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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

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    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

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    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Esta opción sólo aparecerá si tienes como mínimo 2 publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

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    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

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    Ultima Lectura: puedes acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones.

    Ver Imagen Principal. permite ver la imagen de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y aparece sólo en las publicaciones.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog, y te permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:
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    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, en la imagen o en '...más'.
    Las listas "Por Autor" y "Alfabético de todo", según la fuerza del wifi, se vuelven un poco lentas al cargar, debes tener paciencia.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.


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    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente.


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    Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.

    Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.

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    Cambiar el color del texto.

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    Te lleva a la página de INICIO.


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    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto en que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto en que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto en que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto de retorno funcione, debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

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    OBSERVACIONES

    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada mes, o a su defecto, cada 100 publicaciones.
    ● Esta versión no dispone de todas las opciones disponibles para PC.

    LA ROSA (Charles L. Harness)

    Publicado el lunes, enero 25, 2016

    INTRODUCCIÓN

    Según un amigo íntimo de H. J. Campbell, editor de "Authentic SF", la publicación de La Rosa en 1953 marcó para el señor Campbell el cenit de su carrera al frente de la revista. Para él no hubo otra novela como ésta. Y su juicio fue coreado por una multitud de lectores de "Authentic", cuyas cartas aparecieron en números sucesivos.

    La Rosa fue probablemente una de las novelas más entusiásticamente recibidas en la historia de la moderna ciencia ficción; viejos ejemplares de la revista siguen siendo aún buscados por los coleccionistas o atesorados por aquéllos que los compraron en su tiempo; se han ofrecido grandes sumas por un solo ejemplar. En los Estados Unidos, los más severos y literarios críticos de ciencia ficción —gente como Judith Merrill y Damon Knight— alabaron entusiásticamente a Harness, como lo hicieron también Arthur C. Clarke y Brian Aldiss (entre otros) en Inglaterra. Y sin embargo, la mayor ironía reside en que La Rosa, la mejor novela de Harness, no ha sido publicada en forma de libro durante más de doce años.

    Varios factores han contribuido a esta situación, entre los cuales hay que destacar el hecho de que La Rosa fue publicada en Inglaterra en un tiempo en el cual cualquier cosa que tuviera relación con eso llamado ciencia ficción hacía fruncir el ceño a la mayoría de los editores reputados y, apareciendo como lo hizo en una revista británica comparativamente oscura, nunca llamó la atención de las editoriales norteamericanas. Además, fue por aquel tiempo cuando Charles Harness dejó de escribir (había empezado recientemente a hacerlo de nuevo tras un "descanso" de diez años), y la novela simplemente no fue sometida a ningún editor para su publicación en forma de libro.

    Cuando, sin embargo, le fue mostrado a este editor1 un andrajoso ejemplar de "Authentic" conteniendo la novela, se mostró tan entusiasta como yo, y así, finalmente, la historia de Harness puede ser leída por un amplio público.

    Aunque la mayor parte de la obra de Harness está escrita en un estilo típico de las revistas de aquellos tiempos, y a primera vista parezca tener tan solo el atractivo de un coloreado escapismo, reminiscencias de un A. E. van Vogt o de un James Blish de aquel mismo período, contiene matices y esbozos de ideas que revelan una mente seria (sin serlo demasiado) operando a un nivel mucho más profundo y extenso que las de sus contemporáneos. Además, aunque muchos de sus escritos rozan los límites de un surrealismo onírico, y algunos de los pasajes de los mismos son explicados en forma vaga y apenas plausible, la trama es siempre dinámica, nunca confusa y fácilmente legible.

    Más allá de cualquier extravagancia, y haciendo completo uso de ella, la mente de Harness razona (donde normalmente los escritores de ciencia ficción racionalizan o revolucionan) y asocia (donde la mayor parte de la ciencia ficción rechaza) todas las posibilidades fundamentales de la existencia humana. Aunque esto suene pomposo, pueden estar tranquilos: La Rosa no lo es en ningún momento, no es pretenciosa... y eso también le da una ventaja sobre la mayoría de las novelas de ciencia ficción más conocidas. Como Asimov, que es su único auténtico rival entre sus contemporáneos, Harness tiene una fe inquebrantable en la habilidad del ser humano para salir triunfante de todos los problemas en virtud de su habilidad en el raciocinio.

    Mucho de la obra de Harness está relacionado con la idea del superhombre o, más exactamente, con la idea de la humanidad evolucionando hacia un estado súperhumano. Tanto en La Rosa como en La Nueva Realidad, hay referencias metafísicas, que se hallan también virtualmente en todo lo escrito por él. Normalmente yo argüiría contra los presupuestos básicos de tales historias, pero estoy convencido de que Harness —quizá de todos modos no en forma consciente— utilizó los esquemas convencionales de aquellos tiempos con el fin de simbolizar mejor los temas básicos de su obra; temas relacionados con la humanidad tal como es, más que con la humanidad tal como debería ser o hasta incluso tal como podría ser.

    El tema de La Rosa suscita la vieja cuestión: "¿Pueden la ciencia y el arte ser compatibles y complementarios?" Harness parece creer que pueden, y revela algunas nociones espectaculares de cómo podrían ser combinadas,

    La Rosa y La Nueva Realidad, así como la más ligera y menos ambiciosa historia Los Jugadores de Ajedrez2, están llenas de nociones deliciosas —lo que algunos lectores de cienciaficción llaman "ideas"—, pero que no son más que el azúcar en el pastel de la ficción de Harness. Las historias son lo que es realmente la cienciaficción... verdaderas historias de ideas, en lucha con los grandes problemas abstractos de la existencia humana intentando arrojar sobre ellos un poco de luz fresca y filosófica. El peligro reside en que la brillantez de la imaginación de la obra de Harness puede oscurecer los verdaderos temas de sus historias y causar en el lector la impresión de que no son más que entretenidas extravagancias.


    1 * Moorcock se refiere, por supuesto, al editor anglosajón, Berkley. (N. del E.).
    2 * Para esta edición española hemos añadido además un cuarto relato, Hijo de Cronos, que está considerado mundialmente como otro de los mejores relatos de Harness y una de las más originales, elaboradas y personales obras de cienciaficción acerca del tiempo y sus paradojas. (N. del E.)



    Son, por supuesto, maravillosas y entretenidas extravagancias, pero creo que el lector que espera algo más que eso lo hallará en este libro, ya que, aunque Harness tiene mucho que decir acerca del carácter humano, tiene mucho más que decir aún acerca de la condición humana.

    MICHAEL MOORCOCK
    Octubre 1965



    LA ROSA
    1


    Sus zapatillas de ballet hacían un ruido suave, blando y triste, mientras Anna van Tuyl se encaminaba al anexo de su habitación de consulta psiquiátrica y se dirigía hacia el gran espejo.

    Dentro de unos segundos sabría si era fea.

    Tal como había hecho más de quinientas veces en los últimos dos años, la joven se enfrentó con el gran espejo cuadrado, levantó graciosamente sus brazos y se puso de puntillas. Y allí terminó todo parecido con el pasado. No procedió a un incómodo estudio de su rostro y figura. No podía. Sus ojos, como si estuvieran actuando con una sabiduría y una voluntad propias, se habían cerrado fuertemente.

    Anna van Tuyl era demasiado profesional como psiquiatra para no reconocer que su mente subconsciente la estaba avisando a gritos. Con los ojos aún cerrados y respirando a grandes bocanadas, se inclinó hacia adelante hasta tocar las puntas de sus pies y luego se giró hacia un lado. Después, lentamente, volvió a erguirse. Debía obligarse a sí misma a seguir con aquello. No se sentía capaz de volver a llegar de nuevo hasta aquel punto, en aquella disposición de ánimo de sincera receptividad. Tenía que ser ahora.

    Se estremeció en una breve y silenciosa premonición, y luego, lentamente, abrió los párpados.

    La miraron unos ojos oscuros, un poco más oscuros que el día anterior: dos pozos enmarcados por ojeras que hoy parecían un poco más profundas... el resultado de meses de esfuerzos por corregir lo que la deformidad de su espina dorsal le había hecho a su cuello y hombros. Los pálidos labios estaban apretados con más fuerza que de costumbre, como en una defensa contra un impredecible dolor. Las mejillas parecían desprovistas de sangre y habían adquirido un tono pálido cadavérico a causa del Sueño Inacabado que atormentaba su dormir, en el cual un ruiseñor revoloteaba en torno a una rosa blanca.

    Como en una meditada constatación, extendió simultáneamente los blanquecinos y translúcidos dedos de ambas manos hacia sus sienes y echó hacia atrás las incongruentes masas de griseantes cabellos para dejar al descubierto dos protuberancias tumescentes... como incipientes cuernos. Simultáneamente dio un cuarto de vuelta, exponiendo al espejo la grotesca gibosidad de su espalda.

    Luego, gradualmente, como un Narciso ultraterreno, empezó a sumergirse en el extraño encantamiento de aquella deformada imagen. No parecía ser realmente consciente de que aquella criatura era ella misma. Aquel perfil, como visto a través de unos ojos embrujados, podía ser el de un enorme sapo, y aquella oscilante metáfora paralizó su primera y única desesperada tentativa de identificación.

    Vagamente, se dio cuenta de que había descubierto lo que se había propuesto descubrir. Era fea. Realmente, era muy fea.

    El cambio debía haber sido gradual, demasiado lento como para poder decirse un día cualquiera: ayer no era fea. Pero ni siquiera unos ojos hambrientos de decepciones podían seguir negando la evidencia acumulativa.

    Tan lento... y al mismo tiempo tan rápido. Parecía que hubiera sido tan solo ayer cuando se tendió boca abajo en la mesa de exámenes de Matthew Bell, mordiendo salvajemente una pequeña almohada mientras los robustos dedos de él palpaban dolorosamente sus vértebras superiores.

    Bien, así pues, era fea. Pero no se entregaba a la autocompasión. ¡Al infierno con su apariencia! ¡Al diablo con los espejos!

    En un súbito impulso, tomó su trípode de ejercicios con ambas manos, cerró los ojos, y golpeó.

    El tintinear del espejo desmoronándose apenas había cesado cuando una voz dura y grave la aclamó desde el consultorio:

    —¡Bravo!

    Ella dejó caer el trípode de ejercicios y se estremeció, asustada.

    —¡Matt!
    —Estaba pensando si no sería ya tiempo de entrar. Pero si deseas desahogarte un poco más, salgo de nuevo y espero. ¿No? —Sin mirarla directamente a la cara o esperar una respuesta, dejó caer sobre la mesa un paquete pequeño—. Aquí está. Encanto, si yo fuera capaz de escribir una partitura para ballet como tú El Ruiseñor y la Rosa, me importaría un pimiento que mi espina dorsal estuviera hecha un ocho.
    —Estás loco —murmuró ella rígidamente, sin querer admitir que se sentía al mismo tiempo halagada y curiosa—. No sabes lo que significa haber sido capaz en otro tiempo de hacer piruetas y balancearme en arabesque. Y de todos modos —le miró con el rabillo del ojo—, ¿cómo puede decir nadie que la partitura es buena? Todavía no tiene Final. No está terminada.
    —Tampoco lo está la Mona Lisa, el Kublai Khan, o una cierta sinfonía de Schubert.
    —Pero esto es distinto. Un ballet bien concebido requiere una secuencia integrada de acontecimientos conduciendo hacia un clímax... hasta un Final. Ni siquiera tengo una idea de cómo termina. ¿Te diste cuenta de que dejé un hiato de treinta y ocho compases precisamente antes de la muerte del Ruiseñor? Necesito una canción fúnebre para él. Querría precederla con una floritura. —No podía hablarle del Sueño... de que siempre se despertaba antes de que se iniciara el canto fúnebre.
    —Eso no importa. Te saldrá en cualquier momento. La historia es extraída de Oscar Wilde, ¿no? Por lo que recuerdo, el estudiante necesita una rosa roja para ser admitido al baile, pero su jardín sólo contiene rosas blancas. Un alocado, aunque simpático ruiseñor, deja que una espina del rosal blanco atraviese su corazón, y la macabra transfusión resultante produce una rosa roja... y un ruiseñor muerto. ¿No es esto lo que ocurre aquí?
    —Casi. Pero necesito la canción fúnebre para el ruiseñor. Es el punto culminante del ballet. En un ballet bien concebido, cada acorde debe estar ligado a la acción inmediata, combinado con ella, para completarla, explicarla, unificarla, y conducir la acción hasta el clímax. Esa canción fúnebre señalará la diferencia entre una buena partitura y otra superior. No sonrías. Creo que algunas de mis partituras aisladas son realmente buenas, aunque por supuesto nunca las he oído excepto a través de mi propio piano. Pero sin un clímax adecuado permanecen sin integrarse. Todas son variantes de algún elusivo leitmotiv dominante... algún tema realmente maravilloso para cuyo desarrollo no es suficiente la grandeza de mi alma. Sé que se trata de algo profundo e intenso, algo como el tema del liebestod en Tristán. Posiblemente se trate de una fundamental verdad musical, pero no creo llegar a descubrirla nunca. El ruiseñor morirá con su secreto.

    Hizo una pausa, entreabrió los labios como para continuar, y luego volvió a caer en un enfurruñado silencio. Deseaba seguir hablando, perderse en volubilidad. Pero ahora estaba empezando a aparecer la reacción de su lucha contra el espejo, y de repente se sintió muy cansada. ¿Alguna vez había deseado llorar? Ahora pensaba tan solo en dormir. Pero una furtiva mirada a su reloj de pulsera le dijo que apenas eran las diez.

    Las hirsutas cejas del hombre se fruncieron imperceptiblemente, dando a su rostro una expresión de alerta.

    —Anna, el hombre que ha leído tu Rosa desea hablar contigo acerca de la posibilidad de estrenarlo en el Festival de la Rosa... ya sabes, la fiesta anual en la Vía Rosa.
    —Yo... una desconocida... ¿escribir un ballet para un Festival? —había una seca incredulidad en su voz—. El Comité de Ballet estará completamente de acuerdo con tu amigo, supongo.
    —Él es el Comité.
    —¿Cómo has dicho que se llamaba?
    —No lo he dicho.

    Ella lo miró suspicazmente.

    —Yo también puedo entrar en el juego. Si está tan ansioso por utilizar mi música, ¿por qué no viene a verme?
    —No he dicho que estuviera ansioso. —Oh; un pez gordo, ¿eh?
    —No exactamente. Es tan solo que es una persona fundamentalmente indiferente hacia todas aquellas cosas que le interesan fundamentalmente. De todos modos, tiene un estudio en la Vía Rosa... adora el distrito y odia abandonarlo, aunque sea tan solo por unas pocas horas.

    Ella se frotó pensativamente la mandíbula.

    —No lo creerás, pero nunca estuve allí. Es el distrito de las rosas, allá donde viven los profesionales de las arsgratiaarüs, ¿no? ¿Algo así como una plutocrática Rive Gauche?

    El hombre soltó aire, aliviado.

    —Eso es exactamente la Vía. Un trozo de mármol de Carrara de doscientos cincuenta kilos en cada desván, en el lugar preciso, justo al lado del gran piano. Papá cincelándolo furiosamente, con una ojeada ocasional a su modelo, mamá, por supuesto, en una pose au naturel.

    Anna observó que la mirada de él se volvía soñadora a medida que hablaba.

    —Mamá está un tanto preocupada, al recordar de pronto algo que ocurrió en un nebuloso período del pasado referente al biberón del bebé y aquella lata de caviar y el calientaplatos atómico. La hija está sentada frente al teclado del piano, saltando subrepticiamente de Czerny a un tórrido numerito que está ensayando para la fiesta tropical de Dorran en la Vía. Junto al piano están el bebé y el cachorro mestizo de perro. Pese a su tierna edad, todo ello ya forma parte de sus sangres. O al menos de sus estómagos, ya que recién acaban de terminar un hors d'oeuvre de esquirlas de mármol y ahora comparten amigablemente la piéce de résistance, un maltratado pero premiado tubo de marrón Van Dyke. Anna escuchaba todo aquello con ojos asombrados. Finalmente, lanzó una corta risita divertida.
    —Matt Bell, a ti realmente te gusta esa vida, ¿no? —En cierto modo, la vida creativa es deliciosamente despreocupada. Soy tan solo un psiquiatra que se está especializando en psicogenética. No sé distinguir un arpegio de un grabado al buril, pero me gusta estar cerca de las personas que sí saben. —Adoptó una actitud más seria—. Esos artistas... esa dorada gente, son una fuerza creciente en la sociedad. Y tú eres uno de ellos, Anna, lo sepas o no, te guste o no. Tú y los de tu clase estáis heredando la Tierra... sólo que es mejor que os apresuréis si no queréis que Martha Jacques y sus científicos de la Seguridad Nacional lo hagan primero. Sin embargo, las líneas de batalla convergen hacia el Segundo Renacimiento. Arte versus Ciencia. ¿Quién morirá? ¿Quién vivirá? —Parecía pensativo, distante. Como si estuviera desarrollando un monólogo introspectivo en la soledad de su propia habitación.
    —Esa señora Jacques —dijo Anna—. ¿Cómo es? Me pediste que fuera a verla mañana acerca de su marido, ¿recuerdas?
    —Una mujer muy atractiva. La mente más valiosa de la historia, dicen algunos. Y si realmente consigue sacar algo concreto de su ecuación Sciomnia, imagino que ya no quedará ninguna duda acerca de ello. Y esto es precisamente lo que la convierte potencialmente en el más peligroso ser humano vivo: la Seguridad Nacional es completamente consciente de su valía, y alientan sus más extravagantes caprichos... al menos hasta que consiga sacar algo tangible de Sciomnia. Su capricho principal durante los últimos años ha sido su marido errante, el señor Ruy Jacques.
    —¿Crees que realmente lo ama?
    —Entre nosotros, odia sus agallas. Claro que naturalmente no quiere que ninguna otra mujer ocupe su puesto. Por supuesto, lo vigila. La Oficina de Seguridad coopera con diligencia, ya que no desea que agentes extranjeros se acerquen a ella a través de él. Hubo algunos repugnantes rumores de modelos asesinados... Pero estoy divagando. —La miró con aire irónico—. Permíteme repetirte la invitación de tu desconocido admirador. Como tú, es otro auténtico hijo del nuevo Renacimiento. Los dos descubriréis que tenéis mucho en común... más de lo que puedes imaginar. Hablo realmente en serio al respecto, Anna. Búscalo inmediatamente... esta noche... ahora. No hay espejos en la Vía.
    —Por favor, Matt.
    —Querida —murmuró él—, para un hombre de mi edad tú no eres fea. Y lo mismo ocurre con él. Si una mujer es hermosa, la pinta y la olvida. Pero si es de alguna forma una artista, le habla y a veces incluso llega a ponerse pesado. Si le sirve de alguna ayuda a tu autoconfianza, es casi la criatura más grosera en toda la faz de la Tierra. Vas a parecerte a De Milo a su lado.

    La mujer rió brevemente.

    —No consigo irritarte, ¿verdad? ¿Está casado? —Algo así —sus ojos se entrecerraron—. Pero no dejes que eso te preocupe. Es un perfecto bribón.
    —Supongamos que decido ir a verle. ¿Debo simplemente ir arriba y abajo por la Vía preguntándole a todo el mundo si es el amigo grosero del doctor Matthew Bell?
    —No exactamente. Si yo estuviera en tu lugar empezaría por la entrada... donde están todos los espectáculos y exhibiciones singulares. De ahí pasaría a las vendedoras de filtros de amor, y andaría calle abajo hasta encontrar a un hombre vestido con un traje blanco con lunares.
    —¡Qué perfectamente idiota! ¿Y después qué? ¿Cómo puedo presentarme a un hombre cuyo nombre ni siquiera conozco? Oh, Matt, todo esto es tan estúpido, tan infantil...

    El agitó la cabeza en una lenta negativa.

    —En lo menos que vas a pensar cuando lo veas es en nombres. Y tu nombre tampoco significará nada para él, de todos modos. Podrás sentirte afortunada si eres tan solo un "hey, tú" en medio de la noche. Pero esto no tiene nada que ver con el asunto.
    —Lo que no acabo de ver claro es por qué no te ofreces para acompañarme. —Lo estudió calculadoramente—. Y creo que me estás ocultando su nombre porque sabes que no iría si me lo dijeras.

    Él simplemente se alzó de hombros.

    Ella se enardeció.

    —Maldita sea, llámame un taxi. —Tienes uno esperando fuera desde hace media hora.


    2


    —Vean lo que el profesor va a hacer, señoras y señores. Va a defender no una paradoja. No dos. No una docena. No, señoras y señores, el profesor va a defender diecisiete, y todas en el espacio de una corta hora, sin repetirse, e incluyendo una enteramente nueva que acaba de pensar precisamente hoy: "La música debe su significado a su ambigüedad". Recuerden, gente, un axioma es tan solo una paradoja elaborada por el profesor. El precio de este apasionante entretenimiento es... no se vaya, señor...

    Anna sintió un relajante calor fluir a su mente, limpiándola del confuso laberinto de la última hora. Sonrió y se abrió camino entre la multitud, calle abajo, donde un anuncio luminoso, unas puertas entreabiertas y un grupo de mujeres aguardando anunciaban la próxima atracción:

    SOLO PARA HOMBRES
    Arriesgadas exhibiciones con los ojos vendados y entretenimientos variados en sesión continua.


    Dentro, un altavoz berreaba:

    —De este modo acabamos de ver cómo componer el problema ideal de fin de partida en ajedrez. Y ahora, caballeros, por la pequeña cantidad de veinticinco centavos...

    Pero la atención de Anna estaba prendida ya en un seco graznido procedente del otro lado de la calle.

    —¡Filtros de amor! ¡Funcionan tanto para hombre como para mujer! ¡Para cualquier edad! ¡Nunca fallan!

    Rió quedamente. El buen viejo Matt. Había previsto lo que para ella significaría aquel multifacetado e incoherente estímulo. ¡Filtros de amor! ¡Justo lo que ella necesitaba!

    La vendedora de filtros de amor era vieja, quizá setenta y cinco años. Sobre sus arrugadas y resecas mejillas sus ojos brillaban especulativamente. ¡Y qué extrañamente ataviada iba! Su desastrado vestido era de color púrpura. Y bajo él se veía otro tan desastrado como él, incluso un poco más ajado. Y bajo aquél, todavía otro.

    —Es por eso que me llaman Violeta —cacareó la vieja, notando la mirada de Anna—. Mejor ven ahí dentro y déjame que te prepare un brebaje. Pero Anna agitó la cabeza y siguió andando, con ojos brillantes. Quince minutos más tarde, mientras rondaba el área central de la Vía, su receptiva ensoñación fue interrumpida por el estruendo de música frente a ella.

    ¡Estupendo! Observar los bailarines callejeros durante media hora podía proporcionarle un clima altamente placentero para su escapada. Aparentemente no había por allí ningún hombre con un traje blanco con lunares. Matt iba a sentirse decepcionado, pero no era culpa de ella el que no lo hubiera encontrado.

    Había algo extrañamente familiar en aquella música.

    Apresuró el paso y entonces, a medida que iba reconociéndola, echó a correr tan rápido como se lo permitía su encogida espalda. Aquella era su música... ¡el preludio al Acto III de su ballet!

    Se abrió camino entre la masa de espectadores que delimitaban un cuadrado en torno al lugar donde se danzaba. La música se detuvo. Miró hacia los dispersos bailarines, y lo que vio hizo que su retorcido y delgado cuerpo se tambaleara. Luchó por aspirar aire a través de su desencajada boca.

    En un sobrenatural instante, se abrió un pasillo entre ella y el cuadrado formado en torno a los bailarines, y un rostro blanco descolorido, casi espectral, avanzó hacia ella mirándola fijamente. Un rostro sobre un cuerpo envuelto en un extraño traje de un color blanco deslumbrante. Ella pensó que debía tratarse de algún tipo de máscara de baile clásica, pero los restantes bailarines se acercaron y se la llevaron consigo antes de que pudiera estar segura de ello. Luchó contra un irracional impulso de echar a correr.

    Luego, tan rápidamente como se había ido, la razón volvió a ella; el shock había desaparecido. Los extraños trajes no eran nada raro en la Vía. No había razón alguna para alarmarse.

    Estaba respirando casi normalmente cuando la música murió definitivamente y alguien empezó a arengar vocingleramente al público reunido.

    —Señoras y señores, tenemos la rara fortuna de tener con nosotros esta noche al genio que ha compuesto la música que acaban de disfrutar.

    Un súbito estallido de risas coreó aquellas palabras, procedente en apariencia del lugar donde estaba situada la orquesta, y fue punteada por un poco educado mugido de una de las trompas.

    —Vuestra burla está fuera de lugar, amigos. Resulta que este genio no soy yo, sino otra persona. Y puesto que esa persona no ha tenido oportunidad de unirse a nosotros en esta celebración, vuestro inimitable amigo, en su papel de El Estudiante, tomará su mano, en el papel de El Ruiseñor, en el pas de deux final del Tercer Acto. Esto la encantará, ¿verdad?

    La invitación se extinguió entre unos breves aplausos y un murmullo de voces excitadas, punteadas por ocasionales risas.

    ¡Tenía que escapar! ¡Tenía que irse de allí!

    Anna se giró para introducirse entre la multitud. Ya no era cuestión de buscar a un hombre con un traje a lunares. Aquella criatura vestida de blanco era seguramente él. ¿Pero cómo podía haberla reconocido?

    Vaciló. Quizá trajera un mensaje de algún otro, si realmente existía alguien con un traje de lunares.

    No, era mejor irse. Aquello se estaba convirtiendo más en una pesadilla que en una broma.

    Sin embargo...

    Se ocultó tras una mujer y, tras un instante, sintiéndose más segura, localizó al hombre de blanco.

    Su rostro blanco descolorido, con sus inquisitivos ojos, estaba mucho más cerca ahora. ¿Pero qué había ocurrido con su gorro y su traje blancos? ¡Ahora no eran blancos en absoluto! ¿Qué fantasía óptica era aquélla? Se restregó los ojos y miró de nuevo.

    ¡El gorro y el traje aparecían llenos de lunares verdes y púrpura sobre un fondo blanco! ¡Así, aquel era su hombre!

    Ahora podía verlo claramente, a medida que la gente se iba retirando ante él, intercambiando palabras que ella no podía oír, pero que parecían conllevar una irresistible burla.

    Muy bien, esperaría.

    Ahora que todo estaba de nuevo claro y ella se hallaba a salvo tras su armadura de objetividad, lo estudió con una curiosidad creciente. Desde aquella primera vez no había tenido tiempo de mirarlo con detenimiento. Siempre había parecido haber alguien entre ellos. Era casi, pensó, como si él estuviera abriéndose camino hacia ella escondiéndose tras otros cuerpos, como un cazador acechando a una desprevenida presa y no poniéndose en evidencia hasta que ya es demasiado tarde...

    Se detuvo frente a ella.

    Se produjo un extraño sonido metálico cuando sus ojos se clavaron en los de ella, La mujer mantuvo a duras penas su equilibrio mental bajo aquel implacable escrutinio.

    El Estudiante.

    El Ruiseñor, por amor al Estudiante, crea una Rosa Roja. Un odioso líquido ardía en su garganta, pero era incapaz de tragarlo.

    Gradualmente, se forzó a sí misma a fijarse en aquella crispada y sardónica boca encajada entre una nariz aquilina y un mentón puntiagudo. El rostro, espolvoreado de blanco, no revelaba unos rasgos determinados más allá de su tamaño inusual. La mayor parte de sus cejas quedaban oscurecidas por la gran cantidad de colgantes borlas que pendían sobre su frente desde su burlesco capirote. Pero quizá lo más chocante de aquel hombre no fuera su rostro, sino su cuerpo. Era evidente que estaba aquejado por alguna deformidad física, aunque no parecía del mismo tipo que la de ella. Supo intuitivamente que él no era un auténtico jorobado. Su pecho y hombros eran excesivamente amplios y parecía, como ella, acarrear una masa de tejido superfluo en sus vértebras torácicas superiores. Calculó que sus omóplatos debían estar completamente recubiertos.

    La boca de él se retorció en una sutil burla.

    —Bell dijo que vendrías. —Hizo una reverencia y tendió su mano derecha.
    —Me resulta muy difícil bailar —se lamentó ella con voz baja y apresurada—. Sería humillante para los dos.
    —No soy mejor que tú, probablemente soy peor. Pero nunca me he negado a bailar simplemente porque alguien pueda pensar que parezco desmañado haciéndolo. Ven, usaremos solamente unos cuantos pasos sencillos.

    Había algo recio y resonante en su voz que le hizo recordar a Matt Bell. Solo que... La voz de Bell nunca había hecho que su estómago ardiera.

    El avanzó su otra mano.

    Junto a ellos los bailarines se habían retirado a un rincón del cuadrado, dejando el centro vacío, y los primeros compases de su música flotaron hacia ella procedentes del pabellón de la orquesta con una extática claridad.

    Tan solo ellos dos, allí en medio... ante un millar de ojos.

    Subconscientemente, fue siguiendo la música. Allí estaba la entrada... la señal para el Ruiseñor para que volara hacia su fatal transfusión con la rosa blanca.

    Debía levantar sus dos transpirantes manos hacia aquel extraño, debía unir su deformado cuerpo con aquel otro cuerpo también deforme. Debía hacerlo, porque él era El Estudiante, y ella era El Ruiseñor.

    Se acercó silenciosamente a él y tomó sus manos.

    A medida que danzaba, la iluminada calle y los rostros parecieron desvanecerse gradualmente. Incluso El Estudiante parecía difuminarse en una distancia apenas perceptible, y se dejó vencer por el Sueño Inacabado.


    3


    Soñaba que danzaba sola a la luz de la luna, que revoloteaba en solitarios círculos a la luz de la luna, sintiendo la urgencia y la maravilla de lo que debía hacer para crear una Rosa Roja. Soñó que cantaba una extraña y mágica canción, una maravillosa serie de acordes, la canción que había estado buscando durante tanto tiempo. El dolor la mantuvo sobre torturantes alas, luego la dejó caer pesadamente al suelo. La Rosa Roja estaba hecha, y ella estaba muerta.

    Gimió e intentó sentarse.

    Unos ojos la miraron fijamente tras una blancura pulverulenta.

    —Esto fue realmente un pas... solo que fue más de seul que de deux —dijo El Estudiante.

    Ella miró a su alrededor, en inquieta admiración.

    Estaban sentados uno al lado del otro en un banco de mármol junto a una fuente. Tras ellos había un tortuoso camino delimitado por altas vallas cubiertas de plantas trepadoras, salpicadas de blanco aquí y allá.

    Se llevó una mano a la cabeza.

    —¿Dónde estamos?
    —Esto es el Parque de las Rosas Blancas.
    —¿Cómo he llegado hasta aquí?
    —Bailando con tus propios pies, a través de aquel arco que hay allí abajo.
    —No recuerdo...
    —Pensé que tal vez estabas intentando darle un toque de realismo a tu parte. Pero llegaste temprano.
    —¿Qué quieres decir?
    —Aquí solo crecen rosas blancas, e incluso ésas no florecerán hasta dentro de un mes. A finales de junio ofrecerán un espectáculo maravilloso. ¿Quieres decir que no conocías este parquecillo?
    —No. Nunca antes había estado en la Vía. Y sin embargo...
    —¿Y sin embargo qué?

    Nunca se había sentido capaz de decirle a nadie —ni siquiera a Matt Bell— lo que iba a decirle ahora a aquel hombre, un perfecto desconocido, su compañero desde hacía una hora. Tenía que decírselo porque, de alguna manera, él también había sido capturado por el sueño del ballet.

    —Quizá —empezó pausadamente— sabía realmente algo acerca de este lugar. Quizá alguien me habló de él, y la información permaneció enterrada en mi mente subconsciente hasta el punto de desear una rosa blanca. Hay realmente algo tras mi ballet que el doctor Bell nunca le contó. No podía hacerlo, porque yo soy la única persona que lo sabe. La Rosa proviene de mis sueños. O, para decirlo más exactamente, de mis pesadillas. Cada noche la partitura empieza desde el principio. En el sueño, danzo. Cada noche, desde hace meses y meses, hay un poco más de música, un poco más de danza. Intenté apartar todo eso de mi cabeza, pero no pude. Así que empecé a escribirlo todo, la música y la coreografía.

    Los ojos graves del hombre estaban fijos en su rostro, profundamente absortos. Animada, ella prosiguió:

    —Durante las últimas noches he soñado casi todo el ballet completo, exactamente hasta la muerte del ruiseñor. Supongo que me identifico tan completamente con el ruiseñor que subconscientemente censuro su canción en el momento en que presiona su pecho contra la espina de la rosa blanca. Esto es lo que siempre he pensado, al menos hasta esta noche. Pero creo que esta noche he escuchado la música. Es una serie de acordes... treinta y ocho acordes, supongo. Los primeros diecinueve eran aterradores, pero los segundos diecinueve eran maravillosos. Todo era demasiado real como para despertar. El Estudiante, El Ruiseñor, Las Rosas Blancas.

    Pero en aquel momento el hombre echó la cabeza hacia atrás y lanzó una ronca carcajada.

    —¡Deberías ir a consultar a un psiquiatra!

    Anna bajó la cabeza, humillada.

    —Oh, no me tomes demasiado en serio —dijo él—. Mi mujer siempre va detrás de mí para que vea a un psiquiatra.
    —¿Realmente? —Anna se mostró súbitamente alerta—. ¿Qué es lo que va mal en ti? Quiero decir, ¿qué es lo que ella alega?
    —En general, mi indolencia. En particular, el que parece que he olvidado cómo leer y escribir. —La miró de soslayo, mientras ella abría mucho los ojos—. También que soy un perfecto parásito. No he hecho nada que pueda llamarse un trabajo en meses. ¿Cómo le llamarías tú a eso, si no pudieras hacer nada hasta que no hubieras puesto punto final a tu Rosa, y estuvieras esperando y esperando, y no sucediera nada?
    —Un infierno.

    El mantuvo un melancólico silencio.

    Vacilante, aunque tenía casi la certeza de ello, Anna hizo una pregunta:

    —Eso que estás esperando... ¿puede tener algo que ver con el ballet? O, para enfocarlo desde tu propio punto de vista, ¿crees que el hecho de completar yo mi ballet puede ayudarte a resolver tu problema?
    —Quizá. No puedo saberlo.
    —Sabes que finalmente deberás enfrentarte a ello —prosiguió ella calmadamente—¡. Tu psiquiatra te preguntará. ¿Cómo le vas a responder?
    —No lo haré. Lo enviaré al infierno.
    —¿Cómo estás seguro de que será un él? —¿Oh? Bueno, si fuera una ella, tal vez deseara posar al fresco una hora o dos. La escasez de modelos es más bien grave, ya sabes, con todos esos chiquitos intentando ser pintores.
    —¿Pero y si ella no tuviera una buena figura?
    —Bueno, tal vez su rostro tuviera algunas posibilidades interesantes. Es rara una mujer que esté totalmente desprovista de belleza.

    La voz de Anna se hizo realmente baja.

    —¿Pero y si toda ella fuera muy muy fea? ¿Y si el psiquiatra que te propusieran fuera yo, señor Ruy Jacques?

    Los grandes y oscuros ojos del hombre parpadearon, luego sus labios se fruncieron y estallaron en una alocada risa. Se detuvo de pronto.

    —Vamos, querida, dime cual es tu nombre, y deja que el ciego guíe al ciego.
    —Anna van Tuyl —dijo ella, sonriendo. Le tendió el brazo. Juntos se dirigieron lentamente hacia el arco de la entrada.

    Ella se sentía inundada por una extraña alegría. Por encima de la valla festoneada de verde, a su izquierda, el día estaba a punto de despuntar, y de la Vía llegaba el sonido de grupos de noctámbulos empedernidos, yendo arriba y abajo como espectros al amanecer. El familiar sonido de las botellas de leche se mezcló con su parloteo.

    Hicieron una pausa en el arco de la entrada, mientras el hombre pateaba las posaderas de un espectro que el alba había derrumbado adormilado bajo el arco. El durmiente maldijo algo y se puso en pie, indignado.

    —Lo siento, Willie —dijo el compañero de Anna, haciendo un gesto para que ella pasara.

    Ella lo hizo, y la criatura de la noche volvió a derrumbarse en su posición anterior.

    Anna carraspeó. —¿Y ahora?

    —En este punto debo dejar de ser un gentleman. Estoy regresando al estudio para dormir un poco, y tú no puedes venir. Porque, si tu energía física es inagotable, la mía no. —Levantó una mano cuando ella abrió la boca para decir algo—. Por favor, querida Anna, no insistas. Alguna otra noche, quizá.
    —Pero, tú...
    —Hey, hey. —Se giró un poco y pateó de nuevo al hombre que dormía—. No soy un sinvergüenza tan grande como eso, ya lo sabes. No voy a abandonar a una pobre, frágil e indefensa mujer en la Vía.

    Ella estaba demasiado sorprendida para protestar.

    Ruy Jacques se inclinó y sujetó al borracho levantándolo y apoyándolo contra la valla de la arcada, donde lo mantuvo firmemente.

    —Doctora Anna van Tuyl, permíteme presentarte a Willie el Corcho.

    El Corcho refunfuñó algo en su confusa somnolencia.

    —La mayor parte de la gente le llama el Corcho porque con eso se tapan las botellas —dijo Jacques—. Yo le llamo el Corcho porque siempre está flotando. Parece un vagabundo, pero es simplemente porque es un gran actor. Realmente es un hombre de Seguridad que me vigila a petición de mi mujer, y estoy convencido de que se sentirá encantado en charlar un poco contigo. ¡Os deseo buenos días a los dos!

    La camioneta del lechero apareció por la esquina. Jacques se fue rápidamente, y estaba fuera de su vista antes de que la psiquiatra pudiera traducir en palabras la protesta que bullía en su interior.

    Un gorgoteante hipido a sus pies hizo que sus ojos se desviaran momentáneamente hacia abajo. El Corcho estaba navegando de nuevo en su océano privado de alcohol.

    Anna se debatió unos instantes entre el disgusto y la diversión, luego llamó a un taxi. Cuando cerró la puerta, dirigió una última mirada a Willie. Hasta que el taxi hubo girado la esquina y los sonoros ronquidos quedaron lejos no se dio cuenta de que habitualmente la gente no ronca con los ojos medio abiertos y mirándole fijamente a uno... especialmente con unos ojos que no están velados por el sueño, sino que son duros e inquisitivos.


    4


    Doce horas más tarde, en otro taxi y en una parte distinta de la ciudad, Anna observaba con aire ausente el flujo del tráfico. Su mente estaba absorta en la próxima conferencia con Martha Jacques. Tan sólo doce horas antes la señora Jacques era únicamente un elemento en la necesaria historia de un caso. Tan sólo doce horas antes a Anna no le importaba realmente en absoluto el que la señora Jacques siguiera la recomendación de Bell y le encomendara el caso. Ahora todo era diferente. Ahora deseaba el caso, y lo conseguiría.

    Ruy Jacques... ¿cuántas horas la esperaban con aquel asombroso bribón, aquel virtuoso de la negaciónliberal, de las artesperdidas, que conservaba encerradas en su notable mente las piezas que le faltaban del intrincado rompecabezas de La Rosa?

    Aquel irónico y burlón rostro... ¿cómo sería sin maquillaje? Muy feo, esperaba. Al lado de él, su propio rostro no parecería demasiado feo.

    Tan sólo que...estaba casado, y ella estaba en este momento en camino para discutir ciertos asuntos preliminares con su mujer, la cual, aunque ya no lo amase, al menos tenía derechos prioritarios sobre él. Había algunas consideraciones de ética profesional que debía hacerse antes de pensar en él. No se trataba de que pudiera enamorarse de él o de cualquier otro paciente. Particularmente de alguien que la había tratado tan caballerosamente. ¡Willie el Corcho, naturalmente!

    Mientras aguardaba en el frío silencio de la gran antesala anexa a la oficina de Martha Jacques, Anna tuvo la impresión de que estaba siendo espiada. Estaba casi segura de que en aquel momento ya la habían fotografiado, sometido a rayos X en busca de armas ocultas, y sus huellas digitales tomadas de su tarjeta de visita. En los colosales archivos de la central de policía, a cientos de kilómetros de distancia, un atareado funcionario habría transmitido ya todos los datos de su dossier al visiograf de la oficina de al lado, a beneficio del coronel Grade.

    Dentro de un momento...

    —La doctora van Tuyl para ver a la señora Jacques. Entre por favor en la puerta B3 —dijo la aguda voz del intercom.

    Siguió a un guardia hasta la puerta, que él abrió por ella.

    La habitación era pequeña. En el otro extremo una mujer, una mujer realmente encantadora, que supuso Martha Jacques, estaba sentada observando muy abstraída algo que había en el escritorio ante ella. Al lado del escritorio, y ligeramente atrás, estaba de pie un hombre bigotudo vestido con ropas sencillas, que miró a Anna con ojos de halcón. Su aspecto coincidía con la descripción que le habían hecho a Anna del coronel Grade, jefe de la Oficina de Seguridad Nacional.

    Grade avanzó unos pasos y se presentó secamente, luego presentó a Anna a la señora Jacques.

    Y entonces la psiquiatra pudo ver el papel que había en el escritorio de la señora Jacques. Y mientras lo miraba, sintió que un helado escalofrío recorría su espina dorsal, sintió que unos crecientes susurros ocupaban su mente y que su corazón se estrujaba ante aquel atisbo de desintegración mental.

    Porque lo que había dibujado en el papel, con tinta roja, era —aunque tan sólo esbozada, incompleta y deformada— incuestionablemente una rosa.

    —¡Señora Jacques! —gritó Grade.

    Martha Jacques debió adivinar simultáneamente el gran interés que evidenciaba Anna por el papel. Con un murmullo de disculpa giró la hoja boca abajo.

    —Cosas de Seguridad, ya sabe. Se supone que debo tener esto a buen recaudo en presencia de visitantes. —Incluso el murmullo no podía ocultar la dura cualidad metálica de su voz.

    Así que era por aquello por lo que la famosa fórmula Sciomnia era llamada a veces la "Roseta de Jacques": cuando se trazaba su desarrollo en espiral con tinta roja, siguiendo las coordenadas polares, se convertía en... una Rosa Roja.

    La explicación trajo inmediatamente consigo un sentimiento de alivio y una siniestra intensificación de la sensación de fatalidad que la había abrumado durante meses. Así que también tú, pensó interrogativamente, persigues. La Rosa. Tu maridoartista está desesperado buscándola, y ahora tú. ¿Acaso estáis buscando la misma rosa? ¿Es la rosa del científico la verdadera rosa, y la de Ruy Jacques la falsa? ¿Qué es la rosa? ¿Llegaré a saberlo alguna vez?

    Grade interrumpió sus pensamientos. —Su brillante reputación es engañosa, doctora van Tuyl. Por la descripción del doctor Bell, la imaginábamos una mujer de más edad.

    —Sí —dijo Martha Jacques, estudiándola con curiosidad—. Realmente nos la imaginábamos una mujer más vieja, menos susceptible de... de...
    —¿De involucrar emocionalmente a su marido? —Exacto —dijo Grade—. La señora Jacques debe tener su mente completamente libre de distracciones. De todos modos —se giró hacia la científica— mi estudiada opinión es que no debemos anticipar dificultades por parte de la doctora van Tuyl en este aspecto.

    Anna sintió que su cuello y mejillas se encendían cuando la señora Jacques asintió en condescendiente conformidad.

    —Creo que está usted en lo cierto, coronel.
    —Por supuesto —dijo Grade—, es posible que el señor Jacques no la acepte.
    —Eso falta por ver —dijo Martha Jacques—. Tiene que tolerar a una camarada artista. —Y dirigiéndose a Anna—: El doctor Bell nos dijo que usted compone música, o algo así.
    —Algo así —asintió Anna. No se sentía preocupada. Era una cuestión de tiempo. Los celos asesinos de aquella mujer podían destruirla algún día, pero por el momento no le importaba aquella posibilidad.
    —Seguramente la señora Traques la ha advertido de que su marido es un tanto excéntrico —dijo el coronel Grade—; a veces es difícil tratar con él. A este respecto, la Oficina de Seguridad está dispuesta a triplicar sus honorarios, si usted está dispuesta a aceptar.

    Anna asintió gravemente. Ruy Jacques, ¡y además dinero!

    —Para la mayor parte de sus consultas tendrá que ir usted tras él —dijo Martha Jacques—. El nunca vendrá a usted. Pero considerando que estamos dispuestos a pagar por las molestias, este inconveniente carecerá de importancia.

    Anna pensó brevemente en aquella fantástica criatura que la había distinguido con su atención entre un centenar de rostros.

    —Completamente de acuerdo. Y ahora, señora Jacques, para mi orientación preliminar, me gustaría que me describiera algo del extraño comportamiento que ha notado usted en su marido.
    —Por supuesto. Supongo que el doctor Bell ya le habrá dicho que Ruy ha perdido la habilidad de leer y escribir. Habitualmente esto indica una demencia precoz avanzada, ¿no? De todos modos, pienso que el caso del señor Jacques presenta un esquema mucho más complicado, y a mi modo de ver es más esquizofrenia que demencia. La manía dominante y más frecuentemente observada es una fase megalomaníaca, durante la cual tiende a lanzar arengas a sus seguidores acerca de los temas más extraños. Hemos grabado algunas de esas arengas utilizando una grabadora oculta y las hemos sometido a un análisis Zipf de frecuencia de palabras.

    Las cejas de Anna se enarcaron dubitativamente.

    —El conteo Zipf es algo más bien mecánico.
    —Pero científico, innegablemente científico. He realizado un cuidadoso estudio del método, y puedo hablar autorizadamente. Allá por los años cuarenta, Zipf de Harvard probó que en un ejemplo representativo de inglés, el intervalo que separa la repetición de una misma palabra era inversamente proporcional a su frecuencia. Proporcionó una fórmula matemática para algo previamente conocido solo cualitativamente: que la repetición excesivamente frecuente del mismo sonido o de uno similar es confusa y disonante para una mente cultivada. Si tenemos que decir la misma cosa en el párrafo siguiente, evitamos la repetición con un sinónimo apropiado. Pero no el esquizofrénico. Su dolencia deja fuera de uso sus principales centros de asociación, y algunas redes neurales de discriminación dejan de ser operantes para escribir y hablar. No hay ninguna constricción respecto a la inmediata y continua repetición tonal.
    —Una rosa es una rosa es una rosa... —murmuró Anna.
    —¿Eh? ¿Cómo sabe usted que quería decir esa transcripción? Oh, ¿estaba tan solo citando a Gertrude Stein? Bueno, he leído algo acerca de ella, y eso prueba mi punto de vista. Ella admitía que escribía bajo autohipnosis, lo cual podemos llamar un ligero caso de esquizofrenia. Pero ella también podía ser normal. Mi marido no lo es nunca. Es así todo el tiempo. Esta es una transcripción de uno de sus monólogos. Escuche:

    "«Contempla, Willie, a través de tu ventana, el símbolo de la derrota de tu señora: ¡La Rosa! La rosa, mi querido Willie, no crece en un aire sombrío. La humosa metrópolis del añopasado la empujó hacia el campo. Pero ahora, con el impoluto cielo de vuestra era atómica, la rosa roja regresa. Qué misterioso es, Willie, que la rosa continúe ofreciéndose a nosotros, estúpidos y laboriosos seres humanos. No vemos nada en ella excepto una preciosa flor. Sus arrepentidas espinas declaran para siempre nuestra inepta torpeza, y su falta de miel censura nuestra basta sensualidad. ¡Ah, Willie, transformémonos en pájaros! Porque solo aquellos que tienen alas pueden comer el fruto de la rosa y esparcir su polen...»

    La señora Jacques levantó los ojos hacia Anna. —¿Lo contó usted? Utilizó la palabra "rosa" no menos de cinco veces, cuando una o dos hubiera sido suficiente. No crea que le faltaban melifluos sinónimos a su disposición, tales como "flor roja", "espinosa planta" y así. Y en lugar de decir "la rosa roja regresa" podría haber dicho algo así como "está regresando".

    —¿Y perder la triple aliteración? —sonrió Anna—. No, señora Jacques. Debo reexaminar este diagnóstico muy críticamente. El que uno hable como un poeta no quiere decir que esté necesariamente loco.

    Una campanilla empezó a sonar en una masiva puerta metálica situada en la pared de la derecha de la habitación.

    —Un mensaje para mí —gruñó Grade—•. Que espere.
    —No nos importa —dijo Anna— el que tenga que hacer entrar a alguien.
    —No se trata de eso. Aquella es mi puerta privada, y yo soy el único que conoce la combinación. Pero les dije que no nos interrumpieran a menos que se tratara de algo directamente relacionado con esta entrevista.

    Anna recordó los ojos de Willie el Corcho, duros e inquisitivos. Súbitamente se dio cuenta de que Ruy Jacques no había estado bromeando acerca de la identidad del hombre. ¿Estaría llegando precisamente ahora el informe del Corcho a su dossier? A la señora Jacques no le iba a gustar. Supongamos que la rechazaban. ¿Se atrevería ella a acudir en busca de Ruy Jacques ante las narices de los guardaespaldas de Grade?

    —Maldito estúpido —murmuró Grade—. Di órdenes estrictas de no ser molestado. Dispensen.

    Se dirigió furiosamente hacia la puerta. Tras unos segundos de manipular un dial, giró la manija y tiró de ella. Una mano le entregó algo metálico. Anna oyó susurros. Luchó contra un sentimiento de sofoco cuando Grade abrió el estuche metálico y leyó el mensaje.

    El oficial de Seguridad regresó pausadamente hacia ellos. Se atusó el bigote fríamente, le entregó el trozo de papel a Martha Jacques, luego cruzó sus manos por detrás de su espalda. Por un instante pareció una ceñuda estatua de bronce.

    —Doctora van Tuyl, no nos dijo usted que ya había tenido un encuentro con el señor Jacques. ¿Por qué?
    —Ustedes no me lo preguntaron.
    —Esta respuesta no es en absoluto satisfactoria —dijo Martha Jacques ásperamente—. ¿Cuánto hace que conoce usted al señor Jacques? Quiero llegar hasta el fondo de esto.
    —Lo vi por primera vez ayer por la noche, en la Vía Rosa. Bailamos. Eso es todo. No fue más que una pura coincidencia.
    —Usted es su amante —acusó Martha Jacques.

    Anna enrojeció.

    —Me halaga usted, señora Jacques.

    Grade carraspeó.

    —Ella tiene razón, señora Jacques. No veo que se trate de espionaje sexual.
    —Entonces tal vez sea algo todavía más sutil —dijo Martha Jacques—. Esas mujeres platónicas son aún peores, ya que navegan bajo falsas banderas. Está tras de Ruy, estoy convencida de ello.
    —Le aseguro —dijo Anna— que su reacción está constituyendo una auténtica sorpresa para mí. Naturalmente, me desentiendo inmediatamente del caso.
    —Pero esto no es ninguna solución —dijo Grade secamente—. La seguridad nacional puede depender de la paz mental de la señora Jacques durante las próximas semanas. Debo asegurarme de su relación con el señor Jacques. Y debo advertirla de que si existe una situación comprometedora, puede que las consecuencias no sean muy agradables. —Descolgó el teléfono—. Grade. Póngame con el O.D.

    Las palmas de las manos de Anna estaban desagradablemente frías y húmedas. Sintió deseos de limpiárselas con los lados de su vestido, pero decidió que era mejor ocultar cualquier signo de nerviosismo.

    —¿Hola? —gritó Grade por el auricular—. ¿Es usted, Packard? Envíeme...

    Repentinamente, la habitación vibró con el estruendoso impacto de masivo metal contra metal.

    Los tres se giraron en dirección al sonido.

    Un individuo desmañado y estrafalariamente vestido estaba cruzando la gran e inviolable puerta del coronel Grade, mirando con sardónica diversión los estupefactos rostros vueltos hacia él. Era evidente que había cerrado a sus espaldas con un tremendo portazo dado con todas sus fuerzas. El insistente zumbido de los aparatos de alarma obligaron a Grade a formular una respuesta estúpida:

    —No se preocupen... es el señor Jacques...


    5


    La atezada fealdad de aquel rostro rayaba lo sublime. Anna observó por primera vez las dos protuberancias en forma de cuerno de su frente, que el hombre no hacía ningún esfuerzo por ocultar. Su gorra de tela negra estaba inclinada, casi colgando de uno de sus cuernos; el otro, el visible, protuberaba incluso más que los propios cuernos de Anna, y a sus fascinados ojos le hacían parecerse a un sátiro griego; Sileno con una eterna resaca, o Pan cansado de su inútil persecución de las huidizas ninfas. Tenía el rostro de un cínico Wilde tras su encarcelamiento, de un Rimbaud, de un Goya desviando sus pinceles con saturnino regocijo de las grandezas de España al mundo de horror de sus Caprichos.

    Como un fantasma, la voz de Matthew Bell y su críptica predicción pareció flotar de nuevo en sus oídos:

    —...mucho en común... más de lo que puedes imaginar. ..

    No había apenas tiempo para pensar. Ruy Jacques debía haber reconocido sus deformidades frontales mientras las suyas propias quedaban ocultas a la vista de ella por su gorro de Estudiante. Seguramente la había identificado como un caso menos avanzado de su propia enfermedad. ¿Habría previsto el desarrollo de los acontecimientos hasta aquel lugar? ¿Estaba allí para proteger a la única persona del mundo que podía ayudarle? No pertenecía a esa clase de personas. No era del tipo sensible. Tuvo la desasosegante impresión de que estaba allí única y exclusivamente para su propia diversión... simplemente para dejarlos a los tres como tres idiotas.

    Grade empezó a farfullar.

    —Oiga, señor Jacques. Es imposible pasar por esa puerta. Es mi entrada particular. Yo mismo cambié la combinación esta misma mañana. —Su bigote aleteó indignadamente—. Tengo que preguntarle qué significa todo esto.
    —Le ruego que lo haga, coronel, le ruego que lo haga.
    —Está bien. ¿Qué significa todo esto?
    —Nada, coronel. ¿No tiene usted fe en sus propios silogismos? Nadie puede abrir su puerta privada excepto usted. Quod erat demonstrandum. Nadie lo hizo. Yo no estoy realmente aquí. ¿Nadie se ríe? Vaya, vaya. El párrafo 6 de la página 80 del Manual de Humor Militar Permitido reconoce oficialmente la paradoja.
    —No existe tal publicación... —rugió Grade.

    Pero Jacques lo dejó de lado. Parecía haber visto por primera vez a Anna, y le dedicó una meticulosa y exagerada reverencia.

    —Mis más profundas disculpas, señora. Estaba usted tan inmóvil, tan impasible, que la confundí con un rosal. —Se giró por turno hacia los otros dos—. ¿No es eso delicioso? Me siento como una gloria literaria. Es la primera vez en mi vida que mis admiradores se reúnen con el expreso propósito de discutir mi trabajo.

    ¿Cómo podía saber que estaban discutiendo su "composición"?, pensó Anna. ¿Y cómo había abierto la puerta?

    —Si hubieras seguido escuchando un poco más detrás de la puerta —dijo Martha Jacques—, hubieras sabido que no estábamos admirando tu "prosa poética". De hecho, pienso que es un puro disparate.

    No, pensó Anna, no puede haber estado escuchando detrás de la puerta, ya que no hemos hablado de su monólogo desde que Grade abrió la puerta. Hay algo aquí, en esta habitación, que se lo dice.

    —¿Ni siquiera crees que es poesía? —repitió Jacques, con los ojos muy abiertos—. Martha, viniendo de alguien con tu sentido poético científicamente desarrollado, eso es casi un ultraje.
    —Hay conceptos ciertos y bien definidos para la apreciación de la poesía —dijo Martha Jacques dogmáticamente—. Tienes que hacer el autoanálisis de leer algunos libros sobre las leyes estéticas del lenguaje. Ahí reside todo.

    El artista parpadeó con gran inocencia. —¿Qué es lo que reside ahí?

    —Las reglas científicas para el análisis de la poesía. Toma el talante de un poema. Podrás saber muy fácilmente si es alegre o triste tan solo comparando la proporción de vocales graves, es decir, a, o, u, con vocales agudas, e, i.
    —¡Vaya, lo que sabes al respecto! —giró un admirado rostro hacia Anna—. ¡Y tiene razón! Tomemos el Allegro de Milton, por ejemplo: la mayor parte de las vocales son agudas, mientras que en el Penseroso la mayoría son graves. Amigos, creo que finalmente hemos descubierto un patrón para descubrir la verdadera poesía. Ya no necesitamos chapotear más en sopas poéticas. Ahora dejadme pensar. —Se rascó la mandíbula con aire ensimismado—. Sabéis, durante años he considerado los versos de Swinburne llorando a Charles Baudelaire como la suprema destilación de la tristeza. Pero esto, por supuesto, era antes de que oyera el razonamiento científico de Martha, y guiado solamente por mis no sofisticados, no entrenados y no informados sentimientos. ¡Qué estúpido era! Porque todo él está salpicado de vocales abiertas, y la a domina sobre todas: árbol, mar, olas, calor, sabor, atardecer... —Se palmeó la frente en una súbita comprensión—. ¡Entonces es alegre! ¡Podría utilizarlo para acompañar una buena polca!
    —Tonterías —resopló Martha Jacques—. La Ciencia...
    —...es simplemente una ocupación parásita, adjetival e inútil dedicada a los excedentes del Arte —terminó un sonriente Jacques—. La Ciencia es funcionalmente estéril; no crea nada; no dice nada nuevo. El científico no puede ser nunca más que un humilde siervo del artista. No existe ningún axioma científico que no haya sido anticipado por el arte creativo. Los ejemplos son innumerables. Uccello creó matemáticamente las leyes de la perspectiva en el siglo xv; pero Kalikatres había aplicado las mismas leyes doscientos años antes diseñando las columnas del Partenón. Los Curie imaginaron haber inventado la idea de la "vida media" de las cosas que se desvanecen en proporción a sus residuos. Los egipcios afinaban las cuerdas de sus liras de acuerdo con esa misma fórmula. Napier creyó haber inventado los logaritmos... ignorando completamente el hecho de que los trabajadores del bronce romanos moldeaban sus trompetas siguiendo una curva logarítmica.
    —Estás seleccionando deliberadamente ejemplos aislados —replicó Martha Jacques.
    —Entonces supongamos que me nombras unos cuantos autoproclamados descubrimientos científicos —respondió el hombre—. Probaré que todos ellos fueron esbozados antes por algún artista.
    —Por supuesto que voy a hacerlo. ¿Qué tal la ley de los gases de Boyle? Supongo que dirás que Praxíteles lo sabía todo acerca de que la presión de un gas, a una temperatura determinada, es inversamente proporcional a su volumen.
    —Esperaba algo más sofisticado. Esta es demasiado fácil. La ley de los gases de Boyle, la de la resistencia de materiales de Hooke, la ley del péndulo de Galileo, y un montón de monsergas semejantes, estipulan simplemente que la compresión, la energía cinética, o cualquier otro nombre que le queráis dar, es inversamente proporcional a sus dimensiones reducidas, y es proporcional a la cantidad de su desplazamiento en el total del sistema. O, como dice el artista, el impacto resulta de, y es proporcional a, el desplazamiento de un objeto dentro de su medio. ¿Podría el pareado final de un soneto de Shakespeare cautivarnos si no hubiéramos sido condicionados, aprisionados y comprimidos en suspenso por las catorce líneas precedentes? Nota cuan inteligentemente erige el famoso poema de Donne su último y aplastante verso: "¡Doblan por ti!". A través de la sangre, la ternura y el genio, los isabelinos aminoraron la entropía de sus creaciones precisamente del mismo modo y precisamente con los mismos resultados con los cuales Boyle comprimió sus gases. Y el método era ya muy antiguo cuando ellos eran jóvenes. Era antiguo cuando los artistas Ming pintaron sus estilizados esbozos de paisajes en sus desproporcionados jarrones. El Sha Jaban era consciente de él cuando diseñó el gran lago en forma de almendrado ojo ante el Taj Mahal. Los trágicos griegos lo conocían. El Edipo de Sófocles sigue aún sin paralelo en su suspense gradual que nos conduce hasta el clímax. Los arquitectos caldeos importados por Salomón conocían el efecto que conseguirían si colocaban el Sancta Sanctorum a una cierta distancia de las columnas del templo, y los magos del CroMagnard, con una premeditada malicia, pintaron sus maravillosas escenas animales tan solo en las partes más inaccesibles de sus cavernas de piedra caliza.
    —Tonterías, tonterías, tonterías. Pero no importa. Muy pronto, uno de estos días, produciré una evidencia que te verás obligado a admitir que el arte no puede alcanzar.
    —Si estás hablando de Sciomnia, eso es una auténtica insensatez por tu parte —respondió Jacques con suma amabilidad—. Realmente, Martha, es una terrible pérdida de tiempo intentar reconciliar una teoría biológica con la teoría del campo unificado de Einstein, que en sí misma tan solo reconcilia las teorías de la relatividad y de los quanta, un gesto fútil desde un principio. Antes de que Einstein anunciara su teoría unificada en 1949, los profesores abordaron el problema muy concretamente. Pensaban en la teoría de los quanta los lunes, miércoles y viernes, y en la teoría de la relatividad los martes, jueves y sábados. El Sabbath descansaban frente a sus aparatos de televisión. ¿Además, qué es lo bueno que tiene Sciomnia?
    —Es la recapitulación final de todo el conocimiento físico y biológico —replicó Martha Jacques—. Y como tal, Sciomnia representa la más alta aspiración del esfuerzo humano. La meta del hombre en su vida es la comprensión de lo que le rodea, el analizarlo hasta el último ápice,,, para saber qué lo controla. La primera persona que comprenda Sciomnia puede controlar no solo este planeta, sino la galaxia entera... no digo que lo quiera, sino que puede. Esta persona puede no ser yo... pero sin lugar a dudas será un científico, y no un irresponsable artista.
    —Pero Martha —protestó Jacques—. ¿De dónde tomaste esta extraña filosofía? La más alta meta del hombre no es analizar, sino sintetizar... crear. Si algún día resuelves todas las diecinueve subecuaciones de Sciomnia, llegarás a un punto muerto. No quedará nada por analizar. Como dice el doctor Bell, el psicogenetista, la superespecialización, ya sea mental, como en el caso del científico humano, ya sea dental, como en el caso del tigre dientes de sable, es tan solo un sinónimo de extinción. Pero si continuamos creando, llegaremos eventualmente a descubrir cómo trascender...

    Grade tosió, y Martha Jacques cortó brevemente:

    —Lo que dice el doctor Bell no tiene nada que ver. Ruy, ¿has visto alguna vez antes a esta mujer?
    —¿El rosal? Hummm —se detuvo frente a Anna y la miró directamente al rostro. Ella se estremeció y desvió la mirada. El dio una vuelta a su alrededor en una lenta y crítica evaluación, como un dubitativo comprador en un mercado de esclavas de la antigua Bagdad—. Hummm —repitió dubitativamente.

    Anna respiró más agitadamente; sus mejillas eran dos carbones encendidos. Pero no podía experimentar ningún sentimiento de indignación. Por el contrario, había algo ilógicamente delicioso acerca de aquel minucioso examen visual por parte de aquella extrañamente fascinante criatura.

    Luego se estremeció de nuevo, visiblemente esta vez, ¿Qué hipnótica locura era aquélla? Aquel hombre tenía su vida en la palma de su mano. Si demostraba que la conocía, la vengativa criatura que pasaba por ser su esposa podía hundirla profesionalmente. Si negaba que la conocía, ellos sabrían que estaba mintiendo para salvarla... y las consecuencias podían ser aún más desagradables. Además, ¿qué debía importarle a él la ruina de ella? Desde el primer momento se había dado cuenta de su monumental egoísmo. Y aunque este mismo egoísmo lo impulsara a preservarla por su hipotética valía de terminar la partitura de la Rosa, no veía ninguna forma en que pudiera conseguirlo.

    —¿La reconoce, señor Jacques? —preguntó Grade.
    —Sí —fue la solemne respuesta.

    Anna parpadeó.

    Martha Jacques sonrió levemente.

    —¿Quién es?
    —La señorita Ethel Twinkham, mi antigua profesora de ortografía. ¿Cómo se encuentra, señorita Twinkham? ¿Qué es lo que la ha sacado de su santuario?
    —No soy la señorita Twinkham —dijo Anna secamente—. Mi nombre es Anna van Tuyl. Para su información, nos conocimos la noche pasada en la Vía Rosa.
    —¡Oh! ¡Por supuesto! —Se echó a reír alegremente—. Ahora la recuerdo, claro que sí. Y deseo pedirle disculpas, señorita Twinkham. Supongo que mi conducta fue execrable. De todos modos, lo único que tiene que hacer es pasar la cuenta de los daños a la señora Jacques, y su abogado se encargará de todo. Incluso puede añadirle un diez por ciento, por la angustia mental.

    Anna sintió deseos de aplaudir de alegría. Ni siquiera Seguridad podía nada contra aquel loco.

    —Estás mezclando la última noche con la anterior —restalló Martha Jacques—. Te encontraste con la señorita van Tuyl ayer. Estuviste con ella varias horas. No lo niegues.

    Ruy Jacques miró de nuevo atentamente al rostro de Anna. Finalmente agitó la cabeza.

    —¿Ayer por la noche? Bueno, si tú lo dices, no puedo negarlo. Pero me temo que tendrás que pagar igualmente, Martha. Su rostro me es familiar, pero no puedo recordar el daño que le hice. Lo del cubo de pintura y la mujer de los suburbios fue la semana pasada, ¿verdad?

    Anna sonrió.

    —No me hizo ningún daño. Simplemente bailamos un poco en la plaza, eso es todo. Estoy aquí a petición de la señora Jacques. —Por el rabillo del ojo vio a Martha Jacques y al coronel intercambiar miradas interrogativas, como si se estuvieran diciendo: "Quizá no haya realmente nada entre ellos".

    Pero la científica no estaba enteramente satisfecha. Miró a su marido.

    —Es una extraña coincidencia que volváis a encontraros justo en este momento. ¿Qué es exactamente lo que estás haciendo aquí, si no es enturbiar aún más el asunto en torno a esta mujer y tu futuro tratamiento psiquiátrico? ¿Por qué no respondes? ¿Qué te ocurre?

    Porque Ruy Jacques permanecía inmóvil allí, ante ellos, tambaleándose como un sátiro herido, los ojos llameando dolor y el rostro incendiado de angustia. Se contorsionó salvajemente, como si acabara de recibir una furiosa dentellada en lo alto de su joroba.

    Anna avanzó para sujetarlo mientras se derrumbaba.

    Quedó tendido en el suelo, balbuceando ininteligiblemente. Algo en su joroba, mientras yacía de medio lado, apoyado sobre su brazo izquierdo, se agitaba y estremecía como un genio encerrado en una botella.

    —Coronel Grade —dijo la psiquiatra con voz calmada—, llame a una ambulancia. Tengo que analizar este síndrome de dolor en la clínica inmediatamente.

    Ruy Jacques era suyo.


    6


    —Muchas gracias por venir, Matt —dijo Anna cálidamente.

    —Me encantó hacerlo, querida —el hombre miró hacia la figura tendida boca arriba en la cama de la clínica—. ¿Cómo se encuentra nuestro amigo?
    —Aún inconsciente, y bajo los efectos de un analgésico general. Te llamé porque quería aclarar algunas ideas acerca de este hombre que me asustan cuando pienso a solas en ellas.

    El psicogenetista se ajustó las gafas con un gesto casualmente elaborado.

    —¿Realmente? ¿Entonces crees haber descubierto qué es lo que va mal en él? ¿Por qué no puede leer o escribir?
    —¿Tiene que haber forzosamente algo que vaya mal?
    —¿Cómo quieres llamarlo pues? ¿Un... regalo?

    Ella lo estudió con atención.

    —Tal vez... y tú también... si él espera algo a cambio de su pérdida. Eso depende de lo que se gane en el trueque, ¿no? Y no pretendas no saber de lo que estoy hablando. Seamos claros. Tú conoces a los Jacques, a ambos, desde hace años. Me has metido en este caso porque piensas que él y yo podemos encontrar uno en el otro, en cuerpo y mente, una solución mutua a nuestras idénticas aberraciones. ¿No es así?

    Bell encendió imperturbable su cigarro.

    —Como tú dices, la cuestión reside en lo que él va a recibir a cambio... si es suficiente para compensarle la pérdida de sus habilidades.

    Ella desvió la vista hacia un lado.

    —De acuerdo entonces, yo hablaré primero. Ruy Jacques abrió la puerta privada de Grade, cuando solo Grade conoce la combinación. Y cuando llegó junto a nosotros en la habitación, sabía de qué habíamos estado hablando. Era como si lo hubiera hallado escrito todo allá fuera, de algún modo. Es como pensar que halló escrito al otro lado de la puerta la combinación de la cerradura y una transcripción de nuestra conversación.
    —Solo que él no puede leer —observó Bell.
    —¿Quieres decir que no puede leer... lo que está escrito?
    —¿A qué te refieres?
    —Posiblemente alguna especie de residuo de pensamientos... en las cosas. Quizá algún mensaje en el metal de la puerta de Grade, y en ciertos objetos de la habitación. —Le miró fijamente—. Veo que no te sorprendes. Tú ya lo sabías.
    —No he admitido nada. Por otro lado, tú debes admitir que tu teoría de lectura del pensamiento es superficialmente fantasiosa.
    —También lo debía ser la escrita... para los ocupantes de las cavernas del Neandertal. Pero dime, Matt, ¿adónde van nuestros pensamientos después que los hemos pensado? ¿Cuál es el destino extracraneano de esas débiles e intrincadas oscilaciones eléctricas que registramos en el electroencefalograma? Sabemos que pueden, y de hecho lo hacen, penetrar en nuestras cabezas, que pueden pasar a través de los huesos, como las ondas de radio. ¿Permanecen luego para siempre en el universo? ¿O tal vez algunas sustancias densas, como la puerta de Grade, las absorben? ¿Acaso se fijan en los metales, que empiezan a vibrar simpáticamente, como las cuerdas de un piano respondiendo a un ruido cualquiera?

    Bell aplastó irritadamente su cigarro.

    —Hablando seriamente, no lo sé. Pero te diré esto: tu teoría no está en desacuerdo con algunas predicciones psicogenéticas.
    —¿Como cuáles?
    —La eventual comunicación telemusical de todos los pensamientos. El encefalógrafo, como sabrás, se parece sorprendentemente a un rastreador de sonidos musicales. Oh, no podemos esperar el convertir la totalidad de las comunicaciones de pensamiento puro en música pura. Naturalmente, tendrán que intervenir algunas burdas formas transitorias. Pero cualquier tipo de transmisión directa de ideas que comporte el envío y recepción de ritmos y modulaciones es mucho más intensa que cualquier comunicación por un medio verbal, y puede ser un paso rudimentario hacia la auténtica comunicación musical, exactamente como los hombres de los albores de la humanidad presagiaban las auténticas palabras con alusivos monosílabos onomatopeicos.
    —Entonces, ésta es tu respuesta —dijo Anna—. ¿Por qué Ruy Jacques tiene que molestarse en leer, cuando cualquier átomo de metal a su alrededor es un libro abierto? —Especulativamente, continuó—: Puedes verlo de esta forma. Nuestros antepasados olvidaron cómo saltar de árbol en árbol cuando aprendieron a andar erectos. Su historia se repite en nuestras infancias. Casi inmediatamente después del nacimiento, cualquier niño humano es capaz de colgarse de sus manos, como los monos. Y luego, tras una semana o dos, olvida todo aquello que un niño humano no necesita realmente saber. Así también olvidó Ruy ahora cómo leer. Una triste pena. Quizá. Pero si el mundo estuviera poblado de Ruys, entonces nadie necesitaría saber leer, ya que tras los primeros pocos años de la infancia todos aprenderíamos a usar nuestro sentido empático hacia los metales Podríamos incluso decir: "Es muy divertido ser capaces de leer y escribir y saltar de árbol en árbol cuando somos lo bastante jóvenes, pero después de todo, uno madura".

    Pulsó un botón en el cuadro de mandos situado en una mesa al lado de la cama del artista. Se iluminó una pantalla.

    —Esto es una radiografía de los hemisferios cerebrales de Ruy vistos desde arriba, supongo que habrás visto muchas de ellas. Muestra que los "cuernos" no son meras deformaciones localizadas en el área prefrontal, sino que se extienden como delgadas prolongaciones alrededor de sus respectivas periferias hemisféricas hasta el área visosensorial en los lóbulos occipitales, donde giran y penetran en el interior del cerebro, para unirse en una especie de bola en un punto situado por encima del cerebelo, allí donde habitualmente se encuentra el "ojo" pineal.
    —Pero el pineal no aparece en absoluto en la radiografía —objetó Bell.
    —Esta es la cuestión —repuso Anna—. ¿Es el pineal el que está ausente... o son actualmente los "cuernos" el pineal, enormemente ampliado y bifurcado? Estoy convencida que esta última hipótesis es la cierta. Por razones que hasta el momento aún me son desconocidas, este hasta hoy pequeño y oscuro lóbulo ha crecido, se ha bifurcado, y ha empujado a sus dos destructivos limbos no solo a través del blando tejido cerebral relacionado con la habilidad de leer sino que ha seguido su camino a través de todo el hemisferio cerebral hasta la parte anterior de la cabeza, donde incluso el duro hueso frontal del cráneo ha tenido que ceder ante su presión. —Miró a Bell de muy cerca—. De ello deduzco que es solo cuestión de tiempo el que yo también pierda mi capacidad de leer y escribir.

    Los ojos de Bell se clavaron evasivamente en el inmóvil rostro del inconsciente artista.

    —Pero el número de neuronas en un cerebro de mamífero permanece constante desde su nacimiento —dijo—. Esas células pueden ramificarse en numerosas dendritas y crear núcleos neurales crecientemente complejos a medida que el sujeto va creciendo, pero tan solo pueden hacerlo a partir de las neuronas primarias, cuyo número nunca aumenta.
    —Lo sé. Este es el problema. Ruy no puede desarrollar más cerebro, pero lo ha hecho. —Se tocó pensativamente sus propios "cuernos"—. Y me temo que yo también lo estoy haciendo. ¿Qué...?

    Siguiendo la mirada de Bell, se inclinó para inspeccionar el rostro del artista, y se estremeció como si hubiera recibido un golpe físico.

    Unos ojos como afiladas garras estaban clavados en los suyos.

    Los labios del hombre se movieron, y un raspante jadeo parecido a un viento desolado llegó hasta sus oídos:

    —...El Ruiseñor... muerto... imposible mayor belleza... pero atención... ¡LA ROSA!

    Con el rostro pálido como el mármol, Anna retrocedió hasta la puerta y echó a correr.


    7


    Los apresurados pasos de Bell estaban exactamente a su lado cuando Anna irrumpió en su oficina y se dejó caer sobre su diván de consulta. Sus ojos permanecieron fuertemente cerrados, pero por encima de su agitada respiración oyó al psicogenetista sentarse a su lado y encender pausadamente otro cigarro.

    Finalmente, abrió los ojos.

    —Incluso tú descubriste algo esta vez. No es necesario que me preguntes qué significa.
    —¿Realmente? ¿Quién va a bailar la parte del Estudiante en la noche del estreno?
    —Ruy. Solo que realmente hará muy poco más que dar acompañamiento a la prima ballerina, el Ruiseñor, es decir, al principio y al fin del ballet.
    —¿Y quién actúa como el Ruiseñor?
    —Ruy contrató a una profesional... La Tanid.

    Bell lanzó una elaborada nube de humo hacia el techo.

    —¿Estás segura de que no vas a representar tú esa parte?
    —El papel es extremadamente extenuante. Para mí sería físicamente imposible.
    —Ahora.
    —¿Qué quieres decir con... ahora?

    Él la miró intensamente.

    —Sabes muy bien lo que quiero decir. Lo sabes tan bien que todo tu cuerpo está temblando. La premiere de tu ballet es para dentro de cuatro semanas... pero tú sabes y yo también sé que Ruy ya la ha visto. Interesante. —Fríamente, dio unos golpecitos a su cigarro con el dedo índice—. Casi tan interesante como tu certeza de que él te ha visto a ti interpretando la parte del Ruiseñor.

    Anna apretó los puños. Tenía que hacer frente a aquello racionalmente. Inspiró profundamente, y luego expulsó el aire con mucha lentitud.

    —¿Cómo puede él ver cosas que aún no han ocurrido?
    —No estoy seguro. Pero puedo suponer, como podrías también tú si te calmaras tan solo un poco. Ambos sabemos que la glándula pineal es un residuo del único ojo que nuestros muy remotos antepasados marinos poseían en el centro de su pisciforme cabeza. Supongamos que este ojo fósil, ahora profundamente enterrado en el cerebro normal, fuera reactivado. ¿Qué seríamos capaces de ver con él? Nada espacial, nada que dependa de estímulos luminosos. Pero acerquémonos inductivamente al problema. Cierro un ojo. El otro puede mirar a Anna van Tuyl en un plano visual desprovisto de profundidad. Pero con dos ojos puedo seguirte estereoscópicamente, a medida que tú te mueves por el espacio. Así pues, añadiendo un ojo, añades una dimensión. Con el pineal como tercer ojo, podría ser capaz de seguirte a través del tiempo. Es de suponer pues que el pineal de Ruy, recién activado, le permita al menos lanzar un apresurado vistazo al futuro.
    —Qué maravilloso... y qué terrible don.
    —Pero no sin precedentes —dijo Bell—. Sospecho que existe un ojo pineal más o menos reactivado tras todos los casos de clarividencia recogidos en los anales de la parapsicología. Y puedo creer en al menos un ejemplo histórico en el cual el ojo pineal ha intentado realmente atravesar la frente, aunque evidentemente en forma tan solo monolobular. Todas las estatuas budistas llevan una marca en la frente simbolizando un "ojo interior". Por lo que sabemos hoy, el "ojo interior" de Buda era algo más que un símbolo.
    —Completamente de acuerdo. Pero la teoría de un ojo pineal sensitivo al tiempo no explica el dolor en la joroba de Ruy. Ni siquiera la propia joroba. —¿Qué es lo que te hace pensar —dijo Bell— que la joroba es algo más de lo que parece... una deformidad espinal caracterizada por un crecimiento del tejido laminado?
    —No es tan simple, y tú lo sabes. Estás familiarizado con los casos de "miembro fantasma", como cuando el amputado retiene una ilusión de sensación o de dolor en la mano o el pie amputados.

    Bell asintió.

    —Pero tú sabes, por supuesto, que la amputación no es un prerrequisito absoluto de un "fantasma" —prosiguió Anna—. Un niño nacido sin brazos puede experimentar durante años la sensación de miembro fantasma. Suponte que un niño así crezca en medio de una hipotética sociedad sin brazos, y que sus psiquiatras intenten comprender sus esquemas sensoriales dentro de su propio molde. ¿Cómo podría explicarles el niño el milagro de los brazos, manos, dedos... cosas de las que recibe ocasionales insinuaciones sensoriales, pero que nunca ha visto, y que difícilmente puede imaginar? El caso de Ruy es análogo. Tiene cuatro miembros, y presumiblemente procede de una raza normal. De ahí que las sensaciones fantasma en su joroba apunten hacia un órgano potencial... una antevisión del futuro más bien que un recuerdo de un miembro anteriormente poseído. Para utilizar un ejemplo burdo, Ruy se parece más a un renacuajo que a una serpiente. La serpiente posee piernas brevemente, durante un período evolutivo de su embrión. El renacuajo en cambio pierde su cola y desarrolla unas piernas. Pero puede deducirse que ambos tendrán alguna vaga sensación fantasma de piernas.

    Bell pareció meditar acerca de aquello.

    —Eso sigue sin explicar el dolor de Ruy. No creo que el proceso de crecimiento de su cola sea doloroso para el renacuajo, como tampoco lo puede ser un miembro fantasma para Ruy... si es algo inherente a su estructura física. Pero sea como sea, por todos los indicios va a experimentar un considerable dolor cuando se desvanezca el efecto del narcótico. ¿Qué es lo que vas a hacer entonces? ¿Seccionar el ganglio que conduce a su joroba?
    —Por supuesto que no. Si lo hiciera él nunca podría ser capaz de desarrollar su órgano extra. De todos modos, incluso en los casos normales de miembro fantasma, cortar el tejido nervioso no ayuda nada. La extirpación de neuromas del muñón del miembro trae consigo tan solo un alivio temporal... y ocasionalmente puede agravar un caso de hiperestesia. No, las sensaciones fantasma de dolor son más centrales que periféricas. De todos modos, como analgésico temporal voy a intentar una solución al dos por ciento de novocaína cerca del ganglio torácico adecuado. —Miró su reloj—. Será mejor que acudamos a su lado.


    8


    Anna extrajo la aguja de la jeringa del costado del hombre y frotó la última puntura con un algodón embebido en alcohol.

    —¿Cómo se siente, Ruy? —preguntó Bell.

    La mujer se inclinó sobre la sábana esterilizada y miró al rostro del hombre tendido.

    —No responde —dijo, intranquila—. Vuelve a estar inconsciente.
    —¿De veras? —Bell se inclinó al lado de ella y buscó el pulso del hombre—. Pero fue tan solo un dos por ciento de novocaína. Sorprendente.
    —Voy a ordenar un contraestimulante —dijo Anna, nerviosa—. No me gusta esto.
    —Oh, ven aquí, muchacha. Relájate. El pulso y la respiración son normales. De hecho, creo que estás más cerca del colapso tú que él. Esto es realmente interesante... —Su voz se perdió en una meditativa conjetura—. Mira, Anna, no hay nada que nos retenga a los dos aquí. No hay peligro de ninguna clase. Debo irme ahora. Estoy seguro de que tú puedes atenderlo.

    Entiendo, pensó ella. Quieres que me quede a solas con él.

    Aceptó su sugerencia con un reluctante asentimiento de su cabeza, y la puerta se cerró tras una risita de él.

    Durante unos momentos permaneció estudiando, profundamente abstraída, los regulares movimientos del pecho del hombre.

    Así pues, Ruy Jacques había establecido otro precedente médico. Había recibido una anestesia local que no debía haber producido otro efecto que eliminar la sensibilidad de su deformada espalda durante una hora o dos. Pero ahí estaba, en coma aparente, exactamente como si hubiera recibido una anestesia general cerebral.

    Frunció profundamente las cejas.

    Las radiografías habían mostrado su excrecencia dorsal simplemente como una compacta masa de tejido laminado cartilaginoso (el mismo que ella), penetrado aquí y allá por ganglios neurales. Insensibilizando aquellos ganglios no debía haber conseguido más que una anestesia local de aquella masa de tejido, del mismo modo que uno anestesia un brazo o una pierna insensibilizando los ganglios espinales apropiados. Pero el actual resultado no era local, sino general. Era como si hubiera administrado una suave anestesia local en el nervio radial del antebrazo para amortiguar el dolor de una mano, y en lugar de ello anestesiase el cerebro.

    Y aquello, por supuesto, carecía por completo de sentido, era algo completamente increíble, ya que la anestesia funciona desde los centros neurales más altos a los más bajos, y no viceversa. Insensibilizando un área determinada del lóbulo parietal podía insensibilizarse el nervio radial y la mano, pero una hipodérmica aplicada al nervio radial no podía insensibilizar el lóbulo parietal del cerebro, porque la organización parietal era neuralmente superior. Análogamente, anestesiando la joroba de Ruy Jacques no podía haber insensibilizado todo su cerebro, porque evidentemente su cerebro debía presumirse que era neuralmente superior a aquella malformación dorsal.

    Debía presumirse... Pero, con Ruy Jacques, las presunciones eran... inválidas.

    Así pues, aquello era lo que Bell quería que descubriese ella. Como un siniestro reptil del mesozoico, Ruy Jacques poseía dos organizaciones neurales, una en su cráneo y otra en su espalda, siendo la última superior a, y controlándola en cierto modo, la de su cráneo, tal como el corte cerebral en los seres humanos y otros animales superiores asiste y protege el trabajo del menos intrincado cerebelo, y tal como el cerebelo gobierna la más primitiva médula oblonga en los vertebrados inferiores, como en los batracios y los peces. Anestesiando su protuberancia, había cortado las comunicaciones en sus centros superiores de consciencia, y anestesiando el centro dorsal, superior, aparentemente había desactivado al mismo tiempo su cerebro "normal".

    A medida que se iba dando cuenta de aquello, iba notando una especie de curioso entumecimiento en sus piernas, y un entremezclado conjunto de sensaciones de terror y de admiración latiendo en su frente. Con lentitud, se sentó en una silla.

    Porque ella se convertiría en lo mismo que aquel hombre era ahora. Llegaría un día en que su pineal crecería hasta perforar la materia gris de sus lóbulos occipitales, y destruiría su habilidad de leer. Y llegaría también un día en que su espalda crecería hasta inflamar todo su cuerpo con angustiante dolor, y entonces se retorcería y sufriría al igual que ahora se retorcía y sufría él.

    Y todo aquello ocurriría... y pronto; seguramente antes de la premiére de su ballet. La enigmática madeja del futuro sería revelada a su renovado intelecto, tal como lo había sido a Ruy Jacques. Podría encontrar todas las respuestas que buscaba... El final del sueño... el canto fúnebre del Ruiseñor... la Rosa. Y las encontraría, quisiese o no.

    Gimió, inquieta.

    A aquel sonido, los párpados del hombre parecieron agitarse; su respiración se hizo momentáneamente más lenta, luego más rápida.

    Lo miró, perpleja. Ciertamente estaba inconsciente; sin embargo, respondía a los estímulos auditivos. Posiblemente no tenía anestesiado ningún miembro del hipotético par cerebral, sino simplemente cortados, momentáneamente, sus canales de comunicación, al igual que uno puede desorganizar temporalmente el cerebro de un animal de laboratorio anestesiándole el puente de Varolio que une los dos hemisferios craneales.

    De una cosa estaba segura: Ruy Jacques, inconsciente, y temporalmente desintegrado mentalmente, no parecía conformarse con la línea de conducta durante largo tiempo estandarizada para los otros inconscientes y desintegrados mamíferos. Siempre un paso más allá de lo que ella había supuesto. Más allá del hombre. Más allá del genio.

    Se levantó suavemente y recorrió de puntillas la corta distancia que la separaba de la cama.

    Cuando sus labios estuvieron a pocos centímetros de la oreja derecha del artista, dijo suavemente:

    —¿Cuál es tu nombre?

    La tendida figura se tensó. Sus párpados aletearon, pero no se abrieron. Sus labios color vinoso se abrieron, luego se cerraron, luego volvieron a abrirse. Su respuesta fue un seco, casi ininteligible susurro: —Zhak.

    —¿Qué estás haciendo?
    —Busco...
    —¿Qué?
    —Una rosa roja.
    —Hay muchas rosas rojas.

    De nuevo aquel soñoliento, metálico susurro:

    —No, sólo hay una.

    Ella se dio cuenta repentinamente de que su propia voz se estaba volviendo tensa, chillona. Se forzó a sí misma a recuperar su tono normal.

    —Piensa en esa rosa. ¿Puedes verla?
    —Sí... ¡sí!

    Ella gritó:

    —¿Qué es la rosa?

    Pareció que las limitadas paredes de la habitación iban a repetir para siempre el eco ultrajado de aquellas doloridas palabras. Ruy Jacques abrió sus ojos e intentó levantarse sobre un codo.

    En su sudorosa frente había una profunda arruga. Pero sus ojos no parecían estar enfocados en nada particular, y a pesar de que parecía haber recuperado sus reacciones motoras, ella sabía que su pregunta lo único que había hecho había sido hundirlo aún más profundamente en su extraño hechizo.

    Manteniéndose unos instantes sobre el vacilante soporte de su codo derecho, Ruy Jacques murmuró:

    —Tú no eres la rosa... todavía no... todavía no...

    Ella se lo quedó mirando en un aterrado estupor mientras los ojos de él volvían a cerrarse lentamente y se dejaba caer de nuevo hacia atrás. Durante un largo momento no se produjo ningún sonido en la habitación, excepto la profunda y rítmica respiración del hombre.


    9


    Sin girarse de su melancólica lectura del rótulo de la clínica reflejado en los cristales de la ventana, Anna habló por encima de su hombro cuando Bell penetró en la oficina.

    —Tu amigo Jacques se niega a volver para un chequeo. No lo he visto desde que se fue de aquí, hace más de una semana.
    —¿Es eso fatal?

    Ella giró hacia él unos ojos inyectados en sangre.

    —No para Ruy.

    La expresión del hombre cambió.

    —Es tu paciente, ¿no? Tu obligación es ir a verlo.
    —Por supuesto que lo haré. Lo llamaré por el visor y concertaré una entrevista.
    —El no tiene visor. Cualquiera que quiera verle sencillamente va y lo ve. Siempre hay alguien en su estudio, casi cada noche. Si tienes prisa, me sentiré muy complacido de acompañarte.
    —No, gracias. Iré sola... luego.

    Bell sonrió.

    —Entonces te veré esta noche.


    10


    El número 98 era una casa de cuatro plantas, triste, abandonada, evidentemente construida durante la carestía de materiales de los últimos años cuarenta. Anna inspiró profundamente, ignoró el temblor de sus rodillas, y subió la media docena de peldaños que conducían hasta la entrada.

    Parecía no existir ninguna campanilla exterior. Quizá estaba dentro. Empujó la puerta y, a la menguante luz del atardecer, penetró en el vestíbulo. De algún lugar le llegó un furioso ladrido, que cesó inmediatamente.

    Anna miró indecisa la destartalada escalera, luego se giró cuando se abrió una puerta a su lado.

    Un peludo hocico canino emergió por la desvencijada puerta y gruñó cautelosamente. Al mismo tiempo, un oscuro y arrugado rostro surgió un poco más arriba por la misma rendija y la miró suspicazmente.

    —¿Qué desea?

    Anna retrocedió medio paso.

    —¿Muerde?
    —¿Quién, Mozart? Huau, no es capaz ni de morder un plátano. —Con senil irrelevancia, añadió—: Ruy me lo dio porque el perro de Mozart lo siguió hasta la tumba.
    —Entonces, ¿es aquí donde vive el señor Jacques?
    —Claro, en el cuarto piso, pero llega demasiado pronto. —La puerta se abrió más—. Oiga, ¿no la he visto antes en algún otro lado?

    El reconocimiento fue simultáneo. Era aquel almacén animado de abigarrados vestidos, la vieja vendedora de filtros de amor.

    —Entre, querida —ronroneó la vieja—, y le prepararé una mixtura especial.
    —No se preocupe —dijo Anna apresuradamente—. Vengo a ver al señor Jacques —se giró y corrió hacia la escalera.

    Una horrible carcajada estropajosa la persiguió tenazmente en su huida, hasta que llegó a la última planta y llamó insensatamente a la primera puerta que encontró.

    Una voz irritada gritó desde dentro:

    —¿No empieza a estar ya un poco cansado de eso? ¿Por qué no entra y deja descansar sus nudillos?
    —Oh —Anna se sintió desmayadamente estúpida—. Soy yo... Anna van Tuyl.
    —¿Acaso he de venir a abrirle la puerta, doctora?

    Anna giró la manija, empujó la puerta y entró.

    Ruy Jacques estaba de pie de espaldas a ella, paleta en mano, frente a un caballete bañado por los débiles rayos del declinante sol. Aparentemente estaba haciendo un boceto de una modelo desnuda, con el rostro vuelto hacia un lado, que yacía recostada en un diván.

    Anna se sintió irritada por aquello. Había esperado poder tenerlo durante un tiempo para ella sola. Echó una mirada a todo el estudio.

    Gruesas cortinas cubiertas de polvo cubrían las paredes de la enorme habitación. Aquí y allá había bocetos de estatuas. Al lado de una mampara cercana la contemplaba una cama de revueltas ropas. Tras la mampara había un teléfono a cable. En la pared opuesta había una puerta que evidentemente conducía a la habitación donde se cambiaban las modelos. En la esquina más alejada había un piano electrónico muy ajado, que reconoció como del tipo Fourier audiosintetizador.

    Lanzó un involuntario jadeo cuando la silueta de un hombre emergió repentinamente del piano y avanzó hacia ella.

    El coronel Grade.

    Así pues, la modelo desnuda con el rostro invisible debía ser... Martha Jacques.

    No había ninguna posibilidad de error, ya que en aquel momento la modelo había girado un poco su rostro y observaba a Anna con una mirada complacientemente burlona.

    De entre todas las tardes, ¿por qué Martha Jacques tenía que haber escogido precisamente aquélla?

    El artista seguía frente al caballete. Su voz burlona flotó por encima de su hombro hacia la psiquiatra:

    —¡He aquí el perfecto cuerpo de mujer!

    Tal vez fue la forma como lo dijo lo que la salvó. Tenía la fugaz sospecha de que él se había dado cuenta de su decepción, había anticipado lo profundo de su desesperación, y deliberadamente la había despertado a la realidad.

    En pocas palabras le había transmitido la idea de que su enormemente compleja mente no contenía ni amor ni odio, ni siquiera para su mujer, y que aunque encontrara en ella una perfección física deseable de transferir al lienzo o al mármol, nunca se hubiera sentido realmente atormentado por tal perfección, como si en esencia la belleza física de una mujer fuera simplemente el testimonio de una carencia a la que no sabía dar nombre y que nunca llegaría a conocer.

    Con un gesto circunspecto y fútil, dejó a un lado pinceles y paletas.

    —Sí, Martha es perfecta, física y mentalmente, y ella lo sabe. —Se rió brutalmente—. Lo que ella no sabe es que esa gélida belleza no admite una representación plástica que tenga valor. No hay nada tras esa perfección, porque no tiene otra significación que ella misma.

    Se oyó ruido de voces en la escalera.

    —¡Aja! —gritó Jacques—. Llegan más visitas tempranas. Debe haber corrido la voz de que Martha ha traído el licor. Se ha terminado la sesión, Mart. Será mejor que vayas al otro cuarto y te vistas.

    Matthew Bell estaba entre los recién llegados. Su rostro se iluminó cuando vio a Anna, pero volvió a ensombrecerse cuando divisó a Grade y a Martha Jacques.

    Anna observó que su boca adquiría un rictus preocupado cuando la saludó con la cabeza.

    —¿Qué es lo que no va bien? —preguntó ella.
    —Nada... todavía. Pero no te hubiera dejado que vinieras si hubiera sabido que ellos estaban aquí. ¿Te ha causado Martha algún problema?
    —No. ¿Por qué habría de causármelo? Estoy aquí ostensiblemente para observar a Ruy dentro de mi trabajo profesional.
    —Tú no crees esto, y si no vas con cuidado, ella tampoco lo creerá. Así que vigila tus contactos con Ruy mientras Martha esté por los alrededores. E incluso cuando ella no esté por los alrededores. Hay demasiados ojos aquí... los hombres de Seguridad... la pandilla de Grade. No dejes que Ruy te involucre en nada que pueda atraer la atención. Ve con cuidado. ¿Hace mucho que estás aquí?
    —Fui la primera en llegar... si exceptuamos a ella y a Grade.
    —Hum. Debía haberte acompañado. Aún sabiendo que eres su psiquiatra, ese tipo de cosas hacen que ella empiece a pensar.
    —No veo el peligro de venir sola. No es presumible que Ruy intentara hacer el amor conmigo delante de toda esa gente.
    —¡Eso es exactamente lo que pasará por su mente! —Agitó su cabeza y la miró—. Créeme, le conozco mejor que tú. Este hombre está loco... es impredecible.

    Anna tuvo un asomo de anticipación... ¿o era aprensión?

    —Seré cuidadosa —dijo.
    —Entonces adelante. Si conseguimos que Martha y Ruy se enzarcen en una de sus eternas discusiones de CienciaversusArte, creo que lograremos que te olvide.


    11


    —Repito —dijo Bell— que estamos presenciando la germinación de otro Renacimiento. Las señales son inconfundibles, y sería muy interesante que practicáramos como sociólogos y policías. —Se giró hacia el pequeño grupo que empezaba a reunirse en torno a él, y dirigió una ingenua mirada al coronel Grade, que pasaba.

    Grade se detuvo.

    —¿Y cuáles son exactamente las señales de un renacimiento? —preguntó.
    —Muchos cambios climáticos y un enorme incremento del ocio, coronel. Aislados pueden señalar una gran diferencia, pero combinados, el resultado es más multiplicativo que aditivo.

    Anna observó cómo los ojos de Bell erraban por la habitación para encontrarse con los de Martha Jacques mientras continuaba:

    —Tomemos la temperatura. En el año siete mil antes de Cristo, el homo sapiens, incluso en el área mediterránea, era un tiritante nómada; quince o veinte siglos más tarde un cambio climático transformó Mesopotamia, Egipto y el valle del Yangtsé en auténticos jardines, y nacieron las primeras civilizaciones. Otro período de calor extendiéndose a lo largo de varios siglos y terminando hacia el año doscientos después de Cristo acunó el renacimiento italiano y la gran cultura otomana, antes de que la temperatura volviera a descender. Desde mediados del siglo diecisiete la temperatura media de la ciudad de Nueva York ha ido incrementándose en una proporción de aproximadamente un décimo de grado por año. Dentro de otro siglo podremos ver palmeras creciendo en la Quinta Avenida. —Hizo una pausa y saludó cortésmente—. Hola, señora Jacques. Estaba diciendo precisamente que en los pasados renacimientos los climas benignos y las cosechas abundantes dieron a los hombres tiempo para pensar, y también para crear.

    Cuando vio que la mujer se alzaba de hombros y hacía ademán de proseguir su camino, Bell prosiguió apresuradamente:

    —Sí, esos renacimientos nos dieron el Partenón, La Ultima Cena, el Taj Mahal. Entonces, el artista era un ser supremo. Pero en esta ocasión las cosas no ocurrirán así, porque nos enfrentamos con un momento óptimo simultáneo, tecnológico y climático. La energía atómica ha abolido virtualmente el trabajo como tal, pero sin la fermentación internacional de un arte común que unió a las primeras ciudades egipcias, sumerias, chinas y griegas. Sin detenerse a consolidar sus logros, el científico se precipita hacia cosas mayores, la Sciomnia y la fuente del poder sciómnico... —intercambió una mirada de reojo con la mujer científico—, una máquina que, hemos sido informados, puede situar al hombre muy cerca de las estrellas. Cuando llegue este día, el artista será vencido... a menos que...
    —¿A menos qué? —preguntó fríamente Martha Jacques.
    —A menos que este Renacimiento, agudizado e intensificado como lo ha sido por el doble máximo de clima y ciencia, sea capaz de forzar una respuesta comparable al Renacimiento Aurignacense del año doscientos cincuenta antes de Cristo, es decir, el florecimiento del cromagnon, el primero de los hombres modernos. ¿No sería irónico que nuestra más grande científica resolviera la Sciomnia, solo para conseguir caer aparatosamente en manos de aquel que posiblemente sea uno de los primeros especímenes primitivos del homo superior... su marido?

    Anna espió con interés la sonrisa de complicidad que el psicogenetista dirigió al fruncido rostro de Martha Jacques, mientras miraba al mismo tiempo por detrás de ella hacia Ruy Jacques, que tecleaba con aparente desinterés el piano Fourier.

    Martha Jacques dijo secamente:

    —Me temo, doctor Bell, que no pueda sentirme muy excitada acerca de su Renacimiento. Si lo examinamos atentamente, veremos que la humanidad local, esté dominada por el arte o por la ciencia, no es más que una escoria temporal y superficial de un primitivo planeta semisalvaje.

    Bell agitó lentamente la cabeza.

    —Para muchos científicos la Tierra es tan solo un lugar como muchos otros. Los psicogenetistas, en cambio, consideramos a este planeta y a sus habitantes como una de las maravillas del universo.
    —¿Realmente? —dijo Grade—. ¿Y puede decirme qué es lo que tenemos aquí que no exista en Betelgeuse?
    —Tres cosas —respondió Bell—. Una: la atmósfera de la Tierra posee el suficiente dióxido de carbono como para permitir el crecimiento de los terrenos boscosos de los antepasados primates del hombre, asegurando así la supervivencia de las no especializadas, quasi erectas y manualmente aptas especies capaces de un desarrollo psicofísico indefinido. Si colocáramos la vida sauriana en un planeta desierto necesitaría otros mil millones de años para evolucionar hasta una estructura física y mental semejante. Dos: la misma atmósfera posee una presión en la superficie de 760 mm. de mercurio y una temperatura media de unos 25 grados centígrados... unas condiciones excelentes para la transmisión de los sonidos, palabras y cantos; y aquellos hombres primitivos recurrieron a ello como el pato al agua. Compare las dificultades de comunicación mediante el toque directo de antenas, como tienen que hacer los ciudadanos artrópodos pseudohomínidos de algunos mundos sin aire. Tres: el espectro solar, incluso dentro de su muy pequeño radio de frecuencia de 760 a 390 milimicrones, ofrece siete colores de notable variedad y contraste, de los que se sirvieron rápidamente nuestros antepasados. Desde el principio, pudieron ver que se movían con multícroma belleza. Considere al ultrasofisticado habitante de un sistema de sol moribundo... y apiádese de él porque tan solo puede ver el rojo y una pequeña gama del infrarrojo.
    —Si esa es la única diferencia —gruñó Grade—, digo que ustedes los psicogenetistas han estado trabajando para nada.

    Bell sonrió, pasó por su lado y se acercó a Ruy Jacques.

    —Por supuesto, quizá tenga razón, coronel, pero pienso que olvida lo más importante. Para el psicogenetista es evidente que el medio ambiente terrestre es favorable a la evolución del ser más extraordinario... un tipo de homo cuyas energías, más allá de las necesidades primarias, están dedicadas a extrañas e improductivas actividades. ¿Y ello con qué fin? No lo sabemos... todavía. Pero podemos conjeturar. Denle a un psicogenetista unos eohippus y llanuras de pasto, y predecirá el caballo moderno. Denle arqueopterix y una atmósfera densa, y podrá imaginar el cisne. Denle al homo sapiens y dos días de trabajo a la semana, o mejor aún, denle a Ruy Jacques y ningún día de trabajo a la semana, ¿y qué es lo que predecirá?
    —¿Un asilo? —preguntó Jacques, lastimosamente.

    Bell se echó a reír.

    —No exactamente. Más bien un estallido evolutivo. Desde el momento en que, como sapiens, se vuelca cada vez más y más hacia su abstracto mundo de las artes, el psicogenetista presume un incremento de las comunicaciones en términos musicales. Eso puede requerir ciertos reajustes cerebrales en el sapiens, y quizá el desarrollo de algunos órganos membranosos neurales especiales, lo cual a su vez puede conducir a habilidades mentales y físicas completamente nuevas y a la conquista de nuevas dimensiones, al igual que la lengua humana se desarrolló con el tiempo de un órgano del gusto para convertirse en un medio de comunicación vocal a larga distancia.
    —Ni siquiera en las diatribas de Ruy acerca de Ciencia y Arte había escuchado tales insensateces —dijo la señora Jacques—. Si este planeta llega a ser en el futuro digno de este nombre, puede estar seguro de que lo será a través del mando de sus científicos.
    —Yo no estaría tan seguro —respondió Bell—. El lugar del artista en la sociedad ha avanzado tremendamente en el último medio siglo. Y me refiero al artista menor... aquel que se identifica simplemente por su profesión y no por ninguna reputación excepcional. En nuestro propio tiempo hemos visto al financiero forzado a extender la igualdad social al científico. Y hoy la paleta y la partitura musical derriban gradualmente la probeta de ensayos y el ciclotrón de su pedestal. En el primer Renacimiento el mercader y el soldado heredaron las ruinas de la iglesia y del imperio feudal; en este saltamos por encima de los desmoronantes muros del capitalismo y el nacionalismo y vemos al artista... o al científico... preparados para emerger como la flor y la nata de la sociedad. La cuestión es, ¿cuál de los dos?
    —Para bien de la ley y el orden —declaró el coronel Grade—, debería ser el científico, trabajando en defensa de su país. Piense en la inseguridad militar de una sociedad dominada por el arte. Si...
    —Hay solo un punto en el que debo estar en desacuerdo con usted —interrumpió Ruy Jacques. Dirigió a su mujer una desarmante sonrisa—. No acabo de ver cómo encaja el científico en todo esto. ¿Tú puedes verlo, Martha? Porque el artista ya es supremo. Domina al científico, y si lo desea, es perfectamente capaz de guiar su supersensitiva intuición hacia esas varias exposiciones de principios artísticos que los científicos siempre han intentado ocultar a un público cada vez menos crédulo bajo la máscara de nuevas leyes científicas. Afirmo que el artista es consciente de esas "nuevas" leyes mucho antes que el científico, y tiene opción de presentarlas al público en una forma agradablemente artística o a través de una árida y abstrusa ecuación. Puede, como da Vinci, expresar su descubrimiento por medio de una soberbia escalera en espiral en un cháteau en Blois, o, como Durero, puede analizar la curva matemáticamente y anunciar su fórmula logarítmica. En ambos casos se anticiparon a Descartes, que fue el primer matemático en redescubrir la espiral logarítmica.

    La mujer rió ácidamente.

    —De acuerdo. Tú eres un artista. ¿Puedes decirme exactamente cuántas leyes científicas has descubierto?
    —He descubierto —respondió el artista con un tranquilo orgullo— la que la historia conocerá como la "Ley de Jacques de Radiación Estelar".

    Anna y Bell intercambiaron una mirada. Los ojos del viejo psicogenetista parecían decir: "La batalla está ganada; se han olvidado de ti".

    Martha Jacques estudió suspicazmente al artista. Anna podía ver que la mujer se sentía realmente curiosa, pero estaba indecisa entre su deseo de destruir, de aniquilar cualquier "descubrimiento" de aficionado, y el miedo de estar cayendo en una trampa. La propia Anna, tras observar atentamente la exagerada inocencia de los ojos del hombre, muy abiertos y sin parpadear, se dio cuenta inmediatamente que Jacques estaba animando sutilmente a la mujer a salir del corrompido limbo de su propia estéril perfección.

    Casi hipnotizada, Anna observó cómo el hombre sacaba un pedazo de papel de su bolsillo. Se maravilló ante el supremo gesto de desafío y jactancia con el cual lo desdobló y lo entregó a la mujer.

    —Ya que no puedo escribir, pedí a uno de mis amigos que lo escribiera por mí, pero creo que lo hizo bien —explicó—. Como puedes ver, todo está resumido en esas siete ecuaciones primarias.

    Anna espió el asombrado fruncimiento de cejas de la mujer.

    —Pero cada una de esas ecuaciones se desarrolla en otras cien, especialmente la séptima, que es la más larga de todas. —La frente se desfrunció—. Muy interesante. Puedo ver ya algunos indicios del diagrama de Russell...

    El hombre se sobresaltó.

    —¡Qué! ¿H. N. Russell, que clasificó las estrellas en clases espectrales? ¿Quieres decir que se me anticipó?
    —Solo si tu trabajo es correcto, lo cual dudo.

    El artista vaciló. —Pero...

    —Y aquí —continuó ella, en un crispado tono condenatorio— no hay nada más que el restablecimiento de la ley del movimiento ondulatorio de la luz, que explica por qué las estrellas parpadean y los planetas no, y que es conocida desde hace más de doscientos años.

    El rostro de Ruy Jacques se volvió lúgubre.

    La mujer sonrió cínicamente y continuó:

    —Esos parámetros son tan solo una pobre aproximación de la ley de Bethe de la fisión nuclear en las estrellas... vieja ya en los años treinta.

    El hombre miraba fijamente al mordaz dedo.

    —¿Vieja...?
    —Me temo que sí. Pero de todos modos no está mal para un aficionado. Si sigues trabajando así sobre lo mismo durante toda tu vida, quizá finalmente consigas desarrollar algo nuevo. Pero esto es un simple batiburrillo, un conglomerado de material que cualquier científico auténtico aprende en sus primeros años de estudio.
    —Pero Martha —suplicó el artista—, ¿seguro que no hay nada nuevo?
    —No puedo decirlo con seguridad, claro —replicó la mujer con un malicioso placer—, hasta haber examinado todas las subecuaciones. Tan solo puedo decir que, fundamentalmente, los científicos se anticiparon hace muchos años a los artistas, representados por el gran Ruy Jacques. En su conjunto, tu sorprendente ley de Radiación Estelar es conocida desde hace doscientos años o más.

    Mientras el hombre permanecía inmóvil allí, como momentáneamente alucinado por la enormidad de su fracaso, Anna empezó a sentir piedad de su mujer. El artista se alzó desalentado de hombros.

    —Ciencia versus Arte. Y el artista lo dio todo de sí, y lo perdió. La Ley de Jacques debe entonar su canto de cisne, y luego ser olvidada completamente. —Dirigió a su mujer un gesto resignado—. ¿Querrías, querida, administrar el coup de gráce estableciendo las coordenadas adecuadas en el audiosintetizador Fourier?

    Anna intentó adelantar una mano en señal de aviso, gritarle en voz alta al hombre que estaba yendo demasiado lejos, que la humillación que estaba preparándole a su mujer era innecesaria, injusta, y que lo único que conseguiría sería levantar aún más la muralla de odio que cimentaba sus almas antípodas.

    Pero era demasiado tarde. Martha Jacques avanzaba ya hacia el piano Fourier, y en unos segundos había tecleado los datos de las ecuaciones y pulsado la palanca que los integraba. La psiquiatra sintió que su mente y lengua estaban completamente paralizadas por el rápido desarrollo de aquel inesperado drama, que estaba alcanzando ahora su tragicómico clímax.

    Un profundo silencio se adueñó de la habitación.

    Anna tuvo la impresión de que aquellos ávidos rostros, al menos la mayor parte cíe ellos —los amigos más íntimos de Jacques— comprendían la naturaleza de aquella pequeña comedia y se preparaban para echar sal a la herida que él iba a abrirle a su mujer. Luego, en el espacio de tres segundos, todo hubo terminado.

    El piano Fourier había sintetizado las siete ecuaciones, seis cortas, una larga, en sus equivalentes tonales, y las había reproducido.

    Dorran, el director de orquesta, rompió el incómodo silencio que siguió.

    —¿Podrías decirme, Ruy, viejo amigo —resopló— cuál es la diferencia que existe entre la "Ley de Jacques de la Radiación Estelar" y "Twinkle, twinkle, little star"?

    Anna, entre divertida y comprensiva, observó cómo el rostro de Martha Jacques se iba volviendo lentamente ceniciento.

    El artista, como sorprendido, respondió: —Es cierto, ahora que lo dices, parece que existe un ligero parecido.

    —¡Son idénticas! —gritó una voz. —"Twinkle, twinkle" es una vieja tonada del folklore del continente —añadió otra voz—. Hace tiempo descubrí que está basada en la "Sinfonía sorpresa" de Haydn, compuesta en el siglo catorce.
    —Oh, pero esto es completamente imposible —protestó Jacques—. Martha acaba de decir que la ciencia la descubrió primero, hará cosa de unos doscientos años de ello.

    La voz de la mujer destilaba agua regia.

    —Tú planeaste esto deliberadamente, tan solo para humillarme delante de esos... de esos payasos.
    —Martha, te aseguro...
    —Te lo advierto por última vez, Ruy. Si vuelves a humillarme otra vez, ¡te mataré!

    Jacques retrocedió, fingiendo alarma, mientras un coro de risas lo envolvía.

    El grupo se dispersó, dejando a las dos mujeres solas. Repentinamente consciente del áspero escrutinio de Martha Jacques, Anna se giró hacia ella.

    —¿Por qué no ha conseguido usted devolverle al buen sentido? —dijo Martha Jacques—. Le pago lo suficiente.

    Anna esbozó una ligera sonrisa helada.

    —Para conseguirlo necesito la ayuda de usted. Y usted no está ayudando cuando desprecia su sentido de los valores... por muy ridículos que le puedan parecer.
    —¡Pero el Arte es realmente tan idiota! La Ciencia...

    Anna rió suavemente.

    —¿Se da cuenta? ¿Le gusta que él la evite?
    —¿Qué haría usted?
    —¿Yo? —Anna se estremeció ligeramente.

    Martha Jacques la observaba con penetrantes ojos.

    —Sí, usted. ¿Si usted lo deseara?

    Anna vaciló, respirando agitadamente. Luego, gradualmente, sus ojos se fueron abriendo cada vez más, soñadores y lejanos, como lunas emergiendo sobre el horizonte de un desconocido y exótico paisaje. Sus labios se abrieron en un resignado fatalismo. No le importó lo que estaba diciendo:

    —Olvidaría que deseo, por encima de todo, ser hermosa. Pensaría solo en él. Me preguntaría qué era lo que estaba pensando, y olvidaría mi integridad mental para intentar pensar como él piensa. Aprendería a ver por sus ojos y a oír por sus oídos. Cantaría sus éxitos y callaría sus fracasos. Cuando estuviera de mal humor o deprimido, no intentaría probar o insistir en que yopodríaayudartesitumedejaras. Luego...

    Martha Jacques resopló.

    —En pocas palabras, no sería más que una sombra abnegada, desprovista de personalidad y sin ideas propias. Eso puede estar muy bien para alguien como usted. Pero para un científico, ¡hasta pensar en ello es ridículo!

    La psiquiatra se alzó delicadamente de hombros.

    —De acuerdo. Es ridículo. ¿Qué mujer sana, en la cúspide de su profesión, abandonaría súbitamente su carrera para adaptar (usted diría someter) su identidad, toda su existencia, a la mentalidad completamente ajena de un hombre?
    —En efecto, ¿qué mujer?

    Anna pensó en sí misma, y no dijo nada. Finalmente habló:

    —Bien, ese es el precio; tómelo o déjelo, eso es todo. ¿Qué otra cosa puede hacer una mujer?
    —¡Luchar por sus derechos! —declaró Martha Jacques briosamente.
    —¡Alabada sea la perseverancia sin recompensa! —Ruy Jacques estaba de vuelta, tambaleándose ligeramente—. ¡Amigos! ¡Un brindis! Bebamos a la salud de estos dos miembros con pleno derecho de la orden de los Caballeros del Santo Grial. —Se inclinó con una burlona sonrisa hacia su ceñuda mujer—. ¡A la salud de Martha! ¡Para que en breve resuelva la Roseta de Jacques y conduzca a la humanidad a los cielos!

    Simultáneamente bebió y levantó una mano para pedir silencio ante el repentino estallido de risas y murmullos. Luego, girándose hacia la aprensiva psiquiatra, intentó una segunda reverencia con tanta ampulosidad que sus gafas saltaron de su nariz. Mientras se enderezaba de nuevo, de todos modos, las arrastró consigo y volvió a colocárselas tranquilamente.

    —A la salud de mi vieja maestra, la doctora van Tuyl. Un ruiseñor cuya secreta ambición es convertirse en tan hermosa como una rosa roja roja roja. Quiera Alá atender a sus plegarias. —Parpadeó al verla inmutable en el repentino silencio—. ¿Cuál es el diagnóstico, doctora? —Que es usted un estúpido borracho —dijo Anna—. Pero dejémoslo. —Se sentía dolorida, su cabeza giraba. Levantó la voz hacia el creciente grupo de rostros—. ¡Señoras y señores, les presento al tercer caballero del grial! Un auténtico gran artista. Ruy Jacques, un hijo de la era futura, cuya búsqueda no es sin objeto, como él querría que pensasen ustedes, sino una cierta rosa maravillosa. Sus sedosos pétalos deberán poseer una textura sutil, pero ser al mismo tiempo firmes, y brillantemente rojos. Esa es la rosa que debe encontrar, para salvar su mente y su cuerpo, y poner un alma en ellos.
    —¡Es cierto! —gritó el artista, con una tenebrosa alegría—. ¡A la salud de Ruy Jacques, pues! Vamos, todos juntos. ¡La fiesta es de Martha!

    Se quitó las gafas, y giró un rostro repentinamente grave hacia su audiencia.

    —Pero no hay por qué sentir realmente piedad en el caso de Anna, ¿no? Porque su cura es tan sencilla.

    La psiquiatra escuchó; su cabeza pulsaba dolorosamente.

    —Como podría decirle cualquier psiquiatra competente —prosiguió despiadadamente el artista—, ella se ha identificado con el ruiseñor en su ballet. Pero el ruiseñor no es digno de mucha consideración. Por arriba es de un color marrón sucio; por debajo, uno podría decir que es gris parduzco. ¡Pero ah! ¡El alma de este humilde pajarillo! Mira dentro de mi alma, dice ella. Abrígame en tus fuertes brazos, mira dentro de mi alma, y piensa en mí como en algo tan hermoso como una rosa roja.

    Incluso antes de que pusiera sus gafas ahumadas encima de la mesa, Anna supo lo que iba a ocurrir. No necesitó ver la rigidez de las mejillas ni el aletear de las ventanillas de la nariz de Martha Jacques, ni el repentino destello de temor en los ojos de Bell, para saber lo que iba a ocurrir a continuación.

    El adelantó los brazos hacia ella, su maligno rostro de sátiro casi impasible salvo por su eterno asomo de sardónica sonrisa burlona.

    —Estás en lo cierto —susurró ella, medio a él, medio a una parte de sí misma que permanecía escuchando, aguardando—. Deseo que me tomes en tus brazos y me hagas sentir hermosa. Pero no puedes, porque no me amas. No funcionará. Todavía no. Adelante, pruébalo.

    A miles de kilómetros y años de distancia, oyó el horrorizado gorgoteo de Grade.

    Pero su trance la arrastró. Se sumergió en el abrazo de Ruy Jacques, levantó su rostro tanto como le permitió su espina dorsal, y cerró sus ojos.

    El la besó rápidamente en la frente y la soltó.

    —¡Ya está! ¡Curada!

    Ella retrocedió un poco y lo miró meditativamente.

    —Hubiera preferido que te preocuparas de ti mismo, ya que nada puede ser hermoso para ti... no al menos hasta que aprendas a mirar a los demás tan alto como lo hace Ruy Jacques.

    Bell se acercó a ellos. Su rostro estaba húmedo, gris. Susurró:

    —¿Estáis locos los dos? ¿No podéis dejar eso para otra ocasión en que haya menos gente delante?

    Pero Anna se sentía fatalísticamente calmada.

    —Tenía que demostrarles algo. Aquí. Ahora. Nunca me hubiera atrevido si no hubiera existido una audiencia delante. Ahora, ¿puedes llevarme a casa?
    —Es lo peor que podrías hacer —replicó Bell agitadamente—. Eso confirmaría las sospechas de Martha. —Miró nerviosamente a su alrededor—. Se ha ido. No sé que será mejor o peor. Pero Grade os está vigilando. Ruy, si tienes la menor noción de lo que es decencia, ve a aquel grupo de señoras y besa a unas cuantas. Quizá eso aleje algo las sospechas de Martha. Anna, tú quédate aquí. Dedícate a hablar. Intenta que todo parezca como un incidente divertido de los que se olvidan en seguida. —Rió forzadamente—. De otro modo te convertirás en la Primera Mártir de la Causa del Arte.
    —Perdón, doctora van Tuyl.

    Era Grade. Su voz era brutalmente fría, y las sílabas surgían de sus labios con una acerada finalidad.

    —¿Sí, coronel? —dijo Anna nerviosamente.
    —A la Oficina de Seguridad le gustaría hacerle algunas preguntas.
    —¿Sí?

    Grade se giró y miró fríamente a Bell.

    —Es preferible que sea en privado. No tomará mucho tiempo. Si la señora tiene la amabilidad de pasar a la habitación contigua, mi asistente se encargará de todo lo demás. —Precisamente la doctora van Tuyl iba a irse —dijo Bell secamente—. ¿No me dijiste que tenías un terrible dolor de cabeza, Anna?

    Con un movimiento casual, Grade desabrochó la solapa de la pistolera que colgaba de su cinturón.

    —Si la doctora van Tuyl abandona la habitación contigua dentro de diez minutos, sola, entonces podrá irse del estudio de la forma que desee.

    Anna observó que el rostro de su amigo se volvía pálido. Se humedeció los labios y murmuró:

    —Creo que es mejor que vayas, Anna. Pero ten cuidado.


    12


    La habitación era pequeña y estaba casi vacía. Su único mobiliario era un antiguo calendario, un perchero, algunos montones de polvorientos libros, una mesa (vacía salvo una tela pintada enrollada) y tres sillas.

    En una de las sillas, al otro lado de la mesa, estaba sentada Martha Jacques.

    Parecía casi sonreírle a Anna; pero la amigable curva de sus hermosos labios quedaba totalmente anulada por sus ojos, que pulsaban odio con la paralizante fuerza de golpes físicos.

    En la otra silla estaba sentado Willie el Corcho, casi irreconocible en su sobria actitud.

    La psiquiatra se llevó una mano a la garganta como para recuperar la voz, y al realizar aquel movimiento vio con el rabillo del ojo que Willie, en un rápido movimiento, metía al mismo tiempo su mano en el bolsillo de su chaqueta, invisible bajo la mesa. Lentamente le llegó la comprensión de que la estaba apuntando con un arma.

    El hombre fue el primero en hablar, y su voz era tan firme e incisiva que Anna dudó de su primera identificación intuitiva.

    —Evidentemente, la matará si intenta usted cualquier acción imprevista. Así que por favor siéntese, doctora van Tuyl. Déjenos poner nuestras cartas sobre la mesa.

    Era demasiado increíble, demasiado irreal, para sentir miedo en aquel momento. Tornó una silla y, con una indefinible sensación exultante, se sentó.

    —Como ya debe haber sospechado desde hace algún tiempo —prosiguió secamente el hombre—, soy un agente de Seguridad.

    Anna encontró su voz.

    —Sólo sé que estoy siendo retenida por la fuerza. ¿Qué es lo que desean?
    —Información, doctora. ¿A qué gobierno representa?
    —A ninguno.

    El hombre bufó.

    —¿No se ha dado cuenta, doctora, que tan pronto como usted deje de responder sensatamente, la mataré?

    Anna van Tuyl miró del hombre a la mujer. Pensó en buitres merodeando, y repentinamente sintió terror. ¿Qué podía haber hecho para atraer aquella airada atención? No lo sabía. Pero entonces, ellos tampoco sabían mucho acerca de ella. Aquel hombre no la mataría hasta saber algo más. Y entonces seguramente se daría cuenta de que todo era un error.

    Dijo:

    —O bien soy una psiquiatra atendiendo un caso especial, o bien no lo soy. No me hallo en situación de probar la hipótesis positiva. De todos modos, según una ley silogística, deben ustedes aceptarla hasta que tengan la posibilidad de probar la negativa. Por tanto, hasta que me den una oportunidad de explicarme o dispongan de una evidencia segura, de lo contrario, no podrán estar realmente seguros de que soy otra cosa distinta a lo que digo que soy.

    El hombre sonrió indolentemente.

    —Una buena jugada, doctora. Espero que le estén pagando lo que se merece. —Se echó bruscamente hacia adelante—. ¿Por qué está intentando que Ruy Jacques se enamore de usted?

    Ella le miró con ojos sorprendidos.

    —¿Qué está diciendo?
    —¿Por qué está intentando que Ruy Jacques se enamore de usted?

    Ella consiguió mantener la mirada del hombre, pero su voz flaqueó.

    —No le entendí la primera vez. Dice usted... que yo estoy intentando que él se enamore de mí. —Sopesó la idea durante un largo momento, como si fuera algo nuevo para ella—. Y me temo... que es cierto.

    El hombre pareció desconcertado, luego sonrió con un repentino reconocimiento.

    —Es usted muy hábil. Ciertamente, es la primera en intentar ese camino. De todos modos no acabo de comprender lo que espera conseguir con su falsa sinceridad.
    —¿Falsa? ¿No se dio cuenta de ello usted mismo? No, veo que no. Pero la señora Jacques sí. Y me odia por ello. Porque soy tan solo una parte del odio mucho mayor que siente hacia él. Incluso su ecuación Sciomnia es tan sólo una parte de ese odio. Ella no está trabajando en un arma biofísica tan solo porque sea una patriota, sino por despecho hacia él, para mostrarle que su ciencia es superior a...

    La mano de Martha Jacques cruzó violentamente la mesita y golpeó a Anna en la boca.

    El hombre se limitó a murmurar:

    —Por favor, contrólese un poco más, señora Jacques. Una interrupción procedente del exterior sería de lo más inconveniente en este momento. —Sus duros ojos se giraron hacia Anna—. Una tarde, hará una semana, cuando el señor Jacques estaba a sus cuidados en la clínica, le dejó usted papel y lápiz.

    Anna asintió.

    —Quería que intentara la escritura automática.
    —¿Qué es la "escritura automática"?
    —Simplemente escribir mientras la mente consciente está absorbida en una actividad completamente distinta, como por ejemplo la música. El señor Jacques tenía centrada su atención en una cierta música compuesta por mí mientras sostenía entre sus manos papel y lápiz. Si su reciente incapacidad para leer y escribir era causada por algún bloqueo psíquico, era muy posible que su mente subconsciente pudiera superar el bloqueo y deseara escribir... al igual que uno traza inconscientemente garabatos mientras está hablando por el visor.

    El hombre le tendió una hoja de papel.

    —¿Puede usted identificar esto?

    ¿Qué estaba intentando? Examinó vacilante la hoja.

    —Es tan solo una hoja en blanco de mi bloc privado de notas con membrete. ¿Cómo lo ha obtenido?
    —Del montón que usted dejó junto con el señor Jacques.
    —¿Y?
    —También encontramos otra hoja del mismo tipo bajo la cama del señor Jacques. Había escritas en ella algunas cosas muy interesantes.
    —Pero el señor Jacques personalmente dijo que no había obtenido resultados positivos.
    —Y probablemente estaba en lo cierto.
    —Pero usted dice que escribió algo —insistió ella; momentáneamente, el peligro personal que corría quedó borrado ante su interés profesional.
    —Yo no he dicho que él escribiera nada.
    —¿No estaba escrito con la misma pluma?
    —Lo estaba. Pero no creo que lo escribiera él. No era su caligrafía.
    —Eso ocurre muchas veces en la escritura automática. La caligrafía resulta modificada de acuerdo con la personalidad de la unidad subconsciente disociada. La alteración es a veces tan grande que la escritura resulta irreconocible como hecha por la mano del sujeto.

    El hombre la miró escrutadoramente. —Esta escritura es perfectamente reconocible, doctora van Tuyl. Me temo que ha cometido usted un grave error. ¿Quiere que le diga de quién es esa caligrafía?

    Ella apenas oyó su propio susurro:

    —¿Mía?
    —Sí.
    —¿Quién lo dice?
    —Usted lo sabe muy bien.
    —No lo sé. —Notó que, bajo sus ropas, todo su cuerpo estaba cubierto de sudor helado—. Al menos deben darme una posibilidad de explicarme. ¿Puedo ver eso?

    El la miró pensativamente por un instante, luego buscó algo en su bolsillo.

    —Esto es una fotocopia. El papel, la textura, la tinta, todo, es una copia perfecta de su original.

    Ella estudió la hoja con un fruncimiento de perplejidad. Había unas pocas líneas garabateadas con tinta roja. Pero no era su caligrafía. De hecho, no era ni siquiera caligrafía... ¡tan solo una masa de garabatos ilegibles!

    Anna sintió un estremecimiento de miedo. Balbuceó:

    —¿Qué es lo que pretenden?
    —¿No niega que usted escribió esto?
    —Por supuesto que lo niego. —Ya no conseguía controlar el temblor de su voz. Sus labios eran masas de plomo, su lengua una losa de piedra—. Esto es... irreconocible...

    El Corcho la miró con una siniestra paciencia.

    —En el ángulo superior izquierdo está su monograma: "A. v T.", el mismo que en la otra hoja. Admitirá al menos esto.

    Por primera vez, Anna examinó realmente el presunto trío de iniciales envuelto en la elipse familiar. La elipse estaba allí. Pero la impresión dentro de ella era... ilegible. Tomó de nuevo la primera hoja... la hoja en blanco. El tacto del papel, incluso su aroma, gritaban que era genuino. Era realmente el suyo. ¡Pero el monograma!

    —¡Oh, no! —susurró.

    Sus despavoridos ojos erraron por la habitación. El calendario... la misma pintura de la misma vaca... ¡pero el resto...! Un montón de libros en el rincón... los dorados títulos de los lomos... con el polvo acumulado durante meses... la etiqueta en el rollo de tela pintada... incluso el reloj en su muñeca.

    Garabatos. Ya no sabía leer. Había olvidado cómo hacerlo. Los irónicos dioses habían escogido aquel momento crítico para cegarla con su brillante don.

    ¡Tenía que enfrentarse a ello! ¡Y seguir jugando el juego!

    Se humedeció los temblorosos labios.

    —No consigo leer. Me dejé las gafas de lectura afuera, en el bolso. —Devolvió la hoja—. Si lo leyera usted, tal vez reconocería el contenido.
    —Creo más bien —dijo el hombre— que está intentando que aparte mis ojos de usted. Si no le importa, lo recitaré de memoria: "¡...qué clímax singular para el Sueño! Y sin embargo inevitable. Arte versus Ciencia decreta que uno de nosotros deba destruir el arma Sciomnia; pero eso puede esperar hasta que seamos más numerosos. Así, lo que yo haga es solo por él, y su futuro, depende de ello. De este modo, la Ciencia se inclina ante el Arte, pero ni siquiera el Arte lo es todo. El Estudiante debe conocer qué es lo más importante cuando ve muerto al Ruiseñor, pero solamente entonces reconocerá. .."

    Hizo una pausa.

    —¿Eso es todo? —preguntó Anna.
    —Eso es todo.
    —¿No hay nada acerca de... una rosa?
    —No. ¿Qué significa la palabra código "rosa"?

    ¿Muerte?, meditó Anna. ¿Era la rosa un sinónimo criptolálico para la sepultura? Cerró los ojos y se estremeció. ¿Eran aquellos realmente los pensamientos de ella, impresos en la mente y en la muñeca de Ruy Jacques desde alguna silla de la platea ante su propio ballet dentro de tres semanas? Después de todo, ¿por qué tenía que ser imposible? Coleridge afirmaba que Kublai Khan le había sido dictado a través de la escritura automática. Y aquél místico inglés, William Blake, reconoció libremente haber sido con frecuencia el amanuense de una personalidad desconocida. Y había otros muchos casos. Así, desde algún desconocido tiempo y lugar, la mente de Anna van Tuyl había sintonizado con la de Ruy Jacques, y su mente había olvidado momentáneamente que ambos ya no podían escribir, y había registrado un extraño sueño.

    Fue entonces cuando se dio cuenta de los... susurros.

    No, no eran susurros... no exactamente. Eran más bien agitadas vibraciones, mezclándose, aumentando de intensidad, descendiendo. Su corazón latió más apresuradamente cuando se dio cuenta de lo que aquello significaba. Era como si algo en su mente estuviera vibrando repentinamente en rapport con un mundo subetéreo. Le estaban siendo transmitidos mensajes para los cuales no necesitaba ni lengua ni oído; estaban más allá del sonido... más allá del conocimiento, y zumbaban vertiginosamente a su alrededor procedentes de todas direcciones. Del anillo que llevaba. De los botones de bronce de su chaqueta. Desde la tubería vertical que descendía hasta el suelo en el rincón. Desde el reflector de metal de la luz del techo.

    Y el más fuerte y el más significativo de todos ellos provenía del arma invisible. El Corcho palpó el bolsillo de su chaqueta. Tan segura como si la hubiera visto en plena acción, Anna supo que el arma había matado en el pasado. Y no una sola vez. Se descubrió a sí misma intentando captar aquellos pensamientos residuales de muerte: una... dos... tres veces... más allá de las cuales se entremezclaban en un caos de violencia constante, indescifrable.

    Y en aquel momento el arma empezó a gritar:

    —¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!

    Se pasó la palma de su mano por la frente. Todo su rostro estaba cubierto de frío sudor. Tragó saliva ruidosamente.


    13


    Ruy Jacques estaba sentado ante el iluminador metálico situado junto a su caballete, aparentemente absorto en la profunda contemplación de sus caprinos rasgos, y completamente ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. En realidad estaba casi completamente perdido en una sardónica y silenciosa alegría acerca de la triangular lucha mortal que estaba alcanzando su clímax al otro lado de la pared interior de su estudio, y que se veía ampliada en su remarcable mente hasta un grado increíble por el espejo parabólico del iluminador.

    La urgente voz de Bell siseó de nuevo llamando su atención.

    —La sangre de ella caerá sobre tu cabeza. Todo lo que tienes que hacer es entrar allí. Tu mujer no permitirá ninguna violencia contigo a su lado.

    El artista alzó sus deformados hombros en un gesto irritado.

    —Quizá. ¿Pero por qué he de arriesgar mi piel por un pequeño ruiseñor estúpido?
    —¿Será porque tu desarrollo más allá del sapiens ha servido simplemente para agudizar tu objetividad, para acentuar tu inherente y tremenda necesidad de identificarte incluso con la mejor de las criaturas que te siguen? ¿Es la indiferencia la que ha empujado a Martha casi hasta la locura, de tal modo que ahora desee vengarse en la primera mujer que encuentre que te haya conocido? —Bell suspiró pesadamente—. No hace falta que me respondas. La propia insensatez de su inminente asesinato te divierte. Tu ruiseñor está a punto de ser empalado en su espino, para nada, como siempre. Tu única lamentación en este momento es que no le puedes dar la seguridad de que acudirás diligentemente a examinar su cuerpo para hallar en él la rosa que estás buscando.
    —Una tal crueldad mental —dijo Jacques con tono de pena— sólo puede esperarse de uno de los errores de Martha. Me refiero al Corcho, por supuesto. ¿Acaso no se da cuenta de que Anna no ha terminado la partitura de su ballet? Evidentemente no tiene ningún sentido musical. Tienes razón como siempre, doc. Debemos castigar tal incultura. —Se acarició la barbilla, luego se levantó de la silla plegable.
    —¿Qué es lo que vas a hacer? —preguntó secamente el otro.

    El artista se abrió paso hacia el equipo de sonido.

    —Poner una determinada selección de la Sexta de Tchaikovski. Si Anna es sólo la mitad de la chica que tú piensas, ella y Peter Ilitch muy pronto tendrán a Mart comiendo de la palma de su mano.

    Bell lo escrutó ansioso, aunque con un cierto sentimiento de frustración, mientras el otro seleccionaba una cinta de su librería de grabaciones y la insertaba en el reproductor. Con creciente desconcierto, vio a Jacques subir el volumen tanto como le fue posible.


    14


    Asesinato, una pieza en un acto dirigida por la señora Jacques, pensó Anna. Con efectos sonoros a cargo del señor Jacques. Pero los hechos no encajaban. Era impensable que Ruy hiciera algo para complacer a su esposa. En todo caso, intentaría contrariarla. ¿Pero cuál era su propósito poniendo a todo volumen el final del primer movimiento de la Sexta? ¿Estaba intentando hacerle llegar algún tipo de mensaje?

    Eso era. Ya lo tenía. Seguiría viviendo. Si...

    —Dentro de un momento —le dijo al Corcho con calculada voz— va a quitar usted el seguro de su pistola, calcular cuidadosamente la puntería, y apretar el gatillo. Normalmente, puede usted realizar esos tres actos en una secuencia casi instantánea. En este momento, si yo intentara volcar la mesa contra usted, podría meter una bala en mi cabeza antes de que yo hiciera el primer movimiento. Pero dentro de sesenta segundos ya no tendrá usted esta ventaja, ya que su sistema nervioso motor se verá influenciado por los esquemas sobreimpuestos del extraordinario Segundo Movimiento de la sinfonía del estudio que estamos escuchando.

    El Corcho empezó a reír, pero bruscamente frunció el ceño.

    —¿Qué está diciendo?
    —Todos los actos motores son realizados según esquemas rítmicos sencillos. Caminamos en el tiempo de dos por cuatro de la marcha. Bailamos el vals, utilizamos el pico y cogemos manualmente o cambiamos de sitio objetos al ritmo de tres por cuatro.
    —Esas tonterías son tan sólo un intento de ganar tiempo —intervino Martha Jacques—. Mátala.
    —Es un hecho —continuó Anna apresuradamente (¿no iba a empezar nunca aquel Segundo Movimiento?)—. Hace una década, cuando existían aún algunas fábricas que utilizaban métodos de montaje manual, los operarios aumentaban su ritmo de trabajo marcándoles la pausa de esos ritmos elementales con ayuda de la música apropiada. —(¡Ahí estaba! ¡Ya empezaba! ¡El inmortal genio de aquel ruso suicida llegaba a través de un siglo para salvarla!)—. Y ocurre que la música que estamos escuchando ahora es el Segundo Movimiento que he mencionado, y no está compuesto ni al dos por cuatro ni al tres por cuatro, sino al cinco por cuatro, un ritmo oriental que ofrece dificultades incluso a los más hábiles músicos y bailarines occidentales. Subconscientemente está usted intentando adaptarlo a los únicos ritmos a los cuales está sintonizado su sistema nervioso motor. Pero no puede. Ningún occidental puede, ni siquiera un bailarín profesional, a menos que posea un entrenamiento especial —su voz tembló levemente—, en eurítmica delcroziana.

    Empujó la mesa.

    Aunque sabía ya que aquello iba a ocurrir, su éxito fue tan completo, tan abrumador, que por un momento la dejó asombrada.

    Martha Jacques y el Corcho se habían movido con ansiosos y bruscos movimientos, como marionetas en una pesadilla. Pero su ritmo estaba completamente desfasado. Con sus respuestas motoras engranadas a un ritmo cuatro extrañamente moduladas por un esquema a ritmo cinco, el resultado era inevitablemente el compuesto aritmético de los dos: una pulsación neural que sólo podía activar el tejido muscular cuando los dos ritmos estaban en fase.

    El Corcho había iniciado con dificultad su frenética y espasmódica búsqueda del gatillo cuando la volcada mesa lo golpeó contra el suelo, junto a Martha Jacques. Anna necesitó tan sólo un instante para situarse a su lado y arrancarle la pistola de su entumecida mano.

    Luego apuntó la temblorosa arma hacia el amasijo de piernas y brazos y luchó contra la necesidad de apoyarse contra la pared y dejarse caer.

    Esperó a que la habitación dejara de dar vueltas, a que el pálido rostro y los ojos escudados tras sus gafas de Martha Jacques entraran en foco contra el borroso fondo de papel pintado barato de la pared. Y entonces los ojos de la mujer científico parpadearon y se cerraron.

    Con una cautelosa mirada al cañón del arma, el Corcho extrajo cuidadosamente una pierna de debajo de la mesa.

    —Usted tiene la pistola —dijo suavemente—. ¿Le importa que ayude a la señora Jacques?
    —Me importa —dijo Anna secamente—. Tan sólo está inconsciente... no parece que tenga nada. Deseo que siga así durante unos pocos minutos. Si se acerca usted a ella o hace algún ruido innecesario, probablemente lo mataré. Así que... los dos deberán quedarse aquí hasta que Grade acuda a investigar. Sé que tiene usted un par de esposas. Le doy diez segundos para que se las ponga usted mismo pasando por detrás de aquella tubería del rincón... con las manos a la espalda, por favor.

    Recogió del suelo el rollo de cinta adhesiva y fijó varias tiras sobre los labios del agente, tras lo cual enrolló sus tobillos con la misma cinta para evitar que diera patadas contra el suelo.

    Un momento más tarde, con su rostro convertido en una inexpresiva máscara, cerró pausadamente la puerta tras ella y permaneció un instante allí, respirando profundamente y buscando con la vista a Grade por toda la habitación.

    Estaba de pie en la entrada del estudio, mirándola fijamente. Cuando ella le dedicó una vidriosa sonrisa, él simplemente se alzó de hombros y echó a andar lentamente hacia ella.

    Con un creciente pánico, sus ojos recorrieron la habitación. Bell y Ruy Jacques estaban junto al reproductor, en apariencia profundamente absortos en el resonante estruendo de la música. Vio que Bell hacía una disimulada seña en su dirección, sin mirarla sin embargo directamente. Intentó no mostrarse apresurada al dirigirse hacia él. Se dio cuenta de que Grade se dirigía ahora directamente hacia ellos y le llevaba tan sólo unos pocos pasos de distancia cuando Bell le tendió la mano y sonrió.

    —¿Todo bien? —dijo el psicogenetista en voz muy alta.
    —Excelente —respondió ella audiblemente—. La señora Jacques y un hombre de Seguridad querían hacerme tan sólo algunas preguntas. —Se acercó más, y sus labios formularon en voz casi inaudible una pregunta a Bell—: ¿Puede Grade oírnos?

    Los labios de Bell formaron una ronca y apresurada respuesta:

    —No. Está dirigiéndose hacia la puerta de la otra habitación. Si lo que sospecho que ha ocurrido tras esa puerta es cierto, tienes apenas diez segundos para salir de aquí. Y después será mejor que te escondas. —Se giró bruscamente hacia el artista—. Ruy, tienes que acompañarla hasta la Vía. Ahora... inmediatamente. Busca tu oportunidad y déjala cuando nadie esté mirando. No va a ser demasiado difícil entre todo ese tumulto.

    Jacques agitó dubitativamente la cabeza.

    —A Martha no va a gustarle esto. Ya sabes lo estricta que es con la etiqueta. Creo que está completamente de acuerdo con Emily Post en su afirmación de que el anfitrión no debe acompañar nunca, nunca, nunca a sus huéspedes hasta la salida antes de que éstos hayan bebido todo el licor y les haya mostrado toda la vajilla de plata. Oh, bueno, si insistes.


    15


    —Vean lo que el profesor va a hacer, señoras y señores. Va a defender no una paradoja. No dos. No una docena. ¡Sino diecisiete! En el espacio de una corta hora y sin repetirse, e incluyendo una que acaba de pensar hace apenas cinco minutos: "La Seguridad es peligrosa."

    Ruy frunció el ceño y luego le susurró a Anna:

    —Eso iba por nosotros. Quiere decir que los hombres de Seguridad están por los alrededores. Movámonos. La siguiente puerta. Ellos no van a buscar a una mujer ahí.

    Mientras hablaba la empujó hacia la sala de ajedrez. Ambos se zambulleron bajo el letrero de Solo Para Hombres (que ella ya no podía leer), empujaron las puertas batientes, y penetraron sin que nadie les impidiera el paso, pasando entre la pared y una hilera de jugadores. Un hombre los miró brevemente por el rabillo del ojo.

    La mujer se detuvo, intranquila. Antes había captado el nerviosismo del arma incluso antes que Ruy, y ahora de nuevo estaban llegando a la tensa superficie de su mente una mezcolanza de débiles impresiones. Procedían de aquel jugador de ajedrez: de las monedas en su bolsillo; del movimiento de sus piezas de ajedrez; y especialmente del arma oculta en alguna parte de sus ropas. Ignoró las resonantes historias de las piezas de ajedrez y de las monedas. Acarreaban los residuos encefalográficos de demasiadas mentes. El arma invisible estaba clara. Era algo abrupto y violento, alternando con un ritmo más sutil y contenido. Se llevó una mano a la garganta mientras consideraba una interpretación: Mata... pero espera. Obviamente, no se atrevería a disparar con Ruy tan cerca.

    —Hace demasiado calor aquí —murmuró el artista—. Vamos fuera.

    Cuando salieron de nuevo a la calle, ella miró a sus espaldas y vio que la silla del hombre estaba vacía.

    Tomó la mano del artista, y empujó y tiró de él hacia el ondeante mar de humanidad.

    Debería estar pensando en las formas de ocultarse, en las formas de utilizar su nuevo don sensorial. Pero otra y más imperativa sucesión de pensamientos clamaba continuamente en ella, hasta que finalmente se concentró en una sombría realización.

    Sí, era cierto. Deseaba ser amada, y deseaba que Ruy la amase. Y él lo sabía. Cada átomo de metal que llevaba con ella le gritaba a él la necesidad de su amor.

    Pero... ¿estaba preparada para amarle? ¡No! ¿Cómo podía amar a un hombre que vivía tan sólo para pintar aquella misteriosa e irreproducible escena de la muerte del ruiseñor, y que se amaba tan sólo a sí mismo? Era fascinante, pero ¿qué mujer sensible sería capaz de destruir su carrera por una fascinación unilateral como aquélla? Quizá Martha Jacques tenía razón, después de todo.

    —¡Así que lo pescó, después de todo!

    Anna se giró hacia quien había sujetado su brazo, casi arrancando su mano de la de Ruy.

    La vendedora de filtros de amor estaba de pie junto a la cortina de entrada de su tienda, mostrando los dientes en su sonrisa a Anna.

    Mientras la joven miraba aturdidamente a la vieja mujer, Jacques preguntó con voz seca:

    —¿Hay algún desconocido por los alrededores, Violeta?
    —¿Por qué, Ruy? —respondió ella socarronamente—. Creo que estás celoso. ¿Qué tipo de desconocidos?
    —No del tipo de los alcohólicos que acostumbran a merodear por aquí los sábados por la noche. No policías de paisano. Hombres de Seguridad... tranquilos, aparentemente indolentes, pero realmente rápidos... de esos que lo ven todo, a todo el mundo.
    —Oh, 6505. Hace dos minutos que pasaron tres por vuestro lado, calle abajo.

    Ruy se acarició la barbilla.

    —Eso no me gusta. Van a empezar por aquel lado de la Vía y subir hasta encontrar a la otra patrulla detrás de nosotros.
    —Como granos de trigo entre piedras de molino —cloqueó la vieja—. Sabía que caerías en el crimen, tarde o temprano, Ruy. Eras el único inquilino que tengo que pagaba regularmente el alquiler.
    —Lo hacía el abogado de Martha.
    —Es igual, se trataba de un síntoma sospechoso. ¿Queréis probar de ir por el camino tras la tienda?
    —¿Adonde conduce?
    —Corta hasta la Vía, por el Parque de las Rosas Blancas.
    —¿Rosas blancas? —interrumpió Anna.
    —Estuvimos allí aquella primera noche —dijo Jacques—. Tienes que recordarlo... un callejón sin salida entre dos muros de rosas blancas. Una fuente. Algo precioso, pero no para nosotros, no ahora. Sólo tiene una entrada. Tenemos que buscar alguna otra cosa.
    —No, espera —dijo la psiquiatra, vacilante.

    Por algunos instantes se había sentido impresionada por el violento contraste entre este segundo descenso por la Vía y la irresponsable alegría de aquella primera noche. La calle, las barracas, las risas parecían las mismas, pero no lo eran realmente. Eran como una partitura musical que nos resulta familiar, pero que alguna mano demoníaca ha alterado sutilmente, convirtiéndola en algo mucho más violento y fatalista. Era como el segundo movimiento del Romeo y Julieta de Tchaikovski: todas las brillantes promesas del primer movimiento estaban allí, pero la repetición las había transfigurado en aterradoras premoniciones.

    Se estremeció Aquel segundo movimiento, aquel eco del destino, estaba envolviéndola en un lempo terriblemente rápido, como impaciente por consumar su posesión. Resultase de ello seguridad o muerte, debía ceder al esquema de la repetición.

    Su voz parecía surgir de un sueño cuando dijo:

    —Llévame otra vez al Parque de las Rosas Blancas.
    —¿Qué? ¡Sé juiciosa! Ahí fuera, al aire libre, no tienes ninguna posibilidad.
    —Pero tengo que ir ahí. Por favor, Ruy. Creo que existe algo relacionado con una rosa blanca. No me mires como si estuviera loca. Por supuesto que estoy loca. Si no quieres venir conmigo, iré sola. Pero iré.

    Los severos ojos de él la estudiaron es un especulativo silencio, luego miró hacia otro lado. En su inmovilidad, su rostro reflejaba su profunda introspección.

    —La posibilidades no dejan de ser fascinantes. Los secuaces de Martha seguro que están buscándote. ¿Pero serán capaces de verte? ¿Es la mano que esgrime la pistola tan hábil con el pincel y la paleta? No lo creo. De nuevo el Arte y la Ciencia. La escuela puntillista versus la escuela policial. Un tanto a favor de Anna... si funciona. El vestido de Anna es verde. El complemento del verde es el púrpura. El vestido de Violeta servirá.
    —¿Mi vestido? —gritó la vieja—. ¿Qué estás pensando hacer, Ruy?
    —Nada. Espléndido. Sólo quiero que te quites uno de tus vestidos. El más exterior servirá.
    —¡Señor! —Violeta empezó a farfullar palabras casi inaudibles.

    Anna miraba todo aquello en un vago distanciamiento, aceptándolo como otra de las diarias locuras del hombre. No tenía la menor idea del porqué él deseaba aquel sucio y ajado vestido púrpura, pero pensó que sabía cómo podía ayudarle a conseguirlo, al tiempo que introducía simultáneamente otro tema repetitivo a aquel segundo movimiento de su hipotética sinfonía.

    —Está intentando hacer un trato razonable contigo, Violeta —dijo.

    La mujer dejó de farfullar. Les miró suspicaz.

    —¿Qué clase de trato?
    —El beberá uno de tus filtros de amor.

    Los ajados labios se fruncieron sorprendidos.

    —Lo considero una buena idea, si él está de acuerdo, pero estoy segura de que no lo estará. Porque ese bribón no ama a nadie en todo el mundo excepto quizás a sí mismo.
    —Y además está dispuesto a brindar por su amada —dijo Anna.

    El artista se mostró elusivo.

    —Te quiero mucho, Anna, pero no quiero que me atrapen. Además, todo esto es una idiotez. ¿Qué es un vaso de agua acidificada entre unos amigos?
    —El brindis no es para mí, Ruy. Es para una Rosa Roja.

    El la miró, intrigado.

    —¿Oh? Bueno, si eso te ha de complacer... De acuerdo, Violeta, pero quítate este vestido antes de preparar la poción.

    ¿Por qué, pensó Anna, sigo pensando que su declaración de amor a una rosa roja es mi sentencia de muerte? Todo está ocurriendo demasiado aprisa. ¿Qué, quien... es La Rosa Roja? El Ruiseñor muere convirtiendo en roja la rosa blanca. Así que ella... o yo... no podemos ser la Rosa Roja. Además, el Ruiseñor es feo, y la Rosa es hermosa. ¿Y por qué quiere El Estudiante una Rosa Roja? ¿Cómo podrá permitirle la entrada a su baile misterioso?

    —Ah, Madame De Medici está de vuelta —Jacques tomó el vaso y las ropas que la vieja dejó sobre la mesa—. ¿Cuáles son las palabras correctas? —preguntó a Anna.
    —Las que tú quieras decir.

    Los ojos del hombre, súbitamente graves, miraron directamente a los de ella. Dijo con suavidad:

    —Si algún día la Rosa Roja se presenta ante mí, la amaré para siempre.

    Arma se estremeció cuando él alzó el vaso.


    16


    Un poco más tarde penetraban sigilosamente en el Parque de las Rosas Blancas. Los capullos estaban empezando a abrirse, y miles de floridos ojos blancos les hacían guiños a la fría luz artificial. Como la otra vez, el recinto estaba vacío y silencioso, excepto por el rítmico chapoteo de la única fuente.

    Anna abandonó un incoherente deseo de analizar la urgencia que la había empujado a acudir allí por segunda vez. Todo era demasiado fatalista, pensó, demasiado envolvente. Aunque me engañara a mí misma, no podría sentirme menos triste al respecto.

    —Piensa —murmuró en voz alta— que en menos de diez minutos todo quedará resuelto, de una u otra forma.
    —¿Realmente? ¿Pero dónde está mi rosa roja?

    ¿Cómo podía ella ni siquiera considerar la idea de amar a aquel incorregible burlón? Dijo fríamente:

    —Creo que será mejor que te vayas. Dentro de muy poco es probable que haya aquí mucha agitación. —Pensó en cómo se vería su propio cuerpo, desarticulado en el suelo, desfigurado, más feo que nunca. No podía permitir que él la viera de aquella forma.
    —Oh, tenemos mucho tiempo. Así que no hay ninguna rosa roja, ¿eh? Hummm. Me parece, Anna, que te estás preparando a ti misma para una muerte prematura. Y realmente hay ese problemita de la rosa que debemos afrontar primero, ¿sabes? Como El Estudiante, debo insistir acerca de mis derechos.

    ¿Por qué estaba diciendo aquello?

    —Ruy, por favor... —Su voz temblaba, y de repente se sintió al borde de las lágrimas.
    —De acuerdo, querida, no es necesario que te disculpes. Incluso el mejor de nosotros tiene momentos de irreflexión. Aunque debo admitir que nunca esperé esa falta de consideración, esos pobres modales, de ti. Pero, en el fondo, no eres realmente una artista. No sabes apreciar las formas. —Empezó a desdoblar el fajo de ropas color púrpura, y su voz adoptó un tono de dogmatismo discursivo propio de un conferenciante—. La perfección de las formas, desde un punto de vista técnico, es el mayor logro posible para el artista. Cuando subordina las formas a lo subyacente, degenera finalmente hasta un adulador, a un científico, o, lo peor de todo, un Hombre con un Mensaje. ¡Aquí está, toma! —Le tendió el ajado vestido a Anna, que lo aceptó con rebelde curiosidad.

    Críticamente, los ojos del artista examinaron el nauseabundo contraste de los vestidos púrpura y verde, echó una momentánea ojeada hacia el semicírculo tachonado de blanco que había más allá, y luego continuó:

    —No hay nada como una escuela dentro de otra escuela para drenar las formas hasta el fondo. Y pese a sus errores, los puntillistas del movimiento impresionista saben darle al color una magnífica profundidad cromática. Sus paletas tienen tan sólo los colores del espectro, y nunca los mezclan. ¿Sabes por qué los Senas de Seurat son tan brillantes y luminosos? Porque el agua está hecha con gotas de verde, azul, rojo y amarillo puros, alternados con blanco en una proporción adecuada. —Hizo un gesto con la mano, y ella le siguió mientras él andaba lentamente, siguiendo el semicircular camino enarenado—. Qué pena que Martha no esté aquí para observar nuestro pequeño experimento de estímulo tricolor. Sí, los psicólogos científicos darán finalmente forma matemática a aquello que los puntillistas sabían mucho antes que ellos... que una masa de puntos de cualquiera de tres colores espectrales, o de un color y de su color complementario, pueden ofrecer como resultado cualquier tonalidad imaginaria simplemente variando sus proporciones relativas.

    Anna recordó aquella primera noche con los bailarines en la calle. ¡Así que era debido a aquello que su traje de lunares verde y púrpura le había parecido al principio blanco!

    Ante el gesto de él, se detuvo y permaneció de pie, con su gibosa espalda casi rozando la masa de capullos en flor. El arco de la entrada estaba a unos escasos cien metros a su derecha. Afuera en la Vía parecía reinar un ominoso silencio. Probablemente los hombres de Seguridad estaban rastreando la zona, seguros de su presa. En un minuto o dos, quizás antes, estarían en el arco de la entrada, las armas preparadas.

    Ella inspiró profundamente y se humedeció los labios.

    El hombre sonrió.

    —Esperas que yo sepa lo que estoy haciendo, ¿verdad? Yo también lo espero.
    —Creo que comprendo tu teoría —dijo Anna—, pero no creo que tenga muchas posibilidades de funcionar.
    —Bah, muchacha. —Estudió especulativamente el vigoroso juego de agua de la fuente—. El pigmento nunca podría discutirle nada al artista. Estás olvidando que realmente no hay ningún color como el blanco. Los puntillistas sabían como simular el blanco con puntos alternados de colores primarios mucho antes de que los científicos aprendieran a hacer girar esos mismos colores en un disco. Y esos viejos maestros podían incluso crear el blanco a partir de tan sólo dos colores: uno primario y otro complementario. Tu traje verde es nuestro color primario; el vestido púrpura de Violeta es su complemento. Divertido: mézclalos como pigmentos en una masa homogénea, y obtendrás el marrón. Pero embadúrnalos en un lienzo el uno junto al otro, retrocede y míralos desde una distancia adecuada, y se convierten en blanco. Todo lo que tienes que hacer es mantener el vestido de Violeta estirado en tu brazo, a tu costado, con las franjas de capullos y de hojas verdes a tu alrededor, y tendrás como resultado esa rosa blanca que viniste a buscar aquí.
    —Pero —murmuró ella— el ángulo de interrupción visual no será lo suficientemente pequeño como para transformar los colores en blanco, ni siquiera aunque los policías no se acerquen más allá del arco de la entrada. El ojo ve dos objetos como uno tan sólo cuando el ángulo visual entre los dos es menor de sesenta segundos de arco.
    —Ese viejo falso concepto no se aplica demasiado estrictamente a los colores. El artista confía más en la sugestibilidad de la mente que en las limitaciones mecánicas de la retina. Admito que si nuestros amigos rastreadores miran en tu dirección durante algo más que una fracción de segundo te verán no como una mancha blanquecina, sino una mujer con un traje verde con una masa de algo púrpura en el brazo. Pero no van a dirigir a tu sección del parque más que una ojeada de paso.
    —Señaló al otro lado de la fuente, hacia el cuerno opuesto del sendero semicircular—. Yo estaré parado ahí, y en el momento en que alguien asome su cabeza por el arco empezaré a andar. Como todo artista sabe, la gente normal en las culturas occidentales absorbe las imágenes de izquierda a derecha, ya que son lectores levodextros. Así que nuestro agente echará una primera mirada hacia ti, y entonces su atención será momentáneamente atraída por la fuente en el centro. Y antes de que pueda volver a mirar hacia ti, yo empezaré a andar, y sus ojos se dirigirán hacia mí. La transición de su atención, por supuesto, debe ser directa e imperativa, pero al mismo tiempo tan suave, tan sutil, que no sospechará ningún control. Algo así como la pintura de Alexander, Lady on a Couch, donde las franjas convergentes del vestido de la dama fuerzan al ojo a ascender desde el margen inferior izquierdo hasta su rostro en la parte superior derecha.

    Anna miró nerviosamente hacia la entrada del jardín, y luego susurró suplicante:

    —Entonces mejor que vayas. Debes estar detrás de la fuente cuando miren hacia aquí.

    El inspiró.

    —De acuerdo, sé entender cuando estorbo. Esta es tu gratitud por convertirte en una rosa.
    —Me importa un comino la rosa blanca. ¡Lárgate!

    El se echó a reír, y luego se giró y echó a andar siguiendo la curva del sendero.

    A medida que Anna seguía las desgarbadas zancadas de sus largas piernas, su rostro se alternó entre la amargura y la admiración. Gruñó débilmente:

    —Tú... ¡monomaníaco! Tú, encantador, egoísta, insufrible, ¡inalcanzable MONOMANIACO!. No te sientes exultante porque estés salvando mi vida; yo tan sólo soy una mancha de pigmento en tu última obra maestra. ¡Te odio!

    El había rebasado ya la fuente, y estaba acercándose a la posición que había señalado antes.

    Pudo ver que estaba mirando hacia el arco de la entrada. No se atrevió a mirar ella también. Ahora ya podía detenerse y esperar a su público. Sólo que no lo hizo. Sus pasos se apresuraron. Eso significaba...

    La mujer se estremeció, cerró los ojos, y se hibernó en un paralítico estupor a través del cual le llegaba el crujir de las sandalias del hombre, filtrado como si viniera de una enorme distancia, amortiguado, burlón.

    Y entonces, procedente del arco de la entrada, le llegó el pausado crujir de otros pasos.

    En el próximo eterno segundo iba a saber si viviría o moriría.

    Pero incluso entonces, incluso mientras sondeaba las heladas profundidades de su terror, sus labios se seguían moviendo con el claro discernimiento de su muerte inminente.

    —No, no te odio. Te amo, Ruy. Te he amado desde el principio.

    En aquel instante un terrible nódulo de dolor empezó a expandirse lentamente por todo su cuerpo, a lo largo de su espina dorsal, y luego entre sus omóplatos hasta el interior de su giba espinal. La intensidad de aquel dolor la forzó a doblar sus rodillas y a erguir su cabeza en una invitación a gritar.

    Pero ningún sonido surgió de su convulsa garganta.

    Era algo insoportable, notaba que se iba a desmayar.

    El sonido de pasos murió siguiendo su camino al otro lado de la Vía. Finalmente la treta de Ruy había funcionado.

    Y a medida que la creciente angustia se extendía por su espalda, comprendió que todos los sonidos se habían desvanecido con aquel alejarse de pasos, para siempre, puesto que ya no era capaz de oír nada ni de usar sus cuerdas vocales. Había olvidado cómo, pero tampoco le importaba.

    Porque su joroba acababa de abrirse, y algo había aleteado torpemente fuera de ella, y Anna se hundió suavemente en las tinieblas de la inconsciencia.


    17


    El melancólico rostro de Ruy Jacques entrecerró los ojos para mirar hacia la moribunda noche de la Vía a través de la ventana del estudio.

    Antes de encontrarte, meditaba, la soledad era una hoja mágica y extática que me atravesaba el corazón; y cicatrizaba y volvía a abrirse a cada latido, y tenía todo lo que deseaba excepto lo único que deseaba realmente... la Rosa Roja. Mi búsqueda de esa Rosa es lo único que importa. Debo creer en eso. No debo desviarme, ni siquiera a causa de tu recuerdo, Anna, la primera persona de mi propia clase con la que me he encontrado. No debo preguntar si te han matado, no debo mostrar preocupación. Es probable que te hayan matado... Hace tres semanas ya.

    Ahora podré buscar de nuevo la Rosa. Y de nuevo el camino a la soledad.

    Sintió la proximidad de un metal familiar junto a él.

    —Hola, Martha —dijo, sin girarse—. ¿De nuevo por aquí?
    —Sí. ¿Qué tal fue la fiesta? —Su voz parecía calculadamente inexpresiva.
    —Estupenda. Ya te darás cuenta cuando recibas la factura de los licores.
    —Tu ballet se estrena esta noche, ¿no? —su voz seguía siendo estudiadamente átona.
    —Sabes condenadamente bien que no. —Su voz no albergaba rencor—. La Tanid recibió tu soborno y partió para México. Está bien. No podría soportar una prima ballerina que pareciera estar comiendo en vez de bailar. —Ella se estremeció ligeramente. Cada átomo de metal en la mujer cantaba con una secreta exaltación. Estaba pensando en un gran triunfo... algo mucho más allá de su insignificante victoria de arruinar su noche de estreno. Su inquisitiva mente captaba atisbos de algo intrincado pero integrado, completo... y mortífero. Diecinueve ecuaciones. La Roseta de Jacques. Sciomnia.
    —Así que acabaste con tu juguete —murmuró él—. Tienes lo que deseabas, y crees que has destruido lo que yo deseaba.

    La respuesta de ella fue seca, recelosa.

    —¿Cómo lo sabes, cuando ni siquiera Grade está seguro de ello? Sí, mi arma está ultimada. Puedo albergar en una mano algo que puede eliminar toda tu Vía en un instante. Una ciudad, incluso un continente, necesitarían tan sólo un poco más de tiempo. ¡Ciencia versus Arte! ¡Bah! Esta concreta encarnación de la biofísica es la respuesta a tu pueril Renacimiento... ¡tu precioso y muelle mundo de música y pintura! Tú y los de tu clase estáis indefensos cuando yo y los de mi clase elegimos actuar. En un último análisis la Ciencia significa fuerza... la habilidad de controlar las mentes y los cuerpos de los hombres.

    La sensible superficie de la mente del hombre estaba captando ahora los débiles susurros de extrañas impresiones externas, vagas y perturbadoras, y que no parecían originadas por el metal de dentro de la habitación. De hecho, ni siquiera podía estar seguro de que fueran originadas por ningún metal.

    Giró su rostro hacia ella.

    —¿Cómo puede la Ciencia controlar a todos los hombres cuando ni siquiera puede controlar individualidades... Anna van Tuyl, por ejemplo?

    Ella se alzó de hombros.

    —Tienes razón tan sólo parcialmente. Fallaron en hallarla, pero su escapatoria fue un simple accidente. De cualquier modo, ahora ya no representa ningún peligro ni para mí ni para el grupo político al que controlo. Seguridad ya la ha borrado de su lista de personas a las que hay que controlar.

    El inclinó la cabeza levemente y pareció escuchar algo.

    —Deduzco que no conseguiste hacerte con ella.
    —La sobrevaloras. Nunca fue nada más que un peón en nuestro pequeño juego de Ciencia versus Arte. Ahora que está fuera de juego, y que te he anunciado el jaque mate, no acabo de ver cuál puede ser tu interés por ella.
    —¿Así que la Ciencia me anuncia su jaque mate? ¿No es un poco prematuro? Suponte que Anna aparece de nuevo, con o sin la conclusión de su partitura del ballet. Suponte que encontramos otra prima. ¿Qué nos impide estrenar El Ruiseñor y la Rosa esta noche, como estaba previsto?
    —Nada —replicó Martha Jacques fríamente—. Nada en absoluto, excepto que Anna van Tuyl debe estar probablemente en el mismo lugar que tu anterior prima o quizás en el Polo Sur, y de todos modos, una nueva ballerina no puede aprenderse la partitura en el espacio de dos horas, aunque tú pudieras encontrar una. ¡Si ese pensamiento te reconforta, eres estúpido!

    Muy lentamente, Jacques depositó su vaso de vino en la mesa cercana. Despejó su mente agitando su cabeza de sátiro y situó todos sus sentidos en estado de receptividad. Algo estaba empezando a grabarse sobre aquel impreciso fondo de risas y tintinear de cristal. Luego sintió —u oyó— algo que trajo una leve sensación de dulzor a su frente y le hizo estremecer.

    —¿Qué te ocurre? —preguntó la mujer. Tan rápidamente como había venido, la sensación desapareció.

    Sin responder, se dirigió rápidamente hacia el centro del estudio.

    —¡Amigos parranderos! —gritó—. ¡Preparémonos para doblar, quizá para redoblar nuestro alborozo! —Con una sardónica satisfacción, observó el incómodo silencio que se produjo en ondas concéntricas a partir de él, como las olas producidas por una piedra arrojada a un estanque tranquilo.

    Cuando el silencio fue completo, inclinó la cabeza, avanzó una mano como en una horrible advertencia, y habló con el tenso susurro espectral del Roderick Usher de Poe:

    —¡Locos! ¡Os digo que ella está ahora detrás de la puerta!

    Las cabezas giraron; los ojos se clavaron en la entrada.

    Entonces, la manija de la puerta empezó a girar lentamente.

    La puerta se abrió hacia adentro, enmarcando a una embozada figura en el umbral.

    El artista se sobresaltó. Había tenido la seguridad de que se trataba de Anna.

    Tenía que ser Anna, y sin embargo no lo era. El deformado y cruelmente encorvado cuerpo se erguía ahora soberbiamente erecto bajo la capa. No había ninguna huella de deformidad espinal en aquella mujer, no había frunces de dolor alrededor de sus ahora ligeramente sonrientes labios y ojos que estaban fijos en él. En un gracioso movimiento, sus manos retiraron hacia atrás su capa y dejaron que se deslizara por sus hombros. Luego, tras un casi instantáneo demiplie, avanzó dos pasos ligeros, como una frágil flor agitándose en una brisa de verano, y se detuvo ante él sur les pointes, con su capa agitándose y flotando tras ella en mudo bis.

    Jacques se quedó mirando a unos llameantes ojos negros. Pero el prolongado silencio de ella empezaba a molestarle y a irritarle. Respondió a él casi por reflejo, negándose a admitir su repentina y enorme felicidad:

    —¡Una mujer sin lengua! ¡Por los cielos! ¡Se la arrancaron! —La agitó por los hombros, rudamente, como si quisiera castigarla por la preocupación y los remordimientos que le había procurado.

    Los brazos de ella ascendieron hasta que sus manos se apoyaron en las de él. Sonrió, y pareció como si un arpegio de arpa revoloteara cruzando su mente, y las tonalidades se agruparon por sí mismas en palabras, como imágenes en un agua repentinamente tranquila.

    —Hola de nuevo, querido. Gracias por sentirte feliz de verme.

    Algo en él se derrumbó. Sus brazos cayeron, y giró la cabeza hacia un lado.

    —No has obrado bien, Anna. ¿Por qué has vuelto? Todo está arruinado. Incluso nuestro ballet. Martha ha echado a nuestra prima.

    De nuevo aquella melodiosa cascada de tonalidades en su cerebro:


    —Ya lo sé, querido, pero no importa. Luzco tan hermosa como la Tanid. Sé perfectamente mi parte. Y sé incluso el canto fúnebre del Ruiseñor.
    —¡Ja! —rió duramente, irritado por aquella exhibición de su desánimo y la calurosa simpatía de ella. Extendió su pierna derecha en una burlona pointe tendue—. ¡Maravilloso! Tienes exactamente la torpeza que se necesita para un Ruiseñor. Y en cuanto al canto fúnebre, tú, y sólo tú, sabe lo que siente un pajarillo feo cuando —sus ojos se fijaron en la boca de ella en una repentina y asombrada sospecha, y terminó el resto de su frase casi sin prestarle atención, sin darse cuenta exactamente de lo que estaba diciendo— cuando muere atravesado por una espina.

    Aguardó, y la melodía se formó, se desvaneció, volvió a formarse, y se concretó en lo más extraño que nunca conociera:

    —Lo que estás pensando es cierto. Mis labios no se mueven. No puedo hablar. He olvidado cómo debe hacerse, al igual que ambos olvidamos cómo se lee y se escribe. Pero incluso el más humilde ruiseñor puede cantar, y convertir una rosa blanca en roja.

    Aquella era Anna transfigurada. Hacía tres semanas él le había vuelto la espalda y había abandonado a un inseguro discípulo frente a un incierto destino. Mirándola ahora, veía ante sí a un ángel sombrío con la luminosa huella de la muerte en su rostro. De alguna forma que no acababa de comprender, los dioses habían tocado su corazón y su cuerpo, y ella había renacido en una manera completamente inesperada.

    Permaneció inmóvil, entre maravillado y ofendido. El viejo impulso de burlarse de ella asomó bruscamente a su garganta. Sus labios se contorsionaron y luego se relajaron gradualmente, como si una indescriptible exaltación empezara a brotar en su interior.

    ¡Todavía podía vencer a Martha!

    Se dirigió hacia la mesa y gritó: —¡Atención, amigos! Por si lo habíais dudado, ¡hemos encontrado una ballerina! ¡El telón se alzará esta noche para nuestra premiere, tal como estaba proyectado!

    Por encima de los bravos y los aplausos, Dorran, el director de la orquesta, gritó:

    —¿Quiere decir esto que la doctora van Tuyl ha terminado el canto fúnebre del Ruiseñor? Pero tendremos que omitirlo esta noche, ¿no? No hay posibilidad de...

    Jacques miró directamente a Anna por un instante. Sus ojos estaban pensativos cuando respondió:

    —Ella dice que no será omitido. Lo cual quiere decir que hay que conservar esa secuencia de treinta y ocho compases en la escena de la muerte. Sí, hazlo así, y luego veremos... veremos...
    —¿Treinta y ocho compases reservados, entonces?
    —Sí. De acuerdo, muchachos. Pónganse a trabajar. Anna y yo nos reuniremos con ustedes dentro de poco.


    18


    Era una media tarde de finales de junio, el tiempo de plena floración de las rosas, y la Vía estaba impregnada del denso e irresistible aroma. También estaba en los labios de los niños, aumentando en una octava la sonoridad de sus gritos y sus risas. Presidía las paletas de los artistas a lo largo de las aceras, que pese al azulado resplandor de las luces artificiales las pintaban tan sólo con delicados colores carmesíes, rosas, amarillos y blancos. El flujo aromático remolineaba ante los escaparates donde se exhibían constantemente artículos y los arropaba con una película de perfección; entraba en la tienda de la vendedora de filtros de amor y borraba veinte años de su rostro; derramaba su aromático mensaje en las bocas de las innumerables parejas de enamorados, volviéndolos ciegos a las atentas miradas de los que se paraban a espiarlos.

    Y los maravillosos pétalos arrancados de las flores torbellineaban también en la introspectiva mente de Ruy Jacques, susurrando y llamando su atención. Dejó a un lado la huidiza danza y consideró la situación con una aprensión creciente. En sus repetidos sueños, pensó, Anna se había despertado siempre justo en el momento en que el Ruiseñor iniciaba su canto fúnebre. Pero ahora ella sabía el canto fúnebre. Así que sabía el final del Sueño. Bueno, no debía ser tan malo, ya que de otro modo no hubiera vuelto. No ocurriría nada, realmente no ocurriría nada. Le lanzó la pregunta:

    —No hay ningún peligro, ¿verdad? Seguro que el ballet será un extraordinario éxito. Tu nombre se alineará con el de los inmortales.

    La respuesta de ella fue grave, aunque en el fondo parecía divertida. Representó para él un cierto problema, ya que no existían palabras para describir exactamente su significado. Era algo así como:

    —La inmortalidad empieza con la muerte.

    El la miró, incómodo, a la cara.

    —¿Estás buscando problemas?
    —Todo transcurrirá correctamente.

    Después de todo, pensó él, ella piensa que ha visto el futuro y que ha visto lo que ocurrirá.

    —El Ruiseñor no le fallará al Estudiante —añadió ella con una sonrisa peculiar—. Tendrás tu Rosa Roja.
    —Podrías explicarte un poco más —murmuró él—. Secretos... secretos... ¿a qué viene toda esa historia de túeresdemasiadojovenparasaberlo ?

    Pero ella estaba riendo en su mente, y el encantamiento de esa sonrisa le hizo interrumpirse. Finalmente dijo:

    —Admito que no sé de qué estás hablando. Pero si te estás metiendo en algo por culpa mía, olvídalo. No lo quiero.
    —Cada uno hace lo que le reporta felicidad. El Estudiante nunca será feliz hasta que encuentre la Rosa que le permita ser admitido en el baile. El Ruiseñor nunca será feliz hasta que El Estudiante lo tome en sus brazos y piense que es tan hermoso como una Rosa Roja. Creo que nosotros dos podemos tener lo que deseamos.

    El gruñó: —No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo.

    —Sí la tengo, especialmente ahora. Durante diez años he convencido a la gente de que no inhibiera sus inclinaciones naturales. En este momento yo no poseo ninguna inhibición. Es una sensación maravillosa. Creo que nunca me sentí tan feliz. Por primera y última vez en mi vida, voy a besarte.

    La mano de ella se apoyó en su brazo. Mientras miraba fijamente a aquel rostro encantado, supo que aquella era la noche de ella, que tenía privilegio en todas las cosas, que conseguiría todo lo que ella quisiese.

    Se habían detenido en la puerta de artistas erigida temporalmente. Ella se alzó sur les pointes, tomó el rostro de él entre sus manos, y le besó en la boca como un colibrí bebiendo su primer néctar.

    Un momento más tarde lo empujaba hacia el corredor donde estaban los camerinos.

    El dominó un confuso impulso de pasarse el dorso de su mano sobre sus labios.

    —Bueno... bueno, recuerda tan sólo hacerlo todo de la manera más fácil. No intentes ser espectacular. Las alas artificiales no te lo permitirán. Son de lona, tensadas sobre una estructura de duralita y manejadas por alambres. Una pirueta demasiado rápida, y se partirán. Además, estás desentrenada. Controla tu entusiasmo en el primer acto o te derrumbarás en el segundo. Ahora, corre a tu camerino. ¡Empezamos dentro de cinco minutos!


    19


    Hay una pequeña pero claramente distinguible diferencia anatómica entre el pie del hombre y el de la mujer, que mantiene al hombre pegado al suelo, mientras que permite a la mujer, tras un largo y fatigoso entrenamiento, elevarse sur les pointes. Debido a la enorme y variada belleza de los arabescos permitidos a la ballerina apoyada sobre sus dedos extendidos, antes el bailarín existía tan sólo como un oscuro porteur, y su presencia era requerida únicamente como portor para dar su asistencia a los exquisitos enchainements de la ballerina. Músculos de acero en piernas y torso son vitales para el bailarín, que debe ayudar a mantener la ilusión de que su girante pareja está hecha de delicadísima gasa e intenta ascender a los cielos huyendo de sus brazos que quieren aprisionarla.

    Todos estos pensamientos cruzaban la incrédula mente de Ruy Jacques mientras giraba en una doble fouette y seguía por el rabillo del ojo la gris figura de Anna van Tuyl que, con brazos y alas agitándose, pirueteaba en el segundo enchainement del primer acto, alejándose de él y dirigiéndose hacia el maître de ballet.

    Todo estaba perfectamente ideado para dar la ilusión de que volaba, de que flotaba en sus brazos aparentemente sin peso... y eso era lo que le gustaba al auditorio. Pero parecía como si realmente ocurriera así... sólo que aquello era sencillamente imposible. Alas de teatro —cosas hechas con lona gris y varillas de duralita— no podían neutralizar el peso de un cuerpo humano.

    Y sin embargo... le había parecido como si ella flotara realmente.

    Intentó penetrar en su mente... extraer la verdad del metal que ella llevara encima. En un arrebato de furia intentó captar el metal que formaba el envarillado de sus sorprendentes alas.

    En un lapso de segundos su frente se cubrió de frío sudor, y sus manos empezaron a temblar. Tan sólo la caída del telón al final del primer acto lo salvó mientras vacilando hacia su salida entrechat.

    ¿Qué había dicho Matt Bell? "Para comunicarse en su nuevo lenguaje musical, cabe esperar que nuestros hombres del futuro desarrollarán órganos membranosos especializados que, por supuesto, como la lengua, tendrán una dualidad de usos funcionales, conduciendo posiblemente a la conquista del tiempo al igual que la lengua ha conquistado el espacio."

    Aquellas alas no eran lona y metal, sino carne y sangre.

    Estaba tan absorto en su razonamiento que ni siquiera se dio cuenta de la intensa y desagradable radiación metálica que se le acercaba hasta que estuvo casi junto a él. Era un intrincado conglomerado de materia, casi toda ella metal, que se hallaba aproximadamente a unos tres metros a sus espaldas, anunciando la letal presencia de su mujer.

    Se giró con una gracia imperturbable para hacer frente al primer resultado tangible de la fórmula Sciomnia. Era simplemente una caja de metal negro con unos pocos diales y botones. La mujer se sentó al otro lado de la mesa sin soltarla ni un instante.

    Los ojos del hombre pasaron lentamente del objeto al rostro de la mujer, y supo que en unos pocos minutos Anna van Tuyl —y toda la Vía Rosa tras ella— serían tan sólo cenizas flotando en la brisa nocturna.

    El rostro de Martha Jacques estaba sublime en su odio.

    —Siéntate —dijo suavemente.

    El sintió que la sangre abandonaba su rostro. Sin embargo, consiguió esbozar una sonrisa despreocupada mientras se dejaba caer en la silla.

    —Cómo no. De todos modos, tengo que matar el tiempo del entreacto.

    Su volición se desvaneció. Sus músculos se agarrotaron, se sintió inmovilizado. No podía respirar.

    Precisamente cuando había llegado a la convicción de que ella planeaba asfixiarle, el dedo de la mujer realizó otro rápido movimiento hacia la caja, y aspiró una gran bocanada de aire. Sus ojos podían moverse un poco, pero su laringe seguía paralizada.

    Luego el tiempo fue transcurriendo interminablemente.

    La mesa frente a la que estaban sentados se hallaba en el lado derecho del escenario. La mujer estaba sentada de cara a éste, mientras él permanecía de espaldas. Ella observaba con silenciosos y burlones ojos los preparativos para el segundo acto, mientras él los seguía con sus sensibles oídos y su sentido empático hacia los metales.

    La mujer habló tan sólo cuando él oyó el telón alzarse para el segundo acto.

    —Ella es hermosa. Y tan graciosa con esas alas de cartón piedra, parece como si formaran parte de ella. No me sorprende que sea la primera mujer que te haya interesado realmente. No que la ames realmente. Tú nunca has amado a nadie.

    Desde lo más profundo de su parálisis estudió las huellas de la amargura en el rostro al otro lado de la mesa. Pero sus labios estaban sellados y su garganta era un desierto.

    Ella le tendió una hoja de papel, y su boca se curvó en una mueca.

    —¿Sigues buscando todavía esa rosa? No busques más, mi ignorante amigo. Está aquí... la Sciomnia, completa, con sus diecinueve subecuaciones.

    Los renglones de ilegibles símbolos penetraron como diecinueve implacables arpones hasta lo más profundo de su agitada, frenética mente.

    El rostro de la mujer se crispó en una repentina rabia.

    —Tu propia mujer resuelve la Sciomnia y tú aceptas permanecer en su compañía hasta que tengas que hacer de nuevo tu entrada al final del tercer acto. Quien me hubiera dicho que poseo sentido del humor. Todo lo que hice fue paralizar tu espina dorsal. Oh, no te preocupes. Es puramente temporal. Tan sólo quería que no la avisaras. Y sé la tortura que representa para ti el no poder hablar. —Adelantó de nuevo una mano y giró un botón estriado en uno de los costados de la caja de metal negro—. Bien, ahora puedes susurrar. Te dejaré completamente libre antes de que actúe el arma.

    Los labios del hombre se movieron en un rápido susurro.

    —Hagamos un trato, Martha. No la mates. Te prometo que nunca volveré a verla.

    Ella se echó a reír, casi divertida.

    El prosiguió precipitadamente:

    —Pero tú ya tienes todo lo que realmente deseabas. Fama absoluta, poder absoluto, conocimiento absoluto, un cuerpo perfecto. ¿Qué conseguirás con su muerte y la destrucción de la Vía?
    —Todo.
    —Martha, por el bien de toda la humanidad que nos ha de suceder, ¡no hagas eso! Sé algo acerca de Anna van Tuyl que quizá ni siquiera sabe Bell... algo que ella ha ocultado muy cuidadosamente. ¡Esa mujer es la criatura más valiosa de toda la Tierra!
    —Es precisamente a causa de esta opinión, que yo no comparto necesariamente, que la incluyo a ella en mi plan general de destrucción de la Vía. —Sus palabras eran tan afiladas como un cuchillo—. Oh, pero es maravilloso verte suplicar. Por primera vez en tus miserables treinta años de vida estás deseando realmente algo. Te dignas bajar de tu maravillosa torre de marfil de indiferencia y realmente me estás suplicando, a mí, a alguien a quien nunca te dignaste ni siquiera despreciar. Tú y tu maldito arte. ¡Veremos si la salva ahora!

    El hombre cerró los ojos y respiró profundamente. En una rápida y compleja sucesión de conjeturas, visualizó un enchainement de posiciones, un pas de deux a realizar con su mujer como inconsciente pareja. Como un avezado jugador de ajedrez, analizó las distintas variaciones de las probables respuestas de ella a su gambito, y sintió la expectación de un clímax de éxito probable. Y ahí residía su vacilación, ya que el éxito supondría su muerte.

    Sí, no podía apartar la idea de su mente. Incluso en aquel momento se descubría más bien intrigado por las nuevas y macabras posibilidades inherentes al tema que por su superficial altruismo. Mientras parecía guiar a Martha hacia una aproximación artística del asesinato de Anna y de la Vía, podía, en un rápido e inesperado clímax, obligarla a matarle a él en su lugar. Le divertía enormemente pensar que, después, ella intentaría reducir la pequeña comedia a gráficos y estadísticas en un esfuerzo por descubrir cómo había sido hipnotizada.

    Era la primera vez en su vida que provocaba daños físicos. La secuencia emocional era nueva, un tanto impetuosa. Pero podía dominarla; necesitaba tan sólo ser cuidadoso con su ritmo.

    Tras mostrarle su desafío, la mujer parecía haber vuelto su atención al escenario, y estaba aparentemente absorta en una admirada contemplación del segundo acto. Pero eso no podía durar mucho. El telón del segundo acto sería su señal.

    Y allí estaba, seguido por un apagado rumor de aplausos. Tenía que ganar tiempo durante la mayor parte del tercer acto, y luego...

    Dijo rápidamente:

    —Tenemos todavía un par de minutos antes de que empiece el último acto, donde el Ruiseñor muere atravesado por la espina. No hay prisa. Tienes que tomarte tu tiempo para que las cosas salgan adecuadamente. Incluso los mejores asesinatos son algo más que un simple asunto de ciencia. Tengo la impresión de que nunca has leído el pequeño ensayo de De Quincey referente al asesinato como una de las bellas artes. ¿No? ¿Lo ves?, eres una neófita, y sería mejor que escucharas unos pocos consejos de un viejo zorro. Tienes que tener en mente dos objetivos: destruir la Vía y destruir a Ana. Pero simplemente asesinar no es suficiente. Debes hacerme sufrir también a mi. Supongamos que eliminas a Anna cuando salga fuera al principio del tercer acto. Simplemente hermoso, pero nada más. La dificultad es que Anna y los otros no sabrán nunca qué les ocurrió. No les habrás dado la oportunidad de saber que eras tú quien los había dominado.

    La miró animadamente.

    —¿Te das cuenta, querida, que hay algunos problemas extraordinariamente complejos involucrados en todo esto?

    Ella le miró con ojos centelleantes, y pareció a punto de hablar. El prosiguió apresuradamente:

    —No estoy intentando disuadirte. Estás en posesión del concepto básico, y pese a tu falta de experiencia, no creo que tengas problemas insuperables en la parte técnica. Tu preludio fue más bien bueno: paralizarme in situ como lo hiciste, para exponerme tu idea sencillamente y sin adornos, y seguir a continuación con variaciones de dinámicos y sugestivos augurios. El final está también implícito...

    Ella escuchaba atentamente, con los ojos entrecerrados. La expresión de su rostro decía: "Habla lo que quieras. Esta vez no conseguirás nada."

    Procedente de algún lugar al otro lado del telón oyó a los músicos de Dorran afinar sus instrumentos para el tercer acto. Su sombrío rostro pareció estar más atento que nunca, pero su voz contenía un perceptible farfulleo.

    —Sin embargo, te has cegado con la introducción y el clímax. Un principio y un final. El problema real viene ahora: ¿qué es lo que hay, y cuánto... en el medio? La mayor parte de los asesinos principiantes caerían simplemente en un frustrado desconcierto. Unos pocos dispararían en el momento en que Anna flotara hacia el jardín de las rosas blancas. En mi opinión, sin embargo, considerando la riqueza de material inherente en tu composición, una tal abreviación sería inexcusablemente primitiva y ridícula... si no realmente vulgar.

    Martha Jacques parpadeó, como intentando descubrir lo que se ocultaba tras las palabras del hombre. Luego sonrió brevemente.

    —Adelante, sigue. No me perdería esto por nada del mundo. ¿Cuándo crees que debería destruir la Vía?

    El artista suspiró.

    —¿Lo ves? Tu única preocupación es el resultado. Ignoras completamente la forma de realizarlo. Realmente, Mart, no creía que te mostraras tan poco sofisticada en tu primer intento de arte serio. Por favor, no me interpretes mal, querida, siento el más cálido interés hacia tu espontaneidad y entusiasmo: puedes estar segura de que son cualidades indispensables cuando uno debe enfrentarse con asuntos vulgares, pero la avidez y la precipitación no son un sustituto para el método ni para el arte. Debemos buscar y explotar temas subsidiarios, integrarlos en un sutil contrapunto a los motivos principales. El tema más obviamente menor es el propio ballet. Ese ballet es la cosa más maravillosa que haya visto u oído nunca. Sin embargo, tú puedes darle un poder, una dimensión, que ni siquiera Anna podría sospechar posible, simplemente poniéndolo como contrapunto a tu propia obra. Todo se basa en hacer fuego en el instante adecuado. —Sonrió animosamente—. Veo que estás empezando a apreciar las potencialidades de una colaboración tan inesperada como ésta.

    La mujer lo estudió a través de unos entrecerrados ojos. Dijo lentamente:

    —Eres un gran artista... y una bestia repugnante.

    El sonrió aún más amigablemente.

    —Por favor, limita tus apreciaciones a tus campos de competencia. Aún no posees suficiente experiencia como para evaluarme como artista. Pero volvamos a tu composición. Temáticamente, es más bien agradable. La forma, los pasos y la orquestación son irreprochables. Es adecuada. Y es esa adecuación la que la condena. Uno detecta una cierta cantidad de tímida imitación de la técnica común en los artistas cuando trabajan en un nuevo medio. Los destellos de genio no lo inflaman. El artista no pone su personalidad en el trabajo. Y el remedio es tan sencillo como el diagnóstico: el artista debe penetrar en su obra, envolverse en ella, impregnarla con la destilada esencia única de su corazón y de su mente, de tal modo que su posterior contemplación revele lo más profundo de su alma incluso a través del velo de una técnica no idiomática.

    Escuchó por un instante la música, allá afuera.

    —Cuando Anna escribió su partitura, quedó en blanco un hiato de treinta y ocho compases que preceden al momento en el cual el ruiseñor cae muerto atravesado por la espina. Cuando se inicie ese silencio, puedes empezar a tocar tus diecinueve subecuaciones en tu cajita de hojalata, del mismo estilo que el audioFourier. Puedes incluso difundirlas por el sistema de altavoces, si tu juguete es capaz de control remoto.

    Por un largo momento ella lo estudió calculadoramente.

    —Finalmente creo que te comprendo. Esperabas enervarme con tu salvaje y muy acentuada sátira, y hacerme cambiar de idea. Así que no eres una bestia, y empiezo a ver que eres incluso un artista más grande de lo que había imaginado al principio.

    Observó cómo la mujer hacía un cierto número de ajustes en el panel de control de la caja negra. Cuando volvió a mirar hacia él, sus labios estaban curvados en una dura sonrisa.

    —Pero sería una gran lástima dejar que un tal arte se desperdiciara —dijo—, especialmente proviniendo del autor de Twinkle, twinkle, little star. Y espero que perdonarás la vanidad de un músico aficionado si toco mi primera composición Fourier fortissimo.

    El respondió a la sonrisa de ella con una pasajera sonrisa suya.

    —Un artista nunca debe disculparse por su autoadmiración. Pero volvamos a lo nuestro. Anna se clavará la espina de la rosa blanca en el pecho dentro de treinta segundos, y esa será tu señal para que rellenes la primera mitad del hiato de los treinta y ocho compases. ¿Puedes verla?

    La mujer no respondió, pero él sabía que sus ojos estaban siguiendo el ballet en el para él invisible escenario y la batuta de Borran, más allá, con una febril intensidad.

    La música se detuvo.

    —¡Ahora! —siseó Jacques.

    Ella giró un mando en la caja.

    Escucharon, paralizados, como las múltiples gargantas del sistema público de altoparlantes creaban ecos a todo lo largo de los tres kilómetros de la Vía Rosa.

    El sonido de Sciomnia era frío, metálico, como el cruel crujido del hielo resonando de pronto en la íntima calidez de un jardín encantado, y parecía rechinar burlonamente, consciente de que estaba destruyendo algo mágico.

    A medida que rechinaba y crujía sus estridentes tonalidades, parecía estar gritando: "(Locos! ¡Dejad vuestra infantil estupidez y seguidme! ¡Yo soy Ciencia! ¡YO LO SOY TODO!"

    Y Ruy Jacques, observando el rostro de la profetisa del Dios del Conocimiento, fue consciente por primera vez en su vida de la posibilidad de una completa derrota.

    Mientras permanecía inmóvil, agarrotado por el creciente horror, sus ojos se desviaron ligeramente hacia arriba, como animados por alguna irresistible llama interior, que se traslucía en una luminiscente palidez reflejada por sus mejillas.

    Y, tan repentinamente como habían empezado, los diecinueve acordes terminaron, y entonces, como para acentuar el final de aquel burlón manifiesto, un horrible colofón de silencio se extendió por todo el mundo de la Vía.

    Por casi una eternidad pareció como si él y aquella mujer fueran los únicos seres de todo el mundo, como si alguna perversa bruja hubiera, a través de su cacofónica creación, inmovilizado para siempre a los cientos de invisibles espectadores detrás de las paredes.

    Fue algo extraño pero sencillo lo que rompió el consternado silencio y restauró la cordura, la confianza y los deseos de resistir del hombre: desde algún lugar, muy lejos, un niño se echó a llorar.

    Respirando tan profundamente como se lo permitía su parálisis casi total, el artista murmuró:

    —Ahora, Martha, dentro de un momento creo que vas a darte cuenta del por qué te sugerí el Fourier. Me temo que la Ciencia, de nuevo, ha...

    No acabó la frase, y los ojos de ella, que parecían llamear con preguntas no formuladas, no llegaron a lanzar sus ardientes dardos.

    Una intensa oleada de sonido estaba inundando la Vía, sin que pareciera proceder de ninguna fuente humana ni de ningún instrumento humano.

    Incluso él, que había sospechado en algún pequeño grado lo que iba a ocurrir, sintió que su parálisis se hacía aún más completa. Como la mujer científico situada frente a él, tan sólo pudo sentarse en una rígida admiración, los ojos desorbitados, la mandíbula caída, la lengua pegada al paladar.

    Sabía que todas las fibras del corazón de Anna van Tuyl vibraban en aquellos acordes, que tomaban a su vez su extática cualidad de las reverberaciones de aquel alma divina.

    Y a medida que aquellos magníficos acordes se desarrollaban en una exquisita e impecable secuencia, ahora con una repentina y aguda delicadeza, ahora con la radiante alegría de los címbalos, supo que su plan había funcionado.

    Ya que, acorde por acorde, tono por tono, y medida por medida, el Ruiseñor estaba repitiendo en su canto fúnebre los diecinueve acordes de la ecuación Sciomnia de Martha Jacques.

    Sólo que ahora esos acordes estaban transfigurados, como si algún compositor parnasiano hubiera corregido y transformado mágicamente, en su compasión, el trabajo de un pupilo torpe.

    La melodía ascendía en espirales como impulsada por alas hacia el cielo. No exigía lealtad; no gritaba ningún manifiesto. Albergaba un mensaje, pero era demasiado glorioso como para ser comprendido. Parecía trazar un empinado sendero de aspiraciones, pero estaba en paz con el hombre y su universo. Destellaba humildad, y en su abnegación residía su grandeza. Sus propias limitaciones servían para señalar su infinitud.

    Y luego él también terminó. El canto fúnebre había llegado a su fin.

    Sí, pensó Ruy Jacques, es la Sciomnia, reescrita, reestructurada y tamizada por la deslumbrante alma de una diosa. Y cuando Martha se dé cuenta de esto, cuando comprenda que la he engañado en la edificación de su estúpido e inconsecuente plan, entonces disparará su arma... contra mí.

    Observó cómo el rostro de la mujer se volvía lívido, cómo su boca se contorsionaba con un odio irresistible.

    —Tú lo sabías! —exclamó—. ¡Lo hiciste para humillarme!

    Jacques se echó a reír. Era una risa casi silenciosa rítmicamente irónica en su semiparalizada boca, despiadada en su burla.

    —¡Ya basta!

    Pero su abdomen se convulsionaba rígidamente, y las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas.

    —¡Te lo advertí una vez antes! —aulló la mujer. Su mano se crispó hacia la caja negra y giró su largo eje hacia el hombre.

    Como en una pausa que puntuara su sentencia de muerte, una esfera de luz azul surgió de una abertura cilíndrica en un lado de la caja.

    Su risa se cortó bruscamente. Su mirada fue de la caja a la mujer, con un creciente asombro. Podía mover el cuello. Su parálisis había desaparecido.

    Ella le devolvió la mirada, tan asombrada como él. Jadeó:

    —¡Algo ha fallado! ¡Tenías que estar muerto!

    El artista ni siquiera respondió.

    En su mente resonaba con creciente intensidad la urgente llamada de Anna van Tuyl.


    20


    Dorran empujó la apretada masa de espectadores mientras Jacques tomaba el esbelto cuerpo de brazos de Bell y lo transfería a los suyos.

    —Te llevo a tu camerino —susurró—. Debí pensar que esto sería demasiado extenuante para ti.

    Los ojos de ella se abrieron y miraron vagamente hacia él; en su mente sonó el campanilleo:

    —No... no me muevas.

    El miró a Bell.

    —¡Creo que está herida! ¡Obsérvala! —Recorrió con sus manos la hirviente superficie de un ala replegada a lo largo de su costado: era un fuego de fiebre.
    —No puedo hacer nada —dijo el otro en voz muy baja—. Ella te dirá que no puedo hacer nada.
    —¡Anna! —gritó Jacques—. ¿Qué es lo que no va? ¿Qué ha ocurrido?

    La respuesta musical se formó en su cerebro.

    —¿Ocurrido? Sciomnia era una buena espina. Demasiada energía para que pudiera dispersarla una sola mente. Se hubieran necesitado dos... tres. Tres podrían haber desmaterializado incluso el arma. Díselo a los otros.
    —¿Otros? ¿De qué estás hablando? —Sus pensamientos giraban incoherentemente.
    —Otros como nosotros. Están apareciendo. Bakine, bailando en las calles de Leningrado. En la Ciudad de México... la poetisa Orteza. Muchos... esta generación. El Pueblo Dorado. Matt Bell lo adivinó. ¡Mira!

    Una imagen tomó forma imprecisa en su mente. Primero era música, y luego fue puro pensamiento, y luego fue una bocanada de aire extraño en su garganta y el aroma de algo maravilloso en su boca. Luego desapareció.

    —¿Qué era eso? —jadeó.
    —El simposio de Zhak, celebrado en una tarde de abril del 2437. Un mundo probable. Quizá... no se produzca. ¿Te reconociste a ti mismo?
    —¿Dos mil cuatrocientos treinta y siete? —Su mente torbellineaba.
    —Sí. ¿No conseguiste diferenciar tu contorno mental individual del conjunto? Pensé que lo habías conseguido. El grupo aún estaba inmaduro en los años dos mil. En el decimocuarto milenio...

    La cabeza de Jacques se tambaleaba bajo el impacto de algo titánico.

    —...vuestra masa mental asociada... creando una estrella de clase espectral M... una galaxia terrestralizada en sus dos terceras partes...

    Las alas se agitaron débilmente en los brazos del hombre; inconscientemente, captó la pulsación de la caliente superficie membranosa y pasó suavemente sus dedos siguiendo las nervaduras de la maravillosa estructura ósea.

    —Pero Anna —murmuró—, no comprendo como puede ocurrir esto.

    La mente de ella murmuró en la de él.

    —Escucha atentamente, Ruy. Tu dolor... cuando tus rías intentaron eclosionar y no lo consiguieron... necesitabas de un estímulo psicoglandular. Cuando aprendas a —hubo una frase que no consiguió traducir—, entonces se abrirán...
    —¿Cuando aprenda a... qué? —preguntó—. ¿Que dijiste que he de saber para abrir mis alas?
    —Una cosa. La única cosa... que necesitas... es ver la Rosa,
    —La rosa... la rosa... ¡la rosa! —gritó, en creciente exasperación—. De acuerdo entonces, mi obediente Ruiseñor, ¿cuánto tiempo he de esperar para que me proporciones esa notable Rosa Roja? ¿Dónde está?
    —Por favor... todavía no... sólo un poco más en tus brazos... hasta que terminemos el ballet. Olvídate de ti mismo, Ruy. A menos que... abandones tu prisión... actúes de corazón... nunca encontrarás la Rosa. Las alas nunca se desplegarán... seguirás siendo un mortal. La Ciencia... no lo es todo. El Arte no es... otra cosa mayor... ¡Ruy! No puedo proseguir...

    El miró alocadamente a Bell.

    El psicogenetista apartó tristemente su mirada.

    —¿No comprendes? Se está muriendo desde que absorbió aquella descarga de la Sciomnia. Un débil murmullo alcanzó la mente del artista.
    —No puedes aprender... pobre Ruy... pobre Ruiseñor...

    Mientras miraba, aturdido, las alas que sujetaba entre sus brazos se agitaron débilmente, como hojas en un viento otoñal.

    De las profundidades de su shock notó cómo el débil aleteo se convertía en un convulsivo estremecimiento de muslos y piernas. Se extendió a todo su pálido cuerpo, ascendiendo por su abdomen y pecho, bombeando su sangre con tanta fuerza que sus alas parecían ahora más púrpuras que grises.

    Bell murmuró suavemente, en dirección a la vieja que estaba a su lado:

    —Incluso el homo superior lucha contra la muerte...

    La vendedora de filtros de amor asintió con tristeza.

    —Y ella sabía la respuesta... perdida... perdida...

    Y mientras tanto la sangre se iba agolpando, hinchando y tensando las membranas de las alas.

    —¡Anna! —gritó Ruy Jacques—. No puedes morir. ¡No te dejaré! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

    No tenía esperanzas de que ella pudiera captar el sentido de las imágenes en su mente, ni siquiera de que ella estuviera aún viva.

    Pero repentinamente, como estrellas lanzando sus breves y brillantes destellos a través de una muralla de tormentosas nubes, sus labios se abrieron en una alegre sonrisa. Sus ojos se abrieron y parecieron bañarle en un íntimo flujo de luz. Fue durante aquella momentánea iluminación, justo antes de que los labios se solidificaran en su enigmática máscara final, que él creyó oír, procedente de una gran distancia, los compases iniciales de la Invitación a la Danza de Weber.

    En aquel momento se formó en su aturdida consciencia la convicción de que la hermosura de la mujer era ahora celestial, de que había alcanzado un grado tal de belleza que era imposible concebirlo o expresarlo.

    Pero mientras miraba con creciente asombro, las alas henchidas de sangre se replegaron suavemente, envolviendo los pálidos hombros y pecho con un resplandeciente escarlata... como los pétalos de una magnífica rosa roja.


    LOS JUGADORES DE AJEDREZ


    Por favor, intenten comprender esto. No estoy diciendo que todos los jugadores de ajedrez sean lunáticos. Pero afirmo que la afición crónica de jugar al ajedrez afecta al hombre.

    Déjenme hablarles acerca del Club de Ajedrez de la calle K, del cual fui tesorero en otro tiempo.

    Nuestra lista de miembros incluía a un senador, al líder de un importante sindicato, al presidente de la Compañía de Ferrocarriles, y algunos otros peces gordos. Pero parecía que lo más importante de ellos estaba allá fuera, ya que eran unos pésimos jugadores de ajedrez.

    El senador y el magnate de los Ferrocarriles no conocían ni el Ruy López del Gambito de Reina, así que por supuesto solamente podían jugar a otra cosa, o vagabundear entre las mesas observando el juego de los jugadores Clase A y deseando que ellos también pudieran conseguir algo semejante.

    El campeón del club era Bobby Baker, un muchacho de cuarto grado del Internado PestalozziBorstal. Algunas de sus composiciones de mate habían sido publicadas en la Chess Review y en el Shakhmatny Russkji Zhurnal antes de que supiera hablar correctamente.

    Nuestro segundo mejor era Pete Summers, un empleado de los Ferrocarriles. Era autor de dos libros sobre ajedrez muy conocidos. Uno de ellos probaba que las blancas podían ganar siempre, y el otro probaba que las negras podían hacer siempre tablas. Como ustedes sospecharán, el abismo que lo separaba del presidente de su Compañía era por supuesto abismal.

    La posición espectacular era mantenida por Jim Bradley, un holgazán crónico cuyas deudas eran pagadas por su mujer. La admiración del club hacia él era profunda.

    Pero los expertos no hacen un club. Hay que tener algún espíritu guía, un jugador definitivamente bueno; con un knack por la organización y un conocimiento exacto de los valores.

    Como la joya que teníamos en nuestro secretario, Nottingham Jones.

    Fue realmente mi interés en Nottingham lo que me hizo unirme al Club de Ajedrez de la Calle K. Deseaba ver si era una excepción, o todos los demás eran como él.

    Después les hablaré de su encuentro con Zeno, para que ustedes puedan juzgar por sí mismos.

    En su irreal vida, Nottingham Jones era estadístico en una oficina gubernamental. Trabajaba en un escritorio en una enorme habitación que albergaba otros muchos escritorios, incluido el mío, y desempeñaba sus funciones correctamente y sin ningún esfuerzo aparente. Muchas tardes, tras sonar el timbre de salida y terminar nuestra discusión acerca de finanzas, se quedaba atónito al descubrir que realmente había trabajado y manipulado una cantidad bastante apreciable de números.

    Supongo que fue durante esas horas de su cuasiexistencia que el invisible Nottingham concibió aquellos numerosos acontecimientos que lo hicieron famoso como animador de clubs de ajedrez a todo lo largo de los Estados Unidos.

    Porque fue Nottingham quien organizó los famosos campeonatos por cable americanosoviéticos (en los cuales los Estados Unidos resultaron lastimosamente batidos), arbitró numerosas confrontaciones en los Estados Unidos, y lanzó a una docena de brillantes aunque monetariamente pobres maestros de ajedrez extranjeros en giras de exhibición por un centenar de clubs de ajedrez desde Nueva York hasta Los Angeles.

    Pero el logro del que estaba más orgulloso era el de los torneos alfilcaballo.

    Actualmente se supone que el alfil es ligeramente más fuerte que el caballo, y esta evolución está tan grabada hoy en los cerebros de los jugadores de ajedrez que ninguno de ellos cambiaría voluntariamente un alfil por un caballo enemigo. Podrá gastarse los ahorros de su esposa en vicios, insultar a un policía de tráfico, olvidar el aniversario de su boda, pero nunca, nunca, nunca cambiará un alfil por un caballo.

    Nottingham sospechaba que esa fijación estaba mal fundamentada; tuvo la idea de que el caballo era exactamente igual de fuerte que el alfil, y para probarlo montó numerosos torneos internos en el Club de la Calle K, en los cuales un jugador usaba seis peones y un alfil contra los seis peones y un caballo de su oponente.

    Jones nunca llegó a poder decidir si el alfil era más fuerte que el caballo, pero tras un par de años sabía que el Club de la Calle K poseía más expertos alfilcaballo que cualquier otro club de los Estados Unidos.

    Y entonces se le ocurrió la idea de que el ajedrez americano tenía un medio excelente de redimirse de su vergonzosa derrota a manos de los rusos en el campeonato por cable.

    Lanzó su desafío al propio Stalin —el Club de Ajedrez de la Calle K contra Todos los Rusos.

    El Departamento de Pasatiempos soviético envió las acostumbradas seis secas negativas, y luego, de pronto, aceptó.

    Y esto nos conduce atrás en el tiempo, a una tarde a las cinco, cuando Nottingham Jones levantó la vista de su escritorio y pareció asombrado al verme allí de pie ante él.

    —Quédate sentado —le dije—. Es mejor para lo que vas a oír.

    Me miró impacientemente.

    —¿Tan pronto hay que pagar el impuesto anual sobre la renta?
    —La semana próxima. Se trata de otra cosa,
    —¿Oh?
    —Un profesor amigo mío —le dije—, que vive en el ático encima de mi apartamento, desea jugar contra todo el club a la vez... en una exhibición simultánea.
    —Una simul, ¿eh? ¿Es bueno?
    —No es exactamente el profesor quien desea jugar. En realidad es un amigo suyo.
    —¿Y es bueno?
    —El profesor dice que sí. Pero el problema no es exactamente ése. Para decirlo en pocas palabras, ese profesor, el doctor Schmidt, tiene un ratón doméstico. Quiere que el que juegue sea el ratón. —Y añadí—: Y por el precio habitual de una simul. El profesor necesita dinero. De hecho, si no encuentra rápido un empleo decente puede ser deportado.

    Nottingham parecía dudoso.

    —No acabo de ver cómo le podemos ayudar. ¿Has dicho un ratón?
    —Exacto.
    —¿Un ratón jugador de ajedrez? ¿Uno de cuatro patas?
    —Eso mismo. Una atracción para el club, ¿eh?

    Nottingham se alzó de hombros.

    —Cada día aprendemos algo. Aunque no lo creas, nunca oí que los ratones se interesaran por el ajedrez. Las mujeres tampoco. De todos modos, en una ocasión leí algo acerca de un caballo adiestrado... Supongo que será conocido en Europa.
    —Más o menos —dije—. El profesor se especializa en psicología comparativa.

    Nottingham agitó impacientemente su cabeza.

    —No me refiero al profesor. Estoy hablando del ratón. ¿Cuál es su nombre?
    —Zeno.
    —Nunca oí hablar de él. ¿Cuál es su puntuación en torneo?
    —Creo que nunca ha jugado en torneos. El profesor le enseñó el juego en un campo de concentración. No sé lo bueno que será, excepto que siempre gana al profesor con las torres.

    Nottingham sonrió compasivamente.

    —Yo también puedo ganarte a ti con las torres, pero no por ello soy lo suficientemente bueno para una simul.

    Sentí que me encendía.

    —Hey, espera un momento. Estás olvidando por completo el fantástico hecho de que Zeno es un... —La única cuestión pertinente —interrumpió Nottingham— es si realmente posee la categoría de maestro. Tenemos media docena de jugadores en el club que pueden aceptar gratis una simul "interna", pero cuando contratamos a alguien de fuera y cobramos un dólar a cada uno de los miembros que quieran jugar con él, ha de ser realmente muy bueno para vencer al mejor de los nuestros. Y cuando todo el club se está entrenando para el campeonato alfilcaballo por cable con los rusos el mes próximo, no puedo permitir que se relajen con una simul mediocre.
    —Pero sigues ignorando el extremo más importante...
    —...que es que ese Zeno necesita dinero y tú pretendes que organice una simul para ayudarle. Simplemente no puedo hacerlo. Tengo un deber con los miembros: mantener altas sus performances.
    —Pero Zeno es un ratón. Aprendió a jugar ajedrez en un campo de concentración. El...
    —Eso no lo convierte necesariamente en un buen jugador.

    Las cosas se estaban enredando. Mi voz se desvaneció.

    —Bueno, de todos modos me pareció una buena idea.

    Nottingham se dio cuenta de que me había tratado demasiado duramente.

    —Si quieres, puedo arreglarte una partida entre ese Zeno y uno de nuestros mejores jugadores... digamos Jim Bradley por ejemplo. Tiene tiempo de sobra. Si Jim dice que tu Zeno es lo suficientemente bueno como para una simul, entonces podremos arreglarle una simul.


    Así que invité a Jim Bradley y al profesor, incluido Zeno, a mi apartamento, la noche siguiente.

    Yo había visto a Zeno antes, pero eso había sido cuando aún lo consideraba tan sólo como un simple ratón doméstico. Visto como un maestro de ajedrez, parecía una criatura completamente distinta. Tanto Jim como yo lo estudiamos de cerca cuando el profesor lo sacó del bolsillo de su chaqueta y lo depositó sobre la mesa de ajedrez.

    Me atrevería a decirles, tan sólo mirando al pequeño animal, por la forma como sus astutos ojillos negros se agitaban y la forma despierta en que movía su cabeza, que aquel era un súper ratón, un Einstein de los roedores.

    —Dejemos que se oriente —dijo el profesor, mientras colocaba un trocito de queso en la corona del rey de Bradley apretándolo con un dedo—. Y no se preocupen, hará una buena exhibición.

    Zeno palpó los bordes del tablero, husmeó con displicente delicadeza sus piezas y las de Bradley, arrugó el hocico ante el cebado rey de Bradley, y dio la impresión de que la única razón de que no bostezara era porque estaba demasiado bien educado. Regresó a su lado del tablero y esperó a que Bradley moviera.

    Jim parpadeó, agitó la cabeza, y finalmente avanzó dos cuadros su peón de reina.

    Zeno avanzó, sujetó entre los dientes su propio peón de reina, y lo movió dos cuadros. Luego Jim movió su peón del alfil de reina, y el juego se encarriló hacia un convencional Gambito de Reina Desviado.

    Llevé al profesor a un lado.

    —¿Cómo lo enseñó a jugar? Nunca me lo dijo.
    —Fue fácil. Tras cada movimiento de los jugadores dejaba que Zeno avanzara por el sencillo laberinto formado en el tablero por las piezas en juego hasta alcanzar al rey y la miga de pan pegada a su corona. Luego... un momento, por favor.

    Ambos miramos al tablero. Zeno había derribado el rey de Jim y palmeaba con una de sus patitas delanteras la frente del caído monarca.

    Jim contaba las palmadas con fruncidos labios.

    —Está anunciando mate en trece jugadas. Y tiene razón.

    Zeno se estaba comiendo ya el trocito de queso pegado a la corona del rey de Jim.


    Cuando le informé del resultado a Nottingham, al día siguiente, aceptó organizar una exhibición simultánea para Zeno. Puesto que Zeno era un desconocido, sin ninguna reputación y sin el menor poder de atracción, Jones naturalmente no pasó nota a los periódicos locales, sino que simplemente envió comunicaciones a los miembros del club.

    En la noche de la sima!, Nottingham colocó 25 mesas de ajedrez formando un círculo aproximado en la sala de competiciones del club. Aquí y allá el profesor acercaba las mesas un poco más entre sí para que Zeno pudiera saltar fácilmente de una a otra mientras hacía sus rondas. Luego el profesor dio una última vuelta colocando trocitos de queso en cada rey.

    Después hizo una seña, salió del círculo, y Zeno inició sus rondas.

    Y entonces surgió una dificultad inesperada.

    Un hombre bajo y de aspecto taciturno emergió del pequeño grupo de espectadores y se acercó al profesor.

    —¿Doctor Hans Schmidt? —preguntó.
    —Ja —dijo el profesor, ligeramente nervioso—. Quiero decir, sí, señor.

    El hombre taciturno sacó algo de su bolsillo y se lo mostró al profesor.

    —Servicio de Inmigración. ¿Lleva usted encima el visado de inmigración renovado?

    El profesor apretó los labios y agitó negativamente la cabeza.

    —Según nuestros informes —continuó el otro—, no tiene usted ningún trabajo, hace un mes que no ha pagado el alquiler de su casa, y le han retirado el crédito en el colmado del barrio. Me temo que voy a tener que pedirle que me acompañe.
    —¿Quiere decir... deportación!
    —¿Cómo puedo saberlo? Quizá, quizá no.

    El profesor ofrecía un aspecto que hacía pensar que una apisonadora le había pasado por encima.

    —Era inevitable —susurró—. Sabía que no debía salir de mi escondrijo, pero cuando uno necesita dinero...
    —Es una lástima —dijo el hombre de inmigración—. Claro que, si usted puede depositar 500 dólares como fianza...
    —Si tuviera 500 dólares, ¿me habrían echado del colmado?
    —No. Me temo que no. ¿Su sombrero y su abrigo?

    El profesor se dirigió tristemente hacia el guardarropa.

    Lo sujeté por la manga.

    —Espere un momento —dije apresuradamente—. Oiga, señor, dentro de un par de horas el doctor Schmidt tendrá un contrato para una gira de exhibición de cincuenta y dos semanas. —Me giré hacia el profesor—: ¡Zeno va a proporcionarle todo el dinero que necesita! Cuando termine la simul de esta noche, Nottingham Jones le recomendará a todos los clubs de ajedrez de los Estados Unidos, Canadá y Méjico. ¡Piense en ello! ¡Zeno! ¡El único ratón jugador de ajedrez de la historia!
    —No tan aprisa —dijo Nottingham, acercándose a nosotros—. Tengo que ver primero cuan bueno es Zeno antes de recomendarlo a nadie.
    —No te preocupes —dije—. Piensa que el solo hecho de ser un ratón...

    El hombre taciturno interrumpió:

    —¿ Quieren decir que desean que aguarde un par de horas hasta ver si el profesor consigue algún tipo de contrato?
    —Exacto —dije apresuradamente—. Cuando Zeno demuestre lo que es capaz de hacer, el profesor tendrá una gira de exhibiciones asegurada.

    El hombre taciturno estaba estudiando a Zeno con un distante fastidio.

    —Está bien, de acuerdo. Esperaré.

    El profesor lanzó un profundo suspiro y trotó para observar a su protegido.

    —Miren —me dijo el hombre taciturno—, creo que en vez de dedicarse a esas tonterías lo que tendrían que hacer ustedes es buscar un buen gato y tenerlo aquí. Estoy seguro de que he visto a un ratón corriendo de un lado para otro.
    —Es Zeno —le dije—. Está jugando al ajedrez.
    —No es necesario que sea sarcástico, amigo. Tan sólo estaba haciendo una sugerencia. —Se alejó dignamente, para no perder de vista al profesor.


    La tarde iba avanzando, y el profesor había destrozado ya todos sus pañuelos y estaba desgarrando uno mío. Pero no acababa de comprender por qué estaba preocupado, ya que resultaba claro que Zeno era una maravilla, susceptible de ser alineada junto con Lasker, Alejine y Botvinnik.

    En cada juego se metía en una orgía de complicaciones. Uno por uno sus oponentes se veían acorralados en un rincón y tenían que abandonar. Una a una las mesas se iban vaciando, y los perdedores deambulaban por las pocas mesas que quedaban con alguien jugando. Los grupos alrededor de Bobby Baker, Pete Summers y Jim Bradley crecían minuto a minuto.

    Pero al término de la segunda hora, cuando sólo los tres campeones del club seguían resistiendo, observé quj Zeno decaía.

    —¿Qué ocurre, profesor? —susurré ansiosamente.

    Gruñó.

    —Para cenar generalmente sólo toma dos bocados de queso.

    ¡Y hasta aquél momento Zeno llevaba comidos ya veintitrés! Estaba tan ahito que apenas podía moverse.

    Gruñí también, con imágenes de estómagos atiborrados.

    Observamos tensamente a Zeno, que se arrastraba penosamente del tablero de Jim Bradley al de Pete Summers. Pareció tomarse un tiempo extraordinariamente largo para analizar la posición en el tablero de Pete. Finalmente hizo su movimiento y se arrastró hacia el tablero de Bobby Baker.

    Y fue allí, apoyado contra el pedestal de su rey enrocado, que se sumió en un tranquilo sueño de roedor.

    El profesor dejó escapar un casi inaudible lamento.

    —¡No deje que se quede así! —le grité—. ¡Despiértelo!

    El profesor sacudió delicadamente al animalillo con su dedo índice.

    —Liebchen —lloriqueó—, \vach' auf!

    Pero lo único que hizo Zeno fue acomodarse aún más confortablemente sobre su costado.

    Un silencio de muerte había caído sobre la habitación y fue gracias a ello que lo pudimos oír.

    Zeno estaba empezando a roncar.

    Todo el mundo parecía estar mirando en otras direcciones cuando el profesor tomó al animalillo y se lo metió tiernamente en el arrugado bolsillo de su chaqueta.

    El hombre taciturno fue el primero en hablar.

    —Bien, doctor Schmidt. ¿No hay contrato?
    —No sea ridículo —declaré—. Por supuesto que tiene su gira. Nottingham, ¿cuánto vas a tardar en enviar las cartas a los otros clubs?
    —Pero si no voy a recomendarlo —objetó Nottingham—. Después de todo, ha fallado tres de veinticinco juegos. Es tan sólo un Kleinmeister... no la clase de material para exhibirlo en un circuito de simuls.
    —¿Pero qué importa si no ha terminado tres simples juegos? Sigue siendo un buen jugador. Todo lo que tienes que hacer es decirlo, y cada secretario de club en América del Norte querrá concertar una fecha con él... con unos derechos de admisión de cinco dólares por jugador. ¡Va a organizar un revuelo en todo el país!
    —Lo siento —dijo Nottingham al profesor—. Tengo unas ciertas normas: su chico no alcanza el grado necesario.
    —Ja, ich versteh.
    —¡Pero eso es una locura! —Mi voz sonó más fuerce de lo que había pretendido—, Vosotros, amigos, no estaréis de acuerdo con Nottingham, ¿verdad? ¿Tú qué dices, Jim?

    Jim Bradley se alzó de hombros.

    —Es difícil decir hasta qué punto es bueno Zeno. Necesitaríamos una semana de análisis detenidos para asegurar con certeza quién sería el vencedor en mi juego. Tiene un peón menos, pero está en una posición de ventaja.
    —Pero Jim —protesté—. El asunto no es ése. ¿Es que no puedes verlo? Piensa en la publicidad... ¡un ratón jugador de ajedrez...!
    —No me interesa en absoluto su vida privada —dijo secamente Jim.
    —¡Muchachos! —dije desesperadamente—. ¿Es eso lo que pensáis todos? ¿No hay ninguno de vosotros que quiera pasar una resolución al club recomendando a Zeno para un circuito de simuls? ¿Qué dices tú, Bobby?

    Bobby parecía incómodo.

    —Creo que me esperan en el Internado. Lo siento, pero tengo que irme.
    —¿Vamos, doc? —preguntó el hombre taciturno. —Sí —dijo cansadamente el doctor Schmidt—. Buenas noches, señores.

    Yo permanecía allí inmóvil, asombrado.

    —Aquí está lo que ha ganado Zeno en esta velada, profesor —dijo Nottingham, entregándole un sobre—. Aunque me temo que no va a ayudarle mucho, ya que no he podido conseguir más que el habitual dólar por derecho de inscripción.

    El profesor asintió con la cabeza, y en un aturdido silencio contemplé cómo acompañaba al oficial de inmigración hacia la salida.

    El profesor y yo versus los jugadores de ajedrez. Habíamos lanzado nuestro golpe de gracia, pero no habíamos tenido en cuenta su gambito.

    Justo en aquel momento, Pete Summers llamó:

    —¡Hey, doctor Schmidt! —Agitaba un papel lleno de diagramas de ajedrez—. Esto se le ha caído del bolsillo cuando estaba mirando aquí.

    El profesor dijo algo como excusándose al hombre taciturno y retrocedió.

    —Danke —dijo, tomando el papel—. Es parte de un manuscrito.
    —¿Un manuscrito de ajedrez, profesor? —estaba agarrándome a un clavo ardiendo—. ¿Está escribiendo usted un libro de ajedrez?
    —Ja... quiero decir, sí.
    —Bueno, bueno —dijo Pete Summers, que estaba estudiando atentamente la hoja—. Alfil contra caballo, ¿eh?
    —Ja. Ahora, si me disculpan...
    —¿Alfil contra caballo? —chilló Bobby Baker, trotando por entre las mesas.
    —¿Alfil y caballo? —murmuró Nottingham Jones. Preguntó bruscamente—: ¿Hace tiempo que estudia el problema, profesor?
    —Varios meses. En el campo... en el ático. Ahora el manuscrito tiene unas 2.000 páginas, y estamos buscando editor.
    —¿Estamos...? —Mi voz debió temblar un poco, ya que tanto Nottingham como el profesor se giraron y me miraron con ojos inquisitivos—. Profesor... —mis palabras surgieron en un siseo—, ¿quiere decir que Zeno ha escrito también el libro?
    —¿Y quién sino? —preguntó el profesor, asombrado.
    —No veo cómo ha podido tomar una pluma —dijo Nottingham, dubitativo.
    —No lo necesita —dijo el profesor—. El hace los movimientos, y yo los escribo. —Y añadió con mal disimulado orgullo—: Mi Zenito es probablemente la mayor autoridad viva en todo el mundo en alfilcaballo.

    La habitación volvía a estar repentinamente muy silenciosa. Por un incalculable momento el único sonido audible fue el beatífico ronquido de Zeno surgiendo del bolsillo del profesor.

    —¿Llegó a alguna conclusión? —jadeó Nottingham.

    El profesor giró unos desconcertados ojos hacia los ansiosos rostros que lo rodeaban,

    —Zeno cree que el conflicto no puede ser generalizado. De todos modos, ha descubierto 78 posiciones en las cuales el alfil es superior al caballo y 24 posiciones en las cuales el caballo es mejor. Obviamente, el jugador mit alfil debe intentar...
    —...llegar a una de las posiciones en las que el alfil gana, por supuesto, y lo mismo para el caballo —terminó Nottingham—. Es un manuscrito sumamente valioso.

    Durante aquel tiempo pude respirar libremente por primera vez durante toda la noche. Parecía que las cosas iban por buen camino.

    —La lástima —dije casualmente— es que el profesor no pueda quedarse más tiempo aquí para que vosotros podáis estudiar el libro de Zeno y extraer algunas lecciones para la confrontación alfilcaballo por cable del próximo mes. Y es una lástima igualmente que Zeno no pueda quedarse también para jugar contra los rusos. Estoy seguro de que iba a ser una gran ayuda.
    —Aja —dijo Jim Bradley—. Yo también lo creo.

    Nottingham le hizo bruscamente una pregunta al profesor.

    —¿Cree que Zeno nos alquilaría el manuscrito por un mes?

    El profesor iba ya a asentir cuando interrumpí:

    —Eso va a ser más bien difícil, Nottingham. Zeno no sabe dónde va a estar a finales del mes próximo. Además, como tesorero del club, déjame informarte que una vez hayamos pagado el alquiler anual la próxima semana la tesorería va a quedar más seca que barrica en casa de borracho.

    El rostro de Nottingham palideció.

    —Claro que —continué cuidadosamente— si le consiguiéramos una gira a Zeno, imagino que estaría dispuesto a prestarnos el manuscrito sin exigir ningún pago. Y entonces el profesor no sería deportado, y Zeno podría permanecer a nuestro lado para hacerse cargo de un tablero en la confrontación por cable.

    Ni el profesor ni yo respiramos mientras observábamos a Nottingham debatirse en una solitaria partida de ajedrez con su alma. Finalmente, su ceñudo rostro adoptó un aire de austera obstinación.

    —No puedo recomendar a Zeno para una gira. Tengo mis normas.

    Algunos de los demás jugadores asintieron melancólicamente.

    —Me aterra el pensar que debo jugar contra Kereslov —dijo Pete Summers, mirando tristemente la hoja del manuscrito—. Pero estoy de acuerdo contigo, Nottingham.

    Yo había oído hablar de Kereslov. El Club de Moscú estaba organizando torneos internos alfilcaballo cada semana desde hacía seis meses, y Kereslov los había ganado casi todos.

    —Y yo tengo que jugar contra Botvinnik —dijo Jim Bradley. Y añadió débilmente—: Pero tienes razón, Nottingham. Éticamente no podemos recomendar una gira para Zeno.

    Botvinnik era tan sólo el campeón del mundo de ajedrez.

    —Es una vergüenza —dije—. Profesor, me temo que vamos a tener que negociar con el Departamento de Pasatiempos soviético.

    Había sido una repentina y descabellada inspiración. Luego me pregunté qué hubiera ocurrido si Nottingham no hubiera dicho lo que dijo a continuación.

    —Señor —preguntó al oficial de inmigración—, ¿usted quiere una fianza de 500 dólares por el doctor Schmidt?
    —Es lo habitual.

    Nottingham se giró hacia mí.

    —Tenemos más que eso en tesorería, ¿verdad?
    —Por supuesto. Tenemos exactamente 500 dólares y 14 centavos, de los cuales 500 dólares son para el alquiler. No me mires así.
    —Los directivos de este club —declaró Nottingham sonoramente— te autorizan a que extiendas un cheque a nombre del doctor Schmidt.
    —¿Estáis chiflados? —aullé—. ¿De dónde pensáis que voy a sacar otros 500 dólares para el alquiler? ¿Pretendéis, lunáticos, jugar vuestra confrontación por cable en medio de la Calle K?
    —Esta —dijo Nottingham fríamente —es la mayor obra sobre ajedrez desde la Historia de Murray. Después que la estudiemos, estoy seguro de que encontraremos un editor para Zeno. ¿Pretendes decir que neguemos nuestra colaboración a esa magnífica contribución a la literatura sobre ajedrez?

    Pete Summers me traspasó acusadoramente con la mirada.

    —Aunque tú no seas amigo de Zeno, al menos podrías pensar en el bien del club y del ajedrez americano. Estás adoptando una actitud muy extraña respecto a todo esto.
    —Pero claro, tú nunca has sido un auténtico jugador de ajedrez —dijo Bobby Baker compasivamente—. Nunca hemos tenido un tesorero que lo fuera.

    Nottingham suspiró.

    —Creo que es el momento de elegir a otro tesorero.
    —De acuerdo —dije resignado—. Tan sólo estaba pensando en lo que le voy a decir al casero la semana próxima. El tampoco es un jugador de ajedrez. —Llamé al hombre taciturno—. Venga conmigo a la oficina, y le extenderé un cheque.

    Frunció el ceño.

    —¿Un cheque? ¿De una pandilla de jugadores de ajedrez? ¡Ni borracho! Vamos, profesor.

    Entonces ocurrió lo más notable. Uno de nuestros más distinguidos miembros habló.

    —Soy el senador Brown, uno de los miembros de la pandilla de jugadores de ajedrez,. Avalaré el cheque, si usted quiere.

    Y entonces hubo un ruido resoplante a mi lado y alguien bufó en mi oído. Me giré rápidamente para ver una densa humareda terminada en tres perfectas anillas de humo. Nuestro magnate de los Ferrocarriles palmeó su cigarro para hacer caer la ceniza.

    —Soy Johnson, de los Ferrocarriles. Nosotros los jugadores de ajedrez estamos muy unidos en estas cosas. Yo también avalaré ese cheque. Y Nottingham, no se preocupe por el alquiler. El senador y yo nos haremos cargo del asunto.

    Solté un indignado gruñido. Yo era el único que debía preocuparse por el alquiler, no Nottingham. Pero por supuesto yo no existía. No era jugador de ajedrez.

    El hombre taciturno se alzó de hombros.

    —De acuerdo. Aceptaré los avales.

    Cinco minutos más tarde estaba yo de pie fuera del edificio, respirando el aire fresco, cuando el oficial de inmigración pasó por mi lado en dirección a su coche.

    —Buenas noches —dije.

    Dudó un breve instante, luego me miró. Cuando respondió, parecía hablar más para sí mismo que para mí.

    —Ha sido la cosa más extraña de mi vida —dijo—. Tenía la impresión de que había realmente un ratoncito corriendo por entre medio de todos esos tableros de ajedrez y moviendo las piezas con sus dientes. Pero por supuesto los ratones no juegan al ajedrez. Sólo los seres humanos lo hacen. —Me miró ansiosamente a través de la oscuridad, como intentando enfocar las cosas—. ¿Verdad que no había ningún ratón jugando al ajedrez ahí dentro?
    —No —dije—. No había ningún ratón ahí dentro. Ni tampoco seres humanos. Tan sólo jugadores de ajedrez.


    LA NUEVA REALIDAD
    1


    Prentiss entró en el coche, extrajo la extensión conectora del laringófono de su clip en su manga derecha y la introdujo en la ranura del dispositivo de ignición.

    Al cabo de un instante dijo lacónicamente:

    —Póngame con el Censor.

    Pasaron unos segundos mientras oía el clic de los circuitos conectándose. Luego:

    —E al habla.
    —Prentiss, amor.
    —Llámame E, Prentiss. ¿Qué noticias hay?
    —He dado cinco clases con el profesor Luce. Tiene un laboratorio privado. No confía en sus estudiantes graduados. Evidentemente realiza experimentos secretos en psicología comparativa. Ratas y todo eso. Nada abiertamente censurable.
    —Entiendo. ¿Cuáles son tus planes?
    —Haré inspeccionar su laboratorio esta noche. Si no descubrimos nada, recomiendo una dosis.
    —Preferiría que inspeccionaras el laboratorio tú mismo.

    A. Prentiss Rogers ocultó su sorpresa y disgusto.

    —De acuerdo.

    El clic en su auricular indicó que la comunicación había sido cortada del otro lado.

    Con incontenida irritación tiró del conector, puso en marcha el coche, y condujo hasta la avenida que bordeaba la universidad.

    ¿Acaso ella no sabía que él era un ocupado Jefe de Campo con un par de cientos de hombres a sus órdenes que eran perfectamente capaces de llevar a cabo la rutina de una inspección nocturna? Claro que lo sabía, pero pese a todo exigía que lo hiciera él personalmente. ¿Por qué?

    ¿Y por qué motivo le había asignado al profesor Luce personalmente, haciéndole perder tantas de sus preciosas horas, cuando media docena de sus brillantes filósofos físicos jóvenes podían hacerlo tan bien como él? Sin embargo E, amparada en el augusto anonimato de su solitaria inicial, había sido taxativa. El nunca había sido capaz de discutir de todos modos con una tan gélida belleza.

    Un kilómetro más adelante se metió en un garaje de una calle desierta y aparcó su coche la lado de un Cadillac.

    Crush salió del enorme coche y silenciosamente abrió para él la puerta de atrás.

    Prentiss entró en el otro coche.

    —Tenemos trabajo esta noche.

    Su ayudante vaciló una fracción de segundo antes de cerrar la puerta tras él. Prentiss sabía que el rechoncho y asmático hombrecillo estaba sorprendido y complacido.

    A Crush nunca le había pasado por la cabeza que el control del conocimiento humano era un asunto sucio y odioso, no una especie de juego cruel.

    —Muy bien, señor —resolló asmáticamente Crush, subiendo al coche—. ¿Debo reservar un dormitorio en el Departamento para esta noche?
    —No puedo darme el lujo de dormir —gruñó Prentiss—. Tengo el escritorio tan lleno de papeles que ya no puedo ver el otro lado. Echa tú un sueño si quieres.
    —Sí, señor. Si noto que lo necesito, señor.

    El ontólogo lanzó una amarga mirada a la nuca del hombre. No, Crush no dormiría, pero no a causa de sus preocupaciones. Superviviente de los tiempos en que un Censor tenía tan sólo una curiosidad insaciable y un Geiger de bolsillo, Crush permanecía serenamente inmutable ante las peligrosas e insondables implicaciones de la filosofía nuclear. Para Crush, "ontología" no era más que otra definición en el diccionario: "La ciencia de la realidad."

    Su rechoncho ayudante no podía ni siquiera captar la idea de que si no hubiese un eficiente esquema mundial de investigación nuclear que debía ser estrictamente seguido, cualquiera en Australia —o en la puerta de al lado— podría cualquier día pulsar un botón y alterar el aspecto de esa realidad. Eso era lo que hacía a Crush tan valioso; no sabía lo suficiente como para tener miedo...


    Prentiss se había cortado los pelos de las ventanillas de su nariz y así podía respirar en completo silencio. Pero ahora, cuando aquel rostro cavernoso se giró hacia él mientras yacía barriga contra el suelo en la protectora oscuridad, sus pulmones se convulsionaron en un audible jadeo.

    Los delicados, cultos, a veces un tanto abstractos y académicos rasgos del profesor Luce estaban transfigurados. El rostro al otro lado de la ventana del semisótano donde estaba situado el laboratorio estaba ahora congestionado, los finos labios curvados en una muda sonrisa demoníaca de satisfacción, los hundidos ojos negros danzaban con llameantes puntos rojos.

    Con un esfuerzo brutal de su voluntad, el ontólogo obligó a que su atención se centrara de nuevo en la rata.

    En cuatro ocasiones, en los últimos minutos, había observado al animal correr hacia abajo, a lo largo de una plataforma inclinada hasta alcanzar una bifurcación, elegir uno de los dos caminos, recibir lo que debía ser una descarga eléctrica, y después ser colocado de nuevo en el principio para iniciar una nueva carrera. Fuera cual fuese el camino alternativo que eligiera, el animal recibía siempre una descarga que lo convulsionaba.

    En esta quinta carrera la rata, pese a los chorros de aire comprimido que la empujaban hacia adelante, estaba yendo más despacio. Justo antes de alcanzar la bifurcación se detuvo por completo.

    Los chorros de aire la golpeaban una y otra vez, formando pequeños remolinos de pelaje gris en su lomo y flancos.

    Gradualmente dejó de temblar; su respiración se hizo normal. Prentiss tuvo la impresión de que había cerrado los ojos.

    Los chorros de aire empujaron de nuevo. No reaccionó a ellos, se limitó a permanecer quieta allí, inmóvil, al borde del coma.

    Mirando a través de la ventana, Prentiss vio al alto hombre dirigirse lánguidamente hacia el animalillo y pasar un largo dedo parecido a un garfio por su lomo. No hubo reacción. Entonces el profesor dijo algo, evidentemente en voz muy baja, ya que Prentiss tuvo dificultades para leer en sus labios.

    —...cuando ambas alternativas son malas para ti, pero tienes que hacer algo, vacilas, ¿eh, pequeñita? Te detienes, estás perdida. Ya no eres una rata. ¿Sabes lo que le ocurriría al universo si un solo fotón se detuviera? ¿No lo sabes? ¿Has pinchado alguna vez un globo, amiguita? ¿Aunque sea con la aguja más fina posible?

    Prentiss maldijo. El profesor se había girado y se dirigía hacia las jaulas con el animal, y aunque aparentemente seguía hablando, sus labios ya no eran visibles.

    Tras cerrar la puerta de la jaula, el profesor se dirigió hacia la entrada del laboratorio, miró atentamente a todo su alrededor por la habitación, y entonces, mientras buscaba el interruptor de la luz, miró directamente hacia la ventana de Prentiss.

    Por un momento el investigador estuvo convencido de que gracias a algún ignorado poder el profesor podía ver en la oscuridad, y le estaba mirando directamente a los ojos.

    Exhaló lentamente el aire. Era ridículo.

    La habitación se hundió en la oscuridad. El investigador parpadeó y cerró los ojos. Realmente no tenía que preocuparse hasta que oyera la puerta del laboratorio abrirse al otro lado del pequeño edificio.

    La puerta no se abrió. Prentiss escrutó la oscuridad de la habitación.

    Donde había estado el profesor había ahora dos misteriosas llamitas rojas, como velas.

    Algo debía reflejarse en las córneas del profesor. Pero la habitación estaba a oscuras; no había ninguna luz que pudiera reflejarse. Los ojosllama seguían dando la ilusión de que lo estaban estudiando.

    El cabello estaba empezando a erizársele en la nuca cuando las dos lucecitas se desvanecieron finalmente y oyó el sonido de la puerta del laboratorio al abrirse.

    Cuando el lento resonar de los pasos se perdió en el empedrado de la calle, Prentiss inspiró una profunda bocanada del frío aire nocturno y se limpió el sudor del rostro con la manga.

    ¿Qué le estaba ocurriendo? Actuaba como el más novato aprendiz. Se alegraba de que Crush hubiera ido al Cadillac para conectar el televisor y no pudiera verle.

    Se puso a gatas y reptó silenciosamente hacia la oscura ventana. Era una simple ventana corrediza, y le bastaron unos pocos segundos para meter una palanqueta por la ranura y hacer actuar la cerradura. Las ratas empezaron a removerse nerviosamente cuando penetró en la oscuridad de la habitación semisubterránea.

    El receptor en su oído sonó.

    —¡El profesor está regresando! —susurró la aguda voz de Crush.

    Prentiss dijo algo entre dientes, pero sin hacer ninguna pausa extrajo su escudriñador a infrarrojos de su bolsillo.

    —Avísame cuando llegue a la esquina del paseo —siseó—. Y asegúrate de que queda todo grabado.

    El aparato se fijó en la primera cosa.

    El investigador había memorizado perfectamente su posición. Acercándose todo lo que le permitía la oscuridad, hizo que el escudriñador tomara una "panorámica" sobre algunos de los interesantes aparatos que había visto sobre la mesa.

    Luego se giró hacia los libros de la estantería, lamentando no tener tiempo más que para grabar algunas pocas páginas.

    —Está en la esquina —avisó Crush.
    —De acuerdo —murmuró Prentiss, pasando sus sensitivos dedos por el lomo de los libros. Seleccionó uno, lo abrió al azar, y paseó el escudriñador por las invisibles páginas.
    —¿Le falta mucho para llegar? —preguntó.
    —¡Jefe, está en la puerta\

    Prentiss tuvo que volver a dejar el volumen sin poder grabar nada más. Tuvo el tiempo justo de cerrar la ventana tras él antes de que la puerta del laboratorio volviera a abrirse.


    2


    Un par de horas más tarde el ontólogo lanzó un cínico buenos días a su recepcionista y secretarias y penetró en su oficina privada. Se dejó caer pesadamente en su sillón giratorio y tomó los negativos infrarrojos que Crush había preparado en la cámara oscura del Cadillac. La página del viejo diario alemán era particularmente intrigante. Tradujo laboriosamente:

    A medida que penetraba en el manuscrito, mi boca se volvía seca y mi corazón empezaba a latir más aprisa. Sabía que aquella era una contribución como la que no había visto mi familia desde Copérnico. Roger Bacon o quizá incluso Aristóteles. Parecía increíble que aquel silencioso hombrecillo, que jamás había salido de Koenigsberg, pudiera tener la llave del universo... la Crítica de la Razón Pura, la llamaba él. Y dudo que ni siquiera él se diera cuenta de la importancia última de sus enseñanzas, ya que decía que no podemos saber el aspecto real de la naturaleza de ninguna cosa, es decir, la CosaEnSíMisma, el DinganSich o noúmeno. Afirmaba que este es el conocimiento último, reservado a los dioses. No sospechó que, siglo tras siglo, la humanidad se está acercando a la realización final de las cosas finales. Incluso ese brillante hombre diría probablemente que la Tierra era redonda el año 600 A. C., como lo es ahora. Pero yo sé que era plana entonces... tan plana como ahora es redonda. ¿Qué es lo que ha cambiado? No la CosaEnSíMisma que llamamos Tierra. No, es la mente del hombre la que ha cambiado. Pero en esta ceguera ridícula, olvida que es realmente su propia estimulación mental por una aplicación más amplia de la ciencia y unos más precisos métodos de investigación...


    Prentiss sonrió.

    Luce era sin la menor duda un coleccionista de incunables filosóficos. Un extraño hobby, pero eso era todo lo que podía ser... un hobby. Obviamente la Tierra nunca había sido plana, y de hecho no había cambiado sustancialmente de forma en el último par de miles de millones de años. Naturalmente, las nociones acerca de la Tierra plana habían sido mantenidas por los primitivos durante unos pocos miles de años o hasta incluso por los contemporáneos de Kant debido a su ignorancia antes que a una cuidadosa observación, y un hombre de la erudición de Luce no podía hacer otra cosa que sentirse divertido por ello.

    Prentiss sonrió de nuevo con la tolerancia de un hombre que lleva sobre sus hombros veinte siglos de ciencia. Los primitivos, por supuesto, hicieron las cosas lo mejor que pudieron. Pero simplemente no sabían. Trabajaron con premisas pueriles e instrumentos infantiles.

    Frunció el ceño. Asumir que utilizaban premisas pueriles era iniciar la cuestión. Por otra parte, ¿valía la pena dedicarle de nuevo su atención? Todo lo que podía esperar era descubrir como en algunas ocasiones los aparatos muy sencillos unidos a veces a deducciones no sofisticadas habían simplificado excesivamente el mundo de los antiguos. Sin embargo, todo lo que interesaba al extraño doctor Luce le interesaba automáticamente a él, Prentiss, hasta que el caso quedara cerrado.

    Dictó al registrador:

    —Memorándum para la Sección Geodésica. Urge una historia resumida de las ideas relativas a la forma de la Tierra. Prentiss.

    Olvidó rápidamente el asunto hasta un nuevo contacto, y se dedicó a la excesiva acumulación de informes en su escritorio.

    Un cuarto de hora más tarde el registrador lanzó un sonido y empezó a escribir un mensaje.

    Al Director. Respuesta a su pregunta sobre breve historia acerca de la forma de la Tierra. Caldeos y babilonios (según algunas tabletas de arcilla de la librería de Assurbanipal), egipcios (según los papiros de Ahmes, apr. 1700 A, C.), cretenses (según inscripciones en la librería real de Knossos, apr. 1300 A. C.), chinos (según manuscritos de Chou Kung, apr. 1100 A. C.), fenicios (según fragmentos de Tyre, apr. 900 A. C.), hebreos (según un desconocido historiador bíblico, apr. 850 A. C.) y griegos (según un mapa del experimentado geógrafo y gran viajero Hecateus, 517 A. C.), se creía que la Tierra era un disco plano. Pero a partir del siglo quinto A. C. empezó a reconocerse universalmente la esfericidad de la Tierra...


    Había algunas líneas más, relacionadas con los trabajos referentes al mayor achatamiento en los polos, pero aquello ya no tenía interés para Prentiss. El informe no arrojaba ninguna luz acerca del hobby de Luce y estaba desprovisto de implicaciones ontológicas.

    Echó el papel a la enorme papelera y se dedicó de nuevo a los informes que tenía ante sí.

    Unos minutos más tarde comenzó a hacer girar incómodamente su silla, con los ojos inquietos mirando fijamente al registrador, e intentó obligarse a fijar de nuevo su atención en su trabajo.

    Era inútil.

    Diciéndose a sí mismo que era un idiota, le gruñó a la máquina:

    —Memorándum para Geodésica. Urge aclaración acerca su memorándum historia de la forma de la Tierra. ¿Cómo se explica el cambio de creencias sobre la esfericidad de la Tierra tras Hecateus? Urgente. Prentiss.

    Pasaron los segundos.

    Tableteó con sus dedos impacientemente en el escritorio, luego se levantó y empezó a pasear arriba y abajo por la habitación.

    Cuando oyó el sonido del registrador corrió hacia el escritorio y leyó las palabras a medida que iban siendo escritas:

    Los antiguos griegos basaron la forma esférica de la Tierra en la observación de que los mástiles de una nave que se acerca es lo primero que aparece, y luego la proa. Se desconoce el porqué similares observaciones no han sido hechas por otros pueblos marinos anteriores...


    Prentiss se rascó la mejilla, perplejo. ¿Adonde le llevaba aquello?

    Empujó la naciente conjetura de que la Tierra había sido realmente plana en un tiempo hacia los más profundos recovecos de su mente.

    Bien, pero entonces, ¿qué pasaba con el cielo? No había ningún indicio de que hubiera cambiado durante el breve tiempo de la vida del hombre.

    Lo intentó de nuevo, y desistió.

    —Memorándum para el Departamento de Astronomía. Urge informe acerca de concepciones antiguas y modernas sobre el tamaño y distancia del Sol.

    Unos pocos minutos más tarde estaba leyendo la respuesta:

    Omitiendo a Platón, cuyos datos carecen de base (midió la distancia del Sol como sólo la mitad de la de la Luna), llegamos a la primera "autoridad" reconocida, Ptolomeo (Almagest, apr. 140 D. C.), que midió el radio del Sol como 5'5 veces el de la Tierra (contra casi 109 en la actualidad), y midió la distancia del Sol a 1210 (23.000 actualmente). Las mediciones más exactas datan sólo de los siglos XVII y XVIII.


    Había leído todo aquello en algún otro lugar. La diferencia era fácilmente explicable por lo primitivo de sus instrumentos. Era una locura seguir con aquello.

    Pero ya era demasiado tarde.

    —Memorándum para Astronomía. ¿Las medidas de Ptolomeo eran erróneas debido a la falta de precisión de sus instrumentos?

    La respuesta llegó rápidamente:

    Al Director: La fuente de los errores de Ptolomeo en las medidas solares no es comprendida claramente. Usaba un astrolabio con una precisión de 10 segundos y una clepsidra que incorporaba las mejoras de Hero. Con los mismos instrumentos, y utilizando el valor moderno de pi, Ptolomeo midió el radio de la Luna (0'29 del radio de la Tierra contra el 0'273 actual) y su distancia (59 radios de la Tierra contra 60 y 1/3 actuales). Sus instrumentos eran razonablemente exactos. Y hay que hacer notar que Copérnico, utilizando instrumentos y técnica casi modernos, "confirmó" el número ptolemaico de la distancia del sol a 1200 radios de la Tierra. No hay ninguna explicación conocida para tan flagrante error.


    A menos que, sugirió algo en el interior de la mente de Prentiss, el sol estuviera mucho más cerca y fuera mucho más diferente antes del siglo XVII, cuando Newton dijo al mundo dónde estaba el Sol y el tamaño que tenía. Pero aquella solución era demasiado absurda para ser tomada de nuevo en consideración. Si seguía así se volvería completamente loco.

    Desconcertado, el ontólogo se mordió el labio inferior y se quedó mirando el mensaje en el registrador.

    En su abstracción, se descubrió de pronto a sí mismo observando insistentemente el símbolo "pi" en el mensaje del registrador. Allí, al menos, había algo que siempre había permanecido igual, y que lo seguiría siendo hasta el fin de los tiempos. Se inclinó sobre el escritorio para dejar caer la ceniza de su pipa en el cenicero circular situado junto al registrador, y se quedó inmóvil al segundo golpe. Desde el escritorio, tomó una regla y midió el cenicero. Veinte centímetros. Y luego alrededor de su circunferencia. Sesenta y tres centímetros. Correcto, pensó. Era un resultado que cualquier escolar podía obtener.

    Se giró de nuevo hacia el registrador.

    —Memorándum para el Departamento de Matemáticas. Urge historia resumida sobre el valor de pi. Prentiss.

    No tuvo que esperar mucho tiempo.

    Al Director: Historia resumida "pi". Los babilonios utilizaban el valor de 3'00. Aristóteles hizo unas evaluaciones mucho más precisas, física y teóricamente. Arquímedes fue el primero en llegar al valor actual, utilizando la teoría de los límites...


    Había más, pero a Prentiss ya no le importaba. Era inconcebible, por supuesto, que pi hubiera crecido durante los dos milenios que separaban a los babilonios de Arquímedes. Y sin embargo, era desesperante. ¿Por qué no habían conseguido algo mejor que 3'00? Incluso un niño con un trozo de cordel podría demostrar su error. Incontables generaciones de sabios y escrupulosos astrónomos caldeos, midiendo el tiempo y la posición de las estrellas con una exactitud increíble, cometiendo todos ellos un terrible error con una cosa tan sencilla como el valor de pi. No tenía sentido. Y por supuesto pi no había crecido, como tampoco había crecido el año babilonio de 360 días hasta los 365 modernos. Siempre había sido igual, se dijo a sí mismo. Los primitivos no habían sabido medir con la suficiente exactitud, eso era todo. Esa tenía que ser la explicación.

    Esperaba.

    Se sentó de nuevo en su escritorio, miró durante unos instantes su agenda y luego escribió:

    Comprobar historia de gravedadaceleración. Juzgo a Aristóteles incapaz de detectar la aceleración. Galileo utilizó los mismos instrumentos, incluyendo el mismo burdo reloj de agua, y la determinó. ¿Por qué?... ¿Algún movimiento registrado de Vulcano desde 1914, cuando Einstein explicó la excentricidad de la órbita de Mercurio a través de la relatividad y no por la existencia de un hipotético planeta intrasolar? ¿Cómo pudo Oliver Lodge detectar un flujo del éter y Michelson no? ¿Es concebible que la contracción de Lorentz no fuera un hecho físico antes del experimento de Michelson?... ¿Cuántos elementos químicos se suponían antes de ser descubiertos?


    Tableteó ausente sobre el escritorio durante un cierto tiempo, luego llamó a su asistente de investigación. Apenas tenía tiempo de explicarle lo que deseaba antes de que tuviera que acudir a su clase con Luce.

    Y seguía sin estar seguro de dónde encajaban las ratas.


    3


    El profesor Luce terminó rápidamente su clase.

    —Bien, señores —dijo—, creo que deberemos proseguir con este asunto en nuestra próxima clase. Parece que nos hemos desviado un poco, así que es mejor que terminemos por hoy. Oh, señor Prentiss.

    El investigador se le quedó mirando con genuina sorpresa.

    —¿Sí, señor? —La pequeña arma que llevaba en el sobaco le hizo sentirse algo más tranquilo.

    Se dio cuenta que el momento crucial estaba cerca, que antes de que abandonara el campus sabría si aquel hombre extraño era un inofensivo físico dedicado a su trabajo y a su singular hobby, o era un peligro real para la humanidad. El profesor estaba actuando fuera de lugar, y aquella era una complicación inesperada.

    —Señor Prentiss —continuó Luce desde su tarima—, ¿podría pasar un momento por mi despacho antes de irse?
    —Por supuesto —dijo Prentiss. Mientras el grupo salía, siguió al enjuto científico a través de la puerta que conducía al pequeño despacho de Luce, detrás del aula.

    En la puerta, vaciló casi imperceptiblemente; Luce se dio cuenta de ello y le hizo un gesto casi sardónico.

    —Después de usted, por favor.

    Luego el alto hombre le señaló una silla junto a su escritorio.

    —Siéntese, señor Prentiss.

    Durante un largo momento los dos hombres, sentados, se estudiaron mutuamente.

    Finalmente, el profesor habló:

    —Hará unos quince años, un brillante joven llamado Rogers escribió una tesis doctoral para la Universidad de Viena que tituló: "Conformación Involuntaria de los Sentidos Receptivos a la Masa Aperceptiva."

    Prentiss se puso a rebuscar su pipa.

    —¿Sí?
    —Una copia de esa tesis fue enviada a la Fundación que financiaba sus estudios. Todas las demás fueron remitidas al Departamento Internacional del Censor, que solicitó a la Fundación que le fuera remitida también su copia. Pero esa copia nunca pudo ser hallada.

    Prentiss estaba concentrado en encender su pipa. Se preguntaba si el débil temblor de sus manos sería perceptible.

    El profesor se giró en su escritorio, abrió el cajón de arriba, y sacó un fajo de papeles prietamente encuadernados en piel negra.

    El investigador tosió, exhalando una nube de humo.

    El profesor no pareció darse cuenta de ello, pero abrió la tapa y empezó a leer:

    —...tesis de doctorado para la obtención del título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Viena. A. P. Rogers, Viena, 1957. —El hombre cerró el volumen y se le quedó mirando pensativamente—. Adam Prentiss Rogers... el poseedor de un cerebro tan brillante como no se ha visto otro en todo un siglo. Sin embargo, expuso aquí su pensamiento... y desapareció.

    Prentiss contuvo un estremecimiento cuando se enfrentó con los fríos e implacables ojos hundidos.

    Había empezado el juego del gato y el ratón. En cierto modo, se sentía aliviado.

    —¿Por qué desapareció entonces, señor PrentissRogers? —preguntó Luce—. ¿Y por qué reaparece ahora?

    El investigador lanzó una nube de humo hacia el bajo techo.

    —Para impedir que gente como usted introduzcan sensaciones que no pueden conformarse a nuestra presente masa aperceptiva. Para mantener la realidad tal como es. Creo que eso contesta las dos preguntas.

    El otro hombre sonrió. No era algo agradable de ver.

    —¿Ha tenido éxito?
    —No lo sé. Supongo que aún es pronto.

    El enjuto hombre se alzó de hombros.

    —Entonces, ignora usted el mañana. Creo que ha fracasado, aunque no puedo estar seguro, por supuesto, hasta que termine el experimento que creará nuevos sentidos. —Le miró fijamente—. Voy a ser directo, señor PrentissRogers. Tanto como usted, y posiblemente a excepción del Censor, sé mucho más acerca de la aproximación matemática de la realidad que cualquier otra persona en el mundo. Es probable que sepa incluso cosas de las que usted no sabe nada. Pero soy débil... debido a que he desarrollado sus mismos resultados sobre la base de la mera lógica en lugar de la introspección. Y sabemos que la lógica se aplica tan sólo dentro de ciertos límites. Pero estoy desarrollando un instrumento práctico, una máquina auténtica, para la completa alteración de los sentidos receptivos. En esto estoy enormemente adelantado a usted. Usted vio anoche mi aparato, ¿no, señor PrentissRogers? Oh, vamos, no sea usted tímido.

    Prentiss dio una profunda chupada a su pipa.

    —Lo vi.
    —¿Lo comprendió?
    —No. Allí no estaba todo. Al menos, el aparato que había sobre la mesa estaba incompleto. Ha de ser algo más que un prisma de Nicol y un goniómetro.
    —¡Oh, es usted observador! Me preocupé de no permitirle verlo durante mucho tiempo... no más de lo necesario para satisfacer su curiosidad. Así que escuche. Le ofrezco una participación. Verifique mis datos y aparatos; a cambio, podrá estar usted presente en mis experimentos. Lleguemos juntos al final. Podremos conocer todas las cosas existentes. ¡Seremos dioses!
    —¿Y qué hay con los otros dos mil millones de seres humanos? —dijo Prentiss, apretando suavemente el arma en su sobaco.
    —Su locura, en el caso de que continuara existiendo, se haría más pronunciada, por supuesto. ¿Pero por qué preocuparse por ellos? —Sus labios se curvaron lobunamente—. No espere que crea en esa aura de altruismo, señor PrentissRogers. Creo que tiene usted miedo de enfrentarse a lo que yace detrás de nuestra autoproclamada "realidad".
    —Al menos soy cobarde por una buena causa. —Se levantó—. ¿Tiene usted algo más que decir?

    Sabía que no hacía falta decir nada más. Luce debía haberse dado cuenta ya que había dado motivos para su arresto al menos media docena de veces durante los últimos minutos: la mera posesión de la copia desaparecida de su tesis, la franca admisión de sus planes de experimentación con la realidad, y su intento de soborno hacía un alto Censor oficial. Y sin embargo, no parecía en absoluto preocupado ante la posibilidad de ver interrumpidos sus proyectos a medio camino.

    Las mejillas de Luce se ahuecaron en un breve suspiro.

    —Lamento que no sea usted inteligente al respecto, señor PrentissRogers. Sin embargo, usted sabe que llegará un tiempo en que deberá adaptar su mente para ir... al otro lado, ¿entiende lo que quiero decir? De hecho, tenemos que depender en un grado considerable de la camaradería de los demás... allí fuera.. Incluso los dioses tienen que pasar ocasionalmente por eso, y tengo la sospecha de que usted y yo somos más bien sociables. Así que no vamos a separarnos como enmigos.

    La mano de Prentiss se deslizó bajo su chaqueta y volvió a aparecer empuñando su corta automática. Tenía la sensación de que estaba haciendo algo inútil, y de que el profesor se estaba riendo silenciosamente de él, pero no tenía otra alternativa.

    —Está usted bajo arresto —dijo, sin emoción—. Venga conmigo.

    El otro se alzó de hombros, y luego algo parecido a una risa, apenas audible en su tono burlón, surgió de su garganta.

    —Por supuesto, señor PrentissRogers.

    Se puso en pie.

    Instantáneamente, la habitación se sumergió en las tinieblas.

    Prentiss disparó tres veces, apuntando a la enjuta y sonriente forma a cada resplandor,

    —Ahorre las balas, señor PrentissRogers. Las balas no penetran en un intenso campo diamagnético, ¡Estudie el efecto magnético de freno en su laboratorio de experimentación la próxima vez que vaya al Cuartel General del Censor!

    En algún lugar resonó una puerta.

    Unas horas más tarde Prentiss estaba mirando a su ayudante con no oculto disgusto. Crush sabía que había sido interrogado por E para averiguar las implicaciones de la fuga de Luce, y que Crush simpatizaba secretamente con él. Pero Prentiss no estaba en condiciones de mostrar su simpatía. Hubiera preferido que el asmático hombrecillo le dijera que había sido estúpido,

    —¿Qué deseas? —gruñó.
    —Señor —dijo Crush, como disculpándose—, tengo el informe del chisme que escudriñó usted en el laboratorio de Luce.

    Prentiss se ablandó casi instantáneamente, pero ocultó cualquier evidencia de interés.

    —¿Y qué hay con ello?
    —En esencia, señor —continuó Crush—, es tan sólo un prisma de Nicol montado sobre un goniómetro. De acuerdo con la investigación de rutina, fue concebido por un oscuro óptico que se pasó nueve años trabajando en él, y malgastó casi todo ese tiempo tan sólo en una de las caras del prisma. ¿Qué opina usted de ello, señor?
    —De momento nada. ¿Por qué tardó tanto?
    —Según dice, quería pulirla de modo que quedara absolutamente plana.
    —Estúpido. Para ello hubiera necesitado una base compuesta únicamente por moléculas del mismo estrato cristalino, algo que no ha sido intentado desde el reflector de Palomar.
    —Lo sé, señor. Y hay también un goniómetro con sólo un número en el dial... cuarenta y cinco grados.
    —Obvio —dijo Prentiss—: el Nicol sólo puede ser usado en un ángulo de cuarenta y cinco grados de luz incidente. Por ello probablemente es muy importante, aunque ignoro el porqué, que el ángulo sea precisamente de cuarenta y cinco grados. Eso requiere también una superficie perfectamente plana, por supuesto. Supongo que ahora vas a decirme que el mecanismo del goniómetro es extremadamente preciso. De pronto Prentiss se dio cuenta de que Crush estaba mirándole entre dubitativo y admirado.
    —¿Y bien? —preguntó inaladamente el ontólogo— ¿Cuál es el mecanismo de ajuste? Seguro que no es geométrico. Demasiado burdo. ¿Quizá óptico?

    Crush se cubrió la boca con un pañuelo y carraspeó.

    —Sí, señor. El prisma gira muy lentamente sobre un pequeño rayo de luz. Parte del rayo es reflejada y parte refractada. Parece que, según la ley de Jordán, un ángulo de cuarenta y cinco grados da exactamente la mitad reflejada y la mitad refractada. Los dos rayos son gobernados por una fotocélula que detiene el mecanismo rotatorio tan pronto como la luminosidad de los dos rayos es exactamente la misma.

    Prentiss se pellizcó nerviosamente la oreja. Estaba desconcertado. ¿Qué era exactamente lo que pretendía hacer Luce con un aparato como aquél? En aquel momento hubiera sido capaz de dar diez años de su vida por tener un indicio del aparato suplementario que debía acoplarse al Nicol. Debía tratarse de algo óptico, seguro, relacionado de alguna manera con el sistema nervioso de las ratas. ¿Qué era lo que había dicho la otra noche Luce en el laboratorio? Algo acerca de detener de pronto un solo fotón. ¿Y qué se suponía que le ocurriría al universo? Algo como pinchar un globo con una aguja muy fina, había dicho Luce.

    ¿Y cómo podía todo ello relacionarse con las conclusiones ciertamente imposibles pero silogísticamente necesarias que podían extraerse de sus recientes investigaciones sobre la historia del conocimiento humano?

    No estaba seguro. Pero estaba seguro de que Luce estaba a punto de utilizar su misterioso aparato para cambiar el universo perceptible, a una escala tan vasta que la humanidad podría verse perdida en el caos. Tenía que convencer a E de aquello.

    Si no lo conseguía buscaría por sí mismo a Luce y lo matara con sus propias manos, y luego ya decidiría las razones que debería dar.

    En este momento estaba guiándose por puro instinto, pero sería mejor que organizara las cosas cuando se enfrentara con E.

    Crush estaba hablando:

    —¿Nos vamos, señor? Su secretaria dice que el jet está aguardando...


    El cuadro mostraba a un hombre con un sombrero rojo y ropas negras sentado tras el estrado de un tribunal. Otros cinco hombres con sombreros rojos estaban sentados en un banco a su derecha, y otros cuatro a su izquierda. Frente al estrado se hallaba una solitaria y aherrojada figura.

    —Te condenamos, Galileo Galilei, a la prisión formal de este Santo Oficio, por un período determinado a nuestro juicio, a fin de que sufras una saludable penitencia. Y te ordenamos, durante los tres próximos años, que recites una vez por semana los siete Salmos Penitenciales.

    Prentiss desvió su mirada de la inscripción del cuadro al menos legible rostro de E. Sus ovaladas facciones de tinte oliváceo eran suaves, sin arrugas, ni siquiera en torno a los ojos, y sus cabellos negros partidos en raya en mitad de su cabeza caían en cascada hasta su cuello. No utilizaba cosméticos, y aparentemente no los necesitaba. Iba vestida con un traje negro y ajustado que acentuaba aún más su perfectamente modelado cuerpo.

    —¿Sabes? —dijo Prentiss fríamente—, creo que te gusta ser Censor. Está en tu sangre.
    —Estás perfectamente en lo cierto. Me gusta ser Censor. De acuerdo con Speer, efectivamente he sublimado un complejo de culpa, por extraño que pueda parecer.
    —Muy interesante. Una especie de expiación a un ancestral complejo de culpa, ¿eh?
    —¿Qué quieres decir?
    —La mujer inició al hombre en su adquisición de conocimiento y su autodestrucción, y desde entonces ha intentado fútilmente detener la avalancha. En ti, el sentimiento de la responsabilidad y la culpa son excepcionalmente fuertes, y apostaría a que algunas noches te despiertas llena de fríos sudores, imaginando que acabas de arrancar algún innombrado fruto prohibido.

    Ella miró fijamente los burlones labios del investigador.

    —La única cuestión pertinente ahora —dijo crispadamente— es si Luce está metido en experimentos ontológicos, y si es así, si son de naturaleza peligrosa.

    Prentiss suspiró.

    —Está metido hasta el cuello. Pero cuan peligrosos son, y cómo, es algo que sólo puedo sospechar.
    —Entonces cuéntame tus sospechas.
    —Luce piensa que ha desarrollado un aparato para la práctica y predecible alteración de los sentidos. Espera hacer algo con su ingenio que hará saltar en añicos todas las leyes físicas. La realidad resultante será probablemente difícil de reconocer por un ontólogo profesional, y completamente ajena a la masa de la humanidad.
    —Pareces convencido de que puede hacerlo.
    —Las probabilidades son altas.
    —Está bien. Tendremos que luchar sólo con probabilidades. Lo más seguro, por supuesto, será localizar a Luce y eliminarlo inmediatamente. Por otra parte, el menor asomo de escándalo traería consigo una investigación oficial del Congreso sobre este Departamento, por lo que debemos proceder cautelosamente.
    —Si Luce es realmente capaz de hacer lo que proclama —dijo Prentiss sombríamente—, y le dejamos hacerlo, entonces ya no habrá Departamento... ni Congreso que pueda investigar.
    —Lo sé. Quédate tranquilo: si decido que Luce es peligroso y debe morir, no me detendrán ni las vidas ni las carreras de nadie del Departamento, incluyéndome a mí.

    Prentiss asintió, pensando si realmente lo haría.

    —Estamos haciendo frente por primera vez a una probable violación de nuestros experimentos ontológicos —continuó la mujer—. Nos inclinamos a prevenir la concretización de dicha violación tomando la vida de un hombre. Creo que debemos decidir de una vez por todas si esas drásticas medidas son indicadas, y por eso te he hecho venir ante el comité directivo. Tenemos la intención de reabrir toda la cuestión de los experimentos ontológicos y sus implicaciones.

    Prentiss gruñó para sí mismo. En asuntos tan importantes, el comité directivo decidía por votación. Tuvo una breve visión de sí mismo intentando convencer a los cabezas duras de los científicos de E de que la humanidad estaba cambiando su "realidad" siglo tras siglo... de que aún no hacía tanto tiempo la Tierra había sido "plana". ¡Sí, empezaba a creerlo realmente!

    —Ven conmigo, por favor —dijo E.


    4


    Sentado a la derecha de E estaba un hombre ya viejo, Speer, el famoso psicólogo. A su izquierda estaba Goring, consultor del consejo en temas nucleares; junto a él estaba Burchard, un brillante químico y director de la Zona Oeste, luego Prentiss, y luego Dobbs, el renombrado metalúrgico y director de la Zona Centro.

    A Prentiss no le gustaba Dobbs, que había votado contra su promoción como director de la Zona Este.

    E anunció:

    —Podemos iniciar esta encuesta con el examen de los fundamentos. Señor Prentiss, ¿cuál es exactamente la realidad?

    El ontólogo se sobresaltó. Había necesitado doscientas páginas para esbozar su teoría de la realidad en su tesis doctoral, e incluso así siempre había sospechado que sus examinadores la habían pasado simplemente porque era incomprensible... y por lo tanto el trabajo de un genio.

    —Bueno —empezó irónicamente—, debo confesar que no sé lo que es la realidad real. Aquello que la mayoría de nosotros llamamos realidad es simplemente una síntesis integrada de lo captado por los sentidos. Como tal, no es más que una hipótesis de trabajo en la mente de cada uno de nosotros, en un eterno proceso de revisión. En el pasado, tal proceso fue lento y seguro. Pero ahora tenemos que considerar las consecuencias de una revisión constante y total.,, una revisión tan amplia que puede arrojar a la humanidad frente a frente con la auténtica realidad, el mundo de las CosasEnSíMismas... los nóumenos de Kant. Esto, creo, podría ser tan desastroso como abandonar a un grupo de niños en medio de un bosque. Tendrían que volver a aprender las cosas más sencillas: cómo comer, cómo protegerse de las fuerzas elementales, e incluso un nuevo lenguaje para abordar sus nuevos problemas. Habría muy pocos supervivientes.
    —Eso es lo que pretendemos evitar, y podemos hacerlo si prevenimos cualquier repentina alteración importante de las percepciones de los sentidos en nuestra actual realidad.

    Miró dubitativamente a los rostros que había a su alrededor. Era un pobre comienzo. Los arrugados rasgos de Speer estaban curvados en una serena sonrisa, y el psicólogo parecía estar contemplando el aire por encima de la cabeza de Prentiss. Goring lo estaba mirando con graves e inexpresivos ojos. E hizo un gesto con la cabeza mientras la mirada de Prentiss pasaba de ella a un confundido Burchard, y luego a Dobbs, que se mostraba francamente ajeno a todo aquello.

    Speer y Goring parecían ser los más susceptibles. Speer debido a que no poseía los suficientes conocimientos científicos, Goring porque las ciencias nucleares estaban progresando de tal modo que los expertos en cuestiones nucleares expresaban ya graves dudas acerca de la validez de las leyes formuladas por Burchard y Dobbs. Burchard era tan sólo una pequeña posibilidad. ¿Y Dobbs?

    —No acabo de comprender de qué condenadas cosas está hablando —dijo Dobbs. Sus palabras daban a entender que estaba deseando añadir: "Y creo que tampoco usted."

    Y Prentiss no estaba seguro de si lo sabía o no. La ontología era una ciencia tremendamente elusiva.

    —Pongo una objeción al término "realidad real" —continuó Dobbs—. Una cosa es real o no lo es. Ningún caprichoso sistema filosófico puede cambiar eso. Y si algo es real, emana predecibles y reproducibles estímulos sensoriales no sujetos a alteración excepto en las mentes de los lunáticos.

    Prentiss respiró más a su gusto. Su camino estaba trazado. Se concentraría en Dobbs, con una pequeña atención marginal a Burchard. Speer y Goring nunca sospecharían que sus argumentaciones les iban realmente dirigidas. Extrajo una moneda de oro del bolsillo de su chaqueta y la arrojó por encima de la mesa a Dobbs, teniendo buen cuidado de que no cayera.

    —Usted es metalúrgico. Por favor, dígame qué es esto.

    Dobbs tomó la moneda y la examinó suspicazmente.

    —Es muy obviamente una moneda de oro de cinco dólares, acuñada en Fort Worth en el novecientos sesenta y dos. Puedo darle incluso el análisis, si lo desea.
    —Dudo que pueda —dijo fríamente Prentiss—. Porque lo que tiene usted en sus manos es una moneda falsa acuñada hace tan sólo una semana en mis propios laboratorios, especialmente para esta conferencia. Dicho sea de paso, y perdóneme por decirlo, pensaba en usted cuando ordené su acuñación. No contiene oro en absoluto... déjela caer sobre la mesa.

    La moneda cayó de entre los dedos del asombrado metalúrgico y golpeó contra la mesa con un ruido sordo.

    —¿Oye el sonido a falsa? —preguntó Prentiss.

    Con el rostro enrojecido, Dobbs carraspeó y miró más detenidamente la moneda.

    —¿Cómo podía yo saberlo? No es ninguna vergüenza, ¿no? Las falsificaciones bien hechas sólo pueden ser detectadas en laboratorio. Vi que el color era un poco rojizo, pero esto podía ser debido a la luz de la habitación. Y por supuesto no hice la prueba del sonido antes de hablar. El ruido es definitivamente falso. Obviamente es una aleación de cobre y plomo, con posiblemente un pequeño añadido de plata para disimular en lo posible el sonido. De acuerdo, me apresuré en mis conclusiones. ¿Y qué? ¿Qué prueba esto?
    —Prueba que usted llegó a dos realidades separadas, distintas y mutuamente exclusivas, partiendo de las mismas premisas sensoriales. Esto prueba hasta qué punto es ilusoria la realidad. Y esto no es todo, ahora le demostraré...
    —Está bien —dijo Dobbs irritadamente—. Pero al segundo análisis admití que era una imitación, ¿no?
    —Lo cual demuestra una tremenda debilidad en nuestras afirmaciones rutinarias y en la evaluación de la información predigerida. Cuando una autoridad incontestada nos habla de algo como de un hecho, nosotros, inmediatamente y sin un pensamiento consciente, modificamos nuestros estímulos receptivos para conformarlos con tal hecho. La moneda adquiere repentinamente un tinte rojizo a cobre, y suena falsa a todos los oídos.
    —De cualquier forma hubiera terminado oyendo su ruido a falso —dijo Dobbs obstinadamente—, sin necesitar la ayuda de ninguna "autoridad incontestada". La moneda hubiera sonado igual, dijera usted lo que hubiera dicho.

    Prentiss vio por el rabillo del ojo que Speer estaba visiblemente divertido. ¿Había adivinado el viejo psicólogo su truco? Jugaría su carta.

    —Doctor Speer —dijo—, creo que tiene usted algo interesante que decir a nuestro incrédulo amigo.

    Speer aprovechó rápidamente la oportunidad.

    —Ha sido usted un perfecto conejillo de Indias, Dobbsie. La moneda es auténtica.

    La mandíbula del metalúrgico cayó, mientras miraba con ojos desorbitados de un rostro a otro. Su tez se empurpuró. Tomó la moneda de sobre la mesa.

    —Quizás haya sido un conejillo de Indias. Pero también soy realista. Creo que esto es una moneda metálica. Pueden burlarse de mí acerca de su color o del ruido que hace al caer, pero en esencia y sustancia es una moneda metálica. —Miró alternativamente a Prentiss y a Speer—. ¿Alguien puede negar eso?
    —Por supuesto que no —dijo Prentiss—. Nuestros clasificadores mentales son idénticos al respecto; aceptan la misma definición sensorial de "moneda metálica". Sea lo que sea este objeto, emite estímulos que nuestras mentes son capaces de registrar y abstraer como "moneda". Pero observe que nuestra identificación como moneda es subjetiva. Si yo pudiera alterar mis clasificadores corticales podría identificarla como una silla, un baúl, posiblemente con el doctor Dobbs dentro de él, o, si la alteración fuera intensa, podría no existir ninguna estructura semántica dentro de la cual pudiera ser encajado este estímulo. ¡No habría absolutamente nada con lo que identificarlo!
    —Seguro —se burló Dobbs—. Probablemente incluso podría andar a través de él...
    —¿Por qué no? —preguntó gravemente Prentiss—. Creo que es algo que podemos hacer en cualquier momento. La materia es casi la esencia más vacía imaginable. Si comprimimos esta moneda hasta eliminar el espacio entre sus átomos y electrones componentes, no podría verla ni siquiera con ayuda de un microscopio.

    Dobbs miró la enigmática moneda de oro como si creyera que repentinamente iba a emitir un seudópodo y devorarlo. Luego dijo lentamente:

    —No, no creo en eso. Existe como moneda, y sólo como moneda... quieran o no.
    —Está bien —aventuró Prentiss—. ¿Qué opina usted, doctor Goring? ¿La moneda es real para usted?

    El ingeniero nuclear sonrió y se alzó de hombros.

    —Si uno no piensa mucho en ella, es real, evidentemente. Pero...

    El rostro de Dobbs se ensombreció.

    —¿Pero qué? Está aquí. ¿Puede usted dudar de la evidencia de sus propios ojos?
    —Esa es precisamente la dificultad —Goring se inclinó hacia adelante—. Mis ojos me dicen que es una moneda. La teoría me dice que hay aquí una masa de hipotético desorden en un hipotético subéter en un hipotético éter. El principio de la indeterminación me dice que uno nunca puede saber simultáneamente la masa y la posición de ese hipotético desorden. Y como físico sé que el simple hecho de observar algo es suficiente para cambiar este algo de su preobservado estado. De todos modos, llego a un compromiso con mis sentidos y mi experiencia práctica para colocarle una etiqueta a esta porción particular de desconocido. X, tras su impacto en mi mente (sea lo que sea esto} me da igual a moneda. Una sola ecuación con dos variables no tiene solución. Lo mejor que puedo decir es: se trata de una moneda, pero probablemente no lo sea en realidad...
    —¡Ja! —declaró Burchard—. Puedo demostrar la falsedad de esa posición muy rápidamente. Si nuestras mentes hacen de esto una moneda, entonces nuestras mentes podrán convertir este pequeño objeto en un cenicero, en una ventana, en una puerta, en una silla. Podríamos incluso decir que es el aire que respiramos, y hasta las estrellas y planetas. Porque, siguiendo la idea de Prentiss hasta su final lógico, el propio universo es obra del hombre... una conclusión en la que estoy seguro no debe creer.
    —Oh, sí creo —dijo Prentiss.

    Prentiss inspiró profundamente. No podía mantener aquello por más tiempo. Debía tomar una determinación.

    —Y para estar seguro de que me comprenden, estén o no de acuerdo conmigo, afirmo categóricamente que creo que el universo aparente es obra del hombre.

    Incluso E le miró sorprendida, pero no dijo nada.

    El ontólogo prosiguió rápidamente:

    —Todos ustedes dudan de mi cordura. Hace una semana yo también lo habría hecho. Pero desde entonces he profundizado mucho en la investigación de la historia de la ciencia. Y repito: el universo es obra del hombre. Creo que el hombre empezó su existencia en algún mundo increíblemente sencillo... el original y verdadero nóumeno de nuestro actual universo. Y a lo largo de los siglos el hombre extendió su pequeño mundo hasta su actual vastedad e incomprensible intrincación tan sólo gracias a su imaginación.

    En consecuencia, creo que la mayor parte de lo que ustedes llaman el mundo «real» ha ido cambiando constantemente desde que nuestros antepasados empezaron a pensar.

    Dobbs sonrió con aire de superioridad.

    —Oh, vamos, Prentiss. Esto es tan sólo una descripción retórica del progreso científico de los siglos pasados. Del mismo modo yo podría decir que los transportes y las comunicaciones modernas hicieron encogerse a la Tierra. Pero usted admitirá seguramente que el estado físico de las cosas ha permanecido sustancialmente constante desde que se formaron las galaxias y la Tierra empezó a enfriarse, y que la simple cosmología de los hombres primitivos fue simplemente el resultado de la falta de medios para obtener una información exacta.
    —No admito eso —respondió Prentiss ásperamente—. Mantengo que sus informaciones eran sustancialmente exactas. Mantengo que en una época de nuestra historia la Tierra era plana... tan plana como ahora es redonda, y nadie que viviera antes de la época de Hecateo, aunque hubiera estado equipado con los más sofisticados instrumentos modernos, hubiera podido probar otra cosa. Su mente estaba condicionada a un mundo de dos dimensiones. Cualquiera de los aquí presentes, si fuéramos trasplantados al mundo de Hecateo, podría por supuesto establecer inmediatamente la esfericidad terrestre. Nuestras mentes están condicionadas a un mundo de tres dimensiones. Puede que llegue un día, dentro de unos pocos milenios, en que una Tierra de cuatro dimensiones sea un lugar común incluso para los párvulos; estarán intuitivamente condicionados en sus concepciones relativistas. —Añadió solapadamente—: Y el menos inteligente de ellos podrá echar las culpas de nuestra creencia en una ingenua concepción tridimensional del planeta a nuestros burdos e inexactos instrumentos, ¡porque para ellos estará tan claro como la luz del día que su planeta posee cuatro dimensiones!


    5


    Dobbs se echó a reír ante aquella sorprendente idea. Los demás científicos se quedaron mirando a Prentiss con una admiración mezclada con incredulidad.

    Goring dijo cautelosamente:

    —Le sigo hasta un cierto punto. Puedo entender que la sociedad primitiva tuvo que partir de un limitado número de hechos. Tuvieron que ofrecer teorías que armonizaran e integraran esos hechos, y luego esas primeras teorías exigieron que existieron nuevos hechos adicionales, y en la búsqueda de esos hechos secundarios algunos extraños datos se mostraron inconsistentes con las primeras teorías. Fueron necesarias teorías secundarias, de las cuales surgieron otros hechos insospechados, cuya confirmación puso al descubierto nuevas inconsistencias. Así, el esquema hechoteoríahechoteoría condujo finalmente hasta nuestro actual estado de conocimiento. ¿Esta conclusión va en concordancia con sus argumentos?

    Prentiss asintió con la cabeza.

    —¿Pero usted no admite que los hechos estuvieran allí todo el tiempo, esperando únicamente ser descubiertos?
    —El simple y no elaborado nóumeno estaba allí siempre, sí. Pero el nuevo hecho, la nueva interpretación del nóumeno, era generalmente pura invención... una creación mental, si lo prefieren. Quedaría mucho más claro si considerara cuan raramente un nuevo hecho surge antes de que exista la teoría que lo explica. En las investigaciones científicas ordinarias, la teoría aparece primero, seguida al poco tiempo por el descubrimiento" de varios hechos deducibles de ella.

    Goring seguía mostrándose escéptico.

    —Pero eso no quiere decir que el hecho haya existido siempre.
    —¿Por qué no? Veamos la evidencia. ¿Nunca se ha fijado usted en lo extraño que resulta el que muchas veces hechos muy obvios sean "desdeñados" hasta que es propuesta una teoría que requiere su existencia? Tome por ejemplo sus bloques de construcciones nucleares. Los protones y los electrones no fueron detectados físicamente hasta que Rutherford hubo demostrado que existían. Y luego, cuando Rutherford descubrió que los protones y los electrones no eran suficientes para levantar el edificio de todos los átomos de la tabla periódica, postuló el neutrón, que por supuesto fue oportunamente "descubierto" en la cámara de niebla de Wilson.

    Goring se mordió los labios.

    —Pero la cámara de niebla de Wilson lo hubiera puesto en evidencia antes de la teoría, si alguien se hubiera tomado la molestia de utilizarla. El simple hecho de que Wilson no hubiera inventado su cámara de niebla hasta el novecientos veinte y Geiger no inventara su contador hasta el novecientos treinta no quiere decir que las partículas subatómicas no existieran antes de esas fechas.
    —El asunto no es éste —dijo Prentiss—. Los primitivos y no generalizados nóumenos que hoy observamos como partículas subatómicas existían antes del novecientos veinte, es cierto, pero no las partículas subatómicas.
    —Bueno, no sé... —Goring se rascó la barbilla—. ¿Y qué hay con las fuerzas fundamentales? Seguro que la electricidad existía antes de Galvani. Incluso los griegos sabían cómo obtener cargas electrostáticas en el ámbar.
    —La electricidad de los griegos no era más que simples cargas electrostáticas. Ninguna otra cosa pudo ser creada hasta que Galvani introdujo el concepto de la corriente eléctrica.
    —¿Pretende decir que la corriente eléctrica no existía en absoluto antes de Galvani? —preguntó Burchard—. ¿Ni siquiera cuando un rayo se abatía sobre un conductor?
    —Ni siquiera entonces. No sabemos mucho acerca de los relámpagos pregalvánicos. Aunque su fuerza era idéntica a los actuales, su potencia destructiva no podía deberse a una descarga de corriente eléctrica. Los chinos hicieron volar cometas muchos siglos antes de que Franklin teorizara que el rayo era lo mismo que la electricidad galvánica, pero no hay noticias de ningún choque con una cometa hasta que nuestro sabio estadista sufrió uno en el setecientos sesenta y cinco. Ahora, sólo un idiota lanza una cometa en una tormenta. Todo va de acuerdo con el esquema: primero la teoría, luego la "realidad" correspondiente.

    Burchard persistió.

    —Entonces, supongo que usted afirma que los noventa y dos elementos son puras figuraciones de nuestra imaginación.
    —Correcto —admitió Prentiss—. Creo que en el principio había tan sólo cuatro elementos nóumenos. El hombre simplemente los fue elaborando de acuerdo con las necesidades de su creciente ciencia. El hombre hizo de ellos lo que son hoy... y ocasionalmente los deshizo. Recuerde los estragos que causó Mendeléiev con su ley periódica. Declaró que los elementos tenían que seguir secuencias de valor concordantes con el incremento de su peso atómico, y cuando esto no sucedió, insistió en que su ley era cierta y que eran los pesos atómicos los que estaban equivocados. Debió hacer saltar a Stas y Berzelius en sus sepulturas, ya que fueron ellos quienes trabajaron en los "erróneos" pesos atómicos con maravillosa precisión. Lo más extraño fue que, cuando los pesos fueron revisados, concordaron con la tabla de Mendeléiev. Pero eso no fue todo. El viejo bribón señaló algunas lagunas en su tabla y mantuvo que había más elementos que aún no habían sido descubiertos. Predijo incluso qué propiedades tendrían. Fue demasiado modesto. Declaró que Nilson, Winkler y De Boisbaudran simplemente habían descubierto el escandio, el germanio y el galio; Mendeléiev los creó, a partir de la original noción tetraelemental.

    E se inclinó hacia adelante.

    —Eso es un poco fuerte. Dígame, si el hombre ha cambiado los elementos y el cosmos para que concorde con su conveniencia, ¿qué era entonces el cosmos antes de que el hombre entrara en escena?
    —No existía —respondió Prentiss—. Recuerde que, por definición, "cosmos" o "realidad" son simplemente la versión humana del universo último de los nóumenos. El "cosmos" llega y se inicia con la mente del hombre. En consecuencia, la Tierra, como tal, ni siquiera existía antes del advenimiento del hombre.
    —Pero la evidencia de las rocas... —protestó E—. Presiones aplicadas durante millones, incluso billones de años, fueron necesarias para formarlas, a menos que usted postule un Dios omnipotente que las hubiera creado a la existencia de un día para otro.
    —Postulo tan sólo la omnipotencia de la mente humana —dijo Prentiss—. En el siglo XVII, Hooke, Ray, Woodward, para nombrar tan sólo a unos pocos, estudiaron la creta, la grava, el mármol, e incluso el carbón, sin encontrar nada inconsistente con los resultados esperados del Diluvio Universal. Pero ahora que nuestras mentes han evolucionado y piensan que la Tierra es más vieja, las rocas parecen más viejas también.
    —¿Pero y qué hay con la evolución? —preguntó Burchard—. Seguro que eso no es cosa de pocos siglos.
    —¿Realmente? —respondió Prentiss—. Repito: ¿por qué asumir que los hechos son más recientes que la teoría? La evidencia demuestra lo contrario. Aristóteles era un magnífico biólogo experimental, y estaba convencido de que la vida podía crearse espontáneamente. Antes de la época de Darwin no había necesidad de que las variadas especies evolucionaran, porque brotaban a la vida a partir de la materia inanimada. En el siglo XVIII, Needhan, utilizando un microscopio, informó que había visto vida microbiana surgir espontáneamente de un cultivo estéril. Esos abiogenetistas fueron, por supuesto, desacreditados y su trabajo considerado como inútil, pero sólo después se hizo evidente que aquellos hechos abiogenéticos desaparecieron porque se hicieron inconsistentes con "hechos" posteriores que surgían de las teorías biológicas más avanzadas.
    —Entonces —dijo Goring—, asumiendo, tan sólo para seguir su razonamiento, que el hombre alteró los nóumenos originales hasta su actual realidad, ¿qué peligro ve que representa Luce para esta realidad? ¿Cómo podría hacer algo al respecto, incluso aunque quisiera? En pocas palabras, ¿qué es lo que pretende?
    —En términos generales —dijo Prentiss—, Luce pretende destruir el universo einsteiniano.

    Burchard frunció el ceño y agitó la cabeza.

    —No tan aprisa. En primer lugar, ¿cómo puede alguien presumir que puede destruir este planeta, y mucho más todo el universo? ¿Y por qué habla del universo "einsteiniano"? El universo, aún con otro nombre, sigue siendo el universo, ¿no?
    —Lo que el doctor Prentiss quiere decir —explicó E— es que Luce pretende revisar completa y definitivamente nuestra comprensión actual del universo, que en estos momentos resulta ser la versión einsteiniana del mismo, con la esperanza de que la versión final sea la verdadera... y comprensible tan sólo para Luce y quizá para algunos otros pocos expertos ontólogos.
    —No puedo entenderlo —dijo irritadamente Dobbs—. Aparentemente ese Luce no pretende otra cosa que la publicación de una nueva teoría científica. ¿Qué mal puede existir en ello? Una simple teoría no puede dañar a nadie... especialmente si tan sólo dos o tres personas la comprenden.
    —Usted... y dos mil millones más de otros —dijo Prentiss suavemente— piensan que la "realidad" no puede verse afectada por ninguna teoría que parezca cambiarla... que es opcional el que ustedes acepten o rechacen la teoría. En el pasado era cierto. Si los ptolemaicos deseaban un universo geocéntrico, ignoraban a Copérnico. Si el continuum tetradimensional de Einstein y Minkowsky parecía incomprensible a la escuela newtoniana, esta se limitó a ignorarlo, y los planetas siguieron girando esencialmente tal como Newton había predicho. Pero esto es distinto, "Por primera vez nos enfrentamos con la probabilidad de que la promulgación de una teoría pueda forzar a nuestras mentes a aceptar una realidad incomprensible. No será opcional.
    —Bien —dijo Burchard—, si por "promulgación de una teoría" entiende usted algo así como la aplicación de la teoría de los quanta y de la relatividad a la producción de energía atómica, que por supuesto ha cambiado el aspecto de la civilización en la generación última, le guste o no al individuo, entonces le comprendo. Pero si quiere decir que Luce está intentando un pequeño experimento que puede confirmar alguna nueva teoría u otra, e ipso jacto e instantáneamente la realidad se va a poner patas arriba, entonces es un disparate.
    —¿Alguien —dijo Prentiss tranquilamente— está interesado en calcular lo que puede ocurrir si Luce es capaz de destruir un fotón?

    Goring rió secamente,

    —La pregunta no tiene sentido. La entidad masaenergía cuyo perfil tridimensional llamamos fotón es indestructible.
    —Pero si pudiera destruirse —insistió Prentiss—, ¿qué le ocurriría al universo después de eso?
    —¿Qué diferencia representaría? —preguntó Dobbs—. ¿Un fotón más o menos?
    —Mucha —dijo Goring—. De acuerdo con la teoría de Einstein, cada partícula de materiaenergía posee un potencial gravitatorio, un lambda, y puede calcularse que el número total de lambdas es exactamente el necesario para mantener estable nuestro continuum tetradimensional y evitar que se hunda en sí mismo. Retira un lambda, y... ¡el universo se partiría por la mitad!
    —Exactamente —dijo Prentiss—. En vez de un continuum, nuestra "realidad" se convertiría en una mezcla desconectada de objetos tridimensionales. El tiempo, si existe, dejaría de tener relación con las cosas espaciales. Sólo un ontólogo experto podría ser capaz de sintetizar algún sentido de una tal "realidad".
    —Bueno —dijo Dobbs—, creo que nos estamos preocupando demasiado. No creo que nadie quiera, pueda ni se atreva a destruir un fotón. —Se echó a reír—. ¡Primero tendría que atraparlo!
    —Luce puede hacerlo —dijo Prentiss calmadamente—. Y puede destruirlo. En este momento, un inimaginable universo posteinsteiniano yace en la palma de su mano. La final y verdadera realidad tal vez. Pero no estamos preparados para ella. Kant, quizá, o el homo superior, pero no el ordinario homo sapiens. No seríamos capaces de escapar a nuestro condicionamiento. Quedaríamos paralizados.

    Calló. Sin mirar a Goring, supo que lo había convencido. Prentiss suspiró con visible alivio. Ya era tiempo de la votación. Tenía que hacerlo antes de que Speer y Goring cambiaran de idea.

    —Señora —dirigió una interrogativa mirada a la mujer—, en cualquier momento mis hombres me informarán de que han localizado a Luce. Debo estar preparado para transmitir la orden de su ejecución, si realmente el consejo considera esta disposición adecuada. ¡Pido que se proceda a la votación!
    —De acuerdo —dijo E instantáneamente—. Aquellos que estén en favor de destruir a Luce que levanten la mano derecha.

    Prentiss y Goring hicieron la señal solicitada.

    Speer permaneció en silencio.

    Prentiss sintió que su corazón latía más fuertemente. ¿Habría errado su apreciación del hombre?

    —Voto contra ese asesinato —declaró Dobbs—. Eso es lo que es, un puro asesinato.
    —Estoy de acuerdo con Dobbs —dijo secamente Burchard.

    Todos los ojos se clavaron en el psicólogo.

    —¿Presumo que se unirá usted a nosotros, doctor Speer? —preguntó Dobbs severamente.
    —No cuenten conmigo, caballeros. Nunca interferiré en algo tan inevitable como el destino del hombre. Todos ustedes están olvidando una faceta fundamental de la naturaleza humana... el hambre insaciable del hombre hacia el cambio, hacia la novedad, hacia cualquier cosa distinta de lo que tiene. El propio Prentiss afirma que cada vez que un hombre se muestra descontento de su actual realidad está empezando a reelaborarla, y el diablo sabe cuál va a ser el final. Luce pues no simboliza más que el genio maligno de nuestra raza... y me refiero tanto a la raza como a la especie en su camino hacia un inextricable futuro de bienestar o de destrucción. Sin embargo, una vez nacidos, los símbolos son inmortales. Ahora ya es demasiado tarde para decidir matar a Luce. Ya era demasiado tarde cuando el primer hombre probó la primera manzana.

    Por otro lado, creo que Prentiss está exagerando demasiado la importancia del deseo de victoria de Luce sobre el resto de la humanidad. Supongamos que Luce tenga realmente éxito en la reelaboración del espacio y el tiempo y suspenda al mundo en el estadio temporal de su actual irrealidad. Supongamos que él y unos pocos ontólogos expertos consiguen captar la última y auténtica realidad. ¿Cuánto tiempo cree que podrán resistir la tentación de alterarla? Si Prentiss está en lo cierto, eventualmente él o sus descendientes van a vivir en un cosmos tan intrincado y desagradable como el que abandonaron, mientras que nosotros, a todos los fines prácticos, habremos muerto muy placenteramente.

    No, caballeros, no voy a votar.

    —Entonces es mi privilegio romper el empate —dijo E fríamente—. Voto muerte. Guarde sus protestas, doctor Dobbs. Es pasada la medianoche. Queda cerrada la sesión. —Se levantó bruscamente, y los hombres fueron saliendo uno tras otro de la habitación.

    E abandonó la mesa y se dirigió hacia las ventanas del extremo más alejado de la habitación. Prentiss vaciló un instante, pero no hizo ademán de irse.

    —Tú también, Prentiss —dijo E por encima de su hombro.

    La puerta se cerró tras Speer, el último del grupo, excepto Prentiss.

    Prentiss avanzó hacia E.

    Ella no dio señales de darse cuenta de ello.

    A seis pasos de distancia, el hombre se detuvo y la estudió.

    Sentada, andando, de pie, era encantadora. Mentalmente, la comparó con la Venus de Velázquez. Poseía las mismas exquisitas proporciones de caderas, cintura y busto. Y él sabía que era plenamente consciente de su belleza, e incluso de que en este momento era consciente de su apreciativo escrutinio.

    Luego ella se alzó repentinamente de hombros, y su voz pareció muy cansada cuando habló.

    —Así que estás todavía aquí, Prentiss. ¿Crees en la intuición?
    —No a menudo.
    —Speer tenía razón. Siempre tiene razón. Luce tendrá éxito. —Dejó caer sus brazos a sus costados y se giró,
    —Entonces, querida, déjame reiterar mi proposición: casémonos y olvidemos el control del conocimiento por algunos meses.
    —Completamente fuera de cuestión, Prentiss. Nuestras naturalezas son incompatibles. Tú eres incorregiblemente curioso, y yo soy incorregiblemente, casi neuróticamente, conservadora. Además, ¿cómo puedes pensar en tales cosas cuando tenemos que detener a Luce?

    Su respuesta fue interrumpida por el zumbido del intercom:

    —Llamando al señor Prentiss. Crush llamando al señor Prentiss. Luce localizado. Crush llamando...


    6


    Crush señaló con su lápiz un área sombreada del mapa.

    —Esta es la propiedad de Luce Ojos de Serpiente, la famosa reserva de animales y zoo. En algún lugar en el centro, más o menos por aquí, creo, hay una casa de piedra. Un camión ha traído hasta ahí algún material de laboratorio esta mañana.
    —Señor Prentiss —dijo E—, ¿cuánto tiempo cree que empleará Luce para instalar todo lo que necesita para el experimento?

    El ontólogo respondió desde el otro lado de la mesa con el mapa:

    —No puedo estar seguro. Ni siquiera tengo idea de lo que pretende hacer, excepto el hecho de que estoy razonablemente seguro de que debe ser hecho en una absoluta oscuridad. Verificar sus instrumentos no le empleará más que unos minutos como máximo.

    La mujer empezó a pasear nerviosamente arriba y abajo.

    —Lo sabía. No podemos detenerlo. No tenemos tiempo.
    —Oh, no sé —dijo Prentiss—. ¿Qué hay acerca de esa casa de piedra, Crush? ¿Es muy vieja?
    —Del siglo XVIII, señor.
    —Ahí está la respuesta —dijo Prentiss—. Probablemente estará llena de huecos donde el mortero haya caído. Para obtener una oscuridad total deberá aguardar a que no haya luna.
    —Eso será a las tres y cuarenta y cinco de la madrugada, señor —dijo Crush.
    —Tenemos tiempo para un arresto —dijo E.

    Crush parecía dudar.

    —Es más complicado que eso, señora. Ojos de Serpiente está fortificada de tal modo que resistiría a un pequeño ejército. Luce podría rechazar cualquier fuerza que el Departamento pudiera enviarle por lo menos durante veinticuatro horas.
    —Una bomba atómica sería una buena idea —sugirió Prentiss.
    —Es la mejor respuesta, por supuesto —admitió E—. Pero sabes tan bien como yo cual sería la reacción del Congreso ante tales medidas extremas. Habría una investigación. El Departamento podría ser abolido, y todas las personas responsables de ello enjuiciadas y sentenciadas a prisión, quizás a muerte. —Permaneció en silencio durante un instante, luego suspiró y dijo—: Lo intentaremos. Si no hay otra alternativa, ordenaré lanzar la bomba.
    —Hay otra forma —dijo Prentiss.
    —¿Cuál?
    —Seguro que un ejército no conseguirá entrar. Pero un hombre solo sí. Y si lo consigue, no hará falta recurrir a la bomba.

    E exhaló una lenta nube de humo y estudió la incandescente punta de su cigarrillo. Finalmente se giró y miró al ontólogo directamente a los ojos por primera vez desde el inicio de la conferencia.

    —Tú no puedes ir.
    —¿Quién, entonces?

    Ella bajó los ojos.

    —Tienes razón, por supuesto. Pero la bomba tendrá que lanzarse igualmente si tú no consigues entrar. Es mejor tomar directamente ese camino. ¿Comprendes?

    Prentiss sonrió.

    —Comprendo.

    Se giró hacia su ayudante.

    —Crush, te dejo los detalles, la bomba y todo lo demás. Nos encontraremos de nuevo en esas coordenadas —señaló el mapa— a las tres en punto. Son la una pasada ahora. Será mejor que empecemos.
    —Sí, señor —murmuró Crush, y salió de la habitación.

    Cuando la puerta se cerró tras él, Prentiss se giró hacia E.

    —A partir de mañana por la noche... o mejor esta noche, después de terminar con Luce, quiero seis meses de licencia.
    —Garantizados —murmuró E.
    —Quiero que tú vengas conmigo. Quiero poner en limpio lo que haya exactamente entre nosotros dos. Sólo entre nosotros dos. Puede llevar un cierto tiempo.

    E sonrió irónicamente.

    —Si ambos seguimos vivos a las tres y treinta y cinco de esta noche, y aún existe algo llamado mes, y todavía deseas malgastar seis de ellos conmigo, entonces estoy de acuerdo. Y a cambio tú podrías hacer algo por mí.
    —¿Qué?
    —Tú, incluso más que Luce, tienes las mejores posibilidades de adaptarte a la realidad final si Luce tiene éxito en destruir un fotón. Yo soy un caso marginal. Voy a necesitar toda la ayuda que puedas prestarme, según y como vayan las cosas. ¿Recordarás eso?
    —Lo recordaré —dijo Prentiss.

    A las tres se reunió con Crush.

    —Hay al menos siete escudriñadores a infrarrojos en el lugar, señor —dijo Crush—, sin mencionar una intrincada red de registradores fotográficos. Y además la cerca electrificada, con los enormes felinos en la parte de dentro. Debe haber dejado suelto a todo el zoo. —El hombrecillo ayudó reluctante a Prentiss a meterse en el traje protector antiinfrarrojos—. Esto no le va a servir contra los tigres, señor, lo van a utilizar como carnaza. Es mejor desistir.

    Prentiss bajó el visor e hizo un gesto hacia la oscuridad del manzanar apenas turbada por la decreciente luz de la luna.

    —¿Te has encargado de la red de fotocélulas?
    —Seguro, señor. Está utilizando células sensitivas u. v. Cegaremos el área con un haz u. v. a las tres y diez.

    Prentiss aguzó el oído, pero no pudo oír el helicóptero que debía traer el reflector u. v... y la bomba.

    —Estará aquí, señor —lo tranquilizó Crush—. Y no hará el menor ruido. De lo que tiene que preocuparse usted es de esas bestias salvajes.

    El investigador olisqueó el aire nocturno.

    —Maldita brisa.
    —Sí —gruñó Crush—. Y variable, señor. Uno no puede avanzar a favor de ella. ¿Quiere que intente algún tipo de distracción de este lado de la verja para atraer a los animales?
    —Mejor no. Si es necesario, utilizaré el aerosol de formaldehído. —Tendió la mano—. Adiós, Crush.

    Su asmático asistente estrechó la mano tendida con vigorosa sinceridad.

    —Buena suerte, señor. Y no olvide la bomba. Tendremos que lanzarla a las tres y treinta y cuatro en punto.

    Pero Prentiss ya había desaparecido en la frondosa oscuridad.

    Un poco más tarde estaba estudiando los caracteres luminosos en su reloj. La cortina u.v. ya debía estar ahí. Todo lo que tenía que hacer en los siguientes cuarenta segundos era andar con cuidado para no entrar en colisión directa con una célula fotoeléctrica.

    Pero Crush había marcado bien el mapa. Alcanzó la verja sin problemas, con algunos segundos de adelanto. Escuchó durante unos instantes, y luego, en un completo silencio, izó su flexible cuerpo y pasó al otro lado.

    La brisa, que hasta hacía un momento soplaba contra su rostro, había desaparecido, y el aire nocturno colgaba ante él como una cortina de oscuridad.

    Del edificio de piedra, situado a unos veinte metros, brotó una luz parpadeante.

    Prentiss quitó el seguro de su pistola con silenciador y empezó a avanzar con rápida cautela, tomando cuidado de colocar el talón en el suelo antes que la planta para tantear el terreno antes de cada paso. Cualquier ruido imprudente podía hacer que alguna de las bestias salvajes saltara a su garganta.

    Se detuvo de pronto, sintiendo un helado estremecimiento.

    De unos arbustos a pocos metros a su derecha surgió un ominoso bufido, seguido de un gruñido en tono bajo.

    Su boca se secó repentinamente mientras giraba con lentitud su cabeza hacia el ruido. Apenas pudo ver la reverberación de algo grande y pesado que se lanzaba contra él.

    El enorme felino estaba ya casi sobre él cuando disparó, y el empuje residual de la enorme bestia lo derribó al suelo antes de caer resollante a su lado.

    Respirando pesadamente, Prentiss se alejó del agonizante animal, evidentemente una pantera, y escuchó durante un largo momento antes de reanudar su marcha hacia la casa. Las extraordinarias medidas de Luce para alejar a los intrusos confirmaban sus sospechas: esta noche era la última noche que el profesor podía ser detenido. Parpadeó para eliminar el sudor en sus ojos y miró su reloj. Eran las 3.15.

    Aparentemente los otros animales no le habían oído. Siguió su avance, y se sintió aliviado al comprobar que el viento volvía a soplar directamente contra su rostro y parecía estable.

    Tres minutos más tarde estaba de pie frente a la maciza puerta de la casa, recorriendo con adiestrados dedos los enormes goznes de hierro y la cerradura. Seguramente chirriarían espantosamente; no tenía tiempo de aplicarles aceite y esperar. La cerradura podía ser forzada fácilmente.

    Y el chirrido de los herrumbrosos goznes debía ser probablemente inmaterial. Un astuto operador como Luce indudablemente habría conectado a ellos una alarma. No podía creer que el informe de Crush dijera lo contrario.

    Pero no podía quedarse allí.

    Había tan solo una forma de penetrar rápidamente, y vivo. Riéndose de su propia locura, Prentiss empezó a aporrear la puerta.

    Pudo visualizar el parpadeo de dos llamitas luminosas sobre su cabeza, y supo que, desde algún lugar de la casa, dos llameantes ojos estaban estudiándolo a través de un escudriñador a infrarrojos.

    Prentiss intentó escuchar simultáneamente el ahogado chillido de las ratas al otro lado de la gran puerta y los rápidos pasos de alguien aproximándose.

    —¿Luce? —gritó—. ¡Soy Prentiss! ¡Déjeme entrar!

    Se oyó el ruido de un cerrojo, y la puerta se abrió hacia adentro. El investigador arrojó su pistola a un lado, entrelazó las manos por encima de su cabeza, y penetró en otra oscuridad aún mayor.

    Pese a la protección de sus manos, el terrible golpe de la porra en su sien estuvo a punto de dejarle sin sentido.

    Cerró los ojos, se dejó caer calculadamente al suelo, y notó con satisfacción que le ataban las muñecas a su espalda. Tal como había anticipado, todo estaba cuidadosamente planeado, y hubiera funcionado correctamente incluso sin su imperceptible "ayuda". Largos dedos recorrieron su cuerpo en busca de más armas.

    Luego sintió el pinchazo de una aguja hipodérmica en su bíceps.

    Las luces se encendieron.

    Se debatió débilmente, emitió un gruñido plausible, e intentó sentarse.

    Por encima suyo, el extraño rostro del doctor Luce miraba hacia abajo, iluminado, le pareció a Prentiss, por algún impío fuego interior.

    —¿Qué hora es? —preguntó Prentiss.
    —Aproximadamente las tres y veinte.
    —Hum. Sus gatitos me han organizado una buena recepción, mi querido profesor.
    —Es lo que merece cualquier entrometido no cooperativo.
    —Bien, ¿qué piensa hacer ahora conmigo?
    —Matarle.

    Luce extrajo una pistola del bolsillo de su chaqueta.

    Prentiss se humedeció los labios. Durante sus diez años con el Departamento, nunca había tenido que luchar con nadie como Luce. El enjuto hombre personificaba la megalomanía a una escala mucho más allá de todo lo que el investigador hubiera encontrado anteriormente... o hubiera imaginado posible.

    Y, se dio cuenta con un estremecimiento, Luce se sentía muy probablemente confiado respecto a sus planes (¡no ilusiones!) de grandeza.

    Con creciente alarma, observó cómo Luce quitaba el seguro de su arma.

    Había dos posibilidades de sobrevivir más de unos pocos segundos.

    El dedo índice de Luce empezó a tensarse sobre el gatillo.

    Una de aquellas posibilidades era apelar a la megalomanía de Luce, tratándolo como a un ser humano. Decirle: "Sé que no va usted a matarme antes de tener la oportunidad de demostrarme que es superior a mí... de decirle al inventor de la síntesis ontológica cómo descubrió su aplicación práctica. No resultaría. Era demasiado obvio para una inteligencia como la de Luce.

    La aproximación debía realizarse como a un semidiós, con humildad. Sin embargo debía hacer plausible el que su curiosidad estuviera teñida de respeto. Luce debía creerlo.

    Prentiss se humedeció de nuevo los labios y dijo apresuradamente:

    —Moriré, si debo morir. Pero ¿puede mostrarme... si esto no es pedir mucho, cómo se propone "conseguirlo"?

    La pistola bajó una fracción de milímetro. Luce le miró suspicazmente.

    —¿Por favor? —prosiguió Prentiss. Su voz era seca, quebradiza—. Desde que descubrí que pueden ser sintetizadas nuevas realidades, me he preguntado muchas veces si el homo sapiens era capaz de hallar una manera práctica de descubrir la verdadera realidad. Y todos aquellos que han trabajado en el asunto han insistido que tan solo un cerebro poco menos que divino sería capaz de un tal logro. —Carraspeó, como disculpándose—. Es difícil creer que un simple mortal haya logrado realmente lo que usted proclama que ha logrado... y sin embargo, hay algo respecto a usted... —Su voz se perdió, mientras sonreía tímidamente.

    Luce mordió el anzuelo; se metió de nuevo la pistola en el bolsillo de su chaqueta.

    —Así que acepta que ha sido vencido —murmuró burlonamente—. Está bien, le dejaré vivir unos minutos más.

    Retrocedió, y echó a un lado una mampara negra.

    —¿Tiene el inimitable ontólogo suficiente capacidad para comprender qué es esto?

    Tras unos pocos segundos de contemplar los instrumentos, todo estaba dolorosamente claro. Prentiss abandonó cualquier remota esperanza de que el método o el aparato de Luce no dieran resultado. Tanto la maquinaría sellada al vacío como la idea que había tras ella eran perfectas.

    Básicamente, la unidad suplementaria, que ahora veía por primera vez, consistía en un bulbo luminoso de vapor de sodio, pintado de negro excepto en una pequeña superficie transparente. Frente a la pequeña ventanilla había una serie de quizá centenares de discos negros montados sobre un eje común. Cada disco tenía una pequeña abertura radial. Y aunque no podía ver la totalidad del mecanismo, Prentiss sabía que los discos estaban engranados de tal modo que solamente permitieran a un fugaz fotón de luz amarilla emerger al final de la serie de discos, donde debería pasar a través de un campo electroóptico de Kerr y sería polarizado.

    Aquel fotón tendría que atravesar tan solo un centímetro para alcanzar aquel fabuloso prisma de Nicol, una de cuyas superficies era perfectamente plana a nivel molecular. Aquella superficie giraba mediante un igualmente maravilloso goniómetro para encontrarse con el fotón que llegaba en un ángulo de exactamente 45 grados. Después vendría el caos.

    La fría voz de E sonó en el receptor de su oído.

    —Prentiss, son las tres treinta. Si comprendes el aparato y consideras que es peligroso, ¿puedes indicarlo? Si es posible, descríbelo para los registros.
    —Comprendo perfectamente su aparato —dijo Prentiss.

    Luce gruñó, entre irritado y curioso.

    Prentiss continuó apresuradamente:

    —¿Puedo decirle cómo llegó usted a la idea de este aparato específico?
    —Si cree que puede.
    —Indudablemente viendo al sol reflejándose en la superficie del mar.

    Luce asintió.

    —Pero los peces bajo la superficie ven también el sol —continuó Prentiss—. Algunos de los fotones son reflejados y le llegan a usted, y otros son refractados y le llegan al pez. Pero, para una determinada longitud de onda, los fotones son idérticos. ¿Por qué unos son absorbidos y otros reflejados?
    —Está usted por el buen camino —admitió Luce—, ¿pero no podría explicar su comportamiento por la ley de Jordán?
    —Estadísticamente, sí. Individualmente, no. En el novecientos treinta y cuatro Jordán demostró que un rayo de luz polarizada se fracciona cuando incide contra un prisma de Nicol. Probó que cuando el prisma forma un ángulo, alfa, con el plano de polarización del prisma, una fracción de la luz igual a cos2alfa pasa a través del prisma, mientras que el resto, sen2alfa, es reflejado. Por ejemplo, si alfa es 60 grados, tres cuartas partes de los fotones son reflejados, y una cuarta parte refractada. Pero observe que la ley de Jordán se aplica tan solo a corrientes de fotones, mientras que usted trabaja con un solo fotón, al cual le presenta un ángulo de exactamente 45°. ¿Y cómo actuaría la mente de un solo fotón, o el equivalente fotónico de una mente, cuando las probabilidades de reflejarse son exactamente iguales a las probabilidades de refractarse? Por supuesto, si nuestro fotón es tan solo un diminuto componente de un flujo de miles de millones de otros fotones, comprimidos todos ellos en un rayo de luz, podemos visualizar una serie de órdenes dirigidas a él y a todos sus compañeros a través de una especie de control central de tráfico situada en alguna parte del rayo. Cabe suponer que un miembro de un rayo posee una idea bastante aproximada de cuántos de sus hermanos han sido reflejados y cuántos refractados, con lo cual sabe lo que tiene que hacer.
    —Pero supongamos que nuestro único fotón no forma parte de ningún rayo —dijo Luce.
    —Su aparato —dijo Prentiss— puede producir un tal fotón. Y creo que va a ser un pequeño fotón muy confundido, como lo estaba su rata experimental, aquella noche no hace aún tanto tiempo. Creo que fue Schroedinger quien dijo que esas partículas físicas eran asombrosamente humanas en muchos de sus aspectos. Sí, su fotón tendrá que elegir entre dos probabilidades exactamente iguales. ¿Se reflejará? ¿Se refractará? Las posibilidades son de un 50 % para cada elección. No tendrá ninguna razón para seleccionar una con preferencia a la otra. No tendrá ningún enjambre de protones precediéndole con una central de tráfico que lo guíe. Se sentirá desconcertado; intentando dominar una situación para lo cual no tiene ninguna respuesta adecuada. Se detendrá. Y al hacerlo, dejará de ser un fotón, el cual debe viajar a la velocidad de la luz o dejar de existir. Como su rata, como muchos seres humanos, resolverá lo irresoluble desintegrándose.
    —Y cuando se desintegre —dijo Luce—, desaparecerá uno de los lambdas que en su conjunto sustentan el continuum espaciotiempo de Einstein. Y cuando eso ocurra, lo único que quedará va a ser la realidad final, no teñida por ninguna teoría o imaginación. ¿Ve algún fallo en mi plan?


    7


    Palpando con sutil rapidez las cuerdas que lo sujetaban, Prentiss reconoció que no había ningún fallo en el razonamiento de aquel hombre, y que todos los seres humanos de la Tierra estaban viviendo con el tiempo contado.

    No veía ninguna forma en que poder detenerlo; quedaba tan solo la única posibilidad de la bomba.

    Dijo secamente:

    —Si no se somete en unos segundos a arresto, será lanzada una bomba atómica sobre esta área.

    Sentía que el sudor resbalaba de nuevo por sus ojos, y parpadeó rápidamente.

    Los sombríos rasgos de Luce se convulsionaron, luego se relajaron de nuevo, y finalmente se distendieron en una torva sonrisa.

    —Será demasiado tarde —dijo con ceñudo buen humor—. Sus antepasados intentaron frustrar mis planes durante siglos. Pero obtuve éxito... siempre. Esta noche he vuelto a tener éxito, y para siempre.

    Prentiss había conseguido soltarse una mano.

    En unos segundos podría saltar a la garganta del hombre. Trabajó con tranquila furia para liberar su otra mano.

    La voz de E llegó de nuevo al receptor de su oído.

    —¡Tuve que hacerlo! —Su tono era extrañamente triste, lleno de autoacusaciones y remordimientos.

    ¿Hacer qué?

    Y su confundida mente intentó digerir el hecho de que E acababa de destruirlo.

    Ella siguió hablando:

    —La bomba ha sido lanzada hace diez segundos. —Estaba casi suplicando, y sus palabras se atrepellaban—. Estabas indefenso; no podías matarlo. Tuve una repentina premonición de lo que sería el mundo... después, incluso para aquellos que consiguieran sobrevivir. Perdóname.

    Casi mecánicamente, dejó de luchar contra sus cuerdas.

    —¿Qué es eso?
    —¿Qué? —preguntó Prentiss torpemente—. No oigo nada.
    —¡Por supuesto que lo oye! ¡Escuche!

    Su muñeca quedó libre. Ocurrieron varias cosas.

    Aquel alarido lejano en los cielos se aproximó en un horrible crescendo de destrucción.

    Como un solo hombre, Prentiss y Luce se lanzaron hacia el botón activador. Luce llegó primero... una infinitesimal fracción de tiempo antes de que las paredes se desintegraran por completo.

    Hubo un breve intervalo de completo silencio y oscuridad.

    Y entonces Prentiss tuvo la impresión de que una titánica pared de piedra se derrumbaba sobre su cerebro y lo aplastaba, mudo e inmóvil.

    Pero no estaba muerto.

    Porque el nombre de aquella blindada y asombrosa pared no era la bomba, sino el Tiempo.

    Supo, en un breve destello de lucidez, que para las cosas pensantes y sentientes el Tiempo se había convertido repentinamente en una barricada más que en una carretera infinita.

    El estallido de la bomba, las paredes de la casa derrumbándose... todo ello colgaba inmóvil en algún lugar, congelado instantáneamente en una inmutable, eterna estasis.

    Luce había separado la efímera e invisible dimensión de las criaturas y las cosas y había fluido a lo largo de ella. No hay existencia sin cambio a lo largo del continuum temporal. Y ahora el continuum había sido aniquilado.

    ¿Era aquél, entonces, el destino de todas las cosas tangibles... de toda la humanidad?

    ¿Ninguno de ellos... ni siquiera los dos o tres que comprendían la ontología avanzada, había sobrevivido?

    No existía nada excepto la oscuridad y un tenebroso silencio a todo su alrededor.

    Sus sentidos carecían de utilidad.

    Dudó incluso de que tuviera sentidos.

    Todo lo que podía decir era que no era más que una inteligencia flotando en el espacio. Pero ni siquiera de eso estaba seguro. Inteligencia... espacio... No eran necesariamente los mismos conceptos que antes.

    Todo lo que sabía era que dudaba. Dudaba de todo menos del hecho de estar dudando.

    ¡Sombras de Descartes!

    ¡Dudar es pensar!

    ¡Ergo sum!

    Existo

    Instantáneamente, estaba despierto. Existía, pero no necesariamente como Adam Prentiss Rogers, Porque el nóumeno de Adam Prentiss Rogers podía ser... ¿quién?

    Pero estaba a salvo.

    Iba a sobrevivir.

    Relájate, adáptate, urgió su vacilante cerebro. Estás en el umbral de algo maravilloso.

    Le pareció que casi podía oírse a sí mismo hablar, y se sintió feliz por ello. Una realidad final carente de voz sería algo insoportable.

    Ensayó un tentativo susurro:

    —¡E!

    Desde algún lugar, muy lejos, una mujer gimió.

    Gritó ansiosamente en la oscuridad:

    —¿Eres tú?

    Algo ininteligible y extrañamente aterrorizado le respondió.

    —¡No intentes dominarte! —gritó—. ¡Tan sólo déjate llevar! Recuerda, ya no serás más E, sino el nóumeno, la esencia de E. A menos que cambies lo suficiente como para permitir a tu nóumeno tomar a su cargo tu vieja identidad, no podrás librarte de ella.

    Hubo un gemido.

    —¡Pero yo soy yol
    —Pero no lo eres... no realmente —explicó suavemente—. Eres tan solo un aspecto de un tú más amplio y simbólico... el nóumeno de E. Es tu consecución. Sólo tienes que adelantar tu mano y asir el molde de tu realidad final. ¡Y debes hacerlo, o dejarás de existir!

    Un sollozo.

    —¿Pero qué le ocurrirá a mi cuerpo?

    El ontólogo casi se echó a reír.

    —No lo sé; pero si cambia, ¡yo lo lamentaré más que tú!

    Hubo un silencio.

    —¡E! —llamó él.

    No hubo respuesta. —¡E! ¿Lo conseguiste? ¡E!

    Los vacíos ecos resonaron por los confines de su angosta oscuridad.

    ¿Habría perdido la mujer incluso su forcejeante existencia intersticial? Ya no conseguía detectar ni cuándo, ni cómo ni dónde estaba.

    De algún modo, había dado por sentado que ella estaría allí a su lado... sólo ellos dos.

    En sorprendida y maravillada inquietud, se preguntó cómo sería su existencia de allí en adelante.

    ¿Y qué había pasado con Luce?

    ¿Habría poseído el demoníaco profesor suficiente elasticidad mental como para sobrevivir?

    Y si así había sido, ¿cómo sería el nóumeno del profesor... el auténtico Luce?

    Pronto lo sabría.

    El ontólogo se relajó de nuevo, y empezó a flotar a través de un nebuloso retazo de luz y oscuridad. Una pálida luminosidad empezó a tomar forma gradualmente ante sus ojos, y cosas oscuras empezaron a formarse, a disolverse, a formarse de nuevo.

    Sintió un gran flujo de gratitud. Finalmente, la sombra de la realidad final empezaba a hacerse visible.

    Y entonces, aproximadamente en el lugar donde antes había estado Luce, vio los ojos... dos llamitas rojas, clavadas en él con fantasmagórica furia.

    ¡Los mismos ojos que había visto arder en aquella noche de su primera investigación!

    Luce lo había conseguido... ¡pero un momento!

    Una sacrilega aura empezaba a destacarse en las sinuosas sombras que contenían las enjoyadas llamas. Aquellos ojos eran brillantes, horribles facetas de odio en la cabeza de una enorme, enroscada cosa serpentina... ¡Ojos de Serpiente!

    Con una creciente oleada de terror, el ontólogo comprendió que Luce no había conseguido sobrevivir... como Luce. Aquello era el nóumeno, la esencia de Luce... algo inhumano. ¡Aquel Luce, el poseedor de la luz, el aspirante a la divinidad, ya no era Luce!

    A la débil luz empezó a retroceder de aquel enroscado horror, y al hacerlo pudo ver que él al menos, seguía conservando su cuerpo humano. Lo supo, porque estaba completamente desnudo.

    El seguía siendo humano, y la criaturaserpiente no lo era... ni nunca lo había sido.

    Entonces se dio cuenta cíe que la casa de piedra había desaparecido, y que una luminosidad rosada estaba empezando a surgir por el este.

    Tropezó con un árbol antes de haber dado una docena de pasos.

    El día anterior no había visto ningún árbol en trescientos metros a la redonda de la casa.

    Pero aquello tenía sentido, ya que no había ninguna casa, y no existía el ayer. Crush debía estar esperando en algún lugar fuera de allí... a menos que Crush no hubiera podido sobrevivir, y por lo tanto no tuviera existencia real.

    Rodeó el árbol. Su vista se vio oscurecida por un momento por la criaturaserpiente, y cuando quiso apartarse de nuevo, ya no estaba.

    Se sintió momentáneamente aliviado, y miró a su alrededor a la media luz. Inspiró profundamente.

    Los animales, si habían existido, se habían desvanecido con la luz del día. El terreno, lleno de flores, brillaba como sembrado de esmeraldas a la claridad matutina. Desde algún lugar le llegó el murmullo de agua corriendo.

    El metauniverso, o cual otro fuera el nombre que pudiera dársele, era hermoso, como un espléndido jardín. Qué lástima que tuviera que vivir y morir allí solo, sin nadie excepto unos cuantos animales por compañía. Daría incluso un brazo, o incluso una costilla, por...

    ¡Adam Prentiss! ¡Adán!

    Se giró y miró al otro lado de los árboles, en un exultante alivio.

    ¡E! ¡Eva!

    ¡Ella había sobrevivido!

    ¡El mundo entero, y solo para ellos dos!

    Su corazón latía con éxtasis cuando echó a correr hacia ella.

    Y permanecerían siempre así, simples y tiernos por siempre, y sus hijos después de ellos. ¡Al infierno con la ciencia y el progreso! (Bueno, dentro de unos límites prácticos, por supuesto).

    Mientras corrían, respiraron profundamente el seductor aroma de los floridos manzanos.


    HIJO DE CRONOS


    Sólo siéntate y escúchame. El sol te hará bien, y además el doctor te ha dicho que no hables mucho.

    Así que ésta es mi historia.

    Amé a tres hombres en mi vida. El primero era el amante de mi madre. El segundo, mi marido. En cuanto al tercero...

    Te lo contaré todo acerca de ellos... y de mí. Te diré cosas que harían regresar al hospital a cualquier otro que no fueras tú.

    No, por favor; no me interrumpas.

    Nunca conocí a mi padre. Fue declarado legalmente muerto algunos meses antes de mi nacimiento. Se dijo que fue a cazar, y nunca regresó. En teoría, lo que uno no ha poseído nunca no puede echarse en falta. En lo que a mí respecta, eso es falso. Noté la ausencia de mi padre siendo niña, y luego como adolescente, y luego como persona mayor.

    Mamá empeoraba aún más las cosas. Nunca faltaban los hombres allá donde ella se encontraba, pero esos hombres no se preocupaban de mí. Y era culpa de ella. Ella los atraía como a moscas. A los diez años yo ya sabía en qué pensaban cuando la miraban. Cuando cumplí los veinte seguían mirándola de la misma forma. Fue en aquel momento cuando finalmente cogió un amante fijo, y me aparté de ella horrorizada, odiándola.

    No hay nada de particular en que una hija odie a su madre. Lo que no era habitual era la intensidad de mi odio. Todas las reservas de odio que fui acumulando desde la cuna las puse a un lado para ella. Según dicen, cuando era un bebé nunca quise mamar, como si quisiera gritarle a todo el mundo que yo no había nacido como los demás mortales, y que aquella mujer que decía que era mi madre no lo era en realidad, lo cual, como verás, no era totalmente falso.

    Siempre he tenido el insensato sentimiento de que lo que le pertenecía me correspondía realmente a mí, y que ella me lo usurpaba, impidiéndome disfrutarlo.

    Nuestros gustos eran idénticos. Esa similitud de deseos fue acrecentándose a medida que yo crecía. Miraba todo lo que ella poseía como si fuera mío, y en general intentaba apoderarme de ello. Principalmente los hombres. Lo malo era que, aunque ella los desdeñara constantemente (excepto el último), ellos seguían comportándose como si yo no existiera. Todos... excepto el último.

    Todas las tentativas de mi madre de dirigir hacia mí el interés de sus amigos masculinos fracasaron estruendosamente (salvo esa única excepción).

    Estoy segura de que eso era una consecuencia de la falta de padre, un impulso subconsciente que me empujaba siempre a tratar como los trataba ella a sus serviles caballeros. Explícalo como quieras. De todos modos, excepto en el último caso, las cosas se producían siempre del mismo modo: cuanto más quería ella librarse de uno, menos deseaba éste saber algo de mí.

    Pero no era a ellos a quienes odiaba, sino tan sólo a ella. A veces, cuando ella echaba a alguno en una forma excesivamente expeditiva, me pasaba varios días sin dirigirle la palabra.

    Tan solo verla me producía náuseas.

    Cuando cumplí los diecisiete años, y bajo consejo de un psiquiatra, me envió a Suiza, a un internado para jóvenes pertenecientes a la alta sociedad. El psiquiatra había dictaminado que yo sufría de un complejo de Electra de lo más exacerbado, y por los motivos más inexistentes de toda la historia médica. Añadió incluso que deseaba que mi padre estuviera realmente muerto, ya que si algún día reaparecía... Casi podían oírse sus células cerebrales trepidando excitadas ante la idea.

    Sea como fuere, la razón aparente de mi partida fue el deseo de proporcionarme al fin una educación. A los diecisiete años, yo apenas sabía la tabla de multiplicar. Todos mis conocimientos se resumían en lo que ella llamaba "los grandes titulares". Me había sacado del colegio muy joven, y había contratado los servicios de una multitud de enseñantes cuyo trabajo era hacerme aprender tan solo los acontecimientos cotidianos. Como su trabajo era precisamente la predicción de tales acontecimientos antes de que se produjeran, supongo que su fórmula era disculpable. Pero era el método empleado el que la hacía horrible... en aquellos momentos. No se trataba de aprender estadísticas, tener visiones globales, efectuar análisis de tendencias. Todo el trabajo de mis enseñantes consistía en hacerme aprender de memoria todos los titulares y cabeceras, sin excepción, de todos los números del New York Times desde el día de la victoria de Counterpoint en las carreras de caballos de Preakness... es decir 1957, varios meses antes de mi nacimiento. Tan solo eso. Entre mis enseñantes figuraban incluso algunos mnemotécnicos para asegurarse de que no olvidaba lo que aprendía.

    De todos modos, educación de por medio o no, me sentí feliz ante la idea de ir a Suiza... muy feliz de escapar por fin de mis pesadillas de memoria.

    Pero me estoy apartando de mi relato.

    Uno de los primeros recuerdos de mi infancia que quedaron profundamente marcados en mí fue el de la fiesta que dio mi madre en Skyridge, nuestra casa en el campo. Por aquel entonces yo tenía seis años. Era el día de la reelección de James Roosevelt. De entre todos los adivinos y sondeadores de la opinión pública, tan solo mi madre acertó en su previsión, y aquella noche celebró el hecho en compañía de los dirigentes de varias docenas de empresas que utilizaban sus servicios proféticos. Se suponía que yo estaba durmiendo en el primer piso, pero las risas y la música me mantenían despierta, y finalmente bajé a unirme a la fiesta. Nadie me prestó atención. Y cada vez que un hombre abrazaba y besaba a mi madre yo estaba allí, agarrándome a sus faldas para retenerla y gritándole que todos, todos sus besos tenían que ser para mí.

    Mi técnica fue mejorando a lo largo de los años; los resultados, sin embargo, no cambiaron.

    ¿Crees que eso la preocupaba?

    ¡Oh, sí!

    Cuanto más intentaba meterme en su terreno, más divertida parecía. No, no era una ironía malvada, estaba realmente divertida. ¿Y cuáles crees que eran las consecuencias? Mi rabia aumentaba, por supuesto.

    Crees que tal vez no había nada que justificara mi actitud. De hecho, sí había algo.

    Había al menos un móvil para mi odio; que en realidad ella no me quería. Yo era carne de su carne y sangre de su sangre, pero ella no me quería. Quizá sintiera un cierto afecto hacia mí, como podría sentirlo hacia algún animalillo doméstico, pero no existía lugar para el amor materno en su corazón. Y yo lo sabía.

    Debíamos formar una extraña pareja. Ella nunca me llamaba por mi nombre, nunca usaba una palabra cariñosa. Nunca me dijo: "Querida, ¿quieres pasarme las tostadas?", sino: "Quiero las tostadas", como si yo fuera tan solo una prolongación de ella misma, un tercer brazo. Era algo exasperante.

    Otras chicas tienen secretos que su madre ignora. Yo no podía ocultarle a la mía nada importante. Cuantos más esfuerzos hacía para disimularle algo, más segura estaba de que ella lo sabía. Esa era otra razón por la cual no me importaba ir a Suiza. Lejos de ella, quizá tuviera una posibilidad de preservar la parte más íntima de mi mente.

    Ella no leía en mí, estoy seguro de ello. No se trataba de telepatía. Era incapaz de adivinar los números de teléfono que yo había aprendido de memoria, o los nombres de los veinticinco miembros del equipo de fútbol de la universidad. Los pequeños detalles rastreros como esos no se "filtraban" hasta ella. Y además, la telepatía no sabría explicar lo que ocurrió la noche de mi accidente de automóvil en la carretera de Sylvania Turnpike. Las manos que me ayudaron a salir por el cristal de la ventanilla del coche volcado eran las suyas. Ella había permanecido estacionada al borde de la carretera... esperando. Ninguna ambulancia, solo ella en su coche. Había sabido exactamente dónde y cuándo se produciría, y había sabido que yo no resultaría herida...

    Tras aquella noche supe que el negocio de mi madre, Visión del Futuro, se basaba en algo más que en el simple conocimiento, minuto a minuto, de la evolución de los acontecimientos económicos, científicos y políticos.

    ¿Pero en qué?

    Nunca se lo pregunté. Supuse que ella no me lo diría, y no quería proporcionarle la alegría de una negativa. Quizá también tenía miedo de plantearle la pregunta. Finalmente fue casi como si hubiéramos admitido, por un acuerdo tácito, que no tenía que plantearla, ya que tendría la respuesta a su debido tiempo sin necesidad de hacerlo.

    Visión del Futuro daba mucho dinero. El éxito de las predicciones de mi madre acerca del desarrollo de los problemas importantes era infalible. Jamás se equivocaba. Sus clientes se beneficiaban aún más que ella, ya que tenían mayores posibilidades de inversión. Siguiendo sus consejos, compraron en plena crisis, quince días antes de la Conferencia de la Haya y el pacto de 1970 que debía salvar el mercado3. Fue mi madre quien predijo el éxito de las experiencias de Bartell sobre el cerium, a tiempo para permitir a la Sociedad Cameron tomar el control de las reservas de monazita del mundo entero. Sus éxitos eran igualmente infalibles al anunciar los vencedores del Derby, las decisiones del Tribunal Supremo, los resultados de las elecciones o los sucesivos fracasos de los cohetes hasta el éxito del cuarto de ellos.


    3 *No hay que olvidar que este relato fue escrito originalmente en 1953. (N. del T.).


    Era inteligente, pero no era un genio. Su conocimiento del mundo de los negocios era sorprendentemente limitado. Jamás había estudiado economía política ni las fluctuaciones de la Bolsa. La oficina en Nueva York de Visión del Futuro ni siquiera tenía un departamento de revisión y clasificación de periódicos. Y sin embargo, en 1975, era la mujer mejor pagada de todos los Estados Unidos.

    En 1976, durante las vacaciones de Navidad, que acudí a pasar con ella en Skyridge —yo tenía entonces diecinueve años—, rechazó un contrato en exclusiva con la Lloyds de Londres. Encontré los papeles en la papelera, donde ella los había tirado. Había siete ceros en la cifra que señalaba el salario anual propuesto... Aquello no se correspondía con su manera de llevar los negocios, y se lo hice observar.

    —Me es imposible firmar por tres años —explicó—. Ni siquiera por un año. Cerraré la oficina dentro de un mes.

    Permanecía en el balcón, dándome la espalda, con los ojos fijos en el bosque. Sin girarse, sin dirigirme la mirada, murmuró:

    —Es inútil que me mires de esa forma.
    —¡Pero no puedes cerrar! —balbuceé, e inmediatamente me mordí la lengua. Protestar era admitir que le tenía envidia y que me gustaba brillar a su sombra. De todos modos, ella probablemente ya lo sabía—. Está bien —dije con aire abatido—. Vas a cerrar. ¿Dónde piensas ir? ¿Qué piensas hacer?
    —Bueno, imagino que me instalaré aquí, en Skyridge —dijo alegremente—. Necesitaré varios meses para acondicionar esto. Este torrente debajo del balcón, por ejemplo. Quiero hacerlo desaparecer. Quizá haga desviar su curso. Me molesta el ruido del agua. Luego están todos esos árboles de ahí delante. Los haré talar y quizá acondicione una pista de aterrizaje. Nunca se sabe si alguna vez un helicóptero la va a necesitar. Y además está la cuestión de las balas de heno. Creo que debería colocar algunas en algún lugar. El heno huele tan bien, y dicen que su olor es tan reconfortante.
    —¡Madre!

    Frunció el ceño.

    —¿Dónde podría colocar unas balas de heno?

    No acababa de comprender por qué me estaba haciendo irritar de una forma tan pueril.

    —¿Por qué no en el torrente? —dije con tono mordaz—. Una vez lo hayas desviado, quedará seco.

    Su rostro se iluminó.

    —¡Oh, claro ¡Qué chica tan lista!
    —¿Y para qué te servirán allí?
    —Oh, bueno... pienso que, si un hombre cayera al torrente, las balas de heno serían muy adecuadas para amortiguar su caída.
    —¿Y cuando tú lo encontraras tendido en el heno?
    —Supongo que me lo quedaría para mí.
    —¡Supones! —exclamé, exultante. ¡Esta vez la había cogido!—. ¿Acaso no lo sabes?
    —Sólo sé las cosas que se producirán en los próximos seis meses... hasta el 3 de junio de 1977 para ser más precisos, a medianoche. Respecto a lo que pueda ocurrir después, no puedo hacer la más pequeña predicción.
    —No quieres hacerla.
    —No puedo. No me retiro por capricho precisamente.

    La miré, incrédula.

    —No te comprendo. ¿Quieres decir que... que esa facultad va a abandonarte así? —e hice chasquear los dedos.
    —Exactamente.
    —¿Pero no puedes impedirlo? ¿Tu psiquiatra no puede hacer nada?
    —Nadie puede hacer nada, ni siquiera aunque yo lo deseara. Y tampoco deseo saber lo que ocurrirá el 3 de junio, pasada la medianoche.

    La miré, desconcertada.

    En aquel momento, como si aquello entrara en sus planes, el reloj de péndulo empezó a dar las horas, como para recordarme nuestro compromiso no formulado que me impedía sondear su extraño don.

    La respuesta llegaría seis meses más tarde. Lo único que tenía que hacer era dejar pasar el tiempo.

    Regresé a Suiza, y el epílogo a nuestra pequeña conversación me llegó unos meses después. Un amigo me escribió que: 1.°, el torrente había sido desviado de su curso; 2.°, el lecho seco contenía un enorme montón de heno fresco recién cortado, de tres metros de altura, justo debajo del balcón; 3.°, el montón de heno estaba equipado con un circuito electrónico que conectaba una alarma en la casa si alguien se acercaba a él; 4.°, los árboles ante la fachada habían sido talados; 5.°, en su lugar se había instalado una pequeña pista de aterrizaje; 6.°, para finalizar, en aquella pista permanecía posado las veinticuatro horas del día un helicóptero ambulancia alquilado a un hospital de Nueva York, con un piloto y un interno siempre de servicio.

    La senilidad precoz es algo terrible, terminaba la carta. Deberías volver a casa.

    Yo me sentía demasiado bien en la escuela. No tenía ningún deseo de volver. Además, de todos modos, si mi madre se estaba volviendo loca, yo no podría hacer nada simplemente regresando a su lado. Y tenía el proyecto de irme de vacaciones a Italia, y me sabía mal abandonarlo.

    Un mes más tarde, a principios de mayo, el mismo amigo volvió a escribirme.

    De su carta se desprendía que, hacía dos semanas, la señal de alarma del heno había funcionado una noche, y que los criados que habían acudido corriendo habían encontrado a un hombre con el rostro ensangrentado y un ojo reventado, escalando un lado del torrente. En sus crispadas manos llevaba una pistola de un modelo antiguo. El helicóptero siempre listo para partir lo había apartado casi inmediatamente de la curiosidad y, por lo que se sabía, había sido llevado al hospital de Nueva York, donde aún permanecía, y del que saldría el 6 de mayo... es decir al día siguiente del que me llegó la carta.

    Otros detalles indicaban que mi madre había hecho pintar y decorar de nuevo dos dormitorios del pabellón. Los conocía muy bien: eran contiguos.

    Así pues, la bruja de mi madre había previsto todo aquello...

    Y, cosa que parecía escapar a todo el mundo, excepto a ella y a mí, finalmente se había enamorado de verdad.

    El asunto era grave.

    Me desentendí de mis exámenes trimestrales, anulé mis vacaciones italianas, y regresé en el primer avión, sin avisar a nadie. De modo que, cuando el taxi me dejó frente a la verja del parque, pude atravesar éste pasando completamente desapercibida hasta llegar a la casa, y al torrente.

    Lo primero que vi en el fondo de este último fue el famoso montón de heno. Luego vi que estaba ocupado.

    El sol brillaba fuertemente, pero estábamos todavía a principios de mayo y el calor era relativo. Sin embargo, mi madre llevaba uno de esos sucintos trajes de baño... ya sabes lo que quiero decir.

    Ella no estaba mirando en mi dirección... ocultándome también al único ojo válido de su compañero. Yo no había hecho el menor ruido, pero de repente tuve la certeza de que ella estaba aguardando mi imprevista llegada, que sabía que en aquel momento yo estaba tras ella.

    Entonces se giró hacia mí, se semilevantó, y sonrió.

    —¡Hola! ¿De vuelta a casa? Te presento a nuestro excelente amigo el profesor... esto... Brown. John Brown. Puedes llamarle Johnny. —Retiró una brizna de heno de sus cabellos, sin dejar de sonreír.

    Los estudié alternativamente. El profesor Brown se levantó sobre un codo y me devolvió mi mirada tan amistosamente como se lo permitía la venda que rodeaba su cabeza, cubriendo uno de sus ojos.

    —Hola, chica —dijo gravemente. Y los dos se echaron a reír, como si ya nada en el mundo pudiera tener jamás importancia para ellos.

    Así llegó el verano. La situación fue evolucionando rápidamente, según un proceso interesante. Al poco tiempo él me dirigía ese tipo de miradas que dicen: "Me gustaría, pero...". Nunca hasta entonces había obtenido tanto resultado.

    Pero de todos modos su "hasta ahí, pero no más lejos" me irritó primero, luego se convirtió en un desafío. Y...

    La causa era sin duda su proximidad, así como la consciencia que yo tenía de la naturaleza de sus relaciones con mi madre. De modo que seguí el juego. Me volví incluso tremendamente desvergonzada. Intenté atraerlo hacia mí a cada ocasión que tuve.

    Conversamos a menudo. Pero no acerca de él. Si él conocía la explicación del misterio de su accidente y de su llegada allá, no lo dejaba traslucir.

    Hablábamos de los magnetrones.

    Era un experto en magnetrones, como tú. ¿Te sorprende?

    Yo hacía como que le escuchaba, pero no comprendía nada excepto unas cuantas generalidades... que los magnetrones eran cuerpos infinitamente pequeños, algo parecidos a los electrones, a los gravitones y a no sé qué más. Pero a la larga capté la idea de que un campo magnetrónico podía desviar el curso del tiempo, y que si se situaba un objeto cualquiera en el interior de ese campo los resultados podían ser sorprendentes...

    Hablamos mucho de los magnetrones.

    Yo organizaba por anticipado nuestros encuentros. Empecé a tomar algunos bañadores de mi madre. Más tarde, en las horas en las cuales él no estaba teóricamente por los alrededores, tomaba el sol en traje de Eva... sin otros resultados visibles que alguna que otra ligera insolación.

    Al final me iba por la noche a la pinada, llevándome conmigo mi saco de dormir, incapaz de soportar el permanecer en la casa sabiendo dónde estaba él.

    Pero no renuncié.

    El estaba construyendo un generador magnetrónico. El primero del mundo. Durante todo un día lo ayudé a instalar parte del equipo.

    El aparato se construía fuera, en el balcón, cuya balaustrada había sido retirada; estaba dirigido justamente hacia el torrente. Era para "ponerlo a punto", decía, explicando que el campo magnetrónico estaba sometido a un efecto en cierto modo análogo al de un objetivo fotográfico, y que debía enfocarlo.

    Lo más extraño era que, una vez ajustado el objetivo, el foco quedaba situado en el aire, en la prolongación del balcón y al nivel del torrente. Pero era para evitar que nadie pudiera penetrar en él por el otro lado.

    Y, transmitidos por el objetivo, podían oírse ruidos.

    El torrente estaba desecado desde hacía meses, desde que mi madre había desviado el curso del agua. Sin embargo, a través del objetivo, podía oírse ahora un constante rumor de agua corriente.

    Podía oírse en toda la casa. Y aquello me ponía nerviosa, y parecía tener influencia también sobre ellos dos. Cada noche me alejaba más entre los pinos, pero seguía llegándome igualmente.

    Una noche, a quinientos metros del pabellón, salí de mi saco de dormir y regresé a la casa, dispuesta a despertarle y a pedirle que detuviera aquel ruido, que parara el agua.

    Ese era al menos el pretexto que me daba a mí misma. Y además, era cierto que aquel incesante ruido no me dejaba dormir.

    Imaginaba ya por anticipado la escena. Abriría silenciosamente su puerta, me deslizaría de puntillas hasta su cama, me inclinaría sobre él en la oscuridad, apoyaría mi mano sobre su pecho y lo sacudiría suavemente...

    Todo ocurrió tal como esperaba, excepto en un punto.

    Estaba allá, junto a la cama, distinguiendo confusamente los contornos de una silueta tendida.

    Alargué la mano.

    Lo que toqué fue un pecho femenino.

    —¿Qué quieres? —murmuró mi madre.

    Durante el tiempo en que permanecí allí recuperando el aliento, me decidí: si no podía ser para mí, no iba a ser tampoco para ella. La cortina iba a caer finalmente.

    Sabía que él tenía constantemente sobre su mesilla de noche la vieja pistola que había traído consigo. La busqué sin hacer ruido, y la encontré. Sabía que estaba demasiado oscuro para que mi madre pudiera ver que apuntaba hacia ella.

    Me sentía perfectamente lúcida y consciente de mi gesto y de sus consecuencias. Incluso tenía una exacta noción del lugar y de la hora: del asesinato que me disponía a cometer en el dormitorio del profesor John Brown en Skyridge... y de que faltaban unos pocos minutos para la medianoche del 3 de junio de 1911...

    Mi madre murmuró entonces tranquilamente:

    —Si disparas, despertarás a tu padre.
    —¿A mi... qué? —jadeé. La pistola cayó a mis pies. Ni siquiera me di cuenta de que la había soltado.

    Había oído con claridad lo que ella había dicho. Pero repentinamente me di cuenta de que todo aquello no tenía ningún sentido. Caso de ser cierto, me lo habrían dicho. Y él no me habría mirado de aquella forma, día tras día. Estaba mintiendo...

    —¿Lo deseas? —prosiguió ella, con la misma voz tranquila—. ¿Realmente?

    Cuando una mujer hace una tal pregunta a otra, habitualmente lo hace como preludio al anuncio de un derecho de propiedad, y el tono oscila entre la ironía matizada y la avidez salvaje.

    Pero el tono de mi madre era apacible, indiferente.

    —Sí —dije con voz ronca.
    —¿Lo suficiente como para tener un hijo de él?
    —Sí —ya no podía hacer marcha atrás.
    —¿Sabes nadar?
    —Sí —repetí estúpidamente, como un papagayo. La lógica y la coherencia habían abandonado aquel lugar. Permanecíamos allá las dos, como dos hechiceras negociando la vida y la muerte, mientras el objeto de nuestra discordia dormía plácidamente a nuestro lado.
    —¿Sabes de cuándo viene? —murmuró ella.
    —Querrás decir de dónde.
    —No, de cuándo. Viene de 1957. En 1957 cayó en un campo magnetrónico que lo trajo hasta mi montón de heno en 1977. Ese objetivo, allá en el balcón... está sintonizado a...
    —...a 1957 —murmuré mecánicamente.
    —A la primavera de 1957. A un día situado dos meses antes del momento en que penetró en el campo magnetrónico. Si realmente lo deseas, todo lo que tienes que hacer es dejarte atrapar por el campo de aquí, encontrarlo de nuevo en 1957, y aferrarte a él. Tienes que impedirle que caiga en el campo que lo ha enviado aquí. Me humedecí los labios.
    —¿Y si pese a todo cae?
    —Yo estoy aquí para esperarle.
    —Pero tú lo tienes ya. Si voy hacia atrás, ¿cómo podré impedir una cosa que ya ha ocurrido?
    —Si tú lo retienes en 1957, esta alternativa estéreocrónica particular de 1977 se anulará, como si no hubiera existido nunca.

    La cabeza me daba vueltas.

    —Pero, si voy hacia atrás hasta 1957, ¿cómo puedo estar segura de hallarle a tiempo?
    —Lo hallarás aquí mismo. Pasó la primavera y el verano de 1957 aquí, en Skyridge. La casa le ha pertenecido siempre.

    No podía ver sus ojos, pero estaba segura de que se estaban riendo de mí.

    —Has hablado de un hijo —dije secamente—. ¿Qué tiene que ver todo eso con él?
    —Tu única posibilidad de retenerlo permanentemente —dijo en un tono frío— es el hijo.
    —¿El hijo?
    —No habrá más que uno. Por lo que sé...

    Todo aquello no tenía ningún significado para mí. Renuncié a comprenderlo.

    Durante todo un minuto reinó un profundo silencio, con el telón de fondo de la respiración suave de Johnny y el agua que canturreaba a veinte años de allí. Parpadeé rápidamente.

    Iría hasta 1957, decidí. Tendría a Johnny para mí sola. Me invadió la alegría de la conquista.

    El reloj de péndulo inició las doce campanadas.

    Dentro de pocos segundos, el 3 de junio de 1977 entraría en el pasado. Dentro de pocos segundos, mi madre perdería su don, tal como había anunciado, y sería incapaz incluso de hacer predicciones meteorológicas.

    Tiré mis sandalias, me quité el pijama. Calculé la distancia más allá del balcón. Mi voz escapó pese a mis deseos:

    —¡Madre, haznos tu última predicción!

    Johnny gruñó algo y se agitó.

    Corrí a describir mi zambullida aérea por el tiempo. La respuesta de mi madre flotó tras de mí, ya en el interior del campo, y la oí en 1957, en medio del agua:

    —No podrás impedirlo.

    Su verdadero nombre era James MacCarren. Pero el título de profesor era auténtico: era físico. Su edad, alrededor de los cuarenta. ¿Esperaba menos? Parecía más viejo que "Johnny". Y tenía sus dos ojos intactos... y ninguna venda.

    Era el propietario de Skyridge, eso era exacto. Y pasaba allí el verano. Le gustaba cazar y pescar.

    Y ahora escucha atentamente, voy a contarte lo que ocurrió la tarde del 5 de agosto de 1957. Sí, escúchame...

    Yo estaba tendida en el balcón, contemplando el torrente, cuando de pronto tuve consciencia de la presencia de Jim detrás de mí. Permanecía de pie en el umbral de la puertagalería. Podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo.

    Hacía un momento había inspirado profundamente, intentando dominar la agitación de mis pulmones, intentando mantener la pistola de Jim un poco más alta bajo mi axila, sintiendo que el frío del acero me hacía estremecer.

    Era una lástima. Puesto que durante los dos meses que acababan de transcurrir nuestro amor había sido muy interesante, aunque mucho menos interesante que hubiera podido ser el de "Johnny". Algunas semanas en compañía de mi madre podían hacer cambiar de tal forma a un hombre... Y, en 1957, Johnny —o Jim— era más bien pudibundo, no muy apasionado, y de una solicitud casi paternal. Pero era una lástima, sí, ya que de todos modos empezaba a amarlo como Jim.

    Pero había la última predicción de mi madre Había pensado mucho en ella. Y había llegado a la conclusión de que, por lo que sabía, tan solo existía un solo medio de impedirle que cayera en el campo enfocado a ella. No, déjame continuar...

    —Ven fuera —le dije, girando mi rostro para que me besara.

    Cuando se soltó de mi abrazo proseguí: —¿Te das cuenta de que han pasado exactamente dos meses desde el día en que me sacaste del agua en el torrente?

    —Los dos meses más felices de mi vida —dijo.
    —Y nunca me has preguntado a resultas de qué circunstancias me encontraba yo allí, ni quién soy, ni nada parecido. Supongo que imaginas que no di a aquel juez de paz mi verdadero nombre, ¿verdad? Sonrió.
    —Si me hubiera mostrado demasiado curioso, quizá tú hubieras desaparecido en un remolino, como una sirena.

    Realmente era triste. Me alcé de hombros.

    —Tú y tus magnetrones...

    Se sobresaltó.

    —¿Qué? ¿Has oído hablar de los magnetrones? Yo jamás he dicho nada a nadie al respecto.
    —Oh, sí. Aquí mismo. Tú me lo dijiste.

    Abrió la boca, luego la cerró lentamente.

    —Estás perdiendo la cabeza.
    —Lo desearía. Al menos haría que las cosas parecieran más simples. Porque al fin y al cabo solo cuando una empieza a pensar en ello en términos de lógica es cuando se da cuenta de lo extravagante que es todo esto. Sin embargo, hay que hacer que termine, y el momento ha llegado ahora.
    —¿Que termine qué? —preguntó él.
    —Esos saltos que damos por el tiempo, tú y yo. Pero sobre todo tú. Si yo no te lo impido, caerás en el campo, y mi madre te tendrá de nuevo... Esa fue su última predicción. —¿El campo? —murmuró, con voz no muy segura.
    —El campo magnetrónico. Ya sabes, lo que produce el generador.
    —¿Eh?
    —Oh, evidentemente, todavía no existe —dije, más para mí misma que para él—. Al menos, no fuera de tu cabeza. No lo construirás hasta 1977.
    —No puedo encontrar todos los materiales —su voz sonaba como ausente.
    —Pero estarán disponibles en 1977.
    —¿En 1977...?
    —Sí. Tras construirlo, en 1977, lo enfocarás sobre 1957. Lo cual hará que a partir de este momento puedas saltar directamente de aquí hasta 1977, para caer de lleno en los brazos de mi madre... donde, por otro lado, te encuentras ya, quiero decir en aquel año. Sólo que yo no te lo voy a permitir. Cuando mi madre me hizo aquella predicción ni siquiera imaginaba los extremos a los que estoy dispuesta a llegar para impedírtelo.

    El se pasó una mano por la frente y dijo, casi como suplicando:

    —Pero... pero... aún suponiendo que tú vengas de 1977, y aún suponiendo que yo deba construir un generador magnetrónico entonces, no puedo en este instante saltar a través del tiempo para ir a construirlo. Me resulta imposible zambullirme directamente hasta 1977 en un campo magnetrónico que todavía no existe... que no estará enfocado a nuestra época antes de que me halle precisamente allí dentro de veinte años para crearlo. Sería algo tan absurdo como decir que los peregrinos de la Mayflower construyeron su nave en las costas americanas. Además, de todos modos, soy un esposo y un futuro padre de familia. No tengo la menor intención de huir de mis responsabilidades.
    —Y sin embargo —dije—, si el encadenamiento se produce como está preestablecido, tú debes abandonarme... por ella. Hoy eres legalmente mi marido, el padre de nuestro hijo que tiene que nacer... y de pronto ¡bang! estarás en 1977, abandonando nuestro hogar y convirtiéndote en el amante de mi madre. Pero no voy a dejar que esto ocurra. Tras todo lo que he aguantado, no dejaré que te tenga. No hago más que pensar en ella, sonriente allá en 1977, explicándote cómo se ha desembarazado tan fácilmente de mí para tenerte para ella sola. Y yo en esta situación... —mi voz se quebró en un artístico trémolo.
    —Pero yo puedo envejecer como todo el mundo —hizo notar él—. Puedo simplemente esperar a que llegue 1977, y solamente entonces construir el generador.
    —Sea como sea, no lo has hecho... quiero decir que no vas a hacerlo. Cuando te vi en 1977 tenías tu edad actual. Incluso parecías más joven, sin duda a causa de aquella venda sobre tu frente.

    Se alzó de hombros.

    —Si tu presencia aquí es una consecuencia directa de la mía allá, entonces ni tú ni yo podremos hacer nada para romper el encadenamiento. Yo no tengo intención de saltar al futuro. Si debo hacerlo, será pese a mis deseos. Y no tengo la menor idea de lo que puede producirse para obligarme. Pero demos por supuesto que efectivamente debo partir; en este caso, tú quedarás abandonada. Debemos hacer algunos proyectos. Necesitarás dinero. Probablemente necesitarás vender Skyridge, luego encontrar un trabajo tras el nacimiento del niño. ¿Conoces la estenografía?
    —En 1977 empleamos videógrafos —murmuré—. Pero no te preocupes. Aunque consiguieras huir de mí en el tiempo, me las arreglaría con el niño. Para empezar, utilizaría el resto de tu cuenta bancaria para apostarla a Counterpoint en la carrera de Preakness del sábado próximo. Luego...

    Pero él ya estaba pensando en otra cosa.

    —¿En 1977, las relaciones entre tú y yo eran... esto... íntimas?

    Dejé paso a mi resentimiento.

    —Eso depende de lo que tú entiendas por nosotros.
    —¿Qué? ¿Quieres decir que... yo... con tu madre... realmente? —Carraspeó y se pasó el dedo por el cuello de su camisa—. No sé, pero debe existir alguna explicación...

    Me limité a lanzar una risita.

    Sus ojos brillaron.

    —Esto... tu madre, en 1977... era una mujer seductora, supongo.
    —Una vieja envarada y llena de potingues —dije fríamente—. ¡Imagina, cuarenta años!
    —¡Hey!, yo también tengo cuarenta años, ¿sabes? Contrariamente al punto de vista de los jóvenes, este es el tiempo mejor de la vida. Te darás cuenta dentro de veinte años...

    Y entonces hizo chasquear sus dedos.

    —¡Ya está, eso es! ¡Fantástico! —se giró y se apoyó en la balaustrada, mirando fijamente ante él, como Hernán Cortés en la proa de su nave—. Fantástico, pero eso lo explica todo. Perfectamente lógico. Yo. Tu madre. Tú. El niño. El ciclo eterno.
    —¿Estás loco?

    Se giró bruscamente y me miró.

    —Estarnos en 1957. Tu madre se supone que tiene ahora veinte años y está en algún lugar... ¿Sabes dónde?
    —No. He gastado dos terceras partes de nuestra cuenta del banco intentando localizarla. Parece como si nunca hubiera existido.

    Sus ojos se abrían cada vez más.

    —No es extraño que no la hayas encontrado. Pero tú no podías saberlo.
    —¿Saber qué?
    —Quién es tu madre.

    Sentí deseos de golpearle.

    —Oh, sí —dije.

    Pero él ya estaba hablando de otra cosa.

    —Sin embargo, hay precedentes de esto. En el caso de la división celular, ¿cuál de las dos células es la madre, y cuál la hija? No hay respuesta a ello. Lo mismo ocurre contigo. La célula se divide en el espacio; tú te divides en el tiempo. Uno no puede preguntarse quién de tú es la madre, y quién la hija.

    Le contemplé, inmóvil, con ojos desorbitados.

    El prosiguió:

    —Pero pese a todo esto,