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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

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    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

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    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
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    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
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    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

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    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


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    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

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    OBSERVACIONES

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    A TRAVÉS DE UN BILLÓN DE AÑOS (Robert Silverberg)

    Publicado el domingo, febrero 14, 2016

    UNO


    Algún lugar del ultraespacio, 11 de agosto de 2375


    Lorie: no tengo ni idea de cuándo oirás esta carta. Si es que llegas a oírla. Es decir; tal vez yo decida borrar el mensaje del cubo después de dictarlo. O quizá me olvide de dártelo cuando vuelva a casa después de todo esto.

    No se trata sólo de que yo sea una especie de vidj desequilibrado, cosa que, por supuesto, soy. Pasará algún par de años antes que pueda entregarte yo mismo una carta en tus propias manos, y lo que tengo que decirte ahora quizá no parecerá muy importante ni interesante entonces. Pero en cualquier caso tengo estos cubos de mensajes. Y en este momento me parece una buena idea contártelo todo, grabar lo que estoy haciendo y lo que me está pasando.

    Supongo que lo correcto sería llamarte esta noche por la red telepática galáctica para que ambos nos deseemos mutuamente un feliz cumpleaños, ya que hoy cumplimos veintidós (¿no te suena a viejo? ¡estamos transformándonos en fósiles!). Sin duda uno tendría que comunicarse con la hermana melliza el día en que los dos cumplen años, aunque ella esté en la Tierra y uno a muchísimos años-luz de distancia. Pero una comunicación mente-a-mente cuesta algo así como un billón de créditos. Bueno, quizá no tanto; pero cueste lo que cueste, es mucho más de lo que tengo en mi cuenta digital. Y no me atrevo a cargar la llamada al destinatario, aunque a Nuestro Amo y Señor no le costaría mucho pagarla. Considerando cómo estaban las cosas entre papá y yo cuando me embarqué en este viaje, no tengo fuerzas para intentarlo. Se le fundiría la antena al ver la factura.

    ¿Bastará con esto, entonces? Feliz cumpleaños, hermanita; de tu singular e irreemplazable hermano Tom, desde muy lejos. Te envío, por el cubo de mensajes, y un par de años después del hecho, un beso casto y fraterno.

    Quién sabe dónde estoy ahora, exactamente. Se supone que aterrizaremos en Higby V dentro de tres días terrestres, ¿y Higby V está a...cuánto? ¿Sesenta, ochenta, noventa años-luz de la Tierra? Pero como sabrás, no existe una correlación directa entre el tiempo de un viaje ultraespacial y la distancia recorrida. En un viaje de, digamos, diez años-luz, la nave puede tardar dos meses en recorrer un cuarto de la distancia y luego terminar el trayecto en una hora y media. Tiene algo que ver con la multiplicidad del espacio-tiempo, y cuando nos lo explicaron a los profanos, nos ofrecieron el ejemplo de una aguja pinchando una lámina plegada y a veces atravesando varias capas al mismo tiempo. La física tan especializada nunca ha sido precisamente mi fuerte, y no voy a tratar de metérmela en la cabeza justo ahora. Cuanto más me empeñe en aprender lecciones inútiles de otras ciencias, más me olvidaré de la arqueología. Y la arqueología es más importante.

    Es lo que decía Steuben, el profesor de asiriología. Durante todo el semestre me llamó Cebada, y yo creí que me tomaba el pelo hasta que descubrí que de veras pensaba que ese era mi nombre. Entonces le dije que mi apellido era Rice* y al otro día me llamó Avena. Le repetí que me llamaba Rice, se irguió con ese corpachón de casi tres metros y me dijo: "Señor Rice: ¿se da cuenta usted que cada vez que memorizo el nombre de un alumno me olvido de un verbo irregular? ¡Uno tiene que respetar las prioridades...!" Siguió llamándome Cebada, pero me aprobó. Así es que no puedo quejarme...

    El profesor Steuben tendría que verme ahora que estoy a punto de excavar en el campo arqueológico más importante de la galaxia. Siento como si por fin se levantara el telón. ¿Recuerdas que siempre decíamos que la adolescencia es una especie de obertura, y que el primer acto empieza cuando tienes que arreglártelas por tu cuenta? Pues aquí estoy entre bambalinas, escuchando los últimos acordes de la obertura, esperando que no me abucheen demasiado cuando llegue el gran momento.

    No es que me esté sobrevalorando a mí mismo. Yo sé, y tú sabes, y todos sabemos, que soy una parte ínfima de esta expedición, que obtendré de ella más de lo que puedo darle, que tengo suerte de estar aquí y no contribuiré en mucho a sus propósitos. ¿He pagado mi Cuota de Modestia de este gran día? Pero lo digo en serio. Hablo con humildad porque sé que tengo muchas razones para ser humilde.

    Primero alimentaré tu banco de memoria con datos del viaje hasta ahora, y luego te expondré mis observaciones acerca de la lista de personajes a bordo.

    El viaje hasta ahora: nada. Ojalá pudiera pintarte un cuadro vivido y estremecedor de la travesía por el hiperespacio, Lorie; para sumarlo a tu colección de experiencias vicarias. Olvídalas por completo. Nunca harás un viaje semejante, pero te aseguro que no te pierdes nada. La nave no tiene ventanillas, ni placas de observación ni videopantallas; ningún acceso al exterior. No hay sensación de movimiento. La temperatura no varía jamás, las luces no parpadean, aquí adentro no llueve y tampoco nieva. Este viaje es como pasar un par de meses en un hotel muy largo y bajo, cerrado herméticamente por todas partes. Dicen que afuera hay una bruma turbia y amorfa que no cambia nunca. El hiperespacio es un universo con un día neblinoso, largo como el infinito. Así que los técnicos no se molestan en poner ventanillas que podrían debilitar la estructura de la nave. El único momento excitante se produjo el tercer día, cuando acabábamos de salir de la órbita de Marte y saltamos del espacio ordinario al hiperespacio. Durante treinta segundos sentí como si me hubieran hundido una mano en el esófago para arrancarme las tripas de un tirón. No es lo que se llama una sensación placentera. Pero es la vara para medir la monotonía de nuestra vida desde entonces, y espero con ansiedad el momento de experimentarla nuevamente cuando mañana o pasado mañana salgamos del hiperespacio. Supongo que será lo contrario: como si te colocaran las tripas en el vientre.

    Ese largo paréntesis de silencio en el cubo de mensajes es debido a que dejé de hablar por un momento, Lorie, mientras pensaba si debía volver atrás y borrar lo que acababa de decirte. Me refiero a ese comentario sobre la monotonía del viaje porque no podemos ver nada ni hacer nada ni escapar de esta prisión.

    Es una idiotez de mi parte llegar a ti con estas quejas. Parezco un chico malcriado llorando las desgracias de dos meses de encierro en el mismo lugar, cuando tú has tenido que soportar lo mismo, prácticamente toda la vida... De acuerdo, soy un idiota. No sé cómo aguantas, Lorie, aunque tal vez ser telépata te ayude a desligarte de las cosas. Yo en tu lugar me habría vuelto loco mucho antes de largarme de casa.

    Pero tú eres tú y yo soy yo, y por favor, sé condescendiente con mis defectos, que son muchos. No tengo tu paciencia de santa y enloquezco calladamente en esta nave. Eres libre de burlarte de mí por mi escasa tolerancia al aburrimiento.

    Dejaré todo esto en el cubo. Quiero darte un cuadro completo, con todo lo que siento, y al diablo con el afán de parecer un alma noble. De todos modos, no podría engañarte...

    Pasemos a la lista de personajes. Y lo de personajes va en serio.

    Hay once arqueólogos a bordo. Tres somos neófitos recién salidos de la universidad, arqueólogos más por cortesía que por mérito. Por otra parte, nuestros tres jefes son figuras cumbres de la especialidad, cada uno de ellos una verdadera autoridad en la cultura de los Superiores, y desde luego se odian con zumbidos de alta frecuencia. Los otros cinco son de una especie intermedia, muy sesudos pero nada especial, los profesionales típicos. Tienen experiencia, conocen el oficio, hacen lo que les dicen. Pero no tienen muchas luces.

    Como era de esperar, el grupo es una mezcla de razas. Los progresistas siempre se salen con la suya. Así que nos impusieron el sistema de proporciones: hay seis terrestres, incluida una androide, y cinco representantes selectos de cinco de las otras razas inteligentes de la galaxia. Como bien sabes, Lorie, no tengo prejuicios en ese sentido. No me importa cuántos ojos, tentáculos, orificios bucales o antenas tenga un organismo mientras conozca su trabajo. Lo que no apruebo es que en una expedición se incluya a un individuo profesionalmente inferior sólo para conservar el equilibrio racial. Fíjate en la androide, por ejemplo. Se llama Kelly Watchman, y opera el taladro neumático.

    Kelly debe tener unos noventa años, a juzgar por el número de tanque, que es quince mil y pico (ahora son más de un millón, ¿verdad?). Pero como es androide, no envejece nunca y parece una muchacha de diecinueve. Y muy atractiva, naturalmente, ya que hacemos seres artificiales, mejor es hacerlos bonitos, dicen los fabricantes de androides y estoy completamente de acuerdo. Kelly es muy decorativa, y se pasea por la nave casi sin nada encima, y a veces con menos. Como los androides tienen tanta vida sexual como la Venus de Milo, Kelly no se detiene a considerar el efecto de esas curvas y contoneos en los humanos del sexo masculino que siempre se tropiezan con ella en los pasillos. A mí en realidad no me afectan el primer día que Kelly se desnudó noté que no tenía ombligo y nunca más pude considerarla una mujer. Es decir, no hay razón para que una androide tenga ombligo, pero aún así no puedo dejar de verla como una muñeca de goma que camina, y las muñecas de goma no me inspiran en absoluto por muy vitales y voluptuosas que parezcan. Sin embargo, algunos de los otros...

    Bueno, estoy divagando, y tal vez soy un poco prejuicioso, pues a muchos las androides les parecen deseables. Lo importante es que Kelly Watchman está a bordo de la nave por pertenecer a una minoría marginada, no por ser una profesional distinguida.

    No puede ser una profesional distinguida. Es bien sabido que el sistema nervioso de los androides, con toda su eficacia, no puede compararse con el de un humano normal El androide carece de ese sentido extra, esa habilidad para saber que si cava una décima de milímetro más dañará una reliquia valiosa. Un androide siempre logra un cien por ciento de eficiencia en cualquier tarea que aprende, el problema es que los humanos, imprevisibles como somos, podemos lograr una eficiencia del ciento cinco por ciento si lo exige la situación. Tal vez no seamos tan fríos y mecánicamente perfectos como los androides, pero cuando los protones queman, podemos superarnos a nosotros mismos, mientras que los androides simplemente no están programados para nada semejante. Por definición, no puede haber genios androides. Un operador de taladro neumático necesita ser un genio. Admiro a Kelly por haber conquistado su emancipación y todas esas cosas, por haber escogido una especialidad difícil y por dedicarse a algo tan abstracto como la arqueología. De todos modos, preferiría que el operador del taladro neumático de esta expedición fuera un humano de carne y hueso, y no creo que sólo sea un problema de intolerancia racial.

    Nuestro otro excavador también forma parte de nuestra cuota racial, pero me despierta sentimientos diferentes. Se llama Mirrik, que es la contracción de un nombre largo como mi brazo, y viene de Dinamon IX. Es nuestra excavadora.

    Mirrik pertenece a una raza enorme. ¿Has visto dibujos de ese mamífero terrestre extinguido que se llama rinoceronte? Era del tamaño de una camioneta grande —estoy seguro de que has visto camionetas en tus comunicaciones con otros telépatas— y pesaba el doble. Mirrik es casi tan grande como un rinoceronte. Yo no le llego ni al hombro, es mucho más largo que alto, y pesa y come tanto como el resto de nosotros juntos. Además despide un olor rancio. Tiene la piel azul y rugosa, los ojos pequeños, y colmillos gruesos y largos en la mandíbula inferior. Pero es inteligente, sofisticado, habla el ánglico sin acento extranjero, puede enumerar a todos los presidentes norteamericanos, los reyes sumerios o cualquier otro personaje de la Tierra, y recita poemas de amor con una voz que parece un arrullo palpitante. Es un vidj realmente fantástico, y además de todo esto es un brillantísimo conocedor de las técnicas arqueológicas y puede levantar pesos que aplastarían un tractor. Se encargará de las excavaciones más difíciles, antes de que Kelly conecte el taladro neumático, y me parece sensacional que un arqueólogo y una máquina de trabajos pesados se combinen en la misma persona. Mirrik cava principalmente con los colmillos, pero tiene un par de miembros extra para ayudarse, al margen de los cuatro pilotes que le sustentan. Me cae simpático, pero hay que vigilarle un poco. Casi siempre es muy amable, pero a veces se emborracha demasiado comiendo flores y la embriaguez lo desboca. Una docena de geranios le deja más borracho que una cuba. En la cubierta superior tenemos un jardín hidropónico, y una vez por semana Mirrik añora su mundo natal y sube a mordisquear los pimpollos, y después anda dando tumbos por toda la nave. El martes pasado casi aplastó al doctor Horkkk contra la pared. El doctor Horkkk es uno de nuestros jefes. Viene de Thhh, un planeta del sistema de Rigel, y es el principal experto de la galaxia en la lengua de los Superiores. No es mucho decir, considerando que no podemos entender una sílaba de esa lengua, pero el doctor Horkkk sabe más que nadie.

    Me gustaría pensar que es alemán. Me recuerda a ese terapeuta excéntrico que todos los miércoles hacía el viaje desde Dusseldorf para tratar de enseñarte a caminar. El doctor Schatz, ¿recuerdas? En cierto modo, el doctor Horkkk se le parece bastante. Es muy menudo, muy inquieto, muy exacto, muy solemne y muy seguro de sí. También te escupe cuando habla. Creo que en el fondo tiene buen corazón, pero es difícil advertirlo porque él se empeña en ser inaguantable. Me llega apenas a la cadera, y es tan esmirriado que de perfil casi no le ves. Tiene tres ojos enormes y desencajados en la frente, y abajo dos bocas, una para hablar y otra para comer, y el cerebro está donde debería estar el vientre, y prefiero no pensar dónde estará el aparato digestivo. Tiene cuatro brazos y cuatro piernas de dos dedos de espesor que le dan un aspecto de arácnido. Cuando el otro día Mirrik se topó con él y casi le aplasta, el doctor Horkkk se encaramó a la pared y te aseguro que daba miedo. Después le gruñó a Mirrik en una docena de idiomas, o tal vez en tres docenas, y en todos le dijo que era un 'cerdo borracho'. Pero Mirrik le pidió disculpas y se reconciliaron.

    Al doctor Horkkk le correspondía formar parte de la expedición fuera cual fuere su raza. Pero Steen Steen está aquí por razones puramente políticas. No necesito darte demasiados detalles Steen es calamoriano/a, muy combativo/a, como si los/as hubiera de otra especie. El/ella es otro/a de los/as neófitos/as. Se licenció el año pasado en una universidad calamoriana que debe regalar los títulos con mayor prodigalidad aún de lo que se rumorea. Steen no sabe nada. Una discusión intrascendente revela que los conocimientos de Steen sobre teoría arqueológica son tan profundos como los míos sobre la teoría de los neutrinos, y resulta que yo no sé nada de neutrinos. Pero no pretendo lo contrario; en cambio Steen estudió arqueología y tiene un título. Te imaginarás cómo se nos coló en la expedición... Los/as calamorianos/as se pasan la vida impugnando las jerarquías y amenazando con declararle la guerra a todo el mundo si no reconocen y admiran sus logros intelectuales. Así que soportamos a Steen para que los/as suyos/as se queden tranquilos/as.

    Al menos Steen es bonito/a: esbelto/a y grácil, con una piel esmeralda y lustrosa, y tentáculos largos y sinuosos. Cada movimiento parece una escena de ballet. Nadie admira más a Steen que el/ella mismo/a Steen, pero supongo que eso es perdonable considerando que los/as calamorianos/as tienen los dos sexos en el mismo cuerpo y enloquecerían si no se amaran a ellos mismos/as. Pero Steen es ignorante, y Steen es una carga inútil, y la presencia de él/ella me molesta.

    La tercera aprendiz tampoco vale demasiado. Es una rubia llamada Jan Mortenson, licenciada por la Universidad de Estocolmo, con una figura espléndida y unos magníficos dientes blancos. Parece simpática pero no muy brillante. Su padre es algún personaje de la Central Galáctica, y supongo que por eso está ella en la expedición. En casos así estos diplomáticos siempre se valen de su influencia. Pero no pude intimar mucho con ella porque le echó el ojo a nuestro experto en cronología, Saúl Shahmoon.

    Saúl no le echó el ojo a ella, pero eso es problema de Jan. Me parece que a él no le interesan mucho las mujeres. Es cuarentón, viene de Beirut, pasó los últimos cinco o seis años trabajando en Fentnor U., en Venus. Es pequeño, moreno, entusiasta, soltero, y tiene fama de ser eficaz sin ser inspirado. La pasión de su vida es la filatelia. Se ha traído su colección y los álbumes le llenan la cabina entera con sellos que llegan hasta el siglo diecinueve. Nos invitó a todos a verlos. ¿Te acuerdas de cuando éramos coleccionistas? Saúl tiene todas las cosas que parecían inalcanzables; el sello de cinco créditos editado en Puerto Marte con la marca ultravioleta, la lámina conmemorativa de Ciudad Luna, perforada y sin perforar, la serie de la coronación de Enrique XII..., todo. Y todos los sellos galácticos, sellos de cincuenta o cien planetas. Jan se pasa casi todo el día con él, escuchando sus peroratas sobre el sistema postal de Betelgeuse V o cualquier otra parte, o ayudándole a desprender con ácido los sellos denebianos, y Saúl habla y habla y no se da por aludido, ¡pobre Jan! Después tenemos a Leroy Chang, profesor asociado de paleoarqueología en Harvard, y muy interesado en Jan, o Kelly, o cualquier figura femenina. Creo que Leroy sería capaz de acostarse con Steen Steen, llegado el caso. O con Mirrik. Leroy dice que es chino, pero desde luego tiene los genes tan mezclados como cualquier habitante de la Tierra, y por el aspecto es tan chino como yo, es un pelirrojo de tez morena y voz profunda, y probablemente le iría muy bien con las mujeres si no tuviera ese aire de avidez frenética. No hace falta haber salido apenas de la adolescencia para ser torpe en ese aspecto, según lo prueba Leroy, él tiene más de cuarenta y es un patán. Tengo entendido que profesionalmente no es una lumbrera No comprendo por qué hay tantos inútiles en esta expedición.

    Nuestro jefe número uno no es ningún inútil. Es el doctor Milton Schein, de la Universidad de Puerto Marte, y probablemente ya estás enterada de que fue él quien descubrió el primer campo de restos arqueológicos de los Superiores cerca de Sirte Mayor. Es por lo tanto el primer paleoarqueólogo, el primero que hizo algún hallazgo en ruinas de un billón de años, y como prácticamente fue el inventor de esa ciencia, es difícil sorprenderle en un error. Es simpatiquísimo, aunque te abruma un poco cuando empieza a hablar de su oficio. Físicamente es un tipo cálido y dulce, con el pelo plateado, y te cae muy bien salvo cuando se le notan los celos profesionales. Odia al doctor Horkkk, y viceversa, supongo que porque ambos son muy célebres en su especialidad. Detestan igualmente a nuestro tercer jefe, Pilazinool de Shilamak, el gran experto en análisis intuitivo. O sea la ciencia de las conclusiones apresuradas. Es todo un experto.

    Los shilamakka, sabes, tienen la costumbre de transformarse en máquinas miembro por miembro y órgano por órgano. Al principio parecen asombrosamente humanoides, o sea que tienen la cantidad correcta de piernas, brazos, cabezas, etcétera. Tengo entendido que poseen otro tipo de articulaciones, más dedos en las manos, menos en los pies, y un par de variaciones por el estilo. Pero después se ponen a remendar el modelo básico. Un shilamakka no se respeta a sí mismo si al llegar a la adolescencia no tiene por lo menos un miembro artificial. Una especie de rito de pubertad. Y así andan por la vida, perdiendo partes del cuerpo y reemplazándolas por cacharros metálicos. Cuanto menos te quede del cuerpo básico, más alta es tu jerarquía. Pilazinool es un shilamakka del rango más alto, en la cúspide del prestigio, y creo que en un noventa por ciento es puro trasplante. A lo sumo le quedará el cerebro original. Corazón nuevo, pulmones nuevos, sistema digestivo nuevo, glándulas endocrinas nuevas, todo nuevo. Un hombre-máquina que habla y camina. Pasa mucho tiempo lustrándose. Siempre teme que se le filtre polvo en los mecanismos. Creo que a mí también me preocuparía. Cuando está nervioso o muy absorto en sus pensamientos, tiene la costumbre de quitarse una mano o un brazo o cualquier otra cosa, y juguetear con ella. Anoche Pilazinool estaba jugando al ajedrez polivalente con el doctor Horkkk y en uno de los momentos más emocionantes se desenroscó las dos piernas, el audio receptor izquierdo y el hombro derecho. Dejó a su alrededor toda una cosecha de órganos shilamakka. El doctor Horkkk le tenía en doble jaque con un enroque que le amenazaba desde el flanco, pero Pilazinool se las arregló muy bien moviendo el alfil trasero derecho, comiéndose dos peones y lanzando a su magistrado en uno de los contraataques más limpios que he visto. La partida terminó en tablas Pilazinool es así, inquietante, más máquina que hombre, pero ingenioso.

    El último integrante de la pandilla es 408b de 1. Lo siento, ese es el nombre de él, o de ella, o de ello. Proviene de Bellatrix XVI, donde designan todo con números. '408b' es el apelativo familiar y personal. '1' es el nombre del planeta, han numerado todo el universo, y el mundo de ellos es naturalmente el Número Uno. El viejo 408b es un vidj amarillento que en principio tiene aspecto de molusco, con un cuerpo redondo e hinchado, cinco tentáculos para caminar, cinco para agarrar, una hilera de ojos todo alrededor, y una boca que parece un pico de loro Se especializa en paleotecnología, y sabe bastante acerca de las máquinas de los Superiores, aunque hasta ahora no nos ha instruido mucho al respecto. A diferencia del resto de nosotros, no respira cómodo en una atmósfera de oxígeno y nitrógeno, aunque tiene que inhalarla durante casi todo el tiempo, tres horas por día se mete en una cámara respiratoria para tomar una bocanada de dióxido de carbono puro. Mirrik piensa que 408b debe mantener una relación simbiótica con alguna forma de vida vegetal. Es posible.

    Tras reproducir lo que grabé en el cubo, no me satisfacen las descripciones que he hecho de mis compañeros. Después de todo, aún no he visto a esta gente en acción. Sólo me estoy guiando por rumores, primeras impresiones y resquemores personales. Quizá sea un equipo arqueológico de primera, o lo será cuando lleguemos al campo de operaciones Veremos. No sé por qué estoy tan pesimista esta noche, a menos de estar tanto tiempo enclaustrado en esta nave que me está produciendo unas conexiones sinápticas notables. Tres días más y arriba el telón. Me muero de ansiedad. De nuevo, Lorie, que seas feliz en tu cumpleaños Tú. Yo. Nosotros.


    DOS


    Higby V, 16 de agosto de 2375


    Estamos aquí.

    Pasamos del hiperespacio ordinario según lo previsto, pero no fue tan interesante como esa turbia zambullida en la dirección contraria, y luego nos pusimos en órbita alrededor de Higby V y efectuamos un aterrizaje de lo más rutinario En seguida salimos, y el fin de nuestro cautiverio nos puso chimpones de alegría.

    El paisaje era agreste. Higby V no tiene un verdadero puerto espacial, sólo una gran extensión de tierra desolada y desierta con algunos edificios en un extremo. Salimos de la nave en tropel y nos paseamos por todas partes sin tener que respetar ninguna reglamentación interna Mirrik cruzó el terreno de un lado al otro, bramando y trepidando, y yo me puse a bailar como un loco con Jan Mortenson, y Steen Steen bailó totalmente solo/a, y el doctor Horkkk dejó de lado la solemnidad y se subió a un árbol, y así sucesivamente Hasta Kelly Watchman, que siendo androide no sufre de sobreexcitaciones del sistema nervioso, parecía aliviada de abandonar la nave Mientras tanto, los tripulantes nos miraban tocándose la sien o dando otras muestras de desprecio por la carga de vidj chimpones que acababan de traer por el hiperespacio No puede reprochárseles Sin duda ofrecimos un espectáculo estrafalario.

    Luego nos calmamos.

    Higby V no es un lugar acogedor ni estimulante. Quizá lo fue hace un billón de años, cuando los Superiores vivían aquí Pero como Marte, que también ha decaído bastante desde la época de los Superiores, Higby V es hoy un mundo mucho menos que ideal. Tiene aproximadamente el tamaño de la Tierra, pero la masa equivale a la de Mercurio, lo que significa escasa densidad y poca gravedad. Ningún elemento pesado. La atmósfera se volatilizó hace mucho tiempo, y los océanos se evaporaron y perdieron en el espacio. Hay cuatro continentes, con enormes cuencas que una vez fueron los océanos que los separaban. Durante el largo período en que el planeta no tenía aire, recibió un intenso bombardeo de meteoritos y otros desechos espaciales, así que hay cráteres por todos lados, igual que en Marte.

    Hace setenta años vino un equipo de terraformación. Instalaron generadores de atmósfera y actualmente hay una capa de aire bastante aceptable, no muy densa pero suficiente para la vida. Lamentablemente eso provoca un viento que antes no existía en Higby V, y el viento barre como un cuchillo las planicies yermas, arrastrando y arremolinando la arena. La vida vegetal evoluciona gradualmente y terminará por asentar la arena, pero para eso aún falta bastante tiempo. Actualmente planean crear una provisión de agua permanente mediante la instalación de un ciclo normal específico de evaporación-condensación-precipitación, y a lo largo de todo el horizonte se ven las torres hidrolíticas que día y noche condensan el gas en agua. Por ahora el efecto que producen es un triste chaparrón cada cinco o seis horas.

    No debería quejarme demasiado, sin embargo. Si no fuera por la acción erosiva de estas lluvias y estos vientos, la base de los Superiores nunca habría sido descubierta. Pero debe haber pocos lugares tan deprimentes para el trabajo arqueológico. La temperatura apenas se eleva por encima del punto de congelación; el cielo nunca luce más colores que el gris; el sol es una estrella vieja y fatigada que rara vez asoma entre las nubes; y aquí no hay ciudades ni colonias que sean algo más que bases rudimentarias, ni lugares donde divertirse, nada. Hay que tener una gran vocación para pasarlo bien aquí.

    — ¿Para qué sirve este planeta? —quiso saber Jan Mortenson—. ¿Por qué se molestaron en terraformarlo?

    Steen Steen sugirió que tal vez contenía sustancias radiactivas. Mirrik descartó esa idea estúpida señalando que allí no había metales más pesados que el estaño, y que los más ligeros ni siquiera abundaban. Pilazinool pensaba que el lugar tenía alguna importancia estratégica, quizá como estación de reaprovisionamiento o control para los mundos del sistema vecino. Pero Leroy Chang, que tiene esa típica habilidad de los académicos de Harvard para criticar a la Tierra en cuanto pueden, barbotó su propia explicación de porqué habíamos convertido este planeta en un mundo apto para los terrestres: política y codicia; echamos mano de él para que nadie más lo tuviera; el más puro y simple imperialismo, un imperialismo torpe además, pues desde principios de siglo hemos gastado dos billones de créditos en mantener y desarrollar un lugar sin recursos naturales, sin atractivo turístico y sin ningún otro valor intrínseco.

    El doctor Schein se opuso a esta interpretación y todos se embarcaron en una discusión política. Salvo yo. Es un tema que no me atrae en absoluto.

    Mientras tanto, Mirrik terminó por aburrirse y se alejó, y empezó a escarbar la hierba para matar el tiempo. Apiló dos toneladas de tierra cavando frenéticamente con los colmillos, se detuvo dentro del boquete que había abierto y soltó un alarido ensordecedor. Cualquiera habría pensado que había descubierto accidentalmente restos arqueológicos de los Superiores.

    Pues no. Pero sí había descubierto un cementerio de nativos de Higby V. A unos ochenta centímetros de la superficie, los habitantes extinguidos del planeta habían sepultado a una docena de individuos, con armamentos, collares de hueso y largos cordeles con abalorios que parecían dientes. Los esqueletos eran cortos y encorvados, con piernas enormes y unas garras pequeñas en la parte superior.

    —Tápalos —ordenó el doctor Schein.

    Mirrik protestó. Ya que teníamos que esperar a la escolta militar que presuntamente debía conducirnos a nuestro campo de trabajo, quería entretenerse exhumando estos restos. Saúl Shahmoon también sentía curiosidad. Pero el doctor Schein señaló atinadamente que habíamos venido aquí para exhumar restos de los Superiores y no para remover los despojos de civilizaciones menores. No teníamos nada que hacer en aquel lugar, y de lo contrario cometeríamos una especie de vandalismo, pues lógicamente es jurisdicción de los arqueólogos especializados en la raza nativa de Higby V. Si hoy no existen esos especialistas, algún día los habrá. Mirrik aceptó ese razonamiento y tapó el boquete.

    Un tanto para el doctor Schein. Admiro la responsabilidad profesional.

    Por fin llegó la escolta militar y nos trasladó desde la zona de aterrizaje a ese grupo de habitáculos lamentables que pasa por ser la mayor metrópolis de Higby V. Había que liquidar una serie de asuntos menores. El doctor Schein se encargó de cerciorarse de que nuestros fondos habían sido transferidos a una cuenta local para que pudiéramos comprar comida y provisiones en la base PX. Se supone que estos asuntos financieros son manipulados automáticamente por Central Galáctica, pero nadie que sienta el debido respeto por el dinero se permite el lujo de confiar en Central Galáctica, y el doctor Schein prefirió asegurarse. Para eso tuvo que comunicarse mediante la red telepática. La TP de servicio era una vidj malhumorada llamada Marge Hotchkiss, y si alguna vez te conectas con ella en tu trabajo cotidiano, Lorie, envíale una sobrecarga de mi parte, por favor. Esta Hotchkiss era feúcha y regordeta, con ojillos grises y porcinos, y un bigote muy visible. Treinta y cinco años, calculo. Salvo por sus poderes TP, tal vez sea una persona extraordinariamente normal, de esas comúnmente destinadas a una vida de solterona en una destartalada casa de pensión; pero aquí es una de las cincuenta mujeres de un planeta con varios miles de hombres y eso la ha vuelto más arrogante de lo que merece. Cuando el doctor Schein le pidió la comunicación, ella sonrió insidiosamente e insistió en verle la huella del pulgar. Él le explicó que no cargaría la llamada a su cuenta digital, pues simplemente estaba solicitando información financiera a Central Galáctica y no le correspondía pagar. Pero ella se obstinó en registrarle el pulgar. De modo que él le dio la huella y después ella se tomó un buen rato para efectuar el enlace. "Muchísimas interferencias", nos dijo.

    Un camelo, por supuesto. Si por algo la telepatía es el único medio práctico de comunicación interestelar, es desde luego porque no hay interferencias ni estática ni retrasos por la relatividad del tiempo, ninguno de los dolores de cabeza y los inconvenientes que supone un medio de comunicación normal. (¡Olvida ese 'normal'! Lo que quiero decir, por supuesto, es 'mecánico'.) Marge Hotchkiss no tenía más que concentrarse, ponerse en contacto con el próximo TP de la cadena de retransmisión y enviar nuestro mensaje, que llegaría instantáneamente a Central Galáctica. Pero se retrasó...de puro odiosa que es. Finalmente despachó el mensaje y nos confirmó que la transferencia de fondos se había efectuado.

    El doctor Schein, el doctor Horkkk y Pilazinool fueron a registrar sus dígitos pulgares o identificaciones equivalentes para poder utilizar la cuenta local. A Saúl Shahmoon se le encomendó la tarea de recoger nuestro permiso de excavación del cuartel general. Los demás no teníamos mucho que hacer, por el momento. Y me puse a charlar con Marge.

    —Mi hermana está en la red TP —le dije.
    —Oh.
    —Se llama Lorie Rice. Trabaja en la Tierra.
    —Oh.
    —Pensé que tal vez la conocías. Los TP generalmente establecen contacto a través de toda la galaxia. Tarde o temprano tienes que conocer a toda la gente de la red.
    —No la conozco.
    —Lorie Rice —dije—. Es muy interesante, debo admitirlo. Es decir, siente una maravillosa curiosidad por todo el universo, quiere saberlo todo acerca de todo. Como es inválida y no puede ir a ningún lado, la red TP le sirve de ojos y oídos. Logra ver el universo entero a través de los ojos de los demás, gracias a la telepatía. Y si alguna vez hubieses tenido contacto con ella te acordarías porque...
    —Mira, estoy ocupada. Déjame en paz.
    — ¡No seas antipática! Sólo quiero charlar un poco. Echo mucho de menos a mi hermana, sabes, y no te cuesta nada decirme si alguna vez te has comunicado con ella. Yo...

    Se libró de mí poniendo los ojos en blanco. Era su manera personal de anunciar que iba a establecer otro enlace.

    —Al cuerno contigo —murmuré, y giré sobre mis talones. Jan Mortenson estaba de pie a mi lado.
    —No sabía que tu hermana era operadora TP —me dijo—. ¡Qué maravilla!
    —Sobre todo para alguien como ella —repuse; le conté que eras paralítica y tenías que pasar toda la vida en una cama de hospital. Jan demostró mucho interés. Quiso saber si no podían hacerte un trasplante al estilo shilamakka y fabricarte un cuerpo sintético para que te pudieras mover. Es la pregunta obvia que formula todo el mundo, y le expliqué que ya lo habíamos averiguado hacía mucho tiempo y habíamos descubierto que en tu caso era muy peligroso intentarlo.
    — ¿Cuánto hace que está así? —preguntó Jan.
    —Desde que nació. Al principio creyeron que podían corregirlo quirúrgicamente, pero...

    Luego quiso saber tu edad, y le dije que éramos mellizos, y Jan se ruborizó con un tono escarlata muy radioactivo, y dijo: —Si ella es TP y sois mellizos, también debes ser TP, ¡y ahora mismo debes estar leyéndome la mente!

    Así que tuve que explicárselo todo: que somos mellizos y no gemelos, obviamente, pues tú eres mujer y yo no, y que la telepatía no es necesariamente compartida por los mellizos, y que de hecho eres la única TP de la familia. Añadí que es un error común suponer que un TP puede leer la mente de un no-TP.

    —Sólo pueden establecer contacto con mentes receptivas —dije—. Lorie no puede leer la mía. Y yo no puedo leer la tuya, ni la de nadie. Pero la gorda Marge puede leer la de Lorie si lo desea.
    —Qué triste para tu hermana —dijo Jan—. Tener un hermano mellizo y no poder comunicarse con él telepáticamente. Sobre todo estando encerrada, con tanta necesidad de saber lo que sucede fuera de su habitación.
    —Es una muchacha valiente —dije, y es verdad—. Se las arregla. Además, no me necesita. Tiene miles de colegas TP en todo el universo. Se comunica ocho horas por día con la red telepática comercial, retransmitiendo mensajes, y creo que las dieciseis horas restantes se comunica sólo por divertirse, recibiendo chismes TP de todas partes. Te aseguro que nunca la he visto durmiendo. En la vida no le tocó la mejor parte, sin duda. Pero tiene sus compensaciones.

    Jan estaba profundamente interesada en saberlo todo acerca de ti, y le conté muchas cosas más. Que no necesito repetir aquí, pues tú ya las sabes de todas maneras. En los últimos días he empezado a ver que ese aspecto de bonita-pero-tonta es sólo una máscara superficial; en verdad es mucho más sensible e interesante de lo que parece. No sé de dónde saqué esa idea idiota de que las muchachas atractivas son siempre poco inteligentes. No será un genio pero tiene algo más que curvas y una sonrisa de diez kilovatios.

    A estas alturas, casi todos nuestros trámites de registro y control estaban listos Pero nos quedamos media hora más esperando a que Saúl Shahmoon volviera con el permiso de excavación El doctor Schein no entendía por qué tardaba tanto Temía que Saúl se hubiera topado con algún obstáculo burocrático que nos impidiera trabajar en el planeta Pilazinool se impacientó y se desenroscó el brazo izquierdo hasta el segundo codo

    Por fin Saúl regresó con el permiso de excavación. Parece que no había tenido ningún contratiempo. Sólo que había pasado cuarenta y cinco minutos en la oficina de correos de PX comprando una serie de sellos de Higby V para su colección.

    Cargamos nuestros artefactos en un tractor y partimos.

    Caía la noche, rápida y densa Higby V no tiene lunas, y es el tipo de planeta donde, si estás cerca del ecuador como nosotros, anochece como si hubieras apretado un botón ¡Zit!. Y ya está oscuro Pese a todo, nuestro conductor se las ingenió para que no cayéramos en ningún cráter, y en una hora llegamos al campo de trabajo.

    El doctor Schein, que estuvo aquí el año pasado cuando se hizo el descubrimiento, había ordenado que nos inflaran tres casas burbuja, una como laboratorio y dos como dormitorio Además, un gran escudo curvo de plástico cubría la estribación rocosa donde se habían localizado los restos de los Superiores.

    Cuando llegó el momento de ubicarnos en el dormitorio se presentó un problema moral muy complejo Creo que los detalles te resultarán divertidos.

    Todo empezó porque no habían tabiques divisorios, y por lo tanto ninguna intimidad, dentro de las casas-burbuja. Tenemos dos mujeres terrestres y solteras con nosotros, y de acuerdo con esos viejos y tontos tabúes tribales sería inmoral e incorrecto que Jan y Kelly duerman con los hombres (El hecho de que a Kelly nada le importe menos que su intimidad es irrelevante, pues los androides exigen una igualdad total con los seres humanos de carne y hueso, incluyendo el derecho de compartir nuestras neurosis. Kelly tiene la misma categoría que un ser humano, y tratarla de otra manera sería cometer discriminación racial ¿De acuerdo?). Lo que propuso el doctor Schein fue poner a todos los humanos de sexo masculino —él, Leroy Chang, Saúl Shahmoon y yo— en una burbuja, y a Jan y Kelly en la otra. Muy bien, eso resolvía el problema más elemental de la decencia. Pero

    Jan y Kelly tendrían que dormir con criaturas de otras especies, y entre ellas había algunas de sexo masculino (Steen Steen y 408b podían ser excluidos de esa categoría, Steen porque él/ella pertenece a ambos sexos, y 408b porque no parece pertenecer a ninguno). Supongo que a ciertos mojigatos de la Tierra les resultaría escandaloso que Jan y Kelly se vistieran y desvistieran frente a criaturas masculinas de cualquier especie, aunque pertenezcan a razas no humanas (Al menos les resultaría escandaloso lo de Jan, los mojigatos no suelen preocuparse demasiado por las condiciones de vida de los androides) Sin embargo, no era eso lo que preocupaba al doctor Schein. Sabía que Kelly no tiene inhibiciones, y que Jan, aunque ha sido muy respetuosa de todos los tabúes con los hombres de su especie, no teme que Pilazinool, el doctor Horkkk o Mrrrik representen una amenaza para su virtud. Pero le preocupaba que ellos lo tomaran como una ofensa. Si Jan se comportaba púdicamente con nosotros pero no con ellos, ¿no podía deducirse que les consideraba criaturas inferiores? Una muchacha debía ser recatada frente a todos los seres inteligentes, o bien frente a ninguno. De lo contrario, ¿dónde está la tan mentada igualdad de las razas galácticas?

    Ya oigo tus rebuznos de impaciencia y alguna de tus típicas respuestas sensatas. Quizás habrías señalado que las razas no humanas no se visten ni tienen esos tabúes, y que ni remotamente comprenden por qué los terrestres se sienten obligados a cubrirse ciertas partes del cuerpo También habrías señalado que la igualdad galáctica no tiene nada que ver con el sexo —que es el fondo de toda esta cuestión de la vestimenta— y que es absolutamente correcto que una muchacha sea recatada con el sexo opuesto de su propia especie sin que ello implique desdén por las otras especies Pero la sensatez, Lorie, no siempre gobierna el universo El doctor Schein mantuvo una larga charla con Jan y luego conferenció con Leroy Chang y Saúl Shahmoon, y finalmente —muy nervioso— le planteó el problema al doctor Horkkk A quien le pareció tan absurdo que se anudó todos los brazos, pues así es como la gente de Thhh se desternilla de risa.

    Expresó su convicción de que ninguno de los no humanos se ofendería porque las muchachas faltaran al pudor en presencia de ellos.

    Y así llegamos a un acuerdo. ¡Los humanos son tan chimpones a veces con estas idioteces primitivas...!

    A Mirrik, la excavadora, lo tuvimos de compañero de cuarto, pues con los otros no quedaba lugar. Jan y Kelly durmieron con el doctor Horkkk, Pilazinool, 408b y Steen Steen. Habrá sido una noche de orgías desenfrenadas, supongo (...)

    Dormí muy mal. No era sólo por la fragancia de Mirrik, a la que me habituaré con el tiempo, sino por la excitación que se adueñó de mí; estar a cien metros de una cueva del tesoro de billones de años atiborrada con reliquias de la raza más poderosa y avanzada que ha conocido el universo... ¿Qué maravillas descubriremos en esa ladera? Pronto lo sabré.

    Ha amanecido. Una luz pálida y borrosa despunta en el horizonte. En nuestra burbuja fui el primero en levantarme; pero cuando salí, encontré al doctor Horkkk practicando una extraña gimnasia, y a Pilazinool en el suelo, reducido a un torso y un brazo y lustrándose las otras partes, mientras que 408b estaba meditando; esos seres no duermen mucho. Dentro de una hora echaremos una ojeada al lugar. Después te contaré las novedades.


    TRES


    Higby V, 23 de agosto —creo—, de 2375


    Una semana de trabajo. Nada. Estoy a punto de creer que nos han estafado.

    El lugar es una estribación rocosa expuesta por la erosión reciente, como creo que ya te conté. Los cuarenta metros superiores del suelo no existían cuando los Superiores tenían su base en Higby V, esta capa áspera y arenosa se ha acumulado en los cientos de millones de años siguientes, arrastrada por los vientos y mareas en los días lejanos en que este planeta tenía un clima. Después del trabajo de los terraformadores, la capa superior del suelo empezó a erosionarse, y así el año pasado se pudo descubrir restos arqueológicos de los Superiores. Bien.

    Luego el doctor Schein y un par de estudiantes de Puerto Marte vinieron el año pasado para una investigación preliminar. Emplearon magnetómetros neutrínicos, sondas de sonar y varas de densidad, y calcularon que la zona ocupada por los Superiores configuraba un vasto cono lenticular que se internaba en las profundidades de la ladera. Bien. Cubrieron todo el lugar con un escudo protector plástico y fueron a buscar fondos para una excavación completa, en la cual se me ha permitido participar. Bien. Estamos aquí. Bien. Hemos iniciado los procedimientos habituales de investigación. Bien. Bien. No encontramos un cuerno. No tan bien.

    No entiendo qué pasa.

    Lo que tenemos que hacer, en líneas generales, es levantar la cima de la colma para tener acceso a lo que fue la superficie del suelo hace un billón de años. Luego, descender capa por capa hasta el estrato de los Superiores. Luego, sacarlo todo delicadamente; una cosa cada vez, consignando las posiciones relativas de varias maneras diferentes. Si actuamos con la delicadeza necesaria quizás aprendamos algo sobre los Superiores. De lo contrario, nuestros nombres irán a parar al libro negro de la arqueología, como el de esos ta-landras descoyuntados que cortaron un templo marciano para ver qué había debajo, y después no pudieron reconstruirlo. O los zobos que descubrieron la clave de los jeroglíficos plorvianos y la dejaron caer en un mar de metano. O el retrasado mental que pisoteó la Urna Dsmaaliana. La primera regla en arqueología es: cuida el material, no es reemplazable.

    No, esa es la segunda regla. La primera es: descubre el material.

    Empezamos por examinar la cima de la colina. Allí tropezamos con algunas sepulturas aborígenes que tendrían unos 150.000 años, de la última época antes de que el planeta perdiera la atmósfera. Los nativos de este planeta no presentan un interés cultural especial, pues nunca superaron en mucho el nivel de la edad de piedra, y como ha señalado el doctor Schein, estamos aquí exclusivamente para estudiar restos de los Superiores. Aun así, una vez que nos topamos con este material tuvimos que tratarlo con cierto respeto, pues podía interesar a otros especialistas. De modo que Mirrik despejó el lugar reverentemente, Kelly se puso a trabajar con el taladro y trasladamos todos los objetos a un espacio abierto detrás de la colina, donde Steen Steen y yo los sellamos y clasificamos para su futuro análisis.

    No había otros depósitos de interés en la cima de la colina. Por suerte. La próxima etapa fue levantar casi toda la sobrecarga existente. ('Sobrecarga' es una de esas palabrejas arqueológicas que uno nunca termina de tragar, Lorie. Significa la carga de tierra o grava o roca o lo que diablos haya encima de lo que se quiere excavar. Sé que suena idiota, pero qué diantres, es parte de la jerga profesional.)

    Para quitar con rapidez la sobrecarga se usa una leva hidráulica. No es más que una especie de tubo muy fácil de manipular, que se introduce en el montículo en cuestión, en el ángulo apropiado. Luego dejas correr agua y ¡zit!, rebanas y desmenuzas la sobrecarga. El doctor Schein y Leroy Chang se pasaron medio día calculando velocidades y ángulos de elevación, luego nosotros metimos los tubos en la colina, conectamos los compresores y en cinco minutos hicimos desaparecer como veinte metros de colina Teóricamente ya estábamos a un paso de lo que buscábamos.

    Teóricamente. En la práctica, ni por aproximación Nuestros modernos aparatos a veces nos engañaban, haciéndonos creer que la arqueología es fácil. Pero los aparatos pueden equivocarse y en muchos sentidos no estamos muy lejos de los ingenuos pioneros de hace cuatrocientos años, que iban escarbando con picos y palas hasta que daban con algo.

    Aparentemente el doctor Schein cometió algunos errores en sus cálculos del año pasado, y el grado de error es variable, o sea que se equivocó más en algunos lugares que en otros. Es perdonable un examen subterráneo es difícil, aunque tengas magnetómetros neutrínicos, sondas de sonar y varas de densidad. Pero aun así es una lástima. Sabemos que tenemos un fantástico monumento arqueológico bajo las narices (Al menos creemos saberlo). Pero aún no hemos descubierto nada.

    Mirrik se desloma heroicamente para sacar la sobrecarga restante. Tiene que hacerlo manualmente, pues estamos demasiado cerca del presunto estrato superior del recinto de los Superiores para arriesgarnos a usar algo tan violento como la leva hidráulica. Kelly revolotea detrás del enorme hombro izquierdo de Mirrik, recogiendo de vez en cuando muestras del suelo. Los demás levantamos tierra, vagabundeamos, especulamos, jugamos al ajedrez y refunfuñamos bastante.

    El tiempo no ayuda. Al menos se trabaja bajo el escudo protector, pero sólo cubre la zona de la excavación y a quienes están examinándola. Para ir de las burbujas a la colina tenemos que cruzar cien metros de terreno abierto, y una vez de cada cuatro llueve, tres de cada cuatro sopla un viento fuerte, y cinco de cada cuatro el aire frío te cala los huesos. Las lluvias no son pequeños chubascos. El viento siempre arrastra toneladas de arena y pedregullo. Y el frío es ese frío que más que fastidiarte te asedia. Para algunos, como Pilazinool, no es un problema, pero la arena que se le filtra en las articulaciones le tiene harto. El doctor Horkkk viene de un planeta frío —puede haber planetas fríos aun alrededor de una estrella ardiente como Rigel, si estás a suficiente distancia—, y en realidad le gustan las brisas frescas. A Mirrik no le importa porque tiene un caparazón muy grueso. Los demás no lo pasamos muy bien.

    El paisaje no es una belleza. Algunos árboles y arbustos, escogidos por su capacidad para asentar la capa superior del suelo, no por ser bonitos. Cerros bajos. Cráteres. Lagunas. Si papá supiera todas las que he pasado esta semana se taparía la cara para no reírse. " ¡Que le den duro a ese idiota! —diría—. ¡Que le hundan hasta las narices en su arqueología! ¡Que se fosilice explorando!"

    Has tenido suerte, Lorie. Te has perdido esas insufribles conferencias familiares sobre mi futura carrera. Papá no quiere armar escándalo cuando vamos a visitarte. Aun así, recibiste una buena dosis de las peleas, pero no fue ni pizca de lo que hubo en casa.

    Debo admitir que papá me decepcionó tremendamente con todas esas protestas porque yo quería ser arqueólogo.

    ¡Búscate un oficio serio! —aullaba—. ¡Hazte piloto interestelar, si quieres ver la galaxia! ¿Sabes la pasta que ganan? ¿Las pensiones que reciben? Les duelen los dedos de tanto gastar. ¡O estudia derecho interplanetario! ¡Esa es una profesión! ¡Agravios y fechorías de alienígenas! ¡Hipotecación de haberes en mundos no-verbales! ¡Infinitas posibilidades, Tom; infinitas...! ¡Diantre, conocí a un abogado de Capella XII que sólo se especializaba en trajes cromáticos y metamorfosis, y tenía seis empleados y expedientes para diez años de trabajo!

    Si alguna vez escuchas esto, Lorie, espero que sepas apreciar mi habilidad para imitar la voz de Nuestro Amo y Señor. Doy justo con el tono de virilidad entusiasta mezclada con filisteísmo hipócrita, ¿verdad? No, olvídalo. Papá en realidad no es hipócrita. Es consecuente con sus propias normas.

    Todos sabíamos que no era un intelectual, aunque al menos siempre creí que pese a su afán por acumular pasta y llenas sus cuentas digitales tenía cierto interés en valores más sutiles. Después de todo se graduó en Fentnor, y aunque fuera en administración de empresas, no sales de Fentnor siendo analfabeto. También creía que papá no era de esos vidj reaccionarios que tratan de imponerle al hijo una profesión. Siempre me pareció del tipo vivir-y-dejar-vivir.

    Por eso me molestó cuando se tomó tan a pecho mi arqueología. Todos sabemos lo que quiere realmente. Que yo lo siga en el negocio de bienes raíces, y que después le sustituya. Pero los bienes raíces no me atraen en absoluto y yo se lo dejé bien claro cuando tenía dieciséis años, ¿verdad? Papá se divierte y se llena de pasta construyendo esas casuchas instantáneas con láminas de parapitlita en mundos alejados, y supongo que él lo considera una actividad creativa. Admito que algunos de sus proyectos han sido ingeniosos, como la cadena de casas flotantes en ese mundo gaseoso y gigantesco del sistema de Capella, o el centro comercial de alta gravedad con máquinas centrífugas interconectadas que diseñó para los muhwomps. Pero a mí nunca me atrajo ese oficio.

    Además, ¿por qué iba a dedicarme a una profesión 'útil' o 'provechosa', para citar dos de los adjetivos favoritos de papá? ¿Qué mejor justificación para sus abultadas cuentas bancarias que usarlas para respaldar al hijo en la búsqueda del conocimiento puro?

    Por ejemplo, desenterrando antiguallas en planetas tormentosos, fríos y tristes.

    Basta. No necesito sermonearte acerca de la rigidez de papá, pues pienso que compartes mis opiniones y —como de costumbre— estás cien por cien de mi lado. Papá en lo suyo y yo en lo mío, y tal vez con el tiempo se dulcifique y me perdone por volver la espalda a los litigios por alteración cromática y a los proyectos de vivienda, y de lo contrario ya me las arreglaré para no morirme de hambre, haciendo lo que más me gusta, que es trabajar de arqueólogo.

    Aunque no fingiré que hasta ahora he disfrutado mucho de esta misión. Seré optimista. Me diré que en cualquier momento haremos un hallazgo.

    Tres horas en la colina, durante las cuales ayudé a realizar una tarea pesada, aburrida y valiosa.

    Lo que hicimos fue introducir telescopios de fibra en la colina para ver qué había adentro. Son largos cables de cristal que con la iluminación adecuada transmiten una imagen de un extremo al otro, sin distorsión óptica. Para meterlos en la colina hubo que abrir orificios, de lo que se encargó Kelly con su taladro neumático, tenía que trabajar con muchísimo cuidado, pues podía perforar más de la cuenta y dañar el monumento.

    Quizás he subestimado a Kelly. Maneja espléndidamente el taladro.

    Kelly abrió los orificios, luego instalamos los telescopios de fibra en ruedas con engranajes, y los introdujimos meticulosamente. Colocamos cuatro en total, con intervalos de veinte metros, Jan y yo trabajamos juntos con una de las ruedas.

    Ahora los telescopios están instalados. Los cables curiosean en el corazón del montículo. Cae la noche y está lloviendo otra vez. Estoy en el dormitorio, dictándote esto. Hablo en voz baja para no molestar a Saúl y Mirrik, que están jugando al ajedrez. Es sorprendente ver al alguien del tamaño de Mirrik moviendo piezas de ajedrez con la punta de un colmillo.

    Jan viene corriendo hacia nuestra burbuja desde la colina. Parece excitada. Nos está diciendo algo, pero a través de la pared no puedo oírla.

    Una hora más tarde. Ya ha anochecido. Lo que Jan trataba de decirnos es que habían dado con algo. Los telescopios indicaban dónde está el recinto de los Superiores. El error no pasaba de doce metros. Por alguna razón habíamos malinterpretado las cifras iniciales y penetrábamos tangencialmente, pero ahora podremos corregirlo.

    Ahora es demasiado tarde para excavar. A primera hora de la mañana diseñaremos un nuevo diagrama completo para consignar bien la posición. Luego por fin estaremos preparados para empezar con el verdadero trabajo, después de terminar con los preliminares.

    Ahora todo el grupo está en nuestro dormitorio. Afuera vuelve a llover a cántaros. Todos estamos tensos y ansiosos. El doctor Horkkk camina de un lado al otro con esa extraña precisión que le es característica, doce pasos, una vuelta, doce pasos en sentido contrario, una vuelta, calculados tan matemáticamente que recorre la misma distancia con una exactitud milimétrica. Steen Steen y Leroy Chang le van a la zaga, absortos en una discusión lingüística acerca de los Superiores. Pilazinool y Kelly Watchman juegan al ajedrez, que como habrás advertido es aquí la gran diversión. Kelly se empapó al volver de la colina y se ha desnudado totalmente. Su hermosa y rosada piel sintética perturba a Leroy Chang, que no deja de mirarla por encima del hombro. Al cuerno con toda esa elaborada discusión acerca del recato. Kelly es una hembra atractiva, desde luego. Pero no entiendo cómo Leroy se puede excitar tanto con una criatura producida con sustancias químicas. Por muy desnuda que esté, no es real, eso resta atractivo a su desnudez. Pilazi-nool también se ha desnudado a su manera se ha quedado con la cabeza y el torso, y un brazo para mover las piezas, mientras el resto de su cuerpo yace en una pila desordenada al lado del asiento. De vez en cuando se atornilla una pierna o se desconecta una antena, o juguetea de otro modo con el cuerpo. Hay que decir que está perdiendo la partida.

    El doctor Schein examina cintas de excavaciones previas en terrenos de los Superiores, y discute los procedimientos de mañana con Mirrik, que tiene mucho que decir. Saúl Shahmoon exhibe uno de sus álbumes filatélicos, y está mostrando sus especímenes más valiosos a 408b y a Jan, que no parecen muy interesados. Y yo estoy sentado en un rincón, hablándole al cubo de mensajes.

    La velada parece interminable.

    ¿Para ti es siempre igual que esto, Lorie? Aun después de tantos años, no sé realmente cómo funcionas por dentro. Es decir, allí tendida, casi sin poder moverte, recibiendo los alimentos a través de tubos, sin siquiera poder ir a la ventana para ver cómo está el día. Sin embargo nunca te he visto aburrida, impaciente o siquiera deprimida. Si mentalmente fueras un vegetal, podría entenderlo. Pero tienes una mente activa y alerta, y probablemente más aguda que la mía en más de un sentido. Heme aquí —hémonos todos aquí—, contando los minutos hasta la mañana y muerto de ansiedad. Y haste allá sin nada que esperar, salvo otro día igual al anterior. Pero siempre animosa.

    ¿Es por la TP? Supongo que sí. Poder vagar mentalmente por el universo entero Hablar con amigos de mil planetas diferentes, ver extrañas escenas a través de los ojos de ellos, descubriéndolo todo acerca de todo sin tener que levantarte de la cama. No tienes tiempo de sentirte aburrida o sola. Te basta sintonizar a otro TP para tener compañía y diversión.

    Siempre te he tenido lástima, Lorie. Yo, tan saludable y activo, yendo a todas partes, haciendo tantas cosas, y tú, atada a esa cama de hospital Y sin embargo, somos mellizos y se supone que compartimos muchísimas cosas. Esa es la ironía. Pero esta noche no sé si debo compadecerte o envidiarte. Yo puedo caminar, tú puedes remontarte de una estrella a otra gracias a tus poderes TP, sin límites. ¿Quién de los dos es el verdadero inválido?

    Pensamientos ociosos de una larga noche…, nada más.

    Jan está cansada de mirar los sellos de Saúl. Oí que le proponía ir a dar una vuelta, pero él dijo que no, que tenía que catalogar algunos sellos. Así que Jan se me acercó y me hizo la misma proposición. A falta de algo mejor, como de costumbre...

    Saldremos a caminar un rato, a menos que aún siga lloviendo. Es una muchacha simpática. Esta fijación que tiene con Saúl me resulta incomprensible, él tiene el doble de edad, obviamente es un solterón empedernido, indudablemente alguna mujer le asustó cuando era joven, a juzgar por su manera de esconderse detrás de los álbumes filatélicos, pero tal vez Jan siente la necesidad de perseguir a cuarentones tímidos. Supongo que cada uno de nosotros es chimpón a su manera. De todos modos, si me invita a dar una vuelta, ¿por qué voy a negarme? Es una forma de matar el tiempo.

    Así que guardaré el cubo. Quizá la próxima vez te cuente cómo descubrimos la tumba del emperador de los Superiores y le encontramos aún vivo, en animación suspendida. O cómo descubrimos el tesoro secreto de los Superiores, cincuenta billones de créditos en uranio. Fantasear en una noche de tedio no cuesta nada. Mañana llegará al fin el momento de la verdad. Ahora, al frío y a la oscuridad. Adiós.


    CUATRO


    Higby V, 28 de agosto de 2375


    Y nos pusimos a cavar y enseguida encontramos un lustroso sarcófago de plutonio sólido con un botón de platino en el costado, y el doctor Horkkk apretó el botón y el ataúd se abrió y adentro vimos al emperador de los Superiores, quien despertó de su letargo artificial, se incorporó y dijo: " ¡Salve, oh criaturas de una edad futura y distante!"

    Y seguimos el túnel estrecho y tortuoso que se internaba en la colina, y Kelly taladró una pared que daba a un pasaje lateral, donde encontramos una bóveda de cristal azul, y a la orden de "Sésamo, ábrete" la puerta de la bóveda se abrió y vimos, cuidadosamente apilados, los cubos de uranio que sin duda tenían que ser el tesoro imperial de los Superiores, evaluado en no menos de cincuenta billones de créditos.

    Y...

    Bien, en realidad no ha ocurrido nada de esto aún. Y es muy improbable que ocurra. Pero quise empezar esta carta dándote un poco de chispa. Lo cierto es que hace varios días que estamos excavando y el lugar parece prometedor. Más que prometedor, es para bailar de entusiasmo.

    Es el vigésimotercer monumento de los Superiores que se descubre. Posiblemente sabes que el primero se halló hace una docena de años en Marte, en la región de Sirte Mayor, y al principio lo confundieron con los restos de una antiquísima cultura marciana. Pero en Marte nunca se volvió a descubrir nada parecido, mientras que unas cuantas ruinas muy similares a la primera fueron encontradas en planetas muy distantes dentro de una esfera con un radio de unos cien años-luz. Así sabemos que las gentes que dejaron estos restos tienen que haber pertenecido a una raza galáctica que recorría una vasta extensión en sus viajes. Muy tempranamente los periodistas les bautizaron los Superiores, y el nombre les quedó. Hasta los arqueólogos lo usamos. No es muy científico, pero de algún modo parece apropiado.

    Todos los monumentos de los Superiores descubiertos hasta ahora siguen el mismo diseño general, es decir, representan puestos de avanzada más que colonias permanentes, como si los Superiores hubieran enviado grupos de exploradores a recorrer toda la galaxia, y estos exploradores se hubieran detenido en un planeta dado veinte o treinta o cincuenta años, y después se hubieran marchado. En cada excavación los arqueólogos han descubierto típicas reliquias Superiores objetos intrincados e incomprensibles, generalmente bien conservados, absolutamente desconcertantes en cuanto a la función. La artesanía es óptima. Generalmente utilizaban oro y plásticos metálicos, y algunos elementos parecen casi nuevos.

    No son nuevos. Llegan a nosotros a través de un billón de años.

    Disponemos de medios bastante precisos para determinar la antigüedad de un monumento, y sabemos que los Superiores vivieron en Marte hace aproximadamente un billón de años, con un error posible de diez millones de años O sea, del uno por ciento La antigüedad de los otros monumentos se ha calculado entre 1100 y 850 millones de años Lo que nos dice dos cosas significativas.

    Que los Superiores habían desarrollado una civilización galáctica en una época en que en la Tierra no había nada viviente más complejo que cucarachas y babosas.

    Que la cultura de los Superiores no sufrió ningún cambio radical en un período de un cuarto de billón de años, lo que implica una civilización rígida, conservadora, plenamente madura, que duró por un período de tiempo que da vértigo de sólo pensarlo. Los egipcios nos parecen una cultura estable porque mantuvieron una civilización prácticamente inalterada durante tres mil años. ¡Diantres! ¿Que son tres mil años frente a 250 millones? Los Superiores nos plantean unos cuantos interrogantes, el problema del origen, por ejemplo. Aún no hemos descubierto bases Superiores fuera de ese radio de cien años –luz. Desde luego, tampoco hemos realizado muchas exploraciones más allá de ese radio, aunque algunas naves llegaron a ochocientos años-luz de la Tierra. Pero la ausencia total de rastros de los Superiores en todos los mundos exteriores que se han examinado, llama la atención.

    Una escuela de pensamiento sostiene que los Superiores son nativos de nuestra galaxia y procedían de uno de los planetas de esa zona de cien años-luz de radio. Es secundario que aun no hayamos descubierto nada parecido a una ciudad importante, tarde o temprano encontraremos el planeta del que partieron todos los grupos expedicionarios. El doctor Horkkk es el principal defensor de esta teoría. En nuestro grupo lo respalda Leroy Chang.

    La otra corriente sostiene que los Superiores procedían de otra región —tal vez a cien mil años-luz de distancia, en el otro confín de nuestra galaxia— y brincaron por encima de casi todas las estrellas intermedias para realizar una exploración prolongada y detenida de nuestro pequeño rincón del universo Tal vez eran incluso extragalácticos, digamos de las Nubes Magallánicas, a doscientos mil años-luz, y dedicaron un par de cientos de millones de años a un examen de nuestra galaxia El doctor Schein acepta la teoría extragaláctica También Saúl Shahmoon.

    Naturalmente, el doctor Schein y el doctor Horkkk jamás ventilan abiertamente sus diferencias de opinión. A nadie se le ocurriría. Cuando dos científicos eminentes disienten, lo expresan en las páginas de publicaciones doctas festoneadas de notas al pie, con parrafadas de prosa cuidadosamente antiséptica que dice, para abreviar "Mi respetable oponente en esta discusión es un chimpón y un talandra." Si se encuentran cara a cara, y sobre todo si forman parte de la misma expedición, son glacialmente corteses y jamás mencionan siquiera sus diferencias de opinión, aunque en el fondo nunca dejen de pensar "Mi admirado colega es un chimpón y un talandra."

    Los demás no estamos sujetos al código de honor que rige a las eminencias de una especialidad. Así que tomamos partido y exponemos alborotadamente nuestras ideas, más que nada por deporte, pues no tenemos fundamentos reales para respaldarlas.

    —Obviamente extragalácticos —afirma 408b— La total falta de testimonios salvo en un rincón insignificante de la galaxia significa que tienen que haber venido de...
    —Basta —brama Mirrik—. Un día de estos encontraremos el mundo donde nacieron, bien cerca de nosotros, y…
    —¡Disparates!
    —¡Sandeces!
    —¡Palabrerío sin base científica!
    —¡Una sarta de tonterías!
    —¡Ignorancia!
    —¡Desvarios!
    —¡Nulidad intelectual!


    Y así seguimos parloteando hasta bien entrada la noche. Mirrik y Steen Steen apoyan la teoría del origen local del doctor Horkkk, y también Jan Mortenson, aunque no con demasiada vehemencia. 408b y yo estamos con el doctor Schein y la teoría extragaláctica. Kelly Watchman es neutral, porque no está en la naturaleza de los androides entusiasmarse con teorías cuando carecen de datos suficientes para enunciar una conclusión lógica. Pilazinool, nuestro especialista en análisis intuitivo, también se reserva sus opiniones. Estoy seguro de que las tiene, pero no acostumbra a exponerlas antes de redondearlas en una teoría. Pero cuando enuncia una teoría, no lo hace con ánimo de discutir; su teoría es la Palabra. De modo que Pilazinool tiene la cautela de no difundir la Palabra hasta que la conoce.

    Preguntarás por qué estoy de parte del doctor Schein. Cómo puedo estar de parte de nadie cuando en verdad no sé un bledo. Muy simple. Sabes que tengo una vena romántica, Lorie. De lo contrario no estaría aquí haciendo lo que hago, a despecho de los proyectos de mi padre. De modo que automáticamente me inclino por la teoría que enciende más luces en mi imaginación. Si los Superiores nacieron en ese radio de cien años-luz, tienen que haberse extinguido. Si todavía existieran, sin duda que ya nos habríamos tropezado con ellos.

    Pero si vinieron de otra galaxia, es probable que aún sigan prosperando en alguna parte. Me gustaría creer que sí; una raza capaz de durar cientos de millones de años sin au-todestruirse —y sabemos que duraron cuando menos ese período— puede ser considerada prácticamente inmortal como raza. O sea que si las ideas del doctor Schein son correctas, es al menos posible que los Superiores habiten otra galaxia y vivan en todo su antiguo esplendor y alguna vez nos topemos con ellos, quién sabe dónde. Las Nubes Magallánicas, M31 de Andrómeda, la galaxia en espiral MI04 de Virgo, en cualquier parte...

    Me apresuro a añadir que ni el doctor Schein ni ningún otro arqueólogo de renombre ha sugerido que los Superiores todavía sobrevivan. Un billón de años es demasiado tiempo aun para una super-especie. La extravagante noción de que todavía existen es exclusivamente mía. La noche que salí a caminar con Jan dejé deslizar esta idea, y ella quedó pasmada.

    — ¡Nada dura un billón de años, Tom!
    —Estás juzgando por las pautas de la Tierra. El hecho de que seamos recién llegados en el universo no significa...
    — ¡Pero no hay ninguna raza inteligente, en ninguna parte, que siquiera se acerque a semejante antigüedad! —protestó—. Los shilamakka son prácticamente la raza más antigua de la galaxia, ¿verdad? Y evolucionaron hace sólo cincuenta millones de años. Mientras que nuestra especie no tiene siquiera medio millón de años. Y los calamorianos son aún más jóvenes, y...
    —Tenemos pruebas de que los Superiores pudieron sobrevivir en un período de doscientos cincuenta millones de años, Jan. De modo que sabemos que tenían un poder permanente. Es muy posible que todavía...
    — ¿Y los cambios evolutivos? ¡En un billón de años habrían cambiado tanto que serían irreconocibles!
    — ¿No piensas que podrían controlarlas transformaciones genéticas? —pregunté—

    Una raza conservadora como esa no consentiría las mutaciones azarosas. Se mantendría intacta e inalterada.


    — ¿Y los recursos naturales de su planeta de origen? ¿No se habrían agotado hace mucho tiempo ya?
    — ¿Y quién dice que están viviendo en su planeta de origen?

    Jan no estaba convencida, y te confieso que yo tampoco. La idea de que una especie pueda preservar una civilización durante un millón de años es más de lo que un humano como yo puede comprender. Hablar de una supervivencia de más de un billón de años te provoca un corto-circuito en el cerebro.

    Y sin embargo, Lorie, quiero que todavía existan en alguna parte. Me cuesta creer que semejante grandeza alguna vez pudo terminar y desaparecer del universo. Los últimos Superiores, la muerte de una civilización de millones de años, la falta de impulsos vitales, tal vez el agotamiento cultural. Es inconcebible. Quizá porque aceptar la extinción de los Superiores implica aceptar la futura extinción de nuestra cultura. Ninguno de nosotros cree jamás en la posibilidad de su propia muerte. Y mucho menos en la muerte de su especie, su civilización. Y si creo en la inmortalidad de la raza humana, pues no puedo evitarlo, ¿cómo puedo creer que la raza de los Superiores, mucho más evolucionada, haya sido mortal? No. Sigo diciéndome que lejos de aquí, en otra galaxia, se aferran a la existencia, aunque tal vez hayan olvidado que alguna vez visitaron una galaxia vecina donde la vida inteligente no había surgido aún. La nuestra. Ahí tienes. De nuevo el chimpón de tu hermano con el tonto romanticismo de siempre. Solías decirme que yo no tenía el don científico de la objetividad. Quizá tenías razón.

    Veo que no he dicho demasiado acerca de los trabajos que hemos realizado hasta ahora.

    En principio, lo que sucede con los monumentos de los Superiores es que son tan fantásticamente antiguos que no es posible aplicarles técnicas arqueológicas normales Más que arqueólogos, somos paleoarqueólogos. No podemos ponernos a escarbar la arena o la tierra, como cuando se hace una excavación en Egipto o Nueva Méjico, y empezar a sacar artefactos. En más de un billón de años la arena y la tierra se vuelven piedra. Tenemos que extraer todos nuestros hallazgos de la roca sólida.

    Hasta cierto punto podemos valemos de métodos normales. Quitamos la sobrecarga de material geológico con palas mecánicas, con herramientas manuales y con excavadoras, incluyendo dinamonianos como Mirrik Y cuando el punto clave queda expuesto, entonces tenemos que usar taladros neumáticos Estos arrancan la roca molécula a molécula literalmente, hasta descubrir los restos que buscamos. Si el operador de la máquina es un poco torpe, es probable que también desmenuce las moléculas de alguna reliquia.

    Hasta ahora Kelly ha sido casi perfecta. Hizo algún corte en un depósito de muy poca importancia, pero es perdonable; por lo demás ha procedido con verdadera habilidad. Retiro todo lo que dije en el primer cubo acerca de las desventajas de una operadora androide.

    Hemos necesitado casi toda la semana para quitar la sobrecarga, y pasaron unos días más antes de que diéramos con algún objeto. Hemos encontrado la base de los Superiores más grande que se haya descubierto, y se interna más de cien metros en la cima. A esta altura hemos juntado bastante material común; desechos dispersos alrededor de la periferia del campamento. Objetos como:

    Nódulos de inscripciones. Son tubos plásticos con el tamaño y la forma de un cigarro, generalmente de color verde oscuro pero a veces azules. En un lado tienen una inscripción jeroglífica que normalmente abarca entre setenta y cinco y cien símbolos. Las inscripciones de pronto se borran y aparecen otras nuevas. Esto puede ocurrir cuando le pasas el tubo a otra persona, cuando lo inclinas, cuando quien lo sostiene cambia bruscamente de humor, o cuando empieza o termina la lluvia. Por otra parte, a veces es imposible inducir un cambio en la inscripción aun si todas estas cosas ocurren simultáneamente. Se ha descubierto cientos de nódulos de inscripciones en cada base Superior. Algunos fueron abiertos; no tienen partes móviles y parecen fabricados totalmente con plástico sólido. Los cambios en las inscripciones nos resultan tan comprensibles como a un Neanderthal el origen de una imagen televisiva. Tampoco podemos descifrar las inscripciones.

    Placas conmemorativas. Son una especie de medallas del tamaño de monedas grandes y acuñadas en un metal blanco a prueba de herrumbre. Abundan en todas las excavaciones. En una cara tienen la esfigie de lo que suponemos es un Superior; una criatura humanoide con cuatro brazos, dos piernas, una cabeza con forma de cúpula. En el anverso hay una inscripción con símbolos similares a los de los nódulos. El punto de fusión del metal utilizado para estas placas está por encima de los 3.500 grados; el metal es tan extraordinariamente duro que no entendemos cómo las acuñaron. El análisis químico no ha revelado la naturaleza de la aleación.

    Objetos enigma. Tal como lo dice el nombre, son láminas metálicas entrelazadas en una variedad de diseños perturbadores. Los más simples son cintas Moebius; tiras de metal planas con los extremos unidos y una torcedura en el medio, de modo que puedes pasar el dedo a lo largo de una cara, seguir la curva de la torcedura y terminar en la cara opuesta sin haber levantado el dedo. O sea que la cinta Moebius es realmente bidimensional, pues tiene un solo lado, ¿de acuerdo? Además, hay botellas Klein, que son recipientes tridimensionales que se curvan sobre ellos mismos de tal modo que también tienen una sola superficie. También hay teseractos, que son estructuras con cuatro dimensiones espaciales; un teseracto es al cubo lo que el cubo al cuadrado, ¿entiendes? Si miras correctamente un teseracto lo entenderás... Pero no te lo recomiendo. Después, hay artefactos que no encajan en ninguna teoría matemática, que se combinan de manera que puedes bajar por un lado, subir por el otro y luego llegar a un sitio donde la superficie desaparece y estás en otra parte. Se conocen unos doce tipos de objetos-enigma; tal vez los Superiores los utilizaban como diversión intelectual. Aquí hay muchísimos, en condiciones asombrosamente buenas.

    Enseres varios. Esto incluye esferas, palancas, botones que brillan en la oscuridad, pequeñas piezas que parecen joyas, prismas, aparatos, tubos que se calientan en un extremo cuando apoyas el dedo en el otro, y muchas cosas más. Todo es lustroso y bonito, incluso las miniaturas: y todo ha resistido un billón de años de presión geológica.

    Mientras avanzamos hacia el centro del recinto seguimos juntando una asombrosa cantidad de estos objetos. El porcentaje de material desechado aquí es más alto que en ninguna otra parte, lo que nos da las esperanzas de encontrar algo de especial significación. Como una tumba. Nunca se han descubierto los restos físicos de un Superior, ¿sabes? Ni siquiera un esqueleto fósil podría durar un billón de años —no intacto, por lo menos—, pero las posibilidades tecnológicas de los Superiores les permitían construir ataúdes de metal o de plástico capaces de tolerar cualquier tipo de rigor, a juzgar por el estado en que han sobrevivido estos artefactos. Sin embargo, en ninguna de las veintitrés excavaciones hemos encontrado una sepultura, o siquiera rastros de ella. Como algunas bases estuvieron ocupadas durante varias décadas es razonable suponer que algunos miembros de la expedición debieron morir en el curso de la misión.

    ¿Trasladaban los cadáveres al planeta natal para sepultarlos?

    ¿Cremaban a los muertos reduciéndolos al nivel atómico?

    ¿O la longevidad de los Superiores se prolongaba tanto que era estadísticamente improbable que ninguno de ellos muriera en un período de cincuenta años de ocupación?

    No lo sabemos. Pero nos gustaría tener alguna certidumbre acerca de la condición y aspecto de los Superiores.

    Nuestros progresos son necesariamente lentos. Todos cavamos, hasta los jefes. Pero no podemos avanzar más de unos metros cúbicos por día. Mirrik va en primer lugar y arranca la sobrecarga con sus colmillos. Kelly le sigue con sus taladros y corta una rebanada de roca. El resto de nosotros se mete para recoger los artefactos que van apareciendo. Antes de alzar un objeto tenemos que fotografiarlo y consignar su posición. Luego lo enviamos al laboratorio, donde Saúl Shahmoon hace los estudios cronológicos. Aún no ha determinado la fecha de este monumento, pero calcula que es bastante tardío y no tiene más de 900 millones de años. Luego, todo lo que tenga una inscripción pasa al doctor Horkkk, quien registra los datos y los almacena en su computadora. 408b, el especialista en paleotecnología, examina la parte mecánica de cada objeto tratando de entender cómo funciona. Pilazinool, entretanto, husmea aquí y allá en busca de pistas dispersas que le permitan elaborar uno de sus juicios intuitivos.

    Todos tenemos la extraña y misteriosa sensación de que estamos en presencia de algo importante. Nadie sabe por qué. Quizá somos demasiado optimistas.

    Trabajamos duro. La arqueología, ante todo, te hace doler la espalda y los dedos. El halo romántico viene más tarde, cuando los periodistas escriben sus anécdotas. Al anochecer descansamos, jugamos mucho al ajedrez, discutimos un poco, escuchamos la lluvia... Con el transcurso de las horas a menudo me aburro, pero el efecto general de estar aquí es increíblemente excitante.

    Tenemos un problema con Mirrikk. Si no se soluciona pronto tal vez quede excluido de la expedición. Sería una lástima, pues aunque a su manera torpe, es un vidj muy simpático.

    Te dije que Mirrik tiene el vicio del alcoholismo, por decirlo de algún modo. En vez de empinar el codo come flores; algo en el néctar de un pimpollo ordinario le produce un impacto demoledor. El efecto metabólico de una flor en un dinamoniano debe ser tremendo, mucho más que el del alcohol en nosotros, pues basta un par de bocados para que todo el tonelaje de Mirrik se electrifique de golpe.

    Este lugar, desolador como es, tiene algunas flores. Uno de los ingenieros terraformadores debía de tener un alma poética pues plantó un macizo de ásteres a unos dos kilómetros de la excavación. Las plantas subsistieron en los sitios menos castigados. Mirrik, que necesita mucho ejercicio y es aficionado a las caminatas largas y solitarias, las descubrió.

    Yo fui el primero en saber el secreto.

    Una tarde de la semana pasada regresaba de la colina al terminar mi turno en la excavación, cuando vi que Mirrik se me acercaba trotando. Tenía permiso desde hacía un par de horas. Al acercarse a la colina, brincó en el aire y trató de entrechocarse los dientes frontales. No lo consiguió, y aterrizó hecho un ovillo. Se levantó, correteó en círculos y lo intentó de nuevo. Volvió a fracasar. Me vio a mí y rió. ¡Imagina diez toneladas de dinamoniano riéndose! Entrechocó los colmillos con aire juguetón. Se me acercó bamboleándose, me tomó dulcemente en sus brazos y me hizo girar. Esto le divirtió tanto que empezó a golpetear rítmicamente con los pies. La tierra temblaba.

    — ¡Hola, Tommo! ¿Cómo eztáz? —parpadeó y me largó el aliento en la cara—. Mi amigo Tommo. ¡Bailemoz, Tom!
    — ¡Mirrik, estás borracho! —le dije.
    —Tonteríaz —juguetonamente me hundió los colmillos en las costillas—. ¡Bailemoz, bailemoz! Retrocedí de un salto.
    — ¿Dónde encontraste las flores?
    —Aquí no hay florez... ¡Zólo que eztoy fffeliiiiizzz! Tenía el hocico dorado de polen de áster. Fruncí el ceño y se lo limpié. Mirrik rió de nuevo.
    — ¡Quieto, montaña con patas! —le dije—. Si llega a ver te el doctor Horkkk, ¡pobre de ti!

    Mirrik quiso detenerse en el laboratorio para hablar de filosofía con Pilazinool. Le disuadí. Luego empezó a llover y eso le calmó algo, lo suficiente para comprender que si lo encontraba alguno de los jefes, se vería en un aprieto.

    —Hazme compañía hazta que ze me paze —dijo, y yo accedí

    Charlamos sobre la evolución del misticismo religioso hasta que recobró la sobriedad Cuando regresábamos al campamento dijo con tristeza.

    —Lamento mi debilidad, Tom. Pero creo que con tu ayuda he aprendido a contenerme. No volveré a visitar el macizo de ásteres.

    Al día siguiente también vino borracho. Yo estaba en el laboratorio, limpiando y clasificando la última tanda de nódulos de inscripciones rotos y placas melladas, cuando una voz como un altavoz cósmico rugió afuera.

    Ven, llena la copa, y al fuego de la primavera
    arroja tu atuendo invernal de pesadumbres,
    corto es el vuelo del Pájaro del Tiempo
    que ya aletea raudamente.


    — ¡Las Rubayatas! —exclamó Jan, fascinada.
    — ¡Mirrik! —jadeé yo.

    El doctor Horkkk miró torvamente desde su computadora. El doctor Schein arrugó el ceño. 408b emitió un murmullo de disgusto, estas locuras le resultan incomprensibles.

    Mirrik prosiguió.

    Algunoz zuzpiran porrr laz gloriaz de ezte mundo
    y otrrroz porrr el futuro Paraizzzzo del Profffeta,
    ¡Ah, gozzzza el momento y olvida el porvenirrrrr, no ezcuchez el rrrrredoble de tamborez diztaaaaantezzz!
    Jan y yo salimos precipitadamente del laboratorio y encontramos a Mirrik frotando el hocico en la hierba, frente al edificio. Tenía pimpollos aplastados detrás de las orejas, y toda la cara empolvada de polen. Por un instante me miro consternado, como si un Mirrik sobrio tratara de asomarse por detrás de su máscara ebria, luego rió de nuevo y continuó.
    Ah, mi amada. Llena la copa que limpia
    al hoy de penazz prettteritaz y laaagrimaz futuraz
    ¡Mañana! Ay, quiza mañana
    ezte abrumado por loz ziete mil añoz del ayeeer


    —Quizá mañana estés emprendiendo el viaje de regreso —dije ásperamente—. ¡Por Ornar, Mirnk! ¡Vete de aquí! Si te ve el doctor Horkkk...

    Demasiado tarde.

    Esa noche Mirrik celebró una larga conferencia con nuestros jefes, que temen que un día la cosa pase a mayores y Mirrik arrase el campamento, un dinamoniano borracho es tan peligroso como un cohete desbocado Y a menos que Mirrik renuncie a los ásteres, le embarcarán de regreso. 408b hizo una sugerencia más delicada, simplemente encadenar a Mirrik cuando no está trabajando, como a un toro desobediente. El bueno de 408b siempre da con una solución humana…

    Casi todos tratamos de encubrir a Mirrik cuando vuelve borracho al campamento. Le acompañamos hasta que se calma, o le alejamos de las burbujas si intenta entrar, o tomamos otras medidas para protegerle de sí mismo. Pero no engañamos a nadie. Tanto el doctor Schein como el doctor Horkkk están preocupados por este asunto. Y cuando esos dos se ponen de acuerdo en algo, hay problemas en perspectiva.

    De paso, Leroy Chang piensa que tengo un romance con Jan. Me hace gracia.

    Admito que una noche la llevé a dar un largo paseo. Y varios paseos más cortos ¿Qué culpa tengo de si me agrada su compañía? Es el único ser humano del otro sexo en este lugar, sin contar a Kelly Watchman, ¡por supuesto! En todo caso, es la única persona de mi edad, salvo Steen Steen a quien no le tengo demasiado afecto, y es la única muchacha joven, pues Kelly, además de ser androide, tiene más de noventa. Y tengo más en común con ella que con, digamos, 408b o el doctor Horkkk. Así es que creo natural que me guste estar con Jan.

    Pero..., ¿un romance?

    Leroy tiene celos de fantasmas Es uno de esos solterones retorcidos que persiguen a las jóvenes compulsivamente, por lo general sin mucho éxito. Y hasta ahora no se ha anotado ni un solo tanto con Jan. Ella, con toda razón, piensa que es un viejo verde. Como él no puede aceptar que esa sea la explicación para su falta de éxito, ha inventado otra mejor, como yo soy más joven y más alto y más estúpido que él, Jan, superficial como toda jovencita, me ha elegido a mí Su manera de expresar su resentimiento es hundirme los dedos en las costillas, torcer la cara y decirme.

    — ¿Habéis tenido una noche agitada, eh? Apuesto a que sí. Eres todo un artista en biología, ¿eh, muchacho?
    —Déjeme en paz, Leroy —le digo suavemente— Jan y yo no estamos en la misma óibita.
    —Lo dices en serio y todo. Pero no me engañas. Cuando la traes de vuelta se le adivina en la cara esa expresión vaporosa y excitada. Un hombre de mundo como yo entiende de inmediato qué hicisteis.
    —Generalmente comentamos los hallazgos del día. —Pero claro ¡Claro! —baja la voz— Escucha, Tommo. No me importan tus asuntos, pero ¡ten compasión! En esta expedición hay otros hombres y las hembras no abundan, ¿sabes? —un gruñido grosero— ¿Te molesta si una de estas noches soy yo quien se la lleva detrás de las rocas?

    ¡Ese soy yo, Tom Rice! El perverso acaparador de mujeres ¿Puedes creerlo? No hay manera delicada de explicarle a Leroy que él mismo es su peor enemigo en lo que se refiere a sus aspiraciones con Jan, que si no fuera tan ávido y posesivo y pegajoso y tosco, quizás ella le toleraría un poco. Por cierto que no he monopolizado su afecto, pues pese a cuanto diga Leroy, mi relación con Jan es la de un hermano con su hermana.

    Bueno. Más o menos.

    Ella está totalmente deslumbrada por Saúl Shahmoon, y me avergüenza confesar que cuando estamos solos, prácticamente Jan no hace otra cosa que elogiar a Saúl y quejarse de que él no se fija en ella. Admira su lucidez, su pulcritud, sus delicados rasgos mediterráneos, sus modales fríos y contenidos, y otras virtudes. Lamenta que esa extraña obsesión por la filatelia no le deje tiempo para el amor, y me pide que le aconseje cómo conquistarle. ¡De veras!

    Y Leroy Chang insiste en que Jan y yo organizamos orgías tras de las rocas.

    ¿Sabes? Tal vez haga un intento la próxima vez que salgamos a pasear. Es decir, si Leroy ya nos hizo una reputación con sus risitas e insinuaciones, ¿qué puedo perder? Al fin y al cabo, la muchacha es atractiva. En esta expedición no he hecho voto de castidad Además, estoy absolutamente harto de oírle cantar alabanzas a las magnificencias de Saúl Shahmoon.


    CINCO


    Higby, 5 de septiembre de 2375


    Esta mañana he hecho un gran descubrimiento...que casi me cuesta el puesto. Aún no comprendemos exactamente qué es, pero sabemos que es algo gordo. Tal vez lo más gordo hasta el momento, en arqueología Superior. Te contaré cómo sucedió.

    Después del desayuno, cinco de nosotros fuimos a cavar en la colina: yo, Jan, Leroy Chang, Mirrik y Kelly. En esta etapa de la excavación, un equipo de cinco es tan numeroso como eficiente. El resto estaba en el laboratorio, procesando objetos, determinando fechas, haciendo análisis por computadora y realizando otras tareas auxiliares.

    Ahora hemos penetrado muy hondo en la colina, y el campo arqueológico se ha ensanchado considerablemente. Hay gran cantidad de objetos dispersos por todas partes: ya tenemos más de cien nódulos y una caja enorme de placas y objetos-enigma. Todos, artículos ordinarios, sin embargo. Sólo que más abundantes, cada vez.

    Era una mañana fría y lluviosa. Como siempre. Nos acurrucamos bajo el escudo protector y nos pusimos a trabajar. Primero Mirrik apartó la capa de tierra que habíamos utilizado para cubrir el nivel de excavación real. Luego Kelly se metió con el taladro. Según nos organizamos, yo descendí a la cavidad para dirigir el trabajo; Kelly se agazapó por sobre mí, para arrancar las capas de roca que yo le indicaba; Mirrik permaneció a mi lado, recogiendo y apartando los escombros con los colmillos; Jan operaba la cámara, filmando todo en película tridimensional; y Leroy, como arqueólogo más experto de este equipo en particular, registraba las posiciones de los objetos.

    Trabajamos una hora sin novedades. Luego nos encontramos con una capa de piedra arenisca blanda y rosada, donde había una serie de objetos-enigma incrustados. Cuando uno trabaja muy duro y sin interrupción, empieza a transformarse en una especie de máquina que a veces actúa mecánicamente con un ritmo automático, y así era como estábamos funcionando Kelly, Mirrik y yo. Yo señalaba, Kelly taladraba, Mirrik despejaba; un objeto quedaba expuesto, Jan lo fotografiaba, Leroy lo anotaba, y yo lo levantaba cuidadosamente para meterlo dentro de la caja. Señalar, taladrar, despejar; filmar, registrar, guardar. Señalar, taladrar, despejar...

    Algo extraño centelleó en la arenisca.

    Era una masa metálica curva que relucía intensamente. Por la suavidad de la curva calculé que era una esfera de por lo menos un metro de diámetro. Estaba fabricada con una de las aleaciones de oro que los Superiores solían utilizar en mecanismos más grandes; la superficie era lisa en algunas partes, y rizada de protuberancias de un centímetro en otras.

    — ¡Acerca la máquina, Kelly! —exclamé—. ¡Veamos qué es esto!

    La guié hasta los bordes del objeto incrustado. Kelly taladró con delicadeza y pulcritud hasta dejar expuestos otros pocos centímetros, y luego un poco más, y luego más aún. Sacudí la arena con los dedos, apartándola del camino. Leroy no prestaba atención a lo que hacíamos; estaba ocupado con sus registros o tal vez procuraba mejorar sus relaciones biológicas con Jan. En todo caso, los dos estaban muy arriba, en el borde de la fosa, y yo me encontraba demasiado ocupado con mis excavaciones para detenerme a ver si Leroy tenía alguna instrucción especial para mí.

    —Por aquí —le dije a Kelly—. Sigue la curva, ¿ves? Ubica el taladro aquí abajo, y luego...

    Kelly asintió. Parecía tensa y crispada de excitación, y para que un androide se excite, tiene que haber algo muy especial. Empujó las dos manijas del taladro y empezó a escarbar de costado. La punta del taladro tropezó con una masa enorme de arenisca y la desmenuzó. Empecé a apartar los escombros, pero Mirrik dijo:

    —Es demasiado para ti, Tom. Hazte a un lado —hincó los colmillos en el boquete y limpió media tonelada de pedregullo.

    Señalar, taladrar, despejar. Señalar, taladrar, despejar. Estaba empapado de sudor. Kelly, que no suda, parecía también arrebatada y pegajosa. Seguimos trabajando frenéticamente diez minutos, hasta que la mitad de la esfera quedó al descubierto. Empecé a ver un panel de control y una variedad de perillas y botones.

    Este no es el modo de exhumar algo importante. Estábamos trabajando precipitadamente, los tres, hipnotizados por el hechizo de un gran descubrimiento, sin querer ni poder calmarnos. No hablaré por Mirrik y Kelly, pero confieso que yo quería completar la excavación de esta misteriosa esfera, antes que alguno de los arqueólogos jefes me interrumpiera. ¡Un motivo indigno! También estupidez chimpona y un despliegue de talandrez colosal, pues un mero aprendiz como yo podía fácilmente haber arruinado el trabajo, ganándose las maldiciones de todos sus colegas.

    Pensé en todo esto. Pero aún así seguimos adelante. Señalar, taladrar, despejar. Señalar, taladrar, despejar. Señalartaladrardespejar. Señalartaladrardespejar. Señalartaladrardespejar. Señalartaladrardespejar.

    Me detuve a recobrar el aliento y levanté los ojos. Leroy y Jan no estaban observando. Estaban biologizando. Al menos Leroy, a su manera sutil, apoyaba una mano en..., bueno, la cadera de Jan. Y con la otra tanteaba en el botón magnético de la blusa mientras trataba de besar a Jan en la boca y ella se resistía pegándole con los puños cerrados, y el conjunto tenía todo el aspecto de una violación. Lo más caballeresco habría sido saltar al borde de la fosa de un brinco, gritar "¡suéltala, bellaco!" y hacerle saltar la dentadura de un golpe. Pero me dije: a) Jan sabe cuidarse sola, y b) mientras Leroy forcejee con ella, no se entrometerá en el trabajo. Así que no me porté como un caballero. Una vergüenza.

    Ella le asestó un puñetazo en el vientre. Leroy se puso púrpura, se encorvó y dejó caer el cuaderno en la fosa. Jan se soltó y se echó a correr bajo la lluvia. Leroy la siguió, aullándole cosas como "¡Jan, Jan! ¡Déjame explicarte!"

    —Estamos solos —dije a Kelly y a Mirrik—. ¡Sigamos excavando! Y seguimos excavando como si nada hubiera pasado Ahora, Kelly taladraba debajo de la esfera, yo la palpe cuidadosamente, tratando de arrancarla de la piedra, pero sin resultados. Mirrik también tironeó cuidadosamente, y la esfera se inclinó pero se quedó donde estaba. Era una auténtica belleza, tan grande que yo apenas podía abarcarla con los brazos, y a lo largo de una cara estaba cubierta con toda clase de controles. Cinco minutos más, pensé, y lograríamos aflojarla.
    —Un momento —dijo Mirrik—. Creo que en este instante yo debería rezar por el éxito de nuestra labor.

    Lo hace a menudo Mirrik es muy religioso, ¿sabes? Es paradojista, un adorador de las fuerzas contrarias del universo, se pone a rezar cada vez que es necesario aplacar esas fuerzas, es decir, casi siempre. Kelly retiró el taladro y Mirrik se arrodilló delicadamente en la fosa, plegando las gruesas piernas bajo el cuerpo macizo y apoyando las puntas de los colmillos en la esfera. Se puso a gruñir y rugir en dinamoniano Más tarde le pedí que me tradujera la plegaria, y me dio esta versión.

    Oh Padre de las confusiones y las penurias, socórrenos
    Oh Tu, de cuya existencia dudamos, no dudes en ayudarnos en esta hora
    Oh gobernador de lo ingobernable, oh creador de lo increado, oh portador de verdades que mienten, da lucidez a nuestras mentes y precisión a nuestros pasos
    Oh misterio en claridad, oh mancha en la pureza, oh tinieblas en la luz, confórtanos y guíanos y condúcenos
    No nos induzcas a error
    No nos arrojes a la lamentación
    Permanece con nosotros ahora como en el primero y el último de todos los días
    Tu que ocultas los destinos y destruyes los designios, se misericordioso, pues en el odio anida el amor, en la ceguera la visión, en la falsedad la rectitud Amen Amen Amen


    Convendrás conmigo en que es una plegaria curiosa. Una religión curiosa, también Lo que tienen estas razas extrañas es que son de veras extrañas. Pero le pedí a Mirrik que un día de estos me explique el paradojismo. Tal vez lo haga.

    Cuando concluyó la plegaria retrocedió, hundió los colmillos bajo la gran esfera, soltó un gemido de éxtasis y empujó. La esfera cedió un poco. Empujó de nuevo. La esfera cedió un poco más.

    — ¡Mete el taladro aquí abajo! —aullé—. ¡Rompe este reborde de piedra y ya es nuestra!

    En un estallido de jubilosa locura los tres tironeamos, colmillearnos y taladramos en el fondo de la fosa, apretujándonos, acomodándonos, aferrando la esfera, dando un espectáculo de lo más tonto. Pensábamos que la esfera quedaría libre, pero estaba incrustada con más fuerza de la que pensábamos, y en nuestro frenético afán por arrancarla, estuvimos muy a punto de hacerle daño.

    — ¿Qué estáis haciendo? —dijo de golpe una voz fría, aguda, furibunda—. ¡Idiotas! ¡Vándalos! ¡Criminales!

    Levanté los ojos. El doctor Horkkk me miraba desde el borde, los ojos rojos de cólera y cinco veces más grandes; agitaba todos los brazos al mismo tiempo y brincaba sobre tres piernas mientras se pateaba violentamente con la cuarta que es lo que hace la gente de Thhh cuando pierde los estribos; estaba doblemente boquiabierto de furia.

    —Encontramos esta esfera —expliqué—, y ahora estamos tratando de quitarle la matriz de arenisca y...
    — ¡La arruinaréis! ¡Idiotas! ¡Asesinos!
    —Sólo un segundo más doctor Horkkk, y ya es nuestra.

    Tienes que entender que mientras yo entablaba esta conversación con el doctor Horkkk, Mirrik, Kelly y yo seguíamos golpeando la piedra, con más torpeza y prisa aún, como si el destino del universo dependiera de que la esfera saliera de la roca en los dos minutos siguientes. El doctor Horkkk aullaba y chillaba y brincaba. Vagamente le oí decir:

    — ¡...o los tres quedaréis despedidos!

    Ahora otras caras se asomaban a la fosa. Miré por encima del hombro y vi a Pilazinool, 408b, Saúl Shahmoon y Jan. Temblando de furia, el doctor Horkkk se aferró a la pierna de Pilazinool y nos señaló mientras gruñía en lo que supongo era la lengua de Thhh. Pilazinool trató de apaciguarle.

    Apareció el doctor Schein, estudió la situación y saltó dentro de la fosa.

    El extraño frenesí que se había adueñado de nosotros se disipó cuando llegó él. Kelly bajó el taladro, Mirrik se alejó de la esfera, yo me incorporé secándome el sudor.

    — ¿Qué tenemos aquí? —preguntó amablemente el doctor Schein.
    —Un... Un artefacto, señor... —murmuré.
    —Excepcional. Excepcional. Pero… , ¿por qué tanta prisa?
    —No sé, señor... Nos dejamos...arrastrar...
    —Bien, pero aquí no hay que dejarse arrastrar ¿verdad? Es necesario proceder ordenadamente, como ha dicho el doctor Horkkk. Comprendo vuestro entusiasmo, pero aun así —frunció el ceño—. ¿Quién se encarga de consignar los hallazgos?
    —Leroy Chang —dije.
    — ¿Dónde está?

    No supe qué decir, así que no dije nada. Le eché una ojeada a Jan y ella sonrió torvamente. Tenía las ropas desordenadas y estaba empapada de correr bajo la lluvia, pero me guiñó el ojo. Como te dije, Jan sabe cuidarse sola.

    — ¿Dónde está el profesor Chang? —repitió el doctor Schein.
    —Abandonó la excavación hace diez minutos —dije.

    El doctor Schein pareció sorprendido, pero se encogió de hombros y recogió el cuaderno.

    —Bien, sigamos —dijo—. Yo supervisaré. Terminad de sacar la esfera, pacientemente.

    Con todos observándonos y bajo la guía del doctor Schein, terminamos la tarea de un modo más profesional. Nuestra desenfrenada precipitación me producía una sensación de culpa y embarazo, y cuando el doctor Horkkk brincó dentro de la fosa para observar la esfera de cerca, no pude mirarle la cara. Nos llevó media hora más sacar la esfera Pilazinool, el doctor Schein y el doctor Horkkk conferenciaron al respecto en la fosa, todos convmieron en que era una especie de máquma Superior, que sin duda se trataba del mayor objeto Superior hasta entonces encontrado, pero no tenían la menor idea acerca de su utilidad y funcionamiento. Nadie me felicitó por haber realizado el mayor hallazgo en la especialidad desde que se hizo la primera excavación. Yo no me sentía precisamente orgulloso, considerando que me había portado como un chimpón mientras excavábamos.

    Cuando terminaron la conferencia, Mirrik acunó reverentemente la esfera sobre sus colmillos —dice que pesa tanto como un hombre— y la llevó al laboratorio. Eso fue hace tres horas. El doctor Schein, el doctor Horkkk y Pilazinool han estado ahí adentro desde entonces. Los acompaña 408b, Saúl Shahmoon entra y sale constantemente. Cada vez que sale parece más entusiasmado que antes, pero nunca habla salvo para decir que aún no saben nada.

    Mirrik, Kelly, Steen Steen y Leroy Chang han vuelto a la colina. Leroy tiene la cara un poco magullada y parece bastante alicaído. A Jan y a mí nos encomendaron la limpieza de la tarde, ella en su burbuja y yo en la mía.

    Toda una recompensa por un gran hallazgo, ¿verdad?

    Dos horas más tarde. Dentro del laboratorio siguen conferenciando. Me muero por saber qué ocurre, pero si necesitaran aprendices nos mandarían llamar. Hace mucho que Saúl no vuelve a salir. En la colina siguen excavando, aunque no han encontrado nada fuera de lo común Kelly y Mirrik cavarían toda la noche, si les dejáramos. Cuando terminé la limpieza fui a charlar con Jan.

    Demostró menos interés en comentar la antigua esfera que en hablar de la rudeza de Leroy Chang. Típico de una muchacha, diría yo, pero probablemente te ofendería y además, no estoy muy seguro de tener razón.

    —Viste cómo me manoseaba —acusó Jan— ¿Por qué no interviniste?
    —No me di cuenta de que pasaba algo serio.
    — ¿Serio? ¿Qué pretendías que pasara? ¡Prácticamente me había arrancado las ropas!
    —Pobre Leroy. Sin duda conoce el arte de la seducción —Muy gracioso. Imagínate si me hubiera violado —Ni siquiera tuvo posibilidades de lograrlo, ¿verdad? —No gracias a ti Te quedaste cavando como un loco en el fondo de la fosa mientras yo pedía socorro a gritos.
    — ¿Sabes? Dicen que la violación no es realmente posible a menos que la víctima colabore. Es decir, todo cuanto tiene que hacer es defenderse, y si la muchacha tiene una fuerza normal y el atacante no es superhombre podrá librarse de él. De modo que cuando el violador tiene éxito, es o bien porque la muchacha está paralizada de miedo o bien porque secretamente ella quiere que la violen. Además, no recuerdo haberte oído gritar.
    —Tu psicología barata no me convence —dijo Jan—. No sé de dónde has sacado esa extravagante teoría, pero te aseguro que no es cierta. Como la mayoría de los hombres, no tienes la menor idea de lo que piensa una mujer en tales circunstancias.
    —Supongo que te habrán violado un par de veces y eres experta en la materia...
    —¿Podemos cambiar de tema? Hay varios cientos de miles de temas que preferiría discutir, en vez de éste. Y además, no me han violado, y prefiero seguir como hasta ahora, gracias.
    —¿Cómo te libraste de Leroy?
    —Le golpeé en la cara. No le abofeteé. Le golpee. Luego le di unas cuantas patadas.
    —Y él cedió. Lo que prueba mi teoría de que...
    —Ibamos a cambiar de tema.
    —Fuiste tú quien empezó a hablar de la violación —dije
    — ¡No quiero oír de nuevo esa palabra! —De acuerdo.
    —Y sigo pensando que fuiste un cretino al seguir cavando cuando Leroy se proponía...atacarme.
    —Discúlpame. Estaba totalmente concentrado en el trabajo.
    — ¿Qué era esa cosa, de todos modos?
    —Ojalá lo supiera — dije—. ¿Vamos al laboratorio a ver si ya han averiguado algo?
    —Mejor que no. No nos quieren allí.
    —Creo que tienes razón.
    —No quise armar tanto alboroto, Tom —dijo ella—. Sólo que Leroy me asustó. Y cuando nadie vino en mi ayuda.
    — ¿Vas a presentarle alguna queja al doctor Schein? Ella meneó la cabeza.
    —Leroy no volverá a molestarme. No tiene sentido armar un escándalo.

    Admiro la actitud de Jan. De paso, confieso que también admiro a Jan. Hasta ahora mis cartas han sido algo vagas en ese sentido. En parte porque sólo lentamente voy descubriendo qué muchacha interesante es Jan, además de ser atractiva físicamente y todas esas cosas. Pero en parte porque —bien, perdóname Lorie— siempre me ha costado comentarte mis problemas amorosos. No porque me moleste hacerte confidencias, sino porque temo herirte.

    En fin, ya lo he dicho. Aunque quizá borre esto del cubo antes de dártelo.

    Lo que trato de decir es que no quiero tocar ciertos aspectos de la vida que para ti son una imposibilidad a causa de tu condición. Como el amor y el matrimonio y todo lo demás. Ya es bastante malo que yo pueda llevar una vida física activa, viajando y haciendo cosas, y tú no. Pero toda esa situación social y emocional —las citas, los enamoramientos, la iniciación de un matrimonio temporal o permanente— es algo que no conocerás nunca. Y me pone incómodo recordártelo haciéndote comentarios acerca de mis propias aventuras amorosas, que son abundantes y divertidas, aunque mamá piense que a mi edad yo ya debería sentar cabeza.

    ¿No soy magnífico? Con qué tacto te explico por qué no quiero contar ciertas cosas, aun desviándome del camino para decir que no me gusta recordarte asuntos que paso a recordarte de inmediato. Sensacional. Sin duda borraré esta sección del cubo en cuanto se me ocurra algún modo menos directo de aclararte porqué soy tan esquivo en estos temas.

    ¿Sabes por qué Jan me interesa mucho más que al comienzo de esta expedición?

    No, hermanita lista. No es porque esté aburriéndome después de tantos días Es porque la semana pasada me dijo que en parte es no-humana. La abuela era brolagoniana.

    De algún modo esto la hace más exótica. Y más deseable que si fuera una sueca cualquiera. Siempre me han fascinado los toques inusitados.

    Los brolagonianos son humanoides, ¿sabes? De piel gris y lustrosa y con más dedos en los pies y más dientes que nosotros. Son una de las seis o siete razas de la galaxia que pueden tener contactos prolíficos con el homo sapiens, gracias a una evolución singularmente paralela. Una relación fértil requiere de cuidadosas manipulaciones del ADN y otros tratamientos genéticos, pero puede hacerse y se hace, pese a las protestas de la Liga por la Pureza Racial y otros grupos reaccionarios.

    Jan procede de una larga ascendencia de diplomáticos El abuelo fue nuestro embajador en Brolagon hace sesenta años y se enamoró de una muchacha nativa. Se casaron y tuvieron cuatro hijos, y uno de ellos fue el padre de Jan, que se casó con una sueca pero los genes brolagonianos ya están insertos en la familia.

    Jan me mostró algunos indicios de su sangre mestiza. Me avergüenza confesar que yo no los había notado antes.

    —Tengo ojos oscuros —dijo—. En vez de los ojos azules que van con el pelo rubio. Eso no es tan raro, en verdad. Pero esto sí —se abrió las sandalias; tiene seis dedos en cada pie, unos dedos adorables...pero seis—. También tengo cuarenta dientes —prosiguió—. Puedes contarlos, si no me crees.
    —Confío en tu palabra —dije cuando ella bostezó para exhibir su dentadura.
    —Mis órganos internos también son un poco diferentes: no tengo intestino grueso... Y también tendrás que confiar en mi palabra en ese sentido. El proceso digestivo brolago-niano es diferente del vuestro. También tengo la marca de nacimiento brolagoniana, que predomina genéticamente y se encuentra en todos los brolagonianos, y también en los mestizos. Es una marca muy bonita, una especie de figura geométrica con un color interesante; si alguna vez tengo problemas en un mundo gobernado por Brolagon, no tengo más que mostrarla, y es como tener un pasaporte brolagoniano.
    — ¿Puedo verla? —pregunté.
    —No seas lascivo. Está en un lugar indiscreto.
    —Mi curiosidad es puramente científica. Además, no hay lugares indiscretos; sólo gente indiscreta. No sabía que eras tan mojigata.
    —No lo soy —dijo Jan—, Pero una muchacha debe tener cierto recato.
    — ¿Por qué?
    —Descarado —me dijo, sin parecer demasiado enfadada.

    Así que no le veré la marca de nacimiento.

    Pero me alegra saber que tiene una. Llámalo esnobismo pero me gusta mucho esa novedad de que Jan no sea del todo humana. Parece tan monótono limitarse a muchachas de la propia especie...

    Desde luego, ella sigue desesperadamente enamorada de Saúl Shahmoon. Eso dice, al menos. No estoy seguro que lo diga en serio. Sólo como experimento científico, la besé. Para ver si una muchacha con una cuarta parte de componentes brolagonianos besa de manera exótica. No detecté nada distintivo en su manera de besar. Sin embargo, parecía notablemente entusiasta considerando que sigue lamentándose de su amor no correspondido por Saúl. Quizás él le haya agotado la paciencia. Quizá los forcejeos de esta mañana con Leroy le desequilibraron temporalmente la libido. Quizá...

    Definitivamente, voy a borrar todo esto antes que lo oiga Lorie. En este momento estoy hablando sólo conmigo mismo, que es una manera tan buena como cualquier otra de ordenar las propias sensaciones, emociones e ideas en un día en que uno no sólo ha hecho un descubrimiento científico de primer orden, sino que se ha enamorado ligeramente de una vidj bastante fuera de lo común y muy atractiva. Pero no quiero dificultarle aún más las cosas a Lorie dándole todos estos detalles laterales de las aventuras arqueológicas. Debe ser horrible pasarse la vida en una cama de hospital, con un millón de instrumentos diferentes pegados a la piel o conectados al sistema nervioso, sabiendo que nunca podrás caminar, dar o recibir besos, tener una cita, casarte, formar una familia, cualquier cosa. Lorie tiene su TP, pero ¿es suficiente?

    Borrar todo lo anterior.

    ¡Sagrado holocausto! Mirrik acaba de aparecer a todo galope. Habrá dejado la excavación hace un par de horas y habrá ido a su macizo de flores para refrescarse, porque está más borracho que nunca. Vino trepidando, brillando de sudor y recitando a gritos lo que supongo es poesía dinamoniana, y en este preciso instante baila una especie de danza guerrera frente al laboratorio. Será mejor que me acerque y me le lleve de allí antes de que...

    ¡Oh no!

    ¡Ha entrado en el laboratorio! ¡Desde aquí se oye el estrépito de cosas rotas y aplastadas!

    Una hora más tarde. Mirrik armó un alboroto descomunal, pero ahora a nadie le importa. Pues también ocurrió que la máquina que descubrí aún funciona. Es una especie de proyector de cine.

    ...que en este preciso instante nos está mostrando películas de hace un billón de años, acerca de los Superiores y su civilización.


    SEIS


    Higby V, 6 de septiembre de 2375


    Mirrik tiene la suerte del tonto. La baraúnda de ayer por la tarde debió significarle el fin. En cambio, le convirtió en héroe, de la manera más tonta, porque ahora todos están perdonando los pecados del pasado.

    Cuando irrumpió en el laboratorio el desastre parecía inminente. Ante todo, el laboratorio es una burbuja pequeña, y está pensada para trabajar y no para los brincos de una especie de rinoceronte que con cada salto bamboleante derribaba objetos de las mesas y los partía. El doctor Horkkk había trepado por la burbuja y se aferraba despavorido al cielo raso; 408b se encaramó a la computadora; el doctor Schein había recogido uno de los pequeños lásers y lo blandía como un arma peligrosa; y Pilazinool se apresuraba a atornillarse las piernas preparándose para la defensa. Mirrik trató de explicar a todo pulmón que en el macizo de ásteres había tenido una profunda experiencia espiritual.

    — ¡He visto la auténtica sabiduría! —aulló—. ¡He conocido la revelación!

    Giró sobre sí mismo y con el anca derribó al suelo mi esfera de los Superiores.

    La esfera rebotó y lanzó un chillido espantoso y estridente. Y se encendió; Mirrik acababa de soltarle un control atascado.

    Al principio no lo sabíamos. No podíamos imaginar qué estaba pasando. El inmenso lomo de Mirrik de golpe fue verde en vez de azul, y parecía que unas figuras le resbalaban por la piel. Era algo insólito; pero poco después comprendí que Mirrik servía de pantalla a imágenes proyectadas y que las imágenes salían de la esfera.

    Luego el campo de proyección se ensanchó hasta abarcar el laboratorio entero. Formas largas y estrambóticas fluían y se condensaban a lo largo de las paredes. Escenas pesadillescas relucían en el aire.

    — ¡Fuera de aquí! —ordenó el doctor Schein—. ¡Todos afuera, pronto!

    Fue tan perentorio que creí que algo iba a estallar. Mirrik también debió pensar lo mismo, porque se volvió y huyó a todo galope, los demás le seguimos, todos menos el doctor Horkkk, Pilazinool y el doctor Schein, quienes cerraron la puerta de un portazo. Afuera nos apiñamos en un grupo perplejo que trataba de comprender qué había pasado. Hasta Mirrik recuperó la sobriedad. Dio una voltereta y se desplomó consternado en el suelo, sacudiéndose la cabeza y golpeándose los colmillos.

    Una hora más tarde nos permitieron entrar de nuevo en el laboratorio.

    —Helo aquí —exclamó el doctor, Schein cuando entré—. iEl descubridor, en persona!

    Luego entró Mirrik, mirando alrededor con aire culpable.

    — ¡Y aquí está quien lo puso en funcionamiento!

    Así que al fin yo ganaba mis laureles. Y supongo que se me perdonaba la frenética forma de extraer la esfera. También a Mirrik se le concedía una amnistía por su conducta chimpona, en un momento como aquel, ¿quién podía alentar rencores?

    La esfera estaba sobre un banco, en el lugar del laboratorio donde habían depositado los nódulos de inscripciones. Era de una redondez perfecta, parecía más una escultura que una máquina, salvo por las perillas de control en el lado. En las partes lisas entre las placas levantadas y los botones y clavijas, vi mi propio reflejo con mi cara estirada y ahusada como en el espejo de un parque de atracciones.

    El doctor Schein había invitado a todos para la función. Tenía cara de Hemos-Pescado-Algo-Realmente-GORDO, el inquieto doctor Horkkk estaba radiante. Pilazinool no sólo se había desarmado, como era su costumbre en momentos de tensión, sino que en su distracción se había reconstruido al revés, con el brazo izquierdo en el derecho y así sucesivamente. Me llevó un buen rato comprender por qué se le veía tan raro.

    A una señal del doctor Schein, 408b se puso delante de todos. Los ojos le parpadeaban rápidamente en grupos de a tres, lo que significaba que el cerebro del belatriciano estaba verdaderamente en ebullición. Cabeceó bruscamente, abrió y cerró el pico varias veces y finalmente dijo:

    —Tengo muy poco que explicar, pues entiendo muy poco. El artefacto que veis aquí funciona como proyector, pero no tiene lentes ni aberturas ópticas visibles. Tampoco requiere de una pantalla para la proyección de la imagen. Además, ignoramos cuál es la fuente de alimentación; se controla mediante esta palanca —palpó una pequeña prominencia—, que descubrimos en forma puramente accidental. Apagad las luces, por favor—408b recogió una cámara cinematográfica y empleó varios tentáculos para enfocarla y ponerla en marcha—. Como no sabemos cuánto tiempo funcionará la esfera ni si podremos lograr que repita algunas de las escenas que proyecta, hacemos un registro fílmico completo cada vez que la usamos.

    Tocó la palanca.

    Una luz verdosa brotó de la esfera. La zona de luz se expandió hasta transformarse en una esfera de más de veinte metros de diámetro, llenando prácticamente nuestro sector del laboratorio. De pronto vimos figuras que se movían a lo largo de la superficie de la esfera de luz. Superiores.

    Lo que filmábamos era una película de 360 grados que nos incluía dentro del campo de proyección. La esfera nos mostraba cinco o seis secuencias diferentes, cada cual fundiéndose imperceptiblemente con la contigua. Al volvernos, algunas secuencias desaparecían y eran reemplazadas por otras; pero unas pocas permanecían constantes. Costaba asimilar todas las imágenes, pues eran muchas a la vez. Los primeros minutos yo giraba de un lado al otro en mi asiento, tratando de verlo todo simultáneamente y lamentando que una escena se esfumara cuando yo aún no había entendido la otra. No envidiaba a los especialistas que tendrían que sacar conclusiones de todo esto. Al menos había una cámara con una lente convexa ubicada al lado de la esfera y filmándolo todo en 360 grados. El único modo de encarar un exceso de información es registrar todos los datos que se poseen, ¿sabes? Y luego examinar gradualmente cada elemento al ritmo que creas conveniente.

    Al cabo de un rato dejé de rotar y me esforcé por seguir cada secuencia hasta el final, aunque lamentara perder otros sectores. Trataré de describir algunas de las imágenes que vi.

    Una escena se desarrollaba en una ciudad de los Superiores. Eso creo, al menos... Vi figuras que deambulaban, los humanoides con cabeza en forma de cúpula y seis miembros que ya nos eran familiares por los dibujos de las placas. Tenían una piel muy verde y brillante, y estaban recubiertos por escamas lustrosas que se superponían, vestigio tal vez de una ascendencia reptil. Más que caminar, se deslizaban; casi parecían flotar. No puedo explicar por qué parecían tan gráciles.

    La ciudad consistía en columnas altas hasta el cielo, instaladas quizá cada cincuenta metros; no había referencias para formarnos alguna idea de las dimensiones. Muy en lo alto, una especie de red se extendía, uniendo los topes de las columnas. Los edificios colgaban de la red como arañas de la tela, todos columpiándose suavemente en el extremo de un cable largo, a diferentes distancias de la red, y todos lejos del suelo. La mayoría de los edificios colgantes tenía forma de lágrima, aunque también los había esféricos, octogonales y cúbicos. Había cables más pequeños para trasladarse de un edificio a otro; el aire estaba lleno de Superiores que se desplazaban arriba, abajo o a los costados, aferrados a cables que parecían moverse por propia voluntad. Una luz verde dorada se filtraba desde la telaraña, dando a la escena un aspecto submarino. Mientras yo observaba, anocheció; y de golpe un millar de estrellas alumbró la ciudad y los edificios mismos empezaron a columpiarse, subiendo o bajando colgados de los cables, mientras gran número de los Superiores pasaba de un lado al otro. He visto mundos extraños, Lorie; pero nada como esto. Esas criaturas enormes, gráciles (me dan la impresión de ser mucho mayores que los humanos), esas casas colgantes, esa luz irreal y esa noche deslumbrante, todo se fundía en algo inmensamente extraño.

    Los ángulos de filmación acentuaban ese efecto. Creí que prácticamente todas las formas de enfocar una escena ya habían sido experimentadas en los cuatro siglos pasados desde que Edison armó su primera cámara cinematográfica.

    Pero quien había filmado esta película un billón de años atrás, ni remotamente veía las cosas como un camarógrafo moderno, de modo que teníamos un enfoque que variaba constantemente, desde arriba, desde abajo, desde dentro, y la cámara vagabundeaba tan caprichosamente por esa ciudad fantasmagórica, que tuve que agarrarme al borde del banco del laboratorio para que el mareo no me tumbara.

    Un largo rato observé esto, mientras las criaturas se movían como en sueños realizando tareas inimaginables, deslizándose de arriba hacia abajo por los cables, saludándose, tocándose grácilmente las manos, intercambiándose regalos (vi que se pasaban algunos nódulos de inscripciones), y trabando conversaciones inaudibles pues ningún sonido acompañaba la proyección. Luego me volví para ver la secuencia siguiente.

    Mostraba una escena dentro de una de las casas colgantes un gran salón iluminado de rojo revestido con una sustancia viva, algo blando y rugoso que se hinchaba y encogía en un ciclo imprevisible, ya inflándose hasta quedar tensa como un parche de tambor, ya aflojándose en contorsiones como una pulpa carnosa

    Había nueve Superiores en el salón. Dos, aferrados de cables que pendían del cielo raso, estaban en trance o por lo que me pareció, muertos y embalsamados (las costumbres funerarias de las razas no humanas desafían toda comprensión, también las costumbres funerarias de las razas humanas. ¿Puedes explicarme de qué sirve meter a los muertos en un cajón y enterrar el cajón?) Tres de los Superiores estaban de pie en un rincón alejado, participando de lo que quizás era una curiosa danza folklórica o quizás una especie de orgía sexual habían formado un círculo, la cara hacia el centro, con los brazos entrelazados y las cabezas apretadas mejilla contra mejilla, y daban vueltas y vueltas deslizándose con lentitud y determinación. Trata de imaginarlo. Otro Superior estaba inclinado sobre un modelo en miniatura de una esfera muy parecida a la que teníamos en el laboratorio, proyectaba una imagen diminuta, pero no pudimos distinguirla con claridad. Los tres Superiores restantes estaban echados en una cavidad del suelo, pasándose una botella con un líquido de color donde cada tanto sumergían las yemas de los dedos.

    La secuencia contigua mostraba un edificio en construcción. Primero un cable descendía de la telaraña. Luego máquinas que enviaban chorros de...¿plástico? del suelo al aire. A mitad de camino el material se arracimaba alrededor del cable como atraído por un campo magnético, y luego formaba una impecable estructura octogonal. Todo se hacía automáticamente y requería de unos seis minutos.

    La cuarta secuencia era una imagen puramente abstracta, unas formas verdes y rojas que se enroscaban y desenroscaban de modo tan inquietante y perturbador que prefiero no hablar de ello.

    La quinta secuencia revelaba un paisaje desierto, sin árboles ni hierba, con prominencias rocosas cubiertas de nieve y un cielo rojo cobrizo y un suelo gris hierro, un sol pálido y frágil. En el centro había otro grupo de tres Superiores, las caras hacia el centro del círculo, los brazos entrelazados, las mejillas rozándose, bailando la misma danza lenta.

    La sexta secuencia presentaba el interior de una especie de caverna con las paredes incrustadas de gemas en bruto, grandes cristales brillantes de cien especies diferentes. La cámara atisbaba por el suelo de la caverna, que parecía de vidrio y revelaba máquinas colosales palpitando y martillando en un recinto subterráneo: pistones verdes y gigantescos bombeando incesantemente, cintas transportadoras blandas y negras, turbinas giratorias, Superiores con cinturones amarillos (la única vestimenta que se veía) recorrían los pasillos entre estos aparatos, deteniéndose ocasionalmente para examinar paneles de control.

    El círculo se había cerrado, pues la secuencia contigua era de nuevo la de la escena de la ciudad, sin muchas alteraciones. Pero el cuarto con los nueve Superiores había desaparecido, y ahora vi un primer plano de un solo Superior con un nódulo de inscripciones en las manos. La cámara se acercó a la inscripción y se mantuvo frente a ella un buen rato, lo suficiente para que la inscripción cambiara varias veces.

    La secuencia contigua a esta ya no mostraba la casa en construcción; ahora exhibía...

    Pero ¿para qué seguir? Pasé una hora entera observando estas escenas, todas fascinantes, algunas perturbadoras. Podría continuar multiplicando los misterios enumerándolo todo, pero ya debes tener una idea de lo remotas y extrañas que eran estas gentes, de lo avanzado de su civilización, de lo poco (realmente muy poco) que las comprendemos...

    Curioso. El efecto habitual de la arqueología es descubrir un parentesco con los antiguos. "¡Cómo nos parecemos a los primeros egipcios!", dirá un egiptólogo. "La mentira, el engaño, la prepotencia, la elusión de responsabilidades, todos nuestros pequeños pecados existían también entonces. Tal como nosotros, los súbditos del faraón tenían manías y ambiciones, esperanzas y sueños", etcétera etcétera. Sustituye a los egipcios por sumerios, a los sumerios por artistas rupestres de Cro-Magnon, y los expertos siempre te dirán que cuanto más los conoces, más claro resulta que esas criaturas del remoto pasado eran gentes comunes y corrientes.

    ¡Pero nada de eso sucede con los Superiores! Esta esfera que descubrí nos decía un millón de veces más de lo que sabíamos antes: cómo eran y cómo se movían, la forma de sus ciudades, algo acerca de sus costumbres. Y no parecen en absoluto Gentes Comunes y Corrientes. Parecen tremendamente extraños, mucho más que los shilamakka, los dinamonianos, los thhhianos o cualquiera de los seres no humanos que conocemos en nuestras vidas. Quizá nos cueste entender la teología dinamoniana o la manía shilamakka por reemplazar órganos vivientes en buen estado por piezas mecánicas, pero aún así podemos llegar a un trato con ellos. Creo que nunca habríamos podido entendernos con los Superiores, aunque no estuvieran separados de nosotros por un abismo de un billón de años. Pero no sólo a causa de su inmensa superioridad tecnológica. Su manera de pensar siempre nos sería ininteligible.

    Considera las culturas de la Tierra antes de que los satélites de comunicación y los transportes cohete-a-reacción ayudaran a todo el mundo a vivir como todo el mundo. Considera la estructura mental de los esquimales, los polinesios, los beduinos, los empresarios belgas, los indios pueblo y los tibetanos. No tenían mucho en común. Bastante extraños entre ellos, a decir verdad. Y todos, nativos del mismo planeta. De acuerdo, con el tiempo todos se extinguieron o se fundieron en el grupo "hombres de la Tierra", pero luego fuimos parte de una galaxia poblada por otras especies inteligentes, cada cual con sus diversas culturas, y cada cual diferente de nosotros... Y así sucesivamente. Enormes abismos entre gentes del mismo mundo, y abismos aún mayores entre gentes de diferentes mundos Y sin embargo, todos pudieron franquearse.

    El abismo mayor de todos parece ser el que nos separa de los Superiores. Olvida mi romántica ilusión de encontrarles con vida en alguna parte. Ya no me interesa. Creo que encontrarles sería una experiencia espantosa.

    Al cabo de una hora de película, 408b apagó la esfera y tuvimos una discusión. Los once nos sentamos en círculo tratando de interpretar lo que acabábamos de ver. Jan tuvo la cautela de ubicarse lo más lejos posible de Leroy Chang, aunque Leroy parecía obstinarse en no mirarla. Se le veía crispado y nervioso, más que de costumbre, supongo que temía que Jan se levantara y le denunciara por violador. Un violador frustrado, para colmo (Pregunta ¿Es más aborrecible un hombre si logra Hacer lo Suyo con una mujer, o si es un vidj tan inútil que fracasa en la tentativa? No te molestes en responder)

    El doctor Schein hizo de presidente de la mesa.

    —Es evidente —dijo— que toda la perspectiva de la arqueología de los Superiores ha cambiado del día a la noche. Por primera vez tenemos un atisbo directo de su cultura, gracias al gran descubrimiento de Tom Rice.

    Se me iluminó la cara e incliné la cabeza para agradecer los hurras de una multitud de admiradores. Pero el doctor Horkkk me aguó un poco la fiesta al comentar ácidamente

    —Conste que por culpa de una técnica de excavación descuidada este milagroso hallazgo casi es destruido.

    Miré el suelo avergonzado y a falta de nada mejor me conté los dedos de los pies El doctor Horkkk deslizó algunas otras críticas en su ordenado estilo teutónico, y yo me encogí cada vez más.

    —No te dejes vapulear —susurró Jan, que estaba sentada junto a mí— Tú lo descubriste, y no le hiciste ningún daño.

    Debería haber agregado que Jan había optado por sentarse a mí lado, y no junto a Saúl Shahmoon. Interesante. ¿Trata de despertarle los celos adormecidos, o hay algo entre Jan y yo?

    Cuando el doctor Horkkk terminó de desollarme, 408b señaló.

    —Es cuestionable que este instrumento represente una visión de la cultura de estos seres. Tal vez es un entretenimiento, un aparato que sólo proyecta fantasías.
    —Una opinión inteligente —dijo el doctor Schein— Pero no la comparto.

    Pilazinool se desenroscó una mano y la agitó con la otra para pedir la palabra.

    —Basándome en un análisis apresurado —dijo el ser mecánico—, yo también dudo qué 408b esté en lo cierto. Me parece que tenemos una auténtica visión de la vida de los

    Superiores. No sé decir cuál era el propósito original de esta esfera, pero creo que esas eran escenas genuinas de la vida cotidiana, como sugiere el doctor Schein.

    El doctor Schein sonrió satisfecho 408b plegó irritadamente los tentáculos. Mirrik, Saúl Shahmoon y Kelly emitieron sus opiniones en forma más o menos simultánea. No tuve las agallas suficientes para abrir la boca después de lo que el doctor Horkkk había dicho sobre mí, pero por dentro estaba de acuerdo con Pilazinool y el doctor Schein.

    —El asunto es —dijo nuestro primer jefe— si deberíamos enviar la esfera a Central Galáctica para un estudio detallado del contenido de las imágenes, o si deberíamos conservarla aquí para que nos guíe en lo que resta de nuestras excavaciones.
    —Conservémosla aquí —dijo Pilazinool.
    —Enviémosla a Central Galáctica —propuso el doctor Horkkk.

    Discutimos un buen rato. Resultó entonces que el doctor Hokkk estaba tan fascinado por la esfera que proponía dar por terminada la expedición, regresar a la civilización y consagrar todos nuestros esfuerzos a la tentativa de aprender cosas de las escenas proyectadas. Leroy Chang apoyaba la moción. Creo que Leroy se aferraba de cualquier excusa para irse de Higby V después del fiasco con Jan.

    —Me parece apresurado —dijo Steen Steen— ¿Por qué irnos ahora, cuando quizás estemos a punto de realizar descubrimientos aún más asombrosos?

    La primera vez que él/ella dice algo sensato

    Si permanecemos aquí con la esfera corremos el riesgo de que se pierda o sufra algún daño. Es nuestro deber ponerla a buen recaudo en un mundo más estable.

    El doctor Schein, que con sus modales apacibles puede ser demoledor, sonrió dulcemente a su rival thhhiano.

    —Quizá, doctor Horkkk —le dijo—, usted y el profesor Chang prefieran separarse de la expedición y llevar la esfera a un planeta más seguro, mientras el resto de nosotros prosigue con el trabajo.

    El doctor Horkkk emitió un sonido gorgoteante. Esa maniobra no le gustó. Finalmente, cuando terminaron las cuchilladas verbales, se llegó a una decisión razonable. Todos nosotros y la esfera nos quedaremos en Higby V hasta completar el período proyectado de trabajos de excavación. Por razones de seguridad, no obstante, haremos varias copias de las proyecciones de la esfera y las despacharemos a la civilización a bordo de la nave de transporte mensual. A Jan y a mí nos encomendaron la redacción de un informe periodístico sobre la esfera, que será transmitido por la red TP en cuanto sea posible. Se supone que escribiremos el informe esta noche.

    Los planes de trabajo sufrirán algunas alteraciones. Pilazinool, 408b y el doctor Horkkk quedarán eximidos de toda tarea de supervisión en la colina y en cambio se dedicarán casi exclusivamente a examinar la esfera y desentrañar la significación de las escenas que proyecta. La idea es detectar una pista que nos conduzca a otros descubrimientos importantes. Esto significa que el doctor Schein y Leroy Chang serán los encargados de guiar las excavaciones, pues Saúl se ocupará de clasificar los objetos en el laboratorio, ya que casi todo el trabajo pesado en la fosa será realizado por nuestros especialistas en excavación Mirrik y Kelly, y por los tres aprendices Steen, Jan y un servidor.

    Hora de cenar. Cae una lluvia molesta.

    Aún estoy deslumbrado por las imágenes que proyectó la esfera. Esos edificios colgantes... Esas costumbres rarísimas... Y sobre todo, las caras de los Superiores. ¿Te mencioné los ojos? Tres, uno junto al otro. Fríos. Centelleantes. Te miran desde las imágenes proyectadas, y te dan ganas de arrastrarte. Esa mirada de inteligencia estremecedora… de haber vivido cien mil años. Es horrible enfrentar los ojos de un Superior escrutándote desde ese abismo de tiempo ¿Qué clase de raza era? ¿Dónde aprendieron las habilidades que les permitiera crecer hasta tal punto antes que las demás razas de la galaxia hubieran empezado su evolución? ¿Cómo pudieron conservar intacta una civilización tantos cientos de millones de años? (¡Cientos de millones de años! En esa escala, nuestros remotos egipcios y hombres de Cro-Magnon están apenas a un paso de distancia...!)

    Basta de filosofía profunda. Tu apuesto y reflexivo hermano tiene hambre. Por ahora, adiós.

    Hora de acostarse, cinco horas después, la misma noche.

    Después de cenar, Jan y yo dedicamos un par de horas a redactar nuestro informe periodístico. En realidad, lo escribió ella casi todo, aunque se supone que yo tengo dotes verbales y todas esas cosas. Empecé con un par de borradores y los tiré a la basura, entonces ella puso manos a la obra y en un santiamén escribió un informe que sonaba muy docto. Esta muchacha tiene mucha velocidad orbital. Mañana por la mañana iremos a la ciudad para entregar el informe a los TP, y espero que nuestra amable Marge Hotchkiss esté con licencia.

    Todos los demás pasaron la velada en el laboratorio Jan y yo fuimos allí cuando terminamos. El ajedrez ya pasó de moda aquí, al igual que hoy, la única actividad nocturna consistirá en observar las escenas que proyecta la esfera. Hoy vimos algunas nuevas, tan desconcertantes como las otras. El aparato parece contener una cantidad infinita de rollos o lo que fuera en su interior. Espero que no lo arruinemos con el uso.


    SIETE


    Higby V, 10 de septiembre de 2375


    Jan y yo casi no llegamos a la ciudad para entregar el informe. Algún idiota había olvidado recargar la batería del furgón eléctrico que utilizamos para viajar del campamento a la ciudad. Aún nos faltaban doce kilómetros cuando el motor soltó un blando suspiro y se detuvo. Abrí la capota y traté de mostrar mi eficacia masculina, pero era inútil y los dos lo sabíamos.

    —La batería está descargada —dijo Jan—. No pierdas tiempo jugando con el motor.
    — ¿Qué hacemos ahora? ¿Caminar el resto del día?
    —Empieza a llover —dijo ella— ¡Bonita sorpresa!
    —Esperemos. Quizá pase alguno.

    Esperamos media hora, totalmente solos en medio del desierto No aproveché esa oportunidad para una incursión biológica. Ante todo, la interminable lluvia gris que caracteriza el clima de este planeta ha aplacado definitivamente mi pasión. Por otra parte, aunque hubiera estado de ánimos, no quería correr el riesgo de no ver los coches que pasaban. El tráfico de esa carretera no es tan abundante como para que un viajero en apuros se permita el lujo de dejar escapar a cualquiera que pueda ayudarlo Pero lo más importante fue la sensación extraña y anticuada que me abrumó de golpe, que no correspondía iniciar un romance posiblemente muy serio dentro de un vehículo atascado en una carretera fangosa. No porque Higby ofrezca escenarios mucho más seductores, pero me rebelé contra la sordidez de esta situación. A veces puedo ser muy perverso, creo que lo sabes.

    De modo que en vez de arrojarnos lascivamente uno en brazos del otro, permanecimos castamente sentados y charlamos. Ahora se me ocurre que quizá Jan no compartía mi ataque de puritanismo, pero es demasiado tarde para solucionarlo. En general hablamos de por qué nos habíamos dedicado a la arqueología.

    —Porque odio pensar que todo muere —respondí cuando ella me preguntó—. Es decir, que todo lo que alguna vez fue valioso o importante o precioso para alguien queda sepultado y olvidado. Quiero rescatar todas esas cosas para que vuelvan a ser importantes para alguien... Y no se sientan olvidadas.

    Y le conté la historia de la estatuilla perdida.

    ¿Te acuerdas, Lorie? ¿Cómo ibas a olvidarla? Teníamos seis años. Papá había estado en un planeta cuyo nombre no puedo recordar, en el sistema de Epsilon Eridani, para cerrar uno de sus contratos, y nos trajo dos estatuillas nativas para jugar, una para ti, una para mí. Eran imágenes de animales domésticos de ese planeta, hechas con una especie de porcelana muy suave y voluptuosa al tacto, de modo que en cuanto empezabas a acariciarla no la podías dejar. Guardaste tu estatuilla al lado de tu cama en el hospital, y yo guardaba la mía en el bolsillo, salvo cuando dormía. Entonces la dejaba en la mesita de noche para tenerla a mano. Amaba a aquel animalito de porcelana más que a nada en el mundo. Un día papá me llevó de visita a un edificio nuevo que estaba construyendo en Alaska, y yo estaba en el balcón, mirando los cimientos con la estatuilla en las manos, y estornudé o no sé qué ocurrió y el animalito cayó en la fosa. Me puse a chillar, y le dije a papá que me la recuperara, pero las máquinas de la construcción fueron más rápidas, en cinco minutos llenaron el agujero con toneladas de cemento. "¡Que caven para sacarlas! —le dije a papá—. ¡El edificio es tuyo! ¡Puedes ordenárselo! ¡La quiero tener otra vez!" Rió y dijo que costaría miles de créditos buscar mi juguete bajo el cemento. ¿Quería que él gastara tanto dinero? Además, dijo, en un millón de años los arqueólogos vendrían a explorar las ruinas del edificio y encontrarían mi juguete y lo pondrían en un museo. Yo no sabía qué era un arqueólogo, y no quería que desenterraran la estatuilla al cabo de un millón de años; la quería en aquel mismo momento, y me puse a aullar de tal modo que tuvieron que sacarme de allí y darme un calmante. Y cuando te enteraste de lo que había pasado, dijiste "Bien, si Tom ya no tiene su estatua, tampoco quiero tener la mía." Y le dijiste a tu enfermera que se la regalara a otra niña, y ella se la regaló. Un gesto sutil y sensato típico de mi Lorie, pues yo estaba loco de celos sabiendo que aún tenías tu juguete y yo había perdido el mío. Supongo que una hermana común y bondadosa simplemente le habría dado el juguete al hermano, pero tú siempre saliste de lo común, y entonces diste justo en la tecla pues un sustituto de lo que había perdido no me habría conformado. Pero el hecho de que tú tampoco tuvieras tu estatuilla bastó para que yo olvidara el incidente.

    Más tarde descubrí qué eran los arqueólogos. Y empecé a visitar museos para ver las cosas que desenterraban, entre ellas, muchos juguetes perdidos por otros niños hacía cinco o diez o quince mil años. Y me dije, qué triste que estas cosas se perdieran y nadie las amara y las cuidara, y qué bien que alguien se tome la molestia de redescubrirlas después de tantos años. Más tarde pensé, qué triste que se pierdan civilizaciones enteras, fragmentos enteros del pasado, reyes y poetas y artistas, costumbres y religiones y esculturas y utensilios de cocina y herramientas, y qué bueno que alguien se tome la molestia de redescubrirlo todo después de tantos años. Entonces decidí que yo sería uno de esos descubridores. Lo que naturalmente horrorizó a Nuestro Padre, que ya había decidido que yo fuera un magnate de la construcción, igual que él. "¿Arqueología? ¿Qué significa la arqueología para alguien como tú? .Tengo un imperio esperándote, Tom!" Dije que me interesaban más los imperios que ya no existían. Realmente no pude confesarle que en el fondo de la cuestión había un animalito de porcelana de Epsilon Endani.

    —Y cuando el otro día desenterraste la esfera, ese maravilloso juguete —dijo Jan cuando concluí—, fue un poco como encontrar de nuevo tu estatuilla perdida, ¿no es así?
    —Sí, en efecto. Redescubrí todo un mundo, Jan. Creo que se trata de eso.
    —Supón ahora que tu padre hubiera dispuesto que las máquinas de la construcción se detuviesen, y hubiera ordenado a sus hombres que desenterraran el juguete del cemento ¿Piensas que hoy estarías en Higby V?
    —Pienso que hoy estaría a un paso de ser un magnate de la construcción —le respondí, y creo que estoy en lo cierto.

    Luego le pregunté por qué ella había elegido la arqueología. La respuesta me decepcionó un poco. No aludió a ningún oscuro episodio de la infancia.

    —Porque es interesante —dijo—. Eso es todo. La idea de descubrir cómo era el pasado me resulta muy interesante.

    Bueno, desde luego que no es una respuesta. Sabemos que a los arqueólogos les interesa la arqueología, el problema es por que. Creo que la respuesta es que todos andamos en busca de una especie de juguete perdido, luchamos contra esa fuerza del universo que arrastra todo al caos. Quiero decir que estamos en guerra con el tiempo, somos enemigos de la entropía, queremos recobrar las cosas que los años nos han quitado, los juguetes de la niñez, los amigos y parientes idos, los hechos del pasado, todo, luchamos para recuperarlo todo, hasta los inicios de la creación, llevados por esa necesidad de no dejar que nada se nos escabulla. Perdón por filosofar. No sé si Jan o los demás estarían de acuerdo conmigo, y no me interesa averiguarlo. Quizás algunos dirán que es simplemente un oficio, o un modo de ganar prestigio o una manera de pasar el tiempo..., quién sabe. Por mi parte, creo que bajo esas razones tiene que haber algo más complejo.

    He descubierto que lo malo de una discusión sena e intensa consiste en que al final es un poco difícil continuarla cuando los que hablan no se conocen muy bien. Hicimos un esfuerzo serio al hablar de la hostilidad de mi padre hacia la arqueología y otros tópicos similares, pero la atmósfera de seriedad empezó a deprimirnos. Tenía que solucionarlo. O bien intentaba algo con Jan, lo que de algún modo parecía menos apropiado que nunca después de una perorata solemne, o salir y simular que procuraba poner en marcha el motor. Salí.

    — ¿Para qué hacerte el galán amable? —dijo Jan—. Sabes que es inútil tratar de ponerlo en marcha. A menos que frotándote los dedos puedas inyectar algunos vatios en la batería.

    Le sonreí con amargura bajo la lluvia. —Podríamos pasarnos aquí toda la semana—dije.

    —¿Y qué? Enviarán una patrulla de rescate por nosotros. Vuelve adentro.

    Volví, y un minuto más tarde apareció un camión militar. Llevaba tres soldados; se detuvieron al ver que estábamos en apuros, nos trataron con mucha amabilidad cuando le echaron una buena ojeada a Jan (muchachas con esas curvas son extremadamente raras en esta desolada región fronteriza del Imperio de la Tierra), y tuvieron el descaro de sugerir que ella los acompañara a la ciudad mientras yo me quedaba cuidando el furgón. Parecieron ofenderse cuando Jan desechó la idea y me clavaron miradas de franca envidia; supongo que imaginaron que Jan y yo habíamos estado haciendo el amor febrilmente mientras esperábamos ayuda. Al diablo con ellos.

    Al fin nos llevaron a la ciudad.

    También ahí hubo miradas torvas. En primer lugar fuimos a la oficina de comunicaciones, y naturalmente la TP de servicio era la mismísima Marge Hotchkiss, esa seductora de encantos radiactivos.

    —Y ahora, ¿qué te pasa? —dijo inclinándose sobre el mostrador.
    —Tenemos que enviar un informe periodístico. Para que lo transmitan al contacto TP más cercano de la Agencia Galáctica de Noticias.
    —Bien, de acuerdo —consultó una lista de tarifas—. Quinientos créditos. Apoya el pulgar.

    Miré la extensión de computadora de su escritorio.

    —No estoy autorizado a pagar llamadas aquí.
    —Eres realmente tonto, ¿no? ¿Por qué no enviaron a alguien con el dígito pulgar registrado?
    —La AGN aceptará una llamada a su cargo —expliqué—. Ya ha sido arreglado.

    La Hotchkiss se puso más huraña aún.

    — ¿Y yo cómo lo sé?
    —Pero... —Quieres que me moleste en establecer un contacto, sólo para averiguar si están dispuestos a pagarte una llamada, ¿no? ¿Y si dicen que no? Una carga de energía TP desperdiciada... No soy una máquina, hijito. Si quieres llamar, pagas.

    Y sonrió torciendo la boca. Como una máscara medieval. Nunca me han sonreído así. Además, era experta en esas muecas. Debía tener mucha práctica.

    Entretanto, Jan estaba de pie a un lado, obviamente irritada pero sin querer interrumpir. El espectáculo era yo. Y pasaría por imbécil si no lograba siquiera que la operadora TP local aceptara una llamada con cargo al destinatario. Yo quería hacer alguna demostración de fuerzas y virilidad, como arrojar a Marge Hotchkiss contra la pared, por ejemplo. Empecé a irritarme y refunfuñar. Le dije que mi hermana era supervisora TP y podía hacerla despedir, una mentira por la que espero me perdones. Exigí ver a un superior. Amenacé con denunciarla al coordinador de la red. Cuanto más aullaba yo, más agria era la expresión de la Hotchkiss, y más insolente se ponía.

    —Puedes llevarte tu llamada a cargo del destinatario -dijo-, y...
    —Un momento —dijo al fin Jan, dulcemente—. De acuerdo con la sección del Acta de Servicios Públicos de 2322 que rige las operaciones de la red TP, es ilegal que cualquier empleado de la red rehuse aceptar una llamada con cargo al destinatario; el operador TP no tiene derecho a juzgar por su cuenta si esa llamada será aceptada o no, sino que debe proceder a interrogar al destinatario si está dispuesto a recibirla.

    Marge Hotchkiss palicedió.

    — ¿Quién eres? ¿Una espía de la empresa? —barbotó—. De acuerdo, veré si la AGN acepta la llamada.

    La Hotchkiss se puso en trance TP y se comunicó con el contacto más cercano de la agencia de noticias, que supongo estaría a unos veinte años-luz (tú lo sabrás mejor que yo, Lorie). Al cabo de un momento se volvió a nosotros y dijo, aún con tono huraño:

    —Bien, dame ese maldito mensaje.

    Se lo entregué. La Hotchkiss le echó una ojeada y empezó a transmitirlo al operador de la AGN. De pronto me pregunté si no sería capaz de tergiversarlo por pura maldad, y en ese caso qué protección tendríamos contra semejante sabotaje. Jan debió de pensar lo mismo, porque cuando la Hotchkiss concluyó, le dijo:

    —Muchas gracias. Nos gustaría cotejarlo, desde luego.

    ¿Por qué no se me había ocurrido?

    La Hotchkiss le clavó una mirada fulminante, pero tal vez temerosa de que Jan fuera realmente una espía de la empresa en función de controlar su eficiencia, solicitó dócilmente una repetición del mensaje al otro operador TP; lo escribió mientras lo recibía y nos lo entregó para cotejarlo. Coincidía con el original hasta el último punto.

    —Muy bien —dijo Jan—. Muchísimas gracias.

    Al salir de la oficina TP le pregunté cómo había averiguado lo del Acta de Servicios Públicos de 2322.

    —No me digas que eres una evadida de la red TP —dije.
    — ¡Oh, no! No tengo una sola molécula TP, Tom. Pero una vez vi a mi padre en un embrollo similar con una operadora TP, y recordé cómo se las había arreglado.
    —Muy lista.
    — ¿Pero por qué los TP son tan intratables? Especialmente las mujeres. Transmiten las llamadas como haciéndote un gran favor. Supongo que deben sentir verdadero desprecio por nosotros, pobres tontos carentes de sus poderes y que tienen que comunicarse mediante meras palabras.
    —No son nada intratables —dije—. Mi hermana no. Lorie es muy paciente con todo el mundo. En realidad, Lorie es una santa.
    —En tal caso, es la primera muchacha TP de la que oigo decir que tiene un poco de educación. ¿Por qué nunca me toca alguien así cuando yo tengo que hacer una llamada?
    —Lorie no toma llamadas del público —dije—, pues está siempre confinada en su cuarto de hospital. Recibe y retransmite exclusivamente. —Era de esperar. Probablemente tienen a todos los seres humanos retransmitiendo, y a los regañones intratables en las oficinas públicas. Me gustaría conocer a tu hermana un día...
    —Quizá la conozcas.
    — ¿Es muy parecida a ti?
    —En realidad, no. Es más baja, más suave y más redondeada en ciertas zonas. Y además, no necesita afeitarse.
    — ¡Al margen de ser mujer, quise decir...!
    —Dicen que nos parecemos mucho, especialmente por ser mellizos y no gemelos—dije—. A mí me resulta difícil juzgarlo. Ella es más tranquila que yo, y tiene un sentido del humor muy diferente. Por ejemplo, es capaz de no abrir la boca en media hora, mientras escucha a la gente que está en su cuarto. Y de golpe habla en voz muy baja, de tal modo que tienes que estirar las orejas para oírla, y lo que dice es absolutamente demoledor; algo que tiene la virtud de ser gracioso y atinado al mismo tiempo. A veces es capaz de dejarte mal parado con sólo dos o tres palabras bien elegidas.
    —Debes echarla mucho de menos...
    —Es la primera vez que paso tanto tiempo sin hablarle. Siempre he tratado de compartir con ella todas mis experiencias, haga yo lo que haga y vaya donde vaya. Pero aquí, tan lejos...
    —Podrías llamarla.
    —¿Vía la sonriente Marge? —sacudí la cabeza—. No quisiera contaminar la mente de Lorie con un contacto innecesario a través de esa especie de microorganismo. Además, cuesta mucha pasta.
    —¿Tu padre no es rico?
    —Mi padre sí. Yo no. Y él se reserva el uso de sus cuentas bancarias.
    —Oh.
    —Estoy grabando cubos de mensajes para Lorie, contándole todo lo que pasa aquí. Cuando regrese a la Tierra los podrá escuchar, y tendrá dos años de cartas en una sola tanda.
    — ¡Así que era a ella a quien le escribías! — ¿Lo habías notado?
    —Últimamente, cada vez que voy a buscarte casi siempre estás hablándole a un cubo de mensajes —dijo Jan.

    Interesante, eso de que iba a buscarme.

    —Claro que esos cubos no eran todos para Lorie —dije, por razones estratégicas—. Es decir, no sé si entiendes; no tengo relaciones formales con nadie allá en la Tierra. Pero hay un par de chicas a las que pienso que les interesaría enterarse de mis aventuras en el confín de la galaxia, y...
    —Sin duda —dijo Jan—. Muy considerado de tu parte, acordarte de ellas estando tan lejos.

    El tono de Jan era absolutamente neutral. No detecté ni sombra de los celos que yo, torpemente, trataba de provocarle; y de inmediato me arrepentí de esa estúpida patraña adolescente. O bien a Jan no le importaban en absoluto mis presuntas enamoradas de la Tierra (que por supuesto yo acababa de inventar, pues las únicas cartas que escribo son las que te mando a ti), o había pescado la maniobra y, peor aún, no la afectaban mis veleidades de playboy galáctico. Deseé que ella me contara acerca de algún muchachito lejano que a ella le hiciera palpitar la aorta, sólo para contestarme el reto, pero ni siquiera se tomó esa molestia. Sus ojos brolagonianos, fríos y castaños, no me dieron ninguna información. Esta muchacha viene de una familia que se dedica profesionalmente a la diplomacia desde hace diez generaciones. Los únicos secretos que revela son los que quiere revelar.

    Compramos una batería nueva para la camioneta e hicimos un par de diligencias más en la ciudad. Luego Jan persuadió a un soldado de permiso, de que nos llevara hasta el lugar donde habíamos abandonado el vehículo. La técnica de Jan fue impecable, me hizo esconder en un lado hasta que concertó el viaje, luego yo me adelanté, y su víctima no pudo hacer más que enfurruñarse. Para consolarle, Jan se le acurrucó al lado en el asiento delantero durante el viaje. Espero que eso le haya calmado un poco.

    Esta es una muchacha muy capaz. En muchos sentidos.

    En los últimos días hemos visto una nueva secuencia proyectada por la esfera. Tiene que ser importante, pues se repite cada pocas horas y a veces ha sido proyectada simultáneamente en dos de los segmentos de sesenta grados en los que suele dividirse el campo de visión circular. Hasta el momento, ninguna otra escena ha aparecido duplicada de ese modo.

    Parece la escena inicial de películas para el video, del tipo 'aventuras espaciales'. Es así.

    Primero vemos un enfoque angular de una galaxia, tal vez la nuestra, con constelaciones dispersas sobre un fondo oscuro. La cámara retrocede y avanza para ofrecernos un vertiginoso panorama de por lo menos mil parsecs de ancho. Luego un zoom de aproximación y un primer plano de un retazo de cielo. Imagina una música de fondo creciendo agudo y rechinante. ¡Suspense! Ahora vemos unas diez estrellas, una binaria, una gigante roja, una enana blanca, un par de estrellas amarillas de la franja principal del espectro, dos estrellas brillantes clase O y B, toda la familia del diagrama Hertzsprung-Russell.

    Nos acercamos a la enana blanca, y ahora está bien claro que la cámara está montada en la proa de una nave estelar y nosotros somos los pasajeros. La música añade una nota grave, ominosa y palpitante, a unos treinta ciclos.

    ¡Misterio! La enana blanca tiene cinco planetas. Parece que nos dirigimos al cuarto, que se desplaza en una órbita bastante alejada de la del número tres. Pero no: corregimos el curso y viramos hacia una región entre las órbitas de los planetas tres y cuatro.

    Un asteroide surge de pronto y surca el cielo de izquierda a derecha. La música da un acorde agudo para enfatizar lo imprevisto de la aparición. ¡Lo desconocido! Advertimos que existe un cinturón de asteroides entre el tercero y el cuarto planeta; el vacío está constelado de toda clase de escombros cósmicos, igual que entre Marte y Júpiter. Quizá, restos de un planeta destruido. Estamos en órbita alrededor de un asteroide grande y nudoso cuyas escabrosas montañas irradian un fulgor rosado y opaco al reflejar la luz tenue del sol distante. Ahora estamos aterrizando en una ancha planicie moteada.

    Cambio de enfoque. La cámara ya no está en la proa de la nave; ahora está a unos doscientos metros, mirando hacia la nave, que está apoyada sobre la cola como cualquier nave moderna, aunque en otros aspectos es bastante distinta. No hay indicios visibles de aparatos propulsores. Ni asomo de un diseño aerodinámico. La nave es gruesa, cobriza, poco elegante. A lo largo de los flancos hay inscripciones jeroglíficas similares a las de los nódulos, aunque aquí las frases no se desvanecen al azar.

    En lo alto de la nave se abren escotillas. Emergen cables que se balancean. Unos Superiores descienden al suelo.

    Llevan una especie de máscaras; obviamente, la atmósfera del asteroide no es apropiada para ellos, siempre que haya atmósfera, lo cual no parece probable. Se desplazan con sus pasos ondulantes, y de vez en cuando agitan grácilmente los brazos haciéndose señas. Una docena de Superiores desembarca. Luego se abre una escotilla en la parte inferior de la nave y asoma una rampa. Por la rampa bajan seis macizos robots. Están construidos a imitación de la figura de los Superiores, cuatro-brazos-dos-piernas-cabeza-de-cúpula, pero es indudable que son artificiales. En vez de ojos tienen un solo visor luminoso que les rodea la parte superior de la cabeza. Los brazos tienen varios accesorios especiales para cavar, agarrar, etcétera (408b ha sugerido que estos son simplemente Superiores transformados quirúrgicamente en máquinas, como los shilamakka en la actualidad. Pero Pilazinool, que después de todo es shilamakka, no está de acuerdo. Imposible saberlo con certeza. Yo creo que son robots).

    El grupo de Superiores conduce a los robots en fila india hasta una colina baja, cruzando la planicie. A una señal el primer robot apunta un brazo a la colina, lanza una llamarada y la roca empieza a fundirse y despeñarse formando charcos. El robot hace funcionar el láser o lo que sea, hasta cavar en la ladera una caverna de gran tamaño. Luego avanzan los otros robots, apartando los escombros, alisando la roca. Cuando terminan (cinco minutos más tarde, en la versión de la esfera), hay una pulcra sala hexagonal dentro de la colina. La cámara filma el interior y muestra a los robots trabajando, derritiendo gradualmente las paredes rocosas con artefactos montados en un brazo izquierdo, que dan lustre a la superficie. Luego instalan una pesada puerta metálica sobre un gozne colosal. Trasladan un conjunto de máquinas a la sala y lo disponen a lo largo de las paredes del fondo. Finalmente uno de los robots se sienta en el medio de la sala y la puerta se cierra. La sellan, con el robot adentro. Todos vuelven a la nave. Entran; los robots por la rampa, los Superiores, colgando de los cables.

    La nave se aleja. Fin de la secuencia.

    ¿Por qué los Superiores dejaron al robot abandonado en esa cueva en un asteroide desierto? ¿Es un castigo? El trabajo y la molestia parecen excesivos. ¿Para qué vigilar enemigos? ¿Por qué?

    ¿Y por qué la escena se repite tan a menudo cuando encendemos la esfera? Eso demuestra que la construcción de la bóveda de roca y el abandono del robot tienen de por sí alguna significación. Pero, ¿cuál?

    A todo esto, seguimos cavando y hemos establecido una rutina diaria. Desde mi hallazgo de la esfera no ha surgido nada de interés especial. Mirrik y Kelly son incansables, de todos modos. Ellos cavan, nosotros despejamos, Saúl procesa miles de objetos arqueológicos. Basándose en el estilo de los jeroglíficos, en pruebas con potasio-argón y otras evidencias, ha determinado la antigüedad del lugar en unos 925 millones de años, con error probable de hasta 50 millones. Es un margen de error bastante amplio. Yo prefiero seguir pensando que el lugar fue ocupado hace justo un billón de años. La palabra 'billón' tiene algo de impactante y majestuoso. La pronuncio con una buena explosión en la 'b'. Me dan pena los pobres arqueólogos que descubren ruinas de apenas miles de años de antigüedad.

    Billón. Billón. Mil millones, siete años atrás, los Superiores hollaron este planeta...

    Ojalá supiera cuál es el significado de esa escena del robot.

    Tu hermano ha vuelto a sobresalir, y esta vez por su brillantez intelectual. Cuando la idea se me ocurrió, me sonó absolutamente chimpona, pero me armé de coraje y se la confié a Jan, que quedó deslumbrada e insistió en que se la contara a todos en la reunión de la noche. Le hice caso, aunque al oír el sonido de mi propia voz articulando las primeras palabras de esa ocurrencia estrafalaria empecé a sentirme como un equilibrista con aparatos antigravedad en mal estado, caminando valerosamente sobre el vacío y a punto de zambullirse en él.

    Pero era imposible volver atrás.

    Todos me miraban intensamente mientras decía:

    —Supongamos, sólo por elucubrar un poco, que los Superiores dejaron a ese robot encerrado en la bóveda y jamás volvieron a buscarle. En un asteroide sin aire ni agua, un objeto metálico como un robot, construido con la tecnología de los Superiores, bien podría durar un billón de años sin sufrir corrosión ni otros daños. Esta esfera demuestra que eso es posible. Por lo tanto, al menos es teóricamente concebible que el robot aún esté detrás de esa gruesa puerta y en perfectas condiciones.

    Hubo ceños fruncidos, cabeceos, pies inquietos. Tuve la sensación de hundirme en un abismo. ¡Decir semejante disparate! ¡Y frente al doctor Schein, el doctor Horkkk, todos estos arqueólogos eminentes!

    Apesadumbrado, seguí adelante.

    —El problema es si podemos encontrar el asteroide donde está la bóveda. Yo creo que sí. Tenemos algunas pistas. La toma inicial de la secuencia es una vasta panorámica de por lo menos mil parsecs de espacio. Naturalmente, las constelaciones que aparecen tienen ahora un billón de años más y la configuración ha cambiado; no tenemos la menor idea de qué sector del espacio se estaba filmando. Aún así, creo que cualquier buen observatorio podría suministrarnos imágenes de varias regiones de nuestra galaxia tal como eran hace un billón de años, diseñadas por computación. Quizá podríamos conseguir un centenar de esas imágenes, con intervalos de dos o tres millones de años para compensar los posibles errores en nuestra determinación de la antigüedad de la esfera.

    Esto serviría para ubicar la parte de la galaxia que mostraba la toma inicial. Luego proseguimos con el primer plano ese pequeño grupo de estrellas, la gigante roja, la binaria, las estrellas amarillas, las blanco-azuladas. Desde luego, un billón de años es mucho tiempo, incluso en la evolución estelar. Supongo que esas estrellas calientes tipo 0 se enfriaron hace mucho, que la gigante roja ya es una enana blanca, y que la enana blanca quizá se ha consumido del todo. También es posible que estas estrellas hayan evolucionado a un ritmo muy diferente y ya no estén una cerca de la otra. No obstante, para una computadora astronómica no es tan difícil ubicar algunos de los miembros clave de ese grupo, rastrear sus trayectorias y diseñar una imagen de cómo eran hace un billón de años. Con un poco de suerte encontraremos la enana blanca aún en la vecindad de algunos de los miembros del grupo. Una expedición puede ir allí y buscar el asteroide, y luego no sería demasiado difícil descubrir la bóveda...el robot…

    Se me secó el gaznate. La idea me parecía tan absurda que no pude seguir. Aflojé el cuerpo y esperé a que empezara el bombardeo de burlas.

    — ¡Brillante! —exclamó el doctor Horkkk, nada menos que el doctor Horkkk
    — ¡Una idea soberbia, Tom. Soberbia! —dijo el doctor Schein.

    ¡Tremendo!" "¡Fantástico!" "¡Hermoso!" fueron algunos de los adjetivos selectos que me dedicaron los otros.

    Mirrik roncó y bramó de entusiasmo.

    Jan me miró radiante de orgullo.

    Pilazinool se movió en el asiento, jugueteó con las trabas de la pierna izquierda como para destornillarla, luego cambió de idea y agitó la mano pidiendo la palabra. Habló muy lentamente, diciéndonos cuánto le impresionaba mi propuesta. A su juicio era posible localizar la bóveda, y él pensaba que había muchas probabilidades de que el robot aun estuviera allí.

    —Aconsejo que nos pongamos inmediatamente en contacto con la computadora de un observatorio y averigüemos si en efecto se puede descubrir la bóveda. En caso afirmativo, opino que deberíamos interrumpir el trabajo aquí y buscar la bóveda —dijo Pilazinool— Al margen de la esfera, aquí no hemos hallado nada que no se hubiera hallado en otras excavaciones. Estamos realizando una tarea rutinaria y convencional. Pero creo que la esfera es el primer eslabón de una cadena de evidencias que tal vez abarque la galaxia entera. La bóveda es quizá el segundo eslabón ¿Nos quedaremos aquí, concentrándonos en tareas menudas? ¿O iremos a otra parte en busca del conocimiento?

    Instantáneamente nos dividimos de nuevo en dos fracciones Los conservadores —Saúl, Mirrik, Kelly— opinaban que debíamos quedarnos y concluir nuestro trabajo aquí, antes de emprender otra tarea. Los románticos —Jan, Steen, Leroy y yo— estábamos de acuerdo con Pilazinool en que era mejor atravesar la galaxia tras de una meta quimérica y excitante, que exhumar diez mil nódulos de inscripciones en este lugar. 408b se puso de nuestro lado, no por romántica sed de aventuras sino tan sólo porque quería examinar de cerca el robot de los Superiores El doctor Schein parecía dudar entre lo que él consideraba que era nuestra obligación, o sea excavar en Higby V hasta llegar al fondo de la colina, y nuestra oportunidad de descubrir algo colosal en ese asteroide El doctor Horkkk, que anteriormente había apoyado la idea de marcharse para estudiar la esfera mas detalladamente, ahora parecía ansioso de permanecer allí por el simple gusto de estar en contra, pero me pareció que también él se hallaba parcialmente fascinado por la posibilidad de rastrear la bóveda del robot.

    No tratamos de llegar a una decisión ¿Para que apresurarse antes de saber si podemos encontrar el asteroide? Mañana llamaremos a uno de los grandes observatorios y entonces veremos.

    Pero después del fin de la reunión, nos dividimos en grupos y seguimos discutiendo Jan y yo hablamos con Pilazinool, y el shilamakka no se guardo sus opiniones3 Con esa voz tersa y mecánica como la de un torno, afirmó confiadamente.

    —Encontraremos el asteroide, Tom Y el robot estará todavía allí. Y nos conducirá a pistas aún más asombrosas.

    Un shilamakka no usa los verbos en futuro de esa manera, a menos que esté pronunciando la Palabra. Si Pilazinool tiene razón, no nos quedaremos mucho tiempo en Higby V.

    Y Pilazinool se especializa en tener razón.


    OCHO


    Higby V, 1ro. de octubre de 2375


    Unas semanas muy agitadas. Estuvimos trabajando turnos dobles y triples, por eso no tuve tiempo de seguir con este diario para ti, Lorie. Veamos si puedo ponerte al día con algunos párrafos brillantes.

    Lo importante es que ahora estamos totalmente absorbidos, rótula, cuello y médula, por mi proyecto chimpón de hallar esa bóveda en el asteroide.

    Sucedió paulatinamente, como ocurre a menudo con los cataclismos. Cuando te hundes en la arena movediza, el fondo del pantano no te engulle de pronto ¡plush! y te traga de un bocado. No; eres arrastrado lentamente, pensando al principio que la arena movediza es sólo fango, que puedes salir cuando quieras, que es muy fácil librarte si decides que en realidad no quieres atravesar esa ciénaga. De pronto tienes barro hasta los tobillos y te preocupas un poco, y te apresuras, por si acaso te absorbe un poco más... Pero conservas la frialdad y la confianza, y gradualmente, cuando estás hasta la cadera y te hundes muy despacio, empiezas a comprendes que tus forcejeos empeoran las cosas y que la situación es más pegajosa.

    Así descubrí la esfera. Así observamos las escenas fascinantes. Sobre todo la secuencia del asteroide-y-la-bóveda-rocosa. Con lo cual sugerí buscar la bóveda. Con lo cual Pilazinool respaldó la empresa con su vasto prestigio. Ipso facto nos tomamos la idea en serio y llegamos al punto de obtener las cartas astronómicas de que habíamos hablado. Y después..., y después...

    Uno de los primeros pasos en nuestro progresivo hundimiento consistió en pedir un telépata a la base militar para poder transmitir los datos astronómicos al laboratorio. Pero pedimos que Marge Hotchkiss no; le dejé bien claro al doctor Schein que la actitud de ella no era positiva. El doctor Schein habló con el comandante de la base y nos enviaron a otro de los TP destacados en Higby V. Tal vez lo conoces: Ron Santángelo.

    Físicamente es un joven pálido, de diecinueve años, a lo sumo; ojos azules y acuosos, pelo pajizo y amarillo, y con un aire de fragilidad general. Da la impresión de ser poético. Tal vez lo sea. Una vez se hizo hacer un tatuaje virangoniano en ambas mejillas, pero evidentemente cambió de idea y se lo hizo quitar; pero el cirujano no fue muy hábil, pues aún se le notan las cicatrices. Apuesto a que Santángelo odia este lugar.

    Su primera tarea fue establecer contacto TP con el observatorio de Ciudad Luna y averiguar si podían realizar el trabajo que necesitábamos. Elegimos Ciudad Luna tras de un prolongado debate; se propuso media docena de observatorios, incluso uno de Thhh, el de Puerto Marte y hasta el viejo Monte Palomar. Pero resolvimos acudir al más grande y mejor. Después de todo, llamar a la Luna cuesta tanto como llamar a Puerto Marte o Monte Palomar, y el factor tiempo sigue siendo el mismo. Y pese al chauvinismo del doctor Horkkk, ni los astrónomos ni las computadoras de Thhh son mucho mejores que los de la Tierra o las colonias terrestres; eso lo sabe todo el mundo.

    Santángelo se comunicó inmediatamente con los contactos intermedios, y envió nuestro mensaje a Ciudad Luna, una tarea que llevó cerca de una hora. En el otro extremo ya estaban al tanto del descubrimiento de la esfera, gracias al informe periodístico que habíamos enviado, y naturalmente les entusiasmó mucho participar en la búsqueda del asteroide oculto de los Superiores.

    Creo que no se daban cuenta del lodazal en que se metían. Nosotros tampoco. Arena movediza. Pura arena movediza...

    Ahora teníamos que enviar los datos al observatorio. Lo más fácil habría sido enviarles nuestras películas en la próxima nave hiperespacial que aterrizara en Higby V. Uno de los cruceros regulares llegaría a mediados de septiembre y regresaría al sistema solar dos semanas después de Navidad. Ciudad Luna podía procesar el material, responder vía TP, y darnos la información a mediados de enero.

    Pero semejante espera equivaldría a una eternidad. Así que los tres jefes conferenciaron y decidieron enviar los datos a Ciudad Luna vía TP. Como lo oyes: transmisión TP de fotografías. Ya te siento temblar desde aquí.

    Ron Santángelo se puso más pálido que nunca cuando le dijimos lo que queríamos que hiciera. Pero demostró buena voluntad: no huyó dando alaridos. Más aún, actuó como consejero técnico; he aquí cómo nos hizo encarar la tarea.

    Empezamos por hacer una foto estéreo normal de la panorámica de mil parsecs que inicia la secuencia del robot. Jan hizo casi todo el trabajo de laboratorio y produjo una hermosa ampliación de dos metros de largo por uno de alto con una profundidad de percepción aparente de un metro. Luego fotografiamos la ampliación utilizando una cámara especial de la base militar que es capaz de reducir un holograma estéreo a una foto bidimensional anticuada y común. El resultado fue un fajo de placas; cada una de cuales representaba una sección chata de la foto estéreo; tal como si hubiéramos tomado un cuchillo y rebanado la placa tridimensional, en varias capas superpuestas.

    Todo esto llevó poco más de una semana, con la colaboración de la pequeña computadora del doctor Horkkk, a la que tuvimos que reprogramar completamente a lo largo del proceso (ahora el doctor Horkkk está reelaborando el programa original de análisis lingüístico, y maldiciendo a menudo en thhhiano y muchas otras lenguas). Así dimos a nuestra primera toma astronómica una forma apropiada a la transmisión TP.

    Pobre Ron. Se retiró a un rincón tranquilo del laboratorio para transmitir. Etiquetó cada foto, señalando el lugar que le correspondía en la imagen de conjunto, para que en el otro extremo pudiera reconstruirse la totalidad. Después dividió cada foto en una serie de rectángulos de diez centímetros cuadrados, y luego empezó a transmitir el contenido de cada rectángulo a su colega más cercano de la red TP que iniciaba la sucesión.

    Yo, hasta ese momento, nunca había reflexionado acerca de los métodos para transmitir imágenes telepáticamente. Por ingenuidad y falta de información, suponía que Ron enviaría de algún modo descripciones de cada sector de la foto (ya sabes: "aquí arriba, dos punto ocho cinco centímetros del ángulo superior izquierdo, tenemos una estrella que cubre punto nueve centímetros, algo borrosa al lado derecho...") Pero está claro que eso no habría funcionado jamás. A lo sumo, se habría obtenido una vaga aproximación a las fotos originales: y los cálculos basados en aproximaciones vagas dan por resultado aproximaciones aún más vagas. Como se dice en la jerga de procesamiento de datos, si entra basura, sale basura.

    Jan tenía una idea mucho más imaginativa de cómo se las arreglaría Ron.

    —Creo que mirará cada mínima porción del rectángulo hasta fijarla con firmeza en la mente. Luego transmitirá toda la imagen al próximo TP de la cadena, y así sucesivamente hasta que la imagen llegue a Ciudad Luna con todos los detalles originales.

    Sin duda, eso era mejor que tratar de traducir la imagen a palabras y medidas y luego dictarlo todo. Pero había un pequeño fallo en el esquema de Jan, y Steen Steen lo descubrió.

    — ¿Cómo hace el último TP de la cadena para reconvertir la imagen mental transmitida en una imagen visible?—preguntó él/ella capciosamente.

    Jan pensaba que había una especie de máquina para recibir la imagen TP y transformarla mecánicamente en una foto. Saúl Shahmoon la oyó y batió las palmas.

    — ¡Una cámara activada mediante el pensamiento! ¡Maravilloso! ¿Cuándo la inventaran?
    — ¿No existe un aparato así? —preguntó Jan. —Lamentablemente, no — dijo Saúl.

    Al final, Ron Santángelo transmitió los detalles de las fotos de la manera más prosaica posible, utilizando un método inventado hace más de trescientos años para que los satélites y sondas espaciales primitivos pudieran enviar fotos de la Luna y los planetas a la Tierra. Cuando lo supimos, nuestra ignorancia nos hizo sentir mal. Todo lo que se hacía —como supongo que sabrás— era colocar cada foto delante de una cámara que convertía en cifras las gradaciones de blanco y negro. Ron luego tomaba la hoja impresa y la transmitía a la red TP. No enviaba imágenes, no enviaba descripciones verbales; enviaba cosas como éstas:

    1E+15
    1,1E+15
    1,11E+16
    1,111E+16
    1,1111E+17
    —000000000000
    —1000000000000


    Y una y otra y otra vez, miles de cifras por foto.

    En el extremo opuesto de la cadena, una computadora convertiría sin dificultad las combinaciones de unos y ceros en matices claros y oscuros, y produciría réplicas fotográficas. Luego se emplearía un recurso similar al propuesto por Jan. Nuestro TP transmitiría la imagen total de la foto a un TP especializado del observatorio de Ciudad Luna, quien compararía la imagen con la réplica y haría las correcciones necesarias. Finalmente el rompecabezas sería reconstruido formando un duplicado de la foto tridimensional original, y entregado a los astrónomos, que por fin pondrían manos a la obra.

    ¡Qué dolor de cabeza cósmico!

    Mejor dicho: ¡Qué gasto cósmico de energía!

    Ron parecía algo consternado cuando inició la tarea, pero el resto de nosotros, sin tener idea de lo abrumadora que era, estábamos de buen humor. Trotábamos de la cámara a Ron, trayéndole las grises páginas impresas plagadas de unos y ceros, y él permanecía allí sentado, cada vez más pálido y consumido y poético, lanzando cifras a la red TP. Mientras, Jan y Saúl ya trabajaban en una copia bidimensional de la segunda foto que planeábamos transmitir; el primer plano de la enana blanca y sus vecinas estelares.

    Ron resistió hasta el tercer día.

    Los no-TP nos llenamos la boca diciendo que es maravilloso recorrer la galaxia con la mente. Temo que no tenemos en cuenta que eso implica un esfuerzo formidable. Y que el trabajo pesado es trabajo pesado, con o sin TP.

    Ron dio un buen rendimiento. Trabajaba con empeño, dos horas sí, dos horas no, cuatro turnos por día; y durante los turnos de descanso parecía impaciente por volver a transmitir. Dios sabrá porqué... Se había entusiasmado con el proyecto tanto como nosotros, pero estar sentado en un rincón del laboratorio transmitiendo ocho horas por día no podía ser muy incitante. La tensión se le notaba. Sudaba muchísimo, y las cicatrices de los tatuajes se hicieron misteriosamente más visibles y relucían contra las mejillas hundidas. No entiendo por qué un joven sereno y reservado "como él se había hecho tatuar por un artista virangoniano. Además, los tatuajes eran audazmente obscenos, de acuerdo con la noción de obscenidad de los virangonianos. Es lo que dijo Mirrik. Algún día me gustaría saber por qué los virangonianos consideran obscenas las bocas, pues eso era lo que Ron tenía en las mejillas: dos tatuajes de grandes bocas dentadas.

    Veíamos que se iba derrumbando hora tras hora, y tratábamos de ser amables y ayudarle a descansar. Mirrik le contó historias, Steen Steen hizo un bonito número de ma-labarismo, y Jan le llevó a pasear y volvió algo ruborizada y desaliñada. No me gustó demasiado, pero me dije que era Todo Por La Causa. El segundo día la velocidad de transmisión de Ron había disminuido un tercio, y al día siguiente se redujo aún más. Y faltaba más de la mitad del trabajo. En el cuarto turno del tercer día se detuvo de golpe, miró en derredor, pestañeó y dijo:

    — ¿Qué hora es? ¿Alguien sabe la hora? Mi reloj no me la da, se la pido y no me la da.

    Después se levantó y, encorvándose como si de pronto le hubieran arrancado los huesos del cuerpo, se desplomó.

    El médico de la base dijo que era simple agotamiento, ordenó a Ron que no trabajara en una semana, y se lo llevó para hacerle una cura de reposo. Quedaban dos TP disponibles en Higby V: Marge Hotchkiss y un israelí tristón llamado Nachman Ben-Dov. Como la red de comunicaciones tenía que funcionar las veinticuatro horas del día sin interrupción, la programación de horarios presentaba algunos problemas. Con Ron temporalmente licenciado del servicio, la Hotchkiss y Ben-Dov tuvieron que dedicar doce horas terrestres diarias a las comunicaciones y transmisiones de rutina. Eso implicaba cuatro horas más por día de lo que presuntamente debían trabajar los TP, y no les dejaba tiempo para nosotros. Como ya habían trabajado en exceso los tres días en que Ron había estado íntegramente a nuestro servicio, a ninguno de los dos le convencía una nueva tarea adicional. Especialmente, a nuestra querida Marge.

    El doctor Schein movió algunas influencias y logramos un principio de solución. Primero, se acordó que el personal TP de Higby III, donde últimamente se había fundado un puñado de colonias agrícolas, interceptaría todos los mensajes destinados a Higby V. Estos serian enviados de III a V mediante retransmisión radial ordinaria, nos comprometimos a pagar los gastos extra. Eso alivió al personal TP local de la mitad del trabajo. Los militares accedieron —a regañadientes— a postergar casi todos los mensajes que debían enviarse, hasta que Ron se recobrara, lo que también ayudó. Los dos TP de todos modos tendrían que atender los servicios normales cuatro horas por día. Pero eso les dejaba cuatro horas por día a cada uno para lo nuestro.

    Pero no queríamos más colapsos mentales. Nos organizamos de tal modo que Ben-Dov vendría al laboratorio y trabajaría para nosotros en turnos de dos horas, mientras Marge dormía. Después alguien le llevaría de regreso a la ciudad y traería a Marge, quien haría dos turnos de dos horas mientras Ben-Dov realizaba su servicio normal en la oficina Luego Ben-Dov dormiría y Marge regresaría para cumplir con sus cuatro horas en la red. Eso nos proporcionaba los cuatro turnos díarios que realizaba Ron, pero dejaba tiempo a los TP para realizar sus otras tareas sin agotarse. Pero ahora nuestros horarios de transmisión eran diferentes. Ron había preferido trabajar en un periodo de dieciseis horas, dos sí y dos no, hasta terminar los cuatro turnos, seguidas de ocho horas de sueño profundo. Pero Marge y Ben-Dov no operaban asi .Constantemente alternaban sus periodos de sueño, y ya venían de noche como a mediodía, a veces hacían ocho horas de TP (cuatro de trabajo, cuatro de reposo) después de la cena, con una siesta en el medio. Con drogas soporíferas no es difícil programar el sueño a tu antojo, desde luego, y ya conoces los extraños hábitos de la tribu TP. La vida se nos complicó un poco, sin embargo, pues alguien tenía que atender a los TP, traer un refrigerio, ordenar las hojas impresas de las computadoras, etcétera. Procurábamos mantener un horario de excavación normal en la colina —sí, en medio de todo esto, seguimos cavando— y sin embargo, tener a toda hora a alguien disponible para colaborar con los TP.

    Pilazinool, que no necesitaba más de una hora de sueño cada veinticuatro, contribuyó mucho más de lo que le correspondía. Una lástima, pues sus dotes eran más necesarias en el cumplimiento de otras funciones, con toda seguridad.

    Logramos transmitir casi todos los datos. Tener a Marge en el laboratorio no era una alegría, y mucho menos llevarla y traerla a la ciudad —me propuse eludir esa obligación—, pero hay algo que no puedo negarle: su energía TP es estupenda. Llegaba, recogía las hojas, empezaba a transmitir y realizaba ese método de trabajo mucho más rápido que Ron y aparentemente con menos esfuerzo. Sospecho que pudo haberse ofrecido a trabajar horas extra sin que eso la afectara. Pero por supuesto, la idea jamás se le cruzó por la mente.

    Ben-Dov era un sujeto extraño: cincuentón, canoso, con el vientre abultado y la barba sin afeitar, contradictoria en todo con esa imagen de conquistador-del-desierto que casi siempre tratan de proyectar los israelíes. Pero bajo este aspecto desmañado, era de hierro. Hablamos un poco; dijo que hasta los treinta años nunca había salido de Israel, aunque viajaba mucho por el interior del país; creció en El Cairo, estudió en Tel-Avid y en Damasco, y paseó por Ammán, Jerusalén, Haifá, Alejandría, Bagdad y las otras ciudades israelíes de importancia. Luego sintió necesidad de viajar y aceptó un contrato de TP en el kibbutz Ben-Gurión de Marte. Como muchos otros TP, ha seguido vagabundeando, alejándose más y más de la Tierra cada vez que cambiaba de puesto, pero siempre ofreciéndose para planetas sórdidos y desolados como Higby V.

    Mirrik, quien como creo que te conté entiende mucho de religión, se entusiasmó muchísimo cuando descubrió que Ben-Dov era israelí.

    —Hablame de las normas éticas del judaísmo —bramó ansiosamente el enorme dinamoniano—. Yo soy paradojista, pero he estudiado muchas religiones de la Tierra y hasta ahora nunca había conocido personalmente a un judío. Las enseñanzas de Moisés relacionadas...
    —Lo siento —dijo blandamente Nachman Ben-Dov—. No soy judío.
    —Pero Israel... ¿Me equivoco o es la nación judía de la Tierra?
    —Hay muchos judíos es Israel —dijo Ben-Dov—. Pero yo profeso, sin embargo, la fe del budismo auténtico. Tal vez has oído hablar de mi padre, el jefe de la comunidad budista israelí, Mordecai Ben-Dov.

    Mirrik no había oído hablar del padre pero ya sabía bastante acerca del budismo auténtico, y los colmillos se le aflojaron de decepción cuando se vio privado de la oportunidad de conocer a fondo la ley mosaica. Es el problema de la difusión de las comunicaciones planetarias: las estructuras tribales se resquebrajan. Hay budistas auténticos en Israel, y mormones en el Tibet, y bautistas metodistas en el Congo, y así sucesivamente. Debo admitir que, sin embargo, el budismo de Ben-Dov me dejó perplejo.

    Judío o no, era un buen operador TP. Entre él y Marge despachaban las páginas impresas con suma eficacia. Al final de su semana de reposo, Ron Santángelo volvió a la tarea, ahora compartiendo el trabajo con los otros dos, y la transmisión mente-a-mente de nuestra última foto se completó. De Ciudad Luna anunciaron que todo estaba en orden; habían decodificado la transmisión y tratarían de localizar la zona del espacio representada en la foto.

    En ese momento intenté cometer un acto censurable.

    Llamé a Ben-Dov aparte cuando él completó su trabajo del día.

    —Mientras transmitías, ¿tuviste ocasión de comunicarte con una muchacha de la Tierra llamada Lorie Rice? —le pregunté.
    —No —dijo—. No hemos retransmitido nada a través de la Tierra.
    —¿La conoces? Es mi hermana.

    Reflexionó un poco.

    —Creo que no. El espacio es muy grande, ¿sabes? Y la red de comunicaciones tiene tanta gente... —Bien, pero podrías retransmitir algo a través de ella, ¿verdad? Para dar un descanso a los otros integrantes de la red. Y en ese caso, quizá podrías deslizar un par de pensamientos extra, sólo para enviarle saludos de su hermano Tom, y decirle que él está bien y la extraña mucho...

    Nachman me miró como si acabara de sugerirle que Israel devolviera Egipto, Siria e Irak a los árabes.

    —Totalmente imposible. La regla básica del servicio TP es: ningún mensaje extra. Algo así, violaría mi juramento. Además podría meterme en camisas de once varas. Hay supervisores, ¿sabes?

    Dejé de lado mi propuesta. No puedo quejarme de la negativa de Ben-Dov; él tenía razón y yo no. Pero me habría gustado enviarte un saludo. Trato de fingir que estas cartas en verdad te están llegando, pero bien sé que no es así, ya que tengo delante de mis ojos todos los cubos de mensajes que he dictado hasta ahora. No has tenido noticias mías desde junio, y me gustaría que supieras todo lo que estuve haciendo.

    En cualquier caso, nuestros TP terminaron de enviar los datos de la primera fotografía el martes pasado. De inmediato iniciaron la transmisión del primer plano estelar. Aún están empeñados en esa tarea.

    Entretanto, hemos seguido excavando en la colina, pero nuestros hallazgos son monótonamente vulgares. Según las pautas normales, las de la época pre-esfera, estaríamos encantados con la cantidad de objetos Superiores que hemos descubierto. Pero todos nosotros, los jefes incluidos, estamos inflamados por la feroz necesidad de realizar hallazgos espectaculares en vez de conformarnos con las vasijas-y-fragmentos de la arqueología de rutina. No es muy científico, y lo sabemos, pero nos morimos por salir en busca del robot de la bóveda y dejar el resto de esta excavación antes tan promisoria, a individuos más rutinarios.

    Y ayer descubrimos que estamos prácticamente obligados a los hallazgos espectaculares. Porque ayer fue fin de mes, y la red TP nos envió la factura.

    Nadie había comentado demasiado el costo de esta tarea frenética. Lo importante era enviar los datos; las sórdidas cuestiones de dinero podían ser discutidas en otra ocasión. Bien, la otra ocasión ha llegado. Ni siquiera sé a cuánto ascendía la cuenta. Pero puedes deducirla por ti misma: hemos tenido todo un personal TP comunicándose mente-a-mente para enviar mensajes a una colonia terrestre durante quince días, a razón de ocho horas diarias de trabajo.

    Lo peor es que hemos gastado todo el presupuesto de un año en dos semanas de comunicaciones TP.

    En comparación con las finanzas de casi toda expedición arqueológica, la nuestra tiene fondos de sobra. No conozco los detalles, pero contamos con el respaldo de media docena de universidades, un par de fundaciones privadas, y los gobiernos de seis mundos. Toda esa pasta estaba destinada a costearnos el viaje a y desde Higby V, pagar un salario (modesto) al personal de la expedición, cubrir los gastos de excavación y posibilitar la publicación de los resultados.

    Esos fondos tenían que durarnos dos años de trabajo. No había presupuesto para facturas TP extraordinarias.

    Ahora estamos en apuros.

    Anoche vino a verme el doctor Schein y me dijo:

    —Tom, ¿estás seguro de que no tienes poderes TP latentes?
    —Seguro, señor.
    — ¿...con una hermana melliza que es operadora?
    —Me han hecho cientos de tests —dije—. No tengo un átomo de capacidad TP. Mi hermana ha monopolizado toda la de la familia.
    —Qué lástima. Si tuviéramos un TP propio y no hubiera que pagar las abrumadoras tarifas oficiales... Y se alejó sacudiendo la cabeza. Media hora más tarde vino a verme el doctor Horkkk y me interrogó acerca de mis posibles habilidades TP. "Inténtalo. Trata de establecer contacto con un TP", me rogaba. Me dio ganas de sugerirle que él tratara de volar. A veces tratar no es todo.

    Además, ¿de veras pensaba que un TP independiente podría pasar por alto las normas de servicios públicos y utilizar la red de comunicaciones sin cargo?

    Esta mañana nuestra posición es la siguiente: tenemos que encontrar ese asteroide, pues simplemente no nos quedan fondos para trabajar dos años completos en Higby V. Como el presupuesto se fue al traste, debemos llegar a resultados extraordinarios en un tiempo relativamente corto. Anoche recibimos algunas noticias estimulantes de Ciudad Luna. La computadora elaboró la carta astronómica y localizaron la región del cielo expuesta en la foto. Han identificado Rigel, Proción, Aldebarán, Arturo y otras estrellas familiares.

    Esto no resuelve en absoluto todos los problemas. La foto muestra un cubo espacial con un volumen de miles de años-luz, y encontrar una enana blanca determinada (posiblemente extinguida) y un asteroide determinado en semejante extensión es una tarea imposible. Pero lo que nos informó Ciudad Luna es que la secuencia del robot y la bóveda fue filmada en nuestra galaxia, lo que es un consuelo. Si el primer plano estelar les permite ubicar el sistema solar en cuestión, ya podremos tomarlo como punto de partida.

    Tendremos que poder.


    NUEVE


    Higby V, 14 de octubre de 2375


    La semana que viene partimos rumbo a una estrella llamada GGC 1145591. Es allí donde está nuestro asteroide. Con un poco de suerte, también estará allí nuestro robot.

    GGC 1145591 no tiene nombre, sólo un número de catálogo. Está a setenta y dos años-luz de la Tierra, y la estrella más cercana que puedes conocer es Aldebarán, que en realidad está bastante lejos. Sin embargo, hace un billón de años Aldebarán y GGC 1145591 eran vecinas estelares, uno de los indicios que permitió a Ciudad Luna ubicar nuestra estrella. Me asombra que los astrónomos puedan deducir las posiciones de las estrellas hace un billón de años cuando los únicos datos que tienen para trabajar son las observaciones registradas en los últimos cuatro o cinco siglos. Pero confían en haber encontrado la estrella indicada. Es como si tomaran una película del cielo actual y la proyectaran hacia atrás hasta que coincida con la imagen que los Superiores filmaron hace un billón de años.

    Ciudad Luna nos informa que la secuencia de la esfera fue filmada hace exactamente 941.285.008 años. Te diré que hace falta una glucosa cósmica para hacer declaraciones tan dogmáticas. Pero es lo que les ha dicho la computadora, y supongo que tienen razón. Y es una nueva confirmación de la fecha en que hemos ubicado la cultura de los Superiores.

    GGC 1145591 no es visible desde la Tierra. Ni desde ninguna otra parte. Hace 941.285.008 años era una enana blanca, pero ahora está prácticamente extinguida y se ha transformado en enana negra. No irradia calor y tampoco luminosidad; por lo tanto, es una estrella invisible. La descubrió hace unos cuarenta años una nave de exploración de la Misión Investigadora de Estrellas Oscuras. De no ser por ese golpe de suerte, nadie nos habría podido dar la información, pues no puede ser ubicada con ningún telescopio, sea óptico, radial o de rayos X.

    Engordamos un poco más nuestra factura TP para notificar nuestros planes a Central Galáctica. El doctor Schein pensó que no podía menos que anunciar que interrumpía la excavación en Higby V. ¡Zitt! ¡Qué conmoción! Llevé al doctor Schein a la ciudad para que hiciera la llamada. No estuve con él cuando le entregó el mensaje a Nachman Ben-Dov para que lo transmitiera a Central Galáctica, pero cuando salió de la oficina TP tenía la cara sombría y tensa.

    Han estallado —me dijo—. El TP dice que prácticamente destellaban rayos gamma. ¿Cómo nos atrevemos a abandonar Higby V? ¿Qué clase de arqueólogos somos? ¿Qué locura es esa de andar a la caza de asteroides? —nunca he visto al doctor Schein tan furibundo—. La expresión que utilizó Central Galáctica fue 'deserción'. Creo que también nos acusaron de falta de idoneidad. No pueden entender por qué no queremos terminar los dos años de excavación.

    — ¿Les comentó el monto de las facturas TP? —pregunté.
    —No llegué a esa parte —suspiró el doctor Schein. Cuando iniciamos el regreso al campamento, se hundió en un hosco silencio.
    — ¿Qué haremos ahora? —pregunté a mitad de camino. —Iremos a GGC 145591 y descubriremos ese asteroide.
    — ¿A pesar de Central Galáctica?
    —A pesar de Central Galáctica —dijo el doctor Schein—. Ahora nuestra suerte está echada.

    Sonaba ominoso.

    En los días siguientes, el doctor Schein, el doctor Horkkk y Pilazinool celebraron conferencias casi constantes y el doctor Schein viajó varías veces más a la ciudad para comunicarse vía TP con Central Galáctica. A los subalternos no se nos comunicó prácticamente nada de lo que ocurría. A veces el doctor Schein le confiaba algún par de cosas al chofer, a veces no. Entretanto seguíamos cavando, estableciendo fechas, haciendo funcionar la esfera y realizando las demás tareas de costumbre. Combinando certidumbres y rumores llegamos a esta conclusión:

    —Pilazinool está absolutamente a favor de ir a GGC 1145591 pese a las consecuencias.
    —El doctor Horkkk ha temido por su reputación profesional y ahora preferiría permanecer en Higby V mientras nos duren los fondos.
    —El doctor Schein vacila entre ambas posiciones, pero en principio siente que ya estamos hundidos hasta el cuello y nada perderemos con hacer el viaje.


    También:

    —Que nos cancelan el presupuesto y nos ordenan regresar a Central Galáctica para recibir una reprimenda (el doctor Schein negó esta información).
    —Que Central Galáctica insiste en que prosigamos con la excavación y enviará una nueva expedición a GGC (este rumor circula aún, pero no ha sido confirmado).
    —Que nos han quitado el respaldo financiero, pero que el doctor Schein está tratando de reunir fondos privados para una expedición inmediata a GGC (confirmado por el doctor Horkkk y negado por el doctor Schein el mismo día. ¿Quién está mintiendo?)


    Lo único que sabemos con seguridad, aunque no demasiada, es lo que dije al principio de esta carta: la semana que viene partiremos hacia GGC 1145591. En el laboratorio han pegado una orden oficial a ese efecto. Se supone que mañana terminaremos de excavar, empezaremos a rellenar la fosa y a hacer el equipaje.

    Todo es confusión.

    Un día más tarde, y la confusión ha sido reemplazada por la catástrofe. Al menos para un servidor.

    Después del desayuno los tres jefes fueron a la ciudad y pasaron toda la mañana comunicándose vía TP con Central Galáctica. El resto de nosotros inició, sin entusiasmo y con incertidumbre, la clausura de las operaciones. Casi todos suponíamos que ese mismo día nos anunciarían que no íbamos a ningún lado y teníamos que abrir nuevamente la fosa, así que no nos esforzamos mucho para cerrarla.

    Poco después del mediodía los jefes regresaron. Por primera vez desde el comienzo de la crisis parecían razonablemente tranquilos. De hecho, el doctor Schein sonreía.

    —Todo está arreglado —dijo el doctor Horkkk en cuanto se apearon del furgón—. Tenemos el permiso de Central Galáctica y partimos a GGC 1145591 según lo planeado.

    Eso fue todo. Desaparecieron dentro del laboratorio. Un rato más tarde llamaron a Saúl Shahmoon y Leroy Chang para una conferencia. Parecía una conspiración.

    A la hora de la cena pegaron este anuncio en los dormitorios:

    MIEMBROS DE LA EXPEDICIÓN


    Se ha convenido con Central Galáctica la interrupción de las operaciones en Higby V y la transferencia inmediata de las actividades al sistema solar de la estrella enana negra GGC 1145591. Un crucero hiperespacial en servicio regular nos recogerá aquí el 21 de octubre. Los siguientes miembros de la expedición partirán en ese momento a GGC 1145591:


    ● Doctor Schein.
    ● Pilazinool.
    ● 408b.
    ● Profesor Chang.
    ● Kelly Watchman.
    ● Mirrik.
    ● Jan Mortenson.
    ● Steen Steen.

    Los siguientes miembros de la expedición permanecerán en Higby V hasta el 27 de octubre, cuando un segundo crucero hiperespacial los recogerá para trasladarlos a Central Galáctica, donde entregarán la esfera y demás hallazgos arqueológicos e informarán acerca de nuestros descubrimientos hasta el momento:


    ● Doctor Horkkk.

    ● Profesor Shahmoon.

    ● Tom Rice.


    Se espera que estos individuos puedan reintegrarse posteriormente a la expedición.

    Leí el anuncio seis veces, y aún no lo creía. ¿Cómo podían hacerme esto? ¿Mandarme a Central Galáctica? ¿Excluirme de la expedición en el momento más excitante?

    ¿Es justo? Fui yo quien encontró la esfera. Fui yo quien propuso cómo descubrir el asteroide, y ahora..., enviado a Central Galáctica mientras los demás se enfrentan a lo desconocido.

    Mientras Jan se va...

    Crucé hasta el otro dormitorio para verla.

    — ¿Has leído el anuncio? —pregunté, aunque ya notaba que sí.

    Asintió.

    —Es horrible.
    —Jan, ¿cómo pudo suceder esto?
    —Es una jugada sucia, ni más ni menos.
    — ¿Qué significa eso de mandar la esfera a Central Galáctica? Creí que habíamos resuelto quedarnos con ella. Y yo tengo que ir allá, en vez..., en vez... —Le pregunté a Pilazinool — dijo Jan—. Dice que es la libra de carne de Central Galáctica.
    —No entiendo.
    —En Central Galáctica están furiosos porque nos vamos de Higby V después del trabajo que les costó planear esta expedición.
    —Lo sé, pero...
    —Los jefes tenían que apaciguarlos de algún modo. Hubo toda clase de negociaciones, dijo Pilazinool, y finalmente mencionaron la esfera. Central Galáctica quiere la esfera. Acordamos enviarla si nos dejaban ir en busca del asteroide.
    —De acuerdo —dije—. Política. No me importa. ¿Pero por qué yo? Fui yo quien descubrió la esfera, ¿verdad? ¡Tengo derecho a ver esa bóveda! Yo...
    —Cálmate —murmuró Jan—. ¡Con gritarme a mí no ganas nada, chimpón! Yo estoy de tu lado. Tienes que hablar con el doctor Schein y mostrarle que esto es una injusticia. Quizá ni siquiera se detuvo a pensarlo..., simplemente te eligió al azar. Ve a verle ahora. Todos te apoyaremos, Tom. Firmaremos una petición o algo por el estilo —me dio un ligero beso en la mejilla, nada apasionado, simplemente un beso de estamos-contigo. Luego me hizo dar la vuelta y me apuntó hacia el laboratorio.

    Caminé aturdido hasta allí y me asomé. 408b y el doctor Horkkk estaban conferenciando. Me disgustaba pedir misericordia a seres de otra raza, así que dije:

    — ¿Está el doctor Schein?
    —Volvió a la ciudad —contestó el doctor Horkkk con voz cortante—. ¿Por qué?
    — ¿Pilazinool, tal vez...?
    —Fue con el doctor Schein —aún más cortante.
    —Bien —balbuceé—, sólo quería hacerle una pregunta. Acerca de las tres personas que llevarán la esfera a Central Galáctica. Si es posible, doctor Horkkk, quisiera ser eximido de esa obligación. O sea, si tengo que ir a Central Galáctica perderé casi un año de la expedición, y...

    El doctor Horkkk agitó bruscamente un par de brazos.

    —Arréglelo con otro —espetó—. Estos problemas administrativos no me conciernen.

    Hasta luego. Esfúmate, Rice. No tengo tiempo para ti.

    El doctor Schein y Pilazinool no volvieron al campamento hasta esta noche, hace alrededor de una hora. Fueron directamente al laboratorio y todavía están allí. No sé qué está pasando, Lorie. Pero no pienso dejarme pisotear y cruzarme de brazos. ¡Me he ganado un lugar en esta expedición!


    16 de octubre

    Esperé casi toda la noche a que el doctor Schein viniera al dormitorio, pero no apareció y finalmente me venció el sueño. A la mañana, mientras desayunábamos, me acerqué a él e intenté hablarle.

    —Doctor Schein: ¿podría molestarle por cierto aspecto del anuncio que se hizo ayer...?
    —Más tarde, Tom. Más tarde. Ahora no puedo discutir pequeños detalles.

    Otra palmada en el trasero. Todo el mundo está muy ocupado para el pobre Tom. Apesadumbrado, fui a la colina y me reuní con los que estaban rellenando la fosa. Mirrik trató de consolarme con proverbios paradojistas.

    —Quien sufre el desdén y el rechazo, aprende a aferrar las raíces del mar —dijo Mirrik, y prosiguió—: Los poderes más altos nos recompensan muy tiernamente cuando se ausentan de nuestras vidas... —y concluyó— Sólo encuentra la gracia aquel a quien la gracia le es negada. —Un gran consuelo, Mirrik.
    —La meditación y la concentración facilitan la comprensión, amigo mío. Tal vez esta zozobra te beneficie.

    Estoy más que seguro —repliqué.

    Luego se me acercó Jan, a punto de fundirse y zumbando en alta frecuencia.

    — ¿Sabes lo que acabo de descubrir? —preguntó. —Claro —dije amargamente—. Como soy TP, no me cuesta nada leerte la mente y...
    —Cállate, Tom. Acabo de averiguar quién confeccionó la lista de los que van a GGC y los que van a Central Galáctica. Fue Leroy Chang.
    —Leroy Chang —dije—. Qué raro. ¿Y por qué el?
    —Se lo pidió el doctor Schein — dijo Jan—. Los jefes estaban muy ocupados. El dactilografió el memorándum y eligió la gente. ¿Pero no te das cuenta, Tom? Leroy Chang. ¡Leroy Chang!
    —Leroy Chang —repetí—. Sí, ya te he oído.
    —iPero no estás pensando! La lista dice que tú vas a Central Galáctica y yo a GGC... ¡Y que el profesor Chang también va a GGC! Leroy lo preparó deliberadamente para ...
    —Ya entiendo, Jan. ¡Ahora caigo!
    — ¿No te parece de lo más sucio?
    — ¿Dónde está Leroy?
    —Empaquetando nódulos de inscripciones en el laboratorio.

    Eché a caminar hacia el laboratorio.

    — ¡El universo es un fenómeno reversible, Tom! —me gritó Mirrik—. ¡Un proverbio paradojista!
    —Gracias —le respondí.

    Desde hace unas semanas (desde que Leroy trató de manosear a Jan) hago lo posible por eludir la compañía del profesor Chang. Leroy tampoco ha cultivado la mía, y con sobradas razones. Últimamente ha sido una especie de figura borrosa y furtiva que husmea en las cercanías y ocasionalmente echa una mirada lánguida a Jan o Kelly. Terminé por considerarlo más patético que detestable, sólo un vidjio rastrero de la calaña que frecuenta los teatros más sórdidos de las grandes ciudades. Pero ahora estaba dispuesto a demolerlo. Me asomé al laboratorio y lo vi de espaldas, en efecto, empacando nódulos de inscripciones. También estaban el doctor Schein y Pilazinool, y no quería hacer una escena delante de ellos. Así que le dije serenamente.

    —Profesor Chang, ¿Puedo hablar con usted?
    — ¿Puede ser más tarde?
    —Temo que no.
    —De acuerdo, ¿qué es?
    —Hay algo en la colina que me gustaría que usted examinara. No sabemos qué hacer, y antes de rellenar nos pareció mejor que le echara un vistazo.

    Accedió.

    Caminamos en silencio hacia la colina. Pero no llegamos a la fosa principal. Me detuve frente a un montículo de escombros que aún no habíamos devuelto a su sitio. Empezó a lloviznar.

    —Detengámonos aquí, Leroy —le dije— Hablemos un rato.
    —No comprendo.
    —Ya comprenderá. Entiendo que usted confeccionó la lista de quienes escoltarán la esfera a Central Galáctica.
    —Sí —cautelosamente.
    — ¿Por qué? —A petición del doctor Schein. Era sólo un asunto de rutina.
    —Usted me excluyó de la expedición por rutina —dije— y tuvo cuidado de incluirse en el viaje al asteroide. Y también a Jan
    —La esfera la descubrió usted, Tom —dijo Leroy— Simplemente me pareció que querría acompañarla y velar personalmente por la seguridad del artefacto.

    Ese razonamiento no me impresionó.

    — ¿Qué tal si le tiro adentro del pozo? —pregunté
    — ¿Qué lenguaje es ese? —dijo Leroy, retrocediendo.
    —Un lenguaje primitivo, arcaico y beligerante. Cretino descoyuntado, ¿me voy a cruzar de brazos con una sonrisa mientras usted con toda elegancia me pone en órbita derecho al Sol?
    —No comprendo
    —Ya me lo dijo antes. Permítame enseñarle un viejo proverbio paradojista. El universo es un fenómeno reversible ¿Sabe lo que quiero que haga?
    —No me gusta que me hable de ese modo, Tom.
    —Cállese, hombre. Quiero que se inscriba en la lista de los que vuelven a Central Galáctica. En mí lugar; yo ocuparé el suyo.
    —Pero...
    —Iré al asteroide. Y usted irá al fondo del pozo si no colabora.

    Avancé un paso. Leroy tragó saliva y palideció. Detesto atropellar a nadie, pero en ese momento no me sentía con ganas de pedir disculpas, en consideración a cómo había molestado a Jan.

    —Estas amenazas de violencia física... —dijo Chang.
    — ...¡se cumplirán!
    —...son aborrecibles, Tom.
    — ¡Al pozo! —aullé, y me lancé sobre él. Chilló atemorizado. Le aferré por los hombros, pero no lo empujé; en cambio me le acerqué al oído para susurrarle—: ¿Qué pensaría de usted el doctor Schein, Leroy, si Jan se quejara de intento de violación?

    Leroy tiritó. Se le aflojó el cuerpo.

    Dudo mucho que denunciar un intento de violación semanas después del hecho y en estas circunstancias, surtiera algún efecto. Pero las conciencias culpables son fácilmente chantajeables. Leroy me fulminó con la mirada, farfulló un poco, murmuró que mi actitud era maligna e infamante, y luego cedió por completo.

    — ¿Qué pretende que haga, exactamente? Se lo dije.

    Lo hizo.

    Esta noche colocaron una nueva lista de nombres. El mío figura ahora entre los que irán en busca del asteroide. El profesor Chang me ha reemplazado entre los que regresarán a Central Galáctica. Yo no voy a echarle de menos, Jan tampoco.


    17 de octubre

    A continuación, una carta precipitada. La noticia de hoy es acerca de cómo fui más listo de lo conveniente. Pero no pude evitarlo.

    ¿Te ha pasado preocuparte tanto por un detalle marginal que olvidas lo realmente importante? Viejo proverbio paradojista: Quien pierde de vista la meta principal estará dormido cuando llegue el milenio. El asunto de la Central Galáctica me tuvo tan atareado que pasé por alto lo que debí haber visto de inmediato. Lo que todos debimos haber visto.

    Abordé al doctor Schein durante mi descanso de la mañana.

    —Señor —dije, poniendo voz-de-aprendiz-humilde—, tengo una pregunta hipotética. Supongamos que llegamos al asteroide y descubrimos al robot y aún funciona y todo lo demás. ¿Cómo nos comunicaremos con él? ¿Cómo le diremos quiénes somos y cuánto tiempo ha transcurrido?
    —No será posible, Tom.
    — ¡Pero podría serlo! Tenemos una credencial. Una carta de presentación. Sólo que hemos decidido no llevarla con nosotros.
    —No entiendo, Tom.
    — ¡Me refiero a la esfera, señor!

    El doctor Schein arrugó el ceño. Frunció los labios. Reflexionó. Se le iluminó la cara.

    — ¡Claro! ¡Claro! ¡La esfera, la esfera...!

    Y corrió a reunirse con el doctor Horkkk y Pilazinool.

    La conferencia duró una hora. Luego nos llamaron a todos al laboratorio para una reunión general en mitad del día. La presidía el doctor Horkkk. El doctor Schein, sentado a un costado, me sonrió con afecto y calidez. Yo era de nuevo el mejor alumno.

    El doctor Horkkk entrelazó los brazos, abrió y cerró rápidamente los tres ojos protuberantes, se metió unos cuantos dedos llenos de articulaciones en la boca para comer, y realizó otros actos similares que son los equivalentes thhhianos del carraspeo preliminar. Luego dijo, con su vocecita chillona y explosiva:

    —Deseo proponer un cambio de planes. Requerirá consentimiento unánime, pues las consecuencias pueden ser graves. Como sabéis, hemos accedido a la solicitud de Central Galáctica de embarcar la esfera inmediatamente para que se la estudie y preserve. Sin embargo, hoy se ha sugerido que conservemos la esfera como medio de comunicación en caso de encontrar al robot de los Superiores. Serviría como carta de presentación, por así decirlo; una especie de credencial de arqueólogos de una era mucho más tardía que la del robot.

    Admiré la sagaz adaptación de mis propios términos.

    —Es decir —prosiguió el doctor Horkkk—, podríamos demostrar al robot que descubrimos la esfera y que ella nos condujo hasta él, y que ha transcurrido muchísimo tiempo desde que él llegó al asteroide. Puedo concebir otros modos de comunicación donde la esfera actuaría siempre como intermediario. Empero, si la llevamos con nosotros estaríamos infrigiendo inequívocamente nuestro trato con Central Galáctica. Por lo tanto...

    Pidió una votación.

    ¿Todos a favor de decirle a Central Galáctica que se vaya al cuerno? Once manos en el aire.

    ¿Opositores? Ninguno.

    Aprobación unánime.

    —Desde luego —dijo entonces el doctor Schein—, ya no hay motivo para que ninguno de nosotros vaya a Central Galáctica. Esa orden queda cancelada. Iremos todos al asteroide.

    Maldito sea. Por un momento creí haberme librado de Leroy Chang.


    DIEZ


    En algún lugar del ultraespacio, ¿16? ¿17? ¿18? de noviembre de 2375


    Sé que ha pasado un mes desde la última vez que manipulé un cubo de mensajes. Algo en los viajes hiperespaciales atenúa mis ansias de comunicación. Ni siquiera sé con seguridad qué día es hoy. Hay un calendario normal a bordo, pero ni tengo ganas de ir a mirarlo. Liquidamos nuestras cuentas en Higby V tal como lo habíamos planeado, dejando la zona sellada para que los arqueólogos que nos sucedan —esperemos que un grupo menos tránsfuga que el nuestro— la encuentre intacta. El crucero vino a recogernos el veintiuno. No informamos a Central Galáctica que nos llevábamos la esfera. Eso nos transforma en renegados, pero pasarán meses antes que los burócratas de la Tierra lo adviertan, y puede que entonces ya tengamos algún hallazgo brillante para deslumbrarlos. Y como Mirrik aprendió después de su ebria incursión en el laboratorio, cualquier pecador puede redimirse si el fruto del pecado es suficientemente espectacular.

    Nuestra nave es un crucero interestelar ordinario, que recorre el cuadrante superior entre Rigel y Aldebarán. La parada en GGC 1145591 queda un poco a trasmano, pero no demasiado, y no fue difícil de arreglar. Sólo se necesitó pasta. Un viejo proverbio de la Tierra: El dinero lo compra todo.

    Dispondremos de una nave interplanetaria alquilada para recorrer el sistema de GGC 1145591 en busca del asteroide. Ya salió desde Aldebarán para encontrarnos allí.

    Esto también costó dinero. El doctor Schein hace rato dejó sin fondos nuestra cuenta digital, pero no presta demasiada atención a las computadoras, y siempre pide crédito; todo irá bien mientras la Central Galáctica no lo descubra. El Protón Todopoderoso nos proteja si esta expedición llega a fracasar, si —por usar una hermosa expresión medieval— hemos salido a la caza del ánade.

    Como antes, la nave es confortable. Cabinas espaciosas, buena biblioteca, entretenimientos, comida decente. La tripulación se atiene a sus tareas, nosotros a las nuestras. El tiempo se vuelve extrañamente elástico en un viaje hiperespacial, y descubro que me las arreglo con pocas horas de sueño en quizá dos o tres días consecutivos, y luego duermo días enteros. O eso parece.

    Todos están muy excitados, especialmente los doctores Schein y Horkkk. Aún no se reponen de la sorpresa de haber tenido la glucosa para abandonar Higby V por esta búsqueda. Como sabes, el doctor Horkkk no es precisamente el aventurero romántico y liberado, y por lo que puedo leer en su expresión, parece estar diciendo: "¿Cómo pudo ocurrirme a mí'" El doctor Schein parece igualmente desconcertado. Pilazinool, por lo demás, siente una extraña confianza; rara vez se desenrosca los brazos y las piernas, parece convencido de que el destino nos echó una bendición. Veremos.

    Hasta ahora mi logro social más importante a bordo ha sido devolver a Jan su obsesión por Saúl Shahmoon. No sé cómo lo logré. Pensaba que Jan y yo sintonizábamos la misma longitud de onda.

    No porque nos hubiéramos dado excesivas muestras de apasionamiento o estuviéramos a punto de iniciar siquiera un matrimonio temporario, ni remotamente. Nuestros contactos han sido asombrosamente castos. Biologizamos un poco, sí. Pero nada que pudiera considerarse impropio aun en una época muy puritana. Tal vez soy un talandra descoyuntado por haberme reprimido tanto. Somos adultos. Lo dicen nuestros papeles.

    Sin embargo, pese a toda nuestra castidad, es como si Jan y yo nos fundiéramos en una especie de equipo, y creo que a nadie le ha molestado, con la excepción de Leroy Chang. Siendo los más jóvenes y (seamos francos) más atractivos terrestres del grupo, Jan y yo nos hemos granjeado cierta aprobación paternal por parte de los demás. Siempre nos daban sonrisas de aliento. Las sonrisas de aliento invariablemente me deprimen, ¿a ti no?

    Últimamente no hay sonrisas de aliento, pues Jan ha vuelto a las andadas con Saúl. Cuando la veo se me congela la sangre hasta el cero absoluto.

    No sé qué hice o dije o qué no hice o no dije que la enfrió tanto conmigo. Quizás empecé a aburrirla. A veces soy tan pesadamente pulcro y simpático... Convendrás en que es mi peor defecto.

    Quizá se le haya despertado un imprevisto y repentino interés en la filatelia. Quizá nunca se sintió atraída por mí y simplemente me usaba para provocarle celos a Saúl. Quién sabe... Yo no. Ni por asomo.

    Hace ya diez días, doce días. Para ser franco, me tiene amargado. No tengo derecho a ser posesivo con Jan, pues todo lo que ha habido entre nosotros fue una especie de glorioso entrelazamiento de manos, más o menos. Pero no me gusta verla desaparecer dos o tres horas seguidas en la cabina de Saúl. Y con la puerta cerrada.

    Tener imaginación es a veces una carga terrible.

    Un beneficio marginal de esta etapa del viaje es que tuve ocasión de conocer mejor a Kelly Watchman. Como sabes, los androides no me caen demasiado bien, y hasta hace un par de semanas casi no había hablado con Kelly, al margen de las charlas profesionales, salvo para decirle "Qué tiempo horrible, ¿verdad?", "Por favor, dame las píldoras estimulantes" y "¿Qué hora tienes?" o cosas por el estilo.

    En realidad, creo que nunca he hablado de veras con un androide. Conocí algunos en la universidad, pero formaban grupos cerrados que no buscaban la compañía de las gentes de carne y hueso, y nunca traté de imponerles mi presencia. Y por supuesto papá ha contratado algunos androides para puestos de muy alto nivel, pero jamás se me ocurrió trabar amistad con ellos. Las minorías relegadas me ponen nervioso e incómodo; la causa de mi timidez es la consabida mala conciencia de las clases privilegiadas.

    La primera noche que hablé con Kelly fue antes que Jan y yo empezáramos a distanciarnos. Esa noche no estuve con Jan porque ella estaba dolorida y quejosa, y se había retirado a la cámara de nulidad de la nave con la esperanza de que unas horas de privación de todo estímulo sensorial le ayudarían a relajarse. No había nadie más cerca de nosotros; el doctor Schein y el doctor Horkkk redactaban informes, Pilazinool y Mirrik libraban una batalla a muerte en el tablero de ajedrez, 408b se había enclaustrado para meditar, etcétera. Yo vagabundeaba por la nave, sintiéndome solo y desorientado, cuando Kelly se me acercó en la biblioteca y dijo:

    — ¿Puedo sentarme un rato contigo, Tom?
    —Me encantaría —dije con grandilocuencia, apresurándome a traerle una silla con gestos pomposos y caballerescos: de nuevo el mecanismo compensatorio de la culpa.

    Nos sentamos uno frente al otro ante una reluciente mesa de cristal. Le pregunté si quería un trago y dijo que no —por supuesto— pero que no le molestaba si yo bebía. Dije que tampoco tomaría nada. Estas maniobras corteses nos llevaron un par de minutos.

    Luego ella dijo en voz baja:

    —Ese hombre estuvo siguiéndome toda la noche. ¿Cómo puedo ahuyentarlo?

    Me volví hacia la puerta y sorprendí a Leroy Chang asomándose furtivamente por el corredor. Leroy es el único sujeto realmente furtivo que he conocido. Me clavó una mirada furibunda, como cubriéndome de insultos por interponerme entre él y las mujeres que perseguía. Luego se alejó, sin duda echando vapor y deseando tener un bigote para retorcerlo.

    —Pobre imbécil —dije—. Creo que tiene un problema sexual.

    Kelly sonrió sin reservas.

    — ¿Cuándo aprenderá que no tengo interés en resolvérselo?

    Sentí un atisbo de simpatía por el furtivo Leroy. La androide sentada frente a mí parecía bastante deseable. El pelo rojizo y centelleante le llegaba casi hasta los hombros; tenía esa pátina de brillo y fulgor que sólo procede de los tanques de gestación de los androides. Los ojos de un verde oscuro parecían joyas preciosas; la piel tersa no era la piel del común de los mortales; y a su manera distraída ella se había puesto un vestido de tela sintética que apenas la cubría un poco por aquí y un poco por allá. Era la viva figura de la seducción, una broma cruel de los técnicos de laboratorio que la habían creado con aminoácidos y electricidad, pues no habían condicionado a Kelly para ningún tipo de vida sexual.

    Supongo que en cierta forma habría hecho feliz a Leroy Chang si lo hubiera querido Pero no lo quería, y ni siquiera quería quererlo, y tampoco atinaba a entender qué buscaba Leroy. Los impulsos instintivos de la humanidad le extrañaban tanto como a nosotros la ansiedad de un shilamakka por convertirse en máquina.

    Con todo, era hermosa. La imagen radiante de la femineidad voluptuosa de los diecinueve años, una especie de criatura de sueños. Todas las androides son atractivas de un modo standard y estereotipado, pero quien había programado a Kelly debía de ser un poeta de laboratorio. Mientras entablaba con ella una charla sofisticada, me sentí vagamente parecido a los héroes de algunas películas 3-d, siempre trabando conversaciones románticas con beldades misteriosas a bordo de naves espaciales con destinos remotos.

    Sin embargo, nadie había tenido la amabilidad de darme el guión. Tuve que elaborar el diálogo sobre la marcha Kelly, ahora que yo acababa de rescatarla del pestífero Leroy, parecía deseosa de quedarse en la biblioteca a charlar conmigo toda la noche, pero al cabo de diez minutos descubrí que había agotado mis reservas de charlas triviales. No es fácil encontrar temas de conversación a bordo de un crucero ultraespacial, dentro de un caparazón sellado donde es imposible tener contacto con el resto del universo. Ni siquiera se puede hablar del tiempo. En cuanto se agota el tema del retortijón que da el brinco al ultraespacio se terminó el diálogo.

    Por respeto a esa imagen mental de astro de un melodrama 3-d que tengo de mí mismo (Tom Rice, Agente Secreto Intergaláctico), tenía que encontrar algo que decir. Así que mi boca siguió moviéndose mientras se me atascaba el cerebro ¿Cuál es el único tema que no puede tocarse con un integrante de una minoría marginada? Bien, el de las minorías marginadas, por supuesto. No conviene arriesgarse a un salto en puntillas, a frotar sal en las heridas, atrayendo la atención sobre un tema que puede ser muy delicado, etcétera. Naturalmente. Pero con horror y desolación oí que mi boca le decía a Kelly Watchman

    — ¿Sabes? En realidad, nunca he tratado mucho con androides...

    Ella fue sagaz.

    —No somos demasiados.
    —No. Precisamente. Siempre me habéis parecido tan diferentes que me siento algo turbado. No contigo en particular, sino con los androides en general. Me resulta difícil comprender qué se siente siendo un androide. Ser igual que un humano en todos los aspectos, y sin embargo no ser...

    La voz se me apagó estúpidamente.

    — ¿Realmente humanos? —Kelly terminó la frase. Quedé pasmado.
    —Pero soy humana, Tom —afirmó serenamente—. Al menos, en todos los aspectos legales. Ese problema ya se discutió y resolvió en los tribunales. Te hayan concebido en un vientre o en un tanque, eres humano si tienes el sistema de cromosomas humanos; de lo contrario, no. Yo lo tengo y soy humana —no sonaba defensiva ni beligerante, simplemente señalaba un hecho; Kelly nunca puede emocionarse de veras, por muy humanos que sean sus cromosomas.
    —Aun así —dije—, no necesito explicártelo a ti, Kelly... Casi toda la gente suele pensar que los androides..., en fin, no son del todo reales.
    —Quizá sea simplemente envidia —dijo Kelly sin alterarse—. El hecho de que no envejecemos, de que nuestro plazo de vida previsible triplica el de los humanos concebidos naturalmente, debe despertar cierta hostilidad. Yo por ejemplo, salí del tanque en 2289, ¿lo sabías?

    Casi noventa. Tal como lo había sospechado.

    —En parte es eso —concedí—. Pero hay algo más. Es que nosotros os hemos creado. Eso..., yo no pienso así, ¿entiendes? Pero hay mucha gente que sí... Eso os hace ocupar un peldaño inferior al nuestro en el orden de las cosas.
    —Cuando un hombre y una mujer crean un niño, ¿tienen la impresión de que es una criatura inferior a ellos?
    —A veces sí —djje—. Pero ese es un problema lateral. Concebir un hijo naturalmente es una cosa; crear la vida en un tanque de laboratorio es otra. Es casi un acto divino.
    —De modo que mostráis vuestra naturaleza divina al sentiros superiores a los humanos artificiales que creáis —dijo Kelly—. Aunque los androides os superen tanto en la longevidad como en casi todos los aspectos...
    —Nos sentimos superiores e inferiores al mismo tiempo, Kelly. Y por eso la mayoría siente rechazo y desconfianza.

    Kelly reflexionó.

    — ¡Qué intrincados sois! ¿Por qué preocuparse tanto acerca de la superioridad y la inferioridad? ¿Por qué simplemente no aceptar las diferencias y concentrarse en problemas de verdadera importancia?
    —Porque está en la naturaleza de los seres humanos exaltarse execrando a los otros —dije—. En los viejos tiempos las víctimas eran los judíos, los negros, los chinos, los católicos, los protestantes o cualquiera que fuese un poco diferente de quienes les rodeaban. Ya no existen todas esas discriminaciones, ante todo porque las razas, religiones y costumbres de la Tierra se han confundido y mezclado tanto que necesitarías una computadora para saber contra quién debes tener prejuicios. Ahora tenemos androides. De nuevo lo mismo. Los androides viven más que nosotros, tienen cuerpos más atractivos, son superiores en muchos aspectos, pero nosotros os fabricamos, y aunque estemos celosos de vosotros nos complace contar chistes de androides y excluir a los androides de nuestras fraternidades y cosas por el estilo. En parte todo prejuicio exige que la víctima sea más débil en número, pero alguien a quien secretamente se teme o admira. Las gentes solían pensar que los judíos eran más astutos que los demás, o que los negros eran más gráciles y ágiles que los demás, o que los chinos eran capaces de trabajar más duro que los demás; y así, judíos, negros y chinos eran envidiados y despreciados al mismo tiempo. Hasta que al fin todo el mundo llegó a tener un poco de los genes de todo el mundo, y ya fue imposible pensar así.
    —Quizá la solución para el problema de la discriminación de androides —dijo Kelly, sonriendo fríamente— sería crear androides feos y horribles.
    —Serían simplemente la excepción que confirma la regla, Kelly. La única solución real sería crear androides capaces de reproducirse, y luego de mezclarse con los demás seres humanos naturales. Pero dicen que para el desarrollo de androides fértiles faltan por lo menos quinientos años.
    —Doscientos —dijo serenamente Kelly—. O menos. Biólogos androides están estudiando el problema. Ahora que nos emancipamos y ya no tenemos que ser los esclavos y bestias de carga que quisisteis hacer de nosotros, hemos empezado a examinar algunas de nuestras propias necesidades...

    Esas palabras me parecieron hondamente perturbadoras.

    —Bien, quizás a la larga superemos algunas de nuestras actitudes más tontas hacia los androides —dije, sin mayor convicción.

    Kelly rió.

    — ¿Y cuándo será? Has dicho la verdad; el prejuicio es parte de vuestra naturaleza. ¡Sois tan necios! Recorréis el universo entero en busca de gente a quien despreciar. Os burláis de la lentitud mental de los calamorianos, bromeáis acerca del tamaño y el olor de los dinamonianos, os reís de las costumbres de los shilamakka, los thhhianos y toda raza no humana. Admiráis sus dones y habilidades insólitos, pero en el fondo los despreciáis porque tienen demasiados ojos o cabezas o brazos, ¿me equivoco?

    Sentí que la conversación se me había ido de las manos. Simplemente había querido saber qué se sentía siendo un androide, ocupando un lugar tan complejo en la sociedad moderna. Pero ahora estaba a la defensiva, tratando de dar cuenta de los prejuicios idiotas tan caros al homo sapiens.

    Lo que me sacó del aprieto fue la llegada de Jan. Entró en la biblioteca con ese aspecto pálido y espectral que a veces tiene la gente tras unas horas en la cámara de antigravedad; tenía ojos somnolientos y los músculos faciales tan distensos que parecía una sonámbula. Ese es el resultado de un baño tibio de sustancias químicas, con los oídos tapados y los ojos cubiertos. Jan entró flotando como una de las esposas decapitadas de Enrique VIII, me miró a mí, miró a Kelly, sonrió extrañamente, dijo 'Perdón' con una voz argentina y ondulante, y salió flotando. Curioso.

    Pero de algún modo eso dio fin a la discusión sobre los prejuicios raciales. No la iniciamos de nuevo. En cambio, Kelly empezó a hablar acerca de los nódulos de inscripciones y al cabo de un rato dije buenas noches y me fui a dormir. Desde entonces hemos pasado varias noches juntos, despiertos hasta tarde y charlando. Creo que Kelly se vale de mí para sortear las viscosas atenciones de Leroy Chang, pero no me importa. Ya que Jan me ignora de modo tan conspicuo, es agradable poder hablar con Kelly. Y reconfortante descubrir que una androide puede ser una verdadera persona en tantos sentidos. En el fondo, Kelly posee una impasibilidad impenetrable que a mi juicio delata su origen artificial; pero además tiene matices, sentimientos fuertes, sentido del humor, sofisticación y mucho más. Suele estar a la defensiva respecto a su condición de androide; un poco al estilo de ¿acaso-no-sangramos-si-nos-hieren? Pero eso no me sorprende. No simularé que me he despojado de mis prejuicios. Sigo pensando que Kelly es muy humana, pero... Y ese maldito 'pero' insiste en quedarse. De todos modos, hago mis progresos.

    Me asusta un poco pensar que en un par de siglos habrá matrimonios entre androides y humanos, e hijos de ambos. Me pregunto por qué esa idea me aterra tanto. ¿Tal vez porque una inyección de sangre androide en nuestra combinación genética puede alterarnos? ¿Mejorarnos? Este pensamiento da en lo más vivo de mis prejuicios.

    Pero no viviré para verlo. Es un consuelo. ¿O no?

    Con esa nota ambigua dejé de dictar hace diez días. Ahora estamos casi a fin de noviembre, y tomo nuevamente este cubo sólo para añadir la posdata de que llegaremos a GGC 1145591 en cinco días más. Dudo que ocurra algo importante entre ahora y entonces, así que sellaré el cubo.

    El 'status' permanece 'quo' en todo sentido. Cada vez que veo a Jan, está con Saúl y se encuentran embarcados en una discusión acerca de los sellos autocancelatorios france-ces de 2115 o cualquier otra extravagancia. Kelly sugiere que para defenderme me dedique a la numismática. La idea no parece práctica. Qué diantres, supongo que Saúl será el mejor de los dos. Pero ojalá supiera por qué.

    Al diablo con esas tonterías. La estrella oscura nos aguarda.


    ONCE


    Planeta III de GGC 1145591, 12 de diciembre de 2375


    Aquí estamos muy cómodos. Y las cosas son tremendamente raras. Nunca imaginé, al elegir una profesión reposada como la arqueología, que me traería a un sitio como éste.

    Estamos en un sistema solar que desconoce la luz del día. Parecemos embrujados, transformados en gnomos, condenados a abrirnos paso por túneles oscuros sólo iluminados por un fulgor tenue y purpúreo que parpadea en lo alto. Pero no hay túneles. Estamos en la superficie de este mundo. Así es la vida aquí: una tiniebla interminable.

    Aun en Plutón el sol irradia un poco de luz, pero aquí no. El sol de este sistema es una estrella muerta, o mejor dicho, está tan cerca de la muerte que podemos palpar la intensidad de sus estertores finales. Estamos deprimidos. Hablamos muy poco. Los conflictos mezquinos que a veces estallaban entre nosotros, ya no cuentan más. Este lugar arroja un hechizo misterioso. Me siento como atrapado en una jaula de sueños.

    La tripulación de la nave ultraespacial no perdió tiempo en descansos. El crucero aterrizó en el tercer planeta del sistema, que no tiene nombre (estamos buscándole uno). Los tripulantes descargaron nuestros artefactos. Luego se marcharon de prisa.

    La nave interplanetaria que alquilamos estaba esperándonos. Es algo pequeña, pero servirá: capacidad para veinticinco personas, pasajeros y tripulación. Para el cálculo, los once contamos por veinte, gracias al tonelaje extra de Mirrik. La nave tiene una dotación de dos hombres. El capitán parece un personaje de película barata; el veterano-del-espacio con la tez curtida y rugosa y ojos azules y desleídos. Mastica un alga ligeramente narcótica de un mundo de Deneb y se pasea escupiendo por todas partes. El alga le da un olor delicado que parece contradecir un poco su imagen de hombre duro. Se llama Nick Ludwig y dice que hace treinta años que conduce naves de alquiler. Ha capitaneado muchos cruceros de gente rica, pero nunca expediciones arqueológicas. El copiloto es un androide llamado Webber Fileclerk, con ese atractivo típico normal entre los de su especie. Un dúo singular.

    La nave es nuestro transporte y nuestro hogar, pues no tenemos aparatos para inflar burbujas. Cuando salimos tenemos que sufrir todo un proceso en cámaras herméticas —es algo insoportable—, y ponernos trajes para respirar. En este mundo no hay atmósfera. Mejor dicho, la hay, pero el frío la solidificó. Aquí la temperatura se eleva quizás unos cinco grados sobre el cero absoluto, y todo se congela; el hidrógeno, el oxígeno, toda la tabla periódica. Los trajes son aislantes, desde luego..., pero un rasgón significaría la muerte instantánea.

    Acaso alguna vez este fue un mundo bastante tolerable, parecido a la Tierra. La masa es un poco superior a la terrestre y la gravedad es de quizás 1,23 —lo suficiente para aplastarte un poco, pero nada realmente incómodo—; la atmósfera que yace congelada alrededor era evidentemente nuestra familiar combinación de oxígeno y nitrógeno. Un equipo de transformación probablemente convertiría el lugar en un magnífico planeta de recreo, simplemente aprovechando las reacciones termonucleares del sol local hasta que las cosas se normalizaran.

    El sol local...

    Ese sol nos obsesiona. Sueño con él, y no soy el único. Cuando dejamos la nave, olvidamos lo que íbamos a hacer y nos quedamos mirándolo largos minutos.

    Para verlo mejor empleamos anteojos telescópicos. Con el ojo desnudo no hay mucho para ver. Está a sólo 110 millones de kilómetros, mucho más cerca que la Tierra de su propio sol, pero esta estrella es pequeña. Y oscura. El disco visible es alrededor de un décimo del sol visto desde la Tierra. Tenemos que escudriñar el cielo para encontrarlo, un pestañeo tenue en el firmamento negro.

    GGC 1145591 tiene probablemente un millón de años de vida por delante, pero como estrella está en su lecho de muerte. Una estrella tarda mucho en morir. Al consumir el hidrógeno que la alimenta empieza a contraerse, y la densidad a elevarse, transformando la energía potencial de la gravitación en energía térmica. Eso es lo que ocurrió aquí hace tantos billones de años que de sólo pensarlo te mareas. Ya mucho antes que existieran los Superiores, esta estrella sufrió un colapso y se redujo a una enana blanca con una densidad de toneladas por pulgada cúbica. Y siguió consumiéndose, enfriándose de a poco, cada vez más oscura.

    Ahora, una enana negra, se la ve en el telescopio como un vasto campo de lava. Se percibe el brillo del metal derretido, o eso parece, con islas de ceniza y escoria a la deriva. La temperatura media de la superficie de la estrella es de 980 grados; es decir, que ni aun ahora hay posibilidades de aterrizar en ella. Las masas de ceniza arden a unos 300 grados, y está mucho más caliente adentro, donde los núcleos comprimidos aún generan bastante energía. Hasta una estrella oscura produce calor, aunque cada vez menos. En un millón de años esta enana negra estará muerta, apenas una gran bola de ceniza a la deriva en el espacio, fría y consumida. El último destello de luz se borrará de este sistema solar y la victoria de la noche será completa.

    No planeamos quedarnos aquí más de lo necesario. En cuanto localicemos el asteroide donde los Superiores instalaron la bóveda de roca, nos dirigiremos hacia allí.

    Este planeta está al borde del cinturón de asteroides. Hay miles de asteroides allí, y encontrar el que buscamos puede llevar semanas. Empezamos con un dato ínfimo: la secuencia de la esfera muestra una nave espacial de los Superiores aterrizando en una ancha planicie. Así nos fue posible calcular la curvatura de la superficie del asteroide; con ese dato pudimos calcular su diámetro aproximado. El observatorio de Ciudad Luna nos ayudó. Hay un gran margen de error, pues la densidad del asteroide sólo podemos conjeturarla. Pero al menos podemos eliminar un 90 por ciento de los asteroides del cinturón, porque están fuera de nuestros parámetros de tamaño.

    Ahora estamos recurriendo a los aparatos de observación de la nave. El capitán Ludwig ha montado el equipo para escudriñar todo el cinturón de asteroides; a medida que aparecen asteroides del tamaño apropiado dentro de nuestro campo de observación, la computadora de a bordo calcula la órbita. Hasta ahora encontró una docena de asteroides que parecen llenar los requisitos. Seguiremos observando una semana más; luego empezaremos a explorar los asteroides, eliminándolos uno por uno. Esperemos no encontrar muchos más.

    Creo que empiezo a entender los problemas que tuve recientemente con Jan.

    Cada tres horas tiene que salir alguien de la nave para instalar una bauza a mil metros. Eso tiene alguna relación con las medidas que está tomando Nick Ludwig —algo vinculado con la triangulación—, y no pretendo entenderlo. Nos turnamos para realizar la tarea, y el doctor Schein insiste en que vayamos de a dos por razones de seguridad. Esta mañana, cuando llegó la hora de la baliza, el doctor Schein dijo:

    —Tom; tú y Jan, vestíos y llevad la baliza, ¿sí?

    Desde luego accedí, y me dirigí al gabinete donde se guardan los trajes aislantes. Pero en cuanto el doctor Schein se alejó, Jan me lanzó una mirada ponzoñosa y susurró:

    — ¿Estás seguro de que no prefieres salir con Kelly?
    —Kelly está ocupada esta mañana —dije, sin pescar la indirecta.

    Eso fue esta mañana. Jan finalmente se vistió y me acompañó afuera en un silencio glacial. Encendimos la baliza y regresamos. Pero ahora al fin entiendo lo que ocurre.

    Jan no empezó a distanciarse de mí hasta la noche en que entró en la biblioteca del crucero y me encontró hablando con Kelly. Pienso que Jan cree que he intimado con ella, que tenemos un lío amoroso.

    Juro que jamás me ha interesado Kelly, en absoluto. Kelly y yo nos hemos convertido en buenos amigos, pero puramente platónicos. No puede haber nada serio entre los dos, y Jan lo sabe. Kelly no pertenece de ningún modo a ese tipo excepcional de androides a quienes les interesa biologizar. ¿O Jan simplemente está celosa del tiempo que paso con Kelly? A veces envidio a los androides. Este asunto de una humanidad con dos sexos diferentes acarrea toda suerte de problemas.

    Ahora hemos localizado diecisiete asteroides que podrían ser la ubicación de la bóveda de los Superiores. El capitán Ludwig piensa que ya ha registrado todo el cinturón, pero por prudencia quiere seguir observando tres días más, o sea hasta el 20 de diciembre. Luego saldremos a inspeccionarlos. Las posibilidades de encontrar realmente una bóveda de un billón de años en un asteroide de ubicación tan incierta de pronto me parecen fantásticamente escasas. Los otros quizá sienten lo mismo. Pero no expresamos nuestras dudas en voz alta. Tratamos de ni siquiera pensar en ellas. Al menos yo. No intento comprender cómo llegamos a meternos en un plan tan chimpón. ¡Alejarnos de la excavación arqueológica de los Superiores más fructífera que jamás se descubrió! ¡Desafiar a Central Galáctica! ¡Derrochar cantidades de pasta para andar vagando de una estrella en otra...! Se supone que los arqueólogos son gente equilibrada y paciente que año tras año cumple con la tarea que le corresponde... Pero nosotros, ¿qué hacemos aquí? ¿Cómo pudimos dejar que nos pasara esto? ¿Por qué imaginamos que encontraríamos algo?

    Reflexiones oscuras en el mundo oscuro de una estrella oscura.

    El doctor Schein debe estar pensando cosas similares. Sin duda esta búsqueda no encaja en el carácter de él. La tensión se le nota en la cara. Nos tiene algo preocupados. Ayer perdió los estribos con Steen Steen e insultó al calamoriano de arriba abajo, sólo porque Steen encendió accidentalmente un mezclador de datos, introdujo cierta información en la computadora y arruinó el trabajo de dos horas. El doctor Schein se enfureció tanto que nos quedamos todos de una pieza, especialmente cuando le dijo a Steen:

    — ¡No estarías aquí si yo me hubiera salido con la mía! ¡Me impusieron tu presencia en nombre de la tolerancia racial!

    Steen logró conservar la compostura. Hizo un movimiento leve y sinuoso con los tentáculos y agitó los mantos laterales con aire profético. Creí que él/ella lanzaría una denuncia militante sobre la intolerancia del doctor Schein. Pero ese día Steen había estado hablando del cristianismo con Mirrik, y supongo que él/ella estaba con ánimo de imitar a Jesús, pues todo lo que dijo fue:

    —Lo perdono, doctor Schein. No sabe lo que dice.

    Un episodio de lo más tonto. Pero resultó perturbador ver que el bueno y amable y racional doctor Schein se desbocaba de esa manera. Debe estar preocupado. Yo lo estoy.

    Como sabes, soy célebre por mi sutileza. Así que después de rumiar unos días la observación de Jan sobre Kelly y yo, concebí un modo sutil de encarar el problema.

    Salimos de nuevo a encender las balizas. De acuerdo con los turnos rotativos, tenía que acompañarme 408b. Pero arreglé el asunto con Pilazinool y Jan le sustituyó. Cuando salimos de la cámara hermética y pisamos la meseta helada le dije:

    — ¿A qué te referías con esa observación sobre Kelly y yo? —sutil.

    El casco de Jan le ocultaba el semblante. La voz que irrumpió por ej radio de mi traje aislante era cautelosamente neutral.

    — ¿Qué observación?
    —La semana pasada. Cuando preguntaste si yo no prefería salir con Kelly.
    —Entiendo que prefieres la compañía de ella a la mía.
    — ¡No es así! Jan, te juro... —Alcánzame la baliza.
    — ¡Diantres, Jan! ¡Estás imaginando cosas! Kelly es una androide, caray!

    ¿Cómo puedes imaginar que hay la más mínima...

    — ¿Aprietas el pistón de encendido o lo hago yo? Encendí la baliza.
    —Respóndeme, Jan. ¿Qué te hace pensar que yo y Kelly..., que Kelly y yo...
    —No me interesa discutirlo.

    Se alejó volviéndome la espalda y contempló la estrella oscura afectando un exagerado interés en la astronomía.

    — ¿Jan?
    —Estoy examinando fenómenos solares.
    —Me estás ignorando.
    —Y tú me estás aburriendo.
    —Jan, estoy tratando de decirte que no tienes ningún derecho a estar celosa. Soy yo quien debería estar celoso. Viendo como a toda hora te encierras en la cabina de Saúl Shahmoon. Si estás enamorada de Saúl, dímelo y no te molesto más. Pero si has actuado así para vengarte de mi imaginaria relación con Kelly, entonces...
    —No me interesa discutir nada de esto —dijo ella.

    Las mujeres pueden ser bastante inaguantables..., salvo tú, Lorie, por supuesto. Lo que más detesto es que empiecen con representaciones dramáticas de segunda mano, imitando la gran escena de amor de la última 3-d que vieron. Jan no me confiaba sus sentimientos; desempeñaba un papel. La Heroína Fría y Distante.

    Combate el fuego con el fuego. Un viejo proverbio de la Tierra. Yo también podía desempeñar un papel: el Héroe Recio e Impulsivo. Arrójate sobre la muchacha testaruda, acúnala en los brazos, derrite el frío irracional de su tozudez con un abrazo apasionado. Lo hice. Y por supuesto hice chocar el frente de mi casco contra el de ella.

    Nos miramos a través del abismo de diez centímetros que imponían los cascos. Ella pareció sorprendida, y luego divertida. Sacudió la cabeza de un lado al otro. Sacudí la mía; una vieja muestra de afecto entre los esquimales: frotarse las narices. Ella retrocedió, recogió hielo y me embadurnó el casco. Hice una bola de nieve y se la arrojé. La recogió y me la tiró de vuelta. Correteamos en el hielo durante diez minutos. En nuestros enormes y rígidos trajes aislantes no parecíamos muy gráciles; era como un pas de deux para dinamonianos. Finalmente nos tendimos juntos, exhaustos, muertos de risa.

    —Chimpón —dijo ella.
    — ¡Pedazo de tonta!
    — ¡Talandra!
    —Tú también. A la décima potencia.
    — ¿Qué hubo entre tú y Kelly?
    —Charla. Pura charla. No había nadie a mano esa noche y Leroy Chang estaba asediándola; ella quiso protección. Es una vidj muy interesante. Pero no me interesa para nada en ese sentido.
    — ¿Lo juras?
    —Lo juro. Ahora en cuanto a ti y Saúl...
    —Oh, ese cuento es viejo —dijo Jan—. Absolutamente prehistórico.
    —Seguro. Por eso las dos últimas semanas prácticamente te dedicaste a convivir con él.
    —Aprendí muchísimo de filatelia —drjo Jan, con fastidio.
    —Por supuesto —respondí—. Encerrado en la cabina con una hermosa muchacha, Saúl no tiene mejor ocupación que mostrarle su serie de sellos de Puerto Marte.
    —En efecto. Es exactamente así.
    —Sin duda.
    — iDe veras, Tom! Saúl jamás me ha tocado. Las chicas le aterran. Le di toda clase de oportunidades, le hice insinuaciones... Nada Cero absoluto.
    —Entonces, ¿por qué le perseguías con tanto entusiasmo? —pregunté—. ¿Un reto...?
    —Al principio fue porque me pareció interesante, un hombre maduro, ¿sabes? Moreno, apuesto, romántico. Por eso antes no te presté ninguna atención. Supongo que estaba como impactada por él.
    —Pero él no sentía ningún impacto...
    —En cuanto le hacía la menor insinuación biológica se ocultaba tras de un álbum de sellos.
    —Pobre Saúl — dije.
    —Al fin vi que no tenía esperanzas. Y luego empecé a tratar contigo.
    —Salvo cuando volviste a Saúl después que salimos de Higby V.
    —Eso fue sólo para darte celos —dijo Jan—. Para vengarme de tu romance con Kelly.
    —Pero yo no...
    —No parecía así.
    —El mal está en los ojos de quien lo contempla. Un viejo...
    —...proverbio paradojista, ya sé —dijo ella— Bien podrías haberme explicado antes que no había nada entre tú y Kelly, y me habrías ahorrado dos semanas de álbumes filatélicos.
    —Pero yo no sabía qué diablos era lo que tenías contra mí. ¿Por qué no me dijiste?
    — ¿Y hacer el papel de niña celosa? —Pero...
    —Pero...
    —Si sólo hubieras dicho...
    —Si sólo hubieras dicho...
    — ¡Tonta!
    — ¡Idiota atontado!
    — ¡!
    — ¡! Nos echamos a reír. Le arrojé un poco más de nieve. Ella me arrojó un poco más a mí. Corrimos hacia la nave. La escotilla de la cámara hermética se cerró a nuestras espaldas y por fin nos quitamos los cascos...

    ¿Por qué las mujeres tienen que ser así, Lorie?

    ¿Por qué no son capaces de decir sin rodeos qué les ocurre? Si Jan no hubiera imaginado toda clase de asuntos sucios entre Kelly y yo, y no hubiera simulado su atracción por Saúl para vengarse de mis pecados imaginarios, no habríamos perdido el tiempo haciéndonos sufrir mutuamente dos semanas.

    A veces pienso que los calamorianos tienen razón. Poner los dos sexos en el mismo cuerpo con un sólo cerebro elimina estos engorrosos problemas de comunicación. Si Steen Steen alguna vez tiene riñas amorosas consigo mismo/a, él/ella no tiene a nadie a quien culpar sino a sí mismo/a. Es decir... Oh, olvídalo. Tú entiendes.

    20 de diciembre
    Ahora tenemos veintiún asteroides en la lista. Zarpamos después del almuerzo para emprender la búsqueda de la bóveda rocosa.


    DOCE


    En el cinturón de asteroides, ¡Feliz Navidad!


    Haber visto un cinturón de asteroides es como haberlos visto todos. Este no difiere mucho del de nuestro propio sistema: miles de fragmentos planetarios moviéndose en un laberinto de órbitas. Casi todos son trozos de roca irregulares de unos pocos kilómetros de diámetro, o menos (vimos uno que parecía exactamente una cúspide montañosa cercenada, tal vez lo era). Pero los que exploramos en busca de la bóveda son mucho más grandes, pequeños mundos de considerable tamaño, con diámetros de cien a ciento ochenta kilómetros. Las fuerzas gravitacionales que operan sobre asteroides de esa magnitud liman las protuberancias e imprimen al asteroide la forma esférica normal de un cuerpo celeste.

    Hasta ahora hemos recorrido ocho de nuestros veintiún asteroides. Y nada.

    Empleamos una técnica exploratoria de dos etapas. Primero ponemos la nave en órbita alrededor del asteroide que estamos registrando; mientras giramos alrededor, lanzamos una sonda sonar para localizar las cavidades grandes cercanas a la superficie. Nuestros instrumentos son bastante sensibles para ubicar una caverna del tamaño de la bóveda de los Superiores. Si encontramos algo, dos de nosotros aterrizan en módulos para echar un vistazo de cerca.

    Casi todos estos asteroides, siendo fragmentos de mundos astillados, son enteramente sólidos, y no hay cavidades subterráneas del tamaño o la posición adecuadas (recuerda que los Superiores construyeron la bóveda en la ladera de una colina; como en un planeta o asteroide sin atmósfera no hay erosión, y en un lugar tan pequeño no hay acción volcánica interna, esa colina aún tendría que ser igual que hace un billón de años).

    Hasta ahora hicimos tres aterrizajes, siempre falsas alarmas. El primer asteroide que examinamos parecía tener una caverna en la posición exacta, y nos parecía demasiado bueno para creerlo. En efecto. Pilazinool y Kelly descendieron, y cuando Kelly taladró la ladera descubrió que no había ninguna caverna, sólo un gran depósito de sal dentro de la colina; habíamos malinterpretado los datos del sonar. Tres asteriodes después, Saúl y Steen descendieron, pero descubrieron sólo una caverna de origen natural. Y en el séptimo asteroide descendieron Leroy Chang y el doctor Schein, sólo para descubrir que nuevamente habíamos hecho una lectura errónea de los datos; lo que habíamos tomado por una cavidad en el suelo resultó ser nada menos que un vasto depósito de mercurio.

    Esa lectura errónea no era tan desafortunada. El capitán Ludwig brincó de inmediato a un módulo y bajó a inspeccionar.

    —Aquí tenemos un millón de créditos en mercurio —informó—. Nunca antes lo vi solidificado al punto de congelación, pero aquí sí. Atención, conviene apresurarse en declararlo.

    No sabíamos mucho acerca de los trámites de apropiación de un filón minero, pero Ludwig sí, y alegremente dejamos que nos indicara los procedimientos. La pasta es la pasta, al fin y al cabo. Despachamos la declaración a la estación radial galáctica más cercana, a 2,8 años-luz, indicando las coordenadas del asteroide y solicitando que se registrara nuestro hallazgo de la mina. Naturalmente, nuestro mensaje tardará tres años en llegar a la estación y ser registrado, pero al menos hemos asentado una prueba incontrovertible de que el 22 de diciembre de 2375 despachamos nuestra declaración. Entretanto, apenas nos vayamos de aquí y lleguemos a un planeta con una oficina de comunicación TP, notificaremos el hallazgo a Central Galáctica vía TP y oficializaremos la declaración. Quizá transcurran seis meses o más hasta tener esa oportunidad; pero en el improbable caso de que alguien llegue aquí entre ahora y entonces, encuentre la mina y se apresure a registrarla para sí vía TP, no tendremos más que esperar a que nuestro mensaje radial llegue a la estación dentro de tres años para demostrar que fuimos los primeros. No hay modo de falsear estos reclamos: un mensaje radial tarda 2,8 años en viajar 2,8 años-luz, y una vez que está hecho nadie puede pasarlo por alto.

    Dejaremos a Ludwig el diez por ciento de las ganancias, y a su compañero Webber Fileclerk el cinco por ciento. Eso los enriquecerá mucho más que pilotear naves de alquiler. El resto de la pasta vendrá a nuestras manos, no individualmente sino como expedición; será utilizada para compensar el monstruoso déficit en que hemos incurrido. Central Galáctica ya no puede acusarnos de fraude, desfalco, excesos de presupuesto u otras suciedades.

    Pero aún así nos gustaría encontrar esa bóveda.


    27 de diciembre

    Han pasado dos días más. Hemos registrado tres nuevos asteroides, hemos descubierto otra posible localización de la bóveda. En media hora más Jan y yo descenderemos en el módulo.

    Nick Ludwig está programando las órbitas de entrada. Webber Fileclerk está llenando los módulos de carburante. El resto de nosotros espera crispadamente, preguntándose —por cuarta vez— si lo habremos hallado. En diez minutos Jan y yo nos pondremos los trajes aislantes. En veinte minutos entraremos en los módulos. En treinta minutos descenderemos. De nuevo tengo la sensación de que tocan una obertura y el telón está a punto de levantarse.

    ¡Diantres, la encontramos!

    No. Ese no es modo de decirlo, sin hurras y alaridos salvajes. Trataré de ser más específico, más maduro. Trataré de contarlo con calma, paso a paso, desde el momento en que entramos en los módulos de aterrizaje.

    Los módulos...

    Un módulo de aterrizaje es esencialmente una nave espacial en miniatura, diseñada para trabajar en regiones de escasa gravedad como los cinturones de asteroides. Es un tubo con forma de cigarro, de cinco metros de largo y dos de ancho en la parte mas gruesa, así que sólo puede albergar un pasajero, que tiene que viajar de pie Mirrik no puede utilizar los módulos a causa de su tamaño, el doctor Horkkk es demasiado bajo y no alcanza algunos de los controles, y 408b tiene la forma menos indicada, pues es más ancho que alto. Es decir que sólo ocho de nosotros podemos explorar los asteroides con los módulos, y es por pura suerte que a Jan y a mí nos tocó el cuarto descenso

    Usamos módulos en vez de aterrizar con la nave porque ahorramos carburante. Un módulo prácticamente no tiene masa, y estos asteroides prácticamente no tienen gravitación de modo que alcanzar la velocidad de escape requiere de un impulso mínimo ¿Por qué molestarse en maniobrar una nave enorme para aterrizar cuando un par de exploradores en módulos puede descender, echar un vistazo y subir nuevamente? Sobre todo sin la seguridad de encontrar lo que buscamos.

    Jan y yo nos enfundamos en los trajes y atravesamos pesadamente el pasillo hasta la sala de lanzamiento. Los módulos ya estaban listos en los eyectores, con la mitad superior abierta y echada hacia atrás Entré en el mío, Jan en el suyo, y Pilazinool y Steen bajaron las escotillas. Unos chasquidos metálicos nos anunciaron que estaban sellando los módulos. Pasaron dos mil años de espera. Me distraje un poco estudiando el panel de control instalado justo delante de mi cara. La perilla verde y redonda abría el módulo. La roja y cuadrada lo cerraba. La negra y triangular lo aseguraba. La palanca larga y amarilla a mi derecha era para encender manualmente los propulsores .La palanca larga y blanca a mi izquierda era para guiar la nave.

    Dicen que conducir manualmente un módulo de aterrizaje no es más difícil que conducir manualmente un coche. Puede ser. Pero la última vez que conduje manualmente un coche fue cuando me dieron la licencia, y la sensación no me entusiasmó demasiado, me marea pensar en naciones enteras de conductores, hace un par de siglos, deslizándose por las carreteras y conduciendo los vehículos ellos mismos en vez de dejar que las computadoras de tráfico se encargaran de la tarea. Y cuando me introduje en el módulo tampoco tenía muchas ganas de conducirlo en el viaje de vuelta. Desde luego, esperaba que no fuera necesario. Ludwig maneja los módulos por control remoto, desde la nave. Pero si por alguna razón fallaba la línea telemétrica, entonces.

    Sea como fuere, nos catapultaron al espacio

    El modulo de Jan salió primero. Salí del tubo de eyección veinte segundos más tarde. Al alejarme de la nave sentí una vibración tenue cerca de los omóplatos la computadora de la nave accionaba los propulsores de nitrógeno para poner el modulo en la órbita de ingreso programada por Ludwig. Fue como zambullirme con los pies hacia abajo.

    Inclinándome hacia adelante y atisbando por encima de la nariz y a través de la videopantalla del módulo, entreví el tubo plateado de Jan descendiendo debajo de mi, la velocidad de ella y la mía eran idénticas, así que parecíamos unidos por una cadena, pero el asteroide parecía ascender hacia nosotros a una velocidad fantástica. Algo andaba mal, me dije. Vamos demasiado rápido. Nos estrellaremos contra el asteroide como dos meteoros. Partiremos el asteroide en dos.

    En el momento indicado, los propulsores de cola se encendieron. El módulo disminuyó la velocidad y flotó suavemente hacia el punto de impacto programado.

    El aterrizaje fue un golpe blando. Las cuatro patas del módulo saltaron instantáneamente para amortiguarlo. Esperé unos diez segundos para asegurarme de que el módulo se había estabilizado, luego accioné la perilla verde y redonda. El módulo se abrió con un chasquido.

    Me encontraba en medio de un paisaje desolado y terrible. Aquí jamás había soplado una brisa, jamás había caído una gota de agua, jamás había habitado una criatura viviente, ni siquiera un microbio. A mi izquierda, la planicie donde acababa de aterrizar se curvaba ligeramente fundiéndose con el estrecho horizonte, a mi derecha y al frente corría una estribación que parecía formada por montañas encogidas, aserradas y dentadas. La superficie del asteroide era un desierto ni plantas, ni suelo, ni hielo. Sólo roca desnuda acribillada por las colisiones meteóricas de billones de años. Recuerdo la primera vez que visité la Luna, Lorie, tenía doce años y nunca imaginé un lugar tan desolado. Pero la Luna es un jardín delicioso comparado con este asteroide.

    Al mirar en derredor, de pronto tuve la certeza ¡este es el lugar! En mi mente proyecté por millonésima vez la secuencia de la esfera, vi la planicie donde la nave de los Superiores había descendido, vi las colinas bajas, los cráteres, todo. Todo encajaba. Sólo faltaba el fulgor rosado en los flancos de las colinas, la luz pálida de la enana blanca. Ese sol, ahora mucho más cerca de la muerte, sólo irradiaba un destello de luminosidad púrpura, no me servía de mucho ni tampoco el titilar frío de las estrellas. Encendí la lámpara del casco.

    El módulo de Jan había aterrizado a unos mil metros, mucho más cerca de las colinas. Ella había salido y me estaba esperando. Agité la mano para saludarla, vi que me devolvía el saludo y caminé hacia ella. Con el primer salto avancé veinte metros.

    — ¡Recuerda la gravedad! —dijo la voz de Nick Ludwig en los altavoces de mi traje.

    Así que estaba controlándome. Alcé los ojos y saludé. Pero caminé con más cuidado. Siendo tan baja la gravedad del asteroide, un buen salto podía bastar para enviarme a miles de metros en el espacio. Me encontré solemnemente con Jan, y nos tocamos los cascos a modo de saludo.

    Luego nos dirigimos a las colinas.

    Ella llevaba el sonar portátil, yo el magnetómetro neutrínico. Nos detuvimos en una depresión circular cerca de las colinas e instalamos el equipo. Encendimos el sonar y lo hicimos girar lentamente en un arco que abarcaba todo el horizonte, lanzando ondas sonoras hacia la colina hasta que la pantalla nos señaló el lugar hueco que estábamos buscando. Consignamos cuidadosamente la posición.

    Nos acercamos al lugar hueco. No te aburriré contándote todas las palpitaciones cardíacas y palabras tensas y miradas de ansiedad, diré simplemente que Jan y yo estábamos nerviosos y excitados cuando encendimos el magnetómetro y empezamos a escudriñar la ladera de la colina. Cuando el rayo dio en la zona hueca, la aguja saltó al extremo azul del espectro, imetal!

    —Es aquí —comuniqué serenamente a la nave—. ¡Tenemos la bóveda enfrente!
    — ¿Cómo lo sabes? —preguntó el doctor Schein. —Recibo dos densidades diferentes en esta parte de la colina —dije—. Debieron camuflar la puerta de la bóveda con roca laminada. Detecto una capa de roca de un metro de espesor, con una gran placa metálica justo detrás.
    — ¿Y qué hay detrás de la puerta? —Un minuto —dije.

    Enfoqué con más precisión el aparato; el rayo neutrínico penetró más profundamente en la bóveda, la aguja permanecía en la franja azul mientras yo movía el rayo y fue así que la pantalla me ofreció una imagen borrosa del contenido de la bóveda; me mostró las paredes del fondo (oscuras y llenas de extrañas máquinas), y las paredes laterales que formaban la planta hexagonal de la secuencia de la esfera; y reveló un oscuro y macizo objeto metálico en medio de la bóveda.

    El robot.

    Sentí un hormigueo de asombro en la carne, dicen siempre los viejos cuentos de horror. Hasta ese momento nunca había podido entender lo del hormigueo en la carne, pero ahora lo entendía perfectamente porque sentía hormigas en todo el cuerpo. Había visto una película de un billón de años, que mostraba la construcción de esta bóveda; y había visto al robot de los Superiores ubicándose en su interior cuando en la Tierra proliferaban los trilobites y las medusas, hace un billón de años; y aquí estaba yo, lanzando un rayo de neutrinos a la bóveda y viendo al robot en el mismo lugar. Te aseguro Lorie, que me quedé pasmado y sin aliento.

    Describí lo que veía a la gente de la nave. En el radio de mi traje resonaron sordamente los gritos y hurras de allá arriba.

    —No te muevas —ordenó el doctor Schein—. ¡Vamos a bajar!

    Poco después, la nave dejó su órbita estacionaria y se preparó para el aterrizaje. Ludwig hizo un descenso de película. La nave flotó con elegancia y se asentó blandamente en la planicie cercana. Luego se abrieron las escotillas y todos salieron en tropel. Y dimos otro espectáculo tonto, bailando frenéticamente alrededor del magnetómetro.

    Ahora sólo nos queda abrir la bóveda. Eso es todo. 30 de diciembre

    Tres días más tarde. Mientras te dicto esta carta, seguimos intentándolo.

    Quitar las losas de piedra laminada que cubrían la puerta fue fácil. Kelly taladró hasta que tocó el metal y Mirrik removió los escombros con los colmillos. Les llevó casi seis horas dejar al descubierto toda la puerta, que tiene siete metros de alto, cuatro de ancho, y de acuerdo con nuestros instrumentos, uno de espesor. Los Superiores no se molestaron en ponerle cerradura, y en todo caso, no tenemos llaves…

    No nos atrevemos a volar la puerta. No, con toda esa maquinaria Superior adentro. Y no tenemos lásers tan potentes como para cortar un metal de un metro de espesor Tenemos un cabrestante energético a bordo de la nave, y esta mañana hicimos la prueba, pegamos garfios magnéticos a la puerta, pasamos cables por el cabrestante y tiramos, pero la puerta no cedió y los cables estuvieron a punto de cortarse por la tensión.

    408b pasó esta tarde un rato estudiando el gozne. Piensa que lo mejor es atacar la puerta por ese lado tratar de sacar el perno del gozne y empujar la puerta hasta abrirla. Pero el gozne tiene unos cinco metros de largo y el perno debe pesar un par de toneladas. Además, no se ha movido en un billón de años, y aun en un asteroide sin atmósfera ni agua, el metal habrá tenido que sufrir alguna alteración, incluso, puede que perno y gozne se hayan soldado por completo. En ese caso, estamos en dificultades. Veremos por la mañana...


    31 de diciembre

    Un día extraño, triste y confuso. A menos que estemos totalmente desorientados, lo que es muy probable, éste es el último día de 2375. Pero esta noche parece irrelevante celebrar las vísperas de Año Nuevo, después de los agitados acontecimientos de hoy.

    A primera hora de la mañana fuimos a trabajar con el gozne. Antes de emprender la tentativa de sacarlo, realizamos un estudio completo con una cámara 3-d, medidas, ho-logramas, todo tan escrupulosamente como si fuera la viga de una casa o algo que hubiera que destruir durante una excavación. No porque la ciencia de la paleotecnología tenga mucho que aprender, pues el gozne no tenía nada de particular, evidentemente hay una sola manera eficaz de ponerle el gozne a una puerta, y los Superiores habían dado con el mismo esquema utilizado en la Tierra y en todas partes, de modo que lo más interesante del gozne era su falta de interés.

    Después trajimos el láser más potente de la nave y empezamos a cortar. Nos llevó un par de horas seccionar el gozne a lo largo. Al final lo arrancamos y corrimos el perno. Luego sacamos los garfios magnéticos, los unimos al cabrestante mediante cables y empezamos a tirar.

    Los cables quedaron tensos y nos echamos atrás, pues no queríamos estar cerca si llegaban a cortarse. Pero aguantaron La puerta también. El capitán Ludwig puso el cabrestante al máximo, o sea que tironeaba con toda su potencia de cincuenta toneladas. Pero sin resultados.

    — ¿Qué ocurrirá si el cabrestante arrastra la nave hacia la puerta —preguntó Steen Steen—, en vez de la puerta hacia la nave?

    Era una pregunta inquietante, pues la fuerza que ejercía ahora el cabrestante casi bastaba para inclinar la nave y derrumbarla.

    Pero la puerta cedió primero.

    Se abrió un centímetro del lado del gozne. Ludwig manipuló un mecanismo del cabrestante. La puerta se deslizó desganadamente otro centímetro. Otro. Otro.

    Lo que asustó a Ludwig (y a todos los demás) fue lo que podía ocurrir si la puerta cedía de golpe y volaba fuera del marco. El cabrestante arrojaría tal vez la puerta contra la nave a causa de la tensión, con tal fuerza que se produciría una colisión y la nave sería aplastada. Ludwig tecleaba los controles del cabrestante como un virtuoso tocando un órgano cromosónico en un certamen musical galáctico.

    Lentamente la puerta se desprendió.

    Advertimos que tenía un cerrojo que penetraba en la roca de la ladera. El cerrojo se arqueaba mientras el cabrestante tiraba del otro costado de la puerta, y de pronto se deslizó fuera de la roca, de inmediato Ludwig aflojó el cable y frenó el cabrestante, y la enorme puerta se tambaleó fuera del marco, se ladeó y se desplomó hacia adelante, dejando el camino libre.

    408b fue el primero en acercarse a la bóveda abierta. Se encaramó a la puerta derribada y se detuvo allí un momento, mirando hacia adentro y agitando los tentáculos con excitación. Era el momento culminante de su carrera, el especialista en paleotecnología observaba una sala atiborrada de máquinas. Superiores en perfecto estado de conservación. Cuando Jan y yo llegamos a la puerta, 408b se precipitó extasiado dentro de la bóveda.

    Un rayo enceguecedor de luz amarilla brotó de la parte superior del marco. Por un instante toda la abertura fue una llamarada Jan y yo retrocedimos tapándonos los ojos, y cuando bajamos las manos el resplandor había desaparecido. También 408b. Sólo quedaban dos tentáculos chamuscados en el umbral.

    Nunca presencié la muerte —la muerte permanente-antes de est.o Una vez vi un accidente de construcción, y un par de peatones atropellados. Pero en cada oportunidad, una congeladora móvil llegó en pocos minutos y la victima fue llevada de inmediato a un laboratorio de resurrección. Algo así no parece la muerte, apenas una pausa. Pero 408b había desaparecido. Más allá de toda esperanza de resurrección. Es imposible juntar átomos dispersos para revivirlos. Todas las habilidades de 408b, sus conocimientos, su esperanza de logros futuros, desaparecidos.

    En una civilización donde la mayoría de las muertes son tan temporales , una muerte real es algo aterrador y espantoso. Los demás nos agrupamos perplejos frente a la bóveda Jan rompió a llorar, la rodeé con los brazos y descubrí que yo también tenía ganas de llorar, pero me contuve Mirrik rezaba, Pilazinool se quitó y se puso el brazo derecho como veinte veces en dos minutos, el doctor Schein maldijo en silencio, Steen Steen se puso a temblequear, y Leroy Chang se alejó y se sentó frente a la puerta con el cuerpo flojo. El doctor Horkkk era el único que parecía conservar el dominio de sí.

    — ¡Lejos de la abertura! —gritó, y mientras retrocedíamos recogió un guijarro y lo arrojó a la bóveda El relámpago estalló otra vez.

    No podríamos entrar a la bóveda. Eso era bien claro.

    La muerte de 408b nos dejó demasiado aturdidos como para actuar de inmediato Regresamos a la nave, donde Mirrik celebró un servicio religioso en memoria del paleotec-nólogo a solicitud del doctor Schein. Ni siquiera Mirrik tenía idea de la religión que profesaban en Bellatrix XIV, así que ofició una ceremonia paradojista, breve pero en cierta forma conmovedora. No trataré de reproducirla aquí, sólo puedo recordar una parte, la más característicamente paradojista:

    Das fin a nuestro tiempo, para enseñarnos que el tiempo no tiene fin.

    Acortas nuestros días, para alargar nuestros días.

    Nos haces mortales, para darnos la Eternidad.

    Perdónanos oh Padre, como te perdonamos a ti. Amén.

    Una hora más tarde regresamos cautelosamente a la bóveda. Naturalmente, estábamos tristes y abatidos; pero dudábamos de que 408b hubiera deseado que prolongáramos interminablemente un duelo en su memoria cuando había trabajos importantes que hacer. Mientras cortábamos el gozne habíamos instalado reflectores en la planicie; ahora los acercamos un poco para alumbrar el interior de la bóveda. Echamos un vistazo adentro manteniéndonos a prudente distancia de la entrada, y yo sentí un escalofrío al ver delante de mí la escena reproducida por la secuencia de la esfera.

    Una sala de seis paredes. Instrumentos extraños y enigmáticos instalados al fondo; pantallas y palancas y nódulos y paneles. Sentado en el centro, imponente como un ídolo tribal, el robot gigante que los Superiores habían dejado diez millones de siglos atrás en custodia de la caverna.

    El tiempo no había logrado estropear los mecanismos. El rayo de luz que había destruido a 408b era prueba suficiente.

    El tiempo tampoco había dañado al robot. Increíblemente, seguía funcionando; la combinación de la habilidad técnica de los Superiores con un medio de vacío protector le había permitido afrontar indemne el paso de los milenios. Cuando nuestras luces centellearon sobre la cabeza con forma de cúpula, advertimos que el panel de visión reaccionaba cambiando de color; supongo que el equivalente robot de un parpadeo. No dio ninguna otra señal de conciencia. Lo enfrentamos, de pie, en fila frente a la bóveda, y durante varios minutos no nos atrevimos a acercarnos.

    ¿Y ahora, qué? Estábamos paralizados...

    Luego me acordé de la esfera y de nuestro plan de utilizarla como medio de comunicación. Se lo recordé al doctor Schein, quien me envió a la nave en busca del aparato.

    Ahora la esfera estaba montada sobre rodillos. La llevé a veinte metros de la entrada de la bóveda.

    —Enciéndela —ordenó el doctor Schein.

    Mi mano encontró la clavija. La esfera de luz verdosa cobró forma a mi alrededor, ensanchándose hasta que su contorno cruzó el umbral de la bóveda. Imágenes de los Superiores nadaron en el aire. Las ciudades aéreas, los salones, las carreteras, hasta la secuencia de la construcción de esta misma bóveda, se hicieron visibles. El visor del robot centelleaba enloquecido; el fulgor recorría todo el espectro visible, pasando del púrpura subido al rojo profundo y desplomándose en el infrarrojo, que aunque no era visible de pronto irradió un resplandor caliente desde la bóveda.

    El robot se movió.

    Lenta, torpemente, como una momia egipcia al despertar de un sueño milenario, el robot sentado se incorporó hasta ponerse en cuclillas, y luego desplegó las piernas parecidas a columnas. Mientras observábamos, petrificados, aterrados, fascinados, el enorme objeto se irguió hasta su altura de tres metros y medio. Permaneció allí cerca de un minuto poniendo a prueba los cuatro brazos, extendiéndolos como si bostezara. Contempló las escenas que salían de la esfera.

    Luego avanzó solemnemente hacia nosotros hasta salir de la bóveda.

    A mi alrededor todos se asustaron y echaron a correr. Yo me quedé donde estaba, menos por coraje que por desconcierto. De modo que estaba solo cuando el robot salió de la bóveda y se me acercó; un reluciente coloso metálico de casi el doble de mi altura.

    Estiró los brazos. Dedos de malla metálica se deslizaron fuera de las ranuras que había en los extremos de cada brazo, abultados como puños. Los dedos tomaron suavemente la esfera. El robot la recogió y la alzó por encima de la cabeza, como para arrojármela con una fuerza terrible.

    Me volví y corrí hacia la nave, olvidándome de la escasa gravedad, brincando y saltando. Manos ansiosas me aferraron y me arrastraron al interior de la nave.

    Volví la cabeza. El robot no se había movido. Como un titán aferrando un mundo, aún mantenía alzada la esfera. Perdido en un ensueño de un billón de años, la observaba.

    Ahora han pasado dos horas desde que volví a la nave. Entretanto el robot ha permanecido totalmente quieto, y nosotros nos hemos apiñado dentro de la nave, pasmados, asustados pero llenos de curiosidad. El doctor Horkkk, el doctor Schein y Pilazinool están conferenciando de nuevo, en la cabina de control. No tengo idea de lo que ocurrirá. Hemos cumplido con nuestro sueño más ambicioso, hemos llegado al asteroide donde los Superiores construyeron la bóveda, encontramos la bóveda, encontramos el robot que todavía funciona. Es como los sueños que los adictos compran en los palacios de la droga. Pero la realidad acaba de infiltrarse en el sueño. El robot nos espera allí afuera.

    Uno de nosotros ha muerto. ¿Aceptaremos el reto? ¿O después de hacer el descubrimiento arqueológico más importante de la época, huiremos despavoridos?

    No lo sé. Y el robot todavía espera, como ha esperado durante un billón de años


    TRECE


    El asteroide, 2 de enero de 2376


    Ayer por la mañana Pilazinool pidió voluntarios para salir e intentar establecer comunicación con el robot. Jan fue la primera en levantar la mano, yo la seguí, y luego los demás, con las notorias excepciones de Steen Steen y Leroy Chang. El grupo finalmente incluyó a Pilazinool, el doctor Horkkk, Mirrik y yo. A Jan no le gustó quedarse, pero me alivió que no la eligieran.

    Atravesamos la planicie de roca desnuda en fila india, Pilazinool delante, Mirrik detrás. Todos salvo el doctor Horkkk íbamos armados, yo llevaba una pistola de positrones que quizá podía hacer trizas al robot, pero no tenía el menor deseo de usarla.

    Cuando estuvimos a veinte metros del robot nos detuvimos y nos abrimos en abanico. El doctor Horkkk se adelantó. En las manos izquierdas llevaba una pequeña pizarra, en una mano derecha llevaba un nódulo de inscripciones. El robot no le prestó atención. Seguía quieto como una estatua, sosteniendo la esfera, aunque ésta ya no proyectaba imágenes.

    El doctor Horkkk agitó lentamente el nódulo de un lado al otro, tratando de captar la atención del robot. Hacía falta coraje. Quizás el robot fuera muy irritable. Al cabo de unos minutos el doctor Horkkk empezó a copiar los jeroglíficos del nódulo de inscripciones en la pizarra, ubicándola de tal modo que el robot comprendiera lo que ocurría. La idea era mostrarle que somos criaturas inteligentes, capaces al menos de copiar la escritura, aunque no de comprenderla.

    — ¿Y si lo que está copiando es obsceno, o agresivo? —murmuró Mirrik—. ¿Y si enfurece al robot?

    El doctor Horkkk siguió transcribiendo jeroglíficos.

    Gradualmente el robot comenzaba a demostrar interés. Bajó la esfera hasta el pecho. Miró al pequeño thhhiano, y los colores del visor se le oscurecieron; los verdes y amarillos pálidos se diluyeron en un pardo oscuro veteado de hilachas carmesíes. ¿El equivalente de un ceño fruncido? ¿Los colores de la concentración profunda? El nódulo de inscripciones del doctor Horkkk de pronto quedó en blanco y apareció una nueva inscripción. El doctor Horkkk borró serenamente la pizarra y se puso a copiar el nuevo mensaje. El robot pareció impresionado. Del interior de su pecho cavernoso brotaron sonidos que resonaron en las radios de nuestros trajes.

    — ¡Dihn ahm ruuu dihn korp!

    Quién sabe qué significa. Pero supusimos que era la lengua de los Superiores.

    El doctor Horkkk tomó otro riesgo calculado. Dejó la pizarra, avanzó tres pasos y dijo con toda claridad:

    — ¡Dihn ahm ruuu dihn korp!

    La imitación era excelente. Pero tal vez el doctor Horkkk estaba aceptando un reto a muerte, difamando a los antepasados del robot o conviniendo en que merecía ser liquidado en el acto. Sin embargo, la reacción del robot no fue alarmante. Mientras una franja de luz violeta le atravesaba el panel de visión, extendió un brazo izquierdo en una especie de gesto invitante y dijo:

    —Mirt ahm dihn ruuu korp.
    —Mirt ahm dihn ruuu korp —repitió el doctor Horkkk.
    —Korp mirt hohm ahm dihn.
    —Korp mirt hohm ahm dihn.
    —Mirt ruuu chlook.
    —Mirt ruuu chlook.

    Y así durante varios minutos. Al cabo de un rato, el doctor Horkkk se aventuró a mezclar las palabras ya familiares, reordenándolas en nuevas combinaciones para intentar una conversación: "Ruuu mirt dihn ahm"y "Korp ruuu chlook korp mirt" y otras frases. Esto tuvo la virtud de demostrar al robot que el doctor Horkkk no era simplemente una especie de magnetofón, aunque sin duda le desconcertó que le respondieran con oraciones desarticuladas.

    Luego el robot encendió la esfera. La escena visible a nuestro alrededor fue la secuencia de la construcción de la bóveda, empezando como de costumbre con la panorámica de la galaxia y el primer plano del grupo estelar. El robot señaló la posición muy diferente de las estrellas en el cielo actual del asteroide, y luego la estrella enana consumida.

    Eso parecía bastante inteligible. El robot nos decía que comprendía, por los cambios astronómicos que observaba, que tenía que haber transcurrido un largo período desde cuando lo habían encerrado en la bóveda.

    El robot tocó algún instrumento de la esfera, y apareció la escena de la ciudad de los Superiores. Por varios minutos observamos una vez más los gráciles y solemnes movimientos de los Superiores a través de los cables y estructuras colgantes de ese país de las maravillas. El robot apagó la esfera, señaló de nuevo las estrellas, señaló al doctor Horkkk, se señaló a sí mismo, señaló al doctor Horkkk.

    De pronto se volvió y avanzó hacia la bóveda. Movió algún instrumento de los paneles del fondo. Luego, inequívocamente, nos invitó a acercarnos. Titubeamos. El robot nos llamó de nuevo.

    —Posiblemente ha desconectado el rayo —dijo Pilazinool.
    —Y posiblemente no —dijo el doctor Horkkk—. Puede ser una treta para conducirnos a la muerte.
    —Si el robot quiere matarnos —observé—, no necesita valerse de una treta. Tiene armamentos en los brazos.
    —Por cierto —dijo Pilazinool—. ¡Tom tiene razón!

    Aun así, ninguno de nosotros se movió. El robot nos llamó por tercera vez.

    El doctor Horkkk recogió otro guijarro y lo arrojó por encima del umbral de la bóveda. No brotaron llamas. Eso era tranquilizador.

    — ¿Nos arriesgamos? —dijo Pilazonool, y dio un paso adelante.
    —Esperad —me oí decir, víctima de otro repentino ataque de heroísmo—. Soy menos importante que vosotros. Dejadme ir, y si sobrevivo...

    Diciéndome que en el peor de los casos sería una muerte rápida y limpia, brinqué sobre la puerta derribada, entré en la bóveda y viví para contarlo. Pilazinool me siguió; luego, con más cautela, el doctor Horkkk. Mirrik se quedó afuera por indicación de Pilazinool; en caso de que realmente fuera una trampa, necesitábamos un sobreviviente que explicara a los demás lo que había ocurrido.

    Instintivamente permanecimos cerca de la entrada de la bóveda y no hicimos movimientos bruscos que pudieran alarmar a nuestro descomunal anfitrión. Aún ignorábamos si las intenciones del robot eran amistosas. Aunque ansiábamos mirar de cerca esos complejos y atestados paneles de instrumentos del fondo de la bóveda, no nos atrevíamos a aproximarnos, pues para ello nos tendríamos que haber puesto entre el robot y los instrumentos, y quizás al robot no le gustara.

    El mismo avanzó hacia el instrumental y tocó uno de los controles. Instantáneamente surgieron imágenes; el mismo tipo de proyección sin pantalla que emitía nuestra esfera.

    Observamos una especie de documental sobre la super-civilización de los Superiores. Las escenas eran diferentes de las de la esfera, pero infundían la misma sensación, y nos mostraban toda la magnificencia y el esplendor de esas gentes. Vimos tomas de ciudades Superiores que eclipsaban totalmente lo anterior: ciudades que parecían ocupar planetas enteros, con cables aéreos que oscilaban y se cruzaban y se entrelazaban y aparentemente cambiaban de tamaño. Vimos a importantes funcionarios de los Superiores avanzando en solemne procesión por salones altos y relucientes, cada cual rodeado por docenas de servidores robot de todo tipo, tamaño y función, obedientes al menor capricho. Atisbamos por túneles donde vastas máquinas incomprensibles palpitaban y giraban. Observamos naves estelares en vuelo, vimos exploradores Superiores aterrizando en veintenas de mundos, convenientemente equipados para todo tipo de ambientes, desde páramos sin aire hasta exuberantes selvas tropicales. Recibimos una visión deslumbrante de esta civilización más que increíble, esta verdadera raza maestra de la aurora del universo. La esfera apenas nos había mostrado una fracción. Escenas brillantes y vividas brotaron durante más de media hora de la pared de la bóveda.

    Templos y bibliotecas, museos, salas de computación, auditorios, ¿quién sabía a qué propósito habían servido estas estructuras colosales? Cuando los Superiores se reunían para observar un punto de luz giratoria, como les vimos hacer, ¿qué clase de belleza contemplaban? ¿Cuánta información almacenaban estos relucientes bancos de memoria, e información de qué tipo? Las naves estelares desplazándose con elegancia y aparentemente sin consumir combustible, la suntuosidad de las decoraciones, los rituales incomprensibles, la dignidad de las gentes serenamente dedicadas a sus tareas cotidianas, todo esto nos hablaba de una raza tan lejos de las posibilidades de nuestra época que nuestro orgullo, por los logros mezquinos de la humanidad parecía el entusiasmo ridículo de los monos.

    Y sin embargo, estos grandes seres han desaparecido del universo, y nosotros permanecemos. Y pequeños como somos, hemos logrado abrirnos paso entre las estrellas para encontrar este lugar y liberar al custodio de esta antigua bóveda. Sin duda no es un logro desdeñable para una especie que está a sólo un millón de años de los simios. Por cierto los Superiores, cuya época de esplendor había durado un siglo por cada uno de nuestros minutos, convendrían en que hasta el momento no lo habíamos hecho mal.

    Y había cierta ironía en observar este imponente despliegue de reluciente grandeza y saber que los creadores de esa grandeza se habían extinguido cientos de millones de años atrás.

    —Ozymandias —dijo Mirrik en voz baja, mirando las imágenes desde afuera de la caverna.

    Exactamente. Ozymandias. El poema de Schelley El 'viajero de una antigua comarca' que encuentra en el desierto "dos enormes piernas sin el torso" y al lado, medio hundida en la arena, la cabeza astillada de una estatua que aún luce "una mueca de ceñuda imponencia"

    Y en el pedestal se leen estas palabras
    Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes
    ¡Contemplad mis obras, poderosos, y temblad!
    Nada mas ha quedado Alrededor del polvo
    de esa ruina colosal, se extienden sin limite
    las desnudas arenas, monótonas y desoladas


    Precisamente, Ozymandias ¿Cómo decirle a este robot que sus fantásticos creadores habían dejado de existir? ¿Y que un billón de años de roca cubría las ruinas de sus colonias en docenas de planetas? ¿Y que habíamos venido en busca de un misterio encerrado en un pasado tan remoto que nos costaba entender su lejanía? Mientras el robot esperaba aquí, paciente y eterno servidor, dispuesto a mostrar sus películas e impresionar al viajero casual con el poder de sus amos, sin soñar siquiera que sólo él quedaba para contar el cuento, y que todo el orgullo de esa gran civilización era en vano.

    Las proyecciones se terminaron. Pestañeamos mientras los ojos se nos habituaban a la palidez repentina de la luz de la bóveda. El robot empezó a hablar de nuevo, lentamente, articulando con claridad, utilizando el mismo tono que emplearíamos con un extranjero o alguien ligeramente sordo o un poco lento de entendederas.

    —Dihn ruuu. Mirt korp ahm. Mirt chlook. Ruuu ahm. Hohm mirt korp zort.

    Igual que antes, el doctor Horkkk repuso con algunas frases armadas con azarosas combinaciones de dihns y ahms y ruuus. El robot escuchó en lo que me pareció una actitud interesada y aprobatoria. Luego señaló vanas veces el nódulo de inscripciones que llevaba el doctor Horkkk, y hablo de un modo aparentemente perentorio. Claro que no había esperanzas de una comunicación verdadera. Pero al menos el robot parece pensar que vale la pena intentarlo. Es un cumplido para nosotros, considerando que se trata de una máquina de los Superiores.


    4 de enero

    El doctor Horkkk ha pasado casi dos días enteros revisando grabaciones de su 'conversación' con el robot, por medio de su computadora lingüística, tratando de arrancar algún significado. Resultado negativo. El robot habló sólo una veintena de palabras, combinándolas de diversas maneras, y eso no bastaba para descubrir una trama de significaciones.

    El resto de nosotros ha pasado el tiempo yendo y viniendo entre la nave y la bóveda, aprovechando al máximo la hospitalidad del robot. Ya ha quedado totalmente claro que no es hostil. La muerte de 408b fue un error trágico, evidentemente la bóveda estaba diseñada para que nadie entrara sin consentimiento del robot. Y si 408b no se hubiera precipitado impulsivamente cuando la puerta se desplomo, no habría muerto. Una vez que dimos a entender que éramos organismos amistosos, el robot desconectó el rayo, y ahora entramos en la bóveda cuando lo deseamos.

    Actuamos con más confianza. El primer día nos manteníamos alejados como temiendo que el robot cambiara de opinión y nos barriera en cualquier momento, pero ahora nos sentimos tan cómodos que hicimos un registro tridimensional completo de la maquinaria e hicimos muchas tomas del mismo robot. Aunque no nos atrevemos a tocar ninguna máquina, pues obviamente el robot es el guardián de la bóveda y quizá destruya a cualquiera que aparente amenazar lo que contiene. Además, ahora que no está 408b nuestras nociones acerca de la función de estos aparatos es de lo más vaga.

    El robot ha proyectado varias veces más su documental, y lo hemos filmado en su totalidad. Esto es arqueología viviente, sin duda; en vez de excavar fragmentos rotos y trozos herrumbrados de la civilización de los Superiores, tenemos coloridas imágenes tridimensionales de las ciudades y la gente. Mirarlas te produce una sensación extraña. Es como tener una máquina del tiempo. Hemos aprendido más de lo que nunca soñamos acerca de los Superiores, gracias a la esfera y lo que nos mostró el robot. De pronto, lo que sabemos acerca de estas gentes de hace un billón de años es mucho más que cuanto los arqueólogos han podido descubrir acerca de los egipcios, los sumerios o los etruscos del pasado reciente.

    El robot siempre hace la misma graciosa pantomima cada vez que le visitamos. Nos señala a nosotros, se señala a sí mismo, señala las estrellas. Una y otra vez. Pilazinool sostiene que el robot nos dice que le gustaría llevarnos a alguna parte, quizás a otra bóveda o un planeta alguna vez habitado por los Superiores. Como de costumbre, el doctor Horkkk disiente.

    —El robot simplemente comenta problemas de procedencia —dice el doctor Horkkk—. Nos indica que tanto él como nosotros provenimos de mundos fuera del sistema solar de 1145591. Nada más.

    Me gustaría darle la razón a Pilazinool. Pero no sé, y dudo que alguna vez lo sepamos.

    Comunicarse mediante gestos no es muy satisfactorio.

    Han transcurrido tres horas desde el último mensaje, y todo se ha trastocado nuevamente. Ahora el robot nos habla. En ánglico.

    Steen Steen y yo fuimos enviados a la bóveda para sacar algunas fotos estéreo del panel de instrumentos, pues la primera vez no habíamos calibrado bien la cámara. Encontramos al robot trabajando en un rincón, de espaldas a nosotros. Como no nos prestaba atención, emprendimos calladamente nuestra tarea.

    Cinco minutos después el robot se volvió y se acercó a nosotros. Extendió un brazo y nos apuntó con un aparato pequeño e intrincado. Pensé que era un arma y el miedo me paralizó.

    Lentamente, con gran esfuerzo, el robot dijo:

    —Hablad...palabras...a...esto.

    Recorrí en un segundo todas las gamas del asombro. También Steen, cuyo manto aleteó dentro del traje aislante.

    — ¿Ha hablado en ánglico? —le pregunté a Steen. —Eso creo... Sí.

    El robot repitió, con más fluidez:

    —Hablad palabras a esto.

    Inspeccioné el aparato que tenía en la mano. No era un arma. Consistía en un nódulo de inscripciones con un teseracto montado en un extremo. Los surcos del teseracto irradiaban un profundo fulgor carmesí.

    —Palabras de vosotros — dijo el robot—. Más. A esto.

    La situación empezó a adquirir algún sentido para mí. El robot nos había escuchado hablar registrando simultáneamente nuestras palabras, estudiándolas luego en busca de significados, y se había enseñado el ánglico. Y ahora quería aumentar su vocabulario. Tal vez, pensé, un nódulo de inscripciones unido a un objeto-enigma es una especie de magnetofón (me equivocaba).

    Steen comprendió una fracción de segundo antes que yo. Me hizo a un lado, puso el altavoz de su traje aislante cerca del extremo reluciente del objeto-enigma y empezó a hablar rápidamente...en calamoriano! Barbotó no menos de diez oraciones en su lengua nativa antes de que yo reaccionara, le aferrara y le alejara del robot.

    — ¡Quítame esas sucias manos de encima! —gritó Steen.
    —Idiota, ¿por qué le has hablado en calamoriano?
    — ¡Para programar la máquina de traducir del robot!

    ¿Por qué no enseñarle palabras de una lengua civilizada? —repuso airadamente, con indignación.

    La estúpida militancia de Steen me irritó tanto que por un momento no reparé en la importancia de lo que él/ella había dicho.

    —Sabes muy bien que el ánglico es la lengua oficial de esta expedición —le dije—, y accediste a emplearla siempre. Si vas a enseñarle palabras al robot, serán en una sola lengua y esa lengua tiene que ser.
    — iEl robot debe tener una oportunidad de saber que el ánglico no es la única lengua del cosmos! ¡Esta supresión de la lengua calamoriana es un acto de genocidio racial! Es
    —Cállate —dije, no muy tolerante ante el orgullo racial ultrajado de Oteen.

    Entonces reaccioné, por fin, ante la única verdad que él/ella había dicho ¿'Maquina de traducir'?

    Por supuesto. Los nódulos de inscripción y los objetos-enigma no eran artefactos separados. Estaban hechos para operar en conjunto, tal como los había reunido el robot. Y tampoco eran magnetofones.

    Eran máquinas para convertir los balbuceos de las razas bárbaras y primitivas en el idioma de los Superiores.

    Steen lo había advertido de inmediato y quiso registrar su maravilloso idioma calemoriano a despecho de lo convenido antes de la expedición. Quizás ese acto le halagó el orgullo racial, pero también obstaculizó nuestra oportunidad de una comunicación rápida con el robot, pues él/ella había registrado una docena de palabras incompatibles. Ninguna máquina de traducir podía llegar a nada basándose en la presunción de que lo que Steen acababa de espetarle y lo que el resto de nosotros había hablado formaba parte de la misma lengua.

    Le advertí a Steen que no volviera a intentarlo. Me miró con hosquedad, pero comprendió mis intenciones y se calmó, dejándome solo frente a la máquina de traducir.

    Me incliné ante ella.

    Entonces no supe qué decir.

    Las palabras no me salían Steen Steen probablemente había farfullado una alabanza a los perdurables méritos de los calamorianos, pero ese no era mi propósito y mientras trataba de imaginar los enunciados más útiles y apropiados enmudecí como los que sienten timidez frente a un micrófono.

    —Habla palabras tuyas a esto —dijo el robot para alentarme.
    — ¿Qué clase de palabras? ¿Cualquier palabra?

    Luego, silencio Steen se rió de mí

    —Mi nombre es Tom Rice —dije— Nací en el planeta Tierra, de la estrella Sol Tengo veintidós años de edad.

    Me interrumpí nuevamente, como si la máquina necesitara tiempo para asimilar un grupo de enunciados antes de recibir otro. Ahora sé que no es así.

    —Habla más palabras —urgió el robot
    —El idioma que estoy hablando es ánglico, la lengua más importante de la Tierra. El idioma hablado por la última voz es calamoriano. Es la lengua de otro mundo, de otro sistema solar.

    Al hablar, vi franjas de jeroglíficos Superiores ondulando a lo largo de la superficie del nódulo de inscripciones. El artefacto estaba convirtiendo mis sonidos en los caracteres escritos de esa antigua lengua. Era difícil decir de qué servía en términos de comunicación. Cuando escribo Dihn ruuu mirt korp traslado los sonidos del robot a nuestra escritura alfabética, pero así no avanzo un paso en la comprensión de esos sonidos.

    Debía servir de algo, sin embargo. Pues el vocabulario del robot se enriquecía a cada minuto.

    —Dime el nombre del otro —dijo
    —El/ella es Steen Steen, de Calamor. Hemos venido aquí en busca de información acerca de los constructores de esta bóveda.
    —Dime más nombres de cosas.

    Señalé y nombré la bóveda, la puerta, la nave, el cielo, y casi todo cuanto podía señalar. Eligiendo cuidadosamente las palabras, di a entender que sabíamos que había transcurrido mucho tiempo desde la construcción de la bóveda. Traté de explicar que éramos arqueólogos que habían excavado muchos restos de los Superiores, pero que ningún integrante de una especie viviente había encontrado jamás un Superior vivo. Etcétera.

    El robot estudiaba los jeroglíficos cambiantes del nódulo de inscripciones con intenso interés, pero se limitaba a ordenarme, en forma brusca y cortante, que siguiera hablando. La máquina de traducir ya había absorbido una saludable cantidad de datos. Se me ocurrió que debíamos comunicar a los demás lo que había sucedido. —Sintoniza la frecuencia de la nave y llama al doctor Horkkk —le dije a Steen.

    — ¿Mientras tú alimentas al robot con datos vergonzosamente falsos? —drjo Steen—. ¡Llama tú!

    Reprimiendo el impulso de darle a Steen una patada en las costillas, si es que Steen las tiene, cambié rápidamente de frecuencia, Llamé a los de la nave y volví a comunicación vocal. El robot quería más palabras... Y más, y mucho más. Lo absorbía todo.

    El doctor Horkkk y Pilazinool llegaron seguidos de cerca por los otros. Expliqué la situación. El doctor Horkkk brillaba de entusiasmo.

    —Sigue hablándole —me dijo.

    Seguí hablándole.

    Hablé hasta enronquecer, y luego siguió Jan, y después Saúl Shahmoon. No importaba mucho lo que decíamos; en principio estábamos almacenando datos en una computadora muy avanzada, y la computadora se encargaría de clasificarlos y darles sentido. El doctor Horkkk temblaba de asombro y quizá de consternación, pues una máquina-de-dar-sentido-a-ruidos-extraños era exactamente lo que en vano había tratado de concebir en toda su carrera.

    Al cabo de una hora el robot se dio por satisfecho.

    —No más palabras —dijo—. Las restantes se ordenarán por sí solas.

    Traducción: la máquina ahora tenía una provisión suficiente de palabras ánglicas. Las ordenaría, las haría accesibles al robot, y el vocabulario adicional lo interpretaría por el contexto a medida que fuera apareciendo.

    El robot guardó silencio unos cinco minutos, estudiando las oscilaciones de los jeroglíficos en el nódulo de inscripciones. No nos atrevíamos a decir nada.

    Luego el robot dijo, en un ánglico fluido que reproducía mi propio acento y pronunciación, y hasta mi tono de voz:

    —Me presentaré. Podéis llamarme Dihn Ruuu. Soy una máquina fabricada para servir a los Mirt Korp Ahm, a quienes llamáis los Superiores. El significado de mi nombre es Máquina Para Servir. Mi función es estar preparado para servir a los Mirt Korp Ahm, si es que regresan a este sistema solar.

    Luego un largo silencio. Dihn Ruuu parecía esperar a que le interrogaran.

    — ¿Cuánto hace que los Mirt Korp Ahm estuvieron en este lugar? —preguntó Pilazinool.
    — ¿Cómo expresaré el tiempo? —preguntó el robot.
    —Muy cierto —murmuró Pilazinool—. No hemos definido nuestras unidades.

    El doctor Horkkk se hizo cargo, y debo admitir que la solución fue brillante.

    —Nuestra unidad básica es el segundo —dijo—. El sonido que haré, tiene un segundo de duración —ordenó a la computadora de la nave, que obedientemente envió una señal de un segundo de duración.

    Luego el doctor Horkkk explicó las unidades temporales normales; sesenta segundos en un minuto, sesenta minutos en una hora, y así hasta el año. El robot, siendo una máquina obediente, se abstuvo de comentarios sarcásticos acerca de este sistema inexacto y arbitrario que hemos impuesto a todas las otras razas, al menos en sus tratos con nosotros (¿por qué sesenta minutos en una hora y sesenta segundos en un minuto? ¿por qué veinticuatro horas en un día? ¿por qué no un sistema sensato basado en decenas o logaritmos o algo más conveniente? Pregúntale a los babilonios, creo que ellos fueron los inventores).

    Cuando el robot asimiló nuestro sistema temporal, el doctor Horkkk siguió con el sistema de longitudes, trazando una línea de un centímetro en el suelo de la bóveda, y luego una línea de un metro, y finalmente aclarando al robot que un kilómetro equivalía a mil metros. Por fin el doctor Horkkk procedió a definir la velocidad orbital del asteroide en términos de kilómetros por hora. El robot salió de la bóveda y escudriñó el cielo medio minuto, probablemente midiendo efectos de paralaje para comprobar por sí mismo a qué velocidad viajaba el asteroide por este sistema solar. La fantástica computadora que tiene debajo del cráneo fue capaz de calcular rápidamente la velocidad orbital del asteroide en términos de unidades Superiores de tiempo y distancia y de establecer una correlación con las medidas terrestres.

    —Confirmo —dijo Dihn Ruuu—; el período orbital de este asteroide es de un año, seis meses, cinco días tres horas, dos minutos y cuarenta y un segundos.
    —Correcto — dijo el capitán Ludwig.
    —Muy bien —dijo animosamente el doctor Horkkk, como si no fuera un milagro que esta máquina de otra raza aprendiera tan rápido como para calcular períodos orbitales con un simple vistazo al cielo—. Ahora podemos continuar. ¿Puedes darnos una estimación del tiempo transcurrido, en nuestras medidas, desde la última visita de los Mirt Korp Ahm a este asteroide?

    El robot volvió a estudiar el cielo, esta vez fijándose al parecer en las estrellas y los cambios que las constelaciones habían sufrido desde la última vez que él había mirado el mundo exterior.

    —941.285.008 años, dos meses, doce días... —dijo el robot, poco después.

    Oír esas calmas palabras fue como recibir una descarga de alto voltaje. El robot confirmaba, con una exactitud sobrehumana, los cálculos del observatorio de Ciudad Luna .No sé cuántas computadoras utilizó Ciudad Luna para este trabajo, o cuánto tiempo le dedicó, pero sin duda no obtuvo una respuesta inmediata y precisa como la que acababa de darnos Dihn Ruuu. Un hecho semejante hace vacilar nuestro orgullo por las conquistas humanas. ¡Qué superiores tenían que haber sido los Superiores si podían construir un robot que los esperaría pacientemente en una caverna durante 941 millones de años, estando en condiciones óptimas cuando ellos regresaran, y perfectamente capaz de hacer cálculos de esa especie! ¡Vaya!

    — ¿Cuándo fue la última vez que tuviste contacto con los Mirt Korp Ahm? —preguntó Pilazinool.
    —Hace 941.285.008 años, dos meses, doce. .
    —... ¿Qué fue cuando sellaron la bóveda?
    —Correcto. Mi misión es esperar a que ellos regresen.
    —No regresarán —dijo Pilazinool—. No se les ha visto en esta galaxia en millones de años.
    —Eso es contrario a las posibilidades —replicó Dihn Ruuu imperturbable—. La existencia de ellos no pudo haber cesado. Por lo tanto, deben continuar ocupando zonas muy vastas de esta galaxia. De modo que regresarán. Debo esperarlos.
    — ¿Comprendes lo que digo cuando me refiero al mundo natal de los Mirt Korp Ahm? —interrumpió el doctor Schein.
    —El mundo donde evolucionaron originariamente. El mundo básico para la historia de la raza —razonó el robot.
    —Exactamente. Hemos intentado descubrir ese mundo, pero no tuvimos éxito —explicó el doctor Schein, inclinándose hacia adelante con avidez— ¿Puedes darnos información al respecto? Por ejemplo ¿está ubicado en esta galaxia?
    —Sí —dijo el robot.

    La respuesta decepcionó al doctor Schein, quien pertenecía a la corriente de pensamiento que afirma que los Superiores vinieron de otra galaxia. El doctor Horkkk brinco triunfalmente. El fue uno de los primeros en sostener que los Superiores procedían de la nuestra.

    —La estrella que es el sol del mundo natal de los Mirt Korp Ahm —prosiguió el doctor Schein, pese a su derrota—, ¿es visible desde aquí?
    —Sí —dijo el robot.
    —Quiero decir ¿es todavía visible, pese a todo el tiempo transcurrido desde que llegaste aquí? —Sí —dijo el robot
    — ¿Nos la señalarás? —preguntó el doctor Schein.

    Me puse a temblar. Los otros estaban igualmente tensos. Esta increíble y exótica entrevista con una máquina milenaria, de pronto había cobrado una importancia excepcional. Se resolverían apasionadas controversias científicas. La máquina nos lo diría todo. ¡No teníamos más que preguntarle! Y ahora iba a darnos la respuesta fundamental a nuestros interrogantes la ubicación del mundo natal de los Superiores.

    Volvió a salir de la bóveda para echar un vistazo al cielo. Alzó la cabeza.

    Pasó un minuto. Dos minutos. Tres.

    Sin duda el robot estaba cotejando los datos que almacenaba acerca de las constelaciones hace 941 millones de años con lo que veía ahora, y haciendo los ajustes necesarios para rastrear el derrotero del sol de los Superiores durante el tiempo transcurrido.

    Pero algo andaba mal. El robot parecía paralizado. Escrutó el cielo, se detuvo, reflexiono, volvió a escrutar.

    —Quizás acaba de activarse algún mecanismo que le impide revelar la ubicación del mundo natal de sus amos —sugirió el doctor Horkkk.

    El robot regresó a la bóveda tambaleándose. Tambaleándose. Aquella máquina perfecta se desplazaba con el paso trémulo y vacilante de quien acaba de enterarse de que una maniobra bursátil lo ha dejado en la ruina, o de quien acaba de oír que siete generaciones de su familia han muerto accidentalmente en un deslizador solar.

    —La estrella no está —dijo el robot con una voz terrible.
    — ¿No puedes encontrarla? ¿No es visible desde este lugar del espacio? —preguntó el doctor Schein.
    —Tendría que serlo —dijo el robot—. He calculado la ubicación con toda exactitud y no hay posibilidad de error. Pero la estrella ha desaparecido del cielo. He mirado el lugar donde sé que debería estar, y sólo veo tinieblas. No detecto radiaciones de energía. La estrella ha desaparecido. La estrella ha desaparecido.
    — ¿Cómo puede desaparecer una estrella? —susurró Jan. —Quizá se ha transformado en supernova —sugirió.

    Saúl—. Habrá estallado hace medio billón de años... El robot no tendría modo de haber sabido...

    —La estrella ha desaparecido —repitió el robot; los colores del visor se opacaron en demostración de sorpresa y desconcierto. Este perfecto cerebro mecánico, con su control absoluto de todos los datos, había tropezado con una incongruencia horrible y vertiginosa en su universo, y para colmo, en la parte más vital de su universo.

    No sabíamos qué decirle. ¿Cómo se consuela a un robot por la desaparición de la estrella del mundo natal de sus constructores?

    —Ya no es necesario que siga esperando —dijo Dihn Ruuu, al cabo de una pausa prolongada—. La estrella ha desaparecido. ¿Adónde han ido los Mirt Korp Ahm? Los Mirt Korp Ahm no regresarán nunca. La estrella ha desaparecido. La estrella ha desaparecido. Es absolutamente incomprensible, pero la estrella ha desaparecido.


    CATORCE


    El asteroide, 11 de enero de 2376


    El doctor Horkkk, siempre suspicaz, siguió creyendo varios días que el robot nos estaba mintiendo, ocultando deliberadamente la ubicación del mundo natal de los Superiores. Los demás, guiados por Pilazinool, sentíamos lo contrario. Pilazinool piensa intuitivamente que el robot es incapaz de mentir. Sostiene que no se habría ofrecido a buscar la estrella de sus amos a menos que realmente se propusiera mostrárnosla. Y que la desesperación y la confusión del robot cuando no pudo encontrar la estrella eran inequívocas. Dihn Ruuu no estaba diseñado para demostrar mucha emoción, pero ese robot estaba pasmado cuando regresó a la bóveda.

    ¿Qué se hizo de la estrella?

    Tal vez la teoría de Saúl es correcta. Hasta ahora, nadie ha sugerido una mejor. En ese caso la noticia es bastante desalentadora para nosotros, pues en principio excluye la posibilidad de descubrir y excavar el planeta central del imperio de los Superiores. Un mundo cocinado por una supernova no sirve de mucho a los arqueólogos.

    El robot pasó un día y medio ocupado con su instrumental después de ese hallazgo desconcertante. Nos ignoro por completo. De pie en el fondo de la bóveda manipulaba perillas y examinaba terminales de datos como desesperado por obtener información. Creo que buscaba mensajes de alguno de su especie que hubiese venido durante los cientos de millones de años de su hibernación, algo que explicara la catástrofe inexplicable sufrida por los Superiores. Pero era, aparentemente, una búsqueda infructuosa. Mientras tanto lo dejamos solo, quizás hasta los robots sienten pena, y Dihn Ruuu parecía haber perdido en sus creadores, sus amos, la única razón de su existencia. Era mejor no molestarlo hasta que encontrara un modo de encarar las alteraciones sufridas por su universo.

    Luego Dihn Ruuu vino a nosotros. Leroy Chang vio al robot esperando pacientemente al lado de la nave, y salimos a su encuentro. Tras de consultar la máquina de traducción que traía y estudiar largo rato los jeroglíficos cambiantes, nos dijo al fin.

    — ¿Domináis el viaje estelar, los viajes más rápidos que la luz?
    —Los llamamos viajes hiperespaciales — dijo el doctor Schein—. Sí, los dominamos
    —Bien. No lejos de aquí hay un planeta donde los Mirt Korp Ahm construyeron una gran colonia. Tal vez podáis llevarme allá. Debo aprender muchas cosas, y ese es el lugar más cercano donde aprenderlas.
    — ¿A qué distancia, en términos del recorrido que la luz hace en un año? —preguntó Pilazinool.

    Dihn Ruuu se interrumpió para uno de sus cómputos asombrosamente rápidos.

    —Treinta y siete veces el recorrido de la luz en un año.
    —Treinta y siete años-luz —repitió el doctor Schein—. Sí, podemos hacerlo, no saldrá muy caro. En cuanto el crucero regrese a recogernos...
    —Posiblemente ni siquiera sea necesario ir allá —dijo el robot— ¿Tenéis alguna manera de transmitir mensajes más rápida que la luz?
    —Sí —dijo el doctor Schein.
    —No —dijo el doctor Horkkk al unísono.

    Dihn Ruuu paseó la mirada del uno al otro, desconcertado.

    — ¿Sí y no? No lo tengo registrado. El doctor Schein rió.
    —Hay un modo de comunicarse más rápido que la luz —dijo—. Pero requiere de los servicios de seres humanos especialmente dotados. Lo que el doctor Horkkk quiso decir es que en este momento no contamos con ninguno de esos seres especialmente dotados.
    —Ya veo —dijo tristemente Dihn Ruuu.
    —Y aun así, probablemente no nos serviría de mucho pues sólo pueden comunicarse con otros seres humanos —continuó el doctor Schein—. No podrían establecer contacto con las mentes de los habitantes de un planeta de los Mirt Korp Ahm.
    — ¿Entonces trabajan por amplificación del pensamiento? —preguntó el robot.
    —Así es. ¿Los Mirt Korp Ahm transmitían mensajes del mismo modo?
    —Entre ellos, sí —dijo Dihn Ruuu— Pero sólo la vida protoplasmática puede emplear amplificadores de pensamiento. Aunque otras máquinas como yo existan en el universo, no podría comunicarme con ellas mediante la amplificación del pensamiento. Sólo por radio. Y así tardaría treinta y siete años en enviarles el mensaje. No quiero esperar tanto tiempo la respuesta que necesito.
    —Podemos llevarte a ese planeta, si puedes indicarnos adonde está —dijo Pilazinool.
    — ¿Tenéis..., —el robot titubeó— mapas estelares? —Claro —dijo Nick Ludwig—. Hay mapas de toda la galaxia.
    —Os lo mostraré, pues, en los mapas.

    Dihn Ruuu echó un rápido vistazo a las estrellas, como fijando la disposición de las constelaciones, y siguió a Ludwig dentro de la nave. Se desplazaba muy cuidadosamente, quizá temiendo dañar algo con su tamaño y peso, pero la resistencia de la nave ya había pasado la prueba de Mirrik, que pesaba más que el robot. Ya no había nada que temer al respecto. No pude evitar preguntarme qué pensaría Dihn Ruuu de la extraña y primitiva tecnología de nuestra nave.

    El capitán y el robot entraron en la sala de mapas. Ludwig encendió el depósito de datos astronómicos, la superficie oscura se iluminó y cuando el capitán tecleó una orden, la computadora de la nave envió una imagen del cielo tal como se veía desde el asteroide.

    —Dinos adonde quieres ir —dijo Ludwig

    Dihn Ruuu señaló el cuadrante superior derecho de la pantalla. Ludwig le hizo una seña a Webber Fileclerk, quien amplificó la imagen, Dihn Ruuu siguió indicando cuadrantes hasta que tres o cuatro pasos más tarde una pequeña estrella tipo G con seis planetas ocupó el centro de la imagen.

    Fileclerk verificó las coordenadas, buscó en el catálogo y descubrió que era GGC 2787891, también conocida como la Estrella de McBurney. Había sido registrada e investigada en 2280, pero nadie había efectuado aterrizajes en ninguno de los planetas.

    Lo cual, por supuesto, no era de extrañar. Hay millones de estrellas, billones de planetas, y la exploración de la galaxia está lejos de haber concluido. No compartimos la patética convicción de Dihn Ruuu de que aún existe una base de los Superiores funcionando en el sistema de la Estrella de McBurney, pero sin duda encontraremos allá un importante centro arqueológico. Una justificación más que suficiente para hacer el viaje.

    Así que nuestra expedición, en vez de fijarnos a Higby V durante dos años de frío y lluvia, está transformándose en una odisea galáctica. Primero este asteroide en el sistema de GGC 1145591, luego la Estrella de McBurney, y más tarde quién sabe adonde nos llevará Dihn Ruuu. Seguiremos adelante. Las ganancias de la mina de mercurio solucionarán el problema de la pasta, y más tarde nos ocuparemos de una investigación arqueológica detallada, los hallazgos no desaparecerán. Misterios que creíamos absolutamente insolubles se nos aclaran día a día. Es decir, aquí estamos hablando con un robot de los Superiores, formulándole toda clase de preguntas sobre la civilización de sus amos y recibiendo respuestas. Y tenemos que estudiar las proyecciones de nuestra esfera, y también las escenas que nos mostró Dihn Ruuu, y todas esas máquinas de la bóveda.

    Es una lástima que 408b ya no esté aquí para compartir la gloria y el asombro. Todo lo que estamos aprendiendo le habría apasionado.

    Nos vamos de aquí la semana que viene , espero.

    Cuando el doctor Schein alquiló el crucero hiperespacial para viajar desde Higby V en octubre pasado, supo calcular los riesgos. Sabía que era muy probable que no encontráramos la bóveda en este sistema, en cuyo caso estaríamos abandonados aquí sin nada que hacer y sin un TP para llamar una nave (la del capitán Ludwig no está equipada para el viaje hiperespacial, sirve sólo para travesías locales). Por lo tanto el doctor Schein arregló que cuando el crucero regresara a esta zona del universo a mediados de enero, se desviaría y se pondría al alcance de nuestra radio para que pudiéramos solicitar un embarque si era necesario. Ese desvio nos salió muy caro, pero ponía límite al tiempo que perderíamos aquí si la búsqueda en el cinturón de asteroides arrojaba un resultado negativo.

    Estaremos en contacto con el crucero dentro de tres días. Ya estamos lanzando una señal en todas las frecuencias, por si se olvidan de llamarnos. Suponemos que vendrán a recogernos, los jefes entonces podrán negociar un nuevo salto por el hiperespacio, y viajaremos a la Estrella de McBurney guiados por Dihn Ruuu.

    Tal vez.

    Entretanto nos absorben el trabajo y la rutina, interrogamos mucho a Dihn Ruuu (es asombrosa la celeridad con que aumenta el vocabulario del robot), y estudiamos las máquinas de la bóveda. Ahora que Dihn Ruuu se siente Libre de su misión por la desaparición de la estrella de los Superiores y está a punto de abandonar la bóveda, tenemos libre acceso a los aparatos. Casi todos son equipos de comunicación, por lo que ahora sabemos (con principios que en esencia no difieren de los de nuestras radios), pero también hay muchos armamentos. Dihn Ruuu los está desmantelando. El robot afirma que un pequeño tubo de pico romo que asoma por la pared lateral es capaz de volar un sol a tres años-luz de distancia. No le pedimos una demostración. Los otros artefactos incluyen los equivalentes Superoores de nuestros bancos de memoria (más datos registrados en un electrón de los que nosotros incluimos en toda una larga cadena proteínica), y una especie de acumulador energético que trabaja con la luz de las estrellas y mantiene en funcionamiento toda la bóveda.

    Nos preocupa un poco el impacto de todas estas maravillas en la tecnología de la Tierra, Thhh, Calamor, Dinamon y Shilamak en el siglo veinticuatro ¿Estamos preparados para semejante invasión de prodigios Superiores? Con que sólo aprendamos a utilizar un milésimo de lo que hemos descubierto en esta bóveda, estaremos en víspera de una tercera revolución industrial que puede transformar la sociedad más radicalmente que la máquina de vapor en el siglo dieciocho y la computadora en el veinte.

    Como digo, nos preocupa. Pero la decisión no está en nuestras manos, como científicos no tenemos derecho a ocultar nuestro hallazgo. No somos gobernantes, somos arqueólogos. Descubrimos esta bóveda, pero no podemos responsabilizarnos por el buen o mal empleo posterior de lo que contiene.

    Si suena como si nos laváramos moralmente las manos, así sea. Prefiero que me acusen de lavarme las manos y no de enemigo del conocimiento. Todo descubrimiento implica riesgos, pero todavía viviríamos en cavernas y comeríamos la carne cruda si en algún momento alguien no se hubiera arriesgado a usar el cerebro. La gran diferencia aquí es que estos artefactos no son el producto de una lenta y paciente labor humana realizada en el contexto de nuestra civilización. Nos llega de pronto, como un regalo del cielo, de una raza mucho más madura y compleja. Si seremos capaces de manipularlos en esta etapa de nuestra evolución es algo que aún está por verse.

    Repito, la decisión no nos incumbe. Como Poncio Pilatos en ese episodio ocurrido hace veinticuatro siglos en el Cercano Oriente, delegamos la decisión y no nos responsabilizamos por las consecuencias. Nuestra tarea consiste en descubrir cosas, y nada podemos hacer si implican algún peligro. En cierto modo, aunque la raza humana es bastante chimpona, no estoy realmente preocupado. Ya que pudimos llegar a 2376 sin volarnos en pedazos, es probable que actuemos con sensatez.

    Quizá.

    Hoy es 14 de enero y establecimos contacto con el crucero estelar. Dentro de poco aterrizará para recogernos. No iremos inmediatamente a la Estrella de McBurney, el crucero tiene un derrotero preestablecido. Pero nos llevará al sistema de Aldebarán (con la nave de Ludwig a cuestas), donde podemos contratar una nave estelar para seguir viaje a nuestro destino.

    La pasta de la mina de mercurio no cubrirá tantos gastos. La próxima vez convendría descubrir una montaña de uranio.

    Han pasado tres semanas desde la última vez que hablé a este cubo. Hoy es 8 de febrero, y acabamos de pasar dos días en Aldebarán IX. Aldebarán es una estrella grande y roja, bastante bonita, y tiene vanos planetas, algunos colonizados. No inspeccionamos ninguno. En realidad, ni siquiera aterrizamos. El doctor Schein arregló todo por radio, contratando de inmediato un crucero hiperespacial para el viaje a la estrella de McBurney. Actualmente estamos en órbita alrededor de Aldebarán IX en la nave de Nick

    Ludwig, esperando que el crucero venga a buscarnos, Nick volverá a acoplar su pequeña nave, y en marcha.

    Esta es la primera vez que estamos dentro del radio de comunicaciones TP desde que partimos de Higby V. De modo que el doctor Schein ha enviado un informe completo de nuestros hallazgos a la Central Galáctica. Ojalá todos queden fuera de órbita con las novedades.

    Habría querido encontrar una excusa para enviarte una llamada mente-a-mente, Lorie. Me muero por saludarte, por contarte lo maravilloso de todo esto, lo bien que nos va. Pero sabes que una charla privada por TP es prohibitiva, especialmente si se llama a la Tierra desde Aldebarán. Mi gran esperanza es que hayas participado en la retransmisión de alguno de nuestros mensajes y estés un poco enterada de lo que sucede.

    Esta noche zarpamos hacia la Estrella de McBurney. Calculan que llegaremos a fin de mes.


    30 de febrero

    ¡Un cálculo inmejorable! Hoy es el último día del mes y estamos en órbita alrededor del cuarto mundo del sistema de McBurney. Los tripulantes del crucero, como de costumbre, no se quedaron ni a echar una ojeada. Peor para ellos.

    La vista es fabulosa. Es magnífico mirar el planeta desde aquí arriba, quizás a diez kilómetros de la superficie. El equipo de exploración que atravesó el sistema en 2280 merecería ser resucitado y desollado por no haber visto lo que hay en McBurney IV.

    Es una ciudad de los Superiores que abarca el planeta entero. No una ruina antigua sino una ciudad viva y perfectamente conservada, limpia y en funcionamiento Vemos vehículos en movimiento, edificios en construcción, luces que se encienden y apagan.

    Lo que no vemos es ningún Superior. Hemos escrutado meticulosamente el planeta en la hora que estuvimos aquí, y Dihn Ruuu ha echado un vistazo con su propio equipo de observación, que es mejor que el nuestro. Nosotros y el robot concluimos que McBurney IV está poblado por innumerables robots. Pero si allá abajo hay algún Mirt Korp Ahm, por ahora no está a la vista.

    Dihn Ruuu, fiel hasta el final, se obstina en afirmar que encontraremos aquí a los Superiores. Por una vez todos estamos de acuerdo en que el robot se equivoca. Parece muy obvio que McBurney IV es otro ejemplo de una maquinaria en movimiento perpetuo: un planeta habitado por robots infinitamente perdurables que esperan como Dihn Ruuu el regreso de los amos. Pero los amos se han extinguido hace más de medio billón de años, aunque los robots no han sido programados para considerar esa posibilidad y prosiguen con sus tareas, manteniendo el lugar en buen estado, esperando y esperando un poco más.

    Desde luego, quizá todos nos equivoquemos. Qué diantres: es muy posible que aún encontremos a los Superiores en McBurney después de tanto tiempo. Este viaje ya nos ha deparado tantas sorpresas que no conviene descartar ninguna posibilidad. Sin embargo, no creo que los Mirt Korp Ahm hayan subsistido hasta nuestra era. Y como dije muchos meses atrás, no estoy seguro de querer tropezarme con ellos si aún viven. No sé lo que haría si me enfrentara a uno de esos superseres que construyeron esta civilización. Apoyar el hocico en el suelo y rendirle homenaje, supongo. Sería como encontrarse con un dios. Mis modales no son lo más adecuado para encuentros con dioses.

    Pronto lo sabremos, pues Dihn Ruuu ahora está intentando establecer contacto radial con sus congéneres del planeta, para que no nos borren del cielo mientras descendemos. Si todo va bien nos pondremos en órbita de ingreso en menos de una hora.

    Dihn Ruuu obtuvo permiso para aterrizar, estamos bajando.


    QUINCE


    McBurney IV, 10 de marzo de 2376


    No utilizamos nuestros propulsores para aterrizar; los robots no lo permitieron. Comunicándose con Dihn Ruuu por la radio de a bordo, nos ordenaron apagar los motores y dejar que nos guiaran desde abajo.

    Una pequeña crisis.

    —Jamás —exclamó Nick Ludwig—. ¿Entregar la nave a fuerzas extrañas, desconocidas? ¿Arriesgar la vida de todos? ¡O aterrizo con mis propios motores, o no aterrizo!
    —Rehusan dar el consentimiento —drjo Dihn Ruuu—. Comprende que ellos ignoran tu valía como piloto. Todo lo que ven es una nave extraña.

    Nick siguió protestando. El doctor Schein sugirió serenamente que convenía ceder. Cuando Nick amenazó con dar la vuelta y marcharse, el doctor Schein mencionó, con la misma serenidad, la cancelación del contrato. Sacó a colación, como quien no quiere la cosa, la participación en la mina de mercurio que habíamos prometido al hombre del espacio, y otras variosidades semejantes. Nick accedió. Parecía a punto de estallar como una nova, pero accedió.

    A los cinco mil metros de la superficie apagó los motores y volvimos a una órbita estacionaria. Entonces los robots nos recogieron desde abajo. Como atrayéndonos con un magneto gigante, nos arrancaron de la órbita y nos hicieron descender. No había inercia: simplemente bajábamos flotando sin aceleración alguna, pero a bastante velocidad. Nick Ludwig nos invitó a la cabina para mirar los instrumentos. Nunca vi a un hombre más asombrado.

    — ¿Qué harán con nosotros? —preguntó—. ¿Pescarnos con una red? Aumentamos la velocidad a lo que parece una aceleración de 1 g, ¿pero dónde está la aceleración? ¿Dónde están las leyes de la física?

    Derogadas, supongo. Todo el tonelaje de la nave no era más que una brizna al viento, una astilla de hierro en un campo magnético. Bajamos y bajamos y bajamos como en un sueño, y aterrizamos blanda y suavemente en el centro exacto de una gran pista redonda donde estábamos rodeados por delgados anillos de instrumentos que parecían arañas y se extendían cientos de metros a cada lado. Lazos y espirales y torres doradas y antenas entrecruzadas nos envolvieron: sin duda el equipo que nos había traído del cielo y había guiado el aterrizaje. Nick Ludwig, pálido y perplejo, miraba con los ojos desorbitados. Para el pobre Nick era un artículo de fe que los aterrizajes planetarios se efectuaban de acuerdo con los principios de Newton, con fuerzas que se equilibraban mutuamente, la deceleración cancelando la aceleración. Pero este aterrizaje era magia pura. ¡Aceleración sin inercia!

    Según los análisis, la atmósfera de McBurney IV quizás era respirable, aunque peligrosa a causa de una concentración excesiva de dióxido de carbono y algunas moléculas de un hexafluoruro. De manera que salimos enfundados en trajes aislantes, con Dihn Ruuu encabezando la marcha. La gravedad era un poco superior a la de la Tierra; el clima era tórrido.

    Nos recibió un grupo de robots semejantes a Dihn Ruuu. Se apiñaron a nuestro alrededor como enormes estatuas ambulantes. Nos observaron, nos olieron, nos palparon. Se comunicaron entre ellos haciendo comentarios, mediante un canal de audio que no pudimos sintonizar.

    — ¿Qué están diciendo? —le pregunté a Dihn Ruuu—. ¿Los Mirt Korp Ahm siguen ocupando el planeta?
    —Aún no he podido obtener información al respecto —dijo el robot.
    —Entonces, ¿por qué están tan excitados?
    —Nunca antes han visto vida protoplasmática —repuso Dihn Ruuu—. Estas son máquinas creadas por otras máquinas. Les habéis capturado.
    —Cautivado —corregí.

    Dihn Ruuu no hizo caso de la corrección. Nuestro robot se había sumado a la conversación y ya no reparaba en nosotros. Durante unos quince minutos la delegación de criaturas metálicas conferenció acaloradamente Parecían fijarse en Pilazinool más de lo debido, por fin caí en la cuenta de que los robots Superiores pensaban que él era nuestro robot, pues buena parte de su cuerpo era inorgánica, y trataban de integrarle en la discusión. Creo que Dihn Ruuu se lo explicó.

    Aparecieron vehículos. Seis aeromóviles largos y delgados de plástico verde descendieron con un silbido, y de los vientres surgieron cucharas metálicas a las que subimos siguiendo las indicaciones de Dihn Ruuu. Los aeromóviles se alejaron volando a cien metros de altura. Rumbo a la ciudad.

    La ciudad se extendía por todas partes. En cuanto dejamos los anillos concéntricos del puerto espacial y los intrincados artefactos de aterrizaje, estuvimos en la ciudad. En general se parecía a las ciudades Superiores que nos había mostrado la esfera, pero en rigor, había muy pocos detalles similares. Los edificios no eran colgantes, cada cual estaba firmemente asentado, aunque había tantos niveles que costaba distinguir una hilera de edificios en ese laberinto. El diseño de estos era diferente del que habíamos visto, aquí eran estructuras de forma vagamente piramidal es su mayoría, con superficies iluminadas por un tenue fulgor interno. No vi ventanas.

    Nos llevaron a una pirámide especialmente grande y nos dejaron solos en una sala esférica de tamaño colosal. Pequeñas burbujas de luz dorada vagaban libremente cerca del cielo raso. Diseños decorativos abstractos, franjas rojas y motas púrpuras y espirales azules rotaban vertiginosamente en los paneles de las paredes. No había donde sentarse salvo en el suelo, que estaba alfombrado con algo suave y esponjoso aparentemente vivo pues ondulaba y se contorcía cuando lo pisábamos. Todos los robots nos dejaron. Incluso Dihn Ruuu, nuestro único enlace con la realidad, nuestro guía e intérprete.

    Casi no hablábamos. Permanecimos sentados, de pie o tendidos en la enorme sala, intrigados, inquietos, aturdidos, reducidos a un estado de estupidez total. Este episodio tenía todas las características de un sueño nuestro descenso flotante, los roces y palmoteos de los altísimos robots, nuestra incapacidad para comunicamos, el silencio fantasmal, la extrañeza de la ciudad, la irrealidad de esta sala tan desnuda y cavernosa donde estábamos ahora...prisioneros.

    Si atinábamos a conversar (¿conversar?), era para decir frases como:

    — ¿Dónde estamos?
    — ¿Qué significa esto?
    — ¿Cuánto tiempo nos tendrán aquí?
    — ¿Dónde están los Superiores?
    — ¿Hay algún Superior?
    — ¿Por qué no vuelve Dihn Ruuu?
    — ¿En manos de quién estamos?
    — ¿A qué venía tanto alboroto?

    Como no teníamos respuesta para ninguna de estas preguntas, las conversaciones a que daban lugar eran más bien breves. Al cabo de dos horas habíamos agotado casi todos los temas semejantes y estábamos sumidos en un profundo silencio. Mirrik y Kelly estaban animosos como de costumbre; el doctor Horkkk, sentado aparte con las piernas estrechamente enlazadas, parecía absorto en oscuras meditaciones; Pilazinool se desenroscaba brazos y piernas; el doctor Schein fruncía el ceño cada vez más, como si no cesara de arrepentirse; Leroy Chang se movía furtivamente; Saúl Shahmoon parecía dormido, tal vez soñando con los sellos postales de McBurney IV; Nick Ludwig se paseaba como una fiera enjaulada; Jan y yo estábamos sentados muy juntos, y ocasionalmente intercambiábamos una sonrisa nerviosa. Tratábamos de no mostrar nuestros temores; pero es que después de todo, esto no era un sueño.

    A la tercera hora empezamos a preguntarnos cuándo planeaban soltarnos, siempre que lo hicieran. O cuándo nos alimentarían. Teníamos tabletas alimenticias para un par de días, pero quizá nos dejaran allí dos o tres meses antes que alguien considerara nuestras necesidades. Apenas nos quedaba agua. Además, no había instalaciones sanitarias.

    Fue la tarde más larga de mi vida, creo. Allí estábamos, en medio de la increíble ciudad de una civilización antigua, y sin poder ver nada, sin saber qué nos aguardaba.

    Finalmente, bajo uno de los paneles con diseños abstractos, un lugar de la pared empezó a hincharse y plegarse; se abrió y entró Dihn Ruuu. Entreví un par de robots esperando fuera de la abertura.

    Dxhn Ruuu se dirigió lentamente hasta el centro de la sala y nos miró a todos girando la cabeza Luego anunció con solemnidad.

    —Los Mirt Korp Ahm ya no habitan este planeta. He sabido que esta ciudad fue abandonada por ellos hace 84 millones, cinco mil seiscientos setenta y cinco años, y actualmente sólo está ocupada por los Dihn Ruuu, o sea las Máquinas Para Servir.

    Esas palabras tranquilas, articuladas con la extraña imitación metálica de mi propia voz, nos produjeron un tremendo impacto.

    No nos sorprendía descubrir que aquí no había ningún Superior, pero sí una población de robots autosuficientes y prácticamente inmortales. ¡Pero saber que los Superiores habían abandonado McBurney IV hacía sólo unos ochenta y cuatro millones de años!

    Es curioso cómo cambian las perspectivas de uno. En la Tierra, hace ochenta y cuatro millones de años todavía pululaban los dinosaurios y los únicos mamíferos existentes eran unos pequeños roedores con hocicos largos y colmillos agudos. La vida inteligente tampoco había evolucionado en ninguno de los planetas donde se la halla actualmente, como Shilamak, Dmamon o Thhh De modo que en una perspectiva humana, ochenta y cuatro millones de años atrás es la pre-pre-pre-prehistoria.

    Sin embargo he dicho solo ochenta y cuatro millones de años Y no estaba bromeando.

    Hasta ahora todas las evidencias arqueológicas indicaban, como sin duda te lo he dicho, que los Superiores habían desaparecido hacía 850 millones de años. No se habían encontrado huellas más recientes de ellos. En esa escala, ochenta y cuatro millones de años atrás era prácticamente la semana pasada. Con un par de frases Dihn Ruuu había reducido el lapso desde la desaparición de los Superiores en un noventa por ciento.

    Las implicaciones del anuncio del robot nos confundieron. Al parecer, teníamos que revisar todas nuestras consideraciones sobre los Superiores y su ubicación en la secuencia temporal. Una docena de preguntas se me agolparon simultáneamente en el cerebro, y lo mismo debió de ocurrirles a los demás. Pero antes que pudiéramos formularle alguna, Dihn Ruuu nos paralizó en todas las frecuencias con un anuncio aún más asombroso. Como un profesor universitario haciendo declaraciones rutinarias en la inauguración de algún curso, Dihn Ruuu prosiguió:

    —Con gran placer os anuncio que el mundo natal de los Mirt Korp Ahm en realidad sigue existiendo, y ni él ni su estrella han sido destruidos, aun cuando me fue imposible localizarlos. De acuerdo con mensajes recibidos en este planeta hace 13.595.486 años, los Mirt Korp Ahm se embarcaron en esa época en el proyecto de transformar el sistema de su mundo en una esfera cerrada que les permitiría el aprovechamiento integral de la energía solar. Un planeta deshabitado del sistema fue utilizado como fuente de masa para este proyecto. La empresa fue completada exitosamente 150 años después que aquí se recibió la primera noticia. Luego, naturalmente, la estrella natal de los Mirt Korp Ahm dejó de ser detectable mediante recursos ópticos ordinarios.

    Reflexioné sin mayor éxito sobre el significado de esas frases crípticas. Pero para Saúl Shahmoon la explicación del robot era transparente como el cristal.

    — ¡Por supuesto! —exclamó Saúl—. ¡Una esfera Dyson!

    Sin reparar en la interrupción, Dihn Ruuu continuó hablando serenamente.

    —No se han recibido comunicaciones del mundo natal desde que concluyó el proyecto. Sin embargo, abundan razones para creer que los Mirt Korp Ahm siguen habitando el sistema solar originario. Como mis propias responsabilidades han quedado canceladas, me propongo viajar de inmediato a ese sistema para solicitar nuevas órdenes. Me agradaría que me acompañarais.

    Hora de explicaciones. Yo mismo necesitaba de algunas, en este punto.

    La esfera Dyson, según Saúl, es una noción formulada primeramente por el físico norteamericano Freman Dyson en los inicios de la revolución energética. Dyson vivió a mediados del siglo veinte, después del descubrimiento de la energía atómica pero antes que la Tierra colonizara los planetas vecinos.

    El principal argumento de Dyson era que un sistema solar en estado natural implica un derroche tremendo. El sol del sistema, rodeado por un puñado de planetas, irradia casi toda la energía al espacio, donde es desaprovechada. Los planetas están demasiado distantes para interceptar algo más que una pequeña fracción de la energía generada por el sol; y por lo tanto las radiaciones del sol se alejan en todas direcciones, y sólo en el espectro visible son tan intensas que la luz puede percibirse a miles de años-luz. Esto tiene la ventaja estética de producir hermosas noches estrelladas en mundos remotos, pero esa es la única virtud.

    Una civilización realmente económica, decía Dyson, captaría toda la energía solar antes que se desperdiciara. Una manera de hacerlo, sugirió, era demoler Júpiter y utilizar la masa de ese planeta para construir un caparazón que circundaría el Sol a aproximadamente la distancia de la órbita terrestre respecto del centro del sistema. Volar el mayor planeta y recombinar los fragmentos de esta manera ya implicaba de por sí todo un gasto de energía: tanta como la que el Sol irradia en ochocientos años. Pero en cuanto la tarea estuviera terminada, la pantalla interceptaría cada fotón de energía procedente del Sol; este podría ser utilizado como fuente energética múltiple.

    La humanidad dejaría de vivir en la Tierra, que ya en tiempos de Dyson era un lugar pequeño y atestado, e insatisfactorio en cuanto al aprovechamiento de la energía solar pues siempre hay una mitad del planeta que no recibe radiaciones. En cambio podríamos habitar la superficie interna de la esfera artificial. No sólo cada sector de esa superficie estaría constantemente expuesta a la luz solar, sino que la cara interna de la esfera sería billones de veces más grande que la superficie terrestre. Además de otras ventajas adicionales, descubriríamos que la esfera puede albergar cómodamente una población humana de 3X1023 individuos, lo que equivale a varios sextillones o septillones de personas; encárgate tú misma de los cálculos. En todo caso, sería una cifra exorbitante. Veamos: la Tierra tiene ahora trece billones de personas, o sea 13X109 y ya estamos bastante apretados; esto implicaría un aumento de población de 1014 así que... Te produce vértigo, ¿verdad?

    Dyson pensaba que cualquier especie inteligente sería capaz de transformar su mundo natal en una esfera semejante en los dos o tres mil años posteriores a su ingreso en la era industrial. Así que nosotros podríamos hacerlo alrededor del año 4000. Sin embargo las dificultades prácticas deben ser mayores que las teóricas, si los Mirt Korp Ahm, de quienes sabemos que ya estaban en la etapa del vuelo galáctico hace 1,1 billón de años, esperaron hasta hace 13 millones de años para llevarlo a cabo. O tal vez no se molestaron en realizar antes ese proyecto...

    Una esfera Dyson no aparecería, por supuesto, en los telescopios ópticos, pues toda la luz irradiada por el sol queda encerrada dentro de la esfera. Esto explica por qué Dihn Ruuu no pudo ver la estrella cuando la buscó en el cielo. Sin embargo, ni siquiera toda una civilización Dyson podría utilizar toda la energía disponible, y una parte sería emitida en forma de calor, es decir de radiación infrarroja. Dyson sugería que la esfera tendría en la superficie una temperatura de 200 a 300 grados kelvin, y que emitiría abundante radiación infrarroja. Esto significa, desde luego, que podría ser fácilmente detectada por observadores exteriores.

    Dihn Ruuu ya no tenia, pues, de qué lamentarse. La estrella natal de sus creadores no se había consumido ni había estallado. Aún estaba allá, embozada, por decirlo de algún modo.

    Las pequeñas sorpresas eclipsan los grandes milagros. Un viejo proverbio paradojista que acabo de inventar. Dihn Ruuu nos había arrojado tantas noticias asombrosas en tan pocas frases que por un momento, entusiasmados por la esfera Dyson, nos olvidamos de entusiasmarnos por lo que realmente debió lanzarnos fuera de órbita, o sea...

    Que los Superiores quizá no estaban extinguidos...

    Y que Dihn Ruuu nos invitaba a acompañarle para hacerles una visita.

    Las maravillas se multiplicaban con asombrosa celeridad. Claro que la conjetura de Dihn Ruuu de que los Superiores vivían aún era sólo una conjetura. Los robots de McBurney IV no habían recibido llamadas ni señales de los Mirt Korp Ahm en trece millones de años, y conviene no olvidar que trece millones de años es una cifra más que respetable. Por otra parte, estábamos habituados a pensar en los Superiores como seres desaparecidos hacía un billón de años; si habían sobrevivido hasta hacía trece millones de años, era razonable suponer que todavía existían. Por lo demás...

    Hablamos todos al mismo tiempo, lanzando teorías, oposiciones, suposiciones, postulados, hipótesis e incluso un par de presunciones. Nadie oía a los otros en medio de ese alboroto, hasta que de golpe una voz se impuso a las demás:

    — ¡Socorro!

    Nos callamos y miramos alrededor.

    — ¿Quién pidió socorro? —preguntó el doctor Schein. —Yo —dijo Pilazinool con un hilo de voz—. Finalmente me pasó.

    En efecto. Durante nuestro estallido de entusiasmo, el shilamakka había cedido a su viejo y nervioso hábito de desenroscarse manos y pies y miembros, y esta vez, en un acto supremo de automutilación, había logrado destornillarse todo a la vez, brazos y piernas. No me preguntes cómo. Supongo que se desenroscó simultáneamente el brazo izquierdo con el derecho y el derecho con el izquierdo; sea como fuere, se había reducido a un torso desnudo y ahora miraba lastimeramente la pila de piezas sueltas, incapaz de reconstruirse de nuevo. Su expresión de desconcierto era tan intensa que temí que se produjera un problema realmente serio. Pero entonces el doctor Schein se echó a reir, Mirrik lanzó un ronquido, y Kelly recogió un brazo de Pilazinool y se lo colocó, con lo cual Pilazinool, apresuradamente y con gran embarazo, empezó a atornillarse el resto de las piezas.

    La interrupción era justo lo que necesitábamos. Nuevamente estábamos tranquilos.

    —Dihn Ruuu nos pide que le sigamos hasta el planeta de los Superiores. Lo someto a votación. ¿Todos a favor...?

    Adivina el resultado.

    Pero ciertas dificultades prácticas nos impiden zarpar de inmediato hacia Mirt, que es el nombre del mundo natal de los Superiores. Pues Mirt está a setenta y ocho años-luz de McBurney IV, y el único transporte disponible por ahora es la nave de Nick Ludwig, que no puede viajar por el hiperespacio. Si mañana saliéramos para Mirt en la nave de Nick, yo celebraría mi centésimo cumpleaños a bordo antes de llegar.

    Así que tenemos que resignarnos a la fastidiosa espera de nuestro crucero espacial, que regresará a buscarnos según lo habíamos concertado. Para eso falta un mes. Y luego contrataremos un vuelo a Mirt, si tenemos la pasta para costearlo.

    Realmente no está tan mal. Nos da algún tiempo para explorar McBurney IV antes de lanzarnos al próximo mundo de maravillas. Engullir un exceso de milagros es poco saludable; la imaginación se indigesta. Se podrían dedicar carreras enteras a este solo lugar. No carreras arqueológicas, supongo; la historia de los Superiores acaba de trascender la arqueología. Pero McBurney IV alberga un millón de prodigios más de los que nos asombraron en la caverna del asteroide del sistema 1145591. ¡Y eso ya nos parecía demasiado...!

    Los robots han colaborado mucho con nosotros. Dihn Ruuu les explicó que estaríamos varados aquí hasta que nos recogiera el crucero interestelar, y lo aceptaron. En vez de prisioneros, somos turistas y huéspedes de honor. En la última semana hemos utilizado la nave como base, y todos los días hicimos viajes para echar un vistazo a esta ciudad de los Mirt Korp Ahm.

    Ahora entendemos por qué los edificios tienen tantas diferencias arquitectónicas con los que conocíamos. Las ciudades proyectadas por la esfera tenían un billón de años. Aun en una raza tan conservadora como los Superiores, los estilos arquitectónicos cambian en cientos de millones de años. Las ciudades colgantes habían pasado de moda.

    Por supuesto, sólo recorremos la superficie de este mundo. Primitivos y velludos como somos, apenas podemos comprender lo que vemos. Los acumuladores que absorben energía de la Estrella de McBurney y la almacenan bajo el suelo. Los cerebros maestros que controlan los sistemas de tráfico. Los mecanismos de reparación automática que acuden al instante a solucionar cualquier problema mecánico. Las grandes antenas que infatigablemente escrutan el cielo en busca de una señal de los Mirt Korp Ahm —una señal que nunca llega—. Los mismos robots, los Dihn Ruuu, que se lubrican y reparan a ellos mismos, aparentemente inmortales. Los aeromóviles: ¿utilizan motores antigravedad? Todo deslumbra y desconcierta.

    Sin embargo, fantásticas como son las ciudades, los Mirt Korp Ahm no nos llevan realmente un billón de años de ventaja en desarrollo tecnológico. Considerando los comienzos que tuvieron los Superiores parecen en verdad algo retrasados, como si deliberadamente o por otras razones hubieran congelado su cultura en este nivel hace mucho tiempo. Quiero decir que la civilización de ellos es lo que yo imaginaría en la Tierra digamos en el año 10000, si proyectara nuestro crecimiento tecnológico en la misma curva que ha seguido desde el 1700. Pero no lo que imaginaría en la Tierra en el año 1.000.002.376. Ni por aproximación.

    Creo que sería incapaz de concebir cómo sería una cultura que ha evolucionado constantemente durante un billón de años. Esencias eléctricas incorpóreas, quizá. Criaturas fantasmales escurriéndose en la octava, novena y décima dimensiones. Mentes cósmicas que lo saben todo, lo perciben todo, lo comprenden todo.

    Quizá soy injusto con los Mirt Korp Ahm. Quizá la curva de crecimiento de nuestra tecnología en los años 1700-2300 fue singularmente atípica; quizá la curva de crecimiento de cualquier civilización inevitablemente desciende cuando alcanza determinado nivel. No puedo evitar creer que los Mirt Korp Ahm deberían haber llegado mucho más lejos en tanto tiempo de evolución, pero posiblemente se impusieron un límite a la inventividad y se estancaron. Posiblemente nos ocurra lo mismo en dos o tres mil años más. Quién sabe.

    En todo caso, esta experiencia es magnífica, casi irreal como un sueño. ¿Algo de esto parecía probable cuando salimos a excavar una colina de Higby V?

    El mismo cubo, cuatro días más tarde. Mucha confusión.

    Escena: nuestra nave. Hora: tardía. Personajes: yo, Jan, Pilazinool. Todos los demás duermen.

    Misteriosos sonidos intermitentes surgen del sistema de audio de la nave. ¿Quién nos llama aquí? ¿Robots locales que sintonizaron nuestro canal? Improbable. Tal vez una nave de la Tierra. Pero no hay naves terrestres por lo menos en doce años-luz a la redonda. No llegará ninguna en varias semanas. ¿Qué diablos pasa?

    —Tom, ve a ver qué ocurre —dice Pilazinool, imperturbable.

    Y Tom Rice, el Joven Operador de Radio, va al panel de audio, examina un instante el laberinto de luces, aprieta botones y gira perillas, articulando entre tantos ruidos con aire profesional como "Adelante, adelante, no comprendo, adelante". Etcétera. Simultáneamente hace lo posible por mejorar la recepción para detectar ese mensaje

    desconocido desde el espacio. También enciende el grabador por si llega algo importante, aunque sabe que es más que improbable que alguien nos llame aquí.

    Del receptor brota una voz humana que recita el número de llamada de nuestra nave.

    —Confirme —dice la voz, y pregunta—: ¿Puede oírme?
    —Le oigo —digo, sintiéndome un personaje secundario de un melodrama 3-d-, ¿Quién llama? ¿Qué ocurre?
    —Crucero interestelar Orgullo del Espacio, comandante León Leónidas llamando al capitán Nicholas Ludwig.
    —Ludwig está durmiendo, como casi todos a bordo —respondo—. Mi nombre es Tom Rice y en realidad no tengo mucha autoridad, pero...

    Jan, acercándose para escuchar, me codea y susurra:

    — ¡Tal vez están en apuros, Tom!

    Una ocurrencia lógica. Arribo imprevisto de crucero interestelar desconocido. Aterrizaje de emergencia, tal vez. Dificultades a bordo...

    — ¿Tiene problemas, Orgullo del Espacio ? —Nosotros no. El problema es vuestro. Traemos una orden de arresto de Central Galáctica.

    Caigo en la cuenta de que algo anda mal. Aumento el volumen para que Pilazinool oiga lo que hablamos.

    — ¿Arresto? Hay algún error —digo en voz lo más alta que puedo—. Somos una expedición arqueológica investigando...
    —Exactamente. Tenemos órdenes de capturar un grupo de once arqueólogos y llevarlos a todos de inmediato a Central Galáctica. Aconsejo cooperación. Estamos justo encima de vuestra nave, en órbita alrededor de McBurney IV, y tenéis dos horas de plazo para empacar y ascender a una órbita adecuada para subir a bordo. Si no cooperáis, temo que tendremos que bajar nosotros. Transmitiré las coordenadas orbitales...
    —Un momento —digo—. Tengo que notificar a los otros. No entiendo nada de lo que ocurre.

    Jan ya se ha escurrido en las cabinas para despertar a la gente. Pilazinool se ha quitado varios miembros. La voz que surge de los receptores, terriblemente calma y muy muy militar, me pide que busque a uno de mis superiores y lo ponga inmediatamente al habla. Tartamudeo una disculpa y le pido que espere. El doctor Schein entra en la sala con aire somnoliento y preocupado.

    —Es una nave interestelar de la Armada —le digo—. La envió Central Galáctica para arrestarnos. Tenemos dos horas para largarnos de este planeta y entregarnos.

    El doctor Schein hace una mueca de disgusto. Entornando los ojos y chasqueando los labios, se acerca al audio.

    —Hola. Schein al habla —dice—. ¿Qué es todo este disparate?

    Un mal comienzo. La voz militar y tranquila se vuelve glacial; explica nuevamente que nuestra odisea galáctica ha llegado a su fin. Mientras tanto, todos los demás han irrumpido en la cabina. Nick Ludwig, bostezando, exige conocer la historia. Se la cuento. Ludwig gruñe, mordiéndose los nudillos.

    —No pueden hacernos nada —dice Steen Steen—. Aquí estamos a salvo. Si tratan de aterrizar sin permiso de los robots, los harán pedazo.
    —Sería una locura desafiar a una nave de la Armada —le dice pacientemente Jan—. Además, ¿de qué serviría? Estamos varados aquí hasta conseguir un transporte hiperes-pacial...

    Entretanto, el doctor Schein habla con el Orgullo del Espacio con una voz lenta y grave. Imposible oír la conversación a causa del murmullo generaL. Cuando se aparta del audio, el doctor Schein parece viejo, gris y derrotado.

    —Que alguien vaya en busca de Dihn Ruuu —dice—. Tenemos que irnos. Central Galáctica nos tiene al fin en sus garras. — ¡No ceda! —exclama Steen Steen—. ¡Somos agentes libres! ¡La era de la esclavitud ha terminado!

    El doctor Schein le ignora.

    —Nick —dice—, prepare la nave. Vamos a subir.

    Llegó Dihn Ruuu; le explicamos todo, y el robot arregló nuestra inmediata salida de McBurney IV. Nos fuimos como habíamos venido, con los motores apagados. Ascendimos con un zumbido inquietante apresados por la misma fuerza que nos había hecho descender. Los robots que controlaban el ascenso nos depositaron limpiamente en la órbita del Orgullo del Espacio y soltaron la nave; pusimos en marcha nuestros motores, sincronizamos velocidades con la gran nave estelar y nos pusimos bajo la custodia de la Armada de Central Galáctica. Al ver a Dihn Ruuu, toda la tripulación se quedó boquiabierta, el comandante incluido.

    El comandante Leónidas resultó ser un cincuentón pulcro y vivaz, de ojos azules y pálidos, de temperamento cálido y cordial. En cuanto subimos a bordo nos aclaró que no hacía más que cumplir órdenes y que no tenía nada personal contra nosotros.

    —Es la primera vez que arresto arqueólogos. ¿Qué hacíais..., además? ¿Contrabando?
    — ¡No hemos hecho más que investigaciones legitimas! —barbotó el doctor Horkkk, furioso como siempre.
    —Bien, es posible —dijo el comandante Leónidas, encogiéndose de hombros—. Pero alguien en Central Galáctica está irritado con vosotros. "¡Captúrelos de inmediato!" me dijeron. "¡Sin demora! ¡No tolere oposiciones!" Como si se tratara de un grupo de amotinados...
    —Lo que está haciendo usted es impedirnos completar una de las proezas científicas más grandes de los últimos diez mil años —dijo el doctor Horkkk con su voz más estridente e insidiosa.
    — ¿De veras? No lo había notado...
    —Con esta interferencia —continuó el doctor Horkkk—, usted interrumpe nuestro viaje cuando estábamos a punto de resolver el misterio final de los Mirt Korp Ahm, los Superiores, como les llamáis vosotros. Se nos interpone en el momento de mayor logro. La estupidez de la mentalidad militar es una maldición universal que...

    La expresión luminosa del comandante Leónidas empezaba a oscurecerse, y comprendí que si el doctor Horkkk no se contenía, terminaríamos el viaje encadenados. Mirrik y Pilazinool también lo comprendieron, y con todo tacto se acercaron al doctor Horkkk desde ambos flancos para cercarle, obligándole a callar.

    Nos abrumaba una absoluta consternación. No podíamos entender qué se proponía Central Galáctica, pero era indudable que nos iban a alejar de nuestra misión y a forzarnos a defender nuestros actos delante de los burócratas. Probablemente hasta nos impedirían visitar el planeta de los Superiores. Pero cuando hubiéramos aclarado el asunto, alguna otra expedición se encargaría entonces de esa tarea.

    El comandante extrajo un pequeño visor de datos y dijo.

    —Si no es molesto, me gustaría pasar lista al personal. Cuando mencione vuestros nombres, cada uno me dirá si está presente. ¿El doctor Milton Schein?
    —Sí.
    — ¿Pilazinool de Shilamak? —Sí.

    Nos nombró a todos. Naturalmente, 408b de Bellatrix XIV no respondió. En cambio, un robot de diseño extraterrestre se había sumado al grupo pero no figuraba en la nómina del comandante Leónidas El doctor Schein tuvo la paciencia de explicarle que 408b había muerto accidentalmente en diciembre, que el robot era un producto de los Superiores que habíamos recogido en la misma oportunidad, y que Central Galáctica de todos modos ya estaba enterada de las novedades porque él las había transmitido vía TP durante nuestra estadía en Aldebarán IX — ¿Aldebarán IX? —repitió sorprendido el comandante Leónidas—. El expediente no incluye ningún mensaje desde Aldebarán IX.

    —A principios de febrero —dijo el doctor Schein— Fuimos allá tras dejar el asteroide del sistema 1145591 donde.
    —Un momento —interrumpió el comandante— Central Galáctica afirma que la última vez que recibió noticias fue desde un planeta llamado Higby V donde se suponía que estabais excavando unas antiguas ruinas. Dejasteis Higby V sin autorización y desaparecisteis, violando vuestro acuerdo con Central Galáctica y por lo tanto...
    —Dejamos Higby V para ir a 1145591 —dijo el doctor Schein-. Desde allí fuimos a Aldebarán IX, desde donde envié un informe TP completo a Central Galáctica.
    —Nadie me lo dijo, doctor.
    —Ha habido un error —sugirió el doctor Schein—. Un error de computación… Una transposición de datos. Un cabo suelto... Esa orden de arresto debe ser un absoluto error.

    El comandante Leónidas parecía preocupado. También intrigado.

    —Comandante —preguntó serenamente Pilazinool— Dígame usted, ¿cómo se las arregló para seguirnos la pista hasta McBurney IV.
    —No seguí ninguna pista. Me ordenaron venir aquí y efectuar el arresto. Es de suponer que Central Galáctica sabía que estabais aquí...
    —Central Galáctica lo sabía porque el doctor Schein avisó que veníamos aquí desde Aldebarán —dijo Pilazinool—. Al mismo tiempo, recibió plena autorización de Central Galáctica para realizar el viaje. Si Central Galáctica nos perdió el rastro después de Higby V, según nos dice usted, ¿cómo pudo averiguar que habíamos venido a la Estrella de McBurney?

    El comandante Leónidas tuvo que admitir la lógica de ese razonamiento. Echó un vistazo a la orden de arresto, buscando una solución a esa incongruencia, pero no la encontró. Así es la burocracia galáctica: la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda. O el tentáculo, llegado el caso.

    — ¿Tiene personal TP a bordo de esta nave? —preguntó Pilazinool.
    —Sí —dijo el comandante Leónidas.
    —Creo que convendría llamar a Central Galáctica ahora mismo y aclarar esta situación —concluyó Pilazinool.
    —Sería una buena idea —convino el comandante.

    Aclarar situaciones con Central Galáctica lleva mucho tiempo. Todos los personajes importantes fueron a la sección TP y sobrevinieron varias horas frenéticas. Finalmente se averiguó que un vidj concienzudo de la Central, recordando que habíamos prometido embarcar la esfera como parte del acuerdo que nos permitía viajar a 1145591 advirtió que la esfera no había llegado. Llamó a Higby V y descubrió que nos habíamos marchado con esfera y todo. Si se hubiera molestado en revisar rutinariamente todos los datos, habría descubierto que desde Aldebarán anunciamos que era necesario que lleváramos la esfera con nosotros. En cambio, salteando dos o tres perforaciones de la secuencia de los hechos, este imbécil atontado había ordenado sagazmente un registro por computación de todos los documentos de tránsito hiperespacial de los últimos seis meses para encontrarnos, y así descubrió que de 1145591 habíamos ido a Aldebarán y de Aldebarán a la Estrella de McBurney. Teníamos permiso de Central Galáctica para todo esto, pero el hombre no registró el depósito de correspondencia; sólo los datos de tránsito. Con lo cual este tonto imperdonable llegó a la errónea conclusión de que estábamos atravesando ilegal-mente todo el espacio a cuenta de Central Galáctica, además de llevarnos propiedad valiosa a despecho de un convenio. Y decidió poner punto final a este derroche de dinero público, arrestándonos inmediatamente. De ahí la orden del comandante Leónidas de echarnos el guante en el cuarto planeta de McBurney.

    Te cuento esta increíble idiotez porque da un hermoso ejemplo de cómo las catástrofes resultan a veces favorables. Pues cuando el doctor Schein terminó con sus llamadas TP a Central Galáctica, había logrado algo más que cancelar esa inexcusable orden de arresto. Había explicado a uno de los jerarcas más altos todo lo relacionado con Dihn Ruuu, los Mirt Korp Ahm y el mundo oculto de Mirt. Y ya que el comandante Leónidas y su crucero hiperespacial ahora están convenientemente en órbita alrededor de McBurney IV no será necesario que esperemos semanas y semanas para arreglar nuestro viaje a Mirt.

    Nos llevará el comandante Leónidas.

    Partiremos mañana... Hacia el mundo natal de los Superiores.


    DIECISEIS


    Mirt, 1ro. de mayo de 2376


    Ahora sé que sólo estuve hablando para mí mismo mientras dictaba estos cubos. Lorie jamás los escuchará. Lo que estuve elaborando en los últimos nueve meses, imaginando que escribía cartas a mi hermana de la Tierra, son en verdad las memorias de mis propias aventuras, un diario para mi propio entretenimiento.

    En tal caso, supongo que debería completar mi crónica consignando el resultado de esta etapa de nuestra historia. Nuestra historia no termina aquí, en realidad apenas está empezando. Lo que falta aún es la verdadera investigación, la clasificación del inmenso tesoro de nuevos conocimientos que hemos adquirido. Pero eso promete ser más excitante y menos dramático a la vez, si me expreso con claridad. Es decir, la próxima fase de descubrimientos no evolucionará tan caudalosa y precipitadamente..., espero.

    El Orgullo del Espacio nos dejó en Mirt a principios de abril. Dihn Ruuu, el comandante Leónidas y Nick Ludwig trazaron conjuntamente el rumbo, tras de ubicar la estrella oculta mediante rayos infrarrojos. El crucero se detuvo a diez minutos-luz del caparazón oscuro que alberga a los Superiores. No podía predecirse qué armas defensivas entrarían en acción contra una nave que se acercara más sin autorización previa.

    La esfera que es Mirt es el objeto más asombroso que he visto. A diez minutos-luz de distancia parece llenar la mitad del cielo, un gran escudo curvo y oscuro con un diámetro mayor que el de toda la órbita de la Tierra. Aunque Saúl nos había dado explicaciones acerca de las esferas Dyson, en realidad yo no había considerado seriamente los problemas prácticos que acarrea la construcción de una esfera tan grande como para contener un sol. Ahora los conozco.

    Dihn Ruuu, utilizando un equipo de transmisión de los Superiores adquirido en McBurney IV, envió una señal a Mirt y solicitó autorización para ingresar. El robot tardó tres horas y media con esa comunicación. A causa de nuestra distancia de la esfera, tenía que haber una demora de diez minutos entre la emisión de una señal de radio y su recepción, pero esto no bastaba para explicar las dificultades de Dihn Ruuu para persuadir a Mirt de que nos dejara entrar. El incomprensible intercambio de palabras extrañas seguía y seguía.

    Al final, Dihn Ruuu se levantó y nos dijo.

    —Ya está arreglado. Nos admitirán.
    — ¿Has tenido problemas para comunicarte con ellos por alteraciones en el lenguaje? —pregunté
    —La lengua de los Mirt Korp Ahm no es susceptible de alteraciones —replicó fríamente el robot.
    — ¿Nunca? ¿Ni siquiera en millones de años?
    —Ni una sílaba ha cambiado desde que me fabricaron a mí —aclaró Dihn Ruuu
    —Es increíble —dije— Que un idioma no cambie en absoluto en casi un billón de años
    —Los Mirt Korp Ahm jamás admiraron la evolución continua —dijo Dihn Ruuu— Buscan la perfección, y una vez que la han alcanzado no siguen buscando.
    — ¿Pero cómo saben que la han alcanzado? —Lo saben
    — ¿Y así abandonan todo intento de mejorar nada?
    —Es la diferencia entre tu raza y la que yo sirvo, Tom.

    Por lo que he visto de vosotros, nunca estáis satisfechos, por defunción, nunca lo estaréis. Sois buscadores perpetuos. Los Mirt Korp Ahm pueden contentarse cuando alcanzan la perfección en cualquier empresa. Vosotros intentaríais mejorar la perfección misma.

    Ahora entendía por qué los 250 millones de años de testimonios arqueológicos de los Superiores registraban tan pocos cambios. Y porqué habían subsistido a través de un billón de años.

    Una supercivilización, sí. Pero una supercivilización de supertortugas...que jamás estiraban el pescuezo. Que alcanzaban la grandeza y se encerraban en sus caparazones. Que literalmente habían construido un caparazón alrededor de su sol.

    —Si los Mirt Korp Ahm no emprenden búsquedas —dijo Jan—, ¿por qué colonizaron la mitad de la galaxia?
    —Fue hace mucho tiempo —dijo Dihn Ruuu—, cuando aún tenían mucho que aprender. Como veis, las colonias fueron desmanteladas hace tiempo. Los Mirt Korp Ahm invirtieron el impulso original y regresaron al planeta nativo.
    —Hace un momento, cuando llamaste a Mirt —intervino el doctor Schein-, ¿hablaste con algún Mirt Korp Ahm?
    —Hablé sólo con los de mi especie —dijo el robot.
    —Pero los Mirt Korp Ahm, ¿sobreviven aún dentro de la esfera? ¿O nos dirigimos a otro mundo de robots?
    —Lo ignoro —dijo Dihn Ruuu—. Temo que algo extraño ha pasado. Pero se negaron a darme información acerca de los Mirt Korp Ahm.

    Nos acercamos al caparazón de Mirt y se abrió para darnos paso. Un enorme panel de la esfera oscura y opacamente lustrosa se desplazó hacia afuera, un panel no menor que Ohio. Y nos zambullimos adentro, no con nuestras propias máquinas sino nuevamente en poder de esa fuerza que los planetas de los Mirt Korp Ahm emplean para controlar vehículos espaciales.

    Fue una gran suerte estar a bordo de una nave militar y no de un crucero hiperespacial para carga y pasajeros, pues aquí estábamos equipados con videopantallas y podíamos observar nuestra entrada en la esfera de Mirt. Vimos la capa exterior del caparazón y el portón colosal, y el reflejo de un brillante resplandor en la abertura. Luego nos precipitamos dentro de la esfera, irrumpiendo a un mundo de luz deslumbrante. En el centro de todo estaba el sol, blanco, no mayor que la estrella de la Tierra, emitiendo radiaciones que bailoteaban y titilaban sobre el increíble espectáculo de la superficie interna de la esfera.

    Una sola ciudad gigante cubría esa superficie. Torres como arañas se elevaban a cientos de metros en el cielo... Acumuladores de energía solar, según supe más tarde. Aquí resplandecían brillantes corolas de llama azul; allá oscilaban y giraban grúas gigantescas; las carreteras centelleaban como estelas de fuego; sombrías pirámides de metal negro ocupaban áreas inmensas. Todo parecían en movimiento, expandiéndose, conquistando los territorios adyacentes, absorbiendo vida y poder, proliferando, palpitando. No era lo que yo imaginaba en un mundo conservador que aborrecía el progreso como el de los Mirt Korp Ahm.

    ¿Pero había en realidad algún Mirt Korp Ahm?

    ¿O los robots de los Superiores mantenían este mundo increíble con vida, conservando dócilmente las funciones y tradiciones de los creadores extinguidos?

    Aterrizamos, descendiendo en una pista diez veces mayor que la de McBurney IV, bordeada por generadores y acumuladores vibrantes de una complejidad y tamaño aterradores. Robots que parecían gemelos de nuestro Dihn Ruuu nos saludaron. Nos hicieron descender de la nave y abordar un vehículo semejante a una lágrima de ámbar. Y empezó nuestro recorrido.

    De acuerdo con los paradojistas, "una extensa enumeración de prodigios vuelve noble y extraño lo meramente vulgar". Es posible. No ofreceré un catálogo de los milagros de Mirt. ¿Por qué esforzarse por verter en palabras lo que todos verán tan vividamente en imágenes 3-d? Presenciamos todo el esplendor de una civilización de un billón de años; baste esa frase despojada. Nuestros anfitriones robot estaban ansiosos por revelarlo todo. Y como viajeros de un sueño, los que habíamos conocido a los Superiores sólo por los restos y vestigios de un pasado inconcebiblemente remoto, ahora recorríamos —increíblemente, casi incrédulamente— el corazón vivo de este imperio desaparecido.

    — ¿Dónde están los Mirt Korp Ahm? —seguíamos preguntando—. ¿Existen aún?
    —Aún existen —nos dijo por fin Dihn Ruuu, una vez que los otros robots se lo comunicaron—. Pero han cambiado. Ya no son como yo les conocí.
    — ¿Dónde están?
    —Reciben cuidados especiales.
    — ¿Cuándo les veremos?
    —Pronto —dijo el robot—. En el momento indicado.

    Teníamos nuestras dudas. Todos estábamos seguros de que los Superiores habían muerto hacía mucho; y que los robots, negándose a aceptar esa cruel verdad, habían vivido millones de años sin sus amos, víctimas de una extraña ficción. Nos equivocábamos. A su debido tiempo los robots nos permitieron conocer a los Mirt Korp Ahm. Fue el día noveno de nuestra visita. Un vehículo de un tipo que hasta entonces no habíamos utilizado vino a buscarnos y se internó en las profundidades de la esfera por una rampa empinada, varios niveles bajo la superficie, por un frío y verde mundo de silencio donde burbujas de luz flotantes oscilaban ante nosotros por intrincados laberintos de corredores.

    —Según me han informado —dijo Dihn Ruuu—, la actual población de Mirt Korp Ahm en Mirt es de 4.852. Esa cifra no se ha alterado significativamente en los últimos cientos de miles de años. La última muerte real data de hace 38.551 años.
    — ¿Y el último nacimiento? —preguntó Mirrik.

    Dihn Ruuu lo miró fijamente un momento y luego replicó :

    —De hace aproximadamente cuatro millones de años. Después de que se agotara la fertilidad de la raza.

    Traté de comprender la naturaleza de una raza cuyo último descendiente había nacido en la época de los simios subhumanos y cuya última muerte había acaecido en la época de los pintores rupestres.

    Un panel corredizo retrocedió y a través de un grueso muro de cristal atisbamos a uno de los Mirt Korp Ahm.

    En una cavernosa sala hexagonal que me recordaba la bóveda donde habíamos encontrado a Dihn Ruuu, un racimo de máquinas pesadas convergía en un diván cóncavo de metal azul y lustroso. Sentado en el diván yacía un ser de gran tamaño, quizá dos veces más grande que un humano, con cabeza en forma de cúpula, cuatro brazos, cubierto de escamas; un Superior, tal como los que habíamos visto en las proyecciones de la esfera.

    Artefactos de preservación lo rodeaban y casi lo tapaban. Había una docena de pequeñas estructuras cúbicas sujetas a sus miembros; un complejo aparato le fajaba el pecho; del cráneo, el torso y las muñecas le brotaban cables. Toda esta inmensa sala servía de asiento a los equipos destinados a perpetuar la chispa de vida de esta criatura, a aumentarla y forzar sus órganos a bombear y eliminar los venenos de la edad.

    Pues este Superior era viejo... Espantosamente viejo.

    El cuerpo era rugoso y fláccido; las escamas ya no se superponían, sino que se habían separado hasta mostrar pliegues de piel blanda y grisácea, y en algunos lugares las escamas se habían desprendido por completo; los ojos eran opacos, la expresión borrosa. El Superior no se movió. No demostró percibir nuestra presencia. Salvo por el aliento que inhalaba y exhalaba, podía haber sido una imagen de cera de sí mismo. Encerrado en su cuna de cables y conductos y estimulantes musculares e inyectores de energía, prisionero de su propia ansiedad de supervivencia, parecía perdido en un sueño de miles de siglos pasados. Le miramos como si fuera una momia faraónica resucitada, o el último de los dinosaurios.

    El comandante Leónidas había traído a uno de los TP de a bordo.

    — ¿Puede leerle la mente? —preguntó Leónidas—. ¿Capta alguna señal?

    Se supone que los TP ordinariamente no pueden comunicarse con especies no-humanas. Pero a veces una raza no-humana tiene una carga residual de TP latente muy fuerte, quizá no tanto para que los integrantes de esa raza se comuniquen entre sí, pero suficiente para que un buen TP de la Tierra pueda captar jirones aislados de pensamiento. Nada coherente, impresiones fugaces, más que frases completas. Nuestro TP, un hombre llamado Davis, se acercó al muro de cristal, cerró los ojos y se concentró profundamente. Cuando se apartó un momento más tarde, su cara estaba pálida y fruncida de repulsión.

    —Un vegetal —dijo en voz baja—. La mente de un vegetal, pero de un vegetal demente...
    —Ozymandias —murmuró Mirrik—. Contemplad mis obras, poderosos, y temblad.
    —Son todos así —dijo Dihn Ruuu—. Los cuerpos durarán quizá hasta el ocaso de los tiempos. Pero las mentes..., las mentes...
    —Más muertas que vivas —dijo el doctor Schein—. Y sin embargo siguen viviendo.
    —No es un favor para ellos -musitó el doctor Horkkk-. ¡Esta muerte-en-vida es una indecencia! El tiempo de ellos ya pasó. Es hora de que descansen.

    De acuerdo, es hora de que descansen.

    Y en esto termina un billón de años de grandeza: criaturas huecas pudriéndose enjaulas de cristal, mientras laboriosos robots prosperan y se multiplican y sirven ávidamente. Nuestra búsqueda llegó a su fin Hemos encontrado a los Superiores, nos hemos entrometido en lo que debió ser un secreto, hemos atisbado la pesadilla de la raza mas orgullosa del universo en su extrema vejez.

    Ojalá nunca me hubieran dejado presenciar esto. Ruego que la Tierra en su vejez, dentro de un millón o un billón de años, muera la muerte rápida y limpia que merecen tanto los planetas como las gentes, y que ningún intruso surque los abismos siderales para contemplar a los sombríos, consumidos e inmortales herederos de nuestra magnificencia.

    Dejamos este submundo de vidas suspendidas y muertes retrasadas y regresamos a la reluciente superficie de Mirt, pensando que las maravillas del viaje habían concluido.

    Nos equivocábamos, pues Mirt aún nos reservaba una sorpresa, la sorpresa que ha transformado tanto la existencia de cada criatura de la galaxia y nos ha arrojado a una nueva era, extraña e incitante.

    Dihn Ruuu nos condujo a un largo salón abovedado lleno de los desconcertantes artefactos de los Superiores, y cuando entramos vi un anaquel con objetos ya familiares.

    —Mirad —dije— ¡Placas conmemorativas!

    Había allí media docena de los brillantes discos metálicos, idénticos a los que tan frecuentemente se habían encontrado en las antiguas ruinas de los Superiores. Ninguno de los otros demostró mayor interés en mi descubrimiento, se precipitaron hacia una especie de escultura hecha de muchos tubos delgados curvos y arracimados en extraños diseños. Pero yo llamé a Dihn Ruuu e interrogue al robot acerca de las placas. El robot las recogió, las exhibió con su mano enorme y dijo.

    —Son activadores.
    — ¿Activadores de que?

    Por toda respuesta metió la mano en el anaquel y sacó una banda circular de metal terso y blanco, atravesada por tres ranuras. —El amplificador de pensamiento —dijo Dihn Ruuu—, que permite la comunicación entre una mente y otra.

    — ¿Puedes enseñarme cómo funciona?
    —Hay que insertar los activadores en las ranuras. Luego uno se coloca el amplificador en la cabeza.

    Arrebaté los discos y la banda de las manos de Dihn Ruuu y con dedos trémulos coloqué los activadores. El robot no hizo comentarios. En el extremo del salón el doctor Schein se volvió para mirarme, y me pregunto.

    — ¿Qué estás haciendo, Tom?
    —Nada —dije, y me lleve el amplificador a la cabeza.

    Sabía que los riesgos eran tremendos, pero me negué a considerarlos. Toda mi vida había sido sólo el prólogo de ese instante, todos los años de existencia incompleta, aislada, marginada. Ahora veía la oportunidad de alcanzar finalmente la plenitud.

    Bajé el amplificador hasta que me ciño las sienes.

    Fue como si me hubieran clavado una estaca en el cráneo. Me tambaleé, tal vez me caí, se me ofusco la visión. Lenguas de fuego bailaron en mi cerebro. La mente se me escapó del cuerpo, recomo a su antojo el largo salón.

    El encuentro con otra mente.

    ¡Contacto!

    Una voz silenciosa dijo

    — ¿Quien está ahí? ¿Quién llama?
    —Tom Rice —repuse
    — ¡Pero tú no eres TP!
    —Ahora si

    Sabía que estaba comunicándome con Davis, el TP del Orgullo del Espacio. Me sentí más cerca de este extraño que de nadie antes en mi vida. Nuestras mentes se encontraron y pudieron haberse fundido, y yo solté tal bramido de excitación ante mi nuevo poder, que Davis retrocedió mareado y dolorido, y me cerro la mente. No importaba. Yo ya no sentía dolor. Me aleje de la mente de Davis, hacia fuera.

    Hacia el espacio.

    ¡Qué fácil era atravesar los años-luz! Maravillada y extasiada, mi mente recorrió la galaxia. Sentí impulsos de pensamiento que me llegaron de aquí y allá, brillantes astillas de luz que hendían la oscuridad mientras otros TP se preguntaban quién era ese extraño. Me comunique con Nachman Ben-Dov, el budista israeh de Higby V.

    — ¿Quién es? —preguntó— ¿Cuál es tu señal? ¿Quién eres?
    —Tom Rice —le dije.
    — ¿Pero cómo?

    Abrí la mente y le dejé ver cómo, y mientras nuestras mentes se tocaron sentí la fuerza de ese hombre firme como una roca. Palpé otra mente cerca de él, la sondeé y era la de Marge Hotchkiss, y de algún modo esa mujer desagradable ya no parecía desagradable, pues vi más allá de su irritabilidad, su pereza, su egoísmo, y llegué a...bueno, llamémosle el alma subyacente. De Marge pasé a la mente de Ron Santángelo, que me saludó sorprendido y pasmado, y luego surgió un coro de TP, voces de todos los rincones del universo preguntándome cómo alguien que no había nacido con ese poder establecía, con tropiezos, contacto con sus mentes. Y por un momento embriagador estuve en contacto con miles de telépatas simultáneamente, estaba conectado con toda la Red TP.

    Y entonces di con la voz que había estado esperando.

    — ¡Tom, que maravilla! ¡Nunca creí que ocurriría esto!
    —Yo tampoco, Lorie. Yo tampoco. Mi mente abrazó plenamente a mi hermana, y la de ella a mí, y los otros TP se apartaron dejándonos envueltos en una esfera de silencio, solos en un contacto sin interferencias. Nos abrimos las mentes y a través de cientos de años-luz. Lorie me envió un torrente tan tumultuoso de amor y calidez que casi tuve que interrumpir el contacto para no ahogarme, y luego ella moderó su entusiasmo, ajustamos las frecuencias mientras yo aprendía cómo operar momento a momento. Y nuestras mentes se fundieron.

    Totalmente.

    En ese instante de unión aprendimos todo cuanto podíamos aprender el uno del otro. Ella conoció todos los detalles que he vertido en estos cubos de mensajes, desde el tedio del viaje hiperespacial a Higby V y el hallazgo de Dihn Ruuu hasta el momento en que me coloqué el amplificador de pensamiento. Lorie no tendrá que escuchar los cubos, ya conoce toda la historia de mis aventuras.

    Y en ese estallido entusiasta de comunicación yo conocí la esencia de la muchacha paralítica que es mi hermana, y advertí que en realidad nunca la había comprendido antes. Había sido una tontería de mi parte compadecerla y tratar de protegerla, ocultarle mis propias felicidades para que no me envidiara. Merece cualquier cosa, menos compasión Y siente cualquier cosa menos envidia. Es fuerte, quizá la persona más fuerte del universo. Y la parálisis no significa nada para ella porque tiene amigos en todas partes y no envidia a nadie. Y a mí, menos que a nadie. En ese encuentro de nuestras mentes descubrí que yo, privado del poder TP, había sido el auténtico lisiado. Lorie me había compadecido a mí cuando yo la compadecía a ella, y su compasión había sido mucho más intensa y justificada.

    Ahora, la compasión llegaba a su fin.

    —Esta es Jan —le dije, y transmití una imagen.
    —Es hermosa, Tom. Se que seréis felices juntos ¿Pero por qué no le das el amplificador a ella también?
    —Si. Si, lo haré... Ahora mismo...

    Tuve una brutal sensación de desgarro cuando se interrumpió mi contacto con Lorie. Me encontré solo, espantosamente solo, encerrado nuevamente dentro de mi cráneo.

    — ¡Ya se está recuperando! —dijo la voz del doctor Schein—. ¡Está bien!

    Abrí los ojos. Yacía en el frío suelo de piedra del largo salón. Todos se apiñaban ansiosos alrededor de mí. Saúl me había quitado el amplificador de la cabeza. Jan, asustada, se aferraba de Pilazinool. Traté de levantarme, me tambaleé, y lo logré en el segundo intento.

    — ¡Dadme eso! —aullé, buscando el amplificador. Saúl se negó a devolvérmelo.
    —Tom —dijo el doctor Schein—, ese aparato puede ser peligroso. No sabes...
    — ¡Vosotros no sabéis! —grité, lanzándome sobre Saúl, que me devolvió el amplificador. Supongo que debo haber parecido un demente. Los demás retrocedieron asustados. Le hice un gesto a Dihn Ruuu y ordené al robot que me trajera otro amplificador Dihn Ruuu obedeció, él mismo insertó las placas activadoras.
    —Toma —le dije a Jan—, ¡Póntelo en la cabeza!
    —No, Tom... Por favor... Temo...
    —PONTELO —dije, y se lo puso antes que nadie pudiera impedírselo. Yo volví a colocarme el mío, cerré los ojos y casi no sentí dolor cuando la mente se me liberó del cuerpo, y tanteé la oscuridad y di con Jan.
    —Hola —dije.
    —Hola —respondió.

    Y nuestras mentes se encontraron fundidas en una.

    Y así fue cómo once arqueólogos fueron en busca de antiguallas rotas y terminaron cambiando la naturaleza íntegra de la vida humana. No sólo humana, además. Los amplificadores de pensamiento funcionan con todas las formas de vida orgánica, así que las razas no-humanas ingresarán por primera vez en la red TP. Sólo en Mirt hay amplificadores suficientes para proveer a las poblaciones de una docena de mundos. Más tarde podremos fabricarlos nosotros.

    Y será el fin de los recelos y las sospechas, la incomprensión, las riñas, el aislamiento, la comunicación imperfecta, la separación. Cuando los amplificadores se pongan en uso, todos podrán establecer contacto con todos los demás, instantáneamente, atravesando el abismo de medio universo si es necesario, llegando a un encuentro total de las almas. Lo que ha sido la provincia exclusiva de unos pocos miles de TP ahora está abierta a todo el mundo, y nada volverá a ser como fue.

    Mañana nos vamos de Mirt. Quizá nunca regresemos, otros podrán terminar lo que hemos empezado, mientras nosotros vamos a otras zonas de interés. No podemos decir que aquí hayamos hecho más que echar una ojeada. Durante un mes hemos recorrido esta esfera de milagros, simplemente observando sin hacer estudios sistemáticos. Es imposible. Hay demasiadas cosas.

    Necesitamos alejarnos, tomas distancia, cobrar una perspectiva de lo que ya hemos descubierto, antes de continuar con la tarea de penetrar los misterios de la civilización de los Mirt Korp Ahm. Las cosas han sucedido muy rápidamente, tenemos que recuperar el equilibrio.

    Esta, tarde Jan y yo haremos una sombría peregrinación. Fue idea de ella.

    —Tenemos que darles las gracias —dijo.
    — ¿Cómo? Si están más allá de toda comunicación… —Aun así. Les debemos tanto, Tom...
    —Opino que hay que dejarles en paz.
    — ¿Tienes miedo de bajar allá?
    — ¿Miedo? No.
    —Entonces ven conmigo. Porque yo iré.
    —Iré también, entonces. ¿Después de almuerzo?
    —Sí. Después de almuerzo.

    Jan está por llegar. Descenderemos a las profundidades de Mirt. Ella tiene razón les debemos tanto... Esta fusión de las mentes, mi nueva capacidad de comunicarme con Lorie, tanto... Una visita final, pues, para despedirnos de los Mirt Korp Ahm y tratar de agradecerles lo que nos dejaron. Nos detendremos ante un muro de cristal y observaremos a un Superior increíblemente antiguo, perdido en sus sueños de una era de grandeza, y le duremos que somos la gente nueva, la que ahora puebla el universo que ellos una vez poseyeron, los laboriosos buscadores. Y creo que le pediremos que niegue por nosotros, si alguna vez los Superiores le rezaron a algo, porque tengo el presentimiento de que cometeremos muchos errores antes de saber cómo manejar estos poderes que tan extrañamente hemos adquirido.

    Jan ya está aquí. Bajamos a ver a los Superiores.

    Final del cubo. Final de muchas otras cosas final de toda una era. Nos ponemos los amplificadores. Establecemos contacto. Siento la presencia de Lorie y le digo hola. Ella responde cálidamente.

    —Permanece en contacto —le digo—. Te mostraremos algo interesante, extraño a su manera. Te mostraremos a los seres vivientes más viejos del universo. Nuestros benefactores... Aunque nunca lo sabrán.

    Bajamos a decir adiós a los Mirt Korp Ahm.


    Fin



    Título original: A cross a Billon Years
    Traducción de Carlos Gardim
    Diseño de la portada Julio Vivas
    Primera edición abril de 1979
    Primera reimpresión junio de 1989
    © by Robert Silverberg, 1969
    © Edhasa, 1979
    Avda Diagonal, 519 521 08029 Barcelona
    Tel 239 5105*
    ISBN 84 350 20312
    Depósito legal B 15 238 1989
    Impreso por Romanyà/Valls
    Verdaguer, 1 Capellades (Barcelona)
    Impreso en España
    Printed in Spain