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  • Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    No fijar la Imagen de Fondo
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    Imágenes para el Header o Cabecera
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    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    JUMPER (Gould Steven)

    Publicado el domingo, junio 22, 2014
    PRIMERA PARTE
    COMIENZOS

    _____ 1 _____


    La primera vez fue así.

    Estaba leyendo cuando papá llegó a casa. Su voz resonó por todas partes y me estremecí.

    —¡Davy!

    Dejé el libro y me senté en la cama.

    —Aquí, papá. Estoy en mi habitación.

    Sus pisadas en el suelo de roble del pasillo se hicieron más y más fuertes. Escondí la cabeza entre los hombros; entonces papá apareció en la puerta bramando.

    —¡Creí haberte dicho que cortases el césped hoy! —entró en la habitación y se puso delante de mí—. ¡Venga! ¡Habla cuando te haga una pregunta!
    —Ahora iba a hacerlo, papá. Sólo estaba acabando un libro.
    —¡Hace más de dos horas que has llegado de la escuela! ¡Estoy harto y cansado de que holgazanees en esta casa sin dar golpe! —se inclinó sobre mí y el whisky de su aliento hizo que se me saltasen las lágrimas. Me aparté y me agarró de la nuca con dedos como garfios. Me zarandeó.
    —¡No eres más que un mocoso holgazán! ¡Te voy a enseñar a trabajar aunque tenga que matarte a palos!

    Me puso de pie, mientras me mantenía cogido del cuello. Con la otra mano buscó a tientas la recargada hebilla de rodeo de su cinturón, y se sacó de un tirón la pesada correa de vaquero.

    —No, papá. Iré ahora mismo a cortar el césped. ¡De verdad!
    —Cállate —respondió. Me empujó contra la pared. Apenas tuve tiempo de levantar los brazos para evitar golpearme la cara contra el revoque. Entonces cambió de mano, apretándome contra la pared con la izquierda mientras cogía el cinturón con la derecha.

    Giré la cabeza un poco, para evitar aplastarme la nariz contra la pared, y vi que cambiaba el agarre del cinturón, de manera que la pesada hebilla plateada colgaba en el extremo, lejos de su mano. Me puse a gritar.

    —¡La hebilla no, papá! ¡LO PROMETISTE!

    Me apretó aún más la cara contra la pared.

    —¡CÁLLATE! No te pegué lo suficientemente fuerte la última vez —extendió el brazo de manera que me sostenía contra la pared a casi un metro de distancia e hizo oscilar el cinturón lentamente. Entonces sacudió el brazo hacia delante, la correa silbó en el aire y mi cuerpo me traicionó, tratando de esquivar el impacto y... Estaba contra unas estanterías, con el cuello libre de las aplastantes manazas de papá, y el cuerpo aún preparado para recibir un golpe. Miré a mi alrededor, dando boqueadas, con el corazón todavía acelerado. No había ni rastro de papá, pero aquello no me sorprendió.

    Me encontraba en la sección de ficción de la biblioteca pública de Stanville y, aunque me la conocía tanto como mi propia habitación, no creía que mi padre hubiese estado nunca en aquel edificio.

    Aquélla fue la primera vez.


    * * *

    La segunda vez fue así.

    La parada de camiones era nueva y estaba concurrida; una isla de deslumbrante luz y duro hormigón en la noche. Entré por las puertas de cristal en el restaurante y me senté en la barra, cerca de una zona con un cartel que ponía:

    SÓLO CONDUCTORES


    El reloj de la pared marcaba las once y media. Puse el fardo en el suelo debajo de los pies y procuré parecer mayor.

    La camarera de mediana edad al otro lado de la barra me miró escéptica, pero me puso delante un menú y un vaso de agua y me dijo:

    —¿Café?
    —Té caliente, por favor.

    Sonrió mecánicamente y se marchó.

    La zona de conductores estaba medio llena, con una especie de nube de humo encima. Ninguno de ellos parecía el tipo de hombre capaz de decirme la hora y mucho menos de llevarme carretera adelante.

    La camarera volvió con una taza, una bolsita de té y una de esas pequeñas jarras metálicas llena de agua no muy caliente.

    —¿Qué te traigo? —preguntó.
    —De momento con esto tengo bastante.

    Se me quedó mirando fijamente unos instantes, luego hizo la cuenta y se apoyó en la barra.

    —Dásela a la cajera cuando hayas acabado. Si quieres algo más, sólo tienes que decírmelo.

    No sabía cómo aguantar la tapa abierta mientras vertía el agua, por lo que una tercera parte acabó sobre la barra. La sequé con servilletas de papel e intenté no llorar.

    —¿Llevas mucho en la carretera, chaval?

    Levanté la cabeza de golpe. Un hombre, sentado en el último asiento de la zona de conductores, me estaba mirando. Era enorme, alto y gordo, con una gran papada que sobresalía por el cuello abierto de la camisa. Estaba sonriendo y pude ver que sus dientes eran desiguales y estaban manchados.

    —¿A qué se refiere?

    Se encogió de hombros.

    —A tu trabajo. No parece que lleves mucho por ahí —su voz era más aguda de lo que podrías esperar de un hombre de aquel tamaño, pero amable.

    Miré detrás de él, hacia la puerta.

    —Unas dos semanas. Asintió.
    —Poco. ¿Te has escapado de tus padres?
    —De mi padre. Mi madre se esfumó hace tiempo.

    Le dio vueltas a su cuchara con el dedo. Sus uñas eran largas y tenían grasa incrustada.

    —¿Cuántos años tienes, chaval?
    —Diecisiete.

    Me miró y arqueó las cejas. Yo me encogí de hombros.

    —No me importa lo que piense. Es la verdad. Ayer cumplí diecisiete asquerosos años —las lágrimas empezaban a aparecer y pestañeé con fuerza para tenerlas bajo control.
    —¿Y qué has estado haciendo desde que te fuiste de casa?

    El té se había vuelto tan oscuro como era posible. Saqué la bolsita de té y me puse azúcar en la taza.

    —He estado haciendo autoestop, mendigando un poco, y algunos trabajitos. Estos dos últimos días he recogido manzanas... veinticinco centavos la fanega y todo lo que podía comer. También conseguí alguna ropa.
    —¿Dos semanas y ya no tienes ropa?

    Me tomé medio té de un trago.

    —Me fui sólo con lo que llevaba puesto —todo lo que llevaba puesto cuando salí de la biblioteca pública de Stanville.
    —Ah. Bueno, me llamo Topper. Topper Robbins. ¿Y tú?

    Me lo quedé mirando.

    —Davy —respondí, finalmente.
    —¿Davy...?
    —Sólo Davy.

    Volvió a sonreír.

    —Entiendo. No tengo por qué darle vueltas al tema —cogió su cuchara y removió su café—. Bueno, Davy, voy a conducir aquel camión cisterna de Petro Chem en dirección al oeste en unos cuarenta y cinco minutos. Si vas en esa dirección, estaré encantado de llevarte. Aunque parece que necesitas algo de comida. ¿Por qué no me dejas que te compre algo de comer?

    Entonces volvieron a caerme las lágrimas. Estaba preparado para la crueldad, no para la amabilidad. Pestañeé con fuerza y respondí:

    —De acuerdo. Le agradezco el viaje y la comida.

    Una hora después me dirigía al oeste en el asiento derecho del camión de Topper, adormilado por el calor de la cabina y mi estómago lleno. Cerré los ojos y fingí dormir, cansado de hablar. Topper intentó hablar un poco más después de aquello, pero se calló. Le miré con los ojos entrecerrados. Volvía la cabeza para mirarme cuando las luces de los coches iluminaban el interior de la cabina. Pensé que debía sentirme agradecido, pero aquel tipo me daba escalofríos.

    Al cabo de un rato me quedé dormido de verdad. Me desperté sobresaltado, sin saber dónde estaba ni quién era. Noté un temblor en mi cabeza, una reacción a una pesadilla, apenas recordaba. Entrecerré los ojos de nuevo y mi identidad y mis recuerdos volvieron.

    Topper estaba hablando por la CB1.

    —Te veré detrás de Sam's —estaba diciendo—. En quince minutos.
    —Diez-cuatro, Topper. Vamos para allá.

    Topper se despidió. Bostecé y me incorporé.

    —¡Caray! ¿He dormido mucho?
    —Casi una hora, Davy —sonrió como si hubiese contado un chiste. Apagó su transmisor y encendió la radio sintonizando una emisora country.

    Odio el country.

    Diez minutos después tomó una salida hacia una carretera rural apartada de todo.

    —Puede dejarme aquí, Topper.
    —Voy a seguir, chaval, sólo tengo que encontrarme con un tío antes. No querrás ponerte a hacer dedo a oscuras. Nadie parará. Además, parece que va a llover.

    Tenía razón. La luna había desaparecido detrás de un grueso nubarrón y el viento azotaba los árboles de alrededor.

    —De acuerdo.

    Continuó por la carretera rural de dos carriles durante un rato y después salió a la altura de un supermercado de pueblo con dos surtidores de gasolina delante. La tienda estaba cerrada pero había un terreno de grava detrás en el que se encontraban dos camionetas aparcadas. Topper aparcó el camión junto a ellas.

    —Venga, chaval. Quiero presentarte a unos tíos.

    No me moví.

    —Es igual. Le esperaré aquí.
    —Lo siento —contestó—. Va en contra de la política de la compañía recoger a autoestopistas, pero me quedaría realmente con el culo al aire si te dejara aquí dentro y pasara algo. Sé bueno.

    Asentí lentamente.

    —Claro. No pretendía causar problemas.

    Volvió a sonreír, todo él.

    —No pasa nada.

    Me estremecí.

    Para bajar, tenía que darme la vuelta y mirar hacia la cabina, y luego buscar el escalón con el pie. Una mano guió mi pie hasta el escalón y me quedé paralizado. Miré hacia abajo. Había tres hombres en aquel lado del camión. Oí crujir la grava mientras Topper caminaba alrededor de la cabina. Le miré. Se estaba desabrochando los téjanos y bajándose la cremallera.

    Grité e intenté volver a subir a la cabina, pero unas fuertes manos me cogieron de los tobillos y las rodillas, tirando de mí hacia abajo. Me agarré al mango cromado de la puerta con ambas manos tan fuerte como pude, sacudiendo las piernas para intentar soltarme. Alguien me golpeó con fuerza en el estómago y dejé ir el mango, el aire de los pulmones y la cena, todo a la vez.

    —¡Me cago en Dios! ¡Me ha potado encima! —alguien me volvió a golpear mientras me caía.

    Me agarraron de los brazos y me llevaron hasta la puerta trasera abierta de una de las camionetas. Me tiraron sobre la cama que había dentro. Me golpeé en la cara y noté sangre en la boca. Uno de ellos saltó a la cama y se sentó a horcajadas sobre mí, sujetando con sus rodillas y espinillas mis antebrazos y agarrándome del pelo con una mano. Noté que otro me palpaba y me desabrochaba el cinturón y me bajaba de un tirón los pantalones y la ropa interior. Sentí el aire frío en el trasero y las pantorrillas.

    Una voz dijo:

    —Ojalá hubieses traído otra chica.

    Otra voz preguntó:

    —¿Dónde está la vaselina?
    —Mierda. Está en el camión.
    —Bueno... no la necesitamos.

    Alguien me palpó entre las piernas y me manoseó los genitales; entonces noté como me abría las nalgas y escupía. Su saliva caliente salpicó mi trasero y...

    Me fui de bruces, sin presión en los brazos y el pelo, ni manos en el trasero. Me golpeé la cabeza con algo y estiré la mano para chocar con algo que cedió. Me di la vuelta, agarré mis pantalones con fuerza, me los subí desde las rodillas mientras intentaba coger aire, con el corazón palpitando y todo el cuerpo temblando.

    Estaba oscuro, pero no había viento y estaba solo. Ya no estaba en el exterior. Un rayo de luna entraba por una ventana a unos dos metros e iluminaba unas estanterías. Volví a notar el sabor de la sangre, y me toqué con cuidado el labio superior, que tenía abierto. Caminé lentamente hacia la luz de la luna y miré a mi alrededor.

    Cogí un libro del estante y lo abrí. El sello de la portada me dijo lo que ya sabía. Volvía a estar en la sección de ficción de la biblioteca pública de Stanville y estaba seguro de que me había vuelto loco.

    Aquélla fue la segunda vez.


    * * *

    La primera vez que acabé en la biblioteca, estaba abierta, yo no sangraba, mi ropa estaba limpia, y lo único que hice fue salir... de aquel edificio, de aquel pueblo, de aquella vida.

    Pensé que había tenido una laguna. Pensé que fuese lo que fuese lo que me hiciera mi padre había sido tan terrible que simplemente había escogido no recordarlo. Que sólo volvería a mí mismo después de alcanzar la seguridad de la biblioteca.

    La idea de tener lagunas daba miedo, pero no me era extraña. Papá siempre tenía vacíos mentales y yo había leído suficientes novelas como para estar familiarizado con la amnesia producida por traumas.

    Me sorprendí de que la biblioteca estuviese cerrada y oscura esta vez. Comprobé el reloj de la pared. Marcaba las dos en punto, una hora y cinco minutos más tarde que la del reloj digital del camión de Topper. Dios santo. Me puse a temblar con el aire acondicionado de la biblioteca y hurgué en los pantalones. La cremallera estaba rota pero el botón funcionaba. Me abroché el cinturón con un agujero más y me saqué la camisa por fuera para que tapase la cremallera. Tenía un sabor de boca de sangre y vómito.

    La biblioteca estaba iluminada desde fuera por la blanca y pálida luz de la luna y el amarillento resplandor de las farolas de mercurio. Me abrí paso entre las estanterías, las sillas y las mesas hasta la fuente y me enjuagué la boca una y otra vez hasta que se me fue el sabor y la hemorragia del labio paró.

    En dos semanas había logrado alejarme de mi padre más de novecientos kilómetros. En un instante había deshecho todo aquello, quedando a sólo quince minutos de casa. Me senté en una dura silla de madera y escondí la cabeza entre las manos. ¿Qué había hecho para merecer aquello?

    Había algo que no entendía. Lo sabía. Algo...

    «Estoy muy cansado. Lo único que quiero es dormir». Pensé en todas las cabezadas que había dado en las últimas dos semanas, miserables momentos robados en bancos de áreas de servido, en los coches de la gente, y bajo unos matojos como un animal. Pensé en casa, a un cuarto de hora, en mi dormitorio, en mi cama.

    Sentí una gran añoranza y me vi levantándome y caminando, sin pensar, sólo con el deseo de aquella cama. Fui hasta la salida de emergencia de la parte de atrás, la que tenía el letrero "sonará LA ALARMA". Supuse que para cuando alguien respondiese a la alarma, yo ya podía estar muy lejos.

    Estaba cerrada con una cadena. Me apoyé contra ella y la empujé con fuerza, dándole un golpe con la palma de la mano.

    Me aparté, con lágrimas en los ojos, para golpearla otra vez, pero no estaba allí y caí de bruces, perdiendo el equilibrio, sobre mi cama.

    Sabía que era mi cama. Creo que fue el olor de la habitación lo que primero me lo hizo pensar, pero el despertador digital de la mesita era el que mamá había enviado el año después de marcharse y la luz del porche trasero entraba por la ventana justo en el ángulo adecuado.

    Por un momento me relajé, absoluta y completamente, músculo a músculo. Cerré los ojos y sentí que el agotamiento se apoderaba de mí por momentos. Entonces oí un ruido y me levanté de golpe, rígido, sobre la colcha. Volví a oírlo otra vez. Era papá... roncando.

    Me estremecí. Era extraño. Era un sonido muy reconfortante. Era mi casa, era mi familia. También quería decir que el hijo de puta estaba dormido.

    Me saqué los zapatos y caminé sin hacer ruido por el pasillo. La puerta estaba medio abierta y la luz de la entrada encendida. El estaba tirado en la cama en diagonal, encima de la colcha, sin los zapatos y un calcetín, y con la camisa desabrochada. Tenía una botella de whisky metida en el hueco del brazo. Suspiré.

    Hogar dulce hogar.

    Agarré el cuello de la botella, se lo saqué con cuidado y lo puse en la mesita de noche. Él seguía roncando, ajeno a todo. Luego le saqué los pantalones, tirando de una y otra pierna para que le pasaran por el trasero. Salieron de golpe y su cartera cayó del bolsillo trasero. Colgué los pantalones en el respaldo de una silla, y fui hacia la cartera.

    Tenía ochenta pavos y la tarjeta. Cogí tres de veinte y me dispuse a ponerla en el tocador, pero me detuve. Cuando doblé la cartera, parecía más rígida de lo normal, y más gruesa. Miré con atención. Había un compartimento escondido cubierto por una solapa con cosido falso. Logré abrirla y casi se me cae la cartera. Estaba llena de billetes de cien dólares.

    Apagué la luz y me llevé la cartera a mi habitación, donde conté veintidós billetes nuevecitos de cien dólares encima de la cama.

    Me quedé mirando el dinero, en cuatro filas de cinco y una de dos, con los ojos como platos. Me zumbaban los oídos y de repente sentí un dolor en el estómago. Volví a la habitación de papá y me lo quedé mirando un momento.

    Aquél era el hombre que me llevaba a la misión y a las tiendas de segunda mano a comprar ropa para la escuela. Aquél era el hombre que me hacía llevar manteca de cacahuete y gelatina al colegio cada día en lugar de darme unos miserables noventa centavos para comprarme la comida. Aquél era el hombre que me pegaba cuando le sugería una semanada por hacer el trabajo del patio.

    Cogí la botella de whisky vacía y la levanté, agarrándola por el cuello. Era fría, lisa y justo del tamaño de mis pequeñas manos. El vidrio no se resbalaba cuando lo hice oscilar probando. El vidrio en la base de la botella era muy grueso, y el fabricante había escogido dar la impresión de que era una botella más grande. Parecía muy fuerte.

    Papá dejó de roncar, boquiabierto, con la cara flácida. Su piel, pálida de por sí, parecía blanca como el papel con la luz de la luna. Su frente, con entradas, abombada, arrugada, parecía un huevo, blanco, frágil. Toqué la base de la botella con mi mano izquierda. Parecía más que pesada.

    «Mierda.»

    Dejé la botella en la mesita, apagué la luz y volví a mi habitación.

    Cogí papel de libreta, lo corté en forma de billete y lo apilé hasta que fue tan grueso como el montón de cien dólares.

    Necesité veinte hojas para igualar la rigidez del dinero; puede que fuese más grueso o simplemente nuevo. Puse el papel cortado en la cartera y la coloqué en el bolsillo de sus pantalones.

    Luego me fui al garaje y bajé la vieja maleta de piel, la que el abuelo me dio al jubilarse, y la llené de ropa, productos de higiene personal y la colección encuadernada en piel de Mark Twain que mamá me había dejado.

    Después de cerrar la maleta, sacarme la ropa sucia que llevaba y ponerme mi traje, me quedé mirando la habitación, tambaleante. Si no me marchaba pronto, me caería al suelo.

    Había algo más, algo que podría usar...

    Pensé en la cocina, a sólo unos diez metros, al final del pasillo y después del cuarto de estar. Antes de que mamá se fuera, me encantaba sentarme allí mientras ella cocinaba simplemente hablando, contándole chistes estúpidos. Cerré los ojos y me lo imaginé, intentando sentirlo.

    El aire a mi alrededor cambió, o quizá fue sólo el ruido. Estaba en una casa en silencio, pero el mero ruido de mi respiración resonando en las paredes sonaba diferente de habitación en habitación.

    Me encontraba en la cocina.

    Incliné la cabeza lentamente, cansado. La histeria asomaba en la superficie como una enorme burbuja que amenazaba con apoderarse de mí. La hice bajar y miré en la nevera.

    Tres paquetes de seis cervezas Schlitz, dos cartones de cigarrillos, media pizza en la caja de cartón del servicio a domicilio. Cerré la puerta y pensé en mi habitación. Lo intenté con los ojos abiertos, desenfocados, imaginándome un punto entre mi escritorio y la ventana.

    Estaba allí y la habitación me daba vueltas, con los ojos y quizá mi oído interno aún no preparados para el cambio. Puse una mano en la pared y la habitación dejó de moverse.

    Cogí la maleta y cerré los ojos. Los abrí en la biblioteca, en las oscuras sombras que alternaban con rayos de luna. Caminé hasta la puerta principal y miré al césped.

    El verano pasado, antes de la escuela, había ido a la biblioteca, había sacado un par de libros, y me había ido afuera, a la hierba bajo los olmos. El viento alborotaba las páginas, me revolvía el pelo y la ropa, mientras yo me metía en las palabras, encontraba el sentido entre las frases y las letras desaparecían, dejándome en la historia, la acción, la cabeza de otra gente. En dos ocasiones acabé de leer demasiado tarde y llegué a casa después de papá. A él le gustaba encontrar la cena preparada. Aunque sólo fue dos veces. Dos veces era más que suficiente.

    Cerré los ojos y el viento me revolvió el pelo y agitó mi corbata. La maleta era pesada y tuve que cambiar de mano varias veces mientras caminaba las dos manzanas hasta la parada de autobús.

    Allí había uno que iba hacia el este a las 5:30 de la mañana. Compré un billete a Nueva York por ciento veintidós dólares y cincuenta y tres centavos. El empleado cogió los doscientos sin decir nada, me dio el cambio y me dijo que debía esperar tres horas.

    Fueron las tres horas más largas que he pasado nunca. Cada quince minutos me levantaba, arrastraba la maleta hasta el lavabo y me echaba agua fría en la cara. Casi al final de la espera los muebles parecían reptar por el suelo, y cada movimiento de los arbustos de afuera era mi padre, cinturón en mano, con la hebilla afilada casi del tamaño de un tapacubos.

    El autobús llegó cinco minutos tarde. El conductor guardó mi maleta debajo, cogió la mitad de mi billete y me acompañó adentro.

    Una vez hubimos pasado el destrozado cartel de límite urbano, cerré los ojos y dormí durante seis horas.


    _____ 2 _____


    Cuando tenía doce años, justo antes de que mamá se marchase, nos fuimos a Nueva York una semana. Fue un viaje terrible y maravilloso. Papá estaba allí por su trabajo, y pasó todos los días en reuniones y comidas de negocios. Mamá y yo fuimos a los museos, a Chinatown, a los almacenes Macy's,* a Wall Street y cogimos el metro hasta Coney Island.

    Por la noche discutían, durante la cena, en la única obra de teatro a la que fuimos y en la habitación del hotel. Papá quería sexo y mamá no, ni siquiera después de que yo me durmiese, porque la compañía sólo pagaba una habitación y yo dormía en un plegatín en un rincón. En tres ocasiones durante aquella semana él me hizo vestirme y bajar a esperar en recepción durante media hora, mientras lo hacían. La tercera vez no creo que lo hiciesen, porque mamá estaba llorando en el baño cuando volví y papá estaba bebiendo, algo que nunca hacía delante de mi madre. No de manera habitual.

    Al día siguiente vi que mamá tenía un moratón en el pómulo derecho y que caminaba de manera extraña, no cojeaba, pero parecía que le doliese mover las piernas.

    Dos días después de que volviésemos de Nueva York, cuando llegué a casa después de la escuela mamá se había ido.

    En cualquier caso, Nueva York me gustaba de verdad. Parecía un buen lugar para empezar de nuevo, un buen lugar para esconderse.


    * * *

    —Quisiera una habitación.

    El lugar era un antro, un hotel de paso en Brooklyn, a diez manzanas de la parada de metro más cercana. Lo había encontrado con la ayuda del taxista pakistaní que me había traído desde la terminal de autobuses Port Authority. Él también se había hospedado.

    El recepcionista era un hombre mayor, quizá de la edad de papá, y estaba leyendo una novela de Len Deighton a través de unas gafas de media luna. Bajó el libro e inclinó la cabeza hacia delante para mirarme por encima de las gafas.

    —Demasiado joven —respondió—. Apuesto a que te has escapado de casa.

    Puse uno de los grandes sobre el mostrador y dejé la mano encima, como Philip Marlowe.

    Él se rió y puso la suya también. Quité la mía.

    Lo miró atentamente, frotándolo con los dedos. Entonces me dio una tarjeta de registro y me dijo:

    —Cuarenta y ocho por noche, cinco pavos como depósito por la llave, baño al final del pasillo, pago por adelantado.

    Le di suficiente dinero para una semana. Miró los demás billetes durante un instante, me dio la llave de la habitación y me advirtió:

    —Aquí no trafiques. No me importa lo que hagas fuera del hotel, pero si veo algo que parece un trapicheo, te echo yo mismo.

    Me quedé boquiabierto y me lo quedé mirando.

    —¿Quiere decir drogas?
    —No... caramelos —volvió a mirarme—. Está bien. Puede que no lo hagas. Pero si veo algo parecido, eres historia.

    Me había sonrojado y me sentí como si hubiese hecho algo malo, aunque no fuese cierto.

    —Yo no hago nada de eso —contesté, tartamudeando. Odiaba sentirme así.

    Él simplemente se encogió de hombros.

    —Puede que no. Sólo te estoy advirtiendo. Ni tampoco quiero jueguecitos aquí.

    El recuerdo de unas toscas manos agarrándome y bajándome los pantalones me avergonzó.

    —¡Tampoco hago eso! —podía notar un nudo en la garganta y las lágrimas peligrosamente a punto de salir.

    El volvió a encogerse de hombros.

    Subí mi maleta por seis tramos de escaleras hasta la habitación y me senté en la estrecha cama. La habitación estaba hecha polvo, con el papel de la pared pelado y peste de humo de tabaco, pero la puerta y el marco eran de acero y la cerradura parecía nueva.

    La ventana daba a un callejón, con una pared de ladrillo cubierta de hollín a metro y medio de distancia. La abrí y entró el olor de algo podrido. Saqué la cabeza y vi bolsas de basura abajo, medio abiertas y esparcidas por el callejón. Al volver la cabeza a la derecha vi un pequeño trozo de la calle frente al hotel.

    Pensé en lo que me había dicho el recepcionista y me puse fatal otra vez, sintiéndome pequeño, disminuido. ¿Por qué tenía que hacerme sentir así? Yo estaba contento y entusiasmado con la idea de estar en Nueva York, y él me había removido las entrañas ¿Por qué la gente tiene que hacer esa mierda? ¿Es que nunca me iba a salir algo bien?


    * * *

    —No me importa lo talentoso, inteligente, brillante, trabajador o perfecto que seas. No tienes un título de educación secundaria ni un GED {*} y no podemos contratarte. ¡Siguiente!


    {* N.d.T: "General Educational Development Test" (Examen de Desarrollo Educacional General) certifica que el estudiante ha aprendido los requisitos necesarios del nivel de la escuela secundaria estadounidense}


    * * *

    —Pues claro que contratamos a chavales de secundaria. Me pareces bastante inteligente. Sólo tienes que darme tu número de la Seguridad Social para el W2 * y ya lo tendremos todo. ¿Que no tienes un número de la Seguridad Social? ¿De dónde vienes, de Marte? Vuelve con uno y te daré una oportunidad. ¡Siguiente!


    * * *

    —Ésta es la solicitud para el número de la Seguridad Social. Rellénala y déjame ver tu partida de nacimiento. ¿No tienes la partida de nacimiento? Ve a buscarla y vuelve. No hay excepciones. ¡Siguiente!


    * * *

    —Lo siento, pero en este estado si eres menor de dieciocho años, debes tener un permiso paterno para examinarte del GED. Si eres menor de diecisiete, necesitas una orden judicial. Vuelve con tu madre o tu padre, y una partida de nacimiento o el carnet de conducir de Nueva York y podrás hacerlo. ¡Siguiente!


    * * *

    Llega un momento en el que tienes que rendirte, al menos durante un tiempo, y lo único que quieres hacer es desaparecer. Cogí el metro de vuelta a Brooklyn Heights y caminé atontado en dirección a mi hotel.

    Era el final de la tarde, estaba bastante nublado, y la lúgubre y gris calle parecía absolutamente apropiada para mi estado de ánimo.

    ¡Malditos todos! ¿Por qué tenían que hacerme sentir tan pequeño? Con cada entrevista, cada rechazo, me sentía más y más culpable. Avergonzado de algo pero no sabía de qué. Le di una patada a una basura en la alcantarilla y me di con el pie en el bordillo. Pestañeé rápido, con las lágrimas empanándome los ojos y un nudo en la garganta. Sólo quería meterme en la cama y esconderme.

    Cogí una callecita transversal para acercarme a la avenida en la que se encontraba el hotel. La calle era estrecha, lo cual la hacía aún más oscura, y había bolsas de basura apiladas en las apiladas en las aceras, apoyadas en las entradas de viejos edificios de piedra rojiza. No sabía por qué se les llamaba «casas adosadas de piedra rojiza»; la mayoría de ellas estaban pintadas de verde o amarillo. Los montones de basura eran tan altos delante de un edificio que casi tuve que saltar a la calzada para pasar. Cuando volví a la acera, un hombre salió de una entrada y vino hacia mí.

    —¿Tienes alguna moneda que te sobre? ¿Algo suelto?

    Había visto muchos pordioseros aquel día, la mayoría alrededor de las estaciones de metro. Me ponían nervioso, pero aquellos días hambrientos lejos de papá aún estaban frescos en mi memoria. Recordaba cómo la gente pasaba a mi lado como si no existiese, hurgué en el bolsillo por sexta vez aquel día mientras respondía:

    —Claro.

    Iba a sacar la mano del bolsillo cuando oí un ruido detrás de mí. Me volví para mirar pero sentí que me explotaba la cabeza.

    Había algo pegajoso entre mi mejilla y la fría y arenosa superficie sobre la que estaba tirado. Me dolía la rodilla derecha y algo en la manera en la que estaba estirado no parecía normal, como si me hubiese echado en la cama de cualquier manera. Intenté abrir los ojos pero el izquierdo parecía que estuviese pegado. El derecho miró a una áspera superficie de cemento. La acera.

    La memoria y el dolor volvieron al mismo tiempo. Gemí.

    Oí pasos en la acera y pensé en los atracadores. Me levanté como pude a cuatro patas, con un dolor de cabeza del demonio y la rodilla dolorida que aún protestó más cuando le puse peso encima. Lo pegajoso de la acera era sangre.

    Me pareció imposible levantarme, así que me di la vuelta y me senté, con la espalda en una hilera de cubos de basura. Alcé la vista y vi a una mujer que llevaba un par de bolsas de la compra que aflojaba el paso al llegar frente al enorme montón de bolsas de basura y verme.

    —¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

    Pestañeé con mi ojo abierto y me llevé las manos a la cabeza. El esfuerzo de sentarme hizo que notase un agudo y punzante dolor en la cabeza.

    —Creo que me han golpeado por detrás —me palpé el bolsillo delantero, donde había estado llevando mi dinero—. Y me han robado.

    Separé las pestañas de mi ojo izquierdo con los dedos. El ojo estaba bien, sólo que se había cerrado por la sangre seca. Me toqué con cuidado la parte de atrás de la cabeza. Había un enorme chichón, húmedo. Me miré los dedos y estaban rojos. Genial. Estaba en una ciudad extraña sin dinero, sin trabajo, sin familia y sin posibilidades. Aquel dolor punzante en la cabeza no se podía comparar con el tormento de sentir que de alguna manera merecía aquello.

    Si hubiese sido mejor de niño... A lo mejor mamá no se hubiera ido, papá no habría bebido tanto...

    —Vivo a dos puertas de aquí. Llamaré al novecientos once —la mujer no esperó respuesta. La observé apresurarse, con un recipiente de Mace* en la mano, unido a su llavero. Mientras caminaba por la acera, se separó de los edificios, comprobando las entradas mientras pasaba por delante de ellas.

    Qué lista. Mucho más lista que yo.

    Novecientos once. Eso significaba policía. Soy un menor y un fugitivo. No tengo documentación ni quiero que se lo notifiquen a mi padre.

    Pensé en mi habitación de hotel, aún a tres manzanas. No creía que pudiese ni siquiera levantarme, y menos aún caminar tres manzanas. Sabía que estaría más seguro allí. Pensé en mi llegada allí, en la puerta de acero con la buena cerradura, en el papel de la pared despegado. Incluso estaba pagada para tres días más.

    Cerré los ojos y salté.

    El suelo del hotel era más cálido que la acera y me sentí mucho más seguro. Me fui acercando hasta la cama y me subí a ella despacio y con cuidado.

    Manché de sangre la almohada, pero me daba igual.


    * * *

    Casi a medianoche fui al baño, caminando con cuidado, como mi padre después de una noche de bebida. Estaba libre. Cerré la puerta con pestillo, y abrí el grifo para llenar la bañera mientras meaba.

    En el espejo me vi como alguien salido de una película de terror. La sangre de la herida en el cráneo me había caído por todo el pelo, apelmazándolo y haciendo que el castaño claro pareciese algo oscuro y asqueroso. La parte izquierda de mi frente también estaba cubierta de sangre, que se había secado y se iba despegando, dejando la piel de debajo descolorida. Me estremecí.

    Si me hubiese sentido lo suficientemente bien como para volver al hotel andando, dudo que lo hubiera conseguido sin que llamasen a la policía en cada manzana.

    Me metí en la bañera, sorprendido de que hubiese agua caliente. Los últimos dos días había estado tibia como mucho. Relajé la espalda y metí la parte trasera de la cabeza en el agua. Noté un ligero pinchazo pero el calor me sentaba bien. Me puse champú en el pelo con mucho cuidado, y me lavé la cabeza. Cuando me incorporé, el agua en la bañera estaba rojiza. Aclaré el champú y la sangre que aún tenía en el pelo con el grifo de la bañera, y me estaba secando cuando alguien intentó abrir la puerta.

    —Ya casi he terminado —anuncié.

    Alguien desde el otro lado de la puerta respondió en voz bastante alta:

    —Bueno, pues date prisa, hombre. No tienes derecho a acaparar el lavabo toda la noche.

    Me froté rápido y decidí que el pelo se secase por sí solo.

    Se oyó un fuete ruido, como si alguien golpease a la puerta con la palma de la mano.

    —Vengaaaaaaaaa. ¡Abre la maldita puerta!
    —Me estoy vistiendo —contesté.
    —Joder. Me importa una mierda... déjame entrar, pequeño maricón, para que pueda mear.

    Me enfadé.

    —Hay lavabos en las otras plantas. ¡Use uno de ellos!

    Hubo un breve silencio.

    —No voy a ir a ningún otro lavabo, cabrón. Y si no me dejas entrar ahora mismo, te voy a dar una paliza.

    Me dolía la mandíbula y me di cuenta de que estaba apretando los dientes. ¿Por qué no pueden dejarme tranquilo?

    —Bueno —dije, finalmente—. Pues espérese ahí, con la vejiga llena, o váyase a buscar otro sitio para mear.
    —No me voy a ninguna parte, pequeño hijo de puta, hasta que te raje.

    Se oyó una salpicadura y un líquido amarillo empezó a asomar por debajo de la puerta. Recogí la ropa y, sin vestirme, salté de vuelta a mi habitación.

    El corazón me latía con fuerza y aún estaba enfadado, «encabronado», podría decirse. Abrí la puerta una rendija y miré al final del pasillo, hacia el baño.

    Un tipo alto, musculoso y con nada más encima que unos téjanos se estaba abrochando los pantalones. Luego volvió a golpear la puerta y traqueteó el pomo. Desde una de las habitaciones, alguien dijo:

    —¡Cállate ya!

    El hombre frente al baño contestó:

    —¡Ven y hazme callar si tienes huevos! —Siguió aporreando la puerta mientras hurgaba en el bolsillo trasero buscando algo. Cuando lo encontró, sacudió la muñeca y algo brillante relució en la penumbra del pasillo.

    Dios santo.

    Aún estaba asustado, pero cuanto más miraba al final del pasillo, más me enfurecía. Dejé la ropa encima de la cama y volví a saltar al baño.

    El aporreo en la puerta era ensordecedor. Me aparté asustado por la fuerza de los golpes. Entonces cogí la papelera y tiré al suelo las pocas toallas de papel que había. Después la llené de agua jabonosa y sangrienta y la coloqué sobre el dintel, en el brazo del mecanismo de muelle que cerraba la puerta. Lo estudié con detenimiento, con el corazón palpitante y la respiración acelerada. Lo desplacé un poco hacia la derecha.

    Luego, con una mano en el pomo, apagué la luz, saqué el pestillo y volví a saltar a mi habitación.

    Abrí mi puerta justo a tiempo para verle agitar el pomo, comprobar que la puerta estaba abierta, y entrar como una furia en el lavabo. Se oyó un ruido sordo y el agua salpicó hasta el pasillo. En medio de todo aquello, él pegó un grito y resbaló, y le vi la cabeza y los hombros al caer de espaldas al suelo de golpe. Se tocó la cabeza con ambas manos de un modo con el que podía identificarme, aunque no sentir lástima. No vi dónde había ido a parar la navaja, pero ya no la llevaba en aquel momento.

    Poco a poco se abrieron otras puertas en el pasillo y algunas cabezas se asomaron con cautela por las jambas. Cerré la mía despacio y pasé el cerrojo.

    Por primera vez desde que llegué a aquel hotel, sonreí.


    * * *

    Bueno, era el momento de afrontarlo. Yo era diferente. No era como mis compañeros de clase de la escuela secundaria de Stanville, no a menos que algunos de ellos estuviesen ocultando un secreto bastante gordo.

    Consideré algunas posibilidades.

    La primera era que papá en realidad me hubiese apalizado esa última vez, induciéndome daño cerebral u otro tipo de trauma hasta el punto de estar soñando todo aquello. Quizás incluso mi robo fue sólo un detalle añadido por mi subconsciente para relacionarlo con las heridas «reales». Podía estar tumbado en la unidad de cuidados intensivos de St. Mary's Hospital allí en Stanville, con una pantallita haciendo bip, bip, bip sobre mí. Aunque lo dudaba. Incluso en mis más terribles pesadillas había sido consciente de que estaba soñando. El hedor de la basura del callejón parecía demasiado real.

    La segunda posibilidad era que había hecho la mayoría de las cosas que recordaba y que las cosas malas que me habían sucedido eran reales también. Mi mente simplemente deformaba la realidad con respecto a los resultados, dándome la alternativa más agradable de poder escapar gracias a una singular habilidad paranormal. Aquello parecía más probable. Cada vez que «saltaba», había una sensación de irrealidad, de desorientación. Podía ser mi primer paso hacia la psicosis irracional, un ajuste a mi asquerosa realidad. Por otra parte, podía ser el resultado de un desconcierto de todos mis sentidos, al cambiar por completo el entorno que me rodeaba. Diablos, la propia naturaleza del salto podía ser desorientadora.

    La tercera posibilidad era de la que más desconfiaba. La que implicaba que en realidad podría ser alguien realmente especial. No especial en el sentido de educación especial, ni especial en el sentido de ser un muchacho problemático, sino único, con un talento que, si alguien más lo poseía, lo mantenía en secreto. Un talento para teletransportarse.

    En aquel momento pensé en la palabra. Teletransportación.

    —Teletransportación.

    En voz alta vibraba por la habitación, una palabra de terrible trascendencia, totalmente extraña para los conceptos normales de la realidad, sólo llevada a la práctica bajo circunstancias especiales, en el contexto de la ficción, el cine y las películas de vídeo.

    Y si realmente me estaba teletransportando, ¿cómo lo hacía? ¿Por qué yo? ¿Qué tenía yo que me hacía capaz de teletransportarme? ¿Podría hacerlo alguien más?

    ¿Es eso lo que le ocurrió a mamá? ¿Simplemente se teletransportó lejos de nosotros?

    De repente sentí un vacío en el estómago y empecé a respirar con dificultad. ¡Dios santo! ¿Y si papá puede teletransportarse?

    De repente las habitaciones parecían inseguras y me lo imaginé apareciendo delante de mí, con el cinturón en la mano, en cualquier lugar, en cualquier momento.

    «Contrólate». Nunca le había visto hacer nada parecido. Más bien, le había visto tambalearse calle abajo unos quinientos metros hasta el Country Córner, para comprar cerveza cuando se le acababa, apenas capaz de andar o hablar. Si podía teletransportarse, seguro que lo habría utilizado entonces.

    Me senté en la estrecha cama y me vestí con mi ropa más cómoda. Con extremo cuidado, me peiné, comprobando el resultado en el diminuto espejo de la pared. El chichón, aún enorme y doloroso, parecía un error de barbero. Aún sangraba un poco, pero en realidad no se veía entre el pelo.

    Quería una aspirina y quería saber si estaba loco. Me puse en pie y pensé en el botiquín de nuestra casa. Era divertido que aún la viese como nuestra, casa. Me pregunté qué diría mi padre de eso.

    No sabía qué hora era, aparte de pasada medianoche. Me preguntaba si papá estaría dormido, o incluso en casa. Lo dejé correr y pensé en el enorme olmo que había en el rincón del patio. Era otro lugar en el que solía leer. También era un lugar al que solía ir cuando mamá y papá discutían, donde no podía oír las palabras, aunque el volumen y enfado llegasen hasta allí.

    Salté y abrí los ojos en un patio que necesitaba que cortasen el césped. Me apuesto a que eso le cabrea. Intenté imaginármelo detrás de la cortadora de césped, pero no podía. Yo me había ocupado del césped desde los once años. Él solía sentarse en el porche con una cerveza en la mano y me iba señalando los trozos que me dejaba.

    La casa estaba oscura. Avancé con cuidado hasta que pude ver el camino de entrada. Su coche no estaba allí. Me imaginé el cuarto de baño y salté de nuevo.

    La luz estaba apagada. Le di al interruptor y cogí el frasco de ibuprofeno del botiquín. Estaba medio lleno. También cogí una botella de agua oxigenada y unas cuantas gasas. Entonces salté a la cocina, porque estaba hambriento y para ver si aún podía. Había comprado comida desde la noche en que me marché a Nueva York. Me hice dos emparedados de jamón y queso y los puse junto con lo que había cogido en el lavabo, en una bolsa de papel que encontré en la despensa. Entonces lo limpié todo con cuidado, intentando no dejarlo más limpio o más desordenado de como lo había encontrado. Me bebí dos vasos de leche, luego lavé el vaso y lo volví a poner en el armario.

    Oí sonido de neumáticos en la entrada, aquel viejo ruido de terror y tensión. Cogí la bolsa y salté de nuevo al patio trasero. No apagué la luz, porque él lo habría visto por la ventana. Esperaba que pensase que se la había dejado encendida, pero lo dudé. Solía gritarme bastante por dejarme las luces encendidas.

    Observé cómo las luces se iban encendiendo a lo largo de la casa: vestíbulo, sala de estar, final del pasillo. La luz de su dormitorio se encendió, y se volvió a apagar. Entonces se encendió la luz de mi habitación y le vi silueteado en la ventana; un oscuro perfil a través de las cortinas. Luego la luz se apagó y volvió a la cocina. Comprobó la puerta trasera para ver si estaba cerrada. Pude ver su cara por la ventana, desconcertado. Empezó a abrir la puerta y yo me agazapé tras el tronco del roble.

    —¿Davy? —preguntó, apenas alzando el tono de voz por encima de lo normal—. ¿Estás ahí afuera?

    Permanecí completamente callado.

    Oí sus pies arrastrándose por el porche y luego la puerta se cerró de nuevo. Miré desde detrás del tronco y le vi por la ventana de la cocina cogiendo una cerveza de la nevera. Suspiré y salté a la biblioteca de Stanville.


    * * *

    Había un sofá con una mesa de centro en Periódicos que estaba apartada de las ventanas y tenía encima una de las luces que dejaban encendidas. Allí fue donde me comí los emparedados, con los pies sobre la mesa, masticando y mirando a los rincones oscuros. Cuando acabé, me tomé tres ibuprofenos en la fuente y luego fui al lavabo.

    Era un alivio no tener que preocuparme de que alguien estuviese aporreando la puerta. Empapé algunas gasas con agua oxigenada y me las puse en la herida de la cabeza. Me dolió más que antes y cuando las quité estaban llenas de sangre fresca. Hice un gesto de dolor, pero la limpié lo mejor que pude. No quería acabar en un hospital con una infección.

    Guardé el ibuprofeno, las gasas y el agua oxigenada, y luego tiré al váter lo que había usado. Después salté de vuelta a mi habitación de hotel en Brooklyn.

    Me dolía la cabeza y estaba cansado, pero dormir era lo único que no tenía en mente.

    Era hora de ver qué podía hacer.


    _____ 3 _____


    En Washington Square Park aparecí delante de un banco en el que me había sentado dos días antes. Había un hombre tumbado en él, tiritando de frío. Tenía hojas de periódico alrededor de las piernas y sus puños agarraban el cuello de una sucia chaqueta de traje, apretándola contra su cuerpo. Abrió los ojos, me vio, y gritó.

    Yo pestañeé y me aparté un poco del banco. Él se incorporó, agarrando los periódicos para que la brisa no se los llevase por los aires. Se me quedó mirando, con los ojos como platos, aún tiritando.

    Salté de vuelta al hotel de Brooklyn y cogí la manta de la cama; luego regresé al parque.

    Volvió a gritar cuando aparecí, retrocediendo hacia el banco.

    —Déjame en paz. Déjame en paz. Déjame en paz. Déjame en paz —repetía una y otra vez.

    Moviéndome lentamente, dejé la manta en el otro extremo de su banco y me fui andando por el camino hacia MacDougal Street. Después de caminar unos cien metros, me volví a mirar al banco. Había cogido la manta y se había envuelto en ella, pero aún no estaba estirado. Me pregunté si alguien se la robaría antes de que se hiciera de día.

    Cuando me aproximaba a la calle, un par de tipos, dos oscuras siluetas bajo las farolas, me bloquearon el paso.

    Miré por encima del hombro para que no me volviesen a coger por sorpresa.

    —Danos tu cartera y tu reloj —vi el brillo de una navaja; el otro hombre sostenía algo pesado y duro.
    —Demasiado tarde —respondí. Y salté.


    * * *

    Aparecí en la biblioteca de Stanville, de nuevo frente a la estantería que iba desde «Ruedinger, Cathy» a «Wells, Martha». Sonreí. No había pensado ningún destino en particular cuando salté, sólo en escapar. Cada vez que había saltado de un peligro inmediato y físico, había llegado hasta allí, el refugio más seguro que conocía.

    Recordé todos los lugares a los que me había teletransportado y los consideré. Todos eran sitios que había frecuentado antes de saltar a ellos, bien recientemente, como el caso de Washington Square y el hotel de Nueva York, o repetidamente durante un largo período de tiempo. Eran lugares que podía imaginar en mi mente. Me preguntaba si eso era lo único que se necesitaba.

    Fui al catálogo de fichas y busqué Nueva York. Había un listado bajo guías de viaje, 917—471 en la clasificación decimal de Dewey. Eso me llevó a la Guía Foster de Nueva York, 1986. En la página 323 había una foto del lago de Central Park, en color, con un banco y una papelera en primer plano, y el embarcadero de Loeb en un lado.

    Cuando mamá y yo estábamos haciendo turismo por Nueva York, no quería que nos adentrásemos en Central Park más que hasta el Metropolitan Museum en la parte este del parque. Había oído muchas historias de atracos y violaciones, así que no llegamos a ver el embarcadero. Nunca había estado allí.

    Me quedé mirando la foto hasta que pude cerrar los ojos y verla. Salté y abrí los ojos.

    No me había movido. Aún estaba en la biblioteca.

    ¡Um!

    Pasé las páginas e intenté lo mismo con otros lugares que no había visitado: Bloomingdale's, el zoo del Bronx, el interior de la base de la Estatua de la Libertad. Ninguno de ellos funcionó.

    Entonces encontré una foto del mirador del Empire State.

    —Mira, mamá, eso es el edificio Chrysler y ahí se ve el World Trade Centery...
    —Shhhh, Davy. Baja la voz, por favor.

    Aquélla era una expresión de mamá. «Baja la voz». Mucho más amable que decir «cállate» o «cállate la boca» o lo que decía mi padre, «cierra el pico». Habíamos ido allí el segundo día de aquel viaje y estuvimos arriba una hora. Antes de encontrarme con la foto no me había dado cuenta de la impresión que me causó. Pensé que sólo tenía vagos recuerdos como mucho. Pero entonces pude recordarlo con claridad.

    Salté y se me destaparon los oídos, como cuando despegas o aterrizas con un avión. Me encontraba allí, con el frío viento del East River alborotándome el pelo y las páginas de la guía que aún tenía en las manos. No había un alma por allí. Bajé la vista hacia el libro y leí que las horas de visita eran de 9:30 a medianoche.

    Por lo tanto, podía saltar a lugares en los que ya había estado, lo cual en parte era un alivio. Si papá podía teletransportarse, no sería capaz de saltar a mi habitación de hotel en Brooklyn. Nunca había estado allí.

    La vista era confusa, con todos los edificios iluminados, las siluetas borrosas y mezclándose entre ellas. Vi una lejana estatua verde con focos y me situé. Liberty Island quedaba al sur del Empire State. Bajé la vista para ver la Quinta Avenida hacia Greenwich Village y el centro de la ciudad. Las torres gemelas del World Trade Center deberían haberme dado una pista.

    Recordé a mamá poniendo monedas en el telescopio para que pudiese ver la Estatua de la Libertad. No fuimos a la isla porque mamá se mareaba en los barcos. Sentí una gran pena. ¿Adónde habría ido mamá?

    Entonces salté de vuelta a la biblioteca y coloqué la guía en el estante. Por lo tanto, ¿sólo era cualquier lugar al que ya había ido?

    Mi abuelo, el padre de mi madre, se jubiló y se fue a una pequeña casa en Florida. Mi madre y yo lo visitamos sólo una vez, cuando yo tenía once años. Íbamos a volver el verano siguiente, pero ella se marchó en primavera. Tenía un vago recuerdo de una casa pintada brillante con tejas blancas, y un canal en la parte de atrás con barcas. Intenté imaginarme la sala de estar, pero lo único que me venía a la mente era el abuelo e una indefinida y genérica estancia. Intenté saltar de todas formas, y no funcionó.

    ¡Um!

    Al parecer, la memoria era importante. Debía tener una imagen clara del lugar, como resultado de haber estado antes.

    Pensé en hacer otro experimento. Y salté.


    * * *

    En la calle Cuarenta y cinco hay una tienda detrás de otra especializadas en electrónica. Equipos estéreo, vídeos, ordenadores e instrumentos electrónicos.

    Todas estaban cerradas cuando aparecí en la esquina de la Quinta Avenida y la Cuarenta y cinco, incluyendo al vendedor de helado italiano que había frecuentado el día anterior.

    Sin embargo, pude ver el interior de las tiendas, porque estaban iluminadas por motivos de seguridad o de exposición. Había barrotes de acero sobre la mayoría de escaparates, asegurados con múltiples candados, pero se podía mirar entre ellos. Me detuve delante de una tienda con barrotes más amplios y mejor iluminación que la mayoría. Estudié el suelo, las paredes, la manera en que estaban colocadas las estanterías, y los productos más cercanos al escaparate.

    Tenía una sensación muy real de localización. Estaba en la acera a sólo unos dos metros del interior de la tienda. Podía imaginármela con claridad. Miré a ambos lados de la calle, cerré los ojos y salté.

    Ocurrieron dos cosas. La primera, que aparecí dentro de la tienda, a escasos centímetros de centenares de brillantes y luminosos chismes electrónicos. La segunda, que en el mismo instante de mi aparición, una alarma, muy ruidosa y estridente, se activó tanto dentro como fuera del establecimiento, seguida de un destello cegador de una luz estroboscópica que iluminó el interior como un relámpago.

    ¡Dios mío! Me estremecí. Luego, casi sin pensar, salté de vuelta a la biblioteca de Stanville.

    Sentí que me fallaban las piernas. Me senté, rápidamente, en el suelo y estuve temblando durante más de un minuto.

    ¿Qué me había pasado? Sólo era una alarma, algún tipo de detector de movimiento. No había tenido esa reacción cuando aquellos dos matones de Washington Square me abordaron.

    Me calmé. Aquello tampoco había sido tan inesperado, tan repentino. Respiré hondo varias veces. Probablemente podría haberme quedado allí, haberme llevado varios vídeos de vuelta a la habitación del hotel, antes de que hubiese aparecido la policía.

    ¿Qué hubiera hecho con ellos? No sabría a quién vendérselos, no sin ser timado o trincado. La sola idea de traficar con la clase de gente que compraba objetos robados me ponía los pelos de punta. ¿Y qué pasaría con el propietario de la tienda? ¿No saldría perjudicado? ¿O el seguro le cubriría todo? Empecé a sentirme culpable sólo con imaginármelo.

    Otra idea hizo que el corazón se me acelerase más y más. ¿Y si el fogonazo era un flash para fotos? ¿Y si tenían un circuito cerrado de televisión?

    Me levanté y empecé a andar por la biblioteca, respirando con dificultad, casi entrecortadamente.

    —¡Vale ya! —me dije finalmente a mí mismo, gritando en el silencioso edificio. ¿Cómo demonios te van a coger, aunque tuviesen huellas digitales, que no es el caso? Y si te cogiesen, ¿qué cárcel te iba a retener? Demonios, no robaste nada, no forzaste ninguna cerradura, no rompiste ninguna ventana. ¿Y quién se va a creer que había alguien en la tienda, y no digamos presentar cargos?

    De repente, sentí como un peso cayéndome sobre los hombros. Estaba exhausto y me tambaleaba. Empezó a dolerme la cabeza otra vez, y quise dormir.

    Salté a la habitación del hotel y me saqué los zapatos de golpe. La habitación estaba fría, y el radiador apenas calentaba. Miré las finas sábanas de la cama. Insuficiente. Pensé en el hombre de Washington Square. ¿Estará bien abrigado? Salté al oscuro interior de mi habitación en casa de mi padre, cogí la colcha de la cama, y volví a saltar al hotel.

    Entonces dormí.


    * * *

    Era mediodía cuando un ruido de la calle, creo que un claxon, me despertó. Me arropé con la colcha y le eché un vistazo a la barata habitación de hotel.

    Era miércoles, así que pensé que papá estaría en la oficina. Me levanté, me desperecé, y salté al cuarto de baño de casa. Escuché con atención, y luego me asomé un poco. Nadie. Salté a la cocina y miré hacia el camino de entrada. Su coche no estaba. Usé el lavabo y luego desayuné.

    No puedo vivir a costa de mi padre para siempre. La idea me provocó un vacío en el estómago. ¿Y qué iba a hacer para conseguir dinero?

    Salté de vuelta al hotel y busqué entre la ropa algo limpio que ponerme. Se me estaba acabando la ropa interior y todos los calcetines estaban sucios. Pensé en ir a una tienda, coger un poco de ropa y luego volver a saltar sin pagar la cuenta. El no va más en robos.

    Compórtate, Davy. Sacudí la cabeza con violencia, cogí toda la ropa sucia y salté de vuelta a casa de mi padre.

    Cada vez más, la consideraba su casa, no la nuestra. Me pareció un buen paso. Bueno, él había, dejado su ropa en la lavadora sin sacarla y ponerla en la secadora. Por el olor a humedad, debía de llevar allí un par de días. La apilé encima de la secadora y luego hice una lavadora con la mía.

    Si era su casa, ¿entonces por qué estaba allí? Me debe al menos una comida y una lavadora. Rechacé sentirme culpable por cogerle cualquier cosa.

    Por supuesto, mientras se lavaba la ropa me paseé por la casa y me sentí culpable. No era la comida, ni lavar la ropa. Me sentía culpable por los dos mil doscientos que le había cogido de la cartera. Era una estupidez. El hombre se ganaba bien la vida pero me hacía comprar ropa de segunda mano. Conducía un coche que costaba más de veinte mil dólares pero se quedó conmigo para no tener que pagarle a mamá la pensión alimenticia.

    Y yo aún me sentía culpable. Y furioso también.

    Pensé en destrozar el lugar, en romper todos los muebles, en quemar toda su ropa. Barajé la idea de volver aquella noche, abrir el depósito de su Cadillac y prenderle fuego. Quizá la casa también se incendiaría.

    ¿Qué estoy haciendo? Cada minuto que permanecía en aquella casa me hacía sentir peor. Y cuanto más me enfurecía, más culpable me sentía. No vale la pena. Salté a Manhattan y paseé por Central Park, hasta que me tranquilicé de nuevo.

    Después de cuarenta minutos, salté de vuelta a casa de mi padre, saqué la ropa de la lavadora y la coloqué en la secadora. Volví a poner la ropa húmeda de papá dentro de la lavadora.

    Había algo más que necesitaba de la casa. Recorrí todo el pasillo hasta el cuarto de papá, su «oficina». Se suponía que yo no podía entrar, pero ya no me importaban sus reglas y normas. Primero husmeé en el archivador de tres cajones, y luego fui a su escritorio. Para cuando la ropa terminó de secarse, yo también había acabado, pero no había encontrado mi partida de nacimiento por ninguna parte.

    Cerré el último cajón de golpe, cogí mi ropa seca y salté de vuelta al hotel.

    ¿Qué voy a hacer con el tema del dinero?

    Puse la ropa sobre la cama, y salté a Washington Square, delante del banco del parque. No había ni rastro del vagabundo de la noche anterior. Había dos ancianas sentadas, inmersas en su conversación. Alzaron la vista y me vieron, pero siguieron hablando; me alejé por la acera.

    Había intentado conseguir un trabajo honesto. Pero no me contratarían sin un número de la Seguridad Social. La mayoría de ellos también querían una prueba de ciudadanía —o una partida de nacimiento o una inscripción en el padrón—. No tenía nada de aquello. Pensé en los extranjeros ilegales que trabajaban en los Estados Unidos. ¿Cómo solucionaban aquel problema?

    Compraban documentación falsa.

    Ah. Cuando había pasado por Broadway a la altura de Time's Square, unos tipos me habían ofrecido de todo, desde drogas hasta mujeres o niños. Me apuesto a que también sabían algo de documentos de identidad falsos.

    Pero no tengo dinero.

    Me sentía muy tercermundista, atrapado en una trampa entre la necesidad de ganar dinero y ningún superpréstamo a la vista. Si no pagaba mi habitación de hotel al día siguiente, volvería a estar en la calle. Necesitaba algo para no tener deudas.

    El pitido de la alarma antirrobo de la calle Cuarenta y dos parecía menos aterrador a pleno día. Pensé en robar vídeos o televisores para llevarlos a casas de empeño, y luego usar el dinero para intentar comprar documentación falsa.

    La idea de llevar un vídeo a una casa de empeño me asustaba. No me importaba que fuese inatrapable. Si alguien se cabreaba lo suficiente podría pegarme un tiro. Quizás era una paranoia. ¿Y si robase algo de más valor? ¿Joyas? ¿O afanar cuadros del museo? Cuanto más caro fuese el objeto, más posibilidades tenía de no conseguir dinero, y de ser robado o asesinado.

    ¿A lo mejor el gobierno me querría, contratar?

    Me estremecí. Había leído Ojos de fuego de Stephen King. Podía imaginarme cómo me diseccionaban buscando cómo podía hacer aquello. O cómo me drogaban para que no lo hiciese, así es como controlaban al padre en aquella novela. Lo mantenían erogado para que no pudiese pensar bien. Me pregunté si no tendrían ya gente que pudiese teletransportarse.

    Aléjate del gobierno. ¡No dejes que nadie sepa lo que puedes hacer! Bueno, entonces... pensé que tenía que robar ni más ni menos que dinero.


    * * *

    El Chemical Bank de Nueva York está en la Quinta Avenida. Entré y le pregunté al guardia si había un lavabo en el banco. Negó con la cabeza.

    —Sigue la calle hasta la Torre Trump. Tienen un lavabo en el vestíbulo.

    Me hice el afligido.

    —Mire, no pretendo ser un problema, pero mi padre ha quedado conmigo aquí en unos instantes y si no estoy me matará, pero es que me estoy orinando de verdad. ¿No hay ningún lavabo para los empleados en alguna parte?

    No creía que colase, pero la mentira, además de la mención de mi padre, estaba haciendo real mi aflicción. Se mostró un tanto indeciso y yo hice un gesto de dolor, sabiendo que me enviaría a paseo.

    —Bah, qué demonios. ¿Ves aquella puerta? —me señaló una puerta después de la larga hilera de ventanillas de cajeros—. Ve allí y sigue recto. El lavabo está a la derecha al final del pasillo. Si alguien te pone pegas, diles que te ha enviado Kelly.

    Hice un suspiro de alivio.

    —Gracias, señor Kelly. Me ha salvado la vida.

    Abrí la puerta como si supiese lo que estaba haciendo. Tenía un nudo en el estómago y sentía que cualquiera que se cruzase conmigo podría verme las intenciones y saber que era un delincuente.

    La cámara acorazada estaba dos puertas antes que el lavabo. Su enorme compuerta de acero con bisagras más grandes que yo estaba abierta, pero una puerta más pequeña con barrotes estaba cerrada y había un guardia sentado ante ella, en una pequeña mesa. Me detuve delante suyo, mirando al interior de la cámara. Alzó la mirada hacia mí.

    —¿Puedo ayudarte? —su voz era fría y se me quedó mirando como un director de escuela a un estudiante sin tique de comedor.

    Tartamudeé.

    —Estoy buscando el lavabo.

    El guardia respondió:

    —No hay aseos públicos en este banco.
    —El señor Kelly me ha dicho que podía utilizar el aseo de los empleados. Es una emergencia.

    Se relajó un poco.

    —Entonces, ve al final del pasillo. Está claro que aquí no es.

    Asentí con la cabeza.

    —De acuerdo. Gracias —seguí caminando. En realidad, no había podido echar una buena ojeada. Fui al lavabo y me lavé las manos.

    Una vez de vuelta, me detuve y pregunté:

    —Esto sí que es una puerta enorme. ¿Sabe cuánto pesa? —me acerqué un poco más. El guardia parecía molesto.
    —Mucho. Si ya has usado el aseo, ¡te agradecería que volvieses al vestíbulo!

    Giré sobre mis talones.

    —Oh, por supuesto —me quedé mirando la puerta desde mi nuevo ángulo. Vi carritos y una mesa contra una de las puertas interiores de la cámara. Los carritos iban cargados de bolsas de lona, así como de montones de fajos de billetes. Otro paso y vislumbré unos estantes de acero gris en otra pared.

    ¡Ya lo tengo!

    El guardia empezó a levantarse. Aparté la mirada de la puerta y vi que se estaba sulfurando.

    —Ya me voy —le aseguré—. Gracias por sus indicaciones.

    Él farfulló algo, pero me fui a paso ligero hacia el vestíbulo. Cuando pasé por delante del guardia de la entrada, sonreí.

    —Gracias, señor Kelly.

    Me saludó y salí por la puerta.


    * * *

    Pasé el resto de la tarde en la biblioteca, de vuelta en Stanville, primero leyendo las entradas de la enciclopedia sobre bancos, robos a bancos, sistemas de alarma, cajas fuertes, cámaras acorazadas, cerraduras de combinación y circuitos cerrados de televisión, y después ojeando un libro sobre sistemas de seguridad industriales que encontré en Tecnologías Aplicadas.

    —¿David? ¿David Rice?

    Alcé la vista. La señora Johnson, mi profesora de geografía de la escuela de secundaria de Stanville, se me estaba acercando. Miré al reloj de la pared —las clases habían acabado hacía una hora.

    No había ido a la escuela en tres semanas, desde el primer día en que salté. Sentí que me ruborizaba y me levanté.

    —Eres tú de verdad, David. Me alegra ver que estás bien. ¿Entonces has vuelto a casa?

    Por alguna razón me sorprendía que la escuela supiese que me había escapado. Decidí aceptarlo. Era mucho más fácil mentir, decir que había vuelto y que iría a la escuela al día siguiente. Sé que eso es lo que habría hecho un mes antes. Optar por el camino más fácil. Evitar el escándalo. Decir lo que fuese necesario para evitar que la gente se enfureciera conmigo.

    Odiaba que la gente se enfureciera conmigo. Negué con la cabeza.

    —No, señora. No he vuelto. Y no voy a hacerlo.

    Ella no parecía ni sorprendida ni escandalizada.

    —Tu padre parece muy preocupado. Se pasó por la escuela y habló con todos tus compañeros, preguntando si alguien te había visto. También ha puesto esos carteles..., bueno, es probable que los hayas visto por todo el pueblo.

    Parpadeé y me encogí de hombros. ¿Carteles?

    —¿Y qué hay de la escuela? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer con las clases? ¿Cómo vas a entrar en la universidad? ¿O encontrar trabajo?
    —Pues..., supongo que tendré que cambiar de planes —era agradable no mentirle, pero aún temía que a ella no le pareciese bien—. He intentado sacarme el GED, pero no aceptan a un menor sin un permiso paterno o una orden judicial.

    La señora Johnson se mordió el labio, y luego me preguntó:

    —¿Dónde estás estudiando, David? ¿Ya tienes suficiente comida?
    —Sí, señora. Estoy bien.

    Sus palabras parecían estar muy bien escogidas. Caí en la cuenta de que no me iba a abroncar por perderme las clases o por escaparme de casa. Era como si estuviese intentando evitar asustarme, ahuyentarme.

    —Voy a llamar a tu padre, David. Es mi deber. Sin embargo, si quieres podemos hablar con la asistenta social del condado. No tienes por qué volver a casa si no quieres —titubeó un momento y al final habló—. ¿Te maltrata, David?

    Entonces aparecieron las lágrimas, como un yunque cayendo de un claro cielo azul. Hasta aquel momento, pensaba que ya estaba bien. Me restregué los ojos, pero me temblaban los hombros. Permanecí en silencio, reprimiendo los sollozos. La señora Johnson se acercó a mí, creo que para abrazarme. Retrocedí, apartándome y dándome la vuelta, secándome los ojos furiosamente con la mano derecha.

    Bajó los brazos. Parecía triste.

    Respiré hondo y me estremecí, unas cuantas veces, y los temblores disminuyeron poco a poco.

    —Lo siento —dije.

    Entonces la señora Johnson habló en voz baja, con cuidado.

    —No llamaré a tu padre, pero sólo si vienes conmigo a ver al señor Mendoza. Él sabrá qué hacer.

    Negué con la cabeza.

    —No. Me va bien. No quiero ir a ver al señor Mendoza.

    Ella pareció aún más triste.

    —Por favor, Davy. No es seguro estar en la calle, ni siquiera en Stanville, Ohio. Nosotros podemos protegerte de tu padre.

    ¿Ah, sí? ¿Dónde han estado los últimos cinco años? Volví a negar con la cabeza. Aquello no iba a ninguna parte.

    —¿Aún conduce un Volkswagen gris, señora Johnson? —le pregunté, mirando por encima de su hombro.

    Ella pestañeó, sorprendida por el cambio de tema.

    —Sí.
    —Creo que alguien acaba de chocar contra él.

    Volvió la cabeza enseguida. Antes de que se diese cuenta de que no se podía ver el aparcamiento desde donde nos encontrábamos, salté de vuelta al hotel de Brooklyn.

    ¡Al diablo con todo! Tiré el libro de seguridad industrial por la habitación, después me puse a gatear para recogerlo, con un sentimiento de culpa tanto por enfadarme como por maltratar un libro de la biblioteca. Los libros no merecían maltratos... ¿y la gente?

    Me acurruqué en la cama y me puse la almohada sobre la cabeza.


    * * *

    Era de noche cuando me incorporé, aturdido y perplejo, despertándome por lentas y confusas etapas. Por un momento miré a mi alrededor, esperando ver a la señora Johnson delante de mí contándome cosas fascinantes del África occidental, pero me desperté un poco más y la tenue luz que entraba a través de la fina persiana reveló la habitación, mi condición y mi estado de ánimo.

    Me levanté y me desperecé, preguntándome qué hora sería, y salté hasta la biblioteca de Stanville para mirar en su reloj de pared. Eran las 9:20 de la noche en Ohio, y la misma hora en Nueva York. Hora de ponerse a trabajar.

    Salté a mi patio trasero, detrás del roble. El coche de papá estaba en la entrada, pero las únicas luces encendidas eran las de su habitación, las de su cuarto y las de mi habitación. ¿Qué está haciendo en mi habitación? Sentí que era presa del pánico, pero me obligué a calmarme. No hagas caso. Podrás llegar a tu habitación. Los útiles de jardinería estaban en el garaje, en un estante encima de la cortadora de césped. Había rastrillos, palas y una azada colgados de clavos en la pared bajo el estante. Aparecí frente a aquella colección y busqué entre insecticidas, fertilizante y semillas de césped hasta que encontré los viejos guantes de jardinero. Me los puse y salté a la entrada de la casa.

    El Caddy de papá brillaba a plena luz, una bestia enorme. Fui hasta la puerta del acompañante e intenté abrirla con cuidado. Estaba cerrada con llave. Miré dentro, al tapizado de felpa y el reluciente salpicadero. Pude recordar con claridad su olor, la sensación de los asientos. Cerré los ojos y salté.

    La alarma del coche se disparó con un pitido agudo, pero ya me lo esperaba. Abrí la guantera y cogí la linterna. La luz del porche se encendió y la puerta de entrada empezó a abrirse. Salté a mi habitación.

    La alarma se oía mucho menos desde allí, pero seguía siendo desagradable. Estaba seguro de que las luces de los porches se estaban encendiendo en todo el vecindario.

    El pasamontañas estaba en el último cajón de mi tocador, debajo de varios pares de calzoncillos largos demasiado pequeños. La encontré justo cuando la alarma del coche se paró. Me treparé para saltar, pero me di cuenta de que no llevaba la linterna en la mano. Eché un vistazo a la habitación y la vi sobre el tocador.

    La puerta de la entrada se cerró y oí pasos. Recogí la linterna y salté.


    * * *

    Los guantes eran de piel, viejos y rígidos. Hacían daño a los dedos con sólo doblarlos. El pasamontañas era lo suficientemente grande, aunque tenía cuatro años. Había perdido la elasticidad y estaba deformado, pero pensé que serviría. Bien colocado, me cubría toda la cara menos los ojos y el puente de la nariz. El extremo me colgaba suelto por el resto de la cara, pero la tapaba.

    Picaba una barbaridad. Salté.

    Aparecí en una sala completamente oscura, sin ventilación y con un suelo liso. Esperé un momento antes de encender la luz, armándome de valor para oír el pitido de una alarma. También temía no estar en el sitio correcto y no quería precipitar el momento de descubrir el fracaso.

    Sin embargo, no oí ninguna alarma, pero por lo que sabía los indicadores podrían estar saltando en docenas de monitores del banco conectados con la comisaría de policía. Si había otros teletransportadores en el mundo, ¿los bancos no sabrían de ellos y habrían tomado medidas? Como inundar la cámara acorazada con gas venenoso al cerrarla, o poner trampas. El aire a mi alrededor se enrarecía y sentía la presión de la oscuridad sobre mí hasta que pensé que quizá las paredes se estaban estrechando. Le di al interruptor de la linterna sin darme cuenta.

    ¡Cuánto dinero!

    Los carritos que había visto antes estaban apilados hasta arriba; cada uno con montones de billetes cuidadosamente atados o con bandejas de monedas enrolladas o bolsas de lona con las letras «Chemical Bank de Nueva York». La mayoría de las estanterías estaban llenas de fajos de billetes nuevos.

    Cerré los ojos, mareado de repente. Cerca de la puerta de la cámara acorazada había un interruptor. Lo apreté y una luz fluorescente iluminó la sala. No parecía haber ninguna cámara de televisión, ni veía cajitas encima de las paredes que pareciesen los sensores de calor sobre los que había leído por la tarde. No salieron gases por la ventilación, ni se activaron trampas de repente.

    Apagué la linterna y me puse manos a la obra.

    El primer carrito al que me acerqué era obviamente de los depósitos de aquel día. El dinero estaba muy usado, aunque muy bien empaquetado. Cogí un fajo de billetes de cien dólares. La randa de papel que llevaba en medio decía «5.000 $» y estaba sellada con el nombre del banco. Había una caja de cartulina encima de otro carrito. Estaba repleta de fajos de billetes de un dólar, cada uno con cincuenta billetes. Intenté calcular cuánto habría allí, pero sacudí la cabeza. Cuenta después, Davy.

    Cogí la caja y salté a la habitación del hotel. La vacié sobre La cama y salté otra vez. Empecé por un extremo y fui hasta el otro. Si los fajos parecían nuevos, comprobaba si los billetes estaban ordenados por número de serie. Si era el caso, los dejaba. Si no era así, los ponía en la caja. Cuando la llené, salté a la habitación, vacié el contenido sobre la cama, y volví.

    Cuando acabé con el dinero suelto de los carritos, eché un vistazo a las bolsas. Parecían transferencias de sucursales, todas con billetes usados. Cogí todas las bolsas, sin comprobar el contenido de las demás. El dinero ya caía por los bordes de la cama, así que puse las bolsas en el suelo, debajo.

    Las estanterías tenían billetes nuevos, con el número de serie claramente escrito en sus bandas de papel. Los dejé y eché un último vistazo. Ni rastro de alarmas. La puerta estaba sólidamente cerrada.

    No importaba. Si lo que había leído sobre las cerraduras de apertura retardada era cierto, sería preciso una serie de circunstancias muy especiales para poder abrir la puerta antes de la mañana siguiente, aunque las alarmas estuviesen sonando.

    Por un momento consideré dejar una nota de agradecimiento, o quizás incluso un grafiti, pero decidí no hacerlo.

    Imaginé que ya habría suficiente alboroto a la mañana siguiente sin aquello. Salté.


    _____ 4 _____

    En Times Square el enorme panel electrónico decía que eran las once. Me quedé atónito. Había hecho todo aquello en menos de cuarenta minutos, y eso incluía ir a por los guantes y la linterna.

    La gente aún abarrotaba la plaza; la mayoría era gente joven, en parejas o en grupos. Algunos de ellos hacían cola delante de los cines, otros simplemente paseaban por Broadway mirando las tiendas que aún había abiertas. Se respiraba un ambiente festivo, casi como en carnaval.

    Entré en una tienda llena de camisetas, la mayoría de las cuales ensalzaban las virtudes de la ciudad. «Bienvenido a Nueva York. Ahora vete», decía una. Sonreí, aunque estaba temblando y la reacción me estaba dando náuseas.

    En el bolsillo llevaba un fajo de billetes de veinte, cincuenta en total. Les había quitado el papel que los sujetaba y me aseguré de poder sacarlos uno a uno, pero aún estaba nervioso. La parte trasera de la cabeza, donde me habían golpeado los atracadores, me dolía y seguía mirando por encima del hombro casi como un tic nervioso.

    Por Dios, Davy, estás dando la sensación de víctima como un loco. ¡Cálmate!

    La tienda de camisetas también vendía maletas: bolsas baratas de nylon, bolsas de deporte, bolsas de viaje y mochilas. Aquello era lo que quería en realidad. Cogí una de cada tipo y color.

    El dependiente se me quedó mirando y me dijo:

    —Eh, chaval, a menos que vayas a comprarlas todas, míralas de una en una, ¿vale?

    Seguí cogiendo bolsas y él se me acercó por el final del mostrador, con una expresión de enfado en la cara.

    —¿No me has oído? He dicho que...
    —¡He oído lo que ha dicho! —mi voz era aguda y estridente. El dependiente hizo un paso atrás y parpadeó. Respiré profundamente, y luego seguí hablando más tranquilo—. Aquí tengo veinte bolsas. Cóbremelas —fui hasta el mostrador y puse las bolsas encima.

    El dependiente aún vacilaba, así que saqué algunos billetes del bolsillo de la chaqueta; más de los que pretendía, en realidad. Probablemente la mitad, unos quinientos dólares.

    —Oh, claro. Siento haberte gritado. Es que nos entran algunos muchachos por aquí que se llevan cosas. Tengo que andarme con cuidado. No pretendía nada con...
    —Vale. No se preocupe. Cóbremelas, por favor.

    A medida que iba contando las bolsas, yo las iba metiendo en la más grande, un talego con una correa.

    Debió de sentirse mal por malinterpretarme, porque me hizo un diez por ciento de descuento del total.

    —Pues son doscientos veinte con cincuenta con impuestos incluidos.

    Separé doce billetes de veinte y dije algo que siempre había querido decir.

    —Quédese con el cambio.

    Él parpadeó, y luego respondió:

    —Gracias. Muchas gracias.

    Salí de la tienda, giré a la derecha y salté.


    * * *

    Clasifiqué el dinero primero por el valor, apilando los fajos contra la pared frente a la cama. Tuve que mover el sencillo tocador hasta la puerta para hacer sitio, pero no me importaba. Para entonces ya me sentía bastante paranoide, así que colgué la colcha en la persiana, tapando la ventana por completo.

    Cuando hube despejado la cama y llegué al dinero en bolsas, ya tenía dos montones de unos sesenta centímetros, veinticinco fajos apilados. Aún no me detuve en calcular las cantidades. Seguí con mi clasificación, tirando las bolsas de banco vacías sobre la cama. Salté una vez a la biblioteca de Stanville para mirar la hora.

    Finalmente, acabé de clasificar y apilar. Aún no había contado el dinero. Eso vendría después.

    Cogí las bolsas del banco vacías y luego me puse el pasamontañas y los guantes. Eran las dos de la madrugada.

    Respiré hondo varias veces y procuré mantener la calma. Estaba siendo presa del agotamiento nervioso, aunque para nada me sentía adormilado. Me concentré en el interior de la cámara acorazada y salté, intentando al mismo tiempo mantener en mente la biblioteca de Stanville por si ya habían abierto la caja fuerte.

    No lo habían hecho.

    Jo, me he dejado la luz encendida. Dejé las bolsas en uno de los carritos vacíos y me volví a apagar la luz. ¿Luz? ¡Dios mío! ¿Dónde está la linterna? Se me aceleró el pulso y se me hizo un nudo en la garganta. Oh, señor. No necesito pasar por esto. Me apoyé contra la pared, flaqueando, cuando vi la linterna en el primer carrito que había vaciado. Sabía que no tenía mis huellas dactilares, pero podría tener las de papá. ¿Y dónde estuvo usted, señor Rice, el pasado viernes por la noche?

    Aquí mismo, en Ohio, desde luego. Pero no sé dónde está mi hijo...

    Recogí la linterna, apagué la luz de la cámara acorazada, y salté de vuelta a la habitación del hotel.

    Me había apresurado a apilar el dinero para poder devolver las bolsas antes de la mañana. No quería tenerlas conmigo. Me di cuenta de que podría haberme librado de ellas en cualquier lugar. Incluso las podría haber llenado de ladrillos y tirado al East River, pero pensé que habría más confusión si las dejaba en la cámara acorazada.

    Como que no va a haber confusión tal como está...

    Aun así, me había apresurado, por lo que no había mirado realmente cuánto dinero había robado. Me senté en la cama y me lo quedé mirando.

    Cada capa de las pilas era de cinco paquetes por cinco. Ocupaban poco más de treinta centímetros a lo largo de la pared y casi un metro de ancho. Había más billetes de dólar que de los demás, en tres fajos de más de metro veinte de altura. Había otro montón de billetes de cinco de medio metro de alto, otro de billetes de diez de unos cuarenta centímetros, otro de billetes de veinte de unos veinticinco centímetros, y casi una capa entera de billetes de cincuenta, y diecisiete fajos de billetes de cien.

    Salté a la biblioteca de Stanville y cogí prestada una calculadora del mostrador de préstamo. Conté las capas e hice mis cálculos dos veces. Los volví a hacer por si las dos primeras veces no cuadraban.

    Había veinticinco fajos por capa. Aquello quería decir que, por ejemplo, mil doscientos cincuenta dólares por capa de billetes de dólar y dos mil quinientos dólares por capa de billetes de veinte. Tenía ciento cincuenta y tres capas y seis fajos de billetes de dólar, lo cual me daba, contando sólo los de dólar... Se me cayó la calculadora en el regazo y caí hacia atrás sobre la cama, temblando.

    Tenía ciento noventa y un mil cuatrocientos dólares en billetes de uno. Después de hacer y rehacer todos los cálculos, tenía novecientos cincuenta y tres mil cincuenta dólares, sin contar los setecientos sesenta dólares del bolsillo de la chaqueta.

    Casi un millón de dólares.


    * * *

    Como había diecisiete fajos de billetes de cien, los dividí en diecisiete de las bolsas de nylon. Aquello me daba cincuenta mil pavos por bolsa, más o menos el salario de un año. Luego metí suficientes fajos de billetes de dólar en cada una para llenarlas hasta arriba. En algunas bolsas aquello significaba añadir sólo setecientos dólares. En otras de las bolsas más grandes significaba nada menos que tres mil doscientos dólares. Luego llené las tres últimas bolsas, las de viaje más grandes, con fajos de un dólar, hasta que fueron demasiado pesadas para llevarlas. Aún quedaba un montón de billetes de dólar de medio metro. Conté las capas y calculé que eran treinta mil dólares. Incluso cuando volví a llenar la caja de cartón de la cámara acorazada aún quedaban doscientos cincuenta dólares.

    ¡Dios santo! ¿Dónde voy a meter todo esto?

    Desde la calle se oyó el sonido de una sirena, un ruido casi continuo en Nueva York, pero aquél se oía más cerca que la mayoría. Se me cortó la respiración. Cuando el sonido pasó de largo, solté un suspiro de alivio y noté un sudor frío en la frente. Aquello me recordó lo peligroso que era aquel barrio. Me recordó el incidente del cuarto de baño justo al final del pasillo y cuando me atracaron.

    Y allí estaba yo, rico desde hacía sólo una hora, y me sentía paranoico. El dinero no resuelve los problemas. Pensé. Sólo crea otros nuevos.

    Me pregunté qué hora sería. ¡Tengo que comprarme un reloj! Salté a la biblioteca de Stanville y vi que eran las 3:30 de la madrugada. Puse la calculadora en el mostrador y estaba a punto de volver cuando alcé la vista.

    La biblioteca de Stanville fue construida en 1910, un enorme edificio de granito con techos de unos cuatro metros y medio de alto. Sabía aquello porque la señora Tonovire, la bibliotecaria, solía practicar sus frases de guía conmigo. Cuando instalaron el aire acondicionado en la biblioteca, en 1973, hicieron un falso techo para tapar los conductos. Aquél tenía unos tres metros de alto.

    Trepé por las estanterías de revistas en Periódicos y empujé uno de los paneles de metro por medio metro. Lo levanté y lo aparté a un lado. Estaba oscuro allí arriba. Salté de vuelta a la habitación del hotel y trasladé diez de las bolsas al interior de aquel techo falso, separándolas para distribuir el peso. También puse allí la caja de billetes de dólar.

    La habitación del hotel parecía vacía sin los montones de dinero o el revoltijo de las bolsas de nylon repletas. A la única bolsa que quedaba le cerré la cremallera y la deslicé por debajo de la cama. Luego me quité los zapatos, apagué la luz y me estiré.

    Tenía el cuerpo cansado, pero la mente acelerada, nerviosa, excitada, exaltada y culpable. No quiero que me atrapen. ¡No dejes que me atrapen! Cambié de postura, intentando ponerme cómodo. Pero mi cabeza no paraba. Seguí oyendo ruidos en la calle y no podía dormir. Intenté tranquilizarme. ¿Cómo te van a atrapar? Si te vas gastando el dinero con cuidado, tienes la victoria asegurada. Además, no podrían retenerte, aunque sospechasen que fuiste tú quien lo hizo.

    Me puse de lado.

    ¿Y la biblioteca? ¿Y si deciden limpiar la parte de arriba de las estanterías? ¿No sospecharán algo si encuentran mis huellas en el polvo? Negué con la cabeza e intenté hundirme más en la almohada.

    Intenté respirar hondo. No funcionó. Intenté contar de mil a cero pero aquello me trajo a la mente fajos y más fajos de billetes. Los casi cincuenta mil dólares de debajo de la cama parecían empujarme, parecían tener una presencia que casi era animada. ¡Joder, que sólo es una bolsa con papel! Golpeé la almohada ahuecándola y colocándola bien, y luego cerré los ojos por completo.

    Un interminable rato después, suspiré, me incorporé, me puse los zapatos de nuevo, y salté a la biblioteca. Sólo cuando acabé de limpiar la parte superior de todas las estanterías de la biblioteca y la luz del amanecer empezaba a entrar por las ventanas, dejé el trapo del polvo, salté de vuelta a Brooklyn y me quedé dormido.


    * * *

    —Bueno, ¿qué tipo de reloj estás buscando?
    —Quiero uno que te permita saber la hora de diferentes zonas horarias. También debería tener una alarma de algún tipo, ser sumergible, y que tuviese estilo pero sin ser pretencioso. Quiero que quede bien en situaciones en las que hay que ir bien vestido pero no quiero que me den en el cogote cada vez que pase por un vecindario cuestionable sólo porque lo llevo puesto.

    El dependiente se puso a reír. Llevaba una barba muy recortada y un yarmulke, el pequeño gorro circular que llevan algunos judíos. Para mí era algo nuevo sólo lo había visto antes, solo lo había visto antes en la tele. Se puso a hablar.

    —Veo que has estado pensando en ello. ¿De qué precio aproximado estaríamos hablando?
    —No importa. Sólo que tenga todo eso.

    La tienda estaba en la calle Cuarenta y siete; era una "boutique" de joyas y electrónica. Había ido allí lo primero, saltando al metro de Grand Central Station y luego caminando las seis manzanas que quedaban.

    El dependiente sacó tres relojes diferentes de la caja.

    —Estos tres tienen lo que quieres; el tema horario y alarmas. Este es el más barato... cincuenta y cinco con noventa y cinco.

    Le eché un vistazo.

    —No es muy elegante.

    Él asintió, muy agradable.

    —Es verdad. Estos otros dos tienen más estilo. Este —señaló un reloj dorado con correa dorada y plateada— sale por trescientos setenta. Creo que lo tenemos en oferta por doscientos noventa y cinco —señaló al otro, un fino reloj con correa de lagarto—. Éste no parece tan llamativo, pero es de plata bañada en oro, mientras que este otro individuo —alzó el de la correa dorada— es de aluminio anodizado.

    Palpé el reloj fino.

    —¿Cuánto vale?

    Sonrió.

    —Mil trescientos noventa y seis con treinta y cinco centavos.

    Pestañeé. Él empezó a apartar el reloj caro.

    —Me encanta mirar los ojos de los clientes cuando se lo digo. No es como si estuviésemos en la Quinta Avenida. Ni siquiera sé por qué está en el inventario.

    Levanté la mano.

    —Me lo quedo.
    —Ah. ¿Éste? —estiró el brazo para coger el llamativo reloj dorado con la otra mano.
    —No. Éste de aquí, la pieza de mil cuatrocientos pavos. ¿Cuánto es con impuestos? — pensé un instante, y luego hurgué en el bolsillo derecho delantero; allí había puesto veinte billetes de cien. Cuando empecé a contarlos sobre el mostrador, él agarró la calculadora de inmediato.

    Detrás de él una hilera de televisores de diversos tamaños y forrmas mostraban el mismo programa, una teleserie de tarde. Acabó y apareció el logo de «Avance Informativo», y luego la fachada del Chemical Bank de Nueva York. Me lo quedé mirando. Los periodistas acercaban sus micrófonos a un hombre con mala cara que estaba leyendo algo en un papel. Ninguno de los aparatos tenía volumen.

    El dependiente se dio cuenta de eso y miró por encima de su hombro.

    —Ah, el atraco al banco. No tardarán mucho en atraparlos.

    Tenía un nudo en el estómago y noté que me fallaban las piernas. Logré articular una palabra:

    —¿No?
    —¿Un millón de dólares desaparecido en la cámara acorazada desde que la cerraron hasta que la volvieron a abrir? Ha tenido que ser alguien de dentro. Si aquel dinero no estaba cuando abrieron la caja fuerte no estaba cuando la cerraron.
    —No me había enterado.
    —La noticia salió a las once y media —comentó, mientras contaba el cambio sobre el mostrador—. Al parecer un cajero aviso a la prensa. Mira, mil quinientos once con cincuenta y cinco de mil quinientos veinte queda en ocho con cuarenta y cinco —se volvió a mirar los televisores—. Quien lo haya hecho va a tener que guardar el dinero durante mucho tiempo.

    Me guardé el cambio con cuidado.

    —¿Y por qué?
    —Bueno, probablemente a ninguno de los empleados con acceso les van a quitar el ojo de encima. Cuando gasten tan sólo un centavo del que no puedan dar cuentas, ¡zas! —me entregó la factura y la tarjeta de garantía del reloj—. ¿Necesitas algo más?

    ¿Un buen vídeo? ¿Una cámara? ¿Un ordenador?

    Todos aquellos aparatos fantásticos... pero no tenía sitio donde ponerlos aún.

    —Puede que en otro momento.
    —Claro. Cuando quieras.


    * * *

    Comí en el Jockey Club del Ritz Carlton, justo al sur del parque. El maítre me miró extrañado cuando atravesé el vestíbulo y bajé las escaleras hacia el restaurante, pero la camarera principal me condujo a una mesa y se comportó como si fuese un placer. Escogí lo más caro del menú.

    Mientras esperaba la comida, jugué con los controles de mi reloj y observé a los demás clientes para ver cómo iban vestidos y cómo se comportaban en un restaurante de categoría. Había flores en cada mesa y el camarero me trajo automáticamente panecillos calientes y mantequilla.

    No tenía mucha experiencia en restaurantes, no desde que mamá se fue. Ella se había esforzado en enseñarme a comer con la boca cerrada, pero me sentía cohibido.

    Cuando llegó la comida, sólo me comí la mitad. Había demasiada y no tenía mucha hambre. El programa de noticias me había disgustado, me había vuelto paranoico de nuevo.

    Intenté pagar al camarero cuando me trajo la cuenta, pero él me corrigió amablemente.

    —Puedo llevar esto al cajero por usted, si lo desea, o pude usted pagar cuando salga.

    Le dije que lo haría yo. Pensé por un momento cómo me lo había dicho sin hacerme sentir estúpido. Si hubiese sido mi padre, habría dicho: «Paga al cajero mentecato. ¿Es que no sabes nada?». La diferencia era considerable. Dejé al camarero una propina de veinte dólares.

    Pagar cincuenta dólares por una comida parecía irreal, lo mismo que comprarme el reloj me había parecido un juego. Era como jugar con el dinero del Monopoly, como si fuese de mentira.

    ¿Qué harías, Davy, si fueses rico?

    Sería feliz. Crucé la calle hacia Central Park, verde y frondoso, y de alguna manera extraño en medio de todo el hormigón y el acero.

    Bueno, puedo intentarlo.



    SEGUNDA PARTE
    EN BUSCA DE LA FELICIDAD


    _____ 5 _____


    Conocí a Millie durante el intermedio de una reposición de Broadway de Sweeney Todd, el barbero asesino de Fleet Street. Era la sexta vez que la veía. Después de pagar la primera, simplemente saltaba a un palco al final de la platea alta cinco minutos después de las ocho. Las luces de la sala están apagadas para entonces y puedo encontrar sitio sin problemas. Si parecía que alguien llegaba tarde y se dirigía a mi asiento escogido, me agachaba como si me estuviese atando un zapato y saltaba de vuelta al palco. Luego localizaba otro asiento vacío.

    No me importa pagar, pero no suelo decidir si quiero verla hasta después de que suban el telón. Entonces la taquillera me hace perder el tiempo intentando que me quede una entrada para otra función. Demasiados problemas.

    Aquella era la del jueves por la noche y la multitud era sorprendentemente abundante. Me encontraba apretado contra la barandilla de la galería bebiendo un ginger ale excesivamente caro y observando las colas de los lavabos.

    —¿Y tú de qué te ríes?

    Volví la cabeza de inmediato. Por un momento pensé que era uno de los acomodadores que me iba a sacar por haberme colado, pero era una chica, no mucho mayor que yo, aunque debía de pasar de los veintiuno, al menos, que estaba bebiendo champán.

    —¿Estás hablando conmigo?
    —Claro. Puede que sea impertinente por mi parte, pero entre una multitud tan densa, la intimidad es de prever.
    —Bueno, sí lo es. Me llamo David.
    —Millie —dijo ella con un vago gesto con la mano. Llevaba una elegante blusa y unos pantalones de sport negros. Era guapa, llevaba gafas de búho, nada de maquillaje y su brillante y moreno cabello era largo arriba y rematado en punta en la nuca.

    »Entonces, ¿de qué te reías?

    Fruncí el ceño.

    —Ah... supongo que porque me sentía un tanto superior al no tener que hacer cola. ¿Esta intimidad temporal implica hablar de lavabos?

    Se encogió de hombros.

    —¿Por qué no? Yo también estaría en la cola, pero me he escabullido durante el primer acto. Y es probable que lo vuelva a hacer después. ¿Cuál es tu secreto? ¿Una vejiga de acero?

    Me ruboricé.

    —Algo parecido.
    —¿Te estás sonrojando? Vaya, pensaba que los adolescentes hablaban de las funciones corporales continuamente. Al menos mis hermanos lo hacen.
    —Hace calor aquí.
    —Sí. De acuerdo. No hablaremos más de funciones excretoras. ¿Algún otro tema tabú?
    —Preferiría no darte ideas.

    Se puso a reír.

    —Touché. ¿Eres de aquí?
    —Más o menos. Viajo mucho, pero por ahora es mi casa.
    —Yo no. Estoy aquí durante una semana de compras turísticas. Tengo que volver a las clases en dos semanas.
    —¿Adónde?
    —A Oklahoma State. Estudio psicología.

    Pensé por un momento.

    —¿En Stilhvater?
    —Sí. Veo que sí que viajas.
    —No a Oklahoma. Mi abuelo estudió allí cuando aún se llamaba Oklahoma Agricultural and Mechanical.
    —¿Dónde estudias tú?
    —No estudio. No tengo aptitud para eso.

    Me miró por encima de las gafas.

    —Pues no pareces especialmente tonto.

    Volví a ruborizarme.

    —Me estoy tomando mi tiempo.

    Las luces empezaron a atenuarse para el segundo acto. Ella terminó su champán y tiró el vaso de plástico a la papelera. Luego me tendió la mano.

    La cogí. Me la sacudió con firmeza dos veces y dijo:

    —Ha sido un placer hablar contigo, David. Que disfrutes el resto de la obra.
    —Tú también, Millie.


    * * *

    Lloré durante el segundo acto. La esposa de Sweeney, a quien habían robado la hija y se había vuelto loca tras ser violada, resulta ser la loca y disoluta mendiga/prostituta, pero sólo después de que Sweeney la mate mientras ella presencia el asesinato de su violador, el juez Turpin.

    La primera vez que vi aquella escena decidí que no me gustaba. De hecho, me marché con una impresión muy negativa de la obra. Fue después de sorprenderme examinando los rostros de cada vagabunda que veía para ver si era mi madre cuando me di cuenta de por qué no me gustaba la escena.

    Aun así, no dejé de mirar a las vagabundas y, al cabo de un tiempo, volví a ver Sweeney Todd. Evité el final y salté a la Grand Central Terminal. Es uno de los lugares en los que puedes encontrar un taxi bien entrada la noche. Alcé la mano y un hombre negro, de unos veinticinco años y harapiento, se lanzó a la calle.

    —¿Taxi? ¿Necesitas un taxi? Te conseguiré un taxi.

    Podría haber caminado hasta la parada de taxis oficial en Vanderbit Avenue, pero qué demonios. Asentí.

    Se puso un silbato cromado de policía entre los dientes y dio dos largos y agudos pitidos. Al final del bloque un taxi cambió dos carriles y se acercó. El tipo negro me sujetó la puerta. Le di un billete.

    —Eh, tío. Dos dólares por conseguirte un taxi. Dos dólares.
    —Es de diez.

    Se hizo atrás, sorprendido.

    —Ah, sí. Gracias, tío.

    Hice que me llevase de vuelta por la calle Cuarenta y cinco hasta el teatro en el que representaban Sweeney y le hice aparcar en el bordillo. Salí a la acera, con un pie aún en el taxi, y ahuyenté a la gente que quería cogerlo.

    —Voy a recoger a alguien. Este taxi está reservado. Acabo de coger el taxi. Lo siento. No, no quiero compartir este taxi. Estoy esperando a alguien. Váyase.

    Empezaba a cuestionarme aquel esfuerzo cuando por fin Millie apareció, con un aspecto muy de Nueva York, con su bolso en bandolera y una expresión muy decidida y resuelta.

    —¡Millie!

    Se volvió, con cara de sorpresa.

    —David. ¿Cómo has conseguido un taxi?

    Le hice señales para que viniese y me encogí de hombros.

    —Magia. Deja que te lleve.

    Se acercó.

    —No sabes adónde voy.
    —Bueno.
    —Me hospedo en el Village.
    —Suficiente como para servir al gobierno. Sube —le aguanté la puerta y me dirigí al conductor: Sheridan Square. —Fruncí el ceño. Suficiente como para servir al gobierno. Mi padre utilizaba aquella frase. Me pregunté qué otras cosas hacía que fuesen como mi padre.

    Millie torció el gesto.

    —¿Dónde está eso?
    —En el centro del Village. También está cerca de unos restaurantes fantásticos. ¿Tienes hambre?
    —¿Esto qué es? Pensaba que sólo íbamos a compartir un taxi —aunque estaba sonriendo—. ¿Y a cuánto va a subir el viaje? Yo iba a coger el metro de vuelta. No es que tenga presupuesto para un taxi... Y me han contado lo imposible que es conseguir uno después de salir del teatro.
    —Bueno, eso es cierto. Parecía el planeta de los zombis buscataxis mientras te esperaba.
    —¿Me estabas esperando? —pareció nerviosa por un momento—. Mi madre me dijo que no hablase con extraños. ¿Cuánto va a costar el taxi?
    —Olvídate del taxi. Te he ofrecido llevarte, no medio taxi. Y soy bueno encontrando algo de comer si quieres.
    —¡Um! ¿Cuántos años tienes, David?

    Me ruboricé y miré mi reloj.

    —En cuarenta y cinco minutos tendré dieciocho —aparté la vista de ella y miré a las luces que pasaban y las aceras. Recordé los sucesos ocurridos durante mi diecisiete cumpleaños y me estremecí.
    —Oh. Pues feliz casi cumpleaños —se me quedó mirando—. Actúas como si fueras mayor. Vistes muy bien y no hablas como alguien de esa edad.

    Me encogí de hombros.

    —Es que leo mucho... y puedo permitirme vestirme así.
    —Debes de tener algún trabajo.

    Me pregunté qué estaba haciendo en aquel taxi con aquella chica. Solo.

    —No tengo trabajo, Millie. No lo necesito.
    —¿Tus padres son tan ricos?

    Pensé en papá, el roñoso, con su Cadillac y su botella.

    —A mi padre le va bien, pero no le cojo nada a él. Tengo mi propio dinero... intereses bancarios.
    —¿No estudias ni trabajas? ¿Entonces qué haces?

    Sonreí con humor.

    —Leo mucho.
    —Eso ya lo has dicho.
    —Bueno... es cierto.

    Miró por la ventana al otro lado del taxi. Sus manos agarraban con fuerza el bolso. Finalmente, se volvió y dijo:

    —He cenado antes del espectáculo, pero un cappuccino o un espresso en uno de esos cafés con terraza estará bien.


    * * *

    Un par de días después del robo al banco, cuando los nervios se calmaron un poco, me trasladé al hotel Gramercy Park. Estuvo bien por un tiempo, pero la atmósfera del hotel y el tamaño de la habitación pudieron conmigo después de un mes. Empecé a buscar un piso en el Village, primero, pero, aunque podía permitirme algo allí, la mayoría de lugares querían referencias, identificaciones y cuentas bancarias... cosas que yo no tenía. Al final encontré un sitio en East Flatbush por la mitad del precio y de jaleo. Conseguí un contrato de arrendamiento durante un año y le pagué al casero el depósito y el alquiler de tres meses con giros postales. El pareció feliz.

    Poco después de trasladarme, hice algunas pequeñas reparaciones, añadí soportes de acero a ambos lados de las puertas para colgar estantes y tapié un armario que daba al vestíbulo. Cuando acabé, era como otra pared vacía, una habitación sin entrada.

    Excepto para mí, claro.

    Y, a excepción del extraño martilleo, que procuré hacer durante el día, mientras los vecinos de abajo estaban trabajando, nadie se enteró de nada, porque había saltado con el material directamente al piso desde un almacén maderero en Yonkers. Nadie me vio transportar las maderas o los paneles de yeso Sheetrock al piso. Después trasladé el dinero desde la biblioteca, amontonándolo con cuidado sobre los estantes en el armario escondido y dediqué una semana entera a reemplazar las bandas de papel Chemical Bank con bandas de goma y luego a quemarlas en fogón de la cocina.

    Antes de aquello, sólo sabía que en cualquier momento iba a aparecer en la biblioteca y me iba a encontrar a un policía esperándome. Ahora lo máximo que temía era al casero entrando y preguntándose qué había hecho con el armario. Tapar la pared tan limpiamente significó mucho para mí. No era algo que había comprado con dinero. No era algo que había pagado para que lo hicieran. Me hacía sentir bien. Decidí hacer más trabajos manuales en el futuro. Para amueblar el piso compré sólo cosas que podía llevar. Si era algo demasiado grande para transportarlo, tenía que separarse en piezas más pequeñas. De esa manera podía saltar con ellas directamente al piso.

    La mayoría de mis compras de muebles fueron estanterías. La mayoría de mis otras compras fueron libros.


    * * *

    Millie estuvo en la ciudad durante cuatro días más. Me dejó que la siguiese a unas cuantas visitas turísticas típicas de Nueva York: el zoo del Bronx, el Metropolitan Museum, el Empire State. La llevé a ver dos espectáculos más de Broadway y a cenar al Tavern on the Green. Ella aceptó a regañadientes.

    —Eres realmente adorable, David, pero tienes tres años y medio menos que yo. No me gusta que te gastes dinero conmigo con falsas pretensiones.

    Íbamos paseando por Central Park, atravesando el Sheep Meadow, de camino al paseo. Las cometas, brillantes manchas de pigmento fugaz, intentaban pintar el cielo. Los ciclistas pasaban en grupos sobre la acera al otro lado de la cerca.

    —¿Qué hay de falso en ello? Para empezar, no estoy intentando crear un contrato implícito entre nosotros. Tengo ese dinero y me gusta pasar el tiempo contigo. Lo único que espero de ello es el tiempo en sí. El tiempo en el que no estoy solo. No me importaría algo más, pero no espero comprarlo. Y el tema de la edad es una estupidez sexista. Me sorprende viniendo de ti.

    Ella frunció el ceño.

    —¿Qué tiene de sexista?
    —Si yo tuviese tres años más que tú, sería posible una relación sentimental, e incluso probable. ¿Has quedado alguna vez con alguien mucho mayor que tú?

    Se ruborizó. Continué.

    —Creo que es aceptable en la sociedad porque los hombres mayores han acumulado más bienes mundanos. Por lo tanto, son mejores pretendientes. Quizá sea ésa la razón original. Quizá todo sea basura machista. Los machos mayores han sobrevivido más, lo que hace que sus genes sean codiciados. ¿No estás por encima de esos factores anticuados? ¿Vas a dejar que una idea machista acerca de qué y quién deberías ser escoja por ti?
    —¡Dame un respiro, David!

    Me encogí de hombros.

    —Si no quieres pasar el tiempo conmigo por otras razones, sólo tienes que decirlo. Pero no uses el tema de la edad —bajé la vista a los pies y seguí en voz baja—. Ya tengo que soportar bastante mierda debido a mi edad.

    No me dijo nada durante un largo rato, hasta que pasamos delante del café de la fuente. Sentía que me ardían las orejas y estaba furioso conmigo mismo, casi avergonzado por alguna razón. Ojalá hubiese mantenido la boca cerrada.

    —No es muy justo, ¿verdad? —respondió, por fin—. Tenemos ese condicionamiento, ese modo de pensar. Se nos inculca desde que somos críos —dejó de andar cuando volvimos a la acera, y se sentó en un banco cercano—. Déjame que lo intente de otra manera. No es justo tener una relación contigo, ni para ninguno de los dos, cuando mañana cojo el vuelo de vuelta a Stillwater.

    Me encogí de hombros.

    —Yo ya viajo mucho. La OSU {*} no está tan lejos.


    {* N.d.T: Oklahoma State University}


    Ella sacudió la cabeza.

    —No sé.
    —Venga —le agarré de la mano y la levanté de un tirón—. Te compraré un helado italiano.

    Ella rió.

    —No. Yo te compraré un helado italiano. Mi presupuesto llegará para eso —siguió cogida de mi mano después de levantarse—. E intentaré tener una mente abierta con las cosas.
    —¿Qué clase de cosas?
    —¡Cosas! Sólo cosas. Cállate. Y deja de sonreír.


    * * *

    No fue hasta después de llegar al piso que volví a casa de papá. Mientras me hospedaba en el Gramercy Park, el hotel me lavaba la ropa y comía gracias al servicio de habitaciones si no quería salir, así que tenía menos motivos para saltar de vuelta a Stanville.

    Sin embargo, en mi segundo día en el piso necesité un martillo y un clavo para colgar un grabado enmarcado que había comprado en el Village. Podía haber saltado a una tienda, pero quería colgarlo justo en aquel momento.

    Salté directamente al garaje de papá y rebusqué entre los estantes buscando un clavo. Había encontrado uno y estaba cogiendo el martillo, cuando escuché pasos. Miré por las ventanas de la puerta del garaje y vi el techo del coche de papá.

    Oh. Hoy es sábado.

    La puerta de la cocina empezó a abrirse y salté de vuelta a mi piso.

    Me di en el pulgar dos veces mientras martilleaba el clavo para la pintura. Luego, cuando la colgué, vi que la había puesto demasiado baja y tuve que hacerlo todo de nuevo, incluyendo los golpes en el pulgar.

    ¡Al diablo con él!

    Volví a saltar al garaje, tiré el martillo a la mesa de trabajo con bastante ruido, y salté de vuelta al piso.

    Le estaría bien empleado, pensé, entrar corriendo otra vez y no encontrarse nada. La semana siguiente salté a la casa y, después de determinar que él no estaba allí, hice una lavadora entera. Mientras se lavaba la ropa, me paseé por la casa, mirando a ver qué había cambiado. Todo estaba mucho más ordenado que cuando fui a lavar cuatro semanas antes. Me preguntaba sí había contratado a alguien, porque yo ya no estaba para hacer las tareas de casa. Su habitación no estaba tan arreglada: había calcetines y carnisetas amontonados en un rincón. Un par de pantalones colgaban torcidos en el respaldo de una silla. Recordé que había encontrado la cartera de papá cuando le saqué unos pantalones como aquellos. Fue entonces cuando encontré los billetes de cien dólares.

    Sentía un dolor punzante en la parte trasera de la cabeza cada vez que recordaba aquel dinero. Me lo habían quitado casi todo cuando me atracaron en Brooklyn. Sentí una punzada de remordimiento.

    Mierda.

    Me llevó menos de medio minuto saltar de vuelta a mi armario de dinero, coger veintidós billetes de cíen dólares y volver a saltar. El dinero hacía un bonito dibujo sobre su colcha, con cinco filas de cuatro y un solo billete de cien a cada lado.

    Me lo imaginé volviendo a casa y encontrándoselo allí, bien puesto. Saboreé su sorpresa, su estupefacción y pensé en el lenguaje que utilizaría.

    Cuando saqué la ropa de la secadora, me propuse encontrar otro sitio para hacer la colada. Me gustó la sensación de no tener que deberle nada.

    Decidí que a partir de entonces lo único que cogería de la casa serían cosas de mi habitación, cosas que me pertenecían. Nada más de él. Ni una sola cosa.


    * * *

    Empecé a buscar a otros teletransportadores en los lugares en los que me encontraba más cómodo: las bibliotecas. Mis fuentes eran libros de los que antes me había reído, los de la sección de ocultismo y fenómenos paranormales. No había mucho a lo que podía dar crédito que no fuese folklore, pero me encontré leyéndolos con una intensidad desesperada.

    Había un montón de libros en la sección «Nueva Era» de la biblioteca; eran cosas bastante extrañas: lluvias de ranas, círculos en los campos de cosechas, casas encantadas, profetas, gente con vidas pasadas, adivinos, dobladores de cucharas, zahoris y ovnis.

    No es que hubiese mucho de teletransporte.

    Me trasladé desde la biblioteca de Stanville a la rama de investigación de la biblioteca pública de Nueva York, la que tiene los leones en la entrada. Allí había más material, pero vaya, la evidencia no era muy convincente. Bueno... en realidad, ¿qué evidencia?

    Mi talento parece ser documentable. Es repetible. Es verificable. Creo.

    A decir verdad, pensaba que sólo yo podía repetirlo. Sabía que mi experiencia parecía repetible. No la había llevado a cabo unas cuantas veces ante testigos objetivos. Y no iba a hacerlo.

    La única evidencia objetiva que podía señalar era el robo del banco. Eran los billetes, después de todo. Puede que en la búsqueda de otros teletransportadores debiera investigar historias de crímenes sin resolver.

    Muy bien, David. ¿ Y cómo te ayudará eso a encontrar a otros teletransportadores? Ni siquiera te garantiza que haya otros, sólo crímenes sin resolver.

    Dejé la búsqueda por un momento, desanimado, e intenté pensar en el porqué.

    ¿Por qué me podía teletransportar? No cómo. ¿Por qué? ¿Qué tenía yo de especial?

    ¿Es que cualquiera podía hacerlo si estuviese en una situación lo suficientemente desesperada? No me lo creía. Demasiada gente sufría esas situaciones y simplemente las soportaban, las sufrían o se desmoronaban.

    Si escapaban de la situación era por medios ordinarios. A menudo (como mi encuentro con Topper) significaba salir del fuego para meterse en las brasas. Sin embargo, puede que algunos se escapasen como yo.

    Pero, ¿por qué yo? ¿Era genético? La idea de que quizá papá podía teletransportarse me helaba la sangre, me hacía mirar en los rincones oscuros y a mis espaldas. Racionalmente lo dudaba. Hubo demasiadas veces en las que habría saltado si hubiese podido. Pero no importaba cuántas veces me lo dijese a mí mis— mo, la sensación en la tripa aún seguía.

    ¿Podría teletransportarse mamá? ¿Es eso lo que hizo? ¿Saltar lejos de papá, como hice yo? ¿Por qué no me llevó con ella? Si podía hacerlo, ¿por qué no volvió a por mí?

    Y si no podía teletransportarse, ¿qué le había pasado?

    Toda mi vida me había preguntado si yo era algún tipo de alienígena, de niño sustituido por otro al nacer. Entre otras cosas, eso explicaría por qué papá me trataba como lo hacía.

    Según muchos de los libros más radicales, el gobierno estaba ocultando toda aquella información; ocultando evidencias, acallando testigos e inventando espurias explicaciones alternativas.

    Aquel comportamiento me recordaba a papá. Los acontecimientos constantemente cambiaban en casa. Los permisos variaban, los hechos mutaban y los recuerdos se desvanecían. A menudo me había preguntado si yo estaba loco o lo estaba él.

    Aunque no creía ser un alienígena... pero no estaba seguro.


    * * *

    El casero me miró extrañado cuando le pregunté si podía pagarle el alquiler mensual en efectivo.

    —¿En efectivo? Diablos, no. Ya tengo bastante con esos giros postales. ¿Por qué no te abres una cuenta en el banco? Me pareció extraño cuando me pagaste con aquellos giros postales, pero te lo acepté por ser nuevo en la ciudad. ¿Es que quieres que Hacienda se me eche encima?

    Negué con la cabeza.

    —No.

    Frunció el ceño.

    —En realidad, Hacienda sospecha sólo de las grandes transacciones. No querría pensar que hay algo extraño con tus ingresos.

    Negué con la cabeza.

    —No. Es que tengo mucho suelto que me quedó de un viaje que hice —me ardían las orejas y sentía el estómago extraño.

    Más tarde aquel día le di al casero otro giro postal para el alquiler, pero vi que estaba dándole vueltas al tema.

    Una mujer me dijo por teléfono que para abrir una cuenta en su banco necesitaría un permiso de conducir y un número de la Seguridad Social. No tenía ninguna de las dos cosas. Incluso para hablar con ella tenía que utilizar un teléfono público. Tenía miedo de intentar que me instalasen el teléfono sin documentación.

    Me puse mil dólares en el bolsillo y salté a Manhattan, al oeste de Times Square, donde las librerías de adultos y los cines porno flanqueaban la calle Cuarenta y dos y la Octava Avenida. En dos horas me habían ofrecido drogas, chicas, chicos y niños. Cuando uno de ellos dijo que podían conseguirme un carnet de conducir, sólo fue para atraerme a un callejón y que pudieren asaltarme. Pero salté yo primero y dejé de intentarlo aquel día.


    * * *

    La biblioteca pública de Stanville da justo al centro del pueblo, una zona de dos por tres manzanas de edificios públicos, restaurantes y tiendas de ropa. El Wal-Mart a las afueras y el gran centro comercial a treinta kilómetros, en Waverly, se estaban llevando el negocio del centro.

    Paseaba por la calle principal pensando lo diferente que era aquel estúpido pueblucho de la ciudad de Nueva York.

    La fachada tapiada con tablas del cine teatro Royale tenía grafitis en el contrachapado, pero el mensaje era «¡Vivan los Stallions!». En Nueva York los grafitis en los teatros eran obscenos o furiosos, no fanfarronerías atléticas de instituto. Por otra parte, había más de cincuenta cines en la periferia de Manhattan y eso sin contar las salas porno. Allí en Stanville la única sala estaba cerrada, arruinada por el negocio del videoclub. Si la gente quería un cine de verdad, tenía que ir en coche hasta el multisalas de Waverly.

    Era inútil comparar los restaurantes, pero la cantidad y la variedad saltaban a la vista cuando entré en el Dairy Queen. Era un edificio de ladrillo con altas ventanas y brillantes luces fluorescentes. Tenía todo el ambiente y el encanto de un con— sultorio. Pensé en siete lugares en Greenwich Village en los que me servirían cualquier cosa desde helado gourmet a «tofutti» {*}, pasando por yogur helado y tarta bávara de crema. Podía estar en cualquiera de ellos en un abrir y cerrar de ojos.


    {* N.d.T: Marca comercial de helados y postres hechos con soja}


    —Póngame un cucurucho de una bola, por favor.

    No conocía a la señora mayor del mostrador, pero Rober Werner, que solía ir a clase de biología conmigo, estaba friendo hamburguesas. Alzó la vista de la plancha, me vio y torció el gesto, como si yo le resultase familiar pero no pudiese identificarme. Había pasado más de un año, pero me dolió que no me reconociera.

    —Serán setenta y siete céntimos.

    Pagué. En el Village el precio habría sido bastante más. Cuando me dirigía a uno de los asientos de laminado plástico, me vi en el espejo que había en el fondo. No era extraño que Robert no me reconociese.

    Llevaba unos pantalones de Bergdorf's, una camisa que le había comprado a un estirado dependiente en la Avenida Madison, y unos zapatos del Saks de la Quinta Avenida. Llevaba un buen corte de pelo, ligeramente punkoide, muy diferente de la maraña despeinada que llevaba un año antes. En aquel entonces vestía raídos pantalones enormes, camisas con estampados horteras y zapatillas de tenis pasadas de moda. Y llevaba los calcetines agujereados.

    Me quedé mirando al espejo un momento, con la fantasmagórica silueta del pasado superpuesta, y me estremecí. Me senté, de espaldas al espejo y me tomé el helado. Robert salió de la cocina a limpiar una mesa cercana a la mía. Me volvió a mirar, aún confuso.

    Qué demonios.

    —¿Cómo te va, Robert?

    Sonrió y se encogió de hombros.

    —Bien. ¿Y a ti qué tal? Hacía tiempo que no te veía.

    Aún no me reconocía.

    Me puse a reír.

    —Ni que lo digas. Más de un año.
    —Entonces sería en... —se calló, como si lo recordara, invitándome a acabar la frase. Sonreí.
    —Vas a tener que acordarte tú solo. No te voy a ayudar.

    Me lanzó una mirada desafiante.

    —Está bien. Caray. Te conozco, pero ¿de dónde? ¡Espera un momento!

    Sacudí la cabeza y mordisqueé el cucurucho. Se giró para acabar de limpiar la mesa, y entonces se irguió de repente.

    —¿Davy? ¡Dios mío, Davy Rice!
    —Bingo.
    —Pensé que te habías desvanecido. Hice una mueca.
    —Muy poético.
    —¿Has vuelto a casa?
    —¡No! —parpadeé, sorprendido por el tono de mi voz. Continué más tranquilo— No, no lo he hecho. Sólo he venido a visitar mi pueblo natal.
    —Ah —se puso las manos en los bolsillos—. Bueno, tienes buen aspecto. Estás realmente diferente.
    —Me va bien. Estoy... —me encogí de hombros.
    —¿Y dónde vives ahora?

    Iba a empezar a mentir, a contarle algo engañoso, pero me pareció mezquino.

    —Será mejor que no te lo diga.

    Frunció el ceño.

    —Ah. ¿Y tu padre aún va poniendo esos carteles por ahí?
    —Dios, espero que no.

    Empezó a limpiar la mesa.

    —¿Vas a estar por aquí el sábado? Hay una fiesta en casa de Sue Kimmel.

    Sentí que me estaba ruborizando.

    —Nunca me he llevado bien con esa gente. La mitad de ellos son universitarios. No me querrían allí.

    Se encogió de hombros.

    —No lo sé. Diablos, puede que piensen demasiado en ropa y cosas así. Me han invitado sólo porque mi hermana es amiga de Sue. Tú parece que vayas a encajar entre ellos ahora más que yo. Si quieres venirte conmigo, responderé por ti.

    Dios, debo de haber cambiado mucho.

    —¿No sales con nadie?
    —Nah. Nada en firme. Trish McMillan estará allí; hay algo entre los dos, pero no salimos juntos.
    —Es muy amable de tu parte, Robert. En realidad no me debes nada parecido.

    Pestañeó.

    —Bueno... no es que suela ir por ahí con un grupo de clase alta. Quizá tú mejores un poco mi imagen.
    —Está bien... me gustaría. ¿Trabajas aquí toda la semana?
    —Sí, incluso los sábados hasta las seis. Es el rollo de trabajo de la beca universitaria.
    —¿Cuándo crees que estarás listo?
    —Puede que a las ocho.
    —¿Conduces?

    Señaló al aparcamiento.

    —Sí, aquella vieja tartana es mía.

    Respiré hondo. No quería ir a su casa. No sabía lo que me dirían sus padres o lo que le dirían de mí a mi padre. Aunque la idea de ir a aquella fiesta... era realmente tentadora.

    —¿Podría pasar a buscarte por aquí?
    —Claro. A las ocho en punto, el sábado por la noche.


    * * *

    Aquella tarde me pasé un rato hablando con Millie por teléfono. Era frustrante porque tenía que poner monedas en la cabina sin parar.

    —Bueno, ¿y cómo te van los estudios?
    —Bien. No he tenido que esforzarme realmente de momento. Sólo es el primer mes. Un mensaje grabado me pedía que pusiera más dinero. Metí unas cuantas monedas. Millie se puso a reír.
    —Necesitas ponerte teléfono.
    —Estoy en ello. Es que para que te den línea en Nueva York... te llamaré con mi número en cuanto lo tenga.
    —Vale.

    Me encontraba en los teléfonos públicos del vestíbulo trasero del Grand Hyatt que da a Grand Central, con una pequeña montaña de monedas sobre la repisa delante de mí. La gente pasaba a toda velocidad para ir a los lavabos. De vez en ando un guardia de seguridad trajeado hacía salir a los no clientes. Normalmente eran negros, vestidos con harapos, y llevaban bolsas de plástico con las más variadas pertenencias.

    Por alguna razón me molestaba que el guardia de seguridad también fuese negro.

    —¿Qué decías?

    Millie estaba indignada.

    —Decía que hay una fiesta a la que me han invitado de aquí a dos semanas. No quiero ir porque Mark estará allí.
    —¿Mark es tu antiguo novio?
    —Sí. Sólo que él cree que aún sigo con él.
    —¿Y cómo es eso? Pensaba que no le devolvías las llamadas ni le dejabas entrar en tu piso.
    —Y así es. Es increíble. No hace caso. Y el hijo de puta sigue con ello aunque yo sé que está saliendo con otra.
    —Um. Parece que realmente quieres ir a esa fiesta.
    —Bueno. Mierda. No quiero tomar decisiones basadas en evitar verle. Me revienta.
    —Yo podría...

    La grabación me hizo poner dinero.

    —¿Qué decías, David?
    —Yo podría acompañarte, si quieres.
    —Sé realista. Estás en Nueva York.
    —Ya. Ahora. Pero en dos semanas podría estar en Stillwater.

    Se calló un instante.

    —Bueno, estaría bien. Aunque lo creeré cuando lo vea.
    —¡Eh! Cuenta con ello. ¿Me recogerás en el aeropuerto o debo coger un taxi?
    —¡Dios! Un taxi no recorrerá noventa y cinco kilómetros hasta Stillwater. Ya iré yo a buscarte, pero tendrá que ser después de las clases.
    —Vale.
    —¿Qué? ¿Lo dices en serio?
    —Sí.

    Volvió a callarse.

    —Bueno, entonces de acuerdo. Házmelo saber.

    Aquello me tendría ocupado los dos próximos sábados por la noche. Me despedí y colgué. El guardia de seguridad salió del aseo siguiendo de cerca a otro vagabundo. Recogí el resto de monedas de la repisa y las dejé caer en una de las bolsas de plástico de aquel tío. Me miró, sobresaltado, y puede que un poco asustado. El guardia me fulminó con la mirada.

    Me alejé caminando hasta doblar la esquina y salté.


    * * *

    Leo Pasquale era un botones del Gramercy Park, el bonito hotel que me había alojado antes de conseguir el piso. Era el ganador entre el personal del hotel en la competición para servirme a mí.

    Yo daba buenas propinas.

    —Eh, señor Rice. Me alegro de verle. Asentí.
    —Hola, Leo.
    —¿Ha vuelto con nosotros? ¿A qué habitación?

    Negué con la cabeza.

    —No. Ahora tengo un piso. Aunque podrías ayudarme en algo.

    Echó un vistazo al jefe de botones y me señaló con la cabe el ascensor.

    —Subamos hasta la diez.
    —Vale.

    En la décima planta me condujo por un pasillo y abrió una habitación con una llave maestra.

    —Entra —me dijo.

    La habitación era una suite. Abrió la puerta y caminó hasta un enorme balcón, casi una terraza. La tarde era agradable, sin ser bochornosa. El ruido del tráfico venía de la Avenida Lexington en oleadas, casi como el mar. Los edificios se veían como colinas.

    —¿Qué necesitas, David? ¿Chicas? ¿Alguna droga recreativa?

    Cogí el dinero de mi bolsillo y conté cinco billetes de cien dólares. Se los di y mantuve otros cinco en la otra mano, donde eran visibles.

    —Pago por adelantado. El resto con la entrega.

    Se mordió el labio.

    —¿La entrega de qué?

    Me tocaba a mí titubear.

    —Quiero un carnet de conducir del estado de Nueva York lo suficientemente bueno como para pasar un control policial.
    —Joder, tío. Puedes comprarte un carnet falso por menos de cien pavos... y uno bueno por menos de doscientos cincuenta.

    Sacudí la cabeza.

    —Tu dinero es sólo una comisión, Leo. No te estoy pagando por una documentación falsa con estos mil. Te estoy pagando para que des con un experto. Espero pagarle por sus servicios yo mismo.

    Leo arqueó las cejas y se volvió a morder el labio.

    —¿Entonces los mil son todos para mí?
    —Si me consigues el producto. Pero si es un trabajo de rutina, si no es bueno, olvídate de los otros quinientos. Encuéntrame a un mago y el resto del dinero es tuyo. ¿Podrás hacerlo?

    Frotó los billetes entre los dedos, notando la textura del papel.

    —Sí. Estoy bastante seguro. No conozco a nadie directamente, pero sé de muchos ilegales con papeles realmente buenos. ¿Tienes un número en el que te podría localizar?

    Sonreí.

    —No.
    —Qué cauteloso.

    Negué con la cabeza.

    —No tengo teléfono. Ya me pasaré. ¿Cuándo sabrás algo?

    Dobló el dinero con cuidado y se lo puso en el bolsillo.

    —Prueba mañana.


    * * *

    Pagué a un sin techo veinte dólares más los costes para que entrase en una tienda de licores y comprase un mágnum de su champán más caro. Salió con la enorme botella en una mano y una jarra de vino en la otra.

    —Ten, chaval. Que pases un mal rato. Eso es lo que yo pretendo.

    Pensé en papá. Barajé la idea de quitarle el vino a aquel tipo. Agarrarlo y saltar antes de que pudiese hacer algo. En lugar de eso le di las gracias educadamente y salté de vuelta a mi piso tan pronto se dio la vuelta.

    El champán apenas cabía estirado en la diminuta nevera, e incluso así chocaba con la puerta. Apoyé una silla contra ella para mantenerla cerrada.

    Pasé las dos horas siguientes en la Quinta Avenida, comprando ropa y zapatos. Algunos dependientes incluso se acordaban de mí. Después fui a mi barbero en el Village y me corté el pelo.

    «Ni siquiera te gusta esa gente, Davy. ¿Por qué tanto alboroto?»

    Me afeité con cuidado, raspando los pocos pelos que tenía en la cara con sólo unas pasadas. Decidí comprarme una maquinilla eléctrica. Espero que la sangre deje de salir antes de esta noche. El rostro en el espejo era el de un extraño, tranquilo y calmado. No había ni rastro del dolor en el estómago ni del pulso acelerado. Me quité las diminutas y brillantes gotas de sangre con un dedo, humedeciéndolas. Mierda.

    Aún quedaban tres horas para la fiesta, pero no quería leer ni dormir ni ver la tele. Me puse algunas prendas viejas y cómodas que me había llevado conmigo a Nueva York y salté al patio trasero de casa de mi padre.

    El coche no estaba. Salté a mi habitación.

    Había una fina capa de polvo sobre el escritorio y en la repisa de la ventana. Y un ligero olor a humedad. Intenté abrir la muerta que daba al pasillo, pero estaba cerrada. La forcé un poco, pero no cedía.

    Salté al pasillo.

    Había una brillante cerradura atornillada a la madera de la puerta. Un enorme candado de latón colgaba de ella. Me rasqué la cabeza. ¿Qué demonios era aquello?

    Fui hasta el final del pasillo, a la cocina, y encontré una nota en la nevera.

    Davy,
    ¿Qué quieres? ¿Por qué no vuelves a casa y ya está? Te prometo que no te pegaré más. Lo siento. A veces mi carácter saca lo peor de mí. No quiero que sigas entrando en la casa a menos que vengas de una vez por todas. Me asusta. Podría confundirte con un ladrón y dispararte accidentalmente. Vuelve a casa, eso es todo, ¿de acuerdo?
    Papá


    Estaba colgada en la nevera con un imán que yo había decorado en la escuela primaria; una gota de plastilina pintada de verde y azul. Cogí la nota y la arrugué. Más promesas. Bueno, ya ha habido bastantes promesas rotas en el pasado. Después se me ocurrió desdoblar una esquina del papel y lo volví a colgar debajo del imán. Allí se quedó, una bola de papel en la nevera, bajo una gota de plastilina pintada.

    Veamos a ver qué piensa de esto.

    Estaba furioso y me dolía la cabeza. ¿Por qué sigo viniendo aquí? Cogí el bote de harina de la encimera. Era un enorme tarro de cristal con una tapa de madera. La lancé a lo alto. Se detuvo justo antes del techo, permaneció unos instantes en el aire y cayó. Salté antes de que golpease en el suelo.


    _____ 6 _____


    Caray, ¿dónde consigues esa ropa?

    Me encogí de hombros en lugar de responder y subí al coche de Robert. Los amortiguadores crujieron y tuve que cerrar con fuerza la puerta dos veces. Puse la botella de champán en el asiento, entre nosotros, adornada con una cinta blanca. Robert salió del aparcamiento con cuidado, y los amortiguadores se balancearon en exceso al pasar por encima de una alcantarilla.

    —Los muelles van suaves —dijo—, pero es feo.
    —Bueno. ¿Cuánta gente va a ir a esa fiesta?

    Hizo un gesto con la mano libre.

    —Ah, unas cincuenta o cien personas, quién sabe. Y hasta una banda, creo. Ella se lo puede permitir.
    —¿Y qué harán sus padres?
    —Están fuera del estado.
    —Bien.

    Tuvimos que aparcar a una manzana de distancia debido a la acumulación de coches. Había una multitud de jugadores de fútbol del Stanville High en la puerta principal, con latas de cerveza y cigarrillos en manos y bocas. Nos abrimos paso entre ellos.

    Uno dijo:

    —¿Con quién estás saliendo, Robert?

    Robert simplemente siguió andando como si no le hubiese oído, pero vi que el cuello se le sonrojaba. Me detuve en la puerta y me volví a mirar. Todos estaban sonriendo. El que había hablado era Kevin Giamotti, el mismo que solía robarme el dinero de la comida en la escuela. Le miré, y por un momento se me hizo un nudo en el estómago, y se me aceleró el pulso.

    ¡Por Dios, si sólo es un crío!

    Sacudí la cabeza y empecé a reír. Comparado con aquellos tipos del callejón cerca de Times Square, Kevin era un niño. ¿Y yo le había tenido miedo? Me pareció ridículo.

    Kevin dejó de sonreír.

    —¿Qué? —empezó a fruncir el ceño.
    —Nada —respondí, agitando la mano—. Absolutamente nada —me volví, riéndome aún más, de manera casi incontrolable, y entré en la casa.

    Sue Kimmel estaba al final del pasillo hablando con una pareja que parecía mucho más interesada en toquetearse mutuamente que en escucharla.

    —¿Vosotros dos vais calientes o qué? —preguntó—. El bar está en el salón. Si vais a beber, dadle vuestras llaves a Tommy. Está en la barra.

    La pareja siguió caminando, pegajosamente unidos por cadera y labios.

    —Hola, Robert. ¿Quién es él?

    Robert abrió la boca y yo dije rápidamente:

    —David —saqué la botella que llevaba detrás de la espalda y la presenté con una ligera reverencia—. Muy amable por su parte dejarme asistir.

    Ella arqueó las cejas y cogió la botella.

    —Sin duda, el placer es mío, señorita Doolittle {*}. ¿Bollinger? No venden esto por aquí. Los viejos creen que el André es la hostia —tocó el lazo y deslizó un dedo por las gotitas de condensación de la botella—. ¿De dónde la has sacado?


    {* N.d.T: Se refiere a Eliza Doolittle, protagonista de la obra de teatro "Pigmalión", de Bernard Shaw}


    Tragué saliva y respondí:

    —De mi nevera.

    Rió.

    —Muy sutil. Bueno, no voy a examinar más la mercancía —miró a Robert—. Trish te estaba buscando. Está allí fuera, en el patio.
    —Gracias, Sue —se volvió hacia mí—. ¿Quieres conocer a Trish?

    Empecé a decir algo, pero Sue Kimmel me interrumpió.

    —Le acompañaré yo en un momento. Después de que abramos esto.

    Me condujo con delicadeza por el pasillo hasta una enorme sala abarrotada de chicos y chicas de mi edad o mayores. La temperatura era unos cuantos grados más alta que en la entrada. Me aflojé la corbata y seguí a Sue mientras ella se abría paso a empujones usando la fría y húmeda botella de champán como un cayado de pastor, apartando a la gente a derecha e izquierda tocándoles la piel o la fina ropa. Por fin llegamos a una larga barra que había a lo largo de la pared del fondo. Un tipo enorme, puede que de unos dos metros, estaba usando un dispensador de cerveza para llenar una jarra a uno de los chicos apoyados en la barra. Llevaba una correa encima del hombro repleta de llaves de coche.

    —¡Hey, Tommy!
    —Hey, Sue.

    Puso el magnum de Bollinger en la barra.

    —Copas.
    —Sí.

    Cogió dos copas de vino de un estante detrás de la barra.

    —De esas no... las flautas. Dios, Tommy. Flautas de champán.

    Me miró y puso los ojos en blanco. Tommy se ruborizó.

    —Yo uso frascos de conservas —dije. Sonreí a Tommy y él asintió un minuto después, y se fue a un extremo de la barra a llenar otra jarra de cerveza.
    —¿Y bien?

    Me volví hacia Sue y arqueé las cejas. Ella me hizo un gesto señalando la botella.

    —Oh, bueno, vale.

    Había leído algo sobre abrir botellas de champán, por si aquello ocurría. La lámina de aluminio salió como debía hacerlo y empecé a sacar el bozal de alambre, desenroscándolo y separándolo con cuidado del corcho. Tal como Sue había zarandeado la botella, temía que saliese disparado como un proyectil.

    El libro que había leído recomendaba quitar el tapón con delicadeza, agarrándolo bien para evitar que saliese de golpe y golpease a alguien. Decía que hacer saltar el tapón era «para bufones y petimetres».

    Intenté sacarlo con cuidado, pero aquello parecía inamovible. Me puse a tirar de él y a retorcerlo, pero seguía sin moverse. Saqué la botella de la barra y me la puse entre las piernas, para poder agarrarla mejor. Aquello hizo que bajase mi cabeza a la altura de los pechos de Sue.

    —¡Caramba, David! ¡Qué es eso que tienes entre las piernas ? —me puso una mano en la nuca y me acercó a ella. Mi frente chocó contra el hueco de su garganta y miré por debajo de su vestido. Olí su perfume y su piel.

    Intenté incorporarme, pues tenía las orejas y la cara ardiendo. El corcho cedió un poco en el cuello de la botella. Intenté apartarme de Sue.

    Ella estaba riendo, mirando cómo me ruborizaba. Entonces dejó de hacerlo y sentí que me cogían del hombro y me hacían girar. Una voz, potente y grave, me gritó en el oído:

    —¿Qué cojones estás haciendo con mi novia?

    No era tan grande como Tommy, pero seguía siendo mucho más alto que yo, y era mayor, rubio y con barba. Me lo quedé mirando, perplejo, con la botella sin abrir aún en la mano. Me empujó y yo me hice atrás, chocando contra la barra y contra Sue, y sin darme cuenta sacudí el champán. Entonces fue cuando salió.

    El corcho le dio en la barbilla, haciendo que se mordiese la lengua. El champán salió a presión, empapándonos a los dos. Le miré horrorizado, intentando en vano detener el chorro con el pulgar. Aquello hizo que la espuma salpicase en vez de salir a borbotones.

    A mi lado oí que Sue decía, casi en voz baja:

    —Eyaculación precoz... otra vez.
    —¡Gusano de mierda!

    Arremetió contra mí, con las manos directas a mi cuello. Yo me agaché, me hice un ovillo, y noté que su peso se me venía encima, cubriéndome, tapándome.

    Salté.


    * * *

    La corbata empapada de champán y la camisa dieron un golpe húmedo al chocar con la pared de mi cuarto de baño.

    —Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea.

    ¿Por qué siempre tiene que pasarme a mí esa mierda?

    Sentí un dolor en la garganta y quería golpear algo, romper cosas. Me miré en el espejo.

    El pelo mojado me cubría la frente y tenía la mandíbula cerrada con fuerza. Se me veían los músculos de la cara y del cuello. Me relajé un poco y me di cuenta de que me dolían los dientes. Respiré hondo varias veces, apoyándome en el lavamanos. Un minuto después abrí el agua fría y me lavé la cara y me aclaré el pelo para quitar el olor a champán. Me peiné todo hacia atrás.

    La diferencia de mi aspecto era sorprendente. El pelo parecía mucho más oscuro y la forma de mi cabeza había cambiado. Fruncí el ceño, y luego fui al dormitorio y cogí una camisa negra con cuello duro. Me la puse y comprobé el resultado en el espejo.

    Casi no me parecía al muchacho que había entrado en casa de Sue Kimmel con el champán.

    Salté.


    * * *

    Los futbolistas habían abandonado el porche de la puerta principal, pero el rastro de sus latas de cerveza aplastadas y sus colillas estaba desperdigado por la entrada y el césped. Incluso antes de entrar en la casa pude comprobar que la banda había empezado a tocar: los graves y las percusiones se oían en la acera y hacían vibrar las ventanas. Abrí la puerta y el sonido me golpeó con una fuerza casi palpable.

    Me sentí tentado de volver a saltar a casa, pero respiré hondo y me metí en el ruido.

    El pasillo estaba aún más lleno de gente que antes, pero cuando por fin llegué a la sala con bar, no había tanta. El estruendo venía del otro extremo de la sala. Vi a la gente bailando como locos.

    Sólo había un par de personas en el bar, pero Tommy seguía allí, tamborileando en la barra al ritmo de la música. Tenía el doble de llaves que antes colgadas del cuello.

    Me coloqué en el apoyapiés e incliné los codos hacia delante. Él me echó un vistazo y me volvió a mirar. Vino desde el final de la barra y me habló gritando por encima de la música:

    —Caray. Sí que te has cambiado rápido. Pensaba que conocía a todos los del vecindario.

    Negué con la cabeza.

    —Probablemente así sea. Pero yo no soy de por aquí.
    —Bueno, pero sí que te has esfumado rápido. Sue te estaba buscando.
    —¿ Ah sí?

    Buscó detrás de la barra y sacó el magnum de Bollinger.

    —Aún queda un poco. Se podría haber sacado casi un litro ocurriendo la camisa de Lester, pero sabría rancio —sacó una copa de tulipa y la llenó, vaciando la botella.
    —¿Lester es el tipo que se me ha tirado encima?
    —Sí. Sue lo ha enviado a casa. Estaba furiosa.

    Sonreí.

    —Quizá no debería haber vuelto. Aunque me alegro de que no esté.

    Tommy asintió.

    —Si fuera por mí, podría partirle un rayo.

    Pestañeé.

    —No te gusta, ¿eh?

    Asintió, sonrió y se fue al otro extremo de la barra.

    El champán sabía como ginger ale sin azúcar, y tenía un regusto desagradable. Miré en el espejo del bar y desarrugué la nariz. Cambié la forma de coger la copa, intentando parecer más sofisticado, menos torpe. Volví a sorber el champán y me estremecí.

    Un poco más sofisticado.

    Cogí la copa y salí a pasearme por la galería, lejos de la música. Había mesas y sillas blancas, de hierro forjado. Tres estaban ocupadas. Una estaba libre, a la sombra del seto. Me senté.

    La banda empezó a tocar clásicos, canciones de principios de los sesenta. Habían sido éxitos antes de que yo naciera, pero las había oído bastante a menudo. Mi madre no escuchaba más que viejo rock and roll, canciones de su adolescencia. Crecí escuchándolas, preguntándome de qué iban. No es que me gustaran, pero tampoco me disgustaban.

    Me sabía todas las letras.

    —Estás aquí.

    Sue Kimmel cogió una de las sillas del patio y puso una copa de algo con hielo sobre la mesa.

    —Tommy me ha dicho que habías vuelto, pero he pasado delante de ti tres veces hasta que me he dado cuenta de que te has cambiado de ropa.

    Me mordí el labio.

    —No pretendía causar problemas.

    Puso los ojos en blanco.

    —Lester es el que ha causado problemas.
    —Debe de quererte mucho.

    Se puso a reír.

    —¿Quererme? Lester no sabe qué significa eso. Él sólo marca territorios. Mearía sobre las bocas de riego si creyese a la gente capaz de olerlas.

    No sabía qué decir, así que tomé otro sorbo de aquel champán. ¡Puaj! Ella tomó un trago de su bebida y se relamió los labios.

    —De hecho, quería disculparme por el comportamiento de Lester. Él no se da cuenta, pero estamos a punto de romper.
    —Lo siento.
    —No tienes por qué sentir nada. He estado pensando en ello toda la semana. Ya me ha cabreado demasiadas veces.

    Tomé otro sorbo. El gusto era malo, pero no tanto como antes. Alcé la copa hacia ella, pero no dije nada.

    Ella alzó la suya y se la acabó.

    —Venga —dijo—. Vamos a bailar.

    Sentí un ataque de pánico. ¿Bailar? Dejé la copa.

    —No soy muy bueno.
    —Y a quién le importa. Venga.
    —Preferiría no hacerlo.

    Me agarró la mano y me sacó de la silla de un tirón.

    —Venga —no me soltaba el brazo y tiraba de mí en dirección a la música.

    La banda estaba tocando algo muy rápido, muy ruidoso. Nos abrimos paso entre cuerpos que giraban hasta que se hizo un pequeño espacio en la pista. Me sentí encerrado, amenazado por todos aquellos cuerpos y extremidades agitándose. Ella empezó a bailar. Permanecí allí quieto durante unos instantes, y entonces empecé a moverme. La música me golpeaba como las olas en la playa. Intenté encontrar un movimiento que fuese al compás, pero el ritmo era demasiado rápido.

    Sue estaba ajena a lo que le rodeaba, con los ojos cerrados, y moviendo las piernas en contrapunto a la música Yo intentaba no mirarle a las partes que le botaban arriba y abajo. Me sentí miserable.

    Esperé hasta que empezó a girar y me tuvo de espaldas, y salté de vuelta al patio. Alguien dio un grito ahogado a mi derecha. Me volví y vi a una chica mirándome desde una de las otras mesas.

    —¡Jesús! No te he visto venir, vestido así todo de negro.
    —Lo siento. No pretendía asustarte —recogí la flauta de champán y la llevé de vuelta al bar.
    —Hey, Tommy.
    —Hey, David. No hay más champán, tío.
    —Llénala con ginger ale. Y ponle espuma.

    Sonrió y la llenó con el dispensador de cerveza.

    —Su ginge ale, monsieur.
    —Gracias.

    Volví al porche y recuperé mi asiento. Al momento, Sue apareció, con cara de no entender, y un poco enfadada.

    —¿Qué es lo que pasa? ¿Sabes cuántos tíos hay en esta fiesta que quieren bailar conmigo?
    —Ya veo por qué. Eres muy atractiva y bailas de maravilla.

    Pestañeó, boquiabierta, como si fuese a decir algo. Cerró la boca y se sentó.

    —Ha estado bien. Muy bien. Casi demasiado bien. ¿Por qué no quieres bailar conmigo?

    Me encogí de hombros.

    —Me siento como un idiota. Tú sabes lo que estás haciendo ahí fuera. Pero yo me siento como un patoso estúpido. El contraste da pena. Supongo que soy corto, pero no quiero que nadie sepa cuánto.
    —Sí, muy corto. Comparado con Lester, eres un lince.
    —Apuesto a que Lester sabe bailar.
    —De manera fingida y egocéntrica. Más John Travolta que Baryshnikov.

    Volví a encogerme de hombros y me sentí estúpido. ¿Es que sólo sé expresarme encogiéndome de hombros?

    —Voy a buscar algo de beber. ¿Quieres algo?

    Alcé mi ginger ale.

    —No vuelvas a desaparecer.
    —No, señora.

    Volvió con su copa llena de un líquido ámbar. Detrás de ella venían Robert y una guapa pelirroja que recordaba vagamente del instituto. Era Trish McMillan, la chica con la que Robert tenía «algo parecido a una cita».

    —Caray, tío. Te he estado buscando por todas partes —dijo Robert—. ¿Estás bien? He oído que Lester se te ha tirado encima.
    —Estoy bien.
    —¿Cómo te has cambiado tan rápido? ¿Es que llevabas una bolsa?

    Sonreí y recurrí al siempre popular y socorrido encogimiento de hombros. Parecía que quería preguntarme más, pero entonces habló Trish.

    —Robert me ha dicho que te ha traído a la fiesta, pero no me he dado cuenta de que eras David Rice. ¿Cuánto hace que te escapaste?

    Sue miró a Trish y me miró a mí.

    —¿Qué quieres decir con «escaparte»?

    Cogí la copa y bebí un poco más de ginger ale. No creí que funcionase volver a encoger los hombros.

    —Me marché de casa hace un año y dos meses.

    Trish no dejaba el tema.

    —Bueno, vaya. Parece que te las has apañado bien. ¿Lo recomiendas?
    —Depende.
    —¿De qué?
    —De lo mal que lo pases en casa. Tiene que ser bastante horrible para que pienses que es mejor fugarse.
    —Bueno, ¿y qué tal en tu caso?

    Dejé la copa.

    —Preferiría no hablar de mi caso.

    Me miró fijamente.

    —Bueno, no era mi intención entrometerme. Lo siento.
    —No hay problema. Hoy hace buen tiempo.

    Robert parecía incómodo.

    —Sí, buen tiempo. David, voy a acompañar a Trish a casa. Puedo volver después para recogerte.

    Negué con la cabeza.

    —Gracias, pero puedo volver a casa desde aquí. Se levantaron para irse.

    Sue dijo:

    —Anticoncepción, Trish. Aquella conversación de vital importancia de antes.

    Trish y Robert se ruborizaron al unísono.

    —Sí, de acuerdo —respondió Trish.

    Cuando se hubieron marchado, Sue se volvió hacia mí.

    —Buena gente. ¿Y tú dónde vives?

    No veía razón para mentir.

    —En Nueva York.
    —Oh. Entonces sólo has venido a visitar tu pueblo natal.
    —Así es.

    Rió.

    —¿Y qué más haces?
    —Leo mucho.

    Bebió un sorbo más de su bebida.

    —¿Qué es lo que bebes?
    —Glenlivet.

    Sacudí la cabeza, sin entender.

    —Whisky.
    —Ah.
    —¿Quieres?

    Recordé la imagen de un hombre en ropa interior, calcetines negros, con las piernas peludas y una botella vacía de whisky en un brazo como si fuese un bebé, boquiabierto, con los ojos cerrados... papá.

    —No. Gracias por preguntarlo.

    Se inclinó hacia delante, mostrando el escote. Aparté la vista. Ella se incorporó, subiéndose un tirante. Sorbí un poco de ginger ale.

    —Entonces, ¿has visto la casa, Robert?

    Negué con la cabeza.

    —Venga. Podemos encontrar algún sitio más tranquilo para tener una conversación.

    Se levantó y, tambaleándose un poco, me hizo entrar en la casa y subir las escaleras. Su recorrido consistió en «éste el pasillo del primer piso. Ésta es mi habitación».

    Oh, Dios mío.

    —Eh, Sue. ¿Qué estamos haciendo aquí arriba?

    Cerró la puerta detrás de nosotros.

    —Hablar. Esa conversación que estábamos teniendo antes. Ya sabes, antes de Trish y Robert —caminó hacia mí; di un paso atrás e intenté alcanzar la puerta cerrada. Ella seguía acercándose.
    —Pero si podría ser el propio Charles Manson, Sue. Podría tener todas las ETS que existen.

    Me puso las manos en los hombros. De puntillas era un poco más alta que yo.

    —¿Es cierto?
    —¿Qué?
    —Que tienes alguna enfermedad de transmisión sexual.
    —Eh... no que yo sepa.

    Apretó su boca contra la mía. Me apartó los labios y metió la lengua entre mis dientes. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca y en la espalda un escalofrío nada desagradable. Pero su boca sabía a whisky. La aparté con delicadeza.

    —Eh, espera —Oh, Dios, es preciosa. No sabía qué decir. Quería acostarme con ella. Quería salir corriendo. Quería saltar lejos de allí.

    ¿Y qué pasa con Millie? Adaptó su cuerpo al mío.

    —¿Qué? ¿No te gusto? ¿Es esto otra cosa más que no haces?
    —Esto, esto... ¿dónde tienes el lavabo?

    Señaló a una puerta al otro lado de la habitación y me siguió hasta ella. Entré y me encontré con un pequeño baño sin otra salida.

    Mierda. Encendió la luz.

    —Los condones —dijo— están en el último cajón —cerró la puerta de golpe, casi como el chasquido que hace una ratonera al activarse.

    Abrí el último cajón. Había una caja de condones Trojan Gold entre cintas para el pelo, rulos y un tubo de lubricante K-Y. ¿Sólo una caja? ¿Eso la hacía conservadora o fácil? Cerré el cajón y miré a la ventana. Era de un medio metro cuadrado, y estaba a la derecha del lavamanos. Saqué la cabeza. Había una caída de unos seis metros por una pared de ladrillo lisa.

    Tendría que servir.

    Cogí un pintalabios y escribí en el espejo: LO SIENTO, NO PUEDO. Luego tiré de la cadena, me aseguré de que la puerta pudiese abrirse, y salté a mi casa en Brooklyn.


    * * *

    —Encontraron a alguien que coincidía con tu descripción física y duplicaron su carnet con tu foto. El nombre puede ser un poco diferente, pero se parece. Desde luego, la dirección es la suya, pero si comprueban tu carnet, el expedidor encontrará que todo encaja en el ordenador —hizo una pausa y me miró—. Ah. También tienen acceso al plástico real, al papel certificado y al estampado de relieve. Tu documentación es de verdad.
    —¿Y qué me dices de la firma? —pregunté a Leo.
    —Bueno, tendrás que practicarla.

    Caminé en silencio pensando en ello, echando ojeadas a la tarjeta. Llegamos a Lexington y empezamos a subir.

    —Es realmente un buen trato, señor Rice. De verdad.
    —Relájate, Leo. Está bien. Estoy conforme —le pagué los honorarios y un plus, y nos separamos.

    Más tarde, aquel día, puse treinta mil dólares en una cuenta conjunta en el Liberty Savings & Loans a nombre de David Michael Reece. Ésa era la identidad de mi nuevo carnet de conducir. Me inventé un número de la Seguridad Social. La chica me ofreció escoger entre una tostadora o un robot de cocina. Me quedé con la tostadora.

    Con mis nuevos cheques compré un billete de primera clase, sólo de ida, al Will Rogers World Ariport, en Oklahoma.

    —¿Está seguro de que no quiere un billete de ida y vuelta? Si después compra un billete de vuelta, le costará más de trescientos dólares más caro... en primera clase.
    —No, gracias. No necesito un billete de vuelta.
    —Ah, ¿es que no vuelve?

    Sacudí la cabeza.

    —No. Sí que vuelvo, pero con otro transporte.
    —Ah. Regresará en coche.

    Me encogí de hombros. Que pensase lo que quisiese.

    Como no tenía una «tarjeta de crédito habitual» me dijo que tendría que venir a recoger el billete después de que el cheque estuviese compensado.

    Me empezaron a arder las orejas y me sentí como si hubiese hecho algo mal.

    —¿Entonces por qué no pago en metálico? —saqué un fajo de billetes de cincuenta. Se me quedó mirando.
    —Eh... preferimos no aceptar efectivo. ¿Tiene prisa por adquirir el billete?
    —Sí —espeté. ¿Qué problema hay conmigo?
    —Déjeme hablar con mi jefa.

    Abrió una puerta al fondo y entró. Me sentía, por alguna razón, como si estuviese sentado en el despacho del director, esperando a que me sermonearan sobre el buen comportamiento. Tenía ganas de salir de allí. De romper cosas. De llorar. Acababa de decidir que iba a saltar de vuelta a mi piso y olvidarme de todo aquello cuando salió de la puerta con una mujer mayor.

    —Hola, señor Reece, soy Charlotte Black, la propietaria.
    —Hola —mi tono era frío e indiferente.
    —Normalmente no aceptamos efectivo, porque nuestro contable no lo aprueba. Además, yo llevo los depósitos al banco y, francamente, me pone un poco nerviosa llevar efectivo en este barrio.
    —Ah, puedo entender eso —contesté. Me dio una punzada la parte trasera de la cabeza—. No quiero insistir en el tema, pero voy a estar viajando mucho y me gustaría hacer todos mis planes en un sitio —hice una pausa—. Pero no quiero estos líos de tener que esperarme a que el cheque esté compensado.

    Frunció el ceño.

    —Podría establecer crédito con nosotros y podríamos abrir una cuenta y cobrarle a final de mes.
    —¿Y cómo funcionaría eso?
    —Tendría que rellenar una solicitud de crédito y haríamos que nuestra agencia de crédito verificase sus datos.

    Oh, fantástico. Eso es lo que necesito, que investiguen mi pasado.

    —Qué me dice de lo siguiente —respondí—: les extiendo un cheque de diez mil dólares. Cuando se me acabe, me lo dicen y les hago otro. Y —añadí—, esperaré hasta que el cheque esté compensado para recoger mi billete a Oklahoma.

    Pestañeó e inspiró con fuerza.

    —Eso sería aceptable.

    Garabateé el cheque, intentando hacer que la firma fuese natural además de parecida a la de mi carnet de conducir. Lo cogió y le echó un vistazo.

    —Oh. Nosotros tenemos la cuenta en el Liberty. Lo llevaré al mediodía. ¿Podemos llamarle esta misma tarde?

    Negué con la cabeza.

    —Mi próxima parada es la compañía de teléfonos. Todavía no tengo línea. ¿Qué le parece que me pase por aquí a eso de las tres?
    —Muy bien, señor Reece.


    * * *

    Millie me esperaba en la puerta de embarque con una sonrisa que no llegaba a iluminar sus ojos. Sentí que se encogía en mi interior.

    —Hola —dije. No me moví para tocarla. Ella pareció aliviada.
    —Vaya, has salido rápido. Debes de haber ido sentado delante de todo. Me encogí de hombros.
    —Sólo había tres filas en primera clase.
    —Ah —empezó a caminar y me puse a su altura—. ¿Has traído equipaje?
    —Sólo esto —respondí, levantando la bolsa de mano.
    —Vamos por aquí para coger el coche.

    Caminamos a lo largo de la explanada y giramos a la derecha.

    —Espera un segundo, por favor.
    —¿Eh? —se detuvo.

    Habíamos llegado hasta una señal que decía MIRADOR. Había un torniquete que admitía diez centavos y una escalera hacia arriba.

    —¿Podemos subir un momento?

    Ella arqueó las cejas, sorprendida.

    —Bueno, no es el Empire State, pero si tú quieres...
    —Gracias —tuve que cambiar monedas en un bar de la explanada antes de que pudiésemos entrar y ascendiésemos por los tres tramos de escaleras. La vista eran las pistas, árboles lejanos y hierba marrón. Miré a mi alrededor, memorizando los detalles, para poder saltar directamente al aeropuerto la próxima vez.
    —¿Qué ocurre? —le pregunté, con toda tranquilidad, mientras miraba el aeropuerto. La miré de reojo. Se estaba mordiendo el labio.

    Me vio que la estaba mirando. Cerró la boca. Le sonreí.

    —¿Soy yo el problema, Millie? ¿Sientes que haya venido?

    Torció el gesto, abrió la boca y la volvió a cerrar sin decir nada. Entonces:

    —¡Maldita sea! ¡No lo sé! ¡Odio esto! Me siento como una completa estúpida y también presionada y no sé qué es lo que quieres.

    Parecía a punto de llorar. Alcé la mano.

    —¿Qué es lo que quieres tú?

    Se volvió y miró hacia la ventana.

    —No estoy segura.
    —Bueno... ¿por qué no intentamos averiguarlo? ¿Te alegras o lamentas que haya venido?
    —Sí.
    —Ah. Un poco de todo. Mejor que lamentarse del todo, supongo —yo también me sentí casi con ganas de llorar—. ¿Por qué te sientes presionada? ¿Y para hacer qué?

    Sacudió la cabeza, casi con ira.

    —¡No es justo! Si nos estuviésemos acostando juntos, puede que pudiese justificar que te gastes el dinero en volar hasta aquí. Pero no es así. Y como has volado hasta aquí, es casi como si tuviese que acostarme contigo para equilibrar las cosas.
    —Y tú no quieres hacer eso, ¿verdad?

    Negó con la cabeza.

    No pude evitar preguntar:

    —¿Nunca?

    Ella frunció el ceño.

    —¿Lo ves? Incluso tú piensas que así es como se supone que tienen que ser las cosas. Me ruboricé.
    —No. Lo siento. No espero eso. Estaría mintiendo si dijese no me gustaría, pero no lo espero. He volado hasta aquí para ir a esa fiesta contigo. No estoy intentando presionarte para hacer nada.
    —Bueno, pero la presión está ahí. Es situacional.
    —Hum. Parece como si hubieses pasado más tiempo pensando en acostarte conmigo que yo. Lo encuentro muy esperanzador.

    Me fulminó con la mirada.

    —Dame un respiro.
    —Bueno, dámelo también a mí. Intenta asumir la responsabilidad sólo de tus actos. Lo único que has hecho es estar de acuerdo en ir a una fiesta conmigo. Parece como si también estuvieses asumiendo la responsabilidad de los míos. Soy mayor de edad... al menos puedo votar. Sé que soy más joven que tú, pero eso no te obliga a «cuidar de mí».

    Volvió a fruncir el ceño.

    —Bueno —dije—, ¿quieres que me vaya? Estoy seguro de que puedo encontrar cosas que hacer durante el fin de semana en la ciudad de Oklahoma. ¿Dónde están los taxis?
    —¿Es eso lo que quieres?

    Resoplé con violencia.

    —¡Lo que quiero es estar con alguien que quiera que esté aquí! Ya he malgastado bastante tiempo con gente que no me quería a su lado. Y no me gusta.

    Aquello la detuvo por un momento. Después de mirar ensimismada a la pista respondió:

    —De acuerdo. Vamos.

    Me aparté.

    —¿Adonde?

    Me agarró del brazo, el que sostenía la bolsa, y tiró de mi.

    —¡A la fiesta, maldita sea! —entrelazó su brazo con el mío en la escalera—. Y sí, quiero que estés aquí. ¡Y deja de sonreír!


    * * *

    Debido a la hora, cenamos por el camino y fuimos directamente a la fiesta. Sentí una extraña sensación de deja vu cuando nos acercamos por la acera hasta la casa. Había jugadores de fútbol con suéteres o chaquetas de cuero con letras en la entrada, bebiendo cerveza. Aquellos fumaban menos, pero claro, era lo que se podía esperar de atletas universitarios. Sin embargo, su presencia y la vibración de la música que venía desde el interior de la casa me hicieron pensar en la fiesta del sábado anterior.

    Millie me presentó al anfitrión, un estudiante licenciado en antropología llamado Paul nosequé. Nos dimos la mano.

    —Entonces —dijo—, ¿qué estás estudiando? —me miró la ropa y a la cara—. Déjame que lo adivine. Historia del arte, primerizo.

    Negué con la cabeza.

    —Lo siento. No soy de la ciudad. No estudio nada. No estoy en ningún curso.
    —Oh —pareció decepcionado—. ¿De dónde eres?
    —De Nueva York.
    —Ah. ¿Eres pariente de Millie?

    Millie, que había estado hablando con otra gente durante esa conversación, oyó aquellas últimas palabras.

    —No. Estoy saliendo con él —respondió, con firmeza. Paul pestañeó.
    —Sí, señora. Es que pensaba que parecía un primo pequeño o algo así.

    Millie le apuntó con el dedo.

    —¡Cerdo sexista! Si tuviese tres años más que yo no habrías dicho nada. ¿Qué sarta de gilipolleces hipócritas!

    Paul se hizo atrás.

    —¡De acuerdo! De acuerdo —sonreía—. Sales con él. No es que no haya precedentes culturales...

    Millie me miró.

    —Cierra la boca. O te entrará una mosca.

    Me empujó hacia la cocina, donde habían instalado el bar. Decidí no hacer comentarios.

    Me presentó a una serie de personas. Yo sonreí y di la mano, pero hablé muy poco. Millie llevaba una copa de vino. Yo la seguía con mi ginger ale.

    Al cabo de un rato, me encontraba en el patio con Millie y dos de sus amistades. Estábamos hablando de Nueva York, de su criminalidad y su pobreza. La persona que no había estado allí tenía las opiniones más radicales.

    —No me trago lo de los sin techo —aseguraba aquella mujer—. Creo que son drogadictos u holgazanes. No quieren trabajar y por eso mendigan.

    Arqueé las cejas.

    —Eso es bastante blanco y negro.
    —¿Qué estás diciendo, que es algo racista?

    Millie se llevó la mano a la boca.

    —No. Estoy diciendo que tu punto de vista es muy simplista. Seguro que hay gente como los que describes. Pero también he visto a mujeres con críos que no pueden trabajar porque la única dirección que tienen es una esquina en la calle y...

    Millie me puso la mano en el brazo.

    —Aquél es Mark —me dijo, en voz baja.

    Miré hacia la puerta. El tipo que entraba era poco más alto que yo y ancho de espaldas. Tenía el pelo rubio y barba. Había una chica bajo uno de sus brazos y con los suyos alrededor de su cintura. Estaba mirando hacia nosotros, a Millie.

    Volví a mirar a la mujer de las opiniones.

    —Te sorprendería saber la cantidad de personas en la calle que no cuadran con tu perfil —le dejé caer.

    Millie se retrajo sobre sí misma cruzando los brazos. Mark seguía mirando.

    La banda empezó con una canción lenta, «Sitan'in the Dock of the Bay» de Otis Redding.

    —Venga, Millie. Bailemos.

    Ella giró la cabeza, de golpe, como si hubiese olvidado que yo estaba allí, y me dedicó una pequeña sonrisa.

    —Vale.
    —Por favor, disculpadnos —dije, y la conduje a través del patio, a la puerta que llevaba hasta la pista de baile. Mark parecía observarnos en todo momento.
    —Dios santo —me comentó Millie al oído mientras estábamos en la pista—. ¿Has visto cómo me está mirando?
    —Ya. No dejes que te moleste.
    —Es más fácil decirlo que hacerlo.

    Le acaricié la espalda y se relajó un poco, moviéndose mecánicamente con la música.

    —¿Cuánto se tarda?
    —¿Eh? —me acerqué un poco más. No pareció importarle.
    —¿En olvidar a alguien? ¿Sobre todo cuando no te dejan en paz?
    —¿Quién rompió con quién?

    Se puso un poco tensa.

    —Yo rompí con él. Se estaba acostando con Sissy.
    —Sissy.
    —Sí. La lapa que lleva bajo el brazo.
    —Ah. Pero a ti aún te importaba. Y él te traicionó.

    Su cuerpo se tensó y hundió la cara en mi cuello. Sentí una mano en el hombro. Era Mark. Hice caso omiso de su mano y seguí bailando. Me agarró del brazo. Millie le vio y se hizo atrás. Me volví hacia él.

    —Sólo quiero bailar, tío —dijo, con los brazos abiertos. Había una sonrisa en su cara, pero era mezquina.

    Cogí a Millie del brazo y salí de la pista. El nos siguió, intentó que Millie se diese la vuelta agarrándola del hombro. Sentí una punzada en el estómago, lejana, como cuando sabía que papá había estado bebiendo y estaba a punto de pegarme. Me puse entré él y Millie. Me empujó contra ella. Millie llevaba tacones y uno de ellos se quedó clavado en el umbral de la puerta. Agitó los brazos para evitar caer.

    La aguanté y miré a mi alrededor.

    Estábamos en la entrada al salón. Había una hilera de interruptores detrás de mí. Mark estaba con las piernas separadas y las manos en alto. La gente que bailaba más cerca había dejado de hacerlo y nos estaba mirando.

    Sentí ganas de vomitar. De salir corriendo. De matar a Mark por hacerme sentir de aquella manera, por tratar a Millie así.

    Me volví de golpe y apagué las luces con las dos manos. La sala se quedó a oscuras, y la única luz que quedaba era la del patio. Salté hacia Mark por su espalda (lo había decidido antes de dar a los interruptores), le agarré por la cintura y lo levanté del suelo. Él sacudió los brazos y uno de sus codos me golpeó en el ojo, pero no le solté. Salté al mirador del Will Rogers Airport, a cien kilómetros al suroeste de Stillwater, y le solté. Se tambaleó y cayó de rodillas en un lugar repentinamente extraño e iluminado, estirando los brazos para agarrar nada más que aire. Antes de que pudiese incorporarse y girarse, salté de vuelta, a la oscuridad de la pista de baile. Alguien encendió las luces.

    Millie me estaba mirando con los ojos como platos. Me note algo en la cara e hice un gesto de dolor. Ella se acercó y me movió la cabeza hacia atrás para poder mirarme el ojo.

    —Ay. Será mejor que le pongamos hielo a eso. ¿Dónde está Mark?

    Miré a mi alrededor. La gente se puso a bailar otra vez. Me ceñí a la verdad.

    —Creo que se ha ido al apagarse la luz.
    —¿Te ha golpeado?
    —Con el codo, creo.

    Me empujó hacia la cocina, entrelazando su brazo con el mío. Mientras caminábamos siguió mirando por todas partes, buscando a Mark.

    Pasamos por delante de Sissy en el pasillo. Estaba hablando por teléfono con un dedo en la oreja por el ruido de la banda. Estaba hablando en voz alta por el auricular.

    —¿Qué estás dónde? ¡No me digas eso! ¡Hace sólo un minuto que estabas aquí! ¡No, no voy a ir a buscarte! ¿Quieres que vaya con el coche a un sitio en el que no podrías estar? Si no quieres decirme la verdad, no me la digas. ¡Que te jodan! —dejó el auricular de golpe y salió pisando fuerte hacia la pista.

    Millie arqueó las cejas y sonrió.

    —Bueno. Supongo que ha empezado a mentirle a ella también. ¿Qué le has hecho?

    Pestañeé y mantuve la boca cerrada.

    En la cocina llenó un paño con cubitos de hielo y me lo colocó en la cara. Dolía, pero estaba disfrutando demasiado de las atenciones como para quejarme.

    —¿Mejor así?
    —Bueno, no, pero probablemente esté bajando la hinchazón.

    Se puso a reír.

    Entonces volvimos al patio, con otras bebidas y el hielo en el trapo. Al rato, bailé otra canción lenta con Millie. Después ella bailó un par de rápidas con Paul y con otro amigo. Luego nos fuimos.

    —Me alegro de haber venido —me dijo en el coche—, pero siento mucho lo de tu ojo.
    —No pasa nada. Ha estado bien. El viaje ha valido la pena.

    Me miró por encima de las gafas. Luego suspiró y volvió a poner la atención en la carretera. Pasamos cerca de la universidad; entonces giró hacia un bloque de pisos.

    —¡Eh! ¿Qué hay de mi hotel?

    Hizo una sonrisita.

    —Es tirar el dinero.
    —Tengo el dinero.

    Apagó el contacto y se quedó mirando a lo lejos. Luego se giró hacia mí y contestó:

    —Quiero que te alojes en mi casa —apartó la mirada mientras lo decía.
    —¿Estás segura?

    Asintió.

    —De acuerdo.

    Tenía un piso de dos habitaciones, que compartía con una compañera. Cuando le pregunté por ello, me respondió:

    —Sherry se ha marchado a casa el fin de semana, a ver a su familia en Tulsa.

    Dejé mi bolsa en el sofá y me senté. La habitación estaba repleta de plantas colgantes, en jardineras y en el suelo. El sofá, una pequeña mesa de centro y una enorme silla de mimbre quedaban entre la vegetación como claros en una selva. Arrellanándome, me puse a examinar una cosa larga y frondosa en una maceta sobre mi cabeza.

    El corazón me latía con fuerza.

    —¿Cómo llamas a esta planta del tiesto?
    —Es un helecho de Boston y apenas se aguanta de un hilo.
    —Mi madre solía tener de éstas. Nunca supe el nombre.

    Tenía un vago recuerdo, un vivido flash de papá tirando maceta tras maceta por la puerta de atrás, rompiéndolas sobre las baldosas del patio, enfurecido, mientras un niño se encogía en un rincón, llorando porque su madre se había ido.

    —¿Quieres algo de beber?

    De repente tenía la boca seca, o puede que ya hiciera rato y me diera cuenta entonces.

    —Agua, por favor. Mucha agua.

    Me trajo un vaso de media combinación con hielo. Me bebí medio de un trago, de modo que la garganta me dolió del frío.

    —Estabas sediento.
    —Sí.

    Se sentó a mi lado, pero no se reclinó. Me recordó a un pájaro, posado para salir volando. Suspiré.

    —Puede que esto no sea buena idea, Millicent.

    Ella miró al suelo.

    —¿Estoy siendo muy avasalladora? Tú fuiste quien habló de suposiciones sexistas. Recordé su discurso, allá en la fiesta, ante Paul.
    —No. Ése no es el problema. Me gusta. Me gustas. Pero estoy realmente nervioso y, bueno, hay algo que deberías saber.

    Se apartó de mí en el sofá.

    —¡No me digas que tienes herpes!

    Me la quedé mirando con los ojos como platos y me ruboricé.

    —No —bajé la voz, apoyé los codos en las rodillas y miré al suelo—. Soy virgen —farfullé. Se inclinó hacia delante.
    —¿Eres qué? No lo he oído.
    —¡Soy virgen! ¿Vale?

    Se estremeció y me di cuenta de que había gritado.

    —Lo siento —volví a mirar al suelo. Sentía las orejas más y más calientes.

    Se movió en el sofá. La miré de reojo y vi que se había reclinado. Me estaba contemplando, boquiabierta.

    —Debes de estar bromeando.

    Volví a mirar al suelo y negué con la cabeza. Me sentí miserable, avergonzado.

    —¿Cuántos años tienes?
    —Ya lo sabes. Dieciocho años y dos meses. Me ayudaste a celebrarlo, ¿recuerdas?

    Su tensión, aquella impresión de huida inminente, desapareció por completo. Se sentó con las manos abiertas y relajadas en su regazo. Sacudió la cabeza lentamente.

    —Vaya. Eres virgen.
    —¡Sí! ¿Es que es delito?

    Noté que se movía otra vez, que me pasaba un brazo por encima de los hombros y me tiraba hacia atrás, contra el sofá. Me estaba sonriendo, con dulzura y delicadeza.

    Empecé a llorar.

    Apreté los párpados con fuerza y contuve la respiración. Las lágrimas me caían por la cara. ¡Mierda! Me sentía tan pequeño, tan avergonzado.

    Apartó su brazo de mí, de mi espalda, por un momento, y sentí su rechazo como un cuchillo clavado. Esto lo ha estropeado todo. No podía dejar de pensar. Ahora sabe lo inútil que soy. Entonces volvió su brazo y el otro me rodeó, me cogió y tiró de mí hacia ella.

    —Oh, Davy. No pasa nada —me meció en sus brazos y saltaron los sollozos, entrecortados y con fuerza. Me puso los labios en el pelo.
    —No pasa nada, suéltalo. Adelante. Llora.

    Entonces no pude contenerme. Entre sollozos yo no paraba de decir, una y otra vez:

    —Lo siento. Lo siento.
    —¡Chsss! Está bien llorar. Está bien —y siguió meciéndome.

    Pero mientras lo que ella me iba diciendo estaba bien, podía oír la voz de mi padre:

    «Llorica, llorica. Deja ya de lamentarte de ti mismo. Ya te daré algo por lo que llorar». Y no podía evitar decir «lo siento». Por ello las lágrimas y los sollozos continuaban sin parar.

    Oh, Dios, aquello dolía.

    Al fin, los sollozos y las lágrimas disminuyeron. Millie siguió meciéndome con delicadeza hasta que me incorporé.

    —Necesito sonarme la nariz.

    Me acercó una caja de pañuelos de papel de la mesa de centro, aún con una mano sobre mi hombro. Ya no me sentía avergonzado, pero sí incómodo. Tuve que usar tres pañuelos para limpiarme la nariz. Millie se apoyó en el sofá y se sentó con las piernas cruzadas.

    Cogí los pañuelos usados y los apreté haciendo una pequeña bola empapada.

    —Siento todo esto —dije.
    —No tienes por qué disculparte. Es obvio que lo necesitabas. Me alegro de que hayas podido hacerlo conmigo.

    La miré. La expresión de su cara, preocupada, tierna, amenazaba con hacerme llorar de nuevo. Suspiré.

    —No estoy acostumbrado a hacer esto. Me parece mal que tengas que aguantarlo.

    Parecía exasperada.

    —¡Hombres! ¿Por qué es tan retorcida nuestra cultura? Está bien llorar. Es una bendición, un beneficio. Tienes el mismo derecho a llorar que cualquiera.

    Me recliné, exhausto. Mamá solía abrazarme cuando lloraba.

    Me resultaba difícil mirarla, pero no quería marcharme. Aquello me sorprendió. Habría sido tan fácil saltar de vuelta a Nueva York… Huir. Había mucho por lo que escapar.

    —Voy a hacer un poco de té —decidió. Se levantó y me alborotó el pelo, despeinándome.

    Alcé la vista y la miré, y ella cambió el gesto a una caricia, un suave movimiento que se fue apagando mientras ella iba a la cocina. Me quedó una sensación fantasma de su mano, cálida y ligera, en el pelo.

    Me levanté y arrastré los pies hasta el lavabo. Tenía los ojos rojos e hinchados y aún me goteaba la nariz. Me lavé la cara con agua caliente y me la sequé con la toalla. Me pasé los dedos mojados por el pelo, donde Millie me había despeinado.

    —¿Cómo es, Davy, que sabes todo sobre mi familia y yo no sé nada de la tuya? —llevó el té al salón en una bandeja laqueada. La tetera y las tazas eran japonesas, con los bordes sin esmaltar. Lo sirvió.
    —Gracias —le dije.
    —¿Y bien?
    —¿Eh?
    —Tu familia —me recordó. Sorbí el té.
    —Está realmente bueno. Delicioso.

    Arqueó las cejas.

    —Eso es lo que pensé. David, eres una persona que sabe escuchar, y puedes cambiar de tema enseguida. Después de todo, apenas has hablado de ti.
    —Hablo... demasiado.
    —Hablas de libros, de obras de teatro, de películas, de lugares, de comida, de cosas corrientes. Pero no hablas de ti.

    Abrí la boca, pero la volví a cerrar. En realidad no lo había pensado. Desde luego no hablaba de mis saltos, pero ¿del resto?

    —Bueno, no hay mucho que decir. No como esas historias de crecer con cuatro hermanos.

    Sonrió.

    —No te va a funcionar. Si no quieres hablar de ello, vale. Pero no me vas a distraer otra vez, ni a hacerme hablar de aquellos idiotas de nuevo.

    Me puso más té en la taza. Fruncí el ceño.

    —¿Es verdad que hago eso?
    —¿Qué? ¿No hablar de ti? Sí.
    —No, intentar distraerte.

    Se me quedó mirando.

    —Eres jodidamente alucinante. Nunca he visto a nadie tan bueno en cambiar de tema.
    —No lo hago a propósito.

    Rió.

    —Ya. Puede que no lo hagas conscientemente, pero sí que lo haces a propósito.

    Le di otro sorbo al té y me quedé mirando la pared. Ella dejó la tetera y se me acercó de golpe.

    —Mírame, Davy.

    Me volví hacia ella. No estaba sonriendo y su expresión era tranquila, seria. Dijo:

    —No te voy a obligar a que me cuentes cosas de las que no quieres hablar. Tienes derecho a la intimidad. Si no quieres hablar de algo, vale. Por la manera en que has cambiado de tema, no creo que me hayas mentido nunca. ¿Dirías que eso es cierto?

    Pensé en ello, recordando nuestros días en Nueva York y las conversaciones por teléfono.

    —Creo que sí. Por supuesto que no pretendo mentirte. No recuerdo haberte mentido nunca.

    Asintió.

    —Ése no era el caso con Mark. No podía confiar en que no mentía. Si alguna vez me entero de que lo has hecho, lo que sea que haya entre nosotros se habrá acabado. ¿Lo captas?

    Me la quedé mirando.

    —Sí, señorita, lo capto —la miré con el rabillo del ojo—. Eh. Significa eso que en realidad tenemos algo? ¿Como una relación?

    Miró a la alfombra.

    —Bueno, quizá —se volvió y me miró a los ojos de nuevo, desapasionadamente—. Sí. Tenemos una relación. Y estamos a punto de ver si va a convertirse en íntima.

    Me removí en el sofá. Se me calentaron las orejas y no pude evitar sonreír.

    Ella suspiró y miró al techo, pero las comisuras de sus labios temblaban. Me hundí en el sofá y me abracé a ella, con la cabeza en su hombro. Ella me pasó el brazo por la espalda y me apretó. No dijo nada, simplemente se quedó así, abrazándome con dulzura.

    Al cabo del rato empecé a hablar. Le hablé de papá, de mamá, de cuando se marchó de casa. Le conté lo del atraco en Nueva York. Lo del hotel en Brooklyn y el incidente en el lavabo. Lo del camionero que quería violarme. Ella me escuchó en silencio, con la mano en mi hombro. Mi voz parecía remota mientras hablaba, como si no fuese la mía.

    No le conté lo de los saltos y lo del robo al banco. Una parte de mí aún se sentía mal por haber robado el dinero. Aún soñaba que me atrapaban. Contarle lo de los saltos sólo lo habría hecho todo más confuso.

    Por fin dejé de hablar, y mi voz se fue apagando. Me sentí avergonzado, como si acabase de confesar cosas terribles. No la podía mirar, aunque estuviese allí, justo a mi lado, con la mano acariciándome el hombro, la calidez de un pecho contra mi brazo derecho, la sensación de su hombro contra mi mejilla.

    También me avergonzaba por las cosas que no le había contado, y menos que digno de su interés y sus atenciones. Tenía ganas de llorar otra vez, pero no quise. Aún me sentía mal por eso.

    Entonces me dio un abrazo, y apoyó mi cabeza en su nuca. Miré su cara un instante. Tenía los ojos cerrados con fuerza y una lágrima corría por su mejilla izquierda.

    Aquello también me dio ganas de llorar. Después me llevó a la cama.


    * * *

    —No pasa nada. Es lo que pasa la primera vez. La segunda será mejor.


    * * *

    —Lo ves, te lo he dicho. Vaya —respiró profundamente—. Eso ha estado más que bien.


    * * *

    —¡Oh, Dios mío! ¿Dónde demonios has aprendido eso? ¿Estás seguro de que es tu primera vez?
    —Te lo dije —respondí, con sinceridad—. Leo mucho.



    TERCERA PARTE
    AJUSTES


    _____ 7 _____


    El amor apesta.

    Millie no quería verme más de un fin de semana seguido y no más de dos fines de semana al mes. No quería que malgastase el dinero. Le ofrecí mudarme a Stillwater, pero fue categórica.

    —De ninguna manera. Espera. Ya sé que eres rico como Midas, pero, joder, ¡yo también tengo una vida! Tengo clases a las que asistir, un trabajo de media jornada, y una parte de mi vida rica y plena que no te incluye a ti —alzó la mano—. Bueno, puede que te incluya más adelante, pero no ahora mismo. Tomémoslo con calma.
    —No tienes por qué trabajar. Podría pagarte un salario.

    Se quedó boquiabierta.

    —Hay una palabra para eso. ¡No puedo creer que lo hayas dicho!
    —¿Eh? —pensé en ello—. Lo siento. Yo sólo quiero estar contigo tanto como pueda.

    Fue un asunto de duras negociaciones conseguir que estuviese de acuerdo en dos fines de semana al mes en lugar de uno.

    El amor apesta.


    * * *

    Un mago llamado «Bob el Magnífico» hacía un espectáculo en la calle Cuarenta y siete. La función incluía un escape que había desconcertado al crítico del New York Times, así que compré una carísima entrada para la primera fila y fui.

    Bob, un hombre pequeño y regordete con barba y esmoquin, mantuvo al público entretenido con juegos de manos bastante buenos, trucos de cartas y palomas que aparecían de la nada. También era bueno con las anillas y el fuego. Aun así, para prepararme para aquella actuación, me había estado leyendo "Un mago éntre los espíritus", de Houdini, y no hubo nada en el número que me hiciese sospechar lo paranormal.

    Como se puede suponer por su nombre, Bob el Magnífico (B.M. para abreviar) hacía mucha comedia como parte de la actuación. También tenía dos ayudantas, Sarah y Vanessa; iban vestidas, en un principio, con largos ropajes, pero conforme avanzaba el espectáculo, sus paños iban siendo «prestados» para tal truco o tal otro. Cuando llegó el intermedio llevaban el cuerpo cubierto de lentejuelas equivalente a un bañador, con medias de rejilla. Al menos para los hombres del público fueron convirtiéndose cada vez más en una distracción para los juegos de prestidigitación de Bob.

    Durante el intermedio, salté a casa, fui al lavabo y me bebí una coca-cola. No me importaba pagar los escandalosos precios que cobraban en el teatro, pero odiaba tener que hacer cola. Además, los vasos que utilizan son muy pequeños. Ya estaba de vuelta en mi asiento cuando se abrió el telón.

    Bob empezó la segunda parte haciendo subir a varios miembros del público al escenario y les sacó animales de las orejas, los bolsillos y los escotes. Lo que más me gustó fue la pitón de dos metros que sacó del bolsillo del abrigo de una mujer. A ella, sin embargo, no le gustó.

    Para su siguiente truco Bob quería hacer desaparecer a una de sus ayudantas; llamó a otro voluntario de entre el público para verificar la normalidad de sus materiales. Me escogió a mí.

    Vacilé, pero me levanté. Previamente había abandonado la idea de volver al teatro después del espectáculo y encontrar un escondite entre bastidores para ver el escape del día siguiente... y determinar si Bob el Magnífico se estaba teletransportando.

    Si podía ver lo suficiente del área entre bastidores mientras subía allí arriba, podría esconderme a tiempo para presenciar el gran acontecimiento de aquella noche. Bob el Magnífico dijo:

    —Démosle la bienvenida a nuestro voluntario —los aplausos me siguieron al escenario. Cuando acababa de subir los escalones, di con un sitio para saltar justo fuera del escenario.
    —Dígame —dijo Bob—, ¿cómo se llama, joven?
    —David —parpadeaba por los deslumbrantes focos, y los micrófonos direccionales colocados en el borde del escenario me devolvían la voz, más alto de lo normal, resonando en el auditorio.
    —¿Sólo David? ¿Sin apellido? —juro que se sonrió.

    Me ruboricé.

    —Sólo David.

    Bob se volvió hacia la audiencia y dijo:

    —¿No es triste cuando se casan los primos? —consiguió grandes carcajadas. Se volvió hacia mí otra vez, hablándome despacio como si estuviese tratando con un idiota—. Bueno, David el Corriente, yo soy Bob el Magnífico —hubo más risas—. ¿Crees que podrías recordar de dónde viene esto? —cogió un trapo de su ayudanta Vanessa. El pedazo de tela había empezado el espectáculo como falda de su largo vestido. Asentí.

    »Sabía que podrías —se calló para las risas—. Con este trozo de tela corriente, pretendo hacer que Sarah, aquí, desaparezca del escenario. Quiero que verifiques que es un trozo de tela corriente. Un trabajo corriente para un tipo corriente —hizo una pausa—. David el Corriente.

    Me ardían las orejas. Con su ingenio dirigido hacia mí, Bob parecía cada vez menos magnífico. De hecho, había llegado a la conclusión de que era un gilipollas, y esperaba que no fuese un teletransportador.

    Alcé el trapo y lo sacudí. Era velvetón, cortado lo suficientemente amplio y grande como para tapar a Sarah, pues ya no colgaba del talle de su vestido.

    El público se puso a reír a carcajadas y yo miré de reojo a tiempo para ver que Bob hacía muecas a mis espaldas. Muy divertido. Me eché el trapo por encima de la cabeza y, cuando hubo bajado, ocultándome tanto del público como de Bob, salté al lugar que había escogido, a la izquierda del proscenio.

    Sobre el escenario, el trapo se desplomó, cayendo al suelo.

    La audiencia dio un grito ahogado de asombro y luego prorrumpió en fervientes aplausos. Bob, después de quedarse unos instantes mirando al trapo sin comprender, dijo:

    —Bueno, ¿dónde demonios ha ido? —el público pensó que aquello era muy divertido y Bob, sorprendido por su reacción, hizo una reverencia y recogió el trapo con cuidado, como si fuese a morderle. Pisó en el suelo donde yo había estado y hablo con voz temblorosa—. Esto... creo que necesitamos a otro voluntario.

    No supe si se había quedado atónito por motivos normales o porque sabía qué era yo. No progresaba nada, no me había servido de nada. Lamenté haberlo hecho, pero un espectáculo de magia era probablemente el lugar más seguro para hacer que ocurriese.

    Me aparté y me quedé detrás del telón. El extremo del escenario donde me encontraba parecía vacío, aunque vi a un hombre en el carril de donde colgaba el telón y a otro observando la actuación desde el otro lado. Estaba mirando al lugar del escenario donde había caído el trapo. El área entre bastidores estaba oscura y me sentía relativamente a salvo de que me descubriesen.

    De vuelta al escenario, Bob procedía a hacer desaparecer a Sarah. Desde mi posición ventajosa vi cómo caía por una trampilla, pero no se encontraba cerca de donde yo había estado. Poco después, la hizo reaparecer en una caja vacía que colgaba del techo. Era bastante impresionante, pero la vi entrar en la caja suspendida en el aire desde una plataforma de detrás del telón, metiéndose por una rendija con mucho cuidado. Era impresionante; la caja apenas se movió.

    Miré a mi alrededor para buscar otro escondite. El aparato para el gran escape estaba colocado detrás del telón y cuando lo corrieran, perdería mi sitio. Encontré un montón de cajas de utensilios apiladas a la izquierda y me puse en cuclillas detrás de ellas, colocando un cajón pequeño para sentarme.

    Mientras hacía aquello, hubo más trucos de Bob y risas, pero me lo perdí casi todo. Poco después levantaron una sección del telón y dirigieron algunos focos hacia arriba para revelar el artefacto al público.

    —Damas y caballeros... ¡Los Martillos de la Muerte!

    En medio de los focos había una plataforma a un metro de altura del suelo colgada de cuatro enormes cables rígidos. Los cables iban desde los amarres en el escenario, en las esquinas de la plataforma, hasta los carriles sobre el escenario. Había dos émbolos, uno a cada lado de la plataforma, dos chapas redondas de acero de casi un metro de diámetro y unos veinticinco centímetros de grosor. Estaban soldados a unas deslumbrantes barras de acero de unos treinta centímetros de diámetro que brillaban como si las hubiesen engrasado. Las barras se alzaban hasta desaparecer en unos enormes cilindros de acero montados sobre vigas de acero y fijadas al suelo por sólidos pernos.

    Al otro lado del aparato, Sarah estaba metiendo carbón con una pala en una caldera de vapor. Un indicador de temperatura mostraba una aguja subiendo poco a poco mientras la presión del vapor iba aumentando. Entonces caí en la cuenta de que había unos tubos que iban desde una válvula de palanca a un lado de la caldera hasta cada uno de los émbolos.

    La otra ayudanta de Bob, Vanessa, volvió al escenario arrastrando una camilla de hospital sobre la que se veía una silueta cubierta por una sábana.

    —Ustedes se preguntarán qué ha pasado con David el Corriente —dijo Bob, agarrando un extremo de la sábana—. Bueno, sigan pensando en ello —tiró de la sábana y descubrió a un muñeco como los que se utilizan en las pruebas de coches—. Les presento a Larry —sentó al muñeco en la camilla con las piernas colgando. El torso de Larry estaba vacío, y había un agujero de quizás unos sesenta centímetros de largo y treinta de ancho. Metieron una sandía enorme en el hueco.

    Vanessa y Bob colocaron a «Larry» sobre la plataforma y le ataron las muñecas a unas esposas que colgaban de los cables a la altura de los hombros, de manera que quedó con los brazos abiertos en diagonal en medio de la plataforma y justo entre los dos émbolos.

    —Bueno, no pinta muy bien para Larry, ¿verdad? —preguntó Bob, saliendo de la plataforma. Se dirigió a la caldera. La aguja se estaba aproximando a la zona roja del indicador—. Sarah, ¿arreglaron aquella válvula de seguridad? —Sarah se encogió de hombros, como si no lo supiese.
    —Podría decirles cuántas toneladas de fuerza pueden generar estos dos martillos de vapor cuando chocan, pero se lo mostraré con este ejemplo gráfico. ¡Bajen la pantalla protectora, por favor!

    Un armazón de tres metros de largo por uno de ancho con plástico transparente tensado descendió entre el público y la plataforma. Un redoble de tambor grabado sonaba de fondo. El indicador de la caldera casi estaba en la zona roja. Bob le sacó más ropa a Sarah para avivar el fuego, dejándola con un body tanga sin espalda con lentejuelas. Entonces tiró de la palanca.

    Una tremenda cantidad de vapor salió de golpe por las válvulas de escape de los cilindros, ocultando la plataforma al público, y entonces los dos émbolos chocaron con un terrible estruendo metálico. La sandía explotó hacia delante y hacia atrás, salpicando la pantalla protectora y dando una desagradable sensación, al caer chorreando como sangre.

    Bob tiró de la palanca en dirección contraria y los dos émbolos se separaron. Al hacerlo, la mitad inferior de Larry, desde los hombros hasta abajo, cayó al escenario, aplastada por el impacto. La cabeza quedó colgando, boca abajo, aún suspendida por los brazos esposados.

    —Mala suerte, Larry —dijo Bob.

    Retiraron la pantalla protectora y las ayudantas de Bob cogieron los restos de Larry y los pusieron en la camilla, cubierta por la sábana salpicada por la sandía. Sonó un canto fúnebre y Bob se puso la mano en el pecho.

    Sarah echó más carbón en la caldera, y el indicador de temperatura volvió a subir hacia el rojo. Bob añadió partes del vestido de Vanessa al fuego de manera que se quedó tan poco vestida como Sarah; entonces Vanessa hizo subir a otro espectador para que atase a Bob en la plataforma y comprobara la integridad de las esposas.

    —¿Nervioso? —le preguntó Bob al hombre, que seguía mirando ambos lados, a los émbolos—. Debería estarlo. El último tipo que se ofreció como voluntario ha desaparecido y no se le ha visto desde entonces.

    Tuve que admitir que se estaba tomando bien mi desaparición. Decidí reaparecer antes de que terminase la actuación.

    Vanessa acompañó al voluntario fuera del escenario y entonces Bob dijo:

    —Si piensan que voy a bajar la pantalla protectora, están locos. Si estoy entre estos dos émbolos cuando choquen... bueno, digamos que espero causar una gran impresión en el público.

    La aguja se acercó más al rojo y empezó el redoble de tambores. Vanessa movió la palanca y Sarah la ayudó. El escenario se oscureció, y un enorme foco iluminó a Bob y al aparato. Otra luz enfocaba a las dos mujeres. En la repentina oscuridad, de la boca de la caldera salía un resplandor naranja hacia el escenario y un tercer foco se centraba en el indicador de temperatura.

    Tapé la luz con la mano, mirando entre la oscuridad a Bob, intentando ver lo que no querían que viese el público. La tensión se estaba apoderando de mí y la posibilidad de que Bob quedase aplastado parecía cada vez más probable.

    La plataforma elevada eliminaba la posibilidad de que pudiese caer a otra trampilla. Aunque el foco proyectaba sombra, tampoco estaba tan enfocado como para que pudiese escaparse a un lado sin ser visto.

    El redoble subió de volumen y ambas mujeres alzaron tres dedos, luego dos, luego uno, y tiraron de la palanca.

    Yo seguí mirando a Bob. A la cuenta de dos, movió las manos y se agarró con fuerza a las cadenas de las esposas. Mientras hacía aquello, las mangas del esmoquin se le bajaron y vi que llevaba como unas muñequeras metálicas, entre las esposas y su piel. Cuando las mujeres contaron a uno, vi que algo ocurría con los cables en los que estaban fijadas las esposas. Unos finos alambres, negro mate, salieron de la superficie de los cables se tensaron. Vi que las esposas se soltaban de los cables y se elevaban un poco, al estar obviamente unidas a los alambres.

    Bob siguió con la ilusión de estar amarrado manteniendo los brazos en alto, para que pareciese que las manos aún estaban en las esposas. Entonces las mujeres le dieron a la palanca y el vapor salió disparado delante de la plataforma. Mientras salía el vapor, los alambres se tensaron y Bob salió literalmente disparado hacia arriba, tan rápido que estuvo entre las sombras sobre el escenario antes de que los émbolos se acercasen.

    Entonces chocaron con un terrible ruido metálico y yo salté encima de ellos, donde habían chocado, y me senté allí en aquel breve instante, antes de que el vapor se disipase.

    El aplauso fue increíble.

    Entonces Bob volvió al escenario desde el otro lado de la caldera y cerró la puerta de la boca. Después de aquello, las luces del escenario se encendieron y dio un paso adelante para agradecer los aplausos del público. No fue hasta que se movió para decir a sus ayudantas que también saludasen, cuando se dio cuenta de que me estaban mirando a mí, encaramado sobre los «Martillos de la Muerte».

    Se me acercó, con los ojos como platos y la boca cerrada. Bajé de un salto, primero a la plataforma y luego al escenario. Los aplausos aumentaron y me incliné un poco. Bob volvió a mirar al público y dijo:

    —Gracias por su asistencia —entonces hizo un gesto con la mano derecha y el telón bajó.

    Me pregunté si no sería buena idea marcharme. Entonces Bob se dio la vuelta, con los brazos en jarras.

    —Muy bien, gilipollas. ¿Cómo lo has hecho? —su voz era dura y fuerte, y yo me eché atrás de manera involuntaria. Empezó a caminar hacia mí.

    Miré a mi alrededor con nerviosismo y vi a cuatro tipos del equipo técnico mirándome, preguntándose quién diablos era. Alguno de ellos también parecía furioso. Sarah y Vanessa sólo miraban, impasibles.

    —Bob —respondí en voz alta—, eres un farsante.

    Entonces levanté las manos, chasqueé los dedos y salté.


    * * *

    La mañana después de mi encuentro con Bob el Magnífico, decidí, de repente, irme a Florida, para visitar a mi abuelo. Mi agencia de viajes me consiguió una plaza en un avión a reacción que salía desde La Guardia veinte minutos más tarde. Subí a bordo durante la última llamada.

    Desde Orlando, hice transbordo a un pequeño vuelo regular para el último tramo hasta Pine Bluffs. Era ruidoso, estrecho, y se movía mucho con las corrientes de aire caliente de la tarde. Hubo un momento en que, después de que un vaivén particularmente violento me empujase hacia arriba, presionado por el cinturón de seguridad, estuve a punto de marcharme de un salto.

    Lo único que me detuvo fue que no creía que pudiese saltar de vuelta a un vehículo en movimiento, y menos aún fuera de mi vista. Si iba a saltar del avión, decidí que esperaría hasta que estuviésemos más cerca del suelo o más fuera de control. El vuelo duró media hora de tiempo real y una eternidad de tiempo subjetivo. Todo fue mejor cuando estuvimos en tierra firme.

    El edificio del aeropuerto era sólo un poco más grande que el primer piso del edificio donde vivía y el vendedor de billetes era el personal de tierra, el manipulador de maletas y el guardia de seguridad. Los otros cinco pasajeros de mi vuelo fueron recibidos por amigos o familiares, dejándome a merced del servicio de transporte del aeropuerto, una ranchera azul abollada con un conductor cuya cara era todo arrugas.

    —¿Adónde?
    —Oh. Espere un segundo. Necesito salir a mirar en la guía telefónica —volví a entrar en el edificio, a la cabina del rincón.

    No había ningún Arthur Niles listado. Mierda. Eché un vistazo al edificio; nadie miraba en mi dirección. Estudié mi rincón y lo «adquirí». Luego salté a mi antigua habitación, en casa de papá. Había más polvo que nunca. Revolví impaciente mi escritorio hasta que encontré una de las viejas cartas del abuelo, una postal de felicitación con sobre. Tenía la dirección. Me la metí en el bolsillo y cerré todos los cajones.

    Oí pisadas en el pasillo que se detuvieron al otro lado de la puerta. Me quedé paralizado, quieto como una piedra. Si el pomo se movía, me esfumaría en segundos. Una voz, la de papá, con un temblor que no recordaba, dijo:

    —¿Davy?

    No sé por qué pero, después de vacilar un instante, respondí:

    —Sí, soy yo.

    No creo que esperase una respuesta. Oí que daba un grito ahogado y que el suelo crujía al mover su peso de un pie a otro. Después se puso a hurgar en el candado. Cuando oí que lo abría, salté de vuelta al aeropuerto de Pine Bluffs.

    El vendedor de billetes/manipulador de equipaje alzó la vista cuando me apoyé contra la pared. Bueno, que le dé a la cabeza, pensé, refiriéndome a papá, no al vendedor de billetes. Tenía un nudo en el estómago, pero también una curiosa satisfacción, diferente de la sensación que tuve al romper el tarro de la harina. Aunque aquello no fue tan satisfactorio como podría haberlo sido. No llegué a ver el resultado, pero tampoco dejé huellas.

    La postal y el sobre aún estaban en mi mano mientras me dirigía hacia al taxi.

    —Al 345 de Pomosa Circle —le dije.

    Entré en la parte de atrás y me senté, callado, mientras miraba las numerosas casas blancas con césped que pasaban de largo. Papá había sonado diferente, viejo. Intenté no pensar en ello.

    —Aquí es: el 345 de Pomosa Circle. Son cuatro pavos.

    Le pagué y se fue.

    La casa era prácticamente como la recordaba, un pequeño búngalo blanco con palmeras datileras y un canal que posaba detrás de cada casa. El apellido en el buzón era JOHNSON.

    La mujer que abrió la puerta hablaba español y muy poco inglés. Cuando le pregunté por Arthur Niles, ella dijo:

    —Un momento, por favor —dijo, hablando hispano, y desapareció dentro de la casa.

    Otra mujer, rubia, con un marcado acento del sur, vino a la puerta.

    —¿El señor Niles? Falleció hace cuatro años, creo. Sí, hizo cuatro años en agosto. Sufrió un derrame cerebral, con todo el calor, y murió poco después aquel mismo día —se puso un dedo en los labios, como si pensase—. Entonces nosotros vivíamos al final de la calle, en el 330. Le compramos la casa a su hija.

    Pestañeé.

    —¿Mary Rice?
    —Bueno, creo que ése era su nombre de casada. Creo que en el papeleo ponía Mary Niles.
    —¿Y vive aquí en el pueblo?
    —No lo creo. Estuvo aquí para el funeral, allí abajo, en el cementerio Olive Branch, pero en los trámites de la venta la representó un abogado con poder notarial.
    —¿Recuerda el nombre del abogado?

    Se me quedó mirando.

    —Eh, ¿te importaría decirme por qué necesitas saber todo eso?

    Hice una pausa.

    —Bueno, soy David Rice, el hijo de Mary. Cuando ella dejó a mi padre, esto, también me dejó a mí —sentí que me sonrojaba y me sudaban las manos. Bueno, ¿no era cierto? ¿No te dejó porque no le valía la pena llevarte con ella?—. Estoy intentando encontrarla —añadí sin convicción.

    Silencio.

    —¡Um! Bueno, déjame mirar los papeles a ver qué nombre pone. Entra y ponte a la sombra mientras lo busco —me hizo pasar a la casa y me mostró una silla en el salón—. ¿Roseleeenda? Agua fría, por favor, para el chico —entonces desapareció al final de la casa.

    En un minuto la sirvienta me trajo un vaso de agua con hielo. Le dije:

    —Gracias.

    Ella me respondió:

    —De nada —sonrió brevemente y se fue.

    El salón me resultaba extraño, pues todos los muebles eran diferentes. No fue hasta que miré por la ventana y vi la manera en que encuadraba a la casa de enfrente que tuve la sensación de haber estado allí antes. Entonces los recuerdos fueron claros y dolorosos.

    —¡Caray, Davy! Es la tercera vez que me sacas la reina de picas.
    —Ahora, Davy, sé amable con tu abuelo. Después de todo, está viejo y débil.
    —Aún puedo ponerte sobre mi rodilla y darte en el trasero, jovencita. ¡Toma esto!
    —¡Oh, papá, otra de corazones! Bueno, creo que Davy vuelve a ganar.

    Jugamos mucho a cartas durante aquella visita. El abuelo y yo salimos a pescar temprano cada mañana, y algunos días mamá y yo fuimos a la playa. Fue un buen viaje.

    —La escritura está en el banco, así que he llamado a mi marido. Él recordaba el nombre del abogado. Era Silverstein. Leo Silverstein —llevaba una guía telefónica en la mano cuando volvió al salón—. La guía dice que tiene la oficina en Main. Debe de dar a la plaza por la dirección... el 14 de East Main.

    Le di las gracias y me fui. Cuando cerró la puerta salté al aeropuerto local, apareciendo en la cabina. Oí un grito ahogado en el mostrador, pero me fui hacia la puerta como si no hubiese pasado nada. Miré por encima del hombro y vi que el vendedor de billetes me estaba siguiendo hasta la puerta.

    «Joder.»

    Doblé la esquina y salté de vuelta a Nueva York.


    * * *

    Aunque Millie me había prohibido el contacto con su cuerpo más de dos veces al mes, sí me dejaba que la llamase cada noche.

    —Hola, soy yo.
    —¿Qué te pasa?
    —¿Eh?
    —Me llamas cada noche, pero sueles parecer la funeraria.
    —Ah. Bueno, es que he estado intentando encontrar a mi madre. Fui a Florida, a visitar a mi abuelo.
    —¿Qué? ¿Estás en Florida ahora?
    —¿Cómo? No, no. He vuelto. Mi abuelo murió hace cuatro años.

    La línea se quedó en silencio durante unos instantes.

    —¿Y te has enterado hoy?
    —Sí
    —Me pregunto si lo sabía tu padre.
    —No lo sé —respondí, sin ganas—. No me extrañaría.
    —¿Estabas muy unido a tu abuelo?

    Pensé en ello. Los juegos de cartas, la pesca y la extraña postal de felicitación con un billete de veinte dólares doblado con cuidado en el sobre.

    —Antes. Hace mucho tiempo.
    —Es duro perder a alguien. Lo siento.
    —Sí, bueno...
    —No podías haberlo sabido.

    Me quedé mirando al teléfono.

    —¿Cómo lo sabes?
    —¿Qué? ¿Qué te sientes culpable por no saber que se estaba muriendo? ¿Por no saber que murió?
    —¡Debería haberlo sabido!

    Ella respiró profundamente.

    —No. Sé cómo te sientes, Davy. No puedes evitarlo. No pasa nada si te sientes así. ¡Pero no había modo alguno de que lo supieses! Todos nos sentimos culpables, de vez en cuando, de cosas que no son culpa nuestra. Confía en mí; eso es algo respecto a lo que no podías hacer nada.

    Entonces me enfurecí, por su suposición, por su agudeza, por ponerle nombre al sentimiento con el que había estado luchando todo el día.

    —Debería haberlo sabido cuando no recibí una postal de felicitación en mi quince cumpleaños. Podría haberle escrito. Podría haberle enviado una carta desde la escuela. ¡Papá no habría interceptado ésa!
    —¿Tu padre te leía el correo?
    —Bueno, estoy casi seguro. Vivíamos en el campo, así que teníamos un buzón en la ciudad. Y yo no tenía llave. Una vez encontré un sobre en el coche dirigido a mí y sin remitente.
    —¡Dios santo! ¿Por qué lo hacía?
    —No lo sé. No me dejaba escribir a la familia, supongo.
    —No me extraña, de la manera en que te trataba.

    No dije nada durante un rato. Ella no me presionó, sólo se quedó a la espera, en cordial silencio. Al fin, hablé:

    —Lo siento, Millie. No soy buena compañía esta noche.
    —Está bien. Pero siento que estés pasando un mal momento. Ojalá pudiese abrazarte ahora mismo.

    Cerré los ojos con fuerza y noté que el auricular crujía por la fuerza con que la cogía. Podría estar en tus brazos en segundos, amor mío. Podría... Me obligué a responder:

    —Ojalá yo también. Me esperaré hasta el viernes.
    —Vale. ¿Estás seguro de que no quieres que vaya a esperar tu vuelo?
    —No, no pasa nada. Estaré en tu puerta antes de las siete. No cenes sin mí.
    —De acuerdo. Duerme bien.
    —Gracias, lo intentaré. Esto... ¿Millie?
    —¿Sí?
    —Yo... yo... voy a volver a Florida mañana, pero te llamaré de todas formas, ¿vale?

    Parecía ligeramente decepcionada por algo.

    —Sí, Davy. Está bien.


    * * *

    Salté al edificio del aeropuerto de Pine Bluffs, fuera, en la acera. Cuando miré a la vuelta de la esquina, la abollada ranchera azul estaba allí con el anciano chófer. Parecía sorprendido de verme.

    —¿Cómo has venido hasta aquí? El vuelo de Orlando no llega hasta dentro de quince minutos.

    Me encogí de hombros.

    —Necesito ir al cementerio Olive Branch, y luego al número 14 de East Main Street.
    —Vaaaale. Sube.

    Intentó entablar conversación un par de veces más, pero yo contestaba a sus preguntas con monosílabos o encogiéndome de hombros. Volvió a intentarlo en la carretera con curvas del cementerio.

    —Conocí a la mayoría de gente que hay enterrada aquí. Estás buscando a alguien en particular?

    Era un cementerio enorme.

    —Arthur Niles.
    —Ah. Eso explica tu viaje a Pomosa Circle —llevó el coche hasta el otro extremo del cementerio y aparcó a la sombra de un árbol—. ¿Ves aquella lápida de mármol blanco allí, la cuarta desde el final? —señaló a una hilera de tumbas que iban hasta el extremo del cementerio.
    —Sí. ¿Es allí?
    —Claro. Tómate tu tiempo. Esperaré —cogió un periódico.
    —Gracias.

    Arthur Niles, nacido en mil novecientos veintidós y muerto en mil novecientos ochenta y nueve, querido por su esposa, su hija y su nieto. ¿Nieto? Oh, mamá, ¿por qué no me lo dijiste? Había flores en la lápida, secas y marchitas, en uno de esos aros oxidados de hierro colgado de una estaca. Saqué las flores y quité las pocas hojas muertas del césped.

    «Lo siento, abuelo, no llegué a decirte adiós. Hubiese preferido decirte hola». Me sentí triste... increíblemente triste.

    Al poco rato adquirí conscientemente el lugar para próximos saltos, y luego llevé las flores y las hojas secas a una papelera metálica cerca de la calle.

    El taxista aún estaba leyendo, así que me situé detrás de un árbol y salté al mercado de flores de la calle Veintiocho, en Manhattan. Compré un ramo preparado con rosas, crisantemos y orquídeas. Me costó treinta pavos. Salté de vuelta a la lápida y lo coloqué en el soporte de hierro.

    El taxista bajó el diario cuando entré en el asiento trasero. No dijo nada, sólo encendió el contacto y me llevó al pueblo.

    Pero sí habló cuando detuvo el coche en Main Street.

    —¿Quieres que te lleve después a algún otro sitio, Davy?

    Me lo quedé mirando. ¿Cómo... ? Ah.

    —¿Conocía mucho a mi abuelo?

    Se encogió de hombros.

    —Bastante. Jugábamos al pinacle en su casa cada miércoles, un grupo de viejales. Era un buen hombre... un pésimo jugador de pinacle, pero un buen hombre.

    Apoyé la espalda en el asiento.

    —¿Sabe dónde está mi madre, señor...?
    —Steiger, Walt Steiger. No sé dónde estará Mary. Después de que abandonara a tu padre, estuvo aquí durante casi un año, entre una cosa y otra —su expresión era adusta, y apartó la vista por un momento. Luego continuó—. Art decía que estaba trabajando en California, creo, después de aquello, pero no estoy seguro. Creo que también me dijo que se iba a trasladar otra vez, pero aquello fue justo antes del derrame cerebral. No recuerdo adonde —se retorció en el asiento—. Llegué a conversar con ella un instante en el funeral, pero sólo hablamos de Art.
    —Oh —me quedé allí sentado unos instantes más—. Gracias por la información. ¿Cuánto es?

    Se encogió de hombros.

    —Cinco pavos.
    —Pero si ha tenido que esperarme más de media hora...
    —Estaba leyendo. Dame cinco pavos.

    No aceptó propina.

    El despacho de Leo Silverstein estaba en un segundo piso, sobre una farmacia. Subí por unas estrechas escaleras y entré por una puerta de cristal, donde una mujer de mediana edad tecleaba a toda velocidad en un procesador de textos mientras escuchaba unos auriculares. Me puse delante de su campo de visión. Ella se quitó los auriculares.

    —¿Dictado? —pregunté, sonriendo.
    —Grateful Dead —respondió—. ¿Puedo ayudarte?
    —Me gustaría ver al señor Silverstein, por favor. Me llamo David Rice. Me gustaría hablar con él acerca de mi madre, Mary Niles.
    —Ah. ¿Tenía hora concertada, señor Rice? —lo preguntó con aquel tono que utiliza la gente cuando saben seguro que no tienes hora.

    Negué con la cabeza y tragué saliva.

    —Lo siento, no. He venido de Nueva York a pasar el día. No supe hasta ayer que el señor Silverstein llevaba las cuentas de mi madre y no estaba seguro de poder venir a Pine Bluffs hoy.

    Se mostró escéptica.

    —Sólo necesito un momento de su tiempo. Ah, por cierto, ¿por qué llaman a este sitio Pine Bluffs? No he visto ni un pino ni un acantilado desde que he llegado.

    Con una voz seca respondió:

    —Los riscos están río arriba a veinte kilómetros, cerca del pueblo original. Talaron los pinos a principios del siglo diecinueve. Tome asiento —añadió, señalando al sofá frente a su mesa—. Preguntaré al señor Silverstein si puede verle.

    Me senté mientras ella hablaba en voz baja por teléfono.

    Odiaba aquello. Nunca me ha gustado conocer a gente nueva. Bueno, lo que pasa es que odio dar la mano a desconocidos. ¿De qué tienes miedo, Davy? ¿De qué se te queden la mano?

    Me retorcí en el sofá, intentando ponerme cómodo. Sí, podrían quedarse la mano, o peor, no gustarme.

    La puerta al despacho interior se abrió y apareció un hombre de unos cincuenta años, de mi altura y pelo gris. Llevaba un chaleco y unos pantalones a conjunto y la corbata aflojada en el cuello.

    —¿Señor Rice? Soy Leo Silverstein. Tengo una cita en diez minutos, pero puedo estar por usted hasta entonces.

    Me levanté y le di la mano.

    —Muy amable —respondí mientras le seguía al despacho. Cerró la puerta y señaló una silla.
    —Así que es usted el hijo de Mary Niles...
    —Sí.
    —¿Y qué puedo hacer por usted?
    —Estoy intentando localizarla.
    —Oh —cogió un pisapapeles de su escritorio y se lo fue cambiando de mano—. Me he estado preguntando si algún día pasaría algo así.

    Fruncí el ceño. El asiento de felpa se me hizo duro de repente.

    —¿Qué quiere decir?

    Respiró hondo.

    —Su madre apareció por aquí hace seis años con tres huesos de la cara rotos, laceraciones, moretones y severos traumatismos. Habían abusado de ella física y mentalmente. Pasó un largo año de terapia psicológica por una fuerte depresión y dos operaciones para reconstruirle la cara.

    Me lo quedé mirando. Tenía un nudo en el estómago.

    Leo Silverstein me observó con atención, con el pisapapeles en una mano, a punto de cambiarlo a la otra, pero aún no.

    —¿Es eso una sorpresa para usted?

    Asentí.

    —Bueno..., supe de al menos una vez que mi padre le pegó. Pero, cuando ella se marchó, yo volví a casa del colegio un día se había ido. Mi padre no quiso hablar de ello —¡debería haberlo sabido!—. Tenía sólo doce años por aquel entonces.

    Asintió con la cabeza.

    —Intenté varias veces convencer a su madre para que presentase cargos contra su padre. Pero se negó. Decía que nunca se acercaría a él, que no quería estar en el mismo estado que él. Estaba absolutamente aterrorizada —volvió a cambiarse de mano el pisapapeles—. También creo que temía lo que pudiese hacerle a usted. Según parece, la amenazó en diversas ocasiones con eso.

    Un maldito rehén. Él se salió con la suya por mí. Tenía ganas de vomitar.

    —¿Y dónde está ahora? —pregunté. Lo siento, lo siento, lo siento...
    —Bueno, ése es el problema. No puedo decírselo. Mi cliente me dio instrucciones de mantener esa información completamente confidencial. No tengo elección en el asunto. No hizo excepciones.
    —¿Ni siquiera por mí? ¿Por su hijo?

    Se encogió de hombros.

    —¿Y cómo sabe ella que usted no está compinchado con su padre?
    —Me escapé de aquel hijo de puta hace más de un año. ¡No estoy compinchado con él!

    Se reclinó en su silla y le vi que apretaba el pisapapeles de repente, casi como si fuese un arma. Relájate, Davy. Suspiré y me senté bien en la silla, con las manos en el regazo. Repetí más lentamente:

    —No estoy compinchado con mi padre.
    —Me parece que le creo —contestó Silverstein, aminorando la presión sobre el pisapapeles y relajándose un poco—. Sin embargo, eso no tiene nada que ver con el asunto. Sigo sin poder decirle dónde está.

    Crucé los brazos. Las orejas me ardían y me sentí avergonzado y furioso y a punto de hacer o decir algo estúpido.

    —No obstante, estaría dispuesto a hacerle llegar un mensaje o una carta.

    ¿Y qué diría? ¿Qué debe de pensar de mí? ¿Cómo puedo escribir una carta sin saber eso? En realidad no quiere saber nada de mí...

    Me levanté de golpe.

    —Tendré que pensar en ello —contesté. Me di cuenta de que Silverstein se había tirado hacia atrás otra vez y agarraba el pisapapeles con fuerza. ¿Qué tengo en la cara que le asusta tanto? Fui hacia la puerta y la abrí de golpe, pero me detuve. Aún estaba furioso con él, pero parte de mí se daba cuenta de que no era culpa suya, aunque no me quitaba el enfado. ¿Le gustaría que le llevase de un salto a una parada de camioneros en Minnesota, señor Silverstein? Sin darme la vuelta le dije:

    »Gracias. Por favor, perdóneme por mi mal humor —luego pasé frente a la recepcionista, crucé la puerta de cristal y bajé las escaleras.

    Estaba a punto de salir a la calle cuando vi a Walt Steiger, el taxista, aún aparcado allí fuera, leyendo su periódico.

    No quería hablar con él. Salté a Brooklyn.


    * * *

    El piso era demasiado pequeño para contener mi mal humor. Intenté sentarme, pero no podía dejar de moverme. Intenté acostarme, pero no había manera de parar quieto. Abajo los Washburn estaban discutiendo otra vez, gritándose mutuamente. Oí platos que se rompían y me estremecí mientras caminaba impaciente de arriba para abajo.

    Aún iba vestido para el clima de Florida, pero no quería cambiarme. Cogí el abrigo, el largo de piel, y salté a la pasarela peatonal del puente de Brooklyn.

    El reloj en el edificio Watchtower marcaba siete grados, y el viento del East River cortaba como un cuchillo. El espeso manto gris del cielo plomizo concordaba con mi estado de ánimo.

    Un año en el hospital... oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío. Apreté las solapas del abrigo y me quedé mirando al sur, hacia el puerto, ajeno al viento. Recordé estar frente a mi padre con una pesada botella de whisky en la mano, debatiéndome entre la indecisión y la duda. Recordé que decidí no matarle. ¿O es que no pudiste matarle?

    Lo que fuese. Me arrepentí de lo que fuese que me impidió aplastarle el cráneo. Sentía no haberle matado.

    ¿Y matarle ahora? Encogí la cabeza entre los hombros. El viento aullaba en mis orejas, agitándome. Quizá.

    Pasé el resto de la tarde pensando en maneras de hacerlo, la mayoría de las cuales implicaban saltar. Podría agarrarle, saltar hasta el último piso del Empire State y tirarle al vacío. Bajé la vista para ver las frías aguas del East River. La caída desde aquí tampoco está mal. Me imaginé cosas, centenares de actos violentos, y los recreé en mi cabeza. En lugar de calmar mi enojo, me hacían sentir más culpable, más avergonzado de mí mismo. Aquello me enfureció aún más. Me di cuenta de que estaba aferrado a la barandilla, apretando los dientes. Me dolía la mandíbula.

    ¡Por todos los demonios! ¡Yo no soy quien le rompió la cara!

    Fue cuando me di cuenta de que podía matarle y salirme con la mía, que empecé a calmarme. Cuando me di cuenta de que no lo haría.

    Aunque sí quería hacerle daño. Quería aplastar algo, sentir la carne bajo mis puños. Quería romperle algunos huesos yo mismo.

    Recordé lo que había pensado en hacerle al abogado de Florida. Iba a llevarle de un salto a aquel bar de camioneros en Minnesota, donde Topper Robbins, el tipo que intentó violarme, se había ganado mi confianza con una asquerosa cena. Topper Robbins. Ahora, sí que hay alguien que merece castigo.

    Me ceñí el abrigo y salté.


    * * *

    Topper llegó a la parada de camiones a las 10:30 de la noche, veinte minutos más tarde de lo que me había dicho una de las camareras. Había estado esperando durante más de una hora, moderadamente cómodo a pesar de la nieve, debido al nuevo calzoncillo largo y los guantes que llevaba.

    Sin embargo, esperando con aquel frío volví a pensar en ello, y estaba a punto de dejarlo correr cuando llegó él. Apreté los puños de repente y noté que los dientes me rechinaban. Irme a casa se convirtió en lo último que quería hacer.

    Puso gasolina, aparcó el camión con remolque, cerró la cabina y entró en el bar. Observé cómo tomaba asiento en la zona de conductores, y me aproximé a su camión.

    La cabina era pequeña. No tenía cama detrás, sólo una ventanilla trasera para comprobar los puntos ciegos. Miré a mi alrededor y me metí entre el remolque y la cabina. Había una caja de conexiones soldada y los manguitos de conexión del aire de los frenos neumáticos del remolque. Vi que podía sentarme allí con la cabeza justo debajo de la ventana. Si me levantaba sobre la caja, podía mirar adentro. Adquirí el sitio para saltar, y entonces me dirigí a la parte trasera del camión.

    Había una escalera de mano soldada en el remolque, que iba desde el logotipo de PetroChem a la señal de inflamable. La subí y vi que había muy poco a lo que agarrarse en la parte superior de la cisterna, pero en la parte de atrás, entre la escalera y el remolque, había un saliente formado por las cajas de conexiones. Di la vuelta en la escalera y me senté allí. El metal estaba muy frío, pero se podía ir sentado.

    Salté al Café Borgia, en Greenwich Village, y me tomé un chocolate caliente con nata montada y canela. Entre el chocolate, el calor de la cafetería y el calzoncillo largo que llevaba, entré bien en calor, y estaba casi sudando cuando salté de vuelta a la parada de camiones, al borde de la carretera. Topper aún estaba cenando. Entonces me puse a caminar de un lado a otro, aplastando de vez en cuando la pequeña capa de nieve sobre la hierba. Cuando me enfrié, salté a mi piso durante unos minutos. Se me ocurrió que no había llamado a Millie, pero no quería perder la ocasión. Topper podría irse, y yo tendría que esperar otro día.

    Después de caminar, saltar y entrar en calor unas cuantas veces, Topper salió al fin del restaurante. Le vi caminar hacia el camión, abrir la cabina, y coger un martillo de detrás del asiento. Entonces se puso a golpear todas las ruedas. Al parecer satisfecho, guardó el martillo, subió al camión y encendió el contacto.

    Salté a la caja de detrás de la cabina antes de que el camión empezase a moverse. Una vez en marcha, podía saltar de allí, pero probablemente no podría saltar de vuelta al camión. No si no lo tenía a la vista.

    El viento azotaba los bordes de la cabina mientras Topper maniobraba con lentitud cambiando las marchas. Me subí el cuello del abrigo. Cuando el camión salió a la carretera interestatal, intenté saltar a la parte trasera del camión, en el saliente formado por las cajas de conexiones. No tuve problemas, aunque allí hacía mucho más aire. Volví a saltar detrás de la cabina. De nuevo, sin problemas.

    Había supuesto que iría bien. Aunque aquello era un vehículo en movimiento, conocía la distancia entre donde me encontraba y mi objetivo. Sospeché que podría saltar al camión desde fuera, aunque estuviese en marcha, siempre y cuando pudiese verlo. Si saltase a mi piso en aquel momento, estaba seguro de que no podría saltar de vuelta.

    Antes de que me enfriase demasiado para poder concentrarme, empecé mi «juego».

    Me levanté sobre la caja, justo detrás del asiento del pasajero, y me agarré a uno de los cables de conexión con la mano izquierda. Con la derecha, saqué una pequeña linterna y me la acerqué a la cara mientras miraba por la ventanilla trasera.

    No pude ver a Topper, pero mi cara se reflejaba en la ventanilla, como si estuviese flotando en el aire. La posición de la linterna proyectaba sombras en mi cara y la hacía parecer anormalmente blanca. El abrigo oscuro no se reflejaba para nada. Pasó un rato antes de que Topper se diera cuenta. Quizá miró al retrovisor derecho y vio de reojo una luz donde no tendría que haberla. Entonces se giró para mirar bien. Es probable que lo hiciese dos o tres veces. No lo sé, pero sí sé que lo siguiente que hizo fue frenar de golpe.

    Apagué la luz y salté a la plataforma de atrás.

    El camión tardó varios segundos en parar. En el último momento salió a la cuneta. Oí que se abría la puerta de la cabina y sus pasos al bajar. Vi una ráfaga de luz en el asfalto y me di cuenta de que yo no era el único con una linterna.

    El traqueteo del motor diesel tapó su voz, pero oí sus maldiciones y sus pasos hasta la parte trasera del camión, y vi el haz de la luz que se acercaba en el asfalto. Esperé a que casi hubiese llegado y salté detrás de la cabina otra vez.

    No podía oírle por lo cerca que estaba del motor en marcha. La puerta del conductor estaba ligeramente abierta, de manera que el interior de la cabina estaba iluminado y podía verlo. Salté dentro y apagué el contacto. El motor paró con un ruido sordo. Miré por los retrovisores. Topper venía corriendo por el lado del conductor. Salté al saliente trasero de nuevo.

    Le oí maldecir. Subí la escalera del camión y miré hacia delante. Estaba frente la puerta del conductor, mirando las llaves del contacto, con la linterna hacia el suelo. Cerró la cabina con llave; luego, poniendo con cuidado las llaves en el bolsillo de su chaqueta, empezó a andar hacia el final del camión, alumbrando por debajo y alrededor de las ruedas así como por toda la estructura. Le dejé que llegase hasta media cisterna y salté al interior de la cabina.

    Se estaba caliente en la cabina.

    Después de dar la vuelta por todo el camión, Topper se fue hacia los matojos que había en el margen de la carretera y alumbró con la linterna a un lado y a otro. Volvió sacudiendo la cabeza.

    Me puse a reír. Mientras abría la puerta, salté al final del camión. Cuando encendió el motor y se puso en marcha, volví a saltar a la caja detrás de la cabina.

    ¿Os hacéis a la idea?

    Durante la hora siguiente, repetí lo mismo cinco veces más. No hizo ni veinte kilómetros por la interestatal 94. La sexta vez, empezó a resollar mientras rodeaba el camión.

    —¡Maldita sea! ¿Qué quieres? ¿Quién diablos eres?

    Esperé a que estuviese al final del camión, y entonces bajé y me puse a andar por la cuneta hasta que estuve a unos cuatro metros del vehículo. Había una alcantarilla, señalada con reflectores, que iba desde el borde del arcén hasta meterse debajo de la autopista. Era una zanja de hormigón de metro y medio de ancho por dos de profundidad. Caminé un poco más hasta que adquirí un lugar para saltar, una señal de tráfico, y luego salté de vuelta a la alcantarilla.

    A lo lejos, vi un punto de luz que se movía con lentitud alrededor de la cisterna. Me puse al borde de la cuneta, con el cuello del abrigo ceñido, las manos en los bolsillos y, casualmente, delante del primer reflector que señalaba el conducto subterráneo.

    Topper finalmente subió a la cabina y le dio al contacto. Cuando encendió las luces, me dieron de pleno en la cara.

    No me estremecí. Me quedé allí. El camión no se movió por un momento; entonces se puso en marcha con una sacudida. No parecía girar para incorporarse a la carretera, pero continuaba aumentando la velocidad. Me quedé mirando al parabrisas sin moverme. El camión seguía ganando velocidad. Topper pisó a fondo el acelerador, pero aun así, el camión sólo iba a cincuenta o así cuando se me acercó. Seguí sin moverme y esperé hasta sentir el calor que desprendía el motor, antes de saltar a la señal de tráfico, más abajo.

    La rueda derecha delantera del camión se metió en la zanja y provocó que el neumático pinchase estrepitosamente. La parte trasera de la cabina osciló hacia la derecha, empujada por la cisterna. Entonces todo el camión cayó de lado con un lento y pesado movimiento. Saltaron chispas cuando la cabina rozó los bordes de hormigón de la alcantarilla, acompañadas por brillantes trozos de vidrio, pues algunos trozos del parabrisas saltaron por delante de los faros del camión.

    Me dispuse a saltar, temiendo que la cisterna explotase, pero se detuvo poco después. La cabina estaba retorcida y abollada, con un faro inutilizado y el otro apuntando hacia el cielo. El remolque ni siquiera parecía perder combustible.

    Me acerqué.

    Topper tenía un brazo enredado en el volante y colgaba sobre el cambio de marchas, hacia el asiento del pasajero. Tenía la cara salpicada de sangre. Sus ojos me miraban fijamente y me siguieron cuando me acerqué a la parte delantera de la cabina para verlo mejor. Gemía un poco, y su mano libre intentaba alcanzar el volante para liberar al otro brazo.

    Al otro lado de la mediana los coches se iban parando. Oí puertas que se cerraban y voces excitadas. Les hice caso omiso.

    Sonreí lentamente a Topper. Volvió a hacer aquel ruido y palpó desesperadamente el volante. Entonces, mientras me miraba, salté.


    _____ 8 _____


    Hola.

    —Eh... ¿qué hora es?
    —Las once y media. ¿Te he despertado?
    —Me he quedado dormida en el sofá. Estaba esperando tu llamada.

    Sonreí al teléfono como un tonto.

    —Perdona por llamar tan tarde. He estado ocupado —me encontraba en la cama, tapado, intentando entrar en calor después de mi pequeño asunto en Minnesota.
    —¿Buscando a tu madre?
    —No. Saldando cuentas pendientes.

    Su voz cambió: se hizo más recelosa y despierta.

    —¿Qué quieres decir? ¿No le has hecho nada a tu padre?

    Apreté el teléfono. Había conseguido olvidar a mi padre durante un rato.

    —No. Se lo merece, pero no le he hecho nada —hice una pausa—. Hoy me he enterado de algo malo, algo horrible.
    —¿Qué?
    —Mi madre pasó un año en un hospital psiquiátrico justo después de abandonar a mi padre. También tuvieron que hacerle dos operaciones para reconstruirle la cara.

    Oí que daba un grito ahogado.

    —Oh, Davy, qué horrible.
    —Sí, Millie, ¡no quieren decirme dónde está! ¡Creen que se lo diré a mi padre!
    —¡Eh, Davy! Cálmate. Respira hondo.

    Cerré los ojos, expiré, inspiré.

    —Lo siento —dije unos instantes más tarde.
    —Es normal estar disgustado. Hoy has oído muchas cosas desagradables. Tiene que ser duro para ti. Oye, ¿quién no te quiere decir dónde está?
    —Su abogado. Le dio instrucciones de no revelar su paradero a nadie, ni siquiera a mí.
    —Oh, Davy Eso tiene que doler —titubeó—. Ojalá pudiese estar ahí.
    —Dios, te echo de menos, Millie.

    Ambos nos quedamos callados unos instantes, pero era casi como si estuviese con ella.

    —¿Qué demonios debería hacer? El abogado me ha dicho que le haría llegar una carta.
    —Oh. Entonces, ¿puedes escribirle?
    —Supongo.
    —Bueno, ¿y no quieres?
    —¡No lo sé! Me refiero a que si no quiere verme, ¿de qué sirve escribirle?

    Hubo silencio en el otro lado de la línea.

    —Davy, no sabes lo que ella quiere. Creo que sólo le tiene miedo a tu padre. Escríbele. Dile cómo te sientes. Dile lo que tú quieres.
    —No sé lo que quiero. No puedo escribir.

    Millie dio un bufido y habló en voz baja.

    —¿Qué pasa, Davy? ¿El rechazo real es peor que tu rechazo imaginario? Mientras no le escribas, puedes fingir que ella querría verte si supiese de ti. ¿Es eso?

    ¡Dios santo! Cerré los ojos con fuerza. Me saltaron las lágrimas.

    —¿Estás ahí, Davy? —preguntó con delicadeza—. ¿Estás bien?
    —No, no lo estoy —logré decir—. Has dado en el blanco —tenía un nudo en la garganta y me dolía agarrar el teléfono tan fuerte—. Mira, tengo que pensar en ello. Te llamaré mañana, ¿vale?

    Respondió con un hilo de voz.

    —Vale. Hasta mañana. Me preocupo por ti, Davy.

    Colgué el teléfono, me puse la almohada en la cabeza y deseé morir.


    * * *

    Me había sentido tan bien después de que Topper volcase su camión... ¿Por qué parecía tan miserable a la luz del día? ¿Tan mezquino? ¿Es que no se lo merecía? Me estaba enfureciendo otra vez. Intenté coger un libro que había estado leyendo el día anterior, pero no sirvió de nada. No podía concentrarme y las palabras se arrastraban por la página.

    Me puse el abrigo y salté a Minnesota.

    —He visto un camión cisterna volcado al oeste de aquí. Un accidente extraño.

    La camarera me sirvió el café.

    —Sí, uno de nuestros clientes habituales. Al parecer se quedó dormido y salió de la carretera.
    —¿Ha muerto? —por fin lo había dicho, y no sabía si era algo que temía o que esperaba.
    —No. Se cortó un poco y creo que se hizo un esguince en un hombro. Ha pasado toda la noche en el hospital del condado en observación.

    Está vivo. Sentí alivio y me sorprendí.

    Un ayudante de camarero estaba limpiando la mesa de al lado.

    —Cuatro agentes han entrado esta mañana a por donuts. He oído que uno decía que le hicieron el control de drogas a Topper. Insistía en que no se quedó dormido; decía que perseguía a un fantasma, que el fantasma le atrajo hasta una zanja.

    La camarera sacudió la cabeza.

    —Siempre ha habido algo extraño en Topper, algo sucio. ¿Qué se había tomado?

    El muchacho dejó de limpiar.

    —Nada. Han dicho que estaba limpio. Pero por eso le han tenido toda la noche en observación, para buscar algún daño cerebral. También le miraron la cabeza con rayos X, por si se había roto algún hueso.
    —¡Uf! Caray —la camarera miró mi taza—. ¿Quieres un poco más de café, azúcar?

    Sonreí y contesté:

    —Sí, por favor.

    Querida Mamá,
    Me escapé de casa hace un año y tres meses. Ahora vivo en Nueva York y me va bien. Me gustaría verte, aunque no sé si es algo que tú desees. Te echo de menos, pero entendería que no quisieras verme. En cualquier caso, me gustaría saber de ti.
    Puedes llamarme al 718/553—4465 o escribirme al PO Box 62345, Nueva York, NY 10004.
    Tu hijo


    Era torpe, simple y grosera, pero era mi sexto intento y no quería volver a escribir la carta. Di la orden para imprimir y la impresora láser sacó la página silenciosamente. La firmé y la puse en un sobre con el nombre de soltera de mamá, Mary Niles.

    Salté a las escaleras bajo el despacho de Leo Silverstein. Arriba, le di el sobre a su secretaria y le pedí que se lo entregase. Me respondió que lo haría, sin preguntarme nada. Creo que conocía la situación.

    ¡No quiero tu compasión! Sentí la tentación de teletransportarme a casa justo delante de ella, sólo para quitarle de la cara aquella expresión comprensiva. Sin embargo, ya había hecho eso demasiado a menudo. Le di las gracias y salté desde la privacidad de las escaleras.


    * * *

    Llamé a Millie y le conté lo de la carta.

    —Eso está bien, Davy. Sé que es un paso que asusta, pero al menos sabrás algo.
    —¿Y si no quiere verme? ¿Y si le da igual?

    Se tomó tiempo para responder.

    —No creo que debas preocuparte por eso. Pero, incluso si es así como se siente, al menos lo sabrás y podrás continuar a partir de ahí en lugar de estar atrapado.
    —¿Atrapado? Bueno, supongo que es una manera de decirlo. Estoy atrapado entre tener una madre o no tenerla.

    Millie dijo con delicadeza:

    —Davy... no has tenido madre durante seis años. En realidad, estás atrapado entre saber si va a volver a ser parte de tu vida otra vez o no.

    Negué con la cabeza, enojado.

    —No veo la diferencia.
    —No eres la misma persona que dejó atrás tu madre. Ya sólo el tiempo es un factor importante, por no mencionar un padre abusivo. Tu madre no es la misma persona. La terapia psicológica puede causar grandes cambios en una persona. Ninguno de los dos podrá volver a la relación que teníais, no sin mucho fingimiento. Simplemente, no cuadrará.
    —Maldita sea, Millie. Es muy duro.
    —Sí.

    Cambié de tema.

    —¿Qué quieres hacer este fin de semana?
    —Pues no lo he pensado. Puede que descansar.

    Sonreí un poco.

    —¿En la cama?
    —Bueno, un poco —respondió—. Pero no todo el tiempo. Ésa es una buena manera de arruinar una relación.
    —¿El sexo?
    —Nada más que sexo. Tengamos algo más entre nosotros que una fina capa de sudor.
    —¿Es que no te gusta? Pensaba... bueno, parecía que...
    —Me encanta el sexo. Disfruto con él aunque mi educación protestante me remuerda la conciencia de vez en cuando. Me encanta el sexo contigo, Davy, porque, bueno..., te quiero.

    Noté algo extraño en mi expresión y tenía un nudo en el estómago. No veía el teléfono, ni la silla, ni las estanterías. Sólo su cara.

    —Oh, Millie..., déjame que vuele hacia allí esta noche —mi voz era áspera y la mano en el auricular no paraba de temblar.

    La oí suspirar.

    —Aunque hubiera un vuelo esta noche, no podría llegar aquí hasta mañana. Y tengo que ir a clase.

    Podría estar allí en un abrir y cerrar de ojos. El cálido silencio fue de añoranza compartida. Me sentí miserable y eufórico.

    —Puedes venir el jueves, si quieres.
    —¿Estás segura?
    —Salgo de mi última clase a las cuatro y media. Puedo estar en el aeropuerto hacia las seis. No, a las seis y media... es hora punta.
    —No. Estaré en tu apartamento a las cuatro y media, el jueves —luego, antes de que pudiese acobardarme, añadí:

    »Yo también te quiero.

    Se quedó en silencio por un momento; luego, casi demasiado flojo para oírla, dijo:

    —Oh, Davy, voy a llorar.
    —Bueno, puedes hacerlo.

    Ve con ella. Ve con ella, ahora.. Quería saltar tanto..., pero otra voz me decía: Espera. Ella te quiere, pero ¿querrá al saltador?

    Oí que se sonaba la nariz.

    —Odio la manera en que me gotea la nariz cuando lloro.
    —Siento haberte hecho llorar.
    —Oh, cállate, idiota. Te lo dije: las lágrimas son una bendición. Me has hecho un regalo y estoy feliz, no triste. Las lágrimas no siempre significan dolor. Y tú no eres idiota y te quiero.

    Ve con ella. Espera. Aaaaaaaah.

    —Te quiero. Quería decírtelo, te lo estaba diciendo cuando te llamé para contarte lo de la muerte de mi abuelo.
    —Bueno, yo me preguntaba...
    —Tenía miedo de decírtelo. Y aún lo tengo.

    Su voz era seria.

    —Me alivia oír eso. No es algo que deba decirse a la ligera.
    —Entonces, ¿por qué quiero decírtelo una y otra vez?
    —Quizá porque lo sientes de verdad. Tengo una teoría sobre esa frase. Debería decirse siempre y cuando sea cierta, pero no con tanta frecuencia que se convierta en automática y pierda el sentido. No debería ser como «buenos días» o «perdona» o «pásame la mantequilla, por favor». ¿Entiendes?
    —Creo que sí.
    —Pero puedes volverlo a decir ahora, si te apetece.
    —Oh, Millie, te quiero.
    —Te quiero. Ahora me voy a la cama, pero puede que me cueste dormir. Piensa en mí.
    —¿Y cómo puedo evitarlo? —Ve con ella, ve con ella, ve con ella.

    Se puso a reír.

    —Buenas noches, cariño.
    —Buenas noches, amor.

    Colgó y me quedé mirando el auricular maravillado. Entonces salté a Stillwater, fuera de su piso, y miré la ventana de su habitación hasta que la luz se apagó.


    * * *

    Estaba buscando un regalo para Millie y recordé algo que había visto en la tienda de artículos de regalo del Metropolitan Museum. Intenté saltar a las escaleras de la entrada y no pasó nada. Rápidamente, antes de que perdiese la confianza, salté a Washington Square. Sin problemas.

    Sólo había ido al museo una vez, con Millie, y aunque había intentado volver muchas veces, nunca lo había conseguido.

    Lo único que pasa es que no lo recuerdo bien, pensé.

    Cuantos más lugares visitaba, más tenía que recordar, si quería volver allí de un salto. ¿Es que voy a tener que saltar a todos los sitios que conozco una vez por semana, para mantenerlos frescos en mi memoria?

    Decidí que era el momento de comprarme algunos juguetes.

    En la calle Cuarenta y siete me resultó fácil gastarme dos mil dólares en: una videocámara, pequeña, con cintas de ocho milímetros; un reproductor de vídeo para las cintas; una caja de cintas de veinte minutos, en la que iban diez; dos baterías de níquel-cadmio extra; y un cargador rápido externo para las baterías. Una hora después, tras haber cargado una batería y haberme leído las instrucciones de la cámara, salté a Central Park, al campo de croquet, en la parte oeste del parque, lo crucé y subí por la Ochenta y uno, donde se encuentra el Metropolitan. Luego estuve unos minutos filmando un hueco apartado cerca de las puertas del museo, primero grabando el hueco, y más tarde colocándome en él y grabando una vista panorámica. Hablé de las imágenes y los olores en el micrófono.

    Luego salté a casa, saqué la cinta y la etiqueté con cuidado, "Metropolitan Museum, entrada principal". La puse en el vídeo conectado a mi pequeña cámara. La calidad era excelente.

    Obviamente, no iba a tener ningún problema para saltar de nuevo al museo. Acababa de estar allí y había prestado atención. Sin embargo, dentro de seis meses, después de no haber estado allí durante un tiempo el recuerdo no sería tan bueno, y esperaba que la cinta de vídeo me sirviera de «recordatorio».

    Ya lo veremos.

    Después de comprar los regalos para Millie, pasé el resto del día grabando mis sitios de salto utilizados con menos frecuencia. En ocasiones, cuando el lugar era demasiado público, lo cambiaba por un rincón apartado. En Florida, por ejemplo, adquirí un nuevo sitio en el aeropuerto de Orlando, un hueco entre dos columnas. En Pine Bluffs encontré un lugar entre dos arbustos en la plaza del pueblo, delante del despacho de Leo Silverstein. En Stillwater, encontré un callejón dos casas más abajo del piso de Millie. En Stanville, escogí una zona detrás del contenedor del Dairy Queen, entre un seto y el edificio de la biblioteca pública, y el patio de casa de papá.

    Tenía que comprar dos cajas de cintas más, además de un estante para irlas guardando.

    Aquello me ocupó prácticamente todo el martes. El miércoles, a primera hora de la mañana, salté al aeropuerto de Orlando y cogí un enlace hasta Disney World. El autobús llegó veinte minutos antes de que abriesen las puertas. Encontré un espacio entre dos arbustos, lo adquirí, salté a casa para coger la video-cámara, salté otra vez y grabé el lugar. También grabé un lugar dentro del parque. La seguridad de Disney World es muy buena, así que procuré escoger un sitio sin cámaras. Me imaginé una extraña situación en la que Mickey Mouse se me acercaba y decía: «¡Se acabó el baile! ¡Se acabó el baile! ¡Ji, ji! Espósale, Goofy». Tuve mucho cuidado. Varias veces a lo largo del día me sentí tentado de saltar donde la gente pudiese verme, para evitar las largas colas. Odio las colas largas, pero no me arriesgué. Siempre podría saltar otra vez, a primera hora de la mañana, antes de que llegase la multitud, o poco antes de cerrar, después de que se marchasen.

    Millie debería estar aquí, pensé. No me importaría esperar en la cola con ella.

    Me vino un recuerdo olvidado durante años. Mamá me iba a llevar allí, a Disney World, en nuestro siguiente viaje para visitar al abuelo.

    Lo dejé correr a eso de las seis de la tarde, porque ya no me aguantaba más de pie y me dolía la cabeza por el calor.

    De vuelta en mi piso, dormí un par de horas y luego llamé a Millie. Hablamos durante más de una hora; luego, como en las noches anteriores, salté a Stillwater para observar su ventana hasta que se apagase la luz.

    A medianoche me encontraba mirando una foto de Millie hecha en un fotomatón y discutía conmigo mismo.

    «¿Por qué no se lo dices?»
    «¿Qué, decirle que soy un ladrón de bancos? ¿Que no hago nada productivo con mi vida? ¿Qué robo el dinero que a la gente le cuesta tanto ganar?»
    «Sólo dile lo de los saltos.»
    «Claro. Si se lo digo, imagínate todas las demás preguntas que me hará. Ahora me quiere. No tengo que ser un bicho raro para ganarme su amor. Puedo ser yo mismo.»
    «¿Ah, sí? Ella quiere lo que tú has escogido mostrarle. ¿Es que omitir el resto no es tan falso como inventar mentiras? ¿Estás viviendo una mentira? Cuanto más tardes en decírselo, más traicionada se sentirá cuando lo descubra.»
    «¿Es que tiene que descubrirlo?»
    «¿Tú la quieres?»
    »¡ Ay! Bueno, se lo tengo que decir. Con el tiempo. Cuando se dé la situación correcta.»

    Me quedé mirando la foto de Millie y me estremecí.


    * * *

    A las dos de la mañana, los Washburn empezaron a discutir de nuevo, sólo que esta vez llegaron a las manos. En un período de veinte minutos, la voz de ella pasó de comentarios furiosos en voz alta a gritos de miedo y luego a chillidos de dolor. Parecía mamá.

    Salté a la calle, frente a la charcutería, después de ponerme los vaqueros a toda prisa y el abrigo sin nada debajo. Marqué el 911 en la cabina e informé de una agresión en aquella dirección y aquel piso. Cuando me preguntaron mi nombre y dónde vivía, respondí:

    —Yo sólo pasaba por aquí. No quiero verme involucrado, pero parece como si la estuviese matando —colgué.

    Incapaz de soportar los gritos, no salté de vuelta al piso, sino que me quedé moviéndome de acá para allá sobre la fría acera con los pies descalzos. Incluso desde allí, la podía oír gritando.

    Dense prisa, joder.

    La policía tardó cinco minutos en llegar, con un coche con las luces puestas pero sin sirena. Ya no la oía gritar más. Los dos polis llamaron al timbre del piso de los Washburn y hablaron por el interfono. Oí que se abría la puerta y entraron.

    Me quedé junto a la cabina, en la sombra proyectada por la farola. Se me estaban congelando los pies por momentos. Pues salta a un sitio caliente. No me moví. No quería volver al piso ni quería marcharme. Era como tener una llaga en la boca, dolorosa al tacto, pero que sigues hurgando con la lengua.

    Los dos agentes estuvieron en el edificio menos de dos minutos, luego salieron, se metieron en el coche y se fueron.

    Mierda.

    Salté de vuelta a mi piso y escuché con atención. Ella estaba llorando, pero al parecer él había dejado de pegarle. Encendí la radio para no oír el ruido y me volví a la cama.


    * * *

    El fin de semana fue mágico, estropeado sólo por una voz gruñona que me decía, una y otra vez, «díselo o lo lamentarás», y por el hecho de que su compañera de piso no se había ido a casa a ver a la familia.

    Le di primero la cabeza de mármol esculpido.

    —Oh, Dios mío, es precioso. ¿Qué es?
    —Es una reproducción de un detalle de la Pietá de Miguel Ángel. Se llama La cabeza de la virgen. Me pareció muy apropiado.

    Ella se sonrojo y río.

    —¿Tu segundo regalo de virginidad? Bueno, es absolutamente estupendo y me encanta. Temo preguntarte cuánto te costó.

    Me encogí de hombros y saqué la otra caja. Me lanzó una mirada acusadora.

    —¡Te dije que me hace sentir culpable que te gastes el dinero en mí!
    —Entonces me disculpo de antemano. Intenté controlarme, pero no pude. Tú mereces más, mucho más.

    Se quedó mirando como una loca a la caja envuelta.

    —¡Um! Intentar salir del paso con buenas palabras no va a funcionar —agitó la caja, consideró sus dimensiones, y la sopesó para hacerse una idea—. Parece un libro.
    —No lo es.

    La abrió despacio, con cuidado, manteniendo el papel intacto. Llegó hasta el estuche y me lanzó otra oscura mirada.

    —Ábrelo.

    Lo hizo y se quedó boquiabierta. Sorpresa y obvio placer.

    —Te has acordado.

    Era una copia del «Collar de la princesa», el original del cual había pertenecido a Sit-Hathor-Yunet, hija de Sesostris II, faraón egipcio durante la doceava dinastía. Tenía cuentas en forma de gota de lapislázuli, camelia, aventurina y plata dorada, separadas por cuentas de amatista. Estoy seguro de que el original tenía cuentas de oro macizo en lugar de estar bañadas en oro, pero no se puede tener todo. Doscientos cincuenta dólares más treinta por los pendientes a conjunto.

    —Bueno, sí. Casi te ofrecí que te lo comprases entonces, pero eras muy susceptible con el dinero.

    Dejó la caja y me empujó contra el sofá.

    —Aún soy susceptible con el dinero. Deja de hacerme regalos caros —me besó lentamente, tomándose su tiempo—. Te lo digo en serio —volvió a besarme—. Y gracias.


    * * *

    Aquella noche fuimos al mejor restaurante de Stillwater, para que Millie pudiese arreglarse y ponerse el collar con los pendientes. Tres mujeres diferentes le preguntaron por él, obligándola a soltar cuatro vaguedades sobre la doceava dinastía egipcia. Me fulminó con la mirada después del último encuentro.

    —¡Deja de reírte! Soy estudiante de psicología, no arqueóloga —pero siguió sonriendo a pesar de quejarse y no dejó de tocarse el collar durante la cena.

    Hubo un momento incómodo cuando me preguntó cómo había conseguido que no se me arrugase el traje en mi diminuta bolsa de fin de semana. Había saltado de vuelta a mi piso desde su cuarto de baño para coger el traje del armario. No había estado en mi bolsa. No había estado doblado.

    —¿Crees en poderes paranormales?
    —Oh, ¿cómo que tienes el poder de planchar los trajes con la mente ?
    —Bueno, sería práctico, ¿verdad? ¿Tele-plancha-quinesis? ¿Psico-plancha?

    Se puso a reír y cambié de tema.

    El viernes ella tenía tres clases, así que salté a Brooklyn, a leer un poco; luego, cuando abrieron Disney World, salté a Florida y monté en el Star Tours tres veces seguidas.

    No tuve que esperar en la cola. Tengo que traer a Millie aquí.

    Pasamos la tarde en la cama de Millie, calientes y seguros, en una fortaleza que nos defendía del frío de octubre. Después caminamos casi un kilómetro hasta un café cerca del campus. El humo de leña salía de algunas chimeneas y me recordó a Stanville.

    Durante la cena, me preguntó:

    —¿Sabes algo de tu madre?
    —No, aún no, pero sólo han pasado tres días. He comprobado hoy el contestador, y no había nada.
    —Ah, ¿puedes hacerlo desde otro teléfono?
    —Sí, sí se puede. Lo único que necesitas es un teléfono de marcación por tonos —no había utilizado el control remoto, pero puede hacerse. Medias verdades y omisiones. ¿A eso le llamas una relación honesta? Me tapé la boca un momento con la servilleta. Luego repliqué:— ¿Sabes algo de tu ex?
    —¡Puf! ¿Por qué has sacado el tema?
    —Lo siento.
    —Sissy rompió con él.

    Pestañeé.

    —¿Por el incidente en la fiesta? —no podía resistirlo. Me preguntaba cómo habría acabado la historia.
    —Bueno... se volvió bastante raro después de aquello. Salió con una historia de abducción extraterrestre digna de la dimensión desconocida. A Sissy le va esa mierda de la Nueva Era y se lo tragó —negó con la cabeza—. Nunca estuvo tan extraño cuando salía con él. Sin embargo, Sissy se saltó las clases un día y se lo encontró en la cama con su compañera de piso —sonrió—. Ése es el Mark que conozco.
    —¡Qué sórdido! —Debería haberle llevado a Harlem o a Central Park; ya era de noche. No... él no es un Topper Robbins. Aun así, me alegré de haber hecho lo que hice.

    Vimos una película mala después de cenar, tan mala que era divertida, y nos entretuvimos hablando entre susurros mientras tanto. Volvimos paseando por el campus y nos sentamos en un banco a contar estrellas hasta que el frío nos obligó a seguir andando, de vuelta a casa, y a la cama. Sorprendentemente, no hicimos el amor, sino que dormimos, acurrucados con los brazos entrelazados.

    Y eso estuvo bien.


    * * *

    Alargué mi estancia hasta el lunes por la mañana, explicando que el avión no salía hasta entonces. Ella quería saber los horarios; de vuelo y casi le explico todo justo en aquel momento. En lugar de eso, tiré un vaso de agua encima de los dos, por «accidente» y con la subsiguiente limpieza se olvidó la cuestión.

    De hecho, creo que ella sabía que yo no quería hablar de ello. Así que no me presionó.

    De vuelta en Nueva York, el indicador de mi contestador mostraba tres mensajes. Me encogí de hombros, le di al botón de reproducción y me senté con las piernas cruzadas en el suelo, y la cabeza entre las manos.

    El primer mensaje decía:

    —¿Ha considerado alguna vez las ventajas de un seguro de vida? Los problemas de... —era un anunció grabado. Aporreé con furia el botón de avance rápido y la máquina pasó al siguiente mensaje.
    —¿Ha considerado alguna vez las ventajas de un seguro de vida? Los prob... —volví a darle al botón, maldiciendo en voz baja. Esperaba que el mensaje siguiente no fuese el mismo anuncio estúpido.
    —Hola, soy Mary Niles, llamo a David Rice. Es domingo por la noche en la Costa Oeste, esto, supongo que son las once, en tu horario local. Preferiría no dejar un número, pero volveré a llamar mañana, o sea, lunes, a la misma hora.

    Mamá.

    La voz era estremecedoramente familiar, igual, justo como la recordaba. Su tono era un poco vacilante al principio, después como de costumbre.

    ¿Y qué le digo? Lo puse otra vez, para escuchar su voz. Me di cuenta de que las lágrimas me corrían por la cara y me chorreaba la nariz, pero, en lugar de coger un pañuelo del lavabo, puse el mensaje una y otra vez.

    La espera durante todo el día fue dura. Me quedé junto al teléfono toda la mañana, por si mamá decidía llamar antes, pero la tensión seguía en aumento. Al final, salté al multisalas de Times Square y vi dos películas seguidas, sólo para distraerme un poco.

    Cuando volví a casa, el indicador mostraba un mensaje. Solté tacos y le di al play, pero era un tipo llamado Morgan preguntando por una chica llamada Sheila; se habían equivocado de número. Sentimientos mezclados, alivio y decepción al mismo tiempo.

    Llamé a Millie a las siete, las seis para ella, lo cual era temprano, pero no quería perder a mamá si llamaba. No quería que encontrase que estaba comunicando o que saltase el contestador.

    Por suerte, Millie acababa de llegar a casa.

    —¿Ha llamado tu madre? ¡Eso es fantástico! ¡Qué te ha dicho!
    —Sólo era un mensaje en el contestador. No me ha dejado un número, pero va a volver a llamar esta noche. Por eso te he llamado ahora, para tener la línea libre después.
    —Ah. Me alegro mucho por ti, Davy. Espero que vaya bien.
    —Bueno... ya veremos —estaba cagado de miedo, pero también esperanzado—. No le habría mandado una carta sin tu ayuda, Millie. No habría tenido el valor para hacerlo. Gracias.
    —¡Eh! No tienes suficiente confianza en ti mismo. No desprecies al hombre que amo.
    —Te quiero. Ahora voy a colgar. ¿Vale?
    —Claro. Yo también te quiero. Adiós.
    —Adiós —dejé el auricular con un cuidado exagerado, con delicadeza. Era estúpido, pero como no estaba ella para tocarla así, lo expresé al colgar. Me reí de mí mismo. Aún tenía miedo.

    La espera desde las siete a las once fue peor. A las ocho y media el teléfono sonó y lo cogí enseguida.

    —¿Ha considerado alguna vez las ventajas de un segur... —colgué de golpe. Cinco minutos después volvió a sonar.
    —Hola, soy Morgan. ¿Está Sheila en casa?
    —Aquí no vive ninguna Sheila. Te has equivocado.
    —Ah. Lo siento —colgó.

    Volvió a sonar casi de inmediato.

    —Hola, soy Morgan. ¿Está Sheila en casa?
    —Te has vuelto a equivocar.
    —Oh —irritación—. Debo de estar marcándolo mal. Ella lo apuntó con cuidado cuando me lo dio. Lo siento.

    Capullo. Probablemente no te dio su verdadero número.

    Hubo una pausa de dos minutos; entonces el teléfono volvió a sonar.

    —Hola, soy Morgan. ¿Está Sheila en casa?

    No dije nada. Entonces, con mi mejor acento de Brooklyn, una octava por encima de mi tono de voz habitual, respondí:

    —Oh, vaya. Lo siento, tío. ¡Sheila está muerta! —colgué. Eso no ha estado bien, Davy.

    Me sentí culpable, pero no volvió a llamar. A las nueve, el teléfono sonó otra vez.

    —¿Ha considerado alguna vez las ventajas de un seguro de vida? ¿Los problemas de proteger a sus seres queridos de un futuro incierto?

    Aquella vez dejé que sonara todo el anuncio hasta que apunté el nombre y el teléfono de la compañía. Luego colgué y pensé en el mal uso del correo de voz mientras buscaba su dirección en la guía telefónica.

    A las 10:55, volvió a sonar. Oh Dios, oh Dios, oh Dios.

    Cogí el teléfono y me mordí el labio.

    —¿Hola?
    —¿Davy? ¿David Rice?

    Di un soplido, estremeciéndome.

    —Hola, mamá —respondí, en voz baja—. ¿Qué pasa?

    Era algo del pasado, una frase de la infancia. Salía del autobús de la escuela, corría hasta la entrada y abría de golpe por la puerta de la cocina diciendo: «Hola, mamá. ¿Qué pasa?». Y ella me respondía: «Oh, no mucho. ¿Cómo te ha ido la escuela?». La voz al otro lado de la línea bajó el tono tanto como yo.

    —Oh, Davy... Davy. ¿Podrás perdonarme algún día?

    ¿Es que no se acaban nunca las lagrimas? Me dolían los ojos y parpadeé con rapidez.

    —Mamá... sé lo de los huesos rotos en la cara. Sé lo del año en el hospital. No creo que tuvieses elección. Está bien.

    Bueno, podría llegar a estar bien.

    Podía oír que el auricular le rozaba la mejilla mientras negaba con la cabeza.

    —Nunca respondiste a mis cartas... debí de herirte muchísimo.
    —Nunca recibí tus cartas. ¿Cuántas cartas? —tenía la conocida sensación en la boca del estómago, como cuando papá estaba a punto de pegarme, o cuando me enfrenté a Mark, el ex novio de Millie.
    —¡Maldito sea tu padre! Sólo envié un par de largas cartas desde el hospital, pero te mandé una cada mes el año después de irme. Luego, como no recibía respuesta, te escribí cuatro o cinco al año. Durante los últimos años, sólo te envié regalos para tu cumpleaños. ¿Los recibiste?
    —No.
    —¡Ese hijo de puta! Y yo te dejé con él...

    Me moví en el sofá, incómodo. Quería que dejase de hablar de él, que dejase de recordármelo. Quería vomitar, salir corriendo, colgar el teléfono, o saltar. Saltar a Stillwater, al puente de Brooklyn. Saltar a Long Island y caminar por la arena mientras el Atlántico llevaba olas de tormenta a la playa.

    —No pasa nada, mamá —pero mi voz no convenció a ninguno de los dos. Ella se calló y luego preguntó, con la voz entrecortada:
    —¿Te pegaba, Davy?

    No se lo digas. ¿Por qué hacerla sentirse peor? Pero una parte de mí quería que se sintiese peor, que se sintiese mal, que sintiese parte del dolor que sintió un crío de doce años.

    —A veces. Solía pegarme con el cinturón, con la hebilla de rodeo. Faltaba varios días a la escuela —se lo expliqué con toda naturalidad.

    Entonces se vino abajo, y la voz se convirtió en sollozos, incontrolables, y lamenté haber dicho nada. Me sentí inmensamente culpable.

    —Lo siento —me dijo, como pudo—. Lo siento. Por favor, perdóname —una y otra vez, hasta que las palabras se mezclaron con los sollozos, como gritos de dolor y pena, una letanía que parecía interminable.
    —Shhhh. No pasa nada, mamá. No pasa nada —no sé por qué, pero dejé de tener ganas de llorar. Una tristeza melancólica, casi agradable en intensidad, me invadió, y pensé en Millie abrazándome cuando lloré—. Shhhh. Te perdono. No es culpa tuya. No es culpa tuya. Shhhh.

    Finalmente, oí que se sonaba la nariz.

    —Tengo mucha culpa por haberte abandonado. Pensaba que lo había superado, con mi terapeuta hace años. ¡Odio cómo me chorrea la nariz cuando lloro!
    —Debe de ser hereditario.
    —¿Tú también? ¿Lloras mucho?
    —No lo sé, mamá. Supongo que un poco, últimamente. No soy muy bueno haciéndolo. Supongo que no he practicado mucho.
    —¿Es eso una broma?
    —Más o menos.
    —¿Y a qué te dedicas, Davy? Para mantenerte.

    Soy ladrón de bancos.

    —Oh, tengo intereses bancarios. Me va bien... puedo viajar mucho —mentiras. Más culpabilidad y autodesprecio—. ¿Y a qué te dedicas tú?
    —Soy agente de viajes. Yo también puedo viajar mucho. Es muy diferente a ser ama de casa.
    —Viajar es una buena vía de escape, ¿verdad? —dije.

    De fugitivo a fugitiva. ¿Tú también te teletransportas? Quería preguntárselo, pero si no era el caso pensaría que estaba loco.

    —Sí. En ocasiones escapar es lo que necesitamos todos. Te he echado de menos, Davy.

    Ah, ahí estaban de nuevo mis lágrimas, justo cuando pensaba que se habían acabado.

    —Yo también, mamá —aparté el auricular, pero ella oyó mis sollozos. Aunque los acallé enseguida.

    La angustia en su voz era palpable.

    —Lo siento, cariño. Lo siento mucho.
    —Está bien. Es que a veces me pongo así. Y tienes razón. Odio cómo me chorrea la nariz.

    Risa nerviosa.

    —Y aun así intentas animarme, Davy. Mi bufón de la corte. Eres muy especial. Más de lo que te puedes imaginar.

    Quería decir algo, pero aún temía, me aterrorizaba, el rechazo. Entonces lo preguntó ella y no tuve que hacerlo.

    —¿Puedo verte, Davy?
    —Quería preguntarte eso. Puedo coger un vuelo hasta allí esta semana.
    —¿No tienes que trabajar?
    —No.
    —Bueno, quizá la próxima vez, pero me voy a Europa dentro de una semana por un viaje, y salimos desde Nueva York, así que podría quedarme un día más y pasar la noche.

    Me reí.

    —¿Qué es tan divertido?
    —Nada. Bueno... alguien que conozco me dijo que si volvías a mi vida, no podríamos volver a nuestra antigua relación, sino que tendríamos que redefinirla.
    —Parece muy sabio.
    —Muy sabia. Pero en el momento en que me has dicho que podrías venir aquí, he empezado a preocuparme por si tenía que ordenar mi cuarto.

    Rió.

    —Ah. Bueno, puede que algunas cosas sigan igual.

    Hablamos durante una hora más. Supe del hombre con el que estaba saliendo, de los estudios universitarios que había hecho, y de la belleza del norte de la costa de California. Por mi parte, le hablé de Millie, de mi piso, de Millie, de Nueva York, y de Millie.

    —Parece maravillosa —me dijo—. Te llamaré cuando tenga la información de mi vuelo. ¿Estás seguro de que tienes espacio? He oído hablar de los pisos en Nueva York y puedo permitirme un hotel.
    —Esos son los pisos de Manhattan. Aquí hay mucho sitio —y compraré una cama nueva, pensé—. Si no estoy, déjame el nensaje en el contestador.
    —De acuerdo, Davy. Me alegro mucho de saber de ti.
    —Yo también, mamá. Buenas noches. Te quiero.

    Empezó a llorar de nuevo y colgué.


    _____ 9 _____


    Contraté un servicio de limpieza para que viniese el miércoles. Hacía tanto que no abría la puerta del piso, que se quedó atascada y tuve que decirles que la empujasen desde fuera para abrirla. Tenían una expresión divertida en sus caras cuando les abrí la puerta.

    —¡Jesús! —exclamé—. ¿Qué es ese olor?

    La primera de las tres mujeres señaló por encima del hombro en respuesta a mi pregunta. Miré hacia allí.

    Alguien se había hecho una guarida en el pasillo delante de mi puerta con periódicos y viejos cojines de sillón. Había un bote de café con moscas revoloteando por encima. Por el olor era un lavabo provisional, bien lleno.

    —Oh, vaya —dije, incómodo—. Es que yo no entro por aquí.
    —No me extraña —contestó la mujer. Era una negra alta de anchas espaldas con un mechón gris que le llegaba a la oreja izquierda—. Soy Wynoah Johnson, de Manos que Ayudan. ¿Es usted el señor Reece?
    —Sí.
    —De acuerdo. Tengo entendido que quiere usted el servicio de lujo. ¿Quiere que empecemos por la escalera? Eso será aparte, porque no está dentro del piso. Además, lo que llamamos «mugre excesiva».

    Me sentí avergonzado por alguna razón.

    —Eh... supongo que sí. No me importa lo que cueste. En realidad no sabía que estaba así.

    Se encogió de hombros.

    —De acuerdo. Tendría que hablar con su casero. ¿Este edificio tiene vigilante?

    Negué con la cabeza.

    —Charlene —dijo Wynoah—, tira esta mierda a la basura.
    —Ahhhhhh —exclamó una de las otras mujeres, una hispana joven—. ¿Por qué siempre me toca a mí limpiar el pipí? —dejó su cubo y su fregona en el suelo y bajó por las escaleras con el bote de café bien apartado.

    Wynoah estaba echando un vistazo a mi salón. Señalé hacia fuera y le pregunté:

    —¿Ven muy a menudo este tipo de cosas?
    —Demasiado. Cuando un piso está vacío por un tiempo en algunos de estos edificios donde las puertas no cierran bien, entran ocupantes ilegales que no pueden usar el agua porque no tienen contrato de arrendamiento. Luego consiguen echarles y nos llaman para que lo limpiemos todo —asentía mirando a la habitación con el vídeo y el equipo de música, el sofá, el sillón abatible y los estantes—. Demonios, con el aspecto que tenía la entrada, pensaba que iba a ser uno de esos asquerosos trabajos. Esto no es nada. Veamos el resto.

    Le enseñé el cuarto de invitados, con el escritorio del ordenador y las estanterías y el sofá de futón nuevo que acababa de comprar como cama de invitados. Mi dormitorio con una cama tatami con futón, estanterías, y una antigua mecedora acolchada que había comprado en el Soho. El cuarto de baño y la cocina eran diminutos.

    —Bueno, a mí me parece que hay mucho polvo, pero no es gran cosa. Los libros acumulan polvo —me informó en un tono que indicaba desagrado.

    Se me ocurrió que eran las primeras personas que entraban en mi piso aparte de mí. Incluso cuando me enseñaron el piso, antes de alquilarlo once meses antes, la agente inmobiliaria me envió con las llaves sin molestarse a venir.

    Por supuesto, en parte era paranoia. Aún tenía tres cuartos de millón en el armario del dinero. No quería que la gente se preguntase acerca del espacio entre la cocina y el dormitorio. Pero en parte era porque resultaba mucho más fácil llevarse un libro a casa que a una persona. Un libro o un vídeo o un bocadillo de la charcutería... todas eran cosas cómodas, poco exigentes.

    Pero no hacían que el sitio estuviese vivo, no como la gente.


    * * *

    Visité la compañía de seguros Hamilton aquella tarde, después de que se marchase el servicio de limpieza. La Hamilton utilizaba anuncios pregrabados automáticos, como el que comenzaba «¿Ha considerado alguna vez las ventajas de un seguro de vida?». Metí las narices en la zona de recepción, adquirí el lugar para saltar y me fui sin hablar con nadie.

    Más tarde, después de que se hubiesen marchado todos los empleados, volví y localicé su equipo de telemarketing automático instalado en un rincón. Encontré una lista de empleados con los teléfonos privados en la zona de recepción.

    Una hora después, el equipo estaba llamando a los empleados de la compañía y les ponía el anuncio una y otra vez.

    Me fui a casa, a la cama, con una sonrisa en los labios.

    A las 11 de la noche, el señor Washburn empezó a pegar a su mujer otra vez. No hubo mucha disputa, sólo un par de frases furiosas, y su mujer empezó a gritar mientras yo oía sus puños golpearla en la piel y los huesos.

    Salté a su rellano y empecé a aporrear la puerta.

    —¡Deténgase! ¡Deténgase! —grité.

    Pararon los gritos y oí fuertes pisadas que se aproximaban a la puerta. Se abrió y allí estaba él, con la cara colorada, los ojos entrecerrados y mostrando los dientes.

    —¿Y tú qué cojones quieres? —una mano estaba cerrada en un puño y la otra la tenía detrás de la puerta.

    Ya le había visto antes, en las escaleras, saliendo o entrando. Era más alto que yo y más gordo. Iba descalzo con unos pantalones oscuros y una camiseta de tirantes. Sacó la otra mano de detrás de la puerta. Llevaba una pistola.

    Me quedé helado. Volvió a preguntar.

    —¿Qué quieres?

    Al fondo se oía a su mujer gimiendo. Me vino a la nariz un olor familiar, el olor del whisky. Se me removió el estómago.

    Salté detrás de él, le cogí por la cintura y lo levanté. Era pesado, muy pesado, y en cuanto notó mis brazos encima, se tiró hacia atrás. Perdí el equilibrio y empecé a caer, con todo su peso sobre mí. Antes de que llegásemos al suelo, salté a Central Park, al parque que hay cerca de la calle Cien, en el West Side.

    Caímos en la arena, junto a la colina de cemento con todos los túneles. El cuerpo de Washburn me vació todo el aire de los pulmones y él se dio la vuelta, rápido como una serpiente, para agarrarme y apuntarme con el arma.

    Me fui de un salto, instintivamente, y di una boqueada en la biblioteca pública de Stanville. Dios, cómo pesaba. Después de varios minutos pude respirar sin aquel agudo dolor.

    Salté de vuelta al piso de Brooklyn y miré en la puerta de entrada de los Washburn, aún abierta de par en par. Oí un ruido en su dormitorio y dije:

    —¿Hola? ¿Se encuentra bien?

    Genial. Ya sabes que no se encuentra bien, ¡idiota!

    Entré, vacilante. Estaba en el suelo al lado de la cama, intentando levantarse. Olvidé el allanamiento de morada y fui hasta ella.

    —No intente moverse. Llamaré a una ambulancia.
    —No. A una ambulancia no —aún estaba intentando levantarse, tratando de subirse a la cama. La ayudé a subir, pero no se estiró. Quería sentarse.
    —¿Dónde está él?
    —En Manhattan.
    —¿Cuánto hace?
    —¿Eh?
    —¿Cuánto hace que se ha ido?
    —Ah. Acaba de marcharse.

    Tenía la cara hinchada. Ambos ojos estaban morados, pero por la manera en que se extendía el color, supuse que eran del día anterior. Sangraba por la boca y tenía un corte en la frente del que también salía sangre.

    —Mi bolso.
    —¿Perdone?
    —Por favor. Coge mi bolso. Creo que está en la cocina.

    La miré con recelo. Me parecía que estaba a punto de tener una hemorragia cerebral por la paliza que había recibido. Debía estar en un hospital.

    —Por favor..., tiene la dirección de un refugio. Un refugio para mujeres maltratadas.

    Fui a coger el bolso, volví, y busqué lo que me había dicho. La dirección estaba escrita en un papel lavanda. Tenía corazones y flores en la parte superior.

    Jesús.

    Llamé a un taxi y la ayudé a empaquetar algunas cosas: algo de ropa, algo de dinero escondido en un libro y un álbum de fotografías antiguas. Luego la ayudé a bajar las escaleras para ir a coger el taxi.

    Ya se movía un poco mejor cuando llegamos abajo y empecé a creer que sólo parecía, medio muerta. Pagué al taxista (demasiado) por adelantado y me aseguré de que conociese la dirección. También le dije que si ella empeoraba la llevase directo servicio de urgencias del hospital más cercano.

    El taxi se puso en marcha y se alejó calle abajo, haciéndose cada vez más pequeño. Confiaba en que le iría bien, pero para ayudar, le había puesto dos mil dólares en el bolso mientras la ayudaba a coger las cosas.

    Temía quedarme en el piso el jueves y el viernes, por miedo a ensuciarlo y por miedo de Washburn.

    Sin pensarlo, salté a la terminal Delta del aeropuerto internacional Dallas-Fort Worth y pillé un vuelo a Alburquerque, donde hice turismo durante casi todo el día, incluyendo un viaje en teleférico hasta la cima de las Montañas Sandía. Me agoté lo suficiente como para dormir después de saltar a casa.

    La alarma sonó a las 10 de la noche y llamé a Millie.

    —¿Qué has hecho hoy?

    Vacilé.

    —Me he entretenido por ahí, he hecho turismo y he jugado con unos ordenadores —me sonreí—. Estaba intentando no pensar en la visita de mamá.
    —¿Nervioso?

    Resoplé.

    —Mucho —el peso de mis expectativas era grande, como una tarea doméstica pendiente sin tiempo para hacerla antes de que papá llegase a casa. No sentía entusiasmo, sino pavor.
    —Bueno, puedo entenderlo. Tienes todo el derecho a estar nervioso.
    —¿Qué? ¿Crees que va a ir mal?

    Respiró hondo.

    —No, encanto. Creo que irá bien, pero hace tanto tiempo que no la ves que no sabes qué esperar. Te han pasado muchas cosas malas desde que se fue; no me sorprende que no sepas qué esperar. Eso pondría nervioso a cualquiera.
    —Ah. Bueno, me preguntaba si no me estaba inquietando demasiado...
    —No más de lo que dictan las circunstancias —se calló por un momento—. Me sorprendes, Davy, a veces, por lo bien que llevas esas cosas, teniendo en cuenta lo que te ha pasado.

    Tragué saliva.

    —Tú no sientes desde este lado, Millie. A veces no sé si puedo soportarlo. Duele.
    —La mayoría de las personas en tus circunstancias ni siquiera sabrían que duele, Davy. Se habrían hecho un muro de insensibilidad tan grueso que no sabrían si sentir tristeza o dolor o incluso felicidad. El dolor sería tan grande y tan cercano que lo único que podrían hacer es esconderse de él y de todos los sentimientos. Saber lo que duele es la única manera de superarlo, de curarse.
    —¡Um! Si tú lo dices... Suena como si esa otra gente lo hiciese bien. Que no te duela parece buena idea.
    —¡Escúchame, David Rice! Si vas por ese camino, tampoco sentirás alegría ni amor. Lo que pasó entre nosotros no habría pasado nunca. ¿Es eso lo que quieres?
    —No, para nada —respondí enseguida, a media voz—. Yo te quiero. Pero eso también duele, a veces.
    —Bueno. Se supone que es así —dio un bufido—. Al menos a mí también me duele a veces. Creo que vale la pena. Espero que tú también sientas eso.
    —Sí, claro.
    —¿Vendrás de aquí a una semana? —preguntó.
    —Podría volver a ir el jueves.
    —Oh... tengo un examen el viernes. Debo estudiar... pero puedes quedarte hasta el martes, si quieres.

    Esbocé una pequeña sonrisa de satisfacción.

    —Vale. Eso haré.


    * * *

    Más tarde, salté a Stillwater y observé la ventana de la habitación de Millie durante un rato. Luego salté al aeropuerto de Alburquerque, dejé que los oídos igualasen la presión de aire, salté al aparcamiento en la base del teleférico, volví a igualar los oídos y salté al mirador en la cima de la montaña. Aquella vez noté dolor, pero se me destaparon los oídos al momento.

    Tengo que encontrar algún lugar intermedio, alrededor de los dos mil quinientos metros, para adaptarme a la presión.

    La ciudad se extendía allá abajo, como estrellas caídas del cielo, en cuadrículas de calles y aparcamientos salpicados por columnas de luces de edificios. Eran dos horas menos que en Nueva York, por lo que aún había un ligero resplandor en el lejano horizonte de poniente que iba desde el azul claro hasta el negro, con estrellas justo encima casi tan densas como las luces de la ciudad de abajo.

    Había una ligera brisa, pero el aire era muy frío, lo que hacía que las luces de arriba y de abajo pareciesen de alguna manera distantes, remotas, sin calidez alguna. Mirándolas, hermosas como eran, me hicieron sentir frío dentro. No eran el tipo de cosas que uno debería presenciar solo, porque su tamaño, su enorme cantidad, le hacían sentir a uno diminuto. Me hicieron sentir muy pequeño.

    Me apreté la nariz y salté a casa por etapas.

    Fui a buscar a mamá al aeropuerto con rosas y una limusina. Había una enorme multitud esperando fuera de la puerta de seguridad en La Guardia. El aeropuerto está siempre tan abarrotado que no dejan pasar más que a pasajeros por la puerta de entrada. Naturalmente, aquello no me detuvo. Simplemente salté el control de seguridad y fui a un punto que pude ver al final del largo pasillo, mucho después de los detectores de metales y los escáneres del equipaje de mano.

    Su conexión en Chicago llevaba veinte minutos de retraso, con lo que aumentó mi ansiedad. Pensé en accidentes de avión, indicadores equivocados, vuelos perdidos.

    ¿Qué pasaría si no apareciese en ese vuelo? Olí las rosas por enésima vez; el aroma había ido cambiando de un ligero perfume a una fragancia empalagosa, casi rancia. Sabía que no eran las flores, sino mi ansiedad.

    ¡Entonces deja, de olerlas!

    Me puse a andar de un lado al otro de la sala de espera de la puerta de embarque, oliendo las flores de vez en cuando.

    Cuando por fin llegó el vuelo, ella iba entre los últimos que bajaron, caminando despacio, con un maletín en la mano.

    Había cambiado. No sé por qué me sorprendió eso. Antes de marcharse, mamá tenía un pelo negro y brillante, largo y abundante. También había estado rellenita, y hablaba constantemente de ponerse a dieta, pero sin rechazar nunca un postre. También había tenido una nariz que podría calificarse de aguileña si se era amable, o una napia si se quería ser cruel. Yo tenía la misma nariz que ella y que su padre, así que sabía perfectamente lo que la gente podía decir de ella.

    Ahora llevaba el pelo corto, a la altura de la cara, más corto que el de Millie, y era blanco, lo mismo que sus cejas. Había perdido como veinte kilos y llevaba un vestido entallado. Al menos dos ejecutivos se volvieron para verla pasar. Y su cara había cambiado. Es cierto que aún podía reconocerla, pero me llevó un minuto darme cuenta de quién era. Su nariz era más pequeña, ligeramente respingona, y sentí un momento de agudo dolor, una sensación de haber perdido otra conexión con ella. Durante un momento de paranoia me pregunté si no me había inventado los rasgos comunes, si realmente estaba emparentado con ella o si era un extraño. Realmente extraño, alienígena.

    Entonces recordé su estancia en el hospital y la cirugía para reconstruirle la cara después de dejarnos.

    Estaba observando a la gente en la puerta, todos, excepto yo, esperando embarcar en la continuación de su vuelo hasta Washington. Su mirada resbaló sobre mí, un joven con un caro traje (nuevo), y volvió atrás, con un intento de sonrisa en la cara. Avancé, con las flores delante de mí, casi como un escudo.

    —Bienvenida a Nueva York —le dije.

    Me miró a la cara, luego a las flores, y volvió a la cara. Dejó el maletín en el suelo, cogió las flores y abrió los brazos. Las lágrimas corrían por sus mejillas... y por las mías. Di un paso adelante y la abracé tan fuerte como ella.

    Fue algo raro. Era más baja que yo, y el amplio y blando abrazo que recordaba de mi niñez también había desaparecido. Me sentí incómodo, era como abrazar a Millie. Me separé después de un minuto y di un paso atrás, profundamente, tras— tornado, confuso. ¿Quién era esa persona?

    —Dios, cómo has crecido —dijo, y todo volvió a la normalidad.

    Aquella voz estaba allí, la voz de mi pasado, la voz que me decía «Oh, no mucho. ¿Cómo ha ido la escuela». La voz que me decía «Tu padre no lo puede evitar, cariño, está enfermo, enfermo». La voz no había cambiado.

    —Bueno, supongo que sí. Han pasado seis años.

    Le cogí el maletín y me maldije a mí mismo. Ya sabe cuánto tiempo ha pasado. ¿Por qué le dices eso?

    —Tienes muy buen aspecto, mamá. Me gusta tu pelo, y has perdido mucho peso —no mencioné su cara porque no quería hablar de los sucesos que causaron las operaciones, lo que hizo que se marchase en primer lugar.

    Simplemente asintió y se puso a andar a mi lado, oliendo las rosas de vez en cuando. Las llevaba entre los dos brazos, contra el pecho, como si fuesen un bebé. Utilicé una cabina en la zona de recogida de equipajes para llamar al móvil de la limusina. Me esperaba en la calle Noventa y cuatro, justo al otro lado del paseo Grand Central que salía desde al aeropuerto. Cuando recogimos el equipaje de mamá y salimos a la acera, ya estaba aparcada en el bordillo. El chófer, un pequeño negro con traje negro, estaba apoyado en el capó.

    Le había conocido en la agencia de limusinas el día anterior, así que nos reconoció enseguida, se nos acercó y dijo:

    —Yo le llevaré eso, señora.

    Mamá me miró, sorprendida, y puede que un poco asustada.

    —No pasa nada —le comenté—. Éste es el señor Adams, nuestro conductor.

    Se relajó y le dio la maleta.

    —¿Una limusina? —preguntó, mirándome.
    —Bueno, sí. Creo que es como las llaman.

    El señor Adams le sostuvo la puerta trasera, con el cuerpo hacia delante y una mano preparada para ayudarla a entrar. Después de que mamá entrase, siguió aguantando la puerta, mirándome.

    —Oh —dejé el maletín que aún llevaba con las demás maletas y subí. El señor Adams cerró la puerta y colocó el equipaje en el maletero.
    —¿Una limusina?
    —No paras de decirlo, mamá. ¿Quieres algo de beber? —abrí la pequeña nevera—. Hay una botella individual de champán —se la haría abrir a ella si era lo que quería; yo no iba a abrir más botellas de champán sin practicar antes en privado.

    Se decidió por agua mineral. Yo cogí ginger ale. Usamos las copas de champán de todas formas. El señor Adams tomó la autopista Van Wyck hasta la circunvalación Belt-Parkway. El tráfico del sábado por la tarde era fluido, así que sólo transcu— rrieron treinta minutos hasta que la limusina aparcó delante de mi edificio de piedra rojiza.

    —¿Es ésta la dirección correcta? —preguntó, dubitativo.
    —Sí —respondí, ruborizándome. Estaba viendo mi barrio con sus ojos: la basura y los grafitis y las bandas de hoscos hispanos y negros parados en las esquinas. Nunca había visto aquella parte porque siempre saltaba directo a mi piso. Si quería ir a dar un paseo, saltaba al Village o al extremo sur de Central Park o al centro de Stanville, Ohio. Lugares que no te ponían nervioso.

    Aun así, era mi edificio lo que me preocupaba de verdad. Esperaba que nos encontrásemos de cara con Washburn. No sucedió.

    El señor Adams se aseguró de que la limusina estuviese bien cerrada y con la alarma conectada antes de subir las maletas a mi piso. Una vez hubo colocado el equipaje en el cuarto de invitados, mamá trató de darle propina.

    —Oh, no, señora. Ya me han pagado una gratificación más que adecuada por el fin de semana.
    —¿El fin de semana?
    —El señor Adams conducirá para nosotros durante tu visita. Puede ser difícil conseguir taxis por aquí, a veces.

    Parpadeó.

    —De acuerdo.

    El señor Adams se llevó la mano a la gorra.

    —Sería mejor que volviese al coche. ¿Puedo sugerirle, señor, que me vaya hasta que me necesite? Tiene muchas cosas bonitas aquí en su apartamento... Sería mejor que la limusina no estuviese allá abajo para no llamar la atención de alguien no deseado. Puede ponerse en contacto conmigo llamando al teléfono del coche.
    —Muy bien pensado —le acompañé a la puerta. Antes de que se fuera le dije—:

    »Hay una comisaría tres bloques más allá, en dirección Flatbush Avenue. Quizá sería un buen lugar para descansar... el coche, me refiero.

    —Sí, señor —respondió, aliviado—. Espero que esto no sea un inconveniente.
    —No —aseguré—. Probablemente sea lo mejor por ambas razones.


    * * *

    Mamá se pasó un rato en el cuarto de baño, arreglándose. Yo me senté en el salón, en el sillón reclinable, con los pies en alto, y escuché el sonido del agua corriente. Ella tarareaba mientras se lavaba, otro recuerdo del pasado, reconfortante e inquietante al mismo tiempo.

    —Veo que has conseguido «ordenar tu habitación» —dijo, saliendo al salón, deteniéndose delante de las estanterías.
    —Bueno... sí —después, añadí casi convulsivamente:

    »Hice venir a un servicio de limpieza.

    Rió en voz baja.

    —Me alegro de ver que todavía lees. Tu padre no era para nada un lector.

    No dije nada por un momento. Ella se volvió hacia mí con las cejas arqueadas.

    —Sí, leer es muy importante para mí —dijo en aquel incómodo silencio—. Creo que si no hubiese sido lector, me habría vuelto loco.

    La leve sonrisa en su cara desapareció.

    —¿Una vía de escape?
    —Sí... Es un escape y una sensación de que el resto del mundo no es un lío o está loco. De que la gente podría realmente tener vidas que no implicasen... —cerré la boca. Estúpido, estúpido, estúpido.

    Mamá respiró hondo.

    —Necesito decirte algunas, Davy. Necesito decirte algunas cosas que he estado pensando durante años —parecía asustada, pero de algún modo decidida.

    Me incorporé en el sillón reclinable, bajando el reposapiés con un pequeño clic. Se me empezó a remover el estómago.

    —De acuerdo —dije.

    Se sentó en el borde del sofá más cercano al sillón reclinable y se inclinó hacia delante con los codos sobre las piernas y los dedos entrecruzados.

    —¿Has oído hablar alguna vez de Alanon?

    Negué con la cabeza.

    —Alanon es una organización creada a partir de Alcohólicos Anónimos. Su énfasis no está en los mismos alcohólicos, sino en sus familiares, sus esposas o hijos. Empecé a ir a sus reuniones después de trasladarme a California —se calló un instante—. Cuando una persona vive con un alcohólico, con un maltratador, empieza a tener el mismo desarrollo emocional atrofiado que el alcohólico. Por la misma razón, las técnicas para tratar alcohólicos también resultan efectivas para tratar a las víctimas de sus abusos.

    Asentí. No sabía hasta dónde quería llegar y sospeché que no quería saberlo, pero era mi madre.

    —Las dos organizaciones se sirven de algo llamado «programa de doce pasos». Los pasos son cosas que la gente tiene que cumplir o aceptar para superar y curar lo que les ha pasado. No te voy explicar toda la lista, pero necesito hacer lo que se llama «el noveno paso» contigo.

    Aquella no era mi madre. Aquella no era la mujer que se reía conmigo, me reconfortaba y se preocupaba por mí. No sabía quién era aquella mujer seria y decidida. A regañadientes, pregunté:

    —¿Qué es un «noveno paso»?
    —Desagraviar a alguien. Reconocer el dolor y el daño que uno ha causado en la persona que ha sufrido todo eso.
    —Oh, mamá. Tú no lo hiciste...
    —Shhh. Esto no es fácil. Déjame acabar lo que tengo que decir.

    Crucé los brazos y miré al suelo que había entre nosotros.

    —Te hice cosas terribles, Davy Te abandoné durante seis años con un hombre que sabía que era alcohólico, capaz de abusar de ti emocional y físicamente. Antes de marcharme, induje calladamente el abuso emocional. Le dejé que destruyera tu autoestima. Le dejé que te «castigase» por cosas que no merecían castigo. Fui un cómplice silencioso en su abuso hacia ti.

    Mientras hablaba, me retorcía, como si el estómago me diese calambres, como si quisiese enroscarme alrededor de mi dolor, de mi pena, para protegerla del mundo.

    Continuó.

    —Fracasé al enfrentarme a su abuso hacia ti por miedo, por duda y por incertidumbre. Fracasé en tomar medidas después de abandonarte, medidas para protegerte de sus abusos, medidas para recuperarte. Y, lo peor de todo, abusé de ti directamente al abandonarte, llevándome mi amor y mi afecto lejos de ti, tratándote como si fueras una maleta extraviada, ésa sobre la que no se tienen obligaciones ni responsabilidades.

    Respiró profundamente y le miré a la cara, sin levantar la cabeza, sino atisbándola entre el pelo, donde me caía el flequillo. Tenía las mejillas mojadas, pero sus ojos me observaban, pestañeando para sacar las lágrimas.

    —Rezo —dijo— para que llegue el día en que seas capaz de perdonarme.
    —Oh, mamá... no fue culpa tuya. ¡Te viste obligada a hacerlo!

    Sacudió la cabeza con violencia.

    —Soy igualmente responsable. Reconozco esa responsabilidad aunque tú no quieras pensar de mí así. Algún día lo harás, y temo que la ira hacia mí será mucho mayor que la que sientes hacia tu padre.
    —¡No, nunca! Si... si ni siquiera puedo hablar de él sin... sin, ah mierda —empecé a llorar. Mamá vino a mí enseguida y se sentó en el brazo del sillón. Me apoyé en ella y ella me abrazó, en silencio, dándome palmadas en la espalda con una mano. Al cabo de un minuto, intenté secarme las lágrimas de la cara con los dedos. La nariz me chorreaba, así que farfullé:
    —Perdóname —y me levanté. Los brazos de mamá se separaron. Traje una caja de pañuelos de papel del dormitorio. Conocíamos nuestras narices y nos reímos un poco.

    »La genética es maravillosa —comenté.

    —No hay de qué —se sonó la nariz con fuerza, y pareció la voz de una mezzosoprano—. Gracias por escucharme.

    No fuiste tú. No fue culpa, tuya.

    —No hay de qué, supongo... —quería discutir el tema, pero quería aún más dejarlo correr, hablar de cualquier otra cosa—. ¿Tienes hambre?
    —Un poco.
    —Tengo una reserva en el Village para la seis y media. Tardaremos unos cuarenta y cinco minutos en llegar, así que deberíamos marcharnos en media hora. También tengo entradas de teatro para Grana. Hotel.
    —Dios mío. ¿Te estás arruinando por mi visita?

    Pensé en el dinero, a sólo tres metros de ella.

    —Para nada, mamá. Para nada.
    —Bueno —dijo con una especie de falsa alegría—, entonces será mejor que me cambie.


    * * *

    Fuimos al Tre Merli, un restaurante italiano en West Broadway. La gente se nos quedó mirando cuando salimos de la limusina. Intenté actuar con despreocupación. Mamá le agradeció al señor Adams que le aguantase la puerta. Quedamos con él a una hora para que nos viniese a buscar con suficiente tiempo como para llegar al teatro.

    Nuestra mesa estuvo preparada inmediatamente, una consecuencia de cenar temprano, aunque el maitre había visto al señor Adams ayudarnos a salir de la limusina, y quizás aquello también ayudaba.

    Durante la cena, el camarero sugirió vino de la propia viña del restaurante. Mamá aceptó. Yo bebí una copa de un tinto que parecía ir bien con la comida. Me ponía alegre y nervioso. Le hablé de él.

    —¿Bebes mucho, Davy? —miró de reojo y se inclinó hacia delante—. Supongo que, técnicamente, aún eres menor en Nueva York, ¿verdad? Aunque no lo pareces.

    Me encogí de hombros.

    —No es el caso. Aunque siempre podría pagar a alguien para que me comprase lo que quiero. No sé..., quiero decir, papá...
    —Ah. Te preguntas si también eres alcohólico. Yo no me preocuparía mucho de eso, no si es la primera copa de alcohol que te tomas en... ¿cuánto tiempo?
    —Probé un poco de champán hace unos seis meses. No me impresionó mucho.

    Asintió.

    —Bueno, eso es algo que debes vigilar, pero no seas demasiado paranoico. Fue uno de mis temores, también, cuando me fui a California. Mi terapeuta me convenció de que mis problemas tenían diversas causas.

    Me pregunté si no había una organización secreta por ahí: Teletransportadores Anónimos. Hola, me llamo David Rice y soy teletransportador. Mamá no parecía una teletransportadora, ¿no? ¿Qué aspecto tiene un teletransportador? Quería contárselo, pero las cosas iban tan bien... que no quería estropearlo revelando mi extrañeza. O el robo al banco, ¡por Dios! La única vez que la recordaba castigándome fue cuando robé un juguete a un vecino.


    * * *

    Grand Hotel estuvo bien, espléndidamente puesta en escena, con música maravillosa. Mi personaje favorito era el señor Kringelein, el contable judío enfermo terminal. Los Jimmies, dos negros animadores/camareros, también estuvieron bien, pero aunque me gustó la manera cómo acabó la obra, había algo que me molestaba mucho.

    La bailarina envejecida, esperando que el apuesto y joven Barón se encuentre con ella en la estación, no es avisada por su representante y compañero de que ha muerto la noche anterior. Odié aquello. Me pareció la peor muestra de crueldad que jamás había visto, como una traición, como manipulación, para hacerla seguir bailando. Lo odiaba.

    Mamá se encogió de hombros.

    —Es la vida. Puede que sea demasiado parecido a la vida, pero es realista.

    Ninguno de los dos había dormido bien la noche anterior, por las expectativas y el terror de la visita, así que el señor Adams nos llevó de vuelta al piso y nos fuimos a dormir.

    La mañana siguiente, cuando estábamos entrando en la limusina, vi a Washburn observándonos desde su ventana. No le hice caso, y actué como si no estuviese, pero no podía evitar recordar la pistola en su mano. Me pregunto cómo volvió desde Central Park.

    Desayunamos en el Upper West Side; luego el señor Adams nos dejó en el Metropolian Museum, donde visitamos la exposición itinerante rusa de pintores impresionistas franceses.

    —¿Eres socio del museo? ¿Cada cuánto vienes?

    Me encogí de hombros.

    —Más desde que me hice socio. Pasé algún tiempo aquí cuando aún vivía en Manhattan.
    —Ah.

    Disfrutamos de la exposición, aunque la multitud del domingo era considerable y detestable.

    Después de que una mujer se pusiese justo entre mamá y el cuadro que estaba mirando, me apartó a un lado y me preguntó con una sonrisa:

    —¿Es que entrenan a la gente para ser neoyorquinos? Es que si no, no veo cómo pueden ser tan maleducados —entonces, frunció el ceño—. Bueno, supongo que sí. El comportamiento familiar es el entrenamiento. La disfunción pasa de generación en generación. Dios, espero que todos los neoyorquinos no sean producto de familias disfuncionales.
    —Yo he conocido a muchos neoyorquinos amables —respondí— Yo, por ejemplo.
    —¡Ja! Tú eres de importación. Definitivamente, material extranjero.
    —Bueno, pues el señor Adams.

    Asintió.

    —Estoy segura de que hay muchos.

    Llamé al señor Adams desde la cabina y nos recogió en la entrada. Probablemente tardaríamos una hora en llegar al aeropuerto Kennedy.

    —Sé que tenemos mucho tiempo —dijo mamá—, pero quiero asegurarme de que tengo un asiento en el pasillo. No soport