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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL ASTEROIDE LLOROSO (Murray Leinster)

    Publicado el jueves, diciembre 01, 2016

    I


    Las señales del espacio comenzaron un viernes, poco después de medianoche, hora local. Fueron inicialmente recogidas en el Pacífico Sur, al oeste de la línea internacional de cambio de hora. Una estación exploradora de satélites, sita en la isla de Kalua, fue la primera en recogerlas; no obstante, nadie las escuchó durante los primeros cuatro o cinco minutos. Lo que es seguro es que el mensaje inicial fue recibido y registrado por los aparatos automáticos.

    La unidad exploradora de satélites de Kalua era prácticamente un duplicado de sus compañeras. La estación propiamente dicha poseía una antena exterior vertical que apuntaba hacia las estrellas. Había también otras antenas laterales mantenidas a poco más de medio metro del suelo por postes de hormigón. En la sala de aparatos lucía un lámpara instalada sobre el escritorio, tres o cuatro luces más pequeñas indicaban desde el tablero de control que el magnetófono estaba operando; un magnetófono especial construido en una hornacina de la pared. Las dos ruedas portadoras de la cinta giraban regularmente, desenrollando una en otra la parda tira de plástico magnético.

    El hombre de servicio había ido a la cocina a por una taza de café. Ningún ruido se oía en la sala de instrumentos, a no ser el crujido de un pedazo de papel de seda que el débil viento agitaba. En el exterior las palmeras agitaban sus frondosas ramas a impulsos de la brisa del sur y bajo el parpadeo reluciente de las infinitas estrellas del despejado firmamento. De más allá llegaba el rumor incesante y monótono del mar chocando con los arrecifes. Pero los instrumentos y aparatos no hacían el menor sonido. Sólo los carretes de cinta se movían.

    Las señales comenzaron bruscamente. Salieron de un altavoz y fuero registradas y grabadas al instante. Eran aflautadas, musicales y diabólicas. Se oían crespas y distintas. No formaban una melodía, pero tenían en sí todos los componentes de una melodía. Notas musicales puras, cada una con su tono propio, todas de diferente duración, como las fusas y semifusas en música. Los sonidos necesitaban sólo orden y ritmo para formar por sí mismos una tonada plañidera.

    Nada ocurrió. Los sonidos continuaron durante casi un minuto. Luego cesaron lo bastante como para hacer creer que habían terminado. Después volvieron a comenzar.

    Cuando el hombre de servicio regresó a la sala portando entre las manos la taza de café, percibió al instante aquellos aflautados sonidos. Su boca se abrió desmesuradamente de asombro.

    —¿Qué diablos puede ser? —dijo en voz alta, y se adelantó a examinar los instrumentos. Y al leer lo que señalaban los cuadros indicadores, la sorpresa hizo que se derramara parte del café.

    Los diales de los aparatos localizadores señalaban que los sonidos provenían de algo estacionado casi directamente en la vertical de la isla. Con toda evidencia provenían de una fuente inmóvil y no eran emitidos por ningún aeroplano. Tampoco podían provenir de ningún satélite artificial. Un aeroplano cruzaría el firmamento a velocidad moderada. Un satélite iría más de prisa. Muchísimo más. Aquella emisora, según los instrumentos, no se movía en absoluto.

    El hombre de servicio escuchó con rostro inexpresivo. No había más que una explicación racional, una explicación que ni por un segundo se atrevió a creer. La solución razonable hubiera sido que alguien, en cualquier lugar, hubiera colocado un satélite en una órbita que requiriera las veinticuatro horas del día para circunvalar la Tierra, en vez de las órbitas ordinarias que permitían a los satélites conocidos girar en torno a nuestro planeta empleando en un giro un tiempo que oscilaba de los noventa a los ciento veinticuatro minutos y siguiendo una trayectoria de oeste a este y de polo a polo. Pero aquellos sonidos penetrantes no se parecían en nada a los que los físicos y astrónomos habían creado para que les proporcionaran datos sobre la frecuencia de las partículas cósmicas, la temperatura espacial, los micro meteoritos y cosas por el estilo.

    Las señales se detuvieron de nuevo, y al poco, volvieron a oírse. El hombre de servicio entró en una frenética actividad. Corrió a despertar a los demás miembros del personal del puesto. Cuando regresó, las señales prosiguieron durante un minuto y cesaron después. Pero habían sido registradas en cinta magnetofónica. El hombre de servicio las reprodujo para sus compañeros.

    Todos sintieron lo mismo que él había experimentado al oírlas por primera vez. Aquellos sonidos eran señales procedentes del espacio, todavía aún no visitado por el hombre. Acababan de escuchar el primer mensaje que llegaba a la Tierra desde la inmensa vastedad del vacío entre las estrellas y planetas. El hombre no estaba solo. El hombre ya no estaba aislado. El hombre...

    El personal de la estación observadora se sentía impresionado. La mayor parte de los hombres estaban pálidos cuando se acabó de reproducir la grabación efectuada de los sonidos espaciales. Tenían miedo.

    Y considerándolo todo con frialdad, había razones para tenerlo.

    La segunda recepción se efectuó en Darjeeling, al norte de la India. El gobierno indio pasaba por entonces por una época de entusiasmo científico. Había instalado una estación observadora de satélites en un antiguo establo de la caballería británica, sita a la afueras de la ciudad. El jefe del observatorio fue quien oyó la segunda transmisión que llegó a la Tierra. Fue unos setenta y nueve minutos después de la primera y fue recogida por dos estaciones: Kalua y Darjeeling.

    El observador de Darjeeling quedose incrédulo ante lo que oía, cinco repeticiones de la misma secuencia de notas aflautadas. Luego de cada pausa —cuando parecía que las señales se habían detenido por completo— la recepción era exactamente igual a la anterior. Era inconcebible que tal sucesión de sonidos, durando un minuto entero, pudiera ser repetida exactamente por cualquier casualidad natural. Las notas eran señales. Constituían una comunicación que se repetía para estar seguros de su recepción.

    La tercera emisión se escuchó en el Líbano, además de en Kalua y Darjeeling. La recepción en los tres lugares fue simultánea. Una señal procedente de cualquier satélite cercano no hubiera podido ser recibida tan lejos a causa de la curvatura terrestre. La amplitud del área de recepción, también, probaba que no existía satélite alguno cuyo período orbital fuera exactamente de veinticuatro horas, lo que le hubiera hecho parecer inmóvil en el espacio relativo a la Tierra. Las observaciones de localización, en realidad, indicaron que la fuente emisora de las señales marchaba hacia el oeste, al pasar el tiempo, con el movimiento aparente de una estrella. Ningún satélite podría existir con tal órbita a menos que estuviera lo bastante cerca como para permitir un paralaje detectable. Aquello no era posible.

    Una estación francesa recibió la siguiente remesa de sonidos plañideros. Kalua, Darjeeling y el Líbano seguían recibiéndolos así mismo. Cuando se produjo la siguiente emisión, Croydon, en Inglaterra, tenía su gigantesco radiotelescopio enfocado a la parte del cielo en que las demás estaciones coincidían en localizar a la emisora de los extraños sonidos.

    Croydon efectuó meticulosas observaciones durante cuatro intervalos de setenta y nueve minutos y cuatro recepciones de cinco minutos de las misteriosas notas aflautadas. Informó después que había una fuente de señales artificiales dando como posición y declinación unas cifras sólo inteligibles a los astrónomos. Las señales comenzaban cada setenta y nueve minutos. Se podían captar con cualquier receptor dotado de la banda de microfrecuencia apropiada. La emisión cubría gran amplitud de onda. Llegaba a dos octavas musicales, sin necesidad de tonos agudos. Una señal humana habría sido confiada a una banda de amplitud lo más estrecha posible, pata ahorrar energía; así que aquellas señales no podían por menos que considerarse como artificiales. No obstante, ningún transmisor de la Tierra habría podido enviar tan lejos sus emisiones.

    Cuando salió el sol para la estación observadora de Kalua, dejó de recibir los mensajes del espacio. En el Pacífico Sur y la India, y en el Próximo Oriente y Europa, todo aquel asunto pareció demasiado improbable y no se notificó al público. Sin embargo, en los Estados Unidos el hambre de noticias es siempre tal, que no puede extrañar que las emisoras comerciales se enteraran de la anomalía y la divulgaban de inmediato.

    Por ese motivo, Joe Burke no pudo completar el asunto que le había llevado a conducir a Sandy Lund hasta un apropiadísimo y romántico lugar. La muchacha era su secretaria y la única empleada permanente en el negocio particular que él había creado y en que se ocupaba. La conocía desde toda la vida y se daba cuenta que la mayor parte de ese tiempo lo había pasado queriéndose casar con Sandy. Pero algo le ocurrió siendo un chiquillo —es más, le volvía a ocurrir a intervalos— que parecía interponer entre ellos una barrera mental. Joe tenía un permanente deseo de mostrarse romántico con ella, más había un asunto de dos lunas luciendo en un cielo extrañamente estrellado y de árboles con un follaje distinto al de la Tierra y algo también de una emoción abrumadora. No existía explicación racional para aquello. Quizá no tuviese importancia. A menudo se decía a sí mismo que Sandy era real y deseable y que su lunática y repetida experiencia era el colmo de las alucinaciones. Pero jamás supo hacer otra cosa que balbucear cuando hablaba con ella de cosas que nada tenían que ver con los negocios.

    Aquella noche, sin embargo, había aparcado su coche junto a un riachuelo salpicado de plata gracias a la luz de la luna. Había en el ambiente un suave aroma de pinos y de la radio de su automóvil fluía el hilo dulce de una música romántica. Había llevado a Sandy hasta allí para declarársele, para pedirla en matrimonio. Estaba decidido a romper las cadenas psicológicas que le habían impedido hacerlo con anterioridad.

    Se aclaró la garganta. Primero había estado cenando con Sandy con el pretexto de celebrar el éxito de un trabajo hecho para «Interiors, Inc.» («Compañía Decoradora de Interiores»). Burke había creado la «Burke Development, Inc.» (Sociedad de investigaciones Burke») hacía cuatro años, al salir de la universidad, cuando se dio cuenta de que no le gustaba trabajar para otros y que podía hacerlo para sí mismo. Su trabajo era desarrollar investigaciones y procesos de fabricación por cuenta de las pequeñas compañías que carecían de laboratorios o de secciones apropiadas. Su último trabajo, ya terminado, había sido una pared jardín, que los decoradores de lujosidades de la «Interiors, Inc.», creyeron llamaría la atención a las personas de dinero. Burke la había construido. Era una creación basada en la hidropónica. La casa de un millonario podría tener un par de paredes cubiertas de verde césped, con florecitas de trecho en trecho e incluso con frutos creciendo por entre su entretejida superficie. «Interiors, Inc.» haría encajar su idea para instalar paredes de aquel género en refugios antiaéreos o en submarinos atómicos con la doble misión de purificar el aire y proporcionar alimentos verdes.

    Aquello estaba ya hecho. Una pared completa se había entregado ya al cliente y su importe estaba ingresado en la cuenta corriente bancaria. Burke había jugado con la idea de que vegetación mural como la por él creada sería muy útil en los submarinos. Pero es que aquella idea pertenecía al futuro. Ahora no tenía nada que ver con lo que llevaba entre manos. Ahora Burke se disponía a triunfar de un sueño obsesivo.

    —Tengo algo que decirte, Sandy —exclamó Burke con dificultades.

    La muchacha ni siquiera volvió la cabeza hacia él. Les rodeaba la luz de la luna, había murmullo del agua y los otros mil ruidillos de una noche de primavera. Era un escenario perfecto para lo que se proponía Burke y que ya Sandy sabía por anticipado. La muchacha esperaba, sin mirarle, para que él no pudiera advertir que sus lindos ojos brillaban un poco.

    —Tengo algo de idiota —dijo Burke con torpeza—. Me parece noble hablarte de ello. Estoy sujeto a una tara psicológica que una chica... ejem... —Tosió—. Creo que debe saber.
    —¿Por qué? —preguntó Sandy siguiendo sin mirarle.
    —Porque me parece que quiero jugar limpio —respondió Burke—. Soy una especie de chiflado. Estoy seguro de que te habrás dado cuenta.

    Sandy permaneció un instante meditando.

    —Noooo —dijo con mesura arrastrando la vocal—. Creo que eres perfectamente normal, excepto... No. Creo que estás normalmente bien.
    —Por desgracia —continuó él—, no lo estoy desde de que era un crío he estado sufriendo alucinaciones. Una alucinación. Eso es lo que es. No tiene sentido; No puede tenerlo. Pero me obligó a estudiar ingeniería. Creo y... —Su voz se diluyó en el silencio.
    —¿Y qué?
    —Me convierte en un idiota —dijo Burke—. Yo siempre he estado loco por ti y me parece que te he llevado ya a una infinidad de bailes en la universidad y cosas por el estilo, sin haber podido o sabido ponerme romántico. Quería ponerme, pero me era imposible. Estaba por medio esa insana alucinación...
    —Alguna vez me he preguntado la causa —le sonrió Sandy.
    —Yo quería ponerme romántico contigo —le repitió apremiante—. Pero esa maldita obsesión me lo impedía.
    —¿Acaso me estás ofreciendo tu amistad fraternal ahora? —preguntó Sandy.
    —¡No! —estalló Burke—. Estoy harto de mí mismo. Quiero ser distinto. Muy distinto. ¡Contigo!

    Sandy volvió a sonreír.

    —Cosa bastante extraña, pero que me interesa —le animó ella—. ¡Adelante!

    Pero Burke se sintió como un nudo en la lengua. La miró tratando de hablar. Sandy esperaba.

    —Qui-quiero pedirte que te... te ca-cases conmigo —dijo al fin de un modo desesperado—. Pero he de contarte lo otro primero. Quizá luego seas tú quien no quieras...

    Los ojos de la muchacha brillaban ahora resueltamente. Se oía una música suave, el murmullo del agua y el rumor del viento en los árboles. Era en definitiva el tiempo y lugar para el romance..

    Pero la música de la radio se interrumpió bruscamente. Una voz áspera tomó su lugar.

    —«¡Boletín especial! ¡Boletín especial! ¡Mensajes de origen desconocido están llegando a la Tierra desde el espacio! ¡Boletín especial! ¡Mensajes del espacio!».

    Burke alargó el brazo y aumentó el volumen del receptor. Quizá era el único hombre del mundo capaz de estropear un momento tan romántico para escuchar una emisión de radio, e incluso no lo habría hecho de tratarse de otro asunto. Dio más volumen aún.

    —¡Esta es una emisión especial de la Academia de Ciencias de Washington, DC! —exclamaba el locutor dando un énfasis epopéyico a sus palabras—. Hace unas tres horas una estación observadora de satélites del Pacífico Sur informó haber recibido señales de origen desconocido y gran potencia, en la onda ultracorta utilizada también por los satélites artificiales ahora en órbita en torno a la Tierra. El informe fue comprobado poco después en la India, luego las estaciones del Oriente Próximo transmitieron idéntico informe. Los puestos de escucha europeos y los radiotelescopios se mantuvieron alerta explorando el área celeste de la que partían las señales. Las estaciones americanas acaban también de verificar dicho informe. Señales artificiales, sin lugar a dudas extrahumanas, están llegando a la Tierra desde el remoto espacio, cada setenta y nueve minutos. No se ha logrado todavía descifrar el significado de tales mensajes, pero es completamente, seguro que se trata de un intento de comunicación con nuestro planeta. Las señales han sido registradas en cinta magnetofónica que ahora podrán escuchar ustedes, comprobando por sí mismos que han sido emitidas por seres inteligentes, no humanos y extraterrestres, cuya posición en el espacio se desconoce.»

    Hubo una pausa. Luego, la radio del coche, con un fondo de sonidos nocturnos y de canto de pájaros en la noche, emitió un chirrido y dejó oír unas notas aflautadas perfectamente distinguibles, como si alguien lanzara una arbitraria selección de pitidos utilizando un extraño instrumento de viento.

    El efecto era plañidero, pero cada músculo de Burke se envaró desde el principio. Los ruidos aflautados crecían y disminuían de tono. A intervalos, cesaban como si ciertos grupos de señales constituyeran una palabra. Los enigmáticos sonidos prosiguieron durante todo un minuto. Luego cesaron por completo. La voz del locutor volvió a oírse:

    —«Esas fueron las señales del espacio. Lo que acaban ustedes de oír forma en apariencia un mensaje completo. Se repite cinco veces y se interrumpe una hora y diecinueve minutos después recomienza de nuevo el ciclo otra cinco veces...»

    La voz continuó, mientras que Burke permanecía en el coche aparcado, frío, inmóvil. Sandy le contemplaba, al principio con cierta esperanza, luego con azoramiento. La voz decía que la fuerza de las señales era muy grande. Pero la potencia de emisión de un satélite artificial es sólo de una fracción de watio. Aquellas señales, teniendo en cuenta la menor distancia posible de la que pudieran provenir, debían de tener en antena una potencia de varios miles de kilowatios.

    En alguna parte del espacio, más lejos de lo que cualquier cohete robot del hombre hubiera alcanzado jamás, podían controlarse enormes cantidades de energía eléctrica para emitir señales como aquellas en dirección a la Tierra. Los científicos no se ponían de acuerdo acerca de la imposible distancia recorrida por las señales, o de si eran dirigidas únicamente a nuestro planeta o de si constituían un verdadero intento de comunicación con la humanidad. Pero nadie dudaba que las señales eran artificiales. Habían sido enviadas por medios técnicos. No podían ser achacadas a fenómenos naturales. Los gonios demostraban que no podían venir de Marte, ni de Júpiter, ni de Saturno. Urano, Neptuno y Plutón ni siquiera estaban remotamente en la dirección de provinencia de las señales. Naturalmente, Venus y Mercurio quedan también descontados por hallarse entre la Tierra y el Sol ya que las señales, provenían de la zona terrestre en que la noche reinaba, es decir de la parte opuesta a la que se hallaba nuestro astro rey. Nadie, pues, podía determinar dónde se originaba el extraño mensaje.

    Burke permanecía completamente inmóvil, con todos sus músculos en tensión. Se le veía pálido, incluso a la luz de la luna; tanto que Sandy no pudo por menos que advertirlo. Y se alarmó.

    —¡Joe! ¿Qué té pasa?
    —¿Has oído... eso? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Las señales?
    —Claro. Pero, ¿qué...?
    —Las he reconocido —interrumpió Burke en un tono que tenía acentos desesperados—. He oído señales como esas y las vengo oyendo desde que era un niño. —Tragó saliva—. Eran idénticas y eso ha sido lo que me ha conturbado. Iba a contártelo todo... y a pedirte que te casaras conmigo a pesar de eso.

    Comenzó a temblar un poco y Sandy se dio cuenta de que aquello no era propio del Joe Burke que ella conocía.

    —No entiendo en absoluto...
    —Temo haberme salido de mis casillas —dijo Burke intranquilo—. ¡Mira, Sandy! Iba a declararme a ti. En vez de eso te voy a llevar de regreso a la oficina. Voy a hacerte oír un disco que grabé hace un año. Creo que una vez lo hayas oído decidirás no casarte conmigo de ninguna manera.

    Sandy le miró con oíos de asombro.

    —¿Quieres decir que esas señales de no se sabe dónde tienen un significado especial para ti?
    —Muy especial —dijo Burke—. Ponen sobre el tapete la cuestión de si he estado loco, y ahora, de repente me he vuelo cuerdo: o de si he estado cuerdo hasta ahora; y también de repente me acabo de volver loco.

    La radio se puso a tocar música ligera. Burke la apagó. Puso en marcha el motor del coche. Dio marcha atrás mirando con cuidado y se encaminaron hacia el despacho y taller de construcciones de la «Burke Development. Inc.».

    En otras partes, los cerebros más agudos del planeta examinaban exhaustivamente el apabullante hecho de aquellas señales que llegaban a la Tierra procedentes de un lugar aún no hallado por el hombre. Un mensaje se recibía de alguien que no era humano.

    Aquella mera sugerencia hacía que helados escalofríos recorrieran la columna vertebral más educada y sensata. Pero Burke conducía tenso su coche y la superficie de la carretera desaparecía debajo y tras las ruedas a gran velocidad. Una cálida brisa se filtraba por entre las aberturas laterales de las ventanillas delanteras. Sandy permanecía sentada, muy rígida.

    —Mi modo de actuar no tiene sentido, ¿verdad? —pregunto Burke—. ¿Tienes la sensación de ir acompañada por un lunático?
    —¡No! —respondió ella—. ¡Pero jamás me imaginé que algún ser espacial te hiciera dar marcha atrás cuando estaban declarándote a mi! ¿Me puedes explicar que significa todo esto?
    —Lo siento muchísimo —contestó a su vez él—. ¿Acaso puedes decirme que son esas señales?

    Sandy negó con la cabeza. Burke siguió conduciendo.

    —Dejando a un lado mi punto de vista particular en el asunto —dijo Burke al cabo de un rato—, hay algunas cosas raras en todo este asunto. ¿Por qué esos seres del espacio nos envían una emisión de radio? Dicen que no procede de un planeta. Si hay una astronave por ahí, que viene hacia nosotros, ¿para qué avisarnos? Si quieren ser amigos nuestros, ¿como pueden estar tan seguros de que nosotros querremos aceptar su amistad? Si intentan ser enemigos, ¿por qué desperdiciar la ventaja de la sorpresa? En cualquier caso, sería una locura enviar por delante mensajes cifrados. Y, de todos modos, para nosotros los terrestres, cualquier mensaje nos parecerá cifrado.

    El coche continuó chirriando a lo largo de la carretera. Pronto aparecieron luces parpadeantes por entre los árboles. El bajo y largo edificio de «Burke Development, Inc.» apareció poco a poco a la vista. Formaba una serie de oscuros objetos alzados en un amplio espacio vacío al borde mismo de la ciudad natal de Burke.

    —¿y por qué... —prosiguió preguntando—, por qué enviar un mensaje complejo si ellos solo quisieran decirnos que son meros viajeros del espacio en ruta hacia la Tierra?

    Apareció el camino que conducía a la «Burke Development». Joe tomó por él y llegó al terreno de casi dos hectáreas que le pertenecía y del cual su empresa apenas ocupaba la menor parte.

    —Si fuera una oferta de comunicación, ese mensaje debería ser corto y sencillo. Quizá una secuencia aritmética de puntos, para significarnos que ellos son seres inteligentes y que les gustaría que la secuencia llegara también a otros seres con cerebro. Entonces sabríamos que venían de camino seres amigos y querríamos intercambiar ideas antes de, si era necesario, intercambiar bombas.

    Los faros del coche alumbraron el taller donde se realizaban los prototipos experimentales de «Burke Development» y una pequeña construcción que servía de oficina y archivo de la firma y en la que Sandy tenía su despacho de contabilidad. Burke frenó delante de la puerta de la oficina.

    —Me hago preguntas acerca de esas señales sólo para ver si mi cabeza funcionaba bien —dijo Burke—. Uno no manda un largo mensaje al vacío, repitiéndolo, con la esperanza de que alguien pueda escucharlo por casualidad. Uno llama y envía un mensaje extenso sólo después que haya sido contestada la primera llamada. En esa llamada se dice quién llama a quién, pero nada más. Esto no parece ser nuestro caso.

    Salió del coche y abrió la portezuela del lado de la muchacha para que bajase; después hizo lo propio con la entrada del despacho utilizando sus llaves. Entraron. Burke encendió la luz. Durante un instante, Sandy permaneció inmóvil. Luego se adentró en la oficina que tan familiar le era. Burke se inclinó sobre la caja fuerte, girando el disco numerado para abrirla.

    —Ese boletín especial será repetido en todos los noticiarios radiofónicos —dijo por encima de su hombro—. Ahí tienes una radio pequeña. ¿Quieres conectarla?

    De nuevo lentamente, Sandy cruzó la oficina y dio vuelta al interruptor del pequeño receptor instalado en su escritorio. Se calentó y comenzó a emitir ruidos. Bajó el volumen hasta que apenas se hizo audible. Burke se incorporó llevando en sus manos un disco y un tocadiscos. Colocó la grabación en el plato y puso en funcionamiento el motor, colocando la aguja en los primeros surcos.

    —Algunas veces tengo un sueño —dijo Burke—. Una pesadilla que se repite. Me sobreviene con frecuencia desde que tenía once años. He tratado de creer que era un simple fenómeno sin importancia, pero otras veces he llegado a sospechar que era telepatía, transmitiéndome algún enrevesado mensaje de quién sabe qué personas o seres. Tenía que haber algo erróneo. Y otras veces he sospechado que... bueno... que quizá yo no fuera completamente humano. Que me habían enviado a la Tierra, no sé cómo, para ser útil a no sé quién extraterreno. Y eso es una locura. Por eso he tratado de evitar ponerme romántico con alguien del sexo femenino. Esta noche he conseguido convencerme a mí mismo de que todas esas cosas eran imaginaciones absurdas. Entonces vino lo de las señales. —Se detuvo un momento y continuó receloso—: Grabé este disco hace un año. Cuando lo hice trataba de convencerme a mí mismo de que era una completa tontería. Escúchalo. ¡Y recuerda que lo grabé hace un año! La aguja comenzó a adentrarse por los surcos grabados. La voz de Burke salió del altavoz.
    —«Estos son los sonidos de mi sueño» —dijo.

    Hubo un momento de silencio en el que sólo se oyó el rumor de la aguja deslizándose por los surcos. Luego se escucharon los sonidos. Eran notas musicales. Sandy miraba al tocadiscos inexpresiva. Los sonidos aflautados, arbitrarios, llenaron el despacho de la «Burke Development, Inc.». Hubiera sido correcto calificarlos como diabólicos. También habrían podido describirse como plañideros. No formaban una melodía, pero sí llevaban consigo todos los elementos constitutivos de la melodía, sólo necesitaban su ordenación consecuente. Con toda evidencia eran iguales a los sonidos del espacio. Era imposible dudar que obedecieran al mismo código, a idéntico lenguaje, a similar vocabulario de tonos y duración.

    Burke los escuchó con una expresión particularmente tensa. Cuando finalizó la grabación, miró a Sandy. Sí, la muchacha parecía confusa.

    —Son iguales, pero, Joe, ¿como puede ser?
    —Te lo diré mas tarde —le respondió él sombrío—. Lo importante es: ¿estoy loco o no?

    La radio del escritorio murmuraba algo. Era un boletín de noticias. Burke aumentó el volumen y la voz del locutor se escuchó diciendo:

    —«...noticias de la una hora. ¡Los mensajes recibidos del espacio constituyen La mayor sensación del siglo! Tras el anuncio comercial de la casa patrocinadora de este noticiario, tendremos el gusto de ofrecerles más detalles.»

    Siguió luego el panegírico acalorado de cierto producto que constituía no solo un adelanto científico y comercial, sino también una fuente de salud individual, ya que se trataba de un regulador intestinal. Por fin acabó el anuncio.

    —«Desde el lejano e inalcanzable espacio —voceaba el locutor— nos llega el misterio. Hay vida inteligente en el vacío. Se ha comunicado con nosotros. Hoy...»

    A causa de la necesidad de dar las últimas noticias de un divorcio entre personas de las altas esferas del teatro y de la sociedad, de contar los nuevos delitos de cierto misterioso asesino y un gran escándalo de la administración municipal, no se concedió a las señales del espacio toda la extensión de comentario que merecían y fueron tratadas en apenas quince segundos del programa que duraba unos cinco minutos. Burke lo escuchó con expresión grave.

    —Creo —dijo mesuradamente—, que estoy cuerdo. He oído esos sonidos antes de esta noche. Los conozco... Te llevaré a casa, Sandy.

    La acompañó hasta su coche con toda delicadeza.

    —Es chocante —la dijo mientras conducía el coche por la carretera general—. Estamos probablemente en los comienzos del mayor acontecimiento de la historia de la humanidad. Acabamos de recibir un mensaje de una raza inteligente que en apariencia puede viajar por el espacio. No hay medio en el mundo de deducir qué consecuencias nos acarreará eso. Pudiera ser que aprendiésemos ciencias y lográramos hacer de nuestra Tierra un paraíso. O también pudiera ocurrir que fuéramos barridos de nuestro mundo por una raza superior que ocupase nuestro lugar. Divertido, ¿verdad?
    —No. Nada en absoluto —dijo intranquila Sandy.
    —Quiero decir —le aclaró Burke—. que cuando ocurre algo verdaderamente significativo, que probablemente determine el porvenir de la Tierra, de lo único que me preocupo es de saber si soy un... loco, o un telépata, o alguna otra cosa por el estilo. ¡Pero es que eso es tan humano!
    —¿Qué crees que me preocupa a mí? —preguntó Sandy.
    —Oh... —Burke dudó, luego dijo algo inquieto—: Yo iba a declararte mi amor... y no lo hice.
    —Es verdad —contestó Sandy—. No lo hiciste.

    Burke siguió conduciendo ceñudo durante algunos minutos.

    —Y no quiero hacerlo —dijo con llaneza al cabo de cierto tiempo—, hasta saber si hago bien declarándome. No tengo ninguna explicación sobre lo que me ha estado impidiendo hasta ahora que te pida que te cases conmigo, pero aparentemente no es ninguna tontería. Yo anticipé los sonidos que llegaron esta noche del espacio y... supe siempre que esos sonidos no pertenecían a la Tierra.

    Luego, manejando el volante con obstinación en medio de la cálida noche, bajo la luz de la luna, Burke la contó exactamente porqué le eran familiares los sonidos aflautados y cómo afectarían su vida de ahora en adelante. Mentalmente había repasado la historia varias veces y le parecía razonablemente bien hilacionada. Pero contarla era algo más difícil. Sandy escuchó en silencio. Acabó el relato cuando el coche se detuvo junto al bordillo de la acera, precisamente delante de la casa de huéspedes en la que Sandy y su hermana Pam vivían, formando todo lo que quedaba de su familia. Si la joven no hubiese conocido a Burke toda la vida, le habría enviado a paseo en aquel mismo instante. Pero le conocía muy bien. Aquello explicaba la razón de que a Burke se le hiciera un nudo en la lengua cuando deseaba ponerse romántico e incluso el por qué había registrado en un disco una secuencia tan extraña de notas musicales. Sus acciones, las de él, eran reacciones razonables a una experiencia repetida a irrazonable. Sus dudas y vacilaciones demostraban la existencia de un secreto anhelo de comprender lo inexplicable. Y ahora que aquellas señales del espacio acababan de llegar, era comprensible que reaccionara como si fueran un asunto para su particular atención.

    Sandy se formó una descorazonadora imagen mental del lugar en que los extraños árboles agitaban las largas y acintadas hojas bajo un cielo insólito. Aún más...

    —S-sí —dijo la muchacha lentamente y arrastrando la «s» una vez Burke acabó su relato—. No lo comprendo, pero me doy cuenta de lo que sientes. Creo que yo sentiría de igual modo si fuera hombre y hubiera padecido tu experiencia. —Sandy permaneció dubitativa—. Quizá ahora haya una explicación a todo, puesto que han venido esas señales. Coincide, casan con las que las que tú recordaste de tus sueños. Son las que tú conocías.
    —No puedo creerlo —dijo Burke con tristeza—, y tampoco ruedo dejarlo de creer. Nada puedo hacer hasta que descubra porqué conozco que en alguna parte hay un lugar con dos lunas y con árboles extraños...

    Pero no contó a Sandy la parte de su experiencia que más habría interesado a la muchacha... la clase de persona por la que sentía tan angustiado temor y por la que sentía tanta alegría cuando la hallaba... a «ella». Sandy tampoco hizo ninguna mención a aquel aspecto.

    —Vete a casa, Joe —dijo la muchacha en voz baja—. Duerme toda la noche. Mañana sabremos más acerca de las señales y quizá se aclare todo. De cualquier forma... sea lo que sea, yo... me alegro de que tuvieras intención de pedirme que me case contigo. Te iba a decir que... sí.


    II


    Burke no quedó menos conturbado, pero su impresión era de diferente clase. Después de dejar a Sandy en la pensión en donde vivía con su hermana, regresó al taller. Necesitaba meditar sobre aquello.

    Los mensajes del espacio, claro, debían presagiar acontecimientos de abrumadora importancia. La venida de seres inteligentes a la Tierra podía ser comparable con la llegada de hombres blancos a los continentes americanos. Ello podría traer unas técnicas superiores, armas irresistibles y una presunción de superioridad que produciría un inevitable conflicto con los aborígenes de la Tierra. Juzgando por las acciones de los miembros de la raza blanca en nuestro planeta, si los recién llegados eran solamente exploradores aquello podía significar los albores del final de la independencia humana. Si fuesen invasores...

    Algo como esto podría pronto deducirse de las mismas noticias. Algunas personas reaccionarían con total desesperación, esperando que los seres extraños actuasen como hombres. Otras confiarían en que una raza superior llevase consigo un aumento de la amabilidad y del altruismo que en la Tierra eran raros. Pero no había nadie que no tuviese cierto temor. Algunos hasta sentían pánico.

    La reacción de Burke fue estrictamente personal. Nadie más en el mundo se hubiese sentido la misma abrumadora y asombrada emoción que él experimentó cuando oyó los sonidos del espacio. Porque para él eran familiares.

    Paseó y abajo por el gran edificio sin divisiones que formaba el actual taller de «Burke Development, Inc.». En aquel lugar había hecho algún trabajo notable. El prototipo de la pared hidropónica para «Interiors, Inc.», aún permanecía apoyado contra uno de los muros. Era rudimentario, pero le había dado resultado y le permitió después constituir un modelo que ahora había sido entregado ya completo. Un poco a un lado estaba el prototipo de la máquina especial que estampaba piezas pequeñas para la «American Tool». ¡Aquello había sido un encargo chocante! Había allí en los almacenes almacenado plástico, lana de vidrio y otras cosas raras con las que él había diseñado unos objetos para «Holmes Yatchs», y una caja de piececitas perteneciente a otro proyecto creado por una compañía de aviación que intentaba lanzar al mercado el único aeroplano pequeño y plegable.

    Estas cosas adquirieron un profundo significado ahora. Necesitaba aquellos productos. Los había diseñado él mismo y había creado en ellos formas nuevas. Sin embargo, ahora comenzó a sentirse profundamente receloso de su propio éxito. Cada uno de aquellos inventos suyos le producía intranquilidad. Ceñudo se preguntó si su gran obsesión peculiar no le había colocado contra el tiempo en aquellos instantes en que los sonidos aflautados venían del infinito introduciéndose en la atmósfera de la Tierra.

    Examinó, por milésima vez, su especial conexión con los ruidos del espacio. En previos autoexámenes localizó el tiempo en que todo aquello comenzó. Fue cuando tenía once años de edad. Casi le era posible fijar la fecha exacta. Vivía con sus tíos porque sus propios padres habían muerto. Su tío hizo un viaje de negocios a Europa, solo, y trajo algunos regalos que fascinaron al niño Joe Burke. Había entre ellos un cuchillo pedernal y un objeto de marfil labrado que su tío afirmaba que era procedente de un colmillo de mamut. Tenía la cabeza de un ciervo grabada. Habían fragmentos de cerámica y un cubo o dado negro de caras toscamente alisadas. Asombraron al muchacho porque su tío le dijo que habían pertenecido a los hombres que vivían cuando los mamuts erraban por la tierra y los seres de las cavernas se dedicaban a su caza. Los hombres del «Cro-Magnon», como decía su tío, fueron los propietarios de aquellos objetos. El buen hombre los compró a un comerciante francés que los había hallado en una cueva con pinturas en sus paredes a las que se creía que databan de veinte mil años. El gobierno francés se hizo cargo de la caverna pero antes de informar su hallazgo el comerciante con cierta picardía escondió algunos de los pequeños tesoros para venderlos él mismo. El tío de Burke los compró y, a su tiempo, los regaló al museo local. Todos, excepto el dado negro, que Burke había dejado caer rompiéndose en un millón de laminitas delgadísimas, que su tía insistió en barrer y tirar a la basura. El niño Burke trató de conservar una de las plaquitas, pero la buena señora se la encontró debajo de la almohada y se deshizo de ella.

    Recordaba el asunto sólo porque había examinado su memoria tantas veces, intentando encontrar algo que le revelara el porqué del principio de su persistente sueño. En alguna parte poco después de la visita de su tío comenzó la pesadilla. Como todos los sueños, no estaba completo. No tenía sentido. Pero tampoco era el sueño normal de un chico de once años.

    Se encontraba en un lugar en donde el sol se acababa de poner, pero habían lunas en el firmamento, una grande e inmóvil. La otra era pequeña y se movía rápidamente cruzando el cielo. De detrás de él venían las señales agolpadas como mensajes que más tarde procederían del espacio. En el sueño era ya mayor y veía árboles con extraordinarias hojas en forma de cinta, distintas a los árboles de la Tierra. Las plantas se agitaban y se estremecían bajo una brisa suave, pero él no les había caso ni tampoco prestaba atención a los sonidos aflautados de su espalda.

    Buscaba desesperadamente a alguien. Un niño conoce el terror por él mismo, pero no tiene miedo por otra persona. Pero Burke, entonces de once años, soñaba que tenía un pánico cerval por lo que podía ocurrir a otro. Respirar era un tormento. Tenía en la mano una arma presta. Estaba dispuesto a luchar con cualquier imaginable criatura contra la que incierta persona necesitara batallar. Y de repente vio a una figura corriendo tras las oscilantes hojas. El alivio fue casi tan grande como el mismo miedo. Era una emoción de tanta importancia, de tal intensidad que ningún muchacho ordinario de once años sería capaz de conocer, pero Burke la experimentaba. Gritó y se abalanzó hacia la figura... y el sueño se acabó.

    Lo soñó tres noches seguidas, luego cesó el sueño durante una temporada.

    Después, una semana más tarde, volvió a tener la misma pesadilla, repetida en cada detalle. La revivió una docena de veces antes de cumplir los doce y muchas más antes de llegar a los trece. Le sobrevenía a intervalos periódicos y así pasó durante toda la decena que va desde los diez hasta los veinte: es decir, mientras estuvo en el colegio y después de salir de él. Cuando creció descubrió que el persistente sueño era inusual. Pero, que en contraposición a las pesadillas que a veces se repiten durante la vida de una persona, aquella suya era demasiado ilógica y al mismo tiempo hilacionada como para ser considerada como una pesadilla cualquiera.

    De vez en cuando observaba nuevos detalles. Se daba cuenta de que estaba soñando. Sus acciones y sus emociones no variaban, pero era capaz de examinarlas, del mismo modo que uno puede tomar nota de las peculiaridades del libro que lee estando absorto en la lectura. Se dio cuenta del modo que los árboles enviaban sus raíces fuera de la superficie del suelo antes de dejar caer la parte succionadora dentro de él. Advirtió una masa de ladrillos a la izquierda. Descubrió que una colina en la lejanía no era un montículo natural. Fue capaz de recordar señales en la gran luna estacionaria del firmamento y darse cuenta de que la más pequeña tenía una forma irregular y desganada. El sueño no cambiaba, pero su conocimiento del lugar en que se desarrollaba la pesadilla aumentó.

    Cuando fue creciendo mas, se asombró al darse cuenta de que a pesar de que los árboles, por ejemplo, no eran reales, tenía una consistencia de realidad. El arma que tenía en la mano era rara en especial. Su culata y su cañón eran de plástico transparente y en dicho cañón había una secuencia de formas particularmente dispuestas, dentro y alrededor de las cuales nacía un cableado orientado precisamente en un sentido. Cuando se hizo hombre construyó tal arma una vez en metal. Había tratado y producido magnetos para la «American tools». Pero es que aquello no eran magnetos. Era algo especifico y alarmante de por si. También pudo saber exactamente lo que era la masa de ladrillos y descubrió que se trataba de una hábil construcción de sobria ingeniería. Ningún muchacho de once años lo podía haber imaginado.

    Siempre estaban allí los sonidos musicales aflautados viniendo de su espalda, cuando cumplió veinticinco los recordó. Los había oído entonces, en sueños, cientos de veces. Trato de duplicarlos con una flauta y construyo una boquilla especial para conseguir con exactitud la cualidad tonal que recordaba tan bien. Grabo un disco para examinarlo, pero el estudio fue inútil.

    En cierto modo, sentía una malsana obsesión por aquel sueño. En cierto modo, el sueño era de una magnificencia infinita como portador de mensajes trasmitidos a través de millones de kilómetros de vacío. Pero ahora los sonidos aflautados coincidían con la realidad. Paseó arriba y abajo por el vacío y resonante edificio y musitaba: «Debo hablar con las autoridades que se ocupan de la exploración del espacio».

    Luego se echó a reír. Era irónico. Todos los chiflados del mundo estarían acosando a dichas autoridades que se ocupaban de tales sonidos del espacio, informándoles que Julio César, el Jefe Toro Sentado, o cualquier otra sombra imaginaria les habían hablado de ellas mediante escritura automática en trance o apariciones personales. Los que no tuviesen una explicación basada en lo fantasmal poseían en cambio talentos especiales, o una maravillosa invención, o pretenderían demostrar que eran miembros de la raza que había enviado los mensajes recibidos por las estaciones de exploración de escucha de satélites.

    No. Sería inútil informar a la Academia de Ciencias que había estado soñando en señales parecidas a las que ahora agitaban a la humanidad. Era demasiado absurdo. Pero tampoco era predecible que una persona del temperamento de Burke se quedara con los brazos cruzados. Y así se puso a trabajar exactamente del mismo modo que cualquiera de los chiflados ilusos a los que tanto aborrecía.

    Actualmente, el trabajo debería haber sido emprendido en secreto por comités designados por las sociedades culturales, las oficinas del gobierno y las fuerzas armadas. Deberían formarse divisiones de la tarea, discutir amargamente cuánto dinero iba a emplearse y qué cantidad de éste le correspondería a cada uno de los departamentos, habrían desacuerdos violentos también en lo referente a los contratos de suministro de material. Tendría que ser tratado todo como un programa de investigaciones, en el que todo el mundo podría reclamar el crédito y la gloria por los resultados y nadie podría ser culpado por los fracasos.

    Burke no podía reunir recursos para empresa tan ambiciosa. Y él sabía que como proyecto privado era demasiado costoso. Pero comenzó la clase de trabajo preliminar que un ingeniero hace antes de ponerse realmente al trabajo.

    Separó algunas mercancías que necesitaba y que tenía ya hechas. El jardín mural hecho para «Interiors, Inc.», encajaría a la perfección en cualquier resultado final que obtuviese, si es que llegaba a obtenerlo. Tenía un trozo especial de manufactura de lana de vidrio y plástico. Si pudiese contar con un computador contra la inercia, todo estaría arreglado, pero dudaba en poder hacerse con un instrumento así. El asunto crucial era un dibujo que él había hecho del arma que empuñaba en sueños. Se refería a ciertas piezas de metal de forma muy peculiar, con finísimos cables devanados excéntricamente, que arrojaba piedras explosivas cuando una corriente atravesaba aquellos devanados. Eso era de lo que tenía que ocuparse primero.

    A las tres en punto de la mañana, Burke rompió las notas del laboratorio que había preparado para la pequeña estampadora destinada a la «American Tool». Trató de hacer el trabajo empleando perfiles magnéticos, pero no obtuvo resultados. Hubiera sido necesario emplear una docena de cartuchos para conseguir la misma acción explosiva que obtuvo con perfiles magnéticos.

    Siguió examinándolos con cuidado. Un aparato electromagnético no alcanza realmente todo su esfuerzo nada más se le aplica la corriente. Hay una resistencia inductiva, inherente a él, que significa que el magnetismo va alcanzando gradualmente la máxima intensidad. Por el recuerdo que tenía de los elementos componentes del plástico transparente del arma manual, Burke había llegado a la conclusión de que era posible hacer una magneto sin resistencia inductiva. Trató de conseguirlo. Cuando dio paso a la corriente, el aparato alcanzó toda su potencia en el mismo instante. En realidad, parecía existir un efecto de negación inductiva. Pero lo malo es que aquello no era una magneto. Era otra cosa cualquiera. Algo que por sí mismo quedó reducido a limaduras de hierro.

    Ahora, con mucha reflexión, tomó una hoja de metal y la fue convirtiendo en diminutas laminitas de un núcleo magnético de forma peculiar. Las unió a mano, con mucha paciencia, fue un trabajo delicado. Eran las seis de la mañana del sábado cuando el prototipo estuvo acabado. Conectó los conductores a la batería y dio al conmutador. También el pequeño objeto se desgajo en pedazos y el núcleo tomó tierra a cinco metros del lugar en donde había estado, Burke soltó un respingo.

    No estaba cansado, pero quería meditar un poco y por eso se dirigió hasta un pequeño restaurante y tomo un café con bollos, aprovechando el tiempo para reflexionar con satisfacción sobre lo logrado. A costa de varias horas de trabajo había conseguido algo parecido a la magneto, que no era una magneto y que se destruía a sí misma en cuanto se ponía en funcionamiento. Mientras se tomaba el café la radio emitió un boletín de noticias. Escuchó.

    Las señales seguían llegando del espacio, puntualmente, cada setenta y nueve minutos. En aquel momento, las 8:30 de la mañana, no se oían en la costa del Atlántico, pero la costa del Pacífico todavía las podía recibir y eran oídas en Hawái y de nuevo en la isla de Papúa, pacífico del Sur.

    Burke regresó al taller. Ahora se comportó metódicamente. Reactivó el prototipo de jardín mural que había descuidado mientras trabajaba para la construcción del modelo definitivo con destino a «Interiors, Inc.». El jardín experimental había sido hecho en cuatro secciones para que pudieran ser usadas en ellas diferentes sistemas de bombeo y soluciones nutritivas. Ahora puso las bombas a trabajar. Las plantas parecían ajadas, pero se reanimaron cuando recibieron la luz adecuada y el líquido hidropónico necesario para su vida.

    Luego entró en el pequeño despacho del taller y se sentó ante la mesa de dibujo para modificar el diseño del núcleo magnético. A las once había pergeñado una ruda teoría y refinado el diseño, con curvas y ángulos completos. A las cuatro de la mañana siguiente un segundo núcleo magnético modificado estaba construido y pulido.

    Él había oído la primera emisión del viernes por la noche. Ahora estaba en la mañana del domingo y a pesar de que se sentía cansado, no tenía sueño Trabajó con ansia, devanando el cable conductor de un diámetro muy pequeño en la complicada forma metálica. Poco antes de salir el sol lo probó.

    Cuando dio paso a la corriente los devanados de alambre parecieron hincharse. Durante la prueba lo tenía todo sujeto con una pequeña abrazadera. Esta abrazadera se abrió y se rompió al contacto con la batería antes de que el devanado alcanzase el punto de ruptura. Pero el aparato no se había roto el mismo ni reducido tampoco a pedazos.

    De repente se sintió muy cansado. Para cualquier otro ser, la consecuencia de su segundo intento para hacer lo que él creía que era una magneto de inducción negativa hubiese parecido un absoluto fracaso. Pero Burke sabía ahora porque el primer modelo había fallado y qué era lo que había de erróneo en el segundo. El tercero daría resultado, precisamente lo mismo que el arma de su sueño lo hubiese dado también de haber disparado. Ahora podía justificarse a sí mismo la asociación del persistente sueño con el mensaje del espacio. La pesadilla tenía puntos de contacto con la realidad. Dos puntos precisamente. Uno eran los oídos del infinito, que encajaban con los de su sueño. El otro era el arma manual, cuyas partes esenciales encajaban ahora a la perfección con el mundo conocido.

    Pero sería imposible ofrecer esta información a cualquier otra persona. Demasiados chiflados reclamarían excesivos triunfos. Su técnica actual e imprevista tendría poca oportunidad de ganar la aceptación oficial. Especialmente porque él sería considerado un individuo sin títulos ni diplomas. Burke tenía un pequeño negocio propio. Poseía el grado de ingeniero. Pero no tenía el respaldo de las influencias que obligarían a las altas esferas a oír sus afirmaciones.

    —¡Chiflados de todo el mundo, uníos! —murmuró para sí.

    Salió al exterior para tomar el fresco vigorizante de la mañana y con el coche se dirigió hasta el restaurante visitado con anterioridad. El café que pidió resultó atroz, pero le despertó. Oyó como dos chóferes de camión hablaban en el mostrador.

    —¡Eso es un bulo! —decía uno de ellos desdeñoso—. ¡No hay gente viviendo en el espacio! ¡Los hubiésemos oído mucho antes si existiesen! ¡Todos los científicos están locos!
    —¡Cáscaras! —le contestó el otro con seriedad—. ¡Cualquiera de ideas más inocentes te rajaría la cabezota, hermano! ¡Saben lo que ocurre y tienen miedo! ¡Y si quieres que te diga... también lo tengo yo!
    —¿De qué?
    —¡Diablos! ¿Has conducido tú alguna vez de noche y has visto todas esas estrellas mirándote como pares de ojos de serpiente, como ojuelos malignos que te examinan y te desprecian? Lo habrás visto, ¿verdad? Pues el que está enviando estas señales aquí a la Tierra puede que nos esté mirando tal y como lo hacen las estrellas.

    El primer hombre gruñó.

    —No me gusta eso —dijo el segundo con ademán positivo—. Si fuese un hombre que va por ahí a buscar algo entre las estrellas... algo que le hace falta, estaría bien. Es como ir de caza al bosque con una escopeta. Pero no me gusta que alguien venga a nosotros desde otra parte. ¡Quizá trate de cazarnos!

    Los dos conductores pagaron su café y se marcharon. Y Burke pensó con tristeza que el segundo hombre, después de todo, acababa de expresar una universal verdad. A los seres humanos no les gusta ser cazados. La pasión con que un hombre mata a las bestias salvajes tras perseguirlas procede de la vanidad humana. No le gusta la idea de que cualquier otra criatura puede ser mejor de lo que somos. Es altamente probable que si alguna vez tenemos que hincarnos ante una raza superior, prefiramos morir.

    Burke, tras estos pensamientos, regresó al taller y comenzó a construir otra de las peculiares magnetos que no lo eran. Éste iba a tener tres núcleos de forma especial, uno detrás de otro, construidos de una sola pieza de acero sueco. Los devanados que irían sobre ellos estarían albergados dentro de una masa de plástico. Por encima de todo pondría una carcasa para evitar la expansión y la ruptura de los contactos. Tenía que ser algo completamente diferente de una magneto.

    Fue un trabajo largo y tedioso. Sabía lo que estaba haciendo, pero tenía dudas acerca del porqué. Mientras trabajaba, no obstante, elaboró una detallada teoría. Los descubridores trabajan a menudo así. Se ha dicho que Cristóbal Colon no sabía a donde iba cuando zarpó, ni tampoco sabía dónde estaba cuando llegó y mucho menos conocía donde había estado cuando regresó. La historia del descubrimiento del tubo tríodo tenía puntos similares. Burke había comenzado con un artificio que se destruía a sí mismo en cuanto se le ponía en funcionamiento, desarrollaba la idea de otro artificio que se hinchaba hasta inutilizarse y ahora esperaba que el tercero diese resultado, consiguiendo algo que los libros de texto le decían que era imposible.

    Fuera del taller, el mundo se dirigía a sus ocupaciones. Mientras Burke seguía trabajando en la tarde del domingo, un radiotelescopio japonés apuntaba al cielo nocturno y hacía seis marcaciones sucesivas de localización de la visera que enviaba las señales del espacio. Cuando el crepúsculo vespertino le encontró trabajando denodadamente en una lámina de metal, Croydon hizo la octava. Los radiotelescopios americanos habían hecho las demás. Cuidadosamente computadas, las observaciones coincidían en el descubrimiento de un movimiento independiente al de la emisora de las señales. Ese movimiento se producía contra las estrellas como si fuera el de un cuerpo del sistema solar con una órbita en el cinturón de asteroides a unos quinientos ochenta millones de kilómetros del Sol... en comparación con la distancia de la Tierra al astro rey que era de ciento cincuenta millones.

    A medianoche del domingo, mientras Burke hacía un micrométrico examen del triple núcleo magnético, el observatorio de Harvard informaba que debía haber un asteroide menor en el lugar del espacio del que procedían las señales.

    El asteroide coincidente fue conocido con el nombre de asteroide Schull. Fue catalogado con el número M-387. Había sido descubierto en 1913 y era un cuerpo celeste menor que tenía un diámetro calculado de menos de tres kilómetros y su brillantez era variable dando la impresión de que se trataba de una estrella de forma irregular. Era demasiado insignificante para ser tenido bajo control y observación constante, pero las señales del espacio parecían originarias de su posición en el firmamento.

    Una hora después de medianoche, tiempo medio del Este, Palomar detectó la infinitésima partícula de luz que constituía al asteroide Schull exactamente en el mismo lugar en que los radiotelescopios insistían en localizar en la esfera de señales. Las estaciones observadoras de satélites comenzaron a ocuparse todo el día de recibir las señales y los radiotelescopios por su parte, iniciaron un barrido del espacio en busca de posibles respuestas de otras emisoras también espaciales. Había la inconfortable posibilidad de que el transmisor pudiese no estar enviando señales a la Tierra, después de todo, sino a un amigo misterioso del espacio, un colega o una nave gemela.

    Más observaciones se dieron. Los observatorios comprobaron por sí mismos las señales. Cronometrados los intervalos entre las notas variaban como si fuesen causados por algo vivo. Pero las sucesivas emisiones tenían la misma duración, hasta la milésima de segundo. La conclusión era que la emisión original había sido puesta en el espacio manualmente pero que ahora todo era transmitido de manera automática por algún robot.

    Era la mañana del lunes cuando Burke completó la última vuelta del devanado de su seudo magneto de tres elementos. Hay muchas cosas que llegan a ser algo cuando cambian de grado. La reacción electromagnética puede ser ondas largas de radio o luz amarilla o ultravioleta o rayos X o Dios sabe qué, según su frecuencia. A distintas extensiones de onda corresponden diferentes propiedades. Burke creía que sus núcleos devanados eran otra cosa más que magnetos porque el «flujo» que producían era de diferente intensidad. No creía que aquel fenómeno se debiera al magnetismo.

    A las diez en punto de la mañana del lunes, se sentía torpe a causa del cansancio cuando empezó a colocar la carcasa exterior en el objeto que había manufacturado. El arma manual que llevaba en sus sueños indudablemente lanzaba proyectiles a través del agujero cilíndrico que penetraba hasta el mismo centro del núcleo múltiple. El diseño de tales armas descontaba cualquier posibilidad de retroceso. No estaban construidas para permitir que la mano, al disparar, sufriera la sacudida fuerte del retroceso. Por lo tanto no tenía que haberlo. Sobre aquella base, Burke había construido lo que genuinamente parecía una gruesa varilla de quince centímetros de larga y cinco de diámetro. Con la carcasa en su sitio, el conjunto era absolutamente sólido. No había lugar para que los devanados se expandieran. Lo miró todo parpadeando. El sentido común le decía que debía apartarlo a un lado y probarlo cuidadosamente cuando no estuviese dominado por la fatiga.

    Entonces entró Sandy en el taller, buscándole. Había llegado para trabajar y al ver el coche de Burke fuera, aparcado a la entrada, se imaginó que estaría allí. La expresión de la muchacha indicaba varias cosas: una cierta intranquilidad y algo de embarazo, y bastante más que un poco de indignación. Cuando le vio sin afeitar y con aspecto cansado, protestó.

    —¡Joe! ¡Has estado trabajando desde Dios sabe cuándo!
    —Desde que te dejé —admitió el— Tenía mucho interés.
    —¡Estás horrible!
    —Quizás mi aspecto sea peor cuando pruebe esto que acabo de fabricar. No estoy seguro.
    —¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó ella—. ¿Y cuándo dormiste?

    Burke se encogió de hombros cansino, mirando la cosa que tenía en sus manos. Poseía bastante experiencia para saber que ninguna teoría es correcta hasta que no se prueban sus efectos en la práctica. Tendía a ser pesimista. Pero aquella vez, pensaba que lo había conseguido.

    —¿Acaso es el trabajar día y noche una parte de tus reacciones ante las señales oídas? —preguntó Sandy con tristeza—. Si así es...
    —Vamos a probarlo —interrumpió Burke—. Es algo que he sacado de mi sueño. Ahora descubriré si estoy loco o no... quizá—. Aspiró profundamente. Tenía una profunda y corrosiva duda sobre cosas que no tenían sentido, como las señales del espacio y las magnetos que no lo eran porque eran capaces de una autoinducción negativa—. Si esto no demuestra señales de trabajar, Sandy...
    —¿Qué?

    No respondió. Se inclinó pesadamente sobre la mesa en donde tenía la batería eléctrica. Cogió unas puntas de prueba del cajón y las conectó a los cables del objeto que había fabricado. Luego enganchó las pinzas a los bordes terminales de la batería.

    —Hazte para atrás, Sandy —dijo con voz cansina—. Vamos a ver lo que ocurre.

    Apretó el botón de contacto. Se produjo un chasquido y un rugido. El objetivo de quince centímetros de ninguna forma correcta que él había fabricado saltó. Chocó de refilón con la cabeza de Burke y le hizo sangre. Atravesó la habitación, unos nueve metros, y después de destrozar un refrigerador de agua que estaba en la parte opuesta, se introdujo profundamente en la pared de ladrillo. Un armarito de herramientas osciló y cayó al suelo. La batería derramó chorros de vapor, se hinchó. Burke cogió a Sandy y la llevó fuera con él mientras el edificio se llenaba de vapor de ácido de la batería.

    En el exterior, la hizo sentarse y se frotó la nariz con el dedo.

    —Eso fue una sorpresa —dijo con algo de animación—. ¿Estás bien?
    —¡Pu-pudiste haber muerto! —dijo ella en un susurro.
    —Pero no lo estoy —contestó Burke—. Si tú no te has lastimado creo que no hemos hecho ningún mal. ¡Parece que la cosa resultó! ¡Afortunadamente fue sólo un contacto de una milésima de segundo! ¡Autoinducción negativa...! Romperé una ventana y saldremos al despacho.

    No rompió una ventana sino varias para que el aire exterior entrase en el taller y disipase los vapores del ácido de la batería. Sandy le contemplaba ansiosa.

    —Está bien —dijo Burke—. Iré a donde quieras.

    La siguió hasta el despacho. Estaba físicamente agotado, tanto que tropezó con el escalón al entrar.

    —Cuéntame las noticias de última hora sobre las señales —dijo—. ¿Siguen llegando?
    —Sí —ella le volvió a mirar preocupada—. Joe... Siéntate. Aquí. ¿Qué ha ocurrido?
    —Nada excepto que soy un genio de segunda mano. Yo no intentaba eso y quizá lo pudiera haber evitado, pero me he convertido en una persona normal. Eso creo, quizá será mejor que consigas otro empleo. Puesto que estoy cuerdo seguramente iré a la bancarrota y posiblemente acabe en la cárcel. Pero va a ser interesante. —Su cabeza cayó y él se esforzó por levantarla—. Esto es la reacción. Estoy cansado. Necesitaba desesperadamente descubrir si estaba loco o no. Acabo de enterarme de que no lo estaba. Aunque en la actualidad no estoy seguro de conservarme cuerdo mucho tiempo —hizo un rápido gesto y dijo—: Tómate el día libre, Sandy. Voy a descansar.

    Entonces su cabeza cayó hacia delante y se quedó dormido.

    Burke durmió mucho tiempo. Y aquella vez sin pesadillas.

    El objeto que había fabricado trabajó durante mucho menos una décima de segundo, pero al fin y al cabo había salido de su sueño y tenía alguna relación con los mensajes del asteroide M-387. No había aún nada inteligible en todo aquel asunto. No contenía ningún elemento racional. Pero si no había explicación racional, sí que existía lo que parecía ser una acción razonable que podía emprenderse.

    Y mientras él dormía, como siempre, el mundo siguió su marcha. Los aflautados sonidos del espacio permanecieron en primera plana de las noticias del día. No había duda de su artificialidad, ni de que venían de una peña pequeña, desgarrada, errante, qué componía uno de los más que quinientos asteroides del sistema solar. Estaba a cuatrocientos treinta y cinco millones de kilómetros de la Tierra. Los últimos cómputos decían que por lo menos se necesitaban veinte mil kilovatios de fuerza en antena para producir una señal tan fuerte y alta audible en la Tierra. No se conocía ninguna emisora de tanta potencia capaz de hacer tales señales. Sin embargo, allí estaba el hecho.

    Los astrónomos se convirtieron en importante manantial de noticias. Violentamente se contradecían unos a otros. Científicos eminentes observaban triunfantes que el asteroide Schull, como tal, no podía albergar vida. Era imposible que tuviese atmósfera y sobre el campo de gravedad ni siquiera podría mantener a una vida microscópica sobre su superficie. Por tanto cualquier clase de asistencia y técnica en él debía provenir de otra parte. Los científicos más eminentes dijeron de mala gana que no podían negar la posibilidad de que una nave del espacio procedente de otro sistema solar hubiese colisionado con el M-387 y que ahora estaba enviando desesperadas llamadas de ayuda a los cuerpos planetarios de las cercanías.

    Otros observaron animadamente que cualquier cosa que chocase contra el asteroide se vaporizaría, si la colisión se producía lo bastante fuerte, o quedaría despedido en caso contrario. Por lo tanto no había evidencia de una nave espacial. La única prueba era el transmisor. Era una cosa inexplicable. Los escépticos afirmaban que podían haber otras fuentes de radiación en el espacio. Estaba la radiación Jansky, de la vía láctea, y las radiaciones de nubes de material ionizado en el vacío y, además, las estrellas radiantes muy conocidas. Un radioasteroide era algo nuevo, pero...

    Era a los astrónomos a los que tocaba actuar. Habían estado enviando señales a la Luna y a varios satélites artificiales. También mandaban señales en dirección a Marte y a Venus y creían recoger sus ecos. La más probable emisión recogida de regreso de Marte, había sido recibida por un radiotelescopio en Virginia Occidental. Lo convirtieron temporalmente en un transmisor asignándole una potencia de cuatrocientos kilovatios lo que les permitió conseguir un radio radiante concentrado. Los astrónomos que operaban volvieron a recibirlo en el reflector parabólico. Animados por este éxito pidieron prestado, suplicaron, reunieron y se sospecha que incluso robaron el equipo necesario para reunir ochocientos kilovatios en una señal de onda ultracorta y esta vez apuntaron al asteroide M-387. Si seres inteligentes recibían la señal, responderían. Si no lo hacían, los astrónomos ya pensarían cual iba a ser su próximo movimiento.

    Burke durmió en la oficina de «Burke Development, Inc.». Sus rasgos estaban relajados y pacíficos. Sandy permanecía sin saber que hacer contemplándole descansar con tanta tranquilidad. De vez en cuando usó el teléfono y habló en un susurro a su hermana menor, Pam. Llegó un momento en que Pam entró en el despacho trayendo mantas y una almohada. Entre las dos consiguieron tender Burke en una cama rústicamente preparada en el suelo y colocaron la almohada bajo la cabeza, tapándole con las mantas. Él siguió durmiendo, sin darse cuenta.

    —Si tú puedes sentirte romántica con un tipo como ése, Sandy —dijo Pam con candidez—, seguiré queriéndote, pero estaré de acuerdo con los hombres al pensar que las mujeres somos seres muy misteriosos.

    La muchacha salió del despacho y Sandy se quedó velando el pesado sueño de Burke.

    Pravda anunció en su edición vespertina del lunes que los científicos soviéticos enviarían una estación gigante del espacio que estaba proyectada para seguir una ruta en torno de Venus, a investigar la fuente de señales del espacio. La estación transportaría a un hombre. Sería lanzada al espacio dentro de seis semanas, precedida por cohetes que transportasen combustible y que serían alcanzados por la estación proporcionándole lo que necesitase. Pravda se apresuró a decir que los rusos habían sido los primeros en reaprovisionar un aeroplano en vuelo y afirmo que los científicos soviéticos harían un viaje espacial de cuatrocientos treinta y cinco millones de kilómetros simplemente para ofrecer un paseo a su astronauta.

    Editorialmente, los periódicos americanos mencionaron que Rusia había intentado con anterioridad cosas parecidas y que al menos tres cohetes-ataúdes flotaban alrededor de la Tierra, sin contar el que lo hacía en torno a la Luna. Pero si ellos lo probaban... Los periódicos americanos esperaban una reacción de Washington.

    Y vino. Los científicos civiles más eminentes anunciaron orgullosamente que los Estados Unidos procederían a diseñar y comprobar cohetes de muchos cuerpos capaces de desembarcar una expedición en Marte cuando la Tierra y este planeta estuviesen en su más próxima posición relativa. Una vez esta etapa cumplida un cohete les llevaría entonces de Marte al asteroide M-387 para investigar las retransmisiones de aquella peculiar masa de rocas errante. Se admitió finalmente que los americanos podrían despegar de Marte dentro de dieciocho meses.

    Sandy contemplaba a Burke. No había nada que hacer en el despacho. La muchacha no se puso a leer. Cerca de las siete sonó el teléfono y frenéticamente trató de parar su sonido. Era Pam, preguntando que pensaba hacer Sandy sobre la comida. Sandy se explicó en voz casi inaudible.

    —Está bien —contestó Pam resignada—. Iré y os llevaré algo. Porque nuevamente hace calor hoy. Podemos sentarnos en vuestro coche y comer. Si yo tuviese que vigilar a Joe durmiendo así y necesitando un buen afeitado, perdería el apetito.

    Colgó. Cuando llegó, Burke seguía durmiendo. Sandy salió afuera. Pam había traído unos bocadillos y café. Se sentaron en los escalones de la oficina y comieron.

    —Sé que te gusta ese pobre muchacho, Sandy —dijo Pam oscilante entre las simpatías y el desdén—, ¡pero debe haber algún límite a tu amor y servidumbre! ¡Hay horas de oficina! Se supone que tú debes salir a las cinco. Ahora son las siete y media. ¿Y qué bien te hace a ti ese Adonis sin afeitar? Te tiene como cosa segura, como persona leal y cualquier día saldrá y se casará con una rubia despampanante que te tomará odio porque tú has sido para él mucho mejor. Entonces, su blonda mujercita, hará que te despidan... ¿y después qué?
    —Joe no se casaría con nadie que fuera así —dijo Sandy con tristeza—. Si se enamora de alguien, será de mí. Eso me dijo. Comenzó a declarárseme el viernes por la noche.
    —¿De veras? —dijo Pam con el aire superior de una hermana menor—. ¿Te dijo lo bastante para que te dieses por enterada?
    —Joe no puede enamorarse de cualquiera —respondió Sandy—. Quiere casarse conmigo, pero se ve emocionalmente mezclado con una mujer con la que viene soñando desde que tenía once años.
    —Creí haber oído toda clase de excusas —dijo Pam—. Pero ésa...

    Sandy se explicó de mala gana. Mientras lo hacía, se daba cuenta de que no explicaba exactamente la misma historia que Burke le contó. El relato acerca de los árboles del sueño de Burke era bastante aproximado y el de las dos lunas en el cielo, y el de los tonos aflautados y arbitrarios que provenían de detrás de él. Pam había oído sus duplicados, cómodo todos los radioescuchas de los Estados Unidos. Pero cuando Sandy contó el asunto, la figura fugitiva que se encontraba más allá de la pantalla del follaje no era una cosa tan indeterminada y difusa como Burke la describió. Sandy tenía sus ideas propias y con ellas dio color a la narración.

    Hubo un murmullo dentro del pequeño despacho. Burke se había despertado. Se dio la vuelta y parpadeó, con asombro de encontrarse entre mantas y con una almohada debajo de su cabeza. Dentro de la oficina remaba la oscuridad también.

    —¡Joe! —llamó Pam en la oscuridad—. Sandy y ye hemos estado esperando a que te despertaras. ¡Te has estado tiempo! Te hemos traído café.

    Burke se puso en pie y avanzó a tientas hasta el interruptor de la luz.

    —¡Estupendo! —dijo con voz pastosa—. ¡Y alguien además me trajo mantas! ¡Bonito asunto éste!

    Le oyeron moverse. Plegó las mantas que estaban en el suelo a su lado. Cruzó la habitación y puso en funcionamiento la radio del escritorio de Sandy. Tardó en calentarse. Burke se acercó hasta la puerta.

    —Lo siento —se excusó—. He trabajado mucho durante largo tiempo y cuando acabé mi tarea me dormí. Ahora me siento mejor. ¿Oí bien que una de vosotras decía tener café para mí?

    Sandy le entregó el vasito de cartón.

    —Es una gentileza de Pam —dijo—. Hemos estado esperando hasta que despertases luego de tu arrebato de trabajo. No hemos querido dejarte. Hay hombres que al despertar se muestran más sociables y cariñosos que de costumbre.

    La voz de la radio les interrumpió.

    —«...últimas noticias. Ha sido lanzada una señal hacia la emisora del espacio mediante el reflector parabólico del radiotelescopio de Grandelville, actuando como espejo para concentrar el mensaje hacia el asteroide M-387. Hasta ahora no ha habido respuesta. Mantenemos el circuito abierto y en cuanto se reciba una contestación emitiremos un boletín especial... El equipo de baseball los Gigantes de San Francisco anuncia hoy que...»

    Burke sólo tenía interés por escuchar las noticias referentes a las señales del espacio, ya que las otras no tenían especial significado para él. Cerró la radio. Se tomó el café.

    —Creo —dijo Pam— que, ya que has despertado, me llevaré a mi hermana mayor a casa. Ahora debes de encontrarte bien.
    —Sí —contestó Burke abstraído—. Ahora estoy bien.
    —¡En realidad, Joe, no deberías trabajar día y noche sin descanso! —exclamó Sandy.
    —Y tú no tendrías que molestarte en velar mi sueño —le respondió él—. Bueno, creo que por ahora el taller estará ya libre del vapor del ácido de la batería. Voy a echarle un vistazo.

    Burke regresó a los pocos minutos.

    —Lo que he hecho es un poco rudo y tosco —observó—. Se estrelló contra la pared de ladrillo, pero fue la pared la que sufrió más daños.

    Sandy había estado retorciéndose las manos mientras él mencionó su pesadilla. Aquello la había hecho más daño que cualquier otra pesadilla tiene derecho a hacer. Pero parecía que aún la iba a perjudicar más. Examinó los libros y le dio la cifra del balance de sus cuentas bancarias. Burke asintió.

    —Quizá no alcance —observó—. Voy a...

    La música se detuvo dentro de la oficina. La voz del locutor interrumpió:

    —«¡Boletín especial! ¡Boletín especial! ¡Nuestras señales al espacio han sido respondidas! ¡Boletín especial! ¡He aquí un informe directo desde el radio telescopio de Brandenton, el cual, al cabo de una hora, registró un mensaje del espacio!»

    Una voz tenue y agitada salió de la radio, enmarcada por aquellos sonidos sollozantes y con los murmullos procedentes de una conversación telefónica.

    —«Acaba de recibirse una respuesta definida a la. señal humana lanzada al asteroide M-387. Está, como el primer mensaje, cifrado, pero es una respuesta inequívoca al mensaje de ochocientos kilovatios lanzado hacia la fuente de los extraños sonidos...»

    La voz siguió adelante.


    III


    Haciendo un examen retrospectivo, los acontecimientos se desarrollaban mucho más de prisa de lo que la razón podría imaginar. La primera señal del espacio llegó un viernes. En aquel tiempo —cuando fueron recogidos los sonidos aflautados por un magnetófono de Kalua— el mundo se dispuso a esperar las lógicas consecuencias. No fue una espera confortable, porque los resultados no iban a ser agradables. La Tierra comenzaba a estar superpoblada y había naciones enteras cuyos habitantes trabajaban amargamente sin más esperanzas que poder vivir mezquinamente toda su vida y dejando una herencia de la misma cantidad de trabajo y de aún menos alimentos a sus descendientes. Había bombas de hidrógeno y buenas intenciones, y políticos y una añoranza de paz, y prácticamente todos los hombres considerados como individuos se sentían desamparados ante la evidente marcha implacable de los acontecimientos. En aquel tiempo, también, casi todo el mundo trabajaba para los demás, y una gran parte de la población trabajadora justificaba su existencia por la cantidad de tiempo empleado en su lugar de trabajo. Nadie se preocupaba por lo que en realidad realizaba.

    En las naciones más ricas, todo el mundo quería para sí las prebendas ganadas por las generaciones pasadas, pero nadie se interesaba por dejar a sus hijos una vida mejor. Un número cada vez más pequeño de personas aceptaban voluntariamente la responsabilidad de mantener aquel estado de cosas. Hubo un tiempo en que la mitad de la Tierra luchó valientemente para hacer el mundo apto para la democracia. Ahora, en las naciones más ricas, la mayor parte de los hombres parecían creer que el mundo había conseguido una tranquilidad bastante estable, e incluso muchos de ellos hubiesen podido firmar un contrato para que las cosas ni empeorasen ni tratasen de mejorar.

    Luego llegaron las señales del espacio. Causaron una profunda conmoción para la que pocas personas estaban preparadas. Hombres eminentes fueron llamados para que tomasen el mando y dispusieran las medidas adecuadas. Inmediatamente actuaron como hombres eminentes acostumbran a hacerlo; toda su acción estuvo dedicada a sostener aquella eminencia. Su primer instinto fue la precaución. Cuando un hombre es demasiado importante, no importa que no haga nada. Sólo se requiere de él que no se equivoque. Los señores eminentes de todo el mundo se preparaban para no hacer nada. Estaban dispuestos a no arriesgarse en una equivocación que podía serles fatal.

    Burke, sin embargo, no era lo bastante importante para que le importase cometer un error o dos. Y había otros seres muy famosos a los que los sonidos extraterrestres sugerían acción en lugar de precauciones. La mayor parte de ellos eran ingenieros sin ninguna reputación que perder. Se reunieron y consiguieron equipos y herramientas para sus propósitos, ignorando los conductos oficiales, y en cuatro días —de viernes a lunes— habían puesto en funcionamiento ochocientos kilovatios para enviar hacia el vacío una señal en respuesta a la que vino del M-387.

    La transmisión que enviaron fue de cinco minutos de duración. Comenzó con una retransmisión de parte del mensaje que la Tierra había recibido. Esto identificaba con toda evidencia la señal de la Tierra como respuesta a los sonidos aflautados en clave. Luego se produjeron zumbidos. Un punto, dos puntos, tres, etc. Aquellos zumbidos aseguraban a quién o quiénes estuviesen allí fuera en el espacio, que los habitantes de la Tierra sabían contar. Luego quedó demostrado que dos puntos más dos puntos se sabía que eran igual a cuatro puntos, y que cuatro y cuatro sumaban ocho. Los habitantes de la Tierra podían sumar. De aquello se deducía la sin duda interesante noticia de que dos y dos y dos y dos hacían ocho. La humanidad podía multiplicar.

    La aritmética, en realidad, llenó los tres minutos que duró la señal de ochocientos kilovatios. Luego una voz humana cordial —el Presidente de una gran Universidad —dijo con calor:

    —«¡Saludos de la Tierra! ¡Esperamos cosas espléndidas de este intercambio de comunicaciones con otra raza cuyos progresos técnicos nos llenarían de admiración!»

    Más sonidos aflautados repitieron que la señal de la Tierra estaba dirigida a quien quiera o cualesquiera que utilizasen tal medio de comunicación para emitir señales y el mensaje acabó con un sincero comentario del Presidente de la Universidad:

    —«¡Esperamos su respuesta!»

    Cuando se hubo lanzado a la inmensidad ese improvisado mensaje, las personas prominentes que lo habían creado se estrecharon las manos. Estaban convencidas de que existían seres inteligentes, quienes nos habían enviado las notas musicales y que por lo tanto la comunicación interplanetaria o interestelar podía darse por comenzada. Los ingenieros que se habían agrupado para reunir el equipo esperaron simplemente que su señal llegase al blanco previsto.

    Lo hizo. Se supo poco después del fin de una emisión de cinco minutos del M-387. Setenta y nueve minutos deberían haber pasado antes de recibir otro sonido del asteroide. Pero llegó una respuesta mucho más reñidamente que aquello. En treinta y cuatro minutos cinco segundos y tres décimas, una nueva señal llegó desde más allá del cielo. Vino precipitada. Salió de un transmisor puesto en órbita mucho más allá de Marte. Llegó con el mismo volumen.

    Comenzó con un grupo enteramente nuevo de sonidos agudos. Había unas crispaciones específicas en su transmisión, como si una mano de diferente individuo manejase los aparatos emisores. Los sonidos de flauta prosiguieron durante tres minutos, luego fueron remplazados por otros completamente nuevos. Estos últimos eran agudos, distintos, crujientes. La última secuencia de sonidos de flauta y el mensaje terminó de repente. Pero no siguió un silencio. En su lugar, se produjo unas apresuradas y sonoras series rítmicas de notas, parecidas a sollozos que siguieron interminables. Eran notablemente iguales a las señalas direccionales de un aero-faro. Cuando las emisoras comerciales de los Estados Unidos informaron del asunto, los sonidos sollozantes todavía se oían.

    Y continuaron viniendo durante setenta y nueve minutos. Luego se interrumpieron y se repitió la nueva transmisión. El mensaje original ya no volvió a recibirse. Emisora robot o no, el primer mensaje había sido transmitido a intervalos iguales por algo así como sesenta y seis horas, y luego, nada más recibir el principio de una respuesta, una nueva emisión tomó su lugar.

    La reacción fue inmediata. La distancia entre M-387 y la Tierra podía ser contada con exactitud. El tiempo necesario para que la señal de la Tierra llegase se conocía también hasta una fracción de segundo. Y al instante —al mismo instante— en que el primer sonido llegó al M-387, comenzó el segundo mensaje. No hubo pausa para recibir todo el saludo de la Tierra, ni siquiera parte de él. La reacción fue inmediata y automática.

    Automático. Aquello era significativo. El nuevo mensaje estaba preparado cuando llegó la señal de la Tierra. Estaba dispuesto para ser transmitido al recibir la primera prueba posible de que habían recogido en la Tierra el mensaje primero. El efecto de esta rápida respuesta era el de una tremenda urgencia —o una absoluta arrogancia—. Se podía presumir que lo que la Tierra tenía que decir no importaba. La señal de la Tierra no había sido escuchada. En su lugar, se le decía algo a la Tierra. Algo cortante y arbitrario. ¡Quizá pudieran mostrarse amables e intentar una charla después, pero primero la Tierra tendría que escucharles! Los sollozos no podían ser más que una guía, un indicador direccional, que conducía al M-387. El mensaje, ahora cambiado, podría representar una oferta de amistad, pero también podría ser una orden. Si era una orden, las implicaciones horrorizaban.

    Hasta el momento del primer intercambio de comunicados, las noticias habían tenido sólo un efecto limitado. La mayor parte de Europa estaba durmiendo y gran parte también de Asia todavía no había despertado. Pero los Estados Unidos estaban en pie y se agitaban. Las noticias llegaron a cada esquina de la nación con la velocidad de la luz. Las estaciones de radio detuvieron todas sus transmisiones para anunciar el terrible acontecimiento. Existen noticias de que cuatro estaciones de televisión de Norteamérica interrumpieron sus programas comerciales filmados para anunciar que el M-387 había respondido a la señal de la Tierra. Nunca jamás antes en la historia se había desplazado un anuncio pagado para dar paso a noticias.

    En los Estados Unidos, entonces, hubo agitación, aprensión, indignación y pánico. Quizá el único lugar en donde algo parecido a la calma reinaba era dentro y fuera del despacho de la «Burke Development, Inc.», en donde Burke sentía un alivio singular ante la evidencia de que no estaba tan loco como se temía.

    —Bueno —pensó—. Parece como si hay alguien o algo ahí fuera. Si yo hubiese estado seguro antes... pero probablemente todavía no era el tiempo.
    —¿Qué significa eso? —preguntó Sandy—. ¡Me refiero a todo ese arrebato de trabajar las veinticuatro horas del reloj! ¿Estás tú intentando hacer algo acerca de las señales del espacio?
    —Escucha, Sandy —dijo Burke—, me he estado avergonzando de aquel otro sueño de toda mi vida. He pensado que era una prueba de que había algo que no funcionaba dentro de mí. Aún tendría que conservarlo en secreto o unos hombres muy fuertes con batas blancas vendrían en mi busca. Pero voy a hacer lo que todos los hombres jóvenes y decididos están preparados para hacer... soñar mucho y luego tratar de realizar mi sueño. Es completamente imposible y quizá me arruine, pero creo que lo voy a pasar bien.

    Sonrió mientras las dos hermanas eran conducidas por él al coche de Sandy.

    —¡Silencio! —dijo de buen humor—. Será mejor que vayáis a casa ahora. Yo me marcharé dentro de pocos minutos, dirigiéndome primero a Schenectady. Necesito material eléctrico. Luego iré a otras partes. Llegarán algunos envíos de material, Sandy. Recíbelos tú de mi parte, ¿de acuerdo?

    Cerró la puerta del coche y agitó la mano, aún sonriente. Pam pareció echar chispas y puso en marcha el motor. Momentos después su coche se perdía en el recodo del camino en dirección a la ciudad. Sandy apretaba los puños.

    —¿Qué puede hacer una con un hombre así? —preguntó—. ¿Por qué me molesto por él?
    —¿Quieres que te conteste? —preguntó Pam—, ¿o debo ser discretamente amable y demostrarte mi simpatía? ¡Es una cosa que no me atrevo a decir! Aunque desgraciadamente, si tú...
    —Lo sé —dijo tristemente Sandy—. ¡Maldición, lo sé!

    Burke no pensaba ya por entonces en ninguna de ellas. Abrió la caja fuerte, metió dentro el objeto de quince centímetros y sacó su libro de cheques. Luego cerró, subió a su coche, se alejó del taller y de la ciudad. Iba sin afeitar y sin peinar y era el tiempo más inadecuado para comenzar a conducir durante centenares de kilómetros, pero tenía la placentera sensación de saber que acababa de emprender una tarea que nadie más sabía cómo comenzar. Condujo animoso a través del país, por una autopista y tomó por un camino vecinal. Mientras tanto pensaba.

    Estuvo conduciendo prácticamente toda la noche. Poco después de salir el sol se detuvo para comprarse una maquinilla de afeitar y brocha y un peine, y se puso presentable. Fue el primer cliente cuando la firma de Schenectady, especializada en aparatos electrónicos para barcos, abrió sus puertas. Hizo una pedido de cierto relacionando las cosas en una lista confeccionada en un sobre mientras desayunaba.

    Los periódicos de la mañana, naturalmente, estaban llenos de la respuesta a la Tierra de la señal enviada al M-387. Los madrugadores de buen humor bromeaban acerca de ello y en cada una de las oficinas comerciales que Burke visita, el tema general de las conversaciones versaba en dicho intercambio de señales. Les escuchó, pero no comentó nada. La singularidad de sus compras no extrañó a nadie. La suya era una firma pequeña, pero un hombre que trabaja en investigaciones necesita algunas veces materiales extraños. Hizo un pedido de dos unidades de radar que debían ser modificadas de un modo particular, de bombas de circulación de aire de diseño muy especialísimo que debía ser realizado rápidamente. Tuvo dificultades en encontrar los generadores eléctricos que quería y hubo de pagar a buen precio las alteraciones que consideró necesarias, e incluso aún abonó un sobreprecio por la promesa de entrega al cabo de pocos días en lugar de varias semanas. Compró hasta un traje de buzo.

    Estuvo ocupado durante tres días, adquiriendo múltiples cosas cada día, diseñando por la noche y descubriendo que necesitaba otras cosas más. Al segundo día, el Servicio de Inteligencia de los Estados Unidos reportó que los rusos estaban tratando de enviar por su cuenta una señal al M-387. Un satélite americano recogió la emisión. Los rusos lo negaron y continuaron probando. Burke concertó acuerdos para la entrega de barras de aleación de aluminio, varillas, viguetas y planchas; adquirió escayola en cantidades de cientos de toneladas; compró un equipo de televisión en circuito cerrado. Una vez llamó por teléfono a Sandy para darle un pedido que tenía que ser cumplido en la localidad. Era de madera, en su mayor parte listones delgados, que tenía que estar a mano para cuando él regresase.

    —Toda clase de material está llegando —dijo Sandy—. Han habido seis entregas esta mañana. Estoy firmando recibos porque no sé qué pueda hacer otra cosa. ¿Pero por qué no me envías, por favor, copias de los pedidos que has hecho, de modo que me sea posible comprobar lo que llega?
    —Te lo enviaré por correo... por correo aéreo —prometió Burke— ¿Pero solamente seis entregas? ¡Debían haber sido docenas! Llama a toda esta gente por conferencia, ¿quieres? —Y le dio una lista de nombres.

    Burke dijo de repente:

    —Anoche volví a tener ese sueño. Dos veces en una semana. Eso no es corriente.
    —No hay comentario —respondió Sandy.

    Colgó y Burke se quedó abatido. Pero en realidad poco podía ella comentar. Burke mismo no tenía ilusión de llegar alguna vez al sitio en donde había dos lunas en el cielo y los árboles tenían hojas como cintas. Y si lo hacía —tan improbable como era—, no podía imaginarse encontrar a la persona por la que sentía tal agonizante ansiedad El sueño, persistente, fantástico o real, no podía representar simplemente una realidad del pasado, presente o futuro. Tales cosas no suceden, pero Burke continuaba impulsado por unas prisas más emocionales de repetir la experiencia que por la curiosidad intelectual sobre haber soñado repetidamente en señales exactamente iguales a las del espacio, mucho antes de que éstas llegasen a la Tierra.

    Se aprestó para probarlo todo en lo referente a las señales. Y contrario a toda razón, para él las señales significaban un mundo con dos lunas y una extraña vegetación y una emoción como nada en la Tierra le había producido —a pesar de que sentía algo muy fuerte hacia Sandy—. Así fue de una casa suministradora de equipo exótico a otra, gastando cuánto dinero tenía en busca de algo imposible. Imposible porque el asteroide M-387 no tenía más de tres kilómetros en su máxima dimensión y por lo tanto no habría ninguna posibilidad de que poseyera una atmósfera, ni árboles, ni tampoco ¡una sola luna!

    Pasó todo un día en un puerto de pequeños yates con un hombre para el que había trabajado creando un proceso especial de fibra de vidrio. A causa de aquel proceso, los yates de Holmes podían ser adquiridos por gentes que no fuesen millonarios. Holmes era un individuo largo, lánguido tostado por el sol, que construía yates porque le gustaba. Respetaba mucho a Burke, incluso después de que Burke le solicitó ayuda y le explicó para qué la quería.

    Pero aquél fue el día en que los rusos dispararon un cohete espacial sin tripulación en dirección al M-387. Aquel acontecimiento pudo haber influenciado en Holmes para acceder a lo que le pedía Burke.

    Más tarde se supo por medios indirectos que la prueba originalmente había tenido la intención de ser construida la nave como un transporte que llevase mercancías pesadas a la Luna. El servicio ruso del espacio tenía planeado presentar al resto de la Tierra un «hecho consumado», aún más asombroso que su primer «Sputnik». Su pronóstico era enviar la flota de pesados cohetes de carga hasta nuestro satélite y allí reunirlos formando una colonia. Las emisoras de radio explicarían triunfalmente que el Sistema Social Soviético era responsable de otro adelanto técnico. Pero enviar un hombre al M-387 era ahora una propaganda mucho más importante que los transportes de mercancías, y por ello los convertían en depósitos de combustibles y dispararon el primero.

    A dieciséis mil kilómetros de altura, cuando el tercer cuerpo del cohete tenía que haber dado su impulso decisivo una de las cámaras de combustión falló. La nave se tambaleó, osciló, varió de curso y se dirigió en una espléndida aceleración hacia la nada. Y seguían llegando a la Tierra todavía los calmosos y apremiantes sollozos, cada setenta y nueve minutos una emisión conteniendo una parte de sus sonidos crujientes y un tono de la máxima urgencia.

    Al día siguiente del fracasado intento soviético, Burke regresó a su taller. Se llevó consigo a Holmes. Juntos examinaron el material acumulado en la empresa y comenzaron a escoger las cargas de escayola depositadas por los camiones, las masas de plancha de aluminio, las varillas, viguetas y fleje de metal brillante, dinamos embaladas, bombas impulsoras, tanques y objetos cuidadosamente embalados cuya utilidad no parecía inmediatamente clara. Sandy estaba abrumada por el trabajo de hacer un inventario, catalogar y tener el material preparado para cuando fuese necesario. Había balas de tejido blanco esponjoso y bombonas y bombonas de líquidos que goteaban insistentemente y olían muy mal. Pero Burke encontró que le faltaban algunas mercancías y se puso furioso; por ello Sandy hizo que su hermana Pam entrase en la fábrica para reforzar el personal ante trabajo tan abrumador.

    Sandy y Pam trabajaron en la oficina tan duro como Burke y Holmes lo hicieron en el taller. Telefonearon protestas ante retrasos, comprobaron envíos, se enfadaron con los descargadores, discutieron con el sistema de transportes, escribieron cartas, respondieron a otras cartas, comprobaron facturas con pedidos, seriamente lucharon contra los retrasos de todas clases y aún llevaron al día los libros de la «Burke Development. Inc.» para que en cualquier instante Burke pudiese saber cuánto dinero era pagado y cuan poco le quedaba. Las dos chicas en el despacho eran necesarias a las operaciones que al principio se centraron en el taller para que poco después saliera al exterior.

    Cuatro trabajadores llegaron de los astilleros de Holmes. Miraron los planos generales y los seccionales confeccionados por Holmes y Burke juntos, contemplaron con dolorosa expresión el material que iban a usar y se pusieron al trabajar. Aquello fue en el segundo día en que Rusia lanzó su segundo cohete prueba desde algún lugar del Cáucaso, a la una hora diez minutos de la mañana, hora local.

    La segunda prueba no siguió la trayectoria fijada. Sus cuatro cohetes se dispararon a intervalos apropiados y el ingenio partió hacia el vacío alejándose casi en línea recta del Sol. Dejó tras de sí una chirriante y débil transmisión que no se parecía en nada a los sollozos del asteroide.

    En dos días se alzó un andamio de tablones y listones de madera en la parte exterior del cobertizo-taller. Parecía más un remedo de un radiotelescopio que cualquier otra cosa, pero era más pequeño y tenía una forma distinta. Era algo que tenía la remota apariencia de un bolo, de una bocha. Bajo la supervisión de Holmes, docenas de sacos de yeso encontraron su destino allí, formando una ruda y tosca coraza por el exterior y quedando perfectamente lisos en la parte interna. Era algo así como la creación de un molde gigantesco. Después fue forrado con un cuidado extraordinario con piezas de tejido esponjoso de plástico, con barras y viguetas y contraviguetas colocadas entre las capas de tejido. Luego bombonas de líquido fueron trasladadas al lugar de trabajo y sus contenidos sirvieron para saturar la lana de vidrio.

    El olor era terrible y los trabajadores tuvieron que apartarse durante todo el día hasta que disminuyó. Pero Sandy y Pam continuaron discutiendo con los transportistas, con los fabricantes, escribiendo cartas amenazadoras en las que aseguraban iban a emprender una acción legal si no se recibían inmediatamente los pedidos, y hasta tuvieron que ayudar a Burke y a Holmes en un pesado trabajo que hacían falta más brazos. Aquel día fue cuando Pam amenazó con dimitir.

    —Esto parece un potaje enorme —gruñó Pam, después de que Sandy la hubo ablandado y que Burke se hubo excusado por haberla hecho estar peleando innecesariamente con dos transportistas, un departamento de pedidos y un vicepresidente encargado de ventas—: ¡y además, actúan como si ese estafermo fuera un crío de pañales!
    —Va a ser una nave —dijo Sandy—. Ya te puedes figurar de qué clase.
    —Lo que haré en cuanto la vea terminada —dijo Pam. Luego preguntó indignada—: ¿Te ha mirado Joe un par de veces desde que toda esta locura comenzó?
    —¡No! —admitió Sandy—. Trabaja todo el tiempo. Por la noche tiene el receptor sintonizado con las señales del espacio para asegurarse de posibles cambios de la emisión. Los rusos aún están tratando de tomar contacto directo. Pero la emisora sigue adelante, ignorando a todo el mundo. —Luego dijo—: De cualquier manera, Joe se va a sentir terriblemente decepcionado si esto no da resultado, tendré que estar a su lado para recoger los pedazos de su humanidad y reunirlos de nuevo.
    —¡Aja! —dijo Pam—. ¡Que me pesquen a mí si hago eso!

    En aquel mismo instante Holmes entró en el despacho con un dedo sangrante. Había estado supervisando el trabajo y al mismo tiempo ayudando a construir una sección adicional de tableros y viguetas y se enojó consigo mismo por la pequeña herida que le había interrumpido el trabajo.

    Pam le vendó. Hizo un vendaje diestro y al poco rato el constructor estaba sonriendo y contento. Volvió a su tarea mucho más complacido que antes.

    —Yo no hubiese actuado como tú acabas de hacer —dijo Sandy.
    —Hermana, cariño —la contestó Pam—, yo no voy a criticar tus actos. ¡Por lo tanto, no critiques los míos! Este tipo que acaba de salir es tan atractivo como cualquier hombre que haya visto desde hace muchos meses.
    —Pues yo me siento —apuntó Sandy—, como si no hubiese visto a Joe en varios años.

    Su punto de vista era estrictamente femenino y concordaba con las ideas y aspiraciones de las hembras. Pero, en realidad, estaban probablemente tan satisfechas como cualesquiera otras dos muchachas pudieran estar. Siguieron en su línea lateral y paralela a los trabajos, interesándose por los trabajos, preparados a su vez por hombres interesantes. Fueron lo bastante útiles a la empresa como para formar parte de ella sin despertar rivalidad entre los hombres. Desde el punto de vista de una muchacha, aquello no estaba del todo mal.

    Pero ni Burke ni Holmes sospecharon cómo apreciaron su trabajo Sandy y Pam. Para Holmes la tarea era fascinante porque era una nave lo que estaba construyendo. No iba a ser un objeto hermoso, eso lo daba por seguro. Si se quitaba el molde de madera y escayola, la cosa de dentro tendría el aspecto de una ballena regordeta. Había protuberancias en sus lados rotundos en los que distintos aparatos excéntricos se mostraban. Su interior era todavía más curioso. Sin embargo, era una nave. Holmes encontró profunda satisfacción en encajar las partes interiores en sus sitios adecuados. Era lo mismo, aunque no exactamente, que equipar un pequeño navío con sondas, radar, equipos localizadores de la dirección, acondicionadores de aire, calefacción, cocinas y refrigeradores, sin atestarlo demasiado.

    Con toda seguridad, ningún navío marino tendría secciones de jardines murales hidropónicos instalados, ni tampoco un yate auxiliar tendría, naturalmente, seis pares de circuitos cerrados de televisión con cámaras colocadas fuera de la vista en cada dirección posible. Aquella nave los tenía. Pero para Holmes la construcción de lo que Burke había diseñado era una tarea extremadamente atractiva.

    Burke se divertía menos. Colocó una enorme plancha de metal en el taller y trabajó labrándola y dándole una forma especial, sacando de ella, del acero sueco, una serie de veinte núcleos magnéticos especiales, parecidos a la triple unidad que él consideraba había dado resultado. Cada una de las formas particulares tenía que destacarse del eje principal y, sin embargo, todos tenían que formar parte de ese eje cuando estuviesen completas. Luego tomó los núcleos que tenían que ser devanados con cable magnético, cubierto de plástico como si estuviera forrado. Después, un tubo de bronce tenía que cubrirlo por completo, sin que hubiese juego de ninguna clase en sus lados. El trabajo requería la habilidad de un joyero y la paciencia de Job. Y Burke había tenido bastante experiencia con otras construcciones para estar incierto acerca de si todo estaría bien en cuanto lo hubiesen terminado.

    Los rusos enviaron una tercera estación del espacio, apuntando al asteroide M-387. Funcionó perfectamente. Tres días después, mandaron la cuarta. Unos días más tarde, la quinta. Su puntería con la quinta no fue demasiado buena.

    Los sonidos sollozantes continuaban viniendo del espacio. El segundo mensaje era el mismo, pero los sonidos crujientes cambiaban. Había una variación sistemática y consistente en lo que aparentemente querían decir. Las estaciones especiales descubrieron la modificación. Cuando su informe llegó a los periódicos, Sandy entró en el taller para mostrar a Burke la noticia. Manchado de aceite y con rotos en la ropa de trabajo, el joven dejó su tarea y la leyó.

    —¡Diablos! —exclamó—. ¡Debería tener a alguien vigilando esto! Me figuré que la segunda emisión estaba diciéndonos que algo cambiaría con el tiempo. Nos están cronometrando no sé qué. Deduzco que es un caso urgente o un ultimátum y que ahora nos avisan de que la crisis se va a producir de inmediato. ¡Pero yo estoy trabajando todo lo rápido que puedo!
    —Algunas cajas con la marca «INSTRUMENTAL» llegaron esta mañana —dijo Sandy—. Son los embalajes más sólidos que he visto en mi vida. ¡Su solidez sólo hace juego con la de su precio!
    —Llama a Keller —dijo Burke—. Dile que han llegado y que venga de prisa.
    —¿Quién es Keller? —preguntó Sandy—. Y ¿cuál es su dirección?

    Burke comenzó a balbucir cosas ininteligibles, fruto de su imaginación, y Sandy dijo: «¡Dimito!».

    Un segundo después, Joe le había pedido perdón y aseguraba a Sandy que era un perfecto idiota. Naturalmente, la muchacha no pudo saber quién era Keller. Keller era un hombre que instalaría los instrumentos dentro de la nave. Burke la dio su dirección. Sandy no pareció afectarse.

    Burke se pasó la mano por el cabello con un gesto de desesperación.

    —Sandy —protestó—, sopórtame sólo un poco más. Dentro de unos cuantos días este trasto estará acabado y yo sabré si soy el primer imbécil de la historia o si acabo de conseguir algo que valga la pena. ¡Sopórtame como lo harías con uno que esté mal de la cabeza o con un niño delincuente o algo así! ¡Por favor, Sandy...!

    Ella le volvió la espalda y salió del taller. Pero no se fue. Burke volvió a su trabajo.

    Los rusos enviaron otro cohete. Se desvió de la ruta. Ahora había seis estaciones rusas no tripuladas en el vacío, de las cuales cuatro estaban alineadas razonablemente bien a lo largo de la ruta que debería seguir otro cohete tripulado; sólo faltaba un escalón más y el viaje sería posible. Los cohetes enviados por anticipado formaban una escala ingeniosa que se acercaba al problema de enviar a un hombre mucho más allá del espacio de lo que se había juzgado posible, pero era terriblemente arriesgado. Aunque en apariencia los rusos podían permitir correr tales riesgos. Los americanos no podían. Habían abrazado la política de gastar un dólar en lugar de un hombre. Era humanitario, pero causaba retrasos. Estaba la tendencia de seguir gastando dólares y de no dejar todavía que un hombre corriera con la aventura.

    Los rusos tenían cuatro depósitos de combustible en línea en el espacio. Si una nave podía ir acercándose a ellos por turno y reaprovisionarse, podría hacer el viaje hasta el M-387 en ocho o diez semanas, en lugar de otros tantos meses. Pero no era fácil imaginarse tal éxito. En cuanto al modo de volver...

    Los sonidos sollozantes seguían recibiéndose en la Tierra.

    Un hombre bajito de fino cabello llegó a la «Burke Development, Inc.». Se llamaba Keller y su expresión era lo bastante apacible, pero era tan escaso en palabras que parecía casi mudo Sandy le contempló mientras desembalaba los instrumentos que contenían las imponentes cajas. Los mismos instrumentos no tenían ningún significado para ella. Se les veía que tenían diales y algunas campanillas de timbres. Uno o dos llevaban cosas inteligibles impresas en tiras de papel. Por lo menos uno de la última remesa era un computador. Keller lo desembaló reverente y se aseguró de que ni una mota de polvo podía alterar el funcionamiento de tan delicados aparatos. Cuando los llevó hasta el casco, aún cubierto por las maderas y la escayola, lo hizo con solemne cuidado de un hombre que transporta un tesoro.

    Aquel día Sandy le vio hablar con Burke. Burke era el que hablaba y Keller sonreía y asentía. Sólo una vez abrió la boca para decir algo. Entonces pronunció hasta cuatro palabras. Después volvió feliz a sus instrumentos.

    Al día siguiente Burke hizo lo que podría catalogarse como una prueba a baja presión de la larga barra de acero que había forjado tan dificultosamente y devanado con no menos cuidado antes de encerrarla en la carcasa exterior de bronce. Había estado trabajando en ello más de dos semanas.

    Preparó el experimento con mucho cuidado. El modelo de quince centímetros había sido puesto para su disparo en el banco de trabajo y recibió energía tras un contacto instantáneo y fugaz del conmutador. El prototipo a escala natural estaba encerrado dentro de un bastidor de metal, que se mantenía sujeto por un cable de dos centímetros de diámetro a los cimientos del edificio. Si la pseudomagneto volaba a alguna parte, esta vez tendría que romper con una terrible fuerza restrictiva. El conmutador quedó descartado. Un condensador descargaría la energía a los devanados por medio de un rectificador. Habría entonces una emisión de corriente de duración infinitesimal.

    Holmes comunicó las noticias. Se llevaba muy bien con Pamela por aquel tiempo. Al principio no parecía importarle su aspecto. Luego Pam tomó medidas para distraerle de su total entrega al trabajo y el hombre respondió. En la actualidad, tendía a trabajar vestido con mono y a cambiarse en un atuendo más social antes de acercarse a la oficina. Sandy lo encontró cepillándose los zapatos una vez y se lo dijo a Pam. Su hermana sonrió satisfecha.

    Se acercó Holmes al despacho y dijo con suma amabilidad:

    —Ha llegado el momento de la verdad... o habrá llegado dentro de escasos minutos.

    Sandy levantó la vista ansiosa.

    —¿Eso es una invitación para que presenciemos el asesinato? —preguntó Pam.
    —Burke va a poner en funcionamiento esa cosa que ha devanado a mano y que corresponde al modelo pequeño que ya experimentó. Está preocupado. Encuentra siete mil razones para que no funcione. Pero si no lo hace, se pondrá enfermo. —Holmes miró a Sandy—. Yo creo que le serviría de alivio que alguien le cogiese la mano entre las suyas en el momento crítico.
    —Iremos —dijo Sandy.

    Pam se levantó de detrás del escritorio.

    —Ella no le cogerá la mano —explicó a Holmes—, pero estará allí en caso de que haya qué recoger sus pedazos. ¡Los pedazos de él!

    Cruzaron el espacio abierto en dirección al cobertizo-taller. Era una mañana ordinaria de trabajo. La masa de maderos y viguetas y escayola, formando un molde para algo que no se veía en el interior, era lo único que estaba a la vista. Junto al cobertizo-taller había huellas profundas de ruedas de camión. Uno de los trabajadores salió por la puerta lateral y lió y encendió un cigarrillo.

    —No se permite fumar dentro —dijo Holmes—. Estamos fijando las cosas en su sitio con plástico.

    Sandy no le oyó. Fue la primera en entrar en el taller. Burke daba la vuelta al objeto que tanto trabajo le había costado. Ahora parecía ser una simple pieza de cañería de bronce de unos cinco metros de largo y veinte centímetros de diámetro, con los extremos cerrados. Estaba plantada en el centro de un envoltorio o armadura metálica, de plancha, que se sujetaba al lugar mediante cables. Burke examinó la resistencia eléctrica de un par de cables rojos y luego de los blancos. Después de otros forrados de caucho negro, que salían de un extremo de la fantástica tubería.

    —El público está aquí ya —dijo Holmes.

    Burke asintió.

    —Voy a conectar un mínimo de fuerza —dijo casi excusándose—. Quizá no ocurra nada. Es una especie de tontería.

    Las manos de Sandy se retorcieron una vez más cuando Burke le dio la espalda. El ingeniero hizo conexiones, aspiró profundamente y dijo con voz tenue:

    —Ahí va eso.

    Dio al conmutador.

    Se produjo un crujido. Fue terriblemente alto... Como si algo se rompiese. Comenzaron a caer ladrillos. El extremo de la armadura metálica saltó por una esquina. Los cables de acero cedieron lanzando notas musicales que bajaron de tono cuando la tensión en ellos disminuyó. Una punta del andamio había desaparecido, arrancada, rota, arrojada a un lado. Se produjo un agujero en la pared de ladrillos, de casi treinta centímetros de diámetro.

    El objeto de cinco metros había desaparecido. Pero oyeron un zumbido agudo que disminuyó con la distancia.

    Aquella tarde los rusos anunciaron que la estación tripulada había partido hacia el asteroide M-387. Naturalmente, retrasaron el anuncio hasta que estuvieron satisfechos del disparo. Cuando lo comunicaron al mundo, el cohete estaba a ochenta mil kilómetros de distancia, habían recibido un mensaje de su piloto y predecían que el cohete tomaría contacto con el M-387 en cuestión de siete semanas.

    En un rincón de una página interior de los periódicos de la tarde había una noticia diciendo que un meteorito cayó en un campo de labor a unos cincuenta kilómetros de donde el aparato construido por Burke salió volando. Creó un cráter de seis metros de diámetro. No pudo ser examinado porque estaba cubierto de hielo.

    Burke tenía poco tiempo para recobrarlo. Pero era necesario. Especialmente desde que la nave rusa había salido de la Tierra. Explicó que era un envío para su fábrica, caído de un aeroplano, pero el propietario del campo de labor se mostró dudoso. Burke tuvo que pagarle mil dólares para conseguir hacerse creer.

    Aquella noche, volvió a tener su persistente pesadilla. Las señales aflautadas estaban muy claras.


    IV


    La gente dejó de súbito de interesarse por las noticias referentes a las señales. Mejor dicho, prefirieron dejar de pensar en ellas. La gente estaba asustada. A través de la historia de la humanidad, la más horripilante de las ideas había sido siempre la que concebía a algún ser tan inteligente como el hombre pero que no fuese humano. Espíritus infernales, fantasmas, diablos, hombres lobos, almas en pena... todo eso había despertado un terror enloquecedor en quienes creían en esa serie de engendros. Porque eran inteligentes aunque no humanos.

    Ahora, de repente, el mundo parecía comprobar que había «Algo» en una diminuta roca errante del espacio. Algo que enviaba señales a la Tierra, señales evidentes. Ese algo tenía que ser inteligente para poder enviar ondas de radio desde una distancia de cuatrocientos treinta y cinco millones de kilómetros. Pero no era un hombre. Por lo tanto era un monstruo. Por lo tanto era horrible. Por lo tanto era mortífero e intolerable y asustaba, y los seres humanos de pronto exigieron no tener más noticias de él. Quizá creían que si no le hacían el menor caso, «eso» se marcharía aburrido.

    La circulación de la prensa decayó. Las ventas de revistas gráficas quedaron reducidas prácticamente a cero. Una avalancha de cartas histéricas pidió que las cadenas radiofónicas quitaran de sus programas la mención de cosas tan caóticas. Y esta reacción no tuvo lugar sólo en América. Un violento sentimiento antiamericano se despertó en Europa, que los psicólogos analizaron achacándolo a un resentimiento causado por el hecho de que habían sido americanos quienes respondieron a la primera emisión. Si no hubieran contestado a aquella primera serie de señales, no se hubiera producido la segunda. Pero también se alzó un más violento sentimiento contra Rusia, porque los rusos habían disparado a un hombre para que se metiera con el monstruo que gemía tan plañideramente. Esta antipatía hacia el espacio causó menos trastornos políticos en el Kremlin, en donde todo se resolvió haciendo que un individuo cuyo nombre acababa en «of» fuera degradado a un rango oficial mucho menor, para que alguien cuyo apellido acababa en «sky» ocupara su lugar. Aquello calmó parcialmente al pueblo ruso, pero apenas tuvo otros efectos. El mundo estaba asustado. Buscaba una víctima, o unas víctimas, de su miedo. Antaño, se quemaba a las brujas para de ese modo calmar los terrores que originaba la ignorancia y los infestados en tiempos de pestilencia eran ejecutados para tranquilizar a los supervivientes, haciéndoles comprender que la enfermedad acababa con los mismos enfermos y que desaparecidos éstos nada había que temer de nuevos contagios. Pero el siglo XX era distinto... y en el fondo igual.

    Nacieron organizaciones con el oficial y desapasionado propósito de procurar que cesaran inmediatamente las investigaciones espaciales. Incluso otras organizaciones más violentas pidieron el castigo de todo aquel que hubiese considerado deseable viajar por el espacio. El Congreso disminuyó en varios cientos de millones la asignación presupuestada para la construcción de un proyectil dirigido con destino a las exploraciones del espacio. Un pobre chiflado en Santa Mónica, California, reveló que había construido en el patio trasero de su casa una cosa que él llamó nave espacial con el fin de responder a las señales del M-387. El pobre diablo trataba de conseguir que una comisión oficial inspeccionara su obra con el propósito de arbitrarse dinero para finalizar el trabajo y colocar los mecanismos impulsores. Era un cacharro construido de madera contrachapada y ni el más optimista de los mortales hubiera imaginado que aquella masa podría despegar alguna vez del suelo, pero una turba enfurecida asaltó la casa, quemó la pueril «espacionave» y habría linchado a su constructor si se les hubiera ocurrido mirar el interior de la alacena en donde se ocultaba el hombre medio tapado por las verduras y los demás comestibles. Otros chiflados más sensibles a los sentimientos del público, anunciaron la recepción de mensajes dirigidos al distante «Algo». Los mensajes, decía esta segunda clase de perturbados, eran informes de espías desembarcados en la Tierra desde platillos volantes en las últimas décadas. A esto siguió inevitablemente una inundación de gentes que afirmaban haber visto partidas de desembarco del M-387, y en Peoria, Illinois, un grupo de excursionistas divisó un objeto no identificado volante que tenía la forma de una cuchara de sopa, formando el mango una especie de cola. Los periodistas expertos anticiparon reportajes sobre la aparición de objetos voladores diversos, tales como cuchillos y tenedores, y pronto todo el mundo pensó en tales disparates considerándolos la cosa más normal y corriente.

    Sandy convocó una reunión con objeto de tratar sobre la seguridad general. Por aquel entonces la muchacha no tenía buen aspecto. Estaba preocupada. Otras personas podían pensar en los mensajes del espacio, pero Sandy tenía que concentrar sus pensamientos en algo más concreto. Seis meses antes, la construcción que tenía lugar dentro del molde de escayola hubiera producido risa, una risa llena de tolerancia, y hasta las personas más confiadas en la humanidad se hubieran mostrado incluso respetuosas con la obra. Pero ahora cualquier trabajo de aquella índole constituía algo intolerable para la opinión pública. Los periódicos, que habían visto mermada su circulación por publicar noticias del espacio y sobre la posibilidad de viajes interplanetarios, volvían a recuperar lectores atacando a las gentes que habían respondido a la primera emisión. Y, naturalmente, desaprobando la idea de investigar el espacio, todo aquel que se relacionaba con esto se hacía sospechoso de subversión.

    —Hoy vino un periodista —dijo Sandy—. Me informó de sus deseos de hacer un reportaje sobre la historia del nuevo éxito de «Burke Development Inc.» el nuevo proyectil dirigido capaz de volar cincuenta kilómetros y congelar todo a su alrededor cuando tomaba tierra. Yo le dije que eso había caído de un aeroplano y que el último proyecto que estábamos acabando iba destinado a «Interiors, Inc». Pero él me contestó que había hablado con uno de los hombres del señor Holmes y que sabía a ciencia cierta que estábamos preparando algo terrible por bajo mano.

    Burke pareció sentirse inquieto.

    —No hay ninguna ley que nos impida hacer lo que estamos haciendo —dijo Holmes molesto—, pero cualquier día alguien puede obtener del Congreso un decreto que sí constituya un obstáculo legal para nuestros trabajos.
    —Eso sería razonable quizás en otras circunstancias. Para cada descubrimiento existe su tiempo determinado. Hay invenciones que serían perjudiciales para la humanidad si se lanzaran cuando los hombres todavía no estaban en condiciones de recibirlas. ¡Pero el momento de las naves, espaciales ha llegado ya! —exclamó Burke.
    —¿Sí? —preguntó Pam levantando las cejas.
    —Esas señales han de ser investigadas —explicó Burke—. Ahora es necesario. Pero si nuestra empresa particular hubiera empezado, digamos, dos años antes, quizá la cosa hubiera sido mala en general. ¡Pensad en lo que hubiese ocurrido si la fisión atómica hubiera sido descubierta diez años antes de la Segunda Gran Guerra! Los descubrimientos científicos se habrían publicado con la mayor naturalidad en todo el mundo. Cualquiera habría sabido el modo de hacer bombas atómicas. Hitler las habría fabricado, lo mismo que Mussolini. ¿Y cuántos de nosotros viviríamos?
    —El periodista —interrumpió Sandy— quería hacer un reportaje completo de lo que la «Burke Development» está fabricando. Yo le dije que estabais trabajando en un modelo de refugio antiaéreo y antiatómico para después, si daba resultado, fabricarlo en serie. Entonces me preguntó si el cohete que tú disparaste a través del edificio del taller formaba parte del proyectado refugio. Le contesté que no había habido tal disparo, pero no me creyó.
    —¿Y quién te creería? —preguntó Holmes.
    —¡Hummm! —murmuró Burke—. Dile que venga a ver lo que estamos haciende. La nave puede pasar muy bien por un refugio antiaéreo. Las paredes con cultivos hidropónicos tienen sentido en tal proyecto. Voy a ordenar que excaven un gran agujero esta misma mañana para probar que tenemos intención de meter en él lo que hay dentro del molde de escayola. Haré cuanto pueda para que parezca que vamos a enterrarlo todo. De todas maneras es lógico que un refugio antiaéreo sea enterrado.
    —¿Quieres decir que le vas a permitir entrar a ese periodista? —demandó Sandy.
    —¡Claro! —contestó Burke—. La gente cree que los inventores están un poco chiflados. Y en parte tienen razón. Voy a hacer creer u ese periodista que estamos fabricando un costosísimo refugio, demasiado caro para que lo pueda adquirir una familia de la clase media. Parecerá típico de la mente de un inventor, tal y como la consideran los periodistas. De todas maneras, cada quién cree de buena gana que los demás están un poco locos. ¡La estratagema dará resultado!
    —Sandy y yo vivirnos en una casa de huéspedes —dijo Pam con suavidad—. Tú no te preocupas de cosas así, pero un hombre educadísimo y muy atractivo vino a alojarse en nuestra misma pensión hace un par de días... poco después de que ese artefacto saliera volando sólo hasta cubrir cincuenta kilómetros. Ese tipo ha estado intentando trabar amistad con nosotras...

    Holmes frunció el ceño, emitió un gruñido y apareció asombrado y confuso cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Pam añadió animosa:

    —La mayor parte de las noches tengo trabajo, pero me parece que buscaré una ocasión y le permitiré que me lleve al cine. Así me será fácil hablar de vosotros tratándoos de lunáticos —añadió.
    —Haré el agujero lo bastante grande para que sea convincente —dijo Burke—. Sandy, celebra consultas con quien tenga una grúa capaz de levantar el refugio y depositarlo en su agujero cuando esté terminado. Si demostramos querer enterarlo, nadie sospechará que nuestras intenciones son muy otras.
    —Pero, ¿por qué hacer el agujero en realidad? —preguntó Sandy.
    —Para colocar en él nuestra aeronave —respondió Burke—. Necesito poder controlarla o no llegará a ser algo más que un refugio antiaéreo.

    Keller, el encargado del instrumental, había escuchado con creciente interés, pero sin decir palabra. Ahora hizo un ruido indefinible y miró inquisitivo a Burke.

    —El eje motriz o como se le quiera llamar —explicó Burke—, es decir, lo que encierra los devanados, puede salir volando o no... se trata de una magneto que no magnetiza o del infierno sobro ruedas. El prototipo salió disparado y recorrió cincuenta kilómetros aplicándole energía eléctrica suficiente tan sólo para causar un leve calambre a cualquiera de nosotros. La fuerza impulsora le vino de no sé dónde. Creo que el hecho de que congelase todo lo que le rodeaba cuando aterrizó, a pesar del calor que indudablemente tuvo que producir la fricción del aire, puede darnos una pequeña pista. Tengo algunas ideas sobre el asunto.

    Keller asintió. Luego dijo apremiante:

    —¿Y las emisiones?

    Burke frunció el ceño y se volvió a Sandy.

    —Esa parte de la emisión del espacio —preguntó—, ésa que cambia, ¿sigue cambiando?
    —Todavía cambia —respondió Sandy.
    —No se me ocurrió pedirte que continuaras comprobándolo. Gracias por haber pensado en ello, Sandy. Muchas gracias. Quizás algún día pueda pagarte lo que estás haciendo por mí... cuando todo haya acabado...
    —Lo dudo mucho —respondió Sandy muy seria—. Voy a telefonear a ese periodista concertando una visita con él.

    Esperó a que se marcharan todos. Cuando se hubieron ido, se dirigió hacia el teléfono.

    —¿Oíste el gruñido que lanzó Holmes cuando dije que iría al cine acompañada por nuestro compañero de pensión? ¡Me estoy divirtiendo, Sandy! —exclamó Pam.
    —Yo no —repuso Sandy.
    —Eres demasiado eficiente —dijo con candidez la hermana menor—. Te haces indispensable. Burke no hubiera podido poner esto en marcha sin ti. Y esa es la lástima. Debieras ser irresistible en vez de esencial.
    —No con Joe —exclamó Sandy amargamente.

    Tomó el teléfono y llamó al periódico. Pam se quedó muy reflexiva, mucho.


    Había un hoyo profundo excavado junto al molde de escayola cuando llegó el reportero a la tarde siguiente. Un aparejador de la localidad, llegado un poco antes, todavía estaba allí, calculando el coste de la operación de elevar el contenido del molde y bajarlo hasta situarlo en el lugar preciso donde sería enterrado y puesto a prueba como refugio antiaéreo. Fue una coincidencia afortunada, porque el periodista trajo consigo a otros dos hombres que dijeron pertenecer al servicio oficial de protección civil. Habían ido a interesarse por las cualidades del refugio antiaéreo que se estaba construyendo. No fue demasiado convincente la impresión que se llevaron.

    Una vez se hubieron ido, Burke se sintió inquieto. Aquellos dos inspectores conocían demasiado bien la clase de materiales y equipo que él había pedido. Uno de los dos dejó escapar el comentario de que sabía que Burke había encargado un costosísimo computador. Aquel instrumento era inconcebible en un refugio. Ambos hombres se molestaron en hacer saber a Burke que conocían muy bien el hecho de cierto objeto caído a cincuenta kilómetros de allí y cubierto de hielo que más bien parecía fruto de aire líquido que producido por vapor de agua por debajo de su punto de congelación. Burke no hizo comentarios. Se mostró extraordinariamente inquieto cuando el coche del periodista se fue, llevándose consigo a los dos inspectores.

    Entró en el despacho. Pam estaba a punto de estallar en sus peculiares risitas.

    —Uno de ellos —explicó—, es el hombre encantador que se ha venido a vivir en nuestra casa de huéspedes. Quiere llevarme al cine. ¿Te das cuenta de que su visita ha coincidido con mi hora de almorzar? Él me preguntó hace días que a qué hora solía ir a comer ordinariamente...

    Holmes entró. Frunció el ceño.

    —Uno de mis trabajadores dice que esos tipos le han estado invitando a beber y le han hecho bastantes preguntas referentes a lo que estamos haciendo.

    Burke frunció el ceño también.

    —Dentro de tres días podremos dejar que tus hombres se vayan a casa.
    —Voy a empezar a cargar la nave —anunció Holmes de improvisto—. Uno no sabe cómo estibarlo todo. Especialmente tú, que no eres aficionado a la navegación.
    —Pero todavía no he logrado controlar el eje impulsor —exclamó Burke.
    —Ya lo lograrás —gruñó Holmes.

    Salió. Pam volvió a sus risitas.

    —No quiere que vaya al cine con ese encantador inspector del servicio de protección civil —dijo dirigiéndose a Burke—. Pero me parece que será mejor dejarle creer que me soborna comprándome palomitas de maíz y del modo más inocente del mundo dejar caer que Sandy y yo sabemos que te han avisado diciendo que esos refugios no encontrarán buen mercado a menos que se puedan vender por lo que pudiera costar un cuarto de baño extra. Pero que si tú quieres ir a la ruina, a nosotras nada nos importa.
    —Concededme tres días más —se limitó a decir Burke embarazado.
    —Lo intentaremos —respondió de pronto Sandy—. Pam puede concertar una doble cita con uno de los amigos de sus amigas y entre las dos trataremos de conseguir algo.

    Burke frunció el ceño completamente absorto en sus pensamientos y salió. Sandy pareció congestionarse de indignación. Burke ni siquiera había esbozado una leve protesta ante la idea de ella de salir con otro hombre.

    Burke tomó a cuatro de los hombres de Holmes e hizo que le ayudasen a llevar rodando el eje impulsor de bronce hasta el hoyo, instalándolo en él, dentro de una especie de cuna hecha de madera. Si se le movía, se introduciría más en el suelo.

    La más trivial de las deducciones mostraba que cuando el eje motriz de bronce había viajado cincuenta kilómetros, no había sido debido a la débil energía producida por la descarga de un condensador. Por tanto, la verdadera energía había tenido que provenir de cualquier otra parte. Burke se había hecho ya una somera idea de cuál era la fuente de energía.

    Inspeccionó el eje motriz. Los núcleos y devanados los había adaptado del arma transparente vista en sus sueños —aquellos núcleos y bobinados no formaban campos electromagnéticos—. Por eso todo el conjunto no tenía nombre científico todavía. Cuando la corriente fluye a través de un normal electro magneto, los polos de sus átomos quedan más o menos alineados. Tienden a señalar en una única dirección. Pero en aquel conjunto de cables y hierro no se producía ningún campo magnético, no obstante el movimiento desordenado de los átomos dentro de la estructura cristalina propia del metal, originaba una tensión coordinada. En tal núcleo, que Burke había formado y repetido a lo largo de toda la longitud del eje motriz, todos los iones trataban de moverse en una única dirección al mismo tiempo. Por simultaneidad, una terrible fuente de corriente aparecía en las bobinas. Toda la materia del eje desarrollaba una enorme velocidad hacia uno de los polos. Era la energía calórica contenida en el metal, convertida instantáneamente en energía cinética. Y cuando la energía calórica se transforma en cualquier otra, el cuerpo, en este caso el eje y sus envolventes, se enfría.

    Una vez comprendido este fenómeno, el control era sencillo. Una inductancia variable en serie con los devanados lo regulaba todo. En cierto sentido, el conjunto era una magneto con inducción negativa, es decir, de signo negativo. Cuando una inductancia suplementaria conectada en serie y de signo positivo reducía a cero la autoinducción, neutralizando la polaridad negativa, el ingenio enormemente poderoso se convertía en una cosa dócil. Luego, una corriente pequeña originaba un débil impulso, afectando sólo a parte de la corriente calórica de átomos y moléculas. Una corriente más fuerte producía mayor impulso. El parecido con un electro magneto persistía. Pero la total inductancia debía quedar cerca del cero o desarrollaría un impulso ultra violento hacia adelante, calculable sólo en millares de gravedades.

    Burke había trabajado en aquello durante tres semanas, pero el desarrollo de un sistema de control le llevó apenas cuatro horas.

    Aquella misma noche introdujeron el eje motriz de bronce dentro de la nave. Encajaba perfectamente en el sitio que le habían dejado. Burke sabía ahora a la perfección lo que estaba haciendo. Se situó ante los controles. Era capaz de producir un impulso tan débil que el molde de madera y escayola crujiera y vibrase. Pero sabía que a su voluntad podía hacer que toda aquella masa saltara incontenible del lugar en que se hallaba.

    Holmes envió a casa a sus trabajadores. Sandy y Pam se fueron al cine con los dos tipos tan amables que trataron de sonsacarlas cuanta información supieran acerca de los trabajos de Burke, Holmes y Keller. Aquellos dos hombres no creyeron en la información obtenida, pero sí quedaron convencidos de que Pam y Sandy sí creían lo que les dijeron. Para ellos, la combinación del objeto hecho por Burke que voló cincuenta kilómetros, más la presencia de Holmes, constructor de yates con casco de plástico, y la llegada de Keller para ajustar unos instrumentos de los que tenía una lista completa —cosas así no pueden ocultarse—, constituía una prueba de que todo aquel asunto ofrecía aspectos oscuros. Pero sintieron lástima de aquellas dos chicas tan guapas y tan poco inteligentes que podían verse envueltas en un serio jaleo.

    Holmes y Burke instalaron controles de dirección, cableando, montando instrumentos, etc. Depósitos de agua y oxígeno, sólo para ser utilizados en caso de emergencia, quedaron fijos dentro de la construcción de escayola y plástico. Holmes tomó martillo y cincel y con trabajo rajó el molde, para que la mitad superior pudiera ser levantada, dejando el morro de la espacionave medio expuesto al sol y al aire.

    Entonces la emisión del espacio cesó. Se había estado recibiendo sin solución de continuidad desde algo así como cinco semanas; una nota aguda y monótona cada dos segundos, junto con una emisión más larga de sonidos aflautados cada setenta y nueve minutos. Ahora, comenzó un nuevo y tercer mensaje. Era otro agrupamiento de tonos musicales, con un intervalo superior de crujidos específicos.

    Keller había ajustado ya cada instrumento y con deleite los comprobaba una y otra vez. Burke le pidió que viera de comparar el tercer mensaje con el segundo. Keller pasó las dos grabaciones efectuadas por un sinfín de aparatos, satisfecho de la tarea, y no tardó en aparecer la respuesta.

    Los periódicos ofrecieron nuevos titulares: «Ultimátum del espacio», decían en grandes letras. «Amenazas de los desconocidos viajeros espaciales.» Y presentaban la situación afirmando lógicamente que el tercer mensaje del vacío constituía una amenaza.

    El primero había sido una llamada solicitando respuesta. Cuando llegó la contestación de la Tierra, un segundo mensaje reemplazó a la llamada. No contenía las notas fluidas y aflautadas que podrían considerarse como posibles palabras, sino crujidos que podrían equivaler a números. Los continuados sollozos entre las repeticiones del segundo mensaje eran con toda evidencia una señal direccional que debía conducir hasta la fuente emisora de los mensajes.

    Por estas deducciones, los periódicos afirmaban furiosos que al tercer mensaje era una amenaza. El primero sólo había sido un aviso, el segundo, una orden a las entidades que respondieron, y el tercero era una firme reiteración de la orden anterior, reforzada con amenazas.

    A la raza humana no le gusta que le amenacen, en especial cuando se siente inerme. En los Estados Unidos hubo tal explosión de resentimiento que fue necesario recurrir a la oratoria de las principales figuras públicas. El Presidente declaró que cada proyectil dirigido existente en los almacenes de la nación había sido equipado con cabezas atómicas y que cualquier espacionave extraña que apareciera en los cielos de América sería derribada de inmediato. El Congreso votó un crédito para construir más cohetes de guerra, que sufrió un retraso de seis días porque cada senador y representante quería hacer un discurso en apoyo de tal crédito. Fue la cantidad más grande sometida a aprobación del Congreso en toda la historia, una cantidad que menos de cinco semanas antes había sufrido una rebaja de doscientos millones, ya que se creía un derroche excesivo invertir todo ese dinero en la investigación de cohetes espaciales dirigidos.

    Y en Europa reinaba un verdadero frenesí.

    Para Burke y Holmes y Sandy y Pam y el sonriente y mudo Keller, la situación revestía mortal gravedad. La furia que el público sentía era ya de por si un peligro. Las sospechas de personas desconocidas inundaban el F.B.I. y la Agencia del Espacio con informaciones acerca de individuos que con toda seguridad se dedicaban a proporcionar secretos militares a los viajeros del espacio del M-387. Había informes sobre seres que se ocultaban en las ciudades americanas tras espesas patillas y grandes gafas de sol, destinadas a ocultar sus rasgos extrahumanos. Artistas, anacoretas y los meros aficionados a llevar barba, encontraron prudente afeitarse y los espiritistas, pitonisos y, en el Sur, los herbolarios, hicieron verdaderas fortunas vendiendo predicciones y remedios aconsejando el modo o dando la receta de escapar a la aniquilación inminente que sobrevendría del espacio.

    Y la «Burke Development, Inc.», estaba construyendo algo que ni la Defensa Civil ni el F.B.I. creían fuera un refugio antiaéreo.

    Los tres días que Burke necesitaba habían pasado. Y un cuarto. Él y Holmes dejaron prácticamente de dormir para acabar con lo que quedaba pendiente dentro del molde de plástico. Keller completó felizmente sus circuitos y esquemas y se los llevó a Burke. Sus observaciones demostraban que los crujidos, presumiblemente números, se habían extendido. Lo que decían era una nueva escala. Si los números habían querido significar antes meses o años, ahora podían significar días y horas. Si habían tratado de representar millones de kilómetros, ahora trataban de decir miles o cientos de ellos.

    Burke estaba tratando de comprender todo aquello cuando llamaron a la esclusa de aire por que se entraba y salía de la nave desde que la instalaron en su sitie definitivo de partida. Holmes abrió la puerta interior. Sandy y Pam atravesaron la abertura lateral en vez de hacerlo por la entrada superior. Sandy miró a Burke.

    —Creíamos que el trabajo estaba casi terminado y queríamos verlo —dijo Pam con amabilidad—. ¿Cómo se cierra esta puerta?

    Holmes se lo enseñó. El navío construido dentro del molde no parecía tan largo como prometía a juzgar por superestructura exterior. Tenía también un aspecto ridículo, extraño, porque todo estaba acostado. Había dos compartimientos con una escalera de hierro comunicándolos entre sí, pero la escala yacía en el suelo. Los jardines murales tenían un aspecto lozano gracias a las lámparas fluorescentes que mantenían a la hierba y a la vegetación floreciente. Por todas partes se veían instrumentos y diales.

    Sandy fue al lado de Burke.

    —Casi lo tenemos listo —dijo Burke cansadamente—. y Keller acaba de demostrar lo que son las señales.
    —¿Podremos ir con vosotros? —preguntó Sandy.
    —Claro que no —contestó Burke—. El primer mensaje era una llamada de socorro. Tenía que serlo. Sólo una llamada de socorro daría detalles para que cualquier escucha supiese que era importante. Pedían ayuda y decían quién la necesitaba, y por qué y dónde.

    Pam se volvió hacia Holmes.

    —¿Puede abrirse la esclusa desde el exterior? —preguntó.

    No podía hacerse. Especialmente estando cerrada y asegurada como lo estaba en aquel momento.

    —Alguien de la Tierra respondió a la llamada —prosiguió Burke—, y el segundo mensaje aclaró en qué consistía el peligro. Creemos que los crujidos son números que indican cuánto tiempo pueden esperar la ayuda, o algo así. Y después está la señal que obra como radiofaro mostrando el camino a quienquiera que acuda en ayuda.

    Keller sonrió complacido a Pam. Hizo una conexión eléctrica y comprobó satisfecho el resultado.

    —Ahora tenemos el tercer mensaje —dijo Burke—. El tiempo corre para quien necesita el auxilio que está pidiendo con urgencia. Los crujidos que parecen números han cambiado. Son lo que podríamos llamar escalas de información, nuevos informes matemáticos. Nos dicen cuánto pueden aguardar o lo grave de su situación. Expresan que el tiempo pasa y nos acucian diciendo: «¡Apresuraos!»

    Se oyó un sonido como si alguien llamara a la puerta. Sólo Sandy y Pam parecieron no sorprenderse. Burke quedó inmóvil.

    —Es la policía —dijo Sandy con aplomo—. Fuimos al cine con esos tipos que querían que hablásemos de ti, Joe. Ayer, uno de ellos me confió que tú eras peligroso y me dijo que si sabía lo que me convenía, sería mejor que no acudiese hoy a la oficina. Eso es lo que hemos hecho, no hemos ido a la oficina, ¡nos hemos venido aquí! Ten en cuenta que pueden haber disparos. Nos lo aseguró el tipo ese.

    Burke soltó un juramento. Se oyeron más golpes en la puerta. Esta vez efectuados con mayor energía.

    —Si tratas de hacernos salir —prosiguió Sandy con aire de triunfo—, tendrás que abrir esa puerta y la policía encontrará un modo fácil de entrar y... ¿qué pasará entonces?

    Keller acabó de comprobar el último instrumento. Miró a los demás con ojos excitados. Aguardó.

    —No sé qué cargos pueden aducir para arrestarte —prosiguió Sandy—, si es que quieren hacerlo, a no ser que sea por realizar prácticas de artillería sin permiso. ¡Pero lo que sí sé es que no puedes hacernos salir! ¡Sabes perfectamente bien que a menos que hagas algo en seguida, esa gente se abrirá paso hasta aquí dentro sin reparar en medios!
    —¡Maldita sea —exclamó Burke—, os digo que no me impedirán que compruebe si este chisme funciona!

    Hizo girar su silla, firmemente atornillada a una pared, y comenzó a pulsar botones.

    —¡Agarraos bien! —gritó irritado—. ¡Cuanto menos veremos si...!

    Se oyeron fuertes chasquidos. Hubo crujidos. La estancia de agitó. Diose la vuelta de un modo increíble. Del exterior llegaba un imponente estrépito. De repente, una pantallita de televisión, sita ante Burke, mostró una imagen. Era del mundo exterior tambaleándose locamente. Holmes se agarró a un saliente y rodeó con su brazo a Pam. Evitó que la muchacha se cayera cuando una pared lateral se convirtió en el suelo y lo que hasta entonces había sido suelo se transformó en pared. Parecía que todo el cosmos cambiaba, a pesar de que lo único que cambiaba de posición eran las paredes, el suelo y el techo.

    De súbito, todo pareció normal y nuevo a la vez. La superficie inferior estaba cubierta de una espesa alfombra de caucho. Las secciones de muros hidropónicos tomaron una posición vertical. Burke estaba sentado pero erguido y algo encima de su cabeza giró media vuelta y se quedó quieto. Pero una capa de hielo lo cubrió.

    Más chasquidos. Más pantallitas de televisión mostraron imágenes. Surgió en una de ellas la pequeña construcción que constituía el despacho de la «Burke Development, Inc.» destacándose de un decorado vacilante. El panorama se niveló. Por otras pantallas se veía el cobertizo-taller. Una pantalla mostraba formaciones de nubes brillantes y claras. Y otras mostraron un pequeño, pero formidable, conjunto de hombres armados retrocediendo instintivamente y desapareciendo del campo de las lentes de televisión.

    —Pues por lo menos, funciona —dijo Burke—. Ahora...

    Se tuvo la impresión de hallarse dentro de un ascensor rapidísimo. Tal sensación suele durar una fracción de segundo. Aquélla prosiguió más tiempo. Una de las pantallas televisoras mostró a la.«Burke Development, Inc.» vista desde la vertical. Los edificios y los hombres y el terreno colindante disminuyeron de tamaño con rapidez. Pronto fueron diminutos en exceso y la ciudad cayó dentro del campo de visión de la cámara hasta que una nube de vaga blancura se interpuso.

    —¡Diablos —exclamó Burke—. Ahora darán la alarma a los aviones de combate y a las instalaciones de cohetes, decidirán que somos traidores o espacianos disfrazados y tratarán de derribarnos. ¡Me parece que lo mejor es seguir subiendo!

    Keller asintió con gestos mientras los ojos le brillaban. Burke parecía preocupado.

    —No debe costar ni diez minutos enviarnos un cohete auto dirigido. Con toda seguridad el radar ya nos habrá localizado... Nos encaminaremos hacia el norte. De todos modos tendríamos que hacerlo...

    Pero se había equivocado en lo de los diez minutos. Pasó un cuarto de hora antes de que pudieran divisar un cohete cuya trasera dejaba escapar un torrente de humo de sus motores. El artefacto enderezó su rumbo y enfiló hacia la nave.


    V


    Desde suficiente altura y distancia los repetidos ataques del cohete podrían haber aparecido como los anillos y retortijones de una gigantesca serpiente. Dejaba tras de sí un tortuoso reguero de humo que se parecía bastante a una serpentina. Subía y bajaba, como una monstruosa pitón lanzándose contra alguna invisible presa. Seis, siete, ocho veces se lanzó frenética contra el diminuto navío en forma de huevo que atravesaba el espacio. Cada vez falló y se retorció dispuesta a volver a atacar.

    Luego se le acabó el combustible y para todos los intentos y propósitos dejó de existir. El grueso y opaco reguero comenzó a disiparse. El vapor se desparramaba. Se extendía desgarradamente, en harapos insubstanciales que el cohete ya muerto cortaba una y otra vez en su larga caída sin fin.

    Burke cautelosamente disminuyó la fuerza impulsora y con torpeza hizo que su nave diese la vuelta por un lado, dirigiéndose hacia el norte. El estado de cosas dentro del vehículo espacial mostraba una intolerable tensión.

    —Son un conductor novato —dijo Burke—, y esto es bastante difícil de dirigir. —Miró al manómetro exterior de presión—. No hay aire ahí afuera. Debemos estar a unos ochenta o cien kilómetros de altura y quizá seguimos subiendo. Pero no sufrimos escape de aire.

    En realidad el navío de plástico estaba a cien kilómetros de altura. El soleado mundo allá abajo mostraba retazos blancos de nubes de unas formas que cualquier meteorólogo hubiese encontrado interesantes. Burke podía ver el valle del río San Lorenzo entre las blancas zonas. En la superficie de la Tierra se veía curiosamente escorzada. Lo que estaba abajo parecía perfectamente llano y en el borde del mundo todo se veía distorsionado e irreal.

    —¿Cómo hemos podido escapar de ese cohete? —preguntó Holmes aún pálido.
    —Aceleramos —le contestó Burke—. Era un cohete defensivo. Estaba diseñado para derribar a los bombarderos a reacción o a los proyectiles balísticos que viajan a una velocidad constante. Los proyectiles que buscan el blanco pueden sólo localizarlo a través del eco de su radar y son capaces de destruir a un navío costero, pero al que va a más alta velocidad porque sus computadores predicen dónde estará su blanco, viajando a velocidad contante, todos son interceptados. Nosotros no estamos nunca en el lugar preciso. Acelerábamos. Existía una teoría de los proyectiles auto dirigidos que no podían medir la aceleración ni calcularla. Por eso no nos ha alcanzado.

    Cuatro de las seis pantallas de televisión mostraron el cielo azul oscuro con luces centelleantes. Sobre una de ellas se veía la rotunda superficie del Sol, convertida lo blanco en negro, es decir en apariencia de negativo fotográfico, porque la luz era demasiado grande para ser registrada de una manera normal. La otra pantalla mostraba la Tierra.

    Hubo una especie de susurro y Keller miró a Burke.

    —¿Cohete? —preguntó Burke. Keller sacudió la cabeza—. ¿Radar? —Keller asintió.
    —Debe ser la línea D.E.W —dijo Burke con tono preocupado—. No sé si tienen cohetes que pueden alcanzarnos. Pero sé que los aviones de combate no pueden llegar a esta altitud. Quizá puedan arrojarnos una corriente o una cortina de cohetes desde los aviones, sin embargo... No conozco su alcance.
    —¡No deberían hacernos eso a nosotros! —exclamó Sandy inquieta—. No somos criminales. ¡Al menos podían preguntarnos quiénes somos y qué estamos haciendo!
    —Probablemente lo hicieron —dijo Burke—, y no les contestamos. Mira si puedes sintonizar algunas voces, Keller.

    Keller giró los mandos de la emisora de a bordo. Una serie de voces salió del altavoz. «El OVNI ha sido localizado a coordinadas de extrema altitud. El primer cohete agotó el combustible en múltiples combates y cayó, señor.» Otra voz contestó con rudeza: «¡Escuadrilla 32 al aire». Manténganse debajo del objeto. ¡Si desciende hasta entrar dentro del alcance de tiro, derríbenlo!» Y otra voz sonó crispada: «Coordinados tres siete Jacobo, uno nuevo Alfredo...».

    Keller redujo las voces a susurros porque de nada le servían.

    —¡Diablos! —exclamó Burke—. Deberíamos aterrizar en alguna parte y comprobar nuestra nave. Keller. ¿Puede usted proporcionar un micrófono y una extensión de onda que alguien pueda escuchar desde la Tierra?

    Keller se encogió de hombros y comenzó a coger carretes de conducto eléctrico. Se puso a trabajar en uno de ellos y preparó una bobina. Con toda evidencia, el avión estaba bastante cerca para que su radio alcanzase a ser recogido por alguna estación terrestre. Se había partido con muchas cosas por acabar. Burke, en los controles, encontró que era muy posible hallar una buena cantidad de partidas que debían haber sido examinadas hasta la exahución antes de que el navío hubiese dejado el molde en que había sido construido. Se sintió embargado por una profunda preocupación.

    —¡Yo creí que podía hacer una buen papel como heroína formando parte de este viaje! —dijo Pam con una voz extraña—, pero jamás se me ocurrió que tendríamos que estar esquivando cohetes y aviones de combate para poder huir.

    No hubo ningún comentario.

    —Soy un principiante en navegación espacial —dijo Burke un poco después, más preocupado que antes—. Tenemos que ir hacia el polo magnético, ¿pero cómo lo vamos a intentar?

    Keller pareció animarse. Dejó el trabajo de cableado y se fue al imponente tablero de instrumentos electrónicos. Ajustó uno y luego otro y después el tercero. La acción, naturalmente, fue idéntica a la que hace un piloto de las líneas aéreas cuando sintoniza emisoras de radio de diferentes ciudades. De cada una de ellas puede leerse una indicación direccional. Donde las líneas de dirección se cruzan allí debe estar el aparato volando, pero Keller se volvió a los transmisores de onda corta cuyas emisiones podían ser recogidas en el espacio. Al poco, a cien kilómetros de altura, escribió la longitud y la latitud en una hoja de papel. Hizo un cálculo y después volvió a escribir: «Polo Norte magnético 93 grados Oeste, 71 grados Norte aproximadamente» y después fijó un rumbo.

    —¡Hum! —exclamó Burke—. Gracias.

    Luego hubo un relativo silencio, en el navío sólo se oía un murmullo de voces muy quedas procedentes de los altavoces que Keller había empleado al principio y cuyo volumen no tardó en rebajar. También se escuchaba el zumbido del giróscopo. Cuando escuchaban. También podían oír un tono ligero musical dulce. Burke manejó un control aquí y otro allá y levantó las manos. La nave siguió avanzando rápidamente. Comprobó esto, lo otro y lo de más allá. Parecía complacido. Pero había innumerables cosas que comprobar. Holmes bajó por la escalera hasta el compartimiento inferior. Allí también habían detalles que inspeccionar.

    Una de las pantallas reflejaba la Tierra desde una altura de noventa kilómetros en lugar de los cien de antes. Otras mostraban los cielos, con una infinidad de estrellas brillando fijamente allá en la negrura. Keller volvió a su cableado de nuevo y reanudó el trabajo de instalar un emisor del navío a la Tierra. Hizo conexión con la antena exterior reflectante.

    Sandy contempló a Burke mientras se movía por todas partes, probando una cosa y otra. De vez en cuando miraba a las pantallas que tenían que servirle en lugar de ventanas. Una vez volvió al tablero de control y cambió un ajuste.

    —Hemos caído diez kilómetros —explicó Sandy—. Y sospecho que nos siguen aviones a chorro por ahí abajo.

    Holmes inspeccionó meticulosamente todos los almacenes. Él mismo había instalado las mercancías cuando la nave estaba en el suelo de costado.

    Burke leyó los instrumentos y dijo con satisfacción:

    —¡Marchamos por entre los rayos del Sol!

    Quería decir que en un espacio vacío ciertas placas de aluminio del exterior del casco estaban recogiendo calor procedente del Sol. El uso de unas cortinillas metálicas bajó la temperatura. La conexión metálica con las placas exteriores conducía el calor hasta el interior por medio de sus conductos. El eje motriz estaba frío al tacto, pero su temperatura podría caer bajando hasta doscientos grados centígrados antes de que dejase de operar como impulsor. Era animador que se hubiese empleado tan poco hasta aquel momento.

    Más tarde Keller tocó a Burke en el hombro y señaló con su pulgar hacia abajo.

    —¿Podemos subir ahora? —preguntó Burke.

    Keller asintió. Burke hizo girar cuidadosamente el navío hasta tomar la vertical. Las vistas del Sol y la Tierra cruzaron de unas pantallas de televisión a otras. Las estrellas también se deslizaron de unas pantallas a las otras. Luego Burke tocó el control impulsor. Una vez más tuvieron la sensación de estar en un veloz ascensor. Y en aquel mismo momento una serie de manchones fríos y delgados aparecieron destacándose sobre el terreno helado, totalmente liso que formaba la zona de nuestro planeta por la que se sobrevolaba.

    Eran estelas de cohetes, de proyectiles autodirigidos capaces de encontrar el blanco y que habían alcanzado la zona del Polo Norte magnético mediante un esfuerzo hercúleo de los pesados aeroplanos que los transportaban.

    De la superficie de la Tierra hubieran parecido figuras monstruosas de blanco espumoso que aparecieran y se levantaran con increíble rapidez internándose en los cielos. Subieron arriba y arriba, pareciendo juntarse al hacerse menores por razones de distancia, hasta que los ocho dieron la sensación de converger en un sólo punto allá en la infinita blancura solar por encima de la capa de aire del mundo.

    Pero no ocurrió nada. Nada. El navío no aceleró tan de prisa como los cohetes, pero había empezado primero su carrera y conservó la ventaja. Siguió alejándose en el vacío, y por encima de las torres del penacho de los cohetes que quedó lejos, muy lejos, entre ellos y el suelo cubierto de hielo y nieve.

    Cuando la Tierra pareció igual a un enorme balón, que ni siquiera semejaba muy cerca, con un lado nocturno que parecía una curiosa mancha negra entre las estrellas, la atmósfera de tensión interior de la pequeña nave disminuyó.

    Keller completó su cableado del transmisor. Se puso en pie, se sacudió las manos y sonrió.

    La navecilla siguió adelante. Su temperatura permanecía constante. El aire olía a las plantas verdes que habían almacenadas. Se estaba con cierta humedad, se estaba caliente. Keller dio media vuelta a un mando y un ruido débil, sollozante, se pudo oír. Con los restantes mandos precisó la sintonía.

    —No podíamos seguir nuestro verdadero camino antes —explicó Burke a Sandy—, porque ha sido preciso atravesar las bandas Van Allen de partículas cósmicas en órbita alrededor del mundo. ¡Una cosa muy peligrosa esa radiación! En teoría, no obstante, todo lo que tenemos que hacer ahora es describir un arco hasta nuestro curso adecuado y seguir las señales del espacio hasta alcanzar su fuente. Ahora debemos estar en el inofensivo vacío. ¿Quiere llamar a Washington?

    Ella le miró fijamente.

    —Necesitamos ayuda para navegar o astronavegar —dijo Burke—. Llámales, Sandy. Me pondré yo cuando responda algún general.

    Sandy se dirigió al recién terminado transmisor.

    —¡Llamada a la Tierra! ¡Llamada a la Tierra! —comenzó a hablar nerviosa—. ¡La nave del espacio a la que acaban ustedes de disparar esos cohetes, está llamando! ¡Llamada a la Tierra!

    Su voz se hizo monótona pero al poco otra voz recelosa pidió que ampliase la identificación.

    Fue una conversación peculiar. Los cinco de la pequeña nave espacial eran considerados traidores a la Tierra porque acababan de ejercer el tradicional derecho de los americanos de dedicarse sin trabas a sus propios asuntos. Ocurrió que sus propósitos probados fueron contra corriente del estado nacional del público. Voces airadas increparon a Sandy, exigiendo furiosamente que la nave regresase. Sandy insistió en que se pusiese al aparato una autoridad superior y al poco una voz oficial se identificó a sí misma como perteneciendo al General Fulano de Tal, dando a la vez la orden terminante de que la aeronave aceptase y obedeciese órdenes para regresar a la Tierra. Burke tomó el micrófono.

    —Mi nombre es Burke —dijo con voz suave—. Si ustedes pueden preparar alguna especie de código cifrado, les diré como podrán encontrar los planos y las instrucciones necesarias para que construyan más naves como ésta. Después pueden seguirnos. Creo que es preciso. Me parece más importante esto que nada de lo que usted pueda pensar por el momento.

    Silencio. Luego más serenidad. Pero por fin la voz del oficial le dijo:

    —Voy a poner a trabajar a un experto en códigos.

    Burke entregó el micrófono a Sandy.

    —Ocupa mi sitio. Tenemos que conseguir una forma de enviar un mensaje cifrado para que nadie se entere de los comunicados que intercambiaremos. Quizá sea fácil usar un número como clave, o el nombre de la primera novia de tu tío soltero, o cualquier cosa que sepamos y que Washington pueda encontrar pero que no les sea posible hallar a nadie más. Ejem. Quizá sirva para empezar el número de la matrícula de tu coche. ¡Ellos pueden muy bien mirar los archivos y enterarse!

    Sandy se ocupó de la tarea. Lo que se transmitía a la Tierra, naturalmente, podía ser recibido por cualquiera en todo el hemisferio. Si las naciones que habían desafiado a los Estados Unidos en la carrera por el dominio del espacio se enteraban, quizá construyesen ellas mismas los navíos antes que América. La sugestión de Burke de cifrar las instrucciones dio cierta afirmación a su autoridad. Los organismos oficiales de los Estadas Unidos hubiesen preferido que ellos volvieran, pero esto era del mal el menos y lo aceptaron.

    Desde el punto de vista de Burke era lo único que podía hacer. No tenía respaldo oficial que le prestara apoyo y reconociese de buena gana toda esa extraña complicación de devanados y núcleos magnéticos, pero no magnéticos, que podían propulsar unas naves espaciales. Si regresaba, y dada la naturaleza del problema en que se enfrentaba, sería muy posible que tardara bastante tiempo en pensar en regresar, podría convencer a los escépticos teóricos. Pero ahora estaba a miles de kilómetros de la Tierra.

    Había cambiado el curso dirigiéndose a las señales sollozantes del M-387, estaba acelerando hasta una gravedad completa y lo hacía desde casi cuarenta y cinco minutos. La pequeña nave espacial casi tenía ya una velocidad de treinta y cinco kilómetro por segundo y seguía subiendo. Todos los cohetes que el hombre había fabricado, además de las pruebas titulares soviéticas, ahora en ensayo, quedaban muchísimo más inadecuadas para el viaje al espacio y parecían, en comparación, como flechas tratando de sobrepasar la velocidad de un avión.

    Burke regresó al micrófono cuando Sandy lo dejó para coger lápiz y papel.

    —De paso —dijo bruscamente—, podemos seguir acelerando indefinidamente a una gravedad. Tenemos radar. Los hemos conseguido de... —y proporcionó el nombre del suministrador—. Ahora queremos consejo sobre la velocidad que debemos alcanzar en el viaje antes de caer en riesgos de no poder esquivar los meteoros o cualquier cosa que al radar le sea imposible detectar. ¿Quieren ustedes calcular por nosotros?

    Devolvió el instrumento a Sandy y regresó a revisar la situación de cada partida del equipo de funcionamiento del navío. Descubrió una o dos cosas que debían ser mejoradas. La pequeña nave siguió un curso imperturbable. Si hubiese sido un refugio antiaéreo enterrado en el hoyo junto al molde en el que fue construida, habría habido poca diferencia para los que estaban dentro. La aceleración constante sustituía perfectamente a la gravedad. Las seis pantallas de televisión en funcionamiento, mostraban cosas increíbles fuera, pero es que las pantallas de televisión a menudo suelen presentar diversas cosas increíbles. Los jardines murales tenían un aspecto verde y floreciente. Las bombas no hacían ruido. No había partes movibles en el eje motriz. El giróscopo lo conservaba todo quieto. No habían vibraciones.

    Nadie podía permanecer tranquilo teniendo tantas cosas excitantes a su alrededor. Pam estaba explorando el piso de abajo, en donde se tenía que vivir y dormir. Holmes ocupaba su lugar en la silla de control, pero no creía necesario tocar nada.

    —Joe —informó Sandy un poco después—, dicen que debemos estar mintiendo, pero que si es posible seguir acelerando, sería mejor que lo hagamos hasta trescientos. Dicen que una vez llegados a esta meta podemos desacelerar hasta trescientos cincuenta y luego subir hasta el límite. Sin embargo, insisten en que es preciso que regresemos a la Tierra.
    —¿Verdad que no han mencionado los cohetes con que quisieron atacarnos? —preguntó Burke—. Me lo figuré. Dale las gracias y que sigan trabajando en el código secreto.

    Sandy se puso a trabajar con el lápiz y papel. La gente de la Tierra estaría ahora moviéndose para buscar por entre los archivos oficiales todo lo que estuviese en relación con cualquiera de los cinco de la nave espacial. La clave del código estaría contenida en tales archivos. Había una aglomeración de cosas particulares, como el nombre de soltera de la abuela de Burke, el número de los seguros sociales de Holmes, el nombre de la calle en que Burke había vivido unos años antes, el importe exacto de sus impuestos al gobierno del año anterior, el título del libro tercero del extremo izquierda de la segunda estantería en la biblioteca en el apartamento de Keller y otras cosas inconsideradas que mucha gente puede recordar con poco esfuerzo, pero que sólo pueden ser descubiertas por personas que saben dónde mirar. Esas personas procurarían evitar que cualquier otro individuo ajeno buscase en aquellos mismos lugares. Tal código sería un poco engorroso para trabajar, pero evidentemente indescifrable. Costó varias horas establecerlo sin mencionar una sola palabra de las incluidas en la clave. La aeronave espacial llegó hasta seiscientos cincuenta kilómetros por segundo, redujo y comenzó a disminuir de velocidad.

    —¡La comida está lista! —gritó Pam desde la cocina eléctrica—, ¡venid a por ella o la tiro!

    Comieron; Sandy de mala gana, Burke absorto e inevitablemente preocupado, Holmes plácido y amable, y Keller reluciente e interesado en todo lo que ocurría, que prácticamente no era nada.

    No veían las estrellas directamente, porque las cámaras de televisión eran preferibles a los ojos de buey. La Tierra había llegado a ser muy pequeña y cada vez se ponía en línea directa entre la nave y el Sol, la noche ocupaba la mayor parte de su disco y hasta que sólo una línea del espesor de un cabello brillante, a efectos del Sol, se mostró a un extremo. Los receptores de onda corta dejaron de emitir su murmullo. Los astrónomos de la Tierra que habían enviado el mensaje al M-387 se vieron de repente aliviados de su desgracia y recibieron la orden de ponerse al trabajo de nuevo para equipar el radiotelescopio de Virginia occidental poniéndole en condiciones de mantener una comunicación continua con la nave espacial de Burke. Otros técnicos iniciaron la preparación de reflectores múltiples para recoger señales del navío para una comunicación humana bipartita.

    Y en la Tierra se hizo una afirmación oficial fruto de las autoridades. Se anunció que un navío americano terminado apresuradamente marchaba hacia el M-387 para investigar las señales del espacio. Se anunció que medidas largo tiempo preparadas estaban puestas en práctica ya y que una flota invencible de espacionaves quedaría terminada en pocos meses, cosa que hasta entonces no se esperaba, ya que el plazo previsto para tales adelantos era el transcurso de otra generación. Un descubrimiento inesperado había hecho posible adelantar muchas décadas a la ciencia del espacio y la flota que exploraría a los planetas, al mismo tiempo que al M-387, ya estaba construyéndose. En verdad, era casi cierto todo eso. Los planos del navío de Burke habían volado a Washington desde los talleres y una enorme cantidad de duplicados del navío habían sido comenzados inmediatamente, incluso antes de comprender la teoría del impulso motriz.

    Hubo un inconveniente de orden menor. Un oficial meticulosamente legalista protestó para que las cantidades votadas por el Congreso fuesen dedicadas únicamente a los cohetes espaciales. Una orden ejecutiva zanjó el asunto. Luego los teóricos comenzaron a objetar los principios motrices. Todo aquello contradecía las creencias científicas sólidamente establecidas. No podía dar resultado.

    Lo dio, pero hubo una violenta oposición.

    Públicamente, claro, la impresión de tal hecho consumado por el gobierno nacional fue inmensa. Pero los periódicos lanzaron nuevos titulares: «¡UNA NAVE DE LOS ESTADOS UNIDOS VUELA HACIA LOS SERES DESCONOCIDOS DEL ESPACIO!» En letras más pequeñas se anunciaba: «¡Se ha sobrepasado la velocidad critica! ¡La prueba soviética ha sido ya dejada atrás!» Lo último no era completamente cierto. El artefacto tripulado ruso había partido diez días antes. Burke todavía no le había alcanzado.

    Las emisoras de radio lanzaron boletines especiales y dos cadenas radiofónicas cancelaron importantísimos programas para ofrecer entrevistas con científicos preeminentes que no tenían nada que ver si sabían nada acerca de lo que Burke había logrado construir.

    En Europa, con toda evidencia, el efecto obtenido fue estupendo. Rusia quedó reducida a apasionadas reclamaciones en las que pretendía que la nave había sido construida basándose en planos soviéticos, utilizando descubrimientos rusos, robados por agentes secretos imperialistas. Y los cabecillas del sistema comunista de espionaje cayeron en desgracia por no haber podido, en realidad, robar los propios descubrimientos de los americanos. Todos los demás agentes recibieron amenazas acerca de lo que les ocurría a ellos si no reparaban aquella omisión. Estas amenazas asustaron a media docena de agentes secretos, quienes desertaron y contaron todo lo que sabían, destruyendo por lo tanto el sistema ruso de espionaje.

    Esencialmente, sin embargo, este recobrar de la confianza en América fue tan extravagante como anteriormente lo hubo sido el deseo de no saber nada más acerca del espacio. Burke, Holmes, Keller, Sandy y Pam se convirtieron en héroes nacionales a las dieciocho horas después de que los proyectiles dirigidos habían fracasado en su intento de derribarlos. Las únicas críticas vinieron de ciertos clérigos conservadores, quienes esperaban que otras muchachas jóvenes no imitasen el acto de Sandy y Pam, al no hacer caso de convencionalismos, y sostuvieron la opinión de que una mujer casada debía de haber sido incluida en la expedición como carabina para el comportamiento de las dos jóvenes.

    La atmósfera en el navío, sin embargo, era de tal respetabilidad que asombraba. En el compartimiento inferior de la nave, siendo más pequeño, era evidentemente apropiado para Sandy y Pam. Ellas se retiraban cuando la espaciosa nave estaba a veinticuatro horas de la Tierra. Cada uno tenía ropas para su tocado guardadas previsoramente en el interior de los armarios.

    —Es chocante —dijo Pam, bostezando mientras se disponía a acostarse—, yo creí que esto iba a ser muy emocionante. Pero resulta tan aburrido como un día cualquiera en el despacho.
    —A lo que —repuso Sandy—, estoy perfectamente acostumbrada.
    —Me parece que debiste haber metido baza cuando diseñaron este navío, Sandy. ¡No hay dentro ni un espejo!

    En el compartimiento superior Keller ocupaba su sitio en la silla de control y estaba atento en el servicio. Su misión consistía solamente en mirar a los instrumentos y escuchar los sonidos sollozantes que venían desde el remoto espacio cada dos segundos y también las emisiones completamente indescifrables que llegaban cada setenta y nueve minutos. No era emocionante. No había nada capaz de producir excitación. Pero todo el mundo tenía que estar vigilante.

    El segundo día Washington estaba dispuesto para utilizar el nuevo código. El radiotelescopio de Virginia occidental fue facultado para establecer comunicaciones. Sandy, penosamente, captó la jerga que llegaba y la descifró. Desde entonces su trabajo fue la cifra y descifra de los mensajes transmitidos entre la nave y la Tierra. Al poco Pam la relevó en el trabajo. Pam pareció molesta porque Holmes estaba tan absorto en su manía de conservar en funcionamiento todo que apenas reparaba en ella. Lo mismo le pasaba a Burke.

    Los mensajes estaban compuestos casi por entero de preguntas y respuestas a las preguntas, dando detalles sobre los planos del asteroide. A veces era necesario corregirlo en una fracción de milímetro, o hacer balancear la nave y aumentar la marcha si el radar mostraba la proximidad peligrosa de meteoritos o fragmentos de asteroide. De vez en cuando, cada cierto número de horas, la nave tenía que sufrir una desaceleración y después una nueva aceleración hasta ganar la máxima velocidad. Pero eso era todo.

    El quinto día apareció el fogonazo de un meteoro en el radar. El séptimo día un objeto que podía haber sido el segundo o el tercer proyectil no tripulado ruso apareció brevemente en el mismo borde de la pantalla del radar. En esencia, sin embargo, el viaje era puro tedio. Burke se cansaba de asegurarse que su trabajo era bueno, y a pesar de que se felicitaba a sí mismo de que nada ocurriese, sentía el peso de la monotonía. Holmes admitió encontrarse desencantado. Deseó hacer el viaje porque había navegado en cualquier clase de vehículo excepto en cohetes espaciales. Pero allí no había la menor diversión. Sólo Keller parecía confortablemente absorto. Preparaba listas diarias de lecturas instrumentales para ser enviadas a la Tierra. Serían de gran importancia para el mundo científico. Pero no tenían el menor interés para Sandy.

    Incluso cuando hablaba con Burke se mostraba innecesariamente impersonal. No podía haber intimidad que no fuese ostentación. Las dos chicas utilizaban el compartimiento inferior y los tres hombres el superior y más grande. Para que Sandy pudiese hablar con Burke tenía que subir hasta la pequeña sección superior del navío. Holmes y Pam se encontraban en la misma situación. Era incómodo. Por tanto, desarrollaron el hábito perfecto de hablar solamente de cosas que todo el mundo pudiera escuchar. Eso no molestaba a Keller, que apenas había emitido una docena de palabras en veinticuatro horas, pero Sandy murmuraba para sí cuando ella y Pam se retiraron descansar.

    Cuando atravesaron la órbita de Marte les llegaron agitadas instrucciones de la Tierra. El cinturón de asteroides comienza más allá de Marte. Les enviaron direcciones, rumbos. La nave estaba siendo seguida por radiotelescopios de todo el mundo quienes se aplicaron a calcular su trayectoria. Croydon fue el encargado. Los radares americanos tenían la misión de recoger las voces de la aeronave. Los radiotelescopios de Sudamérica, Hawái, Japón y Siberia determinaban la posición de la astronave cada vez que se emitía un mensaje cifrado a la Tierra. Naturalmente que también se producían y se recibían los sollozos cada setenta y nueve minutos, siempre procedentes de la misma dirección mucho más alejada del Sol.

    Alguien tuvo la brillante idea y autoridad para ensayarla. Una interviú por radio desde la Tierra celebróse con todos y cada uno de los del navío. La nave estaba entonces a unos cincuenta millones de kilómetros de la Tierra y a ciento cincuenta millones más del Sol. Un poco preocupada Sandy accedió a responder a las preguntas. Pero la velocidad de la luz requería once minutos para que llegasen las respuestas a la Tierra, lo mismo que se tardaba en recibir las preguntas. Eso no permitía establecer un animado diálogo, por lo tanto, la muchacha habló durante cinco minutos y se detuvo. Su charla se refirió al cuidado de la caja espacial. Sin saberlo, fue alabada por su espíritu doméstico en la mayor parte de los pulpitos eclesiásticos al siguiente domingo y ochocientas noventa y dos proposiciones de matrimonio se apilaron en el correo dirigido a ella que quedaba depositado en las oficinas gubernamentales de los Estados Unidos. Doce declaraciones de amor eran rusas.

    Pero nada excitante ocurría a bordo de la espacionave. Burke se imaginó que podrían atravesar directamente el cinturón de asteroides a lo largo del plano de la eclíptica y no acercarse más de dieciséis mil kilómetros a cualquier fragmento de piedra o metal orbitado allí. Casi tenía razón, hubo sólo una ocasión en que su optimismo pareció injustificado.

    Fue al noveno día después de la partida de la Tierra. Experimentalmente, la nave iba sin impulsión, es decir, sin esfuerzo motriz, sino aprovechando el impulso inicial. Entonces, en su interior, no había sustituto para la gravedad y cada cual y todas las cosas parecían no tener peso. La fuerza del Sol en forma de calor había disminuido hasta un noveno de la que se recibe en la Tierra. Pero aun así podía acumularse, almacenarse y, en realidad, eso es lo que se hacía. Entre tanto, el navío marchaba hacia adelante acerca de seiscientos cincuenta kilómetros por segundo. Burke, Keller y Holmes juntos trabajaban en los equipos de buzo que esperaban utilizar como traje espacial si se presentaba alguna emergencia. Deseaban acostumbrarse a utilizarlos con presión interior y sin peso, ya que en esas condiciones sería como deberían funcionar. Sandy se sentaba ante el transmisor, trabajando en el cifrado cuyo código casi se sabía de memoria. Pam estaba en la silla de control, mirando los instrumentos.

    Hubo un silbido. Burke volvió su cabeza para ver la pantalla de radar. Una línea de luz aparecía en ella. Apuntaba directamente al centro, lo que significaba que cualquiera que fuese la fuente originaria de dicha línea iba a entrar en colisión de cursos con la aeronave. Burke se lanzó hacia la silla de control para tomar los mandos. Pero se olvidó de la falta de gravedad. Quedó flotando en el centro del aire, muy lejos de la silla.

    Gritó órdenes a Pam, que era la menos calificada de todos los de a bordo para enfrentarse a una emergencia de aquella clase. La muchacha se asustó. No hizo nada. Holmes empleó preciosos segundos en arrastrarse hacia los controles utilizando todos los asideros que pilló a mano. La resplandeciente línea blanca de la pantalla de radar crecía con rapidez. Casi estaba en el centro. Llegó al centro. Burke y Holmes se quedaron helados.

    Hubo un curioso relampagueo en una pantalla de visión. Una imagen pasó como un rayo. Tenía una forma irregular, desgarrada, tortuosa. Parecía piedra o metal, distorsionada en su imagen por la velocidad por la que pasó por delante de las lentes de la televisión. Tenía quizá cien metros de diámetro. Era imposible que se hubiese podido ver desde la Tierra. Quizá en su órbita circulase alrededor del Sol solitaria durante cientos de millones de años sin que nadie la volviera a ver.

    Se perdió en la nada. Había fallado por metros o por pulgadas el choque con la espacionave y Burke se encontró sudando con profusión. Holmes estaba mortalmente pálido. Keller respiró profundamente, tragó saliva y volvió al trabajo en el equipo de inmersión. Sandy no se había dado cuenta de nada. Pero Pam rompió bruscamente en lágrimas y Holmes la confortó como pudo. La chica estaba amargamente avergonzada de no haber hecho nada para afrontar la emergencia que sobrevino cuando estaba ella en la silla de control y que fue la única que habían encontrado desde que la aeronave había partido de la Tierra.

    Después de aquello volvieron a conectar la energía impulsora. De todas formas fue necesario comprobar su velocidad. Estaban muy cerca de la fuente emisora de las señales que desde tan lejos habían localizado. El goniómetro que señalaba el rumbo y recibía la señal había sido puesto al mínimo volumen y aun así los sollozos directores se oían altos. El día décimo primero después de la partida, divisaron el asteroide M-387. Habían viajado cuatrocientos treinta y cinco millones de kilómetros a una velocidad muy cercana a los quinientos kilómetros por segundo. A pesar de estar rebajados hasta el máximo los sollozos que salían de los altavoces eran ruidos monstruosos.

    —Intenta una llamada, Holmes —dijo Burke—. Aunque ya deben saber que estamos aquí.

    Se sentía extraño. Había detenido la aeronave a unos siete u ocho kilómetros del M-387. El asteroide era una masa oscura con salientes en una parte y otra. La nave parecía irse acercando lentamente. La masa flotante de masa y metal no tenía forma particular. Era más larga que amplia, pero no encajaba con ninguna descripción normal. Era como una montaña arrancada de su sólido pedestal pétreo y puesta en órbita alrededor del Sol, teniendo como fondo y base miríadas de estrellas brillantes.

    No hubo cambio en el sollozo que vino de aquel asteroide. Tenía movimiento de rotación pero tan lento que era preciso estarlo mirando durante bastantes minutos para convencerse de que existía. No se apreció signo exterior de reacción alguna ante la presencia de la aeronave. Holmes tomó el micrófono.

    —¡Hola! ¡Hola! —dijo absurdamente—. Hemos venido de la Tierra para descubrir que es lo que ustedes quieren.

    Nadie respondió. Hubo un cambio en las llamadas sollozantes. El asteroide seguía inmóvil y hermético.

    —¡Mirad allí! —exclamó Sandy de repente—. ¡Un poste! ¡No, es un mástil! ¿Veis, allá donde está aquel retazo blanco?

    Burke con el máximo cuidado se acercó más a la monstruosa masa que pendía del espacio. Era verdad. Había un mástil de cualquier especie de material destacando sobre la piedra blanca. Los indicadores de dirección señalaban hacia él. La llamada sollozante se detuvo y una emisión comenzó. Era la que se lanzaba hacia la Tierra cada setenta y nueve minutos.

    No hubo respuesta a la llamada de Holmes. No había indicación de que hubiesen advertido la llegada del navío. En la Tierra la ignorancia de las señales humanas enviadas al M-387 había parecido arrogancia, indiferencia, un superior y amenazante desdén hacia el hombre y sus obras; allí, el efecto era diferente. Esa masa irregular era el fragmento de algo que una vez fue mucho mayor. De repente dejó de ser amenazador porque parecía muerto. Se movía con ceguedad, por inercia, como si algún mecanismo operase de una forma automática.

    No parecía haber vida. Emitía señales como las podría emitir cualquier robot. Es más, parecía uno de esos ingenios automáticos. Lo era.

    —Mira, fíjate ahí delante —dijo Holmes en voz baja—. Hay algo que se asemeja a un túnel. No, es una grieta. Se ve cortado.

    Burke asintió.

    —Sí —contestó pensativo—. Creo que lo exploraremos. Pero yo no espero encontrar nada de vida. No hay nada que ver excepto un mástil de metal. Tenemos en el casco focos de señales. Si vamos con cuidado...

    Nadie objetó. La apariencia del asteroide era profundamente desencantadora. Su falta de vida y la indiferencia mostrada ante su llegada y llamadas eran peores que el desencanto. No había nada que verse más que un poste de metal del que las señales partían hasta no se sabe dónde.

    Burke dirigió la pequeña espacionave hasta la boca del túnel. Tenía más de treinta metros de diámetro. Encendió las luces de señales. Suave, detenidamente, enfiló el centro de la enorme abertura.

    Era recto. Entraron por lo que parecía una distancia indefinida. Al poco las luces de señales mostraron que la pared era lisa. La gruta se hizo mucho más pequeña. Siguieron adelante.

    De repente Keller gruñó. Señaló a una de las seis pantallas de televisión que enfocaban toda la longitud del túnel y mostraban aún las estrellas al fondo, a la entrada.

    Aquellas estrellas iban siendo ocluidas. Algo enorme se movía lento y deliberadamente cruzando el eje del túnel por el que navegaban. Cerró la obertura. Tenían la retirada bloqueada. La nave estaba encerrada en el centro de la montaña de piedra que flotaba en el perfecto vacío. Burke comprobó la velocidad de la nave calculándola a base del paso de las paredes por delante de las luces delanteras de la nave.

    Muy poco a poco apareció fuera una débil iluminación. Al cabo de unos cuantos segundos pudieron ver que la luz procedía de largos tubos instalados en el techo. La luz cambiaba. Se hizo más fuerte. Se volvió verde y luego amarilla y más tarde muy brillante. Después no ocurrió nada más. Nada por ninguna parte. Los cinco de dentro de la nave esperaron más de una hora a que ocurriese algún fenómeno, pero nada, absolutamente nada, ocurrió.


    VI


    Hubo una débil vibración en un minuto, algo suave tomó contacto con el navío desde el exterior. Flotando dentro de la gruta ahora brillantemente iluminada, la espacionave había rozado la pared. No hubo fuerza en el impacto.

    Keller emitió un ruido de interés. Cuando los otros se volvieron hacia él, señaló uno de los diales. La aguja marcaba la cifra treinta. Burke gruñó:

    —¡Diablos! ¡Hemos estado esperando que ocurriesen cosas y ahora las tenemos aquí! Ahora nos toca a nosotros...
    —De acuerdo con esa aguja —afirmo Holmes—, alguien se ha tomado la molestia de introducir aire a presión normal alrededor de la nave. Podemos salir y respirar.
    —Si es aire —apuntó Burke—. Podía ser cualquier otra cosa. Tendré que asegurarme.

    Se puso el equipo de buzo que le correspondía y que tenía que utilizarse como traje espacial.

    —Probaré con un encendedor. Quizá arda naturalmente. Quizá se apague. Puede que haya una explosión. Pero lo dudo muchísimo.
    —Esperemos que se encienda el encendedor —dijo Holmes.

    Burke acabó de colocarse el traje. En la Tierra su equipo hubiese sido aterradoramente pesado, aun para un hombre moviéndose en medio del océano. Pero allí no había peso. Si el M-387 tenía un campo gravitacional, debería ser tan minúsculo en teoría, que sería una millonésima del de la Tierra.

    Keller se sentó en la silla de control, contemplando los instrumentos y las pantallas de televisión que mostraban el túnel ahora reducido a quince metros. Las partes distantes del túnel se veían brumosas, como si hubiera una débil niebla o un gas en suspensión. Sandy contempló como Burke se colocaba el casco y cerraba la placa delantera. Apretó los puños y sus nudillos se volvieron blancos. Pam se apoyó incómoda en una esquina del techo de la sala de control. Holmes frunció el ceño cuando Burke se dirigió hacia la escotilla de aire y cerró la puerta exterior.

    Su voz salió inmediatamente del altavoz con la mesa de control.

    —Estoy respirando el aire del equipo de inmersión —dijo.

    Hubo rastrear de pies. La puerta exterior de la esclusa hizo ruido. Se estableció lo que pareció ser una espera terriblemente larga. Después volvieron a escuchar la voz de Burke.

    —Lo he probado —informó—. El encendedor arde cuando está cerca de la puerta levemente abierta. La voy a terminar de abrir.

    Más ruidos procedentes de la esclusa de aire.

    —Sigue ardiendo. Repito. El encendedor funciona perfectamente. El túnel está lleno de aire. Voy a abrir la escafandra para ver que tal huele.

    Silencio, mientras que Sandy palidecía. Pero un momento más tarde oyó a Burke decir en forma crispada:

    —Huele bien. No hace daño pero parece algo cargado. ¡Pero no tiene ninguna clase de olor! ¡Un momento... acabo de oír algo!

    Pasó un minuto, en el que la pequeña espacionave flotó casi en contacto directo con las paredes. Luego giró levemente. Después llegaron unas notas aflautadas, breves y alegres. Tenían un aire familiar. Pero fue un mensaje corto, de quince o veinte segundos de longitud, no más. Acabó. Fue repetido, acabó, fue repetido y siguió adelante con un efecto mecánico, como obra de un loro.

    —El aire es bueno —informó Burke—. Respiro con toda normalidad. Pero parece haber estado almacenado durante siglos. Es rancio. ¿Oís lo mismo que yo?
    —Sí —dijo Sandy en un susurro dentro de la sala de control—. Es una llamada. Nos dice algo. ¡Vuelve a entrar, Joe!

    Oyeron cerrarse la puerta exterior de la esclusa de aire y cómo los pernos se ajustaban en su sitio. Los sonidos aflautados dejaron de oírse. La puerta interior se abrió, Burke entró en la sala de control, con el vidrio delantero de la escafandra completamente abierto. Comenzó a quitarse el traje de buzo.

    —Algo recogió el hecho de que hemos entrado. Cerró una puerta detrás de nosotros. Luego encendió las luces. Después hizo entrar aire en este túnel. Ahora nos dice algo.

    La nave se balanceaba débilmente. Keller la había puesto en marcha manteniéndola a un paso lentísimo. Las paredes del túnel pasaban por delante de las pantallas de televisión. Había una niebla en el aire. Parecía aclararse al avanzar el navío.

    Keller emitió un sonido de satisfacción. Podían ver el fin del túnel. Había una plataforma. Unas escaleras partían de un costado de la galería. Había una puerta de esquinas redondeadas al extremo de la pared. Aquel muro era metálico.

    Keller dirigió con sumo cuidado la nave hasta el pie de la escalera que formaba un muelle apropiado para el desembarco, si allí hubiese habido gravitación para que las escaleras fuesen utilizables. Muy, muy poco a poco, bajó el navío hasta que se posó en la plataforma.

    La sensación de balanceo cesó, volvió a venir, cesó y gradualmente se transformó en una perfecta sensación de peso. Quedaron de pie en el suelo de la sala de control con las mismas sensaciones físicas sentidas cuando navegaban a la aceleración de una gravedad y que también sintieron cuando la nave estaba en el suelo de la Tierra.

    —¡Gravedad artificial! ¡Quienquiera que la produzca sabe bastante —exclamó Burke.

    Pam tragó saliva y habló con un aparente descuido.

    —¿Y qué vamos a hacer ahora?
    —Buscaremos... a esa gente —dijo Sandy con extraña voz.
    —¡No hay nadie aquí Sandy! —contestó Burke irritado—. ¿Es que no te das cuenta? ¡No puede haber nadie aquí! ¡Nos hubiesen indicado lo que hacer de haber alguien! Todo esto es trabajo mecánico. Nosotros hacemos algo y las máquinas operan. Pero después esperan hasta nuestro próximo movimiento. ¡Es como... como un ascensor automático!
    —Pues no hemos venido aquí para subir en ascensor —dijo Sandy.
    —Yo vine a descubrir lo que había en este asteroide —contestó Burke—, y porqué enviaba señales a la Tierra. Holmes, estate aquí con las chicas mientras yo doy un vistazo por fuera.
    —Me gustaría mencionarte —apuntó Holmes con sequedad—, que no tenemos ni un arma en este navío. Cuando nos dispararon cohetes desde la Tierra, no teníamos siquiera una tiragomas para defendernos. Seguimos sin tenerlo. Creo que las chicas están tan seguras esperando ahí fuera como aquí adentro. Y además, todos nos sentiremos más animados si vamos juntos.
    —¡Yo voy contigo! —dijo Sandy retadora.

    Burke dudó, luego se encogió de hombros. Maniobró las ruedas que cerraban las compuertas de la esclusa de aire para abrir los dos accesos al mismo tiempo. No era una acción muy precavida, pero es que todo cuidado resultaba poco práctico. La nave estaba aprisionada. Era incapaz de defenderse. Por tanto era insensato tomar precauciones que no podrían evitar lo inevitable.

    Burke abrió la puerta exterior. Uno a uno, los cinco salieron a la plataforma que con tal evidencia parecía diseñada para albergar a un navío espacial pequeño, naturalmente. No ocurrió nada. Lo que les rodeaba era completamente inexpresivo. Aquella plataforma de desembarque podía haber sido construida por alguna raza de la Tierra o de alguna otra parte, demostrando tan sólo la necesidad de utilizar escaleras.

    —Allá va —dijo Burke.

    Se dirigió hasta la puerta de redondeadas esquinas. Había algo así como un pomo a un lado, casi a la altura de la cintura. Lo tomó con la mano, tiró y retorció y la puerta cedió. No estaba oxidada, pero necesitaba urgentemente un lubricado. Burke acabó de abrirla y miró incrédulo lo que había detrás.

    Ante ellos se extendía un corredor de no menos de seis metros de alto y lo mismo de ancho. Los tubos largos resplandecian luz que alumbraban el túnel del navío, continuaban allí, también, fijos del techo. El corredor se alejaba, recto completamente, hasta que su fin parecía sólo un punto en la lejanía. Debería tener más de kilómetro y medio de largo. Había puertas en las paredes de ambos lados y se iban esfumando en la distancia con una monótona regularidad hasta que, también, quedaban reducidas a meras ranuras. Uno no podía hablar de la longitud del corredor midiéndola en metros. Era kilométrico.

    Parecía increíble. Era sobrecogedor. Y estaba vacío, brillaba al resplandor de los tubos luminosos que formaban un río de luz por encima de las cabezas. Parecía absurdo que tan vasta construcción no tuviese ser viviente en ella. Pero estaba completamente vacía.

    Permanecieron mirando su longitud durante segundos. Luego Burke pareció reaccionar.

    —Aquí está el pasillo. Entremos, incluso aunque no nos dé la bienvenida el comité de recepción.

    Su voz despertó ecos. Giró y reverberó y disminuyó hasta reducirse a la nada.

    Una espera terriblemente larga. Después volvieron a oír la voz de Burke.

    —Lo he probado.

    Burke avanzó con Sandy pegada a sus talones. Pam permaneció inexpresiva e instintivamente se aproximó a Holmes. Una vez hubieron atravesado la puerta, la situación no fue de que estuviesen corriendo la aventura en un remoto lugar del espacio, sino la de hallarse en un incierto e imponente monumento de la Tierra. La sensación de peso, si no completamente normal, se le parecía tanto que no se advertía la diferencia. Podían haber estado en cualquier estructura desconocida hecha por los hombres, en su planeta natal.

    Aquel corredor, no obstante, no había sido construido. Fue excavado. Se utilizó para ello algún procedimiento que no fracturó la piedra arrancada. La superficie de la roca sobre ellos era lisa. En algunos lugares hasta relucía. Los umbrales habían sido limpiamente recortados, no edificados. Eran de un tamaño que precia ser utilizado por los hombres. Los compartimientos a los que daban acceso eran de similar manufactura. No tenían ventanas, claro, pero lo extraño en ellos residía en el hecho en que estaban vacíos, chocando en que todo lo que ellos llegaban a ver había sido abandonado miles de años antes. No obstante, desde alguna parte del asteroide, una llamada seguía afluyendo apremiante, llenando el sistema solar con unos sonidos aflautados, quejumbrosos, rogando a cualquiera que los oyese que viniera e hiciera algo que era en extremo necesario.

    A bastante distancia de la entrada de la galería había dos ramales. A casi medio kilómetro de la entrada, vieron que una de las habitaciones contenía una pila de lingotes de metal, limpiamente colocados en un grupo y atados mediante un cable o alambre todavía reluciente. A ochocientos metros encontraron varias cosas peculiares de la misma galería. Una era con toda evidencia una mesa de una sola pata hecha de metal. Estaba sin la menor muestra de óxido, pero mostraba signos de uso. La otra era un objeto con la parte superior cóncava. En la cavidad había partículas retorcidas y arrugadas de algo indescifrable.

    —Si los hombres ha edificado esto —dijo Burke y de nuevo su voz despertó ecos—. este objeto debería ser un taburete acolchado y la mesa un escritorio.
    —Si los hombres hubiesen construido esto —exclamó Sandy pensativa—, habría algunas señales marcándolo todo. ¡Por lo menos en los umbrales habría una especie de números!

    Burke no contestó. Prosiguieron.

    La galería se dividía. Una puerta de metal cerraba la rama divergente. Burke manipuló el pomo. No cedió. Continuaron en línea recta, por el camino libre.

    Llegaron a una abertura en la pared lateral más grande que las demás. Dentro había filas y filas de esferas de metal, algunas de más de tres metros de diámetro. Debían de haber cientos. Junto a la puerta había una estantería reducida, con una caja pequeña sujeta a ella. Un poco más allá, llegaron a lo que parecía ser el fin de aquel corredor. Pero no terminaba. Subía hacia arriba girando y se hallaron asimismo en el pasillo pero a diferente nivel, retrocediendo en la dirección por la que habían venido. Sus pisadas seguían despertando innumerables ecos en la enorme extensión vacía de la construcción. Habían otras puertas cerradas. Burke probó algunas. Holmes otras. Keller avanzaba hechizado, mirándolo todo.

    Lo que había allí era extraño, pero no lo bastante para asustar. Uno pudo juzgar aquel sitio como lugar de trabajo de los hombres, excepto que su construcción estaba más allá de la habilidad humana. Debían de haber miles de habitaciones vacías instaladas en la sólida roca. Pasaron algunos cientos de metros de umbrales y en cada habitación que consiguieron abrir, había construcciones metálicas junto a las paredes.

    —Si los hombres hubiesen construido este lugar —dijo Holmes de repente—, eso podrían ser camastros.

    Llegaron a otro lugar en donde había polvo y un grupo de seis habitaciones enormes comunicándose no sólo con el corredor sino mutuamente. Encontraron cuencos de metal como cacerolas. Hallaron un objeto cóncavo pequeño que podía haber sido un vaso para beber. Estaba roto. Era de tamaño apropiado para los hombres.

    —Si seres humanos construyeron esto —volvió a repetir Holmes—, quizá habrían destinado estas salas a comedores. Pero estoy de acuerdo con Sandy de que deberían haber letreros, señales, carteles... cosas así.

    Tropezaron con otra puerta cerrada. Resistió a los esfuerzos de abrirla como las demás Keller extendió la mano y pensativo tocó las piedras del quicio. Parecía asombrado.

    —¿Qué pasa? —preguntó Burke. Tocó la piedra como Keller lo había hecho. Estaba fría, terriblemente fría—. ¡El aire está caliente y las piedras frías! ¿Qué es esto?

    Keller se humedeció la yema de los dedos y frotó la pared lateral rocosa. Instantáneamente apareció el hielo. Pero el aire permaneció cálido.

    La galería volvió a girar y a subir. El pasaje del tercer piso era más corto; apenas ochocientos metros de largo. Pasaron puerta tras puerta, todas abiertas, con cada compartimiento conteniendo una forma enorme y extrañamente misteriosa de metal. Junto a cada umbral se encontraba una estantería igual a las vistas anteriormente con la cajita fija en ella.

    —Eso —dijo Holmes—, podrían ser armas, si es que tenían ocasión de disparar contra alguien. Sólo por el aspecto que tienen yo podría asegurar que son armas.
    —Keller —exclamó Burke bruscamente—, la piedra helada mientras que el aire sigue cálido significa que este lugar ha sido calefaccionado hace poco. Han vertido aire caliente dentro. ¡Cosa de horas!

    Keller se quedó pensativo. Luego sacudió la cabeza.

    —Calor no. Aire caliente sí.

    Burke prosiguió hacia adelante ceñudo. Seguía la única ruta abierta. Otros caminos estaban interrumpidos por puertas que rehusaban abrirse. Sandy, a su lado, se fijó en el piso. Era de piedra como las paredes del techo. Pero estaba gastado. Había ligeras desigualdades en él, comenzando a treinta centímetros de las paredes. Sandy se imaginó a miles de pies moviéndose por aquellos resonantes corredores durante miles de años, tiempo bastante para desgastar la roca sólida de aquella manera. Sintió la edad encima de ella, edad increíble alcanzando un tiempo jamás imaginado, mientras los ocupantes de aquel mundo ahuecado rebullían en su interior. Pero, ¿haciendo qué?

    Burke consideraba otras cosas. Allí habían esferas metálicas de tres metros alineadas por cientos en lo que podía ser un almacén inferior. Allí estaban los cien monstruos de metal macizo que parecían amenazar definitivamente a alguien o a algo. Allí estaban las construcciones metálicas, como camastros. No había óxido, cuya causa podría atribuirse a lo dicho por Keller de que recientemente había sido emitido aire caliente en los corredores los cuales antes —durante diez mil años o más— habían contenido sólo el vacío del espacio. Y allí estaban aquellas habitaciones que podían ser comedores.

    Todas estas cosas era materia abundante para pensar. Pero si lo que escuchaban era cierto, deberían haber otros compartimientos especializados en algún lugar. Tenían que haber almacenes para las provisiones para aquellos que manejaban las armas —si es que eran armas las esferas y vivían en los camastros y comían en los comedores. Y debían haber almacenes para equipo y suministros de todas clases. Y de nuevo, si Keller tenía razón en lo referente al aire, tendría que haber también enormes tanques de presión que habían contenido en su interior la atmósfera del asteroide durante milenios, sólo para calentarla y dejarla suelta en la hora o así que hacía que había llegado el navío.

    Una vieja frase se le ocurrió a Burke: «Un misterio disfrazado de enigma». Se aplicaba a esa clase de problemas. Evidentemente el aire había sido soltado sin la orden de ninguna criatura viva. ¡No podía haber ninguna allí! Como, sin lugar a dudas, las señales del espacio habían comenzado sin ser obra de un ser humano o vivo. El transmisor que continuaba insensatamente enviando su mensaje a la Tierra era un robot. La operación de amarre de la nave, el calentar el aire, el alumbrar el embarcadero y los corredores, todo había sido hecho por máquinas obedeciendo órdenes dadas por el transmisor quién sabe porqué escondidos estímulos.

    ¿Pero por qué? Otros misterios estribaban en la meticulosa preparación para dar la bienvenida a una nave del espacio. No, no la bienvenida. Admisión del navío del espacio. Se esperaba que alguien respondiese a aquellos sonidos aflautados y plañideros que llegaban sollozantes a través del sistema solar. ¿Quién eran aquellos visitantes esperados? ¿Qué confiaban en que hicieran? ¿Para qué propósito fue construido el asteroide? ¿Quién lo había hecho? En algún tiempo debía de haber contenido miles de habitantes. ¿Para qué estaban allí? ¿Qué fue de ellos?

    Y cuando el asteroide fue abandonado, ¿qué inconcebible situación dispuso el funcionamiento del transmisor para enviar al espacio llamadas urgentes y luego una señal direccional emitida al instante mismo que la primera llamada fue respuesta? Cuando llegó el navío de Burke, el asteroide lo aceptó sin pregunta alguna y puso en funcionamiento las operaciones mecánicas necesarias para hacer posible que el recién llegado y su tripulación encontrasen facilidades. ¿Qué cosa activó aquel mecanismo después de tantísimo tiempo?

    Los cinco humanos recién llegados, tres hombres y dos muchachas, siguieron a lo largo de la galería excavada dentro del corazón del asteroide. Murmullos, ecos, les acompañaban. Una vez llegaron a un lugar donde existía en efecto el susurro en la galería. Oyeron sus pisadas repetidas con fuerza, como si los habitantes del asteroide fuesen invisibles pero nadie vino.

    —¡No me gusta esto! —exclamó Pam incómoda.

    Luego su propia voz pareció burlarse de ella y al darse cuenta de lo que era, se puso a reír nerviosa. También la risa fue repetida y sonó como algo que parecía una burla dirigida a todos ellos. Era incómodo.

    Llegaron al fin de la galería. Había una escalera que conducía hacia arriba. No había otra parte a donde ir hasta que Burke comenzó a subir, Sandy muy cerca, y Holmes y Pam tras ellos. Keller se quedó en retaguardia. Treparon y comenzaron a oír ruiditos.

    Eran los ruidos aflautados. Se hicieron mayores mientras la expedición terrestre subía y subía. Llegaron a un rellano en donde asimismo había una puerta de metal de esquinas redondeadas. A través de ella y de la otra parte llegaba el sonido agudo de las notas que Burke había oído cientos de veces y que últimamente habían llegado a la Tierra procedentes del vacío. Las notas parecían detenerse y comenzar de nuevo y una vez más detenerse. No era posible decir que procedían de una fuente que hablaba pacíficamente o de dos fuentes distintas en conversación.

    Sandy se quedó profundamente pálida y sus ojos los clavó en Burke. Él estaba casi tan blanco. Se detuvo. Allí no había rastro de hojas en forma de cinta ni olor a cosas verdes, sino sólo aire que era rancio y sin duda como si hubiera estado estancado durante siglos. Allí no había puesta de sol, ni cielo con dos lunas, sino una piedra escalada y sin fisuras. No obstante, estaban los sonidos aflautados...

    Burke posó la mano en el pomo de curiosa forma de la puerta. Giró. La puerta se abrió hacia dentro. Burke entró, con la garganta absurdamente seca. Sandy le siguió.

    Y de nuevo hubo desencanto. Porque allí no había criatura viviente. La habitación era quizá de nueve metros de ancho y otros tantos de largo. Había muchas pantallas de visión y algunas de ellas mostraban las estrellas del exterior con una precisión de detalles que ninguna televisión terrestre podía ofrecer. El sol brillaba como un disco pequeño de un tercio de su diámetro normal. Estaba también disminuida su luz. La vía láctea se mostraba con claridad. Y había muchas pantallas que mostraban magníficas vistas de la superficie del asteroide, todo metal roto, caótico, rocoso y confuso, bruñido sin rastros de óxido. Pero no existía vida. No había siquiera símbolos de vida. Sólo existían máquinas. Advirtieron un enorme y transparente busto de unos tres metros de diámetro. Rayitas de luz relucían dentro de su sustancia. A un lado se mantenía un objeto pequeño muy cerca de parecerse a un disco, a un tercio del camino que va del borde al centro. No tocaba el disco, pero debajo de él y en la superficie circular había un grupito de brillantes rayitas rojas que temblaban y ondeaban. Estaban colocadas en un orden estrictamente matemático que cambiaba lenta, muy lentamente, de manera que pasarían horas antes de haber completado una rotación y presentar de nuevo el mismo aspecto anterior.

    Los sonidos aflautados venían de un cono de metal alto situado sobre el suelo. Otra ya más cercana sostenía una placa redonda hacia el cono.

    —No hay nadie aquí —dijo Sandy con voz extraña—. ¿Qué vamos a hacer ahora, Joe?
    —Esto debe ser el transmisor —murmuró—. La grabación de sonido para la emisión de señales debe estar en alguna parte por aquí. Es posible que esta placa sea una especie de micrófono...

    Keller con la sonrisa resplandeciente señaló hacia un lugar redondo que oscilaban con una extraña luminiscencia. Su luz era algo más brillante y disminuía de acuerdo con la modulación.

    —¡Diablos! —exclamó Burke y el punto luminoso parpadeó brillantemente durante un instante— sí —expresó Burke—. Es un micrófono. Es completamente igual... —el punto luminoso alumbró y se apagó al compás de su voz—, es como lo que yo diría un ojo mágico, en la radio de la Tierra.

    El cono cesó de emitir sonidos aflautados. Burke habló rápidamente y el punto luminoso parpadeó ante la violencia de los sonidos.

    —Creo que estoy transmitiendo a la Tierra. Si es así, está ante el micrófono Joe Burke. Anuncio la llegada de mi navío al asteroide M-387. El asteroide ha sido excavado por dentro y provisto de una esclusa de aire que admitió a nuestra nave. Es... una... —dudó permitiendo que Holmes interviniera.
    —Es una fortaleza.
    —Sí —asintió Burke pesadamente—. Es una fortaleza. Hay armas que no hemos tenido tiempo de examinar. Hay cuarteles para unas guarniciones de miles de personas. Pero no hay nadie aquí. Ha sido evacuado, pero no abandonado, porque el transmisor a punto para enviar la llamada a todo enviar la llamada que no sé que origen oscuro puede tener. Parece que todo ha despertado. Hay una enorme placa aquí que puede ser un mapa estelar, con una escala en la cual los años de luz pueden ser representados por centímetros. No lo sé. Hay unas rayitas brillantes de un color rojo. Se mueven. Hay también una máquina para vigilar esas rayitas. En apariencia eso es lo que hizo poner el transmisor a punto para enviar la llamada a todo el sistema solar.

    Keller de repente se llevó el dedo a los labios. Burke asintió añadiendo:

    —Informaré más tarde.

    Keller dio a un conmutador de una forma extraña después de lo cual pareció azorado. El transmisor se apagó.

    —Tienes razón —dijo Holmes—. En casa saben que estamos aquí, me parece, y tú les has dado bastante en que pensar. Creo que será mejor que tengamos cuidado con lo que digamos abiertamente.
    —Habrá llamadas de la Tierra dentro de poco —asintió Burke—, y podemos decidir si debemos o no usar el código entonces. Keller, ¿puedes tú averiguar donde están los circuitos de este transmisor y hallar el receptor que recogió la señal de Virginia Occidental y cambió la primera emisión a la segunda? Debe ser tan sensitivo como este transmisor es poderoso.

    Keller asintió confiado.

    —Llevará treinta minutos y pico el que ese informe mío llegue a la Tierra y se reciba una respuesta —observó Burke—, su tono va perfectamente y el lado apropiado de nuestro planeta mira hacia aquí. Creo que podemos mientras tanto de que no hay nadie más que nosotros en la fortaleza.

    Su situación era peculiar. Era excitante haber encontrado una fortaleza en el espacio, claro. Aquello era la cosa que podía haber satisfecho a un sabio dedicado realmente y por completo a la ciencia. Burke se daba cuenta de la importancia del descubrimiento, pero era de una forma impersonal. No significaba nada, para Burke, haber llevado a cabo sus propósitos de haber llegado hasta allí. La fortaleza estaba relacionada con un sueño sobre un mundo con dos lunas en su cielo y algo o alguien corriendo desalentado tras un follaje extraterrestre. Pero aquel lugar no era el del sueño, no encajaba en él. El misterio permanecía y la frustración y Burke se quedó en un estado de mente del salvaje que ha encontrado un tesoro que significa mucho para los civilizados, pero que no le hace feliz porque no sabe qué es lo que la civilización puede darle a cambio.

    Frunció el ceño y habló sin acento alguno.

    —Volvamos al navío y preparemos un mensaje clave para enviarlo a la Tierra.

    Abrió la marcha saliendo de aquella habitación llena de muchas máquinas inmóviles pero operando. Las increíblemente perfectas pantallas de visión aún seguían reflejando el cosmos exterior con todas las estrellas y el Sol mismo moviéndose lentamente de una pantalla a otra. Vieron la luz solar y la de las estrellas reluciendo y destellando sobre la superficie rota del asteroide. Ondeando, curiosamente moviéndose, las rayitas rojas del disco de tres metros seguían su movimiento de avance. Keller estaba resplandeciente de entusiasmo cuando empezó a investigar aquellos aparatos.

    Todos volvieron al navío excepto Keller. Desandaron el camino a través de las largas y bien iluminadas galerías. Descendieron por rampas y recorrieron corredores con mucha más luz todavía. Luego llegaron al ramal que había sido bloqueado por una puerta cerrada. Ahora estaba abierta. Pudieron ver cómo la nueva sección se extendía hasta muy lejos. Pasaron por lugares en donde otras puertas habían estado cerradas pero ahora, por el contrario, quedaban de par en par. Pero lo que pudieron ver en esos sitios era una repetición de lo que ya habían visto. Atravesaron el lugar en donde cientos de esferas metálicas de tres metros esperaban ser utilizadas quién sabe cómo. Pasaron junto a la mesa de una sola pata y del compartimiento repleto de lingotes metálicos.

    Finalmente llegaron a la puerta de esquinas redondeadas, las atravesaron y allí estaba su espacionave, con las esclusas de aire abiertas, esperándoles un iluminado túnel.

    Entraron y su sensación fue de un completo anticlímax. Se daban cuenta, claro, que habían hecho un descubrimiento al lado del cual todos los hallazgos de los arqueólogos de la Tierra eran triviales. Habían alcanzado máquinas en funcionamiento que deberían ser más viejas que lo que la imaginación pudiera juzgar, sin óxido alguno porque fueron preservadas de el por el vacío, e infinitamente superiores a cualquier cosa que los hombres hubiesen hecho jamás. Habían alcanzado un misterio que sería un suplicio para cada cerebro terrestre. Las consecuencias de su venida a aquel lugar influirían poderosamente en todo el futuro de la Tierra. Pero ellos, los expedicionarios, se sentían en cierto modo indiferentes.

    —Prepararé un informe —dijo Burke pausadamente—, de lo que hemos visto cuando llegamos, de nuestro desembarco, y de todas esas cosas. Lo pondremos en clave y lo prepararemos para transmitirlo. Podemos utilizar el transmisor del asteroide.

    Holmes miraba decidido el piso del pequeño navío.

    —Tú harás un informe también —dijo Burke—. Tú te has dado cuenta de que esto es una fortaleza. De eso no puede haber ninguna duda. Fue construida y situada aquí para luchar contra algo. No por diversión. Pero yo me pregunto contra quién es lo que había que luchar y porqué fue abandonada por su guarnición, y por qué dejaron dispuesto el transmisor para que funcionase cuando ocurriese no sabemos qué. ¡Quizá todo ha sido una llamada a la guarnición para que vuelva por ser necesaria su presencia! ¡Pero miles de años han pasado...! ¡Haz un informe de todo eso!

    Holmes asintió.

    —Podéis añadir —dijo Pam, estremeciéndose un poco—, que esto es un lugar terriblemente lóbrego.
    —Lo que yo no comprendo —exclamó Sandy—, es por qué no han puesto rótulos o etiquetas. No hay nada marcado. Quienquiera que lo construyó debería saber escribir de algún modo. Una raza civilizada tiene que tener archivos escritos para conservar esa civilización. Pero yo no he visto ningún símbolo o señal ni incluso color utilizado para dar informaciones.

    Sacó un mazo de papel en el qué escribiría los informes de Burke y Holmes y los cifraría, mientras los dos hombres se dirigieron al emisor. Comenzó a escribir, cuidadosamente, la complicada clave del código. Casi de mala gana, Pam se preparó para hacer lo mismo con la narración de lo que Holmes había visto.

    Pero si el entusiasmo estaba calmado en la nave, no había tal reserva en los Estados Unidos; la voz de Burke llegó en una de las emisiones espaciales que cada setenta y nueve minutos alcanzaban la atmósfera terrestre. Hasta entonces habían sido ruidos normales, enigmáticos, aflautados, quejumbrosos, repitiendo por milésima vez su indescifrable mensaje. Entonces una voz humana dijo casi en forma inaudible: «¿...vamos a hacer ahora, Joe?». Se oyó por todo el hemisferio completo, en donde las estaciones observadoras de satélites y los radiotelescopios estaban a la escucha de cualquier emisión espacial.

    Fue un acontecimiento estupendo. Luego la voz de Burke se sobrepuso a los sonidos aflautados: «Esto debe ser el transmisor. La grabación de sonido para la emisión de señales debe estar en alguna parte por aquí. Es posible que esta placa sea una especie de micrófono...» Unos cuantos segundos más tarde se oyó decir: «¡Diablos!». Y más tarde se dirigió él mismo a los escuchas de la Tierra.

    Había pronunciado aquellas palabras dieciocho minutos y fracción antes de que llegasen, a pesar de que viajaban a la velocidad de la luz. Las emisoras de radio abandonaron el asunto que tuvieran por todos los Estados Unidos y dispararon una reacción popular más amplia aún que la producida por las primeras señales recibidas. Todas las emisoras de radio abandonaron el asunto que tuvieran entre manos. Locutores de impecables dicción relataron la noticia y luego se extendieron en un sin fin de tonterías. El hombre había llegado al M-387. El hombre había hablado a la Tierra a través de cuatrocientos cincuenta millones de kilómetros de vacío. El hombre había tomado posesión de una fortaleza en el espacio. El hombre tenía ahora un punto avanzado, un peldaño hacia la escala que le conduciría a las estrellas. El hombre había conseguido... El hombre se había arriesgado... El hombre ahora acababa de dar el paso inicial hacia su manifiesto destino, que era el ocuparse de los miles y miles de planetas que jalonaban la galaxia.

    Pero aquello fue en los Estados Unidos. En otras partes el regocijo fue mucho mayor, especialmente después que un prominente político americano fue acusado de haber dicho que la supremacía norteamericana en la Tierra ya no dejaba lugar a dudas y no permitía desafíos. Y otro número de naciones pequeñas protestaron inmediatamente a la O.N.U. Aquel augusto cuerpo se vio obligado a inscribir en la orden del día una discusión en plena escala de las conquistas americanas en el espacio. Las naciones europeas acusaron de que era pretensión de América monopolizar no sólo los medios prácticos del viaje a los otros miembros del sistema solar, sino todas las fuentes naturales y técnicas obtenidas por tal clase de empresas. Con singular unanimidad, las naciones del bloque ruso exigieron que se repartiese por igual, información en toda la Tierra. Ninguna nación tenía derecho a reservarse para sí los descubrimientos científicos de tal índole. En realidad, aquello era una amarga denuncia por la utilización de un código entre el gobierno yanqui y los humanos del M-387. Se exigía que los expedicionarios respondiesen claramente a cada pregunta científica hecha por cualquier autoridad... sin utilizar para nada claves ni emplear reticencias.

    En efecto, los Estados Unidos presumieron de conquistas hechas por algunos de sus ciudadanos quienes después de escapar al ataque de los proyectiles dirigidos americanos, habían encontrado el primer escalón hacia las estrellas. Pero el resto del mundo exigió furiosamente que los Estados Unidos no se apropiaran de todo el beneficio de aquel hecho. La tensión internacional alcanzó una nueva altura.

    Burke y los otros trabajaban laboriosamente, mientras, reuniendo la poca información obtenida. Encontraron máquinas increíbles cuyos propósitos o forma de trabajar no podían comprender. Hallaron detalles evidentes de una civilización junto a la cual la de la Tierra era intolerablemente atrasada. Pero esa civilización había abandonado el asteroide. Durante el segundo día la masa de indirigibles informes se hizo alarmante. Podía maravillar, pero no podían ser comprendidos. Y lo incomprensible era intolerable. Era posible entender que allá había una máquina con rayitas rojas que habían puesto en funcionamiento a otro mecanismo, el que envió los sonidos de flauta a todo el sistema solar. Ninguna otra cosa se podía entender. El propósito de la llamada permanecía en el misterio.

    Pero los aparatos de comunicación humeaban de mensajes de la Tierra. Parecía como si cada radiotelescopio del planeta estuviese provisto de un transmisor y que a la vez eran capaces de bombardear el asteroide con un espeso layo de argumentos, ofertas, exigencias y amenazas.

    —Esto debería ser divertido —dijo Burke sombrío—. Pero no lo es. Todo lo que sabemos es que hemos entrado en una fortaleza construida para defender a una civilización de la que nada sabemos, excepto que no pertenece al sistema solar. Conocemos que ha sonado una alarma, para llamar a la guarnición de esta fortaleza y ordenar que regrese, pero no vienen. Nosotros sí. Tenemos ligeras evidencias de que una flota de combate o algo similar se encamina hacia aquí y que intenta destruir esta fortaleza y posiblemente la Tierra. ¡Uno se imaginaría que esa clase de noticias podrían calmar a los de allá abajo, a los de nuestro planeta!

    En el receptor de onda ultracorta se vio tan repleto de mensajes que era imposible mantener una comunicación con él. Nadie podía entenderse al llegar toda clase de emisiones a la vez Burke tenía que mandar un mensaje a la Tierra en código, especificando una nueva y secreta extensión de onda, antes de que fuera imposible mantener un doble contacto con el planeta. Pero los mensajes continuaban viniendo, cada uno clamando por algo o exigiendo beneficios para la ciencia de su país.

    En el principio no había nada en absoluto, y luego fueron creadas las cosas, y la maravilla de la creación fue muy grande. Cuando aparecieron los hombres se maravillaron al ver la riqueza y hermosura de lo que les rodeaba, y sus vidas se vieron llenas de asombro ante las miríadas de objetos en el aire, y en la tierra y en el mar. Durante infinidad de siglos los humanos estuvieron atareados tomando nota de todo lo creado. Y se olvidaron de que pudiera existir algo con la condición del vacío.

    Pero allí estaban seis personas de cierto sistema solar que sabían realmente lo que significaba el vacío. Cinco de ellas estaban en el interior de una fortaleza que era a la vez un asteroide y un misterio. La otra en un objeto tosco que flotaba rápidamente viniendo de la Tierra. Esa se llamaba Nikolai. Sus apellidos no importan. Nació en un pueblecillo de los Urales y de niño jugaba con barro, ramas, perros y otros chiquillos.

    Cuando creció atiborró su cabeza con cosas sacadas de los libros y algo pareció racional y maravilloso, y algo no tuvo sentido para él pero era creído por todo el mundo. Y ¿cómo podía ir él sólo contra los sapientes camaradas que asumían el gobierno y protegían al pueblo de las guerras y hambres y las maquinaciones de los infames capitalistas?

    Cuando joven, fue considerado prometedor. De haberse interesado en tales materias, pudo haber hecho una moderadamente triunfal carrera en política, tal y como la política se practicaba en su nación. Pero le gustaban las cosas. Las cosas reales, tangibles y verdaderas.

    En la universidad, cuando era estudiante, tenía en su habitación un canario. Lo quería mucho. También había una chica con la que soñaba espléndidas cosas. Pero en Besarabia hacían falta maestras de escuela y la muchacha tuvo que irse allí, a enseñar a los niños. Ella lloró al abandonarle. Después de aquel episodio, Nikolai estudió con algo de desesperación, tratando de olvidarla porque no podía tenerla.

    Pensaba en todos aquellos acontecimientos del pasado mientras era arrastrado cada vez más lejos de la Tierra. Constituía el pasajero, la total tripulación del artefacto tripulado que su gobierno había preparado para que fuera a investigar las extrañas señales que provenían del espacio. Era voluntario, naturalmente. Constituía un gran honor haber sido aceptado y durante algún tiempo casi se olvidó de la maestrita de escuela de Besarabia. Pero ahora de aquella designación honrosa hacía largo tiempo. Al principio le agradaba recordar la partida, cuando unos hombres alegres y formularios le instalaron en el sillón anti acelerador y le dejaron allí dentro, abandonado, solo, quedando sumido en mortal silencio —sólo roto por el tic-tac implacable de un reloj— mirando hacia arriba hasta oír un rugido mayor que todos los rugidos posibles y un estrujamiento de algo hecho de carne y hueso y después un horrible sentido de peso creciente, que aumentaba y aumentaba hasta que perdió la conciencia.

    Podía recordar todo eso, si así le placía. Conservaba una memoria clara de su vuelta a la vida y de sus esfuerzos por transmitir la señal que diría a los de abajo que había sobrevivido al despegue. En la cabina habían aparatos mecánicos, automáticos, electrónicos que informaban de cuanto era necesario saber sobre las bandas y cinturones de mortal radiación que rodeaban al planeta Tierra. Pero Nikolai prefirió informar de viva voz porque así demostraba haberlos sobrepasado sin daño alguno. Y su cohete seguía adelante, alejándose de la Tierra y del Sol.

    Recibió mensajes terrestres. Voces débiles le aseguraron que su lanzamiento había resultado bien. Su nación se sentía orgullosa de él. Enormes recompensas le aguardaban a su vuelta. Entretanto... Las débiles voces le instruían acerca de lo que tenía que decir para ser grabado en cinta magnetofónica y retransmitido a todo el mundo en su honor.

    Lo dijo, con la Tierra formando una decreciente porción brillante tras él. Siguió marchando. El cuarto creciente que formaba la esfera terrestre se hizo cada vez más pequeño al correr de los días. Se cuidó debidamente de los instrumentos de su vehículo espacial. Se aseguró de que los aparatos se comportaban con propiedad. Inútil despilfarro. De vez en cuando informaba, de viva voz, lo que los ingenios automáticos habían transmitido ya antes con mayores detalles y con superior exactitud.

    Y pensaba más y más en aquella chica —maestra de escuela en Besarabia— y en su canario, muerto ya. Pasaron los días. Se le informó que había llegado el momento de tomar contacto con el cohete nodriza enviado antes que él. Vigiló los instrumentos que le indicarían la posición en el espacio de tal cohete.

    Lo encontró y con sus cohetes auxiliares guio su vehículo hasta establecer contacto con el depósito de combustible. La compleja maquinaria para el reaprovisionamiento entró en funciones. Poco después abandonó el vacío depósito, apuntó con el máximo cuidado su nave y partió hacia adelante una vez más. El choque fue peor que el recibido al despegar de la Tierra y durante largo rato no se dio cuenta de nada. Se sentía terriblemente débil cuando recobró el conocimiento. Así lo mencionó en sus informes. No hubo el menor comentario en las respuestas que recibió de su base.

    Siguió flotando lejos del Sol. Se le hizo imposible localizar la Tierra entre las estrellas. El Sol era más pequeño de lo que podía recordar. No había nada que ver excepto estrellas y más estrellas y el cada vez más diminuto disco solar, que solía antaño salir y ponerse, pero que ahora permanecía estacionario, brillando.

    Así llegó Nikolai a saber del espacio. Había puntos de luz que eran estrellas. Habían distancias ilimitadas. Entre medio estaba el vacío No tenía sensación de movimiento. Salvo que al correr los días del Sol se hacía más pequeño, no se advertía ningún cambio. Todo era vacío. Aunque su vehículo flotara de aquel modo durante diez mil veces diez mil años, las estrellas no aparecerían más próximas. Si podía recorrer la nada y llegar a un punto y regresar a la Tierra, su marcha habría durado siglos y habrían muerto generaciones y naciones antes de poder divisar aquella esfera en cuarto creciente que constituía su planeta natal.

    Si gritaba, ningún hombre podría oírle, porque el vacío no transporta los sonidos. Si moría, no habría tumba a qué bajar su cadáver, ni tierra con qué cubrirlo. Si vivía, le sería imposible posar sus pies en algo sólido, incorporarse y respirar aire puro. Tenía un destino, eso era cierto, pero no estaba convencido de que alguna vez llegara a alcanzarlo, ni se hacía ilusiones acerca de su posibilidad de regreso. Con un esfuerzo apartó de su mente tales pensamientos.

    Se encontró febril y lo mencionó cuando las voces débiles se pusieron en contacto con él. Sospechó, sin emocionarse, que no había pasado indemne la mortal envoltura radiactiva que rodea la Tierra. Le habían asegurado que el tránsito por esa faja letal sería tan rápido que su cuerpo no sufriría el menor daño. Ahora se daba cuenta de que había habido un error. Sus miembros le obedecían con dificultad. Se moría por causa de las profundas quemaduras radiactivas. Pero no sentía nada.

    Las voces le despertaron insistiendo que debía establecer contacto con otro cohete nodriza. Se agotó cuando hizo un ingente esfuerzo para obedecer las órdenes. Se notaba torpe. Se sentía débil. Pero logró localizar el segundo reaprovisionamiento. E incluso efectuó la delicada y altamente técnica maniobra con manos que semejaban pertenecientes a otra persona increíblemente inhábil, quizá las manos de una maestrita de Besarabia.

    Antes de disparar el cohete recién cargado de combustible que haría que su velocidad sobrepasara la velocidad de escape, casi con ironía —y sin embargo, sin el menor asomo de humor— recordó su vida pasada. Se dio cuenta de que quizá aquélla era su última oportunidad para evocar su existencia. Había cosas hechas por él que ningún hombre fue capaz de realizar con anterioridad. Había amado a un pequeño canario y se acordaba de él claramente. Había amado a cierta chica y en su estado actual débil y moribundo la podía ver con más claridad que el atestado y sombrío interior de la cabina de su nave. Y en tercer lugar...

    Tuvo que estrujar su mente para acordarse que iba en tercer lugar. Con la mano posada en el disparador del cohete, se debatió largo rato. ¡Ah, sí! ¡Lo tercero era que había aprendido lo que significaba el espacio!

    Pulsó el botón del disparo. El cohete vomitó llamas y se lanzó hacia adelante. Antes de que el combustible se hubiera agotado, alcanzando una velocidad tan grande que seguiría adentrándose para siempre en el espacio interestelar. Nunca caería hacia el sol, ni incluso al cabo de miles de años.

    El conocimiento del vacío adquirido por los cinco del asteroide, era diferente. Una habitación sin nada, intimida. Una casa vacante, deprime. El asteroide, de más de tres kilómetros de largo, surcado por túneles, corredores, galerías y habitaciones, era como una ciudad desierta. Los que lo abandonaron se encargaron de despojarlo de toda muestra de posesiones personales, pero dejaron tras de sí armas, dispuestas a ser tripuladas y utilizadas. Dejaron un servicio de alarma para que les avisara. La llamada del mecanismo automático era prueba de que el peligro no había sido destruido y que podía volver. Y el plañidero quejido que atravesaba todo el sistema solar, demostraba que dicho peligro estaba volviendo.

    Había una cierta ironía en el hecho de que la Tierra se hubiera visto presa del pánico, cuando parecía que seres inteligentes, no humanos, estaban enviando señales desde el espacio y que al instante entre los terrestres se iniciaran disputas por ser los primeros en prevenirse del peligro, o en aprovecharse de las ventajas e ingenios de los extraños seres cuando Burke informó que no había monstruos vivientes en la fuente de las emisiones misteriosas. La fortaleza y su llamada significaba algo más que la mera existencia de seres vivos extraterrestres. Era prueba de que había entidades espaciales contra las que se tenía que luchar. Demostraba la existencia de naves espaciales de combate o de una guerra mortal en el vacío; o de criaturas que cruzaban el éter entre sistemas estelares para conquistar, y matar, y destruir.

    Y tales criaturas estaban acercándose.

    Burke rechinó los dientes. La Tierra tenía bombas de fusión y cohetes para transportarlas hasta distancias lastimosamente minúsculas en comparación con la escala cósmica. Aquella fortaleza era incomparablemente más poderosa que todo el armamento de la Tierra reunido. La flota que se disponía a atacarla tenía que ser todavía más fuerte. ¿Qué podía hacer el planeta de los hombres contra una armada que osaba atacar el asteroide?

    ¿Y qué podían él, Holmes y Keller hacer contra tal flota, incluso dominando la fortaleza, cuando no comprendían siquiera el funcionamiento de una sola de sus armas?

    Burke trabajó hasta caer agotado, tratando de averiguar los principios fundamentales del armamento de la fortaleza. Había globos que eran con toda evidencia las armas de largo alcance de la guarnición. Estaban almacenados en un tubo de lanzamiento sito en el extremo del compartimiento. Pero Keller no podía descubrir el modo de controlarlo. No habían instrucciones escritas en la fortaleza. Ninguna. Un lenguaje totalmente desconocido y un alfabeto que no fuera familiar hubieran dado lugar a documentos escritos, que hubieran sido útiles en las materias científicas al ir acompañadas de diagramas, como suelen llevar los libros de ciencia. Burke presentía desesperado que incluso en el más hermético de los escritos habría dibujos descifrables. Pero no había nada. Los constructores de la fortaleza no podían haber sido analfabetos, dado los signos de escritura que dejaron a su paso.

    Keller continuó trabajando valientemente. Pero no había pista que indicara el funcionamiento de algo como no fuera el transmisor. Aquel mecanismo era comprensible porque se sabía de dónde venía el mensaje y por dónde era enviado al espacio. Con los aparatos delante, se podía deducir cómo funcionaban. Pero nadie era capaz de conjeturar cómo se podían controlar las armas cuando no se tenía ni la menor idea de su efecto.

    En la tercera noche pasada en el asteroide —la tercera contada por los relojes de la nave, puesto que ni había días ni noches en el interior de los enormes y vacíos corredores de la fortaleza— Burke volvió a tener su pesadilla. Todo le era perfectamente familiar, desde los árboles de largas hojas, hasta las señales de la luna mayor. Volvió a experimentar la inmensa ansiedad tan bien conocida desde tiempo atrás. Se aferró al arma de su mano y se dio cuenta que estaba dispuesto a luchar contra algo inimaginable en defensa de la persona por la que sentía temor. Escuchó tras él los sonidos aflautados y luego advirtió que alguien corría desalentado tras el oscilante follaje que tenía delante. Sintió tanto alivio y alegría que su corazón pareció a punto de estallar. Lanzó un fuerte grito y se precipitó en busca de ella...

    Se despertó en el interior de la espacionave, dentro del túnel de entrada al asteroide. Todo estaba silencioso. Todo estaba en calma. Las luces del compartimiento de control de la nave habían sido rebajadas. No se oía el menor sonido. Las puertas abiertas de la esclusa de aire, tanto la exterior como la interior, dejaban pasar un rectángulo luminoso que se extendía por el suelo.

    Burke permaneció inmóvil, recordando aún las vívidas emociones del sueño.

    Oyó un leve rumor en el compartimiento inferior, ocupado por Sandy y Pam. Alguien subía por la escalera. Burke parpadeó en la semioscuridad. Vio que se trataba de Sandy. La muchacha cruzó el compartimiento en dirección a la esclusa.

    Muy silenciosamente cerró primero la puerto exterior, luego la interior. Las aseguró ambas con el cierre hermético.

    —¿Por qué haces eso, Sandy? —dijo Burke incorporándose.

    La muchacha se sobresaltó violentamente y se volvió hacia él.

    —Pam no podía dormir —dijo en voz baja—, dice que esta fortaleza es lóbrega. Presiente que hay algo escondido, algo mortífero y espeluznante. Cuando se deja la esclusa de aire abierta, tiene miedo. Por eso cerré.
    —Holmes y Keller están fuera —repuso Burke—. Keller está tratando de averiguar dónde están las plantas motrices, las fuentes de energía que abastecen a las luces, la calefacción y todo lo demás. No podemos dejarles fuera.

    Sandy, obediente, abrió de nuevo las puertas de la esclusa. Luego se dirigió hacia la escalera que conducía al departamento inferior.

    —¡Sandy! —exclamó Burke algo contrito—, sé que me estoy comportando como un idiota.
    —No, lo estás haciendo muy bien —repuso Sandy. Se detuvo en lo alto de la escalera—. Descubriendo esto —y agitó una mano en su torno—, has logrado poner tu nombre en los libros de historia. Claro está que la gente que tenía la intención de ser los primeros en viajar por el espacio te tendrán antipatía. Pero lo estás haciendo perfectamente.
    —Yo no lo creo así —contestó Burke—. Estoy pensando en ti. Iba a pedirte que te casaras conmigo. Pero no lo hice. Si sobrevivimos a esto, ¿me aceptarás?

    Sandy le contempló atentamente iluminado por la tenue luz del inferior de la nave, la mayor parte de la cual entraba por las puertas de acceso de la escotilla de aire.

    —He de poner algunas condiciones —le repuso con llaneza—. No quiero ser plato de segunda mesa, quedar pospuesta a alguien que se oculta tras el imaginario velo de follaje de un sueño. No quisiera ponerte estas condiciones, Joe. Pero no podría soportar que sintieras que quizá al casarte conmigo perdías la oportunidad de encontrarla a ella... quienquiera que sea a dónde quiera que esté.
    —¡Pero jamás sentiría de ese modo! —protestó Burke.
    —Yo creería que sí —contestó Sandy—. Lo que sería poco más o menos igual. Creo que cometí un error embarcándome en esta espacionave, Joe. Si no hubiese venido quizás me hubieras echado de menos. Incluso pudiste... —frunció el ceño— ...pudieses haber soñado conmigo. Pero aquí estoy. Y no puedo competir con ningún ser ilusorio. No quiero siquiera intentarlo. No... no puedo imaginarme casada con otra persona, ¡pero si tuviera que casarme quisiera ser la única chica con la que soñara mi amado!

    Bruscamente se volvió hacia la escalera, pero dijo:

    —No me has preguntado por qué Pam tiene miedo o qué es lo que se lo produce. Hay un lugar en la segunda galería que tiene una puerta cerrada todavía. Pam siente estremecimientos al pasar por delante. Yo no. A mí me impresiona todo este lugar.

    Bajó por la escalera. Minutos más tarde llegaron Holmes y Keller.

    —La maquinaria del transmisor acaba de dar un nuevo cambio —dijo Holmes secamente—. Aquellas lucecitas rojas del disco de plástico son en apariencia las que pusieron en funcionamiento a la emisora. Cuando se recibió respuesta a la llamada, automáticamente se varió la emisión, añadiendo una señal direccional. Precisamente antes de que partiéramos de la Tierra las líneas rojas pasaron por encima de otro punto y volvió a alterarse la emisión. Ahora acaban de pasar por un tercer lugar. Estábamos allí cuando el mecanismo se movió girando hasta colocarse muy cerca de las rayitas rojas, como si las vigilara. La potencia del transmisor ha aumentado cuatro o cinco veces con respecto a su volumen anterior. Deben utilizarse cientos de miles de kilovatios en antena. La situación parece grave. Cualquier cosa que representan las rayitas rojas debe estar muy cerca.

    Keller agitó la cabeza asintiendo, ceñudo, luego él y Holmes se dispusieron a acostarse. Pero Burke estaba trastornado. Sabía que no le sería posible dormir.

    —Pam se estremece cuando pasa por cierta puerta de la segunda galería. Yo no me he dado cuenta pero voy a abrirla. ¡Examinaremos cada compartimiento de este asteroide! ¡En alguna parte debe haber algo que nos dé las informaciones que necesitamos! Cuando salga cerrad la esclusa para que Pam pueda dormir.

    Salió. Holmes miró a Keller.

    —¡Divertido! —dijo secamente—. Estamos todos asustados. Yo mismo me siento inquieto desde que llegamos... y no sé porqué. Pero si Joe está tan asustado como yo, ¿por qué se molesta en recorrer a solas este lugar?

    La misma pregunta se le había ocurrido a Burke. La atmósfera de los iluminados pasillos era ominosa y misteriosa. Un hombre solo en un vasto y abandonado edificio sentiría escalofríos incluso a plena luz del día y pudiendo ver a otros seres humanos sólo con asomarse a una ventana. Pero en aquel monstruoso complejo de túneles y habitaciones excavados en la sólida roca, con un aislamiento de incontables miles de millones de kilómetros de vacío, el sentimiento de soledad experimentado era increíble. Pensó con tristeza que un perro sería un consolador compañero en una excursión como aquélla.

    Bajó por la larga galería con puertas a ambos lados. Pasó la habitación de las pilas de lingotes. Cruzó por delante de la puerta a través de la que se veían cientos de esferas de tres metros de diámetro. Subió por una rampa. Pasó los cuartos con camastros. Fue un largo recorrido por aquel pasillo. Todo vacío, vacío, vacío. Únicamente el eco de sus pasos llenando el ambiente.

    Tres veces se detuvo ante puertas cerradas, pero ninguna lo estaba con llave. Todas cedieron en seguida. Luego llegó a la que se había referido Sandy. Manipuló en el pomo repetidamente. Estaba cerrada con firmeza. La dio una patada fuerte y con un click la puerta cedió abriéndose por completo.

    Había luces en el interior, como en todas las estancias exploradas anteriormente. Pero era casi imposible ver los confines de la habitación. Era grande en extremo y contenía estanterías de metal que llegaban hasta el techo. Cada estantería estaba repleta de series de cubetas metálicas, en cada una de las cuales había una fila de porosos cubos negros, también de metal y sistemáticamente dispuestos. Cada cara de los cubos tenía una arista de unos siete centímetros y medio. El color de dichos dados era negro profundo, pero mate. Llenaban por completo las estanterías. Entre grupos de estantes habían pasillos estrechos por los que Burke pudo pasar con facilidad, pero que un hombre más grueso habría encontrado inconvenientes.

    Miró una de las artesas y se quedó asombrado. Cogió uno de los cubos e inmediatamente reconoció el objeto que tenía en la mano. Era exactamente igual al cubo que su tío trajo de aquella cueva del Cromañón, en Francia. Sabía que si lo dejaba caer —aquel objeto encontrado a 450 millones de kilómetros del primer dado que tuvo en sus manos— se fragmentaría en millares de finísimas laminillas.

    Lo soltó deliberadamente. Y se rompió en partículas semejantes a películas de mica, nada más chocar contra el suelo.

    Por una razón ininteligible, Burke sintió ganas de echar a correr. Con un esfuerzo se obligó a permanecer en aquella habitación repleta de millares de enigmáticos cubos. En la Tierra hubo un dado de aquellos. ¿Perteneció a una tribu del Cromañón muerta o desaparecida hace diez, veinte o quién sabe cuántos miles más de años? ¿Cómo había logrado salir del asteroide? Aquello significaba...

    No tardó en regresar a la espacionave. Se llevó uno de los cubos, algo de mala gana. Quería enseñárselo a Sandy. Pero las deducciones derivadas de aquel hallazgo eran asombrosas.

    Los miembros de la guarnición de aquella fortaleza, hacia miles de años, habían visitado la Tierra. Uno de ellos, sin duda, llevó consigo el otro cubo. ¿Por qué? Cuando la guarnición abandonó el asteroide se dejó allí todos los innumerables dados de la habitación cerrada. Dispusieron también un intrincado mecanismo para que les diera una señal de alarma y saber cuándo tenían que regresar. Dejaron así las máquinas perfectas y los globos de tres metros que indudablemente eran armas. No se dejaron nada más útil en el lugar que abandonaban. Pero sí aquellos cubos, a cientos, a miles de ellos.

    El cubo, entonces, podría ser algo. Era imposible que fuera impersonal, como el equipo de la fortaleza que sería inútil en cualquier otra parte. En efecto, los instrumentos del asteroide parecían destinados a comerciar con la muerte. ¿Y los cubos? No. Burke había poseído uno de ellos sin recibir el menor daño. Cuando se rompió en finísimas laminillas brillantes nadie fue lastimado. Para más seguridad tenía el dato de su sueño. Pero el cubo no era un arma pues. Podría ser cualquier cosa, pero nada peligroso.

    Entró en la espacionave y sin motivo alguno cerró ambas puertas de la esclusa de aire. Holmes y Keller estaban durmiendo. No se oía el menor sonido procedente del compartimiento ocupado por Sandy y Pam.

    Burke colocó el negro dado sobre la mesa de control. El cubo de la Tierra, por sí solo, no tenía el menor significado. El museo que alegremente aceptó los artefactos Cromañón regalados por su tío, dijo que aquel dado no tenía importancia. Era sólo apropiado para regalo a un chico de once años. ¡Sin embargo, una habitación atiborrada de tales cubos no podía carecer de importancia!

    Se desentendió de aquel novísimo misterio con un violento esfuerzo de su voluntad. Era un enigma. No obstante, no había intención de que la fortaleza pareciera un misterio a quien acudiese en respuesta a la llamada del espacio. Podía deducir que las señales eran una notificación de una emergencia a la que debíase hacer frente. Los aparatos automáticos del embarcadero de navíos, habían sido creados para ayudar a quien llegara en contestación a la llamada. Pero todo parecía presuponer que quienes llegasen sabrían el motivo de su viaje.

    Burke no lo sabía. La cosa debería tener una simple explicación en la que todavía no había caído. ¡Pero no tenía objeto agotarse pensando! ¿Estaba la clave en su sueño obsesionante? No. Aquello era tan misterioso como el resto.

    Burke se sentía muy solo y deprimido. No podía recabar ayuda para resolver el misterio. La Tierra estaba ahora pasando el punto de conjunción con el M-387 y recorría casi dos millones de kilómetros al día a lo largo de su órbita, con casi la mitad de esa distancia lejos de la fortaleza. Basándose en los cálculos más optimistas, pasarían más de tres meses antes que una flota de emergencia de navíos espaciales iguales al suyo pudieran partir de la Tierra en dirección al asteroide.

    Y Burke estaba razonablemente seguro de que las rayitas rojas habrían alcanzado el centro del disco mucho antes. (Si aquello era algo así como un radar, formando un mapa de los alrededores del asteroide, el punto del observador tenía que ser el centro del disco.) En aquel caso, lo que representaban las rayitas coloradas alcanzarían a la fortaleza antes de que más navíos pudiesen llegar de la Tierra.

    Se sentó con la barbilla caída sobre el pecho, debatiéndose cansinamente con la imposibilidad de hacer frente a una situación en la que la humanidad podía verse envuelta. La consecución de su viaje espacial no le daba sensación de triunfo y el descubrimiento de la fortaleza abandonada no le procuraba particular satisfacción. No, cuando una emergencia desesperada llamaba al servicio a una inexistente guarnición. Burke se sentó en la silla de control y ninguno de sus pensamientos fue animador...


    VII


    «Escuchó la llamada de una trompeta y se puso en pie, abrochándose el equipo familiar. Había otras figuras a su alrededor, en aquel dormitorio, similarmente equipadas. Se lanzaron corriendo a la puerta y se encontró a sí mismo, en una línea de figuras que trotaban abriendo la puerta y corrían a lo largo de un corredor de alto techo. Marcharon pero como hábito, no independientemente. Había otras filas de hombres en movimiento. Algunos corrían en su misma dirección. Los rostros que vio eran duros, amargos, rencorosos. Algunos se perdieron de vista al tomar por corredores laterales. Subió una rampa, con el batir de innumerables pies atronando en sus oídos. De repente, vio menos hombres ante él. Alguno de ellos había torcido a la derecha, atravesando cierto umbral. Otros más desaparecieron igualmente. Ahora era el primero de su fila. Entró por una puerta y vio allí un objeto rechoncho y amenazador. Levantó un costado y se sentó dentro. Se puso un casco y vio el espacio vacío con millones de estrellas reluciendo en la remota lejanía. No era Burke. Era otra persona que resultaba ser el artillero del arma sobre la que cabalgaba. La operación podía ser tal vez un ejercicio de adiestramiento, o quizá una verdadera acción de guerra.

    »Una voz se oyó dentro de su casco. Las palabras eran profundamente extrañas, pero las comprendió. Comprobó la holgura de la palanca de mandos en su maniobra normal. Habló luego con tono crispado y militar diciendo algo así como que estaba preparado para la acción.
    »De nuevo aguardó, sus ojos examinaban el vacío visto a través del interior del casco. Una estrella parpadeó. Asió la palanca y la centró, emitiendo una serie de breves y duras palabras. La voz de su casco dijo: «¡Fuego!». Dio un tirón de la palanca y todo el espacio se vio varios segundos manchado por una flamígera luz. Luego aquella luz comenzó a desvanecerse y alejarse, alejarse, alejarse y allá entre las estrellas algo ardió terriblemente, vertiendo fuego. Y estalló.
    »No obstante, siguió esperando. Escrutaba las estrellas, porque el enemigo podía tener algún modo de detectar el ataque mediante instrumentos y sólo el abierto parpadeo luminoso entre una miríada de motitas de luz podía revelar la presencia de una espacionave enemiga.
    »Largo tiempo después la voz de su casco tornó a oírse y él se relajó, quitándoselo de la cabeza. Asintió mirando a los demás miembros de su batería. Luego volvió a sonar una trompeta y con cierto desaire desmontó del asiento de su artefacto recién disparado y tanto él como sus compañeros esperaron, mientras largas filas de hombres pasaban estólidamente ante el umbral. Al poco estuvieron regresando a los dormitorios. Nadie parecía bien alimentado. Junto con su fila marchaba de una manera cansina, aburrida, pero disciplinada. Oyó decir a alguien que había sido una operación de ojeo por parte del enemigo, probando algún nuevo mecanismo creado para acercarse a la fortaleza. Ocho armas habían disparado al mismo tiempo, la suya era una de ellas. Cualquiera que fuese el nuevo ingenio del enemigo, no había tenido éxito. Pero él sabía que no era necesario tener delante un verdadero contrincante, todo pudo haber sido un mero ejercicio de ensayo. Muchos sospechaban de que no se producía nunca una verdadera acción. Nadie sabía ni podía distinguir los ejercicios tácticos y de adiestramiento de las batallas reales. No obstante, había la posibilidad de que fuese un combate verdadero. Claro. El enemigo había sido el enemigo durante miles de años. Un siglo, o diez, o cien de quietud no significaba que el enemigo hubiese desistido de la lucha...»


    Luego, Burke se encontró mirando fijamente las lucecitas piloto del tablero de control de su propio navío. Volvía a ser él mismo. Recordó el abrir los ojos. Se había dormido, había soñado y ahora estaba despierto. Y así conoció con absoluta certeza que lo que había soñado procedió del cubo negro que se había traído consigo de la habitación cerrada. Pero había una diferencia entre este sueño y aquél que había sido su pesadilla durante tantos años. No podía especificar tal diferencia, pero conocía su existencia. Carecía de los apasionados tintes, repletos de emoción del sueño que casi toda su vida le estuvo acosando. Aquél era algo como entresacado del más vivido de los libros. Era algo que recordaría, pero que no tendría necesidad de preocuparse sobre si podría recordarlo con todo detalle. Mientras que la primera pesadilla...

    Estaba sentado envarado y quieto, rumiando la nueva experiencia, hasta que se oyó algo que se movía saliendo del departamento inferior.

    —¿Sandy?
    —Sí —respondió la muchacha desde la escalera—. ¿Qué ocurre?
    —Abrí la puerta que preocupaba a Pam —dijo Burke. De súbito, las implicaciones de lo que acababa de ocurrirle hicieron impacto en su mente. Aquello era la pista que necesitaba. Ahora sabía... muchas cosas—. Encontré la causa de la construcción de esta fortaleza. Sospecho que sé lo que trataban de decirnos las señales.

    Hubo un momento de silencio roto por Sandy.

    —Ahora subo.

    En pocos segundos acabó de ascender las escaleras.

    —¿Qué es, Joe?

    Burke agitó la mano con un gesto sombrío indicando el pequeño objeto negro de encima del tablero de control.

    —Encontré esto y otros miles más tras la puerta lúgubre de Pam. Sospecho que eso explica la ausencia de símbolos y signos. El cubo contiene información. La conseguí. Es fácil obtenerla dormitando cerca de una de estas cosas. Yo lo hice. Y soñé.

    Sandy le miraba ansiosa.

    —No —prosiguió Burke—. Nada de lunas gemelas ni de follaje oscilante. Soñé que era miembro de la guarnición. Participé en un ejercicio de prácticas de tiro. Ahora sé cómo manejar aquellas enormes máquinas del corredor del segundo piso. Son armas. Conozco su funcionamiento.

    La inquietud de Sandy iba visiblemente en aumento.

    —Esos dados negros son... lecciones. Operan como instructores subliminales. Pam es más sensible a eso que el resto de nosotros. A mí no me afectó hasta que no logré dormirme. Entonces me hallé instruido para realizar una experiencia en forma de sueño. Esos cubos contienen registros de experiencias. Uno las tiene. Uno las sueña. Uno las aprende.

    Se interrumpió para añadir bruscamente:

    —Ahora comprendo mi sueño obsesionante... me parece. Cuando tenía once años poseí un dado como esos. ¡No me preguntes cómo pudo ir a parar al interior de aquella cueva del Cromañón! El caso es que llegó a mí poder. Un día se me cayó de las manos y se partió en un millón de hojitas de materia reluciente. Me guardé una y la coloqué bajo mi almohada para esconderla de mi tía que quería echarla a la basura. Cuando me dormí soñé en el lugar de las dos lunas y los árboles extraños... y el resto.
    —¿Quieres decir que está magnetizado de algún modo —preguntó Sandy indecisa—, y cuando duermes afecta de modo eficiente al cerebro y así sueñas algo... determinado?
    —Exactamente —contestó Burke ceñudo—. La cosa predeterminada particular de este cubo es el modo de operar con esas máquinas que Holmes catalogó como armas. —Luego dijo todavía más sombrío—: Creo que vamos a tener que aceptar la idea de que este cubo es un artefacto destinado a enseñar a la guarnición sin tener que aprender a leer o a escribir o a pensar. Se limitan a soñar tan sólo.

    Sandy quitó sus ojos de él y los posó en el dadito negro.

    —Entonces podremos descubrir...
    —Ya lo he descubierto —se anticipó Burke—. Antes lo sospechaba, pero ahora lo sé. Hay un enemigo contra el cual fue construida esta fortaleza. Hay una guerra que dura miles de años. El enemigo tiene espacionaves y armas extrañas y es absolutamente implacable. Ha de ser encontrado. Y las señales del espacio eran llamadas a la guarnición para que regresara dispuesta a la lucha. Pero ya no existe tal guarnición. Nosotros respondimos en vez de ellos. El enemigo viene desde una distancia de cientos de miles de años de luz y trata a la desesperada de aniquilar las defensas de esta fortaleza y otras similares, y si lo logra habrá una matanza y un sinfín de atrocidades para celebrar su victoria. En estos momentos viene hacia aquí. Y cuando llegue... —la voz de Burke se hizo más ronca—. Cuando llegue no se detendrá sin tratar de destruir este asteroide. Las gentes de la Tierra son enemigas también del enemigo. ¡Porque la guarnición era una guarnición humana!


    VIII


    —No lo creo —dijo Holmes abiertamente.

    Burke se encogió de hombros. Se notaba tenso y por esto le costó trabajo aparecer calmado por completo.

    —¡No es razonable! —insistió Holmes—. ¡No tiene sentido!
    —La cuestión —observó Burke—, no es que tenga sentido, sino que es un hecho. Según la última palabra de la Tierra, siguen insistiendo que el elemento motriz del navío va contra toda razón. Pero estamos aquí. Y hablando de razón, ¿creéis que una persona normal y corriente miraría este lugar y diría así por las buenas: «¡Ah, sí! Una fortaleza en el espacio. ¡Seguro!» ¿Acaso este lugar es razonable?

    Holmes sonrió.

    —Estoy de acuerdo contigo en eso —asintió—. No lo es. Pero tú dices que su guarnición estaba compuesta por hombres. ¡Mira! ¿Has visto algún lugar en que viviesen los hombres sin dejar nada escrito en los sitios más visibles? Dicen que los antiguos egipcios escribieron sus nombres en la esfinge y en las pirámides. Hoy la gente lo hace en las cabinas telefónicas, en los troncos de los árboles, en las paredes y en los bancos de sentarse. Es instintivo en el hombre autografiar sus alrededores. ¡Pero en este asteroide no hay ni una sola línea escrita! ¡Eso no es propio de hombres!
    —De nuevo —contestó Burke—, la cuestión no es la normalidad, sino el hecho.
    —Entonces trataré de demostrarlo —dijo Holmes escéptico—. ¿Cómo trabaja?
    —No lo sé. Pero coloca un cubo a cosa así de un metro de tu cabeza y duérmete. Me pareces que tendrás un sueño singular. Yo lo hice. Creo que la información que consigas en tu sueño concordará con lo que te rodea. Verás algo que no habrás visto antes, pero lo encontrarás natural.
    —Esto tendré que verlo —dijo Holmes—. ¿Qué cubo tengo que usar, o he de hacerlo con todos?
    —Aparentemente no hay manera de decir lo que contiene cada uno de los dados —contesté Burke—. Volví al almacén y me traje una docena. Toma uno cualquiera y coloca los demás a cierta distancia... quizá mejor fuera de la espacionave. Voy a hablar con Keller. Hará buen uso de este descubrimiento.

    Holmes cogió un cubo.

    —Lo probaré —dijo dudoso— a dormir, quizá soñar. ¡De acuerdo! Probaré más tarde...

    Burke avanzó hacia la esclusa de aire.

    —Pamela y yo tenemos que hacer algunos arreglos en nuestro hogar —dijo Sandy.

    Burke asintió abstraído. Salió de la aeronave y se encaminó a lo largo del corredor de kilómetro y medio que giraba en su extremo, llegó al segundo piso y tomó la otra curva, después el vuelo de escalones que le conducía hasta la sala de instrumentos. Mientras caminaba, el sonido de sus pisadas despertaban ecos y ecos en las paredes.

    Tras él, en la nave, Holmes colocó un cubo en posición conveniente y se apoyó en una de las paredes laterales del compartimiento superior del vehículo espacial.

    —Nos vamos abajo —dijo Sandy.

    Pam separó los labios para hablar y no lo hizo. Desaparecieron por la escalera en dirección al departamento inferior. Luego Sandy volvió y cogió los otros cubos.

    —Joe dijo que los sacásemos.

    Volvió a desaparecer. Holmes se instaló cómodamente. Era una de aquellas personas afortunadas que son capaces de descansar a voluntad. En su trabajo normal lo hacía pensando mientras estaba en pie, se movía por su astillero o navegaba en uno de sus propios botes. No era un pensador de los que suelen sentarse para hacerlo. Sentado, se dormía en cuanto quería y eso, para un patrón de yate, era una cualidad útil. Podía pasar días y días dando cabezadas cuando lo encontraba oportuno. En definitiva, le era posible dormitar a voluntad.

    Bostezó una o dos veces y se arrellanó aún más confiado. Al cabo de menos de cinco minutos...


    «Se introdujo en una abertura apenas lo bastante amplia como para admitir su cuerpo. La parte superior dio un golpetazo y quedó herméticamente cerrada encima de su cabeza. Metió los pies en los adecuados estribos y fijó sus manos en los controles. Se produjo una violenta aceleración y salió disparado hacia adelante. Tras él desaparecía la rasgada forma del asteroide. Hizo girar su diminuto navío. Lo condujo fielmente hacia los débiles anillos de rojo resplandor que se centraban en la pantalla visora delante de sus ojos. Condujo y condujo, mientras la fortaleza se reducía a un punto y luego se desvanecía.
    »En cada lado de su navío un globo de acero de tres metros pendía. Los repasó, tenso, al darse cuenta de que muy pronto estaría a la distancia apropiada para disparar contra los nuevos proyectiles sólidos del enemigo. Hizo los ajustes de última hora en el mecanismo de los globos.
    »Los soltó. Se fueron oscilando locamente en el extremo del cable capilar que aguantaría las toneladas de fuerza centrífuga dada a las esferas. Trazó una espiral hacia la oscuridad con un fondo de innumerables estrellas. El enemigo quedaría confuso esta vez. Había desarrollado armas dirigidas con programas de computación. En su último ataque, quinientos años antes, el enemigo había sido derrotado por los globos autodirigidos que alcanzaban una increíble aceleración. Desde el sector de Cathor se informó que en aquel ataque corriente empleaban proyectiles dirigidos con una velocidad de disparo de cientos de kilómetros por segundo, que podrían anticiparse a un globo impulsado por unas ciento sesenta gravedades. Si fuera posible disparar un proyectil sólido para destrozarlos, porque poseían un increíble sistema computador que les permitía calcular la trayectoria de un globo y encontrarse con él en el espacio. ¡El enemigo era muy listo!
    »Los dos globos fueron volteando hacia el enemigo. Unidos, dieron vueltas y vueltas y ningún concebible computador podría calcular el rumbo de cada uno de ellos para que un proyectil pudiera alcanzarlos. No marchaban en línea recta, como suele ser una trayectoria en el espacio. Girando como lo hacían alrededor de un centro común de gravedad, con el plano de su volteo en ángulo agudo con respecto a la línea de vuelo, era imposible apuntarlos con ningún arma del tipo cañón. Su progreso era en series de curvas, cada una a diferente distancia, lo que hacía imposible a un calculador adivinar su dirección. Un radar tampoco podría ofrecer los datos necesarios para el computador. Uno u otro globo podrían alcanzarse, pero era muy improbable.
    »El piloto de la aeronave individual vio la llama blanca que indicaba la explosión. Giró su cohete y voló de regreso hacia la fortaleza. El enemigo, con el tiempo, superaría esta arma. Cuatro mil años antes casi ganaron, al invadir la vieja nación. Ahora se estaban mostrando atrevidos. Hubo un tiempo en que una sola derrota les obligó a retroceder hasta más atrás del saco de carbón para lamerse las heridas durante más de dos mil años. Últimamente hacían a menudo incursiones. Hubo una demostración de fuerza sólo quinientos años atrás y únicamente quince antes que...»


    Holmes, evidentemente, tuvo el sueño extraño profetizado por Burke. Pero Burke estaba entonces en la sala de instrumentos. Keller miraba absorto una pantalla de visión. Mostraba una sección de la superficie exterior del asteroide, roca áspera, desnuda, con la implacable luz solar mostrando el grano y la estructura de los cristales. En donde había una sombra, la negrura era absoluta. Cuando Burke entró Keller dio vuelta a un mando. La imagen cambió ofreciendo la visión de un compartimiento interior de la fortaleza. Era una parte de la masa de habitaciones y galerías que ninguno de los recién llegados había visitado. Paneles y palancas y otras cosas que evidentemente parecían ser conmutadores cubrían sus paredes. Era un centro de distribución de energía. Keller giró hacia atrás el mando y la vista del exterior del asteroide se reinstaló en la pantalla.

    Keller se volvió feliz hacia Burke y dijo parpadeando.

    —¡Mira!

    Se dirigió a otra pantalla que representaba una nueva imagen de la superficie exterior. Giró el mando y la figura se disolvió fundiéndose en otra distinta. Representaba una habitación gigantesca alumbrada como los otros lugares familiares. En su centro había una enorme y mastodóntica máquina, había cúpulas de metal, con grandes varillas de un material plateado uniendo una cúpula con otra. Había escaleras por las que se podía subir a todas las partes altas. A juzgar por los escalones y el tamaño de los tubos de luz, la máquina tenía la altura de una casa de cuatro pisos. Y en el suelo había otras maquinitas más pequeñas, todas inmóviles y enigmáticas.

    —¡Fuerza, energía! —dijo Keller convencido.

    Burke se quedó mirando. Keller recobró la visión original y se dirigió hacia las otras pantallas. Sucesivamente, mientras giraba los mandos, Burke vio compartimiento tras compartimiento. Había uno tan enorme como el primero, el que contenía el generador de fuerza. Estaba lleno de semiesferas atornilladas unos tres metros por encima del suelo sobre diversas columnas, había una red de varillas, de palancas, que parecía dominarlo todo y también existían maquinitas más ligeras sobre el suelo, al lado del conjunto.

    —¡Gravedad! —exclamó Keller con convicción.
    —Está bien —dijo Burke—. Hemos encontrado también algo que puede ser útil junto con esas máquinas. Si es que...

    Keller tendió la mano y se dirigió hacia una pantalla especial. Cuando varió la imagen, la recién aparecida era totalmente distinta a las demás. Era un primer plano. Mostraba una caja rudimentaria, verdaderamente tosca, de metal, empotrada en una pared. Había sido hecha por manos ineptas. Destacaba ver un trabajo tan poco delicado en aquel lugar. Pero lo verdaderamente notable era que la superficie de la caja contenía una inscripción, grabada en el metal con un soplete. Los símbolos, naturalmente, no tenían ningún significado para Burke. Era una inscripción, una muestra de lenguaje escrito.

    Keller se frotó las manos, resplandeciente.

    —Puede ser un mensaje para quien pudiera venir más tarde —dijo Burke—. Es difícil creer que sea otra cosa. Pero no lo colocaron para que lo encontrásemos nosotros. Debió haber sido puesto junto al embarcadero por donde esperaban que llegásemos y por donde en realidad lo hicimos.
    —Ya lo veremos —dijo Keller pensativo—. ¡Vamos!

    Burke le siguió. Keller parecía conocer el camino. Regresaron desandando todo el camino que conducía hasta el embarcadero, lo sobrepasaron y luego Keller torció hacia la derecha por una rampa insospechada. Allí las galerías corrían en todas las direcciones, cruzándose mutuamente y abriéndose y subiendo en número indefinido en lo que podrían haber sido almacenes. Al poco Keller señaló.

    Allí estaba la caja empotrada. Daba frente a un amplio corredor. No pertenecía allí. Era completamente desigual a cualquier artefacto visto, porque parecía haber sido construida sin pericia, sin habilidad. No obstante, se veía la inscripción y los signos escritos parecían también hacer sido hechos con dificultad por los ocupantes del asteroide. Keller, pensativo trató de abrirla. No pudo.

    —Tendremos que utilizar herramientas para fracturar el cierre —dijo Burke.
    —Alguien construyó esta caja —dijo Keller—, poco antes de que la guarnición se fuese. ¡La hicieron aquí mismo!
    —Lo más seguro —asintió Burke—. No tardaremos en abrirla. Ahora escucha, Keller. Yo vine porque creí que el mensaje podría sernos útil. Creo que Holmes ha encontrado algo, lo que sea no puedo ni imaginármelo. Ven conmigo. Hay acontecimientos y quiero celebrar un consejo de guerra. ¡Y cuando digo consejo de guerra, sé lo que significan estas palabras!

    Había camino de regreso a la nave. Cuando llegaron, Holmes estaba despierto y gruñendo por la ausencia de Burke.

    —Tú ganas —exclamó—. Tuve un sueño y no era tal sueño. Ahora sé algo de esos globos de metal, tienen motores y pueden acelerar hasta ciento sesenta gravedades.

    De mal humor contó a Burke lo que había experimentado.

    —No me sorprende mucho —dijo Burke—. He experimentado dos cubos por mí mismo. Me figuro que sirven de entrenamiento para los operadores, sin fatigar sus mentes con otros trabajos cualquiera. Convierten a hombres inexpertos en diestros dentro de una clase particular, así cualquiera puede hacer el trabajo de un perito que de otra parte se necesitaría mucho tiempo para adiestrarlo. En uno de mis dos cubos yo era artillero de una de las máquinas del tercer piso. En el segundo era piloto de cohetes.
    —No había cohetes en mi cubo —protestó Holmes.
    —Diferente período —dijo Burke—. En mi sueño utilizamos cohetes para pelear y la guerra era próxima. El enemigo había arrebatado varios planetas de Kandu —¡o cualquier cosa que sea!— y la situación era mala. Partimos de aquí en cohetes. Luchamos por todo el cielo. Pero luego vinieron suministros de casa y hombres de refresco nos relevaron. —Se detuvo bruscamente—. ¿Cómo vinieron? No lo sé. Pero si sé que no lo hicieron en naves espaciales. Simplemente llegaron y eran novatos y nosotros, los veteranos, les servíamos de guía. ¡Diablos! Holmes, ¡dices que los globos tienen una aceleración de ciento sesenta gravedades! ¡Nadie usaría cohetes si se hiciesen motores o se conociesen motores con ésos!
    —Para ir de acuerdo con vosotros —dijo Sandy de repente con una especie de tono de desafío—, ensayé también un cubo. Y yo era una especie de oficial de intendencia. Tenía la experiencia de ser responsable del suministro y de encontrarme falto de todo e improvisar un montón de cosas para mantener el nivel de vida de los combatientes. No era fácil. Los hombres renegaban y todos teníamos gran escasez. No había lucha en mi tiempo y no la había habido desde varios siglos antes, pero sabíamos que el enemigo no había abandonado el combate y teníamos que estar dispuestos, generación tras generación, incluso si no ocurría nada. Y conocíamos también que en cualquier minuto el enemigo podía arrojarnos algo inesperado, una nueva arma, para destrozarnos.
    —Cubos históricos —exclamó interesado Keller—. Diferentes períodos. ¿De acuerdo?
    —¡Maldita sea, sí! —estalló Burke—. Tenemos ratos de tiempos pasados y de batallas acabadas pero necesitamos saber quién viene y como hacerle frente. Quizá el sueño de los cohetes fue el primero cronológicamente hablando. Pero, ¿cómo pudo una raza sin nada mejor que cohetes llegar hasta aquí? ¿Y cómo pudieron abastecer y construir un lugar como éste?

    No había respuesta. Los hechos debían de encajar de algún modo. Cuando no lo hacían, eran inútiles.

    —Tenemos detalles de información —prosiguió Burke—. Pero no sabemos quién construyó esta fortaleza o por qué, excepto que había una guerra que duró miles de años, con pausas de centurias entre las batallas —agitó una mano irritado—. El enemigo intenta crear nuevas armas. Lo consigue. Las prueban. Inmediatamente son contraatacados y sus ingenios contrarrestados. Pero nosotros no estamos preparados para luchar contra un arma nueva. Quizá el fuerte esté preparado para luchar contra las viejas, ¡pero es que nosotros no sabemos usarlas siquiera! Tenemos que...
    —Creo... —comenzó Keller.
    —Daría cualquier cosa por tener un manual de reparaciones que tratase de las armas inútiles que hay aquí —exclamó Burke airado—. Incidentalmente, Keller acaba de encontrar lo que puede ser una explicación de cómo y porqué fue abandonado este sitio.
    —¿Dónde podrían hallarse los manuales de reparación y servicio? —dijo Keller de repente.

    Se movió casi corriendo, hacia la esclusa de aire. Burke comenzó a maldecir y se detuvo.

    —Un manual de servicio y reparación —espetó—, estaría cerca del equipo a que se refiriera. ¿Cuántas estanterías pequeñas con cajitas hemos visto? ¡Tienen el tamaño justo para alojar cubos! ¿Y dónde están? ¡Cerca de las máquinas de combate, próximas a la puerta de la habitación en donde los globos de diez metros se hallan almacenados! ¡Hay un estante con esas cajas en la sala de instrumentos! ¡Hallamos cómo luchar con esta especie de fuerte espacial! ¡No podemos esperar ayuda, pero si el enemigo ha sido mantenido a raya durante miles de años mientras esa civilización caía, podemos también tratar de seguirle repeliendo unos cuantos miles de segundos más! ¡Vayamos a sacar verdadera instrucción de los cubos apropiados!

    Keller se había ido ya. Los otros le siguieron. Una vez le vieron en la lejanía, corriendo apresurado hacia la sala de instrumentos. Tras él, casi corriendo corredor abajo, Burke se metió en la habitación en donde cientos de esferas de metal esperaban ser tripuladas y entrar en acción de nuevo. En el interior encontró la estantería, con dos cajitas sujetas a ella. Tomó una de ellas y la abrió. Había un cubo negro. Lo tendió a Holmes.

    —¡Toma! —dijo febril—. ¡Encuentra cómo funcionan estos globos! ¡Descubre qué hay en ellos y cómo se tripulan!

    Echó a correr hacia el extremo del corredor, rampa arriba, pasando los supuestos dormitorios y comedores. En el piso superior en donde estaban instaladas las feas máquinas metálicas, cada una en sus cubículos separados, entró. Había estanterías en la parte interior de cada puerta. Cada estantería contenía una sola caja. Burke tomó una, dos y luego se detuvo.

    —Prácticamente todas son parecidas —musitó—. No es necesario.

    Devolvió un cubo a su sitio. Y después se sintió locamente airado. Era necesario que uno fuese capaz de dormitar para utilizar el detallado y vivido material contenido en los cubos negros. ¿Y cómo podía cualquier hombre dormir o dar cabezadas sólo con el propósito de aprender datos que necesitaba con desesperación? ¡Bastaba con precisar aquella información para no poder conciliar el sueño!

    Sandy y Pam le contemplaron mientras permanecía en actitud de profunda frustración con un dado negro en sus manos.

    —Escúchame, Joe —dijo Sandy—. Hemos corrido todos los riesgos, pero si hay que obtener informes de cada cubo, tendrás que dormir cerca de...
    —Cuando me ocurrió aquello —objetó Burke—, yo tenía once años y fue por un momento sólo. Aquel sueño no ha sido afectado por el de los otros cubos que han venido tras él. De todos modos, ¡no importa lo que nos ocurra a Holmes y a mí, es necesario que tengamos todas estas cosas para usarlas! No sé contra quién las utilizaremos. No sé siquiera si tienen algún uso. ¡Pero tengo que intentar ponerlas en funcionamiento, y por tanto tengo que descubrir cómo!

    Sandy abrió la boca para volver a hablar.

    —¡Voy a ponerme en trance de dormir! —añadió Burke—. Holmes está intentando hacerlo, también. Y Keller.
    —No creo que sea necesario —dijo Sandy.
    —¿Por qué?
    —Tú encontraste una especie de librería de cubos. ¿Para qué servirían si uno ha de estar durmiendo para leerlos? ¿Qué práctico podría ser un manual sobre la reparación de las armas, si alguien tiene que dar cabezadas para hallar las instrucciones? ¡No tiene el menor sentido!
    —¡Sigue! —dijo Burke impaciente.
    —¿Por qué no buscar en la biblioteca? —pregunto Sandy—. Como oficial de intendencia, creo saber que había un mecanismo de lectura para los cubos, como un proyector de microfilms. Quizá se lo hayan llevado, pero también...
    —¡Vamos! —indicó Burke—. ¡Si es como dices, es la solución! ¡Y no puede ser de otra manera!

    Recorrieron apresuradamente la vasta habitación llena de estanterías de cubos negros. Estaban almacenados en sus lugares respectivos. En un extremo encontraron un escritorio y una cabina. En la cabina hallaron dos objetos como cascos de metal con unas pinzas en la parte superior. Un cubo encajaría entre las pinzas. Burke instaló febrilmente un cubo en posición y se colocó el casco sobre la cabeza... Su expresión era extraña. Después de un instante quitó el cubo y le dio la vuelta. Volvió a colocarlo. Su rostro se aclaró. Pareció animarse.

    —Lo tenía al revés al principio —dijo secamente—. Esto es mejor que aprender soñando. Te permite examinar las cosas en detalle. Uno sabe que está recibiendo algo. Uno no cree tener experiencia actual. Llevaremos esta otra máquina lectora a Keller, para que pueda comprender el equipo de la sala de instrumentos. Holmes tendrá que esperar.
    —Yo puedo usarlo —dijo Sandy—. ¿No se te ocurre, Joe, que sólo hemos explorado parcialmente la parte alta de la fortaleza? Hemos mirado sólo lo que había entre nosotros y la sala de instrumentos. Hay otros almacenes... ¡Había almacenes! ¡Y los generadores de abajo! ¡Ahora puedo indicar el camino!
    —¿Por qué no sabes algo acerca de las armas? —preguntó Burke.
    —De eso no sé nada —contestó Sandy—. Pero conozco algo sobre la moral de la guarnición. Cuando comenzaron las quejas, la disciplina se reforzó. Y eso dio resultado para los hombres, pero a las mujeres...
    —¡Mujeres! —dijo Pam incrédula.
    —Hubo un experimento —le dijo Sandy—, para ver si podían mantener alegres a los hombres de servicio en un puesto avanzado. Prosiguió durante sólo unos cuantos cientos de años. Creo que no dio resultado. Necesitaban ellas no exactamente suministros militares y en aquel tiempo el cubo que yo utilicé estaba ya grabado, ¡había jaleo entre las cosas de la milicia!
    —Llevaré una de esas cosas a Keller —dijo Burke impaciente—. Eso es lo más importante. Dile a Holmes que no intente dormir. Baja a echar un vistazo a los suministros, si es que quedan. Sospecharía que la guarnición se llevó la mayor parte de todo consigo. Dudo que nos queden muchas cosas que puedan ser útiles.

    Salió de la biblioteca de dados y desapareció.

    —Joe soñaba en una mujer y eso, en consecuencia, no es bueno para ti —dijo Pam incómoda—. Si había mujeres en esta guarnición, utilizando los cubos podía ocurrir que alguien...

    Sandy apretó los labios.

    —Yo no creo que Joe esté pensando en su viejo sueño. Algo mortífero viene hacia aquí. Su mente está en eso. Sospecho que los tres hombres están concentrados en el mismo problema. No hay humor para el romance...
    —¿Crees que no lo he notado? —exclamó Pam con tristeza—. ¡Pero yo iré contigo cuando les enseñes donde están los almacenes!

    Aquel «les» se refería evidentemente a Holmes, cuyas atenciones parecían atraídas por los problemas que presentaba la fortaleza, por más que Pam tratase de desviarlas por caminos más cordiales y de su gusto. Una cosa era estar presente para vigilar y ayudar y animar a un hombre que planea hacer algo notable; pero es menos satisfactorio cuando él se absorbe tanto que ni siquiera se da cuenta de que le vigilan y no puede recibir ayuda y no necesite ánimos. Pam se encontraba disconforme e incómoda.

    Luego, durante un considerable número de horas, actividades absurdamente triviales parecieron ocupar a todos los del asteroide. Burke y Keller se sentaron en la sala de instrumentos, usando cada cual un pequeño casco con un cubo negro en lo alto, entre el par de pinzas. Sus expresiones eran absortas e intensas, mientras parecían agitados por alguna emoción infantil. De vez en cuando uno de ellos cambiaba un cubo reemplazándolo por otro. A su alrededor se veía la multiplicidad de pantallas de televisión, cada una presentando un cuadro de una calidad infinitamente perfecta. Cada decímetro cuadrado del exterior del asteroide podía ser visto por una u otra de las pantallas. Luego, además, estaban las filas de otras pantallas que mostraban cada grado cuadrado del firmamento con todas las estrellas de todas las magnitudes representadas de modo que uno podía utilizar una lupa para descubrir hasta los más finos detalles.

    Una vez, durante las horas en que Burke y Keller estaban sentados quietos, el segundo tendió la mano y giró un conmutador. Nada ocurrió. Todo seguía exactamente como antes. Sacudió la cabeza. Mucho más tarde se fue hasta una de las pantallas en que aparecían imágenes de las estrellas. Movió un mando de una manera especial y la imagen estelar se extendió y extendió hasta ocupar un segundo de arco o menos todo lo que representaba en el rectángulo. Fue el efecto de un telescopio increíblemente poderoso obtenido por el movimiento de un solo control. Keller llevó el mando a su sitio original y la imagen volvió a su antigua escala. Aquellas fueron las únicas acciones que tuvieron lugar en la sala de instrumentos.

    En la parte inferior del asteroide no ocurría mucho más. La entrada a las zonas de energía y almacenamiento no estaba escondida. Simplemente no la había. Sandy y Holmes y Pam recorrieron el corredor con puertas a cada lado y luego bajaron por una rampa, después entraron en unas enormes cavernas llenas de monstruosas cosas metálicas. Allí no había rastro de ningún movimiento, pero gigantescos cables conductores de energía partían de las máquinas hasta impresionantes conmutadores, accionados desde quién sabe dónde.

    Luego existían otras cavernas que debieron haber contenido una diversidad de almacenes. Se veían grandes cajas, rotas para abrirlas y vacías. Había barricas con sólo polvo en su fondo. Había estanterías conteniendo cosas que podían haber sido tejidos, pero que se desmenuzaban al tocarlas. Algunos miles de años en el absoluto vacío habrían depauperado cualquier sustancia que tuviese algún grado de flexibilidad. Aquellos objetos eran inútiles. Había una gran habitación con una máquina singular, de unos treinta metros de alta, pero que no tenía vibración o sonido que indicara que estuviera en movimiento. Sandy opinó decisivamente que era el generador de gravedad artificial. No sabía como funcionaba. Hubiera sido indiscreto experimentar. La muchacha guio a Holmes y Pam a través de corredores relativamente pequeños hasta zonas a las que se veían pequeños compartimientos. Aquello había sido destinado a despensas. Pero estaban vacías. Fueron vaciadas cuando evacuaron el asteroide.

    Luego llegaron a la caja fuerte rudamente fabricada que tenía en su puerta los enigmáticos símbolos.

    —Esto es la cosa que Joe mencionó —dijo Sandy—. Tenían escritura. Era preciso que la tuviesen, para ser civilizados. Pero es la única muestra escrita que hemos visto. ¿Por qué la hicieron?
    —Para decir a alguien cualquier cosa que se olvidaron, seguramente —apuntó Pam.
    —¿Y quién bajaría a aquí? ¿Por qué no colocarla en el embarcadero que es el lugar que se podría esperar que viniese gente?
    —Hacer preguntas así no conducen a ninguna parte —gruñó Holmes—. Es como preguntar cómo y por qué conducto enviaron suministros a la guarnición y relevos. No hay respuesta. Tampoco la hay para indicar en qué forma se fueron.
    —Había naves de servicio —dijo Sandy con voz sorprendida, como si hablase de algo que no se había dado cuenta de que sabía—. Limpiaban y reparaban los ojos de la televisión en el exterior y recuperaban los proyectiles lanzados, etc. Eran navíos de combate modificados, hechos de cohetes ya retirados del servicio. —Dudó, luego prosiguió—: ¡Es raro que no pensase en decirle a Joe todo esto! Parte de los alimentos venían de la Tierra cuando mi cubo fue hecho. Como oficial de intendencia, yo estaba autorizada para permitir cacerías en la Tierra en caso de necesidad. Así los navíos de servicio iban a la Tierra y volvían con mamuts atados al exterior del casco. Después los gigantescos cuerpos tenían que ser rehidratados. A pesar de estar congelados, se secaban en el largo trayecto a través del vacío que separa el asteroide de nuestro planeta.

    Entonces se estremeció un poco.

    Pam la miró extrañamente. Holmes levantó las cejas. Tenía experiencia en los cubos de adiestramiento. Sandy también la tenía pero de otro género. Holmes sintió el instintivo reparo que el hombre experimenta cuando le falta una posición de autoridad en presencia de una mujer.

    —En mi tiempo había incluso un campo de caza en la Tierra, ¡de otro modo no hubiesen podido tener lo bastante para comer!, las mujeres pedían ser enviadas a la Tierra para ayudar al servicio de aprovisionamiento. Ser comisionado para la caza era una recompensa a los servicios ejemplares.
    —Lo que es interesante —observó Holmes—, pero nada revela. ¿Cómo era abastecido normalmente el asteroide? ¿Cómo se fue la guarnición? ¿De dónde vino? ¿Dónde fue? Quizá las respuestas estén en esa caja. Si la hay —añadió—, estará en el mismo lenguaje que la inscripción y no podremos leerla.

    Arqueólogos de la Tierra hubiesen quedado extasiados por cualquier parte de la fortaleza, pero lo que prometiese explicar tanto como Holmes había sospechado que contenía la caja sería un tesoro inapreciable.

    Pero las cinco personas en el asteroide tenían muchos más problemas inmediatos y urgentes que resolver. Siguieron un poco más allá y llegaron a un almacén que había estado ocupado por algo, pero que ahora sólo conservaba los restos de cajas de embalaje. Todas parecían prestas a pulverizarse si se las tocaba.

    —Aquí solían almacenarse armas —dijo Sandy—. Armas de mano. No para defensa de la fortaleza, sino para... la policía disciplinaria. Para los hombres que conservaban a los demás obedientes a las órdenes.
    —Me alegraría tener una pistolita que funcionara —dijo Holmes.

    Pam movió su naricilla de repente. Había percibido alguna cosa.

    —Creo —comenzó— creo...

    Holmes dio una patada a algo que probablemente antaño fue una caja de madera o similar. Se convirtió en impalpable polvo. Se había secado hasta la absoluta disecación. El total vacío durante miles de años había separado sus moléculas. Sólo quedaba, antes de tocarla, una imagen inestable de lo que fue.

    La pulverización no terminó con el objeto golpeado. Se extendió. Una caja se desmenuzó mientras el soporte que otra la proporcionaba desaparecía. Ambas se desintegraron. Sus partículas impulsaron a otras. La disolución se fundió en forma de abanico hasta que nada quedó excepto una alfombra de una materia pardusca infinitamente fina. En un lugar, sin embargo, objetos sólidos permanecieron bajo el polvo.

    Holmes vadeó aquella espesa capa de polvo hasta llegar a lo sólido. Cogió los objetos. Una caja de armas manuales se había disgregado, pero las propias armas conservaron su forma. Tenían cañones de plástico transparente con un interior de partes de metal curiosamente formadas.

    —Esto puede ser interesante —dijo Holmes. Se los metió en los bolsillos. Las armas manuales tenían cañones, culatas y gatillos. Evidentemente estaban fabricadas para disparar.
    —Creo... —comenzó de nuevo Pam.
    —No lo hagas —gruñó Holmes—. Quizá Sandy se acuerde de este sitio de cuando era diferente, pero yo tengo bastante tal y como está. Volvamos a la nave y respiremos un poco de aire fresco.
    —Pero eso es lo que...

    Holmes se apartó. Como los demás, había aceptado mentalmente la vejez como parte de la naturaleza de la fortaleza. Pero la disgregación de las cajas vacías a causa de ser rozadas le impresionaba. Donde tanta generación de la materia existía no se podía esperar encontrar algo útil para una emergencia moderna. Holmes desapareció regresando.

    Pam estaba indignada. Se volvió hacia Sandy.

    —Yo quería decir que percibí aire fresco —protestó—. ¡Y se comporta así!

    Sandy no estaba escuchando. Fruncía el ceño.

    —Holmes puede perderse por todos esos corredores —dijo secamente—. Es mejor que no le dejemos que desaparezca de nuestra vista. Recuerdo el camino por causa de mi sueño.

    Siguieron a Holmes, que volvió hasta los pisos superiores y luego hasta el navío sin guía. Pero Pam estaba profundamente indignada.

    —¡Pudimos habernos perdido allí abajo! —exclamó furiosa cuando estuvieron de vuelta en territorio familiar—. ¡Y ni siquiera se hubiese dado cuenta! ¡Y yo aseguro que percibí aire fresco! ¡No mucho, pero más que este aire estancado y seco que ahora estamos respirando!
    —No puede ser —dijo Sandy con su sentido práctico—. Sencillamente no puede ser, excepto en el navío en donde los jardines murales hidropónicos lo mantienen fresco.
    —¡Pues lo percibí! —insistió Pam.

    Sandy se encogió de hombros. Entraron en la nave, siguiendo a Holmes y lo vieron sentado sombrío al lado de un cubo negro. No iba a ser necesario dormir para sacar algo de él. Había sólo dos cascos lectores de metal que hacían inteligibles los cubos para un hombre despierto y Burke y Keller los utilizaban ahora. Holmes se sintió ofendido.

    Sandy miró el reloj y comenzó a preparar la comida. Pam, pensativa la ayudó.

    Burke y Keller regresaron juntos. Keller parecía pálido. Burke estaba profundamente ceñudo.

    —Hay material para ser enviado en clave a la Tierra —dijo a Sandy—. Keller lo va a escribir. Ahora sabemos cómo manejar los instrumentos de arriba. Mi cerebro está un poco confuso pero creo que no he perdido la razón. Keller ha ido a la carrera y sabemos lo que nos prepara el enemigo.

    Sandy puso platos para cinco.

    —¿Qué es?
    —Gravedad —dijo Burke con llaneza—. Gravedad artificial. No sabemos cómo hacerla. Pero la gente que construyó esta fortaleza sí lo sabía y el enemigo también. Por tanto si ellos han hecho campos artificiales de gravedad para dar a sus espacionaves una masa parecida a la de soles y los han puesto en órbitas muy cercanas uno alrededor de otro. Vienen hacia nuestro sistema solar. ¿Qué ocurrirá cuando objetos con la masa de soles —natural o artificial— penetren entre nuestro sol y sus planetas? Habrán mareas sólidas que harán crujir y resquebrajarse a los planetas dejando libres los fuegos interiores. El Sol perderá su estabilidad. Quizá todo sea una nova de bajo grado cuando las naves del enemigo se hayan ido, dejando tras de sí partículas que alguna vez fueron mundos. ¡De cualquier forma no quedarán seres humanos! Y luego el enemigo seguirá adelante hacia otros sistemas solares como el propio de los constructores de esta fortaleza. ¡No pueden conquistar nada con un arma así, pero pueden destruirlo todo!

    Keller asintió, apenado. Entregó a Pam cierto número de hojas de papel, llenas de su escritura regular y perfecta.

    —Para la Tierra. En código —dijo con tristeza.

    Sandy sirvió la comida que había preparado.

    —Es cuestión de días —exclamó Burke con sequedad—. Nueve semanas. Sólo días.

    Cogió un tenedor y empezó a comer.

    —Así —dijo al cabo de un momento, con una especie de calma antinatural—, tenemos que darnos prisa en apurar la cosa. Allá arriba en la sala de instrumentos hay algunos cubos teóricos (lectura sobre teorías con las que los operadores de la sala deberían estar familiarizados), intentaban descubrir que es lo que podía preparar el enemigo para por lo menos informar antes de que la fortaleza fuese destruida. Se les ocurrió la treta de campos de gravedad solares artificiales como posible, pero parecía enormemente difícil. En apariencia, lo era. Le llevó al enemigo miles de años conseguirla. ¡Pero ahora la tienen, y perfectamente!
    —¿Cómo lo sabes? —preguntó Holmes.
    —El disco con las rayitas rojas —contestó Burke—, es un detector de campos de gravedad. Ve por la misma gravedad, lo que no tiene nada que ver con la radiación. Keller envía instrucciones a la Tierra diciéndoles cómo hacer tales detectores.

    Se dedicó otra vez a comer. Al cabo de un momento volvió a hablar.

    —Vamos a tratar de conseguir alguna ayuda —observó—. Por lo menos intentaremos descubrir si es que pueden ayudarnos. Creo que hay una posibilidad. Hubo una civilización que construyó esta fortaleza. Algo ocurrió. Quizá se colapsó simplemente, como Roma, Grecia, Egipto y Babilonia, allá en la Tierra. Pero, cuando en nuestro planeta una civilización muere puede uno decir que una nación vieja muere, una nación joven y nueva ocupa su lugar. Si la que construyó este fuerte se colapsó, quizá otra distinta se ha levantado. En ese caso, necesitará defenderse a sí misma contra el enemigo lo mismo que la vieja cultura lo hizo. Puede preferir establecer el combate aquí, en vez de su propia tierra. Me parece que podemos ponernos en contacto con ellos.
    —¿Y como vas a buscarlos?

    Burke se encogió de hombros.

    —Tengo una débil esperanza basada en las instrucciones de la caja fuerte metálica que tiene inscripción en su tapa. Voy a coger algunas herramientas para forzarla. Es un juego, no hay nada que perder.

    Comió de manera hosca, pero con muy buen apetito. Sandy permaneció silenciosa.

    —Nosotras vimos la caja —dijo Pam de repente—. Y yo percibí aire fresco allí. No aire puro como aquí en la nave, pero no tan muerto como el de los demás sitios.
    —Cerca de un generador de energía, Pam, suele haber algo de ozono —explicó Holmes pacientemente—. Eso hace las cosas bastante diferentes.
    —No era ozono —protestó Pam con firmeza—. Era aire fresco. No un aire estancado. ¡Fresco!

    Holmes miró a Burke.

    —¿Acaso Keller o tú descubristeis cómo se renueva el aire aquí? ¿Alguien ha puesto en funcionamiento algún conmutador de los aparatos del aire?
    —Aparatos, no —dijo Keller con suavidad—. Intercambio de aire, sí. Encontré y manejé conmutadores para la comunicación con la base. Es posible que sean comunicaciones de emergencia. También otros de alarma. Los pulsé todos. Nada ocurrió.
    —¿Ves, Pam? —dijo Holmes—. Era ozono lo que hacía parecer fresco el aire.

    Sandy permaneció completamente muda hasta que acabó la comida. Luego Holmes se fue de mal humor con Keller para utilizar los aparatos lectores de cubos en la sala de instrumentos e intentar descubrir, contra toda aparente probabilidad, alguna pista o alguna comunicación que hiciera posible hallar algo efectivo que hacer. Holmes se esforzaba por creer que las cosas no eran tan malas como había anunciado Burke y no tan desesperadas como para tener que hallar innecesariamente a los descendientes de una civilización largamente desvanecida para que ofrecieran resistencia al enemigo.

    —Burke es un optimista —dijo Keller con seguridad, poco antes que llegasen a la sala de instrumentos.

    Y en aquel momento, en la pequeña espacionave de plástico, Burke hablaba con Sandy.

    —Si quieres puedes venir conmigo. Hay que mirar un par de cosas. Pam, tú también puedes acompañarnos...

    Pero Pam señaló los papeles que Keller le había dado y dijo con cierta reserva:

    —Cifraré y transmitiré todo esto. Ve adelante, Sandy.

    Sandy se levantó. Siguió a Burke fuera de la nave. Empezaba a darse cuenta de que era la primera vez desde que entrara en el navío que ella y Burke podrían hablar sin molestos testigos. Por dos veces habían conversado mientras los demás estaban posiblemente dormidos. Desde luego era la primera vez que lo hacían a solas.

    Cuando atravesaron la puerta de las esquinas redondeadas, se quedaron aislados por completo. Por encima de sus cabezas, los tubos brillantes cubrían kilómetro y medio de galería en una dirección y casi tanto en la otra. El vasto pasillo no contenía nada que emitiese sonidos excepto ellos dos.

    —Es por aquí —dijo Burke.

    Sandy conocía el camino tan bien como él o quizá mejor, pero aceptó su jefatura. Sus pisadas despertaron ecos y ecos, por lo que se vieron acompañados por incontables reflexiones del taconeo mezclados con los susurros normales del caminar.

    Recorrieron unos cuatrocientos metros a contar desde la puerta del embarcadero y llegaron a una enorme arcada que daba entrada a un corredor que descendía en suave pendiente.

    —Los suministros subían por esta rampa —dijo Sandy.

    Era una afirmación que podía haber sido asombrosa, pero Burke asintió.

    —Aquel cubo acerca de las obligaciones de un oficial de intendencia —prosiguió Sandy con cuidado—, era muy explícito. La situación se estaba poniendo difícil.

    Burke parecía no oírla. Siguieron adelante. Llegaron al lugar en donde Keller se había desviado. Burke señaló silenciosamente la revuelta. Entraron en otra galería.

    —Joe —dijo Sandy suplicante—. ¿De veras es tan mala la situación.
    —Hablando con franqueza no veo la menor oportunidad de salir con bien. Pero eso es sólo el aspecto que presenta el caso ahora. Debe haber algo que se pueda hacer. El problema es averiguarlo. Entre tanto, ¿por qué asustarse?
    —Tú... actúas con miedo —dijo Sandy.
    —Es que lo siento —contestó él—. Conozco varias maneras de acercarse a los problemas. Ninguna de ellas es aplicable al nuestro. Mira, en realidad tampoco es nuestro problema. Nosotros somos espectadores inocentes, sin información acerca de la situación que en apariencia nos matará junto con los demás seres vivientes de la Tierra. Si nosotros supiéramos más acerca de la situación, podíamos encontrar algún resquicio, o introducir algún cambio. En ese caso ha de haber necesariamente información, quizá un mensaje dejado por la guarnición para las gentes que les enviaron aquí. Sin embargo, no puedo comprender como lo instalaron en este lugar. —Disminuyó la marcha examinando cada galería por las que se cruzaban—. Aquí es.

    Llegaron hasta la tosca caja fuerte con la inscripción sobre ella. Estaba colocada en la pared de un corredor, dando frente a una larga galería que venía de un punto lateral. A poca distancia del otro pasadizo, la línea de puertas quedaba rota por una arcada que daba acceso a un compartimiento excavado. La abertura era lo bastante amplia como para mostrar un fragmento de un suelo metálico. No había rastros de que contuviese algo. Otros departamentos cercanos estaban vacíos. La ubicación de la caja fuerte era Inexplicable. Pero la inscripción se veía con claridad.

    —Quizá —sugirió Sandy temerosa—, dice que algo aquí como «¡Explosivos! ¡Peligro!»
    —Me parece que no —dijo Burke.

    Examinó la caja antes. Había traído consigo una herramienta conveniente para el trabajo de abrirla. Se puso a trabajar. Luego se detuvo.

    —Sandy —exclamó con brusquedad—, creo que los generadores de gravedad quedan a un par de pasillos en esa dirección. ¿Quieres ir allí y ver si hay herramientas que puedan servirme mejor que ésta? Busca algún lugar en donde pueda guardarse el utillaje. Si encuentras algo, llámame.

    La muchacha se fue obediente por el corredor excavado y alumbrado. Llegó a la amplia caverna. Allí miríadas de tubos de luz relucían en el techo y estaba también la máquina gravitatoria. Era gigantesca. Tenía seis pisos de altura y un aspecto por entero misterioso.

    La muchacha buscó con cuidado especial el lugar en donde deberían guardarse las herramientas para el uso de los servidores de la máquina.

    Por el rabillo del ojo vio algo que se movía, pero al volverse se dio cuenta de que allí no había nada. Era imposible qué hubiese en la fortaleza otro movimiento que no fuese el de la maquinaria o el producido por uno de los cinco seres humanos recién llegados. El asteroide había estado sin aire durante diez mil años. Era inimaginable la existencia de algo vivo, incluso la de un microbio. Por eso Sandy no pensó en una cosa viviente como causa productora del movimiento. Pero tal noción había existido.

    Miró con fijeza. Allí estaban las máquinas completamente inmóviles. Ninguna de ellas mostraba señal de vibración siquiera. Sandy tragó dolorosamente saliva y sintió un nudo en su garganta. Avanzó, para examinar con cuidado el lugar del movimiento. Miró todas las máquinas. Quizá alguna de ellas tenía algún ajuste automático. Se lo diría a Burke.

    Pasó junto a un grupo de aisladores de unos cinco metros de alto con brillantes cables metálicos conectados por encima hasta llegar a otras cosas enigmáticas comunicadas por pesadas barras plateadas. Pasó ante un cilindro con diales a sus lados. Volvió a ver el movimiento. En lugar distinto. Se dio la vuelta en redondo para mirar.

    Algo de la mitad de la altura de un hombre, con patas de pájaro y pies y un plumaje enrizado y una cabeza con un pico excesivo que parecía una pura caricatura... algo vivo y asustado huyó de ella. Aleteó presa de un pánico ridículo. Movió los inútiles rudimentos de alas. Desapareció en un aterrorizado silencio. Se desvaneció.

    Lo primero que se le ocurrió a Sandy fue que Burke no la creería si le contaba lo que había visto.


    IX


    Burke la encontró como clavada en el suelo. Portaba él una cajita metálica en la mano. No se dio cuenta de la palidez de la muchacha, ni percibió su temblor.

    —Puede que haya conseguido algo —dijo Burke con estudiada calma—. La caja tenía esto. Hay un cubito negro dentro. Esa caja fuerte parece haber sido hecha para llamar la atención sobre este cubito. Me lo llevaré a la sala de instrumentos y utilizaré el aparato lector para conocer su contenido.

    Burke abrió la marcha. Sandy le seguía con la garganta seca. La joven se daba cuenta naturalmente que estaba bajo una casi intolerable tensión emocional. Burke la había hecho acompañarle para estar con ella durante unos instantes, pero ahora parecía tan abstraído que no le era posible salir de su abstracción para decirle algo personal. Ni siquiera era capaz de decir nada.

    Sin embargo, Sandy se dio cuenta de que a pesar de encontrarse tan preocupado, le había pedido que fuera en busca de herramientas a la sala de la máquina gravitatoria, porque ella había sugerido la existencia de algún posible peligre al abrir la caja fuerte. Procuró mantenerla alejada y a salvo mientras él corría el riesgo.

    —No quiero apresurarme, Sandy. ¿Quieres esperarme en nuestra nave? —preguntó bruscamente cuando llegaron cerca del embarcadero.

    Sandy asintió y se dirigió a la espacionave que les había traído a todos de la Tierra. Cuando, una vez dentro, vio a Pam, la dijo temblorosa:

    —¿Hay... alguien más dentro?
    —No —contestó Pam—. ¿Por qué?

    Sandy se sentó estremeciéndose.

    —Creo —comenzó a decir castañeteándole los dientes— ...c-creo que me estoy volviendo histérica. ¡E-escucha, Pam! ¡V-vi algo vivo! ¡Era como un pájaro de esta altura y grande como un...! ¡No hay pájaros de ese tamaño! ¡Es imposible que aquí haya ningún ser vivo, excepto nosotros! ¡Pero lo vi! ¡Y aquella cosa me vio a mí! ¡Y huyó!

    Pam la miró fijamente y la hizo algunas preguntas disparándoselas casi a bocajarro al principio. Pero no tardó en exclamar indignada:

    —¡Lo creo! ¡Eso está muy cerca del lugar en donde percibí olor a aire fresco!

    Naturalmente, aire fresco en un asteroide, a cuatrocientos cincuenta millones de kilómetros de la Tierra, era tan imposible como lo que había visto Sandy.

    Holmes entró entonces, deprimido y cansado. Se había estado llenando el cerebro con el contenido de los dados negros. Sabía cómo se guisaba en las cocinas de la fortaleza, hacía varias centurias. Sabía cómo preparar el asteroide para una inspección efectuada por cualquier oficial de la más alta graduación. Estaba enteradísimo del significado de los toques de clarín empleados antiguamente en la fortaleza en lugar del sistema parlante de altavoces. Pero no encontró ni rastro de información acerca del medio de reaprovisionar la fortaleza, de recibir aire fresco, de obtener refuerzos o relevos del personal, ni el medio de llegar hasta, el asteroide. Se sentía descorazonado, cansado y vejado.

    —Sandy —dijo Pam con aire retador—, vio un pájaro vivo, mayor que un ganso, en la sala de la máquina productora de gravedad artificial.

    Holmes se encogió de hombros.

    —Keller está quisquilloso —observó—, porque cree haber visto movimientos en las pantallas visoras que ofrecen distintos ángulos del interior de todo esto. Pero no está muy seguro de haber visto algo moviéndose. Quizá todos estamos perdiendo la cabeza.
    —Entonces, Joe es el más cerrado de mollera —dijo Pam sombría—. ¡Se preocupa por Sandy!
    —Es muy razonable —contestó Holmes cansado—. ¡Pam, este asunto de averiguar lo que amenaza mortalmente y que está viniendo... y no poder hacer nada... está acabando conmigo!

    Se derrumbó en una silla. Pam le miro ceñuda. Sandy estaba sentada completamente inmóvil, con las manos crispadas.

    Burke regresó veinte minutos más tarde. Su expresión era calmosa.

    —He descubierto dónde fue la guarnición —afirmó—. Me temo que no podremos recabar su ayuda. Ni la de nadie.

    Sandy le miró silenciosa. Se le veía dueño del control sobre sí mismo y no parecía un hombre que se decanta resueltamente por la desesperación, pero la muchacha le conocía muy bien. Para ella sus ojos se habían hundido más en las órbitas.

    —En apariencia ya no queda nadie en el mundo del que vino la guarnición —dijo Burke en un tono del que habla de cosas conocidas por todos—, así que no volvieron allí y es inútil tratar de establecer contacto con dicho mundo. La fortaleza era un puesto avanzado, ya lo sabéis. Se llegaba aquí desde algún lugar muy lejano y fue excavada y armada para luchar contra un enemigo que no pretendía atacarla por sí misma, sino para conseguir conquistar o destruir el mundo o mundos que crearon la fortaleza. —Continuó con una calma extraña—. Creo que el mundo madre de esa civilización tenía dos lunas y algo en el horizonte que parecía una colina, pero que no lo era.
    —Pero...
    —La guarnición se fue —explicó Burke— porque la dejaron abandonada. Quedó a retaguardia para tener a raya al enemigo y la civilización a que pertenecía marchó lejos. La dejaron sin suministros sin equipo, sin esperanzas. La abandonaron incluso sin adiestramiento para soportar tal abandono, porque sus miembros habían sido entrenados por los cubos negros y sólo sabían cómo hacer sus tareas especializadísimas por lo que aprendieron de memoria. Eran únicamente meros soldados, como los destacamentos de Roma dejados atrás cuando las legiones se fueron al sur desde la muralla de Adriano y embarcaron para Gaul. Así, cuando a los de la guarnición no les quedaba más alternativa que abandonar su puesto o morir de hambre —ya que no podían ir tras la civilización que los dejó al albur— se fueron. El cubo de la caja era un mensaje dejado por ellos para sus antiguos gobernantes y conciudadanos, si es que regresaban alguna vez. ¡No es un mensaje agradable, os lo aseguro!

    Sandy tragó saliva.

    —¿Dónde fueron? ¿Qué les ocurrió?
    —Se fueron a la Tierra —dijo Burke sin énfasis alguno—. Por parejas, en grupos de cinco, a docenas, en los navíos de servicio que salían a por carne y que llevaban polizones. Las naves de servicio tenía la misión de traer cuanta carne cobraran las expediciones de caza. Se llevaron a hombres que eran combatientes natos y capaces de enfrentarse con los mamuts o con los tigres de colmillos de sable, o cosas por el estilo. Por eso mismo dejaron el transmisor para que les llamara si acaso el enemigo volvía. Pero eso no ocurrió durante el tiempo de su vida y sus descendientes olvidaron. Sin embargo, el trasmisor no olvidó. Les llamó cuando se presentó la emergencia. ¡Y... los únicos que respondimos fuimos nosotros!

    Sandy dudó unos instantes.

    —Pero si la guarnición se fue a la Tierra —dijo dubitativa—, ¿qué fue de ella? Allí no hay rastros de...
    —Nosotros somos los rastros —explicó Burke—. Ellos fueron nuestros antecesores hace diez o veinte mil años. No pudieron construir una civilización. ¡Eran soldados! ¿Acaso los romanos que se quedaron tras la muralla de Adriano pudieron conservar la civilización de Roma? La guarnición se fue a la Tierra y se volvió salvaje, y los hijos de los hijos de sus hijos levantaron una nueva civilización. La nuestra. Por eso estamos aquí. Ahora nos toca hacer frente al enemigo y obligarle a retirarse.

    Se detuvo y añadió en un tono que parecía completamente tranquilo y sin el menor asomo de desesperanza:

    —Va a ser una tarea ciclópea. Pero es un caso de urgencia. Tenemos que arreglárnoslas sea como sea.

    También era un caso de emergencia para la Tierra, no simplificado por el hecho de que alguien como Burke hubiera aceptado cargar con el peso de afrontarla. La emergencia se desgranaba desde el hecho de que Burke y los demás, a pesar de los esfuerzos en contra de la armada aérea de los Estados Unidos, habían logrado salir al espacio. Se había llegado al asteroide M-387. Naturalmente. Los Estados Unidos se apropiaron después de la gloria producida por tan inmensa conquista. Cosa inevitable. Y fueron de inmediato acusados y denunciados frenéticamente como sospechosos de imperialismo espacial, de monopolizadores del espacio y de intentar la explotación del espacio.

    Pero cuando las industriosas instrucciones de Keller sobre la manera de construir detectores de campos de gravedad llegaron a la Tierra, aquellas sospechas parecieron menos plausibles. Los Estados Unidos comunicaron tales instrucciones a los demás gobiernos. El principio básico era tan nuevo que nadie pudo reclamar su invención, pero era al mismo tiempo tan sencillo que muchos hombres se sintieron avergonzados por no haber caído en él antes. Nadie pudo objetar una ley natural que era evidente una vez explicada. Y la construcción de los mecanismos casi no requería tiempo.

    Al cabo de pocos días, cuando el asteroide poseía un instrumento de tres metros de diámetro, los Estados Unidos tenían uno de igual tamaño, otro detector de gravedades de diez metros de diámetro y otro más de veinte metros a disposición de los investigadores. Los nuevos aparatos dieron datos tales que ningún astrónomo había soñado obtener antes. Apareció una insospechada luna de Saturno, oculta entre el anillo exterior. Todos los asteroides pudieron ser localizados al instante. El misterio de la anómala masa de Plutón fue resuelto al cabo de unas horas de manejar el detector de los tres metros de diámetro.

    Cuando se puso en funcionamiento el mayor de los detectores, graduado en una escala de cincuenta años de luz del espacio, nuestro sistema solar quedó reducido en él a un mero puntito. Pero cuatro estrellas oscuras, una con planetas, y veinticinco sistemas planetarios fueron cartografiadas en un solo día. En aquella fecha misma, no obstante, fue cursada a Keller una consulta. Se le preguntaba por el significado de ciertas rayitas rojas que avanzaban guardando una relación matemática mutua, en movimiento visible y más cerca de la Tierra que Alfa Centauro. Alfa Centauro había sido siempre considerada la estrella más próxima a nuestro planeta. Bajo su magnífico rojo brillante, las rayitas cruzaban y entretejían sus rumbos como si poseyeran un centro común de gravedad. Si tal cosa no hubiera sido imposible, habrían sospechado que se trataba de soles tan próximos que giraban uno en torno de otro en pocas horas. Incluso lo más extraño es que atravesaban el espacio a una velocidad múltiplo de la luz. Treinta veces la velocidad de la luz era algo imposible. Y el curso de aquellos extraños guiones rojos pasaba por el punto resplandeciente que representaba nuestro sistema solar. Todo aquello era absurdo. Pero, ¿qué causaba tal informe erróneo del nuevo mecanismo detector?

    Keller escribió claramente: «Nuestro instrumento muestra el mismo fenómeno. Es evidente que ello ha sido lo que puso en marcha el transmisor que envió a la Tierra las primeras señales. Los datos reunidos sugieren que las rayitas rojas representan campos artificiales de gravedad con fuerza suficiente para combar el espacio y producir nuevas constantes espaciales, incluyendo una mayor velocidad para la luz, haciendo por tanto posible una mayor velocidad a las espacionaves que transportan los generadores de gravedad artificial. Solicitamos que evalúen esta posibilidad».

    Pam cifró el escrito y lo transmitió a la Tierra. Al poco tiempo los astrónomos terrestres se miraron mutuamente con aire desvalido. Porque Keller había dado la única explicación posible. Objetos como soles verdaderos, en estrecha proximidad, destrozarían cuanto se les acercara, convirtiéndolo en una nova fundente. Además, el esquema de moción conjunta de los objetos causantes de las rayitas rojas no podía ser de ningún modo natural. Era artificial. Había un grupo de cosas en marcha hacia el sistema solar de la Tierra. Llegarían dentro de unos cuantos días. Estaban a millones de kilómetros de distancia, pero sus campos gravitatorios eran tan fuertes que se orbitaban mutuamente cada pocas horas. Si tenían campos gravitatorios tenían también masa, que podría ser tan artificial como su gravedad. Y, girando locamente en una danza infernal uno alrededor del otro, diez soles que pasaran a través del sistema solar humano no dejarían detrás otra cosa que destrucción.

    Lo más singular era que los navíos causantes de aquellos campos gravitatorios podían ser tan pequeños como para que ningún telescopio pudiera detectarlos a unos cuantos miles de kilómetros. La destrucción de todos los planetas solares y del Sol mismo podía ser efectuada por simples motitas. No necesitaban utilizar para destruir. La gravitación tiene un sistema de atracción parecido al magnetismo. Los campos gravitatorios sólo necesitan ser creados. Ya lo estaban. Una vez existiendo, podían persistir eternamente sin consumir fuerza o energía, al igual que el Sol y los planetas no gastan energía para mantener su mutua atracción y al igual que la Tierra no desperdicia potencia para conservar cautiva a su luna.

    Los periódicos no publicaron la noticia. Pero, muy calladamente, cada gobierno civilizado del planeta obtuvo instrucciones para fabricar su detector de gravedades. La mayor parte de ellos lo construyó. Y luego, por primera vez en la historia de la humanidad, se produjo un honrado y desesperado intento de agrupar todo el saber de los hombres y todos los recursos terrestres encaminándolos a un fin común. Por excepción, ninguna figura eminente asumió la indigna postura de resaltar su propia dignidad. Por una única ocasión, las gentes permanecieron despreocupadas y sin molestias mientras que las cabezas rectoras envejecían visiblemente.

    Es natural que algunos de los que estaban en el secreto exigieran frenéticos que los cinco de la fortaleza resolvieran un problema que toda la ciencia de la Tierra no sabía ni como atacar. Listas increíbles de cosas de las que se solicitaba información llegaron a Burke, Holmes y Keller. El tercero las leyó con tranquilidad y trató de responder a las preguntas que parecían sensatas. Holmes, resignado, pasó todo su tiempo con los cubos de experiencias, esperando hallar cualquier incidente que les pudiera ser útil. Pam, ceñuda, cifró y descifró sin descanso. Y Sandy vigilaba ansiosa a Burke.

    —Voy a pedirte que hagas algo por mí —le dijo—. Cuando bajamos a los subterráneos, creo que vi algo vivo. Algo con vida.
    —Nervios —contestó Burke—. No puede haber nada vivo en este lugar. No después de tantos años sin aire.
    —Lo sé —admitió Sandy—. Reconozco que es una idea ridícula. Pero Pam se siente inquieta también porque presiente que hay algo fatal en las habitaciones que todavía no hemos recorrido.
    —¿Y bien? —dijo Burke moviendo impaciente la cabeza.
    —Holmes encontró unas cuantas armas manuales —prosiguió Sandy—. Claro que no funcionan. Pero, ¿podrías arreglar una para Pam y otra para mí? —se detuvo para añadir después—. Claro que no tiene importancia que estemos asustadas o no. Ni siquiera importa que haya alguien vivo aquí. Tampoco importa que nos maten. Pero sería más agradable no sentirse indefensas.
    —Las arreglaré —contestó Burke encogiéndose de hombros.

    La muchacha colocó tres de las armas de cañones transparentes ante Burke, diciendo:

    —Me voy a la sala de instrumentos a ayudar a Pam en el cifrado.

    Se fue. Burke tomó las tres armas manuales y las miró sin interés. Pero no hay técnico que no responda al incentivo de un problema de su especialidad. Una cosa tan trivial como unas armas estropeadas logró mantener fija la atención de Burke simplemente porque nada tenía que ver con el desastre que se avecinaba.

    Desatornilló las placas de la culata y miró los sencillos mecanismos del interior. Había claro, una diminuta batería. Al cabo de miles de años, el electrolítico se había evaporado. Burke lo reemplazó con agua de los depósitos de la nave. Hizo lo mismo con las otras dos armas. Luego, curioso, salió por las esclusas de aire y apuntó a una de las paredes del embarcadero. Apretó el gatillo. Se produjo un chasquido y cayó al suelo un fragmento de roca. Probó las otras armas. Disparaban. Pero no era una bala. Los cañones, al ser examinados, demostraron ser sólidos, macizos. Las armas expelían un impulso, un golpe inmaterial que se concentraba en un lugar minúsculo. Golpeaban, pero nada sólido efectuaba el golpe.

    —Probablemente producirían un agujero a través de un hombre —dijo Burke reflexionando.

    Tomó las tres armas y se encaminó a la sala de instrumentos. Mientras lo hacía su mente retornó a la inmediata destrucción que se avecinaba. Era algo inmediatamente arbitrario. El enemigo no tenía motivos para destruir a la raza humana en aquel sistema solar. Los hombres, aquí, habían perdido todo recuerdo de su origen y toda memoria de enemistades nacidas antes de que comenzara a haber una memoria colectiva. Si quedaba alguna tradición de la fortaleza estaría escondida en relatos sobre una edad de oro antes que naciera el mito de Pandora, o de una época de inocencia cuando todo lo necesario se recibía sin esfuerzo. Aquellas historias habían cambiado por el parecido y la semblanza de los que las originaron, claro, y mucho más cuando sufrieron el retoque de generaciones sucesivas más ignorantes y menos civilizadas. Quizá la edad de oro no fuera más que un confuso recuerdo de un tiempo en el que las máquinas hacían el trabajo por los hombres antes de que las máquinas se estropearan y no pudiesen ser reemplazadas por carecer de otras maquinarias para fabricarlas. Quizá el lento progreso de las herramientas, con las que los hombres efectuaban el mismo trabajo que las máquinas, borró o difuminó el recuerdo de otras épocas en las que los hombres no tenían necesidad de utilizar tales herramientas. Incluso las tradiciones conservadas hasta el presente que hablaban de un largo, larguísimo viaje en un barco —leyendas de imposibles y míticos viajes— podían ser el último vestigio del increíble relato de la llegada a la Tierra de los patriarcas que procedían del espacio. Todo tendría que haber padecido la modificación de sucesivas generaciones incapaces de imaginar un viaje a través del espacio vacío, creando por tanto una fluida y más científica explicación de los mitos adornada con fantasías y supersticiones.

    Burke entró en la sala de instrumentos mientras Sandy le preguntaba:

    —¿Pero cómo lo hicieron? No hemos encontrado ningún embarcadero para naves espaciales a excepción del que nos sirvió de entrada. Y si una espacionave no puede viajar a velocidades superiores a la de la luz sin originar una envoltura de masa artificial...

    Holmes se había quitado el casco.

    —No hay nada sobre espacionaves en los cubos —anunció—. De todas maneras el sol más próximo se encuentra a cuatro años luz. ¡A nadie se le ocurriría traer desde tan lejos los aprovisionamientos de toda una colonia! ¡De haber utilizado espacionaves para el abastecimiento tendrían que haber tenido este lugar lleno de huertos y jardines hidropónicos con el fin de evitar sobrecargas inútiles a las naves! ¡Tenían otro medio de enviar mercancías hasta aquí!
    —Cualquiera que fuese ese medio no lo utilizaron para traer carne de la Tierra. El procedimiento empleado era atar la carne a la parte exterior de las espacionaves destinadas al servicio.
    —Otra cosa —dijo Holmes—. Había miles de hombres de dotación aquí. ¿Cómo lograban renovar el aire? Nadie ha encontrado mención alguna de aparatos purificadores del aire en los cubos instructores. ¡No se ve rastro de su posible existencia siquiera! Cierto que hay, o había, un tanque con aire para casos de emergencia. Lo abrieron automáticamente poniendo en libertad ese aire cuando llegamos al embarcadero. ¡Pero no hay una provisión regular ni aparatos para purificar la atmósfera introduciendo oxígeno y eliminando el CO2!
    —¿Por qué no quiere nadie creer que ayer percibí aire fresco? —preguntó Pam con un tono casi plañidero.

    Nadie hizo el menor comentario. Aquello no se podía creer. Burke tendió a Sandy una de las armas. Luego entregó la otra a Pam.

    —Funcionan de un modo parecido al sistema motriz de nuestra nave, que por cierto lo construí inspirándome en esta especie de pistolas. Una batería manual en la culata proporciona energía calórica y la transforma en un golpe mortal sin producir el menor retroceso. Luego de una docena o cosa así de disparos, las armas se enfrían excesivamente.

    Se sentó y Holmes prosiguió casi airado.

    —La dotación de esta fortaleza tenía alimentos. No vinieron en naves. Tenían necesidad de purificar el aire. ¡Y no hay nada con que conseguirlo! ¿Cómo se las arreglaban?

    Keller sonrió débilmente. Luego señaló a un control de la pared.

    —Si eso funcionara se lo podríamos preguntar. Se supone que es la comunicación con la base. Lo puse en posición de funcionamiento. No ocurre nada.
    —¿Sabéis lo que estoy pensando? —preguntó Holmes—. ¡Estoy pensando en un transmisor de materia! Es evidente que nunca alcanzaremos las estrellas en espacionaves limitadas a la velocidad de la luz. ¿De qué servirían viajes que duraran diez, veinte, o cincuenta años en cada trayecto? Pero si hubiera transmisores de materia...
    —Transmisores, no. Transportadores de materia, sí —aclaró Keller.

    Era una diferenciación bastante familiar. Desintegrar un objeto en energía eléctrica o en cargas eléctricas y reconstruirlo en algún lugar distante sería una operación de autodestrucción. No podría tener valor actual. Para transmitir setenta kilos de energía eléctrica —el peso medio de un hombre convertido en corriente— se necesitaría una viga gruesísima para hacerla servir de cable conductor y meses de tiempo si no se la quería fundir con una sobrecarga de potencia. El sistema actual de conversión de una masa en energía eléctrica sería absurdo. Pero si era posible transponer simplemente un objeto de un sitio a otro; si podía ser trasladado de lugar a lugar; si podía arrostrar substitución de lo que le circundaba... ¡Eso sería otra cuestión! La transposición sería instantánea. La translación no requeriría tiempo. La sustitución de posición —un hombre está aquí en este instante y en el próximo se encuentra allá— no haría necesario el aspecto temporal. Tal progreso haría posible cualquier cosa. Una espacionave podía emprender un viaje que durase un siglo. Si llevaba a bordo un transportador de materia, podría ser abastecido de combustible, aire y alimentos en el viaje. La tripulación tendría facilidad para el relevo parcial o absoluto cuando así se deseara. Y al tomar tierra en un planeta sito a cientos de años de luz del planeta origen, la patria de los astronautas quedaría sólo al atravesar el dintel del transportador. Con un aparato de aquella clase una civilización interestelar podía alzarse y medrar, incluso teniendo sus navíos un límite de velocidad en la de la luz. Pero una cultura extendida por cientos de años luz sería inimaginable sin algo que permitiera una comunicación instantánea entre sus partes más remotas.

    —¡Está bien! —exclamó Holmes admitiendo la corrección—. ¡Llamémoslo transportadores! ¡Esta fortaleza tiene que disponer de ellos! No hemos encontrado rastro de las naves del espacio utilizadas para el abastecimiento. Necesitaban renovar el aire. Sólo hemos encontrado depósitos de emergencia para el caso de que el suministro normal de aire fallara. ¿Por qué no buscar un transportador de materia?
    —En cierto modo —dijo Burke—, un sistema telefónico transporta ondas sonoras de un lugar a otro. Los cables no son el conductor genuino de dichas ondas sonoras. Las tenemos aquí y, de repente, ya está allá. Pero tiene que haber una estación transmisora y receptora en cada extremo. Cuando la fortaleza fue evacuada desde la base central, o abandonada a su sino, qué suele ser lo mismo, pudieron muy bien destruir ese medio de abastecimiento.
    —El sistema de aireación no lo ha sido —apuntó Holmes—. No se han utilizado los depósitos de emergencia. ¡Estamos respirando!
    —De todas maneras podríamos intentar hallar aunque sea el extremo de aquí de ese transportador roto —dijo Sandy.
    —Buscadlo vosotros —ordenó Burke—. Keller está buscando algo en los cubos que me hace falta. Me quedaré a ayudarle.

    Sandy examinó el arma que le había sido confiada.

    —Pam dice que percibió aire fresco, allá abajo, donde es imposible que lo haya. El señor Keller creyó haber visto movimientos por las pantallas visoras, igualmente en donde nada puede moverse. Yo sigo creyendo que vi algo vivo en la sala de la máquina de la gravedad, dónde tal cosa resulta inconcebible. Vamos a mirar por allí... Pam y yo.

    Holmes arrastró los pies.

    —También iré con vosotras. Y prometo defenderos contra cualquier cosa que haya sobrevivido diez mil años o más en este lugar sin aire. Tengo la cabeza cansada, luego de experimentar todos esos cubos.

    Abrió la marcha. Burke contempló como las chicas le seguían y cerraban la puerta al salir.

    —¿Qué has encontrado, Keller?
    —Un cubo que trata de los globos —respondió el aludido—. Muy interesante.
    —¿Nada sobre comunicaciones con la base?

    Keller sacudió la cabeza negativamente.

    —He descubierto tres probabilidades para nosotros —anunció Burke—. Todas muy remotas. La primera era encontrar la guarnición ya que los avisos radiados no han dado resultado y recabar ayuda de ellos o de sus descendientes. Localicé la guarnición... en la Tierra. Ese camino no nos servía para nada. La segunda posibilidad era hallar a la civilización que construyó esta fortaleza. Parece ser que se ha colapsado. Ha habido tiempo para crear una nueva civilización pero por desgracia ha pasado ya. La tercera posibilidad es la más remota de todas. Consiste en reunir armas y presentar combate.

    Keller extendió la mano hacia la pila de cubos que había estado experimentando con Holmes ayudados por los cascos lectores. Uno de los dados había sido dejado aparte. Keller lo colocó en el casco vacante y lo entregó todo a Burke.

    —Prueba eso —dijo.

    Burke se puso el casco en la cabeza.


    «Estaba en aquella misma sala de instrumentos, pero vestía uniforme y se sentaba ante un tablero de control. Sabía que había naves de transporte a unos dieciséis mil kilómetros. Habían sido lanzados para fingir un ataque a la fortaleza. Los hombres del servicio de contratácticas los habían ideado. Había motivos para preocuparse. Esta era la tercera ocasión en que naves pretendiendo ser el enemigo habían esquivado y superado la pantalla de globos instalada para evitar tal irrupción. Una vez, uno de los transportes llegó a rozar la roca de la superficie exterior de la fortaleza. Aquello era un triunfo para el personal de contra tácticas, pero también era una prueba de que algún navío del enemigo podría haber barrido la fortaleza y aniquilado la guarnición cien veces antes.
    »Burke maldecía. Había un puntito con un anillo amarillo a su alrededor. Era un globo, presto para partir en cualquier dirección concebible si algún ingenio detector enemigo se ponía a su alcance. Los globos no buscaban al enemigo. Se colocaban donde pudieran ser vistos. Se ofrecían como blancos. Pero cuando algún impulso de radar los tocaba, se lanzaban contra la fuente productora de tal impulso, mientras sus circuitos selectores desarrollaran una potencia increíble en forma de rayo de idénticas características a las del impulso de radar. Aquel rayo, naturalmente, paralizaba o quemaba al ingenio enemigo con quien se habían auto sintonizado. Y además los globos se lanzaban ellos mismos contra el artefacto que los había detectado. Pero lo hacían con una aceleración de ciento sesenta gravedades, lo que hacía innecesario que portaran carga explosiva. Nada podía soportar su impacto. ¡Nada!
    »Pero en las maniobras tres cohetes-transporte los habían eludido. Los del servicio de contra tácticas sabían hacer funcionar a tales transportes, claro, y se suponía que el enemigo no. ¡Pero es que debía ser imposible acercarse hasta la fortaleza! Si la fortaleza era vulnerable también lo era el Imperio. Si el Imperio era vulnerable, el enemigo destruiría sus mundos, volaría sus ciudades, exterminaría su población y sólo la maldad existiría en la galaxia.
    »Una luz destelló en el tablero de control. La pantalla se vio atravesada por una verde raya luminosa. Era el camino de un globo marchando hacia algo que lo había tocado con una señal de radar frecuencia. La aceleración del globo era impresionante. Parecía proyectarse hacia su blanco.
    »Pero su globo no chocó contra nada. Siguió adelante... Una segunda esfera se disparó. Tampoco encontró el blanco. Se perdió en el ilimitado vacío. Su ruta se cruzó exactamente con la del anterior globo. Partió un tercero y un cuarto y un quinto... Cada uno de los cuales se lanzó ferozmente contra la fuente de alguna falsa radiación. Sus trayectorias se cruzaron exactamente en el mismo lugar. Pero allí no había nada...
    »Burke manipuló de pronto una serie de conmutadores, inactivando a los restantes globos que permanecían bajo su control. Cinco se habían auto disparado, en dirección a algo que emitía radiación pero que no existía. Algo que no era sólido. Que no era un cohete-transporte personificando al enemigo. Atacaron a una ilusión...
    »Ante el tablero de control, Burke crispó los puños y golpeó airado la lisa superficie. ¡Una ilusión! ¡Claro!
    »Astutamente hizo algunos ajustes. Le quedaban cinco globos. Eligió uno y cambió el montaje del circuito selector de reflejos. Ahora ignoraría los radares frecuencias. Recogería sólo radiaciones perdidas... frecuencias inductivas de cualquier nave-transporte con el motor en marcha.
    »La luz del globo destelló. Un reguero de fuego verde apareció. Una inmensa llamarada. ¡Blanco! El transporte había sido destruido. Rápidamente cambió el montaje del resto de los globos. ¡Dos! ¡Tres! Tres transportes fueron destruidos en casi dos veces el número de segundos.
    »Se secó la frente perlada de sudor. Era sólo un ejercicio, pero cuando viniera el enemigo aquello podría ser la solución de problemas tales que quizá entrañaran la destrucción de la fortaleza y, como consecuencia, la del Imperio.
    »Cuadrándose militarmente informó de su éxito.»


    Burke se quitó el casco.

    —¿Qué hizo él? —preguntó Keller con amabilidad.

    Burke meditó.

    —El transporte, simulando ser enemigo, debió verter algo en el espacio. Polvo metálico, quizá. Eso formó una nube en el vacío. Luego la espacionave partió y lanzó un rayo de radar a la nube de partículas metálicas. El rayo se reflejó en todas direcciones. Cuando un globo lo detectó, se disparó contra el falso blanco de polvillo metálico. Lo atravesó y prosiguió por el espacio. Los otros globos cayeron en la misma añagaza. Una vez despistadas todas las esferas, los transportes tenían el camino libre de la fortaleza.

    Se sentía casi interesado. Al menos había padecido la fuerte ansiedad de algún desconocido miembro de la dotación, muerto miles de años antes, cuando trataba de lograr un buen disparo en una batalla de adiestramiento.

    —Por eso cambió los circuitos reflejos —añadió Burke—. Evitó que oscilaran con el radar-frecuencia. Los adaptó para hacerlo, en cambio, en otras frecuencias más inesperadas —luego dijo con sorpresa—. ¡Pero no chocaron con las naves! ¡Los transportes estallaron antes de que los globos hicieran impacto en ellos! ¡Explotaron al inflamarse su equipo por causa del rayo de las esferas y sin que éstas llegaran a caer sobre ellos!
    —¡Eran muy listos nuestros antecesores! —asintió Keller angustiado—. ¡Pero no lo bastante!
    —De todas nuestras probabilidades —dijo Burke—, o de lo que creo son probabilidades, la menos prometedora es la de tratar de encontrar algo con lo que luchar. —Se quedó pensando para luego sonreír débilmente—. ¿Viste movimientos inidentificados en las pantallas de visión? Sandy asegura haber visto algo vivo. Yo me pregunto si es que alguien más, aparte de nosotros, ha acudido en respuesta de las señales, ha entrado a la fortaleza por otro conducto y se esconde porque nos tiene miedo.

    Keller negó con la cabeza.

    —Yo tampoco lo creo —admitió Burke—. Parece una locura. Pero puede ser cierto. Es posible. Voy a ahondar hasta el fondo de esto con el fin de hallar una solución a nuestro problema.

    Keller volvió a agitar la cabeza. Burke se encogió de hombros y salió de la sala de instrumentos. Bajó las escaleras y el primer corredor y pasó por delante de las largas filas de emplazamientos en las que se alineaban los monstruos metálicos que había aprendido a manejar gracias a los cubos, pero que eran inútiles para luchar contra campos gravitatorios de impulso y masa igual a las de soles.

    Llegó hasta la última larga galería a la que daba el embarcadero. Vio la amplia cinta blanca de los múltiples tubos luminosos perdiéndose en lo que parecía una ilimitada lejanía. Y vio una diminuta figura corriendo hacia él. Era Sandy. Corría tambaleándose. Parecía falta de respiración, pero mantuvo su velocidad. Burke también rompió a correr.

    —¡Pam! ¡Ha... desaparecido... allá abajo! —balbuceó la muchacha cuando ella y Burke se encontraron—. ¡Estábamos... buscando y Pam gritó! Corrimos hacia ella... ¡Había desaparecido! ¡Y oímos... ruidos! ¡Ruidos! Holmes la está buscando... ¡Joe... ella gritó!
    —Avisa a Keller —respondió Burke haciendo un movimiento como inicio a la acción—. ¿Tienes el arma que te di? ¡Sigue adelante! ¡Trae a Keller! ¡La buscaremos entre todos! ¡Date prisa!

    Echó a correr con todas sus fuerzas.

    Podría parecer irónico precipitarse en auxilio de la hermana de Sandy cualquier cosa que fuera lo que le había ocurrido cuando todos se enfrentaban con el fin de todo el sistema solar. A sangre fría aquel incidente hubiera podido considerarse como carente de importancia. Pero Burke corrió.

    Jadeaba cuando finalizó la rampa que conducía a las secciones inferiores del asteroide. Llegó a la enorme caverna en la que se alzaba la ingente masa de varios pisos de altura de la máquina generadora de gravedad.

    —¡Holmes! —gritó y siguió corriendo—. ¡Holmes!

    No había ido tan lejos antes, pero se metió por túneles con sólo una doble fila de tubos luminosos en el techo y gritó y oyó el reverbero de su propia voz con tonos que parecían una burla. Pero siguió corriendo y gritando.

    Al poco Holmes respondió. Hubo un sinfín de confusos ecos que todavía no habían cesado cuando los dos hombres se reunieron. Holmes estaba mortalmente pálido. Llevaba algo increíble en las manos.

    —¡Mira! —gruñó—. Encontré esto. Lo acorralé. ¡Lo maté! ¿Qué es? ¿Acaso una cosa así se ha apoderado de Pam?

    Sólo un hombre además de él mismo pudo haber formulado tal pregunta. Holmes tenía el cadáver de un pájaro con plumaje moteado y rizado. Le había retorcido el cuello. De pronto lo arrojó a un lado.

    —¿Dónde está Pam? —preguntó fieramente—. ¿Qué diablos le ha ocurrido? ¡Mataré a cualquier ser de la creación que se haya atrevido a hacerla daño!

    Burke disparó un aluvión de preguntas. Algunas ilógicas. ¿Dónde había estado Pam la última vez que la vieron? ¿Dónde se hallaban Holmes y Sandy cuando la echaron de menos? ¿Cuándo gritó?

    Holmes trató de mostrárselo. Pero aquella parte del asteroide era un amasijo de corredores con innumerables puertas dando acceso a un sin número de compartimientos. Alguno de éstos no estaban vacíos por completo, pero ni Burke ni Holmes se molestaron en examinar las piezas de maquinaria o las pilas de cajas que se habrían disgregado en polvo al rozarlas tan sólo. Buscaron como locos, llamando a Pam.

    Sandy y Keller llegaron. Pasaron junto al cadáver del pajarraco matado por Holmes y Keller se quedó extrañamente pálido.

    —¿La habéis encontrado? —preguntó Sandy entre jadeos—. ¿Habéis hallado algún rastro?

    Pero conocía la respuesta. No habían encontrado a Pam. Holmes parecía desesperado, hundido de mortal furia hacia lo que se hubiera atrevido a llevarse a Pam.

    —¡Mirad! —exclamó Burke—. ¡Hagamos las cosas con orden! Fijaos en la estantería del cubo este. Será nuestra señal. ¡Comenzaremos desde aquí! Yo seguiré este corredor transversal y el siguiente. Vosotros tomad los próximos tres corredores paralelos. ¡Uno cada uno! Mirad dentro de cada habitación. Cuando hayamos llegado hasta el siguiente cruce, compararemos notas y designaremos otra señal.

    Se fue por el camino que había elegido, mirando por cada puerta. Misteriosas masas de metal en un compartimiento. Un montón de polvo en otro. Vacío. Vacío. Una pila de muebles metálicos. Otro vacío. Otro más.

    Holmes apareció, abría y cerraba los puños. Sandy surgió también, esforzándose por serenarse.

    —¿Dónde está Keller?
    —Le oí llamar —dijo Sandy sin aliente—. Creí que había encontrado algo y vine corriendo...

    No apareció. Gritaron. Buscaron. Keller había desaparecido. Encontraron la señal desde la que habían partido y desandaron lo andado. Burke oyó a Holmes maldecir asombrado, pero eran tantos los ecos que no pudo entender lo que decía.

    Sandy se reunió con Burke. Holmes no. No respondió a los gritos. Había desaparecido.

    —Permanezcamos juntos —dijo Burke con voz helada—. Ambos tenemos armas. Ten la tuya lista para disparar. Yo haré lo mismo con la mía. Cualquier ser infernal que se haya perdido en este lugar, lo mataremos o él nos matará a nosotros y entonces...

    No terminó la frase. Marcharon los dos juntos, con Burke abriendo la marcha.

    —Buscaremos en cada cuarto —insistió él—. Ten lista esa especie de pistola. No dispares contra nuestros compañeros, si los ves, ¡pero sí contra cua