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    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    S3
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    TRUEQUE MENTAL (Robert Sheckley)

    Publicado el domingo, abril 20, 2014

    Sinopsis

    Esta novela describe un futuro cercano en el cual la manera más barata de viajar por el universo consiste en intercambiar el cuerpo con un ser de otro planeta: el trueque permite pasar unas vacaciones en otro mundo, viviendo en el cuerpo de un nativo. Pero no todos los participantes en el trueque juegan limpio y a veces la recuperación del propio cuerpo y el regreso al propio mundo se convierten en una verdadera odisea.


    “Robert Sheckley es el mayor artista que ha producido la ciencia ficción”
    – JG Ballard



    PRÓLOGO

    Recomiendo este libro. Lo recomiendo sobre todo a los que tienen gripe o temperatura alta. Durante esos interludios febriles, los procesos mentales normales se toman unas tonificantes vacaciones, como caballos de tiro desenganchados del carro. Estos cuadrúpedos liberados trotan por el brezal, mordisqueando plantas, olvidándose por completo de los problemas inerciales que implica tirar de un carro.

    Y si nos acercáramos a una de estas bestias trotadoras, y por descuido mencionáramos los carros, quizá corcovearían sobresaltadas, preguntando: « ¿Carro? ¿Qué carro?»

    Esto es lo que llamamos delirio.

    Sospecho que si le preguntáramos a Robert Sheckley acerca de la realidad, corcovearía como un equino sobresaltado y preguntaría: « ¿Realidad? ¿Qué realidad? » En este libro se propone llevarnos tan lejos de la realidad como es posible sin cerrar el círculo y terminar en un cuarto acolchado. Por lo visto, Sheckley es el principal exponente de lo Extremadamente Improbable. Ha llevado hasta el límite la máxima de Philip K. Dick que la ciencia ficción no debería consistir en « ¿Qué pasaría si...?», sino en «Por Dios, pero ¿qué pasaría si...?», puntos suspensivos incluidos.

    Mientras la mayoría de los autores de estos cuentos de hadas futuristas hacen un gran esfuerzo —usando un lenguaje cotidiano y métodos realistas tomados de aquellas novelas que describen la vida mundana— para asegurarnos que tienen los pies sobre la tierra aunque sus cabezas estén en el espacio galáctico, el corazón de Sheckley está con lo Insólito. Su principal objetivo es lo Increíble. Un brinco de su ordenador inicia la secuencia que suspende nuestra incredulidad. Todo se desmoronaría si no fuera porque en el espacio de Sheckley no hay gravedad. Trueque Mental es el Reino del Absurdo. O, en la jerga de Trueque Mental, está más allá del Umbral de Filologicidad Humorística. Sheckley se especializa en esto.

    Robert Sheckley alcanzó notoriedad en la década de los cincuenta. Su período de auge fue quizá la década de los sesenta, cuando era una de las estrellas de Galaxy Science Fiction, junto con otros autores satíricos de temple similar: expertos en lo estrambótico como Cyril Kornbluth, Damon Knight y el brillante William Tenn. Sin embargo, es evidente que estos autores obtenían mejores resultados en dosis breves. Sus novelas son escasas y esporádicas y carecen de la mordacidad de su material más corto. Esta reserva se aplica particularmente a Sheckley, cuyas «novelas» suelen consistir en episodios, como si hubiera enlazado varios cuentos.

    Aunque esto también se aplica a Trueque Mental, la premisa de la narración casi exige un tratamiento episódico, con lo cual evita hasta cierto punto que la critiquemos por algo que podría verse como una flaqueza. La premisa de la narración es que la mente se puede separar del cuerpo, y mediante una permuta se puede instalar en otros cuerpos: no sólo cuerpos humanos, sino los cuerpos de las exóticas formas de vida que suelen poblar las galaxias de papel de Sheckley.

    La explicación de este logro no científico está a cargo de una parlanchina enciclopedia, que dice lo siguiente:

    Veamos la mente, pues, como una entidad electroforme o subelectroforme. Tal vez recordéis, por nuestra charla anterior, que se considera que la mente comenzó como una proyección de nuestros procesos corporales, y que evolucionó hasta ser una entidad casi autónoma. Ya sabéis qué significa eso, amigos. Es como tener un hombrecillo en la cabeza... un coco en el coco.

    Aquí hablamos de imposibilidades. Y con frecuencia las imposibilidades se expresan en una florida lengua vernácula, como la sagaz picardía que encontrarnos en el capítulo 28: «No me convences, pues el acero del presuntuoso siempre es blanda hojalata, de apariencia lustrosa pero muy flexible al tacto.»

    Los idiolectos fracturados congenian con los escalofriantes y estropeados planetas adonde viaja el protagonista, Marvin Flynn, después de alquilar —o tratar de alquilar— el cuerpo de un marciano llamado Ze Kraggash. Cuando su mente llega a Marte, descubre que el cuerpo que le destinaban ya fue alquilado a Aigeler Thrus, un habitante de Aquelses V A partir de entonces, Flynn es juguete de las circunstancias y se ve obligado a salir en buscó de huevos de gánzer. Flynn es una víctima de los acontecimientos, como muchos otros «héroes» de Sheckley. Hasta los huevos de gánzer están contra él.

    Afortunadamente, estos acontecimientos son amenos, y de ellos se desprenden aforismos como los siguientes: «Es extraño, pero la mente humana siempre se niega a aceptar lo inaceptable»; «Quienes venden placer deben ser la representación de la alegría» (hablando de una prostituta); «Cuando aceptas ayuda, debes estar dispuesto a tomar lo que te pueden dar, no lo que quieres recibir».

    Encontramos al extraño príncipe que era impopular. «Tampoco se granjeó las simpatías de los burgueses de Gint-Loseine, cuya orgullosa ciudad hizo sepultar bajo seis metros de tierra, "como regalo para futuros arqueólogos"». La trama abunda en crónicas estrafalarias y en personajes extraños que proponen teorías extrañas, y quizá la más interesante sea la Teoría de la Búsqueda, explicada y adoptada por Valdés cuando Flynn se enamora de Cathy. La conversación cobra un cariz típico de Alicia en el País de las Maravillas.

    —Tomemos la proposición «Marvin busca a Cathy». Eso parece describir bien nuestra situación, ¿verdad?
    —Creo que sí —dijo Marvin cautelosamente. —Bien, ¿qué implica esa proposición?
    —Implica... implica que yo busco a Cathy. Valdés sacudió con fastidio la cabeza castaña.
    — ¡Sé más profundo, mi impaciente y joven amigo! ¡La identidad no es inferencia! La proposición expresa tu búsqueda activa, y por tanto implica la pasividad de Cathy en su estado de perdida. Pero esto no puede ser verdad. Su pasividad es inaceptable, pues en última instancia uno se busca a sí mismo, y nadie está exento de esa búsqueda. Debemos aceptar que Cathy te busca a ti (a sí misma), tal como aceptamos que tú la buscas a ella (a ti mismo). Así llegamos a nuestra permutación primaria: «Marvin busca a Cathy que busca a Marvin.»
    — ¿De veras crees que ella me está buscando? —preguntó Marvin.
    —Claro que sí, aunque ella no lo sepa. A fin de cuentas, es una persona en sí misma, no se la puede considerar un Objeto, una mera cosa perdida. Debemos concederle autonomía, y comprender que si la encuentras, ella te encontrará por igual. —Nunca lo pensé —dijo Marvin.
    —Bien, es bastante simple una vez que entiendes la teoría —dijo Valdés—. Ahora bien, para garantizar nuestro éxito, debemos decidir sobre la forma óptima de búsqueda. Obviamente, si ambos practican una búsqueda activa, las probabilidades que se encuentren uno al otro se reducen bastante. Piensa en dos personas que se buscan en los largos y atestados pasillos de una gran tienda, y compara eso con la mejor estrategia que una busque mientras la otra permanece en una posición fija, esperando a que la encuentren. La matemática es un poco intrincada, así que tendrás que aceptar mi palabra. Habrá más probabilidades que tú la encuentres o ella te encuentre si uno busca mientras el otro se deja buscar. [...] Por tanto debes reprimir tu instinto y esperar, permitiendo así que ella te encuentre.

    Y en efecto, después de estos sofismas, muchas personas encuentran a Flynn, entre ellas su tío Max y su madre.

    Así, el Principio de Confusión de la Lógica Alternativa nos lleva a una conclusión. Es justo y correcto que esta conclusión descanse sobre un cruce de malentendido con paradoja, de modo que Marvin Flynn está totalmente perdido y a la vez totalmente a sus anchas. Siempre es grato que un desenlace nos aseste un golpe de genio.

    Trueque Mental es una de las fabulaciones más satisfactorias (y más delirantes) de Sheckley. Quizá no podamos definirla como novela, pero su encanto de diablura inocente nos lleva al corazón de esa inaccesible comarca dominada por gente como Jorge Luis Borges y Lewis Carroll.

    BRIAN W. ALDISS
    Oxford, enero de 1999



    1


    MARVIN FLYNN leyó el siguiente anuncio en la sección de clasificados de la Stanhope Gazette:

    Caballero de Marte, 43 años, apacible, culto, estudioso, desea trocar cuerpos con caballero de la Tierra de inclinaciones similares. 1° de agosto a 1° de septiembre. Intercambio de referencias. Representantes protegidos.

    Este común anuncio bastó para acelerar el pulso de Flynn. Trocar cuerpos con un marciano... Era una idea estimulante, aunque también repelente. A fin de cuentas, nadie querría tener en su cabeza a un marciano escarbador de arena que le moviera los brazos y las piernas, mirara por sus ojos y escuchara con sus oídos. Pero a cambio de esta desagradable experiencia, Marvin Flynn podría ver Marte. Y podría verlo tal como se debía ver: a través de los sentidos de un nativo.

    Así como algunos desean coleccionar pinturas, libros o mujeres, Marvin Flynn deseaba asimilar la sustancia de todo esto mediante los viajes. Pero lamentablemente nunca había podido satisfacer esta imperiosa pasión. Había nacido y vivido en Stanhope, Nueva York. Físicamente, su pueblo estaba a doscientos kilómetros de la ciudad de Nueva York. Pero espiritual y emocionalmente la distancia entre las dos ciudades era de un siglo.

    Stanhope era una grata comunidad rural situada en las estribaciones de los Adirondacks, engalanada con huertos y constelada de vacas pardas en ondulantes prados verdes. Bucólica a ultranza, Stanhope se aferraba a sus costumbres tradicionales; afablemente, aunque con cierta belicosidad, la ciudad mantenía distancia frente a la megalópolis del sur y su corazón de pedernal. El metro que iba de IRT hasta la Séptima Avenida había subido al norte hasta llegar a Kingston, pero allí se había detenido. Gigantescas autopistas extendían sus tentáculos de hormigón por la campiña, pero no podían apropiarse de la calle mayor de Stanhope, bordeada de olmos. Otras comunidades mantenían un alto horno; Stanhope se aferraba a su anticuada pista de jets y se contentaba con un servicio de tres vuelos semanales. (Muchas noches Marvin se acostaba en la cama y escuchaba ese conmovedor sonido de un mundo rural en extinción, el gemido solitario de un avión de pasajeros.)

    Stanhope estaba satisfecha consigo misma, y el resto del mundo parecía muy satisfecho con Stanhope y no se proponía turbar su romántica añoranza de una época menos febril. Marvin Flynn era el único que no estaba conforme con esta situación.

    Había realizado las excursiones habituales y había visto las cosas habituales. Como todos los demás, había pasado muchos fines de semana en las capitales de Europa. Y había buceado en la ciudad hundida de Miami, admirado los jardines Colgantes de Londres, adorado en el templo bahai de Haifa. En sus vacaciones más largas había atravesado a pie Marie Byrd Land, explorado el bosque tropical de Ituri, cruzado Sinkiang en camello y vivido varias semanas en Lhassa, capital internacional del arte. En todo esto, sus actos eran típicos de su edad y posición.

    Pero estos viajes no significaban nada para él; eran las actividades típicas del turista, lo que haría cualquier viajero. En vez de disfrutar de lo que tenía, Flynn se quejaba de lo que no podía tener. Quería viajar de veras, y eso significaba ir a otros mundos.

    No parecía mucho pedir, pero ni siquiera había ido a la Luna.

    Todo se reducía a una cuestión económica. El viaje interestelar era costoso; en general, sólo estaba al alcance de los ricos, o bien de los colonos y administradores. Era inaccesible para el ciudadano común. A menos que deseara aprovechar las ventajas del Trueque Mental.

    Flynn, con su innato conservadurismo pueblerino, había eludido este paso lógico pero inquietante: Hasta ahora.

    Marvin había tratado de conciliarse con su posición en la vida, y con las muy aceptables posibilidades que le ofrecía esta posición. A fin de cuentas, era libre y apenas tenía treinta y un años. Era un joven alto y agradable de hombros anchos, bigote negro bien recortado y afables ojos castaños. Era sano, inteligente y sociable, y no carecía de atractivos para el sexo opuesto. Había recibido la educación habitual: primaria, secundaria, doce años de universidad y cuatro años de trabajo de postgrado. Estaba bien preparado para su trabajo en la Reyck-Peters Corporation. Allí examinaba la estructura de juguetes de plástico, sometiéndolos a análisis de tensión y estudiando su propensión al microencogimiento, la porosidad, la fatiga de texturas y cosas similares. Quizá no fuera el trabajo más apasionante del mundo, pero no todos podemos ser reyes ni pilotos espaciales. Era un puesto responsable, teniendo en cuenta la importancia de los juguetes en este mundo y la necesidad de atenuar las frustraciones de los niños.

    Marvin sabía todo esto, pero se sentía insatisfecho. En vano había acudido al consejero del vecindario. Este hombre amable había tratado de ayudar a Marvin mediante el Análisis de Factores de Situación, pero Marvin no había respondido con perspicacia. Él quería viajar, y se negaba a abordar con franqueza las implicaciones ocultas de ese deseo, y no aceptaba ningún sustituto.

    Y ahora, al leer ese mundano pero emocionante anuncio, similar a muchos otros pero único en su particularidad (pues en ese momento era él quien lo leía), Marvin sintió un nudo en la garganta. Un trueque de cuerpos con un marciano... ver Marte, visitar la Madriguera del Rey de la Arena, viajar por el esplendor aural de La Herida, escuchar las arenas cromáticas del Gran Mar Seco...

    Había soñado antes. Pero ahora era distinto. El nudo que sentía en la garganta anunciaba una decisión. Marvin tuvo la prudencia de no forzarla. Se puso la gorra y fue al centro, a la botica de Stanhope.


    2


    COMO HABÍA ESPERADO, su mejor amigo, Billy Hake, estaba en la fuente de sodas, sentado en un taburete y bebiendo un alucinógeno suave conocido como LSD frappé.

    — ¿Qué tal tu lío, tío? —preguntó Hake, en la jerga popular de la época. —Excelente, demente —respondió Marvin, con las palabras indicadas.
    —Du koomen ta de la klipje? —preguntó Billy. (El furor de ese año era una jerigonza que mezclaba el español con el afrikáans.)
    —Ja, Mijnheer —respondió Marvin de mala gana. No estaba de ánimo para agudezas.

    Billy captó el tono de fastidio. Lo miró inquisitivamente, plegó su ejemplar de James Joyce Comics, se metió una pastilla Keen-Smoke en la boca, la mordió para liberar el fragante vapor verde y preguntó:

    — ¿Por qué tan cabizbajo?

    La pregunta, aunque un tanto incisiva, era obviamente bien intencionada.

    Marvin se sentó junto a Billy. Apesadumbrado, pero reacio a revelar su infelicidad a su jovial amigo, alzó ambas manos y procedió a hablar en el lenguaje de señas de los indios de la llanura. (Muchos jóvenes con inclinaciones intelectuales aún estaban bajo la influencia de la sensacional producción Projectoscope del año anterior, Diálogo en Dakota, con la actuación estelar de Bjorn Rakradish como Caballo Loco y Milovar Slavovivowitz como Nube Roja, y hecha totalmente con gestos.)

    Marvin movió los dedos en gestos paródicos pero serios que expresaban corazón-que-se-rompe, caballo-que-vagabundea, sol-que-no-brilla, luna-que-nosale.

    Lo interrumpió el señor Bigelow, propietario de la botica. El señor Bigelow era un hombre maduro de setenta y cuatro años, con una calvicie incipiente y una barriga pequeña pero visible. Aun así, afectaba modales juveniles.

    —Eh, Mijnheer —le preguntó a Marvin—, ¿querenzie tomar la klopje inmensa de la cabeza vefrouvens in forma de ein skoboldash sundae?

    Era típico del señor Bigelow y otros de su generación exagerar la jerga juvenil, perdiendo así todos los efectos cómicos, salvo los que eran patéticamente involuntarios.

    —Schnell —rezongó Marvin, con la desconsiderada crueldad de la juventud.
    —Bien, no quise molestar —dijo el señor Bigelow, y se alejó hurañamente, con los pasos cortos que había aprendido en el programa Imitación de la vida.

    Billy notó el dolor de su amigo. Era embarazoso. Él, con sus treinta y cuatro años, era un poco mayor que Marvin, casi un hombre. Tenía un buen empleo como capataz de la línea de montaje número veintitrés de la fábrica de cajas de Peterson. Se apegaba a las costumbres adolescentes, pero sabía que, su edad le imponía ciertas obligaciones. Así que se sobrepuso a su embarazo y encaró a su viejo amigo sin rodeos:

    —Marvin... ¿qué sucede?

    Marvin se encogió de hombros, torció la boca y tamborileó con los dedos.

    —Oiga, hombre, ein Kleinnachtmusik es demasiado, nicht wahr? —replicó—. El Todt que ruveas tocar...
    —En cristiano —dijo Billy, con una serena dignidad que iba más allá de sus años.
    —Lo siento —dijo Marvin, hablando con claridad—. Es sólo... Oh, Billy, me muero por viajar.

    Billy asintió. Conocía la obsesión de su amigo. —Claro. Yo también. —Pero no tanto como yo, Billy...

    Necesito irme. Llegó su skoboldash sundae. Marvin ni lo miró, y desnudó el corazón ante su viejo amigo.

    —Mira, Billy, esto me tiene más tenso que el resorte de un perdiguero de plástico. Pienso en Marte y en Venus, y en lugares realmente lejanos como Aldebarán y Antares y... qué diablos, no me los puedo sacar de la cabeza. Sitios como el Océano Parlante de Proción IV, y los hominoides tripartitos de Allua II... creo que me moriré si no llego a verlos.
    —Claro —dijo su amigo—. A mí también me gustaría ver esos lugares.
    —No, no entiendes. No es sólo verlos... es... es algo más... No puedo vivir en Stanhope el resto de mi vida, aunque sea divertido y tenga un buen trabajo y esté saliendo con chicas guapas. No me conformo con casarme con una chica, criar hijos y... ¡Tiene que haber algo más!

    Luego Marvin cayó en balbuceos adolescentes. Pero algunos de sus sentimientos afloraron en el caudaloso torrente de palabras, y su amigo cabeceó sabiamente.

    —Marvin —murmuró—, te entiendo perfectamente, te lo juro. Pero hombre, el viaje interplanetario aún cuesta una fortuna. Y el viaje interestelar es imposible.
    —Todo es posible —dijo Marvin—, si usas el Trueque Mental.
    — ¡Marvin! ¡No hablarás en serio! —exclamó su amigo, tan alarmado que no pudo contenerse. — ¡Claro que sí! ¡Y por el Cristo Malherido, lo haré! Esta exclamación los sobresaltó a ambos. Marvin nunca maldecía, y su amigo comprendió que debía estar muy nervioso para usar semejante expresión, aunque fuera en jerga. Y Marvin, habiendo dicho estas palabras, reconoció que su decisión era ineludible. Y habiéndolo reconocido, tuvo menos miedo del paso siguiente, que consistía en hacer algo al respecto.
    —Pero no puedes —dijo Billy—. El Trueque Mental es... bien, es obsceno. —La obscenidad está en la mente obscena.
    —No, hablo en serio. No querrás que un marciano escarbador de arena entre en tu cabeza. Que mueva tus piernas y tus brazos, que mire por tus ojos, que te toque, y hasta...

    Marvin lo interrumpió antes que dijera alguna indiscreción.

    —Mira, recuerda que yo estaré en su cuerpo, en Marte, así que él pasará la misma vergüenza.
    —Los marcianos no tienen vergüenza —dijo Billy.
    —Eso no —es verdad —dijo Marvin. Aunque era menor, en ciertos sentidos era más maduro que su amigo. — Había obtenido buenas calificaciones en Ética Interestelar Comparada. Y su intenso deseo de viajar lo hacía menos provinciano en sus actitudes, lo predisponía mejor para adoptar el punto de vista de la otra criatura. Desde los doce años, cuando había aprendido a leer, Marvin había estudiado los modos y modales de muchas razas de la galaxia. Siempre había procurado ver a esas criaturas con los ojos de ellas, y comprender sus motivaciones según su singular psicología. Más aún, había alcanzado un noventa y cinco por ciento en Empatía Proyectiva, demostrando así su potencial para las buenas relaciones extraterrestres. En una palabra, estaba tan preparado para viajar como le era posible para un joven que se había pasado la vida en un suburbio de la Tierra.

    Esa tarde, a solas en su habitación del desván, Marvin abrió la enciclopedia, que era su compañera y amiga desde que sus padres se la habían comprado a los nueve años. Sintonizó el nivel de comprensión en «simple», la velocidad de lectura en «rápido», tecleó las preguntas y se reclinó mientras las luces verdes y rojas parpadeaban.

    —Hola, amigos —dijo el reproductor con voz meliflua y entusiasta—. ¡Hoy hablaremos... del Trueque Mental!

    Seguía una sección histórica a la que Marvin no prestó atención. Volvió a atender cuando el reproductor dijo:

    —Veamos la mente, pues, como una entidad electroforme o subelectroforme. Tal vez recordéis, por nuestra charla anterior, que se considera que la mente comenzó como una proyección de nuestros procesos corporales, y que evolucionó hasta ser una entidad casi autónoma. Ya sabéis qué significa eso, amigos. Es como tener un hombrecillo en la cabeza... un coco en el coco. —El reproductor festejó discretamente la broma y continuó—: ¿Qué sacamos en limpio de este berenjenal? Bien, tíos, tenemos una situación simbiótica en la mente y en el cuerpo, aunque la mente es propensa al parasitismo. Pero aun así, cada cual puede existir sin el otro, teóricamente hablando. Al menos, eso dicen los Grandes Pensadores.

    Marvin salteó algunas partes.

    —En cuanto a proyectar la mente... bien, amigos, pensad en arrojar una pelota...

    »Lo mental a lo físico, y viceversa. En definitiva, cada aspecto es una forma del otro, como la materia y la energía. Desde luego, aún no hemos descubierto...
    »Pero sólo tenemos un conocimiento pragmático del asunto. Consideremos, sólo por un momento, el concepto de Reforma Aglutinadora de Van Voorhes, y la Teoría de los Absolutos Relativos de la Universidad de Lagos. Desde luego, estas teorías plantean más preguntas de las que responden...
    »Y todo esto es posible sólo por la asombrosa carencia de una reacción inmuniforme.
    »La práctica del Trueque Mental utiliza técnicas hipnóticas mecánicas tales como la relajación inducida, la fijación precisa y el uso de una sustancia positiva como la williamita, focalizador e intensificador de haces. El programa de realimentación...
    »Una vez que hemos aprendido, por cierto, podemos Trocar sin asistencia mecánica, habitualmente usando la vista como foco...

    Marvin apagó la enciclopedia y pensó en el espacio, en los muchos planetas y en los exóticos habitantes de esos planetas. Pensó en el Trueque Mental. Pensó: Mañana podría estar en Marte. Mañana podría ser un marciano...

    Se levantó de un salto.

    — ¡Diantre! —exclamó, golpeándose la palma de la mano izquierda con el puño derecho—. ¡Lo haré! La extraña alquimia de la decisión lo había transformado. Sin vacilar, preparó una maleta liviana, dejó una nota para sus padres y abordó el jet con rumbo a Nueva York.


    3


    EN NUEVA YORK, Marvin fue directamente a la empresa de agentes corporales de Otis, Blanders & Klent. Lo mandaron a la oficina del señor Blanders, un hombre alto y atlético que a los sesenta y tres años estaba en la flor de la vida y era socio de pleno derecho de la empresa. Marvin le explicó a ese hombre a qué había ido.

    —Por supuesto —dijo el señor Blanders—. Usted se refiere a nuestro anuncio del viernes pasado. El caballero marciano se llama Ze Kraggash, y está muy recomendado por los rectores de la Universidad de Skern Este.
    — ¿Qué aspecto tiene? —preguntó Marvin. —Mírelo con sus propios ojos — dijo Blanders, y le mostró una fotografía de un ser con pecho de tonel, piernas delgadas, brazos levemente más gruesos y una cabeza pequeña con nariz extremadamente larga. La imagen mostraba a Kraggash hundido hasta las rodillas en el lodo, saludando a alguien. Al pie de la fotografía había una leyenda: «Recuerdo de Paraíso del Lodo, Marte. ¡Vacaciones todo el año, mayor contenido de humedad del planeta!
    —Un sujeto bien parecido —comentó el señor Blanders. Marvin asintió, aunque Kraggash le parecía igual que cualquier otro marciano—. Vive en Wagomstank, que está en el linde del Desierto Evanescente de Nuevo Sur de Marte. Como sabrá usted, es una zona turística muy frecuentada. Al igual que usted, el señor Kraggash desea viajar y encontrar un cuerpo huésped apropiado. Ha dejado la elección en nuestras manos, y sólo exige salud física y mental.
    —Bien —dijo Marvin—, no quiero alardear, pero siempre me han considerado sano.
    —Eso salta a la vista —dijo el señor Blanders—. Es sólo una sensación, o quizá una intuición, pero en treinta años de trato con la gente he llegado a confiar en mis— sensaciones. Basándome únicamente en mi intuición, he rechazado a las últimas tres personas que solicitaron este Trueque.

    El señor Blanders parecía tan orgulloso de esa decisión que Marvin se sintió obligado a decir: — ¿De veras?

    —Por supuesto. No se imagina a cuántos inadaptados debo detectar y rechazar en este trabajo. Neuróticos que buscan emociones obscenas e ilícitas, criminales que desean burlar a los agentes de la ley locales; gente mentalmente inestable que trata de escapar de su presión psíquica interna. Y muchos más. Los rechazo a todos.
    —Espero no estar dentro de esas categorías —dijo Marvin, con una risa tímida.
    —Puedo discernir de inmediato que no es así —dijo el señor Blanders—. Yo lo definiría como un joven extremadamente normal, excesivamente normal, si eso fuera posible. Lo carcome el deseo de viajar, necesidad muy apropiada en este momento de la vida, pasión similar al enamoramiento, a luchar en una guerra idealista, a sentirse desilusionado con el mundo y otras poses de los jóvenes. Es muy afortunado al tener la inteligencia o la suerte de acudir a nosotros, la agencia de corretaje corporal más antigua y fiable de este negocio, en vez de acudir a nuestros competidores menos escrupulosos o, peor aún, al Mercado Abierto.

    Marvin sabía muy poco acerca del Mercado Abierto, pero guardó silencio, pues no deseaba delatar su ignorancia.

    —Pues bien —dijo el señor Blanders—, debemos observar ciertas formalidades antes de satisfacer su pedido.
    — ¿Formalidades? —preguntó Marvin.
    —Por cierto. Primero, debe someterse a un examen completo, el cual nos dará una idea concreta de su estado físico, mental y moral. Esto es muy necesario, pues los cuerpos se truecan en igualdad de condiciones. Usted se sentiría muy desdichado si se encontrara varado en el cuerpo de un marciano con peste de la arena o síndrome del túnel. Y él se sentiría igualmente desdichado si descubriera que usted tiene raquitismo o paranoia. De acuerdo con nuestros estatutos, debemos tratar de obtener un conocimiento cabal de la salud y estabilidad de los trocantes, y ponerlos al corriente de toda discrepancia que exista entre la realidad y el anuncio.
    —Entiendo. ¿Y qué sucede después?
    —A continuación, usted y el caballero marciano firmarán una Cláusula de Perjuicio Recíproco.

    Ésta estipula que toda lesión infligida al cuerpo huésped, por omisión o comisión, con inclusión de accidentes, será, primero, recompensada según la tasa establecida por la convención interestelar y, segundo, que dicha lesión será infligida recíprocamente al cuerpo propio de acuerdo con la Ley del Talión.

    — ¿La qué? —preguntó Marvin.
    —Ojo por ojo, diente por diente —explicó el señor Blanders—. Es bastante simple, en realidad. Supongamos que usted, en el cuerpo marciano, se rompe una pierna en el último día de ocupación. Sufre el dolor, por cierto, pero no los trastornos subsiguientes, que eludirá al regresar a su cuerpo ileso. Pero esto no es equitativo. ¿Por qué debería usted escapar de las consecuencias de su propio accidente? Así, en aras de la justicia, el derecho interestelar requiere que, una vez que regrese a su propio cuerpo, le rompan la pierna del modo más científico e indoloro posible.
    — ¿Aunque la primera quebradura fuera un accidente?
    —Sobre todo si fue un accidente. Hemos descubierto que la Cláusula de Perjuicio Recíproco reduce considerablemente dichos accidentes.
    —Esto empieza a parecerme peligroso —dijo Marvin.
    —Todo acto contiene un ingrediente de peligro. Pero los riesgos del Trueque son estadísticamente irrelevantes, siempre que usted se mantenga alejado del Mundo Tortuoso.
    —No sé mucho sobre el Mundo Tortuoso —dijo Marvin.
    —Nadie sabe. Por eso debe mantenerse alejado. Eso es bastante razonable, ¿no cree?
    —Supongo que sí —dijo Marvin—. ¿Qué más hay?
    —Nada digno de mención. Sólo papeleo, documentos de renuncia a ciertos derechos e inmunidades, esas cosas. Y por cierto, debo hacerle una advertencia habitual y pedirle que se cuide de la deformación metafórica.
    —Bien. Me gustaría oír esa advertencia.
    —Acabo de hacerla —dijo el señor Blanders—. Pero la haré de nuevo: cuidado con la deformación metafórica.
    —Me gustaría cuidarme —dijo Marvin—, pero no sé qué es.
    —Es bastante simple. Puede considerarla como una forma de demencia circunstancial. Como verá, nuestra capacidad para asimilar lo insólito es limitada, y los límites se alcanzan y se superan rápidamente cuando viajamos a planetas alienígenas. Experimentamos demasiadas novedades; esto se vuelve insoportable, y la mente busca alivio mediante el proceso paliativo de la analogía.

    »La analogía nos asegura que esto es como aquello; forma un puente entre lo conocido y aceptado y lo desconocido e inaceptable. Conecta lo uno con lo otro, coloreando lo desconocido e intolerable con una deseable familiaridad.
    »No obstante, bajo el impacto continuo y sistemático de lo desconocido, aun la capacidad analógica se presta a las distorsiones. Incapaz de enfrentar el caudal de datos con el proceso normal de la analogía conceptual, el sujeto es presa de la analogía perceptiva. Este estado es lo que denominamos «deformación metafórica». El proceso también se conoce como «panzismo». ¿Está claro?

    —No —dijo Marvin—. ¿Por qué se llama panzismo?
    —Es obvio —dijo Blanders—. Don Quijote cree que el molino es un gigante, mientras que Sancho Panza cree que el gigante es un molino. El quijotismo se puede definir como la percepción de las cosas cotidianas como entidades extrañas. Lo inverso es el panzismo, que consiste en la percepción de las entidades extrañas como cosas cotidianas.
    — ¿Eso significa que yo podría creerme que estoy mirando una vaca, cuando en realidad es un habitante de Altair? —preguntó Marvin.
    —Precisamente. Es bastante simple, si presta atención. Firme aquí y aquí y pasaremos a los exámenes.

    Flynn fue sometido a muchas pruebas y a interrogatorios interminables. Lo palparon, lo sondearon, le encendieron luces en la cara, lo sobresaltaron con ruidos súbitos y lo fastidiaron con olores extraños.

    Aprobó con gran éxito. Horas después lo llevaron a la Sala de Transferencia y lo sentaron en una silla que se parecía de manera alarmante a una vieja silla eléctrica. Los técnicos hicieron las inevitables bromas.

    —Cuando despiertes, te sentirás como un hombre nuevo. Parpadearon luces. Flynn sintió sueño, más sueño, muchísimo sueño.

    La inminencia del viaje lo emocionaba, pero su ignorancia del mundo ajeno a Stanhope lo inquietaba. ¿Qué era el Mercado Abierto? ¿Dónde estaba el Mundo Tortuoso, y por qué debía evitarlo? Por último, ¿cuán peligrosa era la deformación metafórica, con qué frecuencia ocurría y cuál era la tasa de recuperación?

    Pronto hallaría las respuestas a estas preguntas, así como las respuestas a muchas preguntas que no se había hecho. Las luces le lastimaban los ojos, y los cerró un instante. Cuando los abrió, todo había cambiado.


    4


    A PESAR DE SU CONSTITUCIÓN BÍPEDA, un marciano es una de las criaturas más raras de la galaxia. Desde un punto de vista sensorial, los kvees de Aldebarán, pese a su cerebro doble y sus extremidades de funciones especiales, se parecen más a nosotros. En consecuencia, resulta perturbador hacer un Trueque directo con el cuerpo de un marciano sin ninguna iniciación previa. Pero lo cierto es que no hay manera de atenuar la experiencia.

    Marvin Flynn se encontró en una habitación gratamente amueblada. Había una sola ventana, por donde vio un paisaje marciano con ojos marcianos.

    Cerró los ojos, pues no podía registrar nada salvo una abrumadora confusión. A pesar de las inyecciones, sentía las vertiginosas ondas del shock cultural, y debió quedarse muy quieto hasta que se le pasó. Luego, cautamente, abrió los ojos y miró de nuevo.

    Percibió chatas dunas de arena, constituidas por más de cien matices del gris. Un viento azul plateado barría el horizonte, y un contraviento ocre parecía atacarlo. El cielo era rojo, y en la escala del infrarrojo percibían matices indescriptibles. Por doquier, Flynn veía líneas espectrales aracnoides. La tierra y el cielo le presentaban una docena de gamas, algunas complementarias, otras contrastantes. No había armonía en los colores naturales de Marte; eran los colores del caos.

    Marvin encontró un par de gafas en las manos, y se las puso. De inmediato, el estrépito y el rugido de los colores se redujo a proporciones manejables. El aturdimiento inicial se disipó, y Marvin percibió otras cosas.

    Primero, un estruendo ensordecedor en los oídos, y por debajo un repiqueteo, como un redoble de tambor. Buscó el origen de ese ruido, y sólo vio tierra y cielo. Escuchó con mayor atención, y descubrió que los sonidos venían de su propio pecho. Eran los pulmones y el corazón, sonidos con los que convivían todos los marcianos.

    Ahora Marvin pudo examinarse. Se miró las piernas, que eran largas y esmirriadas. No había articulación en la rodilla; en cambio, la pierna rotaba en el tobillo, el talón y el muslo. Echó a andar, y admiró la fluidez de sus movimientos. Sus brazos eran un poco más gruesos que las piernas, y las manos de doble articulación tenían tres dedos y dos pulgares que él podía arquear y torcer de muchas maneras.

    Estaba vestido con pantalones cortos negros y un suéter blanco. El sostén pectoral estaba pulcramente plegado y cubierto con un revestimiento de cuero bordado. Le asombraba que todo pareciera tan natural.

    Aun así, no era sorprendente. La capacidad de las criaturas inteligentes para adaptarse a nuevos entornos era lo que permitía el Trueque Mental. Y, a pesar de ciertas notables diferencias morfológicas y sensoriales, era más fácil adaptarse al cuerpo marciano que a ciertas creaciones más perversas de la naturaleza.

    Flynn estaba reflexionando sobre esto cuando oyó que abrían una puerta a sus espaldas. Dio media vuelta y vio a un marciano frente a él, vestido con uniforme oficial de franjas verdes y grises. El marciano había invertido los pies para saludar, y Marvin se apresuró a responder del mismo modo.

    (Una de las maravillas del Trueque Mental es la «educación automática». O, en la amena jerga del oficio: «Cuando uno toma posesión de una casa, tiene derecho a usar el mobiliario.» El mobiliario consiste en el uso del conocimiento primario disponible en el cerebro huésped, conocimientos tales como idioma, costumbres, tradiciones y moral, información general acerca de la zona donde uno vive y demás. Esta es información ambiental primaria, general, impersonal, útil como orientación, pero no necesariamente fiable. Los recuerdos personales, los gustos y rechazos, no están disponibles para el ocupante, salvo ciertas excepciones, o sólo están disponibles a costa de considerables esfuerzos mentales. En este campo existe lo que parece ser un tipo de reacción inmunológica que sólo permite un grado superficial de contacto entre entidades disímiles. El «conocimiento general» suele ser accesible, pero el «conocimiento personal», que incluye creencias, prejuicios, esperanzas y temores, es sacrosanto.)

    —Viento suave —dijo el marciano, usando un saludo tradicional.
    —Y cielo sin nubes —respondió Flynn. (Para su fastidio, descubrió que su cuerpo huésped adolecía de un leve ceceo.)
    —Soy Meenglo Orichichich, de la oficina de turismo. Bienvenido a Marte, señor Flynn.
    —Gracias —dijo Flynn—. Es sensacional estar aquí. Es mi primer Trueque.
    —Sí, lo sé —dijo Orichichich. Escupió en el piso (indudable indicio de nerviosismo) y extendió los pulgares. Desde el corredor llegó un ruido de voces estridentes—. Ahora bien, en cuanto a su estancia en Marte...
    —Quiero ver la Madriguera del Rey de la Arena —dijo Flynn—. Y, por cierto, el Océano Parlante.
    —Excelentes opciones —dijo el funcionario—. Pero primero hay un par de pequeñas formalidades.
    — ¿Formalidades?
    —Nada engorroso —dijo Orichichich, torciendo la nariz a la izquierda en una sonrisa marciana—. ¿Quiere echar un vistazo a estos papeles e identificarlos, por favor?

    Flynn agarró los papeles y les echó un vistazo. Eran réplicas de los formularios que había firmado en la Tierra. Los leyó de cabo a rabo y confirmó que habían enviado correctamente toda la información.

    —Son los papeles que firmé en la Tierra —dijo. La algarabía aumentó en el corredor. Marvin distinguió algunas palabras:
    — ¡Ovíparo escocido, hijo de un tocón congelado! ¡Degenerado amante de la grava!

    Eran insultos muy fuertes.

    Marvin irguió la nariz inquisitivamente.

    —Un malentendido, una confusión —se apresuró a responder, el funcionario— Uno de esos infortunados percances que ocurren aun en los servicios turísticos oficiales mejor administrados. Pero estoy seguro que podremos solucionarlo en cinco sorbos de rape, si no antes. Permítame preguntarle si...

    Se oyó un correteo en el pasillo. Un marciano irrumpió en la habitación, con un funcionario marciano colgado del brazo intentando detenerlo.

    El marciano que había irrumpido era muy viejo, como se veía por la tenue fosforescencia de su piel. Señaló a Marvin Flynn con brazos trémulos.

    — ¡Ahí está! —gritó—. Ahí está, y por los tocones que quiero eso ahora. —Caballero —dijo Marvin—, no estoy acostumbrado a que me llamen «eso».
    —No te hablo a ti —dijo el viejo marciano—. No sé quién eres ni me importa. Me refiero al cuerpo que ocupas, y que no es tuyo.
    — ¿De qué habla? —preguntó Flynn.
    —Este caballero —dijo el funcionario— sostiene que usted ocupa un cuerpo que le pertenece. —Escupió en el piso dos veces—. Es una confusión, desde luego, y podemos remediarla de inmediato...
    — ¡Confusión! —rezongó el viejo marciano—. ¡Es un fraude descarado!
    —Caballero —dijo Marvin, con fría dignidad—, es usted víctima de un grave error, o bien emplea estas difamaciones por motivos que no alcanzo a comprender. Este cuerpo, señor mío, fue legal y justamente alquilado por mí.
    — ¡Sapo de piel escamosa! —gritó el viejo—. ¡Espera a que te ponga las manos encima! —Luchó discretamente contra el abrazo del guardia.

    De pronto, una figura imponente vestida de blanco apareció en la puerta. Todos los presentes guardaron silencio al ver al temido y respetado representante de la Policía del Desierto Sur de Marte.

    —Caballeros —dijeron los policías—, no hay necesidad de recriminaciones. Ahora marcharemos todos a la comisaría. Allí, con la ayuda del telépata de Fulszime, llegaremos a la verdad, y al móvil que hay detrás. —El policía hizo una pausa elocuente, miró a cada hombre a la cara, tragó saliva para demostrar calma y dijo—: Es una promesa.

    Sin más trámite, el policía, el funcionario, el viejo y Marvin Flynn se dirigieron a la comisaría. Caminaban en silencio, presa todos de las mismas aprensiones. Es bien sabido, en toda la galaxia civilizada, que cuando hay un embrollo con la policía, los problemas no han hecho más que empezar.


    5


    EN LA COMISARÍA, Marvin Flynn y los demás fueron llevados directamente a la húmeda y penumbrosa cámara donde residía el telépata de Fulszime. Esta entidad trípeda, como todos sus congéneres del planeta Fulszime, poseía un sexto sentido telepático que quizá compensara la imprecisión de los otros cinco.

    —De acuerdo —dijo el telépata de Fulszime, cuando todos estuvieron reunidos ante él—. Un paso adelante, amigo, y cuéntame tu historia. —Señaló severamente al policía.
    —Señor mío —respondió el policía con atildado embarazo—, yo soy el policía.
    —Interesante —dijo el telépata—. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con tu culpa o con tu inocencia.
    —Ni siquiera estoy acusado de un delito —dijo el policía. El telépata reflexionó.
    —Creo entender... —dijo—. Estos dos son los acusados. ¿Es así? —En efecto —dijo el policía.
    —Mis disculpas. Tu aura culpable me llevó a una identificación precipitada.
    — ¿Culpable? —dijo el policía—. ¿Yo? —Hablaba con calma, pero su piel mostraba típicas estrías anaranjadas de angustia.
    —Sí, tú —dijo el telépata—. No te sorprendas; el robo es una de las cosas que hace sentir culpables a la mayoría de las criaturas inteligentes.
    — ¡Un momento! —exclamó el policía—. ¡Yo no he cometido ningún robo! El telépata cerró los ojos y se quedó en actitud introspectiva.
    —Correcto —dijo al fin—. Quise decir que cometerás un robo.
    —Los tribunales no admiten la clarividencia como prueba —declaró el policía—. Además, las lecturas del futuro constituyen una contravención de la ley de libre albedrío.
    —Es verdad —dijo el telépata—. Mis disculpas.
    —Está bien —dijo el policía—. ¿Cuándo cometeré ese presunto robo? —Dentro de seis meses —dijo el telépata. — ¿Y seré arrestado?
    —No. Huirás del planeta para ir a un sitio donde no hay ley de extradición.
    —Ajá, interesante—dijo el policía—. ¿Puedes decirme si...? Pero hablaremos de esto más tarde. Ahora debes oír el testimonio de estos hombres, y juzgar su culpa o inocencia.

    El telépata miró a Marvin, agitó una aleta y dijo: —Adelante.

    Marvin contó su historia a partir de la lectura del anuncio, sin excluir ningún detalle.

    —Gracias —dijo el telépata cuando Marvin hubo terminado—. Ahora tú, amigo mío, tu historia.

    Se volvió hacia el viejo marciano, que se aclaró la garganta, se rascó el tórax, escupió un par de veces e inició su relato.


    LA HISTORIA DE AIGELER THRUS

    Ni siquiera sé por dónde empezar, así que lo mejor será empezar por mi nombre, que es Aigeler Thrus, y mi raza, que es la adventista nemuctiana, y mi ocupación, que consiste en poseer y administrar una tienda de ropa en el planeta Aquelses V Bien, es un negocio pequeño y poco rentable, y mi tienda está en Lambersa, en el Casquete Polar Sur, y todo el día vendo ropa a operarios que son inmigrantes venusinos, unos tipos grandes, verdes y velludos, muy ignorantes, muy quisquillosos y muy pendencieros, aunque no tengo prejuicios contra ellos.

    En mi oficio hay que tomarse las cosas filosóficamente; quizá no sea rico, pero al menos tengo salud (gracias a Dios) y mi esposa Allura también es sana, salvo por una leve fibrosis tentacular. Y tengo dos hijos varones grandes... uno de ellos médico en Sidneport, y el otro entrenador de Klannts. Y también tengo una hija, que está casada, lo cual significa que también tengo un yerno.

    Siempre he desconfiado de este yerno, porque es un figurín y tiene veinte pares de sostenes pectorales, aunque su esposa, es decir mi hija, ni siquiera tiene un buen par de rascadores. Pero no hay vuelta de hoja, ella cavó su surco y ahora tiene que reptar por él. Aun así, cuando un hombre se interesa tanto por la ropa y por esos lubricantes aromáticos para las articulaciones y otros lujos, con el sueldo de un vendedor de humedad (él se hace llamar «ingeniero hidrosensorial»), uno tiene ciertas dudas.

    Y él siempre trata de rebuscárselas con negocios tontos para los cuales debo cederle mis ahorros duramente ganados, que obtengo vendiendo ropa a esos tipos grandes y verdes. El año pasado compró una novedad, un llovedor de jardín, y yo le pregunté quién lo querría. Pero mi esposa insistió en que lo ayudara, y por cierto se fue a la quiebra. Y este año tenía otro plan, vender artículos de lana sintética iridiscente de Vega II, pues encontró una partida en Heligoport, y quiso que la comprara.

    Le dije: «Mira, ¿qué saben mis clientes, estos bocazas venusinos, de estas prendas elegantes? Tienen suerte si pueden comprarse un par de pantalones de sarga y quizá una bata para los festivos». Pero mi yerno tiene una respuesta para todo, y me dijo: «Oye, papi, ¿acaso no he estudiado las costumbres venusinas? A mi modo de ver, con estos palurdos que aman el rito, la danza y los colores brillantes, no podemos perder, ¿no te parece?»

    Bien, por abreviar una historia breve, me convenció para que participara en este proyecto, a mi pesar. Naturalmente, quería ver esos artículos iridiscentes con mis propios ojos, porque no confío en que mi yerno sea capaz de juzgar siquiera una pelusa. Y eso significaba recorrer media galaxia para llegar a Heligoport en Marte. Así que hice los preparativos.

    Nadie quería Trocar conmigo. No los culpo, porque nadie viene a propósito a un planeta como Aquelses V, a menos que sean inmigrantes venusinos sin seso. Pero encontré el anuncio de un marciano, Ze Kraggash, que quería alquilar su cuerpo porque quería poner la mente en Almacenaje Criogénico para un descanso prolongado. Era caro, pero ¿qué podía hacer? Conseguí un poco de dinero alquilando mi propio cuerpo a un amigo que había sido cazador de quarentz antes de sufrir una discomiotosis muscular. Y fui a la oficina de Trueque y me hice proyectar a Marte.

    Bien, imagínate mi reacción cuando descubrí que no me esperaba nadie. Todos corrían de aquí para allá tratando de averiguar qué pasaba con mi cuerpo huésped, e incluso trataron de enviarme de vuelta a Aquelses V; pero no podían, porque mi amigo ya había partido en una expedición de cacería de quarentz con mi cuerpo.

    Al final me consiguieron un cuerpo de la agencia Theresiendstadt Rent—a— Body. Doce horas era el máximo que podían darme, porque todos estaban reservados para alquileres de corto plazo durante el verano. Y es un cuerpo viejo y decrépito, como puedes ver, y endemoniadamente caro.

    Me puse a averiguar qué había pasado, y he aquí que me encuentro con este turista de la Tierra caminando lo más orondo con el cuerpo por el cual he pagado y que, según mi contrato, yo debería estar ocupando en este momento.

    No sólo es injusto, sino perjudicial para mi salud. Y esa es toda la historia.

    El telépata se retiró a sus aposentos para meditar su decisión. Regresó en menos de una hora y habló de este modo:

    —Ambos habéis alquilado o Trocado de buena fe el mismo cuerpo, a saber, el corpus de Ze Kraggash. Este cuerpo fue ofrecido por su propietario, el antedicho Ze Kraggash, a vosotros dos, y así la venta se consumó en contravención directa de todas las leyes pertinentes. El acto de Ze Kraggash se debe considerar delictivo, tanto en ejecución como en intención. Siendo así, he ordenado enviar a la Tierra un mensaje en el que se pide el arresto inmediato del antedicho Ze Kraggash, y su detención hasta el momento en que se efectúe su extradición.

    »Ambos habéis efectuado la compra de buena fe; no obstante, la primera transacción, como lo muestran los formularios contractuales, fue realizada por el señor Aigeler Thrus, quien tiene precedencia sobre el señor Marvin Flynn por una diferencia de treinta y ocho horas. Por tanto, el señor Thrus, como primer comprador, tiene el corpus a su disposición, y se ordena que el señor Flynn interrumpa esta ocupación ilegal y tome conocimiento de la Notificación de Desalojo, la cual le entrego por este acto, y la cual se debe cumplimentar dentro de seis horas Greenwich estándar.

    El telépata entregó a Marvin una Notificación de Desalojo. Flynn la aceptó con tristeza pero con resignación.

    —Supongo —dijo—, que será mejor que regrese a mi propio cuerpo en la Tierra.
    —Sería la elección más atinada —dijo el telépata—. Lamentablemente, no es posible por el momento.
    — ¿No es posible? ¿Por qué?
    —Porque según las autoridades de la Tierra, cuya respuesta telepática acabo de recibir, tu cuerpo, animado por la mente de Ze Kraggash, no aparece por ninguna parte. Una investigación preliminar nos induce a temer que Ze Kraggash haya huido del planeta, llevándose tu cuerpo y el dinero del señor Aigeler.

    Marvin Flynn tardó un rato en asimilar la noticia, pero al fin comprendió las implicaciones de lo que acababan de decirle. Estaba varado en Marte, en un cuerpo alienígena que debía desalojar. Al cabo de seis horas sería una mente sin cuerpo, con pocas probabilidades de encontrar uno.

    Las mentes no pueden existir sin cuerpos. Con lentitud, de mala gana, Marvin Flynn enfrentó la inminencia de su propia muerte.


    6


    MARVIN NO SE DEJÓ GANAR POR LA DESESPERACIÓN. En cambio se dejó ganar por la furia, que era una emoción mucho más sana, aunque igualmente improductiva. En vez de ponerse en ridículo llorando en el tribunal, se puso en ridículo protestando en los pasillos del Edificio Federal, exigiendo justicia, o al menos un reemplazo.

    No había modo de contener a ese joven impetuoso. Si realmente existiera la justicia —le explicaron en vano varios letrados—, no habría necesidad del derecho ni de los legisladores, y así se perdería uno de los conceptos más nobles de la humanidad, y todo un grupo laboral se quedaría sin empleo. La esencia de la ley, le aclararon, consistía en que existieran atropellos e infracciones, estos conflictos servían como prueba y convalidación de la necesidad del derecho, y de la justicia misma.

    Este lúcido argumento no aplacó al frenético Marvin, que parecía ser un hombre impermeable a la razón. Jadeaba y regurgitaba mientras gritaba improperios contra el sistema de justicia marciano. Esta vergonzosa conducta sólo se toleró porque Marvin era joven y en consecuencia no estaba culturizado del todo.

    Pero la furia no sirvió de nada y ni siquiera produjo las saludables sensaciones propias de la catarsis. Varios actuarios le hicieron esta observación, que no fue recibida con gratitud.

    Marvin no era consciente de la mala impresión que causaba en los demás, y al cabo de un rato su furia se agotó, dejando como residuo un hosco resentimiento.

    Fue con este ánimo que llegó a una puerta que decía «Oficina de Detección y Captura, División Interestelar».

    — ¡Ajá! —murmuró Marvin, y entró en la oficina. Se encontró en un recinto pequeño que parecía salido de las páginas de una vieja novela histórica. Contra la pared había respetables hileras de viejas pero fiables calculadoras electrónicas. Cerca de la puerta había un primitivo modelo de traductor de pensamientos e impresiones. Los sillones tenían la forma abrupta y la tapicería de plástico claro que asociamos con una época más ociosa. Sólo faltaba un aparatoso Moraeny de estado sólido para que el lugar fuera una réplica perfecta de una escena de las páginas de Sheckley o de otro de los primeros poetas de la Era de la Transmisión.

    Había un marciano maduro sentado en una silla, arrojando dardos contra un blanco con forma de trasero femenino. Se volvió bruscamente cuando entró Marvin.

    —Ya era hora —dijo—. Lo estaba esperando.
    — ¿Sí? —preguntó Marvin.
    —A decir verdad... no. Pero he descubierto que es un buen modo de empezar y contribuye a crear una atmósfera de confianza.
    — ¿Y por qué la arruina diciéndome la verdad? El marciano se encogió de hombros.
    —Mire —dijo—, nadie es perfecto. Soy sólo un detective. Mi nombre es Urf Urdorf. Siéntese. Creo que tenemos una pista sobre su abrigo de piel perdido.
    — ¿Qué abrigo de piel? —preguntó Marvin.
    — ¿No es usted Madame Ripper de Lowe, el travesti a quien asaltaron anoche en el hotel Arenas Rojas?
    —Claro que no. Soy Marvin Flynn, y perdí mi cuerpo.
    —Claro, claro —dijo el detective Urdorf, asintiendo vigorosamente—. Vayamos por partes. ¿Recuerda dónde estaba cuando notó que le faltaba el cuerpo? ¿Alguno de sus amigos se lo pudo llevar para gastarle una broma? ¿Es posible que lo haya guardado en otra parte, o lo haya mandado de vacaciones?
    —En realidad no lo perdí —aclaró Marvin—. Me lo robaron.
    —Debió decirlo desde un principio —dijo Urdorf—. Eso da otro cariz al asunto. Soy sólo un detective. Nunca dije que supiera leer el pensamiento.
    —Lo lamento.
    —Yo también lo lamento. Lo de su cuerpo, quiero decir. Debe haber sido todo un shock.
    —Sí, lo fue.
    —Entiendo cómo se siente. —Gracias.

    Guardaron un amigable silencio durante varios minutos. Al fin Marvin preguntó:

    — ¿Y bien?
    — ¿Cómo dice? —respondió el detective. —Dije: « ¿Y bien?».
    —Oh, lo siento. Me temo que no le oí la primera vez. —No tiene importancia.
    —Gracias.
    —No hay por qué.

    Hubo otro silencio. Luego Marvin repitió: « ¿Y bien? » y Urdorf preguntó: « ¿Cómo dice? »

    —Quiero recuperarlo —dijo Marvin. — ¿Recuperar qué? —Mi cuerpo.
    — ¿Su qué? Ah, sí. Su cuerpo. Sí, claro que lo quiere recuperar —dijo el detective con una sonrisa bonachona—. Pero no es tan fácil, ¿verdad? —No tengo idea —dijo Marvin.
    —No, claro que no tiene idea. Pero no es tan fácil, se lo aseguro. —Entiendo —dijo Marvin.
    —Esperaba que entendiera —dijo Urdorf, y volvió a guardar silencio.

    Este silencio duró unos veinticinco segundos. Al cabo de ese tiempo Marvin perdió la paciencia y gritó: — ¡Maldición! ¿Piensa hacer algo para recobrar mi cuerpo o piensa quedarse sentado ahí en su gordo trasero y hablar sin decir nada?

    —Claro que recobraré su cuerpo —dijo el detective—. En todo caso, lo intentaré. Y no hay por qué insultar. A fin de cuentas, no soy una máquina llena de respuestas tabuladas. Soy un ser inteligente como usted, tengo mis propias esperanzas y temores y, para ser más precisos, tengo mi propia manera de dirigir una entrevista. Esta manera puede parecerle ineficaz, pero a mí me ha resultado sumamente útil.
    —No me diga —respondió Marvin, más aplacado. —Pues sí, aunque no lo crea —replicó el detective con voz calma, sin demostrar rencor.

    Parecía que se iniciaría otro silencio, así que Marvin preguntó:

    — ¿Qué probabilidades cree que tengo... que tenemos... de recobrar mi cuerpo?
    —Excelentes —respondió el detective Urdorf—. Estoy convencido que lo encontraremos pronto. Más aún, diría que estoy seguro del éxito. No me baso en el estudio de este caso específico, que por el momento conozco muy poco, sino en un simple examen de las estadísticas correspondientes.
    — ¿Las estadísticas nos favorecen? —preguntó Marvin.
    —Sin duda. Piénselo: soy un detective experimentado, versado en todos los nuevos métodos y poseedor de un nivel de eficiencia con las máximas calificaciones. Aun así, durante mis cinco años de policía, jamás he resuelto un caso.
    — ¿Ni siquiera uno?
    —Ni siquiera uno —dijo Urdorf con firmeza—. Interesante, ¿verdad? —Sí, supongo que sí. ¿Pero eso no significa...?
    —Significa —dijo el detective— que estadísticamente está por romperse una de las rachas de mala suerte más extrañas de las que he tenido noticias.

    Marvin quedó perplejo, lo cual resulta bastante extraño en un cuerpo marciano.

    —Pero supongamos que no se rompe la racha. —No sea supersticioso. Las probabilidades existen; aun el examen más superficial de la situación lo convencerá. He sido incapaz de resolver 158 casos consecutivos. Si, usted es el número 159. ¿A qué apostaría usted si fuera jugador?
    —Apostaría a la mala racha.
    —También yo —admitió el detective, con una sonrisa compungida—. Pero ambos nos equivocaríamos, y apostaríamos basándonos en nuestras emociones y no en los cálculos de nuestro intelecto. —Urdorf miró soñadoramente el cielo raso—. ¡Ciento cincuenta y ocho fracasos! Es un récord sensacional, un récord increíble, sobre todo si usted tiene en cuenta mi honestidad, buena fe y habilidad. ¡Ciento cincuenta y ocho! ¡Una racha así tiene que romperse! Tan favorables son mis probabilidades que podría quedarme de brazos cruzados en la oficina y el delincuente se las ingeniaría para llegar a mí.
    —Sí —concedió cortésmente Marvin—, pero espero que no opte por ese método.
    —No, claro que no. Sería interesante, pero algunas personas no lo entenderían. No, encararé su caso activamente, sobre todo porque es un delito sexual, que es el campo de mi interés.
    —Perdón, pero no le entiendo.
    —No hace falta pedir perdón —le aseguró el detective—. No debería sentirse avergonzado ni culpable por ser víctima de un delito sexual, aunque el saber tradicional más profundo de muchas culturas estigmatiza a dichas víctimas, partiendo de la presunción de una complicidad consciente o inconsciente.
    —No me estaba disculpando —dijo Marvin—. Yo sólo...
    —Lo comprendo muy bien. Pero no se avergüence de contarme los detalles repulsivos y extravagantes. Considéreme una función oficial impersonal, y no un ser inteligente con sentimientos, temores, impulsos, caprichos y deseos sexuales propios.
    —Intentaba decirle que no se trata de un delito sexual.
    —Todos dicen lo mismo —caviló el detective—. Es extraño, pero la mente humana siempre se niega a aceptar lo inaceptable.
    —Mire —dijo Marvin—, si se toma tiempo para leer el expediente, verá que se trata de una mera estafa. Los motivos fueron el dinero y la autoperpetuación.
    —Me doy cuenta. Y, si no fuera consciente de los procesos de sublimación, podríamos dejarlo ahí. — ¿Qué otro motivo pudo tener el delincuente? —preguntó Marvin.
    —El motivo es obvio —dijo Urdorf—. Es un síndrome clásico. Verá usted, este sujeto actuaba bajo una compulsión específica para la cual tenemos un término técnico específico. Fue impulsado a cometer este acto en un estado avanzado de narcisismo obsesivo proyectivo.
    —No entiendo.
    —No es una experiencia común para el lego —le aclaró el detective.
    — ¿Qué significa?
    —Bien, no puedo explayarme sobre la etiología pero, esencialmente, la dinámica del síndrome implica una autoestima desplazada. Es decir, el afectado se enamora de otro, pero no en cuanto otro. En cambio, se enamora del Otro en cuanto Sí Mismo. Se proyecta a sí mismo en la personalidad del Otro, identificándose con ese Otro en todo sentido, y repudiando su personalidad real. Y, si puede poseer a ese Otro, mediante el Trueque Mental o medios similares, entonces ese Otro se convierte en su Sí Mismo, por quien entonces siente una autoestima totalmente normal.
    — ¿Me está diciendo que el ladrón me amaba? —preguntó Marvin.
    —En absoluto. Mejor dicho, no lo amaba a usted en cuanto usted... en cuanto persona aparte. Se amaba a sí mismo en cuanto usted, y así su neurosis lo obligó a convertirse en usted para que él pudiera amarse a sí mismo.
    — ¿Y una vez que él fue yo —preguntó Marvin pudo amarse a sí mismo?
    — ¡Exacto! Este fenómeno se conoce como incremento del ego. La posesión del Otro equivale a la Posesión del Sí Mismo primordial; la posesión se convierte en autoposesión, la proyección obsesiva se vuelve introyección normativa. Con el logro del objetivo neurótico hay una aparente remisión de los síntomas, y el afectado alcanza un estado de seudonormalidad donde su problema sólo se puede detectar por inferencia. Es una gran tragedia, por cierto.
    — ¿Para la víctima?
    —Bien, sí, desde luego. Pero yo pensaba en el paciente. Verá, en este caso se han combinado... o cruzado, y por ende pervertido... dos impulsos totalmente normales. La autoestima es normal y necesaria, y también el deseo de posesión y transformación. Pero estos factores, si se combinan, son destructivos para la personalidad, que es suplantada por lo que denominamos el «ego reflejo». La conquista neurótica, verá usted, cierra las puertas de la realidad objetiva. Irónicamente, la aparente integración de la personalidad anula toda esperanza de auténtica salud mental.
    —De acuerdo —dijo Marvin con resignación—. ¿Esto nos ayudará a encontrar al hombre que robó mi cuerpo?
    —Nos ayudará a entenderlo. El conocimiento es poder; sabemos desde el principio que el hombre que buscamos tenderá a actuar normalmente. Esto extiende nuestro campo de acción y nos permite actuar como si él fuera normal, y así ver cómo se complementan las técnicas de investigación modernas. La posibilidad de partir de semejante premisa, o de cualquier premisa, constituye una gran ventaja, se lo aseguro.
    — ¿Cuándo puede empezar? —preguntó Marvin.
    —Ya he empezado —respondió el detective—. Mandaré pedir los autos del tribunal, desde luego, y todos los demás documentos relacionados con este asunto, y me pondré en contacto con todas las autoridades planetarias pertinentes para solicitar información adicional. No ahorraré esfuerzos, y viajaré a los confines del universo si es necesario o deseable. ¡Resolveré este caso!
    —Me alegra que lo tome así —dijo Marvin. —Ciento cincuenta y ocho casos sin resolver —caviló Urdorf—. ¿Alguna vez oyó hablar de semejante racha de mala suerte? Pero terminará aquí. Es decir, no puede seguir para siempre, ¿verdad?
    —No lo creo.
    —Ojalá mis superiores adoptaran esa actitud —suspiró el detective—. Ojalá dejaran de llamarme «inepto». Esas palabras, las risas socarronas y las miradas inquisitivas menoscaban nuestra confianza. Por suerte para mí, tengo una voluntad férrea y plena confianza en mí mismo. Al menos, las tenía durante mis primeros noventa fracasos.

    El detective caviló unos instantes, luego dijo: —Esperaré su plena y total cooperación.

    —La tendrá —dijo Marvin—. El único problema es que me desalojarán de este cuerpo en menos de seis horas.
    —Menudo contratiempo —dijo distraídamente Urdorf. Obviamente estaba pensando en su caso, y le costaba prestarle atención a Marvin—. Lo desalojarán, ¿eh? Supongo que ya habrá hecho nuevos trámites. ¿No? Pues supongo que entonces los hará.
    —No sé qué debo hacer —dijo Marvin con cierta desesperación.
    —Bien, no esperará que yo le resuelva todo en la vida —replicó el detective— Me han adiestrado para realizar una tarea, y el hecho de que haya fracasado una y otra vez no modifica el hecho de que es la tarea para la que me han adiestrado. Así que usted deberá apañárselas con el problema de encontrar un cuerpo. Hay muchas cosas en juego, como sabrá.
    —Lo sé. Encontrar un cuerpo es cuestión de vida o muerte para mí.
    —Sí, también eso —dijo el detective—. Pero estaba pensando en el caso, en el efecto perjudicial que su muerte tendría sobre él.
    —Vaya comentario —dijo Marvin.
    —Estaba pensando en lo que está en juego para mí —dijo el detective—. Obviamente, hay cosas en juego para mí. Pero lo más importante es el concepto de justicia, y la creencia en la posibilidad del bien, dula cual deben depender todas las teorías del mal, y también la teoría estadística de las probabilidades. Todos estos conceptos vitales quedarían menoscabados si yo fracasara por centésima quincuagésima novena vez. Usted admitirá que estas cuestiones son más amplias que nuestras mezquinas vidas.
    —No, no lo admitiré —dijo Marvin.
    —Bien, no hay por qué discutir —dijo el detective con voz resueltamente jovial—. Encuentre otro cuerpo en alguna parte, y sobre todo, permanezca con vida. Quiero que me prometa que hará todo lo posible para permanecer con vida.
    —Lo prometo —dijo Marvin.
    —Y yo seguiré adelante con su caso, y me comunicaré con usted en cuanto tenga algo para informarle.
    —Pero ¿cómo me encontrará? —preguntó Marvin—. No sé en qué cuerpo estaré, ni siquiera en qué planeta. —No olvide que soy detective —dijo Urdorf, esbozando una sonrisa—. Quizá tenga problemas para encontrar delincuentes, pero jamás he tenido inconvenientes para encontrar víctimas. Tengo una teoría al respecto, y me complacerá comentarla con usted cuando ambos tengamos tiempo. Pero por ahora, recuerde: esté donde esté, tenga la forma que tenga, podré localizarlo. Así que ¡arriba ese ánimo!, ¡no pierda el coraje! y, sobre todo, ¡permanezca con vida!

    Marvin convino en permanecer con vida, pues lo tenía planeado de todos modos. Y salió a la calle mientras corría su precioso tiempo, todavía sin cuerpo.


    7


    Titular del Noticias de Marte (edición triplanetaria): ESCÁNDALO EN EL TRUEQUE

    Funcionarios policíacos de Marte y de la Tierra revelaron hoy la existencia de un escándalo relacionado con el Trueque .Mental. Las autoridades buscan a Ze Kraggash, de especie desconocida, quien presuntamente Trocó su cuerpo con doce seres simultáneamente. Se han expedido órdenes para el arresto de Kraggash, y la policía de asuntos triplanetarios confía en tener noticias en breve. El caso recuerda el tristemente célebre escándalo de «Eddie Dos Cabezas», de principios de los años 90, cuando...

    MARVIN FLYNN arrojó el periódico en la alcantarilla. Lo siguió con la mirada mientras la arena lo arrastraba; el carácter efímero de la noticia parecía un paradigma de su muy frágil existencia. Se miró las manos, agachó la cabeza.

    —Vamos, vamos, ¿cuál es tu problema, joven? Flynn alzó los ojos y vio —el amable rostro verde azulado de un erlano.
    —Estoy en apuros —dijo.
    —Muy bien, cuéntame —dijo el erlano, plegándose en el bordillo de la acera junto a Flynn. Como todos los de su raza, el erlano combinaba una rápida compasión con modales bruscos. Los erlanos eran conocidos como un pueblo tosco e ingenioso, muy propenso a la cháchara alegre y los refranes. Grandes viajeros y comerciantes, los erlanos de Erlan II debían viajar in corpore por exigencia de su religión.

    Marvin contó su historia, hasta el desconsolado momento del abrumador ahora, el cruel y aplastante ahora, el voraz ahora, que engullía su escasa provisión de minutos y segundos, empujándolo hacia el momento en que sus seis horas habrían terminado y, sin cuerpo, lo arrojarían a esa galaxia desconocida que los hombres llaman «muerte».

    — ¡Caray! —exclamó el erlano—. No sentirás lástima de ti mismo, ¿verdad?
    —Claro que sí —replicó Flynn en un ataque de furia—. Sentiría lástima de cualquiera que fuera a morir en seis horas. ¿Por qué no?
    —Como quieras, jefe —dijo el erlano—. Algunos dirían que es una rudeza y demás monsergas, pero yo me atengo a las enseñanzas del Guajuoie, quien dijo: « ¿Acaso es la muerte la que te acecha? ¡Pégale en la trompa!».

    Marvin respetaba todas las religiones, y no tenía ningún prejuicio contra el difundido Rito Antidescantino. Pero no entendía cómo podían ayudarlo las palabras del Guajuoie, y sé lo dijo.

    — ¡Anímate! —lo alentó el erlano—. Tienes tus sesos y tus seis horas, ¿no es así?
    —Cinco horas.
    —Muy bien. Pues apóyate en las patas traseras y muestra agallas, campeón. No te harás ningún bien mascullando por aquí como un convicto quejoso, ¿de acuerdo?
    —Supongo que no —dijo Marvin—. Pero ¿qué puedo hacer? No tengo cuerpo, y los huéspedes son costosos.
    —Muy cierto. Pero ¿has pensado en el Mercado Abierto?
    —Pero dicen que eso es peligroso —replicó Marvin, y se sonrojó al pronunciar esa frase absurda.

    El erlano sonrió.

    —Empiezas a entender, ¿eh, muchacho? Pero escucha, no es tan malo como crees, mientras sepas actuar con tino. El Mercado Abierto no es tan malo. Lo han difamado mucho, sobre todo las grandes agencias—del Trueque, que quieren seguir cobrando sus infladas tarifas capitalistas. Pero conozco a un tipo que ha estado trabajando veinte años en Tratos Breves, y me dice que la mayoría de la gente es correcta. Así que levanta esa barbilla y ese sostén pectoral, y consíguete un buen inhumador. Buena suerte, chico.
    — ¡Un momento! —exclamó Flynn, mientras el erlano se levantaba—. ¿Cómo se llama tu amigo?
    —James Virtue McHonnery —dijo el erlano—. Es un zascandil recio y curtido, demasiado amigo de la uva en estado rojo y un poco propenso a la furia negra cuando está achispado. Pero no se anda con vueltas y tiene buen servicio: no podrías pedirle más ni al mismo San Xal. Sólo dile que te mandó Pengle el Petardo, y buena suerte.

    Flynn dio las gracias al Petardo con gestos tan efusivos que causó embarazo a ese caballero recio pero de buen corazón. Se levantó y echó a andar, despacio al principio, luego a mayor velocidad, hacia el Quain, en cuya esquina noroeste estaban los muchos puestos y cabinas del Mercado Abierto. Y sus esperanzas, antes al borde de la entropía, comenzaron a palpitar con modestia pero con firmeza. En la alcantarilla cercana, unos periódicos destrozados flotaban en la corriente de arena, rodando hacia el eterno y enigmático desierto.

    — ¡Atención, atención! ¡Cuerpos nuevos por viejos! ¡Venid y recibid! ¡Cuerpos nuevos por viejos! Marvin tembló al oír ese antiguo pregón callejero, tan inocente en sí mismo pero tan evocador de ciertos cuentos aterradores. Se internó con paso vacilante en el enmarañado laberinto de calles, callejones y callejuelas que constituían la antigua Zona del Mercado Libre. Mientras caminaba, una docena de ofertas asaltaron sus receptores auditivos.
    — ¡Se necesitan braceros para levantar la cosecha en Drogheda! Le brindaremos un cuerpo totalmente funcional, con telepatía incluida. ¡Todo incluido, cincuenta créditos mensuales y una lista completa de placeres Clase C—3! Se otorgan contratos especiales por dos años. ¡Venga a levantar la cosecha en el bello Drogheda!
    — ¡Sirva en el Ejército de Naigwin! Veinte cuerpos de suboficiales disponibles, y ofertas especiales con oficiales de bajo rango. ¡Todos los cuerpos equipados con aptitudes marciales!
    — ¿Cuánto pagan? —preguntó un hombre al vendedor.
    —La manutención, más un crédito mensual. El hombre se alejó con una mueca despectiva.
    —Y además —añadió el pregonero—, derechos ilimitados de pillaje.
    —Eso está mejor —dijo el hombre a regañadientes—. Pero hace una década que los naigwins pierden la guerra. Gran cantidad de bajas, y poca recuperación corporal.
    —Estamos cambiando todo eso —dijo el vendedor—. ¿Eres un mercenario con experiencia?
    —Así es —dijo el hombre—. Me llamo Sean Von Ardin. He participado en casi todas las grandes guerras, y también en algunas menores.
    — ¿Último rango?

    Javaldher en el ejército del conde de Ganímedes —dijo Von Ardin—. Pero antes tuve el rango de cthusis pleno.

    —Bien, bien —dijo el vendedor, aparentemente impresionado—. Conque cthusis pleno, ¿eh? ¿Tienes papeles para demostrarlo? Bien, he aquí lo que haré. Puedo ofrecerte un puesto entre los naigwins... líder manatí, segunda clase.

    Von Ardin frunció el ceño y calculó con los dedos. —Veamos, líder manatí segunda clase equivale a semivalle ciclópeo, que es un poco inferior al rey de estandartes anaxoriano, y casi medio grado por debajo de un vejete doriano. Lo cual significa... Oye, si me alistara perdería —un grado entero.

    —Ah, pero no me dejaste terminar —continuó el vendedor—. Conservarías ese rango durante un período de veinticinco días, para demostrar pureza de intenciones, cosa muy importante para los dirigentes políticos naigwin. Luego saltarías tres grados hasta llegar a melanoano superior, lo cual te ofrecería una excelente oportunidad de ser jumbaya lancero provisorio y tal vez... aunque no puedo prometerlo, aunque quizá pueda influir extraoficialmente... tal vez te haga nombrar maestre de saqueos de los despojos de Erdisvurg.
    —Bien —dijo Von Ardin, impresionado a su pesar—, es un trato bastante decente... si puedes lograrlo. —Entra en la tienda —dijo el vendedor—. Déjame hacer una llamada...

    Marvin pasó de largo y oyó a hombres de una docena de razas discutiendo con vendedores de otra docena. Le gritaron cien propuestas al oído. La vitalidad de ese lugar lo despabiló y le levantó el ánimo. Y aunque algunas propuestas que oía eran desalentadoras, muchas eran interesantes.

    —Se busca hombre áfido para el Enjambre Senthis. Buena paga, amistades cordiales.
    — ¡Se necesita escritor para trabajar en el Libro Obsceno de Kavengii! ¡Debe ser capaz de empatizar con las premisas sexuales de la raza midridariana!
    — ¡Se necesitan planificadores de jardines para Arturo! ¡Ven y relájate entre los únicos vegetales sensibles de la galaxia!
    — ¡Se necesita experto en grilletes para Vega IV! ¡También hay oportunidades para cancerberos semicalificados! ¡Prerrogativas plenas!

    ¡Había tantas oportunidades en la galaxia! Marvin pensó que quizá su desgracia fuera una bendición encubierta. Él había querido viajar, pero su timidez sólo le había permitido hacerlo en el papel de turista. ¡Cuánto mejor, cuánto más gratificante sería viajar con una razón: servir en los ejércitos de Naigwin, experimentar la vida como hombre áfido, aprender qué era un experto en grilletes, incluso reescribir el Libro Obsceno de Kavengii!

    Vio un letrero que decía: «James Virtue McHonnery, licencia en Tratos Breves, satisfacción garantizada.»

    En el despacho, un hombrecillo recio y curtido de boca huraña y penetrantes ojos azules fumaba un puro. No podía ser sino McHonnery en persona. El silencioso, altivo y despectivo hombrecillo cruzó los brazos cuando Flynn se acercó a la cabina.


    8


    ESTABAN FRENTE A FRENTE, Flynn con la mandíbula floja, McHonnery con la boca cerrada. Siguieron varios segundos de silencio.

    —Mira, chico —dijo al fin McHonnery—, esto no es un espectáculo para mirones y yo no soy un puñetero monstruo. Si tienes algo que decir, escúpelo. De lo contrario, lárgate de aquí antes que te rompa el lomo.

    Marvin notó de inmediato que este hombre no era un vendedor lisonjero. No había el menor rastro de servilismo en esa voz ronca, ni el menor vestigio de obsecuencia en esa boca torcida. Este era un hombre que hablaba sin vueltas y sin reparar en las consecuencias.

    —Soy... soy un cliente —dijo Flynn.
    —Sensacional —gruñó McHonnery—. ¿Y qué quieres, que me ponga a hacer piruetas?

    Esa réplica sarcástica y esa conducta brusca dieron a Flynn una sensación de confianza. Sabía que las apariencias engañan, pero nadie le había enseñado a juzgar por algo que no fueran las apariencias. Se sentía inclinado a confiar en ese hombre agrio y orgulloso.

    —Dentro de unas horas me desalojarán de mi cuerpo —explicó Marvin—. Como mi cuerpo fue robado, necesito desesperadamente un sustituto. Tengo muy poco dinero pero estoy dispuesto a trabajar.

    McHonnery le clavó los ojos y torció los labios tensos en una risa burlona.

    —Dispuesto a trabajar, ¿eh? ¡Qué conmovedor! ¿Y en qué estás dispuesto a trabajar?
    —Vaya... cualquier cosa.

    ¿Ah, sí? ¿Sabes manejar un torno metálico Montcalm con tablero fotosensible y selector manual? ¿No? ¿Crees que puedes manipular un separador de partículas Quick-Greeze para la compañía de Tierras Raras? No es tu cosa, ¿eh? En Vega tengo un cirujano que quiere que alguien maneje su simulador de rechazo de impulsos nerviosos, el viejo modelo con pedales dobles. ¿No es lo que tenías en mente? Bien, en Potemkin II tenemos una orquesta de jazz que necesita un hombre con estómago de corneta, y un restaurante de Bootes busca un cocinero con conocimientos de las especialidades de Cthensis. ¿Te suena? Tal vez puedas recoger flores en Moriglia, aunque tendrías que predecir la antesis con un margen de cinco segundos a lo sumo. O podrías hacer soldaduras con carne, si tienes agallas, o encabezar un proyecto de recuperación de filópodos, o planificar sistemas de trepadoras intermedias o... Pero supongo que nada de esto te atrae, ¿verdad?

    Flynn sacudió la cabeza y murmuró: —No sé nada sobre esos trabajos.

    —Me sorprende menos de lo que crees —dijo McHonnery—. ¿Hay algo que sepas hacer?
    —Bien, en la universidad estudié...
    — ¡No me cuentes tu estúpida biografía! Me interesa tu oficio, habilidad, talento, profesión, aptitud, como quieras llamarlo. ¿Qué sabes hacer, sin rodeos?
    —Bien, dicho de esa manera, no sé hacer mucho. —Lo sé —suspiró McHonnery—. No tienes ninguna preparación; se te ve en la cara. Muchacho, quizá te interese saber que las mentes no calificadas son tan comunes como la mugre, o más. Saturan el mercado, abarrotan el universo. No hay nada que puedas hacer que una máquina no haga mejor, más rápido y con más ganas.
    —Lamento saberlo —dijo Marvin, con tristeza pero con dignidad. Se dispuso a irse.
    —Un minuto —dijo McHonnery—. Creí que querías trabajar. —Pero usted dice...
    —Digo que no tienes preparación, lo cual es cierto. Y digo que una máquina puede hacer cualquier cosa que tú hagas mejor, más rápido y con más ganas, pero no que sea más barata.
    —Oh —dijo Marvin.
    —Sí, en la baratura aún tienes ventaja sobre los aparatos. Y eso es toda una hazaña en estos tiempos. Siempre consideré que una de las glorias de la humanidad era que, a pesar de sus esfuerzos, nunca logró volverse del todo superflua. Como verás, chico, nuestro instinto nos ordena multiplicarnos, mientras que nuestra inteligencia nos impone conservar. Somos como un padre que tiene muchos hijos pero se las ingenia para desheredar a todos menos al mayor. Decimos que el instinto es ciego, pero también lo es la inteligencia. La inteligencia tiene sus pasiones, sus amores y sus odios; ay del lógico cuyo sistema racional no repose sobre una sólida base de emociones. Si carece de esa base, bien decimos que ese hombre es... irracional.
    —No lo sabía —dijo Marvin.
    —Demonios, es bastante obvio —dijo McHonnery—. El objetivo de la inteligencia es dejar sin trabajo a la raza humana. Por suerte, nunca puede lograrse. El hombre supera a la máquina. En el trabajo bruto, siempre habrá oportunidades para los indeseables.
    —Supongo que es un consuelo —dijo Flynn dubitativamente—. Y desde luego es muy interesante. Pero cuando Pengle el Petardo me dijo que viniera a verle, creí...
    —Eh, ¿qué dices? —exclamó McHonnery—. ¿Eres amigo del Petardo?
    —Se podría decir que sí —dijo Flynn, evitando así una mentira descarada, pues cualquiera podía decir cualquier cosa, fuera cierta o no.
    —Debiste decírmelo desde un principio. No hubiera cambiado nada, pues la situación es tal como te la he pintado. Pero te habría dicho que no es una vergüenza carecer de calificaciones. Qué diablos, todos empezamos así, ¿verdad? Si andas bien en un trato breve, en poco tiempo adquirirás aptitudes.
    —Eso espero, señor—dijo Flynn, con cautela ahora que McHonnery se había vuelto afable—. ¿Tiene un puesto en mente para mí?
    —A decir verdad, sí —dijo McHonnery—. Es un trabajo de una semana, el cual podrías hacer cabeza abajo, aunque no te gustara. No es el caso, porque se trata de una tarea grata y compatible, que combina moderados ejercicios al aire libre con modestos estímulos intelectuales, todo en un marco de buenas condiciones laborales, gestión inteligente y un ambiente laboral afable.
    —Suena maravilloso —dijo— Elynn. ¿Qué tiene de malo?
    —Bien, no es un trabajo con el cual te harás rico —dijo McHonnery—. En realidad, la paga es pésima. Pero qué diablos, no se puede tener todo. Una semana en esto te dará la oportunidad de reflexionar, hablar con tus colegas, decidir un rumbo en la vida.
    — ¿En qué consiste el trabajo?
    —El título oficial es «indagador ootheca, segunda clase». —Suena imponente.
    —Me alegra que te guste. Significa que recogerás huevos.
    — ¿Huevos?
    —Huevos. Para ser más específico, buscarás, recogerás los huevos del gánzer de las rocas. ¿Crees que puedes hacerlo?
    —Bien, me gustaría saber un poco más sobre las técnicas utilizadas, y también las condiciones laborales y...

    Calló porque McHonnery mecía la cabeza triste y lentamente.

    —Puedes averiguar todo eso cuando llegues allá. No soy una agencia de viajes, y no es una visita guiada. ¿Quieres el trabajo o no?
    — ¿Dispone de algo más? —No.
    —Entonces acepto.
    —Has tomado una sabia decisión —dijo McHonnery. Sacó un papel del bolsillo—. Aquí está el con trato estándar, aprobado por el gobierno, escrito en kro-melden, que es el idioma oficial del planeta Melde II, donde tiene autorización para operar la empresa empleadora. ¿Sabes leer kro-melden?
    —Me temo que no.
    —Entonces te traduciré las cláusulas pertinentes, tal como lo requiere la ley. Veamos... estipulaciones estándar por las cuales la compañía no se responsabiliza por incendios, terremotos, guerras atómicas, estallido del sol en nova, accidentes y demás. La compañía acepta contratarte por la suma de un crédito mensual, más el transporte a Melde; allí te proveerá con un cuerpo meldeno; también te suministrará ropa, y te alimentará y dará refugio y cuidará de tu salud y bienestar, a menos que no pueda hacerlo, en cuyo caso no lo hará y no podrás acusarla por esa omisión. A cambio de estos y otros servicios, realizarás las tareas que se te ordenen, en este caso aquellas tareas relacionadas específica y exclusivamente con el hallazgo y recolección de huevos de gánzer. Y Dios se apiade de tu alma.
    — ¿Cómo dijo? —preguntó Flynn.
    —Es sólo una invocación formal. Veamos... creo que eso lo cubre todo. Te comprometes, ciertamente, a no cometer actos de sabotaje, espionaje, irreverencia, desobediencia, etcétera, y a evitar y renunciar a las prácticas de perversión sexual definidas en El libro de perversiones meldenas de Hoffmeyer. Y también te comprometes a no iniciar una guerra, o a participar en una guerra en Melde si se inicia, y lavarte una vez cada dos días, y no endeudarte, y no volverte alcohólico ni loco, y varias otras cosas que ninguna persona razonable podría objetar. Y eso es prácticamente todo. Si tienes alguna pregunta importante, procuraré responderla.
    —Bien —dijo Flynn—, acerca de esas cosas que debo garantizar...
    —Eso no tiene importancia —dijo McHonnery—. ¿Quieres el trabajo? Bastará con un simple sí o no. Marvin tenía sus reservas, pero lamentablemente no tenía muchas opciones, y esta carencia hacía que sus reservas fueran irrelevantes. Pensó fugazmente en el detective, —luego desechó ese pensamiento. Como había dicho McHonnery, era un trabajo de una semana. ¿Qué podía perder? Aceptó, y dio su conformidad en el firmador universal neurosensible del pie de la página. McHonnery lo condujo al Centro de Transporte, desde donde las mentes atravesaban la galaxia a un múltiplo de la velocidad del pensamiento.

    De pronto Marvin se encontró en Melde, en un cuerpo meldeno.


    9


    EL BOSQUE TROPICAL DE GÁNZER, en Melde, era profundo y ancho; una brisa suave susurraba entre los colosales árboles, se deslizaba entre las lianas entrelazadas y se arrastraba con la espalda rota sobre hierbas ganchudas. Gotas de agua descendían penosamente por el enmarañado follaje, como velocistas exhaustos en un laberinto, y reposaban al fin en el suelo esponjoso e indiferente. Las sombras se mezclaban y bailaban, se esfumaban y reaparecían, sometidas a falsos movimientos por dos soles desfallecientes que ardían en un cielo verde y mohoso. Un desolado therengol silbó en el cielo llamando a su pareja, y recibió por respuesta el carraspeo rápido y ominoso de un predatorio rey saltador. Y a través de este melancólico bosque, tan engañosamente parecido a la Tierra, Marvin Flynn se desplazaba en su extraño cuerpo meldeno, la vista gacha, buscando huevos de gánzer sin saber cómo eran.

    Todo había sido muy rápido. Desde que había llegado a Melde, apenas había tenido tiempo de examinarse a sí mismo. En cuanto se corporificó, alguien le ladró órdenes al oído. Flynn apenas pudo echar una rápida ojeada a su cuerpo de cuatro brazos y cuatro piernas, de menear experimentalmente la cola y plegar las orejas sobre el lomo; lo incluyeron en una cuadrilla de trabajo, le dieron un número de barraca, un asiento en el comedor, un suéter dos números más grande y zapatos que le quedaban bastante bien salvo el delantero izquierdo. Estampó una firma y le entregaron las herramientas de su nuevo oficio; un bolso de plástico, gafas oscuras, una brújula, una red, un par de pinzas, un pesado trípode de metal y un fulminador.

    Él y sus colegas formaron filas y recibieron un apresurado y doctrinario sermón del gerente, un atriano aburrido y altanero.

    Flynn aprendió que su nuevo hogar ocupaba una insignificante porción de espacio en las inmediaciones de Aldebarán. Melde (llamado así porque los meldenos eran la raza dominante) era un mundo de segunda. Su clima estaba calificado de «intolerable» en la Escala de Tolerancia Climática HurlihanChanz; su potencial en recursos naturales se definía como «ínfimo» y su factor de resonancia estética (no ponderado) se consideraba «desdeñable».

    —No es el sitio que uno elegiría para venir de vacaciones —dijo el gerente—. En realidad no lo elegiría para nada, salvo para practicar la mortificación extrema.

    Los trabajadores se inquietaron un poco.

    —No obstante —continuó el gerente— este sitio despreciado y despreciable, esta desgracia solar, esta mediocridad cósmica, es el hogar de sus habitantes, que lo consideran el mejor lugar del universo.

    Los meldenos, fieramente orgullosos de su único patrimonio tangible, habían puesto al mal tiempo buena cara. Con la obstinada determinación de los que nacían con mala estrella, habían sembrado los lindes del bosque tropical y habían explotado yacimientos de bajo rendimiento en los huracanados desiertos. Su terca perseverancia habría sido alentadora si no hubiera sido tan monótona; y sus esfuerzos se podrían haber considerado un tributo al indómito espíritu de la vida si no hubieran terminado invariablemente en fracasos. Porque los meldenos, a pesar de sus tribulaciones, a lo sumo podían aspirar a una hambruna lenta en el presente, y a la promesa de la degeneración y extinción racial en el futuro.

    —Esto es Melde, pues —dijo el gerente—. Mejor dicho, esto sería Melde si no hubiera un factor adicional. Ese factor marca la diferencia entre el éxito y el fracaso. Me refiero, por cierto, a la presencia de huevos de gánzer. ¡Huevos de gánzer! ¡Ningún otro planeta los posee, ningún otro planeta los necesita con tanta desesperación! ¡Huevos de gánzer! ¡Ningún otro objeto del universo es tan claro epítome de lo deseable! ¡Huevos de gánzer! Hablemos sobre ellos, si les parece bien.

    Los huevos de gánzer eran el único producto de exportación del planeta Melde. Y afortunadamente para los meldenos, los huevos tenían muchos usos. En Orícades, los huevos de gánzer se utilizaban como objetos de amor; en Opinco II, se molían y comían como magnífico afrodisíaco; en Morícades, después de la consagración, eran adorados por los irracionales k'tengi. Y se podían citar muchos otros usos. Los huevos de gánzer, pues, constituían un recurso natural indispensable, y el único que los meldenos poseían. Con ellos, los meldenos podían mantener un grado tolerable de civilización. Sin ellos, la raza no tardaría en perecer.

    Para adquirir un huevo de gánzer, sólo había que recogerlo. Pero había ciertas dificultades, pues los gánzers, como era de esperad objetaban esta práctica.

    Los gánzers eran habitantes del bosque, de origen reptil. También eran destructivos, esquivos, tercos, feroces y totalmente indomables. Estas cualidades hacían que la recolección de huevos de gánzer fuera extremadamente peligrosa.

    —Es curioso, acaso paradojal —señaló el gerente—, que la principal fuente de vida de Melde también sea la principal causa de muerte. Es algo en lo que todos deberán pensar cuando inicien su día de trabajo. Les aconsejo que tengan mucho cuidado, permanezcan alerta en todo momento, miren antes de saltar, observen todas las precauciones para proteger sus vidas de esclavos, y también los costosos cuerpos que hemos confiado a su cuidado. Pero además, —recuerden— que deben cumplir con su cupo, pues cada día laboral donde el cupo no se cumpla, aunque sea por una diferencia de un solo huevo, se castiga con la adición de otra semana. En consecuencia, sean prudentes sin ser timoratos, y perseverantes sin ser tercos, y valerosos sin ser temerarios, y tenaces sin ser irreflexivos. Sigan estas sencillas máximas y no tendrán ningún percance. Buena suerte, muchachos.

    Marvin y sus colegas formaron filas y se internaron en el bosque a toda marcha. Al cabo de una hora llegaron a la zona de búsqueda. Marvin Flynn aprovechó la oportunidad para pedirle instrucciones al capataz.

    — ¿Instrucciones? —preguntó el capataz—. ¿Qué clase de qué tipa de instrucciones? —añadió (era un deportado orinathiano sin aptitudes lingüísticas).
    — ¿Qué debo hacer? —preguntó Flynn. El capataz sopesó la pregunta.
    —Recoger huevos de gánzer, debes —respondió al fin (aunque pronunciaba «gánster»).
    —Entiendo esa parte. Pero ni siquiera sé qué aspecto tiene un huevo de gánzer. —No preocupar —respondió el capataz—. Cuando ver, reconocer.
    —Sí, señor —dijo Marvin—. Y cuando encuentre un huevo de gánzer, ¿hay reglas especiales para manipularlo? Es decir, ¿pueden romperse, o...?
    —Para manipular —dijo el capataz—, recoger huevo, poner en bolso. Esta cosa entender, ¿sí o no?
    —Claro que sí —dijo Marvin—. Pero también me gustaría saber cuál es el cupo diario. ¿Hay un sistema de cupos, o quizá una partición por horas? Es decir, ¿cómo se sabe que se ha alcanzado el cupo?
    — ¡Ah! —dijo el capataz, y un aire de comprensión cruzó al fin su rostro ancho y campechano—. Proceder es así. Recoger huevo de gánzer, poner en bolso. ¿Sí?
    —Sí —respondió Marvin al instante.
    —Repetir una y otra vez hasta que bolso lleno. ¿Entendido?
    —Creo que sí —dijo Marvin—. El bolso lleno representa el cupo real o ideal. Revisemos los pasos para cerciorarnos que he comprendido. Primero, localizo los huevos de gánzer, aplicando asociaciones terrícolas al concepto, y supuestamente sin dificultades en la identificación. Segundo, una vez localizado e identificado el objeto deseado, procedo a guardarlo, para lo cual supongo que debo alzarlo manualmente, y luego continúo con actos acordes con dicho inicio. Tercero, repitiendo esta estrategia E un número x de veces, realizo la ecuación Ex=B!, donde B representa la capacidad del bolso y ! representa la cantidad de transacciones x necesarias para cumplir E. Al fin, concluida, la suma de todas las estrategias, regreso al campamento, donde entrego el contenido del bolso. ¿He comprendido, señor?

    El capataz se golpeó los dientes con la cola. —Tomarme el pelo, ¿eh? —dijo. —No, señor, sólo deseaba aseverar...

    —Burlarte de viejo zopenco orinathiano, claro. Muy listo, creerte, pero no tan listo, no ser. Recordar... listillos no simpáticos para nadie.
    —Lo lamento —dijo Flynn, agitando la cola respetuosamente. (Pero no lo lamentaba. Era su primera muestra de ánimo desde que había comenzado esta serie de hechos desalentadores, y le producía satisfacción, aunque fuera inoportuna o mal vista.)
    —De todos modos, creo, rudimentos elementales has entendido, así que a trabajar sin descanso, y mantener la narizota limpia, o seis extremidades te rompo, ¿está claro?
    —Clarísimo —dijo Flynn. Dio media vuelta, se internó en el bosque y se puso a buscar huevos de gánzer.


    10


    MIENTRAS MERODEABA, Marvin Flynn se preguntaba qué aspecto tendría un huevo de gánzer. También le habría gustado saber cómo usar su equipo; las gafas de sol eran inútiles en los rincones penumbrosos del bosque, y el pesado trípode era incomprensible. Se deslizó en silencio por el bosque, agitando las fosas nasales y estirando los ojos giratorios, sintonizados en parpadeo mínimo. Su piel dorada, aromatizada con apistomillo, palpitaba sensiblemente mientras sus grandes músculos se movían debajo, al parecer relajados pero preparados para actuar al instante.

    El bosque era una sinfonía de verdes y grises, mezclados con el ocasional escarlata de alguna enredadera, o el estallido morado de un arbusto lillibabba o, más raro aún, la cautivadora melodía de oboe de un flagelante anaranjado, aunque por otra parte el efecto era siniestro y melancólico, como un gran parque de diversiones en la hora silenciosa que precede al alba.

    ¡Pero allí! ¡Sí, allí! ¡Un poco a la izquierda! ¡Sí, bajo el árbol boku! ¿Era eso...? ¿Podría ser...?

    Flynn apartó las hojas con los brazos derechos y se agazapó. Allí, en un nido de hierba y ramitas entretejidas, vio un ovoide reluciente que parecía un huevo de avestruz incrustado con piedras preciosas.

    El capataz tenía razón. No había modo de pasar por alto un huevo de gánzer.

    Mirando atentamente ese objeto singular, y examinando sus impresiones, Marvin vio la luz de un millón de fuegos mágicos ardiendo en la superficie curva y multicolor. Las sombras lo acariciaban como la fragancia de sueños casi olvidados, ondulando y girando como etéreos fantasmas. Marvin sintió una emoción crepuscular: oficio de vísperas, parsimonioso ganado pastando a orillas de un arroyo cristalino, polvorientos y plañideros cipreses a la vera de un camino de piedra blanca.

    Aunque le dolía hacerlo, Marvin se agachó y extendió los brazos con la intención de alzar el huevo de gánzer y meterlo en su bolso de plástico. Cerró la mano sobre la esfera reluciente.

    Apartó la mano rápidamente; la esfera reluciente quemaba más que el infierno.

    Marvin miró el huevo de gánzer con nuevo respeto. Ahora comprendía la función de las pinzas que le habían suministrado. Las colocó en posición y las cerró despacio sobre el prodigioso esferoide.

    El prodigioso esferoide se alejó de un brinco, como un balón de goma. Marvin galopó detrás, agitando la red. Rodando y botando, el huevo de gánzer se internó en la tupida maleza. Marvin arrojó la red con desesperación, y la fortuna le guio la mano. El huevo de gánzer quedó atrapado en la red, palpitando como si le faltara el aliento. Marvin se le acercó cautamente, atento a cualquier ardid.

    En cambio, el huevo de gánzer habló.

    —Oye, tío —le dijo con voz ahogada—. ¿Qué cuernos te pasa?
    — ¿Cómo has dicho? —preguntó Marvin.
    —Mira —dijo el huevo de gánzer—, estoy sentado en un parque público, sin entrometerme con nadie, y de repente vienes y me saltas encima como un lunático, magullándome el hombro y portándote como un trastornado. Naturalmente, me recaliento un poco. ¿Quién no? Decido alejarme, porque es mi día libre y, no quiero complicaciones. Entonces me arrojas una red, como si fuera un estúpido pez o una mariposa. Por eso te pregunto, ¿cuál es la gran idea?
    —Bien —dijo Marvin—, verás... tú eres un huevo de gánzer.
    —Lo sé muy bien —dijo el huevo de gánzer—. Claro que soy un huevo de gánzer. ¿Y qué? ¿De pronto está penado por la ley?
    —Claro que no —dijo Marvin—. Pero sucede que estoy buscando huevos de gánzer.

    Hubo un breve silencio.

    — ¿Me lo podrías repetir? —dijo al fin el huevo de gánzer. Marvin se lo repitió.
    —Sí, eso creí oír —dijo el huevo de gánzer. Rio débilmente—. Bromeas, ¿verdad?
    —Lo lamento, pero no.
    —Claro que sí —dijo el huevo de gánzer, con cierta desesperación—. De acuerdo, ya te has divertido. Ahora sácame de aquí.
    —Lo lamento... — ¡Sácame! —No puedo. — ¿Por qué?
    —Porque estoy buscando huevos de gánzer.
    —Dios mío —dijo el huevo de gánzer—, es la mayor chifladura que oí en mi vida. Ni siquiera me conoces, ¿verdad? Entonces ¿por qué me estás buscando?
    —Me han contratado para buscar huevos de gánzer —le explicó Marvin.
    —Oye, tío, ¿me estás diciendo que te dedicas a buscar cualquier huevo de gánzer? ¿No te importa cuál?
    —Así es.
    — ¿Y no estás buscando ningún huevo de gánzer específico, alguno que te haya jugado una mala pasada?
    —No, no —dijo Marvin—. Nunca conocí un huevo de gánzer.
    —Nunca... ¿Y sin embargo los buscas...? Me estoy volviendo loco, no puedo estar oyendo bien. Estas cosas no suceden. Es una pesadilla increíble. Son cosas que pasan en las pesadillas. Un sujeto con cara de maniático se acerca tan campante, te atrapa, y sin mosquearse te dice que busca huevos de gánzer. Vamos, me estás tomando el pelo, ¿verdad?

    Marvin se sentía avergonzado y exasperado, y quería que el huevo de gánzer se callara.

    —No estoy bromeando —rezongó—. Mi trabajo es buscar huevos de gánzer.
    — ¡Buscar huevos de gánzer! —gimió el huevo de gánzer—. ¡Oh no, no, no, no, no! Dios mío, no puedo creer que esto esté pasando, pero está pasando. Está pasando...
    —Contrólate —dijo Marvin. Era evidente que el huevo de gánzer estaba al borde de la histeria.
    —Gracias —dijo el huevo de gánzer al cabo de un momento—. Ahora estoy bien. Perdón por perder la compostura.
    —No te preocupes —dijo Marvin—. ¿Ahora estás preparado para que te guarde?
    —Estoy tratando de hacerme a la idea. Es tan... tan... Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
    —Date prisa —dijo Marvin.
    —Quiero preguntarte —dijo el huevo de gánzer— si esto te excita de algún modo. ¿Es algún tipo de perversión? Sin ánimo de ofender.
    —Está bien —dijo Marvin—. No, no soy un pervertido, y te aseguro que esto no me complace. Es sólo un trabajo.
    —Un trabajo —repitió el huevo de gánzer—. ¡Un trabajo! ¡Secuestrar a un huevo de gánzer que ni siquiera conocías! Sólo un trabajo. Como recoger una piedra. Sólo que no soy una piedra, sino un huevo de gánzer.
    —Entiendo —dijo Marvin—. Créeme, todo esto me resulta muy extraño...
    — ¡A ti te resulta extraño! —chilló el huevo de gánzer—. ¿Y yo... cómo crees que me siento? ¿Te parece natural que alguien venga a recogerte como en una pesadilla?
    —Tranquilo —dijo Marvin.
    —Lo siento—dijo el huevo de gánzer—. Ya estoy bien.
    —Lamento muchísimo todo esto —dijo Marvin—. Pero verás, tengo un empleo y debo cumplir un cupo, y si no lo hago tendré que pasarme el resto de mi vida aquí.
    —Loco —susurró el huevo de gánzer—. Está total y absolutamente trastornado. —Así que debo recogerte —concluyó Marvin, y extendió el brazo.
    — ¡Espera! —aulló el huevo de gánzer, con una voz tan aterrorizada que Marvin desistió.
    — ¿Qué pasa ahora?
    — ¿Puedo dejarle una nota a mi esposa?
    —No hay tiempo —dijo Marvin con firmeza.
    — ¿Al menos me dejarás decir mis oraciones? —Adelante —dijo Marvin—. Pero que sea rápido.
    —Oh Dios, mi Señor —salmodió el huevo de gánzer—, no sé qué me está pasando, ni por qué. Siempre he tratado de ser una buena persona, y aunque no voy regularmente a la iglesia sin duda sabes que la religión auténtica está en el corazón. Quizá haya hecho algunas cosas malas en la vida, no lo negaré. Pero, Señor, ¿por qué este castigo? ¿Por qué yo? ¿Por qué no otro, uno de los realmente malos, uno de los criminales? ¿Por qué yo? ¿Y por qué así? Una cosa quiere recogerme como si yo fuera una cosa... Y no comprendo. Pero sé que eres omnisapiente y todopoderoso, y sé que eres bueno, así que supongo que habrá una razón... aunque yo sea demasiado tonto para verla. Oye, Dios, si es así, es así. ¿Pero podrías cuidar de mi esposa y mis hijos? ¿Y podrías cuidar especialmente del benjamín? —Al huevo de gánzer se le quebró la voz, pero se recobró de inmediato—. Te pido especialmente por el pequeñín, Dios, porque es defectuoso y los demás chicos se burlan de él y necesita mucho... mucho amor. Amén.

    El huevo de gánzer se sofocó con los sollozos. Su voz cobró repentina fuerza.

    —De acuerdo —le dijo a Marvin—. Ya estoy preparado. Adelante, haz lo que debas, condenado hijo de perra.

    Pero la plegaria del huevo de gánzer había perturbado a Marvin. Con ojos húmedos y cernejas trémulas, Marvin abrió la red y liberó al cautivo. El huevo de gánzer rodó un trecho y se detuvo, obviamente temiendo una treta.

    — ¿De veras me estás soltando? —preguntó.
    —Sí —dijo Marvin—. No tengo pasta para este trabajo. No sé qué me harán en el campamento, pero nunca recogeré un solo huevo de gánzer.
    —Loado sea el nombre del Señor —murmuró el huevo de gánzer—. He visto cosas extrañas en mis tiempos, pero parece que la Mano de la Providencia...

    La hipótesis del huevo de gánzer (conocida como la Falacia Intervencionista) fue interrumpida por un súbito y ominoso estrépito en la maleza. Marvin giró, y recordó los peligros del planeta Melde. Le habían advertido, pero lo había olvidado. Buscó desesperadamente el fulminador, que se había atascado en la red. Tiró violentamente, lo manoteó, oyó una estridente advertencia del huevo de gánzer...

    Y lo tumbaron al suelo. El fulminador voló hacia la maleza. Y Marvin enfrentó unos ojos negros y rasgados que brillaban bajo una frente blindada.

    No eran necesarias las presentaciones. Flynn sabía que se había topado con un gánzer merodeador adulto, y en las peores circunstancias. Las pruebas (si se hubieran necesitado) eran sumamente probatorias: ahí estaban la condenatoria red, las reveladoras gafas, las acusatorias pinzas. Y más cerca todavía —cerrándose sobre su cuello— estaba la dentada mandíbula del gigantesco saurio, tan cerca que Marvin pudo ver tres muelas de oro y un empaste de porcelana.

    Flynn trató de librarse. El gánzer lo apretó con una zarpa del tamaño de una montura de yak; aquellas crueles garras, del tamaño de pinzas para hielo, se hundieron cruelmente en la piel dorada de Marvin. Las babeantes mandíbulas se abrieron malignamente y bajaron, dispuestas a engullirle la cabeza entera.


    11


    DE PRONTO... ¡el tiempo se detuvo! Marvin vio que las fauces del gánzer se petrificaban en medio del babeo, el inflamado ojo izquierdo se le paralizaba en medio de un parpadeo, y todo su corpachón era presa de una extraña e implacable rigidez.

    A poca distancia, el huevo de gánzer estaba tan inmóvil como una réplica esculpida de sí mismo. La brisa también había cesado. Los árboles estaban tiesos y tensos, y un halcón meritheo quedó inmóvil en pleno vuelo como un muñeco unido a un cable. ¡El sol detuvo su carrera inexorable!

    Y en este extraño cuadro vivo, el trémulo Marvin giró hacia el único movimiento que había en el aire, a un metro de su cabeza y levemente a la izquierda.

    Comenzó como un vórtice de polvo, se dilató, se expandió, creció, se engrosó en la base y se volvió convexo en el ápice. La rotación se aceleró y la figura se solidificó.

    — ¡Detective Urdorf! —exclamó Marvin. Pues era, en efecto, el detective marciano con la racha de mala suerte, quien había prometido resolver el caso de Marvin y devolverlo a su cuerpo legítimo.
    —Lamento irrumpir de esta manera —dijo Urdorf, materializándose plenamente y cayendo al suelo. — ¡Gracias a Dios que ha venido! —dijo Marvin— Me ha salvado de un destino sumamente desagradable, y si me ayuda a salir de aquí debajo...

    Pues Marvin aún estaba inmovilizado contra el suelo bajo la zarpa del gánzer, que había cobrado la rigidez del acero templado, y no podía escurrirse.

    —Lo siento —dijo el detective, levantándose y sacudiéndose el polvo—. Me temo que no puedo hacerlo. — ¿Por qué no?
    —Porque va contra las reglas —explicó el detective Urdorf—. Verá, todo desplazamiento de cuerpos durante una detención temporal artificial inducida (pues de eso se trata) podría derivar en una paradoja, lo cual está prohibido porque podría provocar una implosión temporal que podría distorsionar las líneas estructurales de nuestro continuo y destruir el universo. Debido a esto, todo desplazamiento es punible con una sentencia de un año de prisión y una multa de mil créditos.
    —Oh, no lo sabía —dijo Marvin. —Bien, me temo que así es.
    —Entiendo.
    —Esperaba que entendiera —dijo el detective. Siguió un largo e incómodo silencio.
    — ¿Y bien? —preguntó Marvin. — ¿Cómo ha dicho? —Dije que... Iba a preguntarle para qué vino aquí.
    —Ah —dijo el detective—. Debía hacerle varias preguntas que no se me habían ocurrido antes, y que pueden ayudarme a investigar metódicamente este caso y resolverlo.
    —Pregunte —dijo Marvin.
    —Gracias. Ante todo, ¿cuál es su color favorito? —El azul.
    — ¿Pero qué matiz del azul? Por favor, trate de ser preciso. —El azul del huevo de petirrojo.
    —Ajá. —El detective lo anotó en su libreta.
    —Y ahora dígame, rápidamente y sin pensar, cuál es el primer número que le acude a la mente.
    —87792,3 —respondió Marvin sin titubear.
    —Ajá. Y ahora, sin reflexión, dígame el nombre de la primera canción popular que se le ocurre.
    —«Rapsodia Orangután» —dijo Marvin.
    —Bien —dijo Urdorf, cerrando la libreta—. Creo que con eso tengo todo.
    — ¿Cuál es el propósito de esas preguntas? —preguntó Marvin.
    —Con esta información, podré examinar a varios sospechosos buscando vestigios de reacciones corporales. Forma parte del examen de identidad de Duulman.
    —Ah —dijo Marvin—. ¿Ha tenido suerte?
    —La suerte no tiene nada que ver —replicó Urdorf—. Pero puedo decir que el caso avanza de manera satisfactoria. Hemos seguido la pista del ladrón hasta Iorama II, donde entró de contrabando en un cargamento de carne congelada destinada a Goera Mayor. En Goera se hizo pasar por fugitivo de Hage XI, lo cual le granjeó el favor popular. Logró recaudar fondos suficientes para el viaje a Kvanthis, donde había guardado su dinero. Sin permanecer más de un día en Kvanthis, abordó el transporte local a la Región Autónoma de Cincuenta Astros.
    — ¿Y después? —preguntó Marvin.
    —Después perdimos el rastro. La Región de Cincuenta Astros contiene no menos de cuatrocientos treinta y dos sistemas planetarios con una población total de trescientos mil millones. Como verá, es una tarea hecha a nuestra medida.
    —Parece imposible —dijo Marvin.
    —Todo lo contrario, es una situación muy ventajosa. Los legos siempre confunden la complejidad con la complicación. Pero nuestro delincuente no encontrará refugio en la mera multiplicidad, que por cierto siempre es susceptible de análisis estadístico.
    — ¿Y qué pasa ahora? —preguntó Marvin. —Seguimos analizando, y después hacemos una proyección basada en las probabilidades, y después enviamos nuestra proyección a toda la galaxia y vemos si se convierte en nova... figuradamente hablando, se entiende.
    —Se entiende —dijo Marvin—. ¿De veras cree que lo atrapará?
    —Confío plenamente en los resultados —dijo el detective Urdorf—. Pero debe tener paciencia. Recuerde que el delito intergaláctico es un campo relativamente nuevo, y en consecuencia la investigación intergaláctica es aún más nueva. Hubo muchos delitos donde no se pudo probar la existencia de un delincuente, y mucho menos detectarlo. En algunos sentidos, pues, llevamos la delantera.
    —Supongo que deberé creer en su palabra —dijo Marvin.
    —No se preocupe. En estos casos, es mejor que la víctima continúe con su vida normal, que siga viva y que no se entregue a la desesperación. Ojalá no lo olvide.
    —Lo intentaré —dijo Marvin—. Pero en cuanto a esta situación actual...
    —Es precisamente la clase de situación que le aconsejé que evitara —dijo severamente el detective—. Recuérdelo en el futuro, por favor, si logra salir con vida de esto. Buena suerte, amigo mío, y que conserve la vida.

    Ante los ojos de Marvin, el detective Urdorf giró cada vez más rápido, se hizo borroso, desapareció. El tiempo volvió a fluir.

    Y Marvin volvió a mirar los ojos entornados del gánzer y la frente blindada, y vio las espantosas fauces que bajaban dispuestas engullirle la cabeza entera.


    12


    ¡ESPERA! —gritó Marvin.


    — ¿Para qué? —preguntó el gánzer.

    Marvin no había pensado tanto. Oyó que el huevo de gánzer mascullaba:

    —Es justo que se haya invertido la situación, pero él fue amable conmigo. Aun así, ¿qué me importa? Si asomas el pescuezo, alguien te parte la cáscara. Aun así...
    —No quiero morir —dijo Marvin.
    —No pensé que quisieras —dijo el gánzer de las rocas, con voz comprensiva— Y, desde luego, querrás hablarlo conmigo. Ética, moral, todo eso. Pero me temo que no. Nos advirtieron expresamente que nunca dejáramos hablar a un meldeno. Nos dijeron que hiciéramos el trabajo sin personalizarlo. Terminar una faena y pasar a la siguiente. Una cuestión de higiene mental, nada más. Por lo tanto, si me haces el favor de cerrar los ojos...

    Las fauces se acercaron. Pero Marvin, alarmado, exclamó:

    — ¿Dijiste trabajo?
    —Claro, es un trabajo —dijo el gánzer—. No hay nada personal. —Frunció el ceño, al parecer enfadado consigo mismo por haber hablado.
    — ¡Un trabajo! Tu trabajo es cazar meldenos, ¿verdad?
    —Bien, obviamente, este planeta de Gánzer no sirve para mucho, salvo para cazar meldenos. —Pero ¿por qué los cazas? —preguntó Marvin.
    —Bien, en primer lugar, un huevo de gánzer sólo puede alcanzar la madurez en el cuerpo huésped del meldeno adulto.
    —Caray —objetó el huevo de gánzer, girando con vergüenza—, ¿es necesario hacer esos comentarios tan biológicos? Yo no me pongo a hablar de vuestras funciones naturales, ¿o sí?
    —En segundo lugar —continuó el gánzer—, nuestro único producto de exportación son las pieles meldenas, las cuales (una vez curadas y curtidas) se usan para atuendos imperiales en Triana 11, para hechizos de buena suerte en Nemo y para asientos en Chrysler XXX. Esta búsqueda del elusivo y mortífero meldeno es nuestro único modo de mantener un grado tolerable de civilización, y...
    — ¡Eso es exactamente lo que me dijeron a mí! —exclamó Marvin, y se apresuró a repetir lo que le había dicho el gerente.
    — ¡Caramba! —dijo el gánzer.

    Ambos veían ahora la verdad de la situación: los meldenos dependían por completo de los gánzers, que a su vez dependían por completo de los meldenos. Ambas razas se cazaban una a la otra, vivían y morían por la otra y, por ignorancia o mala fe, desconocían que hubiera una relación mutua. Nadie reconocía esta relación totalmente simbiótica. De hecho, cada raza sostenía que sólo ella constituía una Inteligencia Civilizada, y que la otra era bestial, despreciable e insignificante.

    Ahora ambos comprendían que participaban en igual medida del concepto genérico de Humanidad. (Por cierto, esto también incluía al huevo de gánzer.)

    Era una idea pasmosa, pero Marvin todavía estaba apretado contra el suelo por la pesada zarpa del gánzer.

    —Esto me pone en una situación embarazosa —dijo el gánzer al cabo de un rato—. Mi tendencia natural es liberarte, pero estoy trabajando en este planeta bajo un contrato que estipula...
    — ¿Entonces no eres un verdadero gánzer?
    —No. Soy un trocante como tú, y vengo de la Tierra.
    — ¡Mi planeta natal! —exclamó Marvin.
    —Me lo imaginaba —replicó el gánzer—. Al cabo de un tiempo uno se vuelve sensible a las características de diversas mentalidades, y aprende a reconocer a sus congéneres por ciertas particularidades del pensamiento y la fraseología. Yo diría que eres americano, quizá de la Costa Este, quizá de Connecticut o Vermont...
    — ¡Estado de Nueva York!— exclamó Marvin—. ¡Soy de Stanhope!
    —Y yo soy de Saranac Lake —dijo el gánzer—. Me llamo Otis Dagobert, y tengo treinta y siete años—. Y con eso el gánzer apartó la mano del pecho de Marvin.
    —Somos vecinos —murmuró—. No puedo matarte, y estoy razonablemente seguro que tampoco me matarías si tuvieras la oportunidad. Y ahora que conocemos la verdad, dudo que podamos realizar nuestro terrible trabajo. Pero es triste descubrirlo, pues eso significa que estamos condenados a la Disciplina Contractual; y si no obedecemos, nuestras compañías nos darán Despido Extremo. Y ya sabes lo que significa eso.

    Marvin asintió con tristeza. Lo sabía demasiado bien. Bajó la cabeza, y se sentó en desconsolado silencio junto a su nuevo amigo.

    —No se me ocurre ninguna salida —dijo Marvin, después de reflexionar—. Quizá podamos ocultarnos en la selva unos días, pero sin duda nos encontrarán. De pronto el huevo de gánzer habló.
    —Animo, quizá no sea tan malo como creéis.
    — ¿A qué te refieres? —preguntó Marvin.
    —Bien —dijo el huevo de gánzer, arrugándose de placer—, me parece que un giro favorable merece otro. Podría ganarme una buena olla de agua hirviente por esto... pero qué diablos. Creo que puedo encontrar el modo para que ambos os vayáis de este planeta.

    Marvin y Otis lanzaron exclamaciones de gratitud, pero el gánzer los contuvo de inmediato. —Quizá no me deis las gracias después de ver lo que os espera — dijo ominosamente.

    —Nada podría ser peor que esto —dijo Otis.
    —Te sorprenderías —replicó el huevo de gánzer—. Te sorprenderías mucho... Por aquí, caballeros. —Pero ¿adónde vamos? —preguntó Marvin.
    —Os llevaré a ver al ermitaño —respondió el huevo de gánzer, y no dijo nada más. Rodó con determinación hacia adelante, y Marvin y Otis lo siguieron.


    13


    MARCHABAN Y RODABAN POR EL AGRESTE BOSQUE tropical de Gánzer (o de Melde, según el punto de vista), siempre alerta al peligro. Pero ninguna criatura los amenazó, y al fin llegaron a un claro del bosque. Vieron una tosca choza en el centro del claro, y una criatura humaniforme cubierta de harapos, acuclillada frente a la choza.

    —Ese es el ermitaño —dijo el huevo de gánzer—. Está totalmente loco.

    Los dos terrícolas no tuvieron tiempo para asimilar esta información. El ermitaño se levantó y exclamó:

    — ¡Eh, alto ahí! ¡Revelaos a mi entendimiento! —Yo soy Marvin Flynn —dijo Marvin—y éste es mi amigo Otis Dagobert. Queremos escapar de este planeta.

    El ermitaño no pareció oír; se acarició la larga barba y miró pensativamente las copas de los árboles. Con voz grave y sombría recitó:

    Antes que llegara este momento, una bandada de gansos voló a baja altura, presagiando males; el solitario y angustiado búho atravesó este escondrijo mío, despojado de aquello que Natura regala pero el hombre niega. Los astros callan cuando alumbran nuestro hogar: los árboles proclaman la fuga de los reyes.


    —Quiere decir —explicó el huevo de gánzer— que presentía que vendríais a visitarlo.
    — ¿Está loco? —preguntó Otis—. Ese modo de hablar...

    El ermitaño dijo:

    ¡Parad mientes en esto! No tolero comadreos que repten entre mentales intersticios, proclamando traición.


    —No quiere que os andéis con bisbiseos —tradujo el huevo de gánzer—. Le despierta sospechas.
    —No necesitaba que me lo aclarases —dijo Flynn.
    —Al cuerno contigo —dijo el huevo de gánzer—. Sólo trataba de ayudar. El ermitaño avanzó unos pasos, se detuvo y dijo:
    — ¿Qué menester os trujo por estos lares? Marvin miró al huevo de gánzer, que guardó un obstinado silencio. Al fin, adivinando el sentido de las palabras, respondió:
    —Amigo mío, tratamos de escapar de este planeta, y hemos venido en busca de tu ayuda.

    El ermitaño sacudió la cabeza y dijo:

    ¿Qué bárbara germanía hablas? ¡Un carnero de labios gruesos arroparía el sentido en sonidos más claros!


    — ¿Qué quiso decir? —preguntó Marvin.
    —Si eres tan listo, averígualo por tu cuenta —replicó el huevo de gánzer. —Lo siento si te insulté —dijo Marvin. —Olvídalo, olvídalo.
    —Lo siento de veras. Te agradecería que tradujeras.
    —De acuerdo —dijo el huevo de gánzer, todavía un poco enfurruñado—. Dice que no te entiende.
    — ¿No? Pero lo que le dije era bastante claro.
    —No para él —dijo el huevo de gánzer—. Si quieres que te entienda, será mejor que uses métrica.
    — ¿Yo? ¡Imposible! —exclamó Marvin, con ese espasmo instintivo que experimentan los varones terrícolas inteligentes al pensar en la poesía—. ¡No podría! Otis, tal vez tú...
    — ¡Jamás! —exclamó Otis, alarmado—. ¿Qué? ¿Crees que soy marica?

    Un silencio se hincha y crece, pero los hombres francos hablan con brío y bien formada boca. No es tal lo que augura este coloquio.


    —Se está poniendo nervioso —dijo el huevo de gánzer—. Será mejor que lo intentéis.
    —Tal vez tú puedas hacerlo por nosotros —sugirió Otis.
    —No soy marica —se burló el huevo de gánzer—. Si queréis hablar, tendréis que hacerlo por vuestra cuenta.
    —El único poema que recuerdo de la escuela son las Rubaiyatas —dijo Marvin. —Bien, adelante —dijo el huevo de gánzer.

    Marvin pensó, tiritó, y dijo nerviosamente:

    He aquí que un peregrino de la selvática guerra de raza contra raza implora humildemente ayuda y asistencia, socorro y esperanza. ¿Puedes ignorar esta súplica humilde y fervorosa?


    —Bastante flojo —susurró el huevo de gánzer—, pero no está mal como primer intento.

    Otis se reía entre dientes, y Marvin le asestó un coletazo. El ermitaño respondió:

    ¡Bien dicho, forastero! Tal socorro tendrás. ¡Tendrás aún más! Pues los hombres, aun siendo diversos, entre sí por fuerza deben socorrerse.


    Con mayor soltura, Marvin respondió:

    Esperaba, en este antiguo planetoide de sueños desnudos, de espléndidos albores, ocasos deslumbrantes, que un pobre peregrino que por aquí pasara pudiera escapar de los terrores vislumbrados.


    Dijo el ermitaño:

    Acércate, amigo, mi señor, mi amo, pues todos los hombres responden al estado que la vida les otorga; el mayor esclavo puede un día ser rey de seres encumbrados y este hombre, acérrimo enemigo de arraigadas costumbres, será al punto compañero de copas, si su discurso se conoce.


    Marvin se adelantó, diciendo:

    ¡Gracias mil! Tu portal de las estrellas al sabio y al necio sienta bien, pero aún detiene al mudo, que con su lengua tonta e inservible ni siquiera llegará a medio camino de Marte.


    Otis, que había reprimido su risa, exclamó:

    —Oye, ¿estabas hablando de mí?

    Ya lo creo —dijo Marvin—. Será mejor que te pongas a versificar si quieres salir de aquí.

    —Diantre, tú lo hacías por ambos.
    —No. El ermitaño acaba de decir que debes hablar por tu cuenta. —Dios mío, ¿qué haré? —murmuró Otis—. No sé nada de poesía. —Será mejor que pienses en algo —dijo el huevo de gánzer.
    —Bien... sólo recuerdo algún pasaje de Swinburne que una muchacha pegajosa me recitó una vez. Es bastante estúpido.
    —Adelante —dijo Marvin. Otis sudaba y pensaba. Al fin entonó:

    Cuando las naves de la Tierra llegan a planetas distantes, el alma de un hombre, sea esbelto o alto, añora su hogar, que lo atrae como diez imanes, llenando su corazón como grandes olas llenan un salón. Y la gran sensación verde de gratitud se vuelve embeleso por la actitud acogedora de un heroico ermitaño, cuyo modo modulante es rescatar al viajero y salvarlo.


    Dijo el ermitaño:

    Te encuentro apto: peligroso es relatar. En estos tiempos aciagos, una lengua tartamuda puede causar prontos sinsabores a su triste amo y dueño.


    Marvin dijo:

    Deprisa, llévate de aquí a Marvin Flynn, y deja que el resto parlotee. Él lamentaría encontrar su cuerpo herido y desgarrado; ya quiere irse, pues, mientras otros parlamentan.


    Dijo el ermitaño:

    ¡En marcha, caballeros! El corazón enhiesto, los pies en los estribos, la cabeza erguida...


    Y caminaron recitando hasta llegar a la choza del ermitaño, donde vieron, oculto bajo láminas de corteza, un Transmisor Mental ilegal de antiguo y raro diseño. Y Marvin supo que había método aun en la locura más extrema. Pues el ermitaño había estado en ese planeta sólo un año, y ya había amasado una considerable fortuna enviando refugiados a los mercados laborales menos apetecibles de la galaxia.

    No era ético, pero, como dijo el ermitaño:

    ¿Malignas consideras, pues, las tretas que practico con este mi artilugio? ¡Así sea! No debatiré la abstracta y árida verdad de tu argumento. Mas piensa bien: es locura rechazar mal vino cuando te sofoca la sed del desierto. ¿Por qué con tal dureza juzgas al salvador de tu vida? ¡Es nefasta ingratitud, y muy perversa, golpear la mano que te arrancó de la muerte!


    14


    TRANSCURRIÓ UN BREVE PERÍODO DE TIEMPO. No fue difícil encontrar un trabajo para Otis Dagobert. A pesar de sus alegatos en contra, el joven mostraba una pequeña pero promisoria vena de sadismo. En consecuencia, el ermitaño lo despachó a la mente de un asistente dental de Prodenda IX. Ese planeta, a la izquierda de las estrellas del Risco Sur si uno llega por Proción, había sido colonizado por terrícolas que tenían opiniones contundentes sobre el flúor y despreciaban este grupo químico como si fuera el demonio mismo. En Prodenda IX podían vivir libres del flúor, con la ayuda de muchos arquitectos dentales, como los llamaban.

    El huevo de gánzer le deseó a Marvin la mejor de las suertes y se internó rodando en la selva.

    —Y ahora —dijo el ermitaño— llegamos a tu problema. Me parece, evaluando objetivamente tu personalidad, que tienes grandes aptitudes para ser víctima.
    — ¿Yo? —preguntó Marvin. —Sí, tú —respondió el ermitaño.
    — ¿Víctima?
    —Sin duda alguna.
    —No estoy tan seguro —respondió Marvin. En realidad lo dijo así por cortesía, porque estaba seguro que el ermitaño se equivocaba.
    —Bien, yo sí estoy seguro —dijo el ermitaño—. Y es evidente que tengo más experiencia que tú en colocación de empleos.
    —Supongo que sí... He notado que ya no hablas en verso. —Claro que no —dijo el ermitaño—. ¿Por qué iba a hacerlo? —Porque antes sólo hablabas en verso —dijo Marvin.
    —Pero era diferente —dijo el ermitaño—. Antes estaba fuera. Tenía que protegerme.
    — ¿Y ahora?
    —Ahora estoy en mi casa y totalmente a salvo. No necesito el lenguaje protector de la poesía.
    — ¿La poesía te protege fuera? —preguntó Marvin.
    —Claro que sí. He vivido un año en este planeta, perseguido por dos razas asesinas que me matarían de inmediato si pudieran encontrarme. Y durante ese tiempo no he sufrido el menor daño. ¿Qué te parece?
    —Bien, está muy bien. Pero ¿cómo sabes que te protege la poesía?
    —Por inferencia —dijo el ermitaño—. Parece una suposición bastante razonable.
    —Sí —dijo Marvin—, pero no veo la relación entre tu lenguaje y tu seguridad.
    —Tampoco yo la veo —dijo el ermitaño—. Me considero un hombre racional, pero la eficacia de la poesía es algo que aceptó a regañadientes como artículo de fe. Funciona. ¿Qué más puedo decir?
    — ¿Alguna vez has pensado en experimentar? Es decir, hablar fuera pero no en verso. Tal vez descubras que no lo necesitas.
    —Tal vez. Y si tratas de caminar por el fondo del mar, quizá descubras que no necesitas aire.
    —No es exactamente lo mismo —dijo Marvin.
    —Es exactamente lo mismo —declaró el ermitaño—. Todos vivimos mediante el uso de un sinfín de supuestos que no están demostrados, y sólo podemos determinar su verdad o falsedad por el azar de nuestra vida. Como la mayoría valoramos más la vida que la verdad, dejamos que los fanáticos se encarguen de esas pruebas extremas.
    —Yo no intento caminar sobre el agua —dijo Marvin—, porque he visto hombres que se ahogaban.
    —Y yo —dijo el ermitaño— no hablo en prosa fuera de mi casa porque he visto muchos hombres que morían mientras hablaban así. Pero no he visto morir a un solo versificador.
    —Bien... a cada cual lo suyo.
    —La aceptación de la indeterminación es el principio de la sabiduría —citó el ermitaño—. Pero hablábamos de ti y de tu carácter de víctima. Repito, tienes un talento que abre la posibilidad de un puesto sumamente interesante.
    —Pues no me interesa —dijo Marvin—. ¿Qué otra cosa tienes disponible? —Nada más —dijo el ermitaño.

    Por notable coincidencia, Marvin oyó en ese momento un gran estrépito y estruendo en la maleza, y dedujo que eran los meldenos, los gánzers o ambos, que venían en su busca.

    —Acepto el empleo —dijo—. Pero te equivocas. Tuvo la satisfacción de la última palabra, pero el ermitaño tuvo la satisfacción del último acto. Preparado su equipo y ajustadas las perillas, bajó el interruptor y despachó a Marvin hacia su nueva carrera en el planeta Celsus V


    15


    EN CELSUS V, dar y recibir regalos es un imperativo cultural. Rechazar un regalo es impensable; la emoción que esto despierta en un celsiano es comparable al temor al incesto en un terrícola. Normalmente, esto no causa problemas. La mayoría de los regalos son regalos blancos, destinados a expresar diversos matices del amor, la gratitud, la ternura y demás. Pero también hay regalos grises de advertencia, y regalos negros de muerte.

    Así, un funcionario público recibió de sus electores un elegante anillo nasal, pensado para dos semanas de uso. Era un objeto espléndido, y tenía un solo defecto. Hacía tictac. Una criatura de otra raza lo habría arrojado a la zanja más cercana. Pero ningún celsiano cuerdo haría semejante cosa. El funcionario ni siquiera hizo examinar el anillo. Los celsianos se rigen por el lema: «No seas quisquilloso con tus regalos.» Además, si se corría la voz sobre que él sospechaba, causaría un irreparable escándalo público.

    Tuvo que usar el maldito anillo dos semanas. Pero el maldito anillo hacía tictac.

    El funcionario, que se llamaba Marduk Kras, evaluó el problema. Pensó en su electorado, y en los diversos modos en que él Id había ayudado, y los diversos modos en que lo había defraudado. Estaba claro que el anillo era una advertencia. Mejor dicho, en el mejor de los casos era una advertencia, un regalo gris. En el peor de los casos era un regalo negro, una bomba casera que le volaría la cabeza al cumplirse varios días cargados de angustia.

    Marduk no era suicida; sabía que no podía usar ese maldito anillo. Pero también sabía que tenía que usar ese maldito anillo. Estaba ante un clásico dilema celsiano.

    — ¿Serían capaces de hacerme eso a mí? —se preguntaba—. ¿Sólo porque entregué ese sucio vecindario residencial a la industria pesada, y realicé un acuerdo con el Gremio de Propietarios para que elevaran el alquiler un 320 por ciento a cambio de su promesa de nueva fontanería dentro de cincuenta años? A fin de cuentas, buen Señor, nunca pretendí ser omnisciente; me he equivocado en ocasiones, lo admito. ¿Pero eso es causa suficiente para cometer lo que cualquiera debería considerar un acto profundamente antisocial?

    El anillo seguía haciendo tictac, cosquilleándole en la nariz y alarmándole los sentidos. Marduk pensó en todos los funcionarios a quienes algún fanático imbécil les había volado la cabeza. Sí, era muy posible que fuera un regalo negro.

    — ¡Esos estúpidos mudadores de piel! —gruñó Marduk, desquitándose con un insulto que nunca se habría atrevido a pronunciar en público. Se sentía muy agraviado. Uno se deslomaba trabajando para esos idiotas de piel floja y nariz de verruga, ¿y cuál era la recompensa? ¡Una bomba en la nariz! Por un dramático momento pensó en arrojar el anillo al tanque de cloro más cercano. ¡Eso les daría una lección! Y había un precedente. ¿Acaso el santo Voreeg no había rechazado la Ofrenda Total de los Tres Fantasmas?

    Sí... pero la Ofrenda de los Fantasmas, según la exégesis aceptada, representaba un sutil ataque contra el espíritu de los regalos, y por tanto contra el núcleo de la sociedad; pues al hacer una Ofrenda Total, impedían la posibilidad de regalos futuros.

    Además, lo que era admirable en un Santo del Segundo Reino sería execrable en un mero funcionario de la Décima Democracia. Los santos pueden hacer cualquier cosa, los hombres comunes deben hacer lo que se espera de ellos.

    Marduk aflojó los hombros. Se pasó lodo caliente por los pies, pero eso no lo alivió. No había salida. Un celsiano no podía enfrentarse con la sociedad organizada. Tendría que usar el anillo y esperar el instante fatídico en que cesara el tictac...

    ¡Un momento! ¡Había una salida! ¡Sí, sí, ahora la veía! Se requería ingenio pero, si se salía con la suya, podría tener seguridad y aprobación social al mismo tiempo. Si ese maldito anillo le daba tiempo...

    Marduk Kras hizo varias llamadas y logró hacerse enviar al planeta Taami II (la Tahití de la Región de los Diez Astros) por una cuestión urgente. No corporalmente, desde luego; ningún funcionario responsable gastaría fondos locales para trasladar su cuerpo cien años—luz cuando sólo se necesitaba su mente. El frugal y fiable Marduk viajaría por Trueque Mental. Cumpliría con la letra, si no el espíritu, de la costumbre celsiana, dejando su cuerpo con el anillo que le palpitaba alegremente en la nariz.

    Tenía que encontrar una mente que le habitara el cuerpo durante su ausencia. Pero eso no era complicado. Abundaban mentes en la galaxia, aunque no había suficientes cuerpos. (Nadie sabe por qué. A fin de cuentas, todos recibían uno de cada al empezar. Pero algunas personas siempre terminan con más de lo que necesitan —trátese de riquezas, poder o cuerpos— y otras con menos.)

    Marduk se puso en contacto con Empresas Ermita (Cuerpos para Todo Uso). El ermitaño tenía lo adecuado: un joven varón terrícola que corría peligro inminente de perder la vida, y estaba dispuesto a arriesgarse a usar un palpitante anillo nasal.

    Así llegó Marvin Flynn a Celsus V

    Por una vez no había prisa. Al llegar, Marvin pudo seguir los procedimientos estipulados para el Trueque. Se quedó totalmente quieto, acostumbrándose gradualmente a su nuevo cuerpo. Probó las extremidades, verificó los sentidos y examinó la carga primaria, de configuración cultural que irradiaba el lóbulo frontal para los factores de analogía y similitud. Luego evaluó el factor estructural emocional del lóbulo occipital para intríngulis, nadir y ensillada. Casi todo esto era automático.

    Encontró que el cuerpo celsiano le sentaba bien, con su alta capacidad de articulación y su excelente patrón de dispersión aleatoria de secuencia principal. Había problemas, por cierto: la curva delta era absurdamente elíptica, y los Puntos Universales Y no eran trapezoidales sino falciformes. Pero esto era de esperar en un planeta tipo 3B; en circunstancias normales, no le causaría ningún problema.

    En general, era un conglomerado cuerpo—entorno—cultura—rol con el cual podía empatizar e identificarse.

    —La sensación que produce es bastante buena —sintetizó Marvin—. Aunque espero que ese maldito anillo no estalle.

    Se levantó y echó un vistazo a su alrededor. Lo primero que vio fue una nota que le había dejado Marduk Kras, sujeta a la muñeca para que no la pasara por alto. Decía:

    Estimado trocante:
    Bienvenido a Celsus. Comprendo que quizá no se sienta muy bienvenido, dadas las circunstancias, y lo lamento casi tanto como usted. Pero le aconsejaría con toda sinceridad que olvide todo pensamiento alusivo a una defunción súbita y se concentre en pasar unas gratas vacaciones. Le consolará saber que la incidencia estadística de muerte por regalo negro no es mayor que la de muerte accidental en las minas de plutonio, si, usted trabajara en. Las minas de plutonio, así que relájese y disfrute.
    Mi apartamento y todo lo que contiene están a su disposición. También mi cuerpo, aunque confío en que no lo someterá a esfuerzos excesivos ni lo mantendrá desvelado ni lo alimentará con un exceso de brebajes tóxicos. La muñeca izquierda es débil, así que tenga cuidado si debe levantar pesos pesados. Buena suerte y procure no preocuparse, pues la angustia nunca resolvió ningún problema.
    P D. Sé que usted es un caballero y no intentará quitarse el anillo nasal. Pero creí conveniente informarle que de todos modos no podría hacerlo, porque está trabado con un microscópico candado molecular Jayverg. Adiós de nuevo; procure no pensar en estas molestias y disfrute sus dos semanas en nuestro adorable planeta.
    Su sincero amigo, MARDUK KRAS


    Al principio la nota irritó a Marvin. Pero al fin se deshizo de ella y se echó a reír. Sin duda Marduk era un pillo, pero era simpático y no carecía de generosidad. Marvin decidió sacar el mejor partido de ese dudoso trato, olvidarse de la presunta bomba que llevaba encima del labio y disfrutar de su estancia en Celsus.

    Exploró— su nuevo hogar, y quedó satisfecho con lo que encontró. Era una madriguera de soltero, diseñada—para la residencia y no para la reproducción. Su principal característica —la pentabracación— reflejaba la jerarquía de Kras como funcionario público. Los sujetos menos afortunados tenían que conformarse con tres o cuatro sistemas de galerías; en las barriadas de Cenagal Norte, familias enteras se apiñaban en míseros sistemas monobracados—y bibracados. No obstante, habían prometido una reforma habitacional para el futuro próximo.

    La cocina era pulcra y moderna, y bien aprovisionada con manjares. Había jarras de anélidos acaramelados, y un cuenco de una exótica ensalada de Alcionio, y deliciosas exquisiteces de Tubipora, Pennatula, Gorgonia y Renilla. Había una lata de lapaganso en salsa de rotíferas y orquídeas, y un paquete congelado de uca agridulce. Pero —típico de un soltero— no había productos de consumo diario, ni siquiera un pan de gastrópodo ni una botella de refresco de miel gasificada.

    Recorriendo las largas y curvas galerías, Marvin encontró la sala de música. Marduk no había reparado en gastos. Un gigantesco amplificador Imperial dominaba la sala, flanqueado por dos parlantes Tyrant. Marduk usaba un micrófono semimezcla Whirlpool, con una repercusión de canales de cuarenta bbc, un selector «expansivo» con discriminación sensorial y un director «pasivo» flotante de ranura laríngea. La alimentación era por regeneración de imágenes, pero permitía pasar a modulación de deterioro. Aunque no de calidad profesional, era un excelente equipo para aficionados.

    El corazón del sistema era el Insectarium. En este caso, un Ingenuator modelo Super-Max con controles de selección y mezcla automáticos y manuales, entrada y salida reguladas, y diversos rasgos de maximización y minimización.

    Marvin escogió una gavota para langosta (Korestal, 43111) y escuchó el emocionante obbligato traqueal y el sutil acompañamiento de bajos de los túbulos malfigios pareados. Aunque Marvin no era un entendido, apreciaba el virtuosismo de este intérprete: una langosta de rayas azules, cuyo segundo segmento torácico palpitaba levemente, visible en su compartimiento del Insectarium.

    Marvin cabeceó aprobatoriamente. La langosta de rayas azules chasqueó las mandíbulas y volvió a la música. (Estaba criada especialmente para los agudos brillantes, ejecutante vanidosa cuyos alardes superaban su calidad. Pero Marvin no lo sabía.)

    Marvin desactivó la selección, pasó el interruptor de modo «activo» a «latente»; la langosta se volvió a dormir— El Insectarium estaba bien provisto, sobre todo con sinfonías de efímeras y con las extrañas y nuevas canciones de las lombrices cortadas, pero Marvin tenía demasiado que explorar para molestarse con la música.

    En el cuarto de estar, Marvin se recostó en un suntuoso y viejo banco de arcilla (un Wormstetter genuino), apoyó la cabeza en la gastada cabecera de granito y trató de relajarse. Pero el anillo seguía latiendo, una intrusión constante en su sensación de bienestar. Estiró la mano y sacó una varilla lectora de una pila que había en una mesilla. Acarició los surcos con las antenas, pero era inútil. No podía concentrarse en la narrativa ligera. Con impaciencia, dejó la varilla lectora y pensó en otro plan.

    Pero era presa de un dinamismo incontenible. Tenía que suponer que los minutos de su vida estaban muy contados, y esos minutos estaban pasando. Quería hacer algo memorable en sus últimas horas. Pero ¿qué?

    Se levantó del Wormstetter y recorrió la galería principal, agitando las zarpas con irritación. Entonces tomó una decisión brusca, y entró en el guardarropa. Allí seleccionó un nuevo revestimiento de quitina dorada y se lo echó sobre los hombros. Se untó las cerdas faciales con pegamento perfumado y las dispuso en brosse sobre las mejillas. Aplicó un líquido endurecedor a las antenas, les dio una altiva inclinación de sesenta grados y dejó que cayeran en su atractiva curva natural. Por último, se espolvoreó el cuerpo con arena lavanda y resaltó las articulaciones del hombro con negro de humo.

    Al mirarse en el espejo decidió que el efecto no — era desagradable. Estaba elegante pero no emperifollado. Juzgando con la mayor objetividad posible, decidió que era un joven presentable con aire de catedrático. No un galán, pero tampoco un adefesio.

    Dejó la madriguera por la entrada principal, y reemplazó el enchufe.

    Anochecía. Las estrellas titilaban en el cielo; no parecían más numerosas que las miríadas de luces de las entradas de las madrigueras, tanto comerciales como particulares, que constituían el palpitante corazón de la ciudad. Esta vista emocionó a Marvin. Sin duda, en los incesantes y entrelazados corredores de la gran ciudad, habría algo que lo complacería. O que al menos le ofrecería el alivio de una pausa.

    Así, Marvin caminó con pesadumbre, aunque con trémula esperanza, hacia el vertiginoso y atractivo Surco Mayor de la ciudad, a buscar lo que le deparase el azar o lo que decretase el destino.


    16


    CON TRANCOS ONDULANTES y un crujir de botas de cuero, Marvin Flynn salió a la acera de madera. Aspiró el olor de la artemisa y el chaparral. A ambos lados las paredes de adobe de la ciudad relucían bajo la luna como opaca plata mejicana. Desde un saloon cercano llegaron los acordes estridentes de un banjo.

    Frunciendo el ceño, Marvin se detuvo. ¿Artemisa? ¿Saloon? ¿Qué estaba pasando aquí?

    — ¿Algún problema, forastero? —preguntó una voz áspera.

    Flynn dio media vuelta. Una silueta salió de las sombras de la tienda de ramos generales. Era un ronco vagabundo de hombros flojos con un sombrero negro y polvoriento aplastado cómicamente sobre la frente sucia.

    —Sí, algo está muy mal —dijo Marvin—. Todo parece... extraño.
    —No hay por qué alarmarse —lo tranquilizó el vagabundo—. Sólo has cambiado tu sistema de referencia metafórica, y Dios sabe que eso no es un crimen. En realidad, deberías sentirte feliz de abandonar esas espantosas comparaciones con animales e insectos.

    No había nada malo en mis comparaciones —dijo Marvin—. A fin de cuentas, estoy en Celsus V, y vivo en una madriguera.

    — ¿Y qué? —dijo el vagabundo—. ¿No tienes imaginación?
    — ¡Tengo imaginación de sobra! —protestó Marvin—. Pero no se trata de eso. Sólo digo que es incoherente pensar como un cowboy terrícola cuando se es una criatura de Celsus, semejante a un topo.
    —No puede evitarse —dijo el vagabundo—. Lo que sucede es que sobrecargaste tu facultad analógica, haciendo saltar un fusible. En consecuencia, tus percepciones han adoptado la tarea de la normalización experimental. Este estado se conoce como «deformación metafórica».

    Marvin recordó el consejo que le había dado el señor Blanders acerca de este fenómeno. La deformación metafórica, esa dolencia del viajero interestelar, lo había afectado súbitamente y sin advertencia.

    Sabía que debía estar alarmado, pero sólo sentía una relativa sorpresa. Sus emociones eran coherentes con sus percepciones, pues un cambio no percibido es un cambio no sentido.

    — ¿Cuándo comenzaré a ver las cosas tal como son? —preguntó Marvin. —Esa es pregunta para un filósofo —le dijo el vagabundo—. Pero, hablando dentro de ciertos límites, este síndrome pasará si regresas a la Tierra. Si sigues viajando, el proceso de analogía perceptiva aumentará, aunque cabe esperar algunas breves remisiones a tu contexto primario de situación—percepción.

    A Marvin esto le parecía interesante, pero no alarmante. Se acomodó los tejanos y dijo, con acento del Oeste:

    —Bien, un hombre debe jugar con los naipes que le tocan, y no pienso quedarme aquí toda la noche hablando de paparruchas. ¿Quién eres tú, forastero?
    —Yo —dijo el vagabundo, con una expresión artera— soy aquel sin el cual tu diálogo sería imposible. Soy la necesidad personificada; sin mí, habrías tenido que recordar la Teoría de la Deformación Metafórica por tu cuenta, y dudo que seas capaz. Puedes cruzarme la palma con plata.
    —Eso es para gitanos —dijo Marvin desdeñosamente.
    —Lo lamento — dijo el vagabundo, sin la menor muestra de embarazo—. ¿Tienes un cigarrillo?
    —Tengo lo que hace falta —dijo Marvin, arrojándole un saco de tabaco Bull Durham. Echó una ojeada a su nuevo compañero y dijo—: Vaya que eres una criatura sarnosa, mitad asno y mitad perro de la pradera. Pero supongo que tendré que aguantarte, seas quien seas.
    —Bravo —dijo con gravedad el vagabundo—. Conquistas el cambio de contexto con la misma certidumbre con que un simio conquista un plátano.
    —Un técnico dándose aires, por lo que veo —dijo Marvin sin alterarse—. ¿Y ahora qué, profesor? —Iremos a aquella taberna de mala reputación —dijo el vagabundo.

    Hurra —dijo Marvin, y caminó contoneándose hasta la puerta doble. Dentro de la taberna, una mujer se le colgó del brazo. Lo miraba con una sonrisa que era un bajorrelieve bermellón. Sus ojos turbios estaban maquillados en un remedo de alegría; su cara fláccida estaba pintada con los mentirosos jeroglíficos de la vitalidad.

    —Ven arriba conmigo, chico —exclamó esta dama repugnante—. ¡Risa y diversión!
    —Resulta desconcertante comprender —dijo el vagabundo— que la costumbre ha impuesto la máscara de esta mujer, proclamando que quienes venden placer deben ser la representación de la alegría. Es una dura exigencia, amigos míos, no impuesta por ninguna otra ocupación. Pues nótese que la mujer del pescador puede odiar el arenque, el verdulero puede ser alérgico a los nabos, y hasta se concede que el vendedor de periódicos sea analfabeto. Ni siquiera los santos tienen por qué disfrutar de sus venerables martirios. Sólo las humildes vendedoras de placer están obligadas a aspirar, como Tántalo, a un festín intocable.
    —Tu amigo es todo un guasón, ¿eh? —dijo la mujerzuela—. Pero tú me gustas más, primor, porque me ablandas toda por dentro.

    Del cuello de la virago colgaba un pendiente con la miniatura de una calavera, un piano, una flecha, un escarpín y un diente amarillo.

    — ¿Qué es todo eso? —preguntó Marvin.
    —Símbolos —dijo ella.
    — ¿De qué?
    —Ven arriba y te mostraré, dulzura.
    —Y así —entonó el vagabundo— percibimos la auténtica y desnuda exposición de la naturaleza femenina: excitada, frente a la cual nuestras fantasías masculinas parecen meros juguetes.
    — ¡Vamos! —gritó la arpía, contoneando el grueso cuerpo en un remedo de pasión que era más temible por ser real—. ¡Arriba, a la cama! —insistió, apretándose contra Marvin con un pecho que tenía el tamaño y la consistencia de una alforja mongol vacía—. ¡Te mostraré algo! —exclamó, rozándole los músculos con una pierna gruesa y blanca, un poco sucia y llena de várices—. Cuando hagas el amor conmigo, sabrás muy bien que has hecho el amor. —Y se restregó lascivamente contra él con la entrepierna, que estaba tan blindada como la frente de un tiranosaurio.
    —Muy agradecido —dijo Marvin—, pero no creo que en este momento yo...
    — ¿No quieres hacer el amor? —preguntó incrédulamente la mujer. —En verdad, no lo creo.

    La mujer apoyó los puños de cachiporra sobre las caderas de tambor.

    — ¡Haber vivido para ver este día! —rezongó. Pero luego se ablandó—. ¡No te alejes de la perfumada morada de los placeres de Venus! Debes tratar de superar, amigo mío, esta indecorosa falta de virilidad. ¡Vamos! ¡Suena la corneta, y debes montar y lanzarte a la carga!
    —Oh, no creo —dijo Marvin, riendo huecamente. Ella lo cogió por la garganta con una mano que tenía el tamaño y la forma de un poncho chileno. — ¡Pues lo harás, canalla apestoso, cobarde, introspectivo y narcisista, y lo harás como se debe, o por Ares que te partiré esa tráquea raquítica como si fuera un cogote de pollo!

    Al parecer se avecinaba una tragedia, pues la pasión trastornaba a esa mujer, impidiéndole modificar juiciosamente sus exigencias, mientras que la célebre gran lanza de Marvin se había reducido al tamaño de un—guisante. (Así la ciega naturaleza, al defenderlo de un ataque, lanzaba una provocación para otro.)

    Afortunadamente el vagabundo, siguiendo los dictados de su ingenio, y quizá de su predilección, sacó un abanico de la funda de su arma, se inclinó hacia adelante con una sonrisa y golpeó a la airada mujer—en su brazo de rinoceronte.

    — ¡No te atrevas a lastimarlo! —chilló el vagabundo con voz aguda.

    Marvin, con más rapidez que aptitud, replicó: —Sí, dile que deje de pegarme. Es demasiado, no puedes salir de casa por la noche sin sufrir un incidente vergonzoso...

    —No llores, por Dios, no llores —dijo el vagabundo—. ¡Sabes que no. soporto que llores!

    No estoy llorando —jadeó Marvin—. Es sólo que me ha arruinado la camisa. ¡Tu regalo!

    — ¡Te compraré otra! —dijo el vagabundo—. ¡Pero no soportaré otra escena!

    La mujer los miraba boquiabierta, y Marvin utilizó ese momento de distracción para sacar una palanca de su caja de herramientas, ponerla bajo aquellos dedos rojos e hinchados y liberarse del apretón. Aprovechando esa esquiva oportunidad, Marvin y el vagabundo salieron por la puerta, doblaron la esquina, cruzaron la calle y marcharon hacia la libertad.


    17


    PASADO EL PELIGRO INMEDIATO, Marvin recobró súbitamente el juicio. Las escamas de la deformación metafórica se desprendieron por un instante, y experimentó una remisión perceptiva. Ahora era dolorosamente evidente que el «vagabundo» era un enorme escarabajo parásito de la especie S. Cthulu. No había error posible, pues el escarabajo Cthulu se caracteriza por un conducto salival secundario situado debajo y a la izquierda del ganglio subesofágico.

    Estos escarabajos se alimentan de emociones ajenas, pues las suyas se han atrofiado tiempo atrás. Típicamente, acechan en la oscuridad y en lugares sombríos, esperando que un celsiano incauto pase cerca de sus maxilares segmentados. Eso era lo que le había sucedido a Marvin.

    Al comprenderlo, Marvin proyectó contra el escarabajo una emoción de furia tan potente que el Cthulu, víctima de sus propios receptores emocionales hiperagudos, cayó inconsciente en la calle. Hecho esto, Marvin se acomodó el revestimiento de quitina dorada, endureció las antenas y siguió su camino.

    Llegó a un puente que cruzaba un gran río de fluida arena. De pie en el centro, miró las negras honduras que rodaban inexorablemente hacia el misterioso mar de, arena. Miraba medio hipnotizado mientras el anillo nasal repicaba con su rápido y ominoso redoble, tres veces más rápido que los corazones de Marvin. Y pensó:

    Los puentes son receptáculos de ideas opuestas. Su distancia horizontal nos habla de nuestra trascendencia; su declive vertical nos recuerda invariablemente la inminencia del fracaso, la certeza de la muerte. Avanzamos superando obstáculos, pero la caída primordial está eternamente a nuestros pies. Construimos, erigimos, fabricamos, pero la muerte es el arquitecto supremo, que modela alturas sólo para que haya honduras.

    Oh celsianos, construid vuestros excelsos puentes sobre mil ríos, y unid los confines del planeta; de nada sirve vuestra maestría, pues la tierra aguarda con paciencia debajo de vosotros. Celsianos, debéis seguir un camino, pero lleva ciertamente a la muerte. Celsianos, a pesar de vuestro ingenio, aún debéis aprender una lección: el corazón está hecho para recibir la lanza, y todos los demás efectos son superfluos.

    Éstos eran los pensamientos de Marvin mientras estaba en el puente. Y lo dominó una gran añoranza, un deseo de terminar con el deseo, de superar el placer y el dolor, de abandonar la mezquindad del logro y del fracaso, de acabar con las distracciones y de seguir con el propósito de la vida, que era la muerte.

    Trepó lentamente a la baranda, y se asomó sobre las sinuosas corrientes de arena. Entonces, por el rabillo del ojo, vio que una sombra se alejaba de una columna, se aproximaba a la baranda, trepaba, se asomaba sobre el abismo y se inclinaba precariamente.

    — ¡Alto! ¡Espera! —exclamó Marvin. Su deseo de destrucción se había esfumado de golpe. Ahora sólo veía a un semejante en peligro.,

    La sombra jadeó y se lanzó al río. Marvin se movió deprisa y logró aferrarle el tobillo.

    El tirón casi lo arrojó por encima de la baranda. Pero Marvin, recobrándose rápidamente, pegó ventosas a la acera de piedra porosa, extendió las extremidades inferiores para sostenerse mejor, rodeó un poste de luz con dos extremidades superiores y apretó tenazmente con los dos brazos restantes.

    Hubo un instante de dudoso equilibrio, hasta que la fuerza de Marvin prevaleció sobre el peso del aspirante a suicida._ Marvin lo subió despacio, agarrando primero el tarso y después la tibia, tirando sin descanso hasta que llevó a la persona a lugar seguro en el pavimento del puente.

    Había olvidado su propio deseó de autodestrucción. Se acercó al suicida, le aferró los hombros y lo zamarreó con furia.

    — ¡Maldito imbécil! —gritó—. ¿Qué clase de cobarde eres? Sólo un idiota o un loco se arroja de esa manera. ¿No tienes agallas, condenado...?

    Se detuvo en medio de la exclamación. El suicida temblaba y desviaba los ojos. Y Marvin comprendió que había rescatado a una mujer.


    18


    LUEGO, en el reservado de un restaurante, Marvin se disculpó por sus duras palabras, más producto del shock que de la convicción. Pero la mujer, con un grácil chasquido de pinzas, se negó a aceptar sus disculpas.

    —Pues tienes razón —dijo—. Ese intento fue una locura o una idiotez. Me temo que tu análisis era correcto. Debiste dejarme saltar.

    Marvin se percató de su gran belleza. Una mujer menuda y exquisita que apenas le llegaba al tórax superior. Su cuerpo tenía esas auténticas curvas de cilindro, y su orgullosa cabeza se ladeaba en una conmovedora inclinación de cinco grados. Sus rasgos eran perfectos, desde la abultada frente hasta la angulosa curva de la mandíbula. Cubría púdicamente los ovipositores con una faja de satén blanco estilo princesa que revelaba una invitante insinuación de verde y lustrosa carne. Todas sus piernas estaban cubiertas por cintas anaranjadas que al caer revelaban la ágil segmentación de las articulaciones.

    Aunque hubiera intentado suicidarse, también era la beldad más despampanante que Marvin había visto en Celsus. Se le secaba la garganta al verla, y su pulso se aceleraba. Descubrió que miraba fijamente el satén blanco que ocultaba y revelaba aquellos curvos ovipositores. Apartó la vista, y se sorprendió admirando la sensual maravilla de una extremidad larga y segmentada. Sonrojándose furiosamente, se obligó a mirarle la arrugada y atractiva cicatriz de la frente.

    Ella no parecía reparar en su ferviente atención.

    —Quizá deberíamos presentarnos... dadas las circunstancias —dijo con soltura. Ambos se rieron a carcajadas de esa agudeza.
    —Me llamo Marvin Flynn —dijo Marvin. —Yo me llamo Phthistia Held —dijo la joven.
    —Te llamaré Cathy, si no te molesta —dijo Marvin. Ambos rieron de nuevo. Luego Cathy se puso sería. Reparando en el rápido paso del tiempo, comentó:
    —Te doy las gracias de nuevo. Y ahora debo irme.
    —Desde luego —dijo Marvin, levantándose—. ¿Cuándo puedo volver a verte? —Nunca —murmuró ella.
    — ¡Pero debo verte! —exclamó Marvin—. Ahora que te conozco, no puedo dejarte ir.

    Ella meneó la cabeza tristemente.

    —De cuando en cuando —murmuró—, ¿pensarás un poco en mí?
    — ¡No debemos decir adiós! —dijo Marvin. —Oh, te repondrás —respondió ella, sin crueldad. —Nunca sonreiré de nuevo —le dijo Marvin. —Alguien me reemplazará —predijo ella.
    — ¡Tú eres la tentación! —gritó él con furia.
    —Somos dos barcos que se cruzan en la noche —corrigió ella.
    — ¿Nunca nos volveremos a ver? —le preguntó Marvin. —Sólo el tiempo dirá.
    —Mi único ruego será estar contigo —dijo Marvin esperanzado. —Al este del Sol y al oeste de la Luna —recitó ella.
    —Eres malvada conmigo —protestó Marvin.
    —No sabía qué hora era —dijo ella—. ¡Pero ahora sé qué hora es! —Y dio media vuelta y salió a la carrera por la puerta.

    Marvin la siguió con la mirada, y después se sentó en la barra.

    —Uno por mi chica, y otro para el camino —le dijo al tabernero, citando una vieja canción.
    —Las mujeres son traicioneras —comentó el tabernero en el mismo tono, sirviéndole un trago.
    —Loco por ella, triste por ella —respondió Marvin. —Un tío necesita una chica —dijo el tabernero. Marvin terminó el trago y acercó el vaso al tabernero. —Un cóctel rosado para una dama triste —ordenó. —Quizá ella esté harta —sugirió el tabernero.
    —No sé por qué la amo como la amo —declaró Marvin—. Pero al menos sé por qué no hay sol en el cielo. En mi soledad ella me ronda como un piano cantarín en el apartamento vecino. Pero la seguiré sin importar cómo me trate. Tal vez fue sólo una de esas cosas, pero yo me acordaré de ella y de abril, y la brisa nocturna acariciaba los árboles pero no para mí, y...

    Es imposible saber cuánto tiempo Marvin habría seguido con su lamento si una voz no hubiera susurrado, a la altura de sus costillas y un metro a la izquierda:

    —Oye, amigo.

    Marvin se volvió y vio a un celsiano menudo, rechoncho y harapiento sentado en el taburete de al lado.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Marvin de mal humor.
    —Tal vez quieras ver de nuevo a esa muchacha tan bonita, ¿verdad? —Sí, claro, Pero qué...
    —Soy investigador privado que busca personas perdidas si no queda satisfecho ni un céntimo de tributo.
    — ¿Qué acento es ése? —preguntó Marvin.
    —Lombrobiano —dijo el investigador—. Me llamo Juan Valdés y vengo de festivas comarcas del sur de la frontera para ganar fortuna en gran ciudad del Norte.
    —Espalda arenosa —masculló el tabernero.
    — ¿Cómo me has llamado? —preguntó el lombrobiano con sospechosa serenidad.
    —Te llamé espalda arenosa, repelente espalda arenosa —masculló el tabernero.
    —Eso pensé —dijo Valdés. Metió la mano en la faja, sacó un largo machete de doble filo y lo hundió en el corazón del tabernero, matándolo al instante.
    —Soy un hombre tranquilo —le dijo a Marvin—. No soy hombre de ofenderse fácilmente. Más aún, en mi pueblo de Montaña Verde de los Tres Picos me consideran un hombre inofensivo. Sólo pido que me dejen cultivar mis brotes de peyote en las altas montañas de Lombrobia, a la sombra de ese árbol que llamamos «sombrero de sol», porque son los mejores brotes de peyote de todito el mundo.
    —Entiendo —dijo Marvin.
    —Pero —dijo Valdés, con más severidad— cuando un explotador del norte me insulta, e implícitamente ofende a quienes me trajeron al mundo, pos ándale, — una niebla roja y cegadora desciende sobre mis ojos y el machete salta a mis manos, y desde allí sigue su camino hasta el corazón del que traicionó a los hijos de los pobres.
    —Le pasa a cualquiera —dijo Marvin.
    —Y aun así —dijo Valdés—, a pesar de mi escrupuloso sentido del honor, soy un hombre juguetón, intuitivo y bienhumorado.
    —A decir verdad, lo había notado —dijo Marvin.
    —En fin. Olvidemos eso. Ahora bien, ¿deseas contratarme como investigador para encontrar a esa chica? Pos claro que sí. El buen pan en el arca se vende, ¿verdad?
    —Sí, hombre —respondió Marvin, riendo—. ¡Y el deseo vence al miedo!
    — ¡Pues, adelante! —Y tomados del brazo los dos compadres salieron a la noche, donde mil estrellas brillaban como aceradas lanzas de una poderosa hueste.


    19


    UNA VEZ FUERA DEL RESTAURANTE, Valdés alzó la bigotuda cara color siena hacia el firmamento y localizó la constelación Invidius, que en las latitudes del norte señala infaliblemente el nornoreste. A partir de esta base, estableció referencias, usando el viento que le acariciaba las mejillas (soplando hacia el oeste a ocho kilómetros por hora) y el musgo de los árboles (que crecía un milímetro por día en el lado norte de los troncos de decidupis). Tuvo en cuenta un margen de error de un metro por kilómetro para el oeste (deriva) y un error de diez centímetros cada cien metros para el sur (efectos combinados de tropismo). Luego, sumados todos los factores, echó a andar en dirección sudsudoeste.

    Marvin lo siguió. Al cabo de una hora habían dejado la ciudad y atravesaban una zona granjera llena de rastrojos. Al cabo de otra hora dejaron atrás todo rastro de civilización y se internaron en un páramo de granito cuarteado y feldespato grasiento.

    Valdés no parecía dispuesto a detenerse, y Marvin empezó a sentir dudas.

    — ¿Adónde vamos, exactamente? —preguntó al fin. —A encontrar a tu Cathy —respondió Valdés, dientes blancos con una cara oscura y afable.
    — ¿De veras vive tan lejos de la ciudad?
    —No sé dónde vive —respondió Valdés, encogiéndose de hombros.
    — ¿No lo sabes? —No, no lo sé. Marvin se paró en seco. — ¡Pero me dijiste que sabías!
    —Nunca lo dije ni lo insinué —dijo Valdés, arrugando la frente marrón—. Dije que te ayudaría a encontrarla.
    —Pero si no sabes dónde vive...
    —Eso no tiene importancia —dijo Valdés, alzando un severo índice de roedor— Nuestra misión no consiste en descubrir dónde vive Cathy; nuestra simple misión es encontrar a Cathy. Al menos, eso tenía entendido.
    —Sí, claro —dijo Marvin—. Pero si no vamos a donde ella vive, ¿adónde vamos?
    —A donde ella estará —respondió Valdés sin inmutarse. —Ah —dijo Marvin.

    Siguieron caminando entre imponentes maravillas minerales, y llegaron al fin a una estribación achaparrada que se extendía como un grupo de morsas exhaustas alrededor de la reluciente ballena azul de una elevada cordillera. Pasó otra hora, y Marvin se inquietó de nuevo. Pero esta vez expresó su zozobra de forma indirecta, esperando obtener información por medio de la astucia.

    — ¿Hace mucho que conoces a Cathy? —preguntó.
    —Nunca he tenido la buena suerte de conocerla —respondió Valdés.
    — ¿Entonces la viste por primera vez en el restaurante, conmigo?
    —Lamentablemente, ni siquiera la vi allí, pues yo estaba en el excusado liberándome de un cálculo renal mientras conversabas con ella. Tal vez la haya visto cuando ella se despidió, pero lo más probable es que sólo haya visto el efecto Doppler producido por la puerta vaivén roja.
    — ¿Entonces no sabes nada sobre Cathy?
    —Sé lo poco que me has dicho, lo cual, francamente, equivale a casi nada.
    — ¿Entonces cómo puedes llevarme a donde ella está? —preguntó Marvin.
    —Es muy sencillo —dijo Valdés—. Un instante de reflexión te aclarará el asunto.

    Marvin dedicó varios instantes a la reflexión, pero el asunto seguía siendo refractario.

    —Usa la lógica —dijo Valdés—. ¿Cuál es mi problema? Encontrar a Cathy. ¿Qué sé de Cathy? Nada. —No suena muy promisorio —dijo Marvin. —Pero esta es sólo la mitad del problema. Partiendo que no sé nada sobre Cathy, ¿qué sé de encontrar?
    — ¿Qué? —preguntó Marvin.
    —Sucede que sé mucho de encontrar —dijo triunfalmente Valdés, gesticulando con sus gráciles manos de terracota—. ¡Pues sucede que soy experto en la Teoría de la Búsqueda!
    — ¿En qué? —preguntó Marvin.
    —Teoría de la Búsqueda —repitió Valdés, con aire menos triunfal.
    —Entiendo —dijo Marvin con indiferencia—. Sensacional. Sin duda es una gran teoría. Pero si no sabes nada sobre Cathy, no sé para qué servirá la teoría.

    Valdés suspiró sin enfado y se tocó el bigote con una mano morada.

    —Amigo mío, si supieras todo sobre Cathy... sus costumbres, amigos, deseos, odios, esperanzas, temores, sueños, intenciones y demás, ¿crees que podrías encontrarla?
    —Claro que sí —dijo Marvin.
    — ¿Aun sin conocer la Teoría de la Búsqueda? —Sí.
    —Pues bien —dijo Valdés—, aplica ese mismo razonamiento a la situación inversa. Yo sé todo lo que se puede saber sobre Teoría de la Búsqueda, y en consecuencia no necesito saber nada sobre Cathy.
    — ¿Estás seguro que es lo mismo? —preguntó Marvin.

    Tiene que serlo. A fin de cuentas, una ecuación es una ecuación. Resolverla desde una incógnita puede llevar más tiempo que desde la otra, pero no puede afectar el resultado. Más aún, es una gran suerte no saber nada sobre Cathy. Los datos específicos a veces interfieren con el funcionamiento de una teoría. Pero en este caso no sufriremos ese contratiempo.

    Continuaron subiendo por la empinada ladera de una montaña. Un viento crudo y chillón los abofeteaba, y retazos de escarcha empezaron a aparecer bajo sus pies. Valdés hablaba de sus investigaciones relacionadas con la Teoría de la Búsqueda, citando los siguientes casos típicos: Héctor buscando a Lisandro, Adán buscando a Eva, Gallahad buscando el Santo Grial, Fred C. Dobbs buscando el Tesoro de la Sierra Madre, Edwin Arlington Robinson buscando la expresión coloquial en un ámbito típicamente norteamericano, las investigaciones de Gordon Sly sobre Naiad McCarthy, la energía buscando la entropía, Dios persiguiendo al hombre y el yin en pos del yang.

    —A partir de estos casos específicos —dijo Valdés—, podemos deducir la noción general de Búsqueda y los corolarios más importantes.

    Marvin estaba demasiado abatido para responder. De pronto cayó en la cuenta que uno se podía morir en ese páramo árido y helado.

    —Curiosamente —dijo Valdés—, la Teoría de la Búsqueda nos impone la inmediata conclusión que nada puede perderse realmente (ni idealmente). Piénsalo: para que algo se pierda, necesitaría un lugar donde perderse. Pero ese lugar no se puede encontrar, pues la mera multiplicidad no implica una diferenciación cualitativa. Desde la perspectiva de la Búsqueda, cada lugar es semejante a cualquier otro. Por ende, reemplazamos el concepto perdido por el concepto posición indeterminada, el cual, por cierto, es susceptible de análisis lógico—matemático.
    —Pero si Cathy no está realmente perdida —dijo Marvin—, realmente no podemos encontrarla.
    —Esa proposición, así formulada, es verdadera —dijo Valdés—. Pero es una noción meramente ideal, de poco valor en este caso. A efectos prácticos debemos modificar la Teoría de la Búsqueda. De hecho, debemos invertir la principal premisa de la teoría y volver a aceptar los conceptos originales de Perdido y Hallado.
    —Parece muy complicado —dijo Marvin.
    —La complicación es más aparente que real —afirmó Valdés—. Un análisis del problema nos da un resultado. Tomemos la proposición «Marvin busca a Cathy». Eso parece describir bien nuestra situación, ¿verdad?
    —Creo que— sí —dijo Marvin cautelosamente. —Bien, ¿qué implica esa proposición?
    —Implica... implica que yo busco a Cathy. Valdés sacudió con fastidio la cabeza castaña.
    — ¡Sé más profundo, mi impaciente y joven amigo! ¡La identidad no es inferencia! La proposición expresa tu búsqueda activa, y por tanto implica la pasividad de Cathy en su estado de perdida. Pero esto no puede ser verdad. Su pasividad es inaceptable, pues en última instancia uno se busca a sí mismo, y nadie está exento de esa búsqueda. Debemos aceptar que Cathy te busca a ti (a sí misma), tal como aceptamos que tú la buscas a ella (a ti mismo). Así llegamos a nuestra permutación primaria: «Marvin busca a Cathy que busca a Marvin.»
    — ¿De veras crees que ella me está buscando? —preguntó Marvin.
    —Claro que sí, aunque ella no lo sepa. A fin de cuentas, es una persona en sí misma, no se la puede considerar un Objeto, una mera cosa perdida. Debemos concederle autonomía, y comprender que si la encuentras, ella te encontrará por igual.
    —Nunca lo pensé —dijo Marvin.
    —Bien, es bastante simple una vez que entiendes la teoría —dijo Valdés—. Ahora bien, para garantizar nuestro éxito, debemos decidir sobre la forma óptima de búsqueda. Obviamente, si ambos practican una búsqueda activa, las probabilidades para que se encuentren uno al otro se reducen bastante. Piensa en dos personas que se buscan en los largos y atestados pasillos de una gran tienda, y compara eso con la mejor estrategia sobre que una busque mientras la otra permanece en una posición fija, esperando a que la encuentren. La matemática es un poco intrincada, así que tendrás que aceptar mi palabra. Habrá más probabilidades que tú la encuentres o ella te encuentre si uno busca mientras el otro se deja buscar. Nuestra sabiduría popular siempre lo ha sabido.
    — ¿Y qué hacemos entonces?
    — ¡Te lo acabo de decir! —exclamó Valdés—. Uno debe buscar, el otro debe esperar. Como no tenemos control sobre los actos de Cathy, damos por sentado que ella se guía por su instinto y te busca. Por tanto debes reprimir tu instinto y esperar, permitiendo así que ella te encuentre.
    — ¿Lo único que hago es esperar? —Correcto.
    — ¿Y crees que me encontrará? —Apostaría mi vida.
    —Bien... de acuerdo. Pero en ese caso, ¿adónde vamos ahora?
    —A un lugar donde esperarás. Técnicamente, se llama Punto de Ubicación. Marvin parecía confundido, así que Valdés continuó con sus explicaciones.
    —Matemáticamente, todos los lugares tienen igual potencial para que ella te encuentre. Por tanto, podemos escoger un Punto de Ubicación arbitrario.
    — ¿Qué Punto de Ubicación has escogido? —preguntó Marvin.
    —Como da lo mismo —dijo Valdés—, escogí la aldea de Montaña Verde de los Tres Picos, en la provincia de Adelante, en la comarca de Lombrobia.
    —Tu pueblo natal, ¿verdad? —preguntó Marvin.
    —En efecto —dijo Valdés, sorprendido y divertido—. Supongo que por eso se me ocurrió tan rápidamente.
    — ¿Pero Lombrobia no está lejos?
    —Bastante —admitió Valdés—. Pero no perderemos el tiempo, pues entretanto te enseñaré lógica, y también las canciones populares de mi terruño.
    —No es justo —murmuró Marvin.
    —Amigo mío —dijo Valdés—, cuando aceptas ayuda, debes estar dispuesto a tomar lo que te pueden dar, no lo que quieres recibir. Nunca he negado mis limitaciones humanas, pero es una ingratitud que tú las menciones.

    Marvin tuvo que conformarse con eso, pues no creía que pudiera regresar a la ciudad por su cuenta. Así que siguieron andando por las montañas y cantaron muchas canciones, pero hacía demasiado frío para la lógica.


    20


    CONTINUARON LA MARCHA por el bruñido espejo de la ladera de una vasta montaña. El viento silbaba y chillaba, tirándoles de la ropa y de los dedos arqueados. Traicioneros panales de hielo se deshacían bajo sus pies mientras buscaban apoyo, y aplastaban los azotados cuerpos contra la helada pared de la montaña y, se movían como sanguijuelas sobre la cegadora superficie.

    Valdés lo soportaba con serenidad de santo. —Esto es difícil —comentó sonriendo—. Aun así, vale la pena por el amor que sientes hacia esta mujer, ¿verdad?

    —Sí, claro —murmuró Marvin—. Supongo que sí. —Pero en realidad empezaba a dudarlo. A fin de cuentas, había estado con Cathy menos de una hora.

    Un alud tronó junto a ellos, y toneladas de muerte blanca cayeron a pocos centímetros de sus cuerpos tensos. Valdés sonrió con serenidad. Flynn frunció el ceño con angustia.

    —Más allá de todos los obstáculos —recitó Valdés—, se encuentra ese dechado que es el rostro y la forma de la amada.
    —Sí, claro —dijo Marvin.

    Lanzas de hielo que se habían desprendido de un alto dokalma giraron centelleando alrededor. Marvin pensó en Cathy y descubrió que no recordaba su aspecto. Pensó que el amor a primera vista estaba sobrevalorado.

    Un profundo precipicio se extendía ante ellos. Marvin miró el precipicio y los vibrantes campos de hielo y llegó a la conclusión que nada de eso valía la pena.

    —Creo que deberíamos regresar —dijo.

    Valdés sonrió sutilmente, deteniéndose a un paso del vertiginoso descenso a ese infierno invernal. —Amigo mío —dijo—, sé por qué lo dices.

    — ¿Ah, sí?
    —Claro que sí—. Es obvio que no deseas que yo arriesgue mi vida en la continuación de esta insensata y excelsa misión. Y es igualmente obvio que te propones seguir a solas.
    — ¿Lo es?
    —Ciertamente. Aun el observador menos atento notaría que estás dispuesto a buscar a tu amada a pesar de todos los peligros, en virtud de la naturaleza intachable de tu personalidad. Y es igualmente claro que tu ánimo generoso y aventurero se turbaría ante la idea de implicar en una aventura tan peligrosa a alguien a quien consideras un íntimo amigo y compañero. —Bien —dijo Marvin—, no sé...
    —Pero yo sí —dijo Valdés—. Y respondo a tu pregunta tácita de esta manera: la amistad guarda cierta semejanza con el amor, en el sentido que trasciende todos los límites.
    —Ah —dijo Marvin.
    —Por tanto —dijo Valdés—, no te abandonaré. Seguiremos juntos hacia las fauces de la muerte, si es necesario, para encontrar a tu amada Cathy.
    —Bien, es muy considerado de tu parte —dijo Marvin, mirando el precipicio— Pero en realidad no conozco muy bien a Cathy, y no sé si nos entenderíamos. Así que, a fin de cuentas, quizá lo mejor sea largarse de aquí...
    —Tus palabras carecen de convicción, amigo mío —rio Valdés—. Te ruego que no te preocupes por mi seguridad.
    —Para ser franco —dijo Marvin—, me preocupaba por la mía.
    — ¡Es inútil! —Valdés rio alegremente—. Tu vehemente pasión desmiente la estudiada frialdad de tus palabras. ¡Adelante, amigo mío!

    Valdés parecía emperrado en buscar a Cathy aunque él no quisiera. La única solución parecía consistir en un buen golpe en la mandíbula, después de lo cual volvería a la civilización con Valdés a rastra. Se lanzó sobre él.

    Valdés retrocedió.

    — ¡No, amigo mío! —exclamó—. Una vez más, tu insuperable amor ha vuelto transparentes tus motivos. ¿Conque quieres desmayarme de un golpe? Luego, tras cerciorarte que yo me encontrara cómodo, seguro y bien aprovisionado, te internarías a solas en el páramo blanco. Pero me niego a obedecer. ¡Seguiremos juntos, compadre!

    Y, echándose al hombro todas las provisiones, Valdés empezó a bajar por el precipicio. Marvin no tuvo más remedio que seguirlo.

    No aburriremos al lector con un relato de esa gran marcha por las montañas Moorescu, ni de las penurias padecidas por el joven y enamorado Flynn y su tenaz compañero. Tampoco describiremos las extrañas alucinaciones que acosaron a los viajeros, ni la locura temporaria que sufrió Valdés cuando se creyó que era un pájaro y podía sobrevolar abismos de trescientos metros. Y nadie salvo el especialista se interesaría en el proceso psicológico por el cual Marvin fue impulsado, mediante una evaluación de sus propios sacrificios, a sentir estima por la joven de marras, y luego un gran afecto, y luego cierto amor, y luego una ardiente pasión.

    Baste decir que todas estas cosas sucedieron, y que el viaje por las montañas ocupó muchos días y suscitó muchas emociones. Y al fin concluyó.

    Al llegar a una última cresta, Marvin miró hacia abajo y vio, en vez de campos de hielo, verdes prados y ondulantes bosques bajo un sol estival, y un pueblito recostado contra el recodo de un terso río.

    — ¿Es ahí? —preguntó.
    —Sí, hijo mío —respondió Valdés en voz baja—. Esa es la aldea de Montaña Verde de los Tres Picos, en la Provincia de Adelante, en la comarca de Lombrobia, en el valle de la Luna Azul.

    Marvin le dio las gracias a ese viejo gurú —pues ningún otro nombre era apropiado para el papel que el pícaro y santo Valdés había desempeñado— y empezó a bajar hacia el Punto de Ubicación donde se pondría a esperar a Cathy.


    21


    ¡MONTAÑA VERDE DE LOS TRES PICOS! Aquí, rodeada por lagos cristalinos y altas montañas, una sencilla y bonachona comunidad de labriegos trabaja sin prisa bajo palmeras ondulantes. A mediodía y a medianoche las notas plañideras de una guitarra resuenan en las murallas almenadas del viejo castillo. Doncellas castañas cuidan las polvorientas vides mientras un cacique bigotudo observa, el látigo soñolientamente enroscado en la muñeca velluda.

    A este pintoresco recordatorio de tiempos pasados llegó Flynn, guiado por el fiel Valdés.

    En las afueras de la aldea, en una suave loma, había una posada. Valdés se dirigió hacia allí.

    — ¿De veras es el mejor sitio para esperar? —preguntó Marvin.
    —No, no lo es —dijo Valdés con una sonrisa astuta—. Pero al elegir este sitio en vez de la polvorienta plaza mayor, evitamos la falacia de lo «óptimo». Además, aquí estaremos más cómodos.

    Marvin aceptó la sabiduría superior del hombre de bigotes y se instaló en la posada. Se sentó en una mesa de la calle que le brindaba una buena vista del patio y del camino. Se fortaleció con una jarra de vino, y pasó a cumplir la función teórica que le imponía la Teoría de la Búsqueda; vale decir, esperó.

    Al cabo de una hora, Marvin vio una silueta oscura y diminuta que se aproximaba por la reluciente carretera blanca. La silueta pronto estuvo cerca, un hombre que ya no era joven, la espalda encorvada bajo el peso de un objeto cilíndrico. El hombre irguió el ojeroso rostro y miró a Marvin a los ojos.

    — ¡Tío Max! —exclamó Marvin.
    —Vaya. Hola, Marvin —respondió el tío Max—. ¿Me servirías una copa de vino? Ese camino está muy polvoriento.

    Marvin sirvió la copa de vino, sin creer el testimonio de sus sentidos; pues el tío Max había desaparecido inexplicablemente diez años atrás. La última vez lo habían visto jugando golf en el Fairhaven Country Club.

    — ¿Qué pasó contigo? —preguntó Marvin.
    —En el hoyo número doce caí en una torsión temporal —dijo el tío Max—. Si alguna vez regresas a la Tierra, Marvin, podrías hablar del tema con el gerente del club. Nunca me ha gustado quejarme, pero creo que el comité de campos de golf debería enterarse de esto y construir una cerca u otra estructura protectora. No me importa por mí, pero habría un desagradable escándalo si se cayera un niño.
    —Se lo diré, por cierto —dijo Marvin—. Pero ¿adónde vas, tío Max?
    —Tengo una cita en Samarra —dijo el tío Max—. Gracias por el vino, muchacho, y cuídate. Por cierto, ¿sabías que tu nariz hace tictac?
    —Sí —dijo Marvin—. Es una bomba.
    —Supongo que sabes lo que haces —dijo Max—. Adiós, Marvin.

    Y el tío Max siguió trajinando por el camino, cargando con la bolsa de palos de golf y usando un palo número dos como bastón. Marvin siguió esperando.

    Media hora después vio la silueta de una mujer que se acercaba deprisa por el camino. Sintió una creciente emoción, pero pronto se hundió en la silla. No era Cathy. Era sólo su madre.

    —Estás muy lejos de casa, mamá —comentó.
    —Lo sé, Marvin —dijo su madre—. Pero, en fin... me capturaron unos tratantes de blancas. — ¡Cáspita, mamá! ¿Y cómo sucedió?
    —Bien, Marvin —dijo su madre—, yo le llevaba un cesto navideño a una familia pobre de la Calle de los Carteristas, y allí hubo una redada policial, y pasaron varias cosas más, y me drogaron y me desperté en Buenos Aires en una habitación lujosa con un hombre que me miraba lascivamente y me preguntaba en mal inglés si quería divertirme un poco. Y cuando dije que no, me estrechó en un abrazo manifiestamente destinado a ser lujurioso.
    — ¡Cáspita! ¿Y qué pasó después?
    —Bien —dijo su madre—, tuve la suerte de recordar una pequeña treta que me había enseñado la señora Jasperson. ¿Sabías que puedes matar a un hombre si le das un buen golpe bajo la nariz? Bien, funciona. No me gustó hacerlo, Marvin, aunque en el momento me pareció buena idea. Y así me encontré en las calles de Buenos Aires, y una cosa llevó a la otra, y aquí estoy.
    — ¿Quieres una copa de vino? —preguntó Marvin.
    —Muy considerado de tu parte'—dijo su madre—, pero realmente debo seguir.
    — ¿Adónde?
    —A La Habana —dijo su madre—. Tengo un mensaje para García. Marvin, ¿estás resfriado?
    —No, tal vez mi voz suene rara porque tengo una bomba en la nariz. —Cuídate, Marvin —dijo su madre, y siguió su camino.

    Pasó el tiempo. Marvin cenó en el pórtico, con un botellón de Sangre de Hombre cosecha 36, y se acomodó en las profundas sombras arrojadas por el paladión. El sol extendía su borde dorado hacia los picos montañosos. Por el camino, junto a la posada, iba un hombre, caminando deprisa...

    — ¡Padre! —exclamó Marvin.
    —Buenas tardes, Marvin —dijo su padre, disimulando la sorpresa—. Te diré que apareces en los sitios más inesperados.
    —Podría decir lo mismo de ti —dijo Marvin.

    Su padre frunció el ceño, se ajustó la corbata y pasó el maletín a la otra mano.

    —No tiene nada de raro que yo esté aquí —dijo—. Habitualmente tu madre me va a buscar a la estación con el coche. Pero hoy se retrasó, y decidí ir caminando. Mientras caminaba, decidí usar el atajo que atraviesa el campo de golf.
    —Entiendo —dijo Marvin.
    —Admito que ese atajo alarga el camino en vez de acortarlo —continuó su padre—, pues calculo que he caminado por esta campiña durante una hora o más.
    —Papá —dijo Marvin—, no sé cómo decírtelo, pero lo cierto es que ya no estás en la Tierra.
    —Ese comentario no me causa gracia —declaró su padre—. Sin duda me he desviado, y no es el estilo arquitectónico que ves normalmente en el estado de Nueva York. Pero estoy seguro que si sigo por este camino unos cien metros, llegaré a la avenida Annandale, que a la vez me llevará al cruce de Maple y Spruce. Desde allí encontraré fácilmente el camino a casa.
    —Supongo que sí —dijo Marvin. Nunca le había gustado discutir con su padre.
    —Debo irme —dijo su padre—. Por cierto, Marvin, ¿sabes que tienes algo raro en la nariz?
    —Sí, padre. Es una bomba.

    Su padre frunció el ceño, lo miró de mal modo, sacudió la cabeza y siguió andando por el camino.

    —No entiendo —le dijo Marvin a Valdés un rato después—. ¿Por qué todas estas personas me encuentran? No parece natural.
    —No es natural —le aseguró Valdés—. Pero es inevitable, lo cual es mucho más importante.
    —Quizá sea inevitable —dijo Marvin—. Pero también es sumamente improbable.
    —Es verdad —convino Valdés—. Aunque nosotros preferimos llamarlo una probabilidad forzada, lo cual alude a un complemento indeterminado de la Teoría de la Búsqueda.
    —Me temo que no entiendo —dijo Marvin.
    —Bien, es bastante sencillo. La Teoría de la Búsqueda es una teoría pura; lo cual significa que en el papel funciona siempre, sin refutación imaginable. Pero una vez que tomamos lo puro e ideal e intentamos realizar aplicaciones prácticas, nos topamos con dificultades, y la principal es el fenómeno de la indeterminación. Por decirlo del modo más sencillo, lo que sucede es lo siguiente: la presencia de la teoría interfiere con el funcionamiento de la teoría. La teoría no puede tener en cuenta el hecho de su propia existencia. Idealmente, la Teoría de la Búsqueda existe en un universo donde no hay Teoría de la Búsqueda. Pero en la práctica, que es lo que aquí nos interesa, la Teoría de la Búsqueda existe en un mundo donde hay una Teoría de la Búsqueda, lo cual produce lo que llamamos un efecto de «reflejo» o «duplicación». Según algunos pensadores, existe el peligro de una «duplicación infinita», por la cual la teoría se modifica a sí misma sin cesar de acuerdo con previas modificaciones de la teoría por parte de la teoría, llegando al fin a un estado de entropía donde todas las posibilidades tienen el mismo valor. Este argumento, donde el error de atribuir causalidad a la mera secuencia es manifiesto, se denomina la Falacia de Von Gruemann. ¿Está más claro?
    —Creo que sí —dijo Marvin—. Lo único que no entiendo es qué efecto surte la existencia de la teoría sobre la teoría.
    —Creí haberlo explicado —dijo Valdés—. El efecto primario, o «natural», de una Teoría de la Búsqueda sobre una Teoría de la Búsqueda es el incremento del valor de lambda—ji.
    —Ajá —dijo Marvin.
    —Lambda—ji es la representación simbólica de la razón inversa de todas las búsquedas posibles respecto de todos los hallazgos posibles. Así, cuando lambda— ji aumenta por medio de la indeterminación u otros factores, la posibilidad de fracaso en la búsqueda se reduce rápidamente a una cifra cercana al cero, mientras que la posibilidad de éxito en la búsqueda se aproxima rápidamente a uno. Esto se conoce como Factor de Expansión de Conjuntos.
    — ¿Eso significa —preguntó Marvin— que, debido al efecto de la Teoría de la Búsqueda en la Teoría de la Búsqueda, que deriva en el Factor de Expansión de Conjuntos, todas las búsquedas tendrán éxito?
    —Exacto —lijo Valdés—. Lo has expresado bellamente, aunque quizá con insuficiente rigor. Todas las búsquedas posibles tendrán éxito durante el período, o duración, del Factor de Expansión de Conjuntos.
    —Ahora entiendo —dijo Marvin—. De acuerdo con la teoría, debo encontrar a Cathy.
    —Sí —dijo Valdés—. Debes encontrar a Cathy; en rigor de verdad, debes encontrar a todo el mundo. La única limitación es el Factor de Expansión de Conjuntos o EC.
    — ¿Sí? —preguntó Marvin.

    Bien, naturalmente, todas las búsquedas sólo pueden tener éxito durante el período o duración de EC. Pero la duración de EC es una variable que no puede durar menos de 6,3 microsegundos ni más de 1.005,34543 años.

    — ¿Cuánto dura EC en cualquier caso particular? —preguntó Marvin. —Muchos quisiéramos conocer la respuesta —dijo Valdés con una risotada.
    — ¿Es decir que no lo sabes?
    —Es decir que han sido necesarias varias vidas de trabajo tan sólo para descubrir la existencia del

    Factor de Expansión de Conjuntos. La determinación de una solución numérica exacta para dicho factor en todos los casos posibles sería posible, supongo, si EC fuera una mera variable, pero sucede que es una variable contingente, lo cual es harina de otro costal. El cálculo de contingencias es una rama relativamente nueva de la matemática, y nadie la domina.

    —Me lo temía —dijo Marvin.
    —La ciencia es tirana —convino Valdés. Guiñó jovialmente un ojo y añadió—

    : Pero aun los tiranos más crueles pueden eludirse.

    — ¿Quieres decir que hay una solución? —exclamó Marvin.
    —No es, por desgracia, una solución legítima. Es lo que los teóricos de la búsqueda llamamos una «solución ilegal». Es decir, es la aplicación pragmática de una fórmula que estadísticamente ha tenido un alto grado de correlación con soluciones requeridas. Pero, en cuanto teoría, no hay fundamento racional para presumir su validez.
    —Aun así —dijo Marvin—, si funciona, probémosla.
    —Preferiría no hacerlo —dijo Valdés—. Al margen de su aparente grado de éxito, las fórmulas irracionales me disgustan porque contienen turbadoras insinuaciones de que la lógica suprema de la matemática podría basarse, en última instancia, en groseros absurdos.
    —Insisto —dijo Marvin—. A fin de cuentas, el que busca soy yo.
    —Eso no tiene nada que ver, matemáticamente hablando —dijo Valdés—. Pero supongo que no me dejarás en paz a menos que acceda.

    Valdés suspiró con tristeza, sacó un papel y un lápiz y preguntó:

    — ¿Cuántas monedas tienes en el bolsillo? Marvin miró y respondió: —Ocho.

    Valdés anotó el resultado, pidió la fecha del nacimiento de Marvin, su número de seguridad social, su número de calzado y su altura en centímetros. Dio a esto un valor numérico. Le pidió a Marvin que escogiera un número al azar entre 1 y 14. Luego añadió varias cifras más, garrapateó y calculó durante unos minutos.

    — ¿Y bien? —preguntó Marvin.
    —Recuerda que este resultado es sólo estadísticamente probable —dijo Valdés— y no tiene ningún otro fundamento para ser creíble.

    Marvin asintió.

    —La duración del Factor de Expansión de Conjuntos —dijo Valdés—, en este caso particular, debe expirar dentro de exactamente un minuto y cuarenta y ocho segundos, cinco minimicrosegundos más o menos.

    Marvin iba a protestar contra la injusticia de esta situación, y a preguntar por qué Valdés no había hecho antes ese cálculo vital. Pero entonces volvió a mirar el camino, que ahora irradiaba un fulgor blanco contra el profundo azul de la noche.

    Una silueta se dirigía a la posada. — ¡Cathy! —exclamó Marvin. Pues era ella.

    —La búsqueda se completó 43 segundos antes del vencimiento del Factor de Expansión de Conjuntos —señaló Valdés—. Otra validación— experimental de la Teoría de la Búsqueda.

    Pero Marvin no oyó esas palabras, pues había echado a correr por el camino para estrechar a su amada en los brazos. Y Valdés, el obstinado amigo y taciturno compañero de la Larga Marcha, sonrió para sí mismo y pidió otra botella de vino.


    22


    Y ASÍ VOLVIERON A REUNIRSE, la bella Cathy, signada por su mala estrella y perdida entre los planetas, atraída por la extraña alquimia del Punto de Ubicación, y el joven y fuerte Marvin, con su reluciente sonrisa de golondrina en un rostro bronceado y jovial; Marvin, que había partido con la confiada audacia de la juventud a enfrentar el reto de un viejo e intrincado universo, junto a Cathy, más joven que él en años pero mucho más vieja en su heredada e instintiva sabiduría de mujer; la adorable Cathy, cuyos bonitos ojos negros parecían contener una pena meditabunda, una elusiva sombra de anticipada tristeza que Marvin no percibía, salvo en un enorme y abrumador deseo de proteger y retener a esa muchacha de apariencia frágil, poseedora de un secreto que no podía revelar, y que al fin había ido a él, un hombre sin secretos que pudiera revelar.

    La felicidad de ambos era precaria y noble. Estaba la bomba en la nariz de Marvin, que contaba los inexorables segundos de su destino, brindando una estricta medida de metrónomo para su danza de amor. Pero esta sensación ominosa entrelazaba aún más sus destinos opuestos, e infundía gracia y sentido a su relación.

    Él creaba cascadas con el rocío de la mañana, y con los coloridos guijarros de un arroyo hacía collares más bellos que las esmeraldas, más tristes que las perlas. Ella lo atrapaba en su red de cabello sedoso, lo arrastraba a aguas profundas y silenciosas, más allá de la destrucción. Él le mostraba estrellas escarchadas y un sol derretido; ella le daba largas sombras anudadas y el sonido del terciopelo negro. Él extendía los brazos y tocaba musgo, hierba, árboles añosos, rocas iridiscentes; ella alzaba los dedos y acariciaba viejos planetas y un claro de luna plateado, el relámpago de los cometas y el grito de los soles moribundos.

    Jugaban juegos donde él moría y ella envejecía, esperando un venturoso renacimiento. Disecaban el tiempo con el amor, y cuando volvían a unir las piezas era más largo, mejor y más lento. Inventaban juguetes con montañas, llanuras, lagos, valles. Sus almas tenían el lustre de un pelaje sano.

    Eran amantes, y no podían concebir nada fuera del amor. Pero algunas cosas los odiaban. Tocones muertos, águilas estériles, estanques hediondos... es tas cosas sentían rencor hacia esa felicidad. Y ciertos cambios urgentes desoían sus declaraciones, indiferentes a las intenciones humanas y felices de continuar su tarea de desmantelar el universo. Ciertas conclusiones, reacias a la transformación, se apresuraban a acatar antiguas directivas escritas en los huesos, impresas en la sangre, tatuadas en el lado interno de la piel.

    Había una bomba que necesitaba estallar; había un secreto que exigía una traición. Y del miedo surgió el conocimiento, y la tristeza.

    Y una mañana Cathy no estaba más, como si nunca hubiera existido.


    23


    ¡NO ESTABA! ¡Cathy no estaba! ¿Era posible? ¿Era posible que la vida, esa bromista impasible, volviera a jugarle una mala pasada?

    Marvin se negaba a creerlo. Buscó en los alrededores de la posada, registró pacientemente la aldea. Nada. Marvin continuó su búsqueda en la vecina ciudad de San Ramón de las Tristezas, e interrogó a meseras, propietarios, tenderos, prostitutas, policías, chulos, mendigos y otros habitantes; les preguntaba si habían visto una muchacha bella como el alba, con cabello de una hermosura indescriptible, silueta de inaudita perfección, rasgos cuyo encanto sólo era superado por su armonía, etcétera. Y le respondían con tristeza:

    —Caray, señor, no hemos visto a esa mujer, ni ahora ni nunca.

    Se impuso calma para dar una descripción coherente, y encontró a un obrero que había visto a una chica llamada Cathy viajando hacia el oeste en un gran automóvil con un hombre corpulento que fumaba un puro. Y un deshollinador la había visto yéndose del pueblo con su cartera azul y oro. Se iba con paso firme. No había mirado atrás.

    El encargado de una gasolinera le dio una apresurada nota de Cathy que empezaba: «Querido Marvin, por favor trata de entender y perdonarme. Como intenté explicarte muchas veces, era necesario para mí...»

    El resto de la nota era ilegible. Con la ayuda de un criptoanalista, Marvin descifró las palabras finales, que eran: «Pero te amaré siempre, y espero que encuentres en tu corazón la fuerza para recordarme con bondad. Con cariño, Cathy.»

    El resto de la nota, vuelta enigmática por la pena, escapaba al análisis humano.

    Describir la emoción de Marvin sería como describir el vuelo de la garza al amanecer: ambos son inefables e indescriptibles. Baste decir que Marvin pensó en el suicidio pero desechó la idea porque le parecía un gesto absolutamente superficial.

    Nada era suficiente. La ebriedad era mera sensiblería, y la renuncia al mundo parecía un berrinche de niño caprichoso. Como ninguna actitud era adecuada, Marvin no adoptó ninguna. Pasaba los días y las noches como un zombi, con los ojos secos. Era infaliblemente cortés, pero su amigo Valdés pensaba que el verdadero Marvin había desaparecido en una explosión instantánea de pena, y que en su lugar había quedado el defectuoso boceto de un hombre. Marvin se había ido, y parecía que el sucedáneo que lo reemplazaba, en su parodia de humanidad, se derrumbaría en cualquier momento por efecto de la tensión.

    Valdés estaba perplejo y consternado. El experto en búsqueda nunca había enfrentado un caso tan difícil. Con desesperada energía trató de rescatar a su amigo de esa muerte en vida.

    Probó con la comprensión:

    —Sé cómo te sientes, mi desdichado compañero, pues una vez, cuando era muy joven, tuve una experiencia comparable y descubrí...

    Eso no resultó, así que Valdés probó con la brutalidad:

    —Que Dios me perdone, pero ¿todavía lloriqueas porque esa cualquiera te abandonó? Por las heridas de Cristo, te diré esto: hay mujeres de sobra en este mundo, y no se puede llamar hombre a quien se arroja en un rincón cuando puede gozar del amor sin...

    Ninguna respuesta. Valdés probó suerte con la distracción excéntrica:

    —Mira allí. Veo tres aves en una rama, y una tiene un cuchillo en el pescuezo y un cetro en la garra, pero canta con más alegría que las otras. ¿Cómo lo interpretas?

    Marvin no interpretó nada. El paciente Valdés trató de rescatar a su amigo aludiendo a sus propias desgracias.

    —Bien, Marvin, los médicos han echado un vistazo a mi inflamación de piel y parece que es impétigo. Me han dado doce horas a lo sumo, y después de eso cobraré mis fichas y cederé mi silla a otro jugador. En mis últimas doce horas, me gustaría...

    Nada. Valdés intentó despertar a su amigo con filosofía campesina.

    —Los simples labriegos son los más sabios, Marvin. ¿Sabes lo que dicen? Dicen que un cuchillo roto no sirve como bastón. Deberías tenerlo en cuenta, Marvin...

    Pero no se podía contar con que Marvin lo tuviera en cuenta. Valdés pasó a la ética hiperstrasiana tal como estaba expresada en el Rollo Timomaqueano. — ¿Te consideras herido, pues? Reflexiona, empero: el yo es inefable y unitario, y no es susceptible de externalismos. Por ende, lo que se abrió fue una mera herida; y esto, siendo externo a la persona y ajeno a la intuición, no brinda causa para la implicación de dolor.

    El argumento no conmovió a Marvin. Valdés acudió a la psicología:

    —La pérdida de la amada, según Steinmetzer, es una representación ritual de la pérdida del yo fecal. En consecuencia, cuando creemos llorar al ser querido, en realidad lamentamos la irreparable pérdida de nuestros excrementos.

    Pero tampoco esto sirvió para penetrar en la cerrada pasividad de Marvin. Su melancólico distanciamiento frente a los valores humanos parecía irrevocable; y esta impresión se agudizó cuando, una tarde tranquila, su nariz dejó de latir. No era una bomba; era sólo una advertencia del electorado de Marduk Kras. Así que Marvin ya no corría peligro inminente de que le volaran la cabeza.

    Pero ni siquiera este golpe de suerte alteró su ánimo gris y robótico. Sin conmoverse, reparó en su salvación como uno podría reparar en el paso de una nube frente al sol.

    Nada parecía afectarlo. Y aun el paciente Valdés se vio obligado a explicar: —Marvin, ¡estoy hasta la coronilla!

    Pero Marvin no se mosqueó. Y Valdés y la buenas gentes de San Ramón pensaron que ese hombre era irrecuperable.

    Pero cuán poco sabemos de los giros y vueltas de la mente humana. Pues al día siguiente, contra toda expectativa razonable, ocurrió un hecho que al fin atravesó el encierro de Marvin y abrió las compuertas de su sensibilidad.

    ¡Un solo hecho! (Aunque en sí mismo fue el inicio de una nueva cadena causal, la muda jugada inicial de otro de los innumerables dramas del universo.)

    Todo comenzó, absurdamente, cuando un hombre le preguntó la hora a Marvin.


    24


    EL HECHO OCURRIÓ EN EL LADO NORTE de la Plaza de los Muertos, poco después del paseo vespertino y quince minutos antes de los maitines. Como de costumbre, Marvin había pasado frente 'a la estatua de José Grimuchio y la hilera de lustrabotas reunidos cerca de la baranda de peltre del siglo quince, hasta llegar a la fuente de San Briosci, en la esquina este de ese descuidado parque. Se acercaba a la Tumba de los Mal Paridos cuando un hombre se cruzó con él y alzó una mano imperiosa.

    —Mil perdones —dijo el hombre—. Lamento esta violenta y quizá ofensiva interrupción de su soledad, pero me urge preguntarle si acaso podría darme la hora correcta.

    Un pedido inofensivo... en apariencia. Pero el aspecto del hombre desmentía esas palabras comunes. Era de altura media y constitución ligera, y usaba un bigote anticuado como el que puede verse en el retrato del rey Morquavio Redondo pintado por Grier. Llevaba ropas harapientas pero muy limpias y bien planchadas, y sus cuarteados zapatos estaban bien lustrados. En el índice derecho lucía un trabajado anillo de sello de oro macizo; tenía los fríos ojos de halcón de un hombre habituado al mando.

    No habría sido llamativo que preguntara la hora si frente a la plaza no hubiera habido relojes que disentían en sus mediciones por no más de tres minutos.

    Marvin le respondió con, su habitual cortesía, mirando el reloj de tobillo y anunciando que eran cinco minutos después de la hora.

    —Gracias, caballero, es usted muy servicial —dijo el hombre—. ¿Cinco minutos? El tiempo devora nuestra frágil mortalidad, dejándonos sólo el agrio residuo del recuerdo.

    Marvin asintió.

    —Empero, esta cantidad inefable e inasible —respondió—, este tiempo que ningún hombre puede poseer, es en verdad nuestra única pertenencia.

    El hombre asintió como si Marvin hubiera dicho algo profundo en vez de limitarse a citar un cortés lugar común coloquial. El forastero se inclinó en una reverencia (más propia de tiempos pasados que de nuestra era plebeya). Al hacerlo perdió el equilibrio, y se habría caído si Marvin no lo hubiera atajado y le hubiera ayudado a incorporarse.

    —Muchas gracias —dijo el hombre, sin perder la compostura—. Tiene usted una certera aprehensión, tanto del tiempo como de los hombres, y esto no será olvidado.

    Así diciendo, dio media vuelta y se internó en la muchedumbre.

    Marvin lo siguió con la mirada, un poco perplejo. Algo sonaba a falso en ese hombre. Quizá fuera el bigote, evidentemente postizo, o las cejas pintadas, o la verruga artificial de la mejilla izquierda, o los zapatos, que lo hacían siete centímetros más alto, o la capa, que parecía rellena para disimular la estrechez natural de los hombros. Fuera lo que fuese, Marvin sentía desconcierto pero no suspicacia, pues por debajo de la pomposidad de ese hombre había pruebas de un ánimo jovial y emprendedor que no se podía descontar a la ligera.

    Mientras pensaba en eso, Marvin echó una ojeada a su mano derecha. Mirando con mayor atención, vio que tenía un papel en la palma. Por cierto, no había llegado allí por medios naturales.

    Comprendió que el forastero con capa debía habérselo dado al tropezar (o, como ahora veía Marvin, mientras fingía tropezar).

    Esto arrojaba una nueva luz sobre los hechos de los últimos minutos. Frunciendo el ceño, Marvin desplegó el papel y leyó:

    Si el caballero desea oír algo interesante y ventajoso para él mismo y para el universo, de suma importancia tanto en el presente inmediato como en el futuro remoto, y que en esta nota no se puede explicar detalladamente por razones obvias y más que suficientes, pero que se revelarán oportunamente una vez confirmada cierta comunidad de intereses y consideraciones éticas, entonces el caballero deberá dirigirse a la hora novena a la Posada del Ahorcado, y allí ocupar una mesa en el rincón izquierdo, cerca de las troneras dobles, y usar una rosa blanca en la solapa y llevar en la mano derecha un ejemplar del Diario de Celsus (Ediciones 4 Estrellas), y tamborilear sobre la mesa con el meñique de la mano derecha, sin seguir un ritmo en particular.
    Si sigue estas instrucciones, alguien se le aproximará y le dará a conocer algo que creemos le gustará saber.
    [firmado] ALGUIEN QUE LE QUIERE BIEN


    Marvin reflexionó sobre la nota y sus implicaciones. Intuía que un conjunto de vidas y problemas interrelacionados, hasta ahora desconocidos para él, se le había cruzado de un modo inimaginable.

    Pero era un momento en que podía escoger. ¿Le importaba formar parte del proyecto de otro, por digno que fuera? ¿No sería mejor evitar todo compromiso y seguir su camino solitario por las deformaciones metafóricas del mundo?

    Quizá...

    Aun así, el episodio lo intrigaba y ofrecía una distracción aparentemente inocua para ayudarlo a olvidar el dolor de la pérdida de Cathy. (Así la acción sirve de calmante, mientras que la contemplación se revela como la forma más directa de intervención, y por tanto es evitada por los hombres.)

    Marvin siguió las instrucciones que el misterioso forastero le había dejado en la nota. Compró un ejemplar del Diario de Celsus (Ediciones 4 Estrellas) y se puso una rosa blanca en la solapa. A las nueve en punto fue a la Posada del Ahorcado y se sentó a la mesa del rincón izquierdo, cerca de las troneras dobles. El corazón le latía aceleradamente. No era una sensación desagradable.


    25


    LA POSADA DEL AHORCADO era un lugar estrecho pero jovial, y la mayor parte de su clientela estaba compuesta por bullangueros especímenes de las clases bajas. Roncos vendedores de pescado pedían bebida a gritos, e inflamados agitadores soltaban sonoros insultos contra el gobierno y eran abucheados por musculosos herreros. Un torasoro de seis patas se asaba en el enorme fogón, y un cocinero rociaba la crujiente carne con salsas melosas. Un violinista tocaba una jiga sobre una mesa, acompañando alegremente el ritmo con la pata de palo. Una mujerzuela ebria, con párpados enjoyados y septum artificial, sollozaba en un rincón con lágrimas sensibleras.

    Un petimetre perfumado se llevó un pañuelo de encaje a la nariz y arrojó una moneda desdeñosa a los luchadores que se enfrentaban en la cuerda floja. A la izquierda, en la mesa común, un lustrabotas metió la mano en la marmita para sacar un trozo de cogote, y una daga de un matón le clavó la mano a la mesa. Esta hazaña fue celebrada con hurras. —Dios te guarde, caballero. ¿Qué deseas beber?

    Marvin se vio frente a una camarera de mejillas rosadas y pecho abundante que esperaba su pedido.

    —Hidromiel, y enhorabuena —respondió Marvin.
    —Salud, y con mi pláceme —respondió la muchacha, que se inclinó para ajustarse las ligas y susurrarle—: Caballero, cuídate en este lugar, que en verdad no es apropiado para un joven hidalgo como tú.
    —Gracias por la advertencia —respondió Marvin—, mas espero estar a la altura de las circunstancias si fuera menester presentar contienda.
    —Ah, no sabes cómo son aquí —respondió la muchacha, y se alejó deprisa, pues un hombre corpulento vestido de negro se acercaba a la mesa de Marvin.
    — ¡Por las sangrantes heridas del Todopoderoso! ¿Qué tenemos aquí? —bramó el hombre.

    Se hizo silenció en la posada. Marvin lo miró y en su vasta mole reconoció al que llamaban Black Denis. Y recordó que el hombre tenía fama de destripador y desollador, además de matón y aguafiestas.

    Marvin fingió no reparar en la sudorosa proximidad de ese hombre. Sacó un abanico y lo agitó frente a la nariz.

    La clientela rugió con júbilo campesino. Black Denis se acercó un paso. Los músculos de su brazo se retorcían como cobras parturientas mientras cerraba los dedos sobre la delgada empuñadura de la espada.

    —Cegadme como a relleno de nabo si me equivoco —tronó Black Denis—, pero qué prodigio ven mis ojos: aquí tenemos a un sujeto que se parece notablemente a un espía del rey.

    Marvin sospechó que el hombre intentaba provocarlo, así que desoyó el comentario y se limó las uñas con una pequeña lima de plata.

    — ¡Tronchadme y usad mis tripas por faja! —exclamó Black Denis—. Parece que cierto caballero no es un caballero, pues no responde cuando otro caballero lo interpela. Pero quizá sea sordo, lo cual confirmaré examinando su oreja izquierda...

    en casa, a mis anchas.

    — ¿Me hablabas a mí? —preguntó Marvin, con voz engañosamente calma.
    —En verdad que sí —dijo Black Denis—. Pues sospecho que tu rostro no me agrada.
    — ¿De veras? —murmuró Marvin.
    — ¡Así es! —aulló Black Denis—. Ni me gustan tus modales, ni el hedor de tu perfume, ni la forma de tu pie ni la curva de tu brazo.

    Marvin entornó los ojos. El momento se llenó de crispada tensión, y no se oía nada salvo la ronca respiración de Black Denis. Antes que Marvin pudiera responder, un hombre se acercó corriendo a Black Denis. El que así intervenía era un jorobado, un hombre cetrino de gran barba blanca, que no tenía más de un metro de altura y arrastraba un pie deforme.

    —Vamos —le dijo el jorobado a Black Denis—. ¿En la víspera de San Orígenes derramarás sangre indigna de tu distinguida atención? ¡Qué bochorno, Black Denis!
    —Derramaré sangre si me place, por los cancros de la santa montaña roja — maldijo el matón.
    — ¡Sí, arráncale las tripas! —gritó un sujeto enclenque y narigón desde la muchedumbre, parpadeando con un ojo azul y guiñando un ojo castaño.
    — ¡Sí, arráncale! —rugieron varios, haciéndose eco del primero.
    — ¡Caballeros, por favor! —dijo el gordo posadero, restregándose las manos.
    — ¡Nunca os ha molestado! —dijo la desaliñada mesera, con una bandeja de vasos temblándole en la mano.
    —Deja que el lechuguino beba su trago —dijo el jorobado, tirando de la manga de Black Denis y babeándose por una comisura de la boca.
    — ¡Suéltame, giboso! —gritó Black Denis, y le pegó con una mano derecha del tamaño de una maza. El jorobado recibió el golpe en el pecho y voló por el salón, cruzando la mesa de cervezas hasta chocar, con gran estrépito de vidrios rotos, contra los picheles colgados.
    — ¡Ahora, por los gusanos de la eternidad! —bramó el grandote, volviéndose hacia Marvin.

    Marvin aún se abanicaba sentado en la silla, tranquilo pero alerta. Un hombre más observador habría reparado en el temblor de anticipación que le cruzaba los muslos, la ínfima flexión de las muñecas. Sólo ahora se dignó mirar a su provocador.

    — ¿Todavía aquí? —preguntó—. Amigo, tus impertinencias son fatigosas para el oído y redundantes para los sentidos.
    — ¿Ah sí? —gritó Black Denis.
    —Sí —respondió irónicamente Marvin—. La reiteración es el énfasis de los torpes, pero no me resulta grata. Así que aléjate, camarada, y lleva tu recalentado corpachón a otra parte, o tendré que enfriarlo con una sangría que despertará la envidia de cualquier galeno.

    Black Denis quedó boquiabierto ante la afrenta que representaba ese insulto sereno y mortífero. Luego, con una ligereza que contrastaba con su tamaño, desenvainó la espada y lanzó un sablazo que partió la gruesa mesa de roble en dos, y sin duda habría despachado a Marvin si él no hubiera dado un ágil brinco.

    Bramando de rabia, Denis acometió, blandiendo la espada como un molino de viento enloquecido. Y Marvin retrocedió bailando, plegó el abanico, se lo calzó en el cinturón, saltó hasta una mesa de cedro y agarró un trinchante. Empuñando suavemente esa cuchilla, se deslizó con pasos danzarines hacia su contrincante.

    — ¡Huye, caballero! —gritó la mesera—. Te cortará en dos... sólo tienes un cuchillo de mesa, sin demasiado filo.
    — ¡Cuídate, joven! —gritó el jorobado, refugiándose bajo un mantel.
    — ¡Arráncale las tripas! —insistió el sujeto narigón y esmirriado de ojos turbios.
    — ¡Caballeros, por favor! —rogó el desdichado posadero.

    Los dos combatientes estaban en el centro del recinto, y Black Denis, con una mueca de apasionada ira, lanzó un tajo tan enérgico como para talar un roble. Marvin lo esquivó con escalofriante precisión, desviándolo con el cuchillo en quatre, y respondiendo de inmediato en quince. Este diestro contragolpe se topó con la anormal celeridad de la revanche de Denis, pues de lo contrario le habría cortado el gaznate.

    Black Denis se puso en guardia, mirando a su oponente con mayor respeto. Rugió con furia demente y acometió, haciendo retroceder a Marvin en el humoso recinto.

    — ¡Un napoleón doble al grandote! —gritó el petimetre perfumado.
    — ¡Acepto! —exclamó el jorobado—. Ese esbelto joven tiene gran juego de piernas.
    —El juego de piernas nunca detuvo el acero—retrucó el petimetre—. ¿Respaldarás tu opinión con tu dinero?
    — ¡Sí! Añadiré cinco luises de oro —dijo el jorobado, hurgando en su morral. Y otros miembros de la multitud se sumaron a la fiebre de las apuestas.
    — ¡Diez rupias por Denis! —aulló el narigón—. ¡Ofrezco tres contra uno!
    — ¡Cuatro contra uno! —exclamó el cauto posadero—. ¡Y siete contra cinco a primera sangre! —Así diciendo, extrajo un saco de libras de oro.
    — ¡Hecho! —gritó el narigón, poniendo tres talentos de plata y medio denario de oro—. ¡Por la Madre Negra, ofrezco ocho contra cinco por un corte en el pecho!
    — ¡Acepto! —chilló la mesera, sacando del busto un saco de taleros de María Teresa—. ¡Y doy cinco contra seis por primera amputación!
    — ¡Acepto! —bramó el petimetre perfumado—. ¡Y, por mis verrugas, nueve contra cuatro a que el joven esbelto sale corriendo de aquí como un galgo quemado antes de la tercera sangre!
    —Tomo esa apuesta —dijo Marvin Flynn, con una sonrisa alegre. Eludiendo la torpe embestida de Denis, sacó del cinto un saco de florines y se lo arrojó al petimetre. Luego se dedicó seriamente a la pelea.

    Aun en estos breves movimientos, la habilidad de Marvin en la esgrima era evidente. Pero enfrentada a un rival vigoroso y resuelto, que blandía una espada mucho mayor que la inadecuada arma de Marvin, y que tenía la intrepidez de un maniático.

    El ataque llegó, y todos menos el jorobado contuvieron el aliento mientras Black Denis arremetía como un bólido. Ante ese impulsivo embate, Marvin tuvo que ceder terreno. Retrocedió, saltó a una mesa, se encontró arrinconado, brincó y aferró el candelabro, se meció sobre el salón y aterrizó ágilmente.

    El desconcertado Black Denis, quizá sintiéndose un poco inseguro, recurrió a una artimaña. Cuando se juntaron de nuevo, Denis le arrojó una silla. Mientras Marvin la esquivaba, Denis agarró un puñado de pimienta negra ígnea de una mesa y se lo lanzó a la cara.

    Pero la cara de Marvin ya no estaba allí. Girando y saltando, Marvin esquivó el traicionero proyectil. Hizo una finta con el cuchillo, una doble finta con los ojos y dio una voltereta perfecta.

    Black Denis pestañeó estúpidamente y miró hacia abajo, viendo que el mango del cuchillo de Marvin le sobresalía del pecho. Abrió los ojos con asombro, alzó la espada para responder.

    Marvin dio media vuelta serenamente y se alejó despacio, dejando su espalda expuesta al filo del acero.

    Black Denis se disponía a asestar su mandoble cuando una pátina gris le cubrió los ojos. Marvin había evaluado la gravedad de la herida con exquisita precisión, pues la espada de Black Denis cayó al suelo, donde un instante después el corpachón del rufián se reunió con ella.

    Sin mirar atrás, Marvin cruzó la sala y se sentó de nuevo en su silla. Abrió el abanico; frunciendo el ceño, sacó un pañuelo de encaje del bolsillo y se enjugó la frente. Dos o tres gotas de sudor enturbiaban su marmórea perfección. Flynn se secó las gotas y arrojó el pañuelo.

    La sala estaba en absoluto silencio. Aun el narigón había interrumpido aquellos roncos jadeos. Era quizá el más asombroso espectáculo de esgrima que habían presenciado los parroquianos. Todos eran gente pendenciera y revoltosa, pero aun así estaban impresionados.

    Un momento después, se desató un pandemónium. Todos se apiñaron alrededor de Marvin, ovacionando, clamoreando, maravillándose de la destreza que había demostrado con el filoso acero. Los dos luchadores de la cuerda floja (hermanos, y sordomudos de nacimiento) chillaban y hacían piruetas; el jorobado sonreía y contaba sus ganancias con labios espumosos; la mesera miraba a Marvin con embarazoso ardor; el posadero, de mala gana, servía tragos a cuenta de la casa; el narigón se rascaba la nariz y hablaba de la suerte, e incluso el petimetre perfumado se sintió obligado a dar renuentes felicitaciones.

    Poco a poco todo volvió a la normalidad. Dos criados de cuello taurino se llevaron el cuerpo de Black Denis, y la veleidosa multitud acribilló el cadáver con cáscaras de naranja. El asado volvió a girar en el espetón, y el repiqueteo de los dados y el susurro de los naipes se oyeron sobre la música del violinista rengo y ciego.

    El petimetre se acercó a la mesa de Marvin y lo miró con desdén, la mano en la cadera, el sombrero emplumado en la mano.

    —Pardiez, caballero, tienes gran talento para la esgrima, y opino que tu destreza podría encontrar recompensa al servicio del cardenal Machurchi, que siempre anda en busca de gente apta y ágil:
    —No estoy en venta —dijo Marvin en voz baja.
    —Me alegra oírlo —dijo el petimetre. Y Marvin, mirando al hombre con mayor atención, vio una rosa blanca en su ojal, y un ejemplar del Diario de Celsus (Ediciones 4 Estrellas) en la mano.

    Los ojos del petimetre lanzaron una advertencia. Con su voz más afeminada, dijo:

    —Caballero, repito mis felicitaciones. Si deseas divertirte, puedes reunirte conmigo en mis aposentos de la Avenida de los Mártires. Podríamos comentar las cuestiones más exquisitas de la esgrima, y beber un adecuado vino que ha permanecido en las bodegas de mi familia durante ciento tres años, y quizá tocar un par de temas de común interés.

    Marvin reconoció, debajo del disfraz, al hombre que le había dejado una nota en la mano.

    —Amigo —dijo—, tu invitación me honra.
    —Al contrario, caballero. A mí me honra que la aceptes.
    —En absoluto —insistió Marvin, y habría llevado la cuestión de honor aún más lejos si el hombre no hubiera interrumpido los cumplidos con un susurro.
    —Nos marcharemos de inmediato, pues. Black Denis es sólo un heraldo... una paja que nos muestra hacia dónde sopla el viento. Y mucho me temo que sople un huracán, a menos que nos apresuremos.
    —Eso sería sumamente infortunado—dijo Marvin, esbozando una sonrisa.
    — ¡Posadero! ¡Anota esto en mi cuenta!
    — ¡Sí, sir Gules! —respondió el posadero, con una reverencia. Y juntos se internaron en la neblinosa noche.


    26


    RECORRIERON LAS TORTUOSAS CALLEJAS del centro de la ciudad, pasando frente a las mugrientas murallas grises de la fortaleza Terc y frente al tristemente célebre asilo Spodney, donde los gritos de los locos maltratados se mezclaban extrañamente con el chirrido del gran molino de agua de Battlegrave Landing; dejaron atrás el aullido de los prisioneros de la maciza y lúgubre Mazmorra de la Luna, y la hedionda Almena Alta con su siniestra hilera de cuerpos perforados.

    Siendo hombres de su tiempo, ni Marvin ni sir Gules prestaban atención a estas imágenes y sonidos. Sin conmoverse pasaron frente al Estanque de los Desechos, donde el ex regente había gratificado sus locas fantasías nocturnas; y sin una mirada pasaron frente a Gambito del León, donde deudores de poca monta y malhechores infantiles eran sepultados de cabeza en el cemento como escarmiento para los demás.

    Era una época cruenta, y algunos dirían una época cruel. Los modales eran refinados, pero las pasiones se desbocaban fácilmente. Se observaba el protocolo más exquisito, pero la muerte por tortura era la suerte común de la mayoría. Era una época donde seis de cada siete mujeres morían al dar a luz; donde la mortalidad infantil alcanzaba un chocante 87 por ciento; donde la expectativa de vida media no superaba los 12,3 años; donde la peste asolaba anualmente el centro de la ciudad, llevándose dos tercios de la población; donde las guerras religiosas continuas reducían cada año a la mitad la población masculina apta, al extremo que algunos regimientos tenían que emplear a ciegos como oficiales de artillería.

    Aun así, no podía considerarse una época desdichada. A pesar de las dificultades, la población se elevaba a nuevas alturas cada año, y los hombres aspiraban a nuevos extremos de audacia. Si la vida era incierta, al menos era interesante. Las máquinas aúri no habían quitado iniciativa a la raza. Y aunque había escandalosas diferencias de Clase y prevalecían los privilegios feudales, apenas acotados por el dudoso poder del rey y la siniestra presencia del clero, aún se podía considerar una era democrática y un tiempo de oportunidades individuales.

    Pero ni Marvin ni sir Gules pensaban en estas cosas mientras se acercaban a una angosta casona con los postigos cerrados y una yunta de caballos atados cerca de la puerta. No pensaban en la iniciativa individual, aunque por cierto la poseían; tampoco pensaban en la muerte, aunque los rodeaba sin cesar. La suya no era una época reflexiva.

    —Henos aquí —dijo sir Gules, conduciendo a su huésped por el piso alfombrado, frente a los silenciosos sirvientes, hasta una alta sala con paneles de madera donde un alegre fuego crepitaba en el gran hogar de ónix.

    Marvin no respondió. Estaba observando los detalles. El armario labrado era del siglo diez, y el retrato de la pared oeste, con su gran marco dorado, era un Moussault genuino.

    —Siéntate, por favor —dijo sir Gules, repantigándose grácilmente en una banqueta David Ogilvy, decorada con el brocado afgano tan popular ese año.
    —Gracias —dijo Marvin, sentándose en un sillón Juan IV de ocho patas, con asas de palisandro y respaldo de palmera.
    — ¿Una copa de vino? —ofreció sir Gules, empuñando con displicente reverencia la jarra de bronce con cinceladuras en oro de Dagobert de Hoyys.
    —Por ahora no, gracias —respondió Marvin, sacudiéndose una mota de polvo de la sobreveste de batista verde con guarniciones de hilo, hechas a medida por Godofredo de Palping Lane.
    — ¿Quizá una pizca de rapé? —preguntó sir Gules, presentando una tabaquera de platino hecha por Durr de Snedum, sobre la cual había una escena de cacería del Bosque Anaranjado de Lesh tallada con punta de acero.
    —Quizá después—dijo Marvin, mirándole los cordones de hebra de plata forrada de piel de los zapatos de baile.
    —Mi propósito al traerte aquí —dijo abruptamente el anfitrión— era averiguar si está disponible tu ayuda para una causa que es buena y justa, y la cual, creo, no conoces del todo. Me refiero a Sieur Lamprea Height d'Augustin, más conocido como el Esclarecido.
    — ¡D'Augustin! —exclamó Marvin—. Vaya, lo conocí en el año 2 o 3, el año de la peste manchada, cuando era apenas un chiquillo. Él visitaba nuestra casa—. Aún recuerdo las manzanas de mazapán que me traía.
    —Me imaginé que lo recordarías —dijo Gules en voz baja—. Todos lo recordamos.
    — ¿Y cómo está ese admirable y bondadoso caballero? —Esperamos que bien. Marvin se puso alerta.
    — ¿Qué significa eso?
    —El año pasado, D'Augustin trabajaba en su finca rural de Duvannemor, que está más allá de Moueur d'Alencon, en las estribaciones del Sángrela.
    —Conozco el lugar —dijo Marvin.
    —Estaba terminando su obra maestra, La ética de la indecisión, a la cual ha consagrado los últimos veinte años. Súbitamente, una partida de hombres armados irrumpió en el Estudio de la Runa, donde estaba trabajando, tras dominar a sus criados y sobornar a su guardia personal. Nadie más estaba presente, salvo su hija, que no pudo hacer nada. Estos desconocidos capturaron y amarraron a D'Augustin, quemaron todas las copias del libro y se lo llevaron.
    — ¡Qué infamia! —exclamó Marvin.
    —Su hija, tras presenciar ese espantoso espectáculo, cayó en un sueño tan profundo que semejaba la muerte, y así, con esta involuntaria actuación, se salvó de la muerte misma.
    — ¡Asombroso! —murmuró Marvin—. ¿Pero quién infligiría violencia a un inofensivo escritor a quien muchos consideran el filósofo más descollante de nuestra época?
    — ¿Inofensivo, dices? —preguntó sir Gules, torciendo los labios en una mueca—. ¿Conoces la obra de D'Augustin, para dar semejante opinión?
    —No he tenido ese privilegio —dijo Marvin—. En verdad, mi vida me ha brindado pocas oportunidades para esos menesteres, pues he viajado continuamente durante largo tiempo. Pero pensé que los escritos de un hombre tan tierno y estimado...
    —Me permito disentir —dijo sir Gules—. Este hombre justo y perspicaz de quien hablamos ha llegado, mediante un impecable proceso de inducción lógica, a exponer ciertas doctrinas que, de difundirse, bien podrían causar una revolución sangrienta.
    —Este asunto no parece honorable —respondió fríamente Marvin—. ¿Quieres inculcarme doctrinas sediciosas?
    —Calma, calma. Las doctrinas de D'Augustin no son chocantes en sí mismas, sino en sus consecuencias. Es decir, siguen la sustancia de la facticidad moral, y no son más sediciosas que los ciclos lunares.
    —Bien... dame un ejemplo —dijo Marvin.
    —D'Augustin proclama que todos los hombres nacen libres —murmuró Gules. Marvin se quedó pensando en esas palabras.
    —Una idea nueva —declaró al fin—, aunque no carente de atractivos. Cuéntame más.
    —Sostiene que la conducta recta es meritoria y grata a los ojos de Dios. —Extraño modo de ver las cosas decidió Marvin—. No obstante...
    —También sostiene que la vida sin introspección es indigna de ser vivida.
    —Una opinión radical —dijo Marvin—. Y es obvio lo que sucedería si estas declaraciones cayeran en manos de la plebe. Erosionarían la autoridad del rey y de la iglesia... No obstante...
    — ¿Sí? —lo apremió Gules.
    —No obstante... —dijo Marvin, mirando soñadoramente el cielo raso de terracota con su aureola de paladiones entrelazados—. No obstante, un nuevo orden podría surgir del caos que inevitablemente seguiría. Podría nacer un nuevo mundo donde el antojadizo humor de la nobleza sería contenido y mejorado por el concepto de valía personal, y donde las tonantes amenazas de una iglesia envilecida y politizada serían contrarrestadas por una nueva relación entre el hombre y Dios, sin la mediación de un cura gordo ni un fraile ladrón.
    — ¿De veras crees que es posible? —preguntó Gules, cuya voz era seda acariciando terciopelo.
    —Sí —dijo Marvin—. ¡Sí, por los clavos de Cristo, lo creo! ¡Y te ayudaré a rescatar a D'Augustin y a propagar esta extraña y revolucionaria doctrina nueva!
    —Gracias —dijo simplemente Gules, haciendo un gesto.

    Una silueta se aproximó a la silla de Marvin por detrás. Era el jorobado. Marvin vio el mortífero parpadeo del acero cuando la criatura desenvainó su puñal.

    —No te ofendas—dijo Gules con vehemencia—. Estábamos seguros de ti, desde luego. Pero si nuestro plan te hubiera disgustado, nos habríamos visto obligados a sepultar nuestro error de juicio en una tumba sin nombre.
    —Esta precaución vuelve más punzante tu relato —dijo secamente Marvin—. Mas no soy partidario de tan filoso afecto.
    —La confabulación es nuestro destino común en la vida —declaró el jorobado—. ¿Acaso los griegos no consideraban mejor morir a manos de los amigos que languidecer en las garras de los enemigos? Los severos dictados de un Hado implacable imponen el papel que desempeñamos en este mundo, y muchos hombres que creían ser emperadores en el escenario de la Vida terminaron por actuar como cadáveres.
    —Caballero —dijo Marvin—, hablas como un hombre que ha tenido algunos problemas escénicos.
    —En efecto —replicó el jorobado—. Por mi parte, yo no habría escogido este papel ruin, si no me hubieran forzado imprevisibles circunstancias.

    Así diciendo, el jorobado se desató las pantorrillas, que estaban sujetas a los muslos, y así se irguió hasta alcanzar su altura de casi dos metros. Se quitó la joroba de la espalda, se limpió la grasa y la baba de la cara, se peinó el cabello, se arrancó la barba y el pie deforme y se volvió hacia Marvin con una sonrisa adusta.

    Marvin miró a ese hombre transformado, se inclinó en una reverencia y exclamó:

    —Milord Inglenook bar na Idrisisan, Primer Lord del Almirantazgo, Familiar del Primer Ministro, Consejero Extraordinario del Rey, Garrote de la Iglesia Rampante e Invocateur del Gran Consejo.
    —En efecto —respondió Inglenook—. Y represento el papel de jorobado por razones políticas; pues si mi rival lord Blackamoor de Mordevund tan sólo sospechara que estoy aquí, todos seríamos hombres muertos antes que las ranas del Real Estanque pudieran croar ante los primeros rayos de Febo.
    —La hiedra de la conspiración crece en torres altas —comentó Marvin—. Estoy a tu servicio, y que Dios me fortalezca, a menos que un matón de taberna abra una luz en mi vientre con un metro de acero.
    —Si te refieres al incidente de Black Denis —dijo sir Gules—, te aseguro que ese asunto fue preparado para los ojos de los posibles espías de sir Blackamoor. En realidad, Black Denis era uno de nosotros.
    — ¡Prodigios sobre prodigios! —declaró Marvin—. Parece que este pulpo tiene muchos tentáculos. Pero, caballeros, me pregunto por qué, entre tantos nobles caballeros de nuestro reino, buscáis a alguien que no posee privilegios, posición encumbrada ni riquezas, ni nada salvo el título de caballero ante Dios, y dueño de su propia honra, y portador de un apellido milenario.
    — ¡Eres de una insensata modestia! —rio lord Inglenook—. Todos saben que tu destreza de espadachín no tiene par, salvo en los arteros mandobles del detestable Blackamoor.
    —Soy sólo un estudioso del arte del acero —respondió Marvin con displicencia—. Aun así, si mi pobre talento os sirve, así sea. Y ahora, caballeros, ¿qué queréis de mí?
    —Nuestro plan —dijo lentamente Inglenook— tiene la virtud de la gran audacia, y el defecto del inmenso peligro. Un golpe de dados nos hará ganar todo, o perderemos la apuesta de nuestra vida. ¡Una partida seria! Creo, empero, que este riesgo no puede dejar de gustarte.

    Marvin sonrió mientras trataba de entender la última frase. —Una partida rápida es siempre vivaz —dijo al fin.

    — ¡Excelente! —jadeó Gules, poniéndose de pie—. Ahora debemos dirigirnos a Castelgatt, en el valle de la Romaine. Y durante el viaje te pondremos al corriente de los detalles de nuestro plan.

    Y así fue que, enfundados en sus grandes capas, los tres salieron de la angosta casona por la buharda, dejaron atrás la garita y enfilaron hacia la poterna de la vieja muralla oeste. Allí aguardaba una diligencia, con dos guardias armados en los pescantes.

    Marvin se disponía a entrar en la diligencia cuando vio que ya había alguien dentro. Era una muchacha, y al mirarla con mayor atención, vio a...

    — ¡Cathy! —exclamó.

    Ella lo miró desconcertada y respondió con voz glacial e imperiosa:

    —Caballero, soy Catarina D'Augustin, y no conozco vuestro rostro ni me place esa presuntuosa familiaridad.

    No había reconocimiento en sus bellos ojos grises, ni tiempo para hacer preguntas. Pues mientras sir Gules los presentaba apresuradamente, oyeron un grito.

    — ¡Vosotros, de la diligencia! ¡Alto en nombre del rey!

    Al mirar hacia atrás, Marvin vio a un capitán de dragones con diez hombres a caballo.

    — ¡Traición! —gritó Inglenook—. ¡Pronto, cocheros, vámonos de aquí!

    Con un chasquido de tirantes y un cascabeleo de bocados, los cuatro corceles se lanzaron hacia el callejón, rumbo a Nuevepiedras y la Carretera Marítima.

    — ¿Pueden alcanzarnos? —preguntó Marvin.
    —Es posible —dijo Inglenook—. Parecen tener buenos caballos, malditos sean sus ampollados traseros. Con perdón, madame...

    Durante unos instantes Inglenook observó a los jinetes que galopaban a menos de veinte metros, los sables reluciendo a la luz de los faroles. Después se encogió de hombros y miró hacia adelante.

    —Permíteme preguntar —dijo Inglenook— si estás versado en los acontecimientos políticos recientes, aquí y en otras partes del Viejo Imperio, pues dicho conocimiento es necesario para explicarte la necesidad de la forma y oportunidad de nuestro plan.
    —Me temo que mis conocimientos sobre política son extremadamente pobres —dijo Marvin.
    —Entonces permíteme referirte algunos detalles de fondo, que harán más inteligible la situación y su gravedad.

    Marvin se recostó, oyendo el repiqueteo de los caballos de los dragones. Cathy, sentada frente a él y a la derecha, miraba fríamente las borlas oscilantes del sombrero de sir Gules. Y lord Inglenook inició su explicación.


    27


    EL VIEJO REY MURIÓ hace menos de una década, en pleno auge de la herejía suessiana, sin designar un heredero incuestionable para el trono de Mulvavia. Así estallaron las pasiones de un continente en ebullición.


    »Tres aspirantes competían por el Trono de la Mariposa. El príncipe Moroway de Theme poseía la Patente Obvia, otorgada por un Consejo de Electores corrupto pero oficial. Y si eso no bastaba, también contaba con la doctrina de la Regia Empleaduría, pues era el segundogénito reconocido e ilegítimo del barón Noruega, su único hijo sobreviviente, medio primo de la hermana del viejo rey a través de los poderosos Mortjoy de Danat.
    »En tiempos menos turbulentos, esto habría sido suficiente. Pero para un continente que estaba al borde de la guerra civil y religiosa, había defectos en el reclamo, y aun más en el aspirante.
    »El príncipe Moroway sólo tenía ocho años y nunca había pronunciado una palabra. Según el retrato de Mouvey, tenía una cabeza monstruosamente hinchada, mandíbulas flojas y los ojos turbios de un idiota hidrocefálico. Su único placer conocido era su colección de gusanos (la mejor del continente).
    »Su principal opositor en la sucesión era Gottlieb Hosstratter, duque de Mela y Receptor Ordinario de la Landa Marginal Imperial, cuyos dudosos linajes eran respaldados por la cismática jerarquía Suessiana, y sobre todo por el debilitado jerarca de Dodessa.
    »El segundo aspirante, Romrugo de Vars, podría haber quedado eliminado, pero respaldaba su petición con una fuerza de cincuenta mil veteranos del principado meridional de Vask, joven y vigoroso, Romrugo tenía fama de excéntrico; su boda con su yegua favorita, Orsilla, fue condenada por el clero owensiano ortodoxo, del cual era distraído paladín. Tampoco se granjeó las simpatías de los burgueses de Gint—Loseine, cuya orgullosa ciudad hizo sepultar bajo seis metros de tierra, «como regalo para futuros arqueólogos». No obstante, su reclamo del trono de Mulvavia se habría legitimado prontamente si hubiera poseído contante y sonante para pagar a sus combatientes.
    »Lamentablemente para Romrugo, no tenía fortuna personal. (La había derrochado en la compra de los Rollos Letertianos.) Por tanto, para pagar a sus tropas, propuso una alianza con la rica pero ineficaz Ciudad Libre de Tihurrue, que dominaba el Estrecho de Sidue.
    »Esta insensata maniobra atrajo sobre su cabeza las iras del Ducado de Puls, cuya frontera occidental había protegido durante largo tiempo el flanco expuesto del Viejo Imperio frente a las depredaciones de los paganos monogodos. El severo y obtuso joven gran duque de Puls unió fuerzas con el cismático Hosstratter, sin duda la alianza más extraña que haya visto el continente, y así presentó una amenaza al príncipe Moroway, y a los Mortjoy de Danat, que lo respaldaban. Así, imprevistamente, viéndose rodeado por tres lados por los suessianos o sus aliados, y de un cuarto lado por los levantiscos monogodos, Romrugo empezó a buscar desesperadamente una nueva alianza.
    »La encontró en la enigmática figura del barón Darkmouth, preposesor de la Isla de Turplend. El alto y caviloso barón se hizo a la mar con una flota de guerra de veinticinco galeones, y toda Mulvavia contuvo el aliento cuando la ominosa hilera de barcos surcó el Dorter para internarse en el Mar de Escher.
    » ¿Se podría haber conservado el equilibrio, aun en esta hora tardía? Quizá, si Moroway hubiera respetado sus compromisos previos con las Ciudades de las Marcas. O si el viejo jerarca de Dodessa, viendo al fin la necesidad de un convenio con Hosstratter, no hubiera escogido esa hora inoportuna para morir, y así dar poder al epiléptico Murvey de Hunfutmouth. O si Mano Roja Ericmouth, jefe de los monogodos del norte, no hubiera elegido ese momento para desterrar a Propea, hermana del severo archiduque de Puls, conocido como «Martillo de los Herejes» (lo cual incluía a todos los que no compartían su estrecha ortodoxia delongianista).
    »Pero la mano del destino intervino para detener ese momento aciago; pues los galeones del barón Darkmouth fueron presa de la Gran Tormenta del Año 3, y debieron buscar refugio en Tihurrue, la cual saquearon, disolviendo así la alianza de Romrugo antes que cobrara vigor, y provocando una revuelta entre los vaskios de su ejército, a quienes no les habían pagado y cuyos regimientos desertaron para unirse a Hosstratter, cuyas tierras estaban próximas a la línea de marcha.
    »Así Hosstratter, el tercero y el más renuente de los aspirantes al trono, que se había resignado a su pérdida, se encontró de vuelta en la competencia; y Moroway, cuya estrella tanto había brillado, descubrió que las Montañas Equílidas no eran protección cuando los pasos orientales eran defendidos por un enemigo tenaz.
    »El hombre más afectado por todo esto fue Romrugo. Su posición no era nada envidiable: abandonado por sus tropas, traicionado por su aliado el barón Darkmouth (quien estaba muy ocupado tratando de defender Tihurrue contra un feroz ataque de los piratas de la costa rúlica), y amenazado incluso en su feudo de Vars por el largo y mortífero brazo de la conspiración de los Mortjoy, mientras las Ciudades de las Marcas lo vigilaban ávidamente. Para coronar este cúmulo de infortunios, su yegua Orsilla escogió ese momento para abandonarlo.
    »Pero aun en plena adversidad, el confiado Romrugo no vaciló. El asustado clero owensiano celebró la partida de la yegua, y otorgó al dudoso paladín un Divorcio Absoluto, y luego se enteró con horror que el cínico Romrugo se proponía valerse de su libertad para desposar a Propea y así alinearse con el agradecido archiduque de Puls...
    »Éstos fueron los factores que inflamaron las pasiones de los hombres en ese año fatídico. El continente estaba al borde de la catástrofe. Los campesinos sepultaban sus cosechas y afilaban sus guadañas. Los ejércitos estaban alerta y se disponían a desplazarse en cualquier dirección. La turbulenta masa de los monogodos del oeste, presionada por la aún más turbulenta masa de los fieros y caníbales allahuts, se agolpó amenazadoramente en las fronteras del Viejo Imperio.
    »Darkmouth se apresuró a reparar sus galeras, y Hosstratter pagó a los soldados vaskios y los adiestró para una nueva clase de guerra. Romrugo cimentó su nueva alianza con Puls, logró una distensión con Ericmouth y evaluó la nueva rivalidad entre los Mortjoy y el epiléptico pero lamentablemente capaz Murvey. Y Moroway de Theme, involuntario aliado de los piratas rúlicos, renuente paladín de la herejía suessiana e inconsciente cómplice de Mano Roja Ericmouth, vigilaba las tenebrosas laderas orientales de las Equílidas y aguardaba con angustia.
    »En este momento de tensión suprema y universal, milord D'Augustin tuvo el mal tino de anunciar la inminente conclusión de su obra filosófica...

    La voz de Inglenook se disipó lentamente, y por un rato no se oyó nada salvo el sordo trepidar de los cascos de los caballos.

    —Ahora entiendo —dijo al fin Marvin.
    —Sabía que entenderías —respondió cálidamente Inglenook—. Y a la luz de todo esto, comprenderás nuestro proyecto, que consiste en reunirnos en Castelgatt y atacar sin demora.

    Marvin asintió.

    —Dadas las circunstancias, no hay otra posibilidad.
    —Pero antes —dijo Inglenook—, debemos liberarnos de estos dragones que nos persiguen.
    —En cuanto a eso —dijo Marvin—, tengo un plan.


    28


    MEDIANTE UNA ASTUTA ESTRATAGEMA, Marvin y sus compatriotas pudieron eludir a los dragones y llegar ilesos al gran patio de Castelgatt, protegido por una fosa. Allí, al dar la hora doce, debían reunirse los conspiradores, tomar las decisiones finales y realizar esa misma noche el audaz intento de rescatar a D'Augustin de las temibles manos de Blackamoor.

    Marvin se retiró a sus aposentos del ala este, y allí escandalizó al paje al exigirle un cuenco de agua para lavarse las manos. En esa época se consideraba una extraña afectación, pues aun las mayores damas de la corte estaban acostumbradas a ocultar la suciedad bajo vendajes de gasa perfumada. Pero Marvin había adquirido esa costumbre durante su estancia entre los gayos y paganos tescos del Remoueve meridional, cuyas fuentes jabonosas y esculturas esponjosas eran maravillas de maravillas para la complaciente y tosca nobleza del norte. Y a pesar de las risas de sus pares y el mal ceño del clero, Marvin insistía en que una friega ocasional no hacía ningún daño a las manos, mientras el agua no tocara otras partes.

    Concluidas sus abluciones, y vestido sólo con pantalones de satén negro, camisa de encaje blanco, botas de montar y guanteletes de gamuza eretziana, y usando sólo su espada Coeur de Stabbat, que había pasado de padres a hijos en su familia durante quinientos años, Marvin oyó un ruido a sus espaldas y se dispuso a defenderse.

    —Vaya, caballero, ¿me atravesarías con tu terrible espada? —se burló Catarina, pues era ella quien acababa de trasponer la puerta de la cámara interior.
    —A fe que me has sobresaltado, mi señora —dijo Marvin—. Y en cuanto a atravesarte, lo haría de buena gana, aunque no con mi espada sino con un instrumento más fiable que poseo.
    —Demontre, caballero —se burló Catarina—. ¿A una dama amenazas con violencia?
    —Sólo la violencia del placer —replicó Marvin con galanura.

    Tus palabras son harto atrevidas —dijo Catarina—. Comprobado está que las lenguas más luengas y maliciosas ocultan los instrumentos más cortos e insuficientes.

    —Eres injusta, señora —dijo Marvin—. Pues mi instrumento es sobremanera capaz de prestarse al uso que sea menester, con filo suficiente para horadar las mejores defensas del mundo, y tan resistente como para aguantar reiterados embates, y al margen de esos usos utilitarios, ha aprendido de mí infalibles ardides que con respetuoso placer me gustaría mostrarte.
    —No, mantén ese instrumento en su funda —dijo la dama, indignada, pero con mirada chispeante—. No me convences, pues el acero del presuntuoso siempre es blanda hojalata, de apariencia lustrosa pero muy flexible al tacto.
    —Te suplico que toques el filo y la punta —dijo Marvin—, y así sometas tus pullas a la prueba del uso.

    Ella meneó la bonita cabeza.

    —Debes saber, caballero, que ese pragmatismo es para filósofos de barba cana y ojos legañosos. Una dama confía en su intuición.
    —Señora, me rindo ante tu intuición.
    —Vaya, caballero. ¿Qué sabes tú, poseedor de un dudoso instrumento de longitud indeterminada y temperamento incierto, de la intuición femenina?
    —Señora, mi corazón me dice que es exquisita e inefable, y que posee una forma agradable y una fragancia delicada, y que...
    —Suficiente, caballero —exclamó lady Catarina, sonrojándose y aventándose furiosamente con un abanico japonés cuya rugosa superficie retrataba la Investidura de los lichi.

    Ambos callaron. Habían dialogado en el viejo lenguaje del Amor Cortés, donde el apóstrofe simbólico cumplía una función tan destacada. En aquellos días no atentaba contra la etiqueta que aun las damas mejor criadas y más recatadas conversaran así; no era una época tímida.

    Pero ahora los cubría una sombra de seriedad. Marvin, con ojos chispeantes, se acariciaba los botones de acero gris de la camisa de encaje blanco. Y lady Catarina parecía turbada. Usaba un vestido de piezas de tulipán color paloma con guarniciones rojas; y, según la costumbre, el cuello se prolongaba en un escote bajo que revelaba la firme y rosada curva de su menudo vientre. En los pies llevaba sandalias de damasco color marfil, y su cabello, apilado sobre una peineta de jade, estaba adornado con una guirnalda de flores primaverales. Marvin nunca había visto un espectáculo tan bello.

    — ¿No podemos terminar con estos juegos fatigosos y dicharacheros? — preguntó en voz baja—. ¿No podemos decir lo que está en nuestros corazones, en vez de travesear con agudezas sin alma?
    — ¡No me atrevo! —murmuró lady Catarina.
    —No obstante, eres Cathy, que una vez me amó en otro tiempo y lugar —dijo Marvin—, y que ahora me trata como a un galán desconocido.
    —No debes hablar de lo que fue una vez —dijo Cathy, con un susurro temeroso.
    — ¡Pero una vez me amaste! —exclamó Marvin acaloradamente—. ¡Niégalo y sabrás que mientes!
    —Sí —tartamudeó ella—, una vez te amé.
    — ¿Y ahora? — ¡Ay!
    — ¡Pero habla y dime la razón! —No puedo.
    —O no quieres. Como desees. La elección es sierva del corazón. —No permitiré que creas eso —murmuró ella.
    — ¿No? Entonces sin duda el deseo es padre de la intención —dijo Marvin, con rostro duro y despiadado—. Y dada esa relación familiar, ni siquiera el más sabio dé los hombres negaría que el Amor está ligado a su hermanastra la Indiferencia, y que la Fidelidad es cautiva de la cruel madrastra, la Pena.
    — ¿Puedes pensar eso de mí? —sollozó ella.
    —Señora, no me dejas más opción —respondió Marvin con voz broncínea—. Y así la barca de mi Pasión naufraga en el Piélago del Recuerdo, desviado de su recto curso por el voluble viento de la Indiferencia, y empujado hacia la rocosa Costa del Sufrimiento por la inexorable Marea del Humano Acontecer.
    —Pero no permitiré que sea así —dijo Catarina, y Marvin tembló al oír esa tímida afirmación de algo que había dado por irremisiblemente perdido. —Cathy...
    —No, no puede ser —exclamó ella, retrocediendo con evidente dolor, ruborizándose de emoción, agitando el vientre—. Nada sabes de las míseras circunstancias de mi situación.
    — ¡Exijo saberlo! —exclamó Marvin, y dio media vuelta, empuñando la espada. Pues la gran puerta de roble de su cámara se había abierto en silencio y allí, apoyado en la puerta, había un hombre con los brazos cruzados y una sonrisa sobre los labios finos y barbados.
    — ¡Ay de nos! ¡Estamos perdidos! —exclamó Catarina, apoyándose la mano en el trémulo vientre.
    — ¿Cuál es tu cometido? —le preguntó Marvin al intruso—. Exijo saber tu nombre, y el motivo de esta descomedida e innoble intrusión.
    —Todo se te revelará al punto —dijo el hombre de la puerta, con tono levemente amenazador—. Mi nombre, caballero, es lord Blackamoor, contra quien conspiras en pueril complot; y he entrado en esta cámara con el simple privilegio de alguien que debidamente desea ser presentado al joven amigo de su esposa.
    — ¿Esposa? —repitió Marvin.
    —Esta dama —declaró Blackamoor—, que tiene el poco claro hábito de no presentarse directamente, es la nobilísima Catarina D'Augustin di Blackamoor, amantísima esposa de éste, tu humilde servidor.

    Y así diciendo, Blackamoor se quitó el sombrero en una reverencia, y luego retomó su exquisita pose en el portal.

    Marvin vio la verdad en los húmedos ojos y el trémulo vientre de Cathy. ¡Cathy, su amada Cathy, esposa de Blackamoor, el más detestado enemigo de quienes abrazaban la causa de D'Augustin, que era el padre de ella!

    Pero no había tiempo para evaluar estos desconcertantes enredos, pues ante todo debía pensar en Blackamoor, que se hallaba milagrosamente en un castillo perteneciente a sus enemigos, y no delataba el menor nerviosismo en una posición que tendría que haber sido extremadamente peligrosa.

    Y esto sin duda significaba que la situación no era tal como Marvin suponía, y que los hilos del destino se habían enmarañado hasta volverse incomprensibles.

    ¿Blackamoor en Castelgatt? Marvin evaluó las implicaciones, y sintió un escozor helado, como si el ángel de la muerte lo hubiera rozado con alas estigias.

    La muerte acechaba en esa habitación... pero ¿a quién? Marvin temía lo peor, pero giró lentamente, su rostro una máscara de obsidiana, y enfrentó al enemigo que era esposo de su amada y captor del padre de su amada.


    29


    MILORD LAMPREA DI BLACKAMOOR guardaba un cómodo silencio. Su estatura era superior a la media, y poseía un cuerpo enjuto, con barba renegrida, estrecha y corta, patillas largas, y cabello cortado en brosse que le caía sobre la frente en sinuosos bucles. Pero su aire de delgadez contrastaba con sus hombros anchos y el vigoroso brazo de espadachín que se insinuaba bajo la capa de armiño. Usaba los adornos al afectado estilo nuevo, entrelazados con guarniciones exóticas, sólo equilibradas por una triple franja de crespones plateados. Sólo una rugosa cicatriz que iba desde la sien derecha hasta la comisura izquierda de la boca, y que él había pintado osadamente de carmesí, atentaba contra la fría apostura de su rostro, dando a sus rasgas burlones un aire tan siniestro como grotesco.

    —Creo que esta farsa ya se ha prolongado más de la cuenta —gruñó Blackamoor—. Se aproxima el desenlace.
    — ¿Milord ya ha preparado su tercer acto? —inquirió Marvin sin inmutarse.
    —Los actores han memorizado el libreto —dijo Blackamoor, con un displicente chasquido de los dedos.

    En la sala entró milord Inglenook, seguido por sir Gules y un pelotón de taciturnos soldados turingios que vestían chaquetones de búfalo y empuñaban sus espadas—azadones.

    — ¿Qué condenada trampa es ésta? —preguntó Marvin.
    —Cuéntale... hermano —se burló Blackamoor. —Sí, es verdad —dijo lord Inglenook, el rostro ceniciento—. Blackamoor y yo somos hermanastros, pues nuestra madre común era la marquesita Roseata de Timon, hija del elector de Brandeis y hermana nupcial de Espadón Silverblain, quien fue padre de Espada Roja Ericmouth, y cuyo primer esposo, Marquelle de la Marche, fue mi padre, pero después de cuyo deceso se casó con Huntford, Real Bastardo de Cleve y Pretendiente de la Reserva Eleáctica.
    —Su anticuado sentido del honor lo volvió sensible a mi plan y atento a mis sugerencias —se burló Blackamoor.
    —Extraña situación —reflexionó Marvin—, cuando el honor de un hombre es su deshonor.

    Inglenook agachó la cabeza y no dijo nada.

    —Pero en cuanto a ti, milady —dijo Marvin, dirigiéndose a Cathy—, me asombra sobremanera que hayas optado por desposar al captor de tu padre.
    —Ay —dijo Cathy—, es una historia muy compleja y variada, pues él me cortejó con amenazas e indiferencia, y me cautivó con el oscuro poder que posee, al cual nadie se opone, y también mediante el uso de funestas drogas y espadas de doble filo y arteros y diestros movimientos de la mano llevó mis sentidos a un estado de fingida pasión, donde parecía sucumbir al contacto de su funesto cuerpo y a los mordiscos de sus detestables labios. Y como entonces me estaban negados los consuelos de la religión, y no tenía manera de distinguir lo verdadero de lo inducido, al fin sucumbí de veras. Pero no busco pretextos que excusen mi conducta.

    Marvin se volvió hacia el hombre que era su última esperanza.

    — ¡Sir Gules! —exclamó—. Desenvaina tu espada y abrámonos paso hacia la libertad.

    Blackamoor rio secamente.

    — ¿Crees que desenvainará? Quizá. Pero en tal caso será para mondar una manzana.

    Marvin miró el rostro de su amigo, y allí vio escrita una vergüenza más penetrante que el acero y más mortífera que el veneno.

    —Es verdad —dijo sir Gules, tratando de dominar la voz—. No puedo socorrerte, aunque tu trance me rompe el corazón.
    — ¿Qué funesta hechicería ha usado Blackamoor contra ti? —exclamó Marvin.
    —Ay, mi buen amigo —exclamó el desdichado Gules—, es una bellaquería tan evidente y lógica que es irrefutable, pero tan arteramente forjada y ejecutada que transforma los planes de hombres de menor fuste en necedades de niños pueriles. ¿Sabías que soy miembro de esa organización secreta conocida como los Caballeros Grises de la Santa Decadencia?
    —Lo ignoraba —dijo Marvin—. Aun así, los Caballeros Grises siempre han sido amigos del saber y compañeros de la piedad, y sobre todo han abrazado, contra la oposición real, la causa de D'Augustin.
    —Es cierto, extremadamente cierto —dijo el desdichado Gules, sus débiles y apuestos rasgos distorsionados por una mueca de dolor—. Lo mismo creía yo. Pero la semana pasada supe que nuestro gran maestre Helvecio había fallecido...
    —Debido a una mordedura de acero en el hígado —dijo Blackamoor.

    Y ahora yo debo lealtad al nuevo gran maestre, la misma de siempre, pues juramos fidelidad a la investidura, no al hombre.

    — ¿Y ese nuevo maestre? —preguntó Marvin. — ¡Sucede que soy yo! — exclamó Blackamoor. Y Marvin le vio en el dedo el gran anillo de sello de la Orden.
    —Sí, así sucedió —dijo Blackamoor, torciendo cínicamente la comisura izquierda de la boca—. Me apropié de esa antigua investidura, pues era un instrumento conveniente y adecuado para mis fines. Y así soy maestre, y único árbitro de Gestión y Toma de Decisiones. No rindo cuentas ante nadie salvo el infierno mismo, y no respondo a ninguna voz salvo la que resuena en los intersticios más bajos de mi alma.

    En ese momento Blackamoor tenía cierta magnificencia. Cruel y detestable, reaccionario y narcisista, lujurioso y egoísta, a despecho de todo eso era un hombre. Así pensó Marvin, con renuente respeto. Y su boca se endureció en una expresión hostil mientras se disponía a combatir contra su antagonista.

    —Y ahora —dijo Blackamoor—, nuestros protagonistas están en el escenario, y sólo nos falta un actor para coronar nuestro drama y llevarlo a una satisfactoria conclusión. Y nuestro último actor ha aguardado larga y pacientemente tras las bambalinas, mirando sin ser mirado, siguiendo las inflexiones de nuestra situación y esperando el momento de gozar de su breve momento de gloria... Chito, ahí viene.

    Se oyeron resonantes pisadas en el corredor. Los que estaban en la habitación esperaron atentamente, moviendo los pies con impaciencia. La puerta se abrió despacio...

    Y entró un hombre enmascarado, vestido de negro de la cabeza a los pies, que llevaba sobre el hombro una gran hacha de doble filo. Aguardó en el umbral con aire vacilante.

    —Salve, verdugo —dijo Blackamoor—. Ahora no falta nadie, y se pueden representar los momentos finales de esta farsa. ¡Adelante, guardias!

    Los guardias unieron sus espadas—azadones. Aprehendieron a Marvin y lo sujetaron con fuerza, bajándole la cabeza y exponiendo el cuello.

    — ¡Verdugo! —exclamó Blackamoor—. Cumple con tu deber.

    El verdugo se adelantó y probó los filos de la gran hacha. Alzó el arma sobre la cabeza, titubeó un instante, la bajó.

    ¡Y Cathy gritó!

    Se arrojó sobre la silueta siniestra y enmascarada, lanzando arañazos, desviando la pesada hacha, que chocó contra el piso de granito arrancando una lluvia de chispas. El verdugo la empujó airadamente, pero ella había cerrado los dedos sobre la seda negra de la máscara.

    El verdugo rugió al ver que le arrancaban la máscara. Con un grito de consternación trató de ocultar sus rasgos. Pero en ese oscuro recinto todos lo habían visto con claridad.

    Al principio Marvin no pudo creer el testimonio de sus sentidos. Pues, debajo de esa máscara, había un rostro que le resultaba familiar. ¿Dónde había visto esas mejillas y esas cejas, esos ojos pardos y rasgados, esa mandíbula firme?

    Recordó: los había visto, mucho tiempo atrás, en un espejo. El verdugo usaba el rostro de Marvin, y el cuerpo de Marvin...

    —Je Kraggash! —exclamó Marvin. —A tu servicio.

    Y el hombre que le había robado el cuerpo se inclinó burlonamente y le sonrió a Marvin con su propia cara.


    30


    LORD BLACKAMOOR fue el primero en disolver la escena. Con dedos habilidosos se quitó la gorra y la peluca; mientras se aflojaba la blusa, se palpó el cuello, soltando varios broches invisibles. Luego, con un solo movimiento, se quitó la ceñida máscara dérmica.

    — ¡Detective Urdorf! —exclamó Marvin.
    —Sí, soy yo —dijo el detective marciano— lamento que hayas tenido que pasar por esto, Marvin, pero era el mejor modo de llevar tu caso a una rápida y triunfal conclusión. Mis colegas y yo decidimos...
    — ¿Colegas? —preguntó Marvin.
    —Olvidaba las presentaciones —dijo el detective Urdorf con cierta vergüenza—. Marvin, quisiera presentarte al teniente Ourie y al sargento Fraff.

    Los que se habían hecho pasar por lord Inglenook y sir Gules se quitaron las máscaras dérmicas y mostraron el uniforme de la Policía Interestelar del Noroeste Galáctico. Sonrieron afablemente mientras le estrechaban la mano.

    —Y estos caballeros —dijo Urdorf, señalando a los guardias turingios— también nos han ayudado considerablemente.

    Los guardias se quitaron los chaquetones de búfalo y mostraron el uniforme anaranjado de los Agentes de Tránsito de Ciudad Cassem.

    Marvin se volvió hacia Cathy. Ella ya se había adherido al pecho la insignia roja y azul de agente especial de la Asociación de Vigilancia Interplanetaria.

    —Creo... creo entender —dijo Marvin.
    —En realidad es bastante sencillo —dijo el detective Urdorf—. Al trabajar en tu caso conté, como de costumbre, con la asistencia y la colaboración de varias agencias de la ley. En tres ocasiones estuvimos a punto de capturar a nuestro hombre, pero siempre se nos escabullía. Eso pudo haber seguido indefinidamente si no hubiéramos probado suerte con esta trampa. La teoría era válida, pues si Kraggash lograba destruirte, podría reclamar tu cuerpo como suyo sin temor a que hubiera un reclamo en contrario. En cambio, mientras estuvieras vivo, tú lo seguirías buscando.

    »Así que te introdujimos en nuestra conspiración, con la esperanza que Kraggash se enterase y entrara en el plan para tener la certeza de destruirte. El resto es historia.

    Volviéndose al verdugo desenmascarado, el detective Urdorf dijo:

    —Kraggash, ¿tienes algo que añadir?

    El ladrón que tenía la cara de Marvin se apoyó grácilmente en la pared, los brazos cruzados y el cuerpo rebosante de compostura.

    —Podría aventurar un par de comentarios —dijo

    Kraggash—. Primero, debo señalar que este plan era chapucero y transparente. Desde el principio pensé que era una engañifa, y me presté a participar ante la remota posibilidad que todo fuera cierto. En consecuencia, este desenlace no me sorprende.

    —Una divertida racionalización —dijo Urdorf. Kraggash se encogió de hombros.
    —En segundo lugar, quiero decir que no sentí el menor escrúpulo moral al realizar mi presunto delito. Si un hombre no puede mantener el control de su propio cuerpo, merece perderlo. He observado, durante una larga y variada vida, que los hombres ceden su cuerpo a cualquier canalla que se lo pida, y someten la mente a la primera voz que les ordena obedecer. Por eso la vasta mayoría de los hombres ni siquiera pueden conservar aquello que les corresponde por derecho de nacimiento, una mente y un cuerpo, y en cambio optan por liberarse de esos embarazosos emblemas de libertad.
    —La clásica apología del delincuente —dijo el detective Urdorf.
    —Lo llamas delito cuando lo comete un hombre, y gobierno cuando— lo cometen muchos —dijo— Kraggash—. Personalmente, no veo la diferencia, y como no la veo, rehúso respetarla.
    —Podríamos pasarnos el año entero con estos bizantinismos —dijo el detective Urdorf—. Pero no tengo tiempo para esa recreación. Explíquele sus argumentos al capellán de la cárcel, Kraggash. Queda arrestado por Trueque Mental ilegal, intento de homicidio y robo a gran escala. Así resuelvo mi caso número 159 y rompo mi racha de mala suerte.
    — ¿De veras? —dijo fríamente Kraggash—. ¿De veras creías que sería tan sencillo? ¿No pensaste en la posibilidad de que el zorro tuviera otro cubil?
    — ¡A él! —gritó Urdorf. Los cuatro policías se abalanzaron sobre Kraggash. Pero el delincuente alzó la mano y trazó un círculo en el aire.

    ¡Un círculo de fuego!

    Kraggash metió una pierna en el círculo. La pierna desapareció.

    —Si me necesitáis —dijo burlonamente—, sabéis dónde encontrarme.

    Entró en el círculo mientras los policías se acercaban, y todo él desapareció excepto la cabeza. Le guiñó el ojo a Marvin; luego también desapareció la cabeza y sólo quedó— el círculo de fuego.

    — ¡Vamos! —gritó Marvin—. ¡Capturémoslo! Miró a Urdorf y vio con asombro que el detective aflojaba los hombros con expresión de derrotado.
    — ¡Deprisa! —gritó Marvin.
    —Es inútil —dijo Urdorf—. Estaba preparado para cualquier treta... pero no para esto. Ese hombre está totalmente loco.

    ¿Qué podemos hacer? —gritó Marvin,

    —Nada —dijo Urdorf—. Se ha ido al Mundo Tortuoso, y yo he fallado en mi caso 159.
    — ¡Pero aún podemos seguirlo! —declaró Marvin, acercándose al círculo llameante.
    — ¡No! ¡No lo hagas! —exclamó Urdorf—. Tú no entiendes... el Mundo Tortuoso representa la muerte, la locura... o ambas cosas. Las probabilidades de salir indemne son ínfimas...
    — ¡Tengo tantas probabilidades como Kraggash! —gritó Marvin, y entró en el círculo.
    — ¡Espera, todavía no entiendes! —gritó Urdorf—. ¡Kraggash no tiene la menor probabilidad!

    Pero Marvin no oyó estas últimas palabras, pues ya había atravesado el círculo llameante, zambulléndose en los extraños e inexplorados confines del Mundo Tortuoso.


    31


    ALGUNAS EXPLICACIONES ACERCA DEL MUNDO TORTUOSO


    [... ] así, gracias a las ecuaciones Riemann—Hake, existía al fin una demostración matemática de la necesidad teórica de la Zona Espacial de Deformación Lógica de Twistermann. Esta Zona se conoció como el Mundo Tortuoso, aunque no era tortuoso ni era un mundo. Y en una última ironía, la importante tercera definición de Twistermann (que la Zona se podía considerar como aquella región del universo que actuaba como factor compensatorio del caos frente a la estabilidad lógica de la estructura primaria de la realidad) se demostró superflua.

    Artículo sobre «El Mundo Tortuoso», Enciclopedia Galáctica del Conocimiento Universal, 483 a edición.


    ***

    [...] por tanto el término deformación especular contiene el sentido (si no la sustancia) de nuestro pensamiento. Pues, como hemos visto, el Mundo Tortuoso [sic] cumple la función, tan necesaria como odiosa, de infundir indeterminación a todas las entidades y procesos, con lo cual hace que el universo sea ineluctable, tanto en la teoría como en la práctica.

    EDGAR HOPE GRIEF, Reflexiones de un matemático, Euclid City Free Press.


    ***

    [...] pero, a pesar de esto, se pueden exponer algunas reglas provisorias para el suicida que viaja al Mundo Tortuoso.

    Recuerda que en el Mundo Tortuoso todas las reglas pueden mentir, incluso esta regla que confirma la excepción, e incluso esta cláusula modificadora que invalida la excepción... ad infinitum.

    Pero recuerda también que ninguna regla miente necesariamente, que cualquier regla puede ser cierta, incluida— la presente y sus excepciones.

    En el Mundo Tortuoso, el tiempo no tiene por qué respetar nuestros prejuicios. Los hechos pueden cambiar deprisa (lo cual parece adecuado), o despacio (lo cual sabe mejor) o no cambiar en absoluto (lo cual es aborrecible).

    Cabe la posibilidad que en el Mundo Tortuoso no te ocurra nada en absoluto. Sería imprudente esperarlo, e igualmente imprudente no estar preparado.

    Entre los ámbitos probabilísticos que plantea el Mundo Tortuoso, uno debe

    ser exactamente como el nuestro, y otro debe ser exactamente como el nuestro salvo por un detalle; y uno debe ser exactamente como el nuestro salvo por dos detalles; y así sucesivamente. Otrosí digo, uno debe ser totalmente diferente de nuestro mundo salvo por un detalle, y así sucesivamente.

    El problema es la predicción: cómo discernir en qué mundo estamos antes que el Mundo Tortuoso lo revele desastrosamente.

    En el Mundo Tortuoso, como en cualquier otro, puedes descubrirte a ti mismo. Pero sólo en el Mundo Tortuoso ese conocimiento suele ser fatal.

    La familiaridad alimenta el shock en el Mundo Tortuoso.

    Es cómodo (aunque erróneo) pensar en el Mundo Tortuoso como un mundo invertido donde todo es Maya, ilusión. Puedes descubrir que las formas que te rodean son reales, mientras que tú, la conciencia examinadora, eres ilusorio. Dicho descubrimiento es esclarecedor, pero mortificante.

    Un sabio preguntó una vez: « ¿Qué sucedería si yo pudiera entrar en el Mundo Tortuoso sin prejuicios?» Es imposible dar una respuesta definitiva a esta pregunta, pero aventuramos que él tendría algunos prejuicios en el momento en que saliera. La falta de opinión no es una armadura.

    Algunos hombres entienden que la cumbre de la inteligencia es el descubrimiento de que todas las cosas pueden invertirse, y en consecuencia convertirse en sus contrarios. Se pueden practicar muchos juegos ingeniosos con esta proposición, pero no aconsejamos hacerlo en el Mundo Tortuoso. Allí todas las doctrinas son igualmente arbitrarias, incluida la doctrina de la arbitrariedad de las doctrinas.

    No esperes pasarte de listo con el Mundo Tortuoso. Es más grande, más pequeño, más largo y más corto que tú; no demuestra, es.

    Algo que es no tiene que demostrar nada. Todas las pruebas son intentos de devenir. Una prueba es verdadera sólo para sí misma, y no implica nada excepto la existencia de pruebas, lo cual no prueba nada.

    Todo lo existente es improbable, pues todo es extraño, innecesario y un atentado contra la razón. Quizá estos comentarios acerca del Mundo Tortuoso no tengan nada que ver con el Mundo Tortuoso. El viajero queda advertido.

    ZE KRAGGASH, La inexorabilidad de lo especioso (Colección Conmemorativa Marvin Flynn).


    32


    LA TRANSICIÓN FUE ABRUPTA, y en absoluto lo que había esperado Marvin. Había oído historias acerca del Mundo Tortuoso, y había esperado encontrar un lugar de formas distorsionadas y colores cambiantes, de grotescos y maravillas. Pero pronto comprendió que este punto de vista era romántico y limitado.

    Se encontraba en una pequeña sala de espera. El aire enrarecido olía a sudor y a vapor, y estaba en un largo banco de madera con varias personas más. Empleados aburridos caminaban de aquí para allá, consultando papeles y llamando a algunas de las personas sentadas. Luego seguía un diálogo en voz baja. A veces un hombre perdía la paciencia y se marchaba. A veces llegaba un nuevo solicitante.

    Marvin esperó, miró, divagó. El tiempo pasó lentamente, la habitación se ensombreció, alguien encendió luces. Nadie lo llamaba. Marvin miró a los hombres que tenía a ambos lados, más aburrido que curioso.

    El hombre de la izquierda era alto y cadavérico, y la fricción de la ropa le había producido una inflamación en el cuello. El hombre de la derecha era bajo, gordo y rubicundo, y jadeaba al respirar.

    — ¿Cuánto cree que falta? —le preguntó Marvin al hombre gordo, más para pasar el tiempo que en un serio intento de averiguarlo.
    — ¿Que cuánto falta? —dijo el gordo—. Falta muchísimo, eso falta. Aquí en la Oficina de Automóviles no puedes apurar a sus condenadas altezas, ni siquiera cuando sólo deseas renovar la licencia de conductor, que para eso he venido.

    El hombre cadavérico rio: el ruido de una varilla de madera raspando un tambor de gasolina vacío.

    —Esperarás mucho tiempo, chico —le dijo—, pues estás en el Departamento de Bienestar, División Cuentas Pequeñas.

    Marvin escupió pensativamente en el piso polvoriento y dijo:

    —Sucede que ustedes dos están equivocados. Estamos en el Departamento... mejor dicho, la antesala del Departamento de Pesca. Y en mi opinión las cosas andan muy mal cuando un ciudadano y contribuyente ni siquiera puede ir a pescar en una masa acuática mantenida con sus impuestos sin perder medio día o más solicitando una licencia.

    Los tres se miraron con cara de pocos amigos. (En el Mundo Tortuoso no hay héroes ni promesas, sólo algunos puntos de vista desperdigados sin ninguna conclusión.)

    Se miraron sin suspicacia. El hombre cadavérico empezó a sangrar por las yemas de los dedos. Marvin y el gordo fruncieron el ceño con embarazo y fingieron no darse cuenta. El hombre cadavérico metió la mano sangrante en un bolsillo impermeable. Se les acercó un empleado.

    — ¿Quién de ustedes es James Grinnell Starmacher? —preguntó.
    —Yo —dijo Marvin—. Y deseo aclarar que hace un buen rato que espero, y creo que este departamento tiene una pésima administración.
    —Sí, es cierto —admitió el empleado—. Es que todavía no tenemos las máquinas.
    —Miró los papeles—. ¿Usted ha solicitado un cadáver? —Correcto —dijo Marvin.
    — ¿Y afirma que el susodicho cadáver no será usado con fines inmorales? —En efecto.
    —Tenga a bien enumerar sus motivos para adquirir el cadáver. —Deseo usarlo en una función puramente decorativa.
    — ¿Sus calificaciones?
    —He estudiado decoración de interiores.
    —Especifique el nombre y número de código del cadáver más reciente que haya obtenido.
    —Cucaracha —respondió Marvin—, espécimen número 3/32/A45345.
    — ¿Quién la mató?
    —Yo. Tengo licencia para matar a todas las criaturas que no pertenecen a mi subespecie, con ciertas excepciones, tales como el águila dorada y el manatí.
    — ¿El propósito de la última muerte? —Gratificación ritual.
    —Solicitud aprobada —dijo el empleado—. Escoja su cadáver.

    El gordo y el hombre cadavérico lo miraron con ojos húmedos y esperanzados. Marvin se tentó, pero logró resistir. Se volvió y le dijo al empleado:

    —Te elijo a ti.
    —Constará en actas dijo el empleado, escribiendo en sus papeles. Su cara se modificó y fue la cara del falso Flynn. Marvin pidió prestada una sierra al hombre cadavérico y, con cierta dificultad, le cortó el brazo derecho al empleado. El empleado murió con muchos aspavientos, y su cara volvió a ser la cara del empleado.

    El gordo se rio de la desazón de Marvin.

    Una corta transustancialidad tiene un largo alcance —se burló—. Pero no el suficiente, ¿eh? El deseo modela la carne, pero la muerte es el escultor definitivo.

    Marvin estaba llorando. El hombre cadavérico le tocó el brazo afablemente.

    —No te lo tomes a pecho, muchacho. Una venganza simbólica es mejor que ninguna. Tu plan era bueno, y fracasó por algo externo a ti mismo. Soy James Grinnell Starmacher.
    —Yo soy un cadáver —dijo el cadáver del empleado—. Una venganza traspuesta es mejor que ninguna.
    —Yo vine aquí a renovar mi licencia de conductor—dijo el gordo—. Al cuerno con tanto pensamiento profundo. Quiero que me atiendan.

    Por cierto, señor —dijo el cadáver del empleado—. Pero en mí estado actual, sólo puedo darle una licencia para pescar peces muertos.

    —Muertos, vivos, ¿qué más da? —dijo el gordo—. Lo importante es pescar, sin importar lo que pesques.

    Se volvió hacia Marvin, quizá para explayarse sobre el tema. Pero Marvin se había ido y, al cabo de una transición poco convincente, se encontró en una habitación grande, cuadrada y vacía. Las paredes estaban hechas de láminas de acero, y el cielo raso estaba a treinta metros de altura. Había reflectores allá arriba, y una cabina de control de vidrio. Kraggash lo miraba a través del vidrio.

    —Experimento 342 —recitó Kraggash—. Tema: La muerte. Proposición: ¿Es posible matar a un ser humano? Observaciones: El interrogante de la posible mortalidad de los seres humanos ha desconcertado largo tiempo a nuestros mejores pensadores. Han surgido muchas leyendas relacionadas con el tema de la muerte, y en todas las épocas hubo informes no verificados sobre matanzas. Más aún, de cuando en cuando se han presentado cadáveres, inequívocamente muertos, y definidos como restos de seres humanos. A pesar de la ubicuidad de estos cuerpos, no se ha establecido ningún vínculo causal para demostrar que alguna vez vivieron, y mucho menos que alguna vez fueron seres humanos. Por tanto, en un intento de zanjar la cuestión de una vez por todas, hemos preparado el siguiente experimento. Primer paso...

    Una lámina de acero de la pared giró sobre sus goznes. Marvin giró a tiempo para ver que le arrojaban una lanza. Se echó a un lado, entorpecido por la cojera, y eludió el lanzazo.

    Se abrieron más láminas. De diversos ángulos le fueron arrojados cuchillos, flechas y garrotes.

    Un generador de gas venenoso asomó por una abertura. Una maraña de cobras cayó en el recinto.

    Un león y un tanque atacaron. Siseó una cerbatana. Crepitaron armas energéticas. Tosieron lanzallamas. Carraspeó un mortero.

    El agua inundó la habitación, elevándose deprisa. Del cielo raso llovió nafta ardiente.

    Pero el fuego quemó los leones, que devoraron las serpientes, que taponaron los cañones, que partieron las lanzas, que atascaron el generador de gas, que disolvió el agua, que apagó el fuego.

    Marvin estaba milagrosamente ileso. Amenazó con el puño a Kraggash, trepó por las láminas de acero, se cayó y se rompió la crisma.

    Le hicieron una ceremonia fúnebre militar, con todos los honores. Su viuda murió con él en la pira. Kraggash trató de seguirlo, pero le negaron el solaz del sati.

    Marvin se quedó en la tumba tres días y tres noches, durante las cuales su nariz goteó continuamente. Toda su vida pasó ante sus ojos en cámara lenta. Al cabo de ese tiempo se levantó y siguió adelante.

    Había cinco objetos de limitada pero innegable inteligencia en un lugar borroso. Uno de esos objetos era, presuntamente, Marvin. Los otros cuatro eran maniquíes, estereotipos bocetados apresuradamente y diseñados con el único propósito de adornar la situación primaria. El problema que enfrentaban los cinco era saber cuál de ellos era Marvin, y cuáles eran meras figuras ornamentales.

    Primero hubo una cuestión de nomenclatura. Tres de los cinco exigieron de inmediato que los llamaran Marvin, uno quería que lo llamaran Edgar Floyd

    Morrison, y otro quería que lo llamaran «mera figura ornamental».

    Esto era obviamente tendencioso, así que se numeraron de uno a cuatro, mientras el quinto insistía en que lo llamaran Kelly.

    —De acuerdo —dijo Número Uno, que ya había cobrado un aire oficioso—. Caballeros, ¿podemos dejar de parlotear y poner orden en esta reunión?
    —Ese acento judío no te ayudará —dijo sombríamente Número Tres.
    —Mira —dijo Número Uno—, ¿qué sabe un polaco sobre acentos judíos? Resulta ser que sólo soy judío por parte de padre, y aunque estimo...
    — ¿Dónde estoy? —preguntó Número Dos—. Santo cielo, ¿qué me ha pasado? Desde que me fui de Stanhope...
    —Cállate, italianito —dijo Número Cuatro.
    —No mi chamo italianito, mi chamo Luigi —respondió oscuramente Número Dos—. Fa due annos que estoy en vostro grande paese, desde que era un pícolo bambino en San Minestrone della Zuppa, nicht wahr?
    —Caray, tío —dijo lúgubremente Número Tres—, ni modo de que seas un estúpido italiano, no eres más que una figura ornamental provisoria de flexibilidad limitada, así que te aconsejo cerrar el pico antes que te lo cierre yo, nicht wahr?
    —Escuchad —dijo Número Uno—, soy un hombre sencillo de gustos sencillos y, si de algo sirve, cederé mis derechos de Marvinidad.
    —Memoria, memoria —murmuró Número Dos—. ¿Qué me ha sucedido? ¿Quiénes son estos aparecidos, estas sombras parlantes?
    —Oye —protestó Kelly—, no seas tan maleducado, viejo. —Es muy poco amicábile —dijo Luigi.
    —Invocación no es convocación —dijo Número Tres. —Pero es verdad que no recuerdo —dijo Número Dos.
    —Yo tampoco recuerdo muy bien —dijo Número Uno—, pero no armo tanta alharaca. Ni siquiera pretendo ser humano. El mero hecho de que pueda recitar el Levítico de memoria no prueba nada.
    — ¡Por cierto que no! —gritó Luigi—. Y la ausencia de pruebas tampoco prueba un reverendo bledo. —Creí que eras italiano —le dijo Kelly.
    —Lo soy, pero me crie en Australia. Es una historia bastante extraña...
    —No más que la mía —dijo Kelly—. Me llamáis negro irlandés, pero pocos sabéis que pasé mis años de formación en un prostíbulo de Hangchow, y que allí me enlisté en el ejército canadiense para escapar de los franceses, que me perseguían porque ayudé a los gaullistas en Mauritania, y por eso...
    —Zut, alors! —exclamó Número Cuatro—. ¡No puedo callar más! Cuestionar mis credenciales es una cosa, criticar a mi país es otra.
    — ¡Pero la indignación no prueba nada! —exclamó Número Tres—. No es que me importe, pues elijo no ser más Marvin.
    —La resistencia pasiva es una forma de agresión —respondió Número Cuatro. —Una prueba inadmisible sigue siendo una prueba —retrucó Tres.
    —No sé de qué habláis —declaró Número Dos.
    —La ignorancia no te llevará a ninguna parte —se burló Número Cuatro—. Me niego categóricamente a ser Marvin.
    —No puedes renunciar a lo que no tienes —dijo socarronamente Kelly.
    — ¡Puedo renunciar a lo que se me antoje! —exclamó apasionadamente Número Cuatro—. No sólo renuncio a mi Marvinidad, sirio que también entrego el trono de España, dimito como dictador de la Galaxia Interior y abjuro de mi salvación como bahai.
    — ¿Ya te sientes mejor, chico? —preguntó sardónicamente Luigi.
    —Sí... Era insoportable. La simplificación sienta a mi naturaleza intrincada — dijo Número Cuatro—. ¿Cuál de vosotros es Kelly?
    —Yo —dijo Kelly.
    — ¿Comprendes —le preguntó Luigi— que sólo tú y yo tenemos nombre? —Es verdad —dijo Kelly—. Tú y yo somos diferentes.
    — ¡Un momento, un momento! —dijo Número Uno.
    — ¡Tiempo, caballeros, tiempo, por favor! — ¡Mantened ese ánimo! — ¡Contened esas aguas!
    — ¡Retened esa llamada!
    —Como decía... —dijo Luigi—. ¡Nos! ¡Nosotros! ¡Los Poseedores de Nombre con Pruebas Basadas en Presunciones! Kelly, tú puedes ser Marvin si yo puedo ser Kraggash.
    — ¡Hecho! —rugió Kelly, a pesar de las protestas de los demás.

    Marvin y Kraggash sonrieron en la euforia momentánea de la embriaguez de identidad. Luego se atacaron ferozmente. Siguió una estrangulación manual. Las tres figuras numeradas, despojadas de un derecho que nunca habían tenido, adoptaron poses convencionales de ambigüedad estilizada. Las dos figuras con nombre, dueñas de una identidad de la que se habían apropiado, se arañaban y mordían, prorrumpían en arias desafiantes y se amilanaban ante aplastantes recitativos. Número Uno miró hasta aburrirse, luego se puso a experimentar con un fundido en negro.

    Eso fue suficiente. Todo el plató rodó como un cerdo engrasado con patines bajando por una montaña de vidrio, sólo que un poco más rápido.

    El día sucedió a la noche, en la que no sucedió nada.

    Platón escribió: «No importa lo que haces, sino cómo lo haces. » Luego, pensando que el mundo aún no estaba preparado para esto, lo borró.

    Hammurabi escribió: «La vida sin introspección no merece vivirse. » Pero no estaba seguro de que fuera cierto, así que lo tachó.

    El Buda Gautama escribió: «Los brahmines apestan.» Pero después lo revisó.

    Las naturalezas aborrecen el vacío, y a mí tampoco me gusta mucho. ¡Marvinissimo! Aquí viene a la carrera, mostrando su inflada identidad. Todos los hombres son mortales, nos dice, pero algunos son más mortales que otros. Helo aquí, jugando en el patio y modelando juicios de valor con lodo. Sin el menor respeto, se convierte en su padre. La semana pasada revocamos su Divinidad; lo pillamos manejando una vida sin licencia.

    (Pero os he advertido con frecuencia, amigos míos, sobre el Peligro Protoplásmico. Se arrastra por los cielos, extinguiendo estrellas. Descaradamente fluye y sobrevive, desarraigando planetas y sofocando astros. Con funesta insistencia deposita sus abominaciones.)

    Viene de nuevo, ese malabarista sórdido de piel descolorida, ese optimista monstruoso con la sonrisa cosida. Asesino, mátate. Ladrón, asáltate. Pescador, atrápate. Granjero, coséchate.

    Y ahora oiremos el informe del investigador especial.

    —Gracias, ejem. He descubierto que Marvin es el adecuado cuando se debe escoger; que cayeron estrellas en Marvin Flynn; que debemos cantar loas al Señor y pasar el Marvin Flynn. Y añado estas observaciones: querida, ya que estás levantada, consígueme un Marvin Flynn. Mejor un Marvin Flynn que cualquier pasta untable. Prométele cualquier cosa, pero dale Marvin Flynn. Tienes un amigo en Marvin Flynn. Que tu Marvin recorra las Páginas Amarillas. ¡Todo va mejor con Marvin! ¿Por qué no rendir culto esta semana en el Marvin Flynn de tu elección? Si Marvin Flynn reza unido, unido se mantiene.

    ... estaban trabados en un combate titánico, el cual, dado que había ocurrido, era inevitable. Marvin le pegó a Kraggash en la clavícula, luego le asestó un doloroso trompazo en la nariz. Kraggash se transformó en Irlanda, que Marvin invadió como una legión de guerreros daneses, obligando a Kraggash a proteger el rey en el tablero, aunque no podía— ganarle a una escalera real. Marvin buscó a su oponente, falló y devastó la Atlántida. Kraggash lanzó un porrazo y mató un mosquito.

    El brutal clamor de la batalla recorrió los humeantes pantanos del Mioceno; una colonia de termitas lloró a su reina cuando Kraggash se lanzó como un cometa contra el sol de Marvin, fragmentándose en un sinfín de esporas militantes. Pero el infalible Marvin distinguió el diamante entre los vidrios brillantes, y Kraggash se replegó hacia Gibraltar.

    Su bastión cayó una noche cuando Marvin secuestró los simios de Berbería, y Kraggash atravesó la Tracia meridional con, su cuerpo en una maleta. Lo detuvieron en la frontera de Phthistia, un país que Marvin improvisó con considerables efectos sobre la historia de Europa.

    Al debilitarse, Kraggash se volvió maligno; al volverse maligno, Kraggash se debilitó. En vano intentó adorar al diablo. Los acólitos de la Marvinidad no se inclinaban ante el ídolo, sino ante el símbolo. El maligno Kraggash se volvió desagradable; la mugre se le acumulaba bajo las uñas, agresivos mechones de pelo le brotaban en el alma.

    Al fin Kraggash, encarnación del mal, yacía impotente, el cuerpo de Marvin apresado en su garra. Ritos de exorcismo provocaron sus estertores finales. Una sierra disfrazada de rueda oriental de plegarias lo desmembró, un laberinto disfrazado de incensario lo descerebró. El amable padre Flynn entonó estas últimas palabras: « ¡No obtendrás pan con una albóndiga! » Y pusieron a Kraggash en una tumba tallada en el Kraggash viviente. En la lápida escribieron graffiti adecuados para la ocasión, y alrededor del sepulcro sembraron flores Kraggash.

    Es un lugar tranquilo. A la izquierda hay un bosquecillo de árboles Kraggash, a la derecha una refinería de petróleo. Aquí hay una lata de cerveza vacía, aquí una lagarta. Y más allá está el sitio donde Marvin abrió la maleta y sacó su cuerpo perdido.

    Le quitó el polvo y le peinó el cabello. Le enjugó la nariz y le enderezó la corbata. Después, con adecuada reverencia, se lo puso.


    33


    Y ASÍ MARVIN FLYNN se encontró de vuelta en la Tierra y dentro de su propio cuerpo. Fue a su pueblo natal de Stanhope y descubrió que nada había cambiado. El pueblo aún estaba a doscientos kilómetros de Nueva York en distancia física, y a cien años en distancia espiritual y emocional. Igual que antes, había huertos, y vacas pardas paciendo en prados verdes y ondulantes. Eternos eran la calle mayor bordeada de olmos y el gemido nocturno y solitario del avión de pasajeros.

    Nadie le preguntó a Marvin dónde había estado. Ni siquiera su mejor amigo, Billy Hake, que supuso que había viajado a un centro turístico típico, como Sinkiang o el bosque tropical de Ituri.

    Al principio Marvin encontró esta terca estabilidad tan turbadora como le habían parecido las trasposiciones del Trueque Mental o los deformes acertijos del Mundo Tortuoso. La estabilidad le parecía exótica; seguía esperando que se disipara.

    Pero los lugares como Stanhope no se disipan, y los chicos como Marvin pierden gradualmente su sentido de la magia y sus propósitos elevados.

    De noche, a solas en el desván, Marvin soñaba a menudo con Cathy. Aún le costaba pensar en ella como en una agente especial de la Asociación de Vigilancia Interplanetaria. Aun así, había cierta actitud oficiosa en sus modales, y un destello de superioridad moral en sus bellos ojos.

    La amaba y siempre lamentaría su pérdida, pero prefería llorarla a poseerla. Y, a decir verdad, Marvin ya le había echado el ojo a Marsha Baker, la tímida, atractiva y joven hija de Edwin Marsh Baker, principal agente de bienes raíces de Stanhope.

    Stanhope, sin ser el mejor de los mundos posibles, aún era el mejor mundo que Marvin había visto. Era un lugar donde podía vivir sin que le sal taran cosas encima, y sin que él saltara encima de cosas. En Stanhope no era posible ninguna deformación metafórica; una vaca lucía como una vaca, y llamarla de otro modo era una injustificable licencia poética.

    En definitiva, no hay lugar como el terruño, y Marvin se consagró a la tarea de disfrutar de lo familiar, lo cual, según los sabios sentimentales, es el ápice de la sabiduría humana.

    Sólo un par de pequeñas dudas lo carcomían. Ante todo estaba la pregunta: ¿Cómo había regresado a la Tierra desde el Mundo Tortuoso?

    Hizo notables investigaciones sobre este interrogante, que era más ominoso de lo que parecía al principio. Comprendió que nada es imposible en el Mundo Tortuoso, y que riada es siquiera improbable. En el Mundo Tortuoso hay causalidad, pero también hay no causalidad. Nada debe ser; nada es necesario. Debido a esto, era concebible que el

    Mundo Tortuoso lo hubiera arrojado de vuelta a la Tierra, demostrando su poder al renunciar a su poder sobre Marvin.

    Eso parecía ser lo que había ocurrido. Pero había una alternativa menos agradable.

    Las Proposiciones de Doormhan lo expresaban del siguiente modo: «Entre los ámbitos probabilísticos que plantea el Mundo Tortuoso, uno debe ser exactamente como el nuestro, y otro debe ser exactamente como el nuestro salvo por un detalle; y uno debe ser exactamente como el nuestro salvo por dos detalles; y así sucesivamente. Otrosí digo, uno debe ser totalmente diferente de nuestro mundo salvo por un detalle, y así sucesivamente».

    Lo cual significaba que quizá aún estuviera en el Mundo Tortuoso, y que esta Tierra que percibía quizá sólo fuera una emanación pasajera, un fugaz momento de orden en el caos fundamental, destinado a disolverse en cualquier momento en el absurdo fundamental del Mundo Tortuoso.

    En cierto modo no importaba, pues nada es permanente salvo nuestras ilusiones. Pero a nadie le gusta ver amenazadas sus ilusiones, y Marvin quería conocer su situación.

    ¿Estaba en la Tierra, o en una réplica de la Tierra?

    ¿No habría algún detalle insignificante que no concordaba con la Tierra que había dejado? ¿No habría varios detalles? Marvin trató de averiguarlo, para sentirse en paz consigo mismo. Exploró Stanhope y sus alrededores, miró, examinó y estudió la flora y la fauna.

    Nada parecía estar mal. La vida seguía como de costumbre; su padre cuidaba sus rebaños de ratas, y su madre seguía poniendo huevos tranquilamente. Fue al norte, a Boston y Nueva York, y al sur, a la vasta zona de Filadelfia—Los Ángeles. Todo parecía en orden. Pensó en atravesar el continente por el caudaloso río Delaware y seguir su búsqueda en las ciudades californianas de Schenectady, Milwaukee y Shanghai.

    Pero cambió de parecer, al darse cuenta que no tenía sentido pasarse la vida tratando de descubrir si tenía una vida para pasar.

    Además existía la posibilidad que, aunque la Tierra estuviera cambiada, sus recuerdos y percepciones también estuvieran cambiados, con lo cual el descubrimiento sería imposible.

    Se tendió bajo el familiar cielo verde de Stanhope y pensó en esta posibilidad. Era improbable: ¿acaso los gigantescos robles no seguían migrando al sur todos los años? ¿Acaso el enorme sol rojo no surcaba el cielo, seguido por la estrella oscura del sistema? ¿Acaso las triples lunas no regresaban todos los meses con su nueva acumulación de cometas?

    Estas imágenes familiares lo tranquilizaron. Todo parecía estar como de costumbre. Y así, con entusiasmo y gratitud, Marvin aceptó el mundo tal cual era, se casó con Marsha Baker y vivió feliz para siempre.


    FIN



    Título original: Minswap
    Diseño de la portada: Jordi Forcada
    Ilustración de la portada: Óscar Chichoni
    © 1966, Robert Sheckley
    © Traducción: Carlos Gardini
    © Prólogo: Brian Aldiss 1999, Plaza & Janés Editores, S. A.
    © 1999, Plaza y Janés Editores.
    Colección Mundos Imaginarios nº 2.
    ISBN: 978-84-01-54097-4
    Depósito legal: B. 37.528 — 1999