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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
    S3
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    B2
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    B4
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    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL HOBBIT (John Ronald Reul Tolkien)

    Publicado el domingo, enero 18, 2015



    Esta es una historia de hace mucho tiempo. En esa época los lenguajes eran bastante distintos de los de hoy... Las runas eran letras que en un principio se escribían mediante cortes o incisiones en madera, piedra, o metal. En los días de este relato los Enanos las utilizaban con regularidad, especialmente en registros privados o secretos. Si las runas del Mapa de Thror son comparadas con las transcripciones en letras modernas, no será difícil reconstruir el alfabeto (adaptado al inglés actual), y será posible leer el título rúnico de esta página. Desde un margen del mapa una mano apunta a la puerta secreta, y debajo está escrito:




    Las dos ultimas runas son las iniciales de Thror y Thrain. Las runas lunares leídas por Elrond eran:




    En el Mapa los puntos cardinales están señalados con runas, con el Este arriba, como es común en los mapas de enanos y han de leerse en el sentido de las manecillas de reloj: Este, Sur, Oeste, Norte.



    UNA TERTULIA INESPERADA


    En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

    Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas. Comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río.

    Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya veréis si al final ganó algo.

    La madre de nuestro hobbit particular... pero, ¿qué es un hobbit? Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente menuda de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse a una milla de distancia. Tienden a ser gruesos de vientre; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo); no usan zapatos, porque en los pies tienen suelas naturales de piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que les crece en las cabezas (que es rizado); los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros afables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de cenar, lo que hacen dos veces al día, cuando pueden). Ahora sabéis lo suficiente como para continuar el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo Bolsón — era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del Viejo Tuk, patriarca de los hobbits que vivían al otro lado de Delagua, el riachuelo que corría al pie de La Colina. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras.

    Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los Tuk no eran tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.

    Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el padre de Bilbo, le construyó el agujeró—hobbit más lujoso (en parte con el dinero de ella), que pudiera encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se quedaron hasta el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque se parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición de su padre, firme y comodón, tuviese alguna rareza de carácter del lado de los Tuk, algo que sólo esperaba una ocasión para salir a la luz. La ocasión no llegó a presentarse nunca, hasta que Bilbo Bolsón fue un adulto que rondaba los cincuenta años y vivía en el hermoso agujero-hobbit que acabo de describiros, y cuando en verdad ya parecía que se había asentado allí para siempre.

    Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del mundo, cuando había menos ruido y más verdor, y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, y Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero, después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados), Gandalf apareció de pronto. ¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para cualquier especie de cuento notable— Cuentos y aventuras brotaban por donde quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. No había bajado a aquel camina al pie de La Colina desde hacía años y años, desde la muerte de su amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.

    Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.

    —¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las cejas largas y espesas, más sobresalientes que el ala del sombrero, que le ensombrecía la cara.
    —¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno? —Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se alejó flotando sobre La Colina.
    —¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.
    —Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena! No me explico por qué atraen a la gente —dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás del tirante lanzó otro anillo de humo más grande aun. Luego sacó el correo matutino v se puso a leer, fingiendo ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en el bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y aun un poco enfadado.
    —¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no probáis más allá de La Colina o al otro lado de Delagua? —Con esto daba a entender que la conversación había terminado.
    —¡Para cuántas cosas empleas el Buenas días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres decir que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya.
    —¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo conocer vuestro nombre...
    —¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!
    —¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano. ¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban suspendidos en el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis dado cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo creía, y también de que era muy aficionado a las flores. —¡Diantre! —continuó—. ¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.
    —¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo que has pedido.
    —Perdón, ¡yo no he pedido nada!
    —¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos como para embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.
    —¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero venid a tomar el té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana! ¡Adiós! —Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llega; a parecer grosero. Al fin y al cabo, un mago es un mago.

    ¡Para qué diablos lo habré invitado al té! se dijo Bilbo cuando iba hacia la despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.

    Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al cabo de un rato subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.

    Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:

    Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para ponerse a anotar.

    Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y un platillo y un pastel o dos más, y corrió a la puerta.

    —¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.

    Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y —¡Dwalin a vuestro servicio! —dijo saludando con una reverencia.

    —¡Bilbo Bolsón al vuestro! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió—: Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y tomad algo conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara sus cosas en vuestro vestíbulo sin dar explicaciones?

    Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente.

    —¡Disculpad! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
    —¡Así que al fin habéis venido! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf. Pero no era Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capuchón escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.
    —Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio en la percha el capuchón verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a vuestro servicio! — dijo con la mano en el pecho.
    —¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el han empezado a llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
    —¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.
    —Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi buen señor —dijo Balin, el de la barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelillo, un pastelillo de semillas, si tenéis alguno.
    —¡Muchos! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró, también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelillos de semillas que había hecho esa tarde para el refrigerio de después de la cena.

    Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos (en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.

    ¡Gandalf de seguro esta vez! pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no; eran dos enanos más, ambos con capuchones azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se sorprendió.

    —¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? —dijo.
    —¡Kili a vuestro servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se sacaron a toda prisa los capuchones azules e hicieron una reverencia.
    —¡Al vuestro y al de vuestra familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus buenos modales.
    —Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel!

    ¡Tropel! pensó el señor Bolsón. "No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito sentarme un minuto y recapacitar, y echar un trago. "Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don— dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase arrancar el llamador.

    —¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.
    —Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir detrás de nosotros a lo lejos.

    El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza en las manos, se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas habíagirado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo uno tras otro "a vuestro servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y al momento dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y uno blanco, colgaban de las perchas, y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos pastelillos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.

    Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos de semillas ya se habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de bollos con mantequilla, cuando de pronto... un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!

    Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido; éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta que pusiera allí la mañana anterior.

    —¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los amigos esperando en el felpudo y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!
    —¡A vuestro servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida colgaron dos capuchones amarillos y uno verde pálido; y también uno celeste con una gran borla de plata. Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble, a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin: —Le ruego no lo mencione más — y dejó de fruncir el ceño.
    —¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece capuchones, una muy vistosa colección de capuchones, y su propio sombrero colgados en las perchas—. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los rezagados! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un poco de vino tinto.
    —Y también yo —dijo Thorin.
    —Y mermelada de frambuesa y tarta de manzana—dijo Bifur.
    —Y pastelillos de carne y queso —dijo Bofur.
    —Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.
    —Y más pasteles, y cerveza, y café, si no os importa—gritaron los otros enanos al otro lado de la puerta.
    —Prepara unos pocos huevos. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit corría a las despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos encurtidos!

    ¡Parece conocer el interior de mi despensa tanto como yo! pensó el señor Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas y los platos y los cuchillos y los tenedores y los vasos y las fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes bandejas, estaba acalorado, rojo como la grana y muy fastidiado.

    —¡Malditos y condenados enanos! —dijo en voz alta— ¿Por qué no vienen y me echan una mano?——Y he aquí que allí estaban Balin y Dwalin en la puerta de la cocina, y Fíli y Kili tras ellos, y antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían llevado a toda prisa las bandejas y un par de mesas pequeñas al salón, y allí colocaron todo otra vez.

    Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y Bilbo se sentó en un taburete junto al fuego, mordisqueando una galleta (había perdido el apetito) e intentando aparentar que todo era normal y de ningún modo una aventura. Los enanos comieron y comieron, charlaron y charlaron, y el tiempo pasó. Por último echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento, recogiendo platos y vasos.

    —Supongo que os quedaréis todos a cenar —dijo en uno de sus más educados y reposados tonos.
    —¡Claro que sí! —dijo Thorin— y después también. No nos meteremos en el asunto hasta más tarde, y antes podemos hacer un poco de música. ¡Ahora a levantar las mesas!

    En seguida los doce enanos —no Thorin, él era demasiado importante, y se quedó charlando con Gandalf— se incorporaron de un salto, e hicieron enormes pilas con todas las cosas. Allá se fueron, sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio en una mano las columnas de platos, cada una de ellas con una botella encima, mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos de miedo: —¡Por favor, cuidado! —y— ¡Por favor, no se molesten! Yo me las arreglo —. Pero los enanos no le hicieron caso y se pusieron a cantar:

    ¡Desportillad los vasos y destrozad los platos!
    ¡Embotad los cuchillos, doblad los tenedores!
    ¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
    ¡Estrellad las botellas y quemad los tapones!

    ¡Desgarrad el mantel, pisotead la manteca,
    y derramad la leche en la despensa!
    ¡Echad los huesos en la alfombra del cuarto!
    ¡Salpicad de vino todas las puertas!

    ¡Vaciad los cacharros en un caldero hirviente;
    hacedlos trizas, a barrotazos;
    y cuando terminéis, si aún algo queda entero,
    echadlo a rodar pasillo abajo!

    ¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
    ¡De modo que cuidado! ¡Cuidado con los platos!


    Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y todo se limpió y se guardó a la velocidad del rayo, mientras el hobbit daba vueltas y más vueltas en medio de la cocina intentando ver qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a Thorin con los pies en el guardafuego fumándose una pipa. Estaba haciendo unos enormes anillos de humo, y dondequiera que le dijera a uno que fuese, allí iba — chimenea arriba, o detrás del reloj sobre la repisa, o bajo la mesa, o girando y girando en el techo—, pero dondequiera que fuesen no eran bastante rápidos para escapar a Gandalf. ¡Pop! De la pipa de barro de Gandalf subía en seguida un anillo más pequeño que atravesaba el último anillo de Thorin. Luego el anillo de Gandalf tomaba un color verde, y bajaba a flotar sobre la cabeza del mago. Tenía ya toda una nube alrededor, y a la luz indistinta parecía una figura extraña y fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil y observaba —le encantaban los anillos de humo— y se sonrojó al recordar qué orgulloso había estado de los anillos que en la mañana anterior lanzara al viento sobre La Colina.

    —¡Ahora un poco de música! —dijo Thorin—. ¡Sacad los instrumentos!

    Kili y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños violines; Dori, Nori y Ori sacaron unas flautas de algún bolsillo de los capotes; Bombur tamborileó desde el vestíbulo; Bifur y Bofur salieron también, y volvieron con unos clarinetes que habían dejado entre los bastones. Dwalin y Balin dijeron:

    —¡Disculpadme, dejé el mío en el porche! —Y Thorin dijo: —¡Trae el mío también! —Regresaron con unas violas tan grandes como ellos mismos, y con el arpa de Thorin envuelta en una tela verde. Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin la rasgueó, los otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del agujero—hobbit bajo La Colina.

    La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se abría en la ladera de La Colina; el fuego parpadeaba —era abril— y aún seguían tocando, mientras la sombra de la barba de Gandalf danzaba contra la pared.

    La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro, mientras tocaban, entonaron el canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo más hondo de las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa canción, aunque no hay comparación posible sin la música.

    Más allá de las frías y brumosas montañas, a mazmorras profundas y cavernas antiguas, en busca del metal amarillo encantado, hemos de ir, antes que el día nazca.

    Los enanos echaban hechizos poderosos mientras las mazas tañían como campanas, en simas donde duermen criaturas sombrías, en salas huecas bajo las montañas.

    Para el antiguo rey y el señor de los Elfos los enanos labraban martilleando un tesoro dorado, y la luz atrapaban y en gemas la escondían en la espada.

    En collares de plata ponían y engarzaban estrellas florecientes, el fuego del dragón colgaban en coronas, en metal retorcido entretejían la luz de la luna y del sol.

    Más allá de las frías y brumosas montañas, a mazmorras profundas y cavernas antiguas
    a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
    hemos de ir, antes que el día nazca.

    Allí para ellos mismos labraban las vasijas
    y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
    donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
    cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.

    Los vientos ululaban en medio de la noche,
    y los pinos rugían en la cima.
    El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
    los árboles como antorchas de luz resplandecían.

    Las campanas tocaban en el valle,
    y hombres de cara pálida observaban el cielo,
    la ira del dragón, más violenta que el fuego,
    derribaba las torres y las casas.

    La montaña humeaba a la luz de la luna;
    los enanos oyeron los pasos del destino,
    huyeron y cayeron y fueron a morir
    a los pies del palacio, a la luz de la luna.

    Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
    a mazmorras profundas y cavernas antiguas
    a quitarle nuestro oro y las arpas,
    ¡hemos de ir, antes que el día nazca!


    Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana. Las estrellas asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las joyas de los enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De repente, en el bosque de más allá de Delagua se alzó un fuego, —quizá alguien encendía una hoguera— y pensó en dragones devastadores que invadían la pacífica Colina envolviendo todo en llamas. Se estremeció; y en seguida volvió a ser el sencillo señor Bolsón, de Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.

    Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la lámpara, y apenas un poco más de pretender que iba a buscarla y marcharse y esconderse luego en la bodega detrás de los barriles de cerveza y no salir más hasta que los enanos se fueran. De pronto advirtió que la música y el canto habían cesado y que todos lo miraban con ojos brillantes en la oscuridad.

    —¿Adónde vas? —le preguntó Thorin, en un tono que parecía querer mostrar que adivinaba los pensamientos contradictorios del hobbit.

    —¿Qué os parece un poco de luz? —dijo Bilbo disculpándose.
    —Nos gusta la oscuridad —dijeron todos los enanos—. ¡Oscuridad para asuntos oscuros! Faltan aún muchas horas hasta el alba.
    —¡Por supuesto! —dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa. No le acertó al taburete y se sentó en cambio en el guardafuegos, derribando con estrépito el atizador y la pala.
    —¡Silencio! —dijo Gandalf—. ¡Que hable Thorin! —Y así fue como Thorin empezó.
    —¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa de nuestro amigo y compañero conspirador, este hobbit de lo más excelente y audaz. ¡Que nunca se le caiga el pelo de los pies! ¡Toda nuestra alabanza al vino y la cerveza de la región! —Se detuvo a tomar un respiro y a esperar una cortés observación del hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las cortesías, y movía la boca tratando de protestar porque lo habían llamado audaz, y peor que eso, compañero conspirador aunque no emitió ningún sonido; se sentía de veras estupefacto. De modo que Thorin continuó:
    —Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios, política y recursos. Emprenderemos ese largo viaje poco antes que rompa el día, un viaje que para algunos de nosotros, o quizá para todos (excepto para nuestro amigo y consejero, el ingenioso mago Gandalf) quizá sea un viaje sin retorno. Este es un momento solemne. Nuestro objetivo, supongo, todos lo conocemos bien. Para el estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los enanos más jóvenes (creo que acertaría si nombrara a Kili y a Fíli, por. Ejemplo), la situación exacta y actual podría necesitar de una breve explicación...

    Esté era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo hubieran permitido, quizá habría seguido así hasta quedarse sin aliento, sin dejar de decir a cada uno algo ya sabido. Pero lo interrumpieron de mal modo. El pobre Bilbo no pudo soportarlo más. Cuando oyó quizá sea un viaje sin retomo empezó a sentir que un chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló como el silbido de una locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos se pusieron en pie de un salto derribando la mesa. Gandalf golpeó el extremo de la vara mágica que emitió una luz azul, y en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar: —¡Alcanzado por un rayo, alcanzado por un rayo! —una y otra vez, y eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago a mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.

    —Excitable el compañerito —dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo—. Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un dragón en apuros.

    Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis que esto sólo podía ser una exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro Bramador, el tío bisabuelo del Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta podía montar a caballo. En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera le arrancó de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas cien yardas por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se ganó la batalla y se inventó el juego de golf.

    Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía a la vida en la sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró nervioso hacia la puerta. Esto fue lo que oyó; hablaba Glóin: —¡Hum! —o un bufido semejante—. ¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos. ¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la señal en la puerta, juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan pronto como eché una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!

    En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que hizo entonces, y se diría: —Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y metiste la pata.

    —Perdonadme —dijo—, si por casualidad he oído lo que estabais diciendo. No pretendo entender lo que habláis, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo equivocarme si digo que sospecháis que no sirvo —esto es lo que él llamaba no perder la dignidad—. Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la semana anterior, y estoy seguro de que habéis venido a la casa equivocada. Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis dudas. Pero considerad que es la casa correcta. Decidme lo que queréis que haga y lo intentaré, aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los hombres gusanos del Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro Bramador Tuk, y...
    —Sí, sí, pero eso fue hace mucho —dijo Glóin— Estaba hablando de vos. Y os aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que hasta hace poco era normal. Saqueador nocturno busca un buen trabajo, con mucha Excitación y Remuneración razonable, así es como todo el mundo la entiende. Podéis decir Buscador Experto de Tesoros en vez de saqueador si lo preferís. Algunos lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que había un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba un trabajo inmediato, y que habían concertado una cita este miércoles, aquí y a la hora del té.
    —Claro que hay una marca —dijo Gandalf—. La puse yo mismo. Por muy buenas razones. Me pedisteis que encontrara al hombre catorceavo para vuestra expedición, y elegí al señor Bilbo. Basta que alguien diga que elegí al hombre o la casa equivocada y podéis quedaros en trece y tener toda la mala suerte que queráis, o volver a picar carbón.

    Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó en la silla; y cuando Bilbo intentó abrir la boca para hacer una pregunta, se volvió hacia él con el ceño fruncido, adelantando las cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de golpe. —Está bien —dijo Gandalf—. No discutamos más. He elegido al señor Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un saqueador nocturno, lo es de veras, o lo será llegado el momento. Hay mucho más en él de lo que imagináis y mucho más de lo que él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente) aun viváis todos para agradecérmelo. Ahora Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la lámpara y pongamos un poco de luz a todo esto!

    Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja, Gandalf extendió un trozo de pergamino bastante parecido a un mapa *.

    —Esto lo hizo Thror, tu abuelo, Thorin —dijo respondiendo a las excitadas preguntas de los enanos— Es un plano de la Montaña.
    —No creo que nos sea de gran ayuda —dijo Thorin desilusionado, tras echar un vistazo—. Recuerdo la Montaña muy bien, así como las tierras que hay por allí. Y sé dónde está el Bosque Negro, y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes dragones.
    —Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montana
    —dijo Balin—, pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos allí.
    —Hay también un punto que no habéis advertido
    —dijo el mago—, y es la entrada secreta ¿Veis esa runa en el lado oeste, y la mano que apunta hacia ella desde las otras runas? Eso indica un pasadizo oculto a los Salones

    Inferiores. —Mirad el mapa al principio de este libro, y allí veréis las runas.

    —Puede que en otra época fuese secreto —dijo Thorin—, pero ¿cómo sabremos si todavía lo es? El Viejo Smaug ha vivido allí mucho tiempo y ha de conocer bien esas cuevas.
    —Tal ver... pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y años.
    —¿Por qué?
    —Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan con holgura, dicen las runas, pero Smaug no podría arrastrarse por un agujero de ese tamaño, ni siquiera cuando era un dragón joven, y menos después de haber devorado tantos enanos y hombres de Valle.
    —Pues a mí me parece un agujero bastante grande— chilló Bilbo que nada sabía de dragones, y en cuanto a agujeros sólo conocía los de los hobbits. Se sentía otra vez excitado e interesado, y olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban los mapas, y en el vestíbulo colgaba uno enorme del País Redondo con todos sus caminos favoritos marcados en tinta roja—, ¿Cómo una puerta tan grande pudo haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin contar al dragón? —preguntó. Recordad que era sólo un pequeño hobbit.
    —De muchos modos —dijo Gandalf—. Pero cómo ha quedado oculta, no lo sabremos sin antes ir a mirar. Por lo que dice el mapa me imagino que hay una puerta cerrada que no se distingue del resto de la ladera. El método común entre los enanos, ¿no es cieno?
    —Muy cierto —dijo Thorin.
    —Además —prosiguió Gandalf—, olvidé mencionar que con el mapa venía una llave, una llave pequeña y rara. ¡Hela aquí! —dijo, y dio a Thorin una llave de plata, larga, de dientes intrincados—. ¡Guárdala bien!
    —Así lo haré —dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le colgaba del cuello bajo la chaqueta—. Ahora las cosas parecen más prometedoras. Estas noticias les dan mejor aspecto. Hasta hoy no teníamos una idea demasiado clara de lo que podíamos hacer. Pensábamos marchar hacia el Este en silencio y con toda la cautela posible, hasta llegar a Lago Largo. Las dificultades empezarían después...
    —Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este—interrumpió Gandalf.
    —Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido —dijo Thorin sin prestar atención—, y luego hasta las ruinas de Valle, la vieja ciudad a la sombra de la Montaña. Pero a ninguno nos gustaba mucho la idea de la Puerta Principal. El río sale justo ahí atravesando el gran risco al sur de la Montaña, y de ahí sale también el dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos que haya cambiado de costumbres.
    —Eso no sería bueno —dijo el mago—, no sin un guerrero poderoso, o aun un héroe. Intenté conseguir uno; pero los guerreros están todos ocupados luchando entre ellos en tierras lejanas, y en esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra. Las espadas están aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes; y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí que sean legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de noche, sobre todo desde que recordé la existencia de una puerta lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño Bilbo Bolsón, el saqueador, electo y selecto. Así que continuemos y hagamos planes.
    —Muy bien —dijo Thorin—, supongamos entonces que el experto mismo nos da alguna idea o sugerencia. —Se volvió con una cortesía burlona hacia Bilbo.
    —En primer lugar me gustaría saber un poco más del asunto —dijo Bilbo sintiéndose confuso y un poco agitado por dentro, pero bastante Tuk todavía y decidido a seguir adelante— Me refiero al oro y al dragón, y todo eso, y cómo llegar allí y a quién pertenece, etcétera, etcétera.
    —¡Bendita sea! —dijo Thorin—, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has oído nuestro canto? ¿Y acaso no hemos estado hablando de esto durante horas?
    —Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente —dijo Bilbo con obstinación, adoptando un aire de negocios (por lo común reservado para gente que trataba de pedirle dinero), y tratando por todos los me dios de parecer sabio, prudente, profesional, y estar a la altura de la recomendación de Gandalf— También me gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo requerido y la remuneración, etcétera. —Lo que quería decir: "¿Qué sacaré de esto? ¿Y regresaré con vida?".
    —Oh, muy bien —dijo Thorin— Hace mucho, en tiempos de mi abuelo Thror, nuestra familia fue expulsada del lejano Norte y vino con todos sus bienes y herramientas a esta Montaña del mapa. La había descubierto mi lejano antepasado, Thrain el Viejo, pero entonces abrieron minas, excavaron túneles y construyeron galerías y talleres más grandes... y creo además que encontraron gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De cualquier modo se hicieron inmensamente ricos, y mi abuelo fue de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con gran respeto por los mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río arriba hasta el valle al pie de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron la alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban buscar a nuestros herreros y recompensar con largueza aun a los menos hábiles. Los padres nos rogaban que tomásemos a sus hijos como aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con provisiones, pues nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos días sí que eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar y prestar, y ocio para fabricar objetos hermosos sólo por diversión, para no mencionar los más maravillosos juguetes mágicos, que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los salones de mi abuelo se llenaron de armaduras, joyas, grabados y copas, y el mercado de juguetes de Valle fue el asombro de todo el Norte.

    Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata. En realidad apenas distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan. Por aquellos días había muchos dragones en el Norte, y es posible que el oro empezara a escasear allá arriba, con enanos que huían al Sur o eran asesinados, y la devastación general y la destrucción que los dragones provocaban y que iba en aumento. Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado Smaug. Un día echó a volar y llegó al Sur. Lo primero que oímos fue un ruido como de un huracán que venía del norte, y los pinos en la Montaña crujían y rechinaban con el viento. Algunos de los enanos que en ese momento estábamos fuera (yo era por fortuna uno de ellos, un muchacho apuesto y aventurero en aquellos días, siempre vagando por los alrededores, y eso me salvó entonces), bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba en nuestra montaña en un remolino de fuego. Luego bajó por las laderas, y los bosques empezaron a arder. Ya para entonces todas las campanas repicaban en Valle y los guerreros se armaban. Los enanos salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el dragón esperándolos. Nadie escapó por ese lado. El río se transformó en vapor y una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría de los guerreros: la triste historia de siempre, sólo que en aquellos días era demasiado común. Luego retrocedió, arrastrándose a través de la Puerta Principal, y destrozó todos los salones, aceras, túneles, callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después de eso no quedó enano vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las riquezas.

    Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran montón muy adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama. Más tarde empezó a salir de vez en cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a Valle de noche, y se llevaba gente, especialmente doncellas, para comerlas en la cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la gente murió o huyó. Lo que pasa allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que nadie viva hoy entre la Montaña y la orilla opuesta del Lago Largo.

    Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos, llorábamos a escondidas y maldecíamos a Smaug, y allí nos encontramos inesperadamente con mi padre y mi abuelo, que tenían las barbas chamuscadas. Parecían muy preocupados, pero hablaban muy poco. Cuando les pregunté cómo habían huido me dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me enteraría. Luego escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor que pudimos en todas aquellas tierras, y muy a menudo llegamos a trabajar en herrerías o aun en minas de carbón. Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del cuello— todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras maldiciones caigan sobre Smaug... si podemos.

    Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi abuelo. Pienso ahora que tenia que haber una puerta lateral secreta que sólo ellos conocían. Pero por lo visto hicieron un mapa, y me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por qué no llegó a mí, el legítimo heredero.

    —Yo no me apoderé de él, me lo dieron —dijo el mago—. Quizá recuerdes que tu abuelo Thror fue asesinado en las minas de Moria por Azog el Trasgo,
    —Maldito sea su nombre, sí —dijo Thorin.
    —Y Thrain, tu padre, se marchó un veintiuno dé abril, se cumplieron cien años el jueves pasado; y desde entonces nunca se lo ha vuelto a ver...
    —Cierto, cierto —dijo Thorin.
    —Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el momento y el modo de entregarlo, no puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. Tu padre no recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el papel, y nunca me dijo el tuyo; de modo que en última instancia tendrías que alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está —dijo entregando el mapa a Thorin.
    —No lo entiendo —dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría decir lo mismo. La explicación no parecía explicar nada.
    —Tu abuelo —dijo el mago pausada y seriamente— le dio el mapa a su hijo para mayor seguridad antes de marcharse a las minas de Moria. Cuando mataron a tu abuelo, tu padre salió a probar fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables aventuras, pero nunca se acercó a la Montana. Cómo llegó allí, no lo sé, pero lo encontré prisionero en las mazmorras del Nigromante.
    —¿Qué demonios estabas haciendo allí? —preguntó Thorin con un escalofrío, y todos los enanos se estremecieron.
    —No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y resultó ser un asunto sórdido y peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas conseguí escapar. Intenté salvar a tu padre, pero o era demasiado tarde. Había perdido el juicio e iba de un lado para otro, y había olvidado casi todo excepto el mapa y la llave.
    —Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria —dijo Thorin—. Ahora tendremos que ocuparnos del Nigromante.
    —¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no alcanzan los poderes de todos los enanos juntos, si desde las cuatro esquinas del mundo se reuniesen otra vez. Lo único que deseaba tu padre era que tú leyeras el mapa y usaras la llave. ¡El dragón y la Montaña son empresas más que grandes para ti!
    —¡Oíd, oíd! —dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.
    —¡Oíd, oíd! —dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso que respondió: —¡Oíd lo que he de decir!
    —¿Qué es? —preguntaron.
    —Bien, os diré que tendríais que ir hacía el Este y echar allí un vistazo. Al fin y al cabo allí está la Puerta lateral, y los dragones han de dormir alguna vez, supongo. Si os sentáis a la entrada durante un tiempo, creo que algo se os ocurrirá. Y bien, ¿no os parece que hemos charlado bastante para una noche, eh? ¿Qué opináis de irse a la cama, para empezar mañana temprano y todo eso? Os daré un buen desayuno antes de que os vayáis.
    —Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir —dijo Thorin—. ¿No eres tú el saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la entrada, y aun cruzar la puerta? Pero estoy de acuerdo en lo de la cama y el desayuno— Me gusta tomar seis huevos con jamón cuando empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de no romperlos,

    Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún por favor (lo que molestó sobremanera a Bilbo), todos se levantaron. El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su propia camita muy cansado y nada feliz. Lo que sí decidió fue no molestarse en madrugar y preparar el maldito desayuno para lodo el mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no estaba tan seguro de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.

    Mientras yacía en cama pudo oír a Thorin en la habitación de al lado, la mejor de todas, todavía tarareando entre dientes:

    Más alta de las frías y brumosas montanas,
    a mazmorras profundas y cavernas antiguas
    a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
    hemos de ir, antes que el día nazca.


    Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños intranquilos. Despertó mucho después de que naciera el día.


    CARNERO ASADO


    Bilbo se levantó de un salto, y poniéndose la bata entró en el comedor. Allí no vio a nadie, pero sí las huellas de un enorme y apresurado desayuno. Había un horrendo revoltijo en la habitación, y pilas de cacharros sucios en la cocina. Parecía que no hubiera quedado ninguna olla ni tartera sin usar. La tarea de fregarlo todo fue tan tristemente real que Bilbo se vio obligado a creer que la reunión de la noche anterior no había sido parte de una pesadilla, como casi había esperado. La idea de que habían partido sin él y sin molestarse en despertarlo, aunque nadie le hubiera dado las gracias, pensó, lo había aliviado de veras. Sin embargo, no pudo dejar de sentir una cierta decepción. Este sentimiento lo sorprendió.

    —No seas tonto, Bilbo Bolsón —se dijo—, ¡pensando a tu edad en dragones y en tonterías estrafalarias! —De modo que se puso el delantal, encendió unos fuegos, calentó agua y fregó. Luego se tomó un pequeño y apetitoso desayuno en la cocina, antes de arreglar el comedor. El sol ya brillaba entonces, y por la puerta delantera entraba una cálida brisa de primavera. Bilbo se puso a silbar y a olvidar lo de la noche. Ya estaba sentándose para zamparse un segundo apetitoso desayuno en el comedor, junto a la ventana abierta, cuando de pronto entró Gandalf.
    —Mi querido amigo —dijo—, ¿Cuándo vas a partir? ¿Qué hay de aquello de empezar temprano? Y aquí estás tomando el desayuno, o como quiera que llames a eso, a las diez y media. Te dejaron un mensaje, pues no podían esperar.
    —¿Qué mensaje? —dijo el pobre Bilbo sonrojado.
    —¡Por los Grandes Elefantes! —respondió Gandalf— Estás desconocido esta mañana; ¡aún no le has quitado el polvo a la repisa de la chimenea!
    —¿Y eso qué tiene que ver? ¡Ya tengo bastante con fregar los platos y ollas de catorce desayunos!
    —Si hubieses limpiado la repisa, habrías encontrado esto debajo del reloj —dijo Gandalf alargándose una nota (por supuesto, escrita en unas cuartillas del propio Bilbo).

    Esto fue lo que el hobbit leyó:

    Thorin y Compañía al Saqueador Bilbo, ¡salud! Nuestras más sinceras gracias por vuestra hospitalidad y nuestra agradecida aceptación por habernos ofrecido asistencia profesional. Condiciones: pago al contado y al finalizar el trabajo, hasta un máximo de catorceavas partes de los beneficios totales (si los hay); todos los gastos de viaje garantizados en cualquier circunstancia; los gastos de posibles funerales los pagaremos nosotros o nuestros representantes, si hay ocasión y el asunto no se arregla de otra manera.
    Creyendo innecesario perturbar vuestro muy estimable reposo, nos hemos adelantado a hacer los preparativos adecuados; esperaremos a vuestra respetable persona en la posada del Dragón Verde, junto a Delagua, exactamente a las 11 a.m. Confiando en que sea puntual. tenemos el honor de permanecer sinceramente vuestros
    Thorin y Cía."


    —Esto te da diez minutos. Tendrás que correr —dijo Gandalf.
    —Pero... —dijo Bilbo.
    —No hay tiempo para eso —dijo el mago.
    —Pero... —dijo otra vez Bilbo.
    —Y tampoco para eso otro ¡Vamos, adelante!

    Hasta el final de sus días Bilbo no alcanzó a recordar cómo se encontró fuera, sin sombrero, bastón, o dinero, o cualquiera de las cosas que acostumbraba llevar cuando salía, dejando el segundo desayuno a medio terminar, casi sin lavarse la cara, y poniendo las llaves en manos de Gandalf, corriendo callejón abajo tanto como se lo permitían los pies peludos, dejando atrás el Gran Molino, cruzando el río, y continuando así durante una milla o más.

    Resoplando llegó a Delagua cuando empezaban a sonar las once, ¡y descubrió que se había venido sin pañuelo!

    —¡Bravo! —dijo Balin, que estaba de pie a la puerta de la posada, esperándolo, Y entonces aparecieron todos los demás doblando la curva del camino que venía de la villa. Montaban en poneys, y de cada uno de los caballos colgaba toda clase de equipajes, bultos, paquetes y chismes. Había un poney pequeño, aparentemente para Bilbo.
    —Arriba vosotros dos, y adelante —dijo Thorin.
    —Lo siento terriblemente —dijo Bilbo—, pero me he venido sin mi sombrero, me he olvidado el pañuelo de bolsillo, y no tengo dinero. No vi vuestra nota hasta después de las 10.45, para ser precisos.
    —No seas preciso —dijo Dwalin—, y no te preocupes. Tendrás que arreglártelas sin pañuelos y sin buena parte de otras cosas antes de que lleguemos al final del viaje. En lo que respecta al sombrero, yo tengo un capuchón y una capa de sobra en mi equipaje.

    Y así fue como se pusieron en marcha, alejándose de la posada en una hermosa mañana poco antes del mes de mayo, montados en poneys cargados de bultos; y Bilbo llevaba un capuchón de color verde oscuro (un poco ajado por el tiempo) y una capa del mismo color que Dwalin le había prestado. Le quedaban muy grandes, y tenía un aspecto bastante cómico. No me atrevo a aventurar lo que su padre Bungo hubiese dicho de él.

    Sólo le consolaba pensar que no lo confundirían con un enano, pues no tenía barba.

    Aún no habían cabalgado mucho tiempo cuando apareció Gandalf, espléndido, montando un caballo blanco. Traía un montón de pañuelos y la pipa y el tabaco de Bilbo. Así que desde entonces cabalgaron felices, contando historias o cantando canciones durante toda la jornada, excepto, naturalmente, cuando paraban a comer. Esto no ocurrió con la frecuencia que Bilbo hubiese deseado, pero ya empezaba a sentir que las aventuras no eran en verdad tan malas.

    Cruzaron primero las tierras de los hobbits, un extenso país habitado por gente simpática, con buenos caminos, una posada o dos, y aquí y allá un enano o un granjero que trabajaba en paz.

    Llegaron luego a tierras donde la gente hablaba de un modo extraño y cantaba canciones que Bilbo no había oído nunca. Se internaron en las Tierras Solitarias, donde no había gente ni posadas y los caminos eran cada vez peores. No mucho más adelante se alzaron unas colinas melancólicas, oscurecidas por árboles. En algunas había viejos castillos, torvos de aspecto, como si hubiesen sido construidos por gente maldita. Todo parecía lúgubre, pues el tiempo se había estropeado. Hasta entonces el día había sido tan bueno como pudiera esperarse en mayo, aun en las historias felices, pero ahora era frío y húmedo. En las Tierras Solitarias se habían visto obligados a acampar en un lugar desapacible, pero seco al menos.

    —Pensar que pronto llegará junio —mascullaba Bilbo, mientras avanzaba chapoteando detrás de los otros por un sendero enlodado. La hora del té ya había quedado atrás; la lluvia caía a cántaros, y así había sido todo el día; el capuchón le goteaba en los ojos; tenía la capa empapada; el poney cansado tropezaba con las piedras; los otros estaban demasiado enfurruñados para charlar.
    —Estoy seguro que la lluvia se ha colado hasta las ropas secas y las bolsas de comida —gruñó Bilbo—. ¡Malditos sean los saqueadores y todo lo que se relacione con ellos! Cómo quisiera estar en mi confortable agujero, al amor de la lumbre, y con la marmita que ha empezado a silbar. —¡No fue la última vez que tuvo este deseo!

    Sin embargo, los enanos seguían al paso, sin volverse ni prestar atención al hobbit. Pareció que el sol se había puesto ya en algún lugar detrás de las nubes grises, pues cuando descendían hacia un valle profundo con un río en el fondo, empezó a oscurecer. Se levantó viento, y los sauces se mecían y susurraban a lo largo de las orillas. Por fortuna el camino atravesaba un antiguo puente de piedra, pues el río crecido por las lluvias bajaba precipitado de las colinas y montanas del norte.

    Era casi de noche cuando lo cruzaron. El viento desgajó las nubes grises y una luna errante apareció entre los jirones flotantes. Entonces se detuvieron, y Thorin murmuró algo acerca de la cena y —¿Dónde encontraremos un lugar seco para dormir?

    En ese momento cayeron en la cuenta de que faltaba Gandalf. Hasta entonces había hecho todo el camino con ellos, sin decir si participaba de la aventura o simplemente los acompañaba un rato. Había hablado, comido y reído como el que más... Pero ahora simplemente ¡no estaba allí!

    —¡Vaya, justo en el momento en que un mago nos sería más útil! —suspiraron Dori y Nori (que compartían los puntos de vista del hobbit sobre la regularidad, cantidad y frecuencia de las comidas).

    Por fin decidieron que acamparían allí mismo. Se acercaron a una arboleda, y aunque el terreno estaba más seco, el viento hacía caer las gotas de las hojas y el plip—plip molestaba bastante. El mal parecía haberse metido en el fuego mismo. Los enanos saben hacer fuego en cualquier parte, casi con cualquier cosa, con o sin viento, pero no pudieron encenderlo esa noche, ni siquiera Óin y Glóin, que en esto eran especialmente mañosos.

    Entonces uno de los poneys se asustó de nada y escapó corriendo. Se metió en el río antes de que pudieran detenerlo; y antes de que pudiesen llevarlo de vuelta, Fíli y Kili casi murieron ahogados; y el agua había arrastrado el equipaje del poney. Naturalmente, era casi todo comida, y quedaba muy poco para la cena, y menos para el desayuno.

    Todos se sentaron, taciturnos, empapados y rezongando, mientras Óin y Glóin seguían intentando encender el fuego y discutiendo el asunto. Bilbo reflexionaba tristemente que las aventuras no eran sólo cabalgatas en poney al sol de mayo, cuando Balin, el oteador del grupo, exclamó de pronto: —¡Allá hay una luz! —Un poco apartada asomaba una colina con árboles, bastante espesos en algunos sitios. Fuera de la masa oscura de la arboleda, todos pudieron ver entonces el brillo de una luz, una luz rojiza, confortadora, como una fogata o antorchas parpadeantes.

    Luego de observarla un rato, se enredaron en una discusión. Unos decían que "sí" y otros decían que "no". Algunos opinaron que lo único que se podía hacer era ir y mirar, y que cualquier cosa sería mejor que poca cena, menos desayuno, y ropas mojadas toda la noche.

    Otros dijeron: —Ninguno de estos parajes es bien conocido, y las montañas están demasiado cerca. Rara vez algún viajero se aventura ahora por estos lados. Los mapas antiguos ya no sirven, las cosas han empeorado mucho. Los caminos no están custodiados, y aquí además han oído hablar del rey en contadas ocasiones, y cuanto menos preguntas hagas menos dificultades encontrarás. —Alguno dijo: —Al fin y al cabo somos catorce. —Otros: —¿Dónde está Gandalf? —pregunta que fue repetida por todos.

    En ese momento la lluvia empezó a caer más fuerte que nunca, y Óin y Glóin iniciaron una pelea.

    Esto puso las cosas en su sitio: —Al fin y al cabo, tenemos un saqueador entre nosotros —dijeron; y así echaron a andar, guiando a los poneys (con toda la precaución debida y apropiada) hacia la luz. Llegaron a la colina y pronto estuvieron en el bosque. Subieron la pendiente, pero no se veía ningún sendero adecuado que pudiera llevar a una casa o una granja. Continuaron como pudieron, entre chasquidos, crujidos y susurros (y una buena cantidad de maldiciones y refunfuños) mientras avanzaban por la oscuridad cerrada ¿el bosque.

    De súbito la luz roja brilló muy clara entre los árboles no mucho más allá, —Ahora le toca al saqueador —dijeron refiriéndose a Bilbo—. Tienes que ir y averiguarlo todo de esa luz, para qué es, y si las cosas parecen normales y en orden —dijo Thorin al hobbit—. Ahora corre, y vuelve rápido si todo está bien. Si no, ¡vuelve como puedas! Si no puedes, grita dos veces como lechuza de granero y una como lechuza de campo, y haremos lo que podamos.

    Y allá tuvo que partir Bilbo, antes de poder explicarles que era tan incapaz de gritar como una lechuza como de volar como un murciélago.

    Pero, de todos modos, los hobbits saben moverse en silencio por el bosque, en completo silencio. Era una habilidad de la que se sentían orgullosos, y Bilbo más de una vez había torcido la cara mientras cabalgaban, criticando ese "estrépito propio de enanos"; pero me imagino que ni vosotros ni yo hubiéramos advertido nada en una noche de ventisca, aunque la cabalgata hubiese pasado casi rozándonos. En cuanto a la sigilosa marcha de Bilbo hacia la luz roja, creo que no hubiera perturbado ni el bigote de una comadreja, de modo que llegó directamente al fuego —pues era un fuego— sin alarmar a nadie. Y esto fue lo que vio.

    Había tres criaturas muy grandes sentadas alrededor de una hoguera de troncos de haya, y estaban asando un carnero espetado en largos asadores de madera y chupándose la salsa de los dedos. Había un olor delicioso en el aire. También había un barril de buena bebida a mano, y bebían de unas jarras. Pero eran trolls. Trolls sin ninguna duda. Aun Bilbo, a pesar de su vida retirada, podía darse cuenta: las grandes caras toscas, la estatura, el perfil de las piernas, por no hablar del lenguaje, que no era precisamente el que se escucha en un salón de invitados.

    —Carnerro ayer, carnerro hoy y maldición si no carnerro mañana —dijo uno de los trolls.
    —Ni una mala pizca de carne humana probamos desde hace mucho, mucho tiempo —dijo otro troll—. Por qué demonios Guille nos habrá traído aquí; y además la bebida está escaseando —añadió, tocando el codo de Guille, que en ese momento bebía un sorbo.

    Guille se atragantó: —¡Cierra la boca! —dijo tan pronto como pudo—. No puedes esperar que la gente se quede por aquí sólo para que tú y Berto se la zampen. Habéis comido un pueblo y medio entre los dos desde que bajamos de las montañas. ¿Qué más queréis? Y esos tiempos han pasado. Y tendrías que haber dicho 'Grracias, Guille', por este buen bocado de carnerro gordo del valle. — Arrancó un pedazo de la pierna del cordero que estaba asando y se limpió la boca con la manga.

    En efecto, me temo que los trolls se comportan siempre así, aun aquellos que sólo tienen una cabeza. Luego de haber oído todo esto, Bilbo tendría que haber hecho algo sin demora. O bien haber regresado en silencio. Y avisar a los demás que había tres trolls de buena talla y malhumorados, bastante grandes como para comerse un enano asado o aun un pony, como novedad; o bien tendría que haber hecho una buena y rápida demostración de merodeo nocturno. Un saqueador legendario y realmente de primera clase, en esta situación habría metido mano a los bolsillos de los trolls (algo que casi siempre vale la pena, si consigues hacerlo), habría sacado el carnero de los espetones, habría arrebatado la cerveza y se hubiera ido sin que nadie se enterase. Otros más prácticos, pero con menos orgullo profesional, quizá habrían clavado una daga a cada uno de ellos antes de que se dieran cuenta. Luego él y los enanos hubieran podido tener una noche feliz.

    Bilbo lo sabía. Había leído de muchas buenas cosas que nunca había visto o nunca había hecho. Estaba muy asustado, y disgustado también; hubiera querido encontrarse a cien millas de distancia, y sin embargo... sin embargo no podía volver directamente a donde estaban Thorin y Compañía con las manos vacías. Así que se quedó, titubeando en las sombras. De los muchos procedimientos de saqueo de que había oído, hurgonear en los bolsillos de los trolls le pareció el menos difícil, así que se arrastró hasta un árbol, justo detrás de Guille.

    Berto y Tom iban ahora hacia el barril. Guille estaba echando otro trago. Bilbo se armó de coraje e introdujo la manita en el enorme bolsillo de Guille. Había un saquito dentro, para Bilbo tan grande como un zurrón. "¡Ja!" pensó, entusiasmándose con el nuevo trabajo, mientras extraía la mano poco a poco, "¡y esto es sólo un principio!"

    **—¡Fue un principio! Los sacos de los trolls son engañosos, y este no era una excepción. —¡Eh!, ¿quién eres tú? —chilló el saco en el momento en que dejaba el bolsillo, y Guille dio una rápida vuelta y tomó a Bilbo por el cuello antes de que el hobbit pudiera refugiarse detrás del árbol.

    —¡Maldición, Berto, mira lo que he cazado!
    —¿Qué es? —dijeron los otros acercándose.
    —¡Que un rayo me parta si lo sé! ¿Tú, qué eres?
    —Bilbo Bolsón, un saque... un hobbit —dijo el pobre Bilbo temblando de pies a cabeza, y preguntándose cómo podría gritar como una lechuza antes que lo degollasen.
    —¿Un saquehobbit? —dijeron los otros un poco alarmados. Los trolls son cortos de entendimiento, y bastante suspicaces con cualquier cosa que les parezca una novedad.
    —De todos modos, ¿qué tiene que hacer un saquehobbit en mis bolsillos? —dijo Guille.
    —Y ¿podremos cocinarlo? —dijo Tom.
    —Se puede intentar —propuso Berto blandiendo un asador.
    —No alcanzaría más que para un bocado —dijo Guille, que había cenado bien—, una vez que le saquemos la piel y los huesos.
    —Quizá haya otros como él alrededor y podamos hacer un pastel —dijo Berto—. Eh, tú, ¿hay otros ladronzuelos por estos bosques, pequeño conejo asqueroso? —dijo mirando las extremidades peludas del hobbit; y tomándolo por los dedos de los pies lo levantó y sacudió.
    —Sí, muchos —dijo Bilbo antes de darse cuenta de que traicionaba a sus compañeros—. No, nadie, ni uno —dijo inmediatamente después.
    —¿Qué quieres decir? —preguntó Berto, levantándolo en vilo, esta vez por el pelo.
    —Lo que digo —respondió Bilbo jadeando—. Y por favor, ¡no me cocinen, amables señores! Yo mismo cocino bien, y soy mejor cocinero que cocinado, si entienden lo que quiero decir. Les prepararé un hermoso desayuno, un desayuno perfecto si no me comen en la cena.
    —Pobrecito bribón —dijo Guille. Había comido ya hasta hartarse, y también había bebido mucha cerveza—. Pobrecito bribón. ¡Dejadlo ir!
    —No hasta que diga qué quiso decir con muchos y ninguno —replicó Berto—, no quiero que me rebanen el cuello mientras duermo.
    —¡Ponedle los pies al fuego hasta que hable!
    —No lo haré —dijo Guille—, al fin y al cabo yo lo he atrapado.
    —Eres un gordo estúpido, Guille —dijo Berto—, ya te lo dije antes, por la tarde.
    —Y tú, un patán.
    —Y yo no lo permitiré, Guille Estrujónez —dijo Berto, y descargó el puño contra el ojo de Guille,


    La pelea que siguió fue espléndida. Bilbo no perdió del todo el juicio, y cuando Berto lo dejó caer, gateó apartándose antes que los trolls estuviesen peleando como perros y llamándose a grandes voces con distintos apelativos, verdaderos y perfectamente adecuados, Pronto estuvieron enredados en un abrazo feroz, casi rodando hasta el fuego, dándose puntapiés y aporreándose, mientras Tom los golpeaba con una rama para que recobraran el juicio, y por supuesto enfureciéndolos todavía más.

    Bilbo hubiera podido escapar en ese mismo instante. Pero las grandes garras de Berto le habían estrujado los desdichados pies, había perdido el aliento, y la cabeza le daba vueltas; así que allí se quedó resollando, justo fuera del círculo de luz.

    De pronto, en plena pelea, apareció Balin. Los enanos habían oído ruidos a lo lejos, y luego de esperar un rato a que Bilbo volviera o que gritara como una lechuza, empezaron a arrastrarse hacia la luz tratando de no hacer ruido. Tan pronto como Tom vio aparecer a Balin a la luz, dio un horrible aullido. Ocurre que los trolls no soportan la vista de un enano (crudo). Berto y Guille dejaron en seguida de pelear, y —Un saco, rápido, Tom —dijeron.

    Antes de que Balin, quien se preguntaba dónde estaba Bilbo en aquella conmoción, se diera cuenta de lo que ocurría, le habían echado un saco sobre la cabeza, y lo habían derribado.

    —Aún vendrán más, o me equivoco bastante. Muchos y ninguno, eso es —dijo—. No más saquehobbits, pero muchos enanos. ¡Eso es lo que quería decir!
    —Pienso que tienes razón —dijo Berto—, y convendría que saliésemos de la luz.

    Y así hicieron. Teniendo en la mano unos sacos que usaban para llevar carneros y otras presas, esperaron en las sombras. Cuando aparecía algún enano, y miraba sorprendido el fuego, las jarras desbordadas y el carnero roído, ¡pop!, un saco maloliente le caía sobre la cabeza, y el enano rodaba por el suelo. Pronto Dwalin yacía al lado de Balin, y Fíli y Kili juntos, y Dori y Nori y Ori en un montón, y Óin, Glóin, Bifur, Bofur y Bombur incómodamente apilados cerca del fuego.

    —Eso les enseñará —dijo Tom, ya que Bifur y Bombur habían causado muchos problemas y habían peleado como locos, tal como hacen los enanos cuando se ven acorralados.

    Thorin llegó último, y no lo tomaron desprevenido. Llegó esperando encontrar algo malo, y no necesitó ver las piernas de sus amigos sobresaliendo de los sacos para darse cuenta de que las cosas no iban del todo bien. Se quedó fuera, algo aparte, en las sombras, y dijo: —¿Qué es todo este jaleo? ¿Quién está aporreando a mi gente?

    —Son trolls —respondió Bilbo desde atrás del árbol. Lo habían olvidado por completo—. Están escondidos entre los arbustos, con sacos.
    —Oh, ¿son trolls? —dijo Thorin, y saltó hacia el fuego cuando los trolls se precipitaban sobre él. Alzó una rama gruesa que ardía en un extremo y Berto la tuvo en un ojo antes de que pudiera esquivarla. Eso lo puso fuera de combate durante un rato. Bilbo hizo todo lo que pudo. Se aferró de algún modo a una pierna de Tom —era gruesa como el tronco de un árbol joven—, pero lo enviaron dando vueltas hasta la copa de unos arbustos, mientras Tom pateaba las chispas hacia la cara de Thorin. La rama golpeó los dientes de Tom, que perdió un incisivo. Esto lo hizo aullar, os lo aseguro. Pero justo en ese momento. Guille apareció detrás y le echó a Thorin un saco a la cabeza y se lo bajó hasta los pies. Y así acabó la lucha. Un bonito escabeche eran todos ellos ahora, primorosamente atados en sacos, con tres trolls enfadados (dos con quemaduras y golpes que recordar) sentados cerca, discutiendo si los asarían a fuego lento, si los picarían fino y luego los cocerían, o bien si se sentarían sobre ellos, haciéndolos papilla; y Bilbo en lo alto de un arbusto, con la piel y las vestiduras rasgadas, no atreviéndose a intentar un movimiento, por miedo de que lo oyeran.

    Fue entonces cuando volvió Gandalf, pero nadie lo vio. Los trolls acababan de decidir que meterían a los enanos en el asador y se los comerían más tarde; había sido idea de Berto, y tras una larga discusión todos estuvieron de acuerdo.

    —No es buena idea asarlos ahora, nos llevaría toda la noche —dijo una voz. Berto creyó que era la voz de Guille.
    —No empecemos de nuevo la discusión, Guille —dijo el otro—, o sí que nos llevaría toda la noche.
    —¿Quién está discutiendo? —dijo Guille, creyendo que había sido Berto el que había hablado.
    —¡Tú! —dijo Berto.
    —Eres un mentiroso —dijo Guille, y así empezó otra vez la discusión. Por fin decidieron picarlos y cocerlos, así que trajeron una gran cacerola negra y sacaron los cuchillos.
    —¡No está bien cocerlos! No tenemos agua y hay todo un buen trecho hasta el pozo —dijo una voz. Berto y Guille creyeron que era la de Tom.
    —¡Calla o nunca acabaremos! Y tú mismo traerás él agua si dices una palabra más.
    —¡Cállate tú! —dijo Tom, quién creyó que era la voz de Guille—. ¿Quién discute, sino tú?
    —Eres bobito —dijo Guille.
    —¡Bobito tú! —respondió Tom.

    Y así comenzó otra vez toda la discusión, y continuó más enconada que nunca, hasta que por fin decidieron sentarse sobre los sacos uno a uno, aplastarlos y cocerlos más tarde.

    —¿Sobre cuál nos sentaremos primero? —dijo la voz.
    —Mejor sentarnos primero sobre el último tipo —dijo Berto cuyo ojo había sido lastimado por Thorin, creyendo que era Tom el que hablaba.
    —No hables solo —dijo Tom—, pero si quieres sentarte sobre el último, hazlo. ¿Cuál es?
    —El de las medias amarillas —dijo Berto.
    —Tonterías, el de las medias grises —dijo una voz que parecía la de Guille.
    —Me aseguré de que eran amarillas —dijo Berto.
    —Amarillas eran —corroboró Guille.
    —Entonces ¿por qué dijiste que eran medias grises?—preguntó Berto.
    —Nunca dije eso. Fue Tom.
    —Yo no lo dije. Fuiste tú —dijo Tom.
    —Apuesto dos contra uno, ¡así que cierra la bocal—dijo Berto,
    —¿A quién le estás hablando? —preguntó Guille.
    —¡Basta ya! —dijeron Tom y Berto al mismo tiempo—¡ La noche avanza y amanece temprano. ¡Sigamos!
    —¡Qué el amanecer caiga sobre todos y que sea piedra para vosotros! —dijo una voz que sonó como la de Guille. Pero no lo era. En ese preciso instante, la aurora apareció sobre la colina y hubo un bullicioso gorjeo en la enramada. Guille ya no dijo nada más, pues se convirtió en piedra mientras se encorvaba, y Berto y Tom se quedaron inmóviles como rocas cuando lo miraron. Y allí están hasta nuestros días, solos, a menos que los pájaros se posen sobre ellos; pues los trolls, como seguramente sabéis, tienen que estar bajo tierra antes del alba, o vuelven a la materia montañosa de la que están hechos, y nunca más se mueven. Esto fue lo que les ocurrió a Berto, Tom y Guille.
    —¡Excelente! —dijo Gandalf, mientras aparecía desde atrás de un árbol y ayudaba a Bilbo a descender de un arbusto espinoso. Entonces Bilbo entendió. Había sido la voz del brujo la que había tenido a los ogros discutiendo y peleando por naderías hasta que la luz asomó y acabó con ellos.

    Lo siguiente fue desatar los sacos y liberar a los enanos. Estaban casi asfixiados y muy fastidiados: no les había divertido nada estar allí tendidos, oyendo a los ogros que hacían planes para asarlos, picarlos y cocerlos. Tuvieron que escuchar más de dos veces el relato de lo que le había ocurrido a Bilbo antes de quedar satisfechos.

    —¡Tiempo tonto para andar practicando el arte de birlar y desvalijar bolsillos! — dijo Bombur—, Todo lo que queríamos era comida y lumbre.
    —Y eso es justamente lo que no hubierais conseguido de esa gente sin lucha, en cualquier caso —dijo Gandalf—. De todos modos, ahora estáis perdiendo el tiempo. ¿No os dais cuenta de que los trolls han de tener alguna cueva o agujero excavado aquí cerca para esconderse del sol? Tenemos que investigarlo,

    Buscaron alrededor y pronto encontraron las marcas de las botas de piedra entre los árboles. Siguieron las huellas colina arriba hasta que descubrieron una puerta de piedra, escondida detrás de unos arbustos, y que llevaba a una caverna. Pero no pudieron abrirla, ni aun cuando todos empujaron mientras Gandalf probaba varios encantamientos.

    —¿Será esto de alguna utilidad? —preguntó Bilbo cuando ya se estaban cansando y enfadando—. Lo encontré en el suelo donde los trolls tuvieron la discusión. —Y extrajo una llave bastante grande, aunque Guille la hubiese considerado pequeña y secreta. Por fortuna se le había caído del bolsillo antes de quedar convertido e piedra.
    —Pero, ¿por qué no lo dijiste antes? —le gritaron Gandalf arrebató la llave y la introdujo en la cerradura.

    Entonces la puerta se abrió hacia atrás con un solo en pellón, y todos entraron. Había huesos esparcidos por el suelo, y un olor nauseabundo en el aire, pero había también una buena cantidad de comida mezclada al descuido en estantes y sobre el suelo, entre un cúmulo de cosas tiradas en desorden, producto de muchos botines, desde botones de estaño a ollas colmadas de monedas de oro apiladas en un rincón. Había también montones de vestidos que colgaban de las paredes —demasiado pequeños para los trolls; me temo que pertenecían a las víctimas—, y entre ellos muchas espadas de diversa factura, forma y tamaño. Dos les llamaron particularmente la atención, por las hermosas vainas y las empuñaduras enjoyadas. Gandalf y Thorin tomaron una cada uno, y Bilbo un cuchillo con vaina de cuero Para un troll no hubiera sido más que un pequeño cortaplumas, pero al hobbit le servía como espada corta.

    —Las hojas parecen buenas —dijo el mago desenvainando una a medias y observándola con curiosidad —No han sido forjadas por ningún troll ni herrero humano de estos lugares y días, pero cuando podamos lee las runas que hay en ellas, sabremos más.
    —Salgamos de este hedor horrible —dijo Fíli. Y así sacaron las ollas de monedas y todos los alimentos que parecían limpios y adecuados para comer, así como un barril de cerveza del país todavía lleno. Sintieron ganas de desayunar, y hambrientos como estaban no hicieron ascos a lo que habían sacado de las despensas de los trolls. De las provisiones que habían traído quedaba ya poco, pero ahora tenían pan, queso, gran cantidad de cerveza y panceta para asar a las brasas.

    Luego se durmieron, pues la noche no había sido tranquila, y no hicieron nada hasta la tarde. Entonces trajeron los poneys y se llevaron las ollas del oro y las enterraron con mucho secreto no lejos del sendero que bordea el río, echándoles numerosos encantamientos, por sí alguna vez tenían oportunidad de regresar y recobrarlas. En seguida, volvieron a montar, y trotaron otra vez por el camino hacia el Este.

    —¿Dónde has ido, si puedo preguntártelo? —dijo Thorin a Gandalf mientras cabalgaban.
    —A mirar adelante —respondió Gandalf.
    —¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?
    —Mirar hacia atrás.
    —De acuerdo, pero ¿no podrías ser más explícito?
    —Me adelanté a explorar el camino. Pronto se hará peligroso y difícil. Deseaba también acrecentar nuestras pequeñas reservas de alimentos. Sin embargo no había ido muy lejos cuando me encontré con un par de amigos de Rivendel.
    —¿Dónde queda eso? —preguntó Bilbo.
    —No interrumpas —dijo Gandalf—. Llegarás allí en pocos días, si tenemos suerte, y lo sabrás todo. Como estaba diciendo, encontré dos de los hombres de Elrond. Huían asustados de los trolls. Por ellos supe que tres trolls habían bajado de las montañas y se habían asentado en el bosque, no lejos del camino. Habían espantado a coda la gente del distrito y tendían celadas a los extraños. En seguida tuve el presentimiento de que yo hacía falta. Mirando atrás, vi fuego a lo lejos y me vine. Así que ya lo sabes ahora. Por favor, ten más cuidado la próxima vez; ¡o no llegaremos a ninguna parte!
    —¡Gracias! —dijo Thorin.


    UN BREVE DESCANSO


    No cantaron ni contaron historias aquel día, aunque el tiempo mejoró; ni al día siguiente, ni al otro. Habían empezado a sentir que el peligro estaba bastante cerca y a ambos lados. Acamparon bajo las estrellas, y los caballos comieron mejor que ellos mismos, pues la hierba abundaba, pero no quedaba mucho en los zurrones, aun contando con lo que habían sacado a los trolls. Una mañana vadearon un río por un lugar ancho y poco profundo, resonante de piedras y espuma. La orilla opuesta era escarpada y resbaladiza. Cuando llegaron a la cresta, guiando los poneys, vieron que las grandes montañas descendían ya muy cerca hacia ellos. Parecían alzarse a sólo un día de cómodo viaje desde la falda más cercana. Tenían un aspecto tenebroso y lóbrego, aunque había manchas de sol en las laderas oscuras, y más allá centelleaban las cumbres nevadas.

    —¿Es aquella la Montaña? —preguntó Bilbo con voz solemne, mirándola con asombro. Nunca había visto antes algo que pareciese tan enorme.
    —¡Desde luego que no! —dijo Balin—. Esto es sólo el principio de las Montañas Nubladas, tenemos que cruzarlas de algún modo, por encima o por debajo, antes de que podamos internarnos en las Tierras Ásperas de más allá. Y aún queda un largo camino desde el otro lado hasta la Montaña Solitaria de Oriente en la que Smaug yace tendido sobre el tesoro.
    —¡Oh! —dijo Bilbo, y en aquel mismo instante se sintió cansado como nunca hasta entonces. Añoraba una vez más la silla confortable delante del fuego y la salita preferida en el agujero—hobbit, y el canto de la marmita. ¡No por última vez!

    Gandalf encabezaba ahora la marcha. —No nos salgamos del camino, o ya nada podrá salvarnos —dijo—, Necesitamos comida, en primer lugar, y descanso con una seguridad razonable; además es muy importante internarse en las Montanas Nubladas por el sendero apropiado, o de lo contrario os perderéis y tendréis que volver y empezar de— nuevo por el principio (si llegáis a volver).

    Le preguntaron hacia dónde estaba conduciéndolos, y él respondió: —Habéis llegado a los límites mismos de las tierras salvajes, como algunos sabéis sin duda. Oculto en algún lugar delante de nosotros está el hermoso valle de Rivendel, donde vive Elrond en la Ultima Morada. Le envié un mensaje por mis amigos y nos está esperando.

    Aquello sonaba agradable y reconfortante pero no habían llegado aún, y no era tan fácil como parecía encontrar la Ultima Morada al oeste de las Montañas. No había árboles, valles o colinas que quebrasen el terreno delante de ellos: la vasta pendiente ascendía poco a poco hasta el pie de la montaña más próxima, una ancha tierra descolorida de brezo y piedra rota, con manchas de latigazos de verde de hierbas y verde de musgos que señalaban dónde podía haber agua.

    Pasó la mañana, llegó la tarde; pero no había señales de que alguien habitara en ese yermo silencioso. La inquietud de todos iba en aumento, pues veían ahora que la casa podía estar oculta casi en cualquier lugar entre ellos y las montañas. Se encontraban de pronto con valles inesperados, estrechos, de paredes escarpadas, que se abrían de súbito, y ellos miraban hacia abajo y se sorprendían, pues había árboles y una corriente de agua en el fondo. Algunos desfiladeros casi hubieran podido cruzarlos de un salto, pero eran en cambio muy profundos, y el agua corría por ellos en cascadas. Había gargantas oscuras que no podían cruzarse sin trepar.

    Había ciénagas; algunas eran lugares verdes de aspecto agradable, donde crecían flores altas y luminosas; pero un poney que caminase por allí llevando una carga nunca volvería a salir.

    Por cierto, era una tierra que se extendía desde el vado a las montañas, de una vastedad que nunca hubieseis llegado a imaginar. Bilbo estaba asombrado. Unas piedras blancas, algunas pequeñas y otras medio cubiertas de musgo o brezo, señalaban el único sendero. En verdad era una tarea muy lenta la de seguir el rastro, aun guiados por Gandalf, que parecía conocer bastante bien el camino.

    La cabeza y la barba de Gandalf se movían de aquí para allá cuando buscaba las piedras y ellos lo seguían; pero cuando el día empezó a declinar no parecían haberse acercado mucho al término de la busca. La hora del té había pasado hacia tiempo y parecía que la de la cena pronto iría por el mismo camino. Había mariposas nocturnas que revoloteaban alrededor y la luz era ahora muy débil, pues aún no había salido la luna. El poney de Bilbo comenzó a tropezar en raíces y piedras. Llegaron tan de repente al borde mismo de un declive abrupto, que el caballo de Gandalf casi resbaló pendiente abajo.

    —¡Aquí está, por fin! —anunció el mago, y los otros se agruparon en torno y miraron por encima del borde. Vieron un valle allá abajo.

    Podían oír el murmullo del agua que se apresuraba en el fondo, sobre un lecho de piedras; en el aire había un aroma de árboles, y en la vertiente del otro lado brillaba una luz. Bilbo nunca olvidó cómo rodaron y resbalaron en el crepúsculo, bajando por el sendero empinado y zigzagueante hasta entrar en el valle secreto de Rivendel. El aire era más cálido a medida que descendían, y el olor de los pinos amodorraba a Bilbo, quien de vez en cuando cabeceaba y casi se caía, o daba con la nariz en el pescuezo del poney. Todos parecían cada vez más animados mientras bajaban.

    Las hayas y robles sustituyeron a los pinos, y el crepúsculo era como una atmósfera de serenidad y bienestar. El último verde casi había desaparecido de la hierba, cuando llegaron al fin a un claro despejado, no muy por encima de las riberas del arroyo.

    —¡Hummm! ¡Huele como a elfos! pensó Bilbo, y levantó los ojos hacia las estrellas.

    Ardían brillantes y azules. Justo entonces una canción brotó de pronto, como una risa entre los árboles:

    ¡Oh! ¿Qué hacéis,
    y a dan de vais?
    ¡Hay que herrar esos poneys!
    ¡El rio corre!
    ¡Oh! ¡Tra—la—la—lalle,
    aquí abajo en el valle!

    ¡Oh! ¿Qué buscáis,
    y a dónde vais?
    ¡Los leños humean,
    las tartas se doran!
    ¡Oh! ¡Tral—lel—lel—lelle,
    el valle es alegre? ¡Ja! ¡Ja!

    ¡Oh! ¿Hacía dónde vais
    meneando las barbas?
    No, no, no sabemos
    que trae a Bolsón
    y a Balín, y. Dwalin
    abajo hacia el valle
    en junio, ¡Ja! Ja!

    ¡Oh! ¿Aquí os quedareis,
    o en seguida os iréis?
    ¡Se extravían los poneys!
    ¡La luz del día muere!
    Sería malo irse;
    mucho mejor quedarse,
    y escuchar y atender
    hasta el fin de la noche
    nuestro canto. Ja! ¡Ja!


    De esta manera reían y cantaban entre los árboles, y vaya desatino, pensaréis vosotros, supongo. Pero no les importaría nada si se lo dijeseis; se reirían todavía más. Eran elfos desde luego. Pronto Bilbo empezó a distinguirlos, a medida que aumentaba la oscuridad. Le gustaban los elfos, aunque rara vez tropezaba con ellos, pero al mismo tiempo lo asustaban un poco. Los enanos no se llevaban bien con aquellas criaturas. Aun enanos bastante simpáticos, como Thorin y sus amigos, pensaban que los elfos eran tontos (un pensamiento muy tonto, por cierto), o se enfadaban con ellos. Pues algunos elfos les tomaban el pelo y se reían de los enanos, y sobre todo de sus barbas.

    —¡Bueno, bueno! —dijo una voz— ¡Miren qué cosa! ¡Bilbo el hobbit en un poney, cíelos! ¿No es delicioso?
    —¡Maravilla de maravillas!

    En seguida se pusieron a corear otra canción, tan ridícula como la que he copiado entera. Al fin uno, un joven alto, salió de los árboles y se inclinó ante Gandalf y Thorin.

    —¡Bienvenidos al valle! —dijo.
    —¡Gracias! —dijo Thorin con alguna brusquedad, pero Gandalf había bajado ya del caballo y charlaba alegre entre los elfos.
    —Te has desviado un poco del camino —dijo el elfo—. Es decir, si quieres ir por el único sendero que cruza el río hacia la casa de más allá. Nosotros te guiaremos, pero sería mejor que fueseis a pie hasta pasar al puente. ¿Te quedarás un rato y cantarás con nosotros, o te marcharás en seguida? Allá se está preparando la cena —dijo—. Puedo oler el fuego de leña de la cocina.

    Cansado como estaba, a Bilbo le hubiese gustado quedarse un rato. El canto de los elfos no es para perdérselo, en junio bajo las estrellas, si te interesan esas cosas. También le hubiese gustado tener unas pocas palabras aparte con estas gentes, que parecían saber cómo se llamaba y todo acerca de él, aunque nunca los hubiese visto. Pensaba que la opinión de los elfos sobre la aventura podría ser interesante. Los elfos saben mucho y es asombroso cómo están enterados de lo que ocurre entre las gentes de la tierra, pues las noticias corren entre ellos tan rápidas como el agua de un río, o tal vez más.

    Pero los enanos estaban todos de acuerdo en cenar cuanto antes y no quedarse mucho tiempo. Siguieron adelante, guiando a los poneys, hasta que llegaron a una buena senda, y así por fin al borde del mismo río. Corría rápido y ruidoso, como un arroyo de la montaña en un atardecer de verano, cuando el sol ha estado iluminando todo el día la nieve de las cumbres. Sólo había un puente estrecho de piedra, sin parapeto, tan estrecho que apenas si cabía un poney, y tuvieron que cruzarlo despacio y con cuidado, en fila, llevando cada uno un poney por las riendas. Los elfos habían traído faroles brillantes a la orilla y cantaron una animada canción mientras el grupo iba pasando.

    —¡No mojes tu barba con la espuma, padre! —le gritaron a Thorin, que de tan encorvado iba casi a gatas—, Ya es bastante larga sin necesidad de que la mojes.
    —¡Cuidado con Bilbo, no se vaya a comer todos los bizcochos! —dijeron—. ¡Todavía está demasiado gordo para colarse por el agujero de la cerradura!
    —¡Silencio, silencio, Buena Gente! ¡Y buenas noches! —dijo Gandalf, que había llegado último—. Los valles tienen oídos, y algunos elfos tienen lenguas demasiado sueltas. ¡Buenas noches!

    Y así llegaron por fin a la Ultima Morada y encontraron las puertas abiertas de par en par.

    Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aun horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas. Se quedaron muchos días en aquella casa agradable, catorce al menos, y les costó irse. Bilbo se hubiese quedado allí con gusto para siempre, incluso suponiendo que un deseo hubiera podido transportarlo sin problemas directa mente de vuelta al agujero—hobbit. No obstante, algo hay que contar sobre esta estancia,

    El dueño de casa era amigo de los elfos, una de esas gentes cuyos padres aparecen en cuentos extraños, anteriores al principio de la historia misma, las guerras de los trasgos malvados y los elfos, y los primeros hombres del Norte. En los días de nuestro relato, había aún algunas gentes que descendían de los elfos y los héroes del Norte; y Elrond, el dueño de casa, era el jefe de todos ellos.

    Era tan noble y de facciones tan hermosas como un señor de los elfos, fuerte como un guerrero, sabio como un mago, venerable como un rey de los enanos, y benévolo como el estío. Aparece en muchos relatos, pero la parte que desempeña en la historia de la aventura de Bilbo es pequeña, aunque importante, como veréis, si alguna vez llegamos a acabarla. La casa era perfecta tanto para comer o dormir como para trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente sentarse y pensar mejor, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no tenía cabida en aquel valle.

    Desearía tener tiempo para contaros sólo unas pocas de las historias o una o dos de las canciones que se oyeron entonces en aquella casa. Todos los viajeros, incluyendo los poneys, se sintieron refrescados y fortalecidos luego de pasar allí unos pocos días. Les compusieron los vestidos, tanto como las magulladuras, el humor, y las esperanzas. Les llenaron las alforjas con comida y provisiones de poco peso, pero fortificantes, buenas para cruzar los desfiladeros. Les aconsejaron bien y corrigieron los planes de la expedición. Así llegó el solsticio de verano y se dispusieron a partir otra vez con los primeros rayos del sol estival.

    Elrond lo sabía todo sobre runas de cualquier tipo. Aquel día observó las espadas que habían tomado en la guarida de los trolls y comentó: —Esto no es obra de los trolls. Son espadas antiguas, muy antiguas, de los Altos Elfos del Oeste, mis parientes. Están hechas en Gondolin para las guerras de los trasgos. Tienen que haber sido parte del tesoro escondido de un dragón, o de un botín de los trasgos, pues los dragones y los trasgos destruyeron esa ciudad hace muchos siglos. En esta, Thorin, las runas dicen Orcrist, la Hiende Trasgos en la ancestral lengua de Gondolin; fue una hoja famosa. Esta, Gandalf, fue Glamdrin, la Martilla Enemigos, que una vez llevó el rey de Gondolin. ¡Guardadlas bien!

    —¿De dónde las habrán sacado los trolls, me pregunto? —murmuró Thorin mirando su espada con renovado interés.
    —No sabría decirlo —dijo Elrond—, pero puede suponerse que vuestros trolls habrán saqueado otros botines, o habrán descubierto los restos de viejos robos en alguna cueva de las montañas. He oído que hay quizá todavía tesoros ignotos en las cavernas desiertas de las minas de Moria, desde la guerra de los enanos y los trasgos.

    Thorin meditó estas palabras. —Llevaré esta espada con honor —dijo—. ¡Ojalá pronto hienda trasgos otra vez!

    —¡Un deseo que quizá se cumpla muy pronto en los montes! —dijo Elrond—. ¡Pero mostradme ahora vuestro mapa!

    Lo tomó y lo miró largo rato, y meneó la cabeza; pues si no aprobaba del todo a los enanos y el amor que le tenían al oro, odiaba a los dragones y la cruel perversidad de estas bestias, y se afligió al recordar la ruina de la ciudad de Valle y aquellas campanas alegres, y las riberas incendiadas del centelleante Río Rápido. La luna resplandecía en un amplio cuarto creciente de plata. Elrond alzó el mapa y la luz blanca lo atravesó. —¿Qué es esto? —dijo—. Hay letras lunares aquí junto a las runas y que dicen "cinco pies de altura y tres pasan con holgura".

    —¿Qué son las letras lunares? —preguntó el hobbit muy excitado. Le encantaban los mapas, como ya os he dicho antes; y también le gustaban las runas, y las letras, y las escrituras ingeniosas, aunque él escribía con letras delgadas y como patas de araña.
    —Las letras lunares son letras rúnicas, pero que no se pueden ver —dijo Elrond—, no al menos directamente. Sólo se las ve cuando la luna brilla por detrás, y en los ejemplos más ingeniosos la fase de la luna y la estación tienen que ser las mismas que en el día en que fueron escritas. Los enanos las inventaron y las escribían con plumas de plata, como tus amigos te pueden contar. Estas tienen que haber sido escritas en una noche del solsticio de verano con luna creciente, hace ya largo tiempo.
    —¿Qué es lo que dicen? —preguntaron Gandalf y Thorin a la vez, un poco fastidiados quizá de que Elrond las hubiese descubierto primero, aunque es cierto que hasta entonces no habían tenido la oportunidad, y no volverían a tenerla quién sabe por cuánto tiempo.
    —Estad cerca de la piedra gris cuando llame el zorzal —leyó Elrond— y el sol poniente brillará sobre el ojo de la cerradura con las últimas luces del Día de Durin.
    —¡Durin, Durin! —exclamó Thorin.—. Era el padre de los padres de la más antigua raza de Enanos, los Barbiluengos, y mi primer antepasado: yo soy el heredero de Durin.
    —Pero ¿cuándo es el Día de Durin? —preguntó Elrond.
    —El primer día del Año Nuevo de los enanos —dijo Thorin—. Como todos sabéis sin duda, el primer día de la última luna otoñal, en los umbrales del invierno. Todavía llamamos Día de Durin a aquel en que el sol y la última luna de otoño están juntos en el cielo. Pero me temo que esto no ayudará, pues nadie sabe hoy cuándo este tiempo se presentará otra vez.
    —Eso está por verse —dijo Gandalf— ¿Hay algo más escrito?
    —Nada que se revele con esta luna —dijo Elrond, y le devolvió el mapa a Thorin; y luego bajaron al agua para ver a los elfos que bailaban y cantaban en la noche del solsticio.

    La mañana siguiente, la mañana del solsticio, fue tan hermosa y fresca como hubiera podido soñarse: un cielo azul sin nubes, y el sol que brillaba en el agua. Partieron entonces entre cantos de despedida y buen viaje, con los corazones dispuestos a nuevas aventuras, y sabiendo por dónde tenían que ir para cruzar las Montañas Nubladas hacia la tierra de más allá.


    SOBRE LA COLINA Y BAJO LA COLINA


    Había muchas sendas que subían internándose en aquellas montañas, y sobre ellas muchos desfiladeros. Pero la mayoría de estas sendas eran engañosas y decepcionantes, o no llevaban a ningún lado, o acababan mal; y la mayoría de estos desfiladeros estaba infestada de criaturas malvadas y de peligros horrorosos. Los enanos y el hobbit, ayudados por el sabio consejo de Elrond y los conocimientos y la memoria de Gandalf, tomaron el camino que llegaba al desfiladero apropiado.

    Muchos días después de haber remontado el valle y de dejar millas atrás la Ultima Morada, todavía seguían subiendo y subiendo. Era una senda escabrosa y peligrosa, un camino tortuoso, desierto y largo. Al fin pudieron volverse a mirar las tierras que habían dejado, allá abajo en la distancia. Lejos, muy lejos en el poniente, donde las cosas eran azules y tenues, Bilbo sabía que estaba su propio país, con casas seguras y cómodas, y el pequeño agujero—hobbit. Se estremeció. Empezaba a sentirse un frío cortante allí arriba, y el viento silbaba entre las rocas. También, a veces, unos cantos rodados bajaban a saltos por las laderas de la montaña —los había soltado el sol de mediodía sobre la nieve— y pasaban entre ellos (lo que era afortunado) o sobre sus cabezas (lo que era alarmante). Las noches se sucedían incómodas y muy frías, y no se atrevían a cantar ni a hablar demasiado alto, pues los ecos eran extraños y parecía que al silencio le molestaba que lo quebrasen, excepto con el ruido del agua, el quejido del viento y el crujido de la piedra.

    El verano está llegando allá abajo pensó Bilbo. "Y ya empiezan la siega del heno y las meriendas. A este paso estarán recolectando y recogiendo moras aun antes de que empecemos a bajar del otro lado." Y los de más tenían también pensamientos lúgubres de este tipo, aunque cuando se habían despedido de Elrond alentados por la mañana de verano, habían hablado alegremente del cruce de las montanas y de cabalgar al galope por las tierras que se extendían más allá. Habían pensado llegar a la puerta secreta de la Montana Solitaria tal vez en esa misma primera luna de otoño. —Y quizá sea el Día de Durin —habían dicho. Sólo Gandalf había meneado en silencio la cabeza. Ningún enano había atravesado ese paso desde hacía muchos años, pero Gandalf sí, y conocía el mal y el peligro que habían crecido y aumentado en las tierras salvajes desde que los dragones habían expulsado de allí a los hombres, y desde que los trasgos habían ocupado la región en secreto después de la batalla de las Minas de Moria. Aun los buenos planes de magos sabios como Gandalf, y dé buenos amigos como Elrond, se olvidan a veces, cuando uno está lejos en peligrosas aventuras al borde del Yermo; y Gandalf era un mago bastante sabio como para tenerlo en cuenta.

    Sabía que algo inesperado podía ocurrir, y apenas se atrevía a desear que no tuvieran alguna aventura horrible en aquellas grandes y altas montañas de picos y valles solitarios, donde no gobernaba ningún rey. Nada ocurrió. Todo marchó bien, hasta que un día se encontraron con una tormenta dé truenos; más que una tormenta era una batalla de truenos. Sabéis que terrible puede llegar a ser una verdadera tormenta de truenos allá abajo en el valle del río; sobre todo cuando dos grandes tormentas se encuentran y se baten. Más terribles todavía son los truenos y los relámpagos en las montañas por la noche, cuando las tormentas vienen del este y del oeste y luchan entre ellas. El relámpago se hace trizas sobre los picos, y las rocas tiemblan, y unos enormes estruendos parten el aire, y entran rodando a los tumbos en todas las cuevas y agujeros y un ruido abrumador y una claridad súbita invaden la oscuridad.

    Bilbo nunca había visto o imaginado nada semejante. Estaban muy arriba en un lugar estrecho, y a un lado un precipicio espantoso caía sobre un valle sombrío. Allí pasaron la noche, al abrigo de una roca; Bilbo tendido bajo una manta y temblando de pies a cabeza. Cuando miró fuera, vio a la luz de los relámpagos los gigantes de piedra abajo en el valle; habían salido y ahora jugaban tirándose piedras unos a otros; las re—cogían y las arrojaban en la oscuridad, y allá abajo se rompían o desmenuzaban entre los árboles. Luego llegaron el viento y la lluvia, y el viento azotaba la lluvia y el granizo en todas direcciones, por lo que el refugio de la roca no los protegía mucho. Al rato estaban empapados hasta los huesos y los poneys se encogían, bajaban la cabeza, y metían la cola entre las patas, y algunos re linchaban de miedo. Las risotadas y los gritos de los gigantes podían oírse por encima de todas las laderas.

    —¡Esto no irá bien! —dijo Thorin—, Si no salimos despedidos, o nos ahogamos, o nos alcanza un rayo, nos atrapará alguno de esos gigantes y de una patada nos mandará al cielo como una pelota de fútbol.
    —Bien, si sabes de un sitio mejor, ¡llévanos allí! —dijo Gandalf, quien se sentía muy malhumorado, y no estaba nada contento con los gigantes.

    El final de la discusión fue enviar a Fíli y Kili en busca de un refugio mejor. Tenían ojos muy penetrantes, y siendo los enanos más jóvenes (unos cincuenta años menos que los otros), se ocupaban por lo común de este tipo de tareas (cuando todos comprendían que sería inútil enviar a Bilbo). No hay nada como mirar, si queréis encontrar algo (al menos eso decía Thorin a los enanos jóvenes).

    Cierto que casi siempre, se encuentra algo, si se mira, pero no siempre es lo que uno busca. Así ocurrió en esta ocasión.

    Fíli y Kili pronto estuvieron de vuelta, arrastrándose, doblados por el viento, aferrándose a las rocas. —Hemos encontrado una cueva seca —dijeron—, doblando el próximo recodo no muy lejos de aquí; y caben poneys y todo.

    —¿La habéis explorado afondo? —dijo el mago, que sabía que las cuevas de las montanas raras veces están sin ocupar.
    —¡Sí, sí! —dijeron Fíli y Kili, aunque todos sabían qué no podían haber estado allí mucho tiempo; habían regresado casi en seguida—. No es demasiado grande y tampoco muy profunda.

    Naturalmente, esto es lo peligroso de las cuevas; a veces uno no sabe lo profundas que son, o a dónde puede llevar un pasadizo, o lo que te espera dentro. Pero en aquel momento las noticias de Fíli y Kili parecieron bastante buenas. Así que todos se levantaron y se prepararon para trasladarse. El viento aullaba y el trueno retumbaba aún, y era difícil moverse con los poneys. De todos modos, la cueva no estaba muy lejos. Al poco tiempo llegaron a una gran roca que sobresalía en la senda. Detrás, en la ladera de la montaña, se abría un arco bajo.

    Había espacio suficiente para que pasaran los poneys apretujados, una vez que les quitaran las sillas. Debajo del arco era agradable oír el viento y la lluvia fuera y no cayendo sobre ellos, y sentirse a salvo de los gigantes y sus rocas. Pero el mago no quería correr riesgos. Encendió su vara —como aquel día en el comedor de Bilbo que ahora parecía tan lejano, si lo recordáis— y con la luz exploraron la cueva de extremo a extremo.

    Parecía de buen tamaño, pero no era demasiado grande ni misteriosa. Tenía el suelo seco y algunos rincones cómodos. En uno de ellos había lugar para los poneys, y allí permanecieron las bestias muy contentas del cambio, humeando y mascando en los morrales. Óin y Glóin querían encender una hoguera en la entrada para secarse la ropa, pero Gandalf no quiso ni oírlo. Así que tendieron las cosas húmedas en el suelo y sacaron otras secas; luego ahuecaron las mantas, sacaron las pipas e hicieron anillos de humo que Gandalf volvía de diferentes colores y hacía bailar en el techo para entretenerlos. Charlaron y charlaron, y olvidaron la tormenta, y discutieron lo que cada uno haría con su parte del tesoro (cuando lo tuviesen, lo que de momento no parecía tan imposible); y así fueron quedándose dormidos uno tras otro. Y ésa fue la última vez que usaron los poneys, los paquetes, equipajes, herramientas y todo lo que habían traído con ellos.

    No obstante, fue una suerte esa noche que hubiesen traído al pequeño Bilbo. Porque, por alguna razón, Bilbo no pudo dormirse hasta muy tarde; y luego tuvo unos sueños horribles. Soñó que una grieta en la pared del fondo de la cueva se agrandaba y se agrandaba, abriéndose más y más; y él estaba muy asustado pero no podía gritar, ni hacer otra cosa que seguir acostado, mirando. Después soñó que el suelo de la cueva cedía, y que se deslizaba, y que él empezaba a caer, a caer, quién sabe a dónde.

    En ese momento despertó con un horrible sobresalto y se encontró con que parte del sueño era verdad. Una grieta se había abierto al fondo de la cueva y era ya un pasadizo ancho. Apenas si tuvo tiempo de ver la última de las colas de los poneys, que desaparecía en la sombra. Por supuesto, lanzó un chillido estridente, tanto como puede llegar a serlo un chillido de hobbit, bastante asombroso si tenemos en cuenta el tamaño de estas criaturas.

    Afuera saltaron los trasgos, trasgos grandes, trasgos enormes de cara fea, montones de trasgos, antes que nadie pudiera decir "peñas y breñas". Había por lo menos seis para cada enano, y dos más para Bilbo; y los apresaron a todos y los llevaron por la hendedura, antes que nadie pudiera decir "madera y hoguera". Pero no a Gandalf. Eso fue lo bueno del grito de Bilbo. Lo había despertado por completo en una décima de segundo y cuando los trasgos iban a ponerle las manos encima, hubo un destello terrorífico como un relámpago en la cueva, un olor como de pólvora, y varios cayeron muertos.

    La grieta se cerró de golpe ¡y Bilbo y los enanos estaban en el lado equivocado! ¿Dónde se encontraba Gandalf? De eso ni ellos ni los trasgos tenían la menor idea, y los trasgos no esperaron a averiguarlo. Tomaron a Bilbo y a los enanos, y los hicieron andar a toda prisa. El sitio era profundo, profundo y oscuro, tanto que sólo los trasgos que habían tenido la ocurrencia de vivir en el corazón de las montañas podían distinguir algo. Los pasadizos se cruzaban y confundían en todas direcciones, pero los trasgos conocían el camino tan bien como vosotros el de la oficina de correos más próxima; y el camino descendía y descendía y la atmósfera era cada vez más enrarecida y horrorosa. Los trasgos eran muy brutos, pellizcaban sin compasión, y reían entre dientes o a carcajadas, con voces horribles y pétreas; y Bilbo se sentía más desgraciado aún que cuando el troll lo había levantado tirándole de los dedos de los pies. Una y otra vez se encontraba añorando el agradable y reluciente agujero hobbit. No sería ésta la ultima ocasión.

    De pronto apareció ante ellos el resplandor de una luz roja. Los trasgos empezaron a cantar, a croar, golpeteando los pies planos sobre la piedra, y sacudiendo también a los prisioneros.

    ¡Azota! ¡Voltea! ¡La negra abertura!
    ¡Atrapa, arrebata! ¡Pellizca, apañusca!
    ¡Bajando, bajando, al pueblo de trasgos,
    vas tú, muchacho!
    ¡Embute, golpea! ¡Estruja, revienta!
    Martillo y tenaza! ¡Batintín y maza!
    ¡Machaca, machaca, a los subterráneos!
    ¡jo, jo, muchacho!
    ¡Lacera, apachurra! ¡Chasquea los látigos!
    ¡Aúlla y solloza! ¡Sacude, aporrea!
    ¡Trabaja, trabaja! ¡A huir no te atrevas,
    mientras los trasgos beben y carcajean!
    ¡Rondando, rodando, por el subterráneo!
    ¡Abajo, muchacho!


    El canto era realmente terrorífico, las paredes resonaban con el ¡azota, volea! y con el ¡estruja, revienta! y con la inquietante carcajada de los ¡jo, jo, muchacho! El significado de la canción era demasiado evidente; pues ahora los trasgos sacaron los látigos y los azotaron con gritos de ¡lacera, apachurra!, haciéndolos correr delante tan rápido como les era posible; y más de uno de los enanos estaba ya desgañitándose con aullidos incomparables, cuando entraron todos a los trompicones en una enorme caverna.

    Estaba iluminada por una gran hoguera roja en el centro y por antorchas a lo largo de las paredes, y había allí muchos trasgos. Todos se reían, pateaban y batían palmas, cuando los enanos (con el pobrecito Bilbo detrás y más al alcance de los látigos) llegaron corriendo, mientras los trasgos que los arreaban daban gritos y chasqueaban los látigos detrás. Los poneys estaban ya agrupados en un rincón; y allí tirados estaban todos los sacos y paquetes, rotos y abiertos, revueltos por trasgos, y olidos por trasgos, y manoseados por trasgos, y disputados por trasgos.

    Me temo que fue lo ultimo que vieron de aquellos excelentes poneys, incluyendo un magnífico ejemplar blanco, pequeño y vigoroso, que Elrond había prestado a Gandalf, ya que el caballo no era apropiado para los senderos de la montaña. Porque los trasgos comen caballos y poneys y burros (y otras cosas mucho más espantosas), y siempre tienen hambre. Sin embargo, los prisioneros sólo pensaban ahora en sí mismos. Los trasgos les encadenaron las manos a la espalda y los unieron a todos en línea, y los arrastraron hasta él rincón más lejano de la caverna con el pequeño Bilbo remolcado al extremo de la hilera.

    Allá, entre las sombras, sobre una gran piedra lisa, estaba sentado un trasgo terrible de cabeza enorme, y unos trasgos armados permanecían de pie alrededor blandiendo las hachas y las espadas curvas que ellos usan. Ahora bien, los trasgos son crueles, malvados y de mal corazón. No hacen nada bonito, pero sí muchas cosas ingeniosas. Pueden excavar túneles y minas tan bien como cualquier enano no demasiado diestro, cuando se toman la molestia, aunque comúnmente son desaseados y sucios. Martillos, hachas, espadas, puñales, picos y pinzas, y también instrumentos de tortura, los hacen muy bien, o consiguen que otra gente los haga, prisioneros o esclavos obligados a trabajar hasta que mueren por falta de aire y luz. Es probable que ellos hayan inventado algunas de las máquinas que desde entonces preocupan al mundo, en especial ingeniosos aparatos que matan enormes cantidades de gente de una vez, pues las ruedas y los motores y las explosiones siempre les encantaron, como también no trabajar con sus propias manos más de lo indispensable; pero en aquellos días, y en aquellos parajes agrestes, no habían ido (como se dice) todavía tan lejos. No odiaban especialmente a los enanos, no más de lo que odiaban a todos y todo, y particularmente lo metódico y próspero; en ciertos lugares unos enanos malvados han llegado a pactar con ellos. Pero tenían particular aversión por la gente de Thorin a causa de la guerra que habéis oído mencionar, pero que no viene a cuento en esta historia; y de todos modos a los trasgos no les preocupa a quién capturan, en tanto puedan dar el golpe en secreto y de un modo ingenioso, y los prisioneros no sean capaces de defenderse.

    —¿Quiénes son esas miserables personas? —dijo el Gran Trasgo.
    —¡Enanos, y esto! —dijo uno de los captores, tirando de la cadena de Bilbo de tal modo que el hobbit cayó delante de rodillas—. Los encontramos refugiados en nuestro Porche Principal,
    —¿Qué pretendíais? —dijo el Gran Trasgo volviéndose hacia Thorin—. ¡Nada bueno, podría asegurarlo! ¡Espiar los asuntos privados de mis gentes, supongo! ¡Ladrones, no me sorprendería saber que lo sois! ¡Asesinos y amigos de los elfos, sin duda alguna! ¡Ven! ¿Qué tienes que decir?
    —¡Thorin el enano a vuestro servicio! —replicó Thorin: una mera nadería cortés— De las cosas que sospechas e imaginas no tenemos la menor idea. Nos resguardamos de una tormenta en lo que parecía una cueva cómoda y no usada; nada más lejos de nuestro pensamiento que molestar de algún modo a los trasgos. —¡Esto era bastante cierto!
    —¡Hum! —gruñó el Gran Trasgo—. ¡Eso es lo que dices! ¿Podría preguntarte qué hacíais allá arriba en las montañas, y de dónde venís y adonde vais? En realidad me gustaría saber todo sobre vosotros. No digo que pueda serviros de algo, Thorin Escudo de Roble, ya sé demasiado de tu gente; pero conozcamos de una vez la verdad. ¡De lo contrario prepararé para vosotros algo particularmente incómodo!
    —Íbamos de viaje a visitar a nuestros parientes, nuestros sobrinos y sobrinas, y primeros, segundos y terceros primos, y otros descendientes de nuestros abuelos, que viven del lado oriental de estas realmente hospitalarias montañas —respondió Thorin, no sabiendo muy bien qué decir así de repente, pues era obvio que la verdad exacta no vendría a cuento.
    —¡Es un mentiroso, oh tú en verdad el Terrible!
    —dijo uno de los captores—. Varios de los nuestros fueron fulminados por un rayo en la cueva cuando invitamos a estas criaturas a que bajaran, y están tan muertos como piedras. ¡Tampoco nos ha explicado esto!
    —Sostuvo en alto la espada que Thorin había llevado, la espada que procedía del cubil de los trolls.

    El Gran Trasgo dio un aullido de rabia realmente horrible cuando vio la espada, y todos los soldados crujieron los dientes, batieron los escudos, y patearon. Reconocieron la espada al momento. En otro tiempo había dado muerte a cientos de trasgos, cuando tos elfos rubios de Gondolin los cazaron en las colinas o combatieron al pie de las murallas. La habían denominado Orcrist, Hiende Trasgos, pero los trasgos la llamaban simplemente Mordedora. La odiaban, y odiaban todavía más a cualquiera que la llevase.

    —¡Asesinos y amigos de los elfos! —gritó el Gran Trasgo—. ¡Acuchilladlos! ¡Golpeadlos! ¡Mordedlos! ¡Que les rechinen los dientes! ¡Llevadlos a agujeros oscuros repletos de víboras y que nunca vuelvan a ver la luz!
    —Tenía tanta rabia que saltó del asiento y se lanzó con la boca abierta hacia Thorin.

    Justo en ese momento todas las luces de la caverna se apagaron, y la gran hoguera se convirtió, ¡puf!, en una torre de resplandeciente humo azul que subía hasta el techo, esparciendo penetrantes chispas blancas entre todos los trasgos.

    Los gritos y lamentos, gruñidos, farfulleos y chapurreos, aullidos, alaridos y maldiciones, chillidos y graznidos que siguieron entonces, eran indescriptibles. Varios cientos de gatos salvajes y lobos asados vivos, todos juntos y despacio, no hubieran hecho tanto alboroto. Las chispas ardían abriendo agujeros en los trasgos, y el humo que ahora caía del techo oscurecía tanto el aire, que ni siquiera ellos mismos podían ver. Pronto empezaron a caer unos sobre otros y a rodar en montones por el suelo, mordiendo, pateando y peleando, como si todos se hubieran vuelto locos.

    De repente una espada destelló con luz propia. Bilbo vio que atravesaba de lado a lado al Gran Trasgo, mudo de asombro y furioso a la vez. Cayó muerto, y los soldados trasgos, huyendo y gritando delante de la espada, desaparecieron en la oscuridad.

    La espada volvió a la vaina.

    —¡Seguidme a prisa! —dijo una voz fiera y queda. Y antes que Bilbo comprendiese lo que había ocurrido, estaba ya trotando de nuevo, tan rápido como podía, al final de la columna, bajando por más pasadizos oscuros mientras los alaridos del salón de los trasgos quedaban atrás, cada vez más débiles. Una luz pálida los guiaba.
    —¡Más rápido, más rápido! —decía la voz—. Pronto volverán a encender las antorchas.
    —¡Espera un momento! —dijo Dori, que estaba detrás, al lado de Bilbo, y era un excelente compañero. Como mejor pudo, con las manos atadas, consiguió que el hobbit se le subiera a los hombros, y luego echaron todos a correr, con un tintineo de cadenas y más de un tropezón, ya que no tenían manos para sostenerse. No se detuvieron por un largo rato, cuando ya estaban sin duda en el corazón mismo de la montaña.

    Entonces Gandalf encendió la vara. Por supuesto, era Gandalf; pero en ese momento todos estaban demasiado ocupados para preguntar cómo había llegado allí. Volvió a sacar la espada, y una vez más la hoja destelló en la oscuridad; ardía con una furia centelleante si había trasgos alrededor, y ahora brillaba como una llama azul por el deleite de haber matado al gran señor de la cueva. No le costó nada cortar las cadenas de los trasgos y liberar lo más rápido posible a todos los prisioneros. El nombre de esta espada, recordaréis, era Glamdrin, Martilla Enemigos. Los trasgos la llamaban simplemente Demoledora, y la odiaban, si eso es posible, todavía más que a Mordedora. También Orcrist había sido salvada, pues Gandalf se la había arrebatado a uno de los guardias aterrorizados. Gandalf pensaba en todo; y aunque no podía hacer cualquier cosa, ayudaba siempre a los amigos en aprietos,

    —¿Estamos todos aquí? —dijo, entregando la espada a Thorin con una reverencia—. Veamos: uno, Thorin; dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. ¿Dónde están Fíli y Kili? ¡Aquí! Doce, trece... y he ahí al señor Bolsón: ¡catorce! ¡Bien, bien! Podría ser peor, y sin embargo podría ser mucho mejor. Sin poneys, y sin comida, y sin saber muy bien dónde estamos, ¡y unas hordas de trasgos furiosos justo detrás! ¡Sigamos adelante!

    Siguieron adelante. Gandalf estaba en lo cierto: se oyeron ruidos de trasgos y unos gritos horribles allá detrás a lo lejos, en los pasadizos que habían atravesado, Se apresuraron entonces todavía más, y como el pobre Bilbo no podía seguirles el paso —pues los enanos son capaces de correr más deprisa, os lo aseguro, cuando tienen que hacerlo— se turnaron llevándolo a hombros.

    Sin embargo los trasgos corren más que los enanos, y estos trasgos conocían mejor el camino (ellos mismos habían abierto los túneles), y estaban locos de furia; así que hiciesen lo que hiciesen, los enanos oían los gritos y aullidos que se acercaban cada vez más. Muy pronta alcanzaron a oír el ruido de los pies de los trasgos, muchos, muchos pies que parecían estar a la vuelta del ultimo recodo. El destello de las antorchas rojas podía verse detrás de ellos en el túnel; y ya empezaban a sentirse muertos de cansancio.

    —¡Por qué, oh por qué habré dejado mi agujero—hobbit! —decía el pobre señor Bolsón, mientras se sacudía hacia arriba y abajo sobre el pobre señor Bolsón, mientras se sacudía hacia arriba y abajo sobre la espalda de Bombur.
    —¡Por qué, oh por qué habré traído a este pobrecito hobbit, a buscar el tesoro! — decía el desdichado Bombur que era gordo, y se bamboleaba mientras el sudor le caía en gotas de la nariz a causa del calor y el terror,

    En aquel momento Gandalf se retrasó, y Thorin con él. Doblaron un recodo cerrado. —¡Están a la vuelta! —gritó el mago—. ¡Desenvaina tu espada, Thorin!

    No había mas que hacer, y a los trasgos no les gustó. Venían corriendo a toda prisa y dando gritos, y al llegar al recodo tropezaron atónitos con la Hiende Trasgos y la Martilla Enemigos que brillaban frías y luminosas. Los que iban delante arrojaron las antorchas y dieron un alarido antes de morir. Los de atrás aullaban siguiéndolos. —¡Mordedora y Demoledora! —chillaron; y pronto todos estuvieron envueltos en una completa confusión, y la mayoría se apresuró a regresar por donde había venido.

    Pasó bastante tiempo antes que cualquiera de ellos se atreviese a doblar aquel recodo. Mientras, los enanos se habían puesto otra vez en marcha, siguiendo un largo camino que los llevaba a los túneles oscuros del país de los trasgos. Cuando los trasgos se dieron cuenta, apagaron las antorchas y se deslizaron pisando con cuidado, y eligieron a los corredores más veloces, aquellos que tenían oídos como comadrejas en la oscuridad, y eran casi tan silenciosos como murciélagos.

    Así ocurrió que ni Bilbo, ni los enanos, ni siquiera Gandalf, los oyeron llegar, ni tampoco los vieron. Pero los trasgos los vieron a ellos, pues la vara de Gandalf emitía una luz débil que ayudaba a los enanos a encontrar el camino.

    De repente Dori, que ahora otra vez corría a la cola llevando a Bilbo, fue aferrado por detrás en la oscuridad. Gritó y cayó; y el hobbit rodó de los hombros de Dori a la negrura, se golpeó la cabeza contra una piedra, y no recordó nada más.


    ACERTIJOS EN LAS TINIEBLAS


    Cuando Bilbo abrió los ojos, se preguntó si en verdad los habría abierto; pues todo estaba tan oscuro como si los tuviese cerrados. No había nadie cerca, de él. ¡Imaginaos qué terror! No podía ver nada, ni oír nada, ni sentir nada, excepto la piedra del suelo.

    Se incorporó muy lentamente y anduvo a tientas hasta tropezar con la pared del túnel; pero ni hacia arriba ni hacia abajo pudo encontrar nada, nada en absoluto, ni rastro de trasgos o enanos. La cabeza le daba vueltas y ni siquiera podía decir en qué dirección habrían ido los otros cuando cayó de bruces. Trató de orientarse de algún modo, y se arrastró largo trecho hasta que de pronto tocó con la mano algo que parecía un anillo pequeño, trío y metálico, en el suelo del túnel. Este iba a ser un momento decisivo en la carrera de Bilbo, pero él no lo sabía. Casi sin darse cuenta se metió la sortija en el bolsillo. Por cierto, no parecía tener ninguna utilidad por ahora. No avanzó mucho más; se sentó en el suelo helado, abandonándose a un completo abatimiento. Se imaginaba friendo huevos y panceta en la cocina de su propia casa —pues alcanzaba a sentir, dentro de él, que era la hora de alguna comida—, pero esto solo lo hacía más miserable.

    No sabía a dónde ir, ni qué había ocurrido, ni por qué lo habían dejado atrás, o por qué, si lo habían dejado atrás, los trasgos no lo habían capturado; no sabía ni siquiera por qué tenia la cabeza tan dolorida. La verdad es que había estado mucho tiempo tendido y quieto, invisible y olvidado en un rincón muy oscuro.

    Al cabo de un rato se palpó las ropas buscando la pipa. No estaba rota, y eso era algo. Buscó luego la petaca, y había algún tabaco, lo que ya era algo más, y luego buscó las cerillas y no encontró ninguna, y esto lo desanimó por completo. Sólo el cielo sabe qué cosa hubiera podido caer sobre él atraída por el roce de las cerillas y el olor del tabaco. Pero por ahora se sentía muy abatido. No obstante, rebuscando en los bolsillos y palpándose de arriba a abajo en busca de cerillas, topó con la empuñadura de la pequeña espada, la daga que había obtenido de los trolls y que casi había olvidado; por fortuna, tampoco los trasgos la habían descubierto, pues la llevaba dentro de los calzones.

    Entonces la desenvainó. La espada brilló pálida y débil ante los ojos de Bilbo. "Así que es una hoja de los elfos, también" pensó, "y los trasgos no están muy cerca, aunque tampoco bastante lejos."

    Pero de alguna manera se sintió reconfortado. Era bastante bueno llevar una hoja forjada en Gondolin para las guerras de los trasgos de las que había cantado tantas canciones; y también había notado que esas armas causaban gran impresión entre los trasgos que tropezaban con ellas de improviso.

    ¿Volver? pensó. "No sirve de nada. ¿ir por algún camino lateral? ¡Imposible! ¿Ir hacia adelante? ¡No hay alternativa! ¡Adelante pues!" Y se incorporó y trotó llevando la espada alzada frente a él, una mano en la pared y el corazón palpitando.

    Era evidente que Bilbo se encontraba en lo que puede llamarse un sitio estrecho. Pero recordad que no era tan estrecho para él como lo habría sido para vosotros o para mí. Los hobbits no se parecen mucho a la gente ordinaria, y aunque sus agujeros son unas viviendas muy agradables y acogedoras, adecuadamente ventiladas, muy distintas de los túneles de los trasgos, están más acostumbrados que nosotros a andar por galerías, y no pierden fácilmente el sentido de la orientación bajo tierra, no cuando ya se han recobrado de un golpe en el cráneo. También pueden moverse muy en silencio y esconderse con rapidez; se recuperan de un modo maravilloso de caídas y magulladuras, y tienen un fondo de prudencia y unos dichos juiciosos que la mayoría de los hombres no ha oído nunca o ha olvidado hace tiempo,

    De cualquier modo no me hubiera sentido a gusto en el sitio donde estaba el señor Bilbo. La galería parecía no tener fin. Todo lo que él sabía era que seguía bajando, siempre en la misma dirección, a pesar de un recodo y una o dos vueltas. Había pasadizos que partían de los lados aquí y allá, como podía saber por el brillo de la espada, o podía sentir con la mano en la pared. No les prestó atención, pero apresuraba el paso por temor a los trasgos o a cosas oscuras imaginadas a medias que asomaban en las bocas de los pasadizos. Adelante y adelante siguió, bajando y bajando; y toda vía no se oía nada, excepto el zumbido ocasional de un murciélago que se le acercaba, asustándolo en un principio, pero que luego se repitió tanto que él dejó de preocuparse. No sé cuánto tiempo continuó así, odiando seguir adelante, no atreviéndose a parar, adelante y adelante, hasta que estuvo mas cansado que cansado. Parecía que el camino continuaría así al día siguiente y más allá, perdiéndose en los días que vendrían después.

    De pronto, sin ningún aviso, se encontró trotando en un agua fría como hielo. ¡Uf! Esto lo reanimó, rápida y bruscamente. No sabía si el agua era sólo un estanque en medio del camino, la orilla de un arroyo que cruzaba el túnel bajo tierra, o el borde del lago subterráneo, oscuro y profundo. La espada apenas brillaba. Se detuvo, y escuchando con atención alcanzó a oír unas gotas que caían desde un techo invisible en el agua de abajo; pero no parecía haber ningún otro tipo de ruido.

    De modo que es un lago o un pozo, y no un río subterráneo pensó. Aun así no se atrevió a meterse en el agua a oscuras. No sabía nadar, y además pensaba en las criaturas barrosas y repugnantes, de ojos saltones y ciegos, que culebreaban sin duda en el agua. Hay extraños seres que viven en pozos y lagos en el corazón de los montes; pero cuyos antepasados llegaron nadando, sólo el cielo sabe hace cuánto tiempo, y nunca volvieron a salir, y los ojos les crecían, crecían y crecían mientras trataban de ver en la oscuridad; y allí hay también criaturas mas viscosas que peces. Aun en los túneles y cuevas que los trasgos habían excavado para sí mismos, hay otras cosas vivas que ellos desconocen, cosas que han venido arrastrándose desde fuera para descansar en la oscuridad. Además, los orígenes de algunos de estos túneles se remontan a épocas anteriores a los trasgos, quienes sólo los ampliaron y unieron con pasadizos, y los primeros propietarios están todavía allí, en raros rincones, deslizándose y olfateando todo alrededor.

    Aquí abajo junto al agua lóbrega vivía el viejo Gollum, una pequeña y viscosa criatura. No sé de dónde había venido, ni quién o qué era. Era Gollum: tan oscuro como la oscuridad, excepto dos grandes ojos redondos y pálidos en la cara flaca. Tenía un pequeño bote y remaba muy en silencio por el lago, pues lago era, ancho, profundo y mortalmente frío. Remaba con los grandes pies colgando sobre la borda, pero nunca agitaba el agua. No él. Los ojos pálidos e inexpresivos buscaban peces ciegos alrededor, y los atrapaba con los dedos largos, rápidos como el pensamiento. Le gustaba también la carne. Los trasgos le parecían buenos, cuando podía echarles mano; pero trataba de que nunca lo encontraran desprevenido. Los estrangulaba por la espalda si alguna vez bajaba uno de ellos hasta la orilla del agua, mientras él rondaba en busca de una presa. Rara vez lo hacían, pues tenían el presentimiento de que algo desagradable acechaba en las profundidades, debajo de la raíz misma de la montaña. Cuando excavaban los túneles, tiempo atrás, habían llegado hasta el lago y descubrieron que no podían ir más lejos. De modo que para ellos el camino terminaba en esa dirección, y de nada les valía merodear por allí, a menos que el Gran Trasgo los enviase. A veces tenían la ocurrencia de buscar peces en el lago, y a veces ni el trasgo ni el pescado volvían.

    Gollum vivía en verdad en una isla de roca barrosa en medio del lago. Observaba a Bilbo desde lejos con los ojos pálidos como telescopios. Bilbo no podía verlo, mientras Gollum lo miraba, perplejo; parecía evidente que no era un trasgo.

    Gollum se metió en el bote y se alejó de la isla. Bilbo, sentado a orillas del agua, se sentía desconcertado, como si hubiese perdido el camino y el juicio. De pronto asomó Gollum, que cuchicheó y siseó:

    —¡Bendícenos y salpícanos, preciosso mío! Me huelo un banquete selecto; por lo menos nos daría para un sabroso bocado ¡Gollum! —Y cuando dijo Gollum hizo con la garganta un ruido horrible como si engullera. Y así fue como le dieron ese nombre, aunque él siempre se llamaba a sí mismo "preciosso mío".

    El hobbit dio un brinco cuando oyó el siseó, y de repente vio los ojos pálidos clavados en él.

    —¿Quién eres? —preguntó, adelantando la espada.
    —¿Qué ess él, preciosso mío? —susurró Gollum (que siempre se hablaba a sí mismo, porque no tenía a ningún otro con quien hablar). Eso era lo que quería descubrir, pues en verdad no tenía mucha hambre, sólo curiosidad; de otro modo hubiese estrangulado primero y susurrado después.
    —Soy el señor Bilbo Bolsón. He perdido a los enanos y al mago y no sé donde estoy, y tampoco quiero saberlo, si pudiera salir.
    —¿Qué tiene él en las manoss? —dijo Gollum mirando la espada, que no le gustaba mucho.
    —¡Una espada, una hoja nacida en Gondolin!
    —Sss —dijo Gollum, y en un tono más cortés: —Quizá se siente aquí y charle conmigo un rato, preciosso mío. ¿Le gustan los acertijos? Quizá sí, ¿no? —Estaba ansioso por parecer amable, al menos por un rato, y hasta que supiese algo más sobre la espada y el hobbit: si realmente estaba solo, si era bueno para comer, y si Gollum mismo tenia mucha hambre.

    Acertijos era todo en lo que podía pensar. Proponerlos y alguna vez encontrar la solución había sido el único entretenimiento que había compartido con otras alegres criaturas, sentadas en sus agujeros, hacía muchos, muchos años, antes de quedarse sin amigos y de que lo echasen, solo, y se arrastrara descendiendo y descendiendo, a la oscuridad bajo las montañas.

    —Muy bien —dijo Bilbo, muy dispuesto a mostrarse de acuerdo hasta descubrir algo más acerca de la criatura: si había venido sola, si estaba furiosa o hambrienta, y si era amiga de los trasgos.
    —Tú preguntas primero —dijo, pues no había tenido tiempo de pensar en un acertijo. Así que Gollum siseó:

    Las raíces no se ven,
    y es más alta que un árbol, Arriba y arriba sube,
    y sin embargo no crece.


    —¡Fácil! —dijo Bilbo—. Una montaña, supongo.
    —¿Lo adivinó fácilmente? ¡Tendría que competir con nosotros, preciosso mío! Si preciosso pregunta y él no responde, nos lo comemos, preciosso mío. Si él pregunta y no contestamos, haremos lo que él quiera, ¿eh? ¡Le enseñamos el camino de la salida, sí!
    —De acuerdo —dijo Bilbo, no atreviéndose a discrepar y con el cerebro casi estallándole mientras pensaba en un acertijo que pudiese cerebro casi estallándole mientras pensaba en un acertijo que pudiese salvarlo de la olla.

    Treinta caballos blancos
    en una sierra colorada.
    Primero mordisquean,
    y luego machacan,
    y luego descansan.


    Eso era todo lo que se le ocurría preguntar; la idea de comer le daba vueltas en la cabeza. Era además un acertijo bastante viejo, y Gollum conocía la respuesta tan bien como vosotros.

    —Chiste viejo, chiste viejo —susurró—. ¡Los dientes, los dientes, preciosso mío! ¡Pero sólo tenemos seis! —En seguida propuso una segunda adivinanza.

    Canta sin voz,
    vuela sin alas,
    sin dientes muerde,
    sin boca habla.


    —¡Un momento! —gritó Bilbo, incómodo, pensando aún en cosas que se comían. Por fortuna una vez había oído algo semejante, y recobrando el ingenio, pensó en la respuesta—. El viento, el viento, naturalmente —dijo, y quedó tan complacido que inventó en el acto otro acertijo. "Esto confundirá a esta asquerosa criaturita subterránea", pensó,

    Un ojo en la cara azul
    vio un ojo en la cara verde.
    Ese ojo es como este. ojo,
    dijo el ojo primero,
    pero en lugares bajos,
    y no en lugares altos.


    —Ss, ss, ss —dijo Gollum. Había estado bajo tierra mucho tiempo, y estaba olvidando esa clase de cosas. Pero cuando Bilbo ya esperaba que el desdichado no podría responder, Gollum sacó a relucir recuerdos de tiempos y tiempos y tiempos atrás, cuando vivía con su abuela en un agujero a orillas de un río—. Ss, ss, ss, preciosso mío —dijo—. Quiere decir el sol sobre las margaritas, eso quiere decir.

    Pero estos acertijos sobre las cosas cotidianas al aire libre lo fatigaban. Le recordaban también los días en que aún no era una criatura tan solitaria y furtiva y repugnante, y lo sacaban de quicio. Más aún, le daban hambre, así que esta vez pensó en algo un poco más desagradable y difícil.

    No puedes verla ni sentirla,
    y ocupa todos los huecos:
    no puedes olerla ni oírla,
    está detrás de los astros,
    y está al píe de las colinas,
    llega primero, y se queda;
    mala risas y acaba vidas.


    Para desgracia de Gollum, Bilbo había oído algo parecido antes, y de cualquier modo la respuesta fue rotunda. —¡La oscuridad¡ —dijo, sin ni siquiera rascarse la cabeza o ponerse la gorra de pensar.

    Caja sin llave,
    tapa o bisagras,
    pero dentro un tesoro
    dorado guarda.


    Bilbo preguntó para ganar tiempo, hasta que pudiese pensar algo más difícil. Creyó que era un acertijo asombrosamente viejo y fácil, aunque no con estas mismas palabras, pero resultó ser un horrible problema para Gollum. Siseaba entre dientes, sin encontrar la respuesta, murmurando y farfullando.

    Al cabo de un rato Bilbo empezó a impacientarse.

    —Bueno, ¿qué es? —preguntó. La respuesta no es una marmita hirviendo, como pareces creer, por el ruido que haces.
    —Una oportunidad, que nos de una oportunidad, preciosso mío... ss... ss...
    —¡Bien! —dijo Bilbo tras esperar largo rato— ¿Qué hay de tu respuesta?

    Pero de súbito Gollum se vio robando en tos nidos, hacía mucho tiempo, y sentado en el barranco del río enseñando a su abuela, enseñando a su abuela a sorber... —¡Huevoss! —siseó— ¡Huevoss, eso es! —y en seguida preguntó:

    Todos viven sin aliento;
    y fríos como los muertos,
    nunca con sed, siempre bebiendo,
    todos en malla, siempre en silencio.


    El propio Gollum se dijo que la adivinanza era asombrosamente fácil, pues él pensaba día y noche en la respuesta. Pero por el momento no se le ocurrió nada mejor, tan aturdido estaba aún por la cuestión del huevo. De cualquier modo fue todo un problema para Bilbo, quien nunca había tenido nada que ver con el agua si podía evitarlo. Imagino que ya sabéis la respuesta, no lo dudo, o que podéis adivinarla en un abrir y cerrar de ojos, ya que estáis cómodamente sentados en casa, y el peligro de ser comidos no turba vuestros pensamientos. Bilbo se sentó y carraspeó una o dos veces, pero la respuesta no llegó.

    Al cabo Gollum se puso a sisear entre dientes, complacido. —¿Es agradable, preciosso mío? ¿Es jugoso? ¿Cruje de rechupete? —Espió a Bilbo en la oscuridad.

    —Un momento —dijo Bilbo temblando de miedo— Yo te he dado una buena oportunidad hace poco.
    —¡Tiene que darse prisa, darse prisa! —dijo Gollum, comenzando a pasar del bote a la orilla para acercarse a Bilbo. Pero cuando puso en el agua las patas grandes y membranosas, un pez saltó espantado y cayó sobre los pies de Bilbo.
    —¡Uf! —dijo— ¡que frío y pegajoso! —y asi acertó—. ¡Un pez, un pez! —gritó—. ¡Es un pez!

    Gollum quedó horriblemente desilusionado; pero Bilbo preguntó otro acertijo tan rápido como pudo, y Gollum tuvo que volver al bote y pensar.

    Sin-piernas se apoya en una pierna; Dos-piernas se sienta cerca de tres piernas, y cuatro-piernas consiguió algo.


    No era realmente el momento apropiado para este acertijo pero Bilbo estaba en un apuro. A Gollum le habría costado bastante acertar si Bilbo lo hubiera preguntado en otra ocasión. Tal como ocurrió, hablando de peces, "sin piernas" no parecía muy difícil, y el resto fue obvio. "Un pez sobre una mesa pequeña, un hombre a la mesa, y el gato qué consigue las espinas." Esa era la respuesta por supuesto, y Gollum la encontró pronto. Entonces pensó que ya era momento de preguntar algo horrible y difícil. Esto fue lo que dijo:

    Devora todas las cosas:
    aves, bestias, plantas y. flores;
    roe el hierro, muerde el acero,
    y pulveriza la peña compacta;
    mata reyes, arruina ciudades
    y derriba las altas montañas.


    El pobre Bilbo sentado en la oscuridad pensó en todos los horribles nombres de gigantes y ogros que alguna vez había oído en los cuentos, pero ninguno hacía todas esas cosas. Tenía el presentimiento de que la respuesta era muy diferente y que la sabía de algún modo, pero no era capaz de ponerse a pensar. Empezó a sentir miedo, y esto es malo para pensar. Gollum salió entonces del bote. Saltó al agua y avanzó hacia la orilla. Bilbo alcanzaba a ver los ojos que se acercaban. La lengua parecía habérsele pegado al paladar; quería gritar:

    **—¡Dame tiempo! Pero todo lo que salió en un súbito chillido fue:

    —¡Tiempo! ¡Tiempo!

    Bilbo se salvó por pura suerte. Pues naturalmente ésta era la respuesta.

    Gollum quedó otra vez desilusionado; ahora estaba enojándose y cansándose del juego. Le había dado mucha hambre en verdad, y no volvió al bote. Se sentó en la oscuridad junto a Bilbo. Esto incomodó todavía más al hobbit y le nubló el ingenio.

    —Ahora él tiene que hacernos una pregunta, preciosso mío, si, ssí, ssí. Una pregunta máss para acertar, sí, ssí —dijo Gollum.

    Pero Bilbo no podía pensar en ningún acertijo con aquella cosa asquerosamente fría y húmeda al lado, sobándolo y empujándolo. Se rascaba, se pellizcaba; y seguía sin poder pensar.

    —¡Pregúntenos! ¡Pregúntenos! —decía Gollum. Bilbo se pellizcaba y se palmoteaba; aferró la espada con una mano y tanteó el bolsillo con la otra. Allí encontró el anillo que había recogido en el túnel, y que había olvidado.
    —¿Qué tengo en el bolsillo? —dijo, en voz alta. Hablaba consigo mismo, pero Gollum creyó que era un acertijo y se sintió terriblemente desconcertado.
    —¡No vale! ¡No vale! —siseó—. ¿No es cierto que no vale, preciosso mío, preguntarnos qué tiene en los asquerosos bolsillitos?

    Bilbo, viendo lo que había pasado y no teniendo nada mejor que decir, repitió la pregunta en voz más alta; —¿Qué hay en mis bolsillos?

    —Sss —siseó Gollum— Tiene que darnos tres Oportunidades, preciosso mío, tress oportunidadess.
    —¡De acuerdo! ¡Adivina! —dijo Bilbo.
    —¡Las manoss! —dijo Gollum.
    —Falso —dijo Bilbo, quien por fortuna había retirado la mano otra vez—. ¡Prueba de nuevo!
    —Sss —dijo Gollum más desconcertado que nunca. Pensó en todas las cosas que él llevaba en los bolsillos; espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de murciélago, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes, Intentó pensar en lo que otra gente podía llevar en los bolsillos.
    —¡Un cuchillo! —dijo al fin.
    —¡Falso! —dijo Bilbo, que había perdido el suyo hacía tiempo—. ¡Ultima oportunidad!

    Ahora Gollum se sentía mucho peor que cuando Bilbo le había planteado el acertijo del huevo. Siseó, farfulló y se balanceó adelante y atrás, golpeteando el suelo con los pies, y se meneó y retorció; sin embargo no se decidía, no quería echar a perder esa última oportunidad.

    —¡Vamos! —dijo Bilbo—. ¡Estoy esperando! —Trató de parecer valiente y jovial, pero no estaba muy seguro de cómo terminaría el juego, ya Gollum acertase o no.
    —¡Se acabó el tiempo! —dijo.
    —¡Una cuerda o nada! —chilló Gollum, quien no respetaba del todo las reglas, respondiendo dos cosas a la vez,
    —¡Las dos mal! —gritó Bilbo, mucho más aliviado; e incorporándose de un salto, se apoyó de espaldas en la pared más próxima y desenvainó la pequeña espada. Naturalmente, sabía que el torneo de las adivinanzas era sagrado y de una antigüedad inmensa, y que aun las criaturas malvadas temían hacer trampas mientras jugaban. Pero sentía también que no podía confiar en que aquella criatura viscosa mantuviera una promesa.

    Cualquier excusa le parecería apropiada para eludirla. Y al fin y al cabo la última pregunta no había sido un acertijo genuino de acuerdo con las leyes ancestrales.

    Pero sin embargo Gollum no lo atacó en seguida. Miraba la espada que Bilbo tenía en la mano. Se quedó sentado, susurrando y estremeciéndose. Al fin, Bilbo no pudo esperar más.

    —Y bien —dijo—, ¿qué hay de tu promesa? Me quiero ir; tienes que enseñarme el camino.
    —¿Dijimos eso, preciosso? Mostrarle la salida al pequeño y asqueroso Bolsón, sí, si. Pero, ¿qué tiene él en los bolsilloss? ¡Ni cuerda, preciosso, ni nada! ¡Oh, no! ¡Gollum!
    —No te importa —dijo Bilbo—, una promesa es una promesa.
    —Vaya, ¡qué prisa! ¡Impaciente, preciosso! —siseó Gollum—, pero tiene que esperar, sí. No podemos subir por los pasadizos tan de prisa; primero tenemos que recoger algunas cosas antes, sí, cosas que nos ayuden.
    —¡Bien, apresúrate! —dijo Bilbo, aliviado al pensar que Gollum se marchaba. Creía que sólo se estaba excusando, y que no pensaba volver. ¿De qué hablaba Gollum? ¿Qué cosa útil podía guardar en el lago oscuro? Pero se equivocaba. Gollum pensaba volver. Estaba enfadado ahora y hambriento. Y era una miserable y malvada criatura y ya tenía un plan.

    No muy lejos estaba su isla, de la que Bilbo nada sabía; y allí, en un escondrijo, guardaba algunas sobras miserables y una cosa muy hermosa, muy maravillosa. Tenía un anillo, un anillo de oro, un anillo precioso.

    —¡Mi regalo de cumpleaños! —murmuraba, como había hecho a menudo en los oscuros días interminables—. Eso es lo que ahora queremoss, sí, ¡lo queremoss!

    Lo quería porque era un anillo de poder, y si os lo poníais en el dedo, erais invisibles. Sólo a la plena luz del sol podrían veros, y sólo por la sombra, temblorosa y tenue.

    —¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Llegó a mí el día de mi cumpleaños, preciosso mío! —Así monologaba Gollum. Pero nadie sabe cómo Gollum había conseguido aquel regalo, hacía siglos, en los viejos días, cuando tales anillos abundaban en el mundo. Quizá ni el propio Amo que los gobernaba a todos podía decirlo. Al principio Gollum solía llevarlo puesto hasta que le cansó, y desde entonces lo guardó en una bolsa pegada al cuerpo, hasta que le lastimó la piel, y desde entonces lo tuvo escondido en una roca de la isla, y siempre volvía a mirarlo. Y aún a veces se lo ponía, cuando no aguantaba estar lejos de él ni un momento más, o cuando estaba muy, muy hambriento, y harto de pescado. Entonces se arrastraba por pasadizos oscuros, en busca de trasgos extraviados. Se aventuraba incluso en sitios donde había antorchas encendidas que lo hacían parpadear y le irritaban los ojos. Estaba seguro, oh, sí, muy seguro. Nadie lo veía, nadie notaba que estaba allí hasta que les apretaba la garganta con las manos. Lo había llevado puesto, hacía sólo unas pocas horas y había capturado un pequeño trasgo. ¡Cómo había chillado! Aún le quedaban uno o dos huesos por roer, pero deseaba algo más tierno.
    —Muy seguro, sí —se decía—. No nos verá, ¿verdad, preciosso mío? No, y la asquerosa espadita será inútil, ¡sí, bastante inútil!

    Eso es lo que escondía en su pequeña mollera malvada mientras se apartaba bruscamente de Bilbo y chapoteaba hacia el bote, perdiéndose en la oscuridad. Bilbo creyó que nunca lo volvería a oír; aun así, esperó un rato, pues no tenía idea de cómo encontrar solo el camino de salida.

    De pronto, oyó un chillido. Un escalofrío le bajó por la espalda. Gollum maldecía y se lamentaba en las tinieblas, no muy lejos. Estaba en su isla, revolviendo aquí y allá, buscando y rebuscando en vano.

    —¿Dónde está? ¿Dónde está? —sollozaba—. Sse ha perdido, precioso mío, ¡perdido, perdido! ¡Maldíganos y aplástenos, mi precioso, se ha perdido!
    —¿Qué pasa? —preguntó Bilbo—. ¿Qué has perdida?
    —No tiene que preguntarnos, no es asunto ssuyo, ¡no, Gollum! —chilló Gollum—, perdido, perdido, Gollum, Gollum, Gollum.
    —Bueno, yo también me he perdido y quiero saber dónde estoy. Gané la pugna y tú hiciste una promesa. Así que ¡adelante! ¡Ven y condúceme fuera, y luego, sigue buscando! —Aunque Gollum parecía inconsolable, Bilbo no lo compadecía demasiado, tenía la impresión de que una cosa que Gollum quería tanto no podía ser nada bueno. —¡Vamos! —gritó.
    —¡No, aún no, precioso! —respondió Gollum—. Tenemos que buscarlo pues se ha perdido, ¡Gollum!
    —Pero no acertaste mi última pregunta e hiciste una promesa, —dijo Bilbo.
    —¡Nunca lo —imaginé! —dijo Gollum. De repente un agudo siseo brotó de la oscuridad—. ¿Qué tiene en los bolsilloss? Que nos lo diga. Primero tiene que decirlo.

    Hasta donde Bilbo sabía, no había ninguna razón particular para no decírselo. Más rápida que la suya, la mente de Gollum había cazado en el aire un presentimiento; pues durante siglos había estado preocupada por esa sola cosa, temiendo siempre que se la quitaran. Pero la demora impacientaba a Bilbo. Al fin y al cabo, había ganado el juego, con bastante limpieza, y corriendo un riesgo terrible. —Las preguntas eran para acertar, no para decirlas —dijo.

    —Pero no fue juego limpio —dijo Gollum—, No era un acertijo, precioso, no.
    —¡Oh, bien!, si se trata de preguntas corrientes yo he hecho una antes — respondió Bilbo—. ¿Qué has perdido, quieres decirme?
    —¿Qué tiene en los bolsilloss? —El sonido llegó siseando más agudo y fuerte, y como Gollum estaba mirándolo, Bilbo vio alarmado dos pequeños puntos de luz que lo observaban. A medida que la sospecha crecía en la mente de Gollum, la luz le ardía en los ojos con una llama descolorida.
    —¿Qué has perdido? —insistió Bilbo.

    Pero la luz en los ojos de Gollum era ahora un fuego verde y se acercaba con rapidez. Gollum estaba de nuevo en el bote, remando como desesperado de vuelta a la orilla; y tal era la rabia por la pérdida y la sospecha que tenía en el corazón, que ya no le atemorizaba ninguna espada.

    Bilbo no podía adivinar qué había maquinado la malvada criatura, pero vio que todo estaba descubierto, y que Gollum pretendía terminar con él, sea como fuere. Justo a tiempo se volvió y corrió a ciegas, subiendo el pasadizo que había bajado antes, manteniéndose pegado a la pared y tocándola con la mano izquierda.

    —¿Qué tiene en los bolsilloss? —Bilbo oyó el siseo fuerte detrás de él, y el chapoteo cuando Gollum saltó del bote. "Qué tengo yo, me pregunto" se dijo, mientras avanzaba jadeando y tropezando. Se metió la mano izquierda en el bolsillo. El anillo estaba muy frío cuando se le deslizó de pronto en el dedo índice, con el que tanteaba buscando.

    El siseo estaba detrás, muy cerca. Bilbo se volvió y vio los ojos de Gollum como pequeñas lámparas verdes que subían la pendiente. Aterrorizado, intentó correr más rápido y cayó cuan largo era, con la pequeña espada debajo del cuerpo.

    En un momento Gollum estuvo sobre él. Pero antes que Bilbo pudiese hacer algo, recuperar el aliento, levantarse o esgrimir la espada, Gollum pasó de largo sin prestarle atención, maldiciendo y murmurando mientras corría.

    ¿Qué podía significar esto? Gollum veía en la oscuridad. Bilbo alcanzaba a distinguir la luz pálida de los ojos, aun desde atrás. Se levantó, dolorido, envainó la espada, que ahora brillaba débilmente otra vez, y con mucha cautela siguió andando. Parecía que no se podía hacer otra cosa. No convenía volver arrastrándose a las aguas de Gollum. Quizá si lo seguía, Gollum lo conduciría sin querer hasta alguna vía de escape.

    —¡Maldito sea! ¡Maldito sea! ¡Maldito sea! —siseaba Gollum—. ¡Maldito Bolsón! ¡Se ha ido! ¿Qué tiene en los bolsillos? ¡Oh, lo suponemos, lo adivinamos! Precioso mío. Lo ha encontrado, sí, tiene que tenerlo. Mi regalo de cumpleaños.

    Bilbo aguzó el oído. Por fin estaba empezando a adivinar. Apresuró el paso, acercándose a Gollum por detrás hasta donde se atrevió. Gollum corría aún de prisa, sin mirar atrás, pero volviendo la cabeza a los lados, como Bilbo podía ver por el pálido reflejo de luz en las paredes.

    —¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Maldito! ¿Cómo lo perdimos, precioso mío? Sí, eso es. ¡Maldito! Cuando vinimos por aquí la última vez, cuando estrujamos a aquel asqueroso jovencito chillón. Eso es. ¡Maldito sea! Se nos cayó, ¡después de tantos siglos y siglos! No está, ¡Gollum!

    De pronto Gollum se sentó y se puso a sollozar, con un ruido silbante y gorgoteante, horrible al oído. Bilbo se detuvo, pegándose a la pared de la galería. Pasado un rato, Gollum dejó de lloriquear y comenzó a hablar. Parecía tener una discusión consigo mismo.

    —No vale la pena volver a buscarlo, no. No recordamos todos los lugares que hemos visitado. Y no serviría de nada. El Bolsón lo tiene en sus bolsilloss; el asqueroso fisgón lo ha encontrado, lo decimos nosotros.

    Lo suponemos, precioso, sólo lo suponemos. No podemos estar seguros hasta encontrar a la asquerossa criatura y estrujarla. Pero no conoce las virtudes que tiene, ¿verdad? Sólo lo guarda en los bolsillos. No lo sabe y no puede ir muy lejos. Se ha perdido el puerco fissgón. No conoce la salida. Eso fue lo que dijo.

    Así dijo, sí, pero es un tramposo. ¡No dice lo que piensa! No dirá lo que tiene en los bolsillos. Lo sabe.

    Conoce el camino de entrada; tiene que conocer el de salida, sí. Está más allá de la puerta trasera. Hacia la puerta trasera, eso es.

    Los trasgos lo capturarán entonces. No puede salir por ahí, precioso.

    Sss, sss, ¡Gollum!¡Trasgoss! Sí, pero si tiene el regalo, nuestro regalo de cumpleaños, entonces los trasgos lo tomarán, ¡Gollum! Descubrirán, descubrirán sus propiedades. ¡Nunca más estaremos seguros, Gollum! Uno de los trassgos se lo pondrá y no lo verá nadie. Estará allí, pero nadie podrá verlo. Ni siquiera nuestros más agudos ojoss, y se acercará escurriéndose y engañando y nos capturará, ¡Gollum! ¡Gollum!

    —¡Dejemos la charla, precioso, y vayamos de prisa! Si el Bolsón se ha ido por ahí, tenemos que apresurarnos y verlo. ¡Vamos! No puede estar muy lejos. ¡De prisa!

    Gollum se levantó de un brinco y se alejó bamboleándose, a grandes zancadas. Bilbo corrió tras él, todavía cauteloso, aunque ahora lo que más temía era tropezar de nuevo y caer haciendo ruido. Tenía en la cabeza un torbellino de asombro y esperanza. Parecía que el anillo que llevaba era un anillo mágico: ¡te hacía invisible! Había oído de tales cosas, por supuesto, en antiguos relatos; pero le costaba creer que en realidad él, por accidente, había encontrado uno. Sin embargo, así era: Gollum había pasado de largo sólo a una yarda.

    Siguieron adelante, Gollum avanzando a los trompicones, siseando y maldiciendo; Bilbo detrás, tan silenciosamente

    como puede marchar un hobbit. Pronto llegaron a unos lugares donde, como había notado Bilbo al bajar, se abrían pasadizos a los lados, uno acá, Otro allá. Gollum comenzó en seguida a contarlos.

    —Uno a la izquierda, sí. Uno a la derecha, sí. Dos a la derecha, sí, sí; dos a la izquierda, eso es. —Y así una vez y otra.

    A medida que la cuenta, crecía, aflojó el paso sollozando y temblando. Pues cada vez se alejaba más del agua, y tenía miedo. Los trasgos acechaban quizá, y él había perdido el anillo. Por fin se detuvo ante una abertura baja, a la izquierda.

    —Siete a la derecha, sí. Seis a la izquierda, ¡bien! —susurró—. Este es. Este es el camino de la puerta trasera. ¡Aquí está el pasadizo!

    Miró hacia adentro y se retiró, vacilando. —Pero no nos atreveremos a entrar, precioso, no nos atreveremos. Hay trasgos allá abajo. Montones de trasgoss. Los olemos. ¡Sss!

    ¿Qué podemos hacer? ¡Malditos y aplastados sean! Tenemos que esperar aquí, precioso, esperar un momento y observar.

    Y así se detuvieron. Al fin y al cabo, Gollum había traído a Bilbo hasta la salida, ¡pero Bilbo no podía cruzarla! Allí estaba Gollum, acurrucado justamente en la abertura, y los ojos le brillaban fríos mientras movía la cabeza a un lado y a otro entre las rodillas.

    Bilbo se arrastró, apartándose de la pared, más callado que un ratón; pero Gollum se enderezó en seguida y venteó en torno y los ojos se le pusieron verdes. Siseó, en un tono bajo aunque amenazador. No podía ver al hobbit, pero ahora estaba atento, y tenía otros sentidos que la oscuridad había aguzado: olfato y oído. Parecía que se había agachado, con las palmas de las manos extendidas sobre el suelo, la cabeza estirada hacia adelante y la nariz casi tocando la piedra. Aunque era sólo una sombra negra en el brillo de sus propios ojos, Bilbo alcanzaba a verlo o sentirlo: tenso corno la cuerda de un arco, dispuesto a saltar.

    Bilbo casi dejó de respirar y también se quedó quieto. Estaba desesperado. Tenía que escapar, salir de aquella horrible oscuridad mientras le quedara alguna fuerza. Tenía que luchar. Tenía que apuñalar a la asquerosa criatura, sacarle los ojos, matarla. Quería matarlo a él. No, no sería una lucha limpia. El era invisible ahora. Gollum no tenía espada. No había amenazado matarlo, o no lo había intentado aún. Y era un ser miserable, solitario, perdido. Una súbita comprensión, una piedad mezclada con horror asomó en el corazón de Bilbo: un destello de interminables días iguales, sin luz ni esperanza de algo mejor, dura piedra, frío pescado, pasos furtivos, y susurros. Todos estos pensamientos se le cruzaron como un relámpago. Se estremeció. Y entonces, de pronto, en otro relámpago, como animado por una energía y una resolución nuevas, saltó hacia adelante.

    No un gran salto para un hombre, pero un salto a ciegas. Saltó directamente sobre la cabeza de Gollum, a una distancia de siete pies y tres de altura; por cierto, y no lo sabía, apenas evitó que se le destrozara el cráneo contra el arco del túnel.

    Gollum se lanzó hacia, atrás e intentó atrapar al hobbit cuando volaba sobre él, pero demasiado tarde: las manos golpearon el aire tenue, y Bilbo, cayendo limpiamente sobre los pies vigorosos, se precipitó a bajar por el nuevo pasadizo, No se volvió a mirar qué hacía Gollum. Al principio oyó siseos y maldiciones detrás de él, muy cerca; luego cesaron. Casi en seguida sonó un aullido que helaba la sangre, un grito de odio y desesperación. Gollum estaba derrotado. No se atrevía a ir más lejos, había perdido: había perdido su presa, y había perdido también la única cosa que había cuidado alguna vez, su precioso. El aullido dejó a Bilbo con el corazón en la boca. Ya débil como un eco, pero amenazadora, la voz venía desde atrás.

    —¡Ladrón, ladrón, ladrón! ¡Bolsón! ¡Lo odiamos, lo odiamos, lo odiamos para siempre!

    No se oyó nada más. Pero el silencio también le parecía amenazador a Bilbo. "Si los trasgos están tan cerca que él puede olerlos" pensó, "tienen que haber oído las maldiciones y chillidos. Cuidado ahora, o esto te llevará a cosas peores."

    El pasadizo era bajo y de paredes toscas. No parecía muy difícil para el hobbit, excepto Cuando, a pesar de andar con mucho cuidado, tropezaba de nuevo, y así muchas veces, golpeándose los dedos de los pies contra las piedras del suelo, molestas y afiladas. "Un poco bajo para los trasgos, al menos para los grandes", pensaba Bilbo, no sabiendo que aun los más grandes, los orcos de las montañas, avanzan encorvados a gran velocidad, con las manos casi en el suelo.

    Pronto el pasadizo, que había estado bajando, comenzó a subir otra vez, y de pronto ascendió abruptamente. Bilbo tuvo que aflojar la marcha, pero por fin la cuesta acabó; luego de un recodo, el pasadizo descendió de nuevo, y allá, al pie de una corta pendiente, vio que del costado de otro recodo venía un reflejo de luz. No una luz roja, como de linterna o de fuego, sino una luz pálida de aire libre. Bilbo echó a correr.

    Corriendo tanto como le aguantaban las piernas, dobló el último recodo y se encontró en medio de un espacio abierto, donde la luz, luego de todo aquel tiempo a oscuras, parecía deslumbrante. En verdad, era sólo la luz del sol que se filtraba por el hueco de una puerta grande, una puerta de piedra, que habían dejado entornada.

    Bilbo parpadeó, y de pronto vio a les trasgos; trasgos armados de pies a cabeza, con las espadas desenvainadas, sentados a la vera de la puerta y observándolo con los ojos abiertos, observando el pasadizo por donde había aparecido. Estaban preparados, atentos, dispuestos a cualquier cosa.

    Lo vieron antes que él pudiese verlos. Sí, lo vieron, Fuese un accidente o el último truco del anillo antes de tomar nuevo amo, no lo tenía en el dedo. Con aullidos de entusiasmo, los trasgos se abalanzaron sobre él.

    Una punzada de miedo y pérdida, como un eco de la miseria de Gollum, hirió a Bilbo, y olvidando desenvainar la espada, metió las manos en los bolsillos. Y allí en el bolsillo izquierdo estaba el anillo, y él mismo se le deslizó en el dedo índice. Los trasgos se detuvieron bruscamente. No podían ver nada del hobbit. Había desaparecido.

    Había desaparecido. Chillaron dos veces, tan alto como antes, pero no con tanto entusiasmo.

    —¿Dónde está? —gritaron.
    —¡Se volvió pasadizo arriba! —dijeron algunos.
    —¡Fue por aquí! —aullaron unos—, ¡Fue por allá! —aullaron otros.
    —¡Cuidad la puerta! —ordenó el capitán. Sonaron silbatos, las armaduras se entrechocaron, las espadas golpetearon, los trasgos maldijeron y juraron, corriendo acá y acullá, cayendo unos sobre otros y enojándose mucho. Hubo un terrible clamoreo, una conmoción y un alboroto.

    Bilbo estaba de veras aterrorizado, pero tenía aún bastante juicio para entender qué había ocurrido, y para esconderse detrás de un barril que guardaba la bebida de los trasgos centinelas, y salir así del apuro y evitar que lo golpearan y patearan hasta darle muerte, a que lo capturasen por el tacto.

    —¡He de alcanzar la puerta, he de alcanzar la puerta! —seguía diciéndose, pero pasó largo rato antes de que se atreviera a intentarlo. Lo que siguió entonces fue horrible, como si jugaran a una especie de gallina ciega. El lugar estaba abarrotado de trasgos que corrían de un lado a otro, y el pobrecito hobbit se escurrió aquí y allá, fue derribado por un trasgo que no pudo entender con qué había tropezado, escapó a gatas, se deslizó entre las piernas del capitán, se puso de pie, y corrió hacia la puerta.

    La puerta estaba abierta, pero un trasgo la había entornado todavía más. Bilbo empujó, y no consiguió moverla. Trató de escurrirse por la abertura y quedó atrapado. ¡Era horrible! Los, botones se le habían encajado entre el canto y la jamba de la puerta. Allí fuera alcanzaba a ver el aire libre: había unos pocos escalones que descendían a un valle estrecho con montanas altas alrededor: el sol apareció detrás de una nube y resplandeció más allá de la puerta; pero él no podía cruzarla.

    De pronto, uno de los trasgos que estaban dentro gritó: —¡Hay una sombra al lado de la puerta! ¡Algo está ahí fuera! —

    A Bilbo el corazón se le subió a la boca. Se retorció, aterrorizado. Los botones saltaron en todas direcciones. Atravesó la puerta, con la chaqueta y el chaleco rasgados, y brincó escalones abajo como una cabra, mientras los trasgos desconcertados recogían aún los preciosos botones de latón, caídos en el umbral.

    Por supuesto, en seguida bajaron tras él, persiguiéndolo, gritando y ululando por entre los árboles. Pero el sol no les gusta: les afloja las piernas, y la cabeza les da vueltas. No consiguieron encontrar a Bilbo, que llevaba el anillo puesto, y se escabullía entre las sombras de los árboles, corriendo rápido y en silencio y manteniéndose apartado del sol; pronto volvieron gruñendo y maldiciendo a guardar la puerta. Bilbo había escapado.


    DE LA SARTÉN AL FUEGO


    Bilbo había escapado de los trasgos, pero no sabía dónde estaba. Había perdido el capuchón, la capa, la comida, el poney, sus botones y sus amigos. Siguió adelante, hasta que el sol empezó a hundirse en el poniente, detrás de las montañas. Las sombras cruzaban el sendero, y Bilbo miró hacia atrás, luego miró hacia adelante, y no pudo ver más que crestas y vertientes que descendían hacia las tierras bajas, y llanuras que asomaban de vez en cuando entre los árboles.

    —¡Cielos! —exclamó—. ¡Parece que estoy justo al otro lado de las Montanas Nubladas, al borde de las Tierras de Más Allá! ¿Dónde y adónde habrán tenido que ir los enanos y Gandalf? ¡Sólo espero que por ventura no estén todavía allá atrás en poder de los trasgos!

    Continuó caminando, fuera del pequeño y elevado valle, por el borde, y bajando luego las pendientes; mas en todo este tiempo un pensamiento muy incómodo iba creciendo dentro de él. Se preguntaba si no estaba obligado, ahora que tenía el anillo mágico, a regresar a los horribles, horribles túneles y buscar a sus amigos, Acababa de decidir que no podía escapar a ese deber, que tenía que volver atrás —y esto hacía que se sintiera muy desdichado— cuando oyó voces.

    Se detuvo y escuchó. No parecían trasgos; de modo que se arrastró con mucho cuidado hacia adelante. Estaba en un sendero pedregoso que serpenteaba hacia abajo, con una pared rocosa a la izquierda; al otro lado el terreno descendía en pendiente, y bajo el nivel del sendero había unas cañadas donde crecían matorrales y arbustos. En una de estas cañadas, bajo los arbustos, había gente hablando

    Se arrastró todavía más cerca, y de súbito vio, asomado entre dos grandes peñascos, una cabeza con capuchón rojo: era Balin que oteaba alrededor. Bilbo tenía ganas de palmotear y gritar de alegría, pero no lo hizo. Todavía llevaba puesto el anillo, por miedo de encontrar algo inesperado y desagradable, y vio que Balin estaba mirando directamente hacia él sin verlo.

    Les daré a todos una sorpresa, pensó mientras se metía a gatas entre los arbustos del borde de la cañada. Gandalf estaba deliberando con los enanos. Hablaban de todo lo que había ocurrido en los túneles, preguntándose y discutiendo qué irían a hacer ahora. Los enanos refunfuñaban, y Gandalf decía que de ninguna manera podían continuar el viaje dejando al señor Bolsón en manos de los trasgos, sin tratar de saber si estaba vivo o muerto, y sin tratar de rescatarlo.

    —Al fin y al cabo es mi amigo —dijo Gandalf—, y una buena persona. Me siento responsable. Ojalá no lo hubieseis perdido.

    Los enanos querían saber ante todo por qué razones lo habían traído con ellos, por qué no había podido mantenerse cerca y venir también, y por qué el mago no había elegido a alguien más sensato. —Hasta ahora ha sido una carga de poco provecho —dijo uno—, Si tenemos que regresar a esos túneles abominables a, buscarlo, entonces maldito sea, digo yo.

    Gandalf contestó enfadado: —Lo traje, y no traigo cosas que no sean de provecho. O me ayudáis a buscar lo, o me voy y os dejo aquí para que salgáis de este embrollo como mejor podáis. Si al menos lo encontráramos, me lo agradeceríais antes de que haya pasado todo. ¿Por qué tuviste que dejarlo caer, Dori?

    —¡Tú mismo lo hubieses dejado caer —dijo Dori—, si de pronto un trasgo te hubiese aferrado las piernas por detrás en la oscuridad, te hiciese tropezar, y te patease la espalda!
    —En ese caso, ¿por qué no lo recogiste de nuevo?
    —¡Cielos! ¡Y aún me lo preguntas! ¡Los trasgos luchando y mordiendo en la oscuridad, todos cayendo sobre otros cuerpos y golpeándose! Tú casi me tronchas la cabeza con Glamdrin, y Thorin daba tajos a diestra y siniestra con Orcrist. De pronto echaste una de esas luces que enceguecen y vimos que los trasgos retrocedían aullando. Gritaste: '¡Seguidme todos!' y todos tenían que haberte seguido. Creímos que todos lo hacían. No hubo tiempo para contar, como tú sabes muy bien, hasta que nos abrimos paso entre los centinelas, salimos por la puerta más baja, y descendimos hasta aquí atropellándonos. Y aquí estamos, sin el saqueador, ¡que el cielo lo confunda!
    —¡Y aquí está el saqueador! —dijo Bilbo adelantándose y metiéndose entre ellos, y quitándose el anillo.

    ¡Señor, cómo saltaron! Luego hubo gritos de sorpresa y alegría. Gandalf estaba tan atónito como cualquiera de ellos, pero quizá más complacido que los demás. Llamó a Balín y le preguntó qué pensaba de un centinela que permitía que la gente llegara así sin previo aviso. Por supuesto, la reputación de Bilbo creció mucho entre los enanos a partir de ese momento. Si, a pesar de las palabras de Gandalf, dudaban aún de que era un saqueador de primera clase, no lo dudaron más. Balín era el más desconcertado; pero todos decían que había sido un trabajo muy bien hecho.

    Bilbo estaba en verdad tan complacido con estos elogios, que se rió entre dientes, pero nada dijo acerca del anillo; y cuando le preguntaron cómo se las había arreglado, comentó: —Oh, simplemente me deslicé, ya sabéis... con mucho cuidado y en silencio.

    —Bien, ni siquiera un ratón se ha deslizado nunca con cuidado y en silencio bajo mis mismísimas narices sin que yo lo descubriera —dijo Balín—, y me saco el sombrero ante ti. —Cosa que hizo.
    —Balín a vuestro servicio —dijo.
    —Vuestro servidor, el señor Bolsón —dijo Bilbo.

    Luego quisieron conocer las aventuras de Bilbo desde el momento en que lo habían perdido, y él se sentó y les contó todo, excepto lo que se refería al hallazgo del anillo ("no por ahora" pensó). Se interesaron en particular en la pugna de las adivinanzas y se estremecieron como correspondía cuando les describió el aspecto de Gollum.

    —Y luego no se me ocurría ninguna otra pregunta con él sentado junto a mí — concluyó Bilbo—, de modo que dije: '¿Qué hay en mi bolsillo?' Y no pudo adivinarlo por tres veces. De modo que dije: '¿Qué hay de tu promesa? ¡Enséñame el camino de salida!' Pero él saltó sobre mí para matarme, y yo corrí, caí, y me perdí en la oscuridad. Luego lo seguí, pues oí que se hablaba a sí mismo. Pensaba que yo conocía realmente el camino de salida, y estaba yendo hacia él. Al fin se sentó en la entrada y yo no podía pasar. De modo que salté sobre el y escapé corriendo hacia la puerta.
    —¿Qué pasó con los centinelas? —preguntaron los enanos—. ¿No había ninguno?
    —¡Oh, sí! Muchísimos, pero los esquivé. Me quedé trabado en la puerta, que sólo estaba abierta una rendija, y perdí muchos botones —dijo mirándose con tristeza las ropas desgarradas—. Pero conseguí escabullirme... y aquí estoy.

    Los enanos lo miraron con un respeto completamente nuevo, mientras hablaba sobre burlar centinelas, saltar sobre Gollum y abrirse paso, como si no fuese muy difícil o muy inquietante.

    —¿Qué os dije? —exclamó Gandalf riendo—, El señor Bolsón esconde cosas que no alcanzabais a imaginar. —Le echó una mirada rara a Bilbo por debajo de las cejas pobladas mientras lo decía, y el hobbit se preguntó si el mago no estaría pensando en el episodio que él había omitido.

    Tenía sus propias preguntas que hacer ahora, pues si Gandalf ya había explicado todo a los enanos, Bilbo no lo había oído aún. Quería saber cómo Gandalf había vuelto a aparecer, y qué habían convenido hasta ese momento.

    El mago, a decir verdad, nunca se molestaba por tener que explicar de nuevo sus habilidades, de modo que ahora le dijo a Bilbo que tanto Elrond como él estaban bien enterados de la presencia de trasgos malvados en esa parte de las montañas. Pero la entrada principal miraba antes a un desfiladero distinto, más fácil de cruzar, y a menudo apresaban a gente ignorante cerca de las puertas. Era evidente que los viajeros ya no tomaban ese camino, y los trasgos habían abierto hacía poco una nueva entrada en lo alto de la senda que habían tomado los enanos, pues hasta entonces había sido un paso seguro.

    —Tendría que salir a buscar un gigante más o menos decente para que bloquee otra vez la puerta —dijo el mago—, o pronto no habrá modo de cruzar las montanas.

    Tan pronto como Gandalf había oído el aullido de Bilbo, comprendió lo que había pasado. Luego del relámpago que había fulminado a los trasgos que se le echaban encima, se había metido corriendo en la grieta, justo cuando iba a cerrarse. Siguió detrás de los trasgos y prisioneros hasta el borde de la gran sala, y allí se sentó, preparando la mejor magia posible entre las sombras.

    —Fue un asunto muy delicado —dijo— Francamente difícil.

    Pero Gandalf, por supuesto, había hecho un estudio especial de los encantamientos con fuego y luces (hasta el mismo hobbit, como recordaréis, no había olvidado aquellos mágicos fuegos de artificio en las fiestas del Viejo Tuk, las noches de San Juan). El resto ya lo sabemos, excepto que Gandalf conocía perfectamente la puerta trasera, como los trasgos denominaban a la entrada inferior, donde Bilbo había perdido sus botones.

    En realidad, cualquiera que conociese aquella parte de las montañas conocía también la entrada inferior, pero había que ser un mago para no perder la cabeza en los túneles y seguir la dirección correcta.

    —Construyeron esa entrada hace siglos —dijo—, en parte como una vía de escape, si necesitaban una, en parte como un camino de salida hacia las tierras de más allá, donde todavía merodean en la noche y causan gran daño. La vigilan siempre, y nadie jamás ha conseguido bloquearla. La vigilarán doblemente a partir de ahora. —Gandalf se rió.

    Los demás rieron con él. AI fin y al cabo, habían perdido bastantes cosas, pero habían matado al Gran Trasgo y a otros muchos, y habían escapado todos, y en verdad podía decirse que hasta ahora habían llevado la mejor parte.

    Pero el mago hizo que volvieran a la realidad.

    —Tenemos que marchar en seguida, ahora que hemos descansado un poco — dijo—. Saldrán a centenares detrás de nosotros cuando caiga la noche; y ya las sombras se están alargando. Pueden oler nuestras huellas horas después de que hayamos pasado por algún sitio. Tenemos que estar a muchas millas de aquí antes del anochecer. Habrá algo de luna, si el cielo se mantiene despejado. lo que es una suerte. No es que a ellos les importe demasiado la luna, pero un poco de luz ayudará a que no nos extraviemos.
    —¡Oh, sí! —dijo en respuesta a más preguntas del hobbit— Perdiste la noción del tiempo en los túneles de los trasgos. Hoy es jueves, y fuimos capturados la noche del lunes o la mañana del martes. Hemos recorrido millas y millas, bajamos atravesando el corazón mismo de las montañas, y ahora estamos al otro lado; todo un atajo. Mas no estamos en el punto al que nos hubiese llevado el desfiladero; estamos demasiado al norte, y tenemos por delante una región algo desagradable. Y nos encontramos aún a bastante altura. ¡De modo que en marcha!
    —Estoy tan terriblemente hambriento —gimió Bilbo, quien de pronto advirtió que no había probado bocado desde la noche anterior a la última noche. ¡Quién lo hubiera pensado de un hobbit! Sentía el estómago flojo y vacío, y las piernas muy inseguras, ahora que la excitación había concluido.
    —No puedo remediarlo —dijo Gandalf—, a menos que quieras volver y pedir amablemente a los trasgos que te devuelvan el poney y los bultos.
    —¡No, gracias! —respondió Bilbo.
    —Muy bien entonces, no nos queda más que apretarnos los cinturones y marchar sin descanso... o nos convertiremos en cena, y eso sería mucho peor que no tenerla nosotros.

    Mientras marchaban, Bilbo buscaba por rodos lados aleo para comer; pero las moras estaban todavía en flor, y por supuesto no había nueces, ni tan siquiera bayas de espino, Mordisqueó un poco de acedera, bebió de un pequeño arroyo de la montaña que cruzaba el sendero, y comió tres fresas silvestres que encontró en la orilla, pero no le sirvió de mucho.

    Caminaron y caminaron. El accidentado sendero desapareció. Los arbustos y las largas hierbas entre los cantos rodados, las briznas de hierba recortadas por los conejos, el tomillo, la salvia, el orégano y los heliantemos amarillos se desvanecieron por completo, y los viajeros se encontraron en la cima de una pendiente ancha y abrupta, de piedras desprendidas, restos de un deslizamiento de tierras. Empezaron a bajar, y cada vez que apoyaban un pie en el suelo, escorias y pequeños guijarros rodaban cuesta abajo; pronto trozos más grandes de roca bajaron ruidosamente y provocaron que otras piedras de más abajo se deslizaran y rodaran también; luego se desprendieron unos peñascos que rebotaron, reventando con fragor en pedazos envueltos en polvo. Al rato, por encima y por debajo de ellos, la pendiente entera pareció ponerse en movimiento, y el grupo descendió en montón, en medio de una confusión pavorosa de bloques y piedras que se deslizaban golpeando y rompiéndose.

    Fueron los árboles del fondo los que los salvaron. Se deslizaron hacia el bosque de pinos que trepaba desde el más oscuro e impenetrable de los bosques del valle hasta la falda misma de la montaña. Algunos se aferraron a los troncos y se balancearon en las ramas más bajas, otros (como el pequeño hobbit) se escondieron detrás de un árbol para evitar las embestidas furiosas de las rocas. Pronto, el peligro pasó; el deslizamiento se había detenido, y alcanzaron a oír los últimos estruendos mientras los peñascos más voluminosos rebotaban y daban vueltas entre los helechos y las raíces de pino allá abajo.

    —¡Bueno! Nos ha costado un poco —dijo Gandalf—, y aun a los trasgos que nos rastreen les costará bastante descender hasta aquí en silencio.
    —Quizás —gruñó Bombur—, pero no les será difícil tirarnos piedras a la cabeza. —Los enanos (y Bilbo) estaban lejos de sentirse contentos, y se restregaban las piernas y los pies lastimados y magullados.
    —¡Tonterías! Aquí dejaremos el sendero de la pendiente. ¡Tenemos que apresurarnos! ¡Mirad la luz!

    Hacía largo rato que el sol se había ocultado tras la montaría. Ya las sombras eran más negras alrededor, aunque allá lejos, entre los árboles y sobre las copas negras de los que crecían más abajo, podían ver todavía las luces de la tarde en las llanuras distantes. Bajaban cojeando ahora, tan rápido como podían, por la pendiente menos abrupta de un pinar, por un inclinado sendero que los conducía directamente hacia el sur. En ocasiones se abrían paso entre un mar de helechos de altas frondas que se levantaban por encima de la cabeza del hobbit; otras veces marchaban con la quietud del silencio, sobre un suelo de agujas de pino; y durante todo ese tiempo la lobreguez se iba haciendo más pesada y la calma del bosque más profunda. No había viento aquel atardecer que moviera al menos con un susurro de mar las ramas de los árboles.

    —¿Tenemos que seguir todavía más? —preguntó Bilbo cuando en la oscuridad del bosque apenas alcanzaba a distinguir la barba de Thorin que ondeaba junto a él y la respiración de los enanos sonaba en el silencio como un fuerte ruido—. Tengo los dedos de los pies torcidos y magullados, me duelen las piernas, y mi estómago se balancea como una bolsa vacía.
    —Un poco más —dijo Gandalf.

    Luego de lo que pareció siglos más, salieron de pronto a un espacio abierto sin árboles. La luna estaba alta y brillaba en el claro. De algún modo todos tuvieron la impresión de que no era precisamente un lugar agradable, aunque no se veía nada sospechoso.

    De súbito oyeron un aullido, lejos, colina abajo, un aullido largo y estremecedor. Le contestó otro, lejos, a la derecha, y muchos más, más cerca de ellos; luego otro, no muy lejano, a la izquierda. ¡Eran lobos aullando a la luna, lobos que llamaban a la manada!

    No había lobos que vivieran cerca del agujero del señor Bolsón, pero conocía el sonido. Se lo habían descrito a menudo en cuentos y relatos. Uno de sus primos mayores (por la rama Tuk), que había sido un gran viajero, los imitaba a menudo para aterrorizarlo. Oírlos ahora en el bosque bajo la luna era demasiado para Bilbo. Ni siquiera los anillos mágicos son muy útiles contra los lobos, en especial contra las manadas diabólicas que vivían a la sombra de las montañas infestadas de trasgos, más allá de los límites de las tierras salvajes, en las fronteras de lo desconocido. ¡Los lobos de esta clase tienen un olfato más fino que los trasgos! ¡Y no necesitan verte para atraparte!

    —¡Qué haremos, qué haremos! —gritó—. ¡Salir de trasgos para caer en lobos! — dijo, y esto llegó a ser un proverbio, aunque ahora decimos de la sartén al fuego" en las situaciones incómodas de este tipo.
    —¡A los árboles, rápido! —gritó Gandalf; y corrieron hacia los árboles del borde del claro, buscando aquellos de ramas bajas o bastante delgados para escapar trepando por los troncos. Los encontraron con una rapidez insólita, como podéis imaginar; y subieron muy alto confiando como nunca en la firmeza de las ramas. Habríais reído (desde una distancia segura) si hubieseis visto a los enanos sentados arriba, en los árboles, las barbas colgando, como viejos caballeros chiflados que jugaban a ser niños. Fíli y Kili habían subido a la copa de un alerce alto que parecía un enorme árbol de Navidad. Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin estaban más cómodos en un pino elevado con ramas regulares que crecían a intervalos, como los radios de una rueda. Bifur, Bofur, Bombur y Thorin estaban en otro pino próximo. Dwalin y Balin habían trepado con rapidez a un abeto delgado, escaso de ramas, y estaban intentando encontrar un lugar para sentarse entre el follaje de la copa. Gandalf, que era bastante más alto que el resto, había encontrado un árbol inaccesible para los otros, un pino grande que se levantaba en el mismísimo borde del claro. Estaba bastante oculto entre las ramas pero, cuando asomaba la luna, se le podía ver el brillo de los ojos.

    ¿Y Bilbo? No pudo subir a ningún árbol, y corría de un tronco a otro, como un conejo que no encuentra su madriguera mientras un perro lo persigue mordiéndole los talones.

    —¡Otra vez has dejado atrás al saqueador! —dijo Nori a Dori mirando abajo.
    —No me puedo pasar la vida cargando saqueadores —dijo Dori—, ¡túneles abajo y árboles arriba! ¿Qué te crees que soy? ¿Un mozo de cuerda?
    —Se lo comerán si no hacemos algo —dijo Thorin, pues ahora había aullidos todo alrededor, acercándose más y más— ¡Dori! —llamó, pues Dori era el que estaba más abajo, en el árbol más fácil de escalar—, ¡Ve rápido, y dale una mano al señor Bolsón!

    Dori era en realidad un buen muchacho a pesar de que protestara gruñendo. El pobre Bilbo no consiguió alcanzar la mano que le tendían aunque el enano descendió a la rama más baja y estiró el brazo todo lo que pudo. De modo que Dori bajó realmente del árbol y ayudó a que Bilbo se le trepase a la espalda.

    En ese preciso momento los lobos irrumpieron aullando en el claro. De pronto hubo cientos de ojos observándolos desde las sombras. Pero Dori no soltó a Bilbo. Esperó a que trepara de los hombros a las ramas, y luego saltó. ¡Justo a tiempo! Un lobo le echó una dentellada a la capa cuando aún se columpiaba en la rama de abajo y casi lo alcanzó. Un minuto después una manada entera gruñía alrededor del árbol y saltaba hacia el tronco, los ojos encendidos y las lenguas fuera.

    Pero ni siquiera los salvajes wargos (pues así se llamaban los lobos malvados de más allá del Yermo) pueden trepar a los árboles. Por el momento los expedicionarios estaban a salvo. Afortunadamente hacía calor y no había viento. Los árboles no son muy cómodos para estar sentados en ellos un largo rato, cualquiera que sea la circunstancia, pero al frío y al viento, con lobos que te esperan abajo y alrededor, pueden ser sitios harto desagradables.

    Este claro en el anillo de árboles era evidentemente un lugar de reunión de los lobos. Más y más continuaban llegando. Unos pocos se quedaron al pie del árbol en que estaban Dori y Bilbo, y los otros fueron venteando alrededor hasta descubrir todos los árboles en los que había alguien. Vigilaron estos también, mientras el resto (parecían cientos y cientos) fue a sentarse en un gran círculo en el claro; y en el centro del círculo había un enorme lobo gris. Les habló en la espantosa lengua de los wargos. Gandalf la entendía. Bilbo no, pero el sonido era terrible, y parecía que sólo hablara de cosas malvadas y crueles, como así era. De vez en cuando todos los wargos del círculo respondían en coro al jefe gris, y el espantoso clamor sacudía al hobbit, que casi se caía del pino.

    Os diré lo que Gandalf oyó, aunque Bilbo no lo comprendiese. Los wargos y los trasgos colaboraban a menudo en acciones perversas. Por lo común, los trasgos no se alejan de las montanas, a menos que se los persiga y estén buscando nuevos lugares, o marchen a la guerra (y me alegra decir que esto no ha sucedido desde hace largo tiempo). Pero en aquellos días, a veces hacían incursiones, en especial para conseguir comida o esclavos que trabajasen para ellos. En esos casos, conseguían a menudo que los wargos los ayudasen, y se repartían el botín. A veces cabalgaban en lobos, así como los hombres montan en caballos. Ahora parecía que una gran incursión de trasgos había sido planeada para aquella misma noche. Los wargos habían acudido para reunirse con los trasgos, y los trasgos llegaban tarde. La razón, sin duda, era la muerte del Gran Trasgo y toda la agitación causada por los enanos, Bilbo y Gandalf, a quienes quizá todavía buscaban.

    A pesar de los peligros de estas tierras lejanas, unos hombres audaces habían venido allí desde el Sur, derribando árboles, y levantando moradas entre los bosques más placenteros de los valles y a lo largo de las riberas de los ríos. Eran muchos, y bravos y bien armados, y ni siquiera los wargos se atrevían a atacarlos cuando los veían juntos, o a la luz del día. Pero ahora habían planeado caer de noche con la ayuda de los trasgos sobre algunas de las aldeas más próximas a las montanas. Si este plan se hubiese llevado a cabo, no habría quedado nadie allí al día siguiente; todos hubiesen sido asesinados, excepto los pocos que los trasgos preservasen de los lobos y llevasen de vuelta a las cavernas, como prisioneros.

    Era espantoso escuchar esa conversación, no sólo por los bravos leñadores, las mujeres y los niños, sino también por el peligro que ahora amenazaba a Gandalf y a sus compañeros. Los wargos estaban furiosos y se preguntaban desconcertados qué hacía esa gente en el mismísimo lugar de reunión. Pensaba que eran amigos de los leñadores y habían venido a espiarlos, y advertirían a los valles, con lo cual trasgos y lobos tendrían que librar una terrible batalla en vez dé capturar prisioneros y devorar gentes arrancadas bruscamente del sueño. De modo que los wargos no tenían intención de alejarse y permitir que la gente de los árboles escapase; de ninguna manera, no hasta la mañana. Y mucho antes, dijeron, los soldados trasgos vendrán, bajando de las montañas; y los trasgos pueden trepar a los árboles, o derribarlos.

    Ahora podéis comprender por qué Gandalf, escuchando esos gruñidos y aullidos, empezó a tener un miedo espantoso, mago como era, y a sentir que estaban en un pésimo lugar y todavía no habían escapado del todo. Sin embargo, no les dejaría el camino libre, aunque mucho no podía hacer aferrado a un gran árbol con lobos por doquier allá en el suelo. Arrancó unas piñas enormes de las ramas y en seguida prendió fuego a una de ellas con una brillante llama azul, y la arrojó zumbando hacia el círculo de lobos. Alcanzó a, uno en el lomo, y la piel velluda empezó a arder, con lo cual la bestia saltó de un lado a otro aullando horriblemente. Luego cayó otra piña y otra, con llamas azules, rojas o verdes. Estallaban en el suelo, en medio del círculo, y se esparcían en chispas coloreadas y humo. una especialmente grande golpeó el hocico del lobo jefe, que saltó diez pies en el aire, y se lanzó dando vueltas y vueltas alrededor del círculo, con tanta cólera y tanto miedo que mordía y lanzaba dentelladas aun a, los otros lobos.

    Los enanos y Bilbo gritaron y vitorearon. Era terrible ver la rabia de los lobos, y el tumulto que hacían llenaba toda la floresta. Los lobos tienen miedo del fuego en cualquier circunstancia, pero éste era un fuego muy extraño y horroroso. Si una chispa les tocaba la piel, se pegaba y les quemaba los pelos, y a menos que se revolcasen rápido, pronto estaban envueltos en llamas. Muy pronto los lobos estaban revolcándose por todo el claro una y otra vez para quitarse las chispas de los lomos, mientras aquellos que ya ardían, corrían aullando y pegando fuego a los demás, hasta que eran ahuyentados por sus propios compañeros, y huían pendiente abajo, chillando y gimoteando y buscando agua.

    —¿Qué es todo ese tumulto en el bosque? —dijo el Señor de las Águilas. Estaba posado, negro a la, luz de la luna, en la cima de una solitaria cumbre rocosa del borde oriental de las montañas—. ¡Oigo voces de lobos! ¿Andarán los trasgos de fechorías en los bosques?

    Se elevó en el aire, e inmediatamente dos de los guardianes del Señor lo siguieron saltando desde las rocas de los lados. Volaron en círculos arriba en el cielo, y observaron el anillo de los wargos, un minúsculo punto muy, muy abajo. Pero las águilas tienen ojos penetrantes y pueden ver cosas pequeñas desde una gran distancia. El Señor de las Águilas de las Montañas Nubladas tenia ojos capaces de mirar al sol sin un parpadeo y de ver un conejo que se movía allá abajo a una milla a la luz pálida de la luna. De modo que aunque no alcanzaba a ver a la gente en los árboles, podía distinguir los movimientos de los lobos y los minúsculos destellos de fuego, y oía los aullidos y gañidos que se elevaban tenues desde allá abajo. También pudo ver el destello de la luna en las lanzas y yelmos de los trasgos, cuando unas largas hileras de esta gente malvada se arrastraron con cautela, bajando las laderas dé la calina desde la entrada a los túneles, y serpenteando en el bosque. Las águilas no son aves bondadosas. Algunas son cobardes y crueles. Pero la raza ancestral de las montañas del norte era la más grande entre todas. Altivas y fuertes, y de noble corazón, no querían a los trasgos, ni los temían. Cuando les prestaban alguna atención (lo que era raro, pues no se alimentaban de tales criaturas), se precipitaban sobre ellos y los obligaban a retirarse chillando a las cuevas, y detenían cualquier maldad en que estuviesen empeñados. Los trasgos odiaban a las águilas y les tenían miedo, pero no podían alcanzar aquellos encumbrados sitiales, ni sacarlas de las montañas.

    Esa noche el Señor de las Águilas tenía mucha curiosidad por saber qué se estaba tramando; de modo que convocó a otras águilas, y juntas volaron desde las cimas, y trazando círculos lentamente, siempre girando y girando, bajaron y bajaron y bajaron hacia el anillo de los lobos y el sitio en que se reunían los trasgos.

    **—¡Algo muy bueno, por cierto! Cosas espantosas habían estado sucediendo allí abajo. Los lobos alcanzados por las llamas habían huido al bosque, y habían prendido fuego en varios sitios. Era pleno verano, y en este lado oriental de las montañas había llovido poco en los últimos tiempos. Helechos amarillentos, ramas caídas, espesas capas de agujas de pino, y aquí y allá árboles secos, pronto empezaron a arder. Todo alrededor del claro de los wargos el fuego se elevaba en llamaradas. Pero los lobos guardianes no abandonaban los árboles. Enloquecidos y coléricos saltaban y aullaban al pie de los troncos, y maldecían a los enanos en aquel horrible lenguaje, con las lenguas fuera y los ojos brillantes tan rojos y fieros como las llamas.

    Entonces, de súbito, los trasgos llegaron corriendo y aullando. Pensaban que se estaba librando una batalla contra los hombres de los bosques, pero pronto advirtieron lo que ocurría. Unos pocos llegaron a sentarse y rieron. Otros blandieron las lanzas y golpearon los mangos contra los escudos. Los trasgos no temen al fuego, y pronto tuvieron un plan que les pareció de lo mas divertido.

    Algunos reunieron a todos los lobos en una manada. Otros apilaron helechos y brezos alrededor de los troncos, y se precipitaron en torno, y pisotearon y golpearon, golpearon y pisotearon, hasta que apagaron casi todos los fuegos, pero no los más próximos a los árboles donde estaban los enanos. Estos fuegos los alimentaron con hojas, ramas secas y helechos. Pronto un anillo de humo y llamas rodeó a los enanos, un anillo que no crecía hacia fuera, pero que se iba cerrando lentamente, hasta que el fuego lamió la leña apilada bajo los árboles. El humo llegaba a los ojos de Bilbo, podía sentir el calor de las llamas; y a través de la humareda alcanzaba a ver a los trasgos que danzaban, girando y girando, en un círculo, como gente que celebraba alrededor de una hoguera la llegada del verano. Fuera del circulo de guerreros danzantes, armados con lanzas y hachas, los lobos se mantenían apartados, observando y aguardando.

    Bilbo pudo oír a los trasgos que entonaban ahora una horrible canción:

    ¡Quince pájaros en cinco abetos las plumas aventadas por una brisa ardiente!
    Pero, que extraños pájaros, ¡ninguno tiene alas! ¡Oh! ¿Qué haremos con estas raras gentes? ¿Asarlas vivas, o hervirlas en la olla; o freírlas, cocerlas y comerlas calientes?


    Luego se detuvieron y gritaron:

    ¡Volad, pajaritos! ¡Volad si podéis! ¡Bajad, pajaritos; os asaréis en vuestros nidos! ¡Cantad, cantad, pajaritos! ¿Por qué no cantáis?


    —¡Alejaos, chiquillos! —gritó Gandalf por respuesta——, No es época de buscar nidos. Y los chiquillos traviesos que juegan con fuego reciben lo que se merecen. —Lo dijo para enfadarlos, y para mostrarles que no tenía miedo, aunque en verdad lo tenía, mago y todo como era. Pero los trasgos no le prestaron atención, y siguieron cantando.

    ¡Que ardan, que ardan, árboles y helechos?
    ¡Marchitos y abrasados! Que la antorcha siseante
    ilumine la noche para nuestro contento.
    ¡Ea ya!
    ¡Que los cuezan, tos frían y achicharren,
    hasta que ardan las barbas, y los ojos se nublen,
    y hiedan los cabellos y estallen los pellejos,
    se disuelvan las grasas, y los huesos renegros
    descansen en cenizas bajo el cielo!
    Asi los enanos morirán, la noche iluminando para nuestro contento.
    ¡Ea ya!
    ¡Ea pronto ya!
    ¡Ea que va!


    Y con ése ¡éa que va! las llamas llegaron bajo el árbol de Gandalf. En un momento se extendieron a los otros. La corteza ardió, las ramas más bajas crujieron.

    Entonces Gandalf trepó a la copa del árbol. El súbito resplandor estalló en su vara como un relámpago cuando se aprestaba a saltar y a caer, justo entre las lanzas enemigas. Aquello hubiese sido el fin de Gandalf, aunque probablemente hubiese matado a muchos, al precipitarse entre ellos como un rayo. Pero no llegó a saltar.

    En aquel preciso momento el Señor de las Águilas se abalanzó desde lo alto, abrió las garras, se apoderó de Gandalf, y desapareció.

    Hubo un clamor de cólera y sorpresa entre los trasgos. Fuerte chilló el Señor de las Águilas, a quien Gandalf había ahora hablado. De vuelta se abalanzaron las grandes aves que estaban con él, y descendieron como enormes sombras negras. Los lobos gimotearon rechinando los dientes; los trasgos aullaron y patearon el suelo con rabia, y arrojaron las pesadas lanzas al aire. Sobre ellos se lanzaron las águilas; la acometida oscura de las alas que batían los golpeó contra el Suelo o los arrojó lejos; las garras les laceraron las caras. Otras veces volaron a las copas de los árboles y se llevaron a los enanos, que ahora subían trepando a unas alturas a las que nunca se habían atrevido a llegar.

    ¡El pobre pequeño Bilbo estuvo muy cerca de que le dejaran de nuevo atrás! Alcanzó justo a aferrarse de las piernas de Dori cuando ya se lo llevaban, el último de todos; y arriba fueron juntos, sobre el tumulto y el incendio, Bilbo columpiándose en el aire, sintiendo que se le romperían los brazos en cualquier momento.

    Mientras, allá abajo, los trasgos y los lobos Se habían dispersado en los bosques. Unas cuantas águilas estaban todavía trazando círculos y cerniéndose sobre el campo de batalla. De pronto las llamas de los árboles se alzaron por encima de las ramas más altas. Subieron con un fuego crepitante, y hubo un estallido de chispas y humo. ¡Bilbo había escapado justo a tiempo!

    Pronto las luces del incendio fueron tenues allá abajo; un parpadeo rojo en el suelo negro; y las águilas volaban muy alto, elevándose todo el tiempo en círculos amplios y majestuosos. Bilbo nunca olvidó aquel vuelo, abrazado a los tobillos de Dori. Gemía: —¡Mis brazos, mis brazos! —mientras Dori plañía: —¡Mis pobres piernas, mis pobres piernas!

    En el mejor de los casos las alturas le daban vértigo a Bilbo. Bastaba que mirase desde el borde de un risco pequeño para que se sintiera mareado. Nunca le habían gustado las escaleras, y mucho menos los árboles (antes nunca había tenido que escapar de los lobos). De manera que podéis imaginar cómo le daba vueltas ahora la cabeza, cuando miraba hacia abajo entre los colgantes dedos de los pies y veía las tierras oscuras que se ensanchaban debajo, tocadas aquí y allá por la luz de la luna en la roca de una ladera o en un arroyo de los llanos.

    Los picos de las montañas se estaban acercando; puntas rocosas iluminadas por la luna asomaban entre las sombras negras. Verano o no, el aire parecía muy frío. Cerró los ojos y se preguntó si sería capaz de seguir sosteniéndose así mucho más. Luego imaginó qué sucedería si no aguantaba. Se sintió enfermo.

    El vuelo terminó justo a tiempo para Bilbo, justo antes de que aflojara las manos. Se soltó de los tobillos de Dori con un grito sofocado y cayó sobre la tosca plata forma de un aguilero. Allí quedó un rato tendido sin decir una palabra, con pensamientos que eran una mezcla de sorpresa por haberse salvado del fuego y de miedo a caer de aquel sitio estrecho a las espesas sombras de ambos lados. Sentía la cabeza verdaderamente muy rara en aquel momento, después de las espantosas aventuras de los tres últimos días, casi sin nada para comer, y de pronto se encontró diciendo en voz alta:

    —¡Ahora sé cómo se siente un trozo de panceta cuando la sacan de pronto de la sartén con un tenedor y la ponen de vuelta en la alacena!
    —¡No, no lo sabes! —oyó que Dori respondía—, pues la panceta sabe que volverá, tardé o temprano, a la sartén: y es de esperar que nosotros no. ¡Además las águilas no son tenedores!
    —¡Oh no! No se parecen nada a pájaros ponedores, tenedores, quiero decir — contestó Bilbo incorporándose y observando con ansiedad al águila que estaba posada cerca. Se preguntó qué otras tonterías habría estado diciendo, y si el águila lo consideraría ofensivo. ¡Uno no ha de ser grosero con un águila si sólo tiene el tamaño de un hobbit y está de noche en el aguilero!

    El águila se afiló el pico en una roca y se alisó las plumas, sin prestar atención.

    Pronto llegó volando otra águila. —El Señor de las Águilas te ordena traer a tus prisioneros a la Gran Repisa —chilló, y se fue. La Otra tomó a Dori en sus garras y partió volando con él hacia la noche, dejando a Bilbo completamente solo. Las pocas fuerzas que le quedaban le alcanzaban apenas para preguntarse qué habría querido decir el águila con "prisioneros", y ya empezaba a pensar que lo abrirían en dos como un conejo para la cena, cuando le llegó el turno.

    El águila regresó, lo agarró por el dorso de la chaqueta, y se lanzó fuera. Esta vez el vuelo fue corto. Muy pronto Bilbo estuvo tumbado, temblando de miedo, en una amplia repisa en la ladera de la montaña. No había manera de descender hasta allí, sino volando; y no había sendero para bajar excepto saltando a un precipicio. Allí encontró a todos los otros, sentados de espaldas a la pared montañosa. El Señor de las Águilas estaba también allí y hablaba con Gandalf.

    Quizá a Bilbo no se lo iban a comer, después de todo. El mago y el águila parecían conocerse de alguna manera, y aun estar en buenas relaciones. En realidad Gandalf, que había visitado a menudo las montañas, había ayudado una vez a las águilas y había curado al Señor de una herida de flecha. Así que como veis, "prisioneros quería decir "prisioneros rescatados de los trasgos" solamente, y no cautivos de las águilas. Cuando Bilbo escuchó la conversación de Gandalf comprendió que por fin iban a escapar real y verdaderamente de aquellas cimas espantosas. Estaba discutiendo planes con el Gran Águila para transportar lejos a los enanos, a él y a Bilbo, y dejarlos justo en el camino que cruzaba los llanos de abajo.

    El Señor de las Águilas no los llevaría a ningún lugar próximo a las moradas de los hombres. —Nos dispararían con esos grandes arcos de tejo —dijo—, pensando que vamos a robarles las ovejas. Y en otras ocasiones estarían en lo cierto. ¡No! Nos satisface burlar a los trasgos, y pagarte así nuestra deuda de gratitud, pero no nos arriesgaremos por los enanos en los llanos del sur.

    —Muy bien —dijo Gandalf— ¡Llevadnos a cualquier sitio y tan lejos como queráis! Ya habéis hecho mucho por nosotros. Pero mientras tanto, estamos famélicos.
    —Yo casi estoy muerto de hambre —dijo Bilbo con una débil vocecita que nadie oyó.
    —Eso tal vez pueda tener remedio— dijo el Señor de las Águilas.

    Más tarde podríais haber visto un brillante fuego en la repisa de piedra, y las figuras de los enanos alrededor, cocinando y envueltos en un exquisito olor a asado. Las águilas habían traído unos arbustos secos para el fuego, y conejos, liebres y una pequeña oveja. Los enanos se encargaron de todos los preparativos. Bilbo se sentía demasiado débil para ayudar, y de cualquier modo no era muy bueno desollando conejos o picando carne, pues estaba acostumbrado a que el carnicero se la entregase lista ya para cocinar. Gandalf estaba echado también, luego de haberse ocupado de encender el fuego, ya que Óin y Glóin habían perdido sus yescas. (Los enanos nunca fueron aficionados a las cerillas, ni siquiera entonces.)

    Así concluyeron las aventuras de las Montañas Nubladas. Pronto el estómago de Bilbo estuvo lleno y confortado de nuevo, y sintió que podía dormir sin preocupaciones, aunque en realidad le habría gustado más una hogaza con mantequilla que aquellos trozos de carne costada en varas. Durmió hecho un ovillo en la piedra dura, más profundamente de lo que había dormido nunca en el lecho de plumas de su propio pequeño agujero. Pero soñó toda la noche con su casa, y recorrió en sueños todas las habitaciones buscando algo que no podía encontrar, y que no sabía qué era.


    EXTRAÑOS APOSENTOS


    A la mañana siguiente Bilbo despertó con el sol temprano en los ojos. Se levantó de un salto para mirar la hora y poner la marmita al fuego... y descubrió que no estaba en casa, de ningún modo. Así que se sentó, deseando en vano un baño y un cepillo. No los consiguió, ni té, ni tostadas, ni panceta para el desayuno, sólo cordero frío y conejo. Y en seguida tuvo que prepararse para la inminente partida.

    Esta vez se le permitió montar en el lomo de un águila y sostenerse entre las alas. El aire golpeaba y Bilbo cerraba los ojos. Los enanos gritaban despidiéndose y prometiendo devolver el favor al Señor de las Águilas si alguna vez era posible, mientras quince grandes aves partían de la ladera de la montaña. El sol estaba todavía cerca de los lindes orientales. La mañana era fría, y había nieblas en los valles y hondonadas, y sobre los picos y crestas de las colinas. Bilbo abrió un ojo y vio que las aves estaban ya muy arriba y el mundo muy lejos, y que las montañas se empequeñecían atrás. Cerró otra vez los ojos y se aferró con más fuerza.

    —¡No pellizques! —dijo el águila—. No tienes por qué asustarte como un conejo, aunque te parezcas bastante a uno. Hace una bonita mañana y el viento sopla apenas. ¿Hay algo más agradable que volar?

    A Bilbo le hubiese gustado decir: "Un baño caliente y después, más tarde, un desayuno sobre la hierba"; pero le pareció mejor no decir nada y aflojó un poquito las manos.

    Al cabo de un buen rato, las águilas divisaron sin duda el punto al que se dirigían, aun desde aquellas alturas, pues empezaron a volar en círculos, descendiendo en amplias espirales. Bajaron así un tiempo, y al final él hobbit abrió de nuevo los ojos. La tierra estaba mucho más cerca, y debajo había árboles que parecían olmos y robles, y amplias praderas, y un río que lo atravesaba todo. Pero sobresaliendo del terreno, justo en el curso del río que allí serpenteaba, había una gran roca, casi una colina de piedra, como una última avanzada de las montañas distantes, o un enorme peñasco arrojado millas adentro en la llanura por algún gigante entre gigantes.

    Las águilas descendían ahora con rapidez una a una sobre la cima de la roca, y dejaban allí a los pasajeros.

    —¡Buen viaje! —gritaron—. ¡Donde quiera que vayáis, hasta que los nidos os reciban al final de la jornada! —una fórmula de cortesía común entre estas aves.
    —Que el viento bajo las alas os sostenga allá donde el sol navega y la luna camina —respondió Gandalf, que conocía la respuesta correcta.

    Y de este modo partieron. Y aunque el Señor de las Águilas llegó a ser Rey de Todos los Pájaros, y tuvo una corona de oro, y los quince lugartenientes llevaron collares de oro (fabricados con el oro de los enanos), Bilbo nunca volvió a verlos, excepto en la batalla de los Cinco Ejércitos, lejos y arriba. Pero como esto ocurre al final de la historia, por ahora no diremos más.

    Había un espacio liso en la cima de la colina de piedra y un sendero de gastados escalones que descendían hasta el río; y un vado de piedras grandes y chatas llevaba a la pradera del otro lado. Allí había una cueva pequeña (acogedora y con suelo de guijarros), al pie de los escalones, casi al final del vado pedregoso. El grupo se reunió en la cueva y discutió lo que se iba a hacer.

    —Siempre quise veros a todos a salvo (si era posible) del otro lado de las montañas —dijo el mago—, y ahora, gracias al buen gobierno y a la buena suerte, lo he conseguido. En realidad hemos avanzado hacia el este más de lo que yo deseaba, pues al fin y al cabo ésta no es mi aventura. Puedo venir a veros antes que todo concluya, pero mientras tanto he de atender otro asunto urgente.

    Los enanos gemían y parecían desolados, y Bilbo lloraba. Habían empezado a Creer que Gandalf los acompañaría durante todo el trayecto y estaría siempre allí para sacarlos de cualquier dificultad. —No desapareceré en este mismo instante —dijo el mago— Puedo daros un día o dos más. Quizá llegue a echaros una mano en este apuro, y yo también necesito una pequeña ayuda. No tenemos comida, ni equipaje, ni poneys que montar; y no sabéis dónde estáis ahora. Yo puedo decíroslo. Estáis todavía algunas millas al norte del sendero que tendríamos que haber tomado, si no hubiésemos cruzado la montaña con tanta prisa. Muy poca gente vive en estos parajes, a menos que hayan venido desde la última vez que estuve aquí abajo, años atrás. Pero conozco a alguien que vive no muy lejos. Ese Alguien talló los escalones en la gran roca, la Carroca creo que la llama. No viene a menudo por aquí, desde luego no durante el día, y no vale la pena esperarlo. A decir verdad, sería muy peligroso. Tenemos que salir y encontrarlo; y si todo va bien en dicho encuentro, creo que partiré y os desearé como las águilas "buen viaje a donde quiera que vayáis".

    Le pidieron que no los dejase. Le ofrecieron oro del dragón y plata y joyas, pero el mago no se inmutó. —¡Nos veremos, nos veremos! —dijo—, y creo que ya me he ganado algo de ese oro del dragón, cuando le echéis mano.

    Los enanos dejaron entonces de suplicar. Se sacaron la ropa y se bañaron en el río, que en el vado era poco profundo, claro y pedregoso. Luego de secarse al sol, que ahora caía con fuerza, se sintieron refrescados, aunque todavía doloridos y un poco hambrientos. Pronto cruzaron el vado (cargando con el hobbit), y luego marcharon entre la abundante hierba verde y bajo la hilera, de robles anchos de brazos y los olmos altos.

    —¿Y por qué se le llama la Carroca? —preguntó Bilbo cuando caminaba junto al mago.
    —La llamó la Carroca, porque carroca es la palabra para ella. Llama carrocas a cosas así, y ésta es la Carroca, pues es la única cerca de su casa y la conoce bien.
    —¿Quién la llama? ¿Quién la conoce?
    —Ese Alguien de quien hablé... una gran persona. Tenéis que ser todos muy corteses cuando os presente. Os presentaré muy poco a poco, de dos en dos, creo; y cuidaréis de no molestarlo, o sólo los cielos saben lo que ocurriría. Cuando se enfada puede resultar desagradable, aunque es muy amable si está de buen humor. Sin embargo, os advierto que se enfada con bastante facilidad.

    Todos los enanos se juntaron alrededor cuando oyeron que el mago hablaba así con Bilbo. —¿Es a él a quien nos llevas ahora? —inquirieron— ¿No podrías encontrar a alguien de mejor carácter? ¿No sería mejor que lo explicases un poco más? —y así una pregunta tras otra.

    —¡Sí, sí, por supuesto! ¡No, no podría! Y lo he explicado muy bien —respondió el mago, enojado— Si necesitáis saber algo más, se llama Beorn.. Es muy fuerte, y un cambia pieles además.
    —¡Qué! ¿Un peletero? ¿Un hombre que llama a los conejos roedores, cuando no puede hacer pasar las pieles de conejo por pieles de ardilla? —preguntó Bilbo.
    —¡Cielos, no, no, no, no! —dijo Gandalf—. No seas estúpido, señor Bolsón, si puedes evitarlo, y en nombre de toda maravilla haz el favor de no mencionar la palabra peletero mientras te encuentras en un área de cien millas a la redonda de su casa, ¡ni alfombra, ni capa, ni estola, ni manguito, ni cualquier otra palabra tan funesta! El es un cambia pieles, cambia de piel: unas veces es un enorme oso negro, otras un hombre vigoroso y corpulento de pelo oscuro, con grandes brazos y luenga barba. No puedo deciros mucho más, aunque eso tendría que bastaros. Algunos dicen que es un oso descendiente de los grandes y antiguos osos de las montanas, que vivían allí antes que llegasen los gigantes. Otros dicen que desciende de los primeros hombres que vivieron antes que Smaug o los otros dragones dominasen esta parte del mundo, y antes que los trasgos del Norte viniesen a las colinas. No puedo asegurarlo, pero creo que la última versión es la verdadera. A él no le gustan los interrogatorios.

    De todos modos no está bajo ningún encantamiento que no sea el propio. Vive en un robledal y tiene una gran casa de madera, y como hombre cría ganado y caballos casi tan maravillosos como él mismo. Trabajan para él y le hablan. No se los come; no caza ni come animales salvajes. Cría también colmenas, colmenas de abejas enormes y fieras, y se alimenta principalmente de crema y miel. Como oso viaja a todo lo largo y ancho. Una vez, de noche, lo vi sentado solo sobre la Carroca mirando cómo la luna se hundía detrás de las Montañas Nubladas, y lo oí gruñir en la lengua de los osos: '¡Llegará el día en que perecerán, y entonces volveré!'. Por eso se me ocurre que vino de las montañas.

    Bilbo y los enanos tenían ahora bastante en qué pensar y no hicieron más preguntas. Todavía les quedaba mucho camino por delante. Ladera arriba, valle abajo, avanzaban afanosamente. Hacía cada vez más calor. Algunas veces descansaban bajo los árboles, y entonces Bilbo se sentía tan hambriento que no hubiera desdeñado las bellotas, si estuviesen bastante maduras como para haber caído al suelo.

    Ya mediaba la tarde cuando entraron en unas extensas zonas de flores, todas de la misma especie, y que crecían juntas, como plantadas. Abundaba el trébol, unas ondulantes parcelas de tréboles rosados y purpúreos, y amplias extensiones de trébol dulce, blanco y pequeño, con olor a miel. Había un zumbido, y un murmullo y un runrún en el aire. Las abejas andaban atareadas de un lado para otro. ¡Y vaya abejas! Bilbo nunca había visto nada parecido.

    —Si una llegase a picarme —se dijo— me hincharía hasta el doble de mi tamaño.

    Eran más corpulentas que avispones Los zánganos, bastante más grandes que vuestros pulgares, llevaban bandas amarillas que brillaban como oro ardiente en el negro intenso de los cuerpos.

    —Nos acercamos —dijo Gandalf— Estamos en los lindes de los campos de abejas.

    Al cabo de un rato llegaron a un terreno de robles altos y muy viejos, y luego a un crecido seto de espinos, que no dejaba ver nada, ni era posible atravesar.

    —Es mejor que esperéis aquí —dijo el mago a los enanos—, y cuando grite o silbe, seguidme, pues ya veréis el camino que tomo, pero venid sólo en parejas, tenedlo en cuenta, unos cinco minutos entre cada pareja. Bombur es mas grueso y valdrá por dos mejor que venga solo y último. ¡Vamos, señor Bolsón! Hay una cancela por aquí cerca en alguna parte. —Y con eso se fue caminando a lo largo del seto, llevando consigo al hobbit aterrorizado.

    Pronto llegaron a una cancela de madera, alta y ancha, y desde allí, a lo lejos, podían ver jardines y un grupo de edificios de madera, algunos con techo de paja y paredes de leños informes: graneros, establos y una casa grande y de techo bajo, todo de madera. Dentro, al fondo del gran seto, había hileras e hileras de colmenas con cubiertas acampanadas de paja. El ruido de las abejas gigantes que volaban de un lado a otro y pululaban dentro y fuera, colmaba el aire.

    El mago y el hobbit empujaron la cancela pesada y crujiente, y descendieron por un sendero ancho hacia la casa. Algunos caballos muy lustrosos y bien almohazados trotaban pradera arriba y los observaban con expresión inteligente; después fueron al galope hacia los edificios.

    —Han ido a comunicarle la llegada de forasteros —dijo Gandalf.

    Pronto entraron en un patio, tres de cuyas paredes estaban formadas por la casa de madera y las dos largas alas. En medio había un grueso tronco de roble, con muchas ramas desmochadas al lado. Cerca, de pie, los esperaba un hombre enorme de barba espesa y pelinegro, con brazos y piernas desnudos, de músculos abultados. Vestía una túnica de lana que le caía hasta las rodillas, y se apoyaba en una gran hacha. Los caballos pegaban los morros al hombro del gigante.

    —¡Uf! ¡Aquí están! —dijo a los caballos—. No parecen peligrosos. ¡Podéis iros! — Rió con una risa atronadora, bajó el hacha, y se adelantó. —¿Quiénes sois y qué queréis? —preguntó malhumorado, de pie delante de ellos y encumbrándose por encima de Gandalf. En cuanto a Bilbo, bien podía haber trotado por entre las piernas del hombre sin necesitar agachar la cabeza para no rozar el borde de la túnica marrón.
    —Soy Gandalf —dijo el mago.
    —Nunca he oído hablar de él —gruñó el hombre—, Y ¿qué es este pequeñajo? — dijo, y se inclinó y miró al hobbit frunciendo las cejas negras y espesas.
    ——Este es el señor Bolsón, un hobbit de buena familia y reputación impecable — dijo Gandalf. Bilbo hizo una reverencia. No tenía sombrero que quitarse y se sentía molesto pensando que le faltaban algunos botones— Yo soy un mago — continuó Gandalf— He oído hablar de ti, aunque tú no de mí; pero quizá algo sepas de mi buen primo Radagast que vive cerca de la frontera meridional del Bosque Negro.
    —Sí; no es un mal hombre, tal como andan hoy los magos, creo. Solía verlo con bastante frecuencia —dijo Beorn— Bien, ahora sé quién eres, o quién dices que eres. ¿Qué deseas?
    —Para serte sincero, hemos perdido el equipaje y casi el camino, y necesitamos ayuda, o al menos consejo. Diría que hemos pasado un rato bastante malo con los trasgos, allá en las montañas.
    —¿Trasgos? —dijo el hombrón menos malhumorado— Ajá, ¿así que habéis tenido problemas con ellos? ¿Para qué os acercasteis a esos trasgos?
    —No pretendíamos hacerlo. Nos sorprendieron de noche en un paso por el que teníamos que cruzar. Estábamos saliendo de los territorios del Oeste, y llegando aquí.., es una larga historia.
    —Entonces será mejor que entréis y me contéis algo de eso, si no os lleva todo el día —dijo el hombre, volviéndose hacia una puerta oscura que daba al patio y al interior de la casa.

    Siguiéndolo, se encontraron en una sala espaciosa con una chimenea en el medio. Aunque era verano había troncos quemándose, y el humo se elevaba hasta las vigas ennegrecidas y salía a través de una abertura en el techo. Cruzaron esta sala mortecina, sólo iluminada por el fuego y el orificio de arriba, y entraron por Otra puerta más pequeña en una especie de veranda sostenida por unos postes de madera que eran simples troncos de árbol. Estaba orientada al sur, y todavía se sentía el calor y la luz del sol poniente que se deslizaba dentro y caía en destellos dorados sobre el jardín florecido, que llegaba al pie de los escalones.

    Allí se sentaron en bancos de madera mientras Gandalf comenzaba la historia. Bilbo balanceaba las piernas colgantes y contemplaba las flores del jardín, preguntándose qué nombres tendrían; nunca había visto antes ni la mitad de ellas.

    —Venía yo por las montañas con un amigo o dos... —dijo el mago.
    —¿O dos? Sólo puedo ver uno, y en verdad bastante pequeño —dijo Beorn.
    —Bien, para serte sincero, no quería molestarte con todos nosotros hasta averiguar si estabas ocupado. Haré una llamada, si me permites.
    —¡Vamos, llama!

    De modo que Gandalf dio un largo y penetrante silbido, y al momento aparecieron Thorin y Dori rodeando la casa por el sendero del jardín. Al llegar saludaron con una reverencia.

    —¡uno o tres querías decir, ya veo! —dijo Beorn—, pero estos no son hobbits, ¡son enanos!
    —¡Thorin Escudo de Roble a vuestro servicio! ¡Dori a vuestro servicio! —dijeron los dos enanos volviendo a hacer grandes reverencias.
    —No necesito vuestro servicio, gracias —dijo Beorn—, pero espero que vosotros necesitéis el mío. No soy muy aficionado a los enanos; pero si en verdad eres Thorin (hijo de Thrain, hijo de Thror, creo), y que tu compañero es respetable, y que sois enemigos de los trasgos y que no habéis venido a mis tierras con fines malvados... por cierto, ¿a qué habéis venido?
    —Están en camino para visitar la tierra de sus padres, allá al Este, cruzando el Bosque Negro —explico Gandalf—, y sólo por mero accidente nos encontramos aquí, en tus tierras. Atravesábamos el Desfiladero Alto que podría habernos llevado al camino del sur, cuando fuimos atacados por unos trasgos malvados... como estaba a punto de decirte.
    —¡Sigue contando entonces! —dijo Beorn, que nunca era muy cortés.
    —Hubo una terrible tormenta; los gigantes de piedra estaban fuera lanzando rocas, y al final del desfiladero nos refugiamos en una cueva, el hobbit, yo y varios de nuestros compañeros...
    —¿Llamas varios a dos?
    —Bien, no. En realidad había más de dos,
    —¿Dónde están? ¿Muertos, devorados, de vuelta en casa?
    —Bien, no. Parece que no vinieron todos cuando silbé. Tímidos, supongo. Ves, me temo que seamos demasiados para hacerte perder el tiempo.
    —Vamos, ¡silba otra vez! Parece que reuniré aquí todo un grupo, y uno o dos no hacen mucha diferencia — refunfuñó Beorn.

    Gandalf silbó de nuevo; pero Nori y Ori estaban allí antes de que hubiese dejado de llamar, porque, si lo recordáis, Gandalf les había dicho que viniesen por parejas de cinco en cinco minutos.

    —Hola —dijo Beorn—. Vinisteis muy rápidos. ¿Dónde estabais escondidos? Acercaos, muñecos de resorte.
    —Nori a vuestro servicio, Ori a... —empezaron a decir los enanos, pero Beorn los interrumpió.
    —¡Gracias! Cuando necesite vuestra ayuda, os la pediré. Sentaos, y sigamos con la historia o será hora de cenar antes que acabe.
    —Tan pronto como estuvimos dormidos —continuó Gandalf—, una grieta se abrió en el fondo de la caverna; unos trasgos saltaron y capturaron al hobbit, a los enanos y nuestra recua de poneys...
    —¿Recua de poneys? ¿Qué erais... un circo ambulante? ¿O transportabais montones de mercancías? ¿O siempre llamáis recua a seis?
    —¡Oh, no! En realidad había más de seis poneys, pues éramos más de seis... y bien ¡aquí hay dos más!
    —Justo en ese momento aparecieron Balin y Dwalin, y se inclinaron tanto que barrieron con las barbas el piso de piedra. El hombrón frunció el ceño al principio, pero los enanos se esforzaron en parecer terriblemente corteses, y siguieron moviendo la cabeza, inclinándose, haciendo reverencias y agitando los capuchones delante de las rodillas (al auténtico estilo enano) hasta que Beorn no pudo más y estalló en una risa sofocada: ¡parecían tan cómicos!
    —Recua, era lo correcto —dijo— Una fabulosa recua de cómicos. Entrad mis alegres hombrecitos, ¿y cuáles son vuestros nombres? No necesito que me sirváis ahora mismo, sólo vuestros nombres. ¡Sentaos de una vez y dejad de menearos!
    —Balin y Dwalin —dijeron, no atreviéndose a mostrarse ofendidos, y se sentaron dejándose caer pesadamente al suelo, un tanto estupefactos.
    —¡Ahora continuemos! —dijo Beorn a Gandalf.
    —¿Dónde estaba? Ah sí... A mí no me atraparon, Maté un trasgo o dos con un relámpago...
    —¡Bien! —gruñó Beorn— De algo vale ser mago entonces.
    —..y me deslicé por la grieta antes que se cerrase. Seguí bajando hasta la sala principal, que estaba atestada de trasgos. El Gran Trasgo se encontraba allí con treinta o cuarenta guardias. Pensé para mí que aunque no estuviesen encadenados todos juntos, ¿qué podía hacer una docena contra toda una multitud?
    —¡Una docena! Nunca había oído que ocho es una docena. ¿O es que todavía tienes más muñecos de resorte que no han salido de sus cajas?
    —Bien, sí, me parece que hay una pareja más por aquí cerca... Fíli y Kili, creo — dijo Gandalf cuando estos aparecieron sonriendo y haciendo reverencias.
    —¡Es suficiente! —dijo Beorn— ¡Sentaos y estaos quietos! ¡Prosigue, Gandalf!

    Gandalf siguió con su historia, hasta que llegó a la pelea en la oscuridad, el descubrimiento de la puerta más baja y el pánico que sintieron todos al advertir que el señor Bilbo Bolsón no estaba con ellos. —Nos contamos y vimos que no había allí ningún hobbit. ¡Sólo quedábamos catorce!

    —¡Catorce! Esta es la primera vez que si a diez le quitas uno quedan catorce. Quieres decir nueve, o aún no me has dicho todos los nombres de tu grupo.
    —Bien, desde luego todavía no has visto a Óin y a

    Glóin. ¡Y mira! Aquí están. Espero que los perdonarás por molestarte.

    —¡Oh, deja que vengan todos! ¡Daos prisa! Acercaos vosotros dos y sentaos. Pero mira, Gandalf, aun ahora estáis sólo tú y los enanos y el hobbit que se había perdido. Eso suma sólo once (más uno perdido), no catorce, a menos que los magos no cuenten como los demás. Pero ahora, por favor, sigue con la historia. — Beorn trató de disimularlo, pero en verdad la historia había empezado a interesarle, pues en otros tiempos había conocido esa parte de las montañas que Gandalf describía ahora. Movió la cabeza y gruñó cuando oyó hablar de la reaparición del hobbit, de cómo tuvieron que gatear por el sendero de piedra y del círculo de lobos entre los árboles.

    Cuando Gandalf contó cómo treparon a los árboles con todos los lobos debajo, Beorn se levantó, dio unas zancadas y murmuró: —¡Ojalá hubiese estado allí! ¡Les hubiese dado algo más que fuegos artificiales!

    —Bien —dijo Gandalf, muy contento al ver que su historia estaba causando buena impresión—, hice todo lo que pude. Allí estábamos, con los lobos volviéndose locos debajo de nosotros, y el bosque empezando a arder por todas partes, cuando bajaron los trasgos de las colinas y nos descubrieron. Daban alaridos de placer y cantaban canciones burlándose de nosotros. Quince pájaros en cinco abetos...
    —¡Cielos! —gruñó Beorn— No me vengáis ahora con que los trasgos no pueden contar. Pueden. Doce no son quince, y ellos lo saben.
    —Y yo también. Estaban además Bifur y Bofur. No me he aventurado a presentarlos antes, pero aquí los tienes.

    Adentro pasaron Bifur y Bofur. —¡Y yo! —gritó el gordo Bombur jadeando detrás, enfadado por haber quedado último. Se negó a esperar cinco minutos, y había venido detrás de los otros dos.

    —Bien, ahora aquí están, los quince; y ya que los trasgos saben contar, imagino que eso es todo lo que había allí arriba en los árboles. Ahora quizá podamos acabar la historia sin más interrupciones. —El señor Bolsón comprendió entonces qué astuto había sido Gandalf. Las interrupciones habían conseguido que Beorn se interesase más en la historia, y esto había impedido que expulsase en seguida a los enanos como mendigos sospechosos. Nunca invitaba gente a su casa, si podía evitarlo. Tenía muy pocos amigos y vivían bastante lejos; y nunca invitaba a más de dos a la vez. ¡Y ahora tenía quince extraños sentados en el porche!

    Cuando el mago concluía su relato, y mientras contaba el rescate de las águilas y de cómo los habían llevado a la Carroca, el sol ya se ocultaba detrás de las Montañas Nubladas y las sombras se alargaban en el jardín de Beorn.

    —Un relato muy bueno —dijo— El mejor que he oído desde hace mucho tiempo. Si todos los pordioseros pudiesen contar uno tan bueno, llegaría a parecerles más amable. Es posible, claro, que lo hayáis inventado todo, pero aun así merecéis una cena por la historia. ¡Vamos a comer algo!
    —¡Sí, por favor! —exclamaron todos juntos— ¡Muchas gracias!

    La sala era (ahora) bastante oscura. Beorn batió las manos, y entraron trotando cuatro hermosos poneys blancos y varios perros grandes de cuerpo largo y pelambre gris. Beorn les dijo algo en una lengua extraña, que parecía sonidos de animales transformados en conversación. Volvieron a salir y pronto regresaron con antorchas en la boca, y en seguida las encendieron en el fuego y las colgaron en los soportes de los pilares, cerca de la chimenea central. Los perros podían sostenerse a voluntad sobre los cuartos traseros, y transportaban cosas con las patas delanteras. Con gran diligencia sacaban tablas y caballetes de las paredes laterales y las amontonaban cerca del fuego.

    Luego se oyó un ¡beee!, y entraron unas ovejas blancas como la nieve precedidas por un carnero negro corno el carbón. Una llevaba un paño bordado en los bordes con figuras de animales; otras sostenían sobre los lomos bandejas con cuencos, fuentes, cuchillos y cucharas de madera, que los perros cogían y dejaban rápidamente sobre las mesas de caballete. Estas eran muy bajas, tanto que Bilbo podía sentarse con comodidad. Junto a él, un poney empujaba dos bancos dé asientos bajos y corredizos, con patas pequeñas, gruesas y cortas, para Gandalf y Thorin, mientras que al otro extremo ponían la gran silla negra de Beorn, del mismo estilo (en la que se sentaba con las enormes piernas estiradas bajo la mesa). Estas eran todas las sillas que tenía en la sala, y quizá tan bajas como las mesas para conveniencia de los maravillosos animales que le servían. ¿En dónde se sentaban los demás? No los había olvidado. Los otros poneys entraron haciendo rodar unas secciones cónicas de troncos alisadas y pulidas, y bajas aun para Bilbo; y muy pronto todos estuvieron sentados a la mesa de Beorn. La sala no había visto una reunión semejante desde hacía muchos años.

    Allí merendaron, o cenaron, como no lo habían hecho desde que dejaron la Ultima Morada en el Oeste y dijeron adiós a Elrond. La luz de las antorchas y el fuego titilaban alrededor, y sobre la mesa había dos velas altas de cera roja de abeja. Todo el tiempo mientras comían, Beorn, con una voz profunda y atronadora, contaba historias de las tierras salvajes de aquel lado de la montaña, y especialmente del oscuro y peligroso bosque que se extendía ante ellos de norte a sur, a un día de cabalgata. Por no hablar del Este, el terrible bosque denominado el Bosque Negro.

    Los enanos escuchaban y se mesaban las barbas, pues pronto tendrían que aventurarse en ese bosque, y después de las montanas el bosque era el peor de los peligros, antes de llegar a la fortaleza del dragón. Cuando la cena terminó, se pusieron a contar historias de su propia cosecha, pero Beorn parecía bastante amodorra do y no ponía mucha atención. Hablaban sobre todo de oro, plata y joyas, y de trabajos de orfebrería, y a Beorn no le interesaban esas cosas: no había nada ni de oro ni de plata en la sala, y pocos objetos, excepto los cuchillos, eran de metal.

    Estuvieron largo rato de sobremesa bebiendo hidromiel en cuencos de madera. Fuera se extendía la noche oscura. Los fuegos en medio de la sala eran alimentados con nuevos leños; las antorchas se apagaron, y se sentaron tranquilos a la luz de las llamas danzantes, con los pilares de la casa altos a sus espaldas, y oscuros, como copas de árboles, en la parte superior. Fuese magia o no, a Bilbo le pareció oír un sonido como de viento sobre las ramas, que golpeaban el techo, y el ulular de unos búhos. Al poco rato empezó a cabecear, y las voces parecían venir de muy lejos, hasta que despertó con un sobresalto.

    La gran puerta había rechinado y en seguida se cerró de golpe. Beorn había salido. Los enanos estaban aún sentados en el suelo, alrededor del fuego, con las piernas cruzadas. De pronto se pusieron a cantar. Algunos de los versos eran como estos, aunque hubo muchos y el canto siguió durante largo rato.

    El viento soplaba en el brezal agostado, pero no se movía una hoja en el bosque; criaturas oscuras reptaban en silencio, y allí estaban las sombras día y noche.
    El viento bajaba, de las montañas frías, y como una marea rugía y rodaba, la rama crujía, el bosque gemía y allí se amontonaba la hojarasca..
    El viento resoplaba viniendo del oeste, y todo movimiento termino en la floresta, pero ásperas y roncas cruzando los pantanos, las voces sibilantes al fin se liberaron.
    Las hierbas sisearon con las flores dobladas; los juncos golpetearon. Los vientos avanzaban sobre un estanque trémulo bajo cielos helados, rasgando y dispersando las nubes rápidas.
    Pasando por encima del cubil del Dragón, dejó atrás la Montaña solitaria y desnuda; había allí unas piedras oscuras y compactas, y en el aire flotaba una bruma.
    El mundo abandonó y se elevo volando sobre una noche amplia de mareas. La luna navego sobre los vientos y avivó el resplandor de las estrellas.


    Bilbo cabeceó de nuevo. De pronto, Gandalf se puso de pie.

    —Es hora de dormir —dijo—, para nosotros, aunque no creo que para Beorn. En esta sala podemos descansar seguros, pero os aconsejo que no olvidéis lo que Beorn dijo antes de irse: no os paseéis por afuera hasta que el sol esté alto, pues sería peligroso.

    Bilbo descubrió que habían puesto unas camas a un lado de la sala, sobre una especie de plataforma entre los pilares y la pared exterior. Para él había un pequeño edredón de paja y unas mantas de lana. Se metió entre las mantas muy complacido, como si se tratara de un día de verano. El fuego ardía bajo cuando al fin se durmió. Sin embargo, despertó por la noche: el fuego era ahora sólo unas pocas ascuas; los enanos y Gandalf respiraban tranquilos, y parecía que dormían; la luna alta proyectaba en el suelo una luz blanquecina. que entraba por el agujero del tejado. Se oyó un gruñido fuera, y el ruido de un animal que se restregaba contra la puerta. Bilbo se preguntaba qué sería, y si podría ser Beorn en forma encantada, y si entraría como un oso para matarlos. Se hundió bajo las mantas y escondió la cabeza, y de nuevo se quedó dormido, aun a pesar de todos sus miedos.

    Era ya avanzada la mañana cuando despertó. Uno de los enanos se había caído encima de él en las sombras, y había rodado desde la plataforma al suelo con un fuerte topetazo. Era Bofur, quien se quejaba cuando Bilbo abrió los ojos.

    —Levántate, gandul —le dijo Bofur—, o no habrá ningún desayuno para ti. —Bilbo se puso en pie de un salto.
    —¡Desayuno! —gritó— ¿Dónde está el desayuno?
    —La mayor parte dentro de nosotros —respondieron los otros enanos que se paseaban por la sala—, y el resto en la veranda. Hemos estado buscando a Beorn desde que amaneció, pero no hay señales de él por ninguna parte, aunque encontramos el desayuno servido tan pronto como salimos.
    —¿Dónde está Gandalf? —preguntó Bilbo partiendo a toda prisa en busca de algo que comer.
    —Bien —le dijeron—, fuera quizá, por algún lado.
    —Pero Bilbo no vio rastro del mago en todo el día hasta entrada la tarde. Poco antes de la puesta del sol, Gandalf entró en la sala, donde el hobbit y los enanos, atendidos por los magníficos animales de Beorn, se encontraban cenando, como habían estado haciendo a lo largo del día. De Beorn no habían visto ni sabido nada desde la noche anterior, y empezaban a inquietarse.
    —¿Dónde esta nuestro anfitrión, y dónde has pasado el día? —gritaron todos.
    —¡Una pregunta por vez, y no hasta después de haber comido! No he probado bocado desde el desayuno.

    Al fin Gandalf apartó el plato y la jarra (se había comido dos hogazas de pan enteras, con abundancia de mantequilla, miel y crema cuajada, y había bebido por lo menos un cuarto de galón de hidromiel) y sacó la pipa. —Primero responderé a la segunda pregunta —dijo—: pero ¡caramba! ¡Este es un sitio estupendo para echar anillos de humo! —Y durante un buen rato no pudieron sacarle nada más, ocupado como estaba en lanzar anillos de humo, que desaparecían entre los pilares de la sala, cambiando las formas y los colores, y haciéndolos salir por el agujero del tejado. Desde fuera estos anillos tenían que parecer muy extraños, deslizándose en el aire uno tras otro, verdes, azules, rojos, plateados, amarillos, blancos, grandes, pequeños, los pequeños metiéndose entre los grandes y formando así figuras en forma de ocho, y perdiéndose en la distancia como bandadas de pájaros.

    —Estuve siguiendo huellas de oso —dijo por fin— Una reunión regular de osos tiene que haberse celebrado ahí fuera durante la noche. Pronto me di cuenta de que las huellas no podía ser todas de Beorn; había demasiadas, y de diferentes tamaños. Me atrevería a decir que eran osos pequeños, osos grandes, osos normales y enormes osos gigantes, todos danzando fuera, desde el anochecer hasta casi el amanecer. Vinieron de todas direcciones, excepto del lado oeste, más allá del río, de las Montañas. Hacia allí sólo iba un rastro de pisadas... ninguna venia, todas se alejaban desde aquí. Las seguí hasta la Carroca. Luego desaparecieron en el río, que era demasiado profundo y caudaloso para intentar cruzarlo. Es bastante fácil, como recordaréis, ir desde esta orilla hasta la Carroca por el vado, pero al otro lado hay un precipicio donde el agua desciende en remolinos. Tuve que andar millas antes de encontrar un lugar donde el río fuese bastante ancho y poco profundo como para poder vadearlo y nadar, y después millas atrás, otra vez buscando las huellas. Para cuando llegué, era ya demasiado tarde para seguirlas. Iban directa mente hacia los pinares al este de las Montañas Nubladas, donde anteanoche tuvimos un grato encuentro con los wargos. Y ahora creo que he respondido además a vuestra primera pregunta —concluyó Gandalf, y se sentó largo rato en silencio.

    Bilbo pensó que sabía lo que el mago quería decir.

    —¿Qué haremos —gritó— si atrae hasta aquí a todos los wargos y trasgos? ¡Nos atraparán a todos y nos matarán! Creí que habías dicho que no era amigo de ellos.
    —Sí, lo dije, ¡Y no seas estúpido! Sería mejor que te fueses a la cama. Se te ha embotado el juicio.

    El hobbit se quedó bastante aplastado, y como no parecía haber otra cosa que hacer, se fue realmente a la cama; mientras los enanos seguían cantando se durmió otra vez, devanándose todavía la cabecita a propósito de Beorn, hasta que soñó con cientos de osos negros que danzaban en círculos lentos y graves, fuera en el patio a la luz de la luna. Entonces despertó, cuando todo el mundo estaba dormido, y oyó los mismos rasguños, gangueos, pisadas y gruñidos de antes.

    A la mañana siguiente, el propio Beorn los despertó a todos. —Así que todavía seguís aquí —dijo. Alzó al hobbit y se rió—. Por lo que veo aún no te han devorado los wargos y los trasgos o los malvados osos —y apretó el dedo contra el chaleco del señor Bolsón sin ninguna cortesía—. El conejito se está poniendo otra vez de lo más relleno y saludable con la ayuda de pan y miel.

    —Rió entre dientes. —¡Ven y toma algo más!

    Así que todos se fueron a desayunar. Beorn parecía cambiado y bien dispuesto; y en verdad estaba de muy buen humor e hizo que todos se rieran con sus divertidas historias; no tuvieron que preguntarse por mucho tiempo dónde había estado o por qué era tan amable con ellos, pues él mismo lo explicó. Había ido al otro lado del río adentrándose en las montañas —de lo cual podéis deducir que podía trasladarse a gran velocidad, en forma de oso, desde luego—. Al fin llega al claro quemado de los lobos, y así descubrió que esa parte de la historia era cierta; pero aún encontró algo más: había capturado a un wargo y a un trasgo que vagaban por el bosque, y les había sacado algunas noticias: las patrullas de los wargos buscaban aún a los enanos junto con los trasgos horriblemente enfadados a causa de la muerte del Gran Trasgo, y porque le habían quema do la nariz al jefe lobo y el fuego del mago había dado muerte a muchos de los principales sirvientes. Todo esto se lo dijeron cuando los obligó a hablar, pero adivinó que se tramaba algo todavía peor, y que el grueso del ejército de los trasgos y los lobos podía irrumpir pronto en las tierras ensombrecidas por las montañas, en busca de los enanos, o tomar venganza sobre los hombres y criaturas que allí vivían y que quizá estaban encubriéndolos.

    —Era una buena historia la vuestra —dijo Beorn—, pero ahora que sé que es cierta, me gusta todavía más, Tenéis que perdonarme por no haberos creído. Si vivieseis cerca de los lindes del Bosque Negro, no creeríais a nadie que no conocieseis tan bien como vuestro propio hermano, o mejor. Como veis sólo puedo deciros que me he dado prisa en regresar para ver si estabais a salvo y ofreceros mi ayuda. Tendré en mejor opinión a los enanos después de este asunto. ¡Dieron muerte al Gran Trasgo, dieron muerte al Gran Trasgo! —se rió ferozmente entre dientes.
    —¿Qué habéis hecho con el trasgo y con el wargo? —preguntó Bilbo de repente.
    —¡Venid y lo veréis! —dijo Beorn y dieron la vuelta a la casa. Una cabeza de trasgo asomaba empalada detrás de la cancela, y un poco más allá se veía una piel de wargo clavada en un árbol. Beorn era un enemigo feroz. Pero ahora era amigo de ellos, y Gandalf creyó conveniente contarle la historia completa y la razón del viajé, para obtener así toda la ayuda posible.

    Esto fue lo que Beorn les prometió. Les conseguiría poneys, para cada uno, y a Gandalf un caballo, para el viaje hasta el bosque, y les daría comida suficiente para varias semanas si la administraban con cuidado; y luego puso todo en paquetes fáciles de llevar: nueces, harina, tarros de frutos secos herméticamente cerrados y potes de barro rojo llenos de miel, y bizcochos horneados dos veces para que se conservasen bien mucho tiempo; un poco de estos bizcochos bastaba para una larga jornada. La receta era uno de sus secretos, pero tenían miel, como casi todas las comidas de Beorn, y un sabor agradable, aunque dejaban la boca bastante seca. Dijo que necesitarían llevar agua por aquel lado del bosque, pues había arroyos y manantiales a todo lo largo del camino. —Pero el camino que cruza el Bosque Negro es oscuro, peligroso y arduo —dijo—. No es fácil encontrar agua allá, ni comida. No es todavía tiempo de nueces (aunque en realidad quizá ya haya pasado cuando lleguéis al otro extremo), y las nueces son lo único que se puede comer en esos sitios; las cosas silvestres son allí oscuras, extrañas y salvajes. Os daré odres para el agua, y algunos arcos y flechas. Pero no creo que haya nada en el Bosque Negro que sea bueno para comer o beber. Sé que hay un arroyo, negro y caudaloso, que cruza el sendero. No bebáis ni os bañéis en él, pues he oído decir que produce encantamientos, somnolencia y pérdida de la memoria. Y entre las tenebrosas sombras del lugar no me parece que podáis cazar algo que sea comestible o no comestible, sin extraviaros. Esto tenéis que evitarlo en cualquier circunstancia.

    No tengo otro consejo para vosotros. Más allá del linde del bosque, no puedo ayudaros mucho; tendréis que depender de la suerte, de vuestro valor y de la comida que os doy. He de pediros que en la cancela de! bosque me mandéis de vuelta al caballo y los poneys. Pero os deseo que podáis marchar de prisa, y mi casa estará abierta siempre para vosotros sí alguna vez volvéis por este camino.

    Le dieron las gracias, por supuesto, con muchas reverencias y movimientos de los capuchones, y con muchos;—A vuestro servicio, ¡oh amo de los amplios salones de madera! —Pero las graves palabras de Beorn los habían desanimado, y todos sintieron que la aventura era mucho más peligrosa de lo que habían pensado antes, ya que de cualquier modo, aunque pasasen todos los peligros del camino, el dragón estaría esperando al final.

    Toda la mañana estuvieron ocupados con los preparativos. Poco antes del mediodía comieron con Beorn por última vez, y después del almuerzo montaron en los caballos que él les prestó, y despidiéndose una y mil veces, cabalgaron a buen trote dejando atrás la cancela,

    Tan pronto como se alejaron de los setos altos al este de las tierras cercadas, se encaminaron al norte y luego al noroeste. Siguiendo el consejo de Beorn no marcharon hacia el camino principal del bosque, al sur de aquellas tierras. Si hubiesen ido por el desfiladero, una senda los habría llevado hasta un arroyo que bajaba de las montañas y se unía al Río Grande, algunas millas al sur de la Carroca. En ese lugar había un vado profundo que podrían haber cruzado, si hubiesen tenido los poneys, y más allá otra senda llevaba a los bordes del bosque y a la entrada del antiguo camino de la floresta. Pero Beorn les había advertido que aquel camino era ahora frecuentado por los trasgos, mientras que el verdadero camino del bosque, según había oído decir, estaba cubierto de maleza y abandonado por el extremo oriental, y llevaba además a pantanos impenetrables, donde los senderos se habían perdido hacia tiempo. El paso por el este siempre había quedado demasiado al sur de la Montaña Solitaria, y desde allí, cuando alcanzaran el otro lado, les hubiera esperado aún una marcha larga y dificultosa hacia el norte. Al norte de la Carroca, los lindes del Bosque Negro estaban más cerca de las orillas del Río Grande, y aunque las montañas se alzaban no muy lejos, Beorn les aconsejó tomar este camino, pues a unos pocos días de cabalgata al norte de la Carroca había un sendero poco conocido que atravesaba el Bosque Negro y llevaba casi directamente a la Montaña Solitaria.

    —Los trasgos —había dicho Beorn—, no se atreverán a cruzar el Río Grande en unas cien millas al norte de la Carroca, ni tampoco a acercarse a mi casa; ¡está bien protegida por las noches! Pero yo cabalgaría de prisa, porque si ellos emprenden esa aventura, pronto cruzarán el río por el sur y recorrerán todo el linde del bosque con el fin de cortaros el paso, y los wargos corren más que los poneys. En verdad estaríais a salvo yendo hacia el norte, aunque parezca que así volvéis a las fortalezas; pues eso sería lo que ellos menos esperarían, y tendrían que cabalgar mucho más para alcanzaros. ¡Partid ahora tan rápido como podáis!

    Eso era por lo que cabalgaban en silencio, galopando por donde el terreno estaba cubierto de hierba y era llano, con las tenebrosas montañas a la izquierda, y a lo lejos la línea del río con árboles cada vez más próximos. El sol acababa de girar hacia el oeste cuando partieron, y hasta el atardecer cayó en rayos dorados sobre la tierra de alrededor. Era difícil pensar que unos trasgos los perseguían, y cuando hubo muchas millas entre ellos y la casa de Beorn, se pusieron a charlar y a cantar otra vez, y así olvidaron el oscuro sendero del bosque que tenían delante. Pero al atardecer, cuando cayeron las sombras y los picos de las montañas resplandecieron a la luz del sol poniente, acamparon y montaron guardia, y la mayoría durmió inquieta, con sueños en los que se oían aullidos de lobos que cazaban y alaridos de trasgos.

    Con todo, la mañana siguiente amaneció otra vez clara y hermosa. Había una neblina blanca y otoñal sobre el suelo, y el aire era helado, pero pronto el sol rojizo se levantó por el este y las neblinas desapareció ron, y cuando las sombras eran todavía largas, reemprendieron la marcha. Así que cabalgaron durante dos días más, y en todo este tiempo no vieron nada excepto hierba, flores, pájaros, y árboles diseminados, y de vez en cuando pequeñas manadas de venados rojos que pacían o estaban echados a la sombra. Alguna vez Bilbo vio cuernos de ciervos que asomaban por entre la larga hierba, y al principio creyó que eran ramas de árboles muertas. En la tercera tarde estaban decididos a marchar durante horas, pues Beorn les había dicho que tenían que alcanzar la entrada del bosque temprano al cuarto día, y cabalgaron bastante tiempo después del anochecer, bajo la luna. Cuando la luz iba desvaneciéndose, Bilbo pensó que a lo lejos, a la derecha o a la izquierda, veía la ensombrecida figura de un gran oso que marchaba en la misma dirección. Pero si se atrevía a mencionárselo a Gandalf, el mago sólo decía: —¡Silencio! Haz como si no lo vieses.

    Al día siguiente partieron antes del amanecer, aunque la noche había sido corta. Tan pronto como se hizo de día pudieron ver el bosque, y parecía que viniese a reunirse con ellos, o que los esperara como un muro negro y amenazador. El terreno empezó a ascender, y el hobbit se dijo que un silencio distinto pesaba ahora sobre ellos. Los pájaros apenas cantaban. No había venados, ni siquiera los conejos se dejaban ver. Por la tarde habían alcanzado los límites del Bosque Negro, y descansaron casi bajo las ramas enormes que colgaban de los primeros árboles. Los troncos eran nudosos, las ramas retorcidas, las hojas oscuras y largas. La hiedra crecía sobre ellos y se arrastraba por el suelo.

    —¡Bien, aquí tenemos el Bosque Negro! —dijo Gandalf—. El bosque más grande del mundo septentrional.

    Espero que os agrade. Ahora tenéis que enviar de vuelta estos poneys excelentes que os han prestado.

    Los enanos quisieron quejarse, pero el mago les dijo que eran unos tontos. — Beorn no está tan lejos como vosotros pensáis, y de cualquier modo será mucho mejor que mantengáis vuestras promesas, pues él es un mal enemigo. Los ojos del señor Bolsón son más penetrantes que los vuestros, si no habéis visto de noche en la oscuridad un gran oso que caminaba a la par con nosotros, o se sentaba lejos a la luz de la luna, observando nuestro campamento. No sólo para guiaros y protegeros, sino también para vigilar los poneys. Beorn puede ser amigo vuestro, pero ama a sus animales como si fueran sus propios hijos. No tenéis idea de la amabilidad que ha demostrado permitiendo que unos enanos los monten, sobre todo en un trayecto tan largo y fatigoso, ni de lo que sucedería si intentaseis meterlos en el bosque.

    —¿Y qué hay del caballo? —dijo Thorin—. No dices nada sobre devolverlo.
    —No digo nada porque no voy a devolverlo.
    —¿Y qué pasa con tú promesa?
    —Déjala de mi cuenta. No devolveré el caballo, cabalgaré en él. —Entonces supieron que Gandalf iba a dejarlos en los mismísimos lindes del Bosque Negro, y se sintieron desesperados, Pero nada de lo que dijesen lo haría cambiar de idea.
    —Todo esto lo hemos tratado ya antes, cuando hicimos un alto en la Carroca — dijo—. No vale la pena discutir. Como ya he dicho, tengo un asunto que resolver, lejos al sur; y no puedo perder tiempo con todos vosotros. Quizá volvamos a encontrarnos antes de que esto se acabe, y puede que no. Eso sólo depende de vuestra suerte, coraje, y buen juicio; envío al señor Bolsón con vosotros, ya os he dicho que vale mas de lo que creéis y pronto tendréis la prueba. De modo que alegra esa cara, Bilbo, y no te muestres tan taciturno. ¡Alegraos Thorin y compañía! Al fin y al cabo, es vuestra expedición. ¡Pensad en el tesoro que os espera al final, y olvidaos del bosque y del dragón, por lo menos hasta mañana por la mañana!

    Cuando el mañana por la mañana llegó, Gandalf seguía diciendo lo mismo. Así que ahora nada quedaba por hacer excepto llenar los odres en un arroyo claro que encontraron a la entrada del bosque, y descargar los poneys. Distribuyeron los bultos con la mayor equidad posible, aunque Bilbo pensó que su lote era demasiado pesado, y no le hacía ninguna gracia la idea de recorrer a pie millas y millas con todo aquello a sus espaldas.

    —¡No te preocupes! —le dijo Thorin—. Todo se aligerará muy pronto. Antes de que nos demos cuenta, estaremos deseando que nuestros fardos sean más pesados, cuando la comida empiece a escasear.

    Entonces por fin dijeron adiós a los poneys y les pusieron las cabezas apuntando a la casa de Beorn. Los animales se marcharon trotando, y parecían muy contentos de volver las colas hacia las sombras del Bosque Negro. Mientras se alejaban, Bilbo hubiera jurado haber visto algo parecido a un oso que salía de entre las sombras de los árboles e iba tras ellos arrastrando los pies.

    Gandalf se despidió también. Bilbo se sentó en el suelo sintiéndose muy desgraciado y deseando quedarse con el mago, montado a la grupa de la alta cabalgadura. Acababa de adentrarse en el bosque justo después del desayuno (por cierto bastante frugal), y todo estaba allí tan oscuro en plena mañana como durante la noche, y muy en secreto se dijo a sí mismo: "Parece como si algo esperara y vigilara".

    —Adiós —dijo Gandalf a Thorin— ¡Y adiós a todos vosotros, adiós! Ahora seguid todo recto a través del bosque. ¡No abandonéis el sendero! Si lo hacéis, hay una posibilidad entre mil de que volváis a encontrarlo, y nunca saldréis del Bosque Negro, y entonces es seguro que ni yo ni nadie volverá a veros jamás.
    —¿Pero es realmente necesario que lo atravesemos?
    —gimoteó el hobbit.
    —¡Sí, así es! —dijo el mago— Si queréis llegar al otro lado. Tenéis que cruzarlo o abandonar toda búsqueda. Y no permitiré que retrocedas ahora, señor Bolsón. Me avergüenza que se te haya ocurrido. Eres tú quien desde ahora tendrá que cuidar a estos enanos en mi lugar. —Gandalf rió.
    —¡No! ¡No! —dijo Bilbo— Yo no quería decir eso. Pregunto si no hay algún otro camino bordeándolo.
    —Hay, si lo que deseas es desviarte doscientas millas o más al norte, y cuatrocientas al sur. Pero ni siquiera entonces encontrarías un sendero seguro. No hay senderos seguros en esta parte del mundo. Recuerda que estás ahora en las fronteras de las tierras salvajes, expuesto a todo, donde quiera que vayas. Antes de que pudieras bordear el Bosque Negro por el norte, te encontrarías justo entre las laderas de las Montanas Grises, plagadas de trasgos, bobotrasgos y orcos de la peor especie. Antes que pudieras bordearlo por el sur, té encontrarías en el país del Nigromante; y ni siquiera tú, Bilbo, necesitas que te cuente historias del hechicero negro. ¡No os aconsejo que os acerquéis a los lugares dominados por esa torre sombría! Manteneos en el sendero del bosque, conservad vuestro ánimo, esperad siempre lo mejor y con una tremenda porción de suerte puede que un día salgáis y encontréis los Pantanos Largos justo debajo; y más allá, elevándose en el este, la Montaña Solitaria donde habita el querido viejo Smaug, aunque confío que no os esté esperando.
    —Muy consolador de tu parte, puedes estar seguro —gruñó Thorin—. ¡Adiós! ¡Si no vienes con nosotros es mejor que te largues sin una palabra más!
    —¡Adiós entonces, esta vez de verdad adiós! —dijo Gandalf, y dando media vuelta, cabalgó hacia el oeste.

    Pero no pudo resistir la tentación de ser el último en decir algo, y cuando aún podían oírlo, se volvió y llamó poniendo las manos a los lados de la boca. Oyeron la voz débilmente: —¡Adiós! Sed buenos, cuidaros, ¡y no abandonéis el sendero!

    Luego se alejó al galope y pronto se perdió en la distancia. —¡Oh, adiós y vete de una vez! —farfullaron los enanos, todos de lo más enfadados, realmente abrumados de consternación. Ahora empezaba la parte más peligrosa del viaje. Cada uno cargaba con un fardo pesado y el odre de agua que le correspondía, y dejando detrás la luz que se extendía sobre los campos, penetraron en la floresta.


    MOSCAS Y ARAÑAS


    Caminaban en fila. La entrada del sendero era una suerte de arco que llevaba a un túnel lóbrego formado por dos árboles inclinados, demasiado viejos y ahogados por la hiedra y los líquenes colgantes para tener más que unas pocas hojas ennegrecidas. El sendero mismo era estrecho y serpenteaba por entre los troncos. Pronto la luz de la entrada fue un pequeño agujero brillante allá atrás, y en el silencio profundo los pies parecían golpear pesadamente mientras todos los árboles se doblaban sobre ellos y escuchaban.

    Cuando se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver un poco a los lados, a una trémula luz de color verde oscuro. En ocasiones, un rayo de sol que alcanzaba a deslizarse por una abertura entre las hojas de allá arriba, y escapar a los enmarañados arbustos y ramas entretejidas de abajo, caía tenue y brillante ante ellos. Pero esto ocurría raras veces, y cesó pronto.

    Había ardillas negras en el bosque. Los ojos penetrantes e inquisitivos de Bilbo empezaron a vislumbrar las fugazmente mientras cruzaban rápidas el sendero y se escabullían escondiéndose detrás de los árboles. Había también extraños ruidos, gruñidos, susurros, correteos en la maleza y entre las hojas qué se amontonaban en algunos sitios del bosque; pero no conseguían ver qué Causaba estos ruidos. Entre las cosas visibles lo más horrible eran las telarañas: espesas telarañas oscuras, con hilos extraordinariamente gruesos; tendidas casi siempre de árbol a árbol, o enmarañadas en las ramas más bajas, a los lados. No había ninguna que cruzara el sendero, y no pudieron adivinar si esto era por encantamiento o por alguna otra razón.

    No transcurrió mucho tiempo antes que empezaran a odiar el bosque tanto como habían odiado los túneles de los trasgos, e incluso tenían menos esperanzas dé llegar a la salida. Pero no había otro remedio que seguir y seguir, aun después de sentir que no podrían dar un paso más si no veían el sol y el cielo, y de desear que el viento les soplara en las caras. El aire no se movía bajo el techo del bosque, eternamente quieto, sofocante y oscuro. Hasta los mismos enanos lo sentían así, ellos que estaban acostumbrados a excavar túneles y a pasar largas temporadas apartados de la luz del sol; pero el hobbit, a quien le gustaban los agujeros para hacer casas, y no para pasar los días de verano, sentía que se asfixiaba poco a poco.

    Las noches eran lo peor: entonces se ponía oscuro como el carbón, no lo que vosotros llamáis negro carbón, sino realmente oscuro, tan negro que de verdad no se podía ver nada. Bilbo movía la mano delante de la nariz, intentando en vano distinguir algo. Bueno, quizá no es totalmente cierto decir que no veían nada; veían ojos. Dormían todos muy juntos, y se turnaban en la vigilia; cuando le tocaba a Bilbo, veía destellos alrededor, y a veces, pares de ojos verdes, rojos o amarillos se clavaban en él desde muy cerca, y luego se desvanecían y desaparecían lentamente, y empezaban a brillar en otra parte. De vez en cuando destellaban en las ramas bajas que estaban justamente sobre él, y eso era lo más terrorífico. Pero los ojos que menos le agradaban eran unos que parecían pálidos y bulbosos. "Ojos de insecto" pensaba, "no ojos de animales, pero demasiado grandes."

    Aunque no hacía aún mucho frío, trataron de encender unos fuegos pero desistieron pronto. Parecían atraer cientos y cientos de ojos alrededor; pero esas criaturas, fuesen las que fuesen, tenían cuidado de no mostrar sus cuerpos a la luz trémula de las brasas. Peor aún, atraían a miles y miles de falenas grises oscuras y negras, algunas casi tan grandes como vuestras manos, que revoloteaban y les zumbaban en los oídos. No fueron capaces de soportarlo, ni a los grandes murciélagos, negros como sombreros de copa; así que pronto dejaron de encender fuegos y dormitaban envueltos en una enorme y extraña oscuridad.

    Todo esto duró lo que al hobbit parecieron siglos y siglos; siempre tenía hambre, pues cuidaban sobremanera las provisiones. Aun así, a medida que los días seguían a los días y el bosque parecía siempre el mismo, empezaron a sentirse ansiosos. La comida no duraría siempre: de hecho, empezaba a escasear. Intentaron cazar alguna ardilla, y desperdiciaron muchas flechas antes de derribar una en el sendero. Cuando la asaron, tenía un gusto horrible, y no cazaron más.

    Estaban sedientos también; ninguno llevaba mucha agua, y en todo el trayecto no habían visto manantiales ni arroyos. Así estaban cuando un día descubrieron que una corriente de agua interrumpía el sendero. Rápida y alborotada, pero no demasiado ancha, fluía cruzando el camino; y era negra, o así parecía en la oscuridad. Fue bueno que Beorn les hubiese prevenido contra ella, o hubieran bebido y llenado alguno de los odres vacíos en la orilla, sin preocuparse por el color. Así que sólo pensaron en cómo atravesarla sin mojarse. Allí había habido un puente de madera, pero se había podrido con el tiempo y había caído al agua dejando sólo los postes quebrados cerca de la orilla.

    Bilbo, arrodillándose en la ribera, miró adelante con atención y gritó: —¡Hay un bote en la otra orilla' ¿Por qué no pudo haber estado aquí?

    —¿A qué distancia crees que está? —preguntó Thorin, pues por entonces ya sabían que entre todos ellos Bilbo tenía la vista más penetrante.
    —No muy lejos. No me parece que mucho más de doce yardas.
    —¡Doce yardas! Yo hubiera pensado que eran treinta por lo menos, pero mis ojos ya no ven tan bien como hace cien años. Aun así, doce yardas es tanto como una milla. No podemos saltar por encima del río y no nos atrevemos a vadearlo o nadar.
    —¿Alguno de vosotros puede lanzar una cuerda?
    —¿Y de qué serviría? Seguro que el bote está atado, aun contando con que pudiéramos engancharlo, cosa que dudo.
    —No creo que esté atado —dijo Bilbo—. Aunque, naturalmente, con esta luz no puedo estar seguro; pero me parece como si sólo estuviese varado en la orilla, que es bastante baja ahí donde el sendero se mete en el río.
    —Dori es el más fuerte, pero Fíli es el más joven y tiene mejor vista —dijo Thorin—. Ven acá, Fíli, y mira si puedes ver el bote de que habla el señor Bolsón.

    Fíli creyó verlo; así que luego de mirar un largo rato para tener una idea de la dirección, los otros le trajeron una cuerda. Llevaban muchas con ellos, y en el extremo de la más larga ataron uno de los ganchos de hierro que usaban para sujetar las mochilas a las correas de los hombros. Fíli lo tomó, lo balanceó un momento, y lo arrojó por encima de la corriente.

    Cayó salpicando en el agua. —¡No lo bastante lejos!

    —dijo Bilbo, que observaba la otra orilla—. Un par de pies más y hubieras alcanzado el bote. Inténtalo otra vez. No creo que el encantamiento sea tan poderoso para hacerte daño si tocas un trozo de cuerda mojada.

    Recogieron el gancho y Fíli lo alzó en el aire, aunque dudando aún. Esta vez tiró con más fuerza.

    —¡Calma! —dijo Bilbo—. Lo has metido entre los árboles del otro lado. Retíralo lentamente. —Fíli retiró la cuerda poco a poco, y un momento después Bilbo dijo:
    —¡Cuidado!, ahora estás sobre el bote; esperemos que el hierro se enganche.

    Y se enganchó. La cuerda se puso tensa y Fíli tiró en vano. Kili fue en su ayuda, y después Óin y Glóin. Tiraron, y de pronto cayeron todos de espaldas. Bilbo que estaba atento alcanzó a tomar la cuerda y con un trozo de palo retuvo al pequeño bote negro que se acercaba arrastrado por la corriente. —¡Socorro! —gritó, y Balin aferró el bote antes de que se deslizase aguas abajo.

    —Estaba atado, después de todo —dijo, mirando la amarra rota que aún colgaba del bote—. Fue un buen tirón, muchachos; y suerte que nuestra cuerda era la más resistente.
    —¿Quién cruzará primero? —preguntó Bilbo.
    —Yo —dijo Thorin—, y tú vendrás conmigo, y Fíli y Balin. No cabemos más en el bote. Luego, Kili, Óin, Glóin y Dori. Seguirán Ori y Nori, Bifur y Bofur, y por último Dwalin y Bombur.
    —Soy siempre el último, y no me gusta —dijo Bombur—. Hoy le toca a otro.
    —No tendrías que estar tan gordo. Tal como eres, tienes que cruzar el último y con la carga más ligera. No empieces a quejarte de las órdenes, o lo pasarás mal.
    —No hay remos. ¿Cómo impulsaremos el bote hasta la otra orilla? —preguntó Bilbo.
    —Dadme otro trozo de cuerda y otro gancho —dijo Fíli, y cuando se los trajeron, arrojó el gancho hacia la oscuridad, tan alto como pudo. Como no cayó, supusieron que se había enganchado en las ramas—. Ahora subid —dijo Fíli—. Que uno de vosotros tire de la cuerda sujeta al árbol. Otro tendrá que sujetar el gancho que utilizamos al principio, y cuando estemos seguros en la Otra orilla, puede engancharlo y traer el bote de vuelta.

    De este modo pronto estuvieron todos a salvo en la orilla opuesta, al borde del arroyo encantado. Dwalin acababa de salir aprisa, con la cuerda enrollada en el brazo, y Bombur (refunfuñando aún) se aprestaba a seguirlo cuando algo malo ocurrió. Sendero adelante hubo un ruido como de pezuñas raudas. De repente, de la lobreguez, salió un ciervo volador. Cargó sobre los enanos y los derribó, y en seguida se encogió para saltar. Pasó por encima del agua con un poderoso brinco, pero no llegó indemne a la orilla. Thorin había sido el único que aún se mantenía en pie y alerta. Tan pronto como llegaron a tierra había preparado el arco y había puesto una flecha, por si de pronto aparecía el guardián del bote. Disparó rápido contra la bestia, que se derrumbó al llegar a la otra orilla. Las sombras la devoraron, pero oyeron un sonido entrecortado de pezuñas que al fin se extinguió.

    Antes que pudieran alabar este tiro certero, un horrible gemido de Bilbo hizo que todos olvidaran la carne de venado. —¡Bombur ha caído! ¡Bombur se ahoga! — gritó. No era más que la verdad. Bombur sólo tenía un pie en tierra cuando el ciervo se adelantó y saltó sobre él. Había tropezado, impulsando el bote hacia atrás y perdiendo el equilibrio, y las manos le resbalaron por las raíces limosas de la orilla, mientras el bote desaparecía girando lentamente.

    Aún alcanzaron a ver el capuchón de Bombur sobre el agua, cuando llegaron corriendo a la orilla. Le echaron rápidamente una cuerda con un gancho. La mano de Bombur aferró la cuerda y los Otros tiraron. Por supuesto, el enano estaba empapado de pies a cabeza, pero eso no era lo peor. Cuando lo depositaron en tierra seca ya estaba profundamente dormido, la mano tan apretada a la cuerda que no la pudieron soltar; y profundamente dormido quedó, a pesar de todo lo que le hicieron.

    Aún estaban de pie y mirándolo, maldiciendo el desgraciado incidente y la torpeza de Bombur, lamentando la pérdida del bote, que les impedía volver y buscar el ciervo, cuando advirtieron un débil sonido: como de trompas y de perros que ladrasen lejos en el bosque.

    Todos se quedaron en silencio, y cuando se sentaron les pareció que oían el estrépito de una gran cacería al norte del sendero, aunque no vieron nada.

    Estuvieron sentados durante largo rato, no atreviéndose a moverse. Bombur seguía durmiendo con una sonrisa en la cara redonda, como si todos aquellos problemas ya no le preocuparan. De repente, sendero adelante, aparecieron unos ciervos blancos, un cervato y unas ciervas, tan níveos como oscuro había sido el ciervo anterior. Refulgían en las sombras. Antes de que Thorin pudiera decir nada, tres de los enanos se habían puesto en pie de un brinco y habían disparado las flechas. Ninguna pareció dar en el blanco. Los ciervos sé volvieron y desaparecieron entre los árboles tan en silencio como habían venido y los enanos dispararon en vano otras flechas.

    —¡Deteneos! ¡Deteneos! —gritó Thorin, pero demasiado tarde; los excitados enanos habían desperdiciado las últimas flechas, y ahora los arcos que Beorn les había dado eran inútiles.

    Esa noche fueron una triste partida, y esta tristeza pesó aún más sobre ellos en los días siguientes. Habían cruzado el arroyo encantado, pero más allá el sendero parecía serpear igual que antes, y en el bosque río advirtieron cambio alguno. Si sólo hubiesen sabido un poco más de él, y hubiesen considerado el significado de la cacería y del ciervo blanco que se les había aparecido en el camino, hubieran podido reconocer que iban al fin hacia el linde este, y que si hubiesen conservado el valor y las esperanzas, pronto habrían llegado a sitios donde la luz del sol brillaba de nuevo y los árboles eran más ralos.

    Pero no lo sabían, y estaban cargados con el pesado cuerpo de Bombur, al que transportaban como mejor podían, turnándose de cuatro en cuatro en la fatigosa tarea, mientras los demás se repartían los bultos. Si estos no se hubieran aligerado en las últimas jornadas, nunca lo hubieran conseguido, pero el sonriente y sonador Bombur era un pobre sustituto de las mochilas cargadas de comida, pesasen lo que pesasen. Pocos días más y no les quedó prácticamente nada que comer o beber. Nada apetitoso parecía crecer en el bosque; sólo hongos y hierbas de hojas pálidas y olor desagradable.

    Cuatro días después del arroyo encantado, llegaron a un sitio del bosque poblado de hayas. En un primer momento les alegró el cambio, pues aquí no crecían malezas y las sombras no eran tan profundas. Había una luz verdosa a ambos lados del sendero, pero el resplandor sólo revelaba unas hileras interminables de troncos rectos y grises, como pilares de un vasto salón crepuscular. Había un soplo de aire y se oía un viento, pero el sonido era triste. Unas hojas secas cayeron recordándoles que fuera llegaba el otoño. Arrastraban los pies por entre las hojas muertas de otros otoños incontables, que en montones llegaban al sendero desde la alfombra granate del bosque.

    Bombur dormía aún, y ellos estaban muy cansados. A veces oían una risa inquietante, y a veces también un Canto a lo lejos. La risa era risa de voces armoniosas, no de trasgos, y el canto era hermoso, pero sonaba misterioso y extraño, y en vez de sentirse reconfortados, se dieron prisa por dejar aquellos parajes con las fuerzas que les restaban.

    Dos días más tarde descubrieron que el sendero descendía, y antes de mucho tiempo salieron a un valle en el que crecían unos grandes robles.

    —¿Es que nunca ha de terminar este bosque maldito? —dijo Thorin— Alguien tiene que trepar a un árbol y ver si puede sacar la cabeza por el tejado y echar un vistazo alrededor. Hay que escoger el árbol más alto que se incline sobre el sendero.

    Por supuesto, "alguien" quería decir Bilbo. Lo eligieron porque para que el intento sirviera de algo, quien trepase necesitaría sacar la cabeza por entre las hojas más altas, y por tanto tenía que ser liviano para que las ramas delgadas pudieran sostenerlo. El pobre señor Bolsón nunca había tenido mucha práctica en trepar a las árboles, pero los otros lo alzaron hasta las ramas más bajas de un roble enorme que crecía justo al lado del sendero y allá tuvo que subir, lo mejor que pudo; se abrió camino por entre las pequeñas ramas enmarañadas, con más de un golpe en los ojos. Se manchó de verde y se ensució con la corteza vieja de las ramas más grandes; más de una vez resbaló y consiguió sostenerse en el último momento; por fin, tras un terrible esfuerzo en un sitio difícil, donde no parecía haber ninguna rama adecuada, llegó cerca de la cima. Todo el tiempo se estuvo preguntando si habría arañas en el árbol, y cómo iba a bajar (excepto cayendo).

    Al fin sacó la cabeza por encima del techo de hojas, y en efecto, encontró arañas. Pero eran pequeñas, de tamaño corriente, y sólo les interesaban las mariposas. Los ojos de Bilbo casi se enceguecieron con la luz. Oía a los enanos que le gritaban desde abajo, pero no podía responderles, sólo aferrarse a las ramas y parpadear. El sol brillaba resplandeciente y pasó largo rato antes que pudiera soportarlo. Cuando lo consiguió, vio a su alrededor un mar verde oscuro, rizado aquí y allá por la brisa; y por todas partes, cientos de mariposas. Supongo que eran una especie de "emperador púrpura", una mariposa aficionada a las alturas de las robledas, pero no eran nada purpúreas, sino muy oscuras, de un negro aterciopelado, sin que se les pudiese ver ninguna marca.

    Observó a la "emperador negra" durante largo rato, y disfrutó sintiendo la brisa en el cabello y la cara, pero los gritos de los enanos, que ahora estaban impacientes y pateaban el suelo allá abajo, le recordaron al fin a qué había venido. De nada le sirvió. Miró con atención alrededor, tanto como pudo, y no vio que los árboles o las hojas terminasen en alguna parte. El corazón, que se le había aligerado viendo el sol y sintiendo el soplo del viento, le pesaba en el pecho; no había comida que llevar allá abajo.

    Realmente, como os he dicho, no estaban muy lejos del linde del bosque; y si Bilbo hubiera sido más perspicaz habría entendido que el árbol al que había trepado, aunque alto, estaba casi en lo más hondo de un valle extenso; mirando desde la copa, los otros árboles parecían crecer todo alrededor, como los bordes de un gran tazón, y Bilbo no podía ver hasta dónde se extendía el bosque. Sin embargo, no se dio cuenta de esto, y descendió al fin desesperado, cubierto de arañazos, sofocado, y miserable, y no vio nada en la oscuridad de abajo, cuando llegó allí. Las malas nuevas pronto pusieron a los otros tan tristes como él.

    —¡El bosque sigue, sigue y sigue en todas direcciones! ¿Qué haremos? ¿Y qué sentido tiene enviar a un hobbit? —gritaban como si Bilbo fuese el culpable. Les importaban un rábano las mariposas, y cuando les habló de la hermosa brisa se enfadaron más aún, pues eran demasiado pesados para trepar y sentirla.

    Aquella noche tomaron las últimas sobras y migajas de comida, y cuando a la mañana siguiente despertaron, advirtieron ante todo que estaban rabiosamente hambrientos, y luego que llovía, y que las gotas caían pesadamente aquí y allá sobre el suelo del bosque. Eso sólo les recordó que también estaban muertos de sed, y que la lluvia no los aliviaba: no se puede apagar una sed terrible sólo quedándote al pie de unos robles gigantescos, esperando a que una gota ocasional te caiga en la lengua. La única pizca de consuelo llegó, inesperadamente, de Bombur.

    Bombur despertó de súbito y se sentó rascándose la cabeza. No había modo de que pudiera entender dónde estaba ni por qué tenía tanta hambre. Había olvidado todo lo que ocurriera desde el principio del viaje, aquella mañana de mayo, hacía tanto tiempo. Lo último que recordaba era la tertulia en la casa del hobbit, y fue difícil convencerlo de la verdad de las muchas aventuras que habían tenido desde entonces.

    Cuando oyó que no había nada que comer, se sentó y se echó a llorar; se sentía muy débil y le temblaban las piernas.

    —¿Por qué habré despertado? —sollozaba—. Tenía unos sueños tan maravillosos. Soné que caminaba por un bosque bastante parecido a éste, alumbrado sólo por antorchas en los árboles, lámparas que se balanceaban en las ramas, y hogueras en el suelo; y se celebraba una. gran fiesta, que no terminaría nunca. Un rey del bosque estaba allí coronado de hojas; y se oían alegres canciones, y no podría contar o describir todo lo que había para comer y beber.
    —Y no tienes por qué intentarlo —dijo Thorin—. En verdad, si no puedes hablar de otra cosa, mejor te callas. Ya estamos bastante molestos contigo por lo que pasó. Si no hubieras despertado, te habríamos dejado en el bosque con tus sueños idiotas; no es ninguna broma andar cargando contigo ni aun después de semanas de escasez.

    No podían hacer otra cosa que apretarse los cinturones sobre los estómagos vacíos, cargar con los sacos y mochilas también vacíos, y marchar sin descanso camino adelante, sin muchas esperanzas de llegar al final antes de caer y morir de inanición. Esto fue lo que hicieron todo ese día, avanzando cansada y lentamen te, mientras Bombur seguía quejándose de que las piernas no podían sostenerlo y que quería echarse y dormir.

    —No, no lo harás —decían—. Que tus piernas cumplan la parte que les toca; nosotros ya te hemos cargado bastante tiempo.

    A pesar de todo, Bombur se negó de pronto a dar un paso más y se dejó caer en el suelo. —Seguid si es vuestro deber —dijo—, yo me echaré aquí a dormir y a soñar con comida, ya que no puedo tenerla de otro modo. Espero no despertar nunca más.

    En ese momento, Balin, que iba un poco más adelante, gritó: —¿Qué es eso? Creí ver un destello de luz entre los árboles.

    Todos miraron, y parecía que allá a lo lejos se veía un parpadeo rojizo en la oscuridad, y después otro y otro a un lado. Hasta Bombur mismo se puso de pie, y luego todos caminaron de prisa, sin detenerse a pensar si las luces serían de ogros o de trasgos. La luz brillaba delante de ellos y a la izquierda, y al fin fue evidente que unas antorchas y hogueras ardían bajo los árboles, pero a buena distancia del sendero.

    —Parece como si mis sueños se hiciesen realidad —dijo Bombur desde atrás con voz entrecortada, y quiso correr directamente bosque adentro hacia las luces. Pero los Otros recordaban demasiado bien las advertencias de Beorn y el mago.
    —Un banquete no servirá de nada si no salimos vivos —dijo Thorin.
    —Pero de cualquier modo, sin un banquete no seguiremos vivos mucho tiempo — dijo Bombur, y Bilbo asintió de todo corazón. Lo discutieron largo rato del derecho y del revés, hasta que por fin convinieron en mandar un par de espías, para que se acercaran arrastrándose a las luces y averiguaran más sobre ellas. Pero luego, cuando se preguntaron a quién enviarían, no pudieron ponerse de acuerdo: nadie parecía tener ganas de extraviarse y no encontrar más a sus amigos. Por último, y a pesar de las advertencias, el hambre los decidió, ya que Bombur continuó describiendo todas las buenas cosas que se estaban comiendo en el banquete del bosque, de acuerdo con lo que él había soñado, de (nodo que dejaron la senda y juntos se precipitaron bosque adentro.

    Luego de mucho arrastrarse y gatear miraron escondidos detrás de unos troncos y vieron un claro con algunos árboles caídos y un terreno llano. Había mucha gente allí, de aspecto élfico, vestidos todos de castaño y verde y sentados en círculo sobre cepos de árboles talados. Una hoguera ardía en el centro y había antorchas encendidas sujetas a los árboles de alrededor; pero la visión más espléndida era la gente que comía, bebía y reía alborozada.

    El olor de las carnes asadas era tan atractivo que sin consultarse entre ellos todos se pusieron de pie y corrieron hacia el círculo con la única idea de pedir un poco de comida. Tan pronto como el primero dio un paso dentro del claro, todas las luces se apagaron como por arte de magia. Alguien pisoteó la hoguera que desapareció en cohetes de chispas rutilantes. Estaban perdidos ahora en la oscuridad más negra, y ni siquiera consiguieron agruparse, al menos durante un buen rato. Por fin, luego de haber corrido frenética mente a ciegas, golpeando con estrépito los árboles, tropezando en los troncos caídos, gritando y llamando hasta haber despertado sin duda a todo el bosque en millas a la redonda, consiguieron juntarse en montón y se contaron unos a otros. Por supuesto, en ese entonces habían olvidado por completo en qué dirección quedaba el sendero, y estaban irremisiblemente extraviados, por lo menos hasta la mañana.

    No podían hacer otra cosa que instalarse para pasar la noche allí donde estaban; ni siquiera se atrevieron a buscar en el suelo unos restos de comida por temor a separarse otra vez. Pero no llevaban mucho tiempo echados, y Bilbo sólo estaba adormecido, cuando Dori, a quien le había tocado el primer turno de guardia, dijo con un fuerte susurro:

    —Las luces aparecen de nuevo allá, y ahora sea más numerosas.

    Todos se incorporaron de un salto. Allá, sin ninguna duda, parpadeaban no muy lejos unas luces y se oían claramente voces y risas. Se arrastraron hacia ellas, en fila, cada uno tocando la espalda del que iba delante. Cuando se acercaron, Thorin dijo: —¡Que nadie se apresure ahora! ¡Que ninguno se deje ver hasta que yo lo diga! Enviaré primero al señor Bolsón para que les hable. No tos asustará. — "¿Y qué me pasará a mí?" pensó Bilbo—. Y de todos modos, no creo que le hagan nada malo.

    Cuando llegaron al borde del círculo de luz, empujaron de repente a Bilbo por detrás. Antes que tuviera tiempo de ponerse el anillo, Bilbo avanzó tambaleándose a la luz del fuego y las antorchas. De nada sirvió, Otra vez se apagaron las luces y cayó la oscuridad.

    Si había sido difícil reunirse antes, ahora fue mucho peor. Y no podían dar con el hobbit. Todas las veces que contaron, eran siempre trece. Gritaron y llamaron:

    —¡Bilbo Bolsón! ¡Hobbit!¡Tú,maldito hobbit! ¡Eh, hobbit malhadado!¿Dónde estás?

    Iban a abandonar toda esperanza cuando Dori dio con él por casualidad. Cayó sobre lo que creyó un tronco y se encontró con que era el hobbit acurrucado y profundamente dormido. Después de mucho zarandearlo, consiguieron que despertase, y Bilbo no pareció muy contento.

    —Tenía un sueño tan maravilloso —gruñó—, todos participando de la más espléndida cena.
    —¡Cielos!, está como Bombur —dijeron—. No nos hables de cenas. Las cenas soñadas de nada sirven y no podemos compartirlas.
    —No hay nada mejor a mi alcance en este desagradable lugar —murmuró Bilbo, mientras se echaba otra vez al lado de los enanos e intentaba volver a dormir y tener de nuevo aquel sueño.

    Pero no fue la última vez que vieron luces en el bosque. Más tarde, cuando ya la noche tenía que haber envejecido, Kili, que estaba entonces de guardia, vino y los despertó a todos.

    —Ha aparecido un gran resplandor, no muy lejos —dijo—. Cientos de antorchas y muchas hogueras han sido encendidas de repente y por arte de magia. ¡Escuchad el canto y las arpas!

    Luego de quedarse un rato echados y escuchando, descubrieron que no podían resistir el deseo de acercarse y tratar, una vez más, de conseguir ayuda. Todos se incorporaron, y esta vez el resultado fue desastroso. El banquete que vieron entonces era más grande y magnífico que antes: a la cabecera de una larga hilera de comensales estaba sentado un rey del bosque, con una corona de hojas sobre los cabellos dorados, muy parecido a la figura que Bombur había visto en sueños. La gente élfica se pasaba cuencos de mano en mano por encima de las hogueras; algunos tocaban el arpa y muchos estaban cantando. Las cabelleras resplandecían ceñidas con flores; gemas verdes y blancas destellaban en cinturones y collares, y las caras y las canciones eran de regocijo. Altas, claras y hermosas sonaban las canciones, y fuera salió Thorin, apareciendo entre ellos.

    Un silencio mortal cayó a mitad de una frase. Todas las luces se extinguieron. Las hogueras se transformaron en humaredas negras. Brasas y cenizas cayeron sobre los ojos de los enanos, y en el bosque se oyeron otra vez clamores y gritos.

    Bilbo se encontró corriendo en círculos (así lo creía) y llamando y llamando: — Dori, Nori, Ori, Óin, Glóin, Fíli, Kili, Bombur, Bifur, Balin, Dwalin, Thorin Escudo de Roble —mientras gentes que ni podía ver ni sentir hacían lo mismo alrededor, lanzando algún ocasional —¡Bilbo! —Pero los gritos de los otros fueron haciéndose más lejanos y débiles, y aunque al cabo de un rato le pareció que se habían transformado en aullidos y distantes llamadas de socorro, todos los sonidos murieron al fin, y Bilbo se quedó sólo en una oscuridad y un silencio completos.

    Aquel fue uno de los momentos más tristes de la vida de Bilbo. Pero pronto decidió que era inútil intentar nada hasta que el día trajese alguna luz y que de nada servía andar a ciegas cansándose, sin esperanzas de desayuno que lo reviviese. Así que se sentó con la espalda contra un árbol, y no por última vez se encontró pensando en el distante agujero—hobbit y las hermosas despensas. Estaba sumido en pensamientos de pancetas, huevos, tostadas y mantequilla, cuando sintió que algo lo tocaba. Algo como una cuerda pegajosa y fuerte se le había pegado a la mano izquierda; trató de moverse y descubrió que tenía las piernas ya sujetas por aquella misma especie de cuerda, y cuando trató de levantarse, cayó al suelo.

    Entonces la gran araña, que había estado ocupada en atarlo mientras dormitaba, apareció por detrás y se precipitó sobre él. Bilbo sólo veía los ojos de la criatura, pero podía sentir el contacto de las patas peludas mientras la araña trataba de paralizarlo con vueltas y más vueltas de aquel hilo abominable. Fue una suerte que volviese en sí a tiempo. Pronto no hubiera podido moverse. Pero antes de liberarse, tuvo que sostener una lucha desesperada. Rechazó a la criatura con las manos —estaba intentando envenenarlo para mantenerlo quieto, como las arañas pequeñas hacen con las moscas— hasta que recordó la espada y la desenvainó. La araña dio un salto atrás y Bilbo tuvo tiempo para cortar las ataduras de las piernas. Ahora le tocaba a él atacar. Era evidente que la araña no estaba acostumbrada a cosas que tuviesen a los lados tales aguijones, o hubiese escapado mucho más aprisa. Bilbo se precipitó sobre ella antes que desapareciese y blandiendo la espada la golpeó en los ojos. Entonces la araña enloqueció y saltó y danzó y estiró las patas en horribles espasmos, hasta que dando otro golpe Bilbo acabó con ella. Luego se dejó caer, y durante largo rato no recordó nada más.

    Cuando volvió en sí, vio alrededor la habitual luz gris y mortecina de los días del bosque. La araña yacía muerta a un lado y la espada estaba manchada de negro. Por alguna razón, matar a la araña gigante, él, totalmente solo, en la oscuridad, sin la ayuda del mago o de los enanos o de cualquier otra criatura, fue muy importante para el señor Bolsón. Se sentía una persona diferente, mucho más audaz y fiera a pesar del estómago vacío, mientras limpiaba la espada en la hierba y la devolvía a la vaina.

    —Te daré un nombre —le dijo a la espada—. ¡Te llamaré Aguijón!

    Luego se dispuso a explorar. El bosque estaba oscuro y silencioso, pero antes que nada tenía que buscar a sus amigos, como era obvio. Quizá no estuviesen lejos, a menos que unos trasgos (o algo peor) los hubieran capturado. A Bilbo no le parecía sensato ponerse a gritar, y durante un rato estuvo preguntándose de qué lado correría el sendero y en qué dirección tendría que ir para buscar a los enanos.

    —¡Oh!, ¿por qué no habremos tenido en cuenta los consejos de Beorn y Gandalf? —se lamentaba— ¡En qué enredo nos hemos metido todos nosotros! ¡Nosotros! Lo único que deseo es que fuésemos nosotros: es horrible estar completamente solo.

    Por último trató de recordar la dirección de donde habían venido los gritos de auxilio la noche anterior, y por suerte (había nacido con una buena provisión de suerte) lo recordó bastante bien, como veréis en seguida. Habiéndose decidido, avanzó muy despacio, tan hábilmente como pudo. Los hobbits saben moverse en silencio, especialmente en los bosques, como ya os he dicho; además Bilbo se había puesto el anillo antes de ponerse en marcha, y fue por eso que las arañas no lo vieron ni oyeron cómo se acercaba. Se abrió paso sigilosamente durante un trecho, cuando vio delante una espesa sombra negra, negra aun para aquel bosque, como la sombra de una medianoche inmutable. Cuando se acercó, vio que la sombra era en realidad una confusión de telarañas superpuestas. Vio también, de repente, que unas arañas grandes y horribles estaban sentadas por encima de él en las ramas, y con anillo o sin anillo, tembló de miedo al pensar que quizá lo descubrieran. Se quedó detrás de un árbol, observó a un grupo de arañas durante un tiempo, y al fin comprendió que aquellas repugnantes criaturas se hablaban unas a otras en la quietud y el silencio del bosque. Las voces eran como leves crujidos y siseos, pero Bilbo pudo entender muchas de las palabras. ¡Estaban hablan do de los enanos!

    —Fue una lucha dura, pero valió la pena —dijo una—. En efecto, qué pieles asquerosas y gruesas tienen, pero apuesto a que dentro hay buenos jugos.
    —Sí, serán un buen bocado cuando hayan colgado un poco en la tela —dijo otra.
    —No los colguéis demasiado tiempo —dijo una tercera—. No están muy gordos. Yo diría que no se alimentaron muy bien últimamente.
    —Matadlos, os digo yo —siseó una cuarta—. Matadlos ahora y colgadlos muertos durante un rato.
    —Apostaría a que ya están muertos —dijo la primera.
    —No, no lo están. Acabo de ver a uno forcejeando. Justo despertando de un hermoso sueño, diría yo. Os lo mostraré.

    Una de las arañas gordas corrió luego a lo largo de una cuerda, hasta llegar a una docena de bultos que colgaban en hilera de las ramas altas. Bilbo los vio entonces por primera vez suspendidos en las sombras, y descubrió horrorizado que el pie de un enano sobresalía del fondo de algunos de los bultos, y aquí y allá la punta de una nariz, o un trozo de barba o de capuchón.

    La araña se acercó al más gordo de los bultos. "Es el pobre viejo Bombur, apostaría", pensó Bilbo; y la araña pellizcó la nariz que asomaba. Dentro sonó un débil gañido, y un pie salió disparado y golpeó fuerte y directamente a la araña. Aún quedaba vida en Bombur.

    Se oyó un ruido, como si hubieran pateado una pelota desinflada, y la araña enfurecida cayó del árbol, aferrándose a su propia cuerda en el último instante.

    Las otras rieron. —Tenías bastante razón. ¡La carne aún está viva y coleando!

    —¡Pronto acabaré con eso! —siseó la araña colérica, volviendo a trepar a la rama.

    Bilbo vio que había llegado el momento de hacer algo. No podía llegar hasta donde estaban las bestias, ni tenía nada que tirarles; pero mirando alrededor vio que en lo que parecía el lecho de un arroyo, seco ahora, había muchas piedras. Bilbo era un tirador de piedras bastante bueno y no tardó mucho en encontrar una lisa y de forma de huevo que le cabía perfectamente en la mano. De niño había tirado piedras a todo, hasta que las ardillas, los conejos y aun los pájaros se apartaban rápidos como el rayo en cuanto lo veían aparecer; y de mayor se había pasado también bastante tiempo arrojando tejos, dardos, bochas, boliches, bolos y practicando otros juegos tranquilos de puntería y tiro; aunque también podía hacer muchas otras cosas —aparte de anillos de humo, preguntar acertijos y cocinar— que no he tenido tiempo de contaros. Tampoco lo hay ahora. Mientras recogía piedras, la araña había llegado hasta Bombur, que pronto estaría muerto. En ese momento Bilbo disparó. La piedra dio en la cabeza de la araña con un golpe seco y la bestia se desprendió del árbol y cayó pesadamente al suelo con todas las patas encogidas.

    La piedra siguiente atravesó zumbando una telaraña, y rompiendo las cuerdas, derribó a la araña que estaba allí sentada. A esto siguió una gran conmoción en la colonia, y por un momento olvidaron a los enanos, os lo aseguro. No podían ver a Bilbo, pero no les costó mucho descubrir de qué dirección venían las piedras. Rápidas como el rayo, se acercaron corriendo y balanceándose hacia el hobbit, tendiendo largas cuerdas alrededor, hasta que el aire pareció todo ocupado por trampas flotantes.

    Bilbo, de cualquier modo, se deslizó pronto hasta otro sitio. Se le ocurrió la idea de alejar más y más a las arañas de los enanos, si podía, y hacer que se sintieran perplejas, excitadas y enojadas, todo a la vez. Cuando medio centenar de arañas llegó al lugar donde él había estado antes, les tiró unas cuantas piedras más, y también a las otras que habían quedado a retaguardia; luego, danzando por entre los árboles, se puso a cantar una canción, para enfurecerlas y atraerlas, y también para que lo oyeran los enanos.

    Esto fue lo que cantó;

    ¿Araña gorda y vieja que hilas en un árbol!
    ¡Arana gorda y vieja que no alcanzas a verme!
    ¡Venenosa! ¡Venenosa!
    ¡No pararás?
    ¿No pararás tu hilado y vendrás a buscarme?
    Viga Tontona, toda cuerpo grande,
    ¡Vieja Tontona, no puedes espiarme!
    ¡Venenosa! ¡Venenosa!
    ¡Déjate caer!
    ¡Nunca me atraparás en los árboles!


    No muy buena quizá, pero no olvidéis que había tenido que componerla él mismo, en el apuro de un difícil momento. De todos modos tuvo el efecto que él había esperado. Mientras cantaba, tiró algunas piedras más y pateó el suelo. Prácticamente todas las arañas del lugar fueron tras él: unas saltaban abajo, otras corrían por las ramas, pasando de árbol en árbol o tendían nuevos hilos en sitios oscuros. Estaban terriblemente enojadas. Aun olvidando las piedras, ninguna araña había sido llamada Venenosa, y desde luego, Tontona es para cualquiera un insulto inadmisible.

    Bilbo se escabulló a otro sitio, pero por entonces muchas de las arañas habían corrido a diferentes puntos del claro donde vivían, y estaban tejiendo telarañas entre los troncos de todos los árboles. Muy pronto Bilbo estaría rodeado de una espesa barrera de cuerdas, al menos esa era la idea de las arañas. En medio de todos aquellos insectos que cazaban y tejían, Bilbo hizo de tripas corazón y cantó otra vez:

    La Lob perezosa y la loca Cob
    tejen telas para cazarme;
    más dulce soy que muchas carnes,
    ¡pero no pueden encontrarme!
    Aquí estoy yo, mosca traviesa;
    y ahí vosotras, gordas y hurañas.
    Jamás podréis atraparme
    en vuestras locas telarañas.


    Con eso se volvió y descubrió que el último espacio entre dos grandes árboles había sido cerrado con una telaraña, pero por fortuna no una verdadera telaraña, sino grandes hebras de cuerdas de doble ancho, tendidas rápidamente de acá para allá de tronco a tronco. Desenvainó la pequeña espada, hizo pedazos las hebras, y se fue cantando.

    Las arañas vieron la espada, aunque no creo que supieran lo que era, y todas se pusieron a correr persiguiendo al hobbit, por el suelo y por las ramas, agitando las piernas peludas, chasqueando las pinzas, los ojos desorbitados, rabiosas, echando espuma. Lo siguieron bosque adentro, hasta que Bilbo no se atrevió a alejarse más. Luego se escabulló de vuelta, más callado que un ratón.

    Tenía un tiempo corto y precioso, lo sabía, antes que las arañas perdieran la paciencia y volviesen a los árboles, donde colgaban los enanos. Mientras tanto, tenía que rescatarlos. Lo más difícil era subir hasta la rama larga donde pendían los bultos. No me imagino Cómo se las hubiese arreglado si, por fortuna, una araña no hubiera dejado un cabo colgando; con ayuda de la cuerda, aunque se le pegaba a las manos y le lastimaba la piel, trepó, y allá arriba se encontró con una araña malvada, vieja, lenta y gruesa, que había quedado atrás y guardaba a los prisioneros, y que había estado entretenida pinchándolos, para averiguar cuál era el más jugoso. Había pensado comenzar el banquete mientras las otras estaban fuera, pero el señor Bolsón tenía prisa, y antes que la araña supiera lo que estaba sucediendo, sintió el aguijón de la espada y rodó muerta cayendo de la rama.

    El siguiente trabajo de Bilbo era soltar un enano. ¿Cómo lo haría? Si cortaba la cuerda, el enano maltrecho caería golpeándose contra el suelo, que estaba bien abajo. Serpenteando rama adelante (lo que hizo que los pobres enanos se balancearan y danzaran como fruta madura), llegó al primer bulto.

    Fíli o Kili se dijo viendo la punta de un capuchón azul que sobresalía de un extremo. "Más posiblemente Fíli", pensó al descubrir la punta de una nariz larga que asomaba entre las cuerdas enmarañadas. Inclinándose, Consiguió cortar la mayor parte de las cuerdas pegajosas y fuertes, y entonces, en efecto, con un puntapié y algunas sacudidas, apareció la mayor parte de Fíli. Me temo que Bilbo se rió viendo cómo agitaba las piernas y brazos rígidos mientras danzaba con la cuerda de la telaraña en las axilas, como uno de esos juguetes divertidos que se menean en un alambre.

    De algún modo, Fíli se encaramó en la rama, y ahí ayudó todo lo posible al hobbit, aunque se sentía mareado y enfermo a causa del veneno de las arañas, y por haber estado colgado la mayor parte de la noche y el día siguiente, envuelto y envuelto en cuerdas, sólo con la nariz fuera para respirar. Tardó mucho tiempo en quitarse aquellas hebras bestiales de los ojos y las cejas, y en cuanto a la barba, tuvo que cortarse la mayor parte. Bien, Bilbo y Fíli, juntos, alzaron primero a un enano y luego a otro y cortaron las ataduras. Ninguno se encontraba mejor que Fíli y algunos bastante peor, pues apenas habían podido respirar (ya veis, a veces las narices largas son útiles), y algunos parecían más envenenados.

    De este modo rescataron a Kili. Bifur, Bofur, Dori y Nori. El pobre viejo Bombur estaba tan exhausto —era el más gordo y lo habían pinchado y pellizcado constantemente— que rodó de la rama y ¡plaf!, cayó al suelo, por fortuna sobre unas hojas, y quedó allí tendido. Pero aún había cinco enanos que colgaban del extremo de la rama, cuando las arañas comenzaron a volver, más rabiosas que nunca.

    Bilbo fue inmediatamente hasta el sitio en que la rama nacía del tronco, y mantuvo a raya a las arañas que subían trepando. Se había quitado el anillo cuando rescató a Fíli y había olvidado ponérselo de nuevo, y ahora todas ellas farfullaban y siseaban:

    —¡Ya te vemos, asquerosa criatura! ¡Te comeremos y sólo te dejaremos la piel y los huesos colgando de un árbol! ¡Ah! Tiene un aguijón, ¿verdad? Bueno, de todas maneras lo atraparemos y colgaremos cabeza abajo durante un día o dos.

    Mientras, los enanos trabajaban en el resto de los cautivos y cortaban los hilos. Pronto liberarían a todos, aunque no estaba claro qué ocurriría después. Las arañas los habían capturado sin muchas dificultades la noche anterior, pero sorprendiéndolos en la oscuridad. Esta vez, parecía que iba a librarse una terrible batalla.

    De repente Bilbo cayó en la cuenta de que algunas arañas se habían reunido alrededor del viejo Bombur, sobre el suelo, lo habían atado otra vez y se lo estaban llevando a la rastra. Dio un grito y acuchilló a las bestias que tenía delante. Las arañas retrocedieron en seguida, y Bilbo trepó y saltó desde el árbol, justo en medio de las que estaban en el suelo. La pequeña espada era un tipo de aguijón que no conocían. ¡Cómo se movía de acá para allá! La hoja brillaba triunfante cuando traspasaba a las arañas. Seis de ellas murieron antes que el resto huyese y dejase a Bombur en manos de Bilbo.

    —¡Bajad! ¡Bajad! —gritó a los enanos que estaban en la rama—. No os quedéis ahí; os echarán las redes encima —pues veía que unas pocas arañas trepaban a los árboles vecinos, arrastrándose por las ramas sobre la cabeza de los enanos.

    Los enanos bajaron gateando, o saltaron o se dejaron caer, los once en montón, la mayoría muy temblorosos y torpes de piernas. Allí se encontraron al fin los doce, contando al pobre Bombur, a quien sostenían por ambos lados el primo Bifur y el hermano Bofur; y Bilbo se movía alrededor y blandía el Aguijón; y cientos de arañas los miraban con los ojos desorbitados, desde arriba, desde un lado, desde otro. La situación parecía bastante desesperada.

    Entonces comenzó la batalla. Algunos enanos tenían cuchillos; otros, palos, y había piedras para todos; y Bilbo blandía la daga élfica. Una y otra vez las arañas fueron rechazadas, y muchas murieron. Pero esto no podía prolongarse. Bilbo estaba casi exhausto; sólo cuatro de los enanos se mantenían aún en pie, y pronto las arañas caerían sobre ellos como sobre moscas cansadas. Ya tejían de nuevo alrededor, de árbol en árbol.

    Bilbo al fin no pudo pensar en otro plan que comunicar a los enanos el secreto del anillo. Lo lamentaba bastante, pero no había otro remedio.

    —Voy a desaparecer —dijo—. Alejaré a las arañas de aquí, si puedo; vosotros tenéis que manteneros juntos y escapar en la dirección opuesta. Por allí a la izquierda quizá se podría llegar al sitio donde vimos por última vez el fuego de los elfos.

    Tardaron en entender, pues las cabezas les daban vueltas en medio de una confusión de gritos, y palos y piedras que golpeaban, pero al fin Bilbo sintió que no podía esperar más: las arañas estaban cerrando el círculo. De súbito se deslizó el anillo en el dedo, y desapareció dejando estupefactos a los enanos.

    Pronto se oyeron gritos: —¡Perezosa Lob! ¡Venenosa! —entre los árboles de la derecha. Esto enfureció mucho a las arañas. Dejaron de acercarse a los enanos y unas cuantas se volvieron hacia la voz. "Venenosa" las enojó tanto que perdieron el juicio. Entonces Balin, quien había entendido el plan de Bilbo mejor que los demás, se lanzó al ataque. Los enanos se unieron en un pelotón y descargando una lluvia de piedras corrieron hacia la izquierda y atravesaron el círculo. Lejos, detrás de ellos, los cantos y gritos cesaron de pronto.

    Esperando contra toda esperanza que no hubiesen capturado a Bilbo, los enanos siguieron adelante. No bastante de prisa, sin embargo. Se sentían enfermos y débiles y arrastraban las piernas y cojeaban, perseguidos por arañas que les pisaban los talones. Una y otra vez tenían que volverse y enfrentar a las criaturas que estaban casi encima de ellos; y ya algunas de las arañas corrían por los árboles y dejaban caer unos largos hilos pegajosos.

    Las cosas parecían haber empeorado otra vez, cuando de pronto Bilbo reapareció e inesperadamente atacó desde un lado a las asombradas arañas.

    —¡Seguid! ¡Seguid! —gritó—. ¡Yo seré quien clave el aguijón!

    Y así ocurrió. Se movía adelante y atrás, rasgando los hilos de las arañas, cortándoles las patas y acuchillándoles los cuerpos gordos si se acercaban demasiado. Las arañas se hinchaban de rabia y farfullaban y espumajeaban y siseaban horribles maldiciones; pero ahora tenían un miedo mortal al Aguijón y no se atrevían a acercarse. Así, mientras maldecían, la presa se les escapaba lenta e inexorablemente. Era una situación horrible y parecía durar horas. Pero al fin, cuando Bilbo sentía que ya no tenía fuerzas para levantar la mano y asestar otro golpe, de pronto abandonaron la persecución, y no los siguieron más y volvieron decepcionadas a la tenebrosa colonia.

    Entonces los enanos se dieron cuenta de que habían llegado al círculo en que habían ardido los fuegos de los elfos. No podían saber si era uno de los fuegos que habían visto la noche anterior; pero parecía que algún encantamiento bienhechor persistía en estos sitios, que a las arañas no les gustaban. De cualquier modo, la luz era más verde, los arbustos menos espesos y amenazadores, y ahora podían descansar y recobrar el aliento.

    Allí se quedaron un rato resollando y jadeando. Pero muy pronto los enanos empezaron a hacer preguntas. Querían que Bilbo les explicase bien el asunto de las desapariciones; tanto les interesó la historia del anillo que por un momento olvidaron sus propios problemas. Balin en particular insistió en oír otra vez la historia de Gollum con acertijos y todo lo demás, y con el anillo en el lugar que correspondía. Pero al cabo de un tiempo la luz comenzó a declinar, y se hicieron otras preguntas. ¿Dónde estaban y por dónde corría el camino? ¿Dónde habría comida y qué harían ahora? Estas preguntas fueron hechas una y otra vez, y esperaban que el pequeño Bilbo conociese las respuestas. Por lo que podéis ver, habían cambiado mucho de opinión con respecto al señor Bolsón, y ahora lo respetaban de veras (tal y como había dicho Gandalf). Ya no refunfuñaban, y esperaban realmente que a Bilbo se le ocurriría algún plan maravilloso. Sabían demasiado bien que si no hubiese sido por el hobbit todos estarían ya muertos; y se lo agradecieron muchas veces. Algunos de ellos incluso se pusieron en pie y lo saludaron inclinándose hasta el suelo, aunque el esfuerzo los hizo caer, y durante un rato no pudieron incorporarse. Saber la verdad sobre las desapariciones no disminuyó de ningún modo la opinión que Bilbo les merecía, pues entendieron que tenía ingenio, y también suerte y un anillo mágico, y las tres cosas eran bienes muy útiles. En verdad lo elogiaron tanto que Bilbo llegó a sentir que había algo en él de aventurero audaz, al fin y al cabo, aunque se hubiese sentido aún mucho más audaz si hubiera tenido algo que comer.

    Pero no había nada, nada de nada, y ninguno estaba en disposición de ir a buscar algo o encontrar el sendero perdido. ¡El sendero perdido! En la fatigada cabeza de Bilbo no había otra cosa. Se sentó y clavó los ojos en los árboles que se sucedían en interminables hileras, y al cabo de un rato todos callaron otra vez. Todos excepto Balin. Mucho tiempo después que los otros hubieran dejado de hablar y cuando ya habían cerrado los ojos, Balin seguía aún murmurando y riendo entre dientes.

    —¡Gollum! ¡Caramba! Así fue como se escabulló delante de mí, ¿no? ¡Ahora me lo explico! Arrastrándose en silencio, nada más, ¿no, señor Bolsón? ¡Los botones todos sobre el umbral! El bueno de Bilbo... Bilbo... Bil bo... bo... bo... bo... —Y entonces se quedó dormido, y durante un largo rato no se oyó nada.

    De pronto, Dwalin abrió un ojo y miró alrededor, —¿Dónde está Thorin? — preguntó.

    Fue un golpe terrible. Desde luego, sólo eran trece, doce enanos y el hobbit. ¿Dónde, pues, estaba Thorin? Se preguntaron qué desgracia habría caído sobre él: un encantamiento, o quizá unos monstruos oscuros, y todos se estremecieron mientras yacían perdidos allí en el bosque. Y así, cuando la tarde se hizo noche negra, cayeron uno tras otro en un sueño incómodo, de horribles pesadillas; y ahí cenemos qué dejarlos por ahora, demasiado enfermos y débiles como para ponerse a vigilar o turnarse como centinelas.

    Thorin había sido capturado mucho antes que ellos. ¿Recordáis que Bilbo cayó dormido como un tronco cuando entró en el círculo de luz? La vez siguiente fue Thorin quien dio un paso adelante, y cuando la luz desapareció, cayó al suelo como una piedra encantada. Las voces de los enanos perdidos en la noche, los gritos cuando las arañas se precipitaron sobre ellos y los ataron, y todos los ruidos de la batalla del día siguiente, habían pasado inadvertidos para Thorin. Luego los Elfos del Bosque se le echaron encima, y lo ataron, y se lo llevaron.

    Por supuesto, las gentes de los banquetes eran Elfos del Bosque. Los elfos no son malos, pero desconfían de los desconocidos: esto puede ser un defecto. Aunque dominaban la magia, andaban siempre con cuidado, aun en aquellos días. Distintos de los Altos Elfos del Poniente, eran más peligrosos y menos cautos, pues muchos de ellos (así como los parientes dispersos de las colinas y montañas) descendían de las tribus antiguas que nunca habían ido a la Tierra Occidental de las Hadas. Allí los Elfos de la Luz, los Elfos del Abismo y los Elfos del Mar vivieron durante siglos y se hicieron más justos, prudentes y sabios, y desarrollaron artes mágicas, y la habilidad de crear objetos hermosos y maravillosos, antes que algunos volvieran al Ancho Mundo. En el Ancho Mundo los Elfos del Bosque disfrutaban de los crepúsculos del Sol y la Luna, pero preferían las estrellas; e iban de un lado a otro por los bosques enormes que crecían en tierras ahora perdidas. Habitaban la mayor parte del tiempo en los límites de las florestas, de donde salían a veces para cazar o cabalgar y correr por los espacios abiertos a la luz de la luna o de los astros; y luego de la llegada de los Hombres, se aficionaron más y más al crepúsculo y a la noche. Sin embargo, eran y siguen siendo elfos, y esto significa Buena Gente.

    En una gran cueva, algunas millas dentro del Bosque Negro, en el lado este, vivía en este tiempo el más grande rey de los elfos. Por delante de unas puertas de piedra corría un río que venía de las cimas de los bosques y desembocaba dentro y fuera de los pantanos, al pie de las altas tierras boscosas. Esta gran cueva, en la que se abrían a un lado y a otro otras cuevas más reducidas, se hundía mucho bajo tierra y tenía numerosos pasadizos y amplios salones; pero era más luminosa y saludable que cualquier morada de trasgos, y no tan profunda ni tan peligrosa. De hecho, los súbditos del rey vivían y cazaban en su mayor parte en los bosques abiertos y tenían casas o cabañas en el suelo o sobre las ramas. Las hayas eran sus árboles favoritos. La cueva del rey era el palacio, un sitio seguro para guardar los tesoros y una fortaleza contra él enemigo.

    Era también la mazmorra de los prisioneros. Así que a la cueva arrastraron a Thorin, no con excesiva gentileza, pues no querían a los enanos y pensaban que Thorin era un enemigo. En otros tiempos habían libra do guerras con algunos enanos, a quienes acusaban de haberles robado un tesoro. Sería al menos justo decir que los enanos dieron otra versión y explicaban que sólo habían tomado lo que era de ellos, pues el rey elfo les había encargado que le tallasen la plata y el oro en bruto, y más tarde había rehusado pagarles. Si el rey elfo tenía una debilidad, ésa eran los tesoros, en especial la plata y las gemas blancas; y aunque guardaba muchas riquezas, siempre quería más, pensando que aún no eran tantas como las de otros señores elfos de antaño. La gente élfica nunca cavaba túneles ni trabajaba los metales o las joyas; ni tampoco se preocupaba mucho por comerciar o cultivar la tierra. Todo esto era bien conocido por los enanos, aunque la familia de Thorin no había tenido nada que ver con la disputa de la que hablamos antes. En consecuencia, Thorin se enojó por el trato que había recibido cuando le quitaron el hechizo y recobró el conocimiento, y estaba decidido también a que no le arrancasen ni una palabra sobre oro o joyas.

    El rey miró severamente a Thorin cuando lo llevaron al palacio y le hizo muchas preguntas. Pero Thorin sólo dijo que se estaba muriendo de hambre.

    —¿Por qué tú y los tuyos intentasteis atacarnos tres veces durante la fiesta? — preguntó el rey.
    —Nosotros no los atacamos —respondió Thorin—, nos acercamos a pedir porque nos moríamos de hambre.
    —¿Dónde están tus amigos y qué hacen ahora?
    —No lo sé, pero supongo que muriéndose de hambre en el bosque.
    —¿Qué hacíais en el bosque?
    —Buscábamos comida y bebida, pues nos moríamos de hambre.
    —Pero, en definitiva, ¿qué asunto os trajo al bosque? —preguntó el rey, enojado.

    Thorin cerró entonces la boca y no dijo nada más.

    —¡Muy bien! —exclamó el rey—. Que se lo lleven y lo pongan a buen recaudo hasta que tenga ganas de decir la verdad, aunque tarde cien años.

    Entonces los elfos lo ataron con correas y lo encerraron en una de las cuevas más interiores, de sólidas puertas de madera, y lo dejaron allí. Le dieron buena comida y bebida en abundancia, pues los elfos no eran trasgos, y se comportaban de modo razonable con los enemigos que capturaban, aun con los peores. Las arañas gigantes eran las únicas cosas vivientes con las que no tenían misericordia,

    Allí, en la mazmorra del rey, quedó el pobre Thorin, y luego de haber dado gracias por el pan, la carne y el agua, empezó a preguntarse qué habría sido de sus infortunados amigos. No tardó mucho en saberlo; pero esto es parte del capítulo siguiente y el comienzo de una nueva aventura en la que el hobbit muestra otra vez su utilidad.


    BARRILES DE CONTRABANDO


    El día que siguió a la batalla con las arañas, Bilbo y los enanos hicieron un último y desesperado esfuerzo por encontrar un camino de salida antes de morir de hambre y sed. Se incorporaron y fueron tambaleándose hacia el sitio en que corría el sendero, según decían ocho de los trece; pero nunca descubrieron si habían acertado. Un día como todos los del bosque se desvanecía una vez más en una noche negra, cuando las luces de muchas antorchas aparecieron de súbito todo alrededor, como cientos de estrellas rojas. Los Elfos del Bosque se acercaron cantando, armados con arcos y lanzas, y dieron el alto a los enanos.

    Nadie pensó en luchar. Aun si los enanos no se hubiesen encontrado en una situación tal que les alegraba realmente ser capturados, los pequeños cuchillos, las—únicas armas que tenían, hubieran sido inútiles contra las flechas de los elfos, que podían golpear el ojo de un pájaro en la oscuridad. De modo que se contentaron con detenerse, y se sentaron, y aguardaron, todos excepto Bilbo, que se puso rápido el anillo y se deslizó a un lado. Así se explica que cuando los elfos ataron a los enanos en una larga hilera, uno tras otro, y los contaron, nunca encontraron ni contaron al hobbit.

    No lo oyeron ni lo sintieron mientras corría al trote bastante atrás de la luz de las antorchas, mientras ellos llevaban a los prisioneros por el bosque. Les habían vendado los ojos a todos, pero esto no cambiaba mucho las cosas, pues aun Bilbo, que podía utilizar bien los ojos, no podía ver a dónde iban, y de todos modos ni él ni los otros sabían de dónde habían partido.

    Bilbo trataba por todos los medios de no quedarse demasiado atrás, pues los elfos hacían marchar a los enanos con una rapidez que nunca habían conocido, sobre todo enfermos y fatigados como estaban. El rey había ordenado que se dieran prisa. De pronto, las antorchas se detuvieron, y el hobbit tuvo el tiempo justo para alcanzarlos antes que comenzasen a cruzar el puente. Este era el puente que cruzaba el río y llevaba a las puertas del rey. El agua se precipitaba oscura y violenta por debajo; y en el otro extremo había portones que cerraban una enorme caverna en la ladera de una pendiente abrupta cubierta de árboles. Allí las grandes hayas descendían hasta la misma ribera, y hundían los pies en el río.

    Los elfos empujaron a los prisioneros a través del puente, pero Bilbo vaciló en la retaguardia. No le gustaba nada el aspecto de la caverna, y sólo a último momento se decidió a no abandonar a sus amigos, y se deslizó casi pisándole los talones al último de los elfos, antes de que los grandes portones del rey se cerrasen detrás con un golpe sordo.

    Dentro los pasadizos estaban iluminados con antorchas de luz roja, y los guardias elfos cantaban marchando por corredores retorcidos, entrecruzados y resonantes. No se parecían a los túneles de los trasgos: eran más pequeños, menos profundos, y de un aire más puro. En un gran salón con pilares tallados en la roca viva, estaba sentado el rey elfo en una silla de madera labrada. Llevaba en la cabeza una corona de bayas y hojas rojizas, pues el otoño había llegado de nuevo. En la primavera se ceñía una corona de flores de los bosques. Sostenía en la mano un cetro de roble tallado.

    Los prisioneros fueron llevados al rey, y aunque él los miró con severidad, ordenó que los desataran, pues estaban andrajosos y fatigados. —Además, no necesitan cuerdas —dijo—. No hay escapatoria de mis puertas mágicas para aquellos que alguna vez son traídos aquí.

    Larga e inquisitivamente preguntó a los enanos sobre lo que hadan, y a dónde iban, y de dónde venían; pero no consiguió sacarles más noticias que a Thorin. Se sentían desanimados y enfadados, y ni siquiera intentaron parecer corteses.

    —¿Qué hemos hecho, oh rey? —dijo Balin, el más viejo de los que quedaban— ¿Es un crimen perderse en el bosque, tener hambre y sed, ser atrapado por las arañas? ¿Son acaso las arañas vuestras bestias domesticadas o vuestros animales falderos, y por eso os enojáis si las matamos?

    Esta pregunta, desde luego, enojó aún más al rey, quien contestó: —Es un crimen andar por mi país sin mi permiso. ¿Olvidas que estabas en mi reino, utilizando el camino que mi pueblo abrió una vez? ¿Acaso por tres veces no acosasteis e importunasteis a mi gente en el bosque, y despertasteis a las arañas con vuestros gritos y tumultos? ¡Después de todo el disturbio que habéis provocado tengo derecho a saber qué os trae por aquí, y si no me lo contáis ahora, os encerraré a todos hasta que hayáis aprendido a ser sensatos y a tener buenas maneras!

    Luego ordenó que pusieran a cada uno de los enanos en celdas separadas y les dieran comida y bebida, pero que no se les permitiese dejar el calabozo, hasta que al menos uno de ellos se decidiera a decir todo lo que él quería saber. Pero no les dijo que Thorin había sido hecho prisionero. Bilbo mismo lo descubrió.

    ¡Pobre señor Bolsón!... Fue una larga y aburrida temporada la que pasó en aquel sitio, a solas, y siempre oculto, nunca atreviéndose a sacarse el anillo, y apenas atreviéndose a dormir, aun escondido en los rincones más oscuros y remotos que podía encontrar, Por hacer algo se dedicó a recorrer el palacio del rey elfo. Unas puertas mágicas cerraban la entrada, pero a veces podía salir, si era rápido. Compañías de los Elfos del Bosque, algunas veces con el rey a la cabeza, salían de cuando en cuando de cacería, o a otros asuntos, a los bosques y a las tierras del Este. Entonces, si Bilbo se apresuraba, podía deslizarse fuera detrás de ellos; aunque era un riesgo muy peligroso. Más de una vez estuvo a punto de ser alcanzado por las puertas, cuando batían juntas al pasar el último elfo; todavía no se atrevía a marchar entre ellos a causa de la sombra que echaba (tenue y vacilante a la luz de las antorchas), o por miedo a que tropezasen con él y lo descubriesen. Y cuando salía, lo que no era muy frecuente, no servía de mucho. No deseaba abandonar a los enanos, y en verdad sin ellos no hubiera sabido a dónde ir. No podía marchar al paso de los elfos cazadores durante el tiempo que estaban fuera, así que nunca descubría los caminos de salida del bosque y se quedaba errando tristemente por la floresta, aterrorizado de perderse, hasta que aparecía una oportunidad de regresar. Además pasaba hambre fuera, pues no era cazador, mientras que en el interior de las cavernas podía ganarse la vida de alguna forma, robando comida del almacén o la mesa cuando no había nadie a la vista.

    Soy como un saqueador que no puede escapar, y ha de seguir saqueando miserablemente la misma casa, día tras día pensaba. "!Esta es la parte más monótona y gris de una desdichada, fatigosa, e incómoda aventura! ¡Desearía estar de vuelta en mi agujero—hobbit junto a mi propio fuego, y a la luz de la lámpara!" A menudo deseaba también enviar un mensaje de socorro al mago, pero aquello, desde luego, era del todo imposible; y pronto comprendió que si algo podía hacerse, tendría que hacerlo él mismo, solo y sin ayuda.

    Por fin, luego de una o dos semanas de esta vida furtiva, observando y siguiendo a los guardias y aprovechando todas las oportunidades, se las arregló para descubrir dónde estaban encerrados los enanos. Encontró las doce celdas en sitios distintos del palacio, y al cabo de un tiempo consiguió conocer el camino bastante bien. Cuál no sería su sorpresa cuando oyó por casualidad una conversación de los guardianes y se enteró de que había otro enano en prisión, en un lugar especialmente profundo y oscuro. Adivinó en seguida, por supuesto, que se trataba de Thorin; y descubrió al poco tiempo que la suposición era correcta. Después de muchas dificultades consiguió encontrar el lugar cuando nadie rondaba y tener unas pocas palabras con el jefe de los enanos.

    Thorin se sentía demasiado desdichado para que sus propios infortunios continuaran enfadándolo mucho tiempo, y ya estaba pensando en contarle al rey todo lo del tesoro y la búsqueda (lo que prueba qué deprimido se sentía), cuando oyó la vocecita de Bilbo en el agujero de la cerradura. No podía creerlo. Pronto, sin embargo, entendió que no podía estar equivocado y se acercó a la puerta; y sostuvo una larga y susurrante charla con el hobbit al otro lado.

    Así fue como Bilbo fue capaz de llevar en secreto un mensaje de Thorin a cada uno de los otros enanos prisioneros, diciéndoles que Thorin, el jefe, estaba también en prisión, muy cerca, y que nadie revelara al rey el objeto de la misión, no todavía, no antes que Thorin lo ordenase. Pues Thorin se sintió otra vez animado al oír cómo el hobbit había salvado a los enanos de las arañas, y resolvió de nuevo no pagar un rescate (prometiéndole al rey una parte del tesoro) hasta que toda Otra esperanza de salir de allí se hubiese desvanecido; en realidad hasta que el extraordinario señor Bolsón Invisible (de quien empezaba a tener en verdad una opinión muy alta) hubiese fracasado por completo en encontrar una solución más ingeniosa.

    Los otros enanos estuvieron por completo de acuerdo cuando recibieron el mensaje. Todos pensaron que las partes del tesoro que les tocaban (y de las que se consideraban los verdaderos dueños, a pesar de la situación en que se encontraban ahora y del todavía invicto dragón) se verían seriamente disminuidas si los Elfos del Bosque reclamaban una porción; y todos confiaban en Bilbo. Exactamente lo que Gandalf había anunciado, como veis. Tal vez ésa era parte de la razón por la que sé marchó y los dejó.

    Bilbo, sin embargo, no se sentía tan optimista. No le gustaba que alguien dependiera de él, y deseaba que el mago estuviese al alcance. Pero era inútil; quizá estaban separados por toda la oscura extensión del Bosque Negro. Se sentó y pensó y pensó, hasta que casi le estalló la cabeza, pero no se le ocurrió ninguna idea brillante. Un anillo invisible era algo de veras valioso, aunque no de mucha utilidad entre catorce. Pero desde luego, como habréis adivinado, al final rescató a sus amigos, y así es como sucedió:

    Un día mientras curioseaba y deambulaba, Bilbo descubrió algo muy interesante: los grandes portones no eran la única entrada a las cavernas. Un arroyo corría por debajo del palacio, y se unía al Río del Bosque un poco al este, más allá de la cuesta empinada en la que se abría la boca principal. En la ladera de la colina donde nacía este curso subterráneo había una compuerta. La bóveda rocosa descendía a la superficie del agua, y desde allí podía dejarse caer un portalón hasta el mismo lecho del río, para impedir que alguien entrase o saliese. Pero el portalón estaba abierto a menudo, pues mucha gente iba y venía por la compuerta. Si alguien hubiese llegado por ese camino, se habría encontrado en un túnel oscuro y tosco que se adentraba en el corazón de la colina; pero debajo de las cavernas, en cierto sitio, el techo había sido horadado y tapado con grandes escotillas de roble, que comunicaban con las bodegas del rey. Allí se amontonaban barriles y barriles y barriles; pues los Elfos del Bosque, y sobre todo el rey, eran muy aficionados al vino, aunque no había viñas en aquellos parajes. El vino, y otras mercancías eran traídos desde lejos, de la tierras que habitaban los parientes del Sur, o de los viñedos de los Hombres en tierras distantes.

    Escondido detrás de uno de los barriles más grandes, Bilbo descubrió las escotillas y para qué servían, y escuchando la charla de los sirvientes del rey, se enteró de cómo el vino y otras mercancías remontaban los ríos, o cruzaban la tierra, hasta el Lago Largo. Parecía que una ciudad de Hombres aún prosperaba allí, construida sobre puentes, lejos, aguas adentro, como una protección contra enemigos de toda suerte, y especialmente contra el dragón de la Montaña. Traían los barriles desde la Ciudad del Lago, remontando el Río del Bosque. A menudo los ataban juntos como grandes almadías y los empujaban aguas arriba con pértigas o remos; algunas veces los cargaban en botes planos.

    Cuando los barriles estaban vacíos, los elfos los arrojaban a través de las escotillas, abrían la compuerta, y los barriles flotaban fuera en el arroyo, hasta que eran arrastrados por la corriente a un sitio lejano río abajo, donde la ribera sobresalía, cerca de los lindes orientales del Bosque Negro. Allí eran recogidos y atados juntos, y flotaban de vuelta a la ciudad, que se alzaba cerca del punto donde el Río del Bosque desembocaba en el Lago Largo.

    Bilbo estuvo sentado un tiempo meditando sobre esta compuerta, y preguntándose si los enanos podrían escapar por allí, y al fin tuvo el desesperado esbozo de un plan.

    Habían servido la comida de la noche a los prisioneros. Los guardias se alejaron con pasos pesados bajando los pasadizos, llevando la luz de las antorchas con ellos y dejando todo a oscuras. Entonces Bilbo oyó la voz del mayordomo del rey que daba las buenas noches al jefe de los guardias.

    —Ahora ven conmigo —dijo—, y prueba el nuevo vino que acaba de llegar Estaré trabajando duro esta noche, limpiando las bodegas de barriles vacíos, de modo que tomemos primero un trago, para que me ayude a trabajar.
    —Muy bien —rió el jefe de los guardias— Lo probaré contigo, y veré si es digno de la mesa del rey. ¡Hay un banquete esta noche y no habría que mandar nada malo!

    Cuando Bilbo oyó esto, se excitó sobremanera, pues entendió que la suerte lo acompañaba, y que pronto tendría ocasión de intentar aquel plan desesperado. Siguió a los dos elfos, hasta que entraron en una pequeña bodega y se sentaron a una mesa en la que había dos jarros grandes. Los elfos empezaron a beber y a reír alegremente. Una suerte desusada acompañó entonces a Bilbo. Tiene que ser un vino muy poderoso el que ponga somnoliento a un elfo del bosque; pero este vino, parecía, era la embriagadora cosecha de los gran des jardines de Dorwinion, no destinado a soldados o sirvientes, sino sólo a los banquetes del rey, y para ser servido en cuencos más pequeños, no en los grandes jarros del mayordomo.

    Muy pronto el guardia jefe inclinó la cabeza; luego la apoyó sobre la mesa y se quedó profundamente dormido. El mayordomo continuó riendo y charlando consigo mismo durante un rato, distraído al parecer, pero luego él también inclinó la cabeza, y cayó dormido y roncando al lado del guardia. El hobbit se escurrió entonces en la bodega, y un momento después el guardia jefe ya no tenía las llaves, mientras Bilbo trotaba tan rápido como le era posible, a lo largo de los pasadizos, hacia las celdas. El manojo de llaves le parecía muy pesado, y a veces se le encogía el corazón, a pesar del anillo, pues no podía evitar que las llaves tintineasen de cuando en cuando, estremeciéndolo de pies a cabeza.

    Primero abrió la puerta de Balin, y la cerró de nuevo con cuidado tan pronto como el enano estuvo fuera.

    Balin parecía muy sorprendido, como podéis imaginar; pero en cuanto dejó aquella habitación de piedra agobiante y minúscula, se sintió muy contento y quiso detenerse y hacer preguntas, y conocer sintió muy contento y quiso detenerse y hacer preguntas, y conocer los planes de Bilbo, y todo lo demás.

    —¡No hay tiempo ahora! —dijo el hobbit—. Simplemente sígueme. Tenemos que mantenernos juntos y no arriesgarnos a que nos separen. Tenemos que escapar todos o ninguno, y esta es la última oportunidad. Si se descubre, quién sabe dónde os pondrá el rey entonces, con cadenas en las manos y los pies, supongo. ¡No discutas, sé un buen muchacho!

    Luego fueron de puerta en puerta, hasta que los siguieron los otros doce, ninguno de ellos demasiado ágil, a causa de la oscuridad y el largo encierro. El corazón de Bilbo latía con violencia cada vez que uno de ellos tropezaba, gruñía, o susurraba en las tinieblas, —¡Maldita sea este jaleo de enanos! —se dijo. Pero no ocurrió nada desagradable, y no tropezaron con ningún guardia. En realidad, había un gran banquete otoñal aquella noche en los bosques y en los salones de arriba. Casi toda la gente del rey estaba de fiesta.

    Al fin, luego de extraviarse varias veces, llegaron a la mazmorra de Thorin, bien abajo, en un sitio profundo, y por fortuna no lejos de las bodegas.

    —¡Qué te parece! —dijo Thorin, cuando Bilbo le susurró que saliera y se uniera a los otros—. ¡Gandalf dijo la verdad, como de costumbre! Eres un buen saqueador, parece, cuando llega el momento. Estoy seguro de que estaremos siempre a tu servicio, ocurra lo que ocurra. Pero, ¿qué viene ahora?

    Bilbo entendió que había llegado el momento de explicar el plan, dentro de lo posible; aunque no sabía muy bien cómo reaccionarían los enanos. Estos temores estaban bastante justificados, pues lo que él les dijo no les gustó y se pusieron a refunfuñar y a gritar a pesar del peligro.

    —¡Nos magullaremos y nos haremos pedazos, y nos ahogaremos también, seguro! —dijeron—. Creímos que habías ideado algo sensato cuando te apoderaste de las llaves. ¡Esto es una locura!
    —¡Muy bien! —dijo Bilbo desanimado, y también bastante molesto—. Regresad a vuestras agradables celdas, os encerraré otra vez, y allí podréis sentaros cómodamente y pensar en un plan mejor... aunque supongo que no conseguiré de nuevo las llaves, aun cuando me sintiese con ganas de intentarlo.

    Aquello fue demasiado para ellos, y se calmaron. Al final, desde luego, tuvieron que hacer exactamente lo que Bilbo había sugerido, pues era obviamente imposible buscar y encontrar el camino en los salones de arriba, o luchar y salir cruzando unas puertas que se cerraban por arte de magia; y no era bueno refunfuñar en los pasadizos y esperar a que los capturasen otra vez. De modo que siguiendo con cautela al hobbit, fueron a las bodegas de abajo. Pasaron ante la puerta de la bodega donde el jefe de los guardias y el mayordomo todavía roncaban felices con rostros sonrientes. El vino de Dorwinion produce sueños profundos y agradables. Habría una expresión diferente en la cara del jefe de los guardias al otro día, aun cuando Bilbo, antes de continuar, se deslizó sigiloso y amablemente le puso las llaves de vuelta en el cinturón.

    —Eso le ahorrará alguno de los problemas en qué está metido —se dijo—. No era un mal muchacho, y trató con decencia a los prisioneros. Quedarán muy desconcertados. Pensarán que teníamos una magia muy poderosa para traspasar las puertas cerradas y desaparecer. ¡Desaparecer! ¡Tenemos que darnos prisa, si queremos que así sea!

    Se encargó a Balin que vigilase al guardia y al mayordomo, y avisara si hacían algún movimiento. El resto entró en la bodega aledaña, donde estaban las escotillas. Había poco tiempo que perder. En breve, como sabía Bilbo, algunos elfos bajarían a ayudar al mayordomo en la tarea de pasar los barriles vacíos por las puertas y echarlos al río. Los barriles estaban ya dispuestos en hileras en medio del suelo, aguardando a que los empujasen. Algunos eran barriles de vino, y no muy útiles, pues no podían abrirse por el fondo sin hacer ruido, ni cerrarse de nuevo con facilidad. Pero había algunos que habían servido para traer otras mercancías, mantequilla, manzanas y toda suerte de cosas, al palacio del rey.

    Pronto encontraron trece cubas con espacio suficiente para un enano en cada una. En verdad, algunas eran demasiado grandes, y los enanos pensaron con angustia en las sacudidas y topetazos que soportarían dentro, aunque Bilbo buscó paja y otros materiales para empacarlos lo mejor que pudo, en tan corto tiempo. Por último, doce enanos estuvieron dentro de los barriles. Thorin había causado muchas dificultades, y daba vueltas y se retorcía en la cuba, y gruñía como perro grande en perrera pequeña; mientras que Balin, que fue el último, levantó un gran alboroto a propósito de los agujeros para respirar, y dijo que se estaba ahogando aun antes de que taparan el barril. Bilbo había tratado de cerrar los agujeros en los costados de los barriles y sujetar bien todas las tapaderas, y ahora se encontraba de nuevo solo, corriendo alrededor, dando los últimos toques al embalaje, y aguardando contra toda esperanza que el plan no fracasara.

    Había concluido con el tiempo justo. Sólo uno ó dos minutos después de encajar la tapadera de Balin, llegó un sonido de voces y un parpadeo de luces. Algunos elfos venían riendo y charlando y cantando a las bodegas. Habían dejado un alegre festín en uno de los salones y estaban resueltos a retornar tan pronto como les fuese posible.

    —¿Dónde está el viejo Galion, el mayordomo? —dijo uno—. No lo he visto a la mesa esta noche. Tendría que encontrarse aquí ahora, para mostrarnos lo que hay que hacer.
    —Me enfadaré si el viejo perezoso se retrasa —dijo Otro— ¡No tengo ganas de perder el tiempo aquí abajo mientras se canta allá arriba!
    —¡Ja, ja! —llegó una carcajada— ¡Aquí está el viejo tunante con la cabeza metida en un jarro! Ha estado montando un pequeño banquete para él y su amigo el capitán.
    —¡Sacúdelo! ¡Despiértalo! —gritaron los otros, impacientes.

    A Galion no le gustó nada que lo sacudieran y despertaran, y mucho menos que se rieran de él. —Estáis retrasados —gruñó—. Aquí estoy yo, esperando y esperando, mientras vosotros bebéis y festejáis y olvidáis vuestras tareas. ¡No os maraville que caiga dormido de aburrimiento!

    —No nos maravilla —dijeron ellos—, ¡cuando la explicación está tan cerca en un jarro! ¡Vamos, déjanos probar tu soporífero antes de que comencemos la tarea! No es necesario despertar al joven de las llaves. Por lo que parece, ha tenido su ración.

    Bebieron entonces una ronda, y de repente todos se pusieron muy contentos. Pero no perdieron por completo la cabeza. —¡Sálvanos, Galion! —gritó alguien—. ¡Empezaste la fiesta temprano y se te embotó el juicio! Has apilado aquí algunos toneles llenos en lugar de los vacíos, a juzgar por lo que pesan.

    —¡Continuad con el trabajo! —gruñó el mayordomo— Los brazos ociosos de un levantacopas nada saben de pesos. Estos son los que hay que llevar y no otros. ¡Haced lo que digo!
    —¡Está bien, está bien! —le respondieron haciendo rodar los barriles hasta la abertura—. ¡Tú serás el responsable si las cubas de mantequilla del rey y el vino mejor son empujados al río para qué los hombres del lago se regalen gratis!

    ¡Rueda—rueda—rueda—rueda,
    rueda—rueda—rueda bajando a la cueva!
    ¡Levantad, arriba, que caigan a plomo!
    Allá abajo van, chocando en el fondo.


    Así cantaban, mientras primero uno, y luego otro, los barriles bajaban retumbando a la oscura abertura y eran empujados hacia las aguas frías que corrían unos pies más abajo. Algunos eran barriles realmente vacíos; algunos eran cubas bien cerradas con un enano dentro; todos cayeron, uno tras otro, golpeando y entrechocándose, precipitándose en el agua, sacudiéndose contra las paredes del túnel, y flotando lejos corriente abajo.

    Fue entonces precisamente cuando Bilbo descubrió de pronto el punto débil del plan. Seguro que ya os disteis cuenta hace tiempo, y os habéis reído de él; pero no creo que hubierais conseguido ni la mitad de lo que él consiguió. ¡Por supuesto, él no estaba en ningún barril, ni había nadie allí para empacarlo, aun si se hubiera presentado la oportunidad! Parecía como si esta vez fuese a perder de veras a sus amigos (ya habían desaparecido casi todos a través de la escotilla oscura), que lo dejarían atrás para siempre, de modo que él tendría que quedarse allí escondido, como un saqueador sempiterno de las cuevas de los elfos. Pues aun si hubiera podido escapar en seguida por los portones superiores, no tenía muchas posibilidades de reencontrarse con los enanos. No sabía cómo llegar al sitio donde recogían los barriles. Se preguntó qué demonios les ocurriría sin él; pues no había tenido tiempo de contar a los enanos todo lo que había averiguado, o lo que se había; propuesto hacer, una vez fuera del bosque.

    Mientras todos estos pensamientos le cruzaban por la mente, los elfos, que parecían ahora muy animados, comenzaron a entonar una canción junto a la puerta del río. Algunos habían ido ya a tirar de las cuerdas que alzaban la compuerta para dejar salir a los barriles tan pronto como todos flotaran abajo.

    ¡Bajas la rápida corriente oscura
    de vuelta a tierras que antaño conociste!
    Deja las salas y cavernas profundas.
    las escarpadas montañas del norte,
    en donde el bosque tenebroso y ancho
    en sombras grises y hoscas se inclina.

    Más allá de este mundo de árboles
    flota saliendo hacia la brisa,
    más allá de las cañadas y los juncos,
    más allá de las hierbas del pantano,
    en la neblina blanca que asciende
    del lago nocturno y de los charcos.

    ¡Sigue, sigue a las estrellas que asoman
    arriba en cielos fríos y empinados,
    gira con el alba sobre la tierra,
    sobre la arena, sobre los rápidos!

    ¡Lejos al Sur, y más lejos al Sur!
    ¡Busca la luz del sol y la del día,
    de vuelta a los pastos, y a los prados,
    que vacas y bueyes apacentan!

    ¡De vuelta a los jardines de las lomas
    donde las bayas crecen y maduran
    bajo la luz del sol y bajo el día!
    ¡Lejos al Sur, más lejos al Sur!
    ¡Bajas la rápida corriente oscura
    de vuelta, a tierras que antaño conociste!


    ¡Ya el último de los barriles iba rodando hacia las puertas! Desesperado, y no sabiendo qué hacer, el pobre pequeño Bilbo se aferró al barril y fue empujado con él sobre el borde. Cayó abajo en el agua fría y oscura, con el barril encima, y subió otra vez balbuceando y arañando la madera corno una rata, pero a pesar de todos sus esfuerzos no pudo trepar. Cada vez que lo intentaba, el barril daba una media vuelta y lo sumergía otra vez. El barril estaba realmente vacío, y flotaba como un corcho. Aunque Bilbo tenía las orejas llenas de agua, aún podía oír a los elfos, cantando arriba en la bodega. Entonces, de súbito, las escotillas cayeron y las voces se desvanecieron a lo lejos. Bilbo estaba ahora en un túnel oscuro, flotando en el agua helada, completamente solo... pues no puedes contar con amigos que flotan encerrados en barriles.

    Muy pronto una mancha gris apareció delante, en la oscuridad. Oyó el chirrido de la compuerta que se levantaba, y se encontró en medio de una fluctuante y entrechocante masa de toneles y cubas, todos empujan do juntos para pasar por debajo del arco y salir a las aguas del río. Trató por todos los medios de impedir que lo golpearan y machacaran; pero al fin, los barriles apiñados comenzaron a dispersarse y a balancearse, uno por uno, bajo la arcada de piedra y más allá. Entonces Bilbo vio que no le habría servido de mucho si hubiese subido a horcajadas sobre el barril, pues apenas había espacio, ni siquiera para un hobbit, entre el barril y el techo ahora inclinado de la compuerta.

    Fuera salieron, bajo las lamas que colgaban desde las dos orillas. Bilbo se preguntaba qué sentirían en ese momento los enanos, y si no estaría entrando agua en las cubas. Algunas de las que pasaban flotando en la oscuridad, junto a él, parecían bastante hundidas en el agua, y supuso que llevarían enanos dentro.

    ¡Espero haber ajustado bastante las tapas! pensó, pero en seguida estuvo demasiado preocupado por sí mismo para acordarse de los enanos, Conseguía mantener la cabeza sobre el agua de algún modo, la suerte cambiase, cuanto tiempo seria capaz de resistir, y si podía correr el