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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UN CASO DE CONCIENCIA (James Blish)

    Publicado el domingo, junio 08, 2014

    Refiero aquí las etapas de la evolución de Roma desde sus orígenes, y en la segunda parte hago mención a la santidad de los mismos lugares desde los albores de la Cristiandad. Todo cuento escribo se basa en el testimonio de otros autores o, sencillamente, en lo que he podido ver por mi mismo.
    John Capgrave. El solaz de los peregrinos.


    LIBRO PRIMERO
    1


    La puerta de piedra se cerró con estrépito. Era la tarjeta de visita de Cleaver. Jamás puerta alguna, por maciza, complicada o bien encarrilada en sus guías que estuviese había logrado impedir que aquél la cerrara con formidable estruendo, como si el mundo se viniera abajo. Y tampoco había en el universo planeta lo bastante húmedo y con la suficiente densidad atmosférica para amortiguar el ruido; ni siquiera Litina.

    El padre Ramón Ruiz—Sánchez, oriundo del Perú, miembro regular de la Compañía de Jesús, con profesión de los cuatro votos, prosiguió la lectura. Los dedos impacientes de Paul Cleaver necesitarían algún tiempo para liberarle del traje de explorador que vestía, y en el ínterin el problema subsistía. Un problema que se remontaba a un siglo atrás —se planteó por vez primera en 1939—, pese a lo cual la Iglesia no había conseguido esclarecerlo. Por lo demás, era de una complicación diabólica (adjetivo oficialmente reconocido, rigurosamente seleccionado y con la pretensión de que fuera interpretado en sentido literal). La propia novela que había promovido el caso figuraba en el Indice de Libros Prohibidos, y sólo por dispensa de la Orden a la que pertenecía tenía el padre Ruiz—Sánchez acceso espiritual a ella.

    Volvió la página sin apenas prestar atención al ruido de botas y gruñidos que llegaban del salón. El texto discurría cada vez más inextricable, más insidioso e insoluble conforme avanzaba en la lectura:

    (...) Magravio amenaza a Anita con inducir a Sila —un bruto integral (jefe de una banda de mercenarios: los silavanos) que pretende abandonar a Felicia en manos de Gregorio, Leo, Vitelio y Macdugalio, cuatro excavadores— a que abuse de ella si no cede a sus apetencias y se aviene a mantener a Honufrio en el engaño realizando el acto conyugal cuando se le pida. Anita, que dice haber descubierto tentaciones incestuosas en Jeremías y Eugenio...


    — ¡Vaya por Dios! Otra vez había perdido el hilo. ¿Quiénes eran Jeremías y Eugenio? Ah, sí..., los «filadelfos» o hermanos entrañables (seguro que aquí se ocultaba algo reprobable) que aparecían al comienzo del libro, consanguíneos en último grado de Felicia y Honufrio, este último, a juzgar por las trazas, instigador de todas las villanías y esposo de Anita. Magravio, que por lo visto admira a Honufrio, es instigado por el esclavo Mauricio —probablemente siguiendo instrucciones del propio Honufrio— a solicitar los favores de Anita, a la que llegan estos requerimientos por intermedio de su doncella Fortissa, que era o había sido en algún momento compañera de Mauricio, a quien había dado hijos, todo lo cual obligaba a sopesar con suma cautela el caso. Además, la confesión de Honufrio al inicio de la trama fue obtenida en su integridad bajo tortura, voluntaria si se quiere, pero tortura al fin y al cabo. En cuanto a las relaciones entre Fortissa y Mauricio resultaban todavía más ambiguas. A decir verdad no eran más que una suposición del padre Ware, el glosador...
    — Ramón, ¿quieres ayudarme? — gritó de repente Cleaver —. Apenas puedo moverme y..., y no me siento bien. El jesuita y biólogo apartó a un lado la novela y se levantó alarmado. Era muy extraño oír a Cleaver expresarse en aquel tono.

    El físico estaba sentado en un almohadón de junquillos trenzados relleno con una especie de musgo espagnáceo que se hundía en el centro bajo el peso de su anatomía. Se había despojado a medias del traje de explorador, confeccionado en fibra de vidrio. Estaba pálido y sudoroso aun después de haberse quitado el casco protector. Los dedos gordezuelos se movían con torpeza tirando de una cremallera que se había atascado.

    — Paul, ¿por qué no me dijiste en seguida que te sentías indispuesto? Anda, deja eso ya, no haces más que estropearlo. ¿Qué ha sucedido?
    — No lo sé con certeza — contestó Cleaver, jadeante, soltando el extremo de la cremallera. Ruiz—Sánchez se arrodilló junto a él y manipuló con cuidado para encajar de nuevo el diente de la cremallera —. Me adentré en la selva para ver si descubría más mineral de pegmatita. Llevo tiempo pensando que si algún día se instalase aquí una planta piloto de tritio, la producción podría ser fabulosa.
    —¡No lo quiera Dios! — exclamó Ruiz—Sánchez por lo bajo.
    — ¿Decías?... De todos modos no encontré nada de particular. Sólo unos cuantos lagartos y saltamontes, como siempre. Luego tropecé con una planta semejante a un ananás y una de las espinas perforó el traje y me hirió. No parecía cosa seria, pero...
    — No vestimos esos trajes por capricho. Veamos la herida. Vamos, levanta las piernas para que pueda sacar esas botas. ¿Dónde te hiciste...? Ah, ya veo. Caramba, tiene mal aspecto. Habrá que tratarlo. ¿Algún otro síntoma?
    —Tengo la boca como despellejada — se quejó Cleaver.
    —Ábrela — ordenó el jesuita.

    Cleaver obedeció y el sacerdote pudo observar que aquél se había quedado muy corto en sus apreciaciones. Tenía casi toda la mucosa bucal cubierta de visibles ulceraciones que indudablemente debían de causarle intenso dolor y cuyos bordes aparecían muy marcados, como si hubieran sido producidas con un punzón para marcar bizcochos.

    Ruiz—Sánchez se abstuvo de formular comentarios y su rostro adoptó una expresión de fingida indiferencia. Si el físico sentía necesidad de minimizar su dolencia no seria él quien lo impidiera. Un planeta extraño no es el lugar más apropiado para privar a un hombre de sus mecanismos de defensa.

    — Ven conmigo al laboratorio — indicó el jesuita —. Tienes eso muy inflamado.

    Cleaver se puso en pie, un poco tambaleante, y siguió al biólogo hasta la habitación donde estaba instalado el laboratorio. Ruiz—Sánchez tomó muestras de varias úlceras, las depositó en los cristales portaobjetos y las sometió a tinción por el método de Gram. Mientras tenía lugar el proceso de coloración se aplicó al ritual de orientar el espejo situado bajo la platina del microscopio hacia la ventana, enfocándolo contra una luminosa nube blanca. Cuando sonó la alarma del cronómetro secó la primera preparación con la llama de un mechero de laboratorio y deslizó el portaobjetos hasta afianzarlo con las pinzas de sujeción.

    Tal como casi se temía, el biólogo descubrió pocos de los bacilos y espiroquetas entremezclados que hubiesen delatado la existencia de una enfermedad común conocida en la Tierra como «angina de Vincent» —pese a que el cuadro clínico de Cleaver así lo sugería—, y que Ruiz—Sánchez habría podido curar de la noche a la mañana con una simple tableta de espectrosigmina. La flora bucal de Cleaver era normal, aunque con tendencia a proliferar debido a la cantidad de tejido expuesto.

    — Voy a inyectarte — advirtió el jesuita con voz sosegada —. Luego será mejor que te acuestes.
    — ¡Ni hablar de eso! — protestó Cleaver —. Tengo nueve veces más trabajo del que puedo hacer para añadir ahora obstáculos suplementarios.
    — Las enfermedades siempre vienen a destiempo — argumentó Ruiz—Sánchez —. Y digo yo: ¿a santo de qué preocuparse de si pierdes un día o dos cuando de todos modos no estás eh condiciones de tenerte en pie?
    —¿Qué tengo? — preguntó el físico con recelo.
    — No tienes nada — repuso Ruiz—Sánchez, casi deplorando tener que decirlo —. Me refiero a que no padeces una infección. Pero eso que tú llamas ananás te ha jugado una mala pasada. En Litina la mayor parte de esta familia vegetal va provista de espinas o tiene unas hojas recubiertas de polisacáridos venenosos para el hombre. En concreto, el glucósido con el que tropezaste era sin duda una escila o algo muy parecido. Produce los mismos síntomas que la angina de Vincent, sólo que tarda mucho más en desaparecer.
    — ¿Y cuánto tiempo me llevará recuperarme? — preguntó Cleaver, resistiéndose todavía, si bien replegado ahora a la defensiva.
    — Varios días por lo menos; hasta que estés inmunizado. La inyección que voy a darte es una globulina gamma especifica contra la escila y debería aminorar los síntomas hasta que tu organismo haya elaborado una elevada concentración de anticuerpos. Pero mientras eso no ocurra, Paul, tendrás mucha fiebre y me veré obligado a atiborrarte de antipiréticos, pues en este clima un poco de fiebre puede resultar gravísimo.
    — Lo sé — dijo Cleaver, más apaciguador. A medida que voy conociendo mejor este planeta, menos dispuesto estoy a votar en sentido afirmativo cuando llegue el momento. Bueno; adelante con tus inyecciones y tus aspirinas. Supongo que debo alegrarme de que no sufra una infección bacterial, ya que entonces las Serpientes me acribillarían con antibióticos.
    — No es probable que eso ocurra — dijo Ruiz—Sánchez —. Estoy seguro de que los litinos disponen de por lo menos cien clases de drogas que tarde o temprano acabaremos utilizando; pero por el momento no hay tal cosa, de forma que tranquilízate. Antes será preciso estudiar desde el principio su farmacología... Bien, Paul, ¡a tu hamaca! Te aseguro que dentro de diez minutos te arrepentirás de haber nacido.

    Cleaver forzó una sonrisa. Su rostro sudoroso, rematado por una desgreñada mata de pelo rubio, no había perdido el vigor ni la energía de trazos a pesar de su estado de postración. Cleaver se puso en pie y pausadamente se bajó las mangas de la camisa.

    — En lo que a ti concierne no me cabe duda de cuál va a ser tu voto — dijo —. Te agrada este planeta, ¿verdad, Ramón? Debe de ser un auténtico paraíso para un biólogo.
    — Sí, me gusta — dijo el sacerdote, devolviéndole la sonrisa. Siguió a Cleaver hasta la reducida estancia que hacia las veces de dormitorio. Salvo por el detalle de la ventana, uno hubiera dicho que se encontraba en el interior de un botijo. Las paredes, lisas y curvas, eran de algún tipo de material cerámico que no permitía filtraciones ni dejaba penetrar la humedad, aunque tampoco estaba completamente seco. Las hamacas pendían de unos ganchos que asomaban ligeramente del muro, de forma que parecían revestidos de materia cerámica como el resto de la casa —. Quisiera que mi colega la doctora Meid estuviese aquí. Creo que aún se sentiría más a gusto que yo.
    — Las mujeres metidas a científico no me inspiran confianza — dijo Cleaver, con ambigua y extemporánea irritación —. Siempre dejan que los sentimientos interfieran con sus hipótesis. Por cierto, ese nombre... Meid... ¿de dónde proviene?
    — Del Japón — aclaró Ruiz—Sánchez —. Su nombre de pila es Liu. Allí siguen la misma costumbre que en Occidente y colocan el apellido familiar a continuación del nombre.
    — Entiendo — dijo Cleaver, perdiendo interés en el tema —. Hablábamos de Litina.
    — Bien. No olvides que Litina es el primer planeta extrasolar que visito — aclaró el jesuita —. Creo que me sentiría igualmente fascinado ante cualquier mundo nuevo y habitado. Esta infinita mutabilidad de las formas de vida y la sabiduría inherente en cada una de ellas... Todo resulta asombroso y fascinante.
    — ¿Y por qué no ha de bastar con eso? — preguntó Cleaver —. ¿Por qué mezclar siempre a Dios en el mejunje? No me parece Iógico.
    — Al contrario; es lo que confiere sentido a las cosas — arguyó Ruiz—Sánchez —. La fe y la ciencia no se excluyen mutuamente, sino todo lo contrario. Pero si antepones los postulados de la ciencia y excluyes la fe, admitiendo sólo lo que está probado, no encuentras más que una serie de actos desprovistos de sentido. Para mi, la biología es un acto religioso, porque sé que todas las criaturas son obra de Dios y que cada nuevo planeta, con sus múltiples manifestaciones, es una afirmación del poder de Dios.
    — Eres un hombre muy entregado — dijo Cleaver —. Pues bien, también yo, pero sólo a la mayor gloria del hombre. Así pienso yo.

    Se dejó caer pesadamente en la hamaca. Transcurrido un intervalo razonable, Ruiz—Sánchez se levantó, y al hacerlo elevó la pierna del paciente, de la que por lo visto se había olvidado. Cleaver no se dio cuenta, señal evidente de que la inyección empezaba a surtir efecto.

    — Conforme — sentenció Ruiz—Sánchez —, pero has dejado la frase a medias. El resto dice: «...y a mayor gloria de Dios».
    — No me sermonees, padre — se revolvió Cleaver. Pero en seguida añadió —: Perdona..., no he querido decir tal cosa. Es que para un físico este planeta resulta un verdadero infierno. Será mejor que me des esta aspirina. Tengo frío.
    —Claro, Paul.

    Ruiz—Sánchez retornó con paso vivo al laboratorio, preparó una masa de barbituratosalicilato en uno de los soberbios morteros que poseían los litinos y la comprimió hasta formar varias tabletas (la húmeda atmósfera de Litina no permitía el acopio de pastillas por ser éstas excesivamente higroscópicas). Le hubiese gustado estampar en ellas la marca «Bayer» antes de que se endurecieran, pues si para Cleaver la aspirina era un remedio contra todos los males, no tenia inconveniente en que siguiera pensando que las tabletas que iba a ingerir eran aspirinas.

    Pero como era lógico, no disponía de la matriz necesaria para dicha operación. Tomó dos tabletas y regresó junto a Cleaver con un vaso y una jarra de agua pasada por un filtro Berkefeld.

    El corpulento hombretón estaba ya dormido, y Ruiz—Sánchez tuvo que desvelarlo a medias. Cleaver dormiría aún largo rato, y a cambio de aquel trato en apariencia brusco, despertaría muy avanzado en el camino de su recuperación. La verdad es que el paciente apenas se dio cuenta de que le hacían tragar las pastillas, y al poco volvía a respirar afanosa y entrecortadamente.

    Acto seguido Ruiz—Sánchez volvió al salón, tomó asiento y empezó a inspeccionar el traje de explorador. No le costó mucho localizar el desgarro causado por la espina vegetal, y vio que podría remendarlo con facilidad. Mucho más difícil era, en cambio, remendar la idea que Cleaver tenía de que las defensas orgánicas de los terrestres les hacia invulnerables en Litina y que uno podía topar impunemente con una planta espinosa. Ruiz—Sánchez se preguntó si los dos restantes miembros del Grupo Explorador de Litina seguían compartiendo la idea.

    Cleaver había dicho que el pinchazo se lo había ocasionado un «ananá». Cualquier biólogo hubiese podido indicarle que hasta en el planeta Tierra el ananá es una planta prolífica y dañina que sólo por afortunada y casual contingencia resulta comestible. Ruiz—Sánchez recordaba que en Hawai sólo era posible atravesar la fronda tropical calzando botas altas y vistiendo pantalones de burdo y resistente paño. Incluso en las plantaciones Dole, los ananás, indómitos y amazacotados, podían destrozarle a uno las piernas si no las llevaba bien protegidas.

    El jesuita volvió el traje del revés. La cremallera que se le había atascado a Cleaver era de un material plástico cuyas moléculas llevaban incorporados radicales de varias sustancias terrestres antifungicidas, en especial la tiolutina, un veneno protoplásmico: Cierto que los hongos de Litina no hacían mella en esta protección; pero la compleja molécula del plástico en si, expuesta a la humedad y elevada temperatura que prevalecían en Litina, tendía a polimerizarse de forma más o menos espontánea. Este era el caso. Uno de los dientes de la cremallera presentaba el aspecto de una roseta de maíz tostado.

    Mientras Ruiz—Sánchez manipulaba en el traje empezó a oscurecer. Se oyó un chasquido y la estancia se iluminó con la pequeña y pálida llama surgida de unas oquedades en cada una de las paredes. La sustancia combustible era gas natural, del que Litina tenia un suministro inagotable y constantemente renovado. La llama se producía por absorción de un catalizador al fluir el gas de las conducciones. Si se deseaba una luz más intensa, se colocaba en la llama una camisa de calcio protegida por cristal refractario y que se graduaba mediante un tornillo. Sin embargo, el sacerdote prefería, como los propios litinos, la tenue luz amarilla y sólo utilizaba la de calcio en el laboratorio.

    Con todo, los habitantes de la Tierra necesitaban de la electricidad para ciertos menesteres, lo cual les había obligado a proveerse de generadores. En electrostática los litinos estaban mucho más avanzados que los terrestres, pero en materia de electrodinámica sus conocimientos eran parcos. Habían descubierto el magnetismo sólo unos pocos años antes de la llegada de la misión exploradora, pues en el planeta no existían magnetos naturales. Experimentaron por vez primera el fenómeno no en el hierro, mineral del que apenas existían trazas, sino en el oxigeno liquido, sustancia evidentemente inadecuada para fabricar núcleos de dinamo.

    Los resultados obtenidos a tenor de la técnica empleada por los litinos eran insólitos para un terrícola. Las reptiloides criaturas de tres metros y medio habían construido varios gigantescos generadores electrostáticos y veintenas de otros más pequeños, pero no tenían nada que se pareciera ni remotamente a nuestros teléfonos. Poseían notables conocimientos prácticos de electrólisis, pero consideraban un alarde técnico llevar la corriente eléctrica a larga distancia —digamos un kilómetro y pico—. Desconocían el motor eléctrico, pero efectuaban veloces vuelos intercontinentales en aviones de propulsión a chorro impulsados por electricidad estática. Cleaver había asegurado que comprendía perfectamente este fenómeno, pero Ruiz—Sánchez, por supuesto, no acertaba a explicárselo, y mucho menos después del rollo que Cleaver le largara sobre plasmas de electrones—iones calentados por inducción de corrientes de hiperfrecuencia.

    Los litinos disponían de un fantástico sistema de comunicaciones por radio que, entre otras cosas, formaba una red de navegación «natural» que comprendía a la totalidad del planeta, con base en un árbol (tal vez el detalle que más evidenciaba el talento de los litinos para la paradoja), pese a lo cual no habían logrado fabricar un tubo de vacío de serie y su teoría atómica era poco más avanzada que la de Demócrito.

    Cierto que estas paradojas se explicaban en parte por las carencias de Litina. Como toda masa sólida en rotación, Litina tenia su propio campo magnético. Sin embargo, es difícil que los habitantes de un planeta en el que no existe mineral de hierro descubran los postulados teóricos del magnetismo. La radiactividad superficial de aquel mundo les era por completo desconocida, por lo menos hasta la llegada de los terrestres, lo que explicaba la vaguedad y confusión de que adolecía la teoría atómica de los litinos. Como los griegos, habían descubierto que la fricción del vidrio con la seda produce una clase de energía o carga, al igual que ocurre con la seda y el ámbar. De aquí habían pasado a los generadores Van der Graaf, a la electroquímica y al chorro de electricidad estática. Pero al no disponer de metales idóneos les era imposible construir baterías de alta tensión o rebasar las bases de la electricidad dinámica.

    En los terrenos en que habían contado con pistas suficientes realizaron grandes progresos. Así, a pesar de la constante nubosidad y la persistente llovizna, poseían unos conocimientos extraordinarios de astronomía descriptiva, gracias en especial a la afortunada circunstancia de poseer un pequeño satélite lunar que desde antiguo había atraído su atención hacia el espacio exterior. Ello, a su vez, había influido en la consecución de progresos determinantes en el campo de la óptica, convirtiéndoles en consumados y fantásticos manipuladores del vidrio. La química que practicaban obtenía el máximo provecho tanto del mar como de la floresta. El primero les proporcionaba productos tan vitales y diversos como el agar, yodo, sales, metales inferiores y alimentos de variado tipo. Del frondoso bosque obtenían los restantes productos que necesitaban: resinas, caucho, madera en toda la gama de durezas, aceites para condimento y derivados, «mantecas» vegetales, colorantes, drogas, corcho y papel. Sólo se abstenían de cazar animales terrestres, y a uno le costaba imaginar la causa. El jesuita lo atribuía a motivos de orden religioso. Sin embargo, los litinos no profesaban religión alguna y, por supuesto, consumían buena parte de las especies de la fauna marina sin escrúpulos de conciencia.

    Ruiz—Sánchez lanzó un suspiro y abandonó el traje de explorador sobre las rodillas, pese a que todavía no había terminado de encajar el diente de la cremallera en forma de roseta. En el exterior, envuelta en la húmeda oscuridad, Litina bullía de vida. Era un zumbido estimulante, vital, de extrañas resonancias, que abarcaba casi todo el espectro auditivo de un terrestre, producido por las miríadas de insectos que poblaban el aire de Litina. Eran en su mayoría sonidos vibrantes y agudos, parecidos al gorjeo de algunos pájaros, y también ronroneos de ala y zurridos característicos de los insectos terrestres. En cierto modo era una suerte, ya que no había pájaros en Litina.

    «¿Eran éstas las armonías del Edén antes de que el demonio hiciera su aparición en la Tierra?», se preguntó Ruiz—Sánchez. Desde luego, allá en su patria, en Perú, no se conocían sonidos tan melodiosos...

    Escrúpulos de conciencia: eso era lo que en el fonda le preocupaba, más, mucho más que los laberintos taxonómicos de la biología ya bastante intrincados en la Tierra antes de que los vuelos espaciales contribuyeran con los dédalos de cada nuevo planeta, con los laberintos de cada nueva estrella. Que los litinos fueran bípedos evolucionados de los reptiles, con bolsas abdominales como los marsupiales y sistemas circulatorios pterópsidos, eran aspectos en extremo interesantes. Que tuvieran o no escrúpulos de conciencia, era una cuestión vital.

    Un calendario atrajo su atención. Se trataba de uno de esos calendarios llamados «artísticos». que Cleaver había sacado de su equipaje cuando llegaron al planeta. En él aparecía una muchacha falsamente espontánea enmarcada por densas capas de refulgentes tonalidades anaranjadas. Era el 19 de abril del año 2049, es decir, casi Pascua de Resurrección, el más señalado recordatorio de que el cuerpo es una simple envoltura de la vida espiritual. Sin embargo para Ruiz—Sánchez era una fecha tan destacada como la propia Pascua, pues 2050 era Año Santo.

    La Iglesia había retornado a la tradición —instituida oficial mente por Bonifacio VIII en el año 1300— de proclamar Año Santo cada cincuentenario. En el supuesto de que Ruiz—Sánchez no pudiera acudir a Roma el año próximo, en que se abría la Sacra Puerta, ya no tendría ocasión de presenciarlo en lo que le quedaba de vida.

    «¡Apresúrate, apresúrate!» martilleaba en su cerebro algún demonio personal. O ¿era quizá la voz de su propia conciencia? ¿Tanto era el lastre de sus pecados —que él mismo ignoraba— como para compelerle a emprender el peregrinaje? Tal vez todo fuera una tentación sin importancia inducida por el pecado de la vanidad...

    En cualquier caso no podía precipitar la misión que les había llevado allí. El y sus tres colegas se hallaban en el planeta para determinar si la Tierra podía utilizarlo como puerto de escala sin riesgo ni perjuicio para terrestres y litinos. Los tres miembros restantes del grupo explorador eran antes que nada científicos, como Ruiz—Sánchez. La diferencia estaba en que éste sabia que su recomendación final dependería en última instancia de su conciencia, no de la taxonomía. Y la conciencia, como el acto de creación, no puede ser espoleada ni programada.

    Con semblante preocupado bajó la mirada hacia el todavía cerrado traje de explorador, hasta que oyó quejarse a Cleaver. Entonces se levantó y abandonó la estancia al dulce siseo de las Ilamas en las paredes.


    2


    Desde el ovalado ventanal frontero de la vivienda asignada a Ruiz—Sánchez, el terreno descendía en suave declive hasta las márgenes de Bahía Baja, un sector del golfo de Sfath. o la mayor parte del litoral litino, era aquélla una zona salinosa. Cuando subía la marea las aguas invadían los arenales un kilómetro de longitud poco más o menos, casi a medio trecho de la casa. Cuando refluían las aguas, como en aquella noche, se sumaban a la sinfonía de la selva los aullidos atormentados de una especie de pez pulmonado, que a veces se congregaba en número de veinte o más y aullaban al unísono. En ocasiones, cuando nada empañaba la visión del pequeño satélite y la ciudad refulgía con una nitidez poco habitual, se alcanzaba a vislumbrar la sombra aislada de algún anfibio ó el sinuoso rastro del cocodrilo litino en pos de una presa más rápida que él a la que de todas formas acabaría por dar alcance en el oportuno estadio geológico.

    Mas allá, oculta normalmente a la vista por causa de la bruma, aun en pleno día, estaba la orilla opuesta de Bahía Baja, con los mismos arenales inundados por las mareas, a los qué seguía el tupido bosque, que se prolongaba ininterrumpidamente el norte, a lo largo de centenares de kilómetros, hasta el mar ecuatorial.

    Detrás de la casa, visible desde el dormitorio, se extendía el resto de la ciudad, Xoredeshch Sfath, capital del gran continente sur. Como ocurría con todas las ciudades levantadas por litinos, los terrícolas se mostraban sorprendidos en gran manera ante lo que parecía un desierto despoblado. La causa radicaba en que las casas de los reptiloides estaban construidas a misma arcilla extraída de los cimientos, lo que llevaba a confundirlas con el terreno, incluso en el caso de un observador avezado.

    La mayor parte de las edificaciones más antiguas eran de planta rectangular, construidas sin la argamasa característica de las viviendas de ladrillo. Con el transcurso de las décadas, las construcciones siguieron proliferando y habitándose de manera espontánea, hasta que llegó un momento en que resultaba más cómodo abandonar la casa que no complacía a sus moradores que demolerla. Una de las primeras frustraciones que experimentaron los terrícolas en Litina se debió a la impulsiva respuesta que Agronski formuló para volar una de las estructuras con TDX, explosivo de efecto polarizante por la acción gravitatoria, que los litinos desconocían y cuya onda se expande en un plano horizontal, con lo que logra perforar viguetas laminadas como si de queso se tratara. El almacén escogido para a demolición era amplio y de gruesos muros y había sido construido hacia tres siglos litinos (equivalentes a 312 años terrestres). El estruendo de la explosión conmocionó a los nativos, pero después del estallido el almacén seguía en pie, incólume.

    Las edificaciones más modernas se apreciaban con mayor claridad tras la puesta del sol, pues en el curso de los últimos cincuenta anos, los litinos habían empezado a aplicar sus vastos conocimientos de cerámica a la construcción de edificios. Las nuevas construcciones adoptaban mil diversas y casi biológicas formas. No eran amorfas, pero diferían en gran manera de los diseños arquitectónicos convencionales. Tenían cierto parecido con las imaginativas composiciones que en otros tiempos realizara un pintor llamado Dalí, que convertía en habitáculos las habichuelas hervidas. Si bien cada una de las casas era diferente a las demás y estaba construida al gusto de su propietario, todas proyectaban de forma manifiesta el carácter de la comunidad y del suelo en el que se asentaban. También armonizaban con el fondo de tierra y espesa fronda, pero como la mayoría eran de cerámica vidriada, en los días de sol, con la luz y el ángulo de observación adecuados, resplandecían con un destello cegador. Fue este fulgor equivoco el primer indicio que tuvieron los terrestres en el espacio de que en algún lugar de la inmensa selva litina habitaban criaturas inteligentes, aunque a decir verdad jamás habían tenido dudas al respecto. Los intensísimos impulsos radioeléctricos que emitía el planeta lo habían anticipado mucho antes de llegar a Litina.

    Mientras dirigía sus pasos hacia la hamaca en la que reposaba Cleaver, Ruiz—Sánchez contempló por enésima vez la ciudad a través de la ventana del dormitorio. Xoredeshch Sfath se desplegaba ante sus ojos con inusitada viveza, en perpetua mutación. La capital se le antojaba singularmente hermosa y, también, extraña y misteriosa. Ninguna de las muchas ciudades de la Tierra podía comparársele.

    Comprobó el pulso y la respiración de Cleaver. Ambos los tenía acelerados, aun para los estándares de Litina, donde la alta presión parcial de dióxido de carbono aumentaba el PH de la sangre en los terrestres y estimulaba el reflejo respiratorio. Con todo, el sacerdote estimó que el estado del enfermo no sufriría agravación en tanto no consumiera una mayor dosis de oxigeno. Por el momento, el físico dormía a pierna suelta —un sueño intranquilo, eso si— y no sufriría daño alguno si le dejaba solo durante un rato.

    Claro que si un feroz alosauro se deslizaba fortuitamente dentro de la ciudad... Pero eso era como si en la Tierra un elefante irrumpiera súbitamente en pleno centro de Nueva Delhi. Podía suceder, pero casi nunca acontecía. Ningún otro animal peligroso de Litina podía introducirse en la casa si se tenia buen cuidado de mantener la puerta cerrada. Ni siquiera las ratas —o las abundantes especies monotremas que constituían su equivalente en Litina— tenían medio de colarse e infestar una construcción de cerámica vidriada.

    Ruiz—Sánchez tomó una jarra de agua fresca de una especie de hornacina y la depositó en el suelo junto a la hamaca. Luego se dirigió al vestíbulo, se calzó las botas, se puso el macintosh y se caló un sombrero impermeable. En el momento de abrir la puerta de piedra los mil y un sonidos de la noche litina irrumpieron acompañados de una ráfaga de brisa marinera con el característico olor halógeno que desde antiguo viene llamándose «salino». Caía una lluvia fina que envolvía en halos las luces de Xoredeshch Sfath. A lo lejos, sobre la superficie de las aguas, cabeceaba otra luz, probablemente la del vaporcito costero que efectuaba la travesía hasta Yllith, la enorme isla que aparecía atravesada en el sector de Bahía Alta, aislando todo el golfo de Sfath del mar ecuatorial.

    Ya en el exterior de la casa, Ruiz—Sánchez giró una rueda que hizo penetrar sendos pasadores en cada uno de los costados de la puerta. Después sacó del abrigo impermeable un trozo de tiza blanda y escribió en una tablilla debidamente resguardada, prevista para tales usos, un mensaje en litino que decía: Enfermo en el interior. Era suficiente. Quienquiera que desease abrir la puerta no tenia más que hacer girar el volante —los litinos no conocían el cierre por cerradura—, aunque preciso es reconocer que los nativos del planeta eran seres extremadamente sociales que respetaban sus propias convenciones en la misma medida que respetaban el derecho natural.

    Hecho esto, Ruiz—Sánchez se encaminó en dirección al centro de la ciudad y al, árbol de las Comunicaciones. Las calles asfaltadas reflejaban la luz amarillenta que se filtraba por las ventanas y el blanquecino resplandor de las farolas callejeras, muy espaciadas unas de otras. De vez en cuando se cruzaba con la figura marsupial de casi cuatro metros de alto de un litino, intercambiando miradas de abierta curiosidad. Con todo, dada la hora, pocos de ellos callejeaban. Por las noches permanecían en sus casas dedicados a no sabia qué menesteres. Ruiz—Sánchez los veía con frecuencia en grupos de dos o tres moviéndose tras los ventanales ovoides. A veces daban la impresión de que estaban conversando.

    ¿Acerca de qué?

    Una pregunta muy pertinente. Los litinos no tenían periódicos, ni crónica negra, ni sistemas de comunicación individual, ni aficiones claramente diferenciadas de sus ocupaciones habituales, ni partidos políticos, ni recreos públicos, ni constituían diversidad de naciones. Desconocían el juego, la religión, los deportes, los cultos y los oficios litúrgicos. Era de suponer que no pasaban todas las horas de vigilia intercambiando conocimientos, pendientes del trabajo, discutiendo temas de filosofía e historia o trazando planes para el futuro. ¿O acaso si? A Ruiz—Sánchez se le ocurrió que quizá permanecían inertes en sus jaulas, como sardinas enlatadas. Pero casi al mismo tiempo que esta idea cruzaba su mente pasó por delante de una vivienda y distinguió sus siluetas moviéndose afanosamente de acá para allá.

    Una ráfaga de viento hizo que unas gotas de fría lluvia salpicaran el rostro del sacerdote. Instintivamente apretó el paso. Si la noche resultaba especialmente borrascosa el árbol de las Comunicaciones seria sin duda un continuo fluir y refluir de mensajes. Ante él distinguió la borrosa imagen del árbol. Era como un inmenso y gigantesco secoya erguido en la boca del valle por el que discurría el río Sfath, que serpenteaba describiendo amplios meandros hasta las tierras interiores del continente, donde Gleshchtehk Sfath, el Lago Ensangrentado, vertía impetuosamente sus aguas.

    El árbol se cimbreaba ligeramente a impulsos de los vientos que soplaban de uno y otro lado del valle, pero el leve balanceo era suficiente. En efecto, con cada cimbreo el sistema de raíces, que atravesaba todo el subsuelo de la ciudad, halaba y torsionaba la falla cristalina sobre la que fueron excavados los cimientos de la capital en época tan remota de la prehistoria litina como lo fuera la fundación de Roma en la Tierra. A cada impulso la soterrada masa rocosa respondía con un formidable latido que generaba ondas radioeléctricas y que se percibía no sólo en Litina, sino también a considerable distancia en el espacio exterior. Los cuatro componentes de la misión exploradora tuvieron ocasión de escucharlo por vez primera hallándose en la nave espacial, cuando Alfa Arietis, el Sol de Litina, no era más que un puntito luminoso. En aquella ocasión los miembros del grupo se interrogaron con la mirada.

    Sin embargo, los latidos eran ruido a secas. El medio que empleaban los litinos para modularlo y convertirlo en instrumento de comunicación —no sólo para transmitir mensajes, sino también como base de la fantástica red para la navegación: como sistema de señalización horaria en el ámbito de todo el planeta y otras muchas aplicaciones—estaba tan lejos de la comprensión de Ruiz—Sánchez como la teoría de los afines, pese a que Cleaver sostenía que una vez entendido resultaba la mar de sencillo. Al parecer tenía algo que ver con los semiconductores y la física de los sólidos, materias que —siempre según Cleaver— los litinos conocían mejor que cualquier terrícola.

    Por una elemental y momentánea asociación de ideas evocó la identidad del actual decano de la teoría de los afines en la Tierra un hombre que firmaba sus trabajos científicos con el seudónimo de «H. O. Petard», pero cuyo verdadero nombre era Lucien, conde de Bois d'Averoigne. Por otra parte, Ruiz—Sánchez constató que esta asociación de ideas no era tan espontánea como parecía a primera vista, ya que el conde era un ejemplo manifiesto del casi total extrañamiento de la física actual en relación con las experiencias físicas ordinarias de la humanidad. Su titulo no era una patente de nobleza, sino sólo una parte del nombre, que su familia había mantenido mucho tiempo después de que el régimen político que había otorgado el privilegio desapareciera tras la fragmentación de la Tierra a consecuencia de la instauración de la economía de Refugio. Había más honra aparejada al nombre que al titulo, pues el conde se jactaba de pertenecer a una ilustre estirpe que se remontaba en derechura a la Inglaterra del siglo XIII y al autor de Lucien Wycham His Boke of Magick.

    Un linaje eclesiástico de prosapia, sin duda, pero el Lucien de nuestros días era un católico endeble, una figura política, en la medida que la economía de Refugio conocía tal atributo. Ostentaba además el titulo adicional de Procurator de Canarsie, titulo que si uno examinaba las cosas con detenimiento era más ornamental que otra cosa, pero que tenia sus ventajas, por cuanto reducía la prestación semanal de trabajos comunitarios. La especulación había desaparecido y la tenencia de títulos era el único medio que el ciudadano común tenia a mano para controlar de algún modo los recursos que le permitían subsistir. Los poseedores de vastos pecunios no tenían más salida que la del consumo por el consumo en unas proporciones que hubieran hecho dudar a Veblen de que pudieran existir precedentes de una tal prodigalidad en épocas anteriores. De haber intentado ejercer el menor control sobre la economía, hubiesen sido destruidos, si no por los tenedores de títulos si por los irreductibles defensores de las ahora injustificables ciudades subterrestres.

    Y no es que el conde fuera un zángano precisamente. Según las últimas noticias se había enzarzado en una pugna altamente esotérica con las ecuaciones de Haertel, aquella definición del continum espacio—tiempo que al digerir la fórmula reductiva de Lorentz—Fitzgerald como Einstein había engullido a Newton (es decir, enterito) había hecho posibles los vuelos interestelares. Ruiz—Sánchez no entendía una palabra de ella, «pero una vez comprendida —se dijo socarronamente—, resulta muy sencilla».

    A fin de cuentas este género de apreciación era aplicable a todas las esferas del saber: una vez entendida la cuestión, todo era muy simple, pero en caso contrario el problema entraba en el dominio de la ficción.

    En tanto que jesuita, e incluso en aquel lugar, a cincuenta años luz de Roma, Ruiz—Sánchez conocía algo respecto del saber que al conde de Bois d'Averoigne se le había olvidado y que Cleaver jamás aprendería: que todo conocimiento pasa por dos fases. Una es el tránsito del mero enunciado al hecho, y la segunda la reconversión del hecho en postulado teórico. El objetivo involucrado en este circuito era la concepción de distinciones y matices cada vez más sutiles, y el resultado era una serie interminable de hecatombes teóricas. El poso era la fe.

    Ruiz—Sánchez penetró en la estancia de pronunciada y elevada bóveda semejante a un huevo apoyado en su extremo más ancho y excavada al pie del árbol de las Comunicaciones. El lugar era un hervidero, a pesar de lo cual difícilmente hubiera podido concebirse algo menos parecido a una oficina de telégrafos u otro centro de comunicación cualquiera tal como se conocen en la Tierra. En torno al parapeto circular situado en el extremo inferior de la sala ovalada se agitaba sin tregua una nube de altas figuras —las de los litinos—, que entraban y salían por los múltiples huecos sin puertas, cambiando su posición en el torbellino del mismo modo que los electrones cambian de órbita. Pese a la masa de circunstantes, el murmullo de las voces era tan apagado que Ruiz—Sánchez podía oír allá en lo alto, entremezclado con los siseos, el gemido del viento entre las enormes ramas del árbol.

    La parte interior del corro de figuras móviles estaba delimitado por un parapeto, una elevada barandilla de madera negra pulimentada, sin duda tallada del propio floema del árbol de las Comunicaciones. Al otro lado de esta división simbólica, que a Ruiz—Sánchez le recordaba con insistencia la división de Encke, en los anillos de Saturno, un menguado corrillo de litinos recibía y entregaba mensajes con diligencia, sin concederse punto de reposo, transmitiendo sin falla todos los mensajes —a juzgar por la febril actividad que se observaba en la parte exterior del círculo—, sin esfuerzo visible y de memoria. De vez en cuando uno de los especialistas se salía del corrillo para dirigirse a una de las mesas esparcidas, cada vez más compactas y prietas, como el anillo de un Crape, por casi toda la superficie restante del inclinado pavimento, donde intercambiaba información con las figuras sentadas ante ellas. Luego regresaba al corro o reemplazaba al compañero de la mesa, el cual se incorporaba a su vez al corrillo interno.

    La sala en forma de cuenco se hacia más profunda y las mesas disminuían en número. En el centro, de pie, se erguía solitaria la figura de un litino ya maduro que mantenía las manos ahuecadas sobre las orejas, detrás de las poderosas quijadas, los ojos cubiertos por membranas nictitantes, dejando sólo al descubierto las fosas nasales y los orificios posnasales receptores del calor. No conversaba ni era consultado, pero resultaba evidente que la absoluta concentración en que se hallaba era la razón, la única razón, del continuo fluir y refluir de reptiloides al circulo exterior del parapeto.

    Ruiz—Sánchez se detuvo, boquiabierto. Era la primera vez que acudía en persona al árbol de las Comunicaciones —una de las misiones hasta entonces asignadas a Cleaver era la de permanecer en contacto con Michelis y Agronski, los otros dos miembros expedicionarios que se hallaban en Litina—. Permaneció inmóvil, sin saber qué hacer. La escena que se desarrollaba ante sus ojos era más propia de una bolsa de contratación que de un centro de comunicaciones propiamente dicho. Parecía extraño que cada vez que soplaban los vientos del valle hubiera tan gran número de litinos que tuvieran necesidad de enviar mensajes urgentes y tampoco resultaba lógico que aquéllos, que disfrutaban de una economía estable caracterizada por la abundancia tuvieran un equivalente de las bolsas de contratación de valores o mercancías.

    Al parecer, Ruiz—Sánchez no tenia más alternativa que meterse en el corro, tratar de acercarse a la barandilla de lisa superficie negra y consultar con alguno de los litinos del otro lado para tratar de ponerse en contacto con Agronski o Michelis. Lo peor que podía pasar, se dijo, era que le negaran la solicitud o que no consiguiera dar con sus compañeros. Ruiz—Sánchez aspiró con fuerza e hizo acopio de aire.

    Casi al mismo tiempo, una mano gigantesca que abarcaba desde el codo hasta el hombro del jesuita se cerró con fuerza sobre su brazo. Ruiz—Sánchez dio un bufido, sobresaltado, y el aire inhalado escapó de nuevo de sus pulmones. Alzó la vista y posó la mirada en la cabeza de un litino, inclinada con gesto solicito.

    Las barbas del reptiloide, semejantes a las de un gallo, colgaban bajo la larga boca parecida a un escotillón; tenían una delicada coloración aguamarina, en acusado contraste con la cresta atrofiada, de uniforme y argenteado zafiro surcado por vetas de color fucsia.

    — Es usted Ruiz—Sánchez, ¿no? — saludó el litino en el idioma local. A diferencia de los restantes terrestres, el nombre del clérigo no sonaba raro en lengua litina —. Le he reconocido por las ropas.

    La verdad es que le habían reconocido por puro azar. Cualquier habitante de la Tierra que caminara bajo la lluvia enfundado en un abrigo impermeable hubiera sido identificado como Ruiz—Sánchez, porque el sacerdote era el único terrícola que parecía a los litinos vestir siempre las mismas prendas, tanto en casa como en la calle.

    — Si, en efecto — respondió el biólogo no sin cierta aprensión.
    — Yo soy Chtexa, el metalúrgico, el mismo que hace algún tiempo les consultó algunos temas de química y medicina y les Interpeló acerca de su misión en Litina y otros aspectos de menor importancia.
    —Ah si, por supuesto. Debería haber reconocido su cresta.
    — Me halaga usted. Es la primera vez que le vemos por aquí. ¿Desea usted comunicar a través del Arbol?
    — Si, a eso he venido — manifestó el jesuita, reconocido —. En efecto, es mi primera visita al lugar. ¿Tendría la bondad de indicarme qué debo hacer?
    — Si, claro, pero sería en balde — dijo Chtexa, inclinando un poco más la cabeza, de forma que sus pupilas enteramente oscuras se reflejaban en los ojos de Ruiz—Sánchez —. Antes es preciso haber observado el ritual, bastante complejo, hasta que uno termina por coger el hábito. Nosotros nos hemos criado con él, pero creo que a usted le faltaría coordinación para captarlo a primeras de cambio. Si me permite, yo mismo le llevaré el mensaje.
    — Le quedaré muy reconocido. Va destinado a nuestros colegas, Agronski y Michelis, que se encuentran en Xoredeshch Gton, en el continente noreste, a unos treinta y dos grados este y treinta y dos grados norte aproximadamente...
    — Si, la segunda indicación a la salida de los Lagos Menores. Es la ciudad de los ceramistas. La conozco bien. ¿Y qué debo decirles?
    — Que regresen sin falta a Xoredeshch Sfath, y que se acaba el plazo de nuestra estancia en Litina.
    —Cosa que yo deploro, pero a la que debo resignarme — añadió Chtexa.

    El litino se zambulló en el apretado corro y Ruiz—Sánchez permaneció donde estaba, felicitándose de haber aprendido la complicadísima jerga que hablaban los litinos. Dos de los cuatro integrantes de la misión de reconocimiento habían evidenciado una absoluta y lamentable falta de interés por aquella lengua hablada a escala planetaria. «Que aprendan inglés», solía pedir el aturdido Cleaver. Ruiz—Sánchez estaba muy poco presupuesto en favor de esta recomendación, por cuanto su lengua materna era el español, y porque de los cinco idiomas que dominaba, el que más le agradaba era el alemán norteño del sector occidental.

    Agronski había adoptado una postura algo más coherente. Decía que el litino no le parecía muy difícil de pronunciar —por descontado, la articulación en el velo del paladar no presentaba más dificultades que el árabe o el ruso—, pero que, a fin de cuentas «es completamente inútil intentar aprehender los conceptos que se ocultan tras un idioma realmente extranjero, ¿no crees? Por lo menos teniendo en cuenta el tiempo que vamos a permanecer aquí»

    Michelis no argumentó a favor ni en contra de ambas opiniones, y limitó su esfuerzo en aprender primero a leer el idioma litino. Si luego conseguía hablarlo, ni él ni sus colegas se sorprenderían demasiado. Esa era la forma que tenia Michelis de hacer las cosas: minuciosa y práctica a un tiempo. En cuanto a los criterios de sus otros dos colegas, Ruiz—Sánchez opinaba para si que era casi delictivo permitir a hombres que sustentaban ideas tan simplistas abandonar la Tierra rumbo a un planeta desconocido para tomar contacto con otros seres. El lenguaje es elemento esencial para la comprensión de una nueva civilización, y si uno no empieza por aquí, ¿por dónde entonces?

    En cuanto a la opinión que merecía al biólogo la referencia de Cleaver a los habitantes del planeta como «las Serpientes», sólo un confesor, a la sazón fuera de su alcance, podía escucharla.

    A la vista de la escena que se desarrollaba en la sala en forma de cuenco, ¿qué podía pensar de Cleaver como encargado de las comunicaciones en el seno del grupo explorador? Lo más probable era que, en contra de lo que decía, no hubiese transmitido ni recibido mensaje alguno a través del árbol. Seguro que no había ido más allá del sitio en que Ruiz—Sánchez se encontraba ahora. Con todo, era obvio que de un modo u otro había estado en contacto con Agronski y Michelis, pero por un sistema de comunicación particular..., tal vez un transmisor oculto en el equipaje, o... No; imposible. Por escasos que fueran sus conocimientos de física, el jesuita rechazó la idea casi en el mismo instante en que le vino a la mente. No se le ocultaban las dificultades de orden práctico que entrañaba operar con un equipo de radioaficionado en un mundo como Litina, surcado por una infinita gama de longitudes de onda, producto de los formidables latidos que el árbol arrancaba de la falla cristalina. El asunto empezaba a inquietarle.

    Entonces regresó Chtexa, al que reconoció no tanto por un determinado rasgo físico sus barbas tenían ahora el mismo ambiguo y mayestático color púrpura que la mayor parte de los litinos congregados en la sala como por el hecho de que avanzara en derechura hacia él.

    — He transmitido su mensaje — dijo en seguida —. Ha quedado registrado en Xoredeshch Gton. Pero los otros terrestres no están allí. Hace algunos días que no se dejan ver en la ciudad.

    Ruiz—Sánchez estaba aturdido. Cleaver le había dicho que había hablado con Michelis hacia sólo un día.

    —¿Está seguro? — inquirió con cautela.
    — No me cabe la menor duda — respondió el litino —. La casa que les asignamos está vacía, y no queda en ella un solo bártulo del equipaje que portaban. — La enorme criatura levantó sus manos de cuatro dedos en un ademán que podía interpretarse como de aflicción —. Creo que no son buenas noticias y deploro tener que comunicárselas. La primera vez que usted y yo conversamos me hizo usted participe de cosas muy interesantes.
    — Muchas gracias; no se preocupe — contestó Ruiz—Sánchez, un tanto distraídamente —. Tenga por seguro que ningún hombre cabal reprocharía el mensaje al portador.
    — También al mensajero le incumben responsabilidades, por lo menos aquí entre nosotros — dijo Chtexa —. Nada se hace de forma enteramente gratuita, y desde nuestro punto de vista usted ha llevado la peor parte en el intercambio. Su información concerniente al mineral de hierro nos resultó de gran provecho. Me agradaría en extremo mostrarle el empleo que hemos hecho de ella, y más cuando por todo pago recibe usted malas noticias. Si sus ocupaciones le permiten compartir mi casa esta noche, le informaré cumplidamente. ¿Es ello factible?

    Ruiz—Sánchez tuvo que realizar un verdadero esfuerzo para sofocar la repentina excitación que se había apoderado de él. He aquí que tras larga espera se le presentaba por vez primera la oportunidad de atisbar en la vida privada de los habitantes del planeta y, a partir de aquí, quizá, también, de obtener un vislumbre de su condición moral, del papel que Dios había asignado a los litinos en el antiguo drama del Bien y el Mal, tanto en el pasado como en tiempos venideros. En tanto no desentrañara este misterio, podía ser que las aparentes virtudes de los litinos en su Edén particular no fueran tales y que no pasaran de ser simples mentes racionales, máquinas pensantes orgánicas, computadoras con cola pero sin alma.

    Con todo, no podía olvidar que había dejado a sus espaldas a un hombre enfermo. No era probable que Cleaver despertara antes de la mañana. Le había medicado con una dosis de sedante de casi quince miligramos por kilogramo de peso. Lo malo es que los pacientes son un poco como los niños y que no se rigen por horarios fijos. Si la robusta constitución de Cleaver rechazaba la dosis ingerida, a resultas tal vez de una crisis anafiláctica imposible de excluir en tan temprana fase de su dolencia, necesitaría atención inmediata, o, por lo menos, el calor de una voz humana en aquel planeta que detestaba y que le había doblegado casi sin prestarle atención.

    De todos modos el estado de Cleaver no era grave y a buen seguro no necesitaba de forma imperativa que alguien le velara constantemente. A fin de cuentas no era un niño, sino un hombre de una fortaleza excepcional.

    Por otra parte, no quería incurrir en un exceso de abnegación, una forma de orgullo que solía darse entre los hombres píos y que la Iglesia había intentado patentizarles, no sin dificultades, hacia mucho tiempo. En los casos más extremos tenía su plasmación en los santones, cuyo gusto por el hedor y la fetidez tanto se asemejaba al culto a la sabandija de las sectas hindi, o en casos como el de san Simón el Estilita, quien aunque muy caro a los ojos de Dios, fue durante siglos un pésimo propagandista para la Iglesia. Además, cabía preguntarse si Cleaver merecía esta abnegación hasta el extremo de considerarle una criatura de Dios, o para decirlo con mayor propiedad una criatura divina.

    Frente a ello, todo un planeta en juego, todo un pueblo... No, más que eso: todo un problema teológico, la esperanza de una solución inminente al vasto y trágico enigma del pecado original... ¡Hermoso regalo para ofrecerlo al Santo Padre en un año de jubileo! Un acontecimiento más grandioso y solemne de lo que fuera el anuncio oficial de la conquista del Everest durante la coronación de Isabel II de Inglaterra.

    Suponiendo, claro está que del estudio de Litina se derivaran estas conclusiones, porque no faltaban indicios de que un meticuloso examen por parte de Ruiz—Sánchez pudiera revelar que el planeta era algo muy distinto, inquietante y pavoroso hasta lo inimaginable. Ni siquiera con la oración había podido esclarecer la duda. ¿Debía, pues, sacrificar la posibilidad de aclararla por causa de Cleaver?

    Toda una vida de meditación sobre casos de conciencia de esta índole había enseñado a Ruiz—Sánchez, y a muchos otros talentosos miembros de su orden, a desenvolverse por entre los más inextricables laberintos éticos. Para todo católico, la devoción es una exigencia, pero un jesuita ha de saber, además, tomar decisiones rápidas.

    — Gracias. Compartiré con gusto su casa — respondió a Chtexa, con un ligero temblor de voz.


    3


    (Una voz.)

    — ¿Cleaver? — ¡Cleaver! Anda, despierta ya, pedazo de alcornoque. ¿Dónde demonios has estado? Cleaver gruñó y trató de volverse de costado. Al hacerlo la cabeza empezó a darle vueltas, lenta e implacablemente. La fiebre lo abrasaba y la boca le escocía como si la tuviera llena de brea ardiendo.
    — Cleaver, despierta; soy yo, Agronski. ¿Dónde está el cura? ¿Qué pasa aquí? ¿Cómo no hemos sabido nada de vosotros? ¡Cuidado, te vas a...!

    El aviso llegó demasiado tarde, aunque de todos modos Cleaver no estaba en condiciones de captarlo. Sumido en un profundo sopor, había perdido la noción del espacio y del tiempo. Al revolverse para alejar de si la molesta voz, la hamaca giró sobre los ganchos de sujeción y dio con él en el suelo.

    El físico rebotó sordamente contra el pavimento, recibiendo el golpe en el hombro derecho, aunque apenas se dio cuenta. Los pies, que aún no sentía como suyos, quedaron atrapados en la malla.

    —¿Qué diablos...?
    — Oyó un breve ruido de pasos, como castañas al caer sobre un tejado, y en seguida el ruido ahuecado de algo que golpeaba el pavimento cerca de su cabeza.
    — Cleaver, ¿estás bien? Un momento... Te soltaré los pies. Mike..., Mike..., ¿quieres dar más luz a esta jaula? Algo no marcha aquí como es debido.

    A los pocos momentos brotó de las relucientes paredes una luz amarilla y en seguida resplandeció el blanco fulgor de las camisas de gas. Cleaver se restregó los ojos con el brazo, pero en vano, pues este ademán le dejó inmediatamente exhausto. El rostro afable de Agronski, rechoncho y expectante, flotaba sobre él como un globo cautivo. No veía a Michelis, y en aquellos momentos le satisfizo que así fuera. Bastante le sorprendía ya la presencia de Agronski.

    — ¿Cómo... diablos...? — balbuceó. Al intentar hablar, sus labios se despegaron dolorosamente. Entonces se dio cuenta de que mientras dormía se le habían adherido, diríase que con goma o algo semejante. No tenia la menor idea del tiempo que había permanecido inconsciente, enteramente ajeno a lo que pasaba a su alrededor.

    Agronski adivinó el pensamiento del enfermo

    — Hemos venido de los lagos en helicóptero — aclaró —. Vuestro silencio nos inquietaba y creímos más adecuado regresar por nuestros propios medios en vez de hacerlo en el reactor de línea y poner así sobre aviso a los litinos..., por si había ocurrido algo desagradable.
    — Deja ya de atosigarle — terció Michelis, que apareció como por ensalmo en la puerta —. Es evidente que padece una infección. No me gusta recrearme con el dolor ajeno, pero prefiero eso a un choque con los litinos.

    El químico, hombre larguirucho de prominente mandíbula, ayudó a Agronski a levantar a Cleaver. A pesar del dolor, Cleaver intentó una vez más despegar los labios, pero solo consiguió emitir una especie de graznido.

    — Cierra el pico — ordenó Michelis, afectuosamente —. Vamos a ponerlo otra vez en la hamaca. Me pregunto dónde se habrá metido el padre. Es el único de nosotros que sabe de medicina.
    — Apuesto a que está muerto — dijo Agronski con vehemencia, con una expresión de alarma en el semblante —, de otro modo estaría aquí. Debe de ser una enfermedad contagiosa, Mike.
    — Olvidé los guantes — se burló Michelis, secamente —. Cleaver, no te muevas o tendré que zurrarte la badana. Agronski, mejor será que vayas por agua; la necesita. De paso comprueba si el padre ha dejado en el laboratorio algo que se parezca a un medicamento.

    Agronski salió del dormitorio y Michelis hizo lo propio a grandes zancadas, o al menos eso le pareció a Cleaver, puesto que el químico se salió de su campo de visión. Tensó los músculos para sobreponerse al dolor y entreabrió de nuevo los labios.

    —Mike.

    Michelis acudió al instante. Con una torunda de algodón entre el pulgar y el índice empapado en una solución, frotó suavemente los labios y el mentón de Cleaver.

    — Tranquilo. Agronski ha ido por agua; dentro de poco podrás hablar Paul. No te precipites.

    Cleaver se relajó un tanto. Michelis era hombre de fiar. Aun así, la palpable y absurda humillación que para él suponía el que tuvieran que enjugarlo como a un crío se le hizo insoportable y unas lágrimas de impotente rabia resbalaron por ambos surcos al lado de la nariz. Michelis las enjugó con dos precisos y bruscos movimientos de mano.

    Agronski regresó con el brazo extendido y la palma vuelta hacia arriba.

    — Encontré esto — dijo —. Hay más en el laboratorio. La prensilla de las tabletas estaba fuera.
    —Está bien; dámelas. ¿Alguna cosa más?
    — No. Bueno... Había una jeringa dentro del esterilizador, si es que eso significa algo. Michelis soltó un juramento apropiado al caso.
    — Esto significa que en alguna parte del laboratorio hay una antitoxina idónea para el tratamiento — añadió —, pero va a ser imposible dar con ella si Ramón no ha dejado una nota escrita.

    A la vez que decía estas palabras levantó la cabeza de Cleaver, le abrió la boca y le puso las píldoras en la lengua. Al sorber el primer trago el paciente encontró el agua fría, pero una fracción de segundo más tarde le pareció fuego liquido. Se atragantó y Michelis, sin pensarlo, le pinzó la nariz con los dedos. Cleaver se tragó las pastillas de golpe.

    —¿No hay rastro del padre? — preguntó Michelis.
    — Nada, Mike. Todo está en orden y el instrumental sigue aquí. Los dos trajes de explorador están en el ropero.
    — Tal vez se haya ido de visita — sugirió Michelis, pensativo —. A estas alturas debe de haber trabado amistad con unos cuantos litinos. Le caían bien.
    — ¿Abandonando a un enfermo? No son ésos sus métodos, Mike, salvo que se haya producido una emergencia. También cabe en lo posible que saliera a callejear pensando regresar al cabo de unos minutos y fuera...
    —...agredido por unos enanitos porque olvidó golpear tres veces con el pie antes de cruzar el puente.
    —Está bien, búrlate cuanto quieras.
    — No me burlo, créeme. Este tipo de incidentes raros son los que pueden terminar con uno cuando se halla en un mundo extraño. Pero no acabo de imaginarme a Ramón metido en un lance de ese género.
    —Mike...

    Michelis se interrumpió y bajando la vista posó la mirada en Cleaver. El rostro de Michelis pareció alargarse por entre el velo de lágrimas.

    —Vamos, Paul. Dinos qué ha sucedido. Te escuchamos — apremió Michelis.

    Demasiado tarde. La doble dosis de sedantes surtió efecto y a Cleaver sólo le quedaron fuerzas para sacudir la cabeza. Al hacerlo, le pareció que Michelis se precipitaba dando tumbos en un remolino de confusas policromías.

    Curiosamente, no durmió largo rato. Por la noche había descansado casi como de costumbre y al empezar la agotadora jornada se hallaba en excelente forma física. A la sazón, la charla de sus dos colegas y la obsesiva idea de que era preciso hablar con ellos antes de que regresara Ruiz—Sánchez, le ayudaron a permanecer ya que no despierto, sí en un estado de cierta conciencia. Además, el hecho de que llevara en su organismo treinta gránulos de ácido acetilsalicílico había incrementado hasta límites peligrosos el normal consumo de oxígeno, provocando en él no sólo una sensación de vértigo, sino también un estado de precaria clarividencia y estabilidad emocional. Cleaver desconocía que el substrato proteínico de sus propias células era parte del combustible consumido para facilitar esta relativa claridad mental, aunque de haberlo sabido, tampoco se hubiese sentido alarmado.

    Las voces seguían llegando hasta él provistas de cierto significado, entremezcladas con fugaces y fragmentarias ensoñaciones, tan cercanas al estado de vigilia que en ocasiones le parecían extrañamente reales y, a la vez, singularmente anodinas y deprimentes. En las fases de semiinconsciencia su mente elaboraba planes y más planes, simples y ambiciosos a un tiempo: planes para asumir el mando de la expedición, para comunicar con las autoridades terrestres, para exhibir documentos secretos que demostraban la inhabitabilidad de Litina; planes para perforar un túnel que atravesara el subsuelo mexicano hasta Perú y para provocar la explosión de Litina induciendo una sola y potente fusión de los átomos ligeros que la integraban en un solo átomo de cleaverio, elemento de que estaba formado el monobloque y cuyo número cardinal era Aleph—cero...

    AGRONSKI: Mike, echa una ojeada. Tú sabes leer litino. Hay un aviso en la puerta principal, en la tablilla de mensajes. (Rumor de pasos.)
    MICHELIS: Dice «enfermo en el interior». El trazo no es lo bastante espontáneo y diestro para ser obra de un litino. Es difícil escribir los ideogramas con rapidez sin tener mucha práctica. Lo habrá escrito Ramón.
    AGRONSKI: Me gustaría saber a dónde se dirigió después de escribirlos. Es extraño que no reparásemos en el aviso cuando llegamos.
    MICHELIS: A mi no me lo parece. Era de noche, y además no esperábamos recado alguno.

    (Pisadas. Una puerta que se cierra con suavidad. Más rumor de pasos y el crujido de un almohadón de junquillos.)

    AGRONSKI: Bueno, mejor será que empecemos a pensar en la redacción de un informe. Si este maldito día de veinte horas que tiene Litina no me ha secado la mollera, aseguraría que se nos acaba el tiempo. ¿Todavía piensas recomendar el acceso al planeta?
    MICHELIS: Sí. Nada de lo que he visto me induce a pensar que Litina sea un lugar peligroso para nosotros, a pesar del estado de Cleaver. No puedo creer que el padre le haya dejado abandonado si de verdad su vida corriera peligro. Por otra parte, no veo que nosotros, los terrestres, podamos acarrear perjuicios a esta comunidad. Es demasiado estable en todos los aspectos: emocionalmente, económicamente...

    («Peligro, peligro —alertaba una voz a Cleaver en sus sueños—, todo es una conjura papista». Luego recobró un poco la lucidez y sintió un intenso dolor en la boca.)

    AGRONSKI: ¿Cómo explicar que esos dos guasones no contactaran una sola vez con nosotros durante nuestra estancia en el norte?
    MICHELIS: No sé qué decirte. No quiero perderme en conjeturas hasta que haya hablado con Ramón, o hasta que Paul pueda tenerse en pie y charlar con nosotros.
    AGRONSKI: No me gusta todo eso, Mike; algo me huele mal. Esta ciudad es el centro de comunicaciones del planeta...; por ello la escogimos, ¡qué caramba!... Y, sin embargo, ni un solo mensaje, Cleaver postrado, el padre ausente... Ignoramos muchas cosas de Litina, de esto no cabe duda.
    MICHELIS: También desconocemos muchos datos de la parte central del Brasil, y no digamos de Marte o de la Luna.
    AGRONSKI: Nada sustancial, Mike. Lo que sabemos de la periferia brasileña basta para que nos hagamos una idea de cómo son las tierras interiores, incluso en lo relativo a esos peces carnívoros... ¿Cómo los llaman?... Ah, sí, pirañas. Pero no podemos decir lo mismo de Litina. No sabemos si los datos de su periferia son esenciales o accesorios. Quizá tras esta envoltura se oculte un monstruoso secreto y no hayamos caído en ello.
    MICHELIS: Agronski, deja ya de hablar como un suplemento dominical. Estás menospreciando nuestro intelecto. ¿Qué clase de fabuloso secreto quieres que se oculte aquí?: ¿que los litinos comen carne humana?, ¿que sirven de pasto a dioses ignotos que moran en la selva?, ¿que son superseres de incógnito que alteran la mente, corrompen el alma, paralizan el corazón, hielan la sangre y hacen que se le retuerzan a uno las tripas? En el instante en que admites suposiciones de este tipo te degradas a ti mismo. Tales ideas sólo pueden afectarte de una forma abstracta. Si yo estuviera en tu lugar ni siquiera me tomaría la molestia de considerar esta posibilidad ni de discutir acerca de cómo encararla en el caso de que fuese cierta.
    AGRONSKI: Está bien, está bien. De momento me reservo mi opinión. Si todo resulta bien..., me refiero al padre y a Cleaver... es probable que me ponga de tu lado. Debo admitir que no tengo motivos concretos para votar contra este planeta.
    MICHELIS: Haces bien. Estoy seguro de que Ramón propondrá el libre acceso, de forma que seria una decisión unánime. No creo que Cleaver tenga nada que objetar.

    (Cleaver estaba prestando declaración ante un nutrido tribunal reunido en la sede de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, señalando con dramático gesto —y con expresión no tanto de triunfo como de pena— a Ruiz—Sánchez. Al oír mencionar su nombre se rompió el sueño y pudo apreciar que la estancia estaba un poco más iluminada. Apuntaba ya el alba, o los húmedos y compactos jirones grisáceos que eran su sucedáneo en Litina. Se preguntó qué palabras acababa de pronunciar ante el tribunal. Tenía idea de que habían sido concluyentes, probatorias, lo bastante útiles para sacar partido de ellas al despertar; pero no lograba recordar... Sólo le quedaba una sensación, el regusto casi de las palabras, pero no la sustancia.)

    AGRONSKI: Amanece. Creo que será mejor dar por terminada la sesión.
    MICHELIS: ¿Amarraste bien el helicóptero? Si no me equivoco los vientos que soplan aquí, en la zona meridional del planeta, son más fuertes que en el norte.
    AGRONSKI: Sí. Y además lo cubrí con la lona. Ahora no tenemos más que colgar nuestras hamacas y...

    (Se oye un ruido.)

    MICHELIS: ¡Chis!... ¿Qué es esto?
    AGRONSKI: ¿Cómo?
    MICEHLIS: Escucha.

    (Leve rumor de pasos. Cleaver sabía de quién eran. Entreabrió con esfuerzo los ojos, pero no distinguió más que el techo de la habitación. El color uniforme y la suave y continua curvatura de las paredes, hasta convertirse en una cúpula inaprensible, le sumieron de nuevo en un estado de semiinconsciencia. )

    AGRONSKI: Alguien se acerca.

    (Rumor de pasos. )

    AGRONSKI: Es el padre, Mike; mira por acá y podrás verle. Parece que no le ocurre nada. Cojea un poco, pero quién no después de haber estado trajinando por ahí toda la noche.
    MICHELIS: Será mejor que salgas a recibirle, ya que si nos descubre tan de repente se va a sobresaltar. Entretanto prepararé las hamacas.
    AGRONSKI: Claro, Mike.

    (Pasos que se alejan de Cleaver. El rechinar de la piedra contra la piedra. Alguien que manipula el volante de la puerta. )

    AGRONSKI: ¡Bienvenido a casa, padre! Acabamos de llegar y... Santo Dios!, ¿qué ocurre? ¿También tú estás enfermo? ¿Hay algo que...? ¡Mike, Mike!

    (Alguien corre. Cleaver tensa los músculos del cuello pugnando por levantarse, pero en vano, los músculos no le obedecen y la nuca tira de él cada vez con más fuerza hacia la dura almohada de la hamaca. Tras unos momentos de interminable agonía, exclama:)

    CLEAVER: ¡Mike!
    AGRONSKI: ¡Mike!

    (Por fin, con un resuello, Cleaver pierde la larga batalla. Estaba dormido.)


    4


    Cuando la puerta de la casa de Chtexa se hubo cerrado a sus espaldas, Ruiz—Sánchez paseó la mirada por el vestíbulo tenuemente iluminado. Un sentimiento de expectación se le hacia insoportable, pese a que no tenía idea de lo que esperaba hallar. A decir verdad, la casa no se diferenciaba en nada de la que él habitaba, cosa que en justicia era cuanto podía pretender. Todo el mobiliario de su «casa», excepto el equipo del laboratorio y algunos objetos sueltos traídos de la Tierra, era genuinamente litino.

    — Hemos seccionado varios de los meteoritos metaloides de nuestros museos y los hemos batido tal como usted nos indicó —decía Chtexa detrás de él a la par que el biólogo se debatía para liberarse del impermeable y de las botas—. Tal como nos había usted anticipado, detectamos un magnetismo de signo positivo muy marcado. En estos momentos todo nuestro planeta ha sido advertido para que sean recogidos los meteoritos de ferroníquel y enviados a nuestro laboratorio de electricidad aquí en la capital, dondequiera que se encuentren. A la sazón, el personal del observatorio intenta predecir posibles caídas de aerolitos. Por desgracia son raros en el planeta. Según indican nuestros astrónomos, jamás hemos tenido una «lluvia» de aerolitos, como al parecer sucede con frecuencia en su mundo.
    — No; debiera haber reparado en ello — dijo Ruiz—Sánchez, siguiendo en pos del litino hasta el salón, que era también del más puro estilo litino: una estancia vacía, salvo por su presencia.
    —Ah, eso es interesante. ¿Por qué?
    — Porque en nuestro universo tenemos una especie de gigantesca muela abrasiva; todo un anillo de pequeños planetas, millares de ellos, esparcidos en torno a una órbita, en vez de un solo mundo de dimensiones normales, que es lo que esperábamos hallar en un principio.
    — ¿Esperaban? ¿En virtud de la regla armónica? — dijo Chtexa, sentándose, a la par que indicaba con un gesto otro almohadón a su huésped —. A menudo nos hemos preguntado si esta relación existía realmente.
    — También nosotros. Quedó pulverizada en el caso expuesto. Estos pequeños cuerpos entrechocan constantemente, y el resultado son estas plagas de meteoritos.
    — Es difícil adivinar cómo ha podido tomar cuerpo un esquema tan inestable — prosiguió Chtexa —. ¿Puede dar usted alguna explicación?
    — Ninguna convincente — respondió Ruiz—Sánchez. — Entre nosotros hay quien piensa que antaño existió realmente un planeta de regular tamaño que por algún motivo se desintegró. Ocurrió un fenómeno similar con un satélite de nuestro sistema y en torno al núcleo originario se formó una banda enorme de residuos. Otros piensan que nuestro sistema solar no permitió la aglutinación de los elementos básicos que hubieran conducido al surgimiento de un planeta. Ambas hipótesis son imperfectas, pero cada una da respuesta a determinadas objeciones, de forma que quizá las dos tengan su punto de verdad.

    Los ojos de Chtexa fulguraron con el un tanto inquietante «parpadeo interior, característico en los litinos cuando estaban sumidos en profundas reflexiones.

    — No parece que haya un método adecuado para verificar una y otra respuesta — dijo tras un largo intervalo —. A tenor de nuestra lógica, el hecho de que no se pueda aducir una demostración invalida totalmente la primitiva cuestión.
    — Este criterio cuenta con muchos partidarios en la Tierra. Estoy seguro de que mi compañero el doctor Cleaver concordaría con usted.

    Ruiz—Sánchez esbozó una súbita sonrisa. Había trabajado mucho y duro para llegar a dominar el lenguaje litino, y el haber podido delimitar y comprender de manera tan acabada un tema tan endiabladamente abstracto como el planteado por Chtexa era para él un triunfo más meritorio de lo que hubiese sido cualquier ganancia cuantitativa limitada al vocabulario.

    — De todos modos me temo que van a tener problemas para recoger estos meteoritos dijo —. ¿Han ofrecido incentivos?
    — Oh, por supuesto. Todo el mundo es consciente de la importancia que reviste el programa. Todos estamos interesados en llevarlo a buen puerto.

    No era ésa exactamente la pregunta que Ruiz—Sánchez había formulado. Hurgó en la memoria tratando de hallar algún vocablo litino equivalente a «recompensa», pero no encontró más que ya empleado de «incentivo». Al mismo tiempo cayó en la cuenta de que no conocía un término que significara «codicia, avidez, avaricia». Evidentemente, ofrecer a los litinos cien dólares por cada meteorito que hallasen sólo conseguiría desconcertarles. No tenia más remedio que desistir del empeño.

    — Dado que la posibilidad de que caiga un meteorito es tan reducida — optó por decir —, no es probable que logren acumular la cantidad de mineral necesaria para llevar a cabo un estudio cabal del asunto, por afinada que sea su investigación. Además, un alto porcentaje de los hallazgos serán componentes pétreos y no metaloides. Lo que ustedes deben hacer es emprender otro programa suplementario para la obtención de mineral de hierro.
    — Lo sabemos — dijo Chtexa con voz apesadumbrada —; pero no hemos acertado a dar con uno.
    —Si encontraran un medio de concentrar los vestigios de metal que actualmenteexisten en el planeta... Nuestros métodos de fundición de nada les servirían, puesto que carecen de yacimientos de mineral. Chtexa, ¿y qué me dice de los ferrobacterios?
    — Pero ¿existen de verdad esta especie de bacterias? — inquirió Chtexa, irguiendo la cabeza en un gesto dubitativo.
    — No lo sé. Pregunte a sus bacteriólogos. Si tienen en Litina alguna bacteria que pertenezca al género que nosotros llamamos Leptothrix, ha de haber una que sea de la especie que fija el hierro. Teniendo en cuenta que la vida puebla su planeta desde hace millones de años, forzosamente ha de haber sobrevenido dicha mutación, probablemente en una fase muy temprana.
    — ¿Y por qué no la hemos descubierto? La bacteriología es tal vez el campo que más hemos cultivado.
    — Porque no saben ustedes lo que andan buscando — contestó con vehemencia Ruiz—Sánchez —, y porque esta especie sea posiblemente tan rara en Litina como lo es el propio hierro. Puesto que en la Tierra tenemos hierro en abundancia, nuestra Leptothrix ochracea ha encontrado terreno abonado para desarrollarse, en nuestros grandes yacimientos de mineral las conchas fósiles de esta bacteria se cuentan por miles de millones. En realidad, solía pensarse que la bacteria producía los yacimientos, pero yo siempre he tenido dudas al respecto. La energía que generan es producto de la transformación del óxido ferroso en óxido férrico, aun cuando esta conversión puede operar espontáneamente si el potencial de oxidorreducción y el PH de la solución son los adecuados. Cualquiera de estas dos condiciones pueden quedar afectadas por bacterias de putrefacción ordinarias. En nuestro planeta la bacteria se desarrolló en los yacimientos minerales porque allí estaba el hierro, y no al revés. Sin embargo, en Litina habrá que invertir el proceso.
    — Nos aplicaremos en seguida a un programa de muestreo de suelos — dijo Chtexa, al tiempo que sus barbas refulgían con apagados tonos purpúreos —. Cada mes nuestros centros de investigación de antibióticos examinan muestras de suelos por millares busca de nueva microflora que tenga aplicación terapéutica. Si estas bacterias que fijan el hierro existen, tarde o temprano daremos con ellas.
    — Tienen que existir. ¿Hay en Litina sulfobacterios anaerobios?
    —Sí..., si, por supuesto.
    — Pues no necesitan más — dijo el jesuita, satisfecho, echando el cuerpo hacia atrás y sujetándose una rodilla con ambas manos —. Tienen ustedes azufre en abundancia y, por lo tanto, las correspondientes bacterias. Le agradeceré me comuniquen cuando hayan conseguido el ferrobacterio. Desearía realizar un subcultivo y llevármelo a la Tierra. Hay allí un par de científicos a quienes me gustaría restregárselo por la cara.

    El litino envaró el cuerpo y avanzó un poco la cabeza, con aspecto de estar desconcertado.

    — Le ruego me disculpe — se apresuró a decir Ruiz—Sánchez —. He traducido literalmente una expresión agresiva de nuestro idioma. En modo alguno pretendía insinuar una acción real de este género.
    — Creo que entiendo — dijo Chtexa. Ruiz—Sánchez se preguntó — si en verdad era así. Todavía no había descubierto una sola metáfora, ni presente ni pasada, en el rico acervo lingüístico del planeta, y los litinos tampoco conocían la poesía ni las demás artes creativas —. Por supuesto que le tendremos al corriente de los resultados, y nos sentiremos muy honrados si usted se digna a aceptarlos como buenos. Uno de los problemas que se plantean en el ámbito de las ciencias sociales y que nos viene preocupando desde hace tiempo es encontrar el medio idóneo de honrar al innovador. Cuando uno piensa en lo mucho que las nuevas ideas afectan a nuestras vidas, desesperamos de poder retribuir en especie el hallazgo, y nos facilita mucho la tarea si el innovador alberga deseos que la sociedad está en condiciones de satisfacer.

    En un principio Ruiz—Sánchez no estaba muy seguro de si había interpretado correctamente las palabras del litino. Tras sopesarlas de nuevo concluyó que no acababan de satisfacerle, pese a la aparente nobleza que implicaban. A un habitante de la Tierra le hubiesen parecido de una pomposidad inaguantable; y, sin embargo, era obvio que Chtexa hablaba sin exageraciones.

    Y no era menos cierto, también, que el grupo explorador tenia ya que redactar el informe sobre el planeta. Ruiz—Sánchez no se veía capaz de soportar por mucho tiempo la fría y objetiva racionalidad de los litinos. Un inquietante pensamiento nacido de lo más hondo le recordaba que en el planeta, todo, absolutamente todo era consecuencia de la razón, no de un precepto ni de la fe. Los litinos no conocían a Dios. Obraban rectamente y pensaban de la misma forma porque era razonable obrar y pensar de este modo, y no parecían necesitar más.

    ¿Es que acaso los litinos no soñaban por las noches? ¿Era posible que existiera en el universo un ser racional de un orden superior al que no paralizara nunca, ni un solo instante, el súbito dilema, el miedo a entrever lo absurdo de los actos, la ceguera del saber, la esterilidad de haber nacido? «En adelante la morada del alma sólo podrá edificarse sin peligro sobre el firme cimiento de la desesperanza inconmovible», escribió en una ocasión un famoso ateo.

    ¿O podía ser que los litinos pensaran y actuaran como lo hacían porque no habían nacido de madre ni habían salido del Paraíso en que vivían, y por lo tanto no compartían la terrible carga del pecado original? El hecho de que Litina no hubiese conocido jamás una época glacial, que su clima hubiese permanecido invariable por espacio de setecientos millones de años, era un hecho geológico que ningún teólogo podía permitirse el lujo de ignorar. ¿Cabía en lo posible que liberados de la carga del pecado lo estuvieran también de la maldición de Adán?

    Y, en tal caso, ¿podía un ser humano vivir entre ellos?

    — Chtexa, quisiera preguntarle una cosa — dijo el sacerdote, tras permanecer caviloso unos momentos —. No está en deuda conmigo, puesto que para nosotros el saber es patrimonio de toda la comunidad; sin embargo, en breve, nosotros, cuatro habitantes de la Tierra, tendremos que tomar una decisión. Ya sabe a qué me refiero. Y pienso que todavía no sabemos lo suficiente de este planeta para tomarla con juicio sereno.
    — Entonces lo más seguro es que tenga que formularme algunas preguntas — dijo Chtexa de inmediato —. Contestaré a cuantas me sea posible.
    — Bueno, en tal caso... ¿Conocen ustedes la muerte? Ya sé que el término figura en su vocabulario, pero tal vez tenga un sentido distinto al que nosotros le damos.
    — Significa dejar de evolucionar y regresar a la mera existencia — explicó Chtexa —. Una máquina existe, pero sólo un ente animado, un árbol por ejemplo, progresa a través de un cauce de equilibrios cambiantes. En el momento en que este proceso se interrumpe, el ente ha muerto.
    —¿Y ocurre también con ustedes?
    —Acontece con todo. Hasta los árboles gigantescos, como el árbol de las Comunicaciones, acaban por morir un día u otro. ¿No ocurre así en la Tierra?
    — Si, sí, lo mismo — respondió Ruiz—Sánchez —. Por razones que seria demasiado prolijo exponer llegué a pensar que tal vez ustedes hubieran escapado a esta fatalidad.
    — Nosotros no lo vemos como una fatalidad — dijo Chtexa —. Litina vive a causa de la muerte. La muerte de los vegetales nos suministra petróleo y gas. Es preciso que mueran algunas criaturas para nutrir la vida de otras. Las bacterias deben morir, y hay que eliminar los virus si deseamos curar las enfermedades. Nosotros mismos debemos perecer para dejar un hueco a otros individuos, por lo menos hasta que logremos disminuir el ritmo de procreación entre nosotros..., algo que hasta el momento no hemos conseguido.
    —Pero que estiman ustedes deseable, ¿no?
    — Ciertamente — contestó Chtexa —. Nuestro mundo es rico, pero no inagotable. Y ustedes nos han enseñado que existen otros planetas habitados, de forma que no cabe confiar en ocuparlos cuando el nuestro esté superpoblado.
    — Todo lo que existe termina por agotarse algún día — dijo Ruiz—Sánchez bruscamente, con el ceño fruncido y la mirada clavada en el suelo iridiscente —. Es algo que hemos aprendido lo largo de muchos miles de años de historia.
    — Pero ¿agotarse de qué forma? — preguntó Chtexa —. Puedo asegurarle que cualquier objeto, por minúsculo que sea, cualquier piedra, una gota de agua, un puñado de tierra puede investigarse sin limitación. El número de datos que cabe obtener de te análisis es prácticamente ilimitado. Ahora bien, un suelo concreto puede agotarse por lo que a nitratos se refiere. Es difícil, pero un cultivo defectuoso puede originar esta carencia. tome el caso del hierro, sobre el que hemos estado hablando. Sería absurdo que organizáramos nuestra economía en función una demanda de hierro que excediera a las existencias de este mineral en Litina; entiéndase bien: que excediera sin posibilidad suplir la carencia con los meteoritos o las importaciones. no se trata, pues, de si estamos o no informados respecto a los métodos de obtención, sino de si es posible o no aplicar estos conocimientos, ya que si no lo es, en tal caso de nada nos ve disponer de una completísima información en todos los terrenos.
    —No obstante, no me cabe duda de que llegado el caso ustedes podrían componérselas aun sin gran acopio de hierro. La maquinaria de madera con que cuentan ustedes es lo bastante precisa para contentar a cualquier ingeniero. Tengo la impresión de que muchos de ellos han olvidado que en el pasado también nosotros la utilizábamos. La prueba está en un reloj que tengo en casa. Se trata de uno de esos llamados de cuco, que da las horas y cuartos. Tiene dos siglos de antigüedad y fue totalmente tallado en madera, a excepción de las pesas, y aún sigue funcionando con precisión. Puedo decirle a este respecto que mucho después de que los barcos empezaran a construirse de plancha metálica, el palo santo se utilizaba para fabricar los timones e instrumentos que marcaban la derrota de la nave.
    — La madera es un excelente material para casi todos los usos — convino Chtexa — El único inconveniente que presenta en relación con los materiales cerámicos o con el metal es su variabilidad. Es preciso conocerla a fondo para concretar sus propiedades partiendo de las distintas clases de árboles. Ni qué decir tiene que las piezas más delicadas pueden obtenerse mediante moldes cerámicos adecuados. En este caso, la presión interna dentro del molde aumenta hasta tal punto por efectos de la dilatación que la pieza resultante posee una estructura muy compacta. En cuanto a las partes de mayores dimensiones pueden rectificarse directamente del madero con piedra arenisca y pulimentarse con pizarra. Por nuestra parte consideramos que la madera es un material agradecido para trabajar con él.

    Sin que supiera muy bien por qué, Ruiz—Sánchez se sintió un poco avergonzado. Era un reflejo, ampliado, del mismo sentimiento de vergüenza que experimentaba a la vista del viejo reloj de cuco de la Selva Negra siempre que retornaba a la Tierra.

    Teóricamente, los varios relojes eléctricos que tenia en su hacienda de las afueras de Lima deberían haber funcionado bien, sin ruidos y ocupando menos espacio. Pero las razones que movieron a fabricarlos fueron de orden puramente técnico y comercial. Como resultado de ello, la mayor parte marchaban con una especie de ligero ronqueo asmático o gemían sin estridencias pero lúgubremente a horas intempestivas. Todos tenían una «línea aerodinámica» eran más grandes de la cuenta y resultaban poco estéticos. Ninguno marcaba la hora exacta, y varios de ellos no podían ajustarse por ir provistos de un motor de velocidad constante que accionaba una caja de engranajes muy sencilla. Era, pues, una inexactitud irremisible porque obedecía un defecto de fabricación.

    En cambio, el reloj de cuco funcionaba sin altibajos. Cada cuarto de hora se abría una de las dos portezuelas de madera salía una codorniz que emitía un sonido de alerta, y cuando señalaba la hora, salía primero la codorniz y después el cuco, cuyas llamadas iban precedidas por el repique de una campanilla. Para este reloj, mediodía y medianoche eran más que una simple operación de rutina: constituían todo un ceremonial. El desfase horario del viejo reloj no excedía de un minuto por mes, ello a cambio, tan sólo, de subir las pesas todas las noches antes de acostarse.

    El relojero que lo construyó había muerto antes de que Ruiz—Sánchez naciera. Como contraste a todo ello, posiblemente el jesuita habría tenido que desechar por lo menos una docena de relojes eléctricos de serie en el transcurso de su vida, que era que pretendían sus fabricantes. En efecto, dichos relojes eran consecuencia directa del «desgaste programado» aquel delirio por el derroche y el despilfarro que asoló las Américas durante segunda mitad del siglo pasado.

    — Comparto su opinión — dijo el biólogo con modestia —. Si tiene inconveniente quisiera hacerle otra pregunta. En realidad es parte de la anterior. Quisiera saber cómo son engendrados ustedes. Veo muchos adultos en las calles y en las casas, bien creo adivinar que usted está solo, pero nunca niños. Podría explicarme la razón? Si el tema le parece indiscreto...
    — ¿Por qué ha de parecérmelo? No debieran existir temas vedados — dijo Chtexa —. Estoy seguro de que habrá observado que nuestras mujeres poseen bolsas abdominales en donde incuban los huevos. Fue una mutación afortunada para nosotros, pues y en Litina muchos depredadores de nidos.
    —Sí; algunas especies animales de la Tierra poseen un rasgo anatómico parecido; sóloque son vivíparas.
    — Una vez al año se depositan los huevos en las bolsas abdominales — prosiguió Chtexa —, momento en que las mujeres abandonan sus casas y escogen al hombre que mas les agrada para fertilizar los huevos. Yo estoy solo porque hasta el momento no he sido escogido en la primera tanda por ninguna mujer. Me tocará el turno con motivo de las Segundas Nupcias; o sea mañana.
    — Comprendo — dijo Ruiz—Sánchez con cautela —. ¿Y qué determina la elección del par? ¿Los sentimientos o sólo la razón?
    — A la larga uno y otra son la misma cosa — dijo Chtexa —. Nuestros antepasados no quisieron dejar al albur nuestras necesidades genéticas. Por lo que respecta a nosotros, los sentimientos no interfieren con las facultades eugenésicas. Es del todo imposible, ya que para llegar a este comportamiento aquellos fueron alterados mediante reproducción selectiva en función precisamente de dichas facultades.

    »Después, al final de la estación, viene el Día de la Migración, momento en que los huevos están ya fertilizados y las crías a punto de romper el cascarón. En ese día, y mucho me temo que no estén aquí para verlo, pues la fecha de partida que tienen ustedes prevista queda a varios días de la jornada a que me refiero..., en ese día, repito, todo el mundo va a las playas. Protegidas de los predadores por los hombres, las mujeres se adentran en el agua hasta que pierden pie y allí alumbran a las crías.

    —¿En el mar? — preguntó Ruiz—Sánchez con un hilo de voz.
    —Si, en el mar. Después todos regresan a sus casas y siguen con sus tareashabituales hasta la llegada del nuevo ciclo de apareamiento.
    —Y..., y ¿qué pasa con las crías?
    — Bueno, ellas cuidan de si mismas. Es cierto que muchas hallan la muerte, sobre todo por causa de nuestro voraz hermano, el gran pez — lagarto, al que por tal motivo matamos siempre que podemos. Con todo, la mayoría salen indemnes y llegado el momento vuelven a tierra firme.
    — ¿Dice que regresan? No lo entiendo, Chtexa. ¿Y cómo no perecen ahogados al nacer? Y si vuelven, ¿cómo es que nunca hemos visto a uno solo de ellos?
    — Claro que los han visto — dijo Chtexa —, y también los han oído muchas veces. ¿Cómo no van a...? Ah, ya caigo; son ustedes mamíferos. Eso lo explica todo. Ustedes conservan a sus hijos en el nido; saben quiénes son y ellos conocen a sus padres.
    — Si. Sabemos cuáles son y ellos nos conocen — asintió Ruiz—Sánchez.
    — Con nosotros no ocurre lo mismo — dijo Chtexa —. Sígame, por favor, y se lo mostraré. El litino se puso en pie y se dirigió hacia el vestíbulo. Ruiz—Sánchez le siguió hecho un mar de confusiones.

    Chtexa abrió la puerta. Con cierta sorpresa el sacerdote observó que la oscuridad de la noche se iba disipando. Por el este, el cielo cargado de nubes brillaba con pálidos reflejos nacarados. La selva era todavía una rica polifonía de zumbidos de y armoniosos sonidos. Se oyó un agudo y siseante silbido y sombra de un pterodon se deslizó sobre la ciudad en dirección al mar. Una masa indistinta que sólo podía corresponder aI calamar volador de Litina quebró la superficie de las aguas, sobrevoló a baja altura el viscoso mar por espacio de unos cincuenta metros y volvió a zambullirse. Desde las tierras bajas llegó un aullido quejumbroso.

    —Allí — dijo Chtexa con voz apagada —. ¿Lo ha oído?

    La desamparada criatura o lo que fuese, ya que resultaba imposible precisarlo con exactitud, emitió un nuevo y plañidero

    — Al principio resulta muy duro — explicó Chtexa —, pero lo peor ya ha pasado. Están en tierra firme.
    —Chtexa, ¿sus crías son... son los peces pulmonados? — preguntó Ruiz—Sánchez.
    —Si, ellos son nuestros hijos — respondió el litino.


    5


    En el fondo, lo que había hecho desvanecerse a Ruiz—Sánchez cuando Agronski le abrió la puerta era el incesante plañido de los peces pulmonados. Lo avanzado de la hora, la doble tensión producto de la dolencia que aquejaba a Cleaver y la posterior constatación de que éste le había engañado descaradamente, también contribuyeron, y a ello había que sumar el cada vez más intenso sentimiento de culpabilidad con respecto a Cleaver que experimentó en el trayecto de regreso a casa, mientras caminaba bajo el cielo lluvioso y el día se abría paulatinamente. Y luego el sobresalto que le causó la presencia de Agronski y Michelis, de vuelta a una hora imprecisa de la noche mientras él había abandonado a su paciente para satisfacer su curiosidad.

    Pero, por encima de todo, lo que más le oprimía el ánimo era el menguante y entrecortado clamor de los hijos de Litina, que a lo largo de todo el camino desde la casa de Chtexa hasta la suya estuvieron abriendo brecha en todas sus defensas mentales.

    Este súbito apartamiento duró breves instantes. Cuando logró recuperar no sin esfuerzo el control de si mismo se encontró con que Agronski y Michelis le habían acomodado en una banqueta del laboratorio y trataban de quitarle el Macintosh sin zarandearle ni hacerle perder el equilibrio lo que en términos topológicos era tan difícil como desposeerle a uno del chaleco sin quitarle antes la americana. Con gesto de cansancio, el sacerdote sacó el brazo de una de las mangas del impermeable y elevó la vista hacia Michelis.

    —Buenos días, Mike; disculpa mis modales.
    — No seas tonto — contestó Michelis con voz suave —. De todos modos no es momento de hablar. He pasado parte de la noche intentando mantener sosegado a Cleaver en espera de que mejore. Te agradecería que no volvieras a ponerme en este trance, Ramón.
    —Pierde cuidado. No estoy enfermo, sólo cansado y un poco sobreexcitado.
    — ¿Qué le ocurre a Cleaver? — preguntó Agronski. Michelis le ahuyentó con un ademán.
    — No, no, Mike, déjalo, es una pregunta razonable. Te aseguro que estoy perfectamente. Paul tiene una infección a consecuencia del glucósido de una planta espinosa con la que tropezó y que le produjo un pinchazo. Ocurrió esta tarde..., digo la tarde de ayer, por la hora que es. ¿Qué tal ha estado durante el tiempo que lleváis aquí?
    — No muy bien — respondió Michelis —. Como no estabas no supimos qué darle. Al fin le hicimos tragar un par de las tabletas que tú dejaste.
    — ¿Eso hicisteis? — dijo Ruiz—Sánchez, dejando caer bruscamente el pie al suelo y pugnando por levantarse de la banqueta —. Como vosotros mismos decís, no teníais por qué saber cómo tratarle, pero el caso es que le habéis dado una sobredosis. Será mejor que le examine...
    — Por favor, Ramón, no te muevas. Michelis habló sin excitarse pero en un tono que traslucía su deseo de ser obedecido. Vagamente complacido por tener que someterse a la exigencia del hombretón, el sacerdote dejó que le acomodaran de nuevo en la banqueta. Las botas resbalaron de sus pies al suelo.
    — Oye, Mike, ¿quién es aquí el guía espiritual? — preguntó con voz cansina —. A pesar de todo estoy convencido de que lo habéis hecho muy bien. ¿No se le ve en peligro?
    — Bueno, parece bastante enfermo, pero tuvo suficientes energías para permanecer despierto buena parte de la noche. Hace tan sólo unos instantes que ha cogido el sueño.
    — Magnífico. Dejémosle descansar. Sin embargo, es probable que mañana tenga que alimentarlo por vía intravenosa. Teniendo en cuenta la atmósfera de este planeta, uno no puede rebasar sin más la dosis de salicilato. — Lanzó un suspiro —. Puesto que duermo en la misma habitación, me tendrá a mano si sobreviene una crisis. En fin, ¿podemos dejar ahora las preguntas?
    —Sí, claro, si no hay nada que lo impida.
    —Oh, me temo que hay bastantes cosas poco claras — dijo el jesuita.
    —¡Lo imaginaba! Sabía desde el principio que las cosas no andaban bien — exclamó Agronski —. ¿Recuerdas que te lo dije, Mike?
    —¿Se trata de algo urgente?
    — No, Mike... No corremos peligro, esto puedo asegurártelo. El asunto puede esperar hasta que hayamos descansado. También vosotros parecéis necesitar un sueño.
    —Estamos cansados — dijo Michelis.
    — ¿Y cómo no os pusisteis en contacto con nosotros? — preguntó Agronski, quejoso —. Padre, nos habéis tenido con el alma en vilo. Si algo marcha mal aquí, deberías...
    — No corremos peligro inmediato — repitió con paciencia Ruiz—Sánchez —. En cuanto a por qué no comunicamos con vosotros, estoy igualmente desconcertado. Hasta la pasada noche estaba convencido de que seguíamos en contacto con vosotros. Esa tarea incumbía a Paul y parecía cumplir con ella. Averigüe que no era así después de que él hubo enfermado.
    —En tal caso habrá que esperar a ver qué nos dice Paul — concluyó Michelis —. Ennombre de Dios, acostémonos ya. Pilotar ese trasto a lo largo de cuatro mil kilómetros de espesas nieblas no puede decirse que sea descansado. Tengo necesidad de echarme... Pero, oye bien, Ramón...
    —¿Qué, Mike?
    — Todo esto no acaba de gustarme. Mañana habrá que aclarar las cosas y dar por finalizada la tarea que nos fue encomendada. Disponemos de poco más de un día antes de que pase a recogernos la nave que nos llevará de regreso a la Tierra, y cuando ese momento llegue debemos estar al corriente de todo lo que sea preciso saber de Litina y que luego hemos de explicar allá abajo.
    —Como decías muy bien, Mike..., en nombre de Dios.

    El sacerdote y biólogo peruano fue el primero en despertar. A decir verdad no había pasado tanta fatiga puramente física como sus tres compañeros de misión. En el instante en que saltó de la hamaca empezaba a caer la noche. Con paso cansino se acercó a Cleaver.

    El físico dormía profundamente. El semblante, de un color ceniciento, parecía haberse contraído extrañamente. Ya era hora de subsanar el abuso que, por negligencia e inadvertencia, el paciente había soportado. Por fortuna, el pulso y la respiración eran casi normales.

    Ruiz—Sánchez penetró en el laboratorio sin hacer ruido y preparó suero intravenoso de fructosa. Luego hizo una especie de souffle con el contenido de una lata de huevo en polvo y lo colocó en el fondo del hornillo, en un pequeño compartimiento cerrado, para que se cociera. Seria el desayuno de los tres restantes.

    De nuevo en el dormitorio, el biólogo desplegó todo el aparato del suero gota a gota. Cleaver ni siquiera contrajo los músculos cuando la aguja penetró en la vena, a la altura del codo. Acto seguido colocó el tubo en su sitio con unas palmaditas, reguló el goteo del botellín invertido y volvió al laboratorio.

    Se sentó en el taburete, ante el microscopio, con una sensación de ausencia, mientras la noche caía una vez más. Todavía se sentía muy fatigado, pero por lo menos podía mantener los ojos abiertos sin esfuerzo. Se oyó el ptup—ptup del souffle en el hornillo y al poco rato un leve aroma dio a entender que la masa estaba en proceso de dorarse.

    En el exterior caía un súbito aguacero que acabó con la misma rapidez con que se había iniciado. El corto y cálido verano litino tocaba a su fin. El invierno seria largo y templado. En la latitud en que se hallaban las temperaturas nunca estaban por debajo de los veinte grados centígrados. Incluso en los extremos del planeta la temperatura invernal permanecía siempre por encima de cero; normalmente, la media era de quince grados.

    —Ramón, ¿estoy oliendo el desayuno?
    —Si, Mike, está en el hornillo. Dentro de cinco minutos lo tendrás listo.
    —Estupendo.

    Michelis se alejó. Detrás del banco de taller, Ruiz—Sánchez distinguió el libro de tapas azul oscuro con estampados en oro que le había acompañado desde que abandonaran la Tierra. Con gesto casi mecánico alargó la mano y tiró de él, y automáticamente también quedó abierto en la página 573. Por lo menos le proporcionaría oportunidad de pensar en algo que no le afectara directamente.

    La última vez acabó la lectura cuando Anita parecía «dispuesta a someterse a la lascivia de Honufrio para aplacar la brutalidad de Sila y de los mercenarios de los doce Silavanos, y salvar así (como sugirió en un principio Gilbert) la virginidad de Felicia en favor de Magraviol —. Pero, atención aquí... ¿Cómo era posible considerar virgen a Felicia a estas alturas? Ah, sí: «...cuando Miguel la convirtió, después de la muerte de Gilia». Eso lo explicaba todo, pues inicialmente Felicia sólo había incurrido en infidelidades de poca monta. «...Pero ella teme que al satisfacer los derechos maritales del hombre pueda dar pie a una conducta vituperable entre Eugenio y Jeremías. Miguel, que con anterioridad había seducido a Anita, la dispensa de someterse a los deseos de Honufrio.» Si, eso parecía tener sentido, dado que Miguel también había forjado planes con respecto a Eugenio. «Anita está conturbada, pero Miguel amenaza con deferir mañana su caso al obispo Guillermo, aun cuando realice el acto sexual sólo como engaño piadoso, hecho que ella sabe por experiencia (en interpretación de Wadding) que no conduce a nada.» Si. Perfecto. Por vez primera la novela parecía cobrar sentido. Era obvio que el autor sabia muy bien desde el comienzo lo que se llevaba entre manos. De todos modos Ruiz—Sánchez se dijo que no le habría agradado trabar conocimiento con esta imaginaria familia amparada en seudónimos latinos, ni ser confesor de alguno de sus miembros.

    La trama, en efecto, cobraba sentido si uno contemplaba sin rencor a los personajes involucrados —a fin de cuentas eran personajes ficticios, de novela—, y también al autor, el cual, a pesar de su portentoso talento —sin duda el más grande de cuantos han escrito novelas en inglés, e incluso en todas las lenguas—, debía ser compadecido como la más innoble víctima del Maligno. Si, como era el caso de Ruiz—Sánchez, uno contemplaba la situación en forma desapasionada, se hacia la luz sobre todos los aspectos, incluyendo los intrincados comentarios y glosas de que el texto había sido objeto desde que éstos se iniciaron, allá por el decenio de 1920.

    —¿Está listo el desayuno, padre?
    — Por el olor que despide diría que si, Agronski. ¿Por qué no lo sacas del hornillo y te sirves?
    —Gracias. ¿Voy por Cleaver?
    —No; lleva puesto el suero intravenoso.
    —Entiendo.

    Salvo que la impresión de haber comprendido al fin el problema demostrara una vez más ser ilusoria, Ruiz—Sánchez estaba en condiciones de dar respuesta a la cuestión básica, al dilema que por espacio de muchas décadas había obsesionado a su Orden y a la Iglesia. Releyó el texto de la pregunta conflictiva:

    «¿Tiene él (Honufrio) autoridad sobre la mujer (Anita) y debe ésta someterse a sus dictados?»

    Por vez primera y con gran asombro por su parte vio dos preguntas distintas en la frase, a pesar de la ausencia de coma entre ambas. Ello exigía, pues, dos respuestas. ¿Tenia Honufrio autoridad sobre la mujer? Si, la tenia, porque Miguel, el único miembro del grupo al que se otorgó desde el principio poder de absolución, se había visto notoriamente comprometido. En consecuencia, nadie podía despojar de sus privilegios a Honufrio, al margen de si debían o no cargársele en cuenta todas las vilezas que se le achacaban.

    Y, en segundo lugar, ¿tenía la mujer que someterse a las exigencias de aquél? No, no tenía por qué hacerlo. Dado que Miguel había perdido el derecho a dispensar o a deferir el caso de la mujer, en última instancia Anita no podía dejarse guiar ni por el religioso ni por otra persona que no fuese ella misma. Atendiendo a ello y vistas las graves acusaciones que pesaban sobre Honufrio, podía en última instancia rebelarse contra los deseos de éste. En cuanto al arrepentimiento de Sila y a la conversión de Felicia, nada importaban, puesto que la defección de Miguel había privado a ambos —y a todos los demás— de guía espiritual.

    Así pues, la respuesta obvia en todo momento había sido sí y no. Y todo supeditado a una simple coma en el lugar adecuado. Jugarreta de un escritor; clara demostración de que el problema central de un libro que uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos había tardado diecisiete años en escribir, era dónde situar una coma. Así suele Satanás arropar su vanidad y expoliar a sus adeptos.

    Ruiz—Sánchez cerró el libro con un estremecimiento y alzó la vista más allá del banco de taller, sin sentirse ni más perplejo ni menos que antes, aunque en el fondo de su corazón sentía un alborozo incontenible. Una vez más, el Maligno había sido derrotado en la eterna lucha.

    Mientras contemplaba distraídamente la noche lluviosa a través de la ventana, vio una cabeza y unas espaldas familiares encuadradas en el tetraedro truncado de luz amarillenta que se proyectaba a través del fino cristal contra la lluvia. Ruiz—Sánchez dio un respingo. Era la figura de Chtexa, que se alejaba de la casa.

    De repente Ruiz—Sánchez cayó en la cuenta de que nadie se había ocupado de borrar los ideogramas aludiendo a un enfermo escritos sobre la tablilla colgada junto a la puerta. Si Chtexa se había llegado hasta allí dando un paseo, se volvía sin que nada lo justificara. El sacerdote inclinó el cuerpo hacia delante a la vez que tomaba una caja de portaobjetos vacía y dio con el canto de la misma contra el cristal.

    Chtexa se volvió y miró al interior de la casa a través del torrente de agua, los ojos resguardados por una fina película que los protegía de la lluvia. El biólogo le hizo señas y saltó bruscamente de la banqueta con objeto de abrirle la puerta.

    En el ínterin, la parte de su desayuno que tenia aún en el hornillo se secó y empezó a quemarse.

    El golpeteo de la caja contra el cristal de la ventana hizo acudir también a Michelis y Agronski. Chtexa miró desde su altura a los tres hombres con afable gravedad, mientras las gotas de agua se deslizaban como aceite por las diminutas y refulgentes escamas de su elástica epidermis.

    — Desconocía que tuvieran un enfermo — dijo el litino —. Vine porque su hermano Ruiz—Sánchez salió esta mañana de mi casa sin el regalo que tenia pensado ofrecerle. No quisiera invadir su intimidad...
    — No se preocupe usted — dijo el jesuita —. En cuanto a la enfermedad no es una infección contagiosa y confiamos en que nuestro compañero se recupere sin problemas. Le presento a mis dos colegas que estaban en el norte, Agronski y Michelis.
    —Me alegro de verles aquí. Eso quiere decir que el mensaje llegó a su destino.
    — ¿A qué mensaje se refiere? — preguntó Michelis con su bien pronunciado pero titubeante litino.
    — La noche pasada su compañero Ruiz—Sánchez me pidió que les enviara un mensaje. En Xoredeshch Gton me comunicaron que ustedes ya se habían marchado.
    — Así era — dijo Michelis —. Pero vamos a ver, Ramón. Creía que eso de enviar recados era cosa de Paul. Si mal no recuerdo me dijiste sin tapujos que no sabias cómo hacerlo después de que Paul cayera enfermo.
    — No sabía y sigo sin saber. Le pedí a Chtexa que lo hiciera por mí, y así os lo decía al término del mensaje, Mike. Michelis alzó la vista hacia el litino.
    —¿Y qué decía este mensaje? — preguntó.
    — Que debían ustedes reunirse con él sin demora aquí, en Xoredeshch Sfath, y que estaba a punto de vencer el plazo de permanencia en nuestro mundo.
    — ¿Qué significa todo eso? — preguntó Agronski, que había tratado de seguir la conversación, pero que al no ser precisamente un lingüista sólo había captado algunas palabras que avivaron todavía más sus recelos —. Mike, haz el favor de traducirme lo que ha dicho.

    Michelis así lo hizo, brevemente, y luego preguntó:

    — ¿Y eso era todo lo que tenías que decirnos, Ramón? ¿Después de lo que dices haber averiguado? A fin de cuentas también nosotros sabíamos que se acercaba el momento de la partida. Creo que somos capaces de contar los días como todo hijo de vecino.
    — Lo sé, Mike; pero desconocía por completo qué tipo de mensajes habíais recibido con anterioridad, en el supuesto de que hubieseis recibido alguno. Por lo que sé, no me hubiese extrañado que Cleaver se pusiera en contacto con vosotros por algún otro medio, de forma particular. Primero pensé que tal vez llevase oculto algún transmisor en el equipaje, pero luego me dije que probablemente enviaba sus despachos utilizando el servicio de vuelos regulares del planeta; eso parecía más sencillo. Llegué a pensar que quizás os hubiera dicho que íbamos a permanecer en Litina más tiempo del previsto, o que os hubiera notificado mi asesinato e informado de que andaba tras los pasos del asesino. En fin, cualquier cosa. Tenía que asegurarme, dentro de lo posible, de que regresaríais aquí al margen de lo que hubiera dicho o callado.

    »Y así, cuando llegué al centro de comunicaciones tuve que pensar en el mensaje más adecuado e improvisarlo sobre el terreno, porque vi que no pudiendo mandarlo en persona no podía remitiros un mensaje detallado, que al tener que pasar por criaturas con una mentalidad muy distinta de la nuestra corría el riesgo de traducirse y ser interpretado erróneamente. Todos los despachos radiofónicos que parten de Xoredeshch Sfath se envían por conducto del Arbol. Hasta que lo hayáis visto con vuestros propios ojos no alcanzaréis a comprender las dificultades que entraña para un terrestre enviar aunque sea un mensaje de dos palabras.

    —¿Es cierto eso? — preguntó Michelis a Chtexa.
    — ¿Cierto? — Las barbas del litino se puntearon en señal de perplejidad. A pesar de que Ruiz—Sánchez y Michelis conversaban de nuevo en litino, algunas de las palabras utilizadas por los dos hombres, como la de «asesino» no tenían sentido alguno en el idioma del planeta, sencillamente porque no existían, razón por la que fue pronunciada en inglés —. ¿Cierto? No lo sé. ¿Quiere decir si son válidas? Son ustedes quienes tienen que decidirlo.
    —Pero ¿se atienen a la realidad?
    —Si hasta donde soy capaz de recordarlas — respondió Chtexa.
    — Bien, ahora comprenderás por qué cuando Chtexa apareció providencialmente en el árbol, me reconoció y se ofreció a servirme de intermediario, tuve que darle tan sólo la esencia del mensaje — prosiguió diciendo Ruiz—Sánchez, un tanto molesto — aun a pesar suyo —. No podía pretender que entendiera todos los detalles ni confiar en que llegaran íntegros a vosotros después de pasar por al menos dos intermediarios litinos. Todo lo que podía hacer era conseguir a toda costa que regresarais en la fecha acordada y esperar a que tuviera oportunidad de explicaros la situación.
    — Están ustedes en un momento de ofuscación, lo que es lo mismo que tener un enfermo en casa — dijo Chtexa —. Me marcho ahora. Cuando estoy confuso prefiero que me dejen a solas, y no tendría derecho a exigirlo si impongo mi presencia a los que pasan por un momento así. Traeré mi regalo en mejor ocasión.

    Dichas estas palabras agachó la cabeza y cruzó la puerta sin ningún gesto convencional de despedida, pese a lo cual dejó tras sí una rotunda impresión de delicadeza. Ruiz—Sánchez le vio marcharse, impotente y un tanto apesadumbrado por aquella partida. Los litinos parecían comprender en todo momento la ausencia de cada situación, y a diferencia de los terrestres, aun de los más seguros en si mismos, sus actos jamás traslucían la menor sombra de duda. No conocían las pesadillas nocturnas.

    Además, ¿por qué habían de saberlo? Si Ruiz—Sánchez no andaba errado, estaban bajo el amparo del segundo Poder más grande del universo, y guardados de forma directa, sin confesiones mediadoras ni dificultades de interpretación. El solo hecho de que jamás se vieran atormentados por la duda acreditaba sobradamente que eran criaturas de esta Potestad superior. Sólo los hijos de Dios gozaban de libre albedrío, y por tal motivo dudaban con frecuencia.

    De haber podido, Ruiz—Sánchez hubiese demorado la partida de Chtexa. En las discusiones breves siempre es de gran ayuda contar con el respaldo de una mente objetiva, si bien podía ocurrir que en el caso de apoyarse demasiado en ella, este momentáneo aliado terminara apuñalándole a uno en el corazón.

    — Bueno, entremos ya y pongamos las cosas en claro — dijo Michelis, cerrando la puerta y encaminándose hacia el salón. Sin querer habló en litino, hecho que reconoció volviéndose hacia donde había salido el reptiloide y haciendo una mueca de contrariedad por encima del hombro. En seguida pasó al inglés —: Necesitamos dormir, pero vamos tan cortos de tiempo que mucho será si logramos tomar una decisión final antes de que llegue la nave.
    — No podemos hacer eso — objetó Agronski, pese a que al igual que Ruiz—Sánchez siguió sumisamente en pos de MicheIis —. ¿Cómo vamos a tomar una decisión válida sin antes haber escuchado lo que Cleaver tenga que decirnos? En una misión como ésta todo el mundo tiene voz y voto.
    — Eso es indiscutible. Creo haber dicho ya que personalmente la situación me gusta tanto como a ti; pero no veo otra solución. ¿Qué opinas tú, Ramón?
    — Quisiera optar por aguardar un poco — dijo con franqueza Ruiz—Sánchez —. Lo que pueda decir ahora parecería, hablando sin tapujos, una especie de componenda con vosotros dos. Y no vayáis a decirme que tenéis absoluta confianza en mi integridad, porque todos la tenemos también en Cleaver. Querer conciliar una y otra en las presentes circunstancias no haría sino invalidar ambos sentimientos.
    — Tienes una forma bastante desagradable de expresar en voz alta lo que todo el mundo piensa, Ramón — dijo Michelis con una mueca de disgusto —. ¿Qué alternativa ves tú entonces?
    — Ninguna — admitió Ruiz—Sánchez —. Como has dicho, tenemos el reloj en contra. No habrá más remedio que empezar sin Cleaver.
    —¡No haréis tal cosa!La voz que llegaba del hueco de la puerta del dormitorio era segura y ronca debido a un estado de debilidad física.

    Los tres hombres se sobresaltaron. Cleaver, vestido sólo con los calzoncillos, permanecía en el umbral afianzándose con ambas manos en el marco de la puerta. Ruiz—Sánchez pudo distinguir en uno de los antebrazos las señales que había dejado el esparadrapo que sujetaba la aguja intravenosa al ser arrancado bruscamente. En el sitio donde aquélla había penetrado, bajo la piel cenicienta de la parte superior del brazo, se apreciaba un aparatoso hematoma violáceo.


    6


    (Un silencio.)

    — Paul, ¿acaso te has vuelto loco? — estalló Michelis, casi con iracundia —. Vuelve a tu hamaca antes de complicar más las cosas. ¿No te das cuenta que estás enfermo?
    — No tanto como parezco — dijo Cleaver con desmayada sonrisa —. Si he de ser franco te diré que me encuentro bastante bien. Casi no tengo señales en la boca y tampoco fiebre.

    Estáis aviados si pensáis que este grupo va a dar un solo condenado paso sin mi. No tiene atribuciones para hacerlo, y apelaré contra cualquier decisión que se adopte, oidme bien, contra cualquier decisión en la que yo no haya intervenido.

    Por supuesto que le prestaban oídos. El magnetófono estaba funcionando y las cintas a prueba de manipulación giraban dentro de sus bobinas precintadas. Los dos hombres del grupo volvieron la vista, incrédulos, hacia Ruiz—Sánchez.

    — ¿Qué dices a eso, Ramón? — dijo Michelis frunciendo el ceño. Paró la cinta utilizando una llavecita al efecto —. ¿Puede permanecer levantado de esa forma?

    Ruiz—Sánchez se hallaba ya junto al físico y le examinaba la boca. En efecto, las ulceraciones casi habían desaparecido y los bordes de las que restaban empezaban a regenerarse con el tejido de granulación. Cleaver tenia todavía los ojos algo irritados, señal evidente de que la toxemia no había cedido del todo. Pero salvo estos dos detalles, no quedaba vestigio de la dolencia producida por el fortuito pinchazo de la escila. Cierto que Cleaver tenía un aspecto atroz, pero ello era lógico en un hombre que acababa de caer enfermo como quien dice y que, además, había agotado las proteínas de su propio cuerpo en el proceso de recuperación. En cuanto al hematoma, bastaría con una compresa fría.

    — Si quiere exponerse tiene derecho a ello, aunque sea actuando como no debiera contestó Ruiz—Sánchez —. Lo primero que debes hacer es salir de aquí; ponte una bata y envuélvete las piernas en una manta. Luego comerás alguna cosa. Yo mismo te he preparado algo. Desde luego te has recuperado con prontitud; pero si abusas de tu convalecencia vas a pillar una infección de verdad.
    — Haré lo que dices — se apresuró a contestar Cleaver —. No quiero pasar por héroe. Sólo pretendo que me escuchéis. Ayudadme a llegar hasta el cojín; todavía no me tengo muy bien en pie.

    Transcurrió casi media hora antes de que Cleaver se hubiera acomodado a satisfacción del jesuita. El físico parecía gozar del momento con un cierto aire de sarcasmo. Por fin, le pusieron en la mano una taza de gchteht, planta de té típica del planeta, de un sabor delicioso, que sin duda en la Tierra se convertiría en breve plazo en un codiciado producto de importación. Luego indicó:

    —Vamos, Mike, pon en marcha la grabadora.
    — ¿De veras? — dijo Michelis.
    —Pues claro. Anda ya, dale a esa maldita llave.

    Michelis hizo girar la llavecita, la sacó y se la guardó en el bolsillo. A partir de aquel momento cuanto dijeran quedaría registrado.

    — Como quieras, Paul — dijo Michelis —. Has hecho lo indecible para ponerte en situación embarazosa. Es evidente que ése es tu gusto. En fin, conozcamos tu respuesta: ¿Por qué no comunicaste con nosotros?
    —Porque no me interesaba hacerlo.
    — Oye, oye, aguarda un momento — interrumpió Agronski —. Paul, ese chisme está grabando, no vayas a soltar lo primero que te pase por la cabeza. Tal vez aún no tengas las ideas muy claras, aunque tu voz responda bien. ¿Te abstuviste quizá porque no sabias desenvolverte con el sistema de comunicaciones que utilizan aquí..., el Arbol o lo que sea?
    — No, no fue ése el motivo — insistió Cleaver —. Gracias, Agronski, pero no necesito que me pongan andaderas ni que busques un pretexto a mis palabras. Soy consciente de que actuando como lo hice me colocaba en situación difícil, y sé también que ahora no podré aducir justificaciones convincentes por mi forma de proceder. Las posibilidades de no tener que dar explicaciones dependían de que no perdiera un solo momento el control de mis actos. Como es natural, esas posibilidades se frustraron en el instante en que tropecé con el maldito ananá. Lo vi con toda claridad la pasada noche, cuando pugné como un condenado para hablar con vosotros antes de que llegara el padre y no conseguí despegar los labios.
    —Pues por lo que veo te lo has tomado muy bien — observó Michelis.
    —Bueno, estoy un poco desengañado, pero soy hombre realista, y además sé quetenía razones condenadamente buenas para actuar como lo hice, Mike.
    —Muy bien; adelante pues — invitó Michelis.

    Cleaver se acomodó en el almohadón y descansó las manos sobre las rodillas. Tenia un aspecto casi clerical y era evidente que seguía saboreando la situación.

    — Ante todo, no me comuniqué con vosotros porque no deseaba hacerlo, como dije antes. Hubiera sido fácil superar el obstáculo de cómo utilizar el Arbol recurriendo al mismo expediente que el padre; es decir, valiéndome de una Serpiente cualquiera para enviar el mensaje. Es cierto que no hablo su idioma, pero si el padre, de forma que no tenia más que ponerle en antecedentes. Aparte de eso, hubiera podido componérmelas con el Arbol sin ayuda, pues conozco los detalles técnicos que lo rigen. Aguarda a ver el Arbol, Mike. En esencia viene a ser un transistor de capas en el que el semiconductor está constituido por una enorme masa cristalina que forma su plataforma subterránea. El cristal es piezoeléctrico, y cada vez que las raíces actúan sobre esta masa el Arbol emite en toda la gama de frecuencias. Es realmente fabuloso. Apuesto a que no hay nada parecido en esta galaxia.

    «Sin embargo, lo que me interesaba era crear un vacío entre vosotros y nosotros. No quería que ninguno de los dos supiera lo que acontecía en este continente. Quería que pensarais lo peor y deseaba, a ser posible, incriminar también a las Serpientes. Una vez de regreso, en el supuesto de que lo hubieseis hecho en seguida, me las hubiera compuesto para convenceros de que si no os había enviado mensaje alguno era porque las Serpientes no me lo habían permitido. No voy ahora a sobrecargaros con la relación de planes que he llegado a urdir; por otra parte no tendría sentido hacerlo dado que todo se ha ido al traste. De lo que no me cabe duda es de que mi explicación os hubiera parecido convincente, a pesar de lo que el padre hubiera aducido en contra.

    — ¿De verdad no quieres que detenga la cinta? — preguntó Michelis con voz tranquila.
    — Vamos ya, deja de una vez tu maldita llave y atiende. Según veo las cosas, el hecho de que tropezara con un ananá en el último momento supuso un grave contratiempo, puesto que ofrecía al padre la oportunidad de averiguar parte de la verdad. Me atrevería a jurar que de no haber sido por ese accidente no hubiera ni tan sólo olido mi plan hasta que vosotros estuvierais de regreso, y para entonces sería ya demasiado tarde.
    — Probablemente no me hubiera dado cuenta, eso es verdad, pero tu tropiezo con la planta no fue accidental — dijo Ruiz—Sánchez, mirando fijamente a Cleaver —. Si en vez de pasar todo el tiempo construyendo una imagen del planeta que sirviera a tus proyectos te hubieses dedicado a estudiar y observar este mundo, que es para lo que te mandaron aquí, sabrías lo suficiente para prestar más atención a los «ananás» y hablarías litino tan bien por lo menos como Agronski.
    — En eso puede que lleves razón, aunque no cambia las cosas en lo que a mi concierne
    — dijo Cleaver —. El dato que observé en Litina eclipsa todo lo demás y a la postre va a ser el que cuente. Al contrario que tú, padre, no me interesan las sutilezas en condiciones extremas y pienso que nada puede aprenderse del posterior análisis de los hechos.
    — No empecemos ya a disputar — terció Michelis —. Parece que nos has contado las cosas sin florituras y es obvio que debes tener una razón para habernos hecho esta confesión. Sin duda esperas que justifiquemos tu proceder, o que por lo menos no te lo reprochemos en exceso, una vez nos hayas puesto al corriente. Así pues, veamos de qué se trata.
    — La cosa es como sigue — dijo Cleaver. Por primera vez dio la impresión de que se animaba un tanto. Inclinó el cuerpo hacia delante. Los destellos de la luz de gas acentuaban el contraste de los huesos del rostro y la redonda cavidad de los pómulos.

    Apuntó con un dedo tembloroso hacia Michelis —. Mike, ¿sabes por qué estamos reunidos aquí? Sólo para empezar: ¿Sabes cuánto rutilo hay en este planeta?

    —Pues claro que lo sé — respondió Michelis —. Agronski me informó de ello y desdeentonces hemos venido reflexionando acerca de un método operativo para refinar la mena del mineral.
    — Si se decide declarar abierto este planeta habremos resuelto nuestras necesidades de titanio por un siglo o quizá más. Así lo indico en mi informe personal. Pero ¿qué trascendencia puede tener? sabíamos ya que íbamos a encontrarlo antes incluso de aterrizar en Litina, tan pronto obtuvimos datos precisos sobre la masa del planeta.
    —¿Y qué me dices de la pegmatita? — preguntó Cleaver con un eco de voz.
    — ¿Qué pasa con ella? — interpeló a su vez Michelis, cada vez más perplejo —. Imagino que la hay en abundancia. La verdad es que no me he molestado en comprobarlo. El titanio es importante para nosotros, pero no acabo de ver qué interés puede tener el litio. Han pasado cincuenta años desde que se empleaba como combustible en los cohetes.
    — Y otra cosa más — terció Agronski —. Aquellos artefactos propulsados por una mezcla de litio y flúor solían estallar como si se tratara de cabezas nucleares. Un pequeño escape en los conductos de alimentación y ¡pum!
    —Pese a lo cual en la Tierra seguimos pagando este metal a unos veinte mil dólares latonelada inglesa, Mike, exactamente el precio que se pagaba en el decenio de mil novecientos sesenta, deduciendo la depreciación de la moneda. ¿Eso no te sugiere nada?
    — Me interesa más saber lo que te sugiere a ti — dijo Michelis. — Ninguno de vosotros va a sacar un solo céntimo de este viaje, aunque el interior del planeta resulte ser de platino macizo, cosa poco probable. Por lo demás, si el precio es la única consideración, la abundancia del mineral en Litina dará al traste con el mercado. En definitiva, ¿para qué sirve el litio en grandes cantidades?
    — Para fabricar bombas — dijo Cleaver —. Bombas de verdad. Bombas termonucleares. No es adecuado para una fusión controlada ni tiene valor energético, pero la sal del deuterio es capaz de originar una explosión cuya potencia en megatones rebasa todo lo imaginable.

    Súbitamente Ruiz—Sánchez se sintió otra vez exhausto. Había estado temiendo que la mente de Cleaver pudiera incubar una idea semejante. Basta que se aplique a un planeta el nombre de litina por ser aparentemente rocoso en su mayor parte, para que algunas mentes calenturientas lo den todo de lado y centren su afán en hallar en él un metal llamado litio. Pero hasta entonces se había negado a creer que pudiera estar en lo cierto.

    — Paul, he cambiado de parecer. Hubiera debido ponerte fuera de combate aunque no tropezaras con el dichoso «ananá» — dijo el biólogo —; y hubiese debido hacerlo el mismo día en que me dijiste que habías estado buscando pegmatita antes de sufrir el accidente y que pensabas que Litina sería un lugar idóneo para la producción de tritio en gran escala. Evidentemente pensaste que yo no te entendería. Aunque no hubieras topado con el «ananá» te habrías delatado antes de ahora, de haberme hablado como lo hiciste. La opinión que de mi te forjaste se basaba en una observación tan superficial como la que has dedicado a Litina.
    — Es muy fácil eso de decir «lo sabia desde el principio —, sobre todo con una cinta delante — dijo Cleaver en tono condescendiente.
    — Claro que es sencillo si tienes a alguien que te ponga las cosas fáciles — dijo Ruiz—Sánchez —. Pero imagino que tu visión de Litina como potencial cuerno de la abundancia en lo que a bombas de hidrógeno se refiere es sólo el principio de lo que tienes en la cabeza, y hasta me atrevería a decir que no es tu objetivo real. En lo que a ti concierne te encantaría que Litina se esfumara del universo. Odias este planeta. Te ha lastimado. Te gustaría pensar que no existe, de aquí que insistas en concebir a Litina como una fuente de armamento sin tener en cuenta ningún otro dato sobre el planeta, pues si tu criterio se impone sabes que Litina quedará aislada por razones de seguridad. ¿Estoy en lo cierto?
    — Naturalmente que estás en lo cierto, sólo que tu lectura de pensamiento es errónea contestó Cleaver, despreciativo —. Cuando hasta un cura es capaz de darse cuenta, señal de que la cosa es obvia... y de que hay que cargársela impugnando los motivos del hombre que primero cayó en la cuenta. ¡Al diablo ya! Escucha, Mike; es la oportunidad más fabulosa que se haya presentado nunca a una misión exploradora. Este planeta está hecho para convertirse en un enorme laboratorio nuclear y en un centro de producción. Posee yacimientos inextinguibles de las materias primas más esenciales, y lo que es más importante: sus habitantes no tienen conocimientos nucleares que puedan inquietarnos. Todos los materiales básicos, elementos radiactivos y demás, necesarios para llegar a un conocimiento veraz del átomo, tendrán que ser importados. Las Serpientes no saben de su existencia. Por otra parte, el equipo correspondiente: contadores, aceleradores de partículas, etcétera, dependen de materiales como el hierro, mineral que las Serpientes no tienen, y de postulados teóricos que desconocen, desde el magnetismo a la mecánica cuántica. Para el funcionamiento de las plantas que instalemos aquí contamos con una enorme reserva de mano de obra barata que no sabe ni jamás sabrá lo bastante para divulgar técnicas secretas.
    —Todo lo que necesitamos hacer es calificar con la mención «altamente desaconsejable» a este planeta para impedir que pueda convertirse en una estación de tránsito o en algún otro tipo de base accesible por espacio de un siglo. Al propio tiempo podemos informar por separado al Comité Inspector de las Naciones Unidas acerca de las posibilidades que ofrece Litina como extraordinario arsenal para la Tierra, ¡para toda la mancomunidad de planetas que controlamos! Sólo la decisión que tome el grupo es patrimonio administrativo de la colectividad, pero no la cinta. Se trata de una oportunidad única que seria un crimen desperdiciar..
    —Un crimen, ¿contra quién? — dijo Ruiz—Sánchez.
    —¿Cómo dices? No entiendo.
    — ¿Contra quién piensas acumular este arsenal? ¿Por qué necesitas destinar todo un planeta a la fabricación de bombas termonucleares?
    — Tal vez las Naciones Unidas hagan uso de ellas — respondió Cleaver, secamente —. No hace mucho teníamos en la Tierra algunas naciones levantiscas, y las situaciones de ayer pueden reproducirse mañana. El periodo de duración media del tritio es muy corto, y el del litio tampoco es excesivamente largo. Tal vez no hayas reparado en ello, pero puedes creerme si te digo que el contingente policial de las Naciones Unidas saltaría de gozo si supiera que dispone de una reserva prácticamente ilimitada de bombas de fusión y que no tiene que preocuparse ya de la caducidad de los artefactos almacenados.

    «Además, por poco que hayas meditado sobre el caso, convendrás conmigo en que esta ininterrumpida consolidación de pacíficos planetas no siempre seguirá igual. Tarde o temprano... Bueno, ¿qué pasaría si el próximo planeta que abordemos resulta ser como la Tierra? En este supuesto quizá sus habitantes se decidan a oponer resistencia y a luchar como locos para sustraerse a nuestra esfera de influencia. ¿Y qué ocurriría si resulta que el próximo planeta es la avanzadilla de toda una federación planetaria como la nuestra? Cuando llegue este día, y llegará, tenlo por seguro, estaremos muy satisfechos de poder emplastar al enemigo con bombas de fusión y de liquidar el asunto con la pérdida del menor número posible de vidas.

    — En nuestro bando — añadió Ruiz—Sánchez.
    —¿Es que hay algún otro?
    — ¡Por Dios! A mí me parece un argumento convincente — dijo Agronski —. ¿Qué opinas tú, Mike?
    — Todavía no lo sé — respondió Michelis —. Paul, aún no acabo de entender el porqué de tanto secreto. Has expuesto tus planes con suficiente claridad, lo cual tiene sus méritos, pero admites que pretendías llevarnos a tu punto de vista con triquiñuelas. ¿Por qué? ¿Acaso no tenías confianza en la fuerza de tus argumentos?
    — No — contestó Cleaver con brusquedad —. Es la primera vez que formo parte de un grupo como éste, en el que no hay un jefe de expedición con atribuciones concretas, en el que no habría forma de resolver una discrepancia de opiniones y en el que la voz de un hombre con la cabeza llena de beaterías, fútiles distinciones morales y una metafísica de hace tres mil años tiene el mismo peso que la de un científico.
    —Tus palabras son ofensivas, Paul — reprochó Michelis.
    — Lo sé, aunque si tanto me apuras estoy dispuesto a reconocer aquí o donde sea que el padre es un biólogo formidable. Le he visto en acción y no creo que pueda hacerse mejor. Y a este respecto, según todos hemos visto, hasta es posible que me haya salvado la piel. Eso le convierte en un científico como nosotros..., en la medida en que la biología pueda considerarse una ciencia.
    — Gracias — dijo Ruiz—Sánchez —. Pero si en el colegio hubieras estudiado un poco de historia, Paul, sabrías que los jesuitas se contaron entre los primeros exploradores que se adentraron en China, Paraguay y las vastas soledades de Norteamérica. Tal vez entonces no te sorprenderías de encontrarme aquí.
    — Puede que tengas razón. De todos modos, tal como yo lo veo eso no guarda relación con la paradoja a que aludía. Recuerdo que en una ocasión visité los laboratorios de Notre Dame donde tienen un mundo en miniatura de plantas y animales exentos de gérmenes y donde han obrado yo no sé cuántos milagros fisiológicos. Entonces me pregunté cómo puede un hombre ser a la vez un científico tan portentoso y un buen católico u otro espécimen religioso. No supe explicarme en qué compartimiento cerebral colocaban su religión y en cuál su ciencia, y todavía sigo preguntándomelo.
    — No están compartimentados — dijo Ruiz—Sánchez —, sino que forman un todo.
    — Eso me dijiste la primera vez que saqué a relucir el tema, pero no es una respuesta. Para ser sincero te diré que me convenció de la absoluta necesidad de atenerme a mis planes. No tenia el menor deseo de arriesgarme a que los compartimientos se comunicaran a proposito de Litina. Mi idea era amordazar al padre hasta el punto de que su voz no influyera en vosotros dos. Eso fue lo que me indujo a obrar con el secreto de que hablaba Mike. Quizás actué chapuceramente. Supongo que ser un buen agente provocador lleva su tiempo. Debiera haberme dado cuenta.

    Ruiz—Sánchez se preguntó cómo reaccionaria Cleaver cuando descubriera, como sucedería en breve, que habría podido salirse con la suya sin mover un dedo. Lo indudable era que el abnegado hombre de ciencia que laboraba a mayor gloria del hombre no podía esperar otra cosa que el fracaso: en eso consiste la falibilidad del hombre. Pero ¿conseguiría Cleaver entender, tras la rigurosa prueba por la que había pasado, lo que experimentó Ruiz—Sánchez cuando descubrió la falibilidad de Dios? Era poco probable.

    — No me arrepiento de haberlo intentado — estaba diciendo Cleaver —. Lo único que siento es haber fracasado.


    7


    Se produjo un corto y embarazoso silencio.

    —De modo que es eso — dijo Michelis.
    — Si, Mike. Y una cosa más. Por si alguien todavía está en duda, yo voto por la clausura del planeta. Que quede bien claro.
    — Ramón, ¿quieres ser tú el próximo? — preguntó Michelis —. Ciertamente, tienes derecho a ello; a modo de privilegio personal. Me temo que en estos momentos el ambiente está un poco cargado.
    —No, Mike. Habla tú primero.
    — Tampoco yo estoy en condiciones todavía, a menos que así lo quiera la mayoría. ¿Y tú, Agronski?
    — Yo si — dijo el geólogo —. Hablando desde el punto de vista de mi especialidad y también como un tipo que no gusta de razonamientos esotéricos, estoy del lado de Cleaver. No veo que haya base para votar ni en favor ni en contra de este planeta como no sea desde la perspectiva de Cleaver. Habida cuenta de como son los planetas hoy en día, Litina me parece propicio: tranquilo, no excesivamente rico en otros productos que puedan convenirnos, por supuesto, el gchteht es algo fuera de serie, pero pertenece en exclusiva al comercio de lujo, y por lo que he podido ver no padece conmociones de ningún tipo. Sería una excelente estación de tránsito, pero también lo serian otros muchos planetas de por aquí.

    «Por otra parte, y como dice Cleaver, podría ser un fantástico arsenal, tal como él entiende el término. En todo lo demás es tan tranquilo como las aguas de un estanque, de los que tiene en abundancia. Aparte de esto, lo único que puede ofrecer es titanio, que no escasea en la Tierra tanto como Mike piensa, y piedras semipreciosas, las cuales podemos fabricar en casa sin necesidad de viajar cincuenta años luz para obtenerlas. Yo sugiero que instalemos aquí una estación de tránsito y entonces nos olvidemos del planeta, o bien que consideremos las cosas desde el punto de vista de Cleaver.

    —Bueno, ¿pero cuál de las dos prefieres? — preguntó el jesuita.
    — Bien..., ¿cuál es más importante, padre? Estaciones de tránsito las podemos tener a montones, pero los planetas susceptibles de utilizarse como laboratorios termonucleares son raros: en mi opinión, Litina sería el primero que podría utilizarse con esta finalidad específica. ¿Por qué explotar un planeta con fines rutinarios cuando es único en su clase? ¿Por qué no aplicar aquí la regla de Occam, es decir, la ley de la simplicidad? Ha dado buen resultado en cuantos problemas científicos la hemos aplicado. Apuesto que es el instrumento más adecuado al problema que ahora nos ocupa.
    — La regla de Occam no es una ley natural — objetó Ruiz—Sánchez —, sino tan sólo una conveniencia heurística; en una palabra: un adminículo del saber. Y, además, Agronski pretende aplicar la solución más simple al conjunto de datos, y tú no los conoces todos ni de lejos.
    — Pues muéstramelos. Tengo una mente receptiva — dijo Agronski con falsa humildad.
    — ¿Votas entonces por el aislamiento del planeta? — preguntó Michelis.
    —Eso creía haber dicho, ¿no, Mike?
    — Quería un sí o un no para que quedara registrado en la grabación — dijo Michelis —. Ramón, creo que nos toca a nosotros. ¿Empiezo yo? Estoy preparado.
    —Adelante, Mike.
    — En tal caso, diré que en mi opinión esos dos caballeretes son unos majaderos, pero majaderos perdidos puesto que se dicen científicos. Paul, tus maniobras para crear una situación ficticia son reprobables de todo punto y no voy a insistir en ellas. Ni siquiera voy a pedirte que prescindamos de la cinta para que no te sientas obligado hacia mí. Me ceñiré en exclusiva al pretendido objetivo de estas maniobras, tal como me pediste que hiciera.

    El visible alborozo de Cleaver se enturbió un poco.

    —Habla — dijo el físico, y se apretó la manta con que envolvía sus piernas.
    — Litina no tiene valor ni como proyecto de arsenal — prosiguió Michelis —. Todas las pruebas que has aducido para demostrarlo son verdades a medias o pura fábula. Consideremos si no el asunto de la mano de obra. ¿Cómo piensas retribuir a los litinos? No saben lo que es el dinero y no se les puede recompensar en especie puesto que tienen todo lo que necesitan y están satisfechos con su actual forma de vida. Dios sabe que no tienen la menor envidia de los avances que según nosotros enaltecen a la Tierra. Se sienten atraídos por los vuelos espaciales, pero con un poco de tiempo llegarán a ello por su cuenta. Conocen ya el chorro iónico de Coupling y no van a estar pendientes de la velocidad sobremultiplicada de Haertel otros cien anos.

    Michelis paseó la mirada por las paredes de suaves curvas iluminadas por la mortecina luz de gas.

    — Y no veo que haya aquí posibilidad alguna de emplear un aspirador provisto de cuarenta y cinco accesorios patentados — prosiguió Michelis —. ¿Cómo piensas retribuir a los litinos que trabajen en estas plantas termonucleares?
    — Con conocimientos — contestó Cleaver secamente —. Hay muchas cosas que les gustaría saber.
    — Pero, ¿qué conocimientos, Paul? Lo que les interesaría saber es precisamente lo que piensas ocultarles para que te sean útiles como mano de obra. ¿Vas a enseñarles mecánica cuántica? No puedes hacerlo; sería peligroso. ¿Les hablarás de la nucleónica, o del espacio de Hilbert, o del escolio de Haertel? Tampoco: el conocimiento de uno de estos temas haría que los litinos accedieran a otros conceptos que a ti te parecen peligrosos. ¿Les enseñarás cómo obtener titanio del rutilo, cómo hacer suficiente acopio de hierro para configurar una ciencia de la electrodinámica, o cómo pasar de la Edad de la Piedra en que ahora viven, yo diría mejor Edad de la Cerámica, a la Edad de los Plásticos? Pues claro que no. Seamos sinceros; por ese lado no tenemos nada que ofrecerles. Conforme a tu esquema entrarían en la calificación de alto secreto, y en estas condiciones no se avendrían a trabajar para nosotros.
    — Pues les ofreceremos otras — dijo Cleaver, tajante —. Si es necesario les diremos qué es lo que pretendemos, les guste o no. Sería fácil introducir un sistema monetario en este planeta. Le entregas a una Serpiente un trozo de papel que diga que vale un dólar, y si pregunta qué le confiere este valor... bueno, pues le contestas que un día de honrado trabajo.
    — Y después, para que acabe de entenderlo, le pones una metralleta al vientre -irrumpió Ruiz—Sánchez.
    — ¿Para qué fabricamos entonces metralletas? Nunca se me ha ocurrido pensar que pudiera servir para otra cosa. O bien apuntas con ellas a alguien o las tiras por la borda.
    — Cuestión a debate: esclavitud — dijo Michelis —. Supongo que con eso zanjas tú la cuestión de la mano de obra barata. No pienso votar por la esclavitud; Ramón tampoco; ¿y tú, Agronski?
    — No — contestó Agronski, un tanto incómodo —. Pero, ¿no es ésta una cuestión secundaria?
    — ¡Eso crees tú! Es la razón por la que nos hallamos aquí reunidos. Debemos pensar tanto en el bienestar de los litinos como en el nuestro, de otro modo el método de actuar en comité sería una pérdida de tiempo, de ideas y de energía. Si deseamos mano de obra barata podemos esclavizar a cualquier planeta.
    — ¿Cómo? — dijo Agronski —. No hay otros planetas. Quiero decir ninguno habitado por criaturas racionales; al menos entre los que hemos visitado hasta el momento. No puedes esclavizar a un cangrejo marciano.
    — Lo cual plantea la cuestión de nuestro propio bienestar — dijo Ruiz—Sánchez -Debemos también considerar este extremo. ¿Sabes cuál es el resultado de la esclavitud en los pueblos que poseen esclavos? Causa su muerte.
    — Mucha gente ha trabajado por dinero sin llamarlo esclavitud — arguyó Agronski —. A mí no me repugna en absoluto recibir un cheque por lo que hago.
    — No hay dinero en Litina — dijo Michelis con frialdad —. Si lo introducimos en el planeta tendrá que ser por la fuerza, y el trabajo forzado es esclavitud. Que es lo que se trataba de demostrar.

    Agronski permanecía silencioso.

    —Habla — conminó Michelis —. ¿Es esto verdad o no?
    — Sí, lo es — contestó Agronski —. Serénate, Mike, no hay que tomárselo tan a pecho.
    —¿Qué dices tú, Cleaver?
    — Esclavitud es sólo una palabrota de mal gusto — dijo el físico con semblante hosco —. Estás complicando adrede el asunto.
    —Repite eso.
    — Demonios, Mike, está bien. Ya sé que no harías tal cosa. Pero podríamos dar por un medio u otro con una escala de salarios equitativa, digo yo.
    — Estoy dispuesto a admitirlo en el momento en que seas capaz de demostrármelo -dijo Michelis. Se levantó súbitamente del almohadón en que estaba sentado, caminó hasta el inclinado antepecho de la ventana y sentóse en él mientras escrutaba la oscuridad punteada por la lluvia. Parecía más conturbado de lo que Ruiz—Sánchez se hubiera atrevido a suponer tratándose de Michelis. Su argumentación sobre el dinero jamás había cruzado por la mente del jesuita y, sin saberlo, Michelis había puesto el dedo en una llaga doctrinal que Ruiz—Sánchez nunca había sido capaz de conciliar con sus propias creencias.

    Evocó los versos que resumían el dilema que le oprimía, versos que se remontaban al decenio de 1950:

    La Iglesia, achacosa y desdentada,
    ya no combate el neshek; la opulencia oculta el báculo...


    Neshek significaba el préstamo de dinero con interés, lo que antaño se conocía por usura, aquello por lo que Dante envió al infierno a tantos hombres. Y he aquí que ahora Mike, que ni siquiera era cristiano, argüía que el dinero era en si una forma de esclavitud. Ruiz—Sánchez meditó una vez más sobre el dilema y llegó a la conclusión de que, en efecto, era una llaga muy honda.

    — Entretanto, proseguiré mi argumentación — continuó Michelis —. ¿Qué decir sobre la teoría de la seguridad automática que has avanzado, Paul? ¿Piensas tú que los litinos son incapaces de asimilar las técnicas que necesitan para comprender la información secreta y divulgarla, con lo que no sería preciso someterlos a vigilancia? Una vez más te equivocas de medio a medio, como habrías podido observar si te hubieras tomado la molestia de estudiar a los litinos aunque fuera superficialmente. Los litinos son criaturas sumamente inteligentes y disponen ya de muchas de las claves que necesitan. Yo mismo les facilité información orientativa sobre el magnetismo. Pues bien. asimilaron mis palabras en un tris y las pusieron en práctica con un talento portentoso.
    — Y yo hice lo propio — terció Ruiz—Sánchez —. Les sugerí que experimentaran un método para la obtención del hierro que podría dar grandes resultados. Apenas indiqué las líneas maestras, estaban ya casi en el meollo del problema y progresaban a pasos agigantados. Consiguen sacar un partido extraordinario de los indicios más leves.
    — Si yo fuera las Naciones Unidas consideraría lo que habéis hecho como un acto de abierta traición — dijo Cleaver con tono incisivo —. Mike, mejor será que utilices esta llave en tu propio beneficio si aún no es demasiado tarde. ¿No cabe en lo posible que las Serpientes lo descubrieran por sí mismas y no hicieran más que mostrarme corteses con vosotros?
    — Déjate de tonterías — dijo Michelis —. La cinta está grabando y seguirá haciéndolo, tal como era tu deseo. Si quieres rectificar algún punto porque lo has pensado mejor, hazlo constar en tu informe personal, pero no trates de atosigarme para que me guarde en el bolsillo lo que tengo que decir, Paul. No servirá de nada.
    —Esto me pasa por tratar de ayudarte — se lamentó Cleaver.
    — Si ésta era tu idea, gracias. Pero aún no he terminado. Por lo que toca a tus objetivos prácticos, Paul, me parecen tan inútiles como imposibles de alcanzar. El hecho que este planeta posea grandes yacimientos de litio no significa que sea un negocio redondo, por bien que paguen este metal en la Tierra.

    «Lo esencial es que el transporte de litio a nuestro planeta no es viable. En razón a la poca densidad del metal no es posible mandar más de una tonelada por cargamento, y para cuando llegara a su destino, los gastos de transporte superarían con mucho el precio que ibas a percibir. No olvidarás que en la propia Luna de la Tierra abunda el litio, y que incluso tratándose de una distancia tan corta, menos de cuatrocientos mil kilómetros, el transporte no resulta rentable. Litina dista casi quinientos trillones de kilómetros de la Tierra, que a eso equivalen unos cincuenta años luz. Ni siquiera el transporte del radio resulta rentable habida cuenta de la distancia!
    «Tampoco sería económico trasladar de la Tierra a Litina el material pesado necesario para las operaciones de tratamiento del litio. En este planeta carecemos de hierro para las magnetos pesadas, y para cuando llegaran los aceleradores de partículas, cromatógrafos de masa y todo lo que se precisa, les habrías salido tan caro a las Naciones Unidas que por más pegmatita que hubiera en Litina no compensaría el coste de la operación. ¿Digo verdad, Agronski?

    — No soy físico — contestó Agronski, enarcando levemente las cejas —, pero sólo extraer el metal y almacenarlo costaría una suma ingente, eso seguro. En esta atmósfera, el litio en bruto arde como el fósforo. Sería preciso almacenarlo y manipularlo utilizando luz de petróleo. Todo esto es en extremo costoso, se mire por donde se mire.

    Michelis dirigió la vista primero a Cleaver y después a Agronski; luego, su mirada hizo el recorrido a la inversa.

    — Exactamente. Y esto no es más que el principio — dijo —. A decir verdad, todo el plan se me antoja pura ficción.
    —¿Tienes acaso uno mejor, Mike? — dijo Cleaver, marcando cada sílaba.
    — Eso creo. En mi opinión tenemos mucho que aprender de los litinos, y también ellos de nosotros. Su sistema social funciona como el más afinado de nuestros mecanismos físicos, y lo hace sin aparente represión del individuo. En materia de garantías individuales es una comunidad auténticamente liberal, y sin embargo, jamás cae en la anarquía, en la pasividad que mantiene al individuo sometido a un sistema de paternalismo y a un régimen distributivo de expolio descarado. Permanece en equilibrio nada precario; en un perfecto equilibrio químico.

    «La idea de utilizar Litina como planta industrial destinada a la fabricación de bombas termonucleares es con mucho el más peregrino anacronismo con que me he topado; es una idea tan extravagante como proponer que la dotación de una nave estelar esté integrada por galeotes, con remos y todo. En Litina radica precisamente el secreto, el gran secreto que convertirá la fabricación de los diversos tipos de bombas y demás armamento antisocial en algo tan inútil, innecesario y obsoleto como los grilletes.
    «Y además..., no, por favor, Paul, todavía no he terminado... y además los litinos van muy por delante de nosotros en algunas materias puramente técnicas, del mismo modo que nosotros les superamos en otras. Basta ver el grado de conocimientos que tienen en algunas disciplinas compuestas: histoquímica, inmunodinámica, biofísica, terataxonomía, genética osmótica, electrolimnología y una cincuentena más. De no haberlo visto no lo hubiera creído.
    «Creo que debemos hacer algo más que limitarnos a votar por el libre acceso al planeta. Eso no es más que un trámite. Debemos darnos cuenta de que la posibilidad de valernos de Litina es sólo el principio. La cuestión es que necesitamos vitalmente de Litina y así debiéramos hacerlo constar en nuestra recomendación.

    Michelis abandonó el antepecho de la ventana y, puesto en pie, miró a cada uno de los componentes del grupo, deteniéndose con especial insistencia en Ruiz—Sánchez. este le sonrió, presa de angustia y admiración a la vez, pero algo le obligó a bajar de nuevo la vista.

    — ¿Y bien, Agronski? — dijo Cleaver, escupiendo las palabras como si fueran balas sujetas con los dientes o como una víctima de la guerra civil en el curso de una operación sin anestesia —. ¿Qué dices ahora? ¿Te complace este bonito cuadro?
    — Por supuesto que si — contestó Agronski con lentitud, pero sin titubeos. Una de sus virtudes, a la par que frecuente motivo de exasperación, era que siempre decía lo que pensaba cuando se lo pedían —. Lo que Mike ha dicho me parece sensato. No es que esperara que no lo fuera, entiende... Además, tiene otro mérito en su favor, y es que ha dicho lo que pensaba sin tratar de llevarnos a su terreno con subterfugios.
    — Vamos, no seas cabezota — exclamó Cleaver —. ¿Somos científicos o Boy Rangers? Cualquier hombre en sus cabales que tuviera que hacer frente a una mayoría de «almas caritativas» habría adoptado las mismas precauciones que yo.
    —Puede ser, pero no estoy seguro — dijo Agronski —. ¿Qué tiene de malo ser unbenefactor? ¿Es malo hacer el bien? ¿Prefieres ser un «malfactor», si es que el término quiere decir algo? Sigue pareciéndome que las precauciones que has adoptado denotan falta de confianza en tu argumento. En cuanto a mí, no me gusta ser víctima de añagazas ni tampoco que me llamen cabezota.
    —Por los clavos de Cristo...
    — Ahora escúchame tú a mi — interrumpió Agronski hablando de un resuello y subrayando cada palabra —. Antes de que lances más insultos, vaya por delante que desde mi punto de vista tienes más razón que Mike. Lo que repudio son tus métodos. He de admitir que Mike ha pulverizado algunos de tus argumento principales; pero en lo que a mi toca llevas ventaja, aunque por un pelo. — Hizo una pausa, jadeante, y clavó la mirada en el físico —. Por un pelo, Paul. Eso es todo. No lo olvides.

    Michelis permaneció de pie unos instantes más. Luego, encogiéndose de hombros, volvió a su almohadón, se sentó y sujetó desgarbadamente las rodillas con las manos.

    — He hecho cuanto he podido, Ramón — dijo —; pero al parecer estamos en tablas. Veamos qué puedes hacer tú.

    Ruiz—Sánchez aspiró con fuerza. Era indudable que lo que s disponía a decir le dañaría por el resto de su vida, por más que dijeran que el tiempo cicatriza todas las heridas. La decisión le había costado ya muchas horas de lacerantes y atormentadas dudas; pero lo estimaba necesario.

    — Estoy en desacuerdo con todos vosotros menos con Cleaver. Creo, como él, que en el informe sobre Litina ha de figura la mención «totalmente desaconsejable»; pero también pienso que habría que otorgarle una calificación especial: la de X—Uno.

    Los ojos de Michelis reflejaban la perplejidad que sentía. Hasta Cleaver parecía no dar crédito a lo que acababa de oír.

    — Pero X—Uno es símbolo de cuarentena — dijo Michelis con voz ahogada —. En realidad...
    — Si, Mike, tienes razón — cortó Ruiz—Sánchez —. Voto par que Litina sea aislada y marginada de todo contacto con la raza humana; y no sólo ahora o durante el próximo siglo, sino para siempre.


    8


    Para siempre.

    El término no causó la consternación que Ruiz—Sánchez temió que tal vez esperaba en algún oculto recoveco de su mente Era evidente que todos estaban demasiado cansados para reaccionar y tomaron sus palabras con una especie de aturdida frivolidad, como si se apartara tanto del orden de cosas previsto que careciera de sentido.

    Era difícil determinar quién estaba más confuso, si Cleaver o Michelis. Lo único claro era que Agronski fue el primero en recuperarse y a la sazón se restregaba las orejas, como indicando que estaba presto a escuchar de nuevo, después de que el jesuita hubiera rectificado sus palabras.

    — Bueno — balbuceó Cleaver. Luego, meneando la cabeza fatigosamente, como un anciano, repitió —: Bueno...
    — Explícanos por qué, Ramón — dije Michelis, abriendo y cerrando los puños alternativamente. Habló sin altibajos, pero Ruiz—Sánchez creyó adivinar el dolor que se escondía en sus palabras.
    — Desde luego, pero os advierto que pienso ser muy categórico. Lo que tengo que deciros me parece de vital importancia. No quiero que rechacéis sin más mis palabras, imputándolas a mi peculiar condición de clérigo o a mis prejuicios y considerándolas una muestra interesante de aberración mental sin conexión con la realidad. Las pruebas que abonan mi visión de Litina son abrumadoras. Pesaron sobre mi muy en contra de mis esperanzas y de mis inclinaciones naturales. Quiero que escuchéis cuáles son estas pruebas.

    Este preámbulo, dicho con frío tono escolástico, y la soterrada insinuación que ocultaba surtieron su efecto.

    — Y también quiere hacernos comprender que sus razones son de tipo religioso y que no se tendrían en pie si las planteara sin circunloquios — dijo Cleaver, recobrándose un tanto de la natural impaciencia que sentía.
    — ¡Chis! ¡Atiende! — cortó Michelis, el semblante atento.
    — Gracias, Mike... Bien, vamos allá. Este planeta es lo que, si no me equivoco, se conoce en inglés como una «estructura». Permitidme que os explique brevemente lo que yo entiendo por tal, o mejor dicho, lo que me he visto obligado a admitir como tal.

    «Litina es un paraíso. Se asemeja a otros planetas, pero sobre todo a la Tierra en el periodo anterior a Adán, antes de la primera glaciación. Pero la semejanza acaba aquí, porque Litina no ha conocido glaciaciones y la vida continuó desenvolviéndose en el paraíso, lo que no ocurrió en la Tierra.

    —Fantasías — interrumpió Cleaver con acritud.
    — Utilizo los términos con los que estoy más familiarizado; prescindid de ellos y lo dicho sigue siendo un hecho que todos sabéis cierto. Encontramos en Litina una vegetación mixta, unas especies que van de un extremo al otro de la escala vegetal y que coexisten en perfecta armonía: cicladáceas y ciclantáceas, equisetales gigantes y árboles de flor. En gran medida ello es también aplicable a la fauna animal. El león no convive aquí con el corderillo porque en Litina no hay mamíferos; pero a modo de alegoría la afirmación es válida. El parasitismo se da menos que en la Tierra y no hay animales carnívoros excepto en las aguas marinas. Casi todos los animales terrestres que perviven se alimentan de plantas exclusivamente, y en virtud de una maravillosa adaptación característica de Litina, las plantas están admirablemente constituidas para atacar a los animales más que a ellas mismas.

    «Es una ecología poco corriente, y una de las cosas que mas sorprende en ella es su racionalidad, su extrema y casi obsesiva insistencia en las relaciones eslabonadas. En cierta medida da la sensación de que alguien hubiera dispuesto el planeta como un ballet en torno a Mengenlehre, la teoría de los conjuntos.
    «Ahora bien; en este paraíso hay una criatura que domina sobre las demás: el litino, el nativo de Litina. Se trata de una criatura racional. Es un ente que se conforma al más elevado código ético que hayamos podido elaborar en la Tierra, y lo hace con absoluta espontaneidad, sin necesidad de guía ni de imposición. No necesita leyes que protejan el cumplimiento de este código. En cierto modo puede decirse que todo el mundo lo obedece de una forma natural, pese a que jamás ha sido plasmado en forma escrita. No existen delincuentes, homosexuales, ni aberraciones de clase alguna. Los habitantes de Litina no son criaturas masificadas (la parcial y deplorable respuesta de los terrestres al dilema ético), sino que son, por el contrario, sumamente individualistas. Escogen el curso de su vida sin imposición de ningún tipo, pese a lo cual jamás cometen actos antisociales. No hay en el lenguaje litino un solo término que aluda a esta clase de actos.

    La grabadora emitió un suave pitido intermitente que indicaba un cambio de cinta. La obligada pausa duraría unos ocho segundos. Al sonar el siguiente pitido, Ruiz—Sánchez, dejándose llevar de un súbito pensamiento, dijo:

    — Mike, detén el chisme un momento y deja que te haga una pregunta. ¿Qué piensas de lo que he venido diciendo?
    — Bueno, lo que ya indiqué antes — respondió Michelis pausadamente —; que estamos ante una ciencia social de un orden muy superior al nuestro, asentada a todas luces en un régimen psicogenético muy preciso. Me parece que es suficiente, ¿no?
    — Conforme; prosigo entonces. Al principio opiné lo que tú, pero luego empecé a plantearme algunas cuestiones conexas. Por ejemplo: ¿cómo explicar que entre los litinos no sólo no haya invertidos sexuales (imagínate: ¡no tienen invertidos en su especie!) sino que el código por el que se rigen y que tanto simplifica la convivencia sea, punto por punto, el que nosotros pugnamos por instaurar? Y si ello ha sido así, se debe a la más inusitada de las coincidencias. Considera, si no, los imponderables que intervienen. Ni siquiera en la Tierra hemos conocido una sociedad que desarrollara de forma independiente exactamente las mismas normas que los preceptos cristianos, y entiendo por tales las tablas de Moisés. Sí, ya sé que hubo algunas interpretaciones doctrinales paralelas, las suficientes para estimular la proclividad del siglo veinte a ciertas formas de sincretismo, como el teosofismo o la «Vedanta» hollywoodense, pero ninguno de los sistemas éticos de la Tierra gestado al margen del cristianismo coincidió con él de manera absoluta. Por supuesto, no el mitraismo, ni el Islam, ni los esenios. Aun cuando estos últimos influenciaron o sufrieron la influencia del cristianismo, no concordaban en sus postulados éticos.

    «Y ahora, ¿qué hallamos en Litina, un planeta a cincuenta años luz de la Tierra, y en el seno de una raza tan distinta del hombre como éste del canguro? Pues ni más ni menos que un pueblo cristiano al que sólo faltan los nombres propios y los símbolos del cristianismo. No sé qué pensaréis vosotros tres de esta coincidencia, pero a mí me pareció extraordinaria y ciertamente del todo imposible, matemáticamente hablando, desde cualquier ángulo excepto uno, que voy a exponer en seguida.

    — Por mi, cuanto antes lo hagas mucho mejor — dijo Cleaver con displicencia —. No entiendo cómo un hombre que se encuentra a cincuenta anos luz de su lugar de origen, en pleno espacio sideral, puede suscitar cretineces tan primarias.
    — ¿Primarias dices? — repitió Ruiz—Sánchez, con tono más iracundo del que era su deseo —. ¿Insinúas que lo que consideramos verdad en la Tierra ha de ponerse automáticamente en tela de juicio por el mero hecho de que se plantee en el espacio? Paul, recuerda que la mecánica cuántica parece convenir a este planeta y no por ello la juzgas rudimentaria. Si en Perú yo creía que Dios creó y sigue gobernando el universo, no me parece primario seguir creyendo lo mismo en Litina. Tú cargaste con tus «rudimentos» y yo con los míos. Y así lo ha dispuesto quien debe disponerlo.

    Como de costumbre, estas sublimes palabras conmovieron al biólogo en lo más hondo, pese a la evidencia de que nada significaban para los restantes interlocutores reunidos en la sala. ¿Acaso aquellos hombres estaban perdidos sin remedio? No, en modo alguno. Mientras vivieran, aquella puerta jamás se cerraría de golpe a sus espaldas, aunque el enemigo acechara escudado tras la enseba sin divisa. La esperanza todavía no había desertado.

    — El caso es que hace unas horas pensé que se me ofrecía una puerta de escape -prosiguió el clérigo —. Fue cuando Chtexa me dijo que los litinos querían modificar el ritmo de crecimiento de su población y dio a entender que acogería con agrado la sugerencia de una forma de control de natalidad. Pero, tal como son las cosas, el control de nacimientos entendido de la forma que la Iglesia rechaza no tiene sentido en Litina, ya que Chtexa pensaba evidentemente en una forma de control de la fertilidad, supuesto que la Iglesia aceptó con matices hace muchas décadas. Así pues, incluso tratándose de un aspecto secundario, me vi forzado a concluir una vez más que Litina constituía el más rotundo mentís a nuestras aspiraciones, ante el hecho de unas criaturas que viven natural y espontáneamente la clase de vida que nosotros entendemos privativa de los santos.

    «Tened en cuenta que un musulmán que viniera a Litina reaccionaria de otra forma. Hallaría aquí una modalidad de poligamia, pero los fines y métodos le repugnarían. Y otro tanto ocurriría con un taoísta, un adepto de Zoroastro, suponiendo que todavía los haya, o un griego de la época clásica. Pero en el caso de nosotros cuatro, y te incluyo a ti, Paul, porque a pesar de tus triquiñuelas y de tu agnosticismo aún estás lo bastante identificado con la ética cristiana para colocarte a la defensiva cuando embistes contra ella, en nuestro caso, repito, hallamos en Litina una coincidencia que no puede escribirse con palabras. Es más que una coincidencia astronómica, esa sobada y caduca metáfora para aludir a una cantidad numérica ingente que hoy ya no nos lo parece, es una coincidencia transfinita. El mismo Cantor se las vería y desearía para evaluar las probabilidades en contra.

    — Un momento — interrumpió Agronski —. ¡Por todos los santos! Mira, Mike, yo sé muy poco de antropología; es un terreno para mí resbaladizo. Hasta lo de la vegetación mixta pude seguir la explicación del padre, pero no tengo criterio para calibrar el resto. ¿Es cómo dice?
    — Sí, si lo es — respondió Michelis con voz pausada —, aunque caben discrepancias en cuanto al significado, si es que lo tiene. Adelante, Ramón.
    — Sigo pues. Todavía queda bastante por decir. Estoy aún en la descripción del planeta, y más en concreto de los litinos. Tema prolijo el de estas criaturas. Hasta el momento, lo que he dicho de ellos sólo pone de manifiesto el dato más evidente. Podría enumerar otros muchos igualmente evidentes. No están divididos en naciones ni conocen las rivalidades regionales. Sin embargo, si consultáis el mapa de Litina, ese cúmulo de pequeños continentes y archipiélagos separados unos de otros por miles de millas de mar, veréis que se dan todos los presupuestos para el surgimiento de tales enconos. Tienen emociones y pasiones, pero éstas nunca les inducen a cometer actos irracionales. Hablan un solo idioma, y no han tenido otro, lo que parece estar en contradicción con las exigencias de la geografía litina. Viven en completa armonía con todo lo que puebla su entorno, sea grande o pequeño. En una palabra: son criaturas que en teoría no deberían existir y que, sin embargo, existen.

    «Mike, yo voy más lejos que tú y afirmo que los litinos constituyen el ejemplo más acabado que darse pueda de cómo deberían comportarse los seres humanos; y ello por la sencilla razón de que el comportamiento de los litinos corresponde al de los seres humanos antes de que fueran arrojados a nuestro particular paraíso terrenal. Y me atrevo a decir más: los litinos no nos sirven como modelo porque hasta que se instaure el reino de Dios no habrá un número sustancial de seres humanos capaces de imitar este comportamiento. El hombre lleva en sí taras que ellos no padecen, caso del pecado original, por ejemplo, con lo que después de miles de años de forcejeo resulta que estamos más lejos que nunca de nuestra primitiva pauta de comportamiento, en tanto que los litinos jamás se han apartado de las suyas.
    «No olvidéis un solo instante que este código de conducta es el mismo para ambos planetas.
    «Voy a referirme ahora a otro dato interesante concerniente a la civilización litina. Se trata de un hecho, al margen del valor probatorio que os merezca, y es que el litino es una criatura meramente lógica. A diferencia de los hombres de toda clase y condición, no adora a dios alguno y no alienta mitos. Tampoco cree en lo sobrenatural o, utilizando la inculta jerga de nuestros días, en lo «paranormal». No tiene tradiciones, ni tabúes, ni credos, excepto la impersonal convicción de que él y sus afines son imperfectibles por tiempo indefinido. Es racional como una máquina y, en verdad, lo único que distingue al litino de un computador orgánico es el estar en posesión de un código moral que lleva a la práctica.
    «Os pido que tengáis presente que se trata de un fenómeno completamente irracional, basado en una serie de axiomas, en una serie de premisas «otorgadas» desde el principio pese a que el litino no siente la necesidad de atribuirlas a un Supremo Donante. Los litinos como Chtexa creen en la preeminencia del individuo. ¿Por qué? Desde luego, no por imperativo de la razón, puesto que no es una premisa que admita el razonamiento, sino un axioma. Ahora bien: Chtexa cree en el derecho a la defensa jurídica, en la igualdad de todos ante el código ético. ¿Por qué? Es posible un comportamiento racional a partir de dicha premisa, pero es imposible llegar a ella por vía de la razón. Es algo que viene dado. Si se parte del supuesto de que la responsabilidad ante el código varía a tenor de la edad o de la pertenencia a determinada familia, nada impide que se derive de ello un comportamiento lógico, pero una vez más tampoco se llega a dicho postulado por el solo intermediario de la razón.
    «Se empieza por manifestar una convicción: «Creo que todo el mundo debería ser igual ante la ley». Esto es una declaración de fe; nada más. Sin embargo, la civilización litina está estructurada de tal modo que insinúa la idea de que puede llegarse a tan básicos axiomas del cristianismo, asumidos en la Tierra por a civilización occidental, con la sola fuerza de la razón, siendo así que topamos con el hecho flagrante de su imposibilidad. Lo que para unos es racional, para otros es una memez.

    — Se trata de axiomas — gruñó Cleaver —. Tampoco se llega a ellos por la fe ni por cauce alguno porque es algo palmario, que se impone por si mismo. Esto es la definición de un axioma.
    — Era la definición, antes de que los físicos la pulverizaran — dijo Ruiz—Sánchez, con cierta cruel delectación —. Hay un axioma según el cual una línea sólo admite otra paralela. Tal vez sea patente y palmario, pero no por ello deja de ser menos falso. También parece imponerse por si mismo el postulado de que la materia es sólida. Adelante, Paul; tú eres físico. Rompe una lanza en mi favor y proclama: «De esta suerte yo refuto al obispo Berkeley».
    — Es curioso que la civilización litina contenga tantos axiomas sin que los habitantes del planeta tengan conciencia de ello — dijo Michelis con voz apagada —. Aunque no lo había expresado en estos términos, Paul, yo mismo me había sentido conturbado ante las insondables suposiciones que gravitan tras los esquemas mentales del litino, todas ellas prácticamente sin razonar, por más que en otros terrenos los litinos hayan dado pruebas de poseer un sutil intelecto. Observa si no, la labor realizada en el campo de la química de los sólidos. Es realmente la quintaesencia de la razón. Sin embargo, en cuanto descendemos a las premisas básicas, fundamentales, topamos con el axioma: «La materia es real». ¿Cómo pueden afirmar tal cosa? ¿Cómo pudo la razón inducirles a formular parejo enunciado? Desde mi punto de vista se trata de un concepto muy discutible. Si digo que el átomo es sólo un agujero dentro de un agujero inserto en otro agujero, ¿cómo pueden refutármelo?
    —Pero su esquema funciona — dijo Cleaver.
    — También nuestra teoría del estado sólido, aunque partamos de axiomas opuestos alegó Michelis —. La cuestión no es tanto si funciona o no como por qué lo hace. No acabo de ver cómo puede tenerse en pie este vasto tinglado mental que los litinos han desarrollado. No parece que descanse en algo concreto. Si bien se piensa, afirmar que «la materia es real» es un principio disparatado; toda la evidencia apunta exactamente en dirección contraria.
    — Te lo explicaré — manifestó Ruiz—Sánchez —. Sé que no vas a creerme, pero de cualquier forma voy a decírtelo, porque estimo que debo hacerlo. Este tinglado se sostiene porque está apuntalado. Así de sencillo. Pero antes quisiera poner de relieve otro rasgo peculiar de los litinos, y es que poseen completa recapitulación física exterior al cuerpo.
    —¿Qué significa esto? — preguntó Agronski.
    — Tú sabes cómo se desarrolla el embrión humano en el claustro materno. Primero es sólo un ser unicelular, después un simple metazoo parecido a la hidra de agua dulce o a una sencilla medusa. Luego, en un rápido proceso de mutación, adopta otras formas animales, incluido el pez, el anfibio, el reptil, el mamífero inferior, hasta que finalmente, antes de nacer, se convierte en un ser parecido al hombre. No sé cómo conceptuarán este fenómeno los geólogos, pero los biólogos lo llaman recapitulación. El término presupone la aparición en el desarrollo embrionario del individuo de diversos estadios evolutivos que van desde el ser unicelular hasta el hombre en el ámbito de una reducida escala temporal.

    «Por ejemplo: hay un momento en que el feto posee hendiduras branquiales, que no llega a utilizar. Asimismo, posee una cola, casi hasta el final de su permanencia en el útero, y en raro casos nace con ella, mientras que el individuo adulto conservó el pubococcigeo, el músculo que condiciona el movimiento de la cola y que en las mujeres se transforma en el anillo contráctil de la cavidad vesicular. Durante el último mes de gestación, el sistema circulatorio sigue siendo reptiloide, y si la mutación no se consuma antes del parto, el niño nace «azul», aquejado de un patente «ductus arteriosus», la conocida tetralogía de Fallot o de una cardiopatía similar que provoca la mezcla de la sangre venosa con la arterial, proceso normal en los reptiles terrestres. Y así otros ejemplos.

    — Comprendo — dijo Agronski —. Se trata de una idea conocida, pero desconocía el término. Pensándolo bien, no imaginaba que la afinidad llegara a este punto.
    — Bueno, también los litinos pasan por una serie de metamorfosis en el proceso de crecimiento, pero sobrevienen fuera del cuerpo de la madre. Este planeta es como un inmenso útero. La hembra litina pone los huevos en una bolsa abdominal, los huevos son fertilizados; luego se dirige al mar y allí deposita las crías. Lo que porta no es la figura reducida del reptil maravillosamente evolucionado que es el litino adulto. Lejos de ella lo que engendra un pez que presenta cierto parecido con lamprea. Por un tiempo el pez vive en las aguas, luego empieza a desarrollar unos rudimentarios pulmones y mora en las playas. Después de que las mareas le hayan depositado en los bancos de arena, las aletas pectorales del pez pulmonado se convierten en rudimentarias patas. Retorciéndose y avanzando pesadamente por el barro, se transforma en una especie anfibia aprende a soportar los rigores de la vida fuera de las aguas. Poco a poco sus patas se fortalecen y articulan con el cuerpo, convirtiéndose en estas formas semejantes a ranas que vemos a veces al pie de la loma, avanzando a saltos a la luz de la luna, tratan de escapar de los cocodrilos.

    «Muchas lo consiguen y una vez en la selva conservan el hábito de avanzar a saltos. En la espesura experimentan otra mutación y se transforman en los pequeños reptiles parecido al canguro que todos hemos visto huir a nuestro paso y ocultarse entre los árboles; son estas criaturas que llamamos «saltamontes». El último cambio afecta al aparato circulatorio, y consiste en el paso del grupo de los saurópsidos, en el que todavía se entremezclan la sangre arterial y la venosa, al de los terápsidos, propio de las aves terrestres, que irriga el cerebro sólo con sangre arterial oxigenada. Aproximadamente en esta fase se tornan homeostáticos y homeotermos como los mamíferos. Finalmente, ya adultos, abandonan los bosques y se integran en las ciudades como elementos jóvenes de la población, dispuestos a recibir enseñanza.
    «Por entonces conocen ya todas las añagazas de los respectivos medios que existen en su mundo. No les queda nada que aprender excepto su propia civilización. Sus instintos están plenamente despiertos y poseen un dominio absoluto sobre ellos. Su compenetración con la naturaleza en Litina es absoluta; han dejado atrás la adolescencia y ésta no interfiere con su intelecto: están a punto para convertirse en seres sociales en todas las acepciones del término.

    Michelis, dominando su excitación, entrelazó sus manos y alzó la vista hacia Ruiz—Sánchez.

    — Pero eso..., ¡eso es un hallazgo inestimable! — murmuró —. Ramón, esto solo ya justifica el viaje a Litina. — ¡Qué asombrosa, qué admirable y hermosa concatenación!... —¡y qué brillante análisis el tuyo!
    — Si, muy hermoso — dijo Ruiz—Sánchez con abatimiento —. Quien más tarde nos condena suele presentársenos lleno de donosura.
    — Pero ¿tan grave es? — preguntó Michelis, con un tono de apremio en la voz —. Ramón, tu Iglesia no puede poner objeciones. Vuestros teóricos aceptaron la recapitulación biológica en el embrión humano, y también las pruebas geológicas que muestran la intervención del mismo proceso en periodos de tiempo mucho más dilatados. ¿Por qué no en este caso?
    — La Iglesia acepta hechos como siempre acepta los hechos — dijo Ruiz—Sánchez — Pero como señalabas tú mismo hace apenas diez minutos, en ocasiones los hechos se escinden en varias direcciones a un tiempo. La Iglesia es tan hostil a la doctrina de la evolución, sobre todo en lo que concierne a la descendencia del hombre, como siempre lo ha sido, y por buenas razones.
    —Por terca necedad — añadió Cleaver.
    — Confieso que no estoy al corriente de estas vicisitudes — terció Michelis —. ¿Qué postura prevalece en la actualidad?
    — En realidad son dos posturas. La que parte del supuesto de que el hombre evolucionó del modo que parecen sugerir los indicios de que disponemos, y que Dios intervino en algún momento del proceso y le infundió un alma. La Iglesia estima que se trata de una posición defendible, aunque no la apoya porque la historia demuestra que ha conducido a una actitud cruel frente a los animales, que son también criaturas de Dios. La segunda postura parte de la base de que el alma evolucionó pareja con el cuerpo, concepción que la Iglesia rechaza de forma categórica. Sin embargo, estas posiciones no revisten importancia, al menos en el caso de la comunidad que nos ocupa, comparadas con el hecho de que la Iglesia piensa que la evidencia misma es sumamente dudosa.
    —¿Por qué? — dijo Michelis.
    — No es posible resumir en un momento lo que fue el Concilio de Basra, Mike. Espero que una vez en casa te informes al respecto. No es reciente, puesto que si mal no recuerdo se reunió en 1995. Mientras, procura contemplar las cosas con sencillez, ateniéndote a los supuestos originales de las Sagradas Escrituras. Si suponemos, sólo para esclarecer el tema, que Dios creó al hombre, ¿lo hizo perfecto? No veo razón para suponer que se tomara la molestia de realizar una obra chapucera. ¿Es perfecto un hombre sin ombligo? No lo sé, pero me siento inclinado a pensar que no. Y, sin embargo, el primer hombre, digamos Adán para mejor aclarar las cosas, no nació de una mujer y por lo tanto no necesitaba realmente de él. ¿Lo tenia Adán? Todos los grandes artistas que han tratado el tema de la Creación nos lo muestran con ombligo, y me atrevería a decir que su formación teológica era tan solvente como su sentido artístico.
    —¿Y eso qué demuestra? — preguntó Cleaver.
    — Pues que ni la evidencia geológica ni el proceso de recapitulación prueban necesariamente las teorías sobre el origen del hombre. Partiendo de mi postulado inicial, es decir, que Dios creó todo de la nada, es perfectamente lógico que dotara de ombligo a Adán, de un testimonio geológico a la Tierra y de un proceso de recapitulación al embrión. Ninguna de estas necesidades atestigua un origen concreto; puede que surjan porque de otro modo las creaciones involucradas serian imperfectas.
    — ¡Caray! — exclamó Cleaver —. Y yo que pensaba que la relatividad de Haertel era una teoría absoluta.
    — No se trata de una cuestión propuesta en fecha reciente, Paul, ya que data de hace casi dos siglos. La planteó un hombre llamado Gosse, y no el Concilio de Basra. En todo caso, no hay argumento que no acabe por parecer abstruso si se analiza, demasiado tiempo. No veo por qué el hecho de que yo crea en un Dios que tú no aceptas tenga que ser más esotérico que la definición del átomo como «un agujero dentro de un agujero inserto en un agujero» aducida por Mike. Confío en que a largo plazo, cuando descubramos la composición básica del universo, encontremos que es nada: un no ser que progresa hacia un no lugar dentro de la naditud temporal. Cuando eso ocurra yo tendré a Dios, pero tú no tendrás nada, de otra forma no habría diferencia entre nosotros.

    «Pero, de momento, lo que hemos constatado en Litina presenta indicios claros. Nos hallamos, y lo digo sin ambages, en un planeta y entre unas criaturas controladas por el Supremo Adversario, por el diablo. Es una gigantesca trampa que se nos tiende a todos..., a los habitantes de la Tierra o fuera de ella, y no tenemos más alternativa que el rechazo total. Si transigimos, aunque sea un poco, nos condenaremos irremisiblemente.

    —¿Por qué, padre? — preguntó Michelis con un hilo de voz.,
    — Examina las premisas, Mike. Primera: la razón es siempre una guía suficiente. Segunda: lo evidente es siempre lo genuino. Tercera: las obras divinas son un fin en si mismo. Cuarta: la fe no guarda relación con los actos justos. Quinta: es concebible un acto justo sin amor. Sexta: la paz no necesita ser el fruto de la razón. Séptima: la ética no elige una alternativa de maldad. Octava: existe la moral sin conciencia. Novena: el bien existe sin Dios. Décima:..., pero ¿debo seguir enumerando? Ya hemos escuchado antes todos estos planteamientos y sabemos lo que se oculta tras ellos.
    — Una pregunta — dijo Michelis con voz amable, cuajada empero de angustia —. Para que el diablo tienda esta trampa a que te referías debes reconocerle un poder creativo. ¿No es esto una herejía, Ramón? ¿No estarás suscribiendo un manifiesto herético? ¿O acaso el Concilio de Basra...?

    Ruiz—Sánchez se quedó sin habla unos momentos. Era una pregunta que helaba el corazón. Michelis había comprendido al sacerdote en las angustias de su apostasía, en la traición a sus creencias y a la Iglesia en que profesaba. No esperaba que le desenmascararan tan pronto.

    — Es una herejía — dijo al fin con voz gélida —. La llaman maniqueísmo y el Concilio la repudió una vez más. — Tragó saliva —. Pero ya que me lo preguntas, no veo forma de soslayarla. No me complace decirlo, Mike, pero ya hemos tenido ejemplos de ella con anterioridad. Recuerda, por ejemplo, el caso de los fósiles del eoceno, que debía demostrarnos que el caballo era producto evolutivo de Eohippus, el mamífero perisodáctilo, pero que de alguna manera jamás logró convencer a toda la humanidad. Si el demonio es un ente creativo, habrá entonces que suponer que alguna limitación divina coarta sus obras. Así, el descubrimiento de la recapitulación intrauterina hubiera debido reforzar las teorías sobre el origen del hombre. En este caso el fallo estuvo en que el Maligno lo formuló por boca de Haeckel, cuyo furibundo ateísmo le indujo a falsear las pruebas para que el hallazgo pareciera más convincente. Con todo, y a pesar de sus imperfecciones, ambos casos fueron manifestaciones sutiles de la creatividad demoníaca. Pero la Iglesia no cede fácilmente; por algo se asienta sobre una roca.

    «Sin embargo, hallamos aquí, en Litina, otra muestra que es a la vez más insidiosa y más burda que las demás. Inducirá a error a mucha gente que no hubiera sido defraudada por otros medios y que carece de suficiente inteligencia o cultura para percibir que se trata de un hecho espúreo. En apariencia se nos muestra el proceso evolutivo de forma que se diría inapelable, pretendiendo dirimir la cuestión de una vez para siempre, apara Dios de la escena y romper las cadenas que por tanto los han mantenido unida la roca de Pedro. En adelante no habrá, pues, más preguntas ni Dios alguno; sólo la pura fenomenología y, desde luego, envolviéndolo todo, en el agujero dentro del agujero inserto en el agujero, la Suprema Nada, el sujeto que sólo ha conocido la palabra no desde que cayó al espacio envuelto en llamas. Tiene otros muchos nombres, pero conocemos el que nos interesa conocer. Este sería nuestro único legado.
    «Paul, Mike, Agronski; no me resta sino deciros que caminos al borde del infierno. Dios nos concede la gracia de poder rezar. Debemos hacerlo, porque creo que es nuestra última oportunidad.


    9


    La propuesta fue sometida a votación y se llegó a un empate de opiniones. La cuestión tendría que dilucidarse en la Tierra, ante instancias superiores. Ello supondría probablemente el aislamiento de Litina durante muchos años.

    «Prohibido el acceso a esta zona hasta que hayan concluido las investigaciones pertinentes», rezaría la disposición. El planeta formaba ya parte del Indice Expurgatorio.

    La nave llegó a Litina al día siguiente. A la tripulación no le sorprendió lo más mínimo comprobar que las dos facciones opuestas del grupo explorador apenas se dirigían la palabra. Solía ocurrir con frecuencia.

    Los cuatro componentes de la expedición limpiaron la vivienda de Xoredeshch Sfath que los litinos habían puesto a su disposición. Ruiz—Sánchez guardó el libro de tapas azul oscuro con estampaciones en oro, sin atreverse a mirarlo más que por el rabillo del ojo. Aun así no pudo evitar leer el título que desde tanto tiempo le era familiar:

    FINNEGANS WAKE
    James Joyce


    Vano orgullo el de haber descubierto la solución del caso de conciencia que la novela proponía. Se sentía como si él mismo hubiera sido un atormentado texto humano alzado para el cosido, encuadernado y estampado, dispuesto para convertirse en tema de estudio y polémica de futuras generaciones de jesuitas.

    Había emitido el juicio que consideró oportuno y necesario, pero sabia que no tenia carácter definitivo, ni siquiera para él, y no desde luego para las Naciones Unidas y, menos aún, para la Iglesia. Muy al contrario, su dictamen sería con el tiempo un tema espinoso que se sometería a la consideración de miembros de su Orden aún no nacidos. Imaginaba la pregunta a los novicios: «¿Interpretó correctamente el padre Ruiz—Sánchez el dilema? Y en tal caso, ¿se seguía su dictamen del problema planteado?»

    Así sería, excepto en el supuesto de que no le mencionaran, aunque el biólogo no veía qué beneficio podía reportar la utilización de un seudónimo. Lo más seguro es que no hubiera medio de ocultar la génesis del dictamen. ¿O lo creía así movido por el mismo orgullo, o impelido quizá por el dolor y la angustia? El propio Mefistófeles había dicho: «Solamen miseris socios habuisse doloris...»

    —Vámonos, padre; la nave despegará dentro de poco.
    —He terminado, Mike.

    Desde la casa hasta el claro del bosque donde se hallaba el potente huso de la nave mediaba un corto trecho. En breve emprendería su zigzagueante viaje de retorno al sol del Perú a través de las líneas geodésicas del espacio abisal. Incluso en Litina brillaba en aquellos momentos un tibio sol que de vez en cuando atravesaba la barrera de nubes bajas que se deslizaban rápidamente. Sin embargo, estuvo lloviendo toda la mañana y no tardaría en volver a hacerlo.

    El equipaje del grupo expedicionario fue cargado ordenada y discretamente en los compartimientos del vehículo espacial, y con él los diversos especímenes del planeta, los rollos de película, cintas magnetofónicas, informes especiales, grabadoras, cajas de muestras, estuches de portaobjetos, vivarios, cultivos de microorganismos, vegetales prensados, jaulas de animales, tubos con muestras de suelos, pedazos de mineral y los manuscritos de Litina conservados en sus cámaras de helio; todo fue izado cuidadosamente por las grúas y colocado en el interior de la nave.

    Agronski fue el primero en ascender las gradas hasta la cámara presurizada, seguido de Michelis, que llevaba colgado a la espalda un saco cuartelero con sus pertenencias. Cleaver permanecía en tierra mientras se esforzaba en ordenar un material que había dejado para el último momento y que al parecer exigía el delicado trato y la reverente postura que el físico adoptaba antes de que el indiferente abrazo de la grúa se lo llevara. Cleaver era hombre extremadamente quisquilloso en lo tocante a su equipo electrónico, y Ruiz—Sánchez aprovechó la demora para pasear la mirada, una vez más, por las cercanas lindes del bosque.

    No tardó en distinguir la figura de Chtexa. El litino se hallaba en la boca misma del sendero que los terrestres habían recorrido desde la ciudad para dirigirse a la nave. Portaba en sus manos un objeto.

    Cleaver masculló un juramento y desató un envoltorio para liarlo de forma distinta. Ruiz—Sánchez alzó la mano e inmediatamente Chtexa se encaminó hacia ellos a grandes trancos que, sin embargo, casi parecían tardos.

    — Le deseo un buen viaje sea cual fuere su punto de destino — dijo el litino —. También deseo que su camino le devuelva a usted algún día a nuestro planeta. Le he traído el regalo que tenía intención de darle, si es que el momento le parece apropiado.

    Cleaver se había enderezado y miraba al reptiloide con suspicacia. Puesto que no comprendía el idioma le resultaba imposible oponer reparos. En consecuencia, se limitó a permanecer inmóvil en actitud abiertamente hostil.

    — Gracias — dijo Ruiz—Sánchez. Una vez más aquella criatura de Satán le hacía sentirse conturbado, poniéndole dolorosamente en evidencia la herética postura que ahora sustentaba. Y, sin embargo, ¿cómo podía Chtexa saber...?

    El litino le tendía una pequeña ánfora precintada provista de dos asas de suaves curvas. Bajo el barniz refulgente de la porcelana de que estaba hecha la jarra latía aún el calor del horno de cocción. Era una superficie iridiscente, con abundantes festones y penachos multicolores. La pieza hubiera hecho sonrojar y abandonar el oficio a cualquier ceramista de la antigua Grecia. Tan hermosa era la vasija que uno no acababa de ver qué uso podía darle. Desde luego no como candil ni para guardar en ella los sobrantes de remolacha antes de ponerlos en el refrigerador. Además, ocuparía demasiado espacio.

    — Este es el obsequio — dijo Chtexa —. Es el ánfora más perfecta jamás salida de Xoredeshch Gton. En la materia de que está hecha entran todos los elementos que hay en Litina, incluso el hierro, por lo cual y como podrá observar, sus colores reflejan toda la gama de sentimientos e ideas. Una vez en la Tierra facilitará en gran medida la comprensión de Litina.
    — No podremos analizarla — dijo Ruiz—Sánchez —. Es demasiado perfecta para ser destruida, y también para ser abierta.
    — Ah, pero yo deseo que la abra — dijo Chtexa —, porque en su interior hay otro obsequio.
    —¿Otro?
    — Si, y más valioso todavía. Se trata de un huevo fertilizado de nuestra especie. Lléveselo. Cuando lleguen a la Tierra la cría habrá salido ya del cascarón y estará en condiciones aptas para desarrollarse en su extraño y maravilloso mundo. La vasija es un regalo de todos nosotros, pero el embrión que guarda en su interior es un obsequio personal mío, puesto que se trata de mi hijo.

    Ruiz—Sánchez, aturdido, tomó la jarra con manos temblorosa como si fuera a estallar de un momento a otro, sensación que experimentaba en propia carne. Al tomarla, el cálido tacto de la vasija le hizo estremecerse.

    — Hasta la vista — saludó Chtexa. Giró sobre sus patas y se encaminó de nuevo hacia el sendero. Cleaver le vio alejarse con a mano sobre los ojos a modo de visera.
    — Y bien, ¿qué os llevabais entre manos? Se diría que te estaba ofreciendo su propia cabeza en bandeja y al final se descuelga con una miserable jarra. Ruiz—Sánchez no contestó, porque no estaba en condiciones ni de hablar consigo mismo. Echó a andar y empezó a subir la escalerilla sujetando firmemente la vasija con el brazo. No era el presente que había esperado llevar a la ciudad santa con motivo del solemne año de gracia en pro de la humanidad, pero era todo lo que tenia.

    Mientras subía las gradas, una sombra cruzó sobre su cabeza. Era una grúa que izaba la última caja de embalaje de Cleaver ara depositarla en el compartimiento de carga.

    Cuando llegó ante la cámara presurizada, el gemido de los cercanos generadores Nernst se intensificaba por momentos. Ante él, un rayo de sol recortó su sombra sobre la cubierta de a nave. A los pocos momentos, otra sombra vino a sobreponerse la suya, ocultándola. Era de Cleaver. Luego el haz se debilitó y acabó por extinguirse. La escotilla de la cámara hermética se cerró de golpe.



    LIBRO SEGUNDO
    10


    Al principio, Egtverchi flotaba en el frío útero de contornos extrañamente regulares sin conocer más que su nombre, que había heredado y que llevaba marcado, en forma de cadena helicoidal de ADN, en uno de sus genes. En la parte superior del mismo cromosoma —el cromosoma X— otro gen contenía el nombre de su padre: Chtexa. Y eso era todo. En el momento mismo en que comenzó a vivir por sí solo como zigoto, o sea, como óvulo fecundado, quedaron escritos en letras de cromatina su nombre: Egtverchi; raza: litina; sexo: varón, y su linaje, que se remontaba ininterrumpido a través de los siglos litinos hasta el momento en que la vida hizo su aparición en el planeta. No necesitaba entenderlo; era consustancial a su especie.

    Sin embargo, en aquella matriz demasiado regular hacía frío y estaba oscuro. Diminuto como un grano de polen, Egtverchi flotaba a la deriva en el fluido que le servía de alimento, comprimido entre las paredes extrañamente vidriadas y suavemente curvas del recipiente, sin conciencia todavía, pero advertido —de forma constante por una serie de procesos químicos— que no se hallaba en la bolsa abdominal de su madre. En ninguno de sus genes figuraba impreso el nombre de ella, pero sabia —no por el cerebro, puesto que no lo tenía, sino por percepción instintiva, por pura reacción química— de quién era hijo, a qué raza pertenecía y cuál era su verdadero entorno: no aquel en que se encontraba.

    Y así inició su desarrollo, flotando sin rumbo, tratando de adherirse a la fría «bolsa» de loza que siempre le rechazaba. Al entrar en los movimientos de gastrulación, el reflejo de adherencia perdió fuerza y se vio libre de él. A la sazón se limitaba a flotar sin saber más de lo que ya sabía desde el principio: que era de raza litina, del sexo masculino, que se llamaba Egtverchi, que su padre era Chtexa, que se hallaba en el umbral de la vida y que el mundo en que iba a evolucionar era tan inhóspito y tan lóbrego como correspondía al interior de un ánfora.

    A continuación se formó su notocordio y las células nerviosas se acumularon formando un nudo diminuto en uno de sus extremos. Ahora tenía una parte delantera y otra trasera, una dirección de marcha y, también, una cabeza, pues en la presente fase pertenecía ya a la clase de los peces, si bien era sólo una hueva —ni siquiera un pececillo— que daba vueltas y más vueltas en el frío entorno marino.

    Era el suyo un mar sin flujos y sin luz, pero con algún movimiento de balanceo provocado por las corrientes de convección. A veces lo atravesaba algo que no era la corriente, arrastrándole al fondo o atrayéndole hacia las paredes. Desconocía el nombre de este impulso, ya que como pez no podía comprender el fenómeno, limitándose a dar vueltas movido por un apetito insaciable; pero de todos modos luchó contra él como lo hubiese hecho contra el calor o el frío. Algo en su cabeza, más allá de las branquias, le hacía sentir cuando estaba boca arriba, y también le indicaba que un pez en su medio natural tiene masa e inercia pero no peso. Las ocasionales ondas de gravitación —o de aceleración— que penetraban el agua sin luz no eran parte de su mundo instintivo y cuando cesaban se encontraba a menudo debatiéndose furiosamente vuelto hacia arriba.

    Hubo un momento en que el pequeño océano se quedó sin alimentos. Con todo, los plazos de su proceso evolutivo y las previsiones de su padre le llevaron a sortear el obstáculo. En efecto; justo entonces volvieron con más fuerza de la que creía posible, vista su experiencia anterior, los impulsos gravitatorios, y por un largo período se vio reducido a una fláccida inmovilidad, abanicando el agua del fondo de la jarra junto a sus branquias con movimientos tardos y débiles.

    Al final todo volvió a ser como antes, hasta que de repente el diminuto océano empezó a moverse agitadamente de un lado a otro, de arriba abajo y hacia delante. Ahora el cuerpo de Egtverchi era del tamaño de una anguila de agua dulce en estado de larva. Bajo sus espinas pectorales empezaron a formarse dos bolsas parejas sin conexión con otros elementos de su organismo, pero que fueron poblándose de un número cada vez mayor de vasos capilares. En las bolsas no había más que un poco de nitrógeno gaseoso, suficiente para estabilizar la presión. En su momento se convertirían en rudimentarios pulmones.

    Luego se hizo la luz.

    Primero desapareció el techo que ocluía su mundo. En cualquier caso, en esta fase los ojos de Egtverchi aún no podían enfocar el campo visual, y como toda criatura producto de una evolución estaba sujeta a las leyes neolamarckianas, según las cuales incluso una aptitud congénita se desarrolla de manera deficiente si el medio no ofrece oportunidad de practicarla. Como litino, dotado de una especial sensibilidad para adaptarse a las cambiantes condiciones del medio, la larga etapa de oscuridad le había perjudicado potencialmente menos de lo que a buen seguro habría dañado a otra criatura; a una criatura terrestre, pongamos por caso. Sin embargo, pagaría tributo a su debido tiempo. Por el momento —no podía detectar otra cosa en la capa alta, ahora muy estable y uniforme— había luz. Se elevó hacia ella, rasgando con sus aletas pectorales el arpa cálida del agua.

    El padre Ramón Ruiz—Sánchez, oriundo del Perú, llegado poco ha de Litina y miembro de la Compañía de Jesús, contempló presa de extrañas sensaciones a la diminuta criatura que emergía de la superficie y se deslizaba con presteza en el fluido. No podía evitar sentir por aquella sinuosa lagartija acuática la misma compasión que le producían todos los seres animados, a la vez que una complacencia estética ante sus fulgurantes e imprevisibles evoluciones. Entonces recordó que el pequeño ser que sus ojos escrutaban era litino.

    Había dispuesto de más tiempo del que deseaba para analizar las desoladas ruinas sobre las que se asentaba su postura. Ruiz—Sánchez jamás había subestimado los poderes que el demonio todavía estaba en situación de ejercitar, poderes que había retenido —incluso existía consenso general en la Iglesia sobre este punto— tras su expulsión del puesto que ocupaba junto al Altísimo. En tanto que jesuita, había examinado y debatido demasiados casos de conciencia para convencerse de que el diablo obra sin astucia o de que es impotente. Sin embargo, la idea de que entre los poderes del Maligno estuviera la facultad de crear no había cruzado por su mente hasta que llegó a Litina. En última instancia, era preciso reconocer que se trataba de una potestad divina. Pensar que pudiera existir más de un demiurgo era una herejía declarada que ya se había dado en otros tiempos.

    ¡Qué se le iba a hacer! Heréticas o no, así eran las cosas. Toda Litina y en particular la raza dominante, racional e infinitamente admirable de los litinos, había sido creada por Satán en sus ansias de seducir a los hombres con un nuevo engaño específicamente intelectual, surgido como Minerva de la cabeza de Júpiter. Como en el parto mítico, aquel alumbramiento antinatural induciría a un simbólico palmearse la frente a todo aquel capaz de admitir un solo instante que ninguna potestad salvo Dios podía crear. Sería un dolor percutiente y cuarteante en la cabeza de la teología; una migraña moral, e incluso una neurosis de guerra a escala cosmológica, pues Minerva era la amante de Marte tanto en la tierra como —Ruiz—Sánchez recordó conturbado que no cabía duda alguna— en el Cielo.

    Después de todo, él había estado allí y hablaba con conocimiento de causa.

    Pero todo ello podía al menos esperar un poco. Por el momento bastaba con que la pequeña criatura, tan inofensiva como una pequeña anguila, siguiera aún con vida y en aparente buen estado fisiológico. El jesuita tomó un vaso lleno de agua poblada por millares de cladóceros y Cyclops en cultivo y vertió casi la mitad del contenido en el ánfora, que fulguraba con delicadas tonalidades. Al instante, la hueva venida de Litina se zambulló veloz en la oscuridad, a la caza de los casi microscópicos crustáceos. «El apetito es un barómetro universal de buena salud», se dijo el sacerdote.

    — Mira cómo se desliza — dijo una voz amable junto a su hombro.

    El biólogo alzó la vista, sonriente. Quien así hablaba era Liu Meid, directora del laboratorio de las Naciones Unidas, cuya principal misión durante varios meses sería cuidar de la criatura. Era una muchacha de cabellera negra, con una expresión de casi infantil sosiego en el rostro. Miró con ansia el ánfora, en espera de que reapareciera el imago.

    —Espero que le siente bien — manifestó la joven.
    — Confío en que así sea — dijo Ruiz—Sánchez —. Ciertamente, estos crustáceos son seres terrestres, pero el metabolismo de los litinos presenta una extraña analogía con el nuestro. Hasta el pigmento de la sangre es semejante a la hemoglobina, si bien la base metálica no es por supuesto el hierro. El plancton litino contiene variedades muy similares a la pulga de agua y a los Cyclops. Y si ha sobrevivido al viaje me atrevería a decir que los cuidados que en adelante le prodiguemos, aunque fueran excesivos, no le provocarán la muerte.
    — ¿El viaje? — repitió Liu, pausadamente —. ¿De qué forma hubiera podido perjudicarle?
    — Bueno, no sabría decirlo con exactitud. Era simplemente el riesgo que suponía llevárnoslo. Chtexa, pues así se llama su padre, nos lo entregó en el ánfora ya precintada. No sabíamos qué previsiones había adoptado para que su hijo pudiera resistir las contingencias de un viaje por el espacio, y por nuestra parte no nos atrevíamos a echar un vistazo. Tenía la absoluta certeza de que Chtexa no había sellado el recipiente por antojo. A fin de cuentas, conoce mejor que cualquiera de nosotros la fisiología de su raza, mejor que el doctor Michelis y yo mismo.
    —A ello quería referirme — dijo Liu.
    — Lo sé; pero atiende, Liu. Chtexa nada sabe de vuelos espaciales. Conoce bien, eso sí, los azares de un vuelo ordinario... Sí, los litinos vuelan en aparatos de reacción. Lo que a mí me inquietaba era la superaceleración de Haertel. Recordarás los pasmosos fenómenos de reducción de tiempo que experimentó Garrard a raíz del primer vuelo con éxito a Centauro. Aunque hubiera dispuesto de tiempo no habría podido explicar a Chtexa las ecuaciones de Haertel, dado que se trata de una información secreta, vedada a los litinos. Además, tampoco habría logrado descifrarlas, pues la matemática litina no conoce los transfinitos. Y el tiempo es factor de vital importancia en la gestación de la especie litina.
    — ¿Por qué? — preguntó Liu, a la par que atisbaba el interior de la jarra con una sonrisa instintiva.

    La pregunta pulsó una fibra que Ruiz—Sánchez tenía expuesta desde hacía mucho tiempo.

    — Porque tienen recapitulación física extracorpórea, Liu. Esa es la causa de que la criatura que hay aquí dentro sea un pez. Cuando llegue al estado adulto será un reptil, si bien con el sistema circulatorio de los terápsidos y cierto número de particularidades orgánicas que no corresponden al orden de los reptiles. Las hembras litinas depositan los huevos en el mar...
    —Pero el ánfora contiene agua dulce.
    — No, es agua de mar. En Litina el agua de mar no es tan salina como la nuestra. Del huevo sale una criatura pisciforme como la que ahora está usted contemplando. Más tarde el pez desarrolla unos pulmones y las mareas le depositan en los bajíos Cuando me hallaba en Xoredeshch Sfath solía entretenerme en escuchar sus aullidos. Aullaban toda la noche, expulsando así el agua de los pulmones y reforzando la musculatura del diafragma. De repente, Ruiz—Sánchez se estremeció. La evocación del aullido del pez pulmonado resultaba más inquietante de lo que había sido el propio grito en Litina. Entonces no sabía lo que era... o sí, lo sabía, aunque ignoraba su significado.
    —Llega un momento en que este ser desarrolla unas patas y pierde la cola, lo mismoque un renacuajo. Cuando se trasladan a los bosques son ya genuinos anfibios. Transcurrido cierto tiempo el sistema respiratorio deja de depender de esta fuente auxiliar que es la piel y ya no necesita permanecer cerca del agua. Finalizado el ciclo evolutivo son seres adultos, constituyendo un orden de reptiles muy avanzado, marsupial, bípedo, homeostático y dotado de gran inteligencia. Los noveles adultos abandonan la selva para iniciar su aprendizaje en las ciudades.

    Liu aspiró con fuerza una bocanada de aire.

    —Es realmente maravilloso — susurró.
    — En efecto — dijo el biólogo con voz cavernosa —. Los hijos del hombre pasan por parecidas mutaciones en el útero, sólo que su gestación permanece al abrigo en todo momento. En cambio, las crías de los litinos deben afrontar los riesgos inherentes a cada una de las ecologías que existen en el planeta. De aquí el temor que me inspiraba la superaceleración de Haertel. Nosotros aislamos el ánfora de los campos de impulsión lo mejor que supimos, pero en un proceso de desarrollo embrionario tan parecido a los estadios evolutivos terrestres, una reducción del tiempo hubiera podido tener graves consecuencias. En el caso de Garrard fue primero de una hora por segundo y luego saltó brutalmente a un segundo por hora, alternándose sin interrupción en una onda sinusoidal. El más leve escape en la envoltura aislante de la vasija hubiera podido afectar del mismo modo al hijo de Chtexa, con resultados imprevisibles. Es evidente que esta fuga no se produjo, pero yo estaba realmente preocupado.

    La muchacha parecía reflexionar sobre la explicación del biólogo. Con objeto de no tener que pensar más en ello, puesto que se había estrujado los sesos hasta que su mente se remontó en menguantes volutas hasta un callejón sin salida, Ruiz—Sánchez optó por contemplar a la muchacha, sumida en sus cavilaciones. Mirar a Liu era siempre un descanso y el jesuita estaba necesitado de reposo. Tenía la sensación de que no había conciliado el sueño desde el instante en que perdió el conocimiento en el umbral de la casa de Xoredeshch Sfath y se desplomó en brazos del sorprendido Agronski.

    Liu había nacido y se había criado en el Estado del Gran Nueva York. El más sincero cumplido que Ruiz—Sánchez podía hacer a la muchacha era reconocer que nadie lo hubiera imaginado. Como peruano, detestaba aquella megalópolis de diecinueve millones de habitantes con una vehemencia que él mismo no habría dudado en calificar de poco cristiana. No había en Liu nada premioso ni atormentado. Era una muchacha plácida, sosegada, tranquila, afable, de una discreción y un recato que en modo alguno resultaban fríos o compulsivos. Sus respuestas a cuanto le salía al paso eran tan espontáneas y tan simples como las de un conejillo. En las relaciones con sus colegas actuaba sin sombra de recelo, no porque fuera ingenua, sino por la seguridad que tenía de que en lo sustancial Liu era tan infrangible como para impedir que alguien sintiera deseos de violar esta íntima forma de ser.

    Estas fueron las divagaciones que en un primer momento acudieron a la mente de Ruiz—Sánchez; pero casi en seguida se vio asaltado por un pensamiento extemporáneo. Del mismo modo que nadie tomaría a Liu por neoyorquina (ni siquiera su parla traslucía el acento de alguno de los ocho dialectos —mutuamente más incomprensibles de día en día—que se hablaban en la ciudad, y, sobre todo, nadie hubiera podido suponer que sus padres sólo hablaban el Bronx), tampoco nadie la hubiera identificado con un técnico de laboratorio. Era una línea discursiva que no complacía particularmente a Ruiz—Sánchez, pero que por ser demasiado evidente no podía eludir sin más. Liu era tan menuda y tan hondamente núbil como una geisha. Vestía con exquisita compostura; no con un recato que intenta ocultar algo sino con una discreción fruto de la sencillez, del deseo de exhibir un atuendo intensamente femenil que no tiene de qué avergonzarse ni tampoco nada que pregonar de forma llamativa. La delicada figura de la joven se le antojaba a Ruiz—Sánchez una Venus Calípiga de tarda y soñolienta sonrisa inexplicablemente inconsciente de que ella —y menos aún los demás— debía por exigencia de la naturaleza y del mito adorar permanentemente la curva perfecta de sus espaldas sembradas de hoyuelos.

    Pero basta ya; era más que suficiente. Bastantes problemas presentaba el pececillo que andaba a la caza de crustáceos en el útero de cerámica, problemas que algunos pasarían a serlo también de Liu. No había por qué complicar la tarea de la chica con vanas disgresiones, aunque sólo fueran expresadas con una larga y escrutadora mirada. Ruiz—Sánchez tenía suficiente confianza en su capacidad para no apartarse de la senda que le había sido marcada; pero de nada serviría abrumar a tan circunspecta y dulce criatura con una sospecha que su formación no la había preparado para afrontar

    Giró rápidamente sobre sus talones y se acercó al muro acristalado del lado oeste del laboratorio, que dominaba la ciudad desde una altura de treinta y cuatro pisos; nada excesivo, pero más que suficiente para el biólogo. Después de su larga estancia en las sosegadas calles de Xoredeshch Sfath, ahora la ruidosa Nueva York de diecinueve millones de almas, envueltas en el vaho, producto del calor reinante, le repelía como de costumbre, o quizá más que lo habitual. Pero por lo menos tenía el consuelo de saber que no pasaría en ella el resto de sus días.

    En cierto modo, el Estado de Manhattan era un vestigio político y una ruina física. Lo que se atisbaba desde el mirador en que se hallaba era un gigantesco espectro de múltiples cabezas. Los pináculos ruinosos estaban deshabitados en su gran mayoría. A cualquier hora, la mayor parte de la población del Estado (y también de las mil y pico ciudades—estado restantes esparcidas por todo el planeta) se hallaba bajo tierra.

    Las zonas y núcleos urbanos subterráneos eran autosuficientes. Disponían de fuentes de energía termonuclear; tanto las granjas cultivadas en grandes espacios blindados como los miles de kilómetros de conducción de plástico iluminado, por las que fluían aguas con abundantísima suspensión de algas, aumentaban sin cesar; gigantescos frigoríficos conservaban alimentos y medicinas por espacio de varias décadas; las plantas para el tratamiento de las aguas formaban un circuito completamente cerrado, con lo que incluso podía recuperarse la humedad del ambiente y las aguas de la propia red de alcantarillado de la ciudad; múltiples tomas de aire permitían aspirar sin demora las emanaciones tóxicas, los virus y las partículas radiactivas en suspensión. Asimismo, las ciudades—estado no dependían de un gobierno central, sino que cada una de ellas estaba bajo la autoridad de una Junta Gestora de Zona inspirada en el viejo modelo de las autónomas Juntas portuarias del siglo precedente, de las que, como era obligado, habían evolucionado.

    Esta fragmentación de la Tierra era consecuencia de la carrera en la construcción de refugios subterráneos que tuvo lugar en el período 1960—1985. La carrera de armamentos en torno a las bombas de fisión, iniciada en 1945, terminó definitivamente cinco años más tarde, y las relativas a la bomba de fusión y a los misiles balísticos intercontinentales demandaron otros cinco años cada una. El programa de construcción de refugios había necesitado más tiempo, no porque se requirieran nuevos conocimientos o técnicas más avanzadas, sino por la amplitud del plan de construcciones que involucraba.

    Si en apariencia la carrera en la construcción de refugios era una medida de carácter defensivo, había cobrado todas las características de una carrera armamentista al viejo estilo, puesto que la nación empeñada en un programa de este género invitaba a ser atacada de inmediato. Con todo, se daba una diferencia. El plan acelerado de construcción de refugios subterráneos se había emprendido ante la cada vez más patente evidencia de que la amenaza de una guerra nuclear no sólo era inminente, sino trascendente. En efecto, podía sobrevenir en el momento más impensado, pero mientras no ocurriera, la amenaza pendería por lo menos durante otro siglo, o quizá cinco. De este modo el programa de construcción de refugios cobró un ritmo febril, pero también a largo plazo.

    Como ocurre con todas las carreras armamentistas, también ésta terminó por desbaratarse ella misma, en el caso presente porque aquellos que la habían planeado lo hicieron tomando como referencia un período de tiempo excesivo. A la sazón, la economía subterránea se había hecho extensiva a todo el planeta, pero apenas finalizada la carrera empezaron a surgir indicios de que la gente no estaba dispuesta a vivir de buen grado y por mucho tiempo bajo una economía de estas características; no, por supuesto, quinientos años y, probablemente, ni siquiera un siglo. Los disturbios de Corredor en 1993 fueron el primer indicativo de importancia. Desde entonces se habían producido muchos más.

    Los disturbios facilitaron a las Naciones Unidas el pretexto que necesitaban para instaurar, por fin, un gobierno verdaderamente supranacional, un estado mundial que ejerciera realmente la función ejecutiva. Los desórdenes mencionados proveyeron la excusa, y la economía de subsuelo, con la fragmentación del poder político al estilo de la Antigua Hélade, proporcionó los medios a las Naciones Unidas.

    En teoría ello hubiera debido zanjar el problema. Ya no era probable una guerra nuclear entre los estados miembros... Pero ¿cómo desmantelar una economía subterránea levantada al costo de veinticinco mil millones de dólares anuales durante veinticinco años, una economía incrustada en la superficie de la Tierra en forma de incontables miles de millones de toneladas de hormigón y acero encastrados a dos mil kilómetros de profundidad? La verdad es que no había modo de hacerlo y que a partir de entonces el planeta se convertiría en un mausoleo para los vivos hasta que la propia Tierra pereciera: sepulcros y más sepulcros.

    La palabra resonó como un lejano aldabonazo en los oídos de Ruiz—Sánchez. El sordo retumbar de la ciudad subterránea hizo vibrar el cristal ante el que se hallaba Ruiz—Sánchez. Entremezclado con el fragor se oyó el inquietante rechinar de un mecanismo mal ajustado, más acentuado que otras veces, como una pesada bala de cañón que diera vueltas y más vueltas por una guía de madera vieja y astillada.

    — Pavoroso, ¿verdad? — dijo la voz de Michelis detrás de él. Ruiz—Sánchez miró sorprendido al corpulento químico; sorpresa que no era debida a no haberle oído entrar, sino por el hecho de que Mike le dirigiera de nuevo la palabra.
    — Sí, en efecto — contestó —. Me alegra que también tú lo hayas observado. Pensé que después de haber estado ausente tanto tiempo se debía a un exceso de hipersensibilidad por mi parte.
    — Puede que así sea — dijo Michelis, gravemente —. También yo estuve ausente.

    Ruiz—Sánchez hizo un gesto negativo con la cabeza.

    — No; creo que se trata de algo bien real — dijo —. Son condiciones intolerables para un ser humano. Y no sólo porque se vean obligados a permanecer en el fondo de un agujero noventa de cada cien días. A fin de cuentas están convencidos de que viven cada día al borde del aniquilamiento. Enseñaron a sus padres a pensar así, de otra forma jamás hubiera habido impuestos suficientes para financiar el plan de construcción de refugios subterráneos. Y como es natural han enseñado a sus hijos a ver las cosas del mismo modo. Es inhumano.
    — ¿Tú crees? — dijo Michelis —. Durante siglos la gente ha estado al borde de la extinción..., hasta la época de Pasteur. ¿Cuándo fue eso?
    — Pues nada menos que en el mil ochocientos sesenta — respondió Ruiz—Sánchez —. Pero no; ahora las cosas son muy diferentes. Antaño la peste escogía las víctimas a capricho. Los hijos de uno podían sobrevivir. En cambio, las bombas de fusión no perdonan a nadie. — Se sobresaltó involuntariamente —. Y aquí me tienes. Hace unos instantes me sorprendí a mí mismo pensando en que el espectro de la destrucción que preside todos nuestros actos es no sólo inminente, sino trascendente. Estaba parodiando una tragedia. Antes de la era médica la muerte era a un tiempo inminente e inmanente, perentoria y actuante en nuestro fuero interno, pero nunca trascendente. En aquellos días sólo Dios era inminente, actuante y trascendente a un tiempo, y en ello descansaban sus esperanzas, en tanto que hoy no les hemos dado a cambio sino la muerte.
    — Perdona, Ramón — dijo Michelis, el semblante súbitamente crispado —. Sabes que no quiero tratar contigo de estos temas. Ya me chamusqué en una ocasión y no quiero que vuelva a repetirse.

    El químico se volvió de espaldas. Liu, que había estado haciendo una dilución en serie en la larga mesa de trabajo, proyectaba el soporte con los tubos de ensayo, ordenados correlativamente, contra la luz solar, mientras atisbaba a Michelis por entre los entornados párpados. En el momento en que Ruiz—Sánchez volvió la mirada hacia ella, Liu apartó rápidamente los ojos del químico. El biólogo desconocía si ella se había dado cuenta de que la había sorprendido, pero en el momento en que Liu fue a depositar el soporte en la mesa, los tubos retintinearon un poco.

    — Perdone — dijo —. Liu, éste es el doctor Michelis, uno de los colegas que participó en la expedición a Litina. Mike, te presento a la doctora Liu Meid, que va a ocuparse por algún tiempo del hijo de Chtexa controlada más o menos por mí. Es uno de los mejores xenozoólogos del mundo.
    — ¿Cómo está usted? — saludó Mike, gravemente —. De modo que el padre y usted se han constituido en padres adoptivos de nuestro huésped litino, ¿no es así? Yo diría que es una grave responsabilidad para una muchacha tan joven. El jesuita experimentó el poco ortodoxo deseo de propinar al larguirucho químico un par de patadas en las espinillas, pese a que no parecía haber malicia alguna en la voz de Michelis.

    La muchacha se limitó a fijar la vista al suelo mientras aspiraba un poco de aire por los labios ligeramente entreabiertos.

    — Ah—tan—deska — musitó, en una extraña mezcla idiomática.

    Michelis enarcó las cejas, pero en seguida pudo comprobar que Liu no tenía intención de añadir una sola palabra más. Con un leve mohín de contrariedad, fruto de la confusión que sentía, Michelis se volvió hacia el sacerdote, al que sorprendió en el momento mismo en que la sombra de una sonrisa desaparecía de sus labios.

    — Parece que he metido la pata — dijo Michelis, sonriendo con sarcasmo —. Pero me temo que por algún tiempo estaré demasiado ocupado para practicar mis modales. Quedan muchos cabos por atar. Ramón, ¿cuándo crees que podrás dejar al hijo de Chtexa en manos de la doctora Meid? Nos han solicitado para que escribamos una versión del informe sobre Litina apta para el público en general.
    —¿Nosotros?
    —Sí. Bueno, tú y yo.
    —¿Y qué pasa con Cleaver y Agronski?
    — Cleaver no está disponible — dijo Michelis —. Ahora mismo no sabría decirte dónde está. Y por alguna razón no quieren saber nada con Agronski. Tal vez estiman que no tiene bastantes títulos de sapiencia. El trabajo es para la «Revista de Investigación Interestelar» y ya sabes lo estirados que son. En cuanto a prestigio son unos nuevos ricos y, por lo tanto, más académicos que los académicos mismos. Sin embargo, me parece una oferta interesante, por cuanto nos permite divulgar algunos de los datos que hemos recogido. ¿Te parece que dispondrás de tiempo para ello?
    — Sí; creo que sí. Siempre que sea en el lapso entre el nacimiento de Chtexa y mi peregrinación — contestó Ruiz—Sánchez con aire caviloso. Michelis volvió a enarcar las cejas, confuso.
    — Ah, sí. Te refieres al Año Santo, ¿no es cierto?
    —Sí — respondió el jesuita.
    — En tal caso yo diría que la cosa tiene arreglo — observó Michelis —. Mira, Ramón, no quiero entrometerme en tus asuntos, pero no pareces un hombre urgentemente necesitado de perdón. ¿Significa esto que has cambiado de parecer sobre Litina?
    — No, no he mudado de opinión — dijo Ruiz—Sánchez con voz serena —. Todos necesitamos del jubileo, Mike, pero no voy a Roma con este objeto.
    —Entonces...
    —Debo ser juzgado allí por herejía.


    11


    Había luz en el lodo donde reposaba Egtverchi, en algún lugar al este del Edén. Pero el día y la noche todavía no habían sido creados para él, ni había viento ni olas que le anegaran y le obligaran a proferir aullidos para expulsar el agua de los hormigueantes pulmones y respirar afanosamente en la atmósfera sofocante. Trató esperanzado de arrastrarse valiéndose de los apéndices delanteros y observó que avanzaba un poco. Pero echó en falta un lugar a donde ir y la presencia de algo o alguien de quien huir. La luz opaca era confortantemente parecida a la de un cielo nuboso, pero Alguien había dejado de proveer para aquel período regular de oscuridad y carencia durante el cual un animal consolida sus fallas y bucea en su intuido yo para encontrar los ánimos suficientes que le permitan afrontar otra jornada.

    «Los animales carecen de alma», había dicho Descartes, a la par que arrojaba un gato por la ventana para demostrar si no su argumento sí al menos su fe en él. El tímido genio del mecanicismo que sabía cómo arrojar gatos por la ventana pero no cómo enfrentarse a los papas, nunca se había topado con un genuino autómata, y por ello no tuvo ocasión de observar que lo que falta en los animales no es un alma sino una mente. Un computador capaz de redondear los parámetros de las ecuaciones de Haertel para todos los valores posibles y realizar además la operación en dos segundos y medio es un portento en el plano intelectual, pero un retardado en el orden emocional.

    De la misma forma que una criatura no pensante pero que responde a la más pequeña experiencia con la plenitud de unas sensaciones inmediatamente aprehendidas olvidadas también en el acto— que afectan a su cuerpo todo, necesita la muerte temporal que es la noche para prolongar su vida, así también el cuerpo animal nacido a la vida necesita la brega cotidiana para convertirse al final en el soñoliento adulto confiado en sí mismo que sus genes llevan programado desde mucho tiempo ha. Pero también en esta tesitura el inefable Alguien que velaba por Egtverchi se había abstenido de intervenir. En el lecho de lodo en que se hallaba había mezclado jabón en un porcentaje calculado que le permita revolcarse y agitarse en el fondo de la vasija sin que pudiera avanzar lo suficiente para darse un testarazo contra la pared. Si bien ello servía para proteger dicho órgano, debilitaba en cambio los músculos de sus miembros. Al término de su fase como anfibio, momento en que Egtverchi se convertiría en un ser pulmonado que respira normalmente y progresa a saltos, brincaría de forma defectuosa.

    En cierto modo también esta carencia había sido subsanada, porque en esta su niñez nada le constreñía a huir a saltos, despavorido, ni había en su mundo un lugar al que un corto salto pudiera trasladarle. Por pequeño que fuera el brinco acababa invariablemente en un invisible topetón y en una deslizante caída para cuyo fin, por benévola que resultara siempre, ningún instinto le había preparado y que ningún reflejo de aprendizaje le permitía afrontar para recuperarse de manera airosa. Además, un animal con la cola siempre torcida difícilmente puede tener, pese a sus instintos, un aire agraciado.

    Finalmente olvidó por completo los saltos y se limitó a esperar acurrucado a que sobreviniera la próxima mutación, volviendo la vista aturdido hacia las múltiples cabezas que formando círculo se movían encima de él siempre que despertaba de su letargo. Para cuando cayó en la cuenta de que los mirones eran también criaturas vivas, aunque de mucho mayor tamaño, tenía los instintos tan abotargados que no experimentaba otra cosa que una vaga alarma insuficiente para arrancarle de su amodorramiento. La nueva mutación hizo de él un ser espigado, que se sostenía inseguro sobre las patas, y sin capacidad para percibir las distancias, pese al inusitado tamaño de la cabeza. Alguien cuidó entonces de que le trasladaran a un terrarium.

    Una vez allí, las hormonas de su verdadera adolescencia despertaron al fin y empezaron a fluir en abundancia en su sangre. En los cromosomas de su cuerpo habían sido escritas de forma categórica las respuestas que reclamaba un mundo como el de aquella pequeña jungla. Muy pronto se sintió en ella casi como en su propia casa. Erraba por entre la vegetación del terrarium apoyándose en sus inseguras zancas y experimentando cierto alborozo, en busca de algo de lo que huir, algo con lo que pugnar, algo que comer o aprender. Y sin embargo, después de un largo paseo, ni siquiera hallaba un lugar para dormir, porque tampoco en el terrarium existía la noche cerrada.

    Fue, también, allí donde por vez primera cobró conciencia de las diferencias entre él y las criaturas que le contemplaban y que algunas veces le mortificaban. Había dos, sobre todo, a los que veía incesantemente unas veces juntas y otras separadamente. Siempre le estaban incordiando... Aunque, a decir verdad, en ocasiones aquellos seres de afilados aguijones y toscas manos le daban de comer cosas que nunca había probado, o le hacían objeto de otros cuidados que le complacían tanto como le irritaban. No acababa de entender aquella relación, y eso le daba mala espina.

    Pasado algún tiempo terminó por ocultarse de todos los mirones menos de aquellos dos, y muchas veces hasta de ellos, pues siempre estaba soñoliento. Cuando deseaba su presencia no tenía más que gritar: a «¡Szan—tchez!», ya que le era imposible pronunciar el nombre de Liu. La lengua pegada al mesenterio y el paladar casi hendido no le permitían pronunciar tan difícil combinación de sonidos puros; eso tendría que esperar hasta que alcanzara el estado adulto.

    Pero llegó un momento en que dejó de llamar a gritos a sus cuidadores y permaneció sentado en cuclillas, preso de apatía junto al estanque que había en el centro de la diminuta selva. Cuando en la última noche de su existencia lagarteril apoyó una vez más su protuberante cráneo en el hoyo cubierto de musgo envuelto en densa penumbra, notaba en su sangre que llegada la mañana, cuando despertara en este su destino como criatura pensante, tendría la edad que pesa sobre todos los que no han conocido la infancia, ni siquiera un instante. Mañana sería una criatura pensante, pero ya ahora le abrumaba el tedio de su futura condición.

    Y así, cuando despertó, el mundo se había transformado. Las múltiples aberturas que van desde la percepción instintiva a la vida consciente se habían ocluido. De repente, el mundo se le aparecía como un ente abstracto: había realizado el tránsito del mundo animal al del autómata, el mismo que en el 4004 antes de Cristo llevó la desgracia al este del Edén.

    No era un hombre, pero no por ello dejaría de pagar tributo. Desde aquel instante nadie —y el propio Egtverchi el primero— llegaría a descifrar qué experimentaba en su ser animal.

    — Pero, ¿en qué está pensando? — dijo Liu, confusa, mirando fijamente el enorme y grave semblante del litino, que se inclinaba sobre ellos desde el otro lado de la puerta de pirocerámica traslúcida. Por supuesto que Egtverchi —la criatura les había dicho su nombre en fase muy temprana— podía oír a la muchacha, a pesar del tabique que dividía en dos el laboratorio, pero no despegó los labios. Hasta el momento era un ser muy poco comunicativo, aunque voraz lector.

    Ruiz—Sánchez tardó algún tiempo en responder. El joven litino, de casi tres metros, le intimidaba y confundía casi tanto como a la propia Liu; y por mejores razones. Miró de soslayo a Michelis.

    El químico parecía ignorarles. Ruiz—Sánchez entendía que se comportara así con él. Al fin y al cabo el intento de escribir un trabajo conjunto pero imparcial sobre Litina para su publicación en la «Revista de Investigación Interestelar» había tenido fatales consecuencias para las ya tensas relaciones entre ambos científicos. Pero el jesuita se dio cuenta de que esta tensión afligía también a Liu, sin que la muchacha acabara de darse cuenta. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. El no tenía culpa alguna de lo ocurrido. El jesuita realizó una última tentativa para arrancar a Mike de su mutismo.

    — Está en la fase de aprendizaje — explicó —. Forzosamente tiene que pasar buena parte del mismo escuchando. Sucede como en los relatos del niño lobo, amamantado y criado por animales que de muchacho tiene que vivir en una comunidad humana si conocer siquiera el lenguaje de su especie. La diferencia está e que los litinos no aprenden a hablar en su infancia, y nada le impide hacerlo cuando alcanzan la adolescencia. Para ello debe escuchar con gran atención, y eso es lo que está haciendo.
    — Pero, ¿por qué no hace al menos alguna pregunta? — dijo Liu, pesarosa, haciendo caso omiso de Michelis —. ¿Cómo aprenderá si no practica?
    — Desde su punto de vista aún no tiene nada que decirme — explicó Ruiz—Sánchez a la joven —. Carecemos de autoridad para formularle preguntas. Cualquier adulto de su especie podría hacerlo, pero es evidente que nosotros no damos la medida, y Io que Mike denomina la relación de parentesco adoptivo nada significa para una criatura adaptada a una niñez solitaria.

    Michelis no abrió boca.

    — Antes solía llamarnos — dijo Liu, compungida —, o por Io menos solía llamarle a usted.
    — No tiene nada que ver. Es la respuesta por el goce y no guarda relación con la autoridad o el afecto. Si colocáramos un electrodo en los núcleos septal o caudato del cerebro de un gato o de una rata de forma que pudieran estimularse a sí misma eléctricamente presionando sobre un pedal o un botón, conseguiríamos que hicieran cualquier cosa dentro del ámbito de sus facultades con un simple impulso eléctrico en el cerebro. De Ia misma forma, un perro, un gato o un ratón aprenderán a responder a su nombre o a realizar un acto determinado por el mero placer que ello les produce, pero no esperarás a que el animal te dirija la palabra o responda a las preguntas que le formules, sencillamente porque no puede hacer tal cosa.
    — Es la primera vez que oigo hablar de estos experimentos cerebrales — observó Liu —. Me parece horrible
    —También a mí — dijo Ruiz—Sánchez —. Es un método de investigación que prácticamente ha quedado relegado. Jamás he podido entender cómo alguno de nuestros megalómanos no ha intentado servirse de él aplicándolo a los seres humanos. Una dictadura fundada en esta maña bien pudiera durar un millar de años. Pero no tiene que ver con tus preguntas a Egtverchi. Cuando esté en condiciones de hablar lo hará. Entretanto, no tenemos bastante estatura para inducirle a contestar nuestras preguntas. Para ello tendríamos que ser litinos adultos de casi cuatro metros de altura.

    Los ojos de Egtverchi se cubrieron de un fino velo y la extra criatura entrelazó súbitamente las manos.

    — Ya sois lo bastante altos — vibró la ronca voz del litino por sistema de altavoces.

    Liu cerró también sus manos, imitando en su alborozo el gesto de Egtverchi.

    — ¿Ha oído, Ramón?... ¿Lo ha oído? ¡Estaba usted en un error! ¿Qué quieres decirnos,

    Egtverchi? ¡Habla! Egtverchi vaciló un poco y finalmente exclamó:

    —Liu, Liu, Liu.
    — Sí, sí. Eso es, Egtverchi. Sigue... adelante... ¿Qué querías decirnos?...
    —¡Cuéntanoslo!
    — Liu — repitió el litino. Egtverchi parecía satisfecho, pero seguida el vivo color de sus barbas se apagó y adoptó la actitud hierática habitual en él. A los pocos instantes Michelis dio un brusco resoplido. Liu sobresaltada, se volvió hacia él, y Ramón, sin pretenderlo, hizo propio.

    Demasiado tarde. El larguirucho ciudadano de Nueva Inglaterra les había vuelto ya la espalda, como disgustado consigo mismo por haber roto su silencio. Lentamente, Liu volvió a su vez el rostro para ocultarlo a los dos hombres, y hasta a Egtverchi. Ramón quedó solo en el pináculo de aquel descontento por partida triple.

    — Bonita representación la que piensa ofrecernos un futuro ciudadano de las Naciones Unidas! — exclamó Michelis, súbita y acremente, la voz fluyendo imprecisa de sus espaldas —. Supongo que era eso lo que esperabas cuando me pediste que me quedara, ¿Qué te indujo a exponerme los grandes progresos que este bicho realizaba? Por lo que me dijiste, a estas horas debería estar ya formulando teoremas.
    — El tiempo es una función del cambio — dijo Egtverchi —, y el cambio es la expresión de la validez relativa de dos proposiciones, una de las cuales contiene un tiempo t y la otra un tiempo t prima, y que sólo se diferencian en que una contiene la coordenada t y la otra la coordenada t prima.
    — Todo eso está muy bien — dijo Michelis con frialdad, alzando la vista hacia la enorme cabeza del litino —. Pero yo estoy al cabo de la calle. Si hablas como un loro jamás serás ciudadano de esta cultura; te lo aseguro.
    —¿Quién eres tú? — preguntó Egtverchi.
    — ¡Tu padrino, por todos los santos! — respondió Michelis —. Yo sé cómo me llamo y lo que hay detrás de mí. Mira, Egtverchi, si esperas convertirte en un ciudadano tendrás que hacer algo más que comportarte como un Bertrand Russell o como un Shakespeare.
    — No creo que sepa de qué le estás hablando — intervino Ruiz—Sánchez —. Le expusimos la propuesta de convertirle en ciudadano, pero no dio señales de haberlo entendido. Justo la semana pasada terminó la lectura de los Principia, de modo que no es extraño que «regenere» la información. Lo hace de vez en cuando.
    — En el proceso de regeneración de primer orden — espetó Egtverchi medio adormilado si se invierten las conexiones cualquier pequeña perturbación generará por sí misma un agravamiento. En la regeneración de segundo grado, si se rebasan los límites normales se producirán alteraciones fortuitas en el sistema que sólo terminarán cuando éste vuelva a estabilizarse.
    — Maldita sea! — vociferó Mike —. ¿De dónde ha sacado eso? ¡Cállate ya! ¡No creas que vas a tomarme el pelo! Egtverchi cerró los ojos y guardó silencio. De repente, Michelis gritó:
    —¡Habla ya, maldición!Sin abrir los ojos, Egtverchi entonó:
    — En consecuencia, si se dañan algunas de sus partes el sistema puede realizar funciones de sustitución. — Volvió a quedarse callado. El litino se había dormido, cosa que le ocurría con frecuencia incluso en la presente fase.
    — Huida — explicó Ruiz—Sánchez en voz baja —. Creyó que le estabas amenazando.
    — Mike — dijo Liu con vehemencia fruto de la aflicción que la invadía —. ¿Sabes lo que le pides? No va a contestarte; no puede, y más si le hablas de este modo. Es sólo un niño, por más que pienses otra cosa cuando le miras. Es evidente que muchas de estas nociones las aprende de memoria. En ocasiones las dice en el momento oportuno, pero si le interrogamos se queda atascado. ¿Por qué no le das una oportunidad? El no pidió que le hicieras comparecer ante un comité de naturalización.
    — ¿Y por qué no me la das tú a mí? — se revolvió Michelis con furia. Luego se puso muy pálido y, a los pocos momentos, también Liu.

    Ruiz—Sánchez contempló de nuevo al aletargado litino y habiéndose cerciorado en lo posible de que estaba realmente dormido, pulsó el botón que provocaba la caída de la rechinante cortina metálica y ocultaba la puerta traslúcida. Egtverchi permaneció sin dar señales de vida hasta el momento mismo en que la cortina llegó al fin de su recorrido. A la sazón estaban aislados del otro sector, fuera del alcance del oído de la reptiloide criatura. Ruiz—Sánchez no sabía si ello importaba poco o mucho, pero tenía sus dudas sobre la supuesta inocencia de las respuestas de Egtverchi. Cierto que éste no había hecho abiertamente más que formular enigmáticas declaraciones, hacer sencillas preguntas o repetir de memoria párrafos de sus lecturas, pese a lo cual y sin razón aparente, sus palabras sólo conseguían poner las cosas más difíciles que antes.

    —¿Por qué lo has hecho? — preguntó Liu.
    — Quería renovar el aire — respondió Ruiz—Sánchez con voz serena —. De todas formas está dormido. Además, todavía no tenemos de qué hablar con Egtverchi. Le faltan conocimientos para mantener una charla. Pero sí conviene que hablemos entre nosotros... Tú también, Mike.
    — ¿Sigues empeñado en el tema, Ramón? — dijo Michelis con un tono de voz más mesurado.
    — Predicar es mi vocación — dijo Ruiz—Sánchez —. Si llega a degenerar en vicio espero expiar mi falta en otro lugar que no sea éste. Pero entretanto, Liu, parte de las dificultades residen en la pugna de que te hablé. Mike y yo discrepamos por completo respecto a lo que Litina significa para la raza humana, y, por descontado, disentimos en cuanto a si el planeta plantea o no un problema de orden filosófico. Desde mi punto de vista es una bomba de relojería, cosa que a Mike se le antoja un desatino. Además, opina que en un artículo de divulgación general no es el sitio más apropiado para ventilar estas cuestiones, tanto más cuanto que ésta en concreto ha sido planteada de manera oficial y todavía está pendiente de dictaminación. Y ésta es una de las razones por las que estamos regañando sin razón aparente que lo justifique.
    — ¡Vaya bobadas! — dijo Liu —. Los hombres sois un caso. ¿Qué puede importar eso ahora?
    — No puedo explicarlo ahora — dijo Ruiz—Sánchez, con un deje de impotencia en la voz —. Me es imposible precisar más porque se trata de un tema catalogado como de alto secreto. Mike opina que de momento ni siquiera deberían divulgarse las cuestiones generales que yo deseaba someter a pública consideración.
    — Pero de lo que se trata ahora es saber qué va a pasar con Egtverchi — dijo Liu —. El comité de las Naciones Unidas debe de estar ya en camino. ¿Qué sentido tiene debatir cuestiones filosóficas bizantinas cuando dentro de media hora va a decidirse la vida de..., de un ser humano?... no veo otro modo de expresarlo.
    — Liu, excusa la pregunta — dijo Ramón con afabilidad —, pero ¿estás realmente segura de que Egtverchi es lo que tú entiendes por un ser humano, un hnau, un ser racional? ¿Habla como tal? No hace mucho te lamentabas de que no contestara a tus preguntas y de que muchas veces lo que dice no es pertinente. Yo he charlado con litinos adultos, conozco bien al padre de Egtverchi, y puedo decirte que se parece poco a ellos, y menos aún a un ser humano. ¿Es que nada de lo que ha ocurrido en la pasada hora te ha hecho mudar de parecer?
    — Oh, no — dijo Liu con calor, tendiendo las manos al jesuita —. Ramón, tú, como yo, le has oído hablar; le has cuidado conmigo... y sabes que no es un simple animal. Cuando quiere razona con gran brillantez.
    — Tienes razón, no es momento de bizantinismos — terció Michelis volviéndose y mirando a Liu con ojos fatigados, sorprendentemente doloridos —. Pero no hay modo de dialogar con Ramón. Cada vez anda más abstraído en no sé qué esotéricas torturas teológicas de su propia cosecha. Lamento que Egtverchi no haya progresado tanto como yo pensaba, pero creo haber previsto desde el primer momento que conforme avanzara hacia la madurez de sus facultades mentales, se convertiría en un gravoso lastre para todos nosotros.

    »Por otra parte, Ramón no me ha contado todo lo que sabe. He visto el protocolo de los sucesivos tests de inteligencia de Egtverchi y o bien traslucen un intelecto absolutamente fuera de lo corriente o no tenemos métodos dignos de confianza para evaluar la capacidad intelectual del litino, lo cual puede que en última instancia nos lleve al mismo sitio. Si los tests son verosímiles, ¿qué ocurrirá cuando finalmente Egtverchi alcance el estado adulto? No olvidemos que es hijo de una civilización superior y que en potencia es un portento que puede sernos muy útil, pese a lo cual lo tenemos enjaulado como los animales del zoológico. O, mucho peor aún, cumple una misión de cobaya; así es como lo ve mucha gente. A los litinos no les va a gustar y, además, cuando la gente conozca la verdad, pondrán el grito en el cielo. De aquí que ya desde un buen principio urdiera todo ese plan de conferirle la ciudadanía. No veo otra salida: tiene que ser puesto en libertad.

    Permaneció en silencio unos instantes y luego añadió con el tono reposado que le era natural:

    — Tal vez yo sea un ingenuo. No soy biólogo, y menos todavía especialista en psicometría. Pensé que a estas alturas estaría en condiciones y resulta que no es así. En consecuencia, me temo que Ramón gana por defecto. El comité de inspección aceptará al litino tal como es y, evidentemente, los resultados no pueden ser buenos.

    Lo mismo opinaba Ruiz—Sánchez, sólo que él no lo hubiera expresado de aquella forma.

    — Lo echaré en falta si nos abandona — dijo Liu con ambigüedad, pese a lo cual quedó claro que no pensaba en Egtverchi —. Atiende, Mike, ya sé que tienes razón y que a largo plazo no hay otra solución que la de soltarle. Es un ser muy inteligente, qué duda cabe. Y ahora caigo en que incluso este silencio no es la reacción natural de un animal desprovisto de recursos internos. ¿Podemos ser útiles en algo?

    Ruiz—Sánchez se encogió levemente de hombros. No tenía nada que decir. La reacción de Michelis ante la perorata memorística y la falta de respuestas por parte de Egtverchi había sido, ciertamente, desproporcionada a la luz de la situación real. En buena medida era fruto de la propia frustración de Michelis ante el equívoco desenlace de la expedición a Litina. A Michelis le gustaban las cosas claras y, evidentemente, creyó muy de veras que la maniobra de estudiar la concesión de la ciudadanía al litino era una forma drástica de zanjar el problema. Pero había mucho más que eso, algo que tenía que ver con el todavía inconsciente lazo que se estaba formando entre el químico y la muchacha. Con aquella sencilla palabra, «padre» había arrebatado a Ruiz—Sánchez su condición de padre adoptivo de Egtverchi al tiempo que le colocaba en situación de ceder la plaza a la muchacha.

    Por lo demás, lo que faltaba por decir no hallaría aquí un auditorio propicio. Michelis lo había despachado diciendo que se trataba de «no sé qué esotérica tortura teológica» específica de Ruiz—Sánchez y que no trascendía de su persona. En breve, cuanto Michelis desechara, dejaría de existir también para Liu; si es que ésta no lo había borrado ya de su mente.

    No, no cabía otra iniciativa en el caso de Egtverchi. El Maligno protegía a su engendro con las viejas armas divisivas y eficaces. Era demasiado tarde. Michelis no tenia idea de cuán diestros eran los comités de naturalización de las Naciones Unidas para detectar la inteligencia e idoneidad de un candidato de cualquier edad, por espesa que fuera la cortina de humo del lenguaje o la alienación cultural, desde que el mundo se viera asolado por la enfermedad llamada «habla». Y tampoco imaginaba cuán presto se mostraría el comité a zanjar la cuestión litina considerándola como un hecho consumado. Los visitantes tardarían menos de una hora en examinar a Egtverchi, y entonces...

    Y entonces, Ruiz—Sánchez se quedaría sin aliados. Dios parecía empeñado en privarle de todos sus recursos y en conducirle ante la Sacra Puerta sin bagaje espiritual alguno, sin los lenitivos de que gozara Job, ni siquiera abrumado por el pesado fardo de la fe.

    Porque no había duda de que Egtverchi recibiría el visto bueno del comité y probablemente gozaría de más predicamento como ciudadano que el propio Ruiz—Sánchez.


    12


    La presentación en sociedad de Egtverchi iba a tener por marco la mansión subterránea de Lucien, conde de Bois d'Averoigne, circunstancia que venia a complicar la ya agitada existencia de Aristide, el maestro de festejos de la condesa. En circunstancias normales, una reunión social como aquélla no hubiera ocasionado a Aristide más problemas que los meramente técnicos, con los que estaba ya muy familiarizado y con ocasión de los cuales el personal desarrollaba su labor al frenético ritmo que Aristide consideraba el máximo exponente de la eficiencia Pero que se le pidiera, además, proveer lo necesario para recrear a un monstruo de tres metros de altura era una afrenta a su conciencia a la vez que a su arte profesional.

    Aristide, nacido Michel di Giovanni en los bárbaros tiempos en que el campesino de Sicilia vivía en la superficie, era un dramaturgo que conocía a la perfección la complejidad del escenario en el que debía actuar. La mansión neoyorquina del conde se hallaba excavada a diversos niveles de profundidad. La parte en que se daba acogida a los invitados sobresalía la altura de un piso por encima de Manhattan, como si la soterrada mansión emergiera de un periodo de hibernación o no se hubiera excavado lo suficiente para encastrar toda la fábrica de la residencia en el subsuelo. En otros tiempos, la estructura había sido una cochera de tranvías, según descubrió Aristide: una lúgubre y maciza construcción de ladrillos rojos levantada en 1887, cuando los tranvías eléctricos eran la mayor y más esperanzadora novedad cara al entramado circulatorio de la ciudad. Las vías y las grapas tiradoras de cable seguían allí, en el pavimento de asfalto, cubiertas de moho, pues el acero tarda unos dos siglos en oxidarse de manera apreciable. En el centro del ala que sobresalía al exterior había un vetusto y enorme ascensor que descendía por un pozo de trenzado metálico y que antaño fuera utilizado para bajar los tranvías a la cochera, instalada en una planta subterránea. En el sótano y subsótano había otros raíles cuyas intrincadas agujas encajaban con el tramo de vía en el interior de la enorme cabina. Cuando Aristide descubrió la red vial inferior se quedó momentáneamente aturdido, pero muy pronto sacó buen provecho del hallazgo.

    Gracias a su talento, las reuniones sociales de la condesa quedaban limitadas, en la fase convencional, a la primera planta de la casa. Pero Aristide había puesto en marcha un pequeño carrilete de coches biplaza que circulaba a corta velocidad por el sinuoso viaducto, recogiendo a los invitados hastiados ya de charla y bebida y adentrándose estrepitosamente en el ascensor para descender, entre un siseante alboroto y una nube de vapor que ascendía lentamente —la condesa era una auténtica maniática en cuanto a dar visos de autenticidad a las antiguallas— hasta, próximo nivel, donde se suponía que ocurrían cosas más interesantes.

    En tanto que dramaturgo, Aristide conocía muy bien a su público, ya que su tarea consistía en ocuparse de que, al margen de lo visto anteriormente, cada planta ofreciera más interés que el precedente. Y conocía, asimismo, a los principales personaje. Sabia más de los asiduos a las reuniones de la condesa que ellos mismos de sus personas, y gran parte de lo que sabia hubiera resultado decididamente explosivo de haber sido Aristide un charlatán indiscreto. Pero él era un artista, y no recurría a la extorsión. La idea le hubiera parecido tan descabellada como el plagio (excepto, claro está, el autoplagio, única forma de ir tirando cuando las cosas van mal dadas). Por último, y en su calidad de artista, conocía a su patrona; la conocía hasta el extremo de que podía calcular cuántas reuniones tenían que transcurrir antes de correr el riesgo de repetir un efecto, una escena o una sensación. Pero ¿qué podía hacerse con un reptiloide de tres metros de altura semejante a un canguro?

    Desde el lugar que ocupaba, una discreta estancia columnada en el piso que daba a la calle, por donde se accedía a la mansión Aristide atisbaba a los primeros invitados que desde la recepción iban entrando poco a poco al salón donde se celebraba un cóctel al estilo convencional, uno de los anacronismos preferidos del maestro de festejos de la condesa que, al parecer, ésta venia tolerándole año tras año. Requería muy poca preparación, pero en cambio demandaba las más absurdas y casi mortales mezclas de bebidas así como los más ridículos atuendos tanto por parte de la servidumbre como de los invitados. La rígida facha que éstos ofrecían, enfundados en sus trajes de etiqueta, contrastaba divertidamente con la desinhibición que al poco la bebida generaba.

    Hasta el momento no había allí más que un número reducido de invitados. Estaba la senadora Sharon, que contraía sus grandes cejas en expresiones de saludable jovialidad, rechazando ostentosamente las bebidas que se le ofrecían, segura de que su buen amigo Aristide le tendría preparados en la planta inferior a cinco robustos mocetones a los que no conocía. También se encontraba en el salón el príncipe William de East Orange, joven cuya maldición consistía en carecer de vicios y que volvía un y otra vez a montarse en las vagonetas biplaza con la esperanza de hallar algo de su gusto. Próximo a él se encontraba el doctor Samuel P. Shovel, hombre jovial, de cabellos canos y mejillas sonrosadas, patriarca de la p