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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    ASFIXIA (Chuck Palahniuk)

    Publicado el lunes, noviembre 17, 2014

    Para Lump. Para siempre


    1


    Si vas a leer esto, no te preocupes.

    Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero.

    Sálvate.

    Seguro que hay algo mejor en la televisión. O, ya que tienes tanto tiempo libre, a lo mejor puedes hacer un cursillo nocturno. Hazte médico. Puedes hacer algo útil con tu vida. Llévate a ti mismo a cenar. Tíñete el pelo.

    No te vas a volver más joven.

    Al principio lo que se cuenta aquí te va a cabrear. Luego se volverá cada vez peor.

    Lo que vas a encontrar aquí es la estúpida historia de un niño estúpido. Una estúpida historia real sobre alguien con quien nunca te querrías cruzar. Imagínate a un pobre colgado de mierda que no te llega a la cintura, con una mata de pelo rubio peinado con raya al lado. Imagínate a esa mierdecilla de niñato sonriendo en sus viejas fotos de la escuela con agujeros donde se le han caído los dientes de leche y los primeros dientes adultos saliéndole cada uno por su lado. Imagínatelo llevando un jersey estúpido a rayas azules y amarillas, un jersey que le regalaron por su cumpleaños y que era mi favorito. Ya a esa temprana edad, imagínatelo mordiéndose sus uñas de gilipollas. Sus zapatos favoritos son los Keds. Su comida favorita las putas salchichas rebozadas de maíz.

    Imagínate a un capullín sin cinturón de seguridad y subido con su mamaíta a un autobús escolar robado después de la cena. Y como hay un coche de la policía aparcado frente a su motel, la mamaíta pasa zumbando a cien kilómetros por hora.

    Esto trata sobre un bichejo estúpido que está claro que es el mequetrefe soplón y llorón más estúpido que jamás ha existido.

    Menudo mamoncillo.

    —Tenemos que darnos prisa —dice la mamaíta, y conduce el autobús colina arriba por una carretera estrecha, con las ruedas traseras patinando de un lado a otro sobre el hielo. A la luz de sus faros la nieve se ve azul y se extiende desde el arcén de la carretera hasta el bosque oscuro.

    Imagínate que todo esto es culpa de él. Del pequeño subnormalín.

    La mamaíta detiene el autobús a poca distancia de la base de un risco, de forma que los faros iluminan su superficie blanca, y dice:

    —Hasta aquí hemos llegado. —Las palabras salen en forma de nubes blancas de vapor que ilustran lo grandes que son por dentro sus pulmones.

    La mamaíta pone el freno de mano y dice:

    —Puedes salir, pero deja el abrigo en el autobús.

    Imagínate a ese mocoso imbécil dejando que la mamaíta lo coloque delante del autobús escolar. Ese pequeño Benedict Arnold de pega se queda mirando la luz de los faros y deja que la mamaíta le quite su jersey favorito por la cabeza. Ese llorón de mierda se queda ahí en la nieve, medio desnudo, mientras el motor del autobús sigue encendido y su rugido arranca ecos del risco y la mamaíta desaparece en dirección a alguna parte detrás de él en la oscuridad y el frío. Los faros lo ciegan y el ruido del motor tapa el crujido que el viento arranca a los árboles. El aire está demasiado frío para respirar más de una bocanada cada vez, y va esa pequeña membrana mucosa y se pone respirar el doble de rápido.

    No se escapa. No hace nada.

    Desde detrás de él, la mamaíta dice:

    —Ahora, hagas lo que hagas, no te gires.

    La mamaíta le cuenta que había una chica muy guapa en la antigua Grecia, hija de un alfarero.

    Igual que siempre que ella sale de la cárcel y va a buscarlo, el niño y la mamaíta pasan cada noche en un motel distinto. Se alimentan a base de comida rápida y se pasan el día entero conduciendo. Hoy a la hora de comer el niño ha intentado comerse su salchicha rebozada cuando todavía estaba demasiado caliente y ha estado a punto de zampársela de un bocado, pero se ha atragantado y se ha quedado sin respiración y sin habla hasta que la mamaíta se ha levantado de golpe de su silla para ayudarlo.

    Los dos brazos lo han abrazado desde detrás, le han levantado los pies del suelo y la mamaíta ha dicho entre dientes:

    —¡Respira! ¡Respira, joder!

    Después, el niño se ha echado a llorar y todo el restaurante se ha congregado a su alrededor.

    En ese momento ha parecido que al mundo entero le importaba lo que le sucediera. Toda aquella gente estaba abrazándolo y acariciándole el pelo. Todo el mundo le preguntaba si estaba bien.

    Parecía que aquel momento iba a durar para siempre. Que uno tenía que arriesgar la vida para conseguir amor. Uno tenía que caminar al borde de la muerte para que lo salvaran.

    —Muy bien. Vamos —le ha dicho la mamaíta mientras le secaba la boca—. Te he dado la vida.

    Un momento más tarde una camarera lo ha reconocido gracias a una foto impresa en un viejo cartón de leche, así que la mamaíta ha metido al llorón de mierda en el autobús y ha puesto rumbo al motel a cien por hora.

    En el camino de regreso, han salido de la carretera y han comprado un bote de pintura negra en espray.

    Después de todas las prisas, el sitio al que han llegado es el culo del mundo en mitad de la noche.

    Ahora el niño estúpido oye detrás suyo el ruido que hace su madre al agitar el bote de espray, la bolita que hay dentro golpeando contra las paredes del bote, y la mamaíta le explica que la muchacha de la Grecia antigua estaba enamorada de un joven.

    —Pero el joven era de otro país y tenía que volver a casa —dice la mamaíta.

    Se oye un susurro y el niño huele a pintura en espray. El ruido del motor del autobús cambia. Se vuelve metálico, se acelera y se hace más fuerte. El autobús empieza a balancearse ligeramente de un lado a otro.

    Así que una noche la muchacha y su amante se reunieron, dice la mamaíta. La muchacha trajo una lámpara y la puso de forma que proyectara la sombra de su amante en la pared.

    El susurro del espray se detiene y vuelve a empezar. Se oye un susurro corto y luego un susurro largo.

    Y la mamaíta cuenta que la muchacha dibujó el contorno de la sombra de su amante para poder tener siempre un recuerdo de su aspecto, un registro de aquel momento exacto, el último momento que iban a pasar juntos.

    Nuestro pequeño llorica sigue mirando fijamente los faros. Se le llenan los ojos de lágrimas y cuando los cierra sigue viendo la luz brillante, roja a través de los párpados, de su propia carne y su propia sangre.

    Y la mamaíta dice que al día siguiente el amante de la muchacha se había ido, pero su sombra seguía allí.

    Durante un segundo el niño mira en dirección al sitio donde la mamaíta está dibujando el contorno de su estúpida sombra sobre la pared del risco y descubre que está tan lejos que su sombra es una cabeza más alta que su madre. Sus brazos escuálidos parecen enormes. Sus piernecillas cortas y gruesas parecen largas. Sus hombros estrechos se expanden.

    Y la mamaíta le dice:

    —No mires. No muevas un solo músculo o me estropearás la faena.

    Y el chivatillo de las narices se da media vuelta para mirar los faros.

    El bote de espray susurra y la mamaíta le cuenta que antes de los griegos no existía el arte. Así fue como se inventó la pintura. Le cuenta que el padre de la muchacha usó el contorno de la pared para modelar una versión en arcilla del joven y así fue como se inventó la escultura.

    —El arte nunca nace de la felicidad —le dice la mamaíta, en serio.

    Así es como nacieron los símbolos.

    El niño permanece de pie, temblando a la luz de los faros, intentando no moverse, y la mamaíta continúa con su trabajo, diciéndole a la sombra enorme que algún día él enseñará a la gente todo lo que ella le ha enseñado. Algún día será un médico que salvará vidas. Les devolverá la felicidad. O algo mejor que la felicidad: la paz.

    Será respetado.

    Algún día.

    Todo esto tiene lugar después de descubrirse que el Conejo de Pascua no existe. Incluso después de Santa Claus y el ratoncito Pérez y san Cristóbal y la física newtoniana y el modelo atómico de Niels Bohr, ese niño estúpido como él solo sigue creyendo a su mamaíta.

    Algún día, cuando haya crecido, le dice la mamaíta a la sombra, el niño regresará aquí y comprobará que se ha convertido exactamente en el mismo contorno que ella está dibujando esta noche.

    Los brazos desnudos del niño tiemblan de frío.

    Y la mamaíta dice:

    —Contrólate, joder. Quédate quieto o lo vas a estropear todo.

    Y el niño intenta calentarse, pero por mucha luz que den, los faros no dan ningún calor.

    —Necesito trazar el contorno con claridad —dice la mamaíta—. Si tiemblas vas a salir borroso.

    No será hasta muchos años después, cuando ese mequetrefe perdedor se haya graduado con matrícula de honor y se haya roto los cuernos para entrar en la facultad de medicina de la University of Southern California (cuando tenga veinticuatro años y esté en segundo de medicina, momento en que a su madre le harán el diagnóstico y a él lo nombrarán su tutor), no será hasta entonces que este bufoncete patético caerá en la cuenta de que hacerse fuerte, rico y listo no es más que la primera parte de la historia de la vida de uno.

    Ahora al niño le duelen los oídos por culpa del frío. Se siente mareado e hiperventilado. Tiene toda la piel de gallina en su pecho estrecho de soplón. Los pezones se le han erizado por el frío y se le han convertido en granos rojos y duros, y el pequeño chiquilicuatro se dice a sí mismo: De veras, me merezco esto.

    Y la mamaíta dice:

    —Al menos intenta ponerte derecho.

    El niño echa los hombros hacia atrás y se imagina que los faros son un pelotón de fusilamiento. Se merece una neumonía. Se merece la tuberculosis.


    Véase también: hipotermia.
    Véase también: fiebre tifoidea.



    Y la mamaíta dice:

    —Después de esta noche, ya no te fastidiaré más.

    El motor del autobús marcha al ralentí, produciendo un largo tornado de humo azul.

    Y la mamaíta dice:

    —Así que quédate quieto y no me obligues a darte unos azotes.

    Y está claro como el agua que el mocoso necesita unos azotes. Se merece todo lo que le pueda pasar. Es el mismo pobre palurdo iluso que realmente se creyó que el futuro iba a ser mejor. Si uno trabajaba duro. Si uno aprendía lo suficiente. Si corría lo bastante deprisa. Que todo saldría bien y uno llegaría a ser algo en la vida.

    Llegan ráfagas de viento y caen restos de nieve reseca de los árboles. Los copos de nieve le queman en las orejas y las mejillas. Hay nieve fundiéndose entre los cordones de sus zapatos.

    —Ya verás —le dice la mamaíta—. Vale la pena sufrir un poco por esto.

    Esta será una historia que él le contará a su propio hijo algún día.

    La muchacha de la Antigüedad, le cuenta la mamaíta, nunca volvió a ver a su amante.

    Y el niño es lo bastante estúpido como para creer que una pintura o una escultura o una historia pueden reemplazar de alguna forma a alguien a quien quieres.

    Y la mamaíta dice:

    —Tienes mucha vida por delante.

    Es duro de asimilar, pero hablamos del mismo niñato estúpido, perezoso y ridículo que se quedó temblando, guiñando los ojos ante la luz y el rugido, y que creyó que el futuro sería luminoso. Imagínate a alguien tan estúpido como para crecer sin saber que la esperanza no es más que otra fase que uno deja atrás. Pensando que uno puede hacer algo, cualquier cosa, que dure para siempre.

    El mero hecho de recordar todo esto parece estúpido. Es un prodigio que él haya vivido tanto tiempo.

    Así que, nuevamente, si vas a leer esto, no lo hagas.

    Esto no trata de nadie valiente y amable y esforzado. El no es nadie de quien te vayas a enamorar.

    Solo para que lo sepas, lo que estás leyendo es la historia completa y sin concesiones de un adicto. Porque en la mayoría de programas de desintoxicación en doce pasos, el cuarto te obliga a hacer inventario de tu vida. Tienes que coger un cuaderno y apuntar hasta el último detalle patético y vergonzoso de tu vida. Un inventario completo de tus crímenes. De esa forma, tienes todos tus pecados delante de las narices. Y entonces debes arreglarlo todo. Esto vale para los alcohólicos, los drogadictos, los bulímicos y también para los adictos al sexo.

    De esta forma uno puede volver atrás y revisar lo peor de la propia vida siempre que quiera.

    Porque se supone que los que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.

    De forma que si estás leyendo esto, a decir verdad, no es de tu incumbencia.

    El niñato estúpido y la noche fría, todo se convertirá en unas cuantas estupideces más de las que piensas cuando estás practicando el sexo para tardar más en correrte. Si eres un tío.

    El mismo mamoncillo cagón cuya mamaíta le dijo:

    —Quédate un poco más, inténtalo con más empeño y todo irá bien.

    Ja.

    La misma mamaíta que le dijo:

    —Algún día verás que el esfuerzo habrá valido la pena. Te lo prometo.

    Y aquel capullín, aquel mamoncillo estúpido entre los estúpidos, se quedó allí temblando todo ese tiempo, medio desnudo en medio de la nieve, y realmente se creyó que alguien podía prometer algo tan imposible.

    Así que si crees que esto te va a salvar...

    Si crees que hay algo que te vaya a salvar...

    Considera esto la última advertencia.


    2


    Está oscuro y empieza a llover cuando llego a la iglesia y Nico está esperando que alguien abra la puerta lateral, abrazándose a sí misma para quitarse el frío.

    —Aguántame esto —dice, y me da algo caliente y sedoso—. Solamente un par de horas. No tengo bolsillos.

    Lleva una chaqueta hecha de una especie de ante falso de color naranja con un cuello de piel de color naranja brillante. La falda del vestido con estampado de flores le sobresale por debajo. No lleva medias. Sube los escalones de la entrada de la iglesia, pisando con cuidado y de lado con sus zapatos negros de tacón de aguja.

    Lo que me da está caliente y húmedo.

    Son sus medias. Y sonríe.

    Al otro lado de las puertas de cristal hay una mujer fregando el suelo. Nico golpea el cristal y se señala el reloj de pulsera. La mujer devuelve la fregona al cubo. Levanta la fregona y la estruja. Apoya el mango de la fregona junto al umbral de la puerta y se saca un manojo de llaves del bolsillo de la bata. Mientras está abriendo la puerta, la mujer grita a través del cristal.

    —Esta noche tienen que ir a la sala 234 —dice la mujer—. La sala de catequesis.

    Ya está llegando más gente al aparcamiento. Suben las escaleras, nos saludan y yo me meto las medias de Nico en el bolsillo. Detrás de mí, otra gente sube a toda prisa los últimos escalones para llegar antes de que se cierre la puerta. Aunque cueste de creer, aquí todos nos conocemos.

    Esta gente son leyendas vivientes. Llevarnos años oyendo noticias de cada uno de estos hombres y mujeres.

    En los años cincuenta, una de las marcas más importantes de aspiradoras probó una pequeña mejora en su diseño. Añadió una hélice, unas aspas afiladas como cuchillas acopladas unos cuantos centímetros en el interior de la manguera de la aspiradora. El aire al entrar hacía girar la hélice y la cuchilla cortaba todas las hilachas, cordeles o pelos de animales domésticos que pudieran obturar la manguera.

    Al menos ese era el plan.

    Lo que pasó es que muchos de estos hombres acabaron en la sala de urgencias del hospital con la polla destrozada.

    Al menos ese es el mito.

    Aquella vieja leyenda urbana acerca de la fiesta sorpresa para una guapa ama de casa en la que todos los amigos y la familia se esconden en una habitación y cuando salen y gritan «¡Feliz cumpleaños!» se la encuentran despatarrada en el sofá con el perro de la familia lamiéndole mantequilla de cacahuete de la entrepierna...

    Bueno, pues esa tía existe.

    Aquella mujer legendaria que se la está chupando a un tío que está conduciendo y el tío pierde el control del coche y da un frenazo tan fuerte que ella le corta la polla en dos cachos de un mordisco, yo los conozco a los dos.

    Esos hombres y esas mujeres, están todos aquí.

    Esa gente es la razón de que todas las salas de urgencias tengan un taladro con punta de diamante. Es para perforar el fondo de las botellas de champán y de refrescos. Para disminuir la succión.

    La misma gente que llega de noche caminando como patos y explica que ha tropezado y se ha caído encima de calabacines, bombillas, muñecas Barbie, pelotas de billar, de jerbos pataleando.


    Véase también: el taco de billar.
    Véase también: el hámster de peluche.



    Han resbalado en la ducha y se han caído con precisión tremenda encima de una botella de champú engrasada. Siempre los está atacando una persona o personas desconocidas que los asaltan con velas, bolas de béisbol, con huevos duros, linternas y destornilladores que ahora hay que sacarles. Aquí vienen los tíos que se han quedado atascados en la entrada de agua de sus bañeras de hidromasaje.

    En mitad del pasillo que lleva a la sala 234, Nico me empuja contra la pared. Espera a que pase de largo la gente y me dice:

    —Conozco un sitio al que podemos ir.

    Todos los demás pasan de camino a la sala de catequesis de color pastel y Nico les dedica una sonrisa. Hace girar un dedo junto a la oreja, lo que en el lenguaje internacional de signos quiere decir locura, y dice: «Perdedores». Luego me empuja en la dirección contraria, hacia un letrero que dice: «Mujeres».

    Entre la gente de la sala 234 está el inspector sanitario falso que llamaba a chicas de catorce años para hacerles encuestas sobre el aspecto de sus vaginas.

    Aquí está la cheerleader a quien hicieron un lavado de estómago y le sacaron un cuarto de kilo de semen. Se llama LouAnn.

    El tipo del cine que se quedó con la polla encallada en el fondo de un paquete de palomitas, podéis llamarle Steve, y esta noche su culo penoso está sentado frente a una mesa manchada de pintura, embutido en una silla de plástico para niños de la sala de catequesis.

    Toda esa gente que creías que eran un chiste. Ve con ellos y ríete hasta que se te caiga la puñetera cabeza.

    Son los compulsivos sexuales.

    Toda esa gente que creías que eran leyendas urbanas, pues bueno, son humanos. Tienen rostros y nombres propios. Trabajos y familias. Carreras universitarias y antecedentes policiales.

    En el lavabo de mujeres, Nico me hace tumbarme sobre las baldosas frías del suelo y se inclina sobre mis caderas para bajarme los pantalones. Con la otra mano, me coge por la nuca y acerca mi cara y mi boca abierta hacia la suya. Mientras su lengua forcejea con la mía, me humedece la punta del rabo con la yema del pulgar. Me tira de los vaqueros hacia abajo. Se levanta el dobladillo del vestido haciendo una especie de reverencia con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Apoya con fuerza su pubis sobre mi pubis y me dice algo en la nuca.

    —Dios, qué preciosa eres —le digo, porque durante los próximos segundos puedo hacerlo.

    Nico se separa para mirarme a la cara y me dice:

    —¿Qué se supone que quiere decir eso?

    Y yo le digo:

    —No lo sé. Nada, supongo. No importa.

    Las baldosas huelen a desinfectante y noto su tacto arenoso en el culo. Las paredes convergen en un techo de baldosas antirruido surcado por conductos de ventilación recubiertos de polvo y de porquería. La papelera metálica oxidada para las compresas usadas huele a sangre.

    —Tu permiso de salida —le digo. Chasqueo los dedos—. ¿Lo has traído?

    Nico levanta un poco las caderas y luego se apoya, se levanta y se acomoda. Con la cabeza todavía echada hacia atrás y los ojos cerrados, se mete la mano por el cuello del vestido, saca una hoja de papel azul doblada en cuatro y me la pone sobre el pecho.

    —Buena chica —le digo, y me saco el bolígrafo que llevo sujeto al bolsillo de la camisa.

    Un poco más arriba cada vez, Nico levanta las caderas y se sienta encima de mí. Ejerciendo una ligera presión de adelante hacia atrás. Con una mano plantada encima de cada muslo, se levanta y se deja caer.

    —Una vueltecita —le digo—. Una vueltecita, Nico.

    Abre los ojos a medias y mira hacia abajo en mi dirección. Yo hago un movimiento circular con el bolígrafo como cuando uno remueve una taza de café. Incluso a través de la ropa, la cuadrícula de las baldosas se me está quedando grabada en la espalda.

    —Una vueltecita —le digo—. Hazlo por mí, nena.

    Nico cierra los ojos y se recoge la falda en la cintura con las manos. Apoya todo su peso en mis caderas y me pasa un pie por encima de la barriga. Luego pasa el otro pie al otro lado de forma que sigue estando encima de mí pero ahora mirando a mis pies.

    —Bien —le digo, y despliego el papel azul. Lo extiendo sobre su espalda curvada e inclinada hacia delante y firmo en la parte inferior, en el espacio en blanco reservado al avalador. A través de su vestido se nota la parte de atrás del sujetador, un elástico con cinco o seis ganchitos metálicos. Se notan también las costillas bajo una gruesa capa de músculos.

    Ahora mismo en la sala 234, al otro lado del pasillo, está la novia del primo de tu mejor amigo, esa chica que casi se murió follando con la palanca de cambios de un Ford Pinto después de tomar cantárida. Se llama Mandy.

    Hay un tío que se coló en un hospital con una bata blanca y se puso a hacer exámenes pélvicos.

    Hay un tío que siempre se queda tumbado en habitaciones de motel, desnudo encima de las colchas con su erección matinal, y finge dormir hasta que entra la camarera.

    Todos esos amigos de amigos de amigos de amigos sobre los que uno oye rumores... están todos aquí.

    El tipo mutilado por la ordeñadora automática se llama Howard.

    La chica a la que encontraron colgada de la barra de la cortina de la bañera medio muerta de asfixia autoerótica se llama Paula y es adicta al sexo.

    Hola, Paula.

    Dame sobones de metro. Dame exhibicionistas con gabardina.

    El tipo que instala cámaras dentro de la tapa de un retrete de mujeres.

    El tipo que frota su semen en la solapa de los sobres de los cajeros automáticos.

    Todos los mirones. Las ninfómanas. Los viejos verdes. Los que acechan en los vestuarios. Los que meten mano.

    Todos esos cocos sexuales, hombres y mujeres, acerca de los que tu madre te previno. Todas esas historias de miedo para que fueras con cuidado.

    Estamos todos aquí. Vivitos y renqueando.

    Este es el mundo de la terapia de doce pasos contra la adicción sexual. De la conducta sexual compulsiva. Todas las noches de la semana se reúnen en el cuarto de atrás de alguna iglesia. En la sala de conferencias de algún centro cívico. Todas las noches en todas las ciudades. Incluso hay reuniones virtuales en Internet.

    A mi mejor amigo, Denny, lo conocí en una reunión de adictos al sexo. Denny había llegado a un punto en que tenía que masturbarse quince veces al día solamente para quedarse tranquilo. Apenas podía cerrar el puño y estaba preocupado por lo que podía provocarle a largo plazo tanto lubricante a base de petróleo.

    Había pensado en pasarse a alguna loción, pero cualquier cosa que ablandara la piel le parecía contraproducente.

    Denny y todos esos hombres y mujeres que te parecen tan horribles y grotescos y patéticos, aquí es donde se sueltan el pelo. Aquí es donde vienen a sincerarse.

    Aquí hay prostitutas y delincuentes sexuales con un permiso para salir tres horas de sus celdas de seguridad, codo a codo con mujeres enganchadas al sexo en grupo y hombres que la chupan en librerías para adultos. Aquí la puta se reúne con el putero. El agresor sexual con el agredido.

    Nico me acerca su culo grande y blanco a la punta del rabo y se deja caer. Sube y baja. Montando mi cuerpo con todas sus fuerzas. Elevándose y bajando de golpe. Mientras golpea mis caderas, los músculos de sus brazos se hinchan. Los muslos se me ponen blancos y se entumecen bajo sus manos.

    —Ahora que nos conocemos —le digo—, ¿dirías que te gusto, Nico?

    Ella gira la cabeza para mirarme por encima del hombro.

    —Cuando seas médico podrás extender recetas de cualquier cosa, ¿no?

    Eso será si vuelvo a la facultad. Nunca infravalores el poder de una licenciatura en medicina para conseguirte sexo. Levanto las manos y coloco las palmas abiertas sobre la parte interior, lisa y suave, de cada uno de sus muslos. Para ayudarla a subir y bajar, supongo, y ella entrelaza sus dedos suaves y fríos con los míos.

    Con mi rabo enfundado en su interior y sin girarse, me dice:

    —Mis amigas me apuestan dinero a que estás casado.

    Yo le agarro el culo blanco y liso con las manos.

    —¿Cuánto? —le digo.

    Le digo a Nico que a lo mejor sus amigas tienen razón.

    La verdad es que todos los niños criados por una madre soltera en gran medida ya nacen casados. No lo sé, pero hasta que se muere tu madre parece que el resto de las mujeres de tu vida solo pueden ser tus amantes.

    En la historia edípica moderna, es la madre la que mata al padre y se lleva al hijo.

    Y uno no se puede divorciar de su madre.

    Ni matarla.

    Y Nico dice:

    —¿Qué quieres decir con «el resto de las mujeres de tu vida»? Carajo, ¿de cuántas estamos hablando? —me dice ella—. Me alegro de que usemos condón.

    Para una lista completa de parejas sexuales, tendría que repasar el cuarto paso de mi terapia. El cuaderno con mi inventario moral. La historia completa y sin concesiones de mi adicción.

    Eso si alguna vez me vuelvo a poner y termino el maldito cuarto paso.

    Para toda la gente de la sala 234, elaborar sus doce pasos en las reuniones de adictos al sexo es una herramienta muy valiosa e importante para entender y recuperarse de... bueno, ya te haces una idea.

    Para mí es un estupendo seminario de metodología. Pistas. Técnicas. Estrategias para conseguir sexo con las que nunca había soñado. Cuando cuentan sus historias, estos adictos y adictas son puñeteramente geniales. Además están las reclusas que salen para sus tres horas de terapia oral contra la adicción sexual.

    Nico entre ellas.

    Los miércoles por la noche quieren decir Nico. Los viernes por la noche quieren decir Tanya. Los domingos quieren decir Leeza. Leeza tiene el sudor amarillo por culpa de la nicotina. Casi puedes rodearle la cintura con las manos porque tiene abdominales duros como la roca de tanto toser. Tanya siempre consigue colar algún tipo de juguete sexual de goma, normalmente un consolador o una sarta de bolas de látex. El equivalente sexual del premio que viene con una caja de cereales.

    La vieja norma acerca de que algo bello es un placer para siempre: según mi experiencia, incluso la cosa más bella del mundo solo es un placer durante tres horas como mucho. Después querrá contarte con todo detalle sus traumas de infancia. Parte del placer de estar con estas presidiarías es que resulta maravilloso mirar el reloj y saber que en media hora van a estar entre rejas.

    Es una historia a lo Cenicienta, pero a medianoche ella se convierte en fugitiva.

    No es que no quiera a esas mujeres. Las quiero del mismo modo que uno quiere al póster central de una revista, a un vídeo guarro o a una página web para adultos, y está claro que para un adicto al sexo eso puede representar toneladas de amor. Y tampoco es que Nico me quiera mucho a mí.

    No se trata tanto de romance como de oportunidad. Si uno pone a veinte adictos al sexo alrededor de una mesa, noche tras noche, no tiene de qué sorprenderse.

    Además están los manuales de rehabilitación para adictos al sexo que venden aquí; en ellos salen todas las formas en que uno siempre quiso tener relaciones sexuales pero no supo cómo. Vienen en un listado de «si uno hace cualquiera de estas cosas, puede ser un adicto». Entre sus interesantes sugerencias están:

    ¿Corta usted el forro de su traje de baño para que se le vean los genitales?

    ¿Se deja la bragueta o la blusa abierta y finge que tiene conversaciones en cabinas con paredes de cristal, de forma que la ropa se le abra y se vea que no lleva ropa interior?

    ¿Hace usted jogging sin sujetador o suspensorio para atraer parejas sexuales?

    Mi respuesta a todas estas preguntas es: ¡Caramba, ahora sí que lo haré!

    Además, aquí ser un pervertido no es culpa de uno. La conducta sexual compulsiva no siempre consiste en que te chupen la polla. Es una adicción física que está esperando a que el Compendio de desórdenes mentales le dé un código propio para que el seguro médico cubra el tratamiento.

    Se cuenta que ni siquiera Bill Wilson, uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos, pudo librarse nunca del mono sexual y se pasó toda su vida de abstinencia engañando a su mujer y mortificado por la culpa.

    Se cuenta que los adictos al sexo se vuelven dependientes de una química sexual creada por practicar el sexo continuamente. Los orgasmos llenan el cuerpo de endorfinas que matan el dolor y te tranquilizan. Los adictos al sexo en realidad son adictos a las endorfinas, no al sexo. Los adictos al sexo tienen unos niveles naturales inferiores de monoamina oxidasa. En realidad, los adictos al sexo lo que ansían es la péptido feniletilamina que uno segrega en situaciones de peligro, capricho pasajero, riesgo y miedo.

    Para un adicto al sexo, tus tetas, tu polla, tu clítoris, tu lengua o el ojete de tu culo son chutes de heroína, siempre están presentes, siempre listos para usarlos. Nico y yo nos queremos tanto como un yonqui quiere a su dosis.

    Nico se aprieta fuerte contra mí, frotando mi rabo contra la pared frontal de su cavidad y usando dos dedos húmedos para tocarse.

    —¿Y si entra la mujer de la limpieza? —le digo.

    Nico me sacude en su interior y dice:

    —Oh, sí. Eso sería la hostia.

    No consigo imaginar la enorme huella brillante en forma de culo que vamos a dejar sobre las baldosas enceradas. La hilera de lavamanos se inclina hacia abajo. Las luces fluorescentes parpadean y en el reflejo de las tuberías de cromo que hay debajo de cada lavabo se ve la garganta de Nico como un tubo largo y recto, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la respiración jadeante y dirigida al techo. Sus pechos enormes estampados de flores. La lengua le cuelga a un lado. Los jugos que salen de su interior hierven.

    Para no correrme todavía le digo:

    —¿Qué les has dicho a tus padres de nosotros?

    Y Nico dice:

    —Quieren conocerte.

    Pienso en algo perfecto para decir a continuación, pero tampoco importa. Aquí se puede decir cualquier cosa. Enemas, orgías, animales, se puede admitir cualquier obscenidad y nadie se sorprende.

    En la sala 234 todo el mundo compara hazañas bélicas. Todo el mundo aguarda su turno. Esa es la primera parte de las reuniones. La presentación de cada uno.

    Después de las lecturas y las oraciones se discute el tema de la noche. Cada uno trabaja en uno de los pasos. El primer paso es admitir que uno está indefenso. Que uno tiene una adicción y no puede parar. El cuarto paso es contar tu historia, las peores partes. Los momentos más bajos.

    El problema con el sexo es el mismo que con cualquier otra adicción. Uno siempre se está recuperando. Uno siempre está recayendo. Portándose mal. Hasta que uno encuentra algo por lo que luchar o se decide por algo contra lo cual luchar. Toda esa gente que dice que quiere una vida libre de compulsiones sexuales, o sea, olvídalo. O sea, ¿qué puede haber que sea mejor que el sexo?

    Está claro, la peor mamada es mejor que, digamos, oler la mejor rosa o ver la mejor de las puestas de sol. Mejor que oír reír a los niños.

    Creo que nunca veré un poema tan maravilloso como uno de esos orgasmos que te explotan dentro, te provocan un calambre en el culo y te vacían las tripas.

    Pintar un cuadro, componer una ópera, eso son cosas que uno hace hasta que encuentra el siguiente culo dispuesto a hacerlo.

    En cuanto aparezca algo mejor que el sexo, llamadme. Enviadme un mensaje al busca.

    Ninguno de los que están en la sala 234 son Romeos, Casanovas ni donjuanes. No hay Mata Haris ni Salomés. Son gente a la que le das la mano a diario. Ni feos ni guapos. Uno sube en el ascensor con estas leyendas. Te sirven café. Estas criaturas mitológicas te rompen la entrada del cine. Te ingresan los cheques. Te ponen la hostia de la comunión sobre la lengua.

    En el lavabo de mujeres, metido dentro de Nico, cruzo los brazos debajo de la cabeza.

    Después, durante yo qué sé cuánto rato, no tengo un solo problema en el mundo. No tengo madre. Ni facturas médicas. No tengo una mierda de trabajo en el parque temático. No tengo a un imbécil por mejor amigo. Nada.

    No siento nada.

    Para hacer que dure, para evitar correrme, le digo al trasero floreado de Nico lo guapa que es, lo dulce que es y cuánto la necesito. Cuánto necesito su piel y su cabello. Para hacer que dure. Porque solamente puedo decirlo ahora. Porque en cuanto este momento acabe, nos odiaremos el uno al otro. En cuanto nos encontremos fríos y sudorosos en el suelo del lavabo, un momento después de corrernos, no querremos ni mirarnos.

    La única persona a la que odiaremos más que al otro será a nosotros mismos.

    Esos son los únicos minutos en que puedo ser humano.

    Solamente durante estos instantes no me siento solo.

    Y mientras me cabalga, Nico dice:

    —¿Y cuándo voy yo a conocer a tu madre?
    —Nunca —digo yo—. Quiero decir, es imposible.

    Y Nico, con todo el cuerpo en tensión y machacándome con su cavidad mojada e hirviente, dice:

    —¿Está en la cárcel o en el manicomio o algo así?

    Sí, lleva allí una buena temporada.

    Pregúntale a cualquier tío por su madre mientras está follando y podrás retrasar el gran estallido para siempre.

    Nico dice:

    —¿Es que está muerta?
    —Más o menos.


    3


    Ahora, cuando voy a visitar a mi madre, ya no pretendo ser yo.

    Joder, ya ni siquiera pretendo conocerme bien.

    Ya no.

    Parece que la única ocupación de mi madre en este momento de su vida es perder peso. Lo que queda de ella está tan demacrado que parece una marioneta. Algún tipo de efecto especial. Su piel amarillenta es demasiado escasa para que dentro quepa una persona. Sus brazos flacos de marioneta flotan sobre las mantas y siempre tienen pelusas enredadas. Su cabeza consumida se colapsa en torno a la pajita que usa para beber. Cuando venía como yo mismo, como Victor, como su hijo Victor Mancini, no había visita en que al cabo de diez minutos ella no llamara a la enfermera y me dijera que estaba demasiado cansada.

    Luego llega una semana en que mi madre cree que yo soy un abogado de oficio que la ha representado un par de veces, Fred Hastings. Su cara se ilumina cuando me ve, se acomoda en su montón de almohadas y niega débilmente con la cabeza.

    —Oh, Fred —dice—. Han encontrado mis huellas dactilares en todas esas cajas de tinte para el pelo. Fue una imprudencia temeraria, está clarísimo, pero aun así fue una acción sociopolítica brillante.

    Yo le contesto que no es eso lo que parece en la película de la cámara de seguridad de la tienda.

    Además, está la acusación de secuestro. Todo está en la grabación de vídeo.

    Y ella se ríe, se ríe de verdad y me dice:

    —Fred, fuiste un tonto por intentar salvarme.

    Sigue hablando de esa forma durante media hora, la mayor parte del tiempo sobre el desafortunado incidente del tinte para el pelo. Luego me pide que le traiga un periódico de la sala de estar común.

    En el pasillo frente a su habitación hay una doctora, una mujer con una bata blanca y un sujetapapeles en las manos. Tiene una melena larga y oscura enroscada de tal forma que parece que lleve un cerebro negro en la parte trasera de la cabeza. No lleva maquillaje, así que su cara tiene la textura de la piel limpia. Del bolsillo de la bata le sobresalen unas gafas dobladas con montura negra.

    Le pregunto si está a cargo de la señora Mancini.

    La doctora mira su sujetapapeles. Abre las gafas, se las pone y vuelve a mirar, diciendo todo el tiempo: «Señora Mancini, señora Mancini, señora Mancini...».

    No para de hacer clic con el botón de un bolígrafo que lleva en la mano.

    Yo le pregunto:

    —¿Por qué sigue perdiendo peso?

    La piel que se le ve bajo la raya del pelo, la piel que la doctora tiene delante y detrás de las orejas, es tan lisa y blanca como debe de serlo la piel de las demás zonas donde no le da el sol. Si las mujeres supieran la impresión que producen sus orejas, sus rebordes firmes y carnosos, la pequeña cavidad oscura superior, esos suaves contornos retorcidos que te llevan por sus canales hasta la oscuridad interior, pues bueno, más mujeres llevarían el pelo suelto.

    —La señora Mancini —dice— necesita una sonda de estómago. Siente hambre, pero se ha olvidado de lo que significa la sensación. Así que no come.

    Yo le digo:

    —¿Cuánto va a costar esa sonda?

    Una enfermera la llama desde el otro lado del pasillo:

    —¿Paige?

    La doctora me mira las calzas y el chaleco, la peluca empolvada y los zapatos con hebilla, y me dice:

    —¿Qué se supone que es usted?

    La enfermera la llama:

    —¿Señorita Marshall?

    Mi trabajo es demasiado complicado para explicarlo aquí.

    —Resulta que soy la espina dorsal de la América de principios del periodo colonial.
    —¿Qué quiere decir? —dice ella.
    —Un siervo irlandés deportado a América.

    Ella se limita a mirarme y asiente con la cabeza. Luego mira su gráfico.

    —O le ponemos una sonda de estómago —dice la doctora— o se morirá de hambre.

    Miro las cavidades secretas de su oído y le pregunto si tal vez podríamos explorar otras opciones.

    Al otro lado del pasillo, la enfermera está plantada con los puños apoyados en las caderas y grita:

    —¡Señorita Marshall!

    Y la doctora se sobresalta. Levanta el índice para hacerme callar y dice:

    —Escuche —dice—, tengo que terminar mi ronda de visitas. Seguiremos hablando la próxima vez que venga.

    Se da media vuelta y recorre los diez o doce pasos que la separan de la enfermera:

    —Enfermera Gilman —dice con tono brusco y hablando muy deprisa—, por lo menos podría mostrar un mínimo de respeto y llamarme doctora Marshall —dice—. Sobre todo delante de una visita —dice—. Sobre todo si tiene que gritar de un lado a otro del pasillo. Un mínimo de cortesía, enfermera Gilman, creo que me lo merezco, y creo que si empieza a comportarse usted como una profesional descubrirá que todos los que la rodean se muestran más dispuestos a cooperar...

    Para cuando le llevo el periódico de la sala de estar, mi madre ya se ha dormido. Tiene sus espantosas manos amarillentas cruzadas sobre el pecho, con una pulsera de plástico del hospital sellada al calor alrededor de la muñeca.


    4


    En cuanto Denny se agacha, la peluca se le cae sobre el barro y la mierda de caballo y un par de centenares de turistas japoneses echan a reír y se adelantan todos a una para grabar en vídeo su cabeza rapada.

    —Lo siento —digo yo, y voy a recogerle la peluca. Ya no se puede decir que sea blanca y además huele mal, porque no dudes que aquí cada día echan la meada un millón de perros y pollos.

    Como está agachado, el fular le cuelga delante de la cara y no le deja ver.

    —Tío —me dice Denny—, dime qué está pasando.

    Aquí estoy yo, la espina dorsal de la América de principios del periodo colonial.

    Esta es la mierda estúpida que hacemos por dinero.

    En el extremo de la plaza del pueblo, su alteza lord Charlie, el gobernador colonial, nos está mirando, de pie con los brazos cruzados y los pies separados unos tres metros. Las lecheras van de un lado a otro transportando cubos de leche. Los zapateros martillean zapatos. El herrero aporrea el mismo trozo de metal y finge igual que el resto del mundo que no está mirando a Denny agachado en medio de la plaza del pueblo, colocándose otra vez en el cepo.

    —Me han pillado masticando chicle, tío —le dice Denny a mis pies.

    Al agacharse, la nariz empieza a moquearle y se la sorbe.

    —Está claro —dice mientras sorbe—. Esta vez su alteza se va a chivar al ayuntamiento.

    La mitad superior del cepo de madera desciende hasta aprisionarle el cuello y yo se la coloco bien, con cuidado de no pellizcarle la piel.

    —Lo siento, tío —le digo—. Vas a pasar un frío de la leche. —Luego cierro el candado. Me saco un trozo de trapo del bolsillo del chaleco.

    Un goterón de moco cuelga de la punta de la nariz de Denny, así que le pongo el trapo ahí y le digo:

    —Suénate, tío.

    Denny se marca una sonada larga y entrecortada que yo noto cómo se deposita en el trapo.

    El trapo ya está bastante guarro y cargado, pero si se me ocurre sacar un pañuelo de papel limpio seré el siguiente en la cola para recibir una sanción disciplinar. Hay un millón de maneras de cagarla en este sitio.

    Alguien le ha escrito en la nuca «Chúpamela» con rotulador rojo, así que sacudo la peluca hecha un asco y trato de tapar la pintada, pero la peluca está empapada de un agua marrón y asquerosa que le cae por los lados de la cabeza rapada y le gotea de la punta de la nariz.

    —Fijo que me destierran —dice sorbiéndose la nariz. Helado y empezando a temblar, Denny dice—: Tío, noto aire en la espalda... Me parece que se me ha salido la camisa de las calzas.

    Tiene razón, y los turistas están filmándole la raja del culo desde todos los ángulos. El gobernador colonial no pierde detalle y los turistas siguen grabando cuando yo le agarro la cintura del pantalón a Denny con las dos manos y se la subo.

    —Lo bueno de estar en el cepo —dice Denny— es que ya he acumulado tres semanas de abstinencia —dice—. Al menos así no puedo entrar en el retrete cada media hora y, ya sabes, cascármela.
    —Cuidado con ese rollo de la recuperación, tío —le digo—. Puede llegar un día en que explotes.

    Le cojo la mano izquierda y se la pongo en su sitio, luego la derecha. Este verano Denny ha pasado tanto tiempo en el cepo que se le han hecho unos aros blanquecinos en torno a las muñecas y el cuello allí donde nunca le da el sol.

    —El lunes —dice— me olvidé de quitarme el reloj.

    La peluca le resbala otra vez y aterriza con un chapoteo en el barro. El fular empapado de mocos y de mierda le cuelga delante de la cara. Los japoneses se ríen en manada, como si esto fuera un gag cómico que hubiéramos ensayado.

    El gobernador colonial no nos quita ojo a Denny y a mí en busca de huellas de conducta históricamente inapropiada para poder sacarnos a patadas por la puerta del pueblo y dejar que los salvajes nos bombardeen con sus flechas y masacren nuestros culos desempleados.

    —El martes —le dice Denny a mis zapatos—. Su alteza vio que llevaba protector de labios.

    La peluca de mierda pesa más cada vez que la recojo. Ahora la sacudo contra el costado de mi bota antes de extenderla sobre la pintada de «Chúpamela».

    —Esta mañana —dice Denny sorbiéndose la nariz y escupiendo algo marrón y asqueroso que tenía en la boca—, antes de comer, la comadre Landson me ha pillado fumando un cigarrillo detrás del templo. Luego, mientras estaba aquí metido, un mequetrefe de mierda de cuarto de primaria me ha quitado la peluca y me escrito esta mierda en la cabeza.

    Con mi trozo de trapo intento secarle como puedo la porquería de los ojos y la boca.

    Varios pollos blanquinegros, sin ojos o con una sola pata, todos deformes, vienen a picotearme las hebillas brillantes de los zapatos. El herrero sigue aporreando su trozo de metal, dos golpes rápidos y tres lentos, una y otra vez, hasta que uno se da cuenta de que es la línea de bajos de una canción vieja de Radiohead que le gusta. Por supuesto, va completamente ciego de éxtasis.

    Una lecherita a la que conozco y que se llama Ursula se me queda mirando y yo sacudo el puño delante de la entrepierna, lo que en el lenguaje internacional de los signos significa hacerse una paja. Ruborizándose debajo de su gorro blanco almidonado, Ursula saca una mano pálida y primorosa del bolsillo del delantal y me enseña el dedo en gesto obsceno. Luego se va a estrujarle las tetas a alguna vaca afortunada durante toda la tarde. Y además, sé que se deja sobar por el alguacil del rey porque una vez él me dejó olerle los dedos.

    Incluso desde aquí, y a pesar del olor a mierda de caballo, se huele la nube de humo de canutos que emana de ella.

    Ordeñar vacas, batir la manteca, está más que claro que las lecheras deben hacer buenas pajas.

    —La comadre Landson es una zorra —le digo a Denny—. El tío que hace de pastor dice que le pegó un herpes infernal.

    Sí, de nueve a cinco es una aristócrata yanqui, pero a su espalda todo el mundo sabe que fue al instituto en Springburg y que allí todo el equipo de fútbol la conocía como Douche Lamprini.

    Esta vez la peluca asquerosa se queda en su sitio. El gobernador colonial renuncia a seguir mirándonos y entra en la aduana. Los turistas se van en busca de otras oportunidades de sacar fotos. Empieza a llover.

    —Tranqui, tío —dice Denny—. No hace falta que te quedes aquí a mi lado.

    Está claro, hoy es otro día de mierda en el siglo XVIII.

    Si llevas pendientes vas a la cárcel. Si te pones un piercing en la nariz. Si te pones desodorante. Vas directo a la cárcel. No pasas turno. No ganas una mierda.

    Su alteza el lord gobernador mete a Denny en el cepo al menos dos veces por semana, por mascar tabaco, por ponerse colonia, por afeitarse la cabeza.

    Nadie llevaba perilla en la década de 1730, le alecciona su alteza a Denny.

    Y Denny le contesta con descaro:

    —A lo mejor los colonos de verdad sí.

    Y Denny vuelve al cepo.

    Nuestro chiste es que Denny y yo hemos dependido el uno del otro desde 1734. Lo nuestro viene de antiguo. Desde que nos conocimos en una reunión de adictos al sexo. Denny me enseñó un anuncio de la sección de clasificados y los dos fuimos a la misma entrevista de trabajo.

    Solamente por curiosidad, en la entrevista pregunté si ya habían contratado a la puta del pueblo.

    El ayuntamiento en pleno se me quedó mirando. El comité de contratación lo componen seis vejestorios que llevan pelucas coloniales falsas incluso cuando nadie los ve. Lo escriben todo con plumas, plumas de pájaro, mojadas en tinta. El del centro, el gobernador colonial, suspiró. Se reclinó en su asiento y me miró con sus gafas con montura metálica.

    —El Dunsboro colonial no tiene puta del pueblo —me dijo.
    —¿Y tonto del pueblo? —le dije yo.

    El gobernador negó con la cabeza.

    —¿Ratero?

    No.

    —¿Verdugo?

    Por supuesto que no.

    Este es el problema más grave de los parques temáticos históricos. Siempre dejan fuera la mejor parte. Como el tifus. O el opio. O las letras escarlatas. Hacerle el vacío a alguien. La quema de brujas.

    —Ya se les ha avisado —dijo el gobernador— de que todos los aspectos de su conducta y su apariencia deben coincidir con nuestro periodo histórico oficial.

    Mi trabajo es representar que soy un siervo irlandés deportado al Nuevo Mundo. Por seis dólares la hora, resulta increíblemente realista.

    La primera semana que estuve aquí despidieron a una chica por tararear una canción de Erasure mientras batía manteca. Es como decir: Sí, Erasure son historia, pero no lo bastante. Incluso algo tan antiguo como los Beach Boys te puede meter en problemas. Es como si ni siquiera se les hubiera ocurrido que sus estúpidas pelucas empolvadas, sus calzas y sus zapatos de hebilla son retro.

    Su alteza tiene prohibidos los tatuajes. Los piercings de la nariz tienen que quedarse en el cajón mientras uno trabaja. No se puede masticar chicle. No se puede silbar ninguna canción de los Beatles.

    —Cualquier violación del personaje —nos dijo—, y serán castigados.

    ¿Castigados?

    —Se los expulsará —nos dijo—. O podrán pasar dos horas en el cepo.

    ¿El cepo?

    —En la plaza del pueblo —nos dijo.

    Está hablando de bondage. De sadismo. De representar papeles y de humillación pública. El gobernador te hace llevar medias bordadas, calzas de lana ajustadas sin ropa interior, y a eso le llama autenticidad. Y es el mismo tipo que manda a mujeres al cepo solamente por llevar las uñas pintadas. O eso o te despiden sin subsidio de desempleo ni nada. Y con una mala referencia laboral. Y está claro que nadie quiere que en su currículum ponga que ha sido una mierda de candelero.

    Siendo dos tíos solteros de veinticinco años en el siglo XVIII, nuestras opciones eran bastante limitadas. Lacayo. Aprendiz. Enterrador. Tonelero, sea lo que sea. Limpiabotas, sea lo que sea. Limpiador de chimeneas. Granjero. En cuanto alguien dice pregonero, Denny salta:

    —Sí. De acuerdo. Eso lo sé hacer. De verdad, me paso la mitad de la vida pregonando mis rollos.

    Su alteza mira a Denny y le pregunta:

    —Esas gafas que lleva, ¿las necesita?
    —Solamente para ver —dice Denny.

    Elegí el trabajo porque hay cosas peores que trabajar con tu mejor amigo.

    Bueno, especie de mejor amigo.

    Con todo, uno esperaría que esto fuera más divertido, un trabajo divertido con un montón de gente del Club de Teatro y miembros del grupo de teatro de la comunidad. No esta cuerda de detritos humanos. Ni estos puritanos hipócritas.

    Si el ayuntamiento supiera que la comadre Plain, la costurera, se chuta. Que el molinero está cociendo metanfetaminas. Que el posadero les vende ácidos a los cargamentos de adolescentes aburridos que son arrastrados hasta aquí en excursiones de la escuela. Esos chavales se sientan embobados y miran cómo la comadre Halloway carda la lana y la convierte en hilo y mientras tanto se dedica a aleccionarlos sobre reproducción ovina y pastelillos de hachís. Esta gente, el alfarero colocado de metadona, el soplador de vidrio colocado de Percodan y el platero tragando Vicodin, todos han encontrado su lugar en la vida. El mozo de establo, escondiendo sus auriculares debajo de un tricornio, colocado de ketamina y enchufado a su propia fiesta rave privada, son todos un hatajo de colgados hippies vendiendo su rollo agrícola, pero bueno, eso es solamente mi opinión.

    Incluso el granjero Reldon tiene su parcela de hierba de calidad detrás del maíz, las judías y la porquería. Lo que pasa es que la llama cáñamo.

    Lo único divertido del Dunsboro colonial es que tal vez sea demasiado auténtico, pero por las razones incorrectas. Todo este ejército de perdedores y chiflados que se esconden aquí porque no se las pueden arreglar en el mundo real, en los trabajos reales: ¿no es por eso que nos fuimos de Inglaterra en realidad? Para establecer nuestra propia realidad alternativa. ¿Acaso los colonizadores no fueron los chiflados de su época? Está claro: en lugar de querer creer algo distinto de Dios, los perdedores con quienes trabajo buscan la salvación en las conductas compulsivas.

    O en los pequeños jueguecitos de poder y humillación. Fíjense en su alteza lord Charlie detrás de sus visillos de encaje, no es más que un proyecto frustrado de licenciado en arte dramático. Aquí él es la ley, puede observar a quien está en el cepo y se la machaca con su mano enfundada en un guante blanco. Está claro, esto no te lo enseñan en clase de historia, pero en la época colonial, la persona que se pasaba la noche en el cepo no era nada menos que un blanco legítimo para que todo el mundo se lo pasara por la piedra. Hombre o mujer, cualquiera que estuviera allí agachado no tenía forma de saber quién le estaba dando por detrás, y esta era la verdadera razón por la que nadie quería estar ahí a menos que tuviera a un amigo o pariente que se pasara todo el tiempo con uno. Para protegerlo. Para guardarle la espalda, literalmente.

    —Tío —dice Denny—, los pantalones otra vez.

    Se los vuelvo a subir.

    La lluvia ha mojado la camisa de Denny y se la ha pegado a la espalda esquelética, de forma que se le ven los omóplatos y la línea de la columna, más blancos todavía que el algodón sin blanquear de que está hecha la prenda. El barro le llega por encima de los zuecos de madera y se le mete dentro. Aunque llevo puesto el sombrero, se me está empapando la chaqueta y la humedad hace que me empiecen a picar el rabo y las pelotas que llevo embutidos en la entrepierna de mis calzas de lana. Incluso los pollos lisiados se han largado cloqueando en busca de un sitio seco.

    —Tío —dice Denny, sorbiéndose la nariz—, en serio, no hace falta que te quedes.

    Por lo que recuerdo de los diagnósticos físicos, la palidez de Denny puede deberse a tumores en el hígado.


    Véase también: leucemia.
    Véase también: edema pulmonar.



    La lluvia empieza a arreciar y las nubes son tan negras que la gente empieza a encender lámparas en el interior. El humo de las chimeneas nos cae encima. Los turistas estarán todos en la taberna bebiendo cerveza australiana en jarras de peltre hechas en Indonesia. En la carpintería, el ebanista estará inhalando pegamento de una bolsa de papel con el herrero y la comadrona mientras ella habla de liderar el grupo musical con el que siempre sueñan pero que nunca acaban de formar.

    Estamos todos atrapados. Es 1734 para siempre. Estamos todos atrapados en la misma burbuja temporal, igual que esos programas de televisión donde la misma gente permanece aislada en la misma isla desierta durante treinta temporadas y nunca envejecen ni se escapan. Simplemente llevan más maquillaje. De una forma siniestra, esos programas tal vez sean demasiado auténticos.

    De una forma siniestra, me veo aquí durante el resto de mi vida. Es reconfortante, yo y Denny quejándonos de la misma mierda para siempre. Siempre en recuperación. Sí, estoy montando guardia a su lado, pero si quieres una opinión sincera, prefiero ver a Denny en el cepo que dejar que lo destierren y quedarme solo aquí.

    No soy tanto un buen amigo como el médico que intenta arreglarte la espalda todas las semanas.

    O el camello que te vende la heroína.

    «Parásito» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    La peluca de Denny se cae al suelo otra vez. La palabra «Chúpamela» sangra bajo la lluvia, dejando churretes rosáceos por debajo de sus orejas frías y azules, formando goterones rosáceos alrededor de sus ojos y por sus mejillas y cayendo al barro en forma de agua rosácea.

    Lo único que se oye es la lluvia, el agua que cae sobre los charcos, sobre los tejados de paja y sobre nosotros, la erosión.

    No soy tanto un buen amigo como el salvador que quiere que lo adores para siempre.

    Denny vuelve a estornudar. Una madeja larga de flema amarillenta le sale de la nariz y aterriza sobre la peluca en el suelo, y dice:

    —Tío, no me vuelvas a poner ese trapo asqueroso en la cara, ¿vale? —Se sorbe la nariz. Luego tose y las gafas se le caen encima de todo el potaje.

    Las descargas nasales quieren decir rubéola.


    Véase también: tos ferina.
    Véase también: neumonía.



    Sus gafas me recuerdan a la doctora Marshall, y le digo que hay una chica nueva en mi vida, una doctora de verdad, y en serio, vale la pena trabajármela.

    —¿Sigues encallado en tu cuarto paso? —me dice—. ¿Necesitas ayuda para recordar cosas que escribir en tu cuaderno?

    La historia completa y sin concesiones de mi adicción sexual. Oh, sí. Los momentos más bajos y degradantes.

    —Todo requiere moderación, tío —le digo—. También recuperarse.

    No soy tanto un buen amigo como el padre que nunca quiere que crezcas.

    Y boca abajo, Denny dice:

    —Va bien acordarse de la primera vez de todo —dice—. La primera vez que me la casqué pensé que era algo que había inventado yo. Miré aquel puñado de porquería viscosa y pensé: Con esto me voy a hacer rico.

    La primera vez de todo. El inventario incompleto de mis crímenes. Una cosa incompleta más en mi vida llena de cosas incompletas.

    Y todavía boca abajo, sin ver nada en el mundo más que barro, Denny dice:

    —¿Tío, todavía estás ahí?

    Y yo le vuelvo a poner el trapo en la nariz y le digo:

    —Suénate.


    5


    La luz que usaba el fotógrafo era cruda y proyectaba sombras muy oscuras en la pared de bloques de cemento que tenían de fondo. Una simple pared pintada en el sótano de alguien. El mono parecía cansado y tenía manchas de sarna. El tipo estaba en mala forma, pálido y con michelines, pero estaba ahí, relajado y agachado, abrazándose las rodillas con los brazos y con la tripa de chucho colgando, mirando a la cámara por encima del hombro y sonriendo.

    «Beatífico» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    Lo que al niño le gustó primero de la pornografía no tenía que ver con el sexo. No eran las fotos de gente guapa follando entre sí, con las cabezas echadas hacia atrás y poniendo aquellas caras de orgasmo fingido. Al principio no fue eso. Ya había encontrado un montón de fotos en Internet antes de saber qué era el sexo. Tenían Internet en todas las bibliotecas. Tenían Internet en todas las escuelas.

    Igual que uno puede mudarse de una ciudad a otra y encontrar siempre una iglesia católica y una misa que es la misma en todas partes, el niño siempre pudo encontrar Internet, no importaba a qué hogar de adopción lo enviaran. Lo cierto es que si Jesucristo se hubiera reído en la cruz, o si hubiera escupido sobre los romanos, si hubiera hecho algo más que limitarse a sufrir, al niño le habría gustado mucho más la Iglesia.

    Lo cierto es que su página web favorita no era especialmente sexy, al menos no para él. En ella uno encontraba simplemente una docena de fotografías de un tío regordete vestido de Tarzán con un orangután aturdido y entrenado para ir metiendo algo que parecían cacahuetes tostados por el culo del tío.

    El tío tenía el taparrabos de piel de leopardo apartado a un lado y la goma elástica de la cintura hundida bajo los michelines de la cintura.

    El mono estaba agachado, con el siguiente cacahuete a punto.

    No tenía nada de sexy. Y, sin embargo, el contador mostraba que más de medio millón de personas habían visitado la página.

    «Peregrinaje» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    El mono y los cacahuetes eran algo que el niño no podía entender, pero en cierta forma admiraba a aquel tío. El niño era estúpido, pero se daba cuenta de que aquello era algo que se le escapaba. La verdad era que la mayoría de la gente ni siquiera se atreverían a dejar que un mono los viera desnudos. Les aterraría el aspecto que pudiera tener su ojete, que pudiera tener un aspecto demasiado rojo o acolchado. La mayor parte de la gente no tendría agallas para agacharse delante de un mono, mucho menos de un mono y una cámara y varios focos, y en caso de hacerlo primero tendrían que hacer un trillón de abdominales, ir a una cabina de bronceado y cortarse el pelo. Después pasarían horas agachados delante de un espejo intentando encontrar su mejor perfil.

    Y luego, por mucho que no fueran más que cacahuetes, uno tendría que permanecer relajado.

    La mera idea de hacer audiciones con monos era aterradora, la posibilidad de ser rechazado por un mono tras otro. Seguro que puedes pagar bastante dinero a una persona para que te meta cosas dentro o te haga fotos. Pero un mono. Un mono siempre es sincero.

    Tu única esperanza sería contratar a aquel mismo orangután, que es obvio que no era muy exigente. O eso o estaba excepcionalmente bien entrenado.

    La cuestión es que todo esto sería mucho menos interesante si uno fuera guapo y sexy.

    La cuestión es que en un mundo donde todo el mundo tiene que estar guapo todo el tiempo, aquel tío no lo era. Ni el mono tampoco. Y lo que estaban haciendo no era bonito.

    La cuestión es que el sexo no fue la parte de la pornografía que enganchó al niño estúpido. Fue la confianza. El valor. La falta total de vergüenza. La comodidad y la sinceridad genuina. La franqueza que permitía a alguien ser capaz de salir allí y contarle al mundo: Sí, así es como yo decido pasar una tarde libre. Posando aquí con un mono metiéndome cacahuetes por el culo.

    Y no me importa el aspecto que tengo. Ni lo que vosotros penséis.

    Así que apañaos como podáis.

    Al insultarse a sí mismo estaba insultando al mundo.

    Y aunque el tío no se lo estaba pasando en grande, su capacidad de sonreír y de mantener el tipo resultaba todavía más admirable.

    De la misma forma que todas las películas pomo implican a una veintena de personas fuera de plano, cosiendo, comiendo bocadillos y mirándose el reloj mientras otra gente está desnuda y tiene relaciones sexuales a unos pocos metros de distancia...

    Para el niño estúpido aquello fue una iluminación. Llegar a estar en el mundo tan cómodo y lleno de confianza sería el nirvana.

    «Libertad» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.

    Si fuera él el que saliese en aquellas fotos con el mono, las miraría todos los días y pensaría: Si puedo hacer esto, puedo hacer cualquier cosa. No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.

    Hasta el infierno.

    Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea...

    Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.

    Que si algún día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.

    Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas, ya nunca querría poseer o conseguir nada más.

    Que si uno podía comer o dormir lo bastante ya nunca necesitaría más.

    Que si te quería bastante gente, nunca más necesitarías amor.

    Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.

    Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.

    Todas estas se convirtieron en las nuevas metas del niño. En las ilusiones que habría de tener para el resto de su vida. Aquellas eran las promesas que vio en la sonrisa del tipo gordo.

    Así que a partir de entonces, siempre que estaba asustado, triste o solo, todas las noches que se despertaba presa del pánico en un nuevo hogar de adopción, con el corazón latiendo a toda prisa y la cama mojada, cada día que empezaba la escuela en un vecindario distinto, cada vez que la mamaíta volvía a buscarlo, en cada habitación roñosa de motel, en cada coche de alquiler, el niño se acordaba de aquellas doce mismas fotos del hombre gordo agachado. Del mono y los cacahuetes. Y aquello tranquilizaba al mocosillo de mierda. Le mostraba lo valiente, fuerte y feliz que puede llegar a ser una persona.

    Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solamente si uno elige sufrir.

    «Salvador» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    Y es divertido ver cómo cuando alguien te salva, lo primero que quieres hacer es salvar a otra gente. A todos los demás. A todo el mundo.

    El niño nunca supo cómo se llamaba aquel tipo. Pero nunca olvidó aquella sonrisa.

    «Héroe» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.


    6


    Cuando vuelvo a visitar a mi madre soy otra vez Fred Hastings, su antiguo abogado de oficio, y me tiene de cháchara toda la tarde. Hasta que le digo que sigo soltero y ella me dice que es una pena. Entonces enciende la televisión y pone un culebrón, ya sabes, gente real fingiendo que es gente falsa con problemas inventados que son vistos por gente real para olvidar sus problemas reales...

    En la siguiente visita vuelvo a ser Fred, pero estoy casado y tengo tres hijos. Eso está mejor, pero tres hijos... Tres son demasiado. La gente debería pararse en los dos, me dice.

    En la siguiente visita tengo dos.

    En cada visita queda menos de ella bajo la manta.

    En otro sentido, cada vez hay menos de Victor Mancini sentado en la silla junto a la cama.

    Al día siguiente soy yo de nuevo y no pasan más de unos minutos antes de que mi madre llame a la enfermera para que me acompañe al vestíbulo. Permanecemos los dos sentados sin hablar hasta que recojo mi chaqueta y ella me dice:

    —¿Victor?

    Está amasando una bola de pelusa con los dedos, haciéndola cada vez más pequeña y apretada, y cuando por fin levanta la vista y me mira, dice:

    —Fred Hastings ha estado aquí. Te acuerdas de Fred, ¿no?

    Sí, me acuerdo.

    Ahora tiene una mujer y dos hijos perfectos. Es una alegría enorme, me dice mi madre, ver que la vida le va bien a una persona tan buena.

    —Le he dicho que compre tierra —dice mi madre—. Ya no la fabrican.

    Le pregunto a quién se refiere y ella aprieta otra vez el botón de la enfermera.

    Cuando salgo me encuentro a la doctora Marshall esperando en el pasillo. Está delante de la puerta de mi madre, pasando páginas de su sujetapapeles, y levanta la vista para mirarme con los ojos empequeñecidos por sus gruesas gafas. Su única mano libre no para de hacer clic con el bolígrafo, deprisa.

    —¿Señor Mancini? —dice. Se dobla las gafas, se las guarda en el bolsillo de la bata y dice—: Es importante que discutamos el caso de su madre.

    La sonda de estómago.

    —Preguntó usted por otras opciones —dice.

    En la cabina de la enfermera al otro lado del pasillo hay tres enfermeras de planta mirándonos y haciendo corro con las cabezas. Una que se llama Dina grita en nuestra dirección:

    —¿Hace falta que os hagamos de carabinas?

    La doctora Marshall les dice:

    —Métanse en sus asuntos, por favor.

    Y a mí me susurra:

    —En estas empresas pequeñas, el personal se comporta como si todavía estuviera en el instituto.

    Me lo hice con una Dina.


    Véase también: Clare, enfermera titulada.
    Véase también: Pearl, enfermera auxiliar.



    La magia del sexo es que se adquiere sin la carga de la posesión material. No importa cuántas mujeres te lleves a casa, nunca hay problemas de almacenamiento.

    Le digo a la doctora Marshall, la de las orejas y las manos temblorosas:

    —No quiero alimentarla a la fuerza.

    Con las enfermeras todavía mirándonos, la doctora Marshall me coge el brazo por detrás y me aleja de ellas, diciendo:

    —He estado hablando con su madre. Es una gran mujer. Sus acciones políticas. Sus manifestaciones. Debe usted quererla mucho.

    Y yo le digo:

    —Bueno, yo no diría tanto.

    Nos detenemos y la doctora Marshall susurra algo que me obliga a acercarme para oírla. A acercarme demasiado. Las enfermeras siguen mirando. Y respirándome en el pecho, me dice:

    —¿Y si pudiéramos restablecer por completo la mente de su madre? —Sin parar de hacer clic con el bolígrafo, me dice—: ¿Y si pudiéramos volver a convertirla en la mujer inteligente, fuerte y radiante que solía ser?

    Mi madre, tal como solía ser.

    —Tal vez sea posible —dice la doctora Marshall.

    Y sin pensar en la impresión que puedo causar, le digo:

    —Dios no lo permita.

    Luego me apresuro a decir que tal vez no sea una buena idea.

    Al otro lado del pasillo las enfermeras se están riendo, tapándose la boca con las manos. E incluso desde lejos se puede oír a Dina diciendo:

    —Le estaría bien empleado.

    En mi siguiente visita, vuelvo a ser Fred Hastings y mis dos niños sacan sobresalientes en la escuela. Esa semana, la señora Hastings está pintando el comedor de verde.

    —El azul es mejor —dice mi madre— para una habitación donde va a haber comida.

    A partir de ese día, el comedor es azul. Vivimos en East Pine Street. Somos católicos. Tenemos nuestro dinero en el City First Federal. Tenemos un Chrysler.

    Todo por sugerencia de mi madre.

    A la semana siguiente, empiezo apuntarme cosas para no olvidar quién soy de una semana a la siguiente. Los Hastings siempre vamos a pasar las vacaciones a Robson Lake, apunto. Pescamos truchas de lago. Queremos que ganen los Packers. Nunca comemos ostras. Estamos comprando tierras. Todos los sábados me siento antes en la sala de estar y estudio mis apuntes mientras la enfermera va a ver si mi madre está despierta.

    Siempre que entro en su habitación y me presento como Fred Hastings, apaga el televisor con el mando a distancia.

    No está mal plantar boj alrededor de una casa, pero está mejor el ligustro.

    Y yo me lo apunto.

    La gente como es debido bebe whisky escocés, me dice. Tiene usted que limpiar los canalones en octubre y otra vez en noviembre, me dice. Envuelva el filtro de aire de su coche en papel higiénico y así le durará más. Pode los árboles de hoja perenne solamente después de la primera helada. Y la madera de fresno es la mejor para hacer leña.

    Me lo apunto todo. Hago inventario de lo que queda de ella, de las manchas, las arrugas, el pellejo hinchado o vacío, las descamaciones y los sarpullidos, y me lo apunto a modo de recordatorio.

    Todos los días: llevar protección solar.

    Cubrirme las canas.

    No volverme loco.

    Comer menos grasas y azúcar.

    Hacer más abdominales.

    No empezar a olvidarme de las cosas.

    Cortarme los pelos de las orejas.

    Tomar calcio.

    Hidratarme la piel. Todos los días.

    Detener el tiempo para quedarse siempre igual.

    No volverme un viejo de mierda.

    —¿Sabe usted algo de mi hijo Victor? —me dice—. ¿Se acuerda de él?

    Me detengo. Noto una punzada en el corazón, pero me he olvidado de lo que significa esa sensación.

    Victor, dice mi madre, nunca viene a visitarme, y cuando lo hace nunca escucha. Victor está siempre ocupado y distraído y no le importa nada. Ha dejado la facultad de medicina y está convirtiendo su vida en un desastre.

    Se pone a arrancar las pelusas de su manta:

    —Tiene un trabajo como guía turístico o algo así ganando el salario mínimo —dice. Suspira y sus espantosas manos amarillentas encuentran el mando a distancia.

    Yo le pregunto si acaso Victor no se está haciendo cargo de ella. Si no tiene derecho a vivir su vida. Le digo que a lo mejor Victor está tan ocupado porque está fuera todas las noches, matándose literalmente a trabajar para pagar las facturas de sus cuidados hospitalarios. Son tres mil dólares cada mes solamente para empezar. A lo mejor es por eso que Victor ha dejado la facultad. Le digo, solamente por discutir un poco, que a lo mejor Victor está haciendo lo que puede.

    Le digo que a lo mejor Victor hace mucho más de lo que nadie le reconoce.

    Y mi madre sonríe y dice:

    —Oh, Fred, sigue siendo usted el defensor de los culpables recalcitrantes.

    Mi madre enciende el televisor y una mujer hermosa con un vestido de noche resplandeciente golpea a otra joven mujer hermosa en la cabeza con una botella. El botellazo ni siquiera le deshace el peinado, pero le provoca amnesia.

    A lo mejor Victor tiene sus propios problemas que afrontar, le digo.

    La mujer hermosa reprograma a la mujer amnésica para que piense que es un robot asesino que tiene que hacer lo que a ella se le antoje. El robot asesino acepta su nueva identidad con tanta facilidad que uno se pregunta si no estará fingiendo la amnesia y si no será que siempre ha buscado una buena razón para provocar una matanza.

    Después de hablar con mi madre, mi rabia y mi resentimiento se van disolviendo mientras vemos la tele.

    Mi madre servía huevos revueltos con raspaduras negras del recubrimiento antiadherente de la sartén. Cocinaba con cazos de aluminio y bebíamos limonada en tazones de aluminio refinado chupando sus bordes blandos y fríos. Usábamos desodorante para las axilas fabricado con sales de aluminio. Está claro que podríamos haber llegado a esta situación de un millón de maneras.

    Durante un anuncio, mi madre me pide que le diga una sola cosa buena de la vida de Victor. ¿Qué hace para divertirse? ¿Dónde se ve dentro de un año? ¿Dentro de un mes? ¿Y de una semana?

    De momento no tengo ni idea.

    —¿Y qué coño quiere usted decir —me pregunta— con eso de que Victor se mata todas las noches?


    7


    Después de que se haya marchado el camarero, cojo con el tenedor la mitad de mi filete de solomillo, me dispongo a metérmelo todo en la boca y Denny me dice:

    —No lo hagas aquí, tío.

    Estamos rodeados de comensales elegantes. Con velas y vajillas de cristal. Con un montón de tenedores especiales. Nadie sospecha nada.

    Los labios se me agrietan al intentar abarcar todo el trozo de filete. La carne está salada y rezuma grasa y pimienta molida. Mi lengua se retira para hacer más sitio y la boca se me encharca de saliva. Por la barbilla me caen jugo caliente y babas.

    La gente que dice que la carne roja mata no sabe de qué está hablando.

    Denny echa un vistazo rápido a su alrededor y dice entre dientes:

    —Te estás volviendo codicioso, amigo. —Niega con la cabeza—. Tío, no puedes engañar a la gente para que te quiera.

    A nuestro lado una pareja casada con anillos de boda y pelo canoso come sin levantar la mirada, los dos con la cabeza gacha, como si estuvieran leyendo el programa de una obra o de un concierto. Cuando a la mujer se le termina el vino, coge la botella y se llena el vaso. No llena el de su marido. El marido lleva un grueso reloj de pulsera de oro.

    Denny me ve observar a la pareja madura y me dice:

    —Los voy a avisar. Te lo juro.

    Mira en busca de camareros que puedan saber de nosotros. Me observa proyectando los dientes de abajo hacia Hiera.

    El trozo de filete es tan grande que no puedo juntar las mandíbulas. Tengo los carrillos hinchados. Los labios fruncidos intentan unirse y tengo que respirar por la nariz mientras intento masticar.

    Los camareros con sus chaquetas negras, cada uno con su paño blanco doblado sobre el brazo. La música de violines. La plata y la porcelana. Este no es la clase de sitio donde solemos hacer esto, pero se nos están acabando los restaurantes. Hay un número limitado de lugares para comer en una ciudad y es obvio que esta no es la clase de número que uno puede repetir en el mismo sitio.

    Bebo un poco de vino.

    En otra mesa cercana, una pareja joven se coge de la mano mientras comen.

    A lo mejor esta noche les toca a ellos.

    En otra mesa, un hombre con traje come mirando al vacío.

    A lo mejor él va a ser el héroe de la noche.

    Bebo un poco de vino e intento tragar, pero el filete es demasiado grande. Se me queda en el fondo de la garganta. Dejo de respirar.

    Al instante siguiente, mi pierna da un latigazo tan brusco que la silla sale volando detrás de mí. Me llevo las manos a la garganta. Me pongo de pie, con la boca abierta hacia el techo y los ojos en blanco. La barbilla me sobresale de la cara.

    Denny extiende un brazo sobre la mesa, me roba mi brécol con su tenedor y me dice:

    —Tío, estás sobreactuando a saco.

    No sé si será ese ayudante de camarero de dieciocho años o el tipo vestido de pana con jersey de cuello alto, pero entre toda esta gente alguien me va a recordar con cariño durante el resto de su vida.

    La mitad de la gente ya se ha levantado de sus sillas.

    A lo mejor es la mujer con el ramillete prendido en la muñeca.

    A lo mejor el hombre del cuello largo y las gafas con montura metálica.

    Este mes he recibido tres felicitaciones de cumpleaños y ni siquiera es día quince. El mes pasado recibí cuatro. El mes anterior recibí seis felicitaciones de cumpleaños. No me acuerdo de la mayor parte de la gente que las envió. Que Dios los bendiga, pero ellos nunca me olvidarán a mí.

    Se me hinchan las venas del cuello de no respirar. La cara se me pone roja y me empieza a arder. La frente se me inunda de sudor. El sudor me hace un manchón en la espalda de la camisa. Me agarro el cuello con las manos, lo cual en el lenguaje universal de signos quiere decir que me estoy muriendo de asfixia. Todavía hoy sigo recibiendo felicitaciones de cumpleaños de gente que no habla inglés.

    Durante los primeros segundos todo el mundo espera a que otro se adelante y sea el héroe.

    Denny extiende el brazo para robarme la otra mitad del filete.

    Sin dejar de cogerme el cuello con las manos, voy dando tumbos y le doy una patada en la pierna.

    Me arranco la corbata con las manos.

    Me desabrocho el botón del cuello de la camisa.

    —Eh, tío, me has hecho daño —dice Denny.

    El ayudante de camarero retrocede. No le va el heroísmo.

    El violinista y el sumiller vienen en mi dirección, hombro con hombro.

    Por otro lado, una mujer con un vestido corto y negro se abre paso entre la multitud. Viene en mi rescate.

    Por otro lado, un hombre se quita la chaqueta del esmoquin y echa a correr. En alguna otra parte, una mujer grita.

    Esto nunca se prolonga mucho. Toda la escena suele durar un minuto o dos como mucho. Eso es bueno, porque es lo máximo que puedo aguantar la respiración con un trozo de comida en la boca.

    Mi primera opción es el viejo del reloj de oro enorme, alguien que nos saque del apuro y pague la cuenta de nuestra cena. Mi opción personal es la tía del vestidito negro porque tiene buenas tetas.

    Aunque tengamos que pagarnos la cena, supongo que uno tiene que invertir dinero para conseguir dinero.

    Sin parar de engullir, Denny dice:

    —¿Por qué haces esto? Es completamente infantil.

    Me tambaleo y le doy otra patada.

    Si hago esto es para devolver la aventura a las vidas de la gente.

    Si hago esto es para crear héroes. Para poner a prueba a la gente.

    Soy hijo de mi madre.

    Si hago esto es para conseguir dinero.

    Si alguien te salva la vida te va a querer siempre. Es como si te convirtieras en su hijo. Durante el resto de sus vidas esa persona me escribirá. Me enviará tarjetas en los aniversarios. Felicitaciones de cumpleaños. Es deprimente ver a cuánta gente se le ocurre la misma idea. Te llaman por teléfono. Para saber si estás bien. Para ver si tal vez necesitas que te animen. O si te hace falta dinero.

    No me gasto el dinero llamando a chicas de compañía. Tener a mi madre en la Residencia Asistida Saint Anthony cuesta tres mil pavos al mes. Todos esos buenos samaritanos me mantienen a mí. Yo la mantengo a ella. Así de fácil.

    Uno obtiene poder fingiendo ser débil. De esa manera, haces que la gente se sienta fuerte. Uno salva a la gente dejándose salvar por ellos.

    Lo único que tienes que hacer es ser frágil y mostrarte agradecido. Mantente siempre desamparado.

    La gente necesita de verdad a alguien con quien sentirse superior. Mantente siempre oprimido.

    «Caridad» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    Eres la prueba de su valor. La prueba de que han sido héroes. El testimonio de su éxito. Si hago esto es porque todo el mundo quiere salvar una vida humana con cien personas delante.

    Con la punta afilada de su cuchillo para la carne, Denny está dibujando sobre el mantel blanco. Dibuja la arquitectura de la sala, las cornisas y los paneles, los frontones partidos que hay encima de las puertas, todo sin dejar de masticar. Se lleva el plato directamente a la boca y engulle la comida.

    Para practicar una traqueotomía, hay que localizar un punto justo debajo de la nuez y justo por encima del cricoides. Con un cuchillo para la carne, se hace una incisión horizontal de un centímetro, luego se pellizca esa incisión y se inserta el dedo para abrirla. Hay que introducir un «tubo tráquea»; una pajita para refresco o medio bolígrafo es lo que va mejor.

    No puedo ser un gran médico y salvar a centenares de pacientes, pero soy un gran paciente que crea centenares de médicos en potencia.

    Se acerca a toda velocidad un hombre con esmoquin, esquivando a los curiosos, provisto de su cuchillo para la carne y su bolígrafo.

    Asfixiándote, te conviertes en una leyenda en sus vidas que esa gente va a atesorar y repetir hasta que se mueran. Creerán que te han dado la vida. Puedes ser su único buen acto, el recuerdo que justifique toda su existencia en su lecho de muerte.

    Así pues, sé la víctima agresiva, el gran perdedor. Un fracasado profesional.

    La gente te comerá en la mano si los haces sentirse como dioses.

    Es el martirio de san Yo.

    Denny coloca mi plato encima del suyo y sigue llevándose comida a la boca.

    El sumiller ha llegado. La del vestidito negro está conmigo. Y el hombre de reloj de oro enorme.

    Dentro de un minuto alguien me estará abrazando desde detrás. Algún extraño me apretará fuerte con los brazos, me golpeará con los puños debajo de la caja torácica y me susurrará en el oído: «No pasa nada».

    Me susurrará en el oído:

    —Se pondrá bien.

    Un par de brazos te rodearán, tal vez incluso te levanten del suelo, y un extraño te susurrará:

    —¡Respire! ¡Respire, joder!

    Alguien te golpeará en la espalda igual que un médico da golpecitos a un recién nacido y tú soltarás tu bocado de fílele masticado. Al cabo de un segundo los dos estaréis desplomados en el suelo. Tú estarás sollozando y esa persona te dirá que todo va bien. Que te ha salvado. Que has estado a punto de morir. Se llevará tu cabeza al pecho y te arrullará mientras dice:

    —Échense todos hacia atrás. Hagan un poco de espacio. El espectáculo ha terminado.

    Ya te habrás convertido en su hijo. Le pertenecerás.

    Alguien te pondrá un vaso de agua en los labios y te dirá:

    —Relájese. No hable. Ya se ha terminado.

    Silencio.

    En los años por venir, esa persona te llamará y te escribirá. Recibirás cartas y a lo mejor cheques.

    Sea quien sea, esa persona te querrá.

    Sea quien sea, estará orgulloso. Por mucho que tus propios padres no lo estén. Esa persona estará orgullosa de ti porque tú le haces estar orgullosa de sí misma.

    Darás un sorbo de agua y toserás para que el héroe te pueda limpiar la barbilla con una servilleta.

    Haz cualquier cosa para reforzar ese nuevo vínculo. Esa adopción. Acuérdate de añadir detalles. Mánchale la ropa de mocos para que pueda reírse y perdonarte. Intenta agarrarte a él. Llora de verdad para que te pueda secar los ojos.

    Está bien llorar siempre que lo finjas.

    No te guardes nada. Esta va a ser la mejor historia de la vida de alguien.

    Lo más importante es que, a menos que quieras una fea cicatriz en la tráquea, es mejor que empieces a respirar antes de que alguien se te acerque con un cuchillo para la carne, una navaja o un cúter.

    Otro detalle a recordar es que, cuando escupas tu bocado de comida ensalivada, tu taco triturado de carne muerta y babas, tienes que estar mirando en dirección a Denny. Denny tiene padres y abuelos, tíos y tías y primos que le salen por las orejas, un millar de personas que irán corriendo a salvarle de todos los fregados. Por eso nunca me podrá entender.

    El resto de la gente, todos los que están en el restaurante, a veces se ponen de pie y aplauden. Lloran de alivio. Todo el mundo sale de la cocina. En cuestión de minutos, se estarán contando la historia entre ellos. Todo el mundo invitará a copas al héroe. Con los ojos brillantes por las lágrimas.

    Todos estrecharán la mano del héroe.

    Todos le darán golpecitos en la espalda.

    Se trata más de su nacimiento que del tuyo, pero en los años siguientes esa persona te enviará una felicitación de cumpleaños ese día exacto del mes. Se convertirá en otro miembro de tu familia realmente numerosa.

    Y Denny se limitará a sacudir la cabeza y pedirá la carta de postres.

    Es por eso que hago todo esto. Por eso paso tantos apuros. Para que pueda lucirse un desconocido valiente. Para salvar a una persona más del aburrimiento. No es solamente por el dinero. No es solamente por la admiración.

    Pero ninguna de ambas cosas viene mal.

    Todo es muy fácil. No es cuestión de dar buena imagen, al menos no en la superficie, pero aun así tú ganas. Limítate a dejarte quebrar y humillar. Continúa diciéndole a la gente durante toda tu vida: Lo siento. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Lo siento...


    8


    Eva me sigue por el pasillo con los bolsillos llenos de pavo asado. Lleva carne picada masticada dentro de los zapatos. Su cara, el amasijo triturado y polvoriento de su piel, es un centenar de arrugas que confluyen en su boca. Echa a rodar detrás de mí diciendo:

    —Eh, no te me escapes.

    Con las manos surcadas de venas hinchadas, Eva rueda por el pasillo. Encorvada en su silla de ruedas, embarazada de su propio hastío inflado y enorme, no deja de seguirme, diciendo:

    —Me has hecho daño. Diciendo:
    —No puedes negarlo.

    Lleva un babero del color de la comida.

    —Me has hecho daño y se lo voy a decir a mamá —me dice.

    En el sitio donde tienen a mi madre, los obligan a llevar pulsera. No una pulsera de joyería, sino una tira gruesa de plástico sellado al calor alrededor de su muñeca para que nunca se la pueda quitar. No se puede cortar. Tampoco se puede derretir con un cigarrillo. La gente ya ha intentado todas esas formas de salir.

    Cuando llevas la pulsera y te pones a andar por los pasillos oyes cerraduras que se cierran todo el tiempo. Hay una banda magnética o algo sellado dentro del plástico que emite una señal. Hace que las puertas del ascensor no se abran para que tú no entres. Cierra prácticamente todas las puertas si te acercas a menos de un metro. No puedes abandonar la planta a la que te han asignado. No puedes salir a la calle. Puedes ir al jardín, a la sala de estar común, a la capilla o al comedor, pero ni a un sitio más.

    Si de alguna forma consigues atravesar una puerta exterior, ten por seguro que la pulsera hace saltar la alarma.

    Esto es Saint Anthony. Las alfombras, las sábanas, las camas, prácticamente todo es ignífugo. Todo es a prueba de manchas. Uno puede hacer prácticamente cualquier cosa en cualquier sitio y lo pueden limpiar. Es lo que se llama una residencia asistida. Parece como si contarte todo esto estuviera mal. O sea, que es como estropearte la sorpresa. Ya lo verás por ti mismo, pronto. Es decir, si vives lo bastante.

    O si lo echas todo a rodar y te vuelves chiflado antes de tiempo.

    Mi madre, Eva o tú cuando te toque, todo el mundo lleva pulsera.

    No es una de esas madrigueras infectas. No huele a orina en cuanto entras por la puerta. No por tres de los grandes al mes. Hace un siglo era un convento y las monjas plantaron un precioso y vetusto jardín de rosas. Precioso y rodeado de muros y a prueba de fugas.

    Hay cámaras de seguridad vigilándote desde todos los ángulos.

    Desde el mismo momento en que uno entra por la puerta principal, hay un movimiento lento y terrorífico de internas acercándose a ti. Todas las sillas de ruedas, toda la gente con caminadores y bastones, en cuanto ven a un visitante se arrastran hacia él.

    La alta y deslumbrante señora Novak es una exhibicionista.

    La mujer de la habitación de al lado de mi madre es una ardilla.

    Las exhibicionistas se quitan la ropa a la menor oportunidad. Son la gente a quien las enfermeras visten con lo que parece un conjunto de camisa y pantalón pero que en realidad es un mono. La camisa está cosida a la cintura de los pantalones. Los botones de la camisa y la bragueta son falsos. La única forma de ponerse o quitarse la ropa es una cremallera larga que recorre la espalda. Se trata de gente anciana con los movimientos limitados, de forma que una exhibicionista, incluso lo que llaman una exhibicionista agresiva, está triplemente atrapada. Por la pulsera, por la ropa y por la residencia asistida.

    Una ardilla es alguien que mastica la comida y luego se olvida de qué hay que hacer con ella. Se olvidan de tragar. Lo que hacen es meterse todos los bocados masticados en los bolsillos del vestido. O en el bolso. Esto es menos gracioso de lo que parece.

    La señora Novak es la compañera de habitación de mi madre. La ardilla es Eva.

    En Saint Anthony, la primera planta es para las mujeres que se olvidan de sus nombres, las que corren desnudas y las que se meten comida en los bolsillos pero que por lo demás están bastante sanas. También hay algunas mujeres zumbadas por las drogas y rayadas por traumas craneales graves. Caminan y hablan, aunque lo que dicen sea un simple galimatías, un torrente constante de palabras que parece aleatorio.

    —Personajillos carretera amanece un poquito cuerda cantarina se ha ido la vena morada. —Así es como hablan.

    La segunda planta es para las pacientes que no pueden salir de la cama. La tercera planta es donde van a morirse.

    Por ahora mi madre está en la primera planta, pero nadie se queda allí para siempre.

    Eva está en Saint Anthony porque hay gente que lleva a sus padres ancianos a un sitio público y los deja allí sin identificación. Son las viejas Dorothys y Ermas que no tienen ni idea de quiénes son ni de dónde están. La gente cree que las va a recoger el estado o el gobierno o quien sea. Más o menos igual que recogen la basura.

    Es lo mismo que pasa cuando abandonas tu coche viejo quitándole la matrícula y el adhesivo del número de identificación de vehículo para que el ayuntamiento tenga que llevárselo con la grúa.

    Aunque no te lo creas, esta práctica se llama abandono de abuelitas, y Saint Anthony tiene que hacerse cargo de un número determinado de abuelitas abandonadas, niñatas zumbadas por el éxtasis y vagabundas suicidas. Lo que pasa es que no las llaman vagabundas, igual que no llaman a las chicas de la calle prostitutas infantiles. Yo sospecho que alguien redujo la velocidad del coche, tiró a Eva por la portezuela abierta y nunca lo lamentó. Más o menos lo que la gente hace con los animales de compañía a los que no consiguen adiestrar.

    Con Eva todavía siguiéndome, llego a la habitación de mi madre y me encuentro con que no está. En lugar de a mi madre, me encuentro una cama vacía y una cavidad grande y mojada en el colchón empapado de orina. Es la hora de la ducha, supongo. Una enfermera te lleva a una sala grande y embaldosada para que te rocíen con la manguera.

    Aquí en Saint Anthony proyectan todos los viernes por la noche la película El juego del pijama y cada viernes van en manada los mismos pacientes a verla por primera vez.

    Tienen bingo, manualidades y animales de compañía de visita.

    Tienen a la doctora Paige Marshall. Dondequiera que se haya metido.

    Tienen baberos incombustibles que te cubren del cuello a los tobillos para que no te quemes cuando fumas. Tienen pósters de Norman Rockwell. Un peluquero viene dos veces por semana a arreglarte el pelo. Eso se cobra aparte. La incontinencia se cobra aparte. La tintorería se cobra aparte. Controlar la producción de orina se cobra aparte. Y las sondas de estómago.

    Cada día dan clases para atarse los zapatos, para abrochar botones y para cerrar broches. Para abrochar hebillas. Alguien hace una demostración del velero. Alguien te enseña a subirte la cremallera. Te vuelven a presentar a los amigos que conoces desde hace sesenta años. Todas las mañanas.

    Esa gente que día tras día ya no se sabe subir la cremallera son médicos, abogados y líderes de la industria. No se trata tanto de enseñanza como de control de daños. Es lo mismo que intentar pintar una casa en llamas.

    Aquí en Saint Anthony, los martes quieren decir carne picada con salsa. Los miércoles quieren decir pollo con champiñones. Los jueves, espaguetis. Los viernes, pescado al horno. Los sábados, carne en conserva. Los domingos, pavo asado.

    Tienen puzzles de mil piezas para que los hagas mientras esperas a que te llegue la hora. En todo el lugar no hay un solo colchón donde no se hayan muerto una docena de personas.

    Eva ha detenido su silla de ruedas en la puerta de mi madre y se ha quedado allí, pálida y mustia, como una momia a la que alguien acabara de poner las vendas y de colocarle de nuevo su pelambrera asquerosa. Su cabeza cubierta de rizos azules nunca deja de balancearse en círculos lentos y breves, igual que los boxeadores profesionales.

    —No te me acerques —dice Eva cada vez que la miro—. La doctora Marshall no dejará que me hagas daño.

    Hasta que la enfermera vuelve, me limito a sentarme en el borde de la cama de mi madre y esperar.

    Mi madre tiene uno de esos relojes en los que cada hora viene señalada por el canto de un pájaro distinto. Pregrabado. La una en punto es el tordo. Las seis son la oropéndola.

    Mediodía es el pinzón mexicano.

    El carbonero sibilino son las ocho en punto. El saltapalo quiere decir las once.

    Ya te haces una idea.

    El problema es que asociar pájaros con horas concretas del día puede resultar confuso. Sobre todo si uno está al aire libre. Pasas de mirar el reloj a mirar a los pájaros. Cada vez que oyes el hermoso trino del gorrión gorjiblanco, piensas: ¿Ya son las diez?

    Eva entra tímidamente con su silla en la habitación de mi madre.

    —Me has hecho daño —me dice—. Y yo no se lo he dicho a mamá.

    Estos vejestorios. Estas ruinas humanas.

    Ya son más del carbonero de cresta negra y media y yo tengo que coger el autobús y estar trabajando para cuando cante la urraca.

    Eva cree que soy su hermano mayor, que abusó de ella hace más o menos un siglo. La compañera de habitación de mi madre, la señora Novak, la de los horribles pechos y orejas colgantes, cree que soy el hijo de puta de su socio, que le mangó la patente del almarrá, de la pluma estilográfica o algo así.

    Aquí lo represento todo para todas las mujeres.

    —Me has hecho daño —dice Eva, y se acerca rodando un poco más—. Y no lo he olvidado ni por un minuto.

    Cada vez que vengo de visita hay una vieja chocha de cejas espesas al otro lado del pasillo que me llama Eichmann. Otra mujer a la que le asoma un tubo de plástico para la orina por debajo de la bata me acusa de haberle robado el perro y quiere que se lo devuelva. Siempre que paso por delante de otra vieja sentada en su silla, encorvada y enfundada en un montón de jerseys de color rosa, me espeta:

    —Te vi —me dice mirándome con un ojo entelado—. ¡La noche del incendio te vi con ellos!

    No se puede ganar. Todos los hombres que han pasado por la vida de Eva han sido probablemente su hermano mayor de alguna forma. Lo sepa o no, se ha pasado la vida entera esperando y deseando que los hombres abusen de ella. En serio, incluso momificada dentro de su piel arrugada sigue teniendo ocho años. Se ha quedado ahí. Igual que la plantilla hippiosa de colgados del Dunsboro colonial, en Saint Anthony todo el mundo vive atrapado en el pasado.

    Yo no soy ninguna excepción, y tampoco creo que lo seas tú.

    Igual de atrapada que Denny en el cepo, Eva se ha quedado pillada en su fase de crecimiento.

    —Tú —dice Eva y me señala con un dedo tembloroso—. Tu me has hecho daño en el chichi.

    Estos vejestorios colgados.

    —Oh, dijiste que era nuestro juego —dice meciendo la cabeza y convirtiendo su voz en un sonsonete—. Que era nuestro juego secreto, pero luego me metiste tu cosota enorme. —Su dedo meñique esquelético continúa señalando al aire en dirección a mi entrepierna.

    En serio, la mera idea hace que mi cosota tenga ganas de salir corriendo de la habitación.

    El problema es que pasa lo mismo con todo el mundo en Saint Anthony. Otro viejo esqueleto cree que le pedí prestados quinientos dólares. Otra vieja podrida me llama el demonio.

    —Y me hiciste daño —dice Eva.

    Resulta difícil no venir aquí y asumir la culpa de todos los crímenes de la historia. Dan ganas de gritarle a todas esas caras desdentadas. Sí, yo secuestré a la criatura de los Lindbergh.

    Lo del Titanic lo hice yo.

    El rollo del asesinato de Kennedy, sí, fui yo.

    La trastada aquella de la segunda guerra mundial, aquel chisme atómico que tiraron. ¿Lo adivinas? Fui yo.

    ¿El virus del sida? Lo siento. Otra vez yo.

    La forma correcta de manejar un caso como el de Eva es desviar su atención. Distraerla mencionando el almuerzo o el tiempo o el peinado tan bonito que lleva. Su capacidad de concentración dura un paso del segundero del reloj y luego ya puedes pasar a un tema más agradable.

    Salta a la vista que así es como los hombres han estado capeando la hostilidad de Eva durante toda su vida. Simplemente distrayéndola. Dejando pasar el momento. Evitando el enfrentamiento. Escaqueándose.

    Así es en gran medida como pasamos la vida. Viendo la televisión. Fumando porquería. Automedicándonos. Desviando nuestra propia atención. Cascándonosla. Negando la realidad.

    Todo su cuerpo se inclina hacia delante y su dedo raquítico me señala temblando en el aire.

    Al carajo.

    Ya tiene un pie en el altar para casarse con la muerte.

    —Sí, Eva —le digo—. Te la hincaba. —Y bostezo—. Sí. Cada vez que tenía ocasión, te la metía y te echaba un polvazo.

    A esto lo llaman psicodrama. También se puede considerar otra modalidad de abandono de abuelita.

    Su dedo retorcido se encoge y su espalda se apoya de nuevo entre los brazos de la silla de ruedas.

    —Así que por fin lo admites —dice.
    —Pues sí, coño —digo yo—. Tienes un polvazo, hermanita.

    Ella se queda mirando un punto ciego del suelo de linóleo y dice:

    —Después de tantos años, lo admite.

    Estamos haciendo terapia de rol, lo que pasa es que Eva no sabe que es real.

    Su cabeza sigue balanceándose en círculos, pero sus ojos se vuelven hacia mí:

    —¿Y no estás arrepentido? —dice.

    En fin, si Jesucristo pudiera efectivamente morir por mis pecados, supongo que podría encajar unas cuantas en honor de los demás. Todos tendríamos la oportunidad de hacer de chivo expiatorio. De asumir la culpa.

    El martirio de san Yo.

    Los pecados de todos los hombres de la Historia aterrizando sobre mis hombros.

    —Eva —le digo—, cariño, vida mía, hermanita, amor de mi vida, por supuesto que lo siento. Fui un cerdo —le digo mirándome el reloj—. Lo que pasa es que estabas tan potente que yo no podía controlarme.

    Como si me hiciera falta aguantar esta mierda. Eva se me queda mirando con sus ojos hipertiroideos hasta que un lagrimón le brota del ojo y le resbala por la superficie empolvada de su mejilla arrugada.

    Yo pongo los ojos en blanco y le digo:

    —Muy bien, te hice daño en el chichi, pero hace ochenta puñeteros años de eso, así que supéralo de una vez. Sigue con tu vida.

    Entonces levanta sus manos horribles, demacradas y llenas de venas como raíces de árbol o zanahorias mustias, y se tapa la cara:

    —Oh, Colin —dice desde detrás de las manos—. Oh, Colin. —Aparta las manos y revela una cara empapada de lagrimones—. Oh, Colin —susurra—. Te perdono. —Deja caer la barbilla sobre el pecho, respirando de forma entrecortada y sollozando, y sus manos espantosas usan el borde del babero para secarse los ojos.

    Nos quedamos ahí sentados. Joder, ojalá tuviera un chicle. Mi reloj dice que son las doce y treinta y cinco.

    Ella se seca los ojos, se sorbe la nariz y levanta un poco la vista:

    —Colin —me dice—, ¿todavía me quieres?

    Estos vejestorios de mierda. Joder.

    Y por si te lo estás preguntando, no soy ningún monstruo.

    Y como si fuera un puto personaje de novela, voy y le digo en serio:

    —Sí, Eva —le digo—. Claro que sí. Supongo que todavía puedo quererte.

    Eva solloza con la cabeza gacha y todo el cuerpo meciéndose.

    —Me alegro mucho —dice con los ojos lagrimeando y una sustancia gris goleándole de la nariz y cayéndole en las manos vacías—. Me alegro mucho —repite, sin dejar de llorar, y puedo oler los trozos masticados de carne picada que se ha guardado como una ardilla en el zapato y el pollo con champiñones que lleva en el bolsillo de la bata. Y además la puñetera enfermera no va a traer nunca a mi madre de vuelta de la ducha, y yo tengo que volver a trabajar en el siglo XVIII a la una en punto.

    Ya es bastante duro rememorar mi pasado para poder terminar el cuarto paso de mi terapia. Ahora además se está mezclando con el pasado de toda esta gente. Hoy ya ni me acuerdo de qué abogado soy. Me miro las uñas. Le pregunto a Eva:

    —¿Sabes si está por aquí la doctora Marshall? ¿Sabes si está casada?

    La verdad sobre mí mismo, quién soy realmente y lo de mi padre. Si mi madre lo sabe, está demasiado bloqueada por los remordimientos para decírmelo.

    —¿No podrías llorar en otra parte? —le pregunto a Eva.

    Pero ya es demasiado tarde. La urraca empieza a cantar.

    Y no hay forma de que Eva se calle. Sigue llorando y meciéndose, con la cara tapada por el babero, con la pulsera de plástico temblando en la muñeca y diciendo todo el tiempo:

    —Te perdono, Colin. Te perdono. Te perdono. Oh, Colin, te perdono...


    9


    El niño estúpido y su madre adoptiva estaban pasando la tarde en un centro comercial cuando oyeron el aviso. Era verano y estaban haciendo las compras para volver a la escuela, el año que él tenía que hacer quinto de primaria. Ese año que tienes que llevar camisas a rayas para integrarte. De aquello hace un montón de años. Aquella era la primera de sus madres adoptivas.

    Rayas verticales, le estaba explicando el niño a la madre adoptiva cuando lo oyeron.

    El aviso:

    —Doctor Paul Ward —le dijo la voz a todo el mundo—, por favor, reúnase con su mujer en el departamento de cosméticos de Woolworth’s.

    Aquella fue la primera vez que su madre fue a buscarlo.

    —Doctor Ward, por favor, reúnase con su mujer en el departamento de cosméticos de Woolworth’s.

    Aquella era la señal secreta.

    De forma que el niño mintió y dijo que tenía que ir al baño, pero en cambio fue a Woolworth’s, y allí, abriendo cajas de tinte para el pelo, estaba su madre. Llevaba una peluca amarilla enorme que hacía que su cara pareciera demasiado pequeña y olía a cigarrillos. Estaba abriendo una caja de tinte usando las uñas y sacando la botella de color marrón oscuro. Luego abrió otra caja y sacó la otra botella. Puso la botella en la primera caja y la devolvió a la estantería. Luego abrió otra caja.

    —Esta es guapa —dijo la madre mirando la foto de una mujer sonriente que había en la caja. Cambió la botella de dentro por otra. Todas las botellas eran del mismo color marrón oscuro.

    Abrió otra caja y preguntó:

    —¿No crees que es guapa?

    Y el niño era tan estúpido que dijo:

    —¿Quién?
    —Ya sabes quién —dijo la madre—. Además, es joven. Os he estado viendo mientras mirabais ropa. Le estabas cogiendo la mano, así que no mientas.

    Y el niño fue tan estúpido que no supo reaccionar y marcharse corriendo. Tampoco se le ocurrió pensar en los términos concretos de la libertad bajo fianza de su madre ni en la orden de no acercarse a su hijo, ni en por qué había pasado los últimos tres meses en la cárcel.

    Y mientras metía las botellas de tinte rubio en las cajas de tinte para pelirrojas y las botellas de tinte negro en las cajas para rubias, la madre le dijo:

    —Entonces, ¿te gusta o no?
    —¿Te refieres a la señora Jenkins? —dijo el niño.

    Sin acabar de cerrarlas perfectamente, la madre volvía a colocar las cajas en la estantería de forma un poco descuidada, un poco apresurada. Y dijo:

    —¿Te gusta?

    Y como si aquello fuera a servir de algo, el pequeño bufón dijo:

    —No es más que una madre adoptiva.

    Y sin mirar al niño, mirando todavía a la mujer sonriente de la caja que tenía en la mano, la madre dijo:

    —Te he preguntado si te gusta.

    Un carro de la compra pasó traqueteando por el pasillo junto a ellos y una señora rubia extendió el brazo y cogió una caja con la foto de una rubia pero con una botella de otro color dentro. La señora metió la caja en el carro y siguió su camino.

    —Esa se cree que es rubia —dijo la madre—. Lo que tenemos que hacer es confundir los paradigmas de identidad de la gente.

    Era lo que la madre llamaba «terrorismo contra la industria cosmética».

    El niño se quedó mirando a la señora hasta que estuvo demasiado lejos para hacer nada.

    —Ya me tienes a mí —dijo la madre—, ¿Cómo llamas entonces a esa madre adoptiva?

    Señora Jenkins.

    —¿Y te cae bien? —dijo la madre, y se giró para mirarlo por primera vez.

    Y el niño fingió que se lo pensaba y dijo:

    —No.
    —¿La quieres?
    —No.
    —¿La odias?

    Y aquella sabandija cobarde dijo:

    —Sí.

    Y la madre dijo:

    —Haces bien. —Se inclinó para mirar al niño a los ojos y le dijo—: ¿Cuánto odias a la señora Jenkins?

    Y el pequeño gilipollas dijo:

    —Un montón.
    —Un montón y otro montón y otro montón —dijo la mamaíta. Le ofreció la mano para que se la cogiera y dijo—: Tenemos que darnos prisa. Tenemos que coger un tren.

    Luego lo llevó por los pasillos, tirando de su brazo blandengue hacia la luz del día que brillaba al otro lado de las puertas de cristal, y le dijo:

    —Eres mío. Mío. Ahora y siempre, y que no se te olvide nunca. —Y tirando de él a través de las puertas, le dijo—: Y por si la policía o alguien te lo pregunta en algún momento, te voy a contar todas las cosas guarras e inmundas que esa supuesta madre adoptiva te hace cada vez que te tiene a solas.


    10


    En el sitio donde vivo ahora, en la vieja casa de mi madre, me dedico a inspeccionar los papeles de mi madre, sus boletines de notas, sus hazañas, sus declaraciones, su contabilidad. Las transcripciones de sus declaraciones judiciales. Su diario, todavía cerrado con llave. Su vida entera.

    Durante la semana siguiente soy el señor Benning, el que la defendió de la acusación de secuestro después del incidente con el autobús de la escuela. La otra semana soy el abogado de oficio Thomas Welton, que consiguió negociar su sentencia hasta dejarla en seis meses después de que la acusaran de atacar a los animales del zoo. Después me convierto en el abogado especialista en libertades civiles que la representó cuando la acusaron de agravio malicioso después de su irrupción en el ballet.

    Hay un fenómeno opuesto al déjà vu. Lo llaman jamais vu. Es cuando uno se encuentra con la misma gente o visita un sitio una y otra vez pero siempre es como la primera vez. Todo el mundo es siempre extraño. Nunca hay nada familiar.

    —¿Cómo le va a Victor? —me pregunta mi madre en mi siguiente visita.

    No importa quién sea yo. El abogado de oficio que toque ese día.

    ¿Qué Victor?, me dan ganas de preguntar.

    —Mejor que no lo sepa —le digo. Le rompería el corazón. Y le pregunto—: ¿Cómo era Victor de niño? ¿Qué quería del mundo? ¿Tenía alguna meta fabulosa con la que soñaba?

    Llegado este punto, empieza a darme la impresión de que mi vida es como actuar en una telenovela vista por los personajes de una telenovela vista por los personajes de una telenovela vista por gente real en alguna parte. Cada vez que vengo de visita, inspecciono los pasillos en busca de otra oportunidad de hablar con la doctora del peinado en forma de cerebro, las orejas y las gafas.

    La doctora Paige Marshall con su sujetapapeles y su actitud. Y sus sueños aterradores de ayudar a mi madre a vivir otros diez o veinte años.

    La doctora Paige Marshall, otra dosis en potencia de anestesia sexual.


    Véase también: Nico.
    Véase también: Tanya.
    Véase también: Leeza.



    Cada vez más tengo la impresión de estar haciendo una imitación barata de mí mismo.

    Mi vida tiene tanto sentido como un koan zen.

    Se oye cantar a un chochín, pero no estoy seguro de si es un pájaro de verdad o es que son las cuatro en punto.

    —Mi memoria ya no funciona bien —dice mi madre. Se frota las sienes con el índice y el pulgar de una mano y dice—: Me pregunto si tendría que contarle a Victor la verdad sobre él. —Apoyada en el montón de almohadas, dice—: Antes de que sea demasiado tarde, me pregunto si Victor tiene derecho a saber quién es realmente.
    —Pues cuénteselo —le digo. Le he llevado comida, un cuenco de pudín de chocolate, y estoy intentando meterle la cuchara en la boca—. Puedo ir a llamarlo —le digo— y Victor vendrá en un par de minutos.

    El pudín es de un color marrón claro y su olor me llega por debajo de una capa fría de color marrón oscuro.

    —Pero es que no puedo —me dice—. La culpa es tan fuerte que no puedo afrontar hablar con él. Ni siquiera sé cómo va a reaccionar.

    Me dice:

    —Tal vez sea mejor que Victor no se entere nunca.
    —Pues dígamelo a mí —le digo—. Sáquese ese peso de encima —le digo, y le prometo no decírselo a Victor a menos que ella me lo diga.

    Ella me mira con los ojos entrecerrados, con todo el pellejo tirante alrededor de los ojos. Con las arrugas de los lados de la boca todas llenas de pudín de chocolate, me pregunta:

    —Pero ¿cómo sé que puedo confiar en usted? Ni siquiera estoy segura de quién es.

    Yo sonrío y le digo:

    —Claro que puede confiar en mí.

    Y le hinco la cuchara en la boca. El pudín oscuro se le queda en la lengua. Es mejor que una sonda de estómago. Bueno, vale, es más barato.

    Pongo el mando a distancia fuera de su alcance y le digo:

    —Trague.

    Luego le digo:

    —Tiene que escucharme. Tiene que confiar en mí.

    Le digo:

    —Soy yo. Soy el padre de Victor.

    Me mira con los ojos vidriosos muy abiertos mientras el resto de su cara, sus arrugas y su pellejo, parecen hundirse en el cuello de su camisón. Se santigua con una de sus espantosas manos amarillentas y abre la boca hasta que la barbilla le toca el pecho:

    —Oh, sois vos y habéis vuelto —dice—. Oh, padre bendito. Oh, padre sagrado —dice—. Perdonadme, os lo ruego.


    11


    Estoy hablando otra vez con Denny, encerrándolo de nuevo en el cepo, esta vez por llevar en el dorso de la mano el sello de una discoteca, y le digo:

    —Tío.

    Le digo:

    —Es muy raro.

    Denny ya tiene las dos manos colocadas para que se las sujete con el cepo. Tiene la camisa bien metida dentro de las calzas. Ha aprendido a doblar un poco las rodillas para aligerar la tensión de la espalda. Se acuerda de visitar el baño antes de que lo metan en el cepo. Nuestro Denny se ha convertido en todo un experto en ser castigado. En el viejo Dunsboro colonial, el masoquismo sigue siendo una habilidad valiosa.

    Como en la mayor parte de los trabajos.

    Ayer en Saint Anthony, le digo, era todo igual que en aquella película antigua en la que hay un tío y un cuadro, y el tío vive a lo grande y se lo monta para vivir cien años y nunca cambia de aspecto. Pero el cuadro que es su retrato no para de volverse cada vez más feo y demacrado por culpa del alcohol y la nariz se le acaba cayendo de sífilis en fase secundaria y gonorrea.

    Ahora todas las internas de Saint Anthony cierran los ojos y están radiantes. Todo el mundo sonríe y se siente honrado.

    Salvo yo. Yo soy su estúpido retrato.

    —Felicítame, tío —dice Denny—, De tanto estar en el cepo, llevo cuatro semanas de abstinencia. Es más de lo que he conseguido acumular desde que tenía trece años.

    La compañera de habitación de mi madre, le digo, la señora Novak, no para de asentir y está satisfecha de que yo haya confesado por fin que le robé la patente de la pasta de dientes.

    Otra anciana está farfullando y feliz como un loro porque he admitido que me meo en su cama todas las noches.

    Sí, les digo a todas, yo lo hice. Quemé tu casa. Bombardeé tu pueblo. Deporté a tu hermana. Te vendí un Nash Rambler de color azul metalizado en 1968. Luego, sí, maté a tu perro.

    ¡Supéralo ya!

    Se lo digo, echadme la culpa. Hacedme ser el enorme culo pasivo en vuestra orgía de culpa. Me dejaré follar por todas.

    Y después de aliviarse en mi cara, todas se quedan sonriendo y radiantes. Se ríen con las cabeza echadas hacia atrás, todas reunidas a mi alrededor, dándome golpecitos en la mano y diciendo que muy bien, que me perdonan. Empiezan a ganar peso las condenadas. El grupo entero de cotorras se dedica a darme jabón y una enfermera muy alta entra en la sala y me dice:

    —Caramba, pero si es usted el señor Popular.

    Denny se sorbe la nariz.

    —¿Necesitas un trapo para los mocos, tío? —le digo.

    Lo más extraño es que mi madre no está mejorando. No importa lo mucho que haga de flautista de Hamelin y cargue con la culpa de esta gente. No importa la cantidad de culpa que absorba, mi madre ya no se cree que sea yo, que sea Victor Mancini. Así que no desvela su gran secreto. Así que le va a hacer falta la sonda de estómago.

    —Por ahora me conformo con la abstinencia —dice Denny—, Pero un día me gustaría llevar una vida basada en hacer cosas buenas en vez de simplemente evitar las cosas malas, ¿sabes?

    Lo más raro de todo, le digo, es que estoy intentando averiguar cómo puedo convertir mi reciente popularidad en un polvo rápido en el armario de las escobas con la enfermera alta, y a lo mejor conseguir que me coma el rabo. Si una enfermera cree que eres un tipo amable y cariñoso que se muestra paciente con los viejos desahuciados ya estás a mitad de camino de tirártela.


    Véase también: Caren, enfermera titulada.
    Véase también: Nanette, enfermera auxiliar.
    Véase también: Jolene, enfermera auxiliar.



    Pero no importa con quién esté, en mi cabeza se la estoy metiendo a otra. A la doctora Paige no-sé-qué. Marshall.

    Así que no importa a quién me esté tirando, tengo que pensar en enormes animales infectados, enormes mapaches aplastados en la carretera, hinchados de gas y siendo aplastados por camiones que pasan a toda velocidad por la autopista en un día de sol abrasador. O eso o me corro en el acto, de tan buena que está en mi cabeza la doctora Marshall.

    Es gracioso que uno nunca piense en las mujeres que ha tenido. Siempre son las que pasan de ti las que no puedes olvidar.

    —Es que mi adicto interior es tan fuerte —dice Denny— que tengo miedo de no estar en el cepo. Tiene que haber algo más en mi vida que no cascármela.

    Al resto de mujeres, le digo, no importa quiénes, te las puedes imaginar siendo folladas. Ya sabes, a horcajadas en el asiento del conductor de un coche, con el punto G, la parte posterior de su esponja uretral, siendo aporreado por tu enorme salchicha. O puedes imaginártela inclinada sobre el borde de un jacuzzi haciéndoselo con el tapón. Ya sabes, en su vida privada.

    Pero es que la doctora Paige Marshall parece estar por encima de que se la folien.

    Un grupo de pájaros con pinta de buitres vuela en círculos por encima de nosotros. Según el horario de los pájaros deben de ser las dos. Una ráfaga de viento levanta el faldón del chaleco de Denny y se lo pasa por encima de los hombros. Yo se lo vuelvo a bajar.

    —A veces —dice Denny y se sorbe la nariz— me parece que quiero ser golpeado y castigado. No me importa que ya no exista Dios, pero quiero seguir respetando algo. No quiero ser el centro de mi universo.

    Con Denny toda la tarde en el cepo, tengo que partir yo toda la leña. Tengo que moler el maíz yo solo. Salar la carne de cerdo. Comprobar que los huevos sean frescos. Hay que esterilizar la nata. Limpiar la mierda de los cerdos. No te imaginas lo ajetreado que es el siglo XVIII. Ya que estoy haciendo toda la faena por él, le digo a la espalda encorvada de Denny, lo menos que podría hacer es visitar a mi madre en mi lugar y fingir que soy yo. Para oír su confesión.

    Denny suspira mirando al suelo. Desde sesenta metros de altura uno de los buitres deja caer una cagada blancuzca y asquerosa en su espalda.

    Denny dice:

    —Tío, lo que yo necesito es una misión.

    Yo le digo:

    —Pues haz esta buena obra. Ayuda a una ancianita.

    Y Denny dice:

    —¿Cómo te va el cuarto paso? —dice—. Tío, me pica el costado, ¿me puedes echar una mano?

    Y evitando la mierda de pájaro, me pongo a rascarle.


    12


    Cada vez hay más tinta roja en la guía telefónica. Cada vez hay más restaurantes tachados con rotulador rojo. Son los sitios donde he estado a punto de morir. Sitios italianos. Mexicanos. Chinos. De veras, cada noche me quedan menos sitios donde ir a cenar si quiero ganar algo de dinero. Si quiero engañar a alguien para que me quiera.

    La pregunta es siempre: ¿Con qué te quieres asfixiar esta noche?

    Está la comida francesa. La comida maya. La de las Indias Orientales.

    Si te quieres hacer una idea de dónde vivo, de la vieja casa de mi madre, imagínate una tienda de antigüedades especialmente cochambrosa. De esas donde uno tiene que caminar de lado, como la gente en los jeroglíficos egipcios, así tic atiborrada está. Todos los muebles de madera labrada, la larga mesa del comedor, las sillas, los arcones, los armarios con caras grabadas por todos sitios, los muebles embadurnados de una especie de barniz de textura espesa que se volvió negro y se resquebrajó un millón de años antes de Cristo. Los sofás enormes cubiertos de esos bordados en cañamazo a prueba de balas en los que uno no querría sentarse desnudo por nada del mundo.

    Todas las noches después del trabajo lo primero que hay que hacer es revisar las felicitaciones de cumpleaños. El recuento de los cheques. Esto se hace sobre la superficie negra gigantesca de la mesa del comedor, mi base de operaciones. Otro resguardo de ingreso a rellenar. Esta noche no hay más que una asquerosa felicitación. Una felicitación de mierda que ha llegado en el correo con un cheque de cincuenta pavos. Aun así, hay que escribir una nota de agradecimiento. Hay que enviar de todas formas una oleada más de cartas humilladas e indignas.

    No es que sea un ingrato, pero si lo único que me puedes pasar son cincuenta pavos, la próxima vez deja que me muera, ¿vale? O mejor todavía, apártate de en medio y deja que algún ricacho haga de héroe.

    Está claro, no puedo escribir eso en una nota de agradecimiento, pero estaría bien.

    Si te quieres hacer una idea de la casa de mi madre, imagínate los muebles de un castillo embutidos en una casa de recién casados con dos dormitorios. Se supone que todos estos sofás, cuadros y relojes de pared fueron su dote llegada del Viejo Mundo. De Italia. Mi madre vino aquí para ir a la universidad y después de tenerme a mí ya no volvió.

    No se le nota en nada que sea italiana. No huele a ajo ni tiene matas de pelo en los sobacos. Vino para estudiar medicina. A la puta facultad de medicina. En Iowa. La verdad es que los inmigrantes suelen ser más americanos que la gente nacida aquí.

    La verdad es que yo vine a ser su permiso de residencia.

    Después de inspeccionar la guía de teléfonos, decido que tengo que llevar mi número a un público más elegante. Hay que ir donde está el dinero y llevárselo a casa. No hay que asfixiarse hasta la muerte con alitas de pollo en una freiduría de mala muerte.

    Los ricos que comen comida francesa tienen tantas ganas de ser héroes como los demás.

    Lo que quiero decir es que hay que discriminar.

    En la guía de teléfonos todavía quedan marisquerías por probar. Braserías mongoles.

    El cheque de hoy viene de parte de una mujer que me salvó la vida el pasado mes de abril en un buffet. Uno de esos buffets donde puedes comer todo lo que quieras. ¿En qué estaría pensando? Asfixiarse en restaurantes baratos es claramente una maniobra errónea. Todo está anotado, hasta el último detalle, en el registro enorme que llevo. Aquí está todo, desde quién me salvó, dónde y cuándo hasta la suma que llevan gastada en mí. La donante de hoy se llama Brenda Munroe y firma al pie de su tarjeta de felicitación, con amor.

    «Espero que este poquito ayude», ha escrito en el dorso del cheque.

    Brenda Munroe, Brenda Munroe. Lo intento, pero no puedo recordar su cara. Nada. No se puede confiar en recordar cada experiencia próxima a la muerte. Está claro, tendría que tener un registro más detallado, por lo menos poner el color del pelo y de los ojos, pero en serio, mírame. A estas alturas ya estoy medio ahogado en papeles.

    Mi carta de agradecimiento del mes pasado explicaba mis apuros para pagar algo que he olvidado.

    Le dije a la gente que debía el alquiler o la factura del dentista. Que tenía que pagar la leche o al psicólogo. Cuando he enviado dos centenares de copias de la misma carta ya no quiero volver a leerla nunca más.

    Es una versión casera de esas obras de caridad para los niños del Tercer Mundo. Esas que por el precio de una taza de café te permiten salvar la vida de un niño. Apadrinar. El truco es que no está permitido salvar la vida una sola vez. La gente tiene que salvarme todo el tiempo. Igual que en la vida real, no hay un bonito final feliz.

    Igual que en la facultad de medicina, uno tiene que salvar la vida de alguien tantas veces como le sea posible. Es el principio de Peter de la medicina.

    Toda esa gente que envía dinero está pagando su heroísmo a plazos.

    Uno se puede asfixiar con comida marroquí. Con comida siciliana. Todas las noches.

    Después de que yo naciera, mi madre se instaló en Estados Unidos. No en esta casa. No se vino aquí hasta que la soltaron por última vez, después del juicio por robar el autobús de la escuela. Robo de automóvil y secuestro. No tengo ningún recuerdo de infancia de esta casa ni de estos muebles. Aquí está todo lo que sus padres le enviaron de Italia. Supongo. Por lo que sé, podría haberlo ganado en un concurso de la tele.

    Solamente una vez le pregunté por su familia, por mis abuelos de Italia.

    Y recuerdo que me dijo:

    —No saben nada de ti, o sea que no me causes problemas.

    Y si no sabían nada de su nieto bastardo, apuesto a que tampoco sabían nada del encarcelamiento de su hija por obscenidad, de su encarcelamiento por intento de asesinato, de su juicio por imprudencia temeraria y por malos tratos a animales. Es probable que también estén locos. Solo hay que ver sus muebles. Probablemente estén locos y muertos.

    Paso una y otra vez las páginas de la guía de teléfonos.

    La verdad es que cuesta tres mil pavos al mes tener a mi madre en la Residencia Asistida Saint Anthony. En Saint Anthony cincuenta pavos equivalen a un cambio de pañales.

    Solo Dios sabe cuántas veces voy a tener que estar a punto de morirme para pagar una sonda de estómago.

    La verdad es que a estas alturas el registro de héroes ya tiene más de trescientos nombres y sigo sin sacarme tres mil al mes. Además, todas las noches viene el camarero con la cuenta. Y está la propina. Los putos gastos indirectos me están matando.

    Igual que en cualquier buen sistema piramidal, uno siempre tiene que estar enrolando gente en la base. Igual que en la seguridad social, hay una masa de buena gente que paga por los demás. Sacarle cuatro perras a estos buenos samaritanos es mi colchón social personal.

    «Esquema de Ponzi» no es la expresión adecuada, pero es la primera que viene a la mente.

    La miserable verdad es que todas las noches me sigo viendo obligado a coger la guía de teléfonos y encontrar un sitio adecuado para estar a punto de morir.

    Lo que estoy dirigiendo es la Maratón Televisiva por Victor Mancini.

    No es peor que el gobierno. Pero en el estado del bienestar de Victor Mancini la gente que paga la factura no se queja. Están orgullosos. Se jactan de ello delante de sus amigos.

    Es un chanchullo en el que solamente yo ocupo la cima y los miembros nuevos hacen cola para inscribirse empujándome desde detrás. Se trata de exprimir a esa gente buena y generosa.

    Y no es que me gaste el dinero en drogas y en juego. Ni siquiera consigo terminar una sola cena. A mitad del primer plato tengo que irme a trabajar. Atragantarme y dar patadas. Y aun así, hay gente que nunca envía dinero. Algunos parece que se lo piensan mejor. Con el paso del tiempo, incluso la gente más generosa deja de enviar cheques.

    La parte del llanto, en la que alguien me abraza y yo doy boqueadas y lloro, esa parte me resulta cada vez más fácil. Cada vez más a menudo, lo difícil de llorar es que no puedo parar.

    Quedan sitios de fondue sin tachar en la guía. Hay tailandeses. Griegos. Etíopes. Cubanos. Sigue habiendo mil sitios a los que no he ido a morirme.

    Para aumentar el flujo de efectivo, hay que crear dos o tres héroes cada noche. Algunas noches hay que pasar por tres o cuatro sitios para poder cenar como es debido.

    Soy un artista que actúa en cenas y que se trabaja tres locales cada noche. Damas y caballeros, quiero pedir un voluntario entre el público.

    «Gracias, gracias, pero no —me gustaría decirles a mis parientes muertos—. Puedo construir una familia yo solo.»

    Pescado. Carne. Comida vegetariana. Esta noche, como la mayor parte de las noches, lo más fácil es cerrar los ojos.

    Deja el dedo suspendido sobre la guía abierta.

    Adelántense y sean héroes, damas y caballeros. Adelántense y salven una vida.

    Deja caer la mano y que el destino decida por ti.


    13


    Como hace calor, Denny se quita la chaqueta y luego el jersey. Sin desabrocharse los botones, ni siquiera los de los puños ni el del cuello, se quita la camisa por la cabeza, volviéndola del revés, de forma que la cabeza y las manos le quedan enfundadas en franela a cuadros rojos. Mientras forcejea para sacarse la camisa por la cabeza, la camiseta que lleva debajo se le sube hasta los sobacos. Su vientre desnudo está lleno de sarpullidos y hundido. Alrededor de los pezones diminutos le crecen unos pelos largos y retorcidos. Los pezones parecen irritados y agrietados.

    —Tío —dice Denny, forcejeando todavía con la camisa—, demasiadas capas. ¿Por qué tiene que hacer tanto calor aquí dentro?
    —Porque es una especie de hospital. Es una residencia de asistencia continua.

    Por debajo de los vaqueros y del cinturón le asoma el elástico desgastado de unos calzoncillos baratos. El elástico distendido tiene manchas de óxido de color naranja. Por delante le sobresalen unos cuantos pelos retorcidos. Tiene manchas de sudor amarillentas, en serio, en la piel del sobaco.

    La chica del mostrador de entrada está sentada mirando con la cara fruncida en torno a la nariz.

    Intento ponerle la camiseta en su sitio y doy fe de que tiene pelusas de varios colores en el ombligo. En el vestuario del trabajo he visto a Denny quitarse los pantalones junto con los calzoncillos igual que hacía yo cuando era niño.

    Y con la cabeza todavía enfundada en la camisa, Denny dice:

    —Tío, ¿puedes ayudarme? Hay un botón en alguna parte y no lo encuentro.

    La chica del mostrador de entrada se me queda mirando. Tiene el auricular del teléfono descolgado pero no acaba de llevárselo a la oreja.

    Con la mayor parte de su ropa en el suelo, Denny va haciéndose cada vez más flaco hasta quedarse solamente con la camiseta apestosa y los téjanos con las rodillas llenas de porquería. Tiene dobles nudos en las zapatillas de tenis y los nudos y los agujeros para los cordones emplastados perpetuamente con porquería.

    Aquí dentro estamos casi a treinta y cinco grados porque esta gente no tiene sistema de ventilación, le cuento. Está lleno de vejestorios.

    Huele a limpio, lo cual quiere decir que solamente huele a productos químicos, productos de limpieza o perfumes. Se sabe que el olor a pino tapa el olor a mierda. El limón quiere decir que alguien ha vomitado. Las rosas son para la orina. Después de una tarde en Saint Anthony, uno ya no quiere volver a oler a rosas durante el resto de su vida.

    El vestíbulo tiene muebles tapizados, plantas falsas y flores. La decoración empieza a desaparecer cuando uno atraviesa las puertas cerradas con llave.

    Denny le dice a la chica del mostrador:

    —¿Alguien me va a mangar mis cosas si las dejo por aquí? —Se refiere a su montón de ropa vieja. Y luego dice—: Soy Victor Mancini. —Me mira—. He venido a ver a mi madre, ¿verdad?

    Le digo a Denny:

    —Joder, tío, esta no es la que tiene lesiones cerebrales. —Y a la chica del mostrador—: Yo soy Victor Mancini. Vengo aquí constantemente a ver a mi madre, Ida Mancini. Está en la habitación ciento cincuenta y ocho.

    La chica pulsa un botón del teléfono y dice:

    —Llamando a la enfermera Remington. Enfermera Remington al mostrador de entrada, por favor. —Su voz sale amplificada del techo.

    Uno se pregunta si la enfermera Remington existe de verdad.

    Uno se pregunta si esta chica debe de creer que Denny es otro exhibicionista agresivo crónico.

    Denny patea su ropa hasta dejarla debajo de una silla tapizada.

    Un hombre gordo viene haciendo jogging por el pasillo con una mano aguantándose el bolsillo del pecho, lleno de bolígrafos, y otra mano en la cartuchera, donde lleva un espray de pimienta. En el otro bolsillo del pantalón le tintinean unas llaves. Le dice a la chica del mostrador:

    —A ver, ¿qué pasa aquí?

    Y Denny le dice:

    —¿Hay algún baño que pueda usar? O sea, uno para civiles.

    Lo que pasa es Denny.

    Para que Denny pueda oír la confesión de mi madre, primero tiene que conocer a lo que queda de ella. Mi plan es presentárselo como Victor Mancini.

    De esa forma Denny podrá descubrir quién soy yo realmente. De esa forma mi madre podrá encontrar un poco de paz. Ganar un poco de peso. Ahorrarme lo que cuesta la sonda. Y no morirse.

    Cuando Denny vuelve del baño, el vigilante nos acompaña a la parte viva de Saint Anthony y Denny dice:

    —No hay cerrojo en la puerta del baño. Estaba sentado en la taza y una vieja ha abierto la puerta.

    Le pregunto si quería sexo.

    —¿Cómo dices?

    Atravesamos unas puertas que el vigilante tiene que abrir con llave y luego otras. Mientras caminamos las llaves le tintinean en la cadera. Hasta en el pescuezo tiene un michelín.

    —¿Se parece a ti? —dice Denny—. Tu madre.
    —Tal vez —le digo—. Lo que pasa...

    Y Denny dice:

    —Lo que pasa es que está en los huesos y se le ha secado el seso, ¿no?

    Yo le suelto:

    —Para ya —le digo—. Vale, fue una madre de mierda, pero es la única madre que tengo.
    —Lo siento, tío —dice Denny—. ¿Pero no se dará cuenta de yo no soy tú?

    Aquí en Saint Anthony tienen que correr las cortinas antes de que anochezca porque si una interna se ve reflejada en la ventana cree que hay alguien mirándola. Lo llaman «efecto puesta de sol». Cuando todas las viejas se vuelven locas al anochecer.

    A la mayoría de esta gente las puedes poner delante de un espejo y decirles que es un programa especial de televisión sobre viejos hechos polvo que se están muriendo y se quedarán mirando durante horas.

    El problema es que mi madre no quiere hablar conmigo cuando soy Victor y tampoco quiere hablar conmigo cuando soy su abogado. Mi única esperanza es ser su abogado de oficio mientras Denny hace de mí. Yo puedo darle la tabarra. Denny puede escuchar. A lo mejor entonces habla.

    Se puede considerar una especie de emboscada gestáltica.

    Por el camino el vigilante me pregunta si no soy el tío que violó al perro de la señora Field.

    No, le digo. Es una larga historia, le digo. Hace ya unos ochenta años.

    Encontramos a mi madre en la sala de estar, sentada a una mesa con un puzzle desordenado y extendido delante de ella. Debe de tener mil piezas, pero no hay caja para ver la imagen que se tiene que componer. Podría ser cualquier cosa.

    Denny dice:

    —¿Es ella? —Y dice—: Tío, no se te parece en nada.

    Mi madre está removiendo piezas del puzzle, algunas de ellas vueltas del revés, de tal modo que solo se ve el gris del cartón, e intentando juntarlas entre sí.

    —Tía —dice Denny. Le da la vuelta a una silla y se sienta a la mesa de forma que pueda inclinarse hacia delante y apoyarse en el respaldo—. De acuerdo con mi experiencia, estos puzzles salen mejor si uno encuentra primero todas las piezas de los bordes.

    La mirada de mi madre recorre lentamente a Denny, su cara, sus labios agrietados, su cabeza afeitada y los agujeros en las costuras de su camiseta.

    —Buenos días, señora Mancini —digo yo—. Su hijo Victor ha venido a visitarla. Es este —le digo—. ¿No tiene que decirle algo importante?
    —Sí —dice Denny, asintiendo—. Soy Victor. —Empieza a apartar las piezas de los bordes—, ¿Se supone que esta parte azul es cielo o agua?

    Los viejos ojos azules de mi madre se empiezan a llenar de lágrimas.

    —¿Victor? —dice.

    Carraspea. Se queda mirando a Denny y dice:

    —Has venido.

    Denny continúa separando las piezas del puzzle con los dedos, eligiendo las que corresponden a los bordes del puzzle y apartándolas a un lado. En la barba mal afeitada se le han quedado pelusas rojas de la camisa de cuadros rojos.

    Y la mano arrugada de mi madre se arrastra sobre la mesa y se cierra en torno a la mano de Denny.

    —Me alegro de verte —dice—, ¿Cómo estás? Ha pasado tanto tiempo. —Una lágrima le resbala por el rabillo del ojo y le recorre las arrugas de la comisura de la boca.
    —Joder —dice Denny apartando la mano—, señora Mancini, tiene las manos congeladas.

    Mi madre dice:

    —Lo siento.

    Huele a algún tipo de comida de cafetería, calabaza o judías, con las que están haciendo papilla.

    Yo permanezco de pie todo el tiempo.

    Denny consigue encajar unos centímetros del borde del puzzle. Luego me dice:

    —¿Y cuando vamos a conocer a esa doctora perfecta tuya?

    Mi madre dice:

    —No te vas a ir ya, ¿verdad? —Mira a Denny con los ojos inundados de lágrimas y las cejas juntándose encima de la nariz—. Te he echado tanto de menos.

    Denny dice:

    —Eh, tía, estamos de suerte. ¡Aquí hay una esquina!

    Mi madre levanta una mano temblorosa y de aspecto hervido y quita una pelusa roja que Denny tiene en la cabeza.

    Yo le digo:

    —Perdone, señora Mancini, pero ¿no quería contarle algo a su hijo?

    Mi madre me mira a mí y luego a Denny:

    —¿Puedes quedarte, Victor? —dice—. Tenemos que hablar. Tengo tantas cosas que explicarte.
    —Explíquelas, vamos —le digo.

    Denny dice:

    —¿Se supone que esto tiene que ser una cara?

    Mi madre levanta una mano temblorosa en dirección a mí y me dice:

    —Fred, esto es entre mi hijo y yo. Son asuntos de familia importantes. Vaya a alguna parte. Vaya a ver la televisión y déjenos reunimos en privado.

    Yo digo:

    —Pero...

    Y mi madre me dice:

    —Váyase.

    Denny dice:

    —Aquí hay otra esquina —Denny reúne todas las piezas azules y las aparta a un lado. Todas las piezas tienen la misma forma básica, como cruces líquidas. Como esvásticas derretidas.
    —Vaya a intentar salvar a otro para variar —dice mi madre, sin mirarme. Luego mira a Denny—. Victor irá a buscarlo cuando hayamos terminado.

    Se me queda mirando hasta que llego al pasillo. Después le dice a Denny algo que no puedo oír. Extiende una mano temblorosa y le toca la cabeza afeitada, reluciente y azulada a Denny, justo detrás de la oreja. Allí donde acaba la manga de su pijama, su muñeca se ve correosa y de un color marrón claro como el cuello de un pavo cocido.

    Con las narices todavía metidas en el puzzle, Denny se estremece.

    Me llega un olor, un olor a pañales, y una voz rota habla a mi espalda:

    —Tú eres el que me tiró todos los libros de texto de segundo al barro.

    Sin dejar de mirar a mi madre y tratando de adivinar qué está diciendo, le contesto:

    —Sí, supongo que sí.
    —Bueno, al menos eres sincero —dice la voz. Una mujer pequeña y arrugada como una pasa entrelaza su brazo esquelético con el mío—. Ven conmigo —dice—. La doctora Marshall tiene muchas ganas de hablar contigo. En algún sido donde podáis estar a solas.

    Lleva la camisa a cuadros rojos de Denny.


    14


    Echando la cabeza hacia atrás, y con ella su peinado en forma de cerebro negro, Paige Marshall señala la bóveda de color beige del techo.

    —Antes había ángeles —dice—. Cuentan que eran increíblemente hermosos, con alas de plumas azules y halos dorados con oro de verdad.

    La anciana me lleva a la vieja capilla de Saint Anthony, un sitio enorme y vacío de cuando esto era un convento. Una pared la ocupa en su totalidad una vidriera coloreada con un centenar de tonos del dorado. La otra pared solamente tiene un enorme crucifijo de madera. Entre las dos paredes está Paige Marshall con su bata blanca de laboratorio, dorada por la luz de la vidriera, debajo del cerebro negro de su peinado. Lleva sus gafas de montura negra y está mirando al techo. Toda ella en dorado y negro.

    —Siguiendo los decretos del Concilio Vaticano Segundo —dice—, taparon con pintura la mayor parte de los murales de las iglesias. Los ángeles y los frescos. Se llevaron la mayor parte de las estatuas. Todos estos maravillosos misterios de la fe. Se los llevaron.

    Me mira.

    La anciana se ha ido. La puerta de la capilla se cierra con un chasquido detrás de mí.

    —Es patético —dice Paige— que no podamos soportar las cosas que no entendemos. Que si no entendemos algo simplemente lo neguemos.

    Me dice:

    —He encontrado una forma de salvar la vida de su madre dice—. Pero a lo mejor usted no la aprueba.

    Paige Marshall empieza a desabrocharse los botones de la bata y cada vez se le ve más y más piel desnuda debajo.

    —Tal vez la idea le parezca completamente repugnante —dice.

    Se abre su bata de laboratorio.

    No lleva nada debajo. Está desnuda y tan pálida como la piel de debajo del pelo. Desnuda y pálida y a un metro y medio de mí. Y apetecible. Se quita la bata con un encogimiento de hombros de manera que le queda colgando de los codos detrás de la espalda. Sus brazos siguen dentro de las mangas.

    Tengo delante todas esas zonas peludas y sombrías a dónele me muero por ir.

    —Solo tenemos este pequeño rayo de esperanza —dice.

    Y avanza hacia mí. Sin quitarse las gafas. Sin quitarse los zapatos náuticos blancos, que aquí dentro parecen dorados.

    Yo tenía razón sobre sus orejas. Está claro, el parecido es asombroso. Otro agujero que no puede cerrar, escondido y bordeado de piel. Enmarcado en su pelo suave.

    —Si quiere usted a su madre —dice—. Si quiere que viva, tendrá que hacer esto conmigo.

    ¿Ahora?

    —Estoy a punto —dice—. Tengo la mucosa tan espesa que puede hundir una cuchara en ella.

    ¿Aquí?

    —No puedo encontrarme con usted fuera de aquí —dice.

    Su anular está tan desnudo como el resto de ella. Le pregunto si está casada.

    —¿Es una cuestión que le preocupe? —dice.

    Puedo extender el brazo y tocar la curva de su cintura en el punto en que se funde con el perfil de su culo. A la misma distancia están los arrecifes de los pechos subiendo hasta los granos oscuros de los pezones. Si extiendo el brazo puedo tocar el punto cálido donde se unen sus piernas.

    Yo le digo:

    —No. Ni hablar. Ni pensarlo.

    Sus manos se reúnen en el botón superior de mi camisa, luego en el siguiente, luego en el siguiente. Sus manos me abren la camisa y me la sacan por los hombros hasta que cae a mi espalda.

    —Solamente quiero que sepa —le digo—, ya que usted es médico y todo eso —le digo—, que soy un adicto al sexo en fase de recuperación.

    Sus manos me abren la hebilla del cinturón y me dice:

    —Entonces haga lo que le salga de forma natural.

    Paige no huele a rosas ni a pino ni a limón. A nada de eso, ni siquiera a piel.

    Huele a húmedo.

    —Usted no lo entiende —le digo—. Llevo casi dos días enteros de abstinencia.

    Bajo la luz dorada tiene un aspecto cálido y resplandeciente. Con todo, tengo la sensación de que si la besara mis labios quedarían adheridos como si hubiera besado metal congelado. Para retrasar las cosas pienso en carcinomas de células elementales. Me imagino un impétigo bacteriano de piel. Úlceras de córnea.

    Ella acerca mi cara a su oreja. Me susurra al oído:

    —Bien. Es muy noble por su parte. Pero ¿por qué no empieza su recuperación mañana?

    Me baja los pantalones por las caderas con los pulgares y dice:

    —Necesito que ponga su fe en mí.

    Y sus manos suaves y frescas se cierran en torno a mí.


    15


    Si alguna vez estás en el vestíbulo de un hotel grande y empieza a sonar el vals El Danubio azul, sal corriendo. No pienses. Corre.

    Las cosas ya no se anuncian nunca de forma directa.

    Si alguna vez estás en un hospital y llaman a la enfermera Flamingo para que vaya a oncología, no aparezcas por allí. La enfermera Flamingo no existe. Si llaman al doctor Blaze, tampoco existe nadie con ese nombre.

    En los hoteles grandes el vals quiere decir que hay que evacuar el edificio.

    En la mayor parte de los hospitales, la enfermera Flamingo quiere decir que hay un incendio. El doctor Blaze quiere decir incendio. El doctor Green quiere decir un suicidio. El doctor Blue quiere decir que alguien ha dejado de respirar.

    Estas cosas se las explicó la mamaíta al niño estúpido un día que estaban parados en un atasco de tráfico. Por entonces ella ya estaba perdiendo la chaveta.

    Ese mismo día el niño estaba sentado en clase cuando una señora de la secretaría de la escuela vino a decirle que se había cancelado su cita con el dentista. Un minuto más tarde el niño levantó la mano y pidió permiso para ir al lavabo. Nunca había existido ninguna cita con el dentista. Sí, alguien había llamado de parte del dentista, pero aquella era una nueva señal secreta. Salió por una puerta trasera junto a la cafetería y allí estaba ella en un coche dorado.

    Era la segunda vez que la mamaíta venía a buscarlo.

    Ella bajó la ventanilla y le dijo:

    —¿Sabes por qué han metido a mamaíta en la cárcel esta vez?
    —¿Por cambiar los colores del tinte para el pelo? —dijo él.


    Véase también: agravio malicioso.
    Véase también: asalto en segundo grado.



    Se inclinó para abrir la portezuela y empezó a hablar sin parar. Durante días enteros.

    Si alguna vez vas al Hard Rock Cafe, le explicó, y anuncian que «Elvis ha salido del local», quiere decir que todos los camareros tienen que ir a la cocina y averiguar qué platos especiales se han terminado.

    Esas son las cosas que la gente te dice cuando no te está diciendo la verdad.

    En los teatros de Broadway, «Elvis ha salido del local» quiere decir incendio.

    En una tienda de comestibles, llamar al señor Cash equivale llamar a un guardia jurado armado. Anunciar «Llegada de mercancías en Ropa de Señoras» quiere decir que hay alguien robando en ese departamento. Otras tiendas llaman a una mujer ficticia llamada Sheila. «Sheila a la entrada» quiere decir que alguien está robando en la entrada de la tienda. El señor Cash, Sheila y la enfermera Flamingo siempre quieren decir malas noticias.

    La mamaíta apagó el motor, se sentó con una mano aguantando el volante recto y con la otra chasqueó los dedos para que el niño le repitiera la lección. Tenía los orificios nasales llenos de sangre seca. Por el suelo del coche había pañuelos de papel arrugados y llenos de más sangre seca. La guantera tenía salpicaduras de sangre de cada vez que ella estornudaba. Había más sangre todavía en la parte de dentro del parabrisas.

    —Nada de lo que te enseñan en la escuela es tan importante como esto —le dijo ella—. Esto que estás aprendiendo aquí te va a salvar la vida.

    Chasqueó los dedos:

    —¿El señor Amond Silvestiri? —dijo ella—. Si lo llaman, ¿qué quiere decir?

    En algunos aeropuertos, llamarlo quiere decir que hay un terrorista con una bomba.

    «Señor Amond Silvestiri, por favor, reúnase con su grupo en la puerta diez del vestíbulo D» quiere decir que ahí es donde los tipos de SWAT van a encontrar a su hombre.

    La señora Pamela Ransk-Mensa quiere decir un terrorista en el aeropuerto con solamente una pistola.

    «Señor Bernard Wellis, por favor, reúnase con su grupo en la puerta dieciséis del vestíbulo F» quiere decir que alguien tiene un rehén con un cuchillo en la garganta.

    La mamaíta echó el freno de mano y chasqueó otra vez los dedos:

    —Rápido como una liebre. ¿Qué quiere decir la señorita Terrilynn Mayfield?
    —¿Gas nervioso? —dijo el niño.

    La mamaíta negó con la cabeza.

    —No me lo digas —dijo el niño—. ¿Un perro rabioso?

    La mamaíta negó con la cabeza.

    Fuera del coche, el apretado mosaico de coches los rodeaba por completo. Los helicópteros surcaban el aire sobre la autopista.

    El niño se dio un golpecito en la frente:

    —¿Un lanzallamas?

    La mamaíta dijo:

    —Ni siquiera lo estás intentando. ¿Quieres una pista?
    —¿Sospechoso de llevar drogas? —dijo, y luego—: Bueno, dame una pista.

    Y la mamaíta dijo:

    —La señorita Terrilynn Mayfield... Piensa en vacas y caballos.

    Y el niño gritó:

    —¡Ántrax! —se dio con el puño en la frente y dijo—: Ántrax. Ántrax. Ántrax. —Se dio en la cabeza y dijo—: ¿Cómo puedo olvidarlo tan deprisa?

    Con su mano libre la mamaíta le revolvió el pelo y dijo:

    —Lo estás haciendo bien. Solo con que recuerdes la mitad sobrevivirás a la mayoría de gente.

    En todas partes a donde iban, la mamaíta encontraba atascos de tráfico. Escuchaba los boletines de la radio que advertían acerca de adonde no ir y así encontraba los embotellamientos. Las detenciones totales del tráfico. Los colapsos circulatorios. Buscaba los coches incendiados o los puentes levadizos abiertos. No le gustaba conducir deprisa, pero quería parecer ocupada. En los atascos no podía hacer nada y no era culpa de ella. Quedaban atrapados. Escondidos y a salvo.

    La mamaíta dijo:

    —Ahora uno fácil. —Cerró los ojos y sonrió. Luego los abrió de nuevo y dijo—: En cualquier supermercado, ¿qué quiere decir cuando piden monedas pequeñas en la caja cinco?

    Los dos llevaban la misma ropa que el día en que ella lo había recogido en la escuela. Siempre que llegaban a un motel y él se arrastraba hasta la cama, la mamaíta chasqueaba los dedos y le pedía los pantalones, la camisa, los calcetines y los calzoncillos y él le iba pasando toda la ropa desde debajo de las mantas. Cuando se la devolvía por la mañana, a veces estaba lavada.

    Cuando un cajero pide monedas pequeñas, dijo el niño, quiere decir que hay una mujer guapa en la cola y que todo el mundo tiene que ir a mirarla.

    —Bueno, hay más que eso —dijo la mamaíta—, pero sí.

    A veces la mamaíta se quedaba dormida apoyada en la portezuela del coche y el resto de coches se marchaban dejándolos solos. Si el motor estaba encendido, en la guantera se encendían toda clase de luces rojas que el niño no había visto nunca y que alertaban de toda clase de emergencias. En aquellas ocasiones salía humo de la rejilla del capó y el motor se paraba solo. Los coches de detrás les tocaban el claxon. La radio hablaba de un atasco nuevo, de un coche averiado en el carril central de la autopista que bloqueaba el tráfico.

    Con la gente tocando el claxon y mirándolos por las ven— lanillas, y con la radio hablando de ellos, el niño estúpido se creía que aquello era ser famoso. Hasta que el claxon despertaba a la mamaíta, el niño estúpido no hacía más que saludar a la gente con la mano. Pensaba en el Tarzán gordo con su mono y sus cacahuetes. En el hecho de que el tipo pudiera seguir sonriendo. En el hecho de que la humillación solamente es humillación cuando uno elige sufrir.

    El niño respondía con sonrisas a las caras furiosas que lo miraban.

    Y les lanzaba besos.

    Cuando un camión hizo sonar el claxon la mamaíta se despertó sobresaltada. Luego se tranquilizó y se pasó un minuto apartándose el pelo de la cara. Se llevó un tubito de plástico a un orificio nasal e inhaló. Pasó otro minuto de inactividad antes de que se sacara el tubito y mirara con los ojos entrecerrados al niño que tenía sentado a su lado en el asiento del pasajero. Miró con los ojos entrecerrados todas las nuevas luces rojas que se habían encendido.

    El tubito era más pequeño que su pintalabios, con un agujero para inhalar en un extremo y algo que apestaba en el interior. Después de que ella inhalara siempre quedaba algo de sangre en el tubo.

    —¿En qué curso estás? —dijo ella—. ¿En primero? ¿En segundo?

    En quinto, dijo el niño.

    —¿Y en esta fase cuánto pesa tu cerebro? ¿Seis kilos? ¿Siete?

    En la escuela sacaba sobresalientes.

    —¿Y eso qué quiere decir? —dijo ella—. ¿Que tienes siete años?

    Nueve.

    —Bueno, Einstein, todo lo que te han dicho esos padres adoptivos tuyos —dijo la mamaíta—, puedes olvidarlo ahora mismo.

    Ella dijo:

    —Esas familias adoptivas no saben lo que es importante.

    Justo encima de ellos volaba un helicóptero y el niño se inclinó hacia delante para mirar hacia arriba a través de la franja tintada de azul en la parte superior del parabrisas.

    La radio hablaba de un Plymouth Duster dorado que estaba bloqueando el carril central de la carretera de circunvalación.

    —A la mierda la Historia. La gente más importante que tienes que conocer es toda la gente falsa —dijo la mamaíta.

    La señora Pepper Haviland quiere decir el virus Ebola. El señor Turner Anderson quiere decir que alguien acaba de vomitar.

    La radio dijo que varias patrullas de emergencia estaban de camino para apartar el coche averiado.

    —Todo ese rollo que te enseñan sobre álgebra y macro— economía, olvídalo —dijo ella—, Dime, ¿para qué te sirve ser capaz de sacar la raíz cuadrada de un triángulo si luego un terrorista te dispara en la cabeza? ¡Para nada! Esta es la verdadera educación que te hace falta.

    Los demás coches daban un rodeo alrededor del suyo, aceleraban con un chirrido y desaparecían hacia sus destinos.

    —Quiero que sepas más de lo que la gente considera que es seguro explicarte —dijo ella.

    Y el niño dijo:

    —¿Cómo qué?
    —Por ejemplo, cuando piensas en el resto de tu vida —dijo ella, y se tapó los ojos con la mano—, nunca piensas más allá de los dos próximos años.

    Y además de eso dijo:

    —Para cuando tengas treinta años, tu peor enemigo serás tú mismo.

    Y otra cosa que dijo fue:

    —La Ilustración se terminó. Ahora estamos viviendo en la Des-Ilustración.

    La radio dijo que la policía había sido alertada sobre el coche averiado.

    La mamaíta subió muy fuerte el volumen de la radio.

    —Mierda —dijo—, Dime que no somos nosotros.
    —Han dicho un Duster dorado —dijo el niño—. Es el nuestro.

    Y la mamaíta dijo:

    —Eso te demuestra lo poco que sabes.

    Abrió la portezuela y le dijo que pasara por encima del asiento y saliera por el lado de ella. Contempló los coches que pasaban a toda velocidad a su lado y desaparecían a lo lejos.

    —Este coche no es nuestro —dijo ella.

    La radio vociferó que parecía que los ocupantes estaban abandonando el vehículo.

    La mamaíta sacudió la mano para que él se la cogiera.

    —Yo no soy tu madre —dijo ella—. Ni mucho menos. —Debajo de la uña tenía sangre seca de la nariz.

    El estruendo de la radio los persiguió. La conductora del Duster dorado y un niño se habían convertido en un obstáculo peligroso mientras intentaban cruzar los cuatro carriles de la autopista esquivando los coches.

    Ella dijo:

    —Me imagino que tenemos unos treinta días para acumular una vida entera de aventuras felices. Hasta que se me acaben las tarjetas de crédito.

    Ella dijo:

    —Bueno, treinta días a menos que nos atrapen antes.

    Los coches tocaban el claxon y los esquivaban. El estruendo de la radio los perseguía. El ruido de los helicópteros sonaba más cercano que antes.

    Y la mamaíta dijo:

    —Ahora haz como si sonara el vals El Danubio azul, cógete fuerte de mi mano —dijo—. Y no pienses. Limítate a correr.


    16


    La siguiente paciente es una mujer de unos veintinueve años con un lunar en la parte interior del muslo que no tiene buen aspecto. Es difícil decirlo con esta luz, pero parece demasiado grande, asimétrico y con matices de azul y marrón. Los bordes son irregulares. La piel de alrededor está escoriada.

    Le pregunto si se lo ha estado rascando.

    Y si tiene antecedentes de cáncer de piel en la familia.

    Sentado a mi lado con su bloc amarillo de impresos sobre la mesa, Denny sostiene el extremo de un corcho justo encima de su encendedor y hace girar el corcho hasta que se pone negro. Luego dice:

    —Tío, en serio —dice—, esta noche tienes una hostilidad rara. ¿Te has portado mal?

    Dice:

    —Siempre odias al mundo después de tirarte a una tía.

    La paciente se pone de rodillas con las piernas abiertas. Se inclina hacia atrás y empieza a menearse lentamente delante de nosotros. Simplemente contrayendo los músculos del culo, proyecta hacia nosotros los hombros, los pechos y el pubis. Todo su cuerpo nos embiste rítmicamente.

    El truco para recordar los síntomas del melanoma son las letras ABCD.

    Forma Asimétrica.

    Bordes irregulares.

    Variaciones de color.

    Diámetro mayor a seis milímetros.

    Está rasurada. Perfectamente bronceada y untada de loción, no parece tanto una mujer como un sitio para meter la tarjeta de crédito. Mientras se menea delante de nuestras narices, la mezcla turbia de luz roja y negra la hace parecer más atractiva de lo que es. Las luces rojas borran las cicatrices y los moretones, los granos y una especie de tatuajes, además de las estrías y las cicatrices subcutáneas. Las luces negras hacen que los ojos y los dientes se le vean muy blancos.

    Es gracioso que la belleza del arte tenga mucho más que ver con el marco que con la obra de arte en sí misma.

    La luz engañosa hace que incluso Denny parezca sano, con sus brazos de pollo sobresaliendo de una camiseta blanca. Su bloc de impresos se ve de color amarillo brillante. Se sorbe el labio inferior y se lo muerde mientras su mirada va de la paciente a su obra y de vuelta a la paciente.

    Sin dejar de menearse delante de nuestras narices, ella grita para hacerse oír por encima de la música:

    —¿Qué?

    Parece rubia natural, lo cual es un factor de riesgo elevado, así que le pregunto si ha notado recientemente alguna pérdida de peso inexplicable.

    Sin mirarme, Denny dice:

    —Tío, ¿sabes cuánto me costaría una modelo de verdad?

    Yo le contesto:

    —Tío, no te olvides de dibujarle los pelos enquistados.

    Le pregunto a la paciente si ha notado algún cambio en el ciclo de sus movimientos intestinales.

    Arrodillada delante de nosotros, con las uñas pintadas de negro extendidas a ambos lados de su cuerpo e inclinada hacia atrás, mirándonos por encima de su propio cuerpo arqueado, dice:

    —¿Qué?

    El cáncer de piel, le grito, es el cáncer más común entre las mujeres de entre veintinueve y treinta y cuatro años.

    Le grito:

    —Necesito palparte los nódulos linfáticos.

    Y Denny dice:

    —Tío, ¿quieres saber lo que me dijo tu madre o no?

    Yo grito:

    —Déjame palparte aunque sea el bazo.

    Y haciendo un boceto rápido con el corcho quemado, Denny dice:

    —¿Noto tal vez un ciclo de vergüenza?

    La rubia se pasa los codos por detrás de las rodillas y se acuesta de espaldas, pellizcándose los pezones con los dedos índice y pulgar de cada mano. Abre mucho la boca, nos saca la lengua y la retuerce. Luego dice:

    —Daiquiri —dice—. Me llamo Cherry Daiquiri. No podéis tocarme —dice—, ¿Pero dónde está ese lunar que me dices?

    La frase «Mamá es acróbata en dos circos» sirve para recordar las ramas colaterales de la arteria axilar.

    «Mamá» se refiere a la mamaria externa.
    «Es» se refiere a la escapular inferior.
    «Acróbata» es por la acromiotorácica con sus dos ramas, acromial y torácica superior.

    Los «dos circos» son por las dos circunflejas, anterior y posterior.

    Las ramas colaterales de la arteria humeral son: rama deltoidea, arteria nutricia del húmero, arteria humeral profunda, arteria colateral cubital superior y arteria colateral cubital inferior. La ayuda mnemotécnica para aprender esto es «Adelmo se nutre profundamente con dos cubitos».

    La única forma de aprobar medicina son las ayudas mnemotécnicas.

    La chica anterior a esta, otra rubia pero con la clase de implante duro en las tetas de aquellos de los de antes, de los que podías colgarte para hacer flexiones de brazos, se estaba fumando un cigarrillo como parte de su actuación, así que le pregunté si tenía algún dolor persistente en el abdomen o en la espalda. ¿Había notado alguna pérdida de apetito, algún malestar general? Si era así como se ganaba la vida, era mejor que se hiciera frotis vaginales con regularidad.

    —Si fumas más de un paquete al día —le digo—. Quiero decir, si te lo fumas así.

    Una conización no sería mala idea, le digo, o por lo menos una dilatación y un raspado.

    Ella se pone a cuatro patas, haciendo girar a cámara lenta sus nalgas abiertas y su portezuela rosácea y arrugada, nos mira por encima del hombro y dice:

    —¿Qué es ese rollo de la «conización»?

    Y dice:

    —¿Qué es, algo nuevo que os metéis? —Y me sopla el humo en la cara.

    Bueno, sopla es un decir.

    Es cuando raspas una muestra del cuello uterino en forma de cono, le digo yo.

    Y ella se pone pálida, incluso a través del maquillaje, incluso bajo la mezcla de luz roja y negra, y cierra las piernas. Apaga el cigarrillo en mi cerveza y dice:

    —Lleváis un rollo enfermo con las tías. —Y se larga con el lío que tenemos al lado a pie de escenario.

    Yo le grito:

    —Cada mujer es un problema básicamente distinto.

    Con el tapón todavía en la mano, Denny coge mi cerveza y me dice:

    —Tío, no hay que desperdiciar nada. —Luego lo derrama lodo excepto la colilla apagada en su vaso. Me dice—: Tu madre habla mucho de un tal doctor Marshall. Dice que le ha prometido volverla joven otra vez —me dice Denny—, Pero solamente si cooperas.

    Y yo le digo:

    —Doctora. La doctora Paige Marshall. Es una mujer.

    Se presenta otra paciente, una morena con el pelo rizado de unos veinticinco años, exhibiendo una posible deficiencia de ácido fólico, con la lengua roja y de aspecto glaseado, el abdomen ligeramente distendido y los ojos vidriosos. Le pregunto si le puedo escuchar el corazón. En busca de palpitaciones. De arritmias. ¿Ha tenido alguna náusea o diarrea?

    Denny me dice:

    —¿Tío?

    El perfil del líquido cefalorraquídeo normal puede recordarse por la regla mnemotécnica de «los cincos»: la presión de apertura debe estar entre cinco y quince mmHg; las células deben de medir como máximo 5 mm³; la proteinorraquia no debe exceder los cincuenta miligramos por decilitro, y la glucorraquia no debe bajar de los cincuenta miligramos por decilitro.

    —¿Tío? —dice Denny.

    Las enfermedades que una madre puede pasar al bebé son TORCH: Toxoplasmosis, Otras (o sea, Sífilis y VIH), Rubéola, Citomegalovirus y Herpes. Va bien imaginarse a una madre pasándole la antorcha al bebé.

    Los niños salen a las madres.

    Denny me chasquea los dedos en la cara:

    —¿Qué pasa contigo? ¿Por qué te pones en este plan?

    Porque es la verdad. Es el mundo en el que vivimos. He estado allí, he hecho el examen de ingreso en la facultad de medicina. Estuve el tiempo suficiente en la facultad de medicina de la USC como para saber que un lunar nunca es un lunar. Que un simple dolor de cabeza quiere decir tumores cerebrales, quiere decir visión doble, aturdimiento, vómitos seguidos de ataques nerviosos, somnolencia y la muerte.

    Una pequeña contracción muscular quiere decir la rabia, quiere decir calambres musculares, sed, confusión y babeo, seguidos de ataques nerviosos, coma y muerte. El acné quiere decir quistes de ovario. Sentirse un poco cansado quiere decir tuberculosis. Los ojos inyectados en sangre quieren decir meningitis. La somnolencia es la primera señal de la fiebre tifoidea. Esas cosas flotantes que atraviesan tu campo de visión en los días soleados quieren decir que se te está desprendiendo la retina. Que te estás quedando ciego.

    —Fíjate en sus uñas —le digo a Denny—, Son una señal segura de cáncer de pulmón.

    Si te sientes confuso, quiere decir colapso renal, o sea, un fallo grave del riñón.

    Uno aprende todo esto en Reconocimiento Físico, en el segundo año de medicina. Uno aprende todo esto y no hay vuelta atrás.

    Ojos que no veían, corazón que no sentía.

    Un hematoma quiere decir cirrosis hepática. Un eructo quiere decir cáncer colorrectal o cáncer de esófago o por lo menos una úlcera péptica.

    La brisa al soplar parece que susurra carcinoma escamoso.

    Los pájaros en los árboles parece que pían histoplasmosis.

    A toda la gente que ves desnuda los ves como pacientes. Una bailarina puede tener unos ojos claros preciosos y unos pezones oscuros y duros, pero si le huele el aliento tiene leucemia. Una bailarina puede tener un pelo tupido, largo y limpio, pero si se rasca el cuero cabelludo es que tiene linfoma de Hodgkin.

    Página a página, Denny llena su bloc de estudios del natural, de mujeres hermosas y sonrientes, mujeres esbeltas que le lanzan besos, mujeres con la cara inclinada hacia abajo y los ojos mirando hacia arriba en dirección a él a través de una cascada de cabello.

    —Perder el sentido del gusto —le digo a Denny— quiere decir cánceres orales.

    Y sin mirarme, observando alternativamente su dibujo y a la nueva bailarina, Denny dice:

    —Tío, entonces tú hace tiempo que tienes los cánceres esos.

    Aunque mi madre se muriera no estoy seguro de querer volver y ser readmitido antes de que empiecen a caducar mis créditos. A estas alturas ya sé más de lo que me apetece.

    Después de descubrir la cantidad de cosas que pueden salir mal, tu vida ya no se basa tanto en vivir como en esperar. El cáncer. La demencia. Cada vez que te miras en el espejo buscas el sarpullido rojo que indica la aparición de un herpes.


    Véase también: tiña.
    Véase también: sarna.
    Véase también: enfermedad de Lyme, meningitis, fiebre reumática, sífilis.



    La siguiente paciente en aparecer es otra rubia, delgada, tal vez demasiado. Probablemente un tumor espinal. Si le duele la cabeza, tiene un poco de fiebre y le duele la garganta, tiene la polio.

    —Haz esto —le grita Denny, y se tapa las gafas con las manos abiertas.

    La paciente lo hace.

    —Tío —dice—, las modelos de escuela nunca están tan potentes.

    Lo único que veo es que la paciente no baila muy bien y está claro que su falta de coordinación quiere decir esclerosis amiotrópica lateral.


    Véase también: enfermedad de Lou Gehrig.
    Véase también: parálisis total.
    Véase también: dificultades respiratorias.
    Véase también: calambres, cansancio, llanto.



    Con el borde de la mano, Denny difumina las líneas trazadas con el corcho para darles profundidad y sombra. Está dibujando a la mujer del escenario tapándose los ojos con las manos y con la boca entreabierta y la esboza deprisa, mirando fugazmente de vez en cuando en busca de los detalles, el ombligo, la curva de las caderas. Mi única queja es que Denny nunca dibuja a las mujeres tal como son. En la versión de Denny, los muslos flácidos de una mujer parecen duros como la roca. Las bolsas de debajo de los ojos se aclaran y se tonifican.

    —¿Te queda algo en metálico, tío? —dice Denny—. No quiero que se vaya todavía.

    Pero yo estoy sin blanca y la chica se va con el siguiente tío a pie de escenario.

    —A ver, Picasso —le digo.

    Denny se rasca debajo del ojo y se deja un manchón de carbonilla. Luego le da la vuelta al bloc de impresos lo bastante como para mostrarme a una mujer desnuda tapándose los ojos, esbelta y con todos los músculos en tensión, sin ninguna de las alteraciones físicas provocadas por la gravedad, la luz ultravioleta o la mala nutrición. Es delgada pero suave. Está flexionada pero relajada. Es una imposibilidad física total.

    —Tío —le digo—, la has hecho demasiado joven.

    La siguiente paciente vuelve a ser Cherry Daiquiri, que regresa, esta vez sin sonreír, mordiéndose el interior de una mejilla, y me pregunta:

    —¿Estás seguro de que este lunar que tengo es canceroso? O sea, no sé, pero ¿cómo de grave crees que es...?

    Levanto un dedo sin mirarla. En el lenguaje internacional de signos, eso quiere decir Por favor, espere. El doctor la vera enseguida.

    —No tiene los tobillos tan finos ni de coña —le digo a Denny—. Y tiene el culo mucho más grande que el que has dibujado.

    Me inclino para ver qué está haciendo Denny y luego miro a la parte del escenario donde se ha ido la paciente de antes:

    —Tienes que hacerle las rodillas más abultadas —le digo.

    La bailarina de antes me fulmina con la mirada.

    Denny sigue dibujando. Le hace unos ojos enormes. Le arregla el pelo estropeado. Lo hace todo fatal.

    —Tío —le digo—, ¿sabes que no eres muy buen artista?

    Le digo:

    —En serio, tío. Yo no la veo así para nada.

    Denny dice:

    —Si te sigues cagando en todo lo que ves te va a hacer falta llamar a tu tutor, de veras —dice—. Y en caso de que te importe una mierda, tu madre dice que tienes que leer lo que pone en su diccionario.

    Le digo a Cherry, que está agachada delante de nosotros:

    —Si de verdad quieres salvar tu vida, voy a tener que hablar contigo en algún sitio privado.
    —No, diccionario no —dice Denny—. Diario. En caso de que te preguntes de dónde vienes, está todo en su diario.

    Y Cherry deja colgar una pierna por el borde del escenario y empieza a bajarse.

    Le pregunto qué hay en el diario de mi madre.

    Y sin dejar sus dibujitos, viendo lo que no existe, Denny dice:

    —Sí, eso, diario. Nada de diccionario. El rollo ese de la verdad sobre tu padre está en su diario.


    17


    La chica del mostrador de entrada de Saint Anthony se tapa la boca para bostezar y cuando le pregunto si quiere ir a tomar una taza de café me mira de reojo y dice:

    —Con usted, no.

    De verdad, no estoy intentando ligar con ella. Yo le vigilo el mostrador mientras ella se va a buscar un café. No estoy tirándole los tejos.

    De verdad.

    Le digo:

    —Tiene cara de estar cansada.

    Lo único que hace en todo el día es admitir a unas cuantas personas y dejar salir a otras tantas. Mirar el monitor de vídeo que muestra el interior de Saint Anthony, todos los pasillos, la sala de estar común, el comedor, el jardín. La pantalla cambia de un escenario a otro cada diez segundos. La imagen es borrosa y en blanco y negro. En la pantalla se ve el comedor durante diez segundos, vacío y con todas las sillas del revés encima de las mesas, las patas de acerocromo al aire. Durante los diez segundos siguientes se ve un pasillo largo con alguien encorvado en un banco pegado a la pared.

    Durante los diez segundos siguientes, la imagen borrosa en blanco y negro muestra a Paige Marshall empujando la silla de ruedas de mi madre por otro pasillo largo.

    La chica del mostrador de entrada dice:

    —Solamente tardo un minuto.

    Al lado del monitor de vídeo hay un viejo altavoz. Se trata de una especie de altavoz antiguo con un dial rodeado de números y forrado de tela de mohair con bultitos como la de los sofás. Cada número corresponde a una sala de Saint Anthony. Sobre el mostrador hay un micrófono que sirve para emitir mensajes por megafonía. Ajustando el dial al; número correspondiente se puede escuchar lo que pasa en cualquier sala del edificio.

    Y durante un momento, del altavoz sale la voz de mi madre diciendo:

    —Me he definido a mí misma, toda mi vida, por aquello a lo que me enfrentaba...

    La chica pone el dial del intercomunicador en el nueve y se oye una radio en español y el ruido metálico de ollas en la cocina, donde está el café.

    Le digo a la chica:

    —Tómese su tiempo. —Y le digo—: No soy el monstruo— que le pueden haber dicho que soy algunas amargadas que hay por aquí.

    A pesar de que yo he sido tan amable, mete su bolso en un cajón y lo cierra con llave. Me dice:

    —No tardaré más de un par de minutos, ¿de acuerdo?

    De acuerdo.

    Luego desaparece por las puertas de seguridad y yo me quedo sentado detrás del mostrador. Mirando el monitor: la sala de estar común, el jardín, un pasillo, cada sitio durante diez segundos. Buscando a Paige Marshall. Con una mano muevo el dial de un número a otro, escuchando lo que pasa en todas las habitaciones en busca de la doctora Marshall. De mi madre. En blanco y negro y casi en directo.

    La doctora Marshall con toda su piel.

    Otra pregunta del cuestionario para adictos al sexo.

    ¿Se corta el interior de los bolsillos de los pantalones para poder masturbarse en público?

    En la sala de estar hay un vejestorio enfrascado en un puzzle.

    Del altavoz salen interferencias. Ruido de fondo.

    Diez segundos más tarde, aparece la sala de manualidades y en ella una mesa llena de viejas. Mujeres a las que me he confesado, por destrozar sus coches y por destrozarles la vida. He asumido la culpa.

    Subo el volumen y pego la oreja a la tela del altavoz. Como no sé qué número corresponde a cada habitación, voy cambiando de número y escucho.

    La otra mano la tengo metida donde antes estaba el bolsillo de mis calzas.

    Mientras paso de un número a otro, me encuentro con alguien sollozando en el número tres. Sea donde sea. Con alguien soltando palabrotas en el cinco. Rezando en el ocho. Sea donde sea. De nuevo la cocina en el nueve y la música en español.

    El monitor muestra la biblioteca, otro pasillo, luego me muestra a mí, borroso y en blanco y negro, mirando fijamente el monitor. Con una mano sujetando el dial del intercomunicador. La otra mano borrosa la tengo hundida hasta el codo dentro de las calzas. Mirando. Hay una cámara observándome desde el techo del vestíbulo.

    Y yo buscando a Paige Marshall.

    Escuchando. Para averiguar dónde está.

    «Acechando» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    El monitor me muestra a una vieja tras otra. Luego, durante diez segundos, veo a Paige empujando la silla de mi madre por otro pasillo. A la doctora Paige Marshall. Y giro el dial hasta que oigo la voz de mi madre.

    —Sí —dice—, he luchado contra todo, pero cada vez me preocupa más la idea de que nunca he estado a favor de nada.

    La pantalla muestra el jardín. Viejas caminando con andadores. Encalladas en la grava.

    Sí, sé criticar y quejarme y juzgarlo todo, pero ¿adónde me lleva eso? —sigue diciendo mi madre en off mientras el monitor cambia a otras salas.

    El monitor muestra el comedor vacío.

    El monitor muestra el jardín. Más ancianas.

    Con esto se podría hacer una página web deprimente. La Cámara de la Muerte.

    Una especie de documental en blanco y negro.

    —Quejarse no equivale a crear algo —dice la voz en off de mi madre—. Rebelarse no es reconstruir. Ridiculizar no es reemplazar. —Y la voz del altavoz se desvanece.

    El monitor muestra la sala de estar y a la mujer enfrascada en el puzzle.

    Y paso de un número al otro, buscando.

    Su voz regresa en el número cinco.

    —Hemos destrozado el mundo —dice—, pero no tenemos ni idea de qué hacer con los pedazos. —Y su voz se desvanece de nuevo.

    El monitor muestra distintos pasillos vacíos perdiéndose en la oscuridad.

    Su voz regresa en el número siete:

    —Mi generación, la forma en que lo hemos ridiculizado todo, no ha hecho que el mundo sea mejor —dice—. Hemos invertido tanto tiempo en juzgar lo que otros creaban que hemos creado muy pocas cosas propias.

    Su voz sale del altavoz:

    —He usado la rebelión como una manera de ocultarme Hemos usado la crítica como una falsa participación.

    La voz en off dice:

    —Solamente parece que hayamos logrado algo.

    La voz en off dice:

    —Nunca he hecho ninguna contribución valiosa mundo.

    Y durante diez segundos, el monitor muestra a mi madre y a Paige en el pasillo justo enfrente de la sala de manualidades.

    La voz de Paige se oye chirriante y lejana en el altavoz:

    —¿Y qué hay de su hijo?

    Estoy tan cerca que tengo la nariz pegada al altavoz.

    Y ahora el monitor me muestra a mí con la oreja pegada al altavoz y una mano sacudiendo algo muy deprisa dentro de la pernera de las calzas.

    La voz en off de Paige dice:

    —¿Y qué hay de Victor?

    Y, en serio, estoy a punto de correrme.

    Y la voz de mi madre dice:

    —¿Victor? Está claro que Victor tiene su propia forma de escaparse.

    Luego su voz en off se ríe y dice:

    —¡Tener hijos es el opio del pueblo!

    Y ahora en el monitor veo a la chica del mostrador de entrada de pie a mi lado con una taza de café.


    18


    La siguiente vez que voy a verla mi madre está más flaca si cabe. El contorno de su cuello parece tan pequeño como el de mi muñeca, la piel amarillenta forma una concavidad profunda entre sus cuerdas vocales y su garganta. Su cara ya no oculta la calavera que tiene dentro. Gira la cabeza a un lado para verme en el umbral y veo que tiene una especie de jalea gris acumulada en el rabillo de los ojos.

    Las mantas cuelgan flácidas entre los huesos de sus caderas. Las únicas otras protuberancias que se ven son sus rodillas.

    Enrosca uno de sus brazos horripilantes en torno a la barandilla cromada de la cama, un brazo tan horripilante y esquelético como la pata de un pollo, lo extiende en mi dirección y traga saliva. Sus mandíbulas tragan con esfuerzo, sus labios se empastan de saliva y entonces lo dice, con el brazo extendido hacia mí, lo dice.

    —Morty —dice—. No soy una proxeneta. —Agita los puños nudosos en el aire y dice—: Estoy haciendo una declaración feminista. ¿Cómo va a ser prostitución si todas las mujeres estaban muertas?

    He venido con un bonito ramo de flores y una tarjeta deseándole que se recupere. Vengo del trabajo, así que voy con calzas y chaleco. Con los zapatos de hebillas y las medias bordadas que dejan ver mis tobillos flacos salpicados de barro.

    Y mi madre dice:

    —Morty, tienes que evitar que el caso llegue a los tribunales. —Y suspira mirando el montón de almohadas. Las babas han puesto la funda de la almohada de color azul claro justo al lado de su cara.

    Una tarjeta deseándole que se recupere no va a arreglar esto.

    Araña el aire con la mano y me dice:

    —Ah, Morty, tienes que llamar a Victor.

    Su habitación tiene ese olor, el mismo que despiden las zapatillas de tenis en septiembre después de haberlas llevado todo el verano sin calcetines.

    Un bonito ramo de flores no llega ni para empezar.

    Llevo su diario en el bolsillo del chaleco. Metida en el diario hay una factura vencida de la residencia asistida. Meto las flores en la cuña de su cama mientras voy a buscar un jarro y a lo mejor algo para darle de comer. Todo el pudín de chocolate que pueda llevar conmigo. Algo que pueda meterle en la boca con una cuchara y hacérselo tragar.

    Con el aspecto que tiene no soporto estar aquí y tampoco no estar aquí. Cuando me dispongo a salir me dice:

    —Tienes que ponerte manos a la obra y encontrar a Victor. Tienes que conseguir que ayude a la doctora Marshall. Por favor. Tiene que ayudar a la doctora Marshall a salvarme.

    Como si algo pasara alguna vez por accidente.

    Fuera, en el pasillo, está Paige Marshall, con sus gafas, leyendo algo que lleva en el sujetapapeles.

    —He pensado que le gustaría saberlo —dice. Se apoya en el pasamanos que recorre las paredes del pasillo y dice—: Esta semana su madre ha bajado hasta los cuarenta kilos.

    Sostiene el sujetapapeles detrás de la espalda y lo coge junto con la barandilla con ambas manos. Su postura hace que se le marquen los pechos. Adelanta la pelvis hacia mí. Paige Marshall se pasa la lengua por el interior del labio inferior y dice:

    —¿Ha vuelto a pensar en tomar medidas?

    Máquinas corazón-pulmón, sondas de estómago, respiradores artificiales: en medicina a estas cosas las llaman «medidas heroicas».

    No lo sé, le digo.

    Nos quedamos así, esperando que el otro mueva ficha.

    Dos ancianas sonrientes pasan a nuestro lado y una de ellas me señala y le dice a la otra:

    —Este es el joven tan simpático del que te hablé. El que estranguló a mi gatito.

    La otra señora, que lleva el jersey mal abotonado, dice:

    —No me hable —dice—. Una vez estuvo a punto de matar a mi hermana de una paliza.

    Se alejan.

    —Es maravilloso —dice la doctora Marshall—, Quiero decir, lo que usted está haciendo. Está proporcionando a esta gente satisfacción sobre las cuestiones más importantes de sus vidas.

    Su aspecto en estos momentos me obliga a pensar en accidentes múltiples de automóvil. En dos unidades móviles de extracción de sangre chocando de frente. Su aspecto en estos momentos me obliga a pensar en fosas comunes para poder aguantar treinta segundos sin correrme.

    A pensar en comida de gato estropeada y en úlceras cancerosas y en donantes de órganos después de la extracción.

    Así de preciosa está.

    Si me perdona, le digo, tengo que ir a buscar un poco de pudín.

    Ella dice:

    —¿Es porque tiene novia? ¿Es esa la razón?

    La razón de que no practicáramos el sexo hace unos días. La razón de que incluso estando ella desnuda y lista no pudiera hacerlo. La razón de que me fuera a toda prisa.

    Si quieres una lista completa de mis novias anteriores, por favor, consulta el cuarto paso de mi terapia.


    Véase también: Nico.
    Véase también: Leeza.
    Véase también: Tanya.



    La doctora Marshall adelanta la pelvis hacia mí y dice:

    —¿Sabe cómo mueren la mayor parte de los pacientes como su madre?

    Se mueren de hambre. Se olvidan de cómo hay que tragar y se inundan los pulmones de comida y bebida por accidente. Al tener los pulmones llenos de materia y líquido en putrefacción desarrollan una neumonía y se mueren.

    Le digo que sí lo sé.

    Le digo que tal vez se pueden hacer cosas peores que dejar que se muera una vieja.

    —No se trata de una vieja cualquiera —dice Paige Marshall—, Es su madre.

    Y tiene casi setenta años.

    —Tiene sesenta y dos —dice Paige—, Sí usted puede hacer algo para salvarla y no lo hace, entonces la está matando por omisión.
    —En otras palabras —le digo—, ¿tendría que hacerlo con usted?
    —Algunas de las enfermeras me han explicado sus antecedentes —dice Paige Marshall—. Sé que usted no tiene nada en contra del sexo por diversión. ¿O el problema soy yo? ¿Es que no soy su tipo? ¿Es eso?

    Los dos nos quedamos callados. Una ayudante de enfermera diplomada pasa a nuestro lado empujando un carro lleno de sábanas atadas y toallas húmedas. Sus zapatos tienen las suelas de goma y el carro tiene las ruedas de goma. El suelo tiene un revestimiento de corcho viejo que se ha puesto negro de tanto pisarlo, así que pasa sin hacer ruido, dejando únicamente un rastro de olor rancio a orines.

    —No me malinterprete —le digo—. Quiero follar con usted. Lo deseo de verdad.

    La ayudante de enfermera se para y se nos queda mirando.

    Me dice:

    —Eh, Romeo, ¿por qué no deja en paz a la doctora Marshall?

    Paige dice:

    —No pasa nada, señorita Parks. Esto es entre el señor Mancini y yo.

    Nos la quedamos mirando hasta que sonríe con petulancia y dobla la esquina del pasillo empujando su carro. Se llama Irene, Irene Parks, y sí, vale, lo hicimos en su coche en el aparcamiento el año pasado por estas fechas.


    Véase también: Caren, enfermera titulada.
    Véase también: Jenine, enfermera auxiliar.



    Por entonces, yo pensaba que con cada una de ellas iba a ser especial, pero la verdad es que sin ropa podrían haber sido cualquiera. Ahora su culo me resulta tan apetecible como un sacapuntas.

    Le digo a la doctora Paige Marshall:

    —En eso se equivoca —le digo—. Tengo tantas ganas de follar con usted que las noto en la boca —le digo—, Y no, no quiero que muera nadie, pero no quiero que mi madre vuelva a ser como ha sido siempre.

    Paige Marshall suspira. Se muerde las mejillas hasta que sus labios forman una especie de nudo y se limita a mirarme. Sostiene el sujetapapeles sobre el pecho con los brazos cruzados.

    —Así pues —dice ella—, esto no tiene nada que ver con el sexo. Simplemente no quiere que su madre se recupere. No puede soportar a las mujeres fuertes y cree que si ella muere sus problemas con ella morirán también.

    Mi madre llama desde su habitación:

    —¡Morty! ¿Para qué le pago?

    Paige Marshall dice:

    —Puede mentirles a mis pacientes y resolver los conflictos de sus vidas, pero no se mienta a sí mismo. —Luego dice—: Y no me mienta a mí.

    Paige Marshall dice:

    —Prefiere verla muerta que verla recuperarse.

    Y yo digo:

    —Sí, o sea, no. O sea, no lo sé.

    Durante toda la vida no he sido tanto el hijo de mi madre como su rehén. El objeto de sus experimentos sociales y políticos. Su rata de laboratorio privada. Ahora la tengo en mi poder y no se me va a escapar muriéndose ni recuperándose. Quiero a alguien a quien poder rescatar. Quiero a alguien que me necesite. Que no pueda vivir sin mí. Quiero ser un héroe, pero no solamente una vez. Incluso si quiere decir mantenerla inválida, quiero ser el salvador constante de alguien.

    —Ya sé, ya sé. Ya sé que suena terrible —le digo—. Pero no sé. Eso es lo que pienso.

    Ahora es cuando debería decirle a Paige Marshall lo que pienso realmente.

    Quiero decir que estoy cansado de ser siempre el malo solo porque soy un tío.

    O sea, ¿cuántas veces puede decirte todo el mundo que eres el enemigo opresor y lleno de prejuicios antes de que tires la toalla y te conviertas en el enemigo? O sea, un cerdo machista no nace, sino que se hace, y cada vez más a mentido son las mujeres quienes los hacen.

    Al cabo de bastante tiempo, uno pasa de todo y acepta el hecho de que es un idiota sexista, intolerante, insensible, ordinario y cretino. Las mujeres tienen razón. Tú estás equivocado. Te acostumbras a la idea. Eres todo lo malo que esperan.

    Aunque el zapato no encaje, tú te amoldas a él.

    O sea, en un mundo sin Dios, ¿acaso son las madres el nuevo dios? ¿El último bastión sagrado e inexpugnable? ¿No es la maternidad el último milagro mágico y perfecto? Pero un milagro que es imposible para los hombres.

    Y tal vez los hombres digan que están encantados de no poder dar a luz, con todo ese dolor y esa sangre, pero no es más que una reacción avinagrada. Está claro, los hombres no pueden hacer nada así de increíble ni de lejos. La fuerza del torso, el pensamiento abstracto, los falos: todas las ventajas que parecen tener los hombres son simples formulismos.

    No se puede clavar un clavo con el falo.

    Las mujeres ya nacen con mucha ventaja a nivel de capacidades. El día que los hombres puedan dar a luz, entonces podremos empezar a hablar de igualdad de derechos.

    Todo esto no se lo digo a Paige.

    En cambio, le digo que quiero ser el ángel de la guarda de alguien.

    «Venganza» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

    —Pero no la quiero salvada del todo —le digo—. Me aterra perderla, pero si no la pierdo tal vez sea yo el que se pierda.

    Sigo teniendo el diario rojo de mi madre en el bolsillo del abrigo. Sigo teniendo que ir a buscar el pudín de chocolate.

    —No quiere usted que se muera —dice Paige—, pero tampoco quiere que se recupere. Entonces, ¿qué quiere?
    —Quiero alguien que sepa leer italiano —digo.

    Paige dice:

    —¿Como por ejemplo?
    —Esto —le digo, y le enseño el diario—. Es de mi madre. Está en italiano.

    Paige coge el diario y lo hojea. Los bordes de las orejas se le ponen rojos.

    —Hice cuatro años de italiano en la licenciatura —dice—. Le puedo decir lo que pone aquí.
    —Solamente quiero tener el control —digo—. Para variar, quiero ser yo el adulto.

    Sin dejar de hojear el diario, la doctora Paige Marshall dice:

    —Quiere mantenerla débil para poder ser siempre quien esté al mando. —Levanta la vista, me mira y dice—: Parece como si usted quisiera ser Dios.


    19


    Por el Dunsboro colonial revolotean pollos blanquinegros y pollos con la cabeza plana. Hay pollos sin alas y con una sola pata. Hay pollos sin patas, nadando con las alas maltrechas por el barro del corral. Pollos ciegos sin ojos. Sin pico. Nacidos así. Defectuosos. Nacidos con los sesitos de pollo ya revueltos.

    Hay una línea invisible que separa la ciencia del sadismo, pero aquí se hace visible.

    No es que mi cerebro vaya a salir mucho mejor parado. Mira a mi madre.

    La doctora Paige Marshall tendría que verlos a todos revoloteando. Aunque no lo entendería.

    Denny está conmigo; rebusca en la parte de atrás de su pantalón y saca una página de los anuncios clasificados del periódico doblada en forma de cuadrado. Es evidente que esto es contrabando. Como su alteza real el gobernador vea esto, Denny va a ser desterrado al desempleo. En serio, ahí lucra en el corral enfrente del establo de las vacas, Denny me pasa esa página del periódico.

    Salvo por el periódico, estamos siendo tan realistas que parece que nada de lo que llevamos haya sido lavado durante el último siglo.

    La gente nos hace fotos, intenta llevarse una parte de nosotros a casa como recuerdo. La gente nos apunta con cámaras de vídeo y trata de atraparnos en sus vacaciones. Nos filman a nosotros y filman a los pollos inválidos. Todo el mundo intenta que cada minuto del presente dure para siempre. Preservar cada segundo.

    Dentro del establo de las vacas se oye el borboteo de alguien inhalando por una pipa de agua. No se los ve, pero se nota esa tensión silenciosa de un grupo de gente reunidos en círculo intentando contener la respiración. Una chica tose. Ursula, la lechera. Hay tanto humo de droga ahí dentro que una vaca tose.

    Es la época en que se supone que tenemos que estar cosechando residuos secos de vaca, ya sabes, bostas de vaca, y Denny dice:

    —Léelo, tío. El anuncio rodeado con un círculo. —Abre la página para que yo lo vea—. Ese anuncio de ahí —dice. Hay un anuncio clasificado rodeado con un círculo rojo.

    Con la lechera rondando por aquí. Y los turistas. Hay mil posibilidades de que nos pillen. De veras, Denny no puede ser más descarado.

    Noto el papel todavía caliente del trasero de Denny, y cuando le digo «Aquí no, tío», e intento devolverle el papel...

    Cuando lo hago, Denny dice:

    —Lo siento, no quería, ya sabes, incriminarte. Si quieres, te lo puedo leer.

    Los alumnos de primaria que vienen aquí, para ellos es toda una fiesta visitar el gallinero y ver cómo se incuban los huevos. Con todo, un pollo normal no es tan interesante como, digamos, un pollo con un solo ojo o un pollo sin cuello o con una pata atrofiada y paralizada, así que los niños agitan los huevos. Los agitan fuerte y los ponen a incubar otra vez.

    ¿Y qué pasa si lo que nace queda deforme o chiflado? Todo sea por la causa de la educación.

    Los que tienen suerte nacen muertos.

    Curiosidad o crueldad, está claro que yo y la doctora Marshall daríamos un montón de vueltas en torno a esta cuestión.

    Levanto unas cuantas bostas con la pala, con cuidado de que no se rompan por la mitad. Para que no salga la peste del interior fresco. Con toda esta mierda de vaca en las manos, tengo que esforzarme para no morderme las uñas.

    A mi lado, Denny lee:

    —Se regala a familia honrada varón de veintitrés años, adicto a la masturbación en vías de recuperación, con ingresos y habilidades sociales limitadas, adiestrado. —Luego lee mi número de teléfono. Es su número de teléfono.
    —Son mis padres, tío, es su número de teléfono —dice Denny—. Es una indirecta que me envían.

    Se lo encontró anoche en su cama.

    Denny dice:

    —Se refieren a mí.

    Le digo que ya he entendido esa parte. Sigo cogiendo cagarros con la pala de madera y amontonándolos en una cosa enorme de mimbre. Ya sabes. Un rollo tipo cesta.

    Denny me pregunta si se puede venir a vivir conmigo.

    —Estamos hablando del plan Z —dice Denny—. Solamente te lo pido como último recurso.

    No le pregunto si es porque no me quiere fastidiar o porque no se muere de ganas de vivir conmigo.

    A Denny le huele el aliento a nachos. Otra violación del realismo histórico. El tío es un imán para la mierda. La lechera, Ursula, sale del establo y se nos queda mirando con sus ojos de fumeta inyectados en sangre.

    —Si hubiera una chica que te gustara —le digo—, y quisiera tener relaciones sexuales para quedarse embarazada, ¿lo harías?

    Ursula se levanta los bajos de la falta y camina pisando Inerte sobre la mierda de vaca con sus zuecos de madera. Le da una patada a un pollo ciego que se cruza en su camino. Alguien le saca una foto dando la patada. Un matrimonio intenta pedirle a Ursula que se haga una fotografía con su bebé, pero luego deben de verle los ojos.

    —No sé —dice Denny—. Un hijo no es como tener perro. O sea, un hijo vive un montón de tiempo, tío.
    —¿Y si ella no planeara quedarse con el bebé? —le digo.

    Denny levanta la vista y luego vuelve a bajarla, sin mirar nada en concreto, luego me mira a mí:

    —No lo entiendo —dice—, ¿Quieres decir si quisiera vendérselo?
    —Quiero decir si quisiera sacrificarlo —le digo.

    Y Denny dice:

    —Tío.
    —Supongamos solamente —digo— que va a pasar por la batidora el cerebro del feto abortado, le va a sacar la pulpa con una aguja y luego se lo va a inyectar en la cabeza a alguien que tú sabes que tiene lesiones cerebrales, para curarlo —digo.

    Denny abre un poco la boca:

    —Tío, no te refieres a mí, ¿verdad?

    Me refiero a mi madre.

    Se llama trasplante neural. Algunos lo llaman injerto neural, y es la única forma eficaz de reconstruir el cerebro de mi madre en esta fase terminal. Sería un método más conocido si no fuera por los problemas para conseguir, ya sabes, el ingrediente principal.

    —Un bebé machacado —dice Denny.

    Le digo:

    —Un feto.

    Tejido fetal, me dijo Paige Marshall. La doctora Marshall, la de la piel y las manos.

    Ursula se detiene a nuestro lado y señala el periódico que tiene Denny en la mano.

    —A menos que eso tenga fecha de mil setecientos treinta y cuatro, has comido mierda. Es una violación del personaje.

    Los pelos de la cabeza de Denny intentan volver a crecer, pero algunos están enquistados y atrapados debajo de granos rojos o blancos.

    Ursula se aleja y luego retrocede:

    —Victor —dice—, si me necesitas, estaré batiendo manteca.

    Le digo hasta luego. Ella se va caminando con esfuerzo.

    Denny dice:

    —Tío, ¿o sea que tienes que decidir entre tu madre y tu primogénito?

    No es nada del otro mundo, según la doctora Marshall. Lo hacemos todos los días. Matamos a los que no han nacido para salvar ancianos. Bajo la luz dorada de la capilla, susurrándome sus argumentos al oído, me preguntó si acaso cada vez que quemamos un galón de petróleo o un acre de selva amazónica no estamos matando el futuro para preservar el presente.

    Es el esquema piramidal de la seguridad social.

    Con los pechos embutidos entre nuestros cuerpos me dijo que hacía aquello porque le preocupaba mi madre. Y que lo menos que yo podía hacer era aportar mi granito de arena.

    No le pregunté cuál era el granito de arena.

    Y Denny dice:

    —Bueno, pues cuéntame tu historia verdadera.

    No lo sé. No puedo hacerlo. No puedo poner el puto granito.

    —No —dice Denny—, Quiero decir si has leído ya el diario de tu madre.

    No, no puedo. Estoy un poco encallado en la cuestión esta de si matar al bebé.

    Denny me mira fijamente a los ojos y dice:

    —¿Eres como un ciborg o algo así? ¿Es ese el gran secreto de tu madre?
    —¿Un qué? —digo yo.
    —Ya sabes —dice—, un humanoide artificial creado con un lapso de vida limitado al que le han implantado recuerdos de infancia falsos para que crea que es una persona de verdad, pero que no sabe que va a morir muy pronto.

    Miro fijamente a Denny y le digo:

    —Tío, ¿mi madre te dijo que soy una especie de robot?
    —¿Es eso lo que dice su diario? —dice Denny.

    Se acercan dos mujeres con una cámara y una dice:

    —¿Les importa?
    —Digan «patata» —les digo, y les hago una foto sonriendo delante del establo de las vacas, luego se alejan con otro recuerdo evanescente que ha estado a punto de disiparse. Otro recuerdo petrificado que atesorar.
    —No, no he leído el diario —digo—. No me he follado a Paige Marshall. No puedo hacer una mierda hasta que decida sobre esto.
    —Vale, vale —me dice Denny—. ¿Entonces no eres más que un cerebro en una bandeja al que han estimulado con electricidad y productos químicos para que crea que tiene vida?
    —No —digo—. Definitivamente no soy un cerebro. Ese no es el problema.
    —Vale —dice—. Tal vez eres un programa informático de inteligencia artificial que interactúa con otros programas en un entorno de realidad simulada.

    Y yo digo:

    —¿Y entonces tú que eres?
    —Yo sería otro ordenador —dice Denny. Luego dice—: Yate entiendo, tío. No soy capaz de calcular ni las monedas para el autobús.

    Denny guiña los ojos, inclina hacia atrás la cabeza y me mira frunciendo una ceja:

    —Aquí va mi último intento —dice.

    Dice:

    —Muy bien, tal como lo imagino, eres el objeto de un experimento y el mundo que conoces es una construcción artificial poblada por actores que desempeñan los papeles de todas las personas de tu vida, y el clima está hecho con efectos especiales y el cielo está pintado de azul y el paisaje que te rodea es un decorado. ¿Es eso?

    Yo digo:

    —¿Eh?
    —Y yo soy un actor brillante con un talento enorme —dice Denny—, Y solamente estoy fingiendo que soy tu mejor amigo, el estúpido perdedor adicto a la masturbación.

    Alguien me saca una foto apretando los dientes.

    Miro a Denny y le digo:

    —Tío, tú no estás fingiendo nada.

    A mi lado aparece un turista que me sonríe:

    —Eh, Victor —dice—. O sea que aquí es donde trabajas.

    No tengo ni puñetera idea de dónde me conoce este tío.

    Facultad de medicina. Universidad. Un trabajo distinto. O puede ser que sea otro de los maníacos sexuales de mi grupo. Tiene gracia. No parece un adicto al sexo, pero es que nadie lo parece.

    —Eh, Maude —dice, y le da un codazo a la mujer que está ton él—. Este es el tío del que siempre te hablo. Yo le salvé la vida.

    Y la mujer dice:

    —Oh, cielos. Así que es verdad. —Se encoge de hombros y pone los ojos en blanco—, Reggie siempre está fanfarroneando acerca de usted. Supongo que siempre pensé que estaba exagerando.
    —Oh, sí —digo—. El viejo Reg, sí, me salvó la vida.

    Y Denny dice:

    —No me extraña, ¿quién no lo ha hecho?

    Reggie dice:

    —¿Te está yendo bien últimamente? Intenté enviar todo el dinero que pude. ¿Hubo bastante para cubrir aquella muela del juicio que te tuvieron que arrancar?

    Y Denny dice:

    —¡Oh, por el amor de Dios!

    Un pollo ciego con solamente media cabeza y sin alas, lodo cubierto de mierda, choca contra mi bota y cuando extiendo el brazo para acariciarlo, el bicho empieza a temblar bajo sus plumas. Suelta un cloqueo susurrante que parece el ronroneo de un gato.

    Es agradable ver algo más patético de lo que yo me siento ahora.

    Luego me sorprendo mordiéndome una uña, bosta de vaca, mierda de pollo.


    Véase también: histoplasmosis.
    Véase también: tenia.



    Y digo:

    —Sí, el dinero —digo—. Gracias, colega. —Y escupo. Luego vuelvo a escupir. Se oye el clic de la cámara de Reggie sacándome una foto. Otro momento estúpido que la gente tiene que hacer durar para siempre.

    Y Denny mira el periódico que tiene en la mano y dice:

    —¿Entonces qué, tío? ¿Puedo ir a vivir a casa de tu madre? ¿Sí o no?


    20


    La cita de las tres en punto de mi madre se presentó con una toalla de baño amarilla en la mano y con un surco blanco en el dedo anular donde normalmente llevaba el anillo de bodas. En cuanto la puerta se cerró hizo el gesto de darle el dinero. Empezó a quitarse los pantalones. Su apellido era Jones, le dijo a mi madre. Su nombre de pila, señor.

    Los tíos que venían a verla por primera vez eran todos iguales. Ella les decía págame después. A qué viene tanta prisa. No te quites la ropa. Tenemos tiempo.

    Ella le dijo que el registro de citas estaba lleno de señores Jones, de señores Smith, de John Does y Bob Whites, así que a ver si se buscaba un alias mejor. Le dijo que se tumbara en el diván. Cerró las persianas. Bajó la luz.

    Así es como conseguía un montón de dinero. No violaba los términos de su libertad condicional, pero solamente porque el tribunal de la condicional no tenía suficiente imaginación.

    Al tío tumbado en el diván le dijo:

    —¿Empezamos ya?

    Aunque el tío le dijera que lo que buscaba no era sexo, la mamaíta le pedía que trajera una toalla de todos modos. Había que llevar una toalla. Había que pagar en metálico. Nada de pedirle un recibo ni de pasar la factura a alguna compañía de seguros porque ella pasaba de todo eso. Había que pagar en metálico y archivar la demanda.

    Uno solamente tenía cincuenta minutos. Los tíos tenían que saber lo que querían.

    Es decir, la mujer, las posiciones, el escenario y los juguetes. No podías pedirle nada raro en el último minuto.

    Ella le dijo al señor Jones que se tumbara. Que cerrara los ojos.

    Que dejara que se le disipara toda la tensión de su cara. Primero la frente. Déjela lisa. Relaje el espacio entre los ojos. Imagine su frente lisa y relajada. Luego los músculos de alrededor de los ojos. Luego los músculos de alrededor de la cara. Lisos y relajados.

    Aunque los tíos dijeran que lo único que querían era perder peso, lo que querían era sexo. Aunque quisieran dejar de fumar. Librarse del estrés. Dejar de morderse las uñas. Curarse el hipo. Dejar de beber. Limpiarse la piel. Fuera cual fuera el problema, lo que pasaba era que no follaban. Quisieran lo que quisieran, si conseguían sexo allí el problema quedaba resuelto.

    Imposible saber si la mamaíta era un genio compasivo o una puta.

    El sexo lo cura casi todo.

    Era la mejor terapeuta del ramo o era una zorra que follaba con tu mente. No le gustaba andarse con tantas prisas con los clientes, pero es que nunca había planeado ganarse la vida así.

    Aquella clase de sesiones, las sesiones sexuales, habían empezado por accidente. Un cliente que quería dejar de fumar le había pedido que lo devolviera al día en que tenía once años y había fumado su primera calada. Para recordar lo mal que le había sabido. Para poder dejarlo regresando al principio y no empezando nunca. Aquella era la idea básica.

    En la segunda sesión, el cliente quiso reunirse con su padre, que había muerto de cáncer de pulmón, solamente para hablar. Aquello seguía siendo bastante normal. La gente quería reunirse con famosos muertos todo el tiempo, en busca de consejo, de lo que fuera. Era tan real que en la tercera sesión el cliente quiso conocer a Cleopatra.

    A todos los clientes les decía la mamaíta: Deje que toda la tensión le pase de la cara al cuello, del cuello al pecho. Relaje los hombros. Deje que le caigan hacia atrás y se apoyen en el diván. Imagine que tiene algo muy pesado apoyado sobre el cuerpo, que le hunde más y más la cabeza y los brazos en los cojines del diván.

    Relaje los brazos, los codos, las manos. Sienta la tensión corriéndole por los dedos, luego relájese e imagine la tensión saliéndole por las yemas.

    Lo que hacía era ponerlos en trance por inducción hipnótica y dirigir su experiencia. No retrocedía en el tiempo. Nada de aquello era real. Lo más importante era que el tipo quisiera que aquello sucediera.

    La mamaíta se limitaba a hacer el comentario jugada a jugada. La descripción con pelos y señales. El comentario a color. Imagina escuchar un partido de béisbol en la radio. Ahora imagina desde dentro un trance profundo de nivel theta, un trance profundo en el que puedes oír y oler. Tienes sentido del gusto y del tacto. Imagina a Cleopatra levantándose de su alfombra, desnuda y perfecta y tal como siempre has querido que fuera.

    Imagina a Salomé. Imagina a Marilyn Monroe. Que pudieras viajar a cualquier periodo de la historia y que quisieras estar con cualquier mujer, con mujeres que hicieran cualquier cosa que tú imaginaras. Mujeres increíbles. Mujeres fabulosas.

    El teatro de la mente. El burdel del subconsciente.

    Así fue como empezó.

    Seguro, lo que hacía era hipnosis, pero no era una auténtica regresión a vidas pasadas. Era más bien una especie de meditación dirigida. Le dijo al señor Jones que se concentrara en la tensión acumulada en el pecho y que la dejara disiparse. Que fluyera hacia su cintura, sus caderas y sus piernas. Imagine agua formando espirales en un desagüe. Relaje cada parte de su cuerpo y deje que la tensión fluya hacia sus rodillas, sus espinillas y sus pies.

    Imagine humo que se aleja. Déjelo disiparse. Vea cómo se desvanece. Desaparece. Se disuelve.

    En su registro de citas, junto al nombre del cliente puso Marilyn Monroe, igual que la mayor parte de los tíos que venían por primera vez. Podía ganarse la vida solo con Marilyn. Podía ganarse la vida solo con la princesa Diana.

    Al señor Jones le dijo: Imagine que está mirando un cielo azul e imagine una avioneta diminuta escribiendo en el cielo la letra Z. Luego deje que el viento borre la letra. Luego imagine el avión escribiendo la letra Y. Deje que el viento la borre. Luego la letra X. Bórrela. Luego la letra W.

    Deje que el viento la borre.

    Lo único que ella hacía era montar el escenario. Recreaba los ideales de los hombres y se los presentaba. Les preparaba una cita con su inconsciente, porque nada es tan bueno como uno lo imagina. Nadie es tan guapo como en la cabeza de uno. Nada es tan excitante como tu fantasía.

    Allí practicabas un sexo con el que antes solamente habías soñado. Ella construía el escenario y hacía las presentaciones. Durante el resto de la sesión se limitaba a mirar el reloj y tal vez a leer un libro o hacer un crucigrama.

    Allí uno nunca se quedaba decepcionado.

    Enterrado en las profundidades de su trance, el tío se tumbaba, se agitaba y se meneaba como un perro persiguiendo conejos en sueños. Cada varios tíos le salía uno que gritaba, jadeaba o gemía. Se preguntaba qué debía de pensar la gente del piso de al lado. Los tíos que estaban en la sala de espera oían el jaleo y se debían de poner a cien.

    Después de la sesión, el tío estaba empapado en sudor, con la camisa mojada y pegada a la piel y los pantalones manchados. Algunos podían sacar un chorrito de sudor de los zapatos. Podían sacudirse el sudor del pelo. El diván de su despacho tenía revestimiento antimanchas, pero nunca tenía oportunidad de secarse. Ahora está sellado dentro de una funda de plástico de color claro, más para conservar los años de actividad en el interior que para preservarlo del mundo exterior.

    Así que los tíos tenían que traer una toalla en sus maletines, sus bolsas de papel o en su bolsa de deporte, junto con una muda limpia. Entre cliente y cliente ella rociaba el aire de ambientador. Abría las ventanas.