guiwenneth no tuvo miedo. Se tumbó, y dejó que el más grande de los perros la tomara entre sus mandíbulas y la levantara. Los perros se dirigieron en silencio hacia la puerta norte. Allí había un soldado, pero antes de que pudiera dar la alarma, le desgarraron la garganta. Aún no se había despejado la niebla, cuando se abrió la puerta, y una patrulla de soldados a pie salió del fuerte.

    Antes de que se cerrara de nuevo, los ocho perros y Guiwenneth se deslizaron fuera.

    Cabalgó con el Jaguth durante muchos años. Primero fueron hacia el norte, hacia los pantanos fríos, a través de las nieblas, refugiándose entre las tribus de caras pintadas. Guiwenneth era una chiquilla menuda a lomos de un gran caballo.

    Cuando llegaron al norte, encontraron monturas más pequeñas, pero igual de rápidas. Cabalgaron de nuevo hacia el sur, hacia el otro extremo de la región, atravesaron pantanos, ciénagas, bosques y valles, y cruzaron un gran río.

    Guiwenneth creció, se entrenó y adquirió habilidad. Por las noches, dormía en brazos del jefe del Jaguth.

    Así, pasaron muchos años. La niña era hermosa en todos los sentidos, y tenía el pelo largo y rojo, la piel blanca y suave. Dondequiera que se detuviesen, los guerreros jóvenes la deseaban, aunque durante años no conoció el amor. Pero sucedió que, en las tierras del este, se enamoró por primera vez del hijo de un jefe que estaba decidido a poseerla.

    El Jaguth comprendió que sus días con Guiwenneth tocaban a su fin. La llevaron de nuevo hacia el oeste, encontraron el valle y la piedra de su padre, y allí la dejaron, porque el que la amaba estaba muy cerca, y la risa de la Jagad resonaba más allá de las piedras. La entidad estaba a punto de reclamarlos.

    El valle era un lugar triste. La piedra que cubría el cuerpo de Peredur siempre brillaba, y mientras Guiwenneth esperaba allí, sola, sucedió que el espíritu de su padre surgió de la tierra, y ella le vio por primera vez, y él la vio a ella.

    —Eres la bellota que crecerá hasta convertirse en roble —le dijo.

    Pero ella no le entendió. Dijo Peredur:

    —Tu tristeza crecerá hasta convertirse en furia. Proscrita como yo, ocuparás mi lugar. No descansarás hasta que el invasor se vaya de estas tierras. Le perseguirás, le quemarás, le expulsarás de sus fuertes y de sus pueblos.

    —¿Cómo haré tal cosa? —preguntó Guiwenneth.

    Y, alrededor de Peredur, aparecieron las formas fantasmales de los grandes dioses y diosas. Porque el espíritu de Peredur estaba libre de las garras de la Jagad. Cumplido el trato, ella no le había reclamado, y en el mundo de los espíritus Peredur era renombrado, y guiaba a los caballeros que corrían con Cernunnos, el Señor de los Animales, el de las grandes astas. El dios astado levantó a Guiwenneth del suelo e insufló el fuego de la venganza en sus pulmones y la semilla del cambio, para que pudiera transformarse en cualquier animal del bosque.

    Epona le tocó los labios y los ojos con rocío de luna, para cegar las pasiones de los hombres. Taranis le dio fuerza y truenos, y así fue poderosa en todos los sentidos.

    Se convirtió en raposa y entró en el fuerte de Caerwent, donde su madrastra dormía con el romano. Cuando el hombre despertó, vio a la chica de pie junto a su camastro, y enloqueció de amor por ella. La siguió fuera del fuerte, en medio de la noche, hasta el río, donde se quitaron la ropa y se bañaron en las aguas frías. Pero Guiwenneth se convirtió en halcón y voló sobre su cabeza y le picoteó los ojos hasta dejarle ciego. El río le arrastró, y cuando Rhiathan vio el cadáver de su esposo, el corazón se le rompió, y saltó de los altos acantilados para estrellarse contra las rocas marinas.

    Así, la chica Guiwenneth volvió al lugar de su nacimiento.


    Nueve


    Le leí la breve leyenda a Guiwenneth, enfatizando cada palabra, cada expresión.

    Ella me escuchó con vehemencia. Clavaba en mí los ojos oscuros, inquisitivos, tentadores. Creo que no estaba tan interesada en lo que yo le decía como en mí.

    Le gustaba mi manera de hablar, mi sonrisa: quizá esas características mías le resultaban tan excitantes como a mí su belleza, y aquella sexualidad infantil, increíble.

    Tras un rato, me cogió la mano entre sus dedos para hacerme callar.

    La miré.

    Ningún nacimiento, ninguna génesis debida a ninguna extraña bestia del bosque podía compararse con la chica que había generado mi propia mente, interactuando con el silencioso Bosque Ryhope. Era la criatura de un mundo tan apartado de la realidad como la Luna. Pero, ¿qué significaba yo para ella?

    Era la primera vez que me planteaba la pregunta. ¿Qué era yo a sus ojos? ¿Algo igual de extraño, igual de lejano? Quizá su interés se basaba en la fascinación, como el mío hacia ella. ¡Pero el poder que existía entre nosotros, esa afinidad inexplicable, esa comunión de las mentes…! No podía creer que no estuviera enamorado de Guiwenneth. La pasión, el nudo que sentía en el pecho, el deseo que me inspiraba…, ¡la suma de todo aquello era amor! Estaba seguro de que ella sentía lo mismo por mí. Y también sabía que aquello iba más lejos que la «función» de la chica de la leyenda, que era más que la simple obsesión de todos los varones por la princesa del bosque.

    Christian había experimentado aquella obsesión y, en su frustración —¿cómo podía ella corresponderle adecuadamente? Después de todo, no era el mitago de mi hermano—, él la había obligado a volver al bosque, donde había sido brutalmente asesinada, casi con certeza por alguno de los mitagos malévolos.

    Pero lo que existía entre esta Guiwenneth y yo era mucho más sólido, mucho más auténtico. ¡Qué convincentes me resultaban mis propios argumentos! ¡Qué fácil es dejar de lado las precauciones!

    Aquella tarde entré otra vez en el bosque y llegué hasta el claro, para descubrir que la tierra había absorbido por completo los restos de la tienda. Agarrando el mapa de mi padre como si fuera un amuleto protector, me abrí camino internándome en el bosque. Guiwenneth me siguió en silencio, con los ojos alerta y el cuerpo tenso, preparada para la lucha o para la huida.

    Aquel camino era el mismo que yo había recorrido con Christian el invierno anterior. Desde luego, llamarlo camino era elevar la categoría de aquella ruta casi imperceptible que discurría entre los troncos de los robles, que subía y bajaba surcando los desniveles del terreno. Los matorrales y los helechos me azotaban las piernas. Una vez más, los espinos me desgarraron los pantalones. Los pájaros huyeron aterrados en la oscura bóveda del follaje veraniego. Había conseguido adentrarme hasta allí en otras ocasiones, sólo para descubrir que volvía a tener el claro a unos cientos de pasos. En cambio, por aquel sendero ondulante del que tanto había hablado mi padre, conseguí avanzar más que nunca, y me sentí moderadamente triunfante.

    Guiwenneth sabía perfectamente dónde estaba. Gritó mi nombre y cruzó las manos, esa manera tan suya de decir «No».

    —¿No quieres que siga adelante? —pregunté.

    Y volví hacia ella por entre los matorrales. Advertí que tenía la piel fría, y que su cabellera lujuriosa estaba llena de fragmentos de espinos y trozos de corteza muerta.

    —Pergayal! —dijo—. No bueno —añadió.

    Hizo un gesto, como si se clavara algo en el corazón, e interpreté que el mensaje era: «Peligroso». Nada más terminar de hablar, me tomó la mano entre sus dedos pequeños, fríos, pero fuertes. Tiró de mí hacia el claro, y la seguí de mala gana. Tras unos pasos, su mano se tornó cálida dentro de la mía. Ella se dio cuenta y me soltó, casi reluctante, no sin antes lanzar una mirada temerosa hacia atrás.

    Seguía esperando. Yo no entendía qué. Cuando cayó la noche y empezó a amenazar lluvia, se quedó de pie junto a la valla, sin dejar de observar el Bosque Mitago. ¡Qué frágil parecía aquel cuerpo tenso! A las diez, me fui a la cama. La noche anterior había dormido muy poco y estaba agotado. Guiwenneth me siguió hasta mi habitación y se quedó mirando mientras me desnudaba, pero huyó entre risas cuando me acerqué a ella. Dijo algo en tono de advertencia, y añadió algunas palabras que parecían una disculpa.

    Iba a ser otra noche de sobresaltos.

    Poco después de las doce, se acercó a la cama y me zarandeó hasta despertarme, emocionada, exultante. Encendí la lámpara de la mesilla. Sus esfuerzos para hacer que la siguiera eran casi histéricos, tenía los ojos abiertos de par en par, salvajes, y los labios brillantes.

    —¡Magidion! —gritó—. ¡Steven, Magidion! ¡Venir! ¡Con mí!

    Me vestí a toda prisa, y ella no dejó de espolearme mientras me ponía los calcetines y los zapatos. Cada pocos segundos, miraba hacia el bosque, y luego volvía a concentrarse en mí. Cuando le devolví la mirada, me sonrió.

    Al fin estuve preparado. Ella echó a correr como una liebre escalera abajo, y casi la perdí de vista antes de llegar a la puerta trasera.

    Me esperó allí, medio oculta entre los matorrales, tras los árboles. Cuando llegué junto a ella y fui a decir algo, se llevó un dedo a los labios. Entonces, lo oí en la distancia: el sonido más escalofriante que había escuchado en mi vida. Era un cuerno, o un animal, alguna criatura de la noche cuyo grito era un monosílabo profundo, resonante, triste, que se alzaba en el cielo encapotado de la noche.

    Guiwenneth olvidó su duro temple de guerrera y casi se estremeció de placer.

    Emocionada, me cogió de la mano, y prácticamente me arrastró en dirección al claro. Tras correr unos metros, se detuvo, se volvió hacia mí y me agarró por los hombros. Era varios centímetros más baja que yo, y se estiró un poco para besarme suavemente en los labios. Fue un momento tan mágico, tan maravilloso, que el mundo que me rodeaba se convirtió en un día de verano. La noche oscura del bosque tardó varios segundos en imponerse de nuevo, y Guiwenneth era ya una sombra gris que corría ante mí, instándome a que la siguiera.

    Otra vez el grito, fuerte, sostenido. Un cuerno, ahora estaba seguro. El cuerno de llamada del bosque, el grito del cazador. Estaba más cerca. Los sonidos de la carrera de Guiwenneth se interrumpieron un segundo. El bosque pareció contener el aliento cuando el grito se reanudó, y sólo al desvanecerse la triste nota, volvió a susurrar los sonidos de la vida nocturna.

    Corrí hacia la chica, que estaba acuclillada justo al borde del claro. Me hizo agacharse y volvió a pedirme silencio. Así sentados, juntos, vigilamos el oscuro espacio que se extendía ante nosotros.

    Divisé un movimiento a lo lejos. Una luz parpadeó un instante a la izquierda y volvió a hacerlo justo enfrente. Oía la respiración de Guiwenneth, un sonido tenso, emocionado. Mi propio corazón latía a toda velocidad. No tenía la menor idea de si el que se acercaba era amigo o enemigo. El cuerno resonó por tercera y última vez, ahora tan cerca que resultaba casi escalofriante. A mi alrededor, el bosque reaccionó con terror; los animales pequeños huían de un sitio a otro, cada metro cuadrado de maleza se movía y susurraba mientras la fauna del bosque corría para ponerse a salvo. ¡Frente a mí había luces por todas partes! Parpadeaban y ardían, y pronto pude oír el sordo crepitar de las antorchas. ¡Antorchas en el bosque! Las luces inquietas se movían de lado a lado, acercándose.

    Guiwenneth se puso de pie, me indicó que me quedara donde estaba, y se adelantó hasta el claro. Contra la luz de las antorchas, cada vez más brillante, una silueta pequeña caminaba confiada hacia el centro del claro, con la lanza preparada para usarla si fuera necesario.

    Entonces, pareció que los troncos de los árboles se movieran hacia adelante, que se adentraran en el claro, formas oscuras resaltadas en la noche. Durante un segundo, mi corazón dejó de latir, y lancé un grito de aviso… ahogando el final, como si comprendiera que me estaba comportando como un idiota. Guiwenneth se quedó donde estaba. Las grandes formas negras la rodearon con un movimiento lento, cauteloso.

    Cuatro de las formas portaban antorchas y tomaron posiciones alrededor del claro. Las otras tres se inclinaron hacia la muñeca que era la chica. Inmensas antenas curvas surgían de sus cabezas. Sus rostros eran espantosos cráneos de ciervo, a través de cuyas órbitas vacías brillaban a la luz de las antorchas unos ojos muy humanos. Un olor rancio, el olor del cuero, de la piel, de animales devorados por los parásitos, inundó el aire de la noche, mezclándose con el punzante aroma de la resina, o de lo que fuera que ardía en las antorchas. Tenían la ropa hecha jirones, y los cuerpos llenos de cicatrices. Se cubrían las piernas de pieles atadas con lianas. El metal y la piedra brillaban en sus cuellos, brazos y cinturas.

    Las figuras se detuvieron. Se oyó un ruido como una carcajada, un gruñido ronco. El más alto de los tres dio otro paso hacia Guiwenneth, se llevó la mano a la cabeza y se quitó el casco del cráneo.

    Un rostro negro como la noche, ancho como un roble, sonrió a chica.

    Pronunció unas palabras, e hincó una rodilla en tierra ante Guiwenneth, que le puso ambas manos y la lanza sobre la nuca. Los demás dejaron escapar exclamaciones de alegría, también se quitaron las máscaras y se agruparon en torno a la chica. Todos llevaban los rostros pintados de negro, y las barbas descuidadas o trenzadas, aun en aquella penumbra no se distinguían de las pieles oscuras en las que se envolvían los cuerpos.

    La figura más alta abrazó a Guiwenneth, estrechándola con tal fuerza que la levantó del suelo. Ella se echó a reír, escapó de aquel abrazo asfixiante y se dirigió a los demás hombres por turno, tocándoles las manos. El murmullo de la charla subió de tono en el claro: el reencuentro estaba lleno de gozo y alegría.

    La conversación era incomprensible. No era siquiera el celta que hablaba Guiwenneth, sino más bien una combinación de palabras apenas reconocibles y sonidos de animales del bosque, con cloqueos, silbidos y gritos, una cacofonía a la que la chica respondía de la misma manera. Tras unos minutos, uno de ellos empezó a tocar con una flauta de hueso. La melodía era sencilla, inquietante. Me recordó una canción popular que había oído cierta vez en una feria, mientras se bailaba el extraño Morris…1¿dónde había sido?


    1 Morris: antigua danza popular inglesa, en que los participantes se disfrazaban al estilo de las leyendas de Robín Hood. (N. de los T.)


    ¿Dónde había sido?

    La imagen de una noche, en un pueblo de Staffordshire… apretando muy fuerte la mano de mi madre, zarandeado por la multitud, El recuerdo vuelve…, una visita a Abbots Bromley, comer buey asado y beber litros de limonada. Las calles estaban llenas de gente y de bailarines, y Chris y yo les seguimos deprimidos, hambrientos, sedientos, aburridos.

    Por la noche, llegamos a los terrenos de una gran casa, y observamos y escuchamos un baile, ejecutado por hombres que llevaban cornamentas de ciervo. Un violín tocaba la melodía. Aquel extraño sonido me dio escalofríos, incluso a mi temprana edad. Algo en aquella melodía inquietante llegaba directamente a una parte de mí que todavía estaba enlazada con el pasado. Aquí había algo que había conocido toda mi vida. Aunque no lo supiera, Christian también lo sentía. El silencio que se hizo entre la multitud sugería que la música y el movimiento circular de los bailarines astados eran algo tan primario que obligaba a todos los presentes a recordar, subconscientemente, tiempos pasados.

    Ahora volvía a escuchar la misma melodía. Me ponía la carne de gallina, Guiwenneth y el jefe de la banda, el que llevaba el cuerno, bailaron alegremente al son de la música, cogidos de las manos, contorsionándose y girando el uno alrededor del otro, mientras los demás les rodeaban cada vez más cerca, iluminándoles con las antorchas.

    Bruscamente, tras una carcajada compartida, la extraña danza se detuvo.

    Guiwenneth se volvió hacia mí y me llamó, y salí del escondite que ofrecían los árboles, hacia el claro. Guiwenneth le dijo algo al jefe de los cazadores nocturnos, y éste sonrió ampliamente. Caminó muy despacio hacia mí, a mi alrededor, inspeccionándome como si yo fuera una estatua. Despedía un fuerte olor, y su aliento era fétido. Me pasaba por lo menos treinta centímetros, y cuando extendió la mano para pellizcarme la carne del hombro derecho, sus dedos eran tan grandes que creí que con aquel sencillo gesto me iba a romper los huesos. Pero me sonrió tras las manchas de pintura negra.

    —Masgoiryth k'k' thas'k hurath. Aur'th, Uh?

    —Jamás lo he puesto en duda —murmuré.

    Sonreí, y él me lanzó un puñetazo amistoso contra el brazo. Los músculos que se ocultaban bajo las pieles eran duros como el acero. Dejó escapar un rugido de risa, sacudió la cabeza y volvió junto a Guiwenneth. Conversaron rápidamente durante unos segundos. Luego, él le tomó las manos entre las suyas, se las llevó al pecho y se las apretó. Guiwenneth pareció encantada y, cuando terminó el breve ritual, el guerrero volvió a arrodillarse ante ella, y la chica se inclinó para besarle la cabeza. Entonces se acercó a mí. Caminaba más despacio, menos emocionada, aunque a la luz de las antorchas, el rostro le brillaba de anticipación y de algo que me pareció afecto. Quizá amor. Me cogió las manos y me besó en la mejilla. Su gigantesco amigo la siguió.

    —Magidion —dijo ella, a modo de presentación—. Steven —añadió, hablando ahora con él.

    El hombre me miró. Su rostro parecía indicar satisfacción, pero en la mirada de aquellos ojos entrecerrados había un brillo que era casi una advertencia. Aquel hombre era el guardián de Guiwenneth, el jefe del Jaguth. Mientras le miraba, las palabras del diario de mi padre me vinieron a la mente con toda claridad, y sentí como Guiwenneth se acercaba más a mí.

    Entonces, todos los demás se adelantaron, con las antorchas en alto. Rostros oscuros, pero no amenazadores. Guiwenneth señaló a cada uno por orden, diciendo sus nombres.

    —Am'rioch, Cyredich, Dunan, Orien, Cunus, Oswry…

    Frunció el ceño y me miró. De repente, en su rostro se reflejó la tristeza.

    Mirando a Magidion, dijo algo, y repitió una palabra que, evidentemente, era un nombre.

    Magidion respiró hondo y encogió los anchos hombros. Dijo algo breve, con suavidad, y la mano de Guiwenneth estrechó la mía con más fuerza.

    Cuando se volvió hacia mí, tenía los ojos llenos de lágrimas.

    —Guillauc, Rhydderech. Ir.

    —¿Adonde han ido? —pregunté en voz baja.

    —Llamados —explicó Guiwenneth.,

    Lo comprendí. Primero Guillauc, y luego Rhydderech, habían recibido la llamada de la entidad, de la Jagad. El Jaguth le pertenecía, era el precio de la libertad de Guiwenneth. Ahora buscaban, en otros lugares, en otros tiempos, lo que les hubiera pedido la Jagad. Sus historias eran de otra época. Sus viajes serían las leyendas de otra raza.

    Magidion sacó una espada corta y roma de entre los confines de sus pieles y luego extrajo la vaina. Me ofreció los dos objetos mientras hablaba en voz baja, con una voz que era como el gruñido dé un animal. Guiwenneth le miró encantada, y yo acepté el regalo, envainé la espada y me incliné. Volvió a ponerme la enorme mano sobre el hombro. Me lo apretó hasta hacerme daño mientras se acercaba más a mí, todavía susurrando algo. Luego, sonrió, me llevó junto a la chica, dejó escapar un alarido nocturno, que fue coreado por sus hombres, y se alejó de nosotros.

    Con los brazos entrelazados, Guiwenneth y yo vimos como los cazadores de la noche se adentraban en el bosque, como las antorchas se extinguían en la distancia. Nos llegó el último sonido del cuerno, y luego el bosque quedó en silencio.

    Se deslizó en mi cama, una forma fría, desnuda, y me buscó en la oscuridad.

    Yacimos abrazados el uno al otro, temblando ligeramente, aunque aquella madrugada no tuviera nada de fría. Olvidé todo rastro de cansancio, con los sentidos agudizados, el cuerpo estremecido. Guiwenneth susurró mi nombre, y yo susurré el suyo, y cada vez que nos besábamos el abrazo se volvía más apasionado, más íntimo. En la oscuridad, su respiración era el sonido más dulce del mundo. Cuando entró el primer rayo de luz del amanecer, vi de nuevo su rostro, tan blanco, tan perfecto. Seguirnos tendidos, muy juntos, ahora en silencio, mirándonos, riendo de vez en cuando. Ella me tornó la mano y la presionó contra sus pequeños senos. Me acarició el pelo, luego los hombros, luego las caderas. Se estremeció, y después se quedó quieta. Gritó, y después sonrió. Me besó, me tocó, me enseñó cómo tocarla y, por fin, se deslizó debajo de mí. Tras aquel primer minuto de amor no podíamos dejar de mirarnos, de sonreír, de reír, de frotarnos nariz con nariz, como si no pudiéramos creer del todo que aquello estuviera sucediendo de verdad. Desde aquel momento y en adelante, Guiwenneth convirtió Refugio del Roble en su hogar, y puso su lanza junto a la verja, su manera de indicar que había terminado con su vida en el bosque.


    Diez


    La amé con más intensidad de la que habría creído posible, Sólo con pronunciar su nombre, Guiwenneth, el corazón me daba un vuelco. Cuando ella pronunciaba el mío, cuando me incitaba con palabras apasionadas en su propio idioma, el pecho me dolía, y pensaba que no podría soportar tanta felicidad.

    Trabajamos a fondo en la casa para mantenerla limpia, y reorganizamos la cocina de manera que le resultara más aceptable a Guiwenneth, quien disfrutaba tanto como yo preparando la comida. Colgó espinos y ramas de abedul en cada puerta y ventana para que no entraran los fantasmas. Sacamos los muebles del estudio de mi padre, y Guiwenneth convirtió aquella habitación infestada de robles en una especie de rincón privado. El bosque, tras agarrar firmemente la casa a través del estudio, parecía descansar. Cada noche, yo temía que más raíces y troncos enormes irrumpieran a través del suelo y de los muros, hasta que no se pudiera ver de Refugio del Roble más que el tejado y alguna que otra ventana entre las ramas de los árboles. Los brotes del jardín y de los campos eran cada vez más altos. Trabajamos con todas nuestras fuerzas para limpiar el jardín, pero crecían cada vez en mayor número alrededor de la valla, creando una especie de bosquecillo a nuestro alrededor. Ahora, para llegar al bosque principal, teníamos que abrirnos camino a través del bosquecillo, creando nuestros propios senderos.

    Este brazo extendido del bosque tenía una anchura de unos doscientos metros, mientras que al otro lado había terreno abierto. La casa se alzaba entre los árboles, con el tejado casi oculto por los tentáculos del roble que había brotado en el estudio. Toda la zona era extrañamente silenciosa, increíblemente tranquila.

    Excepto por la actividad de las dos personas que habitaban en el claro del jardín.

    Yo adoraba ver trabajar a Guiwenneth. Se hacía ropa con cada elemento del guardarropa de Christian que encontraba. Si de ella dependiera, habría usado las camisas y los pantalones hasta que se cayeran a pedazos, pero nos lavábamos todos los días, y nos cambiábamos de ropa cada tres, de manera que el olor a bosque de Guiwenneth fue desapareciendo. Esto la hacía sentirse un poco incómoda, algo en lo que no se parecía a los celtas de su época, fastidiosamente pulcros, y que usaban jabón, cosa que los romanos no hacían. ¡Los celtas opinaban que las legiones invasoras eran repugnantes! A mí me gustaba cuando olía ligeramente a jabón Lifebuoy y a sudor. De cualquier manera, ella aprovechaba la menor oportunidad para frotarse la piel con hojas y plantas.

    En menos de dos semanas, su dominio de mi idioma era tal que sólo de vez en cuando se traicionaba con alguna conjunción mal usada, o con alguna palabra fuera de contexto. Insistía en que yo tratara de aprender algo de su celta, pero no resulté un lingüista muy dotado, y me era casi imposible retorcer lengua, paladar y labios para pronunciar las palabras. Esto la hacía reír, pero también la molestaba.

    Pronto comprendí por qué. Mi idioma, con toda su sofisticación, sus aportaciones de otras lenguas, su expresividad, no era el lenguaje natural de Guiwenneth. Había cosas que no podía expresar. Sobre todo, sentimientos que para ella eran de una importancia vital. Le gustaba decirme que me quería, sí, y yo me estremecía cada vez que usaba esas palabras mágicas. Pero, para Guiwenneth, sólo tenía auténtico significado decir «M'n care pinuth», usar su propio idioma para expresar amor.

    Pero nunca me sentía tan inundado de cariño cuando ella usaba esa frase extranjera, y ahí estaba el problema: Guiwenneth necesitaba ver y sentir mi respuesta a sus palabras de amor, y yo sólo podía responder ante palabras que, para ella, significaban bien poco.

    Y había muchas más cosas que expresar, aparte del amor. Me resultaba evidente. Cada anochecer, cuando nos sentábamos en el césped o paseábamos en silencio por el bosquecillo de robles, sus ojos brillaban, su rostro irradiaba afecto. Nos deteníamos para besarnos, para abrazarnos, incluso para hacer el amor en el bosque silencioso, y los dos entendíamos cada pensamiento, cada cambio de humor. Pero ella necesitaba decirme cosas, y no encontraba en mi idioma palabras para expresar cómo se sentía, lo cercana que se encontraba de algún aspecto de la naturaleza, de un pájaro, de un árbol. Algo, un cierto modo de pensar que yo sólo entendía de manera muy rudimentaria, no tenía expresión más que en su idioma. A veces Guiwenneth lloraba por eso, y a mí me entristecía.

    Solo una vez en aquellos dos meses de verano —cuando yo no podía concebir una felicidad mayor, ni imaginar la tragedia que se nos acercaba minuto a minuto—, intenté apartarla de la casa, llevarla conmigo a pueblos más grandes. De muy mala gana, se puso una de mis chaquetas y se la ajustó a la cintura, como hacía con cualquier prenda. Era el espantapájaros más hermoso del mundo, con los pies casi desnudos, ya que no llevaba más que aquellas sandalias de cuero hechas a mano. Juntos, echarnos a andar por el camino que llevaba hacia la carretera principal.

    Íbamos de la mano. El aire era cálido y tranquilo. A Guiwenneth le costaba cada vez más respirar, y a cada paso se ponía más nerviosa. De pronto, como aquejada de un dolor repentino, me apretó la mano y tomó aliento bruscamente.

    La miré, y ella me miró, casi suplicante. Tenía una expresión confusa, una mezcla de necesidad —la necesidad de agradarme— y miedo.

    Y, con la misma brusquedad, se había llevado ambas manos a la cabeza, gritando, alejándose de mí.

    —¡No pasa nada, Guin! —le grité, corriendo tras ella.

    Pero Guiwenneth se había echado a llorar, y corría de vuelta hacia el alto muro de robles jóvenes que señalaban nuestro bosquecillo. Sólo cuando estuvo cobijada bajo su sombra se tranquilizó. Llorosa, se acercó a mí y me abrazó, muy fuerte, durante mucho tiempo. Susurró algo en su propio idioma.

    —Lo siento, Steven —dijo luego—. Duele.
    —No pasa nada. No pasa nada —la calmé.

    Y la abracé. Temblaba como una hoja, y más tarde me explicó que había sido un dolor físico, un dolor lacerante en todo el cuerpo, como si algo la castigara por alejarse tanto del bosque que era su madre.

    Al anochecer, cuando el sol ya se había puesto, pero aún quedaba luz sobre los campos, encontré a Guiwenneth en la jaula de roble, en el estudio desierto del que se había apoderado el bosque. Estaba acurrucada, abrazada al tronco más grueso, que se retorcía al salir del suelo, formando un asiento para ella. Cuando entré en la penumbra de la habitación gélida, se estremeció. El aliento se me helaba en nubes de vaho. Aunque me estuviera quieto, las ramas y las grandes hojas vibraban y temblaban. Eran conscientes de mi presencia en el estudio y no les gustaba.

    —¿Guin?

    —Steven… —murmuró.

    Se sentó y me tendió la mano. Estaba demacrada y había llorado. La larga cabellera lujuriosa se le había enredado con la áspera corteza del árbol y, mientras trataba de liberar los largos mechones, se echó a reír. Nos besamos, me acerqué a las raíces del árbol y los dos nos sentamos allí, temblando ligeramente.

    —Aquí siempre hace mucho frío.
    Me rodeó con sus brazos y me frotó vigorosamente la espalda con ambas manos.

    —¿Así está mejor?
    —Lo mejor es estar contigo. Siento que te hayas puesto así.
    Ella siguió tratando de darme calor. Su aliento era dulce; sus ojos grandes y húmedos. Me lanzó un beso, luego apoyó los labios sobre mi mandíbula, y supe que estaba concentrada, pensando sobre algo que le molestaba profundamente. A nuestro alrededor, el bosque silencioso vigilaba, encerrándonos en aquella gelidez sobrenatural.

    —No puedo marcharme de aquí —dijo.

    —Lo sé. No volveremos a intentarlo.

    Se echó hacia atrás. Los labios le temblaban y tenía el ceño fruncido, como si estuviera otra vez al borde del llanto. Dijo algo en su idioma, y yo me incliné para secarle las dos lágrimas que tenía en el rabillo de los ojos.

    —No me importa —le aseguré.

    —A mí, sí —dijo en voz baja—. Te perderé.
    —No. Te quiero demasiado.

    —Yo también te quiero mucho. Y te perderé. Se acerca, Steven. Lo noto. Una pérdida terrible.

    —Tonterías.

    —No puedo marcharme de aquí. No puedo irme de este lugar, de este bosque. Soy suya. No me dejará marchar.
    —Nos quedaremos juntos. Escribiré un libro sobre nosotros. Y cazaré jabalíes.
    —Mi mundo es pequeño —dijo—. Puedo recorrerlo dé punta a punta en pocos días. Subo a una colina, y veo un lugar que está fuera de mi alcance. Mi mundo es pequeño comparado con el tuyo. Querrás marcharte hacia el norte, hacia el lugar del frío. Hacia el sur, hacia el sol. Querrás ir al oeste, a las tierras vírgenes. No te quedarás aquí para siempre, pero yo tengo que hacerlo. No me dejarán marchar.
    —¿Por qué te preocupas? Si me marcho, sólo será durante un día o dos. A Gloucester, a Londres. Estarás a salvo. No te dejaré. No podría dejarte Guin. ¡Dios mío, ojalá sintieras lo que yo siento! En mi vida he sido tan feliz. A veces, lo que siento por ti me da miedo. ¡Es tan fuerte…!

    —En ti, todo es fuerte —dijo ella—. Quizá no lo comprendas ahora. Pero cuando…

    Se detuvo y frunció el ceño otra vez, mordiéndose los labios hasta que la urgí a continuar. Era una niña, una chiquilla. Me abrazó y dejó que las lágrimas brotaran libremente. Aquélla no era la princesa guerrera, la cazadora veloz e inteligente del día anterior. Allí estaba aquella parte maravillosa de ella que, como en todo el mundo, tenía una necesidad profunda, desesperada, de otra persona. Si alguna vez mi Guiwenneth había necesitado cariño, era ahora. Por mucho que hubiera nacido en el bosque, era de carne y hueso, y sentía, y era lo más maravilloso que había encontrado en toda mi vida.

    Afuera oscureció, pero ella siguió hablando del miedo que sentía. Nos quedamos allí, muertos de frío, abrazados entre nosotros y abrazados a nuestro amigo el roble.

    —No siempre estaremos juntos —dijo.

    —Imposible.

    Se mordió el labio inferior, y luego volvió a frotarme la nariz con la suya, acercándose todo lo posible.

    —Yo soy de ese otro mundo, Steven. Si tú no me dejas, llegará un día en el que yo tenga que dejarte. Pero eres fuerte, soportarás la pérdida.

    —¿Qué dices, Guin? La vida acaba de empezar.

    —No piensas. ¡No quieres pensar! —estaba furiosa—. Soy de madera y roca, Steven, no de carne y hueso. No soy como tú. El bosque me protege, me domina, no puedo expresarlo bien. No tengo palabras. Ahora, durante un tiempo, podemos estar juntos. Pero no para siempre.

    —No voy a perderte, Guin. Nada se interpondrá entre nosotros, ni el bosque, ni mi maldito hermano, ni siquiera esa bestia, el Urscumug.

    Volvió a abrazarme, y con la más tenue de las voces, casi como si supiera que pedía un imposible, me dijo:

    —Cuídame. ¡Que la cuidara!

    En aquel momento, la frase me hizo sonreír. ¿Que yo la cuidara a ella? Cuando cazábamos en el bosque, lo más que podía hacer era no perderla de vista. Si perseguíamos a una liebre, un factor importante en las probabilidades de éxito, era mi tendencia a sudar y a casi matarme corriendo. Guiwenneth era rápida, ágil y mortífera. Nunca se enfadó conmigo por no poseer su vitalidad. Cuando una pieza huía, lo aceptaba con un encogimiento de hombros y una sonrisa. Tampoco celebraba una buena caza; yo, en contraste, me sentía orgulloso cuando podíamos complementar nuestra dieta con el producto de la estrategia en el bosque y la habilidad como cazadores.

    «Cuídame.» Una palabra tan sencilla, y me había hecho sonreír. Sí, ya sabía que, en las cuestiones amorosas, Guiwenneth era tan vulnerable como yo. Pero sólo la veía como una presencia poderosa en mi vida. Delegaba en ella la iniciativa casi para cualquier cosa, y no me avergüenza reconocerlo. Era capaz de correr un kilómetro entre los matorrales, y cortarle la garganta a un jabalí de veinte kilos sin apenas esfuerzo. Yo era más ordenado y organizado, y le había proporcionado una vida más cómoda que nunca.

    A cada uno, lo suyo. Las habilidades particulares y la falta de egoísmo son la base de la cooperación. En seis semanas de vivir juntos y amar profundamente a Guiwenneth, había descubierto lo sencillo que resultaba dejarle la iniciativa, porque ella era la experta en supervivencia, la cazadora, la individualista que había elegido combinar su esencia vital con la mía, y eso me complacía.

    «¡Cuídame!»

    Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá hubiera aprendido su idioma, así habría descubierto el terrible miedo que inquietaba a aquella niña, la más nerniosa e inocente de las niñas.

    —¿Qué es lo primero que recuerdas, Guin?

    Paseábamos a última hora de la tarde, bordeando el sur del bosque, entre los árboles y Ryhope. Era un día nublado, pero cálido. La depresión del día anterior había pasado y, como siempre sucede entre los jóvenes amantes, la ansiedad y el dolor de lo que habíamos hablado brevemente servían para acercarnos más, para hacernos más alegres. Cogidos de la mano, paseamos entre la hierba alta, esquivando cuidadosamente los excrementos de vaca, infestados de moscas, sin perder de vista la torre normanda de la iglesia de San Miguel, que se alzaba a lo lejos.

    Guiwenneth no respondió. Tarareaba para sí misma una melodía obsesiva, extraña, muy parecida a la música del Jaguth. Algunos niños corrían por las cavas bajas, lanzando un palo para que el perro lo atrapase, riendo con carcajadas infantiles. Nos vieron. Obviamente, sabían que estaban en propiedad privada, y huyeron para desaparecer tras un desnivel del terreno. Los ladridos histéricos del perro llenaban el aire tranquilo. Vi a una de las chicas Ryhope cabalgando a medio galope por el camino que llevaba a San Miguel.

    —¿Guin? ¿Es una pregunta difícil?

    —¿Qué pregunta, Steven?

    Me miró, con un brillo en los ojos oscuros y una sonrisa aleteándole en los labios. A su manera, me estaba tomando el pelo. Antes de que pudiera repetirle la cuestión, me soltó la mano y echó a correr hacia el bosque, con la camisa blanca y los anchos pantalones azotados por el viento. Llegó al lindero, se detuvo, y echó un vistazo hacia los árboles.

    Cuando llegué junto a ella, se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio.

    —Calla…, calla… ¡Oh, por el dios Cernunnos!

    El corazón empezó a latirme más de prisa. Escruté la oscuridad del bosque, tratando de averiguar qué había visto ella en el laberinto de los árboles.

    «¿Por el dios Cernunnos?»

    Las palabras eran como aguijones en mi mente y, poco a poco, me di cuenta de que Guiwenneth estaba de broma.

    —¡Por el dios Cernunnos! —repetí.
    Ella se echó a reír, y corrió por el sendero. Yo la perseguí. Me había escuchado blasfemar a veces, y había adaptado las blasfemias a las creencias de su propia época. En condiciones normales, jamás habría expresado sorpresa mediante un juramento religioso. Habría hecho referencia a los excrementos de algún animal, o quizá a la muerte.

    La alcancé —evidentemente, porque quiso dejarse alcanzar—, y peleamos sobre la hierba cálida, luchando y retorciéndonos hasta que uno de los dos se rindió. Su cabellera suave me cosquilleó en el rostro cuando se inclinó para besarme.

    —Responde a mi pregunta —dijo.

    Pareció enfadada, pero no pudo escapar a mi repentino abrazo. Se resignó y suspiró.

    —¿Por qué me haces preguntas?

    —Porque necesito respuestas. Tú me fascinas. Me asustas. Necesito saber.

    —¿Por qué no puedes aceptarlo?

    —¿El qué?
    —Que te quiero. Que estamos juntos.

    —Anoche dijiste que no estaríamos juntos para siempre…

    —¡Estaba triste!

    —Lo crees de verdad. Yo, no —añadí, testarudo—, pero por si acaso…, sólo por si acaso… te sucede algo. Bueno. Quiero saber más cosas, quiero saber todo lo relativo a ti. No a la imagen que representas.

    Frunció el ceño.

    —No la historia del mitago…

    Frunció el ceño todavía más. La palabra significaba algo para ella, pero no entendía el concepto. Lo intenté de nuevo.

    —Ha habido otras Guiwenneths antes que tú. Quizá vuelva a haber más. Nuevas versiones de ti. Pero a la que quiero conocer es a ésta.

    Enfaticé la frase estrechando aún más el abrazo. Ella me sonrió.

    —¿Y tú? Yo también quiero saber cosas sobre ti.

    —Luego —repliqué—. Primero, tú. ¿Cuál es tu primer recuerdo? Háblame de tu infancia.

    Como yo esperaba, se le nubló el rostro, con ese tipo de expresión que delata que una pregunta ha tocado una zona en blanco. Una zona conocida, pero no reconocida. Se sentó y se arregló la camisa, se echó el pelo hacia atrás, y luego empezó a arrancar hierbecitas secas, trenzándolas alrededor del dedo.

    —El primer recuerdo… —empezó. Pareció mirar a lo lejos—. ¡El venado!

    Recordé las páginas del diario de mi padre, pero intenté olvidar todo lo que sabía sobre su historia para concentrarme plenamente en los recuerdos inciertos de Guiwenneth.

    —Era tan grande…, un lomo tan ancho, tan poderoso… Yo estaba atada a él, unas tiras de cuero en las muñecas me sujetaban firmemente al lomo del venado. Yo le llamaba Gwil. Él me llamaba Bellota. Estaba tendida entre sus grandes astas. ¡Qué claramente las recuerdo! Eran como las ramas de los árboles, se alzaban sobre mí, crujían al arañar la corteza y arrancar las hojas de los auténticos árboles. Corría. Todavía puedo olerlo, todavía siento el sudor en su ancho lomo. Qué dura, qué áspera era su piel. Me dolían las piernas del roce. Yo era tan joven… Creo que lloré, y le grité a Gwil: «¡No tan de prisa!». Pero él corría por el bosque, y yo me agarraba, y las tiras de cuero me cortaban las muñecas. Recuerdo los ladridos de los perros. Nos perseguían por el bosque. También había un cuerno, un cuerno de cazador. «¡Más despacio!», le grité al venado. Pero él sacudió la cabeza y me dijo que me agarrara más fuerte. «Será una carrera larga, pequeña Bellota», me dijo, y me invadió su olor, y el sudor, y aquel galope salvaje me dejaba todo el cuerpo dolorido.

    »Recuerdo el sol entre los árboles. Era cegador. Yo intentaba ver el cielo pero, cada vez que entraba el sol, me cegaba. Los perros estaban cada vez más cerca. Había tantos… También vi a hombres corriendo por el bosque. El cuerno sonaba cada vez más cerca. Yo lloraba. Los pájaros parecían planear sobre nosotros, y cuando les miraba las alas, me parecían manchas negras contra el sol. De repente, se detuvo. Su respiración era como un vendaval. Todo el cuerpo le temblaba. Recuerdo que me arrastré hacia adelante, tirando de las cuerdas de cuero, y vi una roca alta que bloqueaba el camino. Se dio la vuelta. Sus astas eran cuchillos negros, y bajó la cabeza, y ensartó y mató a muchos de los perros que le perseguían. Uno de ellos era como un demonio negro. Tenía las mandíbulas entreabiertas, babeantes, y unos dientes enormes. Saltó hacia mí, pero Gwil lo ensartó con la punta de un asta y lo sacudió hasta que sus entrañas se desparramaron por el suelo. Pero, entonces, una flecha silbó en el aire. Mi pobre Gwil. Cayó y los perros le desgarraron la garganta…, pero, aun así, los mantuvo alejados de mí. La flecha era más larga que mi cuerpo. Se clavó en su carne palpitante, y recuerdo que tendí la mano para tocarla, y para tocar la sangre que la empapaba, y no pude arrancarla, ¡qué dura era!, como una roca, como si creciera directamente del venado.

    »Unos hombres me cortaron las ataduras y me arrastraron, pero yo me agarré a Gwil hasta que murió, y los perros se comieron sus entrañas. Aún estaba vivo, y me miró, y me susurró algo que era como la brisa del bosque. Y luego gimió, y murió…

    Se volvió hacia mí. Me tocó. El sol arrancaba reflejos de las lágrimas que le corrían por las mejillas.

    —Tú también te irás, todo lo que amo desaparecerá…

    Le toqué la mano y le besé los dedos.

    —Te perderé, te perderé —decía con tristeza. Y yo no encontraba palabras para consolarla. Tenía la mente demasiado llena con las imágenes de la salvaje persecución.

    —Siempre pierdo todo lo que amo.

    Nos quedamos sentados durante mucho tiempo, en silencio. Los niños, junto con su maldito perro vociferante, volvieron al lindero del bosque, nos vieron otra vez y se dispersaron, atemorizados. Los dedos de Guiwenneth eran un nido de hierbas retorcidas, y se dedicó a entrelazarse florecillas doradas entre ellos. Luego sacudió la mano, como una extraña muñeca vegetal. Le toqué el hombro.

    —¿Cuántos años tenías cuando sucedió todo eso? —quise saber. Ella se encogió de hombros.

    —Muy pocos. No lo recuerdo; fue hace muchos veranos.

    Hace muchos veranos. Cuando le oí pronunciar aquellas palabras, sonreí, pensando que sólo dos veranos antes, aún no existía. ¿Cómo funcionaría el proceso de generación? Me pregunté mirando a aquella criatura humana, tan hermosa, tan sólida, tan suave y cálida. ¿Se habría formado a partir de hojas muertas? Quizá los animales reunían palos secos, y les daban forma de huesos. Y luego, en el otoño, las hojas muertas caían y cubrían aquellos huesos de carne silvestre. ¿Habría un momento concreto en el bosque, un momento en el que algo parecido a una criatura humana se alzaba entre la maleza y recibía una forma perfecta de la intensidad de la voluntad humana que operaba fuera del bosque?

    O quizá, sencillamente, surgía. En un momento era un espectro y, al siguiente, una realidad, la visión incierta y nebulosa que, de repente, se aclara.

    Recordé frases del diario: «Brezo está desapareciendo, es más tenue que la última vez que lo vi… He encontrado rastros de un mitago muerto. Estaba semidevorado por los animales, pero mostraba rastros de una descomposición extraña…, fantasmal, corriendo por el cerro, no es un premitago. ¿Quizá la siguiente fase?».

    Tendí la mano hacia Guiwenneth, y la encontré fría, rígida, dolorida por los recuerdos, dolorida por mi insistencia en hacerla hablar de algo que, evidentemente, le resultaba triste.

    «Soy de madera y roca, no de carne y hueso.»

    Al recordar las palabras que había empleado varios días antes, un escalofrío me recorrió la espalda. «Soy de madera y roca.» Así que lo sabía. Sabía que no era humana. Pero, aun así, se comportaba como si lo fuera. Quizá había hablado metafóricamente. Quizá se refería a su vida en los bosques, como si yo hubiera dicho: «Soy polvo y cenizas». ¿Lo sabía? Me moría por preguntárselo, hubiera dado cualquier cosa por leer su mente.

    —¿De qué están hechas las niñas? —le pregunté.
    Ella miró a su alrededor, inquisitiva, con el ceño fruncido. Luego sonrió, intrigada por la pregunta, y divertida al leer en mi propia sonrisa que había una respuesta de acertijo.

    —Bellotas dulces, abejas aplastadas y el néctar de flores quemadas.
    Hice una mueca de repugnancia.

    —Qué asco.

    —Entonces, ¿de qué?

    —De azúcar, de estrellas…, en… —¿Cómo demonios seguía?—, de todas las cosas bellas.

    Ella frunció el ceño.

    —¿No te gustan las bellotas dulces, ni las abejas? Están muy buenas.

    —No me lo puedo creer. Ni siquiera los cochinos de los celtas comerían abejas.

    —¿Y de qué están hechos los niños? —preguntó rápidamente. Con una carcajada, se respondió a sí misma—. De caca de vaca y preguntas raras.

    —Más bien de babosas y cosas asquerosas. —Pareció satisfecha—. Y a veces, de cuartos traseros de perros inmaduros.

    —Nosotros también tenemos cosas de ésas. Recuerdo que Magidion me las contaba. Me enseñó muchas cosas. —Alzó la mano, para pedir silencio mientras pensaba. Luego, continuó—: Ocho llamadas por la batalla. Nueve llamadas por una fortuna. Diez llamadas por un hijo muerto. Once llamadas por la tristeza. Doce llamadas al amanecer por un nuevo rey. ¿Qué soy?

    —Un cuco —respondí. Guiwenneth me miró.

    —¡Te lo sabías!

    —Lo adiviné —dije, sorprendido.
    —¡Te lo sabías! De cualquier manera, es el primer cuco.
    Se concentró un momento, buscando otro acertijo.

    —Uno blanco es suerte para mí. Dos blancos son suerte para ti. Tres blancos son una muerte. Cuatro blancos y una herradura, traen el amor.

    Me miró sonriente.

    —Los cascos de los caballos —respondí.

    Guiwenneth me pegó una fuerte palmada en la pierna.

    —¡Te lo sabías!
    Me eché a reír.

    —Sólo estoy adivinando.

    —Era el primer caballo extraño que ves al final del invierno —dijo ella—. Si tiene los cuatro cascos blancos, forja una herradura, y verás al ser amado cabalgando sobre el mismo caballo, entre las nubes.

    —Háblame del valle. Y de la piedra blanca.

    Me miró y frunció el ceño. De repente, estaba terriblemente triste.

    —Es el lugar donde descansa mi padre.

    —¿Dónde está? —quise saber.

    —Muy lejos de aquí. Algún día…

    Su mirada se perdió en la distancia. Me pregunté qué recuerdos, qué tristes acontecimientos, estaría rememorando.

    —Algún día, ¿qué?

    —Algún día me gustaría ir allí —respondió con suavidad—. Algún día me gustaría ver el lugar donde le enterró Magidion.

    —Y a mí me gustaría ir contigo —respondí. Por un momento, su mirada húmeda se cruzó con la mía. Luego me sonrió y se animó un poco.
    —Un agujero en la piedra. Un ojo en un hueso. Un anillo hecho de ramas. El sonido de la forja. Todas estas cosas…

    Titubeó, mirándome.

    —¿Alejan a los fantasmas? —sugerí. Y ella se lanzó sobre mí, gritando:

    —¿Cómo lo sabes?

    Caminamos despacio de vuelta a casa, cuando ya estaba a punto de anochecer, Guiwenneth tenía un poco de frío. Si no recuerdo mal, estábamos a veintisiete de agosto, y el día parecía a ratos propio del otoño, y a ratos propio del verano. Aquella mañana, el aire había sido fresco, con los primeros atisbos de la nueva estación. Durante el día, había florecido el verano, y ahora el otoño proyectaba de nuevo su sombra. En las copas de los árboles, las hojas empezaban a amarillear. Por algún extraño motivo, me sentía triste mientras caminaba rodeando a la chica con el brazo, y el viento azotaba su pelo contra mi rostro. Su mano derecha me rozaba el pecho. El sonido de una motocicleta a lo lejos no contribuyó a aliviar mi repentina melancolía.

    —¡Keeton! —exclamó Guiwenneth, animada.

    Y me obligó a correr el resto del camino hasta los delgados arbolillos que bordeaban la casa. Rodeamos el bosquecillo para acercarnos a la valla. Tuvimos que abrirnos paso entre la maleza que casi ocultaba el jardín, la mayor parte del cual estaba ya cubierto por las sombras de los robles que brotaban en torno al Refugio.

    Keeton estaba junto a la puerta trasera, saludándonos, con una botella de cerveza que fabricaban en el Aeródromo de Mucklestone.

    —Y he traído algo más —aseguró cuando Guiwenneth corrió hacia él y le besó en la mejilla—. Hola, Steven. ¿A qué viene esa cara tan triste?

    —El cambio de estación —repliqué.

    Él parecía contento y animado. El viaje en moto le había despeinado el pelo rubio y tenía todo el rostro manchado de polvo, a excepción de dos círculos en torno a los ojos, la marca de las gafas. Olía a aceite y a carne de cerdo.

    Su otra sorpresa consistía en un cuarto de cerdo, preparado para asar. Comparado con las criaturas grises, musculosas, que Guiwenneth solía cazar en sus expediciones al bosque, aquello parecía un trozo de cadáver, blanquecino y patético. Pero la idea de una carne más suculenta y menos dura que la de los cerdos salvajes a l