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    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

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    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

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    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Esta opción sólo aparecerá si tienes como mínimo 2 publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto. Opción sólo en las publicaciones.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos que has guardado en esa publicación.

    Ultima Lectura: puedes acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

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    EL ANILLO PRODIGIOSO (Anónimo)

    Publicado el lunes, enero 25, 2016
    En uno de esos países extraordinarios que componen el Reino de las hadas, donde todo puede suceder, hasta lo más increíble, vivía la muy grandiosa Dánamo. Esta era una de las hadas más sabias que han existido, aunque no hacía ascos a la crueldad en muchas de sus actividades y tenía a honor, debido a que también poseía un orgullo exagerado, de ser una de las descendientes de la famosa Calipso.

    Tan poderosa soberana había tenido una hija, a la que dio el nombre de Azira. Sorprendentemente, a pesar de lo fea que era la joven, su madre la consideraba muy bella al querer observar en ella otros méritos que, al parecer, todavía se hallaban muy ocultos, y acaso nunca apareciesen.

    Sin embargo, su ceguera maternal no llegaba a los extremos de negarse a reconocer que había otras muchachas más hermosas que Azira. Y entre las privilegiadas por su físico destacaba Irolita, una sobrina de la reina, a la que se mantenía encarcelada en el castillo para que no hiciera sombra a su prima.

    La razón de tal castigo obedecía a que Dánamo se hallaba dispuesta a casar a su hija con el joven y guapo príncipe Parcinet. En sus intenciones se encontraba poder unir al suyo dos importantes reinos, debido a que el futuro marido de Azira era el único heredero de los mismos.

    Claro que el destino en ciertas ocasiones puede llegar a jugar en contra de las hadas, aunque sean reinas. Por eso el príncipe Parcinet conoció a Irolita, cuando la bella paseaba por los jardines de palacio, al haberle permitido unas horas de libertad sus carceleros, acaso apiadados de ella pues no protestaba por nada y hasta barría y fregaba las estancias de su celda. Los dos jóvenes se enamoraron nada más verse; y ya no dejaron de hacerlo, aunque debieran buscar mil recursos para superar las barreras impuestas por la tirana.

    Uno de estos recursos lo protagonizaba el príncipe en el momento que caía la noche. Sin importarle atravesar a nado el caudaloso río que separaba el castillo de tierra firme, iba a escalar las paredes hasta llegar a una de las ventanas de la espaciosa prisión de Irolita.

    Pronto el hada descubrió esos amores prohibidos, y llegó a la conclusión de que debía librarse de su sobrina. Como una solución, ofreció la mano de ésta al príncipe Ormond, imponiéndole la condición de que debían casarse en un plazo mínimo de dos semanas. El elegido se hallaba de visita, ya que vivía a muchos miles de millas de allí. Una condición ideal para alejar a su sobrina de Parcinet.

    Una vez quedó urdido el maligno plan, la reina Dánamo organizó una importante fiesta, con la idea de anunciar el próximo matrimonio del príncipe Ormond con Irolita. Y el enamorado fue uno de los invitados que se encontraban en el inmenso salón del castillo, en compañía de varios centenares de nobles, damas y gentilhombres. Pero ninguno de ellos conocía el verdadero motivo de los festejos.

    Cuando el príncipe Parcinet vio a Irolita entrar allí, comprendió en seguida lo que iba a suceder, pues no había otra explicación que justificase el hecho de que la hubieran dejado salir de la prisión. Sin embargo, por más que intentaron acercarse para hablar, en todo momento vieron cerrado el camino por las gentes, los soldados o los servidores. Esto les llevó a imaginar que los obstáculos obedecían a un maleficio impuesto por Dánamo.

    Precisamente, la reina de las hadas apareció en compañía de todo su séquito. Y, singularmente, se acercó a Parcinet junto a un escudero, el cual llevaba en sus manos un gran cojín de terciopelo rojo, sobre el cual aparecía una espada resplandeciente.

    —Recíbela como obsequio, querido amigo —dijo la soberana, al mismo tiempo que cogía el arma con las dos manos y se la entregaba al anonadado príncipe—. Como verás en el puño hay un diamante de gran valor: ¡digno de un corazón tan generoso como el tuyo! ¡Además, he mandado grabar en el acero esta leyenda: «La digna compañera de un vencedor.»!

    Antes de que el sorprendido pudiera dar las gracias, la cruel hada proclamó dirigiéndose a todos los presentes:

    —¡Ahora vais a saber el motivo por el que os he invitado a esta fiesta! ¡Mi bella sobrina Irolita va a casarse dentro de dos semanas con el príncipe Ormond! ¡Para mí será un honor que asistáis a la ceremonia!

    Entonces el infeliz Parcinet se dio cuenta de la terrible burla: el regalo de la espada había pretendido ser una especie de «concesión» de aquella tirana... ¡Y lágrimas de rabia estuvieron a punto de brotar de los ojos del ofendido! Sin embargo, como no quería llorar delante de su enemiga, prefirió abandonar la sala de la fiesta.

    El príncipe siempre había sido muy decidido y valiente. Tardó muy poco en reaccionar. Así escribió a una de sus tías, que era el hada Favorable y tenía tantos poderes como Dánamo, para que le ayudase de la forma que creyese más conveniente.

    Uno de sus más fieles servidores se encargó de llevar el mensaje. A los pocos días regresó trayendo una carta del hada Favorable, en el interior de la cual venía un anillo compuesto de cuatro capas de metales distintos: oro, plata, hierro y cobre. Esto significaba que el anillo podía brindarle protección frente a los ataques de la cruel Dánamo, pero sólo en cuatro ocasiones. Por eso se recomendaba al príncipe que lo utilizase con gran prudencia y únicamente en los momentos más peligrosos.

    Parcinet se llenó de entusiasmo al disponer de esta protección. En seguida quiso hablar con su amada. Como no podía hacerlo directamente, se sirvió de Mana, la bondadosa nodriza que había criado a la joven desde su nacimiento; pero no logró sus propósitos. Esto se debió a que aquella misma noche Dánamo celebró otra fiesta en honor de Irolita, ya que iba a marcharse del castillo al día siguiente.

    Pocas horas más tarde, los dos enamorados se encontraron muy cerca; sin embargo, en ningún momento pudieron hablar a solas. De nuevo se tropezaron con infinidad de obstáculos humanos, porque seguía pesando el encantamiento del hada tiránica.

    Y cuando estaba a punto de finalizar el baile, el príncipe Parcinet decidió manifestar su protesta. Antes de que los invitados empezaran a marcharse, se encaró con la reina Dánamo, delante de toda la corte, y la increpó de esta manera:

    —¡Lleváis varios días impidiendo con vuestras brujerías que yo hable con Irolita! ¡Ya habéis colmado mi paciencia! ¡Os aseguro que ni vos, ni vuestra odiosa hija Azira, impediréis que el mundo se entere de que amo a Irolita! ¡Como la boda que pretendéis va en contra de los deseos de vuestra sobrina, tened la seguridad de que yo lucharé hasta la muerte, si fuera preciso, por impedirla!

    Estos insultos y amenazas originaron tal escándalo, que Dánamo abandonó la gran sala, en compañía de Azira y el encolerizado Ormond. Los tres se hallaban dispuestos a castigar la afrenta y, al mismo tiempo, seguir con todos sus malévolos planes.

    No hay duda de que Parcinet conocía el alcance de su desafío, pues sería asesinado si continuaba en el castillo. Y aprovechando aquel momento de indecisión general, pudo hablar con Irolita deseando organizar la fuga. Sin embargo, para que ésta fuera un éxito el príncipe debió recurrir al anillo mágico. Hizo girar la parte superior del mismo y, al instante, solicitó al hada Favorable que le protegiera de los planes maliciosos que estuvieran urdiendo sus enemigos.

    Entonces vio entrar en la sala de baile a Dánamo, Azira y Ormond. Venían discutiendo, sin ponerse de acuerdo sobre la forma de detener a quien los acababa de insultar. Y lo hacían de una forma tan acalorada que parecían estar dispuestos a golpearse por defender sus opiniones. Un caos muy propicio para las intenciones del príncipe. Y éste se dio cuenta de que se lo debía al anillo, una de cuyas capas, la de hierro, acababa de fundirse sobre las otras tres.

    A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, Brigante, el fiel servidor, dispuso cuatro caballos, con las provisiones y el armamento imprescindible, en los que iba a escapar del castillo acompañando al príncipe Parcinet, a la princesa Irolita y a la nodriza Mana. Y aún estaban empalideciendo las estrellas en el cielo cuando nuestros héroes iniciaron la fuga.

    Hasta el mediodía no se dio cuenta la reina tiránica de la desaparición de su sobrina y de sus tres aliados. Sumida en un arrebato de cólera, mandó que fueran apresadas todas las damas y pajes de los evadidos, al merecer los peores castigos por haber sido cómplices de un delito contra el reino.

    En seguida se organizó la persecución con más de un centenar de sanguinarios nobles y soldados armados, que se pusieron al mando de Ormond. Y al contar con la ayuda del hada más vengativa, pudieron ganar fácilmente la ventaja que les sacaban los fugitivos. Esto lo consiguieron al ir disponiendo de caballos de refresco cada dos horas, mientras Parcinet y los suyos ya iban al trote de sus monturas para no agotarlas.

    A media tarde, en los extremos de un bosque, los dos grupos tan desiguales pudieron contemplarse. La primera reacción del valeroso príncipe fue retroceder, para ir a cruzar su espada con su malvado rival. Y a punto estuvo de hacerlo, ya que tiró de las riendas de su montura. Sin embargo, Irolita le previno:

    —¡Amor mío, no te dejes llevar por la furia! ¡Ormond se negará a pelear como un caballero aceptando un duelo de honor entre príncipes! ¡Mandará a sus esbirros que te maten, porque es un cobarde!

    Estas palabras consiguieron que Parcinet entrase en razón. Acto seguido, pidió que su amada se viera libre de sus enemigos... ¡Y no acababa de formular este deseo, cuando ante ellos apareció un duende de larga barba blanca!

    —¡Rápido, rápido! ¡Seguidme sin más demora, que yo os llevaré a un lugar donde estaréis a salvo! —ordenó la mágica criatura.

    En aquel momento se abrió una parte del suelo ante ellos, pero como si fuera una gigantesca trampilla formada con la hierba y la tierra. Allí había una cómoda pendiente, por la que pudieron descender con facilidad los cuatro caballos guiados por sus jinetes. Y una vez estuvieron dentro, el suelo recobró su aspecto normal.

    Este prodigio desconcertó a Ormond y a sus esbirros, hasta el punto de que comprendieron que habían sido burlados por algún tipo de encantamiento. De ahí que abandonasen la persecución, para volver al castillo en busca de la ayuda de la reina Dánamo.

    Al mismo tiempo, los enamorados y sus acompañantes estaban siguiendo al duende por un oscuro pasadizo. Al final llegaron a una luminosa explanada subterránea, en el centro de la cual se alzaba un palacio construido totalmente de oro. Allí se encontraba el rey de los duendes del Subsuelo.

    Pronto se vieron ante este personaje, que se cubría con un manto tejido con hilos de plata y piedras preciosas, a la vez que llevaba una corona tallada con un gigantesco diamante. Sonriendo abandonó su trono y, luego de abrazar a los cuatro visitantes, les dijo:

    —¡Los protegidos del hada Favorable son mis amigos! Se me ha pedido que os ofrezca protección durante una semana. ¡Y en este tiempo yo me cuidaré personalmente de que olvidéis todos los sinsabores de la dura persecución a la que os habéis visto sometidos!

    Parcinet, Irolita, Mana y Brigante pudieron asearse, cambiar sus ropas por otras nuevas, que les ajustaban a la perfección, gracias a que los duendes son los más rápidos y mejores sastres del mundo. Y con un aspecto tan espléndido asistieron a un banquete, en el que no faltaron los mejores vegetales, entre los que destacaban los tubérculos. Y mientras la princesa daba cuenta de su menú no pudo callar un comentario elogioso:

    —¡Jamás pude imaginar que estuvieran tan ricas las zanahorias y los rábanos cocinados con una salsa de champiñones! ¿Y qué puede decirse de esta tarta de espárragos y boniatos?

    Durante el tiempo que permanecieron en las entrañas de la tierra, fueron obsequiados con unas expediciones a las cuevas más impresionantes: verdaderas catedrales esculpidas por el agua, la cal y el tiempo, donde las estalactitas y estalagmitas adquirían unas formas inverosímiles. También contemplaron las más extensas vetas de oro, diamantes y otras piedras preciosas. Y se pudieron bañar en ríos subterráneos, cuyas aguas rejuvenecían la piel, provocaban un gran entusiasmo o encendían el amor más sosegado. Lo ideal para las dos parejas de seres humanos.

    Sin embargo, como sucede con todo lo más hermoso, los siete días en el mundo del rey duende del Subsuelo llegaron a su fin muy deprisa. Esto no impidió que los príncipes demostraran su agradecimiento. Para verse en el mismo lugar donde apareció la «trampilla» en el suelo.

    Y al mirar Parcinet su anillo mágico se dio cuenta de que había desaparecido la capa de oro, pues se había fundido con la de plata y cobre. Las únicas protecciones que le quedaban.

    Prosiguieron su camino en dirección al castillo del hada Favorable, donde sabían que estarían a salvo de cualquier peligro. No obstante, en el momento que habían llegado a un valle de tranquilo aspecto, escucharon el estrépito que formaba un ejército armado lanzado al ataque. Volvía a estar mandado por Ormond, el cual marchaba en cabeza llevando la espada en posición de combate.

    Y a pesar de que Parcinet sintiera el deseo de enfrentarse al enemigo, en seguida comprendió que sólo le quedaba el recurso de utilizar el anillo mágico. Giró su parte superior y pidió ayuda para verse libre de la amenaza... ¡Súbitamente, una tromba de agua surgió de la nada, igual que si un dique se hubiera reventado, para formar un río infranqueable entre los cincuenta enemigos armados hasta los dientes y nuestros cuatro amigos!

    En seguida apareció una embarcación bellísima, forjada en plata con la forma de las rosas de los pantanos. Y en lo más alto de la cubierta se hallaba una ninfa de aspecto celestial, a la que acompañaban varios duendes. Estos se encargaron de ayudar a sus protegidos para que saltaran, sin abandonar los caballos. En el acto, todos se sumergieron en las aguas, al mismo tiempo que el rabioso príncipe Ormond y sus esbirros estaban disparando inútilmente flechas y lanzas.

    Poco después, los cuatro fugitivos llegaron a un palacio construido con cascadas de agua solidificada: enormes masas de hielo que no daban frío, pero que mostraban la belleza natural de las cataratas al recibir directamente los rayos del sol, con esos arcos iris que parecen brotar de la espuma. Y el aspecto de la fachada se repetía en el interior, con unas salas que reducían las composiciones y, al mismo tiempo, mostraban distintas variantes en la luminosidad y los colores.

    Los jardines se hallaban repletos de estanques, surtidores y piscinas, en las cuales nadaban sirenas y tritones. Y en la estancia real, toda ella rodeada de corales, la soberana de las Aguas les ofreció unos magníficos lechos de musgo para que descansaran bajo la custodia de una corte de grandes barbos y nutrias de río, pues en aquel reino no eran enemigos al contar con otros tipos de alimentos.

    A la mañana siguiente, cuando Irolita llevaba los más delicados vestidos de las ninfas, fueron muchos los tritones que acudieron a admirar su celestial belleza. Pero sabiendo que su corazón ya tenía un dueño.

    A lo largo de los cinco días que permanecieron allí, fueron regalados con las melodías de las arpas y los órganos acuáticos, que las sirenas de río tocaban como los ángeles. Y en las comidas les fueron servidos los más exquisitos platos de pescado.

    Hasta que, finalmente, en la misma embarcación que los había salvado fueron llevados a la orilla en compañía de sus caballos. Se despidieron de la hermosa ninfa y reanudaron el viaje. Mientras tanto, el príncipe Parcinet se daba cuenta de que el anillo prodigioso había perdido la tercera capa de plata, luego únicamente le quedaba la de cobre.

    —Por fortuna nos encontramos muy cerca del castillo del hada Favorable —comentó sin demasiada seguridad.

    Pareció recuperar la tranquilidad al comprobar que durante tres días no se habían visto bajo ninguna amenaza. Hasta que al amanecer del cuarto, casi con el despuntar de los primeros rayos solares, vieron las amenazadoras siluetas de un grupo de soldados en lo alto de una colina. No necesitaron efectuar más comprobaciones para saber que eran Ormond y sus sanguinarios compinches.

    En esta ocasión habían recibido la orden de atacar de inmediato. Y esto fue lo que hizo el cruel príncipe, queriendo entablar combate con Parcinet. Sin embargo, al comprobar que se aceptaba su desafío, se echó a temblar imaginando que no tardaría en ser derrotado.

    Acudió en su ayuda Irolita, aunque de una forma involuntaria, al pedir a su amado que no luchara. Como estaba llorando al odiar tanto la violencia, consiguió que el duelo quedara sin celebrarse. Y de nuevo la salvación fue solicitada al anillo prodigioso.

    Nada más que el príncipe expresó sus deseos, brotó de la tierra una cortina de llamas que llegó hasta las nubes. De esta manera los dos bandos quedaron separados, hasta el punto de que los malvados debieron retroceder ante la lluvia de chispas y de un calor que materialmente fundía sus armas y a ellos los sometía a unos sudores agobiantes.

    Nuestros cuatro amigos fueron salvados por los duendes del Fuego. Montados en una impresionante salamandra llegaron a un palacio hecho de llamas que no quemaban, pero que se agitaban como si brotaran de una fabulosa hoguera que nunca se apagaba. Allí se encontraban millares de duendecillos y duendecillas vestidos con ropajes rojos.

    Durante los ocho días que los fugitivos permanecieron en aquel universo del Fuego, asistieron a los más fantásticos trabajos que requieren la utilización del calor surgido de las llamas. La fundición del metal para convertirlo en los objetos más hermosos, el soplado del vidrio y tantas otras cosas sorprendentes, como ver a los duendecillos bañarse en ríos de lava de volcán sin que se quemaran.

    Al terminar la nueva etapa de diversión, los cuatro fueron traslados a un prado espléndido. Y al examinar Parcinet su anillo, pudo comprobar que sólo le quedaba el soporte al haber desaparecido las cuatro capas de diferentes metales que lo formaban. En su lugar pudo leer este mensaje:

    Esta especie de reproche dejó claro que el príncipe había sido bastante imprudente, pues en algunos casos pudo solucionar los problemas con otros medios. Pero como nada se conseguía lamentándose, prefirió pensar que se encontraban muy cerca del castillo del hada Favorable.

    Lo peor es que también se hallaban muy cerca Ormond y su ejército. Como no se habían alejado del lugar donde apareció la barrera de fuego, siguiendo los consejos de Dánamo, se lanzó al ataque dispuesto a reducir a los fugitivos.

    Al escuchar el estruendo de los cascos de los caballos, los cuatro amigos se dieron cuenta del peligro que corrían. Y a Parcinet no le quedó más remedio que emplear su espada. Sin embargo, se disculpó ante su amada:

    —Ya sé que tu odias la violencia, amor mío... Debes comprenderlo, demostraría ser un cobarde si no luchara por defender vuestras vidas y la mía. ¡Perdóname!

    Tras estas palabras, atacó con gran heroísmo a los primeros enemigos que pretendieron derribarle del caballo. En seguida los hizo morder el polvo. Sin embargo, al arremeter contra Ormond, el arma se partió en dos...

    ¡Y en aquel momento recordó que se la había regalado la reina Dánamo, luego estaba encantada para romperse en el momento que se utilizara contra uno de sus protegidos más directos! ¡Vaya sarcasmo recordar el lema grabada en aquella espada: «La digna compañera de un vencedor»!

    Esto supuso que fuera hecho prisionero en seguida, a pesar de que intentó combatir con los puños y algunas ramas que encontró en el suelo. Lo peor para tan noble príncipe fue comprobar que eran apresados Irolita y sus dos fieles servidores. Y con lágrimas de ira en los ojos y el alma desgarrada por el dolor, clamó sin importarle que le oyeran los sanguinarios:

    —¡Acude en nuestra ayuda, hada Favorable! ¡Qué mi sola persona baste para calmar la sed de venganza de Dánamo... Pero deja que se salven mis tres inocentes acompañantes! ¡No puedes negarme tu protección por haber sido imprudente al usar el anillo prodigioso!

    Como respuesta a su demanda apareció en el cielo una joven de asombrosa hermosura, la cual le dijo:

    —Debiste usar más tu astucia y valor, en lugar de malgastar los poderes del anillo. Porque te fue entregado para momentos tan dramáticos como éste. ¡No obstante, confía en todos los reyes que has ido conociendo, los cuales son amigos del Imperio de los Silfos, donde gobierna el hada Favorable, pues ni ésta ni ellos abandonan del todo a las gentes de buen corazón como vosotros!

    Y al finalizar su mensaje se desvaneció entre las nubes.

    Como Ormond y sus compinches confiaban más en los encantamientos de la reina Dánamo, de lo único que se preocuparon fue de conducir a los prisioneros hasta el castillo. Lo hicieron obligándoles a caminar durante el día; y cuando desfallecían, sobre todo la nodriza, emplearon el látigo. Esto obligó a que Parcinet y su servidor Brigante debieran turnarse para ayudarla. También los dejaron a pan y agua.

    Al verse ante la tiránica reina, fueron objeto de toda clase de amenazas. Mientras tanto, Ariza intervenía para apoyar cada una de las palabras de su madre:

    —¡Tendréis que aceptar las condiciones que se os imponen: tú, Parcinet, te casarás conmigo, mientras la ingrata Irolita lo hará con el aguerrido Ormond!
    —¡¡¡¡Jamás!!!! —replicaron los dos príncipes.

    Como no hubo forma de que cambiasen de opinión, fueron recluidos en las prisiones del castillo en compañía de sus servidores. Todos los días eran llevados a las cámaras de los tormentos, donde se les sometía al potro y a otras máquinas similares para que consintieran las bodas. Sin embargo, ninguno de ellos cedía aunque estuvieran a punto de descoyuntarles los huesos. Sólo eran rendidos por el dolor y el cansancio físico, hasta que terminaban perdiendo el sentido.

    Una mañana Ariza presenció unos minutos como Parcinet era sometido a tortura. Y quedó tan impresionada, que llorando corrió a suplicar a su madre que le perdonara, pues ella no se iba a oponer al matrimonio de los dos inocentes.

    —¡Cierra tu débil boca, desgraciada! —gritó Dánamo, a punto de saltar sobre su hija para abofetearla—. ¡Tú no puedes perdonar a quien te ha rechazado! ¿Es que no te alimenté con la suficiente hiel de odio y venganza cuando eras una cría? ¡Vete lejos de mis ojos, y deja de herir mis oídos con esas blandenguerías o te partiré la cara, estúpida! ¡Ese obstinado terminará cediendo a todos mis deseos... Porque nadie es tan loco como para morir por amor!

    Sin embargo, tal derroche de crueldades terminó por colmar la paciencia del hada Favorable. Por eso decidió intervenir llegando al castillo de Dánamo. A pesar de ser un hada, al haber empleado tanto tiempo sus poderes en hacer el mal había quedado debilitada...

    ¡Esto supuso que debiera reconocerse inferior frente a Favorable! Así quedaron libres los príncipes y sus dos servidores. Por cierto, cuando los cuatro llegaron a la sala del trono presentaban el aspecto sano y jovial de sus mejores tiempos, gracias a la mágica voluntad de su maravillosa protectora.

    La reina tiránica se mostró tan encolerizada al ver malogrados sus planes que se negó a permanecer ni un segundo más allí donde se estaba materializando la inmensa dicha de los dos enamorados. Y en el mismo instante que Irolita y Parcinet se estrechaban las manos llenos de felicidad, la malvada se arrojaba desde las almenas más altas al foso del castillo formado por el río caudaloso, donde murió ahogada.

    Unas semanas después se celebró la boda de los príncipes enamorados. Todo el pueblo participó en las fiestas. Y cuentan que desde entonces vivieron muy felices, en compañía de su fiel servidor Brigante y de la nodriza Mana. Por cierto, éstos terminaron casándose, para ir a finalizar sus días en una granja que contaba con todas las ventajas, para que no debieran preocuparse de los alimentos y de la diversión. Como formaban una pareja a la que no les asustaba el trabajo fueron dichosos.

    También ha llegado a nuestros oídos que Irolita y Parcinet vivieron más de cien años. Tuvieron tantos hijos y nietos que los contables del reino perdieron la cuenta, sobre todo cuando empezaron a multiplicarse los biznietos, tataranietos, etc.


    Fin