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    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA LLEGADA DE LOS GATOS CUÁNTICOS (Frederik Pohl)

    Publicado el viernes, agosto 07, 2015

    16 de agosto de 1983
    8.20 P.M. Nicky DeSota


    Cuando sonó el zumbador yo tenía una mano en el cambio de marchas, listo para meter la segunda, y la otra asomando por la ventanilla para indicar que iba a girar a la izquierda. Tenía toda la atención concentrada en el guardia de tráfico, que se estaba tomando un tiempo espantosamente largo para dar paso a la circulación procedente de Meacham Road. Mi cabeza estaba llena de intereses hipotecarios revisables, porcentajes, condiciones para préstamos a soldados recién licenciados y además barruntaba si me sería posible o no llevar a nadar a mi chica después de la cena. Era martes y, por lo tanto, un buen día para nadar, porque a veces, las noches entre semana, cuando oscurece, el encargado desvía la vista si alguien se baña sin la pieza de arriba.

    El zumbador hizo pedazos todos esos proyectos.

    Soy incapaz de oír un teléfono y no descolgarlo. Me arriesgué. Saqué la mano del cambio de marchas y descolgué el teléfono.

    —Dominic DeSota al habla —dije, en el preciso instante en que el guardia se acordó de que también había tráfico esperando en Meacham y, con un gesto perentorio, me indicó que girase. Y entonces todo sucedió al mismo tiempo.

    El conductor del tranvía interurbano vio que yo vacilaba, así que empezó a avanzar por el cruce justo cuando yo pisaba el acelerador. La telefonista al otro extremo de la línea dijo algo que parecía chino, o quizás choctaw. No era ninguna de las dos cosas, sencillamente no había hecho correctamente la conexión. Me imagino que ya sabrán de qué humor andan al final de un turno, algo cansadas y lentas de reflejos, limitándose a sintonizar las frecuencias sin preocuparse demasiado, ¿no? No logré entender ni una palabra de lo que dijo. Tampoco es que eso me preocupase demasiado entonces porque, de repente, tuve veinte toneladas en forma de dos vagones de tranvía justo delante mío, demasiado cerca para detenerme. El tranvía no podía girar. Tenía que hacerlo yo. Sólo había un modo de evitar el choque y, desgraciadamente, el guardia de tráfico estaba justo en medio de mi camino.

    No le atropellé.

    Pero el mérito fue más suyo que mío. Me esquivó de un salto, por los pelos. Pasé lo bastante cerca para deslustrarle las botas, pero no le dejé sin dedos de los pies.

    No le culpo por multarme. Yo hubiera hecho lo mismo. O incluso algo peor; tampoco le hubiera culpado si me hubiese encerrado sin más trámites, pero no lo hizo. Se limitó a tenerme clavado ahí durante tres cuartos de hora, aparcado en un recodo de la carretera, delante de la reserva forestal, con todos los motoristas que pasaban alargando el cuello para ver al pobre desgraciado al que estaban multando. Se tomó todo el tiempo necesario. Se acercaba, me pedía el permiso de conducir y lo estudiaba un buen rato. Luego se iba a disolver los atascos de tráfico que se habían formado y se lo pensaba un poco. Luego volvía para pedirme algún otro documento de identidad, mi historial laboral, cuánto tiempo llevaba viviendo en Chicago o para preguntarme cómo podía ser que no estuviese enterado de que se suponía que un coche debía cederle el paso a un tranvía.

    Aprovechando los intervalos, yo seguía intentando enterarme de quién me había llamado. En mí negocio se vive del teléfono; alguien llama porque necesita una hipoteca y, si no le sirves adecuadamente al momento, lo único que tiene que hacer es llamar a cualquier otro. Por otra parte, esa llamada en particular me había parecido un poco preocupante. Pero, claro, era una empresa desesperada. Por supuesto, nunca se pone dos veces la misma operadora cuando usas un teléfono de coche y todas aquellas con las que logré hablar se mostraron de lo más divertidas ante mi rara idea de que no tuviesen nada mejor que hacer que buscar de nuevo entre las llamadas ya transmitidas a los abonados. Y cuando yo seguía insistiendo, se escandalizaban.

    — ¿Tiene usted alguna idea, señor Dominic —me preguntó una—, de todas las listas de llamadas que debo revisar para encontrar la suya?
    —Supongo que un millón, si se dedica a buscarme con un nombre equivocado —dije yo—. No es el señor Dominic. Es el señor DeSota. Dominic DeSota.

    No hubo respuesta a mi estocada verbal.

    —Ni tan siquiera está usted seguro de que la conexión fuese la adecuada —se limitó a contestar, tan indignada como si fuera yo quien hubiese traicionado su confianza al hacer mal las conexiones—. La llamada pudo ser para otro número totalmente distinto.
    —Imagino que no con mi nombre —dije en tono conciliador, pero en esos momentos ya volvía a tener encima al guardia, preguntándome si mis padres habían sido ciudadanos de alguna potencia extranjera o si yo padecía alguna enfermedad contagiosa. Pareció sentirse muy disgustado al ver que estaba hablando por teléfono en vez de consagrar toda mi atención a arrepentirme de mis pecados—. Olvídelo —le dije a la telefonista.

    Acepté mi multa. Le lamí las botas al oficial (metafóricamente). Juré que no volvería a hacerlo nunca (fervorosamente). Conduje a la tímida velocidad de sesenta por hora hasta mi hogar de soltero y deseé que el día hubiese mejorado. No había mejorado y no daba señal alguna de que fuese a hacerlo. Greta no contestaba al teléfono, lo cual quería decir que se había ido de compras o a Dios sabe dónde. Para cuando volviera, la piscina de la Reserva Forestal Mekhtab ibn Bawzi ya estaría cerrada. Tampoco había logrado cerrar el trato de la hipoteca, y ni tan siquiera había vuelto a llamar a los posibles clientes para que no soltasen el cebo.

    Y empecé a preguntarme realmente en serio si a través de la cascada y chillona interferencia de aquella llamada que se había interrumpido a la mitad había oído realmente, como me había parecido, las palabras «al FBI».

    Al principio, yo quería ser agente de propiedades inmobiliarias... bueno, no, para decir la verdad y que se escandalice quien quiera, lo que realmente quería ser al principio era científico. Pero no se puede ganar uno la vida con eso, así que cuando llegué a la universidad ya había empezado a estudiar el negocio inmobiliario.

    Y entonces me desvié y me encontré metido en las hipotecas.

    Si le digo a la gente que la razón de ese cambio fue que los agentes hipotecarios gozan de una vida más interesante que los de la propiedad, se limitan a quedarse callados mirándome. Pero es cierto. Las hipotecas son muy emocionantes. Miren, con ellas uno convierte en realidad los sueños de la gente, y no hay compañía más interesante que la de los soñadores. A veces esos sueños me preocupan un poco, porque algunos de esos soñadores son parejas de recién casados, patéticamente jóvenes; no sé si se dan cuenta de dónde se están metiendo, con unos porcentajes de interés que llegan hasta el cinco y medio y a veces hasta el cinco con ocho décimas. Pero los pagan. Piden prestados miles de dólares, a veces la paga de dos o tres años enteros, para conseguir la casita con las paredes recubiertas de yedra que han visto en sus sueños. Y yo era la persona que les ayudaba a convertir esos sueños en realidad.

    Supongo que hubiera sido mucho más satisfactorio encargarme de los préstamos en algún gran banco. En Chicago eso no sucede, a menos que seas pariente de alguien poderoso, y alguien poderoso, por supuesto, no puede ser un italiano. En el negocio de la banca, ese alguien es un árabe. No es que eso sea muy raro... ¿cuántos bancos hay en Norteamérica que no gocen de respaldo árabe? Ciertamente, no muchos, al menos entre los grandes y prósperos. Así que yo no tenía demasiado futuro trabajando en la banca, pero los árabes no se ocupaban de algunos trabajos en el sector de servicios, como el de agente hipotecario.

    Quizás fuese porque sabían lo que era un agente hipotecario. La mayoría de la gente no lo sabe. Yo era quien entrevistaba a los clientes, les ayudaba a escoger el producto que podían permitirse (o que casi podían permitirse), comprobaba el crédito de que podían disponer y les guiaba a través de toda la preparación de los impresos de solicitud, el logro de avalistas, de los permisos y los variados requisitos necesarios para cualquiera que desee llegar a ser propietario de una casa.

    Es una forma de vivir. Y también es interesante... ya sé que no paro de repetirlo, tal vez para convencerme yo mismo. Greta, mi chica, me lo dice cuando no me lo estoy diciendo yo; ella cree firmemente en el trabajo sólido y en la necesidad de tener unos ahorros en el banco antes de casarse, cosa que vamos a hacer uno de estos días. Será posible gracias a mi trabajo.

    Uno de estos días.

    Mientras tanto, sigue siendo interesante —es, como mínimo, la tercera vez que lo digo— y además me permite disponer de tiempo libre cuando quiero. Y, normalmente, quiero gozar de ese tiempo libre cuando puedo pasarlo con Greta. La compañía tiene la regla de que todos sus vendedores deben pasar al menos cinco horas a la semana «en el despacho...» eso consiste exactamente en estar ahí, en el despacho de la agencia, para atender a los clientes que llamen o se dejen caer casualmente para vernos. Fuera de eso, yo hago mi propio horario. Así que cuando Greta está de viaje (es azafata), mis jornadas son largas. Cuando está libre entre un viaje y otro, intento tener tiempo para pasarlo con ella. Me siento verdaderamente complacido de que tenga ese trabajo... No, eso es mentira. No me gusta. Me preocupan todos los tipos a los que conoce, yendo y viniendo de Chicago a Nueva York, y las noches que se queda a dormir allí. Por supuesto, las Pequeñas Fátimas acompañan a las azafatas, pero siempre se puede eludir a las carabinas. Greta y yo sabemos todo lo que debe saberse sobre ese tema. La verdad es que realmente odio pensar que le estoy enseñando cómo hacerlo en Chicago y que ella está usando todos esos trucos luego con otra persona en Nueva York. Odio pensar en ello.

    Así que intento no hacerlo. Y, al final, logré ir con ella a nadar esa noche. Apenas llegué a casa me quedé en ropa interior, bajé las persianas, cerré las puertas y saqué una botella de cerveza de la alacena secreta que tengo debajo de la escalera. Mientras se enfriaba en la nevera intenté de nuevo enterarme de mi misteriosa llamada telefónica. Naturalmente, para entonces ya no había la menor esperanza. Mi lista de llamadas estaba cerrada bajo horas de acumulación de otras hojas. Pero entonces me senté con mi exquisita botella fría de cerveza, con sus costados perlados de gotitas heladas. Sonó el teléfono. Greta.

    — ¿Nicky, cariño? ¿Estás de humor para un baño de última hora? Lo estaba, claro que sí. Engullí la cerveza tan rápido que sentí crujir los dientes, me puse el traje y cuando llegó ella y se zambulló a mi lado yo llevaba ya un buen rato en el agua.

    A esa hora no había demasiada gente en la piscina, pero cuando saltó del trampolín todos los ojos masculinos se clavaron en ella. Greta es un espectáculo precioso. Mide algo más de metro setenta, es rubia, tiene los ojos verdes y la cintura muy esbelta. Los hombres suelen mirarla mucho. Con traje de baño, incluso con el traje de baño con falditas hasta medio muslo que los vigilantes de nuestra piscina imponen como obligatorio, algunos hombres llegan a quedarse boquiabiertos y con cara de tontos. Lo sé, me ha pasado hasta a mí.

    Nadamos hasta el extremo más oscuro de la piscina para besarnos. Habían apagado las luces para ahorrar electricidad y sólo el pabellón de baños seguía iluminado brillantemente. Nos quedamos inmóviles en el agua —a mí me llegaba hasta el hombro; a Greta, hasta el mentón—, rebotando suavemente sobre los dedos de los pies para no flotar a la deriva, la besé concienzudamente y luego la abracé de nuevo para repetir el beso.

    Ella me lo devolvió. Durante un tiempo bastante largo. Luego se apartó un poco, riendo, y entre los dos pasó una breve extensión de agua fría. Cuando alargué otra vez los brazos hacia ella me dijo:

    —Eh, eh, cariño. Vas a conseguir que me ponga a hervir.
    —Desearía... —dije yo, y ella me interrumpió.
    —Ya sé lo que desearías. Puede que yo también lo quiera, pero no podemos.
    —En esta parte de la piscina no hay nadie...
    —Oh, Nicky, ya sabes que no se trata de eso. ¿Qué pasaría si... bueno, ya sabes, si me pillases?
    —No es muy probable —no hubo respuesta a eso—. Y, de todos modos, siempre se puede hacer algo.
    —No, Nicky querido, no se puede hacer. No, si te refieres a la palabra que empieza con «A». Jamás podría destruir la vida de mi niño. Y, de todos modos, esos sitios son difíciles de encontrar y nunca se sabe si van a matarte o a dejarte lisiada para el resto de tu vida.

    El problema era que tenía razón, y los dos lo sabíamos. No pasaba ni un día sin que alguna incursión policial en casa de algún abortista clandestino acabase con el criminal llevado a rastras por la policía y las pacientes intentando ocultar el rostro ante las cámaras de los noticiarios. Ciertamente, no era eso lo que deseábamos.

    Ahora ya no quedaba casi nadie en la piscina y nadie parecía darse cuenta de que nos estábamos bañando. Greta volvió a acercarse y no se resistió cuando la besé de nuevo.

    — ¿Nicky? —me susurró al oído.
    — ¿Qué, cariño?

    Una leve risita y luego un murmullo tan apagado que apenas si logré oír sus palabras. — ¿Y si nos quitamos la parte superior ahora?

    Miré a nuestro alrededor. Aparte de un par de hombres ya mayores con traje de baño y albornoz que estaban terminando una partida de damas, la única persona que quedaba en el área de la piscina era el encargado. Estaba leyendo un periódico debajo del letrero luminoso de la salida.

    — ¿Por qué no? —dije. Bajé la mano y muy, muy lentamente, abrí la cremallera de la parte superior de mi traje de baño.

    Recuerden que bañarse sin la parte superior no es realmente ningún gran crimen. En el código ciudadano está calificado como una falta de Clase 3... lo cual quiere decir que nunca te arrestan por ello; se limitan a imponerte una multa, como por aparcar en sitio prohibido. La multa no es nunca superior a cinco o diez dólares y los jueces prácticamente jamás dictan sentencia de prisión. Muy a menudo, cuando un hombre se baña sin la parte superior del traje, se limitan a soltarle con una advertencia, si es la primera vez que comete esa falta.

    Por lo tanto, no esperaba lo que sucedió.

    No esperaba que todas las luces de la piscina se encendieran de pronto. Los jugadores de damas lanzaron un chillido de sorpresa cuando alguien pasó corriendo entre ellos, lanzando el tablero por los aires. Esa fue sólo una de las personas que salieron de la nada: había otras corriendo hacia nosotros desde todas las direcciones... del vestuario de hombres y del de mujeres, incluso desde detrás de la valla; y todas convergían en mí. Dos hombretones saltaron sin vacilar al interior de la piscina, aún vestidos, para cogerme y hacerme salir a la fuerza.

    Greta se quedó mirándolo todo, atónita, con el agua hasta la barbilla... Estaba aterrada y no entendía nada, y no es que yo estuviera mucho mejor.

    El mundo empezó a girar, y no dejó de hacerlo hasta que me tuvieron echado de bruces sobre el capó de un coche aparcado junto a la valla de la piscina. El metal estaba caliente; el coche acababa de llegar y parecía que lo habían conducido a buena velocidad. Me hicieron separar ampliamente los pies mientras la mano de un policía nada delicado exploraba el húmedo trasero de mi traje de baño... ¿buscaría acaso armas, por el amor de Dios? Había dos coches más, con los faros encendidos hacia mí y, como mínimo, media docena de hombres... y también ellos me apuntaban; yo era el centro de todo.

    Y sólo se me ocurrió decir:

    — ¡Oigan! ¡No he hecho más que quitarme la maldita pieza superior del traje de baño!


    ¡Las singularidades iban aumentando... las preguntas sin respuesta!

    ¿Por qué empezaban repentinamente los habitantes de Los Ángeles a quejarse de que su agradable atmósfera perfumada por los naranjos estaba siendo invadida por ráfagas de gas venenoso?

    ¿Qué impulsaba a veinte mil pacíficos súbditos del zar a desfilar de pronto por las calles de Kiev cantando a voz en grito eslóganes revolucionarios?

    ¿Por qué se admitía en las instituciones mentales a tantas personas con diagnóstico de esquizofrenia paranoica, cuyo síntoma principal y característico era la aterrada convicción de que estaban siendo observados por ojos invisibles?

    ¿Por qué, de repente, las cosas eran tan extrañas?


    17 de agosto de 1983
    1.18 A.M. Nicky DeSota


    He tomado la autovía Daley para ir a la ciudad más de mil veces. Pero ninguna había sido como ésta. Nunca con sirenas sonando a todo meter y luces giratorias destellando sobre el techo de un gran Cadillac. A aquella hora de la madrugada no había muchos coches, pero los pocos que había no tardaban en apartarse de nuestro camino en cuanto veían las luces intermitentes del coche patrulla del Departamento de Policía de Chicago que nos abría paso. Hicimos el camino en veintiún minutos. Más rápido que el tren; pero fueron los veintiún minutos más largos de toda mi vida.

    Nadie me explicaba nada.

    — ¿Por qué me arrestan?
    —Silencio, Dominic.
    — ¿Qué he hecho?
    —Ya se enterará.
    — ¿No pueden decirme nada al respecto?
    —Oye, hijito, por última vez: cállate. El inspector Christophe te dirá todo lo que quieras saber... y puede que incluso más.

    Me había llamado «hijito». Quien lo había hecho era el gorila que tenía sentado a mi derecha, aún mojado porque se había metido en la piscina para cogerme, y como mínimo dos años más joven que yo. Pero había una gran diferencia entre nosotros. Yo era el prisionero y él era quien conocía las respuestas que no estaba dispuesto a darme.

    No había ningún letrero en el edificio de oficinas de Wabash, pero el vigilante nocturno nos dejó entrar de inmediato. Tampoco lo había en la puerta de la suite del piso número veinte. No había nadie en la antesala de la suite. Y todos seguían sin decirme nada pero, al menos, una de mis preguntas obtuvo respuesta. Vi el retrato que había en la pared, encima del escritorio de la recepcionista, y reconocí de inmediato aquel rostro de expresión beatífica... cualquiera habría reconocido aquella expresión, inflexible como la de una tortuga a punto de morder y decidida como un alud.

    J. Edgar Hoover.

    Al fin y al cabo, no había entendido tan mal la llamada telefónica. Estaba en manos del FBI.

    Realmente, ignoro si uno ve pasar ante sí toda su vida, en un relámpago, cuando se está ahogando. Lo que sé es que durante los escasos minutos que siguieron revisé todos los actos punibles que había cometido. No sólo bañarme sin la pieza superior del traje o haber estado a punto de cargarme a un guardia de tráfico, sino remontándome mucho más atrás. Empecé por aquella vez que me oriné en la pared trasera de la iglesia presbiteriana del Monte de los Olivos, en Arlington Heights, cuando, a los nueve años, me encontré algo apurado de camino a la escuela dominical. Repasé la vez que había copiado en el examen de entrada a la universidad y la declaración falsa que había redactado con las pérdidas sufridas en el incendio de mi cuarto... la cama y el colchón de muelles que incluí en la lista no eran míos, sino de mi amigo de Alpha Kappa Nu. Incluso me acordé de algo que había censurado hasta echar fuera de mi mente consciente, la única vez que estuve realmente cerca de tener serios problemas con los árabes. No era un recuerdo del que sentirse muy orgulloso. Yo y mi compañero y amigo de la universidad, Tim Karasueritis, nos habíamos bebido tres botellas de cerveza ilegal, haciendo prácticas para convertirnos en hombres adultos. No tuve suficiente con vomitar. Lo que puso las cosas realmente mal fue que lo hice en la esquina de Randolph y Wacker, delante de la mezquita más grande y ostentosa de toda Chicagolandia. Y cuando lo había echado ya todo encima de la acera, le tocó el turno a Tim. Mientras le sostenía la cabeza junto al bordillo, se me ocurrió alzar la vista y me encontré a un hajji, con barba blanca y turbante verde, que nos contemplaba con ojos furiosos y acusadores. ¡Mal asunto! Pensé que nos habíamos caído con todo el equipo, pero supongo que incluso los hajjis árabes tienen hijos adolescentes. No dijo ni una palabra. Se limitó a quedarse mirándonos fijamente durante un larguísimo, largo instante y luego se dio la vuelta para entrar en la mezquita. Quizás volviese a salir de ella con el equivalente árabe de la policía, pero antes de que eso pudiese ocurrir ya hacía mucho rato que nos habíamos largado, corriendo cuando podíamos hacerlo y tambaleándonos cuando no podíamos hacer otra cosa.

    Ah, realmente revisé hasta lo más profundo de mi ser. Rebusqué hasta hallar todo recuerdo punible, digno de reprensión o meramente de mal gusto, sin encontrar ninguno susceptible de justificar que el FBI anduviese a mi caza a aquellas horas de la noche.

    Diez minutos después, reuní el valor suficiente para decidirme a comunicarle tal hecho a otra persona. Pero no había nadie a quien decírselo. Me habían hecho sentar en un pequeño cuarto casi desprovisto de mobiliario. Acuérdense de que por único atuendo llevaba mi traje de baño. Claro, hacía bastante rato que se había secado, pero en algún lugar de las oficinas había ventanas abiertas y las frías brisas del lago Michigan entraban por debajo de la puerta... puerta que, como descubrí cuando mi valor llegó al nivel necesario para examinarla, estaba cerrada.

    Por raro que parezca, habían insistido en registrarme a pesar de lo escaso de mi vestimenta. No pensaban correr el riesgo de que llevase un arma, imaginé, ya fuese para atacarles o (quizás en un paroxismo de arrepentimiento ante la enormidad de mis crímenes, cualesquiera que éstos fueran) para suicidarme y echar a perder así los planes que me tenían reservados.

    Por desgracia, no se me ocurría nada en mi pasado por lo que valiese la pena matar. Ignorar la razón de mi arresto era bastante molesto pero no podía hacer nada al respecto: no sólo la puerta estaba cerrada sino que en el cuartito había muy pocos objetos con los que intentar nada. Había un altavoz en lo alto de una pared, cubierto por una rejilla, y de él salía música... básicamente violines; música de melenudos. Había un escritorio con la superficie totalmente vacía, y me era imposible saber lo que podrían contener sus cajones. Cuando reuní el coraje necesario para tirar de uno de ellos como quien no quiere la cosa, resultó estar tan cerrado como la puerta. Detrás del escritorio había una silla giratoria con el respaldo acolchado y, delante del escritorio, otra silla de madera con el respaldo recto. No había nadie presente para decirme en cuál debía sentarme pero, de todos modos, escogí la de madera. Me senté, rodeándome con los brazos para resguardarme algo del frío, y empecé a pensar.

    Y entonces, sin previo aviso, el inspector Christophe entró en el cuartito.

    El inspector Christophe era una mujer.


    Nyla Christophe no fue la única persona que atravesó el umbral, pero no había duda sobre quién era quién. El jefe era ella. Los que la acompañaban, dos hombres y una mujer regordeta de mediana edad, lo demostraban hasta en el más leve de sus movimientos. Tardé un poco en superar mi sorpresa. Naturalmente, todo el mundo sabía que el FBI había empezado a reclutar mujeres hacía ya cierto tiempo. Pero nadie esperaba ver a una de ellas. Eran como las taxistas o las doctoras; sabías que existían porque cuando una visitaba algún sitio salía luego en los noticiarios cinematográficos y la veías la siguiente vez que ibas al cine. Por supuesto que eso no podía ocurrir con las agentes del FBI. Ninguna historia de interés humano y personal sobre una agente del FBI aparecería jamás como una atracción principal del noticiario cinematográfico semanal. Cualquier operador de cine que intentase conseguirla se encontraría metido en serios apuros... Probablemente se le acusaría de algo así como poner temerariamente en peligro a un funcionario del gobierno, exponiéndole con ello a una posible represalia criminal. Y acabaría en una sala de interrogatorios temiendo por su vida. Algo muy parecido a mi propia situación. En cualquier caso, ahí estaba. Primero un hombretón abrió la puerta y luego entró la inspectora Christophe, seguida de la señora gorda y de otro hombretón que cerró la puerta. Al entrar me lanzó una mirada algo distraída: oh, sí, ahí está justo el mueble que le faltaba a esta habitación. Le devolví la mirada y estoy seguro de que con mucho más interés. Nyla Christophe era una mujer atractiva en su tipo, y ese tipo resultaba ser el atlético, dotado de huesos grandes. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y tenía los ojos de color azul claro. Al andar mantenía las manos detrás de la espalda, al estilo de un almirante inglés de la era de los veleros. Daba órdenes igual que un almirante.

    —Atadle —a los hombretones silenciosos. Y a la dama regordeta que se había instalado jadeante tras el escritorio con un cuaderno de taquigrafía en la mano—. Escriba. Diecisiete de agosto de 1983. Inspectora N. Christophe dirigiendo el interrogatorio de Dominic DeSota. No se complique las cosas, DeSota —finalmente, a mí—. Limítese a contarnos la verdad, responda a todas las preguntas y habremos terminado en veinte minutos. Primero, jure.

    Mala cosa. Si lo primero que hacían era ponerme bajo juramento, eso quería decir que iban muy en serio. Lo que iba a decirles no sería meramente información recibida durante la investigación: sería una prueba. La taquígrafa se puso en pie y me alargó los libros, pronunciando con voz asmática las palabras para que yo las fuese repitiendo después de ella. Extendí la mano, cubriendo a la vez la Biblia y el Corán —el meñique en una, el pulgar sobre la encuadernación del otro— y juré decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, así me ayudase a ello Dios el Compasivo, el que Todo lo Ve, el Vengador.

    —Estupendo, Dominic —dijo Christophe, en tanto que los hombretones volvían a atarme la mano derecha. Le echó un vistazo a su reloj, como si realmente pensase que podíamos salir de allí en sólo veinte minutos—.Y ahora, dígame simplemente por qué intentaba entrar en Daleylab.

    Me quedé mirándola con ojos como platos.

    — ¿Intentar qué?
    —Entrar en Daleylab —dijo con voz llena de paciencia—. ¿Qué andaba buscando?
    —No sé de qué me habla —contesté.

    No era la respuesta que la inspectora Christophe deseaba escuchar. —Oh, Dominic, mierda —dijo malhumorada—. Tenía la esperanza de que fuese usted a mostrar un poco de inteligencia en este asunto. ¿Pretende acaso hacerme creer que nunca ha oído hablar de Daleylab?

    —Naturalmente que no pretendo eso —todo el mundo sabía qué era Daleylab... o, al menos, sabía que era una especie de centro de investigaciones militares del más alto secreto, al suroeste de Chicago. Había pasado cerca de ahí en coche docenas de veces—. Pero, señorita Christophe...
    —Inspectora Christophe...
    —Inspectora Christophe, realmente no sé a qué se refiere. Nunca he estado en Daleylab y, ciertamente, no he intentado entrar ahí.
    —Oh, dulce Fátima —dijo con un gemido, juntando las manos por primera vez.

    Me llevé una sorpresa. La inspectora Christophe hubiera tenido problemas a la hora de prestar juramento, de habérselo pedido alguien: no tenía pulgares.

    Naturalmente, no era tan raro ver a gente sin pulgares. Era una sentencia típica para los ladrones reincidentes, los carteristas o, a veces, los culpables de adulterio o de homicidio causado con un vehículo. Pero me pareció de lo más extraño toparme con una inspectora del FBI sin pulgares. Me costó cierto esfuerzo quitarme de la mente la falta de pulgares de Nyla Christophe, pero las cuerdas me estaban empezando a segar la piel de los brazos.

    —Inspectora Christophe —dije, casi con indignación—, no sé de dónde ha sacado esa idea pero, sencillamente, es ridícula. No he estado en las cercanías de Daleylab desde hace un mes, o incluso más tiempo.

    Ella miró a los dos forzudos y luego me miró a mí.

    —No ha estado —repitió con tono pensativo.
    —No he estado allí —dije yo con firmeza.
    —No ha estado allí —repitió como un eco. Y extendió la mano.

    Uno de los forzudos puso en ella una carpeta. Lo primero que había en su interior era una foto. La examinó para asegurarse de que no estuviese al revés y luego la sostuvo ante mí para que pudiese verla claramente. Era la foto de un hombre ante la puerta de un edificio.

    El hombre era yo.

    Era yo, pero vestido con un traje que nunca había tenido, una especie de mono de una sola pieza, del tipo que Winston Churchill había hecho famoso en la Segunda Guerra Mundial. Pero, ciertamente, era yo.

    —Esta foto fue tomada —dijo Christophe con voz inexpresiva— por las cámaras de vigilancia de Daleylab anteayer por la noche. Al igual que estas otras —las fue pasando rápidamente. No todas habían sido tomadas con la misma cámara, ya que el fondo difería de la primera, pero el rostro familiar y las ropas extrañas eran siempre iguales— Y éstas —añadió, sacando de la carpeta una tarjeta alargada—, son sus huellas digitales registradas en el documento de identidad de la universidad del Noroeste. Las de abajo las encontramos en el laboratorio. Sólo había cuatro huellas debajo de las diez que figuraban en la primera línea de la tarjeta... todas las que habían podido encontrar, supuse. Pero incluso un profano era capaz de ver que los curvos y espirales del pulgar y del dedo medio de la mano derecha, así como los índices de ambas manos, se parecían mucho a las huellas usadas como referencia en la parte de arriba.
    — ¡Pero esto no es verdad! —gimoteé.
    — ¿Piensa seguir manteniendo su historia? —preguntó Christophe con incredulidad. — ¡Tengo que hacerlo! ¡No estaba allí! ¡Yo no lo hice!
    —Oh, Dominic, infiernos —suspiró—. Creía que tendría más sentido común —entrelazó sus manos sin pulgares y clavó los ojos en el suelo. No hizo ninguna señal a sus ayudantes. No hacía falta. Sabían lo que venía a continuación y, cuando avanzaron hacia mí, yo también lo supe.


    No me golpearon mucho. Imagino que conocerán las historias sobre cómo tratan a los sospechosos: atendiéndome a ellas, casi no me pusieron la mano encima Por otra parte, creo que no todo son historias, porque una vez le arreglé una hipoteca al propietario de un bar que fue luego arrestado bajo sospecha de vender bebidas alcohólicas de grado alto a una persona menor de treinta y cinco años. Después de eso ya no le hizo falta ninguna hipoteca. Lo que su viuda me contó con un hilillo de voz acerca del estado de su cuerpo cuando lo devolvieron para el entierro bastaría para revolverles el estómago.

    A mí no me pasó nada parecido.

    Me dieron una buena tanda de bofetadas. Duele, claro. Duele el doble cuando estás atado porque no puedes devolver el golpe (bueno, tampoco es que fueras a hacerlo, al menos si sabes lo que te conviene) y ni tan siquiera puedes intentar recibir algún golpe en el brazo en vez de en la cabeza. Bastante antes de que acabasen ya me zumbaban los oídos, pero todos los golpes fueron con la mano abierta, no me hicieron morados ni me desgarraron la piel y hacían una pausa más o menos cada cinco minutos para que la inspectora Christophe pudiera reanudar el interrogatorio.

    —El de las fotos es usted, ¿verdad, Dominic?
    — ¿Cómo puedo saberlo? Se... ¡aay...! se parece un poco a mí.
    — ¿Y las huellas dactilares?
    —No sé nada sobre huellas dactilares.
    —Oh, diablos, seguid, muchachos.

    Al cabo de un rato se hartaron de mi cara. O quizás se dieron cuenta de que estaba empezando a costarme oír a Christophe; fuese lo que fuese, empezaron a darme puñetazos en el estómago y golpes en la espalda. Como seguía llevando sólo el traje de baño, carecía de protección. Dolía. Pero el golpearme en la espalda debía de hacer que a ellos también les doliesen las manos, porque no lo hacían con tanto entusiasmo. Las pausas se hicieron más frecuentes.

    — ¿Quiere cambiar de opinión, Dominic?
    — ¡Maldita sea, no hay nada que cambiar!

    Y luego volvieron a concentrarse en el estómago. Eso sí dolía. Me quedé sin aliento, medio doblado y apenas era capaz de oír lo que decía la inspectora Christophe.

    Y estuve a punto de no enterarme cuando dijo:

    —Maldito chalado, ¿sigue negando que estaba en Daleylab el trece de agosto, sábado? Jadeé, sorprendido. —Espere un momento... —naturalmente, no esperaron; se limitaron a seguir intentando conectar buenos directos en mi encogido estómago—. No, por favor —supliqué, y Christophe les detuvo. Tuve que aspirar hondo un par de veces y logré hablar, finalmente—. ¿Quiere decir el sábado pasado? ¿El trece?
    —Correcto, Dominic. Cuando le cogieron en Daleylab.

    Me senté un poco más erguido. —Pero eso es imposible, inspectora Christophe —dije—, porque el sábado pasado estuve en Nueva York; había ido a pasar el fin de semana. Mi prometida estaba allí. Ella lo atestiguará. ¡De verdad, inspectora Christophe! ¡No sé quién era pero no podía ser yo!

    Bueno, no fue tan fácil. Tardaron un buen par de golpes después de eso hasta quedar convencidos... o no exactamente convencidos pero, al menos, algo confusos. Sacaron de la cama a Greta para confirmar mi historia y ella les dijo que toda la tripulación se acordaría de mí, y les hicieron ponerse a todos al teléfono. Efectivamente, se acordaban. No acompaño muy a menudo a Greta en sus viajes a Nueva York y no tenían ninguna duda sobre la fecha.

    Me desataron y me dejaron poner en pie. Uno de ellos hasta me prestó una gabardina para que me la pusiese por encima del traje de baño y pudiera irme a casa bajo la brillante luz del amanecer. Pero no estaban de muy buen humor. La inspectora Christophe no volvió a hablarme y se limitó a inclinar la cabeza sobre la carpeta, mordiéndose con furia los labios. Uno de los que me golpearon fue quien me indicó que podía irme.

    —Pero no muy lejos, DeSota. Nada de viajes a Nueva York, ¿entiende? Limítese a quedarse allí donde podamos encontrarle cuando queramos. —Pero si he probado que era inocente.
    —DeSota —gruñó—, no ha probado nada. Tenemos todas las pruebas que necesitamos. Fotos de vigilancia, huellas dactilares. Podríamos meterle a la sombra cien años con sólo eso.
    —Excepto por el hecho de que yo no estuve ahí —dije, y no añadí nada más porque Nyla Christophe había alzado los ojos de su carpeta y me contemplaba fijamente.

    Hubiera sido un mero acto de decencia por su parte llevarme a casa, pero no me pareció que valiese la pena quedarme por ahí a pedírselo. Encontré un taxista que me llevó y se esperó mientras yo entraba en casa a coger mi cartera para pagarle. Doce dólares. La paga de un día. Pero nunca he pagado con más alegría una factura.


    El jefe de inspectores William Brzolyak, después de entrar en su propia comisaría local con una automática del 45 en la mano, explicó que había matado a tiros a su mujer y a sus cinco hijos porque le vigilaban a sus espaldas. «Tendrían que haberme dejado en paz», declaró a los reporteros.

    Los bañistas de las playas del South Side se quejaron de la presencia de bolas de una materia grasienta de un color marrón oscuro que flotaban en las aguas del lago y que, aparte de hacer desagradable la natación, constituían un posible riesgo para la salud.

    La tormenta de verano que dejó caer unos quince centímetros de lluvia sobre los suburbios de Nueva York durante un período de cuatro horas fue descrita por los portavoces de la Oficina Meteorológica de los EE. UU. como «una rareza meteorológica». No estaba asociada a ningún sistema frontal o área de baja presión identificados. Sólo en los condados de Queens y Richmond, se estimaron daños materiales por varios millones de dólares.


    18 de agosto de 1983
    11.15 A.M. Nicky DeSota


    Un día después, el asunto ya no parecía tan grave.

    —Fue sólo una confusión de identidad —le aseguré a Greta cuando llamó para despedirse, ya que se iba otra vez de viaje a Nueva York.
    — ¿Incluso las huellas dactilares?
    —Venga, Greta... —dije mirando alternativamente a mi jefe, que me devolvió la mirada con expresión meditabunda, y al reloj que tenía detrás, el cual me decía que sólo me quedaban dos horas antes de comparecer ante el tribunal encargado de los juicios por circulación—. ¡Tú sabes dónde estuve esa noche!
    —Claro que lo sé —dijo suspirando, con un tono de voz como si ya no estuviese muy segura. Supuse que ésos eran los efectos del interrogatorio del FBI. La oí bostezar—. Por el amor de Dios —dijo disculpándose—, espero que no me encuentre así durante el viaje. Ha habido tanto ruido esta noche...
    — ¿Qué ruido? —no me había enterado de nada, pero la verdad es que eso suele ocurrir cuando estoy dormido.
    —Esa especie de rugido, ¿no lo oíste? ¿Algo parecido a un trueno? Aunque no hubo ningún trueno... Perdona —añadió, y pude oír que decía algo, tapando con la mano el auricular. Luego siguió hablando—. Lo siento, cariño, pero están empezando a embarcar. Tengo que marcharme. Te veré dentro de un par de días...
    —Te quiero —dije, pero estaba hablando con un teléfono colgado. Lo que es más, el señor Ruppert avanzaba hacia mí, así que me apresuré a continuar, dirigiéndome al silencioso auricular—: ¡Ojalá tuviese una docena más de clientes como usted! Cuídese, y ya le volveré a llamar cuando tenga las cuotas.

    Colgué y me quedé mirándole con cara de estúpido, para inclinarme de nuevo a toda prisa sobre los papeles que cubrían mi escritorio. Siempre guardo un montón de papeles listos para los días del despacho. Sin embargo esta vez se trataba de auténtico trabajo, cuotas que debía preparar para clientes de seis municipios distintos. Dado que cada municipio tenía sus propios códigos de incendio y seguridad (y, por lo tanto, sus propias pólizas de seguro) y dado que, después de todo, cada cliente difería en lo tocante a sus capacidades de crédito y de pago, tuve que estar dos horas largas dándole a la calculadora. Había esperado comer bien de camino a Barrington, pero tuve que conformarme con un perrito caliente y una cerveza en un restaurante situado junto a la autopista. Llegué dos minutos antes de las 13.30, lo cual significaba que llegaba tarde. Pero no demasiado. El juez ni siquiera había aparecido y, probablemente, no lo haría hasta como mínimo un cuarto de hora después... ésas eran las ventajas de ser juez. Pero todos los demás llevaban allí el tiempo suficiente como para haber entregado su multa, haber hecho su alegato y haber conseguido un número. Conseguí el mío. Para esa sesión habían convocado a cuarenta y dos personas. Yo era el número cuarenta y dos. Tomé asiento en la parte de atrás, intentando hacer cálculos. Número cuarenta y dos... Digamos, siendo muy optimista, un promedio de minuto y medio por caso. Eso significaba que el juez llegaría al mío al cabo de una hora y algo más. De todos modos, me dije para tranquilizarme, no estaba tan mal el asunto, dado que tenía un maletín lleno de informes de crédito por comprobar. Podía seguir sentado ahí, en la última fila, y adelantar un poco mi trabajo.

    Abrí el maletín, saqué la primera media docena de carpetas y eché un vistazo a los alrededores, moderadamente satisfecho con mi suerte. Para alguien que no hubiese estado nunca antes en un tribunal de tráfico, era interesante. El atril del juez parecía de juguete y estaba flanqueado por dos banderas. La de la izquierda era el viejo estandarte de las barras y las estrellas, con las cuarenta y ocho estrellas brillando sobre fondo azul; a la derecha, la bandera blanca de Illinois. Entre las dos...

    Entre las dos había un letrero en la pared. Decía:

    PROHIBIDO FUMAR
    PROHIBIDO COMER
    PROHIBIDO BEBER
    PROHIBIDO LEER
    PROHIBIDO ESCRIBIR
    PROHIBIDO DORMIR


    O sea que la tarde no iba a ser tan productiva como había creído.

    Hice la prueba de abrir el maletín encima de mi regazo, pero la prueba dio negativo. Un tipo ya mayor y entrado en carnes, con el uniforme del Departamento de Policía de Barrington, se acercó por el pasillo para ver qué hacía. Parecía no haber regla alguna en contra de tener materiales de lectura o de escritura encima del regazo; no me dijo que los guardara. Pero era fácil ver que estaba esperando a saltarme encima... el más pequeño garabato, la más mínima palabra leída con el rabillo del ojo y ¡pum!

    Le dirigí una sonrisa conciliadora y me volví hacia el ciudadano que estaba sentado dos asientos más allá.

    —Hace calor, ¿verdad? —le pregunté—. Podrían poner en marcha los ventiladores...
    —Los ventiladores no funcionan —eso fue todo lo que dijo. No había ninguna regla que prohibiese hablar, pero no parecía dispuesto a correr riesgos.

    Una voz, detrás de mí, me lo explicó:

    —Funcionan, pero las facturas de electricidad del tribunal están subiendo demasiado... —Me di la vuelta y vi a un joven vestido con elegancia que me sonreía; llevaba chaqueta y pantalones blancos y, junto a él, en un asiento vacío, había un sombrero blanco de panamá. Un vestuario de lo más deslumbrante, pensé—. Pero cuesta seguir despierto, ¿no? —añadió—. Especialmente con ese ruido que no deja dormir por las noches.

    Otra vez lo del ruido. Volví a decir que yo no había oído nada y tanto él como el otro ocupante de mi fila se mostraron dispuestos a darme más detalles. Como si viniera del cielo, ¿sabe? No, no es como un aeroplano... con un aeroplano se pueden oír los motores; esto no era un motor, parecía más un rugido... aunque, sí, puestos a pensarlo, parecía venir de cerca del aeropuerto. ¿Midway? No, Midway no... ese pequeño campo privado de aviación que hay hacia el noroeste, Oíd Orchard, así lo llaman, aunque algunos deseaban cambiar el nombre por el de O'Hare. Y, ¡amigo!, ese ruido era realmente algo extraño. En eso todos estaban de acuerdo (todos excepto yo, que no tenía gran cosa que aportar al asunto salvo mis oídos) y probablemente podríamos haber seguido hablando media hora más sobre el tema si el ujier no hubiese exclamado en voz alta:

    —Su Señoría Timothy P. Magrahan. ¡Pónganse todos en pie!

    Y todos nos pusimos en pie. Su Señoría entró en la sala del tribunal, sudando bajo sus negras ropas judiciales de un dólar noventa y ocho, contemplándonos como un actor que cuenta, sin demasiado placer, lo escaso de su auditorio. Cuando se nos permitió sentarnos de nuevo, lanzó un suspiro y nos soltó un breve discurso:

    —Damas y caballeros, la mayor parte de ustedes se encuentran hoy aquí por haber sido acusados de cometer faltas de circulación. Bueno, no sé qué tal se sentirán ustedes, pero, en mi opinión, esto es algo que hay que tomar en serio. Una falta de circulación no es una cosa sin importancia de la que no deba uno preocuparse. Ni mucho menos... Una infracción del código es una agresión contra el propio hecho de conducir. Y esa agresión es una falta contra la buena gente que nos permite conducir... nuestros amigos de Oriente Medio, incluyendo al propio Mekhtab ibn Bawzi. Una falta contra nuestros amigos de Oriente Medio es una falta contra los principios de tolerancia religiosa y amistad democrática entre los pueblos...

    No me sorprendí demasiado cuando mi atildado vecino me comentó en un susurro al oído que el juez Magrahan se presentaba en noviembre a la reelección. Cuando el juez llegó al punto en que nos hablaba de la ofensa contra el Corán entendida como una ofensa a la religión en general, incluyendo nuestras propias particularidades judeo-cristianas, empecé a darme cuenta de que aquella multa de tráfico podía ser algo serio. Mi única esperanza de salir bien librado hubiera sido que el oficial que me había denunciado no se hubiese presentado ante el tribunal. Y no era así. Había un banquillo en un lado de la sala y entre los cinco o seis hombres sentados en él (un par con uniforme de la policía del estado, los demás procedentes de varios municipios) se encontraba mi buen amigo de Meacham Road. También él sabía que yo estaba allí. No me sonrió ni me hizo ningún gesto, pero de vez en cuando sentía sus ojos clavados en mí.

    En el primer caso compareció ante el tribunal una mujer joven de aspecto asustado, con un bebé en un cochecito: más de cien kilómetros por hora en una zona con límite máximo en los noventa. Multa de veinticinco dólares y seis meses de suspensión del permiso de conducir. El segundo caso fue peor: conducción bajo la influencia del alcohol, tercera falta, junto con imprudencia temeraria y hacer caso omiso de las señales que indicaban la obligación de parar. Era un hombre que no tendría más de veinte años y no logró abandonar la sala por sus propios medios. Uno de los oficiales se lo llevó esposado para que esperase la sentencia y, al irse, pude ver cómo se contemplaba meditabundo los pulgares, como si no esperase conservarlos durante mucho tiempo.

    Me erguí en mi asiento y dejé el maletín en el suelo. La mayor parte de los presentes en la sala estaban haciendo lo mismo. Parecía que el juez Magrahan ya había decidido su estrategia política: perder votos entre la gente a la que había sentenciado le costaría menos de lo que iba a ganar construyéndose una reputación como intrépido en pro de la seguridad viaria.

    Pensé que también debía considerarse el hecho de que la mayor parte de los que esperaban ser juzgados procedían, como yo, de otros municipios y, por lo tanto, carecían de interés para el recuento de votos del juez.

    Así que permanecí sentado durante media hora, viendo cómo el juez impartía justicia a sus súbditos, uno por uno. Decidí que éste no era mi mes. La inspectora

    Nyla Christophe ya había sido bastante mala pero, al menos, había sido capaz de quitármela de encima. Con este juez no tenía ni la menor esperanza. Vi cómo mi conocido del traje blanco vagabundeaba por la sala del tribunal como un amigo de la familia en una fiesta campestre, deteniéndose para hablar con uno y otro de vez en cuando. Empecé a fijarme más en él cuando se agachó para decirle algo al oído del policía que me había multado. Cuando el policía me miró, meneando la cabeza, me senté aún más recto. Cuando unos dos minutos después los dos salieron juntos de la sala, aún hablando, estuve a punto de ponerme en pie para seguirles; pero el ujier que tan concienzudamente me había estado vigilando mientras abrí el maletín estaba al extremo de mi fila, observándome con aire dubitativo. Me quedé sentado, aunque sólo durante un rato. Cuando, unos minutos más tarde, la curiosidad venció a la cautela ya era demasiado tarde.

    — ¿El lavabo de caballeros? —le musité al ujier; y él hizo un gesto de asentimiento. Me dirigí hacia donde había señalado; ni el policía ni el hombre de blanco estaban a la vista.

    Y cuando, media hora después, el secretario del tribunal pronunció al fin mi nombre, el juez conferenció en voz baja con otro ujier y luego me miró frunciendo el ceño.

    —Señor DeSota —dijo—, el oficial que le multó ha sido convocado para cumplir una tarea policial urgente y no puede testificar en su contra. Por lo tanto, y cumpliendo la ley, no tengo más opción que dejar los cargos sin efecto. Es usted un hombre libre, señor DeSota, y me permito añadir que un hombre muy afortunado.

    Estuve totalmente de acuerdo.

    Estaba tan contento por haberme librado del embrollo, que no me enteré de que el zumbador estaba sonando hasta cuando ya me hallaba a medio camino de casa. Me detuve en una gasolinera y mientras mi depósito se llenaba de gasolina super llamé al centro de mensajes. Esta vez habían hecho la conexión con toda exactitud y la telefonista tenía anotadas todas y cada una de las palabras del mensaje. Por lo tanto, en esta ocasión fue el mensaje en sí lo que me dejó totalmente atónito. Pronunciado sílaba a sílaba, con mucho cuidado, decía:

    —No necesita saber mi nombre, ni tampoco la razón de que me importe lo que le suceda, ni cómo sé quién es usted ni nada por el estilo. Pero si quiere que le ayuden con la dama sin pulgares, tómese un bocadillo de atún y lechuga en la cafetería Carson, en Pirie, Scott, esta tarde a las seis.
    — ¿Eso es todo? —pregunté.
    —Sí, señor —dijo la telefonista, toda mieles y competencia profesional—. ¿Quiere que le repita el mensaje? ¿No? ¡Entonces permítame que le diga, señor, que mensajes como el suyo son, de vez en cuando, los que hacen de este trabajo algo divertido e interesante! Gracias, señor DeSota, muchas gracias.
    —No hay de qué —dije, y me quedé mirando por el parabrisas hasta que el mozo del surtidor llamó con los nudillos en el cristal—. Lo siento —dije, y busqué en mis bolsillos el dinero necesario para pagarle... ¡sesenta y nueve centavos el galón! Si le hubiese echado una mirada a los precios jamás me hubiera parado ahí.

    Pero no tenía espacio suficiente en mi mente para pensar en ello; estaba demasiado ocupado pensando en el mensaje. Y en el asunto de la confusión de identidad con el FBI. Y en todas las demás cosas raras que estaban empezando a invadir mi vida y el mundo. En circunstancias normales no hubiera hecho caso del mensaje. Era exactamente el tipo de asunto de aspecto turbio del que cualquier persona medianamente inteligente se hubiera mantenido alejada. El tiempo que invirtiese yendo allí sería, como mínimo, tiempo perdido para el negocio principal de mi vida: a saber, hacer hipotecas para gente que necesitaba comprar casas. El jefe no estaría nada complacido. Y todo el asunto tenía mal aspecto. Si iba, podía muy fácilmente meterme en líos de los que luego sería incapaz de salir.

    Naturalmente, fui.

    Una vez, Greta y yo leímos una novela en la que uno de los personajes decía algo así como: «Ella entró en los grandes almacenes, uno de esos sitios donde las mujeres entran con gran alegría pero al que muy pocos hombres están dispuestos a seguirlas.» Greta dijo que eso le parecía un poco insultante para las mujeres.

    —A las mujeres no les gusta comprar —dijo—. Ocurre, sencillamente, que deben hacerlo. Ellas son las que compran la comida, las cosas del hogar y todo lo que hace falta comprar cuando se tiene una familia.
    —No compran los coches —señalé yo.
    —No, por descontado. Naturalmente, no compran nada que exija un gran desembolso de capital —concedió ella—. Pero ese tipo de cosas se compran una vez cada bastantes años. Y casi cada día hay todo tipo de artículos de consumo que deben comprarse. Si una mujer pasa gran parte de su tiempo haciéndolo es porque se trata de su trabajo, igual que comparar precios y valores. Así es como conserva el poder adquisitivo familiar. El que le guste o no carece de importancia, dado que debe hacerlo de todos modos.
    —Cierto, cariño —dije yo, sonriendo.

    Esa sonrisa no le gustó nada.

    —No, Nick, ¡hablo en serio! No deberías decir que a las mujeres les gusta comprar. Deberías limitarte a decir que es su trabajo.
    —Vamos, Greta —dije intentando ser razonable—, piénsalo un poco más, ¿quieres? ¿Cómo puedes decir que es insultante para alguien decir que le gusta su trabajo? A mí también me gusta el mío.
    —No es lo mismo —dijo, pero ya no con tono de enfado, y luego cambió de tema.

    Era muy buena para eso. Greta no era ninguna sufragista. Me había dicho un centenar de veces que si tuviese derecho de voto no sabría qué hacer con él. Pero lo que sucedía con Greta es que tenía un buen trabajo de azafata, y eso la hacía un poco... bueno, no quiero decir que la masculinizase, ni nada parecido. Tampoco es que la hiciese exactamente independiente. Y, naturalmente, todo era hablar por hablar; si alguna vez yo sacaba el tema ya sabía lo que diría, y cuando ya estuviéramos casados se habrían acabado esas ideas raras.

    Aunque de vez en cuando me preocupaba un poquito.

    Pero en esos momentos mis preocupaciones eran mucho más inmediatas. Lo que me hizo pensar en todo eso fue que, al examinar los alrededores de la cafetería Carson, tuve la sensación de que aquel párrafo de la novela había dado exactamente en el blanco. Habría unos cien clientes esparcidos por el gran local (plantas colgando por todos lados y muebles verdosos de estilo porche campesino), y noventa y cinco de ellos eran mujeres. No había ningún hombre solo, ni ninguna pareja de hombres. Puede que de vez en cuando hubiese una pareja, con el hombre tirando a mayor y siempre con esa mirada de perro apaleado de Oh Dios-mío-me-he-metido-en-el-lavabo-de-señoras.

    Supongo que por eso creí que mi Comunicante Misterioso sería una mujer. Eso muestra lo dignas de confianza que son mis deducciones. Después de veinte minutos y cuando la camarera, ya algo entrada en años, había acudido por tercera vez a preguntar si había decidido qué pedir, le dije que sí. Después de otros veinte minutos llegó mi bocadillo de atún y ensalada.

    Y veinte minutos más tarde (cuando ya me había comido la mitad del bocadillo, intentando dejar la otra mitad en mi plato como señal para que me reconociesen), sentí que alguien pasaba rápidamente detrás mío. Cuando alcé la vista ya había un hombre sentado al otro extremo de la mesa.

    Le conocía. No llevaba el traje blanco, pero tampoco habían pasado tantas horas.

    —Bien, hola —dije yo—. Debí adivinar que sería usted.

    La camarera andaba por ahí cerca; él la miró y luego frunció el ceño exageradamente, mirándome.

    —Vaya, hola —dijo, con el tono propio de dos viejos conocidos de negocios que se encuentran por casualidad, sin la menor sorpresa. Pero si conocía mi nombre no lo utilizó. Todo se redujo a «Cuánto tiempo sin vernos» y «Entonces, ¿cómo estás?» y tonterías por el estilo a las que no esperaba realmente que yo contestase. Cuando la camarera hubo anotado su pedido y estuvo lejos, me dijo, en el mismo tono de charla—: No le han seguido hasta aquí. No hay nadie en el restaurante que le vigile. Podemos hablar.

    La cantidad de misterio que estoy dispuesto a tolerar tiene un límite. Cogí la otra mitad de mi bocadillo y le examiné mientras lo mordía. Era joven, tendría dos o tres años menos que yo. Un rostro de aspecto franco, con pecas, y el pelo color arena... El chico de la puerta de al lado, el que sabes perfectamente que nunca hará nada turbio o ilegal. Sólo que ahí estaba, actuando como si estuviésemos fuera de la ley.

    — ¿De qué vamos a hablar? —pregunté, con la boca llena de atún y pan de trigo crujiente—. Y, de paso, ¿con quién estoy hablando?

    Hizo un gesto de impaciencia.

    —Llámeme Jimmy. Los nombres no importan. Lo que importa es, ¿qué intentaba hacer en Daleylab?
    —Ah, Jimmy —dije con tristeza, y dejé en el plato los restos de mi bocadillo—. Esto es una estupidez —dije—. Vuelva y cuéntele a la inspectora Christophe que el truco no ha funcionado.

    Me contempló en silencio durante un rato, con el ceño fruncido, mientras la camarera dejaba en la mesa su bocadillo de queso y jamón.

    —No es ningún truco —dijo luego.
    —Es solamente un truco, Jimmy. Nunca he estado en las cercanías de Daleylab y será mejor que usted y la inspectora Christophe se enteren.
    —Deje de tomarme el pelo —dijo—. Tienen su foto.
    —Es falsa.
    — ¿Y las huellas digitales? ¿Falsas también?
    —Todo lo que tengan para demostrar que intenté entrar en Daleylab el sábado pasado por la noche es falso —dije con firmeza—, porque no estuve allí. Masticó su bocadillo de jamón y queso, estudiándome con cara de sospecha. Yo lo estudié a mi vez. No sólo era más joven que yo, también era más alto y mucho mejor parecido. Y estaba pero que mucho mejor vestido que yo. El traje blanco que había llevado esa tarde era deslumbrante. Este no lo era, pero el corte era magnífico y el tejido, inglés auténtico... como mínimo setenta y cinco dólares. Y los zapatos, que hacían juego, estaba bien seguro de que no habían salido precisamente de ningún Thom McAn. —Nyla cree que los testigos de su coartada mienten —dijo de pronto.

    Recogí los restos de mi bocadillo y volví a dejarlos en el plato.

    — ¿Cómo sabe lo que piensa Nyla Christophe si no es usted del FBI?
    —Somos amigos —me explicó—. Tengo muchos amigos en la policía... no sólo en el FBI. Tendría que haberse dado cuenta.
    —Sé lo que hizo —dije yo—. Pero no sé por qué razón.
    — ¿Por qué no iba a hacerle un favor si me apetece? —me preguntó—. Volvamos a sus testigos. ¿Mienten?
    — ¡No! Y, si lo hicieran, ¿acaso iba a decírselo? Pero no están mintiendo.

    Masticó el resto de su bocadillo en silencio, con los ojos clavados en mí como si algún cambio de mi expresión pudiese resolverle el problema. Dejé que se estuviese callado. Yo acabé mi bocadillo, me bebí el café que me quedaba y le hice una señal a la camarera para que lo volviese a llenar. El señaló su vaso con el dedo indicando lo mismo y, cuando la camarera desapareció, me dijo:

    —La verdad es que no creo que mientan. —Me alegra oírlo.
    —Oh, Dominic, no me venga con esas pamplinas. ¿Sabe que está metido en problemas hasta el cuello?

    No lo sabía.

    — ¡La inspectora Christophe me dijo que podía irme a casa! —protesté.
    — ¿Por qué no iba a decírselo? No podría salir de la ciudad sí lo intentase. No ha terminado con usted.
    — ¿Por qué no, maldita sea?
    —Porque —me explicó—, las fotos y las huellas dactilares no mienten.
    — ¡Pero yo no estuve ahí!
    —Juraría que lo dice de veras —contestó lentamente—. Y creo que sus testigos también son sinceros, y eso es difícil de tragar. Creo que incluso podrían pasar la prueba de un detector de mentiras.
    — ¿Por qué no? No estamos mintiendo.
    — ¡Oh, Dominic, infiernos! —explotó—. ¿No sabe que necesita ayuda?
    — ¿Va a ayudarme? —le pregunté.
    — ¿Yo? No —dijo—. Pero sé de alguien que podría hacerlo. Pague la cuenta, Dominic, y vamos a dar una vuelta.


    En esta época de agosto el sol no se pone hasta las ocho, o más tarde, pero ya había oscurecido del todo cuando llegamos a nuestro destino. Al salir de los suburbios de Chicago en dirección al sur, el tráfico era bastante escaso. Pasamos junto a kilómetros de trigales y docenas de pueblecitos y cada vez que le preguntaba al tal Jimmy adónde íbamos se limitaba a menear la cabeza.

    —Cuanto menos sepa —dijo—, en menos problemas podrá meter a nadie. —Entonces, ¿cuándo vamos a llegar? No soy ningún pájaro nocturno, Jimmy, tengo un trabajo y esperan que me presente en él por la mañana...
    —Lo que tiene —dijo con tono paciente, al detenerse delante de un semáforo—, es un problema con el FBI. Y si no lo pone en claro, ningún otro problema va a tener la menor importancia.
    —Sí, Jimmy, claro, pero...
    —Pero nada, y deje de refunfuñar —me ordenó—. Ya casi estamos, es justo en las afueras de este pueblo. «Este pueblo», según el cartel que había en la carretera, se llamaba Dixon, Illinois, población 2.250, donde los del Rotary y el Lyons Club se reúnen cada jueves y viernes en el Holiday Inn. Nos desviamos de la calle principal para entrar en una plaza con un cañón de 75 milímetros de la Segunda Guerra Mundial sobre una franja de césped, seguimos unas cuantas manzanas y luego Jimmy hizo girar el coche con un agudo chirriar de neumáticos para meterlo por un sendero privado.

    No me explicó a quién pertenecía el sendero privado. No había ningún lindo cartelito que dijese «Bien venido a los Acres Bien Escondidos», ningún nombre, nada que lo identificase y, ciertamente, nada que nos hiciera sentirnos bien venidos. Más bien al contrario... Lo que distinguía a aquel sendero de todos los demás era la reja que nos obligó a detenernos en la curva siguiente. Había una pequeña garita de vigilancia junto a la reja y de ella surgió, algo encorvado, un centinela enorme que, a diferencia de la garita, no era de madera.

    —Documentos —ordenó. Jimmy le pasó algo. No sé de qué se trataba, pero le dejó satisfecho. Bueno, casi. Lo examinó durante un tiempo, lamiéndose los labios. Luego descolgó un teléfono y discutió con alguien al otro extremo de la línea. Finalmente alzó la rechinante barrera y nos indicó con una seña que pasáramos.

    Medio kilómetro después, más o menos, el sendero se bifurcaba para rodear una extensión de césped con una fuente. Dimos la vuelta y nos detuvimos delante de un porche de enormes columnas blancas. Ya lo había visto antes... creo que en Lo que el viento se llevó. Y los criados procedían de la misma película. Un joven negro de expresión alegre avanzó hacia nosotros por un lado meneando la cabeza para coger el coche de Jimmy y llevarlo a un invisible aparcamiento que había detrás de un bosquecillo de manzanos en flor. Una negra gorda de mediana edad surgió desde otro lado para dejarnos entrar en la mansión. No saludó a Jimmy por su nombre y no me hizo el menor caso. Tampoco hizo preguntas ni nos dio ninguna respuesta. La lista de cosas que no hizo, de hecho, era muy larga. Lo que sí hizo fue lo siguiente: nos condujo en silencio a través de un enorme vestíbulo de tres pisos con una escalera en forma de espiral, recubierta de alfombra, que llegaba hasta la entrada; luego por un pasillo; después por una especie de pequeño saloncito con una chimenea y sillones y un diván de cómodo aspecto, todos vacíos; y nos hizo franquear una puerta de vidrio para, finalmente, dejarnos en un lugar que parecía la combinación de un gimnasio y un invernadero. Fuera ya hacía bastante calor, pero en el interior hacía el doble. El lugar estaba lleno de plantas tropicales que llegaban hasta el techo de cristal, con lianas que se aferraban a los árboles y una especie de olor general a jungla, plantas podridas y tierra húmeda.

    En medio de todo eso había una piscina, larga y estrecha. En la piscina, un hombre de edad avanzada. Y en el hombre, nada de ropa. Estaba muy flaco, pero eso no parecía preocuparle. Parecía estar nadando un largo tras otro. Llegó a nuestro extremo de la piscina con abundantes chapoteos, lanzó un jadeante «Noventa y ocho», siguió nadando con una torpe especie de crawl australiano hasta el otro extremo («Noventa y nueve») y volvió hacia nosotros a toda velocidad, atravesando grácilmente el agua con los brazos por delante de su gorro de baño blanco y alzando remolinos de espuma detrás de él al vigoroso ritmo de sus patadas.

    —Cien —dijo respirando hondamente, y se agarró al borde de la piscina. Otro joven negro, éste más bien de aspecto grave, le alargó una toalla con la que se frotó el rostro para mirarme luego sonriente—. Buenas noches, caballeros —añadió.

    Yo emití un ruido que no era un «Buenas noches» pero que, al menos, era cortés. Jimmy estuvo mejor. Se acuclilló junto a la piscina, agarró una de las húmedas y resbaladizas manos del viejo nadador y se la estrechó con entusiasmo.

    —Ron —dijo de todo corazón (al menos, sonaba como si lo dijese de todo corazón) —, no puedo decirte lo agradecido que estoy de que hayas querido vernos esta noche.
    —No te preocupes —dijo cortésmente aquel hombre—. Después de todo, Larry, dijiste que éste era un caso muy importante de peligro para las libertades civiles.
    —Sí, creo que lo es —dijo «Jimmy» con tono decidido, cuidándose muy mucho de mirarme para ver si me había enterado de su nuevo nombre—. Se trata de Dominic, aquí presente. Tiene un problema fuera de lo común con el FBI. Ellos dicen que le detectaron intentando entrar en una instalación secreta de investigación del gobierno. Tienen fotos y huellas dactilares para probarlo. Pero él tiene testigos a toda prueba que demuestran que en esos momentos se hallaba a más de mil kilómetros de ese lugar.

    Ron había salido de la piscina y se estaba secando vigorosamente con la toalla. Debía de tener unos setenta años, pero cuando me fijé en lo sólido de su torso y en la total ausencia de grasa superflua alrededor de su cintura, mi único deseo fue que yo pudiese vivir hasta llegar a sus setenta años. No sólo tenía buen aspecto, sino que, además, me resultaba familiar. Acabó de secarse, dejó la toalla sobre las baldosas y permitió que el negro le pusiese un albornoz de sarga blanca.

    —Larry, ya no hago películas de detectives —dijo, sonriendo, y me di cuenta de por qué me resultaba familiar. Era actor. O, al menos, lo había sido. De cine... Nunca había llegado a ser una gran estrella, pero era uno de esos rostros que ves una y otra vez hasta que tu subconsciente lo recuerda aunque el resto de tu mente lo olvide. Hasta que hubo alguna especie de escándalo... ¿Escándalo? Un jaleo de algún tipo. No podía acordarme de los detalles, pero le habían despedido. No sólo del trabajo de actor, sino de la industria del cine en general. Quizás había sido algo político. Fuese lo que fuera, había ocurrido mucho tiempo antes. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando yo estaba empezando a prepararme para nacer, y ahora el viejo Ron tenía como mínimo setenta años, puede que algo más. Un anciano de lo más apuesto, aun sin contar la esbelta cintura y la anchura de sus hombros, con una sonrisa muy atractiva y un mechón de cabellos blancos que le caía constantemente sobre los ojos.

    Ese era su aspecto. El viejo Ron no se quedó junto a la piscina. Nos guió hasta la habitación de los sillones y el diván. En los cinco minutos que habían pasado desde que la cruzamos, alguien había encendido el fuego en la chimenea y había colocado botellas y vasos en una alacena. Un tercer joven negro, quizás el mismo que había encendido el fuego y preparado las bebidas, apareció para atender nuestras peticiones mientras Ron se instalaba en el sillón más cercano a la chimenea, alzando los pies desnudos para que se calentasen, confortablemente apoyados en un puf. ¿Se acuerdan aún de que era agosto? Podía entender que tuviese sus deditos algo fríos, pero estaba igualmente seguro de que debía de existir algún medio de calentarse mejor que caldear todo aquel maldito cuarto.

    Cuando todos tuvimos en las manos nuestras bebidas, él levantó su vaso en un brindis, engulló con viveza la mitad del contenido y luego volvió a obsequiarnos con su atractiva sonrisa.

    —Bien, Larry —dijo—, ¿qué especie desgraciada de incompetente sin remedio me has traído esta vez?


    La centralita de la WGN fue repentinamente inundada de llamadas a mitad de un partido de los Cubs. Cada llamada era una queja y todas las quejas eran la misma. La emisión había sido tapada en el momento culminante de la tercera manga por alguien que estaba describiendo un partido de rugby. No se trataba tanto de verdaderas quejas como de preguntas llenas de curiosidad: ¿quién había oído hablar jamás de rugby profesional en agosto?


    19 de agosto de 1983
    9.15 P.M. Larry Douglas


    Mi tipo de trabajo requiere tener los ojos siempre bien abiertos. Miren, yo no recibo el cheque de la paga cada semana. Hay muchas semanas en que sólo tengo un cero enorme y redondo, y algunas en las que acabo con saldo negativo. Así que cuando tengo una oportunidad he de ganarme un dólar, sea como sea.

    Cuando Nyla me habló del pobre desgraciado que habían pillado la noche antes, del mismo modo que Nyla me había contado montones de veces cosas útiles, decidí que más me valdría verle de cerca. Había husmeado una posibilidad, aunque aún no estaba muy seguro de qué se trataba.

    Siempre hay un modo de comprobar las oportunidades si uno es capaz de buscarlo, y ésta era fácil. No fue ningún problema dejarme caer en su sesión del tribunal... y tampoco fue nada del otro mundo conseguir que el viejo agente Pupp retirase los cargos.

    —Si tú dices que está en regla, Larry...
    —Lo digo.
    —Entonces le diré al ujier que tengo que volver al trabajo. Pero dile a tu amigo que la próxima vez ande con más cuidado. —Se lo diré —le prometí, y le pasé un billete de veinte al darnos la mano.

    Para mí eso es un gasto normal del negocio. En mi tipo de trabajo siempre es bueno mantener la amistad con los polis. Puede que eso no les impida buscarte las cosquillas de vez en cuando, pero al menos es probable que no lleguen al tercer grado.

    Como solía decir mi mamá, probablemente he salido al abuelo Joe. Antes de llegar aquí y cambiarse de nombre, fue ladrón de bancos. Usaba pistola, naturalmente. Yo no la he utilizado jamás, pero la verdad es que, con gente tan confiada como para comprar en cualquier esquina anillos de diamante garantizados sin tacha, o invertir en valores petrolíferos de doble rentabilidad asegurada en el mostrador de un bar, no me hace mucha falta. A menos que uno de ellos logre ponerme la mano encima... Y mientras siga en tan estrechas relaciones con Nyla Christophe, no es muy probable que ocurra eso sin que yo tenga al menos un aviso cierto tiempo antes. Por lo tanto, la mantengo contenta de todas las maneras que puedo y, a decir verdad, en algunas de ellas soy condenadamente bueno.

    También mantengo contentos a los árabes, aunque no exactamente del mismo modo. Hay que poner el límite en algún sitio, así que con ellos no hago negocios. Ya no... Bueno, la otra mitad del asunto es que, realmente, les gustan los chicos bastante más jóvenes de lo que yo soy ahora.

    A veces pienso que me hubiera gustado más ser honrado, pero vivo en el mundo que me ha caído en suerte.

    Así que cuando vi en qué andaba metido aquel primo tuve la inspiración de meter en el asunto a Ron. También le he mantenido contento a él... como una especie de inversión, suponiendo que tarde o temprano encontraría una forma de rentabilizarla. Cuando insultó al primo, a DeSota, supe que estaba en lo cierto. Entiéndanme, la verdad es que Ronnie es un bastardo de la peor especie, pero si sabes cómo manejarle conseguirás que haga casi cualquier cosa. Y yo sé cómo manejarle.

    —Ron... —dije, con tono serio y lleno de gravedad, con aire de no querer ocultar nada—, tienes razón. Tendría que haberlo visto yo mismo.

    Me guiñó el ojo por encima de su vaso de escocés, frunciendo humorísticamente una ceja con su gesto habitual.

    — ¿En qué tengo razón, Larry? —me preguntó.

    Realmente, era un guiño soberbio. Se lo habían enseñado en los estudios de la MGM en los viejos tiempos, antes de que se metiera en sindicatos y cosas parecidas. Aunque la verdad es que más valía no confiar demasiado en el guiño o la sonrisa, porque podían desaparecer tan de prisa como los escotillones que ocultaban los cañones del almirante Nelson, y entonces... bum, muerto.

    —Tienes razón —contesté—, en que Nicky DeSota, aquí presente, es un panoli que se ha metido en líos con el FBI y yo no tenía ningún derecho a traerle aquí y pedirte que le sacaras de esos líos.

    Naturalmente, a DeSota casi le llegó el mentón al suelo. Pero el único mentón que importaba aquí era el de Ron, y lo único que hizo fue avanzar hacia adelante. Los ojos se entrecerraron. Todo su rostro cobró el aspecto acerado del alguacil a cuyos oídos acaba de llegar la noticia de que, después de todo, el forajido no se ha ido de la ciudad.

    —Pienso —dijo con firmeza—, que deberías contarme de qué va y dejarme tomar mis propias decisiones.
    —Ron, no quiero causarte problemas.
    —Larry, los problemas son algo a lo que estoy acostumbrado —me contestó con tono cortante, y casi me pareció verle examinando su reflejo en una de las vidrieras de la puerta.

    ¿Qué otra cosa podía hacer? Exactamente lo que deseaba, por supuesto.

    —Tienes razón, Ron —dije, y empecé a ponerle al corriente. Tardé un poco de tiempo. Ron no es lo que uno llamaría rápido de reflejos. Y DeSota tampoco lo era. Por el rabillo del ojo le vi con los ojos clavados en el suelo y cara de mal humor, pero no alzó la mirada ni dijo una sola palabra.

    Y la verdad es que no tenía motivo de queja en cuanto a cómo narré su historia. Expliqué que era claramente un caso de confusión de identidad, aunque a juzgar por las apariencias la persona que había sido detectada en Daleylab era el gemelo de Dominic. Luego hice una pausa mientras Ron pedía con una seña otra ronda de bebidas y permanecía inmóvil unos momentos, digiriendo todo el relato.

    —Ese otro tipo tenía su mismo aspecto, ¿no? —preguntó Ron, dispuesto a dejarlo todo bien claro.
    —Aja, igualito.
    — ¿Y tenía las mismas huellas dactilares?
    —Eso es, Ron.
    —Pero no era él —concluyó Ron.

    Asentí con la cabeza.

    —Entonces —dijo Ron, recapitulando brillantemente todo el asunto—, tal y como yo lo veo es un caso claro de confusión de identidad.

    Le obsequié con un pequeño meneo admirativo de la cabeza y, con una mirada, intenté decirle a Dominic que me imitase. Pero Dominic no estaba dispuesto a colaborar. Siguió callado y me lanzó una mirada que era puro hielo. Dominic DeSota no estaba nada complacido conmigo, pero eso era porque no entendía el modo de llevarse bien con el viejo Ronnie.

    Ronnie se puso en pie.

    —Larry —dijo—, tú y Nicky os quedaréis a cenar, naturalmente. —Naturalmente. ¡Ya eran las diez de la noche pasadas! Sólo una ex estrella de cine mantendría horarios semejantes—. Quedaos aquí bien cómodos mientras me pongo algo encima, ¿vale? Si os gusta la música, decidle a Hiram que ponga el estéreo.

    Y con esas palabras nos dejó para ir a arreglarse, lo cual no creo fuese fácil.

    — ¿Qué diablos está tratando de hacer? —preguntó DeSota apenas el viejo estuvo lo bastante lejos como para no oírnos.

    Intenté calmarle.

    —Vamos, vamos, tranquilo. ¿No ha visto lo que estaba haciendo?
    — ¡Espero no haberlo visto!
    —Estaba poniéndole de su lado, eso es todo —le expliqué—. Mire, Ron es un liberal hasta la médula. Su compromiso es inquebrantable. Le pusieron hace años en las listas negras de Hollywood por actividades sindicales y...

    Me detuve porque el joven negro había vuelto a entrar en la habitación.

    —Un poco de música, con los cumplidos del amo, caballeros —musitó, y desapareció nuevamente. Una música de melenudos emergió suavemente de unos altavoces ocultos. Me alegré de ello; hacía menos probable que nadie pudiese escuchar lo que estábamos diciendo.
    —De cualquier modo —concluí—, tuvo suerte. Invirtió sus ganancias de las películas en propiedades inmobiliarias de Illinois, y acabó siendo muy rico.

    Dominic seguía frunciendo el ceño.

    — ¿Liberal, ha dicho?
    —Sí, Nicky, pero en su caso no es nada malo porque es rico. A nadie le importa que un hombre rico sea algo rosado... saben que no hará nada para cambiar el estado de las cosas.
    —Entonces, ¿para qué hemos venido? —me preguntó.
    —Porque si Ron se interesa por usted, puede ayudarle mucho. ¿Tiene alguna otra oferta?

    Se encogió de hombros de mala gana.

    Dejé las cosas en ese punto. No le había dicho que la otra razón de que a nadie le importase que las opiniones políticas de Ron fuesen algo izquierdistas era que a nadie le importaba un rosado que sólo hablaba y no actuaba. Y eso era lo que hacía Ron.

    Pero aún no estaba preparado para que Dominic DeSota lo descubriese.


    —Esta es mi querida esposa, Janie —dijo Ron galantemente.
    —Encantada —dijo ella, una vez DeSota y yo le hubimos dicho que nos alegrábamos muchísimo de conocerla. Después de eso, nos condujeron hasta el comedor, que no era sólo grande. Una habitación en la que puedan sentarse unas veinte personas es grande. Aquélla podría haber servido como salón de convenciones para el Gran Ejército de la República. Era enorme. Y a nuestro alrededor sonaba la música. — ¿Le gusta el sonido? —le dije a Dominic, al otro lado de la mesa. Giraba la cabeza a un lado y a otro, como suele hacer la gente que no había oído el estéreo con anterioridad—. Es un sistema nuevo —le expliqué—. ¡Escúchelo! ¿Ha notado cómo el violín suena como si estuviese a un lado y la orquesta al otro? Ron hace ya un año que lo tiene.
    —Antes de poco tiempo estará en el mercado a disposición de todo el mundo —dijo Ron con tono modesto—. El único problema es que aún no hacen muchos discos en estéreo... y la mayoría pertenecen más al tipo de música de Janie que al mío —dirigió una sonrisa de esposo modelo hacia el lejano extremo de la mesa en el que estaba sentada su mujer, y ella le indicó a otro de los jóvenes negros que empezase a servir la ensalada antes de recoger la pelota de la conversación.
    —Sospecho que al señor DeSota le gusta el mismo tipo de música que a mí —dijo ella amablemente—. ¿No es cierto, señor DeSota? Obviamente, está gozando con el concierto para violín de Beethoven.

    Pero Dominic no estaba dispuesto a seguir el juego.

    — ¿Así que es ése? —preguntó—. La verdad, estaba pensando que es la misma pieza que tarareaba la inspectora Christophe cuando me interrogó.

    A Ron se le cayó el tenedor de la ensalada.

    — ¡Nyla Christophe! ¡No dijiste que Nyla Christophe andaba metida en esto, Larry!
    —Supongo que tendría que haberlo dicho —respondí, todo arrepentimiento y sinceridad—. ¿Supone eso alguna diferencia?
    — ¡Alguna diferencia! Jesús... quise decir, caray, Larry, ¡claro que supone alguna diferencia!
    —Ya no puede hacerte ningún daño —dijo su esposa desde el otro extremo de la mesa. — ¡No es eso lo que me preocupa ahora! ¡A mí sí me gustaría hacérselo a ella! Nyla Christophe —dijo, volviéndose hacia Dominic—, es una de las peores agentes del FBI. ¿Se fijó en que no tiene pulgares?
    —Puede apostar a que sí —dijo Dominic—. Me pregunté cómo...
    —Yo se lo diré —contestó Ron—. ¡Robando en los almacenes! ¡Y luego la droga! Tuvo tres condenas antes de cumplir los veintiún años... y como a la tercera te cortan los pulgares, ella perdió los suyos. ¡Hasta entonces había sido estudiante de música, pero esa hierba asesina la atrapó entre sus garras y tuvo que robar para costearse el hábito!
    — ¿Y entró en el FBI? —inquirió Dominic con los ojos desorbitados, ya fuese por el asombro o por la indignación.
    —Le dio por la religión —rugió Ron—. Fue a la oficina de su localidad cuando aún no le habían quitado los vendajes de los dedos. Dijo que había vuelto a nacer y que deseaba entregar a la justicia a cada uno de los camellos y traficantes de marihuana que conocía en todo Chicago... ¡y, créame, conocía a un montón! La tuvieron muy ocupada testificando durante un año y luego el viejo Federman consiguió que le diesen una licencia especial para infiltrarse, cobrando, entre unos organizadores sindicales de Dallas. ¡Gracias a ella lograron quince condenas, y ahí empezó la carrera de Nyla!
    —En cierto modo, Ron —dije yo en tono conciliador—, es bastante impresionante que una persona como ella llegue a inspectora.
    — ¿Porque se trata de una delincuente? ¡Caray, Larry! ¿De dónde piensas que sacan a la mayor parte de sus reclutas?
    —No, me refiero a que es una mujer —dije. —Ya —murmuró Ron—. Bueno... —en ese punto estaba maniatado porque yo sabía que Janie estaba totalmente a favor de los «derechos femeninos», cualquiera que fuese el significado que le daba a ello—. Bueno —dijo—, el caso es que ella, sea lo que sea, ahora es parte integrante de ese grupo reaccionario que dirige el FBI. ¡Los mismos que me condenaron hace años! Los que son uña y carne con los árabes, con toda esa pandilla de fundamentalistas del Congreso que...

    Entonces Dominic le interrumpió. Habría sido capaz de darle un puñetazo por hacerlo, porque Ron estaba llegando a ciertas cosas que yo tenía muchas ganas de oírle decir, pero Dominic no podía esperar.

    — ¡Exactamente lo que yo digo! —gritó—. ¡Desde que los árabes y la Mayoría Moral se han unido, han estado haciendo retroceder el reloj! ¿Sabe que en la piscina de mi barrio permiten que haga incursiones la policía del estado? ¡Cualquier hombre que sea encontrado sin la pieza superior de su traje de baño puede ser multado con cinco dólares!

    Ron lanzó una mirada llena de humor a su esposa.

    —Tendría que habernos visto hace unos años en Hollywood, ¿eh, Janie? Los hombres y las mujeres a veces sin la pieza superior... y a veces sin otras piezas.
    —Venga, Ron —dijo ella, sonrojándose—. Intentemos concentrarnos en el problema del señor DeSota.
    —Gracias —dije yo con gratitud, volviéndome luego hacia Ron y planteándole mi pregunta—. ¿Qué piensas, Ron? Ya sé que éste es un asunto serio, incluso un asunto de principios. No quiero que corras ningún riesgo...

    Ron tenía un aspecto muy noble.

    —Es un asunto serio —declamó—, y un asunto de principios. Te ayudaré, Dominic. — ¿Lo hará? —gritó DeSota.
    —Por supuesto —dijo Ron, con aire bonachón—. En primer lugar, le escribiré una carta al New York Times. Luego, veamos... ¿tú qué piensas, Janie? ¿Intentamos montar una manifestación? ¿Hacemos que alguno de tus amigos se pasee delante de los cuarteles generales del FBI en Chicago?
    —Si tú quieres, Ron... —dijo ella—, aunque algunos de ellos están ahora en libertad bajo fianza. No sé si querrán ir a la cárcel.

    Dominic puso cara de duda.

    —No estoy muy seguro de querer que nadie vaya a la cárcel por mí —dijo.
    —Hum —reflexionó Ron—. Entonces, ¿qué tal esto? ¿Por qué no hacemos una petición de firmas? Dominic puede llevar una silla plegable y una mesita a algún rincón del Loop y decirle a la gente que firme una demanda para que el FBI... eh... para que ellos... Exactamente, ¿qué quiere que hagan? —preguntó.
    —Bueno, no lo sé con exactitud —dijo Dominic—. Quiero decir que no me han acusado de nada.
    — ¡Pero le interrogaron! ¡Le golpearon brutalmente!
    —Sí, claro, pero tampoco puedo culparles del todo. Tenían esas fotos y las huellas dactilares.

    Para mi gusto y el de Ron aquel hombre estaba empezando a mostrarse demasiado razonable.

    —Intenta usted quitarles culpa —dijo Ron—. Eso demuestra mucha nobleza y es bueno... ¡pero no lo lleve a extremos estúpidos! Siguen siendo unos fascistas.

    Eso ya me gustaba más. Me aclaré la garganta.

    —Cuando dices «fascistas», Ron —inquirí—, quieres decir...
    —Quiero decir que el FBI se ha convertido en una copia exacta de la Gestapo o la KGB —declaró él. —Entonces, ¿estás contra ellos?

    Me contempló, arqueando una ceja. —Ah, Larry —dijo, sirviéndose un poco de cordero asado—, no sólo estoy contra ellos, sino que pienso que el deber de cada americano es oponerse a ellos.

    —Te refieres a manifestaciones y recogidas de firmas —insistí.
    —Si son suficientes, sí —dijo valerosamente—. Si no lo son, entonces con las medidas que sean necesarias. Creo que...

    Pero Janie no quería dejarle decir lo que creía.

    —Ron, cariño —le riñó cariñosamente—, no estás dejando que Seth sirva las patatas. ¿Por qué no coges algunas y dejas que siga sirviendo?
    —Claro, amor mío —dijo Ron, y luego hubo un cambio de tema. No importaba. Ya tenía bastante. Mientras comíamos el segundo plato descubrí que ya eran más de las once y empecé a encargarme de que DeSota entendiese que era hora de volver.
    —Oh, no, Ron, postre no. No, gracias, ni tan siquiera café. Dominic tiene que trabajar por la mañana, ya sabes. Sí, la cena fue magnífica, ¡muchas gracias! Y gracias por tu ayuda, Ron... si pudieras hacer que sacaran mi coche...
    — ¿No se dejan nada? —preguntó Janie, siempre tan hospitalaria, buscando con los ojos algún sombrero o maletín.

    Hice un gesto negativo con la cabeza.

    —Tengo todo lo que necesito —dije para tranquilizarla, y era la pura y simple verdad.


    Dejé a DeSota en la estación del interurbano. Empezó a protestar, dado que por la noche pasaba uno cada hora, más o menos, pero, como le hice ver, no podía esperar, con lo tarde que se estaba haciendo, que me pasase la noche entera salvando su estúpido trasero. Eran ya casi las dos cuando llegué a mi casa, en Lake Shore Drive. Dejé el coche en el garaje subterráneo, le enseñé brevemente mi pase al guardia y entré en el ascensor. Estaba pensando en Ron. ¡Pobre tipo! Sencillamente, había perdido el tren de las corrientes políticas actuales del país. Tenía ciertas locas y sentimentales ideas acerca de Franklin D. Roosevelt o alguien parecido, no lo sé... fuera como fuese, sencillamente no entendía lo que estaba sucediendo.

    Lo que siempre intento tener en mente es que yo mismo hubiese podido acabar siendo un poco rosado, si el abuelito hubiese conservado sus principios cuando llegó aquí. En Rusia había sido ladrón de bancos y revolucionario. Cuando las cosas se pusieron demasiado calientes allí para él, se vino a Ellis Island, viviendo aún del botín de los asaltos bancarios pero abandonando detrás de él todas las ideas revolucionarias. Así es cómo empezaron J. Douglas e Hijos; y de J. Douglas e Hijos es de donde salió el dinero que me llevó hasta Yale. Pero supongamos que el abuelito hubiese tenido que dejar sus rublos y salir a toda prisa del país con un montón de ideas políticas a medio cocer, como su compinche, Lenin... ¿Qué hubiera sido de mí, sin esos magníficos cursos de ciencias políticas en Yale para mantenerme en el camino recto?

    Me dirigí al gran estudio del piso catorce sin entretenerme ni un segundo. No había ninguna luz, pero las persianas del gran ventanal estaban subidas y entraba la iluminación suficiente de la calle para poder desnudarme y meterme en la cama sin problemas. Rodeé con el brazo a mi chica, cerrando una mano sobre uno de sus pechos y le susurré al oído: — ¿Nyla, cariño? Despertó en seguida, como hace siempre. Ni siquiera tenía voz de sueño cuando me preguntó:

    — ¿Qué tal ha ido?
    —Eso —dije, poniendo la otra mano junto a la primera— podrás juzgarlo tú misma cuando oigas lo que tengo en mi grabadora.

    Se volvió hacia mí, acariciándome el cuello.

    — ¿Me lo dejarás oír?
    —Pues claro que sí, encanto, naturalmente —dije—. Pero antes hay otro asunto del que me gustaría encargarme, si no te importa hacer antes un viajecito rápido al cuarto de baño...

    Tenía entre mis brazos su cuerpo absolutamente relajado.

    —No es necesario —dijo—. Después de todo, sabía que ibas a venir, así que me he ocupado de ello antes... Y ya veo que tú también estás listo...

    Y bien que lo estaba. Si no lo había estado cuando me deslicé entre las sábanas, ahora desde luego que lo estaba. La carencia de pulgares nunca había disminuido la eficacia de Nyla Christophe, ni en la cama ni en ningún otro sitio.


    En el oeste de Iowa pasaron momentos muy malos. Los granjeros, que habían sufrido todo tipo de adversidades, acostumbrados a la sequía, la inundación y el continuo reajuste legislativo de las subvenciones a sus productos, se despertaron para encontrarse con un nuevo desastre. Desde Muscatine hasta la periferia de Quad Cities, cubriendo un área de más de treinta kilómetros, el cielo se oscureció con una nube de aspecto aceitoso y color verde grisáceo. Cuando la nube bajó sobre los campos, tapó tres cuartos de millón de acres de soja, trigo de primera y mung1 con una alfombra de langostas. ¡Langostas! ¡Nadie había visto antes en Iowa un enjambre de langostas! Y cuando alzaron de nuevo el vuelo, detrás de ellas sólo quedaron rastrojos calcinados.


    21 de agosto de 1983
    4.50 P.M. Nicky DeSota


    Si eres agente hipotecario no tienes domingos. El domingo es el día en que tus clientes no trabajan, así que si quieres ganarte el pan pillando a la señora de la casa en sus horas libres, puedes apostar al domingo. Hacía un día estupendo, con nubéculas que parecían de algodón surcando el cielo por encima de los árboles de la Reserva Forestal Mekhtab ibn Bawzi, y la piscina centelleaba bajo el sol cuando pasé junto a ella. Ese día no habría piscina para mí. Ni iglesia. Ni escapada para ver el partido de los Cubs. No habría nada de nada, salvo calcular pagos y porcentajes, y detectar posibles trampas ocultas en la transferencia de algún título Torrens; ni tan siquiera pude echarle un vistazo al periódico del domingo hasta las cinco de la tarde y eso fue en el interurbano, camino de la ciudad. Cogí el de las 4.38 en Elk Grove, saqué el periódico cuando el tren empezó a moverse y dediqué diez minutos a las noticias realmente importantes... ya saben, las de la sección deportiva, sobre los Cubs y el Sox y sobre la situación de los Brooklyn Dodgers en la clasificación. Con sólo un par de partidos por jugar, los Cubs llevaban una ventaja de diez puntos y medio. No se trataba de una situación imposible, no... Pero la verdad es que no había demasiadas razones para dedicar mucho tiempo a la clasificación, así que no tardé demasiado en pasar a la sección de noticias.

    Naturalmente, no había olvidado el loco viaje a Dixon. Supongo que hasta entonces no me había preocupado realmente mi posición. Asustado un poquito, sí. Es imposible no estar asustado cuando el FBI te echa la mano encima. Pero no estaba preocupado, porque al fin y al cabo yo sabía que no había estado ahí y tenía un montón de testigos para probarlo.

    Así que, en realidad, era la rimbombante promesa de ayuda de Ron lo que me provocaba cierta preocupación. Estaba todo el rato esperando a que sonase el teléfono y que... no sé, que algún reportero radiofónico de la Cadena Azul de la NBC, o quien fuese, me preguntara cuáles eran mis impresiones sobre la manifestación de ese día en Chicago.

    Bueno, nadie me había llamado por teléfono. Tampoco hubo ninguna manifestación o, al menos, ninguna que figurase destacada en las dos primeras páginas del Tribune. La noticia más importante era sobre la vuelta del presidente Daley a Chicago para inaugurar las obras de su biblioteca... eso era la gran sensación del Tribune. (Un diminuto recuadro al pie de una página informaba sobre la reanudación de los combates entre Lituania y Rusia, con los rusos acusando de la agresión a la Sociedad de Naciones.)

    También había una historia sobre un rugido espantosamente fuerte y ruidos que parecían gritos en el cielo, sobre Oíd Orchard Field (la fuerza aérea negaba conocer sus posibles causas) y, entre una cosa y otra, casi estábamos ya en el Loop cuando llegué a la página 7, cuyo titular rezaba así:

    ANTIGUA ESTRELLA DE CINE
    ARRESTADA
    SE LE ACUSA DE DIFAMAR AL FBI
    Y A LOS EE.UU.


    Así que el viejo Ron estaba en chirona.

    No sólo estaba en chirona sino que, cuando leí con más atención el artículo, las cosas que, según las acusaciones, había dicho (los del FBI eran «fascistas»; era un deber ciudadano «oponerse» a ellos) eran las mismas que había dicho cuando yo estaba sentado ahí.

    Sólo habíamos estado cuatro personas en aquella mesa. No me imaginaba a Ron autodelatándose, y tampoco a su esposa; y sabía que yo no había sido.

    Así que el dedo acusador pertenecía a mi compañero misterioso, Larry Douglas.

    Me había llevado hasta allí deliberadamente... no, todo había empezado antes. Me había buscado y había logrado que estuviese en deuda con él. Entonces me había llevado allí con el propósito específico de meter al viejo Ron Reagan en apuros. ¿Por qué? No podía ni imaginarlo. Y no me importaba. Sólo estaba seguro de que Larry Douglas era un portador de problemas.

    Empecé a preocuparme realmente acerca de eso pero, para entonces, ya era un poco demasiado tarde.

    El Twentieth Century Limited debía llegar exactamente a las seis de la tarde. Había calculado las cosas para estar ahí con el adelanto suficiente, pero estuve a punto de llegar tarde porque, cuando iba por Randolph, oí detrás de mí unas sirenas pertenecientes a seis coches que me adelantaron y se detuvieron bloqueando la calle justo delante de mi automóvil. Sentí de pronto el corazón en la boca.

    No iban a por mí. No iban detrás de nadie. Estaban sencillamente cumpliendo con su deber hacia los ricos y famosos, escoltando a un cochazo tan largo como un campo de fútbol, con los tapacubos de plata. Árabe, por supuesto, un Gran Árabe. Por un instante pensé que podía ser el viejo Mekhtab ibn Bawzi en persona, aunque ya casi nunca aparecía en público. No era él, sino su primogénito, Faisal ibn Mekhtab. No era difícil reconocer a Faisal, dado que jamás se le veía en público sin aquel rubí, grande como un huevo, que llevaba colgado del cuello, y los seis guardaespaldas de nariz granítica que nunca le quitaban los ojos de encima. Ni siquiera los policías de la ciudad podían rebasar a los guardaespaldas y acercarse a Faisal. Lo único que los policías estaban haciendo allí era contener a los civiles como nosotros que, con los ojos como platos, contemplábamos a Faisal, en atuendo de gala, avanzar con pasos delicados sobre una alfombra roja para entrar en el enorme supermercado nuevo de la A & P. Lo estaba inaugurando oficialmente. Eso parecía lógico; después de todo, la cadena era de su propiedad. Los reporteros de la radio, apartando respetuosamente los ojos, pusieron un micrófono frente a sus augustos labios; un pelotón de músicos salidos de un camión se puso a tocar un pupurrí de canciones alegres y, con unas tijeras de oro, Faisal cortó la cinta escarlata que cerraba el umbral.

    El espectáculo no carecía de interés, pero Faisal tardó sus buenos veinte minutos en meterse nuevamente, siempre con sus delicados pasitos, dentro de su Cadillac. Sólo entonces, el cortejo se evaporó tan rápidamente como se había formado. Logré encontrar un sitio para aparcar y entré en la estación cuando faltarían cinco minutos para la hora, con la cabeza llena de árabes ricos, malvadas mujeres del FBI y Larrys Douglases traicioneros, sin apenas espacio mental para la dama de mis amores, Greta. No siempre la recibía en la estación a su vuelta del viaje a Nueva York, pero lo intentaba cuando me era posible. Especialmente los domingos como hoy, cuando hacía buen tiempo y quizás pudiésemos dar un paseo los dos juntos por la costa del lago o ir al zoo. Naturalmente, las azafatas trabajan para ganarse la vida y, si se había pasado la noche de pie aguantando a pasajeros gruñones o niños mareados por culpa del tren, entonces nos limitaríamos a coger el interurbano y yo la acompañaría hasta su casa...

    ¡Cuan pacíficos me parecían aquellos días ya desaparecidos! Había tenido todo aquello que deseaba y no me había dado cuenta.

    En la gran sala de la estación, los operadores estaban muy atareados poniendo en el panel las horas de llegada y salida de los trenes. Es algo emocionante estar en la estación Unión, porque desde ahí se puede ir a casi cualquier parte del mundo... al menos, a cualquier lugar del país. Hay trenes que llegan de Los Angeles, Salt Lake City, Nueva Orleans y Washington D.C., y hay salidas para Boston, Minneapolis, Detroit y Houston. Había mozos sonrientes ataviados con gorras rojas que llevaban en sus carritos montones de equipaje, y pasajeros presurosos que trotaban a su lado con aire preocupado, parejas en luna de miel despidiéndose de sus familiares con un beso y gente de vacaciones que se arrastraba sobre el suelo de terrazo con maletas llenas de conchas arenosas, sombreros de paja y trajes de baño aún mojados. Aparte de un viaje que otro con Greta y alguno de negocios a Pittsburgh o Milwaukee, no viajaba con demasiada frecuencia. Quizás por eso la estación me parecía siempre tan exótica. Y tan... no sé... ¿competente? Puedes poner en hora el reloj con los trenes; salen justo cuando la minutera cambia de lugar con un chasquido y llegan justo cuando la minutera avanza de un salto hasta el punto exacto.

    Por esa razón me quedé asombrado al ver que en el tablero de horarios un operador estaba poniendo la palabra retrasado junto a TWENTIETH CENTURY LIMITED.

    Me dirigí apresuradamente hacia la habitación del personal para ver si podía enterarme del motivo, medio con la esperanza de que el operador hubiese cometido un error y Greta me estuviera esperando ahí. No estaba. Y nadie parecía saber la razón. Me encontré a una azafata que acababa de salir de los vestidores. Había trabajado con Greta una o dos veces pero se pasó al prestigioso Supercbief de Los Angeles en cuanto logró acumular la suficiente antigüedad. Me lanzó una mirada de asombro.

    — ¿Que el Twentieth Century lleva retraso? No, Nicky, eso no puede ser; nunca llega tarde.

    Se marchó a llamar por teléfono y volvió con cara preocupada.

    —Qué raro... —dijo—. Lo han detenido en las vías. Han puesto un nuevo maquinista.
    —Eso suena feo —dije yo, con la garganta repentinamente seca... ¿había ido algo mal? ¿Un accidente? Un maquinista que había sufrido un ataque al corazón, se había vuelto loco o... No había límite alguno a las catástrofes que mi mente era capaz de inventar.

    Pero no inventé la correcta.

    Estuve allí sentado veinte minutos, esperando que ocurriese algo, y cuando finalmente ocurrió no fue nada bueno. Sucedió por etapas. La primera fue un empleado de la compañía que entró a toda prisa, con cara de susto.

    —No te lo vas a creer —le dijo a un compañero al entrar—. Han parado el tren en las vías. Han sacado a las azafatas, al conductor, a los porteros, a los otros dos que iban conmigo, al maquinista, al bombero... la única razón de que no se me llevasen también a mí, supongo, es que estoy cubriendo una baja y que no se trata de mi turno de costumbre. ¡Un trabajo limpio! Han dicho algo sobre una conspiración...

    La segunda fue cuando me hube recuperado lo suficiente para oír que alguien preguntaba quiénes eran «ellos...» y oí la respuesta, para ese momento ya esperada: «el FBI».

    Y la tercera fue cuando me disponía a salir y dos hombres jóvenes e impecablemente vestidos aparecieron a mi lado, y me agarraron eficientemente de los brazos.

    Me hicieron entrar por una puerta en la cual había un cartel que decía Sólo Uso Oficial. Junto a ella estaba Nyla Christophe, con las manos a la espalda y aparentemente satisfecha. Tenía todas las razones del mundo para estarlo.

    Estúpido de mí...

    No había conseguido ver lo sencillo que era el problema desde el punto de vista de la inspectora Nyla Christophe. ¿Testigos que me proporcionaban una coartada molesta? Ningún problema. Sólo había que arrestarlos. Un testigo en una celda del FBI, a todos los efectos prácticos, deja de existir como tal. De ese modo podría fabricar un caso sencillo y precioso sobre la base de las fotos y las huellas dactilares y no tendría ninguna necesidad de preocuparse por unos detalles imposibles de entender. Ningún problema, ni el más mínimo... para Nyla Christophe.

    Mas para mí... ¡oh, sí! ¡Montones de problemas! Y el peor de ellos estaba apenas empezando.


    El piloto de un vuelo de primera clase de la Transcontinental and Western Airline que se acercaba a Chicago procedente del sur anunció su llegada al aeropuerto de Megs. La ciudad estaba cubierta de nubes pero eso no le preocupaba Chicago no tenía aquellos edificios de cien pisos típicos de Nueva York; era algo relacionado con el hecho de que el subsuelo de la ciudad era aluvial y no rocoso, por lo que no era nada fácil construir rascacielos. Eso facilitaba las cosas a los pilotos de los grandes aparatos trimotores... pero esta vez, cuando miró hacia adelante, vio de pronto que tenía enfrente una torre colosal allí donde no debía haber nada. Viró desesperadamente para esquivarla. Cuando miró hacia atrás la torre se había esfumado y los treinta y ocho pasajeros bien provistos de riqueza y afán de aventuras que tenía detrás y que habían preferido siete horas de avión a quince de tren estaban maldiciendo a todos sus antepasados.


    21 de agosto de 1983
    7.20 P.M. Senador Dominic DeSota


    Me había adormilado en el sofá esperando que Nyla llegase del aeropuerto. Supongo que cuando llegó por fin al hotel prefirió dejarme dormir. Podía haberlo imaginado. Siempre le había gustado practicar un poco al llegar, a veces antes incluso de abrir las maletas o de ir al cuarto de baño.

    — ¿Cómo se llega al Carnegie Hall? —solía preguntar, para responder ella misma—. ¡Practicando, practicando, practicando! Y, querido Dom, si me salto los ejercicios una temporada luego es mucho más difícil.

    O sea que lo que me despertó fue el ruido del Guarnerius en la habitación de al lado... una de las chaconas de Bach sin acompañamiento. La reconocí fácilmente. Puede que un año antes no la hubiese reconocido, ya que la música clásica es una de las muchas cosas para las que no queda tiempo cuando se sigue una carrera política, pero mantener relaciones amorosas con Nyla Bowquist había sido educativo en muchos aspectos. Y ése era solamente uno de ellos.

    Me levanté y fui al dormitorio. Ahí estaba, delante de la chimenea, dándome la espalda, serruchando el viejo contrabajo con el movimiento acompasado de su cuerpo. Me acerqué por detrás de ella y pasé la mano por debajo del brazo para acariciarle el pecho. No echó a perder ni una nota.

    —Concédeme dos minutos más, encanto —dijo con los ojos cerrados, el arco del contrabajo moviéndose sobre las cuerdas.
    — ¿Y qué se supone que debo hacer durante esos dos minutos? —le pregunté.

    Su respuesta me pareció como una canción, confundida con los compases de la música:

    —Pide un poco de champán...

    »... ve preparando la cama...
    »... o, sencillamente, desnúdate.

    Le di un beso en la nuca.

    —Probaré el número tres —dije. En realidad, no empecé a desnudarme. Una de las cosas que me había enseñado Nyla es que era más divertido desnudarnos juntos. Volví a la salita... no, supongo que merecería un nombre más digno, quizás el salón. Sabía que no serían dos minutos. Más bien un cuarto de hora... Cuando Nyla anda en una gira de recitales siempre tiene miedo de olvidar algo importante (el fraseo de un pasaje, o el mejor modo de enfatizar un acorde de tres o cuatro notas). Por lo tanto, cuando practica lo hace de lleno, y eso lleva tiempo. Volví a sentarme y cogí el teléfono.

    Mientras marcaba el número de mi oficina examiné la habitación. Me alegraba no tener que incluir la factura del hotel en mi nota de gastos. Los recaudadores de impuestos jamás se lo habrían tragado. Tampoco lo habría hecho el IRSi si cualquier ser humano normal hubiese intentado proclamar que una suite de cuatro habitaciones era un gasto de negocios necesario. Pero ésa es una de las buenas cosas que acarrea el ser violinista de concierto. Nyla dice siempre que necesita mucho espacio para practicar antes de los conciertos. La verdad es que eso es bastante cierto. Como parte de la estrategia habitual, los inspectores del IRS nunca han llegado a hacerle esa pregunta ya que las suites del hotel las reserva y las paga siempre la dirección de la sala de conciertos donde actúa; la factura ni tan siquiera llega a aparecer en sus declaraciones de ingresos y gastos.

    Cuando me contestaron de la oficina, pregunté por Jock McClenny. Reconoció mi voz, naturalmente, así que me limité a decir:

    —Jock, estoy donde siempre. ¿Algo urgente?
    —Nada de nada, senador. Ya le daré un toque si aparece algún problema.
    —Estupendo —dije, disponiéndome a colgar. Sabía que de ser necesario me llamaría y sabía igualmente que el riesgo de que ocurriese algo lo bastante importante como para que Jock me llamase al hotel de Nyla era mínimo. Pero le oí carraspear de un modo que me hizo detener—. ¿Qué pasa, Jock? —le pregunté.
    —Bueno, senador, es que he recibido una llamada del Pentágono. Algo raro. Una llamada rutinaria de Sandia, para asegurarse de que estaba usted ahí mismo.

    Sandia era una instalación de investigaciones en Nuevo México. Me erguí un poco en el sofá.

    —Bueno, pues no estoy ahí.
    —Exactamente, senador —dijo él y casi pude verle asintiendo con firmeza, complacido por haberse anotado un tanto. Y complacido, igualmente, por el hecho de que los militares hubiesen vuelto a cagarla, dado que a Jack le encantaba pillar al Pentágono metiendo la pata.


    i IRS: Siglas correspondientes a Internal Revenue Services, el equivalente estadounidense de nuestro Ministerio de Hacienda. (N del T)
    ii Doble, en alemán. (N delT)


    iii Ceremonia con la que los judíos celebran la llegada a la mayoría de edad del varón y que significa su ingreso en la comunidad de los adultos (N del T)

    iv . El kudzu es una planta ornamental de origen japonés con raíces comestibles y un fuerte tallo fibroso, cuya propagación descontrolada ha supuesto en los últimos años un serio problema para bastantes cultivos de California y el sur de los EE.UU. (N del T )

    v Eso es lo que le dijo la heroína de «El Mago de Oz» a su gallina Dorothy al encontrarse por primera vez en la Tierra de Oz. (N del T)


    De hecho, también a mí me encantaba. Me habría gustado explorar un poco más el asunto, pero de la habitación contigua habían dejado de llegar los compases del violonchelo.

    —Sigue atento, Jock —le ordené—. Hablaré contigo después.
    —Muy bien, senador —dijo, sospeché que con un poco de envidia. No le culpaba. Nyla es una belleza espectacular, lo cual puede justificar ciertamente ya un poco de envidia, pero además se daba el caso de que Jock era un fanático de la música. Nunca se perdía una actuación de Nyla. A veces, desde el palco que ella solía reservarme, miraba hacia abajo y le veía más o menos por la fila veinte, contemplándola con aire de paciente adoración.

    Cuando abrí la puerta que daba al dormitorio me pregunté cómo la habría mirado si la hubiera sorprendido como yo en ese instante... balanceando las caderas para sacarse el vestido, desnuda de cintura para arriba, con el Guarnerius bien seguro en su estuche. Nyla me lanzó una mirada altiva.

    —Sigues con la ropa puesta —dijo con tono acusatorio.
    —Eso tiene fácil remedio —contesté, y se lo probé sin la menor dificultad.

    Si las cosas hubieran seguido su curso normal, un hombre casado como yo jamás hubiera podido mantener una relación con una mujer casada como Nyla Christophe Bowquist. Sencillamente, nuestros mundos no se cruzaban. Yo era un físico fracasado que había acabado metiéndome en la abogacía y luego en política. Nyla era algo especial. Había crecido de un modo salvaje y algo loco (ella misma lo decía) y si no hubiera sido por las audiciones para la beca de la Juilliard School, probablemente habría acabado en la cárcel o en algún sitio peor.

    En vez de eso, acabó siendo N*Y*L*A C*H*R*I*S*T*O*P*H*E B*O*W*Q*U*I*S*T con un dúplex en Lake Shore Drive (y un esposo dedicado a las inversiones inmobiliarias), en tanto que yo acabé con un apartamento en Marine... y una esposa llena de ambiciones. Si Marilyn, mi mujer, se hubiese salido con la suya, yo hubiera acabado siendo presidente. Si me salgo con la mía puede que acabe siéndolo, pero tendré una primera dama distinta. Lo gracioso es que quien nos reunió por primera vez fue Marilyn. No lo pretendía, por supuesto, pero se le ocurrió que sería estupendo para mi imagen que les dejase hacerme miembro del Consejo de las Artes de Chicagolandia. Y ahí conocí a Nyla. Estuvimos sentados el uno junto al otro en una cena para recoger fondos un viernes, aparecimos juntos en un espectáculo radiofónico un sábado y acabamos en la cama la noche del domingo. ¿Química? Esa es la palabra que suelen usar pero, sea lo que sea, con nosotros funcionó.

    Cuando hubimos terminado y descansábamos apoyados sobre un montón de almohadas, fumando el cigarrillo de después de hacer el amor, el que mejor sabe, me di cuenta de que en sus ojos había una expresión algo ausente y le pregunté:

    — ¿En qué estás pensando?
    —En nosotros —dijo.
    —Yo también —alargué la mano hacia un cenicero, sin soltar del todo su pecho izquierdo y, cuando hube terminado con mis equilibrios para ponerlo donde los dos pudiésemos usarlo, añadí—: Estaba pensando en lo distintas que podrían haber sido las cosas si nos hubiésemos conocido de otro modo. —O en otro momento —dijo ella con un gesto de asentimiento.

    Yo también asentí.

    —Como si nos hubiésemos encontrado antes de que tú te casases con Fred... o yo con Marilyn. Si nos hubiéramos conocido por casualidad, sin que ninguno de los dos estuviese casado. ¿Tú qué opinas?
    — ¿De qué, Dom? —me preguntó, apagando su cigarrillo.
    — ¿Piensas que podríamos habernos casado? —le pregunté.

    Se recostó un instante en la cama, hurgando juguetonamente con la lengua en mi oído.

    —Claro —dijo luego.

    Aunque no estaba tan «claro», la verdad. No teníamos demasiadas cosas en común, aparte de la cama. No sé gran cosa de música (no paso de conocer más que algunas canciones country) y Nyla le profesaba un decidido odio a la mayor parte de mis actividades políticas. Y, en cualquier caso, de haber sentido tan irrefrenable impulso por casarnos, había una cosa llamada tribunales de divorcio. Ninguno de los dos tenía hijos, poseíamos independencia económica de nuestros respectivos compañeros y a los votantes ya no les preocupaba tanto la historia matrimonial de un senador como en el pasado. Si volverse a casar después del divorcio te hubiese apartado de la política, la señora Reagan no estaría en la Casa Blanca.

    No, lo que nos apartaba del matrimonio era únicamente que ninguno de los dos quería arriesgarse. Por eso Nyla volvió a decir «Claro», con mucha seguridad, y luego se incorporó en la cama.

    —Tendría que empezar a pensar en vestirme. ¿Te reúnes conmigo en la ducha?—Claro —dije, y lo hice.

    «Claro» es una palabra que aparece mucho en nuestras conversaciones, para encubrir dudas sobre cosas que ninguno de los dos tiene demasiado decididas. Chapoteamos y nos enjabonamos mutuamente en la ducha, pasándolo muy bien, pero no durante mucho rato porque, cuando habíamos acabado de enjabonarnos a conciencia, el timbre del teléfono del cuarto de baño empezó a sonar melodiosamente.

    —Oh, diablos —dijo Nyla—. No, Dom, déjame cogerlo —ése era otro de nuestros «claro». Claro que dejé que lo cogiese, ya que podía tratarse muy fácilmente de alguien que no debía saber que era yo quien contestaba al teléfono: un manager, un esposo, un reportero, un fanático del violonchelo que se las hubiese arreglado para conseguir el número de la suite... incluso podía ser la esposa de su amante, aunque los dos sabíamos que, probablemente, no sería ninguna de esas personas. Y no lo era. Era quien yo pensaba que sería porque, ¿qué otra persona iba a estar en la oficina todavía una tarde de domingo? Nyla me alargó el auricular poniendo mala cara; no le gustaba demasiado Jock o, al menos, no le gustaba que estuviese enterado de lo nuestro. Había dejado el auricular lleno de jabón y el que yo tenía en las manos hizo que estuviese a punto de caérseme. Pero me las arreglé para decir:
    — ¿Sí, Jock?

    Y entonces sí que estuvo a punto de caérseme; de hecho, lo cogí por el cordón cuando ya había llegado casi al fondo de la ducha.

    —Es sobre esa llamada de Sandia —dijo—. Viene de la Gatera, senador.

    Entonces fue cuando tuve auténticos problemas con el teléfono, dado que la Gatera no es algo de lo que se suele hablar en una línea que no sea de máxima seguridad.

    — ¿Sí? —respondí secamente.
    —Han vuelto a llamar, senador. Dicen que han comprobado las huellas dactilares, la voz, la foto del carnet... y que todo encaja. Tienen a ese hombre bajo custodia y él dice que es usted. Y también ellos lo dicen, senador.


    Una mujer que había enviudado recientemente y que dormía mal en la desacostumbrada soledad de su gran cama de matrimonio oyó medio en sueños algo que parecía un grito. Cuando estuvo totalmente despierta el grito seguía ahí. Asombrada, se acercó a la ventana, pero desde allí sólo pudo ver los tranquilos prados que rodeaban su casa. Abrió la ventana (no le fue fácil, pues la gente que vive en casas de ciento cincuenta mil dólares no suele dejar entrar el aire) y los gritos se hicieron más fuertes al momento, acompañados por el olor de algo podrido. ¿Estaban violando a alguien? ¿Le estañan matando? Vero ninguna de las dos cosas le pareció concebible en la tranquila elegancia de los Jardines Cabrini.


    22 de agosto de 1983
    2.50 A.M. Senador Dominic DeSota


    No había demasiados vuelos de Washington a Albuquerque la noche del domingo y ninguno de ellos era directo. Llegué a creer que me vería obligado a llamar a los de la fuerza aérea para pedirles ayuda. Jock se las arregló finalmente para meterme en un vuelo de la TWA que salía del National a las nueve. Eran cuatro horas de viaje y dos cambios horarios y, por suerte, conseguí dormir un poquito entre Kansas City y Albuquerque. Ahí se acabaron las comodidades civiles y a partir de entonces el resto del camino fue militar. Parecía como si los del Departamento de Guerra no durmiesen jamás. Me recogieron delante de la soñolienta terminal del aeropuerto en un coche oficial y nos lanzamos a través de las autopistas y los caminos desiertos hacia la entrada de la base Sandia. Mi conductor era una PM, teniente del WAC,1 y los centinelas la saludaron nada más verla. No pidieron documentos de identidad pero cuando salimos del puesto de guardia nos siguió un furgón de la PM. Nos acompañó mientras atravesábamos la base, pasando junto a la instalación de energía solar, el área nuclear y el Edificio A-440.

    Antes había sido el Edificio A-440. Ahora lo llamábamos la Gatera. El Rey de los Gatos era un coronel del Ejército llamado Martineau. Cuando nos habíamos visto en alguna convención, habíamos simpatizado bastante el uno con el otro y me sorprendió un poco que no me hubiese llamado él personalmente. Hubiera sido razonablemente informal y espontáneo.

    Cuando salí del coche, tres PM bajaron del furgón y me siguieron. Empecé a darme cuenta de que en aquella visita no había nada de informal o espontáneo. Los PM no marcaban el paso y no dieron señales de querer rodearme, y mucho menos tocarme, pero no me quitaron los ojos de encima hasta que llegué a la puerta y crucé los salones que llevaban a la oficina del coronel Jacob Martineau.

    —Coronel —dije, con una leve inclinación de la cabeza.
    —Senador... —respondió él, devolviéndome el gesto, y añadió—: ¿Puedo ver sus documentos, por favor?

    No, aquello no tenía nada de informal. Martineau repasó mi permiso de conducir de Illinois, mi pase de senador y la tarjeta de plástico con el borde rojo que contenía mis huellas dactilares y el código magnético que el Departamento de Guerra entrega a ciertos pesados como yo, que carecen de rango militar pero a veces tienen derecho a visitar ciertas instalaciones militares secretas.

    No se limitó a leérselos de cabo a rabo. Colocó la tarjeta en una de esas pequeñas terminales de mesa que usan en los restaurantes de lujo cuando quieres cargar una factura de doscientos dólares en la cuenta de tu tarjeta American Express y, aun después de ese control, seguía sin parecer satisfecho.

    —Senador —dijo—, me gustaría que me contase dónde nos vimos por última vez. ¿Fue en el Pentágono o aquí?
    —Como usted bien sabe, Jacob —dije controlando muy bien mi tono—, no fue en ninguno de los dos sitios. Fue en Boca Ratón, en la conferencia sobre tecnología especulativa. Los dos asistíamos como observadores.

    Sonrió, ligeramente más relajado, y me devolvió mi cartera.

    —Bueno, Dom, supongo que es usted —dijo—. El otro no se acuerda de Boca Ratón.

    Me dispuse a hacer una pregunta sobre «el otro» pero el coronel se me adelantó.

    —Espere un segundo, por favor. ¡Sargento! Por favor, haga llevar al prisionero hasta la sala de conferencias. El senador y yo vamos a hablar con él.

    Esperó a que el sargento saliese de la habitación antes de continuar:

    —Dominic, tenemos problemas.
    — ¿A causa de ese tipo que dice ser yo?
    —No dice exactamente eso —respondió el coronel, frunciendo el ceño—. El problema es que no dice gran cosa. Al principio pensamos que era usted. Ahora...
    — ¿Ahora ya no?

    El coronel vaciló.

    —Ahora —dijo—, no me hace ninguna gracia decirle lo que pienso, pero creo que es el único medio de explicarlo. Senador, creo que ese otro hombre es un Gato.


    Un granjero llamado Wayne Sochsteiffer se despertó oyendo en la radio el primer noticiario de la WGN, bostezó un poco y, después de estirarse, caminó lentamente hasta la ventana preguntándose si convendría regar la soja en el campo cuarenta del norte. Cuando llegó a la ventana lanzó un grito de sorpresa. El cuarenta norte no estaba. En su lugar había una valla de alambres, un aparcamiento que parecía contener mil coches y un edificio bajo y alargado con el letrero: MOTORES NISSAN - LOS MEJORES EN CALIDAD.

    Wayne Sochsteijfer se quedó altamente sorprendido.

    Vero ese Wayne Sochsteiffer no se sorprendió tanto como un granjero llamado Wayne Sochsteiffer que se despertó del mismo modo, miró por la misma ventana y vio sencillamente lo que esperaba ver: su campo cuarenta norte, reluciendo con un color verde oliva bajo la primera luz del alba. Su granja estaba donde debía, ahí. Su sorpresa vino cuando, al volverse hacia su cama de matrimonio, vio en ella, contemplándole con expresión soñolienta desde su lado del lecho, a una esposa distinta.


    22 de agosto de 1983
    4.20 A.M. Senador Dominic DeSota


    El personal de la Gatera no parecía haberse enterado de que estábamos en plena noche. El prisionero, sin embargo, sí se había enterado, ya que había estado profundamente dormido. El sargento llamó desde la sección de confinamiento para decir que el prisionero pedía permiso para vaciar su vejiga y darse una ducha antes de acudir a la sala de conferencias.

    — ¿Por qué no? —dije cuando me lo consultó el coronel Martinau—. No me importa dar muestras de cierta consideración, especialmente a mí mismo.

    Abrió los labios y rió en silencio, con el tipo de risa que acoge una estupidez, no una broma. Dio su permiso, ordenó que nos trajesen café, tanto a nosotros como al prisionero, y luego nos quedamos sentados esperando, mirándonos el uno al otro.

    No parecía haber gran cosa que decir.

    Podríamos haber conversado sobre esa persona que parecía ser yo, pero los dos habíamos adquirido la costumbre de no hablar sobre los Gatos. De hecho, jamás usábamos el término fuera de nuestras citas de alta seguridad y, por lo que yo sabía, jamás había aparecido en letras de molde. Era el mayor de los secretos en la instalación más secreta para la investigación militar de todo el país. Era un secreto tan grande que yo no había creído que fuese verdad ni por un momento.

    No todo se escondía en Sandia. Estaba la instalación para investigaciones de energía solar, que no era nada secreta y ocupaba más de la mitad de la extensión de la base. La sección de armas nucleares tampoco era exactamente un misterio, sólo lo que ocurría en su interior. El mundo sabía que, de esa parte fluía una continua corriente de bombas inteligentes y misiles autodirigidos.

    Aparte de eso, nadie sabía nada... o se suponía que nadie sabía nada acerca de las partes de Sandia que superaban en extrañeza a todas ésas. Había una pequeña sección dedicada a modificar el clima para destruir la agricultura del enemigo y otra que exploraba las posibilidades de la guerra genética. Genética: lo que allí se cocía no eran virus o sustancias químicas para atacar a la población actual de un estado enemigo. Eran destructores del DNA, creados para hacer que los hijos del enemigo creciesen inútiles y fáciles de vencer.

    En mi propia defensa diré que aunque eso me parecía inmoral, me parecía igualmente que no iba a funcionar nunca.

    Y luego estaba la Guerra-Psi. Algo aún más dudoso y extraño; en el interior del edificio de la Guerra-Psi guardábamos a un grupito de unos dieciocho o veinte tipos raros tirando a chiflados (que iban desde los ocho a los ochenta años de edad), que se salían realmente de lo normal. Cada uno de ellos decía poseer alguna habilidad especial. Estaban los que poseían habilidades extracorporales; decían que podían abandonar sus propios cuerpos y penetrar en otros, incluso los situados a miles de kilómetros, para ver y oír con los ojos y oídos de esa otra persona. ¡Maravilloso! ¡Podían ir a cualquier base enemiga y enterarse de todos los secretos! Algunos decían que habían llegado a hacerlo, aunque aún no habíamos logrado encontrar ningún secreto que fuésemos capaces de hacer funcionar o alguna prueba de que a alguien le funcionase.

    Yo sentía mucho, mucho escepticismo hacia todo ese circo. En parte, por mero cinismo: los chiflados estaban realmente muy chiflados y además tenían el feo vicio de hacer trampas en las pruebas. Cuando se les pillaba haciendo trampas se les ponía a prueba y si reincidían, se les echaba. Más pronto o más tarde, todos acababan fuera. Pero eso no servía para desanimar a los que dirigían el proyecto Guerra-Psi, pues tan pronto decidían que uno de sus lunáticos era un fraude y le despedían, sus buscadores de talentos desenterraban a otro en algún pueblucho de Idaho o Alabama y nos lo mandaban a toda prisa para que lo pusiéramos a prueba... y así, una y otra vez.

    La otra razón de que fuese escéptico no tenía nada de cínica. Al contrario, era lo más opuesto al cinismo; mis compañeros del comité solían tacharme de idealista cuando yo hacía alguna alusión a ella.

    Realmente, yo no creía que tuviésemos ningún enemigo.

    Oh, claro, los japoneses y los alemanes. La verdad es que eran unos competidores muy duros y nuestra comunidad empresarial les odiaba tanto como el viejo Catón a Cartago. La verdad era que realmente nos las hacía pasar moradas en el comercio internacional pero, ¿acaso deseábamos entrar en guerra con ellos? Cuando digo «enemigos» me refiero a enemigos de sangre, irreconciliables, como lo fueron en el pasado Adolf Hitler o Josef Stalin. Hacía mucho que habían desaparecido...de hecho, en el cuerpo diplomático ruso había un nieto de Stalin con el que yo solía jugar al póquer cada vez que podía. Un tipo estupendo... Enemigos mortales y militares de ese tipo ya no existían, simplemente. No se trataba tanto de tolerancia o sabiduría por nuestra parte, como de pura suerte, claro... si la Guerra Fría hubiese subido algunos grados más de temperatura años atrás, las cosas podrían haberse puesto muy mal. Pero nos libramos de eso cuando los chinos y los rusos decidieron subir de grado sus disputas fronterizas y convertirlas en una confrontación nuclear a gran escala. Lo dejaron después de unas cuantas bombas, pero ninguno era ya un enemigo militar digno de tomar en serio. Su gran problema era evitar derrumbarse por completo.

    Teniendo eso en cuenta podría parecer extraño que nuestro Comité para el Análisis de la Investigación en Armamentos no hubiese intentado jamás cortarle los fondos ni tan siquiera a la Guerra-Psi. Había razones para eso y la principal es que esos proyectos eran tan baratos que su mantenimiento no tenía la menor importancia. Dado que era política nacional mantener una fuerte línea defensiva (y con Reagan en la Casa Blanca era imposible poner en duda esa política), debía existir algo como Sandia. Si la Guerra-Psi, la genética y la Gatera eran una pérdida total, como yo me inclinaba a pensar, entonces las cantidades así gastadas eran tan penosamente pequeñas que, sencillamente, no valían la molestia de inventarles un nuevo destino. La Guerra-Psi y la Gatera juntas costaban al año menos de lo que costaba el mantenimiento de un silo de misiles.

    Y si alguna de ellas acababa convirtiéndose en un sistema de armamento operativo...

    Bueno, su potencial era sencillamente enorme. En especial la Gatera. Había tomado ese nombre de algo llamado «el Gato de Schroedinger». ¿Qué era el gato de Schroedinger? Bien, digamos que, según contó el físico que compareció ante nosotros la primera vez que surgió el tema, Schroedinger era un hombre que había descubierto algo llamado mecánica cuántica. Ah, sí, y ¿qué era eso de la mecánica cuántica? Bueno, dijo el físico, básicamente era un nuevo modo de ver la física. Cuando su explicación no pareció satisfacer a ninguno de los endurecidos políticos que formábamos el Comité, lo intentó de nuevo. La mecánica cuántica, dijo, recibió ese nombre por el descubrimiento hecho por Schroedinger de que la energía, por ejemplo, no fluía en una corriente uniforme como el agua de un grifo (aunque, rectificó, hasta el agua de un grifo sólo parece uniforme e interminable, pero está compuesta en realidad por moléculas, átomos y partículas aún más pequeñas), sino en paquetes de unidades llamados cuantos. El cuanto básico de luz era el fotón. Bueno, allí empezamos a tener la impresión de que pisábamos ya terreno firme, porque hasta los senadores y los congresistas han oído hablar de los fotones. Pero en ese momento destrozó todas nuestras esperanzas volviendo al gato. ¿Qué tenía que ver el gato en todo ese asunto? Bien, dijo el físico, claramente angustiado y pendiente de nuestras caras, había una especie de experimento mental propuesto por Schroedinger. Verán, hay otra cosa que se llama el principio de la incertidumbre de Heisenberg. Y, en cuanto a eso, ¿qué era el principio de la incertidumbre de Heisenberg? Bueno, dijo removiéndose incómodo en su silla de testigo, eso era algo difícil de explicar...

    Se equivocaba en eso. No era nada fácil de explicar, sólo de entender. Según Heisenberg, era imposible conocer a la vez la posición y el movimiento de una partícula. O sabías dónde estaba o podías saber hacia dónde iba, pero las dos cosas a la vez no.

    Peor aún, había algunas preguntas a las que no sólo era imposible hallar respuesta sino a las que no había respuesta alguna, y ahí llegamos de nuevo al gato. Supongamos que se pone un gato en una caja, dijo Schroedinger. Supongamos que con el gato se introduce una partícula radiactiva que tiene exactamente una posibilidad sobre dos de fisionarse. Supongamos que con el gato y el radionúcleo se coloca una lata de gas venenoso con un mecanismo que entrará en funcionamiento si la partícula se fisiona. Luego puedes mirar a la caja desde fuera y preguntarte si el gato está vivo o muerto. Si la partícula se ha fisionado, está muerto. Si no, el gas no fue liberado y el gato está vivo.

    Pero desde fuera no hay modo de saber cuál de las dos cosas es cierta. Desde el exterior hay cinco oportunidades sobre diez de que el gato esté vivo.

    Pero un gato no puede estar vivo en cinco décimas partes.

    Por lo tanto, dijo el físico en tono triunfal, contemplándonos radiante y complacido por haber puesto las cosas en claro, lo que intentaba decir es que ambas cosas eran ciertas. El gato está vivo. El gato está muerto. Pero cada una de esas frases es verdad en un universo dado, ya que en el momento de la decisión el universo se bifurca... y desde ese instante, para siempre, habrá universos paralelos. Un universo con el gato vivo y otro con el gato muerto. Uno distinto cada vez que tiene lugar una reacción subnuclear que podría haber seguido dos cursos distintos... pues sigue los dos a la vez, y los universos se multiplican de modo interminable.

    En ese momento el senador Kennedy carraspeó.

    —Esto, doctor Fass... —dijo—, todo esto es muy interesante como ejercicio especulativo. Pero en el universo real abrimos la caja y vemos si el gato está muerto.
    — ¡No, no, senador! —exclamó el físico—. Eso es totalmente erróneo. Los dos son reales.

    Nos miramos unos a otros.

    — ¿En un sentido matemático, quiere usted decir? —aventuró Kennedy.
    —En todos los sentidos —exclamó Fass, meneando violentamente la cabeza—. Esos universos paralelos, creados por millones a cada microsegundo, son tan

    «reales» como éste, en el que me encuentro testificando ante ustedes. O, para decirlo en un contexto distinto, el universo en el que habitamos es tan «imaginario» como cualquiera de ellos.

    Y así nos quedamos, sentados allí, como tontos, dieciocho congresistas y senadores procedentes de todo el país, preguntándonos si aquel hombre intentaba tomarnos el pelo... o, de no ser así, qué podría implicar todo aquello. Un congresista de Nueva Jersey me murmuró al oído:

    —Dom, ¿ves alguna aplicación militar a todo esto?
    —Pregúntaselo, Jim —respondí con otro murmullo y, cuando el congresista así lo hizo, el físico puso cara de asombro.
    —Oh, caballeros, les pido disculpas —dijo—. Y a las señoras también —añadió con un gesto hacia la senadora Byrne—. Pensé que había quedado todo claro... Bien. Supongamos que desean lanzar una bomba H sobre alguna ciudad, o sobre una instalación militar, o donde sea, en cualquier lugar del mundo. Construyen su bomba y la llevan a uno de los universos paralelos. Vuelan hasta la latitud y longitud de Tokyo (es decir, al lugar que corresponda), la vuelven a situar en nuestro mundo y la hacen detonar. Buuum. Cualquiera que fuese el lugar, se ha esfumado. Si tienen diez mil blancos (digamos, todo el arsenal de misiles de otro país) sólo hace falta construir diez mil bombas y soltarlas todas de golpe. Nadie puede defenderse contra esas bombas. Los enemigos ni tan siquiera pueden verlas llegar. Porque en su mundo no han llegado... hasta que ya están ahí.

    Y volvió a recostarse en su asiento, muy contento de sí mismo.

    Y todos volvimos a recostarnos en nuestros asientos y nos miramos entre nosotros.

    Pero creo que ninguno de nosotros parecía especialmente complacido.

    Quizás ni tan siquiera eso habría convencido al comité, de no ser por algo muy importante que ya he mencionado: si el programa no funcionaba, como todos pensábamos que iba a suceder (y debo añadir que esa era la esperanza de la mayoría de nosotros), se perdería muy poca cosa, ya que el programa, igual que la Guerra-Psi, era muy, muy barato.


    Bien, finalmente apareció aquel tipo y debo decir que fue una de las experiencias más desagradables de mi vida. No fue dolorosa ni insoportable. Pero careció totalmente de cualquier connotación agradable.

    Como la mayoría de los hombres, detesto ir de compras, especialmente si se trata de ropa. Y una de las razones principales es que odio esos espejos triples que hay en las tiendas de ropa. Los encuentro sencillamente injustos, pues te pillan siempre por sorpresa. Te pruebas un traje; el vendedor te miente al decir que te sienta como hecho a medida; te hace caminar hasta el fondo de la tienda, donde hay tres espejos unidos entre sí, como un tríptico medieval. Te miras en todos, desprevenido, y lo primero que notas es que te estás viendo de perfil. Jamás me miro voluntariamente de perfil. Considero la idea casi obscena. No es así como Dios quiso que me viese y la prueba de ello es que cuando me veo de perfil me encuentro totalmente horrible. Ni tan siquiera reconozco a ese tipo con cara de idiota y nariz rara, por no hablar de la mandíbula prominente. Cómo ha logrado meterse en el espejo en el que debería reflejarme yo me resulta siempre un gran misterio... y, con todo, no he perdido totalmente el contacto con la realidad. Sé que esa persona, realmente, soy yo. Sencillamente, no quiero saberlo.

    Eso es lo que sucedió en la Gatera, en Sandia.

    Cuando le hicieron entrar no me miró. De hecho, no miró a nadie en particular. Al menos le habían dejado lavarse la cara, pero llevaba los brazos esposados a la espalda. Puede que mantuviese los ojos clavados en el suelo por miedo a caerse, pero no lo creo. Creo que sólo había una razón y era que sabía muy bien que si levantaba la vista los ojos que estaría mirando serían los suyos. O los míos. Los nuestros.

    Le odié de inmediato.

    Era mil veces peor que los espejos triples de las tiendas. No podía ser peor.

    Tenía mi cara y el mismo color de pelo, incluso esa zona donde estaba empezando a perderlo. Tenía todo lo que yo tenía. Casi todo, pues había algunas pequeñas diferencias... pesaría unos tres o cuatro kilos menos que yo y sus ropas no se parecían a nada que yo hubiese llevado jamás. Era un mono hecho de una sola pieza con alguna tela color verde oscuro que parecía brillar y con el pecho lleno de bolsillos: había también bolsillos en el mismo sitio en que hubieran estado los de los pantalones, si es que los hubiese llevado. Incluso tenía bolsillos en las mangas y en el muslo derecho. Puede que en otro tiempo esos bolsillos hubiesen contenido las preciadas posesiones de mi otro yo, pero ya no era así. Sin duda, los soldados del coronel los habían registrado, apoderándose de ellas.

    —Dominic —dije con esfuerzo—. Mírame.

    Silencio. El otro Dominic no respondió y ni tan siquiera alzó la vista, aunque por el ángulo de inclinación de su cabeza y por su expresión decidida me quedó claro que me había oído. Nadie más habló. El coronel no perdía detalle pero seguía callado, y mientras el coronel Martineau no dijese nada ninguno de sus hombres abriría la boca.

    Volví a intentarlo.

    — ¡Dominic! Por el amor de Dios, dime qué está pasando.

    Mi otro yo mantuvo los ojos clavados en el suelo un ratito más. Luego alzó la vista pero no me miró. Examinó el reloj que había encima de la cabeza de Martineau, como si estuviese haciendo un cálculo; luego se volvió hacia mí y dijo:

    —Dominic, por el amor de Dios, no puedo.

    No era una respuesta muy satisfactoria. El coronel Martineau fue a decir algo pero le indiqué con un gesto que se callara.

    —Por favor... —dije.
    —Bueno, Dom, viejo amigo —dijo mi otro yo, con aire de pena—, en realidad, si estoy aquí es porque deseaba decirte algo. Precisamente a ti, Dominic DeSota que, como ya sabes, eres también yo.

    El coronel empezaba a ponerse furioso, pero mi reacción fue muy distinta.

    —Oh, Dom —le dije apenado a mi otro yo—, cuantas veces no habré deseado hacerme lo bastante mayor como para abandonar este tipo de juegos. ¿Por qué no sueltas de una vez lo que quieres decirme?
    —Porque es demasiado tarde, Dom —dijo.
    — ¿Para qué es demasiado tarde, maldición?
    —Para aquello de lo que iba a avisarte, ¿entiendes?
    — ¡No!
    —Ya lo entenderás. Está sucediendo. Y cuando volvamos a encontrarnos —intentó sonreír, pero le salió más bien un semisollozo—, no será a mí a quien te encuentres.

    Se detuvo, abrió de nuevo la boca, vaciló, miró al reloj... Y desapareció.

    Cuando digo «desapareció» ésa es justamente la palabra, pero quizás doy una imagen equivocada. El otro Dominic DeSota no «desapareció» agachándose para meterse en un armario, ni nada parecido, y tampoco se volvió transparente como un actor en una película de ciencia ficción. Sencillamente, desapareció. En un momento dado estaba ahí y al siguiente ya no.

    Y un par de esposas, cerradas sobre sus ya ausentes muñecas, cayeron estrepitosamente al suelo en el lugar que él había ocupado.


    Cosas como ésa no suceden en mi vida normal. Carecía de reacciones preprogramadas para enfrentarme a tan flagrante violación de las leyes naturales, y lo mismo le pasaba al coronel Martineau. Me miró, y le devolví la mirada. Ninguno de los dos dijo una sola palabra respecto a la desaparición, a menos que se pueda considerar como tal el « ¡Mierda!», que me pareció oírle pronunciar en un susurro.

    — ¿Se le ocurre a qué podía referirse, coronel? —le pregunté... sólo para estar seguro—. ¿No? Ya me lo había imaginado. Bueno, ¿y ahora qué hacemos?
    —No tengo ni zorra idea, senador —me contestó. Pero aunque un oficial con mando del Ejército puede decir esas cosas, no puede actuar como si fuesen ciertas. Llamó a un sargento y ordenó que saliesen patrullas a buscar a mi otro yo perdido; el sargento puso cara de asombro y el coronel de resignación, pues todos sabíamos que eso iba a servir de muy poco—. Hágalo, sargento —dijo, y se quedó mirando cómo cumplían sus órdenes—. Bien —me dijo finalmente—, al menos hay algo bueno. Ha dicho que, fuese lo que fuese, ya estaba sucediendo, así que muy pronto descubriremos qué significa todo esto.
    —Me gustaría estar tan seguro como usted de que eso es bueno —dije yo.

    Y diez minutos después, cuando resultó que había dicho la verdad, resultó también que, efectivamente, no era tan bueno. Salimos de la habitación y atravesamos el salón, con el pequeño destacamento de soldados del coronel siguiéndonos como perros fieles y preguntándose dónde estaría el pájaro. Y nos topamos con otro destacamento de tropas, una docena más o menos, que también avanzaban, pero no al trote como las nuestras. Llevaban equipo de combate y unas carabinas de extraño aspecto colgando del hombro, aunque no permanecieron ahí mucho rato.

    —Apunten —dijo un sargento cuando los teníamos a unos quince metros. El destacamento se detuvo y los soldados pusieron la rodilla en el suelo. Las carabinas giraron limpiamente hasta apuntarnos, sin vacilar.

    Un oficial apareció entre los soldados.

    —Mierda —repitió el coronel Martineau, y no hizo falta que le preguntase por qué lo decía. El oficial vestía igual que el resto de los soldados pero era fácil distinguirle como tal porque llevaba pistola y no carabina. Otra cosa me quedó clara de inmediato respecto a su persona, y al hablar me la confirmó.
    —Soy el mayor Dominic DeSota, del Ejército de los Estados Unidos —dijo con una voz que yo conocía muy bien—, y son ustedes mis prisioneros de guerra.

    Lo dijo con gran claridad, pero había cierta tensión en su voz. Yo sabía el motivo. Las palabras se dirigían al coronel pero sus ojos estaban clavados en mí y la expresión de su rostro me era muy conocida. Era la mía.

    —Hola, yo —dije, y sus rasgos se endurecieron—. Creía que habías desaparecido —añadí—. ¿Qué era, una broma? Le hizo un brusco gesto con la cabeza a un soldado que se puso a mi espalda y me aferró los brazos. Algo frío y duro me mordió las muñecas y supe que me habían esposado.
    —Ignoro a qué se refiere con eso de la desaparición —dijo mi otro yo—, pero esto no es ninguna broma. Están ustedes bajo arresto preventivo.
    — ¿Por qué? —preguntó el coronel, aceptando su propio par de esposas.
    —Será sólo mientras ponemos las cosas en claro con su gobierno —nos dijo mi «yo» en tono tranquilizador—. Tenemos que explicarles lo que vamos a hacer y hasta que estén de acuerdo seguirán ustedes prisioneros. Es lo mejor que puede sucederles, ¿entienden? Y si no les gusta, no tienen otra opción. Pueden ofrecer resistencia y entonces ya no serán prisioneros, serán cadáveres.


    Un tractorista montado en su enorme John Deere conducía con lentitud a lo largo de las interminables hileras de tallos de soja, sin pensar en nada más serio que una cerveza helada y un partido de los Sox que se estaba perdiendo en la televisión, cuando de pronto oyó a sus espaldas el zap-zap-zap de unos coches lanzados a toda velocidad y el rrrrawr-rrrrawr de un semirremolque de doble eje. Por el rabillo del ojo vio un diesel gigantesco que se lanzaba sobre él. Giró frenéticamente el volante de su tractor, destrozando una docena de hileras, pero cuando miró hacia atrás no había nada.


    23 de agosto de 1983
    9.10 P.M. Señora Nyla Christophe Bowquist


    Era realmente una pena estar en la ciudad de Dom sin tenerle a mi lado, pero logré mantenerme ocupada. Siempre hay cosas que hacer antes de un concierto: entrevistas de prensa y cócteles previos a la actuación, en los que debes confraternizar con los peces gordos que subvencionan la National Symphony. Y, sobre todo, los ensayos. Diez minutos de ensayo con la orquesta consumen una hora entera de mi tiempo: preocuparse antes de empezar, intentar recordar las pausas, los tiempos y las entonaciones sobre los que hemos logrado ponernos de acuerdo una vez acabado el ensayo. Sería fácil pensar que un ensayo con Mstislav Rostropovich debería ser más sencillo que con otras personas, dado que Slavi empezó como violonchelista. De eso nada, no para de poner problemas. Puede llegar a volverte loca discutiendo la dinámica de un oboe o el número exacto de microsegundos necesarios para una nota sincopada. No quiero decir que no me guste trabajar con él. Por ejemplo, tiene un maravilloso sentido del humor. De hecho, le adoro.

    Les daré una idea del tipo de bromas amables que suele gastarme Slavi Rostropovich. Cuando devolví el contrato firmado para la actuación su agente me llamó para decirme lo siguiente:

    —Nyla, Slavi dice que puedes escoger. ¿Qué prefieres, Sibelius o Mendelssohn?

    Me fue imposible contener la risa.

    Era el tipo de broma para disfrutar de la cual necesitas llevar mucho tiempo en el negocio, y tenía su propia historia. Cuando actué con la National Symphony anteriormente, una periodista me pilló en una falta. Supongo que estaría cansada pero, fuese por lo que fuese, le dije algo que los violinistas no suelen revelar pero que toda persona que haya tocado el violín después de Paganini sabe muy bien: algunos conciertos encantan al público porque parecen mucho más difíciles de interpretar de lo que realmente son (como el de Mendelssohn) y otros ponen a prueba tu habilidad porque son mucho más difíciles de lo que parecen al oírlos (como el de Sibelius). Por eso le conté a esa mujer que si deseaba arrancarle vítores fáciles a un público poco sofisticado tocaría a Mendelssohn y que si deseaba lucirme ante mis colegas tocaría a Sibelius.

    —Dile a Slavi que prefiero a Mendelssohn —le respondí al agente, dirigiéndole una sonrisa al auricular. Porque, después de todo, sabía que no sería Mendelssohn y, naturalmente, dos días después me llegó un ramo de flores con una nota de puño y letra de Elena Rostropovich que decía así:

    «No sólo dotada de talento... no sólo hermosa... ¡también inteligente! Slavi le envía sus felicitaciones y toda su admiración, pidiéndole que toque Gershwin, dado que asistirá la presidencia.»

    Mandé un telegrama diciendo que me encantaría. Y era cierto. Gershwin es uno de los grandes, aparte de que el suyo es el único concierto de violín compuesto por un norteamericano capaz de hacer que hasta los cerdos callen al oírlo. Sabía muy bien, de todos modos, que la música de un extranjero no encajaba nada bien con los gustos de la presidencia.

    Elena Rostropovich era una dama encantadora, aunque no siempre resultaba fácil saber qué pensaba. Por ejemplo, nunca logré saber si le importaba mi asunto con Dom. Poníamos todo el cuidado posible para evitar los cotilleos pero, de todos modos, jamás me hizo el menor comentario, ni tan siquiera un guiño. Sin embargo, cuando me invitaron a cenar después del concierto yo ya sabía que Dominic recibiría una invitación idéntica en su mansión en Virginia. Mi invitación decía siempre para el señor y la señora Bowquist, y la de Dom era siempre para el senador y la señora DeSota. No importaba que nuestros respectivos cónyuges estuviesen en Chicago, como estaba siempre Ferdie y como solía estarlo Marilyn DeSota. Por lo tanto, Dom pasaría la noche anterior en mi suite del hotel. Los dos habíamos tenido un día muy atareado y nos encontraríamos a las once de la noche en el ascensor, «descubriéndonos» con expresiones de sorpresa cordial en la fiesta de Elena. Y entonces ella sugeriría que, dado que ambos carecíamos de compañía esa noche, Dom bien podría llevarme de vuelta a casa.

    Lo cual hacía infaliblemente.

    Esas noches eran las mejores que Dom y yo pasábamos, porque podíamos aparecer juntos en público. Y después, cuando estábamos a solas, había muy poco riesgo de que nuestros cónyuges nos pillasen. Todo lo que hiciésemos en Chicago era bastante arriesgado, pues siempre existía la posibilidad de que algún conocido apareciera casualmente en un mal momento... en un pasillo del hotel, un ascensor, o el restaurante en que estábamos citados. Las demás ciudades no eran mucho mejores. A veces, por pura suerte, Dom lograba inventar una razón para volar a Boston, Nueva York o adonde yo estuviese, pero siempre andábamos justos de tiempo. No, Washington era el mejor lugar... o, al menos, el mejor que podíamos tener.

    Ni siquiera ahí era perfecto. También teníamos conocidos en Washington. Más tarde o más temprano Ferdie o Marilyn oirían una leve alusión o les asaltaría la duda. Y a partir de ese momento sólo sería cuestión de tiempo. ¿Detectives privados? Quizás. ¿Por qué no? Un cónyuge traicionado no tiene razón alguna para jugar limpio.

    Y entonces todo el asunto caería sobre nuestras cabezas y lo que pasara después sería realmente desagradable...

    Pero, Dios mío, por favor, todavía no.

    —Nunca —contestó Dom con firmeza, poniéndose los calcetines a las dos de la madrugada, cuando se me ocurrió decírselo.
    —Querido, tiene que ocurrir un día u otro —dije, intentando sonar razonable.
    —No tiene por qué ocurrir. No tienen por qué pillarnos —se detuvo, con los pantalones a medio poner, y me besó en el ombligo—. Podemos seguir así eternamente. Incluso, si nos pillaran...

    Cambié de tema, o intenté hacerlo.

    —Ya sabes quién asistirá al concierto —le dije.
    — ¿Sí? ¿Y qué? Ah... —dijo, asintiendo con aire de sabelotodo mientras se subía la cremallera—. Ya veo la conexión. Quieres decir que no deseas escandalizar a la presidencia, ¿verdad? Y si no nos pillan mi mujer nunca se molestará, ¿verdad? Y aunque lo hagan, siempre nos queda la alternativa de...—No, no hay alternativa —dije yo antes de que pudiese completar la frase con un «casarnos». Porque ése era el único tema que me negaba a discutir siempre con el senador Dominic DeSota. No podía tolerar la idea de serle infiel a un hombre que me amaba. No podía tolerar la idea de echarle a patadas de mi vida, expuesto a la humillación pública.

    Por lo tanto, no lo sentí demasiado cuando Dom tuvo que irse a Nuevo México, porque había estado insistiendo cada vez más al respecto y a mí se me estaban acabando los trucos para apartarle del tema. Y la noche del concierto, cuando empecé con el primer movimiento, ese «allegro hot» sincopado, su asiento a mitad de la tercera fila estaba vacío.


    Lo que ocurrió después fue algo totalmente inesperado y para explicarlo debo referirme al concierto.

    Gershwin murió joven. Había empezado a componer música para violín apenas dos años antes de que aquel taxi le atropellara al cruzar la Calle 52. Y de pronto, apenas sin experiencia previa, creó esa maravilla, total y absolutamente suya. En los primeros tiempos, Gershwin había tenido que contratar a Ferde Grofe para que le hiciese las orquestaciones, pero en la época del concierto para violín ya dominaba por completo el arte. Las cuerdas y la percusión eran tan peculiarmente suyas como esos temas para violín capaces de fundirte el corazón.

    Había algo más que me gustaba del concierto, un truco que le había pedido prestado a Mendelssohn. Mendelssohn no deseaba correr el riesgo de que algún idiota del público creyese que la pausa después del primer movimiento significaba que el concierto había terminado y se pusiera a aplaudir. No es que eso sea demasiado horrible, pero lo que lo convierte en un auténtico problema es que entonces la mitad del público se sonroja por haberse puesto a aplaudir cuando no debía y la otra mitad se enfada porque esos idiotas han interrumpido la actuación. Por lo tanto, Mendelssohn no permitió que nadie cometiese ese error. Nunca se da ese instante de silencio durante el cual el público se remueve en sus asientos y los hombres que han ido por lo pesadas que se han puesto sus mujeres miran nerviosos a sus vecinos para ver lo que se espera de ellos y en el escenario oyes los murmullos, el ruido de los asientos y las toses apagadas. A menudo deseé que Tchaikovsky, Bruch y Beethoven hubiesen sido igual de considerados y sentí gratitud porque Mendelssohn y Gershwin sí lo fueran.

    De todos modos, fue algo raro. Esta vez, el suave y casi subliminal batir de tambores no impidió que el público se removiese en sus asientos. Vi cómo una acomodadora se inclinaba sobre el asiento vacío de Dominic para susurrar algo al oído al senador Kennedy. Slavi alzaba ya su batuta para dar inicio al segundo movimiento pero eso no impidió que Jack Kennedy se pusiese en pie y abandonara su fila. Mientras iba contando los compases que faltaban para mi parte, vi que Jackie me sonreía y extendía sus manos en un levísimo gesto de disculpa. Con casi cualquier otra esposa de senador habría sabido que eso era una excusa cortés, pero con Jackie sabía que era sincero. En la galería de esposas de senadores, ella era la cultivada y yo siempre había pensado que hubiera sido una estupenda primera dama si su esposo no hubiese perdido por los pelos en Chicago en 1960.

    Pero los problemas no acabaron ahí.

    Con la ayuda de gente como Jackie y Slavi Rostropovich (y, naturalmente, de Dom) me había convertido en algo así como la violonchelista favorita de la alta sociedad de Washington, así que el público era lo que puede decirse «distinguido». Eso, en Washington, quiere decir perteneciente al gobierno... diplomáticos, legisladores, gente que está en la cumbre de la administración. Hasta la presidenta, Nancy, estaba en su palco, con su primer caballero sentado a su lado, tan distinguido y tranquilo como siempre. Ese tipo de público planteaba problemas especiales y el peor de ellos era que si algo empezaba a ir espantosamente mal en alguna parte del mundo a la mitad del concierto se le daría el aviso inmediato de que se fuese.

    Algo había ido mal. Y se estaban yendo.

    Hacia la mitad del movimiento había asientos vacíos, como dientes mellados, en cada rincón del teatro. Cuando di fin a mi algo tramposo pero estupendo crescendo del tercer movimiento el aplauso fue un tanto débil. Creí que no era falta de entusiasmo, sólo de público. Slavi me miró y yo miré a Slavi. Los dos nos encogimos disimuladamente con un gesto resignado.

    Para guardar las apariencias salimos dos veces a saludar y luego abandonamos el escenario para no volver, dándole al público la oportunidad de huir... cosa que muchos de ellos estaban realmente ansiosos por hacer.

    Un deseo que una gran parte de los que estábamos en el escenario empezábamos a sentir también, impulsados por una creciente curiosidad.


    Para Slavi fue peor. Yo había acabado por esa noche y realmente me alegraba de ello, en tanto que él tendría que volver después del intermedio para la segunda parte del programa. Era Mahler, y los dos sabíamos que no quedaría mucho público dispuesto a soportar la interminable Primera Sinfonía.

    Y entonces descubrimos que realmente había sucedido algo.

    La primera que nos informó fue mi vestidora, Amy. No es que Amy me «vista» realmente, aunque estoy segura de que lo haría si fuese necesario. Lo que hace es cuidar de mí. Cada vez que dejo el Guarnerius en algún sitio, ella lo vigila; se asegura de que tenga preparado un vestido sin manchas ni arrugas para cada concierto y otro para la fiesta que hay normalmente después, y cuida de que siempre haya tampones en el compartimiento lateral de mi bolso. Hace todo eso y además algo mucho más delicado. Impide que mi esposo sospeche cada vez que salgo con Dom.

    También me informa de lo que necesito saber, aunque no vaya a gustarme. Especialmente si no me va a gustar. De todas las caras de susto, sorpresa y preocupación que vi esa noche entre bambalinas, la suya era la peor; pero logró abrirse paso entre la multitud de músicos y tramoyistas que hablaban entre susurros y acercarse a nosotros.

    —Nyla —gimió—. ¡Albuquerque ha enloquecido!

    Albuquerque, por supuesto, era donde estaba la base de Sandia. Donde estaba Dominic. Me quedé paralizada y sentí que me flaqueaban las rodillas. Slavi me cogió de un brazo. Amy cogió el violín y el otro brazo, exactamente por ese orden.

    — ¿Y Dom? —logré decir, aunque fue más bien un graznido.
    —Oh, Nyla —dijo Amy, sollozando—, ¡eso es lo peor de todo!


    Un hombre llamado Dominic DeSota, que avanzaba sudoroso por entre los cañizos del viejo embalse, alzó la cabeza, abandonando su tarea. Había creído ver un repentino resplandor anaranjado en el cielo, hacia el suroeste, donde en tiempos estuvo Chicago. No era una ilusión, has capas más bajas de nubes se habían iluminado realmente, como si a lo lejos hubiese un enorme incendio. Se irguió todo lo que pudo. ¿Qué serían aquellas luces en el horizonte? Veía trazos blancos y rojos; los blancos se dirigían hacia él y los rojos se alejaban. ¡Casi parecía como si volviese a haber coches! Pero desaparecieron con un parpadeo y le dejaron solo en el agobiante calor de la noche. Volvió a su trabajo, vaciando la última de sus trampas, ocupada por lo que en el pasado fue un mimado gatito de angora que ahora le contemplaba, bufando ferozmente. Ya no estaba gordo, no tenía el pelaje brillante ni era bonito, pero a DeSota le alegraba verlo. Era su cena.


    23 de agosto de 1983
    10.20 P.M. Mayor DeSota, Dominic P.


    Que mi primer prisionero fuese yo mismo era una casualidad increíble.

    Por supuesto, más pronto o más tarde me habría topado conmigo mismo. Sabíamos que yo estaba ahí. Quizás «yo» (ese «yo» que ahora era mi prisionero) «me» (ese era el que le había cogido, yo) había hecho un favor, pues una de las razones por las que había obtenido el mando del primer destacamento de asalto era que el senador Dominic DeSota estaba ahí. (¡Senador! ¿Cómo había podido llegar a ocurrir? ¿Cómo había llegado tan arriba en esta línea temporal, en tanto que yo me había quedado en mi lamentable rango de oficial — ¡y, encima, de la reserva!— en la mía? Pero la posición de ese otro DeSota me iba a permitir elevar la mía...)

    —Están listos, señor —dijo la sargento Sambok.
    —Excelente —respondí yo, y volvimos a subir las escaleras que llevaban a la oficina del director científico. No tenía mucho tiempo para pensar en los juegos gramaticales que estábamos aprendiendo a dominar (el «yo» que «me» observaba por las mirillas, el «ellos» que éramos «nosotros») y tampoco tenía tiempo para asombrarme ante las maravillas que ya había percibido... básicamente, las curiosas coincidencias existentes entre la vida de Dom DeSota y la mía. Nuestras vidas diferían en muchos y tremendos aspectos, pero los dos habíamos acabado viéndonos envueltos en el asunto de los tiempos paralelos (y, por supuesto, no sólo «nosotros» dos, porque en todos los otros mundos existían Dominics DeSotas). Los consejeros técnicos no habían tenido tiempo para esas cuestiones. Lo sabía porque se lo había preguntado. Lo único que hacían, matemáticas aparte, era murmurar vagamente que, después de todo, los Dominics DeSotas poseíamos genes comunes; que nuestras adolescencias habían sido comunes, al menos hasta el punto de separación; que habíamos leído los mismos libros y visto las mismas películas. Así que, naturalmente, habíamos acabado en moldes similares...
    —Por aquí, señor —dijo la sargento, y entré por la puerta que mantenía abierta a la oficina donde trabajaba la cabeza rectora de la Gatera, como habían bautizado graciosamente ellos a su proyecto de tiempos paralelos.
    —Dentro de treinta segundos estará en antena, mayor —dijo el teniente del Cuerpo de Transmisiones.
    —Muy bien —dije, y me senté delante del escritorio. Estaba muy vacío: sin duda el director científico era uno de esos tipos que están siempre preocupados por la seguridad. Lo único que había encima del escritorio era el micrófono del Cuerpo de Transmisiones con los cables que iban hasta la emisora portátil que llevaba el auxiliar del teniente. Probé los cajones. Estaban cerrados, pero ya nos ocuparíamos de eso más adelante.
    —Déles un buen susto, señor —dijo la sargento Sambok, sonriendo a través de su camuflaje de combate, y me encontré en antena.
    —Damas y caballeros —le dije al micrófono—, les habla Dominic DeSota. Circunstancias urgentes nos han llevado a la necesidad de efectuar una acción preventiva en la Base Sandia y sus alrededores. No tienen ustedes nada que temer. Dentro de una hora emitiremos un comunicado televisivo a través de las estaciones locales. Pedimos a todas las emisoras que lo transmitan en directo y en su momento les explicaremos la necesidad de que se haga así.

    Miré al teniente, el cual se pasó el dedo índice por el cuello. El cabo que se encargaba del equipo movió un interruptor y me encontré fuera de antena.

    —Le veré luego, mayor —me dijo el teniente antes de abandonar la sala.

    Me recliné en el asiento de cuero, comprobando si era cómodo. Esta gente sabía cuidarse; había cuadros en las paredes y moqueta en el suelo.

    — ¿Qué tal lo hice, Nyla? —pregunté. Ella sonrió.
    —Realmente bien, mayor. Si alguna vez abandona el ejército debería meterse en la radio.
    —Ya soy demasiado mayor para encajar en ese tipo de asuntos —le respondí—. ¿Ha avisado a Fuerza-Cinco que este edificio está bajo control?
    —Sí, señor. Fuerza-Cinco ha contestado: «Bien hecho, mayor DeSota.» Los destacamentos posteriores han ocupado también los seis edificios contiguos. Toda la zona es segura.
    — ¿Y los prisioneros?
    —De momento les hemos puesto en el aparcamiento. El cabo Harris y tres hombres más les vigilan.
    —Estupendo, estupendo —dije, tirando nuevamente de los cajones cerrados. Había ocupado la oficina del jefe científico, pero desgraciadamente en esos momentos él no estaba en la base. Se había llevado sus llaves con él. Una molestia, pero no un problema serio—. Abra esto, sargento —dije, y la sargento Sambok estudió durante un instante las cerraduras, calculando el ángulo de los posibles rebotes para colocar luego el cañón de su carabina a unos centímetros del cerrojo. Apretó el gatillo y el agudo silbido de las balas del calibre .25 llenó la habitación.

    Los cajones se abrieron sin más problemas. Dentro había el acostumbrado montón de trastos desordenados que suele encontrarse en los cajones de la mesa de un hombre ordenado, pero entre ellos había un par de cuadernos de notas y toda una hilera de carpetas. Naturalmente, habíamos estado observando con mucha atención a toda esa gente durante varios meses antes de abrir el portal, pero de todos modos el doctor Douglas querría examinar esos papeles.

    —Un ordenanza —dije. El sargento Sambok movió la cabeza y un ordenanza apareció en el umbral—. Lleve estos papeles al punto de salida —le dije, mientras le daba vueltas entre los dedos a un encendedor de oro muy delgado y de aspecto bastante caro, con la inscripción Club Harrah, Lago Tahoe Habría sido un recuerdo estupendo, pero volví a guardarlo en el cajón y lo cerré.

    Después de todo, no éramos ladrones.

    La sargento Sambok estaba en pie junto a la puerta y había algo en la expresión de su rostro que me impulsó a preguntarle si pasaba algo.

    —El soldado Dormeyer, señor... ha desaparecido.
    —Mierda —por su expresión, parecía estar acorde con lo que yo había dicho—. Esas cosas no deben suceder en estado de combate. Si la PM le encuentra lo llamarán deserción —también estaba de acuerdo en eso—. ¡Maldición, sargento, alguien debe saber dónde se ha metido! Encuéntrelo. Quiero que este asunto no salga de la compañía.
    —Sí, señor. Me ocuparé de ello personalmente.
    —Sí, más vale —le dije—. Tiene diez minutos para descubrir dónde se ha metido. Luego, reúnase conmigo en el punto de salida.


    Mi destacamento de asalto había sido el primero en pasar, pero habíamos conseguido nuestros objetivos. Ahora, había trescientos soldados más en la base: me refiero a los nuestros, claro, sin contar con los que habíamos cogido prisioneros. No tenía nada que hacer hasta que llegara el momento de la emisión televisiva. Y eso no sucedería hasta que hubiéramos tomado la emisora de TV en Albuquerque, lo cual nos permitiría introducirnos en la red estatal. Me dirigí hacia el punto de salida, en el sótano del edificio. En otros tiempos había sido una galería de tiro, pero cuando nuestros observadores lo descubrieron ya no lo usaban para casi nada.

    Eso lo hacía perfecto para nosotros. Logramos hacer pasar a todo el destacamento antes de que nadie se enterara de que habíamos llegado.

    Sandia era una base militar vieja, tanto en su tiempo como en el nuestro. La diferencia era que en nuestro tiempo seguía siendo pequeña y en el suyo se había vuelto inmensa. Dentro de su recinto de alambradas había kilómetros cuadrados de colinas y desierto.

    Pese a ello, el despliegue de sus tropas en el interior de la base no era muy amplio. El perímetro estaba más vigilado por electrones que por hombres, y a lo largo de la alambrada había un puesto de centinelas más o menos cada cuatrocientos metros. Naturalmente eso debía de parecerle al comandante de la base protección más que suficiente, pues aparte de un ataque a cargo de paracaidistas, que hubiera sido fácilmente detectado por el radar, no había modo alguno de que un grupo numeroso de enemigos pudiera cruzar la alambrada sin ser avistado con tiempo suficiente para poder llamar a los refuerzos... a menos que, como nosotros, vinieran desde dentro. Cuando llegué al punto, ya había un mapa de la base clavado en la pared, con las zonas conquistadas marcadas en rojo. Los puntos clave habían sido la Gatera y los edificios vecinos: los barracones de la PM, el cuartel general, la estación de señales y la emisora de radio. Ahora todo eso estaba en nuestro poder. Las escasas tropas que los protegían tenían ahora tiempo para ir pensando en lo amargo de su fracaso, encerradas en el aparcamiento.

    Seguían llegando tropas. No hacían falta, pero nunca estarían de más... ¿y si los anteriores habitantes de la base, contra toda lógica, decidían luchar? Una hilera de brillantes focos instalada en la pared iluminaba a la columna de soldados que emergía de la nada. Cambiaban el paso, avanzaban hasta la pared, se quedaban allí en posición de firmes y sus oficiales los reunían y los ponían de nuevo en marcha para que fueran a reforzar a las tropas que ya habían sido emplazadas en sus posiciones.

    Era un espectáculo de lo más raro. Si uno se colocaba al lado del portal, siguiendo su misma inclinación, resultaba aún más extraño. La punta de los pies, luego los pies, las piernas, los puños, el vientre, la cabeza... todo iba apareciendo en ese mismo orden. Si uno se colocaba detrás del portal, se podía ver... ¿qué se imaginan? ¿Carne cruda, tripas? Nada de eso, no había absolutamente nada que ver. Porque, visto desde atrás, todo el rectángulo del portal de salida era una negra masa carente de rasgos que parecía engullir la luz. Claro que, desde delante, tampoco había gran cosa que ver pasados unos instantes. Sólo los soldados que emergían de la nada y, detrás de ellos, los muros polvorientos de la vieja galería de tiro.

    — ¿Mayor? —era la sargento Sambok de nuevo. Miró a nuestro alrededor y bajó la voz—. Creo que sé adonde se fue Dormeyer.
    —Buen trabajo, sargento —le dije.

    Ella negó con la cabeza.

    —Está fuera de la base. Logró salir, no sabemos cómo. Se ha ido a Albuquerque. Lo que sucede es que vivía... bueno, vive ahí. En Albuquerque, quiero decir.

    Eso ya no me parecía tan bien, pero no era culpa suya.

    —Lo ha hecho usted muy bien —le dije, y era verdad. Para haber salido de la Reserva, Nyla Sambok era una soldado de primera. Lo raro es que en la vida civil había sido profesora de música y estaba casada con un concertista de clavicordio. Habían logrado sus respectivas becas metiéndose en la Reserva, pero luego les llamaron a filas; muchos de los reservistas estaban bastante disgustados con ello, pero Sambok era lo bastante buena como para que yo hubiera pedido que me acompañara desde Chicago para hacerse cargo de un destacamento. El hecho de que además fuera una mujer muy atractiva no le hacía daño a nadie, claro, pero yo tenía por norma no enredarme nunca con el personal a mis órdenes. Lo único que hacía era darle vueltas a la fantasía, de vez en cuando.
    —La Fuerza-Cinco estará lista para recibir sus órdenes dentro de unos dos minutos —prosiguió ella—. Me enteré mientras venía para aquí.
    —Estupendo —dije—, pero se me ha ocurrido una idea. Vaya al recinto de los prisioneros y tráigame las ropas del senador DeSota.

    Incluso la sargento Sambok era capaz de sentir sorpresa.

    — ¿Sus ropas?
    —Haga lo que le digo, sargento. Puede dejarle la ropa interior, pero quiero todo el resto, incluidos los calcetines.

    Un destello de comprensión le iluminó el rostro.

    —Bien, mayor —dijo, sonriendo, y se marchó, dejándome para que esperase la llamada de la Fuerza-Cinco.

    La comunicación en los dos sentidos a través de la superficie que separa los tiempos paralelos es más difícil que en uno sólo. Tenían que cerrar el portal y colapsar el campo para obtener la energía necesaria, pero cuando el oficial encargado del portal me hizo un gesto con la cabeza cogí el auricular y el general Magruder no me hizo esperar demasiado.

    —Bien hecho, mayor —ladró—. El presidente dice lo mismo: naturalmente, ha seguido esto muy de cerca.
    —Gracias, señor.
    —Ahora entramos en la Fase Dos. ¿Está listo para la emisión televisada?
    —Sí, señor —con eso quería decir en realidad que aún no lo estaba pero que lo estaría tan pronto como Nyla Sambok volviera con las ropas.
    —La emisora de TV y los enlaces de microondas están controlados; abrirán los circuitos dentro de media hora. Ya tienen la cinta del presidente lista para ser emitida tan pronto como usted haga la introducción.
    —Sí, señor.
    —Bien —y entonces cambió de tono—. Otra cosa, mayor. ¿Hay algún signo de rebotes?—Nada nuevo, señor. Creo que aún están entrevistando a los de aquí, pese a todo.
    —Hum... ¿Algún otro visitante indeseable?
    —Ni rastro, señor.
    —Mantenga los ojos bien abiertos —dijo con aspereza, y colgó. Yo había reconocido ese tono de voz. Era el del miedo.


    Media hora después, mientras cruzaba la base en dirección hacia el estudio de televisión, sintiendo el cálido aire de la noche del desierto y pudiendo ver en lo alto las mismas estrellas que brillaban sobre mi propia América, yo también sentí un poco de miedo. Un jeep de la PM pasó junto a mí barriendo el terreno de un lado a otro con un reflector. Se detuvieron el tiempo suficiente para darme un buen repaso y fijarse en el brazalete que me identificaba como perteneciente a la fuerza de asalto, y luego volvieron a acelerar. No me llamaron ni me pidieron la documentación.

    Yo podría haber sido uno de esos visitantes indeseables. Podría haber sido esa otra persona que se parecía a mí y que teníamos la impresión de que había estado en todas partes. Y si yo hubiera sido esa persona, me hubiera bastado con coger un trozo de tela verde para enganchármelo en la manga y nadie hubiese sido capaz de notar la diferencia. Y entonces...

    Y entonces, ¿qué habría hecho ese otro yo?

    Esa era la pregunta que nos daba miedo. De momento lo único que habían hecho era observar y espiar, pero nada más.

    No podía culpar realmente a la PM por mantener una vigilancia tan poco cuidadosa, ya que obviamente no veían la necesidad de que fuera más concienzuda. Habíamos tomado la base sin disparar ni un solo tiro, enfrentados a una oposición que consistía básicamente en centinelas de ojos soñolientos que se habían quedado patidifusos al ver cómo sus propias tropas caían sobre ellos. ¡Vaya modo de dirigir los Estados Unidos! Me pregunté cómo sería vivir en un país donde bases tan importantes estaban protegidas sólo por un puñado de tropas y en el que no habían tenido reclutamiento ni llamamiento de reservistas. Si me hubieran dejado terminar mis cursos de posgraduado en Loyola en vez de meterme en la reserva, ¿qué sería yo ahora?

    ¿Senador, quizás?

    En aquel momento, no podía permitirme ese tipo de especulaciones, ya que aún me quedaba una parte muy importante de mi trabajo por terminar.

    La sargento Sambok me estaba esperando en el estudio con la ropa del senador DeSota, tal y como me había prometido. Encontré un vestuario y me quité el uniforme. Aquel otro Dom DeSota sabía vestir bien: la camisa, la corbata, los calcetines, los zapatos, los pantalones, la chaqueta deportiva... todo era de buena tela o de excelente cuero. El corte era algo peculiar (sus modas no eran las mismas que las nuestras) pero me gustó el tacto de la sedosa camisa y la suavidad de aquellos pantalones tan bien planchados. Podrían haberme ido un poco mejor: el otro Dom estaba un poco más entrado en carnes que yo, lo cual era una satisfacción, aunque estropeara levemente el efecto del traje.

    Cuando salí del vestuario, sin embargo, la sargento no encontró nada criticable en mi aspecto.

    —Magnífico, señor —dijo, felicitándome.
    — ¿Qué le dejó a él? —le pregunté, contemplándome en el espejo, y al verla sonreír supe cuál era la respuesta. No era fácil que cogiera frío con su ropa interior en esa cálida noche de agosto, pero aun así...—. Llévele mi uniforme de repuesto —le ordené—. Está en mi bolsa B-4 —afortunadamente para él, no me gustaba que los uniformes me quedaran demasiado ajustados, así que podría ponérselo.
    —Sí, señor —dijo la sargento Sambok—. Señor...
    — ¿Qué pasa?
    —Bueno, si usted va a llevar sus ropas y él su uniforme... ¿no puede resultar eso un poco confuso? Quiero decir... suponga que consiguiera llegar hasta usted, dejarle inconsciente y cambiar las ropas. ¿Cómo sabríamos quién es quién?

    Empecé a abrir la boca, dispuesto a decirle que era idiota. Luego volví a cerrarla. Tenía razón.

    —Buena idea —dije—. Le diré lo que haremos. Yo seré el que conozca su nombre completo, ¿de acuerdo, sargento?
    —Sí, señor. De todos modos, mientras se encuentre en el recinto y usted no...
    —Eso es —dije yo... y entonces me asaltó de nuevo la sensación que había estado reprimiendo durante las últimas dos horas.

    Quería ver a mi otro yo. Quería sentarme y hablar con él, oír su voz, descubrir dónde habían coincidido nuestras vidas y dónde se habían separado. Era una idea extraña y algo insana, como prepararse para tomar droga por primera vez, o quizás para hacer el amor cuando no lo habías hecho en tu vida... pero lo deseabas.

    No tuve tiempo para pensarlo entonces porque ya estaba prácticamente en antena. Los cámaras contemplaron con cierta sorpresa mis ropas civiles y el capitán del cuerpo de transmisiones sonrió sin disimulo pero, listo o no, había llegado el momento de mi debut en la televisión. La verdad es que no estaba demasiado preparado, ni ellos tampoco. Siempre hace falta colocar bien un micro o cambiar una cámara de lugar o mandar a una persona al vestíbulo para que haga callar a los que hablan, pero eso pasó en un segundo y el cabo que actuaba como director gritó:

    — ¡Preparado, señor! —escuchó lo que le decían por los auriculares durante unos segundos y luego empezó a contar—. Diez... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... —los últimos números los indicó con los dedos, primero dos y después uno. Luego aquel índice solitario se clavó en mí, la luz verde situada sobre la cámara se encendió, y empezó el rodaje de mi discurso preparado.
    —Damas y caballeros —le dije a la cámara—, soy Dominic DeSota —eso no era ninguna mentira; se trataba de mi identidad. No dije que fuera el senador DeSota, aunque el hecho de que ahora vistiera sus ropas quizás lo sugiriese. No había mucho más en mi discurso—. Una emergencia ha requerido que se efectuara esta acción. Le pido a cada norteamericano que escuche esta emisión con una mente libre de prejuicios y con el generoso corazón propio de todos los norteamericanos. Damas y caballeros, les presento al presidente de los Estados Unidos.

    Y los fotones que formaban mi rostro, mi cuello y el traje, la corbata y la camisa del otro Dominic fluyeron como un obediente rebaño hacia la cámara, y salieron de ella convertidos en electrones; como tales electrones serpentearon por los cables del estudio de la base hasta llegar al plato de microondas del techo y allí fueron reconvertidos en fotones de distinta frecuencia y luego, como señales de radio, viajaron a través del valle hasta las torres transmisoras de la KABQ, rebotando en el aire y cruzándolo para llegar hasta un satélite que se encontraba a miles de kilómetros en el espacio, desde donde llovieron sobre los aparatos de televisión de los Estados Unidos. Los Estados Unidos de aquí. Y lo que pudieran sacar en claro del mensaje y de un presidente que no era el suyo no podía ni tan siquiera adivinarlo.


    El destacamento del Cuerpo de Transmisiones vestía uniforme, pero aún había mucho de civil en sus corazones. Se trataba de reservistas convocados para la emergencia y casi todos eran veteranos de las grandes cadenas televisivas. Habían logrado procurarse algunas comodidades de tipo civil, como una cafetera humeante en el vestíbulo del estudio y una bandeja de bocadillos y pasteles. Aparentemente, alguien había tomado por asalto la despensa local.

    Me serví una taza mientras escuchaba la voz del presidente Brown, que me llegaba desde los monitores:

    —... como presidente de los Estados Unidos, dirigiéndome a usted que ocupa también la presidencia de los Estados Unidos, y al pueblo norteamericano... —parecía nervioso pero aparentemente había ensayado bien, se notaba a medida que iba leyendo las líneas que le habían redactado— ...en este punto de nuestra historia nos enfrentamos a un terrible despotismo que amenaza con dominar el mundo... —y luego— ...los lazos de sangre y la devoción común a los principios de la libertad y la democracia... —etcétera, etcétera. El discurso era bastante bueno; yo ya lo había leído antes. Pero lo importante no era lo que decía el discurso: lo importante era que habíamos controlado la base.

    La misma voz llegaba desde una sala de control contigua al vestíbulo que tenía la puerta abierta. Cogí mi taza y fui a echar un vistazo. Allí no había un monitor sino una docena, casi todos mostrando el emocionado rostro del presidente y repitiendo su discurso. Pero había también un par de pantallas en las que se veían otros rostros, igual de serios y todavía más emocionados: John Chancellor, Walter Cronkite y un par más que no reconocí. Ya habían empezado a hacer sus comentarios. Eso me sorprendió hasta que recordé que el discurso del presidente sólo duraba cuatro minutos. Ya había terminado, y ahora las emisoras que habían sido tomadas por sorpresa lo estaban volviendo a emitir. Esas todavía no tenían preparada ninguna respuesta, las demás ya la estaban soltando.

    Miré mi reloj. Medianoche, hora local. En las grandes ciudades de la Costa Este serían las dos de la noche, pero dudaba que mucha gente estuviera durmiendo. Y en California, los ciudadanos que hubieran conectado el último resumen informativo se encontrarían con unas noticias totalmente inesperadas.

    Les estaba bien empleado. ¿Cómo podían ser tan gordos y felices mientras que nosotros nos enfrentábamos a una terrible contienda por la libertad mundial?


    Incluso el comandante de un destacamento de asalto debe dormir de vez en cuando. Logré hacerlo casi cinco horas y me desperté acompañado por el olor a café y bacon. Estaban en la oficina del jefe de científicos, en su propio catre, y el cabo Harris acababa de poner una bandeja junto a mi cabeza.

    —Con los saludos de la sargento Sambok, señor —sonrió—. Anoche ocupamos el club de oficiales.

    Los huevos estaban casi fríos por el trayecto, pero el café era fuerte y seguía caliente. Precisamente justo lo que necesitaba para ponerme en marcha.

    La primera parada fue de nuevo el estudio. A los técnicos-soldados se les habían unido tres civiles, una mujer mayor, otra más joven y un hombre con barba que parecía no tener ninguna edad determinada. Me planté delante del capitán del Cuerpo de Transmisiones y señalé con el dedo a los civiles agrupados ante los monitores, alzando una ceja.

    — ¿Ellos? —me dijo—. Son científicos, mayor. Al menos, eso es lo que dicen ser, y sus órdenes están en regla.
    — ¿Qué hacen?

    Se encogió de hombros.

    —Dicen que están estudiando las respuestas al mensaje del presidente. Es una especie de estudio de ciencias políticas, ¿sabe? —no, no lo sabía—. De todos modos —dijo con amargura—, no hay mucho que estudiar porque esa presidencia que tienen aquí no ha dicho prácticamente ni palabra.

    No era ése el tipo de noticias que deseaba oír.

    —Podría comprobarlo con Fuerza-Cinco —añadió como si se le acabara de ocurrir, pero yo me dirigía ya a la Gatera. La base estaba muy tranquila y tenía un aspecto magnífico en la cálida mañana del desierto. Yo no. Por muy seco que fuera el aire, estaba empezando a dejar empapado de sudor mi uniforme, que ya llevaba por segundo día consecutivo (¡quizás no hubiera debido ser tan generoso con el de repuesto!) y empezaba a sentirme preocupado.

    El general Cara-de-Rata Magruder estaba como uno espera encontrar a un general a las siete de la mañana: es decir, dormido. Cuando le pregunté sobre los civiles me bajó los humos con apenas media docena de palabras.

    —Están autorizados y no es asunto suyo, mayor —dijo secamente—. ¿Cuál es el estado de su base?—Completamente tranquila, señor —esperaba que así fuera, porque aún no había tenido tiempo de pasar revista a mis propias tropas—. Sigue sin haber señales de rebote por aquí.
    — ¿Visitantes indeseables?
    —Ningún informe, señor —al menos, no que yo supiera—. Señor... ¿puedo preguntarle por el doctor Douglas?

    Risita metálica.

    —Está en su tienda, bajo vigilancia y cagado de miedo. ¿Cuál es el estado actual respecto a la intercepción de señales enemigas?

    Se refería a si habíamos estado escuchando la radio y la TV.

    —De momento no hay nada en claro, señor. Siguen repitiendo la emisión del presidente. La recepción es impecable.

    El coronel Harlech no llegó a pronunciar la palabra mierda. Se limitó a emitir un sonido que se le aproximaba lo bastante como para resultar reconocible, pero lo pronunció en voz lo suficientemente baja para que no se pudiera estar seguro de lo que había dicho. Harlech era uno de los hombres de confianza de Magruder y todo el mundo sabía cuál era la opinión que les merecía el presidente, el cual se había opuesto vigorosamente a un ataque preventivo... hasta que los jefes del Estado Mayor le hicieron saber que tenían muchas prisiones militares listas para recibir a los políticos que se interpusieran en lo que ellos consideraban la defensa esencial de Estados Unidos.

    Cuando terminé mi llamada telefónica al otro tiempo pensé en la posibilidad de volver al estudio y hablar un poco con los científicos. Sería interesante oír sus teorías sobre la razón de que una sociedad tan militarmente activa como la nuestra tuviera un presidente tan blando como Jerry Brown, mientras que esta otra, blanda y pacífica, había elegido el incendiario credo político de Reagan. Pero yo era un soldado, no un estudiante; y había cosas por las que sentía más curiosidad que por ésa. Pedí a gritos un ordenanza y cuando el cabo Harris asomó la cabeza por el hueco de la puerta le ordené que fuera al recinto de los prisioneros y me trajese al senador Dominic DeSota.


    Estaba sentado ante mí, vestido con mi propio uniforme, y se me parecía tanto que resultaba molesto. No podía quitarle los ojos de encima y él me observaba con la misma atención. No estaba asustado, o al menos no lo parecía. Pero sí parecía estar un poco resentido y, sobre todo, interesado... una cualidad mía que siempre he admirado.

    —Usted es un tipo intuitivo, Dominic —le solté de pronto—. Dígame, ¿cómo va a salir esto?

    Se estiró pensativamente antes de responderme; también él había estado durmiendo y, sin duda, sobre algo no tan cómodo como el catre de mi despacho.

    — ¿Quieres decir cuál va a ser la respuesta de la presidencia a esta invasión armada? —me preguntó.
    —Yo diría que ése es un modo algo duro de calificar las cosas.
    —Lo que ha sucedido hasta ahora es bastante duro, Dominic. ¿Qué esperan ganar con esto?
    —La paz —contesté, sonriendo—. La victoria. El triunfo de la democracia sobre la tiranía. No me refiero a su tiranía, naturalmente. Estoy hablando de nuestro enemigo mutuo, los rusos.
    —Dom —me dijo pacientemente—, yo no tengo ningún enemigo ruso. Los rusos, sencillamente, no significan nada en el mundo... en mi mundo. Se habrían muerto de hambre si no les hubiéramos mandado alimentos después de su jaleo con China.
    — ¡Tendrían que haberles dejado a todos morir de hambre!

    Suspiró, mirándome con cierto desagrado.

    —Así pues, vienen y nos invaden. Y sin previo aviso... —se encogió de hombros—. Dígame usted cómo van a ir las cosas. La obra la han escrito ustedes.
    —Irá como nosotros queremos, Dom —le contesté sonriente—. Cuanto más pronto lo entiendan ustedes, mejor —no hubo respuesta a eso. En su lugar, yo tampoco hubiera contestado. Intenté mostrarme amistoso—. Este es nuestro país, independientemente del lado de la barrera en que estemos —le dije con tono persuasivo—. Deberían cooperar con nosotros porque, en definitiva, tenemos los mismos intereses básicos: el bienestar de los Estados Unidos de América: ¿Correcto?
    —Dom, tengo muchísimas dudas al respecto —me respondió.
    —Venga, Dom... Será mejor que acepte mi palabra porque, al fin y al cabo, no creo que puedan hacer otra cosa. Les tenemos cogidos por... Por cierto, hablando de eso —añadí—, ¿qué tal la próstata?

    Eso le sorprendió.

    — ¿De qué habla? Soy demasiado joven para tener problemas con la próstata.
    —Ya —dije—. Eso es lo que pensé cuando me lo dijeron. Sería mejor se hiciera una revisión...

    El meneó la cabeza.

    —DeSota —me dijo, y en su rostro había una expresión mucho más valiente y decidida de la que hubiera tenido yo en su lugar... lo cual me complació porque, después de todo, quizás yo también hubiera sido capaz de poner esa cara—, basta ya de gilipolleces. Nos han invadido sin aviso previo y eso es muy sucio. ¿Por qué lo hicieron?

    Sonreí.

    —Porque estaban ahí. ¿Acaso no sabe cómo funcionan estas cosas? Teníamos un problema y vimos una solución tecnológica para él. Cuando se tiene una tecnología se usa, y nosotros la teníamos —no entré a discutir cómo la habíamos conseguido porque, después de todo, eso no era demasiado relevante—. Por lo tanto, viejo amigo, se enfrentan ustedes a lo que llamamos una situación no negociable. Nuestro presidente ya ha dicho lo que deseamos. Déjennoslo hacer. Luego nos largaremos, y se acabó.

    Clavó en mí una mirada penetrante.

    —No se creerá usted eso, ¿verdad? —me preguntó.

    Me encogí de hombros. Los dos nos conocíamos lo bastante como para saber que ninguno de nosotros lo hubiera creído. No había pensado demasiado en lo que sucedería una vez alcanzado el objetivo de nuestro ataque (oficialmente hablando)... pero sabía muy bien que una vez que hubiésemos usado su línea temporal para librarnos del gran enemigo de nuestro propio tiempo no era muy probable que nos fuésemos. Siempre habría algún otro trabajillo para el que podría resultarnos útil.

    Pero eso estaba demasiado lejos en el futuro como para preocuparme de ello... aunque podía entender muy bien que a mi otro yo le preocupara, y mucho.

    —Volvamos a la pregunta inicial. ¿Nos escuchará su presidencia sin necesidad de combatir? En mi tiempo, los Reagan y Jerry Brown no eran exactamente buenos amigos.
    — ¿Y eso qué tiene que ver? Se hará lo que deba hacerse. El juramento del cargo presidencial dice algo sobre defender y proteger a Estados Unidos...
    —Sí, pero ¿qué Estados Unidos? Nuestro presidente hizo el mismo juramento y ahora lo está cumpliendo —de un modo más bien reluctante y entre la espada y la pared, claro, pero eso no iba a decírselo—. Y el mejor modo que tiene la vieja Nancy de protegerles a ustedes, amigos, sería dejarnos hacer lo que deseamos. ¿Tiene acaso alguna idea de cuál es la alternativa? ¡Tenemos toda la fuerza necesaria! ¿Quieren que introduzcamos un poquito de ántrax en la Casa Blanca? ¿O viruela-B en Times Square? —me reí al ver la cara que ponía—. Qué pasa, ¿creía que estábamos hablando sólo de bombar H? No tenemos el menor deseo de echar a perder un montón de estupendas propiedades y edificios...
    —Pero las armas biológicas son... —se quedó callado y empezó a pensar. Iba a decir que contravenían la ley internacional o algo parecido.
    —Después del Salt II tuvimos que hacer algo —le expliqué—. Prácticamente abandonamos las armas nucleares... y nos pusimos a trabajar en otros campos.
    — ¿Qué es eso del «Salt II»? —me preguntó y luego añadió sin dejarme contestar—: No, al diablo con eso, no tengo ganas de que me dé lecciones de historia. Lo único que quiero de ustedes es que se vuelvan a ese infierno del que han venido y nos dejen en paz... y dudo que vayan a hacerlo. Si tiene ganas de saberlo, me dan ganas de vomitar.

    ¡Menudo diablillo estaba hecho con sus escrúpulos! Por un lado me hacía sentir casi orgulloso... y por otro me cabreaba.

    — ¡Mierda, Dom! —le grité—. ¡Ustedes hubieran hecho lo mismo! Se estaban preparando para hacerlo...de lo contrario, ¿por qué estaban trabajando en ese proyecto de la Gatera?
    —Porque... —empezó a decir, y luego se detuvo. Su expresión era respuesta suficiente, así que decidió cambiar de tema—. ¿Tiene un cigarrillo? —me preguntó.
    —Dejé de fumar —le respondí con satisfacción.

    El asintió, aún absorto.

    —Realmente, yo no creía que fuera a funcionar —dijo con lentitud. —Pero lo estaban intentando, ¿no, muchacho? Por lo tanto, ¿qué diferencia hay? No estamos haciendo nada que no hubiesen intentado ustedes de haber terminado sus investigaciones antes que nosotros.
    —Eso... eso es dudoso —me dijo. Oh, qué honestidad. No me había respondido: «Eso es mentira.»
    —Entonces, ¿nos ayudará a convencer a la presidencia? —insistí yo.

    Esta vez no hubo la menor vacilación en su respuesta.

    —No.
    — ¿Ni tan siquiera para que se salven muchas vidas?
    —Ni tan siquiera por eso —me contestó—. No nos rendiremos, Dom... y tampoco estoy muy seguro de que me gustara comprar unas cuantas vidas de norteamericanos a cambio de unos cuantos millones de vidas rusas.

    Le contemplé con asombro. ¿Era acaso posible que yo... yo, en cualquiera de mis encarnaciones, hubiera llegado a ser tan imbécil? Pero él no parecía imbécil. Se apoyó de nuevo en el respaldo, estudiándome, y de repente me pareció más alto y seguro de sí mismo.

    —Entonces, ¿qué le asusta, Dominic? —me preguntó. — ¿De qué está hablando? —repliqué, fingiendo no entenderle.
    —Tengo la impresión de que hay algo preocupante de lo que no me ha hablado —dijo él, hablando lenta y cuidadosamente—. Quizá no pueda ni imaginar de qué se trata, pero quizá sí pueda. Yo tuve que venir aquí porque había otro como nosotros curioseando en la base. Parecía saber lo que iba a suceder. Si yo estuviera en su lugar, eso me preocuparía realmente mucho, Dom. ¿Por qué? ¿Quién es? ¿Qué está pasando?

    Tendría que haber comprendido lo difícil que es ocultarle secretos a uno mismo. Yo nunca he sido tonto, ni tan siquiera en mi encarnación como senador. Había dado justamente en el clavo de lo que más me preocupaba... o, al menos, de una de mis mayores preocupaciones.

    —Viene de otro tiempo paralelo, Dom —le respondí lentamente.
    —Eso ya lo había adivinado —replicó él con impaciencia—. ¿Les visitó antes?
    —No. No exactamente. El no —no quería contarle nada más sobre el visitante que habíamos tenido... el que habíamos logrado retener y que en esos mismos instantes se hallaba sentado en su tienda sudando de miedo, temiendo que su gente lograra encontrarle y tomara represalias por habernos ayudado a crear el portal—. Pero sí tuvimos un visitante. Puede que más de uno.
    —Siga.
    — ¿Ha oído hablar alguna vez del «rebote»? —dije yo.
    — ¿Qué quiere decir eso?
    —Quiere decir que algo rebota. Cuando se atraviesa la piel o lo que sea que separa un tiempo de otro hay algún tipo de efecto de conservación. Las cosas empiezan a moverse en la dirección opuesta.

    Frunció el ceño.

    — ¿Quiere decir que entonces otras personas se ven desplazadas en el tiempo?
    —No sólo personas. Es complicado. Depende de lo rota que haya quedado la piel. A veces es meramente energía... luz o sonido. Otras veces lo que se mueve son gases o cosas pequeñas... quizás un pájaro sorprendido en su vuelo. A veces es algo mucho más grande.
    — ¿Y eso está ocurriendo aquí?
    —Parece que sí, Dom —le contesté casi involuntariamente—. Y no sólo aquí. Se puso en pie y fue hasta la ventana. Dejé que lo pensara un poquito.
    —Dom, tengo la impresión de que los suyos están a punto de cagarla —me dijo sin volverse. No le respondí y él me miró, apartándose de la ventana—. Ojalá pudiera darme un cigarrillo —insistió de nuevo—. Es difícil tomarse todo esto con calma.

    Pensé durante unos segundos en la posibilidad de negárselo y luego decidí que sería inútil.

    — ¿Por qué no? —contesté—. Al fin y al cabo, son sus pulmones —estudié el interfono del escritorio hasta que pude decidir qué botón era el que conectaba con el cuarto de los ordenanzas, y le dije a la sargento Sambok que nos trajera tabaco—. En fin —proseguí—, todos queremos arreglar este jaleo. ¿Piensa ayudarnos?
    —No —me respondió lacónicamente.
    — ¿Ni siquiera siendo la situación tan arriesgada como acabo de contarle? ¿Ni siquiera cuando su país, de todos modos, carece de defensa contra nosotros?
    —Ustedes se metieron en esto, Dominic. Ustedes deben salir del lío —fue su réplica final. Al entrar la sargento Nyla Sambok con un cartón de cigarrillos libres de impuestos procedentes de la cantina militar él se volvió a mirarla.

    De pronto, mi amistoso otro yo cambió por completo y el prisionero tranquilo y seguro de sí mismo, dispuesto a confesar tan sólo su nombre/rango/ número, se convirtió en algo totalmente distinto.

    ¿Qué diablos le había ocurrido? Estaba mirando a la sargento como si hubiera aparecido un fantasma. Jamás había visto yo tal expresión de asombro, rabia y preocupación en un rostro humano... ¡y aún menos en el mío!


    Un hombre llamado Dominic DeSota estaba sentado ante una pantalla, moviendo los dedos a toda velocidad sobre el teclado, registrando datos y analizándolos. Sin apartar los dedos de las teclas dijo, usando el pequeño micrófono que se curvaba siguiendo la línea de su mejilla: « ¿Jefe? Este es el más alejado de todos Parece que ni siquiera hay vertebrados en él.»


    24 de agosto de 1983
    9.20 A.M. Senador Dominic DeSota


    Cuando volví a mi hogar lejos del hogar, la empalizada situada en la zona de aparcamiento J-3, me encontré con que me había perdido el desayuno. También faltaban seis de mis compañeros de cautiverio. Aún quedaba una docena escasa de soldados de la base, dos de los cuales soportaban avergonzados que les hubieran pintado las letras «PG» en la espalda con un rotulador, y se dedicaban a recoger las bandejas con los restos del desayuno. Un soldado distinto, con un brazalete verde en el brazo, les vigilaba, armado con una pistola automática que sostenía sin gran interés. Sin duda, era un soldado del mayor DeSota.

    Pero de los pocos civiles que habían compartido esa noche los camastros conmigo, no quedaba ni uno Eso inquietó un poco al cabo que me había traído aquí, el cual me indicó con un gesto que entrase en la empalizada y se puso a conversar en voz baja con aire preocupado con el otro centinela. No me importó. Tenía otras cosas en la cabeza.

    De hecho, era una sola cosa: ¡Nyla Bowquist!

    No sé cómo expresar la devastadora impresión que me produjo ver a mi amada vestida con el uniforme del ejército, con restos de maquillaje negro en la cara y con un arma al hombro, sin dar señal alguna de haberme reconocido.

    Cuando tuve algo de tiempo para pensar en ello, me di cuenta de que era muy probable que existiese otra Nyla en su tiempo, al igual que había otro Dominic DeSota... y, sin duda, otra Marilyn (pero, ¿con quién se habría casado ahí?), otro Ferdie Bowquist y todo un reparto completo de personajes. El otro Dom DeSota no se parecía en nada a mí y no había ninguna razón para que la otra Nyla se pareciese a la mía. Esta no era ninguna violinista famosa, llevaba el pelo más corto y los ojos menos maquillados. Y sus ropas... bueno, al fin y al cabo se trataba de un uniforme del ejército. Mi Nyla sabía vestir muy bien, pero ésta no había tenido libertad para elegir su atuendo.

    ¡Pero el parecido era tan conmovedor! ¡Y no me reconoció! Aunque eso no era del todo cierto, me había reconocido como una copia del otro Dominic, al cual sí conocía (aunque supuse que no en el sentido bíblico del término). Me pregunté si volvería a verla...

    Y, al instante, me pregunté si volvería a ver a mi Nyla. ¡O a mi otro yo! Allí estaba, metido justo en el centro de acontecimientos colosales, fantásticos y aterradores y lo único que me pasaba por la cabeza era la mujer con la que estaba teniendo un asunto amoroso...

    — ¡Usted! ¡Prisionero DeSota! —gruñó el cabo, y me di cuenta de que había estado haciéndome señas—. Venga, han trasladado a los suyos. Tengo que llevarle al punto de reunión.

    Miré a los otros prisioneros y éstos me devolvieron la mirada con esa expresión opaca de yo-soy-un-mandado, típica de los soldados en las situaciones no previstas por sus órdenes. — ¿Dónde está eso? —pregunté. Pero la única respuesta que obtuve fue una indicación nada agradable hecha con el cañón de su arma.

    No estaba lejos. Quedaba, de hecho, justo en nuestro punto de salida original, el Club de Oficiales que había delante de la Gatera.

    Había estado ahí antes un montón de veces. Era una especie de salón provisto de bar, en el que la gente podía sentarse a tomar una taza de café y conversar un poco, olvidando momentáneamente sus mesas de trabajo, a leer sus últimos memorándums informativos sin que nadie les molestase. Tenía el mismo aspecto de siempre, excepto por las nueve personas que se encontraban en él y que, claramente, no querían estar ahí. Dos de los científicos no paraban de andar arriba y abajo, mirando de vez en cuando por las ventanas. El coronel Martineau estaba sentado, hablando con una de las mujeres a la que reconocí como una matemática procedente de la ITT y, por lo tanto, una de mis subvencionadoras de campaña.

    —Edna —dije saludándola con la cabeza—. Coronel... —como si acabara de llegar para tomarme una Coca Cola y no estuviese ocurriendo nada fuera de lo normal.
    —Nos preguntábamos dónde estaría —dijo el coronel.
    —Me estaba interrogando ese otro Dominic DeSota, el desagradable. Me hizo perder el desayuno.
    —Si tiene alguna moneda de veinticinco centavos —dijo—, ahí en el recibidor hay una máquina automática y el centinela le permitirá usarla —no tenía monedas pero la doctora Edna Valeska sí. Eran iguales a las nuestras... pero llevaban la cara de Herbert Hoover. Una gaseosa y un par de Twinkies no eran lo que se dice todo un festín, pero al menos informaron a mi estómago de mis buenas intenciones. Por pura rutina, el coronel Martineau inspeccionó la habitación mientras yo adquiría mis provisiones, comprobando las ventanas (gesto negativo de la cabeza; centinelas armados en el exterior), la otra puerta (cerrada) y descolgando el teléfono (no había línea). Luego tomó asiento y se dedicó a verme comer—. Nos han interrogado a todos —dijo—. Usted parecía ser el que más les interesaba, Dom... al menos, el primero que se parecía a usted. El que desapareció.
    —Me preguntaron sobre él —dije, con la boca algo pastosa a causa de tanto azúcar—. No pensé que hubiera nada malo en contarles lo que sabía... por supuesto, no era gran cosa. ¿O tendría que haberme limitado a decirles mi nombre, rango y número de placa, cosa de la que carezco?

    Me miró algo sorprendido. Yo mismo también lo estaba; no me había dado cuenta de lo irritable que andaba.

    —Senador, me temo que deberemos ir trampeando la situación como mejor podamos —dijo en tono conciliatorio.

    Sonreí para darle a entender que lamentaba mi exabrupto y Edna Valeska, sentada junto a mí en el sofá, se unió a nuestra discusión.

    —Las buenas noticias —dijo con voz lúgubre— consisten en que ahora tenemos la prueba de que el Proyecto Gatera funciona. Las malas son que ellos han logrado que funcione antes que nosotros y lo están usando; y lo peor de todo este asunto es que parece haber más de una línea temporal implicada en él. No hay otra explicación que encaje con los hechos.
    —Eso me parece a mí también —dije—, pero ¿quiénes son esos otros? —sacudidas de cabeza—. Jesús, no estoy acostumbrado a este tipo de cosas...

    Una brevísima sonrisa de Edna.

    — ¿Y quién lo está?
    — ¡Bueno, pero se trata de su proyecto! —protesté yo—. Si ustedes no saben lo que ocurre, entonces ¿quién va a saberlo?
    —Dije que no estaba acostumbrada a cosas así, senador. No dije que no las entendiese... al menos, en parte —vio cómo miraba sus cigarrillos y me dio uno—.

    Por ejemplo —siguió, encendiendo el mío y otro para ella—, sabemos bastante sobre la línea temporal de nuestros visitantes... o sea, los invasores; esa en la que usted es mayor del ejército.

    — ¿Sabemos algo?
    —Claro que sí. Nos están invadiendo porque quieren atacar a un enemigo de su tiempo entrando por la puerta trasera... lo mismo que estábamos preparándonos para hacer nosotros.
    —Doctora Valeska —dije—, no nos estábamos preparando. La misión de la Gatera era estudiar su factibilidad. No había planes operativos.

    Se encogió de hombros, despreciando mi puntualización como si careciese de toda importancia a efectos prácticos.

    —Hay otra deducción sólida y otro hecho. La deducción es que, aun habiendo llegado bastante lejos en lo que respecta al cambio de tiempos, hay al menos otra línea que ha llegado todavía más lejos que ellos. La que creó el primer Dominic DeSota.

    Me di cuenta de que no sólo los demás ocupantes de la habitación se habían agrupado a nuestro alrededor para escucharnos, sino que incluso el guardia de la puerta se esforzaba por oírnos. Y bien, ¿por qué no? Quizás lograse enterarme de algo por su expresión.

    — ¿Cómo lo sabe? —pregunté, observando al guardia por el rabillo del ojo.
    —Porque esa otra gente (les llamaremos Población Uno) pueden hacer entrar a una persona en otro tiempo y luego hacerla volver desde su propio extremo. No creo que la Población Dos (los invasores) pueda hacerlo —el fruncimiento de ceño del guardia parecía dar plausibilidad a sus hipótesis, pensé. Edna Valeska también se había percatado—. Por lo tanto —dijo—, en este juego hay otro jugador.
    —Por lo tanto, quizás tengamos un aliado —dije con esperanza—. La gente de la Población Uno podría ser tan vulnerable como nosotros... pero sólo respecto a la Población Dos.

    El guardia no nos quitaba ya ojo de encima y su cara de preocupación era de lo más reconfortante. Estábamos hablando de cosas en las que no deseaba pensar. Me volví para sonreírle. Error. Me miró con odio y retrocedió, agarrando con firmeza su arma, el rostro convertido en una máscara inexpresiva... lo cual también era una forma de confirmación.

    —Por otra parte —dijo Edna Valeska—, si la Población Uno hubiese querido hacer algo en favor nuestro, tuvo todas las ocasiones del mundo para avisarnos. Y no lo hizo.

    Eso era bastante cierto y empecé a sentirme tan preocupada como el guardia.

    — ¿Y qué otro hecho conocemos respecto a la gente de la Población Dos... los invasores? —pregunté.
    —La Unión Soviética es su principal enemigo.
    —Sí, eso parece —dije—. ¡Pero es difícil de creer! Después de la guerra nuclear, cuando los chinos les decapitaron bombardeando Moscú y Leningrado...—Cierto, Dora —me interrumpió el coronel Martineau—, pero debe entender que en su tiempo eso no sucedió. Lo hemos reconstruido todo a partir de lo que fuimos descubriendo cuando nos interrogaron. Los soviéticos sólo tuvieron una gran guerra con enemigos externos, creo que alrededor de 1940. Se metieron en una guerra con Finlandia y los alemanes fueron involucrados...
    — ¡Los alemanes!

    Martineau asintió. —Los alemanes no hicieron la revolución. Un hombre llamado Hitler conquistó el poder y la guerra fue bastante seria. Los rusos ganaron y después de la guerra ocuparon la mayor parte del este de Europa, dirigidos por su líder, Josef Stalin.

    Eso era lo más difícil de tragar.

    — ¡Oiga, espere un momento! ¡Yo sé quién fue ese Stalin! Gobernó un cierto tiempo el país hasta que lo asesinaron. De hecho, su nieto es amigo mío, es el embajador ruso en las Naciones Unidas. Jugamos al bridge. Es un buen amigo de... de ciertos amigos míos —concluí, no deseando mencionar a Nyla Bowquist. Distinguí fugazmente al guardia, más cauteloso esta vez pero de nuevo escuchándonos, sin duda alguna—. Al viejo Joe —proseguí como si estuviera dando una conferencia—, lo asesinó un separatista georgiano. Y los ingleses tuvieron su huelga general, que culminó finalmente en una revolución. Se hicieron socialistas y aún lo son, y el ruso Litvinov se convirtió en gobernante de la U.R.S.S. porque tenía buenas conexiones con los ingleses. A decir verdad, su mujer era inglesa... Y luego, después de 1960, los alemanes tuvieron su contrarrevolución y el kaiser volvió del exilio y ahora ellos y el Japón son los grandes competidores... —Dejé de hablar. Ya no estaba asustando al guardia: sencillamente le estaba aburriendo, por no hablar del efecto que mi discurso había tenido en Edna y el coronel Martineau.

    El coronel meneó la cabeza.

    —Nada de eso ocurrió en su tiempo —dijo—. Durante los últimos treinta años sólo han tenido dos auténticas superpotencias, los rusos y los norteamericanos. Y ellos pretenden cargarse a la competencia.

    El guardia no sólo estaba aburrido: ni tan siquiera nos escuchaba. Se oía un ruido que venía del Club de Oficiales y estaba intentando enterarse de cuál era la causa. Todos los que nos encontrábamos en la habitación habíamos estado mirando de soslayo a nuestro papel de tornasol ambulante para ver qué reacciones producía nuestra charla y cuando el papel dejó de reaccionar, la charla se extinguió por sí sola.

    —Infiernos —dijo uno de los científicos más jóvenes, para encogerse luego de hombros, como aclarando que se trataba de un comentario general a la situación, al que no pretendía añadir nada más detallado.
    —Infiernos y demonios —dijo Edna Valeska, cada vez más nerviosa—. Mi marido se va a poner enfermo de tanto preocuparse. Nunca quería que hiciese el turno de noche. Ojalá pudiese hacerle saber que me encuentro bien.
    —Ojalá yo pudiese hacer lo mismo —dije.

    El coronel asintió.

    —En mi trabajo, las mujeres se acostumbran a este tipo de cosas... bueno, no éste exactamente, quiero decir, sino que a veces no es posible llamar por teléfono. Ya sé que para los civiles es distinto. Apuesto a que le preocupa su mujer, Dom.
    — ¿Qué? Oh, claro —accedí, sin añadir: «Ella también me preocupa.»Nos dieron de comer otra vez antes del medí Eran espagueti de lata y albóndigas recalentadas, restos de las provisiones culinarias del Club de Oficiales, pero tuvimos toda la leche que quisimos y un café decente.
    —Nos engordan para la matanza —dijo lúgubremente uno de los científicos jóvenes y, como si eso hubiera sido una señal, nuestro nuevo centinela entró en la habitación blandiendo su arma, seguido por Nyla. Quiero decir, por la sargento Nyla Sambok, flanqueada por otros dos soldados armados.
    —Si han terminado su café —nos dijo muy cortesemente—, estamos listos para llevarles a un alojamiento más cómodo.
    — ¿Dónde? —preguntó el coronel Martineau.
    —No muy lejos, señor. Si quieren seguirme, por favor —Era la misma voz de Nyla, igual que su «por favor...» un toque agradable, pensé, dadas las circunstancias. Pero el modo en que los soldados nos cubrieron con sus armas no era nada agradable. Tanto si habíamos terminado el café como si no, empezamos a caminar.

    No tuvimos que ir demasiado lejos. Al salir del aire acondicionado del club, el calor del desierto fue como un martillazo entre los ojos, pero no tuvimos que soportarlo mucho rato. Salimos por la puerta. Atravesamos la gran explanada desierta que le servía a la base de calle mayor. Entramos por la puerta delantera de la Gatera y bajamos un tramo de escaleras hasta llegar a un sótano enorme y no muy limpio. En otros tiempos había sido un salón de tiro, pero ahora estaba lleno de gente que llevaba los brazaletes verdes de los invasores, algunos trastos con pintura de camuflaje que parecían generadores y grandes cables que serpenteaban hacia el exterior, donde pudimos oír el martillazo lejano de unos motores diesel... y una pantalla alta de forma rectangular, lisa y de color negro azabache.

    Esa fue la primera vez que vi un portal. No hizo falta que me dijeran lo que era. Sencillamente, era un pedazo de negrura colgada en el aire, casi lo bastante grande como para llenar la estancia de un lado a otro... y era aterrador.

    — ¡Sargento! —dijo secamente el coronel Martineau—. ¡Exijo saber cuáles son sus intenciones!
    —Sí, señor —dijo ella—. Un oficial le informará. Señor, todo esto es para su propia seguridad y para que estén más cómodos.
    — ¡Y una mierda, sargento!

    Pero ella se limitó a responder con otro «Sí, señor» y se fue. Ya no estaba ahí para responder a nuestras preguntas y los centinelas armados, obviamente, tenían como única respuesta sus cargadores con munición.

    La observé dirigirse al otro extremo de la habitación, donde se encontraba mi viejo conocido, Dominic, el doppelganger,ii junto con un hombre en cuyo aspecto había algo raro. Doblemente raro... Su rostro era vagamente familiar y, como yo, parecía tratarse de un civil con uniforme prestado. Al igual que yo, no llevaba insignia de rango y, como yo, tampoco brazalete verde. Pero no se trataba de un prisionero, ya que se encontraba junto a una gran consola, haciendo ajustes en alguna especie de instrumento. El mayor Dominic le observaba atentamente; al igual que un soldado con una carabina. ¿Su centinela? Y, si necesitaba un centinela y no era uno de nosotros, ¿quién era?

    La Nyla-Sargento estaba recibiendo órdenes del Mayor-Yo. Hizo un gesto de asentimiento y volvió con nosotros.

    —Pasarán dentro de un minuto —nos informó.
    — ¡Oiga, sargento, espere! —grito el coronel—. ¡Exijo que nos diga a dónde nos está llevando!
    —Sí, señor —dijo ella—. El oficial se lo explicará todo más tarde.

    Martineau, sacando humo por las orejas, tuvo que aguantarse. Decidí probar suerte.

    —Usted es Nyla Chístophe, ¿verdad? —le pregunté con mi mejor sonrisa.

    Pestañeó, sorprendida. Por primera vez me miró como a un ser humano y no como a un simple pedazo de carne prisionera al que podía llevar de un sitio a otro según sus caprichos. La carabina que tenía en las manos, sin embargo, no vaciló.

    No es que me apuntara exactamente, pero sólo le hacía falta dar un cuarto de vuelta para tener mi estómago a tiro.

    —Ese es mi nombre de soltera —admitió cautelosamente—. ¿Me conoce?
    —Conozco a la persona que es usted en mi tiempo —dije sonriendo—. Es mi... mi amiga. También es una de las mejores violinistas del mundo.

    Me miró con curiosidad al oír lo de «amiga», pero cuando dije «violinista» conquisté toda su atención. Me examinó de pies a cabeza durante unos segundos, miró brevemente al mayor y luego se volvió hacia mí.

    — ¿De qué está hablando? —me preguntó.
    —Zuckerman, Ricci, Christophe —dije—. Son los tres grandes nombres del violonchelo en el mundo actual En este mundo... La noche anterior Nyla tocó con la National Symphony y entre el público asistente se encontraba... bueno, nada menos que la presidenta de los Estados Unidos.—¿La National Symphony? —yo asentí—. Dios mío... —dijo ella—. Siempre deseé... ¿Me está tomando el pelo, señor DeSota?

    Sacudí enfáticamente la cabeza.

    —En mi tiempo usted se ha casado con un promotor inmobiliario de Chicago. La noche pasada tocó el concierto de violín de Gershwin, con Rostropovich como director de la orquesta. Hace dos meses su foto ocupó la cubierta de People.

    Su mirada era una mezcla de asombro y escepticismo.

    —Gershwin no escribió jamás un concierto para violín —dijo—. ¿Y qué es eso de People?
    —Es una revista, Nyla. Es usted famosa.
    —Es verdad, sargento —me apoyó el coronel, que había estado escuchándonos atentamente—. Yo mismo la he oído tocar.
    — ¿Sí? —seguía sintiendo escepticismo, pero también estaba fascinada.

    Asentí con toda la sinceridad de que me sentí capaz.

    — ¿Y usted, Nyla? —le pregunté— ¿También toca?
    —Doy clases —dijo—. Bueno, las daba hasta que me llamaron a filas.
    — ¿Ve? —dije yo, radiante—. Y...

    Y hasta ahí fue donde pude llegar.

    — ¡Sargento Sambok! —dijo un capitán de pie junto a la pantalla—. ¡Que se muevan!

    Ahí terminó todo. Mi Nyla volvió a convertirse en una profesional y cuando posó de nuevo sus ojos en mí fue con el mismo interés impersonal que el hombre del mazo siente hacia la res que se acerca a él por la rampa del matadero.

    —Muévanse, por favor —dijo, pero esta vez el «por favor» carecía de significado. —Sargento, escúcheme... —empezó a decirle el coronel Martineau, pero ella no estaba dispuesta a perder más tiempo con nosotros. Movió levemente la carabina, el coronel me miró y se encogió de hombros. Avanzamos en fila, siguiendo las líneas amarillas que habían pintado en el suelo tan poco tiempo antes que la pintura aún estaba algo pegajosa. Justo delante de la ominosa negrura había una gruesa franja amarilla, como la línea que indica el punto de espera ante las aduanas en un aeropuerto. El capitán recién aparecido nos hizo detenernos al llegar, con un ojo clavado en nosotros y el otro en el civil que me era vagamente familiar.
    —Cuando yo se lo diga —nos ordenó—, cruzarán el portal de uno en uno. Esperen hasta que les llame, eso es muy importante. Descubrirán que el otro lado está a la misma altura que éste, así que no deben preocuparse por si van a tropezar ni nada parecido. De todos modos, habrá personal disponible al otro lado para ayudarles si es necesario. Recuerden, sólo uno cada vez... — ¡Capitán! —graznó el coronel Martineau haciendo un último esfuerzo—. Exijo...
    —No, usted no exige nada —le dijo el capitán, sin demasiada rudeza, con el tono que podría usar alguien que tiene por delante un trabajo complicado y le pide a otra persona que se calle y no moleste hasta que haya terminado el trabajo—. Podrá presentar sus quejas en el otro lado... señor —el «señor» se le ocurrió en el último instante y el tono en que había sido pronunciado indicaba que no debía ser tomado muy en serio. El capitán estaba muchísimo más interesado en el civil situado ante la consola que en cualquiera de nosotros o en lo que pudiéramos decirle.

    La verdad es que el civil era bastante interesante. Obviamente, estaba haciendo algún complicado ajuste que requería mucho cuidado. Al parecer, lo que intentaba era mantener el punto rojo de una escala justo delante del punto verde de otra y cada vez que el rojo se alejaba del verde giraba los mandos hasta lograr que coincidieran de nuevo. Cuando logró juntarlos dijo, por encima del hombro:

    — ¡Que empiecen a moverse!

    Y la doctora Edna Valeska, con cara de estar rezando, nos miró de modo casi implorante, se estremeció por un instante y caminó hasta penetrar en la negrura, donde simplemente desapareció.

    Los ocho que aún quedábamos lanzamos un suspiro colectivo.

    —El siguiente —ordenó el capitán, y el coronel Martineau empezó a moverse. La negrura lo engulló sin dejar de él más rastro que de Edna Valeska.

    Yo era el siguiente de la fila.

    Me encontraba a menos de unos tres metros del civil misterioso, el cual me miró brevemente antes de concentrarse otra vez en los controles.

    Y, de pronto, me acordé. Flaco, con un aspecto mucho menos saludable... pero era el mismo hombre, no había duda.

    — ¡Lavrenti! —exclamé—. ¡Tú eres el embajador Lavrenti Djugashvili!
    — ¿Está loco? —me espetó secamente su centinela—. ¡No moleste al doctor Douglas ahora!
    —Maldición, espere un minuto —protestó el civil—. ¡Usted! ¿Cómo me ha llamado?
    —Djugashvili —dije yo—. Tú eres el embajador de la Unión Soviética, Lavrenti Djugashvili.
    —No me llamo Djugashvili —dijo, después de mirarme con nerviosismo. Volvió a su tablero de control, ajustó unos cuantos diales y le hizo una seña al capitán para que me hiciera cruzar el portal—. Pero mi abuelo sí se llamaba así —dijo cuando yo entraba en la oscuridad.


    De niño yo era muy fantasioso y mi vida imaginaria se centraba en dos temas.

    Uno era el viaje espacial y el otro era el sexo. La principal razón de que deseara convertirme en científico cuando entré en Lañe Tech era que así podría visitar otros mundos. La verdad es que nunca llegué a perder del todo esa fantasía; sencillamente, se fue evaporando con el transcurso de los años.

    El otro tema nunca dejó de interesarme. Tenía la mejor colección de libros porno de todo el Near North Side. Aún no se vendía de modo legal ningún tipo de películas porno, pero había sitios donde por dos dólares te dejaban entrar en la trastienda de un salón de atracciones o de alguna librería mugrienta y podías ver películas rodadas en un granuloso blanco y negro, procedentes de Tijuana y La Habana. (Durante bastante tiempo no estuve muy seguro de que un hombre pudiese hacerle el amor a una mujer sin llevar largos calcetines negros y máscara.) Intercambiaba mentiras con los demás miembros de mi club de ajedrez y del equipo de tenis y cada noche me iba a dormir acatando el ritual que han seguido a lo largo de las épocas todos los adolescentes, escribiendo cuidadosamente con mi imaginación el guión de la seducción perfecta: el camisón de encaje, el vino bien frío junto a la cama, las sábanas de satén...

    Y entonces llegó el cuatro de julio. Y Peggy Hofstader.

    Vivía lo bastante cerca del lago como para ver los fuegos artificiales y no había nadie en el tejado aparte de nosotros dos y yo me las había arreglado para obtener dos botellas de cerveza caliente, que sabía fatal. Y cuando los cohetes explotaron en su traca final, iluminando los cielos, y sentí que la mano de Peggy se posaba en ese lugar que ninguna mano había tocado antes, salvo la mía, me di cuenta de que había llegado el momento de la verdad. De pronto, la fantasía se había vuelto realidad. Estaba haciendo mi debut sin la menor preparación y, ¿qué había que hacer con tantos brazos, piernas, sitios y prendas?

    Por suerte para mí, Peggy conocía tanto su parte de la obra como la mía. Necesité toda la ayuda que pudo prestarme.

    Ahora no había nadie para ayudarme.

    De un modo totalmente distinto, me hallaba ante la misma experiencia, emocionante y aterradora a la vez. Al otro lado de aquella negrura había... la nada.

    Tragué una buena bocanada de aire. Cerré los ojos. Y avancé hacia ella.

    ¿Qué sentí?

    Bueno, no gran cosa. He asistido a un par de convenciones científicas en las que había puertas de aire como separación de las habitaciones, corrientes de aire mezcladas con vapor de agua, con lo que una nube parecía colgar siempre sobre el umbral; proyectaban imágenes o avisos sobre esas nubes y lo único que debías hacer era cruzarlas. Mi experiencia actual me dio menos la impresión de entrar en otro mundo que el cruzar una de esas puertas. Sencillamente, un instante antes me había encontrado en el ruidoso sótano de un edificio lleno de gente, con armas que me apuntaban, bajo hileras de fluorescentes que no cesaban de parpadear...Y al dar un solo paso me encontré de repente en el fondo de una hondonada. Mis pies se apoyaban sobre tablones y me bañaba el más cálido sol de agosto que puede encontrarse en Nuevo México. A mi alrededor se alzaban grandes andamios en los que había extrañas máquinas parecidas a cámaras de televisión con unas armazones redondas de alambre allí donde habrían estado los objetivos de una cámara. Junto a una de las máquinas había un bracero que me contemplaba sin hacer nada y detrás de esa misma máquina otro hombre también parado. Unos muros de tierra apisonada me rodeaban y, a pocos metros de distancia, el estruendoso motor de un camión me rompía los tímpanos.

    No tuve mucho tiempo para estudiar la escena. Dos soldados me agarraron rápidamente por los brazos y me hicieron avanzar.

    —Al camión —me ordenó uno de ellos, y se volvió para recibir al siguiente prisionero que apareció tambaleándose a través del portal.

    Subí al camión (que no tenía nada de particular; era un simple camión del ejército con banquillos laterales y un soldado para encargarse de la ametralladora ligera que nos apuntaba desde la cabina). Cuando los nueve estuvimos a bordo, el motor rugió de modo aún más estrepitoso y el vehículo avanzó a trompicones, sin tardar en salir de la hondonada para trepar a una meseta en la que aguardaban dos helicópteros del ejército cuyos rotores giraban lentamente—. Abajo —ordenó el soldado, que había subido también al camión, y uno a uno saltamos al suelo y el camión se alejó. El soldado que nos había dado todas las órdenes, vigilándonos atentamente, retrocedió unos pasos para intercambiar algunas frases con el piloto de un helicóptero. Nosotros nos limitamos a mirarnos unos a otros. Nos hallábamos en un terreno montañoso y bastante árido. Al otro lado de la meseta, a un kilómetro y medio de distancia aproximadamente, pude distinguir los barracones de una base del ejército... la Sandia local, supuse. Más cerca de nosotros había un gran remolque cubierto con pintura de camuflaje y provisto de ventanas (por lo que me pareció que sería una especie de oficina o puesto de mando) que tocaba casi el borde de la hondonada. Y esparcidos por ella habría dos o tres remolques más, pero sin ventanas: contenían ruidosos generadores de los que emergían cables conectados a las máquinas que había en el fondo del pozo.

    Apenas tardé un minuto en sudar a mares, como los demás, pero estábamos todos demasiado excitados como para que nos preocupase la posibilidad de una insolación. Edna Valeska me tiró de la manga.

    —Tuvieron que excavar para llegar al nivel del edificio —me dijo, señalando con el dedo.
    — ¿Qué?
    —Deseaban aparecer en el sótano —me explicó—, y aquí no había ninguno. Así que tuvieron que excavar.
    —Oh, claro —no me pareció demasiado importante. A decir verdad, me había caído encima una avalancha de cosas ante las que reaccionar y ya no sabía demasiado bien lo que era importante y lo que no. Vi salir dos figuras más del rectángulo negro: Nyla-Sargento y el hombre que se parecía a Djugashvili pero que había dicho no ser él. Hablaron un instante y Nyla se dirigió hacia un jeep:
    — ¿Y los andamios?
    —Supongo que también serían necesarios para llegar a la posición que deseaban —dijo la doctora Valeska—. Para espiar en los laboratorios. Algunos de ellos estaban en el último piso. Sonaba bastante lógico, aunque tampoco estaba ya demasiado seguro de lo que era lógico. Uno de los científicos más jóvenes puso el dedo sobre la llaga.
    — ¿Qué creen que nos harán? —preguntó con voz temblorosa.

    A eso nadie tenía una buena respuesta y el que se acercó más a la verdad fue el coronel Martineau.

    —Creo que eso nos lo va a contar la sargento —dijo justo cuando el jeep de Nyla Sambok se detuvo a nuestras espaldas lanzando chorros de arena con las ruedas.

    Sin embargo, no nos lo contó... al menos, no de inmediato. Antes la llamaron a gritos para que participase en el coloquio mantenido entre el soldado y los pilotos del helicóptero. La verdad es que «coloquio» es una palabra demasiado educada; se estaba convirtiendo en una pura y simple discusión y hablaban precisamente en voz baja.

    No tardamos mucho en saber el motivo de la discusión. Era algo así como ese viejo acertijo sobre los misioneros y los caníbales que cruzan un río. Cada helicóptero podía transportar cinco personas, aparte del piloto. Los prisioneros éramos nueve y con el soldado hacíamos diez. Dos viajes... pero ninguno de los dos pilotos estaba dispuesto a correr el riesgo de llevar a cinco enemigos desesperados, posiblemente enloquecidos, sin un centinela armado a bordo.

    —Ah, mierda —dijo finalmente la sargento Sambok—. Venga, que cada uno se lleve a cuatro y yo me quedaré aquí vigilando al que sobre hasta que uno de ustedes regrese —y mientras los pilotos, no muy de buena gana, empezaban a preparar los helicópteros, ella se volvió y me señaló con el dedo—. Ese no —dijo—. Se quedará conmigo para el siguiente viaje. —Pero, sargento —protestó débilmente un soldado—, el mayor dijo...
    —Muévanse —ordenó Nyla. Y eso hicieron. Cuando los helicópteros estuvieron en el aire se volvió hacia mí y me examinó atentamente. Me imagino que no debía de tener aspecto de poder plantearle graves problemas a una mujer fuerte y provista de una carabina—. No tiene sentido que nos asemos los sesos aquí fuera —dijo, haciéndome una seña—. Metámonos en el remolque.


    Aquel bendito trasto tenía aire acondicionado.

    Además, estaba vacío. Aparentemente era para los pilotos de los helicópteros, y no quedaba ninguno. Me hizo entrar primero y esperó hasta que yo hube cruzado la puerta para entrar. Se puso en un rincón y me lanzó diestramente dos monedas de veinticinco centavos que sacó de un bolsillo del uniforme.

    —Ahí hay una máquina de Coca Cola —dijo—. Yo pago... Ábralas y déjelas sobre la mesa —y luego, como si se le acabase de ocurrir, añadió—. Por favor.

    Tomó asiento y bebió un buen trago de Coca Cola, observándome. Yo le devolví la mirada como si fuese una imagen reflejada en el espejo. De cerca, sin nadie más en el remolque, me recordó más que nunca a mi Nyla. Oh, claro, como si mi Nyla se hubiese ataviado para un baile de disfraces... pero era Nyla Christophe Bowquist, en carne y hueso.

    Naturalmente, no lo era. Era Nyla Otra Persona, pero, fuese cual fuese su nombre, parecía tan guapa y deseable como mi Nyla, lo cual es mucho decir. No me refiero meramente al aspecto sexual, aunque algo de eso había: había también algo más. Me gustaba. Me gustaba la mirada —medio perpleja, medio divertida— queme dedicó. Me gustaba su modo de apoyarse en el respaldo, y sus pechos, que hacían que el uniforme pareciese la creación de un diseñador de alta costura. Y, cuando habló, me gustó también el sonido de su voz.

    — ¿Y bien, DeSota? ¿Qué era todo eso que me contaba antes?
    —Que es usted concertista de violín, y una de las mejores de toda la historia —le contesté.
    — ¡Ya me gustaría! Señor DeSota, soy profesora de música. Admito que siempre deseé estar en un escenario con una orquesta, pero jamás pude lograrlo.
    —Pues tenía las dotes —dije encogiéndome de hombros—, porque en mi mundo eso es justamente lo que hizo. Y hay otra cosa que no le he contado acerca de mi línea temporal, de usted y... de mí.

    Me miró de un modo raro. Y no preguntó cuál. Fueron sus cejas las que lo dijeron.

    —Éramos amantes —le contesté—. Yo la quería mucho. Aún la sigo queriendo.

    Seguía mirándome con extrañeza, pero ahora de otro modo. Había en ella sorpresa y duda, pero también el inicio de un cierto calor vacilante. Era casi como las miradas que suelen verse en las personas que frecuentan ciertos bares, aunque no me pareció que esta Nyla fuese más aficionada a esa clase de bares que la mía. Conozco esa mirada. Debe ser la misma de Roxane a Cyrano de Bergerac al enterarse de que era él y no el tonto y guapo Christian quien le había escrito aquellas cartas tan hermosas.

    —Nunca habían probado eso conmigo, DeSota —dijo ella.
    —No es ningún truco, Nyla.

    Lo pensó un instante y luego me miró sonriendo.

    —Dadas las circunstancias, bien podría serlo—dijo—. Hablemos de otras cosas. ¿Qué es eso del concierto de Gershwin? Ya sabe que murió joven —me encogí de hombros; la verdad es que no sabía gran cosa de él—. Dejó bastantes obras excelentes —prosiguió, en tanto que yo me levantaba y me acercaba a la ventana para mirar hacia afuera—. Todo eran cosas populares, claro. Y luego la Rapsodia en blue, el Concierto en Fa, el Americano en París... pero, sinceramente, jamás compuso ningún concierto como el que usted menciona.

    Yo miraba el portal, donde mi falso Djugashvili estaba jugando con el mismo tipo de consola que había al otro lado. Negué enérgicamente con la cabeza.

    —Se equivoca, Nyla, se equivoca totalmente. No soy un experto en música clásica, eso está claro. Pero se me ha acabado quedando algo por mi relación con... con la otra Nyla. He oído muchas veces ese concierto. Está lleno de melodías, lo que hace que sea algo más fácil para un tipo como yo. Creo que incluso podría silbarlo... un momento —empecé a dar vueltas intentando recordar el precioso y delicado tema de la obertura que Nyla tocaba de modo tan hermoso en el solo. Cuando logré por fin silbarlo supe que no le estaba haciendo justicia, pero era ese tipo de música definitivamente bella, como algunas cosas de Mendelssohn y Tchaikovsky, que suenan bien aunque las destrocen.
    —Nunca lo he oído —dijo, frunciendo el ceño—. Pero es muy bonito.

    Y trató de silbarlo también.

    Me incliné hacia ella y le besé los labios.

    Me devolvió el beso.

    Estoy casi seguro de que me lo devolvió. Pude sentir que aquellos labios magníficos, suaves y cálidos se abrían bajo los míos, pero no esperé el tiempo necesario para estar seguro. Le di con el canto de la mano en la nuca, tan fuerte como había aprendido a hacerlo en mis clases de judo.

    Se derrumbó como una piedra.

    Ese tipo de combate cuerpo a cuerpo era para mí totalmente teórico. Nunca lo había hecho antes, excepto como ejercicio ritual. No había planeado hacerlo, aunque una parte de mi cerebro llevaba todo el tiempo chillándome que el uniforme de Nyla y el mío eran absolutamente indistinguibles uno de otro, salvo de que ella llevaba un brazalete verde y una carabina, mientras que yo no poseía ninguna de las dos cosas.

    Cuando cayó no estuve del todo seguro de que mi golpe no hubiera sido demasiado fuerte.

    Pero al posar mi mano sobre aquel pecho tan familiar, escondido bajo la nada familiar tela del uniforme, noté que su corazón y sus pulmones seguían funcionando perfectamente.

    —Lo siento, cariño —dije.

    Me puse el brazalete, recogí la carabina del suelo y me la colgué al hombro. Y salí del remolque sin mirar hacia atrás.


    Timothy McGarren, un hombre de setenta y tres años, trabajaba de portero en Lakeshore Towers desde que el complejo abrió sus puertas y él se jubiló de la Metropolitan Transport Authority. Ambas cosas ocurrieron el mismo día, diez años atrás. Había ido del vestíbulo al ascensor tantas veces que hubiera podido hacer el viaje dormido o de espaldas. A veces, como en ese momento, mientras le sostenía la puerta a la señora Spiegel del 26-A, llegaba efectivamente a andar de espaldas, buscando con el pie el peldaño. Sólo que esa vez no parecía haber peldaño. Perdió el equilibrio, intentó agarrarse a la barandilla, falló y cayó al agua, con las luces de los rascacielos lejanos de Chicago haciéndole guiños al reflejarse en el lago Michigan.


    24 de agosto de 1983
    12.30 P.M. Mayor DeSota, Dominic R.


    La base que habíamos capturado estaba más llena de regalos que el calcetín colgado de la chimenea en Navidad. El que yo apreciaba más era la oficina del comandante de la base. Tenía su propio comedor privado, con cocina incluida; y en el refrigerador privado del comandante de la base, los cocineros habían descubierto media docena de los bistecs más gruesos y jugosos a los que jamás les haya hincado el diente. La cantidad era perfecta. Éramos seis para comérnoslos: el teniente coronel Tempe, encargado del departamento de investigación nuclear; el mayor de la PM, Bill Selikowitz; el capitán del Cuerpo de Transmisiones; otros dos capitanes que eran ayudantes de Tempe, y yo. Éramos los oficiales de mayor graduación en la base (al menos, de nuestro bando) y la graduación siempre tiene sus privilegios. Comimos sobre un mantel de lino, con servilletas igualmente de lino, en una cubertería de plata, y aunque los vasos sólo contenían agua, al menos eran de cristal danés. Por el gran ventanal del comedor, situado en el quinto piso de los cuarteles generales de la base, podíamos ver los aproximadamente sesenta edificios que habíamos capturado, con los PM de Salikowitz patrullando en sus jeeps. Hacía calor ahí fuera, pero en nuestro pequeño castillo el aire acondicionado funcionaba a las mil maravillas.

    Los seis éramos felices.

    Uno de los ayudantes del coronel Tempe hablaba extasiado sobre los ridículos proyectos que habían descubierto: un grupo de chalados que intentaban leer las mentes del enemigo; armas químicas binarias del tipo que nosotros habíamos probado y descartado cinco años antes; cañones láser capaces de freír a un soldado enemigo a cinco kilómetros de distancia, siempre que el soldado estuviese quieto al menos durante diez minutos sin salirse del rayo.

    Fue lo que más gracia nos hizo y era realmente cómico. Esta gente había tirado más dinero en ideas tontas que nosotros. ¡Pero no todas sus ideas eran ridículas!

    Cuando llegamos al pastel de manzana con helado, el coronel Tempe nos contó las cosas serias. Todos le escuchamos con gran atención; al cabo de otras cuarenta y ocho horas, sin duda todo aquello sería secreto del más alto nivel, pero nosotros nos estábamos enterando de todo directamente a través de su descubridor. En lo tocante a las armas nucleares, esos tipos nos habían dejado a la altura del betún.

    —Misiles de crucero —decía—. Como pequeños aviones a reacción que pasan por debajo del radar, demasiado rápidos para que los intercepten, con mapas incorporados en su memoria para que siempre sepan dónde están. Cabezas nucleares múltiples; se lanzan todas juntas y luego se dividen, a veinte kilómetros de altura, y seis proyectiles distintos dan en seis blancos distintos. Y submarinos.

    Eso me pilló por sorpresa. — ¿Submarinos? ¿Qué diablos hay en especial en los submarinos?

    —Que son de propulsión nuclear, DeSota —dijo con el rostro muy serio—. Unos bastardos enormes, de diez mil toneladas y aún más. Pueden quedarse bajo el agua un mes entero, allí donde el enemigo no pueda encontrarlos; y cada uno de ellos transporta veinte misiles nucleares de un alcance superior a los quince mil kilómetros. ¡Jesús! ¡Es el fin de los ataques biológicos a escondidas! ¡Si pudiéramos meter uno de esos malditos submarinos a través de un portal, los rusos tendrían que agachar la cabeza y morir por nosotros!

    De pronto el pastel ya no me pareció tan bueno.

    —Pero para nosotros ha sido como un paseo —objetó Selikowitz.
    —Porque no nos esperaban —dijo el coronel—. Ahora saben dónde estamos.
    —Oh, vamos, coronel —dije yo—. No irán a... ¿tirar una bomba nuclear sobre su propia base? —pretendía ser una afirmación, pero se convirtió a medio camino en una pregunta.

    Nadie quiso contestarla, ni tan siquiera el coronel. Atacó en silencio su pastel durante unos segundos y luego, sin poder contenerse más, explotó:

    — ¡Lo estamos haciendo todo al revés, maldita sea! ¡Tendríamos que haber golpeado justo en lo más alto! ¡Atacar la Casa Blanca, agarrar a su presidente y decirle lo que vamos a hacer! Y todo se hubiera acabado antes de que los rusos y sus condenados satélites empezasen a sentir curiosidad sobre esta maldita «excavación arqueológica» en pleno desierto.

    Todos me miraban fijamente; empecé a desear no haber abierto la boca. ¿Quién era yo para defender las decisiones del Alto Estado Mayor? Todos sabíamos los agrios extremos a que había llegado el debate y ninguno de nosotros, y yo menos que nadie, había tenido voz ni voto en la decisión final.

    Y, con todo...

    —Coronel —dije—, enfrentémonos a los hechos. Primero: no importa el tipo de armas que esta gente posea porque no pueden usarlas contra nuestro país ya que no pueden llegar hasta nosotros. Sólo podrían hacerlo con un portal y la primera razón de que viniéramos aquí fue para evitar que construyesen uno.
    —Pero si estaban muy lejos de conseguirlo —se quejó un ayudante.
    —Podrían haberlo completado bastante rápido —dije—. Una vez supiesen que era posible, muchas preguntas hubieran quedado contestadas. No podíamos correr ese riesgo. Ahora tenemos esta base y no pueden tomar represalias contra nosotros... hagamos lo que hagamos.

    El coronel me miró con dureza y luego me dirigió una gélida sonrisa.

    —DeSota, es usted el empleado perfecto —dijo, y golpeó con la uña su copa vacía. El suave tintineo fue como una campana que marca el final de un asalto. Realmente, era un cristal magnífico.

    No tenía ningún deseo de continuar la discusión. El coronel tenía razón, pero al mismo tiempo se equivocaba: habíamos conquistado Sandia sin el menor incidente (si no contábamos como tal a un centinela que había sufrido la rotura de un brazo porque un PM de Selikowitz se había entusiasmado en el combate cuerpo a cuerpo). Si hubiéramos asaltado la Casa Blanca alguien habría muerto pero, por otro lado...

    Por otro lado, había demasiadas posibilidades a tomar en cuenta. ¡Qué armamento tan increíble poseía esta gente! Si pudiéramos llevarnos el submarino... o una de esas cabezas múltiples o un misil de crucero...

    Pero a este lado del portal nos faltaba la energía necesaria para transportar algo tan enorme. Claro, podíamos llevarnos los diagramas e incluso las armas, pieza a pieza. Pero más pronto o más tarde los rusos examinarían más atentamente ese gran hoyo en el desierto que habíamos calificado de excavación arqueológica, y si veían alguna señal de armamento...

    — ¿Mayor? —la bella soldado que nos había llenado las tazas de café estaba repartiendo unos sobres—. Llegaron mientras estaban ustedes comiendo... —Gracias —dije, sin poder reprimir una sonrisa. Para mí sólo había una, pero era ¡un mensaje del presidente de los Estados Unidos!

    Decía lo siguiente:

    En nombre del pueblo norteamericano le condecoro a usted, a los oficiales y a los soldados del Destacamento Especial 456 del Ejército de los Estados Unidos por sus meritorios servicios y el valor demostrado en el cumplimiento de su deber.


    Miré a mi alrededor, sin poder evitar una sonrisa. No me importó que los demás sonrieran igualmente... sin duda, también habían sido condecorados. No importaba que el presidente, probablemente (¡no, indudablemente!) no lo hubiese escrito en persona y que, sin duda, ni tan siquiera conociese mi nombre; estaba claro que era una citación formularia del Departamento de Guerra. Tampoco importaba que el presidente fuera un idiota pusilánime, como sabíamos todos (yo nunca voté a ese hijo de puta). ¡Daba igual! Esa carta en la que el presidente citaba mi nombre quedaría preciosa en mi expediente. Y, además, las medallas: aparte de la Legión del Mérito para mí, la Estrella de Bronce para la sargento Sambok y otras cuatro para conceder a quien yo escogiese.

    No estaban mal para empezar la mañana y lo único malo era que Bill Selikowitz tenía más que el resto de nosotros. Pero un ordenanza le musitaba algo al oído y cuando alzó los ojos su mirada iba dirigida a mí.

    — ¿Dom? Mis patrullas acaban de coger a uno de tus chicos. Venía hacia la base a más de cien por hora en un coche robado, con un poli de Albuquerque pisándole los talones. Es el soldado Dormeyer: se largó a la ciudad sin permiso y parece que ha intentado matar a un civil.


    A quien yo necesitaba era a la sargento Sambok, porque conocía todo el destacamento. Pero no podía tenerla porque estaba al otro lado del portal, vigilando a los prisioneros, y el portal estaba apagado a causa de algún problema técnico.

    Sólo tenía a la teniente Mariel, recién graduada y tan útil como una vaca con dos rabos. Me estaba esperando en la oficina.

    — ¿Qué... qué vamos a hacer? —logró decirme, añadiéndole luego un tardío—: ¿Señor?
    —Vamos a poner este asunto en claro —le dije—, ¡Maldita sea, teniente! ¡Quería a Dormeyer de vuelta sin armar jaleo!
    —No pudieron encontrarle —dijo con aire miserable—. Mandé a los soldados Weimar y Milton a su casa en la ciudad pero no estaba... y ya sabe, señor, la ciudad es un auténtico lío, con algunas tropas nuestras vigilando los puntos de comunicación, y nadie sabe si el enemigo va a reaccionar...
    —Teniente, ahórrese las excusas —le ordené. Había olvidado que Dormeyer era de aquí (al menos en nuestro tiempo) y eso no era nada bueno: un oficial al mando debe conocer a sus tropas, al menos eso se supone—. Se supone que un oficial ayudante conoce a sus tropas —le dije—. ¿Actuaba Dormeyer de modo sospechoso antes de largarse?
    — ¡No, señor! No que yo sepa, señor. Consiguió un permiso de siete días hará cosa de un mes, señor... su mujer se mató en un accidente de coche. Yo sugerí que se le sacase de la unidad por haber perdido días de entrenamiento, pero usted dijo que no y...
    —Tráigalo aquí, hablaré con él. No, espere un momento... déjeme hablar primero con el policía.


    No merecía nada de esto. No deseaba que me echaran a perder la hoja de servicios o que el viejo general Cara-de-Rata Magruder me cayese encima por un soldado gilipollas que se había metido en líos. De momento, lo único bueno era que Bill Selikowitz había puesto el asunto en mis manos; nada quedaría registrado oficialmente...

    Siempre que consiguiese manejarlo bien. Y cuando vi al oficial Ortiz empecé e pensar que sería posible. Se trataba de un policía enorme, cuadrado y salido de los viejos tiempos, que llevaba su sombrero de sheriff como si le hubiera crecido en la cabeza y que examinó mi oficina como si fuese suya.

    —Nunca he estado aquí antes, mayor —dijo—. Supongo que sabrá que la gente se hace montones de preguntas sobre sus intenciones.

    Al menos no había entrado escupiendo fuego por la boca y exigiendo la entrega del criminal. Decidí hablarle de hombre a hombre.

    —Supongo que la gente como usted y como yo debe limitarse a seguir las órdenes y dejar que la gente de arriba se preocupe de pensar, ¿no? Tome un cigarro.

    Cuando cogió dos pude ver que las cosas iban por buen camino. Yo había esperado, a decir verdad, que me soltara un discurso basado en la ley o la jurisdicción locales, o cualquier cosa que nos metiese en los apuros suficientes como para que me fuese imposible ocuparme personalmente de los jaleos del pobre Dormeyer. No tendría que haberme preocupado. Ortiz estaba acostumbrado a entendérselas con quien sostenía las riendas del poder, fuese quien fuese. Tendría unos cuarenta años y llevaba veinte de servicio; lo había visto todo y no se había dejado afectar por nada. Estaba patrullando por Albuquerque cuando recibió en la radio de su coche una llamada que los nuestros habían pasado por alto, así que se dirigió al hogar del señor Herbert Dingman y su esposa. Descubrió que no estaban en casa y que su hija Gloria estaba bajo los efectos de un ataque de histeria, y un tal William Penderby que yacía derrumbado sobre su lecho, donde nuestro soldado Dormeyer había estado a punto de estrangularle. No era nada fuera de lo corriente. Lo que molestó al oficial Ortiz fue que al entrar en la casa había pasado junto al soldado Dormeyer, sentado con cara de loco al volante del coche de la hija de los Dingman, y cuando Ortiz llegó a la conclusión de que ése era el hombre al que arrestar, ya había metido la primera y se dirigía de nuevo hacia la base. Y, no, no le importaba esperar mientras yo me entrevistaba con el acusado, pero ¿le importaría que llamase a la jefatura para decirles dónde estaba?

    No me importaba, ciertamente. No le di una palmadita en la espalda pero le acompañé hasta la puerta y le ordené a la teniente Mariel que le condujese hasta el teléfono más cercano después de traer al soldado Dormeyer a mi oficina.

    Debo decir en su favor que no era un mal soldado. Ya había salido de la locura pasajera que le había llevado a la ciudad. Se puso firme y contestó a todas mis preguntas con claridad y brevedad. Bien, sí, había enloquecido y había abandonado el servicio. ¿La razón? Bueno, la muerte de su esposa le había afectado mucho y alguien le había dicho que en este tiempo existían copias de todos nosotros, así que había decidido buscar la copia de su mujer... y el encontrarla allí, viva, ¡y con aquel tipo en la cama...! bueno, había sido demasiado para él. No, no le había matado. Gloria se lo llevó medio a rastras y él salió de la casa, subió al coche y se puso a llorar. Y cuando el oficial Ortiz me informó de que la víctima sólo había sufrido algunas magulladuras vi el cielo abierto.

    Le propiné una buena reprimenda a Dormeyer y le envié nuevamente a su puesto. Luego le di una palmadita en la espalda al oficial Ortiz (esta vez sí) y se lo confié al cabo de la PM de Selikowitz.

    —Acompañe al oficial Ortiz a su coche y déjele ir —le ordené—. Y asegúrese de que entienda que estamos aquí como amigos y no como invasores —y a Ortiz le dije, guiñándole un ojo—: ¿Le importa que le haga una sugerencia, oficial? Usted va a ser la primera persona que salga después de haber visto nuestra zona ocupada, así que la gente de los telediarios va a prestarle mucha atención. ¡No se lo dé todo gratis!

    Satisfecho, le vi marchar y me ocupé nuevamente del mundo real.

    Fue como si me arrojasen un cubo de agua helada al rostro.

    El portal funcionaba nuevamente y empezaban allegar mensajes. El más urgente era para mí: se me ordenaba entrar en contacto de inmediato con el Puesto Cinco para informar. Uno de nuestros prisioneros, el otro Dom DeSota, había escapado a otra línea temporal (ni siquiera sabían a cuál) y se había llevado con él a nuestro científico mimado, el doctor Douglas.


    Cuando estuve por última vez en nuestro lado del portal era noche cerrada. Seguimos las cintas pegadas a los tablones cubiertos de arena, con los faros azules de los camiones que nos habían traído hasta aquí como única iluminación, tropezando, medio ahogados por el polvo y temblando de frío en la noche del desierto... y asustados. Los grandes helicópteros de transporte estaban aterrizando en la meseta orientándose sólo con los faros de los camiones. Soldados provistos de linternas intentaban guiarles para que los soldados de reserva y los especialistas que debían construir un generador de portal llegasen sanos y salvos. Ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta qué le aguardaba aquí.

    Ahora todo era muy distinto. Los tablones se cocían bajo el sol. El viento del desierto levantaba nubes de arena de los bordes de la excavación y me las metía en los ojos. Cara-de-Rata Magruder andaba sin cesar arriba y abajo delante de su coche, esperándome. Me indicó que entrase con un gesto y partimos entre una nube de arena hasta llegar a lo alto de la meseta. Allí pude ver que los tractores habían eliminado hasta las huellas de los patines de los helicópteros, para que cuando los satélites rusos pasasen sobre nosotros no vieran nada que pudiera delatar la falsedad de nuestra historia de la excavación arqueológica.

    Pero una cosa seguía igual. Yo estaba muy asustado.

    Lo estaba como nunca antes lo había estado, pues el miedo a que te peguen un tiro o a verte obligado a pegárselo tú a alguien es un miedo físico del que, al menos por un tiempo, puedes mantener tu mente apartada. Lo que yo temía ahora no era una especulación, era un hecho. Si el senador escapó, lo había hecho ayudado, en parte, por el hecho de vestir un uniforme... que yo mismo le había entregado.

    Durante el camino, Magruder no me dijo una palabra, ni tan siquiera me miró. Tenía los ojos clavados en el paisaje y apretaba fuertemente los labios. Tampoco podía culparle; estaba tan metido en el jaleo como el resto de nosotros. Me quedé tan rígido como una estatua, agarrándome con todas mis fuerzas al cinturón de seguridad que no había osado ponerme, para que los bandazos del coche no me arrojasen encima de él.

    Tenía la esperanza de que olvidase mi presencia.

    Nos detuvimos, levantando otro surtidor de arena, y Magruder saltó del coche. Se quedó junto a él, con ojos feroces y el ceño fruncido. El objeto de su malhumorada expresión actual era la sargento Sambok y el doctor Willard, ayudante del desaparecido doctor Douglas. Les hizo permanecer en posición de firmes bajo el sol mientras se preparaba para arrancarme la piel a tiras. ¿Insolación? No sé cómo lograron salvarse de ella. El general Magruder no tenía que preocuparse de la insolación, pues aún no había nacido el sol capaz de acabar con él. Le dio una patada a un arbusto, escupió y señaló con un dedo el remolque.

    —Adentro, los tres —ordenó.

    No se estaba mucho mejor dentro del remolque. Hacía más frío, pero no tanto por aire acondicionado como a causa de Magruder. Cuando clavaba sus ojos en los tuyos podías sentir cómo se te congelaban los globos oculares. A pesar de mis propios problemas, aún me quedaba un poco de ánimo para preocuparme por la sargento Sambok y puede que incluso por el doctor Willard, que ni tan siquiera pertenecía al ejército. Sencillamente, estaba en el andamio con Larry Douglas cuando el DeSota que pretendía ser yo apareció jadeante con la carabina al hombro y metió a Douglas de un empujón a través del portal, saltando detrás de él. Willard no pudo hacer absolutamente nada (aunque eso no parecía interesar demasiado al general Magruder) porque físicamente era muy poca cosa y, como todos los civiles del proyecto, iba desarmado.

    El caso de Nyla Sambok era distinto. Respondió a las preguntas de Magruder de modo escueto pero preciso.

    —Sí, señor, el senador era mi prisionero. Sí, señor, permití que me dominase y que me quitara el arma. Sí, señor, fue una negligencia. No, señor, no tengo excusa alguna...

    Pero «preciso» no es la palabra adecuada, ya que algo en el tono de su voz y en sus ojos indicaba que se estaba callando cosas. Una vez formé parte de un juicio militar por violación: se trataba de una capitana de enfermeras que se había cruzado una noche en el camino de un recluta recién incorporado, convencido de que todas las mujeres realmente estaban ansiosas por hacerlo, pese a lo mucho que pudieran llegar a resistirse. La capitana tenía la misma expresión, llena de resentimiento y furia, tanto contra ella misma como contra el recluta.

    Claro que no podía tratarse de nada parecido con el otro Dom DeSota... Entonces Magruder se volvió hacia mí y olvidé todos los problemas de la sargento Sambok, porque tenía más que suficiente con los míos.

    Apenas una hora y media antes había estado juzgando al soldado Dormeyer. Arriba y abajo, ahí va el yo-yo.

    Había buenas razones para llamarle Cara-de-Rata Magruder. Apenas tenía mentón y le sobraban dientes y, para empeorar las cosas, llevaba un bigotito puntiagudo con más brillantina que pelos, por no hablar de la nariz, larga y puntiaguda. Casi podía ver cómo le temblaba la nariz ahí sentado, pensando, congelándonos a todos por turnos con su mirada, tamborileando con los dedos sobre el brazo de cuero del sofá. Nos hizo esperar un buen rato mientras su cerebro digería todos los acontecimientos.

    —Hay ciertas cosas que deberían saber —dijo finalmente.

    Esperamos a que nos las dijera.

    —La primera es que su jodida presidenta no ha dado ninguna respuesta al mensaje del presidente Brown, así que vamos a tener que poner en marcha la Fase Dos.

    Esperamos un poquito más.

    —La segunda es que yo había pedido un helicóptero de transporte HU-70 para transferir a los prisioneros. Me fue denegado, porque alguien tenía miedo de que el satélite de los rusos pudiera verlo, así que mandaron esos helicopteritos de mierda.

    Seguimos esperando aunque ahora algo más aliviados y sin notar tanto el desastre que se cernía sobre nuestras cabezas... ¿Acaso intentaba decir que no toda la culpa era nuestra, que había cierta excusa? Pues si hubiesen mandado los helicópteros adecuados, todos los prisioneros hubieran sido trasladados a la vez y nunca hubiésemos tenido ese problema. No era una gran esperanza, pero fue la mejor que tuve durante unos segundos que no tardaron en acabar pues, naturalmente, no nos estaba excusando. Lo único que hacía era ensayar la historia con la cual iba a salvar su propio trasero. Lo que nos dijo fue:

    —No canten victoria, porque siguen metidos en la mierda hasta el cuello. Usted, DeSota, por haberle dado un uniforme. Cierre el pico —ahí terminaron mis explicaciones—. Usted, sargento, por dejar que le quitara el arma y usted, Willard, por dejar que ese hijo de puta de Douglas andará trasteando con el portal sin que estuviera presente un oficial de alta graduación. Sin mencionar el que les dejara cruzarlo a los dos...
    —General Magruder —dijo Willard desesperado—, me encuentro aquí en calidad de consejero civil y si van a presentarse acusaciones en mi contra tengo el derecho a que esté presente un abogado. Exijo...
    —Una mierda, eso es lo que exige. Lo que usted va a hacer, Willard, es presentarse como voluntario para acompañar a estos dos, cuyas órdenes son dirigirse al Campo Bolling.
    — ¿El Campo Bolling? —exclamó Willard—. Pero eso está en Washington, ¿no? Pero...

    Magruder no le dijo que se callara. No fue necesario: se limitó a mirarle y todas las objeciones se congelaron en la lengua de Willard.

    Había oído en el exterior el ruido de las palas de un helicóptero. Cuando Magruder abrió la puerta lo vi, con el piloto asomado por la ventanilla mirándonos y los rotores casi parados.

    —Es el suyo —dijo Magruder—. Les llevará al aeropuerto, donde les aguarda un C-lll. La Fase Dos está a punto de empezar.


    Después de asomar la nariz por la puerta de su apartamento y comprobar que no se oían ruidos en la escalera, el anciano bajó cautelosamente hasta su buzón. El precioso sobre marrón de la Asistencia Social estaba en el interior. Lo tomó, subió a toda prisa los peldaños antaño cubiertos de moqueta, entró en su piso y cerró con premura los tres pestillos. Ahora, si lograba llegar al Seven-Eleven tendría comida y dinero para las semanas siguientes. Ni tan siquiera notó el débil roce de... algo, pero al volverse vio que su apartamento había sido concienzudamente desvalijado. En apenas un minuto su viejo televisor había desaparecido, los gastados almohadones del sofá estaban tirados por el suelo y los estantes de la cocina estaban vacíos, sus magras posesiones esparcidas por las baldosas. Gimiendo, abrió la puerta del dormitorio para ver si habían tocado sus preciosos papeles... y había alguien en su cama. Un hombre. Con el cuello cortado y los ojos vidriosos; su rostro contorsionado en una mueca de miedo y dolor... y ese rostro era el suyo.


    24 de agosto de 1983
    4.20 P.M. Señora Nyla Christophe Bowquist


    Tendría que haber ido a Rochester para los anuncios publicitarios previos al concierto. No pude salir de Washington. Todo aquel día de locos pareció transcurrir en un fugaz destello y mi hora de vuelo llegó y pasó, y Amy logró conseguirme sitio en un vuelo nocturno y yo le dije que cancelara también esa plaza. Hice lo que hago siempre cuando me encuentro totalmente confusa, hecha pedazos y preocupada. Ensayé. Puse la partitura de una trascripción para piano de un concierto de Tchaikovsky delante del televisor y toqué el concierto una y otra vez, sin apartar los ojos de la pantalla, donde cada veinte minutos, más o menos, repetían esa loca emisión de la noche anterior y Dom (mi querido Dom, mi amor, mi compañero de lecho y de adulterio) estaba allí sentado, con esa sonrisa grasienta en el rostro, presentando a esa imitación de presidente de los Estados Unidos que decía todas aquellas cosas increíbles. Dejaron de emitir la programación normal, pero la verdad es que no había noticias nuevas. Las tropas invasoras de Nuevo México se mantenían dentro de las áreas que habían ocupado, las nuestras no atacaban y en todo Washington nadie decía más que vaguedades. Ese día no era yo precisamente la única persona confusa y desorientada en Washington. Hasta el clima era pésimo; una especie de huracán se acercaba lentamente a la costa, trayendo consigo un calor horrendo y breves chaparrones de lluvia jabonosa.

    El teléfono no paraba de sonar. Jackie llamó dos veces. Los Rostropovich llamaron, al igual que el agente de Slavi y la vieja señora Javits... de hecho, llamaron todos los que sospechaban que yo tenía algún interés personal en el señor Dom DeSota, y ninguno de ellos dijo nada que no fuera perfectamente amable y todos fueron muy buenos conmigo. Die2 minutos después de que terminara cada una de esas conversaciones ya no me acordaba de ellas. Lo único bueno fue que los periódicos no llamaron. Al menos, el secreto de Dom y el mío seguían a salvo.

    Perdí un breve instante sintiendo pena por la pobre Marilyn DeSota, sentada en su hogar, con los teléfonos sonando a cada minuto, y preguntándose qué infiernos estaría pasando con su marido.

    Sí, perdí un momento sintiendo pena por la mujer de mi amante. No era la primera vez. Pero sí era la primera vez que me permitía pensar en ello más de medio segundo: ése era más o menos el tiempo que solía tardar en decirme que la infidelidad de Dom, después de todo, era responsabilidad suya y no mía.

    Normalmente, lograba creerlo.

    Y Amy no dejaba de entrar... con té, con preguntas obviamente preparadas de antemano sobre el vestido que deseaba llevar en Rochester, sobre si me acordaba de que tenía una cita con los chicos de Newsweek al día siguiente por la mañana en Rochester y para contarme lo que había dicho el encargado de conciertos de Rochester cuando llamó y no quise hablar con él. Naturalmente, no me había olvidado del concierto.

    En cierto modo estaba trabajando en él con mucha más dureza de la que habría empleado en el propio escenario. El director sería Riccardo Muti y teníamos opiniones distintas. Yo quería tocar el concierto de Tchaikovsky y él estaba de acuerdo, pero yo quería tocarlo sin los cortes habituales. Muti se resistía, como suele hacer todo director de orquesta. Lo que desean es sacar de en medio el maldito concierto para que toda la orquesta se entere bien de a quién deben obedecer, en vez de compartir el mando con algún maldito instrumentista. Cada vez que tocaba el de Tchaikovsky tenía la misma discusión y normalmente acababa cediendo. Esta vez no quería hacerlo.

    Así que toqué todo el concierto, volví a tocarlo, me bebí un par de tazas de té frío y luego toqué un poquito más.

    El problema era que mis dedos pensaban en la música pero mi mente volaba en todas direcciones. ¿Qué estaba haciendo Dom? ¿Es que ni tan siquiera podía telefonearme? ¿Era acaso posible que ese loco proyecto de la Gatera acerca del que había bromeado conmigo fuera real? ¿Y qué estaba haciendo yo con mi vida? De vez en cuando se me ocurría que si quería tener un niño no era lo que se dice demasiado pronto como para ir empezando...

    ¿Pero de quién iba a ser ese niño?

    Intenté pensar en la música mientras las dulces melodías románticas salían flotando del Guarnerius, capaces, como siempre, de conmover el más duro de los corazones. Tchaikovsky también había tenido sus buenos problemas. Por ejemplo, con el concierto. «Por primera vez es preciso creer en la posibilidad de que una música apeste al oírla», dijo un crítico en el estreno. ¿Cómo se puede seguir viviendo después de semejante crítica? (Pero ahora era uno de los conciertos preferidos en el repertorio habitual.) Y su propia vida había sido mucho peor que la mía, en los aspectos extramusicales... bueno, y dejando aparte las políticas... No sé si dejándola aparte, porque todas aquellas intrigas alrededor de la corte del zar para ganarse sus favores tenían cierto sabor bizantino. Su matrimonio había ido mucho peor que el mío: lo intentó una vez y el resultado fue un colapso nervioso. Tuvo su tórrido romance epistolar con Nadejda von Meck durante veinte años sin ver ni tan siquiera una vez a la pobre mujer: salía corriendo por la puerta trasera si ella aparecía sin avisar en la misma casa en que estuviera él. ¡Peter Ilych, el loco! Decían que primero intentó ser director, pero no funcionó bien porque empezó a dirigir la orquesta sujetando la batuta con la mano derecha y sosteniéndose fuertemente la mandíbula con la izquierda, porque había llegado a convencerse de que si no lo hacía así se le caería la cabeza.

    Peter Ilych, el loco...

    Sping. Ya había roto una vez antes esa misma cuerda. Sonreí sin poderlo evitar, pensando en lo que Ruggiero Ricci me dijo una vez. «Un Strad tienes que seducirlo pero a un Guarnerius puedes violarlo.» Sólo que mi violación había sido un poco demasiado brutal.

    Amy apareció de inmediato en la puerta. No tuve que preguntarle si había estado escuchándome a hurtadillas: lo había hecho, por supuesto. Le entregué el Guarnerius y ella lo examinó cuidadosamente antes de sacar la cuerda rota.

    —Podrías cambiarlas todas —sugerí, y ella asintió. Mientras abría un juego nuevo, seguí soñando despierta. Peter Ilych, viejo loco, pensé... pero, sin saber muy bien cómo, eso se convirtió en «Nyla Bowquist, loca, ¿qué estás haciendo de tu vida?».

    Me chupé los dedos, pensativa. Me dolían. No sangraban (para cortarme en los dedos de la mano izquierda hace falta un cincel como mínimo), pero me dolían. Y también me dolían otras cosas, aparte de los dedos.

    —Amy, ¿dónde crees que estará ahora mi esposo? —dije.
    —Aquí son casi las cinco y en casa serán las cuatro —dijo ella mirando el reloj—, así que supongo que seguirá en la oficina. ¿Quiere que le llame?
    —Sí, por favor.

    Aunque fuese otra persona quien pagara, a Ferdie no le gustaban las enormes facturas telefónicas de las llamadas de larga distancia, así que teníamos una línea especial para usar... sólo que Amy recordaba mucho mejor los números que yo. Tardó uno o dos minutos.

    —Iba de camino al club —me explicó, alargándome el teléfono—. Está en el coche.

    La miré de un modo que ella interpretó inmediatamente. Cogió el Guarnerius, las cuerdas y el pulidor y dijo que ya lo acabaría fuera.

    — ¿Cariño? Soy Nyla —dije yo.
    —Gracias por llamar, querida —respondió en seguida su voz de siempre, cálida y suave—. Con todo lo que está ocurriendo estaba algo preocupado por ti...
    —Oh, estoy estupendamente —dije, mintiendo—. Ferdie...
    — ¿Sí, querida?
    —Yo... esto, las cosas andan bastante enloquecidas hoy por aquí.
    —Lo sé. He estado pensando que quizás tuvieras problemas para conseguir plaza en un vuelo a Rochester, supongo que todas las compañías aéreas andarán hechas un lío. ¿Quieres que te envíe el reactor de la empresa?
    —Oh, no —dije a toda prisa. No tenía demasiado claro qué deseaba, pero estaba segura de que no era eso—. No, Amy tiene todas esas cosas controladas. Ferdie, querido, lo que ocurre es... bueno, quiero decirte algo. —Tragué una honda bocanada de aire, disponiéndome para lo que iba a soltarle.

    Pero no logré decir ni una sola palabra.

    — ¿Sí, querida? —me preguntó muy cortésmente Ferdie.

    Volví a tragar aire y probé de un modo distinto.

    —Ferdie, ¿te acuerdas de Dom DeSota?
    —Claro, querida —pareció casi divertido. La verdad es que era una pregunta tonta. Aquel día no había nadie en todo el país que no supiera quién era Dom DeSota, aparte de que una de las cosas que Ferdie siempre ha necesitado en su negocio es conocer a todas las personas dotadas de poder en Illinois—. Lo que le ocurre es terrible —dijo con cierta vacilación, como para ayudarme a seguir hablando—. Sé que debe preocuparte mucho el jaleo en que anda metido.

    Tragué saliva. Por supuesto que no lo había dicho con ninguna intención particular, pero cuando sientes tu conciencia culpable de algo, hasta la palabra «hola» está cargada de sobreentendidos. Intenté imaginar lo que Ferdie estaría pensando a partir de lo que yo le decía. Me pareció que estaba interpretando de un modo excelente el papel de la esposa que tiene algo que confesar pero que no logra decirlo, y puede que en mi interior fuera eso lo que intentaba hacer... provocar sospechas en Ferdie para que me preguntara de un modo directo todo aquello, obligándome a contestarle.

    Sólo que Ferdie no estaba nada suspicaz. Al contrario, sentía ternura y un generoso y tierno afán de perdón hacia la cabeza de chorlito de su esposa, incapaz de acordarse ni tan siquiera de lo que pensaba decir a continuación.

    —Ferdie —dije—, hay algo sobre lo que quería hablarte. Mira, he estado... Amy, ¿qué sucede? —le pregunté, irritada al verla en el umbral.
    —La señora Kennedy ha venido a verla —dijo. —Oh, infiernos —al otro extremo de la línea pude oír la risita cariñosa de Ferdie.
    —Ya me he enterado —dijo—. Tienes compañía. Bien, querida, en este momento estamos aparcados en doble fila delante del club y tal vez puedas oír las bocinas de los coches. Hablaremos después, ¿vale?
    —Estupendo, cariño —dije, frustrada, asustada... y, más que nada, aliviada. Algún día tendría que contárselo todo de cabo a rabo... pero, gracias a Dios, ese día no había llegado aún. Y cuando Jackie entró a decirme que me invitaba a cenar («es sólo una cena familiar, pero queremos que vengas») acepté su ofrecimiento con gratitud.


    En realidad no era una cena familiar (faltaban los niños), ni tan siquiera en el sentido de familia política, aunque el ayudante principal de Jack Kennedy y su esposa estaban presentes en la mesa. No lo era porque el único invitado, aparte de mí, era nuestro viejo amigo Lavrenti Djugashvili. Era un excelente anfitrión y un invitado impecable, por supuesto, pero de todos modos me sorprendí al verle. Eso hacía mi presencia algo más fácil de entender, dado que Lavi no tenía compañía esa noche y Jackie odiaba las mesas desequilibradas

    —No, querida Nyla —dijo al besarme la mano—, esta noche estoy soltero, dado que Xenia ha vuelto a Moscú para asegurarse de que nuestra hija está tomando todas las píldoras vitamínicas que debe tomar en el internado.
    —Así pues —dijo el senador—, vamos a tener una cena sin etiqueta y relajada, puesto que hoy ya hemos tenido todas las emociones necesarias. ¡Albert! Sírvale algo de beber a la señora Bowquist.

    No es una cuestión de riqueza. Ferdie es casi tan rico como Jack Kennedy, pero cuando tenemos una cena relajada sin etiqueta no solemos darla en el comedor, con un mayordomo de uniforme sirviendo los platos. Comemos en la mesa del desayuno y Hannah, la cocinera, nos sirve y cocina delante nuestro. Los Kennedy jamás serían tan informales. Tomamos los cócteles en el salón, bajo la atenta mirada de los retratos de los tres difuntos hermanos del senador y cuando entramos en el comedor los óleos del viejo Joe y de Rose nos contemplaron desde la pared. Todos los vinos eran estupendos y de cosecha propia. Y la vajilla no era de plata. Era de oro.

    Y la verdad es que esa cena hizo justo lo que Jack Kennedy dijo que iba a hacer. Hizo que el mundo fuera nuevamente real. Era exactamente el tipo de cena que yo solía tener como cien veces cada año, incluyendo la charla sobre el tiempo (el huracán que venía de camino; la lluvia que parecía empeorar), las notas escolares de la hija de Lavi y el modo realmente maravilloso (Jackie me lo repitió otra vez) que tenía yo de tocar el concierto de Gershwin, lástima que hubieran distraído al público de ese modo.

    El embajador estuvo todo el rato pendiente de mí, con su apuesto y granítico rostro eslavo lleno de animación. Alabó mi traje, las flores de la mesa, el vino y la comida. Siempre me había gustado Lavrenti, en parte porque amaba realmente la música, aunque no fuera siempre el tipo de música que yo entendía. Una vez le acompañé para oír a un grupo de Georgia que estaba haciendo una gira; cincuenta hombres corpulentos, morenos y apuestos que cantaban a voz en grito largos oratorios que me parecieron en su mayor parte compuestos de rugidos, con interjecciones como ¡Hat! y ¡Hey! cada cinco o seis segundos. No era mi música favorita, pero cuando nos fuimos Lavi tenía los ojos algo brumosos y luego le vi igualmente afectado desde el escenario cuando interpreté el Segundo Concierto de Prokofiev. Y eso es significativo, porque ese concierto le exige mucho al intérprete, pero la parte del público que se conmueve con él es muy pequeña.

    Durante casi una hora conseguimos no tocar el tema de la invasión realizada por esos otros Estados Unidos de América y, especialmente, el tema de mi Dom

    La mayor parte del mérito fue de Jackie Ella y la señora Hart estaban ayudando a recaudar fondos para el Museo de la Constitución y las dos tenían divertidas historias que narrar sobre cómo Pat Nixon quería traer un grupo que cantaba música country y cómo la señora Helms tenía bajo su protección a un tenor de la Universidad Metodista del Sur al que deseaba lanzar a la fama. Estábamos empezando a comer el arroz con pollo. Jackie me miró y dijo:

    — ¿Y si les sacudimos un poco, Nyla? ¿Te gustaría tocar un poquito de Berg?

    El senador se removió en su asiento con cara de incomodidad (estaba claro que la espalda volvía a molestarle) y se quejó:

    — ¿Berg? ¿Ese que son todo chirridos y zumbidos, no? Nyla, ¿realmente te gusta? Bueno, a nadie le «gusta» realmente el concierto de Berg... quiero decir que sería como si a uno le «gustase» un elefante colorado. Pero hay que hacerle caso, quiérase o no. Además, es una pieza muy lucida, así que de vez en cuando lo interpreto para impresionar a la gente. Y es bastante incómodo tocarla en una casa, dado que ni siquiera el Auditorio de la Orquesta de Chicago está a la altura de Berg. Está muy bien para algo así como un Beethoven o algo de Bruch, cosas tan melódicas y llenas de ritmo que a la orquesta realmente no le hace falta oírse tocar. Pero sí le hace falta para Berg y la acústica del Auditorio no está capacitada para ello.

    Mientras le explicaba todo eso a Jack Kennedy me fue fácil ver que su atención estaba en otro sitio. Me miraba, sí, pero sus ojos parecían ver a través de mí y en vez de comerse el arroz lo único que hacía era removerlo con el tenedor. Supuse que sería su espalda y Levi hizo lo mismo.

    —Ah, senador —me interrumpió, con el humor de oso ruso que solía utilizar para demostrar que alguien le interesaba de veras—, ¿por qué no viene a Moscú a ver algún doctor? Nuestro Instituto Médico de Djugashvili, bautizado en honor de mi abuelo, no en el mío, tiene los mejores cirujanos del mundo sin duda alguna.
    — ¿Podrán darme una espalda nueva? —gruñó Kennedy.
    —Un trasplante espinal, ¿por qué no? Puede acudir al doctor Azimof, el mejor especialista del mundo en trasplantes. Hablando sólo de corazones, ha trasplantado trescientos ochenta y cinco, sin contar los hígados, los testículos y qué sé yo. En Moscú solemos decir que cuando se haga el primer trasplante exitoso de hemorroides, ¡lo hará Itzhak!

    Me reí. Jackie también se rió. Todo el mundo se rió excepto el senador. Sonrió pero no fue una sonrisa muy duradera.

    —Lo siento, Levi —dijo—. Me temo que mi sentido del humor no funciona demasiado bien esta noche —dejó el tenedor y se inclinó sobre la mesa—. ¿Gary? Dijiste que estaban trayendo en avión a Jerry Brown... ¿nuestro Jerry, querías decir?
    —Eso es, senador. Le localizaron en Maine pero el vuelo se retrasó por culpa del tiempo.

    El senador torció el gesto y se frotó la nuca.

    —Háblame a mí del tiempo —dijo, indicándole con un gesto al mayordomo que se llevara su plato—. Sólo Dios sabe de qué puede servir Brown —comentó—, pero supongo que al menos servirá para que nos enteremos un poco de cómo es su opuesto del otro lado.

    Hart se mostró de acuerdo.

    —Ojalá supiéramos algo más sobre esos tipos. Quizás pudiéramos encontrar algunos de sus dobles aquí y meterlos en esto.

    Ninguno de los dos me miraba, pero Jackie sí.

    —Nyla —dijo—, tú conoces a Dom DeSota, claro —y me imaginé por qué me habían invitado. Sin decirlo de un modo abierto, Jackie me estaba confiriendo la categoría de esposa honoraria... al menos, de lo que podría calificarse como prometida. No podría tratarme mejor si Dom y yo hubiéramos estado casados. De hecho quizás no me hubiese tratado tan bien, dado que la reputación de Dom estaba seriamente empañada... O quizás no lo estuviese tanto, porque siguió hablando—. Creo que hablaste con él no mucho antes de que se fuera a Nuevo México. — ¡Qué tacto! Supuse que el ayudante de Dom se habría ido de la lengua—. Me pregunto... ¿dijo algo sobre la razón de su marcha? Vacilé un instante antes de contestar.
    —No sé si estabais al corriente de lo que sucedía en Sandia...
    —Oh, sí, querida señora Bowquist, creo que sí —dijo Lavrenti—. Incluso yo oí algo.
    —Puede hablar con toda libertad, querida —dijo el senador—. Si alguna vez fue un secreto, ya no lo es.
    —Bueno... el senador dijo algo sobre un doble suyo. Un doble exacto... quiero decir, incluso con las mismas huellas dactilares. Querían confrontarle con ese otro hombre.
    —Exactamente —dijo Gary Hart en tono triunfal—. Es justo lo que pensamos, senador. Ese hombre de la televisión no era nuestro Dom DeSota.

    El senador asintió y le hizo una seña al mayordomo.

    —Tomaremos el café en mi estudio, Albert —dijo, y luego se dirigió a nosotros—. Echémosle otra mirada a ese tipo de la televisión.


    Aun así me costó cierto tiempo entender lo que estaban diciendo. Fuimos al estudio (no era lo que yo hubiese llamado un estudio; era mayor que mi sala de estar en Chicago y me pareció lo bastante grande como para un consejo de guerra o una reunión secreta de doce o más personas), donde había cuatro monitores de televisión más una gran pantalla; terminales de teletipo conectadas directamente a la INS y la AP y, sobre todo, un aparato de vídeo. Jack Kennedy tomó asiento en un lugar cercano a una rejilla de aire acondicionado, exhausto por el puro que se estaba fumando, y empezó a morderse los nudillos observando cómo volvía a pasar ante nosotros el rostro de Dom, hablando con la voz de Dom y pronunciando aquellas palabras que yo me negaba a creer que hubiera dicho. Y Jack Kennedy tampoco podía creerlo.

    — ¿Qué os parece? —le preguntó a todo el mundo, sin dirigirse a nadie en particular.

    Nadie contestó y me di cuenta de que el matrimonio Hart me estaba mirando. Por un momento me pregunté si, después de todo, no estarían echándome la culpa del increíble cambio de chaqueta de Dom. Otra vez mi conciencia culpable, por supuesto.

    Y entonces se me ocurrió otra idea.

    —Póngalo otra vez, ¿quiere? —pedí, con los inicios de un temblor en mi voz, y busqué a tientas en mi bolso las gafas que nunca llevo en público. Estudié con mucha más atención el rostro de mi amante, examinando cada línea y prestando oído a la más mínima inflexión de su voz. No estaba del todo segura, pero tenía que decirlo—. Parece muy delgado, ¿verdad? Como si estuviera bajo algún tipo de fuerte tensión... o...
    —O —dijo Hart— como si hubiéramos acertado en lo que pensamos, senador. Ese no es nuestro Dom DeSota. Es el de ellos.
    —Lo sabía —exclamó Jackie con voz aguda desde el brazo de mi sillón, al que se había trasladado mientras veíamos el vídeo. Sentí su mano en mi hombro, abrazándome como una madre. Hubiera sido capaz de besarla. Un nudo que no había notado hasta entonces se desató en mi pecho. ¡Oh, Dom! Puede que fueras un adúltero ¡pero al menos no eras un traidor!
    —Creo —anunció el senador— que ahora podemos echarle un vistazo a esos resúmenes de la CIA, Gary —tomó una carpeta que le entregó su ayudante, se puso él también unas gafas y examinó la primera de las páginas que contenía.

    No le escuché. El alivio que me invadía era demasiado fuerte. No es que todo se hubiera arreglado, claro. Seguía estando Ferdie, por no mencionar a Marilyn DeSota, pero al menos el más agudo y potente de mis dolores había desaparecido.

    Me pregunté qué hora sería. Si lograba presentar mis excusas y escabullirme de regreso a mi hotel... si pudiera llamar a Ferdie aquella misma noche, antes de que se fuese a dormir... quizás ahora lograse soltarle todo lo que tanto tenía que decirle. Por supuesto que aún quedaba Marilyn...

    Otra vez hecha un mar de dudas, intenté prestar atención a lo que decía Jack Kennedy.

    —...dos personas —estaba diciendo—. Una era un avispado policía de Albuquerque.

    La otra era una avispada agente del FBI disfrazada con pantalones cortos y montada en bicicleta, a la que soltaron en una montaña donde esos tipos habían ocupado un transmisor de televisión. Ninguna de las dos tuvo grandes problemas para soltarle la lengua a los soldados enemigos.

    —Una confianza lamentable —dijo Hart, frunciendo el ceño.
    —Lamentable para ellos y estupenda para nosotros —dijo Jack—. De todos modos no dijeron mucho, al menos sobre asuntos militares. Pero el policía y la agente del FBI lograron que hablasen sobre las diferencias entre su mundo y el nuestro. Creo que ahora tenemos una idea bastante correcta sobre los puntos de divergencia entre su historia y la nuestra.

    Intenté comprender el resto de lo que dijo Jack Kennedy. No fue fácil. Entiendo de música pero cuando fui a la Juilliard no había demasiados cursos de historia. Aunque Dom me lo había explicado, me resultó bastante difícil entender qué era eso de los «tiempos paralelos». Me lo había explicado como teoría. Como realidad era aún más difícil de aceptar.

    —Sus enemigos —dijo Jack— parecen ser la Unión Soviética y la República Popular China.

    Hizo una pausa mirando al embajador, que se hundió en su asiento frunciendo el ceño.

    — ¿Qué China? —pregunté yo, como habría hecho cualquiera... ¿se referían al Mandato Coreano, a Han Pekín, a la Soberanía de Hong Kong, al Manchukuo, al Imperio Taiwanés o a cualquier otro de los doce o quince pedacitos en que se había partido la China después de la Revolución Cultural?
    —Una sola China —dijo Jack—. Se las arreglaron para no hacerse pedazos y ahora, para ellos, son la nación más grande del planeta.

    Nos miramos unos a otros. Era bastante duro de tragar. La idea de que la Unión Soviética pudiera amenazar a nadie resultaba aún más loca. Intenté descifrar el rostro de Lavi, pero carecía de toda expresión. Se limitaba a escuchar, y un instante después alargó la mano y cogió uno de los puros del senador, aunque yo sabía que normalmente no fumaba. Clavó los ojos en él, le quitó muy lentamente la funda y no dijo ni palabra.

    Entendí muy bien que tuviera tantos problemas como yo para aceptar todo aquello, aunque fuera por razones distintas. Después de todo, fue el intercambio de bombas atómicas con la Unión Soviética lo que desencadenó la Revolución Cultural en China. Las consecuencias de dicho intercambio fueron todavía peores para la Unión Soviética. Moscú y Leningrado desaparecieron y el resto del país quedó decapitado.

    Intenté recordar la historia rusa. Estuvieron los zares, claro. Luego Lenin, al que asesinaron, o algo parecido. Luego Trotsky, que les metió en una serie de guerras fronterizas, casi todas perdidas, con naciones como Finlandia y Estonia. Luego estuvo el abuelo de Lavrenti (con todas sus insurrecciones internas y grandes hambrunas), que puso en marcha el proyecto nuclear y nos metió en la carrera de la bomba atómica, que sólo terminó cuando los chinos vaporizaron Moscú y el proyecto nuclear, todo a la vez...

    Pero, al parecer, en esa línea temporal Trotsky jamás se apoderó del gobierno, aunque sí lo hizo el abuelo de Lavrenti. No hubo ninguna serie de guerras fronterizas. Hubo una y grande. La llamaron Segunda Guerra Mundial y fue con un hombre llamado Hitler, un alemán dispuesto a conquistar el mundo, que estuvo a punto de lograrlo hasta que el resto de países se uniera en contra suya.

    Eso sí que nos dejó patidifusos. ¡Alemania era sólo un país! ¡Ahí sí que hubiera apostado la camisa! ¡Nunca había sido lo bastante grande como para amenazar al mundo entero!

    Y además... ahí estaba Lavrenti, sentado delante de mí, encendiendo lentamente su Claro procedente de Cuba. Por supuesto, nominalmente era comunista. Pero los rusos no llegaban ni de lejos a la militancia de los bolcheviques ingleses, pongamos por caso, que tenían centros de agresión dispersos por lo que ellos llamaban «Comunidad Federada de Repúblicas». Gracias al cielo que Canadá y Australia se habían escindido de ella... Meneé la cabeza. Nada de todo ese asunto tenía mucho sentido para mí.

    Desgraciadamente, sí lo tenía para Lavrenti Djugashvili. Habría fumado más o menos un par de centímetros de su puro cuando Kennedy acabó con el informe de la CÍA, y no le cogió por sorpresa que el senador se detuviera y le mirase de modo interrogativo. —Entiendo lo que quiere decir —afirmó Lavi—. Es un asunto digno de preocupación. Si esta invasión de su país resulta en último extremo estar dirigida contra el mío...

    —Creo que no exactamente al suyo —dijo rápidamente Jack—. Creo que se dirige a la Unión Soviética que existe en su tiempo.
    —Pero siguen siendo mí pueblo, ¿no? —dijo Lavi lenta y pesadamente.

    Kennedy no contestó, limitándose a un levísimo gesto de asentimiento con la cabeza. Lavi se puso en pie.

    —Con su permiso, querida señora Kennedy —dijo con voz sombría—, creo que he de visitar mi embajada ahora mismo. Senador, le agradezco esta información. Es posible que debamos hacer algo, aunque en estos momentos no se me ocurre el qué.

    Todos nos pusimos en pie, mujeres incluidas. No era tanto una señal de respeto como un modo de expresarle nuestra simpatía. Cuando se hubo marchado, el senador Kennedy le indicó al mayordomo que nos sirviera la última copa de la noche.

    —Pobre Lavrenti... —dijo, y añadió—: Y, a decir verdad, pobres de nosotros, porque a mí tampoco se me ocurre lo que podemos hacer.


    Con o sin la espalda dolorida, el senador decidió llevarme personalmente en coche a mi hotel. Jackie nos acompañó, pero no fue lo que se dice un viaje de placer. Estaba empezando a llover a cántaros y las calles estaban cubiertas de una resbaladiza capa de aceite.

    Los tres cabíamos fácilmente en el gran asiento delantero. No hablamos demasiado, ni tan siquiera Jackie, que examinaba con nerviosismo la carretera para ayudar a su esposo: como sus dos hermanos menores habían muerto en accidentes de coche, uno ahogado y el otro entre las llamas, no le gustaban demasiado tales vehículos. Yo tenía mis propios asuntos en que pensar. Sería un poco más de las diez de la noche, las nueve en Chicago. Seguramente Ferdie estaría aún despierto. ¿Debía llamarle? ¿Tenía el derecho a hacerlo, por Dom? ¿Tenía el derecho a no hacerlo, por Ferdie?

    Por lo tanto, tardé un poco en darme cuenta de que un inesperado atasco circulatorio nos había obligado a parar y el senador contemplaba la carretera irritado.

    — ¿Qué infiernos pasa? —murmuró, intentando ver más allá de los coches parados que teníamos delante.
    — ¿De qué se trata? —preguntó Jackie—. ¿Algún accidente?

    No era ningún accidente.

    Kennedy lanzó un juramento. Por el parabrisas del coche que teníamos delante vi algo que se acercaba a nosotros por el otro carril. Era grande y se movía de prisa, pero no tenía las luces destellantes de los coches de la policía o de las ambulancias. De hecho, no llevaba ningún tipo de luces, salvo un solitario faro cegador que barría la carretera a uno y otro lado como la paleta de un limpiaparabrisas y, a la vez, iluminaba algo que sobresalía del vehículo.

    Parecía un cañón.

    —Jesucristo Todopoderoso —exclamó el senador—, es un jodido tanque.

    Jackie lanzó un grito... y estoy segura de que yo también lo hice. El senador no esperó. Hizo girar a toda velocidad el enorme Chrysler, golpeando con el parachoques lateral la valla protectora y, girando el volante lo máximo posible, pisó a fondo el acelerador. Le cogimos una delantera de cincuenta metros al tanque y no paramos de acelerar hasta llegar a los ciento cincuenta por hora sin que yo dejara de ver ese enorme cañón que sobresalía del tanque y que ahora nos apuntaba. Supongo que el senador sentía lo mismo que yo, porque cuando llegamos al primer cruce frenó en seco. El coche patinó y se detuvo... o casi, es decir, reducimos la velocidad a unos meros setenta kilómetros por hora, con lo que el senador logró girar por el cruce.

    Teníamos un taxi justo delante.

    Nunca me he sentido tan cerca de la muerte. Nos detuvimos, y lo mismo hizo el taxi, pero escapamos por los pelos. Nuestro parachoques delantero rozaba prácticamente la portezuela izquierda del taxi y el conductor ya estaba bajando a toda prisa el cristal para insultar entre sollozos histéricos a Jack.

    El cual no le hizo el menor caso.

    El motor se había calado. Jack ni tan siquiera intentó arrancar de nuevo. Abrió su portezuela y bajó del coche, maldiciendo ante todo el castigo que le estaba infligiendo a su espalda y llegó justo a tiempo de ver cómo pasaba el tanque, veloz y severo, seguido por media docena de camiones cargados de soldados. Pude distinguir el reflejo de la luz en sus cascos al pasar y detrás de los camiones venía otro tanque.

    —Notable —dijo Jack Kennedy.
    — ¿Qué hacen nuestros tanques en la calle? —le pregunté.

    Se volvió para mirarme. Jack no es ningún jovencito pero nunca había visto su rostro como entonces: parecía un anciano. Rodeó protectoramente a Jackie con un brazo.

    —Nada —dijo—. No son nuestros. No tenemos ningún tanque parecido a ésos.


    La veterinaria tenía veintiséis años y estaba aterrorizada. Se enjabonó y se duchó seis veces, como le habían ordenado, y luego salió desnuda y empapada del cuarto de baño para entrar en el dormitorio de la granja, donde la esperaba el capitán del ejército. No pensó ni por un momento en su desnudez mientras él iba pasando lentamente la varilla del contador por su piel, sin olvidar ni un centímetro, escuchando el periódico repiquetear de la radiación. «Creo que se ha librado de todo el polvo» —dijo por fin el oficial—. ¿Dice que es así como encontró el ganado? ¿Con esa capa de polvo cubriéndolo todo?» Ella asintió, con los ojos desorbitados y llenos de pavor. «Puede vestirse —concluyó él—, creo que está bien.» Pero cuando la vio marchar tenía sus propios temores en que ir pensando. ¡Lluvia radiactiva! Por causas desconocidas, más de medio kilómetro cuadrado estaba cubierto por radioisótopos altamente activos... ahí, apenas a unos cincuenta kilómetros de Dallas y, que él supiera, sin ninguna guerra ni el menor informe sobre la fuente de esa lluvia disponible. El rompecabezas carecía de respuesta. Y la pregunta que le hacía estremecerse en lo más hondo de su ser era... ¿qué hubiese sucedido si la lluvia hubiera caído a cincuenta kilómetros de distancia, en el pleno corazón de la ciudad?


    26 de agosto de 1983
    6.40 A.M. Nicky DeSota


    Estaba soñando que la señora Laurence Rockefeller me había pedido que le arreglara una hipoteca para un complejo de apartamentos junto al lago, valorado en seiscientos millones de dólares. Sólo que deseaba empezar con un pago inicial de ciento cincuenta dólares, porque todo el dinero de que disponía eran cartuchos de monedas de diez centavos... y cuando finalmente tuve los papeles dispuestos para que los firmara no pudo hacerlo porque carecía de pulgares. Y entonces, al despertarme la sacudida del aterrizaje, lo primero que pensé no fue dónde me encontraba o qué iba a ocurrirme, sino esto: ¿se habría enterado el señor Blakesell a tiempo de mi arresto y habría pensado en cerrar las tres hipotecas que tenía yo pendientes? Naturalmente, yo no podía hacer nada al respecto.

    No podía hacer nada respecto a nada, porque me encontraba esposado al asiento de delante. Mi primer vuelo de larga distancia en uno de esos nuevos y enormes cuatrimotores Boeing tendría que haber sido una experiencia inolvidable. Lo único que había sido era un desastre. Y, encima, un desastre doloroso. Me dolía el cuerpo a causa de las once horas que llevaba en el mismo asiento, con las dos escalas intermedias y sabe Dios cuántos centenares o probablemente miles de kilómetros, pero mis dolores habían empezado incluso antes de abordar el avión, cuando subí torpemente por la escalerilla con las manos esposadas detrás mío y ese espantoso hombre del FBI, Moe Fulano-o-Mangano amenazándome con todas las desgracias imaginables si hablaba, si intentaba escapar c si pretendía quitarme el sombrero y el velo que me habían obligado a llevar para que nadie me reconociera. El estaba enterado de todos esos dolores, ya que había sido quien me proporcionó la mayor parte.

    He de reconocerles una cosa a los muchachos y muchachas del FBI: realmente saben cómo hacerte daño sin dejarte señales... Al otro lado del pasillo, bajo su velo y sombrero, el otro prisionero estaba despierto. Vi cómo movía la cabeza. Su centinela roncaba tan plácidamente como el mío mientras que nosotros y el avión íbamos dando tumbos por pistas interminables que no parecían llevar a ninguna parte.

    Al menos había salido de la celda de los cuarteles generales de Chicago, donde había pasado la mayor parte de mis últimos... ¿qué? Días, como mínimo, aunque nadie me había informado de cuántos. Estar metido ahí con toda esa pandilla de gente socialmente indeseable había sido bastante malo (la mayoría eran ladrones destinados a los campos de concentración o especuladores a la espera de juicio), pero siempre era mejor que los interrogatorios. Naturalmente, no les había dicho nada. No tenía nada que decirles pero... ¡Oh, Dios mío, cómo deseaba que no fuera así!

    Y entonces apareció Moe, me despertó y me sacó casi a rastras de la celda. Y acabamos en este avión, yendo sólo Dios sabía hacia dónde. No. Entonces tanto Dios como yo lo supimos, pues a través del velo y la ventanilla distinguí una brillante terminal que me era totalmente desconocida y un gran cartel que decía:

    BIENVENIDOS A ALBUQUERQUE,
    NUEVO MÉXICO
    ALTURA 1580 METROS


    ¡Nuevo México, por el amor de Dios! ¿Qué diablos podían querer de mí para llevarme a Nuevo México?

    Por supuesto que Moe no iba a decírmelo. La azafata le despertó sacudiéndole por el hombro y él despertó a su vez al otro centinela, pero todo lo que me dijo fue: « ¡Acuérdate de mis advertencias!» Me acordé. Esperamos a que los demás pasajeros bajasen y luego esperamos un poco más mientras los mecánicos daban vueltas alrededor del avión para comprobar los enormes motores, y un camión cargado con gasolina de 100 octanos volvía a llenar los depósitos.

    Entonces alguien nos hizo una seña desde la puerta de la terminal.

    Moe abrió mis esposas y bajamos del avión, y yo intentando no partirme la cabeza al recorrer primero el pasillo, algo inclinado, y luego la escalerilla. El otro prisionero nos siguió, acompañado de su centinela, y no tardamos en hallarnos en una terminal de aeropuerto que parecía haber sido construida como escenario para alguna comedia musical de ambiente latinoamericano. La gente se nos quedaba mirando. Los que demostraban una curiosidad excesiva eran apartados rudamente de en medio: no es que hubiera demasiados, porque los muchachotes del FBI eran bastante fáciles de reconocer y la mayoría de la gente se apresuraba a mirar hacia otro lado. Luego nos metimos en un coche, yo y Moe, en el asiento delantero y el otro prisionero y su centinela detrás nuestro. Un coche patrulla local nos abrió paso y pronto estuvimos recorriendo desenfrenadamente, sólo Dios sabe a qué velocidad, las calles de la ciudad para acabar saliendo a una autopista que serpenteaba en dirección a las colinas.

    El viaje duró casi una hora. Nos detuvimos en una encrucijada: dos autopistas desiertas que se perdían en dirección a los cuatro puntos cardinales, y una gasolinera con un motel detrás. El cartel que había sobre el edificio decía: «Reposo para Viajeros La Cucaracha», nombre que yo nunca le hubiera puesto a un hotel.

    Tampoco hubiera puesto centinelas armados en los accesos.

    Con todo, los centinelas eran un pequeño toque decorativo al que ya había empezado a acostumbrarme. También había señales malas y señales buenas. La mala era que seguía bajo arresto. La buena era que no me estaban llevando a Leavenworth o a cualquiera de los campos, donde hubiera desaparecido de la circulación hasta que les diera la gana de soltarme... si es que les daba alguna vez. Esta era una isla permanente en el archipiélago del FBI. No debían de tener la intención de mantenerme aquí mucho tiempo. Puede que incluso pensaran dejarme ir.

    Por otro lado, quizás las partes de mi persona que lograran salir del Hotel La Cucaracha apenas podrían llegar a mi casa para el entierro.

    No tuve demasiado tiempo para preocuparme. Mi silencioso colega y yo fuimos presurosamente conducidos hasta uno de los bungalows, donde se nos ordenó sentarnos al borde de la cama y quedarnos silenciosos y quietecitos, en tanto que Moe se plantaba ante la puerta sin quitarnos la vista de encima y el otro guardia se quedaba en el exterior. No tuvimos que esperar, demasiado. La puerta se abrió y Moe se apartó a un lado sin ni tan siquiera volverse a mirar de quién se trataba.

    Nyla Christophe entró en la habitación con las manos detrás de la espalda.

    Llevaba un sombrero de ala ancha y gafas oscuras. Me resultó imposible distinguir su expresión pero logré ver que nos contemplaba de modo pensativo: de hecho, allí donde sus ojos se posaron sobre mi piel creí sentir la quemadura ardiente del ácido. Pero, cuando se dirigió a nosotros, en su voz no había un tono más desagradable que de costumbre.

    —De acuerdo, ya pueden quitarse esos estúpidos velos.

    Me apresuré a obedecerla con placer, ya que con el calor del desierto estaba empezando a sentir señales de asfixia. Mi compañero obedeció con más lentitud y sin parecer tan entusiasmado; y cuando por fin se quitó el velo su expresión podía describirse como asustada, infeliz y llena de resentimiento... emociones que no me sorprendieron en lo más mínimo. Lo que sí me sorprendió fue que el rostro en el que aparecían esas emociones fuera el de Larry Douglas.


    De lo que estaba absolutamente seguro era de que Larry Douglas era, al menos en parte, responsable de mis cuatro o cinco últimos días de miserias. No sabía de qué modo y ni siquiera podía hacer conjeturas en cuanto a sus razones. Por lo tanto, no lamenté en lo más mínimo verle atrapado en la misma trampa que había ayudado a tender para mí... ¡aunque eso lo hacía todo aún más incomprensible! Si le había contado a Nyla Christophe todo lo que yo le había dicho cuando me llevó a la residencia de aquel viejo actor medio olvidado, ¿por qué estaba prisionero también? ¿Y qué hacíamos ambos en Nuevo México?

    La parte buena de todo el asunto era que Douglas parecía tan atónito como yo.

    —Nyla —dijo, con la voz algo temblorosa a causa de la ira que intentaba reprimir—, ¿qué diablos significa todo esto? Tus muchachos vienen, me sacan de la cama a empujones, no me dicen ni una palabra...
    —Cariñito —dijo ella alegremente—, cierra el pico —incluso a través de las gafas oscuras, él logró percibir lo suficiente de su expresión como para callarse inmediatamente—. Así está mejor —dijo ella y, por encima del hombro, añadió—: ¿Moe?
    — ¿Sí, señorita Christophe? —gruñó el hombre-mono.
    — ¿Sigue aquí el laboratorio móvil?
    —Está aparcado justo detrás de los bungalows, con todo preparado.

    Ella asintió con la cabeza. Se quitó el sombrero y las gafas y se instaló en el maltrecho sillón, el único del cuarto, extendiendo una mano sin mirar. Moe le entregó un cigarrillo y luego se lo encendió.

    — Es posible que los dos andéis metidos en el meollo de este asunto —dijo—. Tenemos que poner en claro ciertas cosas.
    — ¡Oh, muy bien, Nyla! —exclamó Douglas—. ¡Sabía que era simplemente algún tipo de error!

    Y yo me las arreglé para preguntarle lo que, me avergüenza confesarlo, se me había ido completamente de la cabeza durante los últimos días.

    — ¿Qué ha sucedido con mi prometida y los demás, señorita Christophe?
    —Depende, DeSota. Si las pruebas salen tal y como yo creo, los pondremos en libertad. — ¡Gracias al cielo! Esto... ¿de qué pruebas se trata?
    —Las que van a pasar ahora mismo —dijo—. Adelante, Moe —y abandonó la habitación en tanto que el otro gorila entraba con los brazos cargados de artefactos, seguido por un hombre vestido con una chaqueta blanca y los brazos igualmente llenos a rebosar.

    No pude evitar encogerme con cierto temor, pero resultó que no se trataba de otra paliza a cargo de Moe. Lo que tenían en mente fue más largo pero ni de lejos tan desagradable... bueno, tampoco es que fuera exactamente divertido. Me tomaron las huellas dactilares y luego las de los dedos de los pies. Midieron mis lóbulos y la distancia que separaba mis pupilas. Tomaron muestras de sangre, saliva y piel y luego me hicieron orinar en una botellita y llenar un recipiente de papel con el contenido de mí estómago. Todo eso fue bastante largo y lo único que lo hacía un poco menos ofensivo era que mi desagradable compañero de cautiverio (el misterioso Larry Douglas, mi compañero de conspiraciones en la cafetería Carson y mi posterior compañero de viaje a la residencia de Reagan en Dixon, Illinois) estaba haciendo lo mismo.

    Y le gustaba aún menos que a mí. Tampoco a Moe y al otro guardia les gustaba demasiado. Salieron de la habitación y se dedicaron a vigilar por la ventana mientras el técnico de laboratorio tomaba sus muestras y rellenaba sus gráficos, así que Douglas y yo pudimos hablar un poco. Lo primero que le pregunté fue algo que llevaba mucho tiempo meditando.

    — ¿Qué diablos es usted? ¿Una especie de agente clandestino de los federales?

    Puso cara de perro apaleado, pero incluso los perros apaleados saben gruñir.

    —Eso no le importa una mierda, DeSota —me respondió secamente. Observó cómo una jeringuilla aspiraba mi sangre mientras él se apretaba el punto de su brazo en el que el silencioso técnico del laboratorio había hecho lo mismo un instante antes.
    —Bien, entonces ¿qué diablos es usted? ¿El amiguito de Nyla Christophe, su chivato o su prisionero?
    —Sí —se limitó a responder. Luego se bajó los pantalones para que el técnico pudiera rebanarle una muestra del trasero—. Si yo fuera usted, DeSota —me dijo con aire tenebroso—, empezaría a preocuparme por mi propio pellejo y no por el de los demás. ¿Tiene alguna idea del lío en que se ha metido?

    Me reí en sus narices. Todos los dolores e incomodidades de mi cuerpo me decían claramente el lío en el que estaba metido.

    —De todos modos —recalqué—, ella ha dicho que podíamos salir bien librados, así que, ¿de qué debo preocuparme?

    Me contempló con una mezcla de piedad y desprecio.

    —Eso es lo que dijo, de acuerdo. ¿Pero le oyó decir en algún momento algo sobre soltarnos?

    Tuve que tragar saliva varias veces antes de poder contestarle.

    —Douglas, ¿de qué demonios está hablando? —se encogió de hombros y se dedicó a mirar al técnico. Me dejó así un rato, cociéndome en mi propio jugo, hasta que el técnico hubo tomado todas las muestras que deseaba y, harto de pincharnos y hacernos cosquillas, se largó. Ninguno de los dos guardias volvió a entrar, aunque podíamos verles, sentados en la barandilla, abanicándose mientras miraban hacia la carretera. Un expreso pasó como una flecha por la vía que corría junto a aquélla y un repentino aguijonazo de pérdida me hizo pensar en Greta—. ¿De qué está hablando? —repetí—. Dijo que probablemente nos dejaría ir...
    —A nosotros, no, DeSota. A «ellos», a los testigos que no saben nada. Usted es un animal de una especie totalmente distinta. Sabe muchas cosas.
    — ¿Sí? —me estrujé el cerebro y no saqué nada en claro—. ¡Santo Dios, pero si ni tan siquiera sé lo que quiere de mí!
    —El gran dato que conoce es que hay algo que conocer —dijo lúgubremente—, y ése es el dato principal. ¿Cómo se las arregló para estar en dos sitios a la vez?
    — ¿Cómo infiernos voy a saberlo? —chillé yo. —Pero sabe que así ocurrió —replicó él, implacable—. Y, por lo tanto, sabe que es posible. Por lo tanto, sabe que alguien, digamos que un criminal, podría hacer algo... digamos que cometer un crimen en cualquier lugar, y tener luego cien testigos de buena fe capaces de jurar que fue otra persona. ¡Jesús, chico! ¿Sabe lo que significaría eso para alguien como yo? Quiero decir, para alguien que necesitara esa coartada —añadió, rectificando rápidamente.
    — ¡Pero no sé cómo lo hicieron! —gimoteé.
    —Eso ya lo descubrí yo —contestó él amargamente—. Despierte de una vez, ¿quiere? ¿Acaso cree que Nyla va a dejarle marchar a su casa para que le diga a la gente que cosas así son posibles?

    Volví a sentarme, hecho polvo.

    Podía ver muy bien que todo aquello era lógico. Había muchas historias sobre campos del FBI atestados de gente que, para su desgracia, poseía información que no podía hacerse de dominio público. Si yo era uno de ellos...

    Si yo era uno de ellos, mi próxima parada no sería Chicago. Sería una cuadrilla de presos esposados uno a otro en los Everglades, encargada de cavar acequias y en constante lucha con los caimanes... o quizás cortar árboles en la interminable carretera de Alaska. O en otro sitio, en cualquiera. Quizás el lugar exacto fuese difícil de imaginar, pero estaba seguro de que, fuese donde fuera, iba a ser mi dirección permanente para el futuro, al menos hasta que llegara el momento en que mis secretos dejasen de serlo. *

    O hasta que muriera. Lo que ocurriera primero. Y estaba bastante seguro de que tras uno o dos años en los campos, no me importaría demasiado cuál de las dos cosas iba a ocurrir antes.


    Cuando el Sol estaba ya en lo más alto de su recorrido y la sombra del poste exterior había desaparecido, nos trajeron bocadillos de jamón y queso, envueltos en papel encerado, y un espantoso café tibio de una máquina automática, ambas cosas procedentes de la gasolinera que había delante de los bungalows. Me estaba muriendo de hambre, pero no los comí con demasiado placer. Los fui engullendo lentamente y cuando la puerta de la habitación se abrió de nuevo ya estaba dispuesto a entregar mi vaso vacío y mí bolita de papel.

    Sólo que no se trataba de Moe ni del otro guardia, ni habían abierto la puerta para eso. Bueno, sí, primero entró Moe pero se hizo en seguida a un lado y dejó entrar a Nyla Christophe con algo parecido a una sonrisa. En una de sus manos sin pulgares sostenía una botella de champán que apretaba contra su pecho.

    —Felicidades, muchachos —dijo—. Han aprobado. Son exactamente los mismos.

    Ni Douglas ni yo abrimos la boca. Ella hizo un pequeño mohín.

    —Venga, cariño —le dijo a Douglas con una breve risita... que no resultaba demasiado tranquilizadora—, ¿no comprendes que éste es mi modo de decir que lo siento? Copas —dijo en un tono de lo más distinto, y el segundo gorila estuvo a punto de caerse, tanta fue la prisa que se dio para entrar en la habitación con su bandeja, en la que había unos no muy hermosos vasos de hotel. Ella sacudió la cabeza y los dos guardias se fueron, después de lo cual le entregó la botella a Douglas—. Así se hace, dulzura —dijo, viendo cómo él, más pendiente de su rostro que de lo que hacía, empezaba a quitar el alambre y luchaba luego con el tapón—. Me alegra ver que no se te ha olvidado —había algo en sus expresiones alternativas de ternura (con cierta burla escondida) y preocupación (con algo de beligerancia soterrada) que me hizo sospechar: no todo estaba claro. Fueran cuales fuesen sus relaciones, no se limitaban a las normales entre un agente federal y un informador.

    El tapón salió con un leve pop.

    Douglas llenó los vasos. Nyla Christophe aceptó el primero, sosteniéndolo sin vacilar con sus cuatro dedos.

    — ¿Sabe de qué estoy hablando? —me preguntó reprimiendo un eructo. Pensé que esta botella de champán no era la primera que tomaba ese día. Negué con la cabeza—. Ya me lo imaginaba. Las pruebas salieron a la perfección. La misma sangre, los mismos huesos, las mismas huellas. Son idénticos... y mi informe va ya de camino al cuartel general, donde no voy a tardar mucho en presentarme. Por lo tanto, ¡bebamos a la salud de Nyla Christophe, quien quizás sea la siguiente jefa de todo el maldito FBI!

    Bebí su maldito champán. Lo bebí porque en esos momentos no sentía excesivos deseos de hacerla enfadar y en parte porque un tipo como yo no siempre tiene la ocasión de beber champán importado de Francia y, básicamente, porque no se me ocurría otra cosa que hacer. ¡Tal vez Douglas estuviera en lo cierto! Tal vez aquel asunto era lo bastante grande como para proporcionarle un gran ascenso a Nyla Christophe y acaso también tuviera razón en el resto de sus desagradables observaciones.

    Me pregunté qué haría Greta si desaparecía. ¿Me dejarían que la escribiera para decirle adiós, al menos?

    Las noticias que traía Nyla Christophe no eran buenas para mí, pero Douglas pensó que lo serían para él.

    — ¡Eso es soberbio, cariño! —dijo extasiado—. ¡Caray! Ahora podrás enseñarles lo que vales a esos tipejos de Washington. ¡Oye, tengo un montón de ideas para ti! Todo ese follón de establecer dos identificaciones idénticas... ¿has pensado en lo que podría suponer eso para el FBI? Me refiero, por ejemplo, a infiltrarse en organizaciones subversivas. Claro que no sé exactamente cómo funciona, pero...

    La inspectora Christophe le dejó seguir, con una sonrisa soñadora en el rostro y, mientras él continuaba hablando, se acercó hacia la cama y le pasó la mano por la espalda con un gesto afectuoso.

    —Encanto —le dijo cariñosamente—, estás como una cabra.

    Douglas tragó saliva.

    — ¿No... no quieres que vaya contigo? —logró tartamudear.
    — ¿Ir conmigo? Larry, cariño, de todas las gilipolleces del mundo ésa es la última que se me ocurriría cometer.

    A Douglas se le encendió el rostro.

    — ¡Entonces suéltame, maldita sea! ¡No hace falta que me hagas la rosca así! Ella fue ensanchando gradualmente su sonrisa. La verdad es que cuando quería podía resultar bastante atractiva. Incluso me pareció llegar a distinguir unos hoyuelos en la comisura de sus labios.
    —Larry —le dijo suavemente—, tal vez alguien pueda criticarme por hacer el amor sin sentirlo de verdad, pero tú, desde luego, no eres ese alguien.

    No tenía ni idea de a qué se refería, pero él obviamente sí. El rostro se le volvió gris.

    —No sabes ni una mierda de todo el asunto —le dijo ella—. Es mucho más grande de lo que puedas imaginar —me miró—. ¿Quieres saber qué está pasando? ¡Oh, chico, que si quería! No me hizo falta contestar. Ella ya sabía cuál sería mi respuesta, así que se limitó a continuar.
    —Empecemos desde el principio. Supongamos...

    Vaciló unos instantes. Luego se encogió de hombros y, torciendo el gesto, extendió hacia nosotros su mano derecha, abriendo bien los cuatro dedos que le quedaban enteros y poniendo así aún más de relieve el muñón del pulgar.

    —Supongamos que no me hubiera metido en líos con la ley cuando tenía diecisiete años. Supongamos que hubiera crecido de un modo normal. Mi vida hubiese sido muy distinta, ¿no? —Yo asentí, queriendo decir con ello que lo entendía pero que estaba demasiado confundido para emitir una opinión digna de ese nombre; Douglas se limitó a mantener su expresión lúgubre y dolorida—. Por lo tanto, hubiera podido existir una vida en la que yo creciera del modo en que lo hice... Tal como soy ahora, ¿de acuerdo? Y podría haber existido otra en la que yo me hubiera convertido en... oh, qué sé yo. En músico. Puede que en concertista de violín. No es que su expresión cambiara realmente, pero cierto brillo en sus ojos me sugirió que estaba esperando para ver si nos reíamos de esa idea. No me reí.
    —La verdad es que hubo un tiempo en que eso mismo me hubiera gustado —dijo—. Y lo bueno es que no puede decirse que una de esas posibilidades es real en tanto que la otra es meramente imaginaria. Ya no es posible. Porque ambas son reales. Puede que todas las posibilidades lo sean. Lo único que sucede es que vivimos en una y no podemos ver las otras.

    Me arriesgué a mirar de soslayo hacia Douglas. Estaba tan perdido como yo y bastante más asustado... probablemente, pensé, cada vez más desanimado, porque sabía más que yo acerca de lo que era muy posible que nos sucediera.

    —Al cuerno con eso —dijo ella de pronto—. Venga, os lo enseñaré. ¡Moe!

    La puerta se abrió al instante y el más grande de los dos gorilas apareció, llenando el umbral. Nyla pasó junto a él a toda prisa, indicándonos con un gesto que la siguiéramos. Afuera hacía un calor increíble. Andaba de modo algo vacilante... en parte por el sol, en parte por sus zapatos de tacón; principalmente, pensé yo, era efecto del champán o puro deleite ante su probable futuro. Nos precedió hacia otro bungalow ante el cual montaba guardia un hombre del FBI que no habíamos visto antes. Nyla Christophe hizo un gesto con la cabeza y él abrió la puerta. Ella miró hacia dentro y nos hizo una seña a Douglas y a mí.

    —Echad un vistazo —nos invitó—. Aquí tenéis dos buenas posibilidades.

    Seguía sin entender de qué hablaba, pero de todos modos obedecía. En la habitación había dos hombres. Uno estaba de pie en el rincón y se estaba poniendo crema con grandes precauciones: sufría una de las peores insolaciones que jamás he visto. Estaba rojo como una langosta desde las muñecas hasta el cuello. Al taparse el rostro con las manos no pude verle demasiado bien.

    El otro estaba más cerca y no se movía. Se había tendido de espaldas en una de las camas y tenía los ojos cerrados. Roncaba. Parecía haber pasado un rato bastante malo y no me refiero simplemente a los malos tratos de rutina que uno espera pasar cuando es prisionero del FBI. Quiero decir que parecía estar medio muerto. Y también parecía...

    — ¡Douglas! —chillé—. ¡Es usted!

    Douglas no dijo una palabra. Se había quedado aún más sorprendido que yo. Tenía la boca abierta y los ojos a punto de saltarle de las órbitas. Pude ver fácilmente que intentaba preguntar algo, así que lo pregunté yo por él.

    — ¿Qué le ocurre? —dije.

    Nyla Christophe se encogió de hombros.

    —Se pondrá bien. Demasiado sol, deshidratación, y además le mordió una serpiente de cascabel. Pero ya le han administrado el antídoto y el doctor dice que mañana estará como nuevo. Aunque al otro no lo ha mirado muy bien, ¿verdad?

    Lo hice. Y él se volvió a mirarme también. Y el rostro estaba quemado por el sol y algo hinchado, aparte de que su expresión no era lo que se dice alegre, pero yo conocía muy bien esos rasgos.

    — ¡Dios mío, tiene que ser el tipo de Daleylab!
    —Casi acierta —dijo alegremente Nyla Christophe—, pero él insiste en que no lo es. Dice montones de cosas, DeSota, cosas que no se creería usted; no ha dejado de parlotear desde el momento en que los del tren les recogieron a los dos en el desierto la noche anterior. Dice que todas esas posibilidades son efectivamente reales y que hay muchos más como él... en una u otra de esas posibilidades. Pero se le ha pasado por alto lo más importante, DeSota. Lo que no para de repetir y lo que todas y cada una de las pruebas dicen... es que él es usted.


    A aquella hora de la noche el enorme estacionamiento subterráneo estaba totalmente desierto y mientras intentaba recordar dónde había dejado su coche, el abogado deseó no haberse quedado trabajando hasta tan tarde. ¡Cuando hacía falta no había nunca modo de encontrar un policía! Ahora tenía la impresión de que necesitaba uno... dos violaciones, un asesinato y sólo Dios sabía cuántos atracos en el estacionamiento durante los últimos meses. Al doblar una esquina vio a dos hombres de uniforme que estaban patrullando el lugar con sus rifles automáticos al hombro. «Buenas noches», les dijo, sintiéndose mejor de inmediato... hasta que se dio cuenta de que sus uniformes eran de un color entre gris y verdosos y de que sus gorras de camuflaje no se parecían en nada a las gorras a cuadros blancos y negros del cuerpo policial de Chicago. Aún peor, cuando le interpelaron reconoció su idioma. ¡Ruso! Se dio la vuelta instintivamente y echó a correr, sintiendo ya un cosquilleo entre los omóplatos. Oyó una ráfaga de disparos, pero ninguna bala le alcanzó. Y cuando, después de meterse en un callejón sin salida, se volvió para enfrentarse a ellos, sollozando, se encontró con que habían desaparecido.


    26 de agosto de 1983
    7.40 P.M. Senador Dominic DeSota


    Me había pasado la tarde contemplando con anhelo desde la ventana la diminuta piscina que había en el patio, sudando a mares y con el constante tormento de mi piel quemada por el sol. No era sólo la insolación o el calor lo que me atormentaba. En algún lugar no muy lejano, pero irremediablemente separado de mí por lo que separa una línea temporal de otra, sea eso lo que sea, mi país estaba empezando a ser invadido y alguien que tenía mi cara había salido por la televisión dándoles ayuda y ánimos a los invasores. No podía recordar ni un solo caso en la historia de los Estados Unidos, desde la guerra de secesión, en el que un senador electo hubiera hecho algo semejante. ¿Qué pensarían de mí todos mis colegas?

    ¿Qué pensaría de mí Nyla Bowquist?

    La verdad es que ni siquiera yo mismo sabía qué pensar ya sobre mí. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido las peores de mi vida. Descubrir que la Gatera era real y que existía un número infinito de mundos iguales al mío, muchos de ellos con un Dominic DeSota indistinguible de mi propia persona por cualquier tipo de prueba o examen, ya había sido una considerable sorpresa. Uno de ellos me había hecho su prisionero. Había dejado inconsciente de un golpe a una mujer que era exactamente igual a la mujer que yo amaba y luego había sido capturado por otra copia de esa mujer, no exactamente igual a causa de sus manos mutiladas. Había secuestrado a un hombre. Había sufrido el espectáculo de ver cómo mi país invadía a mi país. Y además había padecido una espantosa insolación andando por el desierto sin comida ni agua... y me dolía.

    Fuera por una cosa o por otra, me dolía todo... y ni tan siquiera pensaban dejarme salir un momento a la piscina para refrescarme.

    No es que eso estuviera exactamente prohibido. Sencillamente, era algo que no podía permitir nadie salvo esa otra Nyla; y había salido para ocuparse de algún asunto particular. El lavabo del rincón no era un sustituto adecuado. Cada media hora más o menos me tiraba agua sobre la piel y durante los quince minutos siguientes, con todo el cuidado del mundo, me dedicaba a rebozarme con esa crema para quemaduras solares, más bien inútil, que me habían proporcionado. Eso me mantenía ocupado, pero no me servía de mucho.

    Tampoco me ayudaba demasiado la presencia de mi involuntario compañero de viaje, el doctor Lawrence Douglas. La mayor parte de ese largo día lo había pasado tendido e inmóvil en la cama. Lo entendía, claro. Había pasado casi por el mismo calvario que yo: idéntica insolación, las mismas horas interminables de sed y calor, el mismo vagabundeo por el desierto. Y por cosas aún peores: no sólo se las había apañado para que le mordiera una serpiente y tuvieran que inyectarle un veneno, casi peor que la propia mordedura, sino que además le habían llenado hasta las cejas de algo parecido al pentotal, para que Nyla Sin-Pulgares pudiera interrogarle. Yo no había estado ahí para compartir su experiencia, pero cuando volvieron a traerle a nuestra habitación, de nuevo inconsciente, había unos cuantos moretones en su piel quemada.

    No intenté despertarle.

    No me hizo falta. Cuando me aparté del lavabo me encontré de pronto con sus ojos clavados en mí. Los cerró de inmediato, pero no a tiempo.

    —Oh, Douglas, demonios —dije con voz cansada—, si quiere dormir, duerma; si quiere despertarse, despiértese, pero, ¿de qué sirve fingir?

    Durante un minuto más mantuvo los ojos tozudamente cerrados, pero no podía estar así siempre. Se levantó a duras penas de la cama, buscó con la mirada un retrete inexistente y luego, sin decir palabra, orinó en el lavabo.

    — ¡Por lo menos deje correr el agua, maldición! —le solté cuando terminó. Yo lo había hecho. No se volvió a mirarme, pero abrió los dos grifos, removió un poco el agua y luego bebió igual que un perrito, lamiendo el agua que recogía con la mano, todo ello sin decir ni una palabra.
    —Si se moja el pelo le irá bien. Tengo también un poco de crema para las quemaduras solares.

    Se irguió lentamente y luego volvió a inclinarse sobre el lavabo para hacer lo que yo le había sugerido Por encima de su hombro me llegó un confuso murmullo que podría haber sido un «gracias». Decidí tomarlo como tal y cuando se volvió para buscar la crema me las arreglé para sonreírle.

    No me devolvió la sonrisa. Aun teniendo en cuenta las circunstancias, jamás había visto a un hombre tan rencoroso, deprimido y falto de esperanzas. Naturalmente, no es que yo estuviera de muy buen humor. Aparte de todo lo sucedido, mi intuición me sugería una serie de cosas que no me gustaban ni pizca. Aunque nunca había logrado pescar al guardia mirando por la ventana, tenía la sensación de estar bajo constante vigilancia. Y además presentía otra cosa que aún me gustaba menos.

    —Mire —le dije—, ponerse así no sirve de nada.

    Hizo una pausa, dejando de untarse crema en el rostro, rojo como un tomate, y me miró con amargura.

    —Entonces, ¿cómo sugiere usted que me ponga?
    —Bueno, para empezar podría satisfacer mi curiosidad sobre unas cuantas cosas en las que he estado pensando. Cuando estaba usted en el andamio trabajando en el portal y luego cruzó conmigo...

    El lanzó una risita desagradable que sonó más bien como un ladrido.

    —Cuando me obligó usted a cruzar encañonándome con su arma —me corrigió.
    —Vale, de acuerdo. Cuando nos encontramos a unos tres metros de altura sobre el suelo en el otro lado, porque usted no me dijo que habría un desnivel —concreté, sólo para hacerle sentir también un poquito culpable—. Bueno, yo pensé que volveríamos a mi propio tiempo. Luego, mientras usted dormía, pensé un poco en ello.
    —DeSota, si pretende llegar a alguna cuestión concreta, ¿quiere hacer el favor de darse prisa? —gimió él.
    —La cuestión concreta es... ¿qué es lo que estaba haciendo?
    —Intentaba huir —me respondió lacónicamente.
    — ¿Huir de aquí? Pero éste no es su tiempo, ¿verdad?
    — ¿Esta ratonera primitiva? —gruñó—. ¡No!—Entonces...
    —Entonces, ¿por qué no intenté volver a mi propio tiempo? ¡Porque no lo tengo, DeSota! ¡Ya no! En estos momentos sólo deseo una cosa, salir.

    Volvió a dejarse caer sobre la cama. —Pero, escúcheme... —empecé a decirle, intentando razonar con él. Lo único que hizo fue menear la cabeza.

    —Olvídelo —me contestó.

    Y eso hice, aunque no por lo que él me había dicho, sino porque un coche apareció a toda velocidad por el camino, deteniéndose luego fuera de mi vista. Alargué el cuello para intentar ver qué sucedía. No hubo suerte. Oí el ruido de las portezuelas y voces lejanas: una de hombre, bastante grave, y otra de mujer, más aguda y aparentemente alegre. Conocía muy bien esa voz. Un instante después, Nyla apareció caminando hacia la piscina, desvistiéndose por el camino. No miró ni un momento hacia nuestra ventana. Llegó hasta el borde de la piscina, probó el agua con el pie, se quitó hasta la última pieza de ropa interior y se lanzó limpiamente al agua con sus manos sin pulgares levantadas por en