LUNA MORTÍFERA (Fritz Leiber)
Publicado en
noviembre 14, 2016
Casi a un cuarto de millón de millas por encima de la Tierra, la Luna rodaba hacia el Este en su órbita alrededor de la mayor esfera a la velocidad cósmicamente moderada de dos tercios de milla por segundo, aun cuando para los del planeta de abajo que giraba hacia el Este, completando 27 vueltas por la sola de la Luna, ella parecía marchar hacia el Oeste cada noche con las estrellas.
Como un globo de compacta roca blanqueada por el Sol, de casi dos mil millas de extensión, la Luna colgaba actualmente cerca de la Tierra, pero trasladándose más allá de ella, lejos del Sol. La única faz de ella que los habitantes de la Tierra vieron siempre estaba ahora medio bajo el pleno brillo de la cruda luz del Sol, medio en la oscuridad. Era la noche de la media Luna, o cuarto creciente como vulgarmente se lo llama.
Pero en esta noche de la media Luna, la Luna al fin tenía dos lunas propias, si bien eran tan invisibles para los miradores del lado de la Tierra como las dos menudas lunas de Marte. Descendiendo libremente alrededor de ella a casi una milla por segundo en estrechas órbitas a unas cuantas veintenas de millas por encima de su superficie cubierta de cráteres, con sus mares de más oscura roca, estaban dos pequeñas naves tripuladas, una de la Fuerza Espacial Norteamericana, una de la Fuerza Espacial Rusa. Completando un rápido circuito de la Luna cada dos horas, los pilotos de estas naves estaban cada uno efectuando deprisa independientes reconocimientos de la traicionera superficie de la Luna cubierta de polvo de piedra pómez, como preliminar para efectivos aterrizajes de mayores naves de exploración en el inmediato futuro.
Por lo cual, más gente de lo ordinario estaba levantando la vista hacia la Luna desde el lado vespertino de la Tierra. Pero la mayor parte de tales personas lo estaban haciendo más bien con temor que con admiración. La pasada década había sido de pendencia cada vez más airada entre los Jefes de las dos grandes naciones. La largamente temida Tercera Guerra Mundial parecía estar muy cerca y la pareja carrera para establecer la primera base de guerra en la Luna parecía ser sólo otro paso que la acercaba más.
No había sido aligerada la densa atmósfera de guerra por la reciente sugerencia, hecha casi simultáneamente por un científico ruso y un perito militar norteamericano, de que la Luna sería un lugar ideal para la experimentación —particularmente con explosiones subterráneas de profundidad— de bombas atómicas, una actividad de investigación teóricamente proscrita en la Tierra misma.
En el momento, la Costa del Pacífico de América estaba entrando en la sombra de la Tierra débalo de la media Luna. El elevado monte siempre verde de las Montañas de las Cataratas se estaba sumergiendo y oscureciendo en la noche.
En una solitaria cumbre que salía del monte con dirección al centro del Estado de Washington, no lejos al este de Puget Sound, dos hombres y una muchacha estaban observando atentamente la «salida» de la Luna —la Luna estaba ya muy alta en el cielo meridional— por encima del puntiagudo techo de una vivienda de blancas paredes estilo Cabo Cod.
El más joven apenas tendría unos años más que la muchacha —de unos veinticinco años a lo sumo—, pero daba la impresión de una reflexión y equilibrio madurados. Iba vestido con ropa propia para andar por la ciudad, con la moderada elegancia de un próspero profesional.
El de más edad parecía tener unos cincuenta años, aun cuando el bigote y las cejas eran todavía oscuras y todo el rostro fuertemente viril con sus hondas surcos verticales y asimétricos entre las cejas. La tosca ropa de deporte le sentaba bien.
Tenía un brazo ceñido alrededor de los hombros de la muchacha, la cual igualmente llevaba ropa de campo. Su rostro era bello, pero ahora si bien la noche era fría, estaba perlado de sudor y mostraba el tenso y apenas reprimido terror de una mujer que se violenta para mirar un penosísimo o mortífero espectáculo.
—Vamos, Janet —indicó ásperamente el hombre de más edad—. ¿En qué te hace pensar la Luna?
—En una araña —respondió la muchacha al instante—. Una hinchada y pálida araña coleando justamente sobre mi cabeza en una invisible tela. Usted sabe, tengo horror a las arañas también, doctor —la última observación la lanzó como una aclaración al más joven—. ¡O en un revólver! ¡Sí, eso es! Un revolver niquelado con asideros de nácar apuntado a mi pecho —¡apuntando a todos nosotros!— por una babeante y riente vieja loca cuyo rostro está blanco de polvos y cuyas mejillas tienen cercos de colorete violado y cuyo descolorido vestido de encajes…
—Creo que eso es suficiente demostración, profesor McNellis —interrumpió el más joven—. Ahora si pudiéramos pasar adentro con su hija…
—¡No! Primero quiero probarle, doctor Snowden, que son sólo las pesadillas las que suponen una verdadera molestia para Janet, que este miedo a la Luna en modo alguno ha alterado seriamente sus vivos nervios.
—No, y tampoco lo queremos —replicó sosegadamente el más joven.
—Continúa, Janet —dijo el de más edad, pasando por alto la implícita censura—. ¿Y qué más ves en la Luna?
—Un hombre, un conejo, un payaso, una bruja, un murciélago, una hermosa dama —respondió la muchacha con rápido sonsonete. Parecía haber perdido parte de su terror, o al menos parte de su sumisión, durante el intercambio entre los dos hombres. Rió entre dientes inquietamente y dijo—: ¡Papá, cualquiera creería que tú eres el psiquiatra, por el modo que estás usando la Luna para un examen de Rorschach! —Luego su voz tomó un grave tono de perspicacia—. La Luna es la original mancha de tinta de Rorschach, sabes. Los mares son la descolorada tinta. Durante miles de años ha estado colgando ahí arriba sin la menor variación externa y la gente ha estado viendo cosas en ella. Es la única cosa sólida a que una puede mirar en el cielo que tiene alguna forma o definidas partes.
—Eso es muy cierto —dijo el hombre de más edad en una extraña voz, mientras su brazo se retiraba un poco de la muchacha—. Pero nunca lo conceptué exactamente de ese modo. En el curso de una vida de trabajo astronómico nunca tuve exactamente ese concepto.
El más joven se acercó, puso su propio brazo alrededor de los hombros de la muchacha y la desvió de la Luna. El hombre de más edad hizo un movimiento para oponerse, luego cedió.
—Y ahora, señorita McNellis, después de que ha hecho una original contribución a la ciencia de la astronomía —dijo alegremente el más joven—, creo que eso será suficiente observación lunar, por esta noche.
—Usted es el doctor —le dijo la muchacha, mostrando una ligera sonrisa.
—Ese título es una estúpida exageración, Janet, que me ha sido dado por un disparatado artículo de periódico —le aseguró el más joven, devolviendo la sonrisa—. Realmente, no me acercaría al lugar. Temo al espacio.
—A pesar de eso, papá fue a buscarlo porque es el doctor de la Luna.
—Él sabe un millón de veces más acerca de la Luna que yo. Y estoy seguro que también sabe que es perfectamente normal que una muchacha cuyo compañero está dando vueltas alrededor de la Luna esté asustada por él y contemple el lugar que él está explorando —o inspeccionando— como un enemigo casi sobrenatural.
—El miedo de Janet a la Luna data de mucho más atrás que su noviazgo con Tom Kimbro —interpuso argumentando el hombre de más edad.
—Sí, papá, pero estoy asustada por Tom.
—No debieras estarlo. Doctor Snowden, he mostrado a Janet que no está en peor condición que una muchacha prometida a uno de los primitivos exploradores polares. Es mejor, porque los exploradores polares estaban ausentes durante años.
—Sí, papá, pero su compañera no podía salir al patio y ver la Antártida o el tapón de hielo septentrional colgando del cielo y saber que él estaba allá arriba, invisible, pero marchando a través del espacio. —El tono lindante con el histerismo había vuelto a su voz y la muchacha empezó a volverse lentamente—. Pienso que la Luna parece como si estuviera hecha de hielo —dijo con atemorizada timidez—. Hielo sucio y con muchas burbujas.
—¡Janet, eso es una necia teoría! —dijo airadamente su padre—. ¿Cómo pudiste siquiera empezar a considerar esos folletos de Welt-Eis-Lehre, cuando tu padre es un genuino astrónomo…?
—Hace frío aquí fuera. Podemos continuar adentro —dijo firmemente el doctor Andreas Snowden.
La estancia era una habitación bastante cómoda a pesar de la manera que estaba atestada de libros y estantes con caras de cristal que contenían pequeños aerolitos y otros artículos de interés astronómico. Después que se hubieron instalado y el profesor McNellis hubo echado café por indicación del doctor Snowden, éste fijó la atención de la hija del profesor con una benévola sonrisa por unos momentos y entonces dijo:
—Y ahora quiero saberlo todo sobre ello. Janet. Ordinariamente le hablaría solo, y mañana lo haré, pero de este modo parece cómodo ahora. Veamos, su madre murió cuando usted era una niña y por tanto ha pasado la, vida con su padre, el cual es un gran investigador de la Luna, si bien su especialidad son los meteoritos; y recientemente usted se ha prometido al teniente comandante Tom Kimbro, piloto y tripulante de la primera nave de reconocimiento circunlunar de América e infinitamente más calificado para llamársele el Hombre de la Luna que a mí el Doctor de la Luna.
—Hace años que conozco a Tom, sin embargo —añadió la muchacha, sonriendo descansadamente ella misma ahora que estaban bajo cubierto—. Papá siempre ha estado asociado al Proyecto Lunar.
—Sí. Ahora hábleme de este horror suyo a la Luna. Y por favor, profesor McNellis, ninguna interrupción profesional, surja lo que surja, aunque sea la Teoría del Hielo Cósmico.
Lo dijo en chanza, pero sonó como una orden a pesar de ello. El profesor, menos tenso, ahora que estaba desempeñando el papel de anfitrión, lo tomó de buen talante.
Su hija miró agradecidamente al joven médico. Luego se puso pensativa.
—Las pesadillas son la peor parte —dijo un poquito después—. Especialmente después que se volvieron tan malas dos meses ha. Temo volverme loca mientras las estoy teniendo. En verdad, creo que ciertamente pierdo el juicio y permanezco de esa manara por diez minutos o cosa así después que me despierto. Eso fue lo que ocurrió hace dos meses cuando me levanté de la cama y, cogiendo el revólver de papá, descargué todas sus balas a través de la ventana del cuarto de dormir en derechura a la Luna. Comprendía a la sazón que ello era alguna especie de gesto que yo estaba haciendo: sabía que no podría dar en la Luna, o a lo menos estaba bastante segura de que no podría, pero al mismo tiempo comprendía que era algo que tenía que hacer para conservar el sano juicio. La única otra cosa que podía haber hecho habría sido meterme en nuestro refugio de protección contra las bombas y no salir. Usted sabe, era como cuando algo le ha destrozado los nervios a una y hecho que se encogiera de miedo, y si no se toma una resolución inmediatamente, por muy agitadora que…
—Comprendo —dijo sobriamente el médico. Había aprobación en su voz—. Janet, ¿qué sucede en estos sueños?
—Pesadillas, querrá usted decir. Pesadilla, realmente, porque siempre es casi lo mismo. Se repite —Janet cerró los ojos—. Bien, estoy afuera y es de noche y en seguida la Luna atraviesa el cielo muy de prisa, sólo que es mucho más grande y más brillante. A veces casi parece rozar los árboles. Y me agacho como si fuera un grande y plateado tren expreso surgido de alguna parte detrás de mí y estoy terriblemente asustada. Se lanza fuera del alcance de la vista y creo que estoy sin peligro, pero en seguida sube rugiendo por encima del horizonte opuesto, aún más baja esta vez. Hay un acre olor, como si el aire estuviera siendo quemado por la fricción. Esto prosigue una y otra vez, más y más de prisa, aun cuando cada vez creo que es la última. Empiezo a sentirme como el personaje de Poe en El abismo y el péndulo, atada al suelo de plano y levantando la vista hacia el brillante péndulo que sigue acercándose más con cada silbante golpe hasta que el filo de la cuchilla está a punto de partirlo en dos.
»Pero finalmente no puedo remediarlo yo misma, la curiosidad me domina. Sé que es positivamente lo peor que puede ocurrirme, que hay alguna terrible ley contra ella, que estoy contraviniendo a alguna autoridad fantásticamente poderosa, pero a pesar de ello alargo el brazo hacia arriba; no me pregunte cómo me las arreglo mientras que la Luna está marchando tan de prisa, no lo sé, y no me pregunté cómo llego tan lejos cuando ella está todavía en las copas de los árboles; a veces parece empujar su faz cubierta de cráteres hacia abajo al patio y a veces saco un brazo largo como el mágico troncho de las hortalizas; pero de cualquier modo alzo el brazo, sabiendo que no debiera hacerlo, ¡y toco la Luna!
—¿Cómo es la Luna para sus dedos cuando la toca? —preguntó el doctor Snowden.
—Hirsuta, igual que una gran araña —respondió rápidamente Janet. Luego abrió los ojos con asombro—. Nunca antes recordé eso, La Luna es roca. ¿Por qué lo he dicho, doctor?
—No sé. Olvídelo. ¿Qué ocurre después? —preguntó prosaicamente el médico.
—La Luna se despedaza —susurró Janet. Estrechó los codos y juntó las rodillas apretadamente—. Se resquebraja toda como un blanco plato. Por un momento, los trozos se agitan alrededor, luego todos ellos descienden hacia mí repiqueteando. Pero en el instante antes que yo sea destruida y el mundo conmigo, mientras los trozos están aún bajando velozmente hacia mí como balas o un alud de rocas o un muñeco en una caja de resorte al revés, volviéndose del tamaño de una montaña en un momento, en ese instante, siento esta terrible culpabilidad y comprendo que soy responsable de todo ello porque he tocado la Luna. Es entonces que pierdo el juicio —dicho esto, soltó un suspiro.
—Usted sabe, Janet —dijo el doctor Snowden, sonriendo—, no puedo menos de pensar en qué extensión de dos o tres mil años ha su sueño habría sido considerado como un claro aviso de los dioses de no aterrizar en la Luna, más una previsión de las terribles cosas que nos ocurrirían si seguíamos entrometiéndonos sacrílegamente con los cuerpos celestes. No, profesor McNellis, no pienso una palabra de eso seriamente —añadió con presteza en el momento en que notó la expresión del rostro del astrónomo se había vuelto agresivamente censurante—. Es sólo que me he acostumbrado en sesiones como ésta a decir todo lo que se me ocurre. Creo en la conveniencia de exponer hasta las ideas supersticiosas y considerarlas. Dicho sea de paso, yo aseguraría que el sueño de Janet muestra algunos elementos de la Teoría del Hielo Cósmico, ¿no creen? Vean, quebranto mis propias reglas tan pronto como las constituyo.
—Dado que usted lo dignifica con el nombre de Teoría —replicó burlonamente el profesor—. Un ingeniero vienés llamado Hoerbiger inició todo el asunto de la Weit-Eis-Lehre, un nombre sin ninguna instrucción astronómica. Su fantástica y pasmosa idea era que la Luna está constituida de hielo y fango, que ella entró moviéndose en espirales procedente del infinito y pronto se acercará tanto a la Tierra que ello causará desbordamientos y terremotos y entonces se despedazará, regándonos con un ígneo y helado pedrisco. Lo que es más, según Hoerbiger, la Tierra ha tenido seis anteriores lunas, todas las cuales se desmenuzaron de la misma manera. Esta que tenemos actualmente es la séptima. Incidentalmente, el desmenuzamiento de la sexta luna se supone haber dado razón de todas las leyendas de diluvios universales, dragones exhaladores de fuego, cayentes torres de Babel, el Ocaso de los Dioses, y lo que usted quiera.
»Todo ello no es nada nuevo, sea dicho de paso. En el siglo pasado Ignacio Donnelly, el cual hasta llegó a ser miembro del Senado y la Cámara, describió todo eso en su libro Ragnarok, excepto que empleaba cometas en lugar de lunas; en aquel tiempo consideraban los cometas como más macizos. Y ahora Velikovsky lo ha hecho otra vez; desertado de Hoerbiger en otro tiempo ligeramente, con los cometas. Embaucó a personas tenidas por listas, además.
»Hoerbiger tuvo un poderoso grupo de partidarios, de todos modos: los nazis. La mayor parte de ellos eran devoradores de seudociencia. El Hielo Cósmico se acomodaba perfectamente al superhombre nórdico.
»Por supuesto, Janet tiene conocimiento de todo esto. Ha leído esas tonterías, ¿no es verdad, querida?
—¿Me equivoco, profesor McNellis —preguntó el médico con prontitud, irguiendo la cabeza—, o no hay sin embargo alguna sombra de una verdadera teoría científica detrás de esta idea de lunas que se desmenuzan?
—Oh, ciertamente. Si un satélite de un núcleo plástico se acerca lo suficiente a su planeta materno, la acción periódica de este último lo senara con violencia. Eso es lo que se supone produjo los anillos de Saturno: el desmenuzamiento de una luna de Saturno que se acercó demasiado. La distancia decisiva se la llama límite de Roche. En el caso de la Tierra es sólo de seis mil millas por encima del suelo; la Luna tendría que estar a esa proximidad, aun cuando tuviera la propia clase de núcleo, o que no lo tiene. Se ha sugerido —fue George Gamow quien lo hizo— que si todo salía exactamente, esta situación pudiera de hecho producirse… ¡dentro de cien billones de años! —El profesor rió entre dientes—. Usted puede ver que nada de este género se aplica a nuestra actual situación en modo alguno.
—Sin embargo, es interesante. —El médico apartó la vista del padre para fijarla en la hija y preguntó accidentalmente—: Janet, ¿cree usted en esta Welt-Eis-Lehre?
La muchacha movió la cabeza mientras que su padre resoplaba.
—Pero es interesante —añadió con una nerviosa, casi endiablada sonrisa.
Estoy de acuerdo —dijo el doctor Snowden, haciendo una seña afirmativa—. Usted sabe, Hans Schindler Bellamy, el discípulo británico de Hoerbiger, tuvo un sueño muy lúcido en la niñez casi exactamente igual al suyo, que más tarde ayudó a hacerlo partidario de Hoerbiger.
—Luego, ¿usted ya sabía lo que le estaba explicando del fárrago del Hielo Cósmico? —dijo acusadoramente el profesor McNellis.
—Sólo un poquito aquí y allá —le aseguró el médico—. Uno o dos de mis enfermos fueron conversos —no prosiguió el punto—. Janet —dijo—, deduzco que sus propios sueños de la Luna datan de la niñez, pero no eran tan aterradores entonces.
—Exacto. Excepto por una vez en que papá me llevó a un viaje por el océano poco después de que muriera mi madre. Solía ver la luz de la Luna danzando sobre el agua. Los sueños eran muy malos, entonces.
—Fuimos al Caribe —dijo el profesor McNellis, haciendo una señal de asentimiento—. Tenías sólo siete años. Casi todas las noches te despertabas lloriqueando y con los ojos turbios. Naturalmente, doctor Snowden, suponía que Janet estaba reaccionando a la muerte de su madre.
—Por supuesto. Dígame, Janet, ¿dónde está la verdadera Luna cuando usted tiene estos sueños? Quiero decir, si tienden a agruparse cerca del tiempo de la luna llena.
La muchacha movió la cabeza con energía.
—Una vez —sólo una vez— recuerdo haber tenido la pesadilla de día y cuando desperté, vi la Luna por la ventana, tenuemente plateada en el cielo azul claro de la tarde.
De nuevo el profesor McNellis asintió con una seña y dijo:
—Durante años he mantenido un registro de los sueños de Janet, En todas las ocasiones la Luna estaba sobre el horizonte cuando acaeció el sueño. No hubo ninguno durante la sombra de la Luna; ninguno de los ciento diecisiete que Janet me refirió, de cualquier modo.
—Eso es una circunstancia algo asombrosa, ¿no cree? —dijo el médico, frunciendo el ceño extrañamente—. ¿A qué lo atribuye?
—No sé. —El profesor se encogió de hombros—. Quizás la luz de la Luna es el estímulo que pone en movimiento el mecanismo del sueño, o lo fue en el comienzo.
—Sí —dijo Janet, solemnemente—. Doctor, ¿no es una vieja teoría que la Luna causa trastornos mentales? Usted sabe, la Luna se asocia a la locura intermitente. ¿Y no se supone haber algo muy especial en la luz de la Luna? Algo que influye en el crecimiento y en los períodos mensuales de las mujeres, en los impulsos eléctricos de la sangre y el cerebro.
—No te lances por esa senda, Janet —dijo severamente su padre—. Otra real posibilidad, doctor Snowden, es que Janet tenga un reloj de Luna en el cerebro y que su subconsciencia sólo produzca el sueño cuando la Luna está en el lado de arriba. No hago más que referirle los hechos.
—Sólo recordaba —dijo agitadamente Janet, levantando la cabeza—, que la exacta posición de la Luna en el cielo tenía mucho que ver con el hecho de que mis sueños del Caribe fueran tan malos. Doctor Snowden —continuó ansiosamente—, usted sabe que aquí arriba en el norte, la Luna nunca está exactamente sobre la cabeza, que hasta cuando está en su más alta posición en el cielo está sin embargo al sur del cénit.
—Sí, lo sé —dijo el médico, con una abierta sonrisa.
—Bien, recuerdo que cuando íbamos hacia el Caribe papá me explicaba que ahora que estábamos en la zona tropical la Luna podría estar exactamente sobre la cabeza. En efecto, una noche del viaje por mar estuvo exactamente sobre la cabeza —la muchacha tembló.
—Creo recordar haberte informado de eso —dijo su padre—, pero no recuerdo que ello hiciera ninguna impresión en ti, entonces. Al menos no me dijiste nada.
—Lo sé. Temía que te enojases.
—Pero ¿por qué? ¿Y por qué debiera especialmente asustarte la Luna estando en el cénit?
—Sí, Janet, ¿por qué? —repitió el doctor Snowden.
—¿No comprenden? —dijo Janet, mirando de aquí para allá entre los dos hombres—. Si la Luna estuviera directamente encima de la cabeza, podría caer en derechura sobre mí. En cualquier otro lugar, pudiera no acertarme. Es la diferencia entre estar en la boca de un túnel que puede hundirse en cualquier momento y estar dentro del túnel.
Esta vez fue el profesor que rió entre dientes.
—Janet —dijo—, ciertamente tomabas esto en serio cuando eras una niña traviesa.
—Todavía lo tomo en serio —replicó la muchacha, mirándole con ojos fulgurantes—. Mis sentimientos lo toman en serio. ¿Qué sostiene a la Luna arriba? ¡Una gran cantidad de leyes científicas! ¿Qué pasaría si esas leyes fuesen anuladas, o destruidas?
—Oh, Janet —fue todo lo que su padre pudo decir, todavía riendo entre dientes, mientras el doctor Snowden hacía observaciones.
—Sus sentimientos lo toman en serio; eso es una bonita frase, Janet. Pero su mente no lo toma en serio, ¿verdad?
—Creo que no —reconoció Janet, de mala gana.
—Por ejemplo —insistió el doctor Snowden—, no sé si es posible, pero supongamos que hubiera una erupción volcánica en la Luna; usted sabe que los trozos de roca echados al aire retrocederían hacia la Luna, ¿no? Que ellos no podrían dar en la Tierra. Aun cuando fueran lanzados hacia la Tierra.
—Creo que tiene razón —convino Janet, un momento después.
—No, usted no tiene razón, doctor Snowden, no del todo —interpuso el profesor McNellis, levantándose. Estaba sonriendo con una afable malicia—. Usted dice que es un hombre que cree en la conveniencia de decir lo que piensa y exponer nada más que la realidad. ¡Bien! Esos son mis propios sentimientos —Se paró en frente de uno de los anaqueles con caras de cristal—. Venga aquí, tengo algo para enseñarle. Tú también, Janet; nunca te informé de estas cosas. Después que comenzaron tus pesadillas, siempre creí en la conveniencia de ofrecerte una engañosa imagen de la Luna, hasta que el doctor Snowden me convenció de la superior virtud de decir siempre toda la verdad.
—No he dicho exactamente… —empezó el doctor Snowden, y se interrumpió.
Fue hacia el anaquel. Janet McNellis se paró justamente detrás de él.
El profesor McNellis señaló unas muestras de lo que parecía ser negruzco vidrio, primorosamente ordenadas sobre cartón blanco. La mayor parte de ellas se asemejaban a fragmentos de pequeños discos de cúpula, pero unas cuantas eran casi perfectos botones de media pulgada a una pulgada de través.
El profesor McNellis tosió ligeramente antes de hablar.
—A los meteoritos de esta clase se los llama tectitas —explicó—. Se encuentran solamente en la zona tropical o cerca de ella; en otras palabras, debajo de la Luna. La teoría es que cuando grandes meteoritos dan en la Luna, algunos fragmentos de la silícea —vítrea o arenosa— superficie de la Luna, son lanzados hacia arriba a velocidades mayores que la rapidez de débil escape de la Luna de una milla y media por segundo. Algunos de estos fragmentos son capturados por el camino gravitacional de la Tierra. Durante su caída a la Tierra son fundidos por el calor de la fricción con el aire y toman su característica forma de botón. Por tanto ahí mismo, con toda probabilidad, ustedes están mirando a trozos de real roca de la Luna, menudos fragmentos de… Janet, ¿qué es ello?
El doctor Snowden miró alrededor. Janet se estaba inclinando tiesamente hacia adelante, su mirada hipnóticamente fija en las tectitas.
—… semejante a arañas —el doctor Snowden le oyó decir con débil voz.
De repente el rostro de Janet se crispó en una expresión equidistante del miedo y la ira. Levantó los puños por encima de la cabeza y se abalanzó hacia el vidrio. El doctor Snowden la asió alrededor de la cintura, usando el otro brazo para obstruir los descendentes puños, y a pesar de los forcejeos de la muchacha la hizo girar de suerte que no estuviera mirando al anaquel. Janet continuó forcejeando y el doctor Snowden podía percibir que la muchacha aún estaba temblando, además.
El profesor vaciló, luego salió al pasillo y llamó:
—¡Señora Pulaski!
La muchacha cesó de forcejear, pero el médico no la soltó.
—Janet —susurró vivamente—, ¿qué cree usted que causa sus sueños?
—Usted pensará que estoy loca —respondió débilmente la muchacha.
—Todo el mundo está loco —le aseguró el doctor Snowden con gran convicción. Sus brazos ciñeron a la muchacha un poco más apretadamente.
—Creo que mis sueños son avisos —susurró Janet—. Creo que son de algún modo emitidos a mi mente por una estación de la Luna.
—Gracias, Janet —dijo el médico, soltándola.
El profesor McNellis volvió con una robusta y maternal mujer. Janet se dirigió hacia ella.
—Dispensen todos, estaba tonta —dijo—. Buenas noches, papá, doctor.
Cuando las dos mujeres se hubieron ido los dos hombres se miraron el uno al otro. El médico levantó su vacía taza de café. Mientras el profesor echaba para los dos, dijo tristemente:
—Creo que yo fui el tonto, horrorizando a Janet de ese modo.
—Es casi imposible decir con anticipación cómo acabará algo semejante a eso —le confortó el médico—. Aun cuando confieso que yo mismo me he asustado de esas tectitas. Nunca había oído hablar de tales cosas.
—Hay muchas cosas en la Luna que la mayoría de la gente ignora —el profesor frunció el ceño—. Pero ¿qué piensa usted de Janet?
—Es demasiado pronto para decirlo. Excepto que parece ser notablemente firme, mental y emocionalmente, sea lo que fuere que ella está pasando.
—Me alegro de oírle decir eso.
—No debe inquietarse por el estallido de Janet, profesor, pero también le aconsejo que no la meta en más situaciones de prueba.
—¡No lo haré! Creo que he aprendido la lección —el tono del profesor se volvió confidencial—. Doctor Snowden, con frecuencia me he preguntado si alguna lesión de la niñez no puede haber sido la causa del miedo a la Luna de Janet. Quizás ella creyese que mi interés en la astronomía —la Luna, para una niña— era de algún modo responsable de la muerte de su madre.
—Podría ser —asintió el médico, de un modo pensativo—. Pero tengo la idea de que la verdadera causa de los sueños de Janet no tiene nada que ver con el psicoanálisis o la Welt-Eis-Lehre o su ansiedad por Tom Kimbro.
—¿Y qué más, pues? —preguntó el profesor.
—Aún es demasiado temprano para decirlo —el médico se encogió de hombros.
—Explíqueme —dijo el profesor, escudriñándole—, ¿por qué le llaman el Médico de la Luna? Los del Proyecto Luna lo alabaron; no busqué más.
—Tuve suerte tratando un par de administradores del Proyecto que tuvieron colapsos nerviosos; pero esa no es la razón principal. —El médico aguantó la taza para que le echara más café. Después de tomar un trago, se reclinó—. Hace casi dos años —empezó—, tuve una serie de enfermos particulares que tenían horror a la Luna, sentimiento mezclado con sus otras molestias. Parecía demasiada coincidencia, por lo cual mandé propuestas y preguntas a otros psiquiatras, analizadores profanos, hospitales mentales, salas de tratamiento psíquico, etcétera. ¡Las contestaciones llegaron de prisa! —Evidentemente había docenas de médicos que estaban tan perplejos como yo—. Resultó que había literalmente miles de casos de extravío mental caracterizado por miedo a la Luna, cientos de ellos implicando sueños muy semejantes a los de Janet en la circunstancia de que la Luna se desmenuzaba estallando, sufriendo gigantescas erupciones volcánicas, chocando con un cometa o con la Tierra misma, resquebrajándose bajo la tensión de la marea, y así por el estilo.
—Sabía que el Proyecto Lunar había provocado una pizca de reacción de pánico —dijo el profesor, haciendo un mohín—, pero nunca imaginé que llegara a ese punto.
—En cientos de casos —aun semejantes al de Janet— había una historia de ligero miedo a la Luna que databa de la niñez —dijo el médico.
—Humm… eso suena como la irrupción de la neurosis colectiva, o sea lo que fuere que se le llame, coincidiendo con los comienzos del lanzamiento de grandes naves cohetes y los viajes espaciales.
—Aparentemente. Pero luego, ¿cómo se explica usted esto? Obtuve fechas de casi cuatro mil sueños de desmenuzamiento de la Luna; día, hora, minuto aproximado. En el noventa y siete por ciento de esos casos la Luna estaba sobre el horizonte cuando acaeció el sueño. Me he convencido de que alguna directa influencia que viaja desde la Luna hasta el soñador recorriendo una línea recta, está trabajando; algo que, como las ondas cortas de la radio, puede ser interceptado por la curva y la masa de la Tierra.
—¿La luz de la Luna? —sugirió prontamente el profesor.
—No. Estos sueños acaecen con la misma frecuencia cuando el cielo local está excesivamente nublado que cuando está claro. No creo que la luz o ninguna otra parte del espectro electromagnético sea responsable. Juzgo que es una clase de ondas enteramente diferente.
—Seguramente, usted no estará sugiriendo algo semejante a las ondas del pensamiento. —El profesor frunció el ceño—. Usted sabe, doctor, aun cuando exista tal cosa como la telepatía o la percepción extrasensorial, las probabilidades son que ella se verifica instantáneamente, por completo fuera del mundo del espacio y el tiempo. La idea de ondas del pensamiento similares a las de la luz y el sonido es anticuada.
—No sé —dijo el médico—. Galileo creía que la luz avanzaba instantáneamente también, pero resultó que era solamente demasiado rápida para que él pudiera medirla. Pudiera ser lo mismo con respecto a las ondas del pensamiento; que su velocidad sea de tal modo superior a la de la luz que parezcan propagarse instantáneamente. Pero sólo parecerlo; otro siglo puede perfeccionar las técnicas para medir la velocidad.
—Sin embargo, Einstein… —El profesor se encogió de hombros—. En todo caso la noción de la telepatía es completamente hipotética.
—No sé —repitió el médico—. Mientras usted estaba llamando al ama, Janet se aquietó y aproveché la oportunidad para preguntarle qué creía que estaba causando sus sueños. Dijo: «Creo que mis sueños son emitidos a mi mente por una estación de la Luna». Profesor McNellis, esa no es, de ningún modo, la primera vez que un enfermo con horror a la Luna me ha hecho esa indicación.
—Creo que yo tampoco lo sé —susurró el profesor. Dobló la cabeza, friccionándose la frente como si le estuviera empezando a doler.
—Pero quizás lo sabe —dijo tranquilamente el médico, sus ojos avivados. Se inclinó hacia adelante—. Profesor McNellis —continuó—, ¿qué es lo que está realmente ocurriendo en la Luna? ¿Qué es lo que ustedes, los del Proyecto, han estado observando en la superficie de la Luna que no quieren revelarlo a los extraños, ni siquiera a mí? ¿Qué es lo que Tom Kimbro puede estar vislumbrando ahora?
El profesor no levantó la vista, pero su mano cesó de friccionar la frente.
—Profesor McNellis, sé que ustedes han estado observando algo extraño en la Luna. Recibí inequívocos indicios de ello por uno de mis enfermos del Proyecto, pero hasta en su estado el hombre dejó que lo hicieran callar las reglas de seguridad. ¿Qué es? Usted no creerá que hice el viaje hasta aquí sólo para tratar a Janet, ¿verdad?
Por unos momentos ninguno de los dos hombres se movió o habló. Era una pugna de voluntades. Luego el profesor levantó la vista artificiosamente.
—Durante siglos algunos astrónomos, usualmente los menos dignos de confianza, han estado observando toda clase de «extrañas» cosas en la Luna —empezó evasivamente—. Ciento cincuenta años ha Gruithuisen declaró haber visto una fortaleza cerca del cráter de Schroeter. Y cien años ha Zentmayer vio objetos del tamaño de una montaña que marchaban o se movían a través de la Luna durante un eclipse. Se han visto manchas brillantes, manchas negras, manchas semejantes a gigantescos murciélagos; los libros de vulgarización científica de Charles Fort están atestados de ejemplos. Realmente, doctor Snowden, las extrañas cosas vistas en la Luna son una vieja historia, muchas veces refutada. —Su voz se había vuelto fuerte y asertiva, pero él no hizo frente a la mirada del médico.
—Profesor McNellis, no me intereso por las pasadas observaciones de extrañas apariciones en la Luna —prosiguió insistentemente el médico—. Lo que quiero saber es lo que está siendo observado en la Luna ahora mismo. Es mi conjetura que ello no tiene nada que ver con las actividades de los rusos; he sabido por colegas europeos que ha habido alguna irrupción de alguna clase de sicosis lunar, más sueños lunares, en la Unión Soviética también; por tanto no se tiene esa razón para hacer las reglas de seguridad sacrosantas. Haga el favor de informarme, profesor McNellis; necesito esa información si he de tratar a Janet con buen éxito.
El profesor se encogió en su asiento, por último dijo mezquinamente:
—Se ha hecho de ello un superior secreto. Temen extremadamente provocar un mayor pánico, o ver anulado todo el Proyecto.
—Profesor McNellis, se está provocando un pánico y quizás el Proyecto debiera ser anulado, pero eso me es ajeno. Mi interés es solamente profesional, de mi propia profesión.
—Aun cuando me recomendaron a usted como psiquiatra, fui advertido contra la disposición a enterarle de las observaciones. Y si Janet oyera una palabra de ellas, se enloquecería.
—Profesor McNellis, soy un hombre hecho. Soy razonablemente responsable. Puedo necesitar esa información para conservar el sano juicio de su hija.
—Lo arriesgaré —dijo el profesor. Levantó la vista, los ojos muy hundidos, al fin haciendo frente a la mirada fija del médico—. Hace dos meses nuestro telescopio lunar del satélite, de 24 horas, donde la visión no está empañada por la atmósfera, empezó a observar actividad de una desconocida naturaleza en cuatro distintas áreas de la Luna: cerca del Mare Nectaris, en el Mare Fecunditatis, al norte del Mare Crisium, y en el mismísimo centro de la Luna, cerca del Sinus Medii, Fue imposible determinar la naturaleza de la actividad. Al principio creíamos que eran los rusos que secretamente se habían adelantado a nosotros, pero la Oficina de Información Espacial se deshizo de esa posibilidad. Las observaciones mismas ascendían simplemente a un limitado y variable oscurecimiento de las cuatro áreas; sombras, se diría, aun cuando un mirador describió lo que vio como «torres, algunas movientes».
»Luego, hace dos días, la nave de reconocimiento entró en órbita; de propósito una órbita que la reportara al Nectaris y al Fecunditatis. A su primer paso Tom Kimbro informó vislumbrar en los dos sitios —repito sus palabras exactas— “máquinas semejantes a arañas o de forma de esqueleto, destacándose de delgados seres vivientes, no hombres, y evidencia de que están siendo cavados hondos túneles”.
»Eso es todo —dijo el profesor con un rápido encogimiento de hombros, y levantándose de un brinco—. Desde ese primer informe, en el Proyecto han cesado de darme noticias también. Cualquier otra cosa que Tom haya visto —confirmando o anulando esas primeras vislumbres— y sea lo que sea que le haya ocurrido, no me lo han revelado».
La puerta del pasillo se abrió.
—Profesor McNellis —dijo la señora Pulaski—, ¿no está aquí Janet? Dijo que quería hablarle, pero veo que la puerta exterior está abierta.
—¿Cree usted que Janet estaba escuchando desde el pasillo? —el profesor preguntó al médico. Había un aire de culpa en su semblante, mientras le miraba—. ¿Cree que me ha oído? —El médico había ido más allá de donde estaba la señora Pulaski.
Localizó a Janet en seguida. Su acojinada bata de seda se destacaba como blanca pintura. La muchacha estaba parada en el centro del césped, mirando arriba, por encima del tejado.
Indicando a la señora Pulaski que se retirara y asiendo el brazo del profesor para que se estuviera callado, el doctor Snowden fue a situarse al lado de la muchacha.
Janet no pareció advertir el acercamiento de ellos. Sus labios estaban moviéndose con un poco de nerviosidad. Sus pulgares continuaban restregando ligeramente las puntas de los dedos. Su asombrada y aturdida mirada estaba fija sobre la Luna.
El médico sabía que su primer cuidado debiera ser por su paciente, pero ahora se daba cuenta de que, aun antes de eso, él también debía mirar a la Luna.
Medio oscura y confundida con el espacio, en parte tenuemente moteada de blanco, la Luna colgaba totalmente, su resplandor haciendo palidecer a todas menos las más brillantes estrellas cercanas. Le parecía al médico ser más pequeña de lo que él la había estado considerando, Se daba cuenta, con un desatinado sentimiento de culpabilidad, que si bien había estado reflexionando mucho acerca de la Luna durante los últimos dos años, no se había molestado en mirarla con frecuencia y ciertamente no la había examinado.
—¿Y los cuatro sitios? —Se oyó a sí mismo preguntar, en voz baja.
—Tres de ellos están cerca del curvo borde exterior de la iluminada mitad —respondió el profesor, en voz baja también—. El cuarto está justamente en medio de la línea de sombra.
Janet no parecía oírles. Luego, sin más aviso que un hondo suspiró, gritó.
El médico echó el brazo alrededor de los hombros de la muchacha, pero no quitó su mirada de la Luna.
Pasaron dos segundos. Quizás tres. La Luna no se alteró.
Luego, en el borde curvo, creyó ver tres menudas manchas. Se preguntó qué podrían ser, a un cuarto de millón de millas. ¿Gigantescas hendeduras de muchas millas de través? ¿Enormes porciones que se estaban alzando? Abrió y cerró los ojos para aclararlos.
Después estuvo mirando a las violadas estrellas. Había cuatro de ellas, más brillantes que Venus, aun cuando tres estaban dentro del iluminado medio disco en los mismos puntos donde había visto las manchas. La cuarta, la más brillante de todas, estaba enteramente dentro, dividiendo en dos partes iguales el recto límite entre las mitades brillante y oscura del disco.
Continuó mirando —habría estado completamente fuera de su poder no hacerlo— pero la parte del psiquiatra de su mente, funcionando independientemente, le hizo decir en voz alta:
—¡Yo lo estoy viendo también, Janet! Todos lo estamos viendo. ¡Es real!
Dijo eso más de una vez, asiendo los hombros de Janet apretadamente.
—Diez segundos —oyó murmurar al profesor McNellis, y se dio cuenta de que debió dar a entender el tiempo transcurrido desde que aparecieron las manchas.
Las violadas estrellas se estaban volviendo menos resplandecientes y al mismo tiempo se estaban dilatando. Se convirtieron en globos o redondos puntos violados, aún más lucientes que la Luna, pero palidecientes, tan grandes en el momento como bolas de ping-pong si se consideraba a la Luna como una pelota de basquetbol, pero estaban creciendo.
—Frentes de explosión —susurró el profesor, continuando a intervalos marcando el tiempo.
Dos de los puntos, próximos al borde, se sobrepusieron sin perder su perfecta forma circular. El punto central era todavía el más brillante, especialmente donde se dilataba hacia el interior de la oscura mitad. Los puntos eran grandes como pelotas de tenis, ahora, grandes como pelotas de béisbol.
—Cargas atómicas. Tienen que serlo. Enormes, más allá de lo que se pueda imaginar. Colocadas a centenares de millas de profundidad. —El profesor estaba todavía susurrando.
El médico estaba doblando la espalda a la espera de una arrasadora explosión; luego recordó que no había aire para transportar el sonido desde la Luna. Algún día tenía que preguntar al profesor cuánto tardaría el sonido en llegar de la Luna a la Tierra si hubiera aire para conducirlo. Miró a Janet de soslayo y en el mismo momento la muchacha volvió la vista hacia él de manera preguntona. El doctor Snowden simplemente inclinó la cabeza de una vez, luego los dos levantaron la vista de nuevo.
Los cuatro puntos todos se sobreponían ahora, cada uno desarrollado hasta la mitad del diámetro de la Luna, y se estaba haciendo difícil verlos frente a la brillante mitad —apenas una tenue capa violada ribeteada de un color violado más oscuro—. Pronto fueron indistinguibles excepto por el que se extendía desde el centro de la Luna a través del lado oscuro. Por un imponente momento perfiló el borde oscuro de la Luna con un semicírculo violado, luego se disipó también.
—Un minuto —puntualizó el profesor—. Velocidad del frente de explosión, 17 millas por segundo.
Donde habían estado las primeras manchas y estrellas violadas había ahora cuatro oscuras marcas, casi negras. La central era la más difícil de distinguir —una muesca en la línea de sombra—. Eran sólo lo suficientemente grandes para mostrar irregulares bordes a los ojos penetrantes.
—Cavidades de explosiones. Cien, doscientas millas de través. Igual de profundas, probablemente más profundas. —El profesor guardó su comentario.
Los surgidos de las cavidades del Crisium y el Fecunditatis estaban ya desprendidos del lado de la Luna y ellos mismos brillando con la reflejada luz del Sol, Tres eran suficientemente grandes para mostrar su mellada forma.
—Los mayores. Un vigésimo del diámetro de la Luna, de vista. Cien millas de través. Grandes como el asteroide Juno. New Hampshire cubicada.
Casi parecía posible ver el movimiento de los trozos. El médico finalmente juzgó que él no podía absolutamente. Era como tratar de ver el movimiento del minutero de un reloj. Sin embargo, cada vez que pestañeaba y miraba de nuevo, parecían haberse extendido un poco más.
—Cuatro minutos.
Se hizo evidente que los trozos se estaban moviendo a diferentes velocidades aparentes. El médico juzgó que pudiera ser porque habían sido echados al aire en diferentes ángulos. Se preguntaba por qué quería de tal modo continuar observándolos. ¿Quizás para no tener que reflexionar acerca de ellos? Miró a Janet de soslayo. La muchacha parecía estar mirándolos con una sosegada atención. Probablemente no tenía que inquietarse más por el estado de la mente de Janet. Ahora que sus temores se habían vuelto algo real y compartido, ella difícilmente caería en extravíos. Ninguna neurosis de tiempo de guerra. Una cosa parecía verosímil en Janet, sin embargo; que ella percibiera las explosiones telepáticamente. Había gritado dos o tres segundos antes que él hubiera visto nada, y le lleva a la luz un segundo y medio hacer el viaje de la Luna a la Tierra.
Había algunas luces brillando ahora sobre el lado oscuro de la Luna, cerca de su centro, una de ellas suficientemente grande para tener un aspecto irregular. Esos debían ser trozos procedentes del Sinus Medii, se dijo el médico. Se estremeció.
Los trozos del Crisium, los que se movían con mayor rapidez, eran ahora de la propia anchura de la Luna y estaban fuera del lado del satélite.
—Ocho minutos.
La voz del profesor era casi normal otra vez, si bien todavía mitigada, mientras calculaba alto:
—El diámetro de la Luna en ocho minutos. Redondeado, dos mil millas en quinientos segundos. Da a un trozo una velocidad de cuatro millas por segundo. No hay que inquietarse por el material procedente del Crisium, el Fecunditatis, ni siquiera el del Nectaris. No se acercará a nosotros en modo alguno; errará la Tierra por cientos de miles de millas. Pero los trozos salidos del Medii van dirigidos aquí, o cerca de aquí. Principiando la carrera cerca de la Luna a una velocidad de huida de una milla y media por segundo, les llevaría a los trozos cuatro días para el viaje. Pero principiando a una velocidad aproximada de cuatro millas por segundo, representa poco más o menos un día. Ciertamente, esos trozos del Medii debieran errarnos por poco o acertarnos en aproximadamente 24 horas, o al menos lo bastante cerca de ese tiempo para que estemos en el lado de la Tierra que reciba el impacto.
Cuando terminó ya no estaba hablando para sí mismo y por primera vez desde que empezó la catástrofe había quitado los ojos de la Luna y estaba mirando a su hija y al médico.
Que lo estuviera haciendo no era excepcional. Por todo el lado vespertino de la Tierra las personas que habían estado levantando la vista hacia el cielo estaban ahora mirándose unas a otras en derredor.
Las Islas Británicas y el Africa Occidental perdieron el espectáculo. Allí la Luna, poniéndose cerca de la medianoche, había estado abajo por una buena hora.
En Asia y la mayor parte de la Unión Soviética era de día.
Pero todo el Hemisferio Occidental —todas las Américas— tuvo una clara visión de ello.
La primera consecuencia notoria fue el rumor, propagado como el incendio de una pradera, que los comunistas rusos estaban probando bombas destructoras de planetas en la Luna, o que la Tercera Guerra Mundial había ya comenzado allí. Este rumor persistió mucho después de que Conelrad estuviera en el aire y el Plan contra el Desastre Nacional en operación. En el Hemisferio Occidental se metamorfoseó en el rumor de que los capitalistas norteamericanos, siempre indiferentes a la seguridad de la raza humana e invariablemente despilfarradores de los recursos naturales, estaban arrebatando la Luna, devastando la única Luna de la Tierra para satisfacer los vehementes anhelos de insensatos bolsistas y dementes generales de artillería.
De una manera menos manifiesta, pero igualmente rápida, los telescopios del occidente empezaron a ordenar los trozos del Sinus Medii y a hacer preliminares cálculos de sus particulares trayectorias. Organizados aficionados vigilantes de meteoros prestaron importante ayuda, especialmente manteniendo al día, minuto a minuto, el mapa de la avanzante mezcla de trozos.
Muy afortunadamente para el mundo, prevaleció el tiempo claro, la envoltura de nubes en todas partes estaba en un mínimum —aun cuando en todo caso las nubes no podrían haber puesto obstáculos probablemente al más importante involucrado— eso con respecto al satélite de 24 horas que colgaba a 22.100 millas sobre el Océano Pacífico, al sur de Méjico.
Primeras observaciones sumadas a esto: dirigida hacia la Tierra estaba una mezcla de trozos variantes en tamaño de un planetoide de noventa millas de diámetro, una docena de fragmentos de diez o más millas de través, con una masa de unas sesenta veces la medida de una milla cúbica, y probablemente alguna cantidad de trozos más pequeños más una tenue nube de cascajo y polvo de la Luna. Llegarían a la inmediata vecindad de la Tierra en casi exactamente un día, conforme, señaladamente, al cálculo aproximativo del profesor McNellis. Los que entraran en la atmósfera de la Tierra lo harían a una velocidad pequeña para los meteoritos, pero suficientemente grande para consumir a los más menudos y garantizar que los trozos grandes, poco retardados en el aire a causa de su fuerte masa relativa a la parte transversal, darían contra el suelo o los mares con velocidades de choque de cerca de seis millas por segundo. El golpe estaría casi enteramente limitado al Hemisferio Occidental, agrupándose alrededor del meridiano 20.
Tan pronto como fue hecha pública esta última noticia, las línea aéreas transoceánicas fueren asediadas por personas cargadas de dinero para pasajes y sobornos, y muchas ciertamente escaparon al otro lado de la Tierra antes que la mayor parte de los aviones comerciales hubieran partido o aterrizado. Mientras tanto numerosos aviones particulares despegaban para emprender vuelos transoceánicos fantásticamente peligrosos.
Fue bueno que los telescopios de las Américas se pusieran a trabajar rápidamente. En seis horas la rotación de la Tierra los había llevado fuera del alcance de la vista respecto a la Luna y el enjambre del Sinus. Primero los rusos y Asia, después Europa y Africa, entraron en la noche y tuvieron su visión de la catástrofe que se abatía con violencia.
A la sazón los trozos procedentes de los tres sitios de explosión del borde occidental de la Luna se habían alejado lo suficiente para ser casi indiscernibles entre las estrellas. Pero el enjambre del Sinus, invariablemente creciendo en tamaño aparente y gradualmente extendiéndose en forma de abanico, ofrecía un brillante espectáculo; los que estaban frente a la oscura mitad de la Luna moteándolo con puntos de luz, los de en frente de la brillante mitad más difíciles de distinguir pero los más grandes visibles como oscuras manchitas, mientras que los que se habían extendido mucho formaban un titilante halo alrededor de la Luna.
Telescopios asiáticos y rusos, luego europeos y africanos empezaron la tarea de seguir las trayectorias de los trozos, hábilmente completando el inapreciable trabajo del telescopio lunar del satélite de 24 horas, el cual mantuvo una constante corriente de observación excepto por las dos horas que el interpuesto bulto de la Tierra le impidió la visión del enjambre del Sinus. El telescopio del satélite fue especialmente útil porque, observando en turnos radio sincronizados en tándem con un telescopio de la Tierra, pudo proporcionar triangulaciones sobre una base de unas 25.000 millas de longitud.
Con incrédulos temblores de alivio gradualmente se hizo evidente que el planetoide de 90 millas y varias de las otras grandes partes del enjambre iban a pasar velozmente más allá de la Tierra por el lado fuera del Sol. Al principio habían parecido ser los que estaban más a tiro, pero puesto que estaban en ángulo recto con su velocidad comunicada por la explosión todos ellos también recibían la propia velocidad orbital de la Luna de dos tercios de una milla por segundo, y derivaban invariablemente hacia el este. Unos cuantos pudieran, quizás, perturbar la capa más alta de la atmósfera, inflamándose a su paso, y la totalidad de ellos entrarían en largas y estrechas órbitas elípticas alrededor de la Tierra, algunos de ellos quizás yendo más despacio y cayendo en un lejano futuro, pero eso ahora de una importancia menos que nula.
Era en los trozos que aparentemente habrían de errar la Tierra por una gran distancia marchando hacia el oeste, donde estaba el peligro. Porque éstos inevitablemente derivaban hacia el Este también, poniéndose a tiro.
Con enloquecedores pero inevitables retrasos los más grandes trozos del centro del blanco fueron ordenados y los puntos de sus impactos calculados aproximativamente, con más estrecha aproximación, y finalmente examinados de una manera minuciosa. Una vez dada, una orden de evacuación no puede ser efectivamente anulada, y un error de veinte millas en el calculado punto del impacto significaría la huida de muchos evacuados hacia una muerte segura.
Al anochecer, en Londres era manifiesto que un trozo de más de diez millas de diámetro daría en alguna parte del sur del Pacífico y un trozo de más de una milla en el noroeste de América o la Columbia británica.
Estos dos trozos eran de especial interés, porque eran los que las naves de reconocimiento lunar rusa y norteamericana escogieron para seguirlos finalmente.
Ambas naves de reconocimiento tuvieron la buena fortuna de esquivar las explosiones, y las dos tenían amplias reservas de combustible, ya que originalmente se había proyectado que cada una cambiara la órbita varias veces durante el reconocimiento. Tan pronto como fueron conscientes de las explosiones y sus consecuencias cada piloto independientemente juzgó que la máxima utilidad estaba en emparejar trayectorias con el enjambre del Sinus y seguirlo hacia la Tierra. Por consiguiente se separaron de sus órbitas circumlunares y volaron hacia la titilante mezcla de roca lunar entre ellos y el brillante semicírculo azul celeste de la Tierra, para ellos en su fase media. Luego que, exponiéndose a colisiones con cabos de fragmentos, pudieron informar que habían alcanzado el enjambre, sus señales de radio fueron de particular utilidad determinando la trayectoria del enjambre, completando las observaciones telescópicas.
Pero la tarea de propia imposición de las naves de reconocimiento había de hacerse aún más peligrosa. Exactamente emparejando trayectorias con un gran trozo —cuestión mayormente de trabajo de vista y delicados vuelos de corrección— y entonces manteniendo ese curso por cosa de minutos, las señales de radio de la nave de reconocimiento ofrecían a las estaciones de la Tierra una exacta posición sobre ese trozo y su marcha, aun cuando al principio hubo confusiones en cuanto a con cuál trozo, juzgando por el telescopio, la nave de reconocimiento estaba emparejando órbitas. Después de eso fue para los pilotos cuestión de volar cuidadosamente hacia el inmediato trozo más grande, exponiéndose a colisiones con menores fragmentos a cada momento, y emparejando trayectorias con ese.
Durante su final emparejamiento de trayectorias, la nave rusa convenció a las estaciones de la Tierra de que el trozo de más de diez millas aterrizaría a mitad de camino del libre Pacífico entre la Baja California y la Isla de Pascua y entre las Galápagos y las Marquesas, Avisos de olas gigantescas habían salido hacia las islas del Pacífico y las áreas costeras, pero eran ya seguidos de más precisas alarmas.
Inmediatamente después de eso la nave rusa quedó fuera de contacto por radio a 30.000 millas sobre el ecuador, posiblemente decentada por uno o más trozos mientras volaba oblicuamente hacia el interior de una órbita circumterrestre. Su exacta suerte como agregado material nunca se supo, pero su acción estaba guardada como una reliquia en los corazones de los hombres y ayudó a erigir la estructura de la Guardia de Meteoros Internacional.
Veintidós minutos después el satélite de 24 horas tuvo su propio choque inicial con el borde occidental del enjambre. Fue dos veces agujereado, pero el adaptado personal efectuó reparaciones. Un hombre del equipo de radar resultó muerto y el telescopio lunar fue destrozado.
Mientras tanto las dos Américas tenían una sin igual visión del enjambre del Sinus a medida que la propia línea de sombra de la Tierra se trasladaba de Arecife a Quito y seguía adelante desde Halifax a Portland. Mientras que se acercaba a su «confortable» posición de errada de la Tierra por una distancia de 15.000 millas, el «Vermont cubicado», trozo de 90 millas, alcanzó el aparente tamaño de una mellada luna de la Luna, tomando una forma semejante a una punta de flecha de piedra. Feroces indios pintados con hollín respondieron tirándole dardos de púas desde las bandas del Orinoco, mientras que en Walpi y Oraibi, los kachinas hopi cubiertos con blancas máscaras seguían danzando imperturbablemente hora tras hora.
En todas partes de los Estados Unidos las familias estaban sentadas al raso o dentro de sus coches, escuchando a Conelrad, preparadas para marchar si se las avisaba. Ya algunas estaban saliendo en fila como desalojadas hormigas de reconocidos puntos de peligro, atestando carreteras y vías férreas, llenando enteramente los interiores y pegándose a los exteriores de carruajes, autobuses y coches particulares, muchos simplemente andando o corriendo con inquietud, con sus radios portátiles murmurando; la mayor parte de los fugitivos procuraban seguir el insistentemente repetido consejo de Conelrad de «permanecer atentos para ulteriores posibles revisiones de los puntos de impacto locales».
En unas cuantas ciudades hubo un totalmente ordenado movimiento hacia el interior de los refugios de protección contra las bombas. Los tropeles, tumultos y otros disturbios fueron pasmosamente pocos; el asombroso espectáculo del cielo en la noche parecía tener un efecto inhibitorio.
Las reacciones raras se dieron esparcidamente. Unos fraccionados grupos religiosos y devotos de diferentes cultos se congregaron en cimas de colinas para observar el Juicio de Dios sobre Sodoma y Gomorra. Otros hacían lo mismo simplemente por puntillazo, por lo regular con ayuda del alcohol. Un grupo de la villa de Greenwich dirigió unos solemnes ritos sobre el tejado para aplacar a la Triple Diosa en su papel de Diana la Destructora.
Durante la última hora varios aeropuertos fueron invadidos por bandas de supervivencia y muchedumbres convencidas de que sólo las personas que estuvieran en el aire cuando el enjambre batiera sobrevivirían al sacudimiento del impacto, y unos cuantos sobrecargados aviones, algunos con provisiones y pertrechos de guerra, despegaron trabajosamente o estallaron en el intento.
Tom Kimbro dirigía la nave de reconocimiento de los Estados Unidos a lo largo del curso final del trozo de más allá de una milla, manteniéndose aproximadamente a un cuarto de milla al oeste del áspero y grisáceo lado. Mientras su fluctuante radio emitía señales con rítmicos sonidos, profirió un mensaje a través del circuito de la voz:
—La nave está perdiendo aire. Debe haberse formado una hendedura con el último topetazo. Pero estoy seguro con mi traje. Mientras salía de detrás de la Luna en mi última vuelta, adelantándome hacia la línea de sombra y el Nectaris y poco antes de que avistara el frente violado y los trozos del Sinus elevándose al sur, creo que distinguí «sus» naves alejándose velozmente del Sol. Había cinco de ellas —naves de esqueleto— podía ver las estrellas a través de ellas, con chorros verdosos apenas visibles. Hicieron estallar esos explosivos como uno haría estallar triquitraques para asustar a los perros. No sé. Den mis cariñosos recuerdos a Janet.
Inmediatamente después de eso felizmente giró al oeste hacia el interior de una entrenadora órbita e hizo bajar la nave sin peligro al día siguiente en las planicies de sal, de Utah. Su final emparejamiento de trayectorias había ayudado a fijar el exacto sitio cerca del centro del Estado de Washington donde aterrizaría el Gran Trozo.
La Luna está constituida de roca que da un promedio de un poco más de tres veces tan pesada como el agua. El Gran Trozo tenía una masa de algo más de mil millones de toneladas. Su impacto a una velocidad de casi seis millas por segundo libertaría una energía cruda equivalente a aproximadamente 1.500 nominales bombas atómicas (del tipo de la de Hiroshima), nada inimaginable en una era de bombas de fusión. No habría el inicial fogonazo cromático y electromagnético (calor, luz, rayos gamma) de un arma atómica. Se elevaría una característica nube en forma de hongo, pero el resultado sería limpio, falto de sustancias radioactivas. La onda de la explosión sería la misma, la sacudida de la Tierra más fuerte.
El Gran Trozo sería sólo uno de varios casi tan grandes que darían en el Hemisferio Occidental junto con casi innumerables otros meteoritos lunares, muchos de ellos suficientemente grandes para producir energía de impacto del orden de la bomba atómica.
Mientras el enjambre del Sinus recorría los últimos pocos cientos de millas para hacer impacto o pasar cerca, brillando con reflejada luz del sol en el cielo nocturno de la Tierra como otros tantos astros recién nacidos, unos cuantos mostrando melladas formas, había una sorprendente transformación. Empezando (para los miradores norteamericanos) con las que se dirigían hacia el sur, pero rápidamente atravesando el cielo hacia el norte, las luces del enjambre del Sinus se debilitaban con trémulo centelleo a medida que los trozos se sumergían en la sombra de la Tierra. Para los observadores era como si los trozos hubieran desaparecido. Algunas personas se postraron de rodillas y dieron gracias, creyendo que habían presenciado un milagro, una intervención divina de última hora. Luego, de nuevo adelantándose hacia el sur, chispas de un rojo oscuro empezaron a brillar casi donde habían estado las luces del Sinus y con el mismo patrón general, mientras que los trozos entraban en la atmósfera y se calentaban cerca del punto de incandescencia por la fricción con las moléculas del aire.
Comenzando en la California meridional, pero rápidamente desplegándose en abanico hacia el norte y el este, cada Estado de la federación americana tuvo su propio Chubasco del Gran Sinus. Fajas y colas deslumbrantes, brillos de la ionización, soflamas de calor, silbidos y estruendos extraños en la radio que procedían del suelo mismo (vigorizados por macizas emanaciones de radio de las colas de trozos de la ionosfera), explosiones en el aire mientras unos cuantos trozos torturados por el calor estallaban, luego las hirvientes y ensordecedoras ondas de explosión de los impactos, estampidos de los meteoros mientras que el estruendo de su paso finalmente alcanzaba a los trozos, nubes de polvo que se elevaban a borbotones para cubrir a las estrellas con grisácea manta, vientos salvajemente arremolinantes, retumbos repetidos por el eco.
Después, al fin, silencio.
Todos los Estados de la federación norteamericana tuvieron sus desastres, heroísmos y monstruosidades. Setecientas muertes fueron subsiguientemente comprobadas, horriblemente arreglando de una vez por todas la fútil discusión en cuanto a si un ser humano había sido alguna vez realmente destruido por un meteorito, y se suponía que por lo menos trescientos más perecieron sin ser registrados. La ciudad de Globe, Arizona, fue destruida por un directo choque después de una evacuación loablemente ordenada y completa. Tres telefonistas de una población próxima a Emporia, Kansas, y cuatro hombres del equipo de radar de una estación de temprano aviso al norte de Milwaukee permanecieron en sus puestos enviando avisos de SALGAN por teléfono y haciendo observaciones de última hora hasta que fuese demasiado tarde para escapar físicamente de sus sitios de punto de impacto. Los vecinos de una aldea de Saskatchewan tomaron la carretera 9 en dirección a la muerte, en lugar de la carretera 5 hacia la seguridad, víctimas de la descuidada pronunciación de alguien. Un Douglas DC-9 fue batido y destrozado en el aire. Un golpe en el Panhadle de Texas desprendió un pozo de petróleo. Un barrio de 25 manzanas cuadradas del lado meridional de Chicago, empizarrado tiempo ha para espacio libre, fue arrasado por los meteoros.
Excepto en el espacio de millas de los principales puntos de impacto, la sacudida de la Tierra fue asombrosamente ligera, menor que la de un gran terremoto, las señales de los sismógrafos no indicando en ninguna parte liberaciones de energía de más de 5 grados en la escala de Richter.
Las gigantescas ondas no obraron totalmente de acuerdo con lo esperado tampoco y aun cuando, según algunos cálculos el Trozo del Pacífico, debiera haber elevado el nivel del agua de los océanos de la Tierra en cuatro centésimas de pulgada, este crecimiento no fue comprobado por las subsiguientes mediciones. Ni fue creada en el Pacífico ninguna isla de roca lunar de millas de elevación; únicamente el Bajío del Sinus, formado por el desmenuzamiento del Trozo del Pacífico al hacer impacto y el esparcimiento de los fragmentos por el fondo. Nunca se volvió a tener noticia de los diversos barcos de pesca, yates particulares, y un pequeño buque de vapor que estaba en la mar cuando ocurrió el impacto, y que probablemente fueron tragados por las aguas. Otro buque resultó con el envés roto a consecuencia de la primera gigantesca oleada y se hundió, pero la tripulación, felizmente, abandonó el barco y sobrevivieron todos sus componentes, como también tres personas en una balsa. Estas últimas afirmaron después haber visto el Trozo del Pacífico a corta distancia «colgando en el cielo como una montaña candente». Horas después, las playas de California, mejicanas y sudamericanas, fueron cubiertas por las aguas de un modo impresionante y hubo alguna pérdida de vidas humanas en las Islas Hawai, si bien los habitantes del 50 Estado se interesaban entonces mucho más en la erupción volcánica que había sido provocada por el extraño azar de algún trozo grande de la Luna cayendo dentro de uno de los cráteres del volcán Mauna Loa.
Alaska, la Siberia oriental y la mayor parte de las islas del Pacífico informaron sobre estruendos de meteoros oídos de día y también de algunos dispersos impactos —incluyendo los espectaculares penachos de rociada de los golpes en el océano— mientras que por una casi divertida coincidencia las muy alejadas ciudades de Canberra, Yokohama, y la población de Ikhotsk estaban cada una simultáneamente aterrorizadas por un meteoro de día que relucía y devoraba millas (¡algunos decían yardas!) por encima de los tejados y entonces, según se decía, se fue hacia el interior del espacio otra vez sin chocar con ningún lugar.
Janet McNellis, su padre, y el doctor Snowden lucharon felizmente contra la ráfaga de Washington sin gran incomodidad dentro del refugio subterráneo del profesor, aun cuando el médico siempre miraba con un poquito de aspereza a la gente que hablaba de los «triviales» efectos convulsivos del Chubasco del Gran Sinus. Al amanecer el polvo se había aclarado suficientemente, la gran nube en forma de hongo apartándose hacia el este, de modo que desde allí en la cima de la colina tenían una clara visión de un considerable segmento del área de la ráfaga, en la margen de la cual habían sobrevivido.
La casa detrás de ellos tenía las paredes y el tejado algo abollados, pero no se había derrumbado. Los cristales de todas las ventanas habían estallado, aun cuando ellas habían sido dejadas abiertas antes del impacto. En todas partes la pintura blanca estaba suavemente oscurecida de verde, como por un gigantesco cepillo aéreo; como si el gran puño de la onda de la explosión hubiera llevado un verde guante de hojas y agujas de pino.
Los desnudos árboles de los cuales éstas habían sido quitadas marchaban desconsoladamente ladera abajo. Aproximadamente a una milla de distancia estos derechos esqueletos de madera empezaban a ceder en un ilimitado llano de árboles caídos de desnudo tronco que la ráfaga había peinado tan primorosamente como lacio cabello. Mientras uno los observaba se bacía evidente que los caídos troncos irradiaban de un centro de explosión detrás del horizonte y a unas quince millas de distancia.
—¡Exactamente como las fotografías tomadas por Kulik del sitio del impacto del Gran Meteoro Siberiano de 1908! —comentó el profesor McNellis.
—Saben —observó Janet—, no creo que vaya a tener más pesadillas de la Luna. —Suspiró y se acomodó la chaqueta más ajustadamente al cuerpo.
—No me figuro que las tenga —dijo cuidadosamente el doctor Snowden—. La Tierra ya ha recibido la advertencia de la cual sus sueños telepáticos y los de muchos otros, fueron una previsión.
—¿Cree usted que realmente eran telepáticos? —preguntó escépticamente Janet.
El doctor Snowden hizo una seña afirmativa.
—Pero ¿por qué una advertencia? —demandó el profesor—. ¿Por qué semejante advertencia? ¿Por qué al menos no hablarnos a nosotros primero?
Parecía estar haciendo las preguntas más a los desnudos troncos de árboles que a su hija o al médico; sin embargo, éste arriesgó una especulativa respuesta.
—Quizás ellos no creen que valga la pena hablarnos, que sólo merecemos que nos asusten. No sé. Tal vez ciertamente nos hablaron, tal vez eso era lo que los sueños fueron. Pudiera ser una raza telepática, usted sabe, y dar por supuestos los mismos medios de comunicación. Quizás lanzaron sus ráfagas de intimidación después que no les contestamos, o parecimos hacerlo locamente.
—Sin embargo, semejante advertencia…
—Quizás creían que era exactamente lo que merecíamos —se encogió de hombros—. Al fin y al cabo, debemos parecer una amenazante especie de algún modo; tratando de alcanzar las estrellas cuando estamos todavía inseguros en cuanto a si no sería mejor que una mitad de nuestra raza destruyera a la otra mitad. —Suspiró—. Por otra parte —dijo—, quizás algunos de los seres vivientes con los cuales compartimos el universo, sencillamente no son cuerdos según nuestras normas. Acaso si supiéramos todo lo que pudiésemos saber de ellos con nuestras limitadas mentes, todavía los consideraríamos locos. No sé. Lo que ciertamente sabemos al presente es algo que debiéramos haber sabido todo el tiempo: que no somos los únicos habitantes de la galaxia y obviamente no —todavía no— los más poderosos.
Fin