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    OBSERVACIONES

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    ESPEJISMO (Robert Bloch)

    Publicado el martes, octubre 25, 2016
    EL ASTEROIDE NO TENÍA NOMBRE, a menos que uno quisiera emplear la palabra de cuatro letras con la que Chuck lo había designado mientras enfilaba la nave hacia él. A Barwell no le gustó la palabra, como no le gustaba ninguna de las que Chuck usaba. Tiempo atrás, antes de los viajes espaciales, la gente que tenía un vocabulario tan limitado e insípido como el de Chuck era descrita a menudo como «mundana». Barwell se preguntó cómo debería llamarse hoy: ¿Planetaria? ¿O asteroidea?

    No tenía importancia. Lo que importaba era que Chuck había resultado ser un típico explorador espacial. Algún día él y sus compañeros se convertirían probablemente en leyenda como heroicos pioneros interplanetarios, al igual que habían sido mitificados los antiguos norteamericanos del oeste. Canciones y sagas se escribirían en torno a sus exploraciones temerarias, su atrevida visión, su lucha por la libertad, su esfuerzo por conquistar las estrellas.

    Pero un hombre como Barwell, que tenía que vivir con ellos ahora, sabía que los exploradores espaciales no eran probablemente diferentes de sus contrapartidas terrestres. Mal adaptados, antisociales aberrantes que huían de las responsabilidades de la sociedad organizada y de los castigos de la ley. Buscaban los cielos no por anhelo poético, sino huyendo de las deudas, cargos por extorsión asesinatos, citaciones judiciales... y lo que esperaban encontrar no era las bellezas naturales sino la rapiña. No eran instados por la razón sino por el afán de pillaje... y como la mayoría de ellos eran torpes e incultos, les tocaba por compañeros hombres como George Barwell, a fin de equilibrar la balanza con la aportación de su inteligencia.

    Quizá, razonaba Barwell, estaba siendo injusto. Chuck, como la mayoría de sus contrapartidas, era más que fuerte; poseía coordinación natural, natural comprensión que se manifestaba en las aptitudes mecánicas. Era, en una palabra, un piloto jodidamente bueno, al igual que los patanes del viejo oeste a menudo habían sido jodidamente buenos montando a caballo, conduciendo diligencias, marcando ganado, cazando y explorando. Lo que les faltaba de raciocinio estaba al cargo de Barwell. Juntos formaban un equipo... cerebro y cerebelo, más una medulla oblongata psíquica compuesta de una fusión de cualidades diversas.

    Sólo que, cuando aterrizaron sobre el asteroide, Barwell estaba ya jodidamente asqueado de las palabras de cuatro letras de Chuck. Chuck tenía una palabra de cuatro letras para cada cosa durante la larga travesía: para describir la comida, el confinamiento en la estrecha cabina de la nave, su necesidad para una descarga sexual. Chuck no hablaba sobre nada más ni estaba interesado en otra cosa.

    Los gustos de Barwell corrían hacia lo poético; el viejo estilo poético de tiempo atrás, completado con rima, metro y onomatopeyas. Pero era absurdo mencionarlo a propósito de Chuck; si se le hubiera citado un título como La carga de la Brigada Ligera, Chuck habría pensado que se trataba del suministro de narcóticos de algún regimiento. Y en cuanto a La agonía del último juglar...

    No, no era fácil para Barwell mantenerse en silencio y permitir que Chuck lo dejara con la palabra en la boca. En cuanto a... los depósitos minerales que iban a buscar y el... dinero que sacarían en cuanto volvieran a... Cúpula Lunar y lo contaran a todo quisque...

    Para Barwell era más fácil guardar silencio, aunque no demasiado fácil. Y cuando se aproximaron a la superficie del asteroide estaba ya hasta las narices de su compañero y sus pedestres aspiraciones. Si George Barwell hubiera invertido su pequeña herencia en una nave de segunda mano a fin de manipularla él solo, no habría dado resultado porque él quería la riqueza para compensar sus instintos agresivos contra la sociedad. Sabía exactamente lo que hacer con su dinero, si la empresa tenía éxito. Se compraría un pequeño lugar más allá de Plutón y se forjaría un interplanetario lago de Walden. Se instalaría allí para escribir poemas al viejo estilo; no el intermedio verso libre de la primera época espacial ni la síntesis fonética de hoy, surgida de lo que los entendidos llamaron un día «jazz progresivo». Esperaba también hacer alguna erudita y costosa investigación con las inapreciables grabaciones de las canciones populares olvidadas.

    Pero no había tiempo para tales especulaciones ahora, ni tampoco tiempo para la poesía. Rozaban ya la superficie del asteroide, con el piloto automático desconectado, claro, mientras los instrumentos calibraban la gravedad, el oxígeno, la densidad, la radiación, la temperatura y todo lo demás. Chuck estaba a los mandos, listo para tomar tierra en cualquier momento.

    Barwell comprobó el registro de los resultados y los estudió.

    —Todo saldrá bien —murmuró—. Uno y cuarto de gravedad no es problema. Pero tendremos que ponernos las burbujas. Y...

    Chuck sacudió la cabeza.

    —Muerto —murmuró. Aquélla era una de las cosas nefastas que había en un viaje de tal jaez... ambos habían adquirido el hábito de murmurar; no conversaban realmente, se limitaban empero a vocalizar un monólogo interior— Todo muerto, desierto y montañas. Claro, buscamos las montañas pero, ¿por qué tiene todo que estar muerto?
    —Porque es un asteroide. —Barwell se dirigió a un punto desde el que gozara de visión—. Raramente se encuentran depósitos minerales en cuerpos habitados.

    Su, mente jugo a las usuales paradojas, contradiciendo su afirmación. Pensó en los depósitos minerales que había visto en forma de oro y diamantes, ornando las mujeres de la ciudad de la Cúpula Lunar; depósitos minerales en cuerpos muy habitados. Y tal pensamiento le permitió todavía otro; las premisas subyacentes en la mayoría de las novelas espaciales que había leído, o, para el caso, el llamado «relato objetivo» de un viaje espacial. En casi todos ellos se hacía hincapié en la emoción y el desafío implicados en los vuelos expedicionarios. Pocas eran lo bastante sinceras para presentar la realidad de la perspectiva del hombre espacial: la constante frustración física. Cuando arribara a su interplanetario lago de Walden, se aseguraría de llevar consigo alguna compañía femenina. Todo viaje espacial tendría que estar provisto de soluciones sexuales. Aunque satisfacer la libido costaba dinero. Libídine masticable.

    — ¡Mira! —Chuck no murmuraba ahora, sino que gritaba. Y apuntaba al visor de proa.

    Barwell miró abajo.

    Se trataba de una elevación de una media milla, sobre el desierto, y del blanco cielo ardiendo impíamente sobre una infinita extensión de soledad... la chata, monótona extensión de la arena o detritus como un apacible lago sin surcos. Un lago en el que los gigantes se bañaban, sumergidos hasta el cuello...

    Barwell los estaba viendo: cuatro gigantescas cabezas calvas en fila. Se volvió a Chuck.

    — ¿No decías que muerto? —murmuró—. Hay vida aquí. Compruébalo por ti mismo.
    —Son piedras —gruñó Chuck—. Sólo piedras.
    —A mí me parecen cabezas.
    —Lo parecen desde este ángulo. Espera, daré otra vuelta.

    La nave obedeció, planeando más bajo.

    —Estatuas —decidió Barwell—. Pero son cabezas, ¿verdad que lo ves?
    — ¡...! —exclamó Chuck. No fue una réplica, sino tan sólo una forzosa observación. Y ahora podía ver Barwell lo que el otro observaba. Las cuatro cabezas colocadas en la arena estaban esculpidas artificialmente y en las cuencas de los ojos brillaba un vivido resplandor.
    —Esmeraldas —murmuró Chuck—. ¡Esmeraldas tan grandes como ruedas de tren!
    —No puede ser —dijo Barwell sacudiendo la cabeza—, No hay tales concentraciones de estratificación...
    —Yo las veo. Y tú también.
    —Espejismo. Alguna clase de depósito ígneo...
    — ¡Pero qué...! ¿No puedes hablar en cristiano, como yo? —exigió Chuck—. No hay tal espejismo. Es real. ¿Quién ha oído jamás hablar de un espejismo con cabezas calvas? Se puso a bufar y atendió los mandos.
    —Pero, ¿qué crees que están haciendo?
    —Preparar el aterrizaje, eso es todo.
    —Espera un momento...
    — ¿Para qué? Oye, son esmeraldas...
    —Muy bien, haz lo que te parezca. —El tono de Barwell fue suave pero algo en él provocó la vacilación de Chuck.
    —Pensemos algo un instante —continuó—. Tenemos que lo que hay allí son cabezas de piedra. Y que en sus ojos hay alguna clase de ornamento.
    — ¡Esmeraldas, leche!
    —Ésa es cuestión secundaria. Lo importante es que las estatuas no han brotado por generación espontánea.
    — ¿Querrías hablar como Dios manda?
    —Alguien ha tenido que hacer las estatuas. ¿No lo ves? Tiene que haber vida ahí abajo.
    — ¿Y qué?
    —Y aterrizaremos a una distancia prudencial. Y saldremos armados. Armados y con cautela.
    —De acuerdo. Y cualquier cosa que asome la cabeza, me lo cepillo.
    —No te cepillarás nada. No hasta que no sepas de que se trata y si manifiesta o no hostilidad.
    —Dispara primero y pregunta después.

    Chuck repetía el código que era más viejo que las montañas. El único indio bueno es el indio muerto. ¿Es el prejuicio un mecanismo de supervivencia?

    La respuesta automática e instantánea de Chuck ante cualquier cosa nueva o distinta era la destrucción. La de Barwell sería investigar e intelectualizar. Se preguntó cuál de las dos era la reacción correcta y luego decidió que dependía de las circunstancias personales. Pues uno nunca debe generalizar, porque todo es único... y hasta esto es una generalización.

    De todos modos, Barwell cogió las armas mientras Chuck se preparaba para aterrizar. Abrió el compartimento y extrajo los trajes y cascos en forma de burbuja. Comprobó el conducto de oxígeno de las botellas. Echó mano de los cinturones alimenticios. Sacó el calzado. Y todo el rato estuvo sumergido en su corriente de conciencia. Las burbujas subían.

    Colón, abrochándose la coraza antes de poner los pies en San Salvador... Balboa, que hacía el voyeur, mirando a hurtadillas un pico de Darién... Henry M. Stanley, presumiblemente con el doctor Livingstone... la primera huella sobre la luna y el primer hombre que garrapateó Kilroy estuvo aquí y desfiguró el paisaje lunar con una interjección obscena... una lejana memoria de las colinas de California y un mensaje medio borrado escrito sobre la roca: Ayudadme a extinguir la realidad... ¿qué valdría esta tierra si aquello eran esmeraldas?... Islas Esmeralda... cuando los ojos irlandeses están inyectados en sangre, de veras, es como... pero los ojos no eran esmeraldas, era un espejismo... un espejismo con cabezas calvas... un milagro de conveniencia. ¿Qué piensas cuando estás a punto de aterrizar en un mundo ajeno y extraño? Piensas que sería maravilloso estar de regreso en la ciudad de la Cúpula Lunar, instalado ante una buena comida de huevos deshidratados o pasando una mala noche con una mujer deshidratada. Mujeres en polvo. Una nueva receta. Añádase agua y agítese. Sirve para dos ocasiones. En eso estás pensando, en eso es en lo que siempre piensas.

    ¿Y Chuck? ¿En qué estaba pensando él?

    —Lo mejor será que uses el tubo de relevo antes de ponerte el traje y salgas —gruñó Chuck.

    Ése era Chuck: el hombre práctico.

    Y con esa observación, la expedición propiamente dicha tuvo su comienzo.

    El sudor al abrir la compuerta. El esfuerzo de bajar la escalerilla para hacer pie. El contacto con la dura arena. Las silbantes corrientes de los tubos de oxígeno. El brillo cegador de la claridad exterior, hundiéndose en el cráneo a través de los ojos por largo tiempo acostumbrados a la penumbra. Nuevamente el sudor dentro del traje espacial, la tirantez muscular ante cada paso realizado, la pesadez de la botella de oxígeno y las armas. Oh, los pioneros...

    — ¡Oh...! —exclamó Chuck. Barwell no podía oírlo, pero como todo hombre del espacio, siempre permanecía atento. También había aprendido a mantener la boca cerrada, pero ahora, al volverse hacia las cabezas de piedra que se elevaban una docena de millas a la derecha, rompió su autoimpuesta regla del silencio.
    — ¡Han desaparecido! —exultó. Y entonces parpadeó, como si el eco de su propia voz replicara en el interior de la burbuja en que su cabeza estaba incrustada.

    Chuck siguió su mirada y asintió.

    Las cabezas habían desaparecido.

    No había posibilidad de fallo en los cálculos de aterrizaje. Chuck se había alejado diez o doce millas del lugar avistado. Y Barwell recordaba ahora que había permanecido largo rato mirando a través del visor mientras había estado preparando el traje y el casco. Las cabezas habían permanecido visibles entonces.

    Pero habían desaparecido.

    Nada en ninguna parte, salvo la extensión arenosa. Y muy a lo lejos, a la izquierda, las montañas.

    —Espejismo —susurró—.

    Era un espejismo a fin de cuentas. Chuck le leía los labios. Sus labios formaron una frase. No fue exactamente una frase... tan sólo una reacción obscena. Como por consenso que no necesita palabra, ambos hombres se volvieron a la nave. Subieron la escalera, cerraron las compuertas y se quitaron cansadamente los trajes.

    —Sufrimos locura espacial —murmuró Chuck—. Los dos. —Cabeceó—. Pero yo las vi. Y tú también.
    —Reemprendamos nuestro curso y sigamos adelante. —Barwell esperó hasta que vio asentir a Chuck. Entonces ocupó su puesto ante la pantalla y el tablero de mandos.
    —Métele mucho gas en el despegue —gruñó Chuck—. ¡Mierda de carraca!
    —Si encontramos lo que estamos buscando, podrás tener uno nuevo. Una flota entera —le recordó Barwell.
    —Claro. —Chuck hizo una prueba, luego se sumió en su tarea. Hubo un bandazo.
    —Tranquilo —recomendó Barwell. Chuck replicó con una sugerencia tan imposible como rayana en la indecencia, pero obedeció. La nave se deslizó rozando el suelo.
    — ¿Listo? —murmuró Barwell.
    —Eso creo.

    La nave se elevó y los dos hombres lanzaron una mirada abajo. Mirada abajo al vacío panorama.

    —Si Eliot estuviera vivo siquiera para verlo —se dijo Barwell en voz alta.
    —¿Quién?
    —T. S. Eliot. —Barwell se detuvo—. Un poeta menor.
    —T. S. ¿qué? —bufó Chuck. Luego se contuvo—. Bueno, ¿qué hacemos ahora?
    —Prosigamos la travesía. Nos dirigiremos a las montañas. De cualquier modo teníamos que ir allí. Chuck asintió y se volvió. La nave ascendió, ganando velocidad. Barwell contempló la aridez del desierto, y a continuación se refrescó dejándose sumergir en su corriente de conciencia. Bien: Colón quedó decepcionado con San Salvador también; no era realmente Asia. Y Balboa jamás puso el pie en ningún pico de Darién, salvo en el poema. Donde estuvo fue en el istmo de Panamá. Henry D. Stanley no pudo convencer al doctor Livingstone de que volviera con él, y el primer hombre que alcanzó la luna fue el primero en morir allí. Y no había mujeres deshidratadas, ni hidratadas tampoco. Agua, agua por todas partes y ni una gota para beber.

    Retornó el sentimiento de frustración y Barwell pensó en la única mujer que había amado de veras, deseando que estuviera junto a él de cualquier modo ahora, al igual que había permanecido a su lado en un tiempo remoto.

    — ¡Pero si están ahí! El grito de Chuck le secó las incipientes lágrimas de compasión, alejándola del torbellino del recuerdo. Barwell miró abajo. Las cabezas emergían del desierto que abajo se abría. Los inmensos ojos relampagueaban.
    —Vamos a bajar —le dijo Chuck.

    Barwell se encogió de hombros.

    De nuevo la interminable rutina. Pero esta vez fueron más precavidos: no abandonaron el visor para asegurarse de que las cabezas de piedra eran todavía visibles y aterrizaron a una milla escasa.

    Las cabezas seguían sobresaliendo.

    Luego fueron abiertas las compuertas, descendida la escalera y ellos salieron. Salieron al vacío.

    — ¡Se han largado!

    Ambos hombres murmuraron simultáneamente.

    Entonces caminaron, hastiados, las armas preparadas, a través de la árida explanada.


    Y retornaron de nuevo hastiadamente.

    En la cabina, interminablemente, arguyeron y discutieron.

    —Desaparecidas con el viento —suspiró Barwell—. Sólo que no hay viento.
    —No puede ser un espejismo. Vi las esmeraldas tan claro... —Chuck cabeceó—. Pero si lo es, ¿por qué mierda tiene que serlo a base de cabezas de piedra? De aceptar espejismos, yo preferiría...
    —Y procedió a describir sus preferencias en cuanto a espejismos muy gráficamente. Fue Barwell quien resolvió la situación.
    —Las montañas —dijo—. No perdamos más tiempo.

    De modo que se dirigieron a las montañas.

    Esto es, se acercaron a las montañas, planeando bajo y aterrizaron al pie de ellas. Miraron furtivamente la brillantez de la escena, pero no había cabezas de piedra; sólo el contorno de los grandes picachos en la distancia.

    Abandonando la nave, se dispusieron a ir a pie, a escalarlas y a maldecirlas. Pues al cabo no hubo sino juramentos murmurados. Porque no había nada que escalar. Las montañas eran sólo otra clase de espejismo... palpable, pero no sólido. Montañas de detritus, montañas de polvo en el que los dos hombres se hundieron rápidamente mientras hacían esfuerzos por retroceder.

    —Ceniza volcánica —dijo Barwell, a través del casco—. He aquí la respuesta.

    Chuck tenía otra respuesta pero Barwell la ignoró. Sabía que su búsqueda era quijotesca. No iba a haber depósitos minerales en el suelo inexistente de aquel asteroide; se trataba tan sólo de una gigantesca concentración de lava pulverizada viajando por el espacio y formada por la remota erupción de algún volcán de cualquier distante planeta. O eso o un subproducto meteórico. La explicación correcta no importaba. Lo que importaba era que allí no iban a encontrar ninguna clase de riqueza. Tendrían que regresar a la nave.

    Los dos hombres se volvieron, con los aseguradores de su calzado inútiles sobre la deslizante arena, mientras recorrían pesada y pausadamente una vez más la explanada. Podían ver en la distancia la mancha negra de la nave. Se hacía difícil caminar, pero siguieron adelante en tanto la mancha se agigantaba, el objeto agigantado se convertía en algo reconocible y el algo reconocible en...

    Chuck debió haberlo visto primero, porque se detuvo. Entonces miró Barwell. Incluso ante el molesto brillo se agrandaron sus ojos al mirar la nave; al contemplar el aplastado y retorcido casco que había sido destrozado...

    Entonces echaron a correr sobre el llano, lanzados a todo correr hacia la catástrofe. Todo pareció existir a una velocidad menor, como en una pesadilla, aunque la pesadilla continuó. Continuó cuando miraron abiertamente la plateada proa aplastada de forma increíble; y se mantuvo cuando ascendieron la escalera y encontraron cerrada la estrecha entrada.

    Se quedaron abajo, sobre la superficie arenosa, sin necesidad de pronunciar ninguna palabra. Ambos conocían la situación. Alimentos y agua para un día, si es que se atrevían a quitarse los cascos para ingerirlos. Oxígeno para quizás otras doce horas como mucho. Y luego...

    No había forma de reconstruir lo sucedido, ni por qué ni cómo. Todo lo que ahora parecía importante era el fait accompli.

    «Destino accompli» (2), se dijo Barwell. Y eso fue todo lo que pudo decirse o confiarse a sí mismo. Contemplando los aplastados costados de la nave espacial, experimentó la sobrecogedora sensación del horror. Pues el fenómeno era ajeno.

    Ajeno. Una superusada y mal usada palabra, que no podía expresar lo inexpresable. Ajeno: extraño. Extraño para comprender, extraño para la comprensión humana. Barwell recordó la definición de Arthur Machen del verdadero mal: cuando las rosas cantan.

    Cuando las rosas cantan.

    Quizás ajeno no sea siempre sinónimo de mal: pero algo había destruido la nave. No había viento, no había vida; sin embargo, habían caminado unas millas y habían regresado y la nave estaba destrozada.

    Las rosas estaban cantando. ¿Qué es una rosa? Barwell pensó en una poetisa muerta hacía mucho, Gertrude Stein. Una rosa es una rosa es una rosa. Y añadía: es el mal. Pero las rosas vivían, el mal vivía... ¿existía realmente lo impalpable? Una rosa con cualquier otro nombre...

    —Mierda, ¿qué ha pasado? —Chuck y la voz de la realidad. Él nada tenía que ver con rosas, neurosis ni cosa parecida. Él quería identificar al enemigo, localizarlo y golpearlo. Y con la vuelta a la realidad, Barwell (como una rosa) se marchitó.

    Era una situación a la que no podía aplicarse ninguna teoría, ni la más abstrusa especulación. La nave había dejado de existir. Habían varado con suministro de alimento y oxígeno para corto plazo. Una clara apelación a Chuck y sus instintos pioneros: ¿o se habría ido su instinto pionero también por tierra?

    Barwell vaciló desvalidamente, esperando que su compañero hiciera el primer movimiento. No un cetro que cambiara de manos, sino la compartida sensación de que se trataba de una abdicación. El rey ha muerto, larga vida al rey. Por lo menos, durante otras veinticuatro horas.

    Ambos sabían que no valía la pena gastar oxígeno intentando hablar. Cuando Chuck se volvió hacia el espejismo montañoso, Barwell lo siguió sin siquiera mover sus labios para dar su consentimiento. Al menos allí habría sombra y refugio. El desierto no tenía nada que ofrecerles. El desierto era el vacío y todo él un espejismo. Una vez más, Barwell pensó en un lago.

    Lago. Mientras caminaba tras la figura de Chuck, se preguntó qué ocurriría si —como en las antiguas novelas espaciales—, los alienígenas invadieran la Tierra. Serían enviados primeramente en grupos exploradores; quizás uno o dos de una vez, en naves pequeñas.

    Una vez establecida la premisa de que sus órganos corresponden más o menos a los de los humanos y de que proporcionan expresiones similares, ¿qué podrían sacar en conclusión desde una expedición que planeara sobre la tierra a una altura de unos cuantos cientos de millas?

    Lo primero que advertirían sería que la superficie de la Tierra posee algo más de tres cuartas partes de agua y menos de un cuarto de tierra. Así, la conclusión es lógica; si hay alguna vida, las oportunidades se inclinan porque la vida sea marina, o, en el mejor de los casos, anfibia. Los habitantes de los grandes mares debían ser las mayores y más inteligentes formas de vida. Conquista los peces y regirás el mundo. Una noción altamente sensible, verdaderamente.

    Pero hay veces en que no es el mejor sentido el que prevalece. Y si los alienígenas no hubiesen podido entender la existencia de la humanidad bruscamente, ¿cómo entonces iba a entender la humanidad la a-humanidad?

    En pocas palabras: ¿había vida en este asteroide, vida que Barwell no podía detectar?

    Mientras hay vida hay esperanza. Pero Barwell no tenía esperanza. Tenía apenas una premisa. Algo había destrozado la nave espacial. ¿De dónde había surgido aquello, adonde había ido? ¿Cómo ensamblarlo con la vida tal como él la conocía, dónde estaba la diferencia? Y el desierto... ¿era un desierto? Las montañas no habían sido montañas. Y el espejismo había sido...

    Chuck no se enfrascó derrochando palabras, ni siquiera las obscenas. Se limitó a volverse y aferrar el brazo de su compañero con un guante plastimetálico. Lo aferró duramente y se volvió, señalando con su mano libre. Señaló ante sí, a las cabezas de la arena. Sí, allí estaban.

    Barwell podía haber jurado que las cabezas no habían estado allí un momento antes. Pero allí estaban, recortadas contra la superficie arenosa, apenas a una milla delante de ellos. Incluso en la distancia se veían los ojos esmeraldinos brillar y relucir, brillar y relucir como ningún espejismo haría.

    Cuatro inmensas cabezas de piedra con ojos de esmeralda. Visibles para ambos; visibles para ellos ahora.

    Los labios de Chuck formaron una frase tras el casco.

    —Sigámoslas mirando —dijo.

    Barwell asintió. Ambos hombres caminaron hacia ellas, lentamente.

    La contemplación era intensa, fija en la lívida llama que despedían las monstruosas esmeraldas. Barwell sabía, o creía saber, lo que Chuck estaba viendo. Riqueza, infinita riqueza.

    Pero él veía algo más.

    Veía todos los ídolos de todas las leyendas; los ídolos con las cuencas llenas de joyas, que se desplazaban entre los hombres para maldecirlos y prodigar destrucción. Veía los monolitos de Stonehenge y las grandes estatuas de la Isla de Pascua y el pétreo horror bajo las aguas en la sumergida R'lyeh (3). Y las aguas le recordaron de nuevo el lago, y el lago de los alienígenas que podían concebir falsamente e interpretar mal las formas vitales de la Tierra, provocando en réplica un curioso concepto. Hubo una vez un hombre llamado Ouspensky que había especulado sobre la posibilidad de variedades de tiempo y diferentes clases de duración. Quizá también vivían las piedras, pero a un paso infinitamente lento en comparación con la carne, de modo que la carne no advirtiera la palpitación de la piedra.

    ¿Qué forma podría tomar la vida, si forjada en juego, naciera precipitadamente de la ígnea erupción de un volcán? Grandes cabezas de piedra con ojos de esmeralda...

    Mientras tanto, caminando lentamente, se acercaban más y más. Las cabezas de piedra eran seguidas con la mirada y no desaparecieron. Las esmeraldas brillaban y ardían y Barwell no pudo ya pensar; sólo podía mirar y de nuevo intentar sumirse en sus pensamientos. La fresca corriente de conciencia aguardaba. Pequeños retazos de pensamiento afloraron.

    Ojos esmeraldinos. Su amada tenía ojos esmeraldinos; a veces turquesa, a veces suave jade, pero su amada no era de piedra. Y ella se encontraba a muchos mundos de distancia y él se encontraba allí, solo en el desierto. Aunque no donde deseaba encontrarse... sumergirse ahora en la corriente, hacer uso de los fantásticos pensamientos para apartarse de la realidad aún más fantástica. Pensamientos de cualquier clase salvo de esmeraldas, pensamientos que envolviesen las estrellas remotamente olvidadas y una forma artística no menos remotamente olvidada, el cine; pensar en Pearl White, en Ruby Keeler, en Jewel Carmen y en lo que fuera, salvo esmeraldas; pensar en Diamond Jim Brady y las fabulosas piedras de la historia que los hombres desgajaban de la tierra por el amor de una mujer. El amor se encuentra rodeando el Kohinoor. Fe, la Diamantina Esperanza, y Caridad...

    Ojos esmeraldinos... Esmeralda y el Jorobado de Notre Dame... El título de Hugo era Notre Dame de París... la inmensa catedral con sus gárgolas de piedra... pero las piedras no miran... ¿o lo hacen? Las esmeraldas estaban mirando.

    Barwell parpadeó, sacudiendo la cabeza. Medio se volvió, advirtiendo que Chuck se había lanzado en frenética carrera a medida que se aproximaba a los cuatro fantásticos monumentos izados en la arena. Resoplando, lo siguió. Chuck no veía lo que veía él: eso era obvio. Incluso a costa de la vida, anhelaba las esmeraldas. Incluso a costa de la vida...

    Barwell se las arregló para alcanzar a su compañero. Lo cogió por los brazos y lo detuvo. Chuck lo miró mientras sacudía la cabeza y vocalizaba palabras.

    — ¡No te acerques más!
    — ¿Por qué no?
    — ¡Porque están vivos!
    —Absurdo. —No fue la palabra usada por Chuck, pero Barwell adivinó su significado.
    —Están vivos. ¿No los ves? Roca viviente. Con su inmenso peso, el desierto es como el agua, como un lago en el que ellos pueden sumergirse a voluntad. Sumergirse y reaparecer hasta la altura de sus cuellos. He ahí por qué desaparecían, porque estaban nadando bajo la superficie...

    Barwell sabía que estaba derrochando un oxígeno precioso, pero quería estar seguro de que Chuck iba a comprender.

    —Deben haberse acercado a nuestra nave, y después de examinarla la deben haber desechado.

    Chuck se giró y eructó otra palabra que venía a ser algo así como «absurdo», y se libró del apretón.

    —No... no vayas.

    Pero Chuck tenía el espíritu de los pioneros. Reflejo asimiento-garra-empuje-botín-rapto. Sólo podía ver las esmeraldas; los ojos que eran más grandes que su estómago.

    Y comenzó a correr las últimas quinientas yardas, por encima de la arena hacia las cuatro erguidas cabezas que aguardaban, contemplaban y aguardaban.

    Barwell se esforzó tras él... o intentó esforzarse. Pues solo pudo moverse hacia delante, advirtiendo mientras lo hacía que las inmensas cabezas de piedra estaban abolladas y erosionadas, pero no cinceladas. Ningún hombre ni ningún imaginable alienígena había esculpido aquellos semblantes. Pues no eran resemblanzas sino presencias. La roca vivía, la piedra sentía.

    Y los ojos esmeraldinos se movieron...

    — ¡Vuelve!

    Gritar era más que inútil, pues Chuck no podía ver su rostro tras el casco. Sólo podía ver las grandes caras delante de él y las esmeraldas sobre ellos. Sus propios ojos estaban cegados por el hambre, por una codicia mayor que la necesidad.

    Jadeando, Barwell alcanzó al corredor, dándole la vuelta. —No te acerques —le dijo—. No te acerques más... te aplastarán como aplastaron la nave...

    — ¡Mientes! —exclamó Chuck, girándose y apuntándole repentinamente con su arma—. Quizá sea también un espejismo. Pero las joyas son auténticas. Ya sé lo que te propones, tú... quieres quitarme de en medio, hacerte con las esmeraldas, reparar la nave y marcharte. Sólo que yo estoy primero porque ésa es también mi intención.
    —No... —balbució Barwell, advirtiendo al instante que algún poeta dijo alguna vez «Di sí a la vida», dándose cuenta simultáneamente de que no había tiempo para más afirmaciones.

    Porque el arma detonó y Barwell cayó al suelo; cayó en la corriente de conciencia y más allá aún, en la burbujeante negrura de la corriente de inconsciencia donde no había cabezas de piedra ni ojos esmeraldinos. Donde no había, ya nunca más, ningún Barwell...

    De manera que Chuck permaneció sobre el cuerpo de su amigo caído, al pie de la gran cabeza de piedra; permanecer y sonreír triunfalmente mientras el humo de la combustión ascendía como delante del altar de algún dios.

    Y como un dios gigantesco, la piedra aceptó el sacrificio. Sin creerlo, Chuck presenció lo increíble: vio hendirse la roca, vio abrirse un buche montañoso mientras la cabeza se sumergía y era tragada.

    Luego, la arena quedó lisa de nuevo. El cuerpo de Barwell había desaparecido.

    La realidad cayó brutalmente sobre él. Chuck se dio la vuelta para correr, sabiendo que las cabezas estaban vivas. Mientras corría se imaginó que aquellas ciclópeas criaturas se abrían paso por entre la arena, nadando bajo la superficie de la explanada... emergiendo a voluntad para supervisar el silencio de sus áridos dominios. Pudo ver una gran garra de piedra emerger y tantear en busca de la nave; supo entonces lo que significaban las abolladuras del costado del navío. Eran simplemente señales de dientes gigantescos. Dientes en una boca que saboreaba y desechaba; una mano había volcado la nave lateralmente como un juguete que flotara sobre el lago de arena.

    Por un momento, Chuck pensó como Barwell pensaba, y a continuación el pensamiento fue transformado en realidad. Una zarpa gigantesca emergió de la arena ante él, mientras corría. Localizó a Chuck, lo cogió y lo introdujo en la moliente boca de piedra.

    Hubo el pétreo sonido que la piedra hace cuando tritura, y a continuación el silencio.

    Las cuatro piedras se colocaron en posición una vez más, contemplando... contemplando la nada. Contemplarían silenciosamente durante mucho, mucho tiempo a través de sus remotos ojos de esmeralda, durante lo que puede ser la eternidad para una piedra.

    Más pronto o más tarde, al cabo de mil años —o un millón, ¿qué importancia tiene?— , arribaría otra nave.


    Fin