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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    MARES PELIGROSOS (Anne Edmondson)

    Publicado el martes, noviembre 29, 2016

    CAPÍTULO 1


    RECOBRABA LENTAMENTE LA MEMORIA. Igual que cuando lo operaron de apendicitis. Mientras luchaba por recuperar el conocimiento, escuchaba voces, por momentos fuertes y nítidas, por momentos muy a lo lejos. ¿Eran voces, de veras? Les notaba algo extrañas. El acento no le resultaba conocido. No eran las reconfortantes voces femeninas que uno asocia con enfermedad.

    Toby Varney gimió. El gemido casi lo ensordece, resonándole en la cabeza como un eco. Quería despertarse, salir de esa pesadilla. Sentía las piernas pesadas, y una tremenda opresión sobre el pecho. Pensándolo bien, realmente no sentía las piernas ni los brazos. Sólo sabía que debía tenerlos.

    Con cada ráfaga sucesiva de conciencia, la mente se le iba aguzando un poco más. Se sentía oprimido, aprehensivo. Conocía esa sensación: se despertaba para encontrarse con algo desagradable. ¿Había estado enfermo? ¿Había ocurrido algo? ¿O era que llegaba tarde? ¿Se había olvidado de poner el despertador? Le parecía haber dormido demasiado tiempo.

    Esas voces, que seguían y seguían golpeando en su vacilante conciencia, obligándolo a prestar atención cuando lo único que quería era eliminar el ruido y volver a dormirse. Lentamente, comenzó a concentrarse. Al fin y al cabo, era una sola voz. Ahora podía distinguir las palabras. ¿Podía...?

    Al caer en la cuenta, se sintió abatido. Claro..., claro. Su incierto temor se transformó en un miedo violento, solitario. Miedo a las consecuencias de un acto irrevocable, cometido mucho tiempo atrás. Esperó ansioso que retornara la voz. Es un maldito extranjero —pensó. ¿Por qué diablos no consiguieron alguien que hable bien el inglés? Perdió el conocimiento por un instante. ¿O fue por varias horas? Honestamente, no lo sabía.

    —Tobías Varney.

    La voz extraña le hablaba por los auriculares. Le pareció sentir pinchazos de alfileres y agujas en los dedos. Trataba de no tener miedo. ¿Había salido algo mal? ¿Podía haber estado inconsciente más de cien años? La sensación opresora sobre el pecho provenía de la placa que le habían sujetado contra el corazón, para ayudarlo a latir. ¿Moriría si se detenía? ¿Se había despertado sólo para desvanecerse y morir enseguida? ¿Podría, realmente, volver a ser un hombre común, normal?

    —Tobías Varney... ¿Me escuchas? Presta atención, por favor. Quizás estés somnoliento. ¿Puedes hablar? Trata de decir algunas palabras.

    Atontado como estaba, Toby intentó desesperadamente recordar cómo funcionaban las conexiones. Algo había salido mal, seguro. No se acordaba de cuáles habían sido los planes para la llegada, pero sin duda no era esto.

    —¿Puedes hablar? —La voz era serena—. ¿O escuchar?
    —Sí, puedo escuchar. —Le dolió el hablar, de modo que las palabras salieron confusas. Sentía la lengua demasiado grande y entumecida. Intentó tragar, pero el dolor de garganta fue extremadamente intenso. La tenía tan seca e irritada, que pensó que se iba a ahogar—. Agua —murmuró.

    De inmediato, sintió un leve goteo, unas pocas gotas que se deslizaban por el costado de sus labios. Se acordó de que le habían puesto un tubito en la boca, antes de dormirse, y había bromeado sobre esto con Birensen, el científico grandote y rubio que supervisaba los preparativos. Birensen se había reído, comentando: "Qué lástima que por aquí no le vayan a pasar más que agua durante 150 años, más o menos, cuando esté a millones de kilómetros de distancia, acercándose a su nuevo hogar".

    Millones de kilómetros de distancia. El miedo creció en Toby. Qué horrible pensar que Birensen debía haberse muerto... ¿cuántos años atrás? Muchísimos. No, imposible. Todo era demasiado fantástico. Seguro que habían muerto hacía unas pocas horas, o días. Realmente, no podían haber tenido la esperanza de vivir. Pero, ¿y la voz? ¿De dónde venía? No era la grabación que habían programado en las computadoras para que los despertara y los dejase en libertad.

    La voz pareció leerle los pensamientos. ¿O es que había hablado alto?

    —No temas —dijo. Toby creyó descubrir un estremecimiento de emoción en el acento preciso, meticuloso. Las palabras eran en inglés, pero la pronunciación, muy rara, y a muchas palabras podía reconocerlas sólo por el contexto general. Trató de reconocer la nacionalidad que se escondía detrás de ese inglés híbrido, pero falló por completo.
    —Ha pasado mucho tiempo; ahora ya no hablamos como lo hacían en tu época.

    Nuevamente la voz parecía adivinarle los pensamientos. Como experiencia, era enervante. Toby comenzó a preguntarse dónde se hallaría la nave... ¿estarían llegando a Alfa? Instintivamente se dio cuenta de que las cosas no habían salido bien.

    —No estás llegando a Alfa —dijo la omnisciente voz—. Vienes de regreso a la tierra, de la cual partiste.
    —¿La tierra? Entonces, no puede haber pasado mucho tiempo. ¿Qué ocurrió? —Quería preguntar tantas cosas, pero se sentía aún muy débil.
    —No sabemos a ciencia cierta qué sucedió —respondió la voz—, pero estás en un error: ha transcurrido mucho tiempo, tanto como si estuvieses por llegar a Alfa.

    El ánimo de Toby, que por un momento había renacido, volvió a caer en la desesperación.

    —¿Queda sólo una nave... nosotros? ¿Qué pasó con el resto de la expedición? —Toby hubiera deseado poder pensar correctamente.
    —No sabemos nada del resto de la expedición. Los documentos históricos nos informan que las computadoras que les seguían la pista perdieron contacto en los primeros cincuenta años, pero las naves estaban equipadas para funcionar con sus tripulantes y con sus propias computadoras al acercarse a la meta. Quizás hayan llegado. Algún, día lo sabremos.
    —¿Y qué pasó con nosotros? —Por momentos, Toby se iba sintiendo mejor. El corazón ahora le latía con fuerza, y tenía más confianza.
    —Hace unos treinta años —dijo la voz—, durante un control de rutina, los científicos de aquella época descubrieron que las computadoras —que no habían registrado absolutamente nada durante más de cincuenta años—, mantenían contacto con una cosmonave. Al principio pensaron que debía haber algún desperfecto... que se habían enloquecido. Pero, a pesar de que eran muy anticuadas, se las consideraba instrumentos eficientes, y se sabía que tenían programación para doscientos años. De modo que se estudiaron minuciosamente las extrañas señales, y se pudo establecer que una de las naves de la antigua expedición, tu nave, había girado sobre sí misma y regresaba por su propia huella, desandando el camino recorrido, prácticamente sin ninguna variante.
    —¿Qué suponen que ocurrió? —El científico que Toby llevaba adentro pronto iba venciendo su temor.
    —Los datos astronómicos de ese período sugieren que, casi en la misma época en que fueron despedidos de su curso, podrían haber sido afectados por los tramos finales de la cola de un cometa. Tu nave era la última, ¿no?
    —Sí.
    —Entonces, las otras habrán estado lo suficientemente lejos como para que no las afectase.

    Toby se quedó un momento reflexionando sobre esto; luego, comenzó a preguntarse por sus compañeros de vuelo.

    —¿Qué pasó con los otros que venían aquí conmigo? —preguntó—. ¿No tendríamos que accionar pronto los disparadores?

    Se produjo una pausa. Toby interpretó el silencio como un mal presagio, y el miedo volvió a apoderarse de él. Se sintió descompuesto.

    —¿Estás bien? —preguntó ansiosamente la voz.
    —Sí..., estoy bien, gracias. Hizo un supremo esfuerzo para controlarse.
    —Entonces te explicaré —prosiguió la voz— que pensamos que eres el único tripulante con vida. Las conexiones contigo van por separado y, como eres el piloto, era particularmente importante que estuvieses en condiciones de comandar la nave a la llegada. Las precauciones que tomaron nuestros antepasados te han servido muy bien. Pero las cone-xiones con los demás tripulantes parecen estar interrumpidas por algún cortocircuito. A pesar de que se ha averiado gran parte del equipo, no corres peligro, y te vamos a traer con nuestros propios vehículos espaciales.
    —Entiendo. —Toby se impuso no pensar en los demás. Tal vez lograran despertarlos más tarde. ¿Cómo podía este hombre estar tan seguro, a la distancia, de que no había esperanzas?— Entonces, ¿no tengo que hacerme cargo del aterrizaje? —preguntó.
    —No. Te traeremos nosotros.
    —¿Dentro de cuánto tiempo?
    —Llegarás a la atmósfera dentro de dos horas, pero antes te haremos dormir.
    —¿Dormir? No pueden dejarme inconsciente de nuevo. En este viaje, no. Se ha neutralizado todo el gas, y les será imposible revertir el proceso. —Toby trataba de no demostrar preocupación, pero seguía medio atontado, y se sentía indefenso al estar tan firmemente ceñido.
    —Te hipnotizaremos para que te duermas, es un procedimiento muy común. ¿No lo usaban en tu época?
    —Bueno..., sí. Pero sólo para tener hijos y en casos de poca importancia.
    —Es muy difícil que puedas tener un hijo, mi amigo, pero no temas, nosotros nos encargamos de todo.

    El ánimo de Toby —que había caído hasta el más profundo de los abismos— revivió un poco. Intentó sonreír, pero tenía la cara demasiado rígida. Se alegró de que esta gente tuviera sentido del humor. Eso ya era algo, por lo menos.

    En un principio temió que fuesen tan aburridos y pedantes como el lenguaje que empleaban. Debería haberse dado cuenta de que la voz sabía que tendría dificultad para entender un idioma casi desconocido, y por eso le hablaban como a un niño, o a un extranjero. Quizás también supusieran que llegaría con deficiencias mentales, después de tan largo viaje. Se preguntaba si sería una tarea ardua asimilar los cambios que debían haberse operado en el transcurso de tantos años que lo separaban de ellos. ¿Era él el pasado que ingresaba al futuro? ¿O él, el presente, y ellos, el futuro? Un tema interesante. Perezosamente, pensaba qué teoría, de las muchas que él y sus contemporáneos formulaban acerca del futuro, sería la acertada, si es que alguna de ellas lo era.

    Por un rato, olvidó la preocupación por sí mismo y por sus compañeros, y entregó sus inquietos pensamientos a hacer conjeturas sobre el estado actual del mundo que había abandonado tanto tiempo atrás. ¿La gente tendría el mismo aspecto? ¿Cómo sería la moda femenina? ¿Se vería, aún, a los hombres caminar por las calles de Londres con sombreros hongo? La zona circundante a Cabo Kennedy, ¿se habría convertido en una inmensa ciudad, como Nueva York? Tendría que hacer preguntas, y esperaba que la voz no lo considerase demasiado ridículo.

    —¿Quieres hacerme preguntas? —la voz apareció en el momento preciso.
    —¿Cómo lo supiste? ¿Por telepatía?
    —Puedes llamarla así. Pero nosotros no le damos ningún nombre en particular. Es una de nuestras facultades naturales en la actualidad que, aparentemente, no se había desarrollado al máximo en tu época.

    La voz dijo "desarrollado", y Toby dio un respingo. Hubiera deseado que hablasen inglés como él lo conocía.

    —Ten paciencia —dijo la voz, irrumpiendo en medio de su enojo—. El lenguaje es una de las cosas que más se modifican con el tiempo, especialmente si ese transcurso ha sido violento. En los años posteriores a tu partida, los cambios fueron rápidos y profundos. Los años de caos produjeron en veinte años, más o menos, los mismos cambios que normalmente, se operarían en más de mil años.
    —¿Años de caos? ¿Cuáles fueron? ¿Cuándo?
    —Me resulta imposible explicarte todo en el breve lapso que falta para el aterrizaje. Además, los hechos sucedieron mucho antes de haber nacido yo. No sé bien qué cosas te sorprenderían más. Debes esperar. Pero si hay algo en particular que desees saber... —La bomba.
    —¿La bomba?
    —Sí..., la bomba. Los misiles atómicos. ¿Alguna vez llegaron a dispararlos?
    —Ah, entiendo... Sí, alguien los disparó, y precisamente ése fue el comienzo de los años de caos.
    —¿Me estás hablando de una guerra? —Toby pensó en Rosemary. Aunque se había portado muy mal con él, nunca dejó de quererla. Sabía que debía haber envejecido y muerto mucho tiempo atrás, y la idea lo inundó de una extraña nostalgia, casi un deseo de morir. Le hubiese gustado que muriera en paz, que hubiera tenido la oportunidad de gozar de la vida. ¿Habría muerto en un cruel holocausto? ¿Y su hijo Robin?
    —Pero, si hubo una guerra atómica, ¿cómo aparecieron ustedes? Nosotros siempre creímos —y con mucho fundamento—, que una guerra nuclear significaría el fin de toda vida, que nada sobreviviría.
    —Me parece que quieres saber demasiado en muy poco tiempo —respondió la voz—. Mi especialidad no es la historia, así que debes esperar hasta que aterrices. Shamira se encargará de explicarte. Vivirás en su casa, y ella te contará, todo. Quizás pasen varias semanas, o meses, antes de que puedas llegar a comprender en profundidad.
    —¿Quién es Shamira? ¿Por qué tengo que alojarme en su casa? No quiero parecer un desagradecido, pero creo que me sentiría menos extraño en un hotel. Más independiente —Toby esperaba no haber ofendido a la voz.
    —Te va a ser imposible ofenderme —La voz respondía a sus pensamientos, más que a sus palabras—. Han cambiado enormemente nuestras actitudes hacia los demás. Hoy en día, realmente entendemos y respetamos la individualidad, no como en tus tiempos. Tu deseo de independencia es natural, y cuando te digo que vivirás en casa de Shamira, es sólo porque, al principio, ella será tu guía, y te enseñará a manejarte en el mundo actual. Pero no es necesario que la veas muy seguido, si prefieres estar solo.
    —No. No se trata de eso. Claro que quiero estar con gente. Pero me va a resultar todo tan extraño...

    Una terrible sensación de soledad y tristeza se apoderó de Toby. Se sentía aislado. Ansiosamente, se concentró en el marcapasos que tenía sobre el pecho. ¿Había fallado? No. Funcionaba con intermitencias, complementando los latidos de su corazón. Por el rabillo del ojo advirtió el trémulo gotear del suero. Lo estaban alimentando por vía endovenosa. Según podía apreciar, se hallaba en buen estado físico. No; la soledad era un sentimiento espiritual, un fenómeno psíquico nuevo en él. Vagamente reconoció que tenía algo que ver con la voz. La voz se había retirado, concediéndole la intimidad que había pedido. Pero se trataba de una intimidad de alguna manera desconocida en su época, que le producía miedo y desolación.

    Se le había secado la lengua. Mojó sus labios, y por el tubito le cayeron unas gotas más de agua en la boca. Frunció los rígidos músculos faciales y se preguntó si, al igual que Rip-van-Winkle*, le habría crecido una barba tupida. El mentón rozaba ligeramente el soporte del micrófono, que se veía un poco rayado, pero seguro que no tenía barba. No; los tipos que crearon a Rip-van-Winkle nunca imaginaron un milagro tan asombroso como este gas. Todas sus funciones se habían interrumpido. Literalmente, había pasado... ¿cuántos años?... en estado de muerte aparente. Con timidez —porque no podía creer que la voz no se hubiese ofendido—, habló por el micrófono.

    —Yo digo... esteee...
    —¡Sí! ¿Qué dices? —respondió la voz de inmediato, tan inexpresiva como antes.
    —¿Cuánto tiempo ha pasado? Quiero decir... ¿En qué año estamos?
    —En el año 2120, o sea que has viajado ciento treinta y cinco años.

    Toby tragó saliva.

    —Es mucho tiempo —dijo, por fin—. Me gustaría saber...
    —¿Qué es lo que te gustaría saber?
    —Bueno, me preguntaba si las cosas habrían cambiado mucho. Sé que tienen que ser distintas, pero cuando voy... mejor dicho, cuando iba a ver películas de épocas antiguas, me sorprendía la falta de cambios. Cambian las ropas y los modos de viajar, pero las cosas que la gente hace y siente parecen ser siempre las mismas. Aunque claro, uno nunca puede atenerse demasiado a una película.
    —No —confirmó la voz—. Es difícil saberlo por las películas.

    De repente, Toby pensó en Rosemary. Todavía lo excitaba. Siempre había sido así, aún mucho después del divorcio. Luego de irse a vivir a los Estados Unidos, pensaba en ella cuando hacía el amor con otras mujeres. Confiaba en que ahora su recuerdo no siguiera obsesionándolo y frustrándolo a través del tiempo, y aquí, en esta vida nueva y extraña a la que ingresaba.

    —Shamira... ¿Cómo es el apellido? Shamira es un nombre raro. ¿Es inglés?
    —¿El apellido? —La voz hizo una pausa—. ¿Te refieres al nombre de familia? Es Varney, igual que el tuyo. Ella desciende de ti, y ésa es la razón por la que va ayudarte. Conoce la historia de tu familia, y esperamos que en la relación exista la suficiente dosis de afinidad como para que te ayude a superar los momentos difíciles del comienzo.
    —¿Descendiente mía?

    Toby se quedó pensando en ello por un momento. Tenía la sensación de que mariposas, increíblemente activas y enérgicas, le revoloteaban en el estómago. Sus nervios, hipersensibles. Se preguntaba si el largo período de inactividad le habría producido cambios físicos irreversibles, y si su personalidad seguiría siendo la misma. ¿Se desplomaría cuando comenzara a moverse? Trató de no pensar en ello.

    —¿Es joven? —preguntó—. Quiero decir, si el apellido es Varney, y desciende de mí, no puede estar casada. Debe ser su propio apellido.
    —¿Qué quieres decir con "su propio apellido"? —La voz lo interrogaba en tono cortés—. Claro que es su propio apellido; ella no usaría el de ninguna otra persona.
    —O sea que no es del marido.
    —Nadie tiene maridos ahora. La gente ya no se casa; ésa era una costumbre que murió hace mucho tiempo, en los años de caos, y en esa época no había motivos para casarse.
    —¿Por qué no dejas de hablar de los "años de caos"? —Toby no quería parecer quisquilloso, pero aún se sentía débil, y todo le sonaba ridículo—. Si hubo una guerra, ¿por qué no lo dices? —prosiguió—. Y, de cualquier manera, ¿a quién se le ocurre llamar a la guerra "caos", así porque si?
    —Yo diría que "caos" es una excelente palabra para definir la guerra. —La voz respondió en tono parejo. Tan parejo, que a Toby le hizo sentir que hablaba con una máquina. Tal vez se tratara de un súper robot. Sí, claro, debía ser eso. Ya no quedaban seres humanos. En algún lugar, en algún momento, las máquinas se habían ingeniado para continuar solas, prescindiendo de los hombres que las construyeron. Debía haber habido una guerra atómica, y no quedó nadie, salvo las máquinas que se auto perfeccionaron, se autorrepararon, se autorrectificaron, se autograndaron, se autorreplicaron, haciendo funcionar inmensas fá-bricas... haciendo funcionar todo. Gotas de transpiración rodaban por sus mejillas, deslizándosele en las orejas. ¿Por qué volvía con vida? Sus amigos tuvieron la suerte de morir.

    La voz interrumpió sus pensamientos. El modo en que parecía adivinarle los pensamientos lo aterrorizaba.

    —No temas; somos muy parecidos a lo que eran ustedes. En las cosas esenciales, no podemos haber cambiado mucho. La humanidad ha crecido un poco, eso es todo, y tenemos tanta curiosidad por ti, como tú por nosotros. Ahora debes descansar. Te vamos a dormir para el aterrizaje.
    —¿"Vamos"? —Toby se iba quedando adormilado.
    —Somos muchos aquí, en Tagoujalet... el aeropuerto de Taj. Hay un equipo de científicos, ingenieros y médicos. Mariana Kline será tu médico particular —ella te hará dormir— y Shamira Varney está esperando conocer a su antepasado. También hay sociólogos, y muchos otros. Tu llegada constituye un gran acontecimiento.
    —¿Aeropuerto de Taj? ¿Dónde queda eso?
    —Está cerca de un lugar llamado Tagoujalet. En tu época, esto formaba parte del desierto del Sahara.
    —¡Dios mío! ¡Pero nosotros salimos de Cabo Kennedy!
    —¿Cabo Kennedy? Ah, sí, quedaba en Norteamérica. Fue destruido.
    —No me digas... que lo destruyeron durante los años de caos. Tengo que vivir. Ustedes tienen que hacerme entrar en la atmósfera con vida. De ningún modo puedo morir sin averiguar qué fue el caos.
    —Veo que te sientes mejor. — La voz dejaba traslucir una sonrisa—. No dudo de que vivirás, y estoy impaciente por conocerte. Ahora, pasa Mariana a controlarte.

    Por los auriculares, le llegó una dulce voz femenina.

    —No voy a preguntarte cómo te sientes. Estamos registrándote el pulso, la presión sanguínea, todo, y sé que te hallas en muy buen estado. Pronto vamos a conocernos, pero ahora tienes que dormir. No te pongas nervioso. Duerme... duerme... duerme...


    CAPÍTULO 2


    SHAMIRA SE DESPERTÓ ANTES DEL AMANECER, con encontrados sentimientos de temor y de emoción. Hoy, por fin, conocería a su antepasado.

    No tenía sentido levantarse tan temprano. Hacía varios días que trabajaba sólo ocasionalmente. Aparte de los últimos controles con Mariana sobre las posibles repercusiones del mundo actual en el viajero del pasado, y de un repaso general de los síntomas por verificar, no había tenido nada que hacer, salvo esperar. Esperar que él concluyera los últi-mos tramos de su extraordinario vuelo. ¿Moriría? ¿Estaría ya muerto? En caso de que sobreviviese, ¿qué características, realmente, tendría?

    Desde niña había vivido en un clima de espera del viajero, que regresaba del espacio a la tierra. Hoy debía cambiar todo su esquema de vida. Sus estudios tomarían una orientación distinta. Había dedicado su vida a la investigación histórica por Tobías Varney. Los treinta y tres años de formación alcanzarían su punto culminante. Nada volvería a ser lo mismo. Terminarían las conjeturas. Si su antepasado llegaba muerto, podría, desde luego, proseguir con su trabajo, pero de una manera muy general y dispersa, al carecer de un interés central. Si llegaba vivo, una distinta tarea le esperaba: confirmar sus descubrimientos históricos respecto de la época en que vivió su antecesor, y ayudarlo a cubrir el intervalo de años transcurridos desde su partida hasta el momento presente. Intentar llenar el vacío en sus conocimientos.

    Confiaba en que no tuviera un carácter difícil. A menudo se había preguntado —mientras examinaba documentos y microfilms en las inmensas bibliotecas subterráneas de Suecia, que cobijaban la historia de la fantástica expedición del siglo veinte—, cómo podía la gente subsistir en aquella época. Parecían llevar una vida agitada, muy mezquina, frustrante y sin sentido. Períodos de materialismo no creativo, interrum-pidos por guerras sanguinarias.

    Y sin embargo, fueron capaces de planear y lanzar esa expedición histórica —pensaba, reviviendo el momento en que, por primera vez, escuchó a su madre hablar del viajero solitario, cuando era muy niña aún.

    Allá por el año 2090, las computadoras captaron la nave que regresaba, pero al principio nadie tuvo interés en ella. La expedición pertenecía al pasado remoto. Los años de caos habían marcado la separación del pasado y el presente de un modo más irrevocable que el tiempo mismo. Aparte de las computadoras —que mantenían su aparentemente infructuosa vigilancia—, nadie se acordaba de los viajeros, salvo pequeños grupos de científicos que, generación tras generación, realizaban superficiales y rutinarios estudios del firmamento con fines de investigación, a pesar de que las computadoras no habían registrado nada durante más de cincuenta años, hasta que se produjo la extraña aparición de una cosmonave.

    En la época en que Shamira tenía diez años, se consideraba probable que, de no mediar una catástrofe inesperada, la nave —identificada con el Nº 32, del grupo de 1985—, eventualmente volvería a la tierra.

    Para ese entonces, los sistemas de computadoras habían establecido total comunicación con el vehículo espacial, y los registros comenzaban a mostrar una forma. Una lúgubre forma. La mayor parte de los equipos, averiada. Milagrosamente, el gas hibernante se conservaba intacto, pero muchas de las conexiones de las computadoras con los tripulantes —indispensables para volverlos a la vida—, se encontraban evidentemente destruidas. A medida que pasaba el tiempo, parecía que sólo el piloto, Tobías Varney, tendría la posibilidad de sobrevivir, pero aun su supervivencia sería incierta hasta poco tiempo antes de llegar a la tierra. Perturbarlo o intentar una resurrección demasiado apresurada le significaría una muerte segura. Los científicos discutían, a favor y en contra de la conveniencia de —incluso—, permitir el regreso del vehículo.

    Se consultó a Nadia, al descubrirse que era su descendiente. Shamira había escuchado cuando los científicos exponían sus teorías de traer de vuelta a Tobías Varney y sus compañeros, e intentar resucitarlos, o destruir la nave en vuelo para evitar toda posibilidad de sufrimiento a sus ocupantes. La decisión final quedó en manos de Nadia y su familia, qué se harían responsables de Tobías, el que con más probabilidades de subsistir contaba. Shamira había impulsado a su madre para que le concediera al antepasado la oportunidad de vivir. "Cuando él llegue, yo ya voy a ser grande" —había dicho—, "y me encargaré de cuidarlo".

    Cumplió su palabra, y ahora sabía tanto como Tobías acerca de su época, y muchas cosas de los años posteriores a la expedición, sobre los cuales él no podía conocer nada. Estudió concienzudamente la vida de sus descendientes —sus propios antecesores—, y analizó cada etapa de desarrollo a través de las generaciones posteriores. ¡Tenía tanto para contarle! Si vivía...

    Raoul iba a establecer el primer contacto con Tobías. Él pertenecía al equipo encargado de hacer regresar la cosmonave y, si Tobías llegaba vivo, la primera voz que iba a escuchar sería la de Raoul, cuando recobrase el conocimiento.

    Al pensar en Raoul, por un momento se olvidó del tema más candente del día, y se concentró un rato en su familia inmediata. Hubiese preferido que Raoul no volviera a la casa. Experimentaba una curiosa mezcla de sentimientos por él. La violenta llamarada de atracción que los unió —y de la cual provino su hija Adreena—, había desaparecido mucho tiempo atrás, pero la relación entre ellos, en lugar de afirmarse en un cariño sereno, se había transformado en ambivalente y turbulenta. Las oscilantes emociones de Raoul durante un tiempo se asentaron, con una cierta estabilidad, en su hermano Geno, pero cuando éste salía a volar —como tan a menudo lo hacía—, Raoul gravitaba sobre ella. Esto no fue ningún problema mientras Adreena era una criatura, pero ahora, pensaba que él ejercía una influencia demasiado poderosa en el desarrollo de la niña.

    Suspiró, y sus pensamientos volvieron a Tobías. Le daba lástima que lo hubiesen despertado. Algunos incidentes relacionados con su vida —y que ella había desentrañado—, eran conmovedores; otros, patéticos. Era indecoroso entrometerse en la vida de alguien que, de hecho, no estaba muerto. Todo se hallaba registrado con tanta precisión, como si los antepasados hubiesen creído que la civilización había alcanzado su apogeo en la segunda mitad del siglo veinte y que, por lo tanto, debían legar a la posteridad un cuidadoso informe de su propia grandeza.

    En circunstancias normales ningún historiador se pondría a investigar tal cúmulo de trivialidades como había hecho ella, en un esfuerzo por averiguar detalles que arrojaran luz sobre los aspectos cálidos, familiares, de su antepasado y sus contemporáneos. Los descubrimientos a menudo le provocaron lágrimas, al igual que risa y cinismo por la historia que ellos contaban de relaciones personales difíciles e insinceras, de codicia y desconfianza. Podría haber deseado que se le evitara a Tobías el tener que despertar. Le intrigaba saber si era el descontento lo que le había dado coraje para embarcarse en tan extraordinaria e imprudente expedición. Luego pensó lo interesante que sería escucharlo hablar de las cosas y de la gente de aquella lejana época. Los profundos estudios y la investigación de viejos microfilms y documen-tales no podrían ser ni la mitad de informativos. Sin duda, deseaba que viviera.

    Tenía que confirmar con Raoul la hora de llegada de la cosmonave. Se hacía tarde, y decidió bañarse y vestirse para ir al aeropuerto. Mientras giraba como en sueños bajo la ducha perfumada, Adreena entró al baño. Venía de nadar, exhibiendo con naturalidad su desnudo y espigado cuerpo de niña de doce años.

    —Empieza a hacerme la trenza, Shamira —ordenó cariñosamente a su madre, estirando el pelo hacia atrás y encorvándose para no mojarse.

    Shamira pasó las manos por el secador de aire, tomó el pelo, y comenzó a trenzarlo con habilidad.

    —Estás preocupada. —Adreena tenía la capacidad de intuir los estados de ánimo de su madre. Aun cuando ésta recluyera su mente por completo, percibía que, con su hija, quedaba una tenue conexión que nunca llegaba a cortarse del todo.
    —Sí —respondió—. Estoy un poco preocupada. Él viene desde tan lejos, y puede morirse. Y si vive, tal vez sea peor. Te conté, ya, que tuvo una esposa a quien nunca dejó de querer.
    —Sí, Rosemary, la tatarabuela de tu abuela... Muy lindo el nombre; tan antiguo... —Adreena se dio vuelta para poder admirar su imagen reflejada en la pared-espejo del baño—. ¿Estará viejo, o se conservará igual que cuando partió? —preguntó.
    —Si todo sale bien, debería despertarse exactamente como era cuando se fue. Sus contemporáneos hicieron un buen trabajo, teniendo en cuenta su carencia de conocimientos y de materiales adecuados. El gas, por ejemplo, parece haber sido sumamente efectivo.
    —Pero hoy en día no lo usamos para viajar a otros lugares.
    —No es necesario —dijo Shamira, atando el extremo de la trenza—. La gente no precisa abandonar la tierra ahora; hay lugar para todos, cosa que no ocurría en el momento en que salió la expedición para Alfa.
    —¿Cómo no intentaron colonizar Marte? Geno dice que va a ser perfectamente habitable dentro de unos cien años. Podrían haber empezado, si estaban tan desesperados por encontrar un lugar nuevo; podían hacer lo que nosotros hacemos ahora: quedarse allí un tiempo en un habitáculo de material aislante, plantar árboles para que haya más oxígeno, y después volver otro tiempo acá a la tierra.
    —Yo creo que Alfa los atraía porque estaba totalmente fuera de nuestro sistema solar, y pensaban que se podría vivir allí de inmediato, sin mucha aclimatación, una vez que lograran llegar a él. De cualquier manera, no creo que hayan deseado un lugar donde la gente siguiera yendo; era nada más que una gigantesca expedición, una transmigración... para empezar otro mundo con seres humanos que seguirían desarrollándose, quizás, después de que todos hubiéramos muerto, y hubiese explotado nuestro sol.
    —El otro sol puede explotar antes —comentó Adreena, con criterio práctico y, dando media vuelta, se marchó en dirección a sus habitaciones.

    Shamira se vistió lentamente. Enseguida, entró Raoul y apoyó su mejilla sobre la de ella, a modo de breve e intrascendente saludo. Shamira se alegró de que Adreena se hubiese ido, y respondió con cierta calidez.

    —Yo ya me voy —dijo Raoul—, porque falta poco para que lo despertemos.

    Shamira comió un poco de fruta y copos de maíz, y se internó en la sala de televisión. Nadia y Adreena ya se encontraban allí, escuchando los flashes informativos provenientes de todos los rincones de la tierra. En el mundo entero se hablaba de la cosmonave. Era la única noticia del día. Shamira accionó los controles, pasó un variado torrente de caras y paisajes, y fijó la imagen en el aeropuerto. Allí estaba Raoul, caminando hacia el Centro de Control. Movió ligeramente el visor, y apareció la gigantesca estructura donde se asentaría la poderosa y pesada armazón que, desde mucho tiempo atrás, avanzaba raudamente por el universo.

    A pesar de que en la actualidad cosmonaves del tamaño de una ciudad ya se elevaban rápidamente y autopropulsadas, atravesando la atmósfera para dirigirse a los planetas, esta nave que regresaba, hecha de metal pesado, difícil e incómoda para comandar, construida cuando aún no se conocía la antigravedad, poseía un hálito mágico que, de hecho, no tenían los gigantes color blanco brillante que venían escoltándola cuidadosamente, en la última etapa previa a la llegada, sostenidos por haces de radio repulsores. Toda la humanidad se preocupaba por la suerte del frágil cargamento humano —todos muertos, quizás—, que retornaba a su propia tierra.

    Cuando Shamira calculó que Raoul habría llegado a la Sala de Control, encendió el micrófono de dos direcciones de la televisión, y le habló. Raoul estudiaba los registros que oscilaban en una pantalla. Lo vio dirigirse a dos hombres, quienes se retiraron para hacerle lugar; luego, Raoul se dio vuelta y le hizo un gesto con la cabeza.

    —¿Cómo está? —preguntó Shamira.
    —Aparentemente con vida, pero los demás, parece que no. Hace varias horas que se están dedicando a ellos y nadie respondió, excepto Tobías. Va volviendo en sí, y una vez que recobre el conocimiento... ¡Ah! ¡Espera un poco!

    Shamira se quedó sentada, sumamente tensa. De tanto aguzar la vista y el oído, los dedos se le acalambraron apretando el micrófono, y le dolían la cabeza y el cuello.

    Raoul la conectó con los instrumentos receptores de las señales que emitía la nave espacial. El ruido la aturdió, todos esos zumbidos y chirridos que nunca antes había escuchado. ¿Cómo era posible que estuviesen en buenas condiciones de funcionamiento esos aparatos tan estruendosos?

    Al verle la cara, Raoul se echó a reír.

    —No te olvides de que gran parte de los equipos, paneles, etc., son de metal, no como los que fabricamos hoy en día. Además, por fuerza debe subirse mucho el volumen. Queremos estar seguros de no perder sus primeras palabras —si es que dice algo— por si acaso.
    —¿Por si acaso qué? —Shamira transpiraba por la tensión, y sabía que estaba haciendo una pregunta tonta.
    —Por si acaso se muere en seguida después de despertarse.
    —Pero no está muerto ahora, ¿no?
    —No, de ninguna manera. No te preocupes, Shamira. —Estas palabras fueron pronunciadas por una mujer. Shamira miró la pantalla; había estado escuchando con tanta atención, que ya no veía la imagen, aunque tenía la vista fija en ella.

    Era Mariana quien le hablaba. Shamira suspiró con alivio. Mariana Kline era una médica sumamente competente. Juntas se habían dedicado a estudiar, la historia de Tobías durante mucho tiempo. Mariana conocía tan bien la historia y las hazañas del campo de la medicina en la época de Tobías, como Shamira, su ambiente familiar y social. Habían planeado ayudarlo, entre las dos para que pudiera superar el pasado, y asimilarse al futuro.

    —¡Escucha! —dijo Raoul, y ella escuchó.

    Se oyó un fuerte gemido, y luego, unas palabras masculladas como si provinieran de un hombre atontado, o bajo el efecto de drogas. Más gemidos y suspiros rápidos. Asustada por ese hombre que hacía ruidos tan raros, Shamira se inclinó hacia adelante, tratando de ver más allá de la pantalla, y penetrar en el interior de la cosmonave. Fue imposible. Originariamente, habían existido conexiones de televisión, pero el sistema estaba averiado.

    Raoul hablaba. Podía verlo, pero no oírlo, porque él la había desconectado. Shamira le transmitió una señal, y pronto él volvió a establecer la conexión. Más zumbidos y estrépitos, y luego una voz inconfundiblemente humana, aunque con una extraña entonación. Trató de descifrar las palabras.

    —Sí, puedo escuchar —dijo la voz, con matices borrosos y confusos.

    Exhausta, Shamira apagó el sonido; no soportaba seguir oyendo.

    Al rato, Raoul le envió una señal, y ella volvió a encender el sonido. —No te vayas —dijo—. Mira el aterrizaje. Lo dormimos, y la nave está por entrar en la atmósfera. Los vehículos que la escoltan, la van sosteniendo bien. Viene muy lento. Tuvieron problemas en el espacio para aminorarle la velocidad. No es muy grande, comparada con las nuestras, pero es muy pesada y tosca.

    Le llegó la voz de Mariana. —Shamira —dijo—. Todo saldrá bien. Su estado es satisfactorio, y pienso que, indudablemente, va a vivir. Habla de una manera muy rara, pero tenemos que tratar de entenderle.

    —¡Miren, ahí viene! —Adreena señalaba en dirección a la parte superior de la enorme pantalla—. ¿Ven? ¡Allá!
    —¿No tendrías que irte pronto? —preguntó Nadia a Shamira.
    —Hasta que no llegue, no —respondió—. Van a demorar bastante en abrir la nave. Raoul dice que tiene serias averías. Y los equipos de médicos van primero para controlar que todo ande bien antes de despertarlo.
    —¿Por qué no lo llevan al hospital? —preguntó Adreena.
    —Mariana opina que psicológicamente es mejor que se despierte en su propia nave, a menos que ocurra algo muy malo —dijo Shamira, esperando que no hubiera ningún tropiezo. Las palabras masculladas desde la nave presentaban a su antepasado, como ser humano.

    Sobrecogidas, en silencio, Nadia, Shamira y Adreena observaban. Los modernos vehículos blancos se sostenían aparentemente inmóviles contra el cielo, manteniendo entre todos el averiado casco de la vieja cosmonave. Era inesperadamente grande, y parecía negra, por el contraste con las naves que la escoltaban. Sin motivo alguno, Shamira sintió frío. Tiritó y, al hacerlo, vio que comenzaba a moverse la estructura con propulsión electrónica. Avanzó de lado y se colocó en posición, justo debajo de la nave que regresaba, la cual empezó a descender, cuando los rayos se aflojaron, dejando de sostenerla. Con suavidad y muy escasos golpes, se asentó en el soporte.


    CAPÍTULO 3


    LA SEGUNDA VEZ QUE TOBY DESPERTÓ, ya no existía confusión en su mente. De inmediato recordó dónde estaba. Había muchos ruidos a su alrededor y, antes de abrir los ojos, se quedó un ratito escuchando. Se preguntaba si lo habrían llevado a un hospital, pero había demasiado movimiento. Ya no se sentía tan comprimido, y sacó la conclusión de que le habían quitado el traje espacial, pero deducía que estaba recostado en la butaca de la nave, a la que habían inclinado hacia arriba, razón por la que él no estaba completamente horizontal. La gente hablaba muy ligero, de modo que tuvo que concentrarse para entender lo que decían. Todos empleaban el inglés, y sin embargo, no era inglés. Al conversar entre ellos, cómoda y rápidamente —no con la deliberada lentitud de "la voz"—, se intensificaba, en gran medida, la rareza del idioma. Producía un efecto algo cadencioso, y de curiosa serenidad. Se puso a pensar en ello, tratando de analizar a la gente por su modo de hablar. Sabía que, cuando los viera, no prestaría tanta atención a su lenguaje.

    Abrió los ojos, y de inmediato volvió a cerrarlos. La luz le pareció enceguecedora. Las voces se acallaron en el acto, y escuchó que la doctora que le había hablado por radio, decía "Creo que tendríamos que correr esa pantalla para protegerle los ojos; puede tener una fotofobia muy acentuada".

    De nuevo, abrió los ojos con cuidado, y esta vez los mantuvo abiertos. Sin duda, el mundo que él había abandonado tanto tiempo antes no era tan luminoso como éste. Se acordó de la mañana en que salieron de Cabo Kennedy. Habían subido en el montacargas hasta la nave espacial a las 2 de la madrugada. Todos muy silenciosos. Se notaba una extraña dicotomía, claramente discernible en las actitudes de los que partían, y los que quedaban atrás, aquella remota mañana. Un esperar ansiosos la máxima aventura de todos los tiempos, inextricablemente mezclado con la certeza de que estaban condenados a muerte. Todos presentían que esos hombres y mujeres, enfundados en sus voluminosos y grotescos trajes espaciales —extraña combinación de chapas de armadura, acol-chados y sanitarios incluidos—, iban a cerrar los ojos por última vez. Por cierto que, tanto si volvían a abrirlos en Alfa, al cabo de ciento y pico de años, como si no los abrían más, los que quedaban en la tierra los perdían para siempre.

    Se miró, y vio que tenía puesta una especie de túnica de tela liviana. Las correas y las hebillas que lo habían aferrado durante el viaje, estaban desprendidas. Giró la cabeza a un lado, y contempló las butacas donde los otros habían estado sujetos, pero se hallaban vacías. Las correas y hebillas, sueltas, pero a los... —vaciló porque no podía decirse, ni aun a sí mismo, "cadáveres"— a sus amigos los habían retirado.

    —Los llevaron al hospital por si acaso se pudiera hacer algo por ellos, pero no tengo muchas esperanzas —la voz femenina era amable y compasiva.
    —Tú debes ser la doctora Mariana Kline. —Hizo un esfuerzo para no dejarse abatir por la sensación de tristeza. La escena de esas butacas vacías culminó el capítulo final del pasado. En cuanto a él, todo aquello por lo que había trabajado, esos meses y años, había sido un fracaso. Sus amigos, muertos. Quizás, el resto de los tripulantes de las otras naves que habían partido antes y después que ellos, estarían también muertos, y él aquí, solo, en un mundo extraño, en una era extraña.
    —Sí, soy Mariana Kline, pero llámeme "Mariana", porque así se acostumbra ahora. En muy raras ocasiones se usa el apellido. Tú eres Tobías, y yo soy Mariana.

    Los ojos aún le dolían, aunque la luz ya no era tan brillante, ahora que había corrido una persiana sobre la entrada de la nave. Había mucho más silencio adentro, y le pareció que sólo se hallaban con él unas pocas personas. Torció los ojos para poder mirar bien a Mariana, y apreció que era una mujer de una piel muy obscura, alta y elegante. Sintió curiosidad por saber si era africana, pero no tenía aspecto de africana; tenía más bien, el tipo de las italianas morenas, o quizás, de una hindú. Sus facciones, bellísimas. El corazón comenzó a latirle con más fuerza, y se dio cuenta de que, en su cuerpo, despertaban sensaciones estrictamente masculinas.

    Mariana sonrió, y él se preguntó si habría advertido su reacción, pero ella no dio muestra alguna de haberlo hecho. Era una mujer con todo, sin embargo, nada femenina. Se sintió intimidado por su mirada serena, inconmovible, y desvió la vista.

    —Éste —dijo Mariana—, es Raoul, el que estableció el primer contacto contigo.

    Toby agradeció con mucho interés que le presentaran a "la voz", y vio a un hombre alto, de tez bien morena y abundante pelo negro.

    —Y ésta es Shamira, tu descendiente en la sexta generación.

    Mariana se hizo a un lado, y Shamira se acercó a Toby.

    —Bienvenido de vuelta a la tierra, querido antepasado —dijo, tomando las manos de Toby entre las suyas.

    La miró ansiosamente. Por lo menos, un cierto vínculo —aunque tenue o distante—, y luego la sensación de amargo desencanto. Ella también era una extraña. Muy obscura. No tanto como Mariana o Raoul, pero aun así, muy morocha. Anhelaba ver una cara típicamente norteamericana o inglesa, o cualquier cara blanca. Al instante, se avergonzó de su reacción. Qué ingrato que era. Eso qué importaba. Esta gente era muy amable con él, y a todas luces eran sumamente idóneos en sus diversas áreas. De lo contrario, no estarían allí, salvo, quizás, Shamira, que era pariente. Se extrañó de que no hubiera ningún norteamericano ni ruso entre el grupo que le daba la bienvenida. Después de todo, ellos eran los líderes reconocidos en navegación espacial. Todavía no alcanzaba a comprender muchas cosas.

    Se dirigió a Shamira.

    —Así que eres mi descendiente en la sexta generación... ¿Vives aquí cerca o en Inglaterra? —Fue una pregunta muy tonta porque ella tenía todo el aspecto de extranjera y, a pesar de que Rosemary y su hijo Robin habían permanecido en Inglaterra después del divorcio, eso no era óbice para que las generaciones siguientes no se hubiesen ido a los Estados Unidos —como hizo él—, o a cualquier otra parte. Pero hablaba sólo para disimular su vergüenza, y le pareció que ella había notado su asombro al verle el color.

    Shamira se apresuró a responder:

    —Ocurre que sí, he vivido mucho tiempo en Inglaterra, aunque a la mayoría de la gente le gusta irse a otro lado en invierno, y nosotros hace bastante tiempo que estamos en Tagoujalet, preparándonos para tu llegada. Pensamos que te convendría más. El clima es más templado, y tenemos a mano todas las facilidades para viajes interplanetarios. En Inglaterra, no hay aeropuertos.
    —¿Qué no hay aeropuertos en Inglaterra? —exclamó asombrado—. ¿Y el aeropuerto de Londres y...
    —Ah, sí, se puede volar, ir y volver, pero los viajes interplanetarios requieren más espacio.
    —Supongo que debe haber habido muchísimos cambios.
    —Sí. No sé qué será lo que más te impresiona, pero te ayudaré a adaptarte. Durante muchos años hice investigaciones profundas. Estudié el pasado, remontándome hasta tu época para poder suministrarte toda la información que te falta. Te hemos estado esperando desde que yo era muy niña, y antes todavía, mi madre me había contado muchas cosas.
    —¿Vive tu madre? En tal caso, supongo que ella debe ser mi chozna. ¿O eres mi descendiente por parte de padre?
    —No, por mi padre, no; él no llevaría tu nombre. Mi hermano Geno lo lleva, pero sus hijos —si alguna vez los tiene—, usarán el apellido de la madre.
    —¿Así que también tengo un chozno varón? —preguntó Toby, paseando la vista a su alrededor—. ¿Está aquí?
    —No. Está en viaje de regreso de Marte. Es piloto interplanetario, y vuela con mucha frecuencia.

    Toby creyó percibir cierta frialdad y reticencia en Shamira, al hablar de su hermano, pero antes de que pudiera reflexionar sobre esto, ella retomó la palabra.

    —Nadia, mi madre, se quedó en casa; después la verás. Aquí está mi hija Adreena.

    Toby vio a una niña, que lo miraba con aire solemne desde la puerta. Su cara era juvenil, con un cierto aire de muchacho. Era alta, y muy espigada. Al igual que los otros, tenía la piel muy obscura, y el pelo negro le colgaba sobre el hombro en una larga trenza. Le sonrió inseguro; momentáneamente, iba creciendo en él la sensación de soledad. Trató de incorporarse, y de inmediato, la butaca se amoldó a su movimiento. Tanteó el suelo con los pies y se levantó, sorprendido de poder hacerlo con facilidad. Creía que iba a tener músculos entumecidos y débiles, pero comprobó que podía moverse con la misma soltura que tendría si hubiese viajado unas pocas horas.

    —¿De veras estoy bien? ¿Normal? —Sabía, por supuesto, que si la cosmonave hubiese llegado a Alfa, los tripulantes habrían tenido que arreglárselas por sí mismos en seguida. Aunque cada vehículo llevaba un médico y un botiquín de supervivencia, no habría un equipo de médicos esperando a los astronautas para llevarlos a un hospital. Pero los ensayos de llegada a la tierra siempre habían sido distintos. Por lo general, se les hacían reportajes, y luego se los tenía bajo control, en hospitales, aun cuando regresaran de vuelos espaciales relativamente cortos. Ahora, en su caso, todos lo trataban con demasiada naturalidad. No lo habían entrevistado y, salvo su familia, Mariana y Raoul, no había nadie más en la nave.
    —Te sientes bien, ¿no? — La voz de Shamira denotaba ansiedad, y Raoul y Mariana se acercaron. Ésta le habló, con un tono reconfortante.
    —Antes de despertarte, te hicimos un estudio a fondo, y a pesar de que no fuiste al hospital, el hospital vino hacia ti. Consideramos que el shock psicológico sería menor si te despertabas en tu propia nave, pero te hemos hecho un tratamiento realmente extensivo —incluso una transfusión sanguínea— para estar seguros, y todos tus órganos demuestran haberse mantenido y conservado bien. Verdaderamente, no tienes ni un día más de 35 años, 3 meses y cuatro días —casi cinco ahora—; y hace 24 horas que estás parcialmente resucitado.
    —¿Tanto tiempo?
    —Sí. Te trajimos anoche, y ya es de tarde.

    Toby medía 1,83 m., y le intrigaba saber si se habría encogido algo. Nunca se había puesto a pensarlo mucho, pero le gustaba mirar a las mujeres desde arriba, en un cierto ángulo. Ahora, con Shamira, Mariana, e incluso con Adreena —que se había acercado y lo observaba con curiosidad—, sentía que algo andaba mal. Los ojos de Mariana estaban a la misma altura que los suyos, y Shamira era prácticamente igual de alta. Adreena, a pesar de su cuerpo esbelto y no desarrollado por completo, tenía unos escasos tres centímetros menos que su madre y, —notó—, era extremadamente bella, y tenía, a la vez, cierto aire decadente.

    Miró a Raoul, seguro de que estaría parado sobre algo, ya que era bastante más alto que él.

    —Yo debo haberme achicado, o algo por el estilo, ¿o la gente ahora es mucho más alta? —Deseó que fuera pura casualidad, sólo de este reducido grupo de personas. Su altura siempre le había infundido confianza, y no le hacía gracia la idea de ser físicamente inferior. Ya bastante le iba a costar ser, durante un tiempo, mentalmente inferior.
    —Creo que la gente es más alta. —Shamira le sonrió—. Pero tú no eres bajo; tu aspecto es presentable. ¿Te sientes bien? —dijo, repitiendo su pregunta.
    —Sí, perfectamente bien, gracias. Pero... bueno, no puedo creer que todo haya sido tan sencillo. Me siento como si recién me bajara del tren de Nueva York.
    —¿El tren? ¿De veras has viajado en tren? ¿Cómo es eso? ¿No te frustraba el ir tan despacio, y el ruido? A mí me parece que sería más cansador que dormir cien años.

    Era Adreena la que había hablado. Toby se preguntó qué edad tendría. Su voz era joven, y su silueta no desarrollada, pero era tan aplomada y transmitía tanta comprensión, que creyó haberse equivocado. Debía ser una mujer, no una niña. Pero, si era hija de Shamira, no podía, de ninguna manera, ser una mujer.

    —Tiene doce años —Shamira respondió a sus interrogantes. Toby se sintió en desventaja, y se enojó un poco. Se había olvidado de que Raoul parecía también haberle leído los pensamientos, y le impactó darse cuenta de que, aparentemente, Shamira tenía la misma facultad. ¿Cómo podría uno vivir en medio de gente que se lee los pensamientos? Nunca tendría intimidad.
    —Al contrario, hay mucha intimidad. —La voz de Shamira traslucía una sonrisa divertida—. Hemos desarrollado el poder de comunicación entre las personal en muy alto grado. Se trata de una facultad que siempre tuvimos todos, y me imagino que tú también. Sólo que en tu época no se le dio oportunidad de manifestarse porque la gente estaba muy ocupada desarrollando otras facultades menos importantes. Nuestra generación, la de mi madre, y la de mi abuela, también, tuvieron este poder recientemente evolucionado en gran medida.
    —Entonces, ¿nunca pueden pensar sin que alguien sepa exactamente lo que estás pensando? —Toby estaba aterrado.
    —No, no es así —dijo Shamira con suavidad, al ver que estaba seriamente afligido—. Uno puede recluirse, y creo que mucho más en tu época. Se tiene más intimidad, no menos. Nosotros sentimos un gran respeto por la mente, y no nos entrometeríamos en los pensamientos de otras personas, a menos que ellos lo permitieran. Todo el mecanismo es completamente libre, bajo el control de la voluntad. Si tú me impides entrar en tu mente, yo no puedo llegar a ella. Si yo no permito que entres en la mía, no puedes leerme los pensamientos.
    —De cualquier modo, no podría hacerlo —dijo Toby, en tono firme.
    —Espero que puedas muy pronto. Mientras tanto, tendrás que aprender a guardar los pensamientos que no deseas compartir.

    Toby se sintió desolado. Si iba a estar en desventaja en todo sentido, prefería no haber sobrevivido. La vida iba a ser difícil en ciertos aspectos que jamás se imaginara.

    Shamira le apoyó un brazo sobre los hombros, en un gesto cálido, amistoso.

    —No..., no..., no tienes que pensar así, ni ponerte triste. Claro que la vida merece vivirse, y se están produciendo adelantos muy interesantes. Justamente ahora estamos comenzando a experimentar la posibilidad de comunicarnos como lo hacemos nosotros, en otros sistemas planetarios desconocidos hasta el momento. Viajar en cosmonaves va a ser tan pasado de moda, como viajar en tren. Eventualmente, aprenderemos a desintegrarnos y reintegrarnos físicamente en lejanas partes del universo. Pero para hacerlo necesitamos conocernos mejor, saber más acerca de las épocas pasadas de nuestro desarrollo. Y he aquí que llegas tú, un espécimen viviente, para ayudarnos en las investigaciones.
    —Bueno, me alegro de poder serles útil. Tenía miedo de no poder ganarme la vida en este mundo nuevo y superior.
    —No podrás hacerlo, en el sentido que tú crees. —Todos sonrieron.
    —¿No podré? ¿Por qué no? —Se daba cuenta de que había algo que no entendía. Le estaban tomando el pelo y la furia se apoderó de él.
    —No te enojes. —Raoul habló en un tono tranquilizador—. La gente ahora no se gana la vida. Ante todo, uno no tiene que ganarse lo que es propio.
    —Pero de alguna manera se deben ganar la vida. Ustedes estaban en la sala de controles, y de allí me hablaban. Mariana es médica. Son profesionales, reciben un sueldo u honorarios, ¿no?
    —No es igual que en tu época —dijo Shamira, dulcemente. Había notado que él se iba sintiendo más cansado e irascible.

    Toby tenía vergüenza de sí mismo; sus nervios seguían inestables.

    —Me parece —intervino Raoul— que tendríamos que llevar a Tobías a casa. No puede asimilar todos los cambios ocurridos desde que partió en este ratito, ni siquiera si nos quedáramos la noche entera, y yo tengo hambre.

    Tener hambre. Por fin algo normal, que Toby podía entender. Se alegró de que esta súper raza fuese capaz de experimentar una sensación tan prosaica como el hambre. Él también tenía hambre, y lo dijo, "y" —agregó—, "llámenme Toby, por favor. Que yo sepa, jamás me han dicho Tobías; me suena muy anticuado. Ya sé que debo parecerles arcaico, pero el nombre 'Tobías' me hace sentir como una reliquia de los tiempos bíblicos".

    Todos rieron —incluso Toby, esta vez—, aflojándose la tensión. Lo guiaron hasta la entrada de la nave. Estaban a una gran altura, y Toby pestañeó al captar la primera impresión de su viejo mundo, que había proseguido su curso dejándolo a él atrás.

    El aeropuerto era enorme. Parecía extenderse hasta el infinito. Pavimento blanco reluciente, tachonado de innumerables máquinas de formas extrañas. Algunas personas caminaban apresuradas, evidentemente realizando una tarea; otras, paradas, esperando que se las necesite. Más lejos, a la izquierda, internándose en el firmamento, había un bulto inmenso que proyectaba una gigantesca sombra bajo el sol del atardecer. Toby se dio cuenta de que debía ser una nave espacial, y se sintió atraído. Muy distinta de la pobre y vieja Nº 32 la cual, según podía ver ahora, había sido destapada como si hubiesen utilizado un abrelatas gigante. Con tristeza recordó que, cuando partieron, parecía que ningún vehículo más grande podría ser transportado por el aire, y mucho menos propulsado a través de la atmósfera, hacia el vacío del más allá.

    Notó que la moderna nave aparentaba no tener ninguna plataforma ni torre de lanzamiento. Debe contar con un sistema mucho más poderoso de autopropulsión —se imaginó.

    Mientras esperaban, se aproximó una alta columna. Era el montacargas. Supongo que lo manejan por radio —pensó Toby, frotándose distraídamente las orejas: algo le molestaba. Claro, ni un ruido mecánico, como si estuviesen rodeados de material aislante.

    El montacargas los bajó rápidamente y salieron al pavimento, que no era de asfalto ni de hormigón, sino de una sustancia dura parecida al plástico, color blanco rosáceo brilloso y muy agradable para pisar, como un piso con resortes.

    Había grupos de gente caminando por la zona, y Toby los miró con interés. Vestían ropas muy variadas, y daban la impresión de ser "extras" de varias filmaciones totalmente distintas. Se veían tantos estilos de moda como personas presentes. Hacía calor, y el panorama era colorido. Notó que sólo había unos pocos niños, y los más pequeños estaban desnudos. Paseó la mirada por todos los grupos, pero no divisó ni una cara blanca, como tampoco caras realmente negras. Algunos eran de tez bastante clara, de un color casi moreno pálido. Ninguno era europeo. En realidad no se parecían a ninguna raza en particular.

    Shamira le observaba la expresión, y, evidentemente, captó sus fugaces pensamientos.

    —¿Notas algo que te impacte en particular? ¿Algo de la gente, de nosotros? —preguntó.
    —Bueno..., sí... No quisiera ofenderte, pero he notado que todos son de color. ¿No hay aquí europeos, norteamericanos, o australianos? Espero no ser indiscreto.
    —Por supuesto que no —Shamira sonrió aliviada—. Sabía que algo de nuestra forma de ser te tenía preocupado, pero ya estás aprendiendo a guardar tus pensamientos.
    —Me alegro de no haber sido tan evidente, pero, ¿puedes explicarme por qué no ha venido ningún blanco a recibirme? ¿Es que aterricé del otro lado del cerco, en una especie de batalla?

    Shamira, Mariana, Raoul y Adreena, todos, rieron. Toby volvió a enojarse, pero la risa era tan alegre y tan sin ánimo de burla que, por último él también se rio.

    —Bueno —dijo finalmente—. Creo que podrían dejarme participar del chiste.
    —No hay ningún chiste. Es muy sencillo. —Seguían todos sonriendo. Shamira prosiguió—. Estás buscando gente de tu mismo color, ¿es eso?
    —Sí... esteee... es verdad. —Toby vacilaba.
    —No tienes por qué avergonzarte, Toby. Es muy natural. Lo único es que... no quedan más blancos.
    —¿Nadie? Bueno, ya me di cuenta de que, al menos aquí, no. Pero yo hubiera pensado que, aun cuando nadie más tuviese interés, seguro que los norteamericanos y los rusos habrían mandado a alguien.
    —Tampoco hay, ya, norteamericanos ni rusos del modo que tú crees. Yo quise decir que no solamente aquí, sino en ninguna parte. —Shamira hablaba en tono serio—. Ya no existen nacionalidades; simplemente vivimos en el mundo. Somos ciudadanos del Mundo o de la Tierra, si prefieres definirnos así.
    —¿O sea que exterminaron a todos los blancos? —Sintió nauseas al recordar las masacres ocurridas en lugares como el Congo, mucho tiempo atrás, cuando era niño todavía.
    —¿Exterminaron? No, desde luego que no. Desaparecieron, sencillamente, en los años de caos. Después de eso la gente fue toda igual. Es decir, cuando empezaron a nacer de nuevo. Debe haber habido un momento en que cientos de personas tuvieron un mismo padre, aunque por supuesto, no sabían quién era.

    Toby reflexionaba. Todo era muy extraño. Desesperadamente quería averiguar sobre los "años de caos", pero, cosa rara, se resistía a hacerlo. ¿Qué había ocurrido en realidad? Si todo había pasado tantos años antes, ¿estas personas conocerían bien los hechos? ¿En qué medida se podía confiar en ellos? ¿Cómo podía, incluso, estar seguro de que lo que le decían era cierto?

    —No te preocupes, Toby —dijo Raoul quien, aparentemente, había seguido el hilo de sus pensamientos—. Shamira es una buena historiadora; sabe con exactitud dónde conseguir todas las pruebas que quieres, y te mostrará los archivos en microfilm, que es más fácil que contártelo sólo con la palabra. Espera hasta mañana.


    CAPÍTULO 4


    MIENTRAS CONVERSABAN PARADOS EN la pista de aterrizaje, Toby divisó —con infinita curiosidad— una gran burbuja blanca que flotaba en el aire, sobre sus cabezas y luego describía un círculo, para posarse finalmente en el suelo, cerca de ellos. Se aproximaron, y se abrió sola una puerta lateral. Toby se dio cuenta de que, suavemente, lo hacían entrar. El interior se parecía un poco a un vagón de tren con amplios ventanales. Había sillones amplios, cómodos, tapizados en una especie de cuero blanco, y una mesa con una enorme bola de cristal incrustada. Toby supuso que se trataba de una pantalla de televisión.

    El pequeño grupo se distribuyó en un amistoso semicírculo alrededor de la mesa. Toby los observaba con interés, preguntándose cuál sería el próximo paso. Se imaginó que este artefacto de aspecto tan raro sería algún tipo de globo volador, y esperó para ver quién lo pilotearía, y cómo. Estaban todos sentados frente a frente, y no divisó ningún mecanismo de conducción.

    —¿Quieres que vayamos a casa, o prefieres volar al ras de la tierra para poder apreciar la ciudad? —preguntó Shamira.

    Toby notó que tocaba una perilla que llevaba colgada del cuello con una cadena, y presumió que debía tratarse de un dispositivo electrónico para comandar el vehículo.

    —Si no es molestia, me gustaría ir al ras del suelo. Por ahora, ya he volado lo suficiente. —Fue un chiste muy malo, y se alegró de que pasara inadvertido. Sólo Raoul levantó una ceja, con aire irónico.
    —Bueno. —Shamira tocó la perilla, y luego volvió a meterla debajo de su blusa. Tan suave y silencioso era el movimiento, que Toby tenía la molesta impresión de que el mundo exterior se alejaba, mientras ellos permanecían quietos. Poco a poco, fue sintiendo como si estuvieran viajando en una alfombra mágica, en sueños.
    —¿Cómo impulsan este globo... este vehículo... o como sea que lo llamen?
    —Es un "volador", y tiene un cerebro entrenado, que es un cerebro electrónico como los de tu época, pero más evolucionado. Una versión sumamente perfeccionada, que se puede manejar con esto —Shamira le mostró la perillita que guardaba debajo de su blusa—, o sintonizándolo con las corrientes cefálicas de una persona, caso en el cual obedecerá sólo a ella. Este volador pertenece a la familia, lo usamos todos, y por eso tiene un sistema discónico.
    —¿Discónico?
    —Sí. Es una sigla derivada de "dispositivo de control electrónico". —Shamira sonrió—. Tú no deberías tener ninguna dificultad con las palabras compuestas. Muchos de los términos que empleamos hoy en día derivan de la costumbre que ustedes tenían de usar siglas para todo.
    —Ah, claro —dijo Toby—. ¿Y qué tipo de motor lleva?
    —Uno muy poderoso y muy liviano, un mecanismo nuclear. En realidad, no se le debe decir "motor" porque es demasiado sensible y delicado. Este tipo de propulsión se hizo posible gracias al descubrimiento de la antigravedad y al desarrollo de la "plastoforma". Prácticamente todos los materiales y los tejidos se hacen con esta sustancia, que se puede utilizar en cientos de maneras distintas. Y no sólo es la materia más dura que se pueda imaginar, sino que también es a prueba de radiactividad, y por eso se la emplea para todo. Por ejemplo, los reactores en tu época tenían que encerrarse en protectores de hormigón, con paredes bien gruesas, forradas de acero y de qué sé yo cuántas cosas más. Pero ahora con sólo una capa de plastoforma de una fracción de milímetro de espesor, ya estás totalmente protegido.
    —Entiendo —dijo Toby. La preocupación le hacía sentirse exhausto. ¿Cómo iba a hacer para ponerse a la altura de estas personas en conocimientos científicos, de manera de poder ganarse la vida? Tendría que estudiar muchísimo, y mientras tanto, ¿qué puesto le asignarían? Tal vez se convirtiera en una especie de objeto de observación como los primeros astronautas, y le pagaran un sueldo por sus presentaciones. Pero no le atraía mucho la idea de una interminable serie de presentacio-nes sociales, y ningún trabajo efectivo. Notó que los demás lo miraban ansiosamente. Qué tonto de su parte el preocuparse tanto por esto en su primer día de vida en 135 años. El solo milagro de estar vivo era ya algo digno de disfrutar. De pronto, el cansancio lo venció. Había llegado al límite de su resistencia. Aunque podía oír y tocar a esas personas, sentía la falta de un verdadero contacto. Se hallaba tan aislado, que llegó a pensar si de veras no estaría muerto y habría alcanzado otro estado, en lugar de encontrarse nuevamente en su viejo mundo conocido.
    —Ya es suficiente por hoy. Estás cansado y necesitas comer. —Al hablar, Mariana extendió una mano, y le tomó el pulso. En esta era de seres superiores y maquinarias perfectas, este procedimiento tan común y anticuado lo reconfortó.

    Shamira y Mariana intercambiaron miradas. Shamira tocó la perilla, y el vehículo abandonó la ancha avenida. Se elevó por los aires a gran velocidad cruzando jardines, volando sobre casas y enormes bloques de algo que le pareció serían departamentos, o algo por el estilo. Grandes y pequeños eran estos edificios, y de múltiples formas y alturas. Todos estaban construidos de ese material transparente color blanco rosáceo, y su aspecto era muy agradable. Pudo ver muchos vehículos similares al que ellos tripulaban. Algunos, en raudo vuelo. Otros, flotando más serenamente sobre los caminos. Pasaban muy cerca unos de otros como murciélagos, pero nunca se rozaban.

    No divisó ningún centro comercial. Parecía ser una zona residencial con mucho verde y profusión de flores. No había cercas, pero los edificios estaban distribuidos conservando cierta distancia, y la disposición parecía tener como objetivo asegurar el máximo de intimidad, a pesar de no existir empalizadas ni líneas divisorias en el paisaje.

    Sin darle tiempo a formular una pregunta inteligente sobre alguno de los interrogantes que lo acuciaban, el globo redujo su impetuoso avance, describió un círculo, perdió altura, y por último se asentó suavemente en un gran patio.

    Bajaron todos y el volador se alejó, desplazándose por sus propios medios.

    Cuando iban cruzando el patio, una mujer salió a recibirlos. Para ese entonces, Toby ya no se sorprendió al comprobar que también ella era de tez obscura. Debe ser la madre de Shamira —pensó. Tenía las mismas facciones, salvo el pelo canoso.

    Al mismo tiempo, advirtió que diversos muebles —algunas sillas y dos mesas— se movían, aparentemente por propia voluntad, desde un rincón del lejano patio. Bien seguro ya de estar muerto o soñando, Toby se quedó parado quieto, y se frotó los ojos.

    —¿De veras que se mueven... así no más, por su cuenta? ¿Estás segura de que gozo de buena salud? —Le tocó el brazo a Mariana, pero fue Shamira quien captó lo que le angustiaba.
    —Claro, en tus tiempos no existían los muebles impulsados electrónicamente, ¿no? —Se rio—. Perdóname, deberíamos haberte advertido.
    —¿Todos los muebles se mueven solos? —preguntó. Sabía que era una pregunta estúpida, pero estaba medio atontado. Lleno de admiración, igual que una criatura.
    —En tu época, claro —dijo Shamira—, la gente tenía que trabajar mucho, como esclavos.
    —¡Ah, no, a mí no me parece! —Se indignó. —Quizás no le llamarían así, pero debe haber sido algo muy por el estilo, y lo sorprendente es que ya habían desarrollado la automatización y los robots elementales, pero no los perfeccionaron lo suficiente, ni tampoco los aplicaron. Se quedaron esclavizados a toda suerte de tareas monótonas y sin importancia. Ahora, éstos son nuestros esclavos. —Shamira dio unas palmaditas a la perilla que había hecho funcionar el volador—. Ésta se encarga de hacer todo el trabajo pesado. —Desató la perilla, y se la pasó a Toby.

    Tomó el objeto en la mano. Era como una canica en forma y tamaño, pero más liviana. Quedó maravillado ante la complicada belleza y finura del pequeño artefacto. Sus dedos, acostumbrados a reconocer los materiales, no pudieron ubicar la sustancia de la cual estaba hecho.

    —¿Y esto dirige el volador? ¿Y hace desplazar los muebles? ¿Qué más hace? —preguntó.
    —Muchas de las tareas domésticas —respondió Shamira, sacándoselo de la mano—, pero hay otros discónicos que cumplen rutinas específicas, y así nosotros quedamos libres para dedicarnos a ocupaciones realmente interesantes, como por ejemplo, averiguar todo lo relativo a ti. —Shamira le sonrió, y luego se dio vuelta en dirección a su madre, que estaba parada, observando a Toby en silencio. Éste sintió que lo examinaba, y se puso inquieto. Durante unos momentos, hubo un clima de antipatía a su alrededor. ¿Por qué razón a la madre de Shamira, que nunca lo había visto hasta ese instante, él no le gustaba? Nadia se acercó, tomó la cara de Toby entre sus manos, y la fantasía de hostilidad se disipó inme-diatamente cuando lo besó en ambas mejillas.
    —Aunque estás muy pálido —dijo—, tienes un marcado aire de familia. Espero que esto te facilite las cosas. Ojalá no te lamentes de haber regresado.

    Una vez más experimentó la extraña sensación de que, de alguna manera, ella estaba resentida con él. Estoy cansado, y me imagino cosas —pensó. En voz alta, dijo:

    —No, claro que no voy a lamentar haber vuelto. Todo esto es muy emocionante, y me cuesta creer que estoy aquí. Pero también me siento un poco solo, al principio... espero.
    —Por supuesto. —Ella dio muestras de entender perfectamente. Esto es lo que más había notado: el modo en que la gente parecía comprenderse con suma facilidad. No era que dijesen que entendían, sino que era obvio que se entendían. Shamira interrumpió sus pensamientos para acompañarlo a ver su dormitorio.
    —Estarás bien independiente —dijo—. No hicimos construir tu parte de la casa hasta que no tuvimos una relativa certeza de que sobrevivirías.
    —¿Y eso cuando fue? —preguntó Toby.
    —La semana pasada.
    —¿La semana pasada? —Se quedó atónito—. ¿Recién se enteraron la semana pasada? ¿Cómo hicieron para edificar todo esto en siete días?

    Toby paseó la vista por la habitación. Era muy grande a su criterio, y alcanzó a ver otra pieza, pasando una puerta corrediza; quizás, un baño.

    —Se edifica muy rápido; todo lo hacen las máquinas —comentó Shamira—. Espero que te guste. Nosotros queremos que estés contento; y ahora me doy cuenta de que tienes hambre, de modo que si quieres refrescarte un poco, te esperamos afuera. La comida está lista.

    Cuando lo abandonó, tuvo un momento de pánico. Era la primera vez que estaba solo desde que recuperara completamente el conocimiento. La extraña sensación era casi palpable. Fue al baño y, divertido, vio que la tapa del inodoro se levantaba por su cuenta, a medida que él se acercaba.

    ¿Cómo hará para distinguir cuándo es una mujer la que quiere usarlo? —pensó—. ¿O será que yo lo hago funcionar con mis pensamientos? Lo tengo que averiguar.

    Luego se dirigió a la bañera, después de haberse quitado la camisa y los pantalones que llevaba puestos. Apenas se introdujo en ella, con un leve silbido el agua comenzó a llover sobre él. No divisó ningún grifo ni cañería, y no sabía si había accionado el mecanismo apropiado con sus movimientos o sí funcionaba por telepatía.

    Buscó un jabón, pero se dio cuenta de que venía mezclado con el agua, la cual despedía una tenue fragancia, y era suave y espumosa. Al cabo de un minuto, se convirtió en un limpio y estimulante enjuague, y luego se paró. Un aire tibio fluía sobre su cuerpo desde todas las direcciones. Ya seco y sintiéndose mucho mejor, se vistió rápidamente, se tocó el mentón dudando si tendría que afeitarse o no, pero decidió que no estaba tan mal. Debían haberlo afeitado justo antes de despertarlo.

    —¡Apúrate, querido antepasado; tenemos hambre, y supongo que tú también! Era Adreena quien, parada en el vano de la puerta, lo miraba, con la cabeza inclinada hacia un lado—. ¿Te gusta? —preguntó.
    —Sí, muchísimo. Es como un palacio, suntuoso. —Era suntuoso, pero no había en él excesiva ostentación. Le habría sido muy difícil tener que poner un nombre a las impresiones que obtenía del ambiente que lo rodeaba. Conocía el lujo característico de las casas de los ricos. La familia de Rosemary había sido acaudalada en los viejos tiempos, y también conocía la clase de ostentosa opulencia que uno asocia con grandes hoteles y clubes, pero esto era distinto. La sensación de lujo provenía de la espaciosidad y la belleza de proporciones; de no ser por eso, el ambiente hubiera resultado realmente austero, más que suntuoso.
    —Vamos. —Con inocente naturalidad, Adreena se le colgó de un brazo. Toby sintió la tibieza de su contacto. Recordó a su hijo Robin —de la misma edad que esta niña encantadora cuando él se fue—, y sin embargo, ese chico fortachón era el tatara-tatara-tatarabuelo de Adreena. ¿Alguna vez se acostumbraría a tan extraños parentescos?

    Juntos salieron al patio. Lo inesperado ya no lo tomó por sorpresa. La aparición de un carrito cargado de humeantes comidas que pasaba a su lado, deslizándose silenciosamente por sí mismo, no le inspiró ningún comentario. Ésta era una extraña tierra de nunca-nunca jamás, cuanto más rápido se acostumbrara, mejor.

    —Siéntate donde te guste —dijo Shamira—. Al mediodía por lo general comemos adentro porque es más fresco, pero a la noche, el patio es mucho más agradable.

    Pensó que debía sentarse junto a Shamira, pero se alegró cuando vino Mariana y se ubicó del otro lado. Quería conocerla mejor.

    El carrito con la comida se acercó primero a él, y eso le dio un poco de timidez. Todo lo que servían le resultaba nuevo; no había platos conocidos, y tuvo que reprimir las ansias de roast beef y budín Yorkshire.

    Shamira vino en su ayuda.

    —Te voy a dar un poquito de cada cosa.

    Toby miró las cucharas y tenedores puestos delante de él, y notó que no había cuchillos. Los cubiertos eran pesados, preciosos, y le parecían sumamente conocidos. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Nadia, que hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

    —Sí, eran de Rosemary, tu mujer, que se los dejó a tu hijo Robin. Después pasaron a su hija, y así sucesivamente, hasta que llegaron a mí.

    La comida era exquisita. Daba la impresión de consistir en su mayor parte de verduras, nueces y gran variedad de frutas. No había carne. Tenía hambre, pero no se había dado cuenta de cuánta hambre. Le habría gustado comer carne; sin embargo, no dijo nada por si acaso fuesen vegetarianos, deseando que no lo fueran. También miró disimuladamente a su alrededor para ver si había vino o cerveza, pero sólo vio agua y jugos de frutas. Una vez más, el desencanto fue efímero. Las bebidas estaban bien heladas, y no eran nada insípidas. Algunos sabores le resultaron desconocidos, sobre todo uno en particular, tan picante que podría haber sido una especie de vino de jengibre.

    Cuando volvió el carrito con el café, reconoció en un instante de marchito dolor la cafetera, ubicada en el centro de un círculo de tazas. La última vez que había visto la preciosa cafetera georgiana de plata había sido en casa de los padres de Rosemary para Navidad, el año anterior al divorcio. Qué bien lo recordaba. Ellos andaban ya tan mal, que sólo la enfermedad incurable de la señora de Blackwood lo había convencido de que tenía que ir. A ella le habría afectado mucho saber que iban a separarse, pero afortunadamente se murió en enero.

    Nigel, el amante de Rosemary, vino de visita esa Nochebuena, a la hora del café. Se trataba de un viejo amigo de la familia, y nadie tuvo sospechas. Sólo él. Toby, sufría, clavados sus ojos en la cafetera para no tener que verlos a los dos, intercambiando gestos y miradas. Así quedó grabado en su mente el diseño de la cafetera, hasta la última voluta. Estaba contemplando esa extraña curvita del dibujo... ésa, justo... cuando Rosemary y Nigel huyeron juntos de la habitación.

    —¿Por qué estás triste? —Era Adreena la que preguntaba. La mente de Toby saltó un espacio de ciento cuarenta años, más o menos.
    —Recordaba —dijo— la última vez que vi esa cafetera.
    —¿También pertenecía a tu mujer?
    —Sí, o mejor dicho, era de la madre. Yo me puse a mirarla una noche, antes de divorciarnos.
    —El divorcio era una manera estúpida de separarse —dijo Adreena.
    —Ahora ya no existe el divorcio, ¿no? Porque, claro, ya no se casan. —Quería preguntar muchísimo acerca del nuevo modo de vida, cómo se las arreglaban al no existir el matrimonio, y por qué había desaparecido, pero prefirió no hacerlo en esta reunión donde, por empezar, ignoraba las costumbres. En su época, la gente más sofisticada tenía más inesperadas peculiaridades. Pero ahora —suponía—, ya deberían haber desaparecido muchos tabúes comunes en sus tiempos, aunque quizás hubiese otros de raíces distintas, y por lo tanto debería andar con cuidado.

    Mariana comprendió su dilema, y de inmediato fue al grano.

    —Desde luego que ya no existe el matrimonio; esa costumbre se extinguió durante los años de caos porque ya carecía de sentido, y nunca se volvió a instaurar.
    —Entonces, ¿cómo establecen ustedes una relación... de ese tipo? —Todavía tanteaba el terreno.
    —¿Una relación sexual? —preguntó Mariana.
    —Precisamente—respondió Toby, contento de que al menos el tema del sexo, se pudiera discutir sin inhibiciones, igual que en sus tiempos—. ¿Cómo viven juntos? Las relaciones deben ser muy inestables. Si no están unidos por el matrimonio, pueden separarse a la más mínima desavenencia. ¿Cómo hacen para cumplir con sus obligaciones?
    —Pero claro —lo contradijo Mariana—, si tienes que estar "unido por el matrimonio", como dices, la relación debe ser falsa e insoportable.
    —Sí, por momentos. Pero si se permite que los seres humanos hagan exactamente lo que les venga en gana, en todo momento y en cualquier circunstancia, llegarían a una absoluta anarquía.
    —¿Llegaríamos a una absoluta anarquía? ¿Qué quieres decir con que llegaríamos a ella? Ya la tenemos, y es el sistema por el cual nos regimos. Todos somos anarquistas —dijo Mariana.
    —¿Son anarquistas? —Toby pensó que, a lo mejor, la palabra había adquirido un significado distinto en el ínterin—. No, no pueden serlo, al menos no lo que yo entiendo por anarquismo. Ustedes parecen tener un mundo tan metodizado —se apresuró a añadir—; ésa fue mi primera impresión, aunque no he visto mucho todavía.
    —Pero sólo las cosas materiales están metodizadas, no la gente. Nuestro sistema se caracteriza por la total anarquía. En ninguna parte del mundo hay un gobierno establecido. Se forman comités según las necesidades para tratar problemas o proyectos en particular. En cualquier momento, cualquier persona puede ser invitada a integrar uno, u ofrecerse voluntariamente. Pero los delegados de ninguna manera son vitalicios, y aun cuando están en funciones, no tienen la facultad de imponer su voluntad. Se discute, se llega a un acuerdo satisfactorio, o se determina una línea de acción; el mundo entero te ha estado viendo y escuchando, se toma una decisión, y te vuelves a tu casa. Nadie domina a nadie salvo a sí mismo, y el sistema da buenos resultados.
    —¿Realmente los resultados son buenos? —Toby se sentía escéptico—. Con esta facultad para leer los pensamientos que todos parecen poseer... Tal vez se les esté lavando el cerebro sin que se den cuenta. Tal vez piensen lo que otra persona quiere que piensen, lo que algunos grupos de gente quieren que piensen.

    Toby sabía que su voz iba cargada de incredulidad, y no quería parecer grosero. Todavía estaba cansado y aturdido, y se dio cuenta de que su tono era quejumbroso. Ansiaba seguir en gracia con la familia, y con Mariana... Especialmente con Mariana.

    Pero nadie se inquietó, y Mariana daba la impresión de preocuparse sólo porque se sintiera cómodo. Toby se sintió halagado y complacido; el dolor de la soledad comenzaba a atenuarse.

    —Yo pienso que no deberías tratar de conocer todo lo nuestro de una sola vez, la primera noche —intervino Shamira—. ¿No te parece mejor descansar ahora? Y mañana puedo mostrarte las películas documentales, y contarte lo ocurrido en los años que no estuviste.
    —Me interesan en particular los años de caos. La voz... tu voz, Raoul, no hacía más que hablar de los "años de caos", cuando estaba recuperando el conocimiento.

    Raoul echó a reír.

    —Sí, y tú dijiste que, sencillamente, tenías que vivir para enterarte de ello. Y lo harás... pronto. Mariana se puso de pie.
    —Me voy. Mañana vengo, y la ayudo a Shamira a orientarte, Toby.

    Un torbellino de aire anunció la llegada de un volador parecido al que los había traído a ellos, pero considerablemente más pequeño. Aterrizó con suavidad junto al grupo, y en un instante, Mariana se había ido.

    Toby se quedó mirando el globo que desaparecía en el susurro del blanco remolino. Se sentía curiosamente alegre; el peso de la imagen dominante de Rosemary comenzaba a desdibujarse.

    —¿Vive lejos? —preguntó a Shamira, mientras sus ojos seguían la estela del volador.
    —No, muy cerca. Ya debe estar en su casa —respondió Shamira.

    Toby se dio vuelta. A pesar del cansancio, le acuciaba una imperiosa necesidad de saber más acerca de esta gente. Vio a Raoul parado cerca, alto y descuidadamente elegante, con su pelo negro algo desgreñado. Parecía una figura de un cuadro medieval. Toby se preguntó quién sería. ¿Qué vínculo tenía con la familia? Se lo habían presentado simplemente como "Raoul, el primero en establecer contacto contigo".

    Shamira respondió sus pensamientos.

    —El apellido de Raoul es Vanileya; es el padre de Adreena.
    —¿Entonces los chicos llevan el apellido de la madre? —preguntó. Era sólo una pregunta a medias porque sabía ya la respuesta, pero quería mantener la conversación.
    —Sí —dijo Raoul—. Fue inevitable en la época en que el único modo de procrear era por medio de la inseminación artificial, y desde entonces se siguió con la costumbre. A nivel psicológico es válida, ya que la vida de un niño gira en torno de su madre, y hoy en día, nada puede suplantar ese centro.
    —¿Quieres decir que viven en una sociedad matriarcal? —preguntó Toby.
    —No, de ninguna manera. Pero tampoco es patriarcal. Lo que más importa es el individuo. Los chicos se independizan en el momento en que están preparados para ello, y consideramos que ése es el modo más natural de criarlos. La madre está para protegerlos únicamente el tiempo necesario para su desarrollo. A veces se queda también el padre, pero si se va, no hay ningún tipo de tensión. No se viola ninguna costumbre social. La familia no tiene que soportar dificultades económicas, como era común en tu época. Ocasionalmente, el padre se va un tiempo y después vuelve, o hay otra criatura y otro padre, pero no existe sensación de culpa, de modo que los niños no heredan la idea de pecado.
    —¿Tú vives aquí ahora? —preguntó Toby.
    —Por el momento —respondió Shamira. Toby creyó advertir cierta agresividad en su voz. Percibió que el arreglo no era precisamente el de su preferencia, y en este mundo perfecto encontraba, aquí, una pequeña imperfección. Esta idea lo reconfortó, porque era un hálito de humanidad. Mañana iba a tratar de averiguar más acerca de la familia. Quería ubicarse en el ámbito familiar, por más raro que fuese. En su antigua vida, no había sido muy hogareño. Salvo en el caso de Rosemary, sus relaciones eran indiferentes aunque amables. Ahora, en este mundo nuevo y extraño donde se hallaba completamente solo, de golpe la familia adquiría una importancia inmensa, vital. Era el hilo que lo unía al pasado, a sus tiempos y al futuro, al infinito.

    Nadia y Adreena se habían retirado más temprano. Shamira y Raoul se levantaron, acompañaron a Toby hasta su cuarto, y se despidieron. De pronto, apareció Adreena de la nada, y apoyó sus largos brazos graciosamente alrededor del cuello de Toby.

    —Buenas noches, querido antepasado. Te encuentro pasable, y me gustas.

    Toby se quedó chocho de contento. Una sensación cálida lo invadió gracias al contacto con la niña. En un instante ella se había ido, grácil como un cervatillo saltarín, dejando tras de sí un efluvio, un efluvio de vida terrenal, que los demás no tenían.


    CAPÍTULO 5


    UN HAZ DE LUZ QUE PENETRABA A través de las tablitas de la persiana entibió sus párpados, y lo despertó. Por un momento no supo dónde estaba, pero sólo por un momento. La desorientación de inmediato se tornó en alegría. Entonces, ¿de veras gozaba de perfecta salud? ¿Sobreviviría? En caso afirmativo, ¿cómo se presentaría el futuro? Se puso una mano en la cara para protegerse los ojos, y se miró los dedos. ¿De veras había estado inconsciente durante más de un siglo? Muy difícil de creer. Flexionó los músculos, cerró los puños, y luego estiró los dedos abriéndolos bien, sintiendo detenidamente la salud y el vigor de siempre, experimentando en forma consciente el hecho de estar vivo.

    Al cabo de un rato, se incorporó y saltó de la cama. Había un robot a su lado, que no era como las mesitas rodantes que se deslizaban por todas partes sirviendo comida. Éste tenía numerosos estantes sobre los cuales venían ropas desplegadas. Tocó las prendas para estudiar la textura y la calidad de las telas.

    Por un momento sintió la presencia de alguien en la habitación. Se dio vuelta, pero no vio a nadie. En cambio, un leve zumbido comenzó a sonar cerca de la cama, y se oyó la voz de Shamira.

    —Ahí tienes tu ropa, y si quieres ir a nadar, Adreena te acompañará.
    —¿Dónde estás? —Le habló al aire, aproximadamente en dirección a la voz. Sabía que debía haber un micrófono en el cuarto, ¿pero dónde?
    —Allí, junto a la cama —Shamira respondió a sus pensamientos— Aprieta ese botoncito blanco, porque hay visión de dos direcciones. —Así lo hizo, y apareció la cara de Shamira—. ¿Dormiste bien? —preguntó.
    —Sí, perfectamente, gracias, y me encantaría ir a nadar.

    Desapareció Shamira, y Toby quedó con la intriga de saber cuál sería el próximo movimiento. Paseó por la habitación, fijándose en el ambiente que lo rodeaba. Ahora ya tenía la cabeza más clara. La noche anterior se había sentido un poco descompuesto, exhausto y aletargado después de la llegada. Hoy ya podía comprender realmente las cosas. Tocó las pare-des y los muebles con sus dedos largos y sensibles, dedos conocedores. Le gustaba estudiar al tacto las sustancias nuevas y extrañas. Sus dedos le indicaron que este material era más caliente que el acero, y más elástico que la piedra. Tendría que averiguar más acerca de él.

    En ese momento, se abrió la puerta y apareció Adreena.

    —Ven conmigo, antepasado —dijo. Su voz, clara y alegre, de una calidez profunda, era amistosa, con un leve tono de broma.

    Llevaba puesto un vestido marrón, prácticamente del mismo color que su piel. El pelo negro, largo, suelto. Toby se dio cuenta de que esta figura amuchachada lo perturbaba. Era tan niña, que trató de evitar aplicarle la palabra "seductora". Por otra parte, a él le gustaba un tipo distinto de mujeres, más como Mariana, más hembra, alta y de voluminosos senos. Agitó la cabeza para alejar el pensamiento. Tenía los deseos de un hombre normal, y sobre este aspecto de la vida tendría que tomar una decisión alguna vez, pronto quizás. Pero todavía no. A esta altura, no quería más complicaciones.

    Adreena inclinó a un lado su negra cabeza, y le hizo señas. Lo condujo, atravesando el patio donde habían estado la noche anterior, hasta un inmenso jardín. La vegetación intensa y tropical se parecía a los dibujos de un cuento de hadas infantil. Claro —pensó—, esto es África; cuando vaya a Europa o Norteamérica, las cosas me resultarán más familiares.

    La piscina —según comprobó al llegar—, era en realidad, un enorme lago decorativo. El agua cristalina dejaba ver un fondo de azulejos que formaban un precioso diseño.

    —Supongo que a eso no lo pintan los robots —dijo Toby, con aire travieso.
    —No —respondió Adreena—. Las piecitas se colocan a mano.
    —Deben haber tardado años —dijo él—. Yo creía que la gente ya no tenía que trabajar.
    —Pero eso no es trabajo; es placer, es un juego. Lo hicimos entre todos cuando tuvimos tiempo frío, el año pasado.

    Se sacó el vestido, se paró indecisa un momento, y luego se zambulló. Toby permaneció un rato mirándola nadar, principalmente, bajo el agua. Sus movimientos, lentos y elegantes, eran tan enérgicos que se deslizaba por el agua a increíble velocidad, y sin embargo no daba la impresión de apurarse ni de hacer ningún esfuerzo. Se movía con la insolente con-fianza de una niña precoz. Es como un tiburón joven —pensó—, sin saber si él también tendría que nadar desnudo. Adreena salió un instante a la superficie, y le gritó:

    —¿Qué esperas, antepasado? ¿O es que le tienes miedo al agua?

    Y, bueno —pensó Toby, quitándose los pantalones y la túnica, tratando de no parecer cohibido. Aquí vamos. Se zambulló. Juguetona, Adreena lo agarró del tobillo, y él se asombró de la fuerza con que lo hacía.

    —Nadas muy bien —comentó Toby cuando, exhausto por tratar de nadar a la misma velocidad que ella, se trepó para sentarse en el borde.
    —¿Te parece? —Se mostró halagada, y él experimentó un excesivo placer al decirle el cumplido. El hecho de que la niña se lo aceptara hizo que se sintiera transportado a las esferas celestiales.

    De inmediato, Adreena volvió a tirarse al agua. Toby cerró los ojos y descansó. Tendría que ponerse en forma de nuevo; después de todo, el largo período de inactividad debía haberle afectado. Él, que se había considerado un buen nadador, debía hoy prepararse para enfrentar a estos seres tan atléticos.

    Cuando abrió los ojos unos minutos más tarde, Adreena había desaparecido, y le dieron ganas de encontrarla allí. La soledad lo acometió de un modo aplastante.

    Se puso de pie, se vistió y emprendió lentamente el camino de regreso, atravesando el jardín bien diseñado. Sabía —por lo que alcanzó a vislumbrar cuando volaron, la noche anterior—, que había varias casas por allí, pero los jardines estaban dispuestos de una manera tan inteligente, y se habían utilizado con tanta habilidad los recursos artificiales, que producían una sensación de aislamiento, a la vez que de amplios panoramas abiertos. Desde ese lugar, no podía siquiera ver la casa de Shamira, pero recordaba el camino.

    Los rociadores arrojaban una brumosa lluvia sobre el césped. No se diferenciaban mucho de los rociadores por aspersión que había en su época, y este detalle, aunque pequeño, consiguió aliviar un poco su tristeza.

    Se paró a observar un ratito una cortadora de césped robot. La precisión de sus movimientos y la simetría de los montoncitos de pasto cortado le produjeron un efecto hipnotizante. Luego le llegó el sol caliente a través de un claro en el follaje, y comenzó a quemarle el cuello. Siguió caminando. El silencio del jardín era opresivo. ¿Por qué había tanto silencio en el jardín?

    Se detuvo nuevamente y miró a su alrededor. A nivel subconsciente, la noche anterior había percibido la quietud en el patio, como si estuviera en una habitación de confinamiento. Ahora que se ponía a pensar, la extraordinaria exuberancia de la vegetación adquiría un aspecto de irrealidad; ni siquiera un repentino golpe de viento entre los árboles rompía de hecho el silencio.

    ¡Claro, qué tonto no haberse dado cuenta de inmediato! Debo haber recuperado a medias la conciencia —pensó—, como para no haber notado algo tan obvio. No había pájaros. Ni insectos zumbadores, ni mariposas, ni abejas, ni crujidos. Ningún ser viviente. Aterrador. Se acercó a un arbusto, apartó las ramas y espió entre las hojas esperando encontrar algo que se moviera escurriéndose hacia las profundidades, o ver un insecto en una hoja. Nada se movió. Misteriosamente sobrenatural. ¿Cómo fertilizaban las plantas... y aireaban la tierra?

    Raoul había dicho algo cuando él recién comenzaba a volver en sí en la aeronave, algo acerca de misiles atómicos que devastaron el orbe. ¿Pero cómo hizo la gente para sobrevivir? Tenía que saberlo pronto. Tantas cosas quería saber...

    Una vez en la casa, fue en busca de Shamira, y la encontró sentada en una habitación grande. Toda la pared que daba al patio era de vidrio. El cuarto estaba cerrado, y el aire acondicionado lo hacía agradablemente fresco.

    Reconoció algunos muebles que la noche anterior habían ido por sí solos al patio, y se quedó un momento mirándolos con desconfianza. Se puso a pensar que estos muebles y equipos electrónicos se prestaban para que cualquiera pudiese hacer infinidad de bromas pesadas. Por ejemplo, una criatura... él mismo, de niño.

    —Tienes razón. Adreena armaba unos líos increíbles cuando era más chica.

    Toby pensó que debía haber hablado en voz alta, y luego recordó que le podían leer los pensamientos. Tendría que hacer un esfuerzo para controlarlos.

    —No te aflijas, ya lo harás —lo consoló Shamira. Toby la observó con más atención. Ahora que se había acostumbrado a ese tono tan raro de piel, le pareció ver en sus facciones cierto parecido con su propia madre y, aunque Shamira debía ser menor que él, supo instintivamente que lo recibía como si fuese otro hijo.
    —¿Qué vas a comer? —le preguntó, señalando el carrito que se había ubicado solo frente a ellos.

    Ninguno de los platos le eran familiares, pero le pareció reconocer a los herederos legítimos de los omnipresentes copos de maíz en uno de los bols.

    —Quiero un poco de eso —dijo, indicando los neocopos de maíz. Buscó leche, pero la única jarra que había contenía una mezcla espesa, almibarada, de aspecto un poco repugnante.
    —¿Qué pasa? —preguntó Shamira, echando una mirada a las cosas sobre el carrito.
    —La leche.
    —¿Leche? No existe, y vas a tener que acostumbrarte a nuestras comidas. Probablemente allí notarás que ha habido más cambios. Al menos, eso me pareció a mí cuando estudiaba que en tu época tantos alimentos eran de origen animal. Y ahora ya no hay animales.
    —¿No hay animales? —Se sintió aterrado, aunque no realmente sorprendido. El primer impacto lo había tenido en el jardín, cuando cayó en la cuenta de que no había ni pájaros ni insectos.
    —No. Casi todos se extinguieron al comienzo del caos. La mayoría no tuvo un lapso de vida suficientemente largo como para que se conservara la especie. Algunos, por circunstanciales motivos —como por ejemplo, haber estado dentro de un hoyo donde era menor la radiactividad—, sobrevivieron un tiempo.

    Shamira hablaba con calma. Parecía no darse cuenta de estar diciendo algo trascendental.

    —Prueba un poco de eso —prosiguió, al ver que él todavía no había empezado a comer—. Te va a gustar, es muy rico, y ese jugo es delicioso. Al menos, eso nos parece a todos.

    Tenía razón. Lo era. Toby comió con fruición. Le agradó el sabor fuerte y extraño, que no era insípido como solía ser el de la comida vegetariana de sus tiempos. Y ahora que sabía que eran vegetarianos por necesidad y no por propia elección, dejó de extrañar los viejos platos familiares, pensando que muy pronto se acostumbraría al nuevo régimen. Comieron un rato en silencio. Toby, absorto en sus pensamientos, era consciente de que Shamira seguía el curso de sus ideas. Meditaba sobre cómo formular mejor las preguntas, de manera de poder descubrir rápidamente los cambios más importantes sucedidos desde sus tiempos. No podían ser muchos. Tenía que enterarse de cosas como el dinero. ¿Cómo iba a vivir? Ayer le habían disipado la preocupación afirmando que ahora la gente no se ganaba la vida. Pero no les creyó del todo. Seguramente trataban de complacerlo en su primer día.

    —¿Qué clase de sistema económico rige en la actualidad? —Por último, preguntó: ¿Cómo denominan al dinero?
    —No existe el dinero, sino unidades de intercambio, o "unidades". En tu época, había muchas tipos de moneda; que bastante deben haberles complicado la vida.
    —Verdad —respondió Toby—. ¿Y en cuanto al sistema social? Anoche mencionaste que eran anarquistas; ¿es cierto?
    —Por supuesto.
    —¿Y no pagan impuestos ni nada? ¿Cómo se compran las cosas? ¿Quién decide cuánto se va a gastar y en qué?
    —Yo creo que, ante todo, debes tratar de aceptar que la unidad de intercambio de hoy día no tiene nada que ver con el dinero de tus tiempos. Es una moneda útil, pero no es un símbolo de poder ni de prestigio. No se puede atesorar. Desde el momento en que nace, cada persona recibe su asignación, la cual automáticamente se incrementa —convirtiéndose en cuota de adultos— a los 25 años, y al morir se acaba todo automáticamente también. Nada te pertenece, y a la vez todo te pertenece.
    —¿Aunque trabajes o no? —Su tono era escéptico.
    —Aunque trabajes o no. —Shamira sonreía.
    —¿Y no lo consideran pernicioso? O sea, si las personas no necesitan trabajar, no tienen un incentivo para conseguir status, ni riqueza, ni nada, ¿no se degeneran, o se hacen depravados?
    —Entiendo que, desde el punto de vista de tu época, pueda parecer imposible. No obstante, todo lo que hay en el mundo es tuyo y mío. Y entonces, ¿qué más te podría proporcionar la riqueza? El hecho de estar vivo y de ser humano ya es suficiente status.
    —Pero el vivir sin trabajar debe ser deshumanizante y tedioso. Además, uno no trabaja con empeño y constancia si carece de un incentivo.
    —Sin embargo, a la gente de tu época no la impulsaban los incentivos morales sino el miedo. Pocos —muy pocos—tenían una existencia cómoda y tiempo para pensar o distraerse, pero aun su destino era incierto, y la mayoría gastaba su vida sólo en conseguir las cosas sencillamente imprescindibles, como techo, comida y un poquito de cultura. Había exceso de población, y se distribuían de una manera irracional. Todo era tan destructivo, cruel y estúpido.
    —No, a mí no me parece que fuera tan malo. Concuerdo contigo en que a menudo se notaba una inescrupulosa competencia para conseguir status social, pero habíamos progresado considerablemente en la época en que partió la expedición. Y sigo pensando que la vida debe ser muy aburrida para alguien que no tiene nada por qué luchar.
    —Nadie se aburre; ya vas a ver. La gente no necesita hacer más que lo que le interesa, y aunque está convenido que cada uno debe dedicar dos horas semanales de su tiempo, repartidas como más le guste, para realizar tareas comunitarias imprescindibles, la mayoría dedica muchas más. Como no tienen la obligación de hacer nada, todos hacen mucho. No existen inseguridades esenciales —lo que denominamos inseguridades animales—, como el miedo a pasar hambre, o el miedo a que otra persona tenga derecho a quitarnos la casa, la comida o las pocas pertenencias de uso personal. Al no existir dicho temor, nadie adquiere propiedades. La mayoría de nosotros se conforma con ambientes de austeridad espartana. El tener más cosas no nos importa, y precisamente, porque podemos tener todo, deseamos muy poco.
    —Yo no me atrevería a decir que esto es muy poco —comentó Toby, paseando la vista por la habitación.
    —Eso se debe a que en tu época, el disponer de espacio y de intimidad equivalían a riquezas y poder. Y parte del esquema de vida era que se disfrutaban más los símbolos de status en la medida en que otros no pudieran gozarlos, porque el poseer algo que un vecino no pudiese permitirse era un signo de individualidad, daba una sensación de éxito, de "ser". —Hizo una pausa y, a su vez, paseó la vista por la habitación—. ¿Te parece que este cuarto o esta casa son demasiado grandes?
    —No, no es exactamente eso, sino que en mi época, uno hubiera debido ser muy rico para poder tener tanto espacio.
    —Para nosotros —continuó Shamira—, contar con mucho espacio es imprescindible. Sin él, no creemos que se pueda desarrollar al máximo nuestro potencial humano. Los ambientes estrechos, estrechan la mente, y nunca ha habido —ni habrá— nada más importante que el desarrollo de la mente, adquirir conocimientos y comprensión, y para ello se necesita espacio y tiempo.
    —Claro —respondió Toby—. ¿Y este sistema funciona siempre sin inconvenientes? ¿Nunca se presentan problemas? —Recordaba que la noche anterior, la voz de Shamira había dejado trasuntar una cierta contrariedad cuando se mencionó que Raoul permanecería en la casa.
    —Hay problemas, todavía somos humanos. —Toby creyó que ella había captado la idea que se le cruzó por la mente, impulsándolo a hacer esa pregunta.
    —Bueno, me alegro. Comenzaba a creer que había llegado a un mundo olímpico, donde cada individuo es un dios infalible.
    —Dioses somos, como también lo eran ustedes en tus tiempos. Pero eso de infalibles... No. Quizás recuerdes que hubo problemas en el Olimpo. —Se puso de pie—. Pienso que tengo que empezar a contarte lo ocurrido en el lapso que faltaste de la tierra. Si no llegas a comprender lo que significó el caos, será imposible explicarte las cosas de una manera razonable y plausible. Lo que somos en la actualidad, nuestra forma de vida, las cosas en las que creemos, el modo en que funcionan nuestros cuerpos y almas, el desarrollo de las facultades mentales, el medio ambiente moderno que nos rodea, todo se debe a lo que sucedió aquellos años. De manera que, si me acompañas a la sala de televisión, podré empezar a ilustrarte. Tengo cientos de microfilms que me van a ayudar en el relato.

    Atravesaron una puerta al fondo de la habitación, y Toby se paró en seco, azorado. Cuando Shamira mencionó la sala de televisión, recordó el pequeño escritorio que había en su casa. Pero esto... esto no tenía nada que ver con una piecita confortable, con un televisor junto a la chimenea. Esto más bien se parecía a un laboratorio gigante, o una de esas inmensas galerías de arte con aspecto de hospital. Las paredes se quebraban cada tanto en partes salientes, de suerte que quedaban amplias superficies, cada una de las cuales era una pantalla de televisión desde el suelo hasta el alto cielo raso abovedado.

    —¿Qué pasa? —Shamira percibió su asombro, y se detuvo también.
    —El tamaño de este cuarto me sorprendió; eso es todo —respondió Toby, disgustado consigo mismo por ser tan expresivo— Me resulta insólito encontrar un cuarto tan raro en una casa de familia.
    —No creas. La televisión es el medio normal de comunicación. Participamos en asuntos mundiales por la televisión, votamos por televisión con la ayuda de las computadoras, y toda la enseñanza infantil se hace con y por medio de la televisión, así que ya ves...

    Palpó la perillita electrónica, y simultáneamente giró una de las pantallas, al tiempo que las persianas se deslizaban silenciosamente hacia abajo para eliminar la luz de las ventanas.

    —Bueno —comenzó Shamira—. ¿Te parece que vas a sentir mucha nostalgia si ves unas documentales de tu época? ¿Te gustaría, por ejemplo, presenciar la partida de tu expedición?
    —Sí, claro. —Sintió escalofríos. Pensar que vería a muchos de sus compañeros, y el lanzamiento de la pobrecita nave Nº 32...

    Shamira acarició la perilla, y la pantalla cobró vida.

    No era la televisión que él conocía, ni aun la más perfeccionada de su época. Ésta era tridimensional, y fue tan profunda la impresión de estar sentados justo en medio del bullicio y la actividad, que por un momento se quedó perplejo, y tuvo que hacer un supremo esfuerzo para no levan-tarse y salir disparando de la situación ridícula en que se encontraba. Un hombre habló, mirándolo fijo a los ojos, y Toby le respondió, sin tener tiempo de contenerse. Shamira le apretó el brazo, y él se maldijo a sí mismo por su estupidez.

    Era casi el amanecer del día en que partieron. Dentro del casco de la cosmonave, él y sus compañeros estaban ya inconscientes. Para todos los demás, fue su muerte. Sintió una pena profunda. La cuenta regresiva había comenzado y, mientras Shamira y él observaban, la gigantesca figura en forma de cohete comenzó a elevarse. Las llamas iluminaron la habitación, al tiempo que la nave se internaba en el aire.

    Toby supuso que, para Shamira, debía ser como estar viendo una obra de época, no así para él, que sentía algo muy personal y emotivo.

    Cambió la imagen, y Toby pegó un salto en su asiento. Rosemary, su mujer, estaba parada a menos de dos metros de distancia. Estiró la mano, pero Shamira suavemente lo hizo retroceder. Rosemary lloraba; podía escuchar sus sollozos. De modo que se había conmovido un poco. Él ni se había enterado de que hubiese viajado a Estados Unidos para el lanzamiento. Sin duda, le habría dado la impresión de que asistía a su funeral. Junto a ella, con los labios apretados y frunciendo el ceño, los brazos tensos y los puños cerrados, se hallaba Robin, su hijo.

    Las figuras variaron, y vio muchas otras caras conocidas. Algunos amigos parados por ahí parecían tristes, pero también había en sus rostros una extraña especie de alborozo. La gran aventura. ¡Qué riesgo incomparable, y qué inmensamente valiosa era la expedición!

    Y todo, tanto tiempo atrás. Si hubiese podido consolarlos, hablar con ellos, responder cuando preguntaban. Si hubiesen sabido que un día él iba a escuchar sus palabras, ver sus caras, habrían pensado que era un fantasma, pero los fantasmas eran ellos, cada uno de ellos, que se movía, hablaba, gesticulaba, lloraba. Tantos años hacía que todos habían muerto. Shamira desconectó la pantalla, y Toby se dio cuenta de que tenía el rostro bañado en lágrimas. Avergonzado, se apresuró a restregárselo con el dorso de la mano.

    —¿Aguantas un poco más? —La voz de Shamira era cálida, y sus ojos se mostraban sospechosamente brillosos. Toby se sintió menos solo, y respondió:
    —Sí, claro que me gustaría ver un poco más.

    Las documentales pasaron de lo puramente personal, al curso de los años siguientes, y así Toby pudo verse menos involucrado, y demostrar un profundo interés. Apareció un hombre de aspecto vigoroso —evidentemente un político—, arengando a una muchedumbre, que era luego apedreado en retribución por el trabajo que se tomaba.

    —Espero que haya logrado escapar —murmuró.
    —Sí, pudo —respondió Shamira—. ¿No lo reconociste? Era su hijo Robin.
    —¿Robin? ¿Puedo verlo de nuevo?
    —Por supuesto. —Tocó la perilla, y se repitieron las escenas.

    Fue una mañana memorable para Toby. Por primera vez experimentaba estar de vuelta en la tierra, y totalmente consciente. Casi tres horas estuvo mirando películas documentales. Vio a su ex mujer volverse vieja y achacosa, y por último presenció el momento en que llevaban su ataúd a la tumba.

    Robin, su hijo, también maduró y se convirtió en un hombre de edad ante sus ojos, pero su muerte no había sido registrada. Los hijos de su hijo, una nena y un varón, balbuceaban en andadores, saltaban y jugaban, iban a la escuela, y en el lapso de unos minutos, se convertían en una chica hermosa y un joven robusto.

    —¿Por qué aparecían tanto en televisión? ¿Por qué salían en tantos noticieros y documentales? Nuestra familia no era nada importante, sino todo lo contrario.
    —Estás muy equivocado —respondió Shamira—. Al integrar la expedición, te hiciste famoso. Justo antes del lanzamiento, reportearon a todos los familiares. Recordarás que ocurrió lo mismo con las naves que partieron delante de la tuya. Claro que yo seleccioné los rollos y las documentales que tenían que ver con nuestra familia. Más adelante, el interés decayó, pero si cualquier persona relacionada con algún integrante de la expedición hacía algo importante, se hacía acreedora a salir en los noticieros.
    —Claro.
    —Y algunas de las apariciones son pura coincidencia. Rosemary, como puedes apreciar, se convirtió en una gran personalidad por propio mérito. Cuando se separó de Nigel, tuvo una intensa vida política.
    —¡Ah...! ¿Así que se separó de Nigel? —Estaba sorprendido.
    —Sí, pero quizás sería mejor dejar este asunto para otro día, si quieres que te cuente del caos.
    —Por supuesto —asintió Toby, contento de poder alejarse del tema Rosemary—. ¿Y qué fue de Robin? Él también tenía una carrera política, ¿no?
    —Sí, llegó a ser un alto funcionario del gobierno de su época.
    —¿No sabes cuándo y cómo murió?
    —No. Investigué minuciosamente, revisé una y otra vez, pero sus últimos años no aparecen en los archivos, ni tampoco su muerte. Aunque no me sorprende mucho; el período de caos ya había comenzado, y se vivía un clima de conmoción.
    —¿Cuándo y cómo empezó el caos?
    —No existió un momento preciso que uno pudiera señalar como el comienzo. Fue un estado que evolucionó lentamente, igual que un cáncer; cuando empezó a doler y la gente reaccionó, ya habían, pasado muchos años. —Shamira se quedó pensando un momento—. En la última película viste a tu nieta Carol, cuando tenía diecisiete años, o sea en 2014. La garra insidiosa del caos se había manifestado ya mucho antes, pero los hechos propiamente dichos que concentraron la atención del mundo tuvieron lugar en el año 2015, aunque la gente no se dio cuenta en seguida de lo que estaba ocurriendo.
    —¿Y cuáles fueron esos "hechos" propiamente dichos? Antes de que Shamira tuviese tiempo de contestar, entró Mariana. Se pusieron a conversar, y desconectaron las pantallas. Toby experimentó una momentánea frustración. La charla se había cortado en el momento más interesante. Pero luego volvió a mirar a Mariana, y se alegró de que los hubiese interrumpido. Hoy se la veía preciosa, o quizás fuese que él estaba más despierto y lúcido. Llevaba un vestido sencillo, que perfectamente hubiese podido usarlo una chica de su propia época. La gente daba la impresión de no ser tan esclava de la moda, como era común en el siglo veinte. Tal ver fuesen más reacios a esclavizarse.

    Giró levemente en su asiento de manera de poder mirar a Mariana con disimulo. Pensó que su piel morena era muy seductora; ya se había acostumbrado a la uniforme pigmentación obscura de las personas y se avergonzaba un poco de su propia palidez.

    Mariana levantó la vista, y captó su mirada. O le había leído los pensamientos, o sabía de antemano cómo iba él a reaccionar. Sacó una botella:

    —Te traje una tintura. Pensé que podrías sentirte molesto por tu color, y esta mañana encargué en el laboratorio que te la prepararan. Te obscurecerá un poco, y va a proteger tu piel del sol. Hace mucho calor aquí en África, y creo que las pieles blancas siempre fueron más susceptibles de quemarse, o al menos así lo leí en los archivos médicos.

    Toby se sintió halagado por su gesto, y recordó con cierta turbación cómo, cuando era niño e incluso hasta el momento de su partida en muchas partes del mundo se atacaba a las negras por su distinto color.

    Adreena apareció en la puerta anunciando la comida. Volvieron a la habitación grande. Toby empezaba a experimentar de nuevo un leve cansancio, como si hubiese viajado físicamente de ida y vuelta a sus tiempos, en lugar de haberlo visto todo en la pantalla. Se alegró de que las mujeres hablaran, porque así pudo sentarse con ellas pero sin tener que participar. Le gustaba escuchar sus voces melifluas, "como si estuviesen cantando pequeñas y discretas partes de una ópera" —pensó. Pero cuando conversaban con rapidez, no llegaba a captar todo lo que decían, especialmente cuando abordaban temas que él no podía ubicar, hasta ahora, en el esquema de su propia experiencia.

    Adreena vino a rescatarlo, y le dijo que a propósito hablaban normalmente para que pudiese acostumbrar el oído al ritmo del lenguaje moderno.

    —Hablas un inglés tan distinto —dijo—, que debemos parecerte de otra raza. Para nosotros es más fácil porque contamos con el archivo de microfilms sonoros de manera que nos resulta más sencillo comprender la transición de tu idioma, al que se emplea en la actualidad.
    —¿Por qué se adoptó el inglés? —preguntó Toby. Casi se le escapa "eso que ustedes llaman inglés", pero se contuvo a tiempo. Al fin y al cabo, ¿quién era él para criticar? Del mismo modo podría uno de los Peregrinos de Chaucer haber aparecido en el siglo veinte, y criticado la transformación sufrida por el inglés, apartándose de la lengua chauceriana.
    —Por una razón muy simple —respondió Adreena—. Casi todos los habitantes de los países de habla no inglesa sabían algo de inglés, pero en los de habla inglesa, eran muy pocos los que conocían otro idioma, y por eso fue muy fácil y natural adoptar el uso del inglés como lengua franca. Durante mucho tiempo la gente conservó también sus respectivos idiomas, pero esa costumbre desapareció después del caos, generalizando el inglés. Hoy en día, la mayoría de nosotros podemos leer y entender una o más de esas lenguas antiguas, y se las utiliza con fines académicos. Sin embargo, el idioma vivo proviene del inglés.

    Toby pensaba en cualquier cosa mientras escuchaba a Adreena, pero de pronto, un gesto de ella le hizo concentrar la atención. Le sostuvo la mirada, y experimentó una sensación muy semejante al miedo. Esta niña podía ser tan poco aniñada..., cosa que trastornó su sentido de los valores y de lo apropiado.

    Con la llegada de Raoul, se relajó la tensión y la ansiedad que Adreena parecía estar transmitiendo a Toby, y éste percibió que la niña transfería a su padre la atención que le había estado prestando a él.

    La presencia de Raoul produjo un cambio en el ambiente. Un intangible malestar, semejante a una salpicadura en la superficie inmóvil de un charco, se apoderó del pequeño grupo. Shamira se encerró en sí misma, y al cabo de un momento buscó un pretexto para mandar afuera a Adreena. En un mundo donde los robots traían y llevaban hasta lo más mínimo, esa excusa no tenía sentido, pero Adreena partió sin protestar. Toby deseaba estar fuera del grupo, y poder juzgarlos objetivamente, pero sentía la extraña mirada de Raoul fija en él. Le habría gustado entender a Raoul. Le habría gustado entender a cualquiera de ellos.

    Gradualmente, los otros reanudaron la conversación pasando de una cosa a otra, con agradables silencios entre medio. Trató de analizar esa característica serenidad que los envolvía. Eran tan tranquilos, tan bellos. Físicamente bellos también, con la perfección y algo de ese aire inerte de las esculturas. En el terreno mental eran poderosos. Sus cerebros irradiaban una fuerza, una energía que le resultaba difícil definir. Energía de tal brillo y capacidad, que su propia mente iba descubriéndola de manera muy lenta y fragmentaria. Una parte de su intelecto —desconocida para él hasta ese momento—, iba siendo estimulada. Le intrigaba saber si su mente la de todos sus contemporáneos habrían funcionado a la mitad de su potencia. ¿O es que había ahora una diferencia química en la sangre que le irrigaba el cerebro produciéndole un mejor efecto? ¿Era la radiación? ¿O el aire que respiraba era distinto? Con el tiempo, podría... debería averiguar. Deseó poder averiguarlo en el momento, en seguida. Le resultaba odioso andar a tientas mentalmente, y humillante el descubrir que, por lo visto, existían esferas completas que escapaban a su entendimiento.

    El disgusto mental de Toby quebró la trémula perfección de la charla. Shamira se puso de pie.

    —¿Te gustaría salir un rato a volar? —le preguntó—. Ahora ya está más fresco, y podemos continuar mañana la sesión de orientación. Tal vez Mariana pueda acompañarte a conocer un poco del mundo exterior.

    Mariana asintió, y combinaron encontrarse en el patio, cuando ella regresara de una corta visita a su casa.


    CAPÍTULO 6


    TOBY ACEPTÓ CON GUSTO LA oportunidad de estar un rato a solas con Mariana. Ella era un enigma, algo así como un acertijo de opuestos. Si tuvieran la posibilidad de hablar, podrían llegar a entenderse. Necesitaba imperiosamente entender y ser entendido. Algo les faltaba a estos magníficos seres, pero era muy difícil precisarlo con exactitud. Tal vez fuese la suma total de muchas características humanas comunes, in-significantes.

    Mientras estaba esperándola, Mariana aterrizó en el patio, y cuando Toby entró y se sentó a su lado, pensó cuánto se parecían estos globos a los platos voladores de sus tiempos.

    Ahora casi se animaba a creer que habían existido de veras esos visitantes de otros mundos, y le preguntó a Mariana.

    —No —respondió—. Nunca hubo pruebas concretas de que hayan existido, salvo en la imaginación. Tanto es así, que consideramos que los viajes físicos propiamente dichos entre los sistemas solares, son impracticables. Hoy en día, la investigación se centra en el hombre y en la posibilidad de la desintegración mental y la reintegración en distantes lugares del universo. Desde tu época, los progresos han sido incon-mensurables, y ahora casi todo es posible. Si podemos pensar algo... concebir una posibilidad en nuestra mente, será realizable.
    —Entonces quiere decir que es poco probable que vuelvan a repetirse expediciones como la mía, ¿no?
    —Muy poco probable. Durante estos últimos treinta años más o menos, desde que ubicamos tu nave, hemos estado observando minuciosamente el espacio en dirección a Alfa. Puede ser que algunos de tus compañeros regresen con vida. Contamos con comunicaciones radiales más poderosas qué todas las conocidas en tu tiempo, y si alguno aún vive, eventualmente podremos ponernos en contacto con él.
    —Pero si no me equivoco, ustedes tienen programas espaciales, o sea, van físicamente a Marte. ¿Acaso el hermano de Shamira no está en viaje de regreso de allí? Y mira todas esas naves. —Señaló una cantidad de vehículos diseminados por el aeropuerto, que parecían enormes rascacielos idénticos. Quería ver bien la zona desde el aire, y el volador se desplazaba suavemente, a la velocidad justa.
    —Ah sí, claro —respondió Mariana—. Viajamos a todos los planetas, y Marte es el mejor. A los otros, simplemente los circundamos, pero Marte será habitable con el tiempo.

    Una leve aspereza se insinuó en su voz, y Toby pensó intrigado qué habría dicho que la ofendiera. Instintivamente captó que era algo relativo a Geno, el hermano de Shamira. Pero como no lo conocía, era en vano preocuparse por él cuando aún le resultaba difícil establecer una relación normal con los que ya conocía. En cambio prefirió hablar de un tema de interés más inmediato para él como científico.

    —¿Cómo son accionadas las cosmonaves grandes? ¿Por el mismo principio que se emplea en estos voladores?
    —No del todo —respondió Mariana—. La antigravedad se utiliza como factor principal para contrarrestar la fuerza de atracción de la tierra y de otros cuerpos, pero no te puedo agregar muchos detalles porque no es mi especialidad. Yo sé solamente los principios generales que todos conocen, pero soy médica, no astrocientífica. Raoul o algún otro podrán explicarte mejor, y tú mismo verás el trabajo experimental y estudiarás los archivos.

    Toby desistió del tema. La momentánea frialdad en la voz de Mariana había desaparecido, y estaba tan amorosa, que habría sido una locura desperdiciar tiempo preciado cuando la tenía para él. Trataría de llevar la conversación hacia temas que permitieran una charla más personal e íntima. Quería conocer más cosas de ella como persona. Por ejemplo, si era casada. No... por ahí empezaba mal. No existía el matrimonio. ¿Tenía un compañero? ¿Cómo diablos denomina uno una relación de ese tipo? Le resultaba difícil no poder decir "marido".

    Inseguro de sí mismo, se puso a contemplar el verdor del paisaje africano que se desplegaba debajo de ellos. La zona residencial se extendía interminablemente, como un área muy poblada que llegaba hasta el borde mismo del globo. Las casas bien separadas por muchos metros de hermoso parque entre medio.

    —¿No hay ninguna tienda? —preguntó.
    —No, no se necesitan porque no hay comercio. Los alimentos y demás artículos indispensables se empacan en grandes centros de producción. Los alimentos proteínicos se preparan artificialmente, y se los combina con alimentos naturales. Las frutas y verduras son seleccionadas, tratadas, y luego distribuidas a todas partes instruyendo a las computadoras. Las familias o las personas solas pasan a las computadoras una lista de lo que les gusta y de lo que no, eso es todo. La computadora programa los gustos en menús balanceados, incluye elementos esenciales pero disimulando la forma de manera de completar todas las necesidades del organismo, y se realiza automáticamente el procedimiento completo, desde el centro de producción hasta la mesa.
    —¿No se aburren de rotar los mismos platos semana tras semana?

    Mariana rio.

    —No te imaginas la infinita variedad de combinaciones que existen. De cualquier manera, la gente no piensa en la comida, porque es prácticamente algo accesorio.
    —¿Y cómo se arreglan con la ropa y los muebles?
    —Ésos son productos creativos igual que el diseño de casas, y por lo tanto, se procede de otra forma. Constantemente se preparan diseños, y después los vota la gente de la zona para la cual se proyecta cualquier diseño en particular. La producción varía todo el tiempo, dando así lugar al talento creativo y a la variedad de usos.
    —¿Y qué pasa si alguien quiere una cosa que es puramente individual? —preguntó Toby.
    —Se fabricaría de inmediato, aunque en realidad, son muy pocos los pedidos individuales.
    —Yo hubiera dicho que los anarquistas son profundamente individualistas. —Toby no pudo resistir la tentación de hacer un comentario irónico.

    Mariana sonrió, pero siguió hablando: —Estás equivocado. Los anarquistas son ante todo individuos, pero su individualismo radica en la mente, en los pensamientos y en la vida privada. Claro, en tu época había muy pocas posibilidades de llegar a ser un verdadero individuo, y por eso se apasionaban discutiendo sobre el individualismo en cosas que carecían por completo de importancia.

    —Tal vez tengas razón. —Toby temía llevar la polémica demasiado lejos, y así arruinar una posible amistad más íntima con Mariana—. ¿Ése es un centro de producción? —agregó, señalando un edificio grande, con cúpula, lejos, hacia el límite de la zona poblada.
    —No, es una sala de conciertos. Los centros de producción para esta parte del mundo están en el norte, en Argelia, y son más bien ciudades separadas.

    El volador iba cobrando gran velocidad. Toby no percibió ninguna diferencia en el movimiento —que de todos modos era imperceptible—, pero veía que las nubes pasaban raudamente, salpicando de insólitos parches la tierra que se extendía debajo. Dejaron atrás la zona ganada al desierto. Toby divisó viejas ciudades en ruinas.

    —¿Podemos acercarnos más abajo, por favor? —pidió.

    Él volador dio una vuelta en círculo y perdió altura; luego enderezó el rumbo, y prosiguió su curso justo por encima de lo que habría sido el ras de los árboles, si hubiera habido árboles. La ciudad que sobrevolaban era bastante grande, pero se hallaba totalmente desierta, y deshaciéndose en ruinas. Unos arbustos atrofiados crecían en medio y sobre los restos de edificación. Hacia el extremo de la ciudad, se notaba una diferencia. Nuevos edificios, de la omnipresente substancia blanca emergían entre los viejos, y algunos de estos últimos demostraban obvias refecciones. Toby pensó que tendrían algún valor histórico, ya que ninguno parecía estar habitado. Más afuera de la ciudad, la nueva zona residencial —planeada con amplitud de espacio—, se asemejaba a Tagoujalet.

    Siguieron pasando sobre muchas poblaciones en ruinas, algunas muy pequeñas y casi totalmente devoradas por el desierto, otras, destruidas en parte, y ocasionalmente, en los alrededores de una ciudad abandonada, la nueva ciudad de color blanco-rosáceo, resplandeciente bajo el sol del atardecer. Todo era muy deprimente para Toby:

    —Volvamos —dijo.
    —Sí, ya es hora de volver. —Mariana tocó la perilla de control, y el volador giró, describiendo una elegante curva descendente.
    —Supongo que sería estúpido de mi parte preguntar si todas estas ruinas tienen relación con los años de caos... Deben tenerla. Pero, ¿por qué? ¿Por qué dejar morir las viejas ciudades y construir cerca de ellas, o encima de ellas?
    —Eso se debió a la escasez de gente —respondió Mariana—. El número de habitantes se redujo tanto en los años de caos, que sólo se necesitaba la mitad —o menos— de la edificación. Como era importante economizar esfuerzos, se hacían sólo los trabajos indispensables —incluso con las má-quinas automatizadas— y así fue que se abandonaron ciudades enteras y se construyeron otras nuevas, con esta substancia más fácil de emplear. Más tarde —casualmente hace muy poco—, se remodelaron algunas partes de las ciudades más interesantes, pero sin embargo, a menudo no compensaba el esfuerzo. No valía la pena ni siquiera hacer volar las ruinas para despejar el terreno. El tiempo se encargará de volver a mezclarlas con el paisaje. No son peligrosas, ni causan problemas. Tampoco son muy feas, sino simplemente, tristes reliquias del pasado.
    —Tristes reliquias del pasado. —Toby susurró la frase despacito. Eso era él, una triste reliquia del pasado. No tendría que haber vuelto.

    El repentino ataque de tristeza pasó pronto, y se puso a pensar en Mariana. Estaba sentada tan cerca de él, y se encontraban solos. No pudo evitar pensar en ella en términos de contacto humano, de calidez, de consuelo, quizás de amor y de cama. Si pudiera establecer una verdadera relación, se aliviaría la amargura de su soledad. No era mujeriego por naturaleza, pero después de separarse de Rosemary tuvo varias amigas. Estas relaciones jamás cuajaron porque siempre aparecía el recuerdo de Rosemary para arruinarlas. Ahora sentía que el fantasma de su mujer estaba ya enterrado. Si le quedaban varios años de vida por delante, quería compartirlos con alguien. Si por cualquier motivo —por ejemplo demasiada radiación— no le quedaban, tendría sólo un tiempo limitado; bueno, entonces, era mucho más importante todavía.

    —¿Estás c... vives con algún amigo en particular? —Maldijo la falta de la palabra "casada" o "marido", que hacían a su lenguaje parecer eufemístico.

    La observó atentamente. En sus tiempos, las mujeres lo consideraban atractivo; lo sabía porque ellas se lo habían dicho muchas veces, y por el arrastre que tenía. Jamás necesitó recurrir a una prostituta. La pregunta directa personal acerca de un marido o de un amigo, generalmente le daba una idea de si la mujer lo encontraba agradable y estaba dispuesta a ir más lejos. En cambio, la reacción de Mariana fue distinta de todas las que había escuchado antes. No hubo esa afectación para alentarlo, ninguna actitud tipo "ahora mucho cuidado, pero lo pensaremos después". Ni tan sólo un enfriamiento repentino. Mariana respondió con calma: —La mayor parte del tiempo vivo sola.

    Lo dijo sencillamente, con el aire terminante de una puerta que se cierra para siempre. Pero no que se azota. Una puerta azotada implica cólera y emociones. La puerta que se azota a veces se abre; la puerta que se cierra, muy rara vez lo hace. Toby se sintió desechado.

    Era ridículo, claro. Había cientos de mujeres. Pero por alguna misteriosa razón, quería afincarse en este pequeño círculo que incluía a su familia. Sabía por instinto que si fallaba con ellos, más le valdría morir. No era sólo que necesitase abrazar físicamente un cuerpo o estar identificado con la humanidad de hoy, sino algo mucho más complejo, como si tuviera que hacer un recuento de bienes, enterarse de qué partes de él servían, aún, como moneda de curso legal.

    Desvió la conversación de lo puramente personal.

    —¿Las mujeres de hoy siguen una carrera y tienen hijos como actividad secundaria, o los tienen cuando son más adultas? ¿O tienen hijos de muy jóvenes y luego se dedican a otros intereses, o hacen las dos cosas al mismo tiempo?
    —Las tres cosas. —La voz de Mariana seguía siendo fría. Toby se dio cuenta de que ella no se engañaba en lo más mínimo acerca de su verdadero interés—. La gente es tan distinta... —prosiguió—. Y por supuesto, no se le da importancia.
    —¿La mayoría de las mujeres quieren tener hijos? —preguntó Toby, y añadió lo siguiente porque era lo que más le interesaba: ¿O tener relaciones con hombres?
    —Depende del temperamento de cada una. Algunas mujeres son físicamente creativas y les gustan los chicos; otras son creativas de distinta manera, y ambos tipos de creatividad se ven estimuladas por sus relaciones humanas, por supuesto, ya sea con hombres o con mujeres.

    No estoy haciendo ningún progreso, pensó Toby.

    —¿Cuál es tu principal vocación? —preguntó, al cabo de unos minutos de —para él—, molesto silencio. Ella se había encerrado en una helada aura de rechazo, y Toby sintió que debía disiparla a toda costa, ya que consideraba importante no arruinar las cosas por apurado. Esta eterna búsqueda de un contacto mental o emotivo era agotadora.
    —Me encanta mi trabajo. Estudio las enfermedades de la radiación, tema que me parece fascinante, y se remonta bien atrás, hasta tus tiempos. En un determinado momento nacieron muchas personas deformes, pero poco a poco, los que tenían una gran resistencia a la radiactividad sobrevivieron y pudieron perpetuarse. En el camino, hubo muchas vicisitudes, algunas perjudiciales y otras provechosas y, como resultado, la raza humana progresó considerablemente.

    Desde lo más profundo de su tristeza, Toby se inclinaba a poner en duda el progreso. Pensó que la humanidad estaba ahora, en un nivel mental superior, pero físicamente petrificada. ¿Cómo se las ingeniaría para armonizar con estos seres sublimes? También le pareció notar un cierto placer en la voz de Mariana al hablar de las enfermedades de la radiación. Claro que era médica, pero ¿podía ser también una pervertida que amara la enfermedad y la deformidad en sí mismas? Consiguió alejar el pensamiento, y volvió la atención al mundo exterior.

    Estaba casi obscuro. Los últimos rayos de sol iban cediendo el cielo a las chispeantes estrellitas. Formas extrañas pasaban rápidamente como luciérnagas. Se preguntó qué serían, lamentando que no pudiesen ser luciérnagas. Luego cayó en la cuenta de que las incandescentes formas fugaces provenían de otros voladores como el suyo. Mundo insólito e increíble. Todos estos raudos movimientos en medio de un silencio extraterrenal.

    Pronto, demasiado pronto para Toby —que hubiese deseado prolongar siquiera este poco satisfactorio interludio con Mariana—, el aparato se dejó caer suavemente en el patio. Había fallado por completo en sus esfuerzos por acercarse a ella, que sonreía menos tensa ahora que se separaban. Toby descendió, y en un instante ella se había ido. El plácido remolino dé aire le pegó en la cara, como una ligera advertencia. Desconsolado, se internó en la casa. No había nadie, y la falta de ruidos nocturnos era aterradora. En su pieza había una mesita servida con abundante comida para dos. Toby se encogió de hombros. Y bueno —pensó—, no lo saben todo, y eso es un consuelo.


    CAPÍTULO 7


    MARIANA LLEGÓ A SU CASA CANSADA y abatida. El paseo le había resultado agradable pero atemorizante. Toby le provocaba demasiadas sensaciones físicas, cosa que excedía el marco de su experiencia femenina. Constató que le era imposible establecer contacto con él en cualquiera de los niveles normales. Simplemente, no sintonizaban. Era obvio que Toby sentía una atracción, pero su emotividad era tan feroz que le repelía. No podía corresponderla. Dudaba si, hoy en día, alguna persona, hombre o mujer, podría encontrarse con él en un mismo plano, y lo compadecía por esas ansias y por el desencanto inevitable. Se puso a pensar en el tipo de impulso agresivo y brusco —que presumió debía ser eso que llamaban "amor" en sus tiempos—, y que parecía ignorar todos los aspectos de su personalidad, rebajándola al mínimo de su condición de mujer.

    Lejos de Toby, podía relajar los nervios y la tensión que le producía el tener que rechazarlo psicológicamente. Pensando en él con tranquilidad y fuera del radio de su irresistible, influencia, se dio cuenta de que le gustaba. Pero el sorprendente parecido con Geno la atemorizaba. Esta mañana le había llevado el frasco de tintura por dos motivos. Si Toby se obscurecía la piel, pensó, el parecido con Geno se intensificaría, y al mismo tiempo se disimularía.

    Fue extraño y natural a la vez que nadie hubiese comentado el extraordinario parecido de Toby con el hermano de Shamira. La reacción a nivel telepático había sido instantánea y unánime. Nadie habló del asunto. Nadie se lo mencionó a Toby. De no haber existido dicha semejanza, Mariana intuía que habría considerado a Toby como un experimento. Habría podido pasar bastante tiempo con él, y esto le habría ayudado mucho, al tiempo que ella también obtendría algo de la relación. Pero las facciones de Geno, un poco más pálidas en el rostro del visitante del espacio, arruinaron todo. Complicaron todo.

    Eran tan parecidos, y sin embargo tan diferentes. Los rasgos, la contextura, el peso, todo era copia fiel. Pero los ojos eran distintos. Toby los tenía claros, dorados, mientras que los de Geno eran negros y opacos. Mariana creía que, en temperamento, se complementaban. Como la noche y el día. Toby —presintió—, tendría una enorme capacidad intelec-tual si pudiera adaptarse y desarrollar el máximo de su potencial. Era una persona abierta, y sus defectos bien visibles. Geno pertenecía a las sombras; uno no podía saber si estaba o no donde demostraba, si era amigo o enemigo. Variaba a cada instante, y toda su personalidad era obscura y encubierta.

    No fue la única en alarmarse. Mariana apreció también el desconcierto de Raoul al descubrir las facciones de Geno en el viajero. Raoul fue uno de los primeros en pisar la cosmonave junto con los equipos de médicos y científicos, y estuvo parado muy cerca de Toby cuando le quitaron la escafandra. Mariana había oído que Raoul inspiraba fuerte, pero él no comentó nada en el momento, ni después tampoco.

    Ansiaba desesperadamente poder conversar sobre estos temas. Como Lottie debía estar saliendo del hospital, se concentró en pedirle que fuese a verla. Al instante, entró Lottie.

    —¿Me llamabas? ¿Cómo te fue? ¿Cómo está el visitante del Universo? ¿Se recuperó? ¿Qué clase de personalidad tiene?
    —Preguntas demasiadas cosas a un mismo tiempo —respondió Mariana, con una sonrisa—. Es encantador, y tiene una manera muy divertida de hablar, un modo altisonante de acentuar las palabras en sílabas insólitas. Pero es muy inteligente, y creo que puede andar muy bien con nosotros. Su estado de ánimo es bueno, y está preparado para aceptar los cambios. Lo único malo es... que irradia tantas sensaciones físicas, y me da lástima por él. Dudo si algún día podrá adaptarse emocionalmente, por más adaptado que esté en el plano intelectual. Por supuesto que sabíamos que esto iba a ocurrir —los documentos y los informes lo predecían con claridad—, pero me afecta mucho encontrar esta característica en particular en una persona viva.
    —Bueno, es probable que mejore. —La voz de su hermana era reconfortante—. Sabemos que era un hombre inteligente en sus tiempos, y es lo suficientemente joven como para poder desarrollarse. ¿Y qué hay de la radiactividad? ¿Te parece que es demasiada para él?
    —No sé... Por fuerza tiene que afectarle, supongo, pero ojalá pudiéramos saber hasta qué punto. —Hizo una pausa, y en seguida prosiguió—. Y hay otra cosa: es idéntico a Geno, como si fuera su imagen reflejada en un espejo, una especie de reencarnación de Geno.
    —Querrás decir que Geno es la reencarnación de Toby; no te olvides que Toby es anterior —dijo Lottie.
    —Bueno, tú sabes lo que quiero decir. Es algo sobrenatural, y traerá problemas.
    —¿A quién, a ti o a Raoul?
    —No sé, pero lo presiento. Igual que cuando introducen un cuerpo extraño en un cultivo de microorganismos, una bacteria extraña por ejemplo; al principio no provoca reacción, pero después, poco a poco va cambiando todo el medio ambiente.
    —Sólo si es más fuerte —acotó sutilmente Lottie—. Si no, muere.
    —Es verdad, y a mí no me gustaría que Toby muriera. En cierto sentido, él es mucho más fuerte. Nosotros somos todo intelecto y él es todo cuerpo, y sin embargo veo que nos está afectando a cada uno de nosotros. Todos tenemos una pequeña diferencia desde ayer, incluso Adreena.
    —¿Adreena? —Lottie se sorprendió—. ¡Si es tan joven! De cualquier modo, quiere tanto a su padre, que no piensa en nadie más, cosa que no creo que le caiga bien a Shamira.
    —No le cae bien —dijo Mariana— Ella querría que Raoul se fuese de la casa, pero él no lo va a hacer hasta que vuelva Geno. A veces pienso que me gustaría que Raoul y Geno no vivieran juntos de nuevo; otras veces me alegro cuando Geno no está allí. Es todo tan difícil.
    —No dejes que te afecte —dijo Lottie—, porque eso te someterá mucho.
    —Tienes razón. Debe ser la influencia de Toby que nos está contaminando, que destruye nuestra independencia, pero igual es una persona agradable.
    —Bueno, hasta luego —dijo Lottie—. Estoy cansada. Si no quieres hablar más, me voy. —Sin hacer ruido, salió de la habitación, tanto que Mariana no notó que se iba. Estaba hondamente preocupada.

    Toby la había alterado de manera considerable. A ella le gustaba su manera fría, reflexiva y científica de encarar la vida, y le disgustaba tener que andar buscando a tientas otras facetas de su personalidad. El parecido con Geno también le molestaba; sin quererlo, le daba a él un modo de invadir terreno privado, esa parte de ella misma que reservaba para la relación con Geno, una relación de tipo superficial y abstracto que no llegaba hasta su ego ni le tocaba la mente. Pero Toby, siendo tan distinto de Geno, bien podía trasponer la superficialidad y tener acceso a partes de sí misma que estaban sumamente resguardadas contra cualquier tipo de intrusión. Temía el tipo de amor de Toby porque podía destruir. Ya no correspondía a esta época, sino que era característico de la gente que mataba y era matada, que era codiciosa, avara y materialista al mismo tiempo. Gente del cuerpo, y la gente de hoy era gente del intelecto. ¿Lo era? Impaciente, se propuso alejar a Toby de sus pensamientos. Por un tiempo, lo evitaría, no saldría más a volar con él. Después, quizás Shamira lo llevara a Inglaterra. A pesar de que había vivido los últimos años de su vida anterior en los Estados Unidos, Inglaterra era su lugar de nacimiento, y el hogar de su niñez.

    Al pensar en Shamira, se acordó de Adreena, la Adreena jovencita y formada a medias. De inmediato, captó un mensaje de la niña. Tan absorta estaba en Toby, que su mente había ignorado la señal que le llegaba. Ahora la recibía con celeridad. Adreena quería hablar con ella.

    —Ven en seguida —le transmitió—. Me estoy por ir a la cama, así que no demores. —Mientras esperaba, se bañó y cerró los postigos. Pronto apareció Adreena en el vano de puerta.
    —¿Qué pasa? —preguntó Mariana con voz amable. Tenía la especial predilección por esta chica delgada, vital. Íntimamente, la consideraba atavística, una suerte de regresión a los tiempos de Toby.
    —Nada en especial —respondió Adreena—. Quería saber cómo te había ido en el paseo con el antepasado. Yo no le pregunté, pero lo vi llegar. Él no me vio; parecía cansado... triste.
    —¡Uy, Dios —exclamó Mariana—, eso me temía! —¿Que se sintiera triste?
    —Sí. Es tan raro, tan distinto, tan difícil de comprender. Las sensaciones físicas son muy fuertes, y aún no terminó de desarrollar la mente. Me incomoda su compañía.
    —¿Será porque se parece a Geno, y sin embargo no es Geno? —le preguntó Adreena.
    —Supongo que sí. Nunca creí que pensaras mucho en Geno.
    —Pienso mucho, y me alegro por Geno —respondió Adreena—. Si él está contigo, Raoul se queda con nosotros, cosa que a Shamira no le gusta porque no quiere que él me atraiga demasiado, pero yo me pongo contenta cuando Raoul está en casa con Shamira.
    —Sin embargo, él es tu padre.
    —Claro, pero también es un hombre, o de cualquier modo, una persona. Y a mí me gusta más que como un padre. Raoul un tipo interesante.
    —Ya lo creo, muy interesante. ¿Y acaso no te pareció Toby interesante? El antepasado, como le dices.
    —Sí. —Hizo una pausa, una larga pausa—. ¿Quieres ser amiga especial de él? —preguntó Adreena, por fin—. Espero que el motivo no sea por competir conmigo.

    Así que ésta era la razón de su visita. Mariana se sorprendió, y se quedó algo disgustada. Cerró la mente; no debía dejar escapar los pensamientos. Shamira se alegraría de que el apego de Adreena por Raoul fuera debilitándose pero, ¿había considerado a fondo las implicancias de un apego por Toby? ¿Correspondería él a los sentimientos de la niña? Mariana pensó que era poco probable porque tenía la actitud típica de su época respecto de los jóvenes: altanero, distante, un poco despreciativo, un poco hostil. Para él, Adreena era sólo una niña, y por lo tanto, no estaba a su misma altura. Mariana se extrañó de que Adreena, tan sensible y perceptiva por lo común, no se hubiese dado cuenta de cuál sería la actitud de Toby.

    Tenía razón yo —pensó Mariana—. Toby va a producir un cambio en todos nosotros, nos va a contaminar. Suspiró, lamentando quién sabe qué. La gente, de hoy estaba tan afianzada, que era imposible que un hombre pudiese cambiar algo. La humanidad había progresado mucho desde los tiempos de Toby. No muchos en años cronológicos, pero infinidad en entendimiento. Era lindo vivir en esta época. Cada ser perfecto en su propia personalidad, completamente solitario. Incluso el acto sexual para engendrar una criatura era una cosa distinta, externa.

    Una vez acabada la penetración física, el himen metafórico de la virginidad personal volvía a cerrarse, sin dejar huellas. El niño crecía y abandonaba el cuerpo de la madre; el cordón umbilical psíquico que lo unía con ella se cortaba gradualmente, hebra por hebra, y cuando se seccionaba el último vínculo, las dos personalidades quedaban separadas. De ahí en adelante, que ningún otro ser humano se atreviera a invadir ese ente privado, esa personalidad única y completa.

    —¿En qué piensas? —preguntó Adreena.
    —Pensaba —respondió lentamente Mariana—, en lo afortunados que somos por vivir en esta época, y no en la de Toby, en que la gente era sórdida y no hacía más que interferir en la vida de los demás, dirigiéndoles la mente, distorsionándoles la psiquis y maltratando sus cuerpos. Debe haber sido tremendo.
    —Sí, seguro —concordó Adreena—, realmente espantoso.
    —Su cara adquirió una expresión de placer diabólico al meditar sobre esta idea. Mariana estaba estupefacta; quería compadecerse de la niña porque pensaba que iba a sufrir, pero no se animó. Había algo de alborozo en la mirada y en el porte de Adreena que desafiaba la compasión de Mariana, devolviéndosela como una impertinencia no querida.
    —Después, cuando vayan a Inglaterra —dijo Adreena, cambiando bruscamente de tema—, quiero ir yo también.
    —Sí, cómo no, si así lo quieres, pero vamos recién dentro de unos días. Toby debe quedarse un tiempo en Inglaterra que es su país de origen, aunque luego se hizo norteamericano, y va a querer ver mejor los lugares que conocía.
    —Sí, eso creo —afirmó Adreena—, y lo va a destrozar.
    —¿Por qué?—Mariana se sorprendió.
    —Cuando uno conoce algo o a alguien, y ese algo se destruye y cambia, duele. —El rostro movedizo de Adreena se aplacó un momento.
    —¿Cómo lo sabes? —Mariana sintió que la niña la había aventajado, y esa idea la exasperaba—. Nosotros ya no sentimos ese tipo de pena, no amamos las posesiones ni las cosas transitorias. No entiendo cómo puedes afirmar con tanto énfasis que a Toby van a afectarle los cambios operados en Inglaterra. Él es inteligente, y no va a permitir que eso ocurra.
    —Quizás. —Adreena levantó graciosamente un hombro como al descuido, y se dirigió a la puerta.

    Mariana experimentó una súbita angustia.

    —Adreena, no debe importarte si Toby parece un poco brusco. Espero que te des cuenta de que él cree que eres como su hijo Robin de 12 años, o sea, una niña. Y claro, en su época, una niña de doce años no era... como tú, por ejemplo.
    —Sí, ya lo sé —respondió Adreena, y añadió confiada—, pero cambiará.
    —Al llegar a la puerta se dio vuelta—. Buenas noches —dijo—, y gracias por charlar conmigo.
    —Hasta mañana. —Mariana esperó oír el ruido del remolino de aire que le indicara que Adreena se había alejado en su volador. ¡Ay! —pensó—, me temo que va a cambiar; tendría que estar contenta, pero no lo estoy.


    CAPÍTULO 8


    POR LA MAÑANA, EL OPTIMISMO NATURAL de Toby se refirmó. No le había ido muy bien con Mariana, pero era demasiado pronto para admitir el fracaso. Aún no había adquirido el lenguaje social. Recordaba haber tenido dificultad cuando recién se mudara a los Estados Unidos, y no era sólo el acento o el estilo del fraseo, sino una manera distinta de reaccionar ante las cosas. Tuvo que estar dos años largos en Cabo Kennedy antes de poder comenzar a sentir como un norteamericano. Desde luego que era demasiado pensar que podría adaptarse a este nuevo ambiente y aprender las particularidades del trato social, todo en un par de días.

    Se duchó, silbó unos compases de una vieja canción, y se detuvo. El sonido quebraba el silencio, como si fuera un ventarrón azotando una exposición de cristalería. La penetrante quietud de la vida moderna hacía resaltar el eterno estruendo en que había transcurrido su vida anterior. Suspiró, anhelando un poco el fragor de la vida, tal como él la conocía. Luego recordó la botella de tintura. ¿Debería usarla? Estaba en la disyuntiva. Por un lado, le parecía tonta la idea de embardunarse la cara como lo hacen las mujeres con el bronceador, y por otro, tenía que reconocer que, muy en lo profundo de sí mismo, no le gustaba demasiado la idea de ser el único blanco en un mundo de gente negra. Habría sido más fácil si hubiese podido abrigar algún secreto sentimiento de superioridad, o siquiera de igualdad. Se avergonzaba de sus sentimientos, pero era incapaz de erradicarlos por completo. Supongo que así se habrán sentido muchos negros en mi época. Ahora se da el caso inverso conmigo —pensó.

    Al final, usó la tintura porque se le ocurrió que Mariana podía ofenderse si no lo hacía y, aunque por lo general no tenía mucho en cuenta si sus actos podían o no ofender a alguien, con Mariana era distinto. Importante.

    Felizmente, el tinte no era muy obscuro. No quería parecer un personaje cómico, y el resultado fue un respetable término medio, que le daba el aspecto de un intenso bronceado. Le quedó un blanco en la mitad de la espalda adonde no alcanzaba con la mano, y fue en busca de Shamira para que lo ayudara. Al salir de su cuarto, se detuvo a pensar de qué lado estaría el de ella. El interior de la casa le recordaba una serie de televisión que había visto cuando niño. ¿Cómo era que se llamaba? "El Dr. Fulano de tal..." No. "¿El Dr. qué?" —así se llamaba. Había un cuartel de policía o algo así, y al entrar, uno se encontraba con palacios y mundos inmensos. Las casas del presente se asemejaban mucho. Confió en que no contuvieran mundos inmensos, pero de hecho contenían mucho más de lo que él hubiera considerado posible o necesario.

    Se concentró. Todavía no creía del todo que tuviera el poder de enviar sus pensamientos a la mente de otras personas. Podían captarle los pensamientos, pero ellos eran distintos. Debía curarse de la costumbre de llamarlos "ellos", aun en sus pensamientos. "Somos nosotros" —se amonestó severamente—, y lo que cualquier persona puede hacer, yo también puedo... podré con el tiempo.

    Shamira le respondió de inmediato. No con palabras —porque no escuchó nada—, sino que sintió dentro de sí una fuerte propensión a darse vuelta hacia la izquierda y abrir la segunda puerta del lado derecho. Así lo hizo; y halló el dormitorio de Shamira. Nunca había estado en esa parte de la casa. Si esperaba encontrarse con el "dormitorio del patrón" adornado con más lujo que el suyo, se quedó desilusionado. Sin embargo, éste era otro ejemplo de la diferencia de valores entre antes y ahora. En su época, habría sido normal y corriente que un dormitorio —aun en una casa pequeña—, fuese más grande y estuviese mejor amoblado que los demás.

    La pieza de Shamira era como la suya, salvo por un indefinible aire femenino. Quizás porque todo, las cortinas, las persianas venecianas, la cama, la colcha, el piso, todo era blanco puro. El efecto podría haber sido frío como el de un sanatorio o heladamente virginal, pero no era así. En este ambiente, Shamira se las ingenió para parecer maternal y fecunda.

    Raoul estaba con ella en la habitación. Se asemejaban a un cuadro vivo, ya que su postura era algo tiesa. Toby creyó percibir un clima de tensión, y se preguntó si no habría interpretado equivocadamente el mensaje mental, entrando sin pedir permiso cuando se suponía que debía quedarse afuera. Luego, intuyó que estaban discutiendo un tema conflictivo, y que Shamira recibió con alegría su mensaje telepático.

    Ella fue la primera en hablar, ponderándole la tintura.

    —Queda bien, y vas a sentirte más cómodo. Ni siquiera un anarquista quiere llevar la individualidad hasta el extremo de su pigmentación.

    Le hacía una broma.

    —¿Soy un anarquista? —le retrucó.
    —¿Qué te parece? —preguntó Shamira.
    —Todavía no lo sé, pero creo que me alegro por la tintura. ¿Va a salir si quiero sacármela?
    —No puedes negar que eres del siglo veinte —exclamó Raoul— al querer dejar siempre un camino de salida. Una de las cosas que debes aprender de nosotros es que siempre marchamos hacia adelante, que no nos aferramos con una mano al pasado.

    Quiso ser un chiste, pero Toby se dio cuenta de que las palabras contenían un principio básico para la vida del presente, y ya que estaba irrevocablemente comprometido, trataría de amoldarse a él.

    —No pude pasármela por toda la espalda —dijo, extendiendo la botella a Shamira. Pero fue Raoul quien se adelantó, tomó el frasco y le aplicó la tintura. Toby sintió un cosquilleo por el tacto de Raoul, y no supo si de disgusto o de placer. Ése era el problema, que ya empezaba a dudar de sus propias reacciones. Parecía haber tanto territorio no delimitado dentro de él como afuera, en este mundo nuevo. Había querido que Raoul le cayese bien —de hecho le caía muy bien—, pero su gusto se veía matizado con disgusto. ¿Era Raoul lo que en sus tiempos se habría denominado un marica? ¿Y eso ahora tenía algún significado? Se le ocurrió que no estaban bien definidas las diferencias sexuales. Quizás, parte de los problemas con Mariana pudiesen atribuirse a ello. Todo era tan sutil. Se sintió torpe y lerdo de entendimiento. Casi podría haber sido una criatura de otra especie animal.

    Y sin embargo —pensó, volviendo a Raoul—, es el padre de Adreena y fue el amante de Shamira, aunque por supuesto, eso puede no tener nada que ver.

    Pasaron a la otra habitación y, durante el desayuno, Toby advirtió que los demás se comunicaban por telepatía. No pudo evitar ponerse a escuchar mentalmente. Era lo suficientemente consciente como para sentir el efecto, pero carecía de la fluidez necesaria para comprender este nuevo medio de comunicación y poder recibir toda la información. Le requería un gran esfuerzo, y le habría gustado que los otros hablaran fuerte, o que lo excluyeran por completo.

    Al rato, no aguantó más.

    —¿No te gustaría seguir con tu buena obra de ponerme al día? Quiero ubicarme en perspectiva; me siento un imbécil. ¿Soy ciudadano de este mundo? ¿Tendré algún derecho? ¿O es que soy una especie de cosa extraña, como un animalito doméstico o algo por el estilo?

    Shamira comprendió al instante, y su voz adquirió un dulce tono de disculpa.

    —Claro que gozarás de los derechos habituales, ya que eres igual a todos nosotros. Si a primera vista parece que te monopolizamos, es nada más que por motivos de salud. Pensamos que deberías pasar unos días tranquilos en un ambiente limitado para poder aclimatarte poco a poco.

    Bueno, eso tiene sentido —pensó—, así que sólo me resta esperar.

    —¿Qué te gustaría hacer ahora? —preguntó Shamira, al tiempo que Raoul, algo impaciente —pensó Toby—, se levantaba y salía del cuarto.
    —Cuéntame más de los años de caos —se apresuró a responder. Una vez que se fue Raoul, el ambiente quedó menos tenso y más íntimo.
    —Entonces, vamos a la otra pieza, así podemos utilizar las documentales cuando sea necesario.
    —Sí, preferiría que hablaras. No me atormenta tanto como estudiar los archivos.
    —Bueno, ayer te veías personalmente involucrado; por eso fue peor. Cuando encuentres gente que no conozcas, te va a resultar menos doloroso.
    —Ayer estabas justo por contarme el "hecho", el verdadero incidente que desató el caos.
    —Sí, pero el auténtico accidente de la bomba sólo precipitó las cosas, y consiguió que la gente notara una situación que venía madurando desde mucho tiempo antes.
    —Dices "accidente". Entonces, ¿de veras fue un accidente? Recuerdo que Raoul dijo lo mismo cuando establecía el primer contacto conmigo, pero me pareció tan absurdo... ¿Puede haber sido un accidente?
    —Sí. Tanto los estudios inmediatos como los históricos indican que fue uno de esos gestos valientes e insensatos para salvar el mundo, por parte de un grupo de personas que tenían la mejor de las intenciones.
    —¡Qué tragedia!
    —Claro, pero la tragedia empezó mucho antes, en el siglo veinte, y la bomba no hizo más que apresurarla un poco.
    —¿Cuáles fueron todos esos hechos que condujeron a la bomba y el caos? Cuando partió nuestra expedición, el mundo parecía estar preparado para la paz. Todo era distinto; ya no iba a haber más guerra ni problemas de esa índole.
    —¿En serio lo crees? —Shamira lo miró perpleja.
    —Pienso que era una convicción general. Todos los países trabajaron juntos en la expedición, y creo que en Cabo Kennedy nos olvidamos de nuestro país de origen; no contaba el ser norteamericanos, ingleses, rusos o chinos, ni siquiera el color blanco o negro de la piel. Éramos simplemente hombres. —Hizo una pausa, tras lo cual prosiguió—. Y no nos ocurría sólo a nosotros —o sea a los que de hecho participábamos en la aventura porque en cierto modo éramos la excepción—, sino que era una actitud general. Había un sentido de unidad que abarcaba a todos, el personal de tierra, los taximetristas, los comerciantes, los pescadores, los turistas que llegaban, todos.
    —Sin embargo, tu punto de vista es sólo una parte de la historia. No fue tan sencillo. Hay ciertas cosas que únicamente se pueden juzgar a través de la historia, y eso es algo que pudimos hacer nosotros y que, por supuesto, ustedes no podían. ¿Ninguno de ustedes se preguntó, por ejemplo, por qué de repente todos los países más importantes olvidaban sus diferencias y se ponían a trabajar juntos, en la década del setenta, para proyectar una expedición? ¿A despilfarrar un tesoro incalculable en un plan Con tan pocas probabilidades de éxito —perdóname que lo diga— cómo era la expedición a Alfa?
    —Supongo que en un principio nos habrá intrigado, pero daba la impresión de que la gente tenía miedo a la bomba, y las grandes potencias entendieron que nadie sobreviviría a una guerra atómica. Así fue que se vieron en la necesidad de dar otro uso al dinero y a los conocimientos, aplicándolos a una meta inofensiva pero profundamente apasionante. Al fin y al cabo, en esa época los vuelos espaciales gozaban de tanto prestigio como en un pasado lo tuvo el ganar guerras.
    —Sí, en eso tienes bastante razón. —Shamira asintió, con gesto aprobador—. Y después de tu partida, durante mucho tiempo continuó la colaboración entre los países. No les quedaba ya dinero como para ser otra cosa que amigos, por ese entonces.
    —¿No te parece una apreciación demasiado cínica? ¿Acaso era imposible que hubiesen intentado sinceramente seguir en términos amistosos?
    —Podrás juzgar por ti mismo a medida que avancemos —respondió Shamira, sin afirmar ni negar nada—. Desde esta perspectiva, podemos apreciar que la situación mundial era como una salsa mal hecha. Se habían puesto los ingredientes necesarios, pero, o no se les puso en el debido orden, o fallaron las proporciones. O quizás, faltase un elemento catalizador. Todo anduvo bien mientras la mezcla seguía en un estado de gran actividad, pero tan pronto dejaron de batirla, empezó a asentarse y se cortó.
    —Entiendo. Entonces opinas que la gente no se había unido de veras.
    —A esa conclusión hemos llegado yo y todos los demás historiadores. La aparente homogenización de las distintas nacionalidades y razas fue una mezcla artificial que se mantuvo activa por los preparativos para la expedición. Una vez que partió el último de ustedes, y a pesar de los años que se habían dedicado al proyecto, no hubo nada importante que uniera a la gente, que comenzó a replegarse en su nacionalidad y en su origen racial, descontenta con su suerte y recelos de la de los demás.
    —¿De modo que todo volvió a ser como antes? —Toby recordó las grandes esperanzas, el idealismo y las creencias de sus coetáneos, todo ello condenado a no concretarse en nada. Suspiró.
    —Bueno, sí y no —respondió Shamira.
    —¿Qué significa eso de "sí y no"?
    —Quiero decir que, aunque en el aspecto humano el hombre volvió a ser lo que era hasta ese momento —codicioso, bastante incauto, fundamentalmente muy ignorante—, las partes políticas del espectro no formaron las mismas figuras que antes. En tu época, el mundo tendía a dividirse entre oriente y occidente, o como decían ustedes, el mundo libre y el mundo comunista, aunque no me imagino qué es lo que le veían de libre. Luego del intento de unificarse poco a poco apareció la división entre la mitad vieja y la nueva del mundo. Por un lado estaban Europa, Asia y la India, y por el otro, las Américas, Australasia y prácticamente toda África, excepto los países árabes, que compartieron la suerte de Europa y Asia.
    —No sabes cuánto me sorprendes —comentó Toby. —No creo que pueda extrañarte mucho. Aun en tus días debe haberse pensado en la posibilidad de un reagrupamiento así.
    —Supongo que sí, pero confieso que no se me había ocurrido, al menos de una manera tan palpable.
    —El mundo —prosiguió Shamira— retornó a sus antiguas costumbres, a vivir sobre ascuas. Volvieron a fabricarse armas nucleares, más complicadas y temibles que las de antes porque todos los países, aun los más pequeños las tenían. Los pasaportes —que dejaron de usarse un tiempo—, salieron a relucir nuevamente, y más complejos todavía. Una vez más se persiguió con severidad a los intelectuales que trataban de conservar la independencia de su espíritu. Los poetas escribían versos amargos y los pintores pintaban cuadros grotescos. El teatro y la literatura se lucieron más pornográficos e incomprensibles. La gente bailaba, cantaba, se reía y disfrutaba, y los jóvenes se envilecieron más que nunca.
    —Me suena conocido —dijo Toby.
    —Y todo el tiempo, se iban afirmando las condiciones que culminarían en el caos. Como dije antes, fue una especie de cáncer, indoloro al principio, pero insidioso.
    —Me imagino que te refieres a los efectos de la radiactividad; no puede haber sido otra cosa.
    —Sí. La gente estaba hastiada. El poder nuclear ya no era un extraño temible, y se aceptó la idea de los efectos colaterales como si fuesen amigos íntimos. Si un reactor atómico sufría desperfectos —cosa que ocurrió cientos de veces en todo el mundo—, se limitaban a comentar "pobres tipos, qué horrible habría sido que alguien muriese", y seguían hablando de otra cosa. Los "pobres tipos" se morían en todas partes, y a nadie le preocupaba, ya no era más noticia.
    —Bueno, eso es natural. Yo me acuerdo que pasaba lo mismo con los choques de aviones y accidentes en las rutas.
    —Claro —asintió Shamira—, y durante los años posteriores a la expedición, la gente se fue acostumbrando cada vez más a la tragedia atómica. Un hecho tenía que ser realmente desolador para recibir algún tipo de publicidad, porque de otro modo no concitaba mucho interés. Los que se ponían a pensar, probablemente sintieran que unas pocas muertes eran un precio muy bajo por los grandes adelantos que producía el uso de la energía nuclear.
    —Sí, es todo tan plausible, tan correcto. Hasta que uno se pone a mirar en los resultados acumulativos —acotó Toby.
    —Bueno, junto con los demás, los que no se preocupaban y los que adoptaban la filosofía de "todo es para mejor, en este mundo, el mejor de los factibles", y los indiferentes a esa muerte que llevaban adentro, había una especie de contra-sentimiento que corría por la población de los países más grandes. Se formaron grupos de personas que trataban de concitar el interés del público hacia temas tales como prevenir las guerras y proscribir las armas nucleares. Desde luego que nadie llevó las cosas hasta el extremo de sugerir se proscribieran los equipos que hacían temblar la tierra.
    —No me digas que era fuerte aún la Campaña para el Desarme Nuclear. Yo participé en una manifestación en Aldermarton cuando tenía 14 años, y creo que fue la última.
    —¿Aldermarton? —por un momento, Shamira lo miró desconcertada—. Ah sí, claro. —Su rostro se serenó—. No podía ver la conexión. —Se rio—. No, no me refería a eso. Estos grupos posteriores eran llamados "movimenteros", y diferían en el hecho de que no estaban constituidos por estudiantes e intelectuales —como era costumbre en tu época—, sino por los prosaicos, los antiguos comerciantes de las ciudades, los jefes de policía, los guardias, los alcaldes, y todo tipo de gente atinada y "con los pies bien plantados en la tierra". Pero por supuesto, solían afiliarse en secreto.
    —Yo hubiera pensado que esos grupos pesaban mucho. ¿Cómo fue que no se proscribieron las armas nucleares?
    —Tenían que enfrentarse con los intereses creados de la industria bélica, y con militares de mente estrecha. Pero incluso en los cuadros superiores había simpatizantes de los movimientos debido a lo que ocurrió.
    —¿Te refieres al accidente?
    —Sí. Durante mucho tiempo hubo intentos de sabotear las bases atómicas a ambos lados de la línea divisoria, y como la protección era tan estricta, eso significaba que en los círculos internos de cada país había muchos que no estaban de acuerdo y querían cambiar las cosas.
    —Evidentemente.
    —Y una noche, unas personas —nunca se descubrió quiénes fueron ni cómo hicieron para sortear los dispositivos de seguridad—, se propusieron arruinar una base de misiles. Sucedió en los Estados Unidos, pero no tiene importancia, porque lo mismo pasaba siempre en todos los países. Por error dispararon uno de los misiles. Sé que vas a decir que debe haber existido una interminable cadena de altos funcionarios que estaban al tanto, que era necesario colocar en serie unos veinte interruptores y contra-interruptores, que debía haberse informado al Presidente y que es imposible que haya sucedido. Pero sucedió.
    —¡Dios Santo!—Toby estaba horrorizado—. ¿Y eso no originó una guerra?
    —No, afortunadamente no. Quizás los que estaban enredados con los misiles —que deben haber sido bastantes—, también se enredaron con los dispositivos apuntadores, y el cohete que se escapó subió, se internó en el aire, luego se dio vuelta y se vino abajo. Explotó sobre Texas destruyendo innumerables equipos petrolíferos, y borró a la ciudad de Dallas.
    —¿No hubo repercusiones? ¿El resto del mundo no se imaginó que había empezado una guerra?
    —Sí. Los norteamericanos registraron la explosión en otra base, pensaron que los atacaban, y mandaron un misil por sobre el Polo Norte, hacia Europa. Pero en Europa también habían captado la explosión y se esperaban desórdenes, de modo que un interceptor hizo explotar el misil sobre el Ártico. Luego Europa disparó uno de los propios, y Estados Unidos lo interceptó en el extremo norte de Canadá, después de lo cual se ordenó el cese de fuego, y todos los países se dedicaron a investigar lo que había ocurrido.
    —¿Y nadie lo sabía?
    —Por lo menos supieron que no había sido un ataque intencional.
    —¿Qué pasó después?
    —El mundo entero se vistió de luto por las zonas arrasadas. Algunos "movimenteros" conocidos fueron cercados y castigados con crueldad. Los que tenían suerte morían de un tiro, o se los linchaba de inmediato. A otros, se los sometía a interminables y crueles torturas. Ésa era la reac-ción típica de la época. El mundo estaba atemorizado. Al cabo de un tiempo, la humanidad se dedicó a hacer un balance. Ninguna nación podía sentirse triunfadora ni con deseos de venganza. Entre ambos lados de la línea divisoria creció una incómoda amistad.
    —Bueno, de cualquier manera, eso ya era algo —comentó Toby.

    En ese momento, llegó Mariana.

    —¿Qué tal marcha la instrucción? —preguntó sonriendo.
    —Muy bien —respondió Shamira—. No queda mucho por contarle, salvo los aspectos médicos que originaron el caos mismo.

    Toby hizo un gran esfuerzo por pensar en el caos, pero divagaba sin poder concentrarse. Miró el brazo obscuro de Mariana, y el pelo que le caía sobre los hombros. Como hoy no lo llevaba sujeto en un rodete, pudo apreciar que era largo y brilloso. Siempre le había gustado el pelo femenino. Evidentemente no iba a serle fácil la vida si las mujeres desplegaban tantos atractivos, llenas de las más deliciosas promesas y posibilidades, pero vacías de substancia.

    —Creo que deberíamos seguir —dijo Shamira—. Si no, Toby se va a enloquecer de estar tanto tiempo en el limbo.
    —¿Hasta dónde llegaron? —preguntó Mariana.
    —El mundo analizaba las circunstancias, después del accidente, y los países parecían estar en términos más amistosos—dijo Toby.
    —¿Le contaste de ese peligro mayor que no había sido apreciado en su totalidad, y que comenzó antes del accidente? —preguntó Mariana.
    —Muy de pasada —respondió Shamira—. Y ya que están aquí, ¿por qué no sigues tú? Al fin y al cabo, el aspecto de la medicina y la salud general corresponde más a tu especialidad que a la mía.
    —En tal caso —dijo Mariana—, vamos al otro cuarto para ver los archivos de televisión. A mí me gusta ilustrar lo que digo.
    —No con tanto lujo de detalles, por favor. Para Toby, la narración contenía un poderoso elemento macabro. El contraste entre la siniestra reseña ilustrada por siniestras documentales de televisión y las voces dulces, serenas y melifluas de las dos mujeres que se alternaban en el relato, con esa cadencia del lenguaje moderno, le hizo pensar si no estaría soñando, o volviéndose loco.

    El relato avanzó, inevitablemente atroz. Mucho antes del asunto de la bomba, la gente se iba poniendo estéril, pero cegada por el miedo al exceso de población, pensaba sólo en la amenaza de una guerra atómica, mientras se embotaban sus facultades perceptivas por la familiarización con los poderes nucleares en la vida diaria. Y fue así como no advirtieron la muerte acechante.

    Cuando las estadísticas demográficas señalaron una evidente baja en la tasa de nacimientos en el mundo entero, la noticia fue recibida con muestras de alegría. La Iglesia y el Estado aclamaron el fin de los nacimientos ilegítimos como un signo de regeneración moral. La falta de mano de obra se compensaba con una creciente mecanización y auto-matización, y el gradual fracaso de la cría de animales se disimulaba con una mayor producción de cereales. Para los pocos que llevaban sobre sus espaldas el peso de pensar y preocuparse, la vida era una ardua lucha por impedir la guerra. Para la mayoría, la vida se hizo más fácil en todos los niveles. Menos bocas que alimentar, menos gente para compartir la riqueza, más máquinas para hacer el trabajo. La humanidad marchaba apresurada hacia su extinción bajo el signo de la alegría y la comodidad. Justo en el momento en que el miedo podría haberse despertado en el seno del público, ocurrió el accidente. La temida posibilidad se hizo realidad parcial. De inmediato surgió la preocupación, se difundió y tomó un rumbo equivocado. Entre tanto, había aumentado el nacimiento de deformes, pero la tasa de natalidad se encargaba de disimularlo. En el destello de la publicidad que se dio a la bomba, esos nacimientos despertaron el clamor del pueblo y el pánico del gobierno. En el mundo entero las autoridades ordenaron que las personas que quisieran agregar un miembro más a su familia, deberían abstenerse de hacerlo por un año, preferentemente por dos. La opinión pública estaba acostumbrada a la aceptación feliz y dócil de un mundo en donde concebir un hijo era equivalente a una traición. En zonas con menos problemas, no se impartió ninguna directiva, pero la tasa de natalidad descendió inexorablemente, aunque no tan de golpe. A los cuatro años de la bomba, las estadísticas demográficas registraban cero.

    Por un momento, Toby salió de su trance.

    —¿Durante cuánto tiempo no nacieron niños?
    —Casi quince años.
    —¿La esterilidad era igual entre hombres y mujeres? — volvió a preguntar Toby.
    —Se cree que no —respondió Mariana—. Al principio, los hombres fueron los más afectados, pero con el tiempo recobraron la fertilidad. En cambio, hubo menos mujeres aquejadas, pero las que lo fueron, quedaron estériles para siempre.
    —¿Y qué pasó en esos años?
    —El caos —le contestó Mariana—. Mira.

    En el concentrado lapso que cubrían las documentales, la desintegración del mundo que había conocido avanzó rápido e irrevocablemente. Nada ocurrió con la impetuosidad de una revolución, pero no por ello fue menos total la desintegración. La autoridad desapareció por completo, y nunca volvió a consolidarse. Se cerraron escuelas, cárceles e instituciones de toda índole. Un gobierno muy precario cayó en manos de las mujeres que eran demasiado viejas para dedicarse a la ingeniería o a la ciencia; si no, tanto hombres como mujeres se abocaron al estudio de materias científicas. Toda la actividad humana se orientó hacia el mejoramiento de la mecanización y la automatización, para asegurar que los últimos seres sobre la tierra murieran sin sufrimientos. Las pocas leyes restantes quedaron en manos de mujeres, que administraban pequeñas dosis de justicia inmediata y sumaria. Cada año que pasaba, crecía el antagonismo entre los sexos. Las mujeres eran más agresivas, alternando entre la extrema promiscuidad y períodos en que se reunían para atacar a los hombres con un ensañamiento y una crueldad tales que a Toby se le revolvía el estómago. Los hombres acudieron a otros hombres en busca del amor y el consuelo que les negaban las mujeres.

    Toby se enjugó la frente. Transpiraba en abundancia.

    —Esto es imposible. ¿Por qué no hicieron algo? ¿Cómo permitieron que las mujeres los trataran así? —Sintió que odiaba a las dos mujeres que se hallaban a su lado.
    —No te enojes. —La voz de Shamira era amable—. Todo esto ocurrió hace tantos años. No olvides que has estado contemplando a la humanidad desnuda, en su estado más primario. Tenían ciencia, pero no futuro. Todas sus creencias los abandonaban. El progreso material les fallaba. La religión les fallaba. Sólo les quedaban los instintos, y las mu-jeres son criaturas muy primitivas. Sabían que, a fin de cuentas, nada importaba si no podían concebir más niños. Acertada o erróneamente, echaban la culpa a los hombres. Cada mujer sentía que, si pudiese encontrar un hombre fértil, daría a luz un hijo. No se las puede culpar; era una época en que privaban las necesidades esenciales.
    —¡Qué espantoso!... ¡Qué horrible!... Más siniestro que el diablo —dijo Toby, cansadamente.
    —¿Quieres que dejemos y sigamos otro día? —preguntó Mariana.
    —¡Sí! No sé siquiera si quiero ver algo más, aunque supongo que mañana voy a tener ganas de seguir informándome.

    Pasaron a la otra habitación. El sol brillaba en los amplios ventanales; y su resplandor enmudecía a través de las persianas acanaladas. El silencio y la paz de la pieza fresca por el aire acondicionado hizo revivir a Toby.

    Respondiendo a la perilla electrónica de Shamira, se abrieron las puertas, y una mesita con comida rodó hacia ellos.

    Toby pensó en los rostros amargos y angustiados que había visto en televisión. "Todo este confort; toda esta elegancia provienen de aquel inefable paroxismo", pensó. Quiso poder olvidar lo que había visto y oído esa mañana.

    —No debes ser tan sensible —dijo Mariana, con dulzura.
    —¿Dije algo? —Por un momento, había olvidado la facultad que tenían de leer los pensamientos.
    —No, pero descuidaste controlar tu mente.

    Toby creyó verla más accesible hoy, más humana. Nuevamente comenzó a anhelar que, con el tiempo, pudieran encontrar una base en común para la amistad. Y luego, quizás, para algo más.


    CAPÍTULO 9


    TERMINARON DE COMER, Y SE QUEDARON sentados descansando. El ambiente contribuyó a tranquilizar la perturbada mente de Toby. Estos seres modernos tenían la virtud del sosiego, que transmitía una infinita paz. Al observar a las dos mujeres, al escuchar sus voces dulces y musicales, se maravillaba de su innata quietud, tan distinta de la interminable y bulliciosa agitación de sus tiempos. A menos que uno estuviese enfermo, habría sido inconcebible ver a tres adultos sentados en la mitad del día, hablando y dejando de hablar sosegadamente. Se tenía la idea de que aun los fines de semana había que estar ocupado, ocupado con los deportes, ocupado con amigos, pero siempre físicamente activo. Y pasar horas ociosas un día de trabajo habría producido un enorme complejo de culpa en cualquier persona.

    Mirando retrospectivamente, qué extraño parecía todo. ¿Qué diablos era una persona normal? ¿Y cómo definir de hecho un día laborable? Desde el punto de vista abstracto, no significaba nada.

    —¿Quieres hacer algo en particular esta tarde? —preguntó Shamira, interrumpiendo sus reflexiones.
    —¡No! No, creo que no. Salvo que fuéramos a nadar más tarde. Todavía me canso con facilidad.

    Mariana —que seguía de talante accesible y amistoso—, dijo:

    —Vamos a ir al hospital por tus análisis, y después volvemos a la piscina.

    En el hospital conoció a su hermana. Lottie, médica también, que se encargó de hacerle los análisis, y luego lo llevó a recorrer el edificio, que lo impresionó muchísimo.

    No había salas. Cada paciente tenía una habitación amplia, y estaba rodeado por numerosos aparatos. "Como un escenario para una obra de ciencia ficción" —pensó.

    Al principio se sentía cohibido. Conocer gente nueva lo fatigaba, y se dio cuenta de que para ellos, él constituía el fenómeno más raro de todos los tiempos.

    Pronto olvidó su inhibición, mientras Lottie le explicaba las técnicas y procedimientos hospitalarios del presente. Un instinto perverso le hizo preguntar:

    —¿Cómo es que en esta era de perfección las personas todavía se enferman y mueren?

    Lottie lo tomó con calma. —Nunca habrá perfección; siempre existirá algo más, y las enfermedades de hoy responden a la época, del mismo modo que las de ustedes pertenecían al pasado. No morimos de problemas al corazón producidos por un exceso de comida o de trabajo. En cambio, morimos de una variedad de desórdenes, consecuencia indirecta de la radiactividad.

    —En términos generales, ¿se ha prolongado la vida?
    —No mucho. El promedio corriente son los setenta años, pero hay una diferencia. Más personas tienen la posibilidad de sobrepasar ese límite, y conservan mejor sus facultades físicas y mentales.
    —Entonces, ¿por qué mueren?
    —Al igual que tantas otras cosas, es una cuestión de voluntad. El hombre ahora se gobierna por la mente y la voluntad mucho más que en tus tiempos, aunque en cierto sentido es igual. El subconsciente con frecuencia inducía a enfermarse y morir cuando la persona entera estaba lista para ello. La diferencia de ahora es que, lo que en tu época se presentaba a nivel subconsciente, hoy es consciente, y lo que era profundo inconsciente, se ha desplazado mucho más a la zona iluminada, ha entrado en la personalidad que puede ser reconocida.
    —¿Dices que la gente elige el momento de morir? —Su voz sonaba escéptica.
    —Uno elige cuándo acostarse y dormir. Esto es muy parecido, sólo que más permanente cuando, con la edad, uno se halla más cansado.

    Le resultaba muy difícil tratar el tema a fondo, de modo que lo cambió.

    —¿Dónde está Mariana? —preguntó.
    —Se fue. ¿Quieres que volvamos?

    Lo invadió la desilusión pero cuando llegaron a la piscina unos minutos más tarde, Mariana estaba allí, con Shamira, Raoul, Adreena y Nadia, a quien Toby no había vuelto a ver desde la primera noche.

    —Toda una reunión de familia —exclamó, saludando a Nadia con un beso. Le vino a la mente el ridículo pensamiento de que su chozna debía ser una niña, y no una solemne mujer de edad, de pelo blanco.
    —¿Sigue resultándote difícil ubicarte en nuestra época? —preguntó perceptivamente Nadia, devolviéndole el saludo con dignidad. Por un instante, se quedó helado. ¿No le caía bien a ella? Había algo, y no sabía qué era. Se sintió estúpido y torpe al no poder reconocer o percibir ese algo. Una indefinible corriente mental subterránea produjo un clima de discordia, pero en un instante desapareció.
    —Me cuesta comprender... cosas. Pero me siento más cómodo, como si mentalmente ya estuviera a mitad de camino hacia aquí. Pronto habré llegado del todo, y dejaré de maravillarme.

    Miró a Mariana, que estaba parada algo más lejos, a una distancia desde donde todavía podía divisarla. Su estado de ánimo sumiso gradualmente se disipaba en presencia de otros. Debía tener cuidado de no presionar en nada el delgado hilo de la relación que se iba estableciendo.

    Con cierto aire lánguido, se dirigieron a la piscina. Obscurecía, y el agua formaba pequeñas ondas donde se reflejaban, distorsionadas, las estrellas. Todos se quitaron las ropas y se zambulleron. Luego de un momento de vacilación, Toby los imitó.

    La noche era muy similar a su primera noche, sólo que él no se sentía tan vulnerable. En parte, porque ya lo trataban con más naturalidad. Al dejar de ser el centro de atención, se sintió más libre, más capaz de advertir cosas. Escuchando hablar a todos, podía empezar a armar el rompecabezas de la dinámica comunitaria aunque tenía aún enormes y obscuras lagunas.

    Todavía no estaba seguro del principio según el cual se regían las ciudades. Advirtió la falta de comercio, pero la distribución del trabajo o de las tareas necesarias —evidentemente no era trabajo como se lo entendía en el siglo veinte—, seguía siendo un misterio. ¿Cómo lograban que funcionaran regularmente los inmensos centros de investigación y demás organismos estatales? Decían ser anarquistas. ¿Se referían a lo que él consideraba anarquismo? En tal caso, ¿cómo compaginar la cohesión tan obvia en todo lo que hasta ahora había visto, con el viejo concepto de anarquía?

    Pensó que avanzaba demasiado lento. Trataba de apremiar a su cerebro para poder captar más cosas y con más rapidez. Las explicaciones que Shamira le dio sobre el caos le ayudaron mucho, pero creía que si pudiera salir más, conocer otras personas, asimilaría los principios básicos sin tanto esfuerzo.

    Y el insólito mutismo en torno de Geno. Anhelaba preguntar por su tatara-tatara-tataranieto, pero la conspiración de silencio lo incluía a él también. Su propia lengua sufría el maleficio, negándose a formular las preguntas que se agitaban en su cabeza.

    Entretanto, superando toda otra consideración, debía vérselas con las diferencias en la personalidad. Este era el aspecto donde se habían producido los cambios más notables. No sólo la gente tenía mejores casas, comía mejor, era más capaz, y disfrutaba de infinito tiempo de ocio y de la habilidad de llevar una vida físicamente inactiva sin por ello corroerse. Había algo más. La humanidad había cambiado de manera fundamental. Tal vez hubiese sido siempre así. Tal vez, un hombre de la edad media trasplantado al siglo dieciocho habría sentido la misma alienación, la misma incapacidad de ubicarse y enfocar bien las cosas, pero Toby creía que estas "invisibles diferencias” —como las llamaba, a falta de una más correcta definición—, eran algo totalmente nuevo. El mismo ser humano —pensó—, había trabajado afanosamente durante 200.000 años —o más—, y luego, en el curso de unas pocas décadas, se había agregado otro elemento, algo que alteró la estructura básica de la humanidad de un modo muy leve, pero incuestionable. Existía, por ejemplo, este don para comunicarse a nivel mental. Shamira dijo que estuvo latente en los hombres durante miles de años. ¿Tendría razón? Comenzaba a desarrollar en sí mismo esa facultad, y ello parecería confirmar su aseveración, pero también notaba su cerebro algo sobrecargado. Es como si yo fuera un foquito de luz de pocos voltios, conectado de pronto a una estación generadora mucho más poderosa. Por unos momentos, la lámpara soporta el fluir de la energía y da una luz brillante; luego, explota. ¿Explotaré yo también?

    Absorto en sus pensamientos, no advirtió que los demás habían dejado de hablar, y lo miraban.

    —¿Estás triste, Toby? —La voz de Shamira denotaba ansiedad.
    —Perdónenme —respondió—. Estaba pensando, preguntándome...
    —¿Si vivirías mucho tiempo? —Fue Raoul quien habló. Toby era profundamente consciente de las distintas actitudes mentales de cada uno hacia él que al concentrarse de un modo casi tangible, en su persona lo afectaban mucho.
    —Sí, me queda esa duda, debido a que hay tanta más radiactividad hoy en día.
    —Probablemente te aclimates. —La voz provenía de Mariana. Toby quiso adivinar un toque de ternura en ella, pero no estaba seguro. Por fin, llegó a la conclusión de que era Mariana médico, y no Mariana mujer, la que se interesaba por él.
    —No morirás... Yo no lo voy a permitir. —Adreena habló con intensidad, y por un instante su poder mental neutralizó el de los demás.

    Toby se sintió incómodo, como solía ocurrirle cuando ella andaba por allí. Adreena tenía una personalidad más fuerte que la de cualquiera de los otros.

    —¿Cómo me salvarías? —preguntó Toby, pero su pregunta no tradujo el paternalismo que quería demostrar. Se lo impidió algo dentro de sí, algo que no alcanzaba a entender. Cronológicamente ella podría tener doce años, pero era mucho mayor que él en una variedad de sentidos incomprensibles.
    —Ya lo verás —dijo, y retiró su influencia tan de golpe, que Toby se sintió caer en un vacío mental. Fue Raoul quien consiguió sacarlo de ese clima de lucha interior en que se debatía.
    —No te aflijas, mi amigo. No puedes contar tu vida en años porque lo que vale es la experiencia. Y haber conocido el futuro, aunque brevemente, merece que hayas viajado tantos años, y que sufras un poco de tristeza en esta nueva existencia.
    —¿Cómo puedes estar seguro? ¿Cómo sabes qué es lo que yo considero valioso? —A pesar de sí mismo, Toby sentía la atracción por Raoul, que se había manifestado la primera vez por medio de "la voz". Luego, cuando lo conoció en persona, lo halló curiosamente negativo, como si Raoul mismo hubiese puesto empeño en mostrarse distinto, tan grande era el contraste entre el impacto de la voz y el consiguiente im-pacto del hombre. Ahora, en este instante, se descubrían las virtudes de la voz. Pero de inmediato, Raoul se convertía en una persona distinta, casi incandescente. Toby se avergonzaba de los sentimientos que surgían en él. Recordaba la sensación que tuviera cuando Raoul le pasó la tintura por la espalda. Hizo un supremo esfuerzo por controlarse. Que él, Toby Varney, fuese capaz de experimentar tales pensamientos y emociones... Debía estar enfermo, o loco.

    En medio de la batalla de mentes y personalidades, Adreena vino en su rescate. No dijo ni una palabra, pero Toby se dio cuenta de su presencia, advirtió que captaba su atención separándolo de su padre, y obligándolo a mirarla. Intentó zafarse de su arrastre, pero le fue imposible. Mientras la miraba, por fuera cortésmente interrogativo, pero hirviendo de rabia en su interior al verse así dominado, comenzó a percibirla. La crisálida se convertía en mariposa. Donde había existido la vaga forma de una niña, con unos ojazos preciosos y una trenza que le caía sobre el hombro, notó que, además de los ojos, había una boca ancha y sensual que sé curvaba delicadamente, y un mentón firme. Siguió bajando la vista para mirarle la figura frágil y con aire de muchacho, pero no demasiado. Los pechos pequeños, la delgada cintura y las piernas largas y estilizadas eran enloquecedoramente deseables.

    Adreena aflojó por un instante su poder de atracción; Toby sacudió la cabeza con violencia y se maldijo por sus pensamientos. Primero Raoul, y ahora esto, con su propia descendiente. ¿Acaso no sería incesto? De cualquier modo, era a Mariana a quien deseaba, pero Mariana no lo quería a él. Trató de analizar sus sentimientos y llegó a la conclusión de que se hallaba emocionalmente confundido, y atemorizado por completo. Justo cuando pensaba que había encontrado un equilibrio en este mundo del futuro —por un momento se forzó a considerarlo el futuro y no su presente—, justo cuando la gente adquiría una cierta substancialidad y comenzaba a darse cuenta de que eran reales, de carne y hueso igual que él, todos se adelantaban un paso, y lo dejaban atrás.

    En un momento de intuición comprendió que estas personas habían estado resguardándolo de ellos mismos. Lo trataban, como si fuese un invitado de honor, disimulando los aspectos obscuros o demasiado brillantes de su moderna personalidad por temor a matarlo. Ahora, por un rato volvían a su natural modo de ser, y él se sentía como un niño amedrentado en medio del fuego de dos poderosos ejércitos.

    Adreena se apartó de él para atacar a Raoul. Padre e hija se trabaron en intenso duelo. No se pronunció ni una palabra, y eso era lo espantoso. Le parecía estar presenciando una tormenta eléctrica en el trópico. El choque de las dos personalidades encendía el ambiente. Toby pensó cómo, siquiera por un momento, pudo considerar a Raoul un personaje negativo. El rostro obscuro y movedizo se veía hermoso por la rabia y otras emociones que no alcanzaba a detectar. Adreena, por su parte, era más que un contendiente para Raoul. Intuyó que la niña había tenido lo que se dice un "metejón" con su padre, y se sonrojó al pensar que se le cruzaba tal definición por la mente. Siempre se había preciado de su amplitud de criterio, y estaba dispuesto a aceptar que la gente de hoy era pagana y amoral, pero ese tipo de sentimiento entre Adreena y su padre escapaba a su comprensión, e incluso a su imaginación. Los extremos de amor y odio cubrían el lapso entre su época y ésta.

    Espió furtivamente a Shamira para ver cómo reaccionaba. Pensó que ella conocía la atracción poderosa y anormal —para Toby— que existía entre su hija y el padre de su hija, y que no la aprobaba. Pero lo tomó por sorpresa la intensidad del odio que demostraba por Raoul. La Shamira dulce, amable y maternal se transformó, ante sus ojos, en una diosa vengativa de la mitología. De manera irracional, pensó que quizás ella fuese exactamente eso. El odio hacia el antiguo compañero —la palabra "amante" le pareció anacrónica— sin duda lo destruiría. Miró ansiosamente a Raoul, casi esperando verlo disolverse como metal al rojo.

    Pero por fuera no pasó nada. No se dijo nada. No se hizo ningún gesto. El grupo podría haber sido cualquier grupo de personas de cualquier época.

    Mariana y Lottie se mantuvieron mentalmente aparte durante la feroz batalla, y Nadia se había retirado antes. Fue Shamira quien, en tono normal y con su característica expresión calma, puso fin al encuentro.

    —Toby está cansado —dijo—. Creo que debería ir a descansar; nos olvidamos de que no está acostumbrado a nuestro ritmo de vida.

    En el acto, todos se pusieron de pie. Lottie y Mariana saludaron y se fueron juntas, mientras Toby las seguía añorante, con la mirada. Se convenció de que Mariana era inasequible por completo. La experiencia de esta noche —si no se la había imaginado toda— lo había dejado perplejo. Apenas comenzaba a conocer el mundo al cual volvía. Adreena y Raoul, como al descuido, partieron en direcciones opuestas. Sólo Shamira permaneció y dijo, con un tono que podría haber sido el de su madre:

    —Vamos, Toby. Ahora debes descansar.

    No estaba cansado físicamente, pero se sentía mental y emocionalmente exhausto. Se tiró en la cama y trató de disminuir la velocidad de sus pensamientos hasta alcanzar un ritmo que le permitiera dormir.

    Poco a poco fue relajando la tensión y consiguió serenarse, pero había algo de malo en esa calma. Se preguntaba si lo habrían dopado, y luego reconoció la sensación de adormecimiento y sopor que había experimentado en la nave espacial cuando iba llegando, y Raoul le decía "ahora te haremos dormir". Intentó despertarse. ¿Quién podría estar hipnotizándolo? ¿Sería Raoul? ¿Sería...?


    CAPÍTULO 10


    SOÑÓ, Y AUN EN SUEÑOS SOÑABA QUE nunca había tenido esos sueños. Era una persona distinta. Vio colores desconocidos. Nunca había soñado en colores, y le sorprendía hacerlo ahora. Los colores no eran de este mundo, ni de ningún otro —que él supiese— y se extendían más allá del campo visual ordinario.

    En sueños, estaba acostado con una mujer. Podía sentirla, sentía sus brazos, sus labios, su pelo, En vano trató de reconocerla. Era, simplemente, una mujer. Su añoranza llegó al extremo de la sublime agonía, y luego se disipó. Los sueños también se disiparon, mientras él se sumergía en una obscura felicidad. Después, sin que aparentemente transcurriera el tiempo, se encontró luchando por desvelarse. Un cómodo letargo lo sujetaba. Trató de vencerlo por instinto, aunque de hecho no quería despertar tan pronto de su fuga arrobadora. El sueño se evaporaría y él quedaría despierto, con su anhelo insatisfecho.

    —Está bien. ¡Despierta! ¡Despierta!

    La voz femenina, amable pero imperiosa, barrió las últimas nebulosas hilachas de sueño. ¿Se había imaginado todo? Se incorporó.

    Adreena estaba sentada contra la cabecera de la cama. Su pose tenía curiosas reminiscencias de la Sirenita en su roca.

    —¡Tú! —fue lo único que pudo exclamar. Despierto, sus pensamientos pertenecían a Mariana, pero aun en sueños sabía que no soñaba con ella. No podía explicar el porqué, ni cómo lo sabía. Sencillamente, lo sabía. Esa experiencia exquisita, amarga, ácidamente penetrante sólo podría haber ocurrido con Adreena. O... Tuvo un involuntario pensamiento; por un instante recordó un incidente sucedido muchísimos años antes, en la escuela. Horrorizado, lo descartó. "No, no, eso no". Se dio cuenta de que había gritado en voz alta.
    —¿No qué? —Adreena lo atravesaba con la mirada. Confió en que no le hubiera leído la mente; él se había negado a dar rienda suelta a ese recuerdo, así que quizás no lo hubiese captado.

    Extendió una mano y la tocó ligeramente. ¿Desaparecería? Pero, su muslo permaneció tibio y firme bajo su mano. Al cabo de un momento, retiró el brazo. Una sensación muy parecida al pánico atemperó su alborozo. ¿Qué le había hecho a esta criatura, a esta niña, su descendiente? ¿Le habría hecho algo? ¿Era un sueño? Luego, con un criterio más práctico, comenzó a preocuparse por sí mismo. ¿Qué le haría Shamira? Él había presenciado su ira el día anterior, una ira que poseía una virtud divina. Si la dirigía contra él —como lo había hecho contra Raoul—, lo destruiría. Raoul podía resistir, pero seguro que él no.

    Adreena iba siguiendo el hilo de sus pensamientos, mirándolo de cerca, como si fuese un sordo que trata de leer los labios de otra persona.

    —Shamira no te va a hacer nada porque tú no me hiciste nada a mí. Yo soy mentalmente mucho más fuerte que tú —Shamira lo sabe—, y se enojaría si supiera que intenté dominar tu mente. Sólo las mentes son importantes.
    —¿Estás segura de que yo... yo no...?
    —¿No lo sabes? —Se burló. Tenía una manera de mirarlo de reojo que le daba un aire muy oriental. Toby se puso a pensar en la sangre que se había mezclado con la suya a través de las generaciones, produciendo esta personita extraña, y encantadora. Se sorprendió ante sí mismo. Iba a pensar en "niña encantadora", después cambió por "mujer", y terminó finalmente en "personita". ¿Por qué? Este proceso atravesó su cerebro con rapidez de computadora, sin darle tiempo a pensar en los motivos que tuvo para la elección de los términos.

    ¿Había cometido incesto? Pero sin duda, lo remoto del parentesco lo absolvería. Confió en que así fuera. Adreena era una experiencia totalmente nueva en su vida. No había, en su anterior existencia, un metro patrón por el cual pudiera medir a la gente de hoy. ¿Era ella poco común de acuerdo con los criterios del presente?

    Los pensamientos se sucedían con tanta rapidez que, sin hacer una pausa, respondió al burlón "¿No lo sabes?" de ella, con un:

    —Sí, creo que sí.
    —¿Y estás contento? ¿O tendrás una sesión tenebrosa en la que te tirarás al piso para que la conciencia te castigue a latigazos?
    —Ah, no, no es ésa mi intención. Pero ojalá no me hubieras hipnotizado. Cierto que lo hiciste, ¿no?

    Asintió.

    —¿Todavía no nos entiendes?
    —No. —Habría deseado sentirse más masculino y dominante. En cambio, tenía la deprimente sensación de que ella era mucho mayor y más experimentada que él.
    —Pero es que lo soy.
    —¿Qué es lo que eres? —Se quedó perplejo.
    —Mayor y más experimentada. Eso era lo que estabas pensando.

    Hizo un esfuerzo por esconder sus pensamientos. Iba a ser difícil con Adreena. Antes, incluso, había notado que ella traspasaba sus defensas; ahora podría ser peor.

    —Hoy en día no se oprime a los jóvenes. Reconocemos que, potencialmente, llevan la delantera. Y debe ser así porque pertenecen a una etapa posterior de evolución, aun cuando la diferencia sea muy pequeña. De manera que se estimula a los niños para que progresen, y no se los menosprecia ni reprime como en tus tiempos.
    —¿Cómo puedes saber lo que se hacía en mis tiempos? —Toby estaba desconcertado. Quería llamarla chiquilla atrevida, pero no pudo. Tenía razón; le resultaba muy difícil conceder a los jóvenes derechos individuales. Pero las cosas ahora eran tan distintas. Trató de imaginarse a sí mismo haciendo el amor con una de las amigas de su hijo, y la sola idea le dio náuseas.
    —Me hiciste una trampa desleal —dijo. No se molestó en explicar; se dio cuenta de que ella de nuevo le leía los pensamientos. Ridículamente sintió curiosidad por saber si sus pensamientos se moverían hacia arriba y abajo formando un diseño ondulado, al ver que los ojos de Adreena fluctuaban arriba y abajo, casi imperceptiblemente, cuando se con-centraba en él.
    —Estás haciendo líos por algo que carece de importancia. —Parecía una persona mayor, y él le prestó atención—. Nuestra vida ya no se rige por la conducta sexual. El sexo es una parte de nosotros, pero no lo consideremos la parte más importante. Tiene que haber sido difícil la vida cuando ustedes pensaban así.
    —No pensábamos así —se apresuró a retrucarle.
    —Claro que lo hacían. Por lo pronto existía esa cosa extraña llamada matrimonio. Imagínate, tener que decidir, partiendo de una atracción que todos saben que es transitoria, que vas a pasar el resto de tu vida con una persona.
    —Sin embargo, funcionaba muy bien —Toby habría deseado no ponerse siempre a la defensiva.
    —¿De veras? ¿Cómo funcionó en tu caso?
    —Bueno... en mi caso... se enojó un poco—. De cualquier modo, eso es asunto mío. La mayoría de los matrimonios andaban bien.
    —Y estaban los aburridos, en los cuales una de las partes se daba por vencida, y dejaba que lo tragara la personalidad de la otra.

    Apoyó la cabeza en el respaldo y lo miró desde arriba medio burlona, medio tierna. Toby sintió que le corría la sangre por la nuca.

    Se controló a la fuerza.

    —Cuando se está enamorado —dijo—, uno se alegra de poder abandonarse a la otra persona. No es una derrota, sino más bien una especie de gloriosa entrega.
    —No hay nada de glorioso en entregar la propia personalidad —dijo Adreena ásperamente.
    —Pero eso es lo que trato de decirte, que uno no rinde la personalidad ante otro ser.
    —¿No? —La voz de la niña sonaba escéptica—. ¿Qué crees que se entrega si dos personas se someten a una vida en la que física y emocionalmente están unidos como hermanos siameses? Piensa en el impedimento físico de esa deformidad, que creo era común en tu época, e imagínate el equivalente psicológico.
    —No es lo mismo. —Toby estaba seguro de que había un error en el argumento de Adreena—. Si uno está atado físicamente, no puede moverse como quiere. Las ataduras emocionales son distintas, te dejan libre... bueno, no del todo, sino bastante, pero...

    Cuando titubeó, Adreena no vaciló en apremiarlo.

    —Debido a que no hay nada tangible en esos compromisos psico-obligatorios con que se enredaban los de tu generación, dices que eras libre, y sin embargo, vivían abrumados por convencionalismos.
    —No, de ninguna manera éramos esclavos de los convencionalismos —respondió Toby, sintiendo que éste era un razonamiento que había utilizado antes, y que lo ayudaría.

    Adreena le aplastó el argumento moviendo graciosamente el dedo índice.

    —Bah, si nacieron con convencionalismos, vivieron como encajonados; nunca pudieron escaparse. Lo único que hicieron fue ser convencionalmente no convencionales.
    —No sé. Si de veras se ponía muy mal el asunto, uno podía divorciarse. —Toby dio un respingo al recordar su propio divorcio, tan sórdido, tan doloroso. No podía negar que estos modernos habían arribado a algo importante; quizás fuese más digno encarar las relaciones con total libertad.

    El recuerdo de su fallido matrimonio lo oprimió. Se quedó en silencio.

    —Querido antepasado, no te pongas triste.

    Sensible ante su estado de ánimo, en un instante Adreena pasó de torturadora, a femeninamente cálida.

    —Hace tanto tiempo que sucedió —dijo.

    Soy un tonto por recordar el pasado—pensó y se echó a reír, tratando de que su risa fuese amarga, pero ella también lo hizo, con una risa alegre y musical que le cambió el espíritu. La risa fue un lazo amistoso entre los dos.

    Ahora la veía más cerca, como persona, no como a una niña ni como a una condenada criatura del futuro. Reparó en las perfectas facciones, la impecable piel translúcida, los tonos aceitunados y rosáceos sobre los pómulos. Parecía imposible que este ser maravilloso descendiera de él.

    Aliviado —si bien momentáneamente— de la inhibidora sensación de culpa que le provocaba su juventud, pudo admirarla con todas sus ganas. En su presencia, experimentaba algo parecido al sobrecogimiento. Quizás porque vagamente advirtiera la idea de que ella tuviera un contacto con él no desmerecía la imagen de Adreena. ¿Se habría acostado con ella? Qué extraño el no estar seguro.

    Hasta ahora, siempre había experimentado con las mujeres una verdadera sensación de "antes" y "después", un aspecto ambivalente en su trato con mujeres, que nunca había podido vencer. La posesión le provocaba algo similar al desprecio. Por supuesto que no con Rosemary. Ella había sido distinta. Pero también se había negado hasta después del matrimonio, y él la admiraba secretamente por su pureza y sus firmes principios. O siempre pensó que la admiraba. Ahora que no tenía la obligación de ser caballero, debía admitir que la luna de miel fue frustrante.

    —Era una perra ¿no? —dijo Adreena, en tono severo.
    —¿Qué? —Se asustó al oír que ella expresaba con palabras el mismo sentimiento que él trataba de evitar esquivándolo, como siempre había hecho, y encontrando cualquier pretexto para justificar el trato que le daba Rosemary.
    —Bueno, entonces lo era, ¿no? Estabas por decirlo. —Adreena había seguido sus pensamientos, y lo desafiaba a que los negase.
    —Si, tal vez estuviera por decirlo, aunque por lo general trato de ser caritativo. Pero, ¿cómo es que tú dices "perra"? Si no existen los animales, mal pueden existir las perras, y se me ocurre que la gente no sigue empleando términos que no tienen relación con la vida corriente.
    —No los empleamos —dijo Adreena—. Es un dicho del pasado que además, nunca fue verdad; los animales no poseían ese tipo de entendimiento, o sea que uno no puede realmente ser cruel con otras personas si carece de entendimiento.
    —No quiero pensar en Rosemary. —Toby se sorprendió al decirlo—. Quiero pensar en el presente.
    —¿En qué quieres pensar, en particular? —Adreena se acomodó hacia atrás—. ¿Hay alguna cosa especial que todavía no comprendas?
    —Sería más fácil decir lo que sí comprendo; es tanto menos...

    Claro que, al otro día Shamira y tal vez Mariana seguirían con el relato de los años intermedios. Confió en que volviera Mariana; por un momento pensó en ella con añoranza y dejó de ver a Adreena, pero sólo por un momento. Tirando de un piolín invisible, la niña consiguió rescatar su atención.

    Ahora que estaba aquí, las cosas que más le interesaban no eran los grandes hechos históricos que se habían desencadenado apocalípticamente sobre el mundo, sino los pequeños detalles de la vida cotidiana. ¿Podría tener una casa propia? ¿Estaría mentalmente pertrechado como para encontrar un cierto grado de felicidad? Trabajo, diversión, viajes, amigos que no fueran descendientes suyos. ¿Mariana o Adreena? ¿Cuál de las dos? ¿Ninguna? Y, perturbándolo desde el fondo de la mente, Geno. ¿Qué pasaría con él?

    Su estado de ánimo, tan inestable en este medio, se precipitó hacia un abismo.

    —¿Qué me va a pasar, Adreena? ¿Qué me va a pasar? Estoy fuera de mi elemento natural. —Agitó la cabeza.
    —No te preocupes —respondió ella con voz fría, matizada sólo por un leve toque de compasión—. Sabemos que eres capaz de adaptarte, pero tienes que hacerlo tú mismo; nadie te puede ayudar. Si hubiese habido alguna duda, no se te habría permitido vivir.
    —¿Por qué no?
    —Porque sería infinitamente cruel si no fueras capaz de amoldarte a esta nueva vida. Sería como permitir que viva un chico deforme.
    —¿Nacen muchos chicos deformes? —preguntó, apartándose momentáneamente del tema.
    —No muchos.
    —¿Y no los dejan vivir? —No podía conciliar la idea de un mundo tan respetuoso por el individuo, con la necesidad de matar a un ser humano, por más deforme que fuese.
    —¡No! —exclamó Adreena y, como había ido siguiendo el hilo de sus pensamientos, agregó:
    —La madre lo destruye cuando técnicamente todavía forma parte de ella, muy al comienzo.
    —Es decir, igual que si amputara un miembro gangrenoso. —Sintió un poco de asco. Tenía la escrupulosa actitud protectora hacia los animales y los niños pequeños característica de sus tiempos, la cual, según le decía la razón, era compensada por las crueldades atroces que uno aceptaba sin pensar porque no le tocaban muy de cerca.
    —Sí —dijo con sencillez Adreena, mirándolo fríamente a través de sus ojos oblicuos, semicerrados.

    Toby advirtió que no había perdido uno solo de sus pensamientos, y que despreciaba su época histórica por lo ambivalente.

    —Bueno, de cualquier modo me alegro de que me considerasen apto para vivir —dijo.
    —No seas cáustico, antepasado. —percibió ironía en su voz—. Habría sido terrible para ti si fueras un hombre de ideas rígidas y estrechas, y torpe de entendimiento. En tal caso, bien te valdría desear que te hubiésemos destruido.

    Tenía razón. Él ya había dudado acerca de los placeres de la vida en medio de personas similares por fuera, pero que se hallaban en una longitud de onda mental completamente distinta. ¿Cómo se podía vivir sin poder comunicarse?

    —Háblame de la gente —dijo—. ¿Cómo organizan su vida privada? ¿No existen las relaciones permanentes? ¿La vida es sólo una larga serie de amistades truncadas? ¿La gente siempre está sola? Esto podrá ser Utopía, pero a mí me parece una Utopía bastante triste. —Levantó los ojos y le miró la cara, que cambió con tanta rapidez, como un paisaje de octubre en que la luna y el sol se espantan uno a otro, sobre las colinas. La punzante aspereza, la fría valoración, por un momento dieron paso a una profunda y festiva ternura. A Toby se le trabó la lengua, y se olvidó de lo que iba a decir—. Al menos —prosiguió, desviando la mirada para poder pensar con calma—, en mis tiempos embrollábamos desastrosamente las cosas, pero éramos afectivos, humanos, amábamos y sufríamos. ¿Ya nadie ama ni sufre?
    — A veces. —Su tono había vuelto a cambiar—. Y esto no es Utopía. Pero cuando miramos hacia atrás, hasta tus tiempos, vemos que las personas fingían muchísimo. Nada era real, ni siquiera ese amor del que me hablas. ¿Qué era? La literatura de la época está llena de conceptos realistas, cuando de hecho todos ustedes eran deshonestos en las relaciones materiales, y completamente no realistas en las humanas.
    —La historia no siempre es fidedigna —dijo Toby, lacónico—. Debes tomarla un poco con pinzas. —Se sintió tonto al decirlo, y advirtió que ella también lo consideraba realmente tonto.

    Adreena se recostó, apretándose las largas manos. Este gesto la transformó, de Sirenita en santa medieval. Toby esperaba que le apareciera un halo áureo detrás de la cabeza.

    —Querido antepasado. —El enojo de la voz chocaba con su postura, y disipaba la aureola—, no sigas fingiendo; no defiendas un modo de vida indefendible, y que demostró ser un fracaso. Yo no me guío sólo por la historia escrita, aunque con ella es más que suficiente. No soy historiadora; mi especialidad es la literatura. He leído la literatura de tu época, de antes y de después, en muchos idiomas, y presenta una imagen mucho más clara que cualquier cantidad de documentales o archivos en microfilm.

    Hablaba con una sinceridad tan intensa que Toby se avergonzó de su aire de petulancia. De cualquier manera, tenía un profundo deseo de aprender más esas ideas. Era con las ideas de hoy con las que tendría que vivir, no con los hechos del pasado. Debería conocer las normas y aprender a vivir de acuerdo con ellas. No podía regresar a sus tiempos por más que anhelase hacerlo y, al mirar a Adreena, pensó que había compensaciones incluso en este presente aséptico y falto de amigos.

    Dijo, dócilmente:

    —Entonces háblame de cómo viven con ustedes mismos, qué espera uno del otro.
    —¿Hombres y mujeres, por ejemplo? —Lo miró con aire sutil.
    —Hombres y mujeres en especial —respondió, tratando por todos los medios de no pensar en el sueño, si es que había sido un sueño—. ¿Qué sucede cuando las personas se enamoran? Sin duda eso debe ocurrir, aunque sea muy de cuando en cuando.
    —No hablamos de "enamorarnos", sino de llegar a amar, y no usamos la palabra a la ligera. Creemos que el amor es algo mucho más amplio, mucho más grandioso y, a pesar de que puede nacer de una atracción sexual, puede que no. A menudo eso no ocurre. De modo que aceptamos como natural que este tipo de atracción se encienda y se extinga, para que otra persona pueda luego volver a prender la chispa. Ocasionalmente, una relación dura mucho tiempo, pero no se lo considera bueno.
    —¿Por qué no?
    —Inhibe la personalidad. La variedad siempre enriquece, en una relación estática, la pareja no avanza sino que se neutraliza el uno al otro, y el ideal de hoy es que cada persona individualmente se desarrolle al máximo.
    —Sin duda que el amor no inhibe la personalidad.
    —Tal vez él amor no, pero las restricciones que se aplicaban en nombre del amor, con frecuencia la inhibían. Y de cualquier modo, ¿quién puede decir lo que es el amor? Es sólo un estado mental indefinido, como la felicidad o la perfección. Nunca lo puedes ver, y únicamente lo adviertes por contraste con lo opuesto.
    —Eso parece terriblemente sombrío y desolado. No sé si llego a entender, ni aun si quiero entender; ¿cómo es posible que tú sepas tanto? —Iba a agregar "a tu edad", pero se contuvo a tiempo.
    —Ya te dije que soy mayor; yo comencé mucho después que tú abandonaras... cinco generaciones pasadas es mucho tiempo.
    —Todo me parece completamente amoral —dijo Toby—. ¿Es que nada dura? ¿Qué pasa con los hijos? Sin embargo, me da la impresión de que existe una especie de esquema en esta familia tuya y mía. —Toby se alegró de poder decir eso porque le daba una sensación de pertenencia que le hacía imperiosa falta. No habría soportado el subsistir, de no haber tenido algún pariente en este mundo nuevo y desafiante.
    —Eres observador. Sí, hay un esquema, pero es elástico, cómodo, a veces incluye más, a veces menos personas, pero nunca se le permite que imponga limitaciones. Siempre son las personas las que importan.
    —¿Qué pasa con Shamira y Raoul? —preguntó—. Sin duda existe una cierta continuidad en su relación. —Demasiado tarde se le ocurrió que incluso en este mundo de avanzada era de mal gusto preguntarle por los padres a una niña de doce años. Pero era tan difícil recordar que Adreena tenía sólo doce años. Parecía no tener edad, y estaba más que a la par con él en muchos sentidos. Si en sus tiempos una niña como ella hubiese expresado las opiniones y sentimientos que Adreena le había expuesto, las palabras habrían contenido un toque invalidante de precocidad, y el asunto habría resultado algo ridículo. Pero ninguna de sus ideas sonaba en lo más mínimo de segunda mano. Y además, estaba el sueño...
    —¿Sí, qué pasa con Shamira y Raoul? —repitió Adreena.
    —Hace ya mucho tiempo que naciste —dijo Toby, tanteando el terreno con cuidado—, pero Raoul sigue cerca.
    —Ah, eso se debe en parte a mi tío Geno, el hermano de Shamira.
    —¿A Geno? —Se despertó un agudo interés en Toby, justo con una cierta perplejidad.
    —Sí, Raoul se siente enormemente atraído por Geno, y ya hace años de esto. Cuando Geno se va de viaje a los planetas, Raoul vuelve con nosotros. Él tiene su propia casa, desde luego, igual que todos, y mamá —Shamira— no se alegra mucho cada vez que regresa, especialmente desde que se dio cuenta de que era por mí por quien volvía.
    —¡No me digas! ¿Está celosa? —Toby se alegró de descubrir una reacción que parecía humana. A veces, las madres se ponían celosas de la influencia del padre sobre los hijos... las madres posesivas. Por lo tanto, presumió que Shamira debía ser así.

    Se sentía relajado, y podía discurrir abiertamente. Adreena le iba siguiendo los pensamientos, y respondió a toda su idea, más que a su pregunta.

    —No. Shamira no es posesiva. Ella me concede todas las nuevas libertades y derechos en el momento debido, y en algunos casos, antes. No es la influencia de Raoul como padre lo que le disgusta; es porque él y yo somos muy parecidos y sentimos una mutua atracción, no como padre e hija, sino como dos personas cualesquiera.

    Toby buscó palabras. Intentó no horrorizarse por lo que creía que Adreena había querido decir, aunque se dio cuenta de que podía haberle entendido mal.

    —¿Por qué te sorprende? —le preguntó ella, siguiéndole los pensamientos—. En tus tiempos había ese tipo de relaciones. Sé que se hicieron más corrientes después de tu partida, durante el caos, pero no tiene por qué sorprenderte.
    —No me sorprende todo lo que dijiste. Yo ya había captado que Raoul tenía algo de extraño, pero pensé que sería alguna otra cosa. No sé lo que pensé. —Hizo una pausa—. Lo que no entiendo es cómo Shamira tolera esa relación tan desnaturalizada entre Raoul y tú; después de todo, hasta en las sociedades más primitivas...
    —Pero la nuestra no es una sociedad primitiva, sino todo lo contrario —lo interrumpió—. De cualquier manera, no hay nada de "desnaturalizado", como dices. Supongo que te refieres al sexo. En tu época, todo se resumía en eso, pero para nosotros lo sexual no es el factor dominante. Podría haber ocurrido con Raoul, quizás, pero no habría sido muy importante, y ahora no creo que ocurra; la atracción se disipó.

    Toby pensó que el motivo era que él había logrado acaparar su atención. Debería tener cuidado; ya comenzaba a aceptar la naturaleza transitoria de lo que él aún debía denominar "amor" en su propia terminología, y estaría satisfecho con disfrutar de esta niña encantadora en las condiciones que ella pusiese, por más pasajera que resultase la relación.

    Adreena retomaba la palabra.

    —Shamira se opone porque teme que Raoul pueda influir sobre mi personalidad, desviándola de su curso. Yo todavía soy lo suficientemente joven como para sufrir poderosas influencias. Tú has influido sobre mí, y me gusta porque tu mundo me parece interesante. Además, no creo que Shamira ponga reparos porque, a la vez, tú tienes que ponerte al día, y pronto deberás partir y hacer tu propia vida.

    Toby se quedó reflexionando sobre esto. Se sentía extrañamente conmovido porque Adreena hubiese admitido que él la influía, pero también se daba cuenta que, según el código actual de vida, esto no significaba nada en particular. La gente era abierta, franca, y le pareció que no se consideraría muy atractivo en una mujer, el jueguito de demostrar una timidez esquiva y artificial. También lo preocupaba de una manera indefinible la implicación subyacente en las palabras de la niña. Que ella y Raoul eran de la misma especie. La miró. ¿Sería?

    Con gracia, Adreena se puso de pie y se desperezó. Parecía una maravillosa bailarina de ballet. Los brazos agarrados en alto, el pelo que le caía hacia atrás, cual crines de caballo. Su cuerpo así estirado tenía más de muchacho que de chica. Toby pensó en la palabra "andrógino". Vista de este modo, tan espigada y llena de vigor, podía ser cualquier cosa. ¡Pero ese sueño, ese imposible y maravilloso sueño!

    —Buenas noches, querido antepasado. —Los brazos cimbreños le rodearon el cuello, fríos, impersonales, algo inflexibles. ¿Podían éstos ser el mismo par de brazos que lo habían sujetado tan ardiente, tan apasionadamente en sueños? El sueño comenzaba a desaparecer. Tenía que alegrarse de que sólo fuese un sueño, de no haber abusado de la ingenuidad de esta criatura virginal, pero la idea de que pudiera ser cierto lo dejaba triste.
    —No me has hablado del resto de la familia. —Quería quedarse con ella un ratito más por miedo de que, la mañana siguiente, este primer contacto humano, realmente humano, desde su llegada, se evaporara.
    —Quiero irme a dormir —dijo ella, como al descuido, como una niña—. Tú también debes dormir. Otro día te cuento. O a lo mejor, Shamira o Mariana te cuentan.

    Suave, calladamente, se alejó, y desapareció.


    CAPÍTULO 11


    DURMIÓ HASTA TARDE, Y SE LEVANTÓ APURADO. Shamira lo esperaba junto a la mesita del desayuno. Meditó sobre lo ocurrido la noche anterior. ¿Habría sido todo un sueño? ¿O sólo una parte? A fin de cuentas, ya pensaba de una manera más lúcida, y bien podría soñar algo más lúcido también. Pero hasta el mismo aire que respiraba parecía tener el efecto de una droga.

    ¿Qué ocurriría si Shamira se enteraba? ¿Sería posible que no lo supiera, en esta época en que hasta el último pensamiento se escribía en caracteres bien grandes como para que otros los vieran? Sin duda que se enojaría muchísimo si sospechara. La miró. En este momento, parecía incapaz de experimentar furia, ya fuese humana o divina.

    —¿Dónde anda Adreena? —preguntó Toby—. Nunca viene para el desayuno.

    Si a Shamira le intrigó la pregunta, no dio muestras de ello.

    —Tiene lección de piano —respondió—. A esta hora es la clase de música desde Alemania. La da el profesor Weber, que es muy bueno.
    —¿Música? —Toby se sorprendió. En este silencioso mundo moderno, todavía no había escuchado música; ni siquiera había pensado en ello. No había tenido tiempo. Le encantaba la música, y sentía curiosidad por saber qué tipo de música sería la favorita de estos fríos perfeccionistas.
    —Yo creía que la materia específica de Adreena era la literatura.
    —Lo es, pero también estudia otras —respondió Shamira. Esbozó una rápida sonrisa que le hizo recordar a una vieja parienta. ¿A una tía? Había comenzado a tratar de ubicar parecidos en facciones y gestos, y el hacerlo le producía un placer algo desproporcionado.
    —¿Nunca fue a la escuela?
    —No hay escuelas. Después del caos, no se volvieron a instaurar. Pero existen centros de investigación y aprendizaje avanzado. La gente puede volver en distintas oportunidades a lo largo de la vida, y con lo que en tus tiempos denominaban "universidades".
    —¿Y quién educa a los más pequeños?
    —La madre, con ayuda de especialistas en cada materia, que enseñan por televisión. Pero, por lo general la madre programa toda la instrucción para sus hijos, con dos o tres meses de anticipación. Pide películas y documentales adecuados al programa que confeccionó. Es muy sencillo. Al principio, inmediatamente después del caos, no existía un alto nivel educativo. Pero la mujer de hoy es la maestra de toda su familia.
    —¿Y los chicos no salen muy malcriados? Si no aprenden y juegan con los de su edad, ¿no se les hace difícil adaptarse más tarde a la vida adulta? —Toby se ubicó en su época, y pensó que los niños del presente debían ser lo que él habría considerado "horrorosos".
    —Al contrario —dijo Shamira, con calma—. Uno de los descubrimientos más importantes después del caos fue llegar a la conclusión de que, protegiendo a los niños en los primeros años —que en la práctica constituyen casi una prolongación de la vida en el útero—, manteniéndolos lo más posible dentro del estrecho ámbito familiar, sin exponerlos a la crueldad no intencional de otros seres humanos inmaduros, se logran individuos de intelecto superior y de una tremenda estabilidad psicológica.
    —Yo habría pensado que se convertirían en insoportables. ¿Cómo aprenden a defenderse por sí mismos?
    —¿Defenderse de qué? Ahora somos civilizados. Los niños están continuamente expuestos a la influencia civilizadora de los adultos, hasta que llegan a librarse de los impulsos primitivos que poseen en la temprana edad. En la actualidad sabemos que muchos de esos impulsos no son hereditarios, sino que se los imponía la sociedad.
    —¿O sea que una mujer con hijos chicos no tiene ni un momento de respiro? Aun con modernas máquinas para los trabajos del hogar y con los dispositivos electrónicos, debe ser agotador.
    —No comprendes. Las mujeres están condicionadas a esto, y llevan una vida completa, que incluye el hijo o los hijos, a los chicos no se los trata como a una raza extraña, sino que siempre son bien recibidos. No te olvides que durante casi quince años no nació ni una sola persona sobre la tierra. Cuando volvieron a nacer niños, eso fue el milagro más maravilloso de todas las épocas. Claro que las mujeres se dedicaban a ellos totalmente. Era lo único importante porque no había otra cosa, otro futuro. La comunidad esperaba que cada mujer que tenía la suerte de concebir un hijo —al comienzo eran poquísimos— lo apreciara, conservara su vida a cualquier costo, y lo que la comunidad quería, sus propios sentimientos también lo querían. A ella se la protegía, no tenía problemas de ninguna índole, no más trabajo que cuidar al niño, y esa tendencia siguió, con gran beneficio para la humanidad.
    —Entiendo que al comienzo la gente debe haber estado exageradamente ansiosa —dijo Toby—. Pero me parece que ahora las cosas deberían haber vuelto ya a la normalidad.
    —¿Qué es la normalidad? ¿Poner multitudes de niños en un cuarto, para que una sola persona supuestamente les enseñe? En tus tiempos, en lo que denominaban "escuelas", había cincuenta chicos por cada adulto. ¿Qué podían aprender, salvo a comportarse como animales? Los fuertes atormentando a los débiles. Los débiles mintiendo y haciendo trampas para salvarse. Y todo el tiempo, todos ellos, asustados.
    —No era tan malo —dijo Toby, molesto—. De cualquier modo, no es bueno para los seres humanos estar demasiado contentos; eso los ablanda. Además, cuando yo, fui mayor, ya había muchas más escuelas y maestros, y era raro encontrar más de 30 niños por clase.
    —¿Y crees que una proporción de uno a treinta permite enseñar actitudes civilizadas?
    —Tal vez no, pero yo no creo que la gente sea esencialmente civilizada, como tampoco creo que cambie la naturaleza humana.
    —¿Nosotros no te parecemos distintos?
    —Sí, pero son las condiciones en el mundo las que han cambiado, no la gente.
    —Sin embargo, son las personas las que transforman el medio que las rodea.
    —Cierto, pero casi siempre por accidente, no de intención. Si el hombre moderno parece mejor, creo que sobre todo se debe a que vive con mucha más comodidad. Si de pronto cualquiera de ustedes tuviese que afrontar la clase de tensiones y sufrimientos de mi época, reaccionaría igual que nosotros. Se volverían crueles, egoístas y codiciosos, como dicen que éramos.
    —¿Piensas que el medio produce la actitud, y no a la inversa? Interesante tu idea.

    Vio que Shamira no estaba plenamente convencida, y que ni él mismo lo estaba. Debía reconocer que la diferencia era más profunda de lo que hubiera creído posible. Aun en el ambiente puro de una sociedad donde no existe el dinero ni la competencia, debe haber problemas que no puedan extirpar por completo el interminable tiempo de ocio y la gran cantidad de espacio disponible. Problemas de personalidad, de relación. Todavía uno podía enamorarse de alguien que no le convenía. "Pero me estoy olvidando" —se dijo amargamente—, "que esta sociedad carece también de amor".

    —Creo —prosiguió al cabo de una pausa— que los cambios le han sido impuestos al ser humano desde afuera. No es sólo el caso de una bondad natural que por fin pudo desarrollarse y madurar. La radiactividad, por ejemplo, debe haber ocasionado cambios de carácter y de personalidad, y después del caos tiene que haber habido una gran mezcla de sangre. La sangre nueva siempre es algo bueno.
    —Tienes razón sólo en parte. No te olvides que la raza humana fue diezmada, y era imposible realizar una cruza normal. Mucho después del caos, la mayoría de la gente podía concebir únicamente por inseminación artificial, y casi todos los primeros donantes fueron hombres de razas primitivas que vivían en regiones montañosas muy aisladas. Cientos de personas al mismo tiempo tenían un mismo padre, de modo que hubo una misma raza, más que una cruza de ellas.
    —¿Ninguno de los hombres o mujeres de los países más avanzados y poblados recuperó la fertilidad?
    —Sí, muchos, pero lentamente, con los años. Al comienzo, la supervivencia dependía de esos pocos donantes.
    —¿Cómo descubrieron al primero?
    —Era un hombre de una aldea allá en la cima del Himalaya, y se supo de él porque su mujer quedó embarazada.
    —¿Pero cómo se enteraron? —A Toby el tema le apasionaba, pero Shamira hizo un alto.
    —Vamos al cuarto de la televisión para ver los microfilms. Adreena ya debe haber terminado.

    En realidad, Adreena seguía tocando el piano cuando entraron en la sala. La ráfaga de sonido le impactó. Contrastaba tanto con los sonidos apagados de la conversación y el silencio mortal afuera y adentro, que por un momento se quedó aturdido. Luego, una sensación de alegría, casi de júbilo, creció en él al reconocer la pieza, el tercer Concierto de Beethoven. Adreena tocaba como los dioses. Había un piano de cola que no había visto antes en la habitación, y la acompañaba una orquesta completa. En un instante de demencia pensó que la orquesta se hallaba en el cuarto, pero de inmediato se dio cuenta de que estaba en las pantallas tridimensionales de televisión, yuxtapuestas para reproducir la ubicación de los instrumentos en una sala de conciertos. Para su pena infinita, la obra concluyó en seguida. Adreena apretó unos botones, y desapareció la orquesta. El piano se deslizó rápidamente hacia la pared, que se abrió para recibirlo. Cuando se cerró el panel, era imposible distinguir dónde había estado. Toby suspiró. Le habría gustado intercambiar unas palabras con Adreena para asegurarse que lo de la noche anterior no había ocurrido, que era una chica anónima. Pero Adreena, aún poseída por la música, casi ni los miró al salir. Durante sólo una fracción de segundo le echó una miradita a Toby con sus ojos oblicuos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sí había sucedido. No había sido un sueño, y no supo si horrorizarse o ponerse contento. Se volvió hacia Shamira.

    —Ese concierto —le comentó— responde a algunas de las preguntas que tuve la intención de hacerte.
    —¿La enseñanza por televisión a este nivel vino poco después de nuestra partida o demoró un tiempo en desarrollarse?
    —Bueno, ya era común mucho antes de que partieras, como sabes, pero el tipo de instrucción que tenemos ahora se presentó relativamente de golpe, durante el caos. En ese momento, llegó a ser el medio más importante para comunicarse y para enseñar. Convenía porque ahorraba esfuerzos que se precisaban para otras cosas. Llegaba a la gente en sus propios hogares y los entrenaba a fondo y bien, en un momento en que era de vital importancia proporcionar conocimientos científicos para lograr que la automatización, ya muy avanzada en tus tiempos, se perfeccionara hasta un punto tal que permitiera garantizar que cuando los jóvenes envejecieran convirtiéndose en incapacitados, las máquinas y los robots se encargaran de todo, hasta que se extinguiese la humanidad.
    —¿Qué pasó con los grupos realmente primitivos, los que no podían ni pensar en fabricar computadoras y robots para la vejez?
    —Ah..., se extinguieron no más, y no sólo de vejez, porque la mayoría nunca la alcanzó. Las razas realmente primitivas pensaron que les habían echado una maldición, cosa que era verdad en cierto sentido, pero creían que era una especie de maldición local, individual, privada, y así fue como se dieron a la práctica de unos ritos espantosos para apaciguar a la Providencia y recobrar la fertilidad. No tardaron en sacrificar los pocos animales que les quedaban. Luego, se mataron entre ellos. Ciertas cosas que hacían a las mujeres me impresionan aun a la distancia. ¿Quieres ver algunos de los microfilms tomados en esa época en África y América del Sur?
    —No, gracias. Prefiero que me lo cuentes —se apresuró Toby a responder.
    —Como quieras. Te será fácil imaginar que, cuando en un lugar del Himalaya, una mujer que sobrevivió a los ritos de la fertilidad, a los flagelos y a los remedios, quedó de hecho embarazada, el mundo entero lo supo de inmediato. Nadie se explica cómo se difundió la noticia, porque en ese entonces la telepatía era aún muy rudimentaria.
    —¿Y qué pasó?
    —Médicos y científicos de todo el mundo convergieron a la aldea del Himalaya.
    —Portando regalos... —acotó Toby en voz baja.
    —¿Cómo?
    —No, nada. Fue sólo una idea que se me cruzó.
    —Todos tenían mucho más interés en el hombre que en la mujer —prosiguió Shamira—, porque se pensaba que muchas mujeres conservaban la capacidad de concebir hijos, mientras que los estériles eran los hombres.
    —¿Quieres decir que ese hombre se convirtió en el primer donante?
    —Sí. Pero este primer experimento no tuvo mucho éxito. El hombre era lo suficientemente despierto como para entender lo que se le pedía, y estaba dispuesto a colaborar por una abultada suma de dinero. Desgraciadamente colaboró demasiado. Las otras mujeres del pueblo le hicieron la vida imposible; ellas también querían hijos. Cuando algunas quedaron embarazadas, los maridos se volvieron contra el donante. ¿Te gustaría ver una película donde muestran lo que hicieron?
    —No, no, por favor. Cuéntame, no más.
    —Se instalaron clínicas. Equipos de científicos y de médicos viajaban por todas partes en busca de dadores. Poco a poco, consiguieron un cierto número, y comenzaron a nacer niños de nuevo.
    —¿Y a la gente no le importaba? —Toby tenía miedo de decir algo indiscreto que ofendiera a Shamira—. Quiero decir... no sólo el color, sino... bueno, ¿las mujeres no ponían objeciones a que las fecundaran con semen de origen desconocido, quizás de salvajes, de criminales o de deficientes mentales?
    —La gente quería hijos. —Shamira habló con un tono terminante, como el de alguien que liquida un asunto, y no admite polémicas—. Pero claro que hubo tropiezos. Muchas mujeres —a veces comunidades enteras— se negaron a valerse de la oportunidad de ser inseminadas. Algunas, aduciendo principios religiosos. En ciertos países donde la civilización era muy mezquina, si las mujeres engañaban a los hombres y visitaban las clínicas de inseminación, se las mataba al por mayor.
    —Entiendo —dijo Toby— que haya habido gran cantidad de problemas, y me sorprende que sobreviviese siquiera alguien.
    —A mí también, pero había ventajas porque todo ese proceso sirvió como método inhumano y efectivo para la selección natural. Los que eran escrupulosos, prejuiciosos o de mente estrecha, no podían perpetuarse. Una comunidad demasiado reprimida por tabúes estaba condenada a extinguirse.
    —¿Y qué población hay en el mundo hoy en día?
    —Unos ochenta y dos millones en total. Toby pensó en las ciudades contaminadas de sus tiempos, cuando la población del mundo había llegado a los cinco mil millones y medio de habitantes. Qué vacío debía parecer ahora. Con razón las nuevas ciudades se proyectaban tan sepa-radas, dejando que las viejas se convirtieran en polvo.
    —Con tan poca gente y completa automatización, la vida debe ser muy fácil. No en vano pueden descansar tanto —apuntó—. ¿Las personas ya no tienen preocupaciones de ningún tipo?
    —Por cosas materiales, no. Pero tenemos dificultades que no podían ni sospecharse en tu época. Nuestros problemas actuales son de escala cósmica. Nos inquieta la ética, la vida y la personalidad después de la muerte. Estamos experimentando con los viajes psíquicos; nos preocupa el universo. —Hizo una pausa—. Pero sobre todo nos preocupa la super-vivencia porque el índice de fertilidad es muy bajo. Inmediatamente después del caos, y aunque la capacidad de procrear era limitada, el deseo era tan imperioso, que la gente no vacilaba en hacer interminables esfuerzos y soportar cualquier incomodidad con tal de concebir un hijo. Ahora hemos conseguido un alto grado de desarrollo intelectual, las rela-ciones humanas de toda índole se ven libres de inhibiciones, y no obstante, la gente no siente el deseo imperioso de procrear, y seguimos preocupándonos porque nacen pocos chicos. No es una preocupación evidente, sino muy disimulada. Estamos tan orgullosos de nuestra civilización, de cómo hemos perfeccionado la mente, de la facultad de comunicarnos por telepatía, y sin embargo...
    —¿Sin embargo qué? —la apremió Toby, suavemente.
    —Sin embargo, a menos que se produzca un cambio, nos extinguiremos. La raza humana nos está precipitando hacia su fin como lo hizo en los años de caos, pero de una manera segura e inevitable. Todo lo logrado hasta ahora, cuando por primera vez en la historia somos humanos y no animales en un 90 %, todo se terminará. —Por un momento, la voz de Shamira fue triste; luego agregó más animada: —Ese es uno de los motivos por los que estamos tan contentos de que hayas venido de otra era. Quizás a través de ti podamos darnos cuenta de las cosas que nos faltan y conocer cómo éramos antes.
    —Pero si ya han registrado la historia con meticulosidad, y además tienen todos esos microfilms que les pueden informar mucho más que yo, que creo no saber ni la mitad de lo que conocen ustedes de mi época. Parecería que estuvieses contándome incluso cómo soy yo; no me imagino diciéndoles nada que ya no sepan.
    —Una persona viva es muy distinto —dijo Shamira—. Nosotros conocemos el pasado, tu pasado, pero no sabemos qué vas a hacer ahora, cómo vas a reaccionar, cuáles serán tus pensamientos mañana o la semana que viene.
    —¿Y crees que eso les ayudará? El forcejeo intelectual de un hombre fuera de su época... casi fuera de su elemento. Debes estar bromeando.

    Shamira no respondió, y por un rato permanecieron en silencio. Luego, Shamira apretó la perilla de control, y se encendieron algunas de las pantallas que los rodeaban. No era una película histórica, sino un informativo. Toby lo escuchó, interesado sólo a medias. Todavía le resultaba imposible relacionar los hechos de hoy consigo mismo. Después, mientras las imágenes cambiaban, una toma atrajo su aten-ción. Se incorporó repentinamente en su asiento.

    —¿Puedo ver de nuevo eso? —preguntó.
    —Por supuesto. —Shamira apretó la perilla, y una pantalla adyacente repitió las noticias que acababan de difundir.
    —¿Eso es Londres ahora?
    —Sí, son noticias de este momento. Mejor dicho, de hace unos minutos, y estamos mirando la grabación del monitor —respondió Shamira—. No es una ciudad tan sórdida ni atestada de gente como en tus tiempos, ¿no? —añadió complaciente.
    —Me parece horrible. No puede ser Londres. Esa ciudad no está viva. Todo ese blanco brillante, esos espacios abiertos, tan áridos. A mí me gustaba Londres tal como antes, cuando yo era niño. Puede haber sido sucia, y por cierto que fría, húmeda y atestada de gente, pero era mi Londres, llena de vida. —Contuvo el aliento. Al cambiar la imagen, apareció la iglesia de San Pablo. Blanca, limpia, reluciente, sobresaliendo como una maqueta de yeso, de los alrededores que parecían de juguete. Senderos llenos de hierba, canteros con flores, parques que llegaban hasta la base misma de las escalinatas. No había palomas. Voladores que planeaban a diversas alturas. Uno aterrizó, desembarcó sus ocupantes, y volvió a elevarse. Otros edificios, vagamente familiares, hicieron su aparición en pantalla. Toby reconoció algunos, pero otros pertenecían obviamente a épocas posteriores. La escena siguió desarrollándose mientras las cámaras exploraban rápidamente los alrededores de Londres. En medio de una extensión de pradera, sola por completo, apareció la Abadía.
    —¿Estás segura de que no hemos vuelto unos ochocientos o novecientos años atrás? Londres no pudo tener este aspecto después de que yo partiera.
    —Se echaron abajo muchos edificios viejos a mediados del siglo pasado.
    —¿Dónde están las Cámaras del Parlamento? ¿O se construyeron otras nuevas después de irme yo? Hablaban de eso en aquella época.
    —No, no se construyó ninguna, y a las antiguas las destruyó el fuego.

    Siguieron mirando en silencio. Toby sintió que, hasta este momento, no se había dado cuenta del todo de lo solo que estaba, separado de sus tiempos por completo y para siempre. Al comprenderlo, experimentó un dolor físico. Cambios, había esperado. Quizás, que estuviesen irreconocibles algunos lugares que solía frecuentar, pero creía que iba a hallar una cierta continuidad, una cierta fusión de una época con la siguiente. Antes, existían lazos de unión que se remontaban hasta Dickens, Wren, Isabel la Primera, y más atrás aún, hasta el período de los romanas. Claro que la Abadía tenía ahora más de 1000 años, y San Pablo se aproximaba a los 500, pero parecían artificiales, como si se los hubiese extraído y vuelto a plantar en un ambiente extraño. No estaban ya sus raíces. Esto era barrer con el pasado, movidos por venganza.

    Suspendieron las noticias, y Shamira sintonizó más documentales sobre Londres. La imagen siguió implacablemente su curso. Aunque Toby había vivido sus últimos años en Estados Unidos, Londres había sido el hogar de su infancia juventud, y la conocía muy bien. A medida que aparecían en escena, trató de ubicar ciertos lugares de los suburbios. Allí estaba Hampstead, o lo que supuso que habría sido Hampstead, Muswell Hill, Highgate; lo que quedaba de casas victorianas y de centros comerciales se venían abajo, volviendo a convertirse en bosque y matorral. Podría haber sido una escena de campo, si no fuese por las calles de ladrillos arruinadas. Cuadras y cuadras de casas sin techo mirando el cielo sorprendidas, montículos de restos de albañilería mezclándose con el pasto en lo que en cierta época fueron calles prolijas. Un receloso buzón de una casa de familia buscaba apoyo como un borracho, sin huellas ya de su lustrosa pintura colorada, pero conservando aún con audacia las iniciales E.R. La tapa oxidada colgaba abierta, y se alcanzaban a ver vestigios de una canastita de alambre en su interior. Parecía repugnante, como un animal destripado. La cámara prosiguió su despiadado examen. Toby pudo ver una casa con un árbol enorme que emergía de una de las ventanas superiores.

    —Apaga, por favor. —Puso la cabeza entre las manos. Sentía punzadas en los ojos, y náuseas al mismo tiempo. El esfuerzo por contener esas lágrimas tontas e infantiles casi le hizo perder el conocimiento. La compasión de Shamira parecía una cosa tangible que se extendió hacia él, lo envolvió, y le hizo conservar la razón.

    Al rato, cambió la calidad del silencio. Alguien se les había unido, pero él se sentía demasiado infeliz como para que le preocupara saber quién era. Un brazo suave se apoyó en su hombro, y una mejilla sobre su cabeza agachada. Estiró un brazo y rodeó una firme cintura. Supo, al tacto, que se trataba de Adreena. Terminantemente, anoche no había ha-bido tal sueño. El contacto con el cuerpo joven lo trajo de nuevo al presente, a pesar de sí mismo. De una manera extraña, Adreena simbolizaba el eslabón que unía el pasado ya perdido irremediablemente, y este nuevo incómodo presente.

    —Perdonen —dijo—. Todavía no he vuelto a la normalidad. Todo me resulta tan insólito. Tengo que hacer un esfuerzo, visitar esos lugares, y acabar de una vez. Si no, nunca me voy a resignar a esta nueva era. Supongo que... —vaciló—... Estados Unidos se halla en las mismas con-diciones.

    Vivió sólo siete años en Norteamérica; por eso no lo asociaba con los angustiosos recuerdos de su infancia. Pero había llegado a querer a ese país de todos modos. ¿Cómo haría para soportar esta interminable tortura?

    Adreena hacía girar la perilla selectora entre sus dedos. Las pantallas, momentáneamente apagadas, volvieron a relucir para mostrar una agitada vida en ebullición.

    —Esa es la quema de las Cámaras del Parlamento —dijo, sin mirarlo.

    Toby observó. Absurdo; las inmensas pantallas tridimensionales seguían dándole la impresión de estar participando. Estiró una mano para protegerse del calor de las llamas que debería sentir a esa distancia. Era de noche, y reinaban la confusión y el ruido. Instrumentos para extinguir el fuego —a control remoto, ya que no se divisaba ningún con-ductor— pasaban apresuradamente con un total desprecio por la vida y el cuerpo. El crepitar de las llamas era ensordecedor. Una pared se vino abajo, produciendo un golpe seco y apagado.

    —¿Cuándo ocurrió esto? —preguntó.
    —En el año 2021 —respondió Adreena.

    Toby estiró el cuello hacia delante, tratando de ver mejor. Había algo de extraño en las formas humanas que se precipitaban en medio del rojo resplandor. Alcanzaba a ver que arrojaban cosas. Al principio pensó que estaban ayudando a combatir el fuego pero después se dio cuenta de que, por el contrario, lanzaban bombas de incendio. De pronto, entendió lo que lo había estado preocupando.

    —¡Dios mío! —exclame»—. ¡Son todas mujeres!
    —Sí —dijo Adreena—. Éste es uno de los períodos en que el odio por los hombres alcanzó un nivel más intenso.

    Shamira agregó: —Casi siempre la gente trabajaba junta, en desesperada unidad; tenían que hacerlo. Pero el resentimiento subyacente en las mujeres explotaba algunas veces. Por lo general, los sectores menos educados de la comunidad eran los que enloquecían más.

    —¿Por qué quemaron las Cámaras del Parlamento?
    —Nunca se llegó a saber —respondió Shamira—. Puede ser que haya comenzado accidentalmente, y como la gente era tan desequilibrada, quizás lo hayan considerado como una "señal". También puede haberse debido a rumores de que alguien intentaba reinstaurar un cuerpo gobernante. Se habían acostumbrado a ser libres y aunque se hacía un uso impropio de la libertad, nadie quería retornar al antiguo orden. O, por supuesto, puede haber sido un gesto simbólico contra la dominación masculina.
    —Qué raro que aun los más ciegos y obcecados no hayan querido una especie de orden centralizado, alguna fuerza estabilizadora —dijo Toby.

    Shamira negó con la cabeza. —Se había perdido toda la fe y la confianza salvo, quizás, una fe muy rudimentaria en la figura materna. En una situación así, las mujeres se preocupan sólo por la supervivencia elemental, la propia y la de sus hijos:

    —A juzgar por lo que he visto y oído hasta ahora, yo no diría que tenían una gran cordura.
    —De lo que se consideraba cordura en tu época y en la actualidad, no. Quizás nada. Pero cuando se tienen que enfrentar las realidades elementales y primitivas, las mujeres saben por intuición lo que deben hacer.
    —Las mujeres siempre pensaron lo mismo —dijo Toby, sonriendo.
    —Y con mucha razón. Los gobiernos, las naciones, las guerras, el progreso científico, los hechos maravillosos u horrendos de la humanidad, la música bella, la poesía, la pintura, los conceptos religiosos, todo fue creado por las mentes masculinas, inventado por ellos, pero si no existieran hombres y mujeres, lo demás no significaba nada. Y eso es lo que casi ocurrió en los años de caos.
    —Dices que los hombres abdicaron por propia voluntad el rol de señores de la tierra porque no había más niños, y que las mujeres tomaron las riendas porque cualquiera fuese el resultado de los acontecimientos, era necesario que volvieran a nacer niños. ¿La humanidad, de hecho, retrocedió a la época de la madre diosa primitiva en busca de salvación? ¿Es eso lo que quieres decir?
    —Exacto. Inconscientemente, las mujeres se dedicaron a conservarse ellas, no para ellas mismas sino para el futuro. Los hombres querían hacer cómodo el mundo para poder extinguirse en paz, y sin sufrir mucho. Las mujeres querían un mundo confortable para mantener la buena salud y en caso de que volviera la fertilidad, poder cuidar a sus hijos, aun cuando fuesen ya relativamente viejas.
    —Pero sin duda todo eso habría ocurrido, y mucho mejor, con gobiernos apropiados y con hombres que arreglaran las cosas de la manera más práctica.

    Shamira y Adreena esbozaron sonrisas estilo Gioconda, y no dijeron nada.

    —Bueno —prosiguió fastidiado Toby—, tal vez no de la manera más práctica, pero al menos se habría evitado gran parte del caos y la desorganización.
    —Es más probable — dijo Shamira— que tú y yo no estuviéramos aquí charlando, y más posible que anduvieras deambulando en medio de las ruinas de una tierra muerta, gritando de tanto en tanto y esperando infructuosamente que te respondieran pero lo más probable es que tu cosmonave averiada se hubiera estrellado, y te hubieses muerto hace 135 años.
    —¿No piensas que el mundo habría vuelto a nacer igual que antes, sin todos los conflictos, la confusión y la anarquía? —preguntó.
    —Desde luego que no —respondió Shamira con convicción—. El caos fue la simiente de la cual nacimos nosotros y todas las nuevas ideas. En realidad, no somos una continuación de tu época. Tu mundo fue nuestra madre, cuyo cadáver hace mucho tiempo que se convirtió en polvo. Nosotros somos el renacimiento, similar pero no idéntico; es por eso que te resulta tan difícil entendernos, y que estamos tan interesados en ti.
    —No me gusta la idea de considerarme parte de un cadáver.
    —No lo creas; eres una partecita de tejido arrancado antes de la muerte, y que se conservó con vida. Eres un experimento de laboratorio, y estamos estudiándote a través del vidrio de tu probeta. —El tono frío y suavemente burlón de Adreena devolvió a la charla su apropiada indiferencia.
    —¿Qué sucedió con mis nietos? ¿Lo sabes?
    —No hay rastros del varón, pero nosotros descendemos de tu nieta Carol, que tuvo tres hijos de muy grande, pasados los cuarenta años. Todos por inseminación artificial. Una niña que nació deforme y murió en la infancia, otra hija que es nuestra antepasada, y un hijo varón, del que nada se sabe.

    Lo que alguna vez fue su futuro, era hábilmente resumido en unas pocas palabras.

    —Eso pasó hace tanto tiempo, que no vale la pena preocuparse ahora. Vamos a comer. —La voz agudamente práctica de Adreena lo hizo volver al presente. Se dio cuenta de que él también tenía hambre.


    CAPÍTULO 12


    COMIERON EN SILENCIO. Una de las ventajas del presente era que podía encerrarse en sí mismo sin sentirse por ello coaccionado. La comprensión era tan profunda que no necesitaba temer que interpretaran mal su estado de ánimo. Se iba convirtiendo en un gran adepto a la introspección y el autoanálisis, situación que consideraba mucho más positiva que todas las anteriormente experimentadas. No se trataba de darse vuelta y ponerse a rumiar los propios problemas en silencio, sino más bien de un replegarse, llegando hasta la esencia de la personalidad. Casi como transportarse a otra esfera. Toby observaba su propia maduración con mucho interés.

    Se fastidiaba consigo mismo por hacer gala de una vulnerabilidad tan obvia como la que había desplegado esa mañana. ¿Por qué tendría que enojarse tanto? Las reacciones que demostró eran incompatibles con una personalidad madura y equilibrada. Él sabía que se iba a encontrar con cambios drásticos y, dada la explosión demográfica de comienzos del siglo XXI, no quedaba esperar otra cosa. Tan pronto como se enteró de que había habido una cataclísmica merma en la tasa de natalidad, podría haber previsto el curso exacto de los cambios en la urbanización.

    Ahora, al hacer un balance, notaba que tenía demasiadas reservas mentales respecto de todo lo que veía o escuchaba. A nivel subconsciente, encaraba la situación como transitoria, como si estuviese pasando un insólito fin de semana en un mundo pseudo hollywoodense de los años treinta. Pero la razón le decía que en otra parte existía el mundo común, de todos los días, el verdadero mundo al cual regresaría a debido tiempo, y al que encontraría un poco distinto luego de su ausencia, pero no mucho. Una vez que volviera a Londres, a Nueva York o a Cabo Kennedy, podría establecer lazos visibles de unión. Aunque... ¿no había mencionado Raoul algo acerca de la destrucción de Cabo Kennedy? Tendría que preguntárselo.

    Poco a poco, llegó a un acuerdo con la verdad y consigo mismo.

    Antes de terminar la comida se impuso el aceptar la ineludibilidad de su posición, aceptar el presente y confiar en que éste lo aceptase a él, que le hiciera un lugarcito en su frío seno. A pesar de la afable presencia de las dos mujeres, el dolor de la soledad era agudo. Pensó en Mariana. No es que estuviese particularmente hambriento de sexo, pero anhelaba calidez humana, esa cosa que —temía— esta gente no pudiera darle. Deseó poder llegar pronto a un entendimiento con Mariana. Le vendría tan bien. Ella era el tipo de mujer que le atraía. Cuando estaba expresando su deseo, éste se interrumpió por el recuerdo de Adreena, helado, punzantemente agrio, que se hacía paso entre sus pensamientos.

    No quería pensar en Adreena. Todo lo concerniente a esa relación venía cargado de dificultades. A la gente de hoy no le parecerían verdaderos problemas, pero para él, los obstáculos eran casi insuperables, profundamente enraizados en prejuicios, temor y sentimientos de culpa. Ella era tan joven. Y además, descendiente directa de él. ¿Estaría cometiendo incesto? ¿Lo habría ya cometido? Y además, ese extraño aspecto de muchachito. ¿Era ella totalmente mujer? ¿Era cualquiera de ellos totalmente algo? Dios mío —oró ante sí mismo—, obligándose a ver las cosas subjetivamente.

    —No te preocupes —dijo, por fin, Shamira. Toby sabía que ella le había seguido el hilo de sus pensamientos—. ¿No quieres ir a nadar? ¿O prefieres salir a volar y recorrer un poco más el mundo?
    —Prefiero nadar. —Ansiaba hacer algo de ejercicio.

    Las dejó, y fue hacia su cuarto, para reunírseles luego junto a la piscina. Mientras atravesaba el jardín, comenzó a flaquearle la determinación de sacar el mejor partido de las circunstancias. "Este silencio espantoso... nunca me voy a acostumbrar a la falta de pájaros, de animales... nunca", pensó.

    Estaban todos allí, incluso Raoul, a quien Toby se alegró de ver. Su resignada aceptación del presente no incluía tolerar el papel predominante que jugaban hoy las mujeres. Ellas afirmaban no predominar, decían que ambos sexos eran iguales y que por pura casualidad se había encontrado con más mujeres que hombres, pero no estaba muy convencido. En sus tiempos, un visitante que llegara del más allá como lo había hecho él, habría sido propiedad indiscutible de los científicos, principalmente hombres. Claro que estas mujeres eran cientí-ficos también, pero no podía compaginar ese aspecto de indolencia desenfadada, con la imagen que él tenía de profundos estudios científicos: Las mujeres qué se dedicaban a la ciencia, Dios libre y guarde, tendían a ser personajes de guardapolvo blanco y anteojos, que sólo abandonaban el capullo de su eficiencia por la noche, para convertirse en mariposas hembras. Ahora no había capullos de eficiencia ni mariposas, sino sólo estas espléndidas y permanentemente lánguidas intelectuales.

    Debía reconocer que Shamira, como descendiente suya, gozaba de un derecho especial, pero no podía dejar de sentirse un poco fastidiado por el ambiente general de informalidad.

    Raoul estaba encaramado en una balaustrada baja, a cierta distancia del borde del agua. Toby lo observó, recordando su propia reacción ambivalente cuando lo había tocado, y se preguntó si Raoul sería homosexual. Era muy difícil afirmarlo; la personalidad de la gente era tan flexible ahora... parecían cambiar de un extremo a otro en cuestión de minutos. Sin duda que, en este momento, Raoul podría haber sido cualquier cosa, desde un furioso marica, hasta el Dios pan. Toby por poco esperaba ver brotar pelos de la parte inferior de las piernas de Raoul, y que los pies se le convirtieran en pezuñas. Se acercó para sentarse a su lado.

    Hoy no había síntomas de esa tensión tan obvia de ayer entre Shamira y Raoul, y se alegró. Sus propias emociones humanas ya eran problemáticas de por sí, razón de más para no querer enfrentar batallas a nivel cósmico, entre dioses.

    —¿Te vas acostumbrando más a nosotros? —Raoul lo miró con curiosidad. Tenía una manera oblicua de mirar de lado, muy similar a la de su hija. Toby pensó que tenía más sentido del humor que los demás, característica que provocaba cariño, y que curiosamente no había aún encontrado entre esta gente moderna.
    —Creo que sí —respondió. Desde su asiento, alcanzó a ver a Adreena en la piscina, nadando por el fondo del agua, como siempre igual a un tiburón. Recordó la pose de "sirenita" de la noche anterior. Qué persona rara que era. Una mitad de ella constantemente femenina, pero la otra mitad cambiando todo el tiempo. A veces era un muchachito, un árbol, un pez, cualquier cosa. ¡Cuántas innumerables facetas tendría!...

    Raoul le seguía los pensamientos, cosa que hizo avergonzar a Toby cuando cayó en la cuenta. —Es un ser extraño —dijo Raoul—. No sólo bisexual, como la mayoría de nosotros, sino que pertenece a dos o más eras; es trascendental, atavística, arquetípica.

    —¿Qué estás diciendo? —interrumpió Adreena, emergiendo del agua al sentir la señal como una criatura submarina, con el pelo negro adornado con ramitas de nenúfar.
    —Que eres el monstruo de muchas cabezas —respondió Raoul. Toby captó en seguida un intercambio de destellos mentales, como de cargas eléctricas. Durante un rato, padre e hija conversaron, en una constante lucha intelectual. Eran tan hermosos, tan parecidos, tan magníficos y civilizados en grado sumo, que Toby comenzó a entender cosas que nunca habría percibido en sus tiempos. El reflujo subyacente y la afluencia de comunicación entre ambos era un rasgo característico casi palpable. La suma de las dos personalidades era más que una dualidad; se combinaban para constituir una fuerza inconmensurablemente mayor. Conversaron un rato; no podía aplicarse otro término a esos serios, airosos y mordaces intercambios; luego se apartaron. Toby se sintió defraudado, como si una estructura cristalina muy delicada, intrincadamente compuesta de palabras, se hubiese deshecho. Se sintió vacío. Le habían hecho ver un mundo encantado, adonde no tenía esperanzas de poder nunca entrar.
    —¿Te iniciaron ya en los misterios de nuestra vida, o sigues nadando en medio del caos? —La voz de Raoul interrumpió los pensamientos de

    Toby, diseminándolos.

    —Me parece que seguimos nadando en el caos. —Echó una mirada como pidiendo disculpas a Shamira.
    —Tal vez tenga yo que iniciarte —dijo Raoul.
    —Me encantaría. Creo que hay tantas cosas que puedes explicarme. —Toby quiso agregar "mejor que Shamira porque ella es mujer y por lo tanto incapaz de comprender todo desde el punto de vista masculino", pero tuvo miedo de ofenderla. Sin embargo, los dos dieron muestras de entender, y asintieron conformes—. Pienso —continuó Toby, alentado a proseguir—, que ahora ya capto mucho más. Sin ir más lejos hoy, de pronto, me di cuenta de un montón de cosas, de que me quedo aquí para siempre. O de cualquier manera, mientras pueda sobrevivir. No me había desayunado del todo.
    —¿Desayunado? —Raoul levantó una ceja con expresión interrogativa.
    —Es un dicho de los viejos tiempos que quiere decir que uno todavía no entiende, no se da cuenta ni interpreta el porqué de algo.
    —Qué curioso —dijo Raoul—. Debes pensar en función del presente; no te conviene hacerlo en términos del pasado.

    Los conceptos de antes no se aplican ya, y sólo sirven para confundirte.

    —Ésa es precisamente la conclusión a la que arribé. De ahora en adelante estoy aquí, y ya no queda nada de mi antigua manera de ser.
    —Puede que no te resulte tan sencillo como piensas —dijo Raoul—. Pero veo que vas amoldándote muy rápido. ¿Te gustaría venir a ver algunos de nuestros proyectos científicos?
    —Sí, y también quiero visitar otros lugares, Londres y algunas zonas de Norteamérica que conocía.

    Raoul lo miró con ojos penetrantes.

    —Ya viste películas del Londres de hoy, ¿no? Toby asintió.
    —¿Te impresionó mucho?
    —Mucho. Me vi involucrado de una manera tan personal en la desintegración de la ciudad, que me olvidé de preguntar por los progresos culturales, comerciales o sociales. Políticamente, supongo que la organización es universal. Pero dime, ¿para qué existe Londres ahora? Todos los motivos por los cuales alguna vez existió, parecen carecer ya de importancia. No puede haber una "Ciudad" en tanto y en cuanto no exista dinero. Me imagino que las actividades marítimas deben haberse extinguido hace mucho, ya que las mercaderías se transportan por aire, desde el centro de producción al consumidor. Ya no debe ser útil la industria naviera ni los puertos.
    —No. Todo eso desapareció tiempo ha —respondió Raoul—. Alguna vez tienes que contarme acerca de los barcos; siempre pensé que el hombre primitivo debe haber sido increíblemente valiente. El mar embravecido es tan peligroso. Pero aún en tu época alcanzaste a viajar por mar, ¿no? Me parece un derroche tremendo de esfuerzo y de vida humana. Increíble el hecho de que flotaran sobre la superficie del mar en medio de una tormenta, sin poder elevarse y volar por encima de él.
    —¿A qué se dedica la gente ahora en Londres? ¿Viven ahí pero sin ningún fin en particular? ¿Qué hacen?
    —En primer lugar —respondió Raoul—, ya no se considera a Londres como una zona separada, sino que forma parte de un todo, que constituye una sola entidad —lo que ustedes denominaban el Reino Unido—, y que incluye la parte norte —Escocia, le decían—, y la isla grande del oeste. El grupo entero y todas las islitas se llaman ahora "La Isla". Y la actividad principal de sus habitantes es el estudio, ya que se trata de uno de los grandes centros de aprendizaje. Algunos de los mejores y más importantes laboratorios se encuentran allí, y en un lugar denominado Oxford —que era una famosa universidad en tus tiempos—, está ubicada la Facultad de Idiomas para todo el mundo.
    —¿Quieres decir que las personas permanecen como eternos alumnos? ¿O se trata de una población que rota en forma constante?
    —Ninguna de las cosas exactamente. Hoy en día, el aprendizaje es un proceso continuo. Hasta el momento de la muerte, nadie considera que ha terminado sus estudios, sino que, de manera alternada, uno aprende, aporta sus propias contribuciones sobre la materia, aplica sus conocimientos, y aprende más.
    —Pero si no hay ciclos de enseñanza, títulos ni doctorados, ¿cómo pueden las personas juzgar cuáles son las contribuciones valiosas? ¿Cómo determinan lo que hay que descartar? En mis tiempos, se dejaba de lado mucho material y, a la larga, sólo una muy pequeña parte era de utilidad, o lo suficientemente importante como para influir sobre el pensamiento en una generación posterior.
    —Hay etapas en el aprendizaje, pero la gente se las aplica a sí misma, la autocrítica es una de las características más profundamente desarrolladas. El hombre o mujer que sea mediocre en cierta disciplina, cambiará y volverá a cambiar hasta que encuentre el campo de su interés. Pueden seguir cambiando toda la vida. Esto no significa ninguna pérdida material ni pone en peligro el prestigio, de manera que todos se sienten libres como para ser absolutamente honestos y lo son.
    —Pero Mariana es médica —dijo Toby, y se dio cuenta de que traída de los cabellos aparecía su constante obsesión. Ella nunca se apartaba mucho de sus pensamientos.
    —Eso es un vestigio de tu época. A todos los que se dedican a la investigación médica y al tratamiento de los enfermos, se los llama doctores. La idoneidad que poseen es muy superior a la que podían obtener los médicos en tus tiempos, pero no es por esa razón que se los llama así.

    Toby se quedó pensando en ello, con una sonrisa. Sintió curiosidad por su propia especialidad científica. ¿Cómo haría para ponerse al día?

    —¿La gente escribe trabajos sobre su materia? —preguntó.
    —Sí, pero no en el sentido que crees. No se escribe con la mano, sino que se preparan informes con los pensamientos.
    —¿Cómo?
    —Te voy a mostrar cuando vayamos a un centro de investigación. Pero en pocas palabras, te ubicas frente a una pantalla sensible registradora, y te concentras. Puede que tú no tengas todavía el suficiente desarrollo mental como para hacerlo de entrada, pero aun si tu energía inicial es débil, mejorarás con la práctica. La placa graba tus pensamientos en letras y en microfilm simultáneamente. Sin embargo, la palabra escrita rara vez se emplea, sino que se guarda como material de estudio para posibles futuros investigadores lingüísticos.
    —O sea que nadie se molesta en leer.
    —No mucho, pero eso no es malo, así que no adoptes ese aire de superioridad. —El rostro obscuro de Raoul se iluminó divertido.
    —Yo no lo adopto —respondió Toby, consciente de que había reaccionado como solía hacerlo con Robin cuando éste le decía que prefería ver televisión, antes que leer.
    —Claro que sí, no me quieras engañar —dijo Raoul alegremente—, y tienes que admitir que no es ninguna virtud el hacer las cosas de la manera más difícil. La idea principal de la humanidad es que, día a día, hagamos todo con menos esfuerzo. Cuanto más fáciles sean, más tiempo habrá para lo realmente importante, como por ejemplo, el adquirir conocimientos y elaborar ideas originales sobre el universo, sobre la humanidad, sobre cualquier cosa.
    —Pero si se quedan sentados pensando, no se hace nada; sé sensato —dijo Toby.
    —Las máquinas están para hacer; nosotros pensamos —respondió Raoul, en tono severo—. El hombre demoró miles de años para levantarse del barro original porque tuvo que trabajar muy duro para hacerlo, cuando empezaba a creer que no tenía que trabajar tanto. Es así, sencillo, y nosotros hemos llegado a la etapa en que sólo tenemos que hacer las cosas interesantes que queremos hacer, y no las cosas que hay que hacer.
    —A mí me parece que se deben atrofiar si no se les requiere ningún esfuerzo. No me digas que a los chicos les resulta mucho más fácil ahora aprender el abecedario. O no me digas que... ¡No lo aprenden!
    —Exacto. —Raoul largó una carcajada.
    —¿Cómo aprenden a leer? Porque supongo que aprenden a leer... Adreena me contó que había leído la literatura de mis tiempos, y que le pareció pobre.

    Raoul lo miró intensamente, pero no dijo nada sobre Adreena. En cambio, explicó: —Usan la misma placa que utiliza el hombre de ciencia para escribir su tesis. Piensan en alguna cosa u objeto que les resulte conocido, y de inmediato aparece la palabra escrita en la placa, en correcto inglés. Y así aprenden. Los idiomas antiguos se les enseñan de la misma manera, pero más tarde.

    —¿Y las ideas abstractas? ¿Cómo pueden formular sus pensamientos acerca de algo que no es ni visible ni tangible?
    —¿Cómo lo haces tú?
    —Entiendo —dijo Toby, aunque no estaba seguro de entender—. Muy interesante. Veo que va a ser muy divertida la vida para un imbécil atrasado como yo.
    —No te subestimes; no eres ni un imbécil ni un atrasado. Mientras conversaban, con una parte de su mente, Toby controlaba a los demás. Sabía que Adreena había salido del agua, y la espió cuando se alejaba. Notó particularmente la delicada curva de sus caderas. Si la hubiese visto así la primera vez, habría supuesto que era un muchacho de pelo largo. Luego ella se movió un poco para alzar su vestido y, de inmediato, se convirtió arrolladoramente en mujer. Toby sintió que Shamira reparaba en él mientras él reparaba en Adreena. Debía estar enterada de la visita de ésta a su dormitorio la noche anterior. ¿Sería posible que no le importase?

    A medida que iba tomando conciencia del presente, Toby comenzó a avergonzarse de su preocupación por el sexo. Pensó que quizá la gente de veras asignará a la energía sexual una importancia secundaria, y se acercaran a los demás primero como individuos, y recién después diferenciaran los sexos.

    Justo en ese momento, apareció Mariana. La decisión de Toby de ubicarse de una vez por todas en el nivel moderno, sufrió un duro contratiempo. A costa de un gran esfuerzo, con el tiempo quizás alcanzara el nivel mental de hoy, pero con el cuerpo sería otra cosa.

    Habían venido Lottie y Mariana, y con su llegada, se quebró la armonía entre Raoul y Toby. Éste comenzó de nuevo a sentirse un poco aislado, pero no ya con tanto miedo ni animosidad. Se internaría en este mundo exclusivo de una vez para siempre, y pronto; eso lo tenía decidido. Por el momento, tendría que contentarse con observar y aprender. Deseó que Mariana viniera hacia él, y se concentró en enviarle un pedido mental. Ella miró en su dirección y lo saludó con la mano, pero no se acercó.

    Toby se sintió impulsado a mirar a su alrededor. Parada junto a él se encontraba Adreena. Inexplicablemente, tuvo miedo. Adreena lo miraba, y tuvo la sensación de que ella no era del presente, sino que pertenecía a algún momento del pasado remoto, mucho más remoto que su propio pasado. Tuvo una fugaz impresión de que era una especie de bestia verde. Los ojos oblicuos, la cara preciosa, no eran del todo humanos. Una leve brisa movía la espesura de las altas palmeras, y la luz esbozaba una sucesión de franjas sobre la piel de Adreena. Su piel obscura tenía un definido tinte verdoso, En un milésimo de segundo, la impresión cambió.

    Ya no era una bestia, sino más bien un árbol, el espíritu de los bosques. Ella lo miró, penetrando en sus profundidades. Toby cayó en la cuenta de que su miedo no era miedo a Adreena, o no sólo a Adreena, sino a la posibilidad de estar volviéndose un poquito loco. Esa posibilidad debía existir, con toda la radiación de ahora.

    Mariana quebró el encanto.

    —Adreena —dijo—, tienes hojitas en el pelo. —El comentario trivial restableció la normalidad. Estaba seguro de que ésa había sido la intención de Mariana. De nuevo, eran un grupo cualquiera de personas. Salvo por las ropas —o por la falta de ellas—, casi podrían haber sido cualquier grupo de gente, de cualquier época. A él le habría gustado transportarlos por unos minutos al jardín de los padres de Rosemary, en una tarde de domingo del siglo XX. Sonrió ante la idea, y luego volvió a ponerse serio. Después de todo, ¿qué había de gracioso en ello? Estas personas eran tan descendientes de Rosemary como de él mismo. Qué lástima que ella no pudiese verlos. Quién sabe qué habría pensado de Adreena.

    Se le cruzó el curioso pensamiento de que tal vez Rosemary los conocía, que en cierto modo estaba entre ellos, inocua y ablandada en lo que a su anterior personalidad concernía, pero indestructible. De haber muerto, ¿estaría él ahí, bajo otra apariencia? Al no morir, ¿habría privado a sus descendientes de algún elemento primordial en su naturaleza? Nunca había creído en la percepción extrasensorial, pero ahora estaba decidido a abocarse al estudio intensivo de esta materia.

    Mientras permanecía absorto en sus pensamientos, los demás habían proyectado un vuelo. Era tarde y refrescaba. Volaron hacia el norte y el oeste, siguiendo la luz del día. En su vida anterior, Toby había volado con asiduidad, pero ahora el vuelo adquiría una característica peculiar. Tenía algo de alfombra voladora. Pero la sensación pasiva de flotar que producían esas silenciosas naves, era engañosa. Una ojeada a la prolija hilera de discretos instrumentos detrás del asiento bastaba para comprobar que avanzaban a unos 3.000 kilómetros por hora.

    No iban a ningún lugar en especial. Toby escuchaba conversar a los demás, y sacó en limpio que el salir a volar a la tardecita era uno de los pasatiempos favoritos. No habían combinado el viaje para él, de modo que no se sintió obligado a permanecer bien despierto e interesado. El impensado paseo los llevó por sobre montañas, zambulléndose sobre lagos y bosques, y rozando los techos de grandes y anónimas ciudades. La realidad abandonó a Toby, que entraba y salía de los sueños sin advertir la línea fronteriza. Gradualmente tuvo la sensación, la poderosa sensación de que, en algún lugar del lejano espacio, alguien trataba de establecer contacto con él. No habría reconocido esa sensación en su vida anterior, pero ahora se sentía apartado del presente: estaba en contacto con sus compañeros. Supo, por un instante pero con certeza, que algunos de los tripulantes de la expedición seguían con vida. Se despertó de golpe. Qué absurdo. Debía estar delirando por el cansancio.


    CAPÍTULO 13


    DESPUÉS DEL PASEO Y YA DE VUELTA en su casa, Mariana y Lottie se sentaron a comer en lúgubre silencio.

    —¿Así que Toby está causando problemas? —Lottie formuló la pregunta al cabo de un largo intervalo de comunicación mental.
    —No está "causando problemas", sino que es la personificación del problema. ¿Por qué tuvo que venir a alterar un mundo perfectamente equilibrado?
    —Si fuera tan perfectamente equilibrado, un hombre solo no podría trastornarlo. Tal vez no nos hayamos conocido mucho a nosotros mismos a nuestro mundo —dijo Lottie.

    Mariana estaba furiosa, y no razonaba.

    —Sabes muy bien a qué me refiero. La vida de hoy es civilizada, y la gente no se ve envuelta en niveles tan irracionales.
    —¿Piensas que Toby es irracional? —La voz de Lottie sonaba interesada.
    —No, quizás no irracional, pero sin duda primitivo. Bueno... no sé. —A Mariana se le hacía difícil hablar de Toby.
    —Yo tenía entendido que Adreena lo quería. Eso puedo comprenderlo porque está de acuerdo con su carácter. Es una chica rara.
    —Rara sí, pero no "chica". Creo que a Toby lo asusta. —Mariana recordó la escena que tuviera lugar esa tarde junto a la piscina—. Debería haberlos dejado solos, pero no sé por qué no lo hice. Algo me hizo actuar —algo dentro de mí que yo no sabía que existiera—, me impulsó a quebrar esa corriente de comunicación entre ellos. Tuve deseos de destruir a Adreena. ¿Te das cuenta, Lottie? A mí ella me cae bien, y sin embargo, por un momento sentí un profundo odio hacia su persona.
    —Entonces no es Toby el que hace tambalear tu mundo perfecto, sino tus propios sentimientos.
    —Si él no hubiese regresado, no habría problemas, o si se comportara como los demás. ¿Por qué tiene que desplegar siempre ese efluvio arrollador que es casi tangible, como los tentáculos de alguna bestia prehistórica? ¿Por qué no puede él estar solo igual que los demás?
    —Porque —respondió suavemente Lottie— él pertenece a otro período, en que la gente no se quedaba sola. Porque extraña... y quiere ser amado.
    —No hay ese tipo de amor en este mundo, y tiene que acostumbrarse a prescindir de él. —El tono de Mariana era enérgico.
    —Pobre Toby. Al final va a desear no haber sobrevivido. —Lottie suspiró—. Debemos parecerle muy extraños. Es que somos tan egocéntricos, no tenemos extremos, ni puntos opuestos. Estamos solos en el centro inanimado de nuestro ser. No precisamos otra persona que nos de equilibrio porque somos el centro, y estamos perfectamente equilibrados.
    —Así es —concordó Mariana—. Hoy en día, incluso cuando copulamos para engendrar hijos, permanecemos esencialmente separados, intactos, íntegros. Y es tan obvio que en la época de Toby las cosas eran distintas. Sabíamos que ellos se agrupaban y tenían la tendencia a devorarse mutuamente la personalidad, pero siempre pensé que era un mero hábito, y no fuerza positiva y fundamental, cosa que me parece tan repug-nante...
    —Le llaman amor —comentó Lottie—. Nos reímos porque ellos hablan de amor, como si pudieran saber lo que es y describirlo, pero sin embargo, tenían algo que no tenemos nosotros. Ponen tanto sentimiento —o como quieras llamarle— en amar como en matar. Hoy en día nadie mataría, y por cierto que no amamos; somos totalmente individualistas, y Toby no.
    —No —dijo Mariana—. Teníamos razón en la primera analogía. Es un elemento extraño en otra cultura —la nuestra—, y va a matar todo lo que lo rodea, a menos que la cultura lo mate a él.
    —O puede cambiar y adaptarse al ambiente, o cambiarlo para que se adapte a él.
    —Sería muy raro que nos cambie a nosotros. Felizmente el hombre ya no retrocede. Al menos, no lo hacen comunidades enteras. Pero dudo que él cambie, y eso le acarreará problemas toda la vida.
    —Tú quieres que cambie para amoldarse a nosotros. Pero eso es mucho pedir; él tiene derecho a su propia individualidad.

    Mariana volvió a sumergirse en el silencio. Por lo general, el hablar con Lottie le aclaraba las ideas, ponía las cosas en relieve, de manera de poder contarlas y evaluarlas. Pero lo único que ganó con esta charla fue que le agitaran los sombríos abismos de su subconsciente. Comenzaba a dudar de su propia naturaleza.

    —Yo pienso —dijo Lottie al rato— que quizás estés un poquito celosa de Adreena.
    —¿Celosa? —Mariana repitió sorprendida la palabra—. Esa es una emoción arcaica, y por supuesto que yo no puedo sentirla.
    —Bueno, si no sientes nada, Toby no puede afectarte. Si lo dejas solo, Adreena finalmente lo conquistará con sus extravagantes ideas de la vida.

    Tal vez ella pueda darle algo de lo que él busca, y ayudarlo a conservar la razón.

    —Su razón no corre peligro, y Adreena tampoco es así como dices. Está en una etapa de transición; su personalidad no ha terminado de desarrollarse.
    —¿Cómo sabes que ella no es así? ¿Cómo puedes juzgar? —La voz de Lottie parecía resonar dentro de la cabeza de Mariana, haciendo eco a sus propios pensamientos—. Ella es como es, y da lo mismo que tú lo apruebes o no. En este mundo nuestro, civilizado y moderno, nada importa, salvo que uno sea sincero consigo mismo. Debes dejar a Adreena librada a su suerte. O a lo mejor Toby tenga en sus manos la suerte de Adreena, y también la tuya.
    —Supongo que no pensarás eso en serio, ¿no? —preguntó Mariana.
    —No, en realidad, no. Creo que Toby es un alma perdida que debería haber muerto en el espacio junto con sus compañeros. Me parece un error que esté aquí ahora; yo no creo que sea posible vivir si no es en el propio momento histórico.

    Más tarde, cuando ya Lottie se había retirado a su dormitorio, Mariana daba vueltas y vueltas en su cama espaciosa, sin poder dormir.

    Trató de alejar a Toby de sus pensamientos, concentrándose en Geno. Tenía que pensar en Geno; él si pertenecía al mundo de hoy. Él era real. Pero al lado de Toby, la imagen de Geno era débil e inconsistente. Tan parecido a Toby y tan distinto por completo. Geno pronto regresaría de Marte. Por lo general, sus idas y venidas la dejaban indiferente. El mismo ritmo de esta ausencias coincidía con su propio modo de vida. Pero esta vez era diferente. Se sentía excitada y temerosa del encuentro entre los dos hombres. Lo sentía por Toby, pero le gustaba Geno. Frío y desapegado; la impersonalidad era su característica más atractiva. El la dejaba libre, aun en los momentos de gran intimidad. Pensó en Raoul con una cierta crispación de enojo porque le exasperaba el poder que ejercía sobre Geno. Si es que era poder. Pero la respuesta de Geno para con Raoul era, quizás, tan desapegada y poco comprometida como para con ella. Cuando Raoul se reía de él, Geno se llenaba de odio. Sólo que ella conocía o intuía las extrañas profundidades de la mente de Geno, y afortunadamente esto no la afectaba. Nunca lo había hecho hasta el momento. Pero ahora que Toby estaba aquí, las cosas no serían iguales. Sintió un poco de frío, y reguló el acondicionador de aire.

    Los pensamientos siguieron torturando a Mariana, que fluctuaba en un reino imaginario, entre dormida y despierta. Mientras entraba y salía del estado consciente, los protagonistas de sus problemas se atropellaban por ocupar el centro de su escenario mental. Vio a Raoul que reía agitando su pelo negro, su cuello ancho y fuerte semejante a un tronco. En la visión, se transformó en un árbol, y Adreena se sentaba sobre él, etérea, transparente, mientras podían apreciarse las hojas y las ramitas a través de su piel. La imagen se hizo borrosa, y Geno ocupó el escenario, con su rostro sin arrugas como el de un muerto, y sobre su palidez, en rápida e indefinida progresión, pasaba escena tras escena de un inefable horror. Muertes, torturas, grotescas deformidades. Los crímenes de épocas salvajes afluían y rebosaban encima de la plácida máscara. Mariana, haciendo un prodigioso esfuerzo, se despertó del todo.

    Transpiraba. Bajó un poco el aire acondicionado, y tomó agua. Exploró su subconsciente en busca de los motivos por los cuales había experimentado esas visiones tan repugnantes y obscenas. Algo tendría que ver con Toby, sacó en conclusión. Él había traído consigo demasiadas cosas de su pasado que impregnaban el aire, que contaminaban la pura atmósfera intelectual de hoy. Habría que exorcizarlo a él y a sus efluvios, pero ¿cómo? Quizás ella debiera irse a vivir a otra parte, aunque él tal vez no quisiera quedarse en África. En cuanto se ubicase en el presente, probablemente querría vivir en Europa, o más probablemente en Estados Unidos, donde habían transcurrido los últimos siete años de su anterior vida.

    Por último, y con un gran esfuerzo de voluntad, alejó todo pensamiento de Toby y de Geno, y se concentró para hipnotizarse a sí misma y sumergirse en un profundo sueño sin pesadillas.

    Shamira también tuvo problemas mentales esa noche, pero en su dormitorio confió el secreto sólo a su yo interno.

    Le parecía imposible que unos escasos cuatro días atrás se hubiesen preguntado si Toby sobreviviría. Toda su vida —o la mayor parte de ella—, lo había considerado como propiedad suya, su proyecto de estudio, un concepto que hallaba entre las tapas de muchos libros viejos y la imagen que aparecía en innumerables microfilms. No muerto, pero sin duda tampoco vivo.

    Incluso la llegada, ahora caía en la cuenta, parecía no tener ninguna relación con la de un ser viviente, sino más bien era como si un actor estuviese por aparecer en el escenario, y representar el papel de un personaje histórico muy conocido.

    Al principio, Toby había desempeñado correctamente su parte. Se había mostrado un poquito aturdido, adaptable, convenientemente sorprendido y asombrado, triste o alegre, cada cosa a su debido tiempo. Todos estaban encantados con él. Aparte de la desagradable y tácitamente no mencionada semejanza con su hermano, no había habido nada inesperado en su llegada, salvo la maravilla misma de que llegase. Era corpulento, pero no tanto como muchas de las personas de hoy. Buen mozo, de un cultivado intelecto, aunque en la faceta intelectual, como era de esperar, no estaba a la altura del hombre moderno.

    Sin embargo, hacia el fin de la noche, este cómodo concepto de él ya no encajaba. Esa cualidad bidimensional —que al principio lo hacía aparecer como un títere de fina fabricación, hermoso pero inanimado, excepto por los hilos que tiraban otras manos, una obra de arte para disfrutar, discutir y luego poner a un lado para otro momento—, sufrió un cambio sutil. Con cada palabra que pronunciaba, crecía su estatura como persona. Reveló poseer un efluvio mental. Un efluvio desagra-dablemente poderoso.

    Su interés por Mariana causaba un poco de gracia. Mariana era la única en demostrar fastidio. La criatura del más allá era transparente, cándida como un niño. Pero al cabo de unas pocas horas, mientras seguía cansado y confundido, ya había cambiado, había aprendido a disimular su candor y sus pensamientos. Había aprendido también, aunque de manera rudimentaria, a interceptar los ajenos. Se adaptaba con desconcertante rapidez.

    Afligida, Shamira repasó las ideas que tenía antes sobre él. La realidad viviente se presentaba tan distinta de lo que hubiera podido imaginarse. El pasado misterioso que había creado en su imaginación, una variada mezcla de sordidez y romance, se iba destruyendo a pasos agigantados. ¿Es que todas esas figuras del pasado no eran más que fantasías de la imaginación conjuradas por los historiadores futuros?

    Era muy cruel de parte de Toby arruinarle su mundo de la historia. Claro que no tenía la culpa, pero ella amaba tanto esa historia... No sólo las partes que tenían que ver con él.

    No obstante, lo que en realidad importaba ahora era ayudarlo a sobrevivir. Problema de dos facetas. Toby tenía que aprender a vivir con el presente, por un lado, y por el otro, ellos deberían adaptarse a su presencia. Nunca se le había ocurrido (y le extrañaba saber por qué no) que él pudiera traer consigo una tajada grande de su propia época, que crearía innumerables problemas en el ambiente de hoy. De un modo u otro, ya los había afectado a todos. Todos estaban cambiados. O quizás pudiesen verse mejor unos a otros.

    Mariana era la que más había cambiado, pensó. Siempre sintió admiración por ella, por su mente brillante, por sus grandes conquistas en el campo de la medicina, por su total impersonalidad. Nadie pudo nunca llegar hasta ella. El mismo Geno no representaba nada más que el hijo que Mariana nunca tendría. Geno era abstracto, y le permitía que viniera la relación sin verse por ello comprometida. Él no daba nada, ni tampoco lo pedía.

    Con cierta resistencia, Shamira se puso a pensar en Geno. Siempre se sentía reacia a pensar en él. Su hermano, tan increíblemente parecido a Toby, que presentía que esa semejanza tenía algo de mal agüero. Sin embargo, eran distintos. En cierto modo, Geno había sido para ella como un primer hijo. Cuando Nadia finalmente lo alejara de su lado, poniendo fin a una prolongada infancia que amenazaba con extenderse hasta la adultez, él había vuelto la atención hacia su hermana. A Shamira no le había importado, pero cuando Raoul entró en su vida, las cosas cambiaron. Geno sentía rencor por Raoul. No dijo nada, pero la atacó en su subconsciente. Ella empezó a tener sueños horrendos, a temerle a Raoul, aunque ahora la gente ya no mataba. Se alegró cuando Geno transfirió a Mariana su apego; esa relación le venía mejor. Era, a un mismo tiempo, más fría y más amplia. La personalidad solitaria de Mariana presentaba una cantidad de facetas, hacia cualquiera de las cuales Geno podría apegarse, según se lo dictase su estado de ánimo.

    En cuanto a Raoul... Shamira sonrió al pensar en él. Provocaba en ella sentimientos impropios de un ser humano civilizado, tales como un enojo que casi rayaba en la furia. Siempre anhelaba que se fuese, pero cuando se iba, dejaba un inmenso vacío en su vida. Nunca sabía si regresaría. De pronto aparecía dondequiera que ella estuviese, trabajando en Suecia, haciendo viajes de estudio por Norteamérica o Inglaterra. Por un tiempo su vida era ordenada y podía concentrarse en su querida historia; al instante aparecía Raoul, con su risa estentórea y mal intencionada, burlándose de ella. A veces la interrumpía dándole una inesperada opinión clarificadora sobre algún descubrimiento que ella había desentrañado con sacrificios. Tenía una psiquis tan vasta y tan variada, que se extendía hasta el universo, pero cuando la concentraba en ella, Shamira se consumía hasta desaparecer en el impetuoso fuego. Siempre se sorprendía de seguir con vida luego de una de las violentas arremetidas de Raoul.

    Pero, al igual que la mayoría de la gente, era bisexual, mientras Adreena era muy niña, le arrebató a Geno, llevándolo a su órbita. Shamira había lamentado la pérdida, pero por el momento su instinto maternal estaba saciado con Adreena y, con el bebé a su cargo, continuó sus estudios e investigaciones históricos, preparándose para el día en que arribara el antepasado.

    Shamira nunca estuvo segura de lo que pensaba Mariana por la defección de Geno. Quizás, al cabo de un tiempo le resultara hartante, y se alegrara de tener un descanso. Poco a poco, Geno diagramó su vida en un esquema triangular. Dividía su tiempo en partes iguales entre Raoul, Mariana y sus viajes a Marte. Era indudable que, si había lugar para el amor en Geno, éste se materializaba en la nave espacial que con tanta idoneidad piloteaba por los cielos.

    La mente de Shamira siguió vagando. Claro, también había ocurrido el asunto con Reynaldo, que apenas había comenzado cuando terminó con la muerte de Reynaldo.

    Reynaldo volaba en la misma nave que Geno, e inexplicablemente se precipitó hacia la muerte durante un viaje a Marte. Él y Geno eran amigos. No como Raoul y Geno, pero amigos que compartían una pasión en común. La pasión por volar.

    La muerte de Reynaldo había conmovido profundamente a Shamira. No tanto el hecho de que muriera, sino las circunstancias del hecho, tan incomprensibles e inadecuadas. Luego se renovaron los ataques de Geno hacia ella a través de los sueños. Desde entonces, tuvo miedo de investigar el misterio.

    Por último, se puso a pensar en Adreena. O quizás sería más acertado decir que dejó de pensar en otras personas y otras cosas, y retornó a la permanente, oculta y generalizada preocupación por su hija. Adreena tenía una psiquis tan poderosa que ya cuando llegó Toby, cuatro días atrás, los últimos hilos que la unían con su madre eran delgados como una telaraña. Shamira pensó que se cortaron para siempre desde el momento en que Toby se interpusiera entre ella y su nena. ¿Nena? Ya no más.

    Examinó el cambio operado en su hija, y sacó la conclusión de que probablemente habría ocurrido lo mismo aun cuando no hubiese llegado Toby. De ninguna manera podía culparlo a él. En firmeza de carácter no podía vencer a su hija.

    Durante un tiempo, Shamira había estado preocupada por el impetuoso apego de Adreena hacia Raoul, y se había enojado mucho con éste por alentarlo. No es que temiera nada físico; por el contrario, esto habría sido lo menos importante. No, lo que temía era la vasta personalidad de Raoul, su inmenso poder psíquico. Apaciguaba sus temores con la idea de que Adreena tenía, a su vez, tanto poder, que sería capaz de resistir el vigor de su padre. De todas maneras, pensó, en ese sentido la llegada de Toby había sido beneficiosa.

    Se había enterado de la visita que su hija hiciera al "querido antepasado", consciente de que Adreena daba un paso seguro hacia adelante. Era imposible reaccionar, de modo que cerró la mente y dejó libre a la niña, libre como tenía derecho a serlo, libre para embarcarse sola en su primera aventura físico-psicológica.

    Y ella misma, ¿había cambiado? No estaba segura. Pensó que quizás estuviese adoptando una actitud más crítica respecto de los que la rodeaban, pero si esto se debía a un cambio en ella o al hecho de que la presencia de Toby los exponía a todos en vivido relieve, no podía asegurarlo. De una cosa sí estaba segura. De que tenía miedo. Miedo por Toby. Intentó analizar su temor, y haciéndolo se quedó dormida.


    CAPÍTULO 14


    A DIFERENCIA DE LAS DOS MUJERES, Toby no tuvo ningún problema en dormirse esa noche. Se sentía exhausto y medio somnoliento antes de retirarse a su cuarto, e ignorante de la preocupación e insomnio que los demás sufrían por su culpa. Al día siguiente, se despertó temprano, para enfrentarse con sus propios problemas. ¿Se había imaginado esa sensación de estar recibiendo un mensaje desde el espacio? En el mundo cuerdo del siglo XX, no habría tenido dudas. Hoy en día, el límite entre fantasía y realidad era borroso. Supuso que la gente de ahora podía distinguir con certeza entre ambas, pero para él, mucha de la realidad actual pertenecía a la ciencia-ficción de su juventud.

    Durante un rato pensó en sus compañeros, pero no valía la pena. Sus problemas personales actuales estaban demasiado presentes y, con un cierto cargo de conciencia, abandonó la expedición a su propia suerte. Necesitaba preocuparse por sí mismo. Esa avidez de compañía y de amor ya no permanecerían en lo profundo de su ser, saldrían pronto a la super-ficie. Casi deseó haber aterrizado en una civilización completamente hostil. Al menos, así sabría dónde estaba, mientras que ahora se encontraba en el limbo. Todos trataban de ayudarlo a adaptarse, pero la manera de ser de ellos era tan abstracta, tan asexuada, que le parecía estar ahogándose en el fondo del mar, consolado y protegido por los peces.

    Adreena era distinta. Fastidiado, se esforzó por no pensar en ella. Los obstáculos eran insuperables. Su juventud, su aspecto de muchachito, el hecho de que descendía de él, todo sacaba a relucir sus inhibiciones.

    Pensó en Raoul. Nuevamente sus inhibiciones le impusieron barreras. En este mundo del revés, Raoul estaba muy unido a sus sentimientos por Adreena, así que no podía escaparse.

    Se golpeó la frente con el puño. "Y pensar que en mis tiempos yo creía que la vida sería mucho más fácil si no hubiera tantas oportunidades de enredos. En esa época me parecía que había demasiado sexo, demasiadas emociones, demasiados compromisos. Ahora que no hay nada, pienso que debería haberme muerto, y que esto es el infierno".

    Siguió unos minutos dándose vuelta en esa cama hermosa y solitaria.

    Luego decidió salir a caminar. Muy rara vez había estado solo desde que llegara, y le vendría bien. Se vistió rápido.

    Ya fuera de la casa, se detuvo para buscar el camino. El aire estaba fresco. Era el primer amanecer que veía en 155 años, ya que no se había levantado tan temprano las mañanas anteriores. Su entusiasmo sufrió un revés inmediato. Había algo malo, algo presagioso en esa media luz perlada que subrepticiamente aumentaba, para convertirse en día. Tanto se había acostumbrado al medio, que demoró un minuto largo en asociar el inanimado amanecer con la falta de trinos de pájaros.

    En el silencio mortal, se desvanecieron sus ganas de seguir caminando. Sintió unas ansias desesperadas de compañía humana. Usando su rudimentario poder telepático, se concentró intensamente en enviar un callado mensaje a Raoul. Por algún motivo, Raoul representaba lo real y. confiable de este presente.

    —¿Qué pasa, mi amigo? —Raoul habló bajito, muy cerca, y Toby se sobresaltó. No había esperado una respuesta tan pronta. ¿Habría perdido momentáneamente la razón? ¿Una laguna mental, una especie de ataque de epilepsia? Ya antes había notado que fallaba al calcular el paso del tiempo.
    —Perdóname que te llame tan temprano; quería charlar con alguien. Sentía que debía...

    Buscaba las palabras, y esto lo irritaba. Siempre se había vanagloriado del modo decidido y resuelto con que afrontaba los problemas. Tal vez esta pérdida de coordinación tuviese algo que ver con sus momentáneas lagunas mentales, y se lo mencionó a Raoul.

    —No te preocupes —dijo este último—. Es probable que tengas esas lagunas, pero también tienes la suerte de haber recuperado tus facultades mentales como lo has hecho. No sólo estás respirando un aire de distinta conformación sino que además no debes descartar posibles cambios químicos en tus tejidos debido al largo período de inactividad. Cambios infinitesimales tal vez, pero suficientes como para causar un efecto. Coméntaselo a Mariana; ella te puede aconsejar.

    Toby notó que Raoul lo miraba de manera penetrante al mencionar a Mariana. Quizás comprendiera muy bien sus sentimientos y frustraciones.

    —Caminemos —dijo Raoul, y ambos comenzaron a atravesar el jardín extenso y umbrío.

    Solapadamente, Toby echó una mirada a su compañero. Era agradable estar con Raoul. Estudió con interés sus propios sentimientos. En su vida anterior, la idea de un profundo cariño por otro hombre —tal como el que reconocía abrigar hacia Raoul— habría sido detestable. Cierta vez hubo un incidente, pasajero y lamentado, en sus épocas de colegio. A partir de él, se había mostrado inflexiblemente severo e intolerante en asuntos de mancas, pervertidos y homosexuales, cualquiera hubiese sido el término de moda en los distintos momentos. Ahora se sentía algo cambiado. Cierto que había sentido una ola de repugnancia cuando Raoul le pasara la tintura por la espalda, pero ahora pensaba que podría haber sido repugnancia inversa. Una reacción momentánea contra sí mismo porque le había agradado el tacto. Eso fue dos días antes. ¿O tres? Su actitud hacia sí mismo era distinta. Ahora admitía la posibilidad de sentimientos ambivalentes, sin vergüenza y sin excusas. ¿Estaría degenerándose moralmente? Pero, ¿qué era la moralidad? Sin duda que no era, hoy, lo que se entendía por moralidad en sus tiempos, aunque sólo Dios sabe cómo protestaban todos enconadamente por el rela-jamiento moral aun en ese entonces. Sonrió pensando en Rosemary y lo que ella habría opinado de todo esto. Una cosa era segura: que él, Toby, no podía vivir sin cariño. En su vida previa había amado —a veces desastrosamente—, y sido amado —a menudo de una manera impropia—, pero nunca había habido un vacío, sólo un flujo y reflujo de mareas de emoción y ternura. Nunca este confinamiento. Se estremeció.

    —¿Cómo pueden vivir sin amor? —preguntó.

    Raoul entendió de inmediato, le había ido siguiendo el pensamiento.

    —No es que no amemos, sino que nuestro amor es de otro nivel. ¿Estás ansioso por amar y que amen? ¿Que te ame Mariana, tal vez?
    —Creo que sí. —Toby vaciló. En sus tiempos, estos temas se discutían libremente, pero no con esta simplicidad tan directa. En sus tiempos siempre había una exaltación de los sentidos, un tinte levemente obsceno en las conversaciones sobre sexo. Raoul, sin embargo, trataba el tema con la fría formalidad de quien estudia un problema de matemáticas.
    —Sí amamos —prosiguió Raoul, al cabo de un minuto—. Nos queremos a nosotros mismos, amamos nuestro fuero íntimo. Somos completamente egocéntricos.
    —A mí eso me parece egoísta e inaceptable.
    —Al contrario. Luchamos por perfeccionar nuestro yo, en lugar de entrometernos con los demás. El resultado es el amor por nosotros, la autoadoración si prefieres, pero también la autocrítica y la autosuperación. En tu época la gente trataba de que los demás se adaptaran a sus propias ideas de lo bueno y lo malo; no había lugar para la autosuperación. Cada uno estaba convencido de tener la verdad y que los que debían cambiar eran los otros. Entonces peleaban; intervenían y se inmiscuían, y finalmente morían desilusionados o resignados.
    —Todo suena muy bien, pero quizás sea un poco engañoso. Ustedes tienen la facultad de hacer que todo suene bien.

    Raoul rio con alegría y mala intención a la vez. A Toby le pareció estar mirando la imagen de Satanás en arcaicas ilustraciones de la Biblia, y le impactó lo atractivo y agradable que resultaba.

    —Todo eso está muy bien para ustedes —dijo, por fin— que no se ven acosados por estímulos poderosos como nosotros, como yo.
    —"Acosados". ¡Qué palabra espléndida! —exclamó Raoul—. No, a mí no me acosan los impulsos, pero los siento y son muy variables, lo cual no ocurre con los tuyos... ¿o sí?
    —No sé —respondió Toby, horrorizado ante la idea de expresar con palabras los pensamientos que recién se animaba a enfrentar— Tal vez mis impulsos sean variables también, pero no quiero que lo sean. Si es que voy a vivir, espero que, a la larga, pueda formalizar una relación humana con alguien... con Mariana.
    —Todavía conoces muy poca gente. Vas a conocer más, y a hacerte de otros amigos. La atracción por Mariana puede resultar pasajera.
    —No lo creo —respondió, con tono firme—. Yo me conozco.
    —Si eres constante, eres digno de lástima. Hoy en día nadie es constante, porque la constancia es inhibitoria.
    —Así dijo Adreena. —Toby sintió el escalofrío que siempre lo recorría al pensar en ella, después de no haber pensado en ella durante un rato.
    —¿Te gusta Adreena? —le preguntó Raoul, y a Toby le pareció advertir que su tono era seco.
    —Sí, es extraordinaria, encantadora, terrible. Igual que tú. —Hizo una pausa, y luego añadió—. No es totalmente mujer como Mariana. Adreena es una persona maravillosa... Mariana da la impresión de ser una mujer maravillosa, y hay una diferencia.
    —Desde luego —dijo Raoul, en voz baja.

    La conversación no había conducido a ninguna parte. Toby decidió cambiar de tema, y le contó a Raoul la extraña impresión que había tenido la noche anterior de que alguien trataba de comunicarse con él desde el espacio. —Sólo que ustedes habrían podido recibir el mensaje mejor que yo —dijo.

    —No necesariamente. Debe existir un cierto grado de afinidad mental entre el polo emisor y el receptor, y es muy difícil que nosotros estemos en la misma longitud de onda que tú con tus compañeros. Es una distancia muy larga, y podría perderse el contacto.
    —¿Quiere decir que es posible comunicarse con seres de cualquier parte del universo en tanto y en cuanto estén en un mismo nivel de desarrollo? —preguntó Toby.
    —En términos generales, sí. Con el tiempo esperamos modificar las características receptivas y emisoras de manera de poder comunicarnos con civilizaciones menos o más adelantadas que la nuestra.
    —¿Podrías comunicarte con gente de un nivel similar al del hombre de las cavernas?
    —Muy difícil. Sin duda que sería imposible "comunicarnos", pero sí tal vez influir inadvertidamente sus cerebros primitivos. Iluminarlos. Quizás así haya nacido el concepto de Dios. La mente del hombre arcaico puede haber sido capaz de captar ideas borrosas e intermitentes enviadas por otras mentes de mundos lejanos, mucho antes de pensar en enviar las ideas propias.
    —Qué interesante y qué tremendo, porque si uno remonta este pensamiento hasta sus lógicos comienzos, significaría que lo que consideramos un concepto original, fue en realidad un concepto que implantó en nosotros otro ser, u otros seres. Claro que así se explicaría la mezcla de bueno y malo en los hombres, si estuviéramos expuestos a que nos laven el cerebro desde distintos puntos del universo.
    —No existe lo bueno y lo malo, sino sólo grados de conocimiento —dijo Raoul—. En un extremo se encuentra la ignorancia total, y en el otro, el perfecto entendimiento.
    —¿Dónde dirías que estamos ubicados nosotros?
    —Quién sabe... Tal vez en el medio. Caminaron un rato en silencio. Toby pensaba en Mariana; quería preguntar por ella y por Geno, pero no se animaba.

    Aun en esta esclarecida época histórica, consideraba que el tema era muy delicado. Recordó que Adreena había aludido vagamente a una relación entre Raoul y Geno. Mientras ordenaba y reordenaba las ideas tratando de formular las preguntas, Raoul obviamente le iba siguiendo el hilo ya que, en el momento justo, se interpusieron las dos líneas de pensamiento.

    —Mariana y Geno se necesitan el uno al otro en muchos aspectos; se complementan. Equilibran sus necesidades mutuas. Tú los llamarías amantes quizás, pero ésa no es una definición fehaciente de la relación, que no posee ninguna energía propia, y tiene que ser revitalizada de tanto en tanto. Mariana se vuelca hacia dentro, hacia su fuero más íntimo para reaprovisionarse. Geno se vuelca a mí; él no tiene fuero íntimo. En cierto sentido, es una persona a medias, que no se identifica con esta civilización.

    Toby trató de no captar la implicación de lo que Raoul dijo acerca de Mariana. Era muy tonto de su parte que le afectara... ¿Por qué habría de sorprenderse? Ella era tan encantadora, y no podía esperar que una mujer de treinta años no tuviese compañeros. Sería mucho pedirle al destino llegar desde los cielos, y que la primera mujer atractiva que encontrara no tuviera ninguna atadura. Intentó persuadirse de adoptar una resignada aceptación, y se concentró con empeño en lo que Raoul había comentado sobre Geno. ¿Por qué no se identificaba con esta civilización?

    —¿Cómo es Geno? —preguntó—. De aspecto físico, quiero decir. Parecería haber una conspiración de silencio a su alrededor. Es hermano de Shamira y descendiente mío, pero no he podido saber nada acerca de él. ¿No hay películas o fotos suyas que yo pueda ver?
    —No necesitas una foto de Geno. —Había una severidad latente en el tono de Raoul—. No tienes más que mirar un espejo.
    —¿Es parecido a mí?
    —Salvo por el color. Geno y tú son casi idénticos.
    —Qué extraño. ¿Por qué nadie me lo dijo? Se me ocurre que eso es algo que todos deberían habérmelo comentado. ¿Qué pasa con Geno? ¿Es que ninguno lo quiere, o algo por el estilo?
    —No, no es que él no nos guste. —La voz de Raoul dejó entrever un matiz terminante, como de alguien que acaba un tema, y Toby se apresuró a poner un pie en la puerta. Debía enterarse de más cosas. Suficiente con tener que enfrentar un medio ambiente nuevo e imprevisto; pero ya el vérselas también con el misterio era demasiado.
    —Entonces, si no les disgusta, ¿por qué nunca lo mencionan? ¿O es que nunca piensan ni hablar de una persona ausente? ¿Es por eso?
    —Eres perceptivo —dijo Raoul—. No, no se trata de eso. Como te dije, Geno es un inadaptado. Pero es un muy buen piloto, y le apasiona volar.

    Toby ya no prestaba atención. Pensaba en Mariana. Tal vez ella fuese la clave, el motivo de la tensión entre ellos. Pero, ¿por qué? Si Geno le atraía lo suficiente como para tener con él lo que sería una aventura en este mundo aséptico, por lo menos podía ser afable con alguien que se le parecía. Raoul volvía a hablar, y Toby abandonó sus tortuosos devaneos mentales.

    —Te decía —prosiguió Raoul— que deberíamos alertar a los observatorios sobre el posible mensaje que recibiste. ¿Te gustaría ir al Astro Control después de comer?
    —Sí, por supuesto. Te agradezco.

    Regresaron a la casa. Shamira los estaba esperando, serena y tranquila igual que siempre. Mientras comían, Toby la observó de cerca. Ahora la veía con distintos ojos; la charla con Raoul le hacía ubicar todo en una nueva perspectiva. Entre otras cosas, veía a estas personas como seres humanos y no como figuras contusas, mitad dioses y mitad demonios. Tal vez fuese un progreso puramente fisicoquímico de su parte. Estos seres cobraban realidad a medida que él comenzaba a entenderlos un poco más. Antes, sentía que ellos tenían toda la irrealidad de los actores de una obra a la que él había ingresado a último momento, y en la que el resto del elenco se conocía entre sí y las partes de cada uno, y él no conocía a la gente ni los papeles, y por lo tanto tartamudeaba e improvisaba, ignorando si le tocaba representar una figura trágica o cómica, el héroe o el villano.

    Shamira, al menos, emergía como mujer vigorosa, quizás demasiado vigorosa. Rosemary se habría preocupado por esos brazos robustos y esa cintura ancha. Sin embargo, si Rosemary pudiese aparecer en este momento junto a Shamira, le habría ido bastante mal en la comparación. Shamira era tan alta, tan corpulenta y bien formada, que Rosemary habría parecido anémica e insignificante. El cuidadoso maquillaje y los peinados rebuscados de Rosemary también le parecerían ahora ridículos, tanto se había acostumbrado al pelo abundante y lustroso recogido en sencillas trenzas o rodetes que usaban las mujeres de hoy. El rostro sin maquillar de Shamira era bello en forma y en facciones y, al igual que todos los demás, era radiante, intensa y resplandeciente como si estuviese iluminada desde adentro.

    Mientras comía y bebía, confiado y seguro por su familiaridad actual con las comidas y el modo de comerlas, percibió que, ocasionalmente, una expresión preocupada se pintaba en el rostro de Shamira. La mirada, también, se le obscurecía. Antes no lo había notado, pero ahora advertía muestras de cansancio y de miedo. Ella irradiaba seguridad y una gran calma, pero había otra faceta de esta vida perfecta que por momentos se reflejaba en su cara. Pensó que Shamira era la indiscutible imagen de madre. Toby ya conocía el lugar que le correspondía en el orden de las cosas. Aunque en años de vida Shamira y él eran contemporáneos, ella era su madre, ella había tenido una criatura —Adreena— de su cuerpo, y había recibido al otro hijo —él mismo— desde los cielos.

    Shamira sonrió, y él se dio cuenta de que le iba leyendo los pensamientos, y reconfortándolo. Quiso preguntarle sobre su hermano, pero se sintió inexplicablemente reacio a hacerlo. Estos seres que podían entrar y salir de la mente de uno con tanta facilidad le habían contagiado sus aprehensiones. ¿Cómo podría juzgar a Geno con imparcialidad si ya lo estaban predisponiendo contra su propia voluntad? Terminaron de comer, y Raoul dijo:

    —Vamos.

    Toby se puso de pie e, instintivamente (porque advertía que la gente no acostumbraba a tocarse mucho), tocó a Shamira. Ella no retrocedió; por el contrario, con un brazo le rodeó los hombros, haciéndolo sentir un niño inexperto, como no se había sentido desde su llegada.

    —No pienses en nada hasta que eso ocurra o se presente —le dijo—. No te anticipes. Geno vendrá pronto, muy pronto.


    CAPÍTULO 15


    AL RATO, TOBY Y RAOUL VOLABAN CASI ROZANDO los techos de las casas, en camino hacia Astro Control.

    Toby iba alegre, ansioso por regresar al mundo de la ciencia. Su mundo. A pesar de que debía estar espantosamente desactualizado, se creía capaz de ponerse al día. Afrontar lo que aún había por descubrir era siempre más difícil que aceptar lo que ya era verdad establecida. Recordaba con cuánta facilidad los chicos entendían conceptos que él y sus compañeros científicos habían sudado sangre para desarrollar.

    Casi de inmediato estuvieron sobre el aeropuerto, y volaron a gran velocidad a lo largo de él. Era inmenso. Raoul redujo la marcha, y siguieron avanzando a sólo 225 km por hora y, a esta velocidad, pasaron junto a una fila de naves que semejaban una hilera de rascacielos. Muchas de ellas estaban siendo preparadas para volar, y Toby observó fascinado cómo las máquinas, livianas como el aire, veloces y dirigidas a control remoto, traían, llevaban, levantaban y acomodaban. Recordó las pesadas maquinarias de sus tiempos, los tractores de oruga enormes y difíciles de maniobrar que transportaban los cohetes necesarios para poner las naves espaciales en órbita, y los cohetes mismos tan increíblemente grandes. Estas naves modernas tenían autopropulsión, eran livianas y fáciles de manejar. Todas impulsadas por energía nuclear, y anti-gravitacionales.

    —¿Qué pasó con mi querida Nº 35?
    —Está por aquí —le contestó Raoul—. ¿Quieres ir a verla?

    Toby asintió y, en el otro extremo del aeropuerto, encontraron el pequeño casco negro cuidadosamente parado en su soporte. Toby sonrió solo al pensar que llamaba a su nave el "pequeño casco negro", pero es que era exactamente eso, al verse rodeada por los modernos gigantes color blanco reluciente.

    —¿Nunca subiste a mi nave? —preguntó, curioso.
    —No —respondió Raoul—. Tú viniste en ella, y te pertenece. Estamos esperando hasta que te sientas capaz de entrar tú mismo a inspeccionarla. Va a haber que hacer muchos estudios del metal, de los equipos, los accesorios, etc. Con eso vamos a poder saber mucho acerca del viaje. Los registros de las computadoras y el análisis de la corteza exterior serán muy interesantes. Nadie ha viajado nunca a una distancia tan lejos de la tierra.

    Toby se sonrojó de placer. Qué amables podían ser estos seres modernos; qué gentil de su parte esperarlo, en lugar de despedazar la nave de inmediato. Quién sabe si en su época habrían sido tan corteses con un hombre que hubiera llegado del siglo XVI. Poco probable. Toby se imaginaba a los periodistas y los científicos desarmando el vehículo que hubiera utilizado, y posiblemente desarmando al hombre también.

    Ya en Astro Control, abandonaron el volador, cambiándolo por uno más pequeño y compacto, parecido a un carrito de golf.

    —¿Acá nadie camina nunca? —preguntó Toby.
    —No te alcanzaría el tiempo para hacer nada; te pasarías el día yendo y viniendo por el edificio.

    Una vez dentro del edificio, Toby pudo apreciar lo cierto del comentario de Raoul. Los corredores eran anchos, interminables y abovedados. Los "rozadores" —como denominaban a estos pequeños voladores— pasaban zumbando, dejando atrás otros aparatos semejantes que iban en distintas direcciones. Advirtió que nadie saludaba a nadie, y recordó las bromas, el buen humor y la camaradería que reinaban en Cabo Kennedy en su época. Claro que ahora se movían con tanta rapidez, que era imposible saber quién era el que pasaba.

    Pronto estuvieron en una sala con una gran cúpula. Obviamente, se trataba del corazón del Centro de Control. Todas las paredes cubiertas por pantallas de televisión. Los paneles de instrumentos eran de tal proporción que causaban vértigos. Había hombres sentados en bancos altos, charlando y controlando las pantallas. Los bancos les servían para desplazarse velozmente de un lugar a otro.

    Raoul fue saludado con una superficial inclinación de cabeza por un hombre de blanco que echó una rápida mirada a Toby, y luego volvió a mirarlo. No se dijo nada, pero pronto toda la sala sabía que Tobías, el hombre del espacio, estaba entre ellos. Toby pudo advertir que lo observaban y lo examinaban; a su alrededor se levantaban antenas men-tales que se iban formando una idea de él. Estos científicos eran corteses, y se los veía ansiosos por que se sintiera a gusto. Dos hombres le hicieron lugar, y vio que el radar rastreaba parte del cielo. Estaban siguiendo la pista de una nave que se dirigía a Marte. Eran demasiado corteses como para darle explicaciones, pero cuando Toby comenzó a hacerles preguntas, respondieron libremente, aunque era obvio que les resultaba rara su manera de hablar. El pequeño núcleo de gente con quien vivía ya se había acostumbrado a su lenguaje, y trataba, con cierta vergüenza, de hablar con el acento de hoy. Pensó que sonaba como alguien que trata de remedar a un extranjero, pero claro que ahora no había extranjeros, y a sus nuevos amigos parecía no importarles.

    Al ratito, Raoul le tocó el hombro, y se dirigieron hacia donde se encontraba un hombre de edad escudriñando un juego de instrumentos y pantallas.

    —Olsen está preguntando a los observatorios de los satélites por cualquier mensaje extraño que hubieren podido recibir —dijo Raoul.

    Olsen se dio vuelta y les sonrió con aire distraído. Toby en seguida se sintió cómodo. De ese modo solían mirar los profesores de su época a alguien, como si no existiera. Paseó la vista a su alrededor para formarse una idea del sistema o sistemas que empleaban. Varios aspectos no tardaron en impactarlo. Por ejemplo, había muy pocas personas, teniendo en cuenta el tamaño de la sala, y la cantidad y variedad de instrumentos. Claro que la mayoría de ellos parecía perfectamente capaz de funcionar solos; hacían ruidos, registraban, titilaban. Una computadora comenzó a emitir señales musicales, y al instante, convergieron sobre ella hombres de distintas partes de la sala. Toby se preguntó si debería acercarse a ver qué pasaba.

    —Ven —dijo Olsen, arrastrándolo detrás de él—. Puede haber noticias de tu expedición.

    Raoul ya se encontraba junto a las pantallas que había debajo del parlante que transmitía los sonidos musicales. Toby se sentó entre él y un muchacho que no podía ser mayor que Adreena, y que interpretaba las señales que llegaban y llamaba de vuelta al observatorio del Satélite 221, en la órbita de Plutón.

    —No es nada seguro —dijo al muchacho—, pero me informan de 221 que ayer recibieron unas señales muy débiles e inesperadas y algunas señales telepáticas que se transmitieron directamente al Instituto de Comunicaciones Telepáticas para su interpretación. Es común recibir inexplicables señales de esta naturaleza, y no siempre desde la dirección de Alfa. Vienen de otros mundos, y se las archiva para futura interpretación, cuando tengamos conocimientos superiores.
    —¿Pero las de ayer venían de Alfa? —preguntó Toby, desilusionado. Había esperado un milagro por parte de esta gente casi milagrosa. Por poco había esperado ver los rostros de sus compañeros en las pantallas de televisión.
    —Hay una señal ahora, retransmitida desde Plutón —anunció el muchacho, señalando. Toby se concentró intensamente en la lucecita trémula que pasaba delante de sus ojos. Claro que reconocía la identificación del vehículo. Pertenecía a una nave anterior —la Nº 5—, que tenía un nombre raro con P, Patricio... no, era un nombre de mujer... ¿Paula? No. ¡Pandora! Eso era. El capitán había insistido en llamar Pan-dora a la nave, y la gente le había tomado el pelo, preguntándole qué problemas iba a sacar de su caja en Alfa. Volvió a mirar atentamente. No, no era la identificación lo que veía. Era una expresión de deseos, o las ganas de ver que tenía. La señal se desintegró, cambió, se reagrupó con otra forma. Contuvo, un suspiro, y se dio vuelta.
    —¿No es lo que creías? —preguntó el muchacho, con tono frío y los ojos aún clavados en la pantalla. Podría haberle pasado totalmente desapercibida la amarga desilusión de Toby, si no fuera porque Toby dudaba que a esta gente algo pudiera pasarles desapercibido.
    —No —respondió secamente.
    —No importa. Mantendremos una vigilancia especial. Plutón 221 nos acaba de informar que remitieron el pedido de recomendación a Urano y los otros planetas.
    —¿Y hay gente allá?
    —¿En Plutón y en Urano? —Fue Olsen el que respondió. Él y Raoul se encontraban parados detrás de Toby, aparentemente charlando de otra cosa. Toby deseó que no hubiesen notado lo intenso de su anhelo por recibir un mensaje de sus amigos. Tal vez fuera mejor que no llegase la señal; eso sólo lograría distraerlo de la tarea de vivir como debía hacerlo ahora.

    Dio la espalda a la pantalla, y le habló a Olsen.

    —Me intriga saber si es posible vivir en cualquiera de esos planetas.
    —No, no en los mismos planetas —respondió Olsen—, pero en los satélites que giran alrededor de ellos hay gente. En los más grandes. Son como enormes ciudades o pequeños mundos en sí mismos, y giran durante dos o tres años; luego se los hace regresar, y otro satélite pasa a ocupar el lugar del que vuelve. Se van rotando.
    —¿No es angustiante la soledad? ¿Los hombres no sufren el síndrome de satélite? Era muy común en mis tiempos, y eso que se giraba alrededor de la tierra nada más.
    —No, ya no se padece ese síndrome —respondió Raoul, reanudando el diálogo—. Viven allá con sus familias; hay comunidades enteras en cada satélite, y son tan grandes, que pueden olvidarse de que, en realidad, están en un mundo artificial. Todo se hace imitando de la tierra. Tienen la correcta gravedad —cosa importante— y un sol artificial, siembran plantas y, por supuesto, están en constante telecomunicación con la tierra, así que no lo pasan tan mal.
    —¿Y los observatorios que giran alrededor de planetas más cercanos al sol? ¿No son muy calientes?
    —Sí... ésos no son tripulados sino que se manejan totalmente por instrumentos. En Marte y en Venus se está experimentando vivir ahí mismo. Con el tiempo, Marte será tan habitable como la tierra. Están creciendo los bosques, y la constitución del aire se irá perfeccionando. Ya hay colonias viviendo en habitáculos especialmente construidos. Venus quizás nunca sea habitable del todo; es demasiado deprimente. Debemos tener mucho cuidado con los tripulantes de los satélites de Venus; aun estando en órbita, la depresión les afecta. En un comienzo, hace dos generaciones, cuando se hizo regresar el primer satélite, los hombres habían enloquecido; sufrían una forma aguda de melancolía. Algunos se recuperaron, pero la mayoría se murió. Los niños nacidos durante el vuelo en órbita eran extraordinariamente inteligentes, pero muchos de ellos tuvieron ataques y murieron en la adolescencia. Dos de los que sobrevivieron fueron los científicos más brillantes de su época, pero nunca quisieron volver a Venus.
    —No me sorprende —comentó Toby. Él y Raoul se despidieron de Olsen y del científico joven, y continuaron recorriendo el Centro de Control. Era extraordinario, pensaba Toby, lo rápido que se iba familiarizando con el argot científico. Por más pedante que sonase en el idioma moderno, se parecía mucho a la manera de hablar y de pensar de antes. Experimentó el alivio de poder salir del ambiente doméstico de la casa de Shamira. Desde luego ella era una experta en su especialidad, pero en sus tiempos la habrían clasificado como académica, más que como mujer de ciencias. La gente que había encontrado en el Centro era mucho más de su tipo, y se sentía más a gusto entre ellos.

    La tarde transcurrió rápida y agradablemente para Toby. Comieron con un grupo de personas, y Toby aprendió muchas cosas acerca de sus nuevos amigos y de métodos modernos. La actitud informal e indiferente hacia la vida y el trabajo que tanto le preocupaba era, se dio cuenta, engañosa. Esta gente, advirtió, trabajaba por impulso y sólo en lo que les interesaba, pero cómo trabajaban. Algunos dedicaban literalmente semanas enteras a un proyecto, con poquísimos intervalos para comer o descansar. Otros trabajaban una o dos horas semanales, pero la calidad de sus logros equivalían a una vida entera de ferviente dedicación.

    Debido a que no había dinero de por medio, y que no existía otra obligación que el impulso interior de cada hombre o de cada mujer por el trabajo asumido, los resultados eran asombrosos. Estaban dotados no sólo de un extraordinario intelecto, sino que también parecían contentos y libres de angustias y tensiones.

    Toby le comentó esto a Raoul, y éste asintió.

    —Sí, hay métodos para medir la producción de energía necesaria para resolver un pequeño problema; y te puedo asegurar que es enorme. Esa energía serviría para mover un instrumento o maquinaria de dimensiones considerables, y priva de tanta vitalidad que el decir —como era costumbre en tu época— que alguien se "moría de angustia" era literalmente cierto.
    —Pero la gente todavía se preocupa por algunas cosas —dijo Toby, recordando a Shamira y el misterio en torno de Geno.
    —Verdad, y es una pena, pero al menos la gente ahora se aflige por temas fundamentales, y no por dinero o por tener qué comer, que eran problemas tan inútiles. La preocupación por cosas importantes puede significar una recompensa por la energía gastada. La preocupación por el dinero, la comida o el prestigio no se justifica, ni es provechosa.

    Visitaron varios departamentos. La biblioteca atrajo particularmente a Toby. Observó interesado y un poco divertido cómo unos hombres preparaban tesis y otros trabajos por transferencia de pensamiento, y presenció con sobrecogido asombro la rápida secuencia en que las ideas se grababan en letras o en microfilms, y se transportaban a los archivos de la biblioteca casi al mismo tiempo que los conceptos eran formulados y expuestos.

    Durante el curso de la visita, se combinó que Toby trabajaría, con ayuda, en el desmantelamiento y análisis de la Nº 35. Debería practicar escribir sus informes utilizando el moderno método de la transferencia de pensamiento, y Raoul le aseguró que dominaría la técnica en unos pocos días.

    A la tardecita, ya tenía una especie de programa planeado para el futuro. Su confianza en sí mismo aumentó enormemente al ver que lo que tanto había temido lo conseguía sin complicaciones, casi sin darse cuenta. Había tenido miedo de que no hubiera un lugar para él, ningún trabajo para hacer, ningún modo de ser útil y aportar algo a la vida moderna. Se había imaginado interminables semanas y meses de depen-dencia mental. En cambio, se encontró con que lo aceptaban con lo que tenía para dar, y se le abrían muchísimas oportunidades para desarrollar sus aptitudes. Esto era igualdad, sin ningún tipo de reservas. Se dio cuenta de que sólo comenzaba a apreciar lo que significaba la verdadera libertad, y qué limitadas y circunscriptas habían sido las "libertades" de su época.

    Al volver a casa, debió reconocer que el día lo había cansado en exceso. Raoul le explicó que tendría que tener paciencia un tiempo; aún no estaba listo para abocarse a su nuevo papel. Toby se exasperó a la sola mención de una posible demora.

    —Por supuesto que estoy listo. Lo de ahora es un poco de cansancio, nada más, pero ya siento que sintonizo con el ambiente. ¿A qué esperar, entonces?
    —Sería muy tonto apresurar las cosas. —Raoul trataba de tranquilizarla—. Todavía hay ciertas cosas a las que debes adaptarte, aunque no te des cuenta del todo. Confía en nosotros. Mariana y el hospital aconsejan unos días más, y puedes pasar el tiempo sacando provecho de visitar otros lugares. Tienes que ir a Europa y a Norteamérica. Tal vez quieras vivir en la Isla —en Inglaterra como le decían en tu época—, o en algún otro lado.
    —Creo que me gusta aquí, y el Centro de Control está aquí.
    —Hay otros Centros. No debes comprometerte de ninguna manera hasta que conozcas más el mundo de hoy.

    Toby habría querido discutir, pero estaba demasiado agotado. De vuelta en la casa, donde Shamira y Adreena lo esperaban para conocer sus impresiones, tuvo que confesar que todavía no era capaz de soportar tanta actividad en un día.


    CAPÍTULO 16


    AL DÍA SIGUIENTE, EL SEXTO DESDE SU vuelta a la tierra, una triste reacción aguardaba a Toby. Físicamente, se sentía bien y se le había pasado el cansancio, pero emocionalmente, estaba abatido. La soledad lo envolvía como una mortaja. Luchó sin éxito por recobrar la alegría del día anterior, cuando estuvo en compañía de hombres y mujeres cuyos intereses compartía, y cuyo trabajo era el mismo que el suyo, aunque mucho más avanzado. El contraste entre su habilidad para comunicarse a nivel intelectual sobre temas abstractos y su incapacidad para adaptarse en el terreno afectivo hizo resaltar de manera violenta el vacío que tenía en vez de vida personal. No tengo existencia —pensó—. Soy nada más que una cosa del espacio, un objeto volador no identificado, sólo que ya no vuelo más, y el futuro me observa en una diapositiva. Debería estar excavando mis huesos y analizándolos químicamente, no torturándome en vida. No tendrían que haberme dejado vivir. Trató de dominarse. Se había alegrado tanto de hallarse con vida cuando recién se despertó... Asustado, pero contento. Ahora, no tenía que desear la muerte. De todos modos, quizás no viviera mucho tiempo, y debía aprovechar al máximo esta extraordinaria posibilidad, porque era nada más que una posibilidad. En su desdicha y abatimiento, cada vez tenía menos esperanzas de que alguno de sus compañeros hubiera llegado a Alfa.

    En el desayuno, se mostró deprimido y callado. Shamira se inquietó, y le dijo que estaba segura de que había hecho demasiadas cosas el día anterior.

    —Hoy tienes que quedarte quieto. Hace tan poco tiempo que llegaste —menos de una semana—, que no puedes haberte aclimatado.

    Inesperadamente, se les unió Adreena. Vino con movimientos tan ligeros y furtivos que Toby no la oyó entrar. Levantó la vista y se la encontró sentada junto a él.

    —Me parece que hoy no quiero estudiar —dijo ella, mirando el rostro triste de Toby—. Voy a dedicarte mi día, querido antepasado. ¿Qué te gustaría hacer?
    —Lo dejo en tus manos —respondió él. Ya estaba recuperando el buen ánimo. En compañía de Adreena, siempre se sentía más fuerte. Era difícil pensar constantemente en el rechazo de Mariana, por una parte, y por la otra, casi imposible relegar a Adreena a un rincón en el catálogo de relaciones personales, donde él creía que le correspondía estar.

    En su estimulante presencia, su estado de ánimo sombrío se recuperó un tanto: Más tarde, ella lo llevó a recorrer la casa, y conoció partes que no había visitado antes. La cocina, si se le podía llamar así, era una mezcla entre laboratorio y fábrica, clínicamente limpia y en nada parecida a ninguna otra cocina que hubiese visto. Luego salieron y vieron los soportes donde se alineaban complicadas maquinarias y ejércitos de robots. Visitaron también el jardín, con su variedad de plantas extrañamente cambiadas, descendientes de las que en un tiempo conocía; Adreena le explicaba todo de una manera entretenida y detallada. Después, observaron cómo un gran volador aterrizaba y descargaba mercaderías para la cocina, elevándose luego por sí solo, como una gigantesca paloma mensajera.

    —¿Y toda la variedad de alimentos son derivados de cereales y verduras? —Sabía que sí, pero se sintió obligado a preguntar, tan amplia era la gama de comestibles.
    —Sí, de cereales, nueces, legumbres, frutas y verduras. Todo va a los Centros de Alimentación en seguida de la cosecha. Las frutas y verduras se conservan por medio de un gas muy similar al que te conservó a ti durante el viaje. —Sonrió.
    —Y después le agregan artificialmente proteínas.
    —Sí. Debemos tener mucho cuidado con los aditamentos, proteínas y vitaminas, y también empleamos muchas algas porque los algáceos ayudan a combatir los efectos de la radiactividad.
    —¿La gente no está ya aclimatada a los niveles de radiación?
    —Hay diferencia de susceptibilidad. Quizás dentro de unos quinientos años, si todavía existimos, el hombre se adaptará por completo a los niveles de radiactividad.
    —El verdadero temor de nuestros tiempos —dijo Toby— era que un aumento en el porcentaje de radiación produjera niños deformes. De alguna manera uno podía pretender que no se generalizara la esterilidad, pero no se podía evitar que naciera un monstruo simplemente mirando para otro lado.
    —Los temores se justificaban—dijo Adreena lacónicamente—. Cuando estés más fuerte, te vamos a mostrar algunos de los microfilms más espeluznantes. Gracias a Dios que todas las deformidades más horribles fueron fatales antes del nacimiento, y para las que no lo fueron, la actitud más común en los años posteriores al caos cuando empezaron a nacer los niños otra vez, fue una mezcla de protección y de implacable selectividad.
    —Seguro que se habrán matado unos a otros, y me parece lógico en un mundo donde había dos malos por cada bueno.
    —¡Qué curiosa esa expresión "dos malos por cada bueno"!
    —Por un momento Adreena se desvió del tema; luego lo retomó—. No; ambas actitudes no son incompatibles como crees. En esa época, la extrema ternura y la total falta de sentimentalismo eran esenciales e inseparables.
    —Debe haber sido espantoso, mucho peor que todo lo demás.
    —Sí, pero no del modo que anticipaban en tu época. Yo he visto obras de teatro y películas y leí libros acerca de todo esto que ocurrió en la segunda mitad del siglo veinte. En cuanto tenían que enfrentar el nacimiento de monstruos, el método que empleaban era repulsivo y cruel. Pero llegado el caso, no ocurría así.
    —Sin duda que la ternura más absoluta no puede suavizar la brutalidad de tener que matar a un niño.
    —O no supieron nunca cómo eran verdaderamente las mujeres, o han cambiado en forma radical desde los años de caos, porque hoy en día se consideraría cruel permitir que viva un chico deforme. La actitud de la gente con respecto a ese tipo de cosas es muy distinta. En los años posteriores al caos, cuando nacían monstruos, las mismas madres los mataban. Era lo más natural y lo más caritativo que se podía hacer. Si la deformidad no era muy grande ni transmisible, la comunidad a veces intervenía para convencer a la madre de que dejara vivir al niño.
    —¿Cómo podían saber si la mutilación no era hereditaria? —preguntó Toby.
    —Porque las deformidades menores no siempre eran mutilaciones, sino inhibiciones en el desarrollo.

    Durante un rato, no hablaron más. Toby era consciente de una mezcla de miedo y fascinación que la proximidad de Adreena había despertado en él, y disfrutó de la sensación, permitiendo que lo envolviera. Descubría dentro de sí una insospechada capacidad para experimentar sensaciones nuevas, tanto mentales como físicas.

    —¿En qué piensas? —le preguntó Adreena.
    —¿No lo sabes? Puedes leerme los pensamientos. —Toby sonrió.
    —Ya no más, o no tanto. Aprendiste muy rápido a esconderlos. Pero por supuesto que sí sé. —Dio vuelta la cabeza, y lo miró oblicuamente. La serenidad de sus facciones al tratar el serio tema de los nacimientos de deformes fue reemplazada por un brillo mal intencionado y travieso en sus ojos de color negro verdoso. La transformación intrigó a Toby, a quien le pareció estar observando el cuadro de un santo que se convertía en el de un demonio por un truco de luz o por un simple trazo de pincel.

    Sintió que se aceleraba el ritmo de su sangre. Esta criatura, esta pilla, de su propia carne y huesos, atraía a partes de sí mismo que casi no reconocía. Era como comer alimentos extraños; primero un sabor, luego otro acometían su lengua, y el gusto final podía ser muy distinto, dulce o amargo, rico o empalagoso. No, empalagoso, no. Adreena no podría serlo nunca.

    Mientras caminaban y conversaban, habían errado sin rumbo fijo por el jardín, o por el campo. Toby no podría asegurar que el uno no se mezclara con el otro. La falta de cercos o límites de ningún tipo lo confundían, tanto en el mundo de lo físico como en el mental. De inmediato advirtió que se acercaban a la piscina. Por supuesto que debía haber sido intención de Adreena ir allí. Estaba seguro de que nunca hacía nada por casualidad.

    —Vamos a nadar —dijo ella.
    —Okey.

    Se quedó encantada.

    —Me intrigaba saber si alguna vez dirías "okey". Todo el mundo no hace más que decirlo, en los microfilms.
    —¿Nunca lo dije? Tal vez no. Eso se debe a que, en cierto modo, todavía no he pedido sentirme cómodo con el lenguaje que utilizan ahora.
    —Supongo que debe sonarte muy extraño. —Totalmente exótico. No tiene nada que ver con el inglés que hablábamos en Inglaterra o en Norteamérica. Suena —espero que no te ofendas—, pero suena terriblemente pomposo y preciso, salvo que todos hablan muy rápido. Y ese ritmo monótono es muy oriental.
    —Qué raro —acotó Adreena—. A nosotros nos suena muy correcto.
    —Claro. Perdóname, no fue mi intención ser grosero, pero tú me preguntaste.
    —No me ofendí. ¿Por qué habría de hacerlo? Tú eres el insólito, no nosotros. Pero hay muchísimas otras palabras que se escuchan todo el tiempo en las películas, y no las usas. No tanto, por lo menos.
    —¿Por ejemplo?
    —Bueno..., ciertas maldiciones. "Maldito", "mierda", "Carajo", "hijo de...", y muchas más. Tenían un matiz tan enérgico, y yo las aprendí especialmente para poder intercalarlas cuando hablara contigo, pero por alguna razón no he encontrado hasta ahora la oportunidad de emplearlas.

    Toby se rio. —Ahora que lo pienso, debo parecer un loco de mierda, hablando con tanta exactitud, por si acaso no me entienden.

    —¿Ves? Ahí dijiste "de mierda". Eso quiere decir que empiezas a sentirte cómodo entre nosotros.

    Mientras conversaban, se quitaron la ropa, y se zambulleron en el agua. Toby notó que ya no se avergonzaba de nadar desnudo. "Voy progresando" —pensó.

    Nadaron mucho. Adreena le tomaba el pelo con su velocidad y la fuerza que tenía debajo del agua, agarrándolo de un tobillo y sumergiéndolo un milésimo de segundo más de lo necesario, de manera de hacerle sentir el intenso miedo a la muerte.

    Adreena era tan incansable como una máquina. Toby debió implorarle finalmente un respiro. Salieron del agua y dejaron que el aire tibio los secara. Luego, caminaron de vuelta hasta la casa y se internaron en la sala de televisión, donde ella le mostró documentales y noticieros viejos de su época, que ya parecían cómicamente anticuados. Incluso el lenguaje, que con tanta avidez había escuchado los primeros días, ahora le sonaba raro y desafinado.

    Shamira no apareció, y Adreena hizo venir un carrito con comida. Toby se sentía muy contento en compañía de Adreena; ella absorbía tan por completo su atención, que las innumerables aprehensiones que lo perseguían quedaban por el momento relegadas.

    —Hoy tengo que votar —dijo ella—. Debes aprender, porque tendrás que hacerlo en su momento.

    Observó. Se votaba la ubicación de un nuevo laboratorio.

    —Ésta es la pantalla para el sufragio. Yo aprieto la perilla correspondiente, y mi voto se registra con los demás, se analiza y se graba. Se hace todo con computadoras, así que, casi antes de que el Comité termine de discutir el tema, ya se han emitido las opiniones, y saben lo que se piensa en cada región del mundo. Si muchos se oponen al proyecto, los motivos de esas objeciones deben ser escuchados y estudiados. Pero la decisión final por lo general depende de la gente que se vea más afectada por el proyecto. O sea que el sufragio se hace mucho más localizado, ¿entiendes?
    —Sí. Es muy interesante. Pero me parece una manera muy cómoda de cumplir con los deberes cívicos, así sentados en su casa, mirando una pantalla de televisión y apretando una perilla.

    Adreena se encogió graciosamente de hombros, con cierto enojo.

    —¿Te parece que la comunidad o el mundo podrían beneficiarse con tu derroche de energía para ir a votar? ¿Crees que el hecho de caminar o viajar a un cierto lugar para votar, como tenían que hacerlo en tus tiempos, mejoraba tu criterio en alguna medida? ¿O lo hacía más sensato?
    —No, claro que no. —Toby se sintió en desventaja, y buscó algún modo de corregir el desequilibrio—. ¿No eres demasiado joven para votar? —dijo, por fin. Por propia experiencia sabía que los jóvenes odiaban que se les recordara su juventud. Adreena no se avergonzó en lo más mínimo.
    —Yo todavía no puedo votar en todos los asuntos, sino que mi facultad de hacerlo aumenta cada año, hasta que cumpla los veinticinco; en ese momento alcanzaré la ciudadanía completa.
    —No hubiera pensado que a los anarquistas les importara la ciudadanía.
    —Claro que nos importa. Hay muchas cosas que deben manejarse en forma centralizada: si no, los miles de pequeños esfuerzos individuales serían inútiles. A mí me parece sensato unirme para que las organizaciones centrales puedan funcionar sin tropiezos.
    —Eso me suena más a democracia que a anarquía.
    —Sin embargo, no lo es —se apresuró Adreena a responder—. En la práctica, la democracia significa la voluntad de la mayoría, cualesquiera sean las necesidades o los deseos de las minorías, y las minorías son sumamente importantes.
    —La mejor y más pequeña minoría es el individuo, y en la democracia no hay lugar para él.
    —¿Me estás diciendo que las minorías y el individuo tienen alguna posibilidad en este sistema?
    —Por supuesto. Tú puedes hacer o tener cualquier cosa, ir a cualquier lado, ser cualquier cosa, en tanto y en cuanto no estorbes a ningún otro individuo.
    —O sea que no eres libre de veras.
    —Sí que eres libre. Esto es una actitud mental.
    —¿Y la justicia? ¿Cómo se trata a los malhechores, a los que cometen infracciones contra el código moderno?
    —El único delito es hacer daño a alguien, y ahí uno se siente muy mal. No es necesario que te juzguen los de afuera; lo hace uno mismo.
    —¿Y da buenos resultados este sistema? El que comete un delito, nunca cree que lo hace sino al contrario, piensa que tiene justificativos. Incluso si el número de delitos hoy en día es mucho menor debido a que no existe la propiedad ni la necesidad, aun así debe haber crímenes pasionales. No me digas que la gente es tan santa que nadie odia a otra persona lo suficiente como para decidir matarlo, porque no te lo creo.

    El precioso rostro de Adreena se ensombreció un instante, pero cambió tan pronto, que a Toby le pareció que se lo había imaginado.

    —Sí, a veces se mata a otros, pero son casos muy, muy aislados.
    —¿Cómo castigan a los asesinos? No hay tribunales, cárceles ni lugares donde detener a la gente. ¿Cómo se las ingenian? ¿O es que todos piensan, igual que el Marqués de Sade, que si uno mata a alguien no importa porque ulteriormente alguien lo va a matar a uno?
    —¡No! ¡Qué espantoso! No es así en absoluto. Los que matan tienen una deformidad mental, y una persona con la mente deforme, es responsabilidad de su familia. Ellos son los que deben encargarse o deshacerse de él.
    —Deshacerse de él, ¿eh? Eso sí que es siniestro y poco caritativo. ¿A eso no lo consideran interferir con la libertad del individuo?
    —Ahora te estás burlando de mí y de nuestra época. No es muy bondadoso de tu parte, y sabes que tampoco es verdad. Una madre cuida a su niño, una familia cuida al miembro con problemas. La individualidad es de capital importancia, pero sólo puede lograrse teniendo una personalidad completamente madura. Y no todo el mundo lo consigue.
    —Entiendo... O sea que la libertad, como siempre, es relativa.
    —No entiendes. ¿Por qué eres tan terco? —Adreena cruzó los brazos y se puso a mirar el infinito.

    Toby pensó que se había ofendido, y se quedó en silencio. No quería disgustarla. Aunque trató de desprenderse de su influencia, se dio cuenta de que Adreena era la persona de quien se hallaba más cerca. No había querido que fuese así, pero ella era la única persona de hoy con quien eventualmente podría establecer alguna especie de vínculo personal —probablemente no marital, si es que le permitían usar esa palabra—, ni siquiera sexual, pero no obstante un vínculo. Pensó en Mariana y Geno, y suspiró.

    —¿Por qué suspiras? ¿Estás triste? ¿Es por Mariana? —En seguida se preocupó por él, cariñosa y comprensiva.

    Toby se estremeció ante la pregunta tan directa.

    —No estoy triste, de veras —dijo—. Sentía curiosidad...
    —Eso no es verdad, ¿no? —le preguntó Adreena—. Quiero decir que te sientes desdichado, que todavía no nos entiendes. ¿Tengo razón?
    —Tienes mucha razón —admitió. No quería hablar de Mariana, al menos con Adreena. No sabía cómo iba a reaccionar, y tampoco deseaba herirla. Pero le era imposible estimar la profundidad de un sentimiento o la capacidad para sentir un dolor que tenían estas personas. Parecían tan equilibrados y ecuánimes. Le resultaba casi inconcebible que sufrieran, y sin embargo debían sufrir, eran humanos. Estaba perplejo. Adreena era, al mismo tiempo, muy joven y mucho mayor que él, ¿y cómo podía uno disimular algo en un mundo donde le leían los pensamientos si por un instante bajaba la guardia?
    —¿Te gustaría hablar conmigo del tema? A lo mejor puedo ayudarte... no olvides que soy atávica. ¿Quién lo hubiera creído? Yo, puedo condolerme.

    Sonrió con esa sonrisa diabólica tan suya, y Toby tuvo que ahogar un impulso de agarrarla, sacudirla, de aporrearla, incluso. Tal era su locura, que debió enjugarse la frente. Nunca se perdonaría el entregarse con todo su impulso pasional a una aventura con esta niña. Eso era parte del problema. Si acaso pudiese saber a ciencia cierta lo que ya había hecho o dejado de hacer. Qué angustia pensar que podían hacerse cosas inspirado por la mente de otro, y no saber... y no poder estar seguro.

    Decidió evitar el tema de Mariana, y dedicarse a Geno.

    —Geno es el que más me intriga —dijo, esperando que Adreena no hubiese seguido el remolino de sus pensamientos.
    —Pero si no lo conoces. A mí me parece que es Mariana la que te preocupa.
    —Sí... no... no del todo. —Toby se debatía ante la mirada sagaz— Me preocupa el misterio. Raoul me contó que Geno es igualito a mí en apariencia, y eso es algo que yo habría pensado que todos me comentarían en seguida. Me imagino los diarios de mi época y los titulares que habrían sacado "Mellizos separados por 135 años". Me parece estar viéndolos. ¿Pero qué es lo que ocurre hoy? No se dice ni una palabra. Se ignora el asunto por completo. Nadie menciona a Geno, excepto tú —por indirectas—, y lo poco que me dijo Raoul. Y sin embargo Geno es el...

    Se detuvo. No quería preguntar a Adreena acerca de las intrincadas relaciones que unían a Mariana, Raoul y Geno.

    —No sé muy bien cómo expresarlo —dijo, por fin—, pero siento que de alguna manera Geno tiene algo que ver con esa extraña sensación de estar fuera de foco, especialmente con Mariana. No es que quiera ser un maldito salvaje, sino que ya se me hace difícil adaptarme, y no veo por qué tengo que enfrentarme con el misterio también. ¿Puedes explicár-melo?
    —¡Dijiste "maldito" de nuevo! Eso quiere decir que de veras te sientes mejor, y no hay tal misterio. La gente siempre es igual con Geno, todos lo somos.
    —¿Pero por qué? ¿Acaso le tienen miedo? —Toby esperaba recibir un categórico "no". Empezaba a temerse a sí mismo, y le parecía que no encontraría ubicación en esta era moderna en que todos eran tan seguros, tan faltos de las tensiones diarias a que se había acostumbrado en su vida anterior. Para sorpresa suya, no hubo negativa. En cambio, Adreena le respondió indirectamente:
    —Pronto conocerás a Geno; él vuelve dentro de unos días.
    —¿Tan pronto?

    Habría querido preguntar más detalles del programa de vuelo de Geno y de sus costumbres cuando llegara a la tierra, pero Shamira entró en ese momento, y Toby se quedó callado. Se dio cuenta de que estaba exhausto y, cuando Shamira sugirió un descanso antes de cenar aceptó de inmediato.


    CAPÍTULO 17


    MIENTRAS ADREENA LLEVABA AL "querido antepasado" de gira por la casa y el jardín, Shamira fue a casa de Mariana para hablar de Toby. Estaba seriamente preocupada por la depresión de esa mañana, y pensaba que era una señal del deterioro de su salud. Otra cosa también la tenía inquieta. Había tenido otra pesadilla espantosa la noche anterior. Esos sueños de alguna manera siempre se relacionaban con Geno y esta vez, un instinto primitivo e injustificado en el nivel moderno del razonamiento, le movía a asociarlos con sus temores por Toby. Sabía que era absurdo hacerlo, pero no podía librarse de la sensación de que el regreso de Geno originaría incontables dificultades respecto de Toby. También sabía que muchos de los problemas se referirían a Mariana.

    En un principio, le había divertido la manifiesta admiración de Toby por Mariana. Todos habían observado la reacción casi primitiva del nuevo juguete. Recién al día siguiente reflexionaron sobre los sentimientos de Toby considerándolo como un ser sensato y del presente. A partir de ese momento, Shamira se reprochó a sí misma su falta de compasión y, apenada por ese pobre ser solitario, no hizo nada por impedir que su hija abandonara el radio de su influencia y entrara en el del "querido antepasado", confiada en que podría manejarse sola, y se sintió contenta de que ese afecto espontáneo y genuino infundiera algo de calor en la existencia del viajero.

    Desde el fondo, tranquila e inadvertida para Toby, había presenciado el desarrollo de los acontecimientos. Había seguido las variables emociones de Toby, que se movían de un lado a otro, pero siempre hacia Mariana, que no hacía más que desairarlo. Emociones que llegaban a Raoul y retrocedían con disgusto, para volver a alcanzarlo. Había notado también cómo se aferraba desesperadamente hasta el último rizo de Adreena, que ella arrastraba delante de él como si fuera una dulce trampa. Shamira entendía, pero no podía probar las razones de Toby para evitar toda relación con Adreena. Para ella, los convencionalismos del pasado eran ridículos, y cuanto antes Toby se librara de ellos, más pronto entraría al presente. Se ponía impaciente con él por no darse cuenta de ello. Pero sobre todo se ponía impaciente con Mariana.

    Ése era el motivo por el cual la visitaba esta mañana. Estaba segura de que Mariana sentía una fuerte atracción hacia Toby, que le disgustaba el hecho, y por eso se ensañaba con él. Era una imprudencia poner en peligro la salud y el equilibrio psicológico de Toby, tan precario de todos modos después del viaje, manteniéndolo a distancia. ¿Por qué razón Mariana no podía considerarlo como un experimento y relajaba la tensión que le causaba como parte de su tratamiento de adaptación? Pronto iba a estar lo suficientemente adaptado como para dejarla libre de nuevo... o se moriría. Trató de no pensar en esta posibilidad. Y por supuesto, también estaba Geno. Siempre estaba Geno.

    Si pudiera convencer a Mariana, todavía estaban a tiempo. Geno no regresaba hasta dentro de diez días. Quizás, bajo la influencia de Mariana, Toby desarrollara sus facultades mentales, y luego buscara él mismo cambiar. Comprendería la verdad universal de que las relaciones permanentes eran inhibitorias y frustrantes. Al menos, eso esperaba.

    No sabía si Toby habría sido demasiado grosero o cargoso en sus intentos por acercarse a Mariana. Los hombres del siglo veinte eran muy bestiales en sus apetitos. Pero ella lo había observado de cerca, y notó las reacciones de Adreena. Aunque atávica, Adreena no se identificaba con el hombre del siglo veinte en su peor manifestación. Ella se habría ofendido por la crudeza o la carencia de valores espirituales, si hubiera notado esa falta en Toby. Shamira pensaba que él era exigente, considerado y sensible. Tenía mucho en cuenta las susceptibilidades de la gente de hoy y, aunque sus esfuerzos por no herir sentimientos a veces la hacían reír, no había visto ninguna vulgar grosería que justificase el rechazo de Mariana.

    Hablaría bien claro con ella ahora.

    Primero, conversaron sobre los resultados de los últimos análisis que le habían hecho en el hospital.

    —El panorama no es muy alentador —expresó Mariana pensativamente, haciendo girar la perilla, de manera que las imágenes se iluminaran en una pequeña pantalla de mesa por segunda vez.
    —Sus perspectivas no serían tan malas si pudiera estabilizarse emocionalmente. Como espécimen de investigación histórica y médica es notable. Pero, ¿qué me dices de sus posibilidades como ser humano?
    —Él no es un ser humano corriente —dijo Mariana, quizás con demasiado énfasis.
    —No es corriente —acotó Shamira—; eso te lo puedo admitir, pero es humano. No es un ejemplar de probeta, donde quizás querrías que se encontrara. Está vivo, y se siente profundamente desgraciado.

    Mariana permaneció en silencio. El pelo espeso le caía hacia adelante, tapándole la cara. Shamira recordó las innumerables horas que en un pasado habían trabajado juntas en los antecedentes de Toby, discutiendo, planificando, analizando. En esos días, él había sido sólo "una cosa".

    —Toby te resulta atractivo, ¿no? —preguntó por fin.
    —Ah, sí... pero es arrollador, rezuma masculinidad como... como si fuera un olor fuerte, que me produce rechazo. —La voz de Mariana se redujo hasta hacerse casi imperceptible.
    —En tal caso, ¿cómo puedes mantenerte impermeable? Yo sé que reaccionas.
    —¿Cómo podría no reaccionar? —replicó Mariana enfadada—. Tiene muchísima personalidad. Un hombre que ha estado volando por el espacio durante más de cien años, que debería estar muerto, no tendría por qué tener tanta personalidad; debería ser una especie de fósil andante.

    Shamira se rio.

    —Tienes miedo de los sentimientos que ha despertado en ti, admítelo, Mariana. Ha encontrado el camino para llegar hasta tu impersonalidad, que es muy profunda, y por eso estás enojada contigo misma.
    —Sí, claro que lo estoy. No me gusta que me distraigan. Los seres humanos deberían ser fríos e impersonales. Además... está Geno.
    —¿Qué pasa con Geno? —Shamira puso empeño en disimular sus pensamientos. Le intrigaba saber si Mariana compartía sus temores, aunque no parecía posible, ya que a ella le gustaba Geno.
    —No sé —respondió, evasivamente.
    —Son tan parecidos que sin duda simpatizarán.
    —No tienen nada que ver uno con otro. Únicamente en rasgos físicos, pero en personalidad... No, Toby es muy distinto.
    —No sabía que hubieses analizado el carácter de Toby tan a fondo. —Shamira habló con un poco de malicia.
    —Es inevitable; su temperamento sorprende tanto...

    Shamira creyó advertir un tono conciliatorio en la voz de Mariana, e insistió en su punto de vista.

    —Si pudieras encontrarte con él en su mismo nivel y durante un tiempo, eso lo ayudaría para que todo lo nuestro no le resultara tan difícil.
    —Tal vez no, y de todos modos, la tiene a Adreena, ¿no? Mariana devolvió malicia por malicia.
    —Es poco probable que alguien tenga a Adreena. —Shamira fue terminante en su tono reservado, nada comprometido—. Pero es posible que Adreena lo haya conseguido a él, que no es lo que él quiere porque le altera su conciencia anticuada Si no lo ayudamos, su ego está condenado a disminuir, hasta el punto de desaparecer.
    —Pobre Toby, haber venido de tan lejos, ¿y para qué? Había compasión en la voz de Mariana, y ahora Shamira intuyó que tal vez quedasen esperanzas para Toby.
    —¿Lo ayudarás?
    —Si puedo, pero más le convendría irse a otro lugar del mundo, y buscarse otros amigos.
    —¿De qué manera? Tendría la sensación de que se va a vivir entre criaturas de otra raza, no sólo entre extraños. Sólo porque somos descendientes suyos puede conservar la ilusión de que aún pertenece a la tierra. Si abandona muy pronto a la familia, morirá —dijo Shamira.
    —Y si se queda, ¿qué crees que va a ocurrir?

    Antes de que Shamira pudiese responder, entró Raoul.

    —Pensé que estaban aquí —dijo—. Acaban de recibir un mensaje de la flotilla de Marte, que se adelanta en el programa. Parece que Geno está apurado.

    La noticia de Raoul fue recibida en silencio.

    Shamira dio un respingo. Ahora entendía el porqué de sus pesadillas. Era Geno. Tenía que ser. Pero, ¿por qué? Sabía que él la había atacado por lo de Reynaldo, y de alguna manera lo entendía. A Geno siempre le fastidiaba cualquier muestra de afecto entre otros por más transitoria que fuese, y se sintió excluido porque en una misión Reynaldo prefirió quedarse con ella, en lugar de salir a volar con él. En la siguiente misión, Reynaldo murió. Inexplicablemente había salido de la nave, internándose en el espacio para realizar una inspección de rutina, sin ajustar el cordón umbilical que lo unía a la nave. Hubo un grito mental agonizante que llegó a Shamira en el transcurso de un sueño, el más terrible que hubiera tenido hasta ese momento, o desde entonces. Después, trató de convencerse de que el llamado de Reynaldo había sido parte del sueño, y no un intento real de comunicación. Pero cuando llegó la noticia, supo en lo profundo de su mente que Geno estaba implicado. ¿Cómo? Hubo una indagación. Esos casos eran muy poco frecuentes, y los investigadores partieron de la premisa de que el deseo de matar ya casi no existía en la actualidad, de modo que no buscaron ninguna prueba que pudiese implicar a otra persona, sino pruebas de una increíble negligencia por parte del muerto. Además, la víctima era considerada lo más cercano a un amigo que Geno hubiese jamás tenido fuera del círculo de la familia.

    Mientras estos pensamientos recorrían su mente, Shamira notó que Mariana parecía estar impactada. Ella también le teme; ¿la atacará Geno en sueños como lo hace conmigo? pensó.

    Mariana se frotó los ojos con el dorso de la mano, como si quisiera despertarse y salir de un trance.

    —¿Qué tal anda Toby? —preguntó Raoul—. Supongo que habrán estado controlando sus análisis.
    —Sí. Hasta ahora anda bien —respondió Mariana—, pero quedan muchos estudios pendientes, y se está analizando una muestra de sus tejidos para comprobar los efectos de la radiactividad. Estos resultados serán cruciales para el diagnóstico.
    —Podrá vivir —comentó Shamira— si se le da la oportunidad de adaptarse emocionalmente. No es sólo el aspecto físico el que debemos considerar.
    —Trataré de ayudarlo —admitió Mariana, con aire cansado—. No quiero que se muera.

    Durante un rato, los tres se quedaron en silencio, intercambiando pensamientos —todos inconexos—, todos temerosos. Querían evitar la suposición de que, por algún motivo desconocido, a Geno ya le disgustaba Toby, aun sin conocerlo.

    —Vamos. —Shamira se puso de pie—. Toby estaba triste y deprimido esta mañana. Adreena se encargó de él. Ella lo estimula, aunque espero que no lo haya atormentado más allá del límite de su resistencia.
    —Mañana voy a verte —dijo Mariana, mientras Raoul acompañaba a Shamira hasta el volador.


    CAPÍTULO 18


    A LA MAÑANA SIGUIENTE, Toby se levantó y se vistió antes del amanecer, esperando a Raoul para ir al Centro de Control. Aunque no se lo consideraba aún en condiciones de hacer un verdadero trabajo como él quería, asistiría frecuentemente al Centro para conocer el mayor número posible de personas e ir asimilando el clima de la ciencia moderna. El Centro de Control era su hogar espiritual e intelectual. Allí era feliz y, cosa muy importante, mientras estaba allí olvidaba por un tiempo la pena que le causaba la indiferencia de Mariana.

    Ayer había disfrutado mucho. Adreena lo sacó de su depresiva tristeza, y a la noche ya se sentía con menos tensión y más descansado. Raoul y Shamira habían vuelto juntos a la casa muy tarde, de manera que en seguida fueron todos al patio a comer. Toby pensó que habría algún problema. Había un cierto aire de contención en el grupo, y sospechó que Raoul y Shamira habían discutido otra vez sobre Adreena. O quizás el fantasma de Geno estuviese sentado con ellos a la mesa. Raoul mencionó al pasar que habían tenido noticias de la Flotilla, que adelantaba su regreso, pero no dio muestras de estar preocupado por ello. Esta mañana, cuando fueran al Centro, tal vez dijese algo más. O a lo mejor hubiese llegado alguna mala noticia acerca de la expedición. Pero en ese caso, Raoul se lo habría mencionado de inmediato. Toby se puso impaciente, preguntándose por qué Raoul tardaría.

    —No llego tarde, mi amigo. Recién son las cuatro y media —dijo Raoul, apareciendo en la puerta.
    —Me estaba preguntando si habría alguna novedad de la expedición —dijo Toby, confundido por el hecho de que lo encontraran con los pantalones mentales bajados. En serio debería tener precaución.

    Pronto estuvieron en el Centro y, en un instante, Toby advirtió un cambio en el ambiente. Era una sensación personal, cálida. Ayer había llegado a un lugar extraño que le echaba rápidas miradas inexpresivas, y seguía su ritmo. Hoy, se consideraba parte de él. Nadie dijo nada, nadie insinuó por gestos o palabras que hubiese ocurrido algo el día anterior, pero Toby estaba seguro. Había desarrollado considerablemente su facultad de percepción extrasensorial y, aunque sus poderes eran escasos y ridículamente débiles comparados con los del hombre de hoy, aun así eran muy superiores a lo que hubiera creído posible, y le ayudaban a tener una visión clara de ideas y circunstancias que se le habrían escapado por completo en su previa existencia.

    Ese era el motivo por el que ahora, en un momento, tuvo la profunda convicción de que los científicos lo aceptaban como uno de ellos al nivel actual, no al de 13 décadas atrás, pasado de moda. Aparentemente les atrajo y, más importante aún, les atrajo su intelecto, de manera que lo acogieron con gusto y respeto. La cortesía era innata en estas personas, y por eso ayer lo habían recibido amablemente, pero hoy era distinto, y Toby se dio cuenta de que, por primera vez, se sentía realmente feliz. De una manera muy sutil, el manto de autoridad que él había vestido en su época y que el paso del tiempo le había arrancado, iba siendo reemplazado por uno más nuevo, más importante, que se preparaba para recibir sobre sus hombros.

    Estuvieron tres horas en el Centro conociendo gente, hombres y mujeres embarcados en diversos proyectos cuyo alcance lo pasmaba, aunque se alegró de comprobar que nada era incomprensible, sino simplemente increíble.

    Por último, antes de volver a la casa, controlaron la posición de la flotilla de Marte, y también confirmaron que no había noticias que pudieran atribuirse a sus compañeros de expedición.

    Toby lamentó tener que abandonar el Centro. Quiso saber si podría regresar solo más tarde, después del desayuno. Comenzaba a pensar que el tiempo que pasaba en la casa era inútil y tedioso. A pesar de que le interesaban los hechos ocurridos entre sus dos vidas, empezaba a identificarse mucho con el presente, y presentía que podría aprender más saliendo, que quedándose a ver interminables documentales. Resolvió conversar sobre esto con Raoul después del desayuno, pero cuando entraron a la habitación donde los esperaba Shamira, vio con asombro que Mariana también se encontraba allí. Había comida para cuatro, y Raoul que por lo general comía en el Centro o en su propia casa, se quedó con ellos. Sólo Adreena estaba ausente, y al mirar a Mariana, Toby se alegró. Adreena podía arruinarle el programa; él siempre sentía que ella penetraba sus intenciones con demasiada facilidad.

    Mariana estaba vestida de rojo vivo, y el pelo abundante le caía a ambos lados de la cara, casi hasta la cintura. Toby contuvo la respiración, y trató de sosegarse. Confió en que no hubiesen sido tan evidentes para todos sus emociones y acrobacias mentales.

    —Hola —dijo, con una voz que quiso ser casual.

    Shamira se corrió, y se vio obligado a sentarse junto a Mariana, que le envió una cálida mirada de bienvenida pero, precavido contra sus cambios de humor y sus encierros en helada reserva, se sentó con cuidado, dolorosamente consciente de su proximidad y su belleza. Ella le recordaba una gloriosa peonía en flor.

    Los minutos pasaban y el acerado escudo protector que ella siempre desplegaba a su alrededor para impedirle la entrada, no aparecía ahora.

    Tampoco aparecía esa incómoda sensación de que sus mentes estaban en desacuerdo como una imagen de televisión mal sintonizada, que siempre se apoderaba de Toby cuando intentaba acercarse a Mariana en un terreno personal. Decidió tener sumo cuidado, estar muy seguro de sí mismo antes de dar un paso. Sentía que ella podía aniquilarlo a voluntad, y no tenía ningún deseo de que lo aniquilaran.

    Shamira comprendió su estado, y vino en su rescate.

    —Hoy completaste tu primera semana de vuelta en la tierra, Toby —dijo—. Mariana te llevará al hospital para que te hagan unos análisis especiales, que ella quiere supervisar personalmente.
    —¿Estoy bien? —preguntó—. Quiero decir, ojalá no estén esperando que vaya a desaparecer en una nube de humo, o algo por el estilo. —Fue un comentario tonto, pero quería ganar tiempo para pensar. Sentía que quizás Mariana se estaba empeñando en ser amable con él porque sabía que las cosas iban mal.
    —No, claro que no. Creemos que estás muy bien —respondió Mariana. Toby trató de ser sensato, y de convencerse de que él era sólo un caso clínico que interesaba a Mariana como tal, nada más, pero le resultaba difícil no sentir alborozo al ver que el tiempo pasaba y ella continuaba del mismo humor.

    Un cierto remordimiento por Adreena se apoderó de él, y casi se atrevió a lamentarlo por ella cuando recibió un fuerte pinchazo mental por su inquietud. Desde alguna parte de la casa, fuera del alcance de la vista pero no de la mente, Adreena le recordaba de una manera mordaz que en esta era moderna él, el infeliz mortal del pasado arcaico, no debía alardear de compadecer a una diosa.

    Toby sonrió, inclinando la cabeza para que los otros no se dieran cuenta. La influencia de Adreena, aun cuando estuviera invisible, era cáustica y sumamente incitante. Le agradecía que lo dejara libre, porque estaba seguro de que le había dado permiso. Casi experimentó un vacío en su ser cuando lo dejó partir, o mejor dicho cuando lo apartó de su lado, porque ella nunca haría algo tan indefinido como dejarlo partir.

    Durante el resto de la mañana y parte de la tarde, a través de innumerables exámenes y análisis que le practicaron en el hospital, Mariana permaneció a su lado. Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que ella no hacía ningún esfuerzo especial ni ponía empeño en soportarlo, como había temido en un principio. Daba más la impresión de haber sucumbido a algo que la movía por dentro. Empezó a comprender que el escudo que antes se ponía no era tanto para mantenerlo a él alejado, como para encerrarse ella.

    Cuando por fin los análisis terminaron, Mariana y Toby se dirigieron al volador, y pronto partían del hospital a toda velocidad. Su alegría pronto fue disminuyendo. El día maravilloso llegaba a su fin. Mariana lo dejaría en la casa y, cuando volviera a verla, probablemente se mostraría tan fría e inabordable como siempre.

    El misterio que este pensamiento planteó casi no tuvo tiempo de conmoverlo porque Mariana ya lo expresó en palabras:

    —¿Quieres ir derecho a casa o prefieres dar una vuelta?
    —Prefiero dar una vuelta —respondió, sin animarse a creer en su buena suerte. Sin duda —pensó— se porta amable porque hoy es una especie de festejo. Pero habría sido grosero no corresponder a su gesto amistoso, por más falso que éste fuese.
    —¿Te gustaría ir a la Isla? A Inglaterra.

    No podía creer que hubiese escuchado bien. Por cierto que debería andar con cuidado, y tratar de evitar lo que en su comportamiento anterior hubiera podido provocar el rechazo de ella. Debía mostrarse frío e indiferente.

    —Sí, me encantaría —le contestó, esperando que la voz no se notara tan sofocada como él se sentía—. Pero me parece una pena sobrevolar y no poder aterrizar, y casi no tenemos tiempo para quedarnos un rato y volver hoy, aun con estos voladores modernos.
    —No regresaremos esta noche; podemos quedarnos en la casa que Shamira tiene en Inglaterra. Yo también tengo otra casa, pero en Suecia, cerca de donde están las viejas computadoras... Podemos visitarlas a la vuelta.
    —En tal caso... creo que es una espléndida idea. —Si esto era un sueño, Toby estaba dispuesto a disfrutarlo.

    El volador describió un círculo, cobró gran altura, y enfiló hacia el norte. Toby se recostó en el asiento para reflexionar sobre el hecho improbable de que fuera a pasar la noche con Mariana, lejos de África. Y ella lo había sugerido. No se animaba a anticipar lo que podría significar su nueva amistad.

    Entre otras cosas, temía que sus pensamientos lo traicionaran, y además, la gente de hoy era tan rara, que el deseo de Mariana de ir de paseo y pasar la noche con Toby probablemente no significaba nada en absoluto. Tal vez estuviese aburrida, sin tener nada que hacer.

    A medida que volaban hacia el noroeste, se alargaba la noche estival, de manera que todavía había luz cuando Toby miró desde una gran altura y divisó las Islas Británicas, que se extendían allá abajo, como un mapa en relieve.

    —Entramos bien alto para que pudieras contemplar todo a un mismo tiempo. —Mariana sonrió al verlo tan ansioso.

    El aparato comenzó a descender con amplios movimientos circulares. A cada vuelta, Toby reconocía más sitios. Era absurdo estar tan conmovido, sobre todo porque desde varios años antes de la partida, su hogar había sido Norteamérica. Pero éste era el hogar de su infancia, el lugar donde había crecido.

    A medida que iban bajando, se dio cuenta de que muchas de las formas escarpadas que le parecían familiares desde una gran altura, al observarlas más de cerca se hacían borrosas, confundiéndose en medio de un paisaje desconocido. Lo que en un principio le parecieron ciudades, demostraron ser ruinas casi totalmente cubiertas de malezas. El mismo panorama trágico que encontrara en África. Ciudades nuevas planificadas con amplitud de espacio, ciudades viejas parcialmente reno-vadas o fusionadas con las nuevas, y grandes zonas abandonadas para que se desmoronaran, pero en Inglaterra el proceso de extinción estaba más avanzado que en las partes áridas de África. Espesos bosques cubrían muchos condados. Formas incongruentes de pronto aparecían en medio del verde follaje —un par de desiertas chimeneas de fábricas—, las torres de una gran planta de energía atómica, como una veta venenosa encajada entre los árboles circundantes.

    Toby experimentó la peculiar impresión de que no volvía a visitar Inglaterra 135 años después, sino más bien que el reloj se había atrasado, y ésta era la Inglaterra de los romanos. Si nublaba la vista para no ver tan nítidamente las deshechas ruinas victorianas, la ilusión era total y fantasmagórica. En cualquier momento esperaba ver aparecer figuras humanas con arcos y flechas.

    Luego, al sobrevolar una de las ciudades modernas, la ilusión se esfumaba. Incluso Londres era espaciosa, tranquila y de un color blanco rosáceo. No cayó en la cuenta de que era Londres hasta que reconoció la iglesia de San Pablo debajo de él. Ni las documentales que le habían mostrado en Tagoujalet lo prepararon para enfrentar esta realidad. La Catedral parecía una maqueta. En realidad, todo Londres semejaba una réplica de arquitecto, hecha de yeso y madera.

    Mariana lo venía mirando atentamente, observando las sombras que pasaban por su rostro.

    —Supongo que te resultará extraño y quizás horrible, pero es un milagro que haya quedado algo, siquiera, o que estemos aquí contemplándolo. Y que estés tú viendo todo esto, es aún más milagroso todavía.

    Debía reconocer, con desgano, que los arquitectos habían hecho un buen trabajo de limpieza, planeamiento y reconstrucción. Lo malo, lo feo y lo inútil se había removido. Sólo quedaba lo hermoso. Pero no era su Londres, gris, sucia y amada.

    La añoranza se apoderó de él. Por un momento, ni aun la presencia de Mariana lo consolaba. El ver la ciudad actual fue peor, en cierto modo, que el primer golpe cuando la vio por televisión. Hizo un supremo esfuerzo por serenarse. Debía buscar las ventajas del presente, y lo haría.

    Mariana pareció captar el instante mismo en que pactaba consigo mismo, y le apoyó una mano cálida sobre la rodilla. Toby olvidó el pasado y el presente, y se entregó por completo a pensar en esta compañía tan adorable. Ella le correspondió, sin articular palabra. Antes de enfilar hacia Oxfordshire, —donde estaba ubicada la casa de Shamira—, pasearon sobre la ciudad para que Toby pudiera saludar a sus viejos amigos arquitectónicos. La Abadía, en cuyo coro había cantado de niño, pasó en fría y prístina petrificación en la proa de estribor, y las esculturas, a escasos metros de ellos. Otras iglesias y edificios de interés aparecían en el panorama, y rápidamente quedaban atrás. Toby sonrió al pasar por el Banco de Inglaterra, que se las ingeniaba para presentar un aspecto austero y achaparrado, aun en su decrépita senectud.

    —Cuando yo era joven —dijo— y volaba sobre Londres, este lugar parecía un hormiguero, con su gente que corría atareada por todos lados, y las calles siempre llenas de chicos. Creo que extraño las pandillas de jovencitos más que cualquier otra cosa.
    —Los chicos —dijo Mariana, en tono agradable— son salvajes. Si se juntan en grupos durante los primeros años, perpetúan el salvajismo inherente a la raza humana. En cambio, de la manera en que lo hacemos nosotros, eso va desapareciendo.
    —¿El salvajismo o la raza humana?
    —Ambos, quizás. —Mariana sonrió—. Pero al menos, si la raza se va a extinguir, lo haremos con dignidad, no en un estallido de fuego atómico, ni por ninguna enfermedad espantosa contagiada por el hombre, cosa que el salvaje congénito nos obligaría a hacer.

    Durante un rato, ninguno de los dos habló. Ambos tenían mucho en qué pensar.

    —¿Qué es eso que hay allá? —preguntó Toby de pronto—. Por un instante pensé que era lo que llamábamos Festival Hall, pero es demasiado grande.
    —Es el nuevo Festival Hall. El viejo se incendió casi al mismo tiempo que las Cámaras del Parlamento. Si quieres, podemos venir alguna vez a escuchar música o ver un espectáculo de gimnasia o de ballet.
    —Me gustaría. —Percibió que ella no lo iba a rechazar, y comenzó a mirarla con más descaro. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa que pareció ser de aceptación. El cielo se iba tornando de un intenso tono añil en las últimas horas del atardecer. Muy pronto volaron sobre Oxford, y describieron círculos, descendiendo en el jardín de una casa grande. La residencia de Shamira en Inglaterra estaba ubicada en medio de la campiña, y tan aislada como la casa de Tagoujalet.

    El interior daba más sensación de haber sido habitado que la casa africana. Toby pensó que eso era porque había más muebles y accesorios indispensables para el clima inglés. Las proporciones eran tan amplias como las de Tagoujalet, pero aquí había gruesas alfombras de pared a pared, y pesadas cortinas suntuosas sobre los inmensos ventanales dispuestos en ángulo. Desde donde se captaban unas vistas imponentes.

    Toby se sorprendió y se quedó impresionado al comprobar que la casa estaba aireada y fresca. Había esperado encontrarla cubierta por gruesas capas de polvo, aunque no estaba muy seguro de cómo distribuía su tiempo la gente, o cuánto tiempo se quedaba en un lugar. Le impactó en particular el hecho de que los postigos y persianas estuviesen abiertas en la justa medida para la luz del atardecer, como si una mano los hubiese arreglado media hora antes.

    Mariana le explicó que las casas se mantenían automáticamente durante todo el año por medio de robots, que seguían realizando ciertas tareas específicas de la temporada o del clima, tales como abrir y cerrar ventanas, conectar o desconectar los acondicionadores de aire, etc.

    Feliz de estar con Mariana, solo y en Inglaterra donde el aroma del campo le traía la memoria de su juventud, Toby dio rienda suelta a su curiosidad. Era más fácil comparar esta casa con las de su época, y la exploró ansioso, con Mariana a su lado. Ni siquiera el cuarto de Adreena, impregnado de su personalidad, lo alteró más de lo debido. Se alegró de poder pensar en ella sin complejo de culpa. Había sido inteligente, pensó, al dejarlo en libertad, en libertad para pensar en ella sólo de manera fugaz, y regresar de inmediato adonde residía su verdadero interés. Todos sus pensamientos, todo su ser, se centraban en Mariana. Le parecía increíble que estuviera aquí con él, caminando a su lado, aparentemente dispuesta a entablar una amistad que satisficiera su fuerte necesidad física. Deseó no parecerle repugnante, a ella que pertenecía tanto al presente y menospreciaba tanto el pasado.

    En la cocina, eligieron un menú, y Mariana lo inició en las complejidades de los distintos gustos. Una vez que hubieron elegido y apretado los correspondientes botones, no necesitaron preocuparse más, hasta que aparecieron las fuentes, listas para servir. Resolvieron cenar debajo de un árbol grande, en el jardín.

    Toby se sentía reacio a abandonar a Mariana, ni siquiera para lavarse y cambiarse antes de la noche. Temía que se rompiera el encanto y que, al volver, ella se hubiese ido o —lo que era igualmente malo—, que estuviera tan fría como antes. En la habitación que iba a ocupar, había ropas exten-didas para él. Le intrigó saber si estas prendas habrían sido pedidas a un proveedor local por medio de un robot, o si Shamira, siempre tan buena, habría fletado un volador desde Tagoujalet. Era muy agradable no tener que hacer maletas, ni preocuparse por el transporte o los pasaportes, ni por nada. En realidad, no tener ningún trabajo. La gente ahora era tan libre como los pájaros del aire. Sintió un escalofrío al recordar, pero era un escalofrío simbólico, no más. Ya no le afligía el silencio, y casi no tenía presente cómo era antes, cuando aire y tierra estaban poblados de criaturas que volaban, zumbaban, piaban, trepaban y mordían. Algo había que valorar en esta vida moderna: en sus tiempos, no habría podido sentarse debajo de un árbol sin que lo atacaran los mosquitos.

    Cuando volvió a reunirse con Mariana en el jardín, le echó una rápida mirada para comprobar si él aún seguía en el valle encantado. Ella le sonrió leyéndole los pensamientos, y asintió.

    Comieron y charlaron de mil cosas, de los alrededores, del pasado de Toby, del presente de ambos, del futuro. De todo y de nada. De lo que opinaban acerca de otras cosas. Toby no le quitaba la vista de encima, y al mismo tiempo trataba de disimularlo. Pensó que ella se sentía tan conmocionada por dentro como él.

    —¿Me vas a responder con la verdad si te pregunto algo... algo muy importante?
    —Por supuesto. Yo nunca miento. —Lo reprendía con palabras, pero la expresión de su rostro era amable.
    —Quiero saber una cosa. Has cambiado tan de repente... ¿estás representando algún papel? ¿Eres así en la realidad, o es que existe alguna razón ulterior para... para que hayas venido aquí conmigo... para todo? —Toby hizo una pausa. "Idiota", se dijo a sí mismo, "arruinaste el programa".

    Pero Mariana no se ofendió.

    —No cambié de repente. Hay motivos por los cuales yo habría preferido que no me afectaras, razones especiales, pero no cambié. Y nunca "repre-sentaría un papel", como tú le llamas. ¿Por qué habría de hacerlo?
    —¿No me tienes lástima por algo? Yo no podría soportarlo.
    —Y yo no te insultaría compadeciéndote. Si en algún momento te tuve lástima, eso fue sólo durante muy poquito tiempo, antes de que recuperaras el conocimiento, mientras estabas fláccido y aparentemente muerto, y todos tus fláccidos compañeros eran transportados del lugar. Una vez que hablaste y te moviste, dejé de compadecerte. Creo que nadie lo hizo, tampoco.
    —¿Entonces esto no es una simple amabilidad? Me alegro.
    —Nunca soy amable —replicó Mariana, y Toby, mirando ese rostro precioso, se dio cuenta de que decía la verdad. También sabía —tanto había avanzado en la comprensión de la vida moderna— que eso no significaba que sería poco amable —ya que amable y no amable eran dos opuestos— y la gente de hoy aducía no poseer elementos opuestos en su naturaleza.

    Los días que siguieron fueron de total regocijo para Toby. Con Mariana, tenía todo lo que podría haber deseado, y muchas cosas que sus conceptos del siglo veinte le habían impedido imaginar. Fue una gloriosa luna de miel, hecha de días y noches de comunión, tanto mental como corporal. El ambiente en que se desarrolló este idílico interludio era perfecto. Un verano inglés, fresco y soleado, el jardín impregnado de un nostálgico aroma de rosas y césped cortado. Si la polinización de las rosas se hacía con máquinas, y si los robots se encargaban de cortar el pasto al amanecer. Toby no lo notó ni le interesaba, tan grande era su felicidad. Un día llovió, pero poco. La primera lluvia que veía desde su llegada. Se quedó mirando las gotas que resbalaban como lágrimas por los vidrios de las ventanas; luego el sol las secó rápidamente. Estaba pletórico de amor. En este presente sin amor, experimentaba un amor más grande que lo que jamás hubiese soñado.

    En medio de la felicidad, la nueva comprensión que había adquirido le señalaba, con certeza, que este episodio había tenido un comienzo y tendría un fin. En los viejos tiempos, habría intentado pensar en términos de eternidad, negándose a admitir la etapa de declinación, incapaz de aceptar lo terminante y frío de un final. Ahora aceptaba contento el carácter transitorio y breve del amor de Mariana, y esperaba que el suyo no se prolongara demasiado en inútil sufrimiento, como le había sucedido con Rosemary mucho tiempo atrás. La relación debería ser acabada y perfecta como una perla, que pudiera luego ser contemplada y recordada en toda su belleza, no mancillada por la amargura.

    Parte de la perfección de estos días residía en que, a intervalos, se separaban por completo, reaprovisionando sus mentes en soledad. Toby utilizaba estos descansos para regresar al pasado, para visitar lugares que había conocido antes.

    En dichas ocasiones, tomaba el volador y partía a rendir silencioso homenaje a los insólitos rincones de Inglaterra que lo habían formado. Una colina, en algún lugar de las dunas. La encontró con dificultad, pero en una ocasión también halló la piedra que usaba de chico para marcar su escondite secreto. Allí él solía tenderse boca arriba, sobre el césped cortado y áspero, a mirar el cielo azul, pensando en volar a otros mundos. El pasto ahora estaba más crecido; ya no había conejos ni corderos que lo troncharan; de lo contrario, sería igual. Casi se podría decir que veía al escolar imaginativo tendido sobre el césped. Se tiró al suelo, y se frotó la cara con el pasto. Todavía existían los tréboles, aunque se notara la falta del pesado y somnoliento zumbar de las abejas. Felizmente el viento no era estéril.

    También estaba la Abadía donde, en sus épocas de pillo muchachito de coro, había grabado su nombre en la madera, haciéndose acreedor a unos fuertes golpes en los nudillos con el puntero del director del coro. "Profanación", lo había denominado el viejo de las facciones afiladas. La palabra ahora resonaba como un eco en el interior vacío y petrificado, limpio e incongruente, desprovisto de toscos candelabros y de turistas ruidosos.

    Un día, volando al azar, le acometió el impulso de visitar la tumba de Rosemary. Se había acordado de ella porque sobrevolaba el condado donde ella vivió de niña. Donde había transcurrido su noviazgo. Estaba seguro de que reconocería la configuración del terreno, pero los accidentes específicos serían más difíciles de ubicar. La zona estaba cubierta por una espesa vegetación, y se habían borrado los caminos.

    Recordaba haber visto en el microfilm que televisaron en Tagoujalet que la habían enterrado en el pequeño cementerio del pueblo, no muy lejos de donde estaba la casa de sus padres. Pensó en evitar la casa propiamente dicha, pero cuando comenzó a descender sobre el lugar donde suponía que debía estar la casa, consultando el mapa y la brújula para asegurarse, comprobó que no quedaba nada.

    Aterrizo y comenzó a caminar, empujando a un lado las plantas y arbustos. Había ladrillos y cascotes debajo de las matas, pero todo estaba tan borrado que ya no supo con certeza dónde se levantaban antes las distintas viviendas de la aldea. Caminó en dirección a lo que debía haber sido la iglesia, y tuvo la suerte de encontrarla. El altar, con su cruz; emergía en medio de los arbustos. Era obvio que la iglesia había sido brutalmente destruida. Unos huesos quemados que encontró sobre el altar le hicieron imaginar los ritos horribles que, en la arruinada nave del templo, habría practicado una humanidad que, llevada al límite de su resistencia, trataba de insultar a un Dios intangible.

    Encontrar la tumba de Rosemary no fue tarea sencilla. Raspó y escarbó en medio de lápidas desgastadas casi por completo utilizando un pedazo de teja que había alzado del piso y que en un momento quizás perteneciera al techo de la iglesia. Justo cuando se iba a dar por vencido, tropezó con una piedra angular de forma insólita, que había visto en la película del entierro. La tumba de Rosemary, o lo que quedaba de ella, se hallaba a un lado. Levantó un trozo quebrado de mármol derruido, y vio la inscripción "Rosemary Eleanor Blackwood". Al menos, pudo ver lo suficiente como para completar las partes que faltaban de la inscripción. Así que la enterraron con nombre de soltera —pensó—, aunque no sabía por qué esto debía impactarle. Ella se había divorciado de él, se había vuelto a casar, y había luego abandonado a su segundo marido... ¡Y qué!

    A decir verdad, no sabía por qué fue. No podía reconocer ante esta tumba, cubierta de malezas y con la lápida rota, que se apenaba. ¿Apenarse de qué? Era un gesto inútil. Pobre Rosemary, no se animaba a compadecerse de ella. La lívida lobreguez del patio de la iglesia, deshecho o cubierto de matas, con su olor a humedad, lo deprimió. La atmósfera parecía hacer que la muerte fuera más muerte. Luego pensó en los descendientes que provenían de él y de la persona cuyos restos descansaban debajo, del moho y la cizaña. Pensó en Nadia, en Shamira, en Adreena, incluso en el incorpóreo Geno, y en los otros antes y después de él. En su hijo Robin, y en los hijos de éste. Se sintió mejor y se levantó, sacándose las ramitas y la tierra de las ropas.

    Arañado y rasgado por los arbustos, regresó al volador y, en unos minutos, se hallaba gozando de un agua tibia y aromatizada, contento por estos rápidos medios modernos de comunicación, y contento de volver a estar en el efluvio de la calidez vital y viviente de Mariana.

    Hacia el fin de semana, ya le había desaparecido mucha de la nostalgia por el pasado. Justo a la semana, ella le avisó que deberían regresar a Tagoujalet. Toby reprimió con esfuerzo el impulso de rogar, de persuadir, de discutir, de exigir. Que así fuese.

    Debía conservar un buen recuerdo, y no pedir más. La semana había sido absolutamente impecable. No sólo era Mariana la mujer más deliciosa que había conocido, sino también la compañera más inteligente con quien había tenido la suerte de pasar horas y días. Con cuánta nitidez recordaba las horas de aburrimiento que pasaba después de hacer el amor con algunas de sus aventuras del pasado. Incluso la luna de miel con Rosemary, a quien amaba tanto en ese entonces como ahora amaba a Mariana, había carecido de muchos de los ingredientes indispensables en una relación humana realmente satisfactoria. Pero él no había sabido cuáles eran. Ella debía haberse sentido tan desilusionada como él.

    Mariana sugirió volver a Tagoujalet en varias etapas, parando a pasar la noche en la casa que tenía en Suecia. Juntos visitaron las criptas donde las computadoras seguían esperando paciente y silenciosamente recibir una señal de sus compañeros. Toby recordó qué orgullosos estaban todos del gran adelanto que había significado estos equipos. Y ahora parecían patéticamente anticuados.

    Como Toby tenía gran interés en ver los Estados Unidos, cruzaron desde Suecia, por sobre Groenlandia, hasta el norte de Canadá. Sobrevolaron las zonas devastadas por la bomba que Europa había interceptado. Los bosques comenzaban a cubrir la roca desnuda. Siguieron volando, rápido y a gran altura, sobre la costa oriental de Norteamérica. El panorama mostraba el mismo esquema de ciudades nuevas y ciudades viejas y abandonadas. En ese estado se encontraba la isla de Manhattan entera, incluyendo la ciudad de Nueva York.

    —¿Qué diablos ha pasado aquí? Acá hubo algo mucho peor que una simple mudanza.
    —Hubo un terremoto alrededor del año 2045, que fue el golpe de gracia. Hasta ese momento, se habían hecho esfuerzos por conservar en buenas condiciones algunas partes de la ciudad. Después, la abandonaron. Pero muchas de las otras viejas ciudades están en mejor estado.

    Se dirigieron hacia el oeste para ver Dallas, o para ver dónde se había levantado Dallas. No quedaba nada. La devastación nuclear había arrasado con la ciudad, y las ruinas pronto se habían rendido al misericordioso encubrimiento de las malezas.

    —Qué espantoso —dijo Toby, que estaba al borde de las lágrimas. Él había sido feliz en América, más feliz que en Inglaterra. Inglaterra era el lugar de su infancia y temprana, desastrosa adultez. América había sido la tierra de sus grandes proezas, donde había madurado y desarrollado su personalidad, donde había hecho sus mejores trabajos, y de donde había partido en su gran aventura.

    Mariana, comprendiendo su estado de ánimo, no dijo nada mientras volvían para el Este, hacia Florida. A esta altura, ya sabía qué esperar. Raoul le había contado que a Cabo Kennedy lo habían destruido ex profeso. Quedaba muy poco por ver. Partes de las antiguas instalaciones aún sobresalían en medio de la vegetación exuberante. Cómicamente, un cohete de múltiples etapas seguía parado, sostenido tanto por plantas trepadoras, como por su propia base. "Se parece a un dedo amenazador o a un símbolo fálico, no sé bien a cuál de los dos" —pensó.

    Se puso contento cuando remontaron por encima de las nubes, rumbo a África y al que ahora era su hogar. Estaba ansioso por volver. Quería empezar de nuevo a trabajar en serio, y ahora que Mariana había cambiado de actitud, creía que su vida le reservaba un posible futuro, dentro de este insólito futuro-presente.


    CAPÍTULO 19


    TOBY SE DEDICÓ CON TODO SU EMPEÑO a la tarea de ocupar un lugar en el mundo de la ciencia moderna. Comenzó en el nivel más bajo, desmontando y analizando su propia cosmonave. Raoul y algunos otros científicos de Astro Control trabajaban con él aunque la palabra "trabajar" no fuese la más adecuada. Toby contaba con un grupo de robots cuidadosamente sincronizados a sus ondas de pensamiento, y por lo tanto, el trabajo delicado y preciso de desarmar y clasificar hasta la más mínima parte, era cumplido por ágiles dedos de metal, bajo la dirección de los cerebros interpretadores de las computadoras.

    —Es fascinante —le dijo a Raoul, que estaba sentado junto a él, charlando en forma deshilvanada, pero sin perder detalle del trabajo.
    —¿Qué cosa?
    —El modo en que trabajan los robots. Y lo que me sorprende es que tienen el aspecto de implementos metálicos, que no se haya intentado hacerlos en nada parecidos a los seres humanos.
    —¿Por qué te sorprende tanto? —dijo Raoul—. Sólo las mentes muy primitivas pueden haber pensado en construir los robots con forma humana. Un robot en todo momento debe ser visto y considerado como robot; no debe existir la más mínima tentación de atribuir cualidades humanas a las máquinas. De otro modo, podrían verse involucradas las emociones. Es concebible que la gente sienta un cierto afecto por un robot que, de alguna manera, sea humanoide. El afecto hacia otra persona puede ser ridículo, pero llegar a querer una maquinaria, por más compleja, por más extraordinarias que sean las posibilidades que ofrezca, sería fatal.
    —La ciencia ficción de mis tiempos a menudo presentaba a los robots como hombres, e incluso pintaba un mundo controlado por los robots.
    —Lo sé. —Raoul sonrió—. Me acuerdo que pensabas que yo era un robot cuando establecí el primer contacto contigo.
    —No te das una idea de lo fría e impersonal que resultaba tu voz. Confieso que me aterrabas.

    A medida que pasaban los días, Toby se iba imbuyendo más del pensamiento moderno. Disfrutaba de la experiencia. Sus días —y sus noches— eran plenos, y si había ocasionales momentos de recaída en el vacío de la extrema soledad, rápidamente se rescataba a sí mismo.

    Ahora salía con mucha más gente, andaba de un lado a otro, y cada vez estaba menos con su familia. A Shamira la veía de vez en cuando, a Nadia casi no la veía, pero era Adreena la que estaba más lejos que cualquiera de los demás. No sólo no la veía, sino que ya no sentía su presencia mental, que tanto apoyo le había dado durante los primeros días. Valoraba esa ayuda al sentir la carencia de ella. Por algún motivo, la extrañaba, aunque se alegraba de que no estuviera. Le intrigaba saber si ella simplemente se alejaba de él, o si de veras se habría ido. No preguntó. Su atención se centraba en Mariana.

    Sabía que la magia de ese viaje con Mariana había sido una situación aislada, con un principio y un fin, pero desde que regresaron, siguió viéndola y pasando tanto tiempo en casa de ella como en la de Shamira. Postergaba la elección de una casa propia —aunque podía hacerlo en cualquier momento— porque aún esperaba convencer a Mariana de que viviera con él. Le habría gustado establecer con ella una relación comparable al matrimonio de sus tiempos. Pero ella se mantenía firme. No quería atarse, ni siquiera a algo transitoriamente estable.

    Toby sentía que la amistad se iba marchitando. Se cuidaba de no ser insistente, y no tenían peleas. Pero la intimidad, el entusiasmo, se habían borrado sin darse cuenta. Ella no se encerró en la helada reserva de los primeros días, pero Toby percibía que, poco a poco, lo iba alejando de su lado.

    Durante la quinta semana, Toby la convenció de que hicieran otro viaje a Inglaterra. No salió bien. Ella estaba preocupada, y llovió incesantemente. Por más que lo intentara, no pudo recobrar la ternura y la novedad de la primera estadía.

    —¿Qué pasa, Mariana? —le preguntó dulcemente.

    Ella se mostró evasiva. Adujo un gran cúmulo de trabajo, y mencionó el inminente regreso de Geno.

    A Toby le ofendió la mención de Geno. Por lo que había escuchado, Geno era un tipo raro y desdeñoso. Ella no podía estar muy apegada a él. Trató de forzarla a cambiar su estado de ánimo, pero fue en vano. Cuando ella sugirió volver a Tagoujalet antes de lo previsto, Toby no se opuso. Confiaba en que, más adelante, estaría más accesible. O acaso pudiese aclarar las cosas con Geno.

    Esta vez, nada se dijo de hacer el regreso en etapas. Volaron directo a