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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    BAJO LA PIEL (Michel Faber)

    Publicado el domingo, diciembre 28, 2014

    Quiero dar las gracias a Jeff, a Fuggo y
    sobre todo, a Eva, mi mujer,
    por haberme devuelto a la tierra.


    Capítulo 1


    Cuando Isserley divisaba a un autoestopista, en principio siempre pasaba de largo para tener tiempo de observarlo. Buscaba grandes músculos: un pedazo de cuerpo con patas. Los ejemplares pequeños o enclenques no le interesaban.

    Pero apreciar la diferencia entre unos y otros al primer golpe de vista podía resultar sorprendentemente difícil. Cabía pensar que, en una carretera de segundo orden, un autoestopista solitario destacaría a un kilómetro de distancia, como ocurre con un monumento o un silo; cabía pensar que resultaría fácil calibrarlo sin prisas al írsele acercando, desvestirlo mentalmente y tomar una decisión antes de estar a su altura. Pero Isserley había descubierto que las cosas no eran tan sencillas.

    El solo hecho de ir conduciendo por las Highlands ya era una tarea absorbente en sí misma: en la carretera siempre había más cosas de las que se ven en las postales. Ni siquiera en la calma nacarada de un amanecer invernal, cuando la neblina aún reposaba sobre los prados que bordeaban la A9, se podía confiar en que hubiera trechos muy largos sin obstáculos. Cada mañana encontraba, desparramados por el asfalto, restos recientes e irreconocibles de peludas criaturas silvestres, testimonios congelados de unos momentos en el tiempo en los que unos seres vivos habían confundido la carretera con su hábitat natural.

    Isserley también solía aventurarse a salir a unas horas en las que el silencio era tan prehistórico que su vehículo hubiera podido ser el primero que rodaba por una carretera. Era como si la hubieran transportado a un mundo tan reciente que las montañas aún debieran experimentar algunos cambios y los valles frondosos todavía tuvieran que convertirse en mares.

    Sin embargo, una vez que se lanzaba con su cochecito a la carretera desierta y ligeramente húmeda, solía ser simple cuestión de minutos que detrás de ella aparecieran otros coches que también se dirigían al sur y que no se conformaban con ir al ritmo que ella marcara, como va una oveja tras otra por un sendero estrecho, sino que la obligaban a conducir más deprisa por aquella carretera de un solo carril, a menos que quisiera oír un concierto de cláxones.

    Y, además, al ser aquélla una arteria principal, tenía que estar atenta a todos los senderillos capilares que desembocaban en ella. Sólo algunos estaban claramente señalizados, como si una especie de selección natural los hubiera elegido para tal distinción; la mayoría estaban camuflados entre los árboles. Y, aunque Isserley tenía preferencia, no estaba de más prestarles atención, ya que cualquiera de ellos podía ocultar un tractor impaciente que, si se cruzaba en su camino, apenas sufriría las consecuencias de su error, mientras que ella quedaría despanzurrada sobre el asfalto.

    Sin embargo, la mayor fuente de distracción no la constituía la amenaza de aquel peligro, sino la seducción de la belleza. Una zanja resplandeciente por el agua de la lluvia, una bandada de gaviotas siguiendo una máquina sembradora por un campo cubierto de abono, el reflejo de la lluvia al caer dos o tres montañas más allá, y hasta el vuelo en las alturas de un ostrero solitario, podían hacer que Isserley casi se olvidara de para qué estaba en la carretera. A veces iba en el coche mirando el color dorado que adquirían las granjas lejanas al salir el sol, cuando, de pronto, algo mucho más cercano, pardo por las sombras, se metamorfoseaba de rama de árbol o amasijo de escombros en bípedo carnoso con un brazo extendido.

    Y entonces se acordaba; aunque a veces lo hacía cuando ya estaba a su lado, rozando casi la mano del autoestopista, tan cerca, que podría haberle arrancado los dedos como si fueran ramitas sólo con que hubieran sido unos centímetros más largos.

    Pisar el freno era impensable. Así que dejaba el pie sobre el acelerador sin inmutarse, se mantenía en la fila de coches y se limitaba a sacar una fotografía mental mientras pasaba de largo a toda velocidad, como los demás.

    A veces, al examinar aquella imagen mental mientras continuaba conduciendo, se daba cuenta de que pertenecía a una hembra. A Isserley no le interesaba el sexo femenino. Por lo menos, no en ese sentido. Que la recoja otro, pensaba.

    Pero si quien hacía autoestop era un macho, solía dar la vuelta para echarle otro vistazo, a menos que fuese obvio que se trataba de un tipo que, físicamente, no valía nada. En el caso de que le hubiera causado una impresión favorable, cambiaba de sentido en cuanto no resultara peligroso y, por supuesto, donde ya no pudiera verla, porque no quería que se diera cuenta de su interés. Y entonces, al pasar por el otro lado de la carretera, todo lo despacio que le permitiera el tráfico, lo evaluaba por segunda vez.

    Sólo en muy contadas ocasiones no volvía a encontrarlo. Algún otro conductor, menos precavido o menos exigente, se habría parado y lo habría recogido en el espacio de tiempo que le había llevado cambiar de sentido dos veces. Miraba detenidamente hacia donde creía haberlo visto, por si acaso estaba escondido orinando, cosa a la que eran propensos los machos. Le parecía inconcebible que hubiera desaparecido tan deprisa; tenía un cuerpo tan estupendo, tan excelente, tan perfecto... ¿Por qué había dejado pasar aquella oportunidad? ¿Por qué no había parado nada más verlo?

    Algunas veces la idea de haberlo perdido le resultaba tan difícil de aceptar, que seguía conduciendo durante kilómetros y kilómetros, esperando que quien se lo había arrebatado lo volviese a depositar en la carretera. Las vacas le dirigían miradas inocentes mientras pasaba a toda prisa soltando una nube de humo por el tubo de escape.

    Pero lo más habitual era que el autoestopista siguiera exactamente donde lo había visto la primera vez, quizás con el brazo ligeramente menos erguido o con la ropa moteada de humedad (si había empezado a llover). Mientras pasaba por el otro lado de la carretera, podía mirarle las nalgas y los muslos o fijarse en si tenía la espalda musculosa. Y también podía deducir, por su postura, si se trataba de un macho consciente de sus excelentes condiciones físicas.

    Al pasar de nuevo a su lado, lo miraba detenidamente para corroborar la primera impresión y estar segura de no haberlo sobrevalorado en su imaginación.

    Si pasaba la prueba, paraba el coche y lo invitaba a subir.


    Venía haciendo aquello desde hacía varios años. No pasaba un solo día sin que se dirigiera con su abollado Toyota Corolla rojo a la A9 para iniciar su recorrido. Pero, incluso cuando tenía una buena racha y su autoestima estaba por las nubes, la preocupaba que el último autoestopista al que había recogido resultase, a posteriori, su satisfacción final y que ningún otro diera la talla en el futuro.

    La verdad era que para Isserley aquel reto suponía una emoción adictiva. Podía tener sentado a su lado en el coche a un ejemplar magnífico y, aun sabiendo que se lo iba a llevar a casa, ya empezaba a pensar en el siguiente. Incluso mientras lo estaba admirando, siguiendo con la vista la curva de sus hombros musculosos o el abultamiento de los pectorales bajo la camiseta y saboreando lo magnífico que sería cuando estuviera desnudo, seguía mirando de reojo el arcén por si descubría alguna posibilidad mejor.


    Aquel día no había empezado bien.

    Al cruzar el paso a nivel que había cerca del letárgico pueblo de Fearn, antes de llegar a la autopista, notó un ruidito por encima de la rueda delantera izquierda. Se puso a escucharlo conteniendo la respiración, preguntándose qué le estaría diciendo en su extraño lenguaje. ¿Sería una petición de ayuda, una queja pasajera o una advertencia amistosa? Siguió escuchando durante un rato intentando imaginarse qué podría hacer un coche para que lo entendiesen.

    Aquel Corolla rojo no era el mejor coche que había tenido. Echaba de menos, sobre todo, el Nissan gris familiar con el que había aprendido a conducir. Era un coche que respondía con suavidad, no hacía casi ruido y tenía tanto espacio en la parte de atrás, que hasta habría podido meter una cama. Pero, después de haberlo usado sólo un año, había tenido que deshacerse de él.

    Desde entonces había tenido un par de coches más, pero eran más pequeños, y adaptarles las piezas especiales instaladas en el Nissan, había presentado algunos problemas. El Corolla rojo tenía la dirección dura y, a veces, se mostraba caprichoso. No cabía duda de que quería ser un buen coche, pero tenía sus inconvenientes.

    A sólo unos doscientos metros de la entrada en la autopista, vio a un joven melenudo que caminaba lentamente por el borde de la estrecha carretera con un dedo extendido. Aceleró para pasarlo. El autoestopista levantó desganadamente el brazo, añadiendo dos dedos a su gesto. Los dos se reconocieron vagamente. Vivían por aquella zona pero nunca habían hablado; sólo se habían cruzado en momentos como aquél.

    Isserley tenía por norma evitar a quienes pudieran reconocerla.

    Al hacer el giro para meterse en la A9, a la altura de Kildary, miró el reloj del salpicadero. Los días se iban alargando. Sólo eran las 8.24 y el sol ya se había levantado. Por detrás de una capa de cúmulos absolutamente blancos el cielo tenía un tono amoratado y rosa, que anticipaba la gélida claridad que se avecinaba. No nevaría, pero la escarcha seguiría destellando durante varias horas y la noche caería mucho antes de que el aire tuviera la posibilidad de entibiarse.

    Para los propósitos de Isserley un día tan claro como aquél era bueno para conducir sin peligro, pero no para aquilatar a los autoestopistas. Sería excepcional que un fornido ejemplar fuera en manga corta para demostrar que estaba en forma. La mayoría irían envueltos en prendas de abrigo y jerséis de lana, lo cual le ponía las cosas más difíciles. Hasta un famélico podría parecer fornido si llevaba suficiente ropa encima.

    Por el espejo retrovisor no se veía ningún coche, así que se permitió ir a menos de sesenta por hora, en parte para comprobar qué pasaba con el ruido. Parecía que se había arreglado solo. Sabía que era hacerse ilusiones, pero resultaba reconfortante pensarlo después de haber pasado una noche de dolor incesante, sueños angustiosos y dormitar intermitente.

    Aspiró profunda y trabajosamente por las estrechas ventanas, apenas visibles, de su nariz. El aire puro y frío le produjo un leve mareo, como cuando se inhala éter u oxígeno por medio de una mascarilla. Su conciencia se hallaba en una encrucijada. Dudaba entre despertarse por completo e iniciar una hiperactiva actividad mental o retornar al sueño. Como no se le presentase pronto el estímulo de tener que emprender alguna acción, ya sabía qué camino iba a elegir.

    Pasó por delante de algunos puntos en los que habitualmente se colocaban los autoestopistas, pero no había nadie. Sólo la carretera y el ancho mundo, ambos vacíos.

    Algunas gotas de lluvia perdidas salpicaron el cristal delantero, y los limpiaparabrisas dejaron dos mugrientos manchones semejantes a arcos iris, monocromos en su línea de visión. Tuvo que recurrir al agua del depósito que había bajo el capó y dejar que un chorro que parecía no tener fin cayera un buen rato sobre el cristal hasta conseguir de nuevo una visión clara. Aquella operación la dejó aún más cansada, como si hubiera tenido que hacerla con sus propios fluidos vitales.

    Intentó proyectarse hacia adelante en el tiempo, viéndose ya aparcada en algún lugar con un autoestopista joven y macizo sentado a su lado. Se imaginó jadeando mientras le alisaba el pelo y lo agarraba por la cintura para colocarlo en la postura adecuada. Sin embargo, la fantasía no era suficiente para conseguir que no se le cerraran los ojos.

    Justo cuando ya estaba pensando en buscar algún lugar en el que detenerse para echar una cabezada, divisó una silueta por debajo de la línea del horizonte. El sueño la abandonó al instante y abrió los ojos separando bien los párpados, al tiempo que se acomodaba las gafas. Comprobó el estado de su cara y de su pelo en el espejo retrovisor e hizo un mohín con los labios, que eran tan rojos como si los llevase pintados.

    Con la primera pasada se dio cuenta de que era bastante alto, ancho de hombros y llevaba ropa informal. Levantaba el pulgar y el índice con cierta desgana, como si llevara siglos esperando. O quizás era que no quería parecer demasiado ansioso.

    Al pasar en sentido contrario notó que era bastante joven y que llevaba el pelo muy corto, siguiendo el estilo carcelario escocés. Su ropa era de un color pardo como el del barro, y lo que hubiera dentro de la cazadora la llenaba de un modo impresionante, aunque estaba por ver si eran músculos o grasa.

    Al dirigirse de nuevo hacia él, Isserley se dio cuenta de que realmente era más alto de lo normal. Él observaba su avance, pensando, probablemente, que ya la había visto pasar unos minutos antes, puesto que no había mucho tráfico. Sin embargo, no hizo ninguna seña especial. Se limitó a seguir con la mano extendida de un modo indolente. Rogar era algo que no le iba.

    Isserley fue aminorando la velocidad y paró el coche justo a su lado.

    —Sube —le dijo.
    —¡Salud! —contestó el autoestopista tranquilamente, mientras se acomodaba en el asiento.

    Por aquella sola palabra, dicha sin una sonrisa a pesar de que los músculos faciales habían sonreído, Isserley dedujo que debía de ser de ese tipo de gente a la que le cuesta decir gracias, como si la gratitud fuese una trampa. Nada de lo que pudiera hacer por él le haría sentirse en deuda con ella; todo le parecería natural. Que ella había parado para recogerlo en la carretera, bueno ¿y qué? Le estaba proporcionando gratis algo por lo que un taxi le habría cobrado una fortuna y lo único que se le ocurría decir era «¡Salud!», como si ella fuese un amiguete que estuviese a su lado en el bar y le hubiese hecho un favor nimio, tan mecánico como el de acercarle un cenicero.

    —De nada —respondió Isserley, como si le hubiera dado las gracias—. ¿Adónde vas?
    —Al sur —contestó, y miró hacia el sur.

    Transcurrieron unos segundos muy largos hasta que, por fin, se ajustó el cinturón de seguridad, como aceptando de mala gana que sería la única manera de que se pusiesen en marcha.

    —¿Simplemente al sur? —preguntó Isserley mientras se alejaba del arcén teniendo, como siempre, mucho cuidado de dar a la palanca del intermitente y no a la de las luces ni a la del limpiaparabrisas ni a la de la icpathua.
    —Bueno..., depende —dijo—. ¿Adonde vas tú?

    Isserley hizo un cálculo mental y luego lo miró a la cara para juzgar la reacción a su respuesta.

    —Aún no lo he decidido —contestó—. Para empezar, voy a Inverness.
    —Inverness me va bien.
    —Pero ¿quieres ir más lejos?
    —Todo lo lejos que pueda.

    De pronto apareció un coche en el espejo retrovisor e Isserley tuvo que concentrarse para ver qué iba a hacer. Cuando pudo volverse hacia el autoestopista, éste tenía el rostro impasible. ¿Habría sido su respuesta una broma arrogante, una insinuación sexual o simplemente una constatación prosaica?

    —¿Llevabas mucho esperando? —le preguntó para tirarle de la lengua.
    —¿Perdón?

    Al volverse para mirarla, interrumpió la maniobra de desabrocharse la cremallera de la cazadora. ¿Sería demasiado para su inteligencia desabrochar una cremallera y considerar una sencilla pregunta? Una delgada costra negra medio seca le cruzaba la ceja derecha. ¿Sería de alguna caída durante una borrachera? No tenía los ojos enrojecidos, parecía que se había lavado el pelo hacía poco y no olía mal. ¿Sería, simplemente, tonto?

    —Que si llevabas mucho tiempo esperando donde te he recogido —le explicó.
    —No lo sé —contestó—. No tengo reloj.

    Isserley miró su muñeca; era fuerte y tenía unos pelillos finos y dorados, así como dos venas azuladas que iban hacia el dorso de la mano.

    —Bueno, pero ¿se te ha hecho largo?

    El autoestopista se quedó como pensándolo.

    —Sí —contestó al fin sonriendo.

    Su dentadura no era muy buena.

    Inesperadamente, los rayos de sol se intensificaron, como si en el departamento responsable alguien acabara de darse cuenta de que estaban brillando a la mitad de la potencia recomendada. El cristal delantero se iluminó como si fuera una lámpara y difundió los rayos ultravioleta sobre Isserley y el autoestopista. El coche se llenó de calor, mezclado con una pizca de aire filtrado. La calefacción estaba puesta al máximo, así que poco después el autoestopista ya estaba revolviéndose en su asiento para quitarse la cazadora. Isserley le lanzó una mirada furtiva para comprobar qué tal tenía los bíceps, los tríceps y la curvatura de los hombros.

    —¿Te parece bien que ponga esto en el asiento de atrás? —preguntó él, mientras doblaba la cazadora entre sus grandes manos.
    —Claro —contestó Isserley.

    Contempló los músculos que se le marcaron a través de la camiseta al volverse para echar la cazadora sobre su anorak. Tenía un poco de grasa en la barriga —cerveza, no músculo—, pero no era excesiva, y el bulto que traslucían los pantalones vaqueros resultaba prometedor, aunque la mayor parte lo formarían, probablemente, los testículos.

    Sintiéndose ya más cómodo, se arrellanó en el asiento y le dirigió una breve sonrisa sazonada por toda una vida de asqueroso forraje escocés.

    Isserley le devolvió la sonrisa mientras se preguntaba si lo de la dentadura tendría alguna importancia.

    Comprendió que se estaba acercando al punto de tener que tomar una decisión. Para ser sincera, la verdad es que ya estaba casi decidida y la respiración se le estaba acelerando.

    Hizo un esfuerzo por adelantarse a la adrenalina que sus glándulas empezaban a segregar enviándose mensajes de calma que trataba de asimilar: Pues sí, está bien, es apetecible, pero antes deberías saber algo más sobre él. Tenía que evitar la humillación de dar el primer paso, de creer que se iba a ir con ella y descubrir más adelante que había una esposa o una novia esperándolo.

    Si, por lo menos, le diera conversación... ¿Por qué siempre los que le resultaban atractivos se quedaban sentados en silencio y los que descartaba por alguna deficiencia parloteaban sin cesar? Una vez había dado con un tipo lamentable que, al quitarse el voluminoso chaquetón, dejó a la vista unos bracitos larguiruchos y un torso de palomita. Unos minutos más tarde ya le estaba contando toda su vida. En cambio, si estaban macizos, lo más probable era que se quedaran callados mirando al vacío o que hicieran afirmaciones sobre la vida en general y dejaran a un lado las cuestiones personales con una facilidad de reflejos como la de los atletas.

    Los minutos iban pasando y parecía que el autoestopista se sentía muy a gusto sin despegar los labios. Aunque, por lo menos, se estaba tomando la molestia de dirigir alguna mirada a su cuerpo, a sus pechos en particular. Por lo que podía percibir al mirarlo de soslayo y toparse con sus ojos furtivos, prefería que ella mirara hacia adelante para poder observarla a sus anchas. Pues, muy bien, le proporcionaría una buena vista para comprobar si eso provocaba algún efecto. De todos modos, faltaba poco para llegar al desvío de Evanton, y tenía que concentrarse en el volante. Así que puso la espalda recta y se inclinó un poco hacia adelante, exagerando la concentración con que observaba la carretera, para permitir que la examinara a conciencia.

    De inmediato sintió sobre todo su ser el calor que irradiaba su mirada. Era como una variante de los rayos ultravioleta, y no de menor intensidad.

    Isserley se preguntaba, y lo hacía con enorme interés, qué efecto le habría causado a él, en su extraña inocencia. ¿Sería consciente de todos los esfuerzos que había hecho por él? Apoyó la espalda bien recta sobre el respaldo del asiento y sacó pecho.

    El autoestopista fue plenamente consciente.


    Las tetas eran fantásticas, pero el resto no valía mucho. Era pequeñísima, parecía un crío mirando por encima del volante. ¿Cuánto mediría? De pie, quizás un metro y medio. Qué curioso que hubiera un montón de mujeres con unas tetas estupendas que fueran tan, tan bajitas. Aquella chica sabía de sobra que las tenía bien puestas, por eso las llevaba asomando por el escote de la blusa. Claro, y por eso tenía puesta la calefacción tan fuerte que el coche parecía un horno, para poder llevar aquella blusa negra tan escasa de tela y airearlas y que todo el mundo se las viera, que él se las viera.

    Sin embargo, tenía el resto del cuerpo muy raro. Los brazos eran largos y flacos, y los codos, muy huesudos. No era extraño que llevara una blusa de manga larga. Las muñecas también eran huesudas, y las manos, muy grandes. Pero bueno, con unas tetas como aquéllas...

    Lo cierto era que tenía las manos realmente raras. Mucho más grandes de lo que uno podría pensar teniendo en cuenta el tamaño del resto del cuerpo, pero tan estrechas como... como patas de pollo, y parecían muy fuertes, igual que si hubiera tenido que emplearlas en tareas muy duras. Tal vez trabajara en alguna fábrica. No podía verle bien las piernas porque llevaba unos horribles pantalones de pata de elefante, típicos de los años setenta, que se habían vuelto a poner de moda, y de un color... ¡Dios mío, nada menos que verde brillante...!, y lo que parecían unas Doc

    Martens, aunque nada podía disimular que era paticorta. Pero aquellas tetas... Eran como... Eran como... No sabía con qué compararlas. Eran unas tetas de puta madre, tan juntitas y tan bien puestas, con el sol dándoles de lleno a través del parabrisas.

    Pero, dejando las tetas aparte, se preguntó qué tal sería su cara. De momento no podía vérsela, a causa de su peinado, de modo que tendría que esperar a que la volviera hacia él. Llevaba una melena, de pelo grueso, abundante y de un color pardo grisáceo oscuro, que le caía como una cortina a los lados de la cara, lo cual impedía que se le vieran las mejillas cuando miraba hacia adelante. Era tentador imaginar que tras aquella cabellera se escondía un rostro hermoso, un rostro como el de una cantante pop o una actriz, pero sabía que no sería así. Y la verdad es que, cuando volvió la cabeza hacia él, le impresionó. Era un rostro pequeño y con forma de corazón, como el de los enanitos de los libros infantiles, con una naricita perfecta y una boca de labios fantásticamente carnosos y bien dibujados, como los de las top-models, pero con unas mejillas demasiado regordetas. Y llevaba las gafas más gruesas que había visto en su vida. Le aumentaban tanto los ojos, que parecían de un tamaño doble del normal.

    Había que reconocer que era rarísima. Tenía algo de bombonazo, de vigilante de la playa, pero también algo de vieja pequeñita.

    Y, en cuanto a conducir, conducía como una vieja pequeñita. A ochenta por hora, como mucho. Y aquel anorak tan hortera que llevaba en el asiento de atrás... Probablemente, le faltaba un tornillo. Probablemente, estaba un poco chiflada. Y, además, hablaba de un modo curioso. Era extranjera, eso seguro.

    ¿Le apetecía follársela? Bueno, si se presentaba la ocasión, probablemente, sí. Probablemente, follaría mejor que Janine. Bueno, seguro.

    ¡Janine! ¡Dios!, era increíble cómo el solo hecho de pensar en ella le dejaba con la moral por los suelos. Hasta ese momento había estado de excelente humor. Ay, Janine... Si en algún momento se sentía verdaderamente contento y feliz, sólo tenía que pensar en Janine. ¡Señor, Señor...! ¿Por qué no podría olvidarse de aquel asunto y pensar sólo en las tetas de aquella chica? Allí estaban, resplandecientes bajo el sol, como... Ya sabía qué le recordaban. Le recordaban la luna. Bueno, dos lunas.


    —¿Y qué vas a hacer en Inverness? —le preguntó él de repente.
    —Asuntos de trabajo —respondió ella.
    —¿A qué te dedicas?

    Isserley lo pensó unos instantes. Habían pasado tanto tiempo en silencio, que se había olvidado de qué había decidido ser en aquella ocasión.

    —Soy abogada.
    —¿De verdad?
    —De verdad.
    —¿Como las de la tele?
    —No lo sé, no veo la televisión.

    Lo cual era, más o menos, cierto. Cuando llegó a Escocia se pasaba todo el día ante el televisor, pero luego ya sólo lo ponía para ver las noticias y, muy de vez en cuando, mientras hacía sus ejercicios, miraba un rato lo que estuvieran poniendo.

    —¿Llevas asuntos criminales? —indagó él.

    Ella lo miró un instante a los ojos y vio en ellos una chispa que podía merecer la pena avivar.

    —A veces —dijo encogiéndose de hombros. O intentándolo. Encogerse de hombros mientras iba conduciendo le suponía un esfuerzo físico increíble, especialmente con aquellos pechos suyos.
    —¿Y has llevado alguno jugoso?

    Isserley echó un vistazo al retrovisor y disminuyó la velocidad para que un Volkswagen que tiraba de una caravana pudiera adelantarla.

    —¿Qué quieres decir con lo de jugoso? —preguntó mientras maniobraba para volver al centro de la carretera.
    —Pues no sé... —dijo él, suspirando con un tono entre quejoso y pícaro al mismo tiempo—. De esos en que un hombre mata a su mujer porque está liada con otro.
    —Alguno ha habido —dijo Isserley intentando no comprometerse.
    —¿Y le machacaste?
    —¿Machacarlo?
    —Que si hiciste que le cayera cadena perpetúa.
    —¿Y qué te hace pensar que yo llevaba la acusación? —dijo ella con una sonrisa de suficiencia.
    —Pues, ya sabes, las mujeres se unen contra los hombres.

    Su voz había adquirido un tono muy extraño: triste, amargo incluso, pero insinuante a la vez. Isserley tenía que dar con una buena respuesta.

    —Yo no estoy en contra de los hombres —dijo por fin, con toda intención—. Sobre todo, de los hombres a los que sus mujeres han tratado mal.

    Confiaba en que aquello le dispusiera a hablar.

    Pero él siguió en silencio y se hundió un poco en el asiento. Aunque Isserley lo miró ladeando la cabeza, él no hizo nada para que sus miradas se encontrasen, como si ella hubiese traspasado ciertos límites, así que tuvo que conformarse con leer lo que ponía la camiseta. Decía AC/DC y, estampado en relieve, CONTRA EL SISTEMA. No tenía ni idea de qué quería decir aquello, lo cual la hizo sentirse, de pronto, como cuando pierdes pie en el mar.

    La experiencia le había enseñado que en esos casos lo único que se podía hacer era descender a aguas más profundas.

    —¿Estás casado? —le preguntó.
    —Lo estuve —respondió secamente. La línea del nacimiento del pelo, cortado a cepillo, se le había llenado de brillantes gotas de sudor. Se pasó el dedo pulgar por debajo del cinturón de seguridad para aflojárselo, como si le estuviera asfixiando.
    —Y por eso no te caen bien los abogados —sugirió Isserley.
    —No tuve problemas. Fue una separación amistosa.
    —O sea que no tienes hijos.
    —Se los quedó ella. Así que ¡que le vaya bien!

    Dijo aquello como si su mujer fuera un país lejano y repugnante en el que no hubiera la menor posibilidad de implantar las costumbres de una sociedad civilizada.

    —No pretendía ser indiscreta —dijo Isserley.
    —No te preocupes.

    Siguieron adelante. Lo que pareció que iba a producir una intimidad progresiva había derivado en un mutuo malestar.

    El sol había ascendido en el horizonte hasta situarse sobre el techo del coche, y lanzaba sobre el parabrisas una deslumbrante luz blanca que amenazaba con causarles escozor en los ojos. El bosque que había por el lado del conductor era cada vez menos espeso, y empezaba a verse un terraplén escarpado, repleto de enredaderas y campanillas. Señales escritas en diferentes idiomas, desconocidos para Isserley, recordaban a los conductores extranjeros que no condujesen por la derecha.

    La temperatura del interior del coche había empezado a resultar sofocante incluso para ella, que solía aguantar bien tanto el frío como el calor extremos. Hasta se le habían empezado a empañar las gafas, pero no podía quitárselas en aquel momento: no podía permitir que él le viese los ojos. Un fino hilillo de sudor le bajaba lentamente desde el cuello hasta el esternón y se demoraba en el borde del escote. Pero no parecía que el autoestopista lo hubiera notado. Tamborileaba con las manos sobre los muslos el ritmo de alguna melodía que ella no podía oír. Cuando notó que le miraba, dejó de hacerlo y cruzó las manos sobre la entrepierna.

    ¿Qué había pasado? ¿Qué había producido aquella desazonadora metamorfosis? Justo cuando había empezado a considerarlo como una posibilidad atractiva, parecía como si él se hubiera retraído. Ya no era el mismo que había subido a su coche hacía veinte minutos. ¿Sería uno de esos torpes paletos que pierden la seguridad en el terreno sexual en cuanto se les recuerda a las hembras de su vida? ¿O sería culpa de ella?

    —Puedes abrir la ventana si tienes calor —le sugirió.

    Él asintió con la cabeza sin pronunciar palabra.

    Isserley apretó un poco el acelerador pensando que a él le agradaría, pero lo único que provocó fue que suspirara y se reclinase un poco más en el asiento, como si aquel insignificante aumento de velocidad solamente le hubiera recordado lo despacio que se dirigían hacia ninguna parte.

    Quizás no debiera haber dicho que era abogada. Quizás, si hubiera dicho que era dependienta en una tienda, o maestra en un jardín de infancia, habría logrado que él charlara más. Pero es que había supuesto que tenía un carácter fuerte, duro; había pensado que tendría una historia delictiva de la que empezaría a hablar para provocarla o para tantear su punto de vista. Quizás lo único realmente prudente habría sido decir que era ama de casa.

    —Y tu mujer —dijo para reanudar la conversación, esforzándose en adoptar un tono tranquilizador de camaradería masculina, ese tono que uno espera de un amiguete en la barra del bar—, ¿se quedó con la casa?
    —Sí... Bueno, no. —Tomó una bocanada de aire—. Tuve que venderla y darle la mitad. Ella se marchó a vivir a Bradford y yo me quedé aquí.
    —¿Dónde es aquí? —preguntó Isserley, haciendo un gesto con la cabeza que abarcaba todo el horizonte y con el que esperaba que se diera cuenta de lo lejos que estaban ya de donde lo había recogido.
    —En Milnafua —dijo riéndose, consciente de lo ridículo que sonaba aquel nombre.

    A Isserley lo de Milnafua le sonaba totalmente normal; más normal incluso que Londres o Dundee, nombres que le costaba pronunciar. Sin embargo, agradeció que para él sonase estrafalario.

    —Allí no hay trabajo, ¿verdad? —preguntó, dándolo por sentado y suponiendo que aquello le proporcionaría una nota de complicidad masculina.
    —¡A mí me lo vas a decir! —masculló él, y, a continuación, añadió, con un tono excesivamente fuerte y agudo—: Pero yo sigo intentándolo, ¿eh?

    Isserley no le creyó y, al mirarlo, comprendió que se trataba de un papel que intentaba representar: había adoptado una patética expresión que pretendía ser optimista, pero que no lo lograba ni por asomo. Hasta sonreía, con la cara brillante de sudor, como si de pronto hubiera tomado conciencia de que podía ser peligroso reconocer su apatía, o como si admitir que vivía del paro pudiera acarrearle serias consecuencias. ¿Sería porque le había dicho que era abogada? ¿Le habría dado miedo pensar que ella pudiera traerle problemas o que algún día pudiera llegar a tener algún poder legal sobre él? ¿Sería mejor disculparse entre risas por haberlo engañado y volver a empezar desde el principio diciendo que, en realidad, vendía software para ordenadores o ropa de tallas especiales para gordas?

    Una enorme señal verde a un lado de la carretera anunciaba los kilómetros que faltaban para Dingwall e Inverness. No muchos. Como el terreno descendía por la parte izquierda, permitía ver la reluciente costa del estuario de Cromarty. La marea estaba baja, y las rocas y la arena quedaban a la vista. Una gaviota solitaria estaba posada lánguidamente sobre una de ellas, como abandonada a su suerte,

    Isserley se mordió el labio, al mismo tiempo que aceptaba poco a poco su error. Abogada, vendedora o ama de casa hubiera dado igual. No era adecuado para ella, y punto. Había recogido a un tipo inadecuado. Otra vez.

    Pero, claro, si es que era obvio lo que iba a hacer aquel grandullón susceptible. Iba a Bradford a visitar a su mujer o, por lo menos, a sus hijos.

    Desde el punto de vista de Isserley, eso suponía un riesgo. Las cosas se podían complicar mucho si había niños de por medio. Por mucho que le apeteciera —entonces empezó a caer en la cuenta de lo mucho que había invertido en la idea de conseguirlo—, no quería complicaciones. Tendría que renunciar a él. Tendría que devolverlo a la carretera.

    Los dos se mantuvieron en silencio el resto del viaje, como si hubieran comprendido que se habían defraudado el uno al otro.

    El tráfico había aumentado. Se encontraban atrapados en una de las múltiples filas ordenadas de vehículos que atravesaban el puente colgante de Kessock. Isserley echó una mirada a su autoestopista y sintió como una sensación de pérdida al verlo vuelto hacia el otro lado, observando fijamente los polígonos industriales de la costa de Inverness que se veían allá abajo. Contemplaba la fealdad prefabricada de una deprimente ciudad de juguete con la misma intensidad con que había admirado sus pechos no hacía mucho rato. En aquel momento lo único que llamaba su atención eran los diminutos camiones que desaparecían al internarse en las bocas de las fábricas.

    Isserley permaneció en el carril de la izquierda conduciendo más deprisa de lo que lo había hecho en todo el día. No era sólo por el ritmo que le imprimían los coches a su alrededor, sino porque quería acabar con aquella situación cuanto antes. El cansancio había vuelto a apoderarse de ella. Se moría de ganas de encontrar un sitio a la sombra, lejos de la carretera, recostar la cabeza en el asiento y dormir un poco.

    Ya en el extremo opuesto del puente, donde el coche volvía a estar sobre tierra firme, Isserley pasó por la rotonda con una concentración tremenda para evitar que el tráfico la envolviera y la arrastrara en manada hacia Inverness. Ni siquiera se preocupó de disimular los gestos de ansiedad que le provocaba aquella tensión. Total, ya había renunciado a él.

    A pesar de todo, para combatir el silencio de los últimos minutos, le hizo un ofrecimiento antes de despedirse.

    —Te voy a llevar un poco más allá, hasta el desvío para Aberdeen. Así, por lo menos, los coches que pasen sabrán que te diriges al sur.
    —Estupendo —respondió él sin ningún entusiasmo.
    —¿Quién sabe? —dijo intentando animarlo—. A lo mejor, llegas a Bradford esta noche.
    —¿A Bradford? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Y quién ha dicho que voy a Bradford?
    —A ver a tus hijos —le recordó.

    Se produjo un silencio embarazoso.

    —A mis hijos no los veo nunca —dijo de repente—. Ni siquiera sé dónde viven exactamente. Lo único que sé es que están por la zona de Bradford. Janine, mi ex mujer, no quiere saber nada de mí. Por lo que a ella respecta, no existo.

    Lo dijo mirando fijamente hacia adelante, como comparando los miles de pueblos que quedaban al sur con su propia inanidad en aquel asunto.

    —Y, de todos modos —añadió—, lo de Bradford fue hace años. Por mí, como si se ha ido a vivir a Marte.
    —Entonces... —preguntó Isserley mientras cambiaba de velocidad con tal torpeza que la caja de cambios chirrió de un modo horrible—. ¿Adónde piensas llegar hoy?

    El autoestopista se encogió de hombros.

    —Con llegar a Glasgow me conformo —dijo—. Allí hay buenos pubs.

    Al notar que ella iba buscando una señal que anunciase la proximidad de un aparcamiento, comprendió que estaba a punto de tener que bajarse del coche.

    Y entonces, bruscamente, tuvo un último arranque incongruente de energía locuaz, impulsado por la amargura.

    —Es más divertido que estar sentado en el Hotel Comercial de Alness con un grupo de viejos solitarios escuchando a un idiota cantando esa jodida canción, Copacabana.
    —Pero ¿dónde vas a dormir?
    —Conozco a un par de tipos en Glasgow —contestó con la voz vacilante, como si la última frase le hubiera vuelto a dejar sin energía—. Sólo es cuestión de dar con ellos, nada más. En algún sitio estarán. El mundo es muy pequeño, ¿no?

    Isserley estaba mirando fijamente hacia adelante, a las montañas coronadas de nieve. A ella el mundo le parecía bastante grande.

    Incapaz de compartir su visión de cómo le recibiría la ciudad de Glasgow, sólo murmuró un «Mmm», y él, al notarlo, hizo un gesto afligido abriendo sus grandes manos para mostrarle que las tenía vacías.

    —Aunque la gente puede dejarte en la estacada —añadió—, así que siempre hay que tener otro plan previsto.

    Tragó saliva y la nuez se le marcó en el cuello como si realmente tuviese atascada una nuez de verdad.

    Isserley asintió con la cabeza intentando que no se traslucieran sus sensaciones. Estaba cubierta de sudor y unos escalofríos le recorrían la espalda como corrientes eléctricas. El corazón le latía con tanta fuerza que los pechos se le movían. Para controlarlo decidió hacer una inspiración profunda en vez de varias cortas. Con la mano derecha fuertemente asida al volante echó un vistazo al espejo retrovisor, luego al velocímetro, al otro carril y al autoestopista.

    Todo era perfecto, todo apuntaba a que aquél era el momento preciso.

    El autoestopista, al notar su excitación, le dirigió una vaga sonrisa y empezó a levantar una mano del regazo con un gesto torpe, como si se estuviera despertando y tuviera que hacer, todavía aturdido, algo que se esperaba de él. Isserley le devolvió la sonrisa para tranquilizarlo y asintió con la cabeza de un modo casi imperceptible, como diciendo que sí.

    Y entonces, con el dedo corazón de la mano izquierda, accionó una palanquita que había junto al volante.

    Podía ser la de las luces, o la de los intermitentes, o la de los limpiaparabrisas. Pero no era ninguna de ellas. Era la de la icpathua, la que ponía en funcionamiento las agujas que estaban en el interior del asiento del acompañante y las disparaba en silencio desde sus pequeñas fundas escondidas bajo la tapicería.

    Al notar los pinchazos, uno en cada nalga, a través de la tela de los pantalones vaqueros, el autoestopista se encogió. Por casualidad, en aquel momento sus ojos se reflejaban en el espejo retrovisor e Isserley fue la única testigo de la expresión que adquirieron. El vehículo más cercano, un camión enorme con la inscripción PRODUCTOS AGRÍCOLAS, estaba tan lejos que su conductor parecía un insecto detrás del cristal ahumado. De todos modos, la expresión de sorpresa del autoestopista duró sólo unos instantes. La dosis de icpathua era suficiente para un cuerpo considerablemente más grande que el suyo. Perdió la conciencia, y la cabeza se le fue hacia atrás y quedó apoyada sobre el mullido reposacabezas.

    Con un leve temblor en los dedos, Isserley accionó otra palanca. Su respiración se fue acompasando al ritmo pausado del intermitente mientras salía de la carretera y se adentraba sin prisa en un área de descanso. El velocímetro bajó a cero; el coche se detuvo; el motor se paró, o tal vez fue ella quien lo apagó. Ya había acabado todo.

    Como le ocurría siempre en momentos semejantes, se vio a sí misma desde un punto en lo alto. Era una vista aérea de su pequeño Toyota rojo aparcado en aquel paréntesis de asfalto. El camión con la inscripción PRODUCTOS AGRÍCOLAS pasó haciendo mucho ruido.

    Y luego, como le ocurría siempre, Isserley cayó desde aquel punto en lo alto, con una velocidad vertiginosa, y volvió a sumergirse en su cuerpo. Apoyó la cabeza en el respaldo con bastante más fuerza de lo que lo había hecho él, y tomó aire al tiempo que la sacudía un estremecimiento. Se agarró al volante, jadeante, como para no seguir cayendo aún más hasta las entrañas de la tierra.

    Recobrar la sensación de estar sobre el nivel del suelo siempre le llevaba un rato. Fue contando las veces que aspiraba aire, hasta que bajaron a seis por minuto. Y entonces aflojó las manos que había mantenido agarradas al volante y las apoyó sobre el estómago. Eso siempre le resultaba reconfortante.

    Cuando, por fin, la adrenalina fue disminuyendo y empezó a sentirse más tranquila, reemprendió la tarea. Los coches pasaban zumbando en los dos sentidos, aunque ella sólo los oía, no podía verlos. Los cristales de las ventanillas de su coche habían adquirido un tono ámbar oscuro nada más tocar una tecla que había en el salpicadero. Nunca era consciente de cuándo la apretaba. Debía de hacerlo en plena descarga de adrenalina. Lo único que sabía era que, llegado el momento en que se encontraba ahora, las ventanas tenían siempre aquel tono oscuro.

    Algún vehículo de gran tonelaje pasó por la carretera haciendo vibrar el suelo y proyectando una sombra oscura sobre su coche. Isserley esperó a que se alejara.

    Abrió entonces la guantera y extrajo una peluca. Era una peluca masculina de color rubio y con rizos. Se volvió hacia el autoestopista, que seguía como congelado en la misma postura, y se la colocó con mucho cuidado. Se la ajustó sobre la frente, estirando el borde delantero con sus afiladas uñas, y le arregló unos rizos rebeldes por encima de las orejas. Se echó hacia atrás para comprobar qué tal le había quedado y volvió a hacerle unos ligeros retoques. Ya tenía el mismo aspecto que todos los que se había llevado en ocasiones anteriores, y después, cuando le quitaran la ropa, sería casi idéntico a los otros.

    A continuación sacó un montón de gafas diferentes de la guantera y eligió las más adecuadas. Se las colocó deslizándoselas sobre la nariz y las orejas.

    Y, para acabar, cogió el anorak que estaba en el asiento de atrás. De paso, empujó la cazadora del autoestopista para que cayera al suelo. En realidad, el anorak era sólo la parte delantera de la prenda, porque le había quitado la espalda. Colocó la pechera sobre el tronco del autoestopista, le metió los brazos por las mangas y dejó que la capucha, cortada por la mitad, le cayera sobre los hombros.

    Ya estaba a punto para que se lo llevara.

    Apretó otra tecla y el tono ambarino de los cristales se fue desvaneciendo como si se dispersase. El mundo exterior seguía frío y luminoso. No había demasiado tráfico. Aún le quedaban dos horas por delante antes de que la icpathua dejara de hacer efecto, y no estaba más que a unos cincuenta minutos de casa. Y, además, solo eran las 9.35. Después de todo, las cosas le estaban saliendo bien.

    Giró la llave de contacto. Cuando el motor arrancó, se volvió a oír el ruidito que la había preocupado antes.

    Al llegar a la granja, tendría que mirar qué pasaba.


    Capítulo 2


    Al día siguiente Isserley se pasó varias horas conduciendo bajo la lluvia y el aguanieve sin encontrar nada. Era como si el mal tiempo hubiese retenido en casa a todos los machos aceptables.

    Por más que escudriñaba a través del cristal del coche, con tal intensidad que poco faltó para que se quedase hipnotizada con el movimiento de los limpiaparabrisas, lo único que lograba ver en la carretera eran las fantasmales luces traseras de otros vehículos envueltos por la lluvia que avanzaban lentamente bajo una luz casi crepuscular, a pesar de que era mediodía.

    ¡Cómo iba a encontrar autoestopistas si los únicos peatones con los que se había cruzado en toda la mañana eran un par de adolescentes regordetes, con el pelo cortado al rape y unas mochilas de plástico, que iban chapoteando por una cuneta cercana al paso subterráneo de Invergordon! Supuso que llegaban tarde a la escuela o hacían novillos. Cuando pasó a su lado se giraron hacia ella y le gritaron algo con un acento demasiado cerrado para que pudiese entenderlo. Sus cabezas empapadas parecían un par de patatas peladas con un poco de salsa parda en la parte de arriba, y llevaban las manos enfundadas en papel de plata verde brillante. Eran bolsas de patatas fritas que se habían puesto a modo de guantes. Por el espejo retrovisor Isserley observó cómo aquellos cuerpos rellenitos se iban convirtiendo, con la distancia, en simples manchas de color hasta que, finalmente, desaparecieron en el caldo grisáceo de la lluvia.

    Al pasar por cuarta vez junto al desvío de Alness, no podía creer que siguiese sin haber nadie. Normalmente, aquél era un punto buenísimo, ya que había muchos conductores reacios a recoger a alguien que pudiese ser de Alness. Por lo menos, eso era lo que un autoestopista agradecido le había contado no hacía mucho. Le había explicado que llamaban a aquel pueblo «la pequeña Glasgow», y que tenía «mala reputación», porque allí era muy fácil conseguir sustancias farmacéuticas ilegales, lo cual provocaba que hubiera muchas roturas de escaparates y que las hembras dieran a luz muy jóvenes. A pesar de que sólo quedaba a un par de kilómetros de la carretera, Isserley nunca había estado en Alness. Lo único que hacía era pasar junto al desvío cuando iba por la A9.

    Aquel día ya había pasado varias veces por allí, deseando que apareciese alguno de aquellos depravados, enfundado en una cazadora de cuero y haciendo dedo para dirigirse a algún sitio mejor. Pero no aparecía ninguno.

    Barajó la posibilidad de alejarse más, cruzar el puente y probar suerte más allá de Inverness. Tal vez allí encontrase autoestopistas más decididos y organizados que los que había en su zona, con termos bajo el brazo y cartelitos de cartón en los que pusiera ABERDEEN o GLASGOW.

    Por lo general, no dudaba en recorrer grandes distancias con tal de encontrar lo que buscaba; muchas veces llegaba incluso hasta Pitlochry antes de dar la vuelta. Sin embargo, aquel día tenía el presentimiento de que, si se alejaba mucho de casa, la lluvia podía ocasionarle un sinfín de inconvenientes y no quería acabar tirada quién sabe dónde, con el motor del coche dando sus últimos estertores bajo el diluvio. Y, además, ¿quién había dicho que tenía que llevar todos los días a alguien a casa? Uno a la semana debería ser suficiente para cualquier persona razonable.

    Hacia el mediodía se dio por vencida. Mientras se encaminaba en dirección norte para regresar a casa, se le ocurrió que, quizás, si anunciaba ante el universo, con la suficiente firmeza, que había abandonado toda esperanza, al final aparecería algo.

    Y así fue. Poco después de pasar el cartel que invitaba a los conductores a visitar los pintorescos pueblos costeros a los que llevaba la B9175, divisó a un bípedo de aspecto lamentable y con el dedo pulgar extendido bajo la lluvia ante el desdeñoso fluir del tráfico. Estaba al otro lado de la carretera, en sentidos opuesto al suyo, iluminado por los faros delanteros de la procesión de vehículos que pasaban sin detenerse a su lado. A Isserley no le cupo la menor duda de que seguiría allí cuando lograra dar la vuelta y desandará el camino.


    —¡Hola! —gritó mientras le abría la puerta para que entrara.
    —¡Gracias a Dios! —exclamó él, apoyando un brazo en el borde de la puerta mientras metía la cabeza, que chorreaba agua, dentro del coche—. Ya empezaba a creer que no hay justicia en este mundo.
    —¿Y eso? —dijo Isserley. Se fijó en que tenía las manos mugrientas, pero grandes y bien formadas. Una vez lavadas con detergente, quedarían muy bonitas.
    —Es que yo siempre recojo a los que hacen dedo —aseguró él como si estuviera rebatiendo algún comentario malévolo—. Siempre. Si tengo espacio en la camioneta, jamás paso de largo.
    —Yo tampoco —le aseguró Isserley, que no podía menos que preguntarse cuánto tiempo seguiría aquel tipo de pie dejando que la lluvia entrara en el coche—. Venga, suba.

    Entró de costado y depositó su empapado trasero en el centro del asiento como si fuese la base de una boya salvavidas. Incluso antes de cerrar la puerta su cuerpo ya había empezado a despedir vapor. Llevaba ropa informal, completamente empapada, que rechinaba como si fuese de cuero mientras se acomodaba en el asiento.

    Era mayor de lo que ella había supuesto, pero estaba en forma. ¿Importaría que tuviese arrugas? No debería. Después de todo, sólo afectaban a la piel.

    —Y para una puñetera vez que soy yo el que necesita que lo lleven, ¿qué pasa? —estalló de repente, retomando el tema—. Que he tenido que andar casi un kilómetro para llegar a la carretera bajo un chaparrón de padre y muy señor mío, y, ¡joder!, ¿cree que alguno de esos cabrones se ha detenido para llevarme?
    —Bueno... —dijo Isserley sonriendo—. Yo he parado, ¿no?
    —Ya, pero es que antes que usted han pasado de largo dos mil cincuenta coches, ¡joder! Tal como se lo digo —afirmó mirándola fijamente, como si ella no le entendiera.
    —¿Los ha contado? —preguntó en tono socarrón.
    —Pues sí —dijo él suspirando—. Bueno, es una cuenta aproximada, ya sabe. —Sacudió la cabeza, en lo que se le desprendieron numerosas gotas de agua de la abundante mata de pelo y las pobladas cejas—. ¿Podría dejarme cerca de la Granja Tomich?

    Isserley hizo un cálculo mental. Aun yendo muy despacio, sólo tendría diez minutos para saber algo de él.

    —Por supuesto —contestó mientras admiraba su cuello, que parecía de acero, y sus anchos hombros, decidida a no descalificarlo por el solo hecho de la edad.

    Él se recostó en el respaldo del asiento con aire satisfecho, pero un par de segundos después el desconcierto se reflejó en su tosca cara. ¿Por qué no arrancaban?

    —Póngase el cinturón —le recordó ella.

    Se lo abrochó de mala gana, como si le hubiese pedido que se inclinara tres veces ante un dios elegido por ella.

    —Es una trampa mortal —murmuró con tono de guasa, moviéndose inquieto entre las miasmas de su propio vapor.
    —A mí tampoco me gusta —le aseguró Isserley—. Pero es que no quiero arriesgarme a que me pare la policía, eso es todo.
    —Bah, la policía... —dijo, burlón, igual que si le hubiese confesado que tenía miedo a los ratones o a la enfermedad de las vacas locas. Pero, en el fondo, su voz tenía un tono paternal y tolerante, y movió los hombros como para demostrar que estaba intentando adaptarse a su reclusión.

    Isserley le sonrió y arrancó colocando los brazos muy altos sobre el volante, para que pudiese verle los pechos.


    Esta chica debería tener cuidado con ese par de tetas, pensó el autoestopista; si no, cualquier día las meterá dentro del tazón de los cereales.

    Y, además, debería arreglarse un poco, porque, con unas gafas tan gruesas, y sin nada de barbilla... Nicki, su hija, tampoco era ninguna preciosidad, y, para ser sincero, ni siquiera sabía sacar partido de lo que tenía. Si, por lo menos, se dedicara realmente a estudiar Derecho con el dinero que le mandaba, en lugar de gastárselo en irse de juerga por Edimburgo, quizás acabase sirviéndole de alguna ayuda. Podría, por ejemplo, encontrar qué lagunas jurídicas había en las normas de la Unión Europea.

    ¿Cómo se ganaría la vida aquella chica? Algo raro le pasaba en las manos. Sí, aquellas manos no eran normales. A lo mejor se las había deformado haciendo algún trabajo manual cuando era demasiado joven para dominarlo y demasiado tonta para quejarse. Puede que se hubiera dedicado a desplumar pollos o a limpiar pescado.

    No cabía la menor duda de que vivía en la costa. Olía a mar. Quizás trabajase para algún pescador de la zona. Mackenzie, por ejemplo, contrataba a mujeres, si eran fuertes y no creaban demasiados problemas.

    ¿Crearía problemas aquella chica?

    Estaba claro que era una chica con carácter. Probablemente, con aquel aspecto tan raro, habría pasado un infierno en la infancia, si es que había crecido en alguno de los pueblecitos costeros. En Balintore, o en Hilton, o en Rockfield. No, en Rockfield no. Él conocía a todos y cada uno de los habitantes de Rockfield.

    ¿Cuántos años tendría?

    Dieciocho, quizás. Aunque tenía manos de cuarentona y conducía como si llevase detrás un remolque tambaleante cargado de heno y estuviera cruzando un puente muy estrecho. Iba sentada como si tuviese un palo clavado en el culo. Si hubiese sido un poquito más baja, habría tenido que sentarse sobre un par de almohadones. Tal vez debería sugerírselo, aunque, si lo hacía, era posible que la chavala le rompiera la cara. De todas formas, a lo mejor ponerse almohadones no estaba permitido por el código de circulación por autopistas, artículo número tres millones sesenta. Y ella no se atrevería a decirles por dónde tendrían que meterse el código. Preferiría sufrir.

    Y sufría. Se notaba por el modo como movía los brazos y las piernas. Y porque llevaba la calefacción a tope. Debía de tener alguna lesión en la columna. Tal vez un accidente de automóvil. En tal caso, había que tener agallas para seguir conduciendo. Era un pajarillo con una gran fortaleza.

    ¿Podría ayudarla, tal vez?

    ¿Podría serle útil aquella chica?


    —Usted vive cerca del mar, ¿verdad?
    —¿Cómo lo sabe? —preguntó Isserley, sorprendida porque no había dicho ni una sola palabra en todo el rato pensando que necesitaría un poco de tiempo para poder apreciar bien su cuerpo.
    —Por el olor —afirmó el macho rotundamente—. Su ropa huele a mar. ¿Vive en el estuario de Dornoch? ¿En el estuario de Moray?

    La rotundidad de aquella precisión le pareció alarmante. Nunca lo hubiera esperado, porque tenía esa expresión entre mueca y sonrisa propia de los poco avispados. Llevaba las mangas de su gastada cazadora de poliéster manchadas de aceite de motor. Tenía el rostro bronceado y plagado de pálidas cicatrices como un graffiti mal borrado.

    De las dos posibilidades que le había ofrecido, escogió la errónea.

    —En Dornoch —dijo.
    —Pues nunca la he visto por allí —dijo él.
    —He llegado hace sólo unos días —contestó ella.

    Entretanto su coche se había sumado a la procesión de vehículos que antes habían pasado junto a él. Era una larga fila de luces traseras que se perdía en la distancia. Eso estaba bien. Redujo a primera y avanzó a paso de tortuga, como los demás, sin tener que preocuparse ya de la velocidad.

    —¿Trabaja? —le preguntó él.

    La cabeza de Isserley funcionaba perfectamente para entonces, ya que el lento avanzar del tráfico apenas la distraía. Dedujo que, probablemente, sería un tipo de esos que siempre conocen a alguien en todas las profesiones habidas y por haber, o, al menos, en todas las que no menospreciaba.

    —No. Estoy en el paro —contestó ella.
    —Pues necesita tener una dirección fija para cobrarlo —señaló él, rápido como un rayo.
    —A mí no me va lo del subsidio de desempleo.

    Ya comenzaba a cogerle el tranquillo a su estilo de conversación, y supuso que aquella respuesta le satisfaría.

    —¿Está buscando trabajo?
    —Sí —dijo ella al tiempo que reducía aún más la velocidad para dejar entrar a un Mini de un blanco luminoso en la fila de coches—. Pero no tengo muchos estudios. Y no soy fuerte.
    —¿Lo ha intentado en la recolección de buccinos?
    —¿Buccinos?
    —Sí, buccinos. Es una de las cosas a las que me dedico. La gente como usted los recoge, y yo los vendo.

    Isserley reflexionó durante unos segundos evaluando si tenía o no suficiente información para continuar aquella conversación.

    —¿Qué son los buccinos? —preguntó finalmente.

    Él sonrió de oreja a oreja envuelto en su nube de vapor.

    —Son una clase de moluscos. Tiene que haberlos visto por donde usted vive. Pero da la casualidad de que tengo uno por aquí —dijo mientras levantaba una de sus carnosas nalgas para hurgar en el bolsillo derecho del pantalón—. Aquí está —dijo sosteniendo una concha de caracol marino de color gris apagado delante de sus ojos—. Siempre llevo uno en el bolsillo para enseñárselo a la gente.
    —¡Ah, qué previsor es usted! —dijo Isserley piropeándole.
    —Es para enseñarle a la gente el tamaño adecuado. Los hay diminutos, ¿sabe?, del tamaño de un guisante. Esos no vale la pena cogerlos, pero estos grandotes están muy bien.
    —¿Y simplemente con recogerlos en la playa ya puedo ganar algo de dinero?
    —Así de fácil —le aseguró—. Dornoch es un buen lugar. Allí hay millones, si va en el momento adecuado.
    —¿Y cuál es el momento adecuado? —preguntó Isserley. Esperaba que a aquellas alturas del trayecto él ya se habría quitado la cazadora, pero parecía como si estuviese la mar de a gusto asfixiándose con aquella temperatura y soltando vapor.
    —Lo que tiene que hacer es comprarse un almanaque con las horas de las mareas —dijo—. Cuesta setenta y cinco peniques en las oficinas de los guardacostas. Tiene que mirar cuándo la marea está baja, entonces va a la playa y, simplemente, los va sacando a montones con un rastrillo. Cuando tenga suficientes, me da un toque por teléfono y me acerco a donde esté a recogerlos.
    —¿Y a cuánto se pagan?
    —En Francia y en España los pagan muy bien. Yo se los vendo a los proveedores de los restaurantes, y nunca les parece suficiente, sobre todo, en invierno. La mayoría de la gente sólo los recoge en verano, ¿sabe?
    —¿Es que en invierno hace demasiado frío para los buccinos?
    —Hace demasiado frío para la gente. Pero usted puede hacerlo muy bien. Yo le aconsejo que se ponga guantes de goma. De los finos, de los que usan las mujeres para lavar los platos.

    A Isserley le faltó poco para insistir en que concretara cuánto podía ganar ella, no él, con la recolección de buccinos. Aquel tipo tenía una cualidad: casi la había convencido para que considerase aquella posibilidad, lo cual era, en realidad, absurdo. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que le interesaba saber cosas sobre él, no contarle su vida.

    —Bueno, y... ese negocio de los buccinos... ¿le alcanza para vivir? Quiero decir, ¿tiene usted familia?
    —Yo hago de todo —contestó mientras se pasaba un peine de metal por el espeso pelo—. Vendo neumáticos usados. Los campesinos los usan para aislar los silos donde fermenta el forraje. Vendo creosota. Vendo pintura. Y mi mujer hace nasas, aunque no para coger langostas, porque ya no queda ni una jodida langosta. Pero los turistas norteamericanos las compran si están pintadas de colores bonitos. Y mi hijo se dedica de vez en cuando a la recolección de buccinos. También arregla coches. Él podría arreglarle esa vibración que tiene en el chasis sin ningún problema.
    —No creo que pueda pagarlo —replicó Isserley, desconcertada una vez más por la agudeza de su observación.
    —Mi hijo cobra muy poco. Es barato y rápido. En las reparaciones de coches lo que sale caro es la mano de obra, ¿sabe? Pero él tiene coches en su taller constantemente. No paran de entrar y salir. Es un genio.

    A Isserley aquello no le interesaba nada. No buscaba a un hombre que fuera un genio, ya disponía de uno en la granja que haría cualquier cosa por ella. Y cuyas zarpas mantenía alejadas, aunque no sin esfuerzo.

    —¿Y qué hay de su camioneta?
    —Ah, también la arreglará. En cuanto le ponga las manos encima.
    —¿Dónde está?
    —A menos de un kilómetro de donde me ha recogido —dijo. Respiraba con dificultad, pero mantenía estoicamente su buen humor—. Ya estaba cerca de casa con una tonelada de buccinos en la parte de atrás cuando ese jodido motor me dejó tirado. Pero mi hijo me lo arreglará. Ese chico vale más que ser socio del Automóvil Club. Bueno, cuando no está cabreado.
    —¿Y lleva usted alguna tarjeta de su hijo? —preguntó Isserley educadamente.
    —Déjeme ver —dijo resoplando.

    Volvió a levantar su grueso trasero, que, de todos modos, ya no estaba destinado a recibir una inyección de icpathua. Sacó del bolsillo un puñado de tarjetitas, todas sobadas y con las esquinas dobladas, y se las fue pasando rápidamente de una mano a otra como si fueran naipes. Apartó dos y las puso sobre el salpicadero.

    —Una es la mía y la otra es de mi hijo —dijo—. Si decide dedicarse a lo de los buccinos, llámeme. Yo me acercaré a recoger cualquier cantidad que pase de los veinte kilos. Si no logra recoger eso en un día, lo puede hacer en dos.
    —Pero ¿no se estropean?
    —Aguantan una semana. En realidad, es bueno dejarlos reposar un poco para que suelten el exceso de agua. Y cierre bien la bolsa, porque, si no, se le escaparán y se le meterán debajo de la cama.
    —Lo recordaré —prometió Isserley. Por fin la lluvia estaba amainando y podía bajar la velocidad de los limpiaparabrisas. La luz comenzaba a filtrarse a través del cielo gris—. Ya estamos llegando a la Granja Tomich —anunció.
    —Siga doscientos metros más y habré llegado —dijo el mayorista de buccinos mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad—. Muchísimas gracias. Es usted una pequeña samaritana.

    Isserley detuvo el coche donde él le indicó. Antes de que ella pudiese percatarse de lo que estaba haciendo, él le estrujó el brazo cariñosamente con su manaza y luego se bajó sin dejar entrever en absoluto si había notado o no la extremada delgadez y dureza de aquel brazo. Se alejó lentamente y dijo adiós con la mano sin volverse.

    Isserley le vio alejarse mientras sentía un desagradable cosquilleo en el brazo. Cuando hubo desaparecido, dirigió la mirada al espejo retrovisor con el entrecejo fruncido y esperó a que hubiera un hueco en el tráfico. Enseguida se olvidó de él pero no de su observación sobre el olor a mar. Decidió que tendría que lavarse cada vez que volviese de dar un paseo matinal por la playa y ponerse ropa limpia.

    Con el intermitente dado, volvió a entrar en la carretera y dirigió la mirada hacia adelante.


    El segundo autoestopista de aquel día la estaba esperando bastante cerca de su casa, tan cerca, que tuvo que hacer un esfuerzo para recordar si sería alguien de la zona. Era joven, tal vez demasiado bajo, con unas cejas muy pobladas y el pelo teñido de un rubio casi blanco. A pesar del frío y de la persistente llovizna, sólo llevaba una camiseta de manga corta del Celtic y unos pantalones militares de camuflaje. Unos tatuajes borrosos le desfiguraban los antebrazos, que eran delgados, pero fuertes. Aquello le recordó vagamente a sí misma.

    Cuando volvió a acercarse a él, después de cambiar de sentido, decidió que era un completo desconocido y paró a recogerlo.

    En cuanto se subió al coche y se sentó, Isserley tuvo la sensación de que se había buscado un problema. Fue como si su mera presencia desestabilizase las leyes de la física; como si los electrones del aire comenzasen de repente a vibrar más deprisa y acabaran rebotando en los confines de la cabina igual que enloquecidos insectos invisibles.

    —¿Vas a Redcastle? —dijo. Su aliento desprendía un agrio olor a alcohol.

    Isserley negó con la cabeza.

    —Voy a Invergordon —dijo—. Si no te va bien...
    —No, me va de coña —dijo, y se encogió de hombros. Luego se puso a tamborilear con las muñecas sobre las rodillas, como si siguiera la música de un walkman interno.
    —Muy bien —dijo Isserley, y arrancó.

    Lamentó que no hubiese más tráfico; aquello solía ser una mala señal. Y, además, se dio cuenta de que, instintivamente, se había aferrado al volante de tal forma que había bajado los codos y no permitía que su acompañante le viera los pechos. Aquello también era una mala señal.

    Pero, a pesar de ello, sentía la mirada de aquel tipo, que la desnudaba.


    Las mujeres no se visten así a menos que quieran que se las follen, iba pensando él. Ahora bien, de pagar, ni hablar. No quería que le pasara igual que con la puta aquella de Galashiels. Las invitas a una copa y se creen que te pueden clavar veinte libras. ¿Es que tenía cara de ser de los que pagan por follar o qué?

    La carretera de Invergordon donde estaba la Academia era un buen lugar. Un sitio solitario. Allí podría hacer que se la chupase. Así no tendría que verle aquella cara horrible.

    Las tetas le quedarían entre las piernas y, si le hacía un buen trabajo, ya se las achucharía un poco. Seguro que ella se emplearía a fondo, eso se veía. Ya estaba casi jadeando, como una perra en celo. No como la puta aquella de Galashiels. Ésta se contentaría con cualquiera cosa. Con las feas siempre pasaba eso, ¿no?

    No es que sólo consiguiese chicas feas.

    Pero el caso era que él estaba allí y ella también. Era como... la fuerza de la naturaleza, ¿no? La ley de la puta selva.


    —¿Y qué es lo que te ha hecho salir a la carretera en un día como hoy? —preguntó Isserley con tono animoso.
    —Me pone nervioso pasarme todo el día en casa.
    —¿Buscas trabajo?
    —¡Pero si eso no existe! ¡Aquí no hay ni un jodido empleo!
    —Pero el gobierno espera que uno siga buscándolo, ¿no?

    Aquel gesto de empatía no pareció impresionarlo en absoluto.

    —Estoy haciendo uno de esos jodidos cursos de capacitación —dijo furioso—. Van y te dicen, búscate unos cuantos viejos y suéltales no sé qué gilipolleces sobre la calefacción central y le diremos al gobierno que ya no estás en paro, ¿vale? Lo que quieren es taparte la boca, los muy capullos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
    —Vaya mierda —dijo Isserley, confiando en que fuese la expresión apropiada para la situación.

    La atmósfera dentro del coche se iba haciendo cada vez más insoportable. No había ni un solo milímetro cúbico del espacio que los separaba que no comenzase a saturarse del aliento pernicioso de su acompañante. Tenía que tomar una decisión rápidamente. Los dedos se le iban hacia la palanca de la icpathua. Pero tenía que mantener la calma a toda costa. Actuar impulsivamente podía acarrearle unas consecuencias desastrosas.

    Hacía unos años, cuando acababa de comenzar con aquello, había pinchado a un autoestopista que, apenas un par de minutos después de haberse subido al coche, le había preguntado si no le gustaría que le metieran una buena polla en todos los agujeros. Por aquel entonces todavía no hablaba bien inglés, así que le llevó un ratito decidir si se estaría refiriendo a un ave de corral o a algo relacionado con los deportes. Cuando cayó en la cuenta de lo que quería decir, ya estaba exhibiendo el pene. A ella le entró un pánico horrible y lo pinchó. Fue una decisión fatal.

    La policía estuvo buscándolo durante semanas. Su fotografía salió en la televisión y se publicó no sólo en los periódicos, sino también en una revista especial para gente sin hogar. Dijeron que padecía trastornos mentales, y sus padres y su mujer hicieron un llamamiento rogando a cualquiera que lo hubiera visto que les facilitara alguna información. Días más tarde, a pesar de que creía haber sido sumamente discreta en el momento de recogerlo en la carretera, dijeron que la investigación apuntaba a un Nissan familiar de color gris conducido, probablemente, por una mujer. Así que tuvo que recluirse en la granja durante un periodo que se le hizo eterno y entregarle a Ensel aquel coche que le había sido tan fiel. Él lo desguazó para poder hacer las adaptaciones necesarias en otro coche que había en la granja y que estaba en buen estado, un horrible monstruito llamado Lada.

    —Un error lo tiene cualquiera —le había dicho Ensel, a modo de consuelo, mientras acababa el trabajo para que ella pudiese volver a la carretera, con los brazos embadurnados de grasa negra y los ojos enrojecidos por culpa del soldador.

    Pero Isserley se había sentido tan avergonzada, que, incluso años después, no podía pensar en aquel error sin que se le escapase un gruñido de angustia. No volvería a ocurrirle nunca más. Nunca.

    Habían llegado a un tramo de la A9 en el que estaban ampliando los carriles. Había ruidosos mastodontes mecánicos y personal uniformado deambulando por encima de montañas de tierra, apiladas a ambos lados de la carretera. Tanto ajetreo le resultó, sin embargo, tranquilizador.

    —Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —dijo Isserley levantando la voz para que la oyese por encima del estruendo que producían las grandes cuchillas al hundirse en la tierra.
    —Más de aquí que tú, me apuesto la cabeza.

    Pasó por alto aquella burla, dispuesta a seguir manteniendo con él una conversación que la llevase al tema de su familia, pero entonces él bajó de golpe su ventanilla y ella se sobresaltó.

    —¡Eeehh... Dougeeee! —gritó con el rostro vuelto hacia la lluvia y agitando un brazo con el puño cerrado fuera de la ventanilla.

    Isserley levantó la mirada hacia el espejo retrovisor y divisó una figura corpulenta enfundada en una ropa de color amarillo fosforescente que estaba junto a una excavadora y saludaba con la mano sin mucho convencimiento.

    —Es un colega mío —le explicó el autoestopista, que volvió a subir el cristal de la ventanilla.

    Isserley respiró profundamente intentando que el corazón no le latiera tan deprisa. Ya no podía llevárselo, era obvio, había perdido la oportunidad. De repente, el que fuese soltero o casado, o que tuviese hijos, se había convertido en algo irrelevante; era mejor no averiguarlo, por sí acaso.

    ¡Si por lo menos pudiese dejar de jadear y librarse de él!

    —¿Son de verdad? —le preguntó el autoestopista de repente.
    —¿Perdón?

    Jadeaba tanto, que no podía decir más de una palabra antes de quedarse sin aliento.

    —Ese par de tetas que llevas ahí delante, tía. ¡Joder, pareces una cabra!
    —Pues yo... me voy a quedar aquí —contestó Isserley, que puso el intermitente y dirigió el coche hacia el centro de la carretera. Gracias a la divina providencia habían llegado a la estación de servicio de Donny, en Kildary. Un cartel decía BIENVENIDOS.
    —¡Pero si dijiste que ibas a Invergordon! —protestó el autoestopista mientras Isserley ya estaba girando. Cruzó los carriles del otro lado de la carretera y metió el coche en el espacio que había entre los surtidores y el taller de la gasolinera.
    —Hay un ruido en el chasis. ¿No lo oyes? —dijo con la voz ronca y alterada, pero ya le daba igual—. Es mejor que me lo miren. Puede ser peligroso.

    Tras los cristales de la tienda de la gasolinera, abarrotados de cosas, se oían voces, el abrir y cerrar de las puertas de los armarios refrigeradores y el tintineo de las botellas.

    Isserley se volvió hacia el autoestopista y señaló amablemente hacia la A9.

    —Puedes probar suerte allí enfrente —le aconsejó—. Es un buen lugar. Los coches pasan muy despacio por ahí. Yo voy a que me revisen el coche. Si todavía estás ahí cuando acabe, puede que vuelva a llevarte.
    —Por mí, como si te quedas aquí para siempre —dijo él en tono despectivo, pero se bajó del coche. Y después se fue alejando, poco a poco.

    Isserley abrió la puerta y salió haciendo un gran esfuerzo. Al ponerse de pie, un latigazo de dolor le recorrió la columna vertebral. Se apoyó en el techo del coche para recobrar el equilibrio y se enderezó mientras observaba cómo Cejas Pobladas cruzaba la carretera y se dirigía lentamente hacia la cuneta. Un aire gélido le enfrió el sudor que le cubría la piel y le llenó las fosas nasales de oxígeno.

    Ahora todo iría bien.

    Descolgó una manguera del surtidor manipulando torpemente el enorme pitorro con su pequeña zarpa. No era un problema de fuerza, sino de la excesiva estrechez de su mano. Tuvo que utilizar las dos para introducir el pitorro en el depósito. Fijando toda su atención en el contador, echó cinco libras de gasolina. Cinco, cero, cero. Volvió a colocar la manguera en su sitio, entró en la tienda y pagó con uno de los billetes de cinco libras que guardaba exclusivamente para eso.

    Todo aquello le llevó menos de tres minutos. Cuando salió, buscó con cierta inquietud la silueta verde y blanca de Cejas Pobladas al otro lado de la carretera. Había desaparecido. Era increíble, pero algún conductor lo había recogido.


    Apenas dos horas después, la tarde ya estaba llegando a su fin y quedaba poca luz. Serían cerca de las cuatro y media. Escarmentada por la experiencia con Cejas Pobladas en una zona tan cercana a casa, Isserley había recorrido unos cincuenta kilómetros en dirección al sur, había pasado Inverness y había llegado casi hasta Tomatin, llevada por su deseo de no regresar con las manos vacías.

    Aunque no era infrecuente que recogiese a alguien después de haber oscurecido, eso era algo que dependía de que pudiera resistir al volante y de que tuviera ganas de seguir con aquel juego. Bastaba una situación humillante para que se sintiese tan afectada que tenía que volverse a la granja lo antes posible para poder darle vueltas al hecho y descubrir en qué se había equivocado y qué era lo que podría haber hecho para protegerse.

    Mientras iba conduciendo, Isserley se preguntaba si Cejas Pobladas la habría afectado hasta tal extremo.

    Le era difícil saberlo, ya que no comprendía bien sus propias emociones. Era algo que le había ocurrido siempre, incluso en su tierra, incluso cuando era pequeña. Los hombres siempre le habían dicho que no podían comprenderla, pero tampoco ella podía comprenderse a sí misma, así que tenía que andar buscando pistas como todos los demás. La señal más clara con la que había contado en otra época para darse cuenta de que una emoción se había instalado en su interior era la aparición repentina e injustificada de un ataque de furia, que solía acarrearle consecuencias lamentables. Ahora que había dejado atrás la adolescencia ya no tenía aquellos berrinches. Ahora controlaba muy bien la ira, lo cual resultaba muy conveniente, teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Pero eso implicaba que también le era más difícil adivinar en qué estado se encontraba. Podía vislumbrar sus sentimientos, pero sólo por el rabillo del ojo, como si fuesen unos faros distantes reflejados en el espejo retrovisor. Sólo cuando no los buscaba directamente podía barruntarlos.

    Últimamente había llegado a sospechar que se tragaba los sentimientos sin analizarlos, lo cual acababa convirtiéndolos en meros síntomas físicos. Había veces en que, sin ninguna razón, la espalda le dolía más de lo normal o veía peor. Era probable que, en esas ocasiones, estuviese preocupada por algo.

    Otra señal delatora era el efecto negativo que podían llegar a tener sobre ella algunos hechos totalmente normales, como que la adelantase un autobús escolar una tarde sombría. Si se sentía razonablemente bien, la visión de un gran cristal trasero con forma de caparazón lleno de adolescentes que gesticulaban y se burlaban de ella no la molestaba en absoluto. Sin embargo, aquella tarde el espectáculo de esos rostros cerniéndose sobre ella como si fueran una imagen proyectada en una pantalla gigante que tenía que seguir dócilmente durante kilómetros y kilómetros la llenó de abatimiento. Las muecas que hacían y la forma de pasar sus mugrientas manos por el cristal empañado, se le antojaron otras tantas expresiones malévolas dirigidas concretamente a ella.

    En un momento dado el autobús abandonó la A9 y dejó a Isserley tras una fila de pequeños sedanes rojos inescrutables, muy similares al suyo. La fila parecía no tener fin. Los rincones del mundo se oscurecían rápidamente.

    Decidió que lo que pasaba era que estaba enfadada. Además, le dolían la espalda, la rabadilla y los ojos, que se le habían irritado por llevar tantas horas escudriñando a través de unos cristales tan gruesos y bajo la lluvia. Si se diera por vencida y regresase a casa, podría quitarse las gafas y dejar descansar los ojos, tumbarse hecha un ovillo sobre la cama y quizás hasta dormir. ¡Eso sí que sería una bendición! Sería uno de esos regalos insignificantes que reconfortan a las criaturas, un premio de consolación para aliviar el dolor del fracaso.

    Sin embargo, a la altura de Daviot, vio a un mochilero alto y delgado que sostenía un cartel en el que se leía THURSO. Tenía buen aspecto. Después de las tres pasadas habituales, detuvo el coche unos diez metros más adelante de donde se encontraba. Observó por el espejo retrovisor cómo se acercaba al coche a grandes zancadas quitándose la mochila al mismo tiempo.

    Mientras se inclinaba para abrir la puerta del acompañante, pensó que debía de ser muy fuerte para poder casi correr con tanta carga. Una vez que hubo llegado al coche, el autoestopista se detuvo vacilante ante la puerta que ella le había abierto, y le mostró la mochila, de colores chillones, que sostenía con unos dedos largos y pálidos. Sonrió a modo de disculpa: era más grande que Isserley, y estaba claro que no podía llevarla encima de las piernas y que ni siquiera cabría en el asiento de atrás.

    Isserley se bajó del coche y abrió el maletero, en el que nunca llevaba nada más que una bombona de butano para encendedores y un pequeño extintor. Entre los dos metieron dentro la mochila.

    —Muchas gracias —dijo él con una voz tan seria y sonora que hasta Isserley pudo darse cuenta de que no era característica del Reino Unido.

    Isserley regresó a su asiento y el autoestopista ocupó el del acompañante, y partieron juntos en el preciso momento en que el sol se ocultaba tras el horizonte.

    —¡Qué alegría! —dijo él tímidamente mientras ponía el cartel de THURSO boca abajo sobre sus piernas enfundadas en unos pantalones de chándal color naranja. El cartel estaba metido en una carpeta de plástico transparente en la que había muchas otras hojas de papel, sin duda con nombres de diferentes destinos—. No es nada fácil que te recojan cuando se ha hecho de noche.
    —A la gente le gusta ver qué compañía va a llevar —le explicó Isserley.
    —Es comprensible —contestó él.

    Isserley se reclinó sobre el respaldo de su asiento y extendió los brazos para que él viese qué compañía llevaba.


    ¡Qué suerte había tenido de que le recogieran! Ahora podría llegar a Thurso esa misma noche y a las Órcadas al día siguiente. Claro que todavía le quedaban cerca de doscientos kilómetros hasta Thurso. Pero yendo a una media de ochenta por hora, o incluso de sesenta, como era el caso de aquel coche, en teoría podía cubrir aquella distancia en menos de tres horas.

    Aquella mujer todavía no le había preguntado adónde iba. Quizás no le llevaría más que un trecho corto y después le diría que giraba en la próxima salida. Sin embargo, que hubiese comprendido su alusión a las dificultades de hacer dedo por la noche le daba a entender que no tenía la intención de devolverlo a la carretera sólo quince kilómetros más adelante, cuando ya fuera de noche. Seguro que diría algo de un momento a otro. Él había sido el último en hablar. Podía ser de mala educación que volviese a dirigirle la palabra.

    No le había parecido que tuviera acento escocés.

    Tal vez fuese galesa. La gente de Gales hablaba un poco como ella. O tal vez fuese de otro país europeo, aunque de ninguno de los que él conocía.

    Era raro que le hubiese recogido una mujer. Las mujeres solían pasar de largo; las mayores sacudían la cabeza como si temieran que estuviese a punto de hacer alguna locura peligrosísima, como cruzar la autopista dando volteretas o algo así, y las jóvenes ponían una expresión de pena y nerviosismo, igual que si ya hubiese entrado en sus coches y estuviese intentando abusar de ellas. Pero esta mujer era diferente. Era amable y tenía unos pechos enormes que exhibía sin ningún problema. ¡Ojalá no anduviese buscando algún tipo de experiencia sexual!

    A menos que fuera después de llegar a Thurso.

    No podía verle el rostro cuando miraba hacia adelante, lo cual era una pena, porque le había parecido realmente notable. Llevaba las gafas más gruesas que había visto en su vida. En Alemania sería muy difícil que le dieran el carné de conducir a una persona que tuviese problemas tan graves en la vista. Además, por su postura, parecía como si tuviera alguna lesión en la columna vertebral. Tenía las manos largas, aunque extremadamente estrechas. La piel del borde, a lo largo del meñique y hasta la altura de la muñeca, tenía una textura callosa muy diferente de la del resto de la mano; seguramente, era un tejido cicatricial, consecuencia de una intervención quirúrgica. Sus pechos eran perfectos, impecables; quizás también eran producto de una intervención quirúrgica.

    Ahora se estaba volviendo hacia él. Respiraba por la boca. Como si su perfecta naricilla hubiese sido esculpida por un cirujano plástico y le hubiese quedado demasiado pequeña para dejar pasar el aire. Los enormes ojos, ampliados de tamaño por las gafas, estaban ligeramente enrojecidos de cansancio, pero le parecieron sorprendentemente hermosos. Tenía los iris color avellana y verde y brillaban como... como una muestra microscópica de algún cultivo bacteriológico exótico iluminado por debajo.


    —Bueno —dijo Isserley—, ¿qué vas a hacer en Thurso?
    —No lo sé —contestó el autoestopista—. Igual no hay nada que hacer.

    Isserley observó que tenía un cuerpo espléndido. Parecía delgado, pero era puro músculo. Seguro que podía haber ido corriendo durante un kilómetro junto a su coche si hubiera conducido despacio.

    —¿Y si resulta que no hay nada que hacer?

    El autoestopista hizo una mueca. Isserley pensó que, en la cultura a la que pertenecía, aquello debía de equivaler a encogerse de hombros.

    —Voy allí porque nunca he estado antes —dijo él acto seguido a modo de explicación.

    Aquel proyecto parecía provocarle hastío y entusiasmo al mismo tiempo. Tenía los ojos azules y las cejas rubias y espesas como nubarrones.

    —¿Recorres todo el país? —le preguntó Isserley.
    —Sí. —Hablaba cuidando la pronunciación y con un tono ligeramente enfático, aunque no arrogante. Era más bien como si tuviera que empujar cada palabra cuesta arriba por una pequeña colina antes de soltarla—. Empecé en Londres hace diez días.
    —¿Y viajas solo?
    —Sí. Cuando era joven viajé mucho por Europa con mis patres. —Esta última palabra, por la forma en que la pronunció, fue la primera que a Isserley le costó un poco descifrar—. Pero creo que, en cierto modo, vi todo a través de los ojos de mis patres. Ahora quiero ver las cosas con mis propios ojos.

    Le dirigió una mirada nerviosa, como si admitiera estar haciendo el ridículo al entablar una conversación de esas características con una extranjera desconocida.

    —¿Y tus padres lo entienden? —preguntó Isserley, más relajada al haber dado con la sintonía de la conversación y apretando un poco más el acelerador,
    —Espero que acaben entendiéndolo —contestó, y frunció el ceño, incómodo.

    A pesar de que era muy tentador seguir tirando de aquel cordón umbilical hasta llegar al extremo opuesto del ombligo, Isserley tuvo la sensación de que ya había averiguado todo lo que él estaba dispuesto a contar sobre sus patres, al menos por el momento. Así que cambió de tema.

    —¿De qué país eres?
    —De Alemania —respondió, y volvió a dirigirle una mirada nerviosa, como si temiese que reaccionara violentamente contra él sin previo aviso. Isserley intentó tranquilizarlo imprimiendo a su conversación la seriedad que él parecía querer lograr para sí mismo.
    —Y, por lo que has visto hasta el momento, ¿cuál es la mayor diferencia que encuentras entre tu país y éste?

    Se quedó callado pensándolo durante unos noventa segundos. A ambos lados del coche fluían praderas largas y oscuras salpicadas de pálidos flancos de vacas. Los faros iluminaron un cartel en el que aparecía un estilizado monstruo del lago Ness en colores fosforescentes.

    —A los británicos —contestó finalmente— no les preocupa tanto como a nosotros cuál es su lugar en el mundo.

    Isserley pensó en aquello durante un momento. No entendía si lo que le estaba sugiriendo era que los británicos hacían gala de una independencia admirable o de una insularidad deplorable. Supuso que aquella ambigüedad sería deliberada.

    La noche los había envuelto por completo. Isserley echó una ojeada a su acompañante y se fijó en lo bonito que resultaba el dibujo de sus labios y de sus pómulos alumbrados por el reflejo de las luces y los faros de los coches.

    —¿Y aquí duermes en casas de amigos o vas a hoteles? —preguntó ella.
    —Sobre todo en albergues juveniles —contestó después de algunos segundos como si, para hacer honor a la verdad, tuviese que consultar algún archivo mental—. Una familia de Gales me invitó a quedarme un par de días en su casa.
    —Qué amables —murmuró Isserley mientras se fijaba en que, a lo lejos, ya se veía el parpadeo de las luces del puente de Kessock—. ¿Esperan que vuelvas a visitarlos antes de regresar a tu país?
    —No, supongo que no —contestó, después de haber empujado aquellas palabras concretas cuesta arriba por una colina bastante alta, por cierto—. Creo que... los ofendí de algún modo. No sé bien cómo. Creo que mi inglés no es lo suficientemente bueno en ciertas situaciones.
    —A mí me parece excelente.
    —Tal vez ahí esté el problema —dijo, tras un largo suspiro—. Si fuese peor, la gente esperaría... —Trabajó la idea en silencio y luego dejó que las palabras se deslizasen colina abajo—. No se esperaría automáticamente que hubiese una comprensión mutua.

    A pesar de la penumbra, Isserley notaba que estaba moviendo los dedos y estrujándose las enormes manos. Tal vez él se diera cuenta de que su respiración empezaba a acelerarse, aunque estaba convencida de que en aquella ocasión lo estaba haciendo todo más sutilmente.

    —¿A qué te dedicas en Alemania? —preguntó Isserley.
    —Estudio..., bueno, no —se corrigió—. Cuando vuelva a Alemania tendré que buscarme un empleo.
    —¿Y vivirás con tus padres?
    —Mmm —dijo, de modo inexpresivo.
    —¿Qué estudiabas? Digo, antes de acabar la carrera...

    Se hizo un silencio. Una camioneta negra y sucia con un tubo de escape muy ruidoso los adelantó y tapó el sonido de la respiración de Isserley

    —Yo no acabé la carrera —dijo finalmente el autoestopista—. La abandoné. Podría decirse que soy un fugitivo.
    —¿Un fugitivo? —repitió Isserley dirigiéndole una sonrisa de ánimo.

    Él le devolvió la sonrisa, con expresión triste.

    —No de la justicia —dijo—, pero sí de una institución médica.
    —¿Quieres decir que eres un... psicópata? —dijo ella conteniendo la respiración.
    —No. Pero casi me convierto en médico, lo cual, en mi caso, tal vez hubiese sido lo mismo. Mis patres creen que sigo estudiando. Me enviaron muy lejos y pagan mucho dinero para que estudie allí. Para ellos es muy importante que sea médico, y no un médico cualquiera, sino un especialista. Les he enviado cartas diciéndoles que mis envistigaciones progresaban muy despacio. Pero lo que estaba haciendo en realidad era beber cerveza y leer libros de viajes. Y aquí estoy, viajando.
    —¿Y qué piensan tus padres de eso?

    Suspiró y bajó la mirada a las rodillas.

    —No saben nada. Los he estado preparando para esto. He dejado pasar algunas semanas entre una carta y otra, después algunas semanas más y después más semanas todavía. Siempre les digo que estoy muy ocupado con mis envistigaciones. La próxima carta se la mandaré cuando vuelva a Alemania.
    —¿Y tus amigos? —siguió indagando Isserley—. ¿No le has dicho a nadie que ibas a emprender esta aventura?
    —Yo tenía buenos amigos en Bremen, antes de irme a estudiar la carrera. Pero en la facultad de medicina sólo tengo algunos conocidos que lo único que quieren es acabar la especialidad y comprarse un Porsche. —Se volvió hacia ella con gesto preocupado, a pesar de que Isserley estaba haciendo todo lo posible para mantenerse calmada—. ¿Está usted bien?
    —Sí, estoy bien, gracias —dijo jadeando, y accionó la palanquita de la icpathua.

    Sabía que le caería encima, porque en aquel momento se había vuelto para mirarla. Estaba preparada para sujetarlo. Continuó conduciendo con la mano derecha, manteniendo el volante recto y el coche por el centro del carril. Con la izquierda empujó aquel peso muerto hasta devolverlo a su asiento. El conductor que iba detrás pensaría que había intentado darle un beso y ella lo había rechazado. Todo el mundo sabe que es peligroso besarse en un vehículo en movimiento. Ella lo había aprendido incluso antes de saber conducir. Lo había leído en un viejo libro sobre seguridad vial para adolescentes estadounidenses poco después de su llegada a Escocia. Le había llevado muchísimo tiempo comprender todo lo que decía aquel libro y se había pasado semanas estudiándolo, con el ruido de fondo de la televisión. Cuando uno menos lo esperaba, la televisión ayudaba a aclarar cosas que los libros no aclaraban, sobre todo si eran libros procedentes de tómbolas benéficas.

    El autoestopista volvió a caerse encima de ella y, otra vez, lo empujó hasta colocarlo en su sitio. «Mientras se conduce no es aconsejable morrearse, darse el lote ni meterse mano», ponía el libro. Para alguien que casi no hablaba el idioma, aquella admonición resultaba misteriosa. Pero ella la había descifrado bastante pronto con la ayuda de la televisión. Desde el punto de vista legal, uno podía hacer lo que quisiese dentro de un coche, incluido el acto sexual, siempre que el vehículo no estuviese en movimiento en ese momento.

    Al acercarse a una salida, Isserley puso el intermitente del lado izquierdo. ¡Pum!, hizo la cabeza del autoestopista contra la ventanilla de su lado.


    Eran más de las seis cuando llegó a la granja. Ensel y otros dos hombres la ayudaron a sacarlo del coche.

    —Éste es el mejor de todos —la felicitó Ensel.

    Asintió cansinamente con la cabeza. Ensel siempre decía lo mismo.

    Mientras los hombres echaban el cuerpo inanimado del vodsel en la camilla, volvió a meterse en el coche y se alejó envuelta en la oscuridad de la noche, con el cuerpo dolorido y dispuesta a irse inmediatamente a la cama.


    Capítulo 3


    A la mañana siguiente despertó a Isserley algo inusual: la luz del sol.

    Por lo general, no dormía más que unas pocas horas por la noche, y luego seguía tumbada en la cama con los ojos totalmente abiertos en medio de una oscuridad claustrofóbica, presa de la amenaza de aquel dolor que era como si le clavaran alfileres en los músculos contraídos de la espalda.

    Pero aquel día se encontró parpadeando bajo el resplandor dorado de un sol que producía la impresión de haber salido hacía ya bastante rato. Su dormitorio, encajonado en el piso superior, bajo la cumbrera del tejado a dos aguas de la casita de campo victoriana, tenía las paredes verticales sólo hasta la mitad de la altura y el resto con la misma inclinación que el tejado. Desde el punto en el que Isserley estaba tumbada, el dormitorio parecía un cuchitril hexagonal, iluminado como una celdilla de un panal resplandeciente. A través de una ventana, que estaba abierta, veía un cielo azul sin nubes, y, a través de la otra, la compleja arquitectura de las ramas de un roble cargadas de nieve reciente. El aire estaba en calma. Telarañas deshilachadas, abandonadas por las arañas que las habían tejido, colgaban de los marcos de madera de las ventanas sin agitarse apenas.

    Hasta pasados un minuto o dos no percibió el zumbido subsónico de la actividad de la granja.

    Se estiró, soltó un gruñido de malestar y empujó la sábana a un lado con las piernas. La inclinación del sol hacía que los rayos más cálidos cayeran justo sobre su cama, así que se quedó tumbada unos instantes, con los cuatro miembros extendidos formando una equis, dejando que le acariciaran la piel desnuda.

    Las paredes de su dormitorio también estaban desnudas. En el suelo no había ninguna alfombra, sólo una fina lámina de viejas tablas de madera sin barnizar que no habrían pasado una prueba de nivelado. Bajo una de las ventanas brillaba un manchón de escarcha. Por curiosidad bajó la mano hasta el vaso de agua que tenía junto a su cama y lo levantó para que le diera la luz. El agua seguía apenas en estado líquido.

    Se la bebió a pesar de que, al inclinar el vaso, crujió ligeramente. Tras una noche entera de haber estado tumbada inmóvil dejando que la naturaleza actuara, su cuerpo había alcanzado una temperatura circulatoria bastante alta, que se mantendría hasta que empezase a hacer los ejercicios para poner en marcha el metabolismo diurno.

    Hasta ese momento su organismo estaría tan calentito como si fuera el de un ánsar nival.

    Al beber el agua recordó que no había comido nada desde el desayuno del día anterior. Tendría que repostar adecuadamente antes de lanzarse a la carretera. Es decir, si es que se lanzaba a la carretera.

    Porque, después de todo, ¿quién había dicho que tuviera que hacerlo todos los días de su vida? No era una esclava.

    El despertador de plástico barato que estaba en la repisa de la chimenea marcaba las 9.03. En la habitación no había ningún otro dispositivo mecánico, salvo un televisor portátil, sucio y deteriorado, metido dentro del hueco de la chimenea. Estaba enchufado a un alargador cuyo larguísimo cable serpenteaba a lo largo del zócalo y salía por debajo de la puerta. La conexión a la red eléctrica se hallaba en algún punto, bajando las escaleras.

    Hizo un gran esfuerzo para levantarse de la cama y probó a ver qué tal se encontraba de pie. No demasiado mal. Últimamente tenía un poco abandonados sus ejercicios, y eso hacía que se sintiera más agarrotada y dolorida de lo normal. Era evidente que podía hacer algo para mejorar.

    Fue hasta la chimenea y encendió el televisor. Para verlo no necesitaba las gafas. En realidad, no tenía por qué llevarlas. Los cristales eran unos simples trozos de vidrio grueso que simulaban ser lentes ópticas. No le proporcionaban más que dolor de cabeza y cansancio de ojos, pero resultaban convenientes para su trabajo.

    En la televisión un chef de cocina vodsel enseñaba a una inepta hembra a freír riñones en lonchitas, y, al empezar a salir humo de la sartén, a ella le entró una risilla nerviosa. Cambió de canal. Unas criaturas peludas y multicolores, que Isserley jamás había visto en la vida real, retozaban y cantaban unas canciones sobre las letras del abecedario. En otro canal unas manos con las uñas pintadas de color melocotón hacían una demostración de cómo funcionaba una batidora que vibraba. En otro canal daban dibujos animados, y un cerdo y un pollo iban volando por el aire en un cacharro impulsado por un cohete. Estaba claro que se había perdido las noticias.

    Apagó el televisor, se enderezó y se colocó en el centro de la habitación para hacer los ejercicios de la espalda. Hacerlos como era debido le llevaba tiempo y le suponía un gran esfuerzo, por lo que desde hacía algunas semanas se había dejado llevar por la pereza, y su cuerpo la castigaba por ello. Tenía que volver a ponerse en forma. No había ninguna necesidad de padecer un dolor como el de los últimos días. Estar en malas condiciones físicas no conducía a nada, a menos que, por alguna razón malsana, lo que pretendiera en realidad fuera sentirse mal. Sentirse arrepentida de lo que había hecho.

    Pero no se arrepentía de lo que había hecho. No.

    Así que arqueó la espina dorsal, giró los brazos y apoyó el peso del cuerpo primero en una pierna y luego en la otra. Después se puso de puntillas con los brazos estirados hacia arriba, un poco temblorosos. Se mantuvo en aquella postura todo lo que pudo. Con las puntas de los dedos de las manos rozaba la bombilla apagada que colgaba de un cable. Incluso así, estirada al máximo, en aquel dormitorio de tamaño infantil, era demasiado baja para tocar el techo.


    Quince minutos más tarde, sudorosa y un poco agitada, se dirigió al armario a elegir la ropa que se iba a poner. Se decidió por la misma del día anterior. En cualquier caso, la elección se limitaba a seis blusas con idénticos escotes, pero de diferentes colores, y a dos pantalones acampanados, ambos de terciopelo verde. No tenía más que un par de zapatos, hechos a medida, que había tenido que llevar al zapatero ocho veces antes de poder andar con ellos. No llevaba bragas ni sostén. Sus pechos se mantenían erguidos por sí mismos. Un problema menos del que preocuparse. Bueno, dos.

    Isserley salió por la puerta de atrás de la casa y aspiró una bocanada de aire. La brisa marina olía con especial intensidad aquel día. Por supuesto que, en cuanto se tomara el desayuno, bajaría al estuario.

    Y luego tenía que acordarse de lavar la ropa y ponerse otra, por si se cruzaba con algún otro listillo como el vodsel que llevaba un molusco en el bolsillo.

    Alrededor de la casa los campos estaban cubiertos de nieve, pero acá y allá asomaban algunos pedacitos de tierra oscura, como si el mundo fuese una suculenta tarta de frutas con una capa de nata por encima. En el campo que quedaba al oeste había unas ovejas doradas, diminutas y solitarias en medio de la blancura, que metían los hocicos en la nieve buscando alguna delicia enterrada. En el campo que estaba al norte un gigantesco montón de nabos colocado sobre el heno apilado brillaba al sol como si se tratase de guindas confitadas. En dirección sur, detrás de las construcciones y los silos de la granja, se perfilaban los tupidos abetos navideños del bosque de Carboll. Y al este, más allá de las granjas, se agitaban las aguas del mar del Norte.

    Por ninguna parte se veían tractores ni gente trabajando.

    Todos los campos estaban arrendados a granjeros de la localidad que llevaban los utensilios necesarios cuando llegaba la época de la labranza, la de la recolección, la de parir las ovejas y así sucesivamente. En los intervalos de tiempo entre una tarea y otra, las tierras permanecían silenciosas y dejadas a su aire, y las construcciones que había en ellas se iban deteriorando, cubriéndose de óxido y de musgo.

    En la época de Harry Baillie algunas de las construcciones se utilizaban para albergar el ganado durante el invierno, pero es que entonces resultaba rentable. El único ganado que había ahora eran unos cuantos bueyes que tenía Mackenzie y que estaban en el prado situado al lado de la colina de los Conejos. Y unas cien ovejas de cara negra que pastaban en los acantilados, junto al extremo de Ablach que daba al mar, y se alimentaban de hierbas saladas y de mala calidad. Tenían suerte de que por allí corriera un arroyuelo que desembocaba en el mar, porque los viejos abrevaderos de hierro fundido se habían ido llenando hasta arriba de unas algas tan oscuras como las espinacas o estaban cubiertos de una capa de óxido del color de la nuez moscada. No, desde luego, el actual propietario de Ablach no era uno de los pilares de aquella población como lo había sido Harry Baillie. Los naturales del lugar creían que era escandinavo, y lo consideraban un ermitaño chiflado. Isserley sabía que tenía esa fama porque, a pesar de su norma de no subir a su coche a nadie del pueblo, alguna vez había recogido autoestopistas en la A9, a más de treinta kilómetros de allí, que, de pronto, se habían puesto a hablar de la Granja Ablach. Aun teniendo en cuenta la escasa población de las Highlands, las posibilidades de que un asunto como aquél surgiera durante la conversación con un desconocido eran mínimas, sobre todo porque Isserley tenía siempre mucho cuidado de no decir dónde vivía.

    Pero el mundo debía de ser más pequeño de lo que ella pensaba, ya que, una o dos veces al año, algún autoestopista parlanchín sacaba a relucir el asunto de los inmigrantes y de cómo estaban echando a perder las tradiciones de Escocia, e invariablemente, ponía el ejemplo de Ablach. Isserley se hacía la tonta cuando oía el cuento de que un escandinavo chiflado se había quedado con la granja de Baillie y, después, en vez de convertirla en una de esas empresas europeas que son una mina de oro, la había dejado irse a pique y había arrendado los campos a los mismos granjeros que habían participado en la subasta, pero que no habían podido mejorar su oferta.

    —¡Lo que hay que ver! —le había dicho una vez un autoestopista—. A los extranjeros el coco les funciona de una manera diferente a la nuestra. No se sienta ofendida.
    —No me siento ofendida —contestó ella mientras intentaba decidir si debía llevarse a aquel vodsel al lugar del que parecía saber tanto—. Y usted, ¿de dónde es? —le había preguntado luego.

    No podía recordar qué le había contestado. Dependiendo de lo poco o mucho que pareciera haber viajado el autoestopista, había unos cuantos países de los que podía decir que procedía: la antigua Unión Soviética, Australia, Bosnia... o incluso de los países escandinavos, si es que el autoestopista no se había puesto a soltar juramentos sobre el chiflado hijo de puta que había comprado la Granja Ablach.

    Sin embargo, con el paso de los años Isserley empezó a tener la impresión de que aquel hombre al que conocía por Esswis iba ganándose poco a poco y a regañadientes el respeto de la población. Los demás granjeros lo conocían como el señor Esswis, y todo el mundo daba por hecho que llevaba sus negocios desde la «Casa Grande», que era el doble de la de Isserley en cuanto a tamaño y estaba situada en el centro de la granja. A diferencia de la casita de Isserley, tenía corriente eléctrica en todas las habitaciones, así como calefacción, muebles, alfombras, cortinas, electrodomésticos y toda clase de chismes. Isserley no sabía qué hacía Esswis con aquellas cosas, pero, probablemente, le servían para impresionar a los que lo visitasen, aunque fuesen bien pocos.

    En realidad, Isserley no conocía bien a Esswis, a pesar de que era la única persona del mundo que había pasado por lo mismo que ella. Así que, en teoría, había muchas cosas de las que podían hablar, pero, en la práctica, se evitaban.

    A ella le parecía que haber compartido unos mismos sufrimientos no era garantía suficiente para establecer una estrecha amistad.

    El hecho de que ella fuera mujer y él hombre no tenía nada que ver. Esswis tampoco mantenía relaciones sociales con los hombres. Simplemente, se pasaba el tiempo enclaustrado en su gran casa a la espera de poder ser útil.

    En realidad, podía decirse que Esswis vivía prisionero en aquella mansión. Resultaba crucial que estuviera disponible veinticuatro horas al día, por si surgía alguna emergencia que pudiera plantear un enfrentamiento entre la Granja Ablach y el mundo exterior. Por ejemplo, hacía un año que una imprudencia en el manejo de una máquina para fumigar pesticida había ocasionado la muerte de una oveja extraviada. El animal no había muerto por el pesticida ni bajo las ruedas del vehículo, sino por una causa insólita: se había destrozado el cráneo con el extremo puntiagudo de uno de los brazos difusores. Sin perder un minuto, el señor Esswis había logrado ponerse de acuerdo con los dueños de la máquina de fumigar y de la oveja. Los dejó perplejos al decirles que asumiría toda la culpa de la pérdida del animal con tal de evitar las molestias y el papeleo.

    Esa clase de cosas le habían hecho ganarse el respeto en la zona, a pesar de ser un inmigrante extranjero. Jamás se dejaba ver en los concursos de arado o en las fiestas del pueblo, eso ya se sabía, pero puede que no fuera por falta de interés: se rumoreaba compasivamente que padecía artritis o cáncer, o que tenía una pierna de madera. Y, además, comprendía mucho mejor que otros inmigrantes adinerados que los tiempos que corrían eran duros para los granjeros del pueblo, y muchas veces aceptaba paja o productos de la tierra como pago, en vez de exigir el dinero de la renta. Por mucho que Harry Baillie hubiera sido uno de los pilares de aquel pueblo, cuando se trataba de firmar contratos era un cabrón. Pero con Esswis una simple palabra dada por teléfono valía tanto como una firma. Y, en cuanto a cómo intentaba evitar que los turistas se metieran en su propiedad, con alambre de espino y carteles amenazantes, bueno, eso era otra cosa más a su favor. Las Highlands no eran un parque público.

    Isserley fue caminando hasta el sendero principal y, con un suspiro de alivio al poder prescindir de las gafas durante un rato, miró hacia la casa de Esswis. Todas las habitaciones tenían las luces encendidas. Tenía las ventanas cerradas, y los cristales estaban opacos por la condensación del aire. Esswis podía hallarse en cualquier parte allí dentro.

    La sensación de la nieve crujiendo bajo sus pies le resultó muy agradable. La simple idea de que el vapor del agua se solidificase al llegar a las nubes y cayera revoloteando en copos a la tierra le parecía algo milagroso. Incluso después de tantos años, le seguía pareciendo casi increíble. Era un maravilloso fenómeno de una formidable extravagancia, inútil e injustificable. Sin embargo, allí estaba, suave, esponjosa, tan pura que podía comerse. Cogió un puñado del suelo y se metió un poco en la boca. Estaba deliciosa.

    Se dirigió hacia la construcción más grande de la granja, la que estaba en mejores condiciones o la que, por lo menos, no estaba en ruinas. El antiguo tejado de tejas había sido reemplazado por una chapa metálica. Los huecos que iban quedando en los muros al irse desmoronando las piedras se habían ido rellenando con cemento. El efecto general era más el de un contenedor gigantesco que el de una casa, pero los sacrificios estéticos habían sido necesarios. Era una edificación que tenía que estar protegida de los elementos y las miradas de intrusos curiosos. Era la entrada a un lugar secreto de enormes proporciones situado por debajo del suelo.

    Isserley llegó hasta la puerta de aluminio. Apretó el timbre que había bajo una placa metálica que decía PELIGRO, PRODUCTOS QUÍMICOS y ENTRADA PERMITIDA SÓLO A PERSONAL AUTORIZADO. Aún había otra placa más, atornillada en la propia puerta, con una silueta estilizada de una calavera y dos huesos cruzados que Isserley suponía que eran fémures.

    En el interfono se oyó un sonido abstracto. Se inclinó y se acercó a la rejilla casi hasta rozarla con los labios.

    —Soy Isserley —susurró.

    La puerta se abrió girando sobre su eje y ella entró.


    Impaciente por ir cuanto antes al estuario, no se demoró mucho en el desayuno. Al cabo de veinte minutos ya estaba de vuelta en su casa, con el estómago lleno y llevando una bolsa de plástico que contenía los efectos personales del autoestopista alemán.

    Parecía que los hombres que había allá abajo se habían alegrado de verla. Le dijeron cuánto lamentaban que se hubiese perdido la cena de la noche anterior.

    —Fue un auténtico banquete —le había contado Ensel en su idioma, que hablaba con marcado acento provinciano—. Piernas de voddissin en salsa serslida y, de postre, grosellas silvestres recién cogidas.
    —Bueno, no importa —contestó Isserley mientras untaba de mermelada de mussanta varias rebanadas de pan. Nunca sabía qué decirles a aquellos hombres, peones y manipuladores de alimentos, con los que seguro que jamás se habría relacionado si hubiera llevado una vida común y corriente en su tierra. Y, por supuesto, tampoco ayudaba mucho que tuvieran un aspecto tan diferente del suyo y que se quedaran mirándole los pechos y el rostro artificialmente cincelado cuando creían que no los veía.

    Aquel día andaban muy atareados y la dejaron desayunar tranquila. Pero no antes de contarle unas cuantas novedades importantes: Amlis Vess iba a ir allí. ¡Amlis Vess! ¡En la Granja Ablach! ¡Y al día siguiente! Había mandado un mensaje diciendo que ya estaba de camino, que no quería que se tomaran ninguna molestia especial y que sólo quería ver cómo iban las cosas. ¡Quién lo iba a pensar!

    Isserley hizo un comentario poco comprometedor y los hombres se fueron a continuar los preparativos para tan gran acontecimiento. La emoción era algo poco habitual en sus vidas desde que la Granja Ablach estaba consolidada y disponían de tiempo libre. No cabía la menor duda de que la visita del hijo del jefe resultaba un hecho tremendamente atractivo comparado con las aburridas tardes de jugar con pajitas o con lo que hicieran los hombres de aquella clase para entretenerse. Una vez sola en el comedor, Isserley se sirvió un cuenco de gushu, pero tenía un sabor extrañamente agrio. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que en todo el conjunto subterráneo, además del tufillo habitual a sudor masculino y mala comida, flotaba un olor ácido a productos de limpieza y a pintura. Eso determinó que aún se diera más prisa para volver al aire puro cuanto antes.

    El camino de regreso a su casa a través de la nieve despejó sus senos nasales y la ayudó a bajar la comida. Sosteniendo la bolsa de plástico entre las piernas, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta principal de su casa. Se dirigió al cuarto de estar, que, a excepción de unos grandes montones de ramas y ramitas que había por el suelo, estaba vacío.

    Reunió varias de las mejores, formó una brazada, se la llevó al patio de atrás y la dejó caer junto con la bolsa de plástico al suelo cubierto de nieve. Dispuso las del tamaño más adecuado para formar una pequeña pira y el resto las dejó reservadas a un lado.

    A continuación abrió con una llave la puerta herrumbrosa del cobertizo de hierro contiguo a su casa. Puso las palmas de las manos sobre el capó del coche y notó que estaba helado. Confiaba en que arrancase cuando llegara la hora, pero, de momento, aquello no la preocupaba. Abrió el maletero y sacó la mochila del autoestopista alemán. También había sufrido los efectos de la helada nocturna. No es que estuviera congelada, pero sí húmeda y muy fría, como si hubiera estado en la nevera.

    La llevó al patio después de comprobar que no había nadie por los alrededores. No había ni un alma. Prendió las ramitas inferiores de la pira. Como las había recogido hacía varios meses y las había tenido guardadas desde entonces dentro de la casa, estaban muy secas, así que ardieron inmediatamente.

    Una vez colocada vertical, la mochila resultó ser un inesperado cuerno de la abundancia. Estaba mucho más llena que lo que permitían suponer las leyes de la física. Y, además, contenía cosas de una extraordinaria variedad, guardadas todas ellas en docenas de bolsitas de plástico, botellitas, cajitas, saquitos y carteritas con cremallera, colocadas e intercaladas de una manera muy ingeniosa. Isserley las fue tirando, una a una, al fuego. Multicolores envases de comida se fueron retorciendo y quedaron reducidos a unas burbujas que apestaban a petróleo. Las camisetas y los calzoncillos, lanzados a las llamas después de desdoblarlos, se llenaron de bocas negras por las que salía el humo. Los calcetines lanzaron chispas. Una cajita de cartón con un medicamento estalló ruidosamente. Un bote cilíndrico transparente que contenía una figurita de plástico con el traje nacional escocés fue pasando por varios estados. El último de ellos fue la caída de bruces entre las llamas del rosado muñequito, ya desnudo y con los brazos derretidos.

    La escasez de objetos inflamables hacía que el fuego fuese sofocándose, y, al añadirle un par de pantalones, amenazó con extinguirse. Isserley eligió unas ramitas bien secas y las fue colocando en zonas estratégicas. Los mapas desplegables de Inglaterra, Gales y Escocia también le sirvieron de ayuda. Convenientemente arrugados para facilitar la entrada de aire, ardieron con entusiasmo.

    Escondido casi en el fondo de la mochila había un neceser de color rosa que no contenía artículos de aseo, sino un pasaporte. Al verlo, Isserley se preguntó si podría utilizarlo. Jamás había visto un pasaporte hasta ese momento, por lo menos ninguno «en vivo y en directo», por así decirlo. Se puso a pasar las páginas y a examinarlo con gran curiosidad.

    Dentro había una foto del autoestopista, y también figuraban su nombre, su edad, su fecha de nacimiento y otras cosas por el estilo. Todo aquello no le decía nada a Isserley, pero sí le intrigó mucho que en la fotografía pareciera más rellenito y sonrosado de lo que había sido en realidad, y también, misteriosamente, menos real. Tenía una expresión de estoicismo alicaído. Era extraño que un ejemplar como aquél, bien cuidado, sano, con libertad para andar paseándose por el mundo y con una perfección de formas que, seguramente, le habría permitido aparearse con un número mayor de hembras que la media, pudiera parecer tan desgraciado. Por el contrario, otros machos, marcados por el abandono, plagados de enfermedades y rechazados por sus congéneres, irradiaban en algunas ocasiones una alegría que parecía surgir de algo más enigmático que la mera estupidez.

    Aquella incapacidad que tenían algunos de los vodsels más aptos y mejor dotados para ser felices mientras estaban vivos constituía para Isserley uno de los mayores misterios con los que se enfrentaba en su trabajo, y la desconcertaba cada vez más con el paso de los años. Hablar de eso con Esswis no le hubiera aclarado nada, y mucho menos comentarlo con los demás hombres de la granja. Isserley había comprendido hacía mucho que, aunque tuviesen las mejores intenciones, carecían de cualquier preocupación espiritual.

    Levantó la mirada y comprobó que se le estaba apagando el fuego, así que se puso a rebuscar alguna cosa que fuera más combustible. Lo primero que encontró fue la bolsa de plástico en la que el autoestopista llevaba los carteles, y la sacudió para que el fajo de papeles cayera sobre la nieve. Los fue echando al fuego uno a uno: THURSO, GLASGOW, CARLISLE y media docena más, hasta el último que decía SCHOTTLAND. Ardieron con una llamarada brillante, pero se consumieron en un instante. La pira se iba convirtiendo en un humeante amasijo de cenizas y plástico derretido con pocas probabilidades de poder consumir el objeto más grande de todos: la propia mochila.

    Se dirigió a toda prisa al cobertizo a buscar una lata de gasolina, derramó una buena cantidad del reluciente combustible encima de la mochila y, con mucho cuidado, la lanzó sobre la mortecina pira, que se avivó con un estruendo que la llenó de emoción.

    Echó una última mirada al pasaporte. Había decidido que, si se arriesgaba a conservar algún documento, un carné de conducir le sería más práctico. Y, de todos modos, se había dado cuenta, aunque con retraso, de que en el pasaporte figuraba el sexo del titular y también estaba registrada su altura: 1,90 m. Sonrió y tiró aquella libreta roja al fuego.

    El billetero que contenía la bolsa de plástico también fue a dar a la pira, una vez extraído el dinero. Algunos de los billetes no eran de curso legal en el Reino Unido, así que se deshizo de ellos. Las libras podía añadirlas a su asignación para la gasolina. Era una suerte que no comprara ninguna otra cosa, porque, como las manos le apestaban a carburante, había impregnado los billetes con aquel olor.

    La idea de ir hasta la playa y darse después una ducha le pareció mejor que nunca. Luego saldría con el coche. Si es que le apetecía. De todos modos, en un día de nieve no habría muchos autoestopistas en la carretera. Amlis Vess tendría que comprenderlo. No le quedaría otro remedio.


    Fue caminando a lo largo de la playa de cantos rodados del estuario de Moray, embelesada por la belleza de aquel ancho mundo al aire libre.

    Trillones de litros de agua se agitaban a su derecha entre la playa de Ablach y una Noruega invisible, situada más allá de la línea del horizonte. A su izquierda unas empinadas colinas repletas de tojos llevaban hasta la granja. Por detrás y por delante de ella se extendía la línea interminable del contorno de la península, cuyos pastizales encharcados, que se utilizaban para alimentar las ovejas, terminaban de un modo abrupto en una franja estrecha de rocas, moldeadas y esculpidas por hielos y fuegos prehistóricos al borde del agua. A Isserley le encantaba pasear por aquella franja rocosa.

    La variedad de formas, colores y texturas que hallaba bajo sus pies le parecía infinita. Y debía de serlo. Cada caracola, cada canto y cada piedra habían sido conformados por milenios y milenios de masajes submarinos o glaciales. La dedicación eterna e indiscriminada que demostraba la naturaleza hacia sus innumerables partículas tenía para Isserley una enorme importancia emocional: colocaba la injusticia de la vida humana en su verdadera dimensión.

    Arrojadas a la orilla, tal vez sólo unos momentos antes de volver a ser arrastradas mar adentro para pasar millones de años de pulimento y cambio de forma, las piedras permanecían serenas bajo sus pies desnudos. Le habría encantado poder recogerlas todas para organizar una compleja exposición infinita, un jardín de rocas del que se encargaría, pero de tales dimensiones que jamás podría recorrerlo de un confín a otro. En cierto sentido, la playa de Ablach ya era un jardín de rocas así, pero Isserley no había intervenido en su disposición, y le habría gustado mucho haber participado en su diseño.

    Levantó del suelo una piedrecilla; era como una campanita suave con un agujero sedoso que la atravesaba. Tenía rayas anaranjadas, plateadas y grisáceas. A sus píes había otra piedra, redonda, totalmente negra. Dejó la que tenía forma de campanita y agarró el globo negro. Cuando lo estaba levantando, un huevo de cristal blanco y rosa brillante captó su mirada. Elegir una de aquellas piedras era un reto excitante, pero imposible.

    Dejó el globo negro, se enderezó y se quedó mirando fijamente el océano, los surcos evanescentes de las olas. Luego dirigió la mirada al otro lado para localizar una gran roca sobre la que había dejado los zapatos. Allí seguían, con los cordones agitándose al viento.

    Estaba corriendo un riesgo al ir descalza, con los pies a la vista, pero en el improbable caso de que alguien bajase a pasear por la playa, ella le vería a cien metros o más. Para cuando estuviera suficientemente cerca como para verle los pies, ella ya los habría puesto a salvo dentro de los zapatos o, si era necesario, los habría metido dentro del agua. El alivio que sentía al dejar que sus largos dedos se estiraran libres en la playa rocosa, curvándose sobre las piedras, era indescriptible. Y, de todas formas, ¿a quién, excepto a ella, le tenía que preocupar el riesgo que corriera? Estaba haciendo un trabajo que nadie más podía hacer y, además, conseguía cumplir los objetivos año tras año. Amlis Vess haría bien en recordarlo, si es que se atrevía a encontrarle algún defecto.

    Siguió caminando y giró, acercándose más al borde del agua. Los charcos poco profundos que había entre las rocas más grandes estaban llenos de lo que ahora sabía que se llamaban buccinos, aunque le pareció que aquellos eran de los minúsculos que no interesaban en el mercado. Sacó uno del agua salada glacial y se lo llevó a la altura de la boca. Con la punta de la lengua se aventuró en el agujerillo resplandeciente. Tenía un gusto acre; sin duda, un sabor de esos a los que hay que acostumbrarse.

    Volvió a colocar el buccino en su charco con mucha suavidad, como para no hacer ruido. Había una..., digamos que una visita.

    Una oveja había bajado hasta la orilla, no muy lejos de donde estaba ella, y estaba olisqueando y probando a lengüetazos piedras de un tamaño similar al suyo. Isserley estaba intrigada. Nunca se había imaginado que una oveja pudiera andar por semejante terreno, no creía que sus pezuñas se lo permitieran. Pero allí estaba, andando entre las traicioneras ciénagas llenas de piedras y moluscos sin dificultad aparente.

    Isserley se aproximó con mucho sigilo, balanceándose con cautela sobre los dedos de los pies y conteniendo la respiración por miedo a alarmar a aquella compañera de viaje.

    Le resultaba difícil creer que aquella criatura no hablase. Tenía un aspecto que sugería que podía hacerlo. A pesar de lo extraño de sus rasgos, había en ella algo que parecía tan humano, que se sentía tentada, y no por primera vez, de cruzar la línea divisoria entre especies y establecer una comunicación.

    —¡Hola! —la saludó.
    —¡Ahí! —exclamó al ver que no la comprendía.
    —¡Wün! —le dijo en un postrer intento.

    Aquellos tres saludos, que no provocaron ningún efecto en la oveja, aparte del de alejarla, agotaron todas las posibilidades de saludar en los idiomas que Isserley conocía.

    Había que admitir que no era una gran lingüista.

    Pero es que ningún lingüista se hubiera presentado para hacer su trabajo. Eso, seguro. Sólo gente desesperada, sin ninguna otra perspectiva más que la de ser arrojada a los Estados Nuevos, lo habría tomado en consideración.

    E, incluso en ese caso, solamente lo habrían hecho los que no estuvieran en su sano juicio.

    La verdad es que, echando la vista atrás, en aquel entonces ella estaba totalmente loca. Perturbada hasta la demencia. Pero, después de todo, las cosas habían resultado bien. Era la mejor decisión que había tomado en su vida. Un pequeñísimo sacrificio personal, en realidad, si había servido para evitar pasarse la vida enterrada en los Estados Nuevos. Una vida brutalmente corta, por lo que se decía.

    De hecho, cada vez que sentía molestias por lo que le habían hecho a su hermoso cuerpo para poder enviarla allí, intentaba recordar la apariencia que adquiría la gente que vivía en los Estados Nuevos. La decadencia física y el deterioro mental iban asociados al transcurso del tiempo allá abajo. Quizás fuera consecuencia del hacinamiento, o de la mala calidad de la comida, o del aire malsano, o de la falta de atención sanitaria, o, simplemente, se tratara del inevitable resultado de la vida subterránea. Pero en la gentuza que vivía en los Estados Nuevos se apreciaba una fealdad inconfundible, una degeneración casi infrahumana.

    Cuando recibió la noticia de que la iban a enviar allí, Isserley se había hecho el firme y solemne juramento de que se mantendría sana y hermosa contra viento y marea. El rechazo categórico a que ocurrieran cambios en su físico sería su venganza contra los que detentaban el poder, su pataleo de rebeldía. Pero ¿habría podido realmente mantener esa esperanza? No cabía la menor duda de que en un principio todo el mundo se juraba que no permitiría que lo transformasen en una bestia, con la espalda encorvada y la carne llena de cicatrices, que no se le caerían los dientes, ni perdería los dedos, ni se quedaría sin pelo. Pero así era como terminaban todos. ¿Habría sido diferente en su caso, si hubiera ido allá en vez de venir aquí?

    Por supuesto que no. Por supuesto que no. Y en la actualidad, después de ver cómo habían salido las cosas, no tenía una apariencia peor que la de la gentuza que vivía en los Estados Nuevos, ¿verdad? O, en todo caso, no mucho peor. ¡Y había que ver todo lo que había conseguido a cambio!

    Dirigió su mirada al ancho mundo desde aquella posición estratégica sobre las rocas de la playa de la Granja Ablach. Era increíblemente hermoso. Tuvo ganas de corretear por allí para siempre, pero ya no podía correr.

    No es que en los Estados Nuevos hubiera podido corretear de aquí para allá. Se habría arrastrado penosamente a lo largo de los corredores subterráneos de bauxita y ceniza prensada junto con los demás parias y fracasados. Se habría matado a trabajar en una planta de filtración de humedad o en una fábrica de oxígeno entre inmundicias, como los gusanos.

    Y, en vez de eso, estaba allí, libre para deambular por una zona en estado natural casi ilimitada y con una cantidad impresionante de aire y de agua a su disposición.

    Y todo lo que había tenido que hacer a cambio, reduciéndolo a lo esencial, era andar a dos patas.

    Por supuesto que eso no era todo lo que había tenido que hacer.

    Para dejar de pensar en todos los amargos detalles específicos de su sacrificio, Isserley decidió que debía volver al trabajo. No podía darse un buen baño de libertad sin que la embargaran aquellos recuerdos y pensamientos tan desagradables. Y el remedio estaba en ponerse a trabajar.

    Ya había tirado las llaves y el reloj del autoestopista alemán al mar, donde recibirían otra forma y otra textura junto con los demás desechos de milenios. La bolsita de plástico vacía se la metió en la cinturilla de los pantalones para no dejar basura en la playa. Ya estaba bastante sucia con todos aquellos horribles residuos de los barcos y las plataformas petrolíferas. Un día encendería un fuego enorme en la playa y quemaría toda la porquería que había. Pero siempre se le olvidaba llevar lo necesario para hacerlo.

    Volvió a donde estaban los zapatos y se los calzó, no sin cierta dificultad, porque tenía los pies helados y un poco hinchados. Quizás se había pasado al estar tanto tiempo expuesta al frío. Unas pocas horas en su cochecito con la calefacción a tope la pondrían como nueva.

    Se puso a andar por la playa dirigiéndose a grandes zancadas hacia la zona cubierta de hierba. La oveja a la que había saludado se había reunido con el resto del rebaño y estaba ya lejos, en la zona más alta de la colina. Intentó distinguirla entre sus congéneres, pero tropezó y estuvo a punto de caerse porque los zapatos la hacían andar con torpeza. Tenía que mirar por dónde pisaba. Al borde de la zona en la que comenzaba la vegetación había esparcidas intrincadas marañas de algas, descoloridas y secas por la acción del sol, que se asemejaban a esqueletos o a fragmentos de esqueletos de criaturas inexistentes. Entre aquellos engañosos simulacros había auténticos restos de gaviotas, devoradas por algún congénere, que se mecían al viento. A veces, aunque no aquel día, había una foca muerta, con las aletas traseras enredadas en algún trozo de red de pescar y el cuerpo agujereado por la acción de otros habitantes marinos.

    Fue ascendiendo por el sendero trazado por generaciones y generaciones de rebaños de ovejas a lo largo del terreno escalonado de la colina. Pero su mente ya se hallaba al volante.


    Cuando llegó a su casa, la fogata se había apagado. En la nieve quedaba un halo, un círculo oscuro de cenizas y hierbajos chamuscados. Y en lo que había sido la pira aún quedaban restos de la mochila que no se habían consumido. Sacó de entre las cenizas los soportes metálicos cubiertos de hollín y los puso a un lado para deshacerse de ellos más tarde. Quizás al día siguiente, si es que tenía ganas de ir hasta el mar.

    Entró en la casa y se fue derecha al cuarto de baño.

    Como todas las demás habitaciones, tenía un aspecto vacío y deshabitado, con manchas de moho y residuos de insectos. A través de una ventana diminuta con el cristal cubierto de escarcha y suciedad se filtraba una luz pálida. El trozo de espejo mellado que colgaba torcido en la hornacina que había sobre el lavabo no reflejaba más que la pintura descascarillada. La bañera estaba limpia, aunque un poco oxidada, al igual que el lavabo. Por el contrario, el interior del retrete, que carecía de tapa, tenía el color y la textura de la corteza de los árboles; no se había utilizado, por lo menos, desde que Isserley vivía allí.

    Sin detenerse nada más que para quitarse los zapatos, Isserley se introdujo en la bañera con churretes de color ocre. Atornillada en la pared, por encima de la altura de su cabeza, había una alcachofa de ducha que puso a funcionar por medio de un mando de baquelita para que lanzara agua a presión sobre ella. Cuando empezó a caer el agua, aún estaba quitándose la ropa y dejando que cayera en la bañera alrededor de sus pies.

    Sobre la repisa oxidada había tres frascos de champú. Los tres juntos le habían costado cinco libras en la tienda de la gasolinera Arabella. Cogió el que más le gustaba y se echó un chorrito de aquel jarabe verde pálido en el pelo. Después se echó otro chorrito sobre el cuerpo desnudo y una buena cantidad encima de la ropa empapada que tenía alrededor de los pies. Con uno de ellos empujó la ropa y la aplastó encima del desagüe para que subiese el nivel del agua dentro de la bañera.

    Se lavó el pelo a fondo y se lo aclaró varias veces. Cuando estaba en su tierra de lo que se sentía más orgullosa era de su pelo. Un miembro de la Élite le había dicho en cierta ocasión que con un pelo como el suyo no había ninguna duda de que no la destinarían a los Estados Nuevos. Mirando hacia atrás, le pareció un cumplido fácil y frívolo, pero en aquel momento le había resultado alentador. Le había hecho creer que el pasaje para un futuro brillante era una cuestión que radicaba inevitablemente en el físico, que era un derecho reluciente y fastuoso con el que había nacido, que todo el mundo podía apreciar a simple vista y que unos pocos afortunados podían acariciar con admiración.

    Ahora le quedaba tan poco pelo, que ya no podía soportar ni tocárselo. La mayor parte nunca le volvería a crecer, y lo que le quedaba era un simple incordio.

    Se tocó la piel de los hombros y de los brazos para comprobar si necesitaba afeitarse otra vez. Las palmas de las manos, resbaladizas por la espuma, detectaron una suave capa de pelo, pero decidió que podía esperar un día más. Había descubierto que había montones de hembras que tenían pelos en los brazos. La vida real no era en absoluto como mostraban las imágenes satinadas que salían en las revistas y la televisión. Y, de todos modos, nadie se los iba a ver.

    Se enjabonó los pechos y se los enjuagó con cierta repugnancia. Lo único bueno que tenían era que le impedían ver lo que le habían hecho más abajo.

    Cambió la dirección de la alcachofa de la ducha y bajó la mirada a la ropa que, para entonces, se arremolinaba en un charco poco profundo de agua jabonosa grisácea. La pisoteó un poco, luego la aclaró, volvió a pisotearla y después la retorció entre sus fuertes zarpas. La pondría a secar en el cuadrado que iluminaba el sol al entrar por la ventana de su cuarto o, si no hacía sol, en el asiento trasero del coche.


    Cuando por fin salió de la granja al volante de su coche, ya era más de mediodía. El sol, que había brillado por la mañana, apenas era visible en aquellos momentos. El cielo se había vuelto de un color gris como de pizarra y estaba cargado de una nieve que no acababa de caer. Las probabilidades de encontrar en la carretera algún autoestopista eran mínimas, y menores aún las de que se tratase de uno apropiado. Pero se sentía con ganas de trabajar un poco o, por lo menos, de huir de todo el lío que sabía que seguiría habiendo bajo tierra.

    Cuando iba a pasar por delante de la casa principal vio una cosa insólita: Esswis estaba encaramado a una escalera de madera, con un cubo en una mano y una brocha en la otra, pintando de blanco los muros de piedra.

    Redujo la velocidad del coche, se detuvo al pie de la escalera y levantó la mirada hacia Esswis. Ya se había puesto las gafas, así que no lo veía con nitidez porque, además, le estaba dando el resplandor del sol. Pensó en quitarse las gafas un momento, pero le pareció de mala educación, dado que Esswis llevaba las suyas puestas.

    —¡Ahí! —le dijo bizqueando un poco y sin saber si había hecho bien al detenerse.
    —¡Ahí! —le respondió Esswis secamente. Tal vez deseara permanecer fiel a su papel de lacónico granjero escocés. O quizás se debiera su sequedad a que no quería hablar en su lengua públicamente, aunque no hubiera nadie en los alrededores que pudiera oírlo. La pintura chorreaba por el extremo de la brocha que tenía en la mano, pero, aparte de fruncir el ceño, Esswis no hacía nada por evitarlo, como si el saludo de Isserley fuese una especie de contratiempo que había que aguantar estoicamente. Llevaba mono, una gorra y botas de goma verdes salpicadas de pintura, cuyo diseño interior había sido casi tan difícil de conseguir como el de los zapatos de Isserley.

    Considerando todos los detalles, a Isserley le parecía que había salido mejor parado que ella. Para empezar, carecía de pechos y tenía más pelo en la cara.

    Señaló hacia el muro del que se estaba ocupando. Sólo una parte estaba ya blanqueada.

    —¿Eso es en honor de Amlis Vess? —le preguntó.

    Esswis soltó un gruñido.

    —¡Vaya jaleo! —se aventuró a decir Isserley—. Seguro que no ha sido idea tuya.

    Esswis torció el gesto y miró hacia abajo, furioso.

    —¡Que le den por el culo a Amlis Vess! —dijo en inglés y con absoluta claridad. Luego se volvió y continuó pintando.

    Isserley subió el cristal de la ventanilla y arrancó. Uno a uno empezaban a caer del cielo copos de nieve trazando espirales.


    Capítulo 4


    Fue mientras cruzaba lo que para ella representaba una especie de cuerda floja de cemento, suspendida a gran altura, cuando Isserley reconoció para sí que no deseaba conocer a Amlis Vess.

    Aún no había llegado a la mitad del puente de Kessock, e iba sujetando el volante con fuerza, por si había fuertes vientos laterales que pudiesen arrastrar su cochecito rojo hacia el vacío. Sin embargo, sentía bajo sus pies el peso del chasis de hierro, y notaba que los neumáticos se adherían perfectamente al asfalto, todo lo cual parecía un paradójico recordatorio de la solidez del vehículo. ¿Sería que éste quería proclamar lo pesado e inamovible que era, por miedo, precisamente, a ser arrastrado por el viento?

    ¡Uuú, uuú, uuúy uuú, uuú!, gemía el viento con tono burlón.

    A intervalos regulares a lo largo del puente había unas temblorosas señales metálicas con la silueta de una manga hinchada por un fuerte vendaval. Al igual que las demás señales de tráfico, aquélla había constituido para Isserley un jeroglífico carente de sentido cuando tuvo que estudiarla hacía ya muchos años. Pero se había convertido en algo que la hacía reaccionar de forma automática y agarrar el volante como si fuese un animal desesperado por soltarse. Apretaba las manos con tal fuerza, que hasta le parecía ver que le latían los nudillos.

    Sin embargo, cuando iba murmurando por lo bajo que no permitiría que nada la apartara del camino, nada en absoluto, no estaba pensando en los vientos laterales, sino en Amlis Vess. Este soplaba desde un sitio mucho más peligroso que el mar del Norte, y ella no podía predecir sus consecuencias. Y, fuesen cuales fuesen, no cabía duda de que no podría combatirlas, simplemente, agarrándose con fuerza al volante de su coche.

    Ya había cruzado la mitad del puente y sólo le faltaban unos minutos para entrar en Inverness. Avanzaba lentamente por el carril más cercano al borde y se estremecía cada vez que un vehículo más rápido la adelantaba, ya que la presión del viento desaparecía de repente para retornar luego con saña. A su izquierda el aire estaba plagado de gaviotas, un caos de aves blancas que se precipitaban sin cesar hacia las aguas y se quedaban suspendidas luego justo encima del estuario para acabar descendiendo gradualmente, como una materia en sedimentación. Isserley dirigió su atención a lo lejos, al extrarradio de Inverness, e intentó pisar más a fondo el acelerador pero, a juzgar por el indicador de la velocidad, no tuvo mucho éxito. ¡Uuú, uuú, uuú, uuú, uuú!, siguió gimiendo el viento durante el resto del trayecto.

    Una vez que hubo cruzado del puente sana y salva, se mantuvo en el carril lento, intentó respirar lo más profundamente posible y relajó la presión de las manos sobre el volante. La tensión desapareció casi de inmediato y ya pudo seguir conduciendo normalmente, funcionando normalmente. Estaba en tierra firme. Volvía a controlar la situación, a sentirse en perfecta armonía y a hacer un trabajo que sólo ella podía hacer. Nada de lo que Amlis Vess pudiera pensar o decir cambiaría aquello. Nada. Ella era imprescindible.

    Sin embargo, aquella palabra la llenó de preocupación. Imprescindible. Era una palabra a la que la gente solía recurrir cuando se olía que podía convertirse en prescindible.

    Intentó imaginarse que prescindían de ella; intentó imaginarlo en serio y sin concesiones. Tal vez hubiera otra persona que estuviese dispuesta a hacer los mismos sacrificios que habían hecho Esswis y ella, a fin de ocupar su puesto. Cuando aceptaron aquella propuesta, ella y Esswis, cada uno a su manera, estaban en una situación desesperada; ¿no podría haber otras personas que estuvieran en la misma tesitura? Era difícil de imaginar. Nadie podía estar tan desesperado como había estado ella. Y, además, cualquier persona que empezase a hacer aquel trabajo carecería de experiencia y su eficacia no habría sido puesta a prueba. ¿La Corporación Vess iba a correr un riesgo así cuando estaba en juego una cantidad de dinero alucinante?

    Probablemente, no. Pero aquello no le servía de mucho consuelo, porque la idea de ser realmente imprescindible también era preocupante.

    Significaba que la Corporación Vess nunca la dejaría marchar.

    Significaba que tendría que hacer aquel trabajo para siempre. Significaba que nunca llegaría el día en que pudiera disfrutar del mundo sin tener que preocuparse por las criaturas que pululaban por su superficie.

    Aunque irritada, tuvo que reconocer que todo aquello no tenía nada que ver con Amlis Vess. ¿Cómo iba a tener que ver con él? Fuera cual fuese la razón de la visita del joven Amlis, seguro que sería de índole puramente personal y no tendría ninguna relación con la Corporación Vess. No había que ponerse tan nerviosa por el mero hecho de oír el nombre de Amlis Vess.

    De acuerdo, era cierto que Amlis era el hijo del jefe, pero no existía ningún indicio de que fuese a heredar el imperio de su padre. Ni siquiera trabajaba en la Corporación Vess (bueno, nunca había trabajado en nada), y, seguramente, no tendría ningún poder para tomar decisiones en nombre de la empresa. De hecho, por lo que Isserley tenía entendido, Amlis sentía gran desprecio por el mundo de los negocios y, a ojos de su padre, era un inútil. Era un problema, pero no para Isserley. Por inexplicable que resultase su visita, no había ninguna razón para preocuparse por que fuese a la Granja Ablach.

    Y, entonces, ¿por qué deseaba tanto evitarlo?

    No tenía nada en contra de aquel chico (o de aquel hombre, ¿qué edad tendría en aquellos momentos?); no había pedido ser el único heredero del dueño de la mayor corporación del mundo, ni tampoco había hecho nada para ofenderla personalmente, y, además, en el pasado, le había entretenido mucho seguir sus andanzas. Aparecía continuamente en las noticias por la simple razón de que era un típico heredero joven y rico. En una ocasión se había afeitado por completo como parte de un rito de iniciación para entrar en una extraña secta religiosa, en la que ingresó con gran publicidad, pero que semanas más tarde abandonó sin hacer ningún comentario a la prensa. En otra ocasión se había divulgado que su padre y él se habían distanciado tras un terrible altercado porque apoyaba a los extremistas de Oriente Medio. Otra vez había declarado públicamente que la icpathua, tomada en pequeñas dosis, era un estimulante inocuo cuyo consumo no debería estar prohibido por las leyes, y en innumerables ocasiones se había organizado un escándalo porque alguna joven había declarado que estaba esperando un hijo suyo.

    En definitiva, no era más que un típico chico rico sobre cuya cabeza se cernía una colosal fortuna.

    De pronto, su instinto, que no había dejado de estar alerta mientras su cabeza pensaba todas estas cosas, devolvió a Isserley a la realidad al percibir que había algo importante a lo lejos: un autoestopista frente al primero de los muchos bares cutres de carretera que había entre Inverness y el Sur. Comprobó el estado de su respiración para decidir si se hallaba lo suficientemente tranquila para asumir el riesgo. Consideró que sí.

    Pero al acercarse resultó que quien hacía autoestop al borde de la carretera era una hembra de aspecto desastrado, con el pelo canoso y la ropa vieja y sucia. Isserley pasó de largo e hizo caso omiso del llamamiento al sexo que compartían que había en aquellos ojos. Por un instante pudo ver en ellos la desilusión y el reproche. Después, aquella figura se convirtió en un punto cada vez más pequeño en el espejo retrovisor.

    Agradecida de que algo diferente a Amlis Vess ocupase sus pensamientos, Isserley volvió a sentirse en forma. Dio la casualidad de que, pocos kilómetros más adelante, había otro autoestopista. Esta vez era un macho y, a primera vista, bastante impresionante, aunque, por desgracia, ubicado en un punto donde sólo los conductores más imprudentes se atreverían a parar. Isserley le hizo una señal encendiendo y apagando los faros delanteros, con la esperanza de que comprendiera que lo habría recogido si no se hubiese colocado en un sitio tan peligroso, aunque dudaba de que una simple ráfaga de luces pudiera comunicar aquello. Lo más probable sería que lo interpretase como una señal de desprecio o una especie de burla.

    Sin embargo, no tenía por qué darlo por perdido; tal vez volviese a encontrárselo cuando regresase más tarde y, para entonces, quizás ya se habría colocado en un lugar menos peligroso. Con los años había aprendido que la vida solía ofrecer una segunda oportunidad. Incluso había llegado a recoger autoestopistas a los que había visto subirse agradecidos a otros coches muchas horas y muchos kilómetros antes.

    Así que, llena de optimismo, continuó conduciendo.

    Se pasó todo el día yendo y viniendo de Inverness a Dunkeld y de Dunkeld a Inverness. El sol se puso. La nieve, que había cesado durante el día, volvió a caer. Uno de los limpiaparabrisas comenzó a hacer un chirrido desagradable. Tuvo que echar gasolina. Pero durante todas aquellas horas no apareció nadie con el brazo extendido que le sirviera para sus propósitos.

    Hacia las seis de la tarde ya casi había logrado comprender por qué la aterrorizaba tanto conocer a Amlis Vess.

    En realidad, no tenía nada que ver con la condición social del importante visitante: ella era una parte inestimable del negocio y él no era más que una espina clavada en la empresa. Así que era probable que fuese él quien tuviera que temer de la Corporación Vess. No, la razón de que le aterrorizase encontrarse con él era mucho más sencilla.

    Era porque Amlis Vess era de su tierra.

    Cuando la mirase, la vería desde la óptica de cualquier persona normal de su tierra, y, por lo tanto, su estado le produciría espanto, y ella tendría que presenciar, impotente, aquel espanto. Sabía por experiencia lo que se sentía en aquella situación, y daría cualquier cosa por evitar volver a sentirlo. Al principio, los hombres que trabajaban con ella en la granja también se habían espantado, pero después se fueron acostumbrando, más o menos, a verla. Podían continuar con sus tareas en lugar de quedarse mirándola boquiabiertos (aunque, si no estaban ocupados en otra cosa, siempre sentía sus miradas clavadas en ella). No era de extrañar que prefiriese estar encerrada en su casita, y suponía que aquélla también sería la razón por la que Esswis hacía lo mismo. Ser un bicho raro resultaba agotador.

    Al no haberla visto nunca antes, Amlis Vess retrocedería impresionado. Habría esperado ver a un ser humano, y, en cambio, se encontraría con un espantoso animal. Era ese momento..., el del terrible encuentro con lo opuesto de lo que uno espera hallar, lo que no podía soportar.

    Decidió regresar inmediatamente a la granja, encerrarse en su casita y esperar allí hasta que Amlis Vess llegara y se marchase.


    En medio de la montañosa desolación de Aviemore, ante los faros de su coche apareció un autoestopista. Era como una pequeña gárgola que gesticulaba ante el haz de luz, una imagen que la retina registraba como algo ya pasado; una pequeña gárgola estúpidamente aferrada a un punto en el que los coches pasaban zumbando a la máxima velocidad. Pero como la velocidad máxima de Isserley era de unos ochenta kilómetros por hora, tuvo tiempo para verlo. Parecía tremendamente ansioso de que alguien lo recogiera.

    Al pasar a su lado Isserley pensó si realmente quería llevar a alguien en aquel momento. Esperó a que el universo le mandase alguna señal.

    Había dejado de nevar, los limpiaparabrisas reposaban tranquilos, el motor emitía un agradable ronroneo y ella corría cierto riesgo de quedarse dormida. Redujo la velocidad, se detuvo en una parada de autobús, paró el motor y puso las luces de cruce. A un lado se erguían los montes de Monadhliath y al otro, los de Cairngorms. Estaba sola con ellos. Cerró los ojos, deslizó las yemas de los dedos por debajo de la montura de las gafas y se frotó las largas y satinadas pestañas. Un gigantesco camión cisterna apareció ante su vista con gran estruendo e inundó de luz el interior de su coche. Esperó a que desapareciese, encendió el motor y puso el intermitente.

    Al pasar por segunda vez delante del autoestopista por el otro lado de la carretera notó que era bajo, que tenía una gran caja torácica y que la piel que le quedaba al descubierto era de un color tan moreno que ni siquiera las luces de los faros que le daban de lleno lograban decolorarla. Observó también que no muy lejos de él había un coche aparcado o, tal vez, averiado en la cuneta. Era un viejo Nissan familiar de color azul, lleno de abolladuras y arañazos, aunque no tan profundos como para pensar que había tenido un accidente. Parecía que tanto el autoestopista como el coche se hallaban bien, aunque los gestos exagerados del uno pretendían llamar la atención sobre el otro.

    Siguió conduciendo un par de kilómetros más, resistiéndose a involucrarse en un asunto que ya pudiese haberse comunicado a la policía o a algún servicio de grúas. Sin embargo, un poco más tarde pensó que si aquel conductor hubiese estado esperando la llegada de ayuda, no estaría haciendo dedo. Así que giró en redondo y volvió sobre sus pasos.

    Cuando ya estaba muy cerca, se dio cuenta de que era un ser bastante extraño, incluso considerándolo desde el punto de vista escocés. Aunque no era mucho más alto que Isserley, tenía una cabecita pequeña con un pelo ralo y débil y unas piernitas largas y flacas, pero los brazos, los hombros y el torso eran increíblemente grandes, como si se los hubieran trasplantado de otra persona mucho más fornida. Llevaba una camisa de franela vieja y descolorida, arremangada. Parecía insensible al frío y agitaba el pulgar en medio de aquel aire gélido con un entusiasmo cercano casi a la payasada y gesticulando exageradamente en dirección al decrépito Nissan. Isserley se quedó un momento dudando si no lo había visto antes en algún lugar, pero enseguida se dio cuenta de que lo estaba confundiendo con unos personajes de los dibujos animados que daban en la televisión a primera hora de la mañana. Pero no se parecía a los protagonistas, sino a los que solían acabar aplastados por unos mazos gigantescos o achicharrados por la explosión de un puro.

    Decidió parar. Después de todo, tenía mucha más masa muscular entre el cuello y las caderas que la que muchos otros vodsels el doble de grandes tenían en todo el cuerpo.

    Al ver que frenaba y giraba hacia él, comenzó a asentir estúpidamente con la cabeza y alzó los puños con los pulgares levantados en señal de triunfo, como otorgándole dos puntos por su decisión. Por encima del crujido de la gravilla a Isserley le pareció oír una exclamación de alegría.

    Aparcó lo más cerca que pudo del coche del desconocido sin meter las ruedas en la cuneta, confiando en que los conductores que venían detrás advirtieran las luces de emergencia. Realmente, era un lugar inadecuado para detenerse, y tenía curiosidad por averiguar si al autoestopista también se lo parecía. Aquello aportaría algún dato revelador sobre él.

    Nada más poner el freno de mano, bajó la ventanilla del otro lado e, inmediatamente, apareció por ella la cabecita del autoestopista. Sonreía de oreja a oreja mostrando unos dientes torcidos y amarillentos por entre las dos correosas medias lunas que tenía por labios. Su rostro, de color pardusco e hirsuto, estaba plagado de arrugas y cicatrices, y tenía una narizota llena de venillas y un par de ojos de chimpancé increíblemente enrojecidos.

    —Es que me va a poner a caldo —dijo lanzándole una mirada lasciva y soltando un aliento que apestaba a alcohol.
    —¿Perdón?
    —Que mi chica me va a poner a caldo —repitió con una sonrisa que parecía una mueca—. Tenía que estar en su casa para la cena. Es la hora a la que tengo que llegar siempre. Y nunca lo consigo. Parece increíble, ¿verdad? —Se dejó caer sobre el borde de la ventanilla y cerró los ojos muy despacio, como si se hubiera quedado de pronto sin la energía que le mantenía abiertos los párpados. Hizo un esfuerzo, se enderezó y continuó hablando—. Todas las semanas la misma historia.
    —¿Qué historia? —preguntó Isserley mientras intentaba no poner cara de asco a causa de los efluvios de cerveza que llegaban a sus narices.

    El autoestopista parpadeó con enorme esfuerzo.

    —Es que tiene muy mal genio —dijo mientras se le volvían a cerrar los ojos y se reía entre dientes como hacen los gatos de los dibujos animados bajo la sombra de una bomba que está a punto de caerles encima.

    En realidad, Isserley lo encontraba bastante atractivo comparado con otros vodsels, pero tenía una forma rarísima de gesticular, lo cual le hizo pensar si no tendría algún problema mental. ¿Le darían el permiso de conducir a un subnormal? ¿Por qué se quedaba allí, colgado de la ventanilla y sonriendo como un idiota, cuando tanto su coche como el de ella podían ser arrollados en cualquier momento por un camión que pasase por allí? Nerviosa, echó una mirada al espejo retrovisor para comprobar que no se acercaba ningún vehículo a toda velocidad por detrás.

    —¿Qué le ha pasado a su coche? —preguntó con la esperanza de que el autoestopista volviera a centrase en el meollo de la cuestión.
    —No quiere andar —explicó con tono compungido y los ojos como dos hendiduras malhumoradas—. No quiere. Esa es la cuestión. No hay argumento que valga, ¿eh? ¿Eh?

    Sonrió desafiante como para disuadirla de que expusiese cualquier opinión contraria.

    —¿Es un problema de motor? —le preguntó animosa Isserley.
    —¡Qué va! Es que me he quedado sin gasolina. Nada más —dijo dando un resoplido de vergüenza—. Es por culpa de mi novia, ¿sabe? Porque para ella cada minuto de retraso cuenta. Pero parece que tendría que haber echado más gasolina.

    Fijó la mirada en los enormes ojos de Isserley, pero estaba segura de que no podía ver en ellos nada raro, aparte del imaginario reproche de otro conductor.

    —Es que el indicador de la gasolina está hecho una mierda, ¿sabe? —dijo entrando en detalles. Se apartó del coche de Isserley y señaló el suyo—. Pone vacío cuando está casi lleno, y lleno cuando está casi vacío. No se le puede hacer caso a nada de lo que pone. Hay que confiar en la memoria, ¿comprende?

    Abrió la puerta de su coche como si fuera a mostrarle todos sus defectos. Se encendió la luz del interior. Era una luz pálida y parpadeante, acorde con la mala reputación del vehículo. Los asientos estaban llenos de latas de cerveza y paquetes de patatas fritas.

    —Llevo en pie desde la cinco de la mañana —manifestó el narigudo autoestopista mientras cerraba la puerta de su coche de un portazo—. He trabajado diez días seguidos, durmiendo sólo cuatro o cinco horas por noche. Un asco. Un asco. Pero de qué sirve quejarse, ¿eh? ¿Eh?
    —Bueno..., tal vez pueda acercarle a algún sitio... —sugirió Isserley, que agitó su brazo delgaducho por encima del asiento del acompañante para atraer su atención.
    —Lo que necesito es una lata de gasolina —dijo el autoestopista, que había vuelto a asomarse por la ventanilla del coche.
    —Yo no llevo ninguna —dijo Isserley—. Pero suba, de todos modos. Puedo llevarlo a una gasolinera, o tal vez más lejos. ¿Adónde va?
    —A casa de mi chica —contestó; le lanzó otra mirada lasciva y volvió a bajar y subir los párpados—. Tiene muy mal genio. Me va a poner a caldo.
    —Ya, pero ¿dónde vive exactamente?
    —En Edderton.
    —Entonces, suba —insistió Isserley. Edderton estaba sólo a siete u ocho kilómetros de Tain y a unos veinte, más o menos, de la Granja Ablach. ¿Qué podía perder? Si luego tenía que renunciar a aquel macho, podría consolarse retirándose de inmediato a la granja. Y si se lo llevaba consigo, mejor aún. Pasara lo que pasara, para cuando llegase Amlis Vess estaría a salvo en su casita, y hasta podría dormir durante todo el tiempo que durase el revuelo, siempre que nadie fuese a llamar a su puerta.

    Una vez que el autoestopista se hubo puesto el cinturón de seguridad, Isserley se alejó de la cuneta y aceleró por la A9 en dirección a casa. Lamentaba que aquel tramo de carretera no estuviese iluminado y que las leyes prohibieran encender la luz interior del coche, porque le hubiese gustado que aquel tipo pudiese examinarla a fondo. Presentía que era un poco tonto y, probablemente, en aquellos momentos estaría obsesionado con solucionar sus problemas más inmediatos, así que no le habría venido mal un incentivo extra para hablar de sí mismo. Sin embargo, la oscuridad de la carretera la ponía demasiado nerviosa para atreverse a conducir con una sola mano sobre el volante. Él no tenía más que forzar un poco la vista, sí es que quería verle los pechos. Aunque había que reconocer que aquellos ojos daban la impresión de haberse forzado demasiado. Así que miró hacia adelante, se puso a conducir con cuidado y dejó que se ocupase de lo que quisiera.


    Seguro que me va a echar con cajas destempladas, iba pensando el autoestopista, pero tal vez me deje dormir una pizquita antes.

    ¡Qué va! ¡De eso nada! Le mostraría la fuente del horno con la cena reseca y le diría que ya no había quien se la comiese; aunque él estuviese desesperado por zampársela, ella no se lo permitiría, por supuesto. Ella era la razón por la que conducía como un loco por la A9 semana tras semana, todas las semanas. Su chica. Su Catriona. Si quisiera, podría levantarla en vilo y tirarla por la ventana como si fuese un jarrón y, sin embargo, era ella quien lo manejaba. Pero ¿cómo podía ser? ¿Eh? ¿Eh?

    La chica que lo había recogido parecía diferente. Probablemente, ella estaría bien, como novia, quería decir. Le dejaría dormir cuando estuviera muerto de sueño, se notaba. No se pondría a sacudirle justo cuando se le estaban empezando a cerrar los ojos diciéndole: «No te estarás durmiendo, ¿eh?» Aquella chica tenía una mirada amable. Y un buen par de melones, ¡joder! Era una pena que no llevase ninguna lata grande de gasolina metida en algún rincón. Con todo, realmente, no podía quejarse, ¿verdad? Y, además, no servía de nada. Hay que mirar hacia adelante con una sonrisa, como solía decir su viejo. Pero, claro, su viejo no había conocido a Catriona.

    ¿Y hasta dónde lo llevaría aquella chica? ¿Estaría dispuesta a regresar a su coche si conseguía gasolina? No le gustaba nada haberlo dejado allí tirado. Podrían robárselo. Aunque el ladrón también tendría que echarle gasolina. Pero probablemente habría ladrones de coches que recorrerían toda la campiña con enormes latas de gasolina en los maleteros buscando coches como el suyo. Qué bajo podían caer algunas personas, ¿no? Era la ley de la selva, al final todo se reducía a eso.

    Catriona lo mataría si llegaba un minuto más tarde de lo que ya iba a llegar. Aunque eso no era lo más grave. Lo más grave era que no le dejaría dormir, ése era el asunto. Si pudiera echarle un poco de gasolina al coche quizás podría dormir allí dentro e ir a ver a Catriona a la mañana siguiente. O incluso dormir en el coche todo el fin de semana, pasarse el día sentado en Little Chefs y luego volverse a trabajar el lunes por la mañana. Cojonudo, ¿eh? ¿Eh?

    A aquella chica no le importaría que él apoyara la cabeza en el respaldo del asiento y descansara unos minutos, ¿no? De todos modos, no era un gran conversador. «No tienes ni dos dedos de frente», decía siempre Catriona.

    Pero ¿cómo eran de gordos los dedos, eh? Dependía de cómo fuesen de gordos, ¿eh?


    Isserley tosió para llamar su atención. No le era fácil toser, pero de vez en cuando lo intentaba, sólo para ver si lograba hacerlo de un modo convincente,

    —¿Eh? ¿Eh? —ladró el, y sus ojos enrojecidos y su narizota, en la que relucían algunos mocos, surgieron de pronto en medio de la penumbra como animales asustados.
    —¿Y usted a qué se dedica? —dijo Isserley. Había guardado silencio durante un minuto, convencida de que el autoestopista estaría comiéndosela con los ojos, pero un ronquido ahogado que venía de aquella dirección le había hecho darse cuenta de que se estaba quedando dormido.
    —Soy leñador —dijo—. Madera para la construcción. Llevo dieciocho años en ese negocio, dieciocho años detrás de una motosierra. ¡Y todavía tengo los dos brazos y las dos piernas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! No está mal, ¿eh? ¿Eh?

    Levantó la mano derecha por encima del salpicadero y movió los dedos, probablemente para demostrarle que aún tenía los diez.

    —Esos son muchos años de experiencia —dijo Isserley a modo de cumplido—. Le deben de conocer muy bien en todas las empresas madereras.
    —Sí, sí —dijo asintiendo con la cabeza con tal énfasis que parecía que la barbilla iba a rebotarle en el enorme pecho—. Cada vez que me ven llegar, salen todos corriendo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Nunca hay que dejar de sonreír, ¿eh?
    —¿Quiere decir que no están satisfechos con su trabajo?
    —Se quejan de que no soy puntual —contestó arrastrando las palabras—. De que hago esperar a los árboles demasiado tiempo, ¿entiende? El que siempre llega tarde, ése soy yo. El que siempre llega tarde...

    Su cabeza iba inclinándose mientras alargaba la vocal, en consonancia con su lento hundimiento en la somnolencia.

    —Eso es muy injusto —afirmó Isserley subiendo el volumen de la voz—. Lo que importa es la calidad del trabajo, no lo puntual que sea.
    —Es usted muy amable, muy amable —dijo el leñador con una sonrisa bobalicona mientras la cabeza se le iba inclinando hacia las rodillas y los mechones de pelo se le iban reacomodando lentamente sobre la dura mollera.
    —Así que vive en Edderton, ¿no?

    De nuevo volvió a la realidad el leñador con lo que parecía una especie de ronquido.

    —¿Eh? ¿Edderton? Mi chica vive allí. Me va a poner a caldo.
    —¿Y usted dónde vive?
    —Durante la semana duermo en el coche o en una pensión. Trabajo diez días seguidos, a veces, hasta trece. Empiezo a las cinco de la mañana en verano y a las siete en invierno. O, al menos, es lo que se supooone...

    Isserley estaba a punto de estirar el brazo para enderezarle la cabeza después de aquella caída en picado cuando el leñador se incorporó solo, se giró en el asiento y apoyó la mejilla contra el reposacabezas, como si fuera una almohada. Volvió a abrir los ojos muy lentamente y, con una sonrisa cansada y zalamera, farfulló:

    —Cinco minutos. Sólo cinco minutos.

    A Isserley le hizo gracia, y siguió conduciendo en silencio mientras el leñador dormía.

    Se quedó un tanto sorprendida cuando, después de cinco minutos casi exactos, se despertó sobresaltado y se quedó mirándola aturdido. Sin embargo, mientras pensaba en algo que decirle, el leñador volvió a relajarse y a apoyar la mejilla sobre el reposacabeza.

    —Otros cinco minutos —dijo haciendo un mohín como para disculparse—. Cinco minutos.

    Y volvió a quedarse dormido.

    Isserley continuó al volante, no sin antes echar una mirada al reloj digital del salpicadero. En efecto, unos trescientos segundos después, el leñador volvió a despertarse sobresaltado.

    —Cinco minutos —refunfuñó, y apoyó la otra mejilla en el reposacabezas.

    Aquello continuó así durante veinte minutos. Al principio, Isserley no tenía ninguna prisa, pero luego apareció una señal en la carretera que anunciaba que pronto pasarían junto a un área de servicio y consideró que ya era hora de ponerse manos a la obra.

    —Y esa novia que tiene... —le dijo cuando volvió a despertarse—. No le comprende, ¿verdad?
    —Tiene muy mal genio —admitió el leñador, como si aquella expresión se le acabara de ocurrir y no la hubiese dicho nunca antes—. Me va a poner a caldo.
    —¿Y no ha pensado en dejarla?

    En su rostro se dibujó una sonrisa tan amplia, que parecía un tajo que le seccionara la cara en dos mitades.

    —Es difícil encontrar una buena chica —dijo en tono de amonestación y sin mover apenas los labios.
    —Ya, pero si no se preocupa por usted... —insistió Isserley—. Por ejemplo, si no apareciera esta noche, ¿se preocuparía? ¿Intentaría encontrarlo?

    El leñador soltó un suspiro que denotaba un cansancio infinito.

    —A ella le basta y le sobra con mi dinero —dijo—. Y, además, tengo cáncer en los pulmones. O sea, cáncer de pulmón. Yo no siento nada, pero los médicos dicen que está ahí. Puede que no me quede mucho, ¿entiende? No tiene sentido abandonar pájaro en mano, ¿entiende? ¿Eh?
    —Mmm —contestó de manera vaga Isserley—. Comprendo lo que quiere decir.

    Pasaron junto a otra señal que recordaba a los automovilistas que había un área de servicio un poco más adelante, pero el leñador ya había vuelto a acurrucarse en el asiento farfullando:

    —Cinco minutos. Sólo otros cinco minutos.

    Y volvió a quedarse dormido; con cada ronquido exhalaba una leve vaharada a alcohol.

    Isserley le echó una mirada. Estaba desplomado sobre el asiento con la mejilla aplastada contra el reposacabeza, la boca, de labios carnosos, abierta, y los enrojecidos ojos cerrados. Parecía como si ya le hubiese pinchado con las agujas de la icpathua.

    Mientras seguía conduciendo a través de la noche insonorizada, Isserley sopesaba los pros y los contras.

    En el lado de los pros estaban las borracheras y la constante falta de sueño que todos sus allegados conocían perfectamente; nada los sorprendería menos que no verlo aparecer donde se suponía que tenía que estar. Se encontraría el coche lleno de envases de alcohol vacíos, en un lateral de la carretera barrido por el viento, entre dos cadenas montañosas; no cabría la menor duda de que el conductor se habría alejado de allí a trompicones, borracho perdido, y se habría internado en alguna zona pantanosa helada para acabar cayendo por algún precipicio. La policía buscaría su cuerpo diligentemente, aunque resignada desde el principio a no encontrarlo jamás.

    En el lado de los contras estaba el hecho de que el leñador no era un ejemplar sano: tenía los pulmones, según él mismo había reconocido, minados por el cáncer. Isserley intentó imaginárselo. Intentó imaginar que alguien lo abría en canal y que un chorro de líquido negro y maloliente, compuesto de alquitrán de cigarrillo y flemas fermentadas, le salpicaba en pleno rostro. Sin embargo, sospechaba que aquello no sería más que una morbosa fantasía, consecuencia del asco que le provocaba la sola idea de inhalar una porquería quemada y llenarse con ella los pulmones. Posiblemente, no tenía nada que ver con lo que era el cáncer en realidad.

    Frunció el ceño e hizo un esfuerzo para recordar lo que había estudiado. Sabía que el cáncer tenía algo que ver con una reproducción celular desenfrenada..., con una mutación en el crecimiento. ¿Querría eso decir que aquel vodsel tenía unos pulmones desmesurados, gigantescos, encajados dentro del pecho? No quería causar ningún problema a los hombres que trabajaban en la granja.

    Pero, por otro lado, ¿qué importaba que los pulmones fueran demasiado grandes? Seguro que podían extirpárselos con independencia de su tamaño.

    Aunque, por otro lado, le daba cierta aprensión llevar un vodsel enfermo a la granja. No es que nadie le hubiese dicho, concretamente, que no podía hacerse, pero..., bueno, es que ella tenía su propio código moral.

    El leñador murmuraba algo en sueños; era una especie de canturreo entre dientes, un «misi, misi, misi», como si intentara calmar a un animal.

    Isserley miró el reloj del salpicadero. Habían pasado más de cinco minutos, bastante más. Respiró hondo, se recostó contra el respaldo del asiento y siguió conduciendo.

    Alrededor de una hora más tarde ya había pasado Tain y se encontraba cerca de la rotonda del puente de Dornoch. Las condiciones meteorológicas eran tan diferentes de las que había esa misma mañana en el puente de Kessock, que casi le pareció que estaba en otro planeta. Iluminada por altas columnas con luces de neón, la rotonda destacaba en medio de una impenetrable oscuridad, y su resplandor resultaba tanto más inquietante porque no soplaba el viento ni había el menor tráfico. Comenzó a subir por la pronunciada rampa en espiral, mirando de vez en cuando al leñador para ver si se despertaba con el reflejo de las luces. Ni siquiera se movió.

    Refunfuñando por lo bajo, el coche de Isserley subió describiendo un arco sobre aquel laberinto surrealista de hormigón. Era una estructura tan monstruosamente fea, que podría haber pasado por una construcción de los Estados Nuevos de no haber sido porque el cielo se extendía por encima de ella. Isserley giró a la izquierda para no pasar por el estuario de Dornoch y emprendió un pronunciado descenso hacia la frondosa oscuridad. Las luces largas de los faros dieron de lleno sobre uno de los lados del edificio del Salón del Reino de los Testigos de Jehová, que quedaba por debajo, y luego se adentraron en el bosque de Tarlogie.

    Sorprendentemente, fue entonces cuando el leñador se sobresaltó en medio del sueño. No había reaccionado ante las implacables luces de la rotonda y, sin embargo, a pesar de la oscuridad, parecía notar la presión que ejercía la densidad de aquel bosque sobre la estrecha carretera.

    —Misi, misi, misi —canturreó suavemente.

    Isserley se inclinó hacia adelante para escudriñar atentamente aquella oscuridad casi subterránea. Se sentía bien. Después de todo, el efecto de estar bajo tierra que producía el bosque era ilusorio, así que no le provocaba la nauseabunda claustrofobia de los Estados Nuevos. Sabía que la barrera que había por encima de su cabeza, y que impedía que llegase la luz, no era más que una bóveda de ramas, más allá de la cual se extendía la reconfortante eternidad del cielo.

    Minutos más tarde el coche emergió del bosque y enfiló hacia las praderas que rodeaban Edderton. Un deprimente concesionario de venta de caravanas le dio la bienvenida a aquel minúsculo pueblo. Las luces de la calle iluminaban la oficina de correos y la parada de autobús, que tenía el techo de bálago. No había la menor señal de vida.

    Isserley puso el intermitente, a pesar de que no había ningún vehículo al que advertir de su maniobra, y detuvo el coche en un lugar muy iluminado.

    Tocó suavemente al leñador con sus fuertes dedos.

    —Ya hemos llegado —dijo.

    El leñador se despertó sobresaltado, con los ojos desorbitados, como si estuvieran a punto de abrirle la cabeza con un objeto punzante.

    —¿Qué, qué, adonde? —farfulló.
    —A Edderton —le contestó—. Adonde quería ir.

    Parpadeó varias veces, haciendo un esfuerzo para creérselo, miró a través del parabrisas y, luego, por la ventanilla de su lado.

    —¿En serio? —dijo, asombrado, intentando orientarse en medio de aquel familiar oasis de aridez.

    Tenía que reconocer que ningún otro sitio podía tener un aspecto como aquél.

    —Uy, esto es... no sé… —dijo casi sin aliento, sonriendo abochornado, pero también ansioso y satisfecho al mismo tiempo—. Me he debido de quedar dormido, ¿no?
    —Supongo que sí —dijo Isserley.

    El leñador volvió a parpadear, luego se puso tenso y miró, nervioso, hacia la calle desierta.

    —Espero que mi chica no ande por aquí —dijo con una mueca—. Espero que no la vea. —Miró a Isserley y levantó una ceja, mientras evaluaba si aquello podía ofenderla—. Lo que quiero decir es que... —añadió mientras forcejeaba para desabrocharse el cinturón de seguridad—, tiene muy mal genio. Es, cómo diría..., muy celosa. Eso, muy celosa.

    Una vez fuera del coche, se quedó dudando antes de cerrar la puerta, mientras intentaba encontrar unas palabras apropiadas que decirle.

    —Y usted es... —Respiró hondo, cogiendo aire—. Es... preciosa —dijo por fin con una sonrisa de oreja a oreja.

    Isserley le devolvió la sonrisa y, de pronto, se sintió totalmente agotada.

    —Hasta pronto —le dijo.

    Isserley se quedó allí durante largo rato, sentada en el coche, sin moverse, en medio del charco de luz cercano a la parada de autobús con el techo de bálago del pueblo de Edderton. En aquel preciso instante carecía completamente de lo que se necesitaba para ponerse en marcha, fuese lo que fuese.


    Mientras esperaba recibir aquello de lo que carecía, apoyó los brazos sobre el volante y la barbilla sobre los brazos. La poca barbilla que tenía era resultado de un enorme sufrimiento y una ingeniosa operación quirúrgica. Poder apoyarla sobre los brazos era un pequeño triunfo, o quizás una humillación, nunca sabía cómo considerarlo.

    Poco después se quitó las gafas. Se arriesgaba tontamente al hacerlo, incluso en aquel pueblo somnoliento, pero no podía soportar más la sensación que le causaban las lágrimas al acumularse en la parte interior de la montura de plástico para resbalar después por sus mejillas. Lloró y lloró, lamentándose bajito en su idioma, sin dejar de observar con atención la calle, por si algún vodsel pasaba por allí. Pero no pasaba nadie y el tiempo se resistía tercamente a transcurrir.

    Levantó la mirada hacia el espejo retrovisor y fue moviendo la cabeza hasta ver reflejado en él el trozo que abarcaba sus ojos de color verde musgo y la línea de nacimiento del pelo. Aquella pequeña franja de su cara, apenas iluminada, era la única parte de su cuerpo que podía mirar sin odiarse a sí misma, era el único trocito que no había sido modificado. Aquella pequeña franja era su ventanita hacia la cordura. Durante los últimos años se había quedado muchas veces así, sentada en el coche, mirando a través de aquella ventanita.

    A lo lejos, en el horizonte, destellaron unos faros. Se puso las gafas. Para cuando el vehículo llegó a Edderton, un buen rato después, Isserley ya se había calmado.

    El vehículo era un Mercedes color ciruela, con cristales ahumados, que hizo un cambio de luces al pasar al lado de Isserley. Era un gesto amistoso, que no constituía una advertencia ni tenía nada que ver con el Código de Circulación. No era más que un coche que saludaba a otro de color y forma vagamente similares, independientemente de quién fuese su conductor.

    Isserley arrancó y dio media vuelta, siguiendo los pasos de aquel desconocido conductor que la había saludado amistosamente. Salió de Edderton y se internó en el bosque.


    Durante todo el camino de regreso a Ablach pensó en Amlis Vess y en lo que diría cuando se enterase de que había vuelto con las manos vacías. ¿Creería que la razón de que permaneciese escondida en su casa era que estaba avergonzada por no haber tenido éxito aquel día? Bueno, pues que pensara lo que quisiera. Tal vez con aquel fracaso, si es que él quería considerarlo así, quedase bien claro que su trabajo no era nada fácil. Probablemente, aquel joven mimado y hedonista se imaginaba que su trabajo era como coger flores silvestres al borde de la carretera o... buccinos en la playa, si es que tenía la menor idea de lo que era un buccino o del aspecto que pudiera tener una playa. Esswis tenía razón: ¡que le dieran por el culo!

    Quizás, después de todo, hubiera debido traer consigo al leñador. ¡Qué brazos tan enormes tenía! ¡Y cuánta carne! Tenía más carne que ninguno de los que había visto hasta entonces. Seguro que para algo habría servido. Ah, pero eso del cáncer... Tenía que averiguar si el cáncer podía influir en algo o no, para futuras ocasiones. Preguntárselo a los hombres de la granja no tenía sentido. Eran más brutos que un arado, típicos candidatos a ser enviados a los Estados Nuevos.

    La Granja Ablach estaba pálida como la nieve y más silenciosa que nunca cuando se internó por el camino de entrada, que estaba cubierto de maleza. En realidad, había dos caminos que llevaban a la granja, aunque, supuestamente, uno era sólo para maquinaria pesada; con todo, los dos estaban plagados de grietas, baches y malas hierbas, e Isserley los usaba indistintamente dependiendo de su estado de ánimo. Aquella noche entró por el que se suponía que era para los coches, aunque sólo solía transitarlo el suyo. Ya desde la misma entrada a Ablach había una serie de señales que advertían de la existencia de productos tóxicos, del peligro de muerte y de las responsabilidades legales a las que tendrían que enfrentarse los intrusos. Isserley sabía que al pasar junto a aquellas señales se disparaban algunas alarmas en los edificios de la granja, situados unos cuatrocientos metros más adelante.

    Le gustaba aquel camino, especialmente un trozo que estaba plagado de tojos y al que llamaba la colina de los Conejos, porque allí habitaba una enorme colonia de conejos que siempre estaban saltando de un lado para otro a cualquier hora del día o de la noche. Isserley siempre conducía muy despacio por aquella zona, poniendo mucho cuidado en no arrollar a ninguna de aquellas encantadoras criaturitas.

    Al final de la carretera, camufladas tras los árboles, se divisaban las luces de la casa de Esswis. Al verlas se acordó de la extraña conversación que habían tenido aquella mañana. Aunque lo conocía muy por encima, podía imaginarse cómo estaría torturándole la espalda en aquellos momentos y sintió pena por él, así como desprecio (porque hubiera podido no hacerlo) y una irreprimible sensación de solidaridad a causa de la similitud de sus vidas.

    Pasó frente al establo, y por un instante los faros de su coche iluminaron su combada puerta, que adquirió un tono anaranjado y luego volvió a quedarse negra. Dentro no había caballos, sólo el proyecto favorito de Ensel.

    —Funcionará, lo sé —le había dicho sólo unos días antes de abandonarlo y dejar que Esswis lo remolcase hasta allí. Por supuesto, ella no había demostrado el menor interés. Los hombres como él podían llegar a matarte de aburrimiento si les dabas la más mínima oportunidad.

    Cuando llegó al edificio principal, lo encontró de una blancura ridícula, con la pintura aún fresca brillando a la luz de la luna. Nada más apagar el motor se abrió la gran puerta metálica y varios hombres se acercaron a toda prisa. Ensel, como de costumbre, fue el primero en asomarse por la ventanilla del asiento del acompañante.

    —Hoy no he conseguido nada —dijo Isserley.

    Ensel metió el hocico dentro del coche, casi como lo había hecho el leñador, y olfateó la tapicería impregnada de olor a alcohol.

    —Ya se huele que no ha sido porque no lo hayas intentado —dijo.
    —Sí, bueno... —respondió Isserley, rabiosa por lo que estaba a punto de decir, aunque lo soltó, de todos modos—, Amlis Vess tendrá que comprender que esto no es tan fácil como parece.

    Ensel percibió su turbación y sonrió. No tenía una buena dentadura y lo sabía, así que, por deferencia hacia ella, bajó la cabeza.

    —De todos modos, ayer trajiste uno muy grande —dijo—. Es de los mejores que has conseguido.

    Isserley le miró a los ojos, ansiosa por comprobar si, aunque fuese por una vez, aquel cumplido era sincero. Pero, en cuanto se dio cuenta de que estaba ansiosa, arrancó de raíz aquel despreciable brote de sentimentalismo. Ensel no era más que uno de tantos desgraciados destinados a acabar en los Estados Nuevos, pensó, y desvió la mirada, decidida a dirigirse cuanto antes a su casa y encerrarse en ella. Había tenido un día demasiado largo.

    —Pareces agotada —dijo Ensel. Los otros hombres ya habían vuelto a meterse en el edificio. Él intentaba tener un momento de intimidad con ella, y, como siempre, había elegido el momento más inoportuno.
    —Sí —dijo Isserley suspirando—. Supongo que lo estoy.

    Recordó otra ocasión, hacía un año o dos, en que la había atrapado de la misma forma: había metido la cabeza dentro del coche y ella había sido tan tonta que había apagado el motor. Le había dicho con aire de complicidad, casi con ternura, que tenía un regalo para ella. «Gracias», le había respondido, al mismo tiempo que cogía el paquetito que le entregaba y lo ponía sobre el asiento del acompañante. Al desenvolverlo, más tarde, se había encontrado con un delgadísimo filete, casi transparente, de voddissin en su jugo, un manjar que seguro que Ensel había robado. Metido en aquel papel encerado parecía hacerle guiños, todavía húmedo y tibio, irresistible y desagradable al mismo tiempo. Se lo había comido, e incluso había lamido el jugo acumulado entre los pliegues del papel. Pero nunca volvió a hablar de ello con Ensel, y ahí quedó la cosa. Aunque él continuó intentando impresionarla de diferentes maneras.

    —Amlis Vess llegará probablemente de madrugada —estaba diciendo en aquel momento mientras se inclinaba aún más dentro del coche. Tenía las manos sucias y nudosas, llenas de costras—. Esta misma noche —añadió, por si no había quedado claro.
    —Yo estaré durmiendo —dijo Isserley.
    —Nadie sabe para cuánto tiempo viene. Puede que vuelva a marcharse en la misma nave, en cuanto carguen la mercancía.

    Ensel hizo un gesto con la mano imitando la partida de una nave, igual que si fuera una preciosa oportunidad que hubiera desaparecido en el vacío.

    —Bueno, supongo que ya nos enteraremos cuando llegue el momento —dijo Isserley, animosa, mientras lamentaba haber apagado el motor.
    —Entonces..., ¿quieres que te avise? —propuso Ensel.
    —No —contestó Isserley, que tuvo que hacer un esfuerzo para mantener un tono tranquilo—. No, es mejor que no. Puedes decirle que, de parte de Isserley, hola y adiós, ¿te parece bien? Y ahora, de verdad, tengo que irme a la cama.
    —Claro —dijo Ensel, y se apartó de la ventanilla.

    ¡Que cabrón!, pensó Isserley mientras se alejaba en el coche. Estaba tan cansada, que se había descuidado y había dejado escapar aquel comentario de que se iba a la cama. Seguro que a Ensel le había encantado oírlo, y que se lo contaría a los demás hombres, porque era una prueba de su estado infrahumano. Si se lo hubiera quitado antes de encima, nunca jamás se habría enterado. Él y los otros hombres habrían seguido creyendo que, cuando Isserley dormía en aquella casa suya tan inexpugnable, lo hacía como un ser humano, en el suelo.

    Sin embargo, en un instante maldito, le había regalado imprudentemente aquella vergonzosa realidad: la imagen de un horrible monstruo que dormía sobre una extraña estructura rectangular de hierro, que tenía encima un envoltorio de tela relleno de miraguano, con el cuerpo envuelto en viejas sábanas de hilo, justo igual que los vodsels.


    Capítulo 5


    A pesar de que Isserley se había hecho el firme propósito de estar durmiendo tranquilamente cuando llegase la nave, a media noche seguía tumbada en la cama en medio de la oscuridad, atenta a su llegada.

    No era que hubiese cambiado de actitud. Era la angustia lo que la mantenía despierta, la angustia de que la pudieran sacar de la cama los hombres, o, peor aún, el propio Amlis Vess.

    Lo que más la preocupaba era no oírles llamar a la puerta y seguir durmiendo a pesar del ruido. Porque entonces entrarían por las buenas, subirían hasta su dormitorio y podrían echarle un buen vistazo a aquella criatura monstruosa y desnuda, a aquella mujer semejante a una gárgola que roncaba en su camastro. Al fin y al cabo, Ensel no era más que escoria destinada a los Estados Nuevos. Su idea de lo que era la intimidad no coincidía en lo más mínimo con la que tenía ella. Y, además, le había parecido que no la había oído bien cuando le dijo que no quería que la molestasen; no tardaría mucho en olvidarlo. ¡Con lo que le gustaría ver lo que le habían hecho los cirujanos por debajo de la cintura! Bueno, pues trataría de no darle aquella satisfacción.

    Las horas iban pasando, los ojos se le habían hinchado y la arenilla imaginaria que provoca el insomnio hacía que le picaran. Cambió de postura moviéndose lentamente sobre el viejo colchón sucio y siguió a la escucha.

    Poco antes de las dos de la madrugada aterrizó la nave; hizo tan poco ruido, que su llegada casi no se pudo distinguir del murmullo de las olas en el estuario de Moray. Pero Isserley supo que había llegado. Todos los meses llegaba a la misma hora, y ya estaba familiarizada con su olor, con los crujidos amortiguados de su aterrizaje y con el susurro metálico que acompañaba su entrada en la construcción más grande de la granja.

    Siguió tumbada, despierta, esperando a que las nubes se disiparan y dejasen ver la luna, esperando a ver si los hombres o Amlis Vess se atrevían, a ver si tenían la osadía. Se imaginó a Amlis Vess diciendo: «Bueno, pues vamos a ver a la tal Isserley», y a los hombres saliendo a toda prisa a buscarla. «¡Que os jodan!», les gritaría.

    Siguió despierta, tumbada en la cama, una hora más o menos, hecha un ovillo y con el «¡Que os jodan!» preparado en la punta de la lengua. El tembloroso resplandor de la luna se adentraba vacilante en el dormitorio, dibujaba una línea espectral alrededor de los escasos objetos que allí había y se detenía muy cerca de la cama. Fuera, una lechuza escandalosa empezó con su despliegue de lamentos y alaridos. Era un ave nada más, quieta e impávida, pero parecía una horda de criaturas de gran tamaño, aterradas y agonizantes.

    Con aquella serenata, Isserley se quedó dormida.


    Le pareció que sólo llevaba durmiendo unos minutos cuando se sobresaltó al oír unos golpes apremiantes en la puerta delantera de su casa.

    Se incorporó en la cama presa del pánico, con la arrugada sábana apretada contra los pechos y las piernas muy juntas. Seguían llamando, y los golpes retumbaban entre los árboles desnudos como si fuesen docenas de llamadas fantasmales a las puertas de docenas de casas fantasmales.

    Su dormitorio seguía con la puerta bien cerrada, pero a través de la ventana pudo ver que la oscuridad del mundo exterior empezaba a adquirir el tinte azulado previo al amanecer. Echó una mirada al reloj de la repisa de la chimenea: eran las cinco y media.

    Se envolvió en la sábana y salió corriendo hasta el descansillo de la escalera, en el que había un ventanuco con cuatro cuarterones. Descorrió el pestillo, asomó la cabeza en medio de la noche y miró hacia abajo.

    Aporreando enérgicamente la puerta delantera de la casa estaba Esswis, con su mejor atuendo de granjero, además de una gorra de cazador y una escopeta. Tenía un aspecto ridículo y a la vez aterrador, por el tinte lívido que le daba la luz de los faros delanteros del Land Rover, aparcado muy cerca.

    —¡Deja de aporrear la puerta, Esswis! —dijo Isserley medio histérica, y luego añadió, en tono amenazador—: ¿Es que no podéis entender que no tengo ningún interés en ver a Amlis Vess?

    Esswis dio unos pasos hacia atrás alejándose de la puerta y levantó el rostro para poder verla.

    —Me parece muy bien —contestó con brusquedad—, pero será mejor que te pongas la ropa y salgas.

    Se ajustó la bandolera de la escopeta, como para demostrar que tenía autorización para disparar contra ella en el caso de que se negara.

    —Ya te he dicho... —empezó a decir Isserley.
    —Olvida a Amlis Vess —dijo Esswis levantando la voz—. Eso puede esperar, pero hay cuatro vodsels que se han escapado.

    Isserley, aún somnolienta, no entendió bien.

    —¿Escapado? —repitió—. ¿Qué quieres decir con eso de que se han escapado?

    Esswis, irritado, hizo un gesto con los brazos que abarcaba la Granja Ablach y todos los alrededores.

    —¿Tú qué crees que quiero decir? —exclamó.

    La cabeza de Isserley desapareció bruscamente del hueco de la ventana. Dando traspiés volvió a su dormitorio para vestirse. No empezó a caer en la cuenta de todas las implicaciones del hecho que acababa de anunciarle Esswis hasta el momento en que se puso a luchar para que los pies le entraran en los zapatos.

    En menos de un minuto ya caminaba junto a Esswis hacia el coche por el suelo cubierto de escarcha. Él se sentó en el asiento del conductor y ella se colocó, de un brinco, en el del acompañante y cerró la puerta de un portazo. El coche estaba más frío que un témpano y el parabrisas tenía una capa opalescente de barrillo y escarcha. Sudorosa todavía por el calor de su metabolismo nocturno, bajó la ventanilla, sacó un brazo y lo dejó apoyado en el lateral helado del coche, dispuesta a escudriñar la oscuridad.

    —¿Y cómo han conseguido escapar? —preguntó mientras Esswis apretaba el acelerador.
    —Nuestro distinguido visitante los ha soltado —gruñó Esswis al mismo tiempo que el coche se ponía en marcha haciendo crujir la nieve y la gravilla.

    A Isserley le parecía raro, y hasta le daba miedo, ir sentada en el asiento del acompañante. Se puso a buscar a tientas por las hendiduras de la tapicería, pero, si el vehículo de Esswis tenía cinturones de seguridad, debían de estar bien escondidos. Pronto dejó de buscarlos, pues había grasa y porquería por todas partes.

    Cuando llegaron a una zona plagada de baches, cercana al antiguo establo, Esswis no hizo el menor intento por evitarlos. La columna vertebral de Isserley sufrió varias sacudidas, como si unos agresores furiosos le estuvieran dando patadas a través del asiento; miró de reojo a Esswis preguntándose cómo podía soportar aquel castigo. Era obvio que no había aprendido a conducir como había hecho ella, dando vueltas y más vueltas por la granja a veinte kilómetros por hora. Iba inclinado sobre el volante, mostrando los dientes, y, a pesar de lo peligroso que era el terreno, de la oscuridad y de que el parabrisas estaba casi empañado, la aguja del velocímetro marcaba entre cincuenta y sesenta. De pronto Isserley notó que las ramas y las hojas le golpeaban el hombro, así que metió el brazo dentro.

    —¿Y por qué no lo detuvo alguien? —preguntó alzando la voz sobre el ruido del motor. Se imaginaba a Amlis Vess, la mar de ceremonioso, concediendo la libertad a los vodsels mientras los hombres aplaudían nerviosos a su lado.
    —Lo llevamos a hacer un recorrido por las instalaciones —gruñó Esswis—. Pareció impresionado. Luego dijo que estaba cansado y se iba a dormir un poco. Nadie sabe qué pasó después, pero la puerta del edificio principal estaba abierta y cuatro vodsels habían desaparecido.

    El coche salió por la puerta de acceso a la granja y giró inmediatamente a la izquierda para meterse en la carretera sin aminorar en absoluto la velocidad. Era como si los intermitentes y el freno fuesen mecanismos desconocidos para Esswis. Menos mal que la caja de cambios era automática.

    —Conduce por la izquierda, Esswis —le recordó Isserley mientras iban lanzados a través de la oscuridad.
    —Tú mira a ver si ves a los vodsels —contestó él.

    Isserley tragó saliva para aguantar el contraataque y se puso a escudriñar los prados y la maleza, tratando de vislumbrar algún animal de color rosado y sin pelo.

    —¿En qué fase se encuentran los que estamos buscando? —preguntó.
    —Son unimesinos —respondió Esswis—. Ya estaban casi a punto. Iban a ir en este cargamento.
    —¡Oh, no! —dijo Isserley. La simple idea de que un vodsel químicamente depurado, con los intestinos modificados, engordado, castrado y afeitado se presentase en una comisaría de policía o en un hospital era como una pesadilla.

    Embargados por la preocupación fueron bordeando todo el terreno de la granja que no lindaba con el mar y que era como un enorme trozo de tarta de unos cuatro kilómetros de perímetro. No vieron nada raro. La carretera y los dos caminitos de entrada y salida a Ablach estaban desiertos, o, por lo menos, no había en ellos ningún animal de mayor tamaño que los conejos y los gatos salvajes, lo cual significaba una de dos: o que los vodsels habían logrado escapar o que todavía se hallaban en algún punto dentro de la granja.

    Lo más probable es que se hubieran escondido en las cuadras, en el establo o en el viejo granero, que estaban en ruinas. Esswis fue recorriendo todos aquellos lugares, uno tras otro, dirigiendo la luz de los potentes faros delanteros del Land Rover a las oscuras y sucias oquedades y a los espacios en los que resonaba el eco, confiando en descubrir allí dentro cuatro vodsels lívidos. Pero en las cuadras sólo había un vacío sobrecogedor y en el suelo no se veían más que restos del agua de la lluvia y de excrementos de vacas de hacía mucho tiempo. En el establo tampoco había nada extraño. Todo lo que contenía eran objetos inanimados. Amontonadas contra la pared del fondo había varias piezas de los coches anteriores de Isserley, como las puertas del Lada o el chasis y las ruedas del Nissan. La mayor parte del espacio restante lo ocupaba una máquina híbrida que Ensel había tratado de construir mezclando una cosechadora de heno Fahr Centipede y una carretilla elevadora Ripovator. Cuando Esswis la arrastró y la sacó fuera del edificio, aquel amasijo con apéndices soldados adquirió un aire entre cómico y grotesco; en la penumbra del establo las garras oxidadas y las púas relucientes parecían mucho más siniestras. Isserley escudriñó a fondo el interior de la cabina llena de grasa y de salpicaduras del soplete para estar segura de que allí dentro no había ningún vodsel.

    El viejo granero era un lugar laberíntico, plagado de rincones y compartimientos en los que poder ocultarse, pero acceder a todos aquellos recovecos era algo reservado a criaturas que pudieran volar, saltar o trepar por escaleras. Los vodsels unimesinos, con sus doscientos cincuenta kilos de carne dura y consistente, no eran tan ágiles. Así que, si no estaban en el suelo, era que no estaban allí. No estaban allí.

    Al volver al edificio principal, Esswis frenó en seco, salió del coche empujando la puerta con el codo y cogió la escopeta. Isserley y él no necesitaban hablar para saber adonde dirigirse a continuación. Subieron unos escalones que permitían pasar por encima de la cerca y empezaron a caminar a grandes zancadas entre los rastrojos congelados de un prado que iba a dar al bosque de Carboll.

    Esswis alargó la mano y le dio a Isserley una linterna del tamaño de un termo. Mientras se dirigían a toda prisa hacia los árboles, enfocó el haz de luz a un lado y a otro por los prados.

    —Una nevada nos hubiera venido bien —dijo jadeando al no descubrir ninguna huella en la oscura extensión de terreno lleno de barro y de restos de la siega.
    —A ver si hay sangre —dijo Esswis en tono irritado—. Es roja —le aclaró, como si ella no fuese capaz de reconocerla sin aquella explicación adicional.

    Isserley siguió caminando a su lado en silencio, sintiéndose humillada. ¿Acaso creía que iba a haber un ancho reguero de reluciente color carmesí brillando a lo largo de hectáreas y hectáreas de campo? El que estuviese representando el papel de granjero y propietario de tierras no quería decir que supiera más que ella. ¡Hombres! La mayoría no eran más que unos héroes de salón, mientras que a las mujeres siempre les tocaba hacer el trabajo sucio.

    Por fin llegaron al bosque e Isserley fue enfocando de un lado a otro con la linterna para iluminar el denso abigarramiento de los árboles. La simple idea de encontrarlos iluminando una zona más o menos amplia de penumbra arbórea con un rayito de luz generado por una pila parecía imposible.

    Sin embargo, antes de que hubiera transcurrido mucho rato, Isserley vio un reflejo de color rosa que se movía con rapidez entre las oscuras ramas.

    —¡Allí! —exclamó.
    —¿Dónde? —preguntó Esswis bizqueando de un modo grotesco.
    —Confía en mí —dijo Isserley, encantada ante la deliciosa evidencia de que él tenía menos agudeza visual que ella.

    Los dos, con Isserley a la cabeza, echaron a correr a través de los matorrales. Al cabo de unos instantes oyeron roturas y crujidos de helechos no ocasionados por ellos, y, un segundo más tarde, tenían a uno de aquellos seres ante la vista. Sus miradas se encontraron en medio del bosque: cuatro ojos grandes y humanos y dos ojillos pequeños y bestiales.

    —Sólo uno, ¿eh? —dijo Esswis con una mueca que enmascaró con un gesto de decepción el alivio de haberlo encontrado.

    Isserley respiraba pesadamente tratando de recobrar el aliento y sentía que el corazón le golpeaba el pecho. Le hubiera gustado que allí hubiese una palanca de icpathua que brotara del suelo como un arbolito para poder accionarla y que las agujas saltaran desde debajo de la tierra. De pronto, cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de qué esperaba Esswis que hiciera.

    El vodsel, tras efectuar algunos movimientos torpes, se había quedado quieto y encogido de miedo bajo la luz de la linterna. Estaba desnudo y medio aletargado. Como jadeaba, tenía la cabeza rodeada de remolinos de vaho brillante. Al haber abandonado el calor del corral, ya no era capaz de enfrentarse a las condiciones del exterior; sangraba por los cientos de arañazos que se había hecho y tenía ese color amoratado que produce el frío intenso. Tenía el mismo aspecto que todos los unimesinos: una cabeza calva asentada como el brote de una flor sobre un cuerpo desproporcionadamente grande. El escroto vacío le colgaba como una pálida hoja de roble bajo la oscura bellota del pene. Entre las piernas le caía un chorrito de excrementos oscuros, diarreicos, que formaba un charco en el suelo. Lanzaba sacudidas al aire con los puños y abría la boca dejando ver que le habían arrancado los dientes y le habían cortado la lengua.

    Soltaba una especie de gemido gutural.

    Esswis le disparó en la frente. Al caer hacía atrás rebotó contra el tronco de un árbol. En las inmediaciones se produjo un alboroto estridente que los hizo sobresaltarse: un par de faisanes que habían salido de su escondrijo.

    —Bueno, uno que ha caído —musitó Esswis mientras se dirigía hacia él.

    Isserley le ayudó a levantar el cadáver del suelo. Nada más agarrarlo por los tobillos sintió las manos pegajosas a causa de la sangre, y se le llenaron de minúsculos fragmentos de carne medio congelada. Amlis Vess no le había hecho ningún favor a aquel pobre animal dejándolo suelto.

    Mientras se preparaban para cargar con el cadáver, tratando de ver cómo distribuirse el peso para poder manejarlo, Esswis e Isserley llegaron a la misma conclusión. Una leve claridad empezaba a ascender por la línea del horizonte y se mezclaba con el color cianótico del cielo. El tiempo se les estaba echando encima.

    Escondieron el cadáver bajo unos arbustos para ocuparse de él más tarde y cruzaron a todo correr los prados en dirección adonde habían dejado el Land Rover. Casi sin esperar a que Isserley se sentara a su lado, Esswis puso el coche en marcha y arrancó haciendo un ruido espantoso y dejando atrás un pestilente olor a gasolina. Salió apretando el acelerador a fondo y con gesto de contrariedad porque el motor no respondía; poco después, se dio cuenta de que no había quitado el freno de mano.

    Rodearon de nuevo la Granja Ablach y volvieron a encontrar desiertos la carretera y los caminillos de entrada y salida. Ya se podían distinguir los contornos de las montañas que había más allá de Dornoch, y, para mayor preocupación, les pareció ver los faros de otro vehículo parpadeando en la carretera que llevaba a Tain. Mientras regresaban, entre las tinieblas empezó a surgir el borroso perfil del mar abierto.

    —¿Y sí han ido al estuario? —sugirió Isserley cuando el coche se detuvo frente a la edificación principal.
    —Allí no tienen escapatoria —replicó Esswis con desdén—. ¿Qué van a hacer, nadar hasta Noruega?
    —Pero, hasta que lleguen, no pueden saber que están a la orilla del mar.
    —Bueno, ya miraremos luego. Lo más importante son las carreteras.
    —Si uno de esos vodsels se ahoga, la corriente lo puede devolver en cualquier punto.
    —Si tienen algo en el cerebro, no se meterán en el agua.

    Isserley apretó los puños en el regazo, intentando no estallar. Pero, de pronto, algo le llamó la atención. Frunciendo el ceño, intentó escuchar qué era lo que oía aparte del ruido del coche.

    —Para el motor un segundo —dijo.

    Esswis obedeció, aunque su mano titubeó unos instantes alrededor del volante, como si su diseño no le resultase familiar. Luego detuvo el coche bruscamente.

    —Escucha —susurró Isserley.

    A ráfagas, a través del aire helado, llegaba el retumbar, distante, pero inequívoco, de una manada de animales corriendo.

    —Es en el prado del lado de Geanies —dijo Esswis.
    —En la colina de los Conejos —confirmó Isserley casi al mismo tiempo.

    Se dirigieron inmediatamente hacia allí, y, al llegar, se encontraron a dos vodsels intentando salir del prado para librarse de unos bueyes que bufaban y mugían tras ellos.

    Tenían los ojos desorbitados por el miedo, y, aunque la alambrada de espino no les llegaba más que a la cintura, sus piernas ateridas de frío, llenas de arañazos y con el lastre de la carne y de la grasa adquiridas tras haber sido cebados durante un mes en el corral, se negaban a levantarse del suelo helado, de modo que parecía que estuvieran haciendo gimnasia sueca o ejercicios de calentamiento antes de bailar ballet, aunque sin demasiado entusiasmo.

    Cuando vieron el Land Rover, se quedaron paralizados. Pero, al ver el desconocido rostro barbudo de Esswis saliendo por la ventanilla, les entró una gran agitación y empezaron a mover los brazos y a aullar. Los bueyes, asustados por la luz de los faros, ya habían iniciado el trote para ir a refugiarse en la oscuridad.

    La primera en salir del coche fue Isserley. Al verla, los vodsels dejaron inmediatamente de gritar. Uno empezó a retroceder por el prado, y el otro se agachó para coger un puñado de tierra y lanzarlo hacia ella. Pero tenía ya tal cantidad de carne acumulada en los brazos y en el pecho, que balanceó el brazo con una torpeza cómica y el puñado de tierra cayó ante sus pies, sobre el sendero de cemento, con un ¡paf! de impotencia.

    Esswis apuntó y disparó primero a uno y luego al otro. Estaba claro que la habilidad que le faltaba para conducir la compensaba con la buena puntería.

    Isserley pasó por encima de la alambrada y fue hasta donde estaban los cuerpos. Arrastró el cadáver del que se hallaba más cerca y le levantó los brazos hasta colocárselos por encima del alambre de espino para que Esswis pudiera agarrarlo. Era el que había lanzado la tierra, y tenía unos tatuajes muy particulares por todo el pecho y por los brazos. Mientras estaba tirando de él con gran esfuerzo a fin de colocarlo sobre la alambrada para que Esswis lo agarrara, recordó algo curioso sobre aquellos tatuajes. El vodsel le había contado que se los había hecho un «hijo de puta genial» en Seattle. La palabra «Seattle» le había llamado mucho la atención. Entonces le había parecido una palabra muy bonita, y en aquel momento volvió a parecérselo.

    A pesar de todos sus esfuerzos, la carne de la espalda del vodsel se les enganchó en la alambrada y tuvieron que tirar de ella con mucho cuidado para que sufriera el menor destrozo posible. De la cabeza, cuya mandíbula colgaba, hecha pedazos, como una bisagra suelta y sanguinolenta, caía entretanto un chorro de sangre sobre el cemento del sendero.

    —Una vez limpios, quedarán bien —dijo Esswis, refunfuñando con estoicismo.

    El otro vodsel no pesaba tanto, pero, al tratar de levantarle el tronco y colocarlo por encima de la cerca sin tocar los alambres de espino, Isserley estuvo a punto de hacerse un esguince.

    —No hagas estupideces —le dijo Esswis—. Luego lo lamentarás.

    Pero también él se hizo daño al tratar de levantar solo aquel peso, para no quedar mal ante una mujer.

    Cuando ya tenían a los dos vodsels en la parte de atrás del Land Rover, Isserley y Esswis se miraron el uno al otro y soltaron una carcajada. Recuperar aquellos animales había sido muchísimo más asqueroso de lo que ninguno de los dos hubiera podido imaginar. Una especie de sopa gelatinosa, mezcla de excrementos de vaca, sangre y tierra, les resbalaba por los brazos y la ropa. Tenían churretes hasta en la cara. Parecía como si llevaran pintura militar de camuflaje.

    —Bueno, ya han caído tres —le dijo Esswis a Isserley con un tono nuevo de respeto, mientras le abría la puerta del coche para que entrara.

    Volvieron a hacer el mismo recorrido alrededor de la granja sin encontrar nada en las carreteras. Todo había adquirido un aire diferente al del recorrido anterior, ya que en algún punto de la zona costera de Ablach, invisible bajo los acantilados, el sol estaba saliendo del mar. La oscuridad se iba desvaneciendo por momentos y dejaba al descubierto un cielo que prometía ser claro y benévolo, como si quisiera invitar a otros automovilistas a salir a la carretera lo más temprano posible. Las vacas y ovejas que, innumerables e invisibles, habían ido de acá para allá toda la noche, se iban materializando. Ya se podían distinguir algunos animales a cuatrocientos metros.

    Alguno de ellos bien podía ser el vodsel que faltaba, si es que había conseguido llegar al sitio adecuado en el momento adecuado.

    Cuando ya iban de vuelta subiendo por el sendero de Ablach, Esswis echó una ojeada a lo lejos, más allá de los prados, y vio en el estuario un barquito de pesca que se acercaba a la orilla. Mortificado, apretó el volante con fuerza. Isserley supuso que se estaría imaginando exactamente lo mismo que ella se había imaginado antes: una criatura de dos patas, desnuda, haciendo señas frenéticas en la orilla.

    —Puede que éste sea el momento de dar ese paseo por la playa que proponías —dijo Esswis en tono de broma, intentando que pareciera una concesión. Por supuesto que aquel cambio en su actitud no era, como pretendía aparentar, una deferencia: si no encontraban nada en el estuario, podría rezongar que hacer caso de su sugerencia no había sido más que una pérdida de su valioso tiempo.
    —No —dijo Isserley—. Tengo una corazonada. Vamos a hacer el mismo recorrido otra vez.
    —Como quieras —contestó irritado. La culpa sería de ella cuando los titulares de los periódicos dijesen: UNOS PESCADORES ENCUENTRAN UN MONSTRUO.

    Fueron hasta la colina de los Conejos en silencio. Al pasar una y otra vez sobre el cemento del sendero, los neumáticos habían ido dispersando la sangre, diluyéndola con la suciedad y haciendo que se colara por las grietas. Pero aún seguía necesitando una buena limpieza. Más tarde.

    Si es que había un más tarde.

    En el trecho de la carretera al que daban los senderos de entrada y salida de Ablach, Isserley se inclinó hacia adelante. El sudor le caía por la espalda y sentía el aguijoneo del instinto.

    —¡Allí! —gritó cuando ya habían coronado la cima de la colina y empezaban a bajar hacia el cruce.

    La verdad era que no se necesitaba tener unos poderes especiales de observación. El cruce de carreteras era un espacio amplio, y el vodsel estaba en su mismísimo centro. Su cuerpo carnoso brillaba bajo la luz del amanecer con un tono entre azul y dorado, como si fuese una atracción turística de fibra de vidrio de color chillón. Al oír que un vehículo se aproximaba por su espalda, se volvió rígidamente y levantó un brazo señalando hacia Tain.

    En el paroxismo de la agitación, Isserley se levantó anticipadamente del asiento, pero, ante su incredulidad, cuando llegaron al cruce, Esswis no se detuvo. Siguió conduciendo por el camino que bordeaba la granja en dirección a Portmahomack.

    —Pero ¿qué estás haciendo? —chilló.

    Esswis dio un respingo como si lo hubieran arañado o hubieran intentado arrancarle el volante de las manos.

    —He visto unos faros que venían por la carretera de Tain —contestó gruñendo.

    Isserley intentó verlos, pero ya habían pasado el cruce y los árboles ocultaban la carretera de Tain.

    —Yo no he visto ningún faro —protestó.
    —Pues estaban allí.
    —¡Por Dios bendito! ¿A qué distancia?
    —¡Cerca, muy cerca! —gritó Esswis al mismo tiempo que golpeaba el volante con una mano, lo cual provocó que el coche diera un bandazo brusco y peligroso.
    —Bueno, pues no sigas adelante —dijo Isserley entre dientes—. Vuelve y echemos un vistazo.

    Esswis se detuvo en la entrada de la Granja Petley y efectuó un giro que necesitaba tres maniobras haciendo seis por lo menos. Isserley, impotente y desesperada en su asiento, no podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo.

    —¡Date prisa! —dijo gimiendo casi y agitando los puños cerrados bajo la barbilla.

    Pero parecía como si de pronto Esswis acabara de descubrir lo que era la prudencia, pues condujo muy despacio y con mucho cuidado. Un poco antes de llegar al cruce se detuvo en un lugar protegido por los árboles. A través del follaje los dos vieron claramente al vodsel, que seguía allí, de pie, expectante sobre el asfalto. No había rastros de coches por ningún lado.

    —Estoy seguro de que venía un coche —insistió tercamente Esswis—. Como a la altura de la Granja Easter.
    —Puede que haya ido a la Granja Easter, que, como muy bien sabes, está deshabitada —sugirió Isserley, que se esforzaba por no ponerse a gritar.
    —Las probabilidades de que...
    —¡Por Dios bendito, Esswis! —dijo levantando la voz—. ¿Qué te pasa? Está ahí mismo. ¡Ponte en movimiento!
    —¿Y cómo vamos a meterlo en el coche?
    —Tú, simplemente, dispara.
    —Ya es de día y estamos en un cruce. En cualquier momento podría venir un coche.
    —Pues dispara antes de que venga.
    —Si alguien nos ve dispararle o meterlo en el coche, estamos perdidos. Incluso con que quede un charco de sangre bastaría.
    —Si lo recoge otro coche, también estaremos perdidos.

    Llevaban unos segundos allí quietos, como atrapados en un callejón sin salida, cuando el sol empezó a entrar a través del sucio parabrisas y sus cuerpos comenzaron a exhalar un hedor casi insoportable a excrementos. Entonces Esswis apretó el acelerador y se dirigió hacia el cruce.

    El vodsel fue a su encuentro dando traspiés. Levantó un brazo e intentó señalar hacia Tain con el pulgar amoratado de una mano hinchada. Al verlo de cerca comprobaron que estaba casi muerto de frío y que sólo una gran determinación lo hacía mantenerse sobre sus carnosos pies como en un trance vegetativo.

    Aun así, al ver que un coche aminoraba la velocidad para detenerse, un atisbo de sensibilidad cruzó por su mirada. Movió la boca, demasiado rígida por el frío y la sobrealimentación para sonreír, pero en la que se adivinaba su intención de hacerlo.

    Esswis estiró el brazo hacia el asiento de atrás y buscó a tientas la escopeta, que había resbalado al suelo. El vodsel se dirigió dando tumbos hacia el coche.

    —Olvida la escopeta —dijo Isserley, y se giró para abrir la puerta de atrás.

    El vodsel agachó la cabeza, logró meter el cuerpo en el coche y cayó exhausto sobre el asiento. Isserley, resoplando por el esfuerzo, cerró la puerta tirando de ella con un solo dedo.

    —Ya están los cuatro —dijo.


    De vuelta ante el edificio principal, sin que a Esswis le hubiera dado casi tiempo de decir su nombre en el interfono, la puerta empezó a abrirse girando sobre sus goznes. En el hueco aparecieron cuatro hombres empujándose, estirando los hocicos con ansiedad y pateando el suelo.

    —¿Los habéis encontrado? ¿Los habéis encontrado? —gritaban.
    —Sí, sí —gruñó Esswis, exhausto, y señaló hacia el Land Rover.

    Los hombres se abalanzaron hacia fuera para ayudar a descargar, respirando pesadamente y dejando una estela de vaho tras de sí. Isserley y Esswis no fueron con ellos, sino que se quedaron plantados en medio de la entrada, como para impedir la vista a cualquier intruso que pudiera haberse extraviado por allí. Después de todo, había una nave de carga aparcada dentro del edificio. Era un objeto insólito, imposible de confundir con un tractor.

    Isserley se quedó mirando cómo abrían los hombres una de las puertas laterales del Land Rover y vio caer las piernas hinchadas y ensangrentadas del último vodsel igual que si fuesen un par de salmones gigantes. Apartó la vista. Bajo la luz del sol el color blanco de los muros parecía tan luminoso, que la luz amarillenta de las lámparas de volframio que había en el interior resultaba escasa y horrible.

    De pronto, Esswis se encogió como si se le hubiera soltado algún resorte de los hombros, se volvió contra la pared y apoyó una mano peluda y temblorosa bajo el cartel de la calavera y los dos huesos cruzados.

    —Me vuelvo a casa —dijo entre suspiros.

    Dado que estaba de espaldas, Isserley no podía saber qué alcance había que suponerle a aquella afirmación. Pero, evidentemente, Esswis se refería a la casa de la granja y hacia allí se dirigió arrastrando los pies.

    —¿Y qué pasa con tu coche? —le preguntó Isserley mientras se alejaba.
    —Vendré a recogerlo después —contestó con voz quejumbrosa y sin darse la vuelta siquiera.
    —Si quieres, puedo acercártelo a tu casa —se ofreció.

    Sin dejar de caminar, y sin volverse, Esswis levantó un brazo y lo dejó caer con aire cansino. Isserley no logró saber si era un gesto de agradecimiento o de rechazo.

    Desde las inmediaciones del Land Rover llegó a sus oídos una palabrota de asombro, dicha en su idioma natal. Al abrir la parte de atrás, los hombres se habían encontrado con el revoltijo de los otros tres vodsels apretujados. Isserley no tenía el menor interés en escuchar sus expresiones de asco. Esswis y ella habían hecho todo lo posible para volver con los animales en una sola pieza. ¿Qué esperaban?

    Para ahorrarse las quejas de los hombres y no tener que ofrecerse a ayudarlos a meter los cadáveres, se deslizó dentro del edificio en busca del verdadero causante de todo el problema: Amlis Vess.

    La planta baja se hallaba tan llena de ecos como vacía de objetos móviles, a excepción de la gran mole negra con forma elíptica de la nave de carga, aparcada directamente bajo la escotilla abierta en el tejado del edificio. Hasta las máquinas agrícolas, que había que tener para salvar las apariencias, y que habitualmente estaban desperdigadas por allí por si había una inspección, habían sido retiradas para que no obstaculizaran las maniobras de carga. Si todo hubiera ido bien, a aquella hora los hombres tendrían que haber estado ocupados cargando la mercancía en la nave, pero Isserley se olió que aquel día no habían hecho nada.

    En un ángulo había un bidón grande de acero de unos dos metros de alto y alrededor de metro y medio de diámetro, con un dibujo oxidado y borroso de una vaca y una oveja en relieve. A un lado sobresalía una espita de latón. Isserley la giró y el bidón se abrió por una juntura invisible con la delicadeza de un párpado vertical.

    Entró, el metal la envolvió y empezó a descender.

    Las puertas del ascensor se abrieron automáticamente al llegar a un nivel inferior, en el que estaban la cocina, el comedor de los trabajadores y la sala de recreo. Era un lugar de esos que hacen daño a la vista, de techo bajo, con una luz estridente como las de las gasolineras de carretera, donde siempre olía a patatas fritas, hombres sin lavar y mermelada de mussanta.

    Allí no había nadie, así que Isserley siguió bajando. Esperaba que Amlis Vess no estuviese escondido en la zona más profunda, donde se sacrificaban los animales y se procesaba la carne. Nunca había estado allí y tampoco tenía ganas de ir en aquel momento. No era un lugar adecuado para nadie que tuviera claustrofobia.

    El ascensor volvió a pararse. Esta vez en la planta en la que estaban las habitaciones de los hombres, donde —pensándolo bien— era lo más probable que estuviera Amlis Vess. Isserley sólo había estado allí una vez, cuando acababa de llegar a la Granja Ablach. Nunca había encontrado ningún motivo para volver a aquella madriguera masculina con olor a moho y a sudor que le recordaba los Estados Nuevos. Pero ahora sí que tenía un motivo. Cuando la puerta abrió sus hojas metálicas, Isserley se preparó para un enfrentamiento tormentoso.

    Lo primero que vio fue al propio Amlis Vess justo al lado del ascensor. No había contado con que estuviera tan cerca. Era como si fuese a entrar en la cabina. Sin embargo, se quedó absolutamente inmóvil. La verdad es que a Isserley le pareció que absolutamente todo se había quedado inmóvil. Era como si el tiempo no hubiera tenido el menor reparo en detenerse para que pudiera observar a Amlis a sus anchas. Iba dispuesta a empezar a soltar insultos. Pero se quedó con la boca abierta.

    Era el hombre más guapo que había visto en su vida.

    Le pareció inquietantemente familiar, como ocurre con los famosos, al tiempo que le resultaba absolutamente desconocido, igual que si no le hubiera visto en su vida. La imagen que proporcionaban los medios de comunicación, y que ella recordaba sólo a medias, no transmitía, en absoluto, su atractivo.

    Como todos los de su raza —excepto ella y Esswis, por supuesto—, estaba desnudo, iba a cuatro patas y tenía todos los miembros exactamente igual de largos. Tenía un rabo prensil que podía utilizar a manera de trípode como otro miembro en el que apoyarse, si es que necesitaba tener las patas delanteras libres. El pecho se le iba estrechando con absoluta perfección hasta convertirse en un cuello largo sobre el que se alzaba la cabeza como un trofeo. En ella sobresalían tres puntos: las orejas, largas y puntiagudas, y el hocico vulpino. Tenía unos ojos grandes, de una redondez perfecta, en la parte frontal, la cual, al igual que el resto del cuerpo, se hallaba cubierta de un sedoso pelaje.

    Todos sus rasgos eran los de un ser humano normal y corriente, no había en él nada diferente de los obreros que estaban detrás mirándolo nerviosos.

    Pero era diferente.

    Para empezar, era sorprendentemente alto. Su cabeza quedaba a la altura del pecho de Isserley. Si lo pusieran vertical mediante una intervención quirúrgica, como habían hecho con ella, sería ostensiblemente más alto que ella. La riqueza y los privilegios debían de haberlo librado de la típica atrofia en el crecimiento que afectaba a los hombres de los Estados Nuevos, como le ocurría al que le estaba vigilando en aquel momento. A su lado era como un gigante, pero resultaba esbelto, nada desproporcionado ni torpe. Tenía el pelo de varios colores (las malas lenguas decían que no era natural): el de la espalda, los hombros y los flancos era pardo oscuro; el de la cara y las patas era totalmente negro, y el del pecho, de un blanco inmaculado. Y, además, le brillaba de un modo increíble; sobre todo, el del pecho, que era más espeso y casi encrespado. No era excesivamente musculoso, sólo lo justo para su esqueleto. Las paletillas apenas se le marcaban bajo la capa satinada del pelo. Lo que más llamaba la atención en él era su rostro: entre todos los hombres con los que Isserley trabajaba no había ninguno que no tuviera pelos ásperos, calvas y cicatrices antiestéticas en la cara. Pero Amlis Vess tenía una capa continua de vello negro, suave y sin un solo defecto desde la punta de las orejas hasta la curva del cuello, que parecía una fina pieza de ante negro labrada con todo esmero por un artesano meticuloso. Clavados en aquella negrura perfecta, sus ojos leonados brillaban como el ámbar bajo la luz. Tomó aire y se dispuso a empezar a hablar.

    Pero, de pronto, como cuando se corre el telón tras un espectáculo, las hojas de la puerta metálica se deslizaron hasta cerrarse. En ese momento fue cuando Isserley se dio cuenta de que habían transcurrido varios segundos y ella no había salido del ascensor. La puerta se había cerrado y Amlis había desaparecido. El suelo empezó a moverse suavemente bajo sus pies.

    El ascensor estaba bajando al sótano donde se encontraban los corrales de los vodsels y se procesaba la carne, exactamente al lugar al que Isserley no quería ir. Furiosa, apretó con la palma de la mano el botón para subir.

    El ascensor se paró y las hojas de la puerta empezaron a moverse como si fueran a abrirse, pero tras separarse unos dos centímetros, la cabina volvió a ponerse en movimiento y empezó a subir. Sólo había entrado un tufillo a humedad y a animales encerrados; nada más.


    Al llegar a la planta de las habitaciones de los hombres, el ascensor volvió a abrirse.

    Amlis Vess se había alejado un poco de la puerta y estaba más cerca del hombre que lo estaba vigilando. A Isserley le seguía pareciendo que era guapísimo, pero aquellos instantes de separación le habían servido para recobrar la sensación de furia. Fuera guapo o feo, era el responsable de un acto de sabotaje, una proeza juvenil que a ella le había hecho pasar un infierno. El que su apariencia la hubiese deslumbrado no cambiaba nada. Era, simplemente, que había supuesto que sería alguien que no destacaría más que por las estupideces que cometía y se había encontrado con un ser que no era anodino en absoluto. Sólo tenía que cambiar de enfoque.

    —Ah, bueno, creí que no querías nada con nosotros —dijo Amlis con una voz cálida y musical y con una tremenda entonación de niño bien. Isserley tuvo que echar mano del resentimiento que le provocaba aquel detalle para poder contestar con determinación.
    —Ahórrese los comentarios graciosos, señor Vess —dijo mientras salía del ascensor—. Estoy muy cansada.

    Deliberadamente, intencionadamente, se volvió hacia el otro hombre, al que tras unos instantes reconoció. Era Yns, el ingeniero.

    —¿Qué te parece, Yns? —dijo, satisfecha de haber recordado su nombre justo a tiempo—. ¿Será peligroso que el señor Vess vaya a la planta baja?

    Yns, un vejete de pelaje negruzco y más feo que Picio, abrió la boca dejando al descubierto unos dientes sucios y cruzó una mirada fugaz con Amlis. Era evidente que habían tenido oportunidad de charlar ampliamente mientras en el exterior se llevaba a cabo la persecución de los vodsels y habían llegado a comprender lo absurdo y artificial de establecer una relación de vigilante y vigilado.

    —Bueno..., ya no puede hacer nada más, ¿no? —contestó haciendo una mueca.
    —Pues entonces me parece que el señor Vess debería ir a la planta baja —dijo Isserley—, a echar un vistazo a lo que están descargando los hombres.

    Sin apartar la mirada de Amlis Vess, giró un brazo hacia atrás y apretó el botón para llamar al ascensor. Al hacer aquel movimiento sintió un latigazo de dolor y se dio cuenta de que él lo había notado. ¡Maldita sea! Eran tan raras las oportunidades que tenía de utilizar sus múltiples articulaciones naturales, y tenía siempre tanto cuidado de hacer sólo los torpes movimientos de los vodsels, que se estaba agarrotando. ¡Seguro que a aquel niño bien le gustaría saber todo lo que su cuerpo era capaz de hacer, y también todo lo que no estaba a su alcance!

    El ascensor llegó y, obediente, Amlis Vess entró en él. Movía los huesos y los músculos sin brusquedad bajo la piel, tan sutil como si fuera un bailarín. Era probable que fuera bisexual, como todos los ricos y los famosos.

    Al darse cuenta de que en la cabina del ascensor no cabían los tres, Amlis dirigió una mirada a Isserley, pero ésta hizo un gesto para dejar absolutamente claro que subiera él primero con Yns y que ella subiría después. Intentaba demostrar con su actitud el rechazo que le producía Amlis Vess, como si se tratara de un animal enorme que fuera a ensuciarla justo en un momento en que estaba demasiado cansada para lavarse.

    En cuanto el ascensor comenzó a subir, Isserley empezó a sentirse mal, como si la hubiera cubierto la tierra y estuviera inhalando las miasmas de un aire viciado. Sin embargo, contaba con que se sentiría de aquel modo, así que se dio ánimos para soportarlo. Estar bajo tierra siempre era una pesadilla para ella, y más aún si se trataba de un lugar como aquél. Le parecía que había que ser muy bruto para vivir allí sin volverse loco.

    —Venga, baja ya —susurró ansiosa por que el ascensor viniese a rescatarla.


    Cuando por fin todos —Isserley, Amlis Vess y cinco operarios de la granja— se encontraron en la planta baja, se toparon con un despliegue de una solemnidad surrealista. Los vodsels habían sido introducidos en el edificio: primero el que aún vivía y a continuación los tres cadáveres ensangrentados. En realidad, el que había llegado vivo ya estaba muerto: por precaución, Ensel le había administrado una dosis de icpathua que, desgraciadamente, parecía haber sido la causa de que se parara aquel corazón ya exhausto.

    Los cuerpos estaban colocados en fila en el centro de la planta, sobre el pavimento de hormigón. Por las piernas del que estaba en mejor estado aún se deslizaban algunos coágulos de sangre; las cabezas de los que habían recibido los disparos habían dejado casi de sangrar. Pálidos y relucientes por la escarcha, parecían cuatro figuras de cera imponentes, una especie de velas enormes que se hubieran derretido de un modo desigual desde la mecha.

    Isserley dirigió la mirada primero a los cuerpos, luego a Amlis Vess y de nuevo a los cuerpos, como para trazar una línea imaginaria a la que él debía dirigir su atención.

    —Bueno, ¿qué? —le dijo desafiante—. ¿Satisfecho?

    Amlis Vess la miró enseñando los dientes con un gesto de pena y asco a la vez.

    —Es muy raro, ¿sabes?, pero no recuerdo haber sido yo el que les ha descerrajado un disparo en la cabeza a estos pobres animales.
    —Pues es como si lo hubiera hecho —respondió Isserley con acritud, molesta por las inoportunas risitas que Yns estaba emitiendo justo detrás de ella.
    —Si a ti te lo parece... —contestó Amlis Vess con el mismo tono, aunque no con el mismo acento, que ella habría utilizado para seguirle la corriente a algún autoestopista chiflado y peligroso.

    Isserley se puso tensa de rabia. ¡Qué hijo de puta! Se comportaba como si sus meteduras de pata no necesitasen justificación. Un típico niño rico, un típico hijo de papá malcriado. Nunca necesitaban justificar sus actos.

    —¿Por qué lo hizo? —le espetó sin rodeos.
    —Estoy en contra de que se mate a los animales —replicó sin alzar la voz—. Simplemente.

    Isserley se quedó mirándolo estupefacta, sin poder creérselo. Luego, indignada, señaló los pies de los vodsels muertos. Una fila desordenada de unos cuarenta dedos hinchados se desplegaba ante ellos sobre el pavimento de hormigón.

    —¿Ve usted eso? —dijo echando chispas mientras señalaba los dedos que estaban más afectados—. ¿Ve lo grises y reblandecidos que están? Es consecuencia de la congelación. Se lo ha causado el frío. Son trozos de carne muerta, señor Vess. Estos animales habrían muerto, simplemente, por estar a la intemperie.

    Amlis Vess se removió inquieto. Fue su primer signo de flaqueza.

    —Me parece difícil de creer —dijo frunciendo el ceño—. Después de todo, ahí fuera están en su elemento.
    —¿Está usted de broma? ¿Le parece que esto se lo han hecho al estar correteando en su elemento? —le contestó agarrando uno de aquellos dedos congelados, con lo que le causó, sin querer, una perforación adicional—. ¿Le parece que han estado en una... fiestecita?

    Amlis Vess abrió la boca como si fuera a hablar, pero luego debió de pensarlo mejor. Solamente suspiró. Y, al suspirar, el vello blanco de su pecho se esponjó.

    —Lo que me parece es que estás furiosa conmigo —dijo con voz grave—, muy furiosa. Y lo extraño del asunto es que no creo que sea porque yo les haya causado daño a estos animales. Quiero decir que estabais a punto de matarlos vosotros, ¿o no?

    Con una crueldad inconsciente, solidarizándose con Vess, todos los hombres se quedaron mirando a Isserley a ver qué respondía. Ella se quedó callada, apretando los puños. De pronto, se dio cuenta de por qué no debía cerrarlos: le producía un dolor horrible en el punto en el que le habían amputado el sexto dedo. Y aquello le hizo recordar todas las diferencias que había entre ella y los hombres que tenía enfrente, colocados en semicírculo al otro lado de la línea divisoria que formaban los cadáveres. Se encogió instintivamente, inclinando el cuerpo como para ponerse a cuatro patas, pero lo único que hizo fue cruzar los brazos por delante del pecho.

    —Sugiero que se mantenga al señor Vess lejos de donde pueda causar problemas hasta que embarque y vuelva al sitio del que ha venido —dijo fríamente, sin dar aquella orden a nadie en particular. Y, a continuación, dando un corto paso tras otro con mucho dolor, pero con dignidad, salió del edificio.

    Los hombres permanecieron un rato en silencio.

    Y, luego, Yns le dijo a Amlis Vess:

    —Le has gustado. Te lo aseguro.


    Capítulo 6


    Una hora más tarde y a casi sesenta kilómetros de distancia, en una A9 azotada por el viento, Isserley miraba, con cara de sueño y forzando la vista, un enorme panel de tráfico que decía, en letras luminosas: EL CANSANCIO PUEDE MATAR: DESCANSA. Era una señal «experimental» en la que se invitaba a los conductores a comunicar a un número de teléfono que figuraba en la parte inferior de la pantalla qué opinión les merecía aquella iniciativa.

    Isserley había pasado cientos de veces bajo aquel panel camino de Inverness, y cada vez que lo hacía se preguntaba si algún día lo utilizarían para dar alguna información importante sobre el tráfico, como si había ocurrido algún accidente, si había retenciones en los próximos kilómetros o si las condiciones meteorológicas en el puente de Kessock eran adversas. Pero nunca había mensajes de ese tipo, sólo asépticos consejos sobre la velocidad, el comportamiento cívico o el cansancio.

    Aquel día sonrió compungida al leer el consejo del panel. Era cierto: estaba cansada y debería tomarse un descanso. El que se lo recordase una máquina carente de alma no dejaba de tener gracia, pero era más fácil de obedecer. No solía seguir los consejos de otros humanos.

    «Se metió en una área de descanso y apagó el motor. El sol, un tanto belicoso, le daba directamente en los ojos, y pensó en oscurecer las ventanillas, aunque luego decidió no hacerlo por si se quedaba dormida y acababan despertándola los golpes de algún policía en aquellos cristales opacos y ambarinos. Era algo que nunca le había pasado, pero, si le ocurría, estaría acabada. Había bastantes cosas que la policía podía pedirle y que no tenía, entre las que se contaba un par de ojos del tamaño de los de un vodsel detrás de las grandes y gruesas gafas que llevaba.

    En aquel momento los ojos le dolían, irritados por la falta de sueño y el esfuerzo de tener que mirar a través de dos capas de cristal. Pestañeó y volvió a pestañear, cada vez más despacio, hasta que se le fueron cerrando los párpados. Descansaría los ojos un ratito y luego pondría rumbo al norte para dormir de verdad. Pero no en la granja, sino en algún otro sitio. Probablemente, la granja estaría toda alborotada por culpa del idiota de Amlis Vess.

    Conocía un lugar fuera de la carretera principal, en la B9166 que iba a Balintore, donde paraba de vez en cuando a echar una cabezadita. Eran las ruinas de una abadía medieval. Por allí nunca iba nadie, a pesar de que era una de las atracciones turísticas oficiales. Había señales que informaban de su ubicación, pero estaban demasiado separadas entre sí para atraer a los automovilistas. Era el lugar ideal para Isserley, ya que apenas había dormido y había tenido que pasarse varias horas persiguiendo a los vodsels perdidos antes del amanecer.

    Mientras se imaginaba que ya había llegado a la abadía de Fearn, se quedó dormida, con la cabeza y un brazo apoyados contra el mullido volante.

    Al principio, soñó que estaba en las ruinas de la abadía. Como no tenía tejado, soñó que estaba durmiendo allí dentro con el cielo por encima de la cabeza, como un océano azur veteado de cirros. Pero enseguida, como le ocurría con mucha frecuencia, se deslizó hacia un nivel más profundo, como si la corteza terrestre se hubiese pulverizado bajo sus pies y hubiese acabado aterrizando en el infierno subterráneo de los Estados Nuevos.

    —Esto es un error —le decía al supervisor mientras éste la conducía por los laberintos de bauxita prensada a niveles más profundos—. Tengo amigos muy influyentes en las altas esferas que están absolutamente horrorizados de que me hayan enviado aquí y ahora mismo están trabajando en mi reclasificación.
    —Vale, vale —murmuraba el supervisor mientras seguían bajando—. Ahora te enseñaré cuál va a ser tu trabajo.

    Habían llegado al oscuro centro de la fábrica, que era una especie de gigantesco cráter de hormigón en cuyo fondo se abría un amplísimo pozo que contenía una especie de pasta brillante de materia vegetal en descomposición. Unas raíces enormes y diferentes tubérculos giraban lentamente en aquel mejunje albuminoso, sobre cuya superficie plateada se retorcían unas hojas gruesas como los peces manta que la marea arroja a la playa, y, de vez en cuando, al producirse una repentina interrupción en el movimiento de aquella superficie, salían disparadas de ella nubes de gas azulado. Alrededor de aquella enorme cavidad en continua agitación el aire era agobiante y estaba cargado de partículas de musgo y de un vapor verdoso.

    A pesar del asco que le producía, Isserley se acercaba y observaba que alrededor del borde había cientos de tubos de un grosor similar al de las mangueras industriales, que desaparecían cada pocos metros al introducirse en aquella viscosa oscuridad. Un extraño artefacto mecánico estaba sacando uno de los tubos y enrollándolo. La longitud de aquel tubo reluciente daba una idea de la enorme profundidad del cráter. Pasado un buen rato surgía su extremo, al que estaba unido, por lo que recordaba un cordón umbilical, un ancho traje de submarinista cubierto de limo. Sin soltar un objeto con forma de pala que sostenía con los guantes, el traje de submarinista salía resbalando torpemente hasta el borde de hormigón y, con enorme dificultad, se ponía de rodillas.

    —Aquí es donde se fabrica el oxígeno para los de arriba —le explicaba el supervisor.

    Isserley se despertó gritando.

    Se encontró sentada dentro de un vehículo aparcado al borde de una carretera que se extendía desde el infinito hasta el infinito, en medio de una tierra remota y extraña. Fuera, el cielo era azul, transparente e ilimitado. Millones, billones, trillones de árboles estaban fabricando oxígeno sin intervención del hombre. Brillaba un sol recién salido y apenas habían pasado unos minutos desde que se había quedado dormida.

    Se desperezó haciendo un giro de trescientos sesenta grados con sus finos bracitos, mientras gruñía incómoda. Seguía estando agotada, pero aquel sueño la había despabilado y le pareció que podía seguir conduciendo sin correr el peligro de quedarse dormida al volante. Trabajaría un poco y ya vería cómo se sentía al atardecer. Obviamente, había desaparecido la presión a la que se había visto sometida el día anterior, a causa del deseo de conseguir una captura para ofrecérsela al hijo del jefe, el distinguido visitante, con el fin de impresionarlo. Llevar un vodsel a Amlis Vess no era, decididamente, la forma de llegarle al corazón ni a ninguna otra parte de su ser a la que hubiera pretendido conmover. Pero, dejando aparte a los visitantes chiflados, ella tenía sus propias expectativas en la vida.


    Aún seguía yendo en dirección sur cuando, nada más pasar Inverness, divisó a un enorme autoestopista con un cartel en la mano en el que ponía GLASGOW.

    Por pura costumbre pasó de largo, siguiendo los procedimientos habituales, aunque no le cabía la menor duda de que pararía a recogerlo en cuanto diese la vuelta. Tenía una constitución impresionante y estaba en la flor de la vida. Habría sido un crimen dejar a un espécimen como aquél.

    A pesar de su corpulencia, corrió con agilidad hacia el coche cuando vio que se detenía cerca de él, lo cual era buena señal, ya que los vodsels borrachos o discapacitados se movían torpemente.

    —Voy a Pitlochry, ¿te va bien? —le dijo Isserley, y, por la expresión sonriente y deseosa de agradar del autoestopista, supuso que era más que suficiente.
    —¡Genial! —respondió entusiasmado, y se subió.

    Tenía un rostro grande y carnoso, casi como el de los unimesinos, coronado por unos rizos rubios. Pero los rizos eran escasos y la piel era gruesa y con manchas, como si la cabeza se le hubiera perdido en el mar en algún momento de su vida y luego hubiera sido devuelta a la costa y curtida por el sol durante años antes de volver a reunírsele con el cuerpo.

    —Me llamo Dave —dijo extendiendo la mano. Ella alargó la suya torpemente e intentó no hacer ninguna mueca de dolor cuando se la apretó justo por donde había tenido el sexto dedo. Era tan raro que un autoestopista se presentara diciendo su nombre, que tardó en contestar.
    —Y yo, Louise —dijo después de unos instantes.
    —Pues encantado —respondió él de inmediato, haciendo muchos aspavientos mientras se abrochaba el cinturón, como si estuvieran a punto de embarcarse juntos en alguna aventura de índole profesional, como la de romper la barrera del sonido en un bólido de carreras o probar un jeep en un terreno rocoso.
    —Estás de buen humor, ¿verdad? —comentó Isserley mientras se alejaba del arcén.
    —La verdad es que sí, tía. Estoy fenomenal —afirmó Dave.
    —¿Y tiene eso algo que ver con lo que te propones hacer en Glasgow?
    —Otra vez has dado en el clavo, tía —dijo Dave con una sonrisa de oreja a oreja—. Tengo entradas para un concierto de John Martyn.

    Isserley repasó mentalmente los nombres de los artistas que había visto en la televisión mientras hacía sus ejercicios matutinos o los que, por algún motivo, habían aparecido en las noticias de la noche. No recordaba el nombre de John Martyn, así que era probable que no fuera de los que doblaban cucharas con el poder de la mente ni de los que quebrantaban la ley contra la inhalación del humo de plantas.

    —No le conozco —dijo.
    —Venga..., seguro que has oído alguna de sus canciones —aseguró Dave, mientras fruncía la frente, incrédulo—. «Ojalá nunca» es buenísima. —Y, de repente, sin previo aviso, empezó a cantar en voz alta—. Ah, ojaaa-la nunca tengas que acostarte sin alguien que te coja de la mano... ¿No te suena?

    Del susto, Isserley había dado un volantazo hacia el centro de la carretera y en aquel momento toda su atención estaba en volver a su carril.

    —¿Y tampoco te suena «A la colina»? &#