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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA LLEGADA DE LOS GATOS CUÁNTICOS (Frederik Pohl)

    Publicado el viernes, agosto 07, 2015

    16 de agosto de 1983
    8.20 P.M. Nicky DeSota


    Cuando sonó el zumbador yo tenía una mano en el cambio de marchas, listo para meter la segunda, y la otra asomando por la ventanilla para indicar que iba a girar a la izquierda. Tenía toda la atención concentrada en el guardia de tráfico, que se estaba tomando un tiempo espantosamente largo para dar paso a la circulación procedente de Meacham Road. Mi cabeza estaba llena de intereses hipotecarios revisables, porcentajes, condiciones para préstamos a soldados recién licenciados y además barruntaba si me sería posible o no llevar a nadar a mi chica después de la cena. Era martes y, por lo tanto, un buen día para nadar, porque a veces, las noches entre semana, cuando oscurece, el encargado desvía la vista si alguien se baña sin la pieza de arriba.

    El zumbador hizo pedazos todos esos proyectos.

    Soy incapaz de oír un teléfono y no descolgarlo. Me arriesgué. Saqué la mano del cambio de marchas y descolgué el teléfono.

    —Dominic DeSota al habla —dije, en el preciso instante en que el guardia se acordó de que también había tráfico esperando en Meacham y, con un gesto perentorio, me indicó que girase. Y entonces todo sucedió al mismo tiempo.

    El conductor del tranvía interurbano vio que yo vacilaba, así que empezó a avanzar por el cruce justo cuando yo pisaba el acelerador. La telefonista al otro extremo de la línea dijo algo que parecía chino, o quizás choctaw. No era ninguna de las dos cosas, sencillamente no había hecho correctamente la conexión. Me imagino que ya sabrán de qué humor andan al final de un turno, algo cansadas y lentas de reflejos, limitándose a sintonizar las frecuencias sin preocuparse demasiado, ¿no? No logré entender ni una palabra de lo que dijo. Tampoco es que eso me preocupase demasiado entonces porque, de repente, tuve veinte toneladas en forma de dos vagones de tranvía justo delante mío, demasiado cerca para detenerme. El tranvía no podía girar. Tenía que hacerlo yo. Sólo había un modo de evitar el choque y, desgraciadamente, el guardia de tráfico estaba justo en medio de mi camino.

    No le atropellé.

    Pero el mérito fue más suyo que mío. Me esquivó de un salto, por los pelos. Pasé lo bastante cerca para deslustrarle las botas, pero no le dejé sin dedos de los pies.

    No le culpo por multarme. Yo hubiera hecho lo mismo. O incluso algo peor; tampoco le hubiera culpado si me hubiese encerrado sin más trámites, pero no lo hizo. Se limitó a tenerme clavado ahí durante tres cuartos de hora, aparcado en un recodo de la carretera, delante de la reserva forestal, con todos los motoristas que pasaban alargando el cuello para ver al pobre desgraciado al que estaban multando. Se tomó todo el tiempo necesario. Se acercaba, me pedía el permiso de conducir y lo estudiaba un buen rato. Luego se iba a disolver los atascos de tráfico que se habían formado y se lo pensaba un poco. Luego volvía para pedirme algún otro documento de identidad, mi historial laboral, cuánto tiempo llevaba viviendo en Chicago o para preguntarme cómo podía ser que no estuviese enterado de que se suponía que un coche debía cederle el paso a un tranvía.

    Aprovechando los intervalos, yo seguía intentando enterarme de quién me había llamado. En mí negocio se vive del teléfono; alguien llama porque necesita una hipoteca y, si no le sirves adecuadamente al momento, lo único que tiene que hacer es llamar a cualquier otro. Por otra parte, esa llamada en particular me había parecido un poco preocupante. Pero, claro, era una empresa desesperada. Por supuesto, nunca se pone dos veces la misma operadora cuando usas un teléfono de coche y todas aquellas con las que logré hablar se mostraron de lo más divertidas ante mi rara idea de que no tuviesen nada mejor que hacer que buscar de nuevo entre las llamadas ya transmitidas a los abonados. Y cuando yo seguía insistiendo, se escandalizaban.

    — ¿Tiene usted alguna idea, señor Dominic —me preguntó una—, de todas las listas de llamadas que debo revisar para encontrar la suya?
    —Supongo que un millón, si se dedica a buscarme con un nombre equivocado —dije yo—. No es el señor Dominic. Es el señor DeSota. Dominic DeSota.

    No hubo respuesta a mi estocada verbal.

    —Ni tan siquiera está usted seguro de que la conexión fuese la adecuada —se limitó a contestar, tan indignada como si fuera yo quien hubiese traicionado su confianza al hacer mal las conexiones—. La llamada pudo ser para otro número totalmente distinto.
    —Imagino que no con mi nombre —dije en tono conciliador, pero en esos momentos ya volvía a tener encima al guardia, preguntándome si mis padres habían sido ciudadanos de alguna potencia extranjera o si yo padecía alguna enfermedad contagiosa. Pareció sentirse muy disgustado al ver que estaba hablando por teléfono en vez de consagrar toda mi atención a arrepentirme de mis pecados—. Olvídelo —le dije a la telefonista.

    Acepté mi multa. Le lamí las botas al oficial (metafóricamente). Juré que no volvería a hacerlo nunca (fervorosamente). Conduje a la tímida velocidad de sesenta por hora hasta mi hogar de soltero y deseé que el día hubiese mejorado. No había mejorado y no daba señal alguna de que fuese a hacerlo. Greta no contestaba al teléfono, lo cual quería decir que se había ido de compras o a Dios sabe dónde. Para cuando volviera, la piscina de la Reserva Forestal Mekhtab ibn Bawzi ya estaría cerrada. Tampoco había logrado cerrar el trato de la hipoteca, y ni tan siquiera había vuelto a llamar a los posibles clientes para que no soltasen el cebo.

    Y empecé a preguntarme realmente en serio si a través de la cascada y chillona interferencia de aquella llamada que se había interrumpido a la mitad había oído realmente, como me había parecido, las palabras «al FBI».

    Al principio, yo quería ser agente de propiedades inmobiliarias... bueno, no, para decir la verdad y que se escandalice quien quiera, lo que realmente quería ser al principio era científico. Pero no se puede ganar uno la vida con eso, así que cuando llegué a la universidad ya había empezado a estudiar el negocio inmobiliario.

    Y entonces me desvié y me encontré metido en las hipotecas.

    Si le digo a la gente que la razón de ese cambio fue que los agentes hipotecarios gozan de una vida más interesante que los de la propiedad, se limitan a quedarse callados mirándome. Pero es cierto. Las hipotecas son muy emocionantes. Miren, con ellas uno convierte en realidad los sueños de la gente, y no hay compañía más interesante que la de los soñadores. A veces esos sueños me preocupan un poco, porque algunos de esos soñadores son parejas de recién casados, patéticamente jóvenes; no sé si se dan cuenta de dónde se están metiendo, con unos porcentajes de interés que llegan hasta el cinco y medio y a veces hasta el cinco con ocho décimas. Pero los pagan. Piden prestados miles de dólares, a veces la paga de dos o tres años enteros, para conseguir la casita con las paredes recubiertas de yedra que han visto en sus sueños. Y yo era la persona que les ayudaba a convertir esos sueños en realidad.

    Supongo que hubiera sido mucho más satisfactorio encargarme de los préstamos en algún gran banco. En Chicago eso no sucede, a menos que seas pariente de alguien poderoso, y alguien poderoso, por supuesto, no puede ser un italiano. En el negocio de la banca, ese alguien es un árabe. No es que eso sea muy raro... ¿cuántos bancos hay en Norteamérica que no gocen de respaldo árabe? Ciertamente, no muchos, al menos entre los grandes y prósperos. Así que yo no tenía demasiado futuro trabajando en la banca, pero los árabes no se ocupaban de algunos trabajos en el sector de servicios, como el de agente hipotecario.

    Quizás fuese porque sabían lo que era un agente hipotecario. La mayoría de la gente no lo sabe. Yo era quien entrevistaba a los clientes, les ayudaba a escoger el producto que podían permitirse (o que casi podían permitirse), comprobaba el crédito de que podían disponer y les guiaba a través de toda la preparación de los impresos de solicitud, el logro de avalistas, de los permisos y los variados requisitos necesarios para cualquiera que desee llegar a ser propietario de una casa.

    Es una forma de vivir. Y también es interesante... ya sé que no paro de repetirlo, tal vez para convencerme yo mismo. Greta, mi chica, me lo dice cuando no me lo estoy diciendo yo; ella cree firmemente en el trabajo sólido y en la necesidad de tener unos ahorros en el banco antes de casarse, cosa que vamos a hacer uno de estos días. Será posible gracias a mi trabajo.

    Uno de estos días.

    Mientras tanto, sigue siendo interesante —es, como mínimo, la tercera vez que lo digo— y además me permite disponer de tiempo libre cuando quiero. Y, normalmente, quiero gozar de ese tiempo libre cuando puedo pasarlo con Greta. La compañía tiene la regla de que todos sus vendedores deben pasar al menos cinco horas a la semana «en el despacho...» eso consiste exactamente en estar ahí, en el despacho de la agencia, para atender a los clientes que llamen o se dejen caer casualmente para vernos. Fuera de eso, yo hago mi propio horario. Así que cuando Greta está de viaje (es azafata), mis jornadas son largas. Cuando está libre entre un viaje y otro, intento tener tiempo para pasarlo con ella. Me siento verdaderamente complacido de que tenga ese trabajo... No, eso es mentira. No me gusta. Me preocupan todos los tipos a los que conoce, yendo y viniendo de Chicago a Nueva York, y las noches que se queda a dormir allí. Por supuesto, las Pequeñas Fátimas acompañan a las azafatas, pero siempre se puede eludir a las carabinas. Greta y yo sabemos todo lo que debe saberse sobre ese tema. La verdad es que realmente odio pensar que le estoy enseñando cómo hacerlo en Chicago y que ella está usando todos esos trucos luego con otra persona en Nueva York. Odio pensar en ello.

    Así que intento no hacerlo. Y, al final, logré ir con ella a nadar esa noche. Apenas llegué a casa me quedé en ropa interior, bajé las persianas, cerré las puertas y saqué una botella de cerveza de la alacena secreta que tengo debajo de la escalera. Mientras se enfriaba en la nevera intenté de nuevo enterarme de mi misteriosa llamada telefónica. Naturalmente, para entonces ya no había la menor esperanza. Mi lista de llamadas estaba cerrada bajo horas de acumulación de otras hojas. Pero entonces me senté con mi exquisita botella fría de cerveza, con sus costados perlados de gotitas heladas. Sonó el teléfono. Greta.

    — ¿Nicky, cariño? ¿Estás de humor para un baño de última hora? Lo estaba, claro que sí. Engullí la cerveza tan rápido que sentí crujir los dientes, me puse el traje y cuando llegó ella y se zambulló a mi lado yo llevaba ya un buen rato en el agua.

    A esa hora no había demasiada gente en la piscina, pero cuando saltó del trampolín todos los ojos masculinos se clavaron en ella. Greta es un espectáculo precioso. Mide algo más de metro setenta, es rubia, tiene los ojos verdes y la cintura muy esbelta. Los hombres suelen mirarla mucho. Con traje de baño, incluso con el traje de baño con falditas hasta medio muslo que los vigilantes de nuestra piscina imponen como obligatorio, algunos hombres llegan a quedarse boquiabiertos y con cara de tontos. Lo sé, me ha pasado hasta a mí.

    Nadamos hasta el extremo más oscuro de la piscina para besarnos. Habían apagado las luces para ahorrar electricidad y sólo el pabellón de baños seguía iluminado brillantemente. Nos quedamos inmóviles en el agua —a mí me llegaba hasta el hombro; a Greta, hasta el mentón—, rebotando suavemente sobre los dedos de los pies para no flotar a la deriva, la besé concienzudamente y luego la abracé de nuevo para repetir el beso.

    Ella me lo devolvió. Durante un tiempo bastante largo. Luego se apartó un poco, riendo, y entre los dos pasó una breve extensión de agua fría. Cuando alargué otra vez los brazos hacia ella me dijo:

    —Eh, eh, cariño. Vas a conseguir que me ponga a hervir.
    —Desearía... —dije yo, y ella me interrumpió.
    —Ya sé lo que desearías. Puede que yo también lo quiera, pero no podemos.
    —En esta parte de la piscina no hay nadie...
    —Oh, Nicky, ya sabes que no se trata de eso. ¿Qué pasaría si... bueno, ya sabes, si me pillases?
    —No es muy probable —no hubo respuesta a eso—. Y, de todos modos, siempre se puede hacer algo.
    —No, Nicky querido, no se puede hacer. No, si te refieres a la palabra que empieza con «A». Jamás podría destruir la vida de mi niño. Y, de todos modos, esos sitios son difíciles de encontrar y nunca se sabe si van a matarte o a dejarte lisiada para el resto de tu vida.

    El problema era que tenía razón, y los dos lo sabíamos. No pasaba ni un día sin que alguna incursión policial en casa de algún abortista clandestino acabase con el criminal llevado a rastras por la policía y las pacientes intentando ocultar el rostro ante las cámaras de los noticiarios. Ciertamente, no era eso lo que deseábamos.

    Ahora ya no quedaba casi nadie en la piscina y nadie parecía darse cuenta de que nos estábamos bañando. Greta volvió a acercarse y no se resistió cuando la besé de nuevo.

    — ¿Nicky? —me susurró al oído.
    — ¿Qué, cariño?

    Una leve risita y luego un murmullo tan apagado que apenas si logré oír sus palabras. — ¿Y si nos quitamos la parte superior ahora?

    Miré a nuestro alrededor. Aparte de un par de hombres ya mayores con traje de baño y albornoz que estaban terminando una partida de damas, la única persona que quedaba en el área de la piscina era el encargado. Estaba leyendo un periódico debajo del letrero luminoso de la salida.

    — ¿Por qué no? —dije. Bajé la mano y muy, muy lentamente, abrí la cremallera de la parte superior de mi traje de baño.

    Recuerden que bañarse sin la parte superior no es realmente ningún gran crimen. En el código ciudadano está calificado como una falta de Clase 3... lo cual quiere decir que nunca te arrestan por ello; se limitan a imponerte una multa, como por aparcar en sitio prohibido. La multa no es nunca superior a cinco o diez dólares y los jueces prácticamente jamás dictan sentencia de prisión. Muy a menudo, cuando un hombre se baña sin la parte superior del traje, se limitan a soltarle con una advertencia, si es la primera vez que comete esa falta.

    Por lo tanto, no esperaba lo que sucedió.

    No esperaba que todas las luces de la piscina se encendieran de pronto. Los jugadores de damas lanzaron un chillido de sorpresa cuando alguien pasó corriendo entre ellos, lanzando el tablero por los aires. Esa fue sólo una de las personas que salieron de la nada: había otras corriendo hacia nosotros desde todas las direcciones... del vestuario de hombres y del de mujeres, incluso desde detrás de la valla; y todas convergían en mí. Dos hombretones saltaron sin vacilar al interior de la piscina, aún vestidos, para cogerme y hacerme salir a la fuerza.

    Greta se quedó mirándolo todo, atónita, con el agua hasta la barbilla... Estaba aterrada y no entendía nada, y no es que yo estuviera mucho mejor.

    El mundo empezó a girar, y no dejó de hacerlo hasta que me tuvieron echado de bruces sobre el capó de un coche aparcado junto a la valla de la piscina. El metal estaba caliente; el coche acababa de llegar y parecía que lo habían conducido a buena velocidad. Me hicieron separar ampliamente los pies mientras la mano de un policía nada delicado exploraba el húmedo trasero de mi traje de baño... ¿buscaría acaso armas, por el amor de Dios? Había dos coches más, con los faros encendidos hacia mí y, como mínimo, media docena de hombres... y también ellos me apuntaban; yo era el centro de todo.

    Y sólo se me ocurrió decir:

    — ¡Oigan! ¡No he hecho más que quitarme la maldita pieza superior del traje de baño!


    ¡Las singularidades iban aumentando... las preguntas sin respuesta!

    ¿Por qué empezaban repentinamente los habitantes de Los Ángeles a quejarse de que su agradable atmósfera perfumada por los naranjos estaba siendo invadida por ráfagas de gas venenoso?

    ¿Qué impulsaba a veinte mil pacíficos súbditos del zar a desfilar de pronto por las calles de Kiev cantando a voz en grito eslóganes revolucionarios?

    ¿Por qué se admitía en las instituciones mentales a tantas personas con diagnóstico de esquizofrenia paranoica, cuyo síntoma principal y característico era la aterrada convicción de que estaban siendo observados por ojos invisibles?

    ¿Por qué, de repente, las cosas eran tan extrañas?


    17 de agosto de 1983
    1.18 A.M. Nicky DeSota


    He tomado la autovía Daley para ir a la ciudad más de mil veces. Pero ninguna había sido como ésta. Nunca con sirenas sonando a todo meter y luces giratorias destellando sobre el techo de un gran Cadillac. A aquella hora de la madrugada no había muchos coches, pero los pocos que había no tardaban en apartarse de nuestro camino en cuanto veían las luces intermitentes del coche patrulla del Departamento de Policía de Chicago que nos abría paso. Hicimos el camino en veintiún minutos. Más rápido que el tren; pero fueron los veintiún minutos más largos de toda mi vida.

    Nadie me explicaba nada.

    — ¿Por qué me arrestan?
    —Silencio, Dominic.
    — ¿Qué he hecho?
    —Ya se enterará.
    — ¿No pueden decirme nada al respecto?
    —Oye, hijito, por última vez: cállate. El inspector Christophe te dirá todo lo que quieras saber... y puede que incluso más.

    Me había llamado «hijito». Quien lo había hecho era el gorila que tenía sentado a mi derecha, aún mojado porque se había metido en la piscina para cogerme, y como mínimo dos años más joven que yo. Pero había una gran diferencia entre nosotros. Yo era el prisionero y él era quien conocía las respuestas que no estaba dispuesto a darme.

    No había ningún letrero en el edificio de oficinas de Wabash, pero el vigilante nocturno nos dejó entrar de inmediato. Tampoco lo había en la puerta de la suite del piso número veinte. No había nadie en la antesala de la suite. Y todos seguían sin decirme nada pero, al menos, una de mis preguntas obtuvo respuesta. Vi el retrato que había en la pared, encima del escritorio de la recepcionista, y reconocí de inmediato aquel rostro de expresión beatífica... cualquiera habría reconocido aquella expresión, inflexible como la de una tortuga a punto de morder y decidida como un alud.

    J. Edgar Hoover.

    Al fin y al cabo, no había entendido tan mal la llamada telefónica. Estaba en manos del FBI.

    Realmente, ignoro si uno ve pasar ante sí toda su vida, en un relámpago, cuando se está ahogando. Lo que sé es que durante los escasos minutos que siguieron revisé todos los actos punibles que había cometido. No sólo bañarme sin la pieza superior del traje o haber estado a punto de cargarme a un guardia de tráfico, sino remontándome mucho más atrás. Empecé por aquella vez que me oriné en la pared trasera de la iglesia presbiteriana del Monte de los Olivos, en Arlington Heights, cuando, a los nueve años, me encontré algo apurado de camino a la escuela dominical. Repasé la vez que había copiado en el examen de entrada a la universidad y la declaración falsa que había redactado con las pérdidas sufridas en el incendio de mi cuarto... la cama y el colchón de muelles que incluí en la lista no eran míos, sino de mi amigo de Alpha Kappa Nu. Incluso me acordé de algo que había censurado hasta echar fuera de mi mente consciente, la única vez que estuve realmente cerca de tener serios problemas con los árabes. No era un recuerdo del que sentirse muy orgulloso. Yo y mi compañero y amigo de la universidad, Tim Karasueritis, nos habíamos bebido tres botellas de cerveza ilegal, haciendo prácticas para convertirnos en hombres adultos. No tuve suficiente con vomitar. Lo que puso las cosas realmente mal fue que lo hice en la esquina de Randolph y Wacker, delante de la mezquita más grande y ostentosa de toda Chicagolandia. Y cuando lo había echado ya todo encima de la acera, le tocó el turno a Tim. Mientras le sostenía la cabeza junto al bordillo, se me ocurrió alzar la vista y me encontré a un hajji, con barba blanca y turbante verde, que nos contemplaba con ojos furiosos y acusadores. ¡Mal asunto! Pensé que nos habíamos caído con todo el equipo, pero supongo que incluso los hajjis árabes tienen hijos adolescentes. No dijo ni una palabra. Se limitó a quedarse mirándonos fijamente durante un larguísimo, largo instante y luego se dio la vuelta para entrar en la mezquita. Quizás volviese a salir de ella con el equivalente árabe de la policía, pero antes de que eso pudiese ocurrir ya hacía mucho rato que nos habíamos largado, corriendo cuando podíamos hacerlo y tambaleándonos cuando no podíamos hacer otra cosa.

    Ah, realmente revisé hasta lo más profundo de mi ser. Rebusqué hasta hallar todo recuerdo punible, digno de reprensión o meramente de mal gusto, sin encontrar ninguno susceptible de justificar que el FBI anduviese a mi caza a aquellas horas de la noche.

    Diez minutos después, reuní el valor suficiente para decidirme a comunicarle tal hecho a otra persona. Pero no había nadie a quien decírselo. Me habían hecho sentar en un pequeño cuarto casi desprovisto de mobiliario. Acuérdense de que por único atuendo llevaba mi traje de baño. Claro, hacía bastante rato que se había secado, pero en algún lugar de las oficinas había ventanas abiertas y las frías brisas del lago Michigan entraban por debajo de la puerta... puerta que, como descubrí cuando mi valor llegó al nivel necesario para examinarla, estaba cerrada.

    Por raro que parezca, habían insistido en registrarme a pesar de lo escaso de mi vestimenta. No pensaban correr el riesgo de que llevase un arma, imaginé, ya fuese para atacarles o (quizás en un paroxismo de arrepentimiento ante la enormidad de mis crímenes, cualesquiera que éstos fueran) para suicidarme y echar a perder así los planes que me tenían reservados.

    Por desgracia, no se me ocurría nada en mi pasado por lo que valiese la pena matar. Ignorar la razón de mi arresto era bastante molesto pero no podía hacer nada al respecto: no sólo la puerta estaba cerrada sino que en el cuartito había muy pocos objetos con los que intentar nada. Había un altavoz en lo alto de una pared, cubierto por una rejilla, y de él salía música... básicamente violines; música de melenudos. Había un escritorio con la superficie totalmente vacía, y me era imposible saber lo que podrían contener sus cajones. Cuando reuní el coraje necesario para tirar de uno de ellos como quien no quiere la cosa, resultó estar tan cerrado como la puerta. Detrás del escritorio había una silla giratoria con el respaldo acolchado y, delante del escritorio, otra silla de madera con el respaldo recto. No había nadie presente para decirme en cuál debía sentarme pero, de todos modos, escogí la de madera. Me senté, rodeándome con los brazos para resguardarme algo del frío, y empecé a pensar.

    Y entonces, sin previo aviso, el inspector Christophe entró en el cuartito.

    El inspector Christophe era una mujer.


    Nyla Christophe no fue la única persona que atravesó el umbral, pero no había duda sobre quién era quién. El jefe era ella. Los que la acompañaban, dos hombres y una mujer regordeta de mediana edad, lo demostraban hasta en el más leve de sus movimientos. Tardé un poco en superar mi sorpresa. Naturalmente, todo el mundo sabía que el FBI había empezado a reclutar mujeres hacía ya cierto tiempo. Pero nadie esperaba ver a una de ellas. Eran como las taxistas o las doctoras; sabías que existían porque cuando una visitaba algún sitio salía luego en los noticiarios cinematográficos y la veías la siguiente vez que ibas al cine. Por supuesto que eso no podía ocurrir con las agentes del FBI. Ninguna historia de interés humano y personal sobre una agente del FBI aparecería jamás como una atracción principal del noticiario cinematográfico semanal. Cualquier operador de cine que intentase conseguirla se encontraría metido en serios apuros... Probablemente se le acusaría de algo así como poner temerariamente en peligro a un funcionario del gobierno, exponiéndole con ello a una posible represalia criminal. Y acabaría en una sala de interrogatorios temiendo por su vida. Algo muy parecido a mi propia situación. En cualquier caso, ahí estaba. Primero un hombretón abrió la puerta y luego entró la inspectora Christophe, seguida de la señora gorda y de otro hombretón que cerró la puerta. Al entrar me lanzó una mirada algo distraída: oh, sí, ahí está justo el mueble que le faltaba a esta habitación. Le devolví la mirada y estoy seguro de que con mucho más interés. Nyla Christophe era una mujer atractiva en su tipo, y ese tipo resultaba ser el atlético, dotado de huesos grandes. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y tenía los ojos de color azul claro. Al andar mantenía las manos detrás de la espalda, al estilo de un almirante inglés de la era de los veleros. Daba órdenes igual que un almirante.

    —Atadle —a los hombretones silenciosos. Y a la dama regordeta que se había instalado jadeante tras el escritorio con un cuaderno de taquigrafía en la mano—. Escriba. Diecisiete de agosto de 1983. Inspectora N. Christophe dirigiendo el interrogatorio de Dominic DeSota. No se complique las cosas, DeSota —finalmente, a mí—. Limítese a contarnos la verdad, responda a todas las preguntas y habremos terminado en veinte minutos. Primero, jure.

    Mala cosa. Si lo primero que hacían era ponerme bajo juramento, eso quería decir que iban muy en serio. Lo que iba a decirles no sería meramente información recibida durante la investigación: sería una prueba. La taquígrafa se puso en pie y me alargó los libros, pronunciando con voz asmática las palabras para que yo las fuese repitiendo después de ella. Extendí la mano, cubriendo a la vez la Biblia y el Corán —el meñique en una, el pulgar sobre la encuadernación del otro— y juré decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, así me ayudase a ello Dios el Compasivo, el que Todo lo Ve, el Vengador.

    —Estupendo, Dominic —dijo Christophe, en tanto que los hombretones volvían a atarme la mano derecha. Le echó un vistazo a su reloj, como si realmente pensase que podíamos salir de allí en sólo veinte minutos—.Y ahora, dígame simplemente por qué intentaba entrar en Daleylab.

    Me quedé mirándola con ojos como platos.

    — ¿Intentar qué?
    —Entrar en Daleylab —dijo con voz llena de paciencia—. ¿Qué andaba buscando?
    —No sé de qué me habla —contesté.

    No era la respuesta que la inspectora Christophe deseaba escuchar. —Oh, Dominic, mierda —dijo malhumorada—. Tenía la esperanza de que fuese usted a mostrar un poco de inteligencia en este asunto. ¿Pretende acaso hacerme creer que nunca ha oído hablar de Daleylab?

    —Naturalmente que no pretendo eso —todo el mundo sabía qué era Daleylab... o, al menos, sabía que era una especie de centro de investigaciones militares del más alto secreto, al suroeste de Chicago. Había pasado cerca de ahí en coche docenas de veces—. Pero, señorita Christophe...
    —Inspectora Christophe...
    —Inspectora Christophe, realmente no sé a qué se refiere. Nunca he estado en Daleylab y, ciertamente, no he intentado entrar ahí.
    —Oh, dulce Fátima —dijo con un gemido, juntando las manos por primera vez.

    Me llevé una sorpresa. La inspectora Christophe hubiera tenido problemas a la hora de prestar juramento, de habérselo pedido alguien: no tenía pulgares.

    Naturalmente, no era tan raro ver a gente sin pulgares. Era una sentencia típica para los ladrones reincidentes, los carteristas o, a veces, los culpables de adulterio o de homicidio causado con un vehículo. Pero me pareció de lo más extraño toparme con una inspectora del FBI sin pulgares. Me costó cierto esfuerzo quitarme de la mente la falta de pulgares de Nyla Christophe, pero las cuerdas me estaban empezando a segar la piel de los brazos.

    —Inspectora Christophe —dije, casi con indignación—, no sé de dónde ha sacado esa idea pero, sencillamente, es ridícula. No he estado en las cercanías de Daleylab desde hace un mes, o incluso más tiempo.

    Ella miró a los dos forzudos y luego me miró a mí.

    —No ha estado —repitió con tono pensativo.
    —No he estado allí —dije yo con firmeza.
    —No ha estado allí —repitió como un eco. Y extendió la mano.

    Uno de los forzudos puso en ella una carpeta. Lo primero que había en su interior era una foto. La examinó para asegurarse de que no estuviese al revés y luego la sostuvo ante mí para que pudiese verla claramente. Era la foto de un hombre ante la puerta de un edificio.

    El hombre era yo.

    Era yo, pero vestido con un traje que nunca había tenido, una especie de mono de una sola pieza, del tipo que Winston Churchill había hecho famoso en la Segunda Guerra Mundial. Pero, ciertamente, era yo.

    —Esta foto fue tomada —dijo Christophe con voz inexpresiva— por las cámaras de vigilancia de Daleylab anteayer por la noche. Al igual que estas otras —las fue pasando rápidamente. No todas habían sido tomadas con la misma cámara, ya que el fondo difería de la primera, pero el rostro familiar y las ropas extrañas eran siempre iguales— Y éstas —añadió, sacando de la carpeta una tarjeta alargada—, son sus huellas digitales registradas en el documento de identidad de la universidad del Noroeste. Las de abajo las encontramos en el laboratorio. Sólo había cuatro huellas debajo de las diez que figuraban en la primera línea de la tarjeta... todas las que habían podido encontrar, supuse. Pero incluso un profano era capaz de ver que los curvos y espirales del pulgar y del dedo medio de la mano derecha, así como los índices de ambas manos, se parecían mucho a las huellas usadas como referencia en la parte de arriba.
    — ¡Pero esto no es verdad! —gimoteé.
    — ¿Piensa seguir manteniendo su historia? —preguntó Christophe con incredulidad. — ¡Tengo que hacerlo! ¡No estaba allí! ¡Yo no lo hice!
    —Oh, Dominic, infiernos —suspiró—. Creía que tendría más sentido común —entrelazó sus manos sin pulgares y clavó los ojos en el suelo. No hizo ninguna señal a sus ayudantes. No hacía falta. Sabían lo que venía a continuación y, cuando avanzaron hacia mí, yo también lo supe.


    No me golpearon mucho. Imagino que conocerán las historias sobre cómo tratan a los sospechosos: atendiéndome a ellas, casi no me pusieron la mano encima Por otra parte, creo que no todo son historias, porque una vez le arreglé una hipoteca al propietario de un bar que fue luego arrestado bajo sospecha de vender bebidas alcohólicas de grado alto a una persona menor de treinta y cinco años. Después de eso ya no le hizo falta ninguna hipoteca. Lo que su viuda me contó con un hilillo de voz acerca del estado de su cuerpo cuando lo devolvieron para el entierro bastaría para revolverles el estómago.

    A mí no me pasó nada parecido.

    Me dieron una buena tanda de bofetadas. Duele, claro. Duele el doble cuando estás atado porque no puedes devolver el golpe (bueno, tampoco es que fueras a hacerlo, al menos si sabes lo que te conviene) y ni tan siquiera puedes intentar recibir algún golpe en el brazo en vez de en la cabeza. Bastante antes de que acabasen ya me zumbaban los oídos, pero todos los golpes fueron con la mano abierta, no me hicieron morados ni me desgarraron la piel y hacían una pausa más o menos cada cinco minutos para que la inspectora Christophe pudiera reanudar el interrogatorio.

    —El de las fotos es usted, ¿verdad, Dominic?
    — ¿Cómo puedo saberlo? Se... ¡aay...! se parece un poco a mí.
    — ¿Y las huellas dactilares?
    —No sé nada sobre huellas dactilares.
    —Oh, diablos, seguid, muchachos.

    Al cabo de un rato se hartaron de mi cara. O quizás se dieron cuenta de que estaba empezando a costarme oír a Christophe; fuese lo que fuese, empezaron a darme puñetazos en el estómago y golpes en la espalda. Como seguía llevando sólo el traje de baño, carecía de protección. Dolía. Pero el golpearme en la espalda debía de hacer que a ellos también les doliesen las manos, porque no lo hacían con tanto entusiasmo. Las pausas se hicieron más frecuentes.

    — ¿Quiere cambiar de opinión, Dominic?
    — ¡Maldita sea, no hay nada que cambiar!

    Y luego volvieron a concentrarse en el estómago. Eso sí dolía. Me quedé sin aliento, medio doblado y apenas era capaz de oír lo que decía la inspectora Christophe.

    Y estuve a punto de no enterarme cuando dijo:

    —Maldito chalado, ¿sigue negando que estaba en Daleylab el trece de agosto, sábado? Jadeé, sorprendido. —Espere un momento... —naturalmente, no esperaron; se limitaron a seguir intentando conectar buenos directos en mi encogido estómago—. No, por favor —supliqué, y Christophe les detuvo. Tuve que aspirar hondo un par de veces y logré hablar, finalmente—. ¿Quiere decir el sábado pasado? ¿El trece?
    —Correcto, Dominic. Cuando le cogieron en Daleylab.

    Me senté un poco más erguido. —Pero eso es imposible, inspectora Christophe —dije—, porque el sábado pasado estuve en Nueva York; había ido a pasar el fin de semana. Mi prometida estaba allí. Ella lo atestiguará. ¡De verdad, inspectora Christophe! ¡No sé quién era pero no podía ser yo!

    Bueno, no fue tan fácil. Tardaron un buen par de golpes después de eso hasta quedar convencidos... o no exactamente convencidos pero, al menos, algo confusos. Sacaron de la cama a Greta para confirmar mi historia y ella les dijo que toda la tripulación se acordaría de mí, y les hicieron ponerse a todos al teléfono. Efectivamente, se acordaban. No acompaño muy a menudo a Greta en sus viajes a Nueva York y no tenían ninguna duda sobre la fecha.

    Me desataron y me dejaron poner en pie. Uno de ellos hasta me prestó una gabardina para que me la pusiese por encima del traje de baño y pudiera irme a casa bajo la brillante luz del amanecer. Pero no estaban de muy buen humor. La inspectora Christophe no volvió a hablarme y se limitó a inclinar la cabeza sobre la carpeta, mordiéndose con furia los labios. Uno de los que me golpearon fue quien me indicó que podía irme.

    —Pero no muy lejos, DeSota. Nada de viajes a Nueva York, ¿entiende? Limítese a quedarse allí donde podamos encontrarle cuando queramos. —Pero si he probado que era inocente.
    —DeSota —gruñó—, no ha probado nada. Tenemos todas las pruebas que necesitamos. Fotos de vigilancia, huellas dactilares. Podríamos meterle a la sombra cien años con sólo eso.
    —Excepto por el hecho de que yo no estuve ahí —dije, y no añadí nada más porque Nyla Christophe había alzado los ojos de su carpeta y me contemplaba fijamente.

    Hubiera sido un mero acto de decencia por su parte llevarme a casa, pero no me pareció que valiese la pena quedarme por ahí a pedírselo. Encontré un taxista que me llevó y se esperó mientras yo entraba en casa a coger mi cartera para pagarle. Doce dólares. La paga de un día. Pero nunca he pagado con más alegría una factura.


    El jefe de inspectores William Brzolyak, después de entrar en su propia comisaría local con una automática del 45 en la mano, explicó que había matado a tiros a su mujer y a sus cinco hijos porque le vigilaban a sus espaldas. «Tendrían que haberme dejado en paz», declaró a los reporteros.

    Los bañistas de las playas del South Side se quejaron de la presencia de bolas de una materia grasienta de un color marrón oscuro que flotaban en las aguas del lago y que, aparte de hacer desagradable la natación, constituían un posible riesgo para la salud.

    La tormenta de verano que dejó caer unos quince centímetros de lluvia sobre los suburbios de Nueva York durante un período de cuatro horas fue descrita por los portavoces de la Oficina Meteorológica de los EE. UU. como «una rareza meteorológica». No estaba asociada a ningún sistema frontal o área de baja presión identificados. Sólo en los condados de Queens y Richmond, se estimaron daños materiales por varios millones de dólares.


    18 de agosto de 1983
    11.15 A.M. Nicky DeSota


    Un día después, el asunto ya no parecía tan grave.

    —Fue sólo una confusión de identidad —le aseguré a Greta cuando llamó para despedirse, ya que se iba otra vez de viaje a Nueva York.
    — ¿Incluso las huellas dactilares?
    —Venga, Greta... —dije mirando alternativamente a mi jefe, que me devolvió la mirada con expresión meditabunda, y al reloj que tenía detrás, el cual me decía que sólo me quedaban dos horas antes de comparecer ante el tribunal encargado de los juicios por circulación—. ¡Tú sabes dónde estuve esa noche!
    —Claro que lo sé —dijo suspirando, con un tono de voz como si ya no estuviese muy segura. Supuse que ésos eran los efectos del interrogatorio del FBI. La oí bostezar—. Por el amor de Dios —dijo disculpándose—, espero que no me encuentre así durante el viaje. Ha habido tanto ruido esta noche...
    — ¿Qué ruido? —no me había enterado de nada, pero la verdad es que eso suele ocurrir cuando estoy dormido.
    —Esa especie de rugido, ¿no lo oíste? ¿Algo parecido a un trueno? Aunque no hubo ningún trueno... Perdona —añadió, y pude oír que decía algo, tapando con la mano el auricular. Luego siguió hablando—. Lo siento, cariño, pero están empezando a embarcar. Tengo que marcharme. Te veré dentro de un par de días...
    —Te quiero —dije, pero estaba hablando con un teléfono colgado. Lo que es más, el señor Ruppert avanzaba hacia mí, así que me apresuré a continuar, dirigiéndome al silencioso auricular—: ¡Ojalá tuviese una docena más de clientes como usted! Cuídese, y ya le volveré a llamar cuando tenga las cuotas.

    Colgué y me quedé mirándole con cara de estúpido, para inclinarme de nuevo a toda prisa sobre los papeles que cubrían mi escritorio. Siempre guardo un montón de papeles listos para los días del despacho. Sin embargo esta vez se trataba de auténtico trabajo, cuotas que debía preparar para clientes de seis municipios distintos. Dado que cada municipio tenía sus propios códigos de incendio y seguridad (y, por lo tanto, sus propias pólizas de seguro) y dado que, después de todo, cada cliente difería en lo tocante a sus capacidades de crédito y de pago, tuve que estar dos horas largas dándole a la calculadora. Había esperado comer bien de camino a Barrington, pero tuve que conformarme con un perrito caliente y una cerveza en un restaurante situado junto a la autopista. Llegué dos minutos antes de las 13.30, lo cual significaba que llegaba tarde. Pero no demasiado. El juez ni siquiera había aparecido y, probablemente, no lo haría hasta como mínimo un cuarto de hora después... ésas eran las ventajas de ser juez. Pero todos los demás llevaban allí el tiempo suficiente como para haber entregado su multa, haber hecho su alegato y haber conseguido un número. Conseguí el mío. Para esa sesión habían convocado a cuarenta y dos personas. Yo era el número cuarenta y dos. Tomé asiento en la parte de atrás, intentando hacer cálculos. Número cuarenta y dos... Digamos, siendo muy optimista, un promedio de minuto y medio por caso. Eso significaba que el juez llegaría al mío al cabo de una hora y algo más. De todos modos, me dije para tranquilizarme, no estaba tan mal el asunto, dado que tenía un maletín lleno de informes de crédito por comprobar. Podía seguir sentado ahí, en la última fila, y adelantar un poco mi trabajo.

    Abrí el maletín, saqué la primera media docena de carpetas y eché un vistazo a los alrededores, moderadamente satisfecho con mi suerte. Para alguien que no hubiese estado nunca antes en un tribunal de tráfico, era interesante. El atril del juez parecía de juguete y estaba flanqueado por dos banderas. La de la izquierda era el viejo estandarte de las barras y las estrellas, con las cuarenta y ocho estrellas brillando sobre fondo azul; a la derecha, la bandera blanca de Illinois. Entre las dos...

    Entre las dos había un letrero en la pared. Decía:

    PROHIBIDO FUMAR
    PROHIBIDO COMER
    PROHIBIDO BEBER
    PROHIBIDO LEER
    PROHIBIDO ESCRIBIR
    PROHIBIDO DORMIR


    O sea que la tarde no iba a ser tan productiva como había creído.

    Hice la prueba de abrir el maletín encima de mi regazo, pero la prueba dio negativo. Un tipo ya mayor y entrado en carnes, con el uniforme del Departamento de Policía de Barrington, se acercó por el pasillo para ver qué hacía. Parecía no haber regla alguna en contra de tener materiales de lectura o de escritura encima del regazo; no me dijo que los guardara. Pero era fácil ver que estaba esperando a saltarme encima... el más pequeño garabato, la más mínima palabra leída con el rabillo del ojo y ¡pum!

    Le dirigí una sonrisa conciliadora y me volví hacia el ciudadano que estaba sentado dos asientos más allá.

    —Hace calor, ¿verdad? —le pregunté—. Podrían poner en marcha los ventiladores...
    —Los ventiladores no funcionan —eso fue todo lo que dijo. No había ninguna regla que prohibiese hablar, pero no parecía dispuesto a correr riesgos.

    Una voz, detrás de mí, me lo explicó:

    —Funcionan, pero las facturas de electricidad del tribunal están subiendo demasiado... —Me di la vuelta y vi a un joven vestido con elegancia que me sonreía; llevaba chaqueta y pantalones blancos y, junto a él, en un asiento vacío, había un sombrero blanco de panamá. Un vestuario de lo más deslumbrante, pensé—. Pero cuesta seguir despierto, ¿no? —añadió—. Especialmente con ese ruido que no deja dormir por las noches.

    Otra vez lo del ruido. Volví a decir que yo no había oído nada y tanto él como el otro ocupante de mi fila se mostraron dispuestos a darme más detalles. Como si viniera del cielo, ¿sabe? No, no es como un aeroplano... con un aeroplano se pueden oír los motores; esto no era un motor, parecía más un rugido... aunque, sí, puestos a pensarlo, parecía venir de cerca del aeropuerto. ¿Midway? No, Midway no... ese pequeño campo privado de aviación que hay hacia el noroeste, Oíd Orchard, así lo llaman, aunque algunos deseaban cambiar el nombre por el de O'Hare. Y, ¡amigo!, ese ruido era realmente algo extraño. En eso todos estaban de acuerdo (todos excepto yo, que no tenía gran cosa que aportar al asunto salvo mis oídos) y probablemente podríamos haber seguido hablando media hora más sobre el tema si el ujier no hubiese exclamado en voz alta:

    —Su Señoría Timothy P. Magrahan. ¡Pónganse todos en pie!

    Y todos nos pusimos en pie. Su Señoría entró en la sala del tribunal, sudando bajo sus negras ropas judiciales de un dólar noventa y ocho, contemplándonos como un actor que cuenta, sin demasiado placer, lo escaso de su auditorio. Cuando se nos permitió sentarnos de nuevo, lanzó un suspiro y nos soltó un breve discurso:

    —Damas y caballeros, la mayor parte de ustedes se encuentran hoy aquí por haber sido acusados de cometer faltas de circulación. Bueno, no sé qué tal se sentirán ustedes, pero, en mi opinión, esto es algo que hay que tomar en serio. Una falta de circulación no es una cosa sin importancia de la que no deba uno preocuparse. Ni mucho menos... Una infracción del código es una agresión contra el propio hecho de conducir. Y esa agresión es una falta contra la buena gente que nos permite conducir... nuestros amigos de Oriente Medio, incluyendo al propio Mekhtab ibn Bawzi. Una falta contra nuestros amigos de Oriente Medio es una falta contra los principios de tolerancia religiosa y amistad democrática entre los pueblos...

    No me sorprendí demasiado cuando mi atildado vecino me comentó en un susurro al oído que el juez Magrahan se presentaba en noviembre a la reelección. Cuando el juez llegó al punto en que nos hablaba de la ofensa contra el Corán entendida como una ofensa a la religión en general, incluyendo nuestras propias particularidades judeo-cristianas, empecé a darme cuenta de que aquella multa de tráfico podía ser algo serio. Mi única esperanza de salir bien librado hubiera sido que el oficial que me había denunciado no se hubiese presentado ante el tribunal. Y no era así. Había un banquillo en un lado de la sala y entre los cinco o seis hombres sentados en él (un par con uniforme de la policía del estado, los demás procedentes de varios municipios) se encontraba mi buen amigo de Meacham Road. También él sabía que yo estaba allí. No me sonrió ni me hizo ningún gesto, pero de vez en cuando sentía sus ojos clavados en mí.

    En el primer caso compareció ante el tribunal una mujer joven de aspecto asustado, con un bebé en un cochecito: más de cien kilómetros por hora en una zona con límite máximo en los noventa. Multa de veinticinco dólares y seis meses de suspensión del permiso de conducir. El segundo caso fue peor: conducción bajo la influencia del alcohol, tercera falta, junto con imprudencia temeraria y hacer caso omiso de las señales que indicaban la obligación de parar. Era un hombre que no tendría más de veinte años y no logró abandonar la sala por sus propios medios. Uno de los oficiales se lo llevó esposado para que esperase la sentencia y, al irse, pude ver cómo se contemplaba meditabundo los pulgares, como si no esperase conservarlos durante mucho tiempo.

    Me erguí en mi asiento y dejé el maletín en el suelo. La mayor parte de los presentes en la sala estaban haciendo lo mismo. Parecía que el juez Magrahan ya había decidido su estrategia política: perder votos entre la gente a la que había sentenciado le costaría menos de lo que iba a ganar construyéndose una reputación como intrépido en pro de la seguridad viaria.

    Pensé que también debía considerarse el hecho de que la mayor parte de los que esperaban ser juzgados procedían, como yo, de otros municipios y, por lo tanto, carecían de interés para el recuento de votos del juez.

    Así que permanecí sentado durante media hora, viendo cómo el juez impartía justicia a sus súbditos, uno por uno. Decidí que éste no era mi mes. La inspectora

    Nyla Christophe ya había sido bastante mala pero, al menos, había sido capaz de quitármela de encima. Con este juez no tenía ni la menor esperanza. Vi cómo mi conocido del traje blanco vagabundeaba por la sala del tribunal como un amigo de la familia en una fiesta campestre, deteniéndose para hablar con uno y otro de vez en cuando. Empecé a fijarme más en él cuando se agachó para decirle algo al oído del policía que me había multado. Cuando el policía me miró, meneando la cabeza, me senté aún más recto. Cuando unos dos minutos después los dos salieron juntos de la sala, aún hablando, estuve a punto de ponerme en pie para seguirles; pero el ujier que tan concienzudamente me había estado vigilando mientras abrí el maletín estaba al extremo de mi fila, observándome con aire dubitativo. Me quedé sentado, aunque sólo durante un rato. Cuando, unos minutos más tarde, la curiosidad venció a la cautela ya era demasiado tarde.

    — ¿El lavabo de caballeros? —le musité al ujier; y él hizo un gesto de asentimiento. Me dirigí hacia donde había señalado; ni el policía ni el hombre de blanco estaban a la vista.

    Y cuando, media hora después, el secretario del tribunal pronunció al fin mi nombre, el juez conferenció en voz baja con otro ujier y luego me miró frunciendo el ceño.

    —Señor DeSota —dijo—, el oficial que le multó ha sido convocado para cumplir una tarea policial urgente y no puede testificar en su contra. Por lo tanto, y cumpliendo la ley, no tengo más opción que dejar los cargos sin efecto. Es usted un hombre libre, señor DeSota, y me permito añadir que un hombre muy afortunado.

    Estuve totalmente de acuerdo.

    Estaba tan contento por haberme librado del embrollo, que no me enteré de que el zumbador estaba sonando hasta cuando ya me hallaba a medio camino de casa. Me detuve en una gasolinera y mientras mi depósito se llenaba de gasolina super llamé al centro de mensajes. Esta vez habían hecho la conexión con toda exactitud y la telefonista tenía anotadas todas y cada una de las palabras del mensaje. Por lo tanto, en esta ocasión fue el mensaje en sí lo que me dejó totalmente atónito. Pronunciado sílaba a sílaba, con mucho cuidado, decía:

    —No necesita saber mi nombre, ni tampoco la razón de que me importe lo que le suceda, ni cómo sé quién es usted ni nada por el estilo. Pero si quiere que le ayuden con la dama sin pulgares, tómese un bocadillo de atún y lechuga en la cafetería Carson, en Pirie, Scott, esta tarde a las seis.
    — ¿Eso es todo? —pregunté.
    —Sí, señor —dijo la telefonista, toda mieles y competencia profesional—. ¿Quiere que le repita el mensaje? ¿No? ¡Entonces permítame que le diga, señor, que mensajes como el suyo son, de vez en cuando, los que hacen de este trabajo algo divertido e interesante! Gracias, señor DeSota, muchas gracias.
    —No hay de qué —dije, y me quedé mirando por el parabrisas hasta que el mozo del surtidor llamó con los nudillos en el cristal—. Lo siento —dije, y busqué en mis bolsillos el dinero necesario para pagarle... ¡sesenta y nueve centavos el galón! Si le hubiese echado una mirada a los precios jamás me hubiera parado ahí.

    Pero no tenía espacio suficiente en mi mente para pensar en ello; estaba demasiado ocupado pensando en el mensaje. Y en el asunto de la confusión de identidad con el FBI. Y en todas las demás cosas raras que estaban empezando a invadir mi vida y el mundo. En circunstancias normales no hubiera hecho caso del mensaje. Era exactamente el tipo de asunto de aspecto turbio del que cualquier persona medianamente inteligente se hubiera mantenido alejada. El tiempo que invirtiese yendo allí sería, como mínimo, tiempo perdido para el negocio principal de mi vida: a saber, hacer hipotecas para gente que necesitaba comprar casas. El jefe no estaría nada complacido. Y todo el asunto tenía mal aspecto. Si iba, podía muy fácilmente meterme en líos de los que luego sería incapaz de salir.

    Naturalmente, fui.

    Una vez, Greta y yo leímos una novela en la que uno de los personajes decía algo así como: «Ella entró en los grandes almacenes, uno de esos sitios donde las mujeres entran con gran alegría pero al que muy pocos hombres están dispuestos a seguirlas.» Greta dijo que eso le parecía un poco insultante para las mujeres.

    —A las mujeres no les gusta comprar —dijo—. Ocurre, sencillamente, que deben hacerlo. Ellas son las que compran la comida, las cosas del hogar y todo lo que hace falta comprar cuando se tiene una familia.
    —No compran los coches —señalé yo.
    —No, por descontado. Naturalmente, no compran nada que exija un gran desembolso de capital —concedió ella—. Pero ese tipo de cosas se compran una vez cada bastantes años. Y casi cada día hay todo tipo de artículos de consumo que deben comprarse. Si una mujer pasa gran parte de su tiempo haciéndolo es porque se trata de su trabajo, igual que comparar precios y valores. Así es como conserva el poder adquisitivo familiar. El que le guste o no carece de importancia, dado que debe hacerlo de todos modos.
    —Cierto, cariño —dije yo, sonriendo.

    Esa sonrisa no le gustó nada.

    —No, Nick, ¡hablo en serio! No deberías decir que a las mujeres les gusta comprar. Deberías limitarte a decir que es su trabajo.
    —Vamos, Greta —dije intentando ser razonable—, piénsalo un poco más, ¿quieres? ¿Cómo puedes decir que es insultante para alguien decir que le gusta su trabajo? A mí también me gusta el mío.
    —No es lo mismo —dijo, pero ya no con tono de enfado, y luego cambió de tema.

    Era muy buena para eso. Greta no era ninguna sufragista. Me había dicho un centenar de veces que si tuviese derecho de voto no sabría qué hacer con él. Pero lo que sucedía con Greta es que tenía un buen trabajo de azafata, y eso la hacía un poco... bueno, no quiero decir que la masculinizase, ni nada parecido. Tampoco es que la hiciese exactamente independiente. Y, naturalmente, todo era hablar por hablar; si alguna vez yo sacaba el tema ya sabía lo que diría, y cuando ya estuviéramos casados se habrían acabado esas ideas raras.

    Aunque de vez en cuando me preocupaba un poquito.

    Pero en esos momentos mis preocupaciones eran mucho más inmediatas. Lo que me hizo pensar en todo eso fue que, al examinar los alrededores de la cafetería Carson, tuve la sensación de que aquel párrafo de la novela había dado exactamente en el blanco. Habría unos cien clientes esparcidos por el gran local (plantas colgando por todos lados y muebles verdosos de estilo porche campesino), y noventa y cinco de ellos eran mujeres. No había ningún hombre solo, ni ninguna pareja de hombres. Puede que de vez en cuando hubiese una pareja, con el hombre tirando a mayor y siempre con esa mirada de perro apaleado de Oh Dios-mío-me-he-metido-en-el-lavabo-de-señoras.

    Supongo que por eso creí que mi Comunicante Misterioso sería una mujer. Eso muestra lo dignas de confianza que son mis deducciones. Después de veinte minutos y cuando la camarera, ya algo entrada en años, había acudido por tercera vez a preguntar si había decidido qué pedir, le dije que sí. Después de otros veinte minutos llegó mi bocadillo de atún y ensalada.

    Y veinte minutos más tarde (cuando ya me había comido la mitad del bocadillo, intentando dejar la otra mitad en mi plato como señal para que me reconociesen), sentí que alguien pasaba rápidamente detrás mío. Cuando alcé la vista ya había un hombre sentado al otro extremo de la mesa.

    Le conocía. No llevaba el traje blanco, pero tampoco habían pasado tantas horas.

    —Bien, hola —dije yo—. Debí adivinar que sería usted.

    La camarera andaba por ahí cerca; él la miró y luego frunció el ceño exageradamente, mirándome.

    —Vaya, hola —dijo, con el tono propio de dos viejos conocidos de negocios que se encuentran por casualidad, sin la menor sorpresa. Pero si conocía mi nombre no lo utilizó. Todo se redujo a «Cuánto tiempo sin vernos» y «Entonces, ¿cómo estás?» y tonterías por el estilo a las que no esperaba realmente que yo contestase. Cuando la camarera hubo anotado su pedido y estuvo lejos, me dijo, en el mismo tono de charla—: No le han seguido hasta aquí. No hay nadie en el restaurante que le vigile. Podemos hablar.

    La cantidad de misterio que estoy dispuesto a tolerar tiene un límite. Cogí la otra mitad de mi bocadillo y le examiné mientras lo mordía. Era joven, tendría dos o tres años menos que yo. Un rostro de aspecto franco, con pecas, y el pelo color arena... El chico de la puerta de al lado, el que sabes perfectamente que nunca hará nada turbio o ilegal. Sólo que ahí estaba, actuando como si estuviésemos fuera de la ley.

    — ¿De qué vamos a hablar? —pregunté, con la boca llena de atún y pan de trigo crujiente—. Y, de paso, ¿con quién estoy hablando?

    Hizo un gesto de impaciencia.

    —Llámeme Jimmy. Los nombres no importan. Lo que importa es, ¿qué intentaba hacer en Daleylab?
    —Ah, Jimmy —dije con tristeza, y dejé en el plato los restos de mi bocadillo—. Esto es una estupidez —dije—. Vuelva y cuéntele a la inspectora Christophe que el truco no ha funcionado.

    Me contempló en silencio durante un rato, con el ceño fruncido, mientras la camarera dejaba en la mesa su bocadillo de queso y jamón.

    —No es ningún truco —dijo luego.
    —Es solamente un truco, Jimmy. Nunca he estado en las cercanías de Daleylab y será mejor que usted y la inspectora Christophe se enteren.
    —Deje de tomarme el pelo —dijo—. Tienen su foto.
    —Es falsa.
    — ¿Y las huellas digitales? ¿Falsas también?
    —Todo lo que tengan para demostrar que intenté entrar en Daleylab el sábado pasado por la noche es falso —dije con firmeza—, porque no estuve allí. Masticó su bocadillo de jamón y queso, estudiándome con cara de sospecha. Yo lo estudié a mi vez. No sólo era más joven que yo, también era más alto y mucho mejor parecido. Y estaba pero que mucho mejor vestido que yo. El traje blanco que había llevado esa tarde era deslumbrante. Este no lo era, pero el corte era magnífico y el tejido, inglés auténtico... como mínimo setenta y cinco dólares. Y los zapatos, que hacían juego, estaba bien seguro de que no habían salido precisamente de ningún Thom McAn. —Nyla cree que los testigos de su coartada mienten —dijo de pronto.

    Recogí los restos de mi bocadillo y volví a dejarlos en el plato.

    — ¿Cómo sabe lo que piensa Nyla Christophe si no es usted del FBI?
    —Somos amigos —me explicó—. Tengo muchos amigos en la policía... no sólo en el FBI. Tendría que haberse dado cuenta.
    —Sé lo que hizo —dije yo—. Pero no sé por qué razón.
    — ¿Por qué no iba a hacerle un favor si me apetece? —me preguntó—. Volvamos a sus testigos. ¿Mienten?
    — ¡No! Y, si lo hicieran, ¿acaso iba a decírselo? Pero no están mintiendo.

    Masticó el resto de su bocadillo en silencio, con los ojos clavados en mí como si algún cambio de mi expresión pudiese resolverle el problema. Dejé que se estuviese callado. Yo acabé mi bocadillo, me bebí el café que me quedaba y le hice una señal a la camarera para que lo volviese a llenar. El señaló su vaso con el dedo indicando lo mismo y, cuando la camarera desapareció, me dijo:

    —La verdad es que no creo que mientan. —Me alegra oírlo.
    —Oh, Dominic, no me venga con esas pamplinas. ¿Sabe que está metido en problemas hasta el cuello?

    No lo sabía.

    — ¡La inspectora Christophe me dijo que podía irme a casa! —protesté.
    — ¿Por qué no iba a decírselo? No podría salir de la ciudad sí lo intentase. No ha terminado con usted.
    — ¿Por qué no, maldita sea?
    —Porque —me explicó—, las fotos y las huellas dactilares no mienten.
    — ¡Pero yo no estuve ahí!
    —Juraría que lo dice de veras —contestó lentamente—. Y creo que sus testigos también son sinceros, y eso es difícil de tragar. Creo que incluso podrían pasar la prueba de un detector de mentiras.
    — ¿Por qué no? No estamos mintiendo.
    — ¡Oh, Dominic, infiernos! —explotó—. ¿No sabe que necesita ayuda?
    — ¿Va a ayudarme? —le pregunté.
    — ¿Yo? No —dijo—. Pero sé de alguien que podría hacerlo. Pague la cuenta, Dominic, y vamos a dar una vuelta.


    En esta época de agosto el sol no se pone hasta las ocho, o más tarde, pero ya había oscurecido del todo cuando llegamos a nuestro destino. Al salir de los suburbios de Chicago en dirección al sur, el tráfico era bastante escaso. Pasamos junto a kilómetros de trigales y docenas de pueblecitos y cada vez que le preguntaba al tal Jimmy adónde íbamos se limitaba a menear la cabeza.

    —Cuanto menos sepa —dijo—, en menos problemas podrá meter a nadie. —Entonces, ¿cuándo vamos a llegar? No soy ningún pájaro nocturno, Jimmy, tengo un trabajo y esperan que me presente en él por la mañana...
    —Lo que tiene —dijo con tono paciente, al detenerse delante de un semáforo—, es un problema con el FBI. Y si no lo pone en claro, ningún otro problema va a tener la menor importancia.
    —Sí, Jimmy, claro, pero...
    —Pero nada, y deje de refunfuñar —me ordenó—. Ya casi estamos, es justo en las afueras de este pueblo. «Este pueblo», según el cartel que había en la carretera, se llamaba Dixon, Illinois, población 2.250, donde los del Rotary y el Lyons Club se reúnen cada jueves y viernes en el Holiday Inn. Nos desviamos de la calle principal para entrar en una plaza con un cañón de 75 milímetros de la Segunda Guerra Mundial sobre una franja de césped, seguimos unas cuantas manzanas y luego Jimmy hizo girar el coche con un agudo chirriar de neumáticos para meterlo por un sendero privado.

    No me explicó a quién pertenecía el sendero privado. No había ningún lindo cartelito que dijese «Bien venido a los Acres Bien Escondidos», ningún nombre, nada que lo identificase y, ciertamente, nada que nos hiciera sentirnos bien venidos. Más bien al contrario... Lo que distinguía a aquel sendero de todos los demás era la reja que nos obligó a detenernos en la curva siguiente. Había una pequeña garita de vigilancia junto a la reja y de ella surgió, algo encorvado, un centinela enorme que, a diferencia de la garita, no era de madera.

    —Documentos —ordenó. Jimmy le pasó algo. No sé de qué se trataba, pero le dejó satisfecho. Bueno, casi. Lo examinó durante un tiempo, lamiéndose los labios. Luego descolgó un teléfono y discutió con alguien al otro extremo de la línea. Finalmente alzó la rechinante barrera y nos indicó con una seña que pasáramos.

    Medio kilómetro después, más o menos, el sendero se bifurcaba para rodear una extensión de césped con una fuente. Dimos la vuelta y nos detuvimos delante de un porche de enormes columnas blancas. Ya lo había visto antes... creo que en Lo que el viento se llevó. Y los criados procedían de la misma película. Un joven negro de expresión alegre avanzó hacia nosotros por un lado meneando la cabeza para coger el coche de Jimmy y llevarlo a un invisible aparcamiento que había detrás de un bosquecillo de manzanos en flor. Una negra gorda de mediana edad surgió desde otro lado para dejarnos entrar en la mansión. No saludó a Jimmy por su nombre y no me hizo el menor caso. Tampoco hizo preguntas ni nos dio ninguna respuesta. La lista de cosas que no hizo, de hecho, era muy larga. Lo que sí hizo fue lo siguiente: nos condujo en silencio a través de un enorme vestíbulo de tres pisos con una escalera en forma de espiral, recubierta de alfombra, que llegaba hasta la entrada; luego por un pasillo; después por una especie de pequeño saloncito con una chimenea y sillones y un diván de cómodo aspecto, todos vacíos; y nos hizo franquear una puerta de vidrio para, finalmente, dejarnos en un lugar que parecía la combinación de un gimnasio y un invernadero. Fuera ya hacía bastante calor, pero en el interior hacía el doble. El lugar estaba lleno de plantas tropicales que llegaban hasta el techo de cristal, con lianas que se aferraban a los árboles y una especie de olor general a jungla, plantas podridas y tierra húmeda.

    En medio de todo eso había una piscina, larga y estrecha. En la piscina, un hombre de edad avanzada. Y en el hombre, nada de ropa. Estaba muy flaco, pero eso no parecía preocuparle. Parecía estar nadando un largo tras otro. Llegó a nuestro extremo de la piscina con abundantes chapoteos, lanzó un jadeante «Noventa y ocho», siguió nadando con una torpe especie de crawl australiano hasta el otro extremo («Noventa y nueve») y volvió hacia nosotros a toda velocidad, atravesando grácilmente el agua con los brazos por delante de su gorro de baño blanco y alzando remolinos de espuma detrás de él al vigoroso ritmo de sus patadas.

    —Cien —dijo respirando hondamente, y se agarró al borde de la piscina. Otro joven negro, éste más bien de aspecto grave, le alargó una toalla con la que se frotó el rostro para mirarme luego sonriente—. Buenas noches, caballeros —añadió.

    Yo emití un ruido que no era un «Buenas noches» pero que, al menos, era cortés. Jimmy estuvo mejor. Se acuclilló junto a la piscina, agarró una de las húmedas y resbaladizas manos del viejo nadador y se la estrechó con entusiasmo.

    —Ron —dijo de todo corazón (al menos, sonaba como si lo dijese de todo corazón) —, no puedo decirte lo agradecido que estoy de que hayas querido vernos esta noche.
    —No te preocupes —dijo cortésmente aquel hombre—. Después de todo, Larry, dijiste que éste era un caso muy importante de peligro para las libertades civiles.
    —Sí, creo que lo es —dijo «Jimmy» con tono decidido, cuidándose muy mucho de mirarme para ver si me había enterado de su nuevo nombre—. Se trata de Dominic, aquí presente. Tiene un problema fuera de lo común con el FBI. Ellos dicen que le detectaron intentando entrar en una instalación secreta de investigación del gobierno. Tienen fotos y huellas dactilares para probarlo. Pero él tiene testigos a toda prueba que demuestran que en esos momentos se hallaba a más de mil kilómetros de ese lugar.

    Ron había salido de la piscina y se estaba secando vigorosamente con la toalla. Debía de tener unos setenta años, pero cuando me fijé en lo sólido de su torso y en la total ausencia de grasa superflua alrededor de su cintura, mi único deseo fue que yo pudiese vivir hasta llegar a sus setenta años. No sólo tenía buen aspecto, sino que, además, me resultaba familiar. Acabó de secarse, dejó la toalla sobre las baldosas y permitió que el negro le pusiese un albornoz de sarga blanca.

    —Larry, ya no hago películas de detectives —dijo, sonriendo, y me di cuenta de por qué me resultaba familiar. Era actor. O, al menos, lo había sido. De cine... Nunca había llegado a ser una gran estrella, pero era uno de esos rostros que ves una y otra vez hasta que tu subconsciente lo recuerda aunque el resto de tu mente lo olvide. Hasta que hubo alguna especie de escándalo... ¿Escándalo? Un jaleo de algún tipo. No podía acordarme de los detalles, pero le habían despedido. No sólo del trabajo de actor, sino de la industria del cine en general. Quizás había sido algo político. Fuese lo que fuera, había ocurrido mucho tiempo antes. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando yo estaba empezando a prepararme para nacer, y ahora el viejo Ron tenía como mínimo setenta años, puede que algo más. Un anciano de lo más apuesto, aun sin contar la esbelta cintura y la anchura de sus hombros, con una sonrisa muy atractiva y un mechón de cabellos blancos que le caía constantemente sobre los ojos.

    Ese era su aspecto. El viejo Ron no se quedó junto a la piscina. Nos guió hasta la habitación de los sillones y el diván. En los cinco minutos que habían pasado desde que la cruzamos, alguien había encendido el fuego en la chimenea y había colocado botellas y vasos en una alacena. Un tercer joven negro, quizás el mismo que había encendido el fuego y preparado las bebidas, apareció para atender nuestras peticiones mientras Ron se instalaba en el sillón más cercano a la chimenea, alzando los pies desnudos para que se calentasen, confortablemente apoyados en un puf. ¿Se acuerdan aún de que era agosto? Podía entender que tuviese sus deditos algo fríos, pero estaba igualmente seguro de que debía de existir algún medio de calentarse mejor que caldear todo aquel maldito cuarto.

    Cuando todos tuvimos en las manos nuestras bebidas, él levantó su vaso en un brindis, engulló con viveza la mitad del contenido y luego volvió a obsequiarnos con su atractiva sonrisa.

    —Bien, Larry —dijo—, ¿qué especie desgraciada de incompetente sin remedio me has traído esta vez?


    La centralita de la WGN fue repentinamente inundada de llamadas a mitad de un partido de los Cubs. Cada llamada era una queja y todas las quejas eran la misma. La emisión había sido tapada en el momento culminante de la tercera manga por alguien que estaba describiendo un partido de rugby. No se trataba tanto de verdaderas quejas como de preguntas llenas de curiosidad: ¿quién había oído hablar jamás de rugby profesional en agosto?


    19 de agosto de 1983
    9.15 P.M. Larry Douglas


    Mi tipo de trabajo requiere tener los ojos siempre bien abiertos. Miren, yo no recibo el cheque de la paga cada semana. Hay muchas semanas en que sólo tengo un cero enorme y redondo, y algunas en las que acabo con saldo negativo. Así que cuando tengo una oportunidad he de ganarme un dólar, sea como sea.

    Cuando Nyla me habló del pobre desgraciado que habían pillado la noche antes, del mismo modo que Nyla me había contado montones de veces cosas útiles, decidí que más me valdría verle de cerca. Había husmeado una posibilidad, aunque aún no estaba muy seguro de qué se trataba.

    Siempre hay un modo de comprobar las oportunidades si uno es capaz de buscarlo, y ésta era fácil. No fue ningún problema dejarme caer en su sesión del tribunal... y tampoco fue nada del otro mundo conseguir que el viejo agente Pupp retirase los cargos.

    —Si tú dices que está en regla, Larry...
    —Lo digo.
    —Entonces le diré al ujier que tengo que volver al trabajo. Pero dile a tu amigo que la próxima vez ande con más cuidado. —Se lo diré —le prometí, y le pasé un billete de veinte al darnos la mano.

    Para mí eso es un gasto normal del negocio. En mi tipo de trabajo siempre es bueno mantener la amistad con los polis. Puede que eso no les impida buscarte las cosquillas de vez en cuando, pero al menos es probable que no lleguen al tercer grado.

    Como solía decir mi mamá, probablemente he salido al abuelo Joe. Antes de llegar aquí y cambiarse de nombre, fue ladrón de bancos. Usaba pistola, naturalmente. Yo no la he utilizado jamás, pero la verdad es que, con gente tan confiada como para comprar en cualquier esquina anillos de diamante garantizados sin tacha, o invertir en valores petrolíferos de doble rentabilidad asegurada en el mostrador de un bar, no me hace mucha falta. A menos que uno de ellos logre ponerme la mano encima... Y mientras siga en tan estrechas relaciones con Nyla Christophe, no es muy probable que ocurra eso sin que yo tenga al menos un aviso cierto tiempo antes. Por lo tanto, la mantengo contenta de todas las maneras que puedo y, a decir verdad, en algunas de ellas soy condenadamente bueno.

    También mantengo contentos a los árabes, aunque no exactamente del mismo modo. Hay que poner el límite en algún sitio, así que con ellos no hago negocios. Ya no... Bueno, la otra mitad del asunto es que, realmente, les gustan los chicos bastante más jóvenes de lo que yo soy ahora.

    A veces pienso que me hubiera gustado más ser honrado, pero vivo en el mundo que me ha caído en suerte.

    Así que cuando vi en qué andaba metido aquel primo tuve la inspiración de meter en el asunto a Ron. También le he mantenido contento a él... como una especie de inversión, suponiendo que tarde o temprano encontraría una forma de rentabilizarla. Cuando insultó al primo, a DeSota, supe que estaba en lo cierto. Entiéndanme, la verdad es que Ronnie es un bastardo de la peor especie, pero si sabes cómo manejarle conseguirás que haga casi cualquier cosa. Y yo sé cómo manejarle.

    —Ron... —dije, con tono serio y lleno de gravedad, con aire de no querer ocultar nada—, tienes razón. Tendría que haberlo visto yo mismo.

    Me guiñó el ojo por encima de su vaso de escocés, frunciendo humorísticamente una ceja con su gesto habitual.

    — ¿En qué tengo razón, Larry? —me preguntó.

    Realmente, era un guiño soberbio. Se lo habían enseñado en los estudios de la MGM en los viejos tiempos, antes de que se metiera en sindicatos y cosas parecidas. Aunque la verdad es que más valía no confiar demasiado en el guiño o la sonrisa, porque podían desaparecer tan de prisa como los escotillones que ocultaban los cañones del almirante Nelson, y entonces... bum, muerto.

    —Tienes razón —contesté—, en que Nicky DeSota, aquí presente, es un panoli que se ha metido en líos con el FBI y yo no tenía ningún derecho a traerle aquí y pedirte que le sacaras de esos líos.

    Naturalmente, a DeSota casi le llegó el mentón al suelo. Pero el único mentón que importaba aquí era el de Ron, y lo único que hizo fue avanzar hacia adelante. Los ojos se entrecerraron. Todo su rostro cobró el aspecto acerado del alguacil a cuyos oídos acaba de llegar la noticia de que, después de todo, el forajido no se ha ido de la ciudad.

    —Pienso —dijo con firmeza—, que deberías contarme de qué va y dejarme tomar mis propias decisiones.
    —Ron, no quiero causarte problemas.
    —Larry, los problemas son algo a lo que estoy acostumbrado —me contestó con tono cortante, y casi me pareció verle examinando su reflejo en una de las vidrieras de la puerta.

    ¿Qué otra cosa podía hacer? Exactamente lo que deseaba, por supuesto.

    —Tienes razón, Ron —dije, y empecé a ponerle al corriente. Tardé un poco de tiempo. Ron no es lo que uno llamaría rápido de reflejos. Y DeSota tampoco lo era. Por el rabillo del ojo le vi con los ojos clavados en el suelo y cara de mal humor, pero no alzó la mirada ni dijo una sola palabra.

    Y la verdad es que no tenía motivo de queja en cuanto a cómo narré su historia. Expliqué que era claramente un caso de confusión de identidad, aunque a juzgar por las apariencias la persona que había sido detectada en Daleylab era el gemelo de Dominic. Luego hice una pausa mientras Ron pedía con una seña otra ronda de bebidas y permanecía inmóvil unos momentos, digiriendo todo el relato.

    —Ese otro tipo tenía su mismo aspecto, ¿no? —preguntó Ron, dispuesto a dejarlo todo bien claro.
    —Aja, igualito.
    — ¿Y tenía las mismas huellas dactilares?
    —Eso es, Ron.
    —Pero no era él —concluyó Ron.

    Asentí con la cabeza.

    —Entonces —dijo Ron, recapitulando brillantemente todo el asunto—, tal y como yo lo veo es un caso claro de confusión de identidad.

    Le obsequié con un pequeño meneo admirativo de la cabeza y, con una mirada, intenté decirle a Dominic que me imitase. Pero Dominic no estaba dispuesto a colaborar. Siguió callado y me lanzó una mirada que era puro hielo. Dominic DeSota no estaba nada complacido conmigo, pero eso era porque no entendía el modo de llevarse bien con el viejo Ronnie.

    Ronnie se puso en pie.

    —Larry —dijo—, tú y Nicky os quedaréis a cenar, naturalmente. —Naturalmente. ¡Ya eran las diez de la noche pasadas! Sólo una ex estrella de cine mantendría horarios semejantes—. Quedaos aquí bien cómodos mientras me pongo algo encima, ¿vale? Si os gusta la música, decidle a Hiram que ponga el estéreo.

    Y con esas palabras nos dejó para ir a arreglarse, lo cual no creo fuese fácil.

    — ¿Qué diablos está tratando de hacer? —preguntó DeSota apenas el viejo estuvo lo bastante lejos como para no oírnos.

    Intenté calmarle.

    —Vamos, vamos, tranquilo. ¿No ha visto lo que estaba haciendo?
    — ¡Espero no haberlo visto!
    —Estaba poniéndole de su lado, eso es todo —le expliqué—. Mire, Ron es un liberal hasta la médula. Su compromiso es inquebrantable. Le pusieron hace años en las listas negras de Hollywood por actividades sindicales y...

    Me detuve porque el joven negro había vuelto a entrar en la habitación.

    —Un poco de música, con los cumplidos del amo, caballeros —musitó, y desapareció nuevamente. Una música de melenudos emergió suavemente de unos altavoces ocultos. Me alegré de ello; hacía menos probable que nadie pudiese escuchar lo que estábamos diciendo.
    —De cualquier modo —concluí—, tuvo suerte. Invirtió sus ganancias de las películas en propiedades inmobiliarias de Illinois, y acabó siendo muy rico.

    Dominic seguía frunciendo el ceño.

    — ¿Liberal, ha dicho?
    —Sí, Nicky, pero en su caso no es nada malo porque es rico. A nadie le importa que un hombre rico sea algo rosado... saben que no hará nada para cambiar el estado de las cosas.
    —Entonces, ¿para qué hemos venido? —me preguntó.
    —Porque si Ron se interesa por usted, puede ayudarle mucho. ¿Tiene alguna otra oferta?

    Se encogió de hombros de mala gana.

    Dejé las cosas en ese punto. No le había dicho que la otra razón de que a nadie le importase que las opiniones políticas de Ron fuesen algo izquierdistas era que a nadie le importaba un rosado que sólo hablaba y no actuaba. Y eso era lo que hacía Ron.

    Pero aún no estaba preparado para que Dominic DeSota lo descubriese.


    —Esta es mi querida esposa, Janie —dijo Ron galantemente.
    —Encantada —dijo ella, una vez DeSota y yo le hubimos dicho que nos alegrábamos muchísimo de conocerla. Después de eso, nos condujeron hasta el comedor, que no era sólo grande. Una habitación en la que puedan sentarse unas veinte personas es grande. Aquélla podría haber servido como salón de convenciones para el Gran Ejército de la República. Era enorme. Y a nuestro alrededor sonaba la música. — ¿Le gusta el sonido? —le dije a Dominic, al otro lado de la mesa. Giraba la cabeza a un lado y a otro, como suele hacer la gente que no había oído el estéreo con anterioridad—. Es un sistema nuevo —le expliqué—. ¡Escúchelo! ¿Ha notado cómo el violín suena como si estuviese a un lado y la orquesta al otro? Ron hace ya un año que lo tiene.
    —Antes de poco tiempo estará en el mercado a disposición de todo el mundo —dijo Ron con tono modesto—. El único problema es que aún no hacen muchos discos en estéreo... y la mayoría pertenecen más al tipo de música de Janie que al mío —dirigió una sonrisa de esposo modelo hacia el lejano extremo de la mesa en el que estaba sentada su mujer, y ella le indicó a otro de los jóvenes negros que empezase a servir la ensalada antes de recoger la pelota de la conversación.
    —Sospecho que al señor DeSota le gusta el mismo tipo de música que a mí —dijo ella amablemente—. ¿No es cierto, señor DeSota? Obviamente, está gozando con el concierto para violín de Beethoven.

    Pero Dominic no estaba dispuesto a seguir el juego.

    — ¿Así que es ése? —preguntó—. La verdad, estaba pensando que es la misma pieza que tarareaba la inspectora Christophe cuando me interrogó.

    A Ron se le cayó el tenedor de la ensalada.

    — ¡Nyla Christophe! ¡No dijiste que Nyla Christophe andaba metida en esto, Larry!
    —Supongo que tendría que haberlo dicho —respondí, todo arrepentimiento y sinceridad—. ¿Supone eso alguna diferencia?
    — ¡Alguna diferencia! Jesús... quise decir, caray, Larry, ¡claro que supone alguna diferencia!
    —Ya no puede hacerte ningún daño —dijo su esposa desde el otro extremo de la mesa. — ¡No es eso lo que me preocupa ahora! ¡A mí sí me gustaría hacérselo a ella! Nyla Christophe —dijo, volviéndose hacia Dominic—, es una de las peores agentes del FBI. ¿Se fijó en que no tiene pulgares?
    —Puede apostar a que sí —dijo Dominic—. Me pregunté cómo...
    —Yo se lo diré —contestó Ron—. ¡Robando en los almacenes! ¡Y luego la droga! Tuvo tres condenas antes de cumplir los veintiún años... y como a la tercera te cortan los pulgares, ella perdió los suyos. ¡Hasta entonces había sido estudiante de música, pero esa hierba asesina la atrapó entre sus garras y tuvo que robar para costearse el hábito!
    — ¿Y entró en el FBI? —inquirió Dominic con los ojos desorbitados, ya fuese por el asombro o por la indignación.
    —Le dio por la religión —rugió Ron—. Fue a la oficina de su localidad cuando aún no le habían quitado los vendajes de los dedos. Dijo que había vuelto a nacer y que deseaba entregar a la justicia a cada uno de los camellos y traficantes de marihuana que conocía en todo Chicago... ¡y, créame, conocía a un montón! La tuvieron muy ocupada testificando durante un año y luego el viejo Federman consiguió que le diesen una licencia especial para infiltrarse, cobrando, entre unos organizadores sindicales de Dallas. ¡Gracias a ella lograron quince condenas, y ahí empezó la carrera de Nyla!
    —En cierto modo, Ron —dije yo en tono conciliador—, es bastante impresionante que una persona como ella llegue a inspectora.
    — ¿Porque se trata de una delincuente? ¡Caray, Larry! ¿De dónde piensas que sacan a la mayor parte de sus reclutas?
    —No, me refiero a que es una mujer —dije. —Ya —murmuró Ron—. Bueno... —en ese punto estaba maniatado porque yo sabía que Janie estaba totalmente a favor de los «derechos femeninos», cualquiera que fuese el significado que le daba a ello—. Bueno —dijo—, el caso es que ella, sea lo que sea, ahora es parte integrante de ese grupo reaccionario que dirige el FBI. ¡Los mismos que me condenaron hace años! Los que son uña y carne con los árabes, con toda esa pandilla de fundamentalistas del Congreso que...

    Entonces Dominic le interrumpió. Habría sido capaz de darle un puñetazo por hacerlo, porque Ron estaba llegando a ciertas cosas que yo tenía muchas ganas de oírle decir, pero Dominic no podía esperar.

    — ¡Exactamente lo que yo digo! —gritó—. ¡Desde que los árabes y la Mayoría Moral se han unido, han estado haciendo retroceder el reloj! ¿Sabe que en la piscina de mi barrio permiten que haga incursiones la policía del estado? ¡Cualquier hombre que sea encontrado sin la pieza superior de su traje de baño puede ser multado con cinco dólares!

    Ron lanzó una mirada llena de humor a su esposa.

    —Tendría que habernos visto hace unos años en Hollywood, ¿eh, Janie? Los hombres y las mujeres a veces sin la pieza superior... y a veces sin otras piezas.
    —Venga, Ron —dijo ella, sonrojándose—. Intentemos concentrarnos en el problema del señor DeSota.
    —Gracias —dije yo con gratitud, volviéndome luego hacia Ron y planteándole mi pregunta—. ¿Qué piensas, Ron? Ya sé que éste es un asunto serio, incluso un asunto de principios. No quiero que corras ningún riesgo...

    Ron tenía un aspecto muy noble.

    —Es un asunto serio —declamó—, y un asunto de principios. Te ayudaré, Dominic. — ¿Lo hará? —gritó DeSota.
    —Por supuesto —dijo Ron, con aire bonachón—. En primer lugar, le escribiré una carta al New York Times. Luego, veamos... ¿tú qué piensas, Janie? ¿Intentamos montar una manifestación? ¿Hacemos que alguno de tus amigos se pasee delante de los cuarteles generales del FBI en Chicago?
    —Si tú quieres, Ron... —dijo ella—, aunque algunos de ellos están ahora en libertad bajo fianza. No sé si querrán ir a la cárcel.

    Dominic puso cara de duda.

    —No estoy muy seguro de querer que nadie vaya a la cárcel por mí —dijo.
    —Hum —reflexionó Ron—. Entonces, ¿qué tal esto? ¿Por qué no hacemos una petición de firmas? Dominic puede llevar una silla plegable y una mesita a algún rincón del Loop y decirle a la gente que firme una demanda para que el FBI... eh... para que ellos... Exactamente, ¿qué quiere que hagan? —preguntó.
    —Bueno, no lo sé con exactitud —dijo Dominic—. Quiero decir que no me han acusado de nada.
    — ¡Pero le interrogaron! ¡Le golpearon brutalmente!
    —Sí, claro, pero tampoco puedo culparles del todo. Tenían esas fotos y las huellas dactilares.

    Para mi gusto y el de Ron aquel hombre estaba empezando a mostrarse demasiado razonable.

    —Intenta usted quitarles culpa —dijo Ron—. Eso demuestra mucha nobleza y es bueno... ¡pero no lo lleve a extremos estúpidos! Siguen siendo unos fascistas.

    Eso ya me gustaba más. Me aclaré la garganta.

    —Cuando dices «fascistas», Ron —inquirí—, quieres decir...
    —Quiero decir que el FBI se ha convertido en una copia exacta de la Gestapo o la KGB —declaró él. —Entonces, ¿estás contra ellos?

    Me contempló, arqueando una ceja. —Ah, Larry —dijo, sirviéndose un poco de cordero asado—, no sólo estoy contra ellos, sino que pienso que el deber de cada americano es oponerse a ellos.

    —Te refieres a manifestaciones y recogidas de firmas —insistí.
    —Si son suficientes, sí —dijo valerosamente—. Si no lo son, entonces con las medidas que sean necesarias. Creo que...

    Pero Janie no quería dejarle decir lo que creía.

    —Ron, cariño —le riñó cariñosamente—, no estás dejando que Seth sirva las patatas. ¿Por qué no coges algunas y dejas que siga sirviendo?
    —Claro, amor mío —dijo Ron, y luego hubo un cambio de tema. No importaba. Ya tenía bastante. Mientras comíamos el segundo plato descubrí que ya eran más de las once y empecé a encargarme de que DeSota entendiese que era hora de volver.
    —Oh, no, Ron, postre no. No, gracias, ni tan siquiera café. Dominic tiene que trabajar por la mañana, ya sabes. Sí, la cena fue magnífica, ¡muchas gracias! Y gracias por tu ayuda, Ron... si pudieras hacer que sacaran mi coche...
    — ¿No se dejan nada? —preguntó Janie, siempre tan hospitalaria, buscando con los ojos algún sombrero o maletín.

    Hice un gesto negativo con la cabeza.

    —Tengo todo lo que necesito —dije para tranquilizarla, y era la pura y simple verdad.


    Dejé a DeSota en la estación del interurbano. Empezó a protestar, dado que por la noche pasaba uno cada hora, más o menos, pero, como le hice ver, no podía esperar, con lo tarde que se estaba haciendo, que me pasase la noche entera salvando su estúpido trasero. Eran ya casi las dos cuando llegué a mi casa, en Lake Shore Drive. Dejé el coche en el garaje subterráneo, le enseñé brevemente mi pase al guardia y entré en el ascensor. Estaba pensando en Ron. ¡Pobre tipo! Sencillamente, había perdido el tren de las corrientes políticas actuales del país. Tenía ciertas locas y sentimentales ideas acerca de Franklin D. Roosevelt o alguien parecido, no lo sé... fuera como fuese, sencillamente no entendía lo que estaba sucediendo.

    Lo que siempre intento tener en mente es que yo mismo hubiese podido acabar siendo un poco rosado, si el abuelito hubiese conservado sus principios cuando llegó aquí. En Rusia había sido ladrón de bancos y revolucionario. Cuando las cosas se pusieron demasiado calientes allí para él, se vino a Ellis Island, viviendo aún del botín de los asaltos bancarios pero abandonando detrás de él todas las ideas revolucionarias. Así es cómo empezaron J. Douglas e Hijos; y de J. Douglas e Hijos es de donde salió el dinero que me llevó hasta Yale. Pero supongamos que el abuelito hubiese tenido que dejar sus rublos y salir a toda prisa del país con un montón de ideas políticas a medio cocer, como su compinche, Lenin... ¿Qué hubiera sido de mí, sin esos magníficos cursos de ciencias políticas en Yale para mantenerme en el camino recto?

    Me dirigí al gran estudio del piso catorce sin entretenerme ni un segundo. No había ninguna luz, pero las persianas del gran ventanal estaban subidas y entraba la iluminación suficiente de la calle para poder desnudarme y meterme en la cama sin problemas. Rodeé con el brazo a mi chica, cerrando una mano sobre uno de sus pechos y le susurré al oído: — ¿Nyla, cariño? Despertó en seguida, como hace siempre. Ni siquiera tenía voz de sueño cuando me preguntó:

    — ¿Qué tal ha ido?
    —Eso —dije, poniendo la otra mano junto a la primera— podrás juzgarlo tú misma cuando oigas lo que tengo en mi grabadora.

    Se volvió hacia mí, acariciándome el cuello.

    — ¿Me lo dejarás oír?
    —Pues claro que sí, encanto, naturalmente —dije—. Pero antes hay otro asunto del que me gustaría encargarme, si no te importa hacer antes un viajecito rápido al cuarto de baño...

    Tenía entre mis brazos su cuerpo absolutamente relajado.

    —No es necesario —dijo—. Después de todo, sabía que ibas a venir, así que me he ocupado de ello antes... Y ya veo que tú también estás listo...

    Y bien que lo estaba. Si no lo había estado cuando me deslicé entre las sábanas, ahora desde luego que lo estaba. La carencia de pulgares nunca había disminuido la eficacia de Nyla Christophe, ni en la cama ni en ningún otro sitio.


    En el oeste de Iowa pasaron momentos muy malos. Los granjeros, que habían sufrido todo tipo de adversidades, acostumbrados a la sequía, la inundación y el continuo reajuste legislativo de las subvenciones a sus productos, se despertaron para encontrarse con un nuevo desastre. Desde Muscatine hasta la periferia de Quad Cities, cubriendo un área de más de treinta kilómetros, el cielo se oscureció con una nube de aspecto aceitoso y color verde grisáceo. Cuando la nube bajó sobre los campos, tapó tres cuartos de millón de acres de soja, trigo de primera y mung1 con una alfombra de langostas. ¡Langostas! ¡Nadie había visto antes en Iowa un enjambre de langostas! Y cuando alzaron de nuevo el vuelo, detrás de ellas sólo quedaron rastrojos calcinados.


    21 de agosto de 1983
    4.50 P.M. Nicky DeSota


    Si eres agente hipotecario no tienes domingos. El domingo es el día en que tus clientes no trabajan, así que si quieres ganarte el pan pillando a la señora de la casa en sus horas libres, puedes apostar al domingo. Hacía un día estupendo, con nubéculas que parecían de algodón surcando el cielo por encima de los árboles de la Reserva Forestal Mekhtab ibn Bawzi, y la piscina centelleaba bajo el sol cuando pasé junto a ella. Ese día no habría piscina para mí. Ni iglesia. Ni escapada para ver el partido de los Cubs. No habría nada de nada, salvo calcular pagos y porcentajes, y detectar posibles trampas ocultas en la transferencia de algún título Torrens; ni tan siquiera pude echarle un vistazo al periódico del domingo hasta las cinco de la tarde y eso fue en el interurbano, camino de la ciudad. Cogí el de las 4.38 en Elk Grove, saqué el periódico cuando el tren empezó a moverse y dediqué diez minutos a las noticias realmente importantes... ya saben, las de la sección deportiva, sobre los Cubs y el Sox y sobre la situación de los Brooklyn Dodgers en la clasificación. Con sólo un par de partidos por jugar, los Cubs llevaban una ventaja de diez puntos y medio. No se trataba de una situación imposible, no... Pero la verdad es que no había demasiadas razones para dedicar mucho tiempo a la clasificación, así que no tardé demasiado en pasar a la sección de noticias.

    Naturalmente, no había olvidado el loco viaje a Dixon. Supongo que hasta entonces no me había preocupado realmente mi posición. Asustado un poquito, sí. Es imposible no estar asustado cuando el FBI te echa la mano encima. Pero no estaba preocupado, porque al fin y al cabo yo sabía que no había estado ahí y tenía un montón de testigos para probarlo.

    Así que, en realidad, era la rimbombante promesa de ayuda de Ron lo que me provocaba cierta preocupación. Estaba todo el rato esperando a que sonase el teléfono y que... no sé, que algún reportero radiofónico de la Cadena Azul de la NBC, o quien fuese, me preguntara cuáles eran mis impresiones sobre la manifestación de ese día en Chicago.

    Bueno, nadie me había llamado por teléfono. Tampoco hubo ninguna manifestación o, al menos, ninguna que figurase destacada en las dos primeras páginas del Tribune. La noticia más importante era sobre la vuelta del presidente Daley a Chicago para inaugurar las obras de su biblioteca... eso era la gran sensación del Tribune. (Un diminuto recuadro al pie de una página informaba sobre la reanudación de los combates entre Lituania y Rusia, con los rusos acusando de la agresión a la Sociedad de Naciones.)

    También había una historia sobre un rugido espantosamente fuerte y ruidos que parecían gritos en el cielo, sobre Oíd Orchard Field (la fuerza aérea negaba conocer sus posibles causas) y, entre una cosa y otra, casi estábamos ya en el Loop cuando llegué a la página 7, cuyo titular rezaba así:

    ANTIGUA ESTRELLA DE CINE
    ARRESTADA
    SE LE ACUSA DE DIFAMAR AL FBI
    Y A LOS EE.UU.


    Así que el viejo Ron estaba en chirona.

    No sólo estaba en chirona sino que, cuando leí con más atención el artículo, las cosas que, según las acusaciones, había dicho (los del FBI eran «fascistas»; era un deber ciudadano «oponerse» a ellos) eran las mismas que había dicho cuando yo estaba sentado ahí.

    Sólo habíamos estado cuatro personas en aquella mesa. No me imaginaba a Ron autodelatándose, y tampoco a su esposa; y sabía que yo no había sido.

    Así que el dedo acusador pertenecía a mi compañero misterioso, Larry Douglas.

    Me había llevado hasta allí deliberadamente... no, todo había empezado antes. Me había buscado y había logrado que estuviese en deuda con él. Entonces me había llevado allí con el propósito específico de meter al viejo Ron Reagan en apuros. ¿Por qué? No podía ni imaginarlo. Y no me importaba. Sólo estaba seguro de que Larry Douglas era un portador de problemas.

    Empecé a preocuparme realmente acerca de eso pero, para entonces, ya era un poco demasiado tarde.

    El Twentieth Century Limited debía llegar exactamente a las seis de la tarde. Había calculado las cosas para estar ahí con el adelanto suficiente, pero estuve a punto de llegar tarde porque, cuando iba por Randolph, oí detrás de mí unas sirenas pertenecientes a seis coches que me adelantaron y se detuvieron bloqueando la calle justo delante de mi automóvil. Sentí de pronto el corazón en la boca.

    No iban a por mí. No iban detrás de nadie. Estaban sencillamente cumpliendo con su deber hacia los ricos y famosos, escoltando a un cochazo tan largo como un campo de fútbol, con los tapacubos de plata. Árabe, por supuesto, un Gran Árabe. Por un instante pensé que podía ser el viejo Mekhtab ibn Bawzi en persona, aunque ya casi nunca aparecía en público. No era él, sino su primogénito, Faisal ibn Mekhtab. No era difícil reconocer a Faisal, dado que jamás se le veía en público sin aquel rubí, grande como un huevo, que llevaba colgado del cuello, y los seis guardaespaldas de nariz granítica que nunca le quitaban los ojos de encima. Ni siquiera los policías de la ciudad podían rebasar a los guardaespaldas y acercarse a Faisal. Lo único que los policías estaban haciendo allí era contener a los civiles como nosotros que, con los ojos como platos, contemplábamos a Faisal, en atuendo de gala, avanzar con pasos delicados sobre una alfombra roja para entrar en el enorme supermercado nuevo de la A & P. Lo estaba inaugurando oficialmente. Eso parecía lógico; después de todo, la cadena era de su propiedad. Los reporteros de la radio, apartando respetuosamente los ojos, pusieron un micrófono frente a sus augustos labios; un pelotón de músicos salidos de un camión se puso a tocar un pupurrí de canciones alegres y, con unas tijeras de oro, Faisal cortó la cinta escarlata que cerraba el umbral.

    El espectáculo no carecía de interés, pero Faisal tardó sus buenos veinte minutos en meterse nuevamente, siempre con sus delicados pasitos, dentro de su Cadillac. Sólo entonces, el cortejo se evaporó tan rápidamente como se había formado. Logré encontrar un sitio para aparcar y entré en la estación cuando faltarían cinco minutos para la hora, con la cabeza llena de árabes ricos, malvadas mujeres del FBI y Larrys Douglases traicioneros, sin apenas espacio mental para la dama de mis amores, Greta. No siempre la recibía en la estación a su vuelta del viaje a Nueva York, pero lo intentaba cuando me era posible. Especialmente los domingos como hoy, cuando hacía buen tiempo y quizás pudiésemos dar un paseo los dos juntos por la costa del lago o ir al zoo. Naturalmente, las azafatas trabajan para ganarse la vida y, si se había pasado la noche de pie aguantando a pasajeros gruñones o niños mareados por culpa del tren, entonces nos limitaríamos a coger el interurbano y yo la acompañaría hasta su casa...

    ¡Cuan pacíficos me parecían aquellos días ya desaparecidos! Había tenido todo aquello que deseaba y no me había dado cuenta.

    En la gran sala de la estación, los operadores estaban muy atareados poniendo en el panel las horas de llegada y salida de los trenes. Es algo emocionante estar en la estación Unión, porque desde ahí se puede ir a casi cualquier parte del mundo... al menos, a cualquier lugar del país. Hay trenes que llegan de Los Angeles, Salt Lake City, Nueva Orleans y Washington D.C., y hay salidas para Boston, Minneapolis, Detroit y Houston. Había mozos sonrientes ataviados con gorras rojas que llevaban en sus carritos montones de equipaje, y pasajeros presurosos que trotaban a su lado con aire preocupado, parejas en luna de miel despidiéndose de sus familiares con un beso y gente de vacaciones que se arrastraba sobre el suelo de terrazo con maletas llenas de conchas arenosas, sombreros de paja y trajes de baño aún mojados. Aparte de un viaje que otro con Greta y alguno de negocios a Pittsburgh o Milwaukee, no viajaba con demasiada frecuencia. Quizás por eso la estación me parecía siempre tan exótica. Y tan... no sé... ¿competente? Puedes poner en hora el reloj con los trenes; salen justo cuando la minutera cambia de lugar con un chasquido y llegan justo cuando la minutera avanza de un salto hasta el punto exacto.

    Por esa razón me quedé asombrado al ver que en el tablero de horarios un operador estaba poniendo la palabra retrasado junto a TWENTIETH CENTURY LIMITED.

    Me dirigí apresuradamente hacia la habitación del personal para ver si podía enterarme del motivo, medio con la esperanza de que el operador hubiese cometido un error y Greta me estuviera esperando ahí. No estaba. Y nadie parecía saber la razón. Me encontré a una azafata que acababa de salir de los vestidores. Había trabajado con Greta una o dos veces pero se pasó al prestigioso Supercbief de Los Angeles en cuanto logró acumular la suficiente antigüedad. Me lanzó una mirada de asombro.

    — ¿Que el Twentieth Century lleva retraso? No, Nicky, eso no puede ser; nunca llega tarde.

    Se marchó a llamar por teléfono y volvió con cara preocupada.

    —Qué raro... —dijo—. Lo han detenido en las vías. Han puesto un nuevo maquinista.
    —Eso suena feo —dije yo, con la garganta repentinamente seca... ¿había ido algo mal? ¿Un accidente? Un maquinista que había sufrido un ataque al corazón, se había vuelto loco o... No había límite alguno a las catástrofes que mi mente era capaz de inventar.

    Pero no inventé la correcta.

    Estuve allí sentado veinte minutos, esperando que ocurriese algo, y cuando finalmente ocurrió no fue nada bueno. Sucedió por etapas. La primera fue un empleado de la compañía que entró a toda prisa, con cara de susto.

    —No te lo vas a creer —le dijo a un compañero al entrar—. Han parado el tren en las vías. Han sacado a las azafatas, al conductor, a los porteros, a los otros dos que iban conmigo, al maquinista, al bombero... la única razón de que no se me llevasen también a mí, supongo, es que estoy cubriendo una baja y que no se trata de mi turno de costumbre. ¡Un trabajo limpio! Han dicho algo sobre una conspiración...

    La segunda fue cuando me hube recuperado lo suficiente para oír que alguien preguntaba quiénes eran «ellos...» y oí la respuesta, para ese momento ya esperada: «el FBI».

    Y la tercera fue cuando me disponía a salir y dos hombres jóvenes e impecablemente vestidos aparecieron a mi lado, y me agarraron eficientemente de los brazos.

    Me hicieron entrar por una puerta en la cual había un cartel que decía Sólo Uso Oficial. Junto a ella estaba Nyla Christophe, con las manos a la espalda y aparentemente satisfecha. Tenía todas las razones del mundo para estarlo.

    Estúpido de mí...

    No había conseguido ver lo sencillo que era el problema desde el punto de vista de la inspectora Nyla Christophe. ¿Testigos que me proporcionaban una coartada molesta? Ningún problema. Sólo había que arrestarlos. Un testigo en una celda del FBI, a todos los efectos prácticos, deja de existir como tal. De ese modo podría fabricar un caso sencillo y precioso sobre la base de las fotos y las huellas dactilares y no tendría ninguna necesidad de preocuparse por unos detalles imposibles de entender. Ningún problema, ni el más mínimo... para Nyla Christophe.

    Mas para mí... ¡oh, sí! ¡Montones de problemas! Y el peor de ellos estaba apenas empezando.


    El piloto de un vuelo de primera clase de la Transcontinental and Western Airline que se acercaba a Chicago procedente del sur anunció su llegada al aeropuerto de Megs. La ciudad estaba cubierta de nubes pero eso no le preocupaba Chicago no tenía aquellos edificios de cien pisos típicos de Nueva York; era algo relacionado con el hecho de que el subsuelo de la ciudad era aluvial y no rocoso, por lo que no era nada fácil construir rascacielos. Eso facilitaba las cosas a los pilotos de los grandes aparatos trimotores... pero esta vez, cuando miró hacia adelante, vio de pronto que tenía enfrente una torre colosal allí donde no debía haber nada. Viró desesperadamente para esquivarla. Cuando miró hacia atrás la torre se había esfumado y los treinta y ocho pasajeros bien provistos de riqueza y afán de aventuras que tenía detrás y que habían preferido siete horas de avión a quince de tren estaban maldiciendo a todos sus antepasados.


    21 de agosto de 1983
    7.20 P.M. Senador Dominic DeSota


    Me había adormilado en el sofá esperando que Nyla llegase del aeropuerto. Supongo que cuando llegó por fin al hotel prefirió dejarme dormir. Podía haberlo imaginado. Siempre le había gustado practicar un poco al llegar, a veces antes incluso de abrir las maletas o de ir al cuarto de baño.

    — ¿Cómo se llega al Carnegie Hall? —solía preguntar, para responder ella misma—. ¡Practicando, practicando, practicando! Y, querido Dom, si me salto los ejercicios una temporada luego es mucho más difícil.

    O sea que lo que me despertó fue el ruido del Guarnerius en la habitación de al lado... una de las chaconas de Bach sin acompañamiento. La reconocí fácilmente. Puede que un año antes no la hubiese reconocido, ya que la música clásica es una de las muchas cosas para las que no queda tiempo cuando se sigue una carrera política, pero mantener relaciones amorosas con Nyla Bowquist había sido educativo en muchos aspectos. Y ése era solamente uno de ellos.

    Me levanté y fui al dormitorio. Ahí estaba, delante de la chimenea, dándome la espalda, serruchando el viejo contrabajo con el movimiento acompasado de su cuerpo. Me acerqué por detrás de ella y pasé la mano por debajo del brazo para acariciarle el pecho. No echó a perder ni una nota.

    —Concédeme dos minutos más, encanto —dijo con los ojos cerrados, el arco del contrabajo moviéndose sobre las cuerdas.
    — ¿Y qué se supone que debo hacer durante esos dos minutos? —le pregunté.

    Su respuesta me pareció como una canción, confundida con los compases de la música:

    —Pide un poco de champán...

    »... ve preparando la cama...
    »... o, sencillamente, desnúdate.

    Le di un beso en la nuca.

    —Probaré el número tres —dije. En realidad, no empecé a desnudarme. Una de las cosas que me había enseñado Nyla es que era más divertido desnudarnos juntos. Volví a la salita... no, supongo que merecería un nombre más digno, quizás el salón. Sabía que no serían dos minutos. Más bien un cuarto de hora... Cuando Nyla anda en una gira de recitales siempre tiene miedo de olvidar algo importante (el fraseo de un pasaje, o el mejor modo de enfatizar un acorde de tres o cuatro notas). Por lo tanto, cuando practica lo hace de lleno, y eso lleva tiempo. Volví a sentarme y cogí el teléfono.

    Mientras marcaba el número de mi oficina examiné la habitación. Me alegraba no tener que incluir la factura del hotel en mi nota de gastos. Los recaudadores de impuestos jamás se lo habrían tragado. Tampoco lo habría hecho el IRSi si cualquier ser humano normal hubiese intentado proclamar que una suite de cuatro habitaciones era un gasto de negocios necesario. Pero ésa es una de las buenas cosas que acarrea el ser violinista de concierto. Nyla dice siempre que necesita mucho espacio para practicar antes de los conciertos. La verdad es que eso es bastante cierto. Como parte de la estrategia habitual, los inspectores del IRS nunca han llegado a hacerle esa pregunta ya que las suites del hotel las reserva y las paga siempre la dirección de la sala de conciertos donde actúa; la factura ni tan siquiera llega a aparecer en sus declaraciones de ingresos y gastos.

    Cuando me contestaron de la oficina, pregunté por Jock McClenny. Reconoció mi voz, naturalmente, así que me limité a decir:

    —Jock, estoy donde siempre. ¿Algo urgente?
    —Nada de nada, senador. Ya le daré un toque si aparece algún problema.
    —Estupendo —dije, disponiéndome a colgar. Sabía que de ser necesario me llamaría y sabía igualmente que el riesgo de que ocurriese algo lo bastante importante como para que Jock me llamase al hotel de Nyla era mínimo. Pero le oí carraspear de un modo que me hizo detener—. ¿Qué pasa, Jock? —le pregunté.
    —Bueno, senador, es que he recibido una llamada del Pentágono. Algo raro. Una llamada rutinaria de Sandia, para asegurarse de que estaba usted ahí mismo.

    Sandia era una instalación de investigaciones en Nuevo México. Me erguí un poco en el sofá.

    —Bueno, pues no estoy ahí.
    —Exactamente, senador —dijo él y casi pude verle asintiendo con firmeza, complacido por haberse anotado un tanto. Y complacido, igualmente, por el hecho de que los militares hubiesen vuelto a cagarla, dado que a Jack le encantaba pillar al Pentágono metiendo la pata.


    i IRS: Siglas correspondientes a Internal Revenue Services, el equivalente estadounidense de nuestro Ministerio de Hacienda. (N del T)
    ii Doble, en alemán. (N delT)


    iii Ceremonia con la que los judíos celebran la llegada a la mayoría de edad del varón y que significa su ingreso en la comunidad de los adultos (N del T)

    iv . El kudzu es una planta ornamental de origen japonés con raíces comestibles y un fuerte tallo fibroso, cuya propagación descontrolada ha supuesto en los últimos años un serio problema para bastantes cultivos de California y el sur de los EE.UU. (N del T )

    v Eso es lo que le dijo la heroína de «El Mago de Oz» a su gallina Dorothy al encontrarse por primera vez en la Tierra de Oz. (N del T)


    De hecho, también a mí me encantaba. Me habría gustado explorar un poco más el asunto, pero de la habitación contigua habían dejado de llegar los compases del violonchelo.

    —Sigue atento, Jock —le ordené—. Hablaré contigo después.
    —Muy bien, senador —dijo, sospeché que con un poco de envidia. No le culpaba. Nyla es una belleza espectacular, lo cual puede justificar ciertamente ya un poco de envidia, pero además se daba el caso de que Jock era un fanático de la música. Nunca se perdía una actuación de Nyla. A veces, desde el palco que ella solía reservarme, miraba hacia abajo y le veía más o menos por la fila veinte, contemplándola con aire de paciente adoración.

    Cuando abrí la puerta que daba al dormitorio me pregunté cómo la habría mirado si la hubiera sorprendido como yo en ese instante... balanceando las caderas para sacarse el vestido, desnuda de cintura para arriba, con el Guarnerius bien seguro en su estuche. Nyla me lanzó una mirada altiva.

    —Sigues con la ropa puesta —dijo con tono acusatorio.
    —Eso tiene fácil remedio —contesté, y se lo probé sin la menor dificultad.

    Si las cosas hubieran seguido su curso normal, un hombre casado como yo jamás hubiera podido mantener una relación con una mujer casada como Nyla Christophe Bowquist. Sencillamente, nuestros mundos no se cruzaban. Yo era un físico fracasado que había acabado metiéndome en la abogacía y luego en política. Nyla era algo especial. Había crecido de un modo salvaje y algo loco (ella misma lo decía) y si no hubiera sido por las audiciones para la beca de la Juilliard School, probablemente habría acabado en la cárcel o en algún sitio peor.

    En vez de eso, acabó siendo N*Y*L*A C*H*R*I*S*T*O*P*H*E B*O*W*Q*U*I*S*T con un dúplex en Lake Shore Drive (y un esposo dedicado a las inversiones inmobiliarias), en tanto que yo acabé con un apartamento en Marine... y una esposa llena de ambiciones. Si Marilyn, mi mujer, se hubiese salido con la suya, yo hubiera acabado siendo presidente. Si me salgo con la mía puede que acabe siéndolo, pero tendré una primera dama distinta. Lo gracioso es que quien nos reunió por primera vez fue Marilyn. No lo pretendía, por supuesto, pero se le ocurrió que sería estupendo para mi imagen que les dejase hacerme miembro del Consejo de las Artes de Chicagolandia. Y ahí conocí a Nyla. Estuvimos sentados el uno junto al otro en una cena para recoger fondos un viernes, aparecimos juntos en un espectáculo radiofónico un sábado y acabamos en la cama la noche del domingo. ¿Química? Esa es la palabra que suelen usar pero, sea lo que sea, con nosotros funcionó.

    Cuando hubimos terminado y descansábamos apoyados sobre un montón de almohadas, fumando el cigarrillo de después de hacer el amor, el que mejor sabe, me di cuenta de que en sus ojos había una expresión algo ausente y le pregunté:

    — ¿En qué estás pensando?
    —En nosotros —dijo.
    —Yo también —alargué la mano hacia un cenicero, sin soltar del todo su pecho izquierdo y, cuando hube terminado con mis equilibrios para ponerlo donde los dos pudiésemos usarlo, añadí—: Estaba pensando en lo distintas que podrían haber sido las cosas si nos hubiésemos conocido de otro modo. —O en otro momento —dijo ella con un gesto de asentimiento.

    Yo también asentí.

    —Como si nos hubiésemos encontrado antes de que tú te casases con Fred... o yo con Marilyn. Si nos hubiéramos conocido por casualidad, sin que ninguno de los dos estuviese casado. ¿Tú qué opinas?
    — ¿De qué, Dom? —me preguntó, apagando su cigarrillo.
    — ¿Piensas que podríamos habernos casado? —le pregunté.

    Se recostó un instante en la cama, hurgando juguetonamente con la lengua en mi oído.

    —Claro —dijo luego.

    Aunque no estaba tan «claro», la verdad. No teníamos demasiadas cosas en común, aparte de la cama. No sé gran cosa de música (no paso de conocer más que algunas canciones country) y Nyla le profesaba un decidido odio a la mayor parte de mis actividades políticas. Y, en cualquier caso, de haber sentido tan irrefrenable impulso por casarnos, había una cosa llamada tribunales de divorcio. Ninguno de los dos tenía hijos, poseíamos independencia económica de nuestros respectivos compañeros y a los votantes ya no les preocupaba tanto la historia matrimonial de un senador como en el pasado. Si volverse a casar después del divorcio te hubiese apartado de la política, la señora Reagan no estaría en la Casa Blanca.

    No, lo que nos apartaba del matrimonio era únicamente que ninguno de los dos quería arriesgarse. Por eso Nyla volvió a decir «Claro», con mucha seguridad, y luego se incorporó en la cama.

    —Tendría que empezar a pensar en vestirme. ¿Te reúnes conmigo en la ducha?—Claro —dije, y lo hice.

    «Claro» es una palabra que aparece mucho en nuestras conversaciones, para encubrir dudas sobre cosas que ninguno de los dos tiene demasiado decididas. Chapoteamos y nos enjabonamos mutuamente en la ducha, pasándolo muy bien, pero no durante mucho rato porque, cuando habíamos acabado de enjabonarnos a conciencia, el timbre del teléfono del cuarto de baño empezó a sonar melodiosamente.

    —Oh, diablos —dijo Nyla—. No, Dom, déjame cogerlo —ése era otro de nuestros «claro». Claro que dejé que lo cogiese, ya que podía tratarse muy fácilmente de alguien que no debía saber que era yo quien contestaba al teléfono: un manager, un esposo, un reportero, un fanático del violonchelo que se las hubiese arreglado para conseguir el número de la suite... incluso podía ser la esposa de su amante, aunque los dos sabíamos que, probablemente, no sería ninguna de esas personas. Y no lo era. Era quien yo pensaba que sería porque, ¿qué otra persona iba a estar en la oficina todavía una tarde de domingo? Nyla me alargó el auricular poniendo mala cara; no le gustaba demasiado Jock o, al menos, no le gustaba que estuviese enterado de lo nuestro. Había dejado el auricular lleno de jabón y el que yo tenía en las manos hizo que estuviese a punto de caérseme. Pero me las arreglé para decir:
    — ¿Sí, Jock?

    Y entonces sí que estuvo a punto de caérseme; de hecho, lo cogí por el cordón cuando ya había llegado casi al fondo de la ducha.

    —Es sobre esa llamada de Sandia —dijo—. Viene de la Gatera, senador.

    Entonces fue cuando tuve auténticos problemas con el teléfono, dado que la Gatera no es algo de lo que se suele hablar en una línea que no sea de máxima seguridad.

    — ¿Sí? —respondí secamente.
    —Han vuelto a llamar, senador. Dicen que han comprobado las huellas dactilares, la voz, la foto del carnet... y que todo encaja. Tienen a ese hombre bajo custodia y él dice que es usted. Y también ellos lo dicen, senador.


    Una mujer que había enviudado recientemente y que dormía mal en la desacostumbrada soledad de su gran cama de matrimonio oyó medio en sueños algo que parecía un grito. Cuando estuvo totalmente despierta el grito seguía ahí. Asombrada, se acercó a la ventana, pero desde allí sólo pudo ver los tranquilos prados que rodeaban su casa. Abrió la ventana (no le fue fácil, pues la gente que vive en casas de ciento cincuenta mil dólares no suele dejar entrar el aire) y los gritos se hicieron más fuertes al momento, acompañados por el olor de algo podrido. ¿Estaban violando a alguien? ¿Le estañan matando? Vero ninguna de las dos cosas le pareció concebible en la tranquila elegancia de los Jardines Cabrini.


    22 de agosto de 1983
    2.50 A.M. Senador Dominic DeSota


    No había demasiados vuelos de Washington a Albuquerque la noche del domingo y ninguno de ellos era directo. Llegué a creer que me vería obligado a llamar a los de la fuerza aérea para pedirles ayuda. Jock se las arregló finalmente para meterme en un vuelo de la TWA que salía del National a las nueve. Eran cuatro horas de viaje y dos cambios horarios y, por suerte, conseguí dormir un poquito entre Kansas City y Albuquerque. Ahí se acabaron las comodidades civiles y a partir de entonces el resto del camino fue militar. Parecía como si los del Departamento de Guerra no durmiesen jamás. Me recogieron delante de la soñolienta terminal del aeropuerto en un coche oficial y nos lanzamos a través de las autopistas y los caminos desiertos hacia la entrada de la base Sandia. Mi conductor era una PM, teniente del WAC,1 y los centinelas la saludaron nada más verla. No pidieron documentos de identidad pero cuando salimos del puesto de guardia nos siguió un furgón de la PM. Nos acompañó mientras atravesábamos la base, pasando junto a la instalación de energía solar, el área nuclear y el Edificio A-440.

    Antes había sido el Edificio A-440. Ahora lo llamábamos la Gatera. El Rey de los Gatos era un coronel del Ejército llamado Martineau. Cuando nos habíamos visto en alguna convención, habíamos simpatizado bastante el uno con el otro y me sorprendió un poco que no me hubiese llamado él personalmente. Hubiera sido razonablemente informal y espontáneo.

    Cuando salí del coche, tres PM bajaron del furgón y me siguieron. Empecé a darme cuenta de que en aquella visita no había nada de informal o espontáneo. Los PM no marcaban el paso y no dieron señales de querer rodearme, y mucho menos tocarme, pero no me quitaron los ojos de encima hasta que llegué a la puerta y crucé los salones que llevaban a la oficina del coronel Jacob Martineau.

    —Coronel —dije, con una leve inclinación de la cabeza.
    —Senador... —respondió él, devolviéndome el gesto, y añadió—: ¿Puedo ver sus documentos, por favor?

    No, aquello no tenía nada de informal. Martineau repasó mi permiso de conducir de Illinois, mi pase de senador y la tarjeta de plástico con el borde rojo que contenía mis huellas dactilares y el código magnético que el Departamento de Guerra entrega a ciertos pesados como yo, que carecen de rango militar pero a veces tienen derecho a visitar ciertas instalaciones militares secretas.

    No se limitó a leérselos de cabo a rabo. Colocó la tarjeta en una de esas pequeñas terminales de mesa que usan en los restaurantes de lujo cuando quieres cargar una factura de doscientos dólares en la cuenta de tu tarjeta American Express y, aun después de ese control, seguía sin parecer satisfecho.

    —Senador —dijo—, me gustaría que me contase dónde nos vimos por última vez. ¿Fue en el Pentágono o aquí?
    —Como usted bien sabe, Jacob —dije controlando muy bien mi tono—, no fue en ninguno de los dos sitios. Fue en Boca Ratón, en la conferencia sobre tecnología especulativa. Los dos asistíamos como observadores.

    Sonrió, ligeramente más relajado, y me devolvió mi cartera.

    —Bueno, Dom, supongo que es usted —dijo—. El otro no se acuerda de Boca Ratón.

    Me dispuse a hacer una pregunta sobre «el otro» pero el coronel se me adelantó.

    —Espere un segundo, por favor. ¡Sargento! Por favor, haga llevar al prisionero hasta la sala de conferencias. El senador y yo vamos a hablar con él.

    Esperó a que el sargento saliese de la habitación antes de continuar:

    —Dominic, tenemos problemas.
    — ¿A causa de ese tipo que dice ser yo?
    —No dice exactamente eso —respondió el coronel, frunciendo el ceño—. El problema es que no dice gran cosa. Al principio pensamos que era usted. Ahora...
    — ¿Ahora ya no?

    El coronel vaciló.

    —Ahora —dijo—, no me hace ninguna gracia decirle lo que pienso, pero creo que es el único medio de explicarlo. Senador, creo que ese otro hombre es un Gato.


    Un granjero llamado Wayne Sochsteiffer se despertó oyendo en la radio el primer noticiario de la WGN, bostezó un poco y, después de estirarse, caminó lentamente hasta la ventana preguntándose si convendría regar la soja en el campo cuarenta del norte. Cuando llegó a la ventana lanzó un grito de sorpresa. El cuarenta norte no estaba. En su lugar había una valla de alambres, un aparcamiento que parecía contener mil coches y un edificio bajo y alargado con el letrero: MOTORES NISSAN - LOS MEJORES EN CALIDAD.

    Wayne Sochsteijfer se quedó altamente sorprendido.

    Vero ese Wayne Sochsteiffer no se sorprendió tanto como un granjero llamado Wayne Sochsteiffer que se despertó del mismo modo, miró por la misma ventana y vio sencillamente lo que esperaba ver: su campo cuarenta norte, reluciendo con un color verde oliva bajo la primera luz del alba. Su granja estaba donde debía, ahí. Su sorpresa vino cuando, al volverse hacia su cama de matrimonio, vio en ella, contemplándole con expresión soñolienta desde su lado del lecho, a una esposa distinta.


    22 de agosto de 1983
    4.20 A.M. Senador Dominic DeSota


    El personal de la Gatera no parecía haberse enterado de que estábamos en plena noche. El prisionero, sin embargo, sí se había enterado, ya que había estado profundamente dormido. El sargento llamó desde la sección de confinamiento para decir que el prisionero pedía permiso para vaciar su vejiga y darse una ducha antes de acudir a la sala de conferencias.

    — ¿Por qué no? —dije cuando me lo consultó el coronel Martinau—. No me importa dar muestras de cierta consideración, especialmente a mí mismo.

    Abrió los labios y rió en silencio, con el tipo de risa que acoge una estupidez, no una broma. Dio su permiso, ordenó que nos trajesen café, tanto a nosotros como al prisionero, y luego nos quedamos sentados esperando, mirándonos el uno al otro.

    No parecía haber gran cosa que decir.

    Podríamos haber conversado sobre esa persona que parecía ser yo, pero los dos habíamos adquirido la costumbre de no hablar sobre los Gatos. De hecho, jamás usábamos el término fuera de nuestras citas de alta seguridad y, por lo que yo sabía, jamás había aparecido en letras de molde. Era el mayor de los secretos en la instalación más secreta para la investigación militar de todo el país. Era un secreto tan grande que yo no había creído que fuese verdad ni por un momento.

    No todo se escondía en Sandia. Estaba la instalación para investigaciones de energía solar, que no era nada secreta y ocupaba más de la mitad de la extensión de la base. La sección de armas nucleares tampoco era exactamente un misterio, sólo lo que ocurría en su interior. El mundo sabía que, de esa parte fluía una continua corriente de bombas inteligentes y misiles autodirigidos.

    Aparte de eso, nadie sabía nada... o se suponía que nadie sabía nada acerca de las partes de Sandia que superaban en extrañeza a todas ésas. Había una pequeña sección dedicada a modificar el clima para destruir la agricultura del enemigo y otra que exploraba las posibilidades de la guerra genética. Genética: lo que allí se cocía no eran virus o sustancias químicas para atacar a la población actual de un estado enemigo. Eran destructores del DNA, creados para hacer que los hijos del enemigo creciesen inútiles y fáciles de vencer.

    En mi propia defensa diré que aunque eso me parecía inmoral, me parecía igualmente que no iba a funcionar nunca.

    Y luego estaba la Guerra-Psi. Algo aún más dudoso y extraño; en el interior del edificio de la Guerra-Psi guardábamos a un grupito de unos dieciocho o veinte tipos raros tirando a chiflados (que iban desde los ocho a los ochenta años de edad), que se salían realmente de lo normal. Cada uno de ellos decía poseer alguna habilidad especial. Estaban los que poseían habilidades extracorporales; decían que podían abandonar sus propios cuerpos y penetrar en otros, incluso los situados a miles de kilómetros, para ver y oír con los ojos y oídos de esa otra persona. ¡Maravilloso! ¡Podían ir a cualquier base enemiga y enterarse de todos los secretos! Algunos decían que habían llegado a hacerlo, aunque aún no habíamos logrado encontrar ningún secreto que fuésemos capaces de hacer funcionar o alguna prueba de que a alguien le funcionase.

    Yo sentía mucho, mucho escepticismo hacia todo ese circo. En parte, por mero cinismo: los chiflados estaban realmente muy chiflados y además tenían el feo vicio de hacer trampas en las pruebas. Cuando se les pillaba haciendo trampas se les ponía a prueba y si reincidían, se les echaba. Más pronto o más tarde, todos acababan fuera. Pero eso no servía para desanimar a los que dirigían el proyecto Guerra-Psi, pues tan pronto decidían que uno de sus lunáticos era un fraude y le despedían, sus buscadores de talentos desenterraban a otro en algún pueblucho de Idaho o Alabama y nos lo mandaban a toda prisa para que lo pusiéramos a prueba... y así, una y otra vez.

    La otra razón de que fuese escéptico no tenía nada de cínica. Al contrario, era lo más opuesto al cinismo; mis compañeros del comité solían tacharme de idealista cuando yo hacía alguna alusión a ella.

    Realmente, yo no creía que tuviésemos ningún enemigo.

    Oh, claro, los japoneses y los alemanes. La verdad es que eran unos competidores muy duros y nuestra comunidad empresarial les odiaba tanto como el viejo Catón a Cartago. La verdad era que realmente nos las hacía pasar moradas en el comercio internacional pero, ¿acaso deseábamos entrar en guerra con ellos? Cuando digo «enemigos» me refiero a enemigos de sangre, irreconciliables, como lo fueron en el pasado Adolf Hitler o Josef Stalin. Hacía mucho que habían desaparecido...de hecho, en el cuerpo diplomático ruso había un nieto de Stalin con el que yo solía jugar al póquer cada vez que podía. Un tipo estupendo... Enemigos mortales y militares de ese tipo ya no existían, simplemente. No se trataba tanto de tolerancia o sabiduría por nuestra parte, como de pura suerte, claro... si la Guerra Fría hubiese subido algunos grados más de temperatura años atrás, las cosas podrían haberse puesto muy mal. Pero nos libramos de eso cuando los chinos y los rusos decidieron subir de grado sus disputas fronterizas y convertirlas en una confrontación nuclear a gran escala. Lo dejaron después de unas cuantas bombas, pero ninguno era ya un enemigo militar digno de tomar en serio. Su gran problema era evitar derrumbarse por completo.

    Teniendo eso en cuenta podría parecer extraño que nuestro Comité para el Análisis de la Investigación en Armamentos no hubiese intentado jamás cortarle los fondos ni tan siquiera a la Guerra-Psi. Había razones para eso y la principal es que esos proyectos eran tan baratos que su mantenimiento no tenía la menor importancia. Dado que era política nacional mantener una fuerte línea defensiva (y con Reagan en la Casa Blanca era imposible poner en duda esa política), debía existir algo como Sandia. Si la Guerra-Psi, la genética y la Gatera eran una pérdida total, como yo me inclinaba a pensar, entonces las cantidades así gastadas eran tan penosamente pequeñas que, sencillamente, no valían la molestia de inventarles un nuevo destino. La Guerra-Psi y la Gatera juntas costaban al año menos de lo que costaba el mantenimiento de un silo de misiles.

    Y si alguna de ellas acababa convirtiéndose en un sistema de armamento operativo...

    Bueno, su potencial era sencillamente enorme. En especial la Gatera. Había tomado ese nombre de algo llamado «el Gato de Schroedinger». ¿Qué era el gato de Schroedinger? Bien, digamos que, según contó el físico que compareció ante nosotros la primera vez que surgió el tema, Schroedinger era un hombre que había descubierto algo llamado mecánica cuántica. Ah, sí, y ¿qué era eso de la mecánica cuántica? Bueno, dijo el físico, básicamente era un nuevo modo de ver la física. Cuando su explicación no pareció satisfacer a ninguno de los endurecidos políticos que formábamos el Comité, lo intentó de nuevo. La mecánica cuántica, dijo, recibió ese nombre por el descubrimiento hecho por Schroedinger de que la energía, por ejemplo, no fluía en una corriente uniforme como el agua de un grifo (aunque, rectificó, hasta el agua de un grifo sólo parece uniforme e interminable, pero está compuesta en realidad por moléculas, átomos y partículas aún más pequeñas), sino en paquetes de unidades llamados cuantos. El cuanto básico de luz era el fotón. Bueno, allí empezamos a tener la impresión de que pisábamos ya terreno firme, porque hasta los senadores y los congresistas han oído hablar de los fotones. Pero en ese momento destrozó todas nuestras esperanzas volviendo al gato. ¿Qué tenía que ver el gato en todo ese asunto? Bien, dijo el físico, claramente angustiado y pendiente de nuestras caras, había una especie de experimento mental propuesto por Schroedinger. Verán, hay otra cosa que se llama el principio de la incertidumbre de Heisenberg. Y, en cuanto a eso, ¿qué era el principio de la incertidumbre de Heisenberg? Bueno, dijo removiéndose incómodo en su silla de testigo, eso era algo difícil de explicar...

    Se equivocaba en eso. No era nada fácil de explicar, sólo de entender. Según Heisenberg, era imposible conocer a la vez la posición y el movimiento de una partícula. O sabías dónde estaba o podías saber hacia dónde iba, pero las dos cosas a la vez no.

    Peor aún, había algunas preguntas a las que no sólo era imposible hallar respuesta sino a las que no había respuesta alguna, y ahí llegamos de nuevo al gato. Supongamos que se pone un gato en una caja, dijo Schroedinger. Supongamos que con el gato se introduce una partícula radiactiva que tiene exactamente una posibilidad sobre dos de fisionarse. Supongamos que con el gato y el radionúcleo se coloca una lata de gas venenoso con un mecanismo que entrará en funcionamiento si la partícula se fisiona. Luego puedes mirar a la caja desde fuera y preguntarte si el gato está vivo o muerto. Si la partícula se ha fisionado, está muerto. Si no, el gas no fue liberado y el gato está vivo.

    Pero desde fuera no hay modo de saber cuál de las dos cosas es cierta. Desde el exterior hay cinco oportunidades sobre diez de que el gato esté vivo.

    Pero un gato no puede estar vivo en cinco décimas partes.

    Por lo tanto, dijo el físico en tono triunfal, contemplándonos radiante y complacido por haber puesto las cosas en claro, lo que intentaba decir es que ambas cosas eran ciertas. El gato está vivo. El gato está muerto. Pero cada una de esas frases es verdad en un universo dado, ya que en el momento de la decisión el universo se bifurca... y desde ese instante, para siempre, habrá universos paralelos. Un universo con el gato vivo y otro con el gato muerto. Uno distinto cada vez que tiene lugar una reacción subnuclear que podría haber seguido dos cursos distintos... pues sigue los dos a la vez, y los universos se multiplican de modo interminable.

    En ese momento el senador Kennedy carraspeó.

    —Esto, doctor Fass... —dijo—, todo esto es muy interesante como ejercicio especulativo. Pero en el universo real abrimos la caja y vemos si el gato está muerto.
    — ¡No, no, senador! —exclamó el físico—. Eso es totalmente erróneo. Los dos son reales.

    Nos miramos unos a otros.

    — ¿En un sentido matemático, quiere usted decir? —aventuró Kennedy.
    —En todos los sentidos —exclamó Fass, meneando violentamente la cabeza—. Esos universos paralelos, creados por millones a cada microsegundo, son tan

    «reales» como éste, en el que me encuentro testificando ante ustedes. O, para decirlo en un contexto distinto, el universo en el que habitamos es tan «imaginario» como cualquiera de ellos.

    Y así nos quedamos, sentados allí, como tontos, dieciocho congresistas y senadores procedentes de todo el país, preguntándonos si aquel hombre intentaba tomarnos el pelo... o, de no ser así, qué podría implicar todo aquello. Un congresista de Nueva Jersey me murmuró al oído:

    —Dom, ¿ves alguna aplicación militar a todo esto?
    —Pregúntaselo, Jim —respondí con otro murmullo y, cuando el congresista así lo hizo, el físico puso cara de asombro.
    —Oh, caballeros, les pido disculpas —dijo—. Y a las señoras también —añadió con un gesto hacia la senadora Byrne—. Pensé que había quedado todo claro... Bien. Supongamos que desean lanzar una bomba H sobre alguna ciudad, o sobre una instalación militar, o donde sea, en cualquier lugar del mundo. Construyen su bomba y la llevan a uno de los universos paralelos. Vuelan hasta la latitud y longitud de Tokyo (es decir, al lugar que corresponda), la vuelven a situar en nuestro mundo y la hacen detonar. Buuum. Cualquiera que fuese el lugar, se ha esfumado. Si tienen diez mil blancos (digamos, todo el arsenal de misiles de otro país) sólo hace falta construir diez mil bombas y soltarlas todas de golpe. Nadie puede defenderse contra esas bombas. Los enemigos ni tan siquiera pueden verlas llegar. Porque en su mundo no han llegado... hasta que ya están ahí.

    Y volvió a recostarse en su asiento, muy contento de sí mismo.

    Y todos volvimos a recostarnos en nuestros asientos y nos miramos entre nosotros.

    Pero creo que ninguno de nosotros parecía especialmente complacido.

    Quizás ni tan siquiera eso habría convencido al comité, de no ser por algo muy importante que ya he mencionado: si el programa no funcionaba, como todos pensábamos que iba a suceder (y debo añadir que esa era la esperanza de la mayoría de nosotros), se perdería muy poca cosa, ya que el programa, igual que la Guerra-Psi, era muy, muy barato.


    Bien, finalmente apareció aquel tipo y debo decir que fue una de las experiencias más desagradables de mi vida. No fue dolorosa ni insoportable. Pero careció totalmente de cualquier connotación agradable.

    Como la mayoría de los hombres, detesto ir de compras, especialmente si se trata de ropa. Y una de las razones principales es que odio esos espejos triples que hay en las tiendas de ropa. Los encuentro sencillamente injustos, pues te pillan siempre por sorpresa. Te pruebas un traje; el vendedor te miente al decir que te sienta como hecho a medida; te hace caminar hasta el fondo de la tienda, donde hay tres espejos unidos entre sí, como un tríptico medieval. Te miras en todos, desprevenido, y lo primero que notas es que te estás viendo de perfil. Jamás me miro voluntariamente de perfil. Considero la idea casi obscena. No es así como Dios quiso que me viese y la prueba de ello es que cuando me veo de perfil me encuentro totalmente horrible. Ni tan siquiera reconozco a ese tipo con cara de idiota y nariz rara, por no hablar de la mandíbula prominente. Cómo ha logrado meterse en el espejo en el que debería reflejarme yo me resulta siempre un gran misterio... y, con todo, no he perdido totalmente el contacto con la realidad. Sé que esa persona, realmente, soy yo. Sencillamente, no quiero saberlo.

    Eso es lo que sucedió en la Gatera, en Sandia.

    Cuando le hicieron entrar no me miró. De hecho, no miró a nadie en particular. Al menos le habían dejado lavarse la cara, pero llevaba los brazos esposados a la espalda. Puede que mantuviese los ojos clavados en el suelo por miedo a caerse, pero no lo creo. Creo que sólo había una razón y era que sabía muy bien que si levantaba la vista los ojos que estaría mirando serían los suyos. O los míos. Los nuestros.

    Le odié de inmediato.

    Era mil veces peor que los espejos triples de las tiendas. No podía ser peor.

    Tenía mi cara y el mismo color de pelo, incluso esa zona donde estaba empezando a perderlo. Tenía todo lo que yo tenía. Casi todo, pues había algunas pequeñas diferencias... pesaría unos tres o cuatro kilos menos que yo y sus ropas no se parecían a nada que yo hubiese llevado jamás. Era un mono hecho de una sola pieza con alguna tela color verde oscuro que parecía brillar y con el pecho lleno de bolsillos: había también bolsillos en el mismo sitio en que hubieran estado los de los pantalones, si es que los hubiese llevado. Incluso tenía bolsillos en las mangas y en el muslo derecho. Puede que en otro tiempo esos bolsillos hubiesen contenido las preciadas posesiones de mi otro yo, pero ya no era así. Sin duda, los soldados del coronel los habían registrado, apoderándose de ellas.

    —Dominic —dije con esfuerzo—. Mírame.

    Silencio. El otro Dominic no respondió y ni tan siquiera alzó la vista, aunque por el ángulo de inclinación de su cabeza y por su expresión decidida me quedó claro que me había oído. Nadie más habló. El coronel no perdía detalle pero seguía callado, y mientras el coronel Martineau no dijese nada ninguno de sus hombres abriría la boca.

    Volví a intentarlo.

    — ¡Dominic! Por el amor de Dios, dime qué está pasando.

    Mi otro yo mantuvo los ojos clavados en el suelo un ratito más. Luego alzó la vista pero no me miró. Examinó el reloj que había encima de la cabeza de Martineau, como si estuviese haciendo un cálculo; luego se volvió hacia mí y dijo:

    —Dominic, por el amor de Dios, no puedo.

    No era una respuesta muy satisfactoria. El coronel Martineau fue a decir algo pero le indiqué con un gesto que se callara.

    —Por favor... —dije.
    —Bueno, Dom, viejo amigo —dijo mi otro yo, con aire de pena—, en realidad, si estoy aquí es porque deseaba decirte algo. Precisamente a ti, Dominic DeSota que, como ya sabes, eres también yo.

    El coronel empezaba a ponerse furioso, pero mi reacción fue muy distinta.

    —Oh, Dom —le dije apenado a mi otro yo—, cuantas veces no habré deseado hacerme lo bastante mayor como para abandonar este tipo de juegos. ¿Por qué no sueltas de una vez lo que quieres decirme?
    —Porque es demasiado tarde, Dom —dijo.
    — ¿Para qué es demasiado tarde, maldición?
    —Para aquello de lo que iba a avisarte, ¿entiendes?
    — ¡No!
    —Ya lo entenderás. Está sucediendo. Y cuando volvamos a encontrarnos —intentó sonreír, pero le salió más bien un semisollozo—, no será a mí a quien te encuentres.

    Se detuvo, abrió de nuevo la boca, vaciló, miró al reloj... Y desapareció.

    Cuando digo «desapareció» ésa es justamente la palabra, pero quizás doy una imagen equivocada. El otro Dominic DeSota no «desapareció» agachándose para meterse en un armario, ni nada parecido, y tampoco se volvió transparente como un actor en una película de ciencia ficción. Sencillamente, desapareció. En un momento dado estaba ahí y al siguiente ya no.

    Y un par de esposas, cerradas sobre sus ya ausentes muñecas, cayeron estrepitosamente al suelo en el lugar que él había ocupado.


    Cosas como ésa no suceden en mi vida normal. Carecía de reacciones preprogramadas para enfrentarme a tan flagrante violación de las leyes naturales, y lo mismo le pasaba al coronel Martineau. Me miró, y le devolví la mirada. Ninguno de los dos dijo una sola palabra respecto a la desaparición, a menos que se pueda considerar como tal el « ¡Mierda!», que me pareció oírle pronunciar en un susurro.

    — ¿Se le ocurre a qué podía referirse, coronel? —le pregunté... sólo para estar seguro—. ¿No? Ya me lo había imaginado. Bueno, ¿y ahora qué hacemos?
    —No tengo ni zorra idea, senador —me contestó. Pero aunque un oficial con mando del Ejército puede decir esas cosas, no puede actuar como si fuesen ciertas. Llamó a un sargento y ordenó que saliesen patrullas a buscar a mi otro yo perdido; el sargento puso cara de asombro y el coronel de resignación, pues todos sabíamos que eso iba a servir de muy poco—. Hágalo, sargento —dijo, y se quedó mirando cómo cumplían sus órdenes—. Bien —me dijo finalmente—, al menos hay algo bueno. Ha dicho que, fuese lo que fuese, ya estaba sucediendo, así que muy pronto descubriremos qué significa todo esto.
    —Me gustaría estar tan seguro como usted de que eso es bueno —dije yo.

    Y diez minutos después, cuando resultó que había dicho la verdad, resultó también que, efectivamente, no era tan bueno. Salimos de la habitación y atravesamos el salón, con el pequeño destacamento de soldados del coronel siguiéndonos como perros fieles y preguntándose dónde estaría el pájaro. Y nos topamos con otro destacamento de tropas, una docena más o menos, que también avanzaban, pero no al trote como las nuestras. Llevaban equipo de combate y unas carabinas de extraño aspecto colgando del hombro, aunque no permanecieron ahí mucho rato.

    —Apunten —dijo un sargento cuando los teníamos a unos quince metros. El destacamento se detuvo y los soldados pusieron la rodilla en el suelo. Las carabinas giraron limpiamente hasta apuntarnos, sin vacilar.

    Un oficial apareció entre los soldados.

    —Mierda —repitió el coronel Martineau, y no hizo falta que le preguntase por qué lo decía. El oficial vestía igual que el resto de los soldados pero era fácil distinguirle como tal porque llevaba pistola y no carabina. Otra cosa me quedó clara de inmediato respecto a su persona, y al hablar me la confirmó.
    —Soy el mayor Dominic DeSota, del Ejército de los Estados Unidos —dijo con una voz que yo conocía muy bien—, y son ustedes mis prisioneros de guerra.

    Lo dijo con gran claridad, pero había cierta tensión en su voz. Yo sabía el motivo. Las palabras se dirigían al coronel pero sus ojos estaban clavados en mí y la expresión de su rostro me era muy conocida. Era la mía.

    —Hola, yo —dije, y sus rasgos se endurecieron—. Creía que habías desaparecido —añadí—. ¿Qué era, una broma? Le hizo un brusco gesto con la cabeza a un soldado que se puso a mi espalda y me aferró los brazos. Algo frío y duro me mordió las muñecas y supe que me habían esposado.
    —Ignoro a qué se refiere con eso de la desaparición —dijo mi otro yo—, pero esto no es ninguna broma. Están ustedes bajo arresto preventivo.
    — ¿Por qué? —preguntó el coronel, aceptando su propio par de esposas.
    —Será sólo mientras ponemos las cosas en claro con su gobierno —nos dijo mi «yo» en tono tranquilizador—. Tenemos que explicarles lo que vamos a hacer y hasta que estén de acuerdo seguirán ustedes prisioneros. Es lo mejor que puede sucederles, ¿entienden? Y si no les gusta, no tienen otra opción. Pueden ofrecer resistencia y entonces ya no serán prisioneros, serán cadáveres.


    Un tractorista montado en su enorme John Deere conducía con lentitud a lo largo de las interminables hileras de tallos de soja, sin pensar en nada más serio que una cerveza helada y un partido de los Sox que se estaba perdiendo en la televisión, cuando de pronto oyó a sus espaldas el zap-zap-zap de unos coches lanzados a toda velocidad y el rrrrawr-rrrrawr de un semirremolque de doble eje. Por el rabillo del ojo vio un diesel gigantesco que se lanzaba sobre él. Giró frenéticamente el volante de su tractor, destrozando una docena de hileras, pero cuando miró hacia atrás no había nada.


    23 de agosto de 1983
    9.10 P.M. Señora Nyla Christophe Bowquist


    Era realmente una pena estar en la ciudad de Dom sin tenerle a mi lado, pero logré mantenerme ocupada. Siempre hay cosas que hacer antes de un concierto: entrevistas de prensa y cócteles previos a la actuación, en los que debes confraternizar con los peces gordos que subvencionan la National Symphony. Y, sobre todo, los ensayos. Diez minutos de ensayo con la orquesta consumen una hora entera de mi tiempo: preocuparse antes de empezar, intentar recordar las pausas, los tiempos y las entonaciones sobre los que hemos logrado ponernos de acuerdo una vez acabado el ensayo. Sería fácil pensar que un ensayo con Mstislav Rostropovich debería ser más sencillo que con otras personas, dado que Slavi empezó como violonchelista. De eso nada, no para de poner problemas. Puede llegar a volverte loca discutiendo la dinámica de un oboe o el número exacto de microsegundos necesarios para una nota sincopada. No quiero decir que no me guste trabajar con él. Por ejemplo, tiene un maravilloso sentido del humor. De hecho, le adoro.

    Les daré una idea del tipo de bromas amables que suele gastarme Slavi Rostropovich. Cuando devolví el contrato firmado para la actuación su agente me llamó para decirme lo siguiente:

    —Nyla, Slavi dice que puedes escoger. ¿Qué prefieres, Sibelius o Mendelssohn?

    Me fue imposible contener la risa.

    Era el tipo de broma para disfrutar de la cual necesitas llevar mucho tiempo en el negocio, y tenía su propia historia. Cuando actué con la National Symphony anteriormente, una periodista me pilló en una falta. Supongo que estaría cansada pero, fuese por lo que fuese, le dije algo que los violinistas no suelen revelar pero que toda persona que haya tocado el violín después de Paganini sabe muy bien: algunos conciertos encantan al público porque parecen mucho más difíciles de interpretar de lo que realmente son (como el de Mendelssohn) y otros ponen a prueba tu habilidad porque son mucho más difíciles de lo que parecen al oírlos (como el de Sibelius). Por eso le conté a esa mujer que si deseaba arrancarle vítores fáciles a un público poco sofisticado tocaría a Mendelssohn y que si deseaba lucirme ante mis colegas tocaría a Sibelius.

    —Dile a Slavi que prefiero a Mendelssohn —le respondí al agente, dirigiéndole una sonrisa al auricular. Porque, después de todo, sabía que no sería Mendelssohn y, naturalmente, dos días después me llegó un ramo de flores con una nota de puño y letra de Elena Rostropovich que decía así:

    «No sólo dotada de talento... no sólo hermosa... ¡también inteligente! Slavi le envía sus felicitaciones y toda su admiración, pidiéndole que toque Gershwin, dado que asistirá la presidencia.»

    Mandé un telegrama diciendo que me encantaría. Y era cierto. Gershwin es uno de los grandes, aparte de que el suyo es el único concierto de violín compuesto por un norteamericano capaz de hacer que hasta los cerdos callen al oírlo. Sabía muy bien, de todos modos, que la música de un extranjero no encajaba nada bien con los gustos de la presidencia.

    Elena Rostropovich era una dama encantadora, aunque no siempre resultaba fácil saber qué pensaba. Por ejemplo, nunca logré saber si le importaba mi asunto con Dom. Poníamos todo el cuidado posible para evitar los cotilleos pero, de todos modos, jamás me hizo el menor comentario, ni tan siquiera un guiño. Sin embargo, cuando me invitaron a cenar después del concierto yo ya sabía que Dominic recibiría una invitación idéntica en su mansión en Virginia. Mi invitación decía siempre para el señor y la señora Bowquist, y la de Dom era siempre para el senador y la señora DeSota. No importaba que nuestros respectivos cónyuges estuviesen en Chicago, como estaba siempre Ferdie y como solía estarlo Marilyn DeSota. Por lo tanto, Dom pasaría la noche anterior en mi suite del hotel. Los dos habíamos tenido un día muy atareado y nos encontraríamos a las once de la noche en el ascensor, «descubriéndonos» con expresiones de sorpresa cordial en la fiesta de Elena. Y entonces ella sugeriría que, dado que ambos carecíamos de compañía esa noche, Dom bien podría llevarme de vuelta a casa.

    Lo cual hacía infaliblemente.

    Esas noches eran las mejores que Dom y yo pasábamos, porque podíamos aparecer juntos en público. Y después, cuando estábamos a solas, había muy poco riesgo de que nuestros cónyuges nos pillasen. Todo lo que hiciésemos en Chicago era bastante arriesgado, pues siempre existía la posibilidad de que algún conocido apareciera casualmente en un mal momento... en un pasillo del hotel, un ascensor, o el restaurante en que estábamos citados. Las demás ciudades no eran mucho mejores. A veces, por pura suerte, Dom lograba inventar una razón para volar a Boston, Nueva York o adonde yo estuviese, pero siempre andábamos justos de tiempo. No, Washington era el mejor lugar... o, al menos, el mejor que podíamos tener.

    Ni siquiera ahí era perfecto. También teníamos conocidos en Washington. Más tarde o más temprano Ferdie o Marilyn oirían una leve alusión o les asaltaría la duda. Y a partir de ese momento sólo sería cuestión de tiempo. ¿Detectives privados? Quizás. ¿Por qué no? Un cónyuge traicionado no tiene razón alguna para jugar limpio.

    Y entonces todo el asunto caería sobre nuestras cabezas y lo que pasara después sería realmente desagradable...

    Pero, Dios mío, por favor, todavía no.

    —Nunca —contestó Dom con firmeza, poniéndose los calcetines a las dos de la madrugada, cuando se me ocurrió decírselo.
    —Querido, tiene que ocurrir un día u otro —dije, intentando sonar razonable.
    —No tiene por qué ocurrir. No tienen por qué pillarnos —se detuvo, con los pantalones a medio poner, y me besó en el ombligo—. Podemos seguir así eternamente. Incluso, si nos pillaran...

    Cambié de tema, o intenté hacerlo.

    —Ya sabes quién asistirá al concierto —le dije.
    — ¿Sí? ¿Y qué? Ah... —dijo, asintiendo con aire de sabelotodo mientras se subía la cremallera—. Ya veo la conexión. Quieres decir que no deseas escandalizar a la presidencia, ¿verdad? Y si no nos pillan mi mujer nunca se molestará, ¿verdad? Y aunque lo hagan, siempre nos queda la alternativa de...—No, no hay alternativa —dije yo antes de que pudiese completar la frase con un «casarnos». Porque ése era el único tema que me negaba a discutir siempre con el senador Dominic DeSota. No podía tolerar la idea de serle infiel a un hombre que me amaba. No podía tolerar la idea de echarle a patadas de mi vida, expuesto a la humillación pública.

    Por lo tanto, no lo sentí demasiado cuando Dom tuvo que irse a Nuevo México, porque había estado insistiendo cada vez más al respecto y a mí se me estaban acabando los trucos para apartarle del tema. Y la noche del concierto, cuando empecé con el primer movimiento, ese «allegro hot» sincopado, su asiento a mitad de la tercera fila estaba vacío.


    Lo que ocurrió después fue algo totalmente inesperado y para explicarlo debo referirme al concierto.

    Gershwin murió joven. Había empezado a componer música para violín apenas dos años antes de que aquel taxi le atropellara al cruzar la Calle 52. Y de pronto, apenas sin experiencia previa, creó esa maravilla, total y absolutamente suya. En los primeros tiempos, Gershwin había tenido que contratar a Ferde Grofe para que le hiciese las orquestaciones, pero en la época del concierto para violín ya dominaba por completo el arte. Las cuerdas y la percusión eran tan peculiarmente suyas como esos temas para violín capaces de fundirte el corazón.

    Había algo más que me gustaba del concierto, un truco que le había pedido prestado a Mendelssohn. Mendelssohn no deseaba correr el riesgo de que algún idiota del público creyese que la pausa después del primer movimiento significaba que el concierto había terminado y se pusiera a aplaudir. No es que eso sea demasiado horrible, pero lo que lo convierte en un auténtico problema es que entonces la mitad del público se sonroja por haberse puesto a aplaudir cuando no debía y la otra mitad se enfada porque esos idiotas han interrumpido la actuación. Por lo tanto, Mendelssohn no permitió que nadie cometiese ese error. Nunca se da ese instante de silencio durante el cual el público se remueve en sus asientos y los hombres que han ido por lo pesadas que se han puesto sus mujeres miran nerviosos a sus vecinos para ver lo que se espera de ellos y en el escenario oyes los murmullos, el ruido de los asientos y las toses apagadas. A menudo deseé que Tchaikovsky, Bruch y Beethoven hubiesen sido igual de considerados y sentí gratitud porque Mendelssohn y Gershwin sí lo fueran.

    De todos modos, fue algo raro. Esta vez, el suave y casi subliminal batir de tambores no impidió que el público se removiese en sus asientos. Vi cómo una acomodadora se inclinaba sobre el asiento vacío de Dominic para susurrar algo al oído al senador Kennedy. Slavi alzaba ya su batuta para dar inicio al segundo movimiento pero eso no impidió que Jack Kennedy se pusiese en pie y abandonara su fila. Mientras iba contando los compases que faltaban para mi parte, vi que Jackie me sonreía y extendía sus manos en un levísimo gesto de disculpa. Con casi cualquier otra esposa de senador habría sabido que eso era una excusa cortés, pero con Jackie sabía que era sincero. En la galería de esposas de senadores, ella era la cultivada y yo siempre había pensado que hubiera sido una estupenda primera dama si su esposo no hubiese perdido por los pelos en Chicago en 1960.

    Pero los problemas no acabaron ahí.

    Con la ayuda de gente como Jackie y Slavi Rostropovich (y, naturalmente, de Dom) me había convertido en algo así como la violonchelista favorita de la alta sociedad de Washington, así que el público era lo que puede decirse «distinguido». Eso, en Washington, quiere decir perteneciente al gobierno... diplomáticos, legisladores, gente que está en la cumbre de la administración. Hasta la presidenta, Nancy, estaba en su palco, con su primer caballero sentado a su lado, tan distinguido y tranquilo como siempre. Ese tipo de público planteaba problemas especiales y el peor de ellos era que si algo empezaba a ir espantosamente mal en alguna parte del mundo a la mitad del concierto se le daría el aviso inmediato de que se fuese.

    Algo había ido mal. Y se estaban yendo.

    Hacia la mitad del movimiento había asientos vacíos, como dientes mellados, en cada rincón del teatro. Cuando di fin a mi algo tramposo pero estupendo crescendo del tercer movimiento el aplauso fue un tanto débil. Creí que no era falta de entusiasmo, sólo de público. Slavi me miró y yo miré a Slavi. Los dos nos encogimos disimuladamente con un gesto resignado.

    Para guardar las apariencias salimos dos veces a saludar y luego abandonamos el escenario para no volver, dándole al público la oportunidad de huir... cosa que muchos de ellos estaban realmente ansiosos por hacer.

    Un deseo que una gran parte de los que estábamos en el escenario empezábamos a sentir también, impulsados por una creciente curiosidad.


    Para Slavi fue peor. Yo había acabado por esa noche y realmente me alegraba de ello, en tanto que él tendría que volver después del intermedio para la segunda parte del programa. Era Mahler, y los dos sabíamos que no quedaría mucho público dispuesto a soportar la interminable Primera Sinfonía.

    Y entonces descubrimos que realmente había sucedido algo.

    La primera que nos informó fue mi vestidora, Amy. No es que Amy me «vista» realmente, aunque estoy segura de que lo haría si fuese necesario. Lo que hace es cuidar de mí. Cada vez que dejo el Guarnerius en algún sitio, ella lo vigila; se asegura de que tenga preparado un vestido sin manchas ni arrugas para cada concierto y otro para la fiesta que hay normalmente después, y cuida de que siempre haya tampones en el compartimiento lateral de mi bolso. Hace todo eso y además algo mucho más delicado. Impide que mi esposo sospeche cada vez que salgo con Dom.

    También me informa de lo que necesito saber, aunque no vaya a gustarme. Especialmente si no me va a gustar. De todas las caras de susto, sorpresa y preocupación que vi esa noche entre bambalinas, la suya era la peor; pero logró abrirse paso entre la multitud de músicos y tramoyistas que hablaban entre susurros y acercarse a nosotros.

    —Nyla —gimió—. ¡Albuquerque ha enloquecido!

    Albuquerque, por supuesto, era donde estaba la base de Sandia. Donde estaba Dominic. Me quedé paralizada y sentí que me flaqueaban las rodillas. Slavi me cogió de un brazo. Amy cogió el violín y el otro brazo, exactamente por ese orden.

    — ¿Y Dom? —logré decir, aunque fue más bien un graznido.
    —Oh, Nyla —dijo Amy, sollozando—, ¡eso es lo peor de todo!


    Un hombre llamado Dominic DeSota, que avanzaba sudoroso por entre los cañizos del viejo embalse, alzó la cabeza, abandonando su tarea. Había creído ver un repentino resplandor anaranjado en el cielo, hacia el suroeste, donde en tiempos estuvo Chicago. No era una ilusión, has capas más bajas de nubes se habían iluminado realmente, como si a lo lejos hubiese un enorme incendio. Se irguió todo lo que pudo. ¿Qué serían aquellas luces en el horizonte? Veía trazos blancos y rojos; los blancos se dirigían hacia él y los rojos se alejaban. ¡Casi parecía como si volviese a haber coches! Pero desaparecieron con un parpadeo y le dejaron solo en el agobiante calor de la noche. Volvió a su trabajo, vaciando la última de sus trampas, ocupada por lo que en el pasado fue un mimado gatito de angora que ahora le contemplaba, bufando ferozmente. Ya no estaba gordo, no tenía el pelaje brillante ni era bonito, pero a DeSota le alegraba verlo. Era su cena.


    23 de agosto de 1983
    10.20 P.M. Mayor DeSota, Dominic P.


    Que mi primer prisionero fuese yo mismo era una casualidad increíble.

    Por supuesto, más pronto o más tarde me habría topado conmigo mismo. Sabíamos que yo estaba ahí. Quizás «yo» (ese «yo» que ahora era mi prisionero) «me» (ese era el que le había cogido, yo) había hecho un favor, pues una de las razones por las que había obtenido el mando del primer destacamento de asalto era que el senador Dominic DeSota estaba ahí. (¡Senador! ¿Cómo había podido llegar a ocurrir? ¿Cómo había llegado tan arriba en esta línea temporal, en tanto que yo me había quedado en mi lamentable rango de oficial — ¡y, encima, de la reserva!— en la mía? Pero la posición de ese otro DeSota me iba a permitir elevar la mía...)

    —Están listos, señor —dijo la sargento Sambok.
    —Excelente —respondí yo, y volvimos a subir las escaleras que llevaban a la oficina del director científico. No tenía mucho tiempo para pensar en los juegos gramaticales que estábamos aprendiendo a dominar (el «yo» que «me» observaba por las mirillas, el «ellos» que éramos «nosotros») y tampoco tenía tiempo para asombrarme ante las maravillas que ya había percibido... básicamente, las curiosas coincidencias existentes entre la vida de Dom DeSota y la mía. Nuestras vidas diferían en muchos y tremendos aspectos, pero los dos habíamos acabado viéndonos envueltos en el asunto de los tiempos paralelos (y, por supuesto, no sólo «nosotros» dos, porque en todos los otros mundos existían Dominics DeSotas). Los consejeros técnicos no habían tenido tiempo para esas cuestiones. Lo sabía porque se lo había preguntado. Lo único que hacían, matemáticas aparte, era murmurar vagamente que, después de todo, los Dominics DeSotas poseíamos genes comunes; que nuestras adolescencias habían sido comunes, al menos hasta el punto de separación; que habíamos leído los mismos libros y visto las mismas películas. Así que, naturalmente, habíamos acabado en moldes similares...
    —Por aquí, señor —dijo la sargento, y entré por la puerta que mantenía abierta a la oficina donde trabajaba la cabeza rectora de la Gatera, como habían bautizado graciosamente ellos a su proyecto de tiempos paralelos.
    —Dentro de treinta segundos estará en antena, mayor —dijo el teniente del Cuerpo de Transmisiones.
    —Muy bien —dije, y me senté delante del escritorio. Estaba muy vacío: sin duda el director científico era uno de esos tipos que están siempre preocupados por la seguridad. Lo único que había encima del escritorio era el micrófono del Cuerpo de Transmisiones con los cables que iban hasta la emisora portátil que llevaba el auxiliar del teniente. Probé los cajones. Estaban cerrados, pero ya nos ocuparíamos de eso más adelante.
    —Déles un buen susto, señor —dijo la sargento Sambok, sonriendo a través de su camuflaje de combate, y me encontré en antena.
    —Damas y caballeros —le dije al micrófono—, les habla Dominic DeSota. Circunstancias urgentes nos han llevado a la necesidad de efectuar una acción preventiva en la Base Sandia y sus alrededores. No tienen ustedes nada que temer. Dentro de una hora emitiremos un comunicado televisivo a través de las estaciones locales. Pedimos a todas las emisoras que lo transmitan en directo y en su momento les explicaremos la necesidad de que se haga así.

    Miré al teniente, el cual se pasó el dedo índice por el cuello. El cabo que se encargaba del equipo movió un interruptor y me encontré fuera de antena.

    —Le veré luego, mayor —me dijo el teniente antes de abandonar la sala.

    Me recliné en el asiento de cuero, comprobando si era cómodo. Esta gente sabía cuidarse; había cuadros en las paredes y moqueta en el suelo.

    — ¿Qué tal lo hice, Nyla? —pregunté. Ella sonrió.
    —Realmente bien, mayor. Si alguna vez abandona el ejército debería meterse en la radio.
    —Ya soy demasiado mayor para encajar en ese tipo de asuntos —le respondí—. ¿Ha avisado a Fuerza-Cinco que este edificio está bajo control?
    —Sí, señor. Fuerza-Cinco ha contestado: «Bien hecho, mayor DeSota.» Los destacamentos posteriores han ocupado también los seis edificios contiguos. Toda la zona es segura.
    — ¿Y los prisioneros?
    —De momento les hemos puesto en el aparcamiento. El cabo Harris y tres hombres más les vigilan.
    —Estupendo, estupendo —dije, tirando nuevamente de los cajones cerrados. Había ocupado la oficina del jefe científico, pero desgraciadamente en esos momentos él no estaba en la base. Se había llevado sus llaves con él. Una molestia, pero no un problema serio—. Abra esto, sargento —dije, y la sargento Sambok estudió durante un instante las cerraduras, calculando el ángulo de los posibles rebotes para colocar luego el cañón de su carabina a unos centímetros del cerrojo. Apretó el gatillo y el agudo silbido de las balas del calibre .25 llenó la habitación.

    Los cajones se abrieron sin más problemas. Dentro había el acostumbrado montón de trastos desordenados que suele encontrarse en los cajones de la mesa de un hombre ordenado, pero entre ellos había un par de cuadernos de notas y toda una hilera de carpetas. Naturalmente, habíamos estado observando con mucha atención a toda esa gente durante varios meses antes de abrir el portal, pero de todos modos el doctor Douglas querría examinar esos papeles.

    —Un ordenanza —dije. El sargento Sambok movió la cabeza y un ordenanza apareció en el umbral—. Lleve estos papeles al punto de salida —le dije, mientras le daba vueltas entre los dedos a un encendedor de oro muy delgado y de aspecto bastante caro, con la inscripción Club Harrah, Lago Tahoe Habría sido un recuerdo estupendo, pero volví a guardarlo en el cajón y lo cerré.

    Después de todo, no éramos ladrones.

    La sargento Sambok estaba en pie junto a la puerta y había algo en la expresión de su rostro que me impulsó a preguntarle si pasaba algo.

    —El soldado Dormeyer, señor... ha desaparecido.
    —Mierda —por su expresión, parecía estar acorde con lo que yo había dicho—. Esas cosas no deben suceder en estado de combate. Si la PM le encuentra lo llamarán deserción —también estaba de acuerdo en eso—. ¡Maldición, sargento, alguien debe saber dónde se ha metido! Encuéntrelo. Quiero que este asunto no salga de la compañía.
    —Sí, señor. Me ocuparé de ello personalmente.
    —Sí, más vale —le dije—. Tiene diez minutos para descubrir dónde se ha metido. Luego, reúnase conmigo en el punto de salida.


    Mi destacamento de asalto había sido el primero en pasar, pero habíamos conseguido nuestros objetivos. Ahora, había trescientos soldados más en la base: me refiero a los nuestros, claro, sin contar con los que habíamos cogido prisioneros. No tenía nada que hacer hasta que llegara el momento de la emisión televisiva. Y eso no sucedería hasta que hubiéramos tomado la emisora de TV en Albuquerque, lo cual nos permitiría introducirnos en la red estatal. Me dirigí hacia el punto de salida, en el sótano del edificio. En otros tiempos había sido una galería de tiro, pero cuando nuestros observadores lo descubrieron ya no lo usaban para casi nada.

    Eso lo hacía perfecto para nosotros. Logramos hacer pasar a todo el destacamento antes de que nadie se enterara de que habíamos llegado.

    Sandia era una base militar vieja, tanto en su tiempo como en el nuestro. La diferencia era que en nuestro tiempo seguía siendo pequeña y en el suyo se había vuelto inmensa. Dentro de su recinto de alambradas había kilómetros cuadrados de colinas y desierto.

    Pese a ello, el despliegue de sus tropas en el interior de la base no era muy amplio. El perímetro estaba más vigilado por electrones que por hombres, y a lo largo de la alambrada había un puesto de centinelas más o menos cada cuatrocientos metros. Naturalmente eso debía de parecerle al comandante de la base protección más que suficiente, pues aparte de un ataque a cargo de paracaidistas, que hubiera sido fácilmente detectado por el radar, no había modo alguno de que un grupo numeroso de enemigos pudiera cruzar la alambrada sin ser avistado con tiempo suficiente para poder llamar a los refuerzos... a menos que, como nosotros, vinieran desde dentro. Cuando llegué al punto, ya había un mapa de la base clavado en la pared, con las zonas conquistadas marcadas en rojo. Los puntos clave habían sido la Gatera y los edificios vecinos: los barracones de la PM, el cuartel general, la estación de señales y la emisora de radio. Ahora todo eso estaba en nuestro poder. Las escasas tropas que los protegían tenían ahora tiempo para ir pensando en lo amargo de su fracaso, encerradas en el aparcamiento.

    Seguían llegando tropas. No hacían falta, pero nunca estarían de más... ¿y si los anteriores habitantes de la base, contra toda lógica, decidían luchar? Una hilera de brillantes focos instalada en la pared iluminaba a la columna de soldados que emergía de la nada. Cambiaban el paso, avanzaban hasta la pared, se quedaban allí en posición de firmes y sus oficiales los reunían y los ponían de nuevo en marcha para que fueran a reforzar a las tropas que ya habían sido emplazadas en sus posiciones.

    Era un espectáculo de lo más raro. Si uno se colocaba al lado del portal, siguiendo su misma inclinación, resultaba aún más extraño. La punta de los pies, luego los pies, las piernas, los puños, el vientre, la cabeza... todo iba apareciendo en ese mismo orden. Si uno se colocaba detrás del portal, se podía ver... ¿qué se imaginan? ¿Carne cruda, tripas? Nada de eso, no había absolutamente nada que ver. Porque, visto desde atrás, todo el rectángulo del portal de salida era una negra masa carente de rasgos que parecía engullir la luz. Claro que, desde delante, tampoco había gran cosa que ver pasados unos instantes. Sólo los soldados que emergían de la nada y, detrás de ellos, los muros polvorientos de la vieja galería de tiro.

    — ¿Mayor? —era la sargento Sambok de nuevo. Miró a nuestro alrededor y bajó la voz—. Creo que sé adonde se fue Dormeyer.
    —Buen trabajo, sargento —le dije.

    Ella negó con la cabeza.

    —Está fuera de la base. Logró salir, no sabemos cómo. Se ha ido a Albuquerque. Lo que sucede es que vivía... bueno, vive ahí. En Albuquerque, quiero decir.

    Eso ya no me parecía tan bien, pero no era culpa suya.

    —Lo ha hecho usted muy bien —le dije, y era verdad. Para haber salido de la Reserva, Nyla Sambok era una soldado de primera. Lo raro es que en la vida civil había sido profesora de música y estaba casada con un concertista de clavicordio. Habían logrado sus respectivas becas metiéndose en la Reserva, pero luego les llamaron a filas; muchos de los reservistas estaban bastante disgustados con ello, pero Sambok era lo bastante buena como para que yo hubiera pedido que me acompañara desde Chicago para hacerse cargo de un destacamento. El hecho de que además fuera una mujer muy atractiva no le hacía daño a nadie, claro, pero yo tenía por norma no enredarme nunca con el personal a mis órdenes. Lo único que hacía era darle vueltas a la fantasía, de vez en cuando.
    —La Fuerza-Cinco estará lista para recibir sus órdenes dentro de unos dos minutos —prosiguió ella—. Me enteré mientras venía para aquí.
    —Estupendo —dije—, pero se me ha ocurrido una idea. Vaya al recinto de los prisioneros y tráigame las ropas del senador DeSota.

    Incluso la sargento Sambok era capaz de sentir sorpresa.

    — ¿Sus ropas?
    —Haga lo que le digo, sargento. Puede dejarle la ropa interior, pero quiero todo el resto, incluidos los calcetines.

    Un destello de comprensión le iluminó el rostro.

    —Bien, mayor —dijo, sonriendo, y se marchó, dejándome para que esperase la llamada de la Fuerza-Cinco.

    La comunicación en los dos sentidos a través de la superficie que separa los tiempos paralelos es más difícil que en uno sólo. Tenían que cerrar el portal y colapsar el campo para obtener la energía necesaria, pero cuando el oficial encargado del portal me hizo un gesto con la cabeza cogí el auricular y el general Magruder no me hizo esperar demasiado.

    —Bien hecho, mayor —ladró—. El presidente dice lo mismo: naturalmente, ha seguido esto muy de cerca.
    —Gracias, señor.
    —Ahora entramos en la Fase Dos. ¿Está listo para la emisión televisada?
    —Sí, señor —con eso quería decir en realidad que aún no lo estaba pero que lo estaría tan pronto como Nyla Sambok volviera con las ropas.
    —La emisora de TV y los enlaces de microondas están controlados; abrirán los circuitos dentro de media hora. Ya tienen la cinta del presidente lista para ser emitida tan pronto como usted haga la introducción.
    —Sí, señor.
    —Bien —y entonces cambió de tono—. Otra cosa, mayor. ¿Hay algún signo de rebotes?—Nada nuevo, señor. Creo que aún están entrevistando a los de aquí, pese a todo.
    —Hum... ¿Algún otro visitante indeseable?
    —Ni rastro, señor.
    —Mantenga los ojos bien abiertos —dijo con aspereza, y colgó. Yo había reconocido ese tono de voz. Era el del miedo.


    Media hora después, mientras cruzaba la base en dirección hacia el estudio de televisión, sintiendo el cálido aire de la noche del desierto y pudiendo ver en lo alto las mismas estrellas que brillaban sobre mi propia América, yo también sentí un poco de miedo. Un jeep de la PM pasó junto a mí barriendo el terreno de un lado a otro con un reflector. Se detuvieron el tiempo suficiente para darme un buen repaso y fijarse en el brazalete que me identificaba como perteneciente a la fuerza de asalto, y luego volvieron a acelerar. No me llamaron ni me pidieron la documentación.

    Yo podría haber sido uno de esos visitantes indeseables. Podría haber sido esa otra persona que se parecía a mí y que teníamos la impresión de que había estado en todas partes. Y si yo hubiera sido esa persona, me hubiera bastado con coger un trozo de tela verde para enganchármelo en la manga y nadie hubiese sido capaz de notar la diferencia. Y entonces...

    Y entonces, ¿qué habría hecho ese otro yo?

    Esa era la pregunta que nos daba miedo. De momento lo único que habían hecho era observar y espiar, pero nada más.

    No podía culpar realmente a la PM por mantener una vigilancia tan poco cuidadosa, ya que obviamente no veían la necesidad de que fuera más concienzuda. Habíamos tomado la base sin disparar ni un solo tiro, enfrentados a una oposición que consistía básicamente en centinelas de ojos soñolientos que se habían quedado patidifusos al ver cómo sus propias tropas caían sobre ellos. ¡Vaya modo de dirigir los Estados Unidos! Me pregunté cómo sería vivir en un país donde bases tan importantes estaban protegidas sólo por un puñado de tropas y en el que no habían tenido reclutamiento ni llamamiento de reservistas. Si me hubieran dejado terminar mis cursos de posgraduado en Loyola en vez de meterme en la reserva, ¿qué sería yo ahora?

    ¿Senador, quizás?

    En aquel momento, no podía permitirme ese tipo de especulaciones, ya que aún me quedaba una parte muy importante de mi trabajo por terminar.

    La sargento Sambok me estaba esperando en el estudio con la ropa del senador DeSota, tal y como me había prometido. Encontré un vestuario y me quité el uniforme. Aquel otro Dom DeSota sabía vestir bien: la camisa, la corbata, los calcetines, los zapatos, los pantalones, la chaqueta deportiva... todo era de buena tela o de excelente cuero. El corte era algo peculiar (sus modas no eran las mismas que las nuestras) pero me gustó el tacto de la sedosa camisa y la suavidad de aquellos pantalones tan bien planchados. Podrían haberme ido un poco mejor: el otro Dom estaba un poco más entrado en carnes que yo, lo cual era una satisfacción, aunque estropeara levemente el efecto del traje.

    Cuando salí del vestuario, sin embargo, la sargento no encontró nada criticable en mi aspecto.

    —Magnífico, señor —dijo, felicitándome.
    — ¿Qué le dejó a él? —le pregunté, contemplándome en el espejo, y al verla sonreír supe cuál era la respuesta. No era fácil que cogiera frío con su ropa interior en esa cálida noche de agosto, pero aun así...—. Llévele mi uniforme de repuesto —le ordené—. Está en mi bolsa B-4 —afortunadamente para él, no me gustaba que los uniformes me quedaran demasiado ajustados, así que podría ponérselo.
    —Sí, señor —dijo la sargento Sambok—. Señor...
    — ¿Qué pasa?
    —Bueno, si usted va a llevar sus ropas y él su uniforme... ¿no puede resultar eso un poco confuso? Quiero decir... suponga que consiguiera llegar hasta usted, dejarle inconsciente y cambiar las ropas. ¿Cómo sabríamos quién es quién?

    Empecé a abrir la boca, dispuesto a decirle que era idiota. Luego volví a cerrarla. Tenía razón.

    —Buena idea —dije—. Le diré lo que haremos. Yo seré el que conozca su nombre completo, ¿de acuerdo, sargento?
    —Sí, señor. De todos modos, mientras se encuentre en el recinto y usted no...
    —Eso es —dije yo... y entonces me asaltó de nuevo la sensación que había estado reprimiendo durante las últimas dos horas.

    Quería ver a mi otro yo. Quería sentarme y hablar con él, oír su voz, descubrir dónde habían coincidido nuestras vidas y dónde se habían separado. Era una idea extraña y algo insana, como prepararse para tomar droga por primera vez, o quizás para hacer el amor cuando no lo habías hecho en tu vida... pero lo deseabas.

    No tuve tiempo para pensarlo entonces porque ya estaba prácticamente en antena. Los cámaras contemplaron con cierta sorpresa mis ropas civiles y el capitán del cuerpo de transmisiones sonrió sin disimulo pero, listo o no, había llegado el momento de mi debut en la televisión. La verdad es que no estaba demasiado preparado, ni ellos tampoco. Siempre hace falta colocar bien un micro o cambiar una cámara de lugar o mandar a una persona al vestíbulo para que haga callar a los que hablan, pero eso pasó en un segundo y el cabo que actuaba como director gritó:

    — ¡Preparado, señor! —escuchó lo que le decían por los auriculares durante unos segundos y luego empezó a contar—. Diez... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... —los últimos números los indicó con los dedos, primero dos y después uno. Luego aquel índice solitario se clavó en mí, la luz verde situada sobre la cámara se encendió, y empezó el rodaje de mi discurso preparado.
    —Damas y caballeros —le dije a la cámara—, soy Dominic DeSota —eso no era ninguna mentira; se trataba de mi identidad. No dije que fuera el senador DeSota, aunque el hecho de que ahora vistiera sus ropas quizás lo sugiriese. No había mucho más en mi discurso—. Una emergencia ha requerido que se efectuara esta acción. Le pido a cada norteamericano que escuche esta emisión con una mente libre de prejuicios y con el generoso corazón propio de todos los norteamericanos. Damas y caballeros, les presento al presidente de los Estados Unidos.

    Y los fotones que formaban mi rostro, mi cuello y el traje, la corbata y la camisa del otro Dominic fluyeron como un obediente rebaño hacia la cámara, y salieron de ella convertidos en electrones; como tales electrones serpentearon por los cables del estudio de la base hasta llegar al plato de microondas del techo y allí fueron reconvertidos en fotones de distinta frecuencia y luego, como señales de radio, viajaron a través del valle hasta las torres transmisoras de la KABQ, rebotando en el aire y cruzándolo para llegar hasta un satélite que se encontraba a miles de kilómetros en el espacio, desde donde llovieron sobre los aparatos de televisión de los Estados Unidos. Los Estados Unidos de aquí. Y lo que pudieran sacar en claro del mensaje y de un presidente que no era el suyo no podía ni tan siquiera adivinarlo.


    El destacamento del Cuerpo de Transmisiones vestía uniforme, pero aún había mucho de civil en sus corazones. Se trataba de reservistas convocados para la emergencia y casi todos eran veteranos de las grandes cadenas televisivas. Habían logrado procurarse algunas comodidades de tipo civil, como una cafetera humeante en el vestíbulo del estudio y una bandeja de bocadillos y pasteles. Aparentemente, alguien había tomado por asalto la despensa local.

    Me serví una taza mientras escuchaba la voz del presidente Brown, que me llegaba desde los monitores:

    —... como presidente de los Estados Unidos, dirigiéndome a usted que ocupa también la presidencia de los Estados Unidos, y al pueblo norteamericano... —parecía nervioso pero aparentemente había ensayado bien, se notaba a medida que iba leyendo las líneas que le habían redactado— ...en este punto de nuestra historia nos enfrentamos a un terrible despotismo que amenaza con dominar el mundo... —y luego— ...los lazos de sangre y la devoción común a los principios de la libertad y la democracia... —etcétera, etcétera. El discurso era bastante bueno; yo ya lo había leído antes. Pero lo importante no era lo que decía el discurso: lo importante era que habíamos controlado la base.

    La misma voz llegaba desde una sala de control contigua al vestíbulo que tenía la puerta abierta. Cogí mi taza y fui a echar un vistazo. Allí no había un monitor sino una docena, casi todos mostrando el emocionado rostro del presidente y repitiendo su discurso. Pero había también un par de pantallas en las que se veían otros rostros, igual de serios y todavía más emocionados: John Chancellor, Walter Cronkite y un par más que no reconocí. Ya habían empezado a hacer sus comentarios. Eso me sorprendió hasta que recordé que el discurso del presidente sólo duraba cuatro minutos. Ya había terminado, y ahora las emisoras que habían sido tomadas por sorpresa lo estaban volviendo a emitir. Esas todavía no tenían preparada ninguna respuesta, las demás ya la estaban soltando.

    Miré mi reloj. Medianoche, hora local. En las grandes ciudades de la Costa Este serían las dos de la noche, pero dudaba que mucha gente estuviera durmiendo. Y en California, los ciudadanos que hubieran conectado el último resumen informativo se encontrarían con unas noticias totalmente inesperadas.

    Les estaba bien empleado. ¿Cómo podían ser tan gordos y felices mientras que nosotros nos enfrentábamos a una terrible contienda por la libertad mundial?


    Incluso el comandante de un destacamento de asalto debe dormir de vez en cuando. Logré hacerlo casi cinco horas y me desperté acompañado por el olor a café y bacon. Estaban en la oficina del jefe de científicos, en su propio catre, y el cabo Harris acababa de poner una bandeja junto a mi cabeza.

    —Con los saludos de la sargento Sambok, señor —sonrió—. Anoche ocupamos el club de oficiales.

    Los huevos estaban casi fríos por el trayecto, pero el café era fuerte y seguía caliente. Precisamente justo lo que necesitaba para ponerme en marcha.

    La primera parada fue de nuevo el estudio. A los técnicos-soldados se les habían unido tres civiles, una mujer mayor, otra más joven y un hombre con barba que parecía no tener ninguna edad determinada. Me planté delante del capitán del Cuerpo de Transmisiones y señalé con el dedo a los civiles agrupados ante los monitores, alzando una ceja.

    — ¿Ellos? —me dijo—. Son científicos, mayor. Al menos, eso es lo que dicen ser, y sus órdenes están en regla.
    — ¿Qué hacen?

    Se encogió de hombros.

    —Dicen que están estudiando las respuestas al mensaje del presidente. Es una especie de estudio de ciencias políticas, ¿sabe? —no, no lo sabía—. De todos modos —dijo con amargura—, no hay mucho que estudiar porque esa presidencia que tienen aquí no ha dicho prácticamente ni palabra.

    No era ése el tipo de noticias que deseaba oír.

    —Podría comprobarlo con Fuerza-Cinco —añadió como si se le acabara de ocurrir, pero yo me dirigía ya a la Gatera. La base estaba muy tranquila y tenía un aspecto magnífico en la cálida mañana del desierto. Yo no. Por muy seco que fuera el aire, estaba empezando a dejar empapado de sudor mi uniforme, que ya llevaba por segundo día consecutivo (¡quizás no hubiera debido ser tan generoso con el de repuesto!) y empezaba a sentirme preocupado.

    El general Cara-de-Rata Magruder estaba como uno espera encontrar a un general a las siete de la mañana: es decir, dormido. Cuando le pregunté sobre los civiles me bajó los humos con apenas media docena de palabras.

    —Están autorizados y no es asunto suyo, mayor —dijo secamente—. ¿Cuál es el estado de su base?—Completamente tranquila, señor —esperaba que así fuera, porque aún no había tenido tiempo de pasar revista a mis propias tropas—. Sigue sin haber señales de rebote por aquí.
    — ¿Visitantes indeseables?
    —Ningún informe, señor —al menos, no que yo supiera—. Señor... ¿puedo preguntarle por el doctor Douglas?

    Risita metálica.

    —Está en su tienda, bajo vigilancia y cagado de miedo. ¿Cuál es el estado actual respecto a la intercepción de señales enemigas?

    Se refería a si habíamos estado escuchando la radio y la TV.

    —De momento no hay nada en claro, señor. Siguen repitiendo la emisión del presidente. La recepción es impecable.

    El coronel Harlech no llegó a pronunciar la palabra mierda. Se limitó a emitir un sonido que se le aproximaba lo bastante como para resultar reconocible, pero lo pronunció en voz lo suficientemente baja para que no se pudiera estar seguro de lo que había dicho. Harlech era uno de los hombres de confianza de Magruder y todo el mundo sabía cuál era la opinión que les merecía el presidente, el cual se había opuesto vigorosamente a un ataque preventivo... hasta que los jefes del Estado Mayor le hicieron saber que tenían muchas prisiones militares listas para recibir a los políticos que se interpusieran en lo que ellos consideraban la defensa esencial de Estados Unidos.

    Cuando terminé mi llamada telefónica al otro tiempo pensé en la posibilidad de volver al estudio y hablar un poco con los científicos. Sería interesante oír sus teorías sobre la razón de que una sociedad tan militarmente activa como la nuestra tuviera un presidente tan blando como Jerry Brown, mientras que esta otra, blanda y pacífica, había elegido el incendiario credo político de Reagan. Pero yo era un soldado, no un estudiante; y había cosas por las que sentía más curiosidad que por ésa. Pedí a gritos un ordenanza y cuando el cabo Harris asomó la cabeza por el hueco de la puerta le ordené que fuera al recinto de los prisioneros y me trajese al senador Dominic DeSota.


    Estaba sentado ante mí, vestido con mi propio uniforme, y se me parecía tanto que resultaba molesto. No podía quitarle los ojos de encima y él me observaba con la misma atención. No estaba asustado, o al menos no lo parecía. Pero sí parecía estar un poco resentido y, sobre todo, interesado... una cualidad mía que siempre he admirado.

    —Usted es un tipo intuitivo, Dominic —le solté de pronto—. Dígame, ¿cómo va a salir esto?

    Se estiró pensativamente antes de responderme; también él había estado durmiendo y, sin duda, sobre algo no tan cómodo como el catre de mi despacho.

    — ¿Quieres decir cuál va a ser la respuesta de la presidencia a esta invasión armada? —me preguntó.
    —Yo diría que ése es un modo algo duro de calificar las cosas.
    —Lo que ha sucedido hasta ahora es bastante duro, Dominic. ¿Qué esperan ganar con esto?
    —La paz —contesté, sonriendo—. La victoria. El triunfo de la democracia sobre la tiranía. No me refiero a su tiranía, naturalmente. Estoy hablando de nuestro enemigo mutuo, los rusos.
    —Dom —me dijo pacientemente—, yo no tengo ningún enemigo ruso. Los rusos, sencillamente, no significan nada en el mundo... en mi mundo. Se habrían muerto de hambre si no les hubiéramos mandado alimentos después de su jaleo con China.
    — ¡Tendrían que haberles dejado a todos morir de hambre!

    Suspiró, mirándome con cierto desagrado.

    —Así pues, vienen y nos invaden. Y sin previo aviso... —se encogió de hombros—. Dígame usted cómo van a ir las cosas. La obra la han escrito ustedes.
    —Irá como nosotros queremos, Dom —le contesté sonriente—. Cuanto más pronto lo entiendan ustedes, mejor —no hubo respuesta a eso. En su lugar, yo tampoco hubiera contestado. Intenté mostrarme amistoso—. Este es nuestro país, independientemente del lado de la barrera en que estemos —le dije con tono persuasivo—. Deberían cooperar con nosotros porque, en definitiva, tenemos los mismos intereses básicos: el bienestar de los Estados Unidos de América: ¿Correcto?
    —Dom, tengo muchísimas dudas al respecto —me respondió.
    —Venga, Dom... Será mejor que acepte mi palabra porque, al fin y al cabo, no creo que puedan hacer otra cosa. Les tenemos cogidos por... Por cierto, hablando de eso —añadí—, ¿qué tal la próstata?

    Eso le sorprendió.

    — ¿De qué habla? Soy demasiado joven para tener problemas con la próstata.
    —Ya —dije—. Eso es lo que pensé cuando me lo dijeron. Sería mejor se hiciera una revisión...

    El meneó la cabeza.

    —DeSota —me dijo, y en su rostro había una expresión mucho más valiente y decidida de la que hubiera tenido yo en su lugar... lo cual me complació porque, después de todo, quizás yo también hubiera sido capaz de poner esa cara—, basta ya de gilipolleces. Nos han invadido sin aviso previo y eso es muy sucio. ¿Por qué lo hicieron?

    Sonreí.

    —Porque estaban ahí. ¿Acaso no sabe cómo funcionan estas cosas? Teníamos un problema y vimos una solución tecnológica para él. Cuando se tiene una tecnología se usa, y nosotros la teníamos —no entré a discutir cómo la habíamos conseguido porque, después de todo, eso no era demasiado relevante—. Por lo tanto, viejo amigo, se enfrentan ustedes a lo que llamamos una situación no negociable. Nuestro presidente ya ha dicho lo que deseamos. Déjennoslo hacer. Luego nos largaremos, y se acabó.

    Clavó en mí una mirada penetrante.

    —No se creerá usted eso, ¿verdad? —me preguntó.

    Me encogí de hombros. Los dos nos conocíamos lo bastante como para saber que ninguno de nosotros lo hubiera creído. No había pensado demasiado en lo que sucedería una vez alcanzado el objetivo de nuestro ataque (oficialmente hablando)... pero sabía muy bien que una vez que hubiésemos usado su línea temporal para librarnos del gran enemigo de nuestro propio tiempo no era muy probable que nos fuésemos. Siempre habría algún otro trabajillo para el que podría resultarnos útil.

    Pero eso estaba demasiado lejos en el futuro como para preocuparme de ello... aunque podía entender muy bien que a mi otro yo le preocupara, y mucho.

    —Volvamos a la pregunta inicial. ¿Nos escuchará su presidencia sin necesidad de combatir? En mi tiempo, los Reagan y Jerry Brown no eran exactamente buenos amigos.
    — ¿Y eso qué tiene que ver? Se hará lo que deba hacerse. El juramento del cargo presidencial dice algo sobre defender y proteger a Estados Unidos...
    —Sí, pero ¿qué Estados Unidos? Nuestro presidente hizo el mismo juramento y ahora lo está cumpliendo —de un modo más bien reluctante y entre la espada y la pared, claro, pero eso no iba a decírselo—. Y el mejor modo que tiene la vieja Nancy de protegerles a ustedes, amigos, sería dejarnos hacer lo que deseamos. ¿Tiene acaso alguna idea de cuál es la alternativa? ¡Tenemos toda la fuerza necesaria! ¿Quieren que introduzcamos un poquito de ántrax en la Casa Blanca? ¿O viruela-B en Times Square? —me reí al ver la cara que ponía—. Qué pasa, ¿creía que estábamos hablando sólo de bombar H? No tenemos el menor deseo de echar a perder un montón de estupendas propiedades y edificios...
    —Pero las armas biológicas son... —se quedó callado y empezó a pensar. Iba a decir que contravenían la ley internacional o algo parecido.
    —Después del Salt II tuvimos que hacer algo —le expliqué—. Prácticamente abandonamos las armas nucleares... y nos pusimos a trabajar en otros campos.
    — ¿Qué es eso del «Salt II»? —me preguntó y luego añadió sin dejarme contestar—: No, al diablo con eso, no tengo ganas de que me dé lecciones de historia. Lo único que quiero de ustedes es que se vuelvan a ese infierno del que han venido y nos dejen en paz... y dudo que vayan a hacerlo. Si tiene ganas de saberlo, me dan ganas de vomitar.

    ¡Menudo diablillo estaba hecho con sus escrúpulos! Por un lado me hacía sentir casi orgulloso... y por otro me cabreaba.

    — ¡Mierda, Dom! —le grité—. ¡Ustedes hubieran hecho lo mismo! Se estaban preparando para hacerlo...de lo contrario, ¿por qué estaban trabajando en ese proyecto de la Gatera?
    —Porque... —empezó a decir, y luego se detuvo. Su expresión era respuesta suficiente, así que decidió cambiar de tema—. ¿Tiene un cigarrillo? —me preguntó.
    —Dejé de fumar —le respondí con satisfacción.

    El asintió, aún absorto.

    —Realmente, yo no creía que fuera a funcionar —dijo con lentitud. —Pero lo estaban intentando, ¿no, muchacho? Por lo tanto, ¿qué diferencia hay? No estamos haciendo nada que no hubiesen intentado ustedes de haber terminado sus investigaciones antes que nosotros.
    —Eso... eso es dudoso —me dijo. Oh, qué honestidad. No me había respondido: «Eso es mentira.»
    —Entonces, ¿nos ayudará a convencer a la presidencia? —insistí yo.

    Esta vez no hubo la menor vacilación en su respuesta.

    —No.
    — ¿Ni tan siquiera para que se salven muchas vidas?
    —Ni tan siquiera por eso —me contestó—. No nos rendiremos, Dom... y tampoco estoy muy seguro de que me gustara comprar unas cuantas vidas de norteamericanos a cambio de unos cuantos millones de vidas rusas.

    Le contemplé con asombro. ¿Era acaso posible que yo... yo, en cualquiera de mis encarnaciones, hubiera llegado a ser tan imbécil? Pero él no parecía imbécil. Se apoyó de nuevo en el respaldo, estudiándome, y de repente me pareció más alto y seguro de sí mismo.

    —Entonces, ¿qué le asusta, Dominic? —me preguntó. — ¿De qué está hablando? —repliqué, fingiendo no entenderle.
    —Tengo la impresión de que hay algo preocupante de lo que no me ha hablado —dijo él, hablando lenta y cuidadosamente—. Quizá no pueda ni imaginar de qué se trata, pero quizá sí pueda. Yo tuve que venir aquí porque había otro como nosotros curioseando en la base. Parecía saber lo que iba a suceder. Si yo estuviera en su lugar, eso me preocuparía realmente mucho, Dom. ¿Por qué? ¿Quién es? ¿Qué está pasando?

    Tendría que haber comprendido lo difícil que es ocultarle secretos a uno mismo. Yo nunca he sido tonto, ni tan siquiera en mi encarnación como senador. Había dado justamente en el clavo de lo que más me preocupaba... o, al menos, de una de mis mayores preocupaciones.

    —Viene de otro tiempo paralelo, Dom —le respondí lentamente.
    —Eso ya lo había adivinado —replicó él con impaciencia—. ¿Les visitó antes?
    —No. No exactamente. El no —no quería contarle nada más sobre el visitante que habíamos tenido... el que habíamos logrado retener y que en esos mismos instantes se hallaba sentado en su tienda sudando de miedo, temiendo que su gente lograra encontrarle y tomara represalias por habernos ayudado a crear el portal—. Pero sí tuvimos un visitante. Puede que más de uno.
    —Siga.
    — ¿Ha oído hablar alguna vez del «rebote»? —dije yo.
    — ¿Qué quiere decir eso?
    —Quiere decir que algo rebota. Cuando se atraviesa la piel o lo que sea que separa un tiempo de otro hay algún tipo de efecto de conservación. Las cosas empiezan a moverse en la dirección opuesta.

    Frunció el ceño.

    — ¿Quiere decir que entonces otras personas se ven desplazadas en el tiempo?
    —No sólo personas. Es complicado. Depende de lo rota que haya quedado la piel. A veces es meramente energía... luz o sonido. Otras veces lo que se mueve son gases o cosas pequeñas... quizás un pájaro sorprendido en su vuelo. A veces es algo mucho más grande.
    — ¿Y eso está ocurriendo aquí?
    —Parece que sí, Dom —le contesté casi involuntariamente—. Y no sólo aquí. Se puso en pie y fue hasta la ventana. Dejé que lo pensara un poquito.
    —Dom, tengo la impresión de que los suyos están a punto de cagarla —me dijo sin volverse. No le respondí y él me miró, apartándose de la ventana—. Ojalá pudiera darme un cigarrillo —insistió de nuevo—. Es difícil tomarse todo esto con calma.

    Pensé durante unos segundos en la posibilidad de negárselo y luego decidí que sería inútil.

    — ¿Por qué no? —contesté—. Al fin y al cabo, son sus pulmones —estudié el interfono del escritorio hasta que pude decidir qué botón era el que conectaba con el cuarto de los ordenanzas, y le dije a la sargento Sambok que nos trajera tabaco—. En fin —proseguí—, todos queremos arreglar este jaleo. ¿Piensa ayudarnos?
    —No —me respondió lacónicamente.
    — ¿Ni siquiera siendo la situación tan arriesgada como acabo de contarle? ¿Ni siquiera cuando su país, de todos modos, carece de defensa contra nosotros?
    —Ustedes se metieron en esto, Dominic. Ustedes deben salir del lío —fue su réplica final. Al entrar la sargento Nyla Sambok con un cartón de cigarrillos libres de impuestos procedentes de la cantina militar él se volvió a mirarla.

    De pronto, mi amistoso otro yo cambió por completo y el prisionero tranquilo y seguro de sí mismo, dispuesto a confesar tan sólo su nombre/rango/ número, se convirtió en algo totalmente distinto.

    ¿Qué diablos le había ocurrido? Estaba mirando a la sargento como si hubiera aparecido un fantasma. Jamás había visto yo tal expresión de asombro, rabia y preocupación en un rostro humano... ¡y aún menos en el mío!


    Un hombre llamado Dominic DeSota estaba sentado ante una pantalla, moviendo los dedos a toda velocidad sobre el teclado, registrando datos y analizándolos. Sin apartar los dedos de las teclas dijo, usando el pequeño micrófono que se curvaba siguiendo la línea de su mejilla: « ¿Jefe? Este es el más alejado de todos Parece que ni siquiera hay vertebrados en él.»


    24 de agosto de 1983
    9.20 A.M. Senador Dominic DeSota


    Cuando volví a mi hogar lejos del hogar, la empalizada situada en la zona de aparcamiento J-3, me encontré con que me había perdido el desayuno. También faltaban seis de mis compañeros de cautiverio. Aún quedaba una docena escasa de soldados de la base, dos de los cuales soportaban avergonzados que les hubieran pintado las letras «PG» en la espalda con un rotulador, y se dedicaban a recoger las bandejas con los restos del desayuno. Un soldado distinto, con un brazalete verde en el brazo, les vigilaba, armado con una pistola automática que sostenía sin gran interés. Sin duda, era un soldado del mayor DeSota.

    Pero de los pocos civiles que habían compartido esa noche los camastros conmigo, no quedaba ni uno Eso inquietó un poco al cabo que me había traído aquí, el cual me indicó con un gesto que entrase en la empalizada y se puso a conversar en voz baja con aire preocupado con el otro centinela. No me importó. Tenía otras cosas en la cabeza.

    De hecho, era una sola cosa: ¡Nyla Bowquist!

    No sé cómo expresar la devastadora impresión que me produjo ver a mi amada vestida con el uniforme del ejército, con restos de maquillaje negro en la cara y con un arma al hombro, sin dar señal alguna de haberme reconocido.

    Cuando tuve algo de tiempo para pensar en ello, me di cuenta de que era muy probable que existiese otra Nyla en su tiempo, al igual que había otro Dominic DeSota... y, sin duda, otra Marilyn (pero, ¿con quién se habría casado ahí?), otro Ferdie Bowquist y todo un reparto completo de personajes. El otro Dom DeSota no se parecía en nada a mí y no había ninguna razón para que la otra Nyla se pareciese a la mía. Esta no era ninguna violinista famosa, llevaba el pelo más corto y los ojos menos maquillados. Y sus ropas... bueno, al fin y al cabo se trataba de un uniforme del ejército. Mi Nyla sabía vestir muy bien, pero ésta no había tenido libertad para elegir su atuendo.

    ¡Pero el parecido era tan conmovedor! ¡Y no me reconoció! Aunque eso no era del todo cierto, me había reconocido como una copia del otro Dominic, al cual sí conocía (aunque supuse que no en el sentido bíblico del término). Me pregunté si volvería a verla...

    Y, al instante, me pregunté si volvería a ver a mi Nyla. ¡O a mi otro yo! Allí estaba, metido justo en el centro de acontecimientos colosales, fantásticos y aterradores y lo único que me pasaba por la cabeza era la mujer con la que estaba teniendo un asunto amoroso...

    — ¡Usted! ¡Prisionero DeSota! —gruñó el cabo, y me di cuenta de que había estado haciéndome señas—. Venga, han trasladado a los suyos. Tengo que llevarle al punto de reunión.

    Miré a los otros prisioneros y éstos me devolvieron la mirada con esa expresión opaca de yo-soy-un-mandado, típica de los soldados en las situaciones no previstas por sus órdenes. — ¿Dónde está eso? —pregunté. Pero la única respuesta que obtuve fue una indicación nada agradable hecha con el cañón de su arma.

    No estaba lejos. Quedaba, de hecho, justo en nuestro punto de salida original, el Club de Oficiales que había delante de la Gatera.

    Había estado ahí antes un montón de veces. Era una especie de salón provisto de bar, en el que la gente podía sentarse a tomar una taza de café y conversar un poco, olvidando momentáneamente sus mesas de trabajo, a leer sus últimos memorándums informativos sin que nadie les molestase. Tenía el mismo aspecto de siempre, excepto por las nueve personas que se encontraban en él y que, claramente, no querían estar ahí. Dos de los científicos no paraban de andar arriba y abajo, mirando de vez en cuando por las ventanas. El coronel Martineau estaba sentado, hablando con una de las mujeres a la que reconocí como una matemática procedente de la ITT y, por lo tanto, una de mis subvencionadoras de campaña.

    —Edna —dije saludándola con la cabeza—. Coronel... —como si acabara de llegar para tomarme una Coca Cola y no estuviese ocurriendo nada fuera de lo normal.
    —Nos preguntábamos dónde estaría —dijo el coronel.
    —Me estaba interrogando ese otro Dominic DeSota, el desagradable. Me hizo perder el desayuno.
    —Si tiene alguna moneda de veinticinco centavos —dijo—, ahí en el recibidor hay una máquina automática y el centinela le permitirá usarla —no tenía monedas pero la doctora Edna Valeska sí. Eran iguales a las nuestras... pero llevaban la cara de Herbert Hoover. Una gaseosa y un par de Twinkies no eran lo que se dice todo un festín, pero al menos informaron a mi estómago de mis buenas intenciones. Por pura rutina, el coronel Martineau inspeccionó la habitación mientras yo adquiría mis provisiones, comprobando las ventanas (gesto negativo de la cabeza; centinelas armados en el exterior), la otra puerta (cerrada) y descolgando el teléfono (no había línea). Luego tomó asiento y se dedicó a verme comer—. Nos han interrogado a todos —dijo—. Usted parecía ser el que más les interesaba, Dom... al menos, el primero que se parecía a usted. El que desapareció.
    —Me preguntaron sobre él —dije, con la boca algo pastosa a causa de tanto azúcar—. No pensé que hubiera nada malo en contarles lo que sabía... por supuesto, no era gran cosa. ¿O tendría que haberme limitado a decirles mi nombre, rango y número de placa, cosa de la que carezco?

    Me miró algo sorprendido. Yo mismo también lo estaba; no me había dado cuenta de lo irritable que andaba.

    —Senador, me temo que deberemos ir trampeando la situación como mejor podamos —dijo en tono conciliatorio.

    Sonreí para darle a entender que lamentaba mi exabrupto y Edna Valeska, sentada junto a mí en el sofá, se unió a nuestra discusión.

    —Las buenas noticias —dijo con voz lúgubre— consisten en que ahora tenemos la prueba de que el Proyecto Gatera funciona. Las malas son que ellos han logrado que funcione antes que nosotros y lo están usando; y lo peor de todo este asunto es que parece haber más de una línea temporal implicada en él. No hay otra explicación que encaje con los hechos.
    —Eso me parece a mí también —dije—, pero ¿quiénes son esos otros? —sacudidas de cabeza—. Jesús, no estoy acostumbrado a este tipo de cosas...

    Una brevísima sonrisa de Edna.

    — ¿Y quién lo está?
    — ¡Bueno, pero se trata de su proyecto! —protesté yo—. Si ustedes no saben lo que ocurre, entonces ¿quién va a saberlo?
    —Dije que no estaba acostumbrada a cosas así, senador. No dije que no las entendiese... al menos, en parte —vio cómo miraba sus cigarrillos y me dio uno—.

    Por ejemplo —siguió, encendiendo el mío y otro para ella—, sabemos bastante sobre la línea temporal de nuestros visitantes... o sea, los invasores; esa en la que usted es mayor del ejército.

    — ¿Sabemos algo?
    —Claro que sí. Nos están invadiendo porque quieren atacar a un enemigo de su tiempo entrando por la puerta trasera... lo mismo que estábamos preparándonos para hacer nosotros.
    —Doctora Valeska —dije—, no nos estábamos preparando. La misión de la Gatera era estudiar su factibilidad. No había planes operativos.

    Se encogió de hombros, despreciando mi puntualización como si careciese de toda importancia a efectos prácticos.

    —Hay otra deducción sólida y otro hecho. La deducción es que, aun habiendo llegado bastante lejos en lo que respecta al cambio de tiempos, hay al menos otra línea que ha llegado todavía más lejos que ellos. La que creó el primer Dominic DeSota.

    Me di cuenta de que no sólo los demás ocupantes de la habitación se habían agrupado a nuestro alrededor para escucharnos, sino que incluso el guardia de la puerta se esforzaba por oírnos. Y bien, ¿por qué no? Quizás lograse enterarme de algo por su expresión.

    — ¿Cómo lo sabe? —pregunté, observando al guardia por el rabillo del ojo.
    —Porque esa otra gente (les llamaremos Población Uno) pueden hacer entrar a una persona en otro tiempo y luego hacerla volver desde su propio extremo. No creo que la Población Dos (los invasores) pueda hacerlo —el fruncimiento de ceño del guardia parecía dar plausibilidad a sus hipótesis, pensé. Edna Valeska también se había percatado—. Por lo tanto —dijo—, en este juego hay otro jugador.
    —Por lo tanto, quizás tengamos un aliado —dije con esperanza—. La gente de la Población Uno podría ser tan vulnerable como nosotros... pero sólo respecto a la Población Dos.

    El guardia no nos quitaba ya ojo de encima y su cara de preocupación era de lo más reconfortante. Estábamos hablando de cosas en las que no deseaba pensar. Me volví para sonreírle. Error. Me miró con odio y retrocedió, agarrando con firmeza su arma, el rostro convertido en una máscara inexpresiva... lo cual también era una forma de confirmación.

    —Por otra parte —dijo Edna Valeska—, si la Población Uno hubiese querido hacer algo en favor nuestro, tuvo todas las ocasiones del mundo para avisarnos. Y no lo hizo.

    Eso era bastante cierto y empecé a sentirme tan preocupada como el guardia.

    — ¿Y qué otro hecho conocemos respecto a la gente de la Población Dos... los invasores? —pregunté.
    —La Unión Soviética es su principal enemigo.
    —Sí, eso parece —dije—. ¡Pero es difícil de creer! Después de la guerra nuclear, cuando los chinos les decapitaron bombardeando Moscú y Leningrado...—Cierto, Dora —me interrumpió el coronel Martineau—, pero debe entender que en su tiempo eso no sucedió. Lo hemos reconstruido todo a partir de lo que fuimos descubriendo cuando nos interrogaron. Los soviéticos sólo tuvieron una gran guerra con enemigos externos, creo que alrededor de 1940. Se metieron en una guerra con Finlandia y los alemanes fueron involucrados...
    — ¡Los alemanes!

    Martineau asintió. —Los alemanes no hicieron la revolución. Un hombre llamado Hitler conquistó el poder y la guerra fue bastante seria. Los rusos ganaron y después de la guerra ocuparon la mayor parte del este de Europa, dirigidos por su líder, Josef Stalin.

    Eso era lo más difícil de tragar.

    — ¡Oiga, espere un momento! ¡Yo sé quién fue ese Stalin! Gobernó un cierto tiempo el país hasta que lo asesinaron. De hecho, su nieto es amigo mío, es el embajador ruso en las Naciones Unidas. Jugamos al bridge. Es un buen amigo de... de ciertos amigos míos —concluí, no deseando mencionar a Nyla Bowquist. Distinguí fugazmente al guardia, más cauteloso esta vez pero de nuevo escuchándonos, sin duda alguna—. Al viejo Joe —proseguí como si estuviera dando una conferencia—, lo asesinó un separatista georgiano. Y los ingleses tuvieron su huelga general, que culminó finalmente en una revolución. Se hicieron socialistas y aún lo son, y el ruso Litvinov se convirtió en gobernante de la U.R.S.S. porque tenía buenas conexiones con los ingleses. A decir verdad, su mujer era inglesa... Y luego, después de 1960, los alemanes tuvieron su contrarrevolución y el kaiser volvió del exilio y ahora ellos y el Japón son los grandes competidores... —Dejé de hablar. Ya no estaba asustando al guardia: sencillamente le estaba aburriendo, por no hablar del efecto que mi discurso había tenido en Edna y el coronel Martineau.

    El coronel meneó la cabeza.

    —Nada de eso ocurrió en su tiempo —dijo—. Durante los últimos treinta años sólo han tenido dos auténticas superpotencias, los rusos y los norteamericanos. Y ellos pretenden cargarse a la competencia.

    El guardia no sólo estaba aburrido: ni tan siquiera nos escuchaba. Se oía un ruido que venía del Club de Oficiales y estaba intentando enterarse de cuál era la causa. Todos los que nos encontrábamos en la habitación habíamos estado mirando de soslayo a nuestro papel de tornasol ambulante para ver qué reacciones producía nuestra charla y cuando el papel dejó de reaccionar, la charla se extinguió por sí sola.

    —Infiernos —dijo uno de los científicos más jóvenes, para encogerse luego de hombros, como aclarando que se trataba de un comentario general a la situación, al que no pretendía añadir nada más detallado.
    —Infiernos y demonios —dijo Edna Valeska, cada vez más nerviosa—. Mi marido se va a poner enfermo de tanto preocuparse. Nunca quería que hiciese el turno de noche. Ojalá pudiese hacerle saber que me encuentro bien.
    —Ojalá yo pudiese hacer lo mismo —dije.

    El coronel asintió.

    —En mi trabajo, las mujeres se acostumbran a este tipo de cosas... bueno, no éste exactamente, quiero decir, sino que a veces no es posible llamar por teléfono. Ya sé que para los civiles es distinto. Apuesto a que le preocupa su mujer, Dom.
    — ¿Qué? Oh, claro —accedí, sin añadir: «Ella también me preocupa.»Nos dieron de comer otra vez antes del medí Eran espagueti de lata y albóndigas recalentadas, restos de las provisiones culinarias del Club de Oficiales, pero tuvimos toda la leche que quisimos y un café decente.
    —Nos engordan para la matanza —dijo lúgubremente uno de los científicos jóvenes y, como si eso hubiera sido una señal, nuestro nuevo centinela entró en la habitación blandiendo su arma, seguido por Nyla. Quiero decir, por la sargento Nyla Sambok, flanqueada por otros dos soldados armados.
    —Si han terminado su café —nos dijo muy cortesemente—, estamos listos para llevarles a un alojamiento más cómodo.
    — ¿Dónde? —preguntó el coronel Martineau.
    —No muy lejos, señor. Si quieren seguirme, por favor —Era la misma voz de Nyla, igual que su «por favor...» un toque agradable, pensé, dadas las circunstancias. Pero el modo en que los soldados nos cubrieron con sus armas no era nada agradable. Tanto si habíamos terminado el café como si no, empezamos a caminar.

    No tuvimos que ir demasiado lejos. Al salir del aire acondicionado del club, el calor del desierto fue como un martillazo entre los ojos, pero no tuvimos que soportarlo mucho rato. Salimos por la puerta. Atravesamos la gran explanada desierta que le servía a la base de calle mayor. Entramos por la puerta delantera de la Gatera y bajamos un tramo de escaleras hasta llegar a un sótano enorme y no muy limpio. En otros tiempos había sido un salón de tiro, pero ahora estaba lleno de gente que llevaba los brazaletes verdes de los invasores, algunos trastos con pintura de camuflaje que parecían generadores y grandes cables que serpenteaban hacia el exterior, donde pudimos oír el martillazo lejano de unos motores diesel... y una pantalla alta de forma rectangular, lisa y de color negro azabache.

    Esa fue la primera vez que vi un portal. No hizo falta que me dijeran lo que era. Sencillamente, era un pedazo de negrura colgada en el aire, casi lo bastante grande como para llenar la estancia de un lado a otro... y era aterrador.

    — ¡Sargento! —dijo secamente el coronel Martineau—. ¡Exijo saber cuáles son sus intenciones!
    —Sí, señor —dijo ella—. Un oficial le informará. Señor, todo esto es para su propia seguridad y para que estén más cómodos.
    — ¡Y una mierda, sargento!

    Pero ella se limitó a responder con otro «Sí, señor» y se fue. Ya no estaba ahí para responder a nuestras preguntas y los centinelas armados, obviamente, tenían como única respuesta sus cargadores con munición.

    La observé dirigirse al otro extremo de la habitación, donde se encontraba mi viejo conocido, Dominic, el doppelganger,ii junto con un hombre en cuyo aspecto había algo raro. Doblemente raro... Su rostro era vagamente familiar y, como yo, parecía tratarse de un civil con uniforme prestado. Al igual que yo, no llevaba insignia de rango y, como yo, tampoco brazalete verde. Pero no se trataba de un prisionero, ya que se encontraba junto a una gran consola, haciendo ajustes en alguna especie de instrumento. El mayor Dominic le observaba atentamente; al igual que un soldado con una carabina. ¿Su centinela? Y, si necesitaba un centinela y no era uno de nosotros, ¿quién era?

    La Nyla-Sargento estaba recibiendo órdenes del Mayor-Yo. Hizo un gesto de asentimiento y volvió con nosotros.

    —Pasarán dentro de un minuto —nos informó.
    — ¡Oiga, sargento, espere! —grito el coronel—. ¡Exijo que nos diga a dónde nos está llevando!
    —Sí, señor —dijo ella—. El oficial se lo explicará todo más tarde.

    Martineau, sacando humo por las orejas, tuvo que aguantarse. Decidí probar suerte.

    —Usted es Nyla Chístophe, ¿verdad? —le pregunté con mi mejor sonrisa.

    Pestañeó, sorprendida. Por primera vez me miró como a un ser humano y no como a un simple pedazo de carne prisionera al que podía llevar de un sitio a otro según sus caprichos. La carabina que tenía en las manos, sin embargo, no vaciló.

    No es que me apuntara exactamente, pero sólo le hacía falta dar un cuarto de vuelta para tener mi estómago a tiro.

    —Ese es mi nombre de soltera —admitió cautelosamente—. ¿Me conoce?
    —Conozco a la persona que es usted en mi tiempo —dije sonriendo—. Es mi... mi amiga. También es una de las mejores violinistas del mundo.

    Me miró con curiosidad al oír lo de «amiga», pero cuando dije «violinista» conquisté toda su atención. Me examinó de pies a cabeza durante unos segundos, miró brevemente al mayor y luego se volvió hacia mí.

    — ¿De qué está hablando? —me preguntó.
    —Zuckerman, Ricci, Christophe —dije—. Son los tres grandes nombres del violonchelo en el mundo actual En este mundo... La noche anterior Nyla tocó con la National Symphony y entre el público asistente se encontraba... bueno, nada menos que la presidenta de los Estados Unidos.—¿La National Symphony? —yo asentí—. Dios mío... —dijo ella—. Siempre deseé... ¿Me está tomando el pelo, señor DeSota?

    Sacudí enfáticamente la cabeza.

    —En mi tiempo usted se ha casado con un promotor inmobiliario de Chicago. La noche pasada tocó el concierto de violín de Gershwin, con Rostropovich como director de la orquesta. Hace dos meses su foto ocupó la cubierta de People.

    Su mirada era una mezcla de asombro y escepticismo.

    —Gershwin no escribió jamás un concierto para violín —dijo—. ¿Y qué es eso de People?
    —Es una revista, Nyla. Es usted famosa.
    —Es verdad, sargento —me apoyó el coronel, que había estado escuchándonos atentamente—. Yo mismo la he oído tocar.
    — ¿Sí? —seguía sintiendo escepticismo, pero también estaba fascinada.

    Asentí con toda la sinceridad de que me sentí capaz.

    — ¿Y usted, Nyla? —le pregunté— ¿También toca?
    —Doy clases —dijo—. Bueno, las daba hasta que me llamaron a filas.
    — ¿Ve? —dije yo, radiante—. Y...

    Y hasta ahí fue donde pude llegar.

    — ¡Sargento Sambok! —dijo un capitán de pie junto a la pantalla—. ¡Que se muevan!

    Ahí terminó todo. Mi Nyla volvió a convertirse en una profesional y cuando posó de nuevo sus ojos en mí fue con el mismo interés impersonal que el hombre del mazo siente hacia la res que se acerca a él por la rampa del matadero.

    —Muévanse, por favor —dijo, pero esta vez el «por favor» carecía de significado. —Sargento, escúcheme... —empezó a decirle el coronel Martineau, pero ella no estaba dispuesta a perder más tiempo con nosotros. Movió levemente la carabina, el coronel me miró y se encogió de hombros. Avanzamos en fila, siguiendo las líneas amarillas que habían pintado en el suelo tan poco tiempo antes que la pintura aún estaba algo pegajosa. Justo delante de la ominosa negrura había una gruesa franja amarilla, como la línea que indica el punto de espera ante las aduanas en un aeropuerto. El capitán recién aparecido nos hizo detenernos al llegar, con un ojo clavado en nosotros y el otro en el civil que me era vagamente familiar.
    —Cuando yo se lo diga —nos ordenó—, cruzarán el portal de uno en uno. Esperen hasta que les llame, eso es muy importante. Descubrirán que el otro lado está a la misma altura que éste, así que no deben preocuparse por si van a tropezar ni nada parecido. De todos modos, habrá personal disponible al otro lado para ayudarles si es necesario. Recuerden, sólo uno cada vez... — ¡Capitán! —graznó el coronel Martineau haciendo un último esfuerzo—. Exijo...
    —No, usted no exige nada —le dijo el capitán, sin demasiada rudeza, con el tono que podría usar alguien que tiene por delante un trabajo complicado y le pide a otra persona que se calle y no moleste hasta que haya terminado el trabajo—. Podrá presentar sus quejas en el otro lado... señor —el «señor» se le ocurrió en el último instante y el tono en que había sido pronunciado indicaba que no debía ser tomado muy en serio. El capitán estaba muchísimo más interesado en el civil situado ante la consola que en cualquiera de nosotros o en lo que pudiéramos decirle.

    La verdad es que el civil era bastante interesante. Obviamente, estaba haciendo algún complicado ajuste que requería mucho cuidado. Al parecer, lo que intentaba era mantener el punto rojo de una escala justo delante del punto verde de otra y cada vez que el rojo se alejaba del verde giraba los mandos hasta lograr que coincidieran de nuevo. Cuando logró juntarlos dijo, por encima del hombro:

    — ¡Que empiecen a moverse!

    Y la doctora Edna Valeska, con cara de estar rezando, nos miró de modo casi implorante, se estremeció por un instante y caminó hasta penetrar en la negrura, donde simplemente desapareció.

    Los ocho que aún quedábamos lanzamos un suspiro colectivo.

    —El siguiente —ordenó el capitán, y el coronel Martineau empezó a moverse. La negrura lo engulló sin dejar de él más rastro que de Edna Valeska.

    Yo era el siguiente de la fila.

    Me encontraba a menos de unos tres metros del civil misterioso, el cual me miró brevemente antes de concentrarse otra vez en los controles.

    Y, de pronto, me acordé. Flaco, con un aspecto mucho menos saludable... pero era el mismo hombre, no había duda.

    — ¡Lavrenti! —exclamé—. ¡Tú eres el embajador Lavrenti Djugashvili!
    — ¿Está loco? —me espetó secamente su centinela—. ¡No moleste al doctor Douglas ahora!
    —Maldición, espere un minuto —protestó el civil—. ¡Usted! ¿Cómo me ha llamado?
    —Djugashvili —dije yo—. Tú eres el embajador de la Unión Soviética, Lavrenti Djugashvili.
    —No me llamo Djugashvili —dijo, después de mirarme con nerviosismo. Volvió a su tablero de control, ajustó unos cuantos diales y le hizo una seña al capitán para que me hiciera cruzar el portal—. Pero mi abuelo sí se llamaba así —dijo cuando yo entraba en la oscuridad.


    De niño yo era muy fantasioso y mi vida imaginaria se centraba en dos temas.

    Uno era el viaje espacial y el otro era el sexo. La principal razón de que deseara convertirme en científico cuando entré en Lañe Tech era que así podría visitar otros mundos. La verdad es que nunca llegué a perder del todo esa fantasía; sencillamente, se fue evaporando con el transcurso de los años.

    El otro tema nunca dejó de interesarme. Tenía la mejor colección de libros porno de todo el Near North Side. Aún no se vendía de modo legal ningún tipo de películas porno, pero había sitios donde por dos dólares te dejaban entrar en la trastienda de un salón de atracciones o de alguna librería mugrienta y podías ver películas rodadas en un granuloso blanco y negro, procedentes de Tijuana y La Habana. (Durante bastante tiempo no estuve muy seguro de que un hombre pudiese hacerle el amor a una mujer sin llevar largos calcetines negros y máscara.) Intercambiaba mentiras con los demás miembros de mi club de ajedrez y del equipo de tenis y cada noche me iba a dormir acatando el ritual que han seguido a lo largo de las épocas todos los adolescentes, escribiendo cuidadosamente con mi imaginación el guión de la seducción perfecta: el camisón de encaje, el vino bien frío junto a la cama, las sábanas de satén...

    Y entonces llegó el cuatro de julio. Y Peggy Hofstader.

    Vivía lo bastante cerca del lago como para ver los fuegos artificiales y no había nadie en el tejado aparte de nosotros dos y yo me las había arreglado para obtener dos botellas de cerveza caliente, que sabía fatal. Y cuando los cohetes explotaron en su traca final, iluminando los cielos, y sentí que la mano de Peggy se posaba en ese lugar que ninguna mano había tocado antes, salvo la mía, me di cuenta de que había llegado el momento de la verdad. De pronto, la fantasía se había vuelto realidad. Estaba haciendo mi debut sin la menor preparación y, ¿qué había que hacer con tantos brazos, piernas, sitios y prendas?

    Por suerte para mí, Peggy conocía tanto su parte de la obra como la mía. Necesité toda la ayuda que pudo prestarme.

    Ahora no había nadie para ayudarme.

    De un modo totalmente distinto, me hallaba ante la misma experiencia, emocionante y aterradora a la vez. Al otro lado de aquella negrura había... la nada.

    Tragué una buena bocanada de aire. Cerré los ojos. Y avancé hacia ella.

    ¿Qué sentí?

    Bueno, no gran cosa. He asistido a un par de convenciones científicas en las que había puertas de aire como separación de las habitaciones, corrientes de aire mezcladas con vapor de agua, con lo que una nube parecía colgar siempre sobre el umbral; proyectaban imágenes o avisos sobre esas nubes y lo único que debías hacer era cruzarlas. Mi experiencia actual me dio menos la impresión de entrar en otro mundo que el cruzar una de esas puertas. Sencillamente, un instante antes me había encontrado en el ruidoso sótano de un edificio lleno de gente, con armas que me apuntaban, bajo hileras de fluorescentes que no cesaban de parpadear...Y al dar un solo paso me encontré de repente en el fondo de una hondonada. Mis pies se apoyaban sobre tablones y me bañaba el más cálido sol de agosto que puede encontrarse en Nuevo México. A mi alrededor se alzaban grandes andamios en los que había extrañas máquinas parecidas a cámaras de televisión con unas armazones redondas de alambre allí donde habrían estado los objetivos de una cámara. Junto a una de las máquinas había un bracero que me contemplaba sin hacer nada y detrás de esa misma máquina otro hombre también parado. Unos muros de tierra apisonada me rodeaban y, a pocos metros de distancia, el estruendoso motor de un camión me rompía los tímpanos.

    No tuve mucho tiempo para estudiar la escena. Dos soldados me agarraron rápidamente por los brazos y me hicieron avanzar.

    —Al camión —me ordenó uno de ellos, y se volvió para recibir al siguiente prisionero que apareció tambaleándose a través del portal.

    Subí al camión (que no tenía nada de particular; era un simple camión del ejército con banquillos laterales y un soldado para encargarse de la ametralladora ligera que nos apuntaba desde la cabina). Cuando los nueve estuvimos a bordo, el motor rugió de modo aún más estrepitoso y el vehículo avanzó a trompicones, sin tardar en salir de la hondonada para trepar a una meseta en la que aguardaban dos helicópteros del ejército cuyos rotores giraban lentamente—. Abajo —ordenó el soldado, que había subido también al camión, y uno a uno saltamos al suelo y el camión se alejó. El soldado que nos había dado todas las órdenes, vigilándonos atentamente, retrocedió unos pasos para intercambiar algunas frases con el piloto de un helicóptero. Nosotros nos limitamos a mirarnos unos a otros. Nos hallábamos en un terreno montañoso y bastante árido. Al otro lado de la meseta, a un kilómetro y medio de distancia aproximadamente, pude distinguir los barracones de una base del ejército... la Sandia local, supuse. Más cerca de nosotros había un gran remolque cubierto con pintura de camuflaje y provisto de ventanas (por lo que me pareció que sería una especie de oficina o puesto de mando) que tocaba casi el borde de la hondonada. Y esparcidos por ella habría dos o tres remolques más, pero sin ventanas: contenían ruidosos generadores de los que emergían cables conectados a las máquinas que había en el fondo del pozo.

    Apenas tardé un minuto en sudar a mares, como los demás, pero estábamos todos demasiado excitados como para que nos preocupase la posibilidad de una insolación. Edna Valeska me tiró de la manga.

    —Tuvieron que excavar para llegar al nivel del edificio —me dijo, señalando con el dedo.
    — ¿Qué?
    —Deseaban aparecer en el sótano —me explicó—, y aquí no había ninguno. Así que tuvieron que excavar.
    —Oh, claro —no me pareció demasiado importante. A decir verdad, me había caído encima una avalancha de cosas ante las que reaccionar y ya no sabía demasiado bien lo que era importante y lo que no. Vi salir dos figuras más del rectángulo negro: Nyla-Sargento y el hombre que se parecía a Djugashvili pero que había dicho no ser él. Hablaron un instante y Nyla se dirigió hacia un jeep:
    — ¿Y los andamios?
    —Supongo que también serían necesarios para llegar a la posición que deseaban —dijo la doctora Valeska—. Para espiar en los laboratorios. Algunos de ellos estaban en el último piso. Sonaba bastante lógico, aunque tampoco estaba ya demasiado seguro de lo que era lógico. Uno de los científicos más jóvenes puso el dedo sobre la llaga.
    — ¿Qué creen que nos harán? —preguntó con voz temblorosa.

    A eso nadie tenía una buena respuesta y el que se acercó más a la verdad fue el coronel Martineau.

    —Creo que eso nos lo va a contar la sargento —dijo justo cuando el jeep de Nyla Sambok se detuvo a nuestras espaldas lanzando chorros de arena con las ruedas.

    Sin embargo, no nos lo contó... al menos, no de inmediato. Antes la llamaron a gritos para que participase en el coloquio mantenido entre el soldado y los pilotos del helicóptero. La verdad es que «coloquio» es una palabra demasiado educada; se estaba convirtiendo en una pura y simple discusión y hablaban precisamente en voz baja.

    No tardamos mucho en saber el motivo de la discusión. Era algo así como ese viejo acertijo sobre los misioneros y los caníbales que cruzan un río. Cada helicóptero podía transportar cinco personas, aparte del piloto. Los prisioneros éramos nueve y con el soldado hacíamos diez. Dos viajes... pero ninguno de los dos pilotos estaba dispuesto a correr el riesgo de llevar a cinco enemigos desesperados, posiblemente enloquecidos, sin un centinela armado a bordo.

    —Ah, mierda —dijo finalmente la sargento Sambok—. Venga, que cada uno se lleve a cuatro y yo me quedaré aquí vigilando al que sobre hasta que uno de ustedes regrese —y mientras los pilotos, no muy de buena gana, empezaban a preparar los helicópteros, ella se volvió y me señaló con el dedo—. Ese no —dijo—. Se quedará conmigo para el siguiente viaje. —Pero, sargento —protestó débilmente un soldado—, el mayor dijo...
    —Muévanse —ordenó Nyla. Y eso hicieron. Cuando los helicópteros estuvieron en el aire se volvió hacia mí y me examinó atentamente. Me imagino que no debía de tener aspecto de poder plantearle graves problemas a una mujer fuerte y provista de una carabina—. No tiene sentido que nos asemos los sesos aquí fuera —dijo, haciéndome una seña—. Metámonos en el remolque.


    Aquel bendito trasto tenía aire acondicionado.

    Además, estaba vacío. Aparentemente era para los pilotos de los helicópteros, y no quedaba ninguno. Me hizo entrar primero y esperó hasta que yo hube cruzado la puerta para entrar. Se puso en un rincón y me lanzó diestramente dos monedas de veinticinco centavos que sacó de un bolsillo del uniforme.

    —Ahí hay una máquina de Coca Cola —dijo—. Yo pago... Ábralas y déjelas sobre la mesa —y luego, como si se le acabase de ocurrir, añadió—. Por favor.

    Tomó asiento y bebió un buen trago de Coca Cola, observándome. Yo le devolví la mirada como si fuese una imagen reflejada en el espejo. De cerca, sin nadie más en el remolque, me recordó más que nunca a mi Nyla. Oh, claro, como si mi Nyla se hubiese ataviado para un baile de disfraces... pero era Nyla Christophe Bowquist, en carne y hueso.

    Naturalmente, no lo era. Era Nyla Otra Persona, pero, fuese cual fuese su nombre, parecía tan guapa y deseable como mi Nyla, lo cual es mucho decir. No me refiero meramente al aspecto sexual, aunque algo de eso había: había también algo más. Me gustaba. Me gustaba la mirada —medio perpleja, medio divertida— queme dedicó. Me gustaba su modo de apoyarse en el respaldo, y sus pechos, que hacían que el uniforme pareciese la creación de un diseñador de alta costura. Y, cuando habló, me gustó también el sonido de su voz.

    — ¿Y bien, DeSota? ¿Qué era todo eso que me contaba antes?
    —Que es usted concertista de violín, y una de las mejores de toda la historia —le contesté.
    — ¡Ya me gustaría! Señor DeSota, soy profesora de música. Admito que siempre deseé estar en un escenario con una orquesta, pero jamás pude lograrlo.
    —Pues tenía las dotes —dije encogiéndome de hombros—, porque en mi mundo eso es justamente lo que hizo. Y hay otra cosa que no le he contado acerca de mi línea temporal, de usted y... de mí.

    Me miró de un modo raro. Y no preguntó cuál. Fueron sus cejas las que lo dijeron.

    —Éramos amantes —le contesté—. Yo la quería mucho. Aún la sigo queriendo.

    Seguía mirándome con extrañeza, pero ahora de otro modo. Había en ella sorpresa y duda, pero también el inicio de un cierto calor vacilante. Era casi como las miradas que suelen verse en las personas que frecuentan ciertos bares, aunque no me pareció que esta Nyla fuese más aficionada a esa clase de bares que la mía. Conozco esa mirada. Debe ser la misma de Roxane a Cyrano de Bergerac al enterarse de que era él y no el tonto y guapo Christian quien le había escrito aquellas cartas tan hermosas.

    —Nunca habían probado eso conmigo, DeSota —dijo ella.
    —No es ningún truco, Nyla.

    Lo pensó un instante y luego me miró sonriendo.

    —Dadas las circunstancias, bien podría serlo—dijo—. Hablemos de otras cosas. ¿Qué es eso del concierto de Gershwin? Ya sabe que murió joven —me encogí de hombros; la verdad es que no sabía gran cosa de él—. Dejó bastantes obras excelentes —prosiguió, en tanto que yo me levantaba y me acercaba a la ventana para mirar hacia afuera—. Todo eran cosas populares, claro. Y luego la Rapsodia en blue, el Concierto en Fa, el Americano en París... pero, sinceramente, jamás compuso ningún concierto como el que usted menciona.

    Yo miraba el portal, donde mi falso Djugashvili estaba jugando con el mismo tipo de consola que había al otro lado. Negué enérgicamente con la cabeza.

    —Se equivoca, Nyla, se equivoca totalmente. No soy un experto en música clásica, eso está claro. Pero se me ha acabado quedando algo por mi relación con... con la otra Nyla. He oído muchas veces ese concierto. Está lleno de melodías, lo que hace que sea algo más fácil para un tipo como yo. Creo que incluso podría silbarlo... un momento —empecé a dar vueltas intentando recordar el precioso y delicado tema de la obertura que Nyla tocaba de modo tan hermoso en el solo. Cuando logré por fin silbarlo supe que no le estaba haciendo justicia, pero era ese tipo de música definitivamente bella, como algunas cosas de Mendelssohn y Tchaikovsky, que suenan bien aunque las destrocen.
    —Nunca lo he oído —dijo, frunciendo el ceño—. Pero es muy bonito.

    Y trató de silbarlo también.

    Me incliné hacia ella y le besé los labios.

    Me devolvió el beso.

    Estoy casi seguro de que me lo devolvió. Pude sentir que aquellos labios magníficos, suaves y cálidos se abrían bajo los míos, pero no esperé el tiempo necesario para estar seguro. Le di con el canto de la mano en la nuca, tan fuerte como había aprendido a hacerlo en mis clases de judo.

    Se derrumbó como una piedra.

    Ese tipo de combate cuerpo a cuerpo era para mí totalmente teórico. Nunca lo había hecho antes, excepto como ejercicio ritual. No había planeado hacerlo, aunque una parte de mi cerebro llevaba todo el tiempo chillándome que el uniforme de Nyla y el mío eran absolutamente indistinguibles uno de otro, salvo de que ella llevaba un brazalete verde y una carabina, mientras que yo no poseía ninguna de las dos cosas.

    Cuando cayó no estuve del todo seguro de que mi golpe no hubiera sido demasiado fuerte.

    Pero al posar mi mano sobre aquel pecho tan familiar, escondido bajo la nada familiar tela del uniforme, noté que su corazón y sus pulmones seguían funcionando perfectamente.

    —Lo siento, cariño —dije.

    Me puse el brazalete, recogí la carabina del suelo y me la colgué al hombro. Y salí del remolque sin mirar hacia atrás.


    Timothy McGarren, un hombre de setenta y tres años, trabajaba de portero en Lakeshore Towers desde que el complejo abrió sus puertas y él se jubiló de la Metropolitan Transport Authority. Ambas cosas ocurrieron el mismo día, diez años atrás. Había ido del vestíbulo al ascensor tantas veces que hubiera podido hacer el viaje dormido o de espaldas. A veces, como en ese momento, mientras le sostenía la puerta a la señora Spiegel del 26-A, llegaba efectivamente a andar de espaldas, buscando con el pie el peldaño. Sólo que esa vez no parecía haber peldaño. Perdió el equilibrio, intentó agarrarse a la barandilla, falló y cayó al agua, con las luces de los rascacielos lejanos de Chicago haciéndole guiños al reflejarse en el lago Michigan.


    24 de agosto de 1983
    12.30 P.M. Mayor DeSota, Dominic R.


    La base que habíamos capturado estaba más llena de regalos que el calcetín colgado de la chimenea en Navidad. El que yo apreciaba más era la oficina del comandante de la base. Tenía su propio comedor privado, con cocina incluida; y en el refrigerador privado del comandante de la base, los cocineros habían descubierto media docena de los bistecs más gruesos y jugosos a los que jamás les haya hincado el diente. La cantidad era perfecta. Éramos seis para comérnoslos: el teniente coronel Tempe, encargado del departamento de investigación nuclear; el mayor de la PM, Bill Selikowitz; el capitán del Cuerpo de Transmisiones; otros dos capitanes que eran ayudantes de Tempe, y yo. Éramos los oficiales de mayor graduación en la base (al menos, de nuestro bando) y la graduación siempre tiene sus privilegios. Comimos sobre un mantel de lino, con servilletas igualmente de lino, en una cubertería de plata, y aunque los vasos sólo contenían agua, al menos eran de cristal danés. Por el gran ventanal del comedor, situado en el quinto piso de los cuarteles generales de la base, podíamos ver los aproximadamente sesenta edificios que habíamos capturado, con los PM de Salikowitz patrullando en sus jeeps. Hacía calor ahí fuera, pero en nuestro pequeño castillo el aire acondicionado funcionaba a las mil maravillas.

    Los seis éramos felices.

    Uno de los ayudantes del coronel Tempe hablaba extasiado sobre los ridículos proyectos que habían descubierto: un grupo de chalados que intentaban leer las mentes del enemigo; armas químicas binarias del tipo que nosotros habíamos probado y descartado cinco años antes; cañones láser capaces de freír a un soldado enemigo a cinco kilómetros de distancia, siempre que el soldado estuviese quieto al menos durante diez minutos sin salirse del rayo.

    Fue lo que más gracia nos hizo y era realmente cómico. Esta gente había tirado más dinero en ideas tontas que nosotros. ¡Pero no todas sus ideas eran ridículas!

    Cuando llegamos al pastel de manzana con helado, el coronel Tempe nos contó las cosas serias. Todos le escuchamos con gran atención; al cabo de otras cuarenta y ocho horas, sin duda todo aquello sería secreto del más alto nivel, pero nosotros nos estábamos enterando de todo directamente a través de su descubridor. En lo tocante a las armas nucleares, esos tipos nos habían dejado a la altura del betún.

    —Misiles de crucero —decía—. Como pequeños aviones a reacción que pasan por debajo del radar, demasiado rápidos para que los intercepten, con mapas incorporados en su memoria para que siempre sepan dónde están. Cabezas nucleares múltiples; se lanzan todas juntas y luego se dividen, a veinte kilómetros de altura, y seis proyectiles distintos dan en seis blancos distintos. Y submarinos.

    Eso me pilló por sorpresa. — ¿Submarinos? ¿Qué diablos hay en especial en los submarinos?

    —Que son de propulsión nuclear, DeSota —dijo con el rostro muy serio—. Unos bastardos enormes, de diez mil toneladas y aún más. Pueden quedarse bajo el agua un mes entero, allí donde el enemigo no pueda encontrarlos; y cada uno de ellos transporta veinte misiles nucleares de un alcance superior a los quince mil kilómetros. ¡Jesús! ¡Es el fin de los ataques biológicos a escondidas! ¡Si pudiéramos meter uno de esos malditos submarinos a través de un portal, los rusos tendrían que agachar la cabeza y morir por nosotros!