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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    OTROS DÍAS, OTROS OJOS (Bob Shaw)

    Publicado el domingo, junio 29, 2014

    I


    Al principio, el otro coche sólo era una mancha de color rojo sangre en las menguantes perspectivas de la autopista, pero incluso a esta distancia, y a pesar del resplandor causado por el iris en forma de ojo de cerradura de su ojo izquierdo, Garrod logró identificar el año y el modelo. Era un Stiletto de 1982. Impulsado por una ilógica aprensión, aflojó la presión de su pie sobre el acelerador y el automóvil empezó a disminuir su velocidad de 140 kilómetros por hora. La turbina emitió un gemido de mecánica desilusión a causa de la reducción de velocidad, pese a la suavidad de la acción del conductor.

    —¿Qué ocurre?

    La esposa de Garrod se alertó previsible e instantáneamente.

    —Nada.
    —Pero ¿por qué has disminuido la velocidad?

    A Esther le gustaba vigilar de cerca todas sus propiedades, categoría en la que incluía a su marido, y su sombrero de ala ancha, rígidamente almidonado, hizo movimientos de rastreo similares a los de un disco de radar.

    —Por ninguna razón especial.

    Garrod acompañó con una sonrisa su protesta por ser interrogado, y contempló el rápido aumento de tamaño del Stiletto en el parabrisas.

    De repente, y tal como esperaba Garrod, el intermitente izquierdo del Stiletto emitió un destello anaranjado brillante. Garrod miró a la izquierda y vio el desvío en que se bifurcaba la autopista, en un punto situado a medio camino entre los dos coches. Frenó, y su Turbo-Lincoln hincó el morro, mientras las llantas se aferraban al asfalto. El Stiletto rojo viró bruscamente y desapareció en la carretera lateral, en medio de una nube de polvo azafranado. Garrod tuvo la fugaz impresión de un rostro juvenil en la ventanilla del automóvil deportivo, el círculo oscuro de una boca escandalizada, acusadora.

    —¡Dios mío! ¿Has visto eso? —Las nítidas facciones de Esther palidecieron momentáneamente—. ¿Has visto eso?

    Garrod logró conservar la calma, debido a que su esposa estaba actuando como portavoz de su propio enojo.

    —Claro que lo he visto.
    —Si no hubieras disminuido la velocidad hace un momento, ese estúpido se nos habría echado encima... —Esther hizo una pausa y volvió la mirada hacia su marido, mientras el pensamiento surgía en su mente—. ¿Por qué ibas más despacio, Alban? Ha sido casi como si supieras que esto iba a ocurrir.
    —He aprendido a no confiar en tipos con coches deportivos, eso es todo.

    Garrod se echó a reír tranquilamente, pero la pregunta de su esposa le había inquietado más que si no se hubiera hecho un comentario verbal ¿Qué le había impulsado a reducir la velocidad precisamente entonces? El tenía derecho, hasta cierto punto, a estar interesado de forma especial en el Stiletto último modelo: se trataba del primer automóvil producido en serie equipado con un parabrisas Thermgard fabricado en su factoría. Pero eso no explicaba las oleadas de hielo en su subconsciente, la sensación de haber contemplado algo horrible y haber borrado el recuerdo.

    —Sabía que debíamos haber ido en el avión oficial —dijo Esther.
    —También querías hacer unas cortas vacaciones con el viaje.
    —Lo sé, pero no esperaba que...
    —Ahí está el aeropuerto —interrumpió Garrod, al tiempo que una alta alambrada aparecía a su izquierda—. Hemos llegado pronto.

    Esther asintió de mala gana y se puso a contemplar las balizas y señales auxiliares de la pista, que se habían hecho visibles más allá de la oscilante mancha de los postes de la valla. Era su segundo aniversario de boda, y Garrod tenía la molesta sospecha de que su esposa lamentaba que le arrebataran una gran parte del día por un compromiso de negocios. Pero él no podía hacer nada al respecto... aunque el dinero de la familia de Esther hubiera salvado de la ruina a la organización Garrod. Los Estados Unidos habían entrado desastrosamente tarde en el campo del transporte supersónico (TSS) civil, pero el Aurora Mach 4 no tardaría en ser puesto en servicio —justo en un momento en que los TSS de otras naciones empezaban a mostrar su edad—, y él, Alban Garrod, había contribuido a ello. Era incapaz de explicar con exactitud por qué le era tan importante estar presente en el primer vuelo público del Aurora, pero sabía que nada le impediría ver al águila de titanio levantando el vuelo y abriéndose camino en lo alto con los ojos que él le había dado.

    Al cabo de cinco minutos estuvieron en la puerta principal del aeropuerto de la Sociedad de Constructores de Aeronaves (SCA). Un vigilante, vestido con un uniforme de color blanco tostado, igual que la harina de avena, les saludó y les indicó por señas que entraran, después de ver la invitación de concesionario de Garrod. Avanzaron lentamente por el atestado recinto de la administración. Indicadores de dirección brillantemente pintados relucían con el sol de la mañana, creando un ambiente de feria. Garrod vio chicas rubias de esbeltas piernas por todas partes, todas con los uniformes de las líneas aéreas que habían pasado pedidos adelantados del Aurora.

    Esther apoyó una posesiva mano en el muslo de Garrod.

    —Encantadoras, ¿no? Empiezo a comprender por qué estabas tan resuelto a venir aquí.
    —No habría venido sin ti —mintió Garrod.

    Estrechó la rodilla de Esther para dar más fuerza a sus palabras, y notó la repentina rigidez de los músculos de su mujer.

    —¡Mira, Alban, mira! —La voz de Esther era agudísima—. Ese debe de ser el Aurora. Por qué no me dijiste que era tan hermoso?

    Garrod experimentó una punzada de placer indirecto al avistar aquella forma plateada, un organismo matemático, sensible, futurista y prehistórico al mismo tiempo. No esperaba que Esther apreciara el Aurora, y sus ojos le escocieron en señal de agradecimiento. De pronto, se sentía completamente feliz; el incidente del Stiletto rojo había sido indeciblemente trivial. Otro vigilante les hizo señales para que entraran en la reducida zona de aparcamiento que se había creado al borde de la pista mediante cuerdas multicolores atadas a soportes portátiles, en consideración a los concesionarios. Garrod salió del coche y respiró profundamente, intentando llenar los pulmones con los colores pastel de la mañana. El ambiente era cálido, evocativamente adornado con tufos de keroseno.

    Esther, extasiado, seguía mirando al Aurora, que asomaba más allá de un entoldado rojo y blanco.

    —Las ventanillas parecen muy pequeñas.
    —Sólo a causa de la escala. ¿Es un avión enorme, sabes? Estamos a más de cuatrocientos metros de distancia.
    —Sigo pensando que parece un poco... miope. Es igual que un pájaro que forzase los ojos intentando ver.

    Garrod la cogió por el codo y la guió hacia el entoldado.

    —La cuestión es que tiene ojos, igual que una aeronave ordinaria. Por eso nuestro Thermgard fue tan importante para el proyecto: permitió a los diseñadores eliminar el peso y complejidad de los blindajes calorífugos usados en el tipo de TSS que está volando actualmente.
    —Sólo estaba incordiándole, señor.

    Esther abrazó juguetonamente el brazo izquierdo de Alban con los suyos mientras entraban en la sombra relativa del entoldado, y sus menudas y perfectas facciones adquirieron nuevas facetas al sonreír. Con una parte de su mente, Garrod notó que, una vez más, su acaudalada mujer se las había ingeniado para aferrar firme y obviamente su propiedad en el momento en que ambos iban a reunirse con un grupo de extraños; pero él no estaba de humor para poner reparos. Una sensación de nerviosismo empezó a crecer en su interior cuando un hombre alto, de cabello oro y plata, y con un rostro moreno y juvenil, avanzó hacia ellos abriéndose paso e empujones entre el gentío. Era Vernon Maguire, presidente de la Sociedad de Constructores de Aeronaves.

    —Me alegro de que pudieras venir, Al. —Maguire miró apreciativamente a Esther—. Y ésta es la niña de Boyd Livingstone, ¿no es así?
    —¿Cómo está tu padre, Esther?
    —Más atareado que nunca... Ya sabes cómo es él con el trabajo.

    Esther estrechó la mano de Maguire.

    —Me han dicho que está pensando meterse en política. ¿Sigue tan quisquilloso con el juego?
    —Quiere hacer saltar hasta el último hipódromo del país.

    Esther sonrió a Maguire, y Garrod se sorprendió al notar un vago asomo de inquietud. Esther no conocía la industria de la aviación; se hallaba presente sólo por cortesía, y sin embargo la atención de Maguire estaba totalmente centrada en ella. Dinero hablando con dinero.

    —Dale recuerdos de mi parte, Esther. —Un rasgo de teatral preocupación apareció en el maduro rostro de aspecto juvenil—. Dime, ¿por qué no os habéis traído al viejo?
    —No pensamos en pedírselo —dijo Esther—. Pero estoy segura de que habría disfrutado con el primer vuelo del...
    —No es el primer vuelo —intervino Garrod, con más severidad de la que pretendía—. Es la primera demostración pública.
    —No seas tan duro con la damisela, Al —dijo riendo Maguire, apretando el puño contra el hombro de Garrod—. Además, por lo que respecta a tus cristales, es el primer vuelo.
    —¿Sí? Creía que el Thermgard había sido incorporado la semana pasada.
    —Así debía ser, Al, pero habíamos adelantado los ensayos de baja velocidad y nos era imposible restar tiempo del programa para cambiar los cristales.
    —No lo sabía —dijo Garrod. Inevitablemente, recordó el Stiletto rojo y el sorprendido y acusador rostro de su conductor—. ¿De manera que éste es el primer vuelo con mis cristales?
    —Eso acabo de decir. Los incorporamos ayer por la noche, y si no hay tropiezos el Aurora irá con velocidad supersónica el viernes. ¿Por qué no pedís algo de beber y buscáis un asiento ahí delante?
    —Tengo cosas que hacer.

    Maguire sonrió brevemente y se alejó.

    Garrod llamó a una azafata y pidió un zumo de naranja para Esther y un combinado de vodka para él. Se llevaron los vasos al lugar donde habían sido dispuestos asientos en hileras, de cara a la pista. El repentino aumento de intensidad luminosa provocó un ramalazo de dolor en el ojo izquierdo de Garrod, un ojo ultrasensible a los destellos a consecuencia de la irisectomía practicada cuando él era niño. Se puso unas gafas polarizadas para facilitar la visión. Grupos de hombres y mujeres se encontraban allí, contemplando la actividad que rodeaba a la enorme figura del Aurora, que se cernía sobre ellos. Los remolques que contenían los servicios de tierra estaban apiñados bajo la aeronave, y los técnicos, vestidos con monos blancos, se afanaban en las escaleras que llevaban a la panza del aparato.

    Garrod sorbió su bebida, encontrándola fría y con un gusto puro, con cierto amargor extra que sugería una elevada proporción de alcohol. Era bastante temprano para bebidas fuertes, en especial porque a Garrod siempre le había parecido que una bebida matutina producía el mismo efecto que tres por la noche, pero decidió que la ocasión autorizaba un ligero quebrantamiento de las normas. Durante la media hora que pasó antes de que el Aurora estuviera listo para despegar, Garrod se tomó, rápida si bien recatadamente, tres combinados de vodka, y de ese modo logró entrar en un mundo rutilante, tranquilo y optimista, donde personas maravillosas sorbían el fuego del sol que surgía de unos diamantes cóncavos. Representantes de los cuerpos directivos de otras compañías concesionarias iban y venían en jovial sucesión. Wayne Renfrew, jefe de pilotos de pruebas de la SCA, hizo breve acto de presencia, sonriendo con experto desconsuelo mientras rechazaba una bebida.

    Renfrew era un hombre de corta estatura, de facciones ordinarias, con una nariz rojiza y el cabello —que raleaba— de corte militar; poseía un abstraído aire de aplomo que recordaba a los demás que él había sido seleccionado para enseñar a volar como un avión a una pieza de maquinaria experimental valorada en dos mil millones de dólares. Garrod se sintió curiosamente exaltado al ver que el piloto le elegía para efectuar un comentario sobre lo mucho que las transparencias Thermgard significaban para el proyecto Aurora. Contempló agradecido a Renfrew cuando éste, caminando con la espalda erguida de un hombre de poca estatura, se alejó hacia un jeep blanco para recorrer los escasos centenares de metros hasta la aeronave.

    —¿Te acuerdas de mí? —dijo Esther, celosa—. No sé pilotar un avión, pero soy una excelente cocinera.

    Garrod se volvió para mirar a su esposa, preguntándose si aquellas palabras habían transmitido el significado exacto pretendido por ella. Los ojos castaños de Esther se cruzaron con los suyos, y Garrod comprendió que, en la mañana de su segundo aniversario de boda, en una importante solemnidad sociocomercial, Esther estaba insinuando que él tenía tendencias homosexuales, simplemente porque su atención se había apartado de ella unos instantes. Introdujo el hecho en un sumario mental, y a continuación dedicó a su esposa la mejor de sus sonrisas.

    —Cariño —dijo afectuosamente—, voy a traerte más bebida.

    Esther devolvió la sonrisa al instante, apaciguada.

    —Creo que tomaré un martini esta vez.

    Garrod se ocupó él mismo de traer la bebida. Estaba poniéndola en la mesa cuando los motores del Aurora emitieron un intenso zumbido, que al cabo de unos segundos se perdió en un retumbo que hizo vibrar el suelo, mientras el encendido acababa de ajustarse. El sonido continuó al mismo nivel durante varios e interminables minutos, aumentó cuando la aeronave empezó a rodar y se hizo casi insoportable en el instante en que el Aurora giró hacia la pista principal y apuntó momentáneamente las toberas en dirección al entoldado. Garrod notó que su cavidad torácica estaba vibrando. Experimentó algo muy similar al pánico de un animal... Después, la aeronave siguió avanzando y se produjo una relativa tranquilidad.

    Esther apartó las manos de las orejas.

    —¿No es excitante?

    Garrod asintió, manteniendo la vista fija en el Aurora. La lustrosa configuración de titanio se arrastró en la distancia —torpe sobre su tren de aterrizaje, igual que una mariposa herida— y lanzó destellos al virar su proa hacia el viento. Con un retraso sorprendentemente insignificante, el Aurora rodó a lo largo de la pista, cobró velocidad y se alzó en el aire. Tormentas de polvo se desplazaron por el terreno detrás del Aurora, mientras la aeronave se preparaba para un vuelo auténtico, recogiendo sus apéndices y alerones, y ladeándose hacia el sur.

    —Es maravilloso, Al. —Esther le cogió por el brazo. Me alegro de que me hayas traído.

    La garganta de Garrod quedó bloqueada por el orgullo. A su espalda, un altavoz emitió una tos y luego una voz masculina empezó a recitar una descripción no técnica del Aurora. La voz siguió hablando impasible mientras la aeronave desaparecía de la vista en medio de un vibrante azul, y concluyó afirmando que, si bien el Aurora aún no estaba autorizado a llevar pasajeros, la SCA iba a intentar ofrecer a sus invitados una impresión de cómo era volar en el avión, enlazando el sistema de altavoces para el público con la red de comunicaciones.

    —Hola, señoras y caballeros —intervino la voz de Renfrew al oír el pie—. El Aurora se encuentra aproximadamente a quince kilómetros al sur de su posición, y volamos a una altura de mil doscientos metros. Estoy preparando el aparato para un viraje a la izquierda, y estaré de nuevo sobre el aeropuerto en poco menos de tres minutos. El Aurora se deja manejar como un sueño, y... —la voz profesionalmente soporífera de Renfrew calló un momento; después volvió con un tono de asombro—. Esta mañana parece un poco lento en su respuesta a las órdenes de control, pero probablemente es debido a la combinación de poca velocidad y aire denso y caliente. Como estaba diciendo...

    La afligida voz de Vernon Maguire llenó repentinamente el entoldado.

    —Eso es un piloto de pruebas. Lo ponemos a volar para hacer propaganda del Aurora y lo único que hace es esforzarse por encontrar defectos en los malditos mandos de vuelo.

    Maguire se echó a reír, y la mayoría de hombres que estaban a su lado le imitaron. Garrod miró fijamente el cielo meridional hasta que vio al Aurora, reluciente como una estrella, un planeta, una luna diminuta que se transformó en una flecha plateada. Pasó ligeramente hacia el este del aeropuerto a unos trescientos metros, volando a baja velocidad, con el morro en lo alto.

    —Estoy a punto de efectuar otro viraje a la izquierda. Después haré una pasada a baja velocidad sobre la pista principal, para demostrar las excelentes cualidades de manejo del Aurora en esta sección de la envolvente de vuelo.

    La voz de Renfrew sonaba perfectamente normal y falta de énfasis, y la sensación de intranquilidad desapareció de Garrod. Miró a Esther y vio que había sacado una polvera y estaba empolvándose la nariz.

    Ella notó la mirada de su marido e hizo una mueca.

    —Una chica tiene que...

    La voz de Renfrew surgió del altavoz; toda su somnolencia había desaparecido.

    —Otra vez esa lentitud. No me gusta, Joe. Voy a...

    Se produjo un fuerte clic al quedar interrumpida la conexión con el sistema de altavoces para el público. Garrod cerró los ojos y vio al Stiletto, el coche deportivo rojo que se acercaba cada vez más a gran velocidad.

    —No se dejen arrastrar por la idea de que hay algún tipo de apuro —dijo tranquilizadoramente Maguire—. Wayne Renfrew es el mejor piloto de pruebas de la nación, y ha llegado a serlo mostrándose precavido y seguro. Si desean presenciar un aterrizaje perfecto, observen.

    El gentío del entoldado guardó silencio mientras el Aurora atravesaba calmadamente el cielo sobre el extremo norte del aeropuerto, cambiando de forma al bajar el tren de aterrizaje y extenderse los alerones. Se alineó con la pista y avanzó; descendió con rapidez, con el morro mantenido en alto y las ruedas extendiéndose tentativamente hacia el suelo, con el comportamiento característico de todos los aviones de gran velocidad en los últimos momentos del vuelo. El descenso continuó entre la destellante blancura de la pista, y Garrod se dio cuenta de que no era capaz de respirar.

    —Nivélalo —susurró un hombre junto a Garrod—. ¡Por el amor de Dios, nivélalo, Wayne!

    El Aurora prosiguió bajando con idéntico ritmo, golpeó la pista y dio un salto hacia el cielo, ladeándose. Pareció quedar suspendido durante un segundo, y entonces un ala se inclinó. El tren de aterrizaje del mismo lado se contrajo al volver a topar con el cemento, y la nave tocó la pista, volcó, se deslizó, se retorció.

    Múltiples estampidos de cerrojos explosivos retumbaron junto con el aullido del metal cuando el Aurora se deshizo de las alas y su mortífera carga de combustible, dejando que el fuselaje resbalara y patinara por delante igual que una jabalina lanzada a un lago congelado. Ambas alas, aleteando en rutas separadas, se contorsionaron en el aire, y una de ellas explotó en un surtidor de fuego y humo negro. El fuselaje siguió deslizándose casi un kilómetro más, disipando su energía cinética en rociadas de ardiente metal antes de pararse de mala gana.

    Hubo un momento de silencio.

    Calma absoluta.

    Muy lejos, al otro lado del aeropuerto, las sirenas comenzaron a sonar, mientras Garrod se hundía en su asiento. La cara del muchacho del Stiletto rojo oscilaba en su visión...; una cara de asombro, acusadora. Garrod hizo que su esposa tomara asiento a su lado. —Yo lo he hecho —dijo con una voz uniforme, a modo de conversación—. Yo he destruido ese avión.


    2


    El Centro de Cálculo Leygraf ocupaba un reducidísimo grupo de oficinas en uno de los más antiguos edificios comerciales del centro de Portston. Garrod se adentró en la densa zona de recepción, se aproximó a la mujer de rostro vulgar y aspecto de eficiencia que presidía el despacho y le entregó su tarjeta.

    —Me gustaría ver unos minutos al señor Leygraf.

    La recepcionista sonrió a modo de excusa.

    —Lo lamento... El señor Leygraf está en una reunión, y si usted no está citado...

    Garrod sonrió a su vez, y después miró su reloj.

    —Son exactamente las cuatro y un minuto. ¿Cierto?
    —Pues..., sí.
    —Lo que significa que Carl Leygraf está sentado a solas en su oficina sorbiendo su primera bebida del día. La bebida es un aguado whisky con soda en un vaso alto y lleno de hielo, y yo mismo deseo algo parecido. Por favor, hágale saber que estoy aquí.

    La mujer vaciló antes de hablar por un intercomunicador. Pocos segundos después, Leygraf surgió del despacho interior con un vaso bañado de humedad en su mano. Era un hombre delgado, descuidadamente vestido, prematuramente calvo y con preocupados ojos grises.

    —Entra, Al —dijo—. Llegas justo a tiempo para tomar un trago.
    —Lo sé. —Garrod entró en la oficina de Leygraf, una habitación plateada en la que complejos modelos matemáticos de alambre y cuerda ocupaban el lugar de ornamentos— . Me vendría bien un trago. Mi coche se enfadó conmigo a dos manzanas de aquí y tuve que abandonarlo y caminar. ¿Sabes algo de motores de turbina?
    —No, pero explícame los síntomas y tal vez se me ocurra algo.

    Garrod meneó la cabeza. Una de las cosas que le gustaban de Leygraf era que estaba preparado para interesarse por cualquier tema del mundo y sostener una conversación al respecto.

    —No he venido a verte por eso.
    —¿No? Te va el combinado de vodka, verdad?
    —Gracias. No demasiado fuerte.

    Leygraf preparó la bebida y llevó el vaso al escritorio ante el que se había sentado Garrod. —¿Aún estás preocupado por esos automóviles Stiletto? Garrod asintió, pero dio un largo trago de bebida antes de hablar. —Tengo nuevos datos para ti —dijo al fin. —¿Por ejemplo...?

    —Supongo que habrás oído hablar del accidente del Aurora hace dos días.
    —¡Que si he oído hablar! No he escuchado otra cosa, amigo mío. Mi mujer compró nuevas emisiones del SCA el año pasado, siguiendo mi consejo, y está... —Leygraf se interrumpió con el vaso en los labios—. A qué te refieres por nuevos datos?
    —El Aurora llevaba vidrios Thermgard.
    —Sabía que tenías ese contrato, Al, pero seguramente ese avión llevaría meses volando.
    —No con mis cristales incorporados. Los de la Sociedad de Constructores estaban ansiosos por adelantar la parte de baja velocidad del programa de pruebas, así que lo hicieron volar algún tiempo con transparencias convencionales. —Garrod contempló el interior de su vaso y vio las diminutas corrientes de frío líquido con los destellos de los cubitos de hielo—. El vuelo del martes fue el primero con el Thermgard instalado.
    —¡Pura coincidencia! —Leygraf resopló enfáticamente—. Oh, vamos ¿qué estás intentando hacerte?
    —Viniste a verme, Carl. ¿Recuerdas?
    —Sí, lo sé... pero también te dije que se trataba de un caprichoso curso de los cálculos. Cuando analizas algo tan complejo como las exigencias del tráfico urbano, es inevitable que te topes con todo tipo de deportivos...
    —En camino al aeropuerto McPherson, Esther y yo casi chocamos con un Stiletto que estaba girando a la izquierda.
    —Estás estropeando mi mejor bebida del día —protestó Leygraf afligido, dejando el vaso a un lado—. Sal del problema un momento... ¿Cómo es posible que un nuevo tipo de vidrio para parabrisas cause accidentes? ¡Por amor de Dios, Al! ¿Cómo es posible?

    Garrod se encogió de hombros y concentró su mente momentáneamente en uno de los modelos matemáticos, intentando identificar la ecuación que representaba.

    —He producido un nuevo tipo de cristal. Más duro que cualquier vidrio conocido. Ni siquiera debería ser transparente, porque refleja energía en prácticamente todas las longitudes de onda del espectro. Sólo las longitudes de onda visibles lo atraviesan. Nada de calor. Así que patenté el mejor material para parabrisas del mundo. —Garrod hablaba absorto; su mente estaba deslizándose sobre las curvas y generatrices del modelo—. Pero supongamos que algún otro tipo de radiación lo atraviesa, que incluso esa radiación se amplifica o concentra. Es algo que no sabemos.
    —Algo que hace que buenos conductores y pilotos se vuelvan malos? —Leygraf, olvidando obviamente que había renunciado a su bebida, cogió el vaso y apuró el líquido—. ¿Algo que hace que les crezca pelo por toda la cara y que les salgan unos dientes como éstos?

    Se metió los nudillos en la boca y agitó los dedos que se proyectaban hacia abajo. Garrod se echó a reír de buena gana.

    —No me recuerdes que esto parece una locura. Lo único que pretendo hacer es pensar en otras categorías. Creo haber leído algo sobre una carretera francesa que tenía un punto negro de accidentes y nadie sabía el motivo, ya que se trataba de una de esas rutas rectas, amplias y bordeadas de álamos. Resultó que los álamos estaban espaciados de un modo tal que, si conducías a lo largo de esa carretera al límite de velocidad, el sol que atravesaba los árboles fluctuaba a diez ciclos por segundo.
    —¿Y eso qué tiene que ver con...? —Leygraf parecía desconcertado—. ¡Ah, comprendo! El ritmo alfa del cerebro. Hipnosis.
    —Exacto. Y luego está la epilepsia. ¿Sabías que no es prudente que un epiléptico intente ajustar un televisor que sufre lentas oscilaciones luminosas?

    Leygraf meneó la cabeza.

    —Diferentes tipos de fenómenos, Al.
    —Tal vez no. ¿Y si el Thermgard oscila? ¿Y si produce un efecto de pulsación?
    —Eso no explicaría el sentido de los virajes. La investigación de mi compañía demostró que prácticamente todos los accidentes de Stilettos ocurrieron durante virajes a la izquierda. Si quieres saber mi opinión, la geometría de la dirección de ese vehículo es sospechosa.
    —No —repuso firmemente Garrod—. He visto los informes provisionales.
    —Naturalmente, el Aurora estaba virando cuando tuvo el accidente... —Los ojos de Leygraf se habían entreabierto ligeramente—. Podría decirse que un avión gira en el plano vertical cuando aterriza, no es cierto?
    —Sí, es lo que se denomina nivelamiento... Pero en este caso Renfrew no lo hizo a tiempo. Casi llevó al Aurora directamente contra el suelo.

    Leygraf se puso en pie de un salto.

    —¡Giró demasiado tarde! Y eso es lo que tienden a hacer los conductores de Stilettos. Estiman en menos el tiempo que necesitan para cruzar el otro sentido del tráfico. Eso es, Al.

    El corazón de Garrod empezó a ensancharse en su pecho.

    —Eso es ¿qué?
    —El factor común, por supuesto.
    —Pero ¿adónde nos lleva eso?
    —A ninguna parte... Da validez a tus nuevos datos, eso es todo. Sin embargo, estoy comenzando a inclinarme por tu idea de que el Thermgard afecta a la luz que lo atraviesa. ¿Y si altera la longitud de onda de la luz ordinaria y la convierte en perjudicial? Es probable que un conductor o un piloto enfermo...

    Garrod negaba repetidamente con la cabeza.

    —En ese caso los colores no serían auténticos al verse a través del material. Los parabrisas han de cumplir con todo tipo de normas, ya sabes.
    —Bien, algo hace lentas las reacciones de los conductores —dijo Leygraf—. Mira, Al, estás jugando con dos factores. Está la misma luz, que es una constante, y está...
    —No digas más. ¡No hables!

    Garrod aferró los brazos del sillón mientras el suelo parecía inclinarse pesadamente bajo sus pies. Experimentó una fría y punzante sensación en su frente y mejillas, al tratar de expresar la idea que acababa de ocurrírsele, el abismo entre lógica y lenguaje resultó ser un puente demasiado enorme.

    Dos horas más tarde, tras un agotador recorrido en una hora punta del tráfico, los dos hombres llegaron al edificio color crema que era el centro de investigación y administración de Transparencias Garrod. Era una magnífica tarde de octubre, y el ambiente era apacible y brumoso, nostálgico. Desde la zona de aparcamiento distinguieron una distante pista de tenis, una gema en medio de un grupo de árboles, en donde blancas figuras jugaban tal vez el último partido de la temporada.

    —Eso debería estar haciendo yo —dijo amargamente Leygraf mientras caminaban hacia la entrada principal.
    —¿Tienes que mantener tan en secreto el motivo de que me hayas arrastrado hasta aquí?
    —No estoy guardando ningún secreto. —Garrod notaba que estaba moviéndose con sumo cuidado, igual que un hombre inseguro de sus pasos—. Simplemente, no deseo influirte de ninguna forma. Voy a enseñarte algo, y tendrás que explicarme qué significa.

    Entraron en el edificio y subieron en el ascensor hasta las oficinas de Garrod, situadas en el segundo piso. El edificio parecía desierto, pero un hombre rechoncho, con destornilladores en el bolsillo de su camisa semejando estilográficas, fue a su encuentro en el pasillo.

    —Hola, Vince —dijo Garrod—. ¿Te dieron mi mensaje?

    Vince asintió.

    —Sí, pero no lo entiendo. ¿De verdad quería un tablero para montaje provisional y dos bombillas montadas en él? ¿Y un conmutador rotatorio?
    —Eso quería.

    Garrod dió una palmada en el hombro a Vince, un gesto de disculpa por no explicar el misterio, y entró en su despacho. Era una combinación de oficina ejecutiva y sala de diseño, con una mesa de dibujo que compartía el mejor sitio con un gran escritorio desordenado.

    Leygraf señaló la pizarra que ocupaba la pared.

    —¿Realmente usas eso? Pensaba que sólo salían en las películas. Las viejas películas de William Holden.
    —Me ayuda a pensar. Cuando hay un problema expuesto en esa pizarra, puedo comprenderlo y trabajar en él sin importar lo que esté pasando aquí.

    Garrod hablaba lentamente mientras examinaba el montaje provisional que había en su escritorio. Consistía en una base de conglomerado que llevaba dos bombillas y un conmutador rotatorio para variar el ritmo de encendido, todo ello conectado mediante cables plásticos y unido a una toma de corriente. «Algún día —pensó Garrod, con una curiosa falta de emoción—, los museos científicos del mundo se enfrentarán en una subasta para quedarse con este trasto.» Conectó el cable a un enchufe de la pared, accionó el conmutador y ambas bombillas brillaron en concordancia. Moviendo ligeramente el mando del conmutador, Garrod ajustó el ciclo de manera tal que las bombillas estuvieran encendidas un segundo, aproximadamente, y apagadas otro segundo.

    —Igual que Times Square.

    Leygraf respiró ruidosamente para llamar la atención hacia su sarcasmo.

    Garrod le cogió por el brazo y lo acercó al escritorio.

    —¿Comprendes el circuito que tenemos aquí? Dos bombillas y un interruptor conectados en serie.
    —Eso no entraba en mi curso de computadoras del Instituto Técnico de California, pero creo que capto la idea general. Creo que mi mente está expandiéndose para captar la avanzada tecnología involucrada.
    —Sólo quería estar seguro de que apreciabas...
    —¡Por el amor de Dios, Al! —La paciencia de Leygraf comenzaba a abandonarle—. ¿Qué tengo que apreciar?
    —Sólo esto. —Garrod abrió un armario y sacó lo que aparentaba ser un trozo de vidrio ordinario, aunque más bien grueso—. Thermgard —aclaró.

    Llevó el vidrio al escritorio, donde las dos bombillas brillaban intermitentemente en concordancia, y lo puso en posición vertical delante del tablero, de tal forma que sólo una de las bombillas era visible a través del cristal.

    —¿Cómo se comportan las bombillas ahora?

    Garrod no las miró.

    —¿Cómo van a comportarse, Al? No has hecho nada que... ¡Oh, Dios!
    —Precisamente.

    Garrod se inclinó hacia un lado y observó las dos luces aproximadamente bajo el mismo ángulo que Leygraf. La bombilla que estaba detrás del vidrio seguía emitiendo sus resplandores de un segundo, pero no seguía el ritmo de la otra. Apartó el cristal y ambas bombillas volvieron a concordar. Colocó de nuevo el vidrio y se desfasaron.

    —Nunca lo hubiera creído —dijo Leygraf.
    —¿Recuerdas que dije que el Thermgard no tenía derecho a ser transparente? Al parecer, incluso la luz tiene dificultad para atravesarlo..., tanta dificultad que el recorrido de cuatro centímetros a través de este fragmento de material le cuesta casi un segundo. Por eso los conductores de Stilettos han estado envueltos en tantos accidentes, y por eso el piloto del Aurora estuvo a punto de estrellar el aparato contra el suelo. Esos hombres estaban discordes con sus alrededores, Carl. ¡Estaban viendo el mundo tal como era un segundo antes!
    —¿Pero por qué el efecto aparece tan de cuando en cuando?
    —Se habrá manifestado en otras circunstancias, causando erróneos juicios de distancia y probablemente algunas colisiones entre parachoques de coches que iban en la misma dirección. Pero en esos casos las velocidades relativas son pequeñas, y no producirían excesivos daños. El accidente sólo ocurre cuando un conductor efectúa inoportunamente un viraje que cruza el otro sentido del tráfico (y nuestra exactitud al juzgar las fracciones de segundo es sorprendente en esos virajes, Carl), porque entonces las velocidades son elevadas y el resultado es desastroso.
    —¿Y cuando se gira en una esquina?
    —Las velocidades son bajas, y la esquina no está precipitándose hacia ti a cien kilómetros por hora. Además, es probable que al girar en una esquina el conductor esté mirando también la acera por la ventanilla y compensando la desigualdad de un modo instintivo. Pero cuando vira para cruzar el otro sentido del tráfico sus ojos están fijos exclusivamente en el coche que se aproxima, el coche visible a través de su parabrisas, y sus ojos reciben una información errónea.

    Leygraf se acarició el mentón.

    —Supongo que todo esto puede aplicarse a la aviación.
    —Exacto. En un vuelo en línea recta el retraso tendría poca importancia, y no olvides que el Aurora tenía el cielo a su disposición; pero un viraje aumenta el fenómeno.
    —¿Cómo?
    —Simple trigonometría. Si un piloto está en línea con el pico de una montaña a cien kilómetros de distancia e inicia una desviación de dos grados, el pico debería apartarse de su rumbo unos..., unos. Vamos, Carl, tú eres el matemático.
    —Ah..., dos o tres kilómetros.
    —Eso constituye para el piloto un indicador muy sensible para efectuar un viraje o prescindir de él. Y por supuesto, en la fase de nivelamiento del aterrizaje, con el avión a escasos metros del suelo y todavía volando a trescientos kilómetros por hora...

    Leygraf pensó durante un momento.

    —¿Sabes una cosa? Podrías tener algo fantástico en tus manos si continúas desarrollando este material ¿crees que podrías prolongar el retraso hasta el punto de que fuera obvio?
    —Eso es lo que voy a averiguar —replicó Garrod.
    —¿En esto has estado trabajando tantas semanas? —Esther Garrod contempló dubitativa el rectángulo de vidrio que cubría la mano derecha de su marido—. Parece un vulgar trozo de vidrio.
    —Pero no lo es. —Garrod se deleitó infantilmente en prolongar el momento—. Se trata de... vidrio lento.

    Intentó identificar la expresión del rostro nítido y diamantino de su esposa, negándose a aceptar que fuera de hostilidad.

    —Vidrio lento. Ojalá comprendiera lo que te ha ocurrido, Alban. Dijiste por teléfono que me traías un trozo de cristal con un grosor de tres millones de kilómetros.
    —Este cristal tiene tres millones de kilómetros de espesor..., por lo que atañe a un rayo luminoso. —Garrod se dio cuenta de que estaba empleando el enfoque incorrecto, pero no sabía decidir cómo cambiar su curso—. Para explicarlo de otro modo, este trozo de vidrio tiene un espesor de casi once segundos-luz.

    Los labios de Esther se movieron en silencio y la mujer se apartó hacia la ventana, tras la cual relucía una solitaria haya, igual que una hoguera bajo el sol del atardecer.

    —Mira, Esther —dijo Garrod de un modo apremiante.

    Sostuvo firmemente el rectángulo cristalino con su mano izquierda y con gran rapidez apartó la mano derecha que había estado debajo del vidrio. Esther miró la mano y chilló al ver que había otra mano derecha encerrada en el cristal.

    —Lo siento —se excusó débilmente Garrod—. Ha sido una tontería. Había olvidado la sensación de la primera vez. Esther contempló el vidrio hasta que la mano que contenía, una mano que se movía con vida propia, se desplazó violentamente a un lado y dejó de existir.
    —¿Qué has hecho?
    —Nada, cariño. Sostuve la mano detrás del vidrio hasta que su imagen, la luz reflejada por la mano, lo atravesó. Se trata de un tipo especial de vidrio que la luz tarda once segundos en recorrer, de forma que la imagen ha sido visible once segundos después de que mi mano se había retirado. No tiene nada de espantoso.

    Esther meneó la cabeza.

    —No me gusta.

    Garrod experimentó el inicio de una especie de desesperación.

    —Esther, vas a ser la primera mujer en toda la historia de la raza humana que va a ver su cara como es en realidad. Mira hacia el vidrio, por favor.

    Sostuvo el cristal rectangular ante ella.

    —Eso es una tontería. Me he mirado al espejo...
    —No es una tontería... Mírate. La razón por la que digo que ninguna mujer ha visto realmente su cara es que un espejo invierte el lado izquierdo y el lado derecho. Si tuvieras un lunar en la mejilla izquierda, la mujer que verías en el espejo tendría un lunar en la mejilla derecha. Pero con vidrio lento...

    Garrod hizo girar el vidrio, y Esther contempló su propia cara. Su imagen persistió durante once segundos, moviendo la boca silenciosamente, hasta que la luz recorrió la estructura cristalina del material. A continuación, el rostro desapareció. Garrod esperó a que su esposa dijera algo. Esther sonrió lánguidamente.

    —¿Se supone que debo estar impresionada?
    —Francamente, sí.
    —Lo siento, Alban.

    Esther volvió a la ventana y se quedó contemplando la descendente panorámica de los prados. Al contemplar la silueta femenina, Garrod notó que los brazos pendían del cuerpo, con los codos ligeramente doblados. Recordaba de las clases de antropología que se trataba de una diferenciación normal del varón, cuyos brazos se esperaba que colgaran rectos, pero ese detalle hacía que la compacta forma de Esther pareciera, en la imaginación de Garrod, agresiva, en tensión para ejercer su control. Un pálido y frío principio de cólera empezó a arder en el interior de Garrod.

    —Lo sientes... —dijo abruptamente—. Bien, yo también lo siento. Siento que no poseas la visión para comprender cuánto va a significar este material para nosotros y el resto del mundo en cuanto esté completamente desarrollado.

    Esther se volvió para mirarle a la cara.

    —No quería mencionar esto por la noche, ya que ambos estamos cansados, pero puesto que has mencionado el tema...
    —Adelante.
    —La semana pasada estuve hablando de cuentas con Manson y me dijo que planeabas unos costos de investigación y desarrollo superiores al millón para tu... vidrio lento. —Dedicó una triste sonrisa a su marido—. Te darás cuenta, claro, de que eso es indeciblemente disparatado.
    —No veo por qué.
    —No veo por qué —repitió burlonamente Esther— ¿Es que no ves que ninguna treta comercial vale tanto dinero?
    —Lo siento por ti, Esther, de veras.
    —No lo sientas. —Su voz fue ganando riqueza y calidez conforme mostraba la carta de triunfo que durante sus dos años de matrimonio había sido preparada con frecuencia pero jamás expuesta sobre la mesa—. Me temo que no puedo permitir que seas tan descuidado con el dinero de papá.

    Garrod respiró profundamente. Había temido ese momento desde hacía días, pero precisamente cuando se hacía realidad notaba un curioso júbilo por poder desempeñar su papel en esa insignificante escena.

    —¿Has hablado con Manson en los dos últimos días?
    —No.
    —Le daré una reprimenda de tu parte... No tiene éxito como espía comercial.

    Esther levantó los ojos hacia su marido, repentinamente circunspecta.

    —¿De qué estás hablando?
    —Manson debería haberte informado de que esta semana he cedido en alquiler un par de patentes secundarias de Thermgard. Se hizo en secreto, desde luego, pero él debería haberse enterado.
    —¿Eso es todo? Escucha, Alban, el hecho de que por fin te las hayas arreglado para ganar unos cuantos dólares en el acto no significa...
    —Cinco millones —dijo Garrod, risueño.
    —¿Qué?

    El color había desaparecido del rostro de Esther.

    —Cinco millones. He saldado cuentas con tu padre esta tarde. —Garrod observó cómo se abría la boca de su esposa, y una parte de su mente reparó en que aquel embobamiento, aquel asombro de blancos dientes hacía que su mujer pareciera más hermosa que en cualquier otra ocasión que él recordara—. Tu padre se quedó casi tan sorprendido como tú ahora.
    —No estoy sorprendida por eso. —Esther, siempre experta en la lucha cuerpo a cuerpo, cambió de táctica inmediatamente—. No entiendo cómo te las has arreglado para conseguir cinco millones con un material para parabrisas que es inútil para parabrisas, pero lo has logrado usando el dinero de papá como trampolín; no olvides que él te permitió disponer de un préstamo no garantizado con unos intereses mínimos. Un caballero le habría ofrecido la oportunidad...
    —¿De comprar algo sólido? Lo siento, Esther. Thermgard me pertenece. A mí solo.
    —No llegarás a ninguna parte con eso —predijo ella—. Perderás hasta el último centavo.
    —¿Eso piensas?

    Garrod se acercó a la ventana, apoyó en ella el cristal rectangular y después se retiró a grandes zancadas hacia la parte más oscura de la habitación. Cuando se volvió para mirar a Esther, ésta dio un paso atrás y se cubrió los ojos. En sus manos, centelleando con aquella magnificencia oro y rojo, Garrod sostenía el sol poniente.


    PRIMERA LUZ SECUNDARIA: Luz de otros días

    Tras dejar el pueblo atrás, seguimos las peligrosas curvas de la carretera hacia un territorio de vidrio lento.

    Yo no había visto nunca una de las granjas, y al principio las encontré ligeramente misteriosas, un efecto reforzado por la imaginación y las circunstancias. La turbina del coche giraba suave y silenciosamente en el húmedo ambiente, de manera que parecía que nos estaban transportando sobre los repliegues de la carretera en una especie de silencio sobrenatural. A nuestra derecha, la montaña se cernía sobre un perfecto valle de intemporales pinares, y por todas partes se alzaban las grandes estructuras de vidrio lento, bebiendo luz. Un ocasional destello del sol de la tarde sobre el arrostramiento de las estructuras creó una ilusión de movimiento, pero en realidad los armazones estaban desamparados. Las hileras de ventanas habían estado durante años en la falda de la montaña, mirando fijamente al valle, y los hombres sólo las limpiaban en plena noche, cuando su humana presencia no importaba al sediento cristal.

    Eran fascinantes, pero Selina y yo no mencionamos las ventanas. Creo que nos odiábamos tanto que ninguno de los dos tenía ganas de ensuciar algo nuevo al introducirlo en el nexo de nuestras emociones. Había empezado a comprender que las vacaciones eran ante todo una idea estúpida. Yo había pensado que lo curarían todo pero, por supuesto, no impedían que Selina estuviese embarazada y, peor todavía, ni siquiera evitaban que ella estuviera enfadada por culpa de su embarazo.

    Al racionalizar nuestra consternación por su estado, habíamos propalado las frases usuales en el sentido de que sí que deseábamos tener hijos, pero más tarde, en el momento adecuado. El embarazo de Selina nos había costado su bien remunerado empleo y, con él, la nueva casa que estábamos negociando y que superaba con creces el alcance de mis ingresos como poeta. Sin embargo, la fuente real de nuestro disgusto era que nos hallábamos cara a cara con la comprensión de que la gente que dice querer hijos más tarde siempre se refiere a que nos los desean nunca. Nuestros nervios estaban vibrando con el conocimiento de que nosotros, que nos habíamos creído tan únicos, habíamos caído en la misma trampa biológica que cualquier descuidada criatura en celo.

    La carretera nos llevó por las laderas meridionales de Ben Cruachan hasta que empezamos a vislumbrar el distante y grisáceo Atlántico. Yo acababa de reducir la velocidad para absorber mejor el paisaje cuando reparé en el letrero clavado en el pilar de un portillo. Decía «VIDRIO LENTO. Alta calidad, bajos precios. J. R. Hagan». Llevado por un impulso, detuve el coche al borde de la carretera, sobresaltándome un poco al oír los matorrales que fustigaban ruidosamente la carrocería.

    —¿Por qué nos hemos parado?

    La cercana cabeza de Selina, con el cabello de un plateado grisáceo, se volvió, sorprendida.

    —Mira ese letrero. Vamos a ver qué hay. El material podría tener un precio razonable.

    La voz de Selina sonó agudísima en su desdén cuando se negó, pero yo estaba muy cautivado por mi idea y no presté atención. Tenía la ilógica convicción de que hacer algo extravagante y alocado arreglaría nuestra situación.

    —Vamos —insistí—, tal vez el ejercicio nos siente bien. De todas formas llevamos demasiado tiempo en el coche.

    Ella hizo un gesto de indiferencia que me hirió, y salió del automóvil. Descendimos por una senda formada por irregulares escalones de barro apisonado salpicados aquí y allá por grupos de árboles jóvenes. El camino se torcía entre los árboles que revestían la falda de la montaña, y al final encontramos una casa de campo de aspecto vulgar. Más allá del pequeño edificio de piedra, estructuras de vidrio lento de gran altura contemplaban el asombroso paisaje del laborioso descenso del Cruachan hacia las aguas del lago Linnhe. La mayoría de las láminas eran perfectamente transparentes, aunque algunas estaban oscuras, como tableros de ébano pulido.

    Cuando nos aproximábamos a la casa a través de un limpio patio pavimentado con guijarros, un hombre alto y de edad madura que vestía un traje de cheviot color ceniza se levantó y nos saludó agitando las manos. Había estado sentado en el bajo muro de piedra bruta que delimitaba el patio, fumando en pipa y mirando fijamente la casa. En la ventana delantera de la casa de campo se hallaba una mujer joven con un vestido color de mandarina y un niño de corta edad en sus brazos, pero se volvió despreocupadamente y desapareció de nuestra vista mientras nos acercábamos.

    —¿El señor Hagan? —conjeturé.
    —Exactamente. Vienen a ver vidrio, ¿verdad? Bueno, han venido al sitio adecuado.

    Hagan hablaba con un acento preciso, con trazas del puro lenguaje de las Highlands escocesas, que tan parecido resulta al irlandés para el oído desacostumbrado. Tenía una de esas caras de sereno desánimo que se encuentran entre viejos filósofos y peones camineros.

    —Sí —dije yo—. Estamos de vacaciones. Hemos visto su letrero.

    Selina, que suele tener una labia natural con los extraños, no decía nada. Estaba mirando la ventana ya vacía con lo que yo creí era una expresión de ligera perplejidad.

    —De Londres, —no? Bueno, tal como he dicho, han venido al sitio adecuado... Y además en el momento adecuado. Mi esposa y yo no vemos mucha gente tan al principio de la estación.

    Me eché a reír.

    —¿Significa eso que podremos comprar un vidrio pequeño sin tener que hipotecar nuestro hogar?
    —Le diré una cosa —manifestó Hagan, sonriendo débilmente—. He desperdiciado todas las posibles ganancias de las ventas. Rose, mi mujer, dice que nunca aprenderé. De todas formas, sentémonos y discutamos. —Señaló la cerca de piedra bruta y luego miró inciertamente la inmaculada falda azul de Selina—. Aguarden a que traiga una manta de la casa.

    Hagan caminó renqueante y rápidamente hacia la casita campestre, cerrando la puerta después de entrar.

    —Quizá no haya sido una idea tan maravillosa acercarse hasta aquí —susurré a Selina—, pero al menos podrías mostrarte agradable con ese hombre. Esto me huele a ganga.
    —Vaya esperanza —dijo ella con deliberada aspereza—. Incluso tú debes de haberte dado cuenta del anticuado vestido que lleva su esposa. No hará muchos regalos a los extraños.
    —¿Era su esposa?
    —Claro que era su esposa.
    —Vaya, vaya —dije sorprendido—. En cualquier caso, intenta mostrarte cortés con él. No quiero estar incómodo.

    Selina contestó con un resoplido, pero sonrió inocentemente cuando Hagan reapareció, y yo me tranquilicé un poco. Es extraño que un hombre pueda amar a una mujer y al mismo tiempo rezar porque la arrolle un tren.

    Hagan extendió una manta de tartán sobre la cerca de piedra y nos sentamos, sintiéndonos un poco cohibidos al vernos trasladados de nuestra vida de orientación urbana a una escena rural. En la distante pizarra del lago Linnhe, más allá de las expectantes estructuras de vidrio lento, un vapor trazaba una línea blanca en su lento movimiento hacia el sur. El furioso viento de la montaña casi parecía invadir nuestros pulmones, dándonos más oxígeno del que requeríamos.

    —Algunos de los granjeros que se dedican al vidrio ofrecen a los extraños —empezó a decir Hagan—, a gente como ustedes, una charla comercial sobre lo maravilloso que es el otoño en esta parte de Argyll. O la primavera. O el verano. Yo no hago eso... Cualquier imbécil sabe que un lugar que no tiene buen aspecto en verano jamás tendrá buen aspecto. ¿Qué opinan?

    Asentí dócilmente.

    —Quiero que eche una buena mirada hacia Mull, señor...
    —Garland.
    —...Garland. Eso es lo que comprarán si se quedan con mi cristal, y nunca tiene un aspecto mejor que el presente. Mis vidrios están en fase perfecta; ninguno de ellos tiene un grosor inferior a diez años... Y una ventana de metro veinte les costará doscientas libras. —¡Doscientas! —Selina estaba asombrada—. Eso es tanto como lo que cobran en la tienda de ventanoramas de la calle Bond.

    Hagan sonrió pacientemente, y luego me miró con atención para comprobar si mis conocimientos sobre vidrio lento me permitían apreciar lo que él había dicho. El precio era superior al que yo esperaba, pero... ¡diez años de grosor! El vidrio barato que se encontraba en sitios como Vistaplex y Panelorama consistía por lo general en un fragmento de cristal ordinario de seis milímetros de espesor revestido de una hoja de vidrio lento que quizá sólo tenía diez o doce meses de espesor.

    —Tú no lo comprendes, querida —dije, ya resuelto a comprar—. Este vidrio durará diez años, y está en fase.
    —Eso sólo significa que funciona bien.

    Hagan volvió a dedicarle una sonrisa, dándose cuenta de que no tenía necesidad de ocuparse de mí.

    —¡Sólo, dice usted! Perdóneme, señora Garland, pero parece que usted no aprecia el milagro, el genuino milagro de la precisión necesaria para producir un fragmento de vidrio en fase. Cuando digo que el cristal tiene un grosor de diez años me refiero a que a la luz le cuesta diez años atravesarlo. De hecho, todas estas hojas tienen un grosor de diez años, más del doble de la distancia a la estrella más próxima, de manera que una variación de sólo una milésima de milímetro en su espesor actual...

    Dejó de hablar un instante y miró tranquilamente hacia la casa. Aparté mis ojos del paisaje del lago Linnhe y vi que la mujer joven estaba de nuevo en la ventana. Los ojos de Hagan estaban henchidos de una especie de ávida admiración que me hizo sentir incómodo y que al mismo tiempo me convenció de que Selina se había equivocado. Según mi experiencia, los maridos nunca miran así a las esposas, al menos no a las suyas.

    La muchacha permaneció visible unos instantes, con el vestido resplandeciendo cálidamente, y después volvió a entrar en la habitación. De repente tuve la clara si bien inexplicable impresión de que era ciega. Mi sensación era que Selina y yo estábamos actuando torpemente en medio de una interacción emocional tan violenta como la nuestra.

    —Lo siento —continuó Hagan—, creía que Rose iba a llamarme para alguna cosa. Bien, ¿por dónde iba, señora Garland? Diez años-luz comprimidos en seis milímetros significa...

    Dejé de escuchar, en parte porque ya estaba convencido y en parte porque ya había oído la historia del vidrio lento en numerosas ocasiones anteriores y aún no había logrado comprender los principios implicados. Un conocido con instrucción científica intentó mostrarse servicial una vez diciéndome que visualizara una hoja de vidrio lento como un holograma que no precisaba de la luz coherente de un láser para la reconstrucción de su información visual, y en el que todos los fotones de la luz ordinaria atravesaban un túnel en espiral, devanado en la parte externa del radio de captación de todos y cada uno de los átomos del vidrio. Esta joya de incomprensibilidad —para mí— no sólo no me aclaró nada sino que además me convenció de nuevo de que una mente tan poco técnica como la mía debía preocuparse menos de las causas que de los efectos.

    El efecto más importante, bajo el punto de vista del individuo normal, era que la luz empleaba mucho tiempo en atravesar una hoja de vidrio lento. Un fragmento nuevo siempre era negro azabache, debido a que aún no había sido atravesado por nada, pero era posible poner el cristal cerca de un lago, por ejemplo, en medio de un bosque hasta que la escena surgía un año más tarde. Si el vidrio se retiraba entonces y se instalaba en un deprimente piso urbano, durante un año ese piso parecería tener vistas al lago en medio del bosque. Durante un año entero sería meramente un cuadro muy realista si bien silencioso: el agua se rizaría bajo el sol, silentes animales se acercarían a beber, los pájaros cruzarían el cielo, la noche seguiría al día, las estaciones se sucederían... Hasta que un día, un año después, la belleza contenida en los conductos subatómicos se agotaría, y reaparecería el gris y familiar paisaje urbano.

    Aparte de su prodigioso valor como novedad, el éxito comercial del vidrio lento residía en el hecho de que poseer una ventanorama era el equivalente emotivo exacto a poseer tierra. El más miserable cavernícola podía contemplar nebulosos parques, y... ¿quién iba a decir que no le pertenecían? Un hombre que realmente posee fincas y jardines hechos a la medida no pierde el tiempo arrastrándose por su terreno, palpándole, olfateándolo y saboreándolo para demostrar su calidad de propietario. Lo único que recibe de la tierra son formas luminosas, y en el caso de las ventanoramas tales formas podían recogerse en minas de carbón, submarinos, celdas de presos...

    En diversas ocasiones he intentado escribir breves composiciones acerca del cristal encantado pero, para mí, el tema es tan inefablemente poético como para quedar, de un modo paradójico, fuera del alcance de la poesía, o al menos del alcance de mi poesía. Además, las mejores canciones y poesías ya han sido escritas, con presciente inspiración, por hombres fallecidos mucho antes de que el vidrio lento se descubriera. Yo no tenía esperanzas de igualar, por ejemplo, a Moore:

    Muchas veces, de la noche en la quietud,
    antes que me ate la cadena del sopor,
    gratos recuerdos trae la luz
    de otros días a mi alrededor...


    Sólo fueron precisos unos años para que el vidrio lento pasara de curiosidad científica a industria considerable. Y para gran asombro de nosotros, los poetas —los que seguimos convencidos de que la belleza sobrevive aunque mueran los lirios—, los atavíos de esa industria no eran distintos de los de cualquier otra. Había excelentes ventanoramas que costaban mucho dinero, y había ventanoramas inferiores que valían bastante menos. El espesor, medido en anos. era factor importante del costo, pero también existía el problema del espesor real, o fase.

    Incluso con las técnicas de producción más complejas, el control del grosor disponible era más bien una cuestión de azar. Una burda discrepancia podía significar que una hoja de vidrio con un grosor supuesto de cinco años fuera en realidad de cinco y medio, de modo que la luz que entraba en verano surgía en invierno; una discrepancia mínima podía significar que el sol de mediodía saliera a medianoche. Estas incompatibilidades poseían su peculiar encanto —muchos trabajadores nocturnos, por ejemplo, disfrutaban con sus husos horarios privados—, pero en general era más costoso comprar ventanoramas que mantuvieran gran concordancia con el tiempo real.

    Selina seguía pareciendo poco convencida cuando Hagan acabó de hablar. Meneó la cabeza de un modo casi imperceptible, y supe que el vendedor había usado una táctica errónea. De repente, el sombrero de mi esposa se desarregló a causa de una fría ráfaga de viento, y grandes gotas de lluvia empezaron a efectuar acrobacias a nuestro alrededor, caídas de un cielo casi despejado.

    —Le daré un cheque ahora —dije abruptamente, y vi que los verdes ojos de Selina concentraban su enojo en mi rostro—. ¿Puede ocuparse de la entrega?
    —Sí, la entrega no es problema —dijo Hagan, poniéndose de pie—. Pero ¿no preferirían llevarse el cristal ustedes mismos?
    —Bueno, sí..., si no le importa.

    Yo estaba avergonzado por la disposición de Hagan a confiar en mi cheque.

    —Voy a separar una hoja para ustedes. Esperen aquí. No se pierde mucho tiempo en meter el cristal en un marco.

    Hagan se marchó cojeando ladera abajo en dirección a las ventanas dispuestas en serie, las cuales reflejaban diversas vistas del lago Linnhe: el paisaje era soleado en unas, nuboso en otras y totalmente negro en algunas.

    Selina se apretó a la garganta el cuello de la blusa.

    —Lo mínimo que podía haber hecho es invitamos a entrar. Es imposible que pasen por aquí tantos imbéciles como para que se pueda permitir el lujo de no atenderlos. Intenté ignorar el insulto y concentrarme en rellenar el cheque. Una de las descomunales gotas se deshizo en mis nudillos, salpicando el papel rosado.
    —Perfectamente —dije—, pongámonos debajo del alero hasta que él vuelva.

    «Eres una zorra —pensé, mientras sentía que todo aquello iba por muy mal camino—. Tuve que ser un imbécil para casarme contigo. Un imbécil de remate, imbécil de imbéciles... Y ahora que has atrapado una parte de mí dentro de ti, nunca más, nunca más, nunca más podré escaparme.»

    Al notar que mi estómago se contraía dolorosamente, corrí detrás de Selina hacia el refugio de la casa de campo. Al otro lado de la ventana, el aseado cuarto de estar, con su fuego de carbón, estaba vacío, aunque con los juguetes del niño esparcidos en el suelo. Cubos con letras y una carretilla de idéntico color al de una zanahoria recién pelada. Mientras yo observaba el interior, el chico salió corriendo de la otra habitación y se puso a dar patadas a los cubos. No advirtió mi presencia. Pocos instantes después entró la mujer joven y cogió al pequeño, riéndose con toda naturalidad, abiertamente. Con el niño colgando bajo su brazo, se acercó a la ventana igual que antes. Yo sonreí tímidamente, pero ninguno de los dos respondió.

    Mi frente experimentó una helada punzada. «¿Es posible que los dos sean ciegos?» Me alejé silenciosamente.

    Selina dio un chillido y yo me volví hacia ella.

    —¡La manta! —exclamó—. Se está mojando.

    Corrió por el patio en medio de la lluvia, agarró el rectángulo rojizo de la abigarrada cerca y volvió a correr hacia la puerta de la casa. Algo se agitaba de un modo convulsivo en mi subconsciente.

    —¡Selina! —grité—. ¡No la abras!

    Pero era demasiado tarde. Había empujado la cerrada puerta de madera y, con una mano en la boca, estaba mirando el interior de la casa. Me acerqué a mi mujer y cogí la manta que colgaba de sus dedos.

    Al cerrar la puerta dejé que mis ojos recorrieran el interior de la casita. El aseado cuarto de estar en que yo acababa de ver a la mujer y al niño era en realidad un repugnante revoltijo de muebles deteriorados, periódicos atrasados, ropa inservible y platos mugrientos. La habitación era húmeda y maloliente, y estaba enormemente abandonada. El único objeto que reconocí, por haberío visto al otro lado de la ventana, era la carretilla, rota y sin pintura.

    Cerré firmemente la puerta y me ordené a mí mismo olvidar lo que había visto. Algunos hombres que viven solos cuidan bien sus casas; otros no saben cómo hacerlo. La faz de Selina estaba pálida.

    —No comprendo. No lo comprendo.
    —El vidrio lento funciona en ambas direcciones —dije en voz baja—. La luz sale de una casa del mismo modo que entra.
    —¿Pretendes decir...?
    —No lo sé. No es cosa nuestra. Y ahora, cálmate... Hagan vuelve con nuestro cristal.

    La agitación de mi estómago estaba amainando.

    Hagan entró en el patio sosteniendo un armazón oblongo cubierto de plástico. Le tendía el cheque, pero él estaba mirando fijamente la cara de Selina. Dio la impresión de saber al instante que nuestros inciertos dedos habían explorado su alma. Selina evitó su mirada. Mi esposa parecía haber envejecido y estar enferma, y sus ojos contemplaban decididamente el horizonte circundante.

    —Yo cogeré la manta, señor Garland —dijo finalmente Hagan—. No hacía falta que se molestara.
    —No tiene importancia. Aquí está el cheque.
    —Gracias. —Seguía mirando a Selina con un extraño aire de súplica—. Ha sido un placer tratar con usted.
    —Lo mismo digo —contesté con idéntica y absurda formalidad.

    Recogí el pesado armazón y guié a Selina hacia el camino que llevaba a la carretera. En el mismo instante en que llegábamos a la parte superior de los ahora resbaladizos escalones, Hagan habló de nuevo.

    —¡Señor Garland!

    Me volví de mala gana.

    —No fue por mi culpa —dijo con firmeza—. Un conductor que luego se dio a la fuga los atropelló en la carretera de Oban, hace seis años. Mi chico sólo tenía siete cuando sucedió eso. Tengo derecho a conservar algo.

    Asentí mudamente y avancé por la senda, muy apretado a mi esposa, atesorando la sensación de sus brazos rodeándome. Miré hacia atrás en medio de la lluvia al llegar a la curva y vi que Hagan estaba sentado con la espalda muy erguida en la cerca de piedra donde le habíamos encontrado la primera vez.

    Se hallaba contemplando la casa, pero me fue imposible saber si había alguien en la ventana.


    3


    En la mañana de su decimoprimer aniversario de boda Garrod tenía una importante cita programada en el Pentágono. Deseaba estar lo mejor preparado posible, y por eso había decidido viajar en avión a Washington la tarde anterior. Esther puso rutinarios reparos para que guardara las apariencias con las desairadas personas que había invitado a cenar, pero Garrod ya lo esperaba, y se ocupó de los invitados sin ningún problema. Su transporte privado despegó de Portston a las siete de la tarde, adquirió velocidad supersónica pocos momentos después y ajustó su ruta a una altitud de quince kilómetros para los noventa minutos de vuelo hacia el este.

    El ascenso hasta altitud de crucero siempre alborozaba a Garrod; en cierta ocasión había calculado que si alguien que sobrevolase el aeropuerto a quince mil metros de altura dejaba caer una roca, el jet de Garrod podría despegar en el mismo instante y alcanzar al intruso antes de que la roca llegara al suelo. Se desabrochó el cinturón de seguridad, miró por las ventanillas —de Thermgard homologado con una dilación nula— los dominios de la nubes iluminadas por el sol, muy por debajo, y se preguntó qué debía hacer con Esther.

    Habían transcurrido nueve años desde que devolviera la pelota a su esposa con su brusca metamorfosis de ingeniero y químico sin éxito (con un negocio que habría quebrado sin la transfusión del dinero de Livingstone) al multimillonario independiente que podía comprar y vender a toda su familia. Esos años habían sido enormemente satisfactorios para Garrod a casi todos los niveles que era capaz de imaginar; sin embargo, aunque resultara increíble, recordaba los dos primeros años de matrimonio con cierta nostalgia.

    La relación con Esther se había resquebrajado gravemente por culpa de la necesidad de su mujer de tratarle como a una propiedad, pero eso había sido una realidad existencias. Había existido un vínculo estrecho y fuerte que, por su misma constricción, había compensado de una forma curiosa la incapacidad de Garrod para experimentar amor real o mostrarse posesivo y celoso: todo lo que Esther le había exigido. En el presente, lógicamente, ella no exigía nada. Al parecer, una profunda sensación de inseguridad evitaba que Esther entablara una relación sin tener a los potentes batallones de su lado, a punto de enfrentarse a hechos imprevistos. Desde que él obtuviera su independencia financiera, había formado con su esposa una especie de sol binario: dos componentes vinculados, que se influían en sus respectivos movimientos, pero que jamás establecían contacto. Garrod había considerado el divorcio, mas ni las desventajas de su existencia cotidiana ni la atracción de otra distinta habían tenido fuerza suficiente para impulsarle a actuar.

    Como de costumbre, el esfuerzo de intentar pensar de una forma constructiva en su vida sentimental, o en su carencia de dicha vida, provocó una fastidiosa impaciencia. Abrió su maletín para preparar la reunión de la mañana y dudó al ver las carpetas confidenciales, todas ellas con una etiqueta roja que decía: «¡SECRETO! ESTA CARPETA PUEDE ABRIRSE ÚNICAMENTE EN AMBIENTES APROBADOS, CONDICIONES DE LUZ NULA O AL ABRIGO DE UNA CUBIERTA CERTIFICADA DE SEGURIDAD TIPO US 183».

    Garrod vaciló un instante. La cubierta de seguridad estaba cuidadosamente enrollada en el compartimento adecuado del maletín, pero la idea de desplegar su forma de colmena y colocarse en la frente la cinta auxiliar con su minúscula luz resultaba repentinamente fastidiosa. Examinó el interior de la aeronave preguntándose si sería prudente trabajar al descubierto, y entonces se dio cuenta de que estaba engañándose si pensaba detectar un espía de vidrio. El vidrio lento —denominado oficialmente retardita— había sustituido a las cámaras en la totalidad de actividades de espionaje, y se sabía que los agentes operaban fructíferamente con minúsculas varillas de retardita introducidas en sus poros a manera de espinillas. Al volver a su base, el agente se limitaba a quitarse la peca de cristal, la cual, sometida a amplificación, volvía a mostrar todo lo que había «visto» durante su periodo de dilación. Cualquier persona, incluido el piloto personal de Garrod, podía haber metido una aguja de vidrio lento en el material que guarnecía el techo del avión, y Garrod no tenía la menor esperanza de encontrarla. Tras cerrar el maletín, tomó la decisión de reposar un poco.

    —Voy a dormir un rato, Lou —dijo por el intercomunicador—. Llámeme quince minutos antes del aterrizaje. ¿De acuerdo?
    —De acuerdo, señor Garrod.

    Garrod abatió por completo su asiento y cerró los ojos, sin que en realidad esperara dormir; no obstante, no se enteró de nada hasta que el piloto anunció que estaban llegando. Entró en el lavabo y se refrescó rápidamente. Su rostro enjuto, casi descarnado, tenía un lastimoso aspecto en el espejo, ante el reconocimiento de que el apremio para lavarse manos y cara antes de encontrarse con gente era la herencia de una infancia pasada con un tío y una tía muy singulares, por utilizar una expresión benevolente. El increíble temor de tío Luke a gastar dinero, por muy poco que fuera, había dejado ciertas marcas en Garrod; sin embargo, había sido tía Marge la que había originado las impresiones más duraderas. Había sido maestra de escuela, y sus fobias con la suciedad y los gérmenes eran tan morbosas que cuando se te caía un lápiz jamás volvía a tocarlo; uno de los alumnos debía recogerlo, partirlo por la mitad y arrojar los fragmentos al cubo de la basura. Además, tía Marge nunca había tocado la manivela de una puerta sin llevar guantes; y si se trataba de un tirador no accionable con el codo, aguardaba larguísimo tiempo a que alguien llegara por casualidad y abriera la puerta. Garrod había adquirido de ella ciertos escrúpulos, e incluso en la vida de adulto seguía sintiéndose impulsado a lavarse las manos antes de orinar para evitar el traslado de gérmenes a su persona.

    Volvió a abrocharse el cinturón de su asiento antes de que el jet descendiera sobre la pista de aterrizaje en Washington. La noche era fría y refrescante cuando bajó por la escalerilla. Tenía la inusual necesidad de dar un simple paseo, como antaño, pero había una limusina esperándole al pie de las escaleras, tal como había dispuesto su secretaría, y decidió no dar al traste con el programa. Al cabo de treinta minutos llegó al hotel y se registró. Había planeado acostarse temprano, pero el descanso en el avión, combinado con el hecho de que había ganado tiempo en el vuelo hacia el este a velocidad supersónica, hizo que la idea de retirarse le pareciera vagamente ridícula.

    Irritado por su incapacidad para relajarse, abrió el maletín, sacó la cubierta de seguridad y se la colocó. Sentado en un sillón, en el centro de la colmena negra, empezó a examinar sus carpetas con la luz de la lámpara sujeta a su frente. Los papeles eran perversamente inmanejables en aquellos restringidos confines, y más teniendo en cuenta que parte de los documentos eran las actas de una reunión anterior tomadas en taquigrafía Braille, las cuales había olvidado hacer transcribir a texto normal. El tema era la provisión de una serie de discos de retardita con diversos periodos de dilación para un extenso sistema de satélites estratégicos de reconocimiento; había mucha cantidad de argumentación técnica en cuanto a incrementos de la dilación y la eventual conveniencia de combinar numerosos discos de corta dilación en un conjunto de gran dilación que pudiera ser hecho retomar a la Tierra para fraccionarlo en el punto deseado.

    Garrod estuvo sentado quizás una hora, pasando los dedos sobre los repujados caracteres de la escritura Braille, y confiando en que su reunión matutina se celebrara en una de las modernas salas del Pentágono consideradas como «ambiente aprobado». Las dos últimas reuniones habían tenido lugar en las viejas dependencias de luz nula, y le habían parecido negras eternidades de voces invisibles, papeles que crujían y el urgente teclear de las máquinas de taquigrafía Braille. Una de las pesadillas personales de Garrod era que alguien inventara un dispositivo para grabar sonidos tan eficaz y ubicuo como la retardita respecto a la luz, en cuyo caso las reuniones confidenciales tendrían que celebrarse no sólo a oscuras, sino asimismo en total silencio.

    Estaba empezando a pensar en guardar de nuevo sus notas cuando sonó el videófono. Contento por poder huir de la cubierta de seguridad, cerró el maletín, se acercó a la pantalla y apretó el botón de respuesta. La imagen de una joven de cabello negro apareció ante él. Tenía ojos grises, ovalada cara pálida y unos labios pintados con color plata. Un rostro que Garrod podía haber visto en sueños, una sola vez, hacía mucho tiempo. Se quedó mirando a la mujer durante un inmóvil instante, intentando analizar la emoción que experimentaba; sin embargo, sólo logró identificar un componente: se sentía privilegiado por el simple hecho de estar mirando aquella cara. Se le ocurrió pensar que un hombre podía aceptar que una mujer era hermosa tal vez durante muchos años, durante toda una vida, porque jamás había conocido a su ideal, y en consecuencia adoptaba las pautas de otros hombres. Pero si él encontraba su máximum algún día, todas las cosas deberían cambiar, y ninguna otra mujer podría seguir siendo considerada perfecta. Aquella chica tenía la descarada sensualidad de una heroína de comic, alterada por una pizca de sutilidad oriental, y quizá crueldad, y...

    —¿El señor Garrod? —Su voz era agradable, aunque nada sobresaliente—. Siento molestarle tan tarde.
    —No me molesta —dijo Garrod.

    «Al menos, no de la forma que te imaginas», pensó.

    —Me llamo Jane Wason. Trabajo para el Departamento de Defensa.
    —Nunca la he visto allí.

    Ella sonrió, mostrando unos dientes muy regulares, muy blancos.

    —Trabajo en segundo plano, en la secretaría.
    —¿Sí? Bien, ¿y qué la ha puesto en primer plano?
    —Llamé a su oficina de Portston y me dijeron que le encontraría en este número. El coronel Mannheim le envía sus excusas, pues no podrá reunirse con usted por la mañana.
    —Fatal —contestó Garrod, intentando aparentar decepción—. ¿Le gustaría cenar conmigo esta noche?

    Aparte de una leve dilatación de sus ojos, la muchacha hizo caso omiso de la pregunta.

    —El coronel ha tenido que viajar a Nueva York esta tarde, pero volverá por la mañana. ¿Podría postergar la reunión con él hasta las tres de la tarde?
    —Podría..., pero eso significa que estaré solo en Washington por la mañana. ¿Le gustaría almorzar en mi compañía?

    Un tinte de sonrojo apareció en las mejillas de Jane Wason.

    —A las tres de la tarde, entonces.
    —¿No le parece demasiado tarde para almorzar? A esa hora debo reunirme con el coronel. —Sólo estaba confirmando su nueva cita con el coronel Mannheim —dijo ella con firmeza.

    Un instante después, la pantalla quedó vacía.

    —Ha sido una bonita plancha —dijo en voz alta Garrod, asombrado por lo que había sucedido.

    Desde que era un adolescente sabía que él no era el tipo capaz de triunfar en una conquista rápida, pero aquella chica había trastornado su juicio. Había tenido la seguridad de que ella respondería igual que él, y por lo tanto —tenía que admitirlo— se sentía amargamente desilusionado. Desilusionado porque una chica extraña con labios plateados ni le había mirado ni había mostrado el síndrome de «Vaya noche más encantadora». Agitando la cabeza en señal de asombro, entró en el cuarto de baño para darse una ducha antes de la cena. Estaba desabrochándose el pantalón cuando su mirada reparó en una nota que había junto a la ducha.

    La dirección ha tomado todas las precauciones posibles para asegurarse de que ningún objeto de retardita, vidriospía u otra sustancia similar haya sido colocada en las habitaciones. No obstante, los clientes que deseen estar en condiciones de luz nula encontrarán interruptores maestros de color verde en ubicaciones convenientes.

    Garrod tenía noticia de que se estaba extendiendo esta tendencia en las grandes ciudades, pero era la primera vez que encontraba evidencias de una reacción pública en contra del vidrio lento. Se encogió de hombros, encontró un interruptor de cadena junto a la ducha y tiró del pomo adornado con borlas. «Darse una ducha en estas condiciones es como ahogarse», pensó. Volvió a encender la luz, terminó de desnudarse, se metió en la ducha y, en el mismo instante, vio un brillante objeto, negro y pequeño, que yacía en un rincón. Lo cogió y lo examinó atentamente. Parecía una cuenta o un fragmento de botón caído de un vestido femenino, pero algo impulsó a Garrod a dejarlo caer con sumo cuidado en el desagüe de la ducha.


    4


    Con gran alivio de Garrod, la reunión fue corta, y se celebró en una de las modernísimas salas de «ambiente aprobado» que el Pentágono consideraba a prueba de espías de cristal y, en consecuencia, apropiadas para conferencias importantes. En la práctica, eso significaba que paredes, suelo y techo habían sido rociados con plástico de endurecimiento rápido, bajo supervisión oficial, instantes antes de la reunión. El tratamiento se aplicaba igualmente a la mesa y las sillas, dándoles un aspecto que recordaba el mobiliario de una guardería. El denso aroma mantecoso del plástico fresco llenó la sala durante la reunión entera. Cuando la conferencia acabó, Garrod se rezagó en la puerta y abordó al coronel Mannheim con la máxima naturalidad posible, aunque con un injustificado latido en el pecho.

    —Una excelente idea —dijo Garrod, mirando las relucientes paredes—. Pero hay una pega, John. La habitación está condenada a ir haciéndose cada vez más pequeña. Algún día desaparecerá por completo.
    —¿Y qué hay de malo en ello? —Mannheim, un cincuentón bien conservado, tenía los ojos claros y una piel rojiza que sugería su gusto por las actividades al aire libre—. ¿Acaso son excesivas las salas que hay en este maldito lugar?
    —Esa es mi impresión. A mí que me den un despacho pequeño... —Garrod adoptó un aire de sorpresa que esperaba fuera convincente—. ¡Caramba! ¿Sabe una cosa? Jamás he visitado su Grupo de Aplicaciones de la Retardita de... de...
    —Macon, Georgia.
    —Eso es.

    Mannheim parecía indeciso.

    —Acabo de llegar de allí, Al, y no proyecto regresar hasta dentro de una semana o más.
    —Lamentable... Tengo libre el resto del día, pero por la mañana vuelvo a Portston.
    —Claro que... —Mannheim hizo una pausa que a Garrod te pareció una eternidad—, en realidad no necesito estar allí con usted, aunque hay algún truco con la retardita que me habría gustado enseñarle en persona... Bien mirado, usted inventó el material.
    —Descubrí sería una palabra mejor —dijo Garrod—. Como usted dice, no tiene que perder tiempo para acompañarme. ¿Por qué no me deja en manos de algún científico? Me gustaría muchísimo dar un vistazo a su organización.

    Garrod se preguntó si no estaría mostrándose excesivamente ansioso.

    —¡Le diré lo que haremos! Encargaré al joven Chris Zitron que le atienda. Es el jefe de explotación, y se emocionará cuando sepa que va a conocer a Alban Garrod. Vamos a un videófono.

    Mientras Mannheim llamaba al centro de investigación de Macon, Garrod permaneció detrás mismo del coronas y no perdió de vista la pantalla. Tres féminas del personal aparecieron brevemente durante la preparación de la visita, pero ninguna de ellas era Jane Wason. La desilusión de Garrod se mezcló con una sensación de perplejidad cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Sus actos eran notablemente similares a los de otros hombres totalmente aturdidos por una mujer, aunque él no experimentaba en modo alguno la exaltación mística que supuestamente acompañaba a la experiencia. Sólo había una terca e incómoda determinación de ver en persona a la muchacha.

    En cuanto los preparativos estuvieron completados y Mannheim desapareció precipitadamente, Garrod entró en la cabina del videófono, se puso en contacto con su piloto, que estaba en Dulles, y le ordenó que elaborara un nuevo plan de vuelo para ir a Macon. Subió a la azotea y tomó un helijet especial del Departamento de Defensa para ir al aeropuerto; sin embargo, el espacio aéreo de Dulles estaba más congestionado que habitualmente, y eran más de las cuatro cuando el jet de Garrod despegaba en medio de la neblina. No había garantía alguna de estar en la base de Macon antes de que el personal civil acabara su jornada..., con lo que el viaje hubiera sido absurdo. Garrod cogió el teléfono de intercomunicación.

    —Tengo prisa, Lou. Fuerce los reactores. Velocidad máxima.
    —Tenemos que volar a seis mil metros en este pasillo, señor Garrod. Pero los reflectores de bang no son muy efectivos a esa altitud.
    —No me importa.
    —La Agencia Federal de Aviación se nos echará encima, y es inevitable que haya otros vuelos en el mismo...
    —La responsabilidad es mía, Lou. Acelere.

    Garrod se recostó y se dejó llevar por la aceleración que le hundía en el asiento, mientras el sólido jet adquiría velocidad supersónica, volando inmutable como una roca gracias al ala reflectora que dispersaba prácticamente toda la onda de choque hacia la estratosfera. El vuelo de mil kilómetros duró treinta y dos minutos desde el despegue al aterrizaje, y Garrod abandonó la aeronave casi antes de que ésta se hubiera detenido.

    —¡El centro de cálculo de la Agencia Federal ha estado interrogándonos durante la mayor parte del trayecto, señor Garrod! —El rostro de Lou Nash, con su barba rojiza, denotaba su censura al gritar a Garrod desde la compuerta de salida—. Han tenido que desviar de nuestra ruta a dos vuelos regulares de transporte.
    —Tranquilícese, Lou, yo lo arreglaré.

    Una parte de la mente de Garrod le decía que había cometido una infracción de tráfico bastante grave y tal vez de difícil arreglo, incluso para un hombre de su posición, pero el resto de su persona era incapaz de preocuparse. «¿Es esto lo que se siente? —se preguntó febrilmente, mientras caminaba hacia el vehículo militar que estaba saliendo a su encuentro de un grupo de bajos edificios color de arena—. Si es así, ojalá lo hubiera hecho antes.»

    El teniente coronel Chris Zitron resultó ser un hombre de aire juvenil, rostro fino, intenso modo de hablar y manos largas y huesudas. Sin preámbulo alguno, Zitron se puso a hablar sobré su trabajo, las aplicaciones del vidrio lento, extendiéndose en detalles con los sistemas de imagen doble: una imagen transmitida a través de cristal ordinario, la otra mediante retardita de corta dilación. Estos sistemas se usaban en computadoras que calculaban la velocidad de un objetivo, en la dirección de misiles aire-tierra y en las técnicas para salvar obstáculos del terreno en el caso de aviones rápidos que volaban a baja altura. Garrod dejó que el torrente de palabras fluyera a su alrededor, formulando alguna pregunta de vez en cuando para demostrar que su atención no estaba errando, pero sin dejar de escudriñar las vidrieras de las oficinas administrativas. En cuanto vislumbraba una secretaria de cabello negro sentía una ola de pánico que se convertía en desilusión cuando la cara difería de la buscada. Y empezó a experimentar una vaga sensación de asombro ante el hecho de que una mujer registrada en su mente como única pudiera parecerse a tantas mujeres distintas.

    —No sé cómo se las arregla John Mannheim para ocuparse de tres proyectos diferentes —dijo Garrod, durante uno de los infrecuentes silencios de Zitron—. ¿Tiene un despacho permanente aquí, en el centro de investigación?
    —No. El coronel opera en el edificio administrativo número uno. Allí.

    Zitron señaló un edificio de dos pisos cuyas ventanas fulguraban igual que cobre bajo el sol del atardecer. Garrod examinó el inmueble y vio hombres y mujeres que salían en un flujo constante por la puerta principal. Los automóviles emitían destellos, como caparazones de escarabajos, conforme iban saliendo de la zona de aparcamiento.

    —¿A qué hora terminan de trabajar aquí? Espero no estar retrasándole.

    Zitron se echó a reír.

    —Suelo trabajar hasta que mi mujer envía los equipos de búsqueda, pero la mayor parte de las secciones acaba a las cinco y cuarto.

    Garrod miró su reloj. Eran las cinco y cuarto.

    —¿Sabe una cosa? Me interesa cada vez más el impacto que una buena estructura administrativa ejerce sobre la gran eficacia de una unidad de investigación y desarrollo. Le importa que vayamos a las oficinas?
    —En absoluto.

    Zitron parecía un poco perplejo al salir del laboratorio.

    Garrod se esforzó en seguir con el mismo paso natural al distinguir a una mujer de pelo negro, con un vestido de color tostado, que salía del edificio principal. ¿Era Jane Wason? Involuntariamente, empezó a tomar la delantera al militar.

    —¡Alto, señor Garrod! —aulló repentinamente Zitron—. ¿Qué estoy haciendo?
    —¿Cómo?
    —Casi he dejado que se fuera sin ver la mejor aplicación del conjunto. Venga por aquí un momento.. Zitron abrió una puerta que daba acceso a una larga construcción prefabricada. Garrod miró hacia el edificio administrativo. La chica estaba en el aparcamiento; sólo sus cabellos negros resultaban visibles por encima de los automóviles.
    —Voy un poco escaso de...
    —Apreciará esto, señor Garrod. Aquí hemos retrocedido a principios básicos.

    Cogió por el brazo a Garrod y entró en el edificio, que apenas era algo más que cuatro paredes y un techo enteramente de cristal. En lugar de suelo tenía una extensión de hierba, con ocasionales arbustos y grandes piedras de aspecto artificial hacia el extremo más alejado. El local estaba vacío, pero Garrod, al recorrerle con la vista, tuvo la inquietante sensación de que había algo raro, de que le estaban observando.

    —Ahora, fíjese en esto —dijo Zitron—. No me pierda de vista.

    Se marchó apresuradamente hacia un lateral del edificio y desapareció entre los arbustos. El silencio fue total en el calurosísimo recinto, con la excepción del distante sonido de puertas de automóvil cerrándose. Pasó un minuto entero sin que Zitron diera señales de vida, y la impaciencia comenzó a latir en las sienes de Garrod. Se volvió hacia la puerta..., pero no terminó su acción puesto que la hierba cercana, sin ningún movimiento visible, emitió un susurro. De pronto, Zitron surgió de la nada a pocos pasos de distancia, con una sonrisa de triunfo.

    —Ha sido una demostración de TAE..., Técnica de Avance Encubierto —dijo—. ¿Qué le parece?
    —Excelente. —Garrod abrió la puerta—. Realmente efectiva.
    —En este local experimental empleamos paneles de retardita de dilación muy corta. Puedo lanzarme de improviso sobre usted en cualquier momento.

    Zitron señaló diversos puntos del interior, y ocasionales destellos de luz reflejada revelaron a los ojos de Garrod la presencia de hojas de vidrio lento en posición erecta sobre la hierba. Vio un duplicado de Zitron que se aproximó en zig-zag, con un silencio sobrenatural, antes de esfumarse en el panel más próximo.

    —Como es de suponer —continuó Zitron—, en la práctica usaríamos paneles de superior dilación, a fin de dar a la infantería un poco más de tiempo para disponer la protección TAE. Una de las cosas que estamos intentando determinar es la máxima dilación útil... Si es demasiado breve, los hombres no tienen tiempo de consolidarse; si es demasiado larga, un observador tiene más posibilidades de detectar disparidades en la intensidad luminosa y los ángulos de las sombras. Otro problema es la selección de la mejor geometría para los paneles, a fin de reducir la reflexión...
    —Perdóneme un momento —le interrumpió Garrod—. Creo que he visto a una persona conocida.

    Se alejó hacia la zona de aparcamiento situada junto al edificio administrativo con la máxima rapidez y determinación posible, con objeto de disuadir a Zitron de que le siguiera. La muchacha del vestido color tostado estaba en la salida, mirando hacia Garrod. Era una mujer delgada, de cabello negro, y Garrod vio, conforme la distancia que mediaba iba reduciéndose, el toque plateado de sus labios. Una sensación de opresivo sofoco se dejó sentir en el pecho de Garrod en el instante en que aceptó estar contemplando a Jane Wason.

    —¡Eh, usted! —Se esforzó en parecer jovial y despreocupado—. ¿No me recuerda?

    Ella le miró con aire de duda.

    —¿El señor Garrod?
    —Sí. Estoy aquí por asuntos de negocios, y he creído reconocerla cuando salía de la oficina del coronel Mannheim. Escuche, fui muy presuntuoso cuando hablamos por videófono ayer por la noche, y deseaba disculparme. No acostumbro a...

    De repente, Garrod no supo qué decir, quedando indefenso y vulnerable; sin embargo, vio el asomo de sonrojo en las mejillas de la chica y supo que había establecido contacto con ella a un nivel muy alejado de todo lo que acababa de decir.

    —No tiene importancia —repuso tranquilamente ella—. No había necesidad...
    —Sí que la había.

    Estaba mirándola gratamente, dejando que la imagen se extendiera por su visión, cuando un Pontiac azul claro chirrió al frenar junto a la acera a su lado. El conductor, un teniente de aspecto poco amigable que llevaba unas gafas con montura dorada, había empezado a bajar la ventanilla antes de que el coche se detuviera.

    —Vámonos, Jane —dijo tajantemente—. Es tarde.

    Se abrió la otra puerta y Jane, confundida, entró en el automóvil. Sus labios se movieron en silencio. Miró a Garrod mientras el coche arrancaba, y a él le pareció ver unos ojos preocupados, pesarosos. ¿O simplemente estaban disculpándose por la brusquedad de la despedida?

    Maldiciendo amargamente en voz baja, Garrod retrocedió para habérselas con el teniente coronel Zitron.


    SEGUNDA LUZ SECUNDARIA: El peso de la prueba

    Harpur miró inciertamente por las chorreantes ventanillas de su coche. No había encontrado aparcamiento cerca de la comisaría, y en aquel momento el edificio parecía hallarse a kilómetros de distancia, a kilómetros de asfalto encharcado y ostentosas cortinas de lluvia. El cielo estaba hundido de un modo lúgubre entre los inmuebles que rodeaban la plaza.

    Repentinamente consciente de su edad, contempló durante un largo instante el viejo edificio policial y el agua que caía en cascadas por las goteras, y estiró el cuerpo para abandonar el asiento del coche. Era difícil creer que el sol brillaba cálidamente en un sótano del ala oeste de la comisaría. Pero él lo sabía, porque había telefoneado y preguntado antes de salir de su casa.

    —Hoy hace un tiempo magnífico aquí abajo, juez —había dicho el guardián, hablando con la respetuosa familiaridad que había adquirido a lo largo de los años—. Fuera no se está tan bien, claro, —pero aquí abajo el tiempo es realmente magnífico.

    Se han presentado muchos periodistas?

    —Sólo unos cuantos hasta ahora, juez. ¿Va a venir?
    —Espero hacerlo —había replicado Harpur—. Guárdeme una silla, Sam.
    —¡Sí, señor!

    Harpur caminó con la máxima rapidez que podía permitirse, notando la fría lluvia que resbalaba por el dorso de sus manos, metidas en los bolsillos del impermeable. El forro se aferraba a los nudillos cuando movía los dedos. Al subir las escaleras de la entrada principal, una vibración preliminar en el lado izquierdo de su pecho le indicó que se había apresurado en exceso, que había llevado las cosas demasiado lejos.

    El agente de la puerta saludó con brío. Harpur correspondió inclinando la cabeza.

    —Cuesta creer que estamos en junio, ¿no es así, Ben?
    —Desde luego, señor. Pero me han dicho que ahí abajo hace un tiempo excelente.

    Harpur se despidió del guardián, y estaba avanzando por el pasillo, cuando el dolor acabó por cercarle. Un dolor definido, muy puro. Como si alguien hubiera elegido una aguja estéril y, tras colocarla en una empuñadura antiséptica y calentarla al rojo blanco, la hubiera introducido en su costado con la rapidez de la compasión. Se detuvo un instante y se apoyó en la pared embaldosado, esforzándose por no llamar la atención, mientras el sudor formaba gotas en su frente. «No puedo abandonar ahora —pensó—, no cuando sólo me quedan dos semanas... Pero ¿y si es ahora mismo? ¡Ahora mismo!»

    Harpur combatió el pánico, hasta que la entidad que era su dolor se retiró ligeramente. Respiró de un modo entrecortado, de alivio, y siguió caminando poco a poco, sabedor de que su enemigo estaba atento y siguiendo sus pasos. Pero llegó al sol sin nuevos ataques.

    Sam Macnamara, el guardián de la puerta interior, empezó a esbozar su acostumbrada sonrisa, y entonces, viendo la tirantez del rostro de Harpur, le introdujo rápidamente en la sala. Macnamara era un irlandés de elevada estatura cuya única ambición, al parecer, era beber dos tazas de café cada hora, a la hora en punto; no obstante, entre él y el juez había nacido una amistad que a Harpur le resultaba extrañamente confortadora. El policía abrió una silla plegable en la parte trasera de la sala y la mantuvo firme mientras Harpur tomaba asiento.

    —Gracias, Sam —dijo éste, agradecido, al tiempo que miraba a los extraños que le rodeaban.

    Nadie había advertido su llegada. Todos contemplaban el sol.

    El olor de la ropa mojada por la lluvia que llevaban los periodistas daba la impresión de estar curiosamente fuera de lugar en el polvoriento sótano. La sala formaba parte de la sección más antigua de la comisaría, y hasta hacía cinco años se había utilizado para guardar expedientes obsoletos. A partir de entonces, y con excepción de conferencias de prensa especiales, sus paredes de cemento sólo habían albergado a dos aburridos guardianes, el tablero de un equipo de grabación y una hoja de vidrio montada sobre un armazón en un extremo de la sala.

    El cristal era de la especialísima variedad que la luz tardaba muchos años en atravesar. Era el tipo de cristal que la gente usaba para aprehender escenarios de excepcional belleza y contemplarlos en sus hogares.

    Para Harpur, la visión de este fragmento de vidrio lento no tenía belleza particular. Mostraba una bahía, razonablemente hermosa en la costa atlántica, pero el agua estaba tapada por embarcaciones deportivas, y una gasolinera de chillones colores se interponía en primer plano. Un conocedor del vidrio lento habría lanzado una piedra contra aquel cristal; sin embargo, Emile Bennett, el propietario original, lo había traído a la ciudad simplemente porque contenía la vista desde el hogar de su infancia. Tener el vidrio a mano, había explicado Bennett, le ahorraba un viaje de trescientos kilómetros cuando se sentía nostálgico.

    La hoja de vidrio usada por Bennett tenía un grosor de cinco años, es decir había tenido que permanecer cinco años en su hogar paterno antes de que el paisaje surgiera. Naturalmente, seguiría transmitiendo la misma vista durante cinco años después de ser transportada a la ciudad, a despecho de que había sido confiscada a Bennett por impacientes agentes policiales con profundo desinterés por el hogar paterno del propietario. El vidrio revelaría sin fallo posible todo lo que había visto..., aunque sólo durante su época buena.

    Repantigado en su asiento, rendido, Harpur recordó la última vez que había visto una película. La única luz de la sala procedía de la oblonga hoja de vidrio, y los periodistas se agitaban sentados en ordenadas hileras, igual que el público de un cine. Harpur pensó que la presencia de aquellos hombres le distraía. Evitaba que se deslizara hacia el pasado con la acostumbrada facilidad.

    Las inquietas aguas de la bahía esparcían sol por la habitación (que de otro modo habría resultado depresiva), las embarcaciones pasaban y volvían a pasar, y silenciosos coches entraban de cuando en cuando en la gasolinera. Una atractiva fémina con la ropa extremadamente abreviada de hacía una década paseaba por un jardín en primer plano, y Harpur vio que varios periodistas tomaban notas personales en sus libretas.

    Uno de los reporteros más curiosos abandonó su asiento y se acercó a la parte trasera de la hoja de vidrio para contemplar la vista de la otra cara, pero regresó con aspecto decepcionado. Harpur sabía que habían soldado una plancha metálica al armazón posterior, cubriendo por completo el cristal. El municipio había decretado que exponer a la vista del público las actividades domésticas del señor Bennett durante el tiempo en que el vidrio estuvo cargándose habría constituido una invasión de la intimidad del propietario.

    Conforme iban transcurriendo los minutos en el sofocante ambiente de la sala, los periodistas fueron poniéndose cada vez más nerviosos, y empezaron a intercambiar sonoros bostezos. En la primera fila, algunos reporteros estornudaron repetidamente y renegaron entre estornudo y estornudo. Estaba prohibido fumar cerca del equipo de grabación, que en nombre del estado exploraba vorazmente el vidrio, por lo que relevos de tres o cuatro personas empezaron a salir al pasillo para encender los cigarrillos. Harpur oyó sus quejas sobre la prolongada espera y sonrió. Él llevaba cinco años esperando, y tenía la impresión de que habían sido muchos más.

    Aquel mismo día, el 7 de junio, era una fecha clave esperada por Harpur y el resto del municipio, pero había sido imposible hacer saber a la prensa por anticipado en qué momento exacto conseguirían la información. El problema era que Emile Bennett había sido incapaz de recordar a qué hora de aquel ardiente domingo se había trasladado a la vivienda de sus padres para recoger la hoja de vidrio lento. En el transcurso del subsiguiente juicio no había sido posible fijar la hora en algo más definido que «hacia las tres de la tarde».

    Un periodista reparó finalmente en que Harpur estaba sentado cerca de la puerta y se acercó a él. Vestía de un modo estridente, tenía el cabello rubio y su aspecto era increíblemente juvenil.

    —Perdóneme, señor. ¿No es usted el juez Harpur?

    Harpur asintió. Los ojos del muchacho se abrieron desmesuradamente durante un instante y después se entrecerraron mientras estimaban el valor periodístico del anciano.

    —¿No fue usted el juez que presidió el... caso Raddall?

    Había estado a punto de decir el caso del vidriodetective, pero cambió de idea al momento. Harpur asintió por segunda vez.

    —Sí, es cierto. Pero ya no concedo entrevistas a la prensa. Lo siento.
    —No tiene importancia, señor. Lo comprendo.

    El joven reportero salió al pasillo, andando con pasos que iban haciéndose más rápidos, más elásticos. Harpur supuso que el muchacho acababa de decidir su punto de vista para el artículo del día. El mismo se veía capaz de redactar el artículo:

    El juez Kenneth Harpur, el hombre que hace cinco años presidió el polémico caso del «vidriodetective», en el que un hombre de veintidós años, Ewan Raddall, fue acusado de doble asesinato, estaba sentado hoy en una de las sillas del sótano de la comisaría. «El Juez de Hierro», un anciano en la actualidad, no tiene nada que decir. Se limita a observar, a esperar y a formularse preguntas...

    Harpur sonrió irónicamente. Ya no sentía amargura ante los ataques de los periódicos. El único motivo que le impedía hablar con los periodistas era que se encontraba más que harto de ese aspecto de su vida. Había llegado a la edad en que un hombre desecha lo trivial y se concentra en lo esencial. En cuestión de dos semanas más tendría libertad para sentarse a «tomar» el sol y contar el número exacto de matices azules y verdes que había en el mar, y cuánto tiempo transcurría entre la aparición de la primera estrella vespertina y la segunda. Si su médico lo permitía, tomaría un poco de whisky de primera calidad, y si su médico no lo permitía, se tomaría el whisky de todos modos. Leería algunos libros, tal vez escribiría uno...

    Definitivamente, la hora aproximada que Bennett había testificado en el juicio resultó ser bastante exacta.

    A las tres y ocho minutos, Harpur y los periodistas vieron a Bennett aproximarse a la hoja de vidrio con un destornillador en la mano. Exhibía la timidez característica de una persona que se halla en el radio de acción del vidrio lento. Bennett maniobró durante unos instantes en ambos lados del cristal, y a continuación apareció el cielo en una desenfrenada fluctuación, indicativa de que el vidrio había sido separado de su armazón. Un momento después, la imagen de una manta marrón, similar a las usadas por el ejército, fue cubriendo el vidrio hasta anular la luz de otros días, y la habitación quedó a oscuras.

    Los dispositivos de grabación situados en la parte trasera de la sala produjeron suaves sonidos (clic-clic-clic), que quedaron ahogados por el ruido de los reporteros al precipitarse hacia los teléfonos.

    Harpur se levantó y salió de la sala, lentamente, detrás de los periodistas. No había necesidad de correr. Según el informe policial, el vidrio permanecería a oscuras durante dos días, el tiempo que había estado en el maletero del automóvil de Bennett antes de que éste se decidiera a instalarlo en el marco de la ventana de la parte trasera de su casa de la ciudad. A partir de ese punto, y durante dos semanas más, el cristal mostraría los casuales acontecimientos cotidianos que tuvieron lugar cinco años atrás en el parque infantil situado detrás de la casa de Bennett.

    Dichos acontecimientos no tenían especial interés para ninguna persona. Sin embargo, el informe policial también indicaba que en el mismo parque infantil, en la noche del 21 de junio de 1986, una mecanógrafa de veinte años, Joan Calderisi, había sido violada y asesinada. Su novio, un mecánico de veintitrés años llamado Edward Jerome Hattie, también había sido asesinado, presumiblemente por intentar defender a la muchacha.

    Sin que el asesino lo supiera, un testigo presenció el doble asesinato... y ese testigo estaba a punto de dar su perfecto e incontrovertible testimonio.

    No había sido difícil prever el problema.

    Desde el mismo día en que el vidrio lento había aparecido en algunas tiendas muy caras, la gente se había preguntado qué sucedería si se cometía un crimen a la vista de un cristal. ¿Cuál sería la posición legal si, por ejemplo, había tres sospechosos y se sabía que un fragmento de vidrio identificaría al asesino sin duda posible al cabo de cinco o diez años? Obviamente, la ley no podía arriesgarse a castigar a la persona inocente; pero era igualmente obvio que no podía permitir que el culpable estuviera en libertad todo ese tiempo.

    Así resumieron el problema los periódicos sensacionalistas, aunque para el juez Kenneth Harpur no hubo problema ninguno. Tras leer las especulaciones, le costó menos de cinco segundos tomar una decisión, y mantuvo una calma impresionante cuando la causa instrumental le tocó en suerte.

    Había sido una coincidencia. El distrito de Erskine tenía tantos homicidios y vidrios lentos como cualquier otra zona comparable. De hecho, Harpur no recordaba haber visto ese material hasta que el alumbrado eléctrico de Holt City fue repentinamente sustituido por hojas de vidrio alternas, unas de ocho horas y otras de dieciséis, suspendidas en líneas continuas sobre las vías públicas.

    Había sido preciso cierto tiempo para que las primeras hojas de retardita, que apenas retrasaban medio segundo la luz, evolucionaran hasta ser capaces de producir retrasos de años. El usuario debía estar absolutamente seguro de la dilación que deseaba, debido a que no había forma de acelerar el proceso. Si la retardita hubiera sido un «vidrio» en el auténtico sentido del término, habría sido posible reducir un fragmento para obtener espesores distintos y recibir antes la información; pero en realidad se trataba de un material extremadamente opaco: opaco en cuanto a que la luz jamás entraba en él.

    Las radiaciones con longitudes de onda del orden de las luminosas eran absorbidas por la cara de una hoja de retardita, y su información se convertía en modelos de deformación dentro del material. El efecto piezolumínico mediante el cual la información se abría paso hasta la cara opuesta implicaba a toda la estructura cristalina, y cualquier causa que desorganizara dicha estructura equilibraría de un modo instantáneo los modelos de deformación.

    Si bien este descubrimiento había sido irritante para ciertos investigadores, también había sido un factor importante en el éxito comercial de la retardita. El público se habría mostrado reacio a instalar ventanoramas en sus hogares, sabiendo que todo lo que habían hecho detrás de ellas quedaría registrado para que otros ojos lo vieran años después. Por eso la floreciente industria piezolumínica se había apresurado a inventar un barato dispositivo de «regeneración», que permitía limpiar y volver a usar una hoja de vidrio lento, como si se tratara de un programa saturado de ordenador.

    Por esta misma razón, dos guardias se turnaban las veinticuatro horas del día, desde hacía cinco años, en la vigilancia de la ventanorama que contenía la evidencia del caso Raddall. Siempre existía la posibilidad de que uno de los parientes de Raddall, o algún tipo estrafalario en busca de publicidad, entrara furtivamente en la sala y eliminara las pruebas antes del momento que iba a resolver todas las dudas.

    Durante esos diez años hubo épocas en que Harpur se sintió demasiado enfermo y cansado para preocuparse en exceso, y otros instantes en que habría sido un alivio que el testigo perfecto hubiera sido silenciado para siempre. Pero por lo general la existencia del vidrio lento no preocupaba al juez.

    Había dictado su resolución en el caso Raddall, y era una decisión que, según él, habría tomado cualquier otro juez. La controversia que se originó, así como la enemistad mostrada por diversos sectores de la prensa y el público, e incluso por varios de sus colegas, le hirieron al principio, pero había superado todo eso.

    La ley existía solamente porque la gente creía en ella, había declarado Harpur en su recapitulación. Si esa creencia se debilitaba, aunque sólo fuera una vez, la ley sufriría un daño irreparable.

    Según pudo determinarse, los asesinatos se produjeron aproximadamente una hora antes de la medianoche.

    Teniendo en cuenta ese detalle, Harpur cenó temprano, y a continuación se duchó y afeitó por segunda vez aquel día. El esfuerzo representaba una proporción notable de su cuota diaria de energía, mas en la sala del tribunal había pasado un calor bochornoso. El caso que le ocupaba en la actualidad era intrincado y, al mismo tiempo, latoso. Últimamente había más y más casos como ése; lo sabía. Era una señal de que estaba listo para el retiro. Pero quedaba una última tarea que realizar. Era una deuda con la profesión.

    Harpur se puso una chaqueta ligera y dio la espalda al espejo de vestir comprado por su esposa hacía algunos meses. Estaba recubierto por una hoja de retardita de quince segundos que permitió al juez, tras una ligera pausa, volverse y comprobar qué aspecto tenía por detrás. Examinó fríamente su frágil aunque erguida figura y se marchó antes de que el extraño del vidrio se volviera para mirarle.

    A Harpur le disgustaban estos espejos casi tanto como los igualmente populares espejos «auténticos», meros fragmentos de retardita de corta dilación que giraban sobre un eje vertical. Cumplían aproximadamente la misma función que los espejos ordinarios, con la excepción de que no se producía el efecto de inversión. Por primera vez en la vida, alardeaban los fabricantes, una persona podía verse tal como la veían los demás. Harpur ponía objeciones a esta idea con una argumentación que esperaba fuera vagamente filosófica, pero que en realidad era incapaz de explicar, ni siquiera a sí mismo.

    —No tienes buen aspecto, Kenneth —dijo Eva, mientras le arreglaba meticulosamente la corbata—. No es preciso que vayas allí, ¿no es cierto?
    —No, no es preciso que vaya... por eso tengo que ir. Ahí está el detalle.
    —Entonces yo conduciré el coche.
    —No lo harás. Vas a irte a la cama. No permitiré que conduzcas por la ciudad en plena noche.

    Rodeó los hombros de su esposa con un brazo. A los cincuenta y ocho años, Eva Harpur era una meseta —aparentemente sin límites— de insuperable salud, aunque ambos mantenían la ficción de que era él el que se cuidaba de ella.

    Condujo por la ciudad, pero el avance en medio del tráfico era anormalmente lento y, en un impulso, Harpur se detuvo a varias manzanas de la comisaría y empezó a caminar. «Vive peligrosamente —pensó—, pero camina con lentitud, por si acaso.» Hacía una noche cálida, radiante, y con las prolongadas horas de luz de junio sólo estaban oscuras las hojas de vidrio de dieciséis horas suspendidas sobre la vía pública. Los cristales alternativos de ocho horas fulguraban innecesariamente con la luz que habían absorbido por la tarde. El sistema se basaba en un acomodo a las variaciones estacionases de las horas de luz natural, pero daba un resultado razonablemente bueno y, sobre todo, la luz resultaba prácticamente gratis.

    Una ventaja adicional era que proporcionaba a las autoridades policiales una evidencia perfecta de sucesos tales como accidentes de tráfico y violaciones del código. De hecho, los entonces flamantes vidrios de iluminación de la avenida Cincuenta y Tres habían suministrado buena parte de las pruebas en el caso de Ewan Raddall.

    Unas pruebas en las que Harpur se había basado para enviar a Raddall a la silla eléctrica.

    Los hechos sobresalientes del caso no se habían producido exactamente en la situación típica propuesta por la prensa sensacionalista, aunque se habían aproximado lo bastante como para despertar el interés del público. No hubo otro sospechoso aparte de Raddall, pero las pruebas en su contra fueron circunstanciales en gran medida. Los cadáveres no se encontraron hasta la mañana siguiente, cuando Raddall ya había tenido tiempo para volver a casa, asearse y acostarse. Estaba lozano, compuesto y sensato cuando le detuvieron, y los forenses no pudieron demostrar nada.

    El caso Raddall se basó en que había sido visto yendo hacia el parque público a la hora conveniente, y en que tenía magulladuras y arañazos compatibles con el crimen. Además, entre medianoche y las nueve y media de la mañana siguiente, la hora en que se le interrogó, Raddall había «perdido» la chaqueta de pana sintética que vestía el día anterior, y la prenda nunca apareció.

    Al terminar el juicio contra Raddall, el jurado tardó menos de una hora en llegar a un veredicto de culpabilidad; sin embargo, durante una apelación posterior la defensa expuso que el jurado estaba influido por el conocimiento de que el crimen se hallaba, registrado en la ventana trasera de Emile Bennett. Al solicitar un nuevo juicio, el abogado defensor expuso el punto de vista de que el jurado había rechazado la «duda razonable» porque esperaba que Harpur impusiera, como máximo, una condena de cadena perpetua.

    Pero el código legal revisado, redactado en 1977, que en esencia daba un mayor poder a los jueces en los tribunales, no proveía, en opinión de Harpur, ninguna legislación que justificara «mantenerse a la expectativa», en especial en casos de homicidio en primer grado. Raddall fue debidamente condenado a muerte en enero de 1987.

    El recto criterio de Harpur, que le había valido el apodo de «Juez de Hierro», fue que una decisión tomada en un tribunal siempre había sido, y seguía siendo, sacrosanta. La entidad sobrehumana que era la ley no debía ser humillada por un trozo de vidrio. La argumentación de Harpur, reducida a sus términos más crudos, fue que si se introducía una legislación para demorar los veredictos, los criminales llevarían fragmentos de retardita de quince años entre sus útiles regulares.

    Los lentos engranajes del Tribunal Supremo ratificaron la decisión de Harpur dos años después, y la sentencia fue ejecutada. Lo mismo, a escala microscópica, había ocurrido en numerosas ocasiones en el mundo del deporte; y la única solución posible, la única solución factible era que el imperio estuviera siempre en pie, sin importar lo que las cámaras o —el vidrio lento tuvieran que opinar después.

    A pesar de su vindicación, o quizá por culpa de ella, los periódicos sensacionalistas nunca simpatizaron con Harpur. El juez empezó a esforzarse en mostrarse indiferente a todo lo que cualquier persona escribiera o dijera. Lo único que había necesitado durante aquellos cinco años era el conocimiento de haber tomado una buena decisión, buena como término antónimo de incorrecta. En la actualidad, Harpur iba a descubrir si había tomado una buena decisión, buena como antónimo de mala...

    Aunque esa noche se había cernido sobre su horizonte durante media década, a Harpur le resultaba arduo hacerse a la idea de que en cuestión de minutos se sabría si Raddall era culpable. Ese pensamiento causó un crescendo de molestos dolores pectorales, y Harpur se detuvo un instante para recobrar el aliento. Al fin y al cabo, ¿quémás daba? Él no había hecho las leyes. ¿Por qué sentirse personalmente comprometido?

    La respuesta se presentó con rapidez.

    Estaba comprometido porque él formaba parte de la ley. La razón por la que habían seguido trabajando pese al consejo adverso de su médico era que había sido él, no cierta personificación abstracta de los «grandes intereses del hombre en la tierra», la persona que había dictado sentencia contra Ewan Raddall. Y si había cometido un error, él iba a estar allí, en persona, para enfrentarse a las consecuencias.

    La comprensión resultó extrañamente confortadora para Harpur, mientras seguía avanzando por las atestadas calles. Había algo en el ambiente del atardecer que le impresionaba por su rareza. Entonces se dio cuenta de que el centro de la ciudad estaba repletísimo de automóviles de otras poblaciones. Hombres y mujeres atestaban las aceras, y Harpur supo que eran forasteros por la forma en que sus ojos observaban de vez en cuando las partes superiores de los edificios. El olor de hamburguesas asándose en la parrilla flotaba en un ambiente denso, calmado.

    Harpur se preguntó cuál sería el motivo de la afluencia, y entonces reparó en el flujo general hacia la comisaría. Así que era por eso... La gente no había cambiado desde los tiempos en que era atraída por las arenas, las guillotinas y las horcas. No había nada que ver, pero estar muy cerca bastaría para que la gente saboreara el antiguo placer de continuar respirando sabiendo que otra persona acababa de fallecer. Tampoco importaba nada llegar cinco años tarde.

    Ni siquiera Harpur, en caso de que lo hubiera deseado, habría podido entrar en el sótano. Aparte del equipo de grabación, sólo estarían presentes seis sillas y seis binoculares especiales de pocos aumentos y enormes objetivos hambrientos de luz. Estaban reservados para los observadores nombrados por el estado.

    Harpur no estaba interesado en ver el crimen con sus propios ojos; sólo quería saber el resultado; y luego disfrutar de un larguísimo descanso. Pensó que era totalmente irracional ir hasta las dependencias policiales, con el esfuerzo y la tensión letal que el recorrido significaba para él; pero ninguna otra cosa iba a serle de ayuda. «Soy culpable —pensó de repente—, culpable de...»

    Llegó a la plaza donde estaba situado el edificio y se abrió paso entre las flexibles y agotadoras barreras de gente. A medio camino el sudor se había pegado tanto a sus ropas que a duras penas podía levantar los pies. En un punto indeterminado del largo trayecto se dio cuenta de que otra presencia le seguía de cerca: el compasivo amigo con la aguja al rojo blanco.

    A la altura de las desordenadas hileras de automóviles de la prensa, Harpur comprendió que no podía entrar tan temprano; y aún quedaba media hora como mínimo. Dio media vuelta y se abrió paso hacia el lado opuesto de la plaza. La punta de la aguja le alcanzó en una acometida precisa, y Harpur cayó hacia delante con las manos abiertas en busca de algo a que agarrarse.

    —¡Pero qué...! —Una sorprendida voz retumbó en la cabeza del juez—. Tómeselo con calma, abuelo.

    El que había hablado era un fornido gigante en bañador, que estaba observando un programa de televisión tridimensional cuando Harpur cayó encima de él. Se quitó las gafas receptoras y las diminutas y precisas imágenes brillaron mientras se movían igual que distantes fogatas. Un susurro musical salía de los auriculares.

    —Lo siento —se excusó Harpur—. He tropezado. Lo siento.
    —No tiene importancia. ¡Hey! ¿No es usted el juez...?

    Harpur siguió avanzando mientras el hombretón tiraba excitadamente del brazo de la mujer que le acompañaba. «No deben reconocerme», pensó Harpur, en medio del pánico que sentía. Se escondió entre la multitud, empezando a perder el sentido de la orientación. Otros seis desesperados pasos y la aguja volvió a alcanzarle, en esta ocasión introduciéndose hasta la empuñadura antiséptica. Gimió mientras la plaza giraba pesadamente. «Aquí no —suplicó—, aquí no, por favor.»

    Sin saber cómo, se salvó de la caída y siguió andando. Al alcance de su mano, pero a un millón de kilómetros de distancia, una mujer invisible emitió una risa maravillosa y desenfadada. El dolor volvió al borde de la plaza, aún más decisivamente que antes... Una vez, dos veces, tres veces... Harpur chilló al notar que su músculo vital implosionaba con terribles calambres.

    Empezó a desplomarse y entonces notó que le aferraban unas manos firmes. Harpur levantó los ojos al moreno joven que estaba sosteniéndole. El rostro bien parecido, arrugado por la preocupación, que asomaba entre rojizas brumas parecía curiosamente familiar. Harpur se esforzó en hablar.

    —Tú... ¿tú eres Ewan Raddall, verdad?

    Las negras cejas se fruncieron de asombro.

    —¿Raddall? No. Nunca he oído ese nombre. Será mejor que pidamos una ambulancia para usted.

    Harpur forzó su mente para pensar.

    —Eso es cierto. No puedes ser Raddall. Yo le maté hace cinco años. —A continuación habló en voz más alta—. Pero, si no sabes quién es Raddall, ¿por qué estás aquí?
    —Volvía a casa después de ir a la bolera, y he visto a la muchedumbre.

    El muchacho empezó a sacar del gentío a Harpur, sosteniéndole en pie con un brazo, y apartando cuerpos incomprensivos con el otro. El juez intentó ayudarle, pero era consciente de que sus pies se arrastraban impotentes sobre el cemento.

    —¿Vives aquí, en Holt?

    El muchacho asintió enfáticamente.

    —¿Sabes quién soy? —volvió a preguntar Harpur.
    —Lo único que sé de usted, señor, es que debería estar en el hospital. Llamaré a una ambulancia desde el teléfono de la bodega.

    Harpur percibía vagamente que había algo de tremenda importancia en lo que habían estado hablando, pero no tenía tiempo para clarificar el tema.

    —Escucha —dijo, obligándose a permanecer erguido un momento—. No quiero una ambulancia. Estaré perfectamente si llego a casa. ¿Puedes ayudarme a buscar un taxi?

    El muchacho estaba inseguro, pero acabó encogiéndose de hombros.

    —Será su funeral.

    Harpur abrió cuidadosamente la puerta y entró en la acogedora oscuridad de la vieja vivienda. Durante el recorrido de vuelta sus ropas empapadas de sudor habían quedado húmedas y frías, y se estremeció irrefrenablemente mientras buscaba a tientas el interruptor de la luz.

    Una vez encendida la lámpara, tomó asiento junto al teléfono y miró el reloj. Casi medianoche... A esa hora ya no habría misterio, ya no habría dudas acerca de lo que había ocurrido en el parque de la avenida Cincuenta y Tres cinco años atrás. Cogió el microteléfono, y en el mismo instante oyó que su esposa se movía en el piso de arriba. Había varios números a los que podía telefonear para enterarse de las revelaciones del vidrio lento, pero la idea de hablar con un policía, un secretario o un miembro del ayuntamiento le parecía agobiante. Llamó a Sam Macnamara.

    Siendo guardián, Sam no conocería el resultado de un modo oficial, aunque de todas maneras tendría la respuesta. Harpur intentó marcar el número de la línea directa con la caseta del guardián, pero las puntas de sus dedos se doblaron una y otra vez al tocar los botones y desistió.

    Eva Harpur bajó las escaleras vestida con una bata y se acercó recelosa a su marido.

    —¡Oh, Kenneth! —Se llevó la mano a la boca—. ¿Qué has hecho? Tienes un aspecto... Tendré que llamar al doctor Sherman.

    Harpur sonrió débilmente. «Sonrío muchas veces estos días pensó desatinadamente. Es la única respuesta que un viejo puede dar a tantas situaciones.»

    —Lo único que deseo es que me prepares café y que me ayudes a subir al dormitorio. Pero antes que nada, márcame un número en este artefacto.

    Eva abrió la boca para protestar, y la cerró cuando su mirada se encontró con la de su marido.

    En cuanto Sam se puso al teléfono, Harpur se esforzó en mantener la voz firme.

    —Hola, Sam. Soy el juez Harpur. ¿Ya ha terminado el jaleo?
    —Sí, señor. Después hubo una conferencia de prensa y también ha concluido. Supongo que habrá oído el resultado por la radio.
    —La verdad es que no lo he oído, Sam. He estado... fuera hasta hace poco rato. He decidido telefonear a alguien para enterarme antes de acostarme, y su número me ha venido a la cabeza.

    Sam se echó a reír de un modo vacilante.

    —Bueno, han logrado efectuar una identificación positiva. Fue Raddall, efectivamente. Aunque supongo que usted siempre lo ha sabido.
    —Supongo que sí, Sam.

    Harpur notó que sus ojos ardían a causa de las lágrimas.

    —De todos modos, se habrá quitado un buen peso de la conciencia, juez.

    Harpur asintió cansinamente, pero dijo:

    —Bueno, claro que me alegra que no hubiera un error judicial, pero los jueces no hacen las leyes, Sam. Ni siquiera deciden quién es culpable y quién no lo es. Por lo que a mí respecta, la presencia de un peculiar fragmento de vidrio tiene muy poca importancia, en todos los sentidos.

    Un buen discurso tratándose del «Juez de Hierro».

    Hubo un prolongado silencio en la línea. Después, con un tono de algo similar a desesperación en su voz, Sam insistió.

    —Ya sé todo eso, juez... pero de todas maneras debe de haberse quitado un buen peso de la conciencia.

    Con grata sorpresa, Harpur comprendió que el hombrón irlandés estaba suplicándole. «Ya no tiene importancia —pensó el juez—. Por la mañana me jubilaré y me reuniré con la raza humana.»

    —De acuerdo, Sam —dijo finalmente—. Digámoslo de este modo: dormiré bien esta noche. ¿Conforme?
    —Gracias, juez. Buenas noches.

    Harpur colgó el teléfono con los dedos fuertemente apretados, y esperó la paz.


    5


    Era más de medianoche cuando Garrod llegó a casa. La servidumbre estaba durmiendo, aunque un resplandor de luz amarillenta procedente de la entreabierta puerta de la biblioteca indicaba que Esther seguía levantada todavía. Ella no leía mucho, ya que prefería ver la televisión, pero le gustaba sentarse en la dorada cordialidad de la biblioteca. Garrod sospechaba que ello se debía a que era la única habitación que él no había modernizado ampliamente cinco años atrás, poco tiempo después de comprar la casa. Entró y encontró a Esther acurrucada en un sillón de cuero de alto respaldo, con las gafas de televisión cubriendo sus ojos.

    —Llegas tarde. —Alzó una mano para saludar, pero no se quitó las pantallas de los ojos—. ¿Dónde has estado?
    —He tenido que ir a un centro de investigación del ejército en un lugar llamado Macon.
    —¿Qué quiere decir «en un lugar llamado Macon»?
    —Es el nombre del lugar.
    —Lo dices como si esperaras que yo no hubiera oído hablar nunca de ese sitio.
    —Lo siento. No pretendía...
    —¿Macon está en Georgia, verdad?
    —Exacto.
    —Los demás no somos completamente estúpidos, Alban.

    Esther ajustó las gafas de televisión y se revolvió hasta encontrar una posición más cómoda.

    —¿Quién ha dicho que...? —Garrod se mordió el labio y se acercó al mueble bar, donde las botellas de licor brillaban cálidamente en un estanque de luz—. ¿Estás bebiendo algo?
    —No necesito beber, gracias.
    —Yo tampoco necesito beber, pero de todas formas disfrutaré haciéndolo.

    Garrod mantuvo uniforme su voz, preguntándose por qué Esther estaba pinchándole. Era como si ella tuviera conocimiento anticipado de lo que él deseaba decir. Mezcló un bourbon suave con agua y se sentó cerca de la chimenea. La corteza gris y blanca de un tronco yacía en el hogar, crujiendo suavemente, y despidiendo ocasionales chispas anaranjadas que remolineaban en la oscuridad de la chimenea.

    —Hay un montón de mensajes en el escritorio —dijo Esther en tono de censura—. Un hombre de tu posición no debería desaparecer días enteros sin ponerse en contacto con la oficina.
    —Para eso empleo y pago muy bien a los directivos. Si son incapaces de ocuparse de los asuntos durante unas horas, no me sirven.
    —El gran cerebro no quiere corromperse pensando en dinero. ¿No es eso, Alban?
    —Yo no he dicho que tenga un gran cerebro.
    —No, no eres lo bastante sincero para decirlo, pero en realidad te consideras una persona aparte. Cuando te dignas hablar con alguien hay una sonrisita en tu cara que dice: «Ya sé que hacer esta observación es perder el tiempo, pero la expongo por diversión, para ver si alguien intuye siquiera mínimamente su significado».
    —¡Por el amor de Dios! —Garrod se inclinó hacia delante en su sillón—. Esther, divorciémonos.

    Esther se quitó las gafas y le miró.

    —¿Por qué?
    —¿Por qué? ¿Qué motivo hay para que sigamos así?
    —Así hemos estado durante bastantes años y ni una sola vez has mencionado el divorcio.
    —Lo sé. —Garrod tomó un gran trago de su bebida—. Pero hay un límite. Esto no es lo que se espera de un matrimonio.

    Al cabo de un instante Esther estaba levantada y mirándole atentamente a los ojos. Rió de un modo trémulo.

    —¡Oh, Dios! Creo que finalmente te ha sucedido eso.
    —¿Eso? Una visión de carnosos labios plateados centelleó en la mente de Garrod.
    —¿Cómo se llama ella, Alban? Garrod se echó a reír, incrédulo.
    —No hay otra mujer.
    —¿La has conocido en este viaje?
    —Te aseguro que tú eres la única. Y ya he tenido bastante.
    —Vive en Macon. Por eso decidiste ir allí tan de repente.

    Garrod miró con desprecio a su esposa, pero en su fuero interno le tenía miedo.

    —Te lo diré claramente: no hay otra mujer. Desde que nos casamos no he pasado de estrechar las manos de otras mujeres. Simplemente, se me ocurre pensar que hemos ido demasiado lejos.
    —A eso me refiero. Eres un tipo aburrido, Alban. Lo descubrí terriblemente pronto. Sin embargo, ahora hay algo que te agita. Y ella tiene que ser algo especial para haber encendido tu hoguerita.
    —Ya he escuchado bastantes absurdos. —Garrod se puso de pie y cruzó la habitación hasta el escritorio—. ¿Qué opinas del divorcio?
    —Opino que... ni pensarlo, guapo. —Esther se acercó a él, todavía sosteniendo las gafas, y Garrod oyó débiles voces que surgían de los auriculares—. Es lo primero que has querido de mí desde que descubriste que no necesitabas el dinero de papá. Es lo primero que me has pedido..., y voy a disfrutar asegurándome de que no lo consigues.
    —Eres un tesoro —dijo lentamente, incapaz de expresar su cólera.
    —Lo sé.

    Esther volvió a su sillón, tomó asiento y se puso otra vez las gafas repletas de imágenes. Un rasgo de pacífica concentración se extendió por su menudo rostro.

    Garrod cogió el delgado paquete de cintas-mensaje que estaba sobre su escritorio. La mayor parte eran copias mecánicas de mensajes orales, un sistema que a él le parecía más conveniente que tener que escuchar una serie de grabaciones. La que estaba encima del montón databa de hacía sólo una hora, y procedía de Theo McFarlane, el jefe de investigación de los laboratorios que Garrod tenía en Portston. Decía así:

    «ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL. ESTOY UN NOVENTA POR CIENTO SEGURO DE LOGRAR EMISIÓN ACELERADA ESTA NOCHE. SÉ QUE TE GUSTARÍA ESTAR PRESENTE. PERO Mi PACIENCIA TIENE UN LÍMITE, AL. ME CONTENDRÉ HASTA MEDIANOCHE. THEO.»


    Una helada excitación se apoderó de Garrod mientras ojeaba rápidamente las cintas y veía una serie de mensajes de McFarlane, todos relativos al mismo terna. Habían sido enviados a intervalos durante aquel mismo día. Al mirar el reloj vio que pasaban veinticinco minutos de la medianoche. Cruzó la habitación y arrojó los mensajes en el regazo de Esther para desviar su atención de la televisión.

    —¿Por qué nadie se ha puesto en contacto conmigo para informarme de los proyectos de Theo?
    —A nadie le está permitido interrumpir tus paseítos, Alban. Recuérdalo. Para eso tienes directivos.
    —Sabes que el trabajo de los laboratorios es diferente —contestó bruscamente Garrod, reprimiendo el impulso de arrancar las gafas de la cara de Esther y partirlas por la mitad.

    Se precipitó hacia el videófono y marcó el número del canal directo de la oficina de McFarlane. Un instante después, el seco rostro con gafas de McFarlane apareció en la pantalla. Sus ojos parpadeaban de fatiga detrás de las lentes bicóncavas que los hacían parecer de tamaño menor que el normal.

    —Por fin, Al —dijo en tono desaprobador—. He intentado localizarte todo el día.
    —He estado fuera de la ciudad. ¿Ya lo has hecho?

    McFarlane negó con la cabeza.

    —Problemas laborales. Los técnicos han insistido en descansar para tomar un café.

    Su aspecto era de disgusto.

    —Nunca te amoldarás a trabajar con seres humanos, Theo. Estaré ahí dentro de veinte minutos.

    Garrod cortó la conexión, salió de la vivienda y se dirigió al garaje. Eligió el Mercedes de dos plazas y motor de rotor doble como mejor vehículo para un viaje por las afueras de la ciudad. Mientras lanzaba el coche por el sinuoso camino cercado de arbustos que salía de la casa, Garrod se dio cuenta de que se había ido sin avisar a Esther; pero no había nada que decir aparte de que él iba a conseguir el divorcio como fuera..., y eso podía esperar hasta el día siguiente.

    Durante el agitado trayecto, Garrod pensó en las implicaciones del mensaje que había recibido de McFarlane. Pese a nueve años de continua investigación, el vidrio lento había conservado su integridad en un aspecto vital: se negaba a suministrar información antes del momento determinado por el periodo de dilación inherente a su estructura cristalina. Una sección de retardita de un año de espesor conservaría durante un año las imágenes que almacenaba, y ningún tipo de coacción a cargo de un ejército de investigadores lo persuadiría a obrar de otro modo. Incluso con esa inflexibilidad, la retardita había encontrado miles de aplicaciones en todos los campos, desde la bisutería a la exploración de planetas. Pero de haber sido posible rebajar el periodo de retraso y liberar la información a voluntad, el vidrio lento habría sido enteramente independiente.

    La base de la dificultad residía en que las imágenes no estaban almacenadas en el material en calidad de imágenes. Las variaciones en la disposición de luz y sombra se traducían en modelos de deformación que poco a poco pasaban de un lado a otro del vidrio. El descubrimiento de este hecho había resuelto una objeción teórica al principio de la retardita. En los primeros tiempos, cuando se creía que el retraso temporal estaba en función del grosor del material cristalino, algunos físicos habían observado que las imágenes que entraran con cierto ángulo debían surgir mucho más tarde que otras que atravesaran el material perpendicularmente. Para superar la anomalía había sido preciso postular que la retardita poseía un índice de refracción infinitamente grande, cosa que a Garrod, de un modo instintivo, no le gustó. Y por ello obtuvo una gran satisfacción personal al establecer la verdadera naturaleza del fenómeno de la transferencia piezolumínica, y al ver que dicho fenómeno recibía el nombre de efecto Garrod en los textos científicos.

    No obstante, establecer la naturaleza del efecto no había alterado el hecho de que no existía acceso a las imágenes almacenadas. Si el retraso temporal hubiera estado directamente relacionado con el grosor, habría sido posible fraccionar la retardita en hojas más delgadas y obtener antes la información. Pero en la práctica cualquier tentativa —por sutil o insidiosa que fuera— de intervenir en la estructura cristalina producía la eliminación de los modelos de deformación. Ni siquiera había un vislumbre de luz emitida. El material se limitaba a aflojar su asimiento al pasado, y se volvía negro como el azabache, una pizarra vítrea a la espera de grabar nuevos recuerdos.

    Aunque le resultaba cada vez más difícil dedicar tiempo a los laboratorios, Garrod seguía teniendo gran interés personal en resolver el problema de la emisión acelerada. Ello se debía en parte a su egoísmo científico en relación con lo que él había descubierto, y en parte al vago conocimiento de que existían casos en que el vidrio lento actuaba como el agua y la fruta de Tántalo, torturando a los individuos cuya irresistible necesidad era sentir inmediatamente el frescor del conocimiento. No hacía mucho, Garrod había leído el relato periodístico de un juez fallecido poco después de una espera de cinco años para saber si el hombre al que había condenado a la silla eléctrica era declarado igualmente culpable por una hoja de vidrio lento, único testigo del crimen. No recordaba el nombre del juez, pero la realidad de su sufrimiento formaba parte de un modo desagradable de la imagen del mundo que tenía Garrod.

    Sobre la calle por la que conducía, las hojas de vidrio lento relucían con el azul del cielo diurno, creando el efecto de ir a toda velocidad por un amplio túnel que tenía agujeros rectangulares en el techo. En una de las hojas vislumbró el dardo plateado de un avión de línea regular que había sobrevolado aquel punto hacía algunas horas.

    El vigilante nocturno saludó desde su caseta cuando Garrod introdujo el Mercedes entre las puertas del edificio de investigación y desarrollo. La mayor parte del inmueble se hallaba a oscuras, excepto la sección de McFarlane, iluminada con una luz dorada. Garrod se quitó la chaqueta y la echó encima de una silla al entrar en el laboratorio. Un grupo de hombres se hallaban reunidos en tomo a uno de los bancos. El único que no estaba en mangas de camisa era el mismo McFarlane; el jefe de investigación vestía, como siempre, un pulcro traje de calle de rectas hombreras. Se decía que McFarlane no había tocado un soldador desde el día en que pasó al directorio, pero su control sobre lo que ocurría en su departamento era absoluto y minucioso.

    —Llegas justo a tiempo —dijo McFarlane, saludando con la cabeza a Garrod—. Tengo el presentimiento de que vamos a dar en el blanco.
    —¿Sigues aplicando la técnica modificada de radiaciones Cerenkov?
    —Y obteniendo resultados, además. —McFarlane señaló una hoja de vidrio lento, totalmente negra, montada en un armazón y rodeada por un conjunto de cajas grises, osciloscopios y un improvisado tablero de mandos—. Es una hoja de vidrio de tres días que fue regenerada ayer. Las imágenes que ha captado a partir de entonces no llegarán a este lado hasta mañana, pero creo que las haremos correr un poco más de prisa.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Fíjate en estas curvas de difracción. —McFarlane indicó una pantalla—. ¿Ves lo diferentes que son de las que solemos obtener cuando proyectamos rayos X a través de la retardita? Ese resplandor demuestra que la velocidad de la imagen y la velocidad de la radiación Cerenkov han empezado a igualarse.
    —Es posible que hayas reducido la velocidad de la radiación Cerenkov.
    —Apuesto a que he acelerado la imagen.
    —Algo va mal —indicó uno de los técnicos, con voz sosegada—. La curva distancia-tiempo está empezando a tomar una forma... exponencial.

    Garrod examinó la imagen del osciloscopio e imaginó que la luz vertida en la hoja de vidrio lento durante tal vez treinta y seis horas estaba concentrándose, formando una onda, un pico...

    —¡Tápense los ojos! —Gritó McFarlane—. ¡Apártense de aquí!

    Garrod se llevó el brazo a la cara mientras los técnicos se alejaban en desorden; y entonces hubo una silenciosa llamarada blanca, un resplandor que encogió el corazón de Garrod, porque debía de ir acompañado de la detonación de una bomba infernal. Bajó el brazo y vio a los demás, sólo difusamente, a través de una pantalla de imágenes consecutivas verdes y anaranjadas. El vidrio lento estaba negro como la noche una vez más, e igualmente pacífico.

    McFarlane fue el primero en hablar, con una voz suave.

    —Te he dicho que íbamos a forzar la salida de la luz de esa hoja.. y no hay duda de que lo hemos logrado.
    —¿Están todos bien? Garrod examinó a los técnicos, que poco a poco convergían de nuevo en el banco—. ¿Le ha alcanzado directamente en la cara a alguno de ustedes?

    Los técnicos movieron negativamente la cabeza.

    —Todos estamos bien, señor Garrod.
    —En ese caso hemos terminado. Anótense el turno nocturno entero y den tiempo a sus ojos para que se recuperen antes de volver a sus casas. —Garrod se volvió hacia McFarlane—. Tendrás que idear nuevos procedimientos de seguridad antes de avanzar más con esto.
    —¡Como si no lo supiera! —Los ojos de McFarlane parecían magullados detrás de sus gafas—. Pero hemos conseguido luz, Al. Ha sido la primera vez en nueve años enteros de tentativas que alguien modifica la estructura de la retardita sin anular los modelos de deformación. Hemos obtenido luz.. —Yo diría que si. —Garrod recogió la chaqueta mientras se encaminaban hacia el despacho privado de McFarlane—. Será mejor que pongas a trabajar a los expertos en derecho patentarlo a primera hora de la mañana. ¿Hay tipos habladores entre tus muchachos?
    —Son de confianza.
    —Perfecto. No sé qué aplicaciones tendrá este invento tuyo, pero seguro que tiene muchas.
    —Armas —aventuró sombríamente McFarlane.
    —No lo creo. Demasiado engorroso; y el radio de acción sería muy corto con la absorción atmosférica. Pero tenemos la fotografía con flash, sistemas de señales en el espacio... Apuesto a que si transportas una hoja de cinco años hasta Urano en una sonda espacial y la descargas, el relámpago será detectable en la Tierra.

    McFarlane abrió la puerta de su despacho.

    —Echemos un trago para celebrarlo. Guardaba una botella para esta ocasión.
    —No sé, Theo.
    —Vamos, Al. Además, tengo una frase nueva para ti. A ver qué te parece. —Señaló hacia delante con un fiero ceño en su rostro y gritó—: ¡Deja de jugar con ese cinturón, Van Allen!
    —No está mal. No está muy bien, pero tampoco está mal.

    Garrod dedicó una sonrisa a su jefe de investigación, amigo suyo desde los tiempos escolares. Solían bromear con una fantasía en la que los grandes científicos que habían dado nombre a diversos descubrimientos eran niños reunidos en un aula. Pese a tener una edad tan tierna, todos y cada uno de ellos estaban preocupados en cierto modo por el campo científico en que iban a triunfar a lo largo de sus vidas; sin embargo, el atormentado maestro no podía saberlo, y se esforzaba una y otra vez en obligarlos a prestar atención. Hasta la fecha, y en esa secuencia fantástica, el profesor había gritado: «¿Qué tienes en esa botella, Klein?» (a un incipiente topólogo); «¡Deja ya de agitarte, Brown!» (al futuro descubridor de la agitación molecular), y «¡Decídete, Heisenberg!» (al niño que un día iba a formular el principio de indeterminación). Garrod casi había abandonado el juego debido a que era difícil encontrar una frase nueva con el grado de universalidad requerido, pero McFarlane seguía trabajando y creando una nueva frase todas las semanas.. Garrod vaciló en la puerta.

    —Es un poco pronto para celebrarlo. Aún tenemos que explicar por qué se ha producido una reacción incontrolable y determinar qué haremos con ella.
    —Puesto que hemos llegado tan lejos, el resto sólo es un problema de tiempo —dijo enfáticamente McFarlane—. Te garantizo que dentro de tres meses podrás coger una hoja de vidrio lento y ver cualquier escena que contenga, la que desees, igual que si proyectaras una película en tu casa. Piensa en lo que eso va a significar.
    —Sí, para gente como la policía. —Garrod pensó en el juez anónimo—. Y para el gobierno.

    McFarlane se encogió de hombros.

    —¿Espionaje? ¿A eso te refieres? ¿Vidriodetectives? ¿Invasión de la intimidad? Los únicos que tendrán motivo de preocupación serán los ladrones. —Cogió una botella de whisky de un aparador y sirvió dos generosas raciones en sendos vasos de borde dorado— Pero te diré una cosa: no me gustaría ser uno de esos tipos que están metidos en asuntos que no desean que lleguen a oídos de sus mujeres.
    —A mí tampoco me gustaría —convino Garrod.

    En el fondo de su vaso, en el punto donde la interacción de reflexión y refracción creaba un universo en miniatura, Garrod vio una mujer de cabello negro y labios plateados.

    Al llegar a casa una hora más tarde, Garrod esperaba encontrar la vivienda a oscuras, pero había luz en varias habitaciones y vio a Esther en la puerta principal. Su esposa vestía una ceñida chaqueta de cheviot y llevaba un pañuelo atado al cabello. Garrod salió del Mercedes y, presintiendo problemas, subió las escaleras. Las luces de la pared revelaban que la cara de Esther estaba pálida y con señales de lágrimas. Se trataba de una reacción tardía a su solicitud de divorcio?, se preguntó Garrod. Sin embargo, ella se había mostrado muy fría...

    —Alban —dijo rápidamente Esther, antes de que él pudiera hablar—, he intentado localizarte en los laboratorios, pero el vigilante me ha dicho que acababas de salir.
    —¿Algo va mal?
    —¿Me acompañas a ver a papá?
    —¿Está enfermo?
    —No. La policía le ha detenido.

    Garrod estuvo a punto de soltar una carcajada.

    —¡Pero eso sería un delito de lesa majestad! ¿Qué se supone que ha hecho?

    Esther se tapó la boca con temblorosas manos mientras decía:

    —Aseguran que ha matado a un hombre.


    6


    Tenemos todas las pruebas —dijo el teniente Mayrick, con un sereno espíritu servicial, indicativo de que estaba muy seguro de lo que decía y no veía riesgo en mostrarse franco.

    Era un hombre joven, fornido, con canas prematuras y un rostro curtido que reflejaba competencia.

    —¿Qué pruebas? Hasta el momento nadie ha presentado pruebas.

    Garrod intentó mostrarse tan ágil y eficaz como el teniente, pero el día había sido increíblemente largo, y el whisky tomado con McFarlane ya se había disipado. La mirada de Mayrick era fija.

    —Sé quién es usted, señor Garrod, y que tiene mucho dinero. Pero también sé que no estoy obligado a contestarle.
    —Perdóneme, teniente... Estoy muy cansado, y lo único que deseo es volver a casa y acostarme, pero sé que mi esposa no me dejará dormir hasta que tranquilice su mente. Bien, ¿qué ha ocurrido?
    —No sé si esto contribuirá a tranquilizar la mente de la señora Garrod. —Mayrick encendió un cigarrillo y echó el paquete sobre el escritorio—. Una de nuestras patrullas iba hacia el este por la avenida Ridge poco antes de la una de la madrugada, y los agentes encontraron el coche del señor Livingstone parado y con una rueda encima de la acera. El señor Livingstone estaba caído sobre el volante, drogado a más no poder.

    »Al otro lado de la calle encontraron a un hombre muerto que ha sido identificado como William Kolkman. La muerte le sobrevino tras ser atropellado por un automóvil que iba a considerable velocidad. El guardabarros delantero izquierdo del coche del señor Livingstone estaba abollado de un modo totalmente acorde con las heridas de Kolkman, y ya hemos comparado muestras de la pintura tomada de las ropas con pintura del coche.
    »¿Qué opina de todo esto?

    Mayrick se recostó y siguió fumando tranquilamente su cigarrillo.

    —Da la impresión de que ya han declarado culpable a mi suegro.
    —Esa es su reacción personal. Yo lo único que he hecho ha sido resumir la evidencia.
    —Sigo sin poder aceptarla —dijo lentamente Garrod—. Tenemos, por ejemplo, la cuestión de las drogas. Boyd Livingstone nació en los años treinta, y por eso le gusta el alcohol; no lo considera como una droga. Pero siente una antipatía natural por cualquier cosa que salga de una caja para píldoras.
    —Le hemos sometido a un examen médico, señor Garrod, y su suegro rebosa de MSR. —Mayrick abrió una carpeta azul y mostró a Garrod diversas ampliaciones fotográficas—. ¿Le parecen más creíbles estas fotografías?

    Las fotografías, todas con la hora indicada en un ángulo, mostraban a Livingstone echado sobre el volante de su automóvil, primeros planos del guardabarros abollado, un hombre muerto vestido de un modo andrajoso que estaba caído en un charco de sangre pasmosamente grande y vistas generales del escenario del accidente, sometido a iluminación intensiva sin sombras.

    —¿Qué es esto? —Garrod señaló unos objetos oscuros, similares a fragmentos pétreos, diseminados en el asfalto de la calle.
    —Es el barro incrustado en las ruedas, que saltó a causa del impacto. —Mayrick esbozó una rápida sonrisa—. Es un detalle que olvidan los realizadores realistas cuando filman escenas de accidentes.
    —Comprendo. —Garrod se levantó—. Gracias por la explicación, teniente. Tendré que esforzarme para que mi esposa afronte los hechos.
    —Perfectamente, señor Garrod.

    Se estrecharon las manos y Garrod salió del reducido y fríamente iluminado despacho. Avanzó por el pasillo y encontró a Esther y a Grant Morgan, el abogado de los Livingstone, en una antesala próxima a la entrada principal de las dependencias policiales. Los ojos castaños de Esther le miraron, suplicándole que dijera lo que ella deseaba oír. Garrod meneó la cabeza.

    —Lo siento, Esther. Esto tiene mal aspecto. No sé cómo se las arreglará tu padre para evitar una acusación de homicidio impremeditado.
    —¡Pero es ridículo!
    —Para nosotros sí. Para la policía..., bueno, no podían haberle detenido más de justicia.
    —Será mejor que yo decida eso, Al —intervino Morgan. Era un hombre de aspecto aristocrático, inmaculadamente vestido aun en plena madrugada. En ese momento, simplemente por exudar confianza en favor de Esther, estaba ganándose sus honorarios—. Pronto aclararemos todo este absurdo.
    —Buena suerte —replicó Garrod, haciendo que Esther le mirara colérica.
    —Señor Morgan —dijo ésta—. Sé que debe de tratarse de un error, y deseo escuchar la versión de mi padre. ¿Cuándo podré verle?
    —Ahora mismo..., supongo. —Morgan abrió la puerta, miró de un modo inquisitivo a cierta persona que había al otro lado, y asintió con satisfacción—. Todo está preparado, Esther. Quiero que no se preocupe por lo que puedan parecer las cosas en estos momentos.

    Escoltó a Esther y a Garrod por el pasillo, donde un capitán de la policía y otros dos hombres les acompañaron a una habitación situada en la parte trasera del edificio. Al entrar en la sala, un hombre uniformado recogió las tazas del café en una bandeja y se fue. El capitán y sus dos compañeros hablaron con Morgan en voz baja y volvieron al pasillo, dejando que el abogado cerrara la puerta. Boyd Livingstone, vestido con esmoquin, yacía en un lecho de aspecto de hospital. Su rostro estaba anormalmente pálido, pero ofreció una lánguida sonrisa a Morgan y a Garrod mientras Esther se echaba en sus brazos.

    —Esto es un lío infernal —musitó por encima del hombro de Esther—. ¿Hay periodistas ahí fuera?
    —No. Yo me ocuparé de la prensa, Boyd —dijo el abogado, de un modo tranquilizador.
    —Gracias, Grant, pero vamos a necesitar expertos para este asunto. Será mejor que localices al agente publicitario del partido, Ty Beaumont, y le digas que venga a verme inmediatamente. Esto va a tener una apariencia desastrosa, y habrá que llevarlo en la forma correcta.

    Al escuchar la conversación, Garrod se quedó ligeramente desconcertado, hasta que recordó que su suegro era el candidato del Partido de la Mancomunidad Republicana a la representación de Portston en el consejo del condado. Nunca había considerado en serio la tardía entrada de Livingstone en la política de poca monta, pero Livingstone sí que parecía tomarlo en serio, y sin duda el ultraderechista Partido de la Mancomunidad Republicana se entristecería al saber que uno de sus miembros estaba acusado de abuso de drogas y de homicidio impremeditado. La cruzada particular de Livingstone era contra el juego, aunque adoptaba vigorosas posiciones en relación con todo tipo de vicios.

    Morgan escribió algo en un cuaderno.

    —Llamaré a Beaumont por teléfono, Boyd, pero lo primero es lo primero. Resultaste herido en el accidente?
    —¡Herido! —Livingstone parecía confuso—. ¿Cómo iba a resultar herido? —bramó, recobrando parte de su vigor—. Volvía a casa después de la cena de candidatos en el teatro de la ópera cuando comencé a sentirme un poco aturdido. Así que me detuve junto a la acera y aguardé a que la sensación desapareciera. Supongo que me dormí o perdí el conocimiento, pero no he estado envuelto en ningún accidente. ¡Yo no! —Sus ojos enrojecidos por la fatiga examinaron al grupo con aire beligerante y se fijaron en Garrod— Hola, Al.
    —Boyd...
    —De acuerdo, volveremos en seguida a ese punto —prosiguió Morgan, todavía tomando notas—. ¿Se tomó mucha droga en la cena?
    —Lo normal, supongo. Los camareros la distribuían como si fuera confetti.
    —¿Qué cantidad tomaste tú?
    —Alto, un momento, Grant. —Livingstone se puso muy erguido en la cama—. Ya sabes que yo no me meto en ese tipo de cosas.
    —¿Estás diciendo que no probaste la droga?
    —Maldita sea, claro que no.
    —Entonces, ¿cómo explicas el hecho de que, aparte del alcohol que había en tu sangre, el médico de la policía haya encontrado vestigios sustanciales de MSR?
    —¿MSR? —Livingstone enjugó parte del sudor de su frente—. ¿Qué demonios es MSR?
    —Un tipo de cannabis sintético... Una variedad bastante potente.
    —Es obvio que mi padre no se encuentra bien —intervino Esther—. ¿Por qué está usted...?
    —Todas las preguntas han de tener una respuesta —atajó Morgan, con una firmeza que Garrod no esperaba de él—. La policía hará todas estas preguntas, y hemos de tener preparada una buena serie de respuestas.
    —Te daré una buena respuesta. —Livingstone intentó dar una palmada en el hombro de Morgan, pero su sentido espacial estaba tan trastocado que los dedos se movieron en el aire—. Alguien me metió eso en el cuerpo a escondidas. A propósito. Para que perdiera las elecciones.

    Morgan suspiró con un gesto de tristeza.

    —Me temo que...
    —No me vengas con suspiros, Grant. Te aseguro que eso es lo que debió de pasar. Además, el problema de las drogas es improcedente. No pueden acusarme de atropellar a ese hombre mientras conducía bajo la influencia de drogas... porque frené y paré el coche antes de que sucediera nada.

    Garrod se acercó al lecho.

    —Eso no tiene sentido, Boyd. He visto la evidencia fotográfica.
    —No me importa cuántas fotos has visto. Yo estaba allí, y aunque alguien me hubiera envenenado a medias, sé qué hice y qué no hice.

    Livingstone cogió la mano de Garrod y la aferró, al tiempo que miraba a la cara a su yerno. Garrod experimentó una punzada de compasión por el otro hombre, y con la punzada llegó la repentina e ilógica convicción de que su suegro estaba diciendo la verdad, de que a pesar de las pruebas concluyentes quedaba espacio para la duda. Morgan dejó a un lado su cuaderno de notas.

    —Creo que tengo bastante para empezar, Boyd. Lo primero que hay que hacer ahora es sacarte de aquí.
    —Quiero volver a hablar con el teniente Mayrick —dijo impulsivamente Garrod—. Recuerda, Boyd. ¿Hay algún otro detalle que pudiera ser de utilidad?

    Livingstone volvió a dejarse caer en el almohadón y cerró los ojos.

    —Yo..., yo estaba inmóvil junto al bordillo... y oía el motor... No, es imposible porque debí de apagarlo... y... y veo a ese hombre delante de mí, y me abalanzo hacia él muy de prisa... El ruido del motor es muy fuerte... piso el freno pero no sirve de nada... El chasquido, Al, ese terrible chasquido carnoso...

    Livingstone dejó de hablar; acalló su acento de sorpresa, como si estuviera enterándose de algo en aquel mismo momento, y las lágrimas se escaparon de sus cerrados párpados.

    Garrod se levantó temprano y desayunó a solas debido a que Esther había pasado la noche en la vivienda de sus padres. Experimentaba la sensación de tener arena en los ojos por culpa de la falta de sueño, pero se dirigió directamente a la planta con la intención de ponerse a trabajar con McFarlane y los expertos en derecho patentarlo de la empresa.

    Le resultó difícil concentrarse, empero, y al cabo de una hora de fútiles esfuerzos delegó la responsabilidad de la reunión en Max Fuente, su ejecutivo principal. En la intimidad de su despacho interior, Garrod llamó a la comisaría de Portston y preguntó por el teniente Mayrick. La telefonista, muy agradable, le dijo que Mayrick no iniciaría su tumo hasta el mediodía.

    Garrod pensó que estaba mostrándose irrazonable. Morgan, con su experta mente legal, creía obviamente en la culpabilidad de Livingstone. Esther ya lo había aceptado y, al final, hasta el mismo Livingstone se creía culpable... Pero había algo en las pruebas que roía la tranquilidad mental de Garrod. ¿O se trataba de una muestra del egotismo intelectual de que le había acusado Esther? Si otras personas implicadas creían que Livingstone había matado a un hombre mientras conducía su coche bajo los efectos de un ofuscamiento provocado por las drogas, ¿iba él, Alban Garrod, a maldecir a esas personas, y a ponerse por encima de ellas, llevado por el impulso de descubrir una verdad insospechada? «Aunque así fuera —decidió—, el resultado final será el mismo.»

    Meditó unos instantes, y se resolvió a utilizar una vieja técnica estimuladora de inspiración. Sacó un gran taco de papel de un cajón y empezó a escribir, a intervalos muy espaciados, títulos relativos a todos los aspectos de las declaraciones de Mayrick y Livingstone que recordaba. A continuación anotó detalles, sin importarle que fueran triviales, y pensamientos inducidos. La hoja de papel estaba casi llena después de transcurrir treinta minutos. Garrod pidió café y contempló la hoja mientras sorbía el caliente líquido. Finalmente, cuando casi había vaciado la segunda taza, cogió el bolígrafo y trazó un círculo en torno a una frase que Livingstone había pronunciado el día anterior. Se hallaba bajo el encabezamiento AUTOMÓVIL, y decía: «El ruido del motor es muy fuerte».

    Garrod había estado en el Rolls con motor de turbina de Livingstone, y estaba familiarizado con ese tipo de coche. Según su experiencia, era prácticamente imposible oír el motor, incluso a plena potencia.

    Mientras terminaba el café trazó un círculo en torno a otro detalle; después llamó a Grant Morgan.

    —Buenos días. ¿Cómo está el viejo?
    —Completamente dormido, gracias a los sedantes. —Morgan parecía impaciente—. ¿Quería verme por algo especial, Al? Estoy trabajando bastante en provecho de Boyd.
    —Igual que yo, si quiere que le diga la verdad. Anoche mi suegro dijo algo respecto a que le había drogado alguien que deseaba que perdiera sus insignificantes elecciones. Sé que esto le parecerá una locura, pero ¿hay alguien que tenga un buen motivo para apartar a Livingstone del consejo del condado?
    —Caramba, Al, va usted al galope...
    —Desbocado, lo sé, pero va a responder a mi pregunta, o quiere que investigue en la ciudad? Morgan hizo un gesto de indiferencia, un gesto extrañamente incongruente.
    —Bien, ya sabe las ideas de Boyd respecto al juego. Lleva tiempo presionando para que se controlen los casinos de una manera más estrecha, y si llega al consejo no hay duda de que apretará las clavijas. Lo dudo, pero...
    —Con eso me basta. En realidad no estoy interesado en el motivo, sólo en la posibilidad. Bien, ¿ha estado alguna vez en el coche de Boyd?
    —Un Rolls, ¿verdad? Sí, Boyd me ha llevado varias veces. ¿Cómo suena el motor?
    —¿Tiene motor? —Morgan aventuró una sonrisa—. Tuve la sensación de que un cable invisible tiraba del automóvil.
    —¿Quiere decir que nunca ha podido oír el motor?
    —Pues... efectivamente.
    —En ese caso, ¿cómo explica la observación que hizo Boyd anoche? —Garrod cogió su taco de papel y leyó—: «El ruido del motor es muy fuerte».
    —Si yo tuviera que explicarlo, diría que un posible efecto secundario del MSR es un acrecentamiento de la percepción sensorial.
    —Esa percepción sensorial acrecentada ¿es compatible con que Boyd cayera inconsciente sobre el volante?
    —No soy experto en narcóticos, aunque...
    —Déjelo, Grant. Ya le he hecho perder bastante tiempo.

    Garrod cortó la conexión y volvió a estudiar sus notas. Poco antes del mediodía dijo a su secretaria, la señora Werner, que iba a salir por asuntos personales; abandonó la planta y se dirigió a la comisaría bajo un cielo gris acero. El edificio estaba atestado, y tuvo que aguardar veinte minutos antes de que se le permitiera entrar en el despacho del teniente Mayrick.

    —Lamento el retraso —dijo Mayrick en cuanto ambos tomaron asiento—, pero usted es culpable en parte del exceso de trabajo que hay en esta sección.
    —¿Cómo es eso?
    —Han tantos vidriospías en estos tiempos... Los mirones solían ser un problema; si había una queja, el tipo se largaba corriendo o lo cogías, y el riesgo implícito impidió que esos actos se convirtieran en pasatiempo popular. Ahora hay gente que coloca vidriospías por todas partes: habitaciones de hotel, lavabos, en cualquier sitio imaginable. Y cuando alguien lo advierte y presenta una queja, no tienes más remedio que vigilar el lugar y esperar a que el mirón regrese y recoja lo que le pertenece. Después tienes que demostrar que él fue la persona que lo puso allí.
    —Lo siento.

    Mayrick agitó la cabeza ligeramente.

    —¿Para qué ha venido a verme?
    —Bueno, ya debe de suponer que es por las acusaciones que hay en contra de mi padre político. ¿Está totalmente cerrada su mente a la posibilidad de que Livingstone haya sido mera víctima de un complot?

    Mayrick sonrió y cogió su paquete de tabaco.

    —Sé que en este caso no es correcto admitir que se tiene la mente cerrada a algo, pero a veces me canso de parecer liberal, consciente y todas esas cosas... Sí, mi mente está cerrada a esa posibilidad. ¿Y bien?
    —¿Le importa que exponga algunos puntos?
    —No. Adelante.

    Mayrick le animó con visibles ademanes, creando remolinos de humo.

    —Gracias. Primero: esta mañana he oído por la radio que William Kolkman, el hombre que resultó muerto, frecuentaba las salas de apuestas que hay a lo largo del río. Bien, ¿qué hacía Kolkman paseando precisamente por la avenida Ridge a esa hora de la noche?
    —No sabría decirlo. Quizás iba a robar en una de esas viviendas construidas por encargo... Pero eso no autorizaría a los conductores a ir en su caza.
    —¿No le parece importante el detalle?
    —No.
    —¿Ni siquiera pertinente?
    —Tampoco. ¿Tiene otros puntos?
    —Uno de los recuerdos de mi suegro es que oyó un ruido muy fuerte de motor, pero... —Garrod vaciló, súbitamente consciente de lo superficiales que debían de parecer sus palabras—. Pero su coche no produce ningún ruido.
    —Debe de ser magnífico que su padre político posea un coche tan perfecto —dijo Mayrick, con calculada voz neutral—. ¿Cómo afecta al caso ese detalle?
    —Bien, si él oyó...
    —Escuche, señor Garrod —atajó bruscamente Mayrick, perdiendo la paciencia—. Dejando aparte el hecho de que su padre político estaba tan drogado con MSR que probablemente debió de pensar que estaba pilotando un bombardero, hay otras personas que oyeron ese automóvil supuestamente silencioso. Tengo declaraciones firmadas de personas que oyeron el impacto, que estuvieron en la escena del crimen al cabo de treinta segundos, que encontraron a Kolkman aún vertiendo sangre en su agonía, y que vieron al señor Livingstone en el automóvil que le mató.
    —Usted no mencionó testigos anoche.

    Garrod estaba sorprendido.

    —Quizá porque anoche estaba ocupado. Y voy a estar ocupado hoy.

    Garrod se levantó, dispuesto a marcharse, pero se encontró con que seguía hablando en tono de obstinación.

    —Sus testigos no presenciaron el accidente.
    —No, señor Garrod.
    —¿Qué tipo de iluminación existe en la avenida Ridge? ¿Hojas de retardita?
    —Todavía no. —Mayrick parecía estar maliciosamente divertido—. Mire, los residentes adinerados de esa zona han puesto objeciones a que se cuelguen grandes placas de vidriospía cerca de sus hogares, y el municipio sigue peleando con ellos al respecto.
    —Comprendo.

    Garrod tartamudeó una disculpa por haberse entremetido en la jornada laboral del teniente y salió del edificio. El tenue e ilógico destello de esperanza de poder demostrar que el mundo estaba equivocado respecto al accidente de Livingstone se había esfumado, pero Garrod se dio cuenta de que era incapaz de regresar a la planta. Condujo hacia el norte, lentamente al principio y cobrando velocidad después al admitir finalmente que iba a un lugar concreto.

    La avenida Ridge era una faja de hormigón armado bordeado por árboles que serpenteaban hacia un ramal de las Cataratas. Garrod localizó el escenario del accidente, indicado por marcas de tiza amarilla, y aparcó en las cercanías. Sintiéndose extrañamente cohibido, salió del coche e inspeccionó la somnolencia típica del mediodía de los tejados verdes e inclinados, el césped y el oscuro follaje. Se trataba de una zona donde en realidad no hacían falta las ventanoramas; las vistas que había desde las viviendas eran lo bastante placenteras. Sin embargo, las hojas de vidrio con tamaño de ventanas seguían siendo lo suficientemente costosas para convertirlas en excelentes símbolos de posición social. De las seis casas que tenían vista al lugar donde había ocurrido el accidente, dos poseían ventanas que parecían secciones rectangulares tajadas en las laderas de una colina.

    Garrod volvió a su automóvil, cogió el videófono y marcó el número de su secretaria.

    —Hola, señora Werner. Quiero que averigüe qué almacén suministró una ventanorama de gran tamaño a los ocupantes del dos mil ocho de la avenida Ridge. Ocúpese de ello ahora mismo, por favor.
    —Sí, señor Garrod.

    La imagen en miniatura de la señora Werner denotó la desaprobación que siempre acompañaba a cualquier tarea considerada por la secretaria como aparte de sus deberes normales.

    —En cuanto haya hecho eso, póngase en contacto con el director del almacén y oblíguele a volver a comprar la ventanorama. Que invente cualquier motivo que le venga en gana y que pague el precio que sea.
    —Sí, señor Garrod. —La cara de la señora Werner se oscureció todavía más—. ¿Y después?
    —Ocúpese de que me envíen la ventanorama a mi domicilio. Esta noche, si es posible.

    Garrod pretendía estar fuera de la oficina durante un periodo indefinido, pero una ausencia de tan sólo cinco días creó tal presión de trabajo, combinado con indirectas de dimisión de la señora Werner, que Garrod, de mala gana, convino en pasar varias horas en la planta. Metió el coche en la zona del aparcamiento que tenía reservada y se quedó allí unos instantes, intentando sacudiese la fatiga. El sol de primeras horas de la tarde llenaba el mundo de una luz rojizo-dorada que daba un aspecto curiosamente irreal a los edificios circundantes; y en la distancia, enmarcada en perspectivas industriales, Garrod vio diminutas figuras blancas que jugaban un partido de tenis. Un dulce y nostálgico rayo de luz resaltaba a los silenciosos jugadores, transformándolos en una perfecta miniatura clásica. Garrod tenía el vago recuerdo de haber observado la misma escena hacía años, y ese recuerdo estaba repleto de significado, como si estuviera relacionado con una importante etapa de su vida; pero no pudo determinar la ocasión. El sonido de pisadas en la grava interrumpió sus pensamientos, y al volverse vio a Theo McFarlane acercándose al automóvil. Garrod cogió el maletín y salió del coche. McFarlane le señaló.

    —Siempre constante, ¿eh, Planck?
    —Desiste, chico. —Garrod le saludó con la cabeza—. ¿Algo nuevo?
    —Nada de momento. He estado probando una gama completa de frecuencias y analizando las curvas distancia-tiempo con el ordenador, pero es preciso que pase cierto tiempo antes de que demos en el clavo. ¿Y tú?
    —Más o menos igual; no obstante, estoy experimentando con varias frecuencias superpuestas, en heterodinaje, para comprobar si es posible acelerar el efecto pendular.
    —Creo que pretendes ir demasiado rápido, Al —adujo McFarlane en tono de duda—. Ya hemos acelerado otras cincuenta hojas de vidrio en el laboratorio y la reacción sigue siendo incontrolable. Me gusta bastante tu método de frecuencias múltiples pero, sinceramente, no creo que estabilice...
    —Ya te he explicado la razón de que no pueda dedicar más tiempo. Esther cree que su padre no podrá resistir una estancia en la cárcel, teniendo en cuenta su salud, y mi suegro se enfrenta a la muerte política a menos que...
    —¡Oye, Al! Aunque alguien hubiera querido complicarle la vida no podría haberío hecho, no en esas circunstancias. Es decir, resulta tan lastimosamente obvio que Livingstone atropelló y mató a un hombre...
    —Quizá no sea tan obvio —dijo obstinadamente Garrod—. Quizá todos los detalles cuadren con excesiva perfección.

    McFarlane suspiró y arrastró el pie por la grava, dejando al descubierto capas húmedas.

    —Y no deberías estar trabajando en tu casa con vidrio de dos años, Al. Ya viste la llamarada que conseguimos con una acumulación de dos días.
    —No hay almacenamiento calorífico. No hay peligro de que una reacción incontrolado haga arder mi laboratorio.
    —Aun así...
    —Theo —interrumpió Garrod—, no me lleves la contraria en este asunto.

    McFarlane alzó sus fornidos hombros en un gesto de resignación.

    —¿Yo? ¿Llevarte la contraria? Soy un judoka mental desde hace tiempo. Ya conoces mi filosofía para tratar a la gente: no hay acción sin reacción.

    De repente, de un modo inexplicable, las palabras de McFarlane alancearon a Garrod. Theo agitó la mano para despedirse y se dirigió hacia su coche. Garrod intentó devolver el saludo, pero su atención se vio atraída por el revuelo que había en su organismo. Sentía que se le doblaban las rodillas, que su corazón había caído en un ritmo inestable y pesado, y un escalofrío se extendió de arriba abajo, del estómago a las ingles. En su cabeza había una presión que no tardó en alcanzar un máximo y explotar en una especie de orgasmo psíquico.

    —Theo —dijo en voz baja—. No necesito el vidrio lento... Sé cómo se hizo.

    McFarlane no le oyó; entró en su coche y se alejó. Garrod se quedó absolutamente inmóvil en el centro del aparcamiento hasta que el automóvil de su amigo desapareció de la vista, y entonces salió de su trance y corrió hacia el despacho. La señora Werner estaba aguardándole, con el pálido rostro tenso a causa de la impaciencia.

    —Sólo puedo quedarme dos horas —dijo—, así que sería...

    Garrod la rozó al pasar por su lado.

    —Váyase a casa ahora mismo. La veré por la mañana.

    Entró en su despacho privado, cerró la puerta de un portazo y se hundió en su sillón. Acción y reacción. Todo era tan sencillo... Un coche y un hombre chocan a cierta velocidad, y con la fuerza suficiente para abollar el guardabarros del vehículo y arrebatar la vida al cuerpo humano. Debido a que los automóviles suelen moverse con rapidez y a que los hombres lo hacen con lentitud, un investigador que llega al escenario del accidente está condicionado a interpretar el suceso únicamente de una manera. En el contexto de la vida cotidiana, el coche debe de haber atropellado al hombre; pero considerando el accidente como un problema de mecánica pura, idéntico resultado fatal se obtendría si el hombre arremetiera contra el coche.

    Garrod guareció su cara entre las manos mientras se esforzaba en visualizar el método. Se droga al conductor del coche, juzgando con sumo cuidado la dosis y el momento en que se administra, de forma que el individuo sea incapaz de controlarse en el lugar aproximado que se desea. Si el sujeto se mata en el proceso, será un beneficio adicional, y no hará falta poner en práctica la segunda fase del plan. Ahora bien, si el individuo logra frenar el automóvil sano y salvo, se tiene dispuesta una víctima apropiada, atontada o drogada hasta quedar inconsciente. Se cuelga de un vehículo a dicha víctima —un camión de averías con grúa salediza sería ideal— y se le aplasta contra el coche aparcado. El individuo rebota en el vehículo y es encontrado a varios metros de distancia, mientras el criminal huye del lugar a gran velocidad, probablemente sin luces.

    Garrod sacó del cajón el taco de papel y anotó los rasgos peculiares del caso que se acomodarían a su nueva teoría. Quedaba explicada la presencia de Kolkman en la avenida Ridge a esas horas de la noche. Quedaba explicado el fuerte ruido del motor escuchado por Livingstone y el resto de los testigos. «Piso el freno pero no sirve de nada», había dicho Livingstone cuando aún estaba bajo los efectos de la conmoción... Pisar el freno no habría cambiado nada si el coche no estaba moviéndose.

    ¿Y cómo detectar el crimen en ese momento? El muerto tendría vestigios de cierta droga en la sangre, o una herida adicional sin relación con el «accidente». Sus ropas tendrían marcas de un gancho u otro medio de suspensión, y un examen de las cámaras de vidrio lento en las calles que llevaban a la avenida Ridge demostraría que un camión de averías u otro vehículo apropiado había estado en el lugar exacto en el momento oportuno.

    Garrod decidió llamar a Grant Morgan, y estaba volviéndose hacia el videófono cuando el timbre del aparato sonó para anunciar una llamada. Apretó el botón de respuesta y se encontró mirando a su esposa. El fondo de estanterías y equipo diverso le indicó que Esther se hallaba en el laboratorio de su hogar.

    Esther se tocó nerviosamente su cabello cobrizo.

    —Alban, yo...
    —¿Cómo has entrado ahí? —Quiso saber Garrod—. Cerré la puerta con llave, y te dije que te mantuvieras apartada del laboratorio.
    —Lo sé, pero he oído una especie de zumbido y por eso he cogido la otra llave y he entrado.

    Garrod se puso en tensión, alarmado. El zumbido debía de ser la señal automática de que la constante piezolumínica de la ventanorama había dejado de ser constante y estaba aumentando. Su equipo estaba programado para interrumpir el bombardeo de radiaciones en cuanto tal cosa sucediera, pero no había garantías de que produjera efecto. La hoja de vidrio lento podía explotar como una nova en cualquier instante.

    —...La ventanorama se comporta de una forma extraña —estaba diciendo Esther—. Tiene mucho más brillo, y todavía va más de prisa. Mira.

    El videófono giró en una toma panorámica y se detuvo cuando la ventanorama llenó la pantalla. Garrod vio un lago bordeado de árboles con una cordillera como fondo. El escenario debía estar en calma, pero en lugar de eso rebosaba de una actividad anormal. Las nubes remolineaban en el cielo, animales y pájaros eran veloces manchas casi invisibles, y el sol caía igual que una bomba. Garrod intentó mantener controlado el pánico que podía reflejar su voz.

    —Esther, esa hoja va a explotar. Debes salir del laboratorio ahora mismo y cerrar la puerta inmediatamente después. ¡Sal en seguida!
    —Pero me dijiste que a lo mejor veíamos algo que ayudaba a papá.
    —¡Esther! —gritó Garrod—. ¡Si no sales de ahí ahora mismo jamás volverás a ver! ¡Por el amor de Dios, corre!

    Hubo una pausa y a continuación Garrod oyó el sonido de las pisadas de su esposa y una puerta que se cerraba de golpe. Su desabrido miedo declinó ligeramente —Esther se hallaba a salvo—, aunque el espectáculo de la ventanorama, que se disponía a aniquilar dos años de luz almacenada en una agotadora llamarada, le dejó inmóvil en el sillón. El sol se hundió detrás de las montañas y sobrevino la oscuridad..., pero sólo durante los instantes en que la luna cruzó el cielo igual que un proyectil plateado. Apareció otro día en forma de una explosión de fuego infernal que duró diez segundos, y a continuación...

    La sobrecargada pantalla del videófono quedó en blanco.

    Garrod enjugó una fría capa de sudor de su frente y un momento después los circuitos del videófono quedaron fijados mediante los canales de reserva. Al reaparecer la imagen, la consumida ventanorama era una hoja de pulida obsidiana, negra como la noche. Las partes del laboratorio visibles a los lados del vidrio lento tenían un extraño aspecto descolorido, como si se las viera en televisión monocroma. Pocos segundos más tarde, Garrod oyó la puerta que se abría, y luego la voz de Esther.

    —Alban —dijo apocadamente su esposa—. La habitación ha cambiado. No queda color en ninguna parte.
    —Será mejor que salgas de ahí hasta que yo vuelva.
    —Pero si ya no hay peligro... Y la habitación está completamente blanca. Mírala. El videófono giró de nuevo y Garrod vio a Esther, con el pelo rojizo y el vestido verde botella destacando con increíble intensidad sobre el blanqueado espectro de una habitación. Suaves olas de una nueva alarma empezaron a extenderse por la mente de Garrod.
    —Escucha —dijo, dando voz a su intranquilidad—. Sigo pesando que será mejor que salgas de ahí.
    —Pero todo es tan distinto... Mira este jarrón... Era azul.

    Esther dio la vuelta al jarrón, poniendo al descubierto un disco del color original situado en la parte inferior, que había estado protegida por la luz. La sensación de alarma de Garrod se hizo más fuerte, y se esforzó por poner en acción su entumecido cerebro. Puesto que la ventanorama había desprendido la luz que conservaba, qué peligro podía existir en el laboratorio? La luz había sido absorbida por paredes y techo, y...

    —Tápate los ojos y sal de ahí, Esther —dijo ásperamente—. El lugar está lleno de fragmentos experimentales de vidrio lento, y algunos tienen dilaciones de sólo...

    La voz de Garrod enmudeció mientras la pantalla se encendía por segunda vez. Esther chilló en medio de un entramado de brillantes rayos, y su imagen emitió un destello espectral, como una persona sorprendida en un fuego cruzado de rayos láser. Garrod corrió hacia la puerta de su despacho, pero la voz de Esther le persiguió por el pasillo y durante todo el trayecto hasta su casa.

    —¡Estoy ciega! —gritaba ella—. ¡Estoy ciega!


    7


    Eric Hubert era un hombre sorprendentemente joven para hallarse en la cúspide de su profesión. Era rechoncho, tenía la piel sonrosada y probablemente había perdido el cabello de un modo prematuro, puesto que lucía una de las modernísimas pelucas de fijación directa (un adhesivo orgánico extendido sobre el cuero cabelludo, formando un exagerado pico en el centro de la frente, y una sedosa borra, también de color negro, esparcida encima mediante aire a presión). A Garrod le resultó difícil creer que era uno de los mejores oculistas del hemisferio occidental. Se sintió vagamente feliz porque Esther, sentada muy erguida al otro lado del enorme y liso escritorio, no pudiera ver a Hubert.

    —Éste es el momento que todos esperábamos —dijo Hubert arrastrando las palabras, con una voz profunda que estaba en total desacuerdo con su aspecto—. Las fatigosas pruebas han quedado atrás, señora Garrod.

    «Esto va mal —pensó Garrod—. No habría empezado así si la noticia fuera buena.» Esther se inclinó un poco hacia delante; su menudo rostro estaba sereno, al parecer, detrás de las gafas oscuras. El tono sosegado de Hubert estaba proporcionándole solaz en sus tinieblas. Garrod, escapando a pensamientos no pertinentes, recordó a una amiga de edad madura de su tía Marge que deseaba aprender a tocar el piano y, cohibida por su edad, eligió a un profesor ciego.

    —¿Cuál es el resultado de las pruebas?

    La voz de Esther fue firme y clara.

    —Bien, le han dado un auténtico puñetazo en la mandíbula, señora Garrod. La córnea y el cristalino de ambos ojos han quedado opacos a causa del destello y, en el estado presente de la ciencia, la cirugía óptica no puede hacer nada por remediarlo.

    Garrod meneó la cabeza con aire de incredulidad.

    —Todos los días hay gente que se somete a transplantes de córnea. Y en cuanto a la opacidad del cristalino... ¿no es lo mismo que una catarata? ¿Qué le impide efectuar ambas operaciones con el intervalo apropiado?
    —Estamos considerando un estado físico enteramente nuevo. La estructura actual de la córnea se halla alterada de un modo tal que se produciría un rechazo de los injertos al cabo de pocos días. De hecho, tenemos suerte de que no se haya producido una degeneración progresiva del tejido. Naturalmente, podríamos operar los cristalinos del mismo modo que lo hacemos con una catarata ordinaria, tal como usted ha indicado. — Hubert hizo una pausa y pasó los dedos por el incongruente y demoníaco pico de su postizo—. Pero su esposa no quedaría mejor sin una córnea sana y transparente que transmitiera luz.

    Garrod miró la serena cara de Esther y apartó la vista rápidamente.

    —Debo decir que me parece enormemente increíble que se pueda poner en mi pecho un corazón de cerdo, casi como una rutina, y que en cambio una sencilla operación de los ojos...
    —En este caso la operación no sería sencilla, señor Garrod —dijo Hubert—. Mire, a su esposa le han dado una patada en la espinilla, y ahora tendrá que levantarse y seguir andando.
    —¿Ah, sí? —Garrod se sintió repentinamente encolerizado por la manía de Hubert de usar analogías, puñetazos en la mandíbula y patadas en la espinilla, al referirse a la catástrofe de quedarse ciego—. A mí me parece que...
    —¡Alban! —La voz de Esther tuvo un extraño tono regio—. El señor Hubert me ha ofrecido la mejor atención y los mejores consejos que el dinero puede comprar. Y estoy segura de que tendrá muchos pacientes que atender.
    —No pareces entender lo que está diciendo.

    Garrod notó que el pánico crecía en su interior.

    —Pero si lo comprendo perfectamente, cariño. Estoy ciega, eso es todo. —Esther sonrió, mirando un punto situado justo a la derecha del hombro de Garrod, y se quitó las gafas, enseñando los globos blanqueados que eran sus ojos—. Llévame a casa.

    Garrod sólo imaginaba una forma de describir su reacción ante el coraje y la sangre fría de Esther: se sentía humillado.

    Durante el descenso hasta el nivel de la calle, en el ascensor, Garrod se esforzó vanamente en pensar algo que decir, pero su silencio no pareció preocupar a Esther. Ella siguió cogida de su brazo con ambas manos, la cabeza bien echada hacia atrás, sonriendo un poco. Varios hombres aguardaban con cámaras en la entrada principal del edificio de Artes Médicas.

    —Lo lamento, Esther —musitó Garrod—. Los de la televisión están esperando... Alguien ha debido de ponerles sobre aviso de que estamos en la ciudad.
    —No importa. Eres un hombre famoso, Alban.

    Esther se aferró con más fuerza a su brazo mientras ambos pasaban entre el grupo de periodistas y entraban en el automóvil que les aguardaba. Garrod se negó a efectuar comentarios ante los micrófonos, y al cabo de pocos instantes el coche se deslizó hacia el aeropuerto. Esther no había exagerado la fama de Alban Garrod. Su marido estaba en el centro de dos noticias distintas que habían captado y retenían el interés del público. La primera era una versión sensacionalista de cómo él, sin ninguna ayuda, había puesto al descubierto la tentativa de un sindicato del juego de Portston para hundir a su padre político. La segunda era el difundidísimo relato de una investigación secreta para producir una nueva y terrible arma con el vidrio lento, la cual se había cobrado la primera víctima en la persona de la esposa del inventor. Los primeros esfuerzos de Garrod para lograr que los medios de comunicación expusieran los hechos en su debida perspectiva había obtenido el efecto opuesto, y él había adoptado una línea contraria a la comunicación.

    Al llegar al aeropuerto, Garrod distinguió el rostro y la barba pelirroja de Lou Nash entre la multitud y guió a Esther hacia el piloto. Otros periodistas y camarógrafos aguardaban cerca del avión de Garrod, pero el aparato se elevó rápidamente y efectuó el breve vuelo hasta Portston. Allí les aguardaba un mayor gentío de periodistas, pero en esa ocasión Garrod gozó de la ayuda de Manston, su director de relaciones públicas, y llegaron a casa en un tiempo sorprendentemente corto.

    —Sentémonos en la biblioteca —dijo Esther—. Es la única habitación que veo sin ojos.
    —Por supuesto.

    Acompañó a Esther hasta el sillón favorito de ésta y él tomó asiento delante. El frío y dorado silencio de la sala se cerró sobre ellos. —Debes de estar cansada —dijo Garrod al cabo de unos momentos—. Pediré café para ti.

    —No quiero nada.
    —¿Algo de beber?
    —Nada. Sólo quiero estar contigo, Alban. Tengo tantas cosas que reajustar...
    —Entiendo. ¿Hay algo que yo pueda hacer?
    —Sólo estar conmigo.

    Garrod asintió, y volvió a sentarse para contemplar el sol de media tarde que cruzaba los elevados ventanales. El viejo reloj del rincón emitía su impasible tictac, creando y destruyendo distantes universos con cada oscilación de su péndulo.

    —Tus padres vendrán pronto —dijo.
    —No; les dije que esta noche deseábamos estar solos.
    —Pero la compañía te sentaría bien.
    —Tú eres las única compañía que deseo.

    Cenaron a solas y después volvieron a la biblioteca. En todas las ocasiones en que Garrod intentó iniciar una conversación, Esther indicó con claridad que prefería no hablar. Garrod miró su reloj de pulsera: la medianoche estaba muy lejos, en la cresta de una montaña de tiempo.

    —¿Qué me dices de los libros sonoros que te he comprado? ¿No te gustaría escuchar algo?
    —No. Ya sabes que nunca me ha preocupado demasiado la lectura.
    —Pero eso sería distinto. Sería como escuchar la radio.
    —Escucharía la radio real si quisiera hacerlo.
    —La cuestión es... Olvídalo.

    Garrod se esforzó en guardar silencio; cogió un libro y se puso a leer.

    —¿Qué haces?
    —Nada... Sólo leer.
    —Alban, hay algo que me gustaría mucho hacer —dijo Esther unos quince minutos después.
    —¿Qué es?
    —¿Podríamos ver juntos algún programa de televisión?
    —No sé a qué te refieres.
    —Llevaremos gafas distintas. —Esther denotaba un ansia infantil—. Yo escucharé el sonido con mis auriculares, y si hay algún detalle de la imagen que no pueda captar, tú me explicarás lo que ocurre. De esa manera ambos tomaremos parte, juntos.

    Garrod vaciló. La palabra juntos había aflorado de nuevo, como sucedía con mucha frecuencia aquellos días en las conversaciones con Esther. Ninguno de los dos había vuelto a referirse a la cuestión del divorcio.

    —De acuerdo, cariño —dijo Garrod.

    Se acercó a un cajón, sacó los accesorios tridimensionales y puso uno de los juegos en el rostro serenamente expectante de su esposa. El ascenso cuesta arriba, hacia la medianoche, se estaba haciendo más largo y empinado.

    La cuarta mañana Garrod asió a Esther por los hombros y la mantuvo frente a sí.

    —Lo acepto —dijo—. Acepto que tengo parte de culpa en que hayas perdido la vista, pero ya no aguanto más.
    —Ya no aguantas más qué, Alban?

    Esther parecía herida y sorprendida.

    —Este castigo. —Garrod suspiró, tembloroso—. Estás ciega, pero yo no. Tengo que proseguir mi trabajo...
    —Para eso tienes directivos.
    —... y mi vida, Esther.
    —¡Todavía quieres divorciarse!

    Esther se retorció para desasirse, dio unos pasos y cayó en una mesa baja. No intentó levantarse; se quedó tendida en el suelo, sollozando en silencio. Garrod contempló a su esposa un instante, desesperado, y luego la cogió en sus brazos.

    Aquella misma tarde recibió una llamada de McFarlane. El jefe de investigación estaba pálido y fatigado, pero sus ojos, empequeñecidos por las lentes cóncavas, destellaban igual que circones.

    Empezó preguntando por Esther con un tono casual que no logró ocultar su excitación.

    —Esther está bien —dijo Garrod—. Pasa por un periodo de adaptación...
    —Lo imagino. Eh..., ¿cuándo volverás al laboratorio, Al?
    —Pronto. Dentro de algunos días. ¿Me has llamado sólo para pasar el rato?
    —No. En realidad...
    —Lo has conseguido; ¿es eso, Theo?

    Garrod sintió un presentimiento. McFarlane asintió con solemnidad.

    —Hemos obtenido emisión acelerada controlada. Un efecto pendular bastante definido, aunque con una frecuencia variable controlada mediante realimentación de la frecuencia de los rayos X. Los chicos tienen un trozo de vidrio lento en el dispositivo, y ahora mismo lo están acelerando como si fuera una película casera. Acelerándolo hasta una hora por minuto, decelerándolo cuando les apetece, casi congelando las imágenes.
    —¡Control perfecto! —Te dije que lo conseguiríamos al cabo de tres meses, Al... y eso fue hace diez semanas.

    McFarlane parecía intranquilo, como si hubiera dicho algo que prefería haber callado; Garrod lo captó inmediatamente. Si él no hubiera sido tan egoísta, si no hubiera intentado hacer el descubrimiento por su cuenta pese a llevar años de atraso en los avances de los laboratorios, su esposa aún conservaría la vista. La responsabilidad y la culpabilidad eran suyas, y de nadie más.

    —Felicidades, Theo —dijo Garrod.
    —Esperaba sentirme contento. La retardita ya está perfeccionada. La dilación fija era lo único que lo impedía. A partir de ahora un simple trozo de vidrio lento es superior a la cámara más costosa del mundo. Todo lo anterior no es nada comparado con lo que se avecina.
    —Entonces, cuál es tu problema, Theo?
    —Acabo de comprender que jamás volveré a estar completamente solo.
    —No te preocupes por eso —dijo tranquilamente Garrod—. Todos tendremos que aprender a vivir así.


    TERCERA LUZ SECUNDARIA: Una cúpula de vidrio multicolor

    La vida, cual cúpula de vidrio multicolor, mancilla el albo resplandor de la eternidad.
    P.B. SHELLEY


    El duelo entre el Diseñador y el Soldado Raso estaba entrando en su sexto año.

    Era una lucha tranquila, amarga, caracterizada y hecha notable por el hecho de que había durado más que el invariable número de semanas. De acuerdo con las reglas no escritas que rigen ese tipo de cosas, el Diseñador debía de haber triunfado en una fase anterior, porque. todos los recursos y todas las ventajas estaban de su parte.

    El Diseñador se llamaba Lap Wing Chon, y aunque en último término era responsable ante el presidente Lin, la reputación de que gozaba en su provincia era tal que poseía la autoridad de un emperador. Brillante ingeniero civil —la profesión que le había valido su apodo popular—, Lap Wing Chon se había graduado en política, se había hecho famoso como teórico y en cierta fase de su vida había parecido estar destinado a ser primer mandatario de la República Popular. Su progreso en esa dirección se vio obstaculizado por los defectos afines del egotismo y el provincialismo, pero esos mismos puntos débiles reforzaron su posición entre la gente del estuario en que había nacido. El sistema de instalaciones para controlar la pleamar diseñado por él, y que insistió en construir pese a ciertas quejas importantes del plan nacional respecto a la productividad de la zona, había salvado un número aproximado de medio millón de vidas al cabo de cinco años de terminarse. Era un hombre rudo, terco, inteligente, patriotero..., y la gente le quería. Dentro de las fronteras de su provincia, Lap Wing Chon poseía el equivalente del poder absoluto. Por ejemplo, podía haber ordenado la ejecución del Soldado Raso en cualquier instante de los seis años de su duelo, pero ése no era su estilo, y tampoco se había propuesto hacer tal cosa.

    El Soldado Raso no era ni mucho menos soldado raso, y la explicación de que sólo él y Lap Wing Chon supieran o comprendieran por qué le llamaban así estaba en la naturaleza de su lucha. Se llamaba Lawrence Bell Evans. Había nacido en Portsmouth, Inglaterra, pero se había educado en Massachusetts, y era teniente de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas cuando su avión fue alcanzado por un rayo durante un vuelo Manila-Seúl. El aparato se vio obligado a caer en dominios del Diseñador, y Evans, el piloto, fue el único miembro de la tripulación que sobrevivió al accidente. Dos décadas antes habría sido transportado hasta Pekín para ser ofrecido a su país en una subasta diplomática, pero se habían producido considerables evoluciones y cambios en el seno del Partido. El aviador no tenía valor político, de modo que su destino se hallaba únicamente en manos de Lap Wing Chon.

    Ambos, el Diseñador y el Soldado Raso, se conocieron fugazmente una tarde cuando el primero se hallaba en una rutinaria visita a la fortaleza del siglo XII que supuestamente era un monumento histórico, pero que servía como lugar conveniente para albergar a diversos inadaptados y monstruos políticos.

    Y se inició el intermitente duelo de seis años...

    Al principio, el Diseñador no había estado muy interesado. El caso no había pasado de una idea suelta, un capricho. Lap Wing Chon menospreció inmediata e instintivamente a Evans por su cuerpo delgaducho y poco desarrollado, por el infantil color sonrosado de su cara y, más que nada, por la blandura que vio en los nerviosos ojos grises del aviador. Esa blandura, la patente falta de voluntad política y social, habían sido una afrenta para la entera existencia del Diseñador, y algo le había impulsado a moldear la arcilla que le habían puesto en las manos.

    El Diseñador había comenzado ofreciendo a Evans la propuesta típica. Era manifiesto que el norteamericano estaba envuelto en actividades hostiles a la República. Además, las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos le habían dado por muerto junto con el resto de la tripulación del avión desaparecido, por lo que ninguna maquinaria política estaba actuando en favor de Evans. Se encontraba abandonado, y se le podía enterrar sin dejar rastro. La República estaba autorizada a ejecutar a Evans sin más retraso, pero los ideales humanitarios que inspiraban a los líderes de la revolución los impulsaban a mostrarse compasivos. Si Evans confesaba su crimen y reconocía los numerosos crímenes de sus maestros, volvería de inmediato a su país.

    Como era de esperar, Evans se negó.

    Lap Wing Chon sonrió pacientemente, indulgentemente. E incrementó la presión.

    En el transcurso del sexto mes se dio cuenta de que había subestimado al norteamericano. Evans era un ingenuo políticamente hablando, físicamente débil, tenía enorme miedo al dolor y a la muerte... y a pesar de todo poseía un núcleo interno de certidumbre, una armadura filosófica, que era inquebrantable.

    —Quiero firmar la confesión, quiero volver al hogar —solía decir Evans—, pero ambos sabemos que sería una falsedad... En consecuencia, no puedo firmar.

    Y en cierta ocasión comentó:

    —Si usted mismo creyese en lo que dice ese papel, yo lo firmaría, y le engañaría, porque entonces no sería muy importante. Pero usted sabe la verdad, y yo sé la verdad, de manera que lo que está pidiéndome es que me someta a su autoridad y aniquile voluntariamente toda mi vida anterior. Eso es imposible.

    En aquel momento Lap Wing Chon aún pensaba en su prisionero como «Evans» o «el norteamericano»... Pero un día Evans fue encontrado en su celda padeciendo neumonía lobular. En el transcurso de las fiebres subsiguientes, Lap le vigiló ansiosamente, temiendo la intervención de la muerte; y durante una vela junto a su lecho oyó al joven norteamericano musitar frases en su delirio.

    —La noche anterior... —Las palabras apenas eran audibles en la alargada sala del hospital—. La noche anterior, estando con los otros rufianes, él bromeó, bebió sin cesar y maldijo...

    El Diseñador, meticuloso en todo lo que hacía, tomó nota de las palabras en su cuaderno y, posteriormente, cuando se le aseguró que Evans se recobraría, dispuso una investigación para localizar la fuente. Luego cogió con cierta curiosidad la impresión fototipográfica que le entregó su secretario y leyó un poema titulado El Soldado Raso de los Buffs, con más interés que si hubiera desechado la hoja. El texto —Lap Wing Chon no se atrevió a clasificarlo como poesía— narraba un caso que tenía obvios paralelos con la situación de Evans. Un solitario inglés en manos de los chinos... Se te ordena arrodillarse y tocar el suelo con la frente... Se niega a doblegarse; acepta la muerte antes que el deshonor. La idea de que un solo humano adulto pudiera estar influido —o incluso sentir aprecio— por los principios imperialistas contenidos en el escrito divirtió y sorprendió al Diseñador. El texto también afectó a su visión de Evans, porque le permitió comprender el nivel político primario en que se cruzaban su vida y la del prisionero. No era un choque de ideologías, sino de ideas arquetípicas.

    Dejó que pasaran varios meses, y entonces visitó a Evans en la celda. El norteamericano no se sorprendió al ver a Lap Wing Chon, ya que la visita sucedía durante un periodo en que se le permitía un contacto bastante frecuente con otros seres humanos. El Diseñador dejó que la conversación errara sin objeto durante un rato antes de referirse al tema del poema.

    —Creo que en cierta ocasión me dijo que le gustaba la poesía —empezó.
    —¿Ah, sí? No lo recuerdo.
    —Podría disponer que usted tuviera algunas antologías.
    —¿Sí?

    Evans parecía poco interesado.

    Quiénes son sus poetas favoritos?

    —Los buenos.

    El Diseñador asintió y se miró las manos, de piel veteada como la madera.

    —¿Los buenos? ¿Qué opina del estilo chabacano del distinguido autor inglés sir Francis H. Doyle?
    —Tal como usted dice —contestó Evans, enarcando ligeramente las cejas—, fue un distinguido autor inglés de estilo chabacano.

    El Diseñador se echó a reír sumisamente.

    —¡El Soldado Raso de los Buffs! El colmo del jingoísmo, ¿no cree?
    —Supera a Kipling. A propósito, el término jingoísmo está en desuso desde hace bastante tiempo.
    —«Que los hindúes giman y se arrodillen; un caballero inglés debe morir.» ¿No es increíble?
    —Fantástico. La reacción de Evans no fue la esperada por el Diseñador, y por eso cambió de táctica.
    —¿Se considera usted así? Como el Soldado Raso de los Buffs?
    —Debe de estar bromeando.
    —Pero los paralelos son muy obvios —insistió el Diseñador—. La situación es prácticamente idéntica.
    —No. Hay una gran diferencia.
    —¿Cuál?
    —En el poema, cuando el soldado se niega por primera vez a postrarse y tocar el suelo con la frente, el caudillo chino le hace matar. ¿Comprende? El caudillo estaba seguro de sí mismo... No tenía demasiada importancia que el soldado cediera o no. —Evans sonrió, enseñando unos dientes que empezaban a mostrar signos de deficiencia dietética—. En cambio usted no me matará, ¿no es cierto?

    Quizá por centésima vez, el Diseñador abrió la diminuta caja forrada de cuero y examinó su contenido. Dos pequeños objetos vítreos relucían en sus alojamientos de terciopelo. Tenían una suave forma de cúpula, y brillaban con todos los colores posibles, igual que exquisitas piedras preciosas sin tallar.

    «Han llegado justo a tiempo —pensó al cerrar la caja—. Después de seis años, la salud del Soldado Raso casi está destruida.» Respiró profundamente y entró en la habitación de discreto emplazamiento a que había sido trasladado el prisionero. El doctor Sing y dos enfermeros vestidos con chaquetas blancas se hallaban de pie junto a la cama. Evans estaba inmóvil por completo, mirando fijamente el alto techo, con el consumido cuerpo cubierto hasta la barbilla.

    —¿Es usted, Lap? —dijo débilmente—. ¿Me ha traído algo bueno esta vez?
    —Algo muy especial esta vez, Larry.

    El Diseñador abrió su cajita y la sostuvo cerca del rostro de Evans. El enfermo entrecerró los ojos.

    —¿Joyas? —Retardita. Vidrio lento. ¿Conoce el material?
    —Oh, eso. —Evans volvió a apoyar la cabeza en el almohadón—. Estaban haciendo bisutería con vidrio lento cuando yo... Su voz se quebró en la incertidumbre.
    —Ahora tiene usos mucho más importantes, Larry. Se han descubierto técnicas para controlar la emisión de luz almacenada. Es posible ver cualquier cosa que un fragmento de vidrio lento haya visto, exactamente cuando se desee verla.

    El Diseñador se aseguró de que su voz no revelara la excitación, el ansia y el miedo que vibraban en su interior.

    —¿Qué tiene que ver eso conmigo?
    —Vuelva a mirar dentro de la caja, Larry. Fíjese en la forma. ¿Qué le recuerdan?

    Evans levantó la cabeza con patente esfuerzo.

    —Dos diminutas cúpulas de cristal. Parecen lentes de contacto. ¿Son para mí?
    —Sí. Muy bien, Larry. Usted hará un viaje.
    —¿Adónde?

    La voz de Evans mostró cautela.

    —¿Ha oído hablar alguna vez de una población vietnamita llamada My Lay?
    —No estoy seguro.
    —Le refrescaremos la memoria. Su viaje le llevará a My Lay a un centenar de lugares similares. En algunos casos lo que verá será material filmado, pero conforme se vaya poniendo al día se encontrará mirando a través de un vidrio lento que estuvo en los escenarios reales. Estará allí, Larry. Por lo que respecta a la evidencia de sus ojos, usted estará realmente presente en todos esos lugares. Y seguirá estando allí, aunque se encuentre dormido, contemplando y contemplando y...
    —¿De qué clase de lugares está hablando?
    —Ya lo verá. Va a participar en un recorrido por el mundo que su nación ha liberado con la ayuda del napalm y de las bombas antipersonales. Va a verse como otros le han visto a usted.
    —Usted... usted no puede obligarme a mirar una cosa que no deseo ver.
    —¿No?

    El Diseñador hizo un ademán con la cabeza y los dos expectantes enfermeros dispusieron correas alrededor de la cama, anudándolas fuertemente sobre el pecho, caderas y piernas de Evans. El enfermo respondió haciendo girar sus ojos frenéticamente, a fin de evitar que los otros pudieran actuar. El doctor Sing cogió una reluciente pistola hipodérmico de su bandeja de instrumentos y disparó una minúscula nube de anestésico muy especializado en dirección a la sien de Evans. Los rápidos movimientos oculares cesaron casi al instante, y la mandíbula del norteamericano se aflojó. Mediante un objeto parecido a un pequeño calzador revestido de cromo, el doctor Sing hizo girar los ojos del prisionero en sus cuencas hasta dejarlos mirando hacia delante. El Diseñador le entregó la caja forrada de cuero.

    Está seguro de que se halla en estado consciente?

    —Está completamente consciente —replicó Sing—. Solamente le hemos privado del control de ciertos músculos sensibles.

    Introdujo una gota de un líquido transparente en ambos ojos de Evans, cogió los discos de vidrio lento con un tubo de succión y los colocó en los inmovilizados globos oculares. Se aseguró de que los discos tenían la orientación correcta, comprobando que los puntos rojos del borde se hallaran en la posición doce en punto de un supuesto reloj, y se apartó de la cama. Evans tenía discos multicolores y fulgurantes en lugar de ojos. Sing cogió un objeto similar a una linterna negra, accionó el mando y apuntó la luz a la cara del prisionero durante algunos instantes.

    Las joyas cobraron vida con torbellinos de movimiento microscópico.

    El Diseñador aguardó a que el prisionero hubiera efectuado una gira por Ciudad atrocidad de doce horas seguidas, y entonces volvió junto al lecho. Miró un largo instante la barbuda faz, propia del pincel de El Greco, con una mezcla de compasión y desprecio.

    La boca de Evans estaba abierta, con los labios apartados de los ennegrecidos vestigios de sus dientes, y un fino reguero de saliva brillaba en su mejilla. El Diseñador tomó asiento y acercó la boca a la oreja de Evans.

    —Larry —dijo suavemente—, sigo siendo su amigo, y lamento que hayamos tenido que forzarle a decir la verdad de esta forma. Quiero hacerle volver del lugar donde se halla ahora mismo... Lo único que ha de hacer es firmar la confesión. ¿Cuál es su respuesta, Larry?

    Examinó el rostro de Evans, y los ojos, las anaranjadas puertas del infierno. Los ojos del Diseñador se desorbitaron de asombro.

    Se levantó y retrocedió, con los dedos revoloteando nerviosamente hacia su boca.

    —Algo va mal —murmuró—. El Soldado Raso está sonriendo.
    —Le advertí que podía suceder esto, camarada —contestó el doctor Sing, detrás de Lap Wing Chon, en un tono desapasionado—. El prisionero ha escapado de usted.

    Finalmente, Evans logró completar la transición a la psicosis sin más problemas. Había sido un largo trayecto, repleto de dolor y horror, pero todo había quedado atrás. Había vuelto a Inglaterra; la reina Victoria estaba segura en su trono, y él no tardaría en estar en su hogar. Quedaba muy poco camino que recorrer.

    Los lejanos campos de lúpulo de Kent en torno a él parecían, cual sueños, surgir y desvanecerse; brillantes extensiones de cerezos en flor resplandecían, una nívea capa viviente; el humo sobre el hogar paterno, en grises y apacibles remolinos ascendía...

    El Soldado Raso Evans limpió el polvo de su raído uniforme color caqui, se echó el rifle al hombro y caminó a grandes zancadas, gozosamente, hacia el sol de un siglo de otros días.


    8


    La noticia de que Esther volvería a ver —aunque de un modo singularmente artificial— llegó cuando Garrod estaba envuelto en una serie de compromisos.

    A primera hora de la mañana tenía una reunión con Charles Manston para discutir «asuntos generales de la política de relaciones públicas». Manston era un hombre alto y enjuto de facciones aguileñas y suelto cabello negro. Gustaba de un estilo de vestir muy británico, que incluía corbatas azul oscuro con lunares blancos, y hablaba con lo que Garrod definía como un acento del Atlántico medio; pero había sido un sobresaliente periodista y en la actualidad era un perspicaz y eficiente experto en relaciones públicas.

    —Lo he estado viendo venir desde hace un año o más —dijo, encendiendo un cigarrillo de boquilla dorada—. La corriente de opinión pública está volviéndose en contra de nuestros productos.

    Garrod ojeó los montones de recortes de periódico y copias de emisiones de radio y televisión que Manston había puesto en su escritorio.

    —¿Seguro que no estás exagerando? ¿Existe ese animal, la corriente de opinión pública?
    —Créeme, Alban, la corriente es muy real y muy potente. Si va en la dirección que tú deseas, maravilloso. Si va en contra de ti..., tienes problemas. —Manston le entregó una hoja de papel—. Es un análisis de la aceptación de nuestra imagen de acuerdo con estos recortes. Casi el sesenta por ciento de los artículos es abiertamente desfavorable a la retardita y productos derivados, y otro doce por ciento tiene connotaciones hostiles.

    »Esto, Alban, es lo que en la profesión se denomina mala prensa.

    Garrod examinó las cifras tabuladas, aunque el hábito de Manston de dirigirse a él utilizando su nombre completo le había recordado a Esther y el mensaje recibido de Eric Hubert. La operación había sido un éxito, y Esther volvería a ver..., si se aceptaba que la sorprendente propuesta del cirujano era un medio de «visión».

    —Fíjate en el análisis —estaba diciendo Manston—. Fíjate en el número de noticias que se ocupan de huelgas y otras acciones laborales provocadas por los sindicatos que se oponen a la instalación de cámaras de vidrio lento en las fábricas. Fíjate en esos artículos sobre las asociaciones pro derechos civiles opuestas a la decisión gubernamental de que todos los vehículos a motor lleven cámaras de vidrio lento. Y tenemos la nueva Liga por la Defensa de la Intimidad... Está haciéndose cada vez más...
    —¿Qué propones al respecto? —dijo Garrod.
    —Tendremos que gastar dinero. Puedo encargarme de planear una campaña de relaciones públicas, pero costará un mínimo de un millón.

    La reunión se prolongó veinte minutos más, en los que Manston expuso sus ideas preliminares respecto a cómo planear la campaña. Garrod, que sólo escuchó a medias, dio su aprobación, y Manston se marchó corriendo, lleno de entusiasmo y gratitud. Garrod pensaba que si los recortes de periódico hubieran sido totalmente favorables a la retardita, su experto en relaciones públicas le habría urgido igualmente a invertir un millón, para flotar en la cresta de la ola. En aquellos momentos un millón tenía menos importancia que un solo dólar durante su infancia en Barlow, Oregon, aunque jamás había logrado quebrar el conocimiento impuesto por los años de tacañería pasados con su tío. Siempre que firmaba un cheque importante o autorizaba una fuerte inversión de capital, veía a su tío palideciendo de temor.

    Su siguiente reunión era con Schickert, director de la sección de pinturas luminosas. El producto básico era una emulsión tixotrópica de resina y minúsculos granos de vidrio lento con diversos periodos de dilación que iban de unas horas hasta varios días. La principal aplicación de la pintura era en el campo de la arquitectura (los edificios pintados con ella brillaban tenuemente por la noche), aunque otros fabricantes de pintura habían hecho pedidos sin precedentes de partículas de retardita. Schickert deseaba autorización para una nueva factoría que aumentaría la producción hasta mil toneladas semanales. De nuevo, Garrod se dejó convencer mientras sus pensamientos estaban en otra parte. Por fin, miró su reloj de pulsera, vio con gran alivio que debía partir hacia Los Angeles antes de una hora, y huyó de la oficina.

    —Hay cierta incomodidad en esta fase —dijo Eric Hubert—, pero la señora Garrod vuelve a ver. —¡Por fin! —Garrod tuvo dificultad en que sus palabras se correspondieran con el calidoscopio de sus sentimientos—. Yo... le estoy muy agradecido. Hubert se pasó los dedos suavemente por el corte de cabello artificial, terminado en V sobre la frente, que le hacía parecer un sonrosado y escultural Mefistófeles.
    —La operación en sí fue muy sencilla en cuanto cerramos la cámara anterior con una capa de jalea plástica inerte. Eso nos permitió extraer las cápsulas oculares y formar rendijas permanentes en las córneas sin perder... Lo siento... ¿Lo encuentra desagradable?
    —En absoluto.
    —Una de las desventajas de ser cirujano oculista es que no puedes alardear demasiado de tu trabajo. El ojo es un órgano sorprendentemente resistente, y sin embargo muchas personas, en especial los varones, no soportan que se les expliquen detalles ni siquiera de la operación más simple. Una persona es sus ojos, ya sabe. Se trata de una especie de reconocimiento instintivo del hecho de que la retina es una extensión del cerebro, y en consecuencia...
    —¿Puedo ver a mi esposa?
    —Naturalmente. —Hubert no hizo ningún movimiento para levantarse de la silla. Se puso a reordenar montones de documentos—. Antes de que vayamos a la habitación de la señora Garrod deseo asegurarme de que usted sabe qué cosas se le exigen.
    —No comprendo.

    Garrod empezó a sentirse intranquilo.

    —He intentado convencer a la señora Garrod de que una enfermera experta en oftalmología fuera a verla todos los días, pero su esposa no ha querido escucharme. — Hubert miró a Garrod con ojos serenos, evaluadores—. Ella desea que usted le cambie los discos todas las mañanas.
    —¡Oh! —Garrod notó que su estómago se contraía de asco y que sus genitales intentaban escabullirse en las cavidades proyecto ras del cuerpo—. ¿Qué implica eso con exactitud?
    —Nada que usted no pueda hacer —dijo cordialmente Hubert. De repente Garrod se despreció por haber permitido que su opinión del cirujano se viera influida por el aspecto más bien ridículo de aquel hombre. —Aquí están los discos —añadió el cirujano.

    Abrió una caja plana y dejó al descubierto diversos objetos de vidrio dispuestos por pares. Eran discos de menos de un centímetro de diámetro, con apéndices de vidrio curvados hacia arriba, que parecían transparentes miniaturas de sartenes. Algunos discos tenían un color negro como el azabache, otros reflejaban color y luz. Hubert sonrió fugazmente.

    —No hace falta que le explique, a usted precisamente, qué tipo de material es éste. Son discos de retardita con diferentes períodos de dilación: un día, dos días, tres días... El periodo más corto es de un día, porque no recomiendo que se abran las ranuras de las córneas más de una vez cada veinticuatro horas.

    »Para cambiarlos tendrá que rociar los ojos de su esposa con una mezcla de inmovilizador y anestésico, coger firmemente los discos viejos por sus extensiones, sacarlos, colocar los discos nuevos y poner un poco de jul senador en las ranuras. Podría parecerle una empresa difícil, pero le enseñaremos la rutina antes de que su esposa abandone la clínica. Al cabo de un tiempo no le parecerá raro.

    —Y por lo que respecta a mi esposa, ¿volverá a tener una visión real?
    —Exactamente... Con la lógica excepción de que todo lo que verá tendrá un retraso de uno, dos o tres días, según los discos que utilice.
    —Me pregunto qué relación tiene eso con la visión normal.
    —Lo importante, señor Garrod —señaló Hubert con firmeza—, es la diferencia entre tener estos discos y no tener ojos ni discos.
    —Perdone... Puede parecer que no aprecio lo que usted ha hecho, y ése no es el caso. ¿Cómo está reaccionando Esther?
    —Maravillosamente. Me ha dicho que solía ver muchos programas de televisión y que ahora podrá seguir haciéndolo.
    —¿Y el sonido? —preguntó Garrod, con el ceño fruncido.
    —Se graba y se reproduce en sincronía con lo que se ve. —La voz de Hubert adquirió entusiasmo—. Esta operación ayudará a mucha gente...; quizás algún día tengamos emisoras de televisión patrocinadas por el estado que emitan el sonido en una longitud de onda distinta exactamente veinticuatro horas después de las transmisiones visuales. Así, un aparato tridimensional ordinario, con ligeras modificaciones en los circuitos de audio...

    La atención de Garrod se desvió a la aceptación del hecho de que su esposa volvía a ver. Esther había estado ciega durante casi un año, y en ese tiempo no habían estado separados una sola noche, y únicamente habían salido, quizás, en seis ocasiones. A Garrod le parecía haber aguantado eones en la dorada penumbra de la biblioteca, describiendo los hechos en interminables programas televisivos.

    —Una voz interesante —comentaba Esther algunas veces—. ¿Cuadra con su dueño?

    Otras veces ella tomaba la iniciativa y ofrecía largas visualizaciones de los «dueños» de las voces, y después pedía a Garrod que confirmara si había acertado. Pero, casi de un modo invariable, Esther no había acertado —incluso en casos en que Garrod sospechaba que ella podía describir a la persona de memoria—, y acogía las correcciones de su marido con una sonrisa tensa, melancólica, indicativa de que él estaba perdonado por haberla cegado; y ese perdón representaba una esclavitud más intensa. En otras ocasiones Esther pronunciaba las palabras más indulgentes y sofocantes posibles, las palabras que Garrod temía escuchar, dichas con una expresión radiante:

    —Estoy segura de que el escenario que estoy creando para esta obra es mucho mejor que el que contemplan los televidentes.

    No obstante, a partir de entonces Esther iba a tener imágenes propias, luz para sus ojos, y tal vez él lograría respirar de nuevo.

    —Visitaremos ahora a la señora Garrod si ése es su deseo —dijo Hubert.

    Garrod asintió y siguió al cirujano hasta la habitación individual. Esther estaba sentada en la cama de una resplandeciente sala llena de prismas de luz solar, la cual entraba oblicuamente por las ventanas. Llevaba unas pesadas gafas con los lados tapados, y a juzgar por la continua expresión de arrobamiento de su rostro, no les había oído introducirse en la habitación. Garrod se acercó a la cama y, tomando la decisión de que debía acostumbrarse a los resultados de aquella extravagante operación, miró la cara de su esposa. Unos impecables ojos azules parpadeaban al otro lado de las lentes de las gafas. Los ojos de una extraña. Dio un involuntario paso atrás, y se dio cuenta de que los ojos no habían respondido a su presencia.

    —Olvidé decírselo —musitó Hubert—. La señora Garrod se opuso a llevar gafas oscuras. Lo que usa ahora son lentes de retardita programadas con los ojos de otra persona.
    —¿Dónde han conseguido esas lentes?
    —Se obtienen en el comercio. Muchachas con ojos bonitos ganan un dinero extra llevando lentes de retardita durante todo el día. Ciertas mujeres sin enfermedades oculares las usan por razones estéticas. Con una finísima trama de retardita se fabrican gafas que permiten una visión normal al usuario; pero cualquier otra persona que las mire ve los ojos programados. ¿No las había visto nunca?
    —No. Últimamente he estado apartado del mundo —dijo en voz alta Garrod para llamar la atención de Esther.
    —Alban —dijo ella de inmediato, y extendió las manos hacia él.

    Garrod asió los cálidos y secos dedos de su esposa y la besó suavemente en los labios, siempre con los azules ojos de la extraña mirando indulgente a través de las gafas de Esther. Garrod bajó los ojos.

    —Cómo te encuentras?
    —¡Maravillosamente! Vuelvo a ver, Alban.
    —¿Igual que antes?
    —Mejor que antes; acabo de descubrir que siempre fui un poco miope. Ahora mismo estoy contemplando el promontorio de Piedras Blancas, creo, al otro lado del océano, y veo a kilómetros de distancia. Había olvidado cuántos matices de azul y verde hay en el mar...

    La voz de Esther enmudeció, y sus labios se abrieron de placer. Garrod experimentó un principio de esperanza.

    —Me alegro, Esther. Enviaré tus discos a cualquier parte del mundo que desees ver. Podrás estar en los teatros de Broadway, hacer viajes de placer...
    —¡Pero eso sería estar separada de ti! —dijo Esther, riendo.
    —En realidad no estarías lejos. Y yo siempre estaría cerca.
    —No, cariño. No quiero desperdiciar este obsequio empleando el resto de mi vida en ver documentales. —Los dedos de Esther apretaron los de Garrod—. Quiero cosas personales, sencillas. Cosas que nos relacionen... como ir de paseo juntos por nuestros jardines.
    —Una excelente idea, cielo, pero no podrías ver el jardín.
    —Sí, lo vería... siempre y cuando diéramos nuestro paseo todos los días a la misma hora, y siempre siguiendo el mismo camino.

    Una brisa fría sopló en la frente de Garrod.

    —Eso significa vivir en el día de ayer. Pasearías por el jardín un día determinado, pero viéndolo tal como era el día anterior...
    —¿No sería maravilloso? —Esther se llevó a los labios la mano de Garrod y besó los nudillos. Garrod notó el cálido aliento en el dorso de la mano—. Llevarás un par de discos, ¿verdad, Alban? Quiero que los lleves siempre encima, a todas partes donde vayas. De ese modo siempre estaremos juntos.

    Garrod intentó retirar la mano, pero Esther se aferró a ella.

    —Dime que lo harás, Alban. —Sus palabras eran como varillas de vidrio crujiendo al partirse—. Dime que compartirás tu vida conmigo.
    —No te preocupes —dijo Garrod—. Haré cualquier cosa que desees.

    Apartó los ojos de las manos frenéticamente aferradas de su esposa y miró la cara de ésta. Los azules ojos de la extraña le contemplaban con una satisfacción serena, inexpresivo.


    9


    El asesinato del senador Jerry Wescott tuvo lugar a las dos y treinta y tres minutos de la madrugada en una solitaria carretera varios kilómetros al norte de Bingham, Maine.

    La hora de la muerte fue determinada con precisión debido a que el arma usada fue un cañón láser con potencia suficiente para vaporizar buena parte del coche en que viajaba el senador. El asesino eligió un lugar en que la carretera se hundía bruscamente en una depresión, evitando así que alguna persona viera la llamarada en la zona circundante, pero no que fuera captada por un satélite de observación militar tipo Sk-ll y que la información fuera transmitida a una estación subterránea de seguimiento. Desde la estación fue comunicada al Pentágono, y finalmente, antes de que hubiera transcurrido una hora, llegó a manos de las autoridades civiles.

    Un cañón láser, si bien resulta efectivo, es un arma tremendamente indiscreta, y se dedujo que había sido utilizada debido a que aseguraba la destrucción de las cámaras de retardita del coche y cualquier fragmento de vidrio lento que pudiera haber en el vehículo. La comunidad criminal había aprendido sin tardanza que era desaconsejaba ser «visto» por el vidrio lento incluso en horas nocturnas, y aun estando lejos, a causa de las especiales técnicas ópticas que se usaban para «interrogar» al vidrio. Y puesto que ya era posible reproducir a voluntad las imágenes de la retardita, sin tener que esperar a que transcurriera el periodo normal de dilación, aún resultaba más imperativo tomar precauciones al respecto.

    En este caso, el láser destruyó eficazmente toda la incriminadora retardita del vehículo. También carbonizó el cuerpo del senador, imposibilitando su reconocimiento; la identidad del muerto no habría sido deducida durante algunos días de no haber sido porque el láser no logró quemar el contenido del maletín a prueba de fuego usado por Wescott.

    El caso fue que la creciente ola de información, iniciada con una minúscula onda fotónica en una cámara en órbita, se extendió por las diversas redes de noticias y, en cuestión de horas, asumió las proporciones de un maremoto.

    A despecho de que el suceso fuera o no previsible, a despecho de las numerosas ocasiones en que algo semejante había ocurrido en el pasado, el asesinato de un hombre que, probablemente, antes de un año iba a ser presidente de los Estados Unidos seguía siendo un notición.


    10


    La tarde era soleada, pero anduvieron por los jardines mientras Esther admiraba la lluvia del día anterior.

    —Realmente maravilloso, Alban.

    Esther tiró del brazo de Garrod, forzándole a detenerse cerca de un grupo de arbustos de intensos colores. Garrod recordó que el día anterior se habían parado en el mismo sitio; a Esther le gustaba crear la ilusión de que tenía una vista normal igualando los movimientos corporales de un día con los variables puntos de vista del día anterior.

    —Veo la lluvia que cae en torno a mí —continuó Esther—, pero lo único que siento es el calor del sol. El sol es mi paraguas.

    Garrod estaba casi convencido de que su esposa se esforzaba en ser profunda o poética, y por eso le apretó la mano para animarla, mientras se aseguraba de que su cara no entrara en la esfera de acción de los discos negros que relucían en la solapa de Esther. Había descubierto que una mirada de impaciencia o enojo grabada por los ojos indirectos de Esther, pero que no pasaba al cerebro de ésta hasta veinticuatro horas más tarde, suponía una tensión en sus relaciones más violenta que un espontáneo choque mutuo.

    —Creo que deberíamos entrar —dijo Garrod—. La cena debe de estar a punto.
    —Dentro de un momento. Ayer caminamos hasta el estanque para que yo viera la lluvia que caía sobre el agua.
    —De acuerdo.

    Garrod acompañó a su esposa hasta el borde del gran estanque. Esther se detuvo un momento en el embaldosado azul turquesa y se inclinó sobre los reflejos de los dos. Al mirar la lisa superficie del agua, Garrod vio los mismos ojos azules de la extraña detrás de las gafas de Esther. Cerca de los ojos, debido a la condensación del reflejo de su esposa, había dos manchas negras como la noche que eran las ventanas por las que Esther miraba el mundo, pero que no podían ofrecer las imágenes hasta la misma hora del día siguiente. El reflejo de Garrod vibraba y menguaba junto al de su mujer, con anónimos hoyos oscuros en vez de ojos, igual que un detalle de un cuadro al óleo aumentado a un tamaño que revelaba todas sus imperfecciones. «Mi verdadero yo está ahí abajo —fue el pensamiento fugaz que pasó por su mente—. Y yo soy el auténtico reflejo.» Respiró profundamente, pero el aire parecía no llegar a sus pulmones. Su corazón estaba hinchado como una almohada; llenaba su pecho con frustrados latidos huecos; le estrangulaba.

    —Vamos a caminar —ordenó Esther.

    Se alejaron hacia la casa color hiedra para cenar. Como siempre, Esther tenía una ensalada de marisco; prefería una dieta repetitivo a una alimentación variada, con gustos que no estuvieran en concordancia con las imágenes del día anterior. Garrod hizo una cena frugal y después se puso en pie. Esther cogió los discos de su solapa y los entregó a su marido. Garrod tomó la montura que ella le ofrecía y entró en su laboratorio, situado en la parte trasera de la casa, para preparar la sesión televisiva nocturna.

    En un rincón del laboratorio había colocado uno de los antiguos televisores de pantalla grande, una grabadora y un mando automático que conmutaba los canales de acuerdo con las exigencias decididas anteriormente por Esther. Frente al televisor había un atril en el que Garrod puso los discos oculares de su esposa para que absorbieran los programas de la noche. En el atril había también algo que parecían unas gafas ordinarias pero que tenían dos discos de vidrio lento de veinticuatro horas en lugar de los cristales convencionales. Eran para él.

    Garrod sustituyó las gafas por otras similares y conectó el televisor, la grabadora y la unidad de control. Se llevó una cinta y las gafas cargadas a la biblioteca, donde Esther ya estaba aguardando en su sillón de amplio respaldo. Al ponerse las gafas, Garrod se encontró contemplando un noticiario emitido hacía exactamente veinticuatro horas. Introdujo la cinta en un dispositivo reproductor, maniobró unos instantes para sincronizar el sonido grabado y se sentó al lado de su esposa. Así empezaba otra noche hogareña.

    Normalmente, Garrod soportaba con total indiferencia los noticiarios del día anterior, pero con la noticia del asesinato del senador Wescott fresca en su mente (se había enterado por la mañana), la experiencia te destrozó los nervios. Ayer era algo tan distante, perdido y fútil como las Guerras Púnicas. Y su esposa estaba haciéndole vivir con un día de retraso. Permaneció con los puños apretados y pensó en la única vez, hacía un mes, en que había intentado liberarse. Esther se había arrancado de los ojos los discos de retardita, chillando de dolor, y soportó la ceguera durante varios días, negándose a volver a ver hasta que él prometiera restaurar el nivel anterior de «unidad». La sensación de asfixia volvió a presentarse, y Garrod la combatió respirando de un modo profundo y controlado.

    Habría transcurrido quizás una hora cuando McGill, el mayordomo, entró silenciosamente en la biblioteca y dijo a Garrod que había una llamada con prioridad procedente de Augusta, Maine.

    Garrod contempló el rostro impasible de su esposa.

    —Sabe perfectamente que no acepto llamadas de negocios mientras estoy en casa. Diga al señor Fuente que se ocupe de la llamada.
    —El señor Fuente ha llamado por otro canal, señor Garrod. Ha dicho que ha dado este número privado al comunicante, y que es urgente que usted atienda personalmente la llamada.

    McGill hablaba en voz baja en atención a Esther, pero tenía una expresión de terquedad en su rostro, dotado de una notable papada.

    —En ese caso...

    Garrod se levantó, complacido por la inesperada pausa en la atontadora rutina, se quitó las gafas y se dirigió a la sala de la planta baja que usaba como despacho. En el videófono había un hombre de fornida figura, elegantemente vestido, con ojos feroces y una espectacular veta blanca en su cabello.

    —Señor Garrod —dijo el comunicante—. Soy Miller J. Pobjoy, jefe ejecutivo de la comisión policial del estado de Maine.

    Garrod creía haber oído ese apellido aquel mismo día, pero fue incapaz de situarlo en su contexto.

    Puedo hacer algo por usted?

    —Puede hacer mucho, creo. Mi departamento está investigando el asesinato del senador Wescott, y solicito su colaboración.
    —¡En una investigación criminal! No sé cómo puedo colaborar.

    Pobjoy sonrió, enseñando unos dientes muy blancos, ligeramente desiguales.

    —Vamos, señor Garrod... Aparte de Sherlock Holmes, usted es el detective aficionado más famoso que me viene a la memoria. —Estrictamente aficionado, señor Pobjoy. El caso de mi padre político fue un asunto privado.
    —Reconozco que he de explicar que al hablar de detectives sólo bromeaba. La razón por la que le he llamado es... ¿Puedo suponer que estamos en un canal seguro?
    —Sí. Además, dispongo de una cubierta de seguridad tipo 183 si lo desea.
    —No es preciso. Hemos recuperado los restos de las cámaras de retardita del coche del senador y estamos seleccionando un equipo de expertos cuya tarea será comprobar si dichos restos contienen alguna información referente al asesino o asesinos.
    —¿Restos? —Garrod notó que su interés se estimulaba— ¿Qué tipo de restos? Tengo entendido, de acuerdo con las noticias de la radio, que el vehículo quedó convertido en chatarra.
    —Bien, ahí está el problema...; no estamos demasiado seguros de lo que tenemos entre manos. Tenemos trozos de metal pringoso, y pensamos. que tal vez uno de ellos contenga una cámara de retardita. El mejor consejo técnico que nos han dado hasta ahora es que sería arriesgado partir el metal, por si el vidrio resultara dañado.
    —Poca importancia tendría —dijo enfáticamente Garrod—. Si la cámara ha estado en contacto con metal al rojo blanco, los modelos internos de deformación habrán sido eliminados. La información habrá desaparecido.
    —Desconocemos el estado del metal en el momento en que se formaron estos trozos; ni siquiera sabemos si se fundió por completo. Estuvo sometido a fuerzas explosivas.
    —Sigo opinando que la información habrá desaparecido.
    —¿Pero es posible que usted, un científico, un científico que aún no ha visto lo que tenemos, haga una declaración positiva al efecto?

    Pobjoy se inclinó hacia delante, mostrando su interés.

    —Naturalmente que no.
    —Así pues, ¿estará de acuerdo en examinar el material?
    —De acuerdo. —Garrod suspiró—. Envíenlo a mis laboratorios de Portston.
    —Lo siento, señor Garrod, pero tendrá que venir aquí. El caso se lleva en el estado de Maine.
    —Yo también lo siento. No creo que pueda perder tanto tiempo y...
    —Nos estamos jugando mucho, señor Garrod. Los asesinos ya han desvalijado excesivamente a este país.

    Garrod pensó en el vehemente compromiso de Wescott para efectuar reformas sociales, en su odio al tipo de injusticia que nace de la desigualdad de oportunidades. La cólera ante la prematura muerte del senador había sido una contracorriente en sus pensamientos durante todo el día, pero de pronto se veía agobiado por una consideración completamente nueva; se le ocurrió que tendría que ir sin Esther.

    —Intentaré colaborar —dijo en voz alta—. Dígame dónde podré reunirme con usted.

    En cuanto acabaron de hablar y la pantalla quedó en blanco, Garrod se quedó inmóvil un instante, sondeando los falsos infinitos grises del videófono. Su primera reacción fue de júbilo infantil, pero la misma intensidad de la emoción le inspiró una sosegadora duda. «¿Por qué he permitido que Esther me crucifique?»

    Se le ocurrió pensar que la cárcel más a prueba de fugas era aquella que tenía la puerta siempre abierta... siempre que el prisionero no tuviera valor para abrirla y salir. Su responsabilidad en la ceguera de su esposa radicaba en el hecho de haber olvidado la existencia de una segunda llave para entrar en el laboratorio; aunque si un adulto advierte a otro en términos claros...

    —Así que vas a ir a Augusta —dijo Esther a su espalda.

    Garrod se volvió para mirarla.

    —No podía negarme.
    —Lo sé, cariño. He oído lo que ha dicho el señor Pobjoy.
    —¿No te importa?

    Garrod estaba sorprendido por la serenidad de la voz de su esposa.

    —No, siempre que me lleves contigo.
    —Eso es imposible —dijo, inflexible—. Tendré que trabajar y viajar durante todo...
    —Comprendo que yo sería un estorbo... si fuera en persona.

    Esther sonrió y extendió una mano.

    —Pero ¿de qué otra...?

    La voz de Garrod se quebró al ver que Esther estaba ofreciéndole una de las cajitas que contenían ojos de repuesto. A fin de cuentas, no iba a estar solo.


    11


    El avión de Garrod despegó a primera hora de la mañana, girando y planeando en el claro aunque turbulento aire de Portston, y se elevó hacia el este. —Esta mañana hemos de volar bajo —le recordó Lou Nash por el intercomunicador—. Las líneas comerciales siguen estando prohibidas para nosotros.

    —Ya lo ha mencionado otras veces, Lou —dijo sosegadamente Garrod, recordando la multa que el tribunal de tráfico aéreo les había impuesto por aquel alocado vuelo a Macon hacía una eternidad—. No se preocupe por eso.
    —Esto de volar a baja altura y lentamente le está costando dinero.
    —Ya lo he dicho, no se preocupe.

    Garrod sonrió, consciente de que la preocupación de Nash no estaba relacionada con los costes del vuelo, sino con el hecho de que no podía dar rienda suelta al elegante proyectil. Se acomodó en el asiento y contempló el mundo en miniatura que flotaba abajo. Al cabo de unos instantes se dio cuenta de que los discos oculares de Esther, colocados en el soporte plástico de su solapa, estaban por debajo del nivel de la ventanilla. Desprendió el dispositivo, que contenía una grabadora, y lo situó en el borde inferior de la ventanilla, con los vigilantes círculos negros hacia fuera. «Disfruta de la vista», pensó.

    —¡Hay otro! —exclamó bruscamente la excitada voz de Nash en los altavoces ocultos.
    —¿Otro qué?

    Garrod contempló un panorama de montañas color canela salpicadas de arbustos y atravesadas por una solitaria autopista. No vio nada anormal.

    —Están rociando los cultivos a unos seiscientos metros de altitud.

    La inexperta vista de Garrod aún no había encontrado algo que se pareciera a otro avión.

    —Pero si aquí no hay cultivos...
    —Eso es lo curioso. He visto tres de estos trastos en el último mes.

    El avión se inclinó hacia la derecha, aumentando la vista desde ese lado, y de repente Garrod descubrió un diminuto crucifijo que relucía muy por debajo, siguiendo el mismo rumbo que ellos y dejando un rastro, una nube blanca que parecía ser humo. Mientras la contemplaba, la nube desapareció súbitamente.

    —Acaba de localizarnos —dijo Nash—. Siempre dejan de rociar