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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    ROBOTS PENSANTES (George Langelaan)

    Publicado el domingo, mayo 18, 2014

    «Indiscutiblemente, a la memoria de Alexis Carrel.»


    ESCALAR UNA PARED DE TRES METROS DE ALTURA en plena noche hace latir el corazón mucho más de prisa de lo que lo haría un esfuerzo mayor a la luz del día. Y cuando se está más cerca de la cuarentena que de la treintena y lo que está al otro lado de la pared es un cementerio, bien se pueden tolerar algunos fallos a esa impresionable víscera.

    Lewis Armeigh se sentía ridículo, sin aliento y asustado. Titubeó un instante antes de dejarse caer sobre un montón de hojas muertas o de algo que a primera vista lo parecía. Por fin aterrizó con un ruido ahogado sobre la fresca tierra y se estremeció al descubrir que, de haber saltado treinta centímetros más allá, habría caído en una fosa recién abierta.

    Se había atado a la pierna —costumbre adquirida en sus tiempos de paracaidista— una palanca corta y un sólido destornillador, y sentía, en el bolsillo del impermeable, la llave envuelta en un pañuelo y la linterna eléctrica. Estiró el cuello y avanzó con precaución, franqueando dos o tres tumbas, hasta llegar a la avenida que debía conducirle al monumento erigido a los caídos en la Primera Guerra Mundial. En cuanto llegara a él, podría hacer las cosas con los ojos cerrados: rodear el monumento, coger el segundo paseo a la derecha, contar cinco tumbas y detenerse ante una hilera de panteones. Alcanzó por fin los árboles de la avenida principal y vio, o mejor adivinó, recortándose contra el cielo nocturno de París —teñido de rojo en la lejanía—, la figura de piedra encapuchada con un poilu1 de bronce entre los brazos. Un poilu que de año en año adquiría un tinte más verdoso.

    Escuchó atentamente unos segundos y después se dirigió con paso rápido hacia el monumento. Casi lo había dejado atrás, cuando su pie tropezó en algo y, con un estrepitoso ruido de hojalata, una regadera rodó sobre el pavimento. Con el corazón a punto de desfallecer, Lewis Armeigh se guareció tras el árbol que había alcanzado en dos saltos, y se quedó quieto. Delante del cementerio había varias casas, pero en ninguna de ellas apareció luz alguna. Aparte del lejano traqueteo de un tren al cambiar de vía y del ruido de los coches en la carretera general, nada turbó el silencio. Lewis, a pesar de ello, esperó un poco. Si se dejaba prender, los representantes de la autoridad no tardarían en descubrir que formaba parte del personal de la embajada inglesa en París. E inmediatamente, pensó con una sonrisa, el Quai d'Orsay empezaría a hervir como una colmena y la Subdivisión de Vigilancia del Territorio, organismo dependiente de la Dirección General de Seguridad, pondría manos a la obra con rapaz alegría. En ese caso, por desgracia, a Lewis no le quedaba la menor duda de que su jefe, el Excelentísimo Señor Embajador, tomaría la cosa muy mal, y de que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Londres la tomaría aún peor.

    Lewis Armeigh reemprendió finalmente su camino y llegó a la avenida que buscaba. Contó los panteones silenciosamente y se detuvo ante el cuarto. Entonces, sacando la llave de su bolsillo, la introdujo en la cerradura de la puerta metálica que vedaba el paso a la minúscula capilla de estilo gótico. La llave giró sin ruido —Penny parecía haber cumplido su promesa de engrasar la cerradura— pero en cambio la cancela rechinó con un ruido siniestro. Lewis entró jadeando y cerró centímetro a centímetro sin que el rechinamiento se hiciera más dulce. Después se desabrochó el impermeable y se levantó el chaleco para sacar el trozo de tela negra que Penny le había dado. Encontró a tientas los ganchos, situados a ambos lados de la puerta y los clavó en la tela, que luego aplicó cuidadosamente contra la mirilla de cristal de la puerta. Así nadie podría ver el resplandor de la linterna desde el exterior. A pesar de ello la rodeó con el pañuelo antes de encender. Penny había cumplido todas sus promesas. En la pequeña capilla no quedaba ningún florero y el altar estaba desnudo. Lewis leyó los nombres grabados sobre él:


    ● Antoine Tournon: 1887 - 1946
    ● Robert Tournon: 1921 - 1961
    ● Marie-Jeanne Tournon (nacida Falbert): 1888-1953


    A la derecha quedaba un espacio vacío. Un espacio reservado para Penny, en su papel de señora Tournon, si Robert no hubiera muerto en aquel estúpido accidente de automóvil. « ¡Pobre Robert! Si pudiera verme, encontraría todo esto terriblemente cómico», pensó Lewis. Después, colocando la linterna en un rincón, se quitó el impermeable, lo dobló cuidadosamente, desató la correa que envolvía sus herramientas y dejó éstas, sin hacer ruido, sobre el suelo del panteón. Finalmente se puso a cuatro patas y examinó la losa central a la luz de la linterna. «A Dios gracias no está montada sobre cemento», murmuró. La subió un poco con la palanca hasta que pudo deslizar los dedos bajo ella. Entonces la alzó completamente y la puso de canto, apoyada contra la pared. La linterna iluminó el interior del panteón... Había cuatro nichos parecidos a literas de ferrocarril y distribuidos dos a dos. En tres de ello se veía un ataúd. El más reciente era, sin la menor duda, el de la parte inferior izquierda. Enfrente se encontraba el nicho vacío que inicialmente había sido adjudicado a Penny. Lewis no pudo impedir un estremecimiento ante aquella idea. En general, el recinto parecía bastante seco y aunque husmeó el aire con cierta aprensión, solo percibió el olor frío y húmedo característico de las bodegas.

    Al sentarse al borde de la concavidad, vio que algo brillaba bajo el haz luminoso de la linterna. «Una llave», pensó. Pero se trataba de un tornillo de gran tamaño, oxidado por varios sitios. Le bastó con inclinarse un poco e iluminar el ataúd de Robert para descubrir el agujero de donde provenía el tornillo. Lewis, ligeramente asustado, empujó la tapa del ataúd, que no le ofreció la menor resistencia. Entonces, tras unos segundos de titubeo, la desplazó a un costado. El féretro, fuera de una gruesa y peluda araña, que se replegó sobre sus largas patas, dispuesta a defender su vida, estaba vacío.

    Lewis volvió a colocar la tapa con un estremecimiento y subió a la capilla. Allí desgarró su improvisada cortina, envolvió en él las herramientas y las lanzó a la fosa antes de cegar el acceso a ésta y dejarlo todo como estaba.

    Diez minutos más tarde, un coche deportivo de marca inglesa se dirigía hacia la carretera general, situada a menos de un quilómetro del cementerio, camino de París.

    Lo normal, pensó Lewis mientras imprimía un brusco giro al volante para evitar el choque con un gigantesco camión cargado de verdura, era avisar a las autoridades francesas, pero antes de hacerlo se imponía una conversación con Penny, en la que ella le dijera todo, absolutamente todo. Tal vez su historia no era tan fantástica como parecía, pero Lewis debía actuar en nombre de evidencias y no de suposiciones. Desde luego, Penny sabía lo del ataúd vacío y todo aquello sonaba a tomadura de pelo. Esta sensación le encolerizó.

    Al día siguiente, a la hora de costumbre, Amélie entró en su habitación para traerle el desayuno. Lewis, también como de costumbre, se volvió en la cama al oírla y percibió unas intensas agujetas en la espalda y en los hombros. Ante eso no pudo menos de pensar que seis horas de sueño suplementario no le vendrían nada mal.

    — ¿Ha visto el señor su traje? —preguntó Amélie acercando la bandeja al borde de la cama. Después cogió del suelo un zapato y lo sostuvo con el brazo extendido, signo indiscutible de descontento.
    —No... No, por lo menos, desde que me acosté —dijo Lewis bostezando.
    —Lo traje ayer del tinte, señor. Y hoy está hecho unos verdaderos zorros. ¿Se ha dedicado a hacer gimnasia con él?
    —Lo siento.
    — ¡Y no le digo nada del impermeable! El bolsillo está completamente desgarrado. —Perdone, Amélie. ¿No habrá encontrado algún cigarrillo dentro? Fumar ahora me vendría de perlas....

    Amélie era una de esas personas que carecen de edad. Tenía las cejas pobladas, algo del bigote de un coronel retirado y no mucho más pelo. Y antes de convertirse en lo que Lewis llamaba Madame le Dictateur, había servido largo tiempo en casa de un cura, fallecido —según las malas lenguas— tanto por culpa de su excelente cocina como de vejez.

    Lewis se sirvió una taza de café solo, se la bebió de un trago y encendió uno de los cigarrillos que la anciana criada acababa de traerle sobre una bandeja, en compañía de una caja de cerillas entreabierta. Después se desperezó y trató de reflexionar.

    Si Robert no hubiera muerto unos meses antes, Penny Spencer sería ahora la señora Tournon. Y, al mismo tiempo, si Robert no hubiera sido su mejor amigo, ella muy bien hubiera podido convertirse en la señora Armeigh. Después de todo, ninguno había conseguido distanciar al otro en la conquista. Los dos estaban juntos cuando conocieron a Penny en una recepción de la embajada. Era la única hija de un diplomático americano. Hablaba muy bien el francés, con una inesperada y divertida brizna de acento alsaciano y, a diferencia de las americanas que hasta aquel momento habían conocido, no parecía reducir a los hombres al papel de porteros o mayordomos ni se dedicaba a bailar con ellos, mejilla contra mejilla, un instante después de haberlos conocido. Además era muy guapa y en su contagiosa manera de reír se percibía la frescura de la alegría infantil. En seguida se hizo amiga de ellos, pero Lewis, al descubrir que Robert estaba tan enamorado como él, decidió pasar sus vacaciones en Inglaterra, renunciando a acompañar a su amigo a Saint-Tropez. Allí, muy poco tiempo después, se anunció la boda.

    La muerte de Robert supuso un golpe muy duro para ella. Pero como no se trataba del tipo de chica aficionada a inventar historias macabras, Lewis, cuando una semana más tarde recibió su visita y le oyó decir que Robert no estaba muerto, aunque por el momento le era imposible demostrarlo, se sobresaltó visiblemente y la interrumpió, entre toses y tartamudeos:

    — ¡Penny! ¿No pretenderás qué...?
    —Ya sé lo que vas a decir, Lewis. Que le vimos en el hospital después del accidente y que los dos fuimos a su entierro, pero... No era su accidente, Lewis.
    —Penny...
    — ¿Has visto su cadáver? No. Yo tampoco... y sé que vive todavía. No puedo decirte por qué, pero estoy segura de ello.
    — ¿Tienes alguna prueba?

    Penny, evidentemente, esperaba la pregunta, y en cuanto dijo que la presencia de otro cadáver en el ataúd de Robert constituiría una prueba irrefutable, Lewis comprendió lo que iba a pedirle. Por otra parte, la muchacha parecía tan segura de sus palabras, que le hizo vacilar en sus convicciones.

    ¿Y si tenía razón? De todos modos, aquellos ojos suplicantes, a un tiempo oscuros y dorados, hubieran hecho franquear murallas mucho más altas a cualquier nombre durante todos los días de la semana, sin excluir el domingo.

    Desenchufando la máquina de afeitar, que utilizaba en la cama todas las mañanas — una pésima costumbre, según Amélie—, Lewis pasó al cuarto de baño. Una vez allí, abrió el grifo del agua fría (lo cual en opinión de Madame le Dictateur, constituía también otra mala costumbre; para ella, un baño era algo donde intervenía activamente una cantidad más o menos grande de agua caliente, y Lewis estaba seguro de que su predecesor había debido vivir cada mañana el último cuarto de hora de un bogavante escaldado, a menos que también prefiriera la ducha fría).

    Eran casi las nueve cuando se puso el reloj alrededor de la muñeca y marcó el número de teléfono de Penny.

    — ¿Penny? ¿Te he despertado?... ¡Pero chica, ya levantada! ¿Puedes comer conmigo? —No y lo siento, Lewis. ¿Qué te traes entre manos?
    —Poca cosa... He hecho tu sucia faena anoche y...
    — ¡Oh, Lewis! ¿Y cómo... cómo ha ido la cosa?
    —No ha habido cosa. He encontrado lo que tú sabías que iba a encontrar: nada. Hubo una exclamación ahogada al otro extremo de hilo. Lewis se interrumpió:
    — ¡Penny!... ¿Estás ahí? —Sí.
    —Bueno. Es necesario que nos veamos. No son temas para tratar por teléfono...
    —De acuerdo. Mira: hoy como con mis padres en SHAPE, pero puedes recogerme en cuanto termine. ¿Está disponible el coche?
    —Sí. ¿Por qué?
    — ¿Y no tienes nada que hacer en todo el día? —Podría arreglarlo.
    —Supongo que vas a pedirme explicaciones, ¿no? —Evidentemente.
    —En ese caso, podré enseñarte una prueba de que Robert no está muerto.
    — ¿Dónde?
    —En Rouen.
    — ¿Y por qué no en Zanzíbar? Muy bien. Estaré en la entrada principal de SHAPE a las dos y media.
    — ¿Qué ocurre en Rouen? —preguntó Lewis unas horas más tarde, poniendo su vehículo en marcha tras recoger a Penny en la puerta de SHAPE.
    —Dime lo que has encontrado, Lewis.
    — Nada, ya te lo he dicho.
    — ¿Quieres decir... que su ataúd estaba vacío?
    —Sí, Penny, vacío. Y ahora, si me dices lo que sabes, todo lo que sabes, naturalmente, y me explicas el motivo de este viaje a Rouen...
    —A veces me parecía estar imaginando cosas absolutamente fantásticas, pero ahora ya sé que llevaba razón. ¿Cuánto tiempo necesitaremos para llegar a Rouen?
    —Dos horas, o incluso menos si urge mucho. ¿Pero me vas a hacer el favor de empezar por el principio, sí o no? —preguntó Lewis traspasando la línea amarilla para adelantar a varios camiones.
    —Lewis, ¿jugaste alguna vez al ajedrez con Robert?

    Sin contestar, frenó, apartó el coche a un costado de la carretera, cortó el contacto y encendió un cigarrillo.

    —Escúchame bien, Penny. Soy muy amigo tuyo... Haría cualquier cosa por ti y, además, te lo he demostrado, pero no pienso mover un dedo antes de oírte hablar con sensatez. ¿Qué significa toda esta historia?
    — ¿Puedes darme un cigarrillo, por favor? — suplicó la muchacha con un hilo de voz. Y, después de encenderlo, empezó a hablar con tanta tranquilidad como pudo del jugador de ajedrez automático que había visto y que era, sin ningún género de duda, su prometido.
    —Penny, ¿no estarás hablando en serio? —preguntó Lewis, aunque desde el principio se había dado cuenta de que la chica no bromeaba—. ¡Dios mío! Me has hecho violar un sepulcro porque un autómata te había recordado...
    —Y él no estaba en su ataúd —dijo Penny con resignación.
    — ¿Por qué no me dices la verdad? Esa historia es un auténtico engañabobos... Penny, ¿tienes o no tienes confianza en mí? ¿Cuál es la auténtica explicación?
    —Ésta, Lewis. Te lo juro.
    —Penny, sé razonable, por favor. Ni tú misma puedes creer que Robert haya podido presentarse a una farsa tan macabra. No, no... El hecho de que su ataúd estuviera vacío no tiene nada que ver con semejantes chismes. ¿Por qué te niegas a decirme la verdad?
    —Lewis, por favor, créeme —dijo Penny con los ojos llenos de lágrimas. —Pero Penny, querida... Y en todo caso, ¿qué diablos pinta Rouen en esto?
    —El autómata da esta tarde una demostración allí. Tú mismo podrás ver a Robert. —Muy bien... Para ti la perra gorda —dijo Lewis volviendo a poner el contacto. Durante el resto del camino, Penny —con las manos en las rodillas— se dedicó a contemplar con obstinada fijeza la carretera, mientras Lewis conducía rápido y seguro. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta llegar a la cima de la colina que sigue a Pontoise. Entonces Lewis dijo:
    — ¿Podrías contarme todo lo que sabes sobre ese autómata?
    —Le vi por primera vez en una fiesta.
    — ¿En qué clase de fiesta?
    —En una de las recepciones ultraelegantes de la duquesa de Delombelle. El jugador era presentado como autómata y su dueño se hacía llamar conde de Saint-Germain.
    — ¿Conde de Saint-Germain? Pero ése era el nombre de un charlatán de las clases bajas que...
    —Que se llamaba Cagliostro y que pretendía haber vivido varios siglos. Ya lo sé. Pero no creo que este autómata lo sea en realidad y estoy convencida de que Robert tiene algo que ver en el asunto.
    —¿Es el autómata quien se parece a él?
    —No. El autómata es un individuo bajo, vestido como un príncipe oriental y sentado a lo moro sobre una caja oblonga.
    —Eso recuerda, punto por punto, la descripción del autómata de Van Kempelen, que Edgar Alian Poe describe en uno de sus ensayos y que fue destruido en un incendio. Poe lo vio jugar y dedujo, con razón, que había un hombre dentro.
    —Sí, he leído todo eso. Ese autómata dio la vuelta al mundo.
    — ¿Y sospechas que Robert está escondido en el interior de su versión moderna? —Sí.
    — ¿Por qué?
    —Por su forma de jugar al ajedrez.
    — ¿Jugabas frecuentemente con Robert, Penny?
    —No. Yo no sé jugar. Pero a menudo jugaba con papá y yo les miraba. Y ese... ese autómata maneja las piezas exactamente como Robert. Tenía una manera muy especial de coger la pieza que iba a mover y de hacerla girar entre los dedos antes de colocarla... A mí me divertía mucho, porque papá se exasperaba...
    —Sí, se trata de una manía deplorable, pero muy extendida entre los aficionados al ajedrez, como seguramente sabes.
    —Pero papá, que se considera casi un campeón, jugó una partida con ese autómata y dijo que era extraño... no sólo por el manoseo de las piezas, sino porque utilizaba una de las aperturas favoritas de Robert.
    —Millares de jugadores de ajedrez utilizan aperturas que son, por otra parte, clásicas, querida. ¿Qué más?
    —Na... nada.
    — ¿Eso basta para convencerte? —No.
    — ¿Entonces...?
    —No lo sé. No sabría explicarlo, Lewis, pero tengo la corazonada de que es Robert en persona quien juega. Y después de tu visita al cementerio, ya no me queda la menor duda. Estoy segura de que comprenderás lo que quiero decir cuando veas a ese autómata y juegues una partida con él.
    —Ya veremos si me decido... En otros tiempos fui un jugador mediano, pero nunca oí hablar a Robert de su afición por ese juego. Por cierto, ¿el autómata gana siempre?
    —Ganó a papá y a otra persona, pero perdió contra un individuo bastante joven llamado Dupont... Dupont y algo más.
    —Si quieres decir Dupont-Tillac, estás hablando del actual campeón de Francia. Tardaron algún tiempo en encontrar el café donde iba a ser presentado el autómata. Sí, era allí, explicó el patrón. La exhibición se celebraría en el salón del primer piso, que era el local social del club de ajedrez de la localidad. No, lo sentía, pero la puerta estaba cerrada con llave y no se podía ver al autómata antes del espectáculo, que empezaría a las nueve en punto.

    Las horas transcurrieron lentamente para Lewis y Penny, que erraron sin rumbo fijo por el muelle y terminaron por cenar en una vieja posada cercana a la plaza del mercado.

    Ambos se encontraban entre los primeros curiosos que llegaron al café.

    — ¿Cuántas veces le has visto jugar? —preguntó Lewis. —Sólo dos.
    — ¿Crees que podrá reconocerte el presentador?
    —No lo sé, pero cae dentro de lo posible. Mira, aquí viene.

    Un individuo bajo y rechoncho, envuelto en una amplia capa forrada de seda roja, pero vestido muy pobremente, atravesó el local y subió al primer piso tras cambiar unas palabras con el propietario.

    Cinco minutos más tarde apareció en lo alto de la escalera y anunció con una reverencia que todo estaba dispuesto. La gente que esperaba se levantó y se agolpó al pie de las escaleras. Lewis y Penny hicieron lo mismo y, tras pagar una pequeña cantidad en una mesa colocada a la entrada, se encontraron en una habitación rectangular con varias filas de sillas dispuestas frente al autómata.

    En ellas se instalaron treinta o cuarenta personas y, cuando pareció evidente que no iba a venir nadie más, el diminuto charlatán, siempre envuelto en su capa de seda roja, se colocó junto al autómata, en el espacio iluminado por un pequeño foco que acababa de encender.

    —Señoras y caballeros —dijo con una nueva reverencia—. Permítanme que antes que nada les presente a mi autómata. Casi todos ustedes son apasionados del ajedrez y algunos habrán leído la historia del célebre jugador de Van Kempelen. Como probablemente saben, en realidad había un hombre de carne y hueso escondido en la máquina. La mía, que aparentemente reproduce con fidelidad la forma de aquel autómata, es verdadera. Quiero decir que en su interior no hay ningún ser vivo. Lo que hace un siglo parecía absolutamente imposible, hoy ha dejado de serlo gracias al enorme progreso de la ciencia. Supongo que todos ustedes se hacen cargo de las poderosas razones que me impiden revelar el funcionamiento de mi robot, pero voy a demostrarles que no hay nadie dentro. No sólo pondré al descubierto el interior de la máquina, sino que dos espectadores voluntarios podrán subir al estrado y verla de cerca, para convencerse de que no se trata de un truco de espejos ni de nada por el estilo.

    Sin titubear, Lewis se levantó y avanzó hacia el autómata. Los asistentes le contemplaron con curiosidad, preguntándose si era o no un compinche del presentador. Éste hizo una tercera reverencia.

    —Otro voluntario, por favor.

    Un joven se adelantó lentamente, mientras el supuesto conde enseñaba a la concurrencia que el soporte del autómata iba montado sobre ruedas. Después lo hizo girar y lo desplazó de un lado a otro para demostrar que no tocaba el suelo y que no existía ningún punto de contacto entre él y el aparato. Finalmente abrió cuatro puertas habilitadas en los costados de la caja.

    —Vean, señoras y caballeros, que no cierro estas puertas antes de abrir las que existen en el pecho y en la espalda de mi autómata. Eso hace completamente imposible que un hombre, o un enano, escondido en el cuerpo pueda deslizarse al interior de la caja mientras enseño aquél o viceversa, como sucedía en el caso de mi ilustre predecesor. Miren cuanto quieran: todo está abierto de par en par. Hay mecanismos, evidentemente, y son mecanismos secretos, pero pueden ver cómo mi mano los atraviesa. Por último, para probarles que no se trata de ninguna ilusión óptica, voy a pedir a uno de estos señores que introduzca este bastón en el interior del artificio, con suavidad, naturalmente, pero por el sitio que prefiera.

    Lewis cogió el bastón que le tendía el charlatán y lo deslizó con cuidado a través de las diversas partes del maniquí y de su soporte, encima del cual se veía un gran tablero de ajedrez. Pudo ver una gran cantidad de tubos, hilos y condensadores muy parecidos a los de un aparato de radio o de televisión. Había también diversas piezas mecánicas, ejes, ruedas, muelles, palancas, piñones, pequeñas cadenas, cables y tubos de cristal más o menos llenos de un líquido verdoso.

    —Señoras y caballeros: ahora que están convencidos de la autenticidad de mi autómata, quiero demostrarles que funciona realmente, y para ello voy a ponerlo en marcha antes de cerrar las puertas y las diversas aberturas. Sacó un hilo del interior del artefacto, lo introdujo en un enchufe ordinario y apretó un botón colocado en una de las caras de la caja. Entonces, las ruedas empezaron a girar con un ronroneo de motor eléctrico, las luces se encendieron y el líquido verdoso de los tubos se llenó de burbujas.

    Lewis regresó a su asiento, convencido de que los tubos, las ruedas y las luces eran un simple bluff, pero también de que no había nadie en el interior del maniquí ni de la caja.

    El conde, tras cerrar todas las puertas del autómata, preguntó si había sido designado algún jugador y un hombrecillo barbudo y sonriente se levantó con timidez. El charlatán abrió una caja llena de piezas Staunton de gran valor y, eligiendo un peón blanco y uno negro, se llevó ambas manos a la espalda durante unos segundos y tendió sus dos puños cerrados.

    —Todo esto es muy raro —murmuró Lewis al oído de Penny, que no le quitaba ojo al maniquí—. La máquina de Van Kempelen siempre jugaba con las blancas.

    El jugador local sacó, precisamente, las blancas, y fue invitado a sentarse al otro extremo de la caja, enfrente del maniquí. En cuanto lo hubo hecho, el conde le pidió que colocara sus fichas mientras él mismo se ocupaba de las del autómata.

    —No olvide que debe respetar todas las reglas —recordó—. Pieza tocada, pieza movida, y pieza colocada, pieza jugada.

    Apretó otro botón, que agudizó el ronroneo de la máquina, y añadió: —Las blancas empiezan, señor. Cuando usted quiera.

    El jugador del club local cogió delicadamente el peón-dama y lo adelantó dos casillas. Casi instantáneamente la mano del autómata se levantó sobre la parte derecha del tablero, descendió en su centro y movió la misma pieza. Después, mientras el brazo mecánico volvía a colocarse a la derecha del tablero, alzó los párpados con lentitud y despidió un breve e intenso fulgor por los ojos. Los asistentes estallaron en una risa nerviosa.

    —Supongo que siempre hace lo mismo...
    —Sí —murmuró Penny—. Sus primeros movimientos parecen mecánicos. Es más tarde cuando empieza a jugar como una persona... como Robert.
    —Ya veremos. Entretanto puedo afirmar una cosa: no había nadie en esa caja.

    El autómata jugaba con rapidez y a Lewis le pareció que los gestos de su brazo eran puramente mecánicos. Su superioridad, por otra parte, saltaba a la vista. El jugador local, dominado por un comprensible nerviosismo, cometió un error de bulto y dejó una torre a merced de un peón. Casi todos los espectadores familiarizados con el ajedrez se dieron cuenta de la equivocación y cuchichearon en voz baja, como si temieran ser oídos por la máquina. Y en ese momento, Lewis dio un respingo en su silla. Porque el autómata, durante un segundo o dos, se condujo como lo habría hecho un verdadero jugador de ajedrez. En lugar de comerse la torre, pareció titubear y preguntarse si no se trataría de un sacrificio voluntario por parte de su rival para tenderle una trampa. Y cuando por fin su mano articulada se apoderó del peón, lo levantó, lo hizo girar ligeramente entre el pulgar y el índice y titubeó nuevamente antes de colocarlo en la casilla de la torre blanca.

    — ¿Has visto? —murmuró Penny apretando el brazo de su amigo, mientras el charlatán recogía con cuidado la torre comida y la dejaba a un costado del tablero.
    —Sí. Alguien lo hace marchar a distancia —contestó Lewis en voz baja.
    — ¡Oh, Lewis, es Robert! ¡Estoy segura! ¡Le he visto hacer ese gesto tantas veces! Y ahora que sabemos...
    — ¡Calla! —murmuró Lewis cogiéndole la mano—. El que maneja al autómata, está lejos. Te aseguro que en su interior no hay nadie.
    — ¡Sí lo hay, Lewis! Robert está dentro... Lo... lo siento. Sigue mirando —dijo Penny con una voz tan sofocada que varias personas se volvieron a mirarla.
    —Ven conmigo. Se me ha ocurrido algo —dijo Lewis, que no quería llamar la atención del presentador.

    Nuevamente abajo, en la sala del café, obligó a sentarse a Penny y pidió dos coñacs. —Escucha, Penny. Una cosa es segura: el robot está vacío. Sabemos, además, que no puede tratarse de una simple máquina. En consecuencia, puesto que no es el conde de Saint-Germain quien juega, es forzoso que lo haga algún otro, alguien que probablemente se encuentra en la habitación.

    — ¿Qué quieres decir?
    —Espera un momento. Quédate aquí.

    Volvió a subir la escalera, pasó con el mayor disimulo posible por delante de la puerta de la habitación, donde el autómata parecía seguir jugando, subió al segundo y último piso y se encontró ante tres puertas. Titubeó un instante y por fin, encogiéndose de hombros, abrió la primera. Buscó a tientas el interruptor de la luz, la encendió y ante él apareció una habitación absolutamente vulgar, que debía servir de dormitorio al propietario del café. Apagó, cerró con suavidad y abrió la siguiente puerta, que daba a un cuarto donde sólo había un secreter, dos sillas y un par de docenas de botellas vacías, apiladas en un rincón. La tercera puerta se abría a un mugriento y reducido cuarto de baño.

    — ¿Adónde has ido? —le preguntó Penny a su regreso.
    —A explorar la casa.
    — ¿Has encontrado algo?
    —No —contestó Lewis, tendiendo un billete de mil francos al camarero y diciéndole que podía quedarse con el cambio.
    —Es demasiado, señor. Sólo me debe ciento ochenta...
    —Ya lo sé, pero quiero pedirle un favor suplementario. Se trata de algo relativo al autómata...
    —Lo siento, señor, pero no tengo la menor idea de su funcionamiento. —No es eso lo que quiero saber. ¿Ha venido solo su dueño?
    —Creo que sí.
    — ¿Está seguro?
    —Yo mismo le vi instalar el robot esta mañana y le ayudé a transportar la caja y el maniquí.
    — ¿Tardó mucho en la instalación?
    —No. Se limitó a enchufar para ver si todo iba bien y luego se fue a comer. Ya no volvió a aparecer hasta un poco antes del comienzo de la función.
    — ¿También solo? —Sí.
    — ¿No sabría usted, por casualidad, dónde suele alojarse?
    —No, señor. Le oí decir que pensaba irse hoy mismo, en coche, después de la representación.
    —Ya... Muchas gracias.
    — ¿Ves, Lewis? Tenía razón. Robert está en esa horrible máquina. Vamos a avisar a la policía —dijo Penny con voz suplicante.
    —Él u otro jugador, sí. Pero no en el interior de la máquina. Sería una locura avisar sin más ni más a la policía. No, Penny, podemos hacer algo infinitamente mejor.
    — ¿El qué?
    —Esperar fuera y ver lo que hace al marcharse.

    Estaba lloviendo, pero el aparcamiento no se encontraba lejos. Lewis ayudó a Penny a subir en su minúsculo automóvil, que apenas sobresalía de las ruedas, y se empeñó en echarle sobre las rodillas una manta de viaje, que sacó de debajo del asiento.

    —Hace frío y el aire está lleno de humedad. Probablemente tendremos que esperar un buen rato.

    Cuando detuvo el vehículo en la esquina de una calleja, enfrente del café, la gente salía ya por la puerta de éste.

    —Desde aquí veremos todo —dijo Lewis apagando las luces de posición—. A propósito: ¿cómo sabías que el robot iba a presentarse aquí esta tarde?
    —Conozco a un amigo del conde, que me habla de sus «tournées».
    —Mira... Ahí sale, a pie. No te muevas de aquí, Penny. Voy a seguirle —dijo Lewis saliendo del coche. Fue rápidamente hasta la esquina de la calle por donde había visto desaparecer al charlatán y regresó un instante después.
    —Está en el aparcamiento, recogiendo una especie de furgoneta. Ya viene... Espera. Quiero echar un vistazo dentro.

    La camioneta pasó cerca de ellos, dio media vuelta y se detuvo delante del café. Lewis atravesó la calle y abrió la portezuela trasera. En el interior del vehículo no había nada.

    — ¿Qué pensabas encontrar? —dijo Penny encendiendo un cigarrillo.
    —Desde luego, no a Robert. Pero no me habría sorprendido ver una emisora de onda corta.

    El camarero y el conde aparecieron por la puerta del establecimiento. Transportaban la caja, sin el maniquí, y la introdujeron en la furgoneta. El conde la dejó abierta, regresó corriendo a la casa y reapareció en seguida con el autómata, que colocó al lado de la caja. Cerró, dio una propina al camarero, se instaló en el asiento delantero y arrancó.

    Lewis tiró el cigarrillo, puso en marcha el coche y salió en su persecución.

    — ¿Y ahora? —dijo Penny.
    —Debe tener un compinche en alguna parte y no me extrañaría que fuera a recogerlo.
    — ¿Y si te equivocas?
    —Por lo menos nos enteraremos de dónde guarda el robot.
    —Tiene docenas de ellos... Una casa llena, en Enghien. Cerca del lago. —Penny, ¿por qué no me lo habías...? ¿Qué clase de robots?
    —De todas clases. Pájaros que cantan, un perro que ladra cuando alguien llama a la puerta, un muchacho que toca la flauta, un tamborilero y muchos más.
    — ¿Cómo conociste al conde de Saint-Germain, Penny?
    —Robert lo conocía. Debieron presentárselo en su club de ajedrez. —Por lo tanto había un robot que jugaba al ajedrez antes...
    — ¿Antes de la desaparición de...? No lo sé, pero me sorprendería bastante, porque Robert rara vez dejaba de contarme algo.
    —A menos que... No, es imposible —se interrumpió, clavando los ojos en las luces posteriores de la furgoneta, que parecía atravesar la ciudad en dirección a la carretera de París.

    Eran cerca de las dos de la madrugada cuando Lewis, tras depositar a Penny en la puerta de su casa, volvió a acostarse. Había adelantado al charlatán sin hacerse notar, tras convencerse de que no se detenía en ninguna parte de Rouen ni de sus alrededores. O su compinche se había quedado en Rouen o... pero de todas formas era una idea ridícula...

    Un joven abogado de brillante porvenir, como Robert Tournon, no pertenecía en absoluto al género de hombre que se hace pasar por muerto y que abandona su profesión, su prometida, sus compañeros y sus amigos, para marcharse en compañía de un charlatán de baja estofa.

    Lewis agitó la cadena de la vieja campana, colgada junto a la puerta, y un perro se puso a ladrar furiosamente en el interior de una caseta. El individuo que se hacía llamar conde de Saint-Germain, levantó los ojos del rosal que en aquellos momentos podaba, fue hasta la caseta, hizo callar al perro y finalmente se acercó a la verja.

    —Buenos días... ¿Me... me reconoce? —dijo Lewis, sintiendo que un par de ojos entornados y apenas visibles bajo la ancha ala de aquel sombrero de faena le examinaban detenidamente.
    —Sí. Estaba usted en Rouen el otro día. Y es también el que luego me siguió por la carretera... Reconozco su coche —dijo echando un vistazo hacia el camino, pero sin decidirse a abrir la puerta.
    —He venido a verle por...
    — ¿Por mi autómata-jugador de ajedrez? Otros le han precedido, señor, pero no está en venta... y el secreto de fabricación, mucho menos.
    —No quiero comprarlo y su secreto sólo me interesa indirectamente.

    El conde le dirigió una última mirada y abrió la verja lentamente, como si lo hiciera contra su voluntad.

    —Entre. Puesto que quiere hablar de mi oficio, voy a tomarme la libertad de recibirle en el taller —dijo mientras conducía a su visitante detrás de la casa, hasta una cochera desde la cual se divisaban, al otro lado del lago de Enghien, los blancos edificios del Casino.

    En el taller —el más extraño que Lewis podía recordar— se veía una inmensa estantería repleta de herramientas, varias butacas, un diván y un piano de cola con una muchacha sentada ante él, que al parecer no les había oído entrar.

    —Excúseme, pero quería hablarle en privado... —dijo tímidamente Lewis. —Estamos solos —repuso el conde con una sonrisa. Después fue hasta la pianista y ante la sorpresa de su visitante, tiró hacia abajo de la cremallera colocada sobre su espalda. Tras ella solo se escondía un bastidor metálico con un mecanismo parecido al que Lewis había visto en el cuerpo del jugador de ajedrez.
    —Mi enhorabuena, conde.
    —Aún no va todo tan bien como yo quisiera, pero ya llegará, ya llegará —dijo el hombrecillo—. Y ahora, si me hace el favor, ¿a qué debo su visita?
    —Verá... Estoy convencido de que, a diferencia del robot de Van Kempelen, en el interior del suyo no se esconde ningún hombre. Pero debe haber un jugador de carne y hueso en alguna parte, por la sencilla razón de que es imposible realizar un autómata que juegue correctamente al ajedrez.
    — ¿Y eso por qué, señor...?
    —Lewis Armeigh. Perdóneme. Los dos sabemos que un robot sólo puede escoger entre un número de posibilidades fijadas de antemano, instaladas, insertas, por decirlo así, en su memoria o en el cerebro electrónico, como usted, seguramente, lo llamaría.
    —Hasta ahí, estoy de acuerdo. Pero continúe, por favor —dijo el conde quitándose el sombrero de paja.
    —Puesto que usted juega al ajedrez, debe saber que las combinaciones prácticamente infinitas de las piezas no podrían ser «inoculadas» en un robot por un solo hombre ni por una multitud de hombres, aunque consagraran la vida entera a esta labor. Además, como constructor de autómatas, debe saber también que si ese robot llegara a crearse, dejaría de ser una máquina y se convertiría en un auténtico hombre o al menos en un cerebro artificial.
    —Y como consecuencia de ello —concluyó el conde— mi jugador de ajedrez es un timo y yo tengo un compinche escondido en alguna parte.
    —Sí, a menos que lo haga marchar usted mismo por un procedimiento que desconozco. —Señor Armeigh, sólo puedo decirle que no sé hacer ninguna de las cosas que hacen mis robots, ni jugar a ninguno de sus juegos, y que carezco de compinches. En todo esto no hay el menor engaño, créame. La cosa es muy sencilla: he creado un robot que juega al ajedrez.
    — ¿Se ofende si le digo que resulta demasiado increíble para ser verdad?
    —De ningún modo e incluso lo tomo como un cumplido —dijo el hombrecillo con una inclinación—. Pero espero llegar a más. Mire usted esa pianista. En estos momentos no funciona, pero ya sabe tocar varias melodías al piano... No sólo en el que tiene delante, sino en cualquiera. Lo cual prueba, de paso, que no se trata de un piano mecánico. Precisamente ahora estoy trabajando con ella y confío en que muy pronto tocará cualquier música que le pongan en el atril, escrita, claro está, en papel pautado.
    —Sería maravilloso, pero me parece teóricamente posible. Supongo que la mayor parte de la gente lo encontrará más espectacular que un jugador de ajedrez, pero repito que teóricamente cabe la posibilidad de un robot pianista... No cabe, en cambio, la de uno que juegue al ajedrez.
    —Eso es ya una realidad innegable, señor —afirmó el conde.
    — ¿Sería posible enfrentarse a su robot sin que usted se encuentre delante?
    —Desde luego, pero no puedo correr semejante riesgo. Lo haría, si estuviera seguro de que el contrincante elegido no iba a husmear en su interior. Pero se hará cargo de que tengo motivos de peso para no permitírselo a cualquiera.
    —Evidentemente. Sin embargo, nosotros tenemos un club de ajedrez en la Embajada —dijo Lewis tendiéndole su tarjeta —y podríamos darle todas las garantías que pidiera, incluyendo una lista previa de los asistentes. ¿Resultaría muy... muy caro?
    — ¿Le parece cien mil...?
    —De acuerdo, conde. A propósito: ¿por qué ha adoptado el seudónimo de Saint-Germain en lugar del de Van Kempelen?
    —No se trata de ningún nombre falso, señor Armeigh, sino del auténtico.
    —En ese caso, le... le ruego que me excuse —dijo Lewis enrojeciendo y haciendo ademán de marcharse.
    —Una última pregunta, por favor. ¿Qué busca usted? —El nombre de su compinche.
    —Ya le he dicho anteriormente que no hay compinche. —Sí, lo he oído. Hasta pronto, conde.

    Durante las dos semanas siguientes, hasta la tarde escogida para la demostración, Lewis se preocupó activamente de recoger todas las informaciones posibles sobre la manera que Robert tenía de jugar al ajedrez. En el club de la Bastilla, por ejemplo, descubrió que su amigo había sido una vez campeón de París y que en tres o cuatro ocasiones había competido para el título nacional. Sostuvo largas entrevistas con los miembros del círculo que habían conocido personalmente a Robert. Casi todos le confirmaron que éste tenía la costumbre de hacer girar las piezas entre el pulgar y el índice antes de colocarlas, y que ésa era particularmente aguda cuando no veía clara la jugada o cuando, por cualquier causa, estaba enfadado. Por lo general, sus antiguos compañeros le consideraban un jugador agresivo, a pesar de que su apertura favorita era la Giuoco piano y de que, siempre que las circunstancias se lo permitían, sacaba a relucir la variante Greco. Al mismo tiempo sentía una gran aversión por la defensa Alekhine, a la cual nunca se dejaba arrastrar y jamás rechazaba un gambito de rey, testarudez muy característica suya y que en numerosas ocasiones le hizo perder partidas que tenía ganadas.

    El conde de Saint-Germain se trasladó, como había prometido, a una habitación vecina después de presentar su máquina a los amigos citados por Lewis para aquella demostración privada. Un joven agregado naval, que jugaba bastante bien al ajedrez, se ofreció para enfrentarse al autómata. Lewis le había puesto al tanto de sus intenciones y el agregado había convenido en jugar el gambito de rey si le tocaban las blancas. Si, por el contrario, le tocaban las negras y la máquina jugaba el peón e2-e4, él utilizaría la defensa Alekhine. Fue esta segunda variante la que se convirtió en realidad, y Lewis tuvo motivos para asombrarse de la rapidez y seguridad con que el autómata desarrollaba su juego, en lugar de avanzar el peón-rey para acosar al caballo negro. El agregado naval llevó bien la partida, pero a pesar de ello no duró mucho. Lewis, tras el mate, tomó su puesto sin dudarlo.

    El autómata ganó de nuevo la salida y volvió a jugar el peón e2-e4. Lewis, fingiendo ser uno de esos jugadores que conocen las aperturas por temperamento, pero que no llegan a comprenderlas, se dejó conducir voluntariamente a una Giuoco piano y cayó en la trampa de la variante Greco al noveno movimiento. Tras titubear durante largo rato, como si realmente estuviera confundido, aceptó el sacrificio de la torre. El autómata jugó entonces los diez movimientos siguientes sin necesidad de pensar y dio jaque mate.

    —Penny, la cosa se complica. Ese robot no sólo tiene las mismas manías de Robert, sino que juega de la misma forma que él, con una marcada desconfianza por ciertas aperturas y una visible predilección por otras —dijo Lewis mientras la muchacha le servía una taza de té.
    — ¿Conque ésa es la razón de que no te haya visto durante tanto tiempo? Ni siquiera me has telefoneado.
    —En efecto, Penny. Hice una visita al conde en su chalet de Enghien. —Ya lo sabía.
    — ¿Cómo?
    —Estaba allí —dijo Penny tendiéndole el azúcar.
    —Pero si le encontré trabajando en el jardín —repuso Lewis con evidente malhumor— y no había ningún otro visitante.
    —También lo sé, porque te vi desde la casa.
    — ¿Y puede saberse qué hacías allí?
    —Tocaba el piano, registrando ciertas melodías para nuestro común amigo, que ahora trabaja en un nuevo robot... Una pianista.
    —Sí, me la enseñó, pero...
    — ¿Pero qué, Lewis? —preguntó Penny levantando los ojos. Al hacerlo, sonreía.
    —Nada... Pensaba en voz alta...
    — ¿Por qué no me preguntas cómo pude introducirme allí?
    —Excúsame, Penny. ¿Cómo te las arreglaste? Supongo que no creerás haber engañado al conde.
    — ¡Lewis!
    — ¿Crees verdaderamente que no te reconoció? —Sin la menor duda.
    —A mí, en cambio, me reconoció desde el primer momento. Pero dejemos eso. Por lo que sé de ese nuevo robot, al cual he visto, y por lo poco que él me dijo, creo que tus grabaciones no servirán para nada. Ese autómata tocará cualquier música escrita que le pongan delante. ¿Tú eres buena pianista, Peggy?
    —Dos años en el Conservatorio de París y un primer premio.
    —Ya... Penny, hay algo que no comprendo y que no me gusta en nuestro amigo... Preferiría que no tuvieras ninguna relación con él. ¿Sabe quién eres?
    —Sí. Pero... ignora todo lo de Robert y yo... Ahora puedo entrar en su cubil y abrir los ojos... y a veces también las puertas.
    — ¿Has descubierto algo?
    —Nada por el momento. Pero si, efectivamente, sabe algo de Robert, me enteraré tarde o temprano. El otro día lo mencioné de pasada, haciendo como si le hubiera conocido vagamente y dando a entender que no había muerto... Pero el conde no se inmutó lo más mínimo.
    —Lo cual no impide, Penny, que la cosa cada vez me guste menos.

    Lewis renunció a la idea de ponerlo todo en conocimiento de la policía. Ésta, sin la menor duda, se reiría de él. O en el mejor de los casos, suponiendo que le tomara en serio, se limitaría a abrir el panteón familiar de los Tournon, pero no admitiría relación alguna entre la desaparición de su cadáver y el robot de un charlatán, que se dedicaba a exhibir su creación delante de propios y extraños. Estaba ya seguro de que Robert, muerto o vivo, tenía algo que ver con el autómata, pero no conseguía pasar de ahí. Si su amigo viviera, podía estar en contacto con el robot por radio. O a lo mejor había una cámara de televisión escondida en el maniquí. A una persona situada al otro extremo del aparato le sería posible accionar sus manos por medio de cualquier mando a larga distancia. De ser así —por increíble que pudiera parecer— un mensaje tabaleado con los dedos, según el sistema Morse, en el tablero del ajedrez, tal vez produjera reacciones insospechadas.

    Lewis habría permanecido largo tiempo absorto en este sueño consciente si una llamada telefónica de la madre de Penny no le hubiera sacado bruscamente de él. —Señor Armeigh, siento molestarle, pero estoy muy inquieta por Penny. No la hemos visto desde ayer. Había quedado en tomar el té con nosotros. ¿Sabe por casualidad dónde está?

    —Pero... No, no he visto a Penny ayer, señora Spencer.
    — ¿Cómo?... Ella me había dicho… Pero... ¿Dónde se habrá metido?
    — ¿Qué fue lo que le dijo, señora?
    —Que casi todas las tardes toma el té con usted. Y yo sé que son ustedes muy amigos. ¿No tiene la menor idea de dónde puede encontrarse?
    —Penny, efectivamente, toma el té conmigo a menudo —mintió Lewis— pero... ayer no vino. Seguramente estará en casa de algunos amigos.
    — ¿De quién? ¿Tal vez de alguien que usted conozca? —dijo la señora Spencer con voz repentinamente cargada de desconfianza.
    —No sé. Voy a ponerme en comunicación con todas las personas que recuerde... y estoy seguro de que daré con Penny, señora Spencer. Volveré a llamarla en cuanto me entere de algo. Tal vez haya ido a pasar uno o dos días a casa de cualquier amiga —sugirió Lewis sin conceder ningún crédito a sus palabras.
    — ¿Usted cree? Penny, efectivamente, se fue una vez al carnaval de Niza sin avisarnos, pero su padre le echó tal sermón que no debieron quedarle ganas de hacerlo otra vez. Yo también le avisaré si me entero de algo.
    —Gracias, señora Spencer. La llamaré esta noche.

    Colgó, arrancó materialmente su abrigo de la percha y se precipitó a la calle sin sombrero. Un instante después, su coche deportivo se introducía en el tráfico del Faubourg Saint-Honoré y media hora más tarde frenaba en seco delante del chalet del conde. Sin pensar en lo que iba a decir, Lewis tiró de la campana y el perro se puso a ladrar como la primera vez. Por detrás de la casa apareció una criada, que se inclinó para tocar algo junto a la perrera. Lewis comprendió que dentro no había un verdadero animal, sino un robot.

    —Lo siento, señor, pero el conde de Saint-Germain no está ahora en casa.
    — ¿No sabe cuándo podré encontrarlo?
    —A finales de semana, como muy pronto, señor.
    — ¿Y no podría decirme dónde ha ido?
    —El señor conde está en Suiza, pero no ha dejado ninguna dirección.
    — ¿Se ha llevado su jugador de ajedrez? —No, señor. Sólo una maleta.
    — ¿Entonces el jugador de ajedrez está aquí?
    —Sí, señor, pero no puedo permitir que nadie lo vea en ausencia de...
    —No quiero verlo. ¿Sabe usted si la muchacha que venía a tocar el piano se ha ido a Suiza con su señor?
    —No, no lo sé, pero me extrañaría. Ella... no ha aparecido por aquí ni ayer ni hoy. —Muchas gracias —dijo Lewis, volviendo a subir al coche y poniéndolo en marcha. Que la criada le hubiera dicho o no la verdad, poco importaba. Pero Lewis había visto moverse el visillo de una de las ventanas del entresuelo y poco después una persiana del primer piso se había entreabierto ligeramente. ¿Estaba Penny tras ella?

    Cuando entró en su apartamento, ya había tomado una decisión. —Hoy ceno fuera, Amélie —le dijo a su anciana criada.

    A cualquier hora del día o de la noche que Lewis volviera a casa, encontraba a Amélie aguardando para pasarle revista, como si esperara verlo completamente borracho o acompañado de una «mujer de mala vida», expresión con la que solía calificar a todas las visitantes que fumaban o no traían sombrero.

    — ¡Pero no me ha avisado y he hecho cocido!
    —Puede comérselo todo, Amélie, a no ser que prefiera invitar al cartero.
    — ¡Señor! —dijo Amélie, asombrada y ofendida. —Lo siento. ¿Me perdona?
    —Sí. Supongo que querrá darse un baño...
    — ¿Cómo lo ha adivinado?
    —Porque el señor tiene esa manía. No es sano estar a remojo durante tanto tiempo y salir a la calle después.
    —Es una costumbre inglesa, Amélie, que no puedo dominar —contestó Lewis con una sonrisa.

    Se puso a hurgar en un cajón, tratando de encontrar los gemelos de la camisa. —Claro está que compensa la humedad a fuerza de alcohol —dijo la criada arrastrando los pies en dirección al cuarto de baño.

    Mientras Amélie dejaba correr el agua, Lewis telefoneó a un amigo. —Bertie, ¿puedes prestarme el coche esta tarde?

    — ¿Tienes estropeado el tuyo? —dijo una voz fatigada al otro extremo del hilo. —No. Pero está demasiado visto en el sitio que quiero visitar.
    — ¿Qué te traes entre manos, Lewis?
    —Asuntos privados, Bertie. ¿Puedo pasar por el coche?
    —Con la condición de que me dejes acompañarte. No tengo nada que hacer y lo tuyo promete ser interesante.
    —De acuerdo —asintió Lewis de muy mala gana—. Ponte un smoking y ven a buscarme en cuanto estés listo.
    — ¿Lleno el depósito de gasolina?
    —Sería conveniente... Y si tienes un revólver y unos zapatos con suelas de crepé, tráetelos.
    — ¿Zapatos de alpinista? No van a ir muy bien con el smoking, pero presiento que voy a divertirme.
    —Así lo espero. Hasta ahora... —dijo Lewis colgando.

    Después de todo, Bertie era un amigo fiel, dueño de una envidiable sangre fría y capaz, en caso de necesidad, de utilizar eficazmente sus manos, de apariencia casi femenina.

    — ¿No te habrás aficionado al juego de repente? —preguntó Bertie cuando se detuvieron delante del Casino de Enghien, menos famoso que el de Montecarlo, pero donde también se jugaban cantidades respetables. Tenía, por añadidura, la ventaja de estar muy cerca de París.
    —No, no puedo permitirme esos lujos —contestó Lewis riendo—, pero en cambio sí puedo invitarte a cenar. Me han dicho que el restaurante es muy bueno.

    La cena, servida sobre una terraza que dominaba el lago, resultó excelente, y el negro terciopelo del agua, animada por los reflejos de las guirnaldas de bombillas colgadas a lo largo del viejo paseo, constituía un decorado muy agradable.

    — ¿Cuándo empiezan las diversiones? —preguntó Bertie mientras elegía un puro con aire de experto en la materia.
    — ¿Ves esos barcos, allá abajo?
    — ¿No pretenderás que rodee el lago remando?
    —Sólo que lo atravieses... Y haciendo el menor ruido posible.
    — ¿Y después?
    —Después haremos una visita sorpresa... e ilegal.
    — ¡Formidable! Nunca he entrado en una casa por allanamiento de morada.
    —Te equivocas. Entraste así en una confitería, hace ya veinticinco o treinta años. ¿No te acuerdas?
    —Sí. Pero espero que hoy la cosa vaya en serio y que nos veamos atacados por feroces lebreles.
    —Siento decepcionarte. Sólo encontrarás un perro de cartón-piedra, incapaz de correr. A cambio, tal vez consigamos que disparen sobre nosotros. ¿No te asusta la perspectiva?
    — ¿Cuándo empezamos?
    —Aún conviene esperar un poco —dijo Lewis mirando su reloj.
    —Bueno. ¿Quieres que te enseñe un procedimiento para ganarte la vida fácilmente a la ruleta?

    Era más de medianoche cuando Lewis arrastró a Bertie fuera de la sala de juego.

    — ¿No íbamos a practicar el deporte del remo? —dijo Bertie al ver que su amigo se encaminaba hacia el lugar donde habían dejado aparcado el coche.
    —Ahora mismo —murmuró Lewis mientras le daba una propina al encargado y se instalaba al volante.

    Un par de minutos después, frenó en una calleja, cerró el coche con llave y regresó a pie, seguido por Bertie, al Casino.

    — ¿Cómo vamos a pasar delante del portero con estos zapatos?
    —No vamos a pasar delante de él, Bertie. He visto una barca en un rincón donde no corremos el riesgo de que nos descubran. ¿Ves ese seto al lado del casino?
    — ¿No querrás que lo salte?
    —Por supuesto que sí. Venga, ahora es el momento... No hay nadie por los alrededores. Un instante después, los dos hombres atravesaban el lago remando silenciosamente. La barca se deslizó bajo unos árboles y se detuvo, sin un solo cabeceo, junto a un talud herboso. Lewis saltó a tierra y la remolcó hasta un sauce llorón, que la ocultaba por completo.
    —Éste no es el jardín que busco, pero tal vez nos sirva —murmuró Lewis ayudando a su amigo a bajar de la barca.

    Atravesaron un seto y Lewis reconoció la villa del conde. Un poco más lejos se distinguía claramente la cochera transformada por el fabricante de autómatas en taller. Bordeando la valla para no ser vistos, consiguieron llegar a la puerta de la cochera, que estaba cerrada con llave. Pero junto a ella había un ventano, que no resistió la presión de una palanca.

    —Aguarda un instante. Antes de entrar, me gustaría echar un vistazo a ese perro de cartón-piedra. Espera aquí y si el perro se pone a ladrar, no te muevas.

    Al abrigo de los árboles y sin salirse del césped, Lewis llegó a la perrera. Tuvo buen cuidado de no pasar ante ella y, tanteando la pared lateral, encontró el botón debajo del techo. Pero en lugar de apretarlo (¿quién sabe si el perro se hubiera puesto a ladrar?), buscó los hilos eléctricos y los arrancó.

    —Ya no hay nada que temer por ese lado —dijo en voz baja al regresar junto a la ventana abierta—. Será mejor que vaya yo delante.

    Pasaron la pierna por la ventana y se dejaron caer al otro lado. Lewis envolvió la linterna en el impermeable y paseó lentamente el foco luminoso por los alrededores hasta que Bertie le tocó en el brazo.

    —Hay alguien sentado en aquel rincón.
    —No te preocupes. Es una dama metálica que toca el piano —dijo Lewis tranquilizado. Se quitó el impermeable y lo colgó delante de la ventana para impedir que se viera luz a través de ella.

    Después añadió:

    —Ahora podemos encender sin peligro. Creo que el trabajo más duro nos espera dentro de la casa, pero antes me gustaría comprobar unas cuantas cosas aquí.

    Atravesó la habitación y levantó una sábana, bajo la cual apareció la rechoncha figura del jugador de ajedrez, siempre sentado sobre su caja.

    —Bertie, debe haber un enchufe por ahí cerca. Búscalo y conecta este hilo.
    — ¿Qué va a pasar?
    —Seguramente nada, puesto que no hay compinche.
    — ¿Cómo? Aquí está el enchufe —dijo Bertie poniéndose de rodillas.

    Sin molestarse en contestar, Lewis empezó a colocar las piezas de ajedrez que había encontrado en el interior de un cajón sobre el tablero situado frente al autómata.

    — ¡Lewis! ¿No me habrás traído aquí para ponerte a jugar al...?
    — ¡Calla y escucha!
    —Oigo una especie de ronroneo.
    —Sí, en el interior del robot. Vamos a ver si marcha —dijo Lewis avanzando un peón—. ¡Dios mío! ¡Funciona! —murmuró un instante después, al ver que la mano derecha del autómata se alzaba por encima del tablero para coger una pieza—. ¡Parece imposible!
    —Hablas como mi sobrino cuando vio a su abuelo en taparrabos —observó Bertie. —Ningún robot puede jugar al ajedrez... Te aseguro que científicamente no hay la menor posibilidad de...
    —Pues lo hace bastante bien.
    —Espera... Busca por ahí un papel —dijo Lewis quitando todas las piezas del tablero. —Aquí hay un trozo de cartón. ¿Servirá?
    — ¡Sí, rápido!

    Lewis arrebató el cartón de manos de su amigo, lo puso sobre el tablero y escribió en letras mayúsculas: « ¿PUEDE LEER?» Después hizo girar el mensaje para que los ojos del robot pudieran verlo.

    — ¿Puede leer? —repitió Bertie irónicamente. Pero se inmovilizó al ver que el brazo del autómata se elevaba lentamente y se desplazaba sobre el tablero, como disponiéndose a mover un peón. El pulgar y el índice se abrieron y cogieron la estilográfica de Lewis. Entonces, sin apoyar el plumín sobre el cartón y con movimientos muy torpes, la mano empezó a agitarse. Lewis levantó el cartón y lo puso en contacto con la pluma.

    Ambos se quedaron petrificados cuando la mano del robot, con un gesto brusco, hizo un agujero en el cartón y se detuvo, suspendida en el aire.

    —Se ha parado —dijo Lewis.
    —Sí. Se diría que lo has estropeado, viejo. Lewis se inclinó y tocó el enchufe. —No hay corriente. Alguien la ha cortado.
    —Mala suerte. Pero mira... Estaba escribiendo algo...
    — ¡Déjamelo ver! —gritó Lewis levantándose de un salto.

    Cogió el trozo de cartón sobre el que una mano temblorosa había trazado torpemente las letras «LI-GROLABO».

    —Eso no significa nada —dijo Bertie.
    —Acuérdate de que levanté el papel cuando el autómata ya había empezado a escribir en el aire... Seguramente las letras que faltan son la P y la E.
    — ¿P y E? ¡Claro! ¡Peligro! ¿Pero y el resto? ¿LABO? ¿Qué diablos quiere decir eso? —Cortaron la corriente antes de que terminara y es preciso adivinar el resto... ¡Ya está! ¡La bodega! ¡La bodega!
    — ¿Qué bodega?
    —No lo sé, pero no vamos a tardar en averiguarlo —dijo Lewis apagando la linterna por donde había entrado, seguido por su amigo.

    La villa, situada a unos treinta metros y envuelta en la oscuridad, apenas se veía. —Lewis, todo esto no me gusta un pelo —dijo Bertie en voz baja—. El que ha cortado la corriente debe andar por ahí con un trabuco o un arcabuz. Vámonos a escape.

    —A lo mejor sólo hemos fundido un plomo al poner en funcionamiento su sucio robot...

    Y corrió hasta un árbol lindante con la esquina del edificio, sin esperar a ver si Bertie le seguía.

    —Date una vuelta por ahí —dijo cuando lo descubrió a su lado—. A ver si puedes encontrar una puerta o una ventana fácil de abrir. Yo iré por la otra parte.
    — ¿Y si...?
    —Silba si te crees vigilado y grita si te ponen la mano encima. ¡Vamos!

    Bertie miró cómo su amigo se alejaba hacia el chalet y empezó a andar de mala gana en dirección contraria.

    —Hay persianas metálicas por todas partes —explicó Lewis cuando se encontraron al otro lado de la casa—. He visto una puerta bajo la escalinata, pero es también metálica y está cerrada con llave. ¿Tú has encontrado algo?
    —Una puerta de cocina con un tragaluz encima, que tal vez se pudiera forzar... Pero me ha parecido ver una ventana abierta en el primer piso.
    — ¿Hay que volar para alcanzarla o basta con un salto?
    —A unos sesenta centímetros de ella corre un canal de desagüe... pero no sé si será lo suficientemente sólido como para sostenerte.
    — ¿Y si efectivamente no lo es?
    —Te atrapo al vuelo y te llevo hasta la barca —contestó Bertie riendo.
    —Da a la parte superior de la escalera o a un descansillo —opinó Lewis un instante después, contemplando la ventana, que no tenía más de medio metro de anchura, pero que parecía fácil de alcanzar por el canalón. Finalmente concluyó:
    —No hay más remedio.

    Trepó sin dificultad y Bertie, antes de seguirle, le vio hacer una flexión, poner el pie en el repecho de la ventana y saltar al interior de la casa.

    —Es un cuarto de baño —le dijo Lewis cuando se reunió con él—. Hay dos puertas, que deben dar a dormitorios. No te muevas.

    Hizo girar con precaución el picaporte de la más cercana, pero sólo oyó el tic-tac de un reloj. Entonces abrió un poco más y vio una cama. Escuchó aún unos segundos y se decidió a encender la linterna. La habitación estaba vacía y la cama sin deshacer.

    —Empiezo a pensar que no hay un alma —dijo volviendo al cuarto de baño—. Vamos a ver qué sorpresa nos depara la otra puerta.

    Atravesaron un pequeño cuarto ropero y desembocaron a un descansillo. —Bueno. Habrá que bajar.

    Puso el pie en el primer escalón y se paró en seco. Del piso superior llegó una especie de quejido grave, una especie de gorgoteo. «Seguramente un criado que tiene malos sueños», murmuró sin soltar la barandilla. Pero sintió que sus cabellos se erizaban cuando el gemido se transformó en agudo grito.

    — ¡Al diablo la bodega! —gritó Bertie dando media vuelta y precipitándose hacia el piso de arriba.

    Seguido de cerca por Lewis, se dirigió hacia una puerta bajo la cual se filtraba una delgada raya luminosa... La abrió de un empujón y ante ellos apareció una sala pintada de blanco y absolutamente vacía, exceptuando una estrecha cama de hospital sobre la que Penny agitaba la cabeza de derecha a izquierda.

    — ¡Penny! —gritó Lewis corriendo hacia ella—. ¡Penny! ¿Te pasa algo? Penny...

    ¡Contéstame!

    —Si quieres saber mi opinión, esta jovencita delira —dijo Bertie colocándose al otro lado de la cama.
    — ¡O se encuentra bajo el efecto de alguna droga satánica! ¡Busca su ropa! Hay que sacarla de aquí.
    — ¿Y si está grave? Ten calma y reflexionemos.
    — ¡Busca su ropa te digo! ¡Y si no, déjalo! Vamos a envolverla en estas mantas. ¡Vaya! ¡Está atada a la cama! Sabe Dios a qué maniobras se habrá entregado ese puerco, pero le van a costar caras, dijo apretando las mandíbulas mientras se esforzaba en aflojar las correas. ¿Penny, me oyes? ¡Mírame!

    Los ojos de la muchacha se abrieron y de su boca salió un gemido infantil. En aquel momento la luz disminuyó perceptiblemente y Penny dijo con voz entrecortada:

    — ¡La Dama!... ¡La Dama llega!... ¡Lewis! ¡Escóndeme! ¡Me mira todo el tiempo! —No tengas miedo, Penny. No vas a estar aquí mucho tiempo.
    — ¡La Dama de blanco! Lewis, mira... ¡Cuidado! Ella... viene en cuanto se apaga la luz —repitió Penny llorando sobre la cama, mientras Bertie soltaba la última correa de sus tobillos.
    —No tengas miedo, Penny. Estamos contigo... Todo irá bien ahora.
    — ¡Lewis! Ahí... cerca de la puerta... cuando la luz se quede encendida fuera... Ella está ya fuera, dispuesta a mirar dentro. Es... es terrible...

    Con un sollozo desgarrador, la muchacha escondió la cara entre los brazos de Lewis. De repente se apagó la luz y la habitación se vio envuelta durante un par de segundos en una oscuridad total. Después se encendió otra luz detrás de una puerta, situada enfrente de la cama, y en ella se abrió lentamente una ventanilla parecida a las que existen en las cárceles.

    Lewis cubrió instintivamente la cara de Penny con la mano y Bertie, al ver que por el hueco aparecía un velo de enfermera, dejó escapar un grito. En ese mismo instante, los dos hombres pudieron ver bajo el velo, un cráneo sin nariz y casi sin carne, alrededor del cual se balanceaban dos extraños bucles negros. El ojo derecho del monstruo, un ojo sin párpado del que brotaba un hilo de sangre, los miró fijamente, y una peluda araña salió de la órbita sanguinolenta del izquierdo. También la araña pareció mirarlos; después descendió por los huesos de la mandíbula y desapareció tras la nuca.

    Sonó una detonación y Penny dio un nuevo grito de pánico. La cabeza pareció estallar en la ventanilla, con un ruido de cristales rotos, y se deshizo en mil pedazos.

    —Lo siento... No he podido impedirlo —dijo Bertie. De la automática que sostenía en la mano se elevaba un hilo de humo. Tras un ligero titubeo, añadió:
    —Ahora voy a marearme...
    —Sólo has matado a un robot, Bernie —dijo Lewis. Luego fue hasta la puerta y empujó la ventanilla, que se abrió bruscamente poniendo de manifiesto un armario con el mecanismo roto del monstruo y un raíl sobre el que éste se deslizaba al aumentar de intensidad la luz situada encima de él.
    —Ahora vámonos de aquí. Seguramente tendremos que abrirnos paso. Ten, coge la linterna para que yo pueda llevar a Penny.
    —Espera. Sube otro robot. —Muy bien.

    Envolvió a Penny en las mantas de la cama y la cogió en brazos. Después se colocó detrás de la puerta abierta.

    —Ponte al otro lado, pero dispara sólo en caso de necesidad.
    —Es un hombre de blanco —musitó Bertie, asomándose por el hueco de la escalera. Los pasos se acercaron rápidamente y en el quicio de la puerta apareció el conde de

    Saint-Germain, que murmuró un Nom de D... interrumpido a su mitad y entró en la habitación. Bertie, con un solo golpe de la culata del revólver, le dejó sin sentido.

    — ¡Lástima que no lo haya matado! Esto no era un robot —dijo Bertie inclinándose sobre el cuerpo desplomado del conde.
    —No te preocupes por eso. Empújalo debajo de la cama y vámonos sin perder más tiempo. Mira a ver si puedes cerrar la puerta con llave y pasa delante. Seguramente aún no ha acabado el baile.

    Llegaron sin dificultad a la planta baja. Todas las puertas estaban cerradas, pero prescindieron de ellas y saltaron al exterior por una de las ventanas del salón.

    —Tenemos que alcanzar la barca lo antes posible —dijo Bertie cuando llegaron al seto situado junto al taller del conde.
    —No, Bertie. Tengo una idea mejor. Vete tú solo haciendo todo el ruido que puedas, pero no te dejes atrapar. Atraviesa el lago, coge el coche y ven a recogernos aquí.
    — ¿Y cómo vas a franquear la verja con esa carga?
    —Observación improcedente, Bertie. Mira: la cancela de la casa de al lado está de par en par. Hasta pronto.

    Lewis atravesó el seto con Penny a cuestas y Bertie echó a correr a través del césped del conde. Apenas había desaparecido, cuando una silueta blanca, con una linterna en la mano, salió de la casa en su persecución.

    Lewis se vio obligado a subir ocho pisos para encontrar la habitación de Amélie y a golpear violentamente en su puerta para que la vieja criada se decidiera a abrir. Por fin lo hizo, con un paraguas en la mano a guisa de garrote, y se quedó contemplando a su señor, estupefacta.

    —Amélie, ¿podría venir al apartamento, si hace el favor? Hay un enfermo en mi cama. Bertie... quiero decir uno de mis amigos, ha salido en busca de un médico y necesitamos sus servicios.
    —Si el señor está borracho, a partir de este momento me considero despedida.
    —No, Amélie, no he bebido una sola gota, pero hay una chica muy enferma en mi cama...
    — ¡Señor! ¡Cómo se atreve...!
    — ¡No, Amélie, no! Una chica de costumbres respetables. Si usted se niega a venir, la dejará sin carabina.
    —Voy, señor. Voy inmediatamente, pero le prevengo de que si se trata de una mujer de mala vida...

    El doctor llegó al poco rato y fue introducido en la alcoba donde Amélie, como un general en el punto álgido de la batalla, se encontraba ya al frente de las operaciones. Bertie y Lewis esperaban fuera. El médico salió por fin, hablando con Amélie:

    —Café solo y muy cargado, en cantidades masivas... A la hora de desayunar estará de pie.
    — ¿Recuperada?
    —Sí. ¿Pero qué le ha ocurrido? Esa pobre chica estaba drogada.
    —Aún no lo sabemos —explicó Bertie acompañando al médico hasta el ascensor. Más tarde, al amanecer, Amélie informó a Lewis de que la «señorita» quería verle, pero le aconsejó que no la cansara demasiado. Dijo también que no escucharía la conversación, pero que se negaba a salir de la habitación mientras el señor estuviera en ella. Lewis consintió débilmente.
    — ¡Oh, Lewis! —dijo Penny, muy pálida pero extraordinariamente favorecida por uno de aquellos herméticos camisones de Amélie, cerrado alrededor del cuello, de las muñecas y seguramente, pensó Lewis, también de los tobillos—. ¿Qué me ha pasado? ¿Cómo he salido de aquella... aque...?
    —Ya es agua pasada, Penny. No pienses más en ello.
    — ¿Cuánto tiempo he estado...? ¿Has avisado a mis padres?
    —Sí. He telefoneado a tu padre y le he metido una trola de campeonato. Le he dicho que subiste a tomar una copa al yate de unos amigos, en el Sena, y que te llevaron a hacer un pequeño crucero hasta el Havre.
    —Pero Lewis... no conozco a nadie que...
    —También está arreglado, Penny. Un primo mío, casado, tiene un yate. Se fue de París anteayer. Pero he conseguido localizarle por teléfono y le he explicado que, para todos los efectos, tú te habías ido con ellos... Y como resbalaste sobre el puente y te caíste en un dock un poco sucio, enviaron a su chófer a tu casa en busca de ropa limpia... Estará aquí de un momento a otro.
    —Lewis, eres maravilloso.
    —También le he dicho a tu padre que volverías hoy o mañana. Lo harás en cuanto te sientas completamente bien. Amélie cuidará de ti (la aludida, aunque no había comprendido una sola palabra, hizo un gesto afirmativo con la cabeza). Y ahora, Penny, cuéntame lo que ha pasado.
    —No lo sé exactamente. Anteayer... ¿o ayer? Sí, debió ser ayer...
    —Era anteayer, Penny, pero da lo mismo. Sigue.
    —Anteayer, entonces, registré unas melodías, como de costumbre, y el conde ordenó que me sirvieran unas pastas y un vaso de vino... Ya te lo puedes suponer: me desperté atada a la cama y enferma. Él entró en la habitación y me dijo cosas que no escuché muy bien. En una visita posterior, me explicó que pronto sería un autómata, pero que necesitaba uno o dos días para prepararme... No estoy muy segura de todo esto, Lewis. Tal vez lo he soñado.
    —Intenta acordarte, Penny. De los sueños y de la realidad.
    —Seguramente dormí durante mucho tiempo y tuve infinidad de pesadillas. Había también una enfermera y yo soñaba continuamente que era un cadáver disfrazado...
    —Sí, ya lo sé. ¿Pero qué te dijo el conde de Saint-Germain? Por favor, Penny, haz todo lo posible por acordarte. Es importante.
    —Una de las veces, al verme despierta, me sonrió: dulcemente y me dijo que ya siempre sería feliz. También me habló de que no tendría necesidad de preocuparme nunca más de la comida ni de la ropa, y añadió que mi único placer sería tocar el piano. Pero todo esto no tiene ningún sentido...
    — ¡Ojalá no hubiera pasado! Reflexiona... ¿Te dijo algo con relación a... a Robert? —No. Creo que se refirió a otros robots. ¿Cuánto tiempo estuve así, Lewis?
    —Sólo dos días. Ahora tengo que salir, Penny. Prométeme que beberás mucho café. El doctor volverá en seguida a ver cómo va la cosa.
    —Lo intentaré. Y gracias... por lo que has hecho.

    Al entrar en el pequeño despacho que utilizaba como salón, Lewis encontró a su amigo tumbado en el diván, roncando a más y mejor.

    — ¡Vamos! —dijo sacudiéndole sin contemplaciones.
    — ¿Qué... qué hora es? —farfulló Bertie, incorporándose bruscamente y contemplando con expresión de horror una copia de Picasso, colgada en la pared de enfrente.
    —Vamos a hacerle otra visita a nuestro amigo de Enghien. O al menos voy a hacerlo yo, si tú no quieres acompañarme.
    — ¡Pero, Lewis! ¿No crees que sería mejor avisar a la policía y contárselo todo? No me gustan las emociones de este tipo.
    —Ponte los zapatos y reúnete conmigo en el sótano —dijo Lewis saliendo de la habitación con una sonrisa.

    Delante del chalet del conde de Saint-Germain había un grupo de gente y varios coches de bomberos. Pasaron lentamente ante él en coche y comprobaron que no quedaba gran cosa en pie. Aparcaron unos metros más allá y regresaron andando, pero al llegar a la verja fueron detenidos por un agente.

    —Ya ves... No se puede entrar —dijo Bertie cogiendo a su amigo de la manga—. Ahora, dime lo que quieres hacer en esas ruinas y tus deseos serán cumplidos.
    — ¿Cómo?
    —Déjalo de mi cuenta. ¿Qué quieres saber?
    — ¡Echar un vistazo a la bodega, naturalmente!
    —Muy bien. Conserva la cabeza en su sitio y no le quites ojo al viejo Bertie. Si queda alguna bodega, estaré dentro de ella antes de cinco minutos. Aguarda y verás.

    Rodeó la muchedumbre, se acercó al agente como si acabara de llegar y le dijo al oído: —Todo derecho, señor —contestó el representante de la autoridad llevándose la mano a la gorra.

    Bertie, con la sonrisa en los labios, se alejó hacia las ruinas humeantes del chalet. —Antes de nada, dime cómo te las has arreglado para entrar —preguntó Lewis diez minutos más tarde, ya instalado en el interior del coche.

    —No me costó ningún trabajo. Mi caradura, mi sombrero hongo, mi acento y las palabras mágicas «inspector de los Seguros Lloyds» son el sésamo que da acceso a todas las catástrofes, pequeñas o grandes, de este país.
    — ¿Qué había en la bodega?
    —Nada... salvo los restos retorcidos de una especie de mesa de operaciones, una tonelada de cristales rotos, hollín para parar un tren y cenizas.
    — ¿Y el taller?
    —No queda absolutamente nada. Otro montón de cenizas.
    — ¿Y nuestro amigo?
    —Los bomberos andaban buscándole, pero temo que no lo van a encontrar. Mi impresión es que ha visto venir las cosas mal, tú sabrás cuáles, pero no te las pregunto, le ha prendido fuego a todo antes de tomar las de Villadiego.
    —Seguramente tienes razón, Bertie. Pero aún queda otra cosa y voy a tenerla esta noche.
    — ¡Lewis, sé razonable una vez en tu vida!
    —El conde se olvidó de destruir su perro ladrador. Y yo voy a apropiármelo.
    —Pero, Lewis... Puedes tener con toda facilidad un verdadero perro, un perro de carne y hueso. La Sociedad...
    —El que yo quiero es ése.
    —Entonces ve a buscarlo solo. Estoy hasta la coronilla de este asunto.

    Pero cuando aquella noche detuvieron el coche cerca de los restos calcinados del chalet, Bertie seguía al lado de su amigo. No había nadie y los bomberos, al marcharse, se habían dejado la cancela abierta. El chucho era pequeño y no les costó ningún trabajo llevarlo hasta el portaequipajes del automóvil de Bertie.

    Algunos meses más tarde, cuando Penny y Lewis volvieron de su viaje de bodas, Bertie se reunió con ellos para cenar y, de repente, preguntó:

    — ¿Qué fue de aquel perro de cartón-piedra? ¿Conseguiste hacerlo ladrar? —No. Me libré de él... ¿Otra copa? —propuso Lewis frunciendo las cejas. —Está bien, máscara de hierro —dijo Bertie tendiéndole el vaso.

    Lewis, sin embargo, había dicho la verdad. El perro, efectivamente, ya no se encontraba en su poder, pero antes de tirarlo, lo había desmontado completamente. En su interior encontró un mecanismo análogo al que había visto en el cuerpo del jugador de ajedrez, con las mismas probetas llenas de un líquido verdoso. Una red de tubos más estrechos atravesaba dos pequeñas cajas metálicas, de las cuales salían treinta cables eléctricos. Abrió las cajas y en una de ellas descubrió una masa grisácea, viscosa y maloliente. En la otra había, al parecer, unos trozos de carne y de hueso colocados en una especie de marco. Tras cortar todos los contactos y desenchufar las conexiones, Lewis llevó ambas cajas a un médico amigo suyo, que examinó su contenido y dijo sonriendo:

    — ¿Te creías mezclado en una historia de crímenes, Lewis? Esto es el cerebro de un perro, o tal vez de un cordero, y si no me equivoco, en la otra caja hay una parte de la garganta de un animal. Mira, ahí tienes las cuerdas vocales.
    —Ya veo, gracias —replicó Lewis, sintiendo la acuciante necesidad de un trago.


    EL MILAGRO


    «Para Bernardette, esta historia que ya conocía.»


    EN ALGUNA PARTE, A LO LEJOS, el silbido de la locomotora desgarró la noche; un instante más tarde, el martilleo de las ruedas sobre el cambio de agujas de la estación puso fin al tac-tac elástico y rítmico de los raíles.

    Hundido en su rincón y con la frente apoyada en el cristal, el señor Jadant se esforzó vanamente en traspasar con la mirada el negro velo de la noche. Un segundo silbido, una curva y, mientras la fuerza centrífuga aplastaba la nariz del señor Jadant contra el vidrio, repentinamente iluminado, la pequeña estación surgió de improviso ante sus ojos. Un individuo provisto de un farol, un agrio tañido de campana y nuevamente la oscuridad de la noche, seguida por otro cambio de agujas, que sacudió brutalmente las caderas y las piernas de los soñolientos viajeros... Después, la subida silenciosa. ¡Sí, sin la menor duda, el vagón subía, subía...!

    — ¡Ya está aquí! —dijo el señor Jadant en voz alta, alzando las rodillas hasta la cara y apoyando en ellas la frente, con el tiempo justo para... salir despedido hacia delante como una bala de cañón.

    La chiquilla sentada frente a él, que no había sabido contener un estallido de risa cuando le vio ponerse las zapatillas y colocar los zapatos en la red portaequipajes, no se dio cuenta de nada y no tuvo reflejo alguno. El señor Jadant sintió que sus rodillas se hundían en el cuerpo pequeño y blando de la niña, mientras su calva cabeza se estrellaba dolorosamente contra la cara de la criatura, cuyos huesos crujieron con el mismo ruido seco de los bizcochos que un momento antes se había comido.

    Después de cada golpe, sin aflojar los dientes y permaneciendo siempre en aquella postura de pelota, el señor Jadant resoplaba y gruñía como un viejo boxeador. Y hubo centenares, millares de choques y sacudidas, que se sucedieron hasta la desesperación. Durante veintiséis años, el tiempo que llevaba de viajante (más de la mitad del cual había transcurrido en trenes), el señor Jadant había pensado infinidad de veces en aquel momento preciso. Durante veintiséis años había evitado cuidadosamente los vagones de cabeza y de cola, siempre los más peligrosos en caso de catástrofe. Durante veintiséis años lo había pensado, calculado y previsto todo. Y ésta era la razón de que al primer signo de alarma, como un soldado perfectamente adiestrado, hubiera levantado las piernas y hubiera adoptado aquella forma de bola, la mejor sin duda para salir bien librado del accidente. Pero lo que el señor Jadant no había previsto, era la duración. ¡Jamás hubiera creído que un maldito descarrilamiento podía durar tanto! Ni que todo fuera a suceder con tan escaso ruido. Se habían escuchado, desde luego, crujidos, golpes sordos, desgarrones, roturas de cristales y chasquidos de vigas, pero nada comparable, por ejemplo, al infernal estrépito con que suelen rodearse semejantes escenas en las pantallas de cine.

    Un nuevo golpe, seguido del rechinamiento ronco y desagradable de una plancha metálica; un haz de chispas y, bajo su codo izquierdo, bruscamente levantado, el señor Jadant sintió que una especie de abrasadora serpiente desgarraba sus ropas y le aplastaba las costillas. Una última serie de sacudidas, un lento balanceo y, por fin, la inmovilidad en medio de un extraño silencio.

    Muy cerca, procedente de un compartimento vecino, se elevó un vago cuchicheo, igual que cuando un tren se detiene durante la noche en pleno campo. Después se oyeron pasos apresurados a lo largo de la vía, un niño se puso a llorar y, casi al mismo tiempo, se oyó un grito femenino, un grito inhumano y monstruoso, como sólo puede darlo una mujer que acaba de descubrir la pérdida de sus piernas.

    El señor Jadant se hallaba sujeto a tantas y tan variadas presiones, que no conseguía hacerse una idea exacta de cuál era su posición en medio de los escombros. Ya no tenía forma de pelota: su brazo derecho estaba torcido bajo él, pero podía mover la mano en un espacio vacío y pensó que aquello era una buena señal. Su codo izquierdo se encontraba a la altura de la cabeza y con los dedos de la mano izquierda podía rozar un pie descalzo que parecía balancearse en el vacío. Un objeto irreconocible pero de singular dureza, le obligaba a mantener el cuello inclinado, aplastándole la cabeza contra el hombro derecho.

    Sin demasiadas dificultades, el señor Jadant consiguió llevarse la mano izquierda a la cabeza y, al tocar, comprobó que el objeto en cuestión era una enorme maleta. Le pareció que si se las arreglaba para empujarla un poco hacia la derecha, podría liberar el cuello. Lentamente, centímetro a centímetro, luchando contra toda clase de resistencias, el señor Jadant consiguió apartar la maleta, pero apenas había empezado a mover su dolorida cabeza, cuando una mole blanda, húmeda y caliente se abatió sobre ella. «Nom de Dieu!», gruñó mientras intentaba desembarazarse de aquel nuevo obstáculo. «Nom de Dieu!», repitió un momento más tarde, cuando sus dedos se hundieron en la masa viscosa de un cráneo aplastado.

    Por todas partes, en torno a él, se oían ya gentes removiéndose entre juramentos o quejas. La mujer del grito estaba ahora callada, pero algo más allá podían escucharse los infernales bramidos de un hombre.

    — ¡Las piernas!... ¡No siento las piernas! —balbuceó el señor Jadant, repentinamente enloquecido.

    Pero estaban allí, con él, extendidas, casi derechas. Las dobló dulcemente, con precaución, y después buscó un punto de apoyo que le sirviera para levantarse un poco y liberarse.

    Cuando, finalmente, lo encontró, oyó un grito bajo él.

    — ¡El pie! ¡Quite el pie! —dijo una voz femenina.
    — ¡No puedo, nom de Dieu! —respondió el señor Jadant, apoyándose con todas sus fuerzas en la mujer, que empezó a aullar. Pero en lugar de subir, como había esperado, el señor Jadant notó que se hundía un poco más en el cuerpo situado a sus pies.

    En aquel momento sonaron pasos en el sendero paralelo a la vía y el señor Jadant comenzó a pedir socorro sin darse cuenta de que otras muchas voces, en torno a él, lo pedían también.

    Hasta bastante tiempo después no percibió movimiento alguno sobre él. Debía haberse adormilado un poco o, en cualquier caso, tenía los ojos cerrados, porque la oscuridad anterior había sido sustituida por una especie de lívido resplandor, que surgía del hueco existente bajo su brazo y cuyo foco difusor permanecía fuera de su visión.

    — ¡Socorro! —gritó con una voz que ni él mismo reconocía.
    —Por aquí hay alguien vivo —dijo una voz muy cercana—. Me parece que está ahí. Páseme el gato.

    Varias personas se movían encima de él. —Es una niña..., pero está muerta.

    —Debajo... Hay un hombre... Puedo ver su brazo. ¡Con suavidad!

    De repente, la cegadora luz del día y una bocanada de aire frío espabilaron completamente al señor Jadant.

    — ¡Ánimo, que ya llegamos! —dijo un hombre inclinado sobre él, mientras otro levantaba una por una las maletas y, a continuación, el asiento destripado, bajo el cual apareció el individuo cuyo pie descalzo había tocado el señor Jadant, y que yacía inmóvil, con el cuello roto y la cabeza apoyada en la red portaequipajes, como en una cruz.

    Un tercer individuo, con la camisa manchada de sangre, se deslizó hasta el señor Jadant, tocándole el cuerpo con las manos.

    —Hay algo que le presiona... ¿Le hace daño? —No... No lo sé.
    —Páseme una jeringa —dijo el individuo en cuestión a alguien inclinado tras él. Después, dejando el brazo del señor Jadant al descubierto, le puso una inyección.
    —Ya no será largo... —añadió.
    — ¡Eso espero! ¡Me las pagarán! —gruñó el señor Jadant, que sentía unas repentinas ganas de vomitar.

    Durante bastante tiempo los hombres continuaron afanándose en torno a él, que aguardaba con los ojos cerrados, porque de esta forma sus náuseas eran menos apremiantes. A pesar de ello, pudo ver bajo sus pies, muy cerca, el chorro de fuego de un soplete.

    — ¡Con cuidado! —gimió el señor Jadant cuando finalmente, unas sólidas manos se deslizaron bajo sus axilas.
    —No, no tire. Hay un raíl que le ha atravesado la ropa bajo el brazo. Deme unas tijeras para cortar todo esto.

    El señor Jadant se sintió, por fin, izado a plena luz y transportado por dos docenas de manos hasta una camilla de hule, donde alguien vestido con una bata blanca le puso una nueva inyección antes de envolverlo en una enorme manta gris.

    Cuatro hombres levantaron las parihuelas con precaución y avanzaron entre dos hileras de cabezas inclinadas. Algunas torcían el gesto.

    —No, no es él —dijo una mujer al verle pasar. Y un momento más tarde, como si de repente se diera cuenta—: ¡Oh! ¡El pobre!

    «Debo tener un aspecto horrible», pensó el señor Jadant, que no se sabía teñido por la sangre de la chiquilla contra la que había sido proyectado.

    Por fin colocaron la camilla en la ambulancia, debajo de otra pesadamente cargada, de la cual se escurrían gotas de sangre. Se oyó el chasquido de la puerta, tosió el motor y, mientras la mujer de arriba gritaba a cada sacudida del coche, el señor Jadant se limitaba a repetir: « ¡Me las pagarán! ¡Todo esto les va a costar muy caro!».

    —No hay que llorar, señora, sobre todo delante de su marido —dijo la Hermana.
    — ¿Cómo está el pobrecillo? —preguntó la señora Jadant, jadeando y estirándose inútilmente la chaqueta de su traje sastre negro, que adivinaba completamente arrugado por el largo viaje nocturno.

    Cuando el tren llegó a la estación, apenas había luz. Con su pequeña maleta en la mano y tiritando tras el calor del compartimento, la señora Jadant atravesó las calles estrechas y todavía desiertas de la minúscula ciudad provinciana, deteniéndose en una sola ocasión para preguntar por el camino del hospital. Después, ante las cerradas y silenciosas puertas de éste, titubeó un instante; por fin, tras colocar su maleta en el porche para remeter debajo de su pequeño sombrero las largas mechas grises que asomaban por él, sacudió la gruesa empuñadura de cobre de la campanilla.

    —Está muy bien y lleno de ánimo. Sor Cécile la llevará a su lado, señora. Pero no podrá quedarse mucho tiempo, porque no es hora de visitas.
    —Sí, lo comprendo, hermana. ¿Podría ver al doctor hoy mismo?
    —Desde luego. Vuelva aquí y ya me cuidaré yo de presentárselo cuando venga para la consulta de las nueve.

    La señora Jadant vio desde lejos a su marido, instalado al fondo de una sala donde dos monjas distribuían las tazas de café colocadas sobre un carrito que avanzaba lentamente entre las camas.

    — ¡Mi pobre Louis! —dijo cuando llegaba junto a él, abriendo desmesuradamente los ojos al distinguir un rosario entre sus dedos, piadosamente cruzados sobre la blanca sábana.
    —Es la voluntad de Dios, querida —repuso el señor Jadant, mientras su mujer se inclinaba sobre él para besarle.

    Y, como la cara de Sor Cécile quedó momentáneamente oculta tras ella, subrayó sus palabras con un prolongado guiño.

    — ¿Te duele... mucho? —preguntó la señora Jadant, visiblemente desconcertada. —No... Es decir: ahora no. No siento nada, absolutamente nada en las piernas. Igual que si no las tuviera.
    — ¡Dios mío!... ¿Y cómo has llegado a eso?
    —No lo sé. Tenía un peso enorme en la espalda y estuve horas y horas aguantándolo en forma de arco para no aumentar los sufrimientos de una pobre mujer que estaba debajo y a la que la presión de los escombros hacía gritar incesantemente. Tal vez, como consecuencia, mi columna vertebral... En fin, sólo se trata de una suposición...
    —Es muy valiente y reza mucho. Un verdadero santo... —dijo Sor Cécile un poco más tarde, mientras conducía a la señora Jadant hacia la puerta de salida.
    — ¿Usted cree? —contestó ésta con aire preocupado, preguntándose si aquella parálisis de las piernas no se debería a un golpe en la cabeza.

    Sólo dos días después, coincidiendo con su última visita antes de volver a casa, la señora Jadant reunió suficiente valor para preguntar:

    — ¿Pero qué va a ser de nosotros, mi pobre Louis, si tu parálisis no tiene cura? —Dios proveerá, querida —respondió su marido, al ver que Sor Cécile se aproximaba por el corredor. Y después, bajando la voz—: Para empezar, está el seguro; y luego el ferrocarril, que también aflojará la mosca... Una parálisis de las dos piernas tiene su precio —añadió en tono aún más bajo, guiñándole un ojo a su mujer. Y al comprobar que Sor Cécile se inclinaba sobre la cama vecina, terminó en voz alta—: Con la ayuda de Dios, aprenderé en seguida otro oficio. Descuida, que alguna utilidad sabré encontrarle a mis diez dedos.
    — ¿Tú crees? —contestó la señora Jadant, acordándose del único cuadro que su marido había intentado colgar en su vida y cuyo cristal había roto al caérsele el martillo de las manos.

    La compañía de ferrocarriles hizo bien las cosas. No sólo el señor Jadant fue conducido hasta su casa en una ambulancia de lujo, sino que la semana anterior unos señores habían ido a medir la anchura del pasillo y la altura de los escalones de la cocina, para que los obreros pudieran transformar éstos, de acuerdo con sus datos, en un largo plano inclinado hasta el jardín. Finalmente, la víspera del gran día, una soberbia silla de ruedas completamente nueva, de esmalte negro con bordes dorados, asiento y respaldo de cuero amarillo, fue introducida en el domicilio de los Jadant con gran pompa. Los vecinos acudieron a admirar los diversos accesorios que la completaban: mesita inclinada para la lectura, gran mesa giratoria para la comida o el trabajo y, en una palabra, cuanto podía desearse para la comodidad y bienestar de un paralítico.

    Pero el asombro de los vecinos alcanzó su grado máximo cuando la ambulancia se detuvo ante la puerta de la casa y la señora Jadant salió de ella para recibir a su marido. En lugar del enfermo, del hombre pálido y desfallecido que esperaban, del despojo viviente al que los camilleros tendrían que transportar con especial dulzura, los inquilinos de las casas próximas vieron salir del coche a un señor Jadant fresco y sonriente, de mirada alegre, que se balanceaba muy erguido sobre unas magníficas muletas cromadas y que sólo aceptó ayuda para subir la gran escalinata central. Al pie de ella, dos enfermeros se hicieron cargo de las muletas y le llevaron en volandas hasta el interior de la casa.

    Por fin, el señor Jadant fue depositado en su espléndida silla de ruedas y los camilleros le dejaron dándose aires de superioridad en el centro de su nuevo cuarto, el saloncito de la planta baja, donde la señora Jadant había hecho instalar una cama, tras desembarazar la habitación de varios veladores, de tres sillas doradas y de la gigantesca planta que languidecía, aprisionada en su tiesto, al lado de la ventana. Sin la redonda mesa, escondida bajo el paño de terciopelo color de albaricoque, bordeado por una cinta dorada, que servía de soporte al inmenso costurero tapizado de conchas de caracoles sobre el que podía leerse «Recuerdo de Cabourg», la habitación resultaba casi confortable.

    Y fue allí donde los vecinos, una vez que la ambulancia partió, fueron introducidos, uno por uno o en pequeños grupos, para que estrecharan la mano del infortunado señor Jadant. Todos esperaban oír de su boca la descripción detallada de la catástrofe, de aquella terrible noche cuyos detalles conocían perfectamente a través de unos periódicos que habían conservado con singular celo (no todos los días se tiene la oportunidad de conocer a una víctima de carne y hueso); pero el señor Jadant se limitó a hablar, una y otra vez, de Dios, de su prodigiosa misericordia y de Su infinita bondad. Algunos vecinos, visiblemente molestos, no supieron qué decir y se limitaron a cambiar miradas de tapadillo con la señora Jadant; otros aprobaron con un suspiro o una inclinación de cabeza.

    —Está como una cabra —dijo el bodeguero, ya de regreso a su mostrador, llevándose el dedo índice a la sien.
    —Ese buen hombre ha tenido un pie en la tumba —puntualizó el carnicero. Y en cuanto le sirvieron su habitual vino blanco, añadió—: Hay que haber pasado por una cosa así para poder hablar como él lo hace.
    —Y ahora cierra las persianas y la verja del jardín. Quiero enseñarte una cosa —ordenó el señor Jadant a su mujer, cuando el último visitante desapareció.
    —Pero va a estropearse la comida, Louis... Te había hecho un pollo estupendo...
    —Haz lo que te digo —insistió el señor Jadant.
    —Como quieras —dijo ella encogiéndose de hombros y yendo a cerrar la verja. Cuando, después de echar las persianas y de correr cuidadosamente las cortinas de terciopelo verde ciruela, la señora Jadant se volvió hacia su marido... y le vio en pie, más derecho que un huso, al lado de su silla de ruedas, sólo pudo balbucir: «¡Eso era!».

    El señor Jadant, sonriendo ligeramente, con las manos en las caderas, la espalda recta y el estómago hundido, se elevó sobre la punta de sus pies y descendió lentamente, sin inclinar el busto y separando las rodillas.

    — ¿Qué te parece? —dijo, con la cara encendida, pero lleno de orgullo, tras una tercera y última flexión.
    — ¿Entonces te han curado?
    — ¡Pero querida, qué tonta eres a veces! Claro que no me han curado. Ya sabes que soy incurable. Tengo una doble rotura de... de no sé qué diablos. Todo viene explicado en el diagnóstico del profesor, del gran jefe como ellos le llamaban, que la compañía de ferrocarriles envió expresamente desde Burdeos. ¿Te das cuenta?
    —Pero, entonces... ¿te has curado tú solo?
    — ¿Yo? ¿Curarme solo? ¡De ningún modo! Ya te he dicho que soy incurable. Y lo seguiré siendo hasta que el ferrocarril me pague. Después, si me curo, será por obra y gracia del buen Dios. ¡Por una vez, servirá para algo!
    —Explícate, Louis. No te comprendo. ¿Qué quieres hacer? Tengo el presentimiento de que todo esto sólo nos va a traer complicaciones —dijo la señora Jadant, al borde del llanto.
    — ¡Las mujeres sois siempre igual! ¡No lloraste al verme paralítico y ahora, que sabes que no lo estoy, te pones a gimotear! ¿No comprendes que los he engañado a todos, a pesar de sus títulos? ¡A los médicos, a los profesores, a los expertos y al resto de la pandilla que se dedicó a mirarme, a apretarme, a palparme y a pincharme durante las veinticuatro horas del día! ¡He ganado, ya te lo he dicho! Sólo falta esperar que suelten la guita... y te aseguro que no tardarán mucho.

    Efectivamente, no tardaron. El señor Jadant rechazó varias veces la tentadora pensión mensual que le ofrecía la administración del ferrocarril. Parecía lógico que un hombre mutilado, incapaz de trabajar, prefiriera la seguridad de una suma periódica y fija, no muy alta sin duda, pero que al menos le garantizara el sustento. Sin embargo, el señor Jadant no cedió en este punto y sólo se avino a firmar el trato cuando le ofrecieron una cantidad global de cinco millones en pago de toda la deuda. Entonces movió la cabeza afirmativamente y al día siguiente se firmaba el acuerdo.

    —Ya lo has conseguido —dijo su mujer, contemplando el cheque que los representantes de la Compañía acababan de dejar sobre la mesa—. ¿Y qué piensas hacer ahora con ese dinero? No puedes tocarlo, porque en cuanto sepan que andas, te obligarán a devolverlo.
    — ¿Sí? ¿Tú crees? ¡Bueno, ya te convencerás! Con esos cinco millones, de entrada, voy a comprarme un coche.
    — ¿Para qué?
    —Para seguir con las representaciones, naturalmente. Se ha terminado eso de perder la vida en los trenes. Con un buen coche, podré ultimar muchos más tratos que antes. Soy muy conocido y...
    —Estás loco, Louis. Te quitarán el coche. ¡Y suerte tendrás si no te envían a la cárcel!
    — ¡No hables tan fuerte, nom d'un chien! Mira a ver quién acaba de llamar a la puerta del jardín —dijo el señor Jadant, sentándose en su silla de ruedas.
    —Es el cura...
    —Perfecto. Hazlo entrar. Espera: pásame antes el rosario. Está allí, en el bolsillo de la chaqueta. ¡Venga, vete a abrir ahora!

    El cura volvió a menudo. Sentía una sincera admiración por aquel hombre, cruelmente golpeado en la flor de su edad, que reencontraba a Dios y casi llegaba a agradecerle su parálisis. El cura se las había visto, a lo largo de su vida, con enfermos de todas clases; los había conocido lastimeros, tranquilos, resignados, Pero nunca tan alegres y aparentemente felices como el señor Jadant. Junto a él, en conversaciones salpicadas de risas, había estudiado las ocupaciones posibles para un hombre que ha perdido el uso de sus extremidades inferiores.

    Vivía en el pueblo una joven paralítica, que había comprado una máquina de tricotar y que hacía chalecos de punto, jerséis y chales. Poco a poco había conseguido hacerse una clientela entre las merceras del barrio. El cura, convencido de que la risa abierta del señor Jadant llenaría de ánimo a la pequeña Raymonde, propuso al antiguo viajante que fuera a visitarla. Ella también era valiente, pero con un valor excesivamente resignado; la muchacha carecía de aquel calor interno, de aquella ardiente confianza que brillaba en la mirada del señor Jadant.

    La primera salida de éste se vio rodeada de gran solemnidad. El cura vino a buscarle y empujó personalmente el hermoso sillón de ruedas, mientras la señora Jadant, vestida con su traje de chaqueta negro, caminaba a su lado. Por todas partes la gente se volvía al verlos pasar e incluso los jugadores de tute dejaron sus cartas sobre la mesa cuando la comitiva cruzó por delante del Casino.

    —Ya les había dicho que el pobre Jadant estaba completamente chalado —dijo el patrón golpeándose la frente con el dedo.
    —Ya hemos llegado. Es la casa de la esquina, aquella de allí abajo —dijo el sacerdote—. Y mire, ahí tenemos a la propia Raymonde, que nos espera detrás de su ventana.
    — ¿Cuál es?
    —La del primer piso... La primera a la izquierda, encima de la tienda de pinturas.

    El señor Jadant vio el rostro pálido y de niña triste de Raymonde y, con una ancha sonrisa, le dedicó un ampuloso sombrerazo.

    El sillón de ruedas se reveló excesivamente voluminoso para la estrecha escalera, pero el comerciante de pinturas se apresuró a traer una silla, y gracias a la colaboración de su dependiente y del propio cura, que resoplaba como una ballena, el señor Jadant fue finalmente depositado junto a la joven paralítica. Ésta contempló con una especie de pasmo la entrada en su habitación de aquel hombre, que hablaba en voz muy alta y que se reía de los esfuerzos de sus portadores, dándoles las gracias por todo.

    —No se da cuenta. Se diría que no sabe lo que esto significa —dijo dulcemente Raymonde tras la marcha, igualmente pintoresca, de su visitante.
    — ¡Pero es una locura, Louis! No vas a gastarte casi trescientos mil francos en una máquina de tricotar que nunca va a servirte para nada —dijo la señora Jadant después de cerrar herméticamente las persianas.

    El señor Jadant aguardó en silencio a que su mujer corriera las cortinas y luego, quitándose los zapatos nuevos —era preciso que las suelas se conservaran limpias y relucientes—, se enderezó sobre la punta de sus pies, se puso las manos en las caderas y llevó a cabo media docena de flexiones. Después se dedicó a saltar sin moverse del sitio, como había visto hacer a los boxeadores durante sus horas de entrenamiento. Necesitaba llevar a cabo operaciones de ese tipo porque se notaba excesivamente anquilosado.

    — ¿Vas a comprar de verdad esa máquina? —insistió su mujer.
    —Sí, e incluso voy a aprender a servirme de ella y a hacer chales que tú llevarás a una dirección que me ha dado la pequeña Raymonde. No hay que dejar nada al azar ni descuidar ningún detalle. No me gustaría que se les pasara por la cabeza la idea de recuperar este dinero.
    — ¿Pero hasta dónde pretendes llegar, Louis? ¿Vas a decírmelo de una vez?
    —En realidad, no hay motivo alguno para ocultártelo. Puedes hablar de ello por todas partes, con los vecinos, en las tiendas, como si se tratara de un proyecto más o menos vago para el porvenir. Sí, no estará de más que yo mismo parezca convencido de que la idea viene de ti.
    — ¿Pero qué idea?
    —Vamos a hacer, los dos juntos, un pequeño viaje o, más bien, una peregrinación. Saldremos en cuanto empiece el buen tiempo.
    — ¿Adónde quieres ir? ¿Crees que la gente no va a enterarse de dónde estás? —Claro que se enterará. No pienso hacer misterios. Iremos a Lourdes y lo proclamaremos a los cuatro vientos. Cuando lleguemos allí, sanaré. ¡Un milagro, querida!

    Bien abrigado y confortablemente sentado, sobre su silla de ruedas, en un soleado rincón del jardín del hotel de primera categoría donde se habían instalado la víspera, el señor Jadant se sentía contento. Le dolían algo los brazos, porque el día anterior y aquella misma mañana había considerado oportuno imitar a los fieles que oraban en la Gruta con los brazos en cruz. Y aunque él, naturalmente, lo hizo desde su cómodo sillón, el truco no por ello dejó de causar cierto efecto, puesto que un sacerdote vino a arrodillarse a su lado.

    Por enésima vez, el señor Jadant pasó revista a los acontecimientos de los últimos meses. A pesar de sus esfuerzos, no conseguía encontrar el menor fallo; nada, absolutamente nada, ni en sus palabras ni en sus actos, podía sembrar la sospecha de que su parálisis no fuera auténtica. La señora Jadant había hablado tanto de una peregrinación a Lourdes, que por fin el propio cura vino personalmente a pedirle que consintiera en ese viaje, aunque sólo lo hiciera por dar gusto a su mujer.

    —Si yo no me quejo de mi suerte, padre —respondió el señor Jadant, con los ojos clavados en su máquina de tricotar—. Dios lo ha querido así y ahora empiezo a ganarme un poco la vida gracias a esta máquina. La semana pasada vendí mis primeros chales. Este viaje sólo le traería una decepción a mi pobre mujer, porque no veo ni el motivo ni la posibilidad de un milagro en favor mío. No, no hay motivo alguno —añadió sonriendo.

    Pero el buen clérigo, sin dudar sobre la verdadera explicación de aquella sonrisa, se creyó obligado a protestar:

    — ¡Hijo mío, no tiene usted ningún derecho a hablar así!

    La víspera de su partida, el señor Jadant decidió, sin previo aviso, hacer una nueva visita a la muchacha Paralítica.

    —Rezaré también por usted y le traeré un poco de agua de la Gruta, señorita Raymonde —dijo en el momento de hacerse bajar hasta el entresuelo.
    —Gracias, señor Jadant. Yo también rezaré por usted. Precisamente ahora estoy ahorrando y espero nacer mi peregrinación a Lourdes de aquí a dos o tres años.
    — ¿Te das cuenta? —le había explicado luego a su mujer—. Cuando vuelva podré regalarle mi silla de ruedas, al fin y al cabo no me ha costado nada, y, de paso, le venderé la máquina de tricotar a buen precio para que me la pague poco a poco.

    El viaje pertenecía ya al pasado. No había sido empresa fácil meterle en el tren y, una vez en él, apenas había podido dormir por culpa de las piernas, pero después todo había marchado de maravilla. Dos camilleros tan benévolos como experimentados le habían sacado sin dificultad del compartimento, mientras su sillón de ruedas era extraído del furgón de equipajes.

    El número de peregrinos aún no era muy elevado. El señor Jadant prefería un pequeño milagro, tranquilo y casi solitario, en vez de protagonizar un gran prodigio en medio de una enorme peregrinación, donde se arriesgaba a las miradas impertinentes de los curiosos; de los periodistas e incluso de los fotógrafos. Por otra parte, había renunciado a la idea de dejarse «milagrear» durante la misa matinal, porque en ella también corría el peligro de llamar la atención más de la cuenta. El señor Jadant había leído que los sacerdotes de la Gruta se habían visto obligados en varias ocasiones a luchar con uñas y dientes contra las masas de fieles delirantes, que querían acercarse para ver y tocar al sujeto del milagro. No, era necesario que todo transcurriera de la forma más tranquila posible, aunque desde luego en presencia de varios testigos y de, por lo menos, un sacerdote. Las últimas horas de la mañana parecían las más indicadas, pero marcándose un compás de espera de uno o dos días. No tenía la menor prisa. La señora Jadant, por su parte, estaba cada vez más inquieta.

    Y el día elegido para la farsa intentó nuevamente disuadir a su marido.

    — ¿No crees que harías mejor en sanar después? Muchos sólo se curan al regresar a sus casas.
    — ¡No, no y no! Esto tiene que suceder sin trampa ni cartón. Es preciso un milagro, acaso incomprensible, pero de una evidencia tal que nadie pueda poner en duda. Vamos...

    Hace buen tiempo y, si no hay demasiada gente, en la Gruta va a producirse hoy una pequeña demostración de la misericordia divina.

    —Louis, tengo miedo...
    — ¡Ah, no! ¡No es el momento de eso! Por lo demás, tú no tienes que hacer nada y unas lagrimitas, incluso, no le extrañarán a nadie. Recuerda: yo no voy a levantarme y a caminar de primera intención. Si ves que nadie me mira en el momento de ponerme de pie, gritas un poco para llamar la atención. Después, déjame actuar a mí y no tengas miedo cuando me veas caer al suelo. Es lo lógico... Un paralítico beneficiado por un milagro no se va a poner a correr de golpe y porrazo. ¡Vamos!

    Temblorosa como una hoja, la señora Jadant empujó a su marido hasta la verja de la Gruta.

    —Ya está bien... Déjame...—cuchicheó él.

    La gente, alrededor de ellos, iba y venía. Otros rezaban; algunos, incluso, en voz alta. Sin ocuparse de nadie, el señor Jadant dijo y redijo su rosario; después oró largamente con los brazos en cruz.

    Todo sucedió exactamente como estaba previsto y siquiera la pálida y vacilante señora Jadant tuvo demasiado miedo al ver que su esposo se erguía lentamente, siempre con los brazos extendidos. Cuando se disponía a gritar, un soldado se volvió hacia ellos con la boca abierta.

    — ¡Puede andar! ¡Puede andar! —gritó una mujer arrodillada al darse cuenta de que el señor Jadant daba tres pasos titubeantes hacia la reja.
    — ¡Milagro! ¡Milagro! —vociferó al mismo tiempo una voz masculina, mientras un sacerdote se lanzaba hacia el señor Jadant, que acababa de derrumbarse ante la verja.
    — ¡Otra vez puedo andar! —tartamudeó éste, al ver que el soldado y el sacerdote hacían ademán de levantarlo—. ¡Déjenme, ya les he dicho que puedo andar!

    Y se derrumbó de nuevo.

    La señora Jadant no comprendió la terrible verdad hasta mucho más tarde, en la enfermería, cuando oyó jurar y blasfemar a su marido mientras un médico le examinaba.

    — ¡Rece! ¡Rece! —casi gritaba el sacerdote—. ¡No es posible que el milagro no se reproduzca!

    Impotente, el médico se encogió de hombros, mientras el señor Jadant, echando espumarajos por la boca y con la cara cubierta de lágrimas, repetía una y otra vez:

    — ¡Hagan cualquier cosa, nom de Dieu! ¡Les digo que podía andar!

    Fue un verdadero pingajo humano lo que los camilleros sacaron de la ambulancia que condujo al señor Jadant hasta su casa.

    Y mientras ayudaban a la señora Jadant a instalar de nuevo a su marido en el sillón de ruedas, al lado de su flamante máquina de tricotar, el cura llamaba a la puerta de Raymonde, que le había mandado avisar.

    —Hay algo que quiero decirle, padre —dijo la muchacha fijando en el sacerdote sus grandes y claros ojos.
    —Le escucho, hija mía —repuso el cura mientras acercaba una silla al viejo butacón donde estaba la enferma.
    —Sé que no va a creerme, pero escúcheme hasta el final, si no le sirve de molestia. —Le escucho, Raymonde.

    La aludida, mirando con fijeza sus pequeñas manos blancas, nerviosamente crispadas sobre la vieja manta que abrigaba sus piernas, contó entonces su historia.

    —La cosa pasó anteayer por la mañana. Yo estaba sola aquí; mamá había ido a hacer la compra. Acababa de terminar un chaleco y me dedicaba a soñar un poco, mirando a la gente pasar por la calle. De golpe, tuve la impresión de que la habitación se oscurecía detrás de mí y, cuando eché un vistazo por encima del hombro, sentí miedo, porque era verdad. Al fondo, junto a la cama y el armario, todo estaba negro. Y en aquel momento, en la esquina, pero a mayor altura que el techo, vi la figura luminosa de la Virgen. ¡Sí, no diga nada, sé que era ella! Me dijo algo muy extraño... Confieso que parece una tontería, pero así fue. Me dijo: «Raymonde, acabo de recuperar un par de piernas inútiles y te las traigo». Yo la miré sin abrir la boca y ella añadió: « ¡Vamos, levántate y anda!». Entonces, cuando iba hacia ella, desapareció sonriendo.
    — ¿Era un sueño?
    —No, padre. Mire. Es usted el primero en verlo —dijo Raymonde, apartando la vieja manta y levantándose poco a poco. Durante un segundo permaneció inmóvil; después rechazó con suavidad la mano extendida del sacerdote y dio lentamente, muy lentamente, la vuelta a la habitación.


    TIEMPO MUERTO


    «A la memoria de las futuras víctimas de la relatividad.»


    ¡SEÑORITA ALINE, SON LAS SEIS MENOS CUARTO!

    — ¿Cómo?... ¡Ah, sí! Gracias, doctor. ¿Todo va bien?

    El doctor Pierre Martinaud colgó el auricular, bostezó discretamente, se desperezó, se rascó la espesa y azulada barba, escudriñó su paquete de «Gauloises» y extrajo de él un último y ajado cigarrillo. En el lado opuesto de la habitación, una vaga luminosidad, filtrándose alrededor de las persianas, anunciaba la llegada del día. Los cuadrantes de la mesa de control emitían un resplandor verdoso. Todas las agujas blancas señalaban hacia la palabra «normal» y bastaba que una de ellas se alterara dos grados, para que su cuadrante pasara del verde al amarillo. Martinaud, sin embargo, las comprobó una vez más: pulso, temperatura del cuerpo, tensión, presión manual, reacciones visuales, presión del pie izquierdo y del pie derecho... Todo, efectivamente, iba bien.

    Había otros muchos cuadrantes, casi tantos como en el cockpit de un correo a reacción, pero era el ingeniero-jefe, sentado junto a él, quien los tenía a su cargo. Si uno solo de aquellos cuadrantes indicara más de diez, bastaría con apretar el botón correspondiente, que pondría en marcha una máquina o que haría funcionar otro instrumento. El joven médico se habría sentido mucho mejor si también él, como el ingeniero, hubiera tenido la posibilidad de corregir los eventuales desfallecimientos de los órganos de Yvon con la simple presión de un dedo.

    Dos días antes se había sobresaltado al ver, a través de los cristales de doble pared del cockpit experimental, que Yvon tenía los ojos semicerrados. Xavier Massel había respondido inmediatamente a su llamada.

    — ¡Profesor!... ¡Yvon Darnier se está durmiendo!
    — ¿Qué le hace pensar eso, doctor?
    —Sus ojos... Se cierran progresivamente, profesor. —Deme el pulso.
    —Setenta y uno. —La respiración...
    —Dieciséis.
    —La presión manual...
    —Normal... Un quilo trescientos gramos.
    —No está más dormido de lo que pueda estarlo usted, doctor... Y espero que no sea mucho... Darnier se limita a parpadear. Buenas noches.

    Martinaud pensó que era un imbécil. ¡Hubiera debido saberlo! Un hombre cuya circulación sanguínea marcha a una velocidad sesenta veces menor que la normal, parece a punto de dormirse cuando parpadea.

    Dentro de dos horas, Yvon Darnier recuperaría la normalidad, tras dos días y medio pasados en el cockpit experimental. O, lo que era lo mismo, sesenta horas, que para él sólo habrían durado sesenta minutos.

    Aline Barenne, pimpante y fresca en su uniforme azul y blanco, entró en la sala de control.

    —El pobre debe de estar muy fatigado —dijo echando una ojeada por encima del hombro de Martinaud.
    —A no ser que el profesor se haya equivocado en toda la línea, saldrá fresco como una rosa, después de estos tres días de test, que para él sólo habrán sido sesenta minutos...
    —Entonces... ¿Yvon es ahora dos días más joven? —preguntó la enfermera mientras abría un armario de metal, lleno de instrumentos quirúrgicos.
    —No... En realidad, no —dijo el ingeniero—. Nosotros tenemos tres días más e Yvon una hora más que cuando empezó el experimento.
    — ¿Y qué he dicho yo? —preguntó Aline alzándose ligeramente de hombros, sin abandonar la preparación de una jeringa hipodérmica, que después colocó sobre una bandeja—. ¿Qué sucedería si el profesor lo tuviera encerrado mucho tiempo?
    —Entonces nosotros envejeceríamos y él seguiría siendo joven —dijo Martinaud con una risita, alargando la mano para coger uno de los cigarrillos del ingeniero.
    —No puedo creerlo —dijo Aline—. ¿Qué hora es? Rompió una ampolla.
    —Las seis menos cuarto.
    —Hay que esperar a la llegada del profesor.
    —Dijo que estaría aquí a esa hora, pero ya lo conoce... Todo su trabajo se refiere al tiempo, la única cosa que jamás tiene en cuenta... —dijo Martinaud volviendo a sentarse ante sus cuadrantes—. Prepárelo todo. Yvon tiene que recibir su inyección a las seis en punto.
    — ¿Para qué sirve esta inyección? ¿Lo sabe usted? —preguntó Aline mientras llenaba la jeringa.
    —Para poner en marcha el proceso de aceleración que lo devolverá a la normalidad. ¿Dispuesta? Puede usted entrar; la presión atmosférica es igual allí que aquí.

    El ingeniero se levantó para hacer girar la gran rueda que cerraba herméticamente la puerta ovalada, en el otro extremo de la cabina experimental.

    —Gracias —dijo Aline pasando suavemente por la abertura, con la bandeja del instrumental posada en la mano.

    Yvon estaba sentado, sin hacer un solo gesto y sin apartar los ojos del gráfico situado frente a él. Su mano derecha apretaba la empuñadura de goma de la palanca de mando, pero su brazo izquierdo estaba colocado, con la mano vuelta hacia arriba, sobre un reclinatorio especial. Sobre el gráfico, en letras rojas, Aline leyó: «Minuto 57: tienda el brazo izquierdo para una inyección. No se inquiete si no siente el pinchazo o si tiene una visión turbia del doctor». Y debajo, en letras negras: «Minuto 58. Aún dos minutos. Estírese y afloje la tensión para preparar su regreso, pero mantenga cerca de la mano el bloc y la estilográfica por si fuera preciso tomar alguna nota.»

    El altavoz gruñó y Aline escuchó la voz de Martinaud:

    —Venga, póngale la inyección. El jefe viene ahora. Acabo de telefonear a su casa. Aline se inclinó sobre el brazo de Yvon, lo remangó y no pudo evitar un estremecimiento al percibir la frialdad de su piel. Con aparente tranquilidad profesional, frotó el lugar elegido para la inyección con un algodón empapado en alcohol y hundió hábilmente la aguja. Después subió el émbolo, para asegurarse de que todo estaba en orden y, tras ver la gota de sangre que coloreó el interior de la jeringa, hundió ésta un poco más e inyectó el líquido.

    Acababa de abandonar la cabina, y el ingeniero cerraba la puerta a sus espaldas, cuando Martinaud levantó los ojos y dio un grito. Yvon había abierto la boca y su rostro se congestionaba por momentos. Media docena de cuadrantes se llenaron al mismo tiempo de un resplandor amarillento y sus agujas se agitaron en todos los sentidos.

    —Regule los mandos para ritmo normal; creo que vuelve en sí —dijo el ingeniero contemplando la escena por encima del hombro del doctor.

    Martinaud pulsó unos cuantos botones y los cuadrantes recuperaron, uno a uno, la luz verde. Todos, menos dos, sobre los cuales se inclinó el doctor.

    —Temperatura del cuerpo, 50°56 centígrados, y pulso, 140 —exclamó levantando los ojos hacia Yvon, que se retorcía sobre su silla, con un poco de espuma en las comisuras de la boca—. ¡Pronto! ¡Una camilla! ¡Abra todo y sáquele de ahí! —ordenó secamente. Después conectó el altavoz de la cabina y dijo con voz suave, acercando mucho la boca al micrófono—: ¡Yvon! ¿Me oye? ¡Intente no moverse!

    Finalmente se precipitó hacia la puerta y ayudó al ingeniero a abrirla.

    — ¡De prisa, por los clavos de Cristo! ¡Está a punto de morir! —dijo con ira mal contenida.
    — ¡De prisa! —repitió Aline en un susurro, al ver la nube de vapor que parecía salir del cuerpo de Yvon.

    Los cuadrantes del tablero de control empezaron a indicar «Peligro» y Aline dio un grito cuando Yvon, un instante más tarde, se agitó como esos soufflés de queso que se deshinchan progresivamente.

    Martinaud y el ingeniero consiguieron abrir la puerta y se apartaron vacilantes al recibir la bocanada de aire a alta temperatura que salió por ella. Aline perdió el equilibrio y fue proyectada contra una camilla sujeta a la pared. Todos los cristales de la habitación temblaron.

    — ¿Dónde está usted, Yvon? —gritó el ingeniero, entrando en la cabina experimental. Y después, dirigiéndose a Aline que en aquel momento se levantaba de la camilla con lentitud, añadió—: ¿lo ha visto pasar?
    —No... no le he visto.
    —Ha tenido que salir por esa puerta —dijo Martinaud.

    Cogió el teléfono y apretó un botón rojo en el centro del tablero de control. Inmediatamente se encendieron luces por todas partes y el ruido penetrante de las sirenas resonó en el interior y exterior del edificio. Las puertas blindadas, que separaban el laboratorio de investigaciones de la central nuclear, se cerraron lentamente, mientras los vigilantes armados, los bomberos y las unidades encargadas de la descontaminación se ponían en estado de alarma. Martinaud, al cabo de un instante, apretó el botón situado bajo la inscripción de «Aviso colectivo». Su voz se oyó en todos los corredores, laboratorios, salas, vestuarios y despachos particulares: « ¡Llamada al subteniente Yvon Darnier para que regrese inmediatamente al laboratorio de investigaciones!» Toda persona que lo encuentre, debe conducirlo hasta aquí de grado o por fuerza. Se halla todavía bajo los efectos de una experiencia difícil y peligrosa. Acaba de abandonar el laboratorio y no puede haber ido muy lejos. Las patrullas comenzarán ahora mismo la búsqueda y vigilarán las salidas. Gracias.»

    El profesor Massel, que ya venía molesto por su retraso, encontró cerrada la verja de la entrada principal y se vio obligado a salir del coche y a telefonear a Martinaud para que le dejaran pasar. Cuando llegó al laboratorio y vio que el general Calovat, comandante en jefe y director general de la estación, recorría a grandes zancadas la sala de control, adivinó que algo grave había sucedido.

    — ¿También los animales acostumbran a huir después de sus experiencias, profesor? —dijo el general al verle.
    — ¿Qué ha pasado? —preguntó Massel dirigiéndose hacia el sitio donde Martinaud, sin preocuparse de la presencia del general, hurgaba en sus papeles.
    —Yvon Darnier ha desaparecido después de la inyección de las seis.
    —A partir de este momento —dijo el general viniendo hacia ellos— me hago cargo del mando aquí... Ustedes deben...
    —Y usted debe dejarme tranquilo para que pueda terminar mi experimento, si es que tiene algún interés en volver a ver a Yvon Darnier —contestó el profesor sin perder la calma. Se había vuelto hacia el general y se secaba cuidadosamente las gafas.
    —No antes de que usted me diga dónde está Darnier. Los hombres no son cobayas, profesor. Son...
    — ¡Cobayas humanos, cobayas voluntarios! Ahora salga y déjeme trabajar. En caso contrario, soy yo el que va a salir —dijo el diminuto profesor volviendo a ponerse las gafas.
    — ¡Está usted prevenido, Massel! Suya es la responsabilidad de lo que ocurra...
    —Haga escribir a máquina eso si le parece, y se lo firmaré con mucho gusto. Entretanto, soy yo quien manda aquí y quiero ser obedecido, mi general. Salga, por favor. Paso a paso, el general se dirigió hacia la puerta. Massel la cerró suavemente detrás de él y empezó nuevamente a secar las gafas.
    —Y ahora, doctor, explíqueme lo que ha pasado.
    —La... señorita Barenne acababa de ponerle al subteniente su... su primera...
    — ¿Funcionaban normalmente todos los aparatos registradores? ¿Las películas, los cilindros...?
    —Sí. Los resultados de las diferentes tomas de temperatura, pulso y reacciones generales se encuentran sobre mi mesa. En cuanto a las películas, naturalmente, será necesario revelarlas.
    —Bien. Perdone que le haya interrumpido y continúe, por favor.
    —Poco después, las reacciones de Darnier se hicieron héticas. Al comprobar que volvía en sí más de prisa de lo previsto, puse todos los aparatos a funcionamiento «normal». Pero esta situación no se mantuvo más de diez segundos. En seguida, los aparatos registraron una subida vertiginosa de la temperatura y un pulso desbocado. A través de la compuerta vi que Darnier empezaba a ahogarse y abrí la espita del oxígeno. Luego, mientras intentábamos abrir la puerta, Yvon se fue congestionando, pareció hincharse y... de repente todo se llenó de... de bruma.
    — ¿De bruma?
    —Sí. Es difícil de explicar. Yvon, entonces, se desdibujó... como una proyección mal enfocada. Cómo abandonó la cabina, es algo que no le puedo decir. Cuando conseguimos abrir la puerta, por ella salió un golpe de viento, un verdadero torbellino, pero ni el ingeniero ni yo vimos pasar a Yvon.
    — ¿Tampoco le vieron levantarse de su silla? —preguntó el profesor, mientras anotaba algunos datos de los aparatos registradores con un trozo de lápiz rojo que había sacado del bolsillo de su chaleco.
    —No.
    —Gracias, doctor. ¿Y usted, señorita? ¿Tampoco se dio cuenta de nada? —No, profesor. La versión del doctor Martinaud coincide con la mía.
    —A pesar de eso, me gustaría oír la suya también. ¿Cómo estaba el subteniente cuando entró usted en la cabina para ponerle la inyección?
    —No... no lo sé... ¡Oh, Yvon! ¿Qué me ha hecho usted darle para que huyera de esa forma? —dijo la muchacha estallando en sollozos.
    — ¡Señorita Barenne, por favor! —dijo secamente el doctor Martinaud. —No, no... déjela —intervino el profesor, dando suaves palmadas en el hombro de la enfermera—. ¡Ánimo! Intente decirnos lo que sepa... ¿Cuándo usted entró, por ejemplo, le tendió Yvon el brazo o no?
    —Sí.
    — ¿Estaba duro o blando? ¿Frío o caliente?
    —Frío, muy frío, pero duro... no, me parece que no. Le puse la inyección sin dificultad.
    — ¿No notó usted nada? ¿No hizo Yvon ningún gesto ni se movió durante la inyección o inmediatamente después?
    —No. Era como si el brazo perteneciera a una persona anestesiada.
    —Doctor Martinaud, por favor. ¿Qué temperatura señalaba el aparato registrador cuando le pusieron la inyección?
    —En el minuto 58, espere... Aquí está. 37'1° a velocidad lenta y temperatura real. Es decir, 1'2° a velocidad normal.
    —Perfecto. Su cuerpo debía hallarse justo por encima del punto de congelación. Martinaud descolgó el teléfono, que había empezado a sonar.
    —Sí, de acuerdo. Tráiganlos.
    — ¿A quiénes? —preguntó Aline.
    —Los vigilantes están seguros de que nadie ha franqueado la puerta principal y han pensado en utilizar dos perros policía —explicó Martinaud encendiendo un nuevo cigarrillo.

    Al poco rato, una furgoneta frenó en el exterior del edificio y un hombre, que sujetaba a dos enormes perros, saltó a tierra y entró en el laboratorio. Martinaud le condujo hasta la cabina experimental. Hicieron oler a los sabuesos la silla donde Darnier había pasado los dos últimos días. Los animales pegaron la nariz al suelo y empezaron a trazar círculos cada vez más grandes, desde la cabina hasta la sala de control. Uno de ellos se puso a husmear en la puerta. El otro alzó la cabeza y dio un penetrante aullido.

    —No lo comprendo —dijo el vigilante—. Es la primera vez que se portan así.
    — ¿No lo haría mejor el perro del subteniente? —sugirió Aline.
    — ¿Tenía un perro? ¿De qué raza? —preguntó el profesor muy de prisa.
    —Cocker. El subteniente me pidió que lo guardara y que me ocupara de él durante la experiencia. Está arriba, en mi habitación.
    —Es una idea excelente. ¿Quiere ir a buscarlo, señorita?

    Cuando la enfermera reapareció con el perro de Darnier sujeto por la correa, el profesor Massel, en mangas de camisa, preparaba una inyección.

    — ¡No!... Profesor, ¿no irá usted a...? Es el perro de Yvon y no puede... —dijo Aline con voz conmovida. Al hablar, intentaba mantener quieto al pequeño cocker de ojos oscuros, que saltaba continuamente en torno a ella. Tenía las patas cortas y la piel negra y sedosa.
    —Sé muy bien lo que piensa y lo que siente, señorita, pero, créame, tengo razones muy poderosas para hacer esto —dijo el profesor—. Entre todos los perros del mundo, no existe ninguno tan apropiado como éste para la experiencia que me propongo realizar.
    —Lo siento, profesor. El subteniente Darnier me confió su perro y no permitiré...
    —Hija mía, la vida del subteniente Darnier puede hallarse en peligro y, si queremos ayudarle, necesitamos saber, antes de nada, lo que le ha pasado... Por otra parte, hay nueve posibilidades sobre diez de que al perro no le ocurra nada malo... Pero mi mano tiembla y las venas de estos animales son bastante difíciles de encontrar.
    —Tal vez yo lo consiga —dijo el doctor Martinaud. Cogió al perro en brazos y lo colocó sobre una larga mesa esmaltada. El animal hizo desesperados esfuerzos para saltar a tierra, hasta que Aline le puso la mano en el cuello.
    —No te enfades, Jyp... Es para que encuentres a tu... ¿Pero no cree usted, profesor, que Jyp podría...?
    — ¡Por favor, señorita! Estamos perdiendo un tiempo mucho más precioso de lo que se imagina —dijo

    Cortó con cuidado un mechón de pelo en la pata del perro.

    —Con eso basta, gracias —dijo Martinaud, tanteando con la punta del dedo para encontrar la vena. Después le pidió a Aline que sujetara al perro, le estiró a éste la pata y clavó la aguja en ella. Jyp jadeó un poco, pero no se movió mientras Martinaud inyectaba el líquido preparado por el profesor.

    Permanecieron alrededor del perro, que se sentó sobre sus cuartos traseros y se rascó detrás de una de sus largas orejas. Después se levantó y se sacudió vigorosamente. Por fin empezó a ladrar. Aline, obedeciendo a una seña del profesor, soltó entonces al animal.

    — ¡Jyp no ladra como antes! ¡Parece un fox-terrier! ¡Oh, Jyp! ¡Mírenle!
    —Lo único que hace es dar vueltas detrás de su cola —dijo el ingeniero.
    — ¡No! ¡Miren! ¡Cuidado! —gritó Martinaud. Jyp parecía girar cada vez más de prisa...
    — ¡Jyp! —gritó Aline.

    Pero el perro se había convertido en una masa confusa, que pareció saltar bruscamente de la mesa y desaparecer. En el lugar que había ocupado hasta entonces, surgió una delgada columna de humo azul, como si proviniera de un cigarrillo, que empezó a ascender lentamente.

    — ¡Dios mío! Igual que pasó con Yvon —dijo Martinaud.
    —Y el mismo olor a quemado —añadió el ingeniero, mientras Aline se sentaba sollozando.

    Martinaud fue hasta la puerta y regresó sin prisa. Estaba seguro de que el perro no había tenido tiempo de abandonar la habitación antes... antes de algo que también le había sucedido al subteniente Yvon Darnier.

    El profesor, al ver que Aline se levantaba de su silla, se disponía a rogarle que siguiera en la habitación, cuando a sus espaldas se oyó una ensordecedora detonación y la muchacha cayó de bruces. Casi al mismo tiempo, alguien arrojó un revólver sobre la mesa esmaltada que el perro acababa de abandonar.

    Martinaud, reprimiendo un juramento, se precipitó a recoger a la enfermera, que estaba intentando levantarse.

    — ¿No está herida, Aline? ¿Qué significa esto, profesor? —gritó mientras palpaba los miembros de la muchacha para asegurarse de que ninguna bala los había alcanzado.
    —No soy yo el autor de ese disparo, sino su objeto... —dijo Xavier Massel secándose las gafas.
    —Profesor, yo no puedo afirmar que le haya visto disparar, pero no había nadie más cerca de usted —hizo notar el ingeniero en tono seco.
    — ¡Señores! Conserven la sangre fría, por favor. No me he vuelto loco y en mi vida he tenido un revólver en las manos. Estoy seguro, por otra parte, de que ninguno de ustedes se encontraba lo suficientemente cerca de mí para disparar. La enfermera, menos aún. ¿No comprenden que sólo existe una explicación posible?
    — ¿Qué explicación? ¿Acaso se trataba de un juego de manos para divertirnos? —dijo Martinaud.

    Después recogió la automática y extrajo delicadamente algo que sobresalía del cañón. Era un rollo de papel con los bordes carbonizados. Martinaud lo examinó un instante y después levantó los ojos.

    —No creo que haya aquí nadie capaz de gastar una broma de este género, pero les doy mi palabra de que si, efectivamente, se trata de una broma, su autor lo va a pagar caro — dijo con una voz extrañamente tranquila, mientras le tendía el papel al profesor, que lo leyó lentamente.
    — ¿Está usted seguro de que este mensaje se encontraba en el cañón del revólver? — preguntó doblándolo cuidadosamente y metiéndoselo en el bolsillo.
    — ¿No me ha visto usted sacarlo? —replicó Martinaud.
    — ¿Y no podía estar ahí en el momento de disparar?
    —Evidentemente, no. Por otra parte, estoy seguro de que tampoco estaba cuando el revólver cayó sobre la mesa.
    — ¿Reconoce usted la letra del subteniente Darnier? —Sí, aunque no comprendo nada.
    —Creo que yo puedo darle una explicación, doctor. Este papel fue metido en el cañón del revólver después del disparo, inmediatamente después... Puesto que ninguno de nosotros lo metió, algún otro tuvo que hacerlo.
    — ¿Pero quién? Es ridículo —gruñó el ingeniero.
    — ¿Quiere aclarárnoslo, profesor?... ¡Es una locura!
    —Tal vez, o por lo menos lo parece —dijo Xavier Massel secándose nuevamente las gafas—. En cualquier caso, tenemos muy poco tiempo para actuar.
    — ¿Qué podemos hacer?
    — ¿Se han vuelto locos los dos o soy yo el loco? —preguntó el ingeniero—. ¿Se dan cuenta de lo que dicen?
    —Sí. Hablamos de la desaparición del subteniente Darnier y de las posibilidades que tenemos de salvarlo. Ahora, si no les molesta, mantengan la calma y déjenme reflexionar.

    Varios minutos transcurrieron con desesperante lentitud. El profesor, que se secaba las gafas cada cierto tiempo, los consumió recorriendo una y otra vez la habitación bajo la mirada ansiosa de Martinaud. Aline estaba sentada y no había vuelto a moverse desde que el ingeniero, encogiéndose de hombros, se había inhibido del asunto.

    —Sólo queda una esperanza —dijo por fin Massel, sin interrumpir sus idas y venidas. Se detuvo ante Aline, que le miró con ojos espantados, y le preguntó:
    — ¿Cree usted que el subteniente Darnier sería capaz de ponerse a sí mismo una inyección intravenosa?
    —No lo sé. Me sorprendería bastante... ¿Por qué lo dice?
    —Existe una posibilidad muy débil de recuperarlo vivo, pero como no podemos llegar a él, sería necesario que se pusiera él mismo la inyección.
    —Creo que no le entiendo, profesor —dijo Martinaud con un gesto de cansancio.
    — ¿No? Pero es igual. Eso ahora carece de importancia. Señorita Barenne, ¿quiere preparar tres jeringas y poner en cada una de ellas tres centímetros cúbicos de la fórmula H/C?
    —Es la fórmula de hibernación consciente con la Que usted ha...
    — ¿Por qué no termina la frase, doctor? Con la que yo he matado a Darnier. Ya discutiremos eso más arde. Pero no tema. No la voy a utilizar sobre ninguna otra persona. De prisa, señorita. Temo… Sé que cada segundo cuenta —dijo el profesor, sentándose ante la mesa de Martinaud.

    Sacó una vieja estilográfica del bolsillo de la chaqueta, le quitó el capuchón y empezó a escribir. No le llevó mucho tiempo. Cuando Aline avanzó hacia él con una bandeja metálica, sobre la cual podían verse tres jeringas llenas de un líquido amarillento, ya había terminado.

    —Traiga aquí la camilla, señorita, y póngala cerca de la mesa —dijo cogiendo la bandeja con las manos.
    — ¿Qué va a hacer usted? ¿Otro disparo? —preguntó el ingeniero.

    Massel le indicó, con un gesto, que se apartara a un rincón, y se puso a esperar, reloj en mano.

    — ¿Qué es lo que ha escrito? ¿Una fórmula mágica?
    —Tenga un poco de paciencia —dijo Massel— Darnier regresará a nosotros, más o menos, del mismo modo que se fue... O, en caso contrario, sabremos con toda seguridad que no se puede hacer nada por él.
    —Creo que ya hemos esperado bastante —le interrumpió Martinaud.
    —Le pido cinco minutos más. Cinco insignificantes minutos. Si no me equivoco, eso equivale a un mes para Darnier. Tal vez haya ido a alguna parte, pero si no está aquí en el plazo de un mes, es que algo le ha sucedido. En ese caso encontraremos su cuerpo...

    Martinaud y Aline cambiaron una mirada y se volvieron hacia el ingeniero, que inclinó lentamente la cabeza y se tocó la sien con el dedo.

    — ¡Miren! —gritó Aline.
    — ¿El qué? ¿Está usted...?
    — ¡Miren! ¡Sólo queda una jeringa... y en estos momentos desaparece!

    La camilla, colocada al lado de la mesa, crujió. Todos permanecieron inmóviles, con los ojos clavados en una masa amorfa que apareció sobre ella y empezó a agitarse. Cada vez parecía ocupar un espacio mayor y adquirir una forma más definida.

    — ¡Dios mío! —dijo Aline con voz entrecortada, señalando hacia la camilla.

    Sobre ella acababa de aparecer el cuerpo semidesnudo y maltrecho de un hombre, que intentaba sentarse.

    —Parece cosa de brujería —dijo Martinaud—. ¿Quién es...?
    — ¡Silencio! —interrumpió el profesor en voz baja. Después dio un paso hacia delante y continuó—: Enfermera: llame a una ambulancia y avise a la enfermería de que les enviamos a un hombre con quemaduras graves. ¡De prisa, no pierda un segundo!
    — ¡Jyp! ¿Dónde está Jyp? —preguntó el hombre de la camilla.

    Aline, al reconocer la voz de Yvon, echó a correr.

    —Más tarde nos ocuparemos de eso, amigo mío —repuso el profesor Massel—. Antes tenemos que cuidarnos de usted. ¿Le duele mucho?
    —No. ¿Dónde... donde está Aline? ¡Buenos días, Martinaud! He... he escrito... un informe completo... Está sobre la mesa..., en la cabina experimental —dijo gimiendo y cayendo nuevamente desvanecido.

    Cuando el profesor y el doctor Martinaud volvieron de la enfermería, encontraron al ingeniero absorto en la lectura del informe de Yvon Darnier. Sin hacerle ninguna pregunta, se sentaron a su lado y se pusieron a leer.


    * * *

    Aunque sólo sea para demostrar que mi memoria está intacta, voy a empezar por el principio. Tengo la impresión de que todo esto ha sucedido hace años. Se trataba de una experiencia de «hibernación consciente», como diría el profesor Massel. Su droga fue empleada varias veces con éxito sobre distintos animales y parecía desprovista de contraindicaciones. Digo «parecía» porque los animales, aunque eran «disminuidos» alrededor de sesenta veces y daban la impresión de ser relativamente conscientes, no podían comunicarnos sus sensaciones; por lo demás, como estaba previsto, sus reflejos condicionados «disminuían» en la misma proporción. ¿Por qué me ofrecí voluntario para la primera experiencia a realizar sobre un sujeto humano? Simplemente porque yo era uno de los cinco primeros pilotos franceses que seguían un curso de entrenamiento con miras a un viaje a Marte; un viaje que debía durar muchos días y durante los cuales nos veríamos obligados a vivir con poco aire, poco espacio y poco alimento. Un estado de «hibernación consciente», o algo similar, parecía la mejor solución al problema.

    Una primera prueba, muy corta, de una hora de duración —que para mí supuso un solo minuto o, todo lo más, dos—, constituyó un éxito rotundo. Y cuando el profesor Massel anunció que la experiencia siguiente duraría sesenta horas —es decir, una para el sujeto—, volví a ofrecerme voluntario.

    En la cabina se habían instalado los mandos ordinarios de un avión. Para comprobar mis reacciones y reflejos, me dieron un mapa y una ruta que debía seguir en P.S.V.2.

    Cuando el doctor Martinaud terminó de aplicar instrumentos de control a diversas partes de mi cuerpo, me puse el traje de vuelo y entré en la cabina, seguido por el profesor Massel y por Aline.

    —No se inquiete si no ve demasiado bien a Martinaud a través del cristal de la escotilla. Piense que él vivirá sesenta horas mientras usted vive una.
    —El doctor es una persona tan lenta, que seguramente lo veré —contesté yo riendo, mientras Aline bajaba la cremallera de mi manga y me preparaba el brazo para la inyección.
    — ¿Todo dispuesto? Entonces buena suerte, subteniente. No se olvide del bloc que tiene sobre las rodillas ni de la pluma estilográfica, y procure anotar todas sus reacciones, ideas, sentimientos, etc...
    —Cuente conmigo, profesor. Haré cuanto esté en mi mano.

    Aline apretó el tubo de caucho alrededor de mi brazo, hundió en mi vena la brillante aguja de una jeringa, la empujó, aflojó después el tubo y, a un signo del profesor, inyectó lentamente un líquido de color ambarino.

    —Buena suerte, Yvon. Estaré allí todo el tiempo... —murmuró Aline.
    —No haga tonterías. La cosa, para usted, va a durar sesenta horas. Si no me promete que descansará todo lo necesario, anularé la experiencia.
    —Demasiado tarde —dijo Aline con una sonrisa, enrojeciendo al ver que el profesor Massel daba un paso hacia atrás con la intención de escuchar mis palabras.

    Un segundo más tarde, el vértigo me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, Aline ya no estaba allí y sólo tuve, a través de la ventana de la cabina, una confusa visión de Martinaud. Le hice una mueca y una señal con la mano, y a continuación cogí los mandos y comencé a seguir mi itinerario de ciego. Rápidamente, la normalidad volvió a mí. La borrosa imagen que me llegaba de la gente a través de la escotilla, era, desde luego, molesta, pero ya estaba prevenido contra ella. Tardé menos de una hora en «robar» cincuenta y cuatro minutos, según el cronómetro de la cabina. La ruta que debía seguir era fácil y creo, a la luz de mis escasos conocimientos, que reaccioné normalmente a los incidentes del vuelo provocados desde fuera. Una o dos veces pregunté si todo se desarrollaba conforme a lo previsto, pero no recibí respuesta alguna. Pensando que no me oían por alguna razón técnica, cogí el bloc y anoté el incidente. Debieron enterarse de mi pregunta por la cámara de televisión instalada sobre mi cabeza, porque cuando arranqué la hoja para apoyarla contra el cristal, descubrí una nota pegada al otro lado, que decía:

    « ¡Comprendido! Le quedan veintiocho horas, es decir, veintiocho minutos. Buena suerte.»

    Siguiendo las instrucciones del gráfico colocado junto a los mandos, al cumplirse los 57 minutos y 30 segundos de vuelo, me desabroché la manga izquierda y extendí el brazo para recibir la inyección que debía devolverme al tiempo terrestre. Al cabo de unos instantes, percibí una violenta corriente de aire, pero no pude ver a Aline ni sentí él pinchazo. Tuve, sin embargo, clara conciencia de la jeringa y de las manos de Aline. Después de la inyección, el vértigo se apoderó nuevamente de mí y, durante un segundo, me tendí, oprimido con la extraña sensación de que me estaban catapultando. Noté perfectamente la aceleración de la sangre y un desagradable hormiguillo en la nariz, que me obligó a apretar las mandíbulas para no perder el sentido. Oía ruidos sordos en el interior de la cabeza y desde alguna parte llegó hasta mí una especie de cacareo agudo... parecido a una lección de chino registrada en una cinta magnetofónica y reproducida al revés. Esta comparación me hizo reír débilmente.

    Por fin di un largo suspiro, eché una ojeada alrededor y me sentí nuevamente bien. A través de la ventana, pude ver al doctor Martinaud. En su mirada brillaba una extraña fijeza. Debía estar borracho de cansancio. Le hice una seña, que no me devolvió, y cuando hablé sobre el teléfono interior, tampoco recibí respuesta. Entonces me acordé de que el sistema de comunicación estaba estropeado. Hice un gesto de burla con el dedo pulgar sobre la nariz, me levanté y en ese momento invadió la cabina una ola de calor. Me hubiera creído en pleno verano. « ¡Vaya! También el sistema de aire acondicionado tiene avería», me dije mientras intentaba alcanzar la puerta. Me costó bastante trabajo abrirla, pero finalmente, apoyando los pies en la pared, lo conseguí. Al franquearla, me di de bruces contra una capa de aire caliente, tan caliente que la nariz, la garganta y los pulmones empezaron a dolerme. Convencido de que aquel aumento de temperatura se debía a un accidente, tal vez a un incendio, miré alrededor de mí. Las lámparas emitían destellos rojos, pero todo estaba silencioso, incluso demasiado silencioso... ¡Entonces los vi!

    Aún tardé algún tiempo en comprender que todos habían fallecido al mismo tiempo, en pleno trabajo, sorprendidos en sus pensamientos y actitudes más familiares. Tal vez había estallado una nueva bomba atómica, una bomba de potencia gigantesca, cuyo calor aún era perceptible. Sí, la explosión de una bomba, evidentemente, podía explicar la elevada temperatura, el insólito espesor del aire y el inmenso trabajo que me costaba respirar. La cabina experimental me había protegido de aquel rayo paralizante, pero mi muerte, de todos modos, no podía tardar. Antes, sin embargo, me propuse encontrar a Aline. No tuve que ir muy lejos. Estaba de pie en la puerta de la enfermería, con la boca entreabierta. Al parecer, la petrificación la había pillado hablando. No cabía la menor duda. Mi hipótesis era acertada. Alguien había hecho estallar una nueva bomba, que mataba en una fracción de segundo, tal vez en una milésima. Me pregunté cuál sería su radio de destrucción y cuánto tiempo transcurriría antes de la llegada de las tropas invasoras, de algún superviviente o de los grupos de descontaminación. Por mi parte, debía continuar vivo el mayor tiempo posible y anotar todos los datos que consiguiera recoger.

    Lo más aconsejable era no tocar nada, pero no podía dejar a Aline en aquella posición. Parecía una estatua y cuando un instante más tarde la cogí en brazos para transportarla hasta la camilla más próxima, me dio la impresión de estar completamente acartonada. Su expresión y su boca entreabierta le daban un aspecto extraño, pero tan vivo, al mismo tiempo, que le tomé el pulso y le desgarré la blusa para aplicar el oído a su pecho. Sin embargo, no quedaba la menor esperanza: el corazón había dejado de funcionar.

    Le quité de las manos una toalla, que sujetaba fuertemente, y la anudé alrededor de mi cara. Gracias a eso pude respirar con más facilidad. A las otras personas no les toqué. En seguida me di cuenta de que los objetos quemaban, pero también de que tomando la precaución de manejarlos con lentitud, su calor resultaba tolerable. El pensamiento de que todo aquello podía deberse a un simple accidente del laboratorio y de que tal vez la vida continuara en el exterior, me llevó hasta la puerta. La abrí con alguna dificultad y durante un buen rato me quedé contemplando estúpidamente a uno de los vigilantes del Centro de Investigaciones, al que la muerte había sorprendido sobre su bicicleta, cuando se disponía a doblar la esquina de la avenida que conduce al laboratorio del profesor Massel. Pero mi asombro sobrepasó todos los límites cuando comprobé que estaba inclinado hacia la izquierda y que, a pesar de su inmovilidad, no se había caído. En aquel momento me puse a reír como un imbécil, acordándome de una historia de ciencia-ficción leída en mi infancia, en la cual un grupo de exploradores descubría un planeta tan frío, que todas las fuerzas, sin excluir la de la gravedad, estaban congeladas.

    Me senté y me sequé el sudor de la frente. Me ardían la nariz y los ojos, y tenía la lengua estropajosa. ¿Por qué razón yo había salido ileso? ¿Se debía todo aquello a la explosión de un arma nueva, a un accidente imprevisible o a una calamidad universal? ¿Descubriría alguna vez lo que había pasado? La sed me devoraba y regresé al laboratorio. Busqué una taza y la puse debajo de un grifo, pero no sucedió nada. ¡Al parecer, tampoco había agua! Tal vez fuera mejor así... La idea de arrastrarme durante horas, días o incluso semanas, a través de aquel mundo muerto, me daba náuseas. ¿Existía alguna posibilidad científica de que el universo se hubiera detenido bruscamente? Pero, suponiendo que fuera así, ¿no habrían sido proyectados los seres vivos al espacio por una fuerza desconocida, en lugar de quedar petrificados para toda la eternidad? La primera hipótesis me parecía infinitamente más probable. En cualquier caso, el problema seguía en pie: si se había producido una calamidad de proporciones tan gigantescas, ¿cómo diablos me había librado yo solo de la destrucción? ¿O acaso existían otros compañeros de infortunio?

    Dirigiendo una última mirada a la taza vacía, cerré el grifo y en ese momento vi el agua, que brillaba y parecía flotar en el aire. ¡El agua! ¡Salía poco a poco del grifo bajo forma sólida! La toqué con prudencia. ¡Estaba fresca, maravillosamente fresca! Encogiéndome de hombros ante la idea de que probablemente se trataba de una sustancia fuertemente radioactiva y peligrosa, me incliné y la emprendí a dentelladas con ella... ¡Con aquel agua que pendía del grifo como una varilla de cristal en trance de solidificación! Y al entrar en contacto con el calor de mi boca, se licuaba. Tras saciar de tan extraña forma mi sed, reflexioné sobre la conducta a seguir. Si existían otras personas en mi caso, no debía retrasar mi toma de contacto con ellas y, por lo demás, tampoco podía retrasar la redacción de un informe completo para provecho de esos mismos hipotéticos supervivientes o... de los invasores, alternativa que seguramente jamás llegaría a dilucidar. Salí afuera. El ciclista continuaba allí, milagrosamente inclinado sin caer al suelo. Poco a poco, porque el aire era tan espeso que me veía obligado a desplazarme como un buzo debajo del agua, me dirigí hacia la verja de la entrada principal. Estaba abierta de par en par y un coche se disponía a atravesarla. En el asiento de atrás reconocí al profesor Massel, sorprendido por la petrificación cuando, inclinado hacia delante, encendía un cigarrillo con el mechero. Avancé hacia el automóvil y abrí la portezuela con precaución. Estupefacto, comprobé que la llama del encendedor también estaba petrificada. Su inmovilidad me recordó la de las velas eléctricas de los árboles de Navidad... La toqué con la punta del dedo y no pude evitar un grito de dolor: ¡me había quemado! Algunos cuerpos, por lo tanto, conservaban sus propiedades. El agua, aunque solidificada, servía para apagar la sed, y el fuego continuaba quemando. Pero aun debía hacer un gran número de descubrimientos, antes de encontrarme cara a cara con la aterradora verdad...

    Rodeé los edificios para llegar a la estación de aparcamiento. Allí todo parecía intacto. Me instalé en mi pequeño Simca y di un suspiro de alivio al ver que las luces se encendían al dar al contacto. Pero cuando tiré de la puesta en marcha, no se produjo el menor ruido. Cubierto de sudor, me apeé y comencé a andar hacia la casa del portero, hasta que la imagen de una niña, petrificada cuando saltaba, me hizo pararme en seco. A juzgar por los pliegues de su falda, acababa de darse la vuelta para seguir corriendo. Entonces, levantando los ojos, descubrí su pelota, una pelota de colores, que flotaba en el aire a dos metros de su dueña y que, sin duda, acababa de rebotar contra la pared. La cogí y noté su peso, pero cuando la alcé, no percibí resistencia alguna. La impulsé suavemente hacia delante y vi con asombro que se detenía en el aire.

    « ¡Es imposible!», pensé mirando otra vez hacia la niña muerta... Sus ojos permanecían clavados en el lugar donde un momento antes se encontraba la pelota. Preguntándome si aquellas nuevas leyes de la naturaleza tendrían validez también para mí, me llevé febrilmente la mano al bolsillo, saqué un puñado de monedas y las tiré al aire. Se separaron y permanecieron así, suspendidas a la altura de mi cabeza. Furioso, las fui cogiendo una a una y descubrí que quemaban.

    Entonces consulté mi reloj de pulsera, que me había distraído bastante durante aquella dichosa «hibernación consciente», a la cual, por lo menos momentáneamente, debía la vida. Mientras estuve dentro de la cabina, la aguja del segundero tardaba un segundo en dar la vuelta a su esfera y la del minutero, un minuto, en darla a la suya. En aquel momento, sin embargo, el reloj estaba parado a las seis y dos minutos. ¿Se habría producido la catástrofe a aquella hora? Tal vez por sólo dos minutos de diferencia — que equivalían a dos horas de tiempo real— yo no había sido petrificado como todos esos seres, antaño vivos, que ahora me rodeaban, y como, presumiblemente, el resto de la creación.

    Vi una bicicleta apoyada contra la pared. Parecía en buen uso, pero cuando empecé a pedalear camino de París, me dio la impresión de estar oxidada. Pasé junto a una vaca petrificada y después junto a un coche al que, evidentemente, la catástrofe había pillado en plena marcha. Los gases de su tubo de escape estaban suspendidos en el aire como si fueran vilanos. Finalmente llegué a la carretera principal, sobre la cual había una docena larga de coches inmovilizados de la misma forma. Los cadáveres de sus ocupantes tenían posturas muy variadas, pero en ningún rostro se reflejaba sorpresa. Todos los indicios parecían demostrar que el desastre se había producido instantáneamente.

    No hay mucha distancia desde el Centro de Investigaciones al Puente de Sévres y a la avenida que conduce a la Puerta de Saint-Cloud. Yo, yendo en bicicleta, hubiera cubierto normalmente esa distancia en diez o doce minutos, pero el aire era tan cálido y denso, que me veía obligado a avanzar con mucha lentitud... Incluso tuve que pedalear cuando descendía por la inclinada pendiente del Sena. Y, casi al final de la cuesta, uno de los neumáticos estalló y la bicicleta hizo algunos zigzags. A pesar de ello, pude echar pie a tierra sin el menor esfuerzo y casi «al ralentí», como suele suceder en los sueños. El neumático había desaparecido casi por completo; se había desvanecido en el aire, por efecto de una extraña ebullición.

    En las proximidades del puente, descubrí un autobús lleno de obreros, al que la petrificación había sorprendido en el momento de separarse de la acera. La flecha móvil situada a la izquierda del conductor estaba levantada y, aunque inmóvil, la luz anaranjada de su interior continuaba encendida. Lo cual parecía indicar que por lo menos la electricidad se había salvado de la quema.

    En un mundo donde todo, excepto la luz, estaba paralizado.

    Crucé a pie el Puente de Sévres y pasé por delante de uno de los accesos de la Fábrica Renault. Tuve que abrirme paso a través de un camino donde centenares de obreros habían muerto cuando se dirigían a su trabajo. Imaginé, con un estremecimiento de horror, el apocalíptico espectáculo que ofrecería ese lugar al cabo de unos días, cuando todos aquellos cuerpos empezaran a pudrirse y millones, acaso miles de millones, de moscas empezaran a zumbar en torno a ellos. ¿Pero acaso se habían librado las moscas de la petrificación? Hasta el momento no había visto ninguna.

    El Sena, estático, parecía una inmensa superficie de cristal esmerilado, y el humo que salía de las grandes fábricas daba la impresión de estar tallado en tiza. Con o sin moscas, el sol matinal que se alzaba sobre París, proyectando gigantescas sombras y dando a los muertos una apariencia aún más espantosa, no tardaría en provocar la putrefacción, a menos que... ¡a menos que también el sol se hubiera inmovilizado!

    Descubrí otra bicicleta apoyada contra un árbol y me apoderé de ella, tras echar una mirada alrededor, como si fuera un ladrón. Después me alejé, siempre a través de aquel aire cálido y pastoso, en dirección a la Puerta de Saint-Cloud. Creía que, de haber supervivientes, sería más fácil dar con ellos en París que en el campo. Me costó bastante trabajo abrirme paso a través de la circulación paralizada, pero encontré un ligero consuelo: aunque no existía nadie para manejar las luces del tráfico, éstas seguían siendo rojas, verdes o anaranjadas. En alguna parte, por lo tanto, tenían que continuar girando las turbinas. Era preciso localizar el emplazamiento de las centrales eléctricas en la región parisina. Continué pedaleando laboriosamente y me sobresalté al ver escrita la palabra «Teléfono» en el saledizo de un café. El corazón me latía apresuradamente ante la simple idea de poder hablar con alguien. Salté de la bicicleta, rodeé delicadamente a un risueño anciano, petrificado al echar en el buzón una carta que no llegaría a ninguna parte, y penetre en el interior del café. Al lado del mostrador había una muchacha bastante guapa, fulminada cuando se disponía a mojar un croissant en una enorme taza de café, cuya sola visión me abrió el apetito... Naturalmente, estaría frío... A pesar de ello, diciéndome que su dueña jamás volvería a tener necesidad de él, me lleve la taza a los labios y la dejé instantáneamente sobre el mostrador con un juramento. ¡El café estaba aún hirviendo! El camarero, en el otro extremo del mostrador, acababa de servir un vaso de vino tinto. Me lo bebí o, más bien, lo mastiqué... Dentro de la boca, como había sucedido con el agua, se licuó y me dio la impresión de ser Beaujolais. Cogí un sandwich y fui hacia la cabina telefónica. Ya en su interior, descolgué el aparato y lo acerqué al oído. No percibí el característico zumbido. La línea estaba sin vida. Intenté marcar, a pesar de todo, el número 17, que era el de la Policía. No lo conseguí. Después de marcar el 1, el disco giratorio se quedó quieto, sin regresar a su posición normal.

    Sin dejar de masticar el sandwich, regresé a la calle, sumergida en un silencio absoluto, y empecé a gritar en todas direcciones. Pero los gritos salían apagados de la garganta, como si me rodeara un universo de algodón. Me miré las manos e intenté dar palmadas. Inútilmente también. Hasta mis oídos sólo llegó una especie de explosión ahogada, algo así como un suspiro. Seguramente había aumentado la densidad de la atmósfera o cambiado la presión, y los sonidos ya no se propagaban según la misma longitud de onda. Cerca de mí había una llamada de incendios, una de esas cajas recias y pintadas de color rojo que tanto abundan en París. Rompí el cristal con el codo y aparté con el reverso del brazo los trozos de vidrio suspendidos en el aire.

    — ¿Oiga? ¿Hay alguien por ahí? —vociferé ante la abertura cuadrangular: Dominando el pánico y las ganas de gritar, me esforcé en utilizar la cabeza. ¿Cuánto tiempo sería capaz de vivir en semejantes condiciones? No tenía la menor idea, pero suponía que la putrefacción de miles de cadáveres alrededor mío me llevaría antes o después al suicidio, si es que para entonces aún no había muerto. De todos modos, me sentía moralmente obligado a escribir un informe lo más minucioso posible de mi aventura. No me costaría mucho trabajo encontrar un escondite seguro, donde los sabios pudieran descubrirlo algún día. ¿Y qué debería incluir en ese informe? El hecho de que se había producido el fin del mundo, resultaba una verdad de Perogrullo. Finalmente, llegué a la conclusión de que sólo poseía dos datos de verdadero interés científico: la electricidad continuaba llegando a la ciudad (lo cual parecía indicar que las fuentes de energía seguían funcionando en alguna parte) y el sonido, aunque profundamente transformado, se propagaba aún a través de la atmósfera.

    Recuperé la bicicleta y la solté con un nuevo juramentó. ¡El manillar estaba ardiendo y los neumáticos habían vuelto a reventar! Al otro lado de la calle había un comercio de bicicletas. Cogí una silla metálica en la terraza del café y me serví de ella para romper el cristal del escaparate, porque la tienda estaba cerrada. Después de apartar con cuidado las esquirlas de cristal que se habían quedado flotando en el aire, entré en el establecimiento y toqué una de las flamantes bicicletas. Estaba fría. Me encontraba, pues, ante un nuevo problema científico que debería resolver. ¿Era yo quien irradiaba calor o bastaba con tocar un objeto para que se calentara progresivamente? ¿Por qué aquel café, que lógicamente hubiera debido estar frío, me había abrasado los labios? Y si yo era la fuente de calor, ¿por qué el vino había conservado su temperatura normal? ¿Y todos aquellos millones de hombres petrificados? ¿Estaban fríos o calientes? Aline me había dado sensación de tibieza, pero eso no tenía nada de particular puesto que la misteriosa catástrofe se había producido sólo unos segundos antes de que yo abandonara la cabina experimental. Convencido de que no viviría el tiempo suficiente para estudiar y resolver ni siquiera una mínima parte de aquellos problemas, me limité a escoger una bicicleta de sólida apariencia y a salir de la tienda.

    La inesperada presencia de un agente de policía, petrificado cuando mataba el tiempo intentando recorrer sin caerse el borde de la acera, me impresionó mucho. Finalmente, me acerqué a él y lo toqué. Su brazo, a través de la manga del uniforme, parecía conservar la temperatura normal de un hombre vivo. Después llevé la mano hasta su cara con idéntico resultado. Entre su piel y la mía no se apreciaban grandes diferencias. Sin embargo, el aire se espesaba por momentos y cada vez estaba más caliente. Pero tanto si este fenómeno se debía a su completa inmovilidad, como a un aumento de densidad, las variaciones de temperatura de ciertos objetos sólo se producían en circunstancias excepcionales. Me subí a mi nueva bicicleta y casi instantáneamente eché pie a tierra. Me acerqué otra vez al agente de policía y le saqué la pistola de la funda colgada en su cintura. Aquel arma ya no le era de ninguna utilidad. A mí, en cambio, podría servirme para poner fin a una situación que, con toda seguridad, Pronto se haría insostenible.

    Al llegar a la Puerta de Saint-Cloud, me di cuenta de que la piel de mis zapatos estaba seca y arrugada y de que las perneras del pantalón se habían chamuscado. No me costaría mucho trabajo encontrar otro traje, pero la idea de verme obligado a hacer todos mis desplazamientos a pie me desmoralizó bastante. Abandoné la bicicleta junto a una acera y me adentré con precaución a través de una multitud sorprendida por la muerte cuando salía de una estación de metro, cuyas luces aún seguían encendidas. ¡El metro! ¡Sí, era una, idea genial! Puesto que me veía obligado a andar, ¿por qué no utilizar los túneles del metro, seguramente mucho más frescos que unas calles a las que el sol enviaría rayos cada vez más ardientes a medida que avanzara la mañana? Di media vuelta y rodeé los cadáveres. Quise saltar varios escalones de una vez y, durante un momento, creí que la petrificación me acababa de alcanzar y que había sonado mi última hora... ¡Me quedé suspendido en el aire y por más que pataleaba no conseguía volver a tocar tierra firme! Por fin se me ocurrió la idea de agarrarme a la balaustrada de hierro y de servirme de los brazos. Tras esta nueva experiencia, concluí que también la gravedad había sido modificada y que, sin la ayuda de aquella barandilla, me habría quedado allí, dando inútiles patadas al aire, hasta morir de hambre y de sed.

    Tuve que realizar un enorme esfuerzo para llegar al nivel de los andenes, porque durante el descenso experimenté las mismas dificultades que si estuviera buceando. Había mucha gente petrificada sobre una escalera automática, y como el «portillón» estaba cerrado, no me quedó otro remedio que pasar por encima de la verja, poniendo los cinco sentidos en no soltarme de ella. Recorrí el andén y empecé a andar por el túnel en dirección a la Alcaldía de Montreuil, que llevaba hasta el mismo centro de París. El aire era aún más denso que fuera, pero hacía mucho menos calor. Los raíles electrificados del metro se encuentran siempre entre las vías y si continuaba pegado a la pared, no correría riesgo alguno.

    Cuando me encontraba cerca de la primera estación —Exelmans—, se apagaron todas las luces y, durante el espacio de un segundo, me dejé dominar por el pánico. ¿Significaba ese apagón que la muerte por parálisis seguía avanzando y acababa de adueñarse de una central eléctrica? Preguntándome lo que iba a pasar, reemprendí la marcha con más lentitud. Por fin encontré los escalones que llevaban al andén de la estación y vi al otro extremo un débil resplandor azulado. «La luz del día», me dije, mientras avanzaba a tientas por el andén, lleno de cadáveres petrificados. En aquel momento las luces parpadearon y recuperaron paulatinamente su intensidad normal. Experimenté un verdadero ataque de alegría, porque aquello sólo podía tener un significado: ¡yo no era el único superviviente! Alguien, en un lugar desconocido, había conectado de nuevo la corriente. Si consiguiera encontrar a esa persona, o a ese grupo de personas, mis posibilidades... nuestras posibilidades de seguir vivos se verían considerablemente aumentadas. Mientras tanto, y ya que había vuelto la luz, decidí proseguir mi camino a través del túnel. Pero cuando dejé atrás la estación siguiente, Michel-Angel-Molitor, y me adentré de nuevo en la vía, la luz volvió a apagarse. Estaba en una curva y seguí por ella a tientas. Unos metros más allá vislumbré una especie de reguero de luz y me aproximé a él lentamente, inquieto por su posible origen. Al descubrir éste, sentí que mis cabellos se erizaban. Había estado a punto de chocar contra un hombre petrificado, que llevaba en la mano un farol. Sin duda, se dedicaba a inspeccionar el estado de las vías, cuando la muerte se abatió inesperadamente sobre él. Sostenía el farol en alto, sin cerrar los dedos en torno al asa, y para apropiármelo me bastó con alzarlo suavemente. Aunque las luces se encendieron por segunda vez, conservé el farol y ya no volví a separarme de él. En seguida tuve ocasión de comprobar la sensatez de esta medida, porque la luz volvió a apagarse. Así, con estas alternativas de claridad y tinieblas, proseguí penosamente mi camino de estación en estación. Cada kilómetro, aproximadamente, me cruzaba con trenes repletos de trabajadores matinales, silenciosos y petrificados, que jamás llegarían a saber lo que les había sucedido. Algunos leían el periódico, pero la mayor parte se dedicaban a soñar o tenían los ojos clavados en el vacío... En un vacío lleno ya de eternidad.

    Tras dos horas largas de caminata, según mis cálculos, llegué a la estación Havre-Caumartin, cerca de la Ópera, y empecé a sentir hambre y cansancio. El sol debía haber alcanzado ya su cénit sobre la silenciosa capital, con lo cual el calor sería aún más insoportable que antes, pero no tenía más remedio que salir en busca de alimentos. Un poco aturdido, ascendí lentamente hacia la calle. ¿Qué iba a encontrar en ella? ¿Las primeras tropas de ocupación? ¿Robots? ¿Quién sería el autor de aquel ataque por sorpresa?

    Al otro lado del Bulevar Haussmann, enfrente de «Printemps» —los grandes almacenes que ya no volverían a abrir—, había un café abierto con varios cadáveres de pie a lo largo del mostrador. Entré en él y alcé la mirada hacia el reloj. A duras penas, a través de una columna de vapor semitransparente, pero sólido, petrificado sobre la válvula de escape de la cafetera, pude ver la hora. Eran las seis y tres minutos. Nada parecía haberse movido desde el advenimiento de la catástrofe y, sin embargo, yo debía llevar casi cuatro horas danzando de un lado a otro. El café de las tazas estaba tan caliente como si acabara de salir de la cafetera. Me bebí una de ellas y cogí varios croissants. Al llegar a la esquina de la calle Auber, torcí hacia la Ópera y pasé por delante de los escaparates de «American Express». Estaban aún cerrados, pero una petrificada vendedora de periódicos ofrecía ante su puerta los periódicos de la mañana. Sí, era la última edición y no volvería a haber otras, me dije mientras echaba un rápido vistazo al Fígaro, con la esperanza de encontrar alguna advertencia, algún suceso desacostumbrado que me pudiera dar una pista... Pero, no. Nada. Ninguna observación de interés en la columna científica. Y ni siquiera el rimbombante y habitual artículo de la página tercera sobre la tensión internacional o sobre la amenaza de guerra en tal o cual parte del mundo.

    Puesto que todos los relojes de cuerda se habían parado, era necesario encontrar uno de sol. En París existen docenas de ellos, que yo mismo había visto en mil ocasiones, pero por más esfuerzos que hice, no conseguí acordarme del emplazamiento de ninguno. Desde luego, siempre me quedaba el recurso de fabricar uno en el lugar que eligiera para instalarme. Lo más importante en aquellos momentos era llegar pronto a la oficina de correos de la Bolsa, abierta día y noche, donde podría poner conferencias telefónicas a otras localidades. Atravesé la plaza de la Ópera y desemboqué en la calle del 4 de Septiembre. Seguí por ella, con el sol de cara, pero repentinamente me paré en seco y noté que me faltaban las fuerzas. ¡El sol estaba muy bajo en el cielo! ¡Incluso parecía no haberse movido desde que lo miré por primera vez en la Puerta de Saint-Cloud, varias horas antes! Sólo pude encontrar una explicación a ese misterio: la Tierra había dejado de girar. Y, si era así, a los otros planetas y al propio sol les tenía que haber sucedido lo mismo. Toda nuestra galaxia, en una palabra, debía estar paralizada. En cuanto a mí, que nunca llegaría a saber por qué había sobrevivido, podía formular ya ciertas profecías sobre mi más inmediato porvenir: en relativamente poco tiempo, algunas horas todo lo más, la mitad de nuestro planeta que hubiera quedado en la oscuridad, se enfriaría rápidamente, mientras la otra, que se hallaba expuesta a los rayos del sol, se calentaría en progresión geométrica. De no mediar algún error en mis cálculos, me quedaba muy poco tiempo de vida. ¡Morir de calor! Evidentemente, este razonamiento era falso por completo, pero cualquiera habría cometido la misma equivocación.

    Aún sobrecogido por este nuevo descubrimiento, entré en otro café y tomé asiento junto a un hombre joven, petrificado cuando expulsaba una bocanada de humo de su cigarrillo. A juzgar por su smoking, su arrugada corbata y el visible cansancio de su cara sin afeitar, aquel individuo no había pasado la noche en la cama. «En sus ojos brilla cierta desesperación», me dije examinándolo de cerca, como si se tratara de un cuadro. ¿Alguna estúpida pena de amor o tal vez un problema de más envergadura? En cualquier caso, fuera cual fuese el origen de su desesperación, ya había encontrado la felicidad... Este pensamiento me impresionó mucho y empecé a llorar, completamente abatido, como podía haberlo hecho un niño en el regazo de su madre.

    Cuando recobré la calma, me soné y entré por detrás del mostrador en una cocina sombría, donde tuve la suerte de encontrar jamón, huevos y patatas cocidas (y ya frías). Tampoco faltaban bebidas y en unos pocos minutos ingerí mi almuerzo con buen apetito. Después cogí un cigarrillo del paquete colocado junto a la mano del joven triste. Lo apreté contra el extremo, aún encendido, del suyo, e instantáneamente lo tiré al suelo, ahogando una exclamación. El pitillo había quedado reducido a cenizas y yo me había quemado los labios con la llama que repentinamente brotó de él. «Una nueva experiencia y un nuevo misterio que desentrañar», pensé mientras salía del café en dirección a la oficina de correos de la Bolsa.

    Delante de la centralita, en una habitación del sótano que no me costó demasiado trabajo encontrar, descubrí a siete empleados con aire de cansancio. El equipo nocturno, sin duda. Naturalmente, estaban petrificados sobre sus asientos. Uno de ellos leía una novela de ciencia-ficción, trágica ironía que no pudo por menos de hacerme sonreír. Otro se cortaba las uñas. Levanté con precaución los auriculares colocados en la cabeza de uno de los empleados. Su mano derecha estaba a punto de meter una clavija en un agujero, debajo del cual podía leerse la palabra «Dublín» y sobre el que brillaba una luz blanca. Le quité la clavija de las manos, la inserté en el agujero y escuché conteniendo la respiración, pero no pude oír nada. Probé después con otros agujeros y apreté docenas de botones, pero aunque la luz de Dublín continuaba encendida, no logré captar un solo sonido.

    En la habitación contigua encontré los descriptores trasatlánticos, paralizados en plena acción. Junto a dos de ellos se veían cables de negocios y cartas urgentes, pero por ninguna parte aparecía un signo de temor, de sorpresa o de miedo. Cada vez parecía más evidente qué, en todos los confines de la tierra, centenares de millones de hombres y miles de millones de animales grandes y pequeños, de insectos y tal vez de microbios, habían dejado repentinamente de existir... Y yo, por sabe Dios qué cadena de azares, era el único superviviente, la inexplicable excepción. Desde luego, no quedaba la menor esperanza de que aquellos seres pudieran volver a la vida, porque en cuanto las fuerzas de la naturaleza recuperaban su función, suponiendo que fuera a suceder así, por todas partes se iniciaría una putrefacción a gran escala... Una putrefacción que tal vez —no tal vez, sino con seguridad— originaría una nueva forma de vida, emparentada con la de los insectos, y devoraría la basura y carroña del planeta. Después, cuando esos insectos hubieran terminado con todo, empezarían a devorarse unos a otros, y poco a poco, si Darwin no se había equivocado, se iniciaría una nueva evolución, que acaso produjera al cabo de varios millones de años un animal inteligente, incluso parecido físicamente al hombre... Y, puestos a jugar a las adivinanzas, tal vez este animal inteligente descubriera algún día las huellas de una civilización extinguida, cuyo último superviviente... ¿Superviviente durante cuánto tiempo? Jamás llegaría a saberlo, puesto que no contaba con medio alguno de medirlo.

    Cansado, salí de la oficina de correos con una desagradable sensación de suciedad e impotencia. Si por lo menos la catástrofe se hubiera producido a las once o a las doce del día, en lugar de a las seis de la mañana, cuando sólo había unos pocos cafés abiertos... Rodeé la Bolsa y bajé por la calle de Richelieu, que estaba al abrigo del sol. Delante de mí se alzaba un semáforo con luz roja. Y cuando un instante después lo vi pasar bruscamente a verde, sentí que la sangre se me helaba en las venas. Pero los dos coches que aguardaban ante él, no iniciaron movimiento alguno. El chófer del que se encontraba más cerca de la acera, precisamente, había sido alcanzado por la muerte cuando se inclinaba hacia delante para vigilar el cambio de luces. Esperé unos minutos, pero nada varió. La luz verde permaneció obstinadamente bajo su alero, sin ceder el paso a la roja. ¡Un misterio más!

    Al final de la calle Richelieu, enfrente del Théátre Frangais, se encontraba mi librería favorita, visiblemente cerrada. Unos metros más allá me crucé con un viajero madrugador, que había sido petrificado cuando salía del hotel del Louvre e introducía su maleta en un taxi. ¡Un hotel, naturalmente! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Los hoteles están abiertos toda la noche y en ellos podría encontrar cuanto necesitaba. Entré, pues, en el que tenía delante, pasé al lado del conserje nocturno, que aún contemplaba la propina depositada en su mano por el viajero madrugador, rodeé el mostrador y escogí una de las veinte o más llaves colgadas en el casillero. Si las llaves estaban allí, eso significaba que las habitaciones correspondientes carecían de inquilino o que éste había salido. Me decidí por la habitación 27 —era mi cifra-talismán—, subí al segundo piso, y allí, siguiendo las numerosas flechas doradas que alguien había pintado sobre placas de mármol, llegué a mi nueva residencia. Tuve suerte, porque era de las ocupadas... De las ocupadas cuyo ocupante había salido para siempre. Eché un vistazo a las maletas abiertas, a la cama, cuidadosamente hecha, y al pijama, que la doncella debía haber desplegado la noche anterior. En el cuarto de baño encontré su neceser. Era el de un hombre. Abrí los grifos y aunque nada salió por ellos, los dejé abiertos, porque la experiencia me había enseñado que el agua brotaría lentamente y bajo apariencia sólida. Hice girar el interruptor de la luz y la lámpara de encima del lavabo se encendió, poniendo de manifiesto una máquina eléctrica de afeitar, colocada sobre la repisa de cristal. La enchufé, pero no se puso en marcha. ¿Por qué las bombillas funcionaban y los otros instrumentos no? ¿O tal vez esa máquina estaba estropeada? No era del todo improbable, sobre todo teniendo en cuenta que después encontré hojas de afeitar y una maquinilla mecánica en un estuche aparte. Como el agua continuaba sin salir, registré las dependencias del hotel y volví al cuarto de baño con una botella de agua mineral. Sin embargo, no conseguí derramar el líquido y me vi obligado a romper la botella, a apartar las esquirlas de cristal y a colocar el agua en el interior del lavabo como si fuera una especie de flan transparente. Pude humedecerme la cara sin excesivas dificultades, pero en cambio no conseguí hacer ninguna espuma con el jabón de afeitar y la brocha que había encontrado en el neceser. Fue, por consiguiente, un afeitado particularmente doloroso, pero salí del paso sin nuevos conflictos. La luz se apagó dos veces y volvió a encenderse otras tantas. Mi corazón latió en ambas ocasiones más de prisa de lo normal, conmovido por el pensamiento de que en alguna parte otros hombres luchaban para mantener una central eléctrica en funcionamiento.

    En la guía telefónica encontré numerosas direcciones de compañías de material eléctrico, pero nada relativo a las centrales. Repentinamente me acordé de una especie de sub-estación, que estaba en la calle Caumartin, cerca de las oficinas del New York Times. Allí tal vez pudiera recoger algunos informes útiles y, en cualquier caso, no era lejos.

    Al aire libre todo seguía igual. El sol parecía clavado en el cielo y al remontar la Avenida de la Ópera, creí estar contemplando una de las fotografías estereoscópicas de mi infancia. Los transeúntes, absolutamente inmóviles, fijados en un gesto, recordaban bastante a aquellas imágenes amarillentas. ¿Cuánto tiempo tardaría la muerte en dejar su huella sobre ellos?, me pregunté. ¿O ni siquiera la propia muerte se había librado de aquella total parálisis?

    La sub-estación continuaba en el mismo sitio, pero en su interior sólo encontré silencio y oscuridad. Abatido, me dirigí lentamente hacia la calle Auber. Estaba al borde del agotamiento. Tal vez eso era el primer signo de que mi fin se avecinaba. La idea no me conmovió demasiado. ¿Qué más daba morir estúpida y gratuitamente, después de haber sobrevivido a aquel increíble cataclismo? Me acordé del Grand Hotel y al llegar a la calle Scribe, doblé por ella. Para coger una llave, tuve que pasar de perfil tras el portero petrificado. La habitación 123 estaba libre. Corrí las pesadas cortinas, me desnudé, abrí la cama y me deslicé en ella. Unos segundos después dormía a pierna suelta. Probablemente se trataba de una pesadilla, pero puedo jurar que oí voces, ruido de tráfico y música. Me senté de un salto en la cama, sólo para volver a sumergirme en el espantoso silencio de un universo petrificado. Algo, sin embargo, una campana, tal vez un gong, había llegado hasta mí a través del sueño y me había despertado. Aparté las mantas, me levanté y abrí la puerta con suavidad para escuchar. Sólo oí los violentos latidos de mi propio corazón. Regresé a la habitación, descorrí las cortinas y contemplé el paralizado tráfico mañanero bajo los rayos oblicuos del sol. Un despertador, sobre la mesilla de noche, marcaba las seis y tres minutos. Este dato me hizo comprender que había regresado al mundo intemporal, al mundo horrible y silencioso de los seres petrificados. «He debido dormir bastante», pensé al ver en un espejo la espesa barba que me cubría la cara. A juzgar por mi aspecto, llevaba cerca de veinticuatro horas sin afeitarme. Entré en el cuarto de baño, abrí los grifos y un agua de aspecto gelatinoso salió por ellos lentamente. La aplasté sobre las manos y la cara y de esta forma conseguí lavarme un poco, malamente, porque no pude sacar la menor espuma del jabón. Tendría que encontrar una máquina de afeitar o que dejarme la barba. Si por lo menos pudiera medir el tiempo... Puesto que todo el universo se había paralizado, el tiempo ya sólo existía para mí, que estaba vivo, que comía, pensaba, dormía y actuaba, aunque los relojes continuaran marcando indefinidamente las seis de la mañana. En realidad, había perdido ya el sentido del tiempo. ¿Cuánto había transcurrido desde que abandoné la cabina experimental? ¿Veinticuatro, treinta y seis o cuarenta y ocho horas? ¿O más? Me había afeitado una vez y necesitaba urgentemente volver a nacerlo... ¡Eureka! ¡Había encontrado un procedimiento para medir el tiempo! Buscaría un calendario y anotaría el número de mis afeitados: cada afeitado, un día. De esta forma, a menos que también se hubiera modificado la velocidad de crecimiento de mi barba, podría seguir el paso del tiempo. Era preciso, por tanto, que encontrara una máquina de afeitar lo más pronto posible. Lo cual, por otra parte, no debía presentar grandes dificultades en un hotel.

    « ¡Pobre Einstein!», pensé mientras me vestía rápidamente. ¿Qué le hubiera parecido mi idea en un universo donde hasta el tiempo ha dejado de existir? Seguramente habría intentado explicarme que en realidad nunca había existido, que era sólo un concepto relativo... Corté en seco el hilo de mis pensamientos, porque hasta mí llegó, claro y distinto, el sonoro ruido de un gong. Me lancé como un loco a través de los corredores silenciosos. ¡Nada! ¡Nadie! Después volví corriendo a la habitación, porque me parecía que el ruido había sonado cerca de ella. No encontré por ninguna parte un gong ni nada que se le pareciera. Probé nuevamente a descolgar el teléfono y apreté los timbres de todas las habitaciones, pero sin ningún resultado audible. En el cuarto contiguo al mío, cuya puerta no estaba cerrada, encontré a un hombre, sorprendido por la muerte cuando consultaba su reloj con cara de sueño. El reloj marcaba las seis en punto. Entré en su cuarto de baño y descubrí, en el fondo de una maleta de piel negra, un neceser muy lujoso, que me puse bajo el brazo. Tenía hambre y decidí dejar el afeitado para más tarde. Bajé a la cocina y me di de manos a boca con un pinche petrificado delante del hornillo de gas y a punto de transferir los huevos de una sartén a un plato. Busqué otro plato, preguntándome si los huevos estarían fríos o calientes, y los puse en él. Estaban calientes y un par de minutos después se encontraban ya en el interior de mi estómago, en compañía de una loncha de jamón y de un poco de pan con mantequilla, sin olvidar el contenido de un jarro lleno de café.

    Al menos, pensé mientras me afeitaba en un cuarto de baño contiguo a la cocina, podía afirmar algo con seguridad: no me moriría de hambre. Y, por otra parte, ya no tardaría en saber si la putrefacción, como fenómeno científico, había dejado de existir. En ese caso, salvo que ocurriera un accidente imprevisible, podría sobrevivir años y años, como un nuevo Robinson Crusoe, abandonado en el corazón de París y rodeado por millones de personas... pero a pesar de ello completamente solo en el mundo, sin ni siquiera un papagayo, una cabra o, por lo menos, un microbio que me ayudara a caer enfermo y a morir. ¿Cuánto tiempo sería capaz de soportar el espantoso silencio de aquel gigantesco museo Grévin? Preferí no pensar en ello y dedicarme por completo a lo que podía y debía hacer. Hasta aquel momento, en realidad, no había llevado a cabo ningún esfuerzo serio, tendente a encontrar otros seres vivos. Por otra parte, mi deber hacia la humanidad, un deber insoslayable, me obligaba a redactar un informe sobre todo lo que había visto y a depositarlo en un lugar absolutamente seguro. Tanto si existían supervivientes en alguna parte o si se producía, millones de años después, una nueva civilización, como si nos visitaban seres racionales nacidos en otros planetas, era necesario que nuestros herederos pudieran tener conocimiento de lo sucedido. Tal vez ésa era la única razón de que el cataclismo me hubiera respetado.

    Salí una vez más a la calle y me hundí en la atmósfera sofocante de la mañana. Intenté ponerme en el lugar de un futuro explorador y me pregunté adonde se dirigiría éste para empezar y qué es lo primero que atraería su atención. Todo dependía, naturalmente, de su situación con respecto a París o, por decirlo de alguna forma, de su experiencia personal. Un explorador que conociera la ciudad a fondo, podría dirigirse a la Prefectura de Policía, al Ministerio del Interior o al Observatorio, con la esperanza de encontrar en alguno de estos sitios indicios significativos. Otro, sin embargo, tal vez se sintiera atraído en primer lugar por los monumentos más célebres como la Torre Eiffel o el Arco de Triunfo.

    Finalmente elegí cuatro puntos cardinales: el Obelisco de la Plaza de la Concordia, el último piso de la Torre Eiffel, el altar mayor de Notre-Dame y una estación cualquiera del metro. En cada uno de esos lugares, y encerrado en una sólida caja, colocaría un ejemplar de mi informe. Por otra parte, dejaría en sitios visibles varias series de explicaciones relativas al contenido y a la situación exacta de las cuatro cajas mencionadas.

    Rodeé la Ópera por la parte de atrás y desemboqué enfrente de las «Galerías Lafayette». Allí podría encontrar todo lo que necesitaba para iniciar la redacción de mi informe: cajas, papel, máquina de escribir, hojas de calco, etc... La idea de introducirme en el almacén forzando la puerta no me hacía mucha gracia. Afortunadamente, terminé por encontrar una puerta lateral donde varias mujeres de la limpieza habían sido petrificadas en el momento de entrar. Sintiéndome una especie de Ali Baba en la caverna de los cuarenta ladrones, fui de sección en sección, sin rumbo fijo. En el departamento de confecciones masculinas, me puse un pantalón de whipcord, una camisa fresca, unas sandalias y un sombrero de paja de ala ancha. Después de cambiarme, atravesé la sección de material escolar y llegué a la de objetos de escritorio, donde elegí una máquina de escribir. Cargado con ella, regresé a la primera planta, donde había descubierto un confortable despacho. Desgraciadamente, la máquina de escribir no me sirvió para nada. Las teclas se enganchaban, el espaciador no corría bien y el papel se desgarraba al ser introducido en el rodillo. Probé otras máquinas con el mismo resultado. Este contratiempo me desanimó bastante, porque me obligaba a escribir todo el informe a mano. Por otra parte, los bolígrafos no funcionaban y las plumas estilográficas se revelaron igualmente inútiles. Finalmente, pude escribir con un simple lápiz, que perforaba a menudo el papel, pero que, manejado con lentitud, dejaba una huella legible.

    El calambre de los escritores y los retortijones de estómago me hicieron detenerme. Recogí las hojas, escritas con mi caligrafía escolar, fea pero clara, y descendí a la sección de artículos de cuero, en el entresuelo. Allí escogí una cartera de aspecto sólido, donde metí las hojas, y una correa con la que sujeté la cartera a mi hombro.

    Nuevamente en la calle, titubeé entre dirigirme a la estación de Saint-Lazare, donde hay un buffet permanente, o a Les Halles, donde nunca faltan restaurantes abiertos. En Les Halles dispondría de un menú más variado. Sin abandonar nunca la acera de la sombra, llegué a la calle del Louvre, doblé hacia la calle Coquillére y terminé por encontrar lo que buscaba: un filete con patatas fritas de buen aspecto, colocado sobre una mesa, delante de un carnicero que evidentemente acababa de terminar su trabajo nocturno. En el exterior resultaba difícil moverse sin chocar contra los millares de personas paralizadas que se apretaban en la calle. Cogí el plato y lo llevé hasta el mostrador. Al otro lado de éste, la cajera, con la cabeza levantada para toda la eternidad, se reía hasta el fin del tiempo de la broma de un cliente, petrificado cuando le tendía un billete de mil francos. Devoré con ansia la comida robada, que aún estaba caliente. Y allí, en medio de aquellas hieráticas personas, que no podían verme ni oírme, que jamás sabrían nada de la inmovilidad del universo ni de su propia existencia, cobré repentina conciencia del peso de mi soledad. Después empujé el plato vacío, di media vuelta y choqué contra una camarera que llevaba varios bocks de cerveza en una bandeja. El empujón había sido lo suficientemente fuerte como para hacerla perder el equilibrio, pero no cayó. Pasé un brazo alrededor de su cintura, con la intención de enderezarla, y me estremecí, porque aquella mujer estaba tan tibia y viva como yo, hasta el punto de que puse el oído sobre su pecho. Inútilmente. Su corazón llevaba mucho tiempo inactivo.

    Cansado, decidí permanecer en la vecindad de Les Halles, cerca del hotel donde me había afeitado, la primera vez. Además, justo enfrente, se encontraban los «Grandes Almacenes del Louvre». Allí podría trabajar en mi informe. Penetré en el gigantesco establecimiento, como en las «Galerías Lafayette», por una puerta de servicio. En el último piso descubrí un despacho desocupado, al cual llevé una agenda encuadernada en piel que previamente había escogido en la sección de objetos de escritorio. La abrí y taché dos días con el lápiz, puesto que me había afeitado dos veces desde el fin del mundo... y tal vez desde el fin del tiempo, en cuyo caso estaba contando algo que ya no era real. Después trabajé algunas horas en mi informe y por fin me levanté y salí a la calle, con la intención de dirigirme al Hotel del Louvre para dormir un poco. Al llegar ante su puerta no pude evitar un escalofrío: ¡el viajero matinal, sorprendido por la muerte cuando deslizaba su maleta en el interior de un taxi, había desaparecido!

    — ¡Dios todopoderoso! —dije en voz alta sin poder dominar mi asombro. En el sitio del taxi se veía ahora un coche conducido por una mujer, tan muerta y petrificada como todos los seres humanos a los que hasta entonces había puesto la vista encima.

    Intrigado y vagamente asustado, empujé la puerta giratoria del hotel... y tropecé con la segunda sorpresa del día. El conserje, que la víspera se encontraba al lado de la puerta, contemplando fijamente la propina del viajero, estaba detrás del mostrador, con la mano apoyada en el teléfono. No cabía la menor duda: algo o alguien había modificado su postura inicial.

    Dominándome, fui hasta el mostrador, me acodé en él y examiné de cerca al conserje. Su rostro era el de una estatua, pero el de una estatua viva. Lo toqué y sentí su tibieza. Lentamente levanté un dedo y lo acerqué a su ojo, poco a poco, sin una vacilación.; ¡Estaba húmedo! Temblando de miedo y de rabia, cogí al conserje por las solapas y lo zarandeé, mientras gritaba:

    — ¡Despiértate, puerco! ¡Despiértate! ¡Quieres engañarme! ¡No estás muerto! Bruscamente, ciego de furor, lo solté y cogí una pluma con la intención de hundírsela en la pupila... Pero en aquel momento se oyó el ruido de un gong, del mismo gong del Grand Hotel, y empecé a gritar de miedo.

    Esta vez busqué por todas partes. No descubrí el menor rastro del gong. El ruido sólo estaba en mi cabeza, y yo me había vuelto loco, tenía alucinaciones. Evidentemente, el esfuerzo «sobrehumano» realizado hasta entonces empezaba a destruirme. Pero tenía un sagrado deber —el informe—, y por ello, sobreponiéndome, subí las escaleras de cuatro en cuatro, me encerré en la habitación y me desnudé. Un poco de reposo, una «buena noche», me sentarían mejor que ninguna otra cosa.

    Cuando me desperté, tras lo que me habían parecido varias horas de sueño, me sentía fresco y decidido a continuar mi labor. ¿El viajero? ¿El gong? Pesadillas, sin duda alguna. El problema del conserje, por lo demás, carecía de importancia. El hombre de detrás del mostrador no se encontraba allí la víspera. Alguien, por consiguiente, había tenido que moverle. Sí, ésa era la explicación. ¡Alguien había tenido que moverle! ¡Lo cual quería decir que ya no estaba solo, que existían otros supervivientes y que, tarde o temprano, daría con ellos! El motivo que les había impulsado a cambiar a los muertos de lugar, me pareció una cuestión insoluble y la aparté de mi pensamiento.

    Me afeité, me lavé mejor que la víspera —me iba acostumbrando ya a la solidez del agua— y, tras comprobar el funcionamiento del revólver, me dirigí al corredor del primer piso. Una vez allí, avancé de puntillas hasta la barandilla de cobre e inspeccioné el vestíbulo de la planta baja. El conserje continuaba en su puesto, pero tenía el teléfono en la oreja.

    — ¡Eh! —grité mientras bajaba la escalera a toda velocidad, con el revólver en la mano.

    Nada se movió y nada tampoco, aparte de la posición del portero, se había movido. Encima de la mesa, ante él, continuaba la pluma que había estado a punto de hundirle en el ojo el día anterior. ¡Y el plumín seguía húmedo!

    En la calle todo me pareció igual. ¡No! El coche que había sustituido al taxi, el coche conducido por una mujer, ya no se encontraba allí. Corrí a lo largo de la acera y di con él cinco o seis metros más allá. ¿Me habría impedido el cansancio mental de la víspera fijarme en la posición exacta del vehículo? Pero, ¿y el teléfono del hotel? Era preciso que me armara de valor y examinara al condenado conserje por todas partes y desde todas las posiciones. ¡Si por lo menos tuviera el estetoscopio del doctor Martinaud...! Repentinamente me acordé de que había visto allí cerca un almacén especializado en accesorios médicos. Me dirigí a él tan de prisa como pude, agobiado por la densidad y ardor del aire. Se encontraba en la esquina de la calle Montpensier. Sí, no me había equivocado: el estetoscopio estaba en el escaparate. Rompí el cristal con la culata del revólver y me apoderé de él.

    De regreso al hotel, me deslicé tras el conserje, lo toqué y, tras algunos titubeos, le desabroché el chaleco, le quité la camisa y le apliqué en la espalda el estetoscopio. Escuché durante largo rato, con los ojos cerrados para no distraerme, pero la duda era imposible: allí no se oía ningún latido, ningún rumor de respiración o de cualquier otra cosa. Y, sin embargo, aquel buen hombre parecía vivo, tan vivo como la camarera del restaurante Les Halles. « ¿La habrán movido a ella también?», me pregunté. E inmediatamente me puse en camino para conocer la respuesta.

    Tras abrirme paso entre los innumerables compradores petrificados, llegué al restaurante. Donde el día anterior estaba la camarera, se encontraba ahora una opulenta anciana, vestida con un abrigo de piel sucia y muy deteriorada. Miré alrededor y vi a la camarera, que al parecer intentaba abrir la puerta de la cocina con el hombro. Me acerqué a ella. Estaba tan cálida y viva como la primera vez. Sobre su brazo desnudo había cuatro huellas rojas... Las huellas dejadas por mis dedos cuando la agarré para impedir que cayera. Lo inspeccioné todo con cuidado intentando acordarme de la posición de la gente el día anterior. ¡Sí, la cajera! Continuaba detrás de la caja, con la cabeza levantada, pero el billete de mil francos que le tendía un cliente... ¡lo tenía ella!

    Regresé junto a la camarera y le toqué un brazo. Su carne era tibia y dulce. Con la desagradable sensación de que el repentino silencio del restaurante se debía a mí y de que, al volver la espalda, todo el mundo se había puesto a mirarme, desabroché, ruborizado como un colegial, la blusa de la camarera y apliqué el estetoscopio sobre su suave y tierno pecho. Permanecí así bastante tiempo, pero en vano. El silencio era total y retrocedí desesperado. Evidentemente, no podía escuchar nada, porque el corazón de aquella muchacha había dejado de latir a las seis de la mañana, tres o cuatro días antes o al menos el equivalente aproximado de tres o cuatro días. Disponía ya de un nuevo misterio sobre el que cavilar. Sin la menor duda, algunos muertos continuaban moviéndose, de igual forma que las gallinas pueden correr un segundo o dos con el cuello cercenado. Estos movimientos, sin embargo, se producían varios días después... ¿Después de qué? ¿Estaban aquellos individuos verdaderamente muertos? ¿No sería todo fruto de mi imaginación? ¿No iría a despertarme lloriqueando tontamente en la celda acolchada de un manicomio? ¿O tal vez era yo el único muerto?

    Aturdido, caminando con paso incierto, salí del restaurante. Al llegar a la calle, choqué con la gente petrificada. Esos choques no podían ser producto de mi fantasía... Se trataba de cuerpos reales, muy reales... ¿O eran simplemente enfermeras que intentaban cogerme con dulzura y a las que mi enloquecido cerebro convertía en cadáveres petrificados? Durante largo tiempo erré por las calles, intentando pensar y razonar a partir de hechos imposibles. Naturalmente, todas las ideas, todas las hipótesis, me parecían igualmente ridículas. Varias veces recordé el consejo de mi anciano profesor de ciencias, cuando nos explicaba que la mejor manera de abordar un problema nuevo consistía en rechazar las soluciones fáciles y en examinarlo minuciosamente desde todos los ángulos posibles para «recoger los hechos y tomar nota de sus aspectos».

    Incapaz de regresar al hotel, donde volvería a ver aquel horrible cadáver viviente de la planta baja —y eso sin contar los que podrían entrar en mi habitación mientras dormía—, me encaminé a los «Grandes Almacenes del Louvre». Allí, en el cuarto piso, en la sección de muebles, me tendí sobre una de las numerosas camas expuestas y terminé por dormirme.

    Durante dos semanas trabajé sin descanso. Redacté varios informes, tomé notas y llevé mi calendario con gran meticulosidad... Un calendario donde la cuenta de los días se basaba en el afeitado. Y, desde luego, no volví al restaurante de Les Halles. Me daba demasiado miedo que la camarera se hubiera vuelto a mover y, por lo demás, en ese barrio había muchos restaurantes abiertos a las seis de la mañana. Sus despensas me suministraban todo el alimento necesario. Intentaba no mirar a las personas petrificadas, limitándome a coger lo indispensable para la subsistencia y marchándome en seguida a trabajar.

    Todo fue bien hasta que cierta mañana —siempre era mañana para mí después de un largo sueño—, abrí los ojos y vi a uno de los barrenderos del almacén de pie en lo alto de la escalera, a menos de cinco metros de distancia de la cama donde había dormido. Tenía bastantes años y llevaba un mono azul, una escoba y un cubo de agua. Pero lo más sorprendente era su mirada. Una mirada de profundo asombro, con la boca entreabierta, como si estuviera a punto de gritar algo. Aquel individuo, de continuar vivo, no habría puesto una expresión diferente al descubrir un hombre dormido en la sección de muebles de unos grandes almacenes.

    Ese mismo día me mudé y fui a instalarme en un pequeño hotel por delante del cual había pasado muchas veces al dirigirme a Les Halles. Se trataba de un establecimiento modesto, pero limpio. Llegué a él por la tarde (que empezaba, para mí, cuando me sentía cansado y, tras cenar, me iba a la cama) y no encontré a nadie en la planta baja. Inspeccioné ligeramente los cajones del conserje hasta que di con una llave maestra. Entonces me dediqué a recorrer las diversas habitaciones. Ocho de ellas estaban ocupadas. Pero todos los inquilinos, excepto uno, habían sido petrificados mientras dormían, lo cual me garantizaba —al menos ésa era mi opinión— que no iniciarían movimiento alguno. El octavo había sido sorprendido por la petrificación cuando se afeitaba ante su espejo. Al salir, eché la llave a todas las puertas y, antes de meterme en la cama, cerré también la mía con doble vuelta y la atranqué sólidamente.

    Como una pesadilla de repetición, el ruido del misterioso gong me despertó sobresaltado algunas horas más tarde. Me incorporé, empapado en sudor y temblando como una hoja. Sonaba más lejos que las otras veces, pero no cabía la menor duda de su existencia. ¿De dónde diablos vendría ese ruido, el único que hasta el momento había conseguido escuchar, fuera de los que yo mismo producía? ¿Acaso era un aviso de mi destino? Diez o quince minutos después, cuando aún continuaba sentado en la cama, llegó hasta mí de nuevo. Tenía un extraño parecido con el Big Ben de Londres... Con el Big Ben tal como se oiría en una noche de niebla. Esta vez había sonado con toda evidencia en alguna parte de la planta baja. Sin embargo, sabía que era inútil buscar el instrumento emisor y me tendí nuevamente, decidido a no pensar más en ello. Pero aquella noche (el sueño era siempre noche para mí) no pude, como vulgarmente se dice, pegar un ojo. ¡El gong sonó por lo menos veinte veces!

    La cosa llegó a convertirse en una verdadera obsesión. El misterioso tañido me seguía por todas partes y yo llevaba a cabo denodados esfuerzos para librarme de él, aunque nunca lo conseguía por completo. Finalmente, y casi sin querer, descubrí que si me quedaba en el mismo lugar después de oírlo una vez, podía escucharlo otras muchas, con intervalos bastante largos. A veces sonaba muy cerca de mí, pero jamás pude localizarlo ni ponerle la mano encima.

    Un buen día, al tachar el correspondiente número del calendario, comprobé que había treinta cifras tachadas. Según mis antiguas normas, y aun contando con los errores de mi rudimentario sistema de medir el tiempo, eso equivalía, poco más o menos, a un mes real. Lo más misterioso, al menos para mí, era que el mundo no hubiera variado de temperatura al dejar de moverse y que, sin haber aparecido una sola nube y a pesar de la sequedad general provocada por la catástrofe, nada pareciera agotarse. La atmósfera, evidentemente, había aumentado de densidad en el momento del cataclismo y esta importante modificación de la naturaleza no había producido efectos secundarios. Hasta yo había conseguido vivir. Pero al lado de todo esto, había tenido que cambiar tres o cuatro veces de traje y de calzado en el espacio, relativamente corto, de un mes. La piel de mis zapatos parecía secarse y arrugarse, mientras los trajes se chamuscaban y terminaban cayéndose a pedazos.

    Así pasó bastante tiempo. Trabajando sin descanso en mis informes, comiendo cuando tenía hambre, durmiendo cuando me vencía el cansancio, afeitándome regularmente y tachando un día de la agenda cada vez que mi barba alcanzaba cierto grado de dureza... Pero en el fondo de mi subconsciente continuaba alentando un gran terror, un terror que esporádicamente afloraba a la superficie en forma de pequeñas burbujas o remolinos, y siempre durante el sueño. Las burbujas y los remolinos solían degenerar en pesadillas tan violentas que me despertaba dando gritos. Se trataba de algo que me negaba a considerar de frente... De una especie de sentimiento que no debía transformarse en idea, porque entonces la pesadilla se convertiría en realidad y yo me vería obligado al suicidio o a algo aún más terrible. Efectivamente, pensaba a menudo en el suicidio y estaba, debo confesarlo, prácticamente decidido a recurrir a él en cuanto terminara aquel ruido fantasma del gong, que me perseguía por todas partes y que guardaba —de lo cual yo era consciente— cierta relación con mis terrores nocturnos.

    Terminé por acostumbrarme a caminar entre todas aquellas pobres gentes petrificadas, aunque de vez en cuando me detenía para examinar a alguno, sabiendo de antemano que estaría caliente y parecería vivo. Un día me crucé, junto a una estación de metro, con una mujer y una niña. Iban muy juntas y la niña estaba riéndose. Su boca, por lo tanto, continuaba abierta y me senté al lado de ella, sobre la acera, para examinarla a placer. Como su madre miraba en otra dirección (en caso contrario nunca hubiera tenido suficiente valor), le metí el dedo meñique en la boca. ¡Estaba caliente, suave y llena de saliva! Una vez más se insinuó en mí el pavoroso sentimiento de una terrible verdad, y sólo pude levantarme y salir corriendo.

    Finalmente, esta verdad terminó por serme revelada cierto día, al pasar por delante de la estación de Lyon y levantar los ojos hacia su gran reloj. Mi primera reacción fue la de pensar que debía ir adelantado cuando se produjo el cataclismo, pero comprendí que ni yo mismo lo creía. A continuación entré en un café y tuve la mala suerte de ver un reloj péndulo encima del mostrador. Marcaba las seis y veinticinco; es decir, cinco minutos más que el reloj de la estación. Este margen obedecía a una precaución muy generalizada entre los patrones de café y los hoteleros de los alrededores de las estaciones. Mientras regresaba a pie hacia mi barrio favorito, el Louvre y Les Halles, vi por lo menos cincuenta relojes más y todos, con la excepción de uno que debía estar verdaderamente averiado, marcaban las seis y veinte o las seis y veintidós.

    Esto supuso para mí un duro golpe y una terrible confirmación. Al fin sabía, de manera tajante, que el mundo no se había detenido, sino que yo había sido expulsado de él por la sencilla razón de que mi tiempo y mi ritmo funcionaban de forma distinta al de la totalidad del género humano. La creación no estaba paralizada; era yo quien estaba... lo contrario. Por lo tanto, sólo existía un verdadero cadáver: el mío. Me encontraba proyectado fuera del tiempo y mis congéneres ni siquiera podían verme. Pero no me encontraba, sin embargo, proyectado fuera del espacio. Esto era, desde mi punto de vista, lo más extraño. Aunque supongo que Einstein lo habría comprendido.

    El terror oculto en mi subconsciente salió por fin a la superficie y, como suele suceder en tales casos, me sentí aliviado. Tenía aún que conseguir una prueba definitiva, algo que me convenciera de haber puesto el dedo en la llaga, pero la cosa no parecía difícil. Si todas aquellas personas continuaban vivas, debían moverse, cambiar de lugar y — exceptuando las que estuvieran sentadas o de pie, pero inmóviles— proseguir las acciones iniciadas. Para demostrarlo, cogí un trozo de tiza del carro de mano de una mujer —petrificada cuando conducía una carga de coliflores— y tracé un círculo alrededor de sus pies. Después hice lo mismo con otras cincuenta personas, más o menos, que a juzgar por su aspecto se desplazaban en distintas direcciones. Y delante de la rueda del carro de mano coloqué un grano de uva que había encontrado en la acequia. Después me senté en una carretilla y esperé. Durante una hora permanecí inmóvil, vigilando las marcas. Cuando por fin me levanté, no quedaba, un solo pie dentro del círculo. Ninguno, desde luego, se había movido más de unos centímetros, pero todos habían avanzado, y la rueda del carro aplastaba, lenta y segura, el grano de uva colocado bajo ella. Nada, por tanto, había sucedido en el universo. El tiempo continuaba transcurriendo normalmente para los demás. ¡El tiempo! Sólo yo, por relación a él, había tenido que cambiar mi velocidad, mi régimen interno, mi forma de vida. Aquello explicaba muchas cosas, pero también planteaba nuevos problemas. ¿Por qué nadie se daba cuenta de mi presencia? La gravitación continuaba existiendo; en realidad, nunca se había modificado. Como yo me encontraba fuera del tiempo, las cosas parecían flotar en el aire cuando verdaderamente caían, aunque con tanta lentitud que hasta entonces no lo había notado. Sus movimientos debían ser tan rápidos con relación al ritmo normal de la vida, que el ojo humano no podía verlos. Sin embargo, yo había llevado a cabo un elevado número de acciones que hubieran debido dejar alguna huella. En aquel escaparate, por ejemplo, que rompí para apoderarme del estetoscopio. Había pasado varias veces por delante y había visto los cristales rotos sobre la acera. De repente me acordé de la camarera a la que había desabrochado la blusa y me dirigí al restaurante donde trabajaba. El cliente del billete de mil francos continuaba hablando con la cajera, pero ésta había dejado de reír y se inclinaba hacia la izquierda para poner unas monedas sobre un platillo que le tendía el camarero. La camarera había desaparecido de la sala, pero la encontré fácilmente en un rincón de la cocina, con la cara encendida y expresión furiosa, abrochándose un botón de la blusa. La huella de mis dedos en su brazo se había transformado en una ligera contusión.

    Un viejo despertador, colocado sobre una estantería repleta de vajilla, marcaba las seis y veintiún minutos. Por inimaginable que pareciera, llevaba fuera del tiempo media hora, como máximo. Y sin embargo me había afeitado cerca de cien veces, a juzgar por los datos de mi agenda. Es decir: creía haber vivido tres meses, tres verdaderos meses. Repentinamente, apreté los puños y sentí una especie de náusea al pensar que tal vez mi cuerpo se hubiera quedado en la cabina experimental del laboratorio de Sévres y que acaso el doctor Martinaud y Aline estuvieran intentando reanimarme desesperadamente... Todo eso suponiendo que no me encontrara ya sobre una camilla, camino del depósito. ¡La camilla! ¡La camilla sobre la cual había acostado a Aline para no dejarla petrificada en su absurda postura anterior! ¡Y el ridículo informe que pretendía colocar en varias cajas, distribuidas por todo París, para beneficio de los sabios del porvenir! ¡Todo aquel trabajo inútil, en el que había consumido semanas y meses, equivalía a menos de veinte minutos de tiempo humano!

    Sólo podía hacer una cosa: regresar al laboratorio, de donde nunca hubiera debido salir. Allí, al menos, podría enviar un mensaje —o intentarlo— a Martinaud y al profesor Massel. Y si no quedaba posibilidad alguna de devolverme a la vida —lo cual parecía muy probable—, siempre tendría el recurso de poner definitivamente fin a los días de Yvon Darnier con el revólver del agente de policía, que continuaba llevando en el bolsillo.

    Tras romper todos mis papeles, los tiré a una alcantarilla y me puse en marcha hacia Sévres. Tendría que dividir el camino en varias etapas, porque durante los últimos tiempos me costaba un trabajo ímprobo desplazarme a través del aire ardiente y gelatinoso. Optando nuevamente por la relativa frescura del metro, reemprendí en sentido inverso el itinerario que me había conducido hasta allí unos meses... unos minutos antes. Atravesé otra vez los andenes del metro, atestado de trabajadores matinales, y vi cómo las luces volvían a apagarse y encenderse alternativamente... La razón de lo cual, dicho sea de paso, no acababa de entender.

    Dudando de que verdaderamente hubiera roto una llamada de incendios, salí del metro en la Puerta de Saint-Cloud y continué por el exterior. Desde lejos, vi un grupo de gente alrededor de un bombero de mejillas sonrosadas, que hubiera podido salir del Museo Grévin. Estaba colocando un nuevo cristal en la abertura cuadrangular de la llamada. Al otro lado de la calle, delante de la tienda de bicicletas, había un grupo parecido, todo el mundo miraba fijamente el escaparate roto. «Con que realmente lo hice», me dije, vagamente reconfortado, mientras continuaba la marcha.

    En el sitio donde había visto un ciclista inclinado hacia delante sin caerse, se encontraban ahora dos guardias. De esta forma llegué hasta el laboratorio, donde nada había cambiado, y me detuve en seco. Todos los presentes se encontraban alrededor de mi perro Jyp. El animal estaba de pie sobre la mesa y parecía ladrar; a su lado, también de pie y con los ojos clavados en él, Aline se mordía los labios. La puerta de la cabina experimental estaba abierta y respiré más tranquilo al comprobar que mi cadáver no estaba en ella. « ¿Lo habrán llevado al depósito?», me pregunté al cabo de un instante. Pero, en ese caso, no estarían todos alrededor de Jyp, mi viejo amigo Jyp, cuyos grandes y húmedos ojos parecían mirarme.

    Me acerqué y pude comprobar la existencia de magulladuras en los brazos y en el cuello de Aline. Se las había producido yo, naturalmente, al instalarla sobre la camilla. Entonces descubrí la jeringa en las manos de Martinaud, las tijeras en las del profesor Massel y, unidas a ellas, un mechón de pelo de la pata de Jyp. Todo, repentinamente, quedó explicado. Pero, ¿por qué iban a ponerle esa inyección a Jyp? Desde luego, no para... No, Aline no lo hubiera permitido. Miré de nuevo al perro y vi sus grandes y húmedos ojos clavados en mí.

    — ¡Jyp! ¡Mi viejo Jyp! —dije acariciándole la cabeza y retrocediendo al sentirle temblar bajo mis dedos.

    Lentamente, como en una película a cámara lenta, el perro volvió la cabeza y su cola empezó a moverse. Grité:

    — ¡Jyp!

    Y no pude evitar que las lágrimas corrieran sobre mis mejillas y entorpecieran mi visión. El animal cada vez se movía más de prisa. Bruscamente, con un extraño y profundo ladrido, saltó hacia mí y... se quedó en el aire, tembloroso y asustado. Un segundo después estaba en mis brazos, debatiéndose, gruñendo y lamiéndose la cara.

    Antes de nada, debía convencerme de que era dueño de mi propio cuerpo y de que éste no había sido conducido al depósito. Dejé a Jyp en el suelo y salí de la sala de control. El animal intentó correr delante de mí por el aire caliente y espeso. Con un alegre gruñido, saltó de nuevo y se volvió a quedar en el aire. Me reí y lo puse sobre la acera. En la casita, que ya otras veces se había utilizado como depósito de cadáveres, no había nada. Repentinamente fatigado y hambriento —la fatiga y el hambre siempre se abatían repentinamente sobre mí— me dirigí hacia la cantina. Estaba cerrada, pero no me costó mucho trabajo entrar. Sólo encontré pan y mantequilla, que comí con excelente apetito. Sabía que en aquel mismo piso había una sala de reposo con varias butacas y uno o dos divanes. Até a Jyp con la cuerda de una persiana a mi muñeca, temiendo verle desvanecerse con tanta brusquedad como había aparecido.

    Me desperté sobresaltado —lo cuál era habitual—, y con la sensación de no haber descansado. Y tuve la repentina intuición de que el profesor Massel había «empujado fuera del tiempo», utilizando su expresión favorita, a Jyp con la finalidad de llegar de algún modo hasta mí. « ¿Habrá adivinado?», me dije arrastrando a Jyp hasta el laboratorio, donde todos continuaban agrupados alrededor de la mesa en que el perro había sido «empujado hasta mi tiempo». Jyp había salido ya de su campo de visión y, puesto que todos miraban hacia el lugar donde se había evaporado, llegué a la inclusión de que para ellos sólo habían transcurrido uno o dos segundos, mientras nosotros habíamos vivido varias horas, tal vez cinco o seis. ¡Con tal de que le hiciera comprender al profesor Massel lo sucedido! Me quedaba, naturalmente, el recurso de cambiar de sitio o de levantar del suelo a cualquiera de los presentes, pero ¿bastaría con eso? ¡La pistola! ¡Sí, la pistola serviría! Tendrían que oír la detonación y además la verían sobre la mesa después del disparo. En ese mismo momento, antes de que pudieran cogerla, intentaría meter un mensaje dentro del cañón.

    Saqué el arma y apreté el gatillo. Durante un segundo no se produjo detonación alguna, y ya me disponía a comprobar si estaba bien cargada, cuando la culata se movió en mi mano como si alguien pretendiera arrebatarme la pistola. Entonces apareció la bala por la boca del cañón, en medio de una explosión sorda, extrañamente amortiguada, y de una llama amarillenta parecida a la del soplete. El proyectil, como una mosca de cobre, avanzó lentamente, a una velocidad que no debía ser superior a algunos centímetros por segundo. Lo observé, fascinado, preguntándome cuánto tiempo tardaría en alcanzar... Repentinamente me di cuenta de que se dirigía hacia la blusa de Aline. Rodeé al profesor Massel y atrapé la bala al vuelo, pero descubrí con consternación que no podía detenerla ni modificar su trayectoria. Quemaba tanto que me vi obligado a soltarla y cuando, desesperado, me coloqué ante ella para que chocara contra mi espalda, me desgarró la camisa y me abrasó nuevamente. Sin embargo, me sabía capaz de desplazar a la gente de su sitio. Fui hacia Aline y me apoyé sobre ella, de la manera más delicada posible, con objeto de no magullarla, empujándola lentamente fuera de la trayectoria del proyectil. A pesar de ello, terminó por perder el equilibrio y yo lo acompañé en su caída, procurando protegerla con mi cuerpo.

    La bala continuó lentamente su vuelo y por fin se incrustó en la pared opuesta. Jyp, que no comprendía nada de todo aquello, correteaba entre las «petrificadas» personas de la habitación y me vi obligado a sujetarle para que no las mordisqueara con objeto de atraer su atención.

    Nunca es fácil calcular el tiempo y en semejantes condiciones lo era mucho menos.

    De todas formas, calculo que por lo menos transcurrieron quince o veinte minutos antes de poder comprobar alguna reacción facial a mi disparo. Finalmente, los ojos de Martinaud parecieron salirse de sus órbitas y la boca de Aline se abrió poco a poco, mientras en su cara comenzaba a reflejarse el miedo. Entonces me dirigí a una de las mesas y escribí lentamente a lápiz:

    «Estoy aquí con Jyp, pero ustedes no pueden vernos. No vivimos en su tiempo y les vemos como si fueran estatuas. Un segundo de «ahí» equivale a tres o cuatro horas de «aquí». ¿Podrían hacer algo por nosotros? Sea lo que sea, dense prisa.»

    Yvon


    Enrollé el papel y lo metí en el cañón de la pistola. Después coloqué ésta sobre la mesa. Todos se volvieron a mirarla con asombro.

    A partir de aquel momento, tuve que pasar largas horas de paciente espera. Poco a poco les vi reaccionar ante el disparo. El primero en descubrir el arma fue Martinaud. Jyp se había dormido y yo, cuando el doctor se inclinó para recoger el arma, le imité. Entretanto el profesor se había estado volviendo hacia la boquiabierta Aline, que se encontraba en la misma ridícula postura de un boxeador groggy intentando levantarse.

    Ya no pude ver más. Estaba dando cabezadas y se me cerraban los ojos. Cuando algunas horas más tarde me desperté, con todo el cuerpo dolorido, el profesor ayudaba a Aline a levantarse y la mano de Martinaud acababa de levantar la pistola de la mesa. Por fuerza tenía que ver el papel metido en su cañón, pero pasarían horas, tal vez días, antes de que llegara hasta mí una respuesta. Me levanté, desperté a Jyp y nos fuimos los dos a la cantina para reponer las fuerzas y buscar un sitio confortable donde dormir.

    Al despertarme, volví al laboratorio. Martinaud había desenrollado mi mensaje y se dedicaba a leerlo. El profesor Massel, que seguía sujetando a Aline por el brazo, miraba hacia el doctor con la boca torcida, como si estuviera hablando.

    El resto ya lo conocen. Transcurrió por lo menos un mes antes de que al profesor Massel se le ocurriera la idea de la inyección intravenosa y me comunicara su plan por escrito. Debido a ello, tuve tiempo sobrado para escribir este informe, que voy a depositar en la cabina experimental por si el procedimiento del profesor resulta... malo.


    * * *

    Aquella noche, cuando Yvon Darnier volvió en sí, se encontraba en la enfermería, con Aline, inclinada hacia él, sonriéndole.

    — ¿Cómo se siente? —le preguntó en voz baja.
    —No muy bien. Me duele por todas partes. ¿Pero dónde...? ¡Dios mío! ¡Jyp! ¿Lo ha traído también el viejo?
    —El doctor Martinaud y el profesor vendrán de un momento a otro, Yvon. Ellos le dirán... No haga esfuerzos inútiles.
    — ¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿A qué vienen todas estas vendas? —Está usted lleno de quemaduras...
    — ¿Quemaduras? ¿Cuándo y cómo me las he hecho? ¡Ah! ¡Profesor! ¿Qué ha pasado? —Algo muy desagradable, Yvon —dijo Xavier Massel sentándose al lado de la cama—. No resulta fácil de explicar. Hace tres días, usted se puso voluntariamente en estado de hibernación consciente...
    —Todo eso ya lo sé, profesor. ¿Y después?
    —Al dar por terminada la experiencia, le pusimos una inyección que debía devolverle al ritmo normal, pero la cosa no funcionó bien... En lugar de recuperar ese ritmo, lo sobrepasó con mucho, acelerándose... qué sé yo... cien o doscientas veces más de lo normal.
    —Entonces mis hipótesis eran acertadas. Mientras ustedes vivían una fracción de segundo, yo vivía una hora o más. ¿Dónde está Jyp? ¿Ha conseguido recuperarlo?
    —Sí. No se preocupe por él, subteniente.
    — ¿Pero cómo...?
    —Ya se lo contaré después... —dijo el profesor levantándose—. Ahora enséñeme las quemaduras.
    — ¿Cómo me las produje?
    — ¿Le costaba bastante trabajo moverse, no? Y seguramente tenía mucho calor...
    —Sí. El aire era espeso y pegajoso... Una especie de jarabe de malvavisco. ¿Cómo lo sabe usted?
    —La velocidad de sus movimientos, la respiración... Todo eso debió provocar una violenta fricción del aire. Incluso estoy sorprendido de que no se quemara mucho antes, como un meteoro.
    — ¿Como un meteoro?
    —Sí, subteniente. Hágase cargo de que se movía a tal velocidad que el ojo humano no podía verle.
    —Por eso mis vestidos estaban siempre chamuscados y con desgarrones... Recuerdo haber utilizado varias bicicletas, pero los neumáticos reventaban en seguida. ¿Y esos gongs que oía con tanta frecuencia? ¿A qué los atribuye?
    —No, desde luego, a su imaginación. La explicación es bastante sencilla. Probablemente se trataba de llamadas telefónicas. Lo que para nosotros constituye un sonido continuo, para usted se convertía en una serie de sonidos aislados, separados entre sí por largos períodos de silencio. Y si estos sonidos parecían provenir de un gong, es porque las ondas acústicas, como todo lo demás, se transmitían con mucha lentitud dentro de su tiempo. Al reducir la velocidad de un disco, se oyen sonidos progresivamente más graves.
    —Pero, ¿por qué podía oír el timbre del teléfono y los otros sonidos no?
    —No lo sé con exactitud. Seguramente, el umbral de percepción de su oído era muy inferior al normal... Quiero decir que sólo podía percibir una amplitud muy débil de vibraciones. Por lo que toca a las luces, está bastante claro. En los sitios donde había corriente alterna —el metro, por ejemplo— usted tenía la impresión de apagones... La corriente alterna va y viene cincuenta veces por segundo. Aquí mismo tenemos ese tipo de electricidad: mire la bombilla que hay encima de su cama con los ojos entornados y verá cómo la luz parece vacilar. Con cada una de esas vacilaciones se iniciaba para usted un período de oscuridad, que duraba, o parecía durar, varios minutos. Si hubiera dispuesto de un método más preciso para medir el tiempo, ahora podríamos calcular la velocidad a la que ha vivido durante una hora.
    —Cuatro o cinco meses, creo.
    —Tal vez. Es difícil de decir, subteniente. Vivir a ese ritmo desgasta al organismo mucho antes de lo normal... El cuerpo humano no está hecho para aguantar esas velocidades y...
    —Y yo he envejecido mucho, ¿no?
    —No... no lo sé. Biológicamente ha debido envejecer varios años. Todo depende de lo que sienta...

    El doctor Martinaud y Aline entraron en la habitación y miraron al profesor, que les hizo una seña.

    —Sí, se lo he dicho y... creo que comprende.
    —Efectivamente. Comprendo. ¿Querría traerme un espejo, Aline?
    —No me parece... —tartamudeó la enfermera, mirando al profesor con aire desesperado.
    — ¿Y si esperara un poco, Yvon? —dijo Martinaud—. Ahora está lleno de quemaduras y su aspecto no es muy agradable. Pero eso pasará. Espere a volver... a la normalidad...
    — ¿Tan grave es la cosa? Aline, por favor, estoy seguro de que en su bolso hay un espejo.

    Cuando la enfermera volvió algunos minutos más tarde, sacando del bolso el espejo que Yvon le había pedido, el doctor Martinaud estaba cerrando los ojos de un individuo muy viejo, que acababa de morir. Los ojos de Aline se llenaron de lágrimas, mientras guardaba el espejo, ya inútil, en el bolsillo de la blusa.

    —Está...
    —Sí —contestó el profesor Massel—. Envejecía muy rápidamente.
    — ¿Qué edad tenía ahora, según sus cálculos?
    —Cualquiera lo sabe —dijo Martinaud levantándose—. En mi opinión, su cuerpo es el de un hombre que tuviera más de cien años.
    —Su perro ha vuelto —dijo el profesor secándose las gafas—. Está debajo de la cama. Martinaud se inclinó y sacó el cadáver de un cocker muy viejo, que había perdido casi todo su pelo.
    —No estaba ahí a la hora de comer. ¿Cómo se las ha arreglado para entrar? —Estaba, sin la menor duda. Sólo que usted no podía verlo —dijo el profesor saliendo de la habitación.


    EL TIGRE RECALCITRANTE


    A todos los hombres bajos enamorados de mujeres altas


    CON LAS MANOS BIEN HUNDIDAS EN LOS BOLSILLOS DEL PANTALÓN y la cabeza echada hacia atrás, el señor Darbon se balanceaba un poco sobre la punta de los pies y hablaba animadamente. A pesar de ello, y no sin cierta tristeza, se dio cuenta de que la encantadora y sonriente señora Gassade, a despecho de todos sus esfuerzos, continuaba mirándole desde arriba, mientras paladeaba su café. ¡Si por lo menos se sentara! ¡Le sería entonces tan fácil utilizar su personalidad e incluso imponérsela! El señor Darbon se imaginaba inclinado sobre ella, rozándole el hombro con la punta del dedo y sonriendo, también él; la señora Gassade, para mirarle, tendría que levantar sus ojos azules... Aquellos ojos, ligeramente desorbitados, que a veces llegaban a resultar demasiado bellos y que siempre traían a la memoria del señor Darbon un conocido retrato de la Pompadour... Hasta cierto punto solamente, porque Hèléne Gassade no tenía las delicadas y mórbidas redondeces de la marquesa.

    —Y créalo o no —prosiguió con su estudiada sonrisa de sorpresa (que ponía de manifiesto la cegadora blancura de sus dientes, una blancura que resaltaba siempre de forma inesperada sobre el negro sedoso de su perilla) —, créalo o no, la primera jirafa que vino a París, subió en triunfo los Campos Elíseos, precedida por la banda de la Guardia Imperial y acompañada por un escuadrón de caballería ligera. De esta forma atravesó el Bosque de Bolonia y siguió hasta el castillo de Saint-Cloud, donde el Emperador y la corte la recibieron con los honores habitualmente reservados a los embajadores.
    — ¡No! ¡Es increíble! ¿Has oído, Marcel? —exclamó la señora Gassade.
    —Sí —dijo Marcel apartándose de su balcón, desde el que se dominaba el Bosque de Vincennes—. Y se me ocurre una buena idea: llevemos a nuestros amigos al zoo. La señora Darbon acaba de decir que nunca lo ha visto.

    Marcel Gassade era aún más alto que su mujer, pero en él, evidentemente, la cosa tenía mucha menos importancia. De un profesor de gimnasia, todo el mundo espera que sea alto y ancho de hombros. Y también que reciba a sus amigos en pantalón deportivo y camisa de cuello abierto, a pesar de ser domingo por la tarde. El señor Darbon no conseguía imaginarse vestido así, porque estaba acostumbrado a llevar cuello duro y corbata desde las siete de la mañana en días laborables y desde las ocho en festivos. Lo exiguo de su estatura resultaba deplorable desde muchos puntos de vista, aunque no era completamente incompatible con su profesión. El señor Darbon podía recitar una asombrosa lista de hombres bajos y célebres, como Napoleón, que apenas se preocupaba, y como Luis XIV, que se preocupaba mucho y llevaba tacones altos y una desmesurada peluca. Entre el Rey Sol y el profesor Louis Darbon existía además cierto parecido: los dos tenían el mismo nombre de pila, los dos se habían enamorado siempre de mujeres muy altas, los dos detestaban verse obligados a permanecer de pie ante ellas y los dos eran de la misma talla. Louis Darbon, más discreto, no llevaba peluca, pero jamás permitía que el peluquero le pusiera fijador. Y aunque no había adoptado la costumbre de los tacones altos, se compraba siempre zapatos de suela muy gruesa, con lo que su marcha adquiría una curiosa elasticidad. Por esta razón sus alumnos le conocían con el sobrenombre de «Tapón de Champagne». En el liceo «Luis el Grande» también se le llamaba «Luis el pequeño».

    Al señor Darbon no le entusiasmaba la idea de dar un paseo por el zoo. Detestaba el sombrero en forma de chimenea que llevaba su mujer, porque la hacía parecer aún más alta de lo que era. Cuanto más meditaba sobre ello, menos comprendía que se hubiera casado con una mujer tan desgarbada. La señora Gassade era, seguramente, igual de voluminosa, o casi igual, pero estaba llena de encanto y sabía escuchar con un hechizador interés.

    «Tal vez sea una persona fácil de hipnotizar», pensó el señor Darbon mientras se ponía cuidadosamente, calibrando al milímetro la inclinación, su panamá blanco de alta copa, que todos los veranos llevaba desde el 1° de junio hasta el 15 de septiembre. Unos meses antes había comprado una Historia de París de ocasión, en ocho tomos, el séptimo de los cuales narraba la vida de los más célebres magos e hipnotizadores: Nicolás Flamel, Ruggieri, Cagliostro, el conde de Saint-Germain, etcétera... A partir de ese momento, Louis Darbon no consiguió apartar de su mente la extraña potencia que puede conferir el hipnotismo. Compró otras obras sobre el tema y por la noche, en la soledad de su despacho, llevó a cabo cierto número de experiencias, legando a la conclusión de que no bastaba la voluntad para convertirse en un buen hipnotizador. La mirada, su mayor o menor grado de imperiosidad y determinación, era el factor principal. El señor Darbon, contrayendo las cejas, adquiría un aspecto realmente impresionante y, tras ejercitarse un poco ante el espejo, descubrió que podía mantenerse así durante mucho tiempo, sin necesidad de pestañear. Una mañana intentó ejercer sus poderes sobre la señora Darbon, pero nadie puede imponerse por este procedimiento a la voluntad de una mujer con la que se lleva veinte años viviendo. El sujeto de su experiencia se limitó a preguntar al cabo de un instante: « ¿Te duelen las muelas?», y el señor Darbon comprendió que era preferible empezar con un sujeto fácil, con una persona sencilla y emotiva. Reflexionó largamente sobre el particular y continuó sus ensayos ante el espejo, llegando a la conclusión de que, por lo menos al principio, para no asustar al sujeto, sería aconsejable esbozar una sonrisa no muy marcada, pero dulce, que corrigiera la turbadora seriedad de su mirada.

    Una vez en la calle, el señor Darbon le ofreció ceremoniosamente el brazo a la señora Gassade. Aunque caminaba erguido hasta la exageración, el hombro de Hèléne sobrepasaba en varios centímetros al suyo. Era una lástima, porque se trataba de una mujer realmente atractiva, en muchos aspectos, e incluso bella... Y que además sabía escuchar muy bien. No como su mujer, que se había parado al borde de la acera y ayudaba al señor Gassade a encender la pipa, haciéndole pantalla con las manos.

    — ¿Cree usted en el hipnotismo? —preguntó el señor Darbon, levantando el sombrero e inclinándose discretamente al paso de una dama que había saludado a la señora Gassade con una sonrisa.
    —No. ¿Por qué?
    —En la vida existen afinidades extrañas, e incluso misteriosas, y usted parece ser una persona refinada y sensible, una buena médium, en una palabra —terminó el señor Darbon en voz baja, esperando que su compañera le preguntara entonces si él sabía hipnotizar. Por eso se sintió sorprendido al oír que la señora Gassade le decía:
    — ¿Y qué utilidad tiene hipnotizar a una persona?
    — ¡Hombre!... Actualmente la medicina se sirve de ella... y en las enfermedades mentales...
    —Ya comprendo... Es para hacer creer a la gente que está curada de alguna cosa... ¿Y se curan de verdad?
    —En cierto modo, sí... Se les hace comprender lo que no pueden ver o lo que, por cualquier motivo, se niegan a aceptar.
    — ¿Los psiquiatras también lo utilizan?
    —Sí... O al menos, eso creo —dijo el señor Darbon con una ligera sonrisa.

    Y empezó a soñar que la esposa de su colega se encontraba bajo su poder. Él la obligaría a enfrentarse consigo misma y le demostraría que estaba hecha para vivir junto a un intelectual refinado y suave, aunque lleno de firmeza, y no junto a un bípedo carnoso, junto a un torpe manojo de músculos, que manifestaba una acusada tendencia a dormirse delante de cualquiera en cuanto la conversación cobraba algún interés.

    Murmurando unas palabras de excusa, el señor Darbon se adelantó a sacar cuatro billetes. Su mujer, que continuaba al lado del señor Gassade, se acercó y le dirigió una mirada muy expresiva. Una mirada que, tras veinte años de experiencia matrimonial, el señor Darbon interpretó sin ninguna dificultad: ella quería hablarle en privado. ¿Tal vez estaba disgustada por su manera de ofrecerle el brazo a la señora Gassade? Pero mientras le tendía el billete, ella se apoyó en su hombro para quitarse una china incrustada en la suela de su zapato y le dijo al oído:

    —No vayas a proponer consumiciones ahí dentro. Ya has pagado más de la cuenta. Fastidiado, aunque más tranquilo, el señor Darbon la miró pasar el torniquete y la pescó dirigiendo una descomunal sonrisa al señor Gassade, que en aquel momento encendía otra vez su pipa. La sonrisa de la señora Darbon se trocó en mueca un instante después, cuando un camello cargado de niños pasó por su lado, rozándola. «Si por lo menos se le ocurriera devorar su sombrero», pensó el señor Darbon.
    — ¡Cuidado! —gritó un guardia.

    Pero el aviso llegó tarde, porque el camello, sin detenerse, había vuelto la cabeza y había atrapado con sus largos dientes, amarillentos y húmedos de baba, el sombrero de la señora Darbon.

    — ¿No podía usted estar al tanto? ¿Por qué no le ponen un bozal? —gritó el señor Gassade dando un vigoroso puñetazo en el hocico del animal para obligarle a soltar su presa.

    La señora Darbon, un poco asustada, contempló con aire melancólico los restos de su sombrero:

    —No se preocupe. Era muy viejo y en realidad nunca me había gustado —dijo sonriendo sin ganas.

    Después tiró lo que quedaba de él a una papelera y miró disimuladamente a su marido. Pero éste no sonreía e incluso parecía desolado, como pudo comprobar la señora Darbon no sin cierto placer.

    Confundía, sin embargo, la desolación con la preocupación. Porque el señor Darbon, efectivamente, estaba preocupado, y se preguntaba si era posible una coincidencia tan asombrosa o si...

    Cuando llegaron ante los leones, ya no le cabía la menor duda: las fieras, por alguna razón misteriosa, le obedecían. Le bastaba con pensar cualquier cosa, incluso sin necesidad de poner su voluntad en juego, y el animal al que en aquel momento estuviera mirando, fuera del género que fuera, ejecutaba inmediatamente su pensamiento. Así, sin el menor esfuerzo, hizo que una foca dejara de nadar y de sumergirse, empujándola hasta el borde de cemento que rodeaba el estanque y obligándola a ladrar «casi como un perro».

    Unos metros más allá, despertó con la fuerza de su mirada a un aturdido hipopótamo y le ordenó que, siquiera por una vez, se levantara y sostuviera su pesado cuerpo sobre sus cortas y carnosas patas. Obedeciendo a sus deseos, el animal pataleó en el agua y dio un enorme bostezo, como generalmente se ve en los documentales de la fauna africana. El señor Darbon descubrió unos instantes más tarde, sin poder evitar un estremecimiento de satisfacción, que tenía el mismo poder sobre las aves. Al llegar a la pajarera, un guacamayo azul, oro y púrpura, empezó a dar chillidos y a batir las alas. Después abandonó de un salto su percha. De no habérselo impedido la cadena unida a su pata, se habría colocado en el hombro de Gassade —el señor Darbon estaba seguro de ello— y le habría quitado la pipa de la boca.

    Lleno de asombro, el señor Darbon se disponía a mencionar sus recién adquiridos poderes, cuando se le pasó por la cabeza la idea de que, al fin y al cabo, todos aquellos animales se habían limitado a realizar gestos que les eran familiares y que, por extraño que pareciera, todo podía reducirse a una serie de coincidencias. ¿Estaba, por ejemplo, seguro de no hallarse en presencia de un simple fenómeno de transmisión del pensamiento? ¿No se habrían limitado los animales a sugerirle lo que iban a hacer? Necesitaba una prueba más convincente, que no dejara lugar a dudas y la mejor manera de obtenerla era obligar a una de aquellas fieras a hacer algo inhabitual e incluso contrario a su instinto. Y unos instantes más tarde, mientras contemplaba a un grizzly de América, erguido sobre sus patas traseras y mendigando como sólo un oso puede hacerlo, se le ocurrió algo que constituiría una demostración irrefutable. Puesto que los osos siempre mendigaban de pie, haría que éste lo hiciera cabeza abajo.

    «Pero es mucho pedir», se dijo, dando media vuelta para alcanzar a su mujer y a sus amigos, que seguían ya su paseo.

    — ¡Mamá, mira! —gritó una niña.

    Las personas paradas ante el estanque de los osos se echaron a reír. El señor Darbon, reprimiendo a duras penas un ligero temblor, volvió corriendo y se asomó al foso. ¡El oso pardo realizaba desesperados esfuerzos para hacer el pino!

    El zoo de Vincennes, cuya concepción es notable por muchos motivos, apenas tiene jaulas ni barrotes. Profundas fosas separan al público de los anímale salvajes, que de esta forma viven al aire libre y en un marco que les recuerda el de su país de origen. Los leones pueden retozar a su antojo entre rocas y árboles, y en el recinto contiguo, separados de ellos por un muro vertical y del público por un ancho y profundo foso, se encuentran los tigres. En aquella ocasión, dos soberbios ejemplares, de gigantesco tamaño, se pavoneaban al sol.

    — ¿Nunca intentan saltar la fosa? —preguntó la señora Darbon.
    —No podrían dar un salto así y lo saben —dijo el señor Gassade—. Son animales inteligentes, que calculan bien el tiempo y las distancias.
    — ¡Inteligentes! —refunfuñó Louis Darbon para sus adentros, regodeándose con la idea que acababa de ocurrírsele. « ¡Una sola prueba más!», murmuró luego en voz baja, mirando a uno de los tigres acostados a menos de quince metros. «Venga, ponte de pie», pensó. Y al ver que el animal se alzaba lentamente, con sus dos ojos amarillentos clavados en él, ordenó: «Ahora, retrocede, toma impulso y salta».

    El señor Darbon se sintió algo decepcionado, porque el animal, a juzgar por las apariencias, no se disponía a obedecerle. Se limitó a avanzar lentamente hasta el borde del foso, sin apartar la mirada del diminuto profesor. Después se aclaró la garganta con un profundo gruñido, dio media vuelta y regresó paso a paso al roquedal donde su compañero se desperezaba. Sólo entonces se volvió, haciendo bruscos remolinos con la cola, y corrió en dirección al foso sin forzar la marcha al principio, pero aumentando progresivamente la velocidad.

    — ¡Dios mío! —gritó Marcel Gassade.

    Con un potente impulso, el tigre saltó a bastante altura y cayó en el interior del foso, gruñendo. Le habían faltado por lo menos tres metros para alcanzar el parapeto. Una mujer lanzó un grito de terror.

    — ¿Decía usted que los tigres saben medir las distancias? —dijo el señor Darbon sin apartar los ojos del fondo de la sima, donde el tigre, como un gato gigante, se elevó de un salto hasta la mitad del muro de cemento y consiguió, con ayuda de las garras, trepar dos metros, para después caer rugiendo. El profesor de historia, por si acaso, se echó hacia atrás prudentemente.
    —Me gustaría saber por qué ha hecho eso —dije Hèléne en un tono que no era interrogador.

    Y en aquel momento tenía las uñas clavadas en el brazo del señor Darbon.

    —Ha sido culpa mía y le pido perdón por haberla asustado —dijo éste, estirándose cuanto pudo y sonriendo, pero sin dejar de observar atentamente la expresión de la señora Gassade.

    Y al ver que su interlocutora no decía nada, limitándose a mirarle con sorpresa, añadió, mientras le daba golpecitos cariñosos en la mano:

    —Ejerzo una especie de poder hipnótico sobre los animales.
    —Louis, no digas tonterías —dijo la señora Darbon con risa estrangulada—. ¡Ni siquiera podrías hacer que un asno rebuznara!

    En aquel momento Louis descubrió un carricoche para niños tirado por un burro.

    — ¿Qué decías, querida? —repuso con una sonrisa de superioridad, cuando los potentes rebuznos del animal les hicieron volverse.
    — ¡Es increíble! —exclamó Marcel Gassade, riendo a mandíbula batiente.
    —Una simple coincidencia. El pobre animal ha debido reconocerte. Pero su risa, esta vez, era un poco destemplada e histérica.
    —No. Creo que su marido se halla de verdad en posesión de un extraño poder — intervino Hèléne Gassade, siempre colgada del brazo del profesor.
    —Me gustaría creerlo —dijo el señor Gassade— Pero entonces, ¿por qué no obliga a ese tigre a subir y a intentar el salto por segunda vez?
    —Ya está trepando por esas rocas y de nada le serviría saltar. Podría estarlo haciendo durante toda su vida —dijo el señor Darbon con una sonrisa irónica.
    —Sí, seguramente tiene usted razón —contestó Gassade, golpeando la pipa contra el tacón de su zapato—. Entonces, pruebe con otra cosa... Di tú con qué, Hèléne.
    —Hágale mover la cola como un perro y rascarse la oreja —dijo Hèléne riendo tontamente.
    — ¿Cuál de las dos? —preguntó el profesor, recurriendo nuevamente a su sonrisa de sorpresa.
    —Las dos, una después de otra —replicó el señor Gassade.

    El profesor dio un paso hacia delante con los brazos cruzados y miró al tigre, que avanzó hasta el borde del foso, se sacudió y se sentó lentamente sobre sus cuartos traseros. «Ahora», pensó el señor Darbon, intentando cruzar su mirada con la del tigre. Pero cuando finalmente lo consiguió, el animal, en lugar de mover la cola o de rascarse la oreja, se agazapó, bufó y rugió en dirección a él.

    —Creo que la ha tomado con su perilla —dijo el señor Gassade rascando una cerilla en la suela de su zapato.

    El señor Darbon se puso rojo como una amapola.

    ¡Nunca su iletrado colega (que sólo era, a fin de cuentas, un asistente encargado de hacer jugar a los alumnos y en modo alguno un verdadero «profesor»), se había permitido tales familiaridades con él ni con ningún otro catedrático del liceo «Luis el Grande»! ¿Por quién le tornaba? Haciendo caso omiso de la risa estúpida y cacareante de su mujer, Darbon apretó los dientes y se concentró. ¡Iba a enseñarles!

    —Ráscate —musitó con los labios apretados, intentando fulminar a la fiera con la más cruel de sus miradas.

    Pero el tigre, que continuaba agazapado, agitó la cola y volvió a rugir.

    — ¡Miren, mueve la cola! —dijo Hèléne Gassade con excitación.

    Louis Darbon, sin embargo, sabía que aquel movimiento de cola no guardaba relación alguna con su mandato. «¡Ráscate!», pensó de nuevo.

    —Tengo la impres