• GUARDAR IMAGEN


  • GUARDAR TODAS LAS IMAGENES

  • COPIAR IMAGEN A:

  • OTRAS OPCIONES
  • ● Eliminar Lecturas
  • ● Ultima Lectura
  • ● Historial de Nvgc
  • ● Borrar Historial Nvgc
  • ● Ayuda
  • PUNTO A GUARDAR



  • Tipea en el recuadro blanco alguna referencia, o, déjalo en blanco y da click en "Referencia"
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Todas Las Revistas Diners
  • Todas Las Revistas Selecciones
  • CATEGORIAS
  • Libros
  • Libros-Relatos Cortos
  • Arte-Graficos
  • Bellezas Del Cine Y Television
  • Biografias
  • Chistes
  • Consejos Sanos
  • Cuidando Y Encaminando A Los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Paisajes Y Temas Varios
  • La Relacion De Pareja
  • La Tia Eulogia
  • La Vida Se Ha Convertido En Un Lucro
  • Mensajes Para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud Y Prevencion
  • Sucesos-Proezas
  • Temas Varios
  • Tu Relacion Contigo Mismo Y El Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • CATEGORIAS
  • Arte-Gráficos
  • Bellezas
  • Biografías
  • Chistes que llegan a mi Email
  • Consejos Sanos para el Alma
  • Cuidando y Encaminando a los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Fotos: Paisajes y Temas varios
  • La Relación de Pareja
  • La Tía Eulogia
  • La Vida se ha convertido en un Lucro
  • Mensajes para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud y Prevención
  • Sucesos y Proezas que conmueven
  • Temas Varios
  • Tu Relación Contigo mismo y el Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Selecciones
  • Diners
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    TEODORA, EMPERATRIZ DE BIZANCIO (Gillian Bradshaw)

    Publicado el miércoles, marzo 18, 2015

    A JUDY, en agradecimiento por sus consejos sobre equitación y otras cosas más.


    Aunque morir es la condición de nacer, es insoportable pasar del poder imperial a la ilegalidad. Dios no permita nunca que se me prive de la púrpura; no sobreviva yo al día que se me deje de aclamar como emperatriz. Si lo que quieres, emperador, es seguridad, eso es fácil de conseguir. Disponemos de dinero en abundancia; está el mar; están nuestros barcos. Pero ¡cuidado!, no vayas a descubrir, una vez a salvo, que habría sido preferible la muerte. Prefiero la vieja máxima: «La púrpura es un bello sudario».

    (palabras de la emperatriz Teodora) Procopio, B. P. I, XXIV 35-38.


    LA EMPERATRIZ TEODORA


    Constantinopla era más grande de lo que él se había imaginado.

    El barco se acercaba lentamente, meciéndose sobre el suave oleaje bajo el caluroso sol de septiembre, impulsado por la suave brisa que empujaba las remendadas velas. El pequeño grupo de pasajeros, agarrado a la barandilla en medio del buque, gritaba con entusiasmo y señalaba unos jardines, un pórtico de tiendas, el puerto; la cruz dorada que brillaba desde la alta cúpula de una iglesia; la estatua del emperador encaramada a una columna. «Es como un espejismo en el desierto —susurró Juan, agarrándose con fuerza a la barandilla como los demás—. Es resplandeciente y demasiado extensa y hermosa para ser real.»

    —Forma parte del Gran Palacio —dijo el capitán, acercándose a Juan al tiempo que señalaba un edificio junto a la orilla. Juan sintió que se le encogía el estómago al contemplarlo.

    Dos hileras de columnas de mármol rodeaban un edificio central cubierto por tejas de piedra pulida que brillaba en medio de los jardines como una piedra preciosa envuelta en papel de seda. Las altas murallas de la ciudad lo rodeaban, separándolo del resto de casas comunes a la vez que creaban, con aire protector, una ciudad propia. Juan movió la cabeza y miró hacia abajo. Se fijó en sus manos agarradas a la barandilla del barco. Manos delgadas, amarillentas por la enfermedad, las uñas negras de suciedad. Intentó imaginarlas acariciando los tesoros del palacio enjoyado, pero no pudo.

    —En realidad, casi toda esta parte de la ciudad pertenece al complejo del palacio — agregó el capitán, sonriente—. La emperatriz donó ese sector a algunos de sus monjes. Tiene un par de casas más para ella sola, cada una del tamaño de una catedral, y el emperador cuatro o cinco más. Aparte están las capillas y los cuarteles para los guardias: es enorme el Gran Palacio. ¿Con quién dijiste que querías hablar?
    —Con un funcionario del palacio de la emperatriz —murmuró Juan. No había dicho otra cosa en todo el viaje cada vez que le preguntaban. Ahora deseaba que fuera verdad.
    —Bueno, tendrás que preguntar a los guardias de la Puerta de Bronce. Es la única entrada al palacio. Atracaremos en el puerto Neorio en el Cuerno de Oro. Para llegar a palacio, camina hacia el mercado de Constantino, luego tuerce a la izquierda por la Calle Media hasta el mercado Augusteo; la Puerta de Bronce del palacio está al otro extremo del mercado. Sólo tienes que informar a los guardias para qué vas y te dejarán entrar. ¿Dispones de algún lugar donde alojarte mientras estés en la ciudad?

    Juan bajó la cabeza murmurando un «sí».

    «Supongo que para esta noche ya tendré algún sitio donde quedarme —pensó mientras el capitán iba a supervisar el barco—. ¡Oh, Señor, cómo desearía que fuera ya de noche! Dios inmortal, ¿qué hacer con mis cosas? ¡No puedo ir al Gran Palacio, a la corte de la emperatriz, con un saco lleno de ropa vieja!»

    Después de que el barco virara hacia el Cuerno de Oro y atracara, preguntó al capitán si podía dejar sus pertenencias a bordo por esa noche.

    —¿Por qué no las llevas a tu alojamiento? —preguntó el capitán con sensatez.
    —Yo... preferiría ir a palacio primero —repuso Juan.

    El capitán se encogió de hombros.

    —En ese caso..., ¿pero tú crees que te admitirán, presentándote así, directamente? A los funcionarios les encanta hacer esperar a la gente.
    —No lo sé —respondió Juan—. Bien puede ser. De todos modos, por ahora ¿puedo dejar las cosas aquí?
    —Por supuesto; no hay ningún problema. Pero se hará bastante tarde antes de que llegues a palacio. Primero tendrás que obtener del funcionario de aduanas un permiso para entrar en la ciudad.
    —¿Por qué? No vengo a vender nada.

    El capitán se echó a reír socarronamente.

    —En esta ciudad, todos han de conseguir un permiso. Hasta para mendigar se necesita y no es nada fácil conseguirlo. No se conceden a los que no vivan en la ciudad, si no pagan una buena cantidad por él. Todo el que llega a Constantinopla debe demostrar que tiene negocios en la ciudad o algún otro medio de subsistencia. Si no, lo envían al instante a su casa (a no ser que necesiten obreros para alguna obra pública, en cuyo caso te ofrecerán trabajo y te inscribirán allí mismo en los registros). Aunque seas un caballero y no tengas que preocuparte por eso, también tendrás que obtener un permiso.
    —Ya veo —dijo Juan, mirándose nuevamente las manos. Eran manos suaves, sin los callos propios del trabajo manual. Sólo una pequeña protuberancia en el dedo medio de la mano derecha delataba sus horas de trabajo de oficina. «Soy una especie de caballero —se dijo con amargura—. El bastardo de un caballero. Bueno, espero parecer lo suficientemente caballero como para que el funcionario de aduanas sea amable conmigo; sólo tengo dinero para una semana y no quiero que acaben reclutándome en una panadería o para reparar cisternas.»
    —Por supuesto, si tanta prisa tienes, yo podría hacer que el funcionario te viera a ti antes que la carga o que a los demás... —agregó el capitán, mirando a Juan con una sonrisa expectante.

    Juan contuvo un suspiro, buscó lentamente en su bolsa y entregó al hombre una gran moneda de bronce; después añadió otra más. El capitán volvió a sonreír y se las guardó en la propia bolsa.

    —Veré lo que puedo hacer —dijo.

    «Ahora ya no tengo ni siquiera lo suficiente para vivir una semana —pensó Juan con amargura—. ¡Qué estupidez acabo de hacer! Podría haber esperado hasta mañana. También fui estúpido al pedir un camarote privado en el barco, ¡claro que parecía ridículo viajar a la corte de Sus Majestades en una tienda de lona con otros seis pasajeros, un tropel de niños, cuatro cabras y no sé cuántos camellos! Si lo hubiera soportado y hubiera mantenido la boca cerrada, ahora tendría lo suficiente para sobrevivir un mes, tiempo suficiente para encontrar trabajo si no me reciben en palacio.»
    «Pero si no me reciben, tampoco querré trabajo.»

    El funcionario de aduanas apareció al poco rato: era un hombre pequeño, de piel oscura, canoso, con túnica corta y manto rojo hasta la rodilla. El capitán parecía conocerlo: se estrecharon las manos y se dieron palmadas en la espalda, intercambiando noticias mientras Juan los observaba desde la barandilla, sin exteriorizar su impaciencia. El capitán hizo una mueca e indicó al funcionario:

    —Éste es uno de mis pasajeros; tiene prisa por despachar unos asuntos en palacio; puedes hablar con él primero —dijo. Retrocedió para observarlos con sonrisa de dueño de la situación, como el anfitrión que presenta a sus dos invitados más interesantes en una cena.

    El funcionario dirigió a Juan una mirada escrutadora, de pocos amigos. «Entre veinte y veinticinco años. —Lo clasificó mentalmente, como si fuera a redactar un certificado—. Bajo y delgado; cabello negro, bien afeitado, ojos oscuros; una débil cicatriz en el rabillo del ojo izquierdo. Tez pálida, algo amarillenta, por cierto. ¿Habrá estado enfermo recientemente? La túnica y el manto se supone que son negros, aunque me parece que su color es terroso, más que otra cosa: lleva luto. Ya sé, procede de una de las zonas azotadas por la peste. Su ropa es de buena calidad, sin embargo, y el borde de la túnica es de seda de verdad: no es pobre. El turbante que porta con el cordón trenzado alrededor es de estilo sarraceno y el barco viene de Beirut. Así que lo que tenemos aquí... supongo que es algún tipo de árabe, venido para solucionar algún asunto sobre alguna herencia.» Sonrió secamente a Juan, sacando el estilete y las tablillas de cera.

    —¿Tu nombre? —preguntó con amabilidad.
    —Juan, hijo de Diodoro —contestó nerviosamente—. De la ciudad de Bostra, en la provincia de Arabia.

    El funcionario volvió a sonreír, satisfecho.

    —¿Qué te trae a Constantinopla?
    —Vengo a ver a un funcionario de la corte de la emperatriz, para... para unos asuntos personales.
    —¿De la corte de la emperatriz? —preguntó el funcionario, bajando el estilete y enarcando las cejas.
    —Sí —replicó Juan tragando saliva—. Esta... esta persona llegó a conocer a mi padre; en su lecho de muerte, mi padre me pidió que le hiciera llegar un mensaje, un mensaje personal. —Volvió a sentir que se le encogía el estómago ante tal mentira y recordó la habitación oscura y calurosa, el hedor a enfermedad y a descomposición y la voz cascada de su padre diciendo: «Jamás se te ocurra ir allá. Prométeme que no irás». Sintió un escalofrío.

    El funcionario bajó las cejas.

    —Ya veo. Se trata de un asunto personal de tu padre con un viejo amigo.

    «No iba muy desencaminado», pensó el funcionario, satisfecho.

    —¿Y cuándo murió tu padre?
    —En junio —dijo Juan secamente—. La peste se lo llevó.

    Hubo una breve pausa bajo el cálido sol del otoño, y una paralización producida por la sola palabra: peste. Aquella sonrisa de dueño de la situación del capitán se desvaneció y la mirada agria del funcionario se ensombreció. «Nadie la menciona jamás. Yo tampoco debería haberlo hecho. Demasiada gente ha muerto a causa de ella; los turba hasta oír su nombre», pensó Juan.

    —Nosotros también la tuvimos aquí en junio —replicó el funcionario con suavidad. Miró hacia el norte, hacia el puerto—. No había espacio para enterrar a tanto muerto. Los apilaban en las atalayas de las murallas. Cuando el viento venía del norte se podía oler la hediondez de la podredumbre. Era como si el mundo entero se desintegrara. Llegué a pensar que todos los seres de la tierra estaban muriéndose aquí. Yo perdí un hermano, y casi pierdo un hijo.
    —Yo estuve a punto de morir —agregó Juan. Y no se atrevió a decir: «Fue mi padre quien me atendió durante la enfermedad hasta el final. Me cuidó, y después fue él quien se murió de la peste».
    —¡Entonces has sobrevivido a ella! —El funcionario observó por un momento a Juan con atención. «Y lo has hecho bien», pensó con amargura, evocando a su hijo de diez años, a quien la peste había dejado medio lisiado y con dificultades para hablar. «Pero el niño se está reponiendo —se dijo convencido—. Seguirá mejorando; ¡está mejor ahora que hace un mes! Tal vez el mes que viene ya lo vea como a éste, algo amarillento, pero normal.»

    Suspiró y miró a Juan con una sonrisa cansada. No había motivos para rechazarlo. Colocó un pedazo de pergamino sobre las tablillas, deslizó el estilete dentro del estuche que le colgaba del cuello, tomó una pluma, la mojó en el tintero que llevaba junto al estuche y extendió un certificado.

    —No hay razón para molestarte más, entonces —le dijo, entregándoselo a Juan—. Esto te sirve de salvoconducto para permanecer en la ciudad hasta que soluciones tus asuntos personales en la corte. Llévalo constantemente; si lo pierdes, informa a la oficina del cuestor en el Augusteion. Eso es todo. Que disfrutes de tu estancia en la ciudad.

    Era mediodía cuando Juan abandonó la nave; sus pasos sonaban huecos y vacilantes en la plancha de madera. Recorrió los muelles de piedra, enseñó su permiso a los funcionarios que había a la entrada del puerto y prosiguió su camino a la ciudad. Las calles eran estrechas, lo que impedía el paso de la luz, las casas elevadas, y los balcones casi se tocaban. Unas mujeres sentadas en los balcones hilaban y miraban la gente pasar entre la ropa tendida que se agitaba al compás de la brisa. Por lo demás, todo estaba quieto, adormecido en la quietud del mediodía. Lentamente fue subiendo la colina desde el puerto; a medida que avanzaba hacia la cima las casas se volvían más altas y lucían imponentes fachadas.

    Cuando llegó al mercado, tras haber pasado por las callejuelas en sombra, la luz del sol le resultó casi cegadora. Se detuvo en la esquina para recuperar el aliento. El mercado estaba casi desierto; en el centro, el caño de la fuente se percibía claramente a través del silencio. Sobre una columna de pórfido, una estatua de oro del emperador Constantino contemplaba las columnas de mármol, las sirenas e hipogrifos de bronce dorado y las tiendas con postigos que vendían objetos de plata, perfumes y joyas.

    A la izquierda, había dicho el capitán. Juan miró hacia la izquierda a través del mercado. Las columnas de mármol blanco se abrían hacia una calle ancha, como un campo de desfiles, donde los pórticos aparecían coronados de estatuas: emperadores y emperatrices, héroes, senadores y diosas paganas, acomodados en medio de la magnificencia. A lo lejos, una iglesia se erguía como un monte, con su fachada de mármol rosado y una altísima cúpula dorada. Pese al fuerte sol, tuvo frío. Respiró hondo y empezó a caminar.

    Las tiendas acababan de abrir cuando llegó al mercado Augusteo. La cúpula impresionante de la iglesia se asomaba a su izquierda; a su derecha se elevaba la fachada de columnas encumbradas del hipódromo y, cerca de éste, al otro lado del mercado, un edificio imponente enclavado entre impresionantes murallas, con techumbre de bronce bañado en oro y puertas también de bronce: la Puerta de Bronce del Gran Palacio. Juan se detuvo al otro lado de la plaza para contemplarla. El escalofrío que sintió le entumeció las manos; le dio miedo seguir adelante.

    «Debo de estar loco —pensó—. Tenía que haber pedido a mis hermanastros que me ayudaran a encontrar trabajo: no se habrían negado; no lo he hecho por orgullo y tozudez, por no quedar en deuda con ellos. Sin duda habría conseguido un puesto de escriba en el concejo de la ciudad; el salario no era tan malo; habría podido vivir de eso y quizá, al cabo de dos años, me habrían ascendido. Mi padre tenía razón: no debí haber venido. Aunque sea verdad, probablemente me matarán y ¿cómo saber si es verdad? Ya deliraba cuando me lo dijo. La carta podría ser falsa, o quizás sea una broma. Oh, Dios mío, debería volver, ahora mismo; volver a casa...»

    Pero se quedó donde estaba.

    «Si no sigo, nunca lo sabré —se dijo—. Pasaré el resto de mi vida preguntándome quién soy en realidad, demasiado cobarde para averiguarlo. Y no tengo ninguna casa propia a donde volver, ahora que mi padre ha muerto.»

    Cruzó lentamente la amplia plaza pública.

    Las enormes puertas de bronce estaban entornadas y un pelotón de guardias, apoyados en sus lanzas, miraban el mercado con expresión de indecible aburrimiento. Por encima de sus cabezas, un friso pintado representaba al emperador Constantino, con la corona imperial y la cruz cristiana, aplastando a un dragón. Los severos ojos del emperador parecían fijarse en Juan de un modo acusador a medida que éste se iba acercando, pero casi se dio de narices contra la gran puerta antes de que los guardias repararan en él. Uno de ellos le cortó el paso con su lanza, escupió y dijo pausadamente:

    —¿Algún asunto de palacio?
    —Sí —susurró Juan.
    —¿Tienes cita?
    —No..., o sea...
    —Bueno, ve al pórtico y di a los guardias a dónde quieres ir.

    La lanza volvió a alzarse y el guardia retrocedió un paso. Juan parpadeó, lo miró indeciso y finalmente pasó junto a él por la puerta exterior. Tras ésta había un pasadizo empinado en cuyo fondo, muy a lo lejos, había otra puerta de bronce, esta vez cerrada. A mitad de camino, a la derecha, se encontraba otra puerta igualmente cerrada, toda ella de bronce pulido. Se detuvo y miró atrás por la puerta entreabierta al mercado. Nadie le prestaba atención. Siguió adelante; giró el pomo de la puerta y los goznes chirriaron al abrirse lentamente.

    Se encontró ante una sala rectangular abovedada, magníficamente revestida de mosaicos. Unos bárbaros cautivos aparecían arrodillados en medio de una tremenda confusión perteneciente a ciudades exóticas: «Cartago», leyó Juan en una pared y «Ravena», en otra. En el centro de ambas un rey con manto de púrpura ofrecía su corona al emperador, triunfante, en la cúpula central. Cerca de éste se erguía la figura de una mujer con manto de púrpura y diadema, rodeada por el aura sagrada de una emperatriz: su rostro, máscara de dignidad y poder, era el rostro de una mujer real. Era hermoso, esbelto, pálido, de larga nariz, mejillas y barbilla ligeramente redondeadas y labios firmes. Sus ojos de párpados caídos, oscuros y penetrantes, hacían caso omiso de los reyes de los mosaicos y parecían escrutar el interior de Juan. Se echó hacia atrás, como hechizado.

    —¿Qué asunto te trae aquí? —preguntó una voz.

    Juan desvió la mirada del mosaico y vio cómo algunos guardias más haraganeaban en el otro extremo de la sala y cómo una multitud de hombres y mujeres esperaban en un banco situado bajo los cautivos bárbaros. La voz provenía de uno de los guardias: llevaba un collar de oro y parecía ser el capitán. Ahora miraba a Juan, esperando su respuesta.

    —Yo... yo quiero una audiencia con la emperatriz —respondió Juan—. Una audiencia privada —y súbitamente se sintió mal. ¡Lo había dicho!
    —¿Con la emperatriz? —preguntó el soldado, incrédulo.

    Los otros soldados y los que esperaban en la sala se volvieron para mirarlo. Ellos esperaban al secretario del prefecto pretoro para preguntar por los impuestos que les correspondían; al escriba del jefe de las oficinas por un trabajo para un amigo; al chambelán del emperador con un aviso de desalojo en una de las propiedades imperiales; para entrevistarse con alguno de los muchos funcionarios y subordinados imperiales. No quitaban ojo al joven con túnica de color terroso que pedía audiencia con la emperatriz.

    —¿Quién eres? —preguntó el capitán de la guardia—. ¿Te ha concedido una cita?
    —Tengo un mensaje para ella —respondió Juan, pasando por alto la primera pregunta y esforzándose por mantener firme la voz— de parte de un amigo suyo, un viejo amigo que ha muerto. —Sin poder mantener quietas sus manos entumecidas, se retorcía el borde de seda de la túnica, consciente, eso sí, de cuánto se había desteñido. Había sido su mejor túnica, en otro tiempo verde con bordes rojos y blancos, e incluso después de haberla teñido de negro por primera vez le había quedado muy elegante. Pero ahora...

    Quitó sus manos de ella.

    «De todas maneras, la túnica no hubiera impresionado a nadie aquí —se dijo—. Si yo fuera un patricio vestido de blanco y púrpura, majestuosamente transportado en un carruaje hasta la Puerta de Bronce con un grupo de sirvientes, tal vez esperaría que los guardias se impresionaran, pero esta chusma difícilmente presta atención a nada que sea inferior a eso, y menos aquí, en una ciudad como ésta. Con que tenga un aspecto presentable, eso debería bastar. Y creo que lo tengo.» Se irguió de hombros e intentó pasar por alto los ojos que lo observaban.
    «Es un monje —cortó tajante el jefe de los guardias—. De negro, con ese aspecto de fanático, de ojos centelleantes y de aire tan voluntarioso, ¿qué, si no? Sí, es uno de esos malditos monjes monofisitas de alguna provincia oriental, algún preferido de la emperatriz que trae noticias de uno de sus «padres espirituales» de Egipto o Siria. Y si le ponemos obstáculos, tendremos problemas: ella protege a esos herejes más que el emperador a sus guardias. Bueno, tendré que hacerlo entrar. Y si no es uno de sus monjes, los sirvientes se encargarán de él.»

    Se obligó a sonreír, aunque detestaba a los herejes.

    —Muy bien, mi buen señor. ¡Dionisio! —llamó a un guardia—. Haz pasar a este... caballero... a la corte de la serenísima Augusta, en el palacio Dafne.

    Sorprendido por tan fácil victoria, Juan siguió al guardia hasta el primer patio silencioso del Gran Palacio.

    Después no pudo recordar por dónde había pasado: cuarteles y jardines, capillas y pórticos, cúpulas, columnas y fuentes, todo despedía una sola sensación de majestuosidad ante la cual se sentía impotente, como un ratón atravesando una iglesia. Por fin se encontró ante una sala revestida con cortinajes de púrpura e iluminada con lámparas de oro puro. Un muchacho (no, un hombre, pero delicadamente lampiño: un eunuco), sentado ante un escritorio, tomaba notas en un libro. El guardia golpeó el extremo de su lanza en el suelo de mosaicos y el eunuco levantó la vista.

    —¿Sí? —preguntó. El timbre agudo de su voz pausada semejaba al de una mujer.
    —Este caballero desea una audiencia con la piadosísima y sagrada soberana, nuestra Augusta Teodora —dijo el guardia, guardando las formas—. No se le ha concedido audiencia.

    El eunuco apoyó la pluma en los labios y examinó a Juan.

    —¿Y quién eres tú?
    —Mi nombre es Juan —respondió con voz enronquecida; intentó aclararse la garganta—. Yo... traigo una noticia para la emperatriz. Una muerte..., un viejo amigo de ella ha muerto.
    —¿Qué «viejo amigo»? —preguntó amablemente el eunuco.
    —Diodoro de Bostra, mi padre. Ella... lo conoció hace mucho tiempo. Pensé...
    —¿Pensaste que a ella le interesaría? ¿Acaso ella lo conocía bien?

    Juan tragó saliva. Buscó dentro de su bolsa y sacó la carta doblada que llevaba consigo desde la muerte de su padre. Con mano temblorosa se la entregó al eunuco, que la leyó para sí. Juan no necesitaba oír las palabras en voz alta; se las sabía de memoria. «A Diodoro de Bostra, de parte de Teodora, emperatriz, Augusta, consorte de su Sagrada Majestad el emperador Justiniano. Sí, querido, soy yo. Pero si alguna vez te atreves a venir a Constantinopla, o siquiera a pretender que me conoces allí en tu agujero de Bostra, juro por Dios, que todo lo oye, que será el último día o el último alarde que hagas.» Eso era todo.

    El eunuco frunció el ceño ante la carta y verificó el sello. La leyó nuevamente.

    —No parece considerarlo un amigo —dijo por fin, delicadamente—. Yo creo, señor, que sería mejor que no la molestaras. Si lo deseas, yo le informaré a ella de su muerte en el momento apropiado.
    —Tengo que verla.

    Juan cerraba y abría las entumecidas manos. El eunuco lo observaba, rígido e impasible. Juan tragó saliva de nuevo, debilitado y mareado por el miedo, y dijo con voz clara:

    —Mi padre me aseguró que ella es mi madre.

    La cara delicada del eunuco cambió. Echó un vistazo rápido a la carta y una vez más examinó a Juan. Detrás de él podía oír el murmullo de los guardias, intentando ver nuevamente aquel rostro para compararlo con el otro, el que lo había contemplado a él desde el mosaico.

    —Espera aquí —dijo el eunuco. Con la carta entre las manos, desapareció tras las cortinas de púrpura.

    Juan se quedó en la antesala por un tiempo que le pareció eterno. Se preguntó si debería sentarse; sentía que las piernas se le volvían flojas y poco firmes. Pero el único asiento era el del eunuco frente al escritorio y no se atrevía a sentarse allí. Miró otra vez a su alrededor. El guardia de la Puerta de Bronce estaba junto a la entrada, sin apartar la mirada de Juan, como fascinado. Juan respondió con una sonrisa forzada y automáticamente el guardia miró para otro lado.

    Antes de que transcurrieran quince minutos, el eunuco reapareció. Su rostro aparecía ligeramente sonrojado y daba la sensación de faltarle el aliento; dirigió a Juan una sonrisa radiante y le anunció:

    —Ella te recibirá en seguida. —Juan se preguntó si se desmayaría.

    El guardia golpeó el suelo con la punta de su lanza dispuesto a marcharse, pero el eunuco lo retuvo con un gesto rápido.

    —Tú quédate aquí esperando órdenes.

    El guardia pareció alarmarse, pero Juan no tuvo tiempo de preguntarse por qué. El eunuco lo cogió del brazo y lo condujo a paso ligero por el pasillo que se extendía tras las cortinas.

    —¿Te han concedido audiencia alguna vez? —preguntó a Juan.
    —¡No, claro que no! Ella... ¿va a recibirme? ¿Ahora? —«Es demasiado pronto — pensó—. No tengo tiempo...»
    —Cuando se te haga pasar, da tres pasos y arrodíllate —el eunuco le daba las instrucciones, apremiándolo. Pasaron por una antecámara con divanes de cedro; varios hombres ricamente vestidos, uno de ellos de blanco y púrpura, miraron con odio a Juan mientras era materialmente arrastrado por la sala—. Échate al suelo, como el sacerdote que se postra ante el altar durante los misterios sagrados —continuó el eunuco, sin prestarles atención—. Mantén los brazos alrededor de la cabeza. La señora extenderá su pie hacia ti, momento que aprovecharás para besar la suela de su sandalia; después, puedes quedarte de pie o arrodillarte, pero no te sientes. No le hables hasta que ella no te dé permiso. Y otra cosa más, no la llames «emperatriz», llámala «señora», como un esclavo. Es la costumbre.
    —Sí, pero...

    Estaban al final de otro pasillo y a las puertas de otra habitación. Todo parecía brillar: las pinturas en las paredes, las baldosas doradas en el suelo de mosaico, los tapices rutilantes y, al fondo, la seda púrpura de las cortinas. No tardó en rodearles un grupo de eunucos, haciendo gestos con la cabeza y cuchicheando con aquellas extrañas voces agudas. Advirtió que algunos llevaban espadas; uno vestía el blanco y púrpura de los patricios. Olía a incienso. El acompañante de Juan le soltó el brazo, le hizo un gesto con la cabeza y corrió la cortina que estaba al otro extremo del salón. La luz entró súbitamente en la habitación; era la luz del sol, difusa pero brillante, de alguna ventana escondida, acompañada del aroma a mirra. Ante la vacilación de Juan, el eunuco patricio le dio un suave empujón. Al borde de las cortinas titubeó y miró a los ojos de la emperatriz Teodora.

    «Tres pasos adelante —pensó, sin ponerse nervioso—. Ya estoy casi.»

    Dio los tres pasos y bajó la cabeza hasta el mármol pulido del suelo. Se quedó un instante con la mejilla apoyada en la fría piedra, sintiendo cómo se le aceleraba el ritmo cardíaco; luego una sandalia púrpura, tachonada de oro y joyas, apareció ante él. Rozó la suela con los labios (el cuero era nuevo, suave como la lana) y se incorporó de rodillas, mirando nuevamente a los oscuros ojos.

    El retrato del mosaico era mejor de lo que había apreciado: arrodillado frente a ella, vio primero a la emperatriz, luego a la mujer. La diadema imperial, una banda de seda púrpura bordada con oro y joyas, cubría por completo su cabellera y dejaba caer perlas que le llegaban hasta los hombros. El manto púrpura, sujeto con un broche de esmeraldas, llevaba un grueso ribete de oro y joyas. Incluso la mitad de la larga túnica que lucía bajo el manto parecía estar hecha de oro. Estaba medio sentada medio reclinada en un elevado diván de púrpura y ébano, con cierta gracia indolente. Se había inclinado hacia adelante para observarlo, aferrada con tal fuerza al diván, que las uñas se le habían vuelto blancas. También los labios de la emperatriz palidecieron al ver que el joven lo había advertido; sus fulgurantes ojos miraban alternativamente a Juan y a los eunucos, que permanecían inmóviles detrás de éste. La carta entregada al eunuco se hallaba sobre un diván junto a la augusta señora.

    —¿Quién eres? —preguntó la emperatriz. Su voz era suave y serena, con el cortante acento de Constantinopla.
    —Mi nombre es Juan, señora —respondió.

    Ya no se estremecía de pánico y sintió que su mente se aclaraba a medida que transcurría el tiempo. Ahora que había llegado el momento, real e irreversible, de poder hablar, hasta recordaba las instrucciones del eunuco. Sólo una catástrofe podía detenerlo, no todas aquellas fantasías.

    —Soy el hijo de Diodoro de Bostra. Me dijo mi padre que lo recordarías.

    La emperatriz suspiró.

    —¿Por qué has venido hasta aquí?

    Permaneció un momento arrodillado con la mirada puesta en la soberana. La suave luz de la ventana oculta lo invadió; desde algún lugar detrás de ella llegaba el murmullo de una fuente.

    —También me dijo que tú eras mi madre —exclamó por fin.
    —¿De verdad te dijo eso? —La voz era áspera—. ¿Acaso contó esta historia a mucha gente? Y tú, ¿a quién se la has contado?
    —Señora, él sólo me la contó a mí y únicamente cuando estaba agonizando. Si deliraba, no lo hagas responsable a él, atribúyeselo a la peste. Por mi parte, yo no se lo he contado a nadie. Temía creerlo. Los únicos que lo han oído, aparte de ti, son tus propios sirvientes.

    Se sentó nuevamente en su diván y lo observó con detenimiento. Tomó la carta doblada y la arrojó a los pies de sus sirvientes.

    —Destruye esto —ordenó. Luego se dirigió a Juan—: Y tú, ¿qué has dicho a los guardias de la puerta?
    —Que quería una audiencia contigo, señora, por un asunto personal.
    —¿Alguno de ellos te acompañó hasta aquí? —Juan asintió y ella volvió a mirar a los eunucos.
    —Yo le indiqué que aguardara en la antesala esperando órdenes —dijo un sirviente al instante.
    —Bien. —La emperatriz sonrió.

    El eunuco patricio tosió, incómodo, y agregó:

    —Desgraciadamente, había mucha gente esperando a tu sublime presencia en la segunda antesala. Han visto que hemos hecho pasar en seguida al joven y casi con certeza deben de estar averiguando por qué.

    Teodora se encogió de hombros.

    —Preguntarán sin duda al guardia quién es el joven. Dile tú al guardia que el joven mentía y que yo he ordenado que lo expulsen y castiguen severamente por su insolencia. Di que te he ordenado azotarlo, expulsarlo de la ciudad por el puerto privado y embarcarlo rumbo a una mazmorra en Cherson. Di que estoy muy descontenta con el guardia y con su capitán por haber dejado pasar a un joven aduciendo que es un insulto inadmisible y que ambos serán trasladados a otro lugar.

    Juan sintió que la sangre se le iba del rostro y de las manos.

    «Pero la carta era real —pensó—, es evidente que era real. Y parece ser verdad que ha conocido a mi padre. Debe de ser cierto...»

    Los eunucos lo miraban, indecisos. Juan oyó un ruido metálico cuando uno de ellos aflojó la espada dentro de la vaina. No tenía escapatoria. Pero eso lo sabía desde que traspasó la Puerta de Bronce.

    Se clavó los dedos en las rodillas. «Mi padre me advirtió que esta mujer me mataría, que carecía de instinto maternal; después de todo, me abandonó cuando yo tenía apenas unos meses. Y por otra parte, no puede presentar a un bastardo de otro hombre ante los ojos del emperador.»

    «Pero —pensó, con dolor—, podría al menos admitir que es verdad. Aunque después me mande matar. Simplemente me hará azotar por insolente y luego... ¡Oh, Dios mío!»

    —¿Y bien? —prosiguió Teodora—. ¿A qué esperas? Ve y habla con el guardia.

    Uno de los eunucos se inclinó.

    —¿Llevamos al joven fuera y lo castigamos como has ordenado, señora?

    Se le quedó mirando un instante y acto seguido echó la cabeza atrás prorrumpiendo en una sonora carcajada.

    —¡Santo Dios, Santo Fuerte, Sagrado Inmortal! ¿Qué creéis que soy, una malvada? De ninguna manera. Dejadlo aquí; dejadme a solas con él, y no digáis una palabra sobre él. No lo digáis a nadie, ni siquiera a vuestros amigos en la corte del emperador. ¿Comprendéis lo que os digo? Ni una palabra. Un joven se comportó con insolencia. Desapareció y nadie lo volverá a ver jamás. Y otro joven podrá desenvolverse muy bien por el mundo con mi ayuda, pero nadie ha de decir que es hijo mío. Podéis iros.

    Atónito, sin poder dar crédito a sus ojos, Juan vio que los eunucos sonreían, no con sonrisas forzadas, sino con miradas de verdadera satisfacción y afecto. Se prosternaron ante la emperatriz y se fueron.

    —¡Y decidles a esos pobres diablos que esperan en la segunda antesala que se vayan a sus casas! —gritó la emperatriz mientras salían; se inclinaron de nuevo, aún sonrientes, y se alejaron en silencio. Alguien corrió la cortina púrpura.

    La emperatriz, recogiendo las piernas, se incorporó y se quitó la diadema. Su cabello era espeso y muy negro. Era más joven de lo que él había pensado (cuarenta y cinco como mucho).

    —Bien, levántate. —Colocó la diadema en su regazo, sosteniéndola con sus delicadas manos, mientras lo contemplaba—. ¿Cuándo murió tu padre?
    —En junio —dijo tragando saliva, sin saber cómo dirigirse a ella ahora.
    —Junio. Mi marido también tuvo la peste en junio, pero sobrevivió a ella, gracias al cielo. Es extraño que los dos hombres que yo más he amado hayan estado enfermos al mismo tiempo. —Lo miró una vez más, ladeó ligeramente la cabeza y ordenó—: Ven aquí.

    Se acercó, pero se sentía inseguro. Le parecía impropio estar de pie al lado de la emperatriz, pero no se atrevía a sentarse en el trono imperial. Sin saber qué hacer, se dejó caer de rodillas. Observó cómo la mano de Teodora soltaba la diadema y rápidamente le acariciaba el rostro, bajaba hasta el hombro y volvía a caer sobre el oro que brillaba en su regazo.

    —Juan —dijo ella, sacudiendo la cabeza.
    —¿Quiere esto decir que es cierto? —preguntó, deseando desesperadamente oír una respuesta afirmativa.
    —Sí, por supuesto. Si no lo fuera, ¿estarías aún aquí? Yo no tolero ni la insolencia ni los insultos. Tú eres hijo mío. ¡Mi hijo! —La mano veloz de Teodora acarició el rostro y volvió a alejarse bruscamente—. Tu padre, antes de decirte la verdad, ¿qué te dijo acerca de tu madre?
    —Me dijo que era hijo de una prostituta, una actriz cómica de un circo, la hija de un cuidador de osos que conoció cuando estudiaba leyes en Beirut.

    Ella sonrió, complacida.

    —Eso es absolutamente cierto. ¡Oh, Dios de todas las cosas, eso era típico de él! ¡Cómo podía mentir, aun diciendo la verdad! Pero para eso están los jurisconsultos. — Soltó una risita y añadió—: Pero es evidente que no pudo haber sabido que yo había llegado a ser quien soy, hasta que le envié la carta. —Lo miró fijamente, casi ansiosa—. Y supongo que te dijo que cuando me quiso llevar a Bostra con él lo dejé a él y a ti te abandoné, ¿no es cierto?
    —Sí —balbuceó Juan.

    Las comisuras de los labios imperiales se fruncieron y su mirada ansiosa se endureció.

    —¿Qué más te contó?

    Juan pensó en todo lo que sabía de esa mujer por lo que le había oído a su padre o a los amigos y conocidos de su padre: conversaciones presenciadas por él y otras oídas al pasar, las bromas despiadadas sobre «la perra de Diodoro, la madre de su bastardo». «Ella se levantaba la túnica en fiestas de mucho alcohol y caminaba sobre las manos bajo la mesa, meneando sus nalgas desnudas. Una puta desvergonzada, pero Dios mío, ¡cómo envidiaba a Diodoro!» «No me habría importado, lo que se dice nada, dar yo mismo alguna vez en el blanco; después de todo, ya dieron en él algunos hombres.» «Rabelo, estando de visita en Beirut, quiso seducirla; como a ella no le gustó, se fue directa a él y a punto estuvo de arrancarle las pelotas. Después hacía bromas al respecto delante de su amante. Diodoro se limitó a reírse, pero le dijo a Rabelo que como intentara repetir la hazaña, lo mataría.» «Oí que cuando ella lo dejó, se llevó cinco piezas de oro y tres vestidos de seda auténtica que él le había regalado, todas las alhajas y la mayor parte de los muebles, pero dejó con él al niño.» «Una vez me dijo —éste era el relato de su padre, solo y amargado, en respuesta a alguna pregunta lamentablemente audaz de Juan— que en una ocasión representó una parodia sobre Leda y el cisne ante miles de espectadores en un teatro público de Constantinopla. Se esparció granos por todo el cuerpo y también bajo la faja de cuero que cubría sus partes íntimas, lo único que llevaba puesto. Trajeron un ganso, y éste comenzó a picotear todos los granos, mientras ella se retorcía en el suelo gritando que la violaban. Luego dio a luz un huevo. Teodora aseguraba que encantó a la multitud. "¡Rugían!", decía con deleite. ¿Realmente te gustaría tenerla aquí? ¿Para que todo el pueblo de Bostra ruja ante ella? Yo estuve lo suficientemente loco como para querer traerla aquí. Alégrate de que nunca haya venido.»

    Pero ante la mujer sentada en medio de su púrpura imperial, que lo miraba con ojos feroces, estas descripciones, que lo habían atormentado durante años, le parecían fabulaciones locas y sin sentido.

    —Me contó que habías querido renunciar a una loca carrera cuando os conocisteis, que le fuiste fiel, que te había prometido que no se casaría con nadie mientras estuviera contigo y que lo dejaste al descubrir que había cometido perjurio y que se iba a desposar con la hija de Elthemo —comunicó a la emperatriz con cautela.

    Ella enarcó las cejas.

    —Debía de estar en un momento inusualmente honesto para admitirlo.

    Juan bajó la mirada. La confesión se había producido tras la historia del ganso, cuando Juan se había alejado con ganas de vomitar y zumbándole los oídos. Sentía el coro que le susurraba, el coro que siempre le había perseguido: «hijo de una puta, bastardo». Su padre corrió tras él diciéndole: «¡No..., espera!».

    —Él intentaba ser justo —dijo— pero te odiaba por haberlo abandonado.

    Ella suspiró, entre sonriente y disgustada.

    —¡Apostaría mi vida a que me odiaba por eso! Creía que estábamos enamorados el uno del otro y que por eso yo debía estar dispuesta a ir a vivir a cualquier casucha sofocante de algún callejón de Bostra, para criar a su hijo y esperar a que me concediera los escasos momentos que no pasara con su mujer. Mi esposo —dijo alzando la cabeza— vale mucho más que él, aun dejando de lado el rango. Y no le avergonzó casarse conmigo.
    —Me dijo que te amaba —susurró Juan, confuso y consciente de que intentaba defender a su padre, el funcionario de Bostra, honrado y respetable—. Me dijo que tú eras la única mujer que había amado de verdad, que sólo se había casado con su mujer por dinero y por la influencia de su familia.

    Ella sonrió, pero esta vez le duró poco.

    —También a mí me dijo eso. Y yo le creí. Pero por qué supuso que el hecho de que prefiriera el dinero y el poder al amor me convencería de ir a Bostra con él, no lo sé. — Se restregó los ojos—, Bueno, así que está muerto ahora. ¡Pobre Diodoro! —Dejó caer la mano, acariciando las joyas de la diadema—. Lo amé de verdad —agregó al cabo de un rato—. Tanto como hubiera amado a cualquiera. Pero al final no me dio pena dejarlo y no fue difícil hacerlo. —Sacudió la cabeza y volvió a mirar a Juan. Acarició su rostro una vez más—. ¡Pero sí fue difícil dejarte a ti! Dios, ¡cómo lloré por ti!; creo que lloré durante todo el trayecto entre Beirut y Constantinopla. ¡Mi pobre hijo, abandonado! Pero ahora, aquí está, veintitrés años han pasado, y aquí estás tú. —Lo miró absorta—. Mi propio hijo. —Entrecerró los ojos rápidamente y preguntó—: ¿Por qué has venido aquí?
    —Para... para verte.
    —Sí, por supuesto, pero ¿qué buscas? ¿Dinero? ¿Posición? ¿Vengarte de alguien?
    —¡Quería verte!

    Ella le lanzó una mirada cínica.

    —¿Y jamás se te cruzó por la mente que yo podría hacer algo por ti? Sé sincero conmigo si quieres que te ayude.
    —Se me ocurrió —admitió Juan—. Pero no podía pensar en eso. No lo podía creer. No sabía si era verdad, si... si te ibas a ofender por mi llegada.
    —¿Pensaste que yo podía haber mandado que te mataran? —preguntó, divertida.
    —Tú habías amenazado a mi padre.

    Lo miró pensativa.

    —Tal vez lo hubiera hecho si yo me hubiera sentido amenazada... pero ni siquiera lo has intentado. Entonces, si creías que te podía matar y no pensabas sacar provecho de mí, ¿por qué has venido?

    Juan se mordió los labios.

    —Quería verte —repitió, después de un largo silencio—. Con mi padre muerto... — Tragó saliva, y volvió a encontrarse con la fría mirada de Teodora. Con pavor se dio cuenta de que tendría que continuar y decir cosas que sería doloroso sólo pensarlas y que no había dicho a nadie por vergüenza.

    Se detuvo, intentando reunir valor para hablar. La emperatriz, con la diadema en el regazo, esperaba, recostada sobre el brazo del diván, con la barbilla apoyada en una mano aguardando su respuesta. «Me está dando una soga para ahorcarme», pensó Juan.

    —Un bastardo vive por la tolerancia de los demás —dijo por fin—. Yo sabía que podrían haberme dejado morir al nacer, o abandonado o vendido cuando me dejaste. Muchos decían que era lo que debían haber hecho. En cambio, mi padre me consiguió una niñera, me crió en su propia casa, me educó casi tan bien como a sus hijos legítimos. Pero yo era... no, no era odiado; ni la esposa de mi padre me odia realmente. No me aceptaban. El hijo de una prostituta no debía ser tratado como los hijos legítimos de una mujer respetable. Ni como persona a su cargo, porque yo no tenía ningún derecho en la casa. Nadie puede tener derechos si está vivo gracias a la caridad ajena. Yo trabajaba para mi padre de secretario; siempre me decía que me conseguiría un buen trabajo en otro lado con un sueldo y con posibilidades, pero nunca hubo nada. Nunca tuvo el dinero preparado para comprarme un puesto decente, o si lo tuvo, no pudo prescindir de mí justo en ese momento. Yo pensaba... bueno, pensaba que no se le podía molestar y que él creía que yo fracasaría si me conseguía un trabajo bueno. Podía ser generoso y amable conmigo, pero en general era impaciente e irritable.

    »Sin embargo, cuando la peste llegó a Bostra y me contagié, mi padre lo abandonó todo y me cuidó. Nadie más quería hacerlo: mi vieja niñera también estaba enferma; nadie en la casa pensó que valía la pena correr el riesgo de contagiarse por mi culpa, ni siquiera los esclavos. Pero mi padre se quedó conmigo durante toda mi convalecencia. "Tú eres mi hijo favorito", me decía. "Al diablo los otros hijos; ¡vive tú!" Y eso hice. Apenas me estaba reponiendo cuando él cayó enfermo. Lo cuidé lo mejor que pude, a mi vez..., pero tú has visto la enfermedad, sabes cuántos... cuántos han muerto por ella.
    »Cuando se estaba muriendo, me habló de ti y me enseñó tu carta. ¡Dios inmortal, la emperatriz, la sagrada Augusta! Siempre me habían... despreciado, por culpa tuya. Pero si tú eras... ¿Sabes?, eso también cambiaba lo que yo era, me convertía en algo totalmente diferente de lo que había sido.
    »Cuando mi padre murió, desapareció también la tolerancia con que él me había tratado. Mis hermanastros habrían respetado los deseos de mi padre, al menos para buscarme algún trabajo, pero su madre no me quería en la casa. Sentí que yo mismo había muerto por la peste. Era como un fantasma en aquella casa. Ya no sabía quién era o qué debía hacer. Entonces decidí dejar Bostra y venir aquí, a esta ciudad, a conocerte. La emperatriz lo observó por un momento; suspiró y levantó la cabeza.

    —¡Pobre hijo mío! Así que tú también sabes lo que es ser despreciado. No importa. —Sus ojos se iluminaron—. Ahora podremos repararlo. —Juan advirtió un brillo en su sonrisa—. Dentro de unos años podrás volver a visitar a tus hermanastros y a la puta de su madre llevando la banda púrpura en tu manto, con mil sirvientes a tu alrededor. Entonces harás que se arrastren hasta ti. ¡Sólo espera un poco! —Se apartó el cabello de los ojos, posó la mano en el hombro de Juan y añadió—: Yo me encargaré de que así suceda. Confía en mí.

    Juan no sabía qué decir. ¿Acaso ella haría que sus hermanastros y su madrastra se arrastraran hasta él? Intentó imaginárselo, y su mente retrocedió con horror al pensar en la esposa de su padre, con el rostro amargado, rígido, de eterna desaprobación contrayéndose de terror mientras le manoseaban las rodillas. No había vuelta atrás y no tenía sentido humillar a los demás y ponerse a sí mismo en tal situación. Pero se encontró con la mirada brillante de la emperatriz y asintió.

    —Confiaba en que Diodoro cuidaría de ti —dijo después de un instante—. Conociéndolo, te debe de haber educado en algo útil. Háblame de ti. ¿Qué sabes hacer, qué te gustaría hacer?

    Juan se sonrojó y bajó la mirada.

    —Él no me..., o sea, no estudié derecho, como él. Ni retórica, ni filosofía. Fueron mis hermanastros los que aprendieron ese tipo de cosas...
    —Al diablo con esas cosas, entonces. Si hay mucho de mí en ti, tampoco te gustarían de todos modos. Has dicho que eras secretario de tu padre: debes de saber escribir, entonces, y quizás un poco de contabilidad, ¿no es cierto?
    —Contabilidad y taquigrafía.
    —¡Taquigrafía! ¡Madre de Dios, puedo conseguirte un trabajo mañana mismo! ¿Para qué diablos sirve el derecho, comparado con la taquigrafía? —Se echó a reír, saltando del diván; Juan se quedó boquiabierto—. ¿Sabes cuántas oficinas estatales hay en esta ciudad? Y la mitad de los altos funcionarios han perdido sus secretarios privados por la peste y no pueden encontrar a alguien lo suficientemente «de confianza» para reemplazarlos. Ahora, donde puede ser...
    —No sé si quiero ser secretario —dijo Juan poniéndose en pie, alarmado.
    —No seas ridículo. Esto no será como escribir para tu padre cartas sobre impuestos por una acequia en las provincias o cosas por el estilo. No, te conseguiremos un puesto con alguien importante y si tú destacas... Déjame ver. —Descorrió a un lado la cortina, abrió la puerta que daba a la galería y batió las palmas. Al instante entró un eunuco haciendo una reverencia. Era el patricio: debía de ser el chambelán principal, el jefe de los sirvientes—. Eusebio —dijo con una sonrisa—, haz preparar una de las habitaciones secretas para este joven y búscale ropa adecuada. He decidido que será secretario de un alto funcionario. Prepárame una lista de los cortesanos más importantes que necesiten uno, qué quiere cada uno que haga y en el caso de que esperen algo a cambio por el puesto, qué es lo que quieren. Tráemela mañana por la mañana.
    —Pero... —dijo Juan indeciso—. No sé si...
    —Confía en mí —añadió dirigiéndole una sonrisa radiante. Tomó la diadema y se la volvió a colocar en la cabeza, atusándose el cabello bajo su brillante escudo—. Tengo que cenar con mi esposo esta noche. Ahora no hay más tiempo para hablar. Mañana desayunarás conmigo y decidiremos a dónde irás.

    Juan permanecía allí quieto, mirándola, nuevamente atemorizado. Se había puesto en sus manos y tenía que confiar en ella, pero sentía como si estuviera conduciendo un carro a toda velocidad y se le hubieran soltado las riendas. Ella se quedó de pie: una imagen de púrpura y oro, con la sonrisa bailándole en los labios. Era hermosa; parecía contenta con la llegada de su hijo. Ella, la Serenísima Augusta, cogobernante del mundo. Debía seguir complaciéndola. Se inclinó haciendo una reverencia.

    —Sí, señora. Pero no... no sé cuál es mi posición aquí. Te lo ruego, explícamelo. No quiero hacer nada que no sea lo apropiado.

    Teodora lo miró con desconfianza, pero tranquilizada al ver la confusión de Juan, se echó a reír.

    —¡Ah, pobre niño mío! Por ahora no gozas de ninguna posición aquí. Y si llegara a saberse que eres hijo mío, jamás la tendrías. Nadie podría matarte; al menos, yo no creo que nadie quisiera hacerlo. Pero yo tuve una hija, una hermanastra tuya. La mantuve como bastarda reconocida. Claro, es mucho más fácil con una niña, porque se espera que una niña respetable se quede en su casa. Pero no sólo tuve que mantenerla fuera de la vista de todos para evitar ofender los delicados sentimientos de los senadores, que creen que las putas deben estar en los burdeles, sino que la tuve que casar joven con un muchacho de un rango inferior de lo que yo hubiera deseado. Para que no nos pusiera en aprietos, ¿comprendes? Pero era realmente demasiado joven y murió al dar a luz. Si yo te reconociera públicamente... —Dio un paso hacia él. Juan advirtió entonces que era una mujer menuda—. Te enviarían a alguna finca en el campo y estarías escondido allí en medio de un lujo oscuro, y sería lo último que se sabría de ti. Y eso porque no está bien que un emperador tenga los bastardos de su esposa en palacio, sobre todo teniendo en cuenta que no tiene hijos propios. No nos busques problemas, te lo advierto —la voz volvió a endurecerse.

    Juan tragó saliva y se inclinó. La emperatriz añadió:

    —Si mantenemos en secreto quién eres en realidad, podrás tener pronto una buena posición. Disimularé mi interés hacia ti diciendo que eres el primo de un amigo y procuraré que tengas de todo para que estés bien aquí. Puedes confiar en mis sirvientes: saben guardar un secreto. Y hasta que te consigamos un trabajo, tú eres un secreto. Olvida todo lo que pasó antes de atravesar la Puerta de Bronce. Eres un hombre nuevo ahora.
    —Yo... dejé mis cosas en el barco —replicó, inseguro.
    —No vuelvas por ellas. Recuerda a Orfeo y nunca mires atrás. «Heu, noctis propter terminos Orpheus Eurydicem suam vidit, perdidit, occidit... quidquid praecipuum trahit perdit, dum videt inferes.» ¡Eusebio! —El eunuco hizo una reverencia—. Ocúpate de este joven.

    El eunuco volvió a hacer una reverencia mientras la emperatriz salía de la sala con paso majestuoso.

    Cuando el eunuco le enseñó la «habitación secreta», Juan se animó y finalmente le preguntó:

    —¿Qué es lo que dijo en latín? Era latín, ¿verdad?
    —Así es —respondió sonriente el eunuco—. Lo aprendió para complacer al Augusto. Decía: «En el límite de la noche Orfeo vio, perdió, mató a su Eurídice. Cualquiera que sea el honor que se obtenga, él lo pierde al bajar la mirada». Ésta es la habitación de Su Señoría. Lamento que no esté preparada para ti. En un momento vendrán los esclavos.

    Juan se sentó a esperar en la cama aún sin hacer. «Una "habitación secreta"», pensó. Iluminada con la luz indirecta de una claraboya, era lo bastante amplia como para poder dividirla en dos mediante unas cortinas. Una pared estaba cubierta de imágenes de Cristo y de la Virgen. Una de las habitaciones secretas, había dicho la emperatriz. ¿Cuántas había y quiénes más las utilizaban?

    Se cogió la cabeza entre las manos, se sentía débil a causa del agotamiento y atónito por el desconcierto, además de estar (tuvo que admitirlo) muy asustado. Sin embargo, lo que él no se había atrevido a creer era cierto y la emperatriz estaba complacida, quería ayudarlo, hasta lo incitaba a que «destacara»; todo estaba saliendo mucho mejor de lo que él se había imaginado. Entonces, ¿por qué deseaba estar en Bostra? «No debo fracasar —se dijo, intentando no pensar en Orfeo—. Teodora es la hija de un hombre que criaba osos para el circo, una actriz, una prostituta que ahora ha llegado a emperatriz. Y yo soy su hijo. Debo ser capaz de lograr alguna clase de gloria. Eso le gustaría y yo debo complacerla.» Se aferró al recuerdo de su sonrisa y se incorporó. Los esclavos entraron a preparar la habitación.


    El secretario del chambelán


    Juan no durmió bien aquella noche y se despertó antes de que la luz grisácea de la mañana entrara por la claraboya. Sin poder conciliar el sueño encendió una luz del portalámparas dorado y deambuló por el aposento, sin atreverse a salir. La noche anterior había visto un estante de libros bajo los iconos y ahora revisó el contenido: una colección de evangelios, otra de epístolas, un libro de los salmos; los escritos de Basilio de Capadocia, los de Severo de Antioquía y los de Juan Filoponos; solamente obras de teología. Se quedó perplejo por un momento, pero luego, al comprender el propósito de la habitación secreta, se sonrió. En Bostra se sabía perfectamente que la emperatriz simpatizaba con la teología monofisita; según se decía en las provincias orientales, como Arabia, era «amante de la piedad y la ortodoxia». El emperador, sin embargo, y la mayoría de la población de Constantinopla eran diofisitas y reconocían la verdadera doctrina del concilio de Calcedonia («la herejía atea, como la llamaba el obispo de Bostra, por sostener dos naturalezas en Cristo y negar a la madre de nuestro Señor su honor de Madre de Dios»). «La piedad y la ortodoxia están proscritas en Constantinopla», gritaban los monjes en las calles de Bostra. «Monjes piadosos y santos, obispos devotos, son encerrados y ejecutados por orden del emperador ateo... a menos que la venerada emperatriz los proteja.» Y así era como la sagrada majestad de la emperatriz los protegía: con habitaciones secretas, puertos privados y barcos para llevarlos a otro lugar y un grupo de servidores de confianza que sabía ser discreto. Y además (en ese momento se dio cuenta), guardias que sabían lo que ocurría pero que hacían la vista gorda. «Por eso —pensó—, me dejaron entrar ayer tan pronto.»

    Sumamente contento por haberse percatado de la situación, se sentó y se puso a leer el libro de salmos hasta que los esclavos entraron a anunciarle que el baño estaba listo.

    Cuando lo llamaron a desayunar con la emperatriz, el sol estaba ya alto. Los esclavos lo habían bañado y cortado el cabello y le habían dado ropa limpia. Eran ropas suntuosas: la corta túnica roja llevaba medallones de seda trabajados con figuras de oro y los hombros del manto largo eran duros por el brocado, y ambas telas estaban cosidas con seda. Además, llevaba pantalones. Nadie los usaba en Arabia y se sentía torpe e incómodo con ellos. Por otro lado, sentía la nuca como desnuda sin el turbante al que estaba acostumbrado. Pero por fin llegó el anuncio y fue llevado a lo largo de otro pasillo a una sala privada para los desayunos. La emperatriz estaba encantada.

    —¡Déjame verte! —dijo, saltando de su diván. Tenía el cabello suelto, húmedo después de su baño, y la capa de púrpura colgaba de su diván, abandonada. En su túnica bordada parecía delgada, joven y hasta más pequeña que el día anterior. Le miraba, risueña. El salón de desayunos daba a un jardín donde el agua de una fuente corría bajo una higuera y los pájaros trinaban bajo el radiante sol—. ¡Dios Todopoderoso! —dijo Teodora después de caminar en torno a él con admiración—. ¡No me salieron tan mal los hijos! ¡Eres mucho más refinado que el hijo de Passara, esa mujerzuela! ¡Cómo me gustaría presentarte a ella! Su hijo es una bestia horrible, con un cráneo tan tosco como una vasija, que, según cree ella, será el próximo emperador. ¡Ya veremos! Pero siéntate aquí, cerca de mí, y desayuna.

    Juan se sentó torpemente en el diván. Ella se sentó en el otro extremo recogiendo las piernas bajo su cuerpo. Sobre la mesa dorada había pan blanco, tortas de sésamo, leche de cabra e higos frescos. Teodora se sirvió un higo y se puso a masticarlo a pequeños mordiscos y con evidente placer.

    —¿Quién es Passara? —preguntó Juan, nervioso.

    A Teodora se le escapó una risita.

    —La esposa de Germano, el primo de mi marido. ¿Has oído hablar de él? Es un perfecto pelmazo y su esposa es la más presumida de Constantinopla. ¡Anicia Passara, descendiente de emperadores! También se imaginaba a sí misma esposa de un emperador, cuando el viejo Justiniano fue investido con la púrpura imperial. Pero mi esposo es el emperador, mientras que Germano hace lo que le dicen. Passara no me soporta y yo tampoco a ella. Pero cambiemos de tema. ¡Adelante, sírvete!

    Juan se sirvió un higo y buscó una taza. Una de las jóvenes esclavas se precipitó a ofrecerle una taza a él; se la llenó con leche de cabra y se la entregó haciendo una reverencia. Juan la miraba, desorientado. Estaba más acostumbrado a llenarse él mismo las tazas a que los demás se las sirvieran.

    —He pensado qué decirle a la gente acerca de ti —dijo Teodora, terminando su higo y enjuagando sus dedos en una palangana de agua de rosas. Un esclavo le extendió una toalla para secarse—. Diré que mi padre, Akakios, tenía un hermanastro, persona respetable, que vivía en Beirut, y que tú eres su nieto. —Tomó una torta de sésamo y la mordió.
    —¿Cuál era el nombre de tu primo? —preguntó Juan cautelosamente.

    Teodora se encogió de hombros.

    —¿Qué te parece Diodoro? Él no existió, amor mío. Yo no tengo ninguna relación respetable, excepto las que he adquirido a partir de mi matrimonio. Pero nadie, salvo mi hermana, sabrá que eso es mentira, y Komito corroborará esta historia si le explico la razón. —Contuvo una risita burlona—. Komito te podrá contar toda la historia de nuestro respetable tío Diodoro cuando la conozcas. —Empujó el resto de la torta de sésamo dentro de su boca y se sacudió las migas de los dedos.

    Juan tomó un pedazo de pan blanco. «Mi tía Komito —pensó—, mi abuelo, Akakios. Él debió de ser el cuidador de osos. ¡Qué raro es tener de repente tantos parientes nuevos!»

    —Me gustaría conocerla —le dijo a Teodora.

    La emperatriz sonrió, haciéndole un gesto con el dedo en alto para que esperara a que terminara de masticar.

    —A su debido tiempo —dijo después de tragar ruidosamente—. Primero tenemos que conseguirte un puesto. Pero le enviaré a Komito una nota sobre ti hoy por la mañana. —Chasqueó los dedos y los esclavos se precipitaron para atenderla—. Ve corriendo a buscar a Eusebio —ordenó a uno—. Pídele que traiga la lista que le encargué ayer.

    En unos minutos el eunuco volvió con un rollo de pergamino. Se prosternó ante Teodora y le besó el pie. Juan se sonrojó al darse cuenta de que se había olvidado de hacer eso. ¡Pero ella se le había acercado con tanta rapidez... ! Bueno, al menos no parecía estar molesta por el descuido.

    Teodora tomó el rollo y lo desplegó, estudiando la lista de nombres.

    —Teodatos, no, cielo santo, con él sólo aprenderías a estafar. Addaio, no, es curioso e instigador y responde demasiado a mi marido. ¡Psst! —Se interrumpió mientras miraba a Juan y alzaba la cabeza hacia un lado—. ¿Para qué clase de funcionario te gustaría trabajar?

    Juan se humedeció los labios.

    —Me... me gustaría entrar en el ejército, en la caballería. Sé montar y también aprendí a tirar al arco, cuando estaba en Bostra...

    Teodora se rió.

    —Una educación muy persa: montar, tirar con arco y decir la verdad. ¿Acaso todos los jóvenes desean ser vistosos oficiales de caballería? Todos los hombres de menos de treinta años con los que he hablado últimamente parecen tener una desmedida ambición por montar a caballo y esgrimir la espada. Bueno, supongo que impresiona. Y si eres bueno, es un camino de ascenso regio. Eusebio —dijo, volviéndose al eunuco—. El secretario de Belisario tuvo la peste, ¿verdad? ¿Ha muerto?

    Juan se incorporó, con el rostro encendido. ¡Belisario! ¡El general más grande que haya podido existir, el conquistador de los vándalos y de los godos, el terror de los persas!

    Pero el eunuco movió la cabeza.

    —No, señora. Creo que el del muchacho fue un caso particularmente leve y se repuso.
    —¡Qué pena! Ese adulador falso y amargado estaría mejor muerto. No entiendo cómo Belisario lo soporta. Supongo que no sabe lo que ese hombre dice de él a sus espaldas. Se deja engañar fácilmente; al menos eso es lo que piensa su esposa. —Soltó una risa maliciosa—. Sin embargo, me imagino que es para bien. Belisario dice que puede conquistar Italia sólo con sus colaboradores más cercanos y su propio dinero, pero yo eso lo creeré cuando lo vea hecho; además, asociarse a una guerra perdida de antemano jamás ayudó a nadie. Encontraremos algún otro. —Examinó el papiro nuevamente.

    Juan se hundió en el asiento, profundamente desilusionado. Recordó con punzante dolor el caballo que su padre le había regalado: una hermosa yegua árabe, un regalo de la tribu de Ghassan en Jabiya. Se la regalaron siendo una potranca y la entrenó y montó siempre que pudo. Todavía era joven cuando la llevó a Beirut y la vendió para comprar su pasaje a Constantinopla. Recordó los ejércitos del duque de Arabia pasando por Bostra hacia el norte, con la armadura brillante, con sus lanzas iluminadas como una constelación de estrellas y con sus caballos desfilando por las calles entre la multitud que los miraba. Marchar para combatir a los persas y sus aliados, para defender el imperio. El resto del mundo compraba y vendía y esperaba su triunfo. Ellos batallaban, ponían a prueba su coraje y tranquilizaban a sus compatriotas con una victoria, o con la muerte. Eso era la gloria y no quedarse sentado en un despacho de Constantinopla tomando notas taquigráficas.

    —¡Aquí está! —dijo bruscamente Teodora. Empujó el rollo hacia él, señalando un nombre.
    —Prae. s. cub. Narsés —leyó Juan—. Sólo pide eficiencia. —No tenía idea de lo que significaba la abreviatura. El nombre, Narsés, era extranjero. Persa, o quizás armenio. No le sonaba familiar.
    —Yo pensaba que Narsés ya había encontrado a alguien —dijo ella, mirando a Eusebio.

    Eusebio tosió.

    —Encontró a un hombre que demostró no valer para el cargo y se le dio otro destino.
    —Sí, supongo que es un trabajo muy exigente. ¿Qué hace tu secretario, Eusebio?
    —Oh, no hay punto de comparación entre mi trabajo y el de Narsés. Yo sirvo a Tu Serenidad. Él sirve a todo el imperio.
    —Sería ideal —dijo Teodora. Tomó nuevamente el rollo de las manos de Juan y lo miró atentamente, entornando los ojos—. Lo intentaremos —añadió al cabo de un rato—. Si cree que tú no puedes hacer el trabajo y no te acepta, probaremos con otro. — Devolvió el rollo a Eusebio.
    —¿Quién es Narsés? —preguntó Juan en vano.

    La emperatriz y su asistente lo miraron azorados.

    —No entendí la abreviatura —agregó, poniéndose a la defensiva.
    —Praepositus sacri cubiculi —indicó Eusebio rápidamente—. Chambelán mayor. El mismo cargo que ocupo yo en realidad, pero en la corte del emperador y con responsabilidades adicionales.
    —Suponía que habrías oído hablar de él —comentó Teodora—, pero me imagino que en un lugar como Bostra nadie sabe quién está a cargo del imperio. Me encantaría que pudieras tener un trabajo con Narsés. Estarías bajo la atenta mirada de Pedro también, y eso es importante. Te enviaré allí tan pronto como tu estancia aquí sea oficial.
    —Eh... —Juan se mordió la lengua para no hablar. «¿Por qué me consulta —se preguntaba—, si ya ha decidido que debo redactar cartas para el jefe de eunucos del emperador? No es trabajo para un hombre. Supongo que dentro de un año ya habré aprendido a sonreír forzadamente a todo el mundo y a recibir sobornos. Sienta el culo y hazte rico, buen trabajo para un eunuco»—. ¿Quién es Pedro? —preguntó, ya sin saber qué hacer.
    —Mi marido. —El chambelán entregó a la emperatriz un libro de citas, que ella hojeó.
    —¿Tu marido? Pero, yo pensé...

    Ella levantó la cabeza, sonriente.

    —¿Pensabas que su nombre es Justiniano Augusto? Augusto es un título; él se llamó a sí mismo Justiniano cuando su tío, el emperador Justino, lo adoptó como heredero suyo. Su nombre es Pedro Sabatio. Pero tú no intentes llamarlo así. Nadie, excepto yo, lo llama de ese modo.

    Se quedó mirando a Teodora. Su negro cabello caía sobre otro papel que Eusebio le enseñaba. Pendientes de perlas brillaban sobre el cuello. La emperatriz sonrió al chambelán y le preguntó algo, para asentir al final. El eunuco le devolvió la sonrisa, sacó un plumero y le pidió a un esclavo que trajera pergamino: se iba a responder a una petición o se había tomado una decisión sobre algún asunto. Juan se sintió abrumado de repente, avergonzado por el resentimiento. Aquí estaba él, el hijo bastardo de Diodoro de Bostra, desayunando con la emperatriz, mirando cómo resolvía asuntos de estado. Él era bastante ignorante e inexperto: podía llegar a ser una molestia para ella. Debía estar agradecido de que quisiera ayudarlo. Debía esforzarse para que le fuera bien en cualquier trabajo que ella le consiguiera y debía demostrar que era merecedor de tal ayuda.

    Terminó el desayuno, haciendo esfuerzos por oír lo que la emperatriz decía y saborear su nuevo trabajo. Pero volvió a verse a sí mismo como un auriga que pierde las riendas, asiéndose desesperadamente a su frágil carro mientras los caballos lo llevaban a su antojo.


    Una semana después lo llevaron ante el chambelán mayor del emperador para una entrevista. Había dedicado todo ese tiempo a urdir una trama de mentiras donde basar la razón de su presencia allí. Juan se vio totalmente transformado: había cambiado de nacionalidad, origen, educación e historia. La emperatriz llegó a pensar en cambiarle el nombre, pero finalmente decidió que el nombre de Juan era lo suficientemente común como para no preocuparse. Pero le pidieron que se dejara la barba, para descartar la posibilidad de que alguien lo reconociera.

    —Además —replicó Teodora—, está de moda ahora. Ya ningún joven se afeita en Constantinopla; todos intentan parecerse a Belisario. —Ahora debía ser hijo legítimo de un escriba municipal en Beirut; había perdido a sus padres por la peste y había acudido a su prima segunda, a quien la familia había desairado; Teodora lo había recibido en su palacio de verano, en Herión; había «llegado desde Herión» seis días después de su verdadera llegada y se le había dado diligentemente un cuarto de huéspedes, con menos esclavos confidenciales para atenderlo, en otra parte del palacio. A la mañana siguiente, Eusebio pasó a buscarle temprano y lo acompañó a otro edificio dentro del Gran Palacio.
    —Le hemos explicado tu nueva situación a Narsés —le dijo el eunuco mientras bajaban por una escalinata de mármol veteado a través de un jardín de rosas marchitas y con suave aroma a tomillo—, y la sagrada Augusta le ha escrito una carta expresando su complacencia si te considerara apto para el trabajo. Pero me temo que eso no nos asegura nada. Narsés controla personalmente su propia oficina, de ahí que insista en un alto nivel de eficiencia. Desde la muerte de su secretario tomó dos jóvenes a prueba, uno de ellos por recomendación de la emperatriz, pero ninguno demostró ser adecuado para la tarea, de ahí que se les asignara un trabajo en otro lugar. Es una pena que no sepas latín, porque eso te ayudaría.

    Juan asintió en silencio. Toda aquella trama lo había dejado desorientado y deprimido y, después de una semana de observar a Teodora y a sus colaboradores, se sentía perdido. Aunque mantenía una apariencia de lujo, Teodora no era solamente una dama elegante: era también una gobernante real y eficiente, subordinada solamente al emperador. De todo el imperio le escribían gobernadores para pedirle su apoyo o para someter complejos problemas administrativos a su sagrada y augusta decisión. Sus respuestas eran inmediatas, sagaces y decisivas. Recibía embajadores, concedía audiencias e impartía órdenes a las oficinas de Estado. Controlaba grandes propiedades en Asia y Capadocia y empleaba la renta que obtenía en mantener un ejército de espías y agentes. Sobre sus propios sirvientes su autoridad era suprema; ni el emperador podía entrar en su palacio sin su permiso. «Habría sido mejor —pensó Juan— que me hubiera reconocido como su hijo y me hubiera enviado al "oscuro lujo" de alguna finca de provincia. Dios lo sabe, nunca pensé en ser rico ni poderoso antes de venir aquí. Vine porque quería saber quién era yo realmente; y en vez de averiguarlo, me estoy convirtiendo en una completa ficción. Por cierto, que en este trabajo no tengo la mínima oportunidad. ¿Qué sé yo que me faculte para ser secretario privado de un ministro de estado? Un hombre tan poderoso como parece ser este Narsés puede tener varios secretarios expertos y elocuentes. No me querrá y ella, la Augusta, se desilusionará. Con todo, dudan de que yo pueda conseguir el trabajo, así que no se desilusionarán tanto.»

    Mantuvo la cabeza erguida y trató de aparentar seguridad mientras Eusebio lo conducía al ala del Gran Palacio denominada el Magnaura.

    La oficina del chambelán mayor estaba en el centro del palacio: del lado que daba a la Puerta de Bronce estaban las laberínticas oficinas de la administración imperial; del otro lado, hacia el interior, los salones de audiencias y las viviendas privadas del emperador y su corte. Todos los asuntos del mundo exterior para el emperador tenían que pasar por allí. Los palacios de Teodora, sin embargo, quedaban hacia el interior, por lo que Eusebio enseñó a Juan la mitad de la casa del emperador antes de llegar a la oficina del chambelán. Tras la magnificencia suntuosa de los departamentos privados (las lámparas como árboles dorados con pájaros adornados con piedras preciosas; las cortinas de seda púrpura; las alfombras diseminadas por el suelo; la inestimable colección de estatuas y pinturas), el despacho del chambelán parecía desnudo. Sus paredes presentaban escenas pintadas de la Ilíada y el suelo aparecía recubierto por un mosaico veteado en rojo y verde. En un rincón se veía una imagen de la Madre de Dios. Debajo, un hombre, vestido con un manto blanco y púrpura a rayas, escribía sentado ante un escritorio. Dos escribas sentados a una mesa cerca de la puerta, copiaban algo en un libro.

    Eusebio dejó caer la cortina púrpura que ocultaba las habitaciones privadas del emperador; ante el frufrú de la seda, todos alzaron la mirada.

    —¡Mi querido Eusebio! —exclamó el hombre vestido con el manto patricio. Se levantó de un salto, rodeó su escritorio y tomó cálidamente la mano de Eusebio. Era un eunuco pequeño, de aspecto frágil, de voz aguda y dulce, como la de un niño. Tenía el cabello fino, con mechones blancos, y los ojos oscuros. Podía tener entre treinta y sesenta años; era imposible mirar su rostro suave y precisar su edad. Su voz y su aspecto tan poco naturales incomodaron a Juan: nunca le había gustado la gente rara—. Y tú debes de ser Juan de Beirut —prosiguió Narsés, sonriéndole—. Gracias por venir tan temprano. Me temo que el resto de la mañana ya está ocupada con diversos asuntos. Si hay alguien que necesite otro ayudante, ése soy yo.

    Uno de los escribas asintió. Juan notó aliviado que ni éste ni su compañero eran eunucos, sólo jóvenes de su misma edad, bien vestidos. Le recordaban un poco a sus hermanastros.

    —La Serenísima Augusta me informó que tú eras su primo segundo —le dijo Narsés—. Me aseguró que tenías cierta experiencia como secretario y que podías tomar notas taquigráficas, lo cual es ciertamente algo muy útil y muy poco común en quienes se presentan a este puesto. ¿Qué idiomas sabes?
    —No sé latín —dijo Juan incómodo.

    Narsés sonrió cortésmente.

    —Quizá sería de más ayuda que nos dijeras lo que sí sabes hacer. Si eres de Beirut, quizá sepas algo de sirio.
    —Un poco —contestó Juan. Había tenido que valerse de esa lengua en los viajes de negocios de su padre a Beirut—. Y un poco de arameo y de persa. Y además árabe.

    Narsés levantó las cejas.

    —¿Has dicho persa?
    —Sí, mi padre solía tener negocios al otro lado de la frontera, antes de la guerra, ¡por supuesto! Yo atendía la correspondencia y por eso aprendí también el arameo. — Comenzó a sentirse nervioso. Bostra era una ciudad de comercio, y su padre, como la mayoría de sus convecinos, había invertido en las caravanas. Hasta se había permitido hacer contrabando con seda y especias, pero eso sólo después de iniciada la guerra con Persia. En aquella época las provisiones autorizadas se habían acabado y con ellas las caravanas de las que siempre había vivido Bostra, de ahí que el comercio ilegal fuera casi esencial para la supervivencia de la ciudad. Pero era peligroso admitir que conocía algo de ese comercio, además de que no se esperaba que él, el hijo de un escriba, hubiera de tener alguna experiencia en esos lances.

    Narsés permaneció en silencio y finalmente le preguntó en persa:

    —¿Se trataba acaso de comercio de seda, joven?
    —Sí, excelencia —contestó Juan en el mismo idioma, tras un instante de perplejidad—. Sólo durante la guerra, por supuesto. Nosotros enviamos seda desde Beirut; las caravanas proceden de Bostra y Damasco, por eso mi padre quería incrementar sus ganancias con una pequeña inversión en el comercio. —Las frases en persa eran las que había empleado muchas veces en la correspondencia con los socios de su padre, por lo que le salían con mucha facilidad.
    —Me sorprende, sin embargo, tu conocimiento del árabe. —Narsés continuaba hablando en persa. Su acento era diferente del de los persas que Juan había conocido en Bostra—. ¿También responde eso a razones comerciales?

    Juan se ruborizó.

    —Sí, a veces teníamos que... tratar con el rey de Jabiya, ¿comprendes? —El árabe era su lengua vernácula, la que había aprendido de su niñera y la que se hablaba en su casa, más que el griego.
    —¿Con el rey... ? —preguntó Narsés, un poco perplejo.
    —Al-Harith ibn-Jabalah de Ghassan —aclaró Juan—. El rey de los sarracenos en Jabiya.
    —¡El filarca Aretas! —dijo Narsés, volviendo al griego con un tono divertido—. Yo no lo llamaría rey aquí.

    Juan se inclinó en señal de disculpa.

    —Allí hay que llamarlo rey.
    —Estoy seguro de eso. Bueno, un secretario que sabe persa y árabe nos podría ser útil sin duda. Siempre se puede aprender latín aquí; hay muchos hombres que pueden enseñártelo, pero es más difícil encontrar a alguien que hable persa. ¿Y puedes escribirlo?
    —No en taquigrafía —dijo Juan apresuradamente—. Puedo tomar notas taquigráficas sólo en griego.

    Narsés sonrió.

    —Creo que no hay un sistema de taquigrafía para el persa. Yo no puedo escribir nada en ese idioma, aunque aprendí a hablarlo antes que el griego. Es una molestia enviar al jefe de las oficinas a buscar un traductor cada vez que tengo que mandar una carta. Bien, bien. ¿Qué más sabes hacer? ¿Quizás aprendiste algo de retórica en la escuela en Beirut?

    Juan volvió a sonrojarse.

    —No, Ilustrísima. Mi padre no tenía tantas ambiciones para mí. Comencé a trabajar cuando terminé la escuela elemental a los quince años. Me dieron algunas clases particulares sobre cartas, pero aparte de eso... —Hizo un ademán de rechazo y pensó: «Aparte de eso, he sido apenas mejor educado que un esclavo doméstico. Quizás debería fingir que me han enseñado lo mismo que a mis hermanos: dos o tres años de retórica y luego derecho. Pero no sé ni una cosa ni la otra y jamás podría sostener esa mentira».
    —¿Aparte de eso... ? —preguntó Narsés, sonriendo.
    —Aparte de eso, sólo aprendí lo que sabe un secretario: taquigrafía, trabajo de archivo, algunos idiomas, contabilidad...

    Narsés enarcó las cejas y dio un largo suspiro. Se volvió hacia Eusebio, que estaba junto a la cortina púrpura, sonriendo satisfecho.

    —Llévale mis mayores saludos a la sagrada Augusta y exprésale mi gratitud por su interés en este asunto. Yo estaré encantado de tomar a su pariente, empezando por un período de prueba de una semana; tengo la firme confianza de que trabajaremos bien juntos. Y gracias por venir tan temprano por la mañana.

    Eusebio se inclinó.

    —Siempre es un placer verte. La señora, anticipándose a tu decisión, te invita a ti y a su pariente a cenar con ella esta noche. ¿Te veremos por allí entonces?
    —La invitación me honra y me complace aceptarla.

    Los dos eunucos se estrecharon nuevamente las manos y Eusebio se retiró detrás de la cortina púrpura, para volver a la corte de la emperatriz.

    «Un período de prueba de una semana —pensó Juan—. ¿Qué significa eso? ¿Qué objeto tiene un período de prueba si la emperatriz le ha pedido que me acepte?, ¡pero qué contento parecía Eusebio! ¿Estaría impresionado sólo por el persa? ¿Y qué pretende Narsés? Yo no podría decir si está satisfecho o irritado conmigo.»

    Narsés le sonrió inspirándole confianza y le dijo:

    —Ahora te voy a enseñar dónde vas a trabajar.

    Del lado de la gran oficina que daba a la calle había otra, más pequeña, con una decoración similar, donde Juan y Narsés encontraron un escriba saturado de trabajo luchando con un abultado libro de peticionarios de audiencias. De más edad que los de la oficina interior, Anastasio era un funcionario canoso con mucha experiencia en palacio. En la antesala contigua esperaba una ingente multitud. Narsés tomó el libro, verificó algo y llamó a dos personas. Dos distinguidos caballeros se acercaron a toda prisa, cada uno seguido por dos o tres asistentes.

    —Cuando mi puerta se abra, haz pasar a los dos siguientes del libro —dijo Narsés a Juan—. Anastasio te explicará tus otras obligaciones.

    El escriba saturado de trabajo miró a Juan con desgana. «Otro joven tonto —pensó, observando el brocado del manto de Juan—. ¿Cuándo llegará el día en que mi Ilustrísimo señor consiga un secretario de verdad? Hemos estado haciendo todo el trabajo dos hombres solos sin saber nada de esto, pero ya conozco yo el percal. El primero se pasaba todo el tiempo componiendo dísticos elegiacos; era bastante malo, pero al menos no trataba de interferirse en el trabajo. El último, ¡allá se pudra cuanto antes!, estropeó un año de archivos en una sola tarde con su "racionalización". Me pregunto qué intentará éste.»

    —Supongo —preguntó a Juan, con un deje de esperanza, porque pese a todo no la había perdido completamente— que no sabes manejar un archivo.
    —Por supuesto que sí. —Juan hojeó el abultado libro—. Pero no entiendo ninguna de estas abreviaturas; me las tendrás que explicar.


    Hacia el mediodía Juan estaba exhausto, lo que dio pie a que el escriba Anastasio le sonriera.

    En el libro de entrevistas figuraban los nombres en dos columnas: los que querían una audiencia con el emperador y los que sólo solicitaban entrevistarse con el chambelán. A algunas personas, según su categoría se las recibía directamente sin esta entrevista; a otras se les permitía saltar la lista más o menos turnos. Anastasio no se recató de decirle: «Y, si es necesario, puedes dejar que te sobornen y los pones en primer lugar.» Al lado de cada nombre había una abreviatura que remitía al lector al archivo que contenía la ocupación de esa persona. El sistema de archivos era engorroso y complejo y se extendía por todas las sagradas oficinas que regían el imperio. «Nunca podré entenderlo», pensó Juan asustado. Por su parte, Anastasio pensaba de forma diferente: «Dentro de una semana ya lo sabrá manejar. Conoce los principios del sistema, sabe para qué sirve; en realidad, está realmente preparado para el trabajo. ¡Gracias a Dios! Sólo ruego que no tenga demasiados pájaros en la cabeza; aunque parece bastante cauto por ahora. Hasta con miedo, como si no estuviera acostumbrado a estar cerca del emperador, me da la sensación. ¡Gracias a Dios! Ahora podré resolver el daño ocasionado por su predecesor».

    Juan volvió a mirar el libro de solicitudes de audiencias y se estremeció al ver los nombres: patricios, obispos, senadores, cónsules, enviados de grandes ciudades, gobernadores de provincias, ministros de estado se agolpaban en la antesala del chambelán.

    —¿Es así todos los días? —preguntó a Anastasio.
    —Oh, la mayoría de los días es aun peor —contestó el escriba—. Pero el señor no ha recibido últimamente a tanta gente como solía hacer, porque aún está reponiéndose de su enfermedad. Cuando haya que hacer las listas para nuevas entrevistas, recuerda esto e intenta interceptarles el camino.

    El señor no era Narsés, sino el emperador.

    —¿Interceptarles el camino? —preguntó Juan indeciso—. ¿Cómo? Si un senador desea ver al Augusto, ¿de qué manera el secretario del chambelán va a detenerlo?
    —Bueno, hay varias maneras —respondió el escriba—. Ya aprenderás.

    Fue casi un alivio cuando Narsés pidió a Juan que le tomara unas cartas en taquigrafía; una de esas cartas se refería a una enorme suma de dinero prometida a un rey bárbaro (el Tesoro no había logrado entregarlo) y la otra a una apelación contra una sentencia criminal de un gobernador. Tomar cartas taquigráficamente y transcribirlas a escritura normal le era tarea familiar; después los dos escribas de la oficina interior hacían todas las copias.

    Alrededor del mediodía se dieron por terminadas las audiencias. Finalmente Narsés se asomó a la puerta de su oficina y vio que no había nadie esperando. Dirigió una de sus enigmáticas sonrisas.

    —Puedes ir a comer ya —-dijo a Juan y se hizo a un lado cuando los dos escribas pasaron delante de él entre empellones.
    —¡Qué mañanita! —exclamó uno alegremente—. ¡Me duelen los pulgares!

    El otro sonrió a Juan.

    —Vamos a una taberna del mercado —le dijo—. Preparan unas salchichas maravillosas y el vino tampoco es malo. ¿Quieres venir con nosotros?
    —¡Ummm... ! —respondió Juan, mirando indeciso a Narsés y a Anastasio. Ninguno parecía pensar que el ofrecimiento fuera insólito y ninguno le ofreció ir con ellos a ningún otro sitio. Sin saber qué hacer, aceptó—. Sí, gracias. —Puso en el estuche la pluma que había utilizado, dejándolo a guisa de pisapapeles sobre una carta a medio transcribir, y se fue con los otros dos jóvenes a la taberna.

    Narsés regresó de nuevo a su oficina. Anastasio estaba sentado en su escritorio con un pedazo de pan y una jarra de vino aguado. Posó su mirada en la carta; la cogió y la miró. Bien hecha, ordenada, letra clara, bien dispuesta y con ortografía correcta. Las tablillas de cera estaban cubiertas con los garabatos ininteligibles de la escritura taquigráfica. Le pareció bien: un hermoso y complejo sistema de abreviaturas, sumamente erudito y útil. Movió de un tirón las tablillas y vio que al dorso el nuevo secretario había hecho anotaciones sobre el sistema de archivo. Con las tablillas en la mano, se levantó y se fue.

    El chambelán del emperador estaba de rodillas ante el icono de la Madre de Dios. Anastasio se esperaba esto y tosió suavemente para llamar la atención de su superior. La delicada figura vestida de blanco y púrpura se puso de pie, se frotó la frente y dirigió una mirada inquisitiva aunque apacible al empleado. Anastasio levantó las tablillas de cera.

    —Ya entiende mi sistema de archivo. Lo vas a conservar, ¿verdad?

    Narsés sonrió.

    —Me parece que sí. ¿Te parece bien? —Cuando Anastasio asintió, añadió—: Sabe persa.
    —¿De veras? ¿Cómo lo has encontrado?
    —Parece ser un pariente de la sagrada Augusta, que ha decidido ayudarlo en su carrera.
    —¡Un pariente de la emperatriz! ¡Bien! ¡Jamás lo hubiera imaginado!
    —Un pariente lejano. —Narsés sonrió con su sonrisa indescifrable—. En mi opinión, hay un sorprendente parecido entre ambos. Y pienso también que tiene algo de la inteligencia de la emperatriz, aunque él no se ha dado cuenta todavía. —La sonrisa se distendió y se tornó más humana—. Yo en tu lugar estaría atento. El jovencito podría tener algunas ideas sobre cómo deben hacerse las cosas.
    —Espero que no —dijo Anastasio apasionadamente, pero le devolvió la sonrisa. Se inclinó y cerró rápidamente la puerta al salir para almorzar.


    La taberna elegida por los compañeros de Juan era un establecimiento pulcro y servicial, parecido a los que había conocido en compañía de su padre cuando éste le pedía que tomara nota de sus encuentros de negocios. Nunca había tenido mucho dinero, de ahí que sintiera la pesada bolsa que Teodora le había entregado como si se tratara de un objeto extraño. Sin embargo, los dos escribas parecían cómodos en su opulencia y pidieron al tabernero «lo de siempre» con alegre familiaridad. En seguida, Juan se encontró sentado a una mesa de mármol junto a una ventana con una copa de vino en la mano. Sobre la mesa estaban dispuestas una vasija con agua y una jarra de vino para mezclar; una niña trajo una fuente con salchichas, otra con pan y un cuenco con verduras en abundante salsa.

    —Cómo te gusta el vino, ¿muy fuerte? —le preguntó uno de los escribas, levantando la jarra. Era un joven alto, con aspecto atlético, de cabellos castaños y ojos azules; muy pagado de su belleza.
    —No muy fuerte —respondió Juan rápidamente—. No puedo trabajar bien si lo tomo con más de la mitad.

    El joven se encogió de hombros, pero vertió diligentemente sólo la mitad del vino en la vasija. Su compañero sirvió la mezcla en los tres vasos con un pequeño cazo y, sonriendo tímidamente, llenó su propia copa con vino.

    —No me gusta flojo —explicó. Era de estatura media, rollizo y moreno—. A propósito, el nombre de mi amigo es Diomedes y yo soy Sergio, aunque todo el mundo me llama Baco. Como los mártires benditos, ¿sabes? —Se rió alegremente.

    Juan lo miró sin comprender.

    —¡Sergio y Baco!, ¿entiendes? La iglesia que está cerca del hipódromo.
    —Lo... lo siento —dijo Juan, incómodo—. Me temo que aún no conozco bien Constantinopla. Llegué ayer.

    Los otros dos suspiraron.

    —Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Diomedes parsimonioso—. ¡Llegar a Constantinopla un día y conseguir un trabajo como el tuyo al día siguiente! ¡Lo que es tener recomendaciones!
    —Dicen que eres el primo segundo de la emperatriz —acotó Sergio, también llamado Baco—. ¿Sabes cuánto pagó tu ilustrísima prima por el trabajo? —Se sirvió un poco de pan y salchichas.
    —No —respondió Juan, horrorizado al pensar cuánto habría podido pagar—. No lo sé.
    —Apostaría a que por lo menos quinientos —dijo Sergio en tono autoritario—. Mi padre pagó doscientos cincuenta por mi trabajo, por lo que el tuyo debe de valer por lo menos el doble.
    —Por lo menos —coincidió Diomedes, asintiendo.

    «Quinientos, doscientos cincuenta ¿qué? ¿Solidi de oro? ¡Dios Todopoderoso, eso es lo que ganan todos los funcionarios de Bostra juntos! No pueden ser solidi.

    —¿Qué hace tu padre? —preguntó cauteloso, sirviéndose un poco de pan.
    —Es banquero. —Sergio se sirvió con una cuchara un trozo de salchicha sobre el pan y siguió hablando con la boca llena—. Demetriano (a quien de broma apodan Pulgar de Oro) se gana honradamente su dinero. Me dijo en cierto modo algo muy sensato sobre mi trabajo: que doscientas cincuenta monedas de oro no es tanto si lo ves como una inversión que se recupera con creces.
    —El problema es que no paga mucho —dijo Diomedes—. A Su Ilustrísima no le importa ganar bajo mano vendiendo puestos como los nuestros, pero le disgusta que nosotros recibamos sobornos.
    —Se molesta mucho si intentamos vender el acceso al señor o alterar un documento al copiarlo —explicó Sergio—, aunque se trate de una alteración trivial, como algunos cientos de solidi más para un amigo. Se vuelve distante y formal y nos echa un sermón. Y si a alguien se le ocurre hacerlo demasiadas veces, lo despide. Pero todos los eunucos son tacaños.
    —Y debemos advertirte de algo: siempre se da cuenta de todo. Tiene ojos hasta en la nuca.
    —Lo que ocurre es que trabaja como un condenado —corrigió Sergio—. Llega a la oficina antes de que se haga de día y se queda hasta la noche, sin interrupción apenas.
    —¿Eso es lo que está haciendo ahora? ¿Trabajar? —preguntó Juan.
    —No, a la hora de la comida primero reza un poco y luego trabaja —respondió Diomedes.
    —De que es devoto, no hay duda. —Sergio pronunció estas palabras con evidente desagrado.
    —Y no totalmente ortodoxo, aunque supongo que no debería decir esto delante de ti, que vienes del este. Nadie es muy ortodoxo al sur de Antioquía. A mí no me importa en absoluto. ¿Quién se preocupa por la naturaleza de Dios?

    «Casi todos», pensó Juan sorprendido, pero sólo preguntó:

    —¿Y Anastasio?
    —Oh, él sólo permanece en su oficina rumiando pan seco y admirando sus archivos —replicó Sergio con desprecio—. Es un don nadie. Durante años fue un empleado subalterno en las oficinas del otro extremo del pasillo. Es el bastardo de no sé quién; una vez le compraron un puesto subalterno y lo abandonó. Nunca pudo comprarse el ascenso por su cuenta. Fue Su Ilustrísima quien lo trajo a la corte imperial. Él mismo pagó el precio, sólo para tener a alguien que pudiera manejar archivos. Está satisfecho contigo porque no sabes retórica; él prefiere la taquigrafía. —La voz había adquirido un deje de malicia; Sergio se detuvo súbitamente y tomó algo para comer. Pensó: «No debería haber hablado de eso. Tengo que llevarme bien con el muchacho. Si quiero sacar algún provecho de él, no puedo permitir que se dé cuenta de que lo considero un campesino ignorante».

    Juan miró el plato con las verduras, y aunque se percató de la malicia, adivinó la razón y no se sorprendió. Se preguntaba si se trataba de col o de verduras silvestres. Mojó un poco de pan en ella y la probó, pero todavía no estaba seguro de lo que era.

    —Su Ilustrísima es un loco del trabajo —dijo Diomedes riéndose.

    Sergio disimuló su risa.

    —Bueno, ¿qué otra cosa puede hacer de su vida? Y cambiando de conversación, ¿qué es lo que hablasteis en persa? ¡Espero que no tengamos que copiar cartas en ese galimatías!
    —Sólo me preguntó por el comercio de sedas. ¿De dónde es él? ¿De Armenia? — preguntó Juan.
    —De la Armenia persa —respondió en seguida Sergio—. Pero hace mucho que está en la corte imperial. Fue comprado como esclavo cuando era niño, por eso sólo Dios sabe la edad que tiene. Es mayor de lo que aparenta. El señor confía su vida en él y dicen que también la emperatriz lo aprecia.
    —¿Cómo es ella? —preguntó Diomedes—. Lo bueno de estar trabajando para Su Ilustrísima es que se conoce a todos los hombres importantes, pero yo jamás he visto a la Augusta. Dicen que es la mejor protectora del mundo, pero eso sí, ¡que Dios ampare a sus enemigos!

    Juan no podía responderle de inmediato, porque todo lo que se relacionaba con la emperatriz lo sumía en un mar de emociones confusas y conflictivas. Probó un bocado de salchicha, aunque tenía la boca seca, y lo masticó para disimular su indecisión.

    —Ha sido muy buena conmigo —terminó por decir.
    —¡Ya lo creo! —dijo Sergio—. Te ha conseguido un trabajo excelente. «Y te ha convertido en un caballero —pensó para sus adentros—. Apostaría a que tú no usabas un manto como ése cuando eras el hijo de un empleado en Beirut.»
    —No sabía que la emperatriz tuviera parientes en Beirut —intervino Diomedes.
    —Dicen que su familia es de Paflagonia, pero que ella nació aquí, en la ciudad.

    Sergio se echó a reír disimuladamente.

    —En..., eh..., digamos que en circunstancias que es mejor no recordar. Como toda su vida anterior a su matrimonio. Ayer oí una historia... —Se interrumpió, dirigiendo a Juan una mirada escrutadora.

    Juan sintió calor en el rostro.

    —Ha sido muy buena conmigo —repitió, irritado—. Mi familia estaba contenta de no conocerla antes de su matrimonio, pero tan pronto como se convirtió en Augusta, buscaron sus favores. Ella los rechazó sin más. Yo estaba convencido de que haría lo mismo conmigo, pero me ha tratado mucho mejor de lo que me había imaginado.

    «Y yo, contando mentiras para defenderla», pensó con tristeza. Se estremeció al darse cuenta de que lo miraban con recelo y como poniéndolo a prueba. En el futuro, pondrían más cuidado al opinar delante de él sobre la emperatriz, por temor a que fuera a contárselo.

    —Quizá deberíamos volver al trabajo —dijo con aire avergonzado—. Vamos, permitidme pagar la comida.


    Juan no recordó que había sido invitado a cenar con la emperatriz esa misma noche, hasta su regreso al palacio de Teodora una hora antes del crepúsculo. Las cenas con la Augusta, eso ya lo sabía, eran algo diferentes de los desayunos. Generalmente la emperatriz cenaba con su esposo y al menos seis comensales más; Juan no había sido invitado aún a ninguna, porque la emperatriz había querido protegerlo de las miradas de los demás, hasta que hubiera pasado la novedad. Ahora parecía que el momento ya había llegado y entró en la habitación que tenía asignada. Allí encontró preparado sobre la cama otro conjunto de ropas magníficas y a un esclavo que le esperaba para prepararlo para el banquete. Juan emitió un quejido, refrenando un irrefrenable deseo de salir corriendo.

    «Oh, Dios. ¿No ha sido suficiente por un día? Debería bastar el solo hecho de haber encontrado trabajo, intentar entender qué hacer y qué pensar de Narsés, Sergio y Diomedes... ¿Cómo se supone que debo ver a toda esa gente ahora? ¿Cuántos más estarán allí? ¿Acaso el emperador? ¡Oh, Dios mío, espero que no! Teodora estará allí, por supuesto. Pero ¿esperando qué?», pensó resignadamente.

    —¿Se acostumbra a llevar algo a la emperatriz Augusta cuando se está invitado a cenar con ella? —preguntó de sopetón al esclavo.

    Era éste un hombre de mediana edad, ya acostumbrado a las extravagancias de los invitados, que se detuvo un instante, mientras afilaba su navaja.

    —No es habitual —dijo con gazmoñería—. Aunque un regalo de flores puede ser recibido como un gesto de simpatía —dijo, mientras suavizaba la hoja en un trozo de cuero.
    —¿Puedes conseguirme flores, entonces? —Juan tanteó en su bolsa y extrajo un puñado de monedas—. Rosas, si es posible.

    El esclavo sonrió y juntó las monedas. Notó que era una suma considerable.

    —Si Su Excelencia es tan amable, ¿podría sentarse sólo por un momento mientras le arreglo el pelo? Así está bien...

    Quince minutos después, Juan, cambiado, arreglado y con una corona de rosas en la mano, fue acompañado a la sala del banquete.

    —¿Sabes quién más estará allí? —preguntó al esclavo.
    —Lo siento, señor, pero los demás invitados de Su Serenidad no son asunto mío — respondió amablemente el esclavo—. Creo que el señor estará presente, pero aparte de eso, nada puedo decir.

    Juan lanzó un gemido. Miró la corona de flores cuyos frágiles pétalos de tenue color rosa estaban bordeados por estrías azules. «Flores del palacio de la emperatriz y compradas con mi dinero», pensó desalentado.

    —¿Qué debo hacer? —preguntó al esclavo—. ¿Me arrodillo y luego le doy las flores o le doy las flores primero? ¿Tengo que inclinarme ante el señor en primer lugar y luego ante la emperatriz o al revés? ¡Dios mío, debiste haberme dado un ramo, no una corona! No podrá ponérsela.
    —¿Por qué no? —contestó el esclavo con aire impasible.
    —Porque tendrá puesta la diadema.

    El esclavo sonrió con desdén.

    —No en una cena privada. Yo te llevaré hasta la puerta del comedor, donde el señor y la señora estarán de pie recibiendo a los invitados. Cuando yo me detenga, tú te pones de rodillas ante el señor y la señora al mismo tiempo. No beses sus pies, pues se trata de una ocasión informal. Levántate inmediatamente y entrégale a la señora las flores, diciéndole algunas palabras adecuadas, si quieres. Los esclavos del comedor, entonces, te indicarán tu lugar. ¿Está bien?
    —Gracias —dijo Juan dándole una propina.

    El personal de palacio lo había dispuesto todo para que la pareja imperial no tuviera que estar de pie mucho tiempo saludando a los invitados en la entrada. Juan llegó al patio interior, donde encontró a otro par de invitados en el momento en que se incorporaban y a Narsés que esperaba cortésmente, unos pasos más atrás para hacer otro tanto. El eunuco le prodigó una de sus ya familiares sonrisas enigmáticas y lo saludó con la cabeza. Cuando los que habían llegado primero entraron en el comedor, se inclinó ante la majestad imperial. Mientras se levantaba, el emperador tomó su mano y lo ayudó a incorporarse. Justiniano el Augusto era un hombre de estatura media, rechoncho, con un rostro muy iluminado, cansado y de tez amarillenta a causa de su reciente enfermedad. Arrugas de preocupación le rodeaban la boca y surcaban su frente, aunque sonreía cálidamente a Narsés. Juan intentó no quedarse ensimismado. «El esposo de mi madre», se dijo, y el pensamiento lo atravesó como un golpe de hielo. Se imaginó a su padre de pie al lado de la puerta del comedor en la casa de Bostra, recibiendo a los invitados con su esposa al lado (la amargada, la sumamente respetable Ágata). Cada vez que él iba a alguna de esas fiestas, ella lo miraba como si acabara de comer uvas agraces. «¿Por qué tenemos que traer al bastardo a nuestras cenas? —le preguntaría después a su marido—. Procura que esté bien cuidado, pero no es adecuado que él esté aquí mezclado con nuestros propios hijos.»

    Narsés ya había entrado en la sala. Juan se inclinó hacia las baldosas impecables de la entrada, cuidando de no estropear las flores, y se incorporó. El emperador lo miró un poco intrigado y la emperatriz sonrió.

    «Di unas palabras adecuadas», pensó, pero volvió a sentirse otra vez mal por el miedo.

    —Señora —atinó a decir—, por favor acepta estas flores como una muestra humilde de mi gratitud. —Y se las ofreció.

    Ella sonrió dulcemente, sorprendida por el gesto, y tomó el regalo.

    —Éste es el nuevo secretario de Narsés —susurró a su marido—. Un primo lejano mío, Juan de Beirut. —¿Un primo tuyo? —preguntó el emperador un tanto sorprendido—. No sabía que tuvieras familia en Beirut.
    —Oh, se trata de Diodoro, un hermanastro de nuestro padre; estuvo allí antes de que naciéramos nosotras —dijo una voz detrás de Juan.

    Juan miró rápidamente hacia atrás, y vio a una dama observándole con alegre curiosidad. Su manto dorado tenía el borde negro característico de las viudas. Era más alta que Teodora y de más edad, pero el parecido era evidente. «Mi tía Komito», pensó Juan.

    —Nunca tuvimos mucha relación con esta rama de la familia hasta que éste acudió a Teodora —continuó Komito—. Bueno, al menos tienes buena presencia. —Y se vio obligada a sonreírle divertida, pero se inclinó y se incorporó haciendo una reverencia más bien superficial, antes de dirigirse a Teodora y besarla en la mejilla.
    —¡Ah! ¿Y le has conseguido un trabajo con Narsés? —preguntó el emperador, mirando a su esposa con una sombra de duda.
    —Sabe taquigrafía —respondió Teodora. Tomó el brazo de su marido y se volvió hacia el comedor—. ¿No es cierto, Narsés? —Komito miró a Juan de reojo y le volvió a sonreír antes de pasar por delante de él. Juan la siguió.

    En medio del resplandor de oro y cristal que los rodeaba, el eunuco asentía.

    —El joven tiene cierta experiencia como secretario, lo que resulta muy útil.

    El emperador sonrió, y fue a situarse en el triclinio más alto, con su esposa al lado. Juan fue acompañado al triclinio de la izquierda, que compartió con Narsés; Komito y los que llegaron primero estaban a la derecha del emperador. Éstos no eran más que un hombre deprimido y nervioso, de unos cuarenta años, y una mujer, evidentemente su esposa, que parecía un poco mayor.

    —Entonces, ¿cuándo acudiste a mi esposa, muchacho? —preguntó el emperador en tono cordial.

    Los esclavos se afanaban detrás en servir vino blanco frío en copas de cristal rojo y verde y en rociar el suelo de mosaicos con pétalos de flores y azafrán aromático. Los triclinios y la mesa eran de marfil y oro y los cubiertos llevaban perlas incrustadas.

    —Este verano, señor —respondió Juan. No se le quebró la voz como había temido— . Me recibió en Herión el mes pasado y me llamó a Constantinopla cuando encontró este trabajo para mí. Y hoy he comenzado.

    Justiniano asintió y bebió un sorbo de vino.

    —¿Y te gusta?
    —Parece un trabajo muy exigente, señor. Aún no sé si podré desempeñarlo.

    Esta franca contestación arrancó una sonrisa al emperador.

    —Espero que lo puedas desempeñar a la satisfacción de todos. ¿Qué experiencia de trabajo tienes?
    —Era escriba municipal en Beirut, como mi padre —contestó Juan humildemente—. Desde luego, algo mucho más insignificante que servir a un ministro de estado, lo sé, pero algunos de los métodos son los mismos.
    —Creo que no tendrá problemas —comentó Narsés.
    —Bien, bien —asintió el emperador. Volviéndose a su esposa, añadió—: ¡Con todo, me sorprende que encuentres parientes tuyos en Beirut!
    —Ellos no quisieron saber nada de mí antes de que yo fuera Augusta y yo no quise saber nada de ellos después —respondió Teodora. Deslizó la corona de rosas sobre su cabeza y cruzó las piernas sobre el triclinio.
    —Eran gente respetable —apuntó Komito—. Espantosamente respetable. —Hizo una mueca agria, de desaprobación—. Cuando Teodora estuvo en Beirut, intentó apelar a su ayuda y pedirles un préstamo. Esto fue después de que la abandonaran en Alejandría, sin dinero para comprar el pasaje de vuelta. Le dieron con la puerta en las narices.
    —Así que no quise saber nada más de ellos —asintió Teodora— hasta que Juan me escribió este verano, comunicándome que sus padres habían muerto por la peste el año pasado y que estaba intentando pagar todas sus deudas, con su sueldo de empleado municipal. Yo pensé: «Pobre muchacho. Él no tiene la culpa. Él ni siquiera había nacido en esa época».
    —Estoy agradecido a la emperatriz Augusta —terció Juan, mirándola intensamente a los ojos—. Profundamente agradecido.
    —¿Por qué estaban endeudados tus padres? —preguntó Justiniano con interés. Los esclavos le acercaron un plato lleno de huevas que pusieron sobre la mesa.
    —Mi padre había invertido en el comercio de sedas —respondió Juan inmediatamente—. Perdió muchísimo dinero cuando estalló la guerra con Persia.

    El emperador suspiró con tristeza, enarcando las cejas.

    —Los últimos cinco años han sido muy malos. Nefastos, diría yo. La guerra con Persia, rebeliones en África y esa indecible enfermedad que nos ha sobrevenido para castigar nuestros pecados. Creo que Dios está enojado con nosotros.

    El hombre que estaba frente a Juan se animó y dijo:

    —Conseguimos conquistar Italia.

    Komito lo miró con desprecio.

    —No parece estar muy conquistada de momento. De lo contrario, ¿por qué tienes tantas ganas de conquistarla otra vez? Ayer oí que los godos habían recuperado Nápoles.

    El hombre se estremeció. Era enjuto y barbudo y en él aún quedaba el recuerdo de lo que otrora fue el aspecto gallardo de un militar.

    —Logré conquistar Italia —insistió en tono quejumbroso—. Si hubiéramos podido mantener las tropas allí sólo por unos meses más...
    —Las tropas estuvieron demasiado tiempo —cortó bruscamente Justiniano—. Me equivoqué en no hacer las paces antes. Si os hubiera llamado a ti y a tus hombres para que regresarais seis meses antes de lo que lo hice, el gran rey no habría tomado Antioquía. ¿O acaso crees que Ravena es más importante?

    El hombre bajó la mirada y guardó silencio. «¿Será Belisario? "Logré conquistar Italia", ha dicho. Debe de ser él. ¡Madre de Dios! ¿Él? ¿Ese hombre tan feo el conde Belisario, conquistador de los vándalos y los godos?», se preguntaba Juan sin salir de su asombro.

    —Antioquía era más importante —dijo Teodora, apoyándose en el hombro de su marido.

    Belisario empezó a ponerse nervioso y dirigió a Teodora una mirada ansiosa. Ella le sonrió, tomó una cucharada de huevas y las mordisqueó antes de continuar.

    —¿Para qué queremos Ravena? El imperio ha funcionado perfectamente sin Italia durante cien años. Pero Asia, todo el Oriente, Egipto, esos lugares nos pertenecen. No debimos ordenar a todas las tropas la reconquista de Occidente. No con el gran rey Cosroes buscando guerra en el este.
    —Acepté la paz eterna con Cosroes —dijo Justiniano con pesar—. ¿Cómo podía saber que duraría sólo siete años? Y Occidente también formaba parte de nosotros.
    —¡Occidente debería ser una parte de nosotros —gritó Belisario, levantando la cabeza—. Nos llamamos romanos, pero durante cincuenta años dejamos Roma en manos de una tribu de bárbaros, mientras otro grupo de salvajes se repartía el Imperio de Occidente. Nosotros estábamos obligados a devolvérselo al pueblo romano. Y los godos nos provocaban. Ellos fueron quienes asesinaron a su reina, tan respetuosa de las leyes, tu aliada, con total desprecio de tus deseos, Augusto. Y fueron castigados; Dios nos concedió la victoria. Yo los sometí, como sabes, y su rey es tu prisionero en este momento.
    —Su antiguo rey —dijo Komito con un bufido—. Ese Totila que tomó Nápoles con su ejército godo no tiene derecho a otro título que el de prisionero de Justiniano.
    —No necesitamos Occidente —insistió Teodora—. Sí, es cierto que deberíamos reclamarlo. Yo sería la primera en coincidir en eso. ¡Pero no al precio de arriesgar todo el este! Además, ahora no tenemos ni las tropas ni el dinero para sostener a ambos.

    Belisario se puso nervioso nuevamente. «Tiene miedo de Teodora», dedujo Juan con asombro.

    En el triclinio contiguo al de su marido, la esposa de Belisario rechazaba el argumento:

    —Esta guerra de ahora con Persia está casi resuelta. Cosroes ha querido negociar durante todo el verano.

    El conde asintió, reconfortado por el apoyo de su esposa.

    —Si me dejas volver a Italia, la tendré sometida a ti dentro de un año —dijo al emperador.
    —Cosroes pide negociaciones con una mano y con la otra saquea las ciudades — sentenció Justiniano con amargura—. Creo que la guerra persa terminará cuando yo tenga su sello en un tratado de paz, no antes. No puedo prescindir de ti en Oriente.
    —No pienso mucho en Italia, como sabes, pero podrías prescindir de él. Ya lo hiciste una vez. En el frente persa no le fue muy bien, por eso lo reemplazaste por Martino — bufó Komito.

    Belisario se estremeció otra vez.

    —Eso fue sólo una medida provisional —atajó Teodora, sonriendo magnánima—. Exigida por unos... problemas domésticos de Constantinopla. Estoy segura de que en el futuro el estimadísimo conde podrá desenvolverse mejor en el frente persa.
    —El mando ya había sido dividido —agregó Belisario con impaciencia—. Un mando dividido nunca triunfa. —Dirigió una mirada cargada de veneno a través de la mesa a Narsés.

    El eunuco suspiró.

    —Estoy de acuerdo, excelentísimo conde. Y estoy seguro de que tus tropas aliadas no eran dignas de confianza...
    —¡Los sarracenos sólo piensan en el botín! —insistió Belisario con vehemencia.
    —Nadie sale absolutamente victorioso de una guerra, nunca —le dijo el emperador a Komito, reprobando su actitud—. Yo no espero eso. Hasta tu pobre esposo cometió errores. Confío en tu capacidad, conde.

    Belisario inclinó la cabeza.

    —Déjame entonces volver a Italia —rogó—. No puedo soportar ver cómo deshacen todo lo que yo hice allí. Sé que puedo reconquistarla, Augusto.
    —Yo preferiría mucho más que derrotaras a los persas —insistió Justiniano, ya exasperado—. Eso haría que Cosroes negociara en serio. ¿Por qué siempre Italia, Italia? Mi esposa tiene razón: nuestra mayor preocupación debe ser no conquistar más territorios, sino defender los nuestros.
    —Italia es territorio nuestro. Lo hemos conquistado y somos responsables de él — bufó Belisario—. Los italianos nos apoyaron en nuestra primera conquista ¡y ahora los hemos traicionado, dejándolos en manos de los godos! Los godos tomaron Nápoles y la mayoría de las ciudades del sur e intentarán tomar la misma Roma. Si toleramos eso, no somos romanos. No seremos otra cosa más que, como nos llaman los godos, pérfidos griegos.

    Justiniano movió la cabeza.

    —Sí, sí, sí, lo sé, yo mismo solía decir eso... pero dejamos que los persas tomaran Antioquía. ¡Antioquía! Una ciudad que era completamente mía cuando reclamé la púrpura y era la tercera del imperio. Y los persas la destruyeron, la incendiaron, la arrasaron. Todos sus habitantes son esclavos en tierra extranjera. ¡Y eso jamás debió ocurrir!
    —Eso no habría ocurrido si el conde hubiera obedecido tus órdenes —dijo Komito— . Tú le ordenaste hacer las paces con los godos y volver inmediatamente cuando estalló la guerra con Persia. ¿Y qué fue lo que hizo?
    —Venció a los godos y trajo a Constantinopla a su rey con todo su tesoro —dijo la esposa de Belisario, mirando con odio a Komito.
    —¡Venció a los godos! —exclamó Komito con estruendo—. ¡No parecen estar muy vencidos, en mi opinión!
    —Nadie pudo suponer que se repondrían y que elegirían un nuevo rey con tanta rapidez —dijo Narsés suavemente.
    —Tú podrías haberlo previsto si el conde se hubiera conformado con mantenerte a su lado y seguir tus consejos —replicó Komito secamente—. Tú fuiste enviado allí para aconsejarle.

    Narsés suspiró nuevamente.

    —El excelentísimo Belisario estuvo, sin embargo, bastante acertado. Los mandos divididos no son eficaces. Ese en particular terminó en desastre, por eso Su Sagrada Majestad me volvió a llamar, muy sabiamente. —Los esclavos se acercaban ofreciéndoles un plato con caracoles en leche; el eunuco se sirvió uno—. Y, afortunadamente, eso es historia pasada.

    Juan miró a Narsés, sorprendido. ¿Sería verdad que este frágil eunuco de la corte había sido enviado a Italia para compartir el mando con Belisario? Parecía increíble.

    —A diferencia de lo que ocurre con la conquista de Italia —dijo Komito—. ¿Por qué el conde está tan ansioso por volver allí? ¿Cuántas tierras posee allí? ¿O acaso tiene algo que ver con el hecho de que los godos le ofrecieran nombrarlo Augusto del oeste?

    El invencible conde Belisario palideció.

    —¡Komito! —intervino Teodora, con tono de duro reproche.

    Justiniano sacudió la cabeza.

    —Piensas menos que un chorlito —dijo secamente la mujer de Belisario—, de lo contrario te darías cuenta de que mi marido es la única persona de la que no se puede sospechar que quiera ese título. Se lo ofrecieron en bandeja y él lo rechazó. «Jamás, mientras viva Justiniano Augusto, tomaré ese título»; eso fue lo que dijo.
    —Así es, así es. Yo no dudo de tu lealtad, conde. Pero desearía que estuvieras tan entusiasmado por defender las tierras de Oriente como lo estás por recobrar Italia —dijo el emperador.
    —He pasado años enteros de mi vida en Italia —repuso el conde con seriedad—. Hay otros que pueden ser comandantes en el este: Teoktisto, Germano, Marcelo, Isaac el Armenio, todos ellos generales idóneos. Y Martino, por supuesto. Pero yo soy el más conocido en Italia; si yo voy, puedo lograr lo que nadie ha podido conseguir. Déjame ir, Augusto. Como te he dicho, llevaré sólo mis propias tropas; a ti no te costará nada y no será necesario mover tropas desde el este. No podemos dejar que los godos nos arrebaten Roma.

    Justiniano se mordía el labio con aire dubitativo; finalmente se encogió de hombros.

    —Tendremos que considerar esto en otro momento. La cena de mi esposa no es el mejor momento para resolver asuntos de estado. —Se volvió hacia Teodora y agregó—: Lamento esta discusión, querida.
    —No importa —respondió ella—. Fue mi hermana quien la empezó.

    Komito se encogió de hombros.

    —Lamento si alguien se ha ofendido. Pero todos me conocéis: siempre digo lo que pienso.
    —¡Y con las cosas que piensas... ! —dijo Teodora con malicia. Pero al cabo de un instante sonrió a su hermana y alzó la copa ante ella.

    Belisario se dejó caer con aire abatido en el triclinio, pero su esposa se inclinó hacia adelante y empezó a preguntar por una entrevista con cierto gobernador africano.

    Juan recordaría aquella cena toda su vida. Después de la discusión no se habló más de temas políticos, pero incluso los chismes lo intimidaban: altos funcionarios, de los que se había descubierto que eran corruptos; alianzas rotas o enmendadas; grandes fortunas que se hacían y deshacían. Y en medio de todo esto, los esclavos seguían trayendo platos de comidas exóticas, la mitad de las cuales no podía ni reconocer, y llenaban su copa con un vino excelente una y otra vez. No dijo nada más. Su cabeza le daba vueltas a causa del vino y de la confusión de aquel largo día y sólo le apetecía irse a dormir. Volver a casa a dormir. Casa. Pero ¿cuál era su casa? ¿Acaso el cuarto de huéspedes del palacio laberíntico, a donde los esclavos se dignaban llevarlo?

    «Debe ser ése, porque la habitación en que estás pensando, esa pequeña y simple habitación de Bostra, no es tuya. Y tú no eras lo que creías que eras. Esa mujer en la cabecera de la mesa, a la que el gran Belisario teme, es tu madre. Por consiguiente tú debes ser de aquí.»

    Pero, por fin, se sirvió la última fuente, los esclavos sirvieron el vino que quedaba y Teodora bostezó. En seguida la esposa de Belisario, Antonina, se levantó, sonriendo con dulzura.

    —Ha sido una velada encantadora —dijo—. Gracias, mi querida Augusta, por habernos invitado.
    —Ha sido un placer. Espero que ese pequeño desacuerdo del principio no haya enturbiado la velada —replicó Teodora.

    No, no, por supuesto que no. Todo lo contrario, había sido muy útil tener una discusión tan franca sobre tales temas, por lo que Antonina estaba agradecida. Inició la marcha y su marido, después de prosternarse ante el emperador, la siguió. Narsés y Komito fueron detrás y Juan, tras mirar a la emperatriz, se fue con ellos. Uno de los esclavos lo esperaba en la puerta y lo acompañó hasta el cuarto de huéspedes, donde se desplomó, exhausto, en la cama.

    En el comedor el emperador se arregló el manto de púrpura y se frotó la cara.

    —Desearía que influyeras en tu hermana para que refrenara un poco su lengua. Tengo razones muy, pero que muy válidas para estar enojado con Belisario, pero la deslealtad no está entre ellas —dijo a Teodora.
    —Komito está aún recelosa por la reputación de su marido —dijo Teodora en tono conciliador—. Siempre está acechando al conde. Tú la conoces bien y sabes que eso no significa nada.
    —El conde está aún muy nervioso por esa acusación. ¡Dios Todopoderoso, cada vez que lo mirabas daba un respingo! Sé por qué hiciste lo de este verano, queridísima mía, y fue algo muy prudente, pero lo asustaste muchísimo. Y no quiero que crea que aún sospecho de él, eso podría hacer que me traicionara de verdad.

    Teodora acarició el rostro de su marido con un dedo.

    —Es casi seguro que él dijera aquello por lo cual se le acusó este verano. Es decir, que si tú murieras por la peste, él no se sometería a nadie que yo u otro de la corte designara como tu sucesor. Si sus ideas sobre la sucesión llegaron aun más lejos, nunca lo he podido averiguar.
    —«Jamás mientras viva Justiniano Augusto» él se proclamaría Augusto —citó Justiniano sonriendo a Teodora—. Claro que no dice nada acerca de lo que haría si Justiniano muriera. ¡Oh, lo que hiciste fue necesario y yo no lo cuestiono! Tuviste que relevarlo de su mando y asignar a sus partidarios a diversas unidades de la guardia real. De otro modo, se hubiera coronado emperador, de haber muerto yo. Pero yo no he muerto y él no intentará matarme ni usurpar la púrpura. Nos ha servido con lealtad en el pasado y no tenemos otro general que se le pueda comparar. Le hemos devuelto sus servidores y le hemos ofrecido su mando. ¿Por qué no lo acepta?

    Teodora se echó a reír.

    —Por Antonina. Ella no quiere volver a la frontera persa, pero irá a Italia. Él no confía en dejarla sola en Constantinopla. Es simplemente un marido celoso.
    —Celoso —dijo el emperador, con aire pensativo—. Y por eso desea arriesgar nuestra confianza y no aceptar el mando de una guerra. El amor, ¡qué terrible es! Pero supongo que yo también podría ser igualmente celoso, aunque tú nunca me has dado ningún motivo para serlo.
    —Y jamás te lo daré.

    El emperador la besó nuevamente, se incorporó con un profundo suspiro y se levantó.

    —¡No irás ahora a trabajar! —protestó Teodora, asiendo el borde de su manto.
    —Le prometí al obispo Menas que lo vería esta noche para tratar algunas declaraciones teológicas de Roma —respondió Justiniano.
    —¡Oh, amor mío, no tendrías que trasnochar tanto hoy! Aún estás débil por tu enfermedad. Deberías descansar.

    Justiniano la miró con un cariño profundo y le tomó las manos, separándolas suavemente de su manto.

    —Tú no pensabas precisamente en el descanso.

    Ella le miró a la cara, sonriente.

    —No.
    —Bueno, te prometo que iré a la cama dentro de dos horas si es allí donde quieres estar. Pero debo ver primero al obispo. Hemos de decidir esta cuestión, resolver esta espantosa controversia. Buenas noches, mi vida.

    Sola en el comedor, Teodora se incorporó en el triclinio con las rodillas dobladas bajo el manto de púrpura. Tomó la corona de flores de su cabeza y la puso delante. Las rosas se estaban marchitando. «Como yo, como nuestro imperio. Rosas marchitas, las últimas rosas. La planta sabe que el verano ha terminado. Belisario no debería haber ido a Italia, en primer lugar. Nosotros deberíamos haber guardado nuestras fuerzas para el invierno, no haberlas derrochado tratando de recobrar un imperio que está perdido. Pero cuando éramos jóvenes, todo parecía posible.

    »Belisario, por cierto, no debería volver allí ahora. Yo no confío en él si va al este, pero mi esposo sí. Prometí a Antonina ayudarlo. Después de todo, le debo un favor.»

    Acarició las rosas con un dedo, recordando de repente que Juan se las había regalado. No había esperado que le trajera nada. ¡Qué tierno estuvo cuando se las ofreció, como un amante que teme ser rechazado! «Estoy profundamente agradecido.» Diodoro de Bostra era ahora un rostro confuso, una pasión casi olvidada, pero el niño que ella le había dado era real. «Mi hijo, ¡ojalá lo fueras también de mi esposo... !», pensó, con una punzada de dolor.


    Caballos


    Juan notó que era el centro de atención cuando a la mañana siguiente llegó al trabajo con retraso y aturdido por haber permanecido tanto tiempo en el lecho.

    —¡Cenaste con la Augusta anoche! —exclamó Sergio cuando Juan entraba—. ¿Cómo fue? Cuéntame.

    Narsés, sentado en su escritorio como si nunca se hubiese levantado de allí, hizo un gesto con la mano, entre una orden y una súplica, y dijo:

    —Estimado Sergio, habrá tiempo para tales conversaciones más tarde. Ten la amabilidad de dejarnos continuar con nuestro trabajo.

    Sergio se calló. Juan, inclinándose torpemente hacia el chambelán, dijo:

    —Lamento haber llegado tarde. —Estaba nervioso. Temía ser despedido por llegar tarde el segundo día de trabajo, por eso había ido corriendo desde el palacio de Teodora.

    Narsés le dirigió su amable sonrisa.

    —No hay por qué disculparse. Ya lo suponía. Recoge tus tablillas de la oficina exterior, necesitaría que escribieras una carta, por favor.

    Juan se inclinó otra vez.

    —Sí, Ilustre Señor.

    La segunda mañana fue tan ajetreada como la primera, pero nuevamente el flujo de entrevistas se redujo alrededor del mediodía, por lo cual los dos escribas salieron de la oficina y volvieron a invitar a Juan a comer con ellos en su taberna favorita.

    Juan dudó por un momento. Sergio le disgustaba y Diomedes no le agradaba; le parecía que ambos eran otro elemento de confusión en un mundo que, ya sin ellos, le dejaba bastante perplejo. «Por otra parte, son colegas míos y debería estar a bien con ellos. Y saben de la corte mucho más que yo. Tal vez puedan aclararme algunas cosas», se dijo. Así que volvió a aceptar la invitación con una sonrisa.

    —¡De modo que cenaste anoche con la señora y el señor! —insistió Sergio cuando estuvieron sentados a la misma mesa en la taberna—. ¿Puedes hablar con simples mortales? ¿Cómo fue?

    Juan apenas sonrió.

    —Desorientador —musitó después de un momento—. Y muy fastuoso.
    —¿Quién más estaba allí? —preguntó Diomedes.
    —El Ilustrísimo, por supuesto. Y la hermana de la Augusta, Komito, que creo que tenía curiosidad por conocerme: ¡el nieto de su respetable tío! Y el conde Belisario y su esposa.
    —¿Belisario estaba allí? —preguntó Sergio encantado—. ¿De veras? Ya no está en desgracia, entonces. Vaya, eso sí que es una novedad.
    —¿Acaso había caído en desgracia? —preguntó Juan. Notó que la noticia no le sorprendía. Era claro que algo así tenía que haber ocurrido. Pero no había tenido tiempo de pensar, de ordenar lo que había oído.
    —¿Acaso no se enteran de nada allá en Beirut? —preguntó Diomedes—. Cuando el señor estuvo enfermo, se sospechaba que Belisario intentaba sucederle. Tu protectora lo descubrió. Lo relevaron del mando y le confiscaron la mitad de las propiedades. Iba por la ciudad como cualquier ciudadano, volviendo la cabeza continuamente, por si... bueno, tú me comprendes. Así que ha recuperado el favor ahora. Eso será gracias a su esposa que es amiga de tu protectora.
    —Hizo un favor a tu protectora —agregó Sergio—. Le libró del Capadocio.

    Juan lo miró sorprendido, intentando no mostrar la mezcla de desprecio y fascinación que sentía.

    —¿El Capadocio? ¿Te refieres al prefecto pretorio?
    —Exacto —dijo Sergio alegremente—. Tu tocayo, Juan el Capadocio, el más brillante y el peor hombre de nuestra época. —«He aquí una historia que puedo contar a nuestro pequeño empleado de Beirut. Demuestra cuan poderosa es su prima, y eso le gustará. Y quizá deje escapar algunas indiscreciones acerca de lo que dijeron Sus Sagradas Majestades anoche, si tiene la capacidad de darse cuenta de lo que conviene.»—. Tu sagrada prima lo detestaba, según dicen, pero el señor daba cualquier cosa por él porque siempre era capaz de encontrar todo el dinero que hiciera falta. Pero tu prima lo atrapó al final. ¿No habías oído nada de eso?
    —En B... Beirut se comentaba que fue depuesto de su cargo hace dos años, por traición —dijo Juan con cautela.

    Juan el Capadocio, antiguo prefecto pretorio o magistrado, que había sido odiado por todo el Oriente. Era muchísimo más cruel que sus predecesores, imponía ahorros feroces en los cargos imperiales y dentro de la burocracia y exprimía a los ciudadanos con todos los impuestos habidos y por haber.

    —¡Con las manos en la masa! —dijo Sergio con placer—. Tu protectora sospechaba que no era todo lo honesto que debía, pero no podía desenmascararlo porque era tan condenadamente astuto que nadie podía culparlo de nada. Entonces la Augusta acudió a su amiga Antonina, la esposa de nuestro triunfador y glorioso general Belisario. Y Antonina fue a visitar a la hija del Capadocio. Era una joven discreta y modesta, a quien su padre amaba tiernamente —lo decía en tono afectado y sarcástico—. Pero Antonina con lisonjas y adulaciones se convirtió en su querida amiga y consejera. Un día Antonina le dice: «Oh, querida niña, ¡cuan desagradecido es el emperador con mi esposo! ¡Cuan cruelmente nos utiliza! ¡Cómo desearía que pudiéramos hacer algo al respecto!». Y la niña le pregunta preocupada: «Bueno, ¿y por qué no haces algo tú?». «¿Qué podemos hacer? Tenemos el apoyo del ejército, es verdad, pero, ¡ay!, no tenemos dinero, ni contactos en las sagradas oficinas. Sin embargo, si tu padre quisiera ayudarnos, podríamos hacer algo.» Conque, por supuesto, la niña fue corriendo y le contó todo esto a su padre. Y su padre picó el anzuelo. De que era ambicioso, no cabe la menor duda.

    »Antonina y el Capadocio lo prepararon todo, lo prepararon a través de la joven. Antonina y el Capadocio debían encontrarse en Rufinia para decidir quién iba a ser emperador cuando se deshicieran del señor. El propio Belisario no supo nada de lo que se urdía hasta que terminó. Cuando todo estuvo preparado, Antonina tomó a la señora y al Ilustrísimo y a uno o dos más. La señora arregló que cuando se encontraran Antonina y el Capadocio, el Ilustrísimo estuviera escuchando detrás de una pared junto con Marcelo, el capitán de la guardia personal y una tropa de soldados. El Capadocio desveló sin rodeos el plan que había tramado para hacerse con la púrpura y lo arrestaron.

    —Pero el señor aún le tenía aprecio —agregó Diomedes con disgusto—. Dijo que Juan le había servido bien, pese a su traición, y que sería desagradecido si le castigara con la severidad que todos sabían que merecía. Entonces, lo único que ocurrió fue que lo hicieron sacerdote, muy en contra de su voluntad, y lo despacharon a Cízico. Ni siquiera le confiscaron los bienes. Vivía como un tetrarca con su fortuna, hasta el último verano. Entonces, cuando el señor estuvo enfermo, tu prima la emperatriz lo pilló.
    —El obispo de Cízico, con el que el Capadocio había discutido, fue asesinado — continuó Sergio—. Enviaron investigadores de Constantinopla, que arrestaron al forzado sacerdote y lo interrogaron. Él, que había sido prefecto pretorio, cónsul, que había competido por la silla curul y a quien se le habían dedicado juegos y que aún vestía el manto blanco con la banda púrpura, fue azotado hasta que pidió clemencia a gritos. Pero no confesó haber participado en el asesinato, por lo que decidieron encarcelarlo. Lo embarcaron como un vulgar ladrón rumbo a Egipto. No le dejaron llevarse el oro robado, de ahí que tuviera que mendigar comida en cada escala, como un criminal cualquiera. «¡Un mendrugo de pan para Juan, el prefecto pretorio, por la caridad de Cristo!» Ahora está en una prisión en Antinoe, aunque supongo que el señor lo liberará dentro de poco. —Tomó un largo trago de vino—. Algunos decían que el Ilustrísimo iba a suceder al Capadocio, pero se decidió que no era lo bastante cruel.

    Juan no abrió los labios. No dudaba de que Juan el Capadocio merecía el castigo, pero la historia entera le asqueaba. Volvió a recordar el modo en que Belisario miraba a Teodora. Pensó en la descripción de Diomedes, de cómo el conde iba como un ciudadano cualquiera «volviendo continuamente la cabeza por si...» Por si la emperatriz decidía mandarlo matar, comprendió Juan.

    «Pero, ¿será verdad? Yo creía que mi madre era una prostituta cualquiera, y he descubierto que es una emperatriz. ¿Por qué voy a creer que es una tirana corrupta? Estos dos hombres son falsos y maliciosos y están mucho más lejos de la corte que yo. Han oído cosas, pero no saben nada. Yo sí estoy en posición de saber. ¡Ojalá pudiera comprender lo que veo! Debo aprender, debo entender lo que ocurre a mi alrededor. De otro modo no seré sino... un mueble, un mueble que los demás colocan donde quieren. Sin ningún poder, ni voluntad, ni... mi propio yo», razonó para sus adentros.

    Juan volvió a mirar a los dos escribas, que tenían la boca llena. Sergio le dirigió una sonrisa abierta, con el pan entre los dientes. «Quiere que le dé información. Bien, ¿por qué no? Yo quiero lo mismo de él; es un trato justo. Pero...», pensó Juan.

    Y en su mente trazó un círculo alrededor de sí, como lo hacía de niño cuando jugaba, en el suelo polvoriento de Bostra. «Aquí estoy yo, Juan el Bastardo, y nadie puede tocarme.» Era su autodefensa, y lo sabía, era un intento de transformar su aislamiento odioso en poder mágico. Pero le había dado resultado, al menos en parte. No tenía ningún poder sobre lo que era o lo que hacía, pero dentro de su círculo encantado podía controlar lo que pensaba, evaluar con tranquilidad las exigencias de un mundo hostil y, en última instancia, negociar si aceptaba o no tales exigencias.

    Devolvió la sonrisa a sus compañeros y decidió empezar a comprender.


    Pasaron meses antes de que empezara a tener un mínimo de confianza en su nueva vida. Los sucesos a los que se enfrentaba eran incontables, como las estrellas del cielo o los archivos de las oficinas sagradas. Tenía que aprenderse los nombres y rostros de los ministros del emperador y de los servidores de la emperatriz; la forma correcta de dirigirse a un notario de la corte, a un silenciario, a un escriba de la prefectura pretoria; las calles de la ciudad de Constantinopla y dónde tenían sus casas los ministros; las iglesias y los problemas de quien era ortodoxo y de quien no; los entresijos de la política imperial y las circunstancias particulares de los gobernadores de África, Italia, Egipto; nombres y príncipes de las variadas tribus bárbaras a lo largo del Danubio y cuál de ellas recibía dinero para ser hostil a cuál otra; a quién dejar entrar a la oficina interior sin cita previa y a quién hacer esperar; qué clase de vino comprar para las cenas de Sergio y dónde conseguirlo; qué clase de conversación agradaría más a la Serena Augusta Teodora. Cada pequeña victoria de su entendimiento se veía superada al instante por una serie de elementos desconocidos; lo que aprendía era casi insignificante en el mar de lo que ignoraba.

    El período de prueba de una semana pasó sin comentario alguno y Juan no se acordó hasta después de que finalizara de que ya había pasado, y para entonces ya no había razones para alegrarse. Se mudó de la habitación de huéspedes en el palacio de Teodora a un grupo de habitaciones en la «Segunda Región» de la ciudad. Descubrió, para su sorpresa, que no tenía que pagar alquiler alguno. Era costumbre pedir a los ciudadanos de Constantinopla que alojaran a la gente de palacio, por lo que muchos de ellos, como el comerciante que tenía la casa donde Juan vivía, mantenían unas habitaciones especialmente preparadas para el caso.

    —Lo siento. Preferiría tenerte en palacio —le dijo la emperatriz cuando le comunicó esta decisión—. Pero lo común es que los jóvenes funcionarios vivan en la ciudad; hacer una excepción contigo despertaría sospechas. —Al ver que no entendía, Teodora se rió—. La gente diría que tenemos un romance. No importa, aún puedo invitarte a palacio.

    Le concedió tres esclavos para que se cuidaran de las habitaciones: una pareja de mediana edad y su hijo de catorce años, y se disculpó por no darle más.

    —Pero donde estás, no tendrías sitio para ellos, y darte una casa más grande también sería sospechoso por ahora.

    Nunca había tenido tanto espacio para él solo y no sabía cómo responder a semejante lujo. No estaba muy seguro de lo que pensaban los esclavos acerca de la mudanza: tanto el hombre como la mujer lo trataban con sumo respeto. Por fin se convenció de que la mujer estaba realmente complacida por tener la independencia de una casa, fuera de palacio, sin ser supervisada por nadie, pero el hombre se sentía ofendido, pues le parecía que había perdido categoría con el cambio al pasar de esclavo de la emperatriz a esclavo de Juan. Sobre el hijo, Jacobo, no había ninguna duda: disfrutaba de la libertad de la casa y de las calles de la gran ciudad y admiraba enormemente a su señor, lo que incomodaba sobremanera a Juan.

    También descubrió que por su trabajo ganaba una libra de oro, o setenta y dos solidi al año. Sergio, Diomedes y Anastasio ganaban cincuenta solidi. Era más dinero de lo que él jamás había soñado ganar y no parecía tener mucho en qué gastarlo. La emperatriz era muy generosa. Además de vestidos y esclavos, le regalaba muebles para su casa, vino para sus bodegas y vajilla para su mesa y, cada vez que se veían, también le daba un puñado de dinero, pidiéndole que se «comprara algo». La emperatriz disfrutaba haciendo y recibiendo regalos. Incluso los más triviales, como flores, un par de palomas blancas, un frasco de perfume, hacían brillar sus ojos y le arrancaban exclamaciones de placer.

    Lo invitaba a desayunar por lo menos una vez a la semana y ocasionalmente a otros acontecimientos. Un día festivo salieron a navegar alrededor de la ciudad para «disfrutar del aire del mar». La nave imperial tenía paneles de cedro, barandas de madera de cidro y los remos dorados. En la popa una banda de músicos tocaba la flauta, la cítara y los címbalos. Teodora estaba de pie en la proa, bajo un toldo de seda púrpura, arrojando migas a las gaviotas al tiempo que las veía girar sobre sus alas brillantes. Las velas estaban teñidas de púrpura. En medio de la travesía, Juan soltó una carcajada.

    —¿Qué pasa? —le preguntó Teodora, tirándole un trozo de pan a él en lugar de a las gaviotas.
    —¡Velas púrpura! —replicó, moviendo la cabeza. Le parecía absurdo hacer teñir algo tan común y de todos los días como las velas con la valiosa púrpura imperial.

    Ella comprendió en seguida y le sonrió.

    —Míralos. ¿De qué otro modo la gente va a saber quién soy? —Hizo un ademán hacia la ciudad, resplandeciente en el monte sobre los destellos del agua—. Así pueden mirar y decir: «¡Ahí va la emperatriz Teodora en su navío!». Da un poco de excitación a su vida. Y a mí me gusta el color púrpura.

    En otra ocasión la acompañó en el carruaje dorado a un monasterio de las afueras de la ciudad, donde humildemente hizo ofrendas al santo patrono. Su entorno no era ciertamente humilde: dos escuadrones de guardias de palacio y la mayoría de sus sirvientes, los eunucos sobre mulas o caballos blancos, las damas de honor y las niñas que estaban a su servicio en coches esmaltados. El pueblo de Constantinopla la aclamaba a su paso: «¡Tres veces Augusta!», «¡Dama soberana!», «¡Por siempre reina!». Ella se sentaba erguida con su manto de púrpura y su diadema y los ojos le brillaban de placer.

    —Me encanta cuando me aclaman —confesó—. Podría estar escuchando este rumor eternamente.

    Un día lo llevó a una celda bajo el salón del trono del palacio Magnaura. Sobre un estrado, en el centro, había un diván de oro y marfil. Teodora se sentó, apoyando sus piernas en el brazo opuesto, de modo que sus sandalias se agitaran en el aire.

    —Ven aquí, junto a mí —le susurró a Juan con la sonrisa en los labios y, cuando se le acercó, hizo un gesto a su asistente Eusebio. El eunuco sonrió y tiró de una palanca que estaba en un extremo del salón. Se oyó cómo alguien mandaba guardar silencio, después un estallido de música y finalmente el trono empezó a elevarse en el aire. Juan dio un respingo; la emperatriz le cogió del brazo y le llevó al estrado conteniendo la risa, disfrutando de la situación. El techo se abrió y el diván entró en el salón del trono situado en lo alto. Los pájaros enjoyados de las lámparas doradas cantaban con el sonido claro y artificial de un órgano hidráulico, los leones dorados que rodeaban el estrado agitaban sus colas en los goznes mientras rugían, pero el salón estaba vacío.

    Al cabo de un rato se hizo el silencio; el trono, entonces, se sacudió nuevamente y volvió a atravesar el techo hasta su posición anterior en el estrado.

    —¿No es maravilloso? —preguntó Teodora, fascinada—. Lo hizo construir el segundo Teodosio. Se conoce como el «trono de Salomón». Por supuesto, para tener el efecto completo has de esperar en el salón del trono; se prenden todas las luces y queman incienso, luego se levantan las cortinas y Pedro y yo surgimos de las profundidades como Afrodita del mar ante el asombro de todos. ¡Tendrías que ver el efecto que produce en los embajadores bárbaros! Me fascina.

    En uno de sus momentos de reflexión, Juan llegó a la conclusión de que a ella le encantaba ser emperatriz. El protocolo, las insignias, todo eso la complacía y era muy reacia a omitir un solo detalle del ceremonial que la rodeaba. Era el placer de la actriz cómica, en su papel más jugoso. Y más que eso, era el placer de la niña pobre que se había vuelto inmensamente rica, la alegría de la prostituta insultada y humillada, poderosa y honorable. Se deleitaba en el contraste tanto como en el hecho en sí y siempre fue muy consciente del contraste. Le encantaba que la adularan, pero nunca se engañaba.

    Teodora, sin embargo, le contaba muy pocas cosas de sí misma. Una revelación inusual ocurrió cuando le dijo a Juan, como por casualidad, que era tío.

    —Bien, una vez te dije que tuve una hija que murió al dar a luz —le dijo con impaciencia ante sus ojos asombrados—. Su hijo no murió y ahora tiene catorce años. Algún día lo conocerás, pero pienso que es mejor que no le digamos quién eres hasta que sea mayor. Se llama Anastasio y se casará con la hija del conde Belisario. —Ella se sonrió ante lo que juzgaba una estupenda idea—. Eso le convertirá a él en rico y poderoso.
    —¿Cuál era el nombre de mi hermana? —preguntó Juan tras un silencio.

    La sonrisa se desvaneció y su rostro súbitamente se volvió adusto y envejecido.

    —Erato —dijo sin más. El nombre significa «encantadora» y Juan intentó imaginarse a la niña, muerta hacía catorce años. Hubo un momento de silencio. Teodora agregó, por fin, con voz dolorosamente amable—: Era cuatro años mayor que tú. Su padre era un auriga llamado Constantino. A la sazón era campeón de carreras de carros; ganó el cinturón dorado durante cinco años. Yo estaba perdidamente enamorada de él, aunque siempre supe que no valía nada. Le gustaba la idea de que yo tuviera un hijo, y así lo hice. Nos abandonó un mes antes de que ella naciera; seguramente, ya no le resultaba tan divertido dormir conmigo. ¡Madre de Dios, pensé que ambas moriríamos, la niña y yo! Las jóvenes solteras no deberían tener hijos. Destruyen su vida por intentar cuidarlos. Yo juré que nunca tendría otro hijo. Cuando supe que te esperaba a ti, fui al mercado de Beirut y busqué uno de mis remedios habituales. Pero no me atreví a tomarlo.
    —Mi padre nunca dijo nada acerca de una hija tuya.
    —Ni siquiera lo sabía. Yo la había dejado en Constantinopla con Komito. Por un tiempo estuve con un tipo llamado Hekébolo de Tiro, un senador rico que fue nombrado para gobernar la Pentápolis libia y quiso llevarme con él. Me prometió un arreglo conveniente y me dio veinticinco solidi. Le di el dinero a Komito para que cuidara de mi hija y partimos. Pensé que sería por un año o algo así, hasta que terminara el período de Hekébolo. Pero cuando llegamos a Cirene, conoció a una muchacha que le gustó más. Nos ofreció instalarnos en la misma casa y al negarme yo, me expulsó sin un centavo. Vendí casi toda mi ropa y llegué a duras penas a Alejandría. Después... después de eso, conocí al obispo, quien se apiadó de mí y me dio algo de dinero para pagar mi pasaje de vuelta. «Dinero honrado», me dijo. Y yo quise tener una conducta honrada pero el barco se retrasó en Beirut, donde conocí a un joven estudiante de derecho, tímido y apuesto, y deseché la idea de volver a casa y ganarme la vida honestamente, al menos por un tiempo. —Acarició el pelo a Juan, con mucha delicadeza. Él contuvo el aliento—. Dije a tu padre que tenía una hija en Constantinopla, pero me parece que no se lo creyó. Estaba demasiado lejos. ¡Pobrecita Erato! ¡Tenía sólo trece años cuando la obligué a casarse!


    En otra ocasión, era un día de fiesta, Juan se sentó cerca del palco imperial del hipódromo a ver las carreras. La pareja imperial apoyaba al equipo Azul y todos sus sirvientes gritaban también por él. Teodora se asomó fuera del palco y dio un grito de alegría cuando ganaron los Azules. El emperador aplaudía y asentía.

    —Mi padrastro trabajaba para los Azules —le explicó al día siguiente en el desayuno—. Mi padre trabajaba para los Verdes; murió cuando yo tenía cinco años. Mi madre en seguida se casó con el asistente de mi padre, para que tuviéramos alguien que nos mantuviera. Ella creía que él obtendría el empleo de mi padre, pero los que controlaban la facción se lo dieron a otro hombre, en recompensa a un regalo. Mi madre decidió apelar a los simpatizantes de la facción, por encima de los dirigentes, y nos llevó al hipódromo para suplicar a la multitud entre carrera y carrera. Actos como los de enseñar a los pobres niños huérfanos, sin dinero, suelen tener éxito. Nos dijo qué hacer y lo importante que era, y allí salimos, Komito, Anastasia (que ha muerto) y yo, con guirnaldas y levantando los brazos en señal de súplica. Los Verdes se rieron de nosotras. Lo recuerdo perfectamente; yo pensaba que había sido por mi culpa y lloré como loca. Afortunadamente los Azules se apiadaron de nosotras y, como su cuidador de osos había muerto hacía poco, nos aceptaron. Desde entonces los he apoyado. ¿Existe ese tipo de carreras en Bostra?

    Juan notó que ella había abandonado el tema rápidamente. Su recuerdo le sería odioso.

    —No como ésas —respondió—. No pueden permitirse tantos carros. Y las facciones... tampoco son así. —No podía encontrar las palabras para definir con más precisión lo que quería decir «como ésas», pero sospechaba que era mejor no intentarlo. En Bostra la gente aclamaba a los Azules o a los Verdes (en su mayoría a los Verdes), pero las facciones eran rudimentarias. En Constantinopla los Azules se sentaban en las gradas a la derecha del palco imperial y los Verdes a la izquierda. Los simpatizantes de una y otra facción se vestían con túnicas con mangas ajustadas y hombros sueltos, que ondulaban cuando levantaban los brazos para incitar a los caballos de su equipo. Se afeitaban por encima de la nuca y se dejaban crecer la barba; parecían fantásticos miembros de una tribu bárbara perdidos en medio de la ciudad. Gritaban si su equipo perdía, aullaban de alegría si ganaba, atacaban a los miembros de la otra facción con los que se encontraban después en la calle y aclamaban al emperador con heraldos entrenados, entonando elaborados cánticos. Sus obligaciones oficiales incluían el mantenimiento de los parques y fuentes de la ciudad, pero sus funciones en el hipódromo habían superado con creces sus otros deberes. Juan ya sabía que eran peligrosos y que había que evitar a cualquier precio cruzarse con ellos por la noche, en particular con los Azules, que se amparaban en el favor oficial para escapar al castigo— . Sólo había carreras de carros en los grandes festivales —dijo Juan a la emperatriz—. Las demás carreras eran de caballos. No estaban organizadas por las facciones sino por ciudadanos particulares que pensaban que sus caballos eran más veloces que los del vecino. Yo corrí una vez en una.

    Teodora sonrió complacida.

    —¿Y ganaste?
    —Quedé segundo. Entre nueve, así que no estuvo mal. Y el caballo aún no estaba en sus mejores condiciones; seguro que habría ganado si hubiera tenido un año más. —Se interrumpió para pensar, apenado, en su caballo. Luego prosiguió—: Tienen una raza diferente de caballos aquí, ¿verdad? Más grandes y más pesados que los caballos árabes, pero no son tan veloces.
    —¿No tan veloces? ¡Oh, los caballos de aquí son los mejores del mundo! ¿No viste el equipo de ayer, el de Kaligono? ¡Iba como el viento!
    —Supongo que los caballos árabes no servirían para tirar de los carros —admitió Juan—. No para la caballería verdaderamente pesada, pues son animales ligeros. Pero son más rápidos que las razas tracia y asiáticas que se prefieren aquí y más resistentes también.

    Teodora lo miró, divertida, y siguió menospreciando a los caballos que no podían tirar de los carros. Sin embargo, una semana después, Juan recibió una invitación para verla esa misma noche después del trabajo. Cuando llegó, Teodora estaba en su salón de audiencias, ceñida la diadema y rodeada de sus servidores de confianza.

    —Tengo una sorpresa para ti —le espetó ella, sonriendo con placer. Saltó de su diván y, arrastrando tras de sí a su séquito, vestido de seda y enjoyado, lo llevó por palacio a través de los cuarteles hasta uno de los establos reales. Las sirvientas levantaban sus largas faldas y fruncían la nariz con fastidio ante los montones de estiércol. Enfrente mismo de los establos, llevada por un palafrenero, piafaba una yegua de la más pura raza árabe. Era torda, uno de los más raros y más hermosos colores de los caballos árabes, un gris plata que era casi blanco, pero con belfo, patas y cola negros. Tenía los ollares hinchados por la excitación y miraba a la multitud con profunda desconfianza. La habían ensillado y enjaezado con un arnés que hubiera hecho pensar en un príncipe sarraceno. Juan miraba atentamente a la emperatriz, intuyendo pero sin atreverse aún a creerlo.
    —Es tuya, si la quieres —dijo Teodora.

    Juan miró y tocó al animal, lo hizo andar alrededor de los cuarteles y lo arregló todo para que lo cuidaran en un establo; después, en fin, se separó de la yegua con pesar, para volver con la emperatriz a palacio. Teodora le dijo:

    —Ahora veo que no te ha gustado ninguna de las otras cosas que te he dado.

    Juan se ruborizó.

    —Eso no es cierto. Te estoy muy agradecido por todas las cosas que me has regalado.

    La emperatriz lo miró con una sonrisa triste y desilusionada.

    —No del mismo modo que lo estás por ese caballo.

    Juan guardó silencio un instante y finalmente confesó:

    —No estoy tan seguro de lo que debo hacer con la riqueza, el rango o el poder, pero sí sé lo que puedo hacer con un caballo. Tengo que aprender a apreciar tus otros regalos.

    La sonrisa se le iluminó.

    —Ah, me había olvidado de tu educación persa. Espero oír que tu nueva yegua es en realidad más veloz que las yeguas tracias. ¿Cómo la llamarás?
    —Con el permiso de Tu Majestad, la llamaré «Reina». Maleka, en árabe. Haré honor al regalo dándole un nombre tan inmensamente honrado por ti.

    Se detuvo y lo miró atentamente; él le sonrió. Teodora se reía.

    —Oh, ¡cómo aprendes! Aprendes de prisa... —replicó ella.

    Después de todo esto fue cuando comenzó a sentir que había aprendido realmente algo acerca de cómo vivir en Constantinopla. Era a principios de febrero y el trabajo ya no le era una pesada carga. Confiaba en sí mismo para realizar el trabajo de rutina y sabía a dónde acudir en busca de ayuda en caso de emergencia. Había dejado que Sergio le enseñara, pero los chismes del escriba eran cada vez menos efectivos, tanto para informarle como para sorprenderlo. Juan se dio cuenta de que muchas veces intuía la verdad acerca de algún caso del que Sergio había oído sólo un rumor ya distorsionado. Desde que disponía de un caballo empezó, por fin, a disfrutar.

    La noche después de haber recibido la yegua Juan fue al hipódromo para probarla en la tierra suave y compacta de las pistas donde habían corrido los carros la semana anterior. La pista oblonga estaba a reventar, aunque era una tarde invernal muy fría y ya estaba oscureciendo. Disponía de pocos lugares donde galopar con un caballo en la populosa ciudad y mucha era la gente que deseaba hacerlo. Bien es verdad que el hipódromo, ancho como para que seis carros corrieran uno al lado de otro, podía incluir a todos. Jóvenes caballeros de la ciudad que practicaban equitación trotaban entre los guardias imperiales que entrenaban a sus monturas. Los veloces cascos de los caballos, las túnicas que ondeaban al viento y las espadas y lanzas de muchos de los jinetes le daban al campo un aspecto brillante, aguerrido y guerrero. El viento frío soplaba entre las gradas vacías y los pocos espectadores que esperaban por sus señores se agazapaban bajo sus mantos. Era muy diferente a la oficina del chambelán, pensaba Juan con placer.

    La yegua no se inquietaba ante la multitud, sino que, antes bien, se impacientaba por correr. Cuando divisó la pista, proyectó las orejas hacia adelante, relinchó y dio unos pasos laterales, tensando las riendas. Juan se sonrió y la llevó al trote a la pista. Percibió que los jinetes que andaban más lentamente eran los que caminaban o trotaban cerca del interior del circuito. Los que deseaban galopar utilizaban la pista exterior. Recorrió el circuito de la pista, la llevó suavemente hacia la parte exterior y aflojó las riendas.

    Después de recorrer varias veces el trayecto alrededor de los puntos de retorno, oyó que gritaban su nombre desde la pista interior. Al cabo de un rato Diomedes galopaba a su lado en un caballo bayo alto de raza asiática.

    —¡Juan! —gritó nuevamente el escriba—. No sabía que tuvieras un caballo.

    Juan, en cambio, sí sabía que Diomedes tenía uno, pues el escriba había pasado bastante tiempo describiendo sus cualidades. Diomedes se interesaba mucho más por los caballos, las carreras y los espectáculos de osos que por la interminable chismografía política de Sergio. Por primera vez inspiró a Juan un verdadero sentimiento de camaradería. «Después de todo, nunca me disgustó tanto como Sergio.» Llevó a Maleka hacia la pista interior y la hizo andar al paso braceando. Diomedes fue caminando a su lado.

    —Es una yegua. Acabo de conseguirla —confesó Juan a Diomedes—. Es hermosa, ¿verdad?

    Diomedes miró extrañado a la yegua y pensó: «Pequeña. Igual que nuestro empleado de Beirut. Un hermoso animal, con todo».

    —¿Qué tipo de yegua es? —preguntó.
    —Es árabe —replicó Juan alegremente—. Y de raza, una tanuj pura, una verdadera joya. —Palmeó el cuello lustroso de Maleka y la yegua estiró hacia atrás las orejas.
    —Pensé que era sarracena. —Diomedes estudiaba la yegua nuevamente—. ¿Dónde la has conseguido?
    —Es un regalo de la emperatriz —apuntó Juan—. Su Serenidad me invitó amablemente a las carreras la semana pasada y en la conversación que mantuvimos después le dije que pensaba que los caballos árabes eran más veloces que las razas que se usan por estas tierras. Entonces Su Sagrada Generosidad me regaló éste.
    —¿Qué quieres decir con que los caballos árabes son más veloces? —preguntó Diomedes con indignación.
    —Que los caballos árabes corren con mayor rapidez que los de cualquier otra raza. De verdad.
    —¿Tú crees que esa «belleza exquisita» podría superar a mi Conquistador?
    —Te desafío —ofreció Juan—. El circuito normal para las carrozas: siete vueltas alrededor de la pista.
    —De acuerdo —concedió Diomedes.

    Volvieron a la línea de salida, que estaba en el centro del lado este de la pista, directamente debajo del palco imperial, e interrumpieron la corriente constante de jinetes que galopaban para preparar la carrera. Ya estaba cayendo la noche y muchos de los jinetes volvían a sus casas. Unos pocos, atraídos por cualquier carrera y ansiosos por ver ganar un caballo asiático, se quedaron a presenciar la carrera. Alo largo de la parte central de la pista habían colocado antorchas y la brillante luna de invierno se elevaba sobre el horizonte. El oscuro bayo y la pálida yegua torda pisaron la línea al lado de la salida. Uno de los espectadores se ofreció a dar la señal.

    Juan sonrió y sujetó las riendas cerca de sí a la espera de la salida. Maleka piafó y sacudió la cabeza, moviéndose con nerviosismo. «¡Y se llama Conquistador!», pensó Juan.

    —¡Ya le enseñaremos a ése, preciosa! —susurró a la yegua en árabe.

    El espectador bajó su manto y gritó «¡Ya!». Los caballos salieron a la pista abierta bajo la pálida luz de la luna.

    El conde Belisario llegó al hipódromo cuando corrían la cuarta vuelta. Había venido con cincuenta servidores a ejercitar a su propio caballo. Se detuvo sobre su montura cerca de la línea de salida y vio cómo los dos corceles pasaban como un rayo, galopando cabeza con cabeza. El caballo del conde, cuatralbo y con la cabeza blanca, de raza tracia, piafaba impaciente.

    —¿A qué se debe esta carrera? —preguntó finalmente el conde.

    Uno de sus soldados había estado averiguándolo.

    —Dos jóvenes ciudadanos —le informó—. Uno de ellos alardea de que los caballos árabes son más veloces que los asiáticos. Es el que va sobre el caballo tordo.
    —Gracias —dijo el conde con sequedad—. Sé distinguir un caballo árabe de uno asiático.

    Los dos corceles volvieron a pasar a galope tendido. El tordo ahora llevaba la delantera por un palmo.

    —¿El jinete es ciudadano árabe? —preguntó Belisario confundido—. Monta como un sarraceno, con los estribos cortos.

    Nadie respondió. Al final de la pista se podía ver el brillante contorno de la yegua árabe que se alejaba del caballo bayo, más oscuro. Estaba medio cuerpo adelantado en el punto de retorno, un cuerpo por delante al volver por la pista, dos cuerpos al cruzar la línea y a la séptima vuelta todo había terminado. Juan frenó la yegua a un paso tranquilo, palmeándole el cuello y susurrándole en árabe:

    —¡Mi belleza, mi tesoro! —Se sentía transportado de felicidad.
    —¡Lo conozco! —dijo Belisario—. Es el primo de la emperatriz, el secretario de Narsés. Lo conocí en una cena en palacio hace unos meses.
    —¿Es árabe? —preguntó uno de sus partidarios—. Realmente monta como si lo fuera.
    —Es de algún lugar de por allí —respondió Belisario, sin mucho interés. Llevó a su propia montura a la pista y volvió a detenerse—. Ahora recuerdo, es de Beirut. El emperador comentó que desconocía que la emperatriz tuviera parientes en Beirut. —Se quedó mirando atentamente el brillante caballo tordo, que ahora caminaba a paso rápido por la pista interior, con el bayo a su lado. No era consciente de lo que sospechaba, del deseo de descubrir algo que desacreditara a la terrible y omnisciente emperatriz, pero se detuvo por un instante, frunciendo el ceño ante ellos—. Supongo que fue Su Sagrada Majestad la que le regaló el caballo. He oído decir que ella ha hecho mucho por él: le ha dado un trabajo, una casa de las mejores, y hasta creo haberlo visto también en el palco real con ella en las carreras.
    —Protege a su propia familia —comentó su servidor.

    Belisario le fulminó con la mirada.

    —Así es. —«Protege al hijo de su bastarda en el lecho de mi hija —se dijo con amargura—. Mi hija, casándose con el nieto de una prostituta y de Dios sabe quién... ¡y con un muchacho dos años menor que ella, además! Pero ¿qué puedo hacer yo al respecto?

    »Y ahora protege a este primo desconocido de Beirut. ¿Por qué monta como un sarraceno? ¿Y por qué nadie jamás ha oído hablar de ese respetable primo suyo, ese Diodoro? ¿Podría la emperatriz decir que ese hombre es su primo y derrochar favores en él aunque no sea nada de eso?»

    Echó un vistazo hacia sus seguidores. «Veré si puedo averiguar algo sobre este joven, de todos modos», pensó, e hizo señas a sus hombres.

    —Illahi —llamó—, si ese jinete realiza nuevamente el trayecto por la pista, corre detrás de él y llámalo en árabe. Intenta averiguar si conoce la lengua y dile que yo recuerdo haberlo visto y que me gustaría conversar con él. Invítale a dar unas vueltas con nosotros.

    En el extremo norte de la pista, los dos caballos habían alcanzado la meta. El bayo empezó a marchar a galope corto, mientras su jinete sacudía el brazo a guisa de despedida. La yegua árabe seguía al paso. «Daré una última vuelta», pensó Juan con satisfacción. En la salida incitó a la yegua una vez más al trote, a lo que Maleka estaba más que deseosa.

    Mientras daba la vuelta a la meta sur, alguien detrás de él lo llamó en árabe:

    —¡Ey! ¡Tú, el del caballo tordo! —un jinete sobre un caballo castrado color castaño aminoró la marcha detrás de él. El caballo era también árabe y el jinete le sonrió bajo su turbante—. ¡La paz sea contigo! —dijo el jinete en el árabe de los sarracenos gasánidas—. Tienes una yegua hermosa, una verdadera hija del viento. He visto cómo vencías al griego. ¡Bien hecho!

    Juan se echó a reír.

    —¡La paz sea contigo! Estos griegos pensaban que los caballos árabes eran sólo hermosos. Creo que han aprendido —respondió. Era maravilloso cabalgar en un caballo espléndido y hablar su propia lengua—. El tuyo es un hermoso caballo también. ¿Eres de la tribu de Ghassan?

    El hombre sonrió, manteniendo firme su caballo al lado del de Juan.

    —De la tribu de Ghassan, del clan de Rabbel. Me llamo Illahi. ¿Y tú?
    —Me llamo Juan de... de Beirut. —En este preciso momento recordó no dejar lugar a dudas. No podía ser un ciudadano de Bostra y de Beirut a la vez, ni siquiera para un árabe que se encontraba por casualidad en el hipódromo.
    —¿Beirut? ¡Eh!, yo estaba seguro de que eras árabe. ¿Cómo es que hablas tan bien el árabe, si eres del Líbano? ¡Tienes acento nabateo!

    Juan sonrió.

    —Mi niñera era árabe.
    —¡Ah, pues es eso! Mi señor Belisario me ha enviado a decirte que recordaba haber conocido a un Juan de Beirut en palacio y a invitarte a dar unas vueltas con él, si tú eres realmente aquel Juan. Allí está él, cerca de las puertas. ¿Vendrás a saludarlo?
    —¡Belisario! —exclamó Juan. Miró hacia el grupo que estaba al lado de las puertas: una masa de soldados armados montados en sus altos caballos con la luz de la luna reflejada sobre sus cascos y frente a ellos un hombre con un manto blanco bañado por la luz tenue. Juan, sorprendido, se sentía honrado y a la vez nerviosamente incómodo—. ¡Por supuesto! —dijo a Illahi.

    El conde Belisario, jinete sobre su corcel y rodeado de sus seguidores en el hipódromo bajo la luz de la luna, era un hombre absolutamente diferente del conde Belisario abatido e inquieto en la cena de la emperatriz. Estaba sentado orgullosamente sobre su caballo en su silla; la empuñadura de la espada y el arnés del caballo lanzaban destellos de luna blanca. Su dura y firme expresión estalló en una sonrisa inquieta.

    —Se trata de Juan de Beirut, ¿verdad? —dijo—. No estábamos seguros, al ver a un jinete que montaba tan parecido a un sarraceno.
    —No hay tal sarraceno, Eminencia, y me siento muy honrado de que me recuerdes —contestó Juan inclinándose en su montura.

    Belisario respondió con un gesto de cabeza. Volvió su brioso caballo hacia la pista interior, comenzando un trote, invitando a Juan a seguirlo con un gesto. Maleka estiró las orejas hacia atrás, cansada de dar vueltas y más vueltas en el frío de la noche. «Sólo una o dos más —le prometió Juan en silencio—. ¡Después de todo, se trata de Belisario!»

    —Tú trabajas para Narsés, ¿no es cierto? —preguntó el conde—. ¿Cómo te van las cosas allí?
    —Es un trabajo muy interesante, honorable señor —respondió Juan con cautela—. Y estoy muy contento de desempeñarlo. Aunque es agradable salir a caballo de vez en cuando.
    —Es una hermosa yegua, sin duda —respondió el conde con admiración—. ¿Qué es, de la línea tanuj?
    —Sí, Excelencia —asintió Juan, nerviosamente complacido de que el famoso general supiera aquello.
    —¿Te la dio la emperatriz? Eso es lo que pensé; son difíciles de conseguir para los ciudadanos corrientes. No hay aquí la demanda que debería haber. Los caballos más grandes son más conocidos. Bien, tu prima Augusta parece hacerte favores; eres afortunado.
    —Ya lo creo, honorable señor. Le estoy muy agradecido.

    Belisario lo miró por un instante para examinarlo y pensó: «Monta bien, aunque muy parecido a un sarraceno, con las rodillas arriba y sobre las espaldas del caballo. No muy conveniente si se intenta usar una lanza, pero magnífico para un arquero. Sin embargo, eso no tiene importancia ahora para él. Es un joven apuesto, lo que podría ser una imagen de la Augusta. O no. No sojuzgar esas cosas. Y ¿qué le puedo decir para averiguarlo? No se está dejando ver demasiado».

    —La Augusta es una mujer excepcional —musitó, para pensar a continuación: «Y eso es absolutamente cierto. ¡Gracias a Dios! Si hubiera más como ella, la raza humana quedaría exterminada».

    Juan sonrió.

    —Todo el mundo es tan sensible a eso como a tus logros, Eminencia.

    «¡Oh, estupendo! —Belisario sonrió atentamente—. Ya no eres el tímido y reservado joven que eras en la cena. Has aprendido que con tales adulaciones conservarás el favor de la Augusta.» La línea de salida se veía tenuemente en la oscuridad y se acercaban nuevamente a su turno. «¿Qué puedo decir ahora?»

    —¿Añoras Beirut? —preguntó—. ¿Aún tienes familia allí?
    —No, gracioso señor. Murieron por la peste. No, es difícil añorar algo que ya no se desea.
    —Cierto. —El conde siguió andando un poco más en silencio, maldiciéndose internamente. «Antonina ya se sabría de memoria la vida de este tipo y yo ¿qué es lo que consigo? "Sí, honorable señor", "No, gracioso señor"», pensó.
    —¿Vuestra Eminencia va a volver a Italia? —preguntó Juan. Tuvo que animarse para hacer una pregunta a un hombre que había sido su modelo de gloria militar desde niño. La pregunta llegó como un respiro.
    —Quizás en la primavera —admitió Belisario—. Quizás no hasta el otoño. Tengo que reclutar algunos hombres más, pues he perdido a muchos de mis lanceros por la peste y en... levantamientos internos este último verano.
    —Lamento oírlo —se quejó Juan con muestras de disgusto. El conde le devolvió una mirada sutil y Juan se detuvo, confundido. «No le gusto —pensó—, a causa de mi madre. ¿O acaso me lo estoy imaginando? Si no le gusto, ¿por qué me invita a cabalgar con él?»
    —¿Te gustaría tal vez ir a Italia? —preguntó Belisario, intentando forzar una nota de humor—. ¡Necesito oficiales!

    Juan le dirigió una sonrisa cauta. «¿Por qué me dice esto? —se preguntó—. No se imagina ni por un momento cuánto me gustaría aceptar.»

    —Un ofrecimiento así, de parte de Vuestra Eminencia, es un gran honor. Pero por supuesto tengo obligaciones para con el ilustrísimo Narsés y para con mi graciosa patrona.
    —Por supuesto. —Belisario le dirigió una sonrisa inescrutable y agregó para su capote: «Está bien, por supuesto los de tu clase nunca quieren ganar por medio de una lucha honesta lo que pueden obtener adulando a una emperatriz».

    Habían alcanzado la meta del norte, cerca de la Puerta Grande, y Juan detuvo la yegua. Belisario frenó su propio caballo y todos sus servidores se detuvieron inmediatamente, cincuenta caballos súbitamente detenidos como troncos. Juan se inclinó respetuosamente hacia el conde.

    —Ruego a Vuestra Eminencia que me permita retirarme —dijo en tono formal—. Mi yegua está cansada y la noche está fría. Debo llevarla a su establo.
    —Por supuesto —concedió Belisario—. ¡Salud!

    Cuando el joven se hubo retirado, Belisario espoleó a su montura y cabalgó tres veces alrededor del circuito tan rápido como pudo. Volvió a frenar y llamó a Illahi con un gesto de cabeza.

    —¿Hablaba árabe? —le preguntó.

    El sarraceno se encogió de hombros.

    —Con fluidez. Pero como un nabateo, no como un sarraceno: no es de mi tribu. Dijo que había tenido una niñera árabe.

    Belisario maldecía en su interior.

    —Probablemente eso no signifique nada —sentenció en voz alta. Y además, ¿qué pasaría si hubiera algún engaño aquí, alguna intriga por parte de la emperatriz?

    Antonina podría arreglárselas para averiguarlo, su brillante, hermosa, sensual, astuta, falsa y desleal Antonina. Su esposa, mayor que él, que lo había hecho quedar como un tonto a los ojos de todo el mundo con un hombre más joven, con la connivencia de la emperatriz. Se imaginó la imagen de Teodora, sentada en su trono cubierto de púrpura y sonriendo con sus ojos entreabiertos. «¡Esa prostituta, esa mujerzuela, ese monstruo sucio y antinatural! —pensó, mascullando calladamente las palabras con un odio ya hastiado del silencio y la frustración—. ¡Oh, Dios, ojalá hubiera salido bien lo de este verano! Pero no habría ocurrido, aunque mi señor hubiera muerto. Ella lo averiguó. Siempre lo averigua todo.

    »Bueno, veré lo que puedo averiguar por mi cuenta. Pagaré a algunos hombres para que vayan a Beirut e investiguen sobre este Juan; pagaré para que husmeen por las casas de fieras y los teatros de Constantinopla, a ver si este primo de la emperatriz ha existido alguna vez. Y conseguiré que Antonina me ayude. Teodora será su gran amiga, pero ella no quiere que nuestra hija se case con el hijo de la bastarda de la emperatriz, al menos mientras el hijo de Germano, Justino, esté aún soltero. A ella le gustaría que nuestra hija se casara con un emperador.
    »¿Y por qué no? —se preguntó, haciendo trotar al caballo por última vez alrededor del hipódromo—. Yo soy el que ganó las batallas de Justiniano para él. Yo soy el que trajo dos reyes cautivos, yo soy aquel a quien todo el mundo respeta. Juré lealtad al emperador y mantendré mi juramento, pero nadie puede decir que mi hija no merece llevar la púrpura.»


    —¿Sabes, Baco? —musitó Diomedes a su compañero a la mañana siguiente—, el amigo Beirut no es tan malo después de todo.

    Los dos jóvenes estaban solos en la oficina interior. El chambelán mantenía una entrevista con el señor de las oficinas para fijar las audiencias de la semana y Juan, como siempre, tomaba notas.

    —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Sergio ásperamente, mientras removía su tintero.
    —Me lo encontré anoche en el hipódromo. Corrí una carrera con él. Tiene un caballo nuevo, una verdadera joya, rápido como un pájaro, y sabe cómo montarlo. Me venció con mi Conquistador y eso no es fácil.
    —¡Tú crees que la habilidad para montar a caballo otorga distinción moral! — respondió Sergio—. Beirut es el hijo de un empleado de una ciudad que ha llegado más alto de lo que le corresponde. Habría que cortarle las alas.
    —Bien, tú eres el hijo de un cambista que no vuela tan alto como quisiera —replicó Diomedes, molesto—. Ten confianza en Beirut: aprende de prisa.

    Sergio pensó: «Demasiado de prisa. Durante meses creí que podría manipularlo, obtener algún beneficio de sus contactos. Yo conocía el trabajo, conocía a la gente y él lo ignoraba todo. Ahora él sabe más que yo y no creo que jamás me haya apreciado más de lo que yo le aprecio. Siempre se las ha arreglado para evitar presentarme a su protectora. Ocurre lo mismo con cualquiera que intenta aprovecharse de él: se escurre el viejo evasivo Juan Beirut. Sólo acepta los sobornos que todos esperan que acepte y sólo da precisamente lo que se espera a cambio. Nadie se le puede acercar. Cuando uno cree que le está haciendo un favor, falta que se dé la vuelta para ver que ya se las ha arreglado para devolver el favor y así ya no debe nada, ningún servicio, ninguna atadura. En un año ascenderá a algún cargo importante y yo no obtendré ni siquiera una palabra de recomendación para el Ilustrísimo para ocupar el puesto vacante. ¡Maldito sea! Ojalá pudiera bajarle los humos».

    Mordió amargado la punta de su pluma.

    —¡Tú y tus malditos caballos! —le dijo con disgusto a Diomedes—. Es lo único en que piensas.


    Los archivos de la prefectura


    Pocas semanas después, en la oficina exterior, Juan se sentó a transcribir las notas y se encontró mirando perplejo las abreviaturas de sus tabletas: m. off., m. scr. mem., c. s. larg. Magister officiorum, magister scrinii memoriae, comes sacrarum largitionum, leyó.

    —¡Anastasio! —llamó—, tú sabes latín, ¿verdad?
    —Es necesario saber latín en una oficina —replicó el viejo escriba con cierto remilgo, arrastrando un archivo y etiquetándolo.
    —Ya veo por qué —dijo Juan con pesar.

    Anastasio levantó la vista hacia su amigo y sonrió. Juan le devolvió la sonrisa. Sentía una considerable simpatía por el viejo desde que se enteró de que era bastardo. El hecho de estar cerca había derivado a una familiaridad jocosa, más cercana a la amistad que cualquier otro contacto que Juan tuviera en aquella peligrosa ciudad.

    —¿Podrías enseñarme latín? —le preguntó.
    —¿Enseñarte latín? Hay mucha gente que te podría enseñar.
    —Sí, pero ¿podrías enseñarme tú? A la hora de la comida, varias veces por semana. Haré que tu tiempo valga la pena.

    Anastasio frunció los labios.

    —Te aburrirás muchísimo cuando ya no te quede nada por aprender, ¿verdad? ¿Cómo harás que mi tiempo valga la pena?
    —Convidándote a almorzar. Y comprándote una túnica nueva; llevas puesta esa vieja desde que te conozco. Supongo que no te importa.

    Anastasio sacudió la cabeza, sonriente, y puso el archivo listo en el estante.

    Juan miró hacia la fila de estantes que todavía esperaban, cada uno etiquetado con un nombre o codicilos que indicaban a quién correspondía y a dónde debía ser devuelto.

    —Ya sé, ¿qué te parece un nuevo archivador? —sugirió—. ¿Acaso madera de cedro y oro serían suficientemente buenos para los objetos sagrados?

    Anastasio suspiró.

    —El almuerzo sí lo sería.
    —¿Un archivador de comida? ¿Estás seguro? El viejo dio el largo suspiro típico de su risa habitual.
    —¡Santo Dios! —comenzó, para luego interrumpirse. Había llegado alguien a la oficina. Se sentó en su escritorio y comenzó a revisar una nota sobre lo que debería contener el siguiente archivo. Juan miró inquisitivamente al visitante.

    Era una mujer, una joven que lucía un manto negro. Un gorro también negro ajustado a la cabeza le cubría el cabello y un pliegue del manto le pasaba por encima a guisa de capucha. De rostro redondo, suave e infantil y el cutis, pálido y con pecas, a excepción de la pequeña mano que sostenía el manto, el resto del cuerpo permanecía cubierto. La seguían tres asistentes: una mujer mayor y dos hombres armados. Juan pensó: «Guardaespaldas y dueña. Debe de ser una viuda rica. Es joven para serlo; evidentemente tiene menos de veinte años y no parece tener más de diecisiete».

    —¿Puedo ayudarte? —preguntó cortésmente.
    —Quiero ver a Narsés —respondió con voz discordante y nasal—. Y al emperador. Pero a Narsés primero.

    Anastasio lanzó un bufido. Era extremadamente inapropiado referirse al chambelán del emperador por su nombre.

    —¿Tienes cita con él? —preguntó Juan, sabiendo perfectamente que no la tenía. Esa mañana no había ninguna mujer registrada en el libro de citas.
    —No —respondió mientras lo observaba fríamente.

    Sus ojos no concordaban con la cara suave e infantil: ojos estrechos y perspicaces, entornados y de un inusual castaño claro con tintes anaranjados.

    —Puedes ponerme en tu libro para ahora mismo: Eufemia, hija del ilustrísimo patricio Juan de Cesarea, ciudad de Capadocia. He venido a tratar sobre los archivos de mi padre.

    A Anastasio se le cayó el archivo, miró atentamente a la joven y se apresuró a recoger los pedacitos de pergamino del suelo. «¿Hija de Juan de Cesarea de Capadocia? —pensó Juan; luego comprendió—: Hija de Juan el Capadocio. La que fue cómplice de la caída de su padre.»

    —Discúlpame un instante —murmuró Juan al tiempo que miraba el libro. Narsés tenía que ver esa mañana a dos senadores, a un jefe bárbaro, a un pretendiente al trono persa y a un obispo. ¿Cómo podría intercalar a la hija de un prefecto pretorio caído en desgracia?—. No sé si podremos arreglarlo para esta mañana. ¿Quizás alguna mañana de la semana que viene?
    —¡Lo veré ahora, o no lo veré nunca! —exclamó Eufemia—. Dile que es por los archivos y me recibirá.

    Juan le sonrió cortésmente.

    —Su Ilustrísima es un hombre extremadamente ocupado. Es costumbre que incluso los personajes de más alto rango concierten una audiencia.

    Anastasio se retorcía en su asiento, intentando que Juan lo mirara.

    —Olvídate de tanta palabrería —replicó la muchacha, enfadada—. Ve a decirle a tu señor que estoy aquí y que no pretendo quedarme hablando con un mequetrefe, un empleaducho en la oficina de un ayudante de cámara presuntuoso. Serás castigado si no me dejas pasar. ¡Mira aquí! —Dejó caer despectivamente sobre el escritorio una bolsa repleta. Juan ya se había enfrentado antes a abusos y sobornos, aunque no al mismo tiempo, por lo que le dirigió una sonrisa gélida sin tocar el dinero.

    Anastasio tosió forzadamente, se inclinó hacia él y le susurró:

    —¡Déjala pasar! —Juan lo miró perplejo; el escriba por lo general defendía muy cuidadosamente la dignidad y las prerrogativas de Narsés y no se sabía que hubiera dejado pasar una referencia tan despreciativa hacia su superior, aunque Juan era una presa fácil—. ¡Es sobre los archivos! —explicó en un susurro ronco y, cuando vio que esto nada le decía a Juan, continuó—: Los archivos que su padre tomó de la prefectura, que se perdieron cuando él fue arrestado y que desde entonces no se encuentran. Las listas tributarias están en un caos absoluto. ¡Quizás ella sepa dónde se encuentran!

    Juan titubeó, pero finalmente dirigió otra sonrisa de compromiso a la joven.

    —Le diré a Su Ilustrísima que estás aquí —y fue presto a la puerta de la oficina interior.

    Narsés indicaba a uno de los senadores dónde archivar una demanda, recientemente reescrita por el emperador, de la resolución de un litigio sobre la responsabilidad de algunos campesinos de una de las fincas del senador en las solicitudes de transporte. Al ver entrar a Juan, interrumpió los comentarios del senador con un gesto.

    —¿Sí? —preguntó amablemente.
    —Aquí hay una joven que afirma ser la hija de Juan el Capadocio, y ha venido para hablar acerca de unos archivos; desea verte al instante.
    —¡Ah, sí! —Narsés echó un vistazo al montón de documentos que había sobre la mesa y se dispuso a guardarlos cuidadosamente en el archivo—. Lamento muchísimo importunarte, Excelencia —dijo al senador—, pero estos archivos han sido para la prefectura pretoria lo que fue la manzana de la discordia para Troya, y me reprocharían por todos lados que perdiera cualquier oportunidad de seguirles el rastro. Si llevas esto al empleado de la oficina exterior, registrará para ti los documentos con sus respectivos favores. Estimado Juan, ¿podrías buscar tus tablillas? Quiero que tomes nota de esto.

    Juan juntó sus tablillas, sostuvo la puerta para el senador, la sostuvo (con cierta desgana) para la hija del Capadocio y su dueña y las siguió hasta dentro. Narsés se había levantado para saludarla e hizo una reverencia precisa y llena de gracia.

    —Virtuosísima Eufemia —exclamó Narsés con cortesía—, estoy a tu servicio.
    —Narsés —respondió la joven con voz áspera y apagada—, no digas tonterías. ¿Podemos ir a algún lugar más tranquilo? No quiero hablar delante de toda tu oficina.

    Narsés enarcó las cejas y señaló la cortina púrpura hacia el fondo del salón.

    —¿Tienes alguna objeción acerca de que mi secretario tome notas?
    —No, ¡pero que sean confidenciales! —replicó mientras se abría paso entre las cortinas.

    Había una pequeña antesala inmediatamente después del corredor, adonde Narsés acompañó a la joven y a su asistente, les ofreció asientos en un diván y se sentó él mismo en otro con eterna expresión de cortés curiosidad. Juan tomó asiento en el taburete del rincón y preparó sus tablillas.

    —He venido a hablar de los archivos —dijo Eufemia.

    Narsés asintió, esperando.

    —Recibí una carta de mi padre, desde Egipto. En ella me dice dónde estarán probablemente. He destruido la carta, pero te diré lo que decía si retiras los cargos contra él, lo excarcelas y permites que vuelva a Cízico.

    Narsés suspiró y juntó los dedos en forma de cúpula.

    —¿Crees que puedo sacar a tu padre de la cárcel de Egipto? —preguntó.
    —Tú, no. El emperador, sí. Quiero que me consigas una audiencia y que recomiendes mi petición al emperador. El te escuchará.

    El chambelán volvió a suspirar.

    —Mi querida niña, tu padre está acusado de tramar el asesinato de un obispo; el hecho de que también se haya apropiado de unos archivos cuando ocupaba su cargo difícilmente lo ayudará a eludir las consecuencias de lo que se le acusa.
    —¡Es inocente! —interrumpió la joven con vehemencia—. ¡Dios inmortal, tú debes saber que es inocente! Los cargos fueron urdidos por la emperatriz maliciosamente. Siempre ha odiado a mi padre.

    Narsés hizo una mueca y echó una rápida mirada a Juan.

    —No escribas eso —ordenó.
    —¡No tengo miedo de decir la verdad! —declaró Eufemia aún con más vehemencia—. Todo el mundo en Cízico odiaba al arzobispo; ya habían solicitado al emperador que lo destituyera. Y los dos hombres que lo asesinaron fueron declarados culpables; no tienen nada que ver con mi padre.

    Narsés levantó un dedo a modo de advertencia.

    —Eran conocidos de tu padre. Y uno de ellos insiste en que tu padre les pagó setenta solidi para que se encargaran del asesinato.
    —Dijo eso después de que los hombres de Teodora lo torturaran.

    Narsés movió la cabeza.

    —Lo confesó cuando fue arrestado. Su amigo lo negó. Ambos fueron torturados; ambos persistieron en sus relatos, acusando uno y negando otro. Están ambos en prisión y sus carceleros esperan que uno u otro cambie de idea. Mientras que eso no ocurra, tu padre está necesariamente bajo sospecha y no puede ser repuesto en Cízico. —El chambelán hizo una ligera pausa para proseguir con mayor calma—. Su posición en Egipto, por supuesto, se podría mejorar. Creo que actualmente está detenido en una fortaleza de legionarios en Antinoe en una habitación reservada al efecto. Se le podría dar una casa privada en la ciudad y permitírsele que se mueva libremente por el distrito. Y tal vez sería posible permitirle el uso de sus pertenencias mientras el asunto no se decida. Tú ciertamente podrías solicitarlo ante mi señor.

    La joven se enfureció.

    —He picado demasiado bajo, ¿verdad? —preguntó con amargura—. Si hubiera empezado pidiendo que mi padre fuera restituido, te habrías contentado con negociar que se retiraran los cargos contra él.

    Narsés sacudió la cabeza.

    —Mi querida niña, no es fácil retirar tranquilamente los cargos de haber asesinado a un obispo. Es particularmente difícil cuando se sabe que el obispo se inclinaba por una secta teológica rival de la que sigue mi señor Justiniano Augusto. Otorgar a tu padre una amnistía dañaría la posición de mi señor con las iglesias del este, justamente cuando intenta llegar a un acuerdo con ellas. Yo no podría, en conciencia, recomendar eso al emperador.

    Eufemia permaneció quieta un instante mientras atravesaba al chambelán con la mirada.

    —¡Maldito seas! —dijo por fin—. Siempre has odiado a mi padre, ¿no es cierto? Envidioso, como los demás. ¿O quizás sólo esperas ocupar su puesto de prefecto?

    Narsés la miró, impasible, y la fría mirada de la joven titubeó.

    —No creo que tu discreción haya creído la acusación que acabas de hacer —dijo después de un rato—. Yo soy el esclavo del Augusto. No tengo más enemigos que los suyos y deseo que él no tenga ninguno.
    —¿Quieres los archivos o no? —le espetó Eufemia dando una palmada al brazo del diván.
    —Eres absolutamente consciente de que el personal de la prefectura pretoria anhela esos archivos, pero yo no puedo recomendar a mi señor que sean retirados los cargos contra tu padre.
    —¿Cuánto necesitas para cambiar de idea?

    Narsés sonrió.

    —Yo no vendo mis consejos a mi señor.
    —¿Por cuánto te compró él si se puede saber? —preguntó la joven llena de malicia.

    La sonrisa de Narsés desapareció.

    —Fui comprado inicialmente por sesenta y nueve solidi, pero eso fue hace mucho tiempo y durante el reinado de otro emperador.

    Para sorpresa de Juan, la joven se ruborizó y bajó la mirada.

    —Lo... lo siento —balbuceó—. Yo no quise decir...
    —No estoy ofendido. Mi querida niña, permíteme aconsejarte... gratis. Justiniano Augusto aprecia a tu padre, y se siente aún en deuda con él. Si solicitas humildemente en nombre de tu padre que se le permita hacer uso de su dinero y una reclusión más llevadera, es muy probable que el señor esté de acuerdo. Yo no te aconsejo que hagas ninguna mención de los archivos, ni que intentes utilizarlos como parte de un trato. Su desaparición causó una gran consternación, y nombrarlos sólo despertaría viejos resentimientos. Serían mucho más efectivos si fueran devueltos como un gesto gracioso de agradecimiento por un favor ya otorgado. Puedes decirle a tu padre que yo te he dicho esto. ¿Deseas que te dé una cita para una audiencia?

    La joven bajó la mirada en tanto abría y cerraba las manos en su regazo.

    —No —musitó tras un momento de vacilación—. No ahora. —Al levantar la mirada, Juan vio que estaba llorando—. Tengo que pensar primero en tu consejo.
    —De todos modos, si quieres que te concierte una entrevista, simplemente envía una nota y procuraré que se haga. ¿Es todo?

    Juan acompañó a la joven de vuelta a través de las oficinas. En la oficina exterior vio que el dinero que ella le había ofrecido estaba aún sobre su escritorio. Él lo recogió y se lo devolvió. Ella lo contempló por un instante, sorprendida, parpadeando, y volvió a ruborizarse.

    —¡No quiero tu inmundo dinero! —le espetó.
    —Es tu inmundo dinero —replicó Juan—. Y no se acostumbra a sobornar cuando se intenta amenazar.
    —Veo que eres un experto en estos menesteres, ¿verdad? —le espetó mientras le arrebataba la bolsa para ocultarla bajo el manto; se encogió de hombros y salió a grandes zancadas del salón.

    Juan se quedó mirándola.

    —Verdadera hija de su padre —señaló Anastasio—. Eufemia no es un buen nombre para ella: «bien hablada» no es, precisamente.

    Juan asintió.

    —¿Disfemia? ¿Blasfemia? —sugirió.

    Anastasio suspiró.

    —El último es un poco fuerte.

    Juan sonrió y echó un vistazo a sus tablillas. «No dirías eso si pudieras leer esto», pensó. Volvió a la oficina interior. Narsés, sentado a su escritorio, no trabajaba sino que miraba pensativo hacia el icono de la pared. Se oía el rasgar de las plumas de Sergio y Diomedes.

    —Supongo que no debo transcribir ninguna referencia similar a la que me has hecho borrar —susurró Juan.

    Narsés asintió sin mirar a su subordinado.

    —Arréglalo. Tú sabes cómo hacerlo. —Juan se quedó de pie donde estaba, observando al chambelán, y el eunuco finalmente miró a su alrededor cruzándose las miradas. Suspiró, unió las yemas de los dedos en forma de cúpula y apoyó la mejilla en ellos—. La muchacha es aún muy joven —dijo dulcemente—. Ella quiere a su padre, que a su vez la idolatra. Ha sufrido muchísimo desde su desgracia, y su arresto este verano no fue manejado... con el tacto que debiera haberse hecho. Es comprensible que hable con tal vehemencia.

    «Eso es comprensible, quizá, pero eso no la disculpa de haberme insultado a mí y de haberte tratado a ti como a un esclavo», pensó Juan. Al recordar después la historia de Sergio sobre la caída del Capadocio, se preguntó si eso la disculpaba o no.

    —Muy bien.

    Miró a Narsés unos breves instantes: la cara del chambelán permanecía impasible, distante.

    —¿Sí? ¿Algo más? —preguntó el eunuco.
    —Nada..., sólo que sesenta y nueve solidi no parece ser mucho dinero.

    El rostro se distendió en una sonrisa melancólica.

    —¡Ah!, pero lo era en su época. Suficiente para comprar un clan entero de armenios pobres, con ganado y todo. Deberías hacer pasar al siguiente de la lista o se ofenderá.


    Una semana después, cuando el emperador Justiniano revisaba las audiencias del día con su chambelán, vio que Eufemia, hija de Juan, estaba entre los primeros de la lista. Colocó el pergamino en la cama y frunció el ceño al mirarlo. El emperador estaba con el cabello mojado y sin afeitar, recién salido del baño y cubierto sólo con una toalla. Narsés estaba de pie detrás de él, sosteniendo un libro de notas en una mano y en la otra la túnica del emperador. Una de las primeras tareas de cualquier chambelán era ayudar a vestir a su señor y seguía siendo responsabilidad del jefe de personal de la corte del emperador. El orden de las tareas del día generalmente se fijaba en esos encuentros.

    —Ésa es la hija del Capadocio, ¿verdad? —preguntó el emperador a Narsés—. ¿Qué quiere?

    El eunuco dibujó su usual sonrisa poco comprometedora.

    —Pide a Tu Sagrada Caridad por su padre. —El emperador asintió con impaciencia y levantó los brazos para ponerse la túnica; Narsés la deslizó sobre su cabeza, mientras continuaba con la información—. Desea que ordenes que se le asigne una casa particular dentro de la ciudad donde esté encerrado y que se le permita usar libremente su dinero mientras se investigan los cargos. Es una hija muy fiel y le apena que su padre esté encarcelado.
    —Bien, eso es razonable —dijo Justiniano, aliviado, y se quedó quieto para que el chambelán pudiera sujetar la túnica—. Yo temía que quisiera que se le retiraran los cargos. Estaré complacido de hacer por el pobre hombre lo que pueda: fue un excelente prefecto pretorio. Pienso que, sea lo que sea lo que haya hecho, ya ha expiado su culpa... aunque no estén de acuerdo con ello los obispos monofisitas que piden a gritos su cabeza. Veré a la joven en privado en la sala de recepción de Triklinos y así se lo diré.

    Narsés asintió e hizo una nota al lado del nombre. Levantó la pesada túnica con brocado de oro y enderezó los pliegues con cuidado. El emperador echó un vistazo a los otros nombres de la lista y finalmente la apartó.

    —Y hablando de Juan... —comenzó.

    El eunuco se detuvo para prestar atención.

    —Ayer por la mañana me encontré con tu secretario, el primo de mi esposa, desayunando con ella —dijo Justiniano.

    Su voz, con tono indiferente, insinuaba cierto sentimiento. «¿Sospecha?».

    —¿Cómo se desenvuelve estos días?
    —Es extremadamente eficiente, señor —respondió Narsés—. Muy competente, muy inteligente, muy trabajador. A mi entera satisfacción.

    Justiniano gruñó.

    —Mi esposa parece invitarle a desayunar con frecuencia.

    «Sospechas y celos —pensó Narsés—. Santa María, ¡alcanzan hasta a los mejores!» Sonrió con cautela.

    —Es su primo, señor. La sagrada Augusta siempre ha ayudado a los miembros de su propia familia, deseosa de mejorar su situación.
    —Sí, pero... —El emperador se mordió el labio para no seguir. Echó una ojeada por la habitación y vio que no había nadie que pudiera oírlo, excepto su chambelán, así que continuó—: Ciertamente... puedo entender que intente promover a un primo, que le encuentre trabajo, que le dé dinero o que incluso le concierte un casamiento con una heredera poderosa, pero que continúe invitándole a desayunar o a que la acompañe con tanta frecuencia, eso no. ¿Por qué desea pasar tanto tiempo con él?
    —Él es un joven bastante agradable, señor. Está agradecido por los favores que ella le ha otorgado y nunca pide más. No vende presentaciones a la emperatriz ni abusa de su posición de ninguna otra manera. Sabe darle el tipo de halagos que a ella le gustan, sin ninguna intención y sin esperar nada a cambio, y la respeta. Ella disfruta en su compañía.
    —Supongo que es apuesto —musitó Justiniano. El tono indiferente había desaparecido y su voz sonaba áspera y ruda.

    Narsés se encogió de hombros.

    —No soy quién para juzgar eso, tres veces Augusto. Creo, sin embargo, que los hombres altos y blancos son considerados más atractivos que los bajos y morenos. Y dudo que a la emperatriz le preocupe demasiado el aspecto de su primo.
    —¿No lo crees así? —El emperador miró a su chambelán con desconfianza.
    —Mi querido señor, no creerás que la sagrada Augusta siente un... cariño inapropiado por este joven, ¿verdad? —La voz de Narsés denotaba una compleja mezcla de cariño y reproche.
    —No. No, por supuesto que no. Sólo... sólo que ella parece estar muy encariñada con él. Y yo nunca supe que tuviera parientes en Beirut.
    —Considera esto por un momento, señor. Juan es hijo de los parientes que la rechazaron por considerarla indigna de ellos, de los que le dieron con la puerta en las narices, de los que la despreciaron. Tú mismo sabes cómo la piadosísima emperatriz aún sufre en sus recuerdos los abusos que soportó en el pasado. Pero ella se ha tomado la cristianísima venganza de ayudar a este hombre a base de poder y riqueza. Él es agradecido y respetuoso y, siempre que él la vea, deberá postrarse y saludarla como señora. Con ello, anula el recuerdo de su humillación sin herir a nadie; y eso a ella le encanta. Le invitó para gozar más de ese placer y cuando él demostró no ser indigno de su atención, ella se encariñó con él. Pero, ¿hay algún punto de comparación entre ese cariño y el profundo afecto que siente por Vuestra Majestad?
    —No —repuso Justiniano, aliviado—. Estoy absolutamente seguro de que tienes razón, Narsés. Generalmente la tienes, ¿verdad? —Sonrió y se puso la túnica—. Sería un estúpido si sospechara de mi Teodora —se le oyó en el momento en que sacaba la cabeza por el cuello de la túnica.

    Narsés asintió y ató los cordones. Ayudó a su señor con las medias de púrpura y las sandalias enjoyadas y tomó nota de los lugares y horas para las diferentes ocupaciones, en apariencia tan tranquilo y eficiente como siempre. Por dentro estaba perturbado. «¡Santo Dios, gracias por haberme hecho eunuco! ¡Cuántos problemas puede causar el amor! Aquí está Pedro Sabatio Justiniano, Augusto, emperador, señor del mundo, gótico, vandálico y todo lo demás, hecho un lío y preocupado porque su esposa invita a mi secretario a desayunar. Podría averiguar muy fácilmente si sus sospechas son fundadas: tiene autoridad ilimitada y puede contratar todos los espías que quiera. En cambio, mira a su alrededor antes de pronunciar una palabra, incluso a mí, por temor a herir los sentimientos de su esposa. Y hace bien en ser prudente, porque la emperatriz se ofendería si él la acusara (sin mencionar el daño que le haría a Juan una sospecha declarada). Bien, por ahora he logrado calmar su inquietud. Pero cualquier otro podrá provocarla de nuevo. Y cualquiera puede ver lo mismo que ve el señor: la señora favorece a Juan mucho más abiertamente de lo que la prudencia aconseja. Y alguno habrá que no deje de pensar lo mismo que el señor. Tengo que recordar decirle a la señora que debería encontrarle una esposa a ese joven.»


    Eufemia no hizo más que llegar cuando fue recibida en audiencia por el emperador; se limitó a atravesar la oficina exterior con paso rápido y gélida mirada. Pero antes de abandonar el palacio, tuvo que esperar a que se escribieran las cartas y se encontrara la forma de liberar a su padre y sus propiedades. Narsés le enseñó amablemente el principio de la tarea y, apremiado por sus muchas entrevistas, la dejó en la oficina exterior con Juan y Anastasio.

    —Vosotros podríais explicarle qué es cada uno de los documentos y darle una relación de todos ellos. Estoy seguro de que le será sumamente útil. Excelente Eufemia, ¡salud!

    Eufemia miró a Juan fríamente y se sentó en el banco al lado del escritorio, cruzando las manos en el regazo. Su dueña, que no había pronunciado palabra en presencia de Juan, se sentó cerca de ella, sacó un huso y una rueca y comenzó a hacerla girar. Juan dirigió a la joven su sonrisa estereotipada y examinó el montón de documentos que ya había reunido.

    —¿Entiendes estos documentos? —le preguntó, esperando una negativa insultante.
    —Por supuesto —le espetó—. Aún necesitáis las cuentas del tesoro sobre las propiedades. El valor de lo que se me permita disponer debería ser de alrededor de tres mil quinientas cincuenta libras en oro.

    Descubrió que ella tenía una cabeza excelente para las cifras. Se sintió desconcertado, pues no lo esperaba en una joven. Tenía la mente clara, aguda y crítica y sabía captar lo esencial de un documento complicado al echarle una ojeada, y hacer preguntas difíciles de responder. También sospechaba continuamente lo peor y, al parecer, echaba la culpa de eso a Juan. Pasó casi una hora (sin incluir el tiempo de las interrupciones de los nuevos visitantes) antes de completar la serie de documentos y de dejarlos en orden ante una Eufemia satisfecha a pesar suyo. Su dueña, al ver el archivo completo, dejó el huso y la rueca y se sentó esperando impasible el momento de irse. Juan contuvo un suspiro de profundo alivio.

    Anastasio tosió.

    —Respetadísima dama —sugirió con gentileza—. Supongo que esos archivos no...
    —¿Qué archivos? —preguntó la hija del Capadocio.
    —Los archivos de la prefectura —replicó el escriba—. Dijiste la primera vez que viniste que...
    —No hice la petición que tenía intención de hacer —respondió la joven. Pero dudaba, mirando fijamente a Anastasio. Dirigió una rápida mirada a Juan y después a su archivo con el ceño fruncido—. Sería muy útil —dijo al cabo de un rato, sin levantar la vista— tener algún contacto con esta oficina. Entonces sabría cuándo podría volver a hacer la petición. Necesito saber qué ocurre en la corte y no tengo modo de averiguarlo. —Levantó la mirada, clavándola directamente en Juan—. Puede que me interese intercambiar información con alguien que tenga acceso a Sus Majestades y que sepa lo que ocurre realmente.
    —Eres totalmente libre de venir y concertar una entrevista con el ilustrísimo Narsés cuando quieras —intervino Juan fríamente.
    —¡Narsés me dirá «pequeña niña» y me dará consejos siempre correctos que no conducirán a ninguna parte! —replicó Eufemia con impaciencia—. No me dirá lo que deseo saber.
    —Su Ilustrísima te ha tratado mucho más generosamente de lo que... su función lo permite —respondió Juan. El modo en que iba a terminar la frase, «más de lo que tú te mereces», quedó en el aire, tácito pero no expresado. Las mejillas de Eufemia no tardaron en encenderse de rubor.
    —Narsés quiere la información de esos archivos —dijo—. Le gustará si tú la puedes obtener. Toda la prefectura pretoria bailará de alegría. Sería una verdadera ramita de laurel para ti y algo que pesará cuando desees una promoción. —Tomó su archivo del escritorio de Juan—. Si tú quisieras... venir a mi casa mañana por la noche después de tu trabajo, podríamos llegar a un acuerdo.
    —Mañana por la noche después del trabajo iré a montar a caballo —respondió Juan con aire distante.
    —¡Bien, entonces, pasado mañana por la noche! —le espetó—. Es una oportunidad para ti, ¡piénsalo! —Se levantó, se arregló el manto, dirigió a Juan otra mirada gélida y se fue.
    —¡Tendrías que encargarte de eso! —musitó Anastasio tan pronto como ella se hubo ido—. Pienso que hasta el Ilustrísimo te lo recomendaría.
    —¿Qué son exactamente esos archivos? —preguntó Juan, disgustado.
    —Las listas tributarias del último censo de Mesopotamia, Osroena, Siria, Palestina y Arabia. Tenerlos perdidos deja en una situación caótica a la administración entera de esas provincias. Nadie sabe cuánto corresponde a cada una.
    —¡Las indicaciones del este estarán fuera de fecha, de cualquier modo! —adujo Juan—. Entre la guerra y la peste, toda la cara del país habrá cambiado.
    —Pero cuando hagan la nueva lista, necesitarán los registros viejos —se quejaba Anastasio—. Deben tener los registros viejos. La prefectura probablemente no podrá trabajar sin sus archivos.
    —¡Oh, malditos seáis tú y tus archivos! No me gusta esa mujer y no quiero ir a venderle información.
    —No especificó ningún tipo de información. Puede que sólo quiera confirmar los chismes de la corte —insistía Anastasio—. ¿Y si hablaras con Su Ilustrísima acerca del ofrecimiento? Tengo amigos en la prefectura y sé los dolores de cabeza que esos archivos ocasionan.

    Juan lanzó un gruñido y, exasperado, miró atentamente al viejo escriba. Anastasio lo miraba con una incertidumbre que casi se volvió tímida frente a la irritación de Juan. Era incómodo., al tiempo que conmovedor, ver al anciano en una actitud tan humilde.

    —Muy bien —dijo Juan después de un rato—. Lo consultaré con Su Ilustrísima y veré si lo considera sensato.
    —Gracias —respondió Anastasio, y se volvió a sentar para arreglar otro archivo. Juan maldijo por lo bajo y se puso a trabajar en la pila de documentos que esperaba sobre su escritorio.


    Narsés aprobó el plan.


    —Yo preferiría, por supuesto, que la joven, simplemente, devolviera los archivos a la prefectura y puedes informarle que creo que eso es lo más sensato. Pero si está decidida a negociar con ellos supongo que ésta es una manera bastante inofensiva de hacerlo. Confío en tu discreción para no darle ninguna información de importancia.

    De acuerdo con esta sugerencia, dos días después Juan se encaminó al barrio donde vivía Eufemia.

    Había pretendido, deliberadamente, montar a Maleka antes de ir, pero era una tarde fría de viento y lluvia, así que solamente se sirvió de su caballo para no ir a pie. Su esclavo, Jacobo, lo seguía en un caballo asiático castrado, muy robusto. El muchacho había quedado tan desmesuradamente impresionado por la carrera de su señor que Juan le había comprado de su bolsillo un caballo y habían acordado que le enseñaría a montarlo. Los caballos llevaban las orejas tiesas y las cabezas erguidas bajo la helada lluvia, mientras que los jinetes se cubrían con los mantos y se frotaban las manos ásperas.

    Narsés había dicho a Juan que Eufemia vivía en la antigua casa de su padre, cerca del mercado Tauro, del lado del Bósforo. El gran mercado estaba casi desierto en el crepúsculo lluvioso y los cascos de los caballos resonaban con estruendo, produciendo un eco sordo al pasar bajo el arco de triunfo. Algunas antorchas que chisporroteaban frente a una mansión arrojaban reflejos rojizos sobre los adoquines húmedos de las calles. Lo demás estaba todo gris.

    —¡Mira a ver si averiguas dónde está la casa! —ordenó Juan a su sirviente. El mozalbete asintió y atravesó el mercado al trote, buscando a quién preguntar mientras Juan lo esperaba al lado del arco de triunfo. Temía la entrevista.

    «No me gusta esta mujer», se dijo nuevamente; pero otra vez se dio cuenta de que su poca disposición hacia el encuentro no se limitaba a un mero disgusto. «Odia a la emperatriz, mi madre», continuó, probándose a sí mismo. No lo convencía. «Ella se vio perjudicada por la emperatriz», admitió; lo inundó una ola de dolor como una ráfaga de luz, revelándole su posición en aquella oscura noche lluviosa.
    «Quiero amar a Teodora —pensó—, y casi lo logro. Pero temo saber lo que ella ha podido hacer. Es capaz de ser cruel y le gusta saborear la venganza. Eso está bien, dentro de ciertos límites..., pero no sé cuáles son los suyos. Y no quiero saberlos. Yo soy su criatura ahora. Ella me rehizo y si ella es una tirana, ¿qué soy yo... ?»

    Jacobo volvió a atravesar la plaza a medio galope.

    —Segunda entrada a la derecha en la tercera calle que va hacia el sur —gritó—. Casi toda la casa está amurallada y se alquila a gente del palacio, pero las puertas de hierro son las de ella.

    Juan asintió e hizo girar la cabeza de Maleka hacia el sur.

    La casa en realidad estaba frente al mercado, era muy grande y fácil ver que la parte elegida especialmente hacía poco que había sido separada de la parte posterior. Las grandes puertas de hierro eran inconfundibles; Juan las golpeó sin desmontar. Un perro se puso a ladrar; al cabo de un rato, un viejo alzó el pestillo de un ventanuco que había junto a la entrada y lo miró con recelo.

    —¿Qué quieres? —le preguntó.
    —Vengo a ver a la hija de Juan de Capadocia. Soy el secretario del Ilustrísimo Narsés, chambelán de Su Sagrada Majestad.

    El ventanuco se cerró y se abrió la puerta incrustada en el portalón.

    —Ha hablado de ti —dijo el viejo—. Entra.

    La puerta era demasiado pequeña para entrar a caballo.

    —¿Qué hago con mi yegua? —preguntó Juan.

    El hombre escupió, y miró con aire fastidiado a los caballos y la puerta.

    —Abriré el portalón —dijo por fin.

    Las puertas estaban herrumbrosas por la falta de uso y tuvieron que valerse de los caballos para abrirlas. Del otro lado había un patio de columnas bordeado por un jardín con una fuente en medio. El jardín se había convertido en un amasijo de malas hierbas y abrojos y la fuente tenía sólo unos centímetros de agua verde. Juan hizo atar los caballos al abrigo de la columnata y los cubrió con unas mantas. Acompañado por el viejo y seguido por su esclavo, entró en la casa.

    Era una casa magnífica, con escenas urbanas o paisajes marinos pintados en las paredes y con los suelos recubiertos de mosaicos. Pero parecía tener muy pocos muebles y olía a cerrado, aunque todo estaba limpio. Hacía mucho frío. Se la había dotado evidentemente de un sistema de calefacción, pero no estaba encendido así como tampoco ninguna de las luces de las muchas lámparas de pie junto a las que Juan pasó. No había esclavos a la vista; los corredores se hallaban vacíos y en silencio. Con una vela de junco, el viejo condujo a Juan por la planta baja, subieron unos escalones y atravesaron otro corredor. Al fondo, de una puerta lejana llegaba el resplandor de una luz dorada. El viejo golpeó la puerta dos veces.

    —¿Quién es? —contestó la voz familiar.
    —-El caballero de palacio ha llegado, señora —dijo el viejo—. De la oficina del chambelán.

    Hubo un momento de silencio y la dueña de Eufemia abrió la puerta. Saludó a Juan con un movimiento de cabeza y se apartó. Juan entró.

    Para su alivio, en esta habitación hacía calor. Dos braseros de carbón, uno a cada lado de la habitación, daban calor y cuatro brazos de luz brillante salían de una lámpara de pie totalmente de madera. En un rincón se distinguía un telar doble y una niña sentada en un banco frente a él; otra mujer cerca de ella hilaba y una tercera cardaba lana. Un crío de meses dormía en una cuna a sus pies.

    «Están aquí todas las esclavas de la casa —comprendió Juan—, porque aquí hace calor. Los hombres probablemente estén sentados en otra habitación de la planta baja. No les alcanza para hacer funcionar la calefacción, por lo que han tenido que vender a los otros esclavos y la mayor parte de los muebles para pagar el mantenimiento de la casa después de serle confiscado el dinero al Capadocio.»

    Eufemia estaba sentada en un diván al lado del brasero, con un libro en el regazo. Tenía el cabello castaño y lo llevaba tirante y recogido. Le dirigió una sonrisa maliciosa.

    —Tú eres el experto en sobornos. ¡Bienvenido!
    —Mi nombre es Juan —dijo con total sequedad—. De Beirut.

    Ella se encogió de hombros y replicó:

    —Tu esclavo puede volver abajo. Caparán, llévalo a la cocina y dale algo de beber.

    Juan le hizo un gesto a Jacobo, para que volviera con el viejo. La dueña de Eufemia cerró la puerta. Sin decir palabra, volvió a sentarse frente al telar y se puso a tejer. No había otro diván en la habitación, por lo que Juan se sentó de mala gana en el extremo del de Eufemia. «Le dan algo de beber a mi esclavo, pero no a mí», pensó.

    —¿Qué tipo de información te interesaba negociar? —le preguntó.
    —Vayamos al grano —agregó ella dirigiéndole una sonrisa desagradable—. Tengo los archivos que la prefectura quiere, de modo que te dejaré copiarlos a razón de varias páginas cada vez. Pienso que podemos fijar la tarifa por página en la entrega de un turno de la lista de audiencias y más por otro tipo de información útil que daré oportunamente.
    —¿Qué más darás y por qué tipo de información?
    —Eso dependerá del tipo de información. Sólo deseo los chismes comunes: quién está dentro y quién no, qué peticiones han sido otorgadas y las de quiénes no, quién fue detenido por corrupción y esas cosas. Y si tú puedes contarme algo que yo necesite saber, agregaré todo lo que yo piense que la información vale. Seré justa.
    —¿De verdad lo serás? —preguntó Juan—. Tendré que confiar en eso, ¿verdad? El ilustrísimo Narsés te recomienda que devuelvas los archivos a la prefectura; dijo que sería lo más sensato.

    Eufemia se encogió de hombros.

    —No los voy a entregar sin nada a cambio. Además, voy a necesitar información por un período de tiempo, así que no puedo darte todos los archivos a la vez. Pero seré justa.
    —¿Qué pasa si la prefectura exige que entregues los archivos? Después de todo, tu padre se los robó.

    Sus ojos se encendieron.

    —¡No es cierto! Simplemente se los había llevado a su casa para trabajar cuando cayó en desgracia. Cuando estábamos en Cízico la prefectura escribió muchas veces preguntando qué había ocurrido con los archivos, pero no los teníamos allí y mi padre estaba tan angustiado, tan afligido que no recordada dónde los había puesto. Me escribió para decirme que hacía sólo algunos meses que lo recordaba.
    —Pero él no sugirió devolverlos a la prefectura.

    Eufemia torció el gesto.

    —Está encerrado en una celda de una fortaleza de legionarios de Antinoe. No tiene amigos en la ciudad y apenas dispone de dinero suficiente para conseguir comida con que mantenerse vivo. —Hablaba como fuera de sí—. Las cadenas que lo sujetan le producen tales llagas en las muñecas, que su letra es a duras penas legible. No, claro que no sugirió devolver los archivos sin nada a cambio. Pero tampoco sugirió destruirlos. ¡Quiere salir! —suspiró profundamente y prosiguió con más calma—. Si la prefectura exige los archivos, los archivos desaparecerán. Eso es definitivo.

    Juan suspiró.

    —Muy bien. Primero necesitas la lista de audiencias.

    Sacó el estuche con la pluma y un pergamino estrecho y escribió la lista que figuraba en el libro esa mañana. Eufemia la cogió con avidez, la leyó y finalmente preguntó:

    —¿Y qué hay de las novedades de la corte? ¿Belisario ha regresado a Italia?
    —No directamente. Viajará por Tracia, intentando reunir algunos hombres más. Se espera que llegue a Italia hacia finales de verano.
    —¿Es cierto que hay otra revuelta en África?

    Le hizo un interrogatorio exhaustivo durante media hora. Aliviado, Juan se dio cuenta de que no le pedía ninguna información importante. Como Sergio, sólo quería oír los comentarios a los que él podía decir qué era verdad o no.

    Finalmente, el torrente de preguntas se detuvo y ella suspiró, satisfecha, y guiñó el ojo a Juan. A la luz de la lámpara sus ojos eran más oscuros, sin el color naranja que tenían al sol.

    —Ahora los archivos —propuso Juan.

    Ella asintió y cogió el gran libro rojo encuadernado en cuero que tenía apoyado en el otro brazo del diván. «Debía de estar muy segura de que yo vendría, para tenerlo preparado», pensó Juan amargamente. Sin decir una palabra, lo colocó abierto entre ambos en el diván. Juan vio que se trataba del censo de la provincia de Siria. Levantó las tablillas y sacó la pluma del estuche y rápidamente tomó nota de la información en signos taquigráficos. Cuando terminó la primera página miró a Eufemia. Ella dio vuelta a la página y, no bien hubo copiado toda la información, volvió a darle la vuelta.

    —Y eso será todo por ahora —sentenció.
    —¿Eso? ¿Cinco páginas? Parte de la información no sirve para nada. Resulta que ya sabía que el ayuntamiento de Emesa cambió la tasación a causa de una sequía.

    Ella lo miró sorprendida.

    —¿Cómo lo sabes?
    —Yo era escriba municipal en Beirut y conocía a algunos que habían tenido tratos con gente de Emesa. —Las noticias habían llegado a Bostra por la ruta de las caravanas.
    —¿De verdad? Pero... —Ella dudaba; sospechaba algo—. ¿Cómo puede haber alguien que pase de escriba municipal en Beirut a secretario del chambelán del emperador en dos años?
    —Soy primo lejano de la Augusta —dijo Juan—. Solicité ayuda a Su Sagrada Majestad después de que mis padres murieran de peste.
    —¡Primo de la emperatriz! —Su rostro se descompuso—. ¡Madre de Dios! —Cerró el libro de un golpe y se levantó de un salto. Sus esclavas dejaron de trabajar y miraron atentamente a Juan con miedo—. ¡Nunca debí haberte invitado aquí! Has venido a espiarme, ¿verdad? —exclamó con rabia.
    —Yo no espío a nadie —replicó Juan exasperado—-. Tú me has invitado aquí... y no creo que puedas decir que estaba ansioso por venir. Vine sólo para hacerles un favor a mis colegas. Nada me importan los archivos de la prefectura. Respecto a todas las calumnias que has proferido contra la Augusta —se puso de pie—, no las denunciaré, si es eso lo que temes. Pero estoy enormemente agradecido a Su Serenidad y te agradecería que mantuvieras la boca cerrada sobre ella.

    Eufemia lo miró con asombro un momento, muy pálida. Bajó la mirada y se sonrojó.

    —Tú no querías venir —admitió—, de donde deduzco que no eres un espía. —Se derrumbó en el diván—. Te iba a pedir que volvieras la semana que viene y me dieras más información —dijo la muchacha, mirándolo—. Ahora...

    Juan se encogió de hombros. Tomó su cuaderno de notas.

    —Invita a otro. A alguien de la prefectura.
    —No tienen acceso al emperador. —Eufemia se frotó el rostro con cansancio—. Supongo que en realidad no importa quiénes sean tus parientes. No hay nada que tú puedas contarle a la emperatriz que ella aún no sepa. Y yo necesito la información para mi padre... Vuelve, pues, dentro de una semana.
    —Quedo agradecido a tu graciosa bondad —dijo Juan—. ¡Qué invitación tan cortés! ¡Qué elegante gesto de hospitalidad! Si el tiempo está un poco mejor la semana que viene, creo que preferiría entrenar a mi caballo, gracias.
    —¡Por favor! —dijo Eufemia, mirándolo con desesperación—. Siento haber sido descortés, siento no haber sido más hospitalaria. ¡Vuelve la semana próxima, te lo ruego! —Le temblaba el labio inferior y durante un terrible instante él pensó que se echaría a llorar. «Teme fallarle a su padre —comprendió Juan—. Se lo imagina en la prisión, confiando en que ella consiga información que pueda ayudarlo. Y no duda en humillarse ante mí para conseguirla.» Se sintió incómodo y asqueado.
    —Muy bien, muy bien —dijo apresuradamente—. Hasta la semana que viene. ¡Salud!

    Salió precipitadamente del salón y volvió por los largos y fríos pasillos, hasta que finalmente encontró a Jacobo que se entretenía alegremente en la cocina junto a la lumbre. Empujó al muchacho bruscamente hacia los caballos. El viejo abrió el chirriante portalón. Volvieron cabalgando a través de las oscuras calles bajo la fría e intensa lluvia.


    Revelaciones


    Pocas semanas después, la tarde en que Juan llevó a entrenar a Maleka al hipódromo, notó a Jacobo inquieto y preocupado. El muchacho era por lo general un modelo de buen carácter, alegre, charlatán, que se entusiasmaba casi con cualquier cosa, pero en aquella ocasión, aunque la tarde era clara y luminosa y los caballos estaban preparados para galopar, Jacobo se quedó cabizbajo, apoyado en el cuello de su corcel. Estaba abatido.

    —¿Ocurre algo? —preguntó Juan cuando salían de los establos—. ¿Estás bien?
    —Estoy bien —dijo Jacobo secamente.

    Juan se encogió de hombros y siguieron adelante, saliendo de los establos de palacio y atravesando la Puerta de Bronce, el mercado Augusteo y la Gran Puerta del hipódromo. La pista de carreras estaba más abarrotada que de costumbre.

    —¿Listo para galopar? —preguntó Juan.

    Jacobo se animó, aunque no podía controlar a su bayo si iba un poco más ligero que al trote y tendía a perder los estribos a medio galope, pero le encantaba la velocidad y asintió entusiasmado. Juan tocó los flancos de Maleka y ésta se lanzó inmediatamente a la carrera, deseosa de alcanzar a todo lo que se le pusiera por delante. Juan la retuvo, intentando vigilar a su esclavo. Jacobo iba detrás dando tumbos, con los ojos brillantes y sonriendo alegremente: ya había perdido un estribo y las riendas aleteaban locamente en el aire. Juan sofrenó aún más a Maleka.

    —¡Talones y manos abajo! —gritó; Jacobo obediente bajó las manos y metió las piernas para adentro. Asió las crines del bayo y sonrió a Juan.
    —¿Cómo he estado, señor?
    —Mejor —dijo Juan generosamente, recordando sus primeros meses a caballo.

    Dieron tres vueltas al circuito a medio galope y al galope, luego dieron cinco más al trote, antes de volver a los establos. Una vez que el entusiasmo del galope quedó atrás, Jacobo recobró su aspecto intranquilo y lanzaba miradas nerviosas a Juan. Al llegar a los establos, el muchacho dijo de repente:

    —Señor, hay algo que tengo que decirte, pero mi padre dice que no debería hacerlo.
    —Deberías obedecer a tu padre —le dijo Juan, repitiendo automáticamente las palabras en las que había sido educado.
    —Sí, pero tú eres mi señor y también el de él, ¿verdad? Entonces, deberíamos obedecerte a ti primero. Además, tú has sido maravillosamente bueno al comprarme este caballo y dejarme montarlo como un caballero. Creo que no está bien no decírtelo.

    Juan suspiró y desmontó. Tomó a la yegua de la brida y le acarició el cuello.

    —Dime, entonces, si piensas que está mal no hacerlo.

    Jacobo bajó con dificultad de su cabalgadura.

    —Es así, señor: un hombre me ofreció ayer un solidus entero por espiarte.
    —¿Por espiarme? —Juan lo miró fijamente, confundido y alarmado—. ¿Por qué? ¿Qué quería saber?
    —Dijo que quería saberlo todo: a dónde ibas, a quiénes veías, qué les decías. Dijo que me daría el solidus entero allí mismo y más después si yo hacía las cosas bien. Le dije que se fuera antes de que llamara a mi padre, y se fue. Mi padre dijo que hice lo correcto, pero que no te lo debería contar porque tú te preocuparías y eso traería problemas a toda la casa.
    —¿Qué clase de hombre era? ¿Te dijo su nombre?
    —No. Era un hombre corriente. Ni joven ni viejo, ni pobre ni rico. Vestía buenas ropas, pero creo que eran de segunda mano. Hablaba como un constantinopolitano y tenía el cabello claro, casi rubio. Creo que es esclavo de alguien.

    Juan se quedó quieto un instante con el ceño fruncido. «¿Quién querrá espiarme? — se preguntó—. ¿Quién me estará espiando? Si intenta sobornar a mis esclavos, puede haber logrado sobornar a alguien más.»

    —Jacobo, tu padre... Tú no crees que se le haya acercado a tu padre, ¿o sí?

    Jacobo se sobresaltó.

    —¡Oh, no, señor! Es decir, si se le hubiera acercado, habría hecho lo mismo que yo. Él siempre dice que nunca puede esperarse nada bueno de un esclavo que traiciona a su amo: es como arrancar el techo de la propia casa. No, sencillamente, no le gustan los problemas, ni que los señores se preocupen e intenten resolver los líos. Por eso me dijo que no te lo contara.
    —Bien, gracias por desobedecerle —dijo Juan—. Si tengo un enemigo, preferiría saberlo.
    —Sí, señor. ¿Vas a decirle que te lo conté?

    Juan sonrió.

    —No, si tú prefieres que no lo haga.

    Juan se preguntaba mientras salía de palacio, seguido por un Jacobo reconfortado: «Pero, ¿quién querrá espiarme, y por qué? ¿Acaso alguien sospecha de mis orígenes? ¿O sólo me he labrado un enemigo común? ¡Eufemia! ¿Espera saber algo de mi vida para así conseguir chantajearme y obtener más información de mí? ¿O acaso... (y este pensamiento lo atravesó como una puñalada) la emperatriz no confía en mí? ¿Acaso teme que yo la traicione o le traiga problemas? Pero ella no necesita sobornar a nadie. Todos mis esclavos son suyos; probablemente aún obedecerían sus órdenes más que las mías. ¿Quién, entonces? ¡Dios Todopoderoso, odio esta ciudad!».

    Se detuvo de pronto y alzó la mirada a las titilantes estrellas de primavera que brillaban sobre la gran masa de la Puerta de Bronce. «Casi desearía estar en Bostra. Yo era allí un bastardo, el hijo de una prostituta allí, pero al menos sabía cuál era mi sitio. No hay vuelta atrás. "En el límite de la noche Orfeo vio, perdió y mató a su Eurídice. " Quizás Anastasio pueda decirme cómo es en latín.» Suspiró y continuó su camino a casa.


    Unas semanas después Anastasio llegó al trabajo todo colorado y tosiendo y no paró en toda la mañana de revolver los archivos con torpeza y dejarlos caer.

    —¿Por qué no te vas a casa a descansar? —preguntó Juan, exasperado—. No estás bien.
    —No me gusta quedarme en casa —replicó Anastasio—. Lo único que hay que hacer con un resfriado es no prestarle atención. —Estornudó con fuerza y se limpió la cara.

    Se suponía que tenía que darle una clase de latín ese mediodía y Juan llevó puntualmente al viejo a una taberna (no a la preferida de Sergio) y pidió algo de comer. Pero Anastasio no tenía hambre.

    —Sólo daremos la clase —anticipó—. ¿De qué hablamos la última vez? «Envío mis cuadernos al ministerio.» Eso sería Mitto libellos officiae...
    —Oh. Yo pensé que sería officio u officiis —dijo Juan.

    Anastasio parpadeó con sus ojos inyectados en sangre.

    —Sí —dijo después de un momento—, así debería ser.
    —¡Madre de Dios! —Juan pasó del otro lado de la mesa y puso una mano sobre la frente del escriba; ardía—. ¡Mira que eres testarudo! —dijo enojado, levantándose—. Estás demasiado enfermo para declinar «ministerio» correctamente ¡y te sientas aquí a hablar en latín! Vamos, vete a tu casa.

    Anastasio no opuso resistencia mientras Juan lo sacaba de la taberna, pero se tropezó en el umbral y se quedó mirando, confundido, la calle atestada de gente. «Está demasiado enfermo para llegar a su casa», pensó Juan.

    —¿Queda lejos tu casa? —le preguntó, tomándolo del brazo.

    Quedaba aproximadamente a tres kilómetros. El domicilio del escriba resultó estar en el segundo piso de un pequeño edificio cerca del Mercado del Buey. Un esclavo tan viejo y canoso como el propio Anastasio abrió la puerta cuando Juan llamó. No pareció sorprenderse al ver a su señor.

    —Te dije que no estabas bien —dijo el esclavo, retirando el brazo de Anastasio del hombro de Juan—. Gracias, señor. Lo llevaré a la cama.
    —¿No debería llamar al médico? —preguntó Juan desde la puerta, con actitud vacilante.
    —Es sólo fiebre —apostilló Anastasio, intentando sosegarse con un esfuerzo evidentemente doloroso—. Estaré mejor dentro de un par de días. Tú vuelve a la oficina, por favor..., y ten cuidado con ese archivo de Prisco.

    Juan volvió al palacio Magnaura y encontró a Sergio sentado en la oficina exterior, ante su propio escritorio. El escriba revisaba algunos papeles, pero los dejó inmediatamente cuando entró Juan.

    —¡Por fin has llegado! —comentó—. ¿Dónde está Anastasio?
    —Enfermo, en cama —respondió Juan lacónicamente. La visión del rostro oscuro y mofletudo de Sergio sobre sus propios cuadernos le provocó una fuerte cólera—. He tenido que llevarlo a su casa. —Dio la vuelta al escritorio.

    Sergio se levantó lentamente.

    —Bien, le diré al ilustre Narsés que has vuelto.
    —Gracias. —Juan se sentó rápidamente y miró los documentos. Era evidente que Sergio había estado revisando no sólo los asuntos del día, sino también los de hacía varias semanas. Juan levantó la vista. Sergio se limitó a sonreírle con aire displicente y se fue muy despacio a la oficina interior.

    Unos minutos después salió Narsés.

    —¿Anastasio está enfermo? —preguntó. Había una nota de genuina preocupación en su aguda voz.
    —Tiene fiebre. He tenido que llevarlo a su casa.
    —No será nada grave, supongo...
    —Él dice que no. Sin embargo, yo pienso volver por allí esta noche para ver cómo sigue.
    —Me parece bien. Gracias —dijo Narsés con el ceño fruncido. Permaneció quieto un instante, tamborileando con los dedos sobre el escritorio de Juan, y finalmente le dirigió su enigmática sonrisa y volvió a la oficina interior.

    Esa tarde Juan tenía uno de sus ya regulares encuentros semanales con Eufemia y llegó tarde a casa de Anastasio. La muchacha lo trataba con una formalidad fría y precisa, que a Juan le parecía casi tan irritante como su anterior desprecio. Antes de abordar cualquier asunto le ofrecía comida y bebida al tiempo que lo obsequiaba con comentarios halagadores cargados de títulos. Aunque Juan se había apresurado para ir a casa de Eufemia directamente desde Magnaura, ya casi había oscurecido cuando se dispuso a salir. Cuando las puertas de hierro se cerraron tras él, Juan exhaló el suspiro de alivio, ya tan característico en él después de los encuentros, y dirigió a Maleka a medio galope hacia el Mercado del Buey.

    Fuera de la casa de Anastasio había seis hombres armados, siete caballos y una mula blanca. La noche era clara y cálida. Cuatro de los hombres estaban sentados en semicírculo en la acera jugando a los dados, en tanto otros dos se apoyaban en las lanzas junto a la entrada. Juan sofrenó a Maleka y permaneció montado, mirándolos sorprendido. Luego comprendió que aquellos hombres eran servidores de Narsés. Tenía una vaga idea de que el eunuco poseía una pequeña guardia personal, aunque los soldados no acostumbraban a estar cerca de la oficina, pero él se había encontrado con alguno de ellos en una o dos ocasiones. Juan desmontó y llevó su yegua por las bridas, con Jacobo siguiéndole los talones.

    —¡Hola! —saludó; los cuatro jugadores de dados se pusieron en pie. Eran todos hombres altos, delgados, fuertes, con barba, vestidos con cota de malla y armados hasta los dientes. De los seis, cuatro eran morenos y dos eran bárbaros de cabellos claros y ojos azules.
    —¡Hola! —dijo uno de los morenos con un fuerte acento armenio—. Tú eres el secretario del ilustrísimo Narsés, ¿verdad? Su Ilustrísima está arriba. Cuidaremos de tu caballo, ¿de acuerdo?
    —De acuerdo. —El armenio se inclinó y tomó a Maleka de las bridas. Juan tragó saliva y le hizo un gesto a Jacobo—. Tú quédate aquí esperando —a cuya orden el muchacho sonrió, nervioso. Juan entró en la casa.

    En el segundo piso encontró una vieja que entraba en las habitaciones de Anastasio con una pesada jarra de agua en las manos. Lo miró con desconfianza, pero no dijo nada cuando vio que Juan entraba detrás de ella. El viejo esclavo que se había encontrado abajo estaba atizando la carbonilla del brasero y le hizo un gesto a Juan con la cabeza, se limpió la cara y señaló con la mano hacia un pasillo.

    —Por allí —dijo—. Diles que pronto tendremos lista el agua.

    Juan siguió la dirección indicada y encontró el camino hacia el dormitorio del viejo escriba. Era una habitación muy sencilla, bien iluminada por buenas ventanas de vidrio pero casi sin decorar, con paredes de yeso desnudo y un suelo barato de Singidunum. Anastasio yacía sobre el cobertor raído de una cama estrecha. Parecía febril y exhausto. Otro hombre, evidentemente un médico, estaba junto a él, tomándole el pulso y sosteniendo una taza con un horrible líquido negro. Narsés estaba de pie al lado de la ventana con los brazos cruzados, mirando. Sonrió al aparecer Juan en la entrada.

    —¡Salud! —saludó Narsés—. Como ves, decidí venir a controlar a nuestro paciente por mi cuenta. Este caballero es el distinguidísimo Aecio, mi médico. Doctor, mi secretario, Juan de Beirut.
    —¡Salud! —saludó a su vez Anastasio a Juan con una débil sonrisa.

    Fastidiado, el médico suspiró, sin molestarse en mirar a su alrededor.

    —Debéis salir todos —aconsejó—. El paciente necesita descansar. ¿Qué están haciendo esos esclavos con el agua?
    —Han dicho que pronto estará lista —señaló Juan.

    El doctor suspiró nuevamente y soltó la muñeca de Anastasio.

    —Mal —le advirtió al viejo, lanzándole una mirada acusadora—. Aquí, toma esto. Te bajará la fiebre y te ayudará a dormir —ofreció la taza a Anastasio. El escriba giró la cara y le dirigió a Narsés una mirada suplicante.
    —Ilustrísima, realmente no era necesario...

    Narsés separó los brazos, se acercó rápidamente y tomó la taza del médico.

    —Probablemente no —susurró con calma—. Pero me tranquiliza saber que tú estás bien cuidado. Tómala, amigo.

    Acercó la taza a los labios del escriba. Anastasio la tomó e hizo un gesto de desagrado.

    —Ya que el buen doctor sugiere que te dejemos descansar, nos vamos ahora — replicó Narsés—. Si deseas algo, simplemente díselo a mi esclavo. Enviaré a alguien mañana por la mañana. ¡Salud! Doctor, si me hicieras el favor... — Llevó al médico fuera de la habitación, al pasillo.

    Anastasio lanzó un quejido y Juan se le acercó. Los ojos del viejo, legañosos y enrojecidos, destacaban sobre la cara contraída y colorada.

    —¿Cómo te sientes? —preguntó Juan.
    —Es sólo fiebre —respondió Anastasio—. Dile a Su Ilustrísima que no se preocupe. —Los ojos se le cerraron y volvió a abrirlos con esfuerzo—. No necesitaba ir a buscar un médico caro.
    —No te preocupes por eso —cortó Juan—. Sólo descansa y recupérate. Te prometo no tocar tus archivos mientras estés enfermo.

    Anastasio insinuó una risa ahogada y cerró los ojos otra vez.

    —¡Salud! —se despidió Juan y salió de la habitación.

    Narsés estaba en el vestíbulo de entrada, hablando con el médico.

    —Dejaré a algunos de mis hombres para que cuiden tu caballo y te alumbren el camino a casa —le estaba diciendo cuando llegó Juan—. Pero, ¿procurarás que sea atendido si corre algún peligro?

    El doctor asintió.

    —Dejaré a uno de mis ayudantes para que vele por él. Pero al asistente se le pagará por separado.
    —Por supuesto. Pero dile que no preocupe al anciano con eso: él piensa que los médicos son una extravagancia. El pago es asunto sólo mío. Gracias, distinguidísimo Aecio, por haberte molestado por un amigo mío.

    El médico se inclinó.

    —Siempre es un placer estar al servicio de Su Ilustrísima.

    Narsés empezó a bajar las escaleras y Juan lo siguió.

    En la calle Jacobo estaba jugando a los dados con la guardia personal y recibió a su señor con una mirada de desilusión. Todos los soldados inmediatamente prestaron atención. Narsés habló rápidamente a uno de ellos en armenio y el hombre se inclinó. Otro hombre desató una magnífica yegua persa del lado de la casa y la llevó hasta allí. Juan se sorprendió, pues creyó que era el eunuco quien había montado la mula. Narsés montó y cogió las riendas: no montaba como si se hubiera criado a caballo toda su vida, pero sí como si hubiera vivido algún tiempo a lomos de una cabalgadura. Sonrió a Juan.

    —¿Podrías concederme el placer de tu compañía de vuelta a palacio?
    —Por supuesto, Ilustrísima. —Juan iba a buscar su caballo cuando vio que uno de los guardias ya lo traía.

    Jacobo corrió por su bayo castrado y lo montó con dificultad; todos los guardias, excepto el que había sido designado para esperar al médico, subieron a sus cabalgaduras y esperaron a su comandante. Juan acercó a Maleka a la yegua blanca persa y Narsés condujo al grupo calle abajo.

    —Anastasio está muy enfermo, ¿verdad? —preguntó Juan.

    Narsés se encogió de hombros.

    —Sí. Aunque Aecio cree que se recuperará. —Suspiró—. Llevo un año temiendo que esto ocurra. Anastasio no quiere vivir realmente desde que murió su esposa. Puede engañar al doctor.
    —¿Su esposa? No sabía que hubiera estado casado.
    —¡Oh, sí! Se casó con una muchacha de buena familia, pese a su pobre fortuna, y eran muy felices. Tuvieron tres hijos: dos murieron durante la infancia, y el tercero, una muchacha, vive en Esmirna, casada con un mercader. La esposa de Anastasio murió la primavera pasada. Fue una de las primeras víctimas de la peste. No me sorprende que nunca le hayas oído hablar de ella: no puede hablar de ella sin derramar un mar de lágrimas, por eso no la menciona en absoluto. Quizá no debería siquiera animarlo a vivir, ya que la vida sin ella le parece dolorosa. Pero le tengo cariño y le echaría de menos.
    —Nunca creí que le importara nada salvo sus archivos.

    Narsés sonrió.

    —Siempre ha amado su trabajo. Desde la muerte de su esposa, no ha amado otra cosa. —Avanzaron por un momento en silencio y el eunuco exclamó con aire pensativo—: Pero parecía que había superado lo peor de la depresión. Tú le has alegrado mucho la vida.
    —¿Que yo le he alegrado la vida? —preguntó Juan sorprendido.
    —Le has hecho reír. A él le gusta trabajar contigo. Bueno, ruego a Dios que se recupere. —Se santiguó—. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal. —Dirigió a Juan otra sonrisa inescrutable—. ¡Tú, que fuiste crucificado por nosotros, ten piedad!

    Había usado la fórmula monofisita de la plegaria.

    —¿Conoces a Anastasio hace mucho tiempo? —preguntó Juan, ligeramente sorprendido por la confianza que le demostraba el insondable jefe de chambelanes.
    —Años. Lo conocí cuando yo era tesorero de los gastos personales del monarca y él era un empleado del ministerio de finanzas. Durante la sedición de Nika se me encargó sobornar a los Azules para que le quitaran el apoyo al emperador rival. La mayoría de mis hombres rehusaron de plano acompañarme, pues era aterrador salir con una bolsa llena de oro entre aquella multitud vociferante. Todos pensamos que simplemente nos matarían y se llevarían el dinero. Ya habían matado a todos los funcionarios imperiales que habían podido agarrar. Yo iba por las oficinas y la corte reuniendo voluntarios; Anastasio fue uno de los pocos hombres a quienes pude persuadir para que nos acompañara. Era un empleado subalterno, que ganaba veinte solidi al año, que no podía costearse un matrimonio, y le puse doscientos solidi en la mano y le dije que arriesgara su vida para entregarlos en nombre de Justiniano Augusto, y eso es lo que hizo. Es un hombre inusualmente valiente y virtuoso.

    Juan guardó silencio por un instante, tratando de digerir aquello.

    —Yo pensaba que la rebelión había sido sofocada por Belisario —dijo con aire dubitativo.
    —Belisario y Mundo fueron por el hipódromo con sus propias fuerzas de servidores, arrestaron al emperador rival y sofocaron la sedición matando a treinta mil de sus partidarios. Yo había sido enviado antes para provocar retraso y confusión..., la tarea usual de un burócrata. No, el verdadero honor de haber sofocado la rebelión debe atribuírsele a la Augusta. Si no hubiera sido por ella, el resto de nosotros habría abandonado la ciudad. Los guardias de palacio eran neutrales y el populacho nos era hostil: temíamos por nuestras vidas todos nosotros. Incluso Belisario. Su Serenidad sabía los riesgos tan bien como nosotros, pero estaba preparada para asumirlos. Es una mujer de extraordinario coraje e inteligencia.

    Juan sintió que su cara ardía; la alabanza a Teodora le resultó embriagadoramente dulce, particularmente después de las dudas sembradas por Eufemia.

    —Ya lo creo —declaró con entusiasmo; luego, como el chambelán estaba comunicativo, agregó, algo inseguro—: Sobre el Capadocio...

    Narsés lo miró sin aparentar expresión alguna en el rostro.

    —Escuché una historia sobre el Capadocio que me inquietó —replicó Juan, jugándose el todo por el todo—. Y nunca se sabe en esta ciudad si lo que uno escucha es cierto o no.
    —Nunca se sabe en esta ciudad y en ninguna otra —respondió Narsés—. ¿Cuál era la historia?
    —Que la Augusta maquinó su caída y que ella es la que lo hizo arrestar el último verano y quien lo mandó torturar también, violando la ley.

    Narsés suspiró.

    —Juan el Capadocio —susurró tras una pausa— es un hombre fuera de lo común. Probablemente tú sepas unas cuantas historias sobre él, pues hay una en cada provincia sobre los... métodos expeditivos y los objetivos de su recolección de fondos. Parte de lo que puedes haber oído es cierto, y parte no lo es. Una cosa es segura: que proviene de una familia pobre y humilde. Comenzó su carrera como empleado en la oficina del jefe de armas para el este y el Augusto lo promovió a causa de su absoluta habilidad e inteligencia. Es muy valiente, muy arrojado, lúcido, capaz y franco. Era extremadamente eficiente como prefecto pretorio y no excepcionalmente corrupto.
    —¿No? Tiene un gran patrimonio. Casi cuatro mil libras en oro y eso es sólo lo que quedó después de su desgracia. Y oí...

    Narsés sonrió y bajó la mirada.

    —He dicho «no excepcionalmente corrupto». Es cierto que aceptaba sobornos, que robó del erario público y era ciertamente culpable de haberse lucrado con la guerra. Pero eso, me temo, es bastante común en estos días. Y tú conoces el dicho: «Todos los capadocios son malos, peores con el dinero, pésimos como funcionarios y peor que pésimos en la silla curul». Sin embargo, tres mil quinientas libras en oro (y gran parte ganada honestamente) no es realmente demasiado si se tiene en cuenta los cientos de miles que ha manejado.
    —¡Su salario no hubiera llegado nunca a una décima parte! —dijo Juan ofuscado.

    Narsés sonrió e hizo un elegante gesto de concesión.

    —Mi salario no alcanza a una décima parte de mis ingresos tampoco. Pero hay, como tú sabes, extras.

    Juan no despegó los labios durante un rato. No podía evitar conocer los extras de un chambelán imperial.

    —A veces renuncias a tus honorarios —sentenció finalmente.
    —A veces lo hago. Y aún tengo lo suficiente para mantener unas mansiones que están demasiado lejos del palacio, una finca en Armenia que jamás he visto, con un montón de esclavos y administradores para mantenerlos. También un monasterio, un hospital y una residencia de ancianos aquí en la ciudad. Por supuesto, mi posición tiene más privilegios que la de un prefecto pretorio. Mis predecesores lo dispusieron muy competentemente. Los del Capadocio, en cambio, eran en su mayoría caballeros de fortuna, que no habían preparado las cosas con tanta delicadeza para enriquecerse. También tenía una familia y el deseo común de dejarles una fortuna. E incluso, si se compara su fortuna con la que Belisario ha amasado durante sus años de servicio, parecerá sin duda insignificante.
    —¿Belisario? Pero yo pensaba..., es decir, ¡todo el mundo dice que es tan honrado!
    —Es tan honrado como cualquier otro general en el servicio del imperio. Ciertamente no es culpable de ningún delito, pero se ha beneficiado con su posición tanto como ha podido. Piensa un momento. Puede mantener un ejército de siete mil hombres de su propio peculio. Tiene un patrimonio pequeño por herencia, pero una fortuna digna de un rey por sus servicios, y dado que es un soldado y el estado le debe mucho, a nadie le parece mal esto. Los servicios de Juan no estaban tan cotizados; pero sin ellos, las guerras de Belisario jamás se habrían llevado a cabo.
    —Estás asegurando que no merecía ni merece su desgracia —insinuó Juan con severidad.

    El chambelán movió la cabeza.

    —No. Pero tú querías la verdad de la historia. Y parte de esa verdad es el hecho de que el Capadocio no era el monstruo que frecuentemente se dice que era. Yo no he conocido más que una o dos personas verdaderamente malvadas en mi vida, y más o menos la misma cantidad de santos, los extremos no son frecuentes. La mayoría de nosotros somos una mezcla, y Juan de Cesarea no era una excepción. Pero verdaderamente merecía su desgracia. Su eficiencia era cruel y causó gran sufrimiento entre la gente; y dejando eso totalmente de lado, puso gran empeño en traicionar a la Sagrada Majestad de nuestro señor Augusto, al cual le debe todo. Y súmale, además, que era un hombre de carácter impetuoso, frecuentemente violento y despótico, y que tenía una debilidad por los placeres de Afrodita e iba detrás de amantes más rápidamente de lo que la mayoría de los hombres cambian de zapatos, aunque tenía accesos de arrepentimiento por ello. Él y la Augusta se odiaron mutuamente desde el primer día. Hay varias teorías absurdas que se cuentan para explicar esto. En mi opinión, la verdad es que él sentía un profundo desprecio por las mujeres mantenidas y que ella experimentaba un sentimiento similar por aquellos que las mantienen. Por otra parte, él pensaba que las mujeres no tenían lugar en la vida política, de ahí que le incomodara el poder que ostenta la emperatriz. Nunca admitió a ninguna mujer en sus esquemas, ni siquiera a su hija (a pesar del afecto que le tiene). De cualquier modo, la Augusta y el prefecto pretorio estaban enfrentados, se espiaban mutuamente y se quejaban el uno del otro al Augusto siempre que podían. Su Sagrada Majestad, sin embargo, aunque adora a su esposa, valoraba demasiado al Capadocio como para destituirlo.

    »Finalmente, la esposa de Belisario, a fin de congratularse con la emperatriz, embaucó al Capadocio para que terminara haciendo una clara declaración de traición. Es totalmente cierto. Y también es cierto que el verano pasado, cuando el obispo de Cízico fue asesinado, la Augusta sospechó del Capadocio inmediatamente y mandó que lo arrestaran. Estaba totalmente convencida de que era capaz de cualquier maldad. Y hay razones perfectamente válidas para sospechar de él y razones de peso para no retirar los cargos. Es verdad que el arresto en sí no fue... manejado como debía haberse hecho. Pero debes recordar que el verano pasado era una época en que el mundo se regía por la muerte y el caos. El emperador estaba desesperadamente enfermo y la mitad de la ciudad, la mitad del mundo, se estaba muriendo. No había lugar ni tiempo para enterrar a todos los muertos. Se hacían cosas que nadie hubiera pensado hacer en época de normalidad... y no estoy seguro si se hicieron obedeciendo órdenes o por terror u odio personal.

    —¿Y ésa es la verdad? —preguntó Juan, frunciendo el ceño.

    Narsés sonrió.

    —Ésa es la verdad tal como yo la veo. Tú estabas preocupado por el honor de tu protectora, ¿verdad?

    Juan bajó la mirada hacia la figura oscura de Maleka.

    —Así es —admitió—. Y tengo más que ver con la hija del Capadocio de lo que quisiera. —Levantó la vista para mirar a Narsés; advirtió entonces que el rostro del eunuco expresaba... compasión—. Gracias. Necesitaba saberlo; es reconfortante.

    Narsés inclinó su cabeza cortésmente.

    —La Serenísima Augusta te favorece. Eres muy afortunado, pero yo que tú tendría cuidado. Semejante favor hacia un desconocido tiende a engendrar celos. Si quieres mi consejo, actúa con cautela. —Y antes de que Juan pudiera preguntarle qué quería decir, continuó rápidamente—: ¿Es ésta la famosa Maleka? Si tienes tiempo, me gustaría comprobar si es tan veloz como dicen.

    «Se terminaron las revelaciones —advirtió Juan—; ¿y me está ofreciendo realmente una carrera?» Miró detenidamente al rostro sereno de Narsés y a la yegua persa.

    —Ya estamos casi en el hipódromo —dijo por fin—. Si ese jamelgo tuyo puede correr...

    Narsés sonrió más abiertamente que de costumbre y espoleó a su yegua persa para que fuera al trote.

    Maleka ganó la carrera por un cuerpo y Narsés sonrió a Juan casi bonachonamente.

    —¡Dios Todopoderoso! —dijo, sofrenando su montura—. ¡Mal presagio si un árabe puede vencer a los romanos y a los persas a la vez! Ah, pero qué placer estar lejos de la oficina. Debería hacerlo más a menudo.
    —Así es. Te sienta bien.

    Narsés le dirigió una mirada rápida y triste y movió la cabeza.

    —Los eunucos están para eso: para sentarse en oficinas y ocuparse de la corte. Aunque quizá... no importa. Estimado Juan, debo atender al señor. ¡Salud! Te veré por la mañana.
    —¡Salud! —respondió Juan. El chambelán principal espoleó su jaca y cruzó a medio galope el duro terreno del hipódromo, con la guardia personal que lo seguía de cerca. Juan intentó imaginárselo tomando una bolsa llena de oro en medio de una multitud aullante proclamando a un emperador rival, pasando a cuchillo a los partidarios de Justiniano en las calles y quemando la mitad de la ciudad. Para su sorpresa, no le fue difícil. El eunuco tenía una especie de coraje impasible, de energía sin límites, que le permitía a Juan imaginárselo enfrentándose a los rebeldes con una sonrisa en los labios.

    Jacobo, que había observado la carrera con los guardias desde la línea de partida, se acercó trotando y siguió la mirada de su señor.

    —Los guardias dicen que Su Ilustrísima es todo un hombre de verdad; no importa que sea un eunuco —comentó Jacobo.
    —Puede que tengan razón —coincidió Juan y dirigió a Maleka hacia palacio.


    Anastasio, gravemente enfermo, miró por el umbral de la muerte durante un día antes de cerrar la puerta de mala gana para acabar recuperándose. Juan llamó a su casa una mañana temprano días después de verse allí con Narsés y encontró al escriba sentado en la cama y bebiendo una infusión de cebada. La imagen era como un amanecer; hasta entonces no se había percatado de lo mucho que estimaba al viejo.

    —Has venido muy temprano —dijo Anastasio—. ¡Quédate a desayunar!

    Con pesar, Juan hizo un gesto con la cabeza.

    —He sido invitado a desayunar con la Augusta y... —explicó.
    —No deberías haber venido —le replicó Anastasio, alarmado—. Llegarás tarde.
    —Lo dudo. Ella se levanta tarde. Además, ha valido la pena venir. ¡Ánimo! — Anastasio le sonrió sorprendido y Juan le devolvió la sonrisa para después precipitarse escaleras abajo y cruzar velozmente las calles (había ido a pie), sonriente, maravillado del sincero afecto que el viejo le inspiraba.

    La emperatriz estaba aún bañándose cuando llegó, pero sus sirvientes lo dejaron pasar al salón de desayuno y Teodora no tardó en aparecer. Era una mañana cálida y brillante de primavera. En el jardín, las plantas de azafrán y los jacintos estaban en flor y en las vides de la terraza habían brotado verdes pámpanos pegajosos. La emperatriz hizo mover el diván al triclinio antes de sentarse y se tumbó sensualmente al tibio calor de la mañana, comiendo pan azafranado y uvas en miel.

    —¿Has estado enamorado alguna vez? —preguntó a Juan con una sonrisa.
    —¿Por qué? —le preguntó Juan, sonriéndole a su vez. Era difícil no sonreír a Teodora, tan abierto y contagioso era su placer en esta estación del año.

    Se encogió de hombros, sonriente, con los ojos entornados.

    —Es primavera.

    »Los membrillos cidonios beben en primavera las corrientes puras de los ríos,
    y la nueva sombra de las vides se hunde
    donde crecen espesos los pámpanos en flor.
    Pero a mí el amor no me da tregua,
    y avanza como el gélido cierzo de Tracia
    a impulsos de la locura que me consume...


    »Debes saber a qué me refiero. Yo solía enamorarme todas las primaveras, siempre. Juan se echó a reír.

    —A mí no me quita el sueño el amor, sólo porque haga calor, claro que no.

    Ella le alargó un racimo de uvas.

    —¿Has estado enamorado alguna vez? Vamos, ya eres un hombre. No puedes ser virgen.

    Juan dejó de sonreír, profundamente turbado.

    Teodora se llevó la mano a la boca.

    —¡No lo puedo creer! —exclamó—. ¡No puede ser verdad! —Lanzó una carcajada sacudiendo la cabeza—. ¡Un hombre, mi hijo, y aún virgen a los veinticuatro años!
    —Nadie tiene que ser más respetable —sentenció Juan con aguda precisión— que quien pertenece a una familia respetable.

    Su madre dejó de reír.

    —Es cierto. No se permiten prostitutas, muchachas respetables ni hablar, y afrontar los gastos de una concubina es casi imposible. No había pensado en ello. ¡Pobre hijo mío! Bueno, la castidad agrada a Dios y la prostitución es un comercio perverso, en el que las muchachas pobres sufren y los chulos se hacen ricos. He estado intentando extirparla de Constantinopla durante años. Me alegro de que no tengas nada que ver con eso. —Lo miró seria por un instante, pero la sonrisa no tardó en regresar a su rostro. Se estiró y movió los dedos de los pies a los rayos del sol—. Pero, ¿has estado enamorado alguna vez?

    Juan se sorprendió devolviéndole una sonrisa tímida.

    —Sí.
    —¡Ah! —giró sobre su vientre y apoyó la barbilla entre las manos—. Cuéntamelo.

    Él se encogió de hombros.

    —No hay mucho que contar. Uno de los magistrados de Bostra tomó una concubina un par de años después de que muriera su esposa. Era una muchacha respetable, hija de un hombre libre, le dio una vivienda digna y vivía con ella abiertamente. Me enamoré en el momento en que la vi..., tenía dieciocho años en esa época y era muy hermosa.
    —¿Cómo era?
    —Como una estatua de marfil y oro. Tenía sangre goda y era hermosa como los dioses. Se llamaba Criseida. Yo solía fantasear que su patrón se cansaría de ella y que cuando la abandonara, yo me podría acercar y proponerle matrimonio.

    Teodora volvió a sonreír, como un gato a la luz del sol.

    —Pero el que la mantenía no lo hizo, y tú sufriste durante años en silencio. ¡Pobre hijo mío! ¿Alguna vez pudiste conocerla?

    Juan se rió con tristeza.

    —Eso es lo peor de todo. Aproximadamente un año después de que su patrón la instalara en su casa, mi padre tuvo que tratar algunos asuntos con él sobre una finca y lo visitó con frecuencia. Yo iba con mi padre para tomar notas y una tarde me colocaron en el mismo triclinio con Criseida durante la cena mientras los mayores hablaban de negocios.
    —¿Y no sabías qué decirle?
    —No lo necesitaba. Ella comenzó preguntándome qué había visto que llevaran las mujeres en Beirut en mis viajes de negocios ese invierno, y continuó hablando de que había estado tejiendo una túnica nueva para su querido patrón pero que se le había acabado la lana azul y no podía comprar más del mismo color por todo el dinero del mundo. Y me contó sobre los resfriados de los hijos de su hermana y cómo su hermano había conseguido una verdadera ganga en una alfombra de pelo de camello. Yo la había adorado como a un icono, y no sabía qué decir. Había estado tan desesperado por hablar con ella, que no podía admitir que hacia el final de la cena deseaba desesperadamente apartarme y oír una conversación de adultos. Pocos días después, ocurrió lo mismo en otra cena, y tuve que admitirlo: Criseida era hermosa y una muchacha encantadora, pero muy aburrida y nada inteligente. Tanto me decepcionó, que juré no volverme a enamorar.

    Teodora sonrió.

    —¡Pobre Juan! ¿Y nunca volviste a hacerlo?
    —No he tenido muchas ocasiones. Intenta no enamorarte si sabes que nada puede resultar de ello si lo haces.

    Ella le dirigió una mirada brillante y juguetona.

    —Así que, como Hipólito, has dicho un largo adiós a Afrodita. ¿Y qué hay del matrimonio?

    Se la quedó mirando un instante con la boca abierta; después la cerró.

    —¿Matrimonio? No habrás... —Tuvo una súbita y terrorífica idea de que Teodora ya había dispuesto algo, que una muchacha lo esperaba en una antecámara con su rica o importante familia detrás, lista para inspeccionar al novio y que lo casarían con la desconocida al instante. Era posible. Todos los viejos amigos de Teodora relacionados con el teatro y el hipódromo habían tenido matrimonios espléndidos arreglados para ellos por la emperatriz, a veces para sorpresa de sus parejas. A ella le gustaba ser casamentera y desempeñaba el papel con alegría. Pero el pensar que ella podría haber hecho eso por él, sacó de quicio a Juan, le trastornó todos sus esquemas, y se sintió terriblemente desnudo y desamparado. No podía existir ninguna distancia emocional prudente, ninguna invulnerabilidad en la consumación de un matrimonio. «Odio esta ciudad —pensó, con una oleada de pasión casi aterradora—. Es una trampa en un laberinto suspendida sobre un abismo: justamente cuando uno se cree a salvo, en realidad está atrapado. Han rehecho mi vida y me han cambiado. Me espían; ahora me ayuntarán con alguna muchacha elegida por mi madre y seré llevado Dios sabe dónde. ¡Oh, Madre de Dios, quiero salir!»

    Pero Teodora se echó a reír.

    —¡Vamos, no es para ponerse así! No, querido, no he dispuesto nada. En verdad me gustaría dejarte en paz un par de años, darte la oportunidad de concentrarte en tu carrera y arreglar algo para ti cuando las circunstancias sean más convenientes. Pero si el amor te tuviera impaciente, bien, te podría encontrar a alguien ahora. Ya que no lo estás, dejémoslo, ¿de acuerdo?

    Aliviado, Juan asintió. Teodora se rió nuevamente y movió la cabeza.

    —Deduzco que la carrera va bien —susurró con satisfacción—. He oído que estás sacando los archivos del Capadocio de las garras de la hija.

    Juan le habló de Eufemia. Teodora escuchó, mascando uvas y moviendo el pie dentro de una sandalia, en el aire.

    —¡Conque ella conocía dónde estaban los archivos! —comentó cuando Juan terminó—. ¡La inmunda hipócrita! Ten cuidado con esa muchacha, querido. Su padre era un bruto vicioso y perverso como el rey de los diablos y parece como si se lo hubiera transmitido. Si no estás en guardia con ella, te meterá arteramente en algo y te extorsionará. Si por mí fuera, mandaría arrestar a la zafia esa y buscar los archivos en la casa... pero supongo que los habrá escondido.

    Juan bajó la mirada y se contempló las manos un instante. «¿Será Eufemia la que me está espiando? —se preguntó—. Podría averiguarlo. Podría mencionarlo ahora... pero ¿qué haría la emperatriz?»

    Levantó la vista, vio la ferocidad reflejada en los ojos oscuros y en el feo gesto de la boca de la emperatriz y recordó lo que le había ocurrido al padre de Eufemia. «No le puedo desear a ella que la vuelvan a castigar, y menos por culpa de su padre. Ella no me gusta, pero es inocente. ¿Teodora realmente la pondría en la cárcel? ¿Y qué más le ocurriría? ¡Ojalá yo supiera cuáles son los límites; ojalá supiera a dónde quieres que yo vaya, Augusta!», pensó con un deje de tristeza.

    —Los habrá escondido —coincidió Juan—. Y no creo que realmente merezca que la arresten. Es una arpía, pero supongo que tiene que tratar de ayudar a su padre. Y de todo lo que puedo deducir, me parece a mí que nunca supo mucho de lo que él hacía, de todos modos. Él pensaba que las mujeres no debían meterse en asuntos de gobierno.
    —¡Era un bruto astuto, codicioso y sin principios! —dijo Teodora apasionadamente—. Solía contarle mentiras sobre mí a Pedro. Yo le odiaba. Pero tienes razón, supongo que él no le contó nada a ella. —Permaneció un rato con el rostro ceñudo, la cabeza entre las manos, para después sonreír maliciosamente—. Bien, si intenta seducirte, déjala. En realidad, podrías incitarla a que lo hiciera. No creo que la experiencia te haga daño, y le haría bien a su padre volver y encontrar que ha convertido a su hija en una prostituta.

    Juan se sintió un poco asqueado. ¿Seducir y abandonar a una muchacha que a uno no le gusta, para vengarse de su padre?

    —No, gracias —dijo tranquilamente.

    Teodora le dirigió una mirada severa. Primero la malicia desapareció de su sonrisa, luego la sonrisa misma se desvaneció.

    —Tienes razón —dijo suavemente—. Es un plan cruel. No creo que yo lo deseara, en tu lugar. No sería muy buena introducción al amor...; si no recuerdo mal, es una muchacha gorda y con granos.
    —No es ninguna belleza —coincidió Juan. Por segunda vez en esa mañana se sintió ligeramente aliviado. Pensó: «Tiene algunos límites. Ella piensa en traspasarlos, pero no lo hace».

    Teodora se echó a reír y le ofreció uvas.


    La emperatriz había invitado al emperador a cenar en su palacio y a pasar la noche juntos. Cenaron ostras y jabalí rociado con una salsa brillante de higos, regado por una jarra de un vino de Lemnos inmejorable, e hicieron el amor en la gran cama cubierta de púrpura de Teodora. Una lámpara sola brillaba en el lampadario dorado. Cuando era joven, Teodora se había visto obligada a ahorrar el aceite de las lámparas, y ahora, en cambio, le gustaba dejar que las lámparas se consumieran.

    Justiniano yacía al lado de su esposa en un estado de absoluta felicidad física. Examinó tiernamente a Teodora. La colcha púrpura, trabajada con imágenes de ninfas y de pastoras, se enredaba en su cintura. Su torso desnudo brillaba con el baño de luz dorada. «Hermosa como siempre», pensó mientras la acariciaba. Ella sonrió.

    —Cuando nos casamos, dijiste que pasaríamos todas las noches juntos —murmuró ella.
    —Bien, lo hicimos durante unos años. Pero una emperatriz debe tener su propia casa. Y a ti te gusta dormir más que a mí, perezosa.

    Teodora sonrió con una sonrisa adecuadamente indolente, le tomó la mano y se la llevó a los labios para mordisquearle los dedos.

    —Deberías pasar todas las noches conmigo, aunque yo tenga mi propia casa.
    —No dirías eso si yo viniera a la cama tres horas después de la medianoche después de deliberar con los obispos.

    Ella contuvo una risita cantarina.

    —Pasa toda la noche con los obispos y luego ve a la cama con una prostituta.
    —Ahora, querida... —La besó—. Sabes que no me gusta que hables así de ti misma... aunque sea en broma.
    —Lo sé... y tú sabes que no quiero hablar de obispos. En cuanto alguien dice «monofisita» o «calcedonio» te pones serio como un monje. Hablemos de otra cosa.
    —Muy bien. ¿Sobre qué?

    Teodora se dio la vuelta y se apoyó sobre un codo.

    —¿Debo conseguirle a mi primo Juan una esposa ahora o dentro de un par de años? No acabo de decidirme. —Sin aparentarlo, observó detenidamente a su esposo. Narsés le había hecho su advertencia con mucho tacto, pero ella había captado su significado con claridad.
    —Estás pensando en casarlo, ¿verdad? —dijo el emperador, a quien se le esfumó parte de su satisfacción. El tema era como un dolor de muelas, continuamente avivado por una lengua débil. Por otra parte, un matrimonio siempre era tranquilizador.
    —¡Mm! —murmuró Teodora, percibiendo internamente que Narsés tenía razón, como era frecuente.

    «¡El muy tonto ya tenía que saber esas cosas! Por lo menos sabía más de lo que admitía saber. He aquí un desafío, pues: ¿podré tranquilizar a Pedro sin casar a Juan ahora mismo?», pensó refiriéndose a su marido.

    —Si le encuentro una muchacha ahora —dijo seriamente— ella le ayudaría a establecerse, a avanzar en su carrera y a proporcionarle un hogar decente. Pero si espero un par de años, podría hacer un matrimonio mejor para él. Creo que dentro de un par de años tendrá un rango del que ahora carece.
    —¿Cuan alto ha de ser el rango que piensas para él?
    —Tan alto como sea posible —replicó con firmeza—. Por lo menos patricio. Pero tendrá que pasar por algunas oficinas más antes de conseguirlo.
    —Me alegra que pienses así.
    —¿Por qué hablas con ese aire reprobatorio? No quiero que tenga trabajos que no pueda realizar. Pero ya que es tan competente o más que la mayoría de los candidatos, ¿por qué no él en vez de ellos? Al fin y al cabo, es mi primo.
    —Una recomendación formidable —coincidió Justiniano, con solemnidad—. ¿Con quién lo casarías si tuvieras que casarlo hoy?
    —Ése es el problema. Puedo pensar en media docena de muchachas, todas ricas, todas hermosas, y un par de ellas también inteligentes. Está la hija de mi amigo Crisómalo, o la sobrina de Pedro Barsimes el banquero; sería fácil hacer que Juan se casara con alguna de ellas. Pero ninguna tiene ascendencia imperial. Y él necesita respetabilidad más que dinero. Si esperáramos un par de años, podría arreglárselas para casarse con el poder tanto como con la riqueza.

    Luego Teodora agregó para sí misma: «Y yo quiero que se case con el poder. La riqueza está muy bien, pero es el poder lo que cuenta; si se tiene poder, también se tiene riqueza».

    Justiniano se rió.

    —¡Casamentera incorregible! Ya has hecho que tu nieto esté comprometido con la hija de Belisario y tu sobrina a mi sobrino. ¿A quién imaginas para tu sobrino Juan, entonces? ¿Justina, la hija de Germano?
    —Ya está comprometida con el sobrino de Vitaliano —terció Teodora—. Y Passara nunca aprobaría el matrimonio... aunque no es que su hija granulienta valga mucho, de todos modos.
    —¿Qué piensa tu sobrino de todo esto?
    —¡Oh, no le he dicho nada! Sólo le crearía preocupaciones.
    —Ten cuidado, o se casará con alguna muchacha del teatro que no le convenga.

    Teodora se echó a reír.

    —Puedo arreglármelas con cualquier mujerzuela que elija y si ella fuera capaz de hacerme frente, quizá no me importaría. Pero mejor que no conozca a ninguna cándida, boba, virtuosa y de clase media, o me desentenderé de él. No creo que se case con nadie sin consultarme, querido. Ha sido muy correcto y respetuoso: sabe lo que se le debe a una protectora.

    El emperador sonrió. Sus propios celos le parecieron de repente improbables y casi irreales. Se preguntaba si realmente se había sentido así y por qué.

    —Si quieres organizarle un matrimonio suntuoso, tendrá que tener alguna experiencia militar —dijo a Teodora—. La corte y las oficinas están muy bien, pero son caminos lentos para el progreso. Para cuando tu primo llegue a ser patricio a través del trabajo de secretario, estará más preparado para retirarse que para casarse.
    —¡Mm! Si no se casa ahora, podría ser asignado a algún general en campaña. — «Dejemos que Pedro vea que no me importa nada si Juan está lejos... y una temporada de servicio militar sólo será una ventaja», pensó Teodora—. Yo me preguntaba si podríamos enviarlo como asesor de Martino en el este. Habla árabe, arameo y persa.
    —Allá sería útil, sin duda. Es una posibilidad. Lo tendré en cuenta cuando haga los nombramientos. Pero para serte sincero, mi vida, creo que para entonces la guerra ya habrá terminado. ¡Dios no lo permita! Tendremos que ver qué ocurre este verano. Pero Cosroes no logró nada de qué hablar en sus invasiones de los últimos tres años y perdió muchísimo tiempo y dinero sitiando Edesa.
    —¡Ruego a Dios que la guerra termine! —suplicó Teodora con vehemencia—. Ese conflicto estúpido, insensato, lamentable, detestable, nos ha costado tanto... aunque supongo que si termina, mi primo tendrá que ir con Belisario a Italia o con Areobindo a África. Yo preferiría tenerlo en el este; tendrá más éxito allí.
    —Hay otra posibilidad —sugirió remarcando las palabras el emperador—. Narsés lo tiene en muy alta estima, tú lo sabes. Dijo que estaba «completamente satisfecho». Viniendo de Narsés, es un gran elogio.

    Teodora desplegó una amplia sonrisa.

    —Lo es, ciertamente. Narsés mismo no tiene parangón. —Teodora había comprendido dos cosas de la advertencia del eunuco, aparte de la observación principal: que Narsés sabía que las sospechas eran infundadas y que sentía aprecio por Juan. Ella siempre había apreciado a Narsés y sintió ahora una oleada de afecto hacia él. «Debo hacer algo por él», pensó.

    El emperador enarcó las cejas y asintió.

    —Estaba pensando que ya que Narsés tiene por fin un secretario con el que está satisfecho, no le gustaría perderlo. Necesitamos crear otra fuerza de mercenarios, por lo que pueda pasar en Persia, ya que la peste nos dejó debilitados. Estaba considerando enviar a Narsés a Tracia para reclutar algunos de los hérulos. Es casi el único hombre que puede lograr algo de esos salvajes. Tu primo podría ayudar en el reclutamiento y luego, si demuestra ser competente, a dirigir el ejército. Si la guerra persa no ha terminado, podemos enviarlos al este. En caso contrario, los podemos pasar a Belisario.
    —Está pidiendo ya más tropas, ¿verdad? —indicó Teodora—. ¡Y ni siquiera está en Italia! Eso parece una buena idea, sin embargo. A Narsés ciertamente le gustará.
    —¿De verdad?

    Teodora se rió y deslizó un dedo por la nariz del emperador.

    —¡Vida mía, a él sencillamente le encanta salir de la ciudad y jugar a los soldados! ¡Debes saber eso! Si no hubiera sido vendido como esclavo, creo que habría terminado de bandido en Armenia. ¡Capitán Narsés, el terror de los comerciantes persas! Es mejor en eso de lo que jamás le has dado la oportunidad de demostrar. Ese desastre en Italia realmente no fue culpa suya.

    Justiniano sonrió.

    —Eso es lo importante. Muy bien. Lo enviaré a Tracia y le daré algún título militar.
    —Es una buena idea también para mi primo —asintió Teodora, sonriéndole a su vez—. Juan puede ir a cubrirse de gloria entre los hérulos, volver dentro de unos años y casarse con una dama... y eso será haberme ocupado de él. Gracias, queridísimo. Se reclinó sobre las almohadas de seda y sonrió a su esposo, con los ojos entornados. El la besó. —Espero por tu propio bien que haga exactamente eso —le dijo Justiniano—. Pero prefiero que mi niña del teatro sea la dama más orgullosa del imperio.


    Los hérulos


    Dos días después, cuando Juan se presentó al trabajo en la oficina interior, Narsés lo recibió sonriente, pero tenso y con los ojos inusualmente brillantes.

    —Tenemos que hablar —le anunció y lo llamó hacia la antesala privada de la parte de la oficina que daba a la corte. Juan reunió apresuradamente las tablillas y lo siguió.

    El salón privado estaba oscuro: llovía copiosamente y las lámparas estaban apagadas. Narsés estaba de pie en el centro y, sonriente, miró hacia la ventana semioculta. No bien hubo cerrado Juan la puerta, le sonrió.

    —¿Qué sabes acerca de los hérulos? —le preguntó.

    De todas las tribus bárbaras cuyas cartas y representantes navegaban por las oficinas, los hérulos cubrían el mayor espacio en los archivos. Juan titubeó un instante, intentando ordenar el material acumulado en su mente; luego dijo con cautela:

    —Son una tribu de bárbaros, emparentados con los godos, que habitan en la Alta Mesia cerca de la ciudad de Singidunum. Nos suministran grandes cantidades de mercenarios, bajo la dirección de Faras en África, bajo Filemut en el este.
    —Sí, sí, sí —dijo Narsés con impaciencia—. ¿Qué más?

    Juan titubeó nuevamente, desorientado por la atmósfera de entusiasmo contenido. «Narsés sabe sobre los hérulos más que nadie en Constantinopla. Se encarga de todas las delegaciones y es amigo de la mayoría de sus líderes. ¿Por qué estará interesado en saber lo que sé yo? ¿Habrá una crisis? ¿Alguien ha dejado escapar información importante?», pensó.

    —Hace dos años los hérulos mataron a su rey en Mesia —dijo lentamente, tanteando el terreno—. Se llamaba Ocos. Había intentado fortalecer su poder a expensas de los nobles, por eso no lo querían. El año pasado los nobles decidieron que, después de todo, ambicionaban tener un rey y nos pidieron que les enviáramos uno.
    —No exactamente —dijo Narsés, volviendo a sonreír—. Primero enviaron una embajada a Tule. Querían un rey de sangre real y creían que aún existían miembros de la familia entre los hérulos del extremo norte. Luego, bajo presión de Constantinopla, aceptaron como rey a uno de nuestros comandantes aliados, Souartouas. La embajada de Tule no ha regresado aún. Podría haber problemas si vuelve con éxito. Pero por el momento los hérulos son cordiales con nosotros. —El chambelán hizo una pausa, sonriendo a Juan con una mirada radiante pero reservada—. Y nosotros les vamos a hacer una visita.

    Juan se le quedó mirando, sin expresar su sorpresa.

    —¿A quiénes te refieres al decir nosotros? —preguntó.

    Narsés sonrió.

    —Tú, yo, mis servidores, doscientos guardias escogidos y, si la guerra persa ya se ha terminado, Filemut y quinientos caballeros aliados. Hemos de reclutar tropas, bien porque las necesitemos en el este o para facilitárselas a Belisario para su campaña italiana: tantos hombres como sea posible, diez mil al menos. Partimos este verano, las reclutamos en el otoño y pasamos el invierno en la región. Si realmente vamos a Italia, tendremos que llevar las tropas a Dyrrachium y embarcarlas allí la próxima primavera. Si no, regresaremos por Constantinopla. Yo tendré el mando provisional y autoridad para recaudar fondos, gastarlos y requisar vituallas según mi criterio. Tú tendrás un cargo en la guardia imperial (tanto en la guardia personal como en la de palacio) y posiblemente el rango de comandante después.
    —¡Oh! —exclamó Juan, todavía mirándolo inexpresivo.

    «Partimos este verano —se repetía en silencio—. Reuniremos tropas... Dios Todopoderoso, ¡vamos a la guerra! Lejos de esta ciudad tramposa y de los espías y del frío y de las preguntas, lejos para defender el imperio»

    —¡Oh! —dijo nuevamente y su callada incredulidad comenzó a caer como la piel de una víbora—. ¿Es verdad? —preguntó, temiendo que resultara ser un rumor.

    Narsés asintió alegremente, aún desplegando una amplia sonrisa.

    —Su Sacra Majestad me lo dijo esta mañana. Yo sabía que había estado considerando un movimiento así, pero pensé que se decidiría por enviar a otro. Tampoco me esperaba el rango militar. Pero aún no se lo digas a nadie. Tendremos que reorganizar la oficina antes de partir; quiero reducir las recomendaciones y los sobornos a un mínimo.
    —No, no... —Juan no sabía qué decir, se detuvo. Se encontró con los ojos de Narsés. Los dos se miraron fijamente un instante. «Está tan entusiasmado como yo», pensó Juan.
    —Por supuesto —apuntó Narsés—, será un trabajo terriblemente duro. Movilizar diez mil hombres de un lado a otro es difícil en cualquier momento, y mucho peor cuando se trata de bárbaros de una tribu particularmente salvaje. Además existe el peligro real de que la embajada a Tule se presente con un rey rival de los hérulos y nuestras tropas se amotinen. Y Tracia y Mesia son regiones muy pobres, salvajes e inhóspitas, donde la dureza es condición de vida.

    Juan hizo un gesto con la cabeza.

    —Es de una belleza maravillosa, indescriptible.

    Narsés se echó a reír.

    —Sí, ¿verdad? ¡Adiós, Constantinopla! Pero recuerda, aún no debes decírselo a nadie.


    La prohibición de contarlo duró un mes y sólo fue levantada cuando hubo finalizado la reordenación de la oficina entre Narsés y sus escribientes en la corte imperial. Las tareas del chambelán serían divididas entre otros dos funcionarios: uno de los eunucos de palacio se encargaría de las audiencias y de atender al emperador y un agente del jefe de las oficinas se ocuparía de los asuntos financieros, legales y diplomáticos. Los tres escribas permanecerían en la oficina y se nombró a Sergio para que actuara como secretario ocupando el lugar de Juan.

    —¿Sergio? —preguntó Juan sorprendido cuando Narsés le puso al corriente.
    —Es inteligente y competente —respondió Narsés con frialdad—. Estoy seguro de que se las arreglará muy bien.
    —Sí, pero Anastasio es honrado.

    Narsés suspiró y dirigió a Juan una mirada de afectuosa ironía.

    —La responsabilidad podría matar a Anastasio. Nunca le ha gustado ejercer la autoridad y se preocuparía demasiado por lo que hiciera, hasta enfermar de nuevo. Tiene que ser Sergio, que se mantendrá dentro de los límites sabiendo que volveré.
    —Muy bien —dijo lentamente Juan. La necesidad de asegurar una transferencia de poder ordenada significaba que tendría que pasar las próximas semanas trabajando muy cerca de Sergio. «Exactamente la oportunidad que busca Sergio para meter las narices en mis asuntos —pensó Juan preocupado—. Ojalá supiera si lo hace por su cuenta o si alguien le paga.»

    Para cuando se divulgaron las noticias, Anastasio ya se había recuperado, pero no dijo nada cuando Narsés hizo su discurso en la oficina bosquejando la reorganización llevada a cabo. Estuvo con el ceño fruncido durante el resto del día, pero a la mañana siguiente se levantó bruscamente mientras preparaba un archivo.

    —Necesito hablar con el ilustrísimo Narsés —le dijo a Juan y salió dando una patada a la puerta en dirección a la oficina interior. Juan oyó que levantaba la voz pidiendo hablar con Narsés en privado, pero no oyó nada durante media hora. Un obispo y un senador quedaron esperando hasta que el viejo escriba salió dando otro portazo y se hundió nuevamente en su asiento. El chambelán del emperador se acercó a la puerta de la oficina y se quedó allí un momento, mirando a Anastasio, que le daba la espalda, con una mezcla de ira y remordimiento; se encogió de hombros e hizo a Juan un gesto para que hiciera pasar al siguiente—. ¡Maldito sea! —maldijo Anastasio en voz baja, arrastrando su archivo todavía sin terminar. Miró a Juan con odio—. Y maldito seas tú también. Bonita jugada me hacéis, dejándome a las órdenes de ese rastrero de Sergio. ¡Qué encanto volver a trabajar así!
    —Lo siento —dijo Juan con pesar.

    Anastasio dio un bufido.

    —A ti te puedo entender. Eres joven y cualquiera de tu edad con un mínimo de ambición preferiría estar en el campo de batalla que esgrimir plumas en una oficina. Pero un hombre del rango del ilustrísimo Narsés... ¡y a su edad, también!... debería saberlo.
    —¿Qué quieres decir con «a su edad»? ¿Qué edad tiene?
    —¿Cuántos años crees que tiene?
    —¿Cuarenta y cinco?
    —Yo le eché cuarenta cuando lo conocí hace veinte años. Es por lo menos tan viejo como yo. No tiene ningún sentido que intente ser general otra vez. Sobre todo después del desastre de Italia. Pero no, él tiene que probar al mundo que no le quitaron el valor al quitarle los testículos... ¡como si cualquiera con un mínimo de sentido común creyera que lo guardaba ahí! Bien, le he dicho lo que pensaba, aunque a él le da igual, ¡maldito sea! —Anastasio apretó el archivo sobre el escritorio y colocó los clasificadores—. ¡Y de ahora en adelante podéis guardar silencio al respecto!
    —Sí, Anastasio —dijo Juan sumisamente y se inclinó en silencio sobre su trabajo.

    Sergio estaba encantado, como era de esperar, con la novedad de la partida de su superior y la de su propio ascenso, de ahí que anduviera toda la semana sonriendo afectadamente.

    —Un puesto en la guardia personal es algo importante —aseguró a Juan mientras recorrían el archivo—. Debes pagar mil solidi o más si intentas comprar tu ingreso. Aun así, no te envidio el que tengas que ir a tratar con los hérulos. Son el pueblo más repugnante del mundo. Aunque supongo que para ti ese honor corresponde a los sarracenos.

    «¡Ya está otra vez a ver si saca algo! —pensó Juan fatigado—. Alguien sospecha algo, para que Sergio insista sobre Beirut y Arabia del modo en que lo hace.»

    —No sé mucho sobre los sarracenos —replicó—. Por lo general no suelen llegar hasta Beirut. Sólo les compramos los caballos.

    Sergio sonrió y fingió estudiar las notas del sistema de archivos.

    «Evasivo como siempre. Todo el dinero que he gastado siguiendo sus pasos, y no me ha llevado a ningún lado. Y ahora tendré que dejarlo hasta que vuelva de Mesia. Bien, al menos he conseguido ascender», pensó con ira.

    Fue a finales de mayo cuando Juan informó a Eufemia de que partía.

    La enorme y vacía casa de la muchacha estaba menos desnuda ahora. Algo de la fortuna restituida había ido a la casa, aunque Juan sospechaba que la mayor parte del dinero la tendría el Capadocio en Egipto. Habían terminado el intercambio de información vespertino, por lo que la hija del Capadocio estaba tranquila y contenta. Eufemia se sentó con las piernas recogidas sobre el diván, una copa con vino aguado en la mano, sonriendo ante una lista que Juan le había dado. Se le habían soltado algunos mechones, por lo general tan bien sujetos, y le caían haciendo una suave onda sobre la mejilla. «Una muchacha con granos —pensó Juan, recordando la descripción de Teodora—. Pudo haber sido cierto cuando era más joven, pero ahora no es gorda. Hasta sería hermosa si no se envolviera en esos vestidos negros y no se sujetara el cabello con sombreros y redecillas. Pero no quiere ser bonita; lo que todas las mujeres quieren, casarse y tener hijos, no parece interesarle en absoluto. Supongo, no obstante, que no se puede casar de todos modos. Nadie tomaría por esposa a la hija de un funcionario caído en desgracia y odiado por la gran mayoría. ¿Qué quiere, aparte de sacar a su padre de la cárcel? ¿Vengarse de la emperatriz? ¿Poder? ¿Es ella quien me está espiando? ¿Y por qué?»

    Eufemia levantó la vista; le sorprendió observándola y frunció el ceño.

    —¿Qué miras? —le preguntó. El tratamiento formal no había durado mucho.
    —Tengo que decirte que partiré a Mesia el mes que viene —anunció Juan sencillamente.

    Ella se quedó mirándolo boquiabierta un instante.

    —¿A Mesia? ¿Por qué?
    —El ilustrísimo Narsés ha sido elegido para reunir una fuerza de mercenarios hérulos. Yo iré con él. Estaremos un año fuera.

    Ella se puso colorada.

    —¿Un año? Pero... pero ¿qué pasará con la información que necesito? Tengo una carta de mi padre de la semana pasada; estaba satisfecho con la información, dijo que era inapreciable y que debía continuar; si te vas... —Se interrumpió y se mordió el labio, enojada consigo misma por haberse ido tanto de la lengua.
    —Probablemente puedas llegar a un acuerdo con mi sustituto temporal —dijo Juan. Intentó no dejar ver con cuánto cuidado observaba la reacción de Eufemia ante la mención de Sergio—. Estará sin duda encantado de ayudar a la prefectura pretoria.

    Eufemia no dijo nada. Bajó la mirada, con el labio aún mordido, levantó el denso volumen de las listas retributivas, aún abierto en Siria, y lo dejó sobre el regazo.

    —¿Quién te sustituye? —preguntó ásperamente, cuando el silencio se hizo molesto.
    —Un hombre llamado Sergio, el hijo de Demetriano el banquero.

    Ella suspiró.

    —He oído hablar de Demetriano Pulgar de Oro. ¿Qué tal es ese Sergio? ¿Puedo confiar en él?
    —¿Confías en mí? —preguntó Juan sarcásticamente.
    —Sí —le espetó ella, rápida y decidida—. Claro que sí. Confío en que tú no mientes ni me engañas con rumores, y confío en que sabes de qué hablas. A ti ya te conozco. A ese Sergio no. ¿Confiarías tú en él?
    —No —respondió Juan, lo bastante desconcertado como para decir la verdad—. Es codicioso y ladino; no confío nada en él. Pero él hará mi trabajo en la oficina y tendrá acceso a la misma información que yo. Supongo que puedes llegar a un acuerdo con él si quieres que sea de fiar.
    —Supongo que sí —convino ella, aún sin levantar la vista.

    Juan titubeó, con la mirada puesta en un punto por encima de la oscura cabeza.

    —También hay allí un anciano llamado Anastasio —dijo por fin—. Tú ya lo conoces, creo. No tiene el mismo grado de acceso al emperador, pero es honrado y escrupuloso. Y está profundamente contrariado ante la idea de que la prefectura se las tenga que arreglar sin sus archivos. Estará contento de atenderte si no te arreglas con Sergio.
    —Puedo arreglármelas con él —dijo, irguiéndose en su asiento y mirándolo desafiante—. Puedes traer a ese Sergio la semana que viene y llegaré a algún acuerdo con él. ¡Buenas noches!

    Juan se levantó, sintiéndose de pronto incómodo, como si hubiera perdido algo, como si hubiera dicho algo que no debiera. Y sin embargo, allí no se había dicho nada extraordinario.

    —Señora Eufemia, ¡salud! —respondió y bajó lentamente las escaleras, en busca de su caballo. «No creo que conozca a Sergio. Quizás no haya sido ella la que intentó sobornar a Jacobo. Pero si no, ¿quién ha sido entonces?», pensó.

    Suspiró y se encogió de hombros; sus pensamientos se volvieron ansiosos camino del norte.


    Juan abandonó la ciudad una cálida y ventosa mañana de principios de junio, montando tímidamente al lado de Narsés a la cabeza de más de setecientos jinetes. Se había puesto fin a la guerra persa con una tregua de cinco años, por eso los cuatrocientos caballeros hérulos marchaban por las calles de la ciudad detrás de los veinte servidores de Narsés y de un centenar de miembros de la guardia personal del emperador. Otros cien de la guardia de palacio cerraban la marcha. El emperador y la emperatriz, con otros doscientos guardias, acompañaban a las tropas hasta la Puerta Dorada. Allí la procesión se detuvo en la amplia explanada entre las dos murallas de la ciudad, primero la pareja imperial y su guardia y, después, en línea opuesta, las tropas destinadas a Mesia: setecientos hombres armados, setecientos caballos dispuestos en amplios semicírculos de luz y movimiento. Detrás de ellos, aún en la ciudad, una larga hilera de carros tirados por bestias de carga y conducidos por esclavos esperaba en la ancha calle. La gente se agolpaba contra las murallas para mirar. Juan pensó con alegría que era una imagen magnífica que valía la pena ver. La luz que brillaba en los cascos y en la armadura de los guerreros, resplandecía en las puntas de sus lanzas y en los arneses de los caballos. Los escudos esmaltados de los guardias imperiales, con el monograma de Cristo, destacaban por su color dorado. El emperador montaba un caballo castrado blanco con arnés de púrpura y oro. La emperatriz iba tranquilamente sentada en su carro púrpura. El estandarte del dragón de seda bordado en oro ondeaba al viento como si quisiera soltarse del mástil y alejarse volando hacia el norte. Detrás de ellos se elevaba la inexpugnable muralla interior de la ciudad y las torres invencibles de la puerta; antes, el camino cruzaba la triple arcada de la muralla exterior hacia el noroeste, hacia Tracia.

    Juan ajustó sobre su brazo el peso de su propio escudo esmaltado y miró a uno y otro lado con atención. La emperatriz le había aconsejado que contratara un par de servidores privados, para dar a entender que era oficial, y le había encentrado dos robustos guerreros vándalos, Hilderico y Erarico, que ahora iban en las bestias de carga a derecha e izquierda, mirando como si lo hubieran visto todo antes. Juan suspiró e intentó aparentar la misma impasibilidad. La compañía de los dos vándalos se le hacía asfixiante y su habilidad para la esgrima, deprimente. Había aprendido a montar y a tirar con arco en Bostra porque se consideraban habilidades esenciales incluso para un caballero bastardo: eran necesarias para guardar fincas y para ocupaciones tan nobles como la caza y las carreras. Pero saber blandir una espada o arrojar una lanza, ponerse y quitarse la armadura, era demasiado para él. Pensó tristemente en Jacobo, que venía como su esclavo personal; el muchacho estaba con el equipaje, e indudablemente lamentaba perderse el espectáculo.

    Narsés, que se sentía extraño en su cota de malla y casco con cresta roja, desmontó de su blanca yegua persa. Entregó el casco a uno de sus servidores, dio tres pasos hacia adelante y se inclinó graciosamente para postrarse ante el emperador; se incorporó y volvió a postrarse ante el carro dorado de la emperatriz; se levantó, dio un paso atrás y nuevamente adoró a la sagrada majestad de los soberanos. Juan ya se había dado cuenta de cuan difícil era inclinarse correctamente con la armadura puesta y se volvía a preguntar si el eunuco sería tan viejo como Anastasio le había dicho.

    El emperador inclinó la cabeza en señal de respuesta.

    —Estimadísimo y justamente valorado Narsés —dijo Justiniano, lenta y claramente para que su voz se oyera—, que la buena fortuna te acompañe.

    Narsés se irguió y puso una mano en el arzón alto de la silla de montar.

    —¡Que Dios proteja a Tu Sacra Majestad hasta nuestro regreso! —exclamó y acto seguido se montó en la yegua. Las trompetas resonaron; los guardias de la corte levantaron todos sus lanzas y gritaron y, en las murallas de la ciudad, el pueblo entonó el grito del hipódromo:
    —¡Victoria a los tres veces soberanos augustos, Justiniano y Teodora! ¡Victoria! ¡Victoria!
    —No me gusta este grito desde que se usó en la revuelta de Nika —murmuró Narsés, juntando las riendas. Hizo un gesto con la cabeza hacia la derecha y se dirigió al trote en esa dirección, por delante del emperador que observaba la escena.

    Juan miró hacia el carro dorado: Teodora estaba sentada como una estatua, con su traje púrpura y con la diadema, una mano levantada en gesto de bendición. Cuando los ojos de Juan se cruzaron con los de ella, ésta le dirigió una fugaz sonrisa y un casi imperceptible aunque inequívoco guiño. Juan ocultó su propia sonrisa inclinándose suavemente y tocándose el casco... y pasó delante de ella; la ciudad quedaba tras él. «¡Adiós, Constantinopla!», pensó y dio unas palmadas a Maleka en el cuello. La yegua estaba nerviosa e incómoda por el peso y el tintinear de la armadura y se limitó a estirar las orejas hacia atrás.

    Entre Constantinopla y Singidunum había una distancia de más de setecientos kilómetros. Durante los primeros cuatro días cabalgaron a través de las verdes y fértiles praderas de aquella provincia de Europa. Los campos, de trigales verdes, se volvían dorados con el calor del sol del verano. Los viñedos estaban cargados de pesados racimos. La ruta estaba en excelentes condiciones y nada impedía que a lo largo del camino se abastecieran en los prósperos pueblos. Era una cabalgata placentera que suponía un reposo muy necesitado después del último mes en la ciudad. El trabajo en la oficina había ahogado todos sus preparativos personales. La adquisición de armas y armadura, su presentación ante la guardia personal, el hacer el equipaje..., todo había transcurrido como en sueños. La realidad de su partida le había parecido confinada a órdenes de requisamiento y a innumerables diplomas y cartas. Ahora podía recuperar el aliento y mirar a las tropas.

    Los servidores de Narsés, en su mayoría armenios, eran, junto con los vándalos de Juan, los soldados más profesionales de la compañía, entrenados, experimentados y perfectamente disciplinados. Estaban bien equipados como caballería pesada y la mayoría de ellos eran también arqueros competentes. Los hérulos también eran todos veteranos, pero por lo demás eran muy diferentes de los armenios. Eran hombres altos y apuestos, que montaban en caballos de raza tracia o persa; llevaban armas y armaduras extrañas y eran feroces en el combate, pero rudos, desordenados, bebedores y pendencieros. Estaban comandados por Filemut, un hombre valiente que se vanagloriaba de sus victorias y que, por suerte, admiraba mucho a Narsés e intentaba mantener algo de disciplina en nombre de su comandante.

    Los guardias imperiales (la personal, conocidos como los protectores, y la de palacio, a cuyos miembros se les llamaba escolarios) contrastaban a ojos vistas con ellos. Eran en su mayoría hombres jóvenes de ricas familias de Asia, ávidos de destacarse en la guerra. Estaban hermosamente equipados con armas con estandartes y armadura (cota de malla, peto, escudo ovalado, casco redondo, espada larga de caballería y lanza) y usaban uniformes de colores llamativos: verde y rojo los escolarios, escarlata y morado para los protectores. No esperaban estropear equipo tan vistoso; todos habían traído por lo menos un esclavo que se ocuparía del trabajo sucio del soldado. Se veían espléndidos cabalgando a campo traviesa, pero la mayoría no estaban mejor entrenados que el mismo Juan. Los protectores en particular eran todos oficiales: en teoría, podían servir en la tropa de cualquier comandante del imperio, aunque en la práctica la mayoría de ellos sólo habían servido en la capital unos pocos años para ver cómo era la cosa. Los escolarios, la guardia de palacio, que conformaban el grueso de la guardia imperial, eran un poco menos exaltados y apenas mejor entrenados, pero ninguno de ellos había visto una batalla de cerca. Los escolarios tenían su propio comandante, un hombre hosco llamado Flavio Artemidoro, que no deseaba abandonar sus cómodos cuarteles para ir a reclutar bárbaros en las tierras salvajes de Mesia, pero que tampoco podía gastar en un soborno el dinero con que quedarse.

    El propio Juan estaba al frente de los protectores. Se lo había temido, pero en realidad era un cargo que requería muy poca atención. La disciplina siempre había sido bastante laxa para las tropas de palacio, pero de todos modos miraban con respeto a un funcionario imperial y obedecían con gusto, aunque Juan sabía que lo consideraban como un empleado protegido. La verdadera tarea de conseguirles las vituallas necesarias y distribuir las obligaciones (o, con mayor frecuencia, las de sus esclavos) era ya parte de su trabajo como secretario. La única orden inusual que dio a lo largo de la jornada fue iniciar unos ejercicios de instrucción por las tardes, iniciativa muy bien acogida por los protectores, ya que la mayoría se sentían tan poco preparados como Juan. Los hérulos observaban a los jóvenes caballeros galopando desmañados por los improvisados campos de instrucción, entre quejidos y sudores, mientras erraban los tiros de lanza. De vez en cuando, algún bárbaro saltaba a su propio caballo y hacía un despliegue de su sorprendente habilidad mientras los otros lo aclamaban al tiempo que insultaban a la guardia personal.

    En la mañana del quinto día llegaron a Adrianópolis. Era una ciudad horrible, varias veces fortificada, con murallas, fosos y puertas de hierro. Narsés dio la orden de pernoctar allí, aunque sólo habían hecho nueve kilómetros ese día.

    —Dejaremos que descansen los caballos —dijo a Juan—. A partir de ahora serán más duras las jornadas y después de Filipópolis, será peor.

    Al día siguiente continuaron. El terreno era más abrupto y los campos más pobres; poca gente trabajaba en ellos. Los aldeanos desaparecían al ver a los soldados, lo que dificultaba el aprovisionamiento de vituallas. En parte para practicar, Juan sacó su nuevo arco y disparó a los faisanes y conejos que la vanguardia había levantado a su paso. Aunque nunca excepcional, siempre había sido un buen arquero, y cobró las suficientes piezas para convidar a los oficiales de su rango a cenar. Para su sorpresa, tanto los guardias como los hérulos estaban impresionados por su habilidad.

    —¿Cuándo aprendiste a tirar con arco? —le preguntaban los protectores, por lo que Juan dedujo que el arco no era considerado esencial para los caballeros al norte de los montes Tauros. Filemut quiso ver el arco. Era un arma cara, compuesta de capas de cuerno y de madera. Pequeña, ligera y muy sólida.
    —¿Es persa? —preguntó en su griego mal pronunciado.
    —La compré en Constantinopla, en el barrio de Constantiniana, muy cerca de la iglesia de los Apóstoles —respondió Juan—. Supongo que fue hecha en la ciudad.

    Filemut suspiró y llamó a uno de sus hérulos, a quien Juan había visto cazar también con arco, y le dio una orden. El hombre sonrió, se inclinó y entregó su arma a Juan. Era más larga que la de Juan, pero enteramente de madera y mucho menos rígida.

    —Éste es el tipo de arco que usamos —dijo Filemut—. Es bueno para la caza menor, pero para nada más. Somos hombres valientes, guerreros. Nos gustan las armas fuertes que maten hombres, por eso nunca hemos practicado mucho con el arco. Pero los persas... ¡Madre de Dios, cómo tiran! Y también los sarracenos. En el este, vimos muchos sarracenos; algunos de ellos tenían arcos como el tuyo. Tu caballo también es sarraceno, ¿verdad? En el este, la mayoría de las tropas sirias y árabes copiaron las tácticas de los persas y los sarracenos; veo que lo mismo ocurrió en Beirut.

    Narsés desplegó una de sus enigmáticas sonrisas.

    —Respecto a eso, nosotros lo hemos copiado todo de los persas. Antiguamente, la fuerza del estado romano residía en sus legiones de infantería; los comandantes de hoy día consideran a la infantería como algo casi inservible. Los dejans persas fueron los primeros en utilizar la caballería con armadura pesada, imitados después por los romanos. Ahora todos intentan tener el caballo lo más grande y lo más pesado posible y amontonar todo el armamento que puedan reunir. Me pregunto si no se estará subestimando a la infantería. Si tuviéramos algunos buenos piqueros y algunos arqueros...

    Filemut resopló.

    —La caballería pesada puede aplastar todo lo que se le ponga por delante.

    Narsés volvió a sonreír y no dijo nada.

    Desde Filipópolis, adonde llegaron once días después de abandonar Constantinopla, la carretera empezó a subir por los montes Ródopes y, como Narsés había advertido, la marcha se hizo más dura. Algunas partes de la carretera estaban inundadas por el río Hebro y otras se desprendían por los precipicios, lo que obligaba a las tropas a detenerse para apuntalarla antes de que pasaran hombres y pertrechos. Las aldeas eran amontonamientos ralos de chozas, fortificadas y encaramadas en cumbres inaccesibles. Las ciudades estaban amuralladas y protegidas, agarrándose desesperadamente a la miserable pobreza, que era todo lo que tenían. Las ciudades más grandes estaban fortificadas con doble muralla y se negaban a abrir las puertas a hombres armados, aunque fueran del emperador. Eran muchos los campos que se veían devastados y desolados.

    —Esta región lleva ciento cuarenta años sufriendo invasiones casi continuas — comentó Narsés una noche que no pudieron hallar hospedaje—. Los godos, los alanos y los hunos, los vándalos y los longobardos, los gépidos, los búlgaros y los eslovenos, todos han pasado por aquí. Y los hérulos, por supuesto. Y nosotros, para los campesinos, somos todavía tan malos como los demás. Es increíble que quede algo. Toma nota de que debo hablar a los hombres mañana y recordarles que estamos pasando por tierras romanas y que no deben saquear.

    Era necesario recordarlo. La caballería de los hérulos tenía tendencia a recorrer los campos cercanos al camino en busca de botín y no eran de fiar en misiones de reconocimiento. Hasta los guardias imperiales estaban ansiosos por «sacudir a uno de aquellos campesinos acaparadores para ver qué pasaba», según lo planteó uno de los protectores.

    —Inténtalo y te sacudirán a ti también —replicó Juan secamente—. Son campesinos romanos; queremos estar en paz con ellos. Tenemos muchas vituallas y podemos conseguir más en Sérdica. Pero si pasa esto con setecientos hombres, no sé qué pasará con diez mil —musitó.

    Narsés ya estaba disponiéndolo todo para los diez mil. Al llegar a Sérdica cayó sobre el gobernador como un rayo de luz, dispuso una oficina separada para manejar las vituallas, la proveyó de órdenes de requisamiento, la aseguró con codicilos y reorganizó el sistema de retribuciones para toda la provincia de Dacia en el mismo acuerdo. Se almacenarían víveres, se recaudarían impuestos; con uno se compraría ropa de recambio y con otro, caballos. Las tropas permanecieron cuatro días en la ciudad; durante los cuales Juan escribió cartas y tomó notas hasta que le dolieron las manos. Se puso contento cuando reanudaron la marcha.

    De Sérdica a Remesiana, de Remesiana a Naissus, lejos de las montañas y hasta las planicies de Mesia. La tierra aquí era más fértil, aunque poco más poblada. Los campesinos eran igualmente desconfiados pero considerablemente más prósperos. La región había sido protegida en parte de las invasiones por el asentamiento de los hérulos en el límite norte.

    —El emperador proviene de aquel poblado —indicó Narsés una mañana cuando estaban a unos tres kilómetros de Naissus. Juan miró hacia la aldea con sorpresa: era un lugar pequeño y sucio. En los campos verdes había una vieja campesina que trabajaba con una azada en un campo sembrado de cebollas. Les daba la espalda, gris y encorvada, y su azada brillaba a cada movimiento bajo el sol cálido y pesado.
    —¿Quieres decir que su familia era dueña de esa aldea? —preguntó.

    Narsés sonrió.

    —No. Su familia vivía allí. Su madre probablemente también trabajara con la azada en un campo de cebollas como ésa. —Le dirigió a Juan una mirada irónica—. ¿Acaso no lo sabías?
    —No. Suponía simplemente que..., es decir, su tío fue emperador; suponía que toda la familia era poderosa.
    —Justino Augusto comenzó como soldado raso, fue ascendiendo en el ejército, hasta llegar a capitán de la guardia de palacio, conde de los vigías, no de los protectores, me temo. Cuando fue conde, hizo traer a sus sobrinos a Constantinopla y les dio educación. Él mismo era casi analfabeto: no tenía hijos y sentía la necesidad de que algún miembro de su familia fuera una persona instruida. Uno de los sobrinos era un general capaz y popular entre sus hombres, y el otro era un administrador excepcionalmente brillante, un organizador inteligente y original, que logró que su tío fuera aclamado como Augusto a la muerte del emperador Anastasio. Justino lo adoptó en señal de agradecimiento.
    —Germano y Justiniano. ¡Dios mío! —exclamó Juan.

    Narsés volvió a sonreír.

    —No es una corte muy noble, ¿verdad? El senado la odia. Bueno, tampoco nosotros somos muy distinguidos. Filemut es un capitán de los hérulos y de buena familia, pero tú y yo... un antiguo empleado de oficina y un antiguo esclavo y campesino transformado en eunuco de palacio. Con todo, nuestro ejército no es mucho más tampoco.
    —¡Tú no eras campesino! —exclamó Juan, desplegando una amplia sonrisa y aprovechando la confesión del chambelán.
    —Ah, sí que lo era. Tercer hijo de un pobre campesino de Armenia, justo en el límite con Teodosiópolis. Nuestro buey para el arado murió un invierno, por lo que mi padre se enfrentó a la posibilidad de ver morir de hambre a toda su familia o vender a uno de sus hijos. Me eligió a mí porque era el menor y el menos útil para trabajar la tierra. El traficante de esclavos me hizo castrar por la misma razón. Yo era aún muy pequeño en esa época y no valía mucho. No creo que el traficante le diera a mi padre ni siquiera el dinero necesario para comprarse otro buey. —Narsés siguió cabalgando y guardó silencio por un instante. Ya no sonreía—. Aún tengo conocidos allí —añadió tras una breve pausa—. Cuando me manumitieron y vi que era rico, les envié algo de dinero. Sesenta y nueve sueldos. Pensé que debía darles al menos lo que el emperador pagó por mí.
    —¿Alguna vez quisiste volver? —preguntó Juan.

    Narsés movió la cabeza.

    —No hay nada por lo cual volver y nada que decir si volviera. Juan se miró las manos, asiendo el cuero ennegrecido de las riendas de Maleka.
    —No —dijo—. Nunca se puede volver atrás, ¿verdad?


    Tras dos días de cabalgada hacia el norte desde Naissus y casi un mes después de haber dejado Constantinopla, llegaron al territorio de los hérulos.

    Los hérulos eran oficialmente los huéspedes de la población nativa romana, pero en la práctica esta población estaba dispersa y establecida en Singidunum y en una o dos ciudades más de la región. Todas las aldeas de campesinos eran de los hérulos, quienes no se escondían al ver a los soldados, como hacían los campesinos romanos, sino que, por el contrario, antes de que las tropas alcanzaran la primera aldea les salieron al encuentro amontonándose en la carretera, hoscos y desconfiados al ver a los guardias con el estandarte del dragón, pero estallando en gritos de júbilo cuando notaron que el grueso del ejército estaba compuesto de sus propios compatriotas. La caballería formada por hérulos gritaba, golpeaba las espadas contra los escudos, las blandía en el aire y hacía galopar a sus caballos de un lado a otro. Narsés dio la señal de alto y Filemut tuvo una larga conversación con los ancianos de la aldea en su propia lengua. Narsés permanecía sentado en su yegua blanca, con expresión impasible, atento. Juan sabía que el eunuco comprendía el idioma, aunque prefería no hablarlo. Finalmente uno de los hombres de Filemut salió al galope a hablar con algún noble del lugar para anunciarle la llegada del ejército.

    —Ahora comienza la parte tediosa —dijo Narsés a Juan en persa, para no ofender a los hérulos—. Pasaremos los próximos tres o cuatro meses bebiendo, escuchando discursos y dirimiendo conflictos de los hérulos y, con suerte, podremos bañarnos una vez en todo ese tiempo.
    —¿Tres o cuatro meses? ¿Tanto tiempo nos llevará? —preguntó Juan.
    —¡Ya lo creo! —dijo Narsés con una sonrisa.

    Los hérulos, según notó Juan, daban mucha importancia a la hospitalidad y muy poca a la autoridad imperial. Era imposible dirigirse directamente a su rey en Singidunum y solicitar el reclutamiento para el emperador. Era una lástima, pensaba Juan, puesto que Singidunum era el único lugar de la región donde se podía hallar algún tipo de vida civilizada. El rey, Souartouas, había dirigido tropas para Justiniano y quiso recrear en la capital fronteriza un pálido reflejo de Constantinopla. Tenía la corte en el viejo palacio de la prefectura y cuando llegó el ejército, les dio la bienvenida a todos e invitó a los oficiales a una elegante cena, donde sirvió vino traído de lejos; también ofreció a sus huéspedes romanos el uso de los baños del palacio (pues los baños públicos estaban abandonados desde hacía treinta años). El rey anhelaba ayudar en los preparativos para las vituallas y el viaje, y sus secretarios escribieron cartas a los jefes nobles explicando por qué venía Narsés e instándolos a cooperar, pero tales cartas no significaban nada para los nobles que pretendían ser visitados uno a uno. Narsés era muy conocido entre ellos: había tratado con sus delegaciones y había decidido puestos para sus jefes mercenarios, por lo cual lo respetaban. Querían el honor de agasajar ellos mismos a un ministro imperial, pues delegar eso en su rey era impensable. Entonces, mientras la mayoría de los guardias permanecían en Singidunum (trabajando, según la orden de Narsés, en la reparación del acueducto y los baños públicos), Narsés y Juan junto con una tropa selecta recorrieron el campo, asistiendo a banquetes.

    Los nobles hérulos tenían la costumbre de construir salones para los banquetes. Éstos eran por lo general grandes establos de paja, a veces con suelo de madera en un extremo, con un agujero para el fuego en el medio y bancos donde los compañeros del jefe, o los guerreros, dormían y comían. Constituían un gran avance con respecto a la típica casa de los hérulos, que consistía en una choza de carrizos y barro de una sola pieza con el suelo de tierra y una pocilga fuera. Nadie sabía lo que era bañarse y el lavado de ropas era poco frecuente; las letrinas se cavaban sin drenaje en medio del pueblo, los niños y los animales defecaban en las calles y el hedor era espantoso.

    Los banquetes de los hérulos solían empezar una hora antes de la puesta del sol y acababan cuando los hombres, borrachos, iban vomitando y cayéndose. No se permitía a las mujeres asistir a los banquetes. Los hombres bebían una cerveza amarga e insípida y un hidromiel amarillo muy fuerte, comían grandes trozos de carne hervida o asada en espetones, con tortas de pan ácimo hecho con harina de cebada y mijo, de acompañamiento; el vino era casi tan desconocido como la moderación. Para un romano, acostumbrado a platos con muchas especias, poca carne y buen pan de trigo, aquella comida era casi incomible. Como diversión los hérulos tenían bardos que cantaban las proezas de los héroes patrios con voz aguda y con el monótono acompañamiento de un arpa de tres cuerdas.

    —Algunos de sus poemas son realmente estupendos —decía Narsés—, aunque muy sanguinarios, me temo. —Para Juan eran simplemente un quejido incomprensible.

    Al llegar a la aldea de un jefe, Narsés asistía al banquete de bienvenida, sonreía amablemente, se sentaba con expresión imperturbable y rehusaba con mucha habilidad que le volvieran a servir hidromiel. Al día siguiente comenzaba el trabajo. A cada jefe local tenía que explicarle individualmente la razón del reclutamiento; cada jefe tenía que jactarse de sus hazañas militares y del coraje de sus seguidores; había que explicar entonces los términos de un contrato mercenario a estos mismos soldados, algunos de los cuales siempre estaban de acuerdo con incorporarse al ejército. Juan redactaba los documentos y tomaba nota taquigráfica de las conversaciones. Luego el capitán y sus compañeros invitarían a Narsés a cazar con ellos (ya que la caza era otra de sus diversiones). En la primera cacería Juan hirió a la presa, un lobo, con una flecha, cuando descubrió que los hérulos lo miraban como sorprendidos por considerar el arma cobarde y poco deportiva. En salidas posteriores llevó una lanza y cabalgó lo más lejos posible de la presa.

    A la noche siguiente de tan divertido entretenimiento siempre había otro banquete para honrar a los guerreros que habían decidido incorporarse al ejército. Pero al día siguiente había que repetir todo el proceso, porque la mayoría de los camaradas que habían decidido ir habían cambiado de idea y algunos de los que no se habían alistado, ahora sí querían, por lo que el jefe exigía cambiar los términos del acuerdo y hacía caso omiso del documento escrito al no poder leerlo. El mejor reclamo era siempre que un ejército en Italia sería comandado por Belisario. Todos los hérulos detestaban al gran general, por eso contaban una y otra vez las ofensas que les había hecho: azotar a algunos por beber; no respetar sus costumbres, particularmente en lo tocante a los castigos; una vez había mandado empalar a dos jóvenes guerreros por asesinato, después de que mataran a dos camaradas en una pelea de borrachos, aun cuando las familias de las víctimas estaban conformes en olvidar el incidente mediante el pago compensatorio. Narsés tenía una paciencia infinita. Les decía que los hérulos tenían su propio comandante en Italia y que no estarían directamente bajo las órdenes de Belisario.

    —¿Quién será el comandante? —preguntaba el jefe hérulo—. Nos gustaría obedecer al ilustrísimo Narsés, pero él no va.
    —El sagrado Augusto os proporcionará un comandante en el que podréis confiar — insistía Narsés—. Eso se decidirá antes de partir para Italia, os lo prometo. —Y señalaba a Juan para que releyera las notas de las conversaciones del día anterior, ante lo cual el jefe se quedaba perplejo y miraba con desconfianza, pensando que se trataba de una prodigiosa memoria por parte de Juan o alguna clase de magia maligna. El acuerdo se volvía a revisar, con lo que más guerreros cambiaban de opinión sobre él y finalmente había juramentos y otro largo banquete. Cuando no asistían a banquetes, ni cazaban ni negociaban, los guardias se veían rodeados por una muchedumbre de hombres, mujeres y niños que no habían visto nunca romanos y querían ver si eran humanos. Todos los hérulos (y, como no tardó Juan en advertir, todos los que sufrían su hospitalidad también) tenían pulgas, piojos y ladillas. «Aburrido» era un modo sumamente suave de describirlo.

    Después de casi tres semanas de reclutamiento, Juan se las arregló para excusarse de ir de cacerías, pretextando que Maleka tenía una pata lastimada. Dejó plantados a todos los que querían ir de excursión y encontró un poco de tranquilidad en el establo; estaba mucho más limpio que la casa que se le había asignado a él y no olía tan mal. Había prometido escribir una carta a la emperatriz, y para eso llevaba el plumero, pero se pasó un buen rato en silencio, contemplando el pergamino. Constantinopla parecía un mundo tan remoto que era difícil encontrar palabras, sobre todo si la carta iba dirigida a Teodora. Se la imaginó desperezándose sobre el triclinio durante el desayuno, recién bañada, vestida en seda púrpura, comiendo... ya serían manzanas para esta época, y escuchando a Eusebio que le leía las cartas del día. Casi podía ver el brillo divertido en sus ojos de párpados caídos. Debía escribirle una carta que la halagara y la divirtiera. Una carta que ella aprobara. «¿Pero qué es lo que ella quiere de mí?», se preguntó en silencio y el placer del recuerdo se mezcló súbitamente con un terror intenso aunque difuso. Era el miedo de ser descubierto, una especie de vergüenza ante su supuesta importancia y sobre todo el miedo de ser arrastrado locamente y sin control hacia algún destino desconocido. «Por eso quería irme de Constantinopla —reconoció—. Y aun así añoro la ciudad.»

    Esta verdad le sorprendió, lo que le hizo recapacitar. «Supongo que lo que más añoro son las comodidades de la civilización. Pero es cierto que añoro la oficina y a Teodora; e incluso a Eufemia. Me pregunto cómo le irá con Sergio...»

    Súbitamente se oyó un ruido de pasos que entraban en los establos y luego una cara asomó por la puerta de la cuadra. Era el rostro de una muchacha, de ojos azules, bonita, que se mostraba curiosa y decidida.

    —¡Oh, estás aquí, muy noble señor! —dijo en un griego hermosamente entrecortado—. ¿Puedo hablar contigo?

    Juan permaneció callado un momento, preguntándose cómo decirle que se fuera. Pero el solo hecho de que hablara griego indicaba que era la esposa o la hija de algún personaje, y el éxito de su misión dependía de no ofender a nadie importante.

    —Por supuesto —dijo incorporándose.

    La muchacha abrió la puerta de la cuadra y entró con una sonrisa. Era más o menos de su misma edad, y también de su misma estatura; claro que los hérulos eran altos. Llevaba una túnica de lino azul y un manto rojo sobre los hombros y lucía un collar de oro y aros romanos importados: evidentemente, era una mujer de rango.

    —Soy Dacia, la hija de Rodulfo —dijo tímidamente—. Tenía muchas ganas de hablar contigo.

    Rodulfo era el jefe local. Juan contuvo un suspiro y se inclinó levemente.

    —Me honras con tu presencia, señora Dacia.
    —Por favor, ¿podemos sentarnos? —dijo la muchacha, señalando el fardo de paja donde Juan se había sentado antes.

    Ella levantó las tablillas y la hoja de pergamino y las sostuvo mientras Juan se sentaba; después se sentó a su lado. Contempló atentamente el plumero de Juan, que era de bronce con incrustaciones de plata.

    —¿Siempre llevas esto? —preguntó, tocando el estuche—. ¡Qué cosa tan ingeniosa, escribir! Los hombres dicen que escribes tan de prisa como ellos hablan.
    —Soy el secretario de Narsés, señora. —Juan tomó el estuche y las tablillas—. Los secretarios deben ser capaces de tomar notas.
    —Es muy ingenioso —dijo Dacia, doblando compungida las manos vacías sobre el regazo—. Ojalá yo supiera escribir.
    —¿No hay nadie aquí que te pueda enseñar?

    Se encogió de hombros.

    —Mi padre conoce a un hombre, un sacerdote, que sabe escribir. Pero no quiere que yo aprenda... Estoy diciendo cosas tristes y... quería preguntarte sobre la gran ciudad, Constantinopla. Nunca he hablado con nadie que haya estado allí. ¿Es más grande que Singidunum?

    Juan no pudo reprimir una sonrisa.

    —Podrías poner varias Singidunum dentro de Constantinopla y aún te sobraría espacio.
    —¡Oh, estás bromeando!
    —No.
    —¡Qué hermosa debe de ser! ¿Y tú eres de allí? ¿Tu familia es de allí?
    —No, yo soy de Bostra, en Arabia. —Las palabras se le escaparon sin pensar, y se mordió la lengua. No había nadie más que pudiera oír y esta mujer bárbara probablemente no sabría distinguir la diferencia entre Bostra y Beirut, pero se maldijo por haber olvidado la mentira.
    —Bos-tra. ¿Es una gran ciudad, como Constantinopla?
    —No tan grande como Constantinopla —dijo, resignado—. Pero también es una hermosa ciudad. —Y de repente la vio en su imaginación, como la había visto tantas veces al volver de un viaje de negocios con su padre: el verde de las tierras cultivadas, que resaltaba sobre las vastedades color ocre del desierto sirio; los intrincados e ingeniosos sistemas de riego que cubrían toda la región con el preciado sonido del agua escondida; las palmeras de dátiles junto a las murallas y los acantos florecidos; las casas blanqueadas, las paredes de piedra rosada, los camellos bebiendo en la fuente del mercado. Con una súbita repugnancia por la larga mentira, agregó—: Era la capital de los nabateos, de un gran reino, antes de formar parte del imperio. Las caravanas pasaban por ella desde el noreste, desde más allá de las tierras de los persas, trayendo especias y seda fina del Oriente. —«Y yo no debería decir esto porque puede repetirlo. El nombre de una ciudad no significa nada, puedo decir fácilmente que se confundió, pero nadie puede confundir esta descripción de Bostra con Beirut», pensó, ahogando desesperadamente el elogio de Bostra que le brotaba desafiante a sus labios.

    Ella lo miraba atentamente, con los ojos como platos.

    —Sé lo que es la seda —dijo humildemente. Titubeando, ella extendió la mano hasta el manto de Juan y tocó el borde rojo y púrpura—. Esto es seda. El rey la usa en Singidunum y también algunos guerreros que han estado entre romanos, y a veces sus mujeres. —La acarició durante largo rato—. Nunca la había tocado; ¡es tan suave! ¡Cómo brilla! Y Bostra, tu ciudad, ¿queda muy lejos de Constantinopla?
    —Tan lejos como Constantinopla de Singidunum, tal vez más. Pero puedes ir por mar, así que no importa. —Se tragó las palabras para su seguridad ahora, recordando que Beirut era un puerto.
    —¡El mar! Pienso que el mar debe de ser como un enorme campo de trigo, todo lleno de agua. Pero vives en Constantinopla, ¿no? ¿Tu familia está allí?

    Juan hizo un gesto negativo con la cabeza.

    —Toda mi familia ha muerto. Pero soy primo lejano de la Serenísima Augusta, Teodora; ella fue quien me dio un puesto con el ilustrísimo Narsés.

    Le dirigió una sonrisa radiante.

    —¿Eres primo de la emperatriz? ¡Oh, yo sabía que eras noble! Las otras mujeres dicen que eres un pobre hombre, aunque mandas soldados, porque sigues al ilustrísimo Narsés y tomas notas y usas arco en lugar de lanza. Cuando les diga: «Es primo de la gran reina», se avergonzarán. Entonces, has conocido a la emperatriz Teodora, y has hablado con ella, y con el emperador, ¿verdad? ¿Cómo son? —La muchacha aún sostenía el borde sedoso del manto y sus dedos se crispaban de entusiasmo tocando la seda.

    Juan se encontró sonriéndole y describiendo el trono de Salomón en el palacio Magnaura, con sus lámparas doradas; describió cómo el emperador y la emperatriz se elevaban juntos en el diván, vestidos de seda púrpura, coronados con diademas, y cómo sus sirvientes se postraban ante la sagrada majestad del poder imperial.

    Dacia escuchaba boquiabierta y los ojos le brillaban de placer.

    —¡Oh, es maravilloso! ¡Maravilloso! —exclamó—. ¡Ojalá pudiera verlo! — Avergonzada, bajó la mirada y notó que le había arrugado el manto. Rápidamente empezó a alisar la seda con las manos—. Los romanos no son como los hérulos —dijo seriamente, mientras sus manos delicadas acariciaban la seda—. Saben muchas más cosas, saben escribir y hacer cosas hermosas. Tan bonitas, tan... —Volvió a levantar la mirada. Sus ojos eran de un azul pálido, enmarcados por pestañas de un dorado oscuro. Juan sintió que le faltaba el aire y se quedó sentado sin moverse. La mano de Dacia dejó la seda y le acarició el rostro—. ¡Sois tan diferentes de nosotros! —dijo con pesar—. Vosotros llegasteis a mi aldea ayer y mañana os iréis de nuevo. Pronto volverás a Constantinopla. ¿Tienes esposa allí?
    —No. —Juan tomó la mano y la apartó nerviosamente de su cara. Su corazón le martilleaba en el pecho. «No estoy casado, pero ella debe de estarlo —se recordó a sí mismo—. Hermosa, más de veinte años e hija de un jefe: debe de tener un marido noble que ha salido de cacería. Y no sería mucho mejor que fuera virgen: eso ofendería a su padre en vez de a su marido. De todos modos, sólo siente curiosidad.»

    Sujetó la mano que había cogido la suya y la examinó.

    —Esa marca es de la pluma, ¿verdad? —dijo ella, señalando el brillante trozo de piel muerta del dedo medio de la mano derecha—. Enséñame a escribir, por favor.

    Juan se relamió los labios, cogió el plumero y el pergamino y escribió el alfabeto. Mientras tanto, ella observaba con la cabeza inclinada sobre él. Juan era dolorosamente consciente de la proximidad del cuerpo de ella, de su piel blanca, de los senos redondos que se oprimían contra la túnica cuando se inclinaba sobre él, del calor de su respiración sobre su brazo. «Soy huésped aquí —se recordó a sí mismo ya desesperado—. No debo hacer nada que los pueda ofender.»

    —¡Escribe mi nombre! —rogó ella, y él lo escribió. Ella lo contempló atentamente y señaló cada una de las letras a su vez, comparándolas con el alfabeto—. ¿Ahora escribo yo? —preguntó con impaciencia, intentando tomar la pluma.
    —Es más fácil con éstas —le dijo entregándole las tablillas de cera y un estilete. Ella las tomó con avidez y copió las letras del alfabeto, torpe y cuidadosamente, preguntando nuevamente los nombres de las letras y pronunciándolas. Cometió un error en la zeta y protestó enojada; Juan tomó el estilete y le enseñó cómo darle la vuelta y corregir el error; guió su mano sobre el resto del alfabeto. Se sorprendió de que su propia mano no temblara al final.
    —¡Qué hermoso es! —exclamó otra vez cuando terminó. Tomó el pedazo de pergamino—. ¿Me puedo quedar con esto? Estudiaré las letras.
    —Por supuesto. Las tablillas también, si quieres. Tengo más.
    —¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias! Yo... yo quería... —Se interrumpió mirándolo; su hermosa piel se oscureció y adquirió un hermoso rosa oscuro—. Yo pensaba..., es decir, si te gusto...

    «¡Si me gusta!», pensó Juan confundido.

    —¿Qué quieres decir, señora?
    —Si quieres acostarte conmigo —dijo ella, haciendo un gesto desesperado—. Si tú lo quieres, yo también.

    Juan sintió que su cara se encendía. Bajó la mirada, miró las manos de la joven asidas fuertemente y respiró hondo para recobrar la calma. Recordó cómo Teodora se había reído de él. Recordó cuando tenía diecisiete años, loco de amor, acostado en su oscura y caliente habitación de Bostra y soñando con el hermoso cabello y los ojos azules de Criseida, a quien jamás se había atrevido a tocar. Y también otras muchachas: admiradas y deseadas, a las que nunca había hablado. Nunca había soñado que algo así pudiera ocurrirle a él, y le parecía mentira.

    —Señora Dacia —le dijo, ceremonioso—, me siento profundamente honrado y te estoy muy agradecido por tu invitación, pero soy huésped de tu padre y mi comandante está aquí en misión diplomática. No me atrevo a hacer nada que pueda ofender a tu padre, o si lo tienes, a tu marido... por mucho que yo lo desee.
    —Mi marido ha muerto —dijo, y se mordió el labio—. No tengo marido. — Inmediatamente se alejó y se quedó sonrojada y avergonzada.
    —Pero... señora... Dacia —le tomó la mano, y se dio cuenta de que no tenía nada que decirle. Sintió un súbito terror. «No conozco sus costumbres. ¡Dios Todopoderoso, no conozco sus costumbres en este terreno!» Pero no podía hablar ni dejarla irse.
    —¿Quieres, pues? —preguntó ella, el rostro nuevamente iluminado.
    —¡Sí, sí, claro que sí!

    Ella sonrió, se sentó a su lado y lo besó.

    —Nos quedamos aquí —dijo—. Será más discreto que en las casas.

    Hacer el amor no fue lo que esperaba. Fue un alivio, no el éxtasis; un intenso placer, pero al mismo tiempo at