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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
    S2
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    B1
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    BÚSQUEDA ESTELAR (Frederik Pohl y C.M. Kornbluth)

    Publicado el domingo, mayo 25, 2014

    1


    Ross estaba en la rampa de los negociantes, que dominaba los Astilleros, y el adjetivo se había aferrado a su mente. Podrido...

    Todo el Planeta Halsey olía imperceptiblemente a podrido. El amplio, magnífico, atareado y eficiente puerto espacial sólo servía para destacar aquella sensación. Desde lo alto de la rampa, donde se hallaba Ross, podía divisar los Astilleros, las cúpulas de la ciudad de Halsey a diez kilómetros de distancia... con los grises acres de la Ciudad Fantasma en medio.

    Ross arrugó la nariz. No era un individuo dado a preocuparse, pero el olor a descomposición habíale saturado el olfato aquella mañana. Toda la noche había estado batallando consigo mismo hasta llegar a una decisión. Y se había levantado temprano, tan temprano que la única cosa que tenía sentido era dirigirse al trabajo.

    Lo cual significaba tener que pasar por la Ciudad Fantasma, cosa que no había hecho en largo tiempo, desde su primera juventud. La Ciudad Fantasma era un lugar maravilloso para jugar. "El marro", "Seguir al Caudillo", "Senadores y Presidentes"... todos los juegos antiguos cobraban una nueva vida cuando los chiquillos correteaban y se ocultaban por entre las ruinas, cuando corrían por los herbosos senderos, o galopaban por entre las bamboleantes chozas de las que a veces podía verse surgir un inesperado anacoreta.

    Pero estaba claro que en los quince años transcurridos entre la época de los juegos infantiles y el camino de un hombre que va al trabajo, la Ciudad Fantasma había crecido.

    ¡Todo el mundo lo sabía! No había más que preguntarles a los especialistas y éstos contestarían de qué modo y con qué rapidez. Un acre al año, una casa en un mes, un bloque cada semana... Los especialistas os convencerían de que el acre, la calle y el bloque se hallaban bajo control, puesto que ellos podían medirlos.

    Si se les preguntaba a los especialistas, éstos dirían por qué ello era así. Una respuesta por especialista, con la garantía de que las respuestas no chocarían entre sí.

    —Un fenómeno puramente psicológico, Ross. Una vibración del péndulo hacia una mayor densidad municipal, un reconocimiento confuso, madurado, de los hechos de la mutua dependencia, básicamente un paso adelante...
    —Un fenómeno puramente biológico, Ross. Un descenso en los nacimientos, debido a la deficiencia bioquímica del rastro de elementos importantes en nuestra dieta planetaria. Por fortuna, la situación ha sido atajada a tiempo, y mi ley ante la Cámara proporcionará...
    —Un problema puramente técnico, Ross. El mantenimiento de una ciudad esparcida es inevitablemente menos eficaz que el de una unidad compacta. Por ello se ha producido un retroceso hacia las zonas centrales, con el emplazamiento de los pasos con aire acondicionado, las plazas hibernizadas...

    Sí. Era un problema puramente psicotécnico-educativo-biológico-demográfico, y era, básicamente, un paso adelante.

    Ross ignoraba cuántas Ciudades Fantasmas existían en la superficie del planeta Halsey. Descomposición, pensó. Podredumbre.

    Pero esto no tenía nada que ver con su propio problema, el problema que le había mantenido despierto toda la noche, el problema que le ocultaba ahora la visión.

    La campana había sonado. Empezaba la jornada de labor.

    Para Ross podía ser el última día de trabajo en los Astilleros.

    Anduvo lentamente desde la rampa a las oficinas de la Oldham Trading Corporation.

    —Buenos días, Ross, muchacho — le saludó su joven jefe con afecto. El padre de Charles Oldham IV siempre había demostrado una actitud paternal hacia sus empleados, y Charles Oldham IV no deseaba alterar absolutamente las normas de su padre. Le estrechó la mano a Ross a la puerta de los despachos y se excusó por no haber podido todavía encontrarle una secretaria. Llevaban ya dos semanas buscándola, pero las tres únicas solicitantes al puesto habían tenido que ser rechazadas.
    —Es esa maldita Cámara — Charles Oldham IV hizo un gesto de impotencia para demostrar cuan indefensos se hallaban los hombres de negocios ante la interferencia gubernamental —. Esta maldita falta de trabajo es sólo una crisis artificial de escasez. Papá lo vio así, y sabía lo que iba a suceder.

    Ross estuvo a punto de decirle que se despedía, pero se contuvo. Tal vez lo hizo porque no deseaba estropearle la jornada a Oldham con malas noticias, en el momento de entrar al trabajo. O quizá porque, a pesar de la noche de insomnio, aún no estaba completamente decidido.

    La tarea matinal le ayudó a estar seguro. Era el mismo trabajo pesado y monótono.

    Tres mercantes habían llegado al amanecer, procedentes de la tercera luna de Halsey, pero ninguno de ellos era asunto suyo. Había un embarque de joyas y relojes que atender, pero la nave no despegaría hasta dentro de una semana. No era un trabajo clasificado como urgente. Ross trabajó en los manifiestos durante un par de horas, miró hacia fuera por el ventanal durante otra, y por fin llegó la hora del almuerzo.

    El pequeño Marconi se colocó a su lado cuando Ross pasó por el salón de los comerciantes.

    De todos los aspirantes de la Lonja, Marconi era quien le resultaba más simpático a Ross. Era delgado y moreno, en tanto Ross era más recio y rubio; además, se hallaba cuatro grados por encima de Ross. Pero como éste trabajaba para Oldham, y Marconi para Haarland, la diferencia quedaba nivelada en el intercambio social.

    Ross sospechaba que para Marconi, lo mismo que para él, aquella labor no era más que un simple trabajo, monótono y aborrecido, y no un motivo de orgullo. Y sabía que las lecturas de Marconi no se limitaban a las boletas de embarque.

    —¿Almuerzo? — le preguntó Marconi.
    —Seguro — asintió Ross. Y comprendió que con toda seguridad le confiaría su secreto al hombrecillo de Haarland.

    El cenador estaba atestado... comparativamente. Las ocho mesas de costumbre estaban ocupadas, pero se abrieron paso hasta los ventanales, y hallaron una mesa que daba a los Astilleros. Marconi quitó unas motas de polvo de su silla.

    —Hace tiempo que no la han usado — comentó —. ¿Un trago?

    Enarcó las cejas al ver que Ross asentía; usualmente era Marconi quien bebía durante el almuerzo, y en cambio Ross se mostraba siempre abstemio.

    Cuando llegaron las bebidas, ambos dijeron a la vez:

    —Tengo algo que decirte.

    Los dos se contemplaron sobresaltados... y se echaron a reír.

    —Adelante — le animó Ross.

    Marconi no arguyó. Rápidamente extrajo una foto de su bolsillo.

    ¡Caramba — pensó Ross —, otra vez Lurline! Estudió la foto con cierto interés.

    —¿Un nuevo retrato? — preguntó vivamente —. Linda chica... — entonces vio la dedicatoria: "A mi prometido, con todo amor". — ¡Vaya! — exclamó—. ¿Prometido? ¡Felicidades, Marconi!

    El joven estaba embebido contemplando la foto con arrebato.

    —El mes que viene — dijo, feliz —. Una gran, magnífica boda. ¡Para siempre, Ross... para siempre! ¡Con hijos!

    Ross compuso una expresión de sorpresa.

    —¡No me digas! — se burló.
    —Ella está de acuerdo en tener dos hijos en los cinco años primeros; no se trata de una cláusula sino de una garantía. Con quinientos anuales de pensión por crío. ¿Y sabes una cosa, Ross? Su abogado le aconsejó delante de mí que debía solicitar tres mil, y ella replicó: "No, señor Turek. Estoy enamorada". ¿Qué te parece, Ross?
    —Una entre un millón — alabó Ross, débilmente. Interiormente opinaba que Marconi había sido engatusado, lisa y llanamente. Lurline pertenecía a los Antiguos Terratenientes, que no poseían más que tierras, y Marconi era un don nadie que ganaba un buen sueldo. Claro que ella estaba enamorada. Era lo mejor que podía hacer. Naturalmente, la promesa de tener hijos parecía especial; pero los diarios todos los días insertaban noticias parecidas. Marconi podía contar con un simulacro de felicidad. Le prometería a su novia el desayuno en la cama cada tercer fin de semana, o la doncella que posiblemente no podría encontrar en la bolsa del trabajo, y el tribunal redactaría las promesas por ambas partes como un asunto de simple igualdad Y el matrimonio prosperaría, de acuerdo.

    Marconi exhaló un último suspiro y devolvió la foto a su bolsillo.

    —¿Y ahora — preguntó animosamente, mirando por si venía el camarero —, cuáles son tus noticias?

    Ross sorbió su bebida, contemplando los mercantes en sus rampas hemisféricas.

    —Puedo hallarme a bordo de uno de ésos la semana próxima — declaró bruscamente — Fallon tiene un empleo de sobrecargo.

    Marconi esperó a que el camarero se alejase y luego soltó un gruñido.

    —¿Despido?
    —¡Tengo que hacer algo! — estalló Ross —. ¡Todo resulta tan fácil y cargante que estoy a punto de reventar! ¡Tengo que hacer algo! — repitió —. ¡No hago nada de provecho! Sólo cojo papeles y vuelvo a dejarlos en el mismo sitio. Sé muy bien todo lo que puede ocurrirme en la oficina. Ablandarme y engordar. En lugar de cerebro acabaré por tener un libro de contabilidad. Y cuando se llega a esto, uno está acabado. ¡Es lo mismo que estar muerto!
    —¡Pero, Ross...!
    —¡Al diablo! — los ojos de Ross centellearon —. Marconi, creo que a mí me ocurre algo. Por ejemplo, fíjate en la Ciudad Fantasma. ¿Te has preguntado alguna vez por qué nadie vive allí, excepto unos cuantos ermitaños?
    —Bueno, porque es la Ciudad Fantasma — contestó Marconi —, y está abandonada.
    —¿Y por qué está abandonada? ¿Qué le pasó a la gente que la habitaba?

    Marconi sacudió la cabeza tristemente. —Amigo mío, necesitas un descanso — le dijo con simpatía —. Esto ocurrió hace mucho tiempo. Tal vez centenares de años.

    —¿Pero adonde fue la gente? — insistió Ross con desesperación —. La ciudad estaba habitada hace cientos de años, de acuerdo, y la ciudad era dos veces mayor que ahora. ¿Qué ocurrió?
    —No lo sé — respondió Marconi, encogiéndose de hombros.
    —¡No lo sé! ¡No lo sé! — gritó Ross —. Tú no lo sabes, yo no lo sé, nadie lo sabe... Pero a mí me preocupa. Soy curioso. Marconi..., me siento de mal humor. Deprimido. Empiezo a preocuparme por insensateces. Una de ellas es la Ciudad Fantasma.

    ¿Y por qué no pueden encontrarme un secretario? ¿Es que soy distinto de los demás? Supongo que esto no significa que esté loco.

    Se echó a reír.

    —Ross, no eres el único — replicó Marconi con calor en sus palabras —. No pienses que estás loco. A mí mismo me ha ocurrido. Pero hallé la respuesta. Espera, Ross.

    Hizo una pausa.

    —¿Sí? — exclamó Ross suspicazmente.

    Marconi se golpeó el bolsillo donde guardaba la foto de Lurline.

    —Ella llegará.

    Ross consiguió no componer una expresión de burla.

    —No — negó ferozmente —. Mira, no te lo había dicho, pero estuve casado. Tenía dieciocho años. El matrimonio duró un año... y bien, se terminó. Un arreglo de dinero; tardé cinco años en devolver el préstamo, pero jamás lo lamenté.
    —Incompatibilidad sexual... — empezó a decir Marconi con seriedad.

    Ross le atajó con un gesto de impaciencia.

    —A este respecto — aseveró —, ella era un genio. Pero...
    —¿Pero?

    Ross se encogió de hombros.

    —Yo debí estar loco — replicó con sequedad —. Sigo pensando que estaba medio muerta, corrompiéndose como el resto del planeta Halsey. Y debo seguir estando loco, porque continúo pensando igual.

    Marconi, involuntariamente, se tocó el bolsillo.

    —Quizás has trabajado con exceso.
    —¡Con exceso! — Ross se echó a reír, con mezcla de humor y enojo —. Bien — admitió — necesito un cambio. Quizá me iría bien enrolarme en una nave.
    —¡No! — exclamó Marconi con tanta violencia que Ross dejó a medio camino el vaso que se llevaba a la boca.
    —No, claro está — dijo, contemplando atentamente a su amigo —. Era sólo una manera de hablar. Pero dime una cosa, ¿quieres? —¿Decirte qué?
    —Dime por qué has mostrado una reacción tan violenta ante la palabra nave, sabiendo que me refería a una nave espacial de largo trayecto. Quiero saberlo.
    —Bueno, Ross — gruñó el otro —, ya sabes lo que es una nave así. Una tripulación detestable; no es para ti.
    —Quiero saber más — insistió Ross —. Cuando te pregunto qué es una nave de largas distancias, qué hace la tripulación durante los dos o trescientos años de travesía, siempre cambias de tema. ¡Siempre! Quizá sepas algo que yo ignoro. Y quiero saber qué es, y esta vez no cambiarás de tema. No lo harás hasta que yo me haya enterado — tomó un sorbo del vaso y se retrepó en su asiento —. Háblame de estas naves. Jamás he visto llegar ninguna; han transcurrido unos quince años desde que llegó aquel mercante de Sirio IV, ¿verdad?

    Marconi no era ya un hombre enamorado ni una de las pocas personas a las que Ross consideraba con benevolencia. Era un extraño de mirada endurecida, con una boca obstinada y una expresión poco grata. En resumen, era de nuevo un traficante, y además muy bueno.

    —Te diré todo lo que sé — declaró Marconi, aunque con poca seguridad —. Pero primero atiende a ese individuo — señaló a un mensajero uniformado, cuya mirada buscaba a Ross. El hombre se abrió camino por entre las mesas, tropezando a veces, y dejó un sobre sellado junto al vaso de Ross.
    —Lo siento, señor — dijo —, por interrumpirle.

    Sin hablar, Ross firmó en el sobre, en el lugar señalado Urgente-Prioridad. El mensajero saludó, casi desorbitando un ojo, y se marchó, tropezando con sillas y mesas.

    —Medio muerto — murmuró Ross, siguiéndole con la mirada —. ¿Cómo diablos consiguen seguir con vida?
    —Estás tomando las cosas con excesiva seriedad, Ross — le recriminó Marconi, sonriente —. Admito que ese tipo es algo torpe, pero...
    —Pero nada — le cortó Ross —. ¡No intentes hacerme creer que ignoras que algo anda mal! Ese tipo es un incompetente, y la mitad de su generación es como él — contempló con amargura el sobre y volvió a dejarlo sobre la mesa —. Más manifiestos. Juro que me volveré loco por completo si tengo que verificar otra factura de embarque. Bueno, no me amargues el día, Marconi. Háblame de las naves interestelares. Todavía no hemos terminado tú y yo.

    Marconi señaló su vaso vacío.

    —Sí, tomemos otro trago — asintió Ross —. Marconi, dime todo lo que sepas de esas naves.
    —Son naves, de acuerdo — empezó diciendo su interlocutor —. Van del planeta de una estrella al planeta de otra estrella. Esto tarda mucho, porque las estrellas se hallan separadas entre sí por muchos años-luz, y los cohetes no pueden viajar tan de prisa como la luz. Esto lo proclamó Einstein... fuese quien fuese. ¿Debemos empezar con la nave de Sirio IV? Yo estaba por ahí cuando llegó. Hace quince años, y el planeta Halsey desde entonces aún goza de los beneficios que su llegada nos reportó. Y lo mismo les pasa a Levertt e Hijos, Corporativa Comercial. Pudieron criar flores con las semillas que trajo la nave, percas dulces de los huevecillos... Yo jamás las he comido. ¡Pescado crudo como postre...! Pero mucha gente se vuelve loca por las percas... a cinco escudos la ración. Bien, ahora las tienen.
    —Al grano, Marconi — le recordó Ross, torvamente.

    El traficante Marconi rió amistosamente.

    —Lo siento. Bien, ¿qué más? Cuadros y música, pero no soy muy aficionado a tales cosas. Claro que leo y como lector digo que Dios bendiga a esa nave de Sirio IV. Nunca hemos tenido un novelista como Morris Halliday en este planeta, o un ensayista como Jay Waring. Veamos, debía haber ocho novelas de Halliday en microfilms, y creo que Leverett todavía tiene un par en sus arcas. Leverett debe estar...
    —Marconi, no quiero oírte hablar de Leverett e Hijos. Ni de Morris Halliday o Waring. Quiero que hables exclusivamente de las naves interestelares.
    —Estoy intentando decírtelo — replicó Marconi, frunciendo el ceño.
    —No es cierto. Me estás hablando sólo de que las naves interestelares van de una a otra estrella, o de un sistema estelar a otro con mercancías. Esto ya lo sé.
    —Entonces, ¿qué pretendes saber?
    —No te muestres difícil, Marconi. Quiero conocer los hechos. Quiero saberlo todo con respecto a dichas naves. Todo lo que se murmura. Las cándidas explicaciones no explican nada... excepto que una nave estelar es una nave estelar. Sé que se trata de ingenios multigeneradores, de sistema cerrado; un grupo de gente penetraron en una nave de Sirio IV y sus tataranietos llegaron al planeta Halsey. Sé que cada dos generaciones tu empresa (y también la mía, si a eso vamos), construye una con grandes beneficios, y la envía, provista de semillas y microfilms y cintas grabadas, dibujos, bocetos, productos manufacturados, todo lo que puede interesar en el mercado, con la esperanza de que regrese mucho después de haberse muerto todos, con un cargamento similar que enriquezca a tu empresa y a los propietarios de la mía. Parece tonto... pero, como he dicho, da beneficios. Sé que tu firma y la mía meten en las naves, media docena de seres de cada sexo, que a bordo llegan hasta el delirium tremens, debido a tener que gastarse su maldito dinero de un modo que ellos saben. Y esto es cuanto sé. Empieza a partir de aquí, Marconi. Y procura ser claro.

    Marconi se encogió de hombros con irritación.

    —Esto comienza a ser fastidioso, Ross — se quejó —. ¿Qué quieres que te diga? ¿El número de tornillos que hay en el Depósito 47 de la Nave Estelar 74? ¿Cuál es la diferencia? Como dije, una nave estelar es igual a otra. Sin ellas, los sistemas solares habitados no poseerían medios de contacto ni de comercio. ¿Qué más puedo decirte?

    De pronto, Ross pareció como perdido.

    —No... no lo sé. ¿No sabes más, Marconi, absolutamente nada más?

    Marconi titubeó y, por un instante, Ross estuvo seguro de que sí sabía algo más, algo que podía ser una respuesta a las dudas y a las necias inconsistencias que le atormentaban. Pero Marconi por fin se limitó a alzar las espaldas, consultar su reloj y ordenar otra bebida.

    Pero algo iba mal. Ross creía hallarse en la situación de un médico cuyo paciente voluntariosamente se niega a decirle dónde le duele. El planeta estaba enfermo... pero no quería admitirlo. ¿Enfermo? ¡Moribundo! ¡Tal vez se hallaba por completo en un mal paso! Quizás las naves interestelares no tenían nada que ver con ello. Quizá Marconi no sabía nada que sirviera como pieza del rompecabezas y aclarase la solución... pero la Ciudad Fantasma seguía creciendo acre a acre, año a año. Y Oldham todavía no le había hallado un secretario capaz de escribir correctamente su propio nombre.

    —Según los historiadores, todo encaja debidamente en su lugar — susurró Ross, dudosamente —. Afirman que nosotros llegamos a este planeta gracias a una nave de largo alcance, Marconi. Nuestros antepasados, al mando de un tipo llamado Halsey, colonizaron este lugar, hace mil cuatrocientos años. Según los navegantes procedentes de otras estrellas, sus antepasados colonizaron muchos planetas me-diante unas naves procedentes de un planeta llamado Tierra. ¿Dónde se halla la Tierra, Marconi?
    —Consulta un mapa estelar — le replicó Marconi sucintamente —. Está en él.
    —Sí, pero...
    —¡Pero, infiernos! — exclamó Marconi, enojado —. ¿Qué diablos te pasa, Ross? La Tierra es un planeta como otro cualquiera. La nave Halsey que colonizó éste era una nave interestelar como cualquier otra... sólo que mayor, según creo... Bueno, yo no estaba aquí. Al fin y al cabo, ¿qué son las naves interestelares sino naves colonizadoras? Lo que pasa, es que van a planetas que se hallan ya habitados, eso es todo. Una nave interestelar ni es nada nuevo, ni siquiera interesante, y esto empieza ya a fastidiarme y será mejor que leas tu mensaje.

    Ross estaba arrepentido... sabiendo que así era como había querido verle Marconi.

    —Siento haberte molestado, Marconi. Ya sabes lo que ocurre cuando uno se siente inquieto, turbado. Conozco todas estas historias..., pero resultan tan endiabladamente difíciles de creer... ¡Las famosas naves colonizadoras! Deben haber sido absoluta-mente gigantescas para llevar a cierto número de seres a una travesía multigeneradora, de circuito cerrado. ¡Ahora no podríamos construirlas tan enormes!
    —No hay motivo para construirlas. —Pero aunque lo hubiera, no podríamos. Ima-gínate disparar tales ingenios por toda la galaxia. ¿Cuántos planetas habitados hay en el mapa...? ¿Quinientos? ¿Un millar? Piensa en la técnica, Marconi. ¿Qué ha sido de ella?
    —Ya no necesitamos esta clase de técnica — replicó Marconi —. Esta labor está cumplida. Ahora tenemos que concentrarnos en cosas más importantes. Aprender a vivir mutuamente. Desarrollar nuestro planeta. Incrementar nuestro entendimiento de los factores sociales y demográficos...

    Ross al fin soltó una carcajada.

    —Bueno, Marconi — exclamó después —. fíjate en esto. Hemos llegado a dominar la ciencia para controlar los factores sociales. Cada año hay menos problemas. Pero muy pronto todos estaremos muertos, y entonces los problemas restantes podrán ser etiquetados como "solucionados".

    Marconi también se rió, como si hubiera estado esperando la oportunidad?

    —Ahora que todo está aclarado, ¿quieres leer tu mensaje? ¿vas a almorzar algo?

    El mensajero de los Astilleros volvió a aparecer, tropezando con las mesas y esta vez le entregó un sobre a Marconi. Miró el sobre sin abrir de Ross y no dijo nada. Ross, sintiéndose culpable, lo cogió y lo abrió. Se puede actuar como un crío delante de un amigo, pero no delante de un subalterno.

    El mensaje procedía de su oficina.

    "Radar informa nave espacial gran velocidad con autocontroles. Primera aproximación trayectoria indica origen interestelar. Probable Eta Yards 1500. Sin recibir mensajes radiados. Póngase al trabajo inmediatamente y obre de acuerdo. — Oldham."


    Ross miró a Marconi, cuya expresión se había alterado. —Creo saber lo que dice tu mensaje — le dijo con voz temblorosa.

    —Seguro que sí — replicó Marconi —. La instalación de radar de Oldham en Sunward siempre ha sido mejor que la de Haarland. Mejor ubicada. ¡Vaya, ya estamos en un lío! Salgamos de aquí, y esperemos que nadie nos eche de menos.

    Cogieron unos bocadillos del mostrador al salir y fueron mordisqueándolos mientras el jeep de los Astilleros los conducía a la valla. Sorteando los mercantes en sus rampas, deslizándose por entre los enormes cobertizos, contemplaron las excitadas discusiones. Dos veces les adelantaron vehículos de los astilleros que se dirigían hacia la zona de aterrizaje. A medio camino de la valla, oyeron las sirenas que advertían a todo el mundo que saliese de los diez acres endurecidos rodeados por los aparatos de radar de la Aproximación Controlada. Se hallaban cerca del lugar donde solían aterrizar las mayores naves.

    Cuando llegaron, el lugar estaba atestado. En tal sitio eran muy corrientes las naves procedentes de cualquiera de las cinco lunas del planeta Halsey; las lunas eran en realidad las minas del planeta. Incluso las naves de pasaje y de carga semanales, de la colonia de Sunward, el planeta más próximo a Halsey, no eran más que un asunto puramente rutinario para los obreros de los astilleros. Pero para todo el mundo, una nave interestelar era una sensación, una emoción sólo vivida una o dos veces en toda una existencia.

    El protocolo era inseguro. Los comerciantes discutían con respecto al primer encuentro con los forasteros y sus productos. Un tratante llamado Aalborg afirmó que el único sistema justo era darle a cada comerciante una oportunidad igual para el ne-gocio... por orden alfabético. Todos estuvieron de acuerdo que bajo ninguna circunstancia debería permitírsele negociar al agente de Leverett e Hijos... Todos estuvieron de acuerdo, excepto el agente de Leverett e Hijos. Éste indicó que su empresa era la elección más lógica porque poseía mejor experiencia para tratar con artículos interestelares.

    Por poco le matan.

    No era sólo el dinero lo que enrarecía el ambiente. El hechizo del viaje a través del tiempo también les excitaba. Los tripulantes de aquella nave eran viajantes tanto del tiempo como del espacio. La tripulación que se había embarcado en la nave no era ya más que polvo. La que ahora llegaría jamás había visto un planeta. Había como una humildad entre la multitud. Algunos reflexionaban que, después de todo, no era una gran hazaña unir un cohete a una nave y lanzar ambos ingenios hacia un planeta distante unos cuantos millones de millas. Esto se hallaba eclipsado por la tremenda hazaña de que iban a ser testigos. Estos que meditaban, acabaron por encogerse de hombros y suspirar al pensar que incluso la nave interestelar que se dirigía hacia el planeta Halsey (provista de bombonas de aire y los convertidores de desgaste de alta eficiencia), no era más que un peón en la gran jugada cuya gran regla era la fórmula masa-energía del legendario Einstein: no es posible que un objeto vaya a mayor velocidad que la luz.

    Un comunicado barrió el campo, dejando a los hombres estupefactos a su paso. El radar Rastro confirmó que la nave era de tipo desconocido. Acababa de fenecer toda esperanza de que pudiera tratarse de una nave estelar lanzada muchos siglos antes desde Halsey para un viaje de circunvalación. La nave era extranjera.

    —¿Te imaginas lo que traerán? — le preguntó Marconi a su compañero. —¡Comerciante! — le lanzó como un insulto Ross. Comenzaba a sentirse mejor. El peso de la depresión que le había oprimido se había aligerado, bien por su confesión o por el ambiente electrizado. "Si cada día era así", pensó vagamente.
    —No nos engañemos — iba diciendo Marconi con vehemencia —. ¡Esto es todo un acontecimiento! ¿De dónde proceden? ¿Qué traen? ¿Debo adquirir todas sus mercancías? Tal vez consiga una comisión de quince mil escudos. Lurline y yo podría-mos edificarnos una finca en Gran Lago Azul con ese dinero, con una planta entera para sus padres. Ross, no sabes lo que es estar enamorado. Todo cambia.

    Un jeep gruñó y se detuvo. Ross parpadeó y chilló:

    —¡Ahí viene!

    Todos contemplaban la nave que se iba acercando con el máximo interés, ocultando la excitación con una desbordada charla.

    —Ya ha entrado en acción la radio de alta potencia. — Marconi indicó una enorme antena en forma de plato que se balanceaba sobre un mástil—. Por lo visto, los platillos de potencia media no le sirven a esa nave.
    —Tal vez tampoco le sirvan los de gran poder.

    La nave derivó hacia occidente y centelleó sobre el horizonte.

    —Alguien habrá decido que un frenazo de una elipse o dos es suficiente. ¿Y qué hay de la línea visual?
    —No sudes. No pienses. Hay una fortuna en potencia a bordo de esta nave y la Administración desea su porcentaje por el servicio y la acomodación.
    —¿Te imaginas lo que traerán?
    —Esto ya te lo he preguntado yo, Ross.
    —Sí, es cierto.

    Permanecieron en silencio hasta que el cohete volvió a mostrarse, ahora por oriente, más alto y más lento. El gran disco giró sobre sí mismo bruscamente y empezó a moverse de nuevo.

    —Esta vez empieza el aterrizaje. ¡Sí! Ya salen los chorros estabilizadores.

    Del punto luminoso que se movía en lo alto surgió una llamarada; su aparente velocidad se redujo considerablemente. Se desvaneció un segundo cuando los chorros guías volvieron a refrenarla. Entonces, ambos amigos vieron los chorros de proa cuando llamearon para el descenso.

    Fue corriente... sólo el aterrizaje de un cohete muy grande. Cuando un aterrizaje es perfecto resulta exactamente igual a cualquier otro.

    Pero el torbellino que se apoderó del campo a continuación del aterrizaje no fue como los otros. Los altavoces proclamaron que todos los negociantes, mecánicos, frotadores y visitantes debían situarse detrás de la valla, sin moverse. Todo el personal altamente adiestrado del Campo iba a disponerse al despacho de la nave interestelar. Las escuadras de armamentos y descontaminación, iban a actuar inmediatamente. El capitán Delafield dictaría todas las órdenes y no permitiría que ningún comerciante las propalase. El capitán Delafield dictaría todas las órdenes.

    Ross contempló con cierto asombro cómo los obreros del Campo trabajaban con suma precisión, sacando media docena de armas de cañón afilado del interior de un cobertizo de aspecto inocente y las colocaban en posición de tiro. De otro cobertizo salió un enorme tanque a presión, que fue situado frente al portón de la nave.

    Delafield atravesó el espacio existente entre el complejo de departamentos del Campo y el tanque, se esfumó en su interior a través de una puerta a presión y esto fue todo. El tanque no tenía ventanas. Entre el tanque y la nave habían insertado una juntura.

    —¿Qué es todo esto? — le preguntó Ross a su amigo —. El doctor Gibbons se cuida del tanque a presión, Chunk Blaney lleva un cañón que jamás había visto... ¿cuántos secretos más existen aquí que yo no conozco?
    —Una vez al mes tienen instrucción de artillería, mi joven amigo, pero jamás hablan de ello. Es preciso que exista una leyenda sobre todo esto. Hay que adoptar medidas razonables, tanto clínicas como militares, aunque (y esta es la verdad) nunca haya ocurrido nada.

    La conversación languideció y transcurrió una larga hora de espera. Al fin volvió a reaparecer Delafield. Un individuo de la escuadrilla de descontaminación partió en un jeep con un micrófono.

    —¿Qué es esto? — preguntó Ross —. ¿Orden alfabético? ¿O que hay prisa? El anuncio llegó hasta él. —Representante de la Corporación de Comercio Haarland, por favor, preséntese al tanque de descontaminación.

    El representante de la Corporación de Comercio Haarland era Marconi.

    —¡Caramba! — exclamó Ross con amargura —. ¡Que tengas suerte, sean quienes sean!

    Marconi meditó un momento y luego gruñó:

    —Ven conmigo.
    —¿De veras?
    —Seguro. Eh... naturalmente, Ross, me darás tu palabra de no efectuar ofertas o preguntas comerciales sin mi permiso.
    —Oh, claro está — cruzaron el campo y fueron registrados en la valla. Marconi presentó su tarjeta de identificación y respaldó a Ross.
    —¿Qué está haciendo aquí, Ross? — refunfuñó el capitán Delafield —. Usted pertenece a OIdham. Creo que dije...
    —Es responsabilidad mía, capitán — le interrumpió Marconi —. ¿Basta eso?
    —Será cuestión suya si Haarland se entera de esto — rezongó Delafield —. En realidad, ésta es una endiablada situación. Ellos han preguntado por Haarland.

    Marconi pareció asustarse e, involuntariamente, su mano se dirigió a su bolsillo. Se atragantó y preguntó:

    —¿De dónde son?
    —De casa — sonrió Delafield.
    —¡Oh, no! — estalló Marconi.
    —Es cuanto he podido sacarles. Supongo que podremos verificar su trayectoria, y que debe haber libros. Todavía no hemos entrado en la nave. Nadie puede penetrar en ninguna hasta que ha sido espolvoreada, revisada, descontaminada y revisada en todas sus partes componentes. Hay que vigilar demasiados rincones en busca de virus y bacterias.
    —Seguro, capitán. ¿De casa, eh? ¿Son muy sencillos?
    —Unos cerebros infantiles y felices. Son quince, de edades que oscilan entre un mes y lo que parecen ser ciento veinte años. Todo lo que saben decir es "casa" y "deseamos ver al representante de la Corporación de Comercio Haarland". Fue la vieja la que dijo esto. Luego, el que la sigue en orden — debe ser un hombre de cien años —, lo repitió. Después una pareja de mellizas idénticas, mujeres de cincuenta años, lo coreó. Y luego el resto, hasta el bebé de un mes... y estoy seguro de que también intentó decirlo. Bien, usted es el representante de la Corporación de Comercio Haarland. Adelante.


    2


    Todos estaban desnudos. ¿Por qué no? No hay clima en una nave espacial. Todos se rieron cuando Ross y Marconi pasaron por el portón, excepto el bebé, que estaba siendo amamantado por una bonita joven. Aquellas risas fueron las que atrajeron inmediatamente a Ross. Era simpática aquella risa general. Como los gozosos ladridos de unos cachorros jugando con un hueso de goma.

    Luego sintió como una puñalada al tiempo que el placer de aquella sencilla felicidad se trocó en recuerdo y reconocimiento. Su esposa diez años antes... Ross los estudió asombrado, esperando hallar los rasgos de ella en aquellos rasgos, su expresión en la de ellos. Y fracasó. Sin embargo, le recordaban inexorablemente el desdichado pasado al lado de aquella mujer a medias, si bien físicamente no eran de su clase. Se trataba de risas alegres, que él sabía eran menos que humanas.

    Las alegres risas dejaron al descubierto en todas las bocas unos dientes muy manchados. ¿Por qué no? Si se pone calcio y flúor en un sistema cerrado, no se desvanecen.

    La vieja se adelantó riendo y le espetó a Marconi:

    —Queremos ver al representante de Haarland...
    —Sí, lo sé. Yo soy el representante de la Corporación Comercial Haarland. Bienvenidos al planeta Halsey. ¿Puedo preguntarle su nombre, señora?
    —Ma — contestó ella, graciosamente.
    —Encantado de conocerla, Ma. Yo me llamo Marconi.
    —Dijo usted que era el representante de la Corporación Haarland... — exclamó Ma, extrañada.
    —Sí, Ma, exacto. Bien, digamos que Marconi es mi otro nombre. Dos nombres, ¿entiende?

    Ella se rió ante la idea de dos nombres para una sola persona.

    —¿Cuál es el nombre de este caballero? — inquirió entonces Marconi.
    —No es caballero. Es Sonny.

    Sonny tenía unos cien años.

    —Encantado de conocerle, Sonny. ¿Y su nombre, señor?
    —Sonny — contestó un pelirrojo de unos ochenta años.

    Las mellizas se llamaban Las Chicas. El bebé se llamaba El. Y el resto se llamaba Joven, Ma o Sonny. Después de las presentaciones, Ross observó que el bebé había sido traspasado a otra Ma que estaba plácidamente amamantándolo. La mujer tenía leche encima, una leche que surgía lentamente de la boca del bebé.

    —¿No hay ningún otro bebé en la nave? — preguntó Ross con alarma.

    Todos volvieron a reír, y la Ma que estaba amamantando al bebé respondió:

    —Había una, pero murió. La mayoría mueren poco después de ponerle en la caja. Esta Ma tuvo suerte. Su El no murió.
    —¿Ponerle en la caja? ¿Qué caja? ¿Por qué?

    Marconi le pegó un codazo en las costillas. Pero Ross le ignoró.

    Los otros se echaron a reír nuevamente ante esta ignorancia y le explicaron que la caja era la caja y que a los recién nacidos los ponían en ella porque a los recién nacidos hay que ponerles en ella. En el interior de la nave resonó un sonido pe-netrante.

    —Ahora tenemos que regresar — dijo Ma —, representante de la Corporación Comercial Haarland Marconi.
    —¿Por qué?
    —A intervalos regulares, indicados por un tono de seiscientos ciclos y una disminución intermitente de las luces de la nave, desde la iluminación normal a una frecuencia señalizadora de cuatrocientos veinte milimicrones, el personal de operaciones de la nave toma posiciones en los controles para la computación de los medidores y demás instrumentos contra las baterías de gobierno normal. Bien, tenemos que regresar.

    Todos se atropellaron hacia la escotilla, dejando a Ross y a Marconi contemplándose mutuamente en el tanque de descontaminación.

    —Bueno — dijo Ross lentamente —, al final sé por qué los Departamentos Transespaciales guardan sus pequeños secretos. "La caja". Yo diría que es asesinato.
    —Sé razonable — replicó Marconi..., aunque su propio rostro se hallaba blanco bajo la luz de las relucientes lámparas germicidales —. No pueden aumentar sin límite o morirían todos. Y antes de morir se llegaría al canibalismo. ¿Qué prefieres?
    —Permitir que nazcan niños y luego matarles si un calculador decide que no pertenecen al sexo apropiado, por ejemplo, es inhumano.
    —No es que me guste, Ross, pero sirve.
    —¡También las píldoras!
    —Las píldoras son un asunto particular. Una persona en privado puede decidir no tomarlas. La caja es un asunto público y el grupo se sobrepone a una madre que decida no utilizarla. Ahí tienes contestada tu pregunta de la efectividad, pero aún hay otro punto. Esta gente está cuerda, Ross. Es completamente ingenua, pero cuerda. Están más cuerdos que las mujeres sin hijos y que los solterones, que a fuerza de no querer a nadie, sólo se quieren a sí mismos. Éstos están cuerdos. En parte porque las mujeres sufren un periódico cambio bioquímico llamado embarazo con el que nivelan su equilibrio. En parte porque los hombres hallan ternura y protección en sí mismos hacia las mujeres embarazadas. Y principalmente porque... es algo en qué ocuparse.
    —¿Te imaginas la existencia monótona en una nave? El trabajo es siempre el mismo, una eterna repetición. No pueden leer ni contemplar cintas en una pantalla. Han nacido en la nave, y los libros y las cintas no tienen para ellos significado alguno porque no saben nada con que puedan hacer comparaciones. El único cambio que ven es en sí mismos o en los demás, envejeciendo paulatinamente. Los frecuentes embarazos son una bendición para ellos. Los comparan y los discuten; se preguntan quiénes serán los padres; apuestan con las raciones; los hombres se jactan y llevan la cuenta. Se hacen bromas... Se especula con la posibilidad de mellizos... Incluso el temor los mantiene cuerdos.
    —Y luego — le recordó Ross — la caja.
    —Sí, la caja — repitió Marconi mirando directamente hacia el portón de la nave —. Si hubiese otro medio... pero no lo hay.

    Su joven jefe no se mostró complacido con la información de Ross. —¡Preguntar por Haarland! — repetía incrédulamente —. ¡Esos mamarrachos no sabían de dónde venían ni adonde iban, pero sabían que tenían que preguntar por Haarland! — golpeó la mesa de su despacho y gritó iracundo —. ¡Maldición!

    —¡Señor Oldham! — protestó Ross, sobrecogido de pánico. No tenía precedentes que un superior perdiera su calma.
    —¡Y que sean también malditos los modales! — tronó Oldham —. ¿Qué sabe usted del estado de nuestros libros? ¿Qué sabe usted de la cuenta de gastos generales que heredé de mi querido padre? ¿Qué diablos sabe usted de la curva descendente de nuestras ventas?
    —Estas fluctuaciones... — comenzó a decir Ross.
    —¡Malditas sean las fluctuaciones! Conozco una fluctuación cuando la veo, y conozco un descenso a largo término cuando se presenta. Y le aseguro, amigo, que estamos corriendo a la bancarrota. Y ahora estos condenados monos llegan de no sé dónde con una consignación exclusiva para Haarland... No comprendo por qué no me desembarazo de este estúpido negocio y me voy a vivir a una cabaña del Gran Lago Azul y dejo que este planeta se pudra y se destroce.

    El horror de Ross ante aquel estallido de cólera quedó eclipsado por su interés al observar que él y Oldham estaban pensando lo mismo.

    —Señor — aventuróse a decir —, he estado pensando en algo que...
    —Eso puede esperar — le cortó Oldham, conteniéndose con visible esfuerzo, con lo cual Ross perdió su oportunidad de renunciar a su empleo —. ¿Qué hay de las aduanas? Sé que Haarland no tiene bastante efectivo para hacerles frente. ¿Quién tiene el dinero?
    —Se harán los usuales arreglos, señor — contestó Ross tristemente —. Se concederá un veinticinco por ciento de la mercancía a la autoridad portuaria para la subasta y los recibos quedarán exentos de la tasa de importación. Y supongo que hallarán buenas ofertas. No pierdan el tiempo. La subasta es esta noche a las veintiuna.
    —Asista usted — le ordenó Oldham —. Pero no puje sobre los cien mil escudos. Diversifique las compras lo más posible. Y procure obtener alguna información por anticipado de esos monos, por si tiene usted alguna oportunidad.
    —Sí, señor — prometió Ross. Al marcharse vio a Oldham cogiendo un frasco de plástico de una alacena.

    Y ésta, pensaba Ross mientras se dirigía al Puerto Franco, era la primera grieta que había visto en el decidido optimismo del jefe de la firma. Todos los altos cargos se mostraban siempre optimistas e idealistas, al menos así lo proclamaban. El comercio interplanetario era una causa y una misión; los comerciantes mantenían viva la llama del comercio. Tal, siguió pensando Ross, habían seguido mostrando aquel idealismo hipócrita sólo en tanto una población en aumento les iba asegurando la expansión de su mercado. Tal vez ahora decrecían los nacimientos... alguien pronunciaría la palabra "declinar", y todos se habían ya quitado la careta del optimismo, exhibiendo en cambio las garras y los colmillos de la competencia por lograr y atraerse los favores del disminuido grupo de consumidores.

    Y este era el camino que él mismo seguiría si se quedaba: comerciante menor, comerciante mayor, comerciante de primera, cada año más suspicaz con respecto a sus competidores, menos escrupuloso en la consecución de los escudos...

    Pero, claro está, iba a dejarlo. Le esperaba la litera del sobrecargo, y quizás entonces las temerosas depresiones le abandonarían. Pensó en todos los grandes comerciantes que había conocido: Oldham, nunca demasiado feliz en su heredado negocio; Leverett, siempre gordinflón, con su inesperada ganancia gracias a la nave de Sirio IV quince años atrás; Haarland, el jefe de Marconi... Haarland rompió la línea de sus ideas. No era posible pensar en Haarland roído por el temor y la avaricia. Era el más viejo de todos, pero había en él más celo y más movimiento en su apergaminado cuerpo que en el resto de todos los demás.

    En el salón de subastas, Ross halló un asiento cerca de las cortinas de terciopelo. Uno de los licitadores profesionales, apoyado en un muro, le hizo una señal imperceptible, a la que Ross contestó con otra. Sí, era lo mejor. Aquel individuo era muy bueno y pujaría por él. Aunque se conocían, no eran íntimos y nadie sospecharía que iban de mutuo acuerdo.

    Marconi, sentado a una mesa desnuda, trabajaba con un montón de papeles con uno de los Sonnys de la nave. Éste llevaba un mono de trabajo, la primera prenda de ropa que había vestido en su vida, si bien por lo visto no habían logrado convencerle para que se calzase.

    ¿A quién más conocía? El capitán Delafield estaba sentado con aspecto sombrío en primer término; Win Fraley, el más terrible subastador del Aeropuerto, estaba estudiando una lista, moviendo los labios. Estaban representadas todas las firmas comerciales; los dirigentes de las pequeñas empresas se hallaban en persona, no atreviéndose a delegar a nadie. Había casi todo el personal del aeropuerto, ya que se trataba de la primera nave interestelar en quince años.

    —Los productos se hallaban dentro de cajas y cajones cerrados, apilados contra la pared del fondo, como de costumbre. Ross pudo observar que algunas se hallaban perforadas, por lo que debían contener animales. Sólo se hallaba presente aquel Sonny del personal de la nave; los demás debían estar en aquélla. No podría cumplir las órdenes de Oldham respecto a enterarse por anticipado cuáles eran los artículos en subasta. ¡Al diablo con tal subasta!, pensó. Seguía estando de malhumor.

    La subasta era una especie de traición. Mucho ajetreo concentrado bajo aquella bóveda con cortinajes, que contrastaban desagradablemente con las largas y desiertas filas de asientos polvorientos a lo largo de las paredes, hacia el fondo de la sala. Quizá dos siglos antes Ross habría disfrutado más en aquella subasta. Pero ahora todo ello le recordaba su malhumor, el lento vaciarse del planeta, la...

    Descomposición.

    Pero como de costumbre, nadie más parecía darse cuenta ni importarle.

    El capitán Delafield consultó su reloj y se puso de pie. Golpeó sobre la mesa.

    —De acuerdo con las reglas de la Comisión de Comercio y los apropiados estatutos gubernamentales — comenzó a anunciar —, ciertas mercancías van a ser colocadas para subasta pública. La Corporación de Comercio Haarland consigna, consiente y accede a separarse de las mercancías de la Consignación 97-W, cuyo precio ha sido calculado por las autoridades aduaneras como el veinticinco por ciento del valor total de las mercancías. Todos los recibos de esta subasta serán sentados como im-puestos por gastos de aduana pagados para la consignación de dichas mercancías, constituyendo tales recibos el pago de todos los impuestos para la consignación 97-W. El secretario lo transcribirá; si cualquier persona aquí presente desea oponer algu-na objeción, que lo haga — consultó una hoja de papel que tenía en la mano —. Se me pide les informe que la Corporación Comercial Haarland ha concertado con el secretario una puja protectora de cinco mil escudos sobre cada artículo — hubo un fuerte murmullo en la sala. Cinco mil escudos era mucho dinero —. Ahora el subastador, Win Fraley — y el capitán Delafield se acomodó en la primera fila de asientos.

    El subastador se bebió un trago de agua, brillantes los ojos al posarse en el auditorio. Le entregó el vaso a un ayudante, con ademán teatral, cruzó las manos y sonrió.

    —Bien — comenzó con originalidad —, no tengo que decirles, caballeros, que alguien se enriquecerá esta noche. Quién sabe... alguno de ustedes. Pero nadie puede ganar dinero sin gastarlo, por lo que, una vez establecido esto, comenzaremos la subasta. Tengo aquí — pegó un golpe de maza — la Partida Número Uno. Bien, ustedes no saben ni lo sé yo qué contiene la Partida Número Uno, pero les diré algo: no la habrían enviado a doscientos treinta y un años-luz de distancia si pensasen que no tiene valor.

    Además, cuanto más gasten ustedes aquí, menos tendrán que pagar de impuestos — se echó a reír —.

    ¿Listos? Aquí están los informes. Partida Número Uno — su ayudante pegó un cartón al extremo izquierdo de la cuerda — pesa doscientos quince gramos, neto; quince centímetros cúbicos; va incluido un rollo de microfilm. Me recuerda — añadió — una partida del mismo tamaño del cargamento de Sirio IV. Resultó ser una serie de semillas de Mary-jane, y no creo tener que recordarles lo que el señor Leverett obtuvo de las Maryjanes; seguro que todos nosotros hemos fumado sus hojas. ¿Qué dice, señor Leverett? La última vez lo hizo usted muy bien. ¿Digamos, pues, diez mil como primera oferta para la Partida Número Uno? ¿Nueve mil...? ¿Qué dicen? Uno de los comerciantes menores, que trabajaba sin licitador profesional, ni había delegado la tarea a un meritorio, pujó a siete mil quinientos escudos. Como los licitadores de otros grandes comerciantes se mantuvo quieto en su asiento durante las primeras pujas. Las grandes empresas sabían hasta la fracción de escudo, la cantidad exacta que las pequeñas podían gastar en una compra a ciegas, y el modo mejor de ganarles por la mano era permitir que adquiriesen antes las mercancías. Naturalmente, los pequeños comerciantes también lo sabían, y su estrategia, cuando conseguían imponerla, era esperar el mayor tiempo posible. Era más un asunto de emoción que de coste; de conocer en qué fracción de segundo un compañero se decidiría a adquirir una partida, de saber cuándo se llegaba al límite de la puja, para que el competidor se la quedase a un precio ruinoso. Era un arte, y Ross, que lo despreciaba, sabía que él lo dominaba por completo. Bostezó y pretendió hojear una revista mientras quedaban colocadas las seis primeras partidas. Los pequeños comerciantes parecían estar desesperados, con afán de subir los precios sin ayuda. Pujó en la Partida Siete para apretar a un comerciante de poca categoría, y en parte para probar su conexión con el licitante profesional que le ayudaba. Fue perfecto; el otro captó su señal — una cuidadosa inspección de sus uñas — mientras parecía estar contemplando al agente de Leverett.

    Ross dejó pasar las otras dos y luego adquirió tres partidas en rápida sucesión. La fiebre ya se había extendido a la mayoría de licitadores, los cuales empezaban a subir por los diez mil escudos. Uno o dos de los pequeños comerciantes habían ya agotado su presupuesto y se marchaban, pareciendo estrujados... que era tal como estaban. Ross le hizo una seña a su profesional para que se quedase con "cinco" y salió en busca de una taza de café.

    Al volver se detuvo un instante fuera de la sala para contemplar las estrellas y respirar. Había las constelaciones familiares: el Segador, la Flota de Cohetes, Marilyn Monroe... Se quedó fumando un cigarrillo y mirando las estrellas hasta que alguien se movió a su lado en la obscuridad.

    —Una noche excelente, Ross — dijo la sombra.

    Era el capitán Delafield.

    —Oh, hola, señor — le saludó Ross, descendiendo a su alrededor de nuevo el mundo como un cortinaje demasiado sustancial —. ¿Respirando un poco?
    —Sí — asintió el capitán. Luego gruñó —: Diez minutos más en ese lugar infecto y me habría muerto. ¡Malditos traficantes ávidos de dinero! Sin ofensa, Ross; no entiendo cómo puede seguir en esto. Con el tiempo parece ir de mal en peor. Mucho peor. El pez grande siempre comiéndose al chico. No me gusta esto. No hay que ayudarle a un hombre a que se ahogue. No, no entiendo cómo puede usted resistirlo.
    —No lo resisto — le confesó Ross, calmosamente —. Capitán Delafield, usted no lo sabe, pero estoy más que asqueado de la vida que llevo y del trabajo que hago, y haría cualquier cosa por marcharme de aquí. El señor Fallon me ha ofrecido el cargo de sobrecargo, y lo estoy meditando con toda seriedad.
    —¿Sobrecargo? Un trabajo muy sucio. No hay que hacer nada, salvo cuando se está en el puerto, y entonces siempre se está tan ocupado que no se puede visitar nada del planeta. No se lo recomiendo, Ross.

    El aludido gruñó, dándole las gracias al capitán. Si la plaza de sobrecargo no era su medio de salida, ¿entonces, qué? Sesenta años más de espera, hasta que llegase una nave espacial del exterior y planear los beneficios que de la misma podría ob-tener, ¿no era eso? Sesenta años más de contemplar la Ciudad Fantasma creciendo a costa de la Ciudad Halsey, viendo a los comerciantes batallando constantemente para robarse entre sí la cada vez menor ola de consumidores, contemplando obs-cenas comedias como la de Lurline de los antiguos terratenientes consintiendo en casarse con Marconi, de los nuevos don nadie...

    —¿Entonces qué debo hacer capitán? ¿Pudrirme aquí con el resto del planeta?

    Delafield se encogió de hombros y contestó con sorprendente amabilidad:

    —¿También siente usted lo mismo, Ross? Me gusta oírselo decir. Gracias a Dios no soy sensible, pero sé lo que dicen de mí. Que abandoné la flota espacial tan pronto como pude conseguir el mando del aeropuerto. Y tienen razón. Lo hice. Porque estaba asustado.
    —¿Usted asustado? — las cintitas de Delafield, recompensa a una docena de empresas heroicas, relucieron con la luz que salía de la sala.
    —Seguro, Ross — miró sus cintitas —. Cada una de ellas significa que yo y mis hombres sacamos a alguien de un aprieto en el que se hallaba a causa de la maldita estupidez de otro, o a reflejos lentos o a falta de memoria. No; esto ya pasó. Los "thetis" se hundieron por un fallo mecánico, pero todos los demás fueron errores humanos. Demasiados para mí; quiero gozar de mi vejez.
    —¿Dispuesto a enfrentarse con esto si se convierte usted en sobrecargo? Puedo asegurarle que si aquí no es feliz, tampoco lo será en Sunward ni en las lunas. Y de modo particular, no le agradará el empleo de sobrecargo. Es lo mismo que hace ahora, pero con menos sueldo, y no le ofrecerá ningún porvenir. Y ahora, si me lo permite, volveré adentro. Esta charla me ha encantado.

    Ross siguió tristemente al capitán. Dentro, nada había cambiado; Ross se detuvo en el umbral, buscando con la vista a su licitador. Marconi había salido de la valla. Ross miró en torno hasta ver a su amigo en agitada conversación con un individuo al que no reconoció, al fondo de la sala. Ross se dirigió hacia allá. En las filas delanteras se giraron varias cabezas. Al llegar junto a los dos interlocutores pudo escuchar un par de frases:

    —...en la nave. El señor Haarland preguntó especialmente por usted. Por favor, señor Marconi...
    —¡Oh, al diablo! — supuso Marconi, enfadado —. Bien, dígale que iré. ¿Pero cómo espera que me encargue de esto...? — se calló al divisar a Ross.
    —¿Ocurre algo? — se interesó el recién llegado.
    —No exactamente. ¡Al diablo con ello! — Marconi contempló al subastador con indecisión. Luego añadió obscuramente —: No tiene bastante con chupar la vida de uno; quiere más. Y yo había deseado ver esta noche a Lurline. Discúlpeme, Ross. Tengo que ir a la nave. — y se alejó.

    Ross le vio marchar, captó la mirada de su licitador y se dispuso a trabajar. Cuando hubo concluido la subasta y el alba apuntaba por occidente, Oldham había comprado nueve lotes de mercancías: el mejor un rollo de microfilms. Ross se llevó los papeles al despacho donde le aguardaba Charles Oldham.

    —¿Cuánto? — le preguntó Oldham. Evidentemente, ambos hombres estaban dispuestos a no recordar el momento de histerismo de la noche anterior.
    —Cincuenta y siete mil — respondió Ross, dubitativamente.
    —¿Por nueve lotes? ¡Cuernos! Con un poco de suerte... — Oldham continuó hablando incansablemente. Deseaba que Ross se quedase y visionase la proyección del microfilm, y que luego asistiese a los informes de un botánico y un zoólogo respecto a las adquisiciones vivientes. Ross alegó cansancio y Oldham se mostró comprensivo, recordando la ganga que el licitador elegido por el joven le había con-seguido Ross salió del edificio, alquiló un taxi y se marchó a su casa. Lentamente se desnudó, encendió un cigarrillo y meditó. Bien, esto era lo que había estado esperando desde que no era más que un aprendiz. Llegaría la nave interestelar, tendría los precios extranjeros en sus manos y comprendería que eran iguales que las bagatelas que cada semana se exportaban de Sunward.

    Miró por la ventana, por encima de la Ciudad Fantasma, al Campo. El sol ya estaba alto sobre las montañas cercanas; pensó que podía distinguir el resplandor de la nave espacial, una docena de millas lejos. Marconi, al menos había podido estudiar la nave. Tal vez ahora estuviera allí; cuando Ross le vio por última vez se encaminaba en aquella dirección. Y evidentemente, no le agradaba mucho tal perspectiva. Ross se preguntó vagamente si realmente a alguien le gustaba alguna cosa. Aplastó el cigarrillo.

    Se quedó dormido recordando lo que Delafield le había contado de los aeropuertos de las lunas y el planeta. Soñó en ciudades de otros planetas, y todas ellas estaban pobladas por desanimados Delafields y avariciosos Oldhams.


    3


    Despierta, Ross — estaba diciéndole Marconi, zarandeándole —. Vamos, despierta.

    Ross se apoyó en un codo y abrió los ojos.

    —¿Qué hora es? — preguntó con voz adormilada, gruesa la lengua —. ¿Y qué diablos estás haciendo aquí?
    —Es mediodía. Has dormido tres horas; puedes levantarte ya.
    —¡Hum...! — automáticamente, Ross buscó un cigarrillo. El humo se le coló en los ojos y se los frotó. Se despabiló un poco —. ¿Qué haces aquí? — repitió.

    La mano de Marconi, involuntariamente, se posó en su bolsillo, el mismo en que llevaba el retrato de Lurline.

    —¿ Quieres un empleo ? — preguntó afanosamente —. ¿Mejor que el de sobrecargo? — no miraba directamente a los ojos de Ross. Su mirada se paseaba por el apartamento hasta posarse en una cafetera. La llenó y comenzó a hacer café —. Vístete, ¿quieres?
    —¿De qué se trata, Marconi? — Ross se levantó —. ¿Qué deseas?

    Marconi, por motivos desconocidos, se encolerizó violentamente.

    —¡Eres el inquisidor más agobiador que he conocido, Ross! Estoy tratando de hacerte un favor.
    —¿Qué favor?
    —Ya lo descubrirás. Durante mucho tiempo me has estado importunando con la monotonía de tu existencia. Bien, yo te ofrezco la oportunidad de hacer algo grande y distinto. ¿Y tú qué haces? No me dejas hablar. ¿Estás o no estás interesado? Se trata de un empleo espacial, de categoría. Mejor que ser sobrecargo para Fallon. Mejor de lo que puedas imaginar.

    Ross comenzó a vestirse, sin haber comprendido, pero medio estimulado por las mágicas palabras.

    —¿Por qué estás enfadado? — quiso saber, aunque sin gran interés. Sospechaba que Lurline habría faltado a una cita... aunque aún era pronto para ello.
    —Por nada — replicó Marconi con un gruñido —. Pero yo tengo que vivir mi propia vida — sirvió dos tazas de café. No contestaría a ninguna pregunta mientras estuviesen sorbiendo las bebidas calientes. Pero Ross no se sorprendió mucho cuando, ya abajo, Marconi puso su coche en dirección a la Ciudad Fantasma para llegar a los Astilleros.

    Ross tenía todos sus músculos en tensión; otras seis horas de sueño habrían sido maravillosas. Pero mientras pasaban por entre las arruinadas calles de la Ciudad Fantasma se sintió revivir. Contempló las ruinas por la ventanilla, intentado poner en orden lo que Marconi le había dicho.

    —¡Cuidado! — gritó, y Marconi giró el coche para esquivar un muro que se derribaba. Ross estaba asustado, pero Marconi se limitó a conducir más de prisa. ¡Era una locura! No era posible correr por la Ciudad Fantasma como si se estuviese en la alameda existente en torno al Gran Lago Azul; no era seguro. Los edificios se desmoronaban lentamente... y nadie se molestaría nunca en repararlos. Nadie se molestaría en recoger las piezas a medida que fuesen cayendo, tampoco, hasta que los poco frecuentes grupos que iban por la carretera recogiendo los desperdicios hiciesen una ronda.

    Al fin salieron de la Ciudad Fantasma a la amplia carretera que iba desde la Ciudad Halsey al aeropuerto espacial. El edificio de la administración y el aparcamiento de coches se hallaban al frente.

    Entonces volvió Marconi a hacer uso de la palabra.

    —Supongo, Ross, que no me estabas tomando el pelo cuando me dijiste que anhelabas sentir nuevas emociones y cambiar de ambiente.
    —No es así como te lo dije. Pero no te engañé.
    —De acuerdo. Entonces, vamos.

    Condujo a Ross por el campo hasta la nave transespacial, en tanto oían un rumor de risas y las charlas de Sonnys y Maes. Pero ambos no prestaron atención.

    La nave era gigantesca, como un torpedo tosco de cien metros de altura. No tenía ventanas, ya que los constructores del aparato no habían tenido ningún motivo para pensar que su idiota tripulación querría mirar al espacio, y los aterrizajes y despegues estarían controlados por control remoto. Tenía doscientos años de antigüedad, pero sus metales eran tan brillantes, tan afilados en sus bordes, como el más reciente de los mercantes lunares al otro extremo de las dársenas. Doscientos años... un viaje largo, pero con una distancia recorrida casi inimaginable. Ya que la estrella que lo había engendrado se hallaba indudablemente casi tan lejos como la distancia recorrida por la luz en aquel mismo espacio de tiempo. A ciento ochenta y seis millas por segundo, contando sesenta segundos por minuto, y sesenta minutos en una hora... La imaginación de Ross abandonó la tarea. Era muy lejos.

    Al penetrar en la nave miró a su alrededor fascinado. Atisbo por los cubículos esterilizados, de muros grises, cada uno de los cuales contenía la misma silla y el mismo jergón... sin pantallas ni proyectores para los tripulantes. Ross recordó sus palabras del día anterior respecto a embarcarse en un transespacial, y se estremeció.

    —Hemos llegado — anunció Marconi, parándose frente a una puerta cerrada. Llamó y entró.

    Era un cubículo como los demás, pero en el suelo había unos rollos y un proyector. Sentado en la litera, en actitud de acabarse de despertar, se hallaba el propio Haarland. Con ojos ya vigilantes, sin embargo.

    —¿Ross? — preguntó el anciano.
    —Sí, señor — contestó Marconi. Había tensión en su actitud y en su voz —. ¿Desea que me quede, señor?
    —No, buen Dios — gruñó Haarland —. Puedes irte. Siéntate, Ross.

    Éste obedeció. Marconi, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, salió del cubículo y cerró la puerta. Haarland se estiró, se rascó la nuca y bostezó.

    —Ross, Marconi me ha asegurado que eres un buen muchacho. Sincero, competente, un hombre digno de un trabajo duro. En una palabra: el suyo.
    —¿Traficante de Cuarto Grado? — inquirió Ross, asombrado.
    —Un poco más dramático que esto... pero no tardaré en entrar en detalles. Me han dicho que estabas decidido a dejar a Oldham para entrar como sobrecargo. Esto es ético. ¿Considerarías poco ético dejar a Oldham por Haarland?
    —Sí, creo que sí.
    —¡Me gusta oírtelo decir! ¿Y si la tarea no tuviera nada que ver con el comercio, y jamás tuvieras que hallarte en una situación de competencia con Oldham?
    —Bien... — Ross se acarició el mentón —. Bien, creo que sería ético. Pero un empleo de Cuarto Grado, señor Haarland... — el suelo retembló y se movió bajo sus pies. Se atragantó —. ¿Qué es esto?
    —La explosión, supongo — contestó el viejo con toda tranquilidad —. Estamos despegando. Será mejor que te tiendas.

    Ross se dejó caer al suelo. No era momento de discusiones; no, con todas las bombas del primer piso zumbando y los calentadores al rojo vivo, todo dispuesto para un inminente despegue en cuarta-G.

    La explosión llegó a alcanzar la grandiosidad de un trueno, golpeando a Ross contra las planchas metálicas del suelo, como si estuviese pegado a las mismas. Sintió todos los ligeros repliegues de cada centímetro de metal, y un brazo se le enredó en un rollo de película. Se contorsionó y consiguió liberarse de aquél. , No tardó en perder el conocimiento.

    Se despertó en caída libre. Estaba dando vueltas ciegamente por el cubículo.

    Haarland se hallaba atado a la litera, absorto en la manipulación del proyector portátil, tratando de pasar una cinta. Ross cayó contra el viejo; éste, distraídamente, lo apartó de sí.

    —¡Oh! — exclamó de repente el anciano, levantando la vista —. ¿Despierto?
    —¡Sí, despierto! — exclamó Ross con amargura —. ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?
    —Por favor, perdóneme este trato poco caballeroso — dijo Haarland, gravemente —. No debes censurar a tu amigo Marconi, no sabía que yo planeaba un despegue inmediato contigo. Yo tenía un empleo para él... que no quiso aceptar. En una pa-labra, Ross, me abandonó.
    —¿Dejó el empleo?

    El anciano meneó negativamente la cabeza.

    —No, Ross. Abandonó algo más que el empleo. No quiso aceptar un encargo que es..., lamento parecerte melodramático, absolutamente vital para la raza humana. Creo que... — frunció el ceño y añadió en voz baja —: Escúchame, Ross. Intentaré explicártelo. Pero, como ves, Marconi me dejó plantado. Le necesitaba y me ha fallado. Creyó que tú estarías contento de reemplazarle, y me dijo algo acerca de ti — tras mirar fijamente a Ross, el anciano añadió con una nota de amargura —. Una recomendación de Marconi, a estas alturas, apenas es una recomendación. Pero no me queda otra elección, y además me tomé la libertad de llamar a ese joven presuntuoso para el que tú trabajas.
    —¡Señor Haarland! — protestó Ross, agresivo —. Oldham puede no ser un ser maravilloso, pero esto no le da derecho a...
    —Bueno, ya sabes que es un tonto. Pero no habló mucho de ti. De tal forma, que si quieres el puesto, es tuyo. En cuanto a la naturaleza del mismo... — Haarland vaciló, y luego continuó con animación —. El encargo tiene relación con un mensaje que mi organización recibió por medio de esta nave transespacial. Sí, un mensaje. Ya verás. También tiene que ver con ciertos hechos que he descubierto en su cuaderno de ruta que, si llego a conseguir que esto marche... Bueno, aquí están. Había conseguido el pase de la cinta. Conectó el proyector. En la pantalla apareció un grupo apretado de números, que ascendían y eran reemplazados por nuevas líneas con la máxima ra-pidez posible. —¿No ves nada? — le preguntó Haarland. —Si esto tiene que significar algo — se atra-gantó Ross —, no.

    Haarland frunció el ceño.

    —Pero Marconi me dijo... Bueno, no importa — apagó el proyector —. Esta cinta era el cuaderno de la nave, Ross. No importa que no puedas leerlo; supongo que trabajando para Oldham no has podido familiarizarte con estas cosas. Es una descripción matemática de la ruta de esta nave, desde el momento en que fue lanzada al espacio hasta su llegada aquí ayer. Tardó mucho tiempo, Ross. El motivo de ese tiempo es, en parte, que llegó de muy lejos. Pero existe otro motivo. ¡No éramos nosotros el destino de esta nave! No, el destino primitivo. Nosotros no éramos ni la primera... ni la segunda alternativa. Para ser exacto, Ross, nosotros éramos la séptima alternativa de esta nave.

    Ross permitió que su pie derecho flotase una yarda y luego recobró su anterior postura.

    —Esto es ridículo, señor Haarland — protestó —. Además, ¿qué tiene que ver todo esto...?
    —¿...con un hombre viejo? — se burló Haarland, brillándole los ojillos.

    Ross no podía hacer otra cosa que escucharle.

    —Siga.
    —Es concebible — reanudó Haarland su explicación con aire doctoral —, claro, que un planeta esté como dormido en un momento dado. Debemos creerlo así, ya que por lo visto el primer planeta elegido como término del viaje de esta nave no la recogió cuando entró dentro del radio de acción del radar. En tal caso, claro está, orbitó una o dos veces con los automáticos, y después eligió su primer planeta de alternativa. Pudo tratarse de un fallo humano en la estación GCA — asintió varias veces —. Pero una vez, Ross. No seis veces. Ningún planeta suele pasar por alto una nave mercante.
    —¡Señor Haarland! — explotó Ross —. Creo que está usted contradiciéndose. ¿Pasó esta nave sin ser vista por seis planetas, sí o no? ¿Y por qué ningún planeta no reparó en esta nave?
    —¿Y si los planetas estaban vacíos? — preguntó a su vez Haarland.
    —¿Y si los planetas estaban vacíos? — preguntó a su vez Haarland.
    —Suponte que las cartas celestes estén equivocadas. Suponte que los planetas se hayan quedado desiertos. La gente puede haberse muerto, quizá; su cultura ha desaparecido.

    Desaparición. Descomposición. Podredumbre.

    Ross permaneció largo rato en silencio. Luego respiró hondamente.

    —Lo siento — dijo al fin —. No volveré a interrumpirle.

    La expresión de Haarland mostró su triunfo y su alivio.

    —Seis planetas no le hicieron caso a esta nave. ¿Recuerdas la nave que tanto enriqueció a Leverett nace quince años? Pasó por tres planetas antes de llegar al nuestro. Nueve planetas distintos, en conjunto, todos numerados en las cartas celestes tradicionales como habitados, civilizados, equipados con radar GCA, y todo lo necesario. Nueve planetas incomunicados, Ross.

    Descomposición, pensó Ross. —Dígame por qué — agregó en voz alta, Haarland meneó la cabeza. —No — replicó en tono tajante —. Eres tú quien debe decírmelo. Yo te diré lo que puedo decirte. Te revelaré el mensaje que esta nave me trajo. Te revelaré todo lo que sé, todo lo que le he dicho a Marconi, que no es hombre para saber aprovecharlo, y también te diré todo lo que Marconi nunca sabrá. Pero por qué nueve planetas que estaban considerados más o menos iguales al nuestro se hallan in-comunicados, esto es lo que tú tendrás que decirme a mí.

    Los cohetes fronteros explotaron. La explosión de freno arrojó a Ross contra la litera. Haarland buscó bajo el mueble los trajes espaciales. Luego le entregó uno a Ross.

    —Póntelo — le ordenó —. Vamos a la mirilla. Te enseñaré lo que puedes utilizar para hallar la respuesta — se deslizó dentro del traje a presión, se dirigió sin peso por el corredor y Ross le siguió.

    Llegaron a la mirilla con los cascos bien atornillados. Sin pronunciar palabra, Haarland abrió los seguros y levantó la puerta atrancada. Hizo un gesto con el brazo.

    Flotando junto a su nave había otra distinta a todas cuantas Ross había visto anteriormente.


    4


    La fotografía de la falúa de Leif zarandeada por el oleaje frente a Ambrose Light, mientras los transatlánticos del siglo XX pasan humeantes; una cascara de nuez, algo muy antiguo, que estaba relacionado con los aparatos gigantes como el topo se parece a un caballo.

    La nave que Haarland le mostró formaba el mismo contraste. Ross conocía las naves espaciales como cualquier habitante de un planeta, tanto las mercantes interplanetarias como las titánicas transespaciales. Pero la nave que se balanceaba en torno al planeta Halsey era enana (las naves-cohete de combustión deben ser grandes); sus chorros eran absurdamente delgados, claramente incapaces de poner a la nave más allá del campo gravitatorio del planeta; y toda la longitud de su casco se hallaba completamente cerrada. (¿Se atrevería el piloto a volar a ciegas?)

    Las conexiones se hallaban aparejadas entre las naves.

    —Ven a bordo — le invitó Haarland, metiéndose por el estrecho pasaje. Ross, completamente aturdido, le siguió.

    La nave era diminuta. Cuando Ross y Haarland, asiéndose a los soportes, fueron abriéndose paso sin pasar por la cabina central de control, casi la llenaron. Ross observó que había otra cabina; y los dos compartimientos constituían las nueve décimas partes del volumen de la nave. ¿Dónde quedaba el espacio para las cámaras de combustión y los tanques de combustible, la tripulación y los depósitos de mercancías? Ross no lo sabía.

    —Bien, señor Haarland — le rogó —. Hable. Haarland sonrió torvamente, con expresión ausente a la luz violácea que surgía de una hendidura del muro de la cabina.
    —Ésta es una nave espacial, Ross. Y estupenda. Pero muy antigua. Tiene mil cuatrocientos años, aproximadamente. No hay mucho que ver en ella, comparada con los modernos modelos a los que estás acostumbrado, pero posee ciertas característi-cas que no hallarás en las más recientes. Por una parte, Ross, no emplea cohetes — titubeó —. Pregúntame qué emplea y no podré decírtelo. Sé el nombre porque lo he leído: impulsor núcleo-forético. No sé, sin embargo, qué es un nucleoforesis ni cómo actúa. Lo llaman el Efecto Wesley, y el manual dice algo respecto a millas cuadradas de aceleración. ¿Significa esto algo para ti? No. Pero actúa, Ross. Y actúa tan bien, que esta diminuta nave te llevará con suma rapidez adonde quieras ir. A las estrellas, Ross... te llevará a las estrellas. Más de prisa que la luz. No tengo idea de cuál es el tope de su velocidad; pero aquí también hay un cuaderno de ruta. Y tiene una inscripción de tres meses... ¡tres meses, Ross!, durante los que esta nave exploró los sistemas solares de catorce estrellas.

    Con los ojos desorbitados, Ross se mantenía inmóvil. Haarland hizo una pausa.

    —Mil cuatrocientos años — repitió el anciano —. Mil cuatrocientos años ha estado flotando esta nave en el espacio. Y durante todo este tiempo los transespaciales han ido de estrella a estrella, casi arrastrándose, mientras estas diminutas naves podían haber transportado mil veces los mismos productos un millón de veces más de prisa. No lo sé, pero quiero descubrirlo; quiero que tú lo descubras para mí. Seré claro, Ross. Necesito un piloto. Yo ya estoy viejo y Marconi me ha abandonado. Alguien tie-ne que ir allá... — hizo un ademán hacia la pared, como señalando las estrellas del otro lado — y descubrir por qué nueve planetas están incomunicados. ¿Irás tú?

    Ross abrió la boca para hablar, atropellándose mil preguntas en el cerebro. Pero todo lo que pudo decir en voz alta fue:

    —Sí.

    Las estrellas... Más de mil millones de ellas sólo en nuestra galaxia. Y el mayor número derivando a solas por el espacio, o sólo con una compañía estelar, por razón del calor y la aplastante densidad. Menos de un millón tenían una familia de planetas, y aún la mayoría de los tales no podían constituir un hogar para la raza humana.

    Pero fuera de un millar de millones, cualquier fracción podía ser un número muy elevado, con lo que la cantidad de planetas habitables se contaba por centenares.

    Ross había estudiado las cartas del universo habitado lo bastante a menudo como para reconocer los nombres a medida que Haarland los mencionaba: Tau Ceti II, Tierra, los ocho mundos habitables de Capella. Pero darse cuenta de que esta nave... ¡esta nave!, había estado en cada uno, y en un centenar más, se hallaba fuera del derecho de asombro; era un sueño, algo imposible aunque incuestionable.

    A través de los viejos, cansados ojos de Haarland, Ross pudo contemplar el pasado, a catorce siglos de distancia, momento en que esta nave era una lancha de exploración para una colosal colonización. El planeta gigante que lo había concebido... ¿sería la casi mítica Tierra? Los archivos no estaban claros; y en tanto la nave nodriza recorría el espacio en su viaje de un solo sentido, la más pequeña sondeaba cada estrella y cada sistema solar a cuyo radio de acción llegaba. Mientras la nave nodriza cubría unos cuantos centenares de millones de millas, la nave exploradora podía recorrer parsecs y parsecs1 para escudriñar media docena de mundos. Y cuando la nave de exploración regresaba diciendo que en tal planeta los seres humanos podían sobrevivir, lo bautizaban con el nombre del piloto de la nave de exploración, y la gente dedicada al trazado de planos comenzaba a trabajar, y los oficiales de la nave daban órdenes, y el morro de la gigantesca nave derivaba medio grado y empezaba su lenta, larga maniobra de disminución de la velocidad.

    —¿Por qué lenta? — inquirió Ross —. ¿Por qué no usar el impulso más veloz que la luz en las grandes naves?

    Haarland soltó una risita.

    —Más pronto o más tarde te daré la respuesta, pero no por ahora. Además, así trabajaba esta nave: con una lancha exploradora. Los archivos no dicen qué le ocurrió a la nave, sospecho que los colonizadores terminaron por destruirla. Pero la lancha exploradora quedó exenta de este destino. El capitán de la expedición la había puesto en órbita fuera, dejándola sola. De vez en cuando la utilizaban. El padre de mi tatarabuelo estuvo en 40 Eridani cuando mi tatarabuelo era un niño, pero a la larga fue siendo olvidada. Tuvo que serlo, Ross Por una parte, resulta peligrosa para el individuo que la pilota. Por otra, es peligrosa... para la Galaxia.

    La opinión de Haarland era antropomórfica; el peligro no era para la inmensa Galaxia, sino para los diseminados destellos de vida que se llaman humanidad.

    Cuando la raza abandonó la Tierra, fue como un gesto de revulsión. A sus espaldas dejaban un planeta diezmado por las guerras; al frente se extendía el cosmos que, en todas sus investigaciones, les había revelado no ser sensible verdaderamente a la vida.

    La Tierra era un mundo mutilado, víctima de sus juegos con la fusión y la fisión nucleares.

    Pero la técnica que les proporcionó el impulso más veloz que la luz también les dio un arma que amenazaba a los sistemas solares, no a las ciudades; podía hacer estallar un sol con la misma facilidad que el uranio puede destruir una casa. El niño con las cerillas prohibidas estaba ahora sentado sobre un fortín de municiones; el peligro no era ya la ceguera o una mano cortada, sino la aniquilación.

    Y hubo que adoptar una decisión: el secreto. El mismo secreto esconde de qué forma se guardó. Pero así fue. Una vez los colonizadores hubieron llegado a sus metas, el efecto nucleoforático quedó borrado de sus archivos y, excepto un hombre en cada planeta, de sus mentes.

    —¿Por qué un solo hombre? ¿Por qué no olvido por completo?
    —Siempre cabía la posibilidad de que algo anduviera mal — contestó Haarland, lentamente —...y así ha sido. —¿Se refiere a los nueve planetas fuera de toda comunicación? — inquirió vacilante Ross. Haarland asintió.
    —¿Lo entiendes ahora?

    Ross meneó la cabeza. Se sentía aturdido.

    —Lo estoy intentando. Esta pequeña nave viaja más de prisa que la luz. Y ha estado orbitando el planeta... ¿por cuánto tiempo? ¿Mil cuatrocientos años? Y usted guardó el secreto... usted y sus antepasados, porque tuvieron miedo que pudiera ser empleada en una guerra. ¿Es así?
    —No "temíamos que pudiera ser empleada" — el corrigió Haarland —. Sabíamos que sería empleada.

    Ross sonrió.

    —¿Y por qué me lo cuenta ahora? ¿Espera que me calle todo el resto de mi vida?
    —Creo que lo harías.
    —¿Y si no lo hago? Supongamos que voy propalando este secreto por toda la Galaxia y que acaba esta lancha por ser usada en una guerra.

    De pronto, el rostro de Haarland adquirió un tinte más grisáceo.

    —Por lo visto, hay cosas peores que una guerra — murmuró como para sí mismo. Luego sonrió de pronto —. Busquemos a Ma.

    Regresaron a través del corredor de enlace y registraron la nave en busca de la anciana.

    —Ma usualmente se halla en la sala de mediciones — les dijo un Sonny —. Le gusta ver parpadear los aparatos — y allí la encontraron.
    —Perfecto, Ma. Quiero hablar con usted en secreto.
    —¿Y él? — preguntó ella, mirando a Ross.
    —Respondo de él — replicó Haarland con gravedad —. Wesley.
    —La velocidad límite es C — fue la respuesta de Ma.
    —Pero C2 no es una velocidad — objetó Haarland. Se volvió a Ross —. Lamento hacer de ello un misterio — se excusó —. Es una fórmula de reconocimiento. Identifica a un miembro de lo que denominamos familias Wesley, o un mensajero con otro. Y estas personas son mensajeros. Fueron enviadas hace dos siglos por una familia Wesley cuya nave, por algún motivo, no podía ya ser utilizada. ¿Por qué? No lo sé. Prueba suerte, tal vez tú podrás descubrirlo. Ma, cuéntanos de nuevo la historia.

    Ma juntó las cejas y empezó a canturrear lentamente:

    En tiempos del tatarabuelo la meta era Clyde
    firme rocosidad y minerales al lado.
    Si no los veíamos directamente los perderíamos.
    No hubo un destello en todo el maldito sistema.
    Éste fue el primero.
    Antes de que terminara la época del tatarabuelo
    cortamos la órbita de Cyrnus Primero.
    Allí el contacto fue Trader McCue,
    pero los hijos de perra tampoco nos vieron.
    Éste fue él segundo.
    Mi abuelo vivió para ver el verdor
    del Tercer Destino a través de la poderosa pantalla
    ¿Pero dónde demonios estaba el Constructor Carruthers?
    Éste fue el...


    —Ma — la interrumpió Haarland —. Muchas gracias, pero le agradeceré que pase al último. Ma sonrió.

    La Corporación Comercial Haarland era el último destino.
    Con el combustible muy bajo y gastándose veloz mente,
    Me alegra haber sido yo quien vio el día
    cuando nos bajaron en GCA.
    Le entregué el mensaje; él lo llamó un misterio,
    pero de todos modos éste es el final de la historia.
    ¡Y ya era hora!


    —El mensaje, por favor — la urgió Haarland.

    Ma respiró con fuerza y comenzó a declamar:

    —L sub T es a L sub cero e como T minúscula es a dos N.
    —¿Éste es el mensaje? — Ross estaba boquiabierto.
    —Tal vez algo más — le explicó Ma —. Pero ahora esto es todo. Lo peor es que no hay rima. Bien, supongo que ésta es la parte más importante. Además, es la más difícil.
    —No es tan malo como parece — le consoló Haarland a Ross —. He hecho algunas preguntas. Y tiene cierto pequeño sentido.
    —¿De veras?
    —Bien, hasta cierto punto. Creo que es una fórmula de genética. La cita es peculiar, pero todo está explicado, claro está. Tiene algo que ver con la pérdida del gene. Bien, tal vez signifique algo, tal vez no. Pero conozco algo que sí significa algo: un miembro de una familia Wesley hace doscientos años pensó que era lo bastante importante como para transmitirlo a otras familias Wesley. Algo sucedió. Bien, descubramos qué fue, Ross — el viejo de pronto enterró el rostro entre sus manos. Con voz quebrada musitó —: La pérdida del gene y la guerra. Quisiera que alguien quitase esta carga de encima de mis hombros... o que pudiera caer en este instante al suelo, preso de un ataque al corazón. ¿Jamás pensaste en la guerra, Ross?

    Aturdido por completo, Ross musitó una respuesta vaga. Puede pensarse en la guerra, pero jamás se habla de ella.

    —Pues deberías pensar — se encolerizó el anciano —. La guerra tiene mucho que ver con este secreto de más veloz que la luz y toda jerga de la identificación. La guerra actualmente es imposible... al menos entre sistemas solares, y esto es lo que cuenta. Un planeta apenas podría enredarse en una expedición invasora multigeneradora a su coste gigantesco, y aunque pudiera... Los frutos de la victoria, el botín, la dominación política, quizá los esclavos... todo ello no sería para los forjadores de la victoria, sino para sus remotos descendientes. Una empresa aceptará una operación en un trato comercial semejante, pero ninguna nación deseará una guerra sobre tal base, porque un conquistador es un hombre, y los hombres perecen. Con el F-T-L2 se podría invadir Carnus o Azor o cualquier otro tentador punto de las cartas celestes. ¿Por qué no? Busquemos la población que siempre se halla al margen, animémosla con ardor patriótico, junto con el incentivo de un botín, y enviémosla a la destrucción y al pillaje. Hay al menos un cincuenta por ciento de probabilidades de que se vean superadas las inversiones, ¿no es cierto? Esto es mucho más atractivo, comercialmente hablando, que nuestros actuales cohetes espaciales.

    Ross jamás había asistido a una guerra. La última del planeta Halsey había sido la de la Rebelión Peninsular hacía ya siglo y medio. Medio millón de psicópatas inferiores habían dado nacimiento a una sociedad ideal con estatutos teocráticos en un remoto y poco fructífero rincón del planeta. Muertos de hambre y frustrados por un credo moral no basado en realidades humanas, habían estallado finalmente hasta devastar las zonas colindantes, quedando rápidamente en cuarentena toda el área como zona radiactiva. Se habían desintegrado internamente, asesinando a sus sacerdotes, y se les había permitido dispersarse. Fue considerado un episodio vergonzoso por todos los habitantes del planeta. No fue tema para las películas populares; si se quería saber algo con respecto a la Rebelión Peninsular había que atravesar las puertas de muchas bibliotecas y firmar en las listas, y aún uno se veía estrechamente interrogado con respecto a la edad, a las calificaciones escolares y a los motivos que impulsaban a husmear en tales hechos.

    Ross, por tanto, no tenía la menor noción para comprender la inquietud de Haarland. Y así se lo dijo.

    —Ojalá tengas razón — fue todo lo que el anciano pudo contestarle —. Ojalá no llegues a aprender algo tan atroz.

    Lo demás fue trabajo. Estaba familiarizado como los demás obreros del Astillero con los cohetes convencionales, lo cual les ahorró la tarea de estudiar la delicada forma de maniobrar la lancha F-T-L... pero no mucho. Durante una semana, bajo la despiadada mirada de Haarland, llevó la nave por los remotos rincones del espacio, lejos de las rutas comerciales, hasta que el viejo gruñó que estaba satisfecho.

    Hubo sesiones de destreza con el impulso Wesley, o mejor con un derivado del mismo, un objeto de aspecto desagradable que podía ser descrito vagamente como una corredera en forma de abanico, pero más alta que un hombre. Había veintisiete senderos principales, análogos a los veintisiete principales geodésicos del Espacio Wesley... donde quiera que estuviesen y fuese ese Espacio lo que fuese. El índice de la regla de corredera corría para asentarse sobre un punto dado de los senderos principales según un cálculo de treinta y dos divisiones basado en las aparentes magnitudes de los veintisiete cuerpos celestes más próximos, sobre una cierta masa que variaba de acuerdo con otra relación longitudinal. Luego, tras haber desbrozado los primeros preliminares del paso, Ross pudo comenzar a solucionar la posición necesaria de los mandos del impulsor F-T-L.

    Llegó, por fin, a dominarlos, mientras Haarland, siendo más duro para sí mismo que para el joven que iba a ser sus ojos y oídos exploradores, no hacía más que maldecir, increparse a sí y a Ross, y Dios sabe cómo, conseguía seguir llevando las riendas de sus complicados negocios en el planeta Halsey. Cuando finalmente Ross estuvo impuesto de la teoría del impulso Wesley, y hubo aprendido todo lo que tenía que aprender respecto a otros mundos, y hubo también cortado todos sus lazos con el planeta Halsey, se presentó en las oficinas de Haarland en el planeta para una conferencia y repaso finales.

    Marconi estaba presente.

    No se atrevía a mirar directamente a los ojos de Ross, pero su apretón de manos fue firme y su voz amistosa... y algo envidiosa.

    —Mucha suerte, Ross. Yo... yo quisiera... — vaciló y tartamudeó. Luego agregó atropelladamente —. ¡Maldita sea, debo irme! Repito, que tengas suerte... y espero que no me odies ni me guardes rencor — y se marchó mientras Ross, turbado, pasaba a ver al viejo Haarland.

    El viejo no perdió el tiempo en sentimentalismos.

    —Ya estás a punto para el vuelo espacial — gruñó —. De acuerdo con el visado te largas a Sunward... en caso de que alguien te lo pregunte de aquí al aeropuerto. Ahora, sepamos adonde vas.
    —Me marcho a una misión de exploración y reconocimiento — contestó Ross inmediatamente —. Mi primer destino es Ragansworld; el segundo, Gemser, el tercero, Azor. Si no logro entrar en contacto con ninguno de esos planetas, seleccionaré otros al azar según las cartas celestes hasta que encuentre algunas familias Wesley en alguna parte. Los contactos de los primeros planetas son: en Ragansworld, Foley y Compañía; en Gemser, la Fundación Franklin; en Azor, la Compañía de Maquinaria Cavallo. Los contactos F-T-L en otros planetas se hallan enumerados en el apéndice de las cartas celestes. Las coordenadas para Ragansworld son...
    —Sáltate las coordenadas — rezongó Haarland, frotándose los ojos —. ¿Qué harás cuando entres en contacto con una familia Wesley?

    Ross vaciló y se humedeció los labios. —Yo... bien, es algo difícil... —¡Maldita sea! — rugió el anciano —. Te lo he dicho mil veces...

    —Lo sé, señor. Quise decir que no entiendo exactamente qué iré buscando.
    —Si yo supiera lo que tienes que buscar — objetó el viejo Haarland — no te enviaría a buscarlo. ¿No puedes meterte esto en la cabeza? ¡Algo va mal! No sé qué. Tal vez soy un loco por molestarme con tales cosas — el cielo sabe que ya tenemos aquí bastantes complicaciones —, pero los Haarland tenemos una tradición de servicio, y es va tan vieja que incluso es fácil que la hayamos olvidado. Pero yo no soy tan viejo que haya olvidado la tradición familiar. Si tuviera un hijo, él se encargaría de esta misión. Creí que Marconi querría considerarse como hijo mío, y ahora lo único que me queda eres tú. Y es bien poco, ésta es la verdad — añadió con amargura.
    —Sobre el aterrizaje — continuó Ross, herido en lo más íntimo —, intentaré al momento entablar contacto con la familia Wesley local, empleando los códigos de reconocimiento que usted me ha dado. Les informaré de todos los datos que tenga a mano y les sugeriré la necesidad de entrar en acción. Haarland se levantó.
    —De acuerdo. Siento haberte gritado tanto. Vamos, subiré contigo a la nave.

    Y así sucedió todo. Ross no tardó en encontrarse en la nave aeroespacial, y luego con Haarland en la lancha F-T-L, que antaño había servido para colonizar el planeta Halsey. Estrechó las manos del viejo Haarland, viéndole regresar por el corredor de enlace a la nave transespacial, y luego vio cómo ésta se alejaba soltando sus chorros de retroceso.

    Luego se halló estableciendo el curso de velocidad F-T-L y guiando la diminuta nave transespacial.


    5


    Ross tuvo suerte. El segundo planeta de su lista aún estaba habitado. Todavía no había acabado de estremecerse desde el primero, cuando le captó el radar de aproximación del segundo. El primer planeta se hallaba definido en las cartas como "Ragansworld. Población, 900.000.000; diámetro, 9.400 m.; órbita media, 0.8 AU", y sus coordenadas le describían como el cuarto planeta de un pequeño sol tipo G. Se habían realizado algunos cambios; las coordenadas ahora se cruzaban dentro de una nube de gas brillante y turbulento.

    Por lo visto, la supresión del impulso F-T-L no había exterminado las guerras.

    Pero el segundo planeta, Gemser, Ross estaba seguro, era un mundo donde no había ocurrido nada extraordinario.

    Dejó la nave murmurando un nombre: "Fundación Franklin". Y fue saludado por la guardia de un grupo de hombres dignos de aspecto y vestidos ceremoniosamente; le sonrieron, le dieron la bienvenida, le estrecharon la mano y le invitaron a lo que parecía ser el local equivalente de la administración. Observó con desagrado que no parecían dispuestos a emprender los procedimientos de descontaminación que se llevaban a cabo en el planeta Halsey, pero tal vez poseían una resistencia a las enfermedades dentro de su sangre. Ciertamente, los cuatro hombres que le guiaban parecían sanos y bien conservados, aunque el más joven de ellos no tenía menos de sesenta años.

    —Quisiera ponerme en contacto con la Fundación Franklin — les manifestó.
    —Venga por aquí — le guió uno de los cuatro.
    —No se preocupe de nada — añadió otro. Le sostuvieron la puerta abierta y penetró en un salón pequeño pero amueblado ricamente. El segundo individuo díjole —: Sólo unas cuantas preguntas. ¿De dónde es usted?
    —Del planeta Halsey — repuso Ross con sencillez, y esperó.

    No ocurrió nada, salvo que los cuatro tipos asintieron comprensivamente, y el inquisidor trazó una señal sobre una hoja de papel. Ross añadió:

    —Cincuenta y tres años luz de distancia. Bueno... otra estrella.
    —Ciertamente — concedió el otro animadamente —. ¿Nombre?

    Ross se lo dijo, pero con bastante desaliento. Recordó tristemente sus propios sentimientos respecto a las naves transespaciales y a las estrellas lejanas; rememoró la agitación y la excitación de la comunidad que representaba el regreso de una nave a su planeta. Sin embargo, el planeta Halsey tal vez no fuese más que un remanso en las principales corrientes de la civilización. Era muy posible que en otro mundo — en éste por ejemplo — los viajeros interestelares fuesen cosa corriente. El campo, sin embargo, no parecía muy atareado, ni había nada parecido a una nave espacial. A menos, pensó con cierto choque súbito, que aquellos montones de chatarra que se hallaban arracimados al borde del campo hubiesen sido naves espaciales. Pero ello era altamente improbable. No se dejan enmohecer las naves espaciales.

    —¿Sexo? — preguntaba el individuo —. ¿Años? ¿Educación? ¿Estado matrimonial? — las preguntas continuaron durante largo tiempo, algunas muy difíciles de contestar —. ¿Cociente tau? — por ejemplo. Ross parpadeó y repuso con cierta violencia:
    —No sé qué es un cociente tau.
    —Anótaselo como cero — indicó uno de los cuatro tipos, y el otro asintió contento.
    —¿Promedios de trabajo con otros? — fue la siguiente pregunta.

    Ross a duras penas dominó su irritación.

    —Mire, no sé nada de estos promedios. ¿Quieren, por favor, indicarme alguien que pueda ponerme en contacto con la Fundación Franklin?

    El individuo sentado a su lado le acarició amablemente el hombro.

    —Conteste a nuestras preguntas — le aconsejó amistosamente —. Todo irá bien.
    —¡Al infierno con que todo irá...! — comenzó a gritar exasperado.

    Algo con pinchos electrizados le hirió en la nuca.

    Ross chilló y hundió la cabeza; el tipo de su lado devolvió un bastoncito a su bolsillo. Luego le sonrió.

    —No sea díscolo. Continúe y conteste nuestras preguntas.

    Ross movió la cabeza, mareado. El dolor era ya mínimo, pero sentía náuseas. No recordaba un dolor igual en toda su vida. Se levantó vacilante y dijo:

    —Esperen un momento, ahora...

    Esta vez fue el tipo del otro lado, y el dolor fue dos veces más agudo. Ross se halló en el suelo, mirando en medio de una bruma. El hombre de su derecha conservaba el bastoncillo en la mano, y la expresión de su cara no era iracunda, sino severa.

    —Mal chico — comentó con ternura —. ¿Por qué no quiere contestar a nuestras preguntas?

    Ross se atragantó.

    —¡Maldición! — exclamó débilmente —. ¡Lo único que quiero es ver a alguien! ¡Y mantengan sus puercas manos lejos de mí, idiotas! — lo cual fue un error, como comprendió durante los pocos instantes que transcurrieron antes de que se des-mayase completamente bajo los pinchazos de los bastoncillos sujetados por hombres amables pero decididos.

    Contestó a todas las preguntas, atado a una silla, con dos de los tipos a sus espaldas, cuando recobró el conocimiento. Las contestó todas. Y sólo tuvieron que pincharle dos veces.

    Cuando le desataron a la mañana siguiente, Ross ya había captado bien los modos locales.

    —Sígueme — le indicó el paternal individuo que le soltó, el cual permaneció detrás suyo, sonriente, pero con una mano apoyada en un bastoncillo. —Sí, señor — contestó Ross con aprensión. Se trasladaron en un coche de tres ruedas y penetraron en un edificio parecido a un barracón. Dejaron solo a Ross junto a una cama de un dor-mitorio donde había cincuenta.
    —Espera aquí — le ordenó el hombre, sonriendo —. El resto de tu grupo ha salido para su sesión matinal. Cuando vengan a comer podrás unirte a ellos. Te enseñarán lo que tienes que hacer.

    Ross no tuvo que aguardar mucho. Pasó el tiempo en conjeturas tan confusas como infructuosas; era claro que había cometido un error, ¿pero cuál? De haber podido meditar doble tiempo tampoco habría obtenido la respuesta. Pero un rumor ter-minó con sus reflexiones. Miró hacia la puerta de forma curiosa, todas las puertas del planeta parecían ser rectangulares. Una joven de unos dieciocho años estaba atisbando hacia el interior.

    —¡Oh! — exclamó al divisar a Ross. Luego desapareció. Se oyeron pasos y murmullos, y aparecieron más cabezas mirándole con curiosidad, para volver a desaparecer.

    Ross se levantó de la cama con aprensión. De repente volvió a tener catorce años, entrando en un nuevo colegio donde los antiguos alumnos se reían y cuchicheaban respecto al novato. Maldijo en voz baja.

    Apareció un nuevo rostro, escudriñando a Ross, y luego entró en la sala confiadamente. El tipo tendría unos cuarenta años; debía ser una especie de capataz en la institución... fuese ésta de la clase que fuese. Se acercó a Ross con paso lento, siendo seguido en fila india por unos cincuenta hombres y mujeres. Estaban alineados por orden de edades, desde el jefe, con cuarenta años, hasta la muchachita que antes había atisbado por la puerta, y que ahora iba la última en la procesión.

    —¿Qué edad tienes? — le preguntó el jefe. —Pues... — Ross se quedó confundido; este planeta tenía una órbita anual de un cuarenta por ciento mayor longitud que Halsey; catorce años de su edad, multiplicado por diez, serían su edad local.
    —Bueno, tengo diecinueve años y medio de los vuestros.
    —Bien. ¿Qué sabes hacer?
    —Oiga, amigo. Ya he pasado por este interrogatorio una vez. ¿Por qué no va a rogarles a esos caballeros que le repitan cuanto les he contestado? ¿Y hay alguien que pueda decirme dónde está la Fundación Franklin?

    El individuo cuarentón, con aspecto ultrajado, abofeteó a Ross en plena boca. Ross le contestó con un gancho de derecha.

    —¡Bravo por ti, chico! — chilló una muchacha, y saltó como una gatita salvaje sobre una dama de cabellos grises, arañándola y aporreándola. La fila se disolvió rápidamente, convirtiéndose en un barullo tremendo. Ross, sumamente ocupado en vapulear al cuarentón y a otros dos tipos, observó que la trifulca había enfrentado a los jóvenes con los de más edad.
    —¿Cómo os atrevéis? — tronó una voz, y todos los luchadores se inmovilizaron.

    Un viejo decrépito estaba en el umbral, rodeado por tres o cuatro ancianos un poco más flacos que él.

    —¡Sopla! — murmuró una joven —. Tenía que ser el ministro.
    —¿Qué significa esta contienda? — las palabras surgieron por entre los agrietados labios con un rico acento de bajo... o, mejor dicho, Ross observó que habían surgido de un plato liso perforado en su pecho. Llevaba un micrófono delante de la boca —. ¿Quién es el responsable aquí?
    —Yo, señor — contestó con toda humildad el cuarentón, adversario de Ross —. Este nuevo muchacho.
    —¡Modales! ¡Urbanidad! Habla cuando te pregunten.
    —Sí, señor; lo siento, señor. —¡Locos, locos! — les increpó a todos la voz de bajo —. No tomaré nota oficial de esto, puesto que sólo pasaba por aquí de casualidad. Por suerte para vosotros, no se trata de ninguna visita de inspección. Pero habéis perdido la hora del almuerzo con vuestra estúpida algarabía. Ahora volved al trabajo y procurad que jamás vuelva a enterarme de un incidente igualmente desdichado procedente de la Unidad Juvenil Veintitrés. Y se marchó seguido de su cortejo. Ross observó que algunas jovencitas estaban llorando y que los mayores, hombres y mujeres, le contemplaban con miradas asesinas.
    —¡Ya te enseñaré yo buenos modales, cachorrito! — le amenazó el capataz —. Esta tarde irás a los tanques del tinte. Y como promuevas más altercados perderás unas cuantas comidas.
    —Pues procura no ponerme las manos encima, amiguito — fue la réplica de Ross.

    El que parecía un capataz resplandeció de placer. —Ya me parecía a mí que eras muy sensible. ¡Ahora, todo el mundo a la fábrica! — le hizo una seña a una joven de la edad de Ross —. Helena, aunque con cierta insolencia, trabaja en los tanques. Ella te enseñará.

    La joven permaneció con los ojos bajos, A Ross le gustó su cara y le hubiese gustado examinar su tipo. Pero iba cubierta de la garganta a las rodillas por una túnica suelta. Las mujeres mayores vestían más ajustadamente al talle.

    El capataz llevó la larga procesión a través de la puerta.

    —Será mejor que vayas delante de mí en la fila — le indicó Helena a Ross —. A mí me toca aquí — se puso en su debido lugar y Ross comprendió algo más de lo que pasaba allí. La procesión iba por orden de edades.

    Había decidido demorarse uno o dos días... aunque, por otra parte, no le quedaba otra alternativa. La Fundación Franklin, si había durado tantos años, también podía durar una semana más, en tanto él se dedicaba a explorar las asombrosas costumbres del país, buscando la manera de eludirlas y de ponerse en contacto con los poseedores de la fórmula F-T-L en el planeta. Nadie podría manejar su nave, al menos hasta que alguien les hubiese descubierto qué era el impulso Wesley.

    La procesión llegó a una factoría, como Ross no había visto nunca antes. El joven poseía una clara capacidad para los procesos industriales, por lo que no tardó en comprender que se trataba de una fábrica eléctrica. ¿Pero por qué el suelo de cemento se agrietaba y estaba tan enlodado? ¿Por qué el enorme fogón esmaltado rugía y apestaba? ¿Por qué los husos rodantes de un rincón lejano no poseían guardas ni cortavapores de emergencia? ¿Por qué la luz era pobre y el aire lleno de hilazas? ¿Por qué el tanque oxidante humeaba, haciendo que los obreros tosieran constantemente? Y lo más sensible de todo, ¿por qué los tanques de tinte a los que Helena le condujo apestaban y derramaban líquido?

    Por todas partes había grandes carteles, incluyendo la sala aislada donde el cordoncillo trenzado estaba teñido con los colores del código general. Un cartel, por ejemplo, decía:

    LA EDAD ES UN PRIVILEGIO Y NO UN DERECHO. LA EDAD DEBE GANARSE CON EL TRABAJO. LA GRATITUD ES EL ÍNDICE DE VUESTRO PROGRESO HACIA LA MADUREZ.


    —Esto es Villa Apestante — le dijo Helena con humor, cogiéndole del brazo y haciéndole salir de la fila india —. Créeme, no volveré a burlarme de nuevo. Al fin y al cabo, la madurez se mide por la aceptación del ambiente, ¿verdad?
    —Sí. Oye, Helena, ¿has oído hablar alguna vez de la Fundación Franklin?
    —No — repuso ella —. Primero sube aquí... ¡Caramba, todavía no sé tu nombre!
    —Ross.
    —Está bien, Ross. Primero sube aquí y asegúrate de que el hilo corre bien sobre los rodillos; a veces se tuerce y entonces se rompe. Luego, coge uno de los termómetros de la pared y comprueba la temperatura del tanque. En el termómetro se explica la temperatura para los diferentes colores. En caso necesario, da vuelta a la espita del gas, pero no mucho. Luego comprueba los torcedores por los que sale el hilo. ¡Vigila tus dedos cuando lo hagas! El hilo sale de diferentes espesores en la misma hebra, de forma que tienes que ajustar el torcedor para que no adquiera demasiado tinte. Lo sabrás por el color; no debe ser más claro tras haber pasado por los rodillos. Pero el hilo no debe salir ni pasar a través del tinte espeso, ni caer al suelo mientras pasa a la bobina...

    Había algo más, también poco complicado. Ross se ocupó de los tanques verde y amarillo, y la joven del rojo y del azul. Llevaban ya trabajando, en medio del calor y la peste inaguantables, por espacio de unas tres horas antes de que Ross terminase la comprobación de una temperatura y descendiese a ajustar una espita de gas. Halló a Helena, medio ahogada, en el suelo, oculta por los enormes tanques.

    —¿Te ha abatido el calor? — le preguntó animadamente —. No, no hables. Te llevaré en hombros hacia el muro, lejos de los calentadores. Tal vez allí podremos respirar un poco de la brisa que penetra por las ventanas.

    Ella asintió levemente.

    La levantó sin visible esfuerzo y la llevó unas tres yardas hacia la pared, a un lugar aislado del resto de la sala. La joven poseía unas agradables curvas bajo la túnica holgada. La posó en el suelo con delicadeza, agachándose a su vez, y no apartó las manos.

    Transcurrieron unos segundos... y ella estaba respondiendo a su contacto. A sabiendas o no, había una alegre sonrisa en su rostro y su cuerpo se movió ligeramente bajo sus manos, con cierto placer. Respiraba más aceleradamente.

    Ross hizo lo único que cabía hacer: la besó.

    ¡La gatita salvaje!

    Ross apartó su rostro apresuradamente, arañado por diversos sitios.

    —Lo siento de veras — tartamudeó —. Por favor, acepta mis sinceras...

    El ramalazo de furor terminó; ahora la joven lloraba amargamente, recostada contra la pared, proclamando entrecortadamente que nadie la había tratado así, que si alguien se enterara la harían retroceder tres años, que era una buena chica, con pleno dominio de sí misma, y que Ross no tenía derecho a tratarla de aquel modo, y que no debía ser más que un degenerado, menor de veinte años, que besaba a las chicas cuando todo el mundo sabía que esto era una locura.

    Ross la calmó... a distancia. Los sollozos de Helena fueron convirtiéndose en un apagado rumor, en tanto trepaba por la escalerilla al tanque amarillo, aún las lágrimas en su rostro, y se dedicó a comprobar la temperatura.

    Ross, en tanto se preguntaba si ya estaba loco por haber besado a la chica, reemprendió sus deberes mecánicamente. Pero la muchacha había respondido a su presión. ¿Cuánto tiempo llevaban trabajando? ¿Es que este turno no acababa jamás?

    Todos los turnos terminaron al unísono. Pero siempre había otro turno. Después del turno de la tarde en los tanques del tinte llegó la cena... ¡caldo!, y luego hubo el turno de la noche en los tanques del tinte, y después el descanso. El capataz no era malo, sin embargo; quitó a Ross de los tanques al terminar la segunda jornada. Entonces estuvo de pinche de cocina, con dos turnos al día. Y además, mucha comida. Pero todo esto era muy distinto, pensaba Ross con amargura, de la brillante pintura que se había imaginado de sí mismo al regresar al planeta Halsey. Ross, el explorador; Ros, el héroe; Ross, el salvador de la humanidad...

    Tenía que reconocerlo: la expedición no había sido ningún éxito. No sólo estaba perfectamente demostrado que no había ya ninguna Fundación Franklin en Gemser, sino que él había malgastado el tiempo y sus esfuerzos, ya que también admitía, aunque en silencio, que se hallaba casi perdido por completo. En efecto, se hallaba preso en una cárcel de la que no podría huir en tanto no dejase atrás la maldita juventud.

    Naturalmente, las implicaciones de tal estado de cosas eran que a su debido tiempo podría salir de allí. Todo lo que tenía que hacer era volverse viejo en este condenado planeta. Tal vez noventa años. Luego tendría plena libertad para volver al aeropuerto espacial, reclutar un escuadrón de jóvenes para que le izasen a la nave, y despegar...

    Helena le servía de ayuda. Pero sólo de manera psicológica; era una compañera agradable, pero ni ella ni nadie más de los cuarenta y ocho jóvenes con quienes se le permitía hablar habían oído jamás el nombre de la Fundación Franklin, del viaje por F-T-L, ni de nada parecido.

    —Espera la fiesta — le aconsejó Helena —. Tal vez entonces podrá decírtelo alguno de los adultos.
    —¿La fiesta? — repitió Ross, rascándose la espalda contra la esquina de la cama. Helena estaba tumbada en el suelo, contemplando distraídamente una película proyectada en la pantalla situada al final del dormitorio.
    —Sí. Tienes suerte, sólo faltan ocho días. Entonces, Dobermann — señaló al capataz — se gradúa; es el único este año. Y todos ascenderemos un peldaño; vendrá la nueva clase y entonces podremos hacer cuanto queramos. Bueno, casi todo — se corrigió —. No podemos hacer nada malo. Pero ya verás qué divertido resulta.

    Entonces finalizó la película, y comenzó el ejercicio de gimnasia. Luego se apagaron las luces. Cuarenta y ocho hombres y mujeres, cada uno en su litera... mientras el sistema del honor parecía obrar maravillas; no había el menor síntoma de atrevimientos sexuales. Todos dormían el sueño del inocente. Mientras Ross, el número cuarenta y nueve, yacía en medio de la obscuridad, animado por cierta dosis de esperanza.

    A la mañana siguiente, en la cocina, obtuvo más informes de Helena. La fiesta parecía ser un cruce entre una saturnal y la Semana de los Muchachos. Durante un día, los mayores aflojaban las riendas. Aquel día, y sólo aquel día, podía Hablarse Antes de Ser Preguntado, Interrumpir a un Mayor, incluso Salir del Cuarto sin Excusarse...

    ¡Vaya!, pensó Ross sombríamente. Pero, sin embargo. ..

    El capataz, Dobermann, cuando se había aprendido a manejarle, no era mala persona. Ross, estudiando sus hábitos, aprendió la manera más eficaz para abordarle. La queja más corriente de Dobermann era la falta de responsabilidad; irresponsabilidad cuando un joven de treinta años se salía de la fila, o no iba en su debido lugar; irresponsabilidad cuando Ross se olvidaba de hacer la cama antes de tomar parte en el turno de la cocina; y fue una tremenda falta de responsabilidad cuando Helena, distraídamente, vertió agua fría en el tanque de la cocina, estando en marcha. Se produjo un silbido, un chasquido y una vaharada de vapor, y Helena se puso a llorar sobre un elemento del calentador descompuesto.

    Dobermann llegó a toda prisa, y Ross vio en ello su ocasión.

    —Has sido muy irresponsable, Helena — la riñó, enterado de la presencia de Dobermann a sus espaldas —. Si la Unidad Juvenil Veintitrés fuese toda tan irresponsable como tú, la culpa recaería por completo sobre el señor Dobermann. No sabes la suerte de que el señor Dobermann sea tan amable contigo.

    Los sollozos de Helena se secaron instantáneamente; le dirigió a Ross una mirada furibunda y bajó los ojos ante Dobermann. Éste asintió en aprobación a Ross, al acercarse a Helena; fue una memorable parrafada, de la que Ross sólo oyó parte. Estaba contemplando el tanque de cocinar; era muy sencillo de construcción, una espiral de alambre de resistencia en torno a un núcleo de cerámica. El núcleo se había agrietado y un cabo del alambre estaba suelto; si volvía a ser conectado, la grieta del núcleo poco importaría, ya que el alambre se hallaba recubierto por un aislante. Levantó la vista y abrió la boca para decir algo, y de repente se acordó de las enseñanzas recibidas, y se quedó en actitud de respetuosa atención.

    —...por lo visto quieres volver a los tanques del tinte — finalizaba su discurso el capataz —. Bien, Helena, si es esto lo que deseas, puedo complacerte. Pero esta vez estarás sola; no tendrás a Ross que te ayude cuando las cosas marchen mal. ¿Verdad, Ross?
    —No, señor — se apresuró a contestar el aludido. Luego añadió —: ¿Señor...?
    —¿Qué? — Dobermann lo contempló frunciendo el entrecejo.
    —Creo que puedo reparar esto — dijo Ross con modestia.

    Los ojos de Dobermann parecieron desorbitarse.

    —¿Repararlo?
    —Sí, señor. Sólo está suelto el cable. Allí de donde procedo aprendemos a reparar esta clase de cosas cuando ingresamos en la Universidad. Es sólo cuestión de...
    —¡Basta, Ross! — gruñó el capataz —. Ya es bastante malo estropear una máquina, pero si resulta que eres un embustero, esto te llevará demasiado lejos. ¡Universidad...! Sabes de sobras que ni yo mismo estaré preparado para asistir a la Universidad hasta después de la fiesta. Ross, ya sabía que eras un entrometido, lo supe tan pronto te vi el primer día. ¡La Universidad...! ¡Bien, verás como te gustará la Universidad a que voy a enviarte!

    Los tanques no fueron tan terribles la segunda vez. Pero el caldo estuvo frío dos días, hasta que alguien cambió el tanque de cocinar estropeado por otro también en lamentable estado.

    Helena se desmayó tres veces por culpa del calor. Y cuando, la tercera vez, Ross, incapaz de contenerse, la besó de nuevo, no hubo histerismos de ninguna clase.


    6


    Desde el nacimiento a la pubertad eran niños. Desde la pubertad a la edad de Dobermann, adolescentes. Diez años más tarde se ingresaba en la Universidad, a fin de aprender todas las cosas que no se había tenido la necesidad ni el derecho de saber antes.

    Y después se estaba fuera de edad.

    Estar fuera de edad significaba mucho, más que el simple derecho a la votación, según Ross había descubierto. Por un lado, se tenía la libertad de casarse... tras la obligatoria soltería de los años de adolescencia y de educación dirigida, vía siembra artificial, de los universitarios. Significaba el comienzo de la madurez, que acarreaba consigo todos los oficios y todos los poderes.

    Significaba la libertad.

    Como buen principio, la madurez comportaba la libertad de mandar a cierto número de adolescentes o universitarios. En el último día de castigo de Ross en los tanques del tinte, un anciano de aspecto feliz les ordenó a todos los jóvenes que le ayudasen a quitar los hierbajos de su jardín... una docena de acres bellamente atendidos, convertidos en parque y jardín, en realidad el más hermoso panorama que Ross había podido divisar en aquel horrible planeta.

    Cuando regresaron a los tanques del tinte, la hilaza amarilla y azul se habían entrelazado y todas las hebras se habían enredado en las bobinas. Dobermann se encolerizó... con los adolescentes.

    Pero el furor de Dobermann llegó a un final. Fue en la víspera de la fiesta, cuando se celebró una emocionante ceremonia, en tanto el capataz hacía su equipaje y se disponía a convertirse en universitario, cediendo a su sucesor la Unidad Veintitrés. Todo el mundo estaba completamente aseado, y aunque se concedía una ligera licencia con vistas a la limpieza entre la cena y el momento de apagar las luces, todas las camas estaban hechas con esmero, sin la menor arruga en las sábanas y colchas. Al cabo de media hora de espera, Dobermann reclamó — innecesariamente — la atención general, tras lo cual apareció el administrador con su séquito de decrépitos ancianos.

    De su pecho surgió su voz, rica y ampulosa:

    —¡Adolescente Dobermann, ya eres un hombre!

    Dobermann estaba con la cabeza inclinada, silencioso y feliz. Los adolescentes de la Unidad Veintitrés entonaron a coro:

    —¡Adiós, adolescente Dobermann!

    El séquito de ancianos dio tres pasos al frente y el administrador exclamó:

    —¡La belleza viene con la edad! ¡La edad es belleza!

    Y el coro entonó:

    —¡Los cerebros ancianos son los más sabios!

    Ross, en medio de los demás, movía los labios y la lengua, preguntándose cuántas veces habrían repetido aquellas mismas palabras los adolescentes de la Unidad Veintitrés.

    Hubo cinco frases más en boca del administrador, con cinco respuestas más cantadas, y luego el viejo y su séquito se acercaron a Dobermann. Respirando pesadamente, por culpa del esfuerzo efectuado durante el ritual, el administrador cogió un libro de manos de uno de sus seguidores.

    —Universitario Dobermann — dijo, jadeando —. En el Libro residen las palabras de los Padres. Léelas y apréndelas.
    —¡La Palabra del Padre es la ley! — entonó el coro, alborozadamente. Y entonces el administrador tocó la mano del capataz y, en medio de un solemne silencio, se marchó, seguido siempre por los demás ancianos.

    Tan pronto como los viejos hubieron desaparecido, los adolescentes rodearon jubilosos a Dobermann para felicitarle. Hubo exaltadas carcajadas, y también cierto toque de aprensión: Dobermann, con todas sus faltas, era un ente conocido, y los miembros de la Unidad Veintitrés comenzaron a mirar temerosamente al joven, bajo y pelirrojo que, a partir del día siguiente, sería el sucesor de Dobermann.

    Que sea bueno o malo, una bendición o una maldición — pensó Ross —. Pero no lo será para mí, porque mañana me largaré de aquí.

    Fiesta.

    —¡Oh, es muy divertida! — le dijo Helena con entusiasmo —. Hay que levantarse muy temprano para acudir a la votación.
    —¿La votación?
    —Seguro. ¿No votan en tu planeta? Yo pensaba que votaba todo el mundo. Esto es democracia, el sistema que tenemos aquí.

    Ross, con sarcasmo, citó uno de los carteles que tanto proliferaban en los muros:

    LA FELICIDAD DE LA MAYORÍA SIGNIFICA LA FELICIDAD DE LA MINORÍA.


    A menudo se había preguntado qué quería decir, pero Helena asintió con solemnidad.

    Había ciertos susurros en las camas contiguas a las suyas, en tanto el alba se filtraba por las ventanas, preludiando el gran día de la Fiesta. Por lo visto, no eran ellos los únicos que estaban conversando. La disciplina ya comenzaba a relajarse con la llegada de la aurora.

    —Ross — dijo Helena de repente. —¿Sí?
    —Supongo que no lo sabes. El día de fiesta si... aahhh... si quieres hacerlo otra vez no tienes que esperar a que me desmaye. Y... aaahhh..., claro, no tienes que hacerlo delante de todo el mundo.

    Abrumada por su confesión, hundió la cabeza en la almohada.

    Estupendo, pensó Ross. Una vez al año... ¿o sólo había una Fiesta al año?, a los adolescentes se les permitía jugar a juegos prohibidos. En realidad no eran más que chiquillos y chiquillas de treinta y treinta y cinco años experimentando con el sexo. Claro que los mayores debían vigilar atentamente que las cosas no se extralimitasen.

    Estaba seguro de que los dos últimos desmayos de Helena habían sido completamente fingidos.

    Al fin sonó el silbato matutino. Las charlas entre los adolescentes de la Unidad Veintitrés se convirtieron en una algarabía mientras procedían a vestirse, y el nuevo capataz lo consintió con indulgencia, entregándoles incluso unas bonitas cintitas a las chicas para que se las anudasen en el cabello. En el puchero del desayuno pudieron añadir azúcar, con lo que el estómago de Ross sintió náuseas, en tanto a su alrededor se elevaban plácemes de gratitud por tan gran dispendio en honor de la Fiesta.

    Entre empujones y bromas diversas formaron una fila de a cuatro en fondo y salieron de la sala, y luego de la factoría, para emprender la marcha por una carretera recubierta de caucho.

    Una vez fuera de la factoría todo se tornó más placentero. Los carteles exhortativos fueron desapareciendo. Todo el complejo industrial fue quedando a espaldas de los adolescentes. Y entonces ante su vista se desplegó un magnífico panorama, con la carretera muy suave bajo los pies, y el aire puro y refrescante.

    Todos lanzaban exclamaciones de sorpresa y alegría al percibir a lo lejos las casas y granjas, todas de una sola planta y de aspecto reluciente.

    Una vez, un vehículo se puso a su altura, aminorando la marcha. Era grande, bellamente tapizado en el interior. Los ocupantes eran un par de jóvenes; chófer y pasajero. Éste saludó a los de la columna y al sonreír exhibió una cantidad increíble de arrugas. Ross tuvo un sobresalto. ¿Había creído que el administrador era viejo? Aquel ser, hombre o mujer, sí era viejo.

    Cuando el coche hubo acelerado, entre los vítores de la juventud, se produjeron diversos cálculos entre los adolescentes. Éstos no habían reconocido al ciudadano que tan amablemente les había saludado, pero todos opinaron que él (¿o ella?) era maravilloso. Tan digno, tan distinguido, tan prudente, tan gracioso, tan demócrata...

    —¿Verdad que ha sido amable? — exclamó Helena, entusiasmada —. ¡Estoy segura que debe ser un personaje importante relacionado con la votación! De lo contrario, votaría desde su casa.

    Los pies empezaban a dolerle a Ross cuando llegaron al centro suburbano. Según sus recuerdos, se hallaban a sólo ocho o diez Kilómetros del aeropuerto y la astronave. Había que retroceder por la carretera del centro suburbano, tomar la desviación a la derecha, y estaría allí.

    La Unidad Adolescente Veintitrés alcanzó un estado lindante con el éxtasis al contemplar los bajos y espaciosos edificios del centro. En los escaparates, amplios y elegantes, se exhibían toneladas de alimentos y prendas de vestir; el teatro al aire libre con cabida para coches era un milagro arquitectónico. El Palacio Cívico los anonadó con la estatua de la Justicia Igual ante la Ley (una digna dama cuyas barbillas y nariz casi estaban juntas, apoyada en una muleta incrustada de gemas), y la Virtud Cívica (en un triciclo a motor, equipado con un aparato de oxígeno para emergencias, una bomba de sangre Lindbergh-Carrel y un riñón artificial).

    Los alegres viejos iban por todas partes con sus coches y triciclos, saludando felices a los jóvenes. Sólo un desdichado incidente entristeció el alborozo de aquella previa gira de inspección. Un joven, erróneamente, lanzó un saludo:

    —¡Larga y prudencia, señora! — pero el beneficiario de tal frase resultó ser un provecto anciano.
    —¿Cómo se entiende, señora? — tronó el viejo a través del micrófono de su garganta y el amplificador, con voz de barítono —. ¡Tú serás la damisela, miserable enano! — y decididamente, dirigió su triciclo hacia el pobre joven así apostrofado, pasándole por encima. El muchacho esquivó el embiste lo mejor que pudo, en tanto el iracundo viejo pasaba y volvía a pasar sobre su cuerpo. El incidente terminó cuando el anciano se desmayó en el triciclo, quedando colgado del cinturón de seguridad. El muchacho se levantó del suelo con las señales de los neumáticos en su cuerpo, y sollozó:
    —¡Oh, Dios mío! ¡Le he matado! — chilló con histerismo —. ¿Qué haré, pobre de mí? ¿Le he matado?
    —Conéctale su corazón L.C., bobo — rezongó otro maduro ciudadano.

    El joven maniobró en la bomba Lindbergh-Carrel, temblando. Los adolescentes de la Veintitrés, todos lívidos, vieron cómo los tubos del anciano comenzaban a hincharse y a funcionar de nuevo. Un suspiro general se dejó oír cuando el viejo abrió los ojos y se incorporó dificultosamente.

    —¿Qué ha sucedido?
    —Has vuelto a fallecer, Sherrington — le explicó el otro ciudadano —. Es la tercera vez esta semana. Y por suerte siempre has tenido una persona responsable a tu alrededor. Bien, ahora vete al Centro Médico y que te hagan un detenido reconoci-miento. ¿Me oyes?
    —Sí, papá — contestó Sherrington, con voz débil. Y se alejó con el triciclo.

    Su padre se volvió hacia el adolescente que estaba aún frotándose el cuerpo para hacer desaparecer las señales de los neumáticos.

    —Lo dejaré pasar gracias a que es la Fiesta — gruñóle —. Pero en otra ocasión hubiera exigido que retrocedieras quince años por esta desdichada negligencia.

    Ross sabía lo que significaba tal amenaza y se estremeció con los demás. Quince años adicionales en las factorías y con la dieta de los adolescentes era una verdadera cadena perpetua.

    Continuaron su camino hacia el Palacio de la Democracia, un local muy brillante, Heno de carteles, estatuas y retratos de la edad de los héroes. Los de la Veintitrés se unieron a otros adolescentes procedentes de otras unidades fabriles. Algunos grupos tosían sin cesar y tenían los ojos enrojecidos, como irritados por algún producto químico. Otros debían ser especialistas en trabajos manuales. Ross los dividió en robustos, cuyos músculos abultaban asombrosamente, y los moribundos, hombres y mujeres que obviamente apenas podían ejecutar las tareas a ellos encomendadas.

    Se acomodaron en largos bancos, con botones conectados con cada estación. Helena, a su lado, le explicó a Ross el sistema. La votación era universal y simultánea, en todos los Palacios de la Democracia del planeta y en todos los hogares de los Ciudadanos Ancianos que no se molestaban en ir a votar a los Palacios. Los votos, simultáneamente, se contaban en una estación central, y los resultados eran proyectados en las pantallas de los Centros y los hogares. Helena dijo varias frases entusiastas respecto a aquella democracia, mientras Ross estudiaba una hoja de papel con los candidatos y sus propuestas.

    Los nombres no significaban nada para él. Sólo observó que cada uno de los tres únicos candidatos para Jefe de Estado tenían más de cien años de edad. Obviamente, las convenciones nombraban a los candidatos para cada puesto de una misma edad a fin de mantener la competencia.

    La Propuesta Número Uno decía:

    Desmantelar los siete Centros de Pediatría y aplicar el valor bruto para la construcción de una nueva ala del Centro de Gerontología, ala que será dedicada a la investigación básica de la extensión de la vida humana.

    La Propuesta Segunda era aún peor. Ross no se molestó en leerla, así como las siguientes.

    —¿Y ahora, qué? — le susurró a Helena.
    —¡Cállate! — la joven señaló la pantalla que tenía enfrente —. Está empezando.

    Un Ciudadano Anciano de alto rango (con el rostro oculto por entero bajo una mascarilla de oxígeno) estaba hablando en la pantalla. Era lo que parecía ser un discurso de presentación.

    —Ciudadanos — exclamó, por medio de su micrófono —. ¡Viva la Democracia en Acción! Voy a nombrar a los tres candidatos para el honroso cargo de Jefe de Estado. A continuación pasarán sus rostros por las pantallas. Entonces todos deberéis decidiros. Primero, el Ciudadano Raphael Flexner, edad: un siglo, tres décadas, siete meses y diez días — el Ciudadano Raphael Flexner se presentó en la pantalla, habló brevemente a través de su micrófono y desapareció —. ¡Viva la Democracia en Acción! — rugió entusiasmado el locutor —. Ved ahora al Ciudadano Sheridan Farnsworth, edad: un siglo, tres décadas, diez meses, cuarenta y dos días — los aplausos crecieron de punto; algunos adolescentes chillaron histéricamente y golpearon el sue-lo con los pies.

    Helena jadeaba de exaltación, con los relucientes ojos fijos en la pantalla.

    —¿No es maravilloso? ¡Oh, mírale!

    Había aparecido el tercer candidato, siendo el primer anciano a quien Ross veía cuyo vehículo fuese una litera con ruedas. Encogido y casi invisible por entre su equipo cromado de tubos, el Ciudadano Immanuel Appleby fue debidamente presen-tado:

    —Edad: un siglo, tres décadas, once meses y cinco días.

    La multitud pareció enloquecer. Helena se apartó de Ross, uniéndose a una fila de danzarines que recorrían los pasillos.

    Ross gritó a guisa de experimento, y luego comenzó a chillar porque todos lo hacían y no pudo contenerse. Cuando el locutor reclamó el silencio, Ross se hallaba subido en un banco, chillando a pleno pulmón.

    Helena, colorada de excitación, le tocó en una pierna.

    —Vota ahora, Ross.
    —¡Votación! ¡Votación! — fue el grito que resonó por toda la sala.

    Ross buscó uno de los botones de votación.

    —¿Qué he de hacer? — le preguntó a la muchacha.
    —Pulsa el botón que dice "Appleby", naturalmente. ¡De prisa!
    —¿Por qué Appleby? — objetó Ross —. Yo creo que ese Flexner...
    —¡De prisa, Ross! Y cállate. Alguien puede oírte — la expresión de Helena era de franco temor —.

    ¿No lo has oído? Tenemos que votar al mejor de los tres. "El más anciano es el mejor". Esto es lo que significa la democracia, la libertad de elección. Nos dicen las edades y nosotros escogemos a los más viejos. Por favor, Ross, apresúrate antes de que alguien empiece a hacerte preguntas.

    La votación terminó y en cada caso triunfó el más anciano. Era una victoria para la opinión pública. La muchedumbre salió del Palacio desordenadamente, ya que todos los formulismos estaban suspendidos en honor a la Fiesta.

    Helena asió a Ross firmemente por un brazo. El gentío se iba diseminando alegremente por los terrenos colindantes con el Centro, cada cual con varios proyectos atrevidos en su mente. Bajo la presión del brazo de Helena, Ross se vio empujado hacia un macizo de arbustos.

    —¡No! — exclamó con violencia —. Bueno, lo siento, Helena, pero tengo que hacer una cosa.

    Ella le contempló con ojos desorbitados por el asombro.

    —¿En el día de la Fiesta?
    —En el día de la Fiesta. Lo siento, Helena. Mira, lo que dijiste esta madrugada, que puedo hacer lo que quiera desde ahora hasta mañana por la mañana, es cierto, ¿verdad?
    —Sí — fue la hosca respuesta —. Pero pensaba que tú sabías que...
    —De acuerdo — se liberó del brazo de la joven, sintiéndose como el más miserable de los estúpidos —. Busca en torno tuyo — le aconsejó. Y se alejó sin volver la vista atrás.

    Retroceder tres kilómetros, se dijo con firmeza, y luego desviar a la derecha. Y sólo a doce kilómetros hallaría el aeropuerto. Llegaría en dos horas.

    Había una cosa segura: si alguna vez había existido una Fundación Franklin en este planeta, había desaparecido por completo. Desmantelada, sin duda, para proporcionar los fondos necesarios para una fábrica de trompetillas para sordos. Con toda seguridad, la nave espacial F-T-L de la Fundación Franklin debía orbitar todavía en torno al planeta, a no gran distancia del aeropuerto espacial; pero había muy pocas probabilidades de que nadie la descubriese o llegase a usarla. Sí se tomaban la mo-lestia de mantener una estación de radar — y sólo las estaciones completamente automáticas eran capaces de registrar las astronaves de inmensa velocidad —, y si alguien se tomaba también la molestia de consultar de vez en cuando la pantalla, Ross estaba seguro de que la nave F-T-L estaba registrada. Como un asteroide, un satélite, o "un cuerpo de origen desconocido". Pero una cosa era cierta: ninguno de aquellos viejos carcamales se tomaría jamás la molestia de investigar a conciencia la naturaleza de la nave.

    El único problema que Ross tenía ahora que solucionar en este planeta era la forma de salir del mismo lo antes posible.

    En la carretera que se extendía ante él se estaba desarrollando lo que podía ser considerado como una combinación de orgía sexual y libertad para todo. Ello se hallaba concentrado en un gentío de jóvenes, medio centenar, que se dirigían a la campiña, persiguiendo a varias jóvenes que corrían alborozadamente, huyendo de ellos.

    Ross apretó el paso. Si quería huir del planeta tenía que hacerlo hoy; no era tan tonto como para pasar por entre las defensas del aeropuerto. Y hoy tendría suerte, pensó con amargura, si no se veía enredado en una pelea entre bandas, camino de la libertad.

    Hubo un rechinar de neumáticos y un pequeño vehículo frenó a su lado. Ross alzó un brazo como defensa, en un reflejo automático.

    Era Helena, que surgió en tromba por la portezuela del coche.

    —¡Sube! — le ordenó colérica —. ¡Me has estropeado mi Fiesta! Puedes hacer lo que tengas que hacer.
    —¿Qué es aquello? Helena miró hacia donde él señalaba y se encogió de hombros.
    —Una garita. Eso creo, al menos. ¿Cómo puedo saberlo? Pero está vacía. No hay nadie.

    Ross asintió. Habían abandonado el coche y se hallaban de pie ante la cerca que rodeaba el espacio-puerto. Las puertas principales estaban cerradas y atrancadas; a unos centenares de pies a la derecha había una entrada más pequeña con una especie de garita, también cerrada.

    —Está bien — exclamó Ross —. ¿Ves aquel cobertizo con las cajas fuera? Vamos hacia allí.

    El cobertizo se hallaba pegado a la cerca; las cajas de metal ofrecían un modo de trepar, aunque difícil. Helena no tardó en subir a lo alto del cobertizo; Ross, quejándose, consiguió situarse a su lado.

    Miraron hacia abajo, al otro lado de la valla.

    —No debiste acompañarme — la reprochó Ross.
    —¡Esto es muy propio de ti! — gimió ella —. ¡Arrójame ahora de tu lado!
    —Bien, bien... — la aplacó Ross, mirando a su alrededor. No había a la vista ningún adolescente ni ningún anciano —. Afiánzate de las manos y déjate caer — le ordenó —. Y comienza a correr antes de que se presente alguien.
    —¿En la Fiesta? — observó la joven con amargura. Se sentó sobre el borde de la cerca, con las piernas colgando al otro lado, y luego se dejó caer. Ross la contempló con ansiedad, pero ella se incorporó al instante, apartándose a un lado.

    Ross saltó a su vez, quedándose un momento ofuscado por efecto del golpe.

    La nave, completamente aislada, se hallaba a menos de un cuarto de milla.

    —¡Vamos hacia allá! — jadeó Ross, asiendo a la muchacha de la mano. Rodearon otro cobertizo y al llegar al claro echaron a correr.

    Pero no había pasado el peligro.

    Ross oyó el zumbido de una motocicleta antes de sentir el golpe. Quedó tendido en tierra, arrastrando a Helena en su caída.

    Un Ciudadano Anciano, provisto de un bastoncito como los que Ross recordaba demasiado bien, se inclinó sobre ambos.

    —Niños — rezongó a través de su micrófono, con profundo disgusto —. ¿Es ésta la manera de comportarse el día de la Fiesta?

    Helena, muerta de miedo, no acertó a balbucir ni una sola palabra.

    —Lo... lo siento, señor — tartamudeó Ross —. Nosotros...

    ¡Crac! El bastoncito se abatió otra vez, y todos los músculos de Ross se pusieron tensos. Rodó sobre sí mismo, y el anciano le siguió. ¡Crac!

    —¡Os concedemos la Fiesta — ¡crac! — y os comportáis como animales! ¡Es terrible! ¿No sabéis que la libertad de la Fiesta — ¡crac! — es el más sagrado de los derechos del adolescente — ¡crac! — y que el cielo se apiade de vosotros — ¡crac! — si abusáis de él?

    El penoso castigo y la susurrante voz pararon a la vez. Oyó los sollozos de Helena y forzó la cabeza para volverse a mirarla.

    Se hallaba de pie detrás de la motocicleta, con un cable en la mano. El anciano yacía inerte sobre el cinturón de seguridad.

    —¡Ross! — gimió la joven —. Ross, ¿qué he hecho? ¡Le he desconectado!

    Ross se levantó, tosiendo y maldiciendo. No había nadie más a la vista, sólo ellos dos y el silencio, aparte de la caída figura del viejo.

    —¡Vamonos! — la urgió, cogiéndola de un brazo y echando a correr hacia la astronave.

    Helena le siguió, murmurando frases inconexas, llorosos los ojos. Se hallaba en un estado de franco histerismo.

    Ross se detuvo, frotándose la nuca. Sabía que la muchacha jamás llegaría a sobreponerse a su crimen. Y aunque lo lograse, ello quedaría como una mancha en su interior. Pero era claro como el cristal que se había colocado por completo a su lado. Aunque el viejo reviviese, el castigo que le esperaría a la joven sería irresistible.

    En realidad, ahora él era el responsable de Helena.

    La arrastró hacia la nave. Ella trepó a la misma con docilidad, mirando ante sí sin ver nada, en tanto él cerraba el portón y se disponía a maniobrar para el despegue.

    Helena no habló hasta que estuvieron lejos, en el espacio. Entonces estalló en un mar de lágrimas.

    —Calma, calma — le aconsejó Ross, blandamente. Luego esperó hasta la terminación de la tempestad.
    —¿Qué... qué haré ahora? — preguntó la muchacha, lastimosamente.
    —Bueno, venir conmigo — la animó Ross, maldiciendo su mala suerte.
    —¿Adónde vamos?
    —¿Adonde? ¿Lo dices enserio? — Ross se rascó la nuca —. Bien, veamos. Sinceramente, Helena, tu planeta me ha decepcionado. Esperaba... Bueno, esto no importa ahora. Supongo que lo mejor será ir en busca del siguiente planeta de mi lista.
    —¿Qué lista?

    Ross vaciló, luego se encogió de hombros y procedió a contarle todo el asunto. Le explicó lodo lo relativo a las astronaves interestelares, el mensaje, el combustible F-T-L y las familias Wesley... pero en aquel momento nada de ello le pareció muy con-vincente a sí mismo. Tal vez Helena fuese menos difícil de convencer, o quizá no le importaba todo aquello. Escuchó con atención, sin hacer el menor comentario.

    —¿Cuál es el nombre del próximo planeta? — se limitó a preguntar al terminar Ross su narración.

    El joven consultó su carta celeste. La lista de Haarland mostraba un planeta llamado Azor, convenientemente cerca de las extrañas geodésicas del Efecto Wesley, donde las lejanas galaxias se hallaban cerca en las curvadas líneas espaciales y el vacío posterior infinitamente distante. La familia poseedora del F-T-L del planeta Azor se apellidaba Cavallo, y según las últimas referencias se dedicaban a la construcción de maquinaria.

    Ross se lo explicó todo a Helena, la cual se encogió de hombros y contempló al joven con curiosidad cuando éste maniobró en el cuadro de mandos para poner en acción la carga de combustible F-T-L.


    7


    Se hallaban ya dentro del radio de alcance del radar del planeta Azor, si es que lo había, pero no había habido ninguna señal todavía, ni la nave había sido atraída hacia la superficie. ¿Otro planeta deshabitado? Ross estudió la cara del desconocido mundo mediante el potente cristal de aumento y no vio signos de haber sido devastado por la guerra. Había ciudades... intactas, a lo que podía juzgar, aunque no muy atractivas. Estaban formadas por enormes bloques que parecían amontonarse en torno a unas torres centrales.

    Azor era un planeta enorme que no presentaba señales de agua, formado por grandes peñascos de roca negra. Era el quinto de su sistema solar y había sido colonizado, así como sus lunas, y los planetas contiguos, hacía ya muchísimo tiempo.

    De pronto, algo apareció en la pantalla del radar. La señal fue seguida por una voz comunicante, —¿Cuál es esta nave? ¿Me oís? La banda es 798.44.

    Ross, apresuradamente, buscó la frecuencia en su transmisor y llamó.

    —Te oigo. Estoy en una nave forastera a vuestro sistema solar, del planeta Halsey. Quiero entrar en contacto con una familia llamada Carvallo del planeta Azor, que creo se dedica a la fabricación de maquinaria. ¿Puedes ayudarme?
    —¿Eres hombre? — preguntó la voz con cautela —. ¿Estás al mando de la nave o eres simplemente el comunicante?
    —Soy un hombre y me hallo al mando de la nave.
    —Entonces, aléjate de nuestro sistema — le recomendó la voz — lo antes posible, amigo mío. —¿Por qué? ¿Quién eres tú? —Mi nombre no tiene importancia. Soy el vigi-lante de la prisión orbital "Minerva". Márchate, amigo, antes de que la GCA planetaria te descubra. ¿Prisión orbital? Una idea excelente. —Gracias por el consejo — repuso Ross — ¿Puedes decirme algo de la familia Carvallo?
    —He oído hablar de ellos. Amigo mío, te queda poco tiempo. Si no te largas pronto tendrás que aterrizar a la fuerza. Y por el tono de tu voz creo que no pasará mucho tiempo antes de que te reúnas con nosotros a bordo del "Minerva". Y no es un sitio agradable. Adiós.
    —¡Espera, por favor! — Ross no tenía la menor intención de cometer ningún crimen que pudiese enviarlo a bordo de la prisión orbital, sino sólo de cumplir la misión encomendada —. Háblame de la familia Carvallo. ¿Y por qué esperas que me vea en conflictos en el Azor?
    —El tiempo vuela, amigo mío, pero... Bien, la familia Carvallo, fabricante de maquinaria, habita en Novj Grad. Y el crimen por el que nosotros nos hallamos en la "Minerva" es haber conspirado para invocar la igualdad de los sexos. ¡Y ahora, huye! El zumbido del comunicador se extinguió, pero inmediatamente se produjo otro rumor electrónico que llenó la cabina. El "bip, bip" de un radar GCA, que se apoderó de los mandos de la nave.

    Helena había estado escuchando con aprensión.

    —¿Quién era tu amigo, Ross? — quiso saber —. ¿Dónde estamos? —Creo — repuso el joven — que era un buen amigo. Y pienso que estamos... en un aprieto.

    La nave comenzó a lanzar chorros de reacción, apuntando hacia el enorme y no muy brillante planeta.

    —Bien — exclamó Helena, contenta —. Al menos ahí abajo no saben que he desconectado a un Ciudadano Anciano — meditó un momento —. ¿O sí lo saben? Quiero decir que los Ciudadanos Ancianos de este planeta no deben estar en relación con los de allá, ¿verdad?
    —Helena — repuso Ross, con ánimo de tranquilizarla —. Es posible que los viejos de este planeta no estén considerados como Ciudadanos Ancianos... no, al menos, en el sentido que en tu planeta. Pueden ser sólo gente vieja, sin autoridad sobre los jóvenes. En realidad, creo que descubriremos que los viejos masculinos no están muy bien considerados.

    Helena aceptó esta reflexión como una broma.

    —Eres gracioso, Ross. Viejo significa Anciano Respetable, ¿verdad? Y Anciano quiere decir mejor, más sabio, más capaz, y a cargo de todo.
    —Ya veremos — contestó el joven pensativamente, cortando el paso del principal reactor de la nave —. Lo veremos dentro de muy poco.

    El aeropuerto espacial bullía de movimiento y agitación. Ross quedóse maravillado ante la rapidez y destreza con que los anónimos obreros se hicieron cargo de su nave, poniéndola en órbita y obligándola a aterrizar. Y contempló con cierta envidia las cabinas rodantes, mayores que edificios, que se acercaron a la nave; ésta quedó completa y herméticamente rodeada, bañada en medio de una bruma de germicidas y rayos profilácticos.

    Una figura con casco, gobernando una plataforma dentro de una cabina giró sobre una serie de palancas, de arriba abajo, y luego golpeó el portillo de entrada a la nave.

    Ross abrió con desconfianza. Y casi se ahogó entre los vapores antisépticos. Helena carraspeó detrás suyo, al tiempo que el recién llegado se quitaba el casco.

    —¿Dónde está el capitán?
    —Yo soy — respondió Ross —. Me gustaría ponerme en contacto con la Compañía de Maquinaria Carvallo, de Novj Grad.

    El ser desconocido echó hacia atrás su cabellera, lo que le proporcionó a Ross la pista necesaria: era una mujer. No una mujer muy atractiva, ya que no usaba maquillaje; pero por el cabello, las cejas y la suavidad de la barbilla, una mujer.

    —Si tú eres el capitán — dijo la mujer con frialdad —, ¿quién es ésta?
    —Soy Helena — repuso la joven, con un hilo de voz —, de la Unidad Veintitrés de Adolescentes.
    —Ya — de pronto la mujer sonrió —. Bien, bienvenida a tierra, querida. Debes estar cansada del viaje. Bajad los dos — añadió con amabilidad.

    Les condujo hacia la cabina, y de allí a un coche. El sol de Azor arrojaba una luz bastante tamizada, poco agradable, en nada parecida a la del tipo G. Ross pensó que aquella extraña luminosidad afeaba aún más a la mujer. Incluso Helena parecía pálida y sin sangre, aunque de sobras sabía que no era así.

    En torno suyo todo era actividad. A pesar de las faltas y defectos que pudiera tener el planeta, no era un lugar paralizado. Ross, alargando el cuello, no vio nada fuera de lugar, nada disonante en todo el aeropuerto. Éste se hallaba mucho mejor equipado que el del planeta Halsey. Y la sala de recepciones, o lo que fuese, adonde les llevó la mujer era idónea en su construcción y sobriamente amueblada.

    —¿Algo de comer? — preguntó la mujer, mirando solamente a Helena —. ¿Una taza de tribiú? Haré que el camarero sirva algo — Helena consultó a Ross con la mirada, y el joven, mostrando los dientes, asintió. Demasiado joven la vez anterior, y ahora demasiado masculino. ¿Existiría un planeta donde esos detalles no importasen?
    —Señora — exclamó, desesperado —, perdone la interrupción, pero esta señorita y yo necesitamos urgentemente ponernos en contacto con la Compañía Carvallo. ¿No es esto Novj Grad? La mujer enarcó sus pálidas cejas. —No, no lo es — dijo, haciendo un esfuerzo. —Entonces, ¿puede decirme dónde está Novj Grad? — insistió Ross —. Si hay allí puerto espacial, podríamos ir con la nave...

    La mujer pareció atragantarse. Se levantó y señaló a Helena.

    —Si me perdonas, tengo que atender a ciertos detalles — dijo, y se marchó.

    Helena contempló a Ross con ojos muy abiertos. —Debe ser una Ciudadana Anciana, ¿verdad? —No exactamente — repuso Ross, desmayadamente —. Mira, Helena, aquí las cosas son diferentes. Necesito tu ayuda. —¿Ayuda?

    —¡Sí, ayuda! — gritó él —. Procura comprenderme. ¿Recuerdas lo que te conté de mi planeta? Que era distinto del tuyo, ¿lo recuerdas? Allí la gente vieja es igual que la demás — la muchacha asintió con embarazo —. ¡Pues aquí también! Joven o viejo, es lo mismo. En mi planeta, la gente más rica es... Bien, esto no importa. En este pla-neta, quienes mandan son las mujeres, ¿entiendes? Las mujeres aquí son como los ancianos en tu planeta. Tú tendrás que entenderte con ellas. —Pero si las mujeres son... — objetó. —Lo son. Esto ahora no importa; pero recuerda que para poder salir con bien de este trance, tú tienes que ser mi jefe. Dime lo que tengo que hacer. Habla con todo el mundo. Y lo que tienes que decir es sólo esto: Quiero trasladarme a Novj Grad inmediatamente, y ponerme en relaciones con un alto miembro de la Compañía de Maquinaria Carvallo. ¿Está claro? Una vez estemos allí, yo volveré a adoptar el mando; entonces todo irá perfectamente bien — añadió suspirando —. O así lo espero.
    —¿Yo voy a ser tu jefe? — parpadeó Helena.
    —Exacto.
    —¿Como un anciano respecto a un adolescente? —Sí — Ross comenzaba a fatigarse de tanta falta de comprensión. Pero observó un peculiar destello en las pupilas de la joven —. ¡Helena! — le gritó.
    —¿Qué te pasa, Ross? — Helena parecía muy solícita —. Estás preocupado. Bien, querido, déjalo todo en mis manos.

    Habían emprendido la marcha hacia Novj Grad (no en su nave, ya que la mujer les había comunicado que no había aeropuerto espacial en aquella ciudad), y no solos, por lo que Ross no pudo confirmar su vacilante duda sobre los pensamientos íntimos de Helena. Pero al menos se hallaban en ruta a Novj Grad, en el equivalente azoriano de un avión, con Helena conversando alegremente con la mujer piloto, y Ross acomodado incómodamente en un asiento posterior.

    Todo lo visto en Azor confirmaba su primera impresión. El planeta palpitaba de trabajo y prosperidad. Nadie parecía hacer algo muy productivo, pero todo estaba hecho. Toda la maquinaria estaba automatizada. Mandando las mujeres, todo el trabajo físico tenía que ser trasladado a la maquinaria. Y de modo particular en este planeta. Llevaban volando seis horas, y a una velocidad no mucho menor que la del sonido, y casi la mitad del territorio sobrevolado estaba formado de rocas negras, desprovistas de vegetación.

    El avión comenzó a perder altura, y la mujer piloto que había estado relajada en el asiento, ignorando totalmente el aparato, lanzó una distraída mirada al cuadro de mandos.

    —Nos preparamos para el aterrizaje — anunció —. No me distraigas ahora, querida. Tengo mil fe cosas que hacer.

    Pero no pareció hacer ninguna, pensó Ross con desaprobación. Todo lo que hizo fue vigilar las luces multicolores en el panel de mandos. El aterrizaje del avión era tan automático como su pilotaje. Helena giró el rostro hacia Ross.

    —Vamos a aterrizar — le comunicó. —Lo he oído — repuso Ross con hosquedad. Helena le dirigió una mirada de reprimenda y perdón.
    —Tengo hambre — murmuró. —Podrás comer algo en el aeropuerto — ofreció la mujer piloto —. Te enseñaré el restaurante. Helena miró a Ross. —¿Querrás comer algo? Pero la mujer piloto frunció el ceño. —No creo que haya ningún restaurante para hombres. Tal vez puedas llevarle algo, si gustas. Aunque esto va en contra de los reglamentos — añadió. —Gracias, pero no será necesario — comenzó a gruñir Ross, con dignidad, pero no pudo terminar la frase. El avión estaba terminando de posarse en el suelo. Se produjo un gran salto, el tañido de campanas de alarma y se encendieron muchas luces. El aparato se inclinó a un costado y se detuvo.
    —¡Maldición! — exclamó la mujer piloto —. Siempre ocurre lo mismo. Vamos, querida, vamos a comer algo. Luego volveremos a buscarle.

    Ross se quedó solo, mirando con aprensión las parpadeantes luces y escuchando la estridente alarma durante tres cuartos de hora.

    Pero el aparato no explotó. Y un joven pálido con un delantal grasiento apareció poco después con una bandeja de bocadillos y un termo. —¡Eh, muchacho! — le llamó Ross. El recién llegado atisbo por la portezuela. —¿Quieres que entre? —Seguro. Adelante.

    El joven penetró en el avión y depositó la bandeja sobre un asiento. Algo en la mirada del muchacho hizo que Ross le invitara:

    —¿Quieres tomar algo? Hay demasiado para mí solo.
    —Gracias. Sí, tomaré algo. Bueno, la verdad es que podré descansar cuando me haya llevado todo esto — vertió un caldo humeante en el vasito del termo, se lo cedió a Ross con amabilidad y luego se sirvió del propio termo —. ¿Tú vas en la astronave? — preguntóle con curiosidad, dándole un buen mordisco a un bocadillo.
    —Sí. Yo... es decir, el capitán desea ponerse en contacto con alguien de la Compañía Carvallo. ¿Sabes dónde está esa empresa?
    —Seguro. Es la mayor del Sur. Calle Quince, no puedes perderte. El capitán... es la señorita que estaba con la piloto Breuer, ¿verdad? —Sí.

    El muchacho abrió muchos los ojos. —¿Quieres decir que has estado en el espacio... a solas... con una mujer?

    Ross asintió y siguió comiendo. —¿Y ella... bien... aahhh... no te ha creado ningún problema?

    —No — replicó Ross —. ¿Tenéis aquí muchos problemas con estas cosas? El muchacho parpadeó. —He pedido el traslado más de cien veces. ¡Oh, estas mujeres pilotos! Antes trabajaba en una estación de servicio. Cierto es que las conductoras de camiones son sueltas de lengua y rudas de modales. Pero no lo son en absoluto comparadas con las mujeres piloto. Hoy están en Azor City, mañana en Novj Grad... ¡Qué les importa nada!

    Ross estaba fascinado y asombrado. Le parecía que sí debía importarle, y mucho. En su planeta la mujer se hallaba en franca inferioridad con respecto al hombre, y no podía imaginarse una cultura que pretendiera alterar este factor biológico.

    —¿Te has visto alguna vez en apuros? — le preguntó con cautela.

    El muchacho se inmovilizó y le miró con desaprobación.

    —Bueno, a ti puedo confesártelo — dijo con un suspiro —. A mí me llaman Bernie el Pullover. Sí. Dos veces. Ambas con mujeres pilotos. Yo no sé decir que no... — tomó otro largo trago del termo y le pegó una fuerte dentellada a un segundo bocadillo.
    —Estoy seguro de ello — murmuró Ross —. No fue culpa tuya.
    —Intenta decírselo a la juez — exclamó Bernie el Pullover con amargura —. La mujer piloto, cada vez, proclamó su inocencia, la doctora exhibió las pruebas del grupo sanguíneo, la directora de natalicios atestiguó que el niño había nacido, y la verdad es que sigue viviendo. Entonces, la juez dijo, sin alzar la vista: "Demostrada la paternidad, corresponde al padre pagar mil créditos anuales en calidad de mantenimiento, y que esto le sirva de aviso para lo futuro, jovencito." Bien, no debí aceptar su invitación para comer bocadillos, pero lo cierto es que estaba hambriento. Tuve que vender mi bono de alimentación ayer para poder hacer frente al pago. Si dejo de abonar tres plazos seguidos... — con el pulgar extendido me señaló hacia arriba.

    Ross comprendió que aquel lugar debía indicar la prisión orbital "Minerva". En este planeta era el hombre el que estaba en inferioridad.

    —¿Cuándo ocurrió todo esto? — preguntó.

    Bernie, tras haber admitido su apetito, había cogido un tercer bocadillo.

    —¿Todo lo qué? — se extrañó.

    Ross meditó unos instantes. Sabía que no podría hacer que Bernie comprendiese la pregunta, y además temió que pudiesen enviarles a ambos a "Minerva" por conspirar en favor de la igualdad de sexos. Expuso su pensamiento de otra forma:

    —Naturalmente, en todas partes están de acuerdo en la superioridad de las mujeres, pero la gente parece no estar conforme, según el planeta, respecto a los motivos de tal superioridad. ¿Qué dicen aquí en Azor?
    —Oh, nada especial o raro. Se impone el sentido común, la lógica. Por una parte, las mujeres son más pequeñas, más frágiles que los hombres, no tienen sus músculos, por tanto, son unas supervisoras naturales. Acumulan el dinero porque los hombres mueren antes y las mujeres son las beneficiarías. Además, ellas poseen una aptitud natural para todas las tareas interesantes. Precisamente la otra noche vi un reportaje a este respecto. La mayor especialista del planeta en su aptitud vocacional. He olvidado su nombre, pero la demostración fue concluyente.

    El muchacho contempló el plato vacío.

    —Bien, debo irme ahora. Gracias por todo.
    —El placer ha sido mío — Ross le contempló alejarse hacia los edificios del aeropuerto. Maldijo en voz baja, y luego se dedicó a cavilar profundamente. Helena era su llave de este mundo. Tendría que sostener con ella una ardua y prolongada sesión; no podía estar constantemente diciéndole lo que tenía que hacer y decir, o todo se iría a rodar. Ella tenía que ser el frente y él el cerebro oculto en la retaguardia. ¿Pero era Helena capaz de absorber aquellos conceptos bastante complicados? Lo parecía, pero Ross no se hallaba, sin embargo, muy tranquilo. Claro que la joven parecía estar enamorada de él, lo cuál ayuda enormemente al asunto.

    Aparecieron Helena y la piloto Breuer, andando con una indolencia que sugería una copiosa comida. Las primeras frases de Helena disiparon todas las dudas que Ross hubiera podido albergar.

    —¡Ah, estás aquí, querido! ¿Te trajo algo el camarero?
    —Sí, gracias, has sido muy amable — repuso él, observando de reojo la reacción de la Breuer. No tuvo ninguna. Tanto él como Helena habían dado en la nota justa.
    —La piloto Breuer — dijo Helena, suavemente — cree que esta noche debo ir a divertirme un poco con ella y sus amigas.
    —Pero la Compañía Carvallo...
    —Ross — le atajó la joven —, no me fastidies.

    Ross calló. Y pensó: "Espera a que estemos solos en el espacio. Si llego a tenerte a solas en el espacio. Eres capaz de quedarte en este planeta matriarcal."

    —Será mejor que ambos busquéis alojamiento en un hotel para esta noche — dijo la Breuer con aire ingenuo —. Luego yo recogeré a Helena y a las amigas y le enseñaremos todo lo bueno que ofrece Novj Grad por las noches. No puede ir por el universo pregonando que la gente de Azor se acuesta a las nueve, ¿verdad? Además, el asunto con la Compañía Carvallo puede esperar hasta mañana, ¿no es cierto?

    Ross se dio cuenta que estaba a punto de sufrir un ataque cerebral. Pero logró dominarse.

    El hotel era pequeño y cómodo, con un bar atestado de pilotos y sus prometidos. Aquellos destellos captados por Ross de la vida social de Azor completaban la pintura que ya se había hecho de la misma. En este planeta era el hombre la víctima. Breuer, sin contemplaciones, comprobó la blandura del colchón del dormitorio de la pareja, y luego anunció:

    —Instalaos, muchachos, mientras yo voy al bar.

    Cuando se hubo cerrado la puerta, Ross exclamó, furioso:

    —¡Canastos! Tu misión protectora está bien hasta cierto punto, pero no te olvides de nuestra misión. Pase por la demora de esta noche, pero mañana por la mañana, muy temprano, iremos a ver a esos Carvallo.
    —Claro — replicó Helena, muy tranquila —. No te enfades, Ross. Te prometo que no volveré tarde, además la Breuer insistió tanto...
    —Lo supongo — rezongó el joven —. Pero recuerda que no estamos realizando una travesía de placer.
    —Para ti, tal vez no — fue la enigmática respuesta de ella.

    Ross no quiso seguir discutiendo, por miedo de salir perdiendo.

    La Breuer regresó al cabo de diez minutos con la mirada reluciente.

    —Todo está arreglado — le anunció a Helena —. Tenemos una mesa reservada en el Virgin Willie — dirigió una mirada a Ross —. Nada malo, naturalmente. Bien, Ross, si quieres algo, sólo tienes que apretar el timbre del servicio. Todo va a mi cuenta. Lo he dispuesto así con la gerencia.
    —Gracias.

    Ambas jóvenes se marcharon, y Ross se dejó caer en la cama, de un humor de perros.

    Le despertó el ruido de la puerta.

    —¿Helena? — preguntó, adormilado. La piloto Breuer sonrió aviesamente, en medio de su embriaguez.
    —No. Helena está en el Virgin Willie, algo mareada, tal como me figuré que quedaría con unos cuantos antigraves. Bien, muñeco, desde que pusiste el pie en Azor me fijé en ti. ¿Quieres ser complaciente conmigo?
    —¡Sal de aquí! — chilló Ross, iracundo —. ¡Sal de aquí o armaré un escándalo de mil demonios!
    —Chilla — repuso serenamente la Breuer —. No pasará nada. Ya me conocen aquí...

    Ross buscó la luz de la mesilla y la encendió.

    —Haré que atravieses la puerta sin abrirla — la amenazó —. Si no sales de aquí dentro de un instante. ..
    —Eres un espíritu rebelde — sonrió la joven —. Tanto mejor, así me gustan — con la mano derecha sacó una pistola, empuñándola con firmeza. Con la mano izquierda procedió a descorrer la cremallera de su uniforme.

    Ross soltó un bufido. Había tres maneras de manejar la situación: la manera inteligente, la manera estúpida y la manera de que todo empezara a resultar atractivo. Ross eligió la manera estúpida. Alargó la mano para asir el cañón de la pistola. —No me hagas reír — le espetó la Breuer —. Los chicos que han intentado quitarme la pistola han tenido que ser transportados todos a Azor City en una camilla, muñeco.

    Ross comenzaba a verlo todo de color rojo. Lanzó un profundo suspiro y adoptó la manera inteligente.

    —Eres muy bestia pero muy bonita — exclamó, admirado.
    —Oh, seguro — la joven le pegó una patada al uniforme, enviándolo al otro lado del cuarto y se acercó a Ross —. Muñeco — le dijo con voz insinuante —, si crees que voy a olvidarme de la pistola en el próximo par de minutos, estás muy equivocado. Nunca abandono mi pistola. Acércate.
    —De acuerdo — accedió Ross. Ésta era la cosa más ridícula, tonta, asquerosa...

    Cuando estaba a la mitad de sus pensamientos, Ross oyó el estrépito que hacía la puerta al ser aporreada.

    —¡Abrid! — era la voz de Helena, furiosa al parecer —. ¡Abrid!

    De repente la puerta se abrió, ya que sólo había estado entornada.

    —¡Vaya! — fue todo lo que pudo decir Helena.

    Ross saltó de la cama, dándole un golpe a la pistola de la Breuer, aprovechando la sorpresa de ésta. El arma fue a parar al suelo.

    —¡Helena, querida! — gritó el joven con alivio.
    —¡No me llames Helena, querida! — le increpó ella, cerrando la puerta de una patada —. Te dejo solo un minuto ¿y qué sucede? ¡Y tú...!
    —Lo siento — musitó la Breuer, poniéndose el uniforme —. Me... me equivoqué de cuarto. Creo que también tomé demasiados antigraves — se humedeció los labios temerosamente, al tiempo que se subía la cremallera y se escurrió hacia la puerta. Con una mano en el picaporte, añadió —: Si quieres devolverme la pistola... No, claro. La recogeré mañana — salió dando un portazo.
    —¡Mala amiga! — gimió Helena —. ¡En cuanto a ti, Ross...!

    Bien, la piloto Breuer había tenido razón. En aquel hotel nadie prestaba la menor atención a los ruidos.

    —Sí, Ross — Helena apenas había tocado el desayuno; estaba sentada con la vista baja.
    —Sí, Ross — la imitó el joven, con amargura —. Supongo que este planeta te entusiasma, pero no creo que desees quedarte aquí toda la vida. Entonces, haz como te digo.
    —Sí, Ross.

    El joven apartó los restos de su desayuno.

    —¡Al diablo con todo! — exclamó desesperado —. Ojalá nunca hubiese aceptado esta misión errabunda. Y condenado me vea, pero ojalá también te hubiese dejado con los tanques del tinte.
    —Sí, Ross..., quiero decir que estoy contenta de que no lo hicieras — repuso ella, con voz débil.

    El joven se levantó y le acarició la espalda a Helena distraídamente.

    —Vamos, tenemos que irnos en seguida a la Compañía Carvallo.
    —Pero dijiste que en este planeta los hombres...
    —Sé lo que dije — la atajó Ross —. Cuando lleguemos allí, sin embargo, recuerda que yo voy a llevar la voz cantante.

    Anduvieron por calles iluminadas por un resplandor verdoso, llenas de mujeres de aspecto orgulloso y hombres de mirada triste. La Compañía de Maquinaria Carvallo se hallaba sólo a dos bocacalles de distancia, según el plano que el conserje del hotel le había mostrado a Helena, por lo que la hallaron sin dificultad. Era un edificio muy pequeño para ser una factoría, pero Ross pensó que tal vez todas las factorías eran igualmente pequeñas en Azor. Además, la construcción era hermosa y se hallaba rodeada por un extenso parque muy bien cuidado, y de color purpúreo, al parecer el color preferido por la gente de Azor.

    Helena abrió la marcha hacia la puerta, tal como era de rigor.

    —Nos esperan — le dijo luego a un hombre calvo, que actuaba de recepcionista —. La señorita Carvallo, por favor.
    —Ciertamente, señorita — contestó el hombre, con una ligera sonrisa; luego maniobró una serie de botones y palancas en una centralita —. De acuerdo. Pueden pasar. Tres tramos arriba y cuatro pasos a la derecha, no pueden equivocarse.

    Pasaron por una planta atestada de máquinas donde se cortaba, se pulía y se daba forma al metal, y nadie pareció prestarles ninguna atención. Ross se preguntó quién habría construido aquellas máquinas, hasta que de repente se le ocurrió una ex-plicación: los constructores debían hallarse a aquellas horas prisioneros en el "Minerva", contemplando el inalcanzable cielo.

    La señorita Carvallo tenía un tipo maternal, y fumaba un enorme cigarro puro.

    —Siéntese — invitó a Helena. Luego añadió —: Usted también, jovencito. Dígame lo que la Compañía Carvallo puede hacer por usted.

    Helena abrió la boca, pero Ross lo impidió con el ademán. —Ya está bien — gruñó —. Ahora hablaré yo.

    Señorita Carvallo — continuó de memoria —, lo que sigue se halla bajo secreto.

    —¡De veras! ¡Pero cómo sabe...!
    —Wesley.

    La señorita Carvallo se dio una palmada en un muslo con admiración y asombro.

    —¡Atiza! — exclamó —. Esto me retrotrae a mis días infantiles, cuando aprendí estas frases sentada en la falda de mi madre. Veamos... La velocidad límite es C.
    —Pero C2 no es una velocidad — terminó Ross, triunfante. Luego añadió —: No sabe cuan feliz me siento, señorita Carvallo.

    La aludida se dirigió acto seguido a Helena. —Puede sentirse orgullosa, créame, querida. ¡Lo ha dicho todo sin una sola equivocación, ni un leve tartamudeo. Nunca vi nada igual en mi vida. Bueno, ahora que ya ha terminado la presentación, dígame en qué puedo servirles. Ross respiró hondamente.

    —En mucho — contestó rápidamente —. No sé por dónde empezar. Todo está relacionado con el planeta Halsey, del que yo procedo. Esta... esta nave llegó allí, una astronave de largas distancias, y ello nos preocupó bastante porque, al parecer, había habido algunos planetas que no habían podido comunicarse con la nave. Nosotros, señorita Carvallo... — hizo una pausa —. ¿Lo entiende?

    La mujer sonreía placenteramente, pero Ross tuvo la sensación de que no se había enterado.

    —Siga, por favor — le animó ella —. Bien sabe Dios que no tengo nada contra los hombres que se ocupan de negocios; esto sólo es un prejuicio anticuado. Bien, tómese su tiempo, no se aturulle. Siga con su propuesta, joven.
    —No es exactamente una propuesta — objetó Ross, débilmente. De repente le pareció difícil formular las frases. ¿Cómo puede hablarse a un socio potencial de la salvación de la raza humana cuando aquél se limita sólo a asentir y a fumar un cigarro puro?
    —El planeta Halsey era el séptimo destino de la astronave — prosiguió con un esfuerzo —, y nos figuramos... Bueno, señorita Carvallo, por lo visto ocurrió. Y el señor Haarland... él es quien posee el secreto del F-T-L en Halsey, como usted aquí en Azor..., me lo traspasó a mí, claro, y bueno... me pidió... que diese un vistazo por el Universo — se calló. Aquello pareció una necedad, y la señorita Carvallo estaba mirando furtivamente su reloj.

    La señorita Carvallo se encogió de hombros, observando con simpatía a Helena.

    —¿No están bien de la cabeza, verdad? — observó con ambigüedad —. Bien, si los hombres pueden quitarnos nuestras tareas, ¿qué haremos nosotras? Quedarnos en casita y cuidar los bebés — se echó a reír y tendió una caja de puros a Helena.
    —Ahora — añadió animadamente —, vayamos al asunto. En realidad, he disfrutado mucho escuchándole, joven, y deseo que sepa que estoy dispuesta a ayudarle en lo posible. Le abriré una cuenta de crédito, le entregaré mercancías, le cederé alguno de nuestros técnicos... lo que sea. ¿Qué es lo que desea? ¿Tornillos? ¿Escoplos, tal vez?
    —Señorita Carvallo — gimió Ross, angustiado —, ¿es que no sabe usted nada respecto al secreto F-T-L?
    —Claro que sí — contestó la mujer con impaciencia —, jovencito. Dije las respuestas, ¿verdad? —¡No quiero comprar nada! — gritó Ross —. ¿No se ha enterado de que la raza humana se halla en peligro? Las poblaciones se están muriendo, o se hallan incomunicadas en la Galaxia. ¿No le importa que todo se desmorone?

    La señorita Carvallo dejó entrever una sonrisa. Cuando se levantó y señaló hacia el ventanal, su rostro era como una máscara fría.

    —Joven, mire afuera. Ésta es la Compañía de Maquinaria Carvallo. ¿Le parece que va a desmoronarse?
    —Lo sé, pero Clyde, Cyrnus, Ragansworld... al menos doce planetas que puedo nombrar... han terminado. ¿No piensa que éste puede ser el siguiente?

    La señorita Carvallo conservó la serenidad de su voz, pero con visible esfuerzo.

    —No. Nunca. Joven, tengo mucho trabajo aquí en Azor para calentarme la cabeza pensando en esos planetas de que me ha hablado. Hace setenta y cinco años, un sujeto como usted ya estuvo aquí. Flarney se llamaba; mi abuela me habló de él. Vino armando jaleo con tonterías respecto a Wesley y a C al cuadrado, y una historia de un planeta que se estaba muriendo de hambre. Bien, lo enviaron a "Minerva", porque no quiso aceptar un no como respuesta. Tenga cuidado no vaya a ocurrirle lo mismo a usted.

    Anduvo majestuosamente hacia la puerta.

    —Y ahora — terminó —, si ya ha malgastado bastante tiempo del mío, lárguese de aquí, por favor.


    8


    ¡Estúpido búho! — murmuró Ross. Iban andando despacio por la calle Quince, a sus espaldas la Compañía constructora de maquinaria.

    —No debes hablar así, Ross — decía Helena —. Es más vieja que tú. Y los viejos...
    —...son más sabios — asintió él, burlonamente —. Y también más conservadores. Y más rígidamente inflexibles. Y más cerrados a la recepción de ideas nuevas. Con una excepción.
    —¿Cuál? — Helena parecía estar a punto de desmayarse ante aquel aluvión de blasfemias contra la vejez.

    Ross se dio cuenta de que no estaban solos. Iban caminando, él un poco adelantado, como marcando la pauta, estaba atrayendo la desfavorable atención de los transeúntes. No se trataba de nada organizado ni definido... sólo algunas ocasionales miradas iracundas.

    —Haarland — repuso —. Pero no importa — y en voz más baja agregó —: Pasa delante. Sitúate un paso delante de mí. Y pon mal semblante.

    La joven obedeció, pero fracasó al querer poner ceño adusto. La expresión de su cara siguió atrayendo miradas estupefactas de los peatones, pero no ocurrió nada desdichado.

    —Al fin y al cabo — exclamó Helena con tono lastimero —, me he dado cuenta de que no me gusta estar aquí, Ross. ¿No podríamos marcharnos muy lejos de todas estas mujeres?

    La forma como Helena pronunció la palabra "mujeres" fue la más insultante que Ross mismo habría podido imaginar.

    En un instante se vieron rodeados por una multitud.

    Ross y Helena quedaron con sus espaldas acorraladas por las encristaladas puertas de una tienda de comestibles. Las mujeres que casualmente habían escuchado la conversación comenzaron a increparles al unísono, con los puños en alto. Más atrás se veían una docena de mujeres que sólo sabían que algo había ocurrido y que ante ellas se hallaban unas víctimas propiciatorias. El alboroto era ensordecedor, y Helena comenzó a sollozar. Ross estuvo a punto de pegarle a una mujer, pero luego, al ver al formidable marimacho que tenía delante, comprendió que sería él el perdedor en la pelea.

    La mujer parecía estar acusando a Helena de traidora, de lanzar declaraciones obscenas y antisociales en voz alta en la vía pública y algunos graves delitos más.

    Flotaba violencia en el ambiente. Ross, sin embargo, estaba a punto de emprenderla a puñetazos con todas ellas cuando las puertas de cristal se abrieron de par en par. Aquello distrajo en cierto modo la atención de aquellos estúpidos cerebros femeninos.

    —¿Qué pasa aquí? — preguntó una voz —. Señoras, ¿me permiten pasar, por favor?

    Era un hombre que intentaba salir de la tienda con los brazos cargados de cajas. Era bastante gordo, completamente calvo, y olía poderosamente a cocina. Iba ataviado con el clásico vestido de los cocineros.

    —No te mezcles en esto, Willie — le dijo la marimacho —. Esta muchacha es una traidora. ¡Si hubieses oído lo que ha dicho...!
    —¡No es cierto! — sollozó Helena —. ¡No es cierto!

    El cocinero contempló el rostro de la joven y se volvió de cara a la multitud.

    —No es eso — sentenció —. Se trata de una joven de otro sistema. Estuvo anoche tomándose unos cuantos antigraves en compañía de un grupo de pilotos.
    —¡Eso no demuestra nada! — gritó indignada la marimacho.
    —Señora — volvió a interceder el cocinero —, después de su tercer antigrave tuve que arrojarla de aquí. Quería trepar al mostrador y enamorar a mi camarero.

    Ross contempló fijamente a la joven. Ésta había dejado de llorar y se estaba aclarando nerviosamente la garganta.

    —De manera que, por favor, déjennos pasar — continuó el cocinero, aprovechándose de aquel momento de duda. Comenzó a abrirles paso a Ross y a Helena con su prominente panza —. Perdón. Disculpen. Señora, por favor... Gracias. Perdón.

    Las mujeres empezaron a deshacer el corro, bastante enojadas todavía. Pero el peligro ya había pasado.

    —Más de prisa — susurró el cocinero a la pareja — Perdón.

    No tardaron en verse libres en medio de la calle. —Gracias, señor — dijo Helena, con humildad. —Para ustedes, sólo Willie — repuso el cocinero. Una mano se posó sobre un hombro de Ross y otra sobre la de Helena. Ambas pertenecían a la marimacho. Les obligó a dar media vuelta.

    —No estoy aún satisfecha con lo pasado — exclamó —. Exactamente, ¿por qué has hecho aquella observación, jovencita?
    —Porque tú... y las demás parecéis tan jóvenes... — fue la vacilante respuesta de Helena.

    El rostro de granito de la marimacho pareció suavizarse. Soltó a la pareja y procedió a colocar un mechón de pelo en su sitio.

    —¿De veras lo crees así, querida? — preguntó, resplandeciente —. Bueno, siento haberme excitado. Bien, aquí en Novj Grad tenemos una amplia mentalidad — acarició el brazo de Helena y se alejó, sonriente y feliz.

    Virgin Willie echó a andar y la pareja le siguió. A Ross aún le temblaban las rodillas. La marimacho no sabía que Helena al llamarla joven la había motejado de estúpida.

    El cocinero, mientras andaban, iba saludando a derecha e izquierda, repartiendo sonrisas. Indudablemente era un personaje. Habló con Helena y Ross en voz baja, rápida.

    —La próxima vez tengan cuidado con lo que hablan. No importa de qué planeta procedan. ¿Entendido?
    —Entendido, Willie — asintió Helena, contrita —. Me parece — añadió — encantador el restaurante que usted regenta.
    —Ya — exclamó Ross, mirándola con enojo. —Bien, creo que ahora ya no tienen nada que temer — dijo Willie —. ¿Todavía paran en el hotel adonde les condujo la Breuer? Entonces, aquí nos diremos adiós. Tienen que torcer a la izquierda. Y se marchó calle abajo. —No me acuerdo de nada, Ross — se apresuró a decir Helena.
    —De acuerdo. No te acuerdas de nada — repitió el joven de mal talante.

    La joven pareció inmensamente aliviada. —Regresemos al hotel.

    —Bien —. "Trepó al mostrador y pretendió enamorar al camarero", pensó Ross con el ceño fruncido. Al llegar cerca del hotel se detuvo y exclamó —: Acaba de ocurrírseme una idea. Será mejor que no sigamos en este hotel. Después de lo de anoche, ¿por qué ha de seguir abonando la Breuer nuestra cuenta? Había pensado que la Carvallo nos daría algún dinero, pero...
    —¿Y la nave? — insinuó quedamente la muchacha.
    —Al otro lado del continente. ¡Diablo! Quizá la Breuer se haya olvidado de todo o quiera perdonarnos. Bien, nada cuesta con probar.

    Pero no llegaron al hotel. Cuando doblaron la última esquina, casi tropezaron con Bernie, sudoroso, jadeante.

    —Allí — les susurró, señalando un bar al otro lado de la calle. Ross, pensativamente, se dirigió hacia allá, asustado por el aspecto del joven. Abrió la puerta, cediendo el paso a Helena, la cual entró sonriente, aunque nerviosa.

    Se acomodaron a una pequeña mesa de un rincón, en completo silencio.

    —Toda la mañana he estado dando vueltas a esa plaza — les notificó Bernie, mirando acobardadamente a la muchacha.
    —Este joven — le explicó Ross a Helena — estuvo charlando conmigo ayer en el avión, mientras vosotras estuvisteis en el bar del aeródromo. ¿Qué pasa, Bernie?
    —Quería avisaros — murmuró Bernie con el espanto retratado en su semblante —. La Breuer estuvo esta mañana, muy temprano, en el café del aeropuerto, hablando en voz alta con otros pilotos. Dijo que vosotros dos pregonáis la igualdad. Añadió que se había levantado con resaca y que vosotros dos os habíais marchado. Pero agregó que había seis mujeres policías esperándolos en vuestra habitación — se inclinó hacia delante. Ross recordó que se había visto obligado a vender su tarjeta de raciona-miento.
    —Aquí viene el camarero — dijo en voz baja —. Pide algo para todos. Tenemos algún dinero. Y gracias, Bernie.
    —¿Qué vamos a hacer? — quiso saber Helena.
    —Ahora, comer — contestó Ross, práctico —. Luego pensaremos. Y ahora cállate y que Bernie encargue la comida.

    Comieron y luego meditaron. Pero sus reflexiones no les condujeron a ninguna parte.

    Se hallaban muy lejos de la astronave. Ross le pidió a Helena todo el dinero que le quedaba. Tenían suficiente para que una persona pudiera llegar a mitad del trayecto de Azor City. Él y Bernie, a su vez, vaciaron sus bolsillos y añadieron algo más junto con algunas cosas que podían ser pignoradas. Con el total, una persona podría realizar unas tres cuartas partes del trayecto hasta Azor City.

    No era bastante.

    —¿Qué sucedería, Bernie — quiso saber Ross —, si robásemos algo?

    Bernie se encogió de hombros.

    —Eso va contra la ley, claro está. Pero seguramente no seríamos perseguidos ni acusados.
    —¿No?
    —No, si lograban demostrar que sois partidarios del igualitarismo. El robo va en contra de la ley; pero predicar la igualdad es un delito contra el "Estado". Por esto os aplicarían la máxima pena.

    Helena se atragantó al beber, pero Ross se limitó a inclinar la cabeza en asentimiento.

    —Bien, podemos probar suerte — decidió —. Gracias, Bernie. No queremos molestarte más. Olvidarás lo que acabas de oír, ¿verdad?
    —¡Al diablo con que lo olvidaré! — exclamó el joven —. ¡Si vosotros os largáis de aquí, quiero irme con vosotros! ¡No podéis dejarme!
    —Pero Bernie... — comenzó a decir Ross. Se vio interrumpido por la encargada, una mujer parecida a un acorazado, con una poderosa proa, que se acercó a ellos resoplando.
    —¡Cállense! — les ordenó secamente —. Este local es para personas decentes; aquí no queremos alborotos. Si no pueden comportarse como es debido, lárguense.
    —¡Ay! — gritó Helena, al recibir un puntapié de Ross por debajo de la mesa —. Sí, señora. Siento que hayamos hablado tan alto.

    La encargada se apartó de ellos en silencio.

    Tan pronto como no pudo oírles, Ross susurró:

    —Imposible, Bernie. Seguramente saldrías del fuego para caer en las brasas.
    —¿Cómo? — Bernie estaba sobresaltado.
    —Bueno, no importa, es una expresión de mi planeta. Quise decir que a lo mejor sales de aquí y te metes en otro mundo peor. Aún ni sabemos adonde iremos. Y tú tal vez estarás deseando regresar aquí dentro de muy pocos días.
    —Correré el riesgo — replicó Bernie con decisión —. Mira, Ross, me he portado contigo honradamente. Os he avisado del peligro sin tener en cuenta el peligro en que me hallaba yo mismo. ¿Por qué no puedo tener una oportunidad?
    —Tiene razón, Ross — interrumpió Helena —. Al fin y al cabo, le somos deudores. Y si una persona hace algo por otra persona, esta otra persona debe...
    —¡Oh, cierra el pico! — le espetó Ross —. Vosotros dos pensáis que este periplo interestelar es un juego — añadió con amargura —. Dejadme que os diga una cosa: hay muchas más cosas de las que os figuráis que dependen de mí. Por ejemplo, el destino de la raza humana.

    Helena miró a Bernie de reojo.

    —Claro, Ross, los dos lo sabemos, ¿verdad, Bernie?
    —Seguro... seguro, Ross — tartamudeó el aludido. Luego continuó con mayor seguridad —. De veras, Ross, quiero sacudirme el polvo de Azor de una vez para siempre. No me importa adonde vayáis. Cualquier sitio será mejor que éste, donde las malditas mujeres...

    Calló, petrificado. Sus ojos, mirando más allá de Ross, estaban desorbitados.

    —Continúa, estúpido — dijo una voz de mujer a espaldas de Ross —. No te calles, cuando tanto nos gusta a mí y a la teniente lo que estás voceando.
    —¡Debió ser aquella maldita encargada! — exclamó Bernie por centésima vez.

    Ross descruzó las piernas penosamente y trató de descansar su cuerpo sobre el costado derecho.

    —¿Qué importa? — preguntó con amargura —. Nos han atrapado y estamos en el cepo. Hemos de afrontar las consecuencias; alguien nos habría cogido antes o después, y aún podríamos vernos en peor situación que ahora — se movió incómodo —. Bien, si es posible estar peor. ¿Por qué no tendrán literas, al menos, en un lugar como éste?
    —Oh, algunas cárceles las tienen — le informó Bernie —. Las prisiones de Azor City y Nueva Reykjawick las tienen; Novj Grad, Eleanor y Milo, no. Bien, esto es lo que he oído decir — añadió virtuosamente.
    —Seguro — gruñó Ross —. Bien, ¿qué has oído decir de lo que ahora nos ocurrirá?

    Bernie extendió sus manos en ademán de desamparo.

    —Varias cosas. Primero habrá una sesión. Supongo que a estas horas ya habrá terminado. Luego una acusación y el juicio. Quizás ya habrá empezado; a veces lo celebran el mismo día de la sesión y a veces no. Luego... seguramente mañana, dictarán sentencia. Nos enteraremos porque estaremos allí. La ley es muy estricta; siempre llevan al acusado a escuchar su sentencia.
    —¿Quieres decir que pueden procesarnos sin que nosotros estemos presentes? — gritó Ross.
    —Claro, ¿por qué no? ¿Crees que desean correr el riesgo de que los presos provoquen disturbios durante el proceso?

    Ross gruñó algo ininteligible y giró la cara hacia el muro.

    ¡Para esto — pensó —, he realizado un viaje de cien años luz; para esto he abandonado un cómodo empleo con un brillante porvenir! Pasó largo tiempo maldiciendo el nombre de Haarland y su persuasión.

    En sus tiempos de la adolescencia, Ross había contemplado muchas situaciones como ésta en la pantalla tridimensional, y el héroe siempre conseguía salir con bien de todos los apuros, gracias a una combinación de fortaleza, cerebro y destreza. Ahora era esto lo que Ross necesitaba, pero por desgracia, no poseía ninguna de las tres mencionadas cualidades.

    Lo único que poseía era el secreto del F-T-L. Y en el planeta Azor, como en el de los ancianos, esto no era nada. Las mujeres, se dijo tristemente, las mujeres eran unas egoístas y unas mandonas; y unas estúpidas. De confiarles a ellas el secreto del F-T-L, convertirlas en custodios de la verdad de los viajes universales, como a la Cavallo, el secreto quedaría perdido o embalsamado para siempre. ¿Qué significaba, por ejemplo, el mayor de los descubrimientos científicos para una forjadora de bebés? ¿Cómo podía ninguna mujer — un solo miembro de cuya clase jamás había pintado un gran cuadro, escrito un buen libro, compuesto una inspirada sonata o descubierto una verdad científica — apreciar la importancia sublime del secreto F-T-L? Era como entregarle una obra de Shakespeare a una gallina. Con las hojas se construiría el nido. El huevo fue primero. Y para las mujeres sólo cuenta la maternidad.

    Esto lo explicaba, naturalmente. Esto lo explicaba todo, se repitió Ross, excepto por qué el secreto del F-T-L había caído en desuso en planetas como Gemsel, Clyde, Cyrnus Primero, Ragansworld, Tau Ceti II, la familia de los ocho Capella, y quizá mu-chos más.

    Ragansworld había desaparecido por completo, tragado por una nebulosa planetaria.

    El planeta de los ancianos se estaba desmoronando; no había en él nada nuevo; en su decrépito orden social no se permitía ningún cambio que se apartase de la tradición.

    El propio planeta Halsey se estaba despoblando con rapidez.

    Y Azor había caído en un orden matriarcal, rígido, inapelable, que sólo la voluntad del Altísimo podía destruir.

    ¿Era todo una norma? ¿Había similitudes? Ross meditaba desesperadamente, sin resultado. La imagen de Helena se interponía entre él y sus ideas. ¿Se sentía sentimental respecto a aquella jovencita? Una joven, añadió acto seguido, que le había asaltado a él, que había trepado a un mostrador...

    —¿Pondrán a Helena — le preguntó a Bernie — con nosotros en la cárcel orbital, si somos convictos?
    —Hum..., no. Creo que no. Como persona responsable, recaerá en ella la máxima pena.
    —¿Cómo? — apenas pudo articular Ross —. ¿No será....algo sumamente terrible, verdad?

    Le costaba mucho pensar en Helena balanceándose al extremo de una cuerda o sentada en una silla eléctrica, fuertemente amarrada. Pero sabía que todavía podía haber cosas peores que éstas.

    Bernie le había estado contemplando atentamente.

    —Lo siento, pero esto es cosa del juez, que, naturalmente, es también una mujer. Helena es extranjera, por lo que pueden considerar circunstancias atenuantes y poner un activo veneno a bordo para que lo ingiera. De lo contrario, morirá de hambre.
    —¿A bordo? — exclamó Ross. Sentía una débil e irracional esperanza, sin saber aún por qué —. Explícamelo todo con minuciosidad.
    —La pondrán a bordo de alguna nave y la lanzarán al espacio. Eso es todo. Seguramente utilizarán la nave en que vosotros llegasteis...

    Ross estaba rebuscando frenéticamente en sus bolsillos. Sacó una estilográfica.

    —¿Tienes una hoja de papel? — le preguntó animadamente a Bernie.
    —Sí, pero... — el camarero del aeródromo Je entregó un carnet de notas. Ross se tendió en el suelo y empezó a escribir febrilmente.

    No importa cómo o por qué actúa. Actúa. Ya me viste operar en el gran computador en forma de abanico de la cabina central y tú también puedes hacerlo. Busca el mapa estelar en la cabina de control. Halla las coordenadas del sistema de Halsey. Marca dichas coordenadas en las palancas señaladas como Masa Próxima. Comprueba la lectura en los tragaluces que hay sobre las palancas y márcalas en las reglas correderas que hay encima del computador. ..

    Continuó escribiendo apresuradamente, más despacio cuando se daba cuenta de que la escritura era casi ininteligible. Fue llenando páginas y páginas de apretadas palabras... quizá diez mil en conjunto, sin malgastar ninguna en vano. Las precisas instrucciones de Haarland fluían con facilidad de su memoria.

    Por fin soltó la pluma y releyó lo escrito, ignorando la curiosidad de Bernie. Bien, no se había olvidado de nada. Sólo le quedaba desearle a Helena suerte y cerebro, cosa que no le concedía en mucha cantidad. Pero tal, con buena fortuna, conseguiría llegar dentro del radio de acción del radar del planeta Halsey y el GCA la atraería hacia abajo; un objeto en forma de astronave orbitando en torno a un planeta siempre despierta el interés de los habitantes del mismo.

    La joven no sabía absolutamente nada respecto a la esencia del F-T-L ni al impulso Wesley... pero tampoco él. Y Helena, al menos, no perecería miserablemente dentro de una nave abandonada a la deriva.

    Él podía echar raíces en "Minerva", pero en Halsey, Haarland se enteraría del final de la aventura. Y además recuperaría la nave.

    Bernie vio que la misteriosa tarea había concluido y se atrevió a preguntar: —¿Es una carta?

    —No — contestóle Ross, alegremente —. Si todo va bien, no la matarán. Con esto...

    Comenzó a explicarle a su compañero que los cohetes de la nave F-T-L no eran más que simples auxiliares para la maniobra, y que contaba con que el tribunal lo ignorase. Si él lograba persuadir a Helena...

    Mientras hablaba se dio cuenta de que la expresión de Bernie iba cambiando desde la esperanza a la lástima y de ésta a un simulado interés de cortesía. Ross, asimismo, comenzó a hablar desganadamente. Las pausas cada vez fueron más prolongadas hasta que calló definitivamente, asqueado de su propia locura.

    —No creo que sirva de nada — exclamó con amargura.
    —¡Oh, sí! —protestó Bernie apresuradamente—. Helena es una joven de mente despejada y estoy seguro de que lo logrará, Ross. ¡Al diablo si no lo lograba!

    Al menos, disponían de unas horas. Y... tal vez estallaría la astronave con la maniobra o se lanzaría en línea recta hacia una de las muchas estrellas enanas del Universo, desapareciendo repentinamente. En cualquier forma, Helena no sufriría ya que no tendría tiempo de darse cuenta de nada.

    Sólo por este motivo ya valía la pena de que probase fortuna.

    El tribunal era un lugar modesto, aunque ahora se hallaba profusamente adornado con flores. Ross y Helena se contemplaban ensimismados desde rincones opuestos, en tanto se iba desarrollando el asunto que figuraba anteriormente al suyo en el orden del día. Una boda.

    La mujer que actuaba de juez, de cara afable y cabellos grises, se tomaba muy en serio su profesión.

    —Marilyn y Kent — decía a la feliz pareja —, supongo que ya conocéis mi reputación. Me gusta aleccionar un poco a las parejas antes de enlazarlas para siempre. Evidentemente, no es mala idea porque los matrimonios que concierto siempre dan buen resultado. La última semana, en Eleanor, una de mis chicas fue arrestada y multada por infidelidad, y hace un par de años, aquí en Novj Grad, uno de mis muchachos tuvo que padecer el castigo de quinientos latigazos por falta de sostén. Creo que estos castigos han servido de buen ejemplo, aunque estos casos son muy poco usuales. Mi gente conoce sus derechos y responsabilidades cuando salen de este juzgado, y opino que los archivos están de mi parte.
    —Marilyn, has elegido compartir tu vida con este hombre. Deseas cuidar sus hijos. No lo hagas por culpa de tus apetitos sexuales, sino porque tengas la seguridad de hacerle feliz. No te olvides de esto jamás. Si por casualidad concibes de otro hombre, no se lo digas a tu marido. Esto le enojaría. Sé buena, Marilyn. Y ahorradora. Casi todos los matrimonios que se deshacen basan la desarmonía en las finanzas. Si tu esposo gana cien eleanores a la semana, gástalos, pero no más. Si sólo gana cin-cuenta por semana, gástalos, pero no más. La pobreza honorable es preferible a tener deudas. Y desde el punto de vista práctico, si gastas más de lo que gane tu marido, éste se verá en la cárcel por deudas más pronto o más tarde, con el resultado de que perderás entonces sus ingresos.

    Kent, tú has aceptado la proposición de esta mujer. Por tu expediente veo que eres pobre. En tu grupo de ingresos las leyes anticelibatarias te habrían atrapado en sus cepos antes de una semana. Debo declarar que esto no me gusta, pero te concederé el beneficio de la duda. Ahora quiero hablarte respecto al significado del matrimonio. No quiero tratar del salario, ni del seguro, ni del derecho de paternidad y de copulación. De todo esto, como buen ciudadano, ya te enterarás automáticamente. Y el cielo te ayude si no es así. Pero en el matrimonio hay mucho más. El honor que te concede esta mujer, a la que tú hallas deseable, y que quiere hacerte feliz por toda una eternidad no es un legalismo estéril. El matrimonio es como un cohete. La fuerza bruta e irrefrenable de los chorros de reacción principales representan la participación del marido, y las delicadas maniobras de conducción y los chorros de estabilización la parte de la esposa. Todos nosotros hemos visto muchos matrimonios venirse al suelo como un cohete cuando dichos papeles se invierten. No es razonable esperar que la esposa proporcione el combustible... o sea los ingresos. Ni es razonable esperar que el esposo se cuide de la conducción, o sea de la dirección personal del hogar. Esto en cuanto al lado material. Respecto al espiritual, tengo poco que decir. Las leyes son más explícitas; procurad obedecerlas, de lo contrario, será mejor que tengáis que comparecer ante otro juez que no sea yo. Yo no tengo paciencia con la anticuada doctrina que afirma que la mujer puede ejercer su seducción sobre su marido, a pesar de ciertos juristas que están manchando el foro de una ciudad vecina.

    Y tras haber escuchado este ligero discurso, Marilyn y Kent, avanzad y unid vuestras manos.

    Así lo hicieron. La ceremonia fue breve y sencilla; la pareja salió del juzgado, como amparados en la bonachona sonrisa del juez femenino.

    Una guardiana de las que estaban custodiando a Ross señaló al novio.

    —Vaya — dijo, sentimental —, está llorando. ¡Qué ricura!
    —No se lo reprocho, pobre hombre — exclamó Ross, y luego, como era un hombre de conciencia, se preguntó si no sería por motivos similares que las mujeres lloraban en el planeta Halsey el día de la boda.
    —Queridas, traed a estos igualitaristas hacia el centro, por favor — gritó la secretaria —. Su Señoría tiene mucha prisa.

    Helena fue escoltada hacia delante desde un rincón, mientras Ross y Bernie eran brutalmente empujados desde el otro. El juez dejó de mirar a la feliz pareja que se iba alejando. Cuando contempló a los tres acusados, su sonrisa se convirtió en una mueca muy distinta. Ross, temblando, se dio cuenta de pronto que ya había visto antes aquella expresión. Cuando era niño y una amiga de su madre irrumpió en la cocina donde él estaba jugando, después de haber olido y haber visto la rata, muerta hacía días, que él había arrojado desde el abandonado sótano a la calle.

    Mientras la secretaria leía la acusación, la mirada del juez no se desvió un solo momento. Y cuando la secretaria hubo terminado, la mirada del juez siguió fija en ellos un largo rato.

    —Ya — dijo el juez, con la más sosegada y terrible de las voces.

    Ross advirtió cierto movimiento, al mirar de reojo. Se volvió a tiempo de ver a Bernie inconsciente en el suelo, mortalmente pálido. Las guardianas se precipitaron a él, pero el juez alzó una imperiosa mano.

    —¡Dejadle! — ordenó —. Es mejor para él que no escuche la sentencia. Acusados, os halláis en este tribunal por uno de los delitos más graves. ¿Tenéis algo que alegar antes de que sea firme la sentencia?

    Ross intentó hablar, protestar, gritar... pero su garganta se negó a emitir el menor sonido. Sólo consiguió lanzar un gruñido; y Helena, por su parte, le indicó con la mirada que se callase. Ross la miró tiernamente, y en aquel instante vio que había lle-gado su oportunidad. Se asió a la joven, casi abrazándola, hizo rodar los ojos en sus órbitas, y cayó al suelo en una perfecta imitación de Bernie.

    El juez mostróse visiblemente enojado, y esta vez dejó que las guardianas volvieran a levantarle. Pero Ross tuvo la satisfacción de divisar un destello de comprensión en la expresión de Helena, en tanto su mano se dirigía a un bolsillo para guardar en el mismo un pedazo de papel. En la confusión nadie se dio cuenta.

    El resto de la sesión fue un calidoscopio en el recuerdo de Ross. Lo único que más tarde recordó claramente fue la voz del juez al decirles a él y a Bernie:

    —...por el resto de vuestras vidas, en tanto Dios Todopoderoso, en su infinita prudencia, permita que sigáis respirando, quedaréis desterrados de Azor y todos sus mundos aliados, para seguir viviendo en la cárcel orbital de "Minerva".

    A continuación fueron sacados del juzgado, mientras el juez con voz de trueno comenzaba a pronunciar su terrible sentencia contra Helena.


    9


    La guardiana escupió con disgusto.

    —¡Vaya lote de desgraciados tenemos aquí! — se quejó —. No es como en los viejos tiempos. Antes solían mandarnos hombres de verdad.

    Miró a Ross y Bernie, sosteniendo sus documentos en la mano.

    —¡También por traición! — siguió vociferando —. Hace falta caradura para atentar contra la seguridad del Estado.

    Meneó la cabeza, chasqueó la lengua y garabateó sus iniciales en la orden de prisión. Se la devolvió a la mujer piloto que los había traído al "Minerva", la cual sonrió, saludó y se marchó.

    —Está bien — dijo la guardiana —, tenemos que aceptar lo que nos traen. A vosotros dos os pondré en la construcción; no podríais resistir un trabajo más pesado. Bien, levantarse a las cinco; desayuno hasta las cinco y diez; trabajo hasta las diecinueve cincuenta; cena y recreo hasta las veinte con cinco; entonces se apagan las luces. Si perdéis una formación, perdéis una comida. Si perdéis dos, se os castiga. Nadie pierde tres.

    Ross y Bernie se encontraron en una celda común. Sólo tuvieron cinco minutos para mirar a su alrededor y orientarse; luego fueron conducidos al trabajo.

    No era tan malo, al fin y al cabo. Sus compañeros formaban unas dos docenas de individuos de mal aspecto, que estaban conjuntando un muro mecánico perforado por muchos agujeros y con pernos de acero. Todas sus partes parecían hallarse sumamente desgastadas, y faltaban bastantes pernos. Ross comenzó a trabajar, murmurando cuando las guardianas miraban hacia otro lado. La mitad de los presos eran la Construcción; la otra mitad la Demolición. Lo que los de la Construcción hacían por la mañana, los de la Demolición lo destruían por la tarde. Ninguno de ambos equipos deseaba ganar un récord de rapidez y las guardianas, sin excepción, estaban demasiado fastidiadas para que les importase.

    Con un poco de suerte, pensó Ross, tal vez consiguiese una verdadera tarea, como manejar el radar del "Minerva", cuidarse del equipo de señales o del generador, trabajar en la cocina o en el servicio, tal vez como ordenanza de las guardianas. (Aunque Ross por casualidad vio pasar a un ordenanza que pasaba por un corredor cercano al sitio del trabajo, con un pañuelo ante la nariz. Y aunque las ropas del ordenanza estaban limpias y sus rollizas mejillas indicaban buena alimentación, la triste expresión de sus ojos dejó a Ross sumamente desanimado.)

    Lo único que no podía hacer, según el testimonio de los individuos con quienes habló, era escapar de allí.

    La quinta vez que le dieron la misma respuesta, la guardiana había salido de la habitación. Ross se aprovechó de aquella oportunidad para aclarar el asunto.

    —¿Por qué? — preguntó —. En el planeta de donde procedo hay muchas cárceles. Y de todas ellas se ha escapado un preso al menos.

    Su interlocutor dejó escapar una risa gutural.

    —Bien, pruébalo. Todos nosotros lo hemos intentado, una u otra vez. Pero hay una cosa que nos lo impide: no hay sitio adonde ir. Puedes burlar la guardia con facilidad, ya que son muy perezosas, cuando no están bebidas o conquistando a un hombre. Puedes dar tantas vueltas como quieras por el "Minerva". Incluso puedes abrir el portillo que da al espacio, y si quieres puedes arrojarte al mismo. Pero no con un traje espacial, porque no hay ninguno a bordo. Y tampoco puedes meterte en el ténder que nos trae aquí desde Azor porque tu cuerpo no es para ello.
    —¿Mi cuerpo no es para ello? — Ross pareció asombrado.
    —Exacto. Hay telepantallas y cerrojos de control remoto en el ténder. El piloto te sube aquí, pero una vez el ténder es encajado en el "Minerva", el portón se cierra automáticamente. Y la única forma de que se abra es cuando tres mujeres, en tres lu-gares distintos de Azor, aprietan las palancas RC. Cosa que no hacen hasta que en sus pantallas ven que todo el que se halla en el ténder se ha desnudado por completo, y que sólo son mujeres. ¿Alguna otra pregunta? — sonrió torvamente —. Y no pienses en la cirugía plástica, si esta idea ha cruzado por tu cerebro. Ya hay dos individuos que lo intentaron. Pero no tenemos mucho equipo y no es posible realizar un buen trabajo.

    Ross tragó saliva.

    —No lo había pensado — le aseguró al otro —. ¿No hay forma de esconderse en un baúl o algo parecido?

    El prisionero meneó la cabeza.

    —No hay baúles. Todo hace sólo el viaje de ida: de Azor a "Minerva", excepto los pilotos y las guardianas. Ningún hombre regresa. Cuando mueres, sales por el portillo... pero sin nave. Y lo mismo hacen con todos los objetos de los que desean desprenderse.

    Ross reflexionó furiosamente.

    —¿Y si... bueno, si te mandan aquí arriba, y luego se descubre que eres inocente? ¿Tampoco te hacen regresar?
    —¿Inocente? — el hombre contempló a Ross con mirada compasiva —. Bueno, tú eres un novato. ¡Eh, Chuck! — gritó —. ¡Este chico quiere saber qué ocurre si en Azor descubren que eres inocente!

    Chuck estalló en una risotada. Enjugándose los ojos se acercó a Ross.

    —Gracias. Hacía quince años que no reía.
    —No lo hallo tan gracioso — replicó Ross —. Al fin y al cabo, un juez puede cometer un error, ninguno de nosotros es perfec... ¡Ay!
    —¡Cállate! — le susurró Chuck, poniéndole a Ross una mano delante de los labios —. ¿Quieres que nos veamos todos en un lío? ¡Alguno de nuestros compañeros son capaces de chivarse a las guardianas por un mendrugo de pan! Los jueces jamás se equivocan — y con los labios formó la palabra — "oficialmente".

    Se apartó de Ross y volvió a su sitio, pero no empezó a trabajar. Se rascó la nuca.

    —Has hecho algunas preguntas bastante estúpidas — le dijo —. ¿De dónde vienes?
    —¿Para qué? — exclamó Ross con tristeza —. No me creerías. Soy de un planeta llamado Halsey, que se halla a gran distancia de aquí. Si tienes una idea de ello, te diré que a la distancia que puede viajar la luz en doscientos años. Vine aquí en F-T-L, o sea una astronave más veloz que la luz. Tú no sabes lo que es, pero lo hice. Admito que fue un error. Pero aquí estoy.

    Ante el asombro de Ross, Chuck no se echó a reír. Pareció vacilante, volvió a rascarse la nuca y, dirigiéndose al otro preso, le preguntó:

    —¿Qué te parece, Sam?

    El aludido se encogió de hombros.

    —Quizás estemos equivocados — observó.
    —¿Equivocados? — quiso saber Ross.
    —Bueno... — Chuck todavía estaba vacilante —, aquí hay un tipo llamado Flarney. Es ya muy viejo, debe tener unos noventa años, pero ha estado con nosotros muchos años. No sé cuántos. Pero suele decir necedades igual que tú. Sin ofensa — añadió —, pero todos hemos creído siempre que sufría de locura espacial. Tal vez estábamos en un error. A menos... — estrechó los ojos —, a menos que los dos sufráis la locura espacial, o intentéis bromear y reíros de nosotros.
    —Te juro, Chuck, que no es así. Es la verdad. ¿Quién es ese Flarney? ¿De dónde procede?
    —¿Quién podía fiarse de lo que decía? Todo lo que sé es que también habla del impulso F-T-L. Pero esto es una idiotez. Es como decir más lento que la obscuridad, o mayor que el verde, por ejemplo. Pero no sé, tal vez signifique algo.
    —¡Créeme, Chuck, sí significa algo! ¿Dónde está ese hombre? ¿Puedo verle?

    Chuck pareció inseguro.

    —Claro, seguro. Bueno, le verás en seguida, pero no te servirá de nada porque... porque ha muerto. Murió ayer, y hoy van a arrojarle al espacio.
    —Esto será la muerte de Whitker — opinó Sam —. Una semana sin su viejo camarada Flarney y empezará a decaer. Dos semanas y se habrá desmoronado. Tres, y las guardianas le rematarán. Como máximo, le concedo un mes para que también le arrojen al espacio.
    —¿Viejo camarada? — repitió Ross, interesado —. ¿Quién es ese Whitker? ¿Dónde puedo ponerme en contacto con él?
    —Él y Flarney eran ordenanzas de las letrinas. Allí es donde está el viejo, fregando y barriendo. En el retrete Número Dos, a cualquier hora del día o de la noche.

    Ross preguntó dónde se hallaba el retrete Número Dos y la rutina a seguir. Pero transcurrió una hora antes de poder obtener el permiso de la guardiana.

    —Seguro, hijito. Te mostraré el camino. ¿Necesitas ayuda?
    —No, gracias, señora — dijo apresuradamente, y ella estalló en una carcajada. También se echaron a reír los del equipo de Construcción; debía tratarse de una antigua broma. Se dirigió de prisa al lugar indicado.
    —¿Whitker? — preguntóle a un tembloroso anciano, que asintió desde su sillita delante del retrete. El viejo luego alzó la mirada y parpadeó. —¿Qué deseas? ¿Eres nuevo aquí?
    —Sí. Quiero que me hables de tu amigo Flarney...

    Whitker inclinó la cabeza y empezó a llorar desesperadamente.

    —Lo siento, Whitker. Pero hay algo que tal vez podamos hacer por él. Flarney también era, como yo, un viajero del impulso F-T-L. Supongo que te lo habrá contado alguna vez. Bien, yo soy Ross, del planeta Halsey, y soy asimismo viajero del F-T-L. No tenía la menor idea de si sus palabras penetraban en el cerebro del gimiente anciano.
    —Por lo visto, Flarney y yo teníamos la misma misión, descubrir cómo y por qué los planetas están quedándose incomunicados. Tú y él solíais charlar mucho, según me han dicho. ¿Te habló de esto? Whitker volvió a levantar el rostro penosamente. —Oh, sí, continuamente. Esto le ponía de mal humor. Era muy viejo. Y ahora ha muerto — las lágrimas brotaron otra vez de sus ojos, abriéndose paso hacia su arrugada nariz.

    ¿Iba a conseguir algo por aquel camino? —¿Qué decía, Whitker? ¿Qué contaba del F-T-L? —Decía — contestó el anciano —: L sub T iguala a L sub cero y a la t minúscula sobre dos N. ¡Otra vez la maldita fórmula! —¿Pero qué significa esto, Whitker? ¿Qué quería decir Flarney?

    El anciano pareció sorprendido.

    —¿Genes? ¿Generaciones? — se preguntó a sí mismo —. No lo recuerdo. Pero vete a la Tierra, jovencito. Flarney me dijo que allí lo saben, y además saben qué hacer con esta fórmula. ¡Éstas fueron sus propias palabras, jovencito!

    Ross no se atrevía a permanecer más tiempo allí. Por otra parte, sospechaba que la atención del viejo se estaba ya agotando. Retrocedió, musitando las gracias, pero de repente sintió una mano en su hombro. Era Whitker.

    —Eres un buen chico — dijo el viejo. Y agregó —: Toma.

    Ross se encontró andando por el corredor con un rollo de papel higiénico en la mano. Debía tratarse de un regalo de valor.

    Las literas eran duras, pero no importaba. Los dormitorios se hallaban en la parte más exterior del casco, la pseudogravedad variaba inversamente al cuarto poder de la distancia y el campo generador se hallaba situado cerca del centro del "Minerva". Cuando el peso relativo del cuerpo es un cuarto de lo normal se duerme deliciosamente sobre un montón de grava. Esta era la única cualidad agradable del dormitorio. Por otra parte, había demasiadas losas de acero, demasiado juntas, demasiados hombres sin lavarse, demasiados sonoros ronquidos. Lo que sí escaseaba era espacio y aire.

    Nadie dormía. Los insomnes daban vueltas y gruñían; los que ya no pensaban en dormir charlaban de camastro en camastro, en tono muy bajo. Bernie musitó desde su litera: —Me pregunto si lo habrá conseguido. Ross supo a qué se refería. —Es la cosa más improbable del mundo — respondió —. Pero al menos se habrá desintegrado la astronave sin que ella casi se apercibiera — pensaba en la fórmula y en la frase: "En la Tierra lo saben... y saben cómo usarlo." La Tierra era un enigma, del que todas las razas planetarias descendían. La Tierra... el punto mejor señalado en todos los gran-des mapas celestes, de donde y adonde no había viajado ninguna nave en muchos siglos. Haarland le había contado que ninguna nave F-T-L, en los últimos siglos, había sido enviada desde la Tierra. ¿Otro mundo hundido en la barbarie? Pero Haarland le había dicho que no era éste el caso, a juzgar por varios datos. Claro que se trataban de los confusos recuerdos de un viejo, posiblemente basados en los confusos recuerdos de otro viejo. Tal vez todo ello se hallaba entremezclado con la semile-gendaria historia original.

    ¡Pobre y dulce Helena! Esperaba que hubiera sucedido rápidamente, que hubiese estado esperando llegar al planeta Halsey cuando la nave se hubiese desintegrado. En su ingenuo estilo, la joven debía haberse figurado que el planeta Halsey se hallaba a la vuelta de la esquina, que sólo se trataba de seguir fielmente las instrucciones.

    Ross se sentía pesimista.

    En su malhumor habíase olvidado de que él era culpable de la peor de las arrogancias al presumir que lo que él podía hacer, ella no lo haría. En su ignorancia, no sabía que desde que empezó la navegación aérea, cada instrumento nuevo, cada nueva técnica, había promovido los vociferantes avisos de los sabios, asegurando que los navegantes inexpertos, maniobrando por rutina, jamás lograrían dominar dichos frutos de la ciencia.

    Al otro lado del pasillo, alguien estaba diciendo en voz baja:

    —Yo mismo vi el barrilito. Naturalmente ponía Crema Dulzona, pero a las guardianas de aquí no les importa un bledo que sus narices estén brillantes o no cuando llega un mercancías. Y no creo que hayan cambiado de repente. Os aseguro que se trata de licor. Al menos cincuenta litros.
    —¡Vaya, mañana habrá borracheras!
    —Tendremos que andar con cuidado. Esperemos que sólo se les ocurra emborracharse tranquilamente en sus cuartos. Los ordenanzas tendrán bastante trabajo, ¿pero quién se cuida de los ordenanzas?
    —No han merecido una sola lágrima desde que llegué aquí.
    —Feliz tú. Esperemos que no se desmanden esta noche. Sí, es un escape a la monotonía, pero esas chicas son muy brutas. La última vez murieron cinco prisioneros.
    —¿Los molieron a palos?
    —A uno sí.
    —¿Y los otros? ¡Dios mío! ¿Cincuenta litros has dicho?
    —¡Otra vez no! — gimió Bernie en aquel instante —. ¡Te juro que me arrojaré al espacio si esas fulanas se acercan a mí! Ross, ¿no podemos hacer nada?
    —Por lo visto, no, Bernie. Tal vez no entrarán. O, si lo hacen, no se fijarán en ti. Por supuesto, aquí no hay sitio donde esconderse.

    Por el altavoz se oyó una ronca voz de mujer:

    —Dentro de cinco minutos a la cama, muchachos. El que tenga que hacer algo por el pasillo, es mejor que lo haga ahora. ¡Hasta más tarrrr...de! — luego la voz lanzó un hipo de embriaguez.

    Por primera vez en su vida, Ross actuó de repente como un héroe de la televisión tridimensional, con la excepción de que al hacerlo pensó que era un perfecto imbécil.

    —Tengo una idea — murmuró —. Sal de tu litera.

    Cogió el enorme rollo de papel higiénico, que, como es natural, era de celoesponja, y lo partió por la mitad, una para él y otra para Bernie.

    —Gracias, pero ahora no... — comenzó a decir aquél.

    Ross no se molestó en contestar. Estaba estirando el celoesponja hasta el límite máximo. Luego desabrochó el mono que llevaba para el trabajo y fue rellenándolo con el papel.

    —¡Ah, ya entiendo! — dijo Bernie, en voz baja. Se quitó su mono, ya que dormía con él puesto, y lo rellenó también. Antes de dos minutos había un monigote en cada litera, en posición dormida.

    Los demás estaban contemplando aquella actividad con una emoción fluctuante entre el temor y la envidia. Un tipo de talla gigante proclamó en voz alta:

    —Aquí hay una pareja de chicos listos. Les deseo suerte. Y quiero que sepáis que personalmente le romperé el gañote a aquel de vosotros que se chive a las guardianas acerca de esto. —Seguro, Oso, seguro — le calmó un coro de voces.

    Una vez dentro de cada litera, los monigotes llegaron a asombrar a sus propios creadores. Bajo la penumbra en que se hallaba sumida la habitación, haría falta una mirada muy cuidadosa para descubrir que las cabezas carecían de orejas y pelo.

    —No lo notarán — aseguró Ross —. Vamos, Bernie.

    Salieron del dormitorio, en paños menores, en dirección a la letrina... y se hallaron en el corredor. Por entre una puerta abierta pasaron a un almacén donde había enormes montañas de raciones de comida.

    —Esto servirá — dijo Ross en voz baja. Se deslizaron al interior del almacén, refugiándose bajo una caverna formada por toda clase de cajas y cajones.

    Los monigotes engañarán a las guardianas que cada noche comprueban las camas. Lo hacen con un sistema TV de cien líneas. Si las guardianas, en su borrachera, asaltan esta noche el dormitorio, debemos confiar en la suerte solamente; que no se den cuenta del engaño, que piensen que se trata de una broma... o que se hallen demasiado ocupadas con otros menesteres para que les importe. Al fin y al cabo estarán bebidas. Luego, por la mañana, todo estará completamente desorganizado. Podremos escurrirnos hacia la formación, y no habrá ocurrido nada. No creo que puedan sobornar muy a menudo a las mujeres pilotos para que les suban licores. Ahora procura dormir. No podemos hacer nada más. Dormitaron un par de horas, hasta ser despertados por una serie de gritos. —¡Son ellas! — gimió Bernie. —Cállate. Se dirigen a los dormitorios. Estamos a salvo.

    —¿A salvo? — repitió Bernie con burla —. ¿A salvo hasta cuándo?

    Ros le amenazó con la mano y Bernie se calló, aunque siguió moviendo los labios calladamente. Las guardianas pasaron junto a ellos, balanceándose peligrosamente por el corredor.

    —Tenemos que largarnos a la cabina donde se halla el portillo. Allí no irá nadie esta noche. Al menos podremos dormir tranquilos.
    —¡Magnífico! — gruñó Bernie, pero le siguió, quejándose inarticuladamente.

    Tanto trabajo por una noche de sueño...", pensó Ross tristemente. Y vio, en el porvenir, una larga sucesión de días, noches y años, todos iguales, monótonos, sin dormir...

    Llegaron junto al portillo y se dejaron caer al suelo sin resuello.

    —¡Queriditos! — dos guardianas estaban jugando a cartas en el suelo, con un círculo de botellas vacías a su alrededor. Ambas levantaron la mirada, encantadas en medio de su borrachera.
    —¡Queriditos! — repitió la mayor de las dos —. ¡Angela, mira qué regalo!
    —Pero vosotras no debíais estar aquí... — masculló Ross, estúpidamente.
    —El deber es antes que todo, queridito — dijo la guardiana mayor, retocándose el cabello —. Angela, ¿quieres cerrar la puerta? — la aludida se puso en pie con cierta vacilación y se dirigió a la puerta. La cerró antes de que Ross o Bernie pudieran moverse.

    Entonces se levantó la otra guardiana, contemplando a Bernie.

    —¡Caramba! — exclamó —. ¡Mercancía nueva! Ten paciencia, queridito. Ahora tenemos que atender a una cosa, pero sólo es cuestión de dos minutos, y luego todo el tiempo será para nosotros.

    Y entonces las cosas comenzaron a suceder con rapidez. Angela, la guardiana, sin decir palabra, cayó completamente borracha. Su compañera alargó una mano, armada de una botella, hacia Bernie. Ross era un espectador paralizado de asombro.

    Y también lo estaba Bernie.

    Los ojos de éste se desorbitaron al ver a la guardiana dirigirse hacia él.

    —¡No! ¡No, no, no, no! — chilló histéricamente —. ¡Dije que me mataría y...!

    Apartó de golpe a la guardiana y saltó hacia el portillo. Ross de pronto se puso en movimiento.

    —¡Bernie! — le gritó —. ¡Espera! ¡No saltes!

    Pero era tarde. Con una de las mujeres en el suelo, y la otra balanceándose pesadamente, Bernie tenía el camino libre. Asió las palancas del portillo, las giró y abrió. Ross se puso en tensión, dispuesto a padecer la expansión del aire allí encerrado; dio un salto hacia Bernie, pero éste ya había dado a su vez otro salto al vacío.

    Ross saltó detrás.

    Pero no hubo pérdida de aire. No estaban en el espacio. A su alrededor no había una bóveda negra, con estrellas brillando a lo lejos; en torno suyo había seis muros y un cuadro de mandos Wesley, y al frente estaba Helena, abiertos los ojos, y contenta de volver a verles.

    —¡Bravo! — exclamó —. ¡Esto sí que ha sido rapidez!
    —Pero... — balbució Ross.

    Helena, colgada de las anillas de la aceleración, les sonrió maternalmente.

    —Oh, no fue nada — exclamó luego —. Ross, ¿crees que todavía no nos hallamos bastante lejos?
    —De acuerdo — contestó el joven, y cortó el contacto. La astronave permaneció flotando en el limbo entre las estrellas. Azor, "Minerva" y lo demás quedaban varios años-luz atrás, y ellos estaban ya lejos de su alcance.

    Helena se soltó de las anillas y se frotó los brazos para hacer desaparecer las marcas de los hierros.

    —Bueno, tú me escribiste cómo debía manejar esta nave — dijo —, y lo cierto, Ross, es que no soy tan estúpida. —Pero...
    —¿Pero qué, Ross? No creas que soy una necia sin cerebro, que jamás ha sabido maniobrar una máquina en su vida. Debías haberlo recordado, Ross. Todo aquel tiempo en los tanques del tinte... ¿No piensas que allí aprendí mucho respecto a ma-quinaria?

    Ross maldijo, incrédulo. Comparar aquella serie de rodillos y bobinas con el sutil flujo electrónico de la fuerza Wesley... ¡y conseguir que funcionase!

    —¿Y el "Minerva" te ayudó a encontrar las coordenadas y luego te atrajo por el radar?
    —Por supuesto — Helena se había vuelto hacia Bernie, que estaba mirándolo todo con el más vivo estupor. Añadió —: ¿Te encuentras bien, querido?

    Ross se volvió de espaldas a ellos y se enfrentó con el árbol de Navidad que eran los mandos Wesley. Tenía que aceptar aquel milagro sin formular preguntas. Dios había querido que salieran del "Minerva"... y Dios consigue sus deseos por los cami-nos más misteriosos y difíciles.

    Cuando el tribunal había desterrado a Helena a la nave espacial, habían efectuado los rituales de rigor; no sólo habían quitado todo lo que tenía forma de arma, junto con un barril de combustible para los eyectores auxiliares, sino que habían vaciado la despensa. Dejó de pensar en ello y empezó a calcular la posición.

    —¿A casa? — preguntó Bernie a sus espaldas —. ¿A ese planeta llamado Halsey?

    Ross sacudió la cabeza negativamente.

    —Aún no. He llegado muy lejos y sigo con vida. Puedo concluir mi misión. Y quiero intentarlo. Si Flarney hubiese vivido, habría intentado llegar allá. Bien, ahora iremos nosotros — terminó de maniobrar el computador y comenzó a ocuparse del cuadro de mandos —. El nombre de ese planeta al que vamos es... la Tierra.


    10


    Ross tardaba bastante tiempo en aprenderse una lección, pero después ya no la olvidaba. Esta vez, se prometió a sí mismo, "nada de aeropuerto espacial".

    Penetraron en el sistema solar que contenía a la fabulosa Tierra por la parte más alejada de la elíptica, donde era menor la posibilidad de ser captados por el radar, y llegaron a un punto relativamente muerto a millones de millas del planeta; entonces escudriñaron cautelosamente todo el espacio circundante con su propio radar.

    No parecía haber astronaves en el espacio. El sistema solar de la Tierra no era de gran importancia, sólo cinco planetas, y en conjunto una media docena de lunas. Ninguno de los planetas, excepto la Tierra, parecía habitable.

    —¡Cogeos fuerte! — les advirtió Ross a sus compañeros de expedición —. Aún no conozco muy bien esta clase de navegación.

    Con todo cuidado aplicó la fuerza a un solo vector; la astronave dio un salto y cabeceó. Corrigió la potencia vectorial y el distante sol fue creciendo sobre la pantalla con increíble rapidez. Los pitidos de la señal de alarma comenzaron a sonar, y el in-terruptor automático neutralizó todos los mandos. Ross, sudoroso, se levantó del suelo y se tambaleó hacia los mandos.

    —Lo has hecho muy bien, Ross — le elogió Helena —, pero si me dejases coger los mandos a mí por un minuto...

    Ross se tragó el amor propio y se apartó del cuadro de mandos. Después de una mirada estupefacta —¡Helena ni siquiera había calculado nada!—, asió las anillas, cerró los ojos y esperó la muerte. Sintió una sacudida y abrió los párpados. Helena le estaba mirando como disculpándose.

    —Tú lo habrías hecho mejor, claro — mintió —, pero estamos descendiendo.
    —Claro que lo hubiera hecho mejor — se ufanó Ross —, pero me gusta que hayas cogido práctica. ¿Dónde... eh... dónde estamos?

    Helena, silenciosamente, le señaló la pantalla del radar. La Tierra, al parecer, poseía varios continentes; casi todos se hallaban situados en el hemisferio Norte. Al otro lado era de noche, y a sólo una docena de millas se alzaba una enorme ciudad.

    —¡Bueno! — exclamó Ross fatigadamente —. El equipo de aterrizaje entra en acción. Helena, quédate aquí, mientras Bernie y yo... —No — dijo sencillamente la joven. Ross la miró fijamente un instante y luego se encogió de hombros.
    —Bueno. Entonces, Bernie se quedará mientras... —¡No! — tronó el aludido. —¿Quién es aquí el capitán? — preguntó Ross airado.
    —Tú — le aseguró Helena —. Mientras yo no tenga que quedarme sola aquí.
    —Sí — corroboró Bernie.
    —¡Oh! — exclamó Ross. Meditó unos momentos y luego decidió —: Bien, bajaremos todos.

    Sus oyentes aprobaron la idea.

    La Tierra no era un planeta muy fuera de lo corriente: arena verde y vegetación púrpura. O el mapa celeste estaba equivocado, o el medidor de la gravedad no funcionaba correctamente. El primero, cosa extraña, daba 1.000.000 como gravedad de la Tierra, y el segundo sólo 0,8952, o sea un diez por ciento de discrepancia. Además, el principal gas inerte de la atmósfera terrestre era, según el mismo mapa celeste, el nitrógeno; y según los instrumentos de la astronave era el neón. Todo estaba envuelto en una magnífica y aterradora aurora polar, hacia el polo Norte.

    Pero las diferencias existentes entre el mapa celeste y los hechos no preocupaban a Ross de modo particular, en tanto iban acercándose a la Tierra. O el mapa estaba equivocado, o las cosas habían cambiado. Este era — según Flarney por boca de Whitker — el lugar donde la gente conocía la fórmula, donde sus preguntas quedarían contestadas. Después, pensó alegremente, regresaría a su planeta Halsey, y en el futuro sería reverenciado como el salvador de la humanidad. Y Helena, pensó senti-mentalmente. ..

    Volvió el rostro para dirigirle una sonrisa y vio que ella y Bernie estaban riéndose a carcajadas.

    —¡Escuchad los dos! — exclamó el capitán Ross —. ¿Todavía no lo habéis aprendido? ¿De qué nos servirá nuestra exploración, si no estamos muy atentos a lo que hacemos? ¿No os dais cuenta de que este planeta puede ser tan peligroso como Azor... o peor?
    —Ross... — comenzó a decir Helena.
    —¡No me interrumpas! Lo que nuestro equipo necesita es disciplina. Ambos debéis aceptar vuestras responsabilidades. ¡Manteneos alerta! Cualquier cosa fuera de lo corriente puede ser una trampa mortal. Vigilad y...

    Helena no estaba mirando a Ross, sino más allá de él. Bernie hacía unos ruidos estrangulados con la garganta y estaba señalando en cierta dirección.

    Ross dio media vuelta. Detrás suyo divisó un monstruo mecánico vagamente parecido a un camión pesadamente armado, con el motor rugiendo débilmente. Un hombre se asomaba por la cabina y los atravesó con un poderoso foco. La voz les llegó desde más allá del círculo luminoso.

    —Pensé que eran dos mujeres y un hombre, pero ya veo que no. ¡Oh, vaya caras! Vamos, entrad. ¡De prisa!

    La luz se extinguió. Cuando sus ojos se hubieron vuelto a acostumbrar a la débil iluminación de las estrellas y la aurora boreal, divisaron una portezuela abierta en el camión. Al mismo tiempo, un cañón de una de las múltiples armas de que parecía estar bien provisto el aparato, les apuntó cubriéndoles a los tres.

    Ross, de manera estúpida, deletreó en voz alta el cartelón que exhibía el camión.

    —"Compañía de Enlosados Jones. Las mejores losetas son las Jones. Especialidad pared a pared Alfombras de buen estilo en Jones."
    —Sí — asintió el hombre —, sí, sí. Pero ahora no os vendo nada. ¡Entrad, por todos los diablos! De haber sabido que sois tan idiotas, no hubiera aceptado este trabajo ni por un millón de Jones. ¡Entrad! — su voz era casi histérica y el cañón seguía cubriéndoles ostentosamente —. Si esto es una añagaza... — comenzó a vociferar.
    —Entremos — les ordenó Ross a sus compañeros. Así lo hicieron, y la portezuela golpeó violenta y automáticamente. Helena empezó a sollozar y Bernie comenzó a soltar una retahíla de juramentos y maldiciones por haber sido tan imbécil de enre-darse en una aventura tan incongruente y carente de sentido.

    En el camión había ventanillas, y Ross fue mirando de una a otra. Vio los cañones asomando por unas arandelas gruesas en la cabina telescópica, las arandelas apoyadas en los soportes, y éstos fundidos con las paredes de metal. Vio cómo el conductor maldecía en tanto manipulaba una docena de palancas cuando el vehículo comenzó a deslizarse sobre la arena verdosa, salpicada de vegetación purpúrea. Por fin, por la ventanilla posterior, vio tres figuras que corrían por la arena, agitando los brazos, y que rápidamente fueron quedando detrás. Lo único que pudo distinguir es que parecían dos mujeres y un hombre.

    Helena estaba gimiendo quedamente.

    —...yo no soy fea, y sólo que seamos jóvenes y extranjeros no creo que sea motivo para ir por todas partes insultando a la gente...
    —...imbécil, bruto, animal, tonto... — seguía mascullando insultos Bernie.
    —Callaros. Callaros — repito Ross, de mal talante — antes de que os rompa el cráneo.

    Ambos le contemplaron boquiabiertos.

    —Gracias. Tenemos que meditar. ¿En dónde estamos? ¿Qué podemos hacer? No hemos entrado en contacto con la Tierra por medio de ningún radar, y ese tipo nos ha recogido por equivocación. He visto a dos mujeres y a un hombre... — ¿recordáis lo que dijo? — que intentaban subir al camión. Por lo visto, ese conductor es un criminal. De no ser así, ¿por qué el camión está camuflado como un carro de combate? ¿Por qué anuncia un comercio, pero "no vende nada"? Y Jones parece ser el nombre de la subdivisión política local, el nombre de la deidad local y del dinero. Esto es importante. Apunta hacia la dictadura de un individuo rígido... Jones, claro está, o su dinastía. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo tenemos que obrar? ¿Qué opinas, Helena?
    —Que no debió llamarnos feos — gimió —. ¿No es eso importante?
    —¡Mujeres! — dijo Ross con desdén —. Si te dignases momentáneamente olvidar esta afrenta a tu vanidad tal vez podríamos planear algo.
    —¡Pero no debió decirlo! — repitió Helena, con obstinación —. No somos feos. ¿Y si se lo ha parecido sólo porque ellos son distintos a nosotros?

    Ross estuvo a punto de ahogarse. Tras una larga pausa, durante la cual intentó calmarse, dijo lentamente:

    —Gracias, Helena. Estás equivocada, claro está, pero has contribuido algo con tu idea. No, no es posible edificar una teoría con hechos tan pequeños — su voz comenzaba a denotar de nuevo la cólera que le embargaba —. No es razonable, ni ayuda en absoluto. En realidad, el tuyo es el razonamiento más necio y estúpido que he oído en toda mi vida.
    —¡Una ciudad! — indicó Bernie emocionadamente. La accidentada carretera se había transformado en suave, y más allá de las ventanillas se divisaban edificios de piedra y calles iluminadas.
    —¡Estupendo! — exclamó Ross con amargura —. Hemos tenido unos minutos para reflexionar y los hemos desperdiciado por culpa de la imbécil disertación de una mujer y mi razonable intento de hacerle comprender lo erróneo de su forma de pensar — hundió la cabeza entre sus manos e ignoró a los otros dos, tratando de razonar con claridad. Pero el camión dio un par de saltos y se paró.

    Se abrió la portezuela y la voz del conductor exclamó, también desde detrás de un círculo luminoso:

    —¡Salid! ¡Id andando delante de mí! Obedecieron, hallándose dentro de una estancia de medidas más que regulares donde se hallaban ocho personas que los contemplaban con estupor. Los ocho eran de la misma estatura: seis pies. Todos tenían el pelo rojizo, del mismo tono, y lucían el mismo peinado. Y todos eran delgados, pero anchos de espaldas. Los dieciséis ojos eran del mismo tono azul, bajo dieciséis cejas exactamente iguales. De la cabeza a los pies eran unos tipos duplicados. Uno de ellos habló... con la misma voz que ti con-ductor del camión.
    —¿Conque deseáis ser joneses vosotros?
    —Absolutamente imposible.
    —Pero aceptamos su dinero.
    —Devolvédselo. Cambios razonables, sí, pero contempladles.
    —No podemos devolvérselo. Hemos gastado ya gran parte. Además, Sam... — a Ross le pareció que era Sam la palabra —, mira el trabajo que llevamos ya hecho. Tú puedes hacerlo. Dudo que pueda hacerlo nadie más, pero tú sí.

    Ross levantó la vista, tratando de decidir qué Jones estaba hablando a otro. Incluso las ropas eran idénticas: pantalones purpúreos, chaqueta escarlata, calcetines negros, zapatos negros. Luego observó que el tercer Jones, a contar por la izquierda — el que parecía llamarse Sam —, llevaba una camisa blanca bajo la chaqueta escarlata. Sólo un pequeño reborde sobresalía por el escote y la nuca; los demás también llevaban camisa, pero de tonos rojos o verdes.

    —No conozco a nadie más que pueda hacerlo — replicó Sam con frialdad —. ¡A nadie más! ¿Quién más hay?

    Uno de los Jones frunció los labios. —Bueno — contestó pensativamente —, hay Northside Tim Jones...

    —¡Northside Tim Jones! — se burló Sam —. Ocho de sus obras se hallan ahora almacenadas. ¡Parafina, os digo! ¡Todavía usa parafina para moldear las caras!
    —Lo sé, Sam, pero al fin y al cabo esta gente necesita ayuda. Si tú no se la das, ¿quién tiene que hacerlo?

    Sam se encogió de hombros. —Bien... — luego meneó la cabeza, suspiró, y avanzó para estudiar a los recién llegados. Con una expresión de revulsión exclamó —: ¡Desnudaos! Ross vaciló.

    —¡Quieta! — le gritó a Helena, que ya se estaba quitando el mono —. Caballero, creo que aquí hay una equivocación. ¿Le importaría explicarnos qué se propone hacer?
    —Lo de siempre — contestó Sam, irritado —. Arreglaros el pelo, elevaros la estatura, y nivelaros en todo al estilo Jones. Lo de costumbre. Aunque debo advertiros — añadió con repugnancia que jamás he visto unos tipos menos prometedores en toda mi vida.

    Ross se humedeció los labios. —¿Quiere decir que aspiran a convertirnos en sus iguales, caballeros?

    —¡Lo quiero! — exclamó Sam, indignado. Y por encima del hombro preguntó —: Ben, ¿qué clase de idiotas me has traído?
    —Jones sagrados, Sam — contestó Ben, con aspecto de preocupación —. No lo entiendo. Fue un trato completamente normal. Ese tipo vino a verme y cerramos el trato. Llevaba la pasta consigo. Seiscientos jones. Y no eran falsos — su expresión se obscureció —. O al menos, así lo creo, aunque dijo que serían dos mujeres y un hombre. Pero Paul Jones los recogió en el lugar exacto de la cita, por lo que tienen que ser ellos, sin duda. Contempló suspicazmente a Ross y sus compañeros.
    —Aunque pensándolo bien, tal vez no — añadió —. Te diré una cosa, Sam. Aguarda aquí unos veinte minutos — y se precipitó fuera de la estancia. —Sentaos — dijo uno de los restantes Jones con amabilidad.

    Ross, Bernie y Helena cogieron unas sillas alineadas contra el muro y se sentaron. Otro Jones comenzó a revisar un montón de periódicos que había sobre una mesa. Entregó uno a cada uno de los tres.

    —Descansad — les aconsejó. Obedientemente, los tres viajeros del espacio abrieron las revistas que acababan de serles entregadas. Luego, tras una conferencia mantenida en voz susurrante, la mayoría de los Jones se marcharon. El que quedó dijo:
    —No habléis. Si hemos cometido un error, lo lamentamos. Mientras tanto, haced lo que se os diga. Ross vio que su revista se llamaba "Por Jones"; parecía ser una publicación dedicada a noticias y chismorreos deportivos, de modas y cultura. Repasó un artículo cuyo titular rezaba: "¡Alégrate de que la Policía del Pueblo te esté Vigilando!", pero lo demás tenía muy poco sentido. Trató de reflexionar, pero le resultó difícil captar una idea definida entre la masa confusa que le daba vueltas al cerebro. Nada parecía tener sentido, y Ross, de pronto, se dio cuenta de que se hallaba sumamente fatigado. Puso el cerebro en blanco y aguardó. Transcurrieron veinte minutos y algunos más. Luego se abrió la puerta y entraron media docena de Jones. A primera vista, Ross vio que tres de ellos eran nuevos. En primer lugar, dos eran mujeres, y el tercero, aunque pelirrojo, alto y delgado, poseía una nariz un centímetro más corta que las de los demás, y su pelo estaba encrespado y ondulado.
    —Bien — dijo uno de los Jones —, ya podéis comenzar a hablar... y deprisita, monadas.

    Fue Helena la que tomó la palabra. Estaba hablando antes de que Ross pudiera impedirlo, pero poco después no tuvo motivos para lamentarlo.

    Tuvo que admitir que el auditorio estaba aturdido y ensimismado. Mucho antes de terminar su relato, todos los Jones habían apartado de sí los revólveres. Helena contó cómo había conocido a Ross, sus penalidades en los tanques del tinte, la huida de Azor, la fuga desde el "Minerva", y el vuelo a la Tierra.

    —Y entonces — concluyó —, vimos el camión, y ese individuo nos recogió. Y nos encontramos en la Tierra. Y juro que ésta es toda la verdad.

    Hubo un silencio mientras los Jones se contemplaban mutuamente. Luego el Jones que lo sabía todo referente a la cirugía plástica, Sam, se adelantó.

    —Bien, querida, mantente quieta — Helena obedeció, en tanto Sam parecía rebuscar algo por entre las raíces de su cabellera, estudiaba sus pupilas y expertamente trazaba la configuración de sus costillas.

    Retrocedió luego, estremecido.

    —Una cosa es segura — les dijo a los otros —. No son Pepises. Imposible con estos huesos. No hay nada a hacer.

    Ben Jones se golpeó la frente y vociferó:

    —¿Cómo hemos podido cometer tamaño error?
    —No esperábamos una cosa así — gritó indignada una de las mujeres —. Nosotros somos Jones decentes y...
    —¡A callar! — ordenó Ben con un gruñido —. ¿Y los otros dos, Sam?
    —Oh, Ben... — exclamó Sam, enojado —. Mírales, ¿quieres? ¿Piensas que la policía admitiría una desviación de estatura de cinco pulgadas como ésta — señaló a Bernie —, o un gusano medio calvo como aquél?

    Ross, molesto, estuvo a punto de abrir la boca para protestar, pero no lo hizo. Nadie le prestaba la menor atención, salvo como Modelo A.

    —¿Entonces, qué haremos? — preguntó Ben.

    Sam se encogió de hombros.

    —Lo primero será cuidarnos de los cuatro clientes — paseó la mirada por los otros Jones —. Si vosotros tres queréis venir por aquí, terminaremos la labor y podréis regresar a vuestra casa. No necesito recordaros, claro, que si se os ocurre mencionar a un Pepise algo de lo que esta noche habéis visto aquí... — su voz quedó extinguida al cerrarse la puerta, antes de que Ross pudiese escuchar la amenaza que debía seguir a aquellas palabras. Ben Jones no se marchó. —¿Tenéis jones?
    —¿Te refieres a dinero? — quiso saber Helena —. En absoluto. — A Ross le hubiera gustado pegarle un puntapié.
    —¡Siempre me ocurre lo mismo! — gruñó Ben Jones. Luego añadió en son lastimero —. ¡Todavía tendré que daros de comer!
    —Bueno — Helena se asió a aquella esperanza —, llevamos mucho tiempo sin comer y...

    Ben Jones juró por su nombre, que era Jones, pero se acercó a la puerta y pidió de comer. Cuando llegó la bandeja tenía muy buen aspecto, y los tres, pese a sus diversas procedencias planetarias, la hallaron deliciosa. Mientras comían, Ben Jones se sentó contemplándoles atentamente, y tomando un sorbo de vez en cuando de un frasco que contenía un líquido verdoso. Le ofreció un trago a Ross, y a éste le pareció que le ardía la garganta cuando lo aceptó.

    Ben Jones rió a carcajadas hasta que se le humedecieron los ojos.

    —Es la primera vez que pruebas el Jugo de Jones, ¿eh? ¿Calienta, no? — se frotó los ojos y continuó —: Creo que tenéis razón — admitió —. No sé qué haré con vosotros. No puedo llevaros a la Tierra ni puedo teneros aquí. Tampoco puedo arrojaros a la calle... Los Pepises os almacenarían a los diez minutos.
    —¿No estamos en la Tierra? — preguntó Ross, con sobresalto.
    —No — repuso Jones con repugnancia —. ¿No me has oído? Estáis en Jones, a la mitad de distancia entre Fork Jones y Jonesgrad. Pero estáis muy cerca. La Tierra se halla a cincuenta millas del Pico Jones, más allá de Jonesgrad, a la derecha de Jones-boro Menor.
    —¿El planeta Tierra se halla a cincuenta millas del Pico? — volvió a preguntar Ross, aturdido.
    —No es un planeta — replicó Ben Jones —. Es una antigua ciudad. Nadie vive ahora allí; los Pepises no lo permiten. Jamás he puesto allí los pies, pero afirman que es algo muy diferente. Algunos edificios tienen quince, veinte pisos de altura, y los muros no siempre son verdes. Disculpadme — añadió, mirando a Helena.
    —Está bien — dijo Sam Jones, volviendo a entrar —. Todo terminado. Alteraciones triviales. Tal vez hubiesen podido pasar el resto de sus vidas con pelucas y rellenos... ¿pero esto no se lo diremos, verdad? Además, ahora ya no tienen por qué estar preocupados. Healy Jones, el viejo, por ejemplo. Buena persona, pero parece estar trabajando como un aprendiz de herrero. Temeroso de la prueba del maestro, temeroso de cambiar su estilo de trabajo... Podría ser observado e interrogado — exhaló un tremendo suspiro y se sirvió una considerable ración de líquido verdoso. Ben Jones le dirigió a Ross un cínico guiño y se encogió de hombros.
    —¡Mira mi mano! — estalló el cirujano. Estaba temblando. Se bebió el Jugo Jones y se sirvió otro —. No es nada físico. Es neurótico. El subconsciente fríamente va contando mis crímenes y fríamente impone y ejecuta las sentencias. Soy cirujano y me tiemblan las manos — bebió —. Jones no ha sido burlado. ¡No, Jones no ha sido burlado! ¿Crees que serán felices esos tres? ¿Crees que serán admitidos en el seno de Jones sólo porque son Jones en lo externo? No. Vigílales cinco años, diez. Tal vez se condenarán a sí mismos a ser unos piojos odiosos y se preguntarán por qué nadie los ama. Tal vez se condenarán a servidumbre penal y se preguntarán por qué se les empuja, por qué no tienen valor para devolver los golpes... ¡Pero Jones no ha sido burlado! — le dijo a su vaso de líquido verdoso, sin hacer caso de los demás. Apuró el vaso.
    —Vamos — les conminó Ben Jones a Ross y sus compañeros, y los condujo a una estancia contigua provista de literas de campaña. Entonces dijo, en tono de disculpa —. El doctor tiene esta noche los nervios excitados. Lo malo es que es un Jones exce-sivamente timorato. Yo, puedo tomarlo o dejarlo — su risa demostraba su bravura —. En lo mejor de nosotros siempre hay un poco de negación de Jones, siempre lo digo, pero no al doctor. Y menos cuando le da latigazos al Jugo Jones — se encogió de hombros con cinismo y agregó —: ¿Qué diablos? L sub T es a L sub cero como T menor es a dos N.

    Ross le asió con violencia por la camisa.

    —¡Repítelo!

    Ben Jones se zafó del joven y se apartó.

    —¿Qué te pasa, muchacho?
    —Lo... lo siento. ¿Pero quieres repetir la fórmula? ¿Qué has dicho? — se corrigió cuando vio que la palabra "fórmula" no había sido entendida.

    Ben Jones repitió la fórmula distraídamente.

    —¿Qué significa? — preguntó Ross, con ansiedad —. He estado intentando descifrar su significado por diversas galaxias.
    —Bueno — replicó Ben —, significa lo que he dicho, naturalmente. Es bien claro, ¿no? — estudió el rostro de Ross y añadió con inseguridad —: ¿No? —¿Qué significa para ti, Ben? — quiso saber Ross.
    —Pues lo que significa para todo el mundo, amigo. La razón es la razón, y el error es el error. Jones está en su Cielo, conforme o no... Significa moralidad, hombre. ¿Qué otra cosa podría significar? Entonces Ross se comportó de manera inusitada para él. Asaeteó a Ben a preguntas, sin dejarle apenas respirar. Ignoró las protestas de Ben, según las cuales no era Jonesólogo, y cuando Ben Jones estalló, salió de estampida y los encerró por el resto de la noche, Ross había aclarado lo siguiente:

    Todo el mundo conocía la fórmula; la aprendían en el regazo materno. Se recitaba como una oración antes y después de las reuniones de los Jones. Ben sabía que ellos tenían razón, naturalmente, y que algún día vivirían de acuerdo con la creencia Jones, aunque aún no, porque si no hacía dinero con la prótesis otros lo harían. La fórmula estaba por todas partes: en los umbrales de los edificios públicos, colgando en las aulas, y en las paredes de los dormitorios de la mayoría de las recatadas damas

    Jones, donde pueden vislumbrar este mensaje confortador al acostarse y de nuevo al despertarse.

    ¿De un libro? Bien, sí, así lo suponía. Seguro que estaba en el Libro de los Jones, ¿pero quién podía decir si fue allí donde se originó? La mayoría de la gente pensaba que había sido Descendida. O dada durante la guerra... ¿qué guerra? ¡La guerra de los Jones, claro! Además, en la guerra no se había destruido la última resistencia contra la fórmula. No, no sabía nada de la guerra. No, no había tenido lugar ni en tiempos de su abuelo ni de su tatarabuelo. La guerra había terminado mucho antes. Tal vez estaría en los archivos del antiguo museo de la Tierra. ¡La ciudad, naturalmente, no aquel condenado y viejo planeta!

    Después de haber pegado Ben Jones un violento portazo, dejando la sala a obscuras, Helena y Bernie intercambiaron unas frases confortadoras a través de sus contiguas literas, ante el enojo de Ross. Los tres no tardaron en dormirse, dándole vueltas el joven al problema.

    Cuando se despertó vio que el doctor, Sam Jones, había entrado en la sala durante la noche, y se había tumbado en la litera más cercana a la suya. El reborde blanco estaba verdoso y tieso, producto de las manchas del Jugo Jones. Helena y Bernie aún dormían. Se levantó, se acercó a la puerta y probó el picaporte.

    Estaba cerrada, pero pudo percibir un rumor de voces al otro lado. Aplicó el oído al frío acero. El fruto de su curiosidad fue magnífico, aunque alarmante.

    —...matarles en cualquier sitio. —...sin embargo, el sistema de la prótesis jamás ha matado a nadie.
    —¿...queréis matarles porque sí o porque estáis asustados de los Pepises?

    Luego, aparentemente, los Jones se alejaron de la puerta. Ross sintió que un sudor frío le perlaba la frente, y en la boca del estómago había un vacío que ningún desayuno podía hacer desaparecer.

    Dio media vuelta cuando oyó la voz de Sam Jones preguntar penosamente:

    —¿Has oído algo agradable, forastero? El cirujano, con aspecto miserable, se había incorporado y lo contemplaba con ojos inyectados en sangre.
    —Están hablando de matarnos — fue la concisa respuesta.
    —No son muy inteligentes — observó Sam Jones —. Lo son sólo hasta el punto de obligarme a que trabaje para ellos, tentándome con copiosas libaciones de ese maldito licor verde, que yo no sé usar con moderación.
    —¿Te gustaría apartarte de ellos? — intentó averiguar Ross.

    Sam Jones, sin contestar, extendió su mano. Temblaba como una hoja de árbol.

    —Por su inescrutable razón, Jones me concede la seguridad de mi mano durante una operación destinada a frustrar su gran designio. Entonces me arrolla con una poderosa sed, para que olvide mi vergüenza.
    —No hay designio — replicó Ross —. O si lo hay, por fortuna este planeta no es más que una mínima parte del mismo. En mi vida he escuchado tantas frases arrogantes. Vosotros, que no sois más que unos mosquitos perdidos en un rincón de una simple galaxia, pensáis que todo el Universo se ha edificado para vuestro esplendor, y de acuerdo con la pauta de vuestra existencia. ¡Estáis equivocados! Yo he visto la vida en muchos sitios y sé que no es así.

    El doctor se pasó una temblorosa mano por los ojos.

    —Jones no ha sido burlado — dijo —. L sub Tes al sub cero como T menor es a dos N. No puedes refutar eso, forastero. No puedes refutarlo.

    Ross comprendió que detrás de su temblorosa mano el cirujano estaba sollozando.

    —No hay que refutar nada — contestó, con más suavidad —. Es algo que se debe comprender — le contó entonces a Sam Jones las dos ocasiones en que había escuchado la misma fórmula anteriormente. El doctor levantó la mirada, lleno de estu-por —. ¿Y ahora, no le gustaría liberarse, doctor? ¿Liberarse de sus temblorosas manos, liberarse de su culpa, liberarse de sus asesinos? ¿No le gustaría conocer la verdad?
    —Si me atreviera... — fue la débil respuesta. —El museo de la ciudad Tierra — le apremió Ross —. Consígame archivos, datos, hechos, lo que sea de la Guerra de los Jones. Si la fórmula tiene algún significado, tiene que estar ahí. Debió haber una batalla respecto a su interpretación y ya sabemos quiénes ganaron. Averigüemos qué afirmaba el otro bando. Lléveme allí — pensaba en la desdichada contienda del fanatismo que había ensangrentado a su propio planeta. La débil mandíbula del doc-tor se estaba afirmando, aunque sus ojos aún seguían acobardados —. ¡Líbrese de sus amigos asesinos, doctor! — le urgió Ross —. Dígales que va a utilizarnos para sus experimentos por el coste de la operación. Esto los atraerá a su alrededor. Entonces, los encerraremos. Nos libraremos de ellos. ¡Y marcharemos rápidamente en busca de los datos! —Ser libre... — murmuró el doctor, pensativamente. Añadió, tras una pausa —: Lo intentaré, pero...

    En la puerta de acero se produjeron una serie de llamadas en clave.


    11


    ¿Quién crees que soy? ¿Un Jones? Tuve que dejar a sus amigos detrás — dijo el doctor con cierta beligerancia —. Bastante me costó conseguir esas pelucas para que pudieran venir conmigo. Al fin y al cabo, no soy un obrador de milagros.

    —Está bien, está bien — gruñó Ross, con el ceño fruncido. Se asomó por la ventanilla del coche y escupió un pelo rojizo que se le había pegado en una comisura de la boca. Lo malo de la falsa barba era que se despegaba, constituyendo el peor de los tormentos sufridos por Ross. Pero al menos, éste, en lo externo y a cierta distancia, podía pasar por un auténtico Jones.

    ¿Qué estarían pensando Helena y Bernie? No había podido decirles nada, ya que cuando el doctor se lo había llevado ellos aún dormían. Ross apartó de su mente este problema, ya que había otros más inmediatos e importantes.

    Cautelosamente palpó su peluca para comprobar que seguía en el debido lugar. El doctor no parecía apartar la mirada del volante, pero le advirtió:

    —No la toque. Es la primera cosa que miran los Pepises, si alguien no está seguro por completo de su pelo. No le caerá.
    —¡Humm...! — murmuró Ross. La ruta iba empeorando, al parecer. Llevaban ya varias millas sin haber visto ninguna casa. Al doblar una curva vieron un cartel.

    ¡ALTO!
    Zona restringida.
    AVISO: Esta carretera está minada. ¡No se permite el tráfico! Retroceded. Quienes no obedezcan esta orden morirán sin más advertencia. Decreto: 404 - 5.
    El Comisariado de Cultura y Solidaridad del Pueblo.


    El doctor escupió despreciativamente por la ventanilla y aceleró la marcha. —¡Eh! — exclamó Ross.

    —No se preocupe, muchacho — le contestó el doctor, tranquilamente —. Esto es sólo cosa del Culturaniks. Nadie les hace caso.

    Ross soltó un respingo y se acomodó lo más ligeramente posible en el asiento tapizado del coche. Cuando hubieron recorrido un cuarto de milla, empezó a pensar, más calmado, que el doctor sabía lo que se decía. Luego, el médico giró bruscamente el volante, haciendo patinar el coche y sacándolo casi fuera de la carretera. Lanzó una maldición y giró el volante hasta haber enderezado el auto.

    —¿Qué pasa? — inquirió Ross, yertos los labios, —El coche — gruñó el doctor —. Chocó contra una mina. ¡Malditos idiotas!
    —Pero usted dijo... — rezongó Ross. —A callar — le ordenó el otro, tensa la voz —. Esto fue hace varias semanas; desde entonces no han tenido ocasión de poner nuevas minas — una pausa —. Así lo espero.

    El auto rugió. Ross cerró los ojos, abandonándose a lo que el destino le tuviese reservado. Pero si era malo ver lo que estaba pasando, el traqueteo, los saltos, la desesperada carrera era aún peor con los ojos cerrados. Volvió a abrirlos a tiempo de ver otro cartel que desapareció antes de poder leerlo. —¿Qué decía? — preguntó. —¿Qué importa? — refunfuñó el doctor —. ¿Quiere retroceder?

    —Bien, no... — Ross meditó un instante —. ¿Pero tenemos que correr a esta velocidad?
    —Sí, si queremos llegar allá. Hemos atravesado una pantalla de radar de los Pepises hace diez millas. A estas horas estarán persiguiéndonos.
    —Oh, entiendo — dijo Ross, débilmente —. Mire, doctor, dígame una cosa. ¿Por qué desean que cueste tanto llegar a ese sitio?
    —Zona tabú — replicó brevemente el doctor —. No está permitida.
    —¿Pero por qué no está permitida?
    —Porque no. No desean que la gente vaya husmeando entre sus antiguos recuerdos.
    —¿Por qué, pues, no colocan sus antiguos recuerdos en una caja fuerte... o los queman todos?
    —Porque no, ésta es la respuesta. ¡Y cállese! ¿Espera de mí que le diga por qué los Pepises hacen algo? Ni ellos mismos lo saben. Supongo que destruir no es obrar a lo Jones.

    Ross se calló. Se recostó contra la ventanilla, dejando que la brisa le refrescase la cabeza. Estaban corriendo por en medio de un bosque de árboles de color purpúreo y largas y afiladas hojas. El cielo estaba nítido y frío. Era una hora temprana de la mañana. Ross respiró hondamente. En el planeta Halsey se estaría levantando, saltando del suave y mullido lecho, con tiempo suficiente para desayunarse, saltar luego al interior de un cómodo coche que le llevaría al aeropuerto, donde era respetado, estaba a salvo... ¡Maldito Haarland!

    Al menos, pensó Ross, comenzaba a tomar forma una especie de pauta. Los planetas que estaban incomunicados, cada cual por sus propios motivos. ¿Pero no existía en cada caso un motivo de motivos? ¿No existía un designio todopoderoso..., una explicación que abarcaba todos los hechos, que apuntaba hacia una solución?

    Se enderezó cuando se acercaron a una hilera de carteles. Los leyó apresuradamente al pasar:

    "Obreros, aldeanos, Jones...
    Saber por todo esto...
    Si no os detenéis a pesar de todos...
    ¡Que este infierno os aplaste!"


    —¡Agáchese! — le conminó el doctor, agazapándose en su asiento y guiando el coche con una sola mano. Ross, sobresaltado, siguió el ejemplo, pero no antes de haber visto que "este infierno" era un cañón automático, de disparo rápido y maniobrado por radar, montado unas cuantas yardas después del último cartel. De la boca del arma pareció surgir un trueno y una lluvia metálica se aplastó contra los costados del coche. El doctor volvió a incorporarse tan pronto como se hubo producido la explosión; evidentemente, sólo había que temer una.
    —Ja, ja... — era una burla contra los ausentes fabricantes del cañón —. Esta arma de cincuenta milímetros no conseguiría agujerear una lata. Ross, jadeante, se alzó a tiempo de divisar el último cartel de la serie:

    "Por orden del Consejo Democrático de Artes
    y Ciencias del Pueblo, División de Armas Cortas."


    —Ni siquiera saben redactar un pareado — exclamó críticamente —. ¿No ha observado la primera y la tercera palabra del verso?

    Sorprendentemente, el doctor le miró y se echó a reír con una nota de respeto. Apartó la mano del volante para palmear el hombro del joven.

    —Todavía llegará a ser un buen Jones, muchacho — le dijo —. No se preocupe por tales cosas; ya le dije que este lugar está restringido. No vale la pena molestarse por estas simplezas.

    Ross halló fuerzas para sonreír. Hay un momento, pensó con extrañeza, en que el valor se encuentra con facilidad; y ahora era la única cosa que le quedaba. Se sentó muy erguido y aspiró más profundamente el aire. Y entonces ocurrió.

    Doblaron otra curva. El doctor pisó fuerte el freno. Suspendido sobre la carretera había un solo cartel, de dimensiones enormes.

    ¡ESTO ES TODO, JONES!
    LA POLICÍA DEL PUEBLO.


    El coche viró, resbaló y patinó. Las ruedas frenaron, pero no a tiempo de impedirle deslizarse al interior del pozo, ancho y profundo de cuatro pies, excavado delante de ellos.

    Ross oyó partirse el eje y estallar los neumáticos; pero la respuesta del vehículo fue igual al reto. Saltó por el aire y cayó hecho un montón de chatarra en el suelo; pero no había huesos rotos.

    Penosamente, Ross empujó la portezuela y salió. El doctor apareció detrás, cojeando, y ambos se sentaron al borde del pozo, contemplando el arruinado coche.

    —Era un buen auto — comentó el doctor. De pronto, le hizo una señal a Ross ordenándole silencio y tendió el oído. Se oía un rumor distante, como si otro vehículo estuviese recorriendo el mismo tramo de carretera por lo que acababan de pasar. Ross no estaba seguro, pero la expresión del doctor le convenció.
    —Pepises — dijo brevemente —. Desde aquí seguiremos a pie. No nos seguirán más allá del pozo, pero salgamos de su vista. ¡Nos matarán si nos ven!

    Ross le contempló incrédulamente.

    —¿Esto es la Tierra?
    —Esto es — respondió el doctor, resoplando y mirando a su alrededor con curiosidad —. He oído hablar mucho de ella, pero no la había visto jamás.

    Parece muy divertida, ¿verdad? — asió a Ross, mostrándole una estructura de concreto que se alzaba a un lado de la carretera —. ¿Ve aquel puesto de peaje? ¡Ocho lados!

    —Sí, muy divertido — asintió Ross, débilmente —. Doctor, ¿por qué no sale a dar una vuelta un rato? Ese edificio de enfrente es el museo, ¿verdad?

    El doctor parpadeó. Tenía unos ojos naturalmente relucientes y su respiración era rápida, pero ahora estaba intentando parecer casual en presencia de aquellas múltiples obscenidades del destino. Se humedeció los labios.

    —¡Pilastras redondas! — se maravilló —. Sí, creo que esto es el museo. Bien, usted vaya adentro, mientras yo me dedico a ver lo que haya por ver — se alejó tambaleándose y poco después se perdió de vista al doblar una esquina.

    Ross suspiró y echó a andar por entre las desiertas calles llenas de hierbajos, hacia el edificio de piedra, en cuyo frontispicio sólo se destacaba una sola palabra: Tierra. Ross estaba seguro de que todo era una monstruosa equivocación, ya que la Tierra tenía que ser un planeta y no una ciudad. Sin embargo...

    El museo tenía la respuesta.

    En la portalada doble de entrada había un letrero.

    "Información General.
    Prohibida la entrada a toda persona desprovista de autorización."


    Pero los sellos que habían antaño clausurado la portalada habían sido rotos por alguien y una de las hojas estaba desgonzada.

    El joven penetró en el interior del museo y tropezó con un esqueleto, seguramente del último visitante. Tenía el cráneo aplastado por una viga. Debía haber habido algún mecanismo oculto, un gatillo, un muelle, un disparador. Todo estaba enmohecido, y el muelle debía haber perdido su tensión con los años. ¿Un siglo? ¿Dos? ¿Cinco? Ross esperó que cualquier otra trampa se hallase también fuera de uso, y cautelosamente fue avanzando por entre el enorme vestíbulo, dispuesto a dar un salto de retroceso al menor rumor de un disimulado mecanismo en acción.

    Pero no ocurrió nada. El lugar estaba muerto. Explorando una sala tras otra, comprendió lentamente que estaba aprendiendo historia en sucesivas etapas. Lo primero había sido la trampa de la carretera, con sus diversos carteles y avisos, pla-neados para desalentar a cualquiera. No había habido verdadera prohibición de acceso, ya que apenas existía la posibilidad de que nadie desease visitar el lugar.

    Luego, el cartel de entrada y la trampa de la viga. Un período más primitivo. Alguien había dicho en un momento dado:

    Este episodio ha concluido. Esta historia ha terminado. Todos hemos llegado a un acuerdo. Sólo un peligroso o frívolo merodeador puede gustar de revolver entre estas cenizas frías.

    Y entonces, escudriñando por todo el museo, Ross descubrió la era en que se había llegado al acuerdo, durante el cual era necesario aún insistir y demostrar.

    Las salas exteriores y las abiertas vitrinas eran testimonios de los Jones. Había libros de Jonesología, ingeniosos, persuasivos y divididos normalmente en tres secciones. La Jonesología humana era un singular esfuerzo para determinar las tolerancias físicas y mentales de un Jones. Los atlas anatómicos daban con toda exactitud las longitudes de los fémures, los ángulos craneales, el color de los ojos hasta un angstrom, el espesor de un pelo hasta un micron. La Jonesología moral trataba de los peligros de desviarse de estas especificaciones físicas y mentales. (Y aparecía de nuevo la fórmula, invocada repetidamente aunque no explicada.) Y la Jonesología sagrada formaba una serie de conceptos referentes a la naturaleza del Jones según cuya imagen todos los Jones habían sido creados.

    Las subdivisiones de las vitrinas abiertas contenían obras de Jonesología geográfica (la distribución de los Jones en el planeta) y trabajos similares.

    Ross siguió buscando otras etapas anteriores de la historia, y por fin halló un gran montón de folletos.

    Camaradas, debemos proceder a consolidar nuestra Victoria.

    El Ultra-Jonesismo, un Desorden Político Infantil.

    Sobre el Fracaso del Jonesismo en una Región.

    Ross devoró todos aquellos antiguos escritos. Eran el añadido a la historia de una salvaje batalla política entre los dos bandos de una gran guerra. Se abogaba y se condenaba la clemencia; la exterminación de la oposición era mencionada casualmente; la facción cultural y la facción biológica habían quedado evidentemente soterradas bajo aquella contienda mortal. Atravesado en la primera hoja de cada folleto había una frase similar: la fórmula. Se mencionaba enigmáticamente en un folleto, que casi de modo incomprensible adelantaba las proclamas de la facción biológica para la supremacía entre la unidad de los Jones:

    No olvidemos, camaradas, que la iniciación de la gran Guerra no fue causada por nuestra voluntad ni por la de nuestros valientes y sinceros adversarios, los culturales. La inexorable ley de la naturaleza, Lt / LOe = t / 2N. fue el fuego de este holocausto del que nuestro planeta ha resurgido purificado...

    ¿Y ahora qué?

    La entrada a un ala enmohecida, sin ventilación, había sido antaño tapiada con ladrillos. Pero el cemento estaba agrietado y algunas piedras habían caído. Sobre el dintel arqueado, unas letras pregonaban los Archivos Militares. En el suelo había caído una placa de metal cuya inscripción, simplemente, decía Almacén de la Muerte. Le pegó un puntapié a los ladrillos y atravesó la derribada tapia.

    La sala carecía de iluminación, excepto la luz diurna que se filtraba a través de la violada puerta. Ross fue examinando mapas, órdenes, periódicos, historias y manuales militares, que extendió sobre el suelo. Tardó sólo unos minutos en comprender que había logrado la respuesta. Corrió al exterior y llamó a gritos al doctor.

    Juntos se inclinaron sobre aquellos documentos, leyendo ocasionalmente aquellos fragmentos en voz alta.

    La declaración más sencilla que encontraron del problema se hallaba en el folleto "Por qué luchamos", editado para los individuos alistados por el Ejército Gubernamental Provisional del Continente Norte.

    ¿Qué es un Jones? — preguntaba retóricamente el folleto —. Un Jones es un ser humano, igual que tú y que yo. No hagas caso del rumor de que un Jones es un ser sobrenatural o inmortal, y ríe cuando oigas tales afirmaciones. Tienen su origen en la extraordinaria semejanza de un Jones con otro. Matar a un Jones con una bala y ver venir a otro hacia ti con una bayoneta calada es una experiencia que hiela la sangre, y en la confusión de la batalla puede parecer que el Jones muerto ha resucitado y te ataca. Pero no es así. No dejes jamás pasar el rumor sin contestar, no dejes de informar del mismo.

    ¿Cómo consiguieron esto los Jones? La mayoría de vosotros erais demasiado jóvenes cuando empezó esta guerra para poder daros cuenta de los hechos. Desde entonces, el truncamiento de la educación y las facilidades de comunicación normal debido a la guerra os ha dejado en la obscuridad. Esta es, pues, la declaración autorizada en un lenguaje simple que explica por qué luchamos.

    Este planeta fue colonizado, seguramente desde el casi legendario planeta la Tierra. (El famoso edificio de los Archivos Tierra, incidentalmente, se supone que consiguió dicho nombre en memoria del planeta.) Se presume que el número de colonizadores fue pequeño en su origen, probablemente unos centenares. Aunque el número de seres humanos en el planeta se acrecentó enormemente con el transcurso de las generaciones, genéticamente la población continuó reducida. Las unidades hereditarias se fueron combinando y barajando en diversas combinaciones, pero sin añadir ninguna novedad. Es una ley genética que en las poblaciones reducidas, las variaciones tienden a nivelarse y que cada miembro de la población tiende a convertirse en un ser igual a los demás. Los genes tránsfugas se pierden con el paso de las generaciones, y el producto final de este proceso sería teóricamente una población en la que cada miembro tuviera exactamente los mismos genes que los demás componentes. Esta es una imposibilidad práctica, pero los Jones contra quienes luchamos son una trágica demostración de que el proceso no necesita ser llevado a sus últimos extremos para dislocar la vida de un planeta y causar la desdicha interminable de sus moradores.

    Según nuestros más antiguos archivos siempre ha habido Jones. Se ha teorizado que este tipo adelgazado y pelirrojo se hallaba profusamente representado a bordo de la astronave colonizadora, pero algunos expertos creen que un solo tipo Jones y la casualidad pueden haber sido suficientes para producir la desdichada situación de este modelo predominante.

    Hace veinticinco años, los Jones se hallaban por doquier entre nosotros, y no, como ahora, apartados en el Continente Sur y organizados en una nación agresora. Formaban un treinta por ciento de la población y se habían constituido en una organización muy unida y dedicada a la mutua ayuda. Mantenían la balanza política del poder en las elecciones desde el nivel municipal al planetario, y monopolizaban virtualmente toda la producción y las finanzas. Había entre ellos fanáticos y agitadores que fácilmente sabían explotar cualquier conato de descontento respecto a una serie de leyes perturbadoras, que finalmente empujaron a una mayoría planetaria, unida al fin en un interés común, a la defensa contra la rapacidad y los intereses egoístas de los Jones.

    Los Jones se retiraron en masa al Continente Sur. Algunos, sinceramente, creían sus doctrinas; otros deseaban la secesión sólo como un gesto infantil y burlón. Únicamente un puñado de ciudadanos sospecharon la terrible verdad y se burlaron de ellos. Cinco años después de aquella retirada, los Jones volvieron a la Península Vandemeer y dio principio la guerra.

    Una última advertencia. Se ha hablado mucho entre las tropas de la fórmula Jones, que es: Lt / LOe = t / 2N. Algunas personas mal informadas creen que es una invocación que les concede a los Jones un poder sobrenatural y la invulnerabilidad. No es así, Es meramente una antigua fórmula muy conocida en la genética que, cuantitativamente, describe la pérdida de genes tránsfugas de una población. Mediante esta fórmula, los Jones expresan simplemente en una forma compacta su irreglamentaria determinación de que todos los genes desaparezcan del planeta, excepto los suyos, sobreviviendo sólo una raza. En la fórmula, Lt significa el número de genes después del lapso de años T; L0 representa el número original de genes, es la base del sistema natural de logaritmos, y N el número de generaciones.

    —¡Conque esto era mi Dios! — exclamó lentamente el cirujano. Extendió las manos al frente. Sus dedos no temblaron.

    Ross le dejó y fue recorriendo el pasillo. Bien, ahora ya lo sabía. Pérdida de genes en poblaciones reducidas genéticamente. En el planeta Halsey debía haber algún gene fertilizante todavía. En Azor, un gene unido al sexo masculino que proporcionaba hombres con la medula necesaria para salir adelante en la incesante guerra de los sexos, con toda seguridad. Bernie era un tipo sin carácter. Demasiados genes para determinar un somatotipo. ¿Y quién sabía nada de los planetas que se hallaban incomunicados? ¿Genes de tipo científico? ¿Genes determinantes del impulso sexual?

    Una cosa estaba clara: toda pérdida de genes era perjudicial para la supervivencia de una colonia planetaria. La evolución había, en la Tierra, producido en un billón de años un mecanismo de trabajo: el hombre. Y el hombre exhibía una gama conside-rable de variantes, gracias a lo cual sobrevivía, habiendo podido resistir toda clase de catástrofes.

    Que se redujese el hombre a un solo tipo y con toda seguridad sucumbiría más pronto o más tarde. El problema, ahora claramente establecido, era mayor de lo que había soñado. Y sólo conocía el problema... no la solución. Tenía que ir a la Tierra.

    Bien, lo había intentado ya. No había sido un fracaso, no había habido fallo en sus cálculos de los controles Wesley. Sin embargo... se hallaba en Jones, no en la Tierra; la ciudad era sólo una ciudad, no el planeta que los mapas celestes señalaban. Y el planeta, aparte de otras consideraciones, no tenía nada que ver con la Tierra. La gravitación estaba equivocada, igual que la atmósfera, la fauna y la flora.

    Bien, eliminad la imposibilidad y lo que resta, sin embargo, es la verdad. Con que había habido un fallo en sus cálculos. Y la única manera de comprobarlo definitivamente era regresando a la nave.

    Ross retrocedió hacia la sala de libros.

    —Doctor — gritó —. ¿Cómo podemos salir de aquí?

    La respuesta fue: sobre el vientre.

    Se arrastraron durante varias horas por el bosque, esquivando la carretera y ocultándose cada vez que un ruido sospechoso les advertía que alguien podía hallarse en la vecindad. Los Pepises sabían que ellos estaban en el bosque, de esto no había duda. Y tan pronto como pasasen por la zona prohibida tenían que aplastarse contra el suelo.

    Había ya anochecido cuando Ross y el doctor, doloridos, lastimados, llegaron a la aldea de Pico Jones. A la luz de la única ventana de la aldea que daba señales de vida, el doctor contempló horrorizado a Ross y se estremeció.

    —Espere aquí — le ordenó —. Ocúltese bajo un arbusto. Su barba se ha desgastado.

    Ross vio cómo el doctor llamaba a la puerta del edificio y luego penetraba en su interior. No pudo oír la conversación que siguió a continuación, pero vio cómo la mano del doctor se dirigía a su bolsillo, y luego cómo la mano del dueño de la casa se ce-rraba sobre sí misma. Ross se dio cuenta de que era el lenguaje que toda la galaxia comprendía; sólo cabía esperar que el dueño de aquella casa fuese un hombre honrado, es decir, que se dejase sobornar en lugar de correr a informar a los Pepises de su presencia en el lugar. No había la menor duda de que sus descripciones habían sido radiadas aquella misma mañana, ya que la carretera debía estar plagada de objetivos de televisión tridimensional.

    La puerta volvió a abrirse y el doctor apareció, andando con animación. Luego esperó a que se presentase Ross.

    —Bueno — le susurró el doctor —. Nos recogerán dentro de media hora, a un cuarto de milla, carretera abajo. Vamonos.
    —¿Y el hombre con quien ha hablado? — quiso saber Ross —. ¿No nos denunciará?

    El doctor soltó una risita.

    —Le di un trago de Jugo Jones de mi provisión particular. No, no denunciará a nadie, al menos hasta que vuelva en sí.

    Ross asintió en las tinieblas. Tenía una idea, aunque la reprimió. Pero no por mucho tiempo. Cautelosamente dejó que volviera a fluir de su subconsciente, y luego la examinó desde todos los ángulos posibles.

    No cabía ninguna duda. ¡Las cosas estaban definitivamente acelerándose!

    —¿Qué diablos se imagina que es usted, doctor? — rugió Ben Jones.

    El doctor empujó a Ross hacia la puerta y se volvió para enfrentarse con los otros Jones.

    —¿Cómo? — preguntó suavemente.
    —¡Ya me ha oído! — vociferó el otro —. Le permití salir con este tipo y creo que cometí un error. Pero no le permitiré que salga con los tres. ¿Qué es lo que está tramando usted?

    La expresión del doctor no cambió. Dio un simple paso adelante. "Un puñetazo."

    Ben Jones retrocedió con la boca abierta y una mano en la cara.

    —¡Eh! — chilló.
    —Se lo diré una sola vez, Ben — dijo el doctor —. "No me contraríe." Usted tiene las armas, pero yo tengo a éstas — y exhibió sus manos —.

    Puede matarme, no lo niego. Pero no podrá conseguir ya que efectúe esos trabajos sucios para ustedes. Desde ahora en adelante voy a seguir mi propia vida, con estas tres personas, con mi propia voluntad, con la cirugía plástica que ustedes guardan en sus coches blindados. O mejor dicho, no habrá ya más cirugía plástica.

    Ben Jones soltó un respingo, y Ross pudo observar cómo el tipo luchaba consigo mismo.

    —No hay motivo para ponerse así, doctor — repuso al cabo de un instante —. ¿No hemos ido siempre de común acuerdo? Pero tal vez usted no se da cuenta de lo peligrosos que pueden ser estos tres...
    —¡A callar! — rugió el doctor —. ¿Bien, muchachos?

    Los otros dos Jones de la habitación se removieron inquietos.

    —No seas tonto, Ben — dijo uno de ellos —, pero creo que él tiene razón. Nosotros y el doctor sostuvimos una pequeña charla antes de tu llegada. Tienes que admitir que él ejecuta su trabajo; por tanto, podemos permitirle que diga algo por su cuenta.

    La mirada que Ben Jones le dirigió fue puro veneno, pero el otro la sostuvo, y Ben no tardó en desviar los ojos.

    —De acuerdo. Adelante, doctor. Hablaremos de todo esto más tarde, cuando los ánimos se hayan enfriado.

    El doctor asintió con frialdad y siguió a Ross al exterior. Helena y Bernie, debidamente jonesificados para la ocasión, ya se hallaban en el coche; Ross y el doctor se les reunieron, y el vehículo arrancó. Ahora que la tensión no existía, el doctor jadeaba, aunque tenía los labios entreabiertos en una sonrisa.

    —¡Malditos hijos de Jones! — exclamó —. ¡Llevo cinco años esperando este día!
    —¿No hay peligro? ¿No nos perseguirán? — quiso saber Ross.
    —No, no al menos Ben Jones. Tiene su propio método para manejar los asuntos. Pero si fuésemos lo bastante estúpidos como para volver a su madriguera, después de haber podido él hablar a solas con los demás sin mi presencia, todo sería distinto. Pero no regresaremos.
    —¿Ni siquiera usted, doctor? — inquirió Ross, muy abiertos los ojos.
    —Especialmente, yo no — el doctor se concentró en el volante —. Si les llevo hasta un sitio cercano, ¿sabrán encontrar la astronave?
    —Seguro. Y, doctor..., bienvenido a nuestro grupo.

    Jamás les había parecido mejor el espacio.

    Ascendieron a medio millón de millas lejos de los Jones, y Ross examinó irritado el control Wesley mientras los demás le rodeaban, haciéndole toda clase de sugerencias. Estableció las integrales de la Tierra, como ya había hecho antes; el resultado fue el mismo. Trasladó los cálculos a los controles y volvió a comprobarlos con el cuaderno de a bordo. Lo mismo. La astronave debía ir recta como una flecha geodésica de cinco dimensiones hacia el planeta Tierra.

    En cambio, al comprobar el mapa estelar, vio que iban en la dirección contraria, hacia el planeta Jones.

    Arrojó el lápiz al otro lado de la cabina y lanzó una maldición.

    —¡No lo entiendo! — reconoció. —Es un error, Ross — le consoló Helena con gravedad —Ya sabes cómo son las máquinas. Siempre hacen algo raro cuando menos lo esperas. Ross se mordió los labios, Bernie contribuyó con una frase banal, y el doctor Sam Jones, cuya raza había perdido el recuerdo de los vuelos espaciales, hizo una sugerencia. Ross siguió maldiciendo, incluyendo en sus denuestos a la nave, a Haarland y a todos los presentes.

    Helena le volvió la espalda. —Por la forma como se comporta Ross a veces, cualquiera pensaría que es el único que sabe gobernar una nave como ésta — exclamó, burlonamente —. ¡Dios mío! ¡Yo sé de sobras que es imposible fiarse de este cuadro de mandos! ¿No pasé yo por la misma experiencia?

    Ross apretó los dientes y reemprendió los cálculos en busca de las coordenadas terrestres. Luego, abatido, se volvió hacia la joven.

    —Helena — susurró —. ¿Cuál fue tu experiencia? —¡La misma de ahora! ¿No te acuerdas, Ross? Cuando tú y Bernie estabais en la cárcel y yo fui a rescataros.
    —¿Qué sucedió? — vociferó Ross.
    —¡Dios mío, Ross, no me chilles! Todo el tiempo había esta misma luz idiota. Me hacía salir de mis casillas. Bien, yo sabía perfectamente que no llegaría a ninguna parte si los mandos seguían actuando así, y entonces...

    Ross, como deslumbrado, transfigurado, levantó la tapa de la primera unidad Wesley. Bajo el zócalo de la señal de alarma, entre dos delicadas hélices que formaban una parte básica del impulso Wesley, encajada entre un tornillo excéntrico y una rejilla de cristal había... una horquilla de pelo. La cogió y la contempló con incredulidad.

    —Dice en el manual —citó maravillado —: "No deberán producirse alteraciones de ninguna clase en cualquier parte de la unidad impulsora Wesley, por parte de ningún técnico, bajo una proporción C-12." Y claro, a Helena no le gustó que sonase la alarma. Conque la acalló. Con una horquilla para el pelo.

    La joven se echó a reír y se giró hacia Bernie.

    —¿No es gracioso? — le preguntó.

    Los ojos de Ross centellearon y sus manos se abrieron y cerraron convulsivamente.

    —¡Gracioso! ¡Gracioso! ¡Gracioso! ¡Gracio...!
    —¡Socorro! — chilló Helena, al ver que el muchacho avanzaba hacia ella.

    Los otros dos consiguieron sujetar a Ross y calmarle con la ayuda de una jeringa del estuche del doctor.

    Helena prorrumpió en lágrimas, tratando de justificarse.

    —¡No hay motivo para que se ponga así...!

    Todos le dedicaron unas miradas heladas. Pero después comenzó a establecer las coordenadas de la Tierra en la unidad Wesley para el salto a la Tierra.


    12


    Ross despertóse lúcido de mente y alerta. Helena y Bernie le miraron con aprensión. Lo comprendió todo y lanzó un gruñido.

    —Siento lo ocurrido. No quise asustaros. Pero todo lo vi de color rojo...

    Le tranquilizaron, asegurándole que lo comprendían perfectamente, y Helena le prometió que no volvería a poner nunca más una horquilla en la unidad Wesley. Ni aunque la nave estuviera a punto de estallar. Ni aunque tuviera que rescatar a alguien del "Minerva".

    —Bien — añadió contenta —, nos hallamos cerca de la Tierra. Bueno, según los mapas, debe ser la Tierra.

    Ross se levantó y estudió el planeta a través de una pantalla visual amplificadora. La distancia aparente era de una milla, y nada quedaba oculto.

    —¡Atiza! — exclamó —. ¡La ciencia nos hace comprender cuan miserables y torpes somos!

    Lo habían conseguido al fin. Se hallaban cerca del misterioso planeta verde y azul. ¡Ciencia! Las ciudades blancas, con torreones, cuyas espirales se veían enlazadas por puentes colgantes... e inexplicablemente decoradas con algo que parecía aletas frigoríficas. Enormes vehículos de líneas aerodinámicas recorrían con indolencia las carreteras y las calles. Grandes ciudades, como pontones, surgían del seno de los mares. ¡Ciencia!

    —Hemos llegado — dijo Ross con reverencia —. Flarney tenía razón. Helena, Bernie, doctor..., tal vez sea éste el planeta padre de todos nosotros, o tal vez no. Pero la gente que construyó estas ciudades tiene que conocer la respuesta. Helena, ¿aterri-zarás con nosotros?
    —Claro, Ross. ¿Busco un aeropuerto espacial?

    Ross frunció el ceño.

    —Sí. ¿Crees que esta gente es salvaje? Bajaremos abiertamente y les presentaremos nuestro problema. Además, deben poseer unas magníficas instalaciones de radar. Aunque quisiéramos, no podríamos pasar desapercibidos.

    Helena, como por casualidad, manipuló los mandos; se oyó el chasquido característico del aterrizaje, repetido varias veces. En tanto la nave daba varias vueltas en órbita en torno al planeta, la joven dijo por encima del hombro:

    —Me ha costado mucho descubrir un aeropuerto con este radar tan minúsculo, pero por fin he visto uno situado cerca de una ciudad costera. ¡Vaya, está cerrado! Lo siento, Ross. Había uno junto a un lago, pero no me ha gustado. Bien, todos quietos. Esto es lo más difícil y tengo que concentrarme.

    Ross suspendió el aliento.

    Helena hizo aterrizar la nave con los rechinamientos de costumbre.

    —Ahora — añadió animadamente — será mejor que dejemos que esto se enfríe un poco. Estupendo, ¿verdad?

    Ross se levantó, ya que el choque le había arrojado al suelo, y atisbo hacia el exterior. Sí, estupendo. El campo de aterrizaje, bordeado por graciosos y aleves edificios (con las aletas frigoríficas) estaba punteado por grandes astronaves plateadas. Ross pensó, con una punta de irritación, que no parecían naves espaciales. ¡Seguramente Helena les había llevado a algún aeropuerto local! Sin embargo, también las naves poseían aletas. Las estudió con extrañeza y excitación. Ciertamente, debían servir para algo, y su función podía ser muy bien la recepción de alguna clase de energía. ¿Podría ser la espita tan soñada de la energía cósmica? ¡Qué maravilla sería poder llevársela consigo! ¡Y qué otras maravillas podía ofrecerle aquella depurada técnica...!

    Fue Bernie quien le distrajo de sus meditaciones.

    —Oye, Ross — le dijo —, aquí viene alguien.

    A través del campo se acercaba a ellos un magnífico vehículo. Era largo, bajo, en forma de proyectil, y provisto de las aletas. Sus múltiples placas de metal contrastaban con su negra pulimentación. En torno a toda su periferia había una intrincada maraña de líneas metálicas. Ross suspiró, maravillado. Aquella gente había solucionado un problema de producción al estampar aquellas formas en sus matrices.

    Después observó los rostros de los pasajeros.

    Contuvo la respiración. Parecían dioses. Dos hombres cuyas cejas eran de alabastro, cuyas barbillas poseían la firmeza de la seguridad de la sabiduría. Dos mujeres cuyos rasgos serenos, encantadores, alegraban la vista y el corazón.

    El vehículo frenó a diez yardas del portillo ya abierto de la astronave. Desde el morro del coche saltó al aire una fontana de chispas de diez pies de altura que reflejó la gama del arco iris. Simultáneamente, uno de los pasajeros tocó el volante y se produjo una dulce, penetrante, imperiosa intimación, como un centenar de cadenas y abrazaderas al unísono.

    —Quieren que salgamos — susurró Helena —. Ross..., Ross..., ¡no puedo enfrentarme con ellos! — y la joven Helena enterró el rostro en sus manos. —Calma — le aconsejó él —. Sólo son seres humanos.

    Ross se asió a aquella creencia; tal vez por un segundo se había permitido pensar que tal vez aquellas personas no fuesen simplemente humanas.

    —Necesitamos tu ayuda — replicó roncamente —. Tal vez deberíamos hacer salir antes al doctor Jones. Es el mayor de nosotros y el único que puede llamarse científico; él sabrá cómo hablarles. ¿Dónde está?

    Una bronca voz Jones surgió de la cabina de control.

    —¿Quién pregunta por el doc... tor? ¿Quién pregunta por el buen doctor?

    El buen doctor trastabilló al salir de la cabina de control, gozando obviamente de un estado alcohólico excelente. Comenzó a canturrear:

    —En A. J. siete tres dos un Jones del valle de Jones, fue hacia la Ciudad Jones para celebrar un Concurso Jones.
    Chocó contra los caballeros y las damiselas; su garrulería parlanchina era perturbadora; hablaba de puertas de siete lados y de corbas de color púrpura…


    Enfocó los ojos sobre Helena. Se ruborizó.

    —Lo lamen... lamento mucho — musitó —. Una imper... imperdonable vulgaridad. Momen... momentáneamente he olvidado que había señoras presentes.

    La intimación volvió a dejarse oír.

    —Procure serenarse, doctor —le suplicó Ross—. Estamos en la Tierra. Esta gente parece... muy adelantada. No lo vaya a estropear todo. ¡Por favor!

    Sam Jones palideció y rompió en un sudor frío.

    —Discúlpeme — dijo, y regresó a la cabina de mando.

    Ross cerró la puerta.

    —Le dejaremos aquí. No le pasará nada — respiró profundamente —. Salgamos nosotros.

    Inconscientemente, Ross y Helena se aproximaron y se estrecharon las manos. Bajaron por la rampa ya desplegada y avanzaron hacia el vehículo.

    Una de las mujeres les examinó con atención y luego se giró hacia el hombre que estaba a su lado.

    —¡Yusitheybebems! — exclamó con voz melodiosa.

    El pánico se apoderó de Ross por un instante. Era algo que jamás había pensado, pero que en realidad resultaba inevitable. Esa gente — más vieja e incomparablemente más avanzada que el resto del Universo — había llegado a crear un lenguaje especial, deliberada o naturalmente creado para expresar rápidamente la sutileza y la fuerza de sus ideas.

    —Gente de la Tierra — exclamó con gravedad —, nosotros somos seres de otra estrella. Nos entregamos a vuestra merced y solicitamos vuestra generosidad. Nuestro problema se halla representado por la ley genética L sub T es a L sub cero e como t minúscula es a dos N. Naturalmente...

    Uno de los individuos se había echado a reír. Ross calló.

    —¿Otra vez esto? — dijo aquél.

    ¡Habían comprendido! Ross repitió la fórmula más lentamente, y comenzó a dar explicaciones, pero el hombre le atajó.

    —Matemáticas :— sonrió —. Ya no las usamos. Yo tengo un ayudante de laboratorio; tal vez él sigue empleándolas.

    ¡Se hallaban fuera del alcance de las matemáticas! Habían inventado un razonamiento simbólico que debía estar tan lejos de las matemáticas como éstas se hallaban lejos de los lenguajes primitivos.

    —Señor — dijo Ross con avidez —, usted debe ser un científico. ¿Puedo rogarle...?
    —Entren — sonrió su interlocutor. Unas puertas gigantescas se desplegaron desde el vehículo. ¿Lectura de pensamiento? ¿Habían podido leer el problema en su cerebro antes de que lo expresara? Calladamente les hizo un gesto a Helena y Bernie. Ross pensó que el doctor estaría bien donde estaba durante unas horas, si es que el joven era buen juez en borracheras.

    El individuo, el científico, maniobró de alguna forma en un cuadro de mandos muy reluciente que era, literalmente, mucho más complicado que la unidad Wesley de la astronave. Surgió un ruido que Ross por el momento identificó como musical. Era una música simple, formada por tres golpes y un chasquido, tres golpes y un chasquido. Luego se oyó un canto litúrgico, una voz de tenor que preguntaba monótonamente:

    —¿Es éste vuestro coche? Y el coro respondía:
    —¡NO!

    Demasiado profundo para él, pensó Ross tristemente mientras el coche arrancaba. Sus ojos se fijaron en el cuadro de mandos y en la mayor de sus clavijas, mientras una aguja en un dial pasaba de un cuarenta a un cincuenta y a un sesenta rojo, proporcionales a la velocidad del vehículo. Incapaz de concentrarse a causa de la extraña música, sin poder conversar, meditó qué unidades de tiempo y espacio eran aquéllas que daban lecturas de cincuenta y sesenta para una velocidad tan lenta, poco más de la vivacidad de un paseo, puesto que los objetos desfilaban con gran lentitud. Sin embargo, se oía el zumbido del viento denotador de una enorme velocidad, lo cual podía ser el resultado del sistema de aletas. Quiso formularle una pregunta al conductor, pero no obtuvo respuesta. El aludido se limitó a sonreír, a acariciarle el hombro y a volver a concentrarse en la conducción.

    Pasaron junto a un edificio, también con aletas, y Ross casi gritó cuando vio lo que había al otro lado: la curva de una carretera sólidamente atestada de vehículos que corrían a una velocidad de locura. Y el chófer no paró.

    Ross cerró los ojos y apuntaló los pies en el suelo, esperando el choque que no llegó. Cuando abrió los ojos estaban dentro del tráfico y la aguja del velocímetro señalaba 275. Respiró profundamente y pensó con admiración: Los reflejos igualan a su inteligencia sublime. No podía haber ningún choque.

    Y entonces, al otro lado del camino, se produjo un choque.

    La brevedad de la visión le permitió distinguir a Ross, de manera increíble, que un vehículo había intentado penetrar en la pista en dirección contraria, con las consecuencias que eran de esperar. El rechinar de los frenos y el retumbar del metal fue audible por encima de la sempiterna romanza de tenor:

    —¿Es éste vuestro coche?
    —¡NO!

    De todas formas, mientras corrían sobre la pista, en la opuesta no había movimiento, pero sí alboroto. Los penetrantes sones de cuerdas y trompetas se elevaban de cada vehículo al cielo, lo mismo que los brillantes eyectores pirotécnicos. Ross pensó que era una llamada de socorro. La música comenzó a producirle dolor de cabeza. Duraba ya al menos diez minutos. Por fortuna, no tardó en cambiar. Entonces se dejó oír un conjunto de trombones en terceras mayores que pareció no acabar nunca. Por fin, el mismo tenor de antes se puso a entonar:

    —¿Tenéis un Roadmeister? — a lo que el coro contestó:
    —¡Sí!

    Ross comprendió con tristeza que aquella música debía contener valores y sutilezas que él, con sus toscos sentidos y su grosera y poco refinada educación, no podía entender. Pero deseaba que la música cesase. Le hacía perder la vista del paisaje. Por fin, tras haber repetido por enésima vez el motivo del Roadmeister, calló el tenor. El conductor, con una mirada de satisfacción, maniobró en el cuadro de mandos y todo quedó tranquilo.

    Luego se volvió hacia Ross y gritó por encima del zumbido del aire:

    —Charla, Charla, Charla — y se encogió de hombros.

    Durante el instante en que su atención se apartó de la ruta, el vehículo quedó encajonado entre dos coches. En aquel momento, a Ross le pareció comprender qué era lo que había provocado aquella intrincada maraña sobre la superficie metálica del auto.

    —Sutil — gritó el conductor —. Indirección. Serpentear.
    —¿Qué?
    —Los llegantes.

    Aquello no significaba nada para Ross, que se sintió sumamente desdichado por no poder entenderlo. Se dedicó a estudiar la ruta y casi se desmayó cuando vio un cartel en lontananza. Quizá la austera admonición de los deberes de un hombre para con la raza y consigo mismo, alguna noble frase que resumiese la sabiduría de un gran pen-sador...

    Pero el cartel, que tenía también aletas, pregonaba:

    ¡SÉ ELEGANTE! ¡FUMA SMOGS!


    Y el siguiente cartel decía:

    PEGA A TU HERMANA,
    ENGAÑA A TU HERMANO,
    PERO REGÁLALE SMOGS
    A TU QUERIDA Y ANCIANA MADRE


    Había cuatro carteles en sucesión a lo largo de la pista.

    Pero había más. Y peor. Estaban llegando a la ciudad.

    ¡Bullicio y elegancia! ¡Pilastras de color blanco, pistas verdes, puentes colgantes, un tráfico horrible, transeúntes que gesticulaban hacia los coches y les gritaban... ¿saludos? Algo que sonaba como "Subavi" ¡Subavi! ¡Basa, basa!

    Las tiendas estaban repletas de artículos y radiantes de luminosidad, abrumadoras. Ross se preguntó cómo era posible aparcar allí, y luego lo averiguó. Un coche se apartó del bordillo de la acera, y entonces convergieron al mismo sitio libre un centenar de vehículos. ¡También el de ellos! Hubo un par de topetazos hasta que consiguieron aparcar con dos ruedas sobre la acera.

    —¡Suvábi, basa! — gritaban los chóferes, y el individuo que iba al lado de Ross chilló lo mismo.

    Las portezuelas del coche se abrieron y todos saltaron a la acera.

    Las bocinas atronaban el espacio... aunque de manera melodiosa.

    —Vamos — le gritó el conductor a Ross —. Reunión.

    El joven le siguió confuso y aturdido, asaltado por un cúmulo de dudas y contradicciones.

    Sí, era una reunión... celebrada veinte plantas arriba de un edificio, en una amplia y elegante sala cuyo principal motivo decorativo eran las aletas.

    Había unas veinte parejas reunidas; todas se volvieron y aplaudieron cuando aparecieron los recién llegados. El conductor, de pie en el último de los peldaños que desembocaban en el salón, proclamó:

    —Recogí a estos viajeros del espacio como en la hoja de periódico que vosotros me leísteis. En el aeropuerto. Veinte puntos. ¿Y ahora qué? Un tipo alto, de cabellos grises, con un noble perfil, se le aproximó.
    —Perfecto, Joe. Sabía que podía contar contigo para vencer. Siempre has sido un buen deportista. ¿Atrapaste el pez?
    —Seguro que lo atrapamos — Joe se giró hacia una de las dos damiselas —. Elna, enséñale el pez.

    Desenvolvió un paquete que contenía un pez espada de diez libras y orgullosamente lo sostuvo en alto, mientras Ross, Bernie y Helena lo contemplaban todo estupefactos.

    El del noble perfil cogió el pez y le dio varias vueltas.

    —Bravo, Joe — exclamó —. Ahora, si los viajeros espaciales son auténticos, habrás vencido. Tendrás los veinte puntos y el premio.
    —Tú eres un viajero espacial, ¿verdad, chico?

    Ross se dio cuenta de que la pregunta iba dirigida a él.

    —Hombres de la Tierra — comenzó a decir —, hemos recorrido una larga distancia desde otra galaxia en busca de...
    —Un momento, chico — le atajó el del perfil —, sólo un momento. ¿Vosotros no sois de la Tierra?
    —Procedemos de una estrella muy lejana en busca de...
    —Contesta a lo que se te pregunta, chico. ¿No eres un astronauta terrestre? ¿Ni los demás tampoco?
    —No — murmuró Ross. Furtivamente se pellizcó. Le dolió. Estaba despierto. O estaba loco.

    El perfil estaba dirigiéndose a Joe.

    —Debiste preguntárselo, Joe. Es una lástima. Ahora has perdido tres puntos.
    —No les pregunté nada, porque me figuré que un viajero espacial era un viajero espacial, y todos salieron de un cohete — explotó el llamado Joe. Le temblaba el labio inferior. Las dos damas de su grupo sollozaban abiertamente. Ross se apartó con visible repugnancia.

    El perfil meneó la cabeza con muestras de pesar y anunció:

    —Debido a una desdichada equivocación, el grupo investigador del doctor Joseph Mulcahy queda descalificado de la competición. Sólo ha obtenido tres puntos. Conque todos los grupos entran de nuevo en concurso. ¿Quién tiene la más alta puntuación?
    —¡Yo tengo quince! ¡Yo tengo quince! — gritó una muchacha morena en un transporte de alegría —. Una cubierta de registro, un "Digest Lipreaders" del mes pasado y un volante de un coche policíaco. ¡He conseguido quince puntos!

    Los demás la rodearon, conversando animadamente.

    —Hombre de la Tierra — le espetó Ross al del noble perfil —, venimos de una estrella muy distante en busca de...
    —Seguro, chico, seguro — le interrumpió el otro —. Mala suerte. Pero no os vayáis. Tomad un trago. Un combinado. Os divertiréis. Ahora tengo que conceder el premio. Perdonadme.
    —Hola, calvito — le dijo una rubia a Ross, pícaramente —. ¿Quieres ver mi operación? — el joven comenzó a temblar, sintiendo los dedos de Helena engarriados como garras de acero a su brazo. La rubia soltó un bufido y pasó de largo.
    —Yo sí la operaré — rugió Helena. Luego cambió de tono —. Ross, ¿qué le pasa a esa gente? Actúan de una manera juvenil... todos, incluso los más viejos. —Sígueme — le ordenó Ross, y empezó a moverse por entre los circunstantes, arrastrando en pos a Bernie y a la aterrada Helena. Fue saludado por todo el mundo con amable tolerancia, invitado a beber un trago y le preguntaron qué opinaba del último modelo de coches con sus trompetas. Pero nadie pareció interesarse en su procedencia de una estrella distante, excepto Joe, que por fin les vio y se aproximó a ellos, tambaleándose.
    —¡Tenía que habérmelo figurado! — le gritó a Ross —. ¡Me habéis hecho perder! — y le largó un puñetazo que le hizo ver las estrellas distantes y próximas al desdichado joven.

    Bernie y Helena lo sacaron a la calle. Luego se dio cuenta de que llevaba cinco minutos andando sin tener conciencia de lo que hacía. Le explicaron que había estado repitiendo una y otra vez:

    —Hombres de la Tierra, vengo de una estrella muy distante — y los habían arrojado de la reunión.

    Helena se echó a llorar, de pena y frustración. Acababa de asustarse terriblemente porque un coche, al pretender aparcar, casi les había aplastado a los tres.

    —Y tengo hambre — gimió —, y no sabemos dónde se halla la astronave, y quiero sentarme... y necesito ir a cierto sitio.
    —Como yo — añadió Bernie, plañideramente.

    Ross se hallaba en el mismo trance.

    —Entremos en este restaurante — dijo —. Sé que no tenemos dinero... pero no me fastidies, Helena, por favor. Pediremos, comeremos, no pagaremos y nos arrestarán — alzó una mano para acallar las protestas —. Dije nos arrestarán. Es lo más inteligente que se me ha ocurrido. Alguien debe regentar este establecimiento. Pues bien, necesitamos armar un poco de jaleo para que se fijen en nosotros.

    Esto tenía sentido. Por desdicha, el primer restaurante donde entraron operaba mediante monedas desde la misma puerta. Lo mismo ocurrió con el segundo y los siguientes, hasta el séptimo. Ross intentó convencer a Bernie para que se pelease con un transeúnte, a fin de que los cogieran como alborotadores, pero fracasó.

    Helena observó al fin que las tiendas de modas de señoras tenían dependientas que seguramente protestarían ante el menor escándalo. Penetraron en uno de dichos establecimientos, descolgaron un vestido cada uno de entre una hilera y metódica-mente los destrozaron por completo.

    Una vendedora se les acercó y les interrogó con voz trémula:

    —¿Por qué lo han hecho? ¿No les gustaban los vestidos?
    —Oh, sí, mucho — contestó Helena en son de disculpa —. Pero verá, lo cierto es que...
    —¡Cállate! — le gritó Ross. Y luego a la dependienta —: No. Nos daban asco. Nos repugnan todos sus vestidos. Y queremos destruir todos los vestidos de la ciudad. ¿Por qué no llama a la policía?
    —Oh... — exclamó la dependienta con vaguedad —. De acuerdo — dijo al cabo, y desapareció en la trastienda. Volvió a los pocos instantes y dijo —: Quieren saber sus nombres.
    —Diga sólo "tres forasteros desesperados" — la informó Ross.
    —Bien, gracias — la mujer volvió a desaparecer. La policía llegó a los cinco minutos. Un hombre ya maduro, muy excitado, con muchos galones en la bocamanga, se dirigió hacia ellos, los cuales se hallaban rodeados por los harapos en que habían quedado convertidos los vestidos.
    —¿Adonde han huido? — le preguntó a Ross —. ¿Observó su aspecto?
    —Somos nosotros. Los tres. Destrozamos los vestidos. Será mejor que nos lleve a la comisaría. —¡Oh! — se asombró el policía —. Bien, suban al coche. Y no intenten nada, ¿entienden?

    No intentaron nada. En el coche policial, Ross expuso a sus compañeros la teoría de que debía haber en la ciudad alguna inteligencia rectora, la cual con toda probabilidad se hallaría en la cumbre. Helena se sentía terriblemente deprimida porque jamás había sido arrestada, y Bernie estaba casi acabado.

    El coche se detuvo al fin y el viejo de los galones les abrió la portezuela. Ross miró a lo largo de la calle, buscando algo que se pareciese a una comisaría, y no vio ninguna.

    —Bueno, amigos — les espetó el policía inopinadamente —, lárguense. Y no busquen más líos o me las entenderé con ustedes.
    —¡Esto es un ultraje! — gritó Ross, indignado —. ¡No tiene derecho a soltarnos! ¡Exigimos ser arrestados y juzgados!
    —Buen chico — gruñó el policía subiendo al coche y volviendo a arrancar.

    Se quedaron los tres perdidos entre la muchedumbre, ajena a su tragedia.

    —En aquella reunión vi una bandeja de bocadillos — recordó tristemente Helena —. Y un tocador de señoras — empezó a llorar —. ¡Si al menos no actuases de una manera tan superior, Ross! Estoy segura de que nos hubiesen permitido comer todos los bocadillos que nos hubiesen apetecido.
    —Tiene razón — asintió Bernie. Y de repente añadió —: Miradme.

    Detuvo a un viandante y le dijo:

    —Tú...
    —¿Sí? — preguntó el transeúnte con escaso interés.
    —Tú... estoy extraviado — continuó Bernie —, estoy deshecho. He perdido todo mi dinero. ¿Quieres darme unas monedas, por favor?
    —Mala suerte, muchacho — sonrió el peatón —.

    Pero, oye, si te doy dinero, ¿me lo devolverás cuando tengas más? Toma, aquí va mi nombre escrito en una tarjeta.

    —Seguro, señor — contestó Bernie —. Le devolveré su dinero.
    —Entonces te daré algún dinero porque sé que me lo devolverás. Y buena suerte, muchacho.

    Bernie, con cierto orgullo, exhibió un pedazo de papel que indicaba la interesante cifra de Veinte Dólares.

    —Vamos a comer — invitóles Ross. Una máquina, a la puerta de un restaurante, les cambió el billete por una sorprendente cantidad de monedas, tras lo cual penetraron en el interior. No era un local modesto, pero Ross comprendió que en el planeta debía haber mucha gente que no sabía leer. Así, por ejemplo, el dependiente que recogía las monedas y abría las alacenas. "Níqueles " parecía ser su único vocabulario.

    En comparación, las máquinas del restaurante eran inteligentes. Los tres comieron, comieron y comieron. Sólo después del café le concedieron un pensamiento al doctor Sam Jones, que debía estar a punto de despertarse con una terrible resaca a bordo de la astronave.

    Pensar en él no significaba que pudiera hacer algo.

    —El doctor está en un aprieto — reconoció Bernie —. Y nosotros también. Y lo primero siempre es lo primero.
    —¿Qué aprieto? — quiso saber Helena —. Cuando los has pedido te han dado veinte dólares, y supongo que puedes conseguir más. Y no creo que nos hubieran echado de aquella reunión, si no hubiéramos hablado como si estuviésemos de vuelta de todo. Tal vez aquellas personas no eran demasiado inteligentes...

    Ross soltó un juramento.

    —Aunque está claro — continuó la joven apresuradamente — que saben distinguir a una persona más inteligente de otra. Y naturalmente, nuestra actitud no les gustó. Es como una persona mayor que habla con otra mucho más joven solamente del tema de la edad. Sí, cuando se es inteligente los demás se sienten disminuidos de importancia cada vez que uno abre la boca.
    —Bueno — la interrumpió Ross con impaciencia —. No hemos venido aquí para discutir estas teorías. Estamos buscando una respuesta. Y se supone que está en la Tierra. Aunque, claro está, ninguno de los seres que hemos visto puede estar ente-rado de los postulados genéticos. Y es obvio que no pueden mantener esta civilización de la maquinaría sin guía alguna. En este planeta debe haber gente de inteligencia normal. Quizás en el Gobierno.
    —No — opinó Helena, aunque no añadió por qué. Pero había pensado que no.

    El debate terminó cuando volvieron a hallarse de nuevo en la calle. Bernie, que parecía haberle gustado el plan, pidió cien dólares. Ross, a quien no le gustaba la mendicidad, consiguió once dólares en billetes de uno y unas cuantas amenazas por pedir dinero. Helena no consiguió más que tres proposiciones indecorosas antes de que Ross, indignado, la sacase de la circulación. Al anochecer encontraron un hotel totalmente automático. Ross quiso inspeccionar el dormitorio de Helena, pero se vio rechazado en el umbral por un chispazo eléctrico.

    —Vigilancia mecánica — murmuró para sí, levantándose del suelo —. Bien, aquí estarás segura. Buenas noches.
    —¿Crees que esa condenada máquina — le preguntó más tarde a Bernie, en su doble habitación — podría ser ajustada de forma que una persona con intenciones perfectamente inocentes pudiera visitar a una dama...
    —Seguro — asintió Bernie —, seguro, Ross. Y ahora dime con franqueza: ¿es la Tierra tal como tú esperabas que fuese?

    El ayuda de cámara se acercó a ellos pesadamente y les pidió con voz suplicante:

    —¿Sus níqueles?


    13


    Durante el segundo día de mendicidad reunieron una considerable cantidad de monedas y luego penetraron en una cabina telefónica. El proyecto era localizar la astronave y averiguar qué podían hacer por Sam Jones.

    Una central automática conferenció con una información automática y decidió que tenían que hablar con el capitán del Aeropuerto, el Campo Espacial de Baltimore.

    Cuando tuvieron al capitán del Aeropuerto al otro extremo del hilo, Ross le preguntó respecto a la astronave.

    —¿Quién "quié" saberlo? — inquirió el capitán.

    Ross, al no entenderle, le entregó el auricular a Bernie. Éste gruñó y se aclaró la garganta antes de responder que él quería saberlo. El capitán replicó:

    —Oh, seguro, se trata de esa nave tan graciosa, sí todavía sigue aquí.
    —¿Cómo está el tipo que se halla dentro?
    —¿Ese tipo tan divertido? No sé adonde se ha ido.
    —¿No sabe adonde?
    —No. A algún lugar... Bien, se largó. Yo no le vi largarse, señor. Tengo mucho que hacer para poder vigilar a cada individuo que se presenta por aquí.
    —Gracias — dijo Bernie, a una señal de Ross.

    Salieron a la calle, sumidos en hondas meditaciones.

    —Dejémosle aquí, Ross — sollozó Helena —. No me gusta este planeta.
    —No.
    —¿Qué importa, Ross? — gruñó Bernie —. Lo mismo puede vivir aquí que en otro sitio...
    —¡No! No es por el doctor, ¿entendéis? Este es el sitio que hemos estado buscando. Todas las respuestas que necesitamos están aquí, y hemos de conseguirlas.
    —Sí — dijo secamente Bernie.
    —¿No es idiota colocar un cartel tan grande como éste? — preguntó Helena.

    Ross levantó la mirada.

    —¡Dios mío! — exclamó. Estaban colocando un gigantesco cartel metálico con la leyenda: "Compre Smogs... USTED DEBE FUMARLOS." La calle se hallaba literalmente cerrada al tráfico por unos individuos con banderines rojos: una grúa móvil estaba trabajando... y mal, por lo visto. El ángulo del brazo de la grúa con la vertical era excesivamente grande para la debida estabilización y el cartel, que estaba siendo izado para su colocación, se estaba balanceando peligrosamente sobre la calzada.

    Ross efectuó un rápido cálculo; cuando el cartel cayese, como inevitablemente sucedería, tal vez habría doscientas personas que no habían hecho caso alguno de las banderitas rojas y se hallarían debajo del mismo.

    De repente se produjo un halo de luz azulínea en torno a la enorme grúa.

    Se inclinó hacia atrás en busca de la verticalidad. El ángulo con la vertical disminuyó, y la máquina cabeceó hacia delante para reducir la diferencia horizontal. La luz azul desapareció.

    Helena se atragantó, pero consiguió balbucir:

    —¡Pero, Ross, no es posible!
    —¡Son ellos! — gritó Ross, exaltado.
    —¿Quiénes?
    —¡La gente que se halla detrás de todo esto! La gente que construye las ciudades, eleva los edificios y antes planeó las máquinas. ¡La gente que tiene las respuestas! Vamos, Bernie. Por lo visto le resulto antipático a esta gente. Quiero que tú le pregun-tes a ese operario qué ha sucedido.

    Pero el operario de la grúa le explicó a Bernie que "ná, no ha ocurrió ná... Nadie tié que ver ná con lo que ha ocurrió. Esto es para el caso de que las cosas no vayan bien, ¿me entiende usté?"

    Los tres se retiraron a una esquina.

    —Máquinas a prueba de imprudencias — dijo Ross lentamente —. Y me refiero a verdaderas imprudencias. Amigos, admito que estaba equivocado. Pensé que estos edificios y los coches eran algo muy especial, y resulta que no son más que tontas vulgaridades. Pero no así esta luz azul. La grúa tenía que caer.
    —¿Y qué? Tienen ciertas máquinas que no tenéis en el planeta Halsey, ¿y qué?
    —¡Una diferente clase de máquinas, Bernie! Créeme, esta luz azulada se halla tan distante de cualquier aparato de seguridad que yo conozco como las astronaves de una carreta de bueyes. Cuando hallemos a la gente que la ha proyectado...
    —¿Y si todos han muerto?

    Ross pestañeó. Pero estaba determinado.

    —Los encontraremos.

    Volvieron a la práctica de la mendicidad y un día fueron reconocidos por el caballero de noble perfil que había estado en la reunión. No recordaba exactamente quiénes eran, o dónde los había visto, pero les invitó con entusiasmo a otra reunión. Les dijo, además, que él era Hennery Matson, propietario de unas líneas aéreas.

    Ross le preguntó respecto a los accidentes y las luces azuladas. Matson, jovialmente, le contestó que algunos de sus pilotos charlaban de tales cosas, pero que él no se molestaba con ellas.

    —Yo tengo los aviones en el aeródromo, y sé que están llenos de artilugios muy raros, pero nada más. ¡Vamos, venid a la fiesta!

    Fueron, porque Hennery les prometió la asistencia de otro invitado, Sanford Eisner, un acaudalado fabricante de aviones. Pero tampoco se ocupaba de sus aparatos; los cohetes eran muy difíciles de construir... y por otra parte, ¿a qué hablar de tales cosas? No había derecho a arruinar la fiesta.

    La fiesta terminó muy tarde y todos se despertaron con dolor de cabeza, tumbados sobre la mullida alfombra del salón de Matson.

    —Estupendo, Ross — le aseguró Helena —. Nadie habría sospechado que no eres tan listo como todos ellos. No provocaste el menor incidente.

    Ross parecía tener una laguna en su memoria.

    La importancia de la misma se desvaneció con el transcurso del tiempo. Se produjo un movimiento general hacia el bar automático. Éste parecía estar regulado por un reloj; marcase uno lo que fuese, por la mañana, servía un whisky doble con Worcestershire y tabasco, y una detestable imitación de unos huevos escalfados. A mediodía algo zumbó en el interior del bar. Los invitados comenzaron a servirse martinis y manhattans, junto con bandejitas de ostras, y entonces comenzó en serio la bebida del día.

    Comenzó a dolerle de nuevo la cabeza. Un jovial bebedor de martinis que tenía algo que ver con un banco... ¡un banco!, exclamó:

    —¡Amigos, tengo una idea! ¡Larguémonos todos a mi casa!

    Conque todos se fueron allá, dispuestos a pasar otro día feliz.

    Aquellas fiestas le iban hundiendo a uno en un sueño de infantilismo irresponsable. Cuando las ropas se arrugaban, uno podía ir a coger algo apropiado en el guardarropa del anfitrión. Cuando uno se hartaba de un anfitrión, se iba en busca de otro. Éstos, raras veces le recordaban a uno de un día a otro, y jamas hacían preguntas.

    No había inhibiciones sexuales, y la mayoría de las mujeres se hallaban encinta casi todo el tiempo. Discutían, se enfadaban, se alegraban, reían, bebían, comían y dormían. Todos los hombres poseían negocios, y de vez en cuando, claro que muy de vez en cuando, se precipitaban al teléfono para llamar a una recepcionista automática que les comunicaba que todo andaba bien en la fábrica. Amaban a sus hijos y se lo toleraban todo, excepto las preguntas inteligentes, que les hacían sonreír pícaramente ante las travesuras de papá o mamá. Amaban a sus amigos y a sus invitados, mientras no fuesen tíos listos, y también se lo toleraban todo... pero siempre que no fuesen tíos listos.

    ¿Duró aquello un día, una semana o un mes?

    Ross no lo supo jamás. Las únicas cosas que verdaderamente le molestaban a Ross eran: primero, que nadie pudiese decirle nada de las luces azules, y segundo, que Bernie pareciese un tío listo.

    Una mañana terminó todo como había empezado: sobre la alfombra del salón de alguien con una punzante jaqueca entre los ojos. Helena estaba sollozando suavemente, y el tío listo, Bernie, le daba tirones del brazo.

    —Déjame — le ordenó el capitán Ross sin abrir los párpados. ¿No podía descansar un hombre? ¿Por qué había tenido que llevar a sus compañeros de expedición a la fiesta? Debía haberlos dejado donde los encontró, y no traerlos a la Tierra, donde podían actuar como un par de personas listas y entrometerse en su camino cada vez que él se aproximaba a la gente de la luz azul, a la gente inteligente, a la gente con las respuestas para... para...
    —¡...tenemos que sacarle de aquí! — chillaba la voz de Helena, con cierto toque de histerismo.
    —...llevarle a donde está ese tipo de Haarland — decía la voz de Bernie, también tensa. Ross escuchó los dos fragmentos de aquella conversación, ignorante de que iban dirigidos a él. Haarland, pensó tontamente, aquel viejo idiota...
    —Déjame — le ordenó Ross, pero el otro era tenaz. Ross no tardó en encontrarse en el tocador de caballeros. El camarero de fatigado aspecto apareció como por arte de magia y Bernie le murmuró algo. El camarero rebuscó en un bolsillo y le entregó algo a Bernie, quien lo mezcló a una bebida.

    Ross olió el vaso con suspicacia.

    —¿Qué es esto? — preguntó.
    —Por favor, Ross, bebételo. Esto te despejará. Tenemos que salir de aquí... nos estamos entonteciendo, Helena y yo. ¡Esto dura ya desde hace varias semanas!
    —No. Tengo que encontrar una luz azul — replicó Ross con obstinación y tambaleándose.
    —¡Pero no la buscas, Ross! Lo único que haces es emborracharte y dormir, despertarte y volverte a emborrachar. Vamos, tómate esto.

    Ross, irritado, arrojó al suelo el contenido del vaso.

    —Está bien, Ross — suspiró Bernie —. Helena puede gobernar la nave. Vamos a despegar.
    —Adelante.
    —Adiós. Ross. Nos vamos al planeta Halsey, de donde eres tú. Tal vez Haarland nos dirá qué tenemos que hacer.
    —¡Adelante, tipo inteligente! — se burló Ross.

    El camarero pareció esperar indeciso cuando Bernie dio un portazo y Ross se contempló ante un espejo.

    —¿Un níquel? — pidió el camarero con fatigada voz. Ross le entregó una propina y volvió a la fiesta.

    Pero no estaba muy divertida.

    Se arrastró hacia el bar. El calderero no sabía bien. Se sentó y paseó la mirada por el salón, La gente estaba bailando. Helena y Bernie no estaban a la vista.

    Ross resopló. Se dio cuenta de que si bien no se hallaba completamente sereno, tampoco estaba ebrio del todo. Aquellos tipos inteligentes le habían estropeado la fiesta.

    De pronto se sintió menos bebido. ¿Qué habían dicho, regresar al planeta Halsey? ¿Preguntarle a Haarland qué debían hacer? ¿Dejarle en la Tierra?

    Ya estaba sereno por completo.

    Buscó el teléfono. La central automática verificó la Información automática y le puso con el capitán del Aeropuerto del Campo Espacial de Baltimore. El capitán se mostró muy simpático; sobrecogido por la intensidad que vibraba en el tono de voz de Ross, le manifestó lo que el joven quería saber.

    —Bueno, amigo, de haberlo sabido les hubiese detenido. Le han robado la nave, ¿eh? Podía haberlos arrestado por eso. B