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    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    ESTACIÓN HAWKSBILL (Robert Silverberg)

    Publicado el domingo, abril 27, 2014

    Prólogo

    En sí mismo, el puesto avanzado que Robert Silverberg llama Estación Hawksbill es un maravilloso invento de la ciencia ficción. Se trata de una penitenciaría, pero una penitenciaría insólita, pues está situada en la era paleozoica, en el lejano pasado terrestre, donde los prisioneros no tienen ninguna posibilidad de fugarse porque faltan más de mil millones de años para que haya algún sitio adonde fugarse. ¿Qué mejor forma podría encontrar una sociedad futura de deshacerse de sus ciudadanos menos queridos? (Siempre y cuando, claro está, esa sociedad dispusiera de una máquina del tiempo unidireccional para mandarlos al pasado, pero eso es el «si condicional» que tienen permitido los escritores de ciencia ficción.) Sin embargo, en manos de Silverberg, esta buena idea es sólo el telón de fondo para desarrollar una novela sobre los eternos temas del hombre y el poder y, en particular, la política.

    Algunas personas se sorprenden al descubrir que existe una ciencia ficción política. Esas personas, por lo general, no han leído nunca ciencia ficción o han leído mucha pero no han percibido ese aspecto. Por ejemplo, existen obras literarias a secas, como 1984 de George Orwell, On the Beach de Nevil Shute, el olvidado Micromegas de Voltaire y Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Pocos se atreverían a negar que son intensamente políticas: la de Orwell, una diatriba contra el comunismo de estilo soviético; la de Shute, una advertencia de catástrofe nuclear; las de Voltaire y Swift, ataques despiadados a los aires y a las hipocresías de las instituciones de la época. Lo que algunos no comprenden es que todas esas obras son también, sin duda, ciencia ficción; tanto, por ejemplo, como Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y tan deliberadamente propagandísticas. (Cuando le preguntaron a Bradbury si el sombrío mundo de su novela era una predicción exacta del futuro, él contestó: «No intento predecir el futuro. ¡Quiero impedirlo!»)

    En realidad, la ciencia ficción política es tan común que quizá no haya ningún otro tipo de ciencia ficción. Puestos a escribir un relato de ciencia ficción, resulta casi imposible que no contenga elementos políticos. De lo que trata la ciencia ficción —toda la ciencia ficción— es del cambio; sin ese elemento, la ciencia ficción no existe. Para crear una historia de ciencia ficción, un escritor tiene que inventar un mundo que de alguna manera es nuestro propio mundo transformado. Y al contrastar las partes que están cambiadas y los efectos de esos cambios con el mundo real que nos rodea, el relato se convierte inevitablemente en un comentario político. (¿Y acaso no está bien que eso ocurra? ¿No es maravilloso que podamos examinar las consecuencias de casi cualquier acontecimiento futuro imaginable en forma de ciencia ficción, donde los desastres se quedan en la página en vez de manifestarse de manera catastrófica en la vida real?)

    Así que todo relato de ciencia ficción tiene un subtexto político, pero en Estación Hawksbill Silverberg es aún más directo. El contenido político de la novela no está meramente implícito, sino que ocupa el primer plano y se desarrolla de manera detallada.

    Sin embargo, quiero hacer una advertencia. Para mi sorpresa descubro que en esta novela mi respetado amigo Bob hizo algo que desde hace mucho tiempo aconsejo evitar. Puso fechas reales a algunos de los acontecimientos que describe. Y algunas de esas fechas quedan ahora en el pasado… y los acontecimientos sencillamente no han ocurrido.

    No dejes que esa pequeña molestia interfiera en el placer de la lectura. Olvídate de las fechas. Imagina que todo eso pasó en un tiempo paralelo. O que quizá Bob se equivocó de cronología y aún no ha pasado.

    Un poco más arriba me referí a Robert Silverberg como amigo: lo es y lo ha sido la mayor parte de nuestra vida. Quizá deba revelar algo más, y es que durante muchos de esos años también fui su editor. Por eso cuando escribió Estación Hawksbill (me refiero a la novela corta que dio origen a esta novela), enseguida me envió el manuscrito. Por supuesto, me gustó, e inmediatamente la publiqué como relato principal en el siguiente número de Galaxy, la revista de la que era director.

    Todo eso ocurrió hace un tercio de siglo, pero Estación Hawksbill sigue siendo una brillante muestra de imaginación que me gusta tanto como el primer día.

    Frederik Pohl
    Palatine, Illinois, febrero de 2000



    1


    Barrett era el rey sin corona de la Estación Hawksbill. Nadie se lo discutía. Él era quien más tiempo llevaba allí, quien más había sufrido, quien tenía más fortaleza interior. Antes del accidente habría podido dar una paliza a cualquier hombre del lugar. Ahora, claro, era un lisiado, pero aún conservaba ese halo de poder que le daba autoridad. Cuando había problemas en la Estación, se los llevaban a Barrett y él los resolvía. Eso se daba por sentado. Él era el rey. Además, vaya reino el que gobernaba. En realidad era el mundo entero, de polo a polo y de meridiano a meridiano, toda la bendita Tierra. Por lo que valiera. No valía mucho.

    Ahora llovía de nuevo. Barrett se levantó con aquel gesto rápido y fácil que le costaba una agonía infinita muy bien disimulada y arrastró los pies hasta la puerta de la choza. La lluvia, el tipo de lluvia que caía en ese sitio, lo ponía tenso e impaciente. El golpeteo constante de aquellas gotas redondas y grasientas contra el techo de chapa de zinc bastaba incluso para sacar de quicio a Jim Barrett. Faltaban todavía mil millones de años para que se inventase el tormento chino de la gota de agua, pero Barrett ya entendía muy bien sus efectos.

    Empujó la puerta con el codo. Desde allí, en la entrada de la choza, Barrett contempló su reino. Vio rocas áridas casi hasta el horizonte. Una placa interminable de dolomita pura. Las gotas de lluvia bailaban y rebotaban y salpicaban en aquel bloque continental de piedra lustrosa. Nada de árboles. Nada de hierba. Detrás del sol de Barrett estaba el encrespado mar, gris e inmenso. También el cielo era gris, incluso cuando no llovía.

    Cojeando, Barrett salió a la lluvia.

    Cada vez le resultaba más sencillo manejar la muleta. Al principio los músculos de la axila y del costado se habían rebelado ante la idea de que necesitaba ayuda para caminar, pero habían terminado aceptándolo, y la muleta parecía ahora una simple extensión de su cuerpo. Se apoyó cómodamente, dejando oscilar en el aire el aplastado pie izquierdo.

    Un desprendimiento de piedras lo había atrapado un año antes, durante un viaje a la orilla del Mar Interior. Lo había atrapado y herido. En su mundo, Barrett habría sido llevado al hospital público más cercano, le habrían colocado unas prótesis y todo arreglado: un tobillo nuevo, un arco nuevo, ligamentos y tendones renovados, una masa de fibras de acrílico homogéneas en el sitio del pie dañado. Pero su mundo estaba a mil millones de años de la Estación Hawksbill, y volver a él era imposible. La lluvia lo golpeó con fuerza, haciendo un ruido sordo contra su cráneo, aplastándole el pelo canoso contra la frente. Frunció el entrecejo. Pensativo, se alejó un poco de la choza.

    Barrett era un hombre grande, de un metro noventa y cinco, con ojos oscuros, nariz prominente y un mentón que era un monarca entre mentones. Había llegado a pesar más de ciento veinticinco kilos en su mejor momento, en los viejos tiempos de agitación Arriba, cuando llevaba banderas y gritaba furiosas consignas y escribía manifiestos. Pero ahora pasaba de los sesenta y empezaba a encogerse un poco y la piel se le aflojaba alrededor de los sitios donde habían estado los fuertes músculos. Resultaba difícil conservar el peso en la Estación Hawksbill. La comida era nutritiva, pero le faltaba… intensidad. Después de un tiempo se llegaba a añorar con pasión un filete. Comer guiso de braquiópodos y picadillo de trilobites no era lo mismo.

    Pero a Barrett ya se le había pasado toda la amargura. Ése era otro motivo por el que los hombres lo consideraban el líder de la Estación. Era sólido. No se quejaba No despotricaba. Se había resignado a su destino y toleraba el exilio eterno, de manera que podía ayudar a los demás a superar el difícil y desgarrador período de transición, cuando tomaban conciencia del hecho abrumador de que habían perdido para siempre el mundo conocido.

    Llegó una figura trotando con torpeza bajo la lluvia: Charley Norton. El jruschevista doctrinario de inclinaciones trotskistas, un revisionista de otros tiempos. Norton era un hombre pequeño y excitable que adoptaba con frecuencia el papel de mensajero cuando había novedades en la Estación. Llegó corriendo hacia la choza de Barrett, resbalando y deslizándose por las piedras desnudas, moviendo frenéticamente los codos.

    Al acercarse, Barrett le tendió una mano rolliza.

    — Tranquilo, Charley. ¡Tranquilo! ¡Tómatelo con calma o te romperás la crisma!

    Norton se detuvo con dificultad delante de la choza. La lluvia le había pegado el cabello ralo contra el cráneo, formando un extraño entretejido. Sus ojos tenían la intensidad fija y brillante del fanatismo, aunque quizá no fuera más que astigmatismo. Mientras trataba de recuperar el aliento se tambaleo hasta la puerta abierta, donde se sacudió como un cachorro mojado. Era evidente que había venido corriendo desde el edificio principal de la Estación, a trescientos metros de distancia. Bajo aquella lluvia había sido una carrera larga y peligrosa; la placa rocosa era muy resbaladiza.

    — ¿Por qué te quedas ahí en la lluvia? —preguntó Norton.
    — Para mojarme—dijo Barrett entrando en la choza y mirando a Norton—. ¿Qué noticias tienes? —El Martillo está brillando. Pronto vamos a tener compañía.
    — ¿Cómo sabes que va a ser una remesa viva? —El Martillo brilla desde hace quince minutos. Eso significa que están tomando precauciones con lo que envían. Es evidente que nos mandan un nuevo prisionero. Por ahora no hay previsto ningún envío de suministros.

    Barrett asintió.

    — De acuerdo. Iré a ver qué pasa. Si llega uno nuevo supongo que lo pondremos con Latimer.

    Norton soltó una risa áspera.

    — Quizá sea un materialista. Si lo es, Latimer lo enloquecerá con todas sus tonterías místicas. Quizá lo podríamos poner con Altman,
    — Y en media hora lo habría violado.
    — No sé si sabes que a Altman ya no le da por eso —dijo Norton—. Ahora, en vez de buscar sustitutos de segunda, trata de crear una mujer verdadera.
    — Quizá a nuestro nuevo compañero no le sobre ninguna costilla.
    — Muy gracioso, Jim. —A Norton no parecía divertirle la situación. De repente sus ojos brillaron con mayor intensidad—. ¿Sabes qué me gustaría que fuera el nuevo? —preguntó— Un conservador. Un perfecto reaccionario salido directamente de Adam Smith. ¡Eso es lo que quiero que nos envíen esos cabrones!
    — ¿No te conformarías con un camarada bolchevique, Charley?
    — Este sitio está repleto de bolcheviques —dijo Norton—. Tenemos toda la gama, del rosa pálido al escarlata intenso. ¿Crees que no estoy cansado de ellos? Todo el día por ahí pescando trilobites y discutiendo los méritos relativos de Kerensky y Malenkov. Necesito a alguien con quien hablar, Jim. Alguien con quien pueda pelear.
    — Muy bien —dijo Barrett, poniéndose la ropa de lluvia—. Veré qué puedo hacer para sacar del Martillo a alguien con quien puedas discutir. ¿Qué te parece un objetivista alborotador? —Barrett soltó una carcajada. Bajando la voz, agregó—: ¿Sabes una cosa, Charley? Quizá desde las últimas noticias que tuvimos hubo una revolución Arriba. Quizá la izquierda echó a la derecha del poder, y a partir de ahora no nos enviarán más que reaccionarios. ¿Qué te parece? Supongamos que para empezar nos mandan cincuenta o cien soldados de asalto. Tendrías material de sobra para tus debates económicos. Irían ocupando este sitio a medida que rodasen cabezas Arriba. Aumentarían hasta superarnos en número, y entonces los recién llegados podrían incluso dar un golpe y deshacerse de todos los apestosos izquierdistas enviados aquí por el viejo régimen y…

    Barrett se calló. Norton lo, miraba con inexpresivo asombro, los ojos descoloridos muy abiertos, alisándose convulsivamente el cabello ralo para ocultar la angustia y la vergüenza.

    Barrett comprendió que había cometido uno de los crímenes más atroces de la Estación Hawksbill: había hablado de más. Ese arrebato no tenía ninguna justificación. Lo que hacía más embarazosa la situación era el hecho de que él mismo se hubiera permitido ese lujo. Se daba por sentado que él era el hombre fuerte del lugar, el estabilizador, el hombre de integridad y principios y cordura absolutos en quien podían apoyarse los demás cuando sentían que se descontrolaban. Y de repente era él quien había perdido el control. Mala señal. Volvió a sentir un dolor punzante en el pie muerto; quizá fuera ésa la razón.

    — Vamos —dijo Barrett conteniendo la voz—. A lo mejor ya tenemos allí al nuevo.

    Salieron. La lluvia estaba acabando y la tormenta se trasladaba hacia el mar. Por el este, sobre lo que un día se llamaría el, Atlántico, el cielo estaba todavía cubierto de arremolinadas volutas de niebla gris.

    El tono de gris normal que presagiaba tiempo seco. Antes de ser enviado a ese lugar, Barrett había esperado encontrar un cielo prácticamente negro, porque en un pasado tan remoto tendría que haber menos partículas de polvo y la luz no se refractaría lo necesario para crear tanto color azul. Pero el cielo había resultado ser de un beige aburrido. Para eso servían las teorías. De todos modos, nunca había pretendido ser un científico.

    Los dos hombres caminaron hacia el edificio principal de la Estación bajo la lluvia cada vez menos fuerte. Norton se acomodó sutilmente a la renqueante marcha de Barrett, y Barrett, blandiendo con furia la muleta, hacía lo imposible para que sus padecimientos no los obligaran a aminorar la marcha. En dos ocasiones estuvo a punto de perder pie, y las dos veces se esforzó para que Norton no se diera cuenta de ello.

    La Estación Hawksbill se extendía delante de ellos. La Estación ocupaba unas doscientas hectáreas y tenía forma de medialuna. En el centro de todo se levantaba el edificio principal, una enorme cúpula donde se guardaba la mayor parte del equipo y las provisiones de los prisioneros. Flanqueándola a intervalos amplios, brotando de la lustrosa placa rocosa, como enormes y grotescos hongos verdes, se veían las burbujas plásticas de las viviendas individuales. Algunas chozas, como la de Barrett, estaban revestidas con chapas de hojalata que habían rescatado de los envíos de Arriba. Otras no tenían protección, no eran más que plástico desnudo, tal como había salido del estampador.

    El número de chozas rondaba las ochenta. En ese momento había ciento cuarenta presos en la Estación Hawksbill, cantidad casi récord, que indicaba un aumento de temperatura en la escena política de Arriba. Hacía mucho tiempo que la gente de Arriba no se molestaba en enviarles materiales de construcción, así que todos los nuevos que llegaban tenían que compartir vivienda. Barrett y otros cuyo destierro había empezado antes de 2014 tenían el privilegio de ocupar viviendas privadas si así lo deseaban. Algunos hombres no querían vivir solos; Barrett, para conservar su propia autoridad, creía que estaba obligado a hacerlo.

    A medida que iban llegando, los nuevos desterrados se acomodaban con los que vivían solos. Las chozas privadas eran entregadas en orden inverso de antigüedad. A esas alturas, la mayoría de los desterrados que habían llegado antes de 2015 se habían visto obligados a aceptar compañeros de habitación. Si llegaba otra docena de deportados, el grupo de 2014 tendría que empezar a compartir la vivienda. Por supuesto, los mayores iban muriendo, lo que facilitaba un poco las cosas, y había muchos hombres a los que no sólo no les importaba tener compañía en las chozas, sino que la buscaban.

    Sin embargo, Barrett creía que un hombre sentenciado a cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional debía gozar del privilegio de la privacidad. Uno de los mayores problemas en la Estación Hawksbill era impedir que los hombres enloquecieran por falta de intimidad. En un sitio como ése la proximidad podía ser intolerable.

    Norton señaló la enorme cúpula de plástico brillante del edificio principal. — Está entrando Altman. Y Rudiger. Y Hutchett. ¡Algo sucede!

    Con un gesto de dolor, Barrett aceleró el paso. Algunos de los hombres que entraban en el edificio vieron la figura corpulenta que venía por el camino rocoso y la saludaron con la mano. Barrett les respondió levantando un brazo macizo. Sentía que crecía la excitación. La llegada de cada hombre nuevo a la estación era un gran acontecimiento, casi el único acontecimiento que ocurría allí. Sin nuevos hombres, no tenían manera de saber lo que sucedía Arriba. Hacía seis meses que no llegaba nadie a Hawksbill, después del aluvión del año anterior. Durante un tiempo habían aparecido cinco hombres por día, y entonces el flujo se había detenido. Sin más novedades. Seis meses sin ningún desterrado: era el intervalo más largo que recordaba Barrett. Habían empezado a sospechar que no enviarían a nadie más a la Estación. Lo cual sería una catástrofe. Nuevos hombres era lo único que separaba a los presos más antiguos de la locura. Los nuevos traían noticias del futuro, noticias del mundo que ellos habían dejado atrás para toda la eternidad. Y contribuían con la interacción de nuevas personalidades en un grupo cerrado que siempre estaba en peligro de anquilosarse.

    Por otra parte, Barrett tenía conciencia de que algunos de los hombres —entre los que él no se contaba— vivían con la ilusa esperanza de que la próxima persona que llegase fuera una mujer.

    Por eso acudían todos al edificio principal, para ver qué ocurriría cuando el Martillo empezara a brillar. Barrett renqueó bajando por el camino. Cuando llegaron a la entrada terminaron de caer las últimas gotas.

    Dentro del edificio, sesenta o setenta residentes de la estación se apiñaban en la cámara del Martillo: casi todos los hombres del lugar en condiciones físicas y mentales de mostrar alguna curiosidad por un recién llegado. Mientras Barrett avanzaba hacia el centro del grupo, lo fueron saludando a gritos. Barrett asentía, sonreía y desviaba las preguntas con gestos amistosos.

    — ¿Quién va a ser esta vez, Jim?
    — Tal vez una muchacha, ¿verdad? De unos diecinueve años, rubia, con un cuerpo…
    — Espero que sepa, de todos modos, jugar al ajedrez estocástico.
    — ¡Mira el brillo! ¡Está aumentando!

    Barrett, como los demás, miró el Martillo, y advirtió el cambio que se estaba produciendo en la gruesa columna que era el dispositivo de viaje temporal. La compleja e intrincada colección de instrumentos insondables ardía ahora con un color rojo cereza, anunciando el paso de quién sabe cuántos kilovatios bombeados por los generadores en el otro extremo de la línea, Arriba. Hubo un silbido en el aire; el suelo retumbó un poco. El brillo se había extendido ahora al Yunque, la ancha placa de aluminio sobre la que caían todos los cargamentos del futuro. En otro instante…

    — ¡Condición Carmesí! —gritó alguien—. ¡Ahí viene!


    2


    Mil millones de años en el futuro estaba entrando una ola de energía en el verdadero Martillo del que aquél no era más que una réplica parcial. La potencia crecía por momentos en la enorme habitación sombría que en la Estación Hawksbill todos recordaban de manera muy vívida. Un hombre —u otra casa, quizá un envío de suministros— estaba en ese momento en aquella habitación, en el centro del verdadero Yunque, engullido por el destino. Barrett sabía lo que era estar allí, esperando a que el Campo de Hawksbill lo envolviera a uno y lo lanzara hasta comienzos del paleozoico. Unos ojos fríos lo miraban a uno mientras esperaba el destierro, y aquellos ojos brillaban de manera triunfal, diciéndote que estaban encantados de deshacerse de ti. Y entonces el Martillo hacía su trabajo y tú emprendías el viaje sin regreso. El efecto de ser enviado por el tiempo se parecía mucho al golpe de un gigantesco Martillo clavándote en las paredes del continuo: de ahí las metáforas para las partes funcionales de la máquina.

    Todo lo que tenían en la Estación Hawksbill había llegado a través del Martillo. El montaje de la Estación había sido un trabajo largo, lento y caro, obra de hombres metódicos, dispuestos a realizar todos los esfuerzos necesarios para deshacerse de sus opositores de una manera que consideraban humana y acorde con el siglo xx. Primero, el Martillo había abierto un sendero en el tiempo y enviado al pasado el núcleo de la Estación receptora. Como no había una Estación receptora a mano en el paleozoico para recibir la Estación receptora, algunas cosas se habían perdido de manera inevitable. No era estrictamente necesario tener un Martillo y un Yunque en el extremo receptor, excepto para, controlar de manera precisa la dispersión temporal; pero sin el equipo receptor, el campo tendía a desviarse un poco. Envíos realizados de manera consecutiva el mismo día o la misma semana, sin un equipo receptor que los guiase podían desparramarse con facilidad a lo largo de veinte o treinta años en el pasado. Había mucha de esa basura temporal, alrededor de la Estación Hawksbill: materiales destinados a la instalación original que, debido a imprecisiones en el envío en los días anteriores al Martillo, habían aterrizado a un par de décadas (y a un par de cientos de kilómetros) del sitio deseado.

    A pesar de esas dificultades, las autoridades habían terminado enviando al sitio temporal matriz la cantidad suficiente de componentes como para construir una Estación receptora. Era como enhebrar una aguja por control remoto usando manipuladores de kilómetros de largo, pero lo consiguieron. Por supuesto, durante todo ese tiempo la Estación estuvo deshabitada; el gobierno no había querido perder a ninguno de sus ingenieros enviándolos a montar el mecanismo, porque no podrían regresar. Pero finalmente habían ido los primeros prisioneros: prisioneros políticos, claro, pero elegidos por su formación técnica. Antes de ser enviados al pasado habían recibido instrucciones para armar las partes del Martillo y del Yunque.

    Al llegar a la Estación podrían, desde luego, negarse a cooperar. Allí estaban fuera del alcance de las autoridades. Pero les convenía preparar la Estación receptora para así tener nuevos suministros de Arriba. Habían hecho el trabajo. Después, hacer funcionar la Estación Hawksbill había resultado fácil.

    Ahora brillaba el Martillo. Eso significaba que habían activado el Campo de Hawksbill en el extremo emisor, alrededor de 2028 o 2030. Todo se enviaba desde allí. Todo se recibía aquí. El viaje temporal no funcionaba en sentido contrario. Nadie sabía bien por qué, aunque se decían muchas cosas superficialmente profundas acerca de la entropía y de la velocidad temporal infinita que habría que lograr para tratar de acelerar siguiendo el eje normal del flujo cronológico, es decir, del pasado al futuro.

    El silbido que se oía en la sala empezó a aumentar de manera ensordecedora a medida que los bordes del Campo de Hawksbill empezaban a ionizar la atmósfera. Entonces llegó el esperado trueno de la implosión causada por el solapamiento imperfecto de la cualidad del aire sacado de esa época y la cantidad introducida en ella desde el futuro.

    Y entonces, bruscamente, un hombre cayó desde el Martillo y se quedó, aturdido y blando, sobre el brillante Yunque.

    Parecía muy joven, lo cual sorprendió bastante a Barrett. Aparentaba bastante menos de treinta años. Por lo general, sólo condenaban al exilio en la Estación Hawksbill a hombres de edad madura. Sólo enviaban a los incorregibles, a los hombres que había que separar de la humanidad por el bien de la mayoría. El hombre más joven del lugar rondaba los cuarenta en el momento de la llegada. Al ver a ese muchacho delgado y bien parecido, un par de hombres que había en la sala soltaron un silbido de angustia, y Barrett entendió la constelación de emociones que los atormentaba.

    El nuevo se incorporó. Se desperezó, un niño que sale de un sueño largo y profundo. Miró alrededor. Llevaba puesta una túnica gris sencilla, y debajo una tela de hilo iridiscente. Tenía cara en forma de cuña, que se estrechaba en el mentón, y ahora estaba muy pálido. Sus labios delgados parecían exangües. Sus ojos azules parpadearon con rapidez. Se frotó las cejas, que eran rubias y casi invisibles. Movió la boca como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras.

    Las sensaciones producidas por el viaje en el tiempo no eran psicológicamente nocivas, pero podían vivirse como un fuerte golpe. Los últimos momentos antes del descenso del Martillo se parecían mucho a los momentos finales bajo la guillotina, dado que el destierro a la Estación Hawksbill equivalía a una sentencia de muerte. El prisionero a punto de partir miraba por última vez el mundo del transporte en cohetes y de órganos artificiales y de visifonos, el mundo en el que había vivido y amado y agitado por una causa política sagrada, y entonces el Martillo bajaba y lo clavaba instantáneamente hasta el pasado inconcebiblemente remoto, en una trayectoria irreversible. Resultaba bastante tenebroso, y no era nada sorprendente que llegaran a la Estación Hawksbill en un estado de shock emocional.

    Barrett se abrió paso hacia la máquina. Automáticamente, le hicieron sitio. Llegó al borde del Yunque y se inclinó, alargando una mano hacia el nuevo. Su ancha sonrisa recibió como respuesta una mirada de vidriosa perplejidad.

    — Soy Jim Barrett. Bienvenido a la Estación Hawksbill.
    — Yo… la Estación…
    — Mira, sal de ahí antes de que te caiga encima una carga de verduras. Quizá estén transmitiendo todavía.

    Barrett, ocultando un gesto de dolor mientras cambiaba de postura, ayudó al hombre a bajar del Yunque. No sería nada raro que los idiotas de Arriba enviasen otro cargamento un minuto después de mandar al hombre, sin preocuparse de que el hombre hubiese tenido tiempo para salir del Yunque. Cuando se trataba de prisioneros, los de Arriba no mostraban ninguna empatía.

    Barrett llamó por señas a Mel Rudiger, un anarquista regordete y pecoso de cara blanda y rosada. Rudiger entregó al nuevo una cápsula de alcohol. El nuevo la apretó contra el brazo sin decir una palabra, y se le animó la mirada.

    — Toma un caramelo —dijo Charley Norton—. Enseguida te subirá el nivel de la glucosa.

    El hombre lo rechazó, moviendo la cabeza como si estuviera en una atmósfera líquida. Parecía atontado, un verdadero caso de shock temporal, pensó Barrett, quizá el peor que había visto hasta ese momento. El recién llegado ni siquiera había hablado todavía. El efecto ¿podía de verdad ser tan extremo? Quizá para un joven la impresión de ser arrancado de su época resultaba más fuerte que para los demás.

    — Te llevaremos a la enfermería —dijo Barrett con voz suave—, y te harán una revisión, ¿de acuerdo? Después te asignaré un sitio para vivir. Más tarde habrá tiempo para que veas esto y conozcas a todo el mundo. ¿Cómo te llamas?
    — Hahn. Lew Hahn.

    La voz del hombre fue un susurro áspero.

    — No te oigo —dijo Barrett.
    — Hahn —repitió el hombre, con voz apenas audible.
    — ¿De qué año vienes, Lew?
    — De 2029.
    — ¿Te sientes muy mal?
    — Horrible. No puedo creer que esto me está ocurriendo a mí. La Estación Hawksbill no existe, ¿verdad?
    — Me temo que sí —dijo Barrett—. Al menos para la mayoría de nosotros. Algunos de los muchachos creen que es una ilusión inducida por drogas, que seguimos estando en el siglo xxi. Pero yo tengo mis dudas. Si es una ilusión, es una ilusión muy buena. Mira.

    Rodeó la espalda de Hahn con un brazo y lo guio entre los hombres de la Estación, sacándolo de, la cámara del Martillo y llevándolo por el pasillo hacia la cercana enfermería. Aunque Hahn parecía delgado, casi frágil, Barrett se sorprendió al sentir los abultados y acerados músculos de aquellos hombros. Sospechaba que ese hombre era mucho menos indefenso e inútil de lo que parecía en el momento. Tenía que serlo, para merecer el destierro a la Estación Hawksbill. Resultaba caro arrojar a un hombre a tanta distancia en el tiempo; no enviaban allí a cualquiera.

    Barrett y Hahn salieron por la puerta abierta del edificio. — Mira aquello —ordenó Barrett.

    Hahn miró. Se pasó una mano por los ojos como si quisiera quitarse una telaraña invisible y volvió a mirar.

    — Un paisaje de finales del período cámbrico—dijo Barrett con voz tranquila—. Ver esto sería el sueño de cualquier geólogo, pero parece que los geólogos no tienden a convertirse en prisioneros políticos. Delante tienes lo que llaman la región de los Apalaches. Es una franja de roca de unos pocos centenares de kilómetros de ancho y unos pocos miles de kilómetros de largo, que va del golfo de México a Terranova. Al este tenemos el océano Atlántico. Un poco al este hay una cosa llamada el geosinclinal de los Apalaches, una depresión de cerca de ochocientos kilómetros de ancho llena de agua. Unos tres mil kilómetros hacia el oeste hay otra depresión, lo que llaman el geosinclinal cordillerano. También está llena de agua, y en esta etapa de la historia geológica el sendero de tierra que separa los dos geosinclinales está por debajo del nivel del mar, de manera que la región de los Apalaches termina donde está el Mar Interior, allá por el oeste. Del otro lado del Mar Interior hay una estrecha masa terrestre, llamada Cordillera de las Cascadas, que corre de norte a sur y que algún día será California y Oregón y Washington. No es necesario contener la respiración hasta que ocurra. Ojalá te guste el marisco, Lew.

    Hahn miró, y Barrett, a su lado en la puerta, miró también. Lo que veían los seguía maravillando. Uno nunca terminaba de acostumbrarse a la extrañeza de ese lugar, ni siquiera después de haber vivido en él veinte años, como le ocurría a Barrett. Era la Tierra, pero tampoco era la Tierra, porque era un sitio sombrío y vacío e irreal. ¿Dónde estaban las bulliciosas ciudades? ¿Dónde estaban las autopistas electrónicas? ¿Dónde estaba el ruido, la polución, el colorido? Nada de eso había nacido todavía. Ése era un sitio silencioso y estéril.

    Por supuesto, los océanos grises estaban llenos de vida. Pero en esa etapa de la evolución no había otra forma de vida sobre tierra firme que los entrometidos hombres de la Estación Hawksbill. La superficie del planeta, donde asomaba saliendo de los mares, era una placa de roca desnuda, vacía y monótona, interrumpida sólo por esporádicas manchas de musgo en las esporádicas manchas de tierra que habían logrado formarse. Hasta habrían acogido con alegría unas pocas cucarachas; pero aparentemente los insectos estaban todavía a un par e períodos geológicos por delante. Para los habitantes de tierra firme aquél era un mundo muerto, un mundo nonato.

    Hahn se apartó de la puerta, moviendo la cabeza. Barrett lo condujo por el pasillo hasta la sala pequeña y bien iluminada que servía de enfermería de la Estación. Doc Quesada lo estaba esperando.

    En realidad Quesada no era médico, pero en una época había sido técnico de primeros auxilios, y con eso bastaba. Era un hombre compacto y moreno, de pómulos abultados y nariz con forma de cuña invertida. En su enfermería mostraba una total seguridad. Después de todo, no había perdido demasiados pacientes. Barrett le había visto quitar apéndices y suturar heridas y amputar miembros con total aplomo. Con aquella bata ligeramente raída, Quesada tenía suficiente aspecto de médico como para cumplir su papel de manera convincente.

    — Doc, éste es Lew Hahn. Está con un shock temporal. Cúralo.

    Quesada guio al nuevo hasta una camilla y le bajó la cremallera de la túnica gris. Después buscó el botiquín. Ahora la Estación Hawksbill estaba bien equipada para la mayoría de las emergencias. A la gente de Arriba no le preocupaba mucho lo que sucedía a los prisioneros de la Estación, pero no tenía ninguna intención de ser inhumana con hombres que ya no podrían hacer daño, y de vez en cuando mandaban todo tipo de cosas útiles, como anestesia y pinzas y diagnostatos y medicamentos y sondas cutáneas. Barrett recordaba una época, al principio, cuando no había allí mucho más que chozas vacías, y si un hombre se lastimaba se metía en verdaderas dificultades.

    — Ya ha tomado un trago —dijo Barrett—. Creo que es necesario que lo sepas.
    — Ya veo —murmuró Quesada. Se rascó el bigote rojizo, corto e hirsuto. El pequeño diagnostato de la camilla se había puesto a trabajar enseguida, mostrando información sobre la presión sanguínea, el nivel de potasio, el grado de dilatación, el flujo vascular, la flexibilidad alveolar y mucho más. Quesada no parecía tener dificultades para comprender el aluvión de datos que pasaban por la pantalla y aterrizaban en la cinta de confirmación. Después de un rato se volvió hacia Hahn y dijo—: ¿Verdad que no estás realmente enfermo? Sólo un poco aturdido… No te culpo. Mira, te voy a inyectar algo para calmarte los nervios, y enseguida te pondrás bien. Tan bien como cualquiera de nosotros, supongo.

    Apoyó un tubo en la carótida de Hahn y lo apretó con el pulgar. Hubo un zumbido subsónico y el compuesto tranquilizador entró en el torrente sanguíneo del hombre. Hahn se estremeció.

    — Déjalo descansar cinco minutos —le dijo Quesada a Barrett—. Entonces se le habrá pasado.

    Dejaron a Hahn acostado en la camilla y salieron de la enfermería.

    — Éste es mucho más joven de lo habitual —dijo Quesada en el pasillo.
    — Ya me di cuenta. Y también el primero en varios meses.
    — ¿Crees que está ocurriendo alguna cosa rara Arriba?
    — No sé qué decir. Pero una vez que Hahn recupere un poco de energías tendré con él una larga conversación. —Barrett miró al diminuto médico y dijo—: Hay algo que te quería preguntar. ¿Cuál es el estado de Valdosto?

    Valdosto había sufrido un colapso psicótico hacía varias semanas. Quesada lo tenía drogado y trataba de que volviera poco a poco a aceptar la realidad de la Estación Hawksbill.

    — No ha habido ningún cambio —contestó, encogiéndose de hombros—. Esta mañana esperé a que saliera del efecto de las drogas, y seguía en el mismo estado.
    — ¿Crees que se recuperará?
    — Lo dudo. Se ha quebrado para siempre. Arriba podrían haberlo recompuesto; pero…
    — Sí —dijo Barrett—. Si hubiera podido volver Arriba, Valdosto no se habría quebrado. Por lo tanto, haz todo lo necesario para que se sienta feliz. Si no puede estar cuerdo, que por lo menos esté cómodo.
    — Te duele mucho lo que le ha pasado a Valdosto, ¿verdad, Jim?
    — ¿Tú qué crees? —Los ojos de Barrett parpadearon un instante—. Él y yo anduvimos juntos casi desde el principio. Cuando empezaba a organizarse el partido, cuando estábamos llenos de fuerza y de ideales. Yo era el coordinador, él el tirabombas. Creía tanto en los derechos del hombre que era capaz de mutilar a cualquiera que no acatase una adecuada línea liberal. Tenía que calmarlo todo el tiempo. No sé si sabes que cuando éramos muy jóvenes Val y yo compartimos un apartamento en Nueva York…
    — Tú y Val no fuisteis muy jóvenes al mismo tiempo —le recordó Quesada.
    — No, es cierto —dijo Barrett—. Él tenía quizá dieciocho años y yo rondaba los treinta. Pero él siempre aparentó ser mayor de lo que era. Y teníamos ese apartamento. Y chicas. Chicas todo el tiempo, que iban y venían y a veces vivían allí unas semanas. Val siempre decía que un verdadero revolucionario necesita mucho sexo. Hawksbill, el cabrón, también iba por allí, aunque no sabíamos que estaba trabajando en algo que después nos dañaría a todos. Y Bernstein. Nos quedábamos despiertos toda la noche, bebiendo ron barato, y Valdosto se ponía a planear asaltos terroristas y nosotros lo hacíamos callar y… —Barrett frunció el ceño—. Al diablo con todo eso. El pasado está muerto. Quizá sería mejor que Val también lo estuviese.
    — Jim…
    — Cambiemos de tema —dijo Barrett—. ¿Qué tal está Altman? ¿Sigue con los temblores?
    — Está construyendo una mujer —dijo Quesada. —Es lo que me dijo Charley Norton. ¿Qué usa? Un trapo, un hueso…
    — Le di algunos productos químicos sobrantes para que se entretuviera. Elegidos, sobre todo, por el color. Tiene algunos feos compuestos verdes de cobre y un poco de alcohol etílico y algo de sulfato de zinc y seis o siete cosas más, y juntó un poco de tierra y la mezcló con muchos mariscos muertos y está esculpiendo todo eso, dándole una forma según él femenina y esperando a que le caiga un relámpago y le infunda vida.
    — En otras palabras —dijo Barrett—, se ha vuelto loco.
    — Creo que no te equivocas. Pero por lo menos ya no molesta a sus amigos. Por lo que recuerdo, no creías que la fase homosexual de Altman fuera a durar mucho.
    — No, pero tampoco creía que fuera a pasarse para el otro lado, Doc. Si un hombre necesita sexo y encuentra aquí a alguien dispuesto a complacerlo, no me parece mal, siempre que no ofendan a nadie abiertamente. Pero cuando Altman se pone a fabricar una mujer con tierra y carne podrida de braquiópodos, no hay duda de que lo hemos perdido para siempre. Qué pena.

    Los ojos oscuros de Quesada miraron hacia el suelo.

    — Jim, a todos nos espera ese destino, tarde o temprano.
    — Yo todavía no me he quebrado. Tú tampoco.
    — Danos tiempo. Tú llevas aquí sólo once años.
    — Altman lleva sólo ocho —dijo Barrett—. Valdosto aún menos.
    — Algunos caparazones se rompen con más rapidez que otros—dijo Quesada—. Bueno, ahí está nuestro amigo.

    Hahn había salido de la enfermería para reunirse con ellos. Todavía se lo veía pálido y abatido, pero ya no tenía aquel susto en la mirada. Empezaba, pensó Barrett, a adaptarse a lo impensable.

    — No pude evitar oír parte de vuestra conversación —dijo—. ¿Son muy comunes aquí las enfermedades mentales?
    — Algunos de los hombres no han encontrado la manera de hacer algo que tenga sentido para ellos —dijo Barrett—. Los carcome el aburrimiento.
    — ¿Qué se puede hacer aquí que tenga sentido? —Quesada cuenta con su trabajo médico. Yo tengo responsabilidades administrativas. Un par de compañeros están estudiando la vida marina, haciendo una verdadera investigación científica. Tenemos un periódico que aparece de vez en cuando y que mantiene ocupados a algunos de los muchachos. Están la pesca y el excursionismo transcontinental. Pero siempre hay algunos que se abandonan a la desesperación y se quiebran. Diría que en este momento, entre los ciento cuarenta residentes, tenemos aquí treinta o cuarenta locos de verdad.
    — No está tan mal —dijo Hahn— si tenemos en cuenta la inherente inestabilidad de los hombres enviados a este sitio y las condiciones de vida poco comunes que encontraron.
    — ¿Inherente estabilidad? —repitió Barrett—. Eso no lo sé. La mayoría creíamos que éramos muy cuerdos, y que luchábamos del lado justo. ¿Tú crees que por ser revolucionario un hombre está ipso facto loco? Y si lo crees, Hahn, ¿qué demonios haces aquí?
    — Me malinterpreta, señor Barrett. Sabe Dios que no estoy estableciendo ningún paralelo entre las actividades antigubernamentales y los desequilibrios mentales. Pero tendrá que admitir que mucha de la gente que atrae cualquier movimiento revolucionario es… bueno, un poco trastornada.
    — Valdosto —murmuró Quesada—. Tirando bombas.
    — De acuerdo —dijo Barrett, soltando una carcajada—. Eh, Hahn, qué expresivo te has vuelto de repente. No te pareces al hombre que hacía unos minutos no podía articular ni una palabra. ¿Qué tenía eso que te inyectó Doc Quesada?
    — No quise darme ningún aire de superioridad —se apresuró a decir Hahn—. Si parecí petulante y condescendiente, lo que quise decir fue que…
    — Olvídalo. De todos modos ¿qué hacías Arriba?
    — Era economista.
    — Justo lo que necesitamos —dijo Quesada—. Nos puede ayudar a resolver el problema del balance de pagos.
    — Si allá eras economista, aquí tendrás mucho de que hablar —dijo Barrett—. Este sitio está lleno de teóricos de la economía chiflados que querrán contrastar sus ideas con las tuyas. En algunos casos rozan la cordura. Me refiero a las ideas. Acompáñame; quiero mostrarte el sitio donde vas a parar.


    3


    El sendero que llevaba del edificio principal a la choza donde vivía Donald Latimer era sobre todo cuesta abajo, cosa que Barrett agradecía aunque sabía que dentro de un rato, al volver, tendría que esforzarse subiendo la cuesta. La choza de

    Latimer estaba en el borde oriental de la Estación y un poco por encima. Hahn y Barrett caminaron despacio hacia ella. Hahn se mostraba preocupado por la pierna herida de Barrett, y a Barrett le molestaba el esfuerzo exagerado que hacía el joven para seguirle el ritmo.

    Lo desconcertaba ese Hahn. El hombre estaba lleno de aparentes contradicciones. Como, por ejemplo, aparecer allí con el peor caso de shock temporal que Barrett había visto jamás y después recuperarse con notable rapidez. O parecer frágil y tímido, pero ocultar sólidos músculos debajo de la túnica. Dar una apariencia exterior de incompetencia general, pero mostrar un tranquilo dominio a la hora de hablar. Barrett se preguntaba qué habría hecho ese joven pulcro para ganarse el viaje a la Estación Hawksbill. Pero ya tendría tiempo de averiguarlo. Todo el tiempo del mundo.

    Hahn señaló el horizonte con la mano y dijo:

    — ¿Todo es así? ¿Roca y océano?
    — Eso es todo. La vida terrestre aún no ha evolucionado. No lo hará por bastante tiempo. Todo es maravillosamente simple, ¿verdad? Nada de amontonamientos. Nada de expansiones urbanas. Nada de atascos. Hay algo de musgo trasladándose a la tierra firme, pero no mucho.
    — ¿Y en el mar? ¿Hay dinosaurios nadando por ahí?

    Barrett negó con la cabeza.

    — No habrá vertebrados hasta dentro de treinta, cuarenta millones de años. Llegarán en el ordovícico, y nosotros estamos en el cámbrico. Ni siquiera tenemos peces todavía, y mucho menos reptiles. Sólo podemos ofrecer cosas que se arrastran. Algunos mariscos, unas cosas grandes y feas parecidas a calamares, y trilobites. Tenemos, más o menos, setecientos mil millones de especies diferentes de trilobites. Y un hombre del grupo, llamado Mel Rudiger, el que te dio el trago cuando llegaste, los colecciona. Rudiger está escribiendo el texto definitivo sobre los trilobites. Su obra maestra.
    — Pero nadie tendrá la oportunidad de leerlo… en el futuro.
    — Arriba, decimos nosotros. —Arriba.
    — Qué pena —dijo Barrett—. Una obra tan brillante y desaprovechada, porque aquí a nadie le importa un bledo la vida y las desgracias de los trilobites, y Arriba nadie se enterará jamás. Pedimos a Rudiger que grabara el libro en placas de oro imperecederas con la esperanza de que lo encontraran algún día los paleontólogos. Pero dice que hay muy pocas probabilidades de que eso llegue a sus manos. Mil millones de años, de geología comerán las placas sin remedio antes de que alguien las encuentre. Y si alguna vez aparecieran, lo más probable es que fue tan usadas para iniciar una nueva religión o algo parecido...

    Hahn hizo una mueca.

    — ¿Por qué el aire tiene un olor tan extraño?
    — La composición es diferente—dijo Barrett—. La hemos analizado. Más nitrógeno, un poco menos de oxígeno, casi nada de dióxido de carbono. Pero en realidad no te resulta extraño por eso. Ocurre que aquí el aire es puro, incontaminado por los júbilos de la vida. Nadie excepto nosotros lo ha estado respirando, y no somos tantos.
    — Me defraudó un poco que esto esté tan vacío—dijo Hahn, sonriendo—. Esperaba junglas exuberantes de plantas extrañas, y pterodáctilos girando en el aire y quizá un tiranosaurio chocando contra una valla de la Estación.
    — Nada de junglas. Nada de pterodáctilos. Nada de tiranosaurios. Nada de vallas. No hiciste tus deberes.
    — Lo siento.
    — Estamos a finales del período cámbrico. La vida es exclusivamente marina.
    — Fueron muy considerados al elegir una era tan pacífica como basurero para los prisioneros políticos —dijo Hahn—. Tenía miedo de que no hubiera más que dientes y garras.

    Barrett soltó un escupitajo.

    — ¡Así que considerados! Buscaban una era en la que no pudiéramos dañar su medio ambiente. Eso significaba que tenían que mandarnos a un tiempo anterior a la evolución de los mamíferos, no fuera que por accidente agarráramos al antepasado de toda la humanidad y le retorciéramos el pescuezo. Y ya que estaban, decidieron escondernos en un pasado tan remoto que estaríamos a una enorme distancia de toda vida terrestre, siguiendo la teoría de que si matábamos a una cría de dinosaurio, podíamos afectar todo el curso del futuro. Su mundo.
    — ¿No les importa que atrapemos unos pocos trilobites?
    — Es evidente que creen que no hay riesgos —dijo Barrett—. Los hechos parecen darles la razón. La Estación Hawksbill lleva aquí veinticinco años y no da la sensación de que hayamos alterado la historia futura de manera perceptible. Todo sigue igual, a pesar de nuestra presencia en este sitio. Por supuesto, tienen la precaución de no mandarnos mujeres.
    — ¿Por qué?
    — Para que no empecemos a reproducirnos y a perpetuarnos. Eso ¡cómo enredaría las cosas a lo largo del tiempo! Una exitosa avanzada humana plantada aquí, mil millones antes de Cristo, y que ha tenido todo ese tiempo para evolucionar y mutar y crecer.
    — Una línea evolutiva aparte.
    — Por supuesto —dijo Barrett—. Cuando llegase el siglo xx, mandarían nuestros descendientes, sin importar qué clase de criaturas fueran para ese entonces, y los demás tipos de seres humanos estarían probablemente haciendo trabajos forzados, y se habrían creado más paradojas de las que uno puede imaginar. Por eso no nos mandan mujeres.
    — Pero envían mujeres al pasado.
    — Sí, claro —dijo Barrett—. Hay también una cárcel para mujeres, pero está a unos cientos de millones de años en el futuro, a finales del silúrico, y los dos grupos jamás se encontrarán. Por eso Ned Altman trata de fabricarse una mujer con tierra y basura.
    — Dios necesitó menos para hacer a Adán.
    — Ned Altman no es Dios —señaló Barrett—. En eso radica su problema. Mira, ésta es la choza donde te vas a quedar, Hahn. Te pongo con Don Latimer. Es una persona sensible, interesante y agradable. Antes de meterse en política era físico, y lleva aquí unos doce años. Tengo que advertirte que últimamente está explorando una firme y algo disparatada veta mística. El tipo con el que vivía se mató el año pasado, y desde entonces Don ha estado tratando de encontrar una manera de salir de la Estación mediante el uso de poderes extrasensoriales.
    — ¿Lo hace en serio?
    — Me temo que sí. Y nosotros también tratamos de tomarlo a él en serio. En la Estación Hawksbill todos aceptamos las rarezas de los demás; es la única manera de evitar una epidemia de psicosis. Latimer quizá trate de que colabores con él en su proyecto. Si no te gusta vivir con él, puedo cambiarte a otro sitio. Pero quiero ver cómo reacciona ante alguien que es nuevo en la Estación. Me gustaría que intentaras vivir con él.
    — Quizá pueda incluso ayudarle a encontrar esa puerta extrasensorial que busca.
    — Si la encuentras, llévame contigo —dijo Barrett.

    Los dos se echaron a reír. Después Barrett llamó a la puerta de Latimer. No hubo respuesta. Esperó un momento y entonces la abrió de un empujón. En la Estación Hawksbill no había cerraduras.

    Latimer estaba sentado en el suelo de piedra, con las piernas cruzadas, meditando. Era un hombre delgado, de expresión suave, piel apergaminada y boca triste, y empezaba a mostrar signos de vejez. En ese momento parecía estar por lo menos a un millón de kilómetros de distancia, totalmente ajeno a la presencia de ellos. Hahn se encogió de hombros. Barrett se llevó un dedo a los labios. Esperaron en silencio unos minutos, mientras Latimer comenzaba a salir del trance.

    Se levantó de un solo movimiento fluido, sin usar las manos.

    — ¿Acabas de llegar? —dijo en tono amable, sin levantar la voz.
    — Hace menos de una hora. Soy Lew Hahn.
    — Donald Latimer. —Latimer no ofreció estrecharle la mano—. Lamento tener que conocerte en este ambiente. Pero quizá no tengamos que seguir tolerando esta forma ilegal de prisión durante mucho tiempo más.
    — Don, Lew se queda a vivir contigo. Creo que podéis llevaros bien. Él era economista en 2029, hasta que le aplicaron el Martillo.

    Los ojos del Latimer se animaron.

    — ¿Dónde vivías? —preguntó.
    — En San Francisco.

    Los ojos perdieron el brillo, como si hubieran recibido una mala noticia.

    — ¿Estuviste alguna vez en Toronto? —dijo Latimer.
    — ¿Toronto? No —respondió Hahn.
    — Yo soy de allí. Tenía una hija que ahora anda por los veintitrés años, Nella Latimer, y pensé si la conocerías…
    — No. Lo siento.

    Latimer soltó un suspiro.

    — No era muy probable que la conocieras. Pero me encantaría saber en qué clase de mujer se ha convertido. La última vez que la vi era una niña pequeña. Tenía… a ver… tenía diez años, casi once. Supongo que ahora estará casada. A lo mejor hasta tengo nietos. O quizá la mandaron a la otra Estación. Es posible que haya actuado en política y… —Latimer hizo una pausa—. Nella Latimer… ¿Estás seguro de que no la conociste?

    Barrett los dejó solos, Hahn con expresión preocupada y comprensiva, Latimer confiado, abierto, esperanzado. Daba la sensación de que se iban a llevar muy bien. Barrett le pidió a Latimer que a la hora de la cena acompañase al nuevo al edificio principal para poder presentarlo a todos, y se fue. Había empezado a caer de nuevo una llovizna fría. Barrett caminó despacio, con dolor, subiendo la cuesta, ahogando un gruñido cada vez que apoyaba el cuerpo en la muleta.

    Había sido triste ver cómo desaparecía la luz de los ojos de Latimer al oír que Hahn no sabía nada de su hija. La mayor parte del tiempo, los hombres de la Estación Hawksbill trataban de no hablar de su familia. Preferían, sabiamente, tener bien reprimidos esos torturadores recuerdos. Pensar en los seres amados era sentir el dolor de la amputación, desesperado e incurable. Pero la llegada de nuevos prisioneros solía remover los viejos lazos. Nunca había noticias de los parientes, y obtenerlas resultaba imposible porque los hombres de la Estación no tenían manera de comunicarse con nadie de Arriba. Enviar algo hacia adelante en el tiempo, aunque sólo fuera una milésima de segundo, resultaba imposible.

    Imposible pedir la foto de un ser amado, imposible encargar remedios o instrumentos, imposible conseguir un libro determinado o una cinta codiciada. De manera mecánica, impersonal, las autoridades de Arriba hacían envíos periódicos a la Estación de cosas que podían ser útiles para los presos: material de lectura, medicinas, equipo, alimentos. Pero eso siempre estaba elegido al azar, de manera impredecible, extraña. De vez en cuando sorprendían con su generosidad, como cuando enviaron una caja de Borgoña, o un paquete de cintas sensoriales, o un aparato para cargar la batería. Esos regalos significaban por lo general que se había producido un breve deshielo en la situación del mundo. El descenso de la tensión solía producir un efímero deseo de ser buenos con los chicos de la Estación Hawksbill.

    Pero tenían una política estricta en cuanto al envío de información sobre los parientes. O en cuanto al envío de periódicos y revistas. Buen vino, sí; un tridim de una hija que no podrían abrazar nunca más, no.

    Por lo que sabían Arriba, no había nadie vivo en la Estación Hawksbill. Una plaga podía haber matado a todo el mundo hacía diez años, pero no tenían manera de averiguarlo. Ni siquiera podían estar seguros de que los desterrados hubiesen sobrevivido durante el viaje al pasado. Todo lo que habían comprobado, a partir de los experimentos de Hawksbill, era que un viaje al pasado de menos de tres años probablemente no sería fatal; alargar la duración de los experimentos más allá de ese punto resultaba poco práctico. ¿Qué efecto produciría moverse mil millones de años a través del tiempo? Eso no lo había sabido con certeza ni siquiera el propio Edmond Hawksbill.

    De manera que siguieron haciendo envíos a los prisioneros, basados en la suposición ciega de que estaban vivos y podían recibirlos. El gobierno hacía señas con previsible continuidad, cuidando a quienes había condenado a una separación eterna del Estado. El gobierno, aunque fuera muchas otras cosas, no era malvado. Barrett había aprendido hacía mucho tiempo que la tiranía represora y sangrienta no es la única forma de totalitarismo.

    Barrett se detuvo en la cima de la colina para recuperar el aliento. Naturalmente, el olor de aquel aire extraño ya no le resultaba nada raro. Se llenó los pulmones hasta que se sintió un poco mareado. La lluvia cesó de nuevo. Los rayos de sol atravesaban la atmósfera gris, haciendo brillar y chispear las rocas desnudas. Barrett cerró los ojos un momento y se apoyó en la muleta, y como si estuviera mirando una pantalla interior, mental, vio las criaturas de muchas patas que salían del mar, y las anchas alfombras de musgo que se extendían por la tierra, y las plantas sin flores que se desenroscaban y alargaban las ramas grisáceas y escamosas, y el pálido pellejo de anfibios extraños de hocico chato que brillaban en la orilla del agua, y el calor tropical de la época carbonífera que bajaba como un guante asfixiando el mundo.

    Todo eso quedaba en un futuro lejano. Dinosaurios. Pequeños mamíferos parlanchines. Pitecántropos que cazaban con hachas de mano en los bosques de Java.

    Sargón y Aníbal y Atila y Orville Wright y Thomas Edison y Edmond Hawksbill. Y finalmente, un gobierno benévolo para el que los pensamientos de ciertos hombres resultaban tan intolerables que decidía desterrarlos a una roca desnuda en los orígenes del tiempo.

    El gobierno era demasiado civilizado para matar a los hombres por actividades subversivas, y demasiado cobarde para dejarlos vivos y en libertad. El término medio era la muerte viviente de la Estación Hawksbill. Mil millones de años de tiempo infranqueable era una buena forma de aislamiento hasta para las ideas más nihilistas.

    Haciendo algunas muecas, Barrett anduvo penosamente el resto del camino hasta la choza. Hacía tiempo que había aceptado el hecho de su destierro, pero aceptar la ruina del pie era una cosa muy diferente. Siempre había tenido fortaleza física. Temía la vejez porque podría mermarle las fuerzas; pero había llegado a los sesenta años y la edad no le había minado la salud tanto como temía, aunque ya no era la misma; sin embargo, si no fuera por aquel absurdo accidente, que podría haberle ocurrido a cualquier edad, aún podría estar disfrutando de todas sus fuerzas. El deseo vano de encontrar la manera de recuperar la libertad de su propia época ya no lo atormentaba; pero Barrett deseaba con todo el corazón que las autoridades sin rostro de Arriba enviasen el equipo necesario para reconstruirle el pie.

    Entró en la choza, arrojó a un lado la muleta y se hundió inmediatamente en el catre. Cuando Barrett había llegado a la Estación Hawksbill no había catres. Entonces uno dormía en el suelo, y el suelo era de piedra. Si te sentías ambicioso, salías y escarbabas en las grietas y pliegues de la placa rocosa, buscando la nueva y escasa tierra, y puñado a puñado te hacías una cama de dos centímetros de altura. Ahora las cosas estaban un poco mejor.

    Barrett había sido enviado allí cuando la Estación llevaba cuatro años funcionando y no había más que una docena de edificios y pocas comodidades. Eso era en el año 2008, tiempo de Arriba. La Estación era entonces un sitio salvaje y deprimente, pero los constantes envíos de Arriba la habían convertido en un sitio relativamente tolerable para vivir.

    De los más o menos cincuenta desterrados que habían precedido a Barrett en Hawksbill, no quedaba ninguno vivo. Hacía casi diez años que ocupaba la más alta jerarquía del campo de prisioneros, desde la muerte del viejo Pleyel, el hombre de barba blanca a quien Barrett consideraba un santo. Allí el tiempo había pasado exactamente al mismo ritmo que Arriba; el Martillo estaba anclado en ese punto del tiempo, sincronizado de manera perfecta con su contrapartida en el lejano futuro, de manera que Lew Hahn, para llegar poco más de veinte años después de Barrett, había partido de Arriba en una fecha situada en el calendario exactamente veinte años y unos meses después de la expulsión de Barrett. Hahn venía de 2029, toda una generación posterior al mundo que había dejado Barrett. Barrett no había tenido valor para ponerse a pedirle datos sobre esa generación. Ya tendría tiempo de enterarse de todo lo necesario. Igual no le serviría de mucho.

    Barrett buscó un libro. Pero las caminatas alrededor de la Estación lo habían fatigado más de lo que creía. Miró un instante la página y después lo dejó y cerró los ojos.

    Detrás de los párpados desfilaron algunas caras. Bernstein. Pleyel. Hawksbill. Janet. Bernstein. Bernstein. Bernstein.

    Se quedó dormido.


    4


    Jimmy Barrett tenía dieciséis años y Jack Bernstein le estaba diciendo:

    — ¿Cómo, siendo tan grande y feo, no te importan un bledo los débiles de este mundo?
    — ¿Quién dice que no me importan un bledo? —No hace falta decirlo. Es evidente. ¿Dónde está tu compromiso? ¿Qué haces para que no se desintegre la civilización?
    — La civilización no se está…
    — Se está… —dijo Bernstein con desdén—. Qué torpe eres. Ni siquiera lees los periódicos. ¿Te das cuenta de que hay una crisis constitucional en este país, y que a menos que personas como tú y yo nos pongamos a hacer algo, dentro de menos de un año habrá una dictadura en Estados Unidos?
    — Exageras —dijo Barrett—. Como siempre. — ¿Ves? ¡No te importa un bledo!

    Barrett estaba exasperado, pero eso no era nada nuevo. Jack Bernstein lo exasperaba desde el momento en que se habían conocido, cuatro años antes, en 1980. Entonces los dos tenían doce años. Barrett ya andaba por el metro ochenta, fornido y fuerte; Jack era delgado y pálido, demasiado pequeño para su edad y más pequeño todavía cuando estaba al lado de Barrett. Algo los había unido: quizá la atracción de los opuestos. Barrett valoraba y respetaba la mente rápida y ágil de ese muchacho pequeño, y sospechaba que Jack lo había buscado como protector. Jack necesitaba protección. Era el tipo de persona a la que daban ganas de pegarle sin ningún motivo especial, aunque no hubiera dicho nada, y cuando finalmente abría la boca uno sentía aún más ganas de pegarle.

    Ahora tenían dieciséis años, y Barrett había alcanzado la estatura que esperaba definitiva, un metro noventa y dos, pesaba bastante más de cien kilos, tenía que afeitarse todos los días y su voz era grave y profunda. Jack Bernstein parecía como si no hubiera llegado todavía a la pubertad. Medía un metro sesenta y dos, uno sesenta y cinco como máximo, no tenía hombros y los brazos y las piernas eran tan delgados que Barrett pensaba que se los podía quebrar con una mano, voz aflautada y nariz afilada y agresiva. Tenía en la cara marcas de alguna enfermedad cutánea, y las cejas gruesas y enmarañadas le dibujaban una raya ininterrumpida a través de la frente, visible a cincuenta metros de distancia. En la adolescencia, Jack se había vuelto más cáustico, más excitable. Había momentos en los que Barrett casi no lo podía soportar. Ese era uno de ellos.

    — ¿Qué quieres que haga? —preguntó Barrett.
    — ¿Vas a venir a una de nuestras reuniones?
    — No quiero meterme en nada subversivo.
    — ¡Subversivo! —replicó Bernstein—. Una etiqueta. Un apestoso rótulo semántico. ¿Así que para ti cualquiera que desee arreglar un poco el mundo es un subversivo?
    — Bueno…
    — Cristo, por ejemplo. ¿Lo llamarías subversivo?
    — Creo que sí —dijo Barrett con cautela—. Además, sabes lo que le pasó a Cristo.
    — No fue el primer mártir por una idea, y no será el último. ¿Quieres jugar sobre seguro toda tu vida? ¿Quieres quedarte ahí forrado de músculos y grasa y dejar que los lobos se coman el mundo? ¿Cómo te sentirás cuando tengas sesenta años, Jimmy, y el mundo sea un enorme campo de esclavos y tú, allí encadenado, digas: «Bueno, estoy vivo, así que las cosas no salieron tan mal.»?
    — Vale más un esclavo vivo que un subversivo muerto —dijo Barrett con frialdad.
    — Si eso crees, eres más imbécil de lo que pensaba. —Tendría que aplastarte de un manotazo. No haces otra cosa que zumbar, Jack. Como un mosquito.
    — ¿De veras crees eso que acabas de decir, lo del esclavo vivo? ¿De veras? ¿De veras? Barrett se encogió de hombros.
    — ¿Tú qué piensas?
    — Entonces ven a una reunión. Sal de tu capullo y haz algo, Jimmy. Necesitamos a hombres como tú. —La voz de Jack había cambiado de tono y de timbre. Había dejado de ser quejumbrosa y aflautada; de repente era más grave, más segura, más imperiosa—. Hombres de tu estatura, Jimmy… con tu autoridad natural. Serías estupendo. Si pudiera hacerte entender que lo que hacemos es importante…
    — ¿Cómo va a hacer un grupo de escolares para salvar el mundo?

    Los delgados labios de Jack se abrieron y cerraron rápidamente, pero parecieron ahogar la ágil réplica que tenían preparada. Tras una pausa, usando todavía aquella nueva y extraña voz, Jack dijo:

    — No todos somos escolares, Jimmy. La mayoría de los muchachos de nuestra edad son como tú… No conocen el compromiso. Tenemos gente mayor, dé veinte, treinta y aún más. Si los conocieras sabrías a qué me refiero. Habla con Pleyel si quieres saber en qué consiste la verdadera dedicación. Habla con Hawksbill. —En los ojos de Jack apareció un brillo travieso—. Quizá quieras venir sólo a conocer a las chicas. Tenemos algunas en el grupo. Te advierto que son bastante liberadas. Te lo digo por si te interesan esas cosas.
    — ¿Ese grupo es comunista, Jack?
    — No. No, decididamente. Claro que tenemos nuestros marxistas, pero es que en cuanto a tendencias políticas hay un poco de todo. De hecho, nuestra orientación básica es anticomunista, porque creemos que el Estado tiene que interferir lo menos posible en la vida y el pensamiento, y tú sabes que los marxistas son planificadores. En ese sentido somos casi anarquistas. Hasta se nos podría calificar de derechistas radicales, puesto que nos gustaría desmontar gran parte del aparato de gobierno. ¿Te das cuenta del poco sentido que tienen esas etiquetas políticas? Estamos tan a la izquierda que somos derechistas, y estamos tan a la derecha que somos izquierdistas. Pero tenemos un programa. ¿Vendrás a una reunión?
    — Háblame de las chicas.
    — Son atractivas, inteligentes y sociables. Algunas hasta quizá se interesen en un grosero apolítico como tú al ver semejante pedazo de carne.

    Barrett asintió.

    — Quizá vaya a la próxima reunión.

    De lo que más estaba cansado Barrett era del acoso de Bernstein. Los grandes temas políticos nunca le habían apasionado. Pero le dolía que lo acusaran de que no tenía sensibilidad o de que no hacía nada para impedir que el mundo se fuera al infierno, y con esos lloriqueos constantes Jack lo había empujado a decidirse. Asistiría a una reunión de ese grupo clandestino. Vería todo con sus propios ojos. Esperaba encontrar sobre todo locos amargados y soñadores fútiles, y no ir nunca a una segunda reunión, pero al menos Jack no podría volver a decirle que había rechazado de plano el movimiento.

    Una semana más tarde, Jack Bernstein le anunció que habían organizado una reunión para la noche siguiente. Barrett asistió. La fecha era el 11 de abril de 1984.

    Una noche fría, de lluvia y viento, con un aire que anunciaba nieve. Clima típico de 1984. El año estaba maldito, decía la gente. Hacía mucho tiempo aquel hombre había escrito un libro sobre 1984 prediciendo cosas horribles de todo tipo, y aunque ninguna de esas cosas terribles había sucedido en Estados Unidos, el país tenía otros problemas, que el clima parecía tipificar. Se tenía la certeza de que ese año no llegaría a la primavera. En Nueva York, a mediados de abril, había por todas partes montículos de nieve opaca y gris, excepto en las calles del centro donde había incrustados filamentos de calefacción. Los árboles seguían desnudos, y no asomaba ningún brote. Mal año para la gente, tenso y tormentoso. Pero quizá no tan mal año para la revolución.

    Jimmy Barrett se encontró con Jack Bernstein en la estación de metro cerca de Prospect Park, viajaron juntos hasta Manhattan y salieron en Times Square. El tren al que subieron tenía aspecto viejo y gastado, pero eso no era nada raro. Todo estaba gastado y viejo en el noveno año de lo que llamaban la Depresión Permanente.

    Caminaron por la calle Cuarenta y dos hasta la Novena Avenida y entraron en el vestíbulo de una torre dorada de ochenta pisos, uno de los últimos rascacielos construidos antes del Pánico. La puerta de un ascensor se abrió con un crujido. Jack oprimió el botón del sótano y bajaron.

    — ¿Qué tengo que decir cuando pregunten quién soy? —quiso saber Barrett.
    — Deja todo en mis manos —dijo Jack. La importancia le había transfigurado la cara pálida y manchada. Ahora estaba en su elemento. Jack el conspirador. Jack el subversivo. Jack el conjurado de los sótanos. Barrett se sentía incómodo, torpe e ingenuo.

    Salieron del ascensor, recorrieron un pasillo de techo bajo y llegaron ante una puerta verde cerrada, contra la que estaba apoyada una silla. Junto a la silla, en el pasillo, había una chica. Barrett calculó que tendría diecinueve o veinte años: gorda y de baja estatura, con piernas gruesas visibles debajo de la falda corta. También llevaba el pelo corto, a la moda, pero su relación con la moda terminaba allí. Debajo de un suéter rojo de lana abultaban unos pechos caídos, sin sostén. Su único maquillaje era una mancha azul luminiscente en los labios, aplicada de manera irregular. De una comisura de la boca le colgaba un cigarrillo. Parecía deliberadamente desaliñada, ordinaria, barata, como si encontrara alguna virtud en encorvar los hombros y hacerse cuenta que era una campesina. Parecía una caricatura de todas las chicas izquierdistas que desfilaban en las manifestaciones de protesta reclamando cosas. Esa mujerzuela desastrada ¿sería la clase de chica típica del grupo? «Atractivas, inteligentes y sociables», había dicho Jack, cebándole astutamente la trampa con la promesa de la pasión. Pero, por supuesto, la idea que Jack se había formado de lo que era una chica atractiva no tenía por qué coincidir con la suya. A Jack —con pocos amigos, escuálido, mordaz—, cualquier chica que se dejase manosear un poco le parecería Afrodita. Los chicos sucios encontraban virtudes en chicas sucias que Barrett, no tan limitado por naturaleza, solía no ver.

    — Buenas noches, Janet —dijo Jack con voz de, nuevo tensa.

    La chica lo contempló con frialdad, y después miró a Barrett de arriba abajo.

    — ¿Quién es ese?
    — Jimmy Barrett. Compañero de clase. No hay problemas. Políticamente ingenuo, pero ya aprenderá.
    — ¿Le dijiste a Pleyel que lo ibas a traer?
    — No. Pero respondo por él. Jack se acercó más a la chica. De manera posesiva, le puso una mano sobre la muñeca—. Deja de actuar como un comisario y déjanos entrar, ¿eh, cariño?

    Janet se soltó la mano.

    — Esperad aquí. Veré si está de acuerdo. La chica se metió por la puerta verde.
    — Es una chica maravillosa —dijo Jack volviéndose hacia Barrett—. A veces se hace la bravucona, pero tiene buen carácter. Y sensualidad. Es una chica muy sensual.
    — ¿Cómo lo sabes? —preguntó Barrett.

    Jack se ruborizó y los labios se le comprimieron en una línea chata y furiosa.

    — Créeme. Lo sé.
    — ¿Quieres decir que no eres virgen, Bernstein?
    — ¡Corta de una vez!

    La puerta se abrió de nuevo. Janet estaba allí, y con ella había un hombre delgado, de aspecto reservado, con el pelo totalmente gris pero la cara sin arrugas, de manera que podía tener tanto cincuenta como treinta años. Sus ojos también eran grises, y lograba ser delicado y penetrante al mismo tiempo. Barrett vio que Jack Bernstein se ponía tenso.

    — Es Pleyel —susurró Bernstein. La chica dijo:
    — Se llama Jim Barrett. Bernstein dice que responde por él.

    Pleyel asintió con afabilidad. Aquellos ojos grises recorrieron con rapidez la cara de Barrett, y costaba resistirse mientras la taladraban.

    — Hola, Jim dijo Pleyel—. Me llamo Norman Pleyel.

    Barrett asintió. Sonaba extraño oír que Janet y Pleyel lo llamaran Jim. Toda su vida había sido Jimmy para los conocidos.

    — Es compañero mío de clase —dijo Jack—. Lo he estado aleccionando, haciéndole ver sus responsabilidades ante la humanidad. Finalmente decidió asistir a una de las reuniones. Además…
    — Sí —dijo Pleyel—. Nos encanta que estés aquí, Jim. Pero antes de entrar tienes que entender algo. Por asistir a esta reunión, incluso como observador, corres riesgos. El gobierno se opone a esta organización. Tu presencia aquí podrá ser usada en tu contra en algún momento del futuro. ¿Está claro?
    — … sí.
    — Además, como todos vivimos en riesgo constante, tengo que recordarte que todo lo que ocurra aquí esta noche es confidencial. Si descubrimos que utilizas tu privilegio de invitado para divulgar algo que has oído, nos veremos obligados a actuar contra ti. Así que si entras te expones a dos peligros: el del gobierno actualmente constituido y el nuestro. Si lo deseas tienes ahora la oportunidad de irte sin ningún estigma.

    Barrett titubeó. Echó una mirada a Jack, cuyo rostro mostraba evidente tensión; sin duda esperaba que eludiera los riesgos y se fuera a casa, deshaciendo todo su trabajo de proselitismo. Barrett se lo pensó seriamente. Le estaban pidiendo que se comprometiera por adelantado, antes de conocer el grupo; en el momento de atravesar la puerta se metería en un cúmulo de responsabilidades.

    — Me gustaría entrar, señor —murmuró.

    Pleyel parecía contento. Abrió la puerta. Al pasar por delante de la chica baja y hosca; Barrett se sorprendió de ver que ella lo miraba con cálida aprobación; quizá hasta con deseo. Ella se quedó fuera, vigilando la puerta. Pleyel entró delante. Jack susurró en el oído de Barrett:

    — Ese hombre es uno de los seres humanos más notables de todas las épocas. Podría haber estado hablando de Goethe o de Leonardo.

    La habitación era grande y cavernosa y fría, y hacía por lo menos ocho años que no se pintaba. Había varias —filas de bancos de madera mirando hacia un escenario vacío. Una docena de personas habían puesto algunos de los bancos formando más o menos un círculo. Entre esas personas había dos o tres chicas, un hombre bastante calvo y un grupo de muchachos que parecían estudiantes universitarios. Uno de ellos leía en voz alta algo escrito en una larga hoja de papel amarillo, y los demás lo interrumpían cada pocos segundos para señalarle algo.

    — … en este momento de crisis sentimos que…
    — No, debería decir todos los hombres tienen que sentir que…
    — No estoy de acuerdo. Así suena forzado y…
    — ¿Podemos volver a la frase anterior, donde hablas de la amenaza a la libertad que representa la…?

    Barrett observó la discusión sin placer. Toda esa crítica detallista de la fraseología de un manifiesto le parecía muy aburrida y deprimente. Eso era, esencialmente, lo que había esperado encontrar allí: un grupo de puntillosos imprácticos en un sótano ventoso, peleándose furiosamente por mínimas diferencias semánticas. ¿Eran ésos los revolucionarios que salvarían al mundo del caos? Lo dudaba mucho.

    En un instante la discusión se transformó en un alboroto; cinco personas hacían al mismo tiempo sugerencias a gritos para revisar el panfleto. Pleyel no hablaba; parecía apenado pero no hacía ningún esfuerzo por salvar la reunión. En la cara de Jack Bernstein había una expresión dolida y contrita. La puerta se abrió de nuevo y entró por ella un hombre de menos de treinta años.

    — ¡Ése es Hawksbill! —dijo Bernstein codeando a Barrett.

    El famoso matemático era un hombre del montón. Regordete, desaliñado y mal afeitado. Llevaba unas gafas de cristal grueso y un voluminoso suéter azul, pero no corbata; el pelo castaño rizado le empezaba a ralear en la coronilla, pero a pesar de eso tenía el aspecto de un estudiante de segundo curso. El hombre, sin duda, era más importante de lo que aparentaba, pensó Barrett. El año anterior los periódicos no se habían cansado de mostrar las hazañas de Hawksbill, momentáneo héroe científico que había causado sensación en aquel congreso científico de Zúrich o Basilea al leer el texto de su ponencia sobre las ecuaciones relacionadas con el tiempo. Los periódicos habían comparado la obra de Edmond Hawksbill a los veinticinco años con la obra de Albert Einstein a los veintiséis, y no desfavorablemente. Y allí estaba, miembro de esa sórdida célula revolucionaria. Toda su brillantez era interna. Un hombre con esos ojitos de cerdo ¿cómo podía ser un genio?

    Hawksbill puso en el suelo el maletín y dijo sin preámbulo:

    — Metí los vectores de distribución en el ordenador de la Universidad de Nueva York sin que nadie se diera cuenta. El resultado es la desintegración de ambos partidos políticos, una elección presidencial no concluyente y la formación de un sistema político totalmente diferente y no representativo.
    — ¿Cuándo? —preguntó Pleyel…
    — A los tres meses de las elecciones, con un margen de error de catorce días —dijo Hawksbill. La voz que salía de aquel cuerpo bajo y fornido carecía por completo de resonancia y de inflexión; era una pálida corriente de sonido fláccido—. Es probable que las persecuciones empiecen en febrero, cuando la nueva administración intente reprimir a los disidentes con el argumento de restablecer el orden.
    — ¡Muéstranos los parámetros! —dijo el hombre que había estado leyendo el borrador del manifiesto en la hoja de papel amarillo—. Quiero que nos expongas todo paso a paso, Hawksbill.
    — Seguramente no es necesario. Si nosotros… —dijo Pleyel.
    — No, lo voy a explicar —dijo el matemático, sin inmutarse. Empezó a sacar papeles del maletín—. Punto uno. La elección en 1972 del presidente Delafield, del nuevo Partido Conservador Americano, que lleva a cambios fundamentales en el papel económico del gobierno y conduce al boom de 1973. Punto dos, el Pánico de 1976, que marca el comienzo de la Depresión Permanente. El punto tres es la victoria del Partido Liberal Nacional en 1976, cuando los Conservadores Americanos sólo ganaron en dos estados. Ahora, si relacionamos las elecciones de 1980 con sus corrientes perturbadoras extremadamente sutiles…
    — Sabemos todo eso —dijo una voz aburrida.

    Hawksbill se encogió de hombros.

    — Tomando bloques análogos de votantes es posible demostrar matemáticamente que ninguno de los grandes partidos tiene posibilidades de conseguir la mayoría en noviembre, lo cual obligará a la Cámara de Representantes a hacer esa elección, pero como consecuencia de la situación generada por las elecciones parlamentarias de 1982, incluso por ese método resultará imposible elegir presidente. Con lo cual…
    — El país será un caos.
    — Exacto —dijo Hawksbill.

    Barrett notó que el comentario había salido de un punto cercano a su codo izquierdo. Miró hacia abajo y vio a Janet. Absorto en la cantinela de Hawksbill, ni siquiera se había dado cuenta de la presencia de ella en la habitación, pero allí estaba, a su lado; muy cerca, en realidad. Jack Bernstein parecía molesto, a juzgar por su mirada.

    — Lo que están diciendo ¿no te parece aterrador? —comentó la muchacha. Barrett comprendió que le hablaba a él.
    — Sabía que las cosas estaban mal —dijo con voz tensa—, pero no creía que tanto. Si llega a suceder todo eso…
    — Sucederá. Si el ordenador de Ed Hawksbill dice que va a suceder, sucederá. La llamamos la Segunda Revolución Americana. Norm Pleyel está en contacto con hombres importantes de todo el país, tratando de encabezarla.

    A Barrett aquello le parecía irreal. Sabía, por supuesto, que había huelgas, marchas de protesta, sabotajes. Sabía que millones de personas se habían quedado sin trabajo, que habían devaluado el dólar cuatro veces desde 1976, que los países comunistas seguían presionando aunque su economía no estuviera tampoco en buena forma. Y que la estructura política de la nación era un lío, con los viejos partidos extintos y los nuevos fragmentados en bloques minoritarios. Pero tanto él como todas las personas que conocía tenían la sensación de que aquello se arreglaría después de un tiempo. La gente del sótano parecía adoptar una posición deliberadamente pesimista. ¿Una revolución? ¿El fin de la constitución vigente?

    Janet le ofreció un cigarrillo. Barrett lo aceptó, dándole las gracias con un movimiento de cabeza. Se sentaron juntos en el banco. El muslo caliente de la muchacha se apretaba contra el suyo. Jack estaba al otro lado de Janet, y cada vez parecía más molesto. Barrett se sorprendió pensando que esa chica no tendría tan mal aspecto si perdiera diez kilos, si se comprara un sujetador decente, si se lavara la cara más a menudo, si se pusiera algo de maquillaje… Y entonces su fácil aceptación lo hizo sonreír. A primera vista le había parecido una cerda, pero ya había empezado a cambiar de opinión.

    Sentado tranquilamente en un rincón de la habitación, trató de seguir lo que pasaba en la reunión.

    El punto central era Hawksbill y los que lo interrumpían. Pleyel, el supuesto líder del grupo, se mantenía al margen. Pero Barrett notaba que cuando la conversación se descarriaba demasiado, Pleyel intervenía y ponía las cosas en su lugar. El hombre dominaba el arte de conducir sin dar la sensación de que conducía, y eso impresionó a Barrett.

    Pero todo lo demás no le impresionó nada.

    Todos parecían muy seguros de que el país iba mal, y concordaban en que Había Que Hacer Algo. Pero más allá de ese punto todo era bruma y caos. Ni siquiera podían ponerse de acuerdo para el texto de un manifiesto que distribuirían delante de la Casa Blanca, y para qué hablar del programa para rescatar la constitución. Esas personas parecían tan fragmentadas como el club de ajedrez de un colegio secundario, y tan capaces de ejercer la fuerza política. ¿Bernstein esperaría que tomase en serio a ese grupo? ¿Qué meta tenía? ¿Qué métodos? Él sería ingenuo en el plano político, pero al menos podía formarse un juicio acerca de ese comité de fervorosos, revolucionarios y verles las deficiencias.

    La monótona conversación se prolongó casi dos horas más.

    A veces se volvía apasionada, pero sobre todo era aburrida, pura dialéctica y teoría hueca. Barrett veía que quien hablaba más y más fuerte era Jack Bernstein, seguramente el más joven del grupo, soltando cascadas de pirotecnia verbal. Allí Jack parecía estar en su elemento. Pero las palabras tenían muy poca sustancia. Barrett percibía sobre todo la evidente entrega de Pleyel a la causa, la evidente agudeza mental de Hawksbill y el evidente amor a la retórica fogosa de Jack, pero estaba convencido de que había perdido el tiempo asistiendo a esa reunión.

    Hacia las once, Janet dijo: —¿Dónde vives?

    — En Brooklyn. ¿Sabes dónde queda el Prospect Park?
    — Yo soy del Bronx. ¿Trabajas?
    — No, estudio.
    — Ah. Sí. Claro. Eres compañero de clase de Jack. —Ja net parecía estar estudiándolo—. ¿Eso significa que tenéis la misma edad?
    — Sí, dieciséis.
    — Pareces mucho mayor, Jim.
    — No eres la primera que lo dice.
    — Quizá podríamos vernos en algún momento —dijo ella—. Es decir, sin intenciones revolucionarias. Me gustaría conocerte mejor.
    — Por supuesto —dijo Barrett—. Buena idea.

    De repente, Barrett se encontró preparando una cita. Se justificó diciéndose que eso era lo que correspondía: hacer que una chica tan gorda y fea se ilusionase alguna vez en la vida. Sin duda resultaría fácil. Entonces no se daba cuenta de que al organizar esa salida con Janet estaba destrozando a Jack Bernstein, pero más tarde, cuando lo pensó, llegó a la conclusión de que no había hecho nada malo. Jack le había dado la lata intentando convencerlo de que fuera a ese lugar, prometiéndole que conocería chicas, ¿y acaso tenía él la culpa de que la promesa se hubiera cumplido?

    Esa noche, mientras volvían en metro a Brooklyn, Jack estaba tenso y triste. — Fue una reunión aburrida —dijo—. No siempre salen así.

    — Me imagino.
    — A veces algunos se dejan dominar por la dialéctica. Pero la causa es buena.
    — Sí —dijo Barrett—. Supongo que sí.

    Entonces no tenía pensado asistir a otra reunión. Pero se equivocaba, como le ocurriría tantas veces en aquellos años. Barrett no sabía que la pauta de su vida adulta había quedado fijada en aquel sótano ventoso, ni que se había comprometido de manera ineludible, ni que había iniciado una relación amorosa duradera, ni que esa noche había encontrado su Némesis. Tampoco imaginaba que acababa de transformar a un amigo en un enemigo salvaje y vengativo que un día lo arrojaría a un extraño destino.


    5


    La noche del día en que llegó Lew Hahn, como todas las noches, los hombres de la Estación Hawksbill se reunieron en el edificio principal para la cena y el esparcimiento. No era obligatorio —poco lo era en aquel lugar—, y algunos hombres preferían por lo general comer solos. Pero esa noche casi todos los que estaban en pleno uso de sus facultades mentales asistieron, porque era una de las raras ocasiones en que tenían a mano a un recién llegado, al que se le podrían hacer preguntas acerca de los acontecimientos de Arriba, en el mundo de la humanidad.

    Hahn parecía incómodo con esa fama repentina. Daba la sensación de que era sobre todo un hombre tímido, poco dispuesto a aceptar tanta atención. Allí estaba, sentado en el centro del grupo de desterrados, mientras hombres que le llevaban veinte y treinta años lo bombardeaban con preguntas. Era evidente que no disfrutaba de la sesión.

    Sentado a un lado, Barrett participaba poco de la conversación. Su curiosidad acerca de los cambios ideológicos en el mundo de Arriba había disminuido hacía mucho tiempo. Era para él un esfuerzo recordar que alguna vez le habían preocupado furiosamente conceptos tales como el sindicalismo y la dictadura del proletariado y el sueldo anual garantizado. Cuando tenía dieciséis años, y Jack Bernstein lo arrastraba a reuniones clandestinas, ni siquiera pensaba en esas cosas. Pero el virus de la revolución lo había infectado, y a los veintiséis años, y más aún a los treinta y seis, se había involucrado tanto en asuntos candentes que estaba dispuesto a ir por ellos a la cárcel o al exilio. Ahora había dado un giro completo, volviendo a la apatía política de la adolescencia.

    Eso no significaba que hubieran dejado de preocuparle los sufrimientos de la humanidad: sólo participaba menos en los problemas políticos del siglo xxi. Después de dos décadas en la Estación Hawksbill, Arriba se había vuelto un sitio desdibujado y brumoso para Jim Barrett, que centraba sus energías en las crisis y los desafíos de lo que había llegado a considerar «su propio» tiempo: finales del período cámbrico.

    Así que escuchaba, pero atendiendo más a lo que la conversación revelaba sobre Lew Hahn que acerca de los actuales acontecimientos de Arriba. Y lo que revelaba sobre Lew Hahn era que había un afán de no revelar nada.

    Hahn no decía demasiadas cosas. Contestaba con evasivas.

    — ¿Hay algún signo de debilitamiento del falso conservadurismo? —quiso saber Charley Norton—. Me refiero a que durante treinta años han estado prometiendo el fin del gobierno fuerte, y cada vez se fortalece más. ¿Cuándo empezará el proceso de desmantelamiento?

    Hahn se movió incómodo en la silla.

    — Lo siguen prometiendo. En cuanto las condiciones se estabilicen…
    — ¿Cuándo ocurrirá eso?
    — No lo sé. Supongo que lo dicen por decir algo.
    — ¿Qué pasa con la comuna marciana? —preguntó Sid Hutchett—. ¿Han estado infiltrando agentes en la Tierra?
    — La verdad es que no lo sé —murmuró Hahn—. No tenemos muchas noticias de Marte.
    — ¿Qué me puedes contar del Producto Global Bruto? —quiso saber Mel Rudiger—. Me interesa la curva. ¿Sigue en el mismo nivel o ha empezado a bajar?

    Hahn se tocó pensativo una oreja.

    — Creo que empieza lentamente a descender. Sí, a descender.
    — Pero ¿en qué cifra está el índice? —preguntó Rudiger—. El último dato que tuvimos, para el año 2025, era que estaba en 909. Pero en cuatro años…
    — Ahora podría andar por 875 —dijo Hahn—. No estoy muy seguro.

    A Barrett le pareció un poco raro que un economista hablara de manera tan imprecisa sobre las estadísticas económicas básicas. Claro que no sabía cuánto tiempo había estado preso Hahn antes de que le aplicaran el Martillo. Quizá lo que ocurría era que sencillamente no estaba al día con los números. Barrett guardó silencio.

    Charley Norton le apuntó con un índice pequeño y grueso y dijo:

    — Háblame de los derechos legales básicos de los ciudadanos hoy en día. ¿Rige de nuevo el hábeas corpus? ¿Y la orden de registro? ¿Qué pasa con la acumulación de pruebas sin conocimiento del acusado?

    Hahn no supo responder.

    Rudiger le preguntó sobre el impacto del control climático: si el gobierno supuestamente conservador de libertadores, dedicado a mantener los derechos de los gobernados contra los abusos de los gobernantes, seguía imponiendo el clima programado a los ciudadanos.

    Hahn no estaba seguro.

    Hahn no pudo dar demasiados detalles sobre las funciones de la judicatura, ni si había recuperado algo del poder que le habían quitado con el Acta Habilitante de 2018. No tenía nada que comentar sobre el difícil tema del control demográfico. No tenía mucho que decir sobre los tipos impositivos. De hecho, su actuación fue notable por la falta de información concreta.

    Charley Norton se acercó al callado Barrett.

    — No dice absolutamente nada que valga la pena —refunfuñó—. El primer hombre que recibimos en seis meses, y es una almeja. Está poniendo una cortina de humo. No sé si es que sabe y no cuenta o si sencillamente no sabe.
    — A lo mejor no es muy brillante —sugirió Barrett.
    — Entonces ¿qué hizo para que lo enviaran aquí? Debe de haber estado muy comprometido en algo. Pero no se le nota, Jim. Es un chico inteligente, pero no parece relacionado con nada de lo que nos interesaba a nosotros.

    Doc Quesada propuso una idea.

    — Supongamos que este chico no es un político. Supongamos que ahora mandan aquí un tipo diferente de prisioneros. Por ejemplo, a los que matan con hachas. Un chico callado que con toda tranquilidad sacó un láser y descuartizó a dieciséis personas un domingo por la mañana. Por supuesto, no le interesa la política.
    — Y se hace pasar por economista —dijo Norton— porque no quiere que sepamos el motivo de su envío a la Estación.

    Barrett dijo que no con la cabeza.

    — Lo dudo. Creo que no cuenta cosas porque es tímido o porque se siente incómodo. Recuerda que es la primera noche que pasa en este sitio. Acaban de echarlo de su mundo, al que nunca podrá volver, y eso duele. Quizá dejó allá a una mujer y a un hijo. Esta noche quizá no tenga el menor interés en estar ahí sentado entre todos esos personajes, hablando de abstracciones filosóficas; lo más probable es que quiera irse a llorar solo. Yo digo que tendríamos que dejarlo en paz. Hablará cuando tenga ganas.

    Quesada parecía convencido. Después de un rato, Norton arrugó la frente y dijo: — Muy bien. Quizá tengas razón.

    Barrett no dijo a nadie más lo que pensaba de Hahn. Dejó que lo siguieran interrogando hasta que la reunión perdió interés porque el nuevo resultaba un sujeto poco satisfactorio. Los hombres empezaron a marcharse. Un par de ellos fueron a la habitación trasera a convertir las vagas generalidades y los comentarios evasivos de Hahn en el artículo principal de las siguientes ediciones manuscritas del Times de la Estación Hawksbill: Rudiger se subió a una mesa y gritó que salía de pesca esa noche, y cuatro hombres se adelantaron para acompañarlo. Charley Norton buscó a su habitual compañero de discusiones, el nihilista Ken Belardi, y reabrió, cómo una herida purulenta, su debate sobre las relativas ventajas y desventajas de la planificación y el liberalismo económico, debate que a esas alturas los aburría a más no poder, pero que no podían terminar. Empezaron las partidas nocturnas de ajedrez estocástico. Los solitarios que esa noche habían interrumpido sus rutinas con la visita al edificio principal, nada más que para ver al nuevo y oír sus novedades, volvieron a sus chozas a hacer lo que hacían en ellas solos, cada noche.

    Hahn se quedó a un lado, inquieto e inseguro.

    Barrett se le acercó y ensayó una rápida e incómoda sonrisa.

    — No querías que te hicieran preguntas esta noche, ¿verdad? —dijo. Hahn parecía triste.
    — Siento no haber sido más informativo. Lo que ocurre es que he estado un tiempo fuera de circulación.
    — Por supuesto. Lo entiendo. —Barrett también había estado fuera de circulación durante bastante tiempo antes de que decidieran enviarlo a la Estación Hawksbill: Dieciséis meses en una cámara de interrogatorios, y sólo una visita durante esos dieciséis meses. Jack Bernstein había ido a verlo con bastante frecuencia. El bueno de Jack. Después de más de veinte años, Barrett no había olvidado ni una sílaba de aquellas conversaciones. El bueno de Jack. O Jacob, como prefería que lo llamaran entonces. Barrett dijo—: Tú eras políticamente activo, ¿o me equivoco?
    — Sí, claro —dijo Hahn—. Por supuesto. —Se pasó la lengua por los labios—. ¿Qué se supone que va a ocurrir ahora?
    — Nada en particular. Aquí no tenemos actividades organizadas. Cada hombre hace lo que quiere: la comunidad anarquista perfecta. En teoría.
    — ¿La teoría se cumple?
    — No muy bien —admitió Barrett—. Pero tratamos de hacer como si funcionara, e igual nos apoyamos mutuamente cuando es necesario. Doc Quesada y yo vamos ahora a visitar a los enfermos. ¿Te interesaría acompañarnos?
    — ¿En qué consiste esa visita? —preguntó Hahn. —En ver a los casos peores. En ayudar y consolar sobre todo las causas perdidas. Puede ser deprimente, pero tendrás enseguida una visión panorámica de la Estación Hawksbill. Pero si prefieres, puedes…
    — Me gustaría ir.
    — Muy bien.

    Barrett llamó por señas a Quesada, que vino desde el otro lado de la habitación. Los tres salieron juntos del edificio. Era una noche templada y húmeda. A lo lejos, sobre el Atlántico, resonaban los truenos, y el océano oscuro golpeaba contra la obstinada cadena rocosa que lo separaba de las aguas del Mar Interior.

    La visita a los enfermos era para Barrett un ritual nocturno, a pesar de las dificultades que le creaba desde que se había lastimado el pie. Hacía años que no faltaba a la cita. Antes de acostarse recorría la Estación visitando a los locos y a los psicópatas y a los catatónicos, arropándolos, deseándoles que durmieran bien y que despertaran con la mente curada. Alguien tenía que mostrarles que se preocupaba por ellos. Y ese alguien era Barrett.

    Afuera, Hahn miró la luna. Esa noche casi estaba llena, y brillaba como una moneda bruñida, con la cara de un color salmón pálido y casi sin marcas.

    — Aquí se la ve diferente —dijo Hahn—. Los cráteres… ¿Dónde están los cráteres?
    — La mayoría todavía no se han formado —le explicó Barrett—. Mil millones de años es mucho tiempo hasta para la luna. La mayoría de los levantamientos geológicos quedan todavía en el futuro. También creemos que puede tener todavía una atmósfera. Por eso la vemos rosada. Y si tiene atmósfera, vaporiza la mayoría de los meteoros que chocan contra ella, así que no se abren muchos cráteres. Por supuesto, los de Arriba no se han preocupado de mandarnos muchos elementos para hacer observaciones astronómicas. Sólo nos queda hacer suposiciones.

    Hahn empezó a decir algo. Se interrumpió después de la primera sílaba.

    — No te contengas —dijo Quesada—. ¿Qué ibas a sugerir? Hahn soltó un bufido, como burlándose de sí mismo.
    — Que fueran allí a averiguarlo. Me resultó extraño que se pasaran todos esos años especulando si la luna tiene o no tiene atmósfera en vez de ir allí a mirar. Pero me olvidé.
    — Qué útil sería que la gente de Arriba nos mandara una nave —reconoció Barrett—. Pero no se les ha ocurrido. Sólo nos queda mirar y adivinar. Supongo que la luna es un sitio popular en 2029.
    — Es el centro turístico más grande del sistema.
    — Empezaban a crearlo cuando vine aquí —dijo Barrett—. Sólo funcionarios. Un campamento de descanso para los burócratas metidos en el complejo militar que había allí.
    — Lo abrieron para una elite no gubernamental antes de mi proceso —dijo Quesada—. Eso fue en 2017 o en el 2018.
    — Ahora es un centro turístico comercial —dijo Hahn—. Pasé allí la luna de miel. Leah y yo…

    Calló de nuevo.

    — Ésta es la choza de Bruce Valdosto —se apresuró a decir Barrett—. Val es un viejo revolucionario que más o menos creció conmigo. Estuvo más tiempo que yo en la clandestinidad. No lo enviaron aquí hasta 2022. —Barrett continuó hablando mientras abría la puerta—: Se derrumbó hace unas semanas, y está mal. Cuando entremos, Hahn, quédate detrás para que no te vea. Podría ser violento con un extraño. Val es imprevisible.

    Valdosto era un hombre fornido de casi cincuenta años, con piel morena, pelo negro rizado y los hombros más anchos que jamás había tenido un hombre. Sentado parecía aún más corpulento que Jim Barrett, lo que era mucho decir. Pero Valdosto tenía piernas cortas, las piernas de un hombre de estatura normal clavadas en el tronco de un gigante, lo que estropeaba del todo el efecto cuando se levantaba. Mientras vivía Arriba, a Valdosto le podrían haber puesto un par diferente de piernas. Pero en aquellos años se había negado por completo a que le colocaran prótesis. Quería sus propias piernas, aunque fueran nudosas y desproporcionadas. Creía que había que convivir con las deformidades y adaptarse a ellas.

    En ese momento estaba amarrado a un catre de gomaespuma. Tenía la frente abultada moteada con gotas de sudor, y sus ojos relucían como mica en la oscuridad. Valdosto era un hombre muy enfermo. Una vez había tenido lucidez suficiente como para arrojar una bomba de aguanieve en una reunión del consejo de síndicos, lo que les produjo un grave envenenamiento gamma, pero ahora casi no podía distinguir el arriba del abajo, la derecha de la izquierda. A Barrett le impresionaba ver el deterioro de Valdosto. Hacía más de treinta años que lo conocía, y esperaba que esa imagen de Valdosto no prefigurara su propia decadencia.

    El aire en la choza era húmedo, como si debajo del techo flotara una nube de sudor. Barrett se inclinó sobre el enfermo.

    — ¿Cómo estás, Val? —preguntó.
    — ¿Quién eres?
    — Jim. Tenemos una noche preciosa, Val. Llovió un poco, pero ya paró, y salió la luna. ¿Qué te parece si sales a tomar un poco de aire fresco? Casi hay luna llena.
    — Tengo que descansar. Mañana, la reunión del comité…
    — Se ha postergado.
    — Pero ¿cómo? La Revolución…
    — También se ha postergado. De manera indefinida.

    Los músculos de las mejillas de Valdosto se estremecieron.

    — ¿Están disolviendo las células? —preguntó con dureza.
    — Aún no lo sabemos. Esperamos órdenes; y mientras no lleguen podríamos ir a sentarnos un rato afuera. El aire te hará bien, Val.
    — Hay que matar a todos esos cabrones. Es la única manera —murmuró Valdosto—. ¿Quién les dijo que podían gobernar el mundo? Una bomba en la cara… una buena bomba de aguanieve, un dispositivo de fragmentación cargado de radiación…
    — Tranquilo, Val. Ya habrá tiempo para tirar bombas. Te vamos a sacar del catre.

    Sin dejar de murmurar, Valdosto permitió que lo desataran. Quesada y Barrett lo ayudaron a levantarse y esperaron a que recuperara el equilibrio. Se lo veía muy inestable, cambiando el peso de una pierna a la otra, flexionando las enormes pantorrillas torcidas. Después de un rato Barrett le agarró un brazo y lo metió por la puerta de la choza. Vio a Hahn allí de pie en las sombras, con cara de angustia.

    Ahora estaban todos fuera de la choza. Barrett señaló la luna.

    — Allí está. Qué bonito color tiene, ¿verdad? No como la cosa muerta que brilla Arriba. Y mira aquello, Val. El mar que rompe en la costa rocosa. Rudiger está pescando. Veo su lancha a la luz de la luna.
    — Lubinas rayadas —dijo Valdosto—. Róbalos. Sí, quizá pesque algunos róbalos.
    — Aquí no hay róbalos. Todavía no han evolucionado.

    Barrett metió la mano en el bolsillo y sacó algo arrugado y duro y lustroso, de unos cinco centímetros de largo. Era el exoesqueleto de un pequeño trilobites. Se lo ofreció a Valdosto, que lo rechazó con un brusco movimiento de cabeza.

    — No me des ese cangrejo torcido.
    — Es un trilobites, Val. Un animal extinto, como nosotros, que vivimos mil millones de años antes de nuestra época.
    — Debes de estar loco —dijo Valdosto, sin levantar la voz, en un tono tranquilo que no se correspondía' con aquellos ojos desorbitados: Sacó el trilobites de la mano de Barrett y lo arrojó contra las piedras—. Cangrejo torcido —murmuró. Después agregó—: A ver, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué tenemos que seguir esperando? Vayamos mañana a buscarlos. Primero a Bernstein, ¿de acuerdo? Él es el peligroso. Y después a los otros. Uno a uno, tendremos que deshacernos de ellos, echarlos de este mundo para que vuelva a ser un sitio seguro. Estoy cansado de esperar. No aguanto más, Jim. ¿Jim? Eres tú, ¿verdad? Jim… Barrett…

    Por el mentón de Valdosto corría un hilo de saliva, y Quesada hizo un gesto de tristeza. El terrorista se puso en cuclillas, quejándose en voz baja, apretando las rodillas hinchadas contra la roca. Sus manos arañaron la superficie árida, buscando sin éxito suficiente tierra como para reunir un puñado. Quesada lo ayudó a levantarse, y él y Barrett llevaron de nuevo al enfermo dentro de la choza. Valdosto no protestó cuando el médico le apretó la cápsula sedante contra el brazo y la activó. Su mente cansada, rebelándose con todas sus fuerzas contra la monstruosa idea de que lo habían desterrado para siempre en un pasado inconcebiblemente remoto, aceptó el sueño sin reservas.

    Al salir de nuevo, Barrett vio a Hahn con el trilobites en la mano, mirando maravillado el extraño ser. Hahn ofreció devolvérselo, pero Barrett, lo rechazó con un ademán.

    — Guárdalo si te gusta —dijo—. Dónde lo encontré hay más. Muchos. Se pusieron otra vez en marcha.

    Encontraron a Ned Altman junto a su choza, en cuclillas y dando forma con las manos a una figura tosca y torcida que, por los bultos exagerados donde tendrían que estar los pechos y las caderas, parecía la imagen de una mujer. Al verlos sé levantó de un salto. Altman era un hombre pequeño y pulcro, de pelo muy rubio y ojos celestes. A diferencia de todos los demás habitantes de la Estación, él había sido funcionario del régimen en una época, hacía quince años, hasta que entendió la falsedad del capitalismo sindicalista e ingresó en una de las facciones clandestinas. Con su privilegiada perspectiva de las operaciones gubernamentales, la intervención de Altman había tenido un valor incalculable para la clandestinidad, y el gobierno había trabajado mucho para encontrarlo y enviarlo a ese sitio. Ocho años en la Estación Hawksbill lo habían afectado.

    Altman señaló su golem de barro y dijo:

    — Hoy esperaba que con la lluvia cayesen rayos. Eso sería la solución. El soplo de vida. Pero me parece que en esta época del año, aunque llueva, hay pocos relámpagos.
    — Pronto tendremos tormentas eléctricas —dijo Barrett.

    Altman asintió con entusiasmo.

    — Y entonces le caerá un rayo y cobrará vida y echará a andar. En ese momento necesitaré tu ayuda, doctor. Necesitaré que le des algunas inyecciones y la estilices un poco.

    Quesada esbozó una sonrisa forzada.

    — Con mucho gusto, Ned. Pero ya sabes las condiciones.
    — Claro. Cuando yo termine, es tuya. ¿Acaso crees que me gusta el maldito monopolio? Hay que ser justos. La compartiré. Habrá una lista de espera. Pero no quiero que nadie se olvide de que la hice yo. Cada vez que la necesite, será mía. —Por primera vez, Altman advirtió la presencia de Hahn—. Tú ¿quién eres?
    — Un nuevo prisionero —explicó Barrett—. Lew Hahn. Llegó esta tarde.
    — Me llamo Ned Altman —dijo Altman con una elegante reverencia—. Ex funcionario del gobierno. Qué joven eres, ¿verdad? Ese color en las mejillas. ¿Qué orientación sexual tienes, Lew? ¿Hetero?

    Hahn hizo una mueca.

    — Sí, lo siento.
    — Está bien. Puedes relajarte. No te tocaré. Ya superé esa etapa y tengo un proyecto en marcha. Sólo quiero que sepas, si eres hetero, que te pondré en la lista. Eres joven y probablemente tengas más necesidades que algunos de nosotros. Aunque seas nuevo no me olvidaré de ti, Lew.
    — Eres muy amable —dijo Hahn.

    Altman se arrodilló. Pasó las manos con delicadeza por las curvas de aquella tosca figura, deteniéndose en los afilados pechos cónicos, dándoles forma, tratando de alisarlos. Era como si estuviera acariciando la vibrante carne de una mujer verdadera.

    Quesada tosió.

    — Ned, me parece que tendrías que descansar un poco. Quizá mañana caigan rayos.
    — Ojalá.
    — Vamos, entonces. Levántate.

    Altman no se resistió. El médico lo llevó dentro de la choza y lo acostó. Barrett y Hahn se quedaron afuera y examinaron la obra de aquel hombre. Hahn señaló el centro de la figura.

    — Parece que no le puso algo esencial, ¿verdad? —comentó—. Si piensa hacer el amor con esta chica cuando termine de crearla, tendría que…
    — Ayer estaba ahí —dijo Barrett—. Debe de haber empezado otra vez a cambiar de orientación sexual. Quesada salió de la choza de Altman con una expresión sombría. Los tres echaron a andar por el sendero rocoso.

    Esa noche Barrett no hizo el recorrido completo. Generalmente habría ido hasta la choza de Don Latimer, sobre el mar, pues Latimer, con su obsesión por encontrar una puerta extrasensorial para huir de la Estación Hawksbill, estaba en su lista de enfermos que necesitaban especial atención. Pero Barrett ya había visitado a Latimer una vez ese día, para presentarle a Hahn, y creía que no debía volver a forzar tan pronto la dolorida pierna sana.

    Así que cuando él y Quesada y Hahn terminaron de visitar todas las chozas más accesibles, dio por terminada la noche. Habían visitado a Gaillard, el hombre que rezaba para que seres de otro sistema solar fueran a rescatarlos de la soledad y el suplicio de la Estación Hawksbill. Habían visitado a Schulz, el hombre que intentaba entrar en un universo paralelo donde todo era como debería ser, una auténtica utopía. Visitaron a McDermott, que no había elaborado ninguna psicosis imaginativa y extravagante, pero que se pasaba todo el tiempo acostado, sollozando, día tras día. Después Barrett se había despedido y permitido que Quesada condujera a Hahn hasta su choza.

    — ¿Está seguro que no quiere que lo acompañemos? —preguntó Hahn, mirando la muleta de Barrett.
    — No. No, estoy bien. Podré llegar sólo.

    Se separaron. Barrett empezó a subir por la cuesta rocosa.

    Llevaba medio día observando a Hahn. Y no sabía sobre él mucho más que cuando había caído en el Yunque. Eso era raro. Pero quizá Hahn se abriera un poco más después de pasar allí un tiempo y darse cuenta de que ésos eran los únicos compañeros que tendría por el resto de su vida. Barrett miró la luna de color salmón y por costumbre metió la mano en el bolsillo para acariciar el pequeño trilobites, y entonces recordó que se lo había dado a Hahn. Arrastrando los pies, caminó hasta la choza. ¿Cuánto tiempo haría que Hahn había pasado allí arriba la luna de miel?


    6


    Jim Barrett había empleado dos años de duro trabajo en dar a Janet la imagen adecuada. No quería forzar en ella ningún cambio, porque sabía que eso garantizaría el fracaso. Su labor era más sutil, e incluía algunas de las tácticas de persuasión indirecta que había aprendido de Norm Pleyel. Todo eso funcionó. Janet nunca llegó a ser verdaderamente hermosa, pero por lo menos dejó de rendir culto al desaliño. Y el cambio fue considerable. Barrett se marchó de casa y empezó a vivir con ella a los diecinueve años. Ella tenía veinticuatro, pero eso no importaba.

    Para entonces había llegado la revolución, y la contrarrevolución estaba en camino.

    La desintegración, cumpliendo con la predicción del ordenador de Edmond Hawksbill, se produjo tal como estaba previsto a finales de 1984, jubilando un sistema político que había celebrado un muy sombrío bicentenario sólo ocho años antes. El sistema sencillamente había dejado de funcionar y, como era de suponer, los que desde hacía mucho tiempo desconfiaban del proceso democrático fueron a ocupar el vacío. La Constitución de 1985 había sido pensada aparentemente como un documento provisional, y con ella surgió un gobierno temporal que supervisaría la restauración de las libertades civiles en Estados Unidos y después se desvanecería. Pero a veces las constituciones provisionales y los gobiernos temporales no se desvanecen cuando tienen que hacerlo.

    Bajo el nuevo sistema, un Consejo de Síndicos de dieciséis hombres dirigido por un canciller desempeñaba la mayoría de las funciones gubernamentales. Esos nombres eran extraños en un país acostumbrado desde hacía mucho tiempo a presidentes, senadores, secretarios de Estado y cosas parecidas. La gente había tenido la sensación de que todos esos cargos eran eternos e inmutables, y de repente dejaban de serlo porque habían introducido una nueva retórica de mando en sustitución de las palabras conocidas. El cambio fue rotundo en los niveles más altos; la burocracia y la administración apenas sufrieron transformaciones para evitar que la nación se derrumbara.

    Los nuevos gobernantes eran una extraña mezcla. No se les podía llamar ni conservadores ni liberales en el sentido que se había dado a esos términos durante casi todo el siglo xx. Creían en una filosofía activista del Estado, que privilegiase las obras públicas y la planificación central, lo que quizá permitiría calificarlos de marxistas o al menos de liberales del New Deal. Pero también creían en la represión del disenso en nombre de la armonía, cosa que nunca había hecho el New Deal, aunque era inherente a las perversiones del marxismo leninista—estalinista—maoísta. Por otra parte, la mayoría eran capitalistas recalcitrantes, que insistían en la supremacía del sector empresarial de la economía y dedicaban muchas energías a restablecer el clima del comercio de, digamos, 1885. En cuanto a las relaciones exteriores, eran abiertamente reaccionarios, aislacionistas y anticomunistas hasta el extremo de la xenofobia., Aquélla era, para decirlo con suavidad, una filosofía estatal muy variopinta.

    — No es ni siquiera una filosofía —sostuvo Jack Bernstein, descargando un puño en la palma de la mano—. Es apenas una pandilla de hombres duros que por casualidad encontraron un vacío de poder y lo ocuparon. No tienen ningún programa de gobierno: Se limitan a hacer lo que les parece necesario para perpetuarse en el poder y que las cosas no vuelvan a estallar. Se han apoderado del gobierno y ahora improvisan día a día.
    — Entonces están condenados al fracaso—dijo Janet con voz suave—. Sin una visión central de gobierno, un bloque de poder cae con seguridad, tarde o temprano. Cometerán errores críticos, y descubrirán que no pueden evitar el abismo.
    — Llevan tres años en el poder —dijo Barrett—. No hay nada que indique que van a caer. Diría que son más fuertes que nunca. Se van a quedar ahí mil años.
    — No —insistió Janet—. Van en una trayectoria autodestructiva. Pueden ser otros tres años, pueden ser diez, puede ser apenas cuestión de meses, pero fracasarán. No saben lo que hacen. No se puede unir el capitalismo de McKinley con el socialismo de Roosevelt y llamar a la suma capitalismo sindicalista y pensar que con eso se puede gobernar un país del tamaño del nuestro. Es inevitable…
    — ¿Quién dice que Roosevelt era socialista? —preguntó alguien desde el fondo de la habitación.
    — Tema secundario —advirtió Norman Pleyel—. No entremos en temas secundarios.
    — Discrepo con Janet —dijo Jack Bernstein—. No creo que el actual gobierno sea inherentemente inestable. Como dice Barrett, es más fuerte que nunca. Y nosotros aquí hablando. Hablábamos mientras se apoderaban del poder, y seguimos hablando durante otros tres años…
    — No sólo hemos hablado —lo interrumpió Barrett.

    Bernstein iba y venía por la habitación, encorvado, tenso, cargado de energía interior.

    — ¡Volantes! ¡Peticiones! ¡Manifiestos! ¡Convocatorias para huelgas! ¿Para qué sirvió todo eso? ¿Para qué? —A los diecinueve años Bernstein no era más alto que en el año de la gran conmoción, pero le había desaparecido de la cara la gordura de bebé. Era delgado, descarnado, con pómulos salvajes y piel cetrina sobre la que las marcas y cicatrices de la enfermedad cutánea brillaban como faros. Ahora usaba un descuidado bigote. Bajo la presión de los acontecimientos, todos se estaban transformando; Janet había perdido la grasa a fuerza de dietas, Barrett se había dejado crecer el cabello, y hasta el imperturbable Pleyel tenía ahora una barba rala que acariciaba como si fuera un talismán. Bernstein fulminó con la mirada al pequeño grupo reunido en el apartamento que compartían Barrett y Janet—. ¿Sabéis por qué este gobierno ilegal ha sido capaz de mantenerse en el poder? Por dos razones. Primero, tiene una red inmoral de policía secreta con la que reprime a la oposición. Segundo, tiene el firme control de todos los medios de comunicación, con lo cual se perpetúa persuadiendo a los ciudadanos de que no les queda otra alternativa que apoyar al sindicalismo. ¿Sabéis lo que va a pasar en otra generación? ¡Esta nación y el sindicalismo estarán tan firmemente unidos que no se separarán durante siglos!
    — Imposible, Jack —dijo Janet—. Para mantenerse, un sistema de gobierno necesita algo más que una policía secreta.
    — Cállate y déjame terminar —dijo Bernstein. Las palabras de Bernstein fueron un gruñido. Ya casi nunca se cuidaba de ocultar su intenso odio hacia Janet. Cuando estaban en la misma habitación, bastante a menudo dadas las circunstancias, se veían volar las chispas.
    — Muy bien, adelante. Termina.

    Bernstein aspiró hondo.

    — Este país es en esencia conservador —dijo—. Siempre lo ha sido. Siempre lo será. La Revolución de 1776 fue una revolución conservadora en defensa de los derechos de propiedad. En los doscientos años siguientes no hubo aquí cambios fundamentales en la estructura política. Francia tuvo una revolución y seis, siete constituciones, Rusia tuvo una revolución, Alemania e Italia y Austria se convirtieron' en países totalmente diferentes, y hasta Inglaterra cambió calladamente toda su organización, pero Estados Unidos no se movió. Sí, ya sé que hubo cambios en la ley electoral, pequeños retoques, y que se amplió el derecho de voto a las mujeres y a los negros, y que gradualmente se aumentaron los poderes del presidente, pero todo eso estaba dentro del marco original. Y en las escuelas se enseñó a los niños que en ese marco había algo sagrado. Era un factor de estabilidad incorporado: los ciudadanos querían que el sistema no cambiase porque siempre había sido así, etcétera, etcétera, en un eterno círculo. Esta nación no podía cambiar porque no tenía capacidad para cambiar. Se le había enseñado a odiar el cambio. Por eso los presidentes en ejercicio eran siempre reelectos a menos que fueran un verdadero desastre. Por eso la constitución fue enmendada quizá sólo veinte veces en dos siglos. Por eso cada vez que aparecía un hombre que quería cambiar las cosas en serio, como Henry Wallace, como Goldwater, era aniquilado por la estructura del poder. ¿Alguien estudió la elección de Goldwater? Supuestamente era un conservador, ¿no es así? Pero perdió, ¿y quién lo combatió con verdadera dureza sino los conservadores, que sabían que era un radical y temían la llegada de un radical al poder?
    — Jack, me parece que exageras la…
    — Maldita sea, déjame terminar. —Bernstein tenía la cara roja. El sudor le corría por las mejillas demacradas—. Fue un país condicionado desde el nacimiento para evitar cambios fundamentales. Pero finalmente un gobierno se comprometió demasiado y perdió el control, y se metieron en él los radicales y cambiaron tanto las cosas que todo se desmoronó y sufrimos la crisis constitucional de 1982—1984, y después el golpe sindicalista. El golpe fue tan traumático que millones de personas todavía no se han recuperado. Abren los periódicos y ven que ya no hay presidente, sino algo llamado canciller, y en vez del Congreso aprobando leyes hay un Consejo de Síndicos, y se preguntan qué son esos extraños nombres, en qué país estamos; no puede ser en el viejo Estados Unidos de Norteamérica, ¿verdad? Pero sí. Y se sienten tan aturdidos que enferman más y creen que son erizos. Muy bien. Muy bien. Pero la discontinuidad se ha producido. El viejo sistema ha sido reemplazado por algo nuevo. Los niños siguen naciendo. Las escuelas están abiertas y los maestros enseñan lo que es el sindicalismo, porque saben muy bien que tienen que enseñar eso si quieren conservar el empleo. Hoy los alumnos de quinto grado piensan que los presidentes son dictadores peligrosos. Sonríen ante los enormes tridims del canciller Arnold todas las mañanas. Los de tercer grado ni siquiera saben qué eran los presidentes. Dentro de diez años, esos niños serán adultos. Dentro de veinte dirigirán la sociedad. Tendrán, como siempre han tenido los adultos norteamericanos, un gran interés en el statu quo, y para ellos el statu quo serán los sindicalistas. ¿No lo veis? ¿No lo veis? ¡Si no nos apropiamos de los niños que están creciendo, perderemos! Los sindicalistas se apropian de ellos, los educan para que piensen que el sindicalismo es verdadero y bueno y hermoso, y cuanto más dure eso, más durará. Es algo que se autoperpetúa. Aquel que quiera volver a la vieja constitución, o que quiera enmendar la nueva, pasará por un radical peligroso, y los sindicalistas serán los chicos agradables, seguros, conservadores que siempre hemos tenido y que siempre queremos. Al llegar a ese punto, todo se habrá acabado para siempre. — Bernstein hizo una pausa—. Quiero beber algo. ¡Rápido!

    La voz suave de Pleyel se oyó por encima del fuerte alboroto.

    — Muy buen razonamiento, Jack. Pero me gustaría oír alguna sugerencia tuya, algún plan de la acción positiva.
    — Tengo muchas sugerencias —dijo Bernstein—. Y todas empiezan por descartar la estructura contrarrevolucionaria que hemos montado. Usamos métodos apropiados para 1917, o quizá para 1848, y los sindicalistas usan métodos de 1987 y nos están matando. Nosotros seguimos entregando volantes y pidiendo que la gente firme peticiones. Y ellos tienen los canales de televisión, toda la maldita red de comunicaciones convertida en una enorme cadena de propaganda… Y las escuelas. —Levantó una mano y se puso a contar programas con los dedos—. Uno. Encontrar los medios electrónicos para entrar en los canales informáticos y otros medios para interferir en la propaganda del gobierno. Dos. Meter nuestra propia propaganda cuando sea posible, no en forma impresa sino en los medios. Tres. Organizar un cuadro de niños inteligentes de diez años para sembrar el descontento en quinto grado. ¡Y basta de risitas! Cuatro. Un programa de asesinatos elegidos para quitar…
    — ¡Un momento! —dijo Barrett—. Nada de asesinatos.
    — Jim tiene razón —dijo Pleyel—. El asesinato no es un método válido de discurso político. Además, es inútil y contraproducente, porque lleva al primer plano a líderes nuevos y más hambrientos, y convierte a los villanos en mártires.
    — Allá tú. Me pediste sugerencias. Mata a diez síndicos y estaremos mucho más cerca de la libertad, pero como quieras. Cinco. Formula un plan coherente y esquemático para la toma del gobierno, por lo menos tan bien definido y organizado como el que usó la pandilla sindicalista en 1984—1985. Es decir, averigua cuántos hombres hacen falta en los puntos clave, qué clase de trabajo habría que hacer para apoderarse de los medios de comunicación, cómo podemos inmovilizar a las autoridades existentes, cómo podemos inducir deserciones estratégicas en el estado mayor de las fuerzas armadas. Los sindicalistas usaron para eso ordenadores. Lo menos que podemos hacer es imitarlos. ¿Dónde está nuestro plan maestro? Supongamos que el canciller Arnold renuncia mañana y dice que entrega el país al movimiento clandestino. ¿Seríamos capaces de formar un gobierno o terminaríamos como un montón de células fragmentadas que sólo saben soltar—teorías caducas?
    — Hay un plan maestro, Jack —dijo Pleyel—. Estoy en contacto con muchos grupos.
    — ¿Un plan programado con ordenadores? —insistió Bernstein.

    Pleyel levantó las largas manos de manera elocuente. Prefería no responder.

    — Así tendría que ser —dijo Bernstein—. Contamos en nuestro grupo con un hombre que es el genio matemático más grande desde Descartes. Hawksbill tendría que estar preparando todo eso. Pero ¿dónde demonios se ha metido?
    — No viene mucho por aquí últimamente —dijo Barrett.
    — Ya lo sé. Pero ¿por qué?
    — Está ocupado, Jack. Tratando de construir una máquina del tiempo o algo por el estilo.

    Bernstein se quedó boquiabierto. De su garganta brotó un chorro de risa áspera y amarga.

    — ¿Una máquina del tiempo? ¿Quieres decir una cosa de verdad para viajar de manera literal por el tiempo?
    — Creo que es eso lo que dijo —musitó Barrett—. No lo dijo exactamente con esas palabras. No soy matemático y no pude entender mucho de lo que decía, pero…
    — Eso es lo que tú consideras un genio. —Bernstein hizo crujir los nudillos con furia—. Una dictadura en el poder, la policía secreta que detiene a gente todos los días, la situación que empeora todo el tiempo y él ahí sentado inventando máquinas del tiempo. ¿Dónde tiene el sentido común? Si quiere ser inventor, ¿por qué no inventa algo para echar al gobierno?
    — Quizá esa máquina nos sirva para algo —dijo Pleyel con voz suave. Si pudiéramos, por ejemplo, retroceder en el tiempo hasta 1980 o 1982, y tomar las medidas correctivas necesarias para impedir las causas de la crisis constitucional…
    — ¿Hablas en serio? —preguntó Bernstein—. Mientras se desarrollaba la crisis, nosotros nos quedamos sentados lamentando el triste estado del cosmos, y finalmente lo que todos habíamos pronosticado ocurrió, y no habíamos hecho absolutamente nada para impedirlo. Y ahora hablas de subir a una loca máquina del tiempo e ir a cambiar el pasado. No lo puedo creer. No lo puedo creer.
    — Sabemos mucho más sobre los vectores de la revolución, Jack —dijo Pleyel—. Quizá funcione.
    — Con asesinatos selectivos, puede ser. Pero ya has descartado el asesinato como forma de discurso político. ¿Qué harás entonces con la máquina de Hawksbill? ¿Mandar a Barrett a 1980 a agitar banderas en las concentraciones? Ay, qué locura. Todo esto me está dando asco. Creo que voy a tener que ir a Union Square a vomitar.

    Salió corriendo de la habitación.

    — Es inestable —le dijo Barrett a Pleyel—. Casi echaba espuma por la boca. ¿Sabes una cosa? Ojalá se fuera del movimiento. Uno de estos días se indignará tanto con nuestra inflexibilidad que nos denunciará a todos a la policía secreta.
    — Lo dudo, Jim. Claro que es excitable. Pero también es muy brillante. Genera ideas de todo tipo, algunas sin valor, algunas útiles. Tenemos que soportarle los momentos difíciles porque lo necesitamos. Tú tendrías que saber eso mejor que cualquiera de nosotros, Jim. ¿Acaso no es amigo tuyo de la infancia?

    Barrett negó con la cabeza.

    — Lo que hubo entre Jack y yo no creo que pueda llamarse amistad. De todos modos, eso acabó hace años. Me odia a muerte. Le encantaría verme aplastado en una alcantarilla.

    Poco después se levantó la reunión. Hubo las habituales mociones para investigar las recomendaciones propuestas y el acostumbrado reparto de tareas para preparar informes especiales sobre las conclusiones. Y eso fue todo. Los miembros de la célula contrarrevolucionaria salieron de la habitación. Finalmente sólo quedaron Janet y Barrett, vaciando los ceniceros y acomodando las sillas.

    — Esta noche daba miedo ver a Jack —dijo ella—. Parecía poseído por los demonios. Podría haber hablado durante horas sin titubear.
    — En lo que decía había algo de razón.
    — Algo, sí, Jim. Por ejemplo, habría que planear las cosas de manera más detallada, y aprovechar mejor a Ed Hawksbill. Pero lo que me asustó no fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Era como un pequeño demagogo, caminando de un lado para otro, escupiendo las palabras. Imagino que Hitler debía de ser muy parecido cuando estaba empezando. Quizá también Napoleón.
    — Entonces tenemos suerte de que Jack esté de nuestro lado —dijo Barrett.
    — ¿Estás seguro de que es así?
    — ¿Acaso parecía un sindicalista esta noche? Janet juntó unos papeles tirados en el suelo y los metió en el procesador de basura.
    — No, pero me lo imaginé pasando con mucha facilidad al otro lado. Como tú mismo dijiste, es inestable. Brillante pero inestable. Si encontrara la motivación apropiada, sería muy capaz de cambiar de bando. Aquí no está cómodo. Quiere disputar el liderazgo de Pleyel en el grupo, pero teme ofender a Norm, y eso lo frustra, y Jack no es el tipo de persona que encaje bien las frustraciones.
    — Además, nos odia.
    — Sólo nos odia a ti y a mí —dijo Janet—. No creo que tenga nada contra los demás.
    — Todavía.
    — Podría trasladar a todo el grupo el odio que nos tiene —reconoció Janet.

    Barrett frunció el entrecejo.

    — Hace dos años que no puedo hablar racionalmente con él. Siempre aparecen esos tremendos celos. El odio. Todo porque ligué con su novia sin saber lo que hacía. Hay otras mujeres en el mundo.
    — Y además yo nunca fui su novia —dijo Janet—. ¿Aún no te diste cuenta? Salí con él tres, cuatro veces antes de que tú ingresaras en el grupo. Pero nunca hubo nada serio entre él y yo. Nada.
    — Te acostaste con él, ¿verdad?

    Los ojos oscuros y fríos de Janet subieron y quedaron a la altura de los ojos de Jim Barrett.

    — Una vez. Porque me lo suplicó. Fue como dormir con el taladro de un dentista. Nunca más dejé que me tocara. No tenía ninguna relación conmigo. Aunque crea lo contrario, él es el culpable de la situación. Nos presentó.
    — Sí —dijo Barrett—. Me rogó que entrara en el grupo. Me arengó. Me acusó de no tener ningún compromiso con la humanidad, y supongo que no le faltaba razón. Yo no era más que un zopenco de dieciséis años, grande e ingenuo, a quien le gustaban el sexo y la cerveza y los bolos, y que de vez en cuando miraba un periódico y se preguntaba qué demonios significaban todos aquellos titulares. Bueno, Jack se propuso despertar mi conciencia y lo consiguió, y en el camino encontré a una chica, y ahora…
    — Ahora eres un zopenco de diecinueve años, grande e ingenuo, a quien le gustan el sexo y la cerveza y los bolos y las actividades contrarrevolucionarias.
    — Exacto.
    — Así que al demonio con Jack Bernstein —dijo Janet—. Uno de estos días crecerá y dejará de envidiarte, y podremos empezar a trabajar juntos para arreglar el lío en el que se ha metido el mundo. Mientras tanto, concentrémonos en el día a día y hagamos las cosas lo mejor posible. ¿Qué otro camino nos queda?
    — Supongo que tienes razón —dijo Barrett.

    Fue hasta la ventana y tocó el botón del mando. La opacidad fue desapareciendo, y miró a través de la oscuridad hacia la calle, quince pisos más abajo. Del otro lado había estacionados dos coches verde botella de la policía; habían detenido a un pequeño coche eléctrico de color dorado y azul y estaban interrogando al conductor. Desde allí arriba Barrett no podía ver mucho, pero las manifestaciones de inocencia del hombre, que hablaba con voz aguda, llegaban a la ventana. Después de un rato apareció un tercer coche de la policía. Metieron en uno de ellos al hombre, que no dejaba de protestar, y se fueron. Barrett opacó de nuevo la ventana. Mientras se oscurecía y se empañaba, el cristal le mostró el reflejo de Janet, desnuda detrás de él con los hinchados globos de los pechos que subían y bajaban expectantes. Barrett se volvió. Janet era mucho más atractiva ahora que se había quitado todo aquel peso, pero él no encontraba ninguna manera delicada de decírselo sin dar a entender que antes era una cerda.

    — Ven a la cama —dijo ella—. Deja de mirar por la ventana.

    Jim Barrett avanzó hacia ella. Le llevaba más de treinta centímetros, y cuando se detuvo a su lado se vio como un árbol encima de un arbusto. Sus brazos la rodearon, y sintió el suave calor de aquel cuerpo contra el suyo, y mientras se hundían en el colchón imaginó que oía la voz aflautada y furiosa de Jack Bernstein aullando en la noche, y la envolvió y la apretó en un abrazo feroz.


    7


    Lo que Rudiger había pescado estaba exhibido delante del edificio principal a la mañana siguiente cuando Barrett llegó a desayunar. Era evidente que Rudiger había tenido una buena noche de pesca. Casi siempre era así. Rudiger salía al Atlántico tres o cuatro noches por semana si hacía buen tiempo, usando la pequeña lancha que había improvisado hacía unos años con cajones y otros materiales, y llevaba consigo a un equipo de amigos que había adiestrado en el uso de las redes de arrastre. Por lo general volvían con una buena carga de mariscos.

    Resultaba irónico que Rudiger, el anarquista, el hombre que creía profundamente en el individualismo y en la abolición de todas las instituciones políticas, dirigiese tan bien a un equipo de pescadores. A Rudiger no le interesaba la labor de equipo como idea abstracta. Pero pronto había descubierto que le costaba manipular las redes solo, y se había puesto a organizar un pequeño microcosmos social. La Estación Hawksbill tenía muchas pequeñas ironías de ese tipo. Los teóricos políticos —Barrett lo sabía muy bien—tienden a tragarse las teorías cuando se ven forzados por cuestiones pragmáticas de supervivencia.

    La estrella de la pesca era un cefalópodo de unos cuatro metros de largo, un tubo rígido, verdoso y cónico, del que colgaban unos débiles tentáculos anaranjados, como de calamar, que latían de manera espasmódica. Ahí había abundante carne, pensó Barrett. Gomosa pero buena; si uno se acostumbraba. Alrededor del cefalópodo había expuestos docenas de trilobites que variaban desde los_ tres centímetros de largo — especiales para cócteles— hasta un metro, con dermatoesqueletos barrocos y complejos. Rudiger pescaba buscando tanto alimento como conocimientos; esos trilobites eran sin duda descartes, representantes de especies que él ya había estudiado, o no los habría dejado allí para que los metiesen en los depósitos de alimentos. Tenía la choza repleta hasta el techo de trilobites, ordenados y clasificados por género y especie. Reunirlos y analizarlos y escribir sobre ellos ayudaba a Rudiger a conservar la cordura, y a nadie en aquel sitio le molestaba ese pasatiempo.

    Cerca de la pila de trilobites había algunos grupos de braquiópodos articulados parecidos a veneras torcidas, y un montón de caracoles. Las aguas tibias y poco profundas de la plataforma costera, en llamativo contraste con la tierra yerma, estaban llenas de vida invertebrada. Rudiger también había traído un montículo de algas negras brillantes para las ensaladas. Barrett esperaba que alguien juntara todo aquello y lo llevara al refrigerador de la Estación antes de que se estropease. Allí las bacterias de la descomposición actuaban mucho más despacio que Arriba, pero en unas pocas horas deteriorarían lo que había pescado Rudiger. Barrett renqueó hasta la cocina, donde encontró a tres hombres trabajando. Los hombres lo saludaron con un respetuoso movimiento de cabeza.

    — Hay comida delante de la puerta —dijo Barrett—. Rudiger volvió, y descargó todo allí afuera.
    — Podría habérselo dicho a alguien, ¿verdad?
    — Quizá no había nadie aquí a quien decírselo cuando llegó. ¿Lo buscarás y lo pondrás a enfriar?
    — Sí, Jim. Por supuesto.

    Ese día Barrett planeaba reclutar a algunos hombres para la expedición anual al Mar Interior. Tradicionalmente, era una caminata que él siempre había dirigido, pero la herida del pie le impedía siquiera pensar en hacer el viaje ese año. Quizá no podría volver a hacerlo nunca más.

    Todos los años, más o menos una docena de hombres sanos salían en una amplia expedición de reconocimiento. Describían un enorme arco circular serpenteando hacia el noroeste hasta llegar al Mar Interior, y después doblaban hacia el sur y volvían por la franja de tierra firme hasta la Estación. Uno de los propósitos del viaje era reunir toda la basura temporal que hubiese podido materializarse en las cercanías de la Estación durante el último año. Era imposible saber qué margen de error había existido durante las primeras tentativas de montar la Estación, y la técnica de enviar materiales al pasado de manera dispersa había resultado bastante poco precisa.

    Todo el tiempo aparecían materiales nuevos. Su meta era el año —1.000.000.2005 d.C., pero no llegaron hasta unas décadas más tarde. Ahora, en el año —1.000.000.2029 d.C., todavía seguían apareciendo cosas programadas para el primer año de funcionamiento de la Estación. La Estación Hawksbill necesitaba todo el equipo que podía conseguir, y Barrett no perdía ninguna oportunidad para recoger restos de envíos del futuro.

    Pero había otro motivo, más sutil, para hacer esas expediciones al Mar Interior. Eran el centro del año, un ritual anual, algo donde fijar las costumbres. La expedición era el rito de primavera del lugar. Los doce hombres más fuertes, al ir a pie a las lejanas costas rocosas del tibio mar que inundaba el corazón de Norteamérica, cumplían lo que más se acercaba en la Estación Hawksbill a una función religiosa, aunque ellos, al llegar al Mar Interior, no hicieran nada más místico que pescar unos pocos trilobites y comerlos.

    El viaje también significaba más para Barrett de lo que él mismo había sospechado jamás. Ahora que no podía ir, se daba cuenta. Durante años había dirigido todas las expediciones a través de aquel paisaje invariable, monótono, subiendo por cuestas resbaladizas y bajando hacia el mar, los ojos barriendo siempre el horizonte en busca de signos de basura temporal. Guiso de trilobites cocinado en fogatas de medianoche lejos de las deprimentes chozas de la Estación Hawksbill. Un arco iris sobre el mar donde algún día estaría Ohio. El atronador crepitar de los relámpagos distantes, el olor penetrante del ozono en la nariz, la gratificante sensación del dolor muscular al final de un día de marcha. La peregrinación era para Barrett el pivote sobre el que giraba el año. Ver las aguas verdigrises del Mar Interior era como llegar a casa.

    Pero el año anterior Barrett se había ido a escarbar entre los cantos rodados aflojados por la incansable acción de las olas, aventurándose en un territorio peligroso sin ningún motivo racional que pudiera recordar, y los envejecidos músculos lo habían traicionado. Muchas noches se despertaba sudando y temblando para escapar del sueño en el que revivía el desagradable momento: resbalando y deslizándose, arañando las rocas, una masa de piedra se soltó de alguna parte y le cayó angustiosamente sobre un pie, inmovilizándolo, aplastándolo.

    No podía olvidar aquel ruido moliéndole los huesos.

    Tampoco olvidaría la marcha de regreso sobre cientos de kilómetros de piedra lisa bajo un sol inmenso, su voluminoso cuerpo sostenido por las formas inclinadas de sus compañeros. Hasta ese momento nunca había sido una carga para nadie. «Dejadme aquí», había dicho, sin verdadera convicción, y ellos sabían que eso era sólo una manera de disculparse por las molestias que les estaba causando. «No seas tonto», le dijeron, y siguieron llevándolo. Pero para ellos era un gran esfuerzo, y en los momentos en que el dolor le dejaba pensar con claridad se sentía culpable por crearles tantos problemas.

    Era tan corpulento. Si cualquiera de los otros hubiera sufrido un accidente como ése, no habría costado tanto transportarlo. Pero él era el más grande.

    Barrett pensaba que iba a perder el pie. Pero Quesada le había ahorrado la amputación. El pie quedaría en su sitio, pero Barrett no podría apoyarlo en el suelo ni ponerle un peso encima, ni ahora ni nunca. Quizá sería más sencillo que le cortasen ese apéndice muerto; pero Quesada se había opuesto.

    — Quién sabe —había dicho—. A lo mejor un día nos mandan todo lo necesario para hacer trasplantes. Una pierna amputada no puedo reconstruirla. Una vez que te la cortáramos, lo único que podría hacer es ponerte una prótesis, y aquí no hay ninguna prótesis.

    Así que Barrett se había quedado con el pie aplastado. Pero desde el accidente ya no era el mismo. Mientras estaba tendido en la roca reluciente, junto al Mar Interior, había perdido algo más que sangre. Y ahora otra persona tendría que encargarse de dirigir la marcha anual.

    ¿Quién sería?, se preguntó.

    Quesada era el candidato con más posibilidades. Después de Barrett era el hombre más fuerte que había en aquel lugar, en todos los sentidos que importaban. Pero Quesada no podía abandonar sus responsabilidades en la Estación. Quizá vendría muy bien tener a un médico cerca durante el viaje, pero en la Estación era de vital importancia.

    Después de meditarlo, Barrett propuso a Charley Norton como jefe de la expedición. Norton era alegre y hablador y se excitaba con demasiada facilidad, pero en el fondo era un hombre sensato, capaz de inspirar respeto. Barrett agregó a Ken Belardi a la lista: alguien con quien Norton pudiera hablar durante las largas y aburridas horas de caminata. Que siguieran discutiendo; un ballet interminable de posturas fijas.

    ¿Rudiger? Rudiger había sido un gran apoyo durante el viaje del año pasado, después del accidente de Barrett. Él se había hecho cargo de la situación mientras los demás, al ver a su jefe herido, andaban por allí nerviosos y boquiabiertos, mirando hacia el suelo. Pero Barrett no quería dejar que Rudiger se ausentase tanto tiempo de la Estación. Para la expedición necesitaba, por supuesto, hombres capaces, pero no quería reducir la población de la base a inválidos, chiflados y psicóticos.

    Así que Rudiger se quedó. Barrett puso en la lista a dos miembros de su equipo de pesca, Dave Burch y Mort Kasten. Después agregó los nombres de Sid Hutchett y Arny Jean—Claude.

    Barrett pensó en incluir a Don Latimer en el grupo. Latimer estaba ahora en el límite de la cordura, pero cuando no se perdía en sus meditaciones extrasensoriales era bastante racional, y pondría empeño en la expedición. Por otra parte, Latimer era el compañero de vivienda de Lew Hahn, y Barrett quería allí a Latimer para observar a Hahn de cerca. Estuvo pensando en mandar a los dos, pero descartó la idea. Hahn era todavía alguien desconocido. Resultaba demasiado arriesgado permitirle ese año integrar la expedición al Mar Interior. Pero podría ir en el grupo del año siguiente. Sería una tontería no aprovecharse del vigor juvenil de Hahn. Cuando aprendiera el funcionamiento de las cosas, sería un jefe ideal para años futuros.

    Finalmente, Barrett había escogido a una docena de hombres. Una docena bastaría. Escribió sus nombres con tiza en la pizarra, delante del comedor, y entró a buscar a Charley Norton.

    Norton estaba sentado solo, desayunando. Barrett se sentó en el banco frente a él, y realizó la compleja serie de movimientos que constituían su manera de sentarse sin soltar la muleta.

    — ¿Elegiste a los hombres? —preguntó Norton. Barrett dijo que sí con la cabeza.
    — La lista está ahí afuera.
    — ¿Yo voy?
    — Eres el jefe.

    Norton parecía halagado.

    — Eso me suena raro, Jim. Es decir, que no seas tú el que manda…
    — Este año no hago el viaje, Charley:
    — Cuesta acostumbrarse. ¿Quién va?
    — Hutchett. Belardi. Burch. Kasten. Jean—Claude. Y algunos más.
    — ¿Rudiger?
    — No, Rudiger no. Tampoco Quesada, Charley: Los necesito aquí.
    — Muy bien, Jim. ¿Tienes alguna instrucción especial para nosotros?
    — Lo único que pido es que volváis sanos y salvos. —Barrett agarró una botella de agua y la rodeó con las enormes manos—. Quizá tendríamos que suspenderla esta vez. No tenemos a tantos hombres sanos.

    A Norton se le iluminaron los ojos.

    — ¿Qué estás diciendo, Jim? ¿Suspender el viaje?
    — ¿Por qué no? Sabemos lo que hay entre este sitio y el, mar: nada.
    — Pero los objetos…
    — Eso puede esperar. En este momento no andamos escasos de materiales.
    — Jim, nunca te había oído hablar de esa manera. Siempre has sido un gran defensor del viaje. El punto culminante del año, decías. Y ahora…
    — No participo en éste, Charley.

    Norton calló un momento, pero sus ojos no se apartaron de Barrett.

    — De acuerdo —dijo entonces—, no vas. Sé cuánto debes de sufrir por eso. Pero hay aquí otros hombres. Ellos necesitan el viaje. No tienes derecho a suspenderlo sólo porque tú no puedas ir. No es una actividad inútil.
    — Lo siento, Charley —dijo Barrett—. No era ésa mi intención. Claro que se hará el viaje. Estaba hablando de más, otra vez.
    — Debe de ser duro para ti, Jim.
    — Sí. Pero no tanto. ¿Sabes ya por qué ruta irás?
    — Supongo que por la del noroeste. ¿No es ésa la línea habitual de distribución de la basura para los años impares? Y después hacia el Mar Interior. Seguiremos la costa creo que unos ciento cincuenta kilómetros. Y volveremos por el camino de abajo.
    — Muy bien —dijo Barrett.

    En el ojo de su mente vio la superficie rizada de aquel mar poco profundo que se extendía hacia la distante zona de tierra occidental. Año tras año había ido hasta la orilla de aquel mar y mirado hacia el sitio de donde algún día saldría del agua el Medio Oeste. Todos los años había soñado con un viaje por el corazón continental hasta el otro lado. Pero nunca había encontrado tiempo para organizar ese viaje. Y ahora era demasiado tarde… Demasiado tarde…

    De todos modos, así nunca habríamos encontrado nada demasiado interesante, se dijo Barrett. Sólo más de lo mismo. Roca, algas, trilobites. Pero quizá hubiera valido la pena… para ver por última vez una puesta de sol en el Pacífico…

    — Reuniré a los hombres después del desayuno —dijo Norton—. Saldremos rápido.
    — De acuerdo. Buena suerte, Charley.
    — Todo irá bien.

    Barrett palmeó a Norton en la espalda, gesto que en el acto le pareció teatral y falso, y salió de allí. Le resultaba de lo más extraño saber que tendría que quedarse mientras los demás se iban de expedición. Era como el reconocimiento de que empezaba a abdicar después de gobernar aquel lugar durante tanto tiempo. Todavía era rey de la Estación Hawksbill, pero su trono estaba destartalado. Ahora era un viejo tullido que andaba renqueando de un lado para otro. Le gustara o no admitirlo, ésa era la historia. Algo que pronto tendría que aceptar.

    Después del desayuno, los hombres elegidos para la expedición al Mar Interior se reunieron para seleccionar el equipo y planificar la logística de la ruta. Barrett se cuidó de no intervenir en la reunión. Ahora le tocaba a Charley Norton. Había realizado ocho o diez viajes y sabía bien lo que tenía que hacer, sin necesidad de sugerencias de la jefatura anterior. Barrett no quería interferir, ni dar la sensación de que seguía indirectamente al mando.

    Pero una compulsión masoquista lo llevó a hacer una expedición por su cuenta. Si ese año no podía ir a ver las aguas de occidente, lo menos que podía hacer era visitar el Atlántico, en su propio patio trasero.

    Barrett se detuvo en la enfermería. Allí apareció Hansen, uno de los camilleros: un hombre calvo y jovial de unos setenta años que había formado parte del grupo anarquista de California. La única formación que tenía Hansen era la de técnico informático. Pero había mostrado cierta habilidad para la medicina, y en ese momento era el principal ayudante de Quesada. Recibió a Barrett con su habitual sonrisa.

    — ¿Está Quesada? —preguntó Barrett.
    — No, lo siento. Doc ha ido a hablar del viaje. Está dando algunos consejos médicos. Pero si es importante, puedo ir a buscarlo…
    — No —dijo Barrett—. Sólo quería verificar con su ayuda el inventario de fármacos. No es nada urgente. ¿Te importa si echo un vistazo a los suministros?
    — Lo que tú quieras.

    Hansen dio un paso atrás, dejando entrar a Barrett en la sala de suministros. Habían quitado la barricada esa mañana. Como no había manera de cerrar con llave la farmacia, Barrett y Quesada habían ideado una compleja barricada que garantizaba una tonelada de ruido si alguien intentaba meterse. Cuando no quedaba nadie en la farmacia, tenían que poner la barricada. Cualquier intruso que apareciese produciría suficiente estruendo como para llamar la atención de alguien. Sólo de esa manera habían logrado protegerse de las incursiones no autorizadas de residentes deprimidos en busca de drogas. No podían permitirse el lujo de gastar fármacos preciosos e insustituibles en aspirantes a suicidas, razonaba Barrett. Si un hombre quería matarse, que se tirara al mar; eso al menos no impondría privaciones a los demás residentes de la Estación.

    Barrett miró las hileras de fármacos. Como dependían de la generosidad de Arriba, eran unas, provisiones bastante desequilibradas. Ahora tenían abundancia de tranquilizantes y digestivos, y escasez de calmantes y desinfectantes. Eso hacía que Barrett se sintiese aún más culpable por lo que iba a hacer. El hombre que había impuesto las reglas sobre el robo de fármacos iba a aprovecharse ahora de su posición privilegiada y llevarse uno. Después hablaba de la moral. Pero había conocido a hombres, en su época, que habrían defraudado cosas mucho más sagradas. Y necesitaba la droga, y no quería ponerse a discutir con Quesada. Así era más sencillo. Incorrecto pero más sencillo. Esperó a que Hansen se diera la vuelta. Entonces metió una mano en la vitrina, sacó el delgado tubo gris de un sedante y lo metió rápidamente en el bolsillo.

    — Todo parece estar en orden —dijo a Hansen mientras se marchaba de la enfermería— Dile a Quesada que pasaré por aquí más tarde para hablar con él.

    Ahora usaba cada vez con más frecuencia el sedante para aliviar el dolor de las piernas. A Quesada no le gustaba. Decía, sin usar esas palabras, que la droga le estaba creando dependencia. Bueno, al demonio con Quesada. Que intentara caminar por aquellos senderos con una pierna como la suya y ya vería como empezaba a usar fármacos, se dijo Barrett.

    Subiendo por la senda oriental, Barrett se detuvo pocos metros después de dejar el edificio. Se metió detrás de un montículo de piedras, se bajó los pantalones y rápidamente se inyectó una dosis de droga en cada muslo, primero en la pierna sana y después en la dañada. Eso le anestesiaría los músculos lo necesario para hacer una caminata larga sin sentir el fuego de la fatiga en las articulaciones. Sabía que pagaría por eso, ocho horas más tarde, cuando desapareciera el efecto del calmante y sintiera todo el impacto del esfuerzo, como si le clavaran un millón de puñales. Pero estaba dispuesto a aceptar el precio.

    El camino al mar era largo y solitario. La Estación Hawksbill estaba encaramada en el borde oriental de los Apalaches, a casi trescientos metros por encima del nivel del mar. Durante los primeros seis años, los hombres de la Estación solían ir hasta el océano por una ruta suicida que atravesaba la escarpada cara de las rocas. Barrett había propuesto un proyecto para tallar aquella piedra. Les había llevado diez años hacerlo, pero ahora los escalones anchos y seguros bajaban hasta el Atlántico. El tallado de aquellos escalones en la roca viva había tenido ocupados a muchos hombres durante un largo tiempo, impidiéndoles pensar en los seres amados que habían quedado Arriba, o refugiarse en la locura, tan fácil en aquel sitio. Barrett lamentaba no poder concebir proyectos parecidos para ocupar a los hombres que en ese momento no tenían nada que hacer.

    Los escalones formaban una sucesión de plataformas bajas que llegaban hasta la orilla del agua. Aquella caminata era agotadora incluso para un hombre sano. Para Barrett en su estado actual era un verdadero suplicio. Tardó cerca de dos horas en descender una distancia que normalmente habría recorrido en menos de una cuarta parte de ese tiempo.

    Al llegar al fondo del sendero, se desplomó exhausto en una piedra chata lamida por las olas, y soltó la muleta. Tenía los dedos de la mano izquierda acalambrados y torcidos por el esfuerzo, y todo el cuerpo bañado en sudor.

    El agua del océano parecía gris y algo aceitosa. Barrett no podía explicar la falta de color reinante en el mundo de finales del período cámbrico, con aquel cielo sombrío y aquella tierra sombría y aquel mar sombrío, pero su corazón ansiaba secretamente entrever de nuevo algo de vegetación verde. Echaba de menos la clorofila. Las zonas oscuras lamían la roca, llevando y trayendo una masa flotante de algas.

    El mar se extendía hasta el infinito. Barrett no tenía la menor idea de qué porcentaje de Europa estaría sobre las aguas en esa época, si es que había empezado a asomar. En el mejor de los casos, la mayor parte del planeta estaba sumergida; allí, sólo unos pocos cientos de millones de años después de que hubieran brotado las candentes rocas de la primera tierra firme, era probable que no asomaran sobre el agua más que unas pocas franjas de territorio, repartidas aquí y allá.

    ¿Habrían nacido ya los Himalayas? ¿Las Montañas Rocosas? ¿Los Andes? Barrett conocía el perfil aproximado de la Norteamérica de finales del período cámbrico; pero el resto era un misterio. No era nada fácil llenar las lagunas del conocimiento si la línea de transporte con Arriba funcionaba en una sola dirección; la Estación Hawksbill tenía que conformarse con el imprevisible surtido de material de lectura que mandaban del futuro, y resultaba muy frustrante la poca información que podría proporcionar cualquier texto universitario de geología.

    Mientras miraba, un enorme trilobites salió inesperadamente del agua. Tenía cola puntiaguda y medía alrededor de un metro de largo, con caparazón de un lustroso color berenjena y finas espinas amarillas en los bordes. Debajo parecía que tenía un montón de patas. El trilobites se arrastró por la orilla, donde no había arena ni playa, sólo rocas, y avanzó tierra adentro hasta alejarse tres o cuatro metros de las olas.

    Que tengas suerte, pensó Barrett. Quizá seas el primero que salió a tierra firme para ver cómo era. El pionero. El precursor.

    Se le ocurrió que aquel trilobites aventurero podría ser el antepasado de todas las criaturas terrestres de los eones futuros. Esa idea era un disparate biológico, y Barrett lo sabía. Pero su mente cansada evocó la imagen de una larga procesión evolutiva, con los peces y los anfibios y los reptiles y los mamíferos y el hombre saliendo en una secuencia ininterrumpida de aquella grotesca criatura blindada que se movía describiendo vacilantes círculos cerca de sus pies.

    ¿Y si te aplastara con un pie?, pensó.

    Un movimiento rápido, un crujido de quitina, un desenfrenado pataleo… … y toda la cadena de la vida se quebraría en el primer eslabón.

    Se desharía la evolución. No aparecerían criaturas terrestres. Con la caída brutal de aquel pesado pie, todo el futuro cambiaría instantáneamente, y nunca existiría la raza humana, ni la Estación Hawksbill, ni James Edward Barrett (1968—?). En un solo instante no sólo se vengaría de quienes lo habían condenado a pasar el resto de sus días en aquel sitio yermo, sino que se libraría de la sentencia.

    No hizo nada. El trilobites terminó su lento paseo por las rocas de la orilla y volvió a meterse sano y salvo en el mar.

    Entonces la suave voz de Don Latimer dijo:

    — Te vi ahí sentado, Jim. ¿Te molesta si me quedo contigo?

    Barrett se sobresaltó. Giró con rapidez. Latimer había hecho tan poco ruido al bajar que Barrett no lo había oído. Pero se recuperó y ensayó una sonrisa y le indicó a Latimer por señas que se sentara en la piedra de al lado.

    — ¿Pescando? —preguntó Latimer.
    — Sentado aquí. Un viejo tomando el sol.
    — ¿Hiciste todo este maldito viaje para tomar el sol? —Latimer se echó a reír—. No me tomes el pelo. Estás tratando de huir de todo, y quizá hubieras preferido que no te molestara, pero fuiste demasiado educado para echarme. Lo siento. Me iré si…
    — No es cierto. Quédate aquí. Podemos conversar, Don.
    — Si prefieres que te deje en paz, dímelo con franqueza.
    — No prefiero que me dejes en paz —dijo Barrett—. Y de todos modos quería verte. ¿Cómo te llevas con Hahn, tu nuevo compañero de vivienda?

    La alta frente de Latimer se arrugó.

    — Ha sido extraño —dijo—. Ésa es una de las razones por las que quise venir a hablar contigo cuando te vi. —Se inclinó hacia adelante y miró atentamente los ojos de Barrett—. Jim, dime la verdad: ¿crees que estoy loco?
    — ¿Qué motivos podría tener para pensarlo?
    — Toda la cosa extrasensorial. Mi intento de penetrar en otra esfera de la conciencia. Sé que eres duro y escéptico con todo lo que no puedes tener en la mano y medir y apretar. Quizá pienses que toda esa cosa extrasensorial es una tontería.

    Barrett se encogió de hombros.

    — Si quieres que te diga la verdad, sí. No creo ni remotamente qué vayas a conducirnos a alguna parte, Don. Puedes llamarme materialista si quieres, y reconozco que no sé mucho del tema, pero a mí me parece pura magia negra, y nunca vi que la magia negra sirviera para nada. Creo que es una total pérdida de tiempo que te pases ahí horas tratando de utilizar los poderes extrasensoriales o lo que sean. Pero no, no creo que estés loco. Creo que tienes derecho a tu obsesión, y que haces algo en el fondo inútil de manera razonablemente equilibrada. ¿Está bien?
    — Más que bien. No pido que creas en nada de lo que estoy investigando, pero no quiero que me taches de lunático porque trato de encontrar una puerta extrasensorial para huir de este sitio. Es importante que me consideres cuerdo; de lo contrario, lo que quiero contarte acerca de Hahn no tendrá ningún valor.
    — No veo la relación.
    — Es esto —dijo Latimer—. A partir del conocimiento de una noche me he formado una opinión sobre Hahn. Es el tipo de opinión que podría haberse formado cualquier paranoico vulgar y corriente, y si crees que estoy chiflado es probable que no tengas en cuenta mis ideas sobre Hahn. Por lo tanto quiero dejar claro que te parece que estoy cuerdo antes de intentar comunicarte la sensación que tengo con él.
    — No creo que estés chiflado. ¿Qué idea tienes?
    — Que nos está espiando.

    Barrett tuvo que esforzarse para no soltar la salvaje carcajada que, estaba seguro, destrozaría la frágil autoestima de Latimer.

    — ¿Espiando? —dijo con naturalidad—. Don, no es posible que digas eso. ¿Cómo puede espiar a alguien aquí? Aunque tuviéramos a un espía, ¿cómo haría para informar de sus descubrimientos?
    — No lo sé —dijo Latimer—. Pero anoche me hizo un millón de preguntas. Acerca de ti, acerca de Quesada, acerca de enfermos como Valdosto. Quería saber todo.
    — ¿Y qué tiene eso de raro? Es la curiosidad normal de un hombre que trata de adaptarse al medio. Jim, tomaba notas. Lo vi cuando creía que yo estaba dormido. Se quedó dos horas escribiendo todas mis respuestas en una libreta.

    Barrett frunció el ceño.

    — Quizá Hahn vaya a escribir una novela sobre nosotros.
    — Hablo en serio —dijo Latimer. Se llevó una mano tensa al oído—. Preguntas… notas. Y es escurridizo. ¡Trata de que diga algo sobre sí mismo!
    — Lo hice. No me enteré de mucho.
    — ¿Sabes por qué lo mandaron aquí?
    — No.
    — Yo tampoco —dijo Latimer—. Crímenes políticos, me contó, pero fue muy impreciso. Daba la impresión de no saber casi nada sobre el actual gobierno, y menos cuál era su postura ante él. No detecto unas condiciones filosóficas apasionadas en el señor Hahn. Y tú y yo sabemos muy bien que la Estación Hawksbill es el basurero de los revolucionarios y los agitadores y los subversivos y gente por el estilo, y que nunca hemos tenido ningún otro tipo de prisionero.
    — Admito que Hahn es un misterio —dijo Barrett con serenidad—. Pero ¿para quién podría estar espiando? Si es un funcionario del gobierno, no tiene cómo mandar sus informes. Está varado aquí para siempre, lo mismo que los demás.
    — Quizá lo enviaron para vigilarnos, para asegurarse de que no estábamos ideando alguna manera de fugarnos. Quizá es un voluntario que aceptó renunciar a su vida en el siglo xxi para venir aquí y frustrar lo que estuviéramos tramando. Una persona entregada, un voluntario mártir de la sociedad. Supongo que conocerás ese tipo de personalidad.
    — Sí, pero…
    — Quizá teman que hayamos inventado el viaje temporal hacia el futuro. O que nos hayamos convertido en una amenaza para la ordenada cronología del mundo. Cualquier cosa. Así que Hahn aparece aquí entre nosotros para vigilar y bloquear toda actividad peligrosa antes de que se transforme en algo realmente problemático. Por ejemplo, mis propias investigaciones extrasensoriales, Jim.

    Barrett sintió una fría punzada de alarma. Ahora veía lo cerca que andaba Latimer de la paranoia: en media docena de tranquilas frases, Latimer había pasado de la expresión racional de algunas sospechas justificadas al fastidioso miedo de que los hombres de Arriba fueran a cerrarle el camino que él estaba tan cerca de perfeccionar.

    — No creo que tengas que preocuparte, Don —dijo sin levantar la voz—. Hahn parece un tipo raro, pero no está aquí para crearnos problemas. La gente de Arriba ya nos ha hecho todo el mal que podía. Si no revocaron las ecuaciones de Hawksbill, no hay manera de que podamos molestar a nadie, nunca. Entonces, ¿para qué perder a un hombre enviándolo a espiarnos?
    — ¿Lo vigilarás de todos modos? —preguntó Latimer.
    — Sabes que sí. Y no dudes en avisarme si Hahn hace alguna otra cosa fuera de lo común. Tú estás en mejor posición que nadie para darse cuenta.
    — Me mantendré alerta, Jim. No podemos tolerar que los de Arriba nos manden espías. —Latimer se levantó y miró a Barrett con una sonrisa que casi parecía anular la paranoia— Ahora te dejaré seguir tomando el sol —dijo.

    Latimer echó a andar cuesta arriba. Barrett lo miró hasta que casi había llegado a la cima, un punto apenas visible contra el fondo rocoso. Después de un largo rato Barrett agarró la muleta y logró ponerse de pie. Se quedó mirando las olas, hundiendo la punta de la muleta en el agua para asustar a un par de seres diminutos que venían por el fondo. Finalmente dio media vuelta e inició el largo y lento ascenso de regreso a la Estación.


    8


    Barrett no sabía con certeza el momento exacto, pero en algún punto del camino todos habían dejado de verse como contrarrevolucionarios y se consideraban revolucionarios por derecho propio. El cambio semántico se había producido a principios de los noventa, y había sido gradual. Durante los primeros años después de los disturbios de 1984—1985, los revolucionarios, con justicia, habían sido los sindicalistas, pues habían derrocado un establishment de más de dos siglos. Por lo tanto, los conspiradores antisindicalistas clandestinos eran forzosamente contrarrevolucionarios: Pero después de un tiempo la revolución sindicalista se había institucionalizado. Había dejado de ser una revolución para transformarse a su vez en un establishment.

    Así que ahora Barrett era un revolucionario. Y la meta del movimiento clandestino se había capitalizado de manera sutil en La Revolución. La Revolución iba a llegar cualquier día, cualquier mes, cualquier año… Sólo hacía falta más planificación. Entonces transmitirían La Palabra y por toda la nación se levantarían los revolucionarios.

    No cuestionaba la verdad de esas proposiciones. Aún no. Hacía su trabajo, y mientras pasaban los días esperaba confiado la caída de los sindicalistas, cada vez más afianzados y seguros.

    La Revolución era la única carrera de Barrett. Con facilidad, sin arrepentirse, había dejado la universidad antes de terminar los estudios. De todos modos, la universidad estaba dominada por los sindicalistas, y la dosis diaria de propaganda lo ofendía. Entonces había ido a ver a Pleyel, y Pleyel le había dado un trabajo. Oficialmente, Pleyel dirigía una agencia de empleo; eso era, al menos, la tapadera. En un pequeño despacho en el centro de Manhattan, seleccionaba los candidatos para la clandestinidad mientras trabajaba de manera legal parte del tiempo. Janet era su secretaria; Hawksbill aparecía de vez en cuando a programar el ordenador de la agencia; Barrett fue contratado como subdirector: El salario era bajo, pero le permitía comer regularmente y pagar el alquiler del pequeño apartamento que compartía con Janet. Durante treinta horas a la semana se ocupaba de actividades de la agencia de empleo en apariencia inocentes, liberando a Pleyel, que entonces se dedicaba a otro tipo de trabajo más delicado.

    A Barrett le agradaba la clandestinidad. Le ponía en contacto con personas, y eso le gustaba. Por la oficina pasaba todo tipo de neoyorquinos desocupados, algunos de ellos radicales buscando la clandestinidad, otros simplemente buscando trabajo, y Barrett hacía por ellos todo lo que podía. No sé daban cuenta de que era poco más que un adolescente, y algunos de ellos incluso lo tenían por modelo y guía. Eso lo ponía un poco incómodo, pero les ayudaba cuanto podía.

    El trabajo clandestino seguía a un ritmo constante en aquellos años.

    Barrett sabía que esa frase, «el trabajo clandestino», era una abstracción casi vacía de contenido. ¿En qué consistía tal trabajo? En la interminable planificación de un levantamiento que se iba aplazando día a día. En llamadas telefónicas transcontinentales en una jerga que ocultaba intrigas subversivas. En la publicación subrepticia de propaganda antisindicalista. En la osada distribución de libros de historia no censurados.

    En la organización de mítines de protesta. Una serie infinita de pequeñas acciones que en el fondo de poco servían. Pero Barrett, en pleno arrebato de entusiasmo juvenil, estaba dispuesto a ser paciente. Algún día, se decía, encajarían todas las piezas dispersas. Algún día llegaría La Revolución.

    En nombre del movimiento viajaba por todo el país. Con los sindicalistas la economía se había reactivado, y los aeropuertos eran otra vez sitios muy concurridos; Barrett llegó a conocerlos muy bien. Pasó la mayor parte del verano de 1991 en Alburquerque, Nuevo México, trabajando con un grupo de revolucionarios que en el viejo orden de cosas hubieran sido calificados de derechistas extremistas. A Barrett le costaba digerir buena parte de su filosofía, pero el grupo odiaba tanto a los sindicalistas como él, y compartía su amor por la Revolución de 1776 y por todo el simbolismo que la acompañaba. Ese verano estuvo varias veces a punto de ser arrestado.

    En el invierno de 199—11992 viajó todas las semanas a Oregón para coordinar un grupo en Spokane que estaba montando una oficina de propaganda para el noroeste. El viaje de dos horas se convirtió en un esfuerzo tedioso después de un tiempo, pero Barrett siguió con esa rutina, visitando diligentemente a los compañeros de Spokane los miércoles por la noche y después regresando a Nueva York. La primavera siguiente trabajó sobre todo en Nueva Orleans, y pasó ese verano en St. Louis. Pleyel continuaba moviendo los peones de un lado para otro. Su teoría era que había que estar al menos tres pasos por delante de los agentes de policía.

    En realidad se producían pocos arrestos importantes. Los sindicalistas habían dejado de tomar en serio al movimiento clandestino, y de vez en cuando detenían a un líder sólo para mantenerse en forma. En general, consideraban a los revolucionarios maniáticos inofensivos, y les permitían ensayar todos los ritos de la conspiración mientras no llegaran al sabotaje o al asesinato. Después de todo, ¿quién podía oponerse al gobierno sindicalista? El país era próspero. La mayoría de la gente volvía a tener empleo regular. Los impuestos eran bajos. El flujo interrumpido de maravillas tecnológicas estaba otra vez en marcha, y cada año se presentaba una maravilla nueva: control climático, transmisión telefónica de imágenes en color, vídeo tridimensional, trasplante de órganos, periódicos por línea de fax, etcétera. Entonces, ¿de qué quejarse? ¿Acaso las cosas habían funcionado mejor con el viejo sistema? Incluso se hablaba de restituir el sistema bipartidista en el año 2000. Las elecciones libres habían vuelto a ponerse de moda en 1990, aunque, por supuesto, el Consejo de Síndicos ejercía el derecho a veto de los candidatos. Ya nadie hablaba de la naturaleza «provisional» de la Constitución de 1985, pues esa constitución parecería encaminada a quedarse, pero el gobierno introducía pequeñas enmiendas para ajustarla más a las pasadas tradiciones nacionales.

    Eso desbarató de raíz los planes de los revolucionarios. La sombría predicción de Jack Bernstein se estaba cumpliendo: el gobierno de los sindicalistas era ahora el familiar, querido y tradicional gobierno de turno, y el amplio centro de la nación los aceptaba como si siempre hubieran estado allí. Cada vez había menos insatisfechos. ¿Para qué meterse en un movimiento clandestino si, con paciencia, tendrían un gobierno cada vez más benévolo? Sólo los amargados, los enfadados incurables y los destructores vocacionales estaban dispuestos a meterse en actividades revolucionarias. A finales de 1993 no era el gobierno sindicalista sino el movimiento clandestino lo que parecía estar desvaneciéndose, puesto que el conservadurismo norteamericano se iba reafirmando en medio de tantas transformaciones.

    Pero en el último mes de 1993 hubo una transferencia de poder dentro del gobierno. El canciller Arnold, que había gobernado el país durante los ocho años que llevaba en vigor la nueva constitución, murió de un repentino aneurisma de aorta. Tenía sólo cuarenta y nueve años y se hablaba de que lo habían asesinado; pero el hecho era que Arnold había desaparecido, y tras una breve crisis interna los síndicos eligieron a uno del grupo como nuevo canciller. Thomas Dantell de Ohio asumió el poder, y las medidas de seguridad se intensificaron en todos los niveles. Como síndico, Dantell había dirigido la policía nacional, y ahora, con el jefe de policía en el puesto de máxima responsabilidad del gobierno, la simpática tolerancia de los movimientos clandestinos terminó bruscamente. Empezaron los arrestos.

    — Quizá tengamos que disolvernos por un tiempo —dijo Pleyel en tono sombrío durante la nevosa primavera de 1994—. Se están acercando demasiado. Hasta ahora ha habido siete arrestos importantes, y apuntan ya a la dirección.
    — Si nos disolvemos —dijo Barrett—, nunca más podremos reorganizar el movimiento.
    — Mejor bajar ahora el perfil y salir del escondite dentro de seis meses o de un año — argumentó Pleyel— que exponernos a que nos condenen a todos a veinte años de cárcel por sedición.

    El movimiento clandestino discutió el asunto en una sesión formal. Pleyel perdió. Tomó su derrota con tranquilidad y prometió seguir trabajando hasta que se lo llevase la policía. Pero el episodio mostró cómo Barrett iba ascendiendo hacia una posición cada vez más importante en el grupo. Pleyel era todavía el líder, pero parecía demasiado distante, demasiado idealista. En los momentos de verdadera crisis, todo el mundo acudía a Barrett.

    Barrett tenía ahora veintiséis años, y sobresalía entre todos los demás tanto en el sentido literal como en el figurado. Enorme, enérgico, incansable, usaba sus ocultas reservas de fuerza física de la manera más directa: él solo había resuelto un desagradable incidente callejero, cuando una docena de bravucones atacaron a tres chicas que distribuían panfletos revolucionarios. Barrett pasaba por allí cuando vio que los panfletos volaban por el aire y que las chicas estaban a punto de sufrir una violación no ideológica, y se puso a repartir cuerpos vivos en todas direcciones, como Sansón entre los filisteos. Pero en condiciones normales trataba de contenerse.

    Su relación con Janet duraba desde hacía casi una década, de la que habían vivido juntos los últimos siete años. Ninguno de los dos pensaba legalizar la situación, que en muchos sentidos equivalía a un matrimonio. Se reservaban el derecho a tener aventuras individuales, y de vez en cuando las tenían. En eso Janet había marcado la pauta, y Barrett aprovechaba su libertad cuando se le presentaba la ocasión. Pero en general se sentían unidos por un vínculo más profundo que el que podía crear el certificado de matrimonio que daba el gobierno. Por lo tanto él sufrió mucho cuando arrestaron a Janet un día abrasador del verano de 1994.

    Barrett estaba en Boston en ese momento, verificando documentos según los cuales unos informantes del gobierno se habían infiltrado en una célula de Cambridge. Al final de la tarde, cuando iba hacia la estación de metro para volver a Nueva York, sonó el teléfono que llevaba en la oreja izquierda, y la voz aguda de Jack Bernstein dijo:

    — ¿Dónde estás ahora, Jim?
    — Estoy regresando. Iba hacia la estación del metro. ¿Qué ocurre?
    — No uses el metro de la calle Cuarenta y dos. Asegúrate de bajar en White Plains. Estaré allí esperándote.
    — ¿Qué problema hay, Jack? ¿Qué ha sucedido? —Te lo contaré cuando te vea.
    — Cuéntamelo ahora.
    — Es mejor que no lo haga —dijo Bernstein—.—Te veré dentro de una o dos horas.

    Se cortó la comunicación. Al subir al metro, Barrett intentó llamar a Bernstein en Nueva York, pero no tuvo respuesta. Llamó a Pleyel y la línea no dio señales de vida. Marcó el número de su casa y Janet no atendió. Atemorizado, Barrett no insistió. Con esas llamadas podía meterse en problemas o creárselos a los demás. Trató de esperar a que pasara el tiempo mientras el metro lo llevaba a trescientos kilómetros por hora por el pasillo

    Boston—Nueva York. Era típico de Bernstein llamarlo y tenderle un anzuelo como ése, insinuar sádicamente una espantosa emergencia y después callar los detalles. Jack siempre parecía disfrutar infligiendo pequeñas torturas de ese tipo. Y no maduraba con la edad.

    Barrett, tal como le habían ordenado, salió del metro en la estación suburbana. Se quedó en la salida un largo rato, mirando con cautela en todas direcciones y pensando, no por primera vez, que un hombre de su estatura era demasiado llamativo para tener éxito como revolucionario. Entonces apareció Bernstein, que le tocó un codo y dijo:

    — Sígueme. Tengo un coche en el aparcamiento. No digas nada hasta que lleguemos allí.

    Caminaron muy serios hasta donde estaba el coche. Bernstein tocó con el pulgar el panel de la puerta del conductor y la abrió, haciendo esperar a Barrett un momento antes de abrirle también la puerta. El coche era alquilado, verde y negro, un poco siniestro. Barrett subió y se volvió hacia la figura pálida y delgada que tenía al lado, sintiendo como siempre una especie de repugnancia hacia las mejillas llenas de cicatrices de Bernstein, las cejas pobladas y unidas y la expresión fría y burlona. De no haber sido por Jack Bernstein, Barrett quizá no hubiera entrado nunca en el movimiento clandestino, pero le parecía incomprensible que una persona como ésa hubiera sido su mejor arraigo de la niñez. Ahora su relación era puramente profesional, como revolucionarios que trabajaban juntos por una causa común, aunque no había entre ellos ninguna amistad.

    — ¿Qué ocurrió? —dijo Barrett.

    Bernstein ensayó una sonrisa de calavera.

    — Detuvieron a Janet esta tarde.
    — ¿Quién fue? ¿De qué estás hablando?
    — La polizei. Allanaron tu apartamento a las tres. Janet estaba allí, y también Nick Morris. Planeaban la operación de Canadá. De repente se abrió la puerta y entraron cuatro de los muchachos de verde. Acusaron a Janet y a Nick de actividades subversivas y se pusieron a registrar la casa.

    Barrett cerró los ojos.

    — Allí no había nada que pudiera llamar la atención. Hemos sido muy cuidadosos.
    — Pero la policía no lo supo hasta que terminó de registrar el apartamento. —Bernstein condujo el coche hasta la autopista que llevaba a Manhattan y activó el sistema de control electrónico. Cuando el ordenador se hizo cargo, Bernstein soltó los instrumentos de conducción, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior y encendió uno sin convidar a Barrett. Cruzó las piernas y se volvió cómodamente hacia él—. Mientras estaban en el apartamento también registraron de manera concienzuda a Janet y a Nick. Nick me lo contó. Hicieron desnudar por completo a Janet y después la revisaron de arriba abajo. ¿Te enteraste de ese incidente en Chicago, el mes pasado, la chica con la bomba suicida en la vagina? Bueno, se aseguraron de que Janet no fuera a volarse de la misma manera. Como hacen siempre: le ataron los tobillos y le separaron las piernas en el suelo, y después…
    — Ya sé cómo lo hacen —dijo Barrett controlando las palabras—. No hace falta que me lo describas. —Tenía que hacer un esfuerzo para contenerse. La tentación de agarrar a Bernstein y golpearle la cabeza varias veces contra el parabrisas era fuerte. El canalla me cuenta todo esto adrede para torturarme, pensó Barrett—. Deja las atrocidades y cuéntame qué más ocurrió.
    — Acabaron con Janet y desvistieron a Nick y lo examinaron también. Supongo que ésa fue la emoción del año para Nick: primero ver cómo revisaban a Janet y después hacer su propio despliegue. —Barrett arrugó aún más el ceño; Nick Morris era un sujeto pequeño y pudoroso, de dudosa heterosexualidad, para quien aquello tenía que haber sido una experiencia aterradora, y el placer de Bernstein era demasiado evidente—. Después se llevaron a Janet y a Nick a Foley Square para un interrogatorio más riguroso. A eso de las cuatro y treinta soltaron a Nick. Me llamó y yo te llamé a ti.
    — ¿Y Janet?
    — La retuvieron.
    — No tienen más pruebas contra ella que contra Nick. Entonces, ¿por qué no la soltaron a ella también?
    — No te lo sé decir—dijo Bernstein—. Pero el hecho es que la tienen todavía.

    Barrett entrelazó las manos para que no le temblaran.

    — ¿Dónde está Pleyel?
    — En Baltimore. Lo llamé y le dije que se quedara allí hasta que bajase la temperatura.
    — Pero a mí me invitaste a regresar.
    — Alguien tiene que hacerse cargo —dijo Bernstein—. No voy a ser yo, así que tienes que ser tú. No te preocupes, no corres verdadero peligro. Tengo un contacto en un sitio importante; se fijó en los datos que poseen y me dijo que sólo había orden de arresto para Janet. Quise asegurarme más, y me arriesgué mandando a Bill Klein a tu apartamento; Bill dice que no han vuelto a buscarte en las dos últimas horas. Por lo tanto no hay moros en la costa.
    — ¡Pero Janet!
    — Cosas que pasan —dijo Bernstein—. Riesgos que corremos.

    La risa seca y silenciosa de aquel hombrecito era demasiado audible. Hacía meses que Bernstein daba la impresión de estar retirándose del movimiento, faltando a reuniones, rechazando con pesar misiones fuera de la ciudad. Parecía lejano, distanciado, apenas interesado en el movimiento clandestino. Barrett no había hablado con él durante tres semanas. Pero de repente estaba otra vez en circulación, metido de lleno en la red de comunicación del movimiento. ¿Por qué? ¿Para cacarear de alegría ante el arresto de Janet?

    El coche entró en Manhattan a doscientos kilómetros por hora. Bernstein retomó los mandos manuales al cruzar la calle Ciento veinticinco, atravesó el East River Tunnel y salió al paso elevado vehicular de la calle Catorce. Unos minutos más tarde estaban en el edificio donde habían vivido Barrett y Janet. Bernstein llamó al hombre que había dejado vigilando dentro del apartamento.

    — Ya no hay moros en la costa —le dijo a Barrett después de un rato.

    Subieron. El apartamento estaba como lo había dejado la policía, y era un espectáculo desagradable. Habían sido muy minuciosos. Habían abierto todos los cajones, habían sacado todos los libros; de los estantes, habían echado un vistazo a todas las cintas. Por supuesto, sin encontrar nada, dado que Barrett era inflexible en cuanto a no dejar entrar propaganda revolucionaria en su apartamento, pero durante el registro los policías habían logrado poner las sucias manos en cuanta cosa tenían en el lugar. La ropa interior de Janet estaba esparcida por el suelo de manera patética; Barrett fulminó a Bernstein con la mirada cuando lo vio observando con voracidad las ligeras prendas. Las visitas no habían sido ni suaves ni cuidadosas con el contenido del apartamento. Barrett se preguntó cuántas cosas faltarían, pero en ese momento no tenía ánimos para hacer el inventario. Se sentía como si un cirujano le hubiera abierto el cuerpo, le hubiera quitado todos los órganos y los hubiera desparramado por el suelo.

    Barrett se agachó y levantó un libro con el lomo roto. Lo cerró con cuidado y lo puso en un estante. Después apoyó la mano en el estante y se inclinó hacia adelante, esperando a que se pasaran un poco la rabia y el miedo.

    — Llama a tu contacto en ese lugar importante, Jack —dijo después de un rato—. Hay que sacarla como sea.
    — No puedo hacer nada por ti.

    Barrett se volvió de repente. Agarró a Bernstein de los hombros. Los dedos se clavaron, y sintió los huesos afilados debajo de la carne escasa. La sangre abandonó la cara de Bernstein, y los estigmas del acné se le encendieron como faros. Barrett lo sacudió con furia; la cabeza de Bernstein se bamboleó sobre el cuello delgado.

    — ¿Qué es eso de que no puedes hacer nada por mí? ¡La puedes encontrar! ¡La puedes sacar!
    — Jim… Jim, basta…
    — ¡Tú y tus contactos! ¡Maldita sea, han arrestado a Janet! ¿Eso no significa nada para ti?

    Bernstein arañó débilmente las muñecas de Barrett, tratando de sacárselas de los hombros. Barrett recuperó pronto la calma y lo soltó. Sin aliento, con el rostro encendido, Bernstein retrocedió y se acomodó la ropa. Se pasó un pañuelo por la frente. Parecía muy asustado, pero en aquellos ojos brillaba un hosco resentimiento.

    — Pedazo de bruto —dijo en voz baja—, no vuelvas a tocarme así nunca más.
    — Lo siento, Jack. Estoy muy tenso. En este momento podrían estar torturando a Janet… golpeándola… haciendo cola para violarla, incluso…
    — No podemos hacer nada. Está en manos de ellos. No tenemos ningún canal oficial para protestar, y tampoco extraoficial. La interrogarán y tal vez después la suelten. Todo eso escapa a nuestro control.
    — No. La encontraremos como sea, y la liberaremos.
    — Jim, no has analizado el problema. Cada miembro individual de este grupo es prescindible. No podemos arriesgar a los nuestros para poner en libertad a Janet. A menos que tú quieras considerarte alguien privilegiado que puede arriesgar la vida o la libertad de sus camaradas sólo para recuperar a alguien con quien tiene una relación sentimental, aunque la utilidad de esa persona para la organización haya acabado…
    — Me das asco —dijo Barrett.

    Pero sabía que a Bernstein no le faltaba razón. Nunca habían arrestado a nadie del entorno más inmediato, pero Barrett sabía muy bien cuáles eran los pasos que seguían a esos arrestos. Era inútil pensar que se podía forzar al gobierno a soltar a un prisionero. Había una docena de campamentos dispersos por el país donde los interrogaban, y en ese momento Janet podía estar tanto en Kentucky como en Dakota del Norte o en Nevada, enfrentando una incierta condena a prisión basada en una acusación imprecisa. Por otra parte, también podía estar libre y camino a casa. El funcionamiento de los gobiernos totalitarios se basa en la arbitrariedad, y si de algo se podía calificar a ese gobierno era de arbitrario. Janet había desaparecido, y nada podía— hacer él por remediarlo: todo dependía de la misteriosa misericordia del gobierno.

    — Quizá tendrías que tomar algo —sugirió Bernstein—. Tranquilizarte un poco. Así no puedes pensar, Jim.

    Barrett dijo que sí con la cabeza. Fue al mueble bar. Tenían allí una pequeña reserva, un par de 'botellas de whisky escocés, un poco de ginebra y ron blanco para los daiquiris que tanto le gustaban a Janet. Pero el mueble—bar estaba vacío. Las visitas lo habían limpiado. Barrett se quedó mirando los estantes desnudos durante mucho tiempo, viendo cómo bailaban las motas de polvo allí dentro.

    — Desaparecieron las bebidas alcohólicas —dijo finalmente—. Es lógico. Vamos, salgamos de aquí. No puedo ver más este lugar.
    — ¿Adónde vas?
    — A la oficina de Pleyel.
    — Pueden tener vigilantes apostados allí, preparados para arrestar a cualquiera que aparezca —dijo Bernstein.
    — Pues me arrestarán. ¿Para qué engañarnos? Pueden arrestar a quien quieran, si así lo desean. ¿Me acompañarás?

    Bernstein dijo que no con la cabeza.

    — Creo que no. Eres tú quien manda, Jim. Haz lo que te parezca. Seguiremos en contacto.
    — Sí.
    — Y te aconsejaría que fueras menos impulsivo si quieres seguir en libertad mucho tiempo más.

    Salieron. Barrett caminó hasta la oficina de empleo, observó con atención el edificio desde la calle, novio nada raro y entró. La oficina estaba intacta. Se encerró en ella y empezó a llamar a los jefes de célula de otros distritos: Jersey City, Greenwich, Nyack, Suffern. Todos informaron de lo mismo: un inequívoco plan repentino de arrestos simultáneos, no necesariamente de líderes máximos. Dos o tres miembros de cada célula habían sido detenidos a media tarde. Algunos habían sido interrogados y liberados ilesos; otros seguían presos. Nadie sabía muy bien dónde estaban estos últimos, aunque Valkenburg, del grupo de Greenwich, se había enterado por una fuente no identificada que los prisioneros estaban siendo distribuidos en cuatro campamentos del sur y el sudoeste. No sabía nada en concreto de Janet. Nadie lo sabía. Todos parecían muy afectados.

    Barrett pasó la noche en un sofá en la oficina de Pleyel. Por la mañana volvió al apartamento e inició la aburrida tarea de limpiarlo, con la esperanza de que apareciese Janet. La imaginaba todo el tiempo allí detenida, una chica regordeta, de ojos oscuros y pelo negro prematuramente veteado de mechones blancos, retorciéndose y contorsionándose con desesperación mientras los interrogadores hacían su trabajo, exigiendo nombres, fechas, metas. Sabía cómo interrogaban a las mujeres. En su manera de actuar siempre había un componente de humillación sexual; su teoría, sin duda acertada, era que una mujer desnuda interrogada por seis o siete hombres probablemente no ofrecería mucha resistencia. Janet era dura, pero ¿cuántos pellizcos y pinchazos y miradas lascivas podría soportar? Los interrogadores no tenían que usar atizadores candentes ni pinzas ni el potro para sacar información. Bastaba con transformar a la persona torturada en un simple pedazo de carne para que se le quebrase la voluntad.

    En realidad, Janet no podía contarles nada que no supieran ya. El movimiento clandestino poco tenía de organización secreta, a pesar de las contraseñas y de la apariencia. La policía ya conocía los nombres, las fechas, las metas. Esos arrestos eran sólo para destrozarles el estado de ánimo, la astuta manera que tenía el gobierno de comunicar a sus adversarios que no engañaban a nadie. Arbitrariedad: ésa era la esencia. Desconcierta al enemigo. Arresta, interroga, encarcela, ejecuta incluso, pero siempre de manera amable, impersonal, sin mostrar ningún afán de venganza. Sin duda un ordenador del gobierno había sugerido detener ese día a x miembros del movimiento clandestino, como jugada estratégica en la lucha subterránea permanente. Y así se había hecho. Y así había desaparecido Janet.

    No la soltaron ese día. Ni el siguiente.

    Pleyel regresó de Baltimore con cara de preocupación. Había estado trabajando en el problema desde allí. Se había enterado de que el primer día se habían llevado a Janet a Louisville para interrogarla, la habían transferido a Bismarck el segundo día y a Santa Fe el tercero. Después se acababa la pista. Eso también formaba parte de la campaña de guerra psicológica del gobierno: traslada a los prisioneros de un lado para otro, llévalos de aquí para allí, desconciértalos a todos con el juego. ¿Dónde estaba ella? Nadie lo sabía. De algún modo, la vida continuaba. Celebraron en Detroit un mitin planeado desde hacía mucho tiempo; la policía del régimen estuvo observando de manera benévola, tolerando el acto con aire de suficiencia pero dispuesta a reprimirlo si se ponía violento. Distribuyeron nuevos panfletos en Los Ángeles, Evansville, Atlanta y Boise. Diez días después de la desaparición de Janet, Barrett dejó el apartamento y se fue a vivir a otro, a una calle de distancia.

    Era como si el mar la hubiera arrebatado y engullido.

    Durante un tiempo, Barrett tuvo la esperanza de que— la soltaran, o que por lo menos su red de información le pudiera decir dónde la tenían detenida. Pero no llegaba ninguna noticia. Con su es— ` tilo impersonalmente arbitrario, el gobierno había escogido a un grupo de víctimas ese día. Quizá estaban muertas, quizá estaban sólo escondidas en el nivel inferior de alguna mazmorra de máxima seguridad. No importaba. Habían desaparecido.

    Barrett no la vio nunca más. Nunca supo qué le habían hecho.

    El dolor se transformó en pena, y con el tiempo, para su sorpresa, hasta la pena desapareció, y el trabajo del movimiento clandestino siguió su curso, una lucha incesante por una meta cada vez más lejana.


    9


    Pasaron un par de días antes de que Barrett tuviera la oportunidad de discutir a solas de política con Lew Hahn. La expedición al Mar Interior ya había salido para entonces, y en cierto modo eso era una lástima, pues Barrett podría haber usado los servicios de Charley Norton para perforar la armadura de Hahn. Norton era el teórico más dotado de la Estación, un hombre que podía tejer una trama dialéctica con los materiales menos prometedores. Si alguien podía averiguar la profundidad del compromiso revolucionario de Hahn, ese alguien era Norton.

    Pero Norton se había ido a dirigir la expedición, y el propio Barrett tuvo que encargarse del interrogatorio. Su marxismo estaba un poco oxidado, y no podía moverse con la habilidad de Charley Norton entre las escuelas leninista, estalinista, trotskista, jruschevista, maoísta, berenkovskista y mgumbwista. Pero sabía lo que tenía que preguntar. Había pasado su buen tiempo en el frente de batalla ideológica, aunque eso quedara ya en un pasado bastante lejano.

    Eligió una noche lluviosa en la que Hahn parecía estar bastante sociable. Habían tenido una hora de espectáculo en la Estación, una ingeniosa película generada por ordenador que Sid Hutchett había programado unos días antes. Los de Arriba habían tenido la amabilidad de enviar un modesto ordenador, y Hutchett lo había utilizado para hacer animaciones especificando anchos de línea, sombras de gris y progresiones de unidades maestras. Era un trabajo sencillo pero notablemente ingenioso, y les alegraba las noches aburridas. Podía realizar dibujos animados, imágenes satíricas, entretenimientos eróticos, cualquier cosa.

    Después, convencido de que Hahn había bajado un poco la guardia, Barrett se sentó al lado.

    — Buen espectáculo esta noche, ¿verdad?
    — Muy entretenido.
    — Es obra de Sid Hutchett. Tipo raro, ese Hutchett. ¿Llegaste a conocerlo antes de que partiera con la expedición al Mar Interior?
    — ¿El alto de nariz afilada, sin mentón?
    — Ése —dijo Barrett—. Un chico listo. Fue el principal técnico informático del Frente Continental de Liberación hasta que lo detuvieron en 2019. Él fue quien programó la falsa emisión en la que el canciller Dantell denunciaba su propio régimen. ¡Dios mío, cómo me gustaría haber estado allí para oírla! ¿La recuerdas?
    — No estoy seguro. —Hahn frunció el ceño—. ¿Cuántos años hace que ocurrió eso?
    — La emisión fue en 2018. ¿Es eso anterior a tu época? Hace sólo once años…
    — Entonces yo tenía diecinueve. Supongo que no estaba muy politizado. Podríamos decir que era un chico ingenuo, nada precoz.
    — Nos pasó a muchos. Sin embargo, a los diecinueve años ya se es bastante mayor. Supongo que estarías muy ocupado estudiando economía.

    Hahn sonrió.

    — Es cierto. Estaba muy metido en esa ciencia deprimente.
    — ¿Y nunca oíste la emisión? ¿Tampoco oíste hablar de ella?
    — Debo de haberme olvidado.
    — El engaño más grande del siglo —dijo Barrett— y tú lo olvidas. El logro máximo del Frente Continental de Liberación. Conoces, por supuesto, el Frente Continental de Liberación.
    — Sí, claro.

    Hahn parecía incómodo.

    — ¿A qué grupo dijiste que pertenecías?
    — A Cruzada Popular por la Libertad.
    — No lo conozco. ¿Es uno de los grupos nuevos?
    — De menos de cinco años. Empezó a funcionar en California en el verano de 2025.
    — ¿Qué programa tiene?
    — Bueno, la línea revolucionaria habitual —dijo Hahn—. Elecciones libres, gobierno representativo, apertura de los archivos policiales, fin de la detención preventiva, restablecimiento del hábeas corpus y de otras libertades civiles.
    — ¿Y la orientación económica? ¿Puramente marxista o una de las ramas?
    — Supongo que ninguna de las dos cosas. Creíamos en una especie de… bueno, de capitalismo con algunas limitaciones impuestas por el Estado.
    — ¿Un poco a la derecha del socialismo estatal y un poco a la izquierda del liberalismo? —sugirió Barrett.
    — Algo por el estilo.
    — Pero ya probaron ese sistema a mediados del siglo xx, y fracasó, ¿verdad? Tuvo su día. Llevó inevitablemente al socialismo total, lo que produjo la violenta reacción compensadora del capitalismo total, y después la caída y el nacimiento del capitalismo sindicalista. Eso nos dio un gobierno que se hacía pasar por libertario mientras reprimía todas las libertades individuales en nombre de la libertad. Entonces, si lo que quería tu grupo era retrasar el reloj económico hasta el año 1955, digamos, sus ideas no debían de tener mucha sustancia.

    Hahn parecía aburrido con esa sucesión de abstracciones.

    — Usted tiene que entender que yo no estaba en los consejos ideológicos más altos — dijo.
    — ¿Eras sólo un economista?
    — Exacto.
    — ¿Qué responsabilidades concretas tenías en el partido?
    — Planificaba la conversión final a nuestros sistemas.
    — ¿Basando tus procedimientos en el liberalismo modificado de Ricardo?
    — Sí, en cierto modo.
    — ¿Y evitando, espero, la tendencia al fascismo que aparecía en el pensamiento de Keynes?
    — Podríamos decir que sí —dijo Hahn, levantándose y ensayando una sonrisa rápida, vaga—. Mire, Jim, me encantaría seguir discutiendo todo esto con usted en otro momento, pero ahora tengo que irme. Ned Altman me pidió que fuera a ayudarle a hacer una danza para atraer los rayos, con la esperanza de que infunden vida a aquel montón de tierra. Así que si no le molesta…

    Hahn se retiró rápidamente.

    Barrett estaba más perplejo que nunca. Hahn no había «discutido» nada. Lo único que había hecho era mantener una conversación pobre, débil y evasiva, dejándose llevar de un lado para otro por las preguntas de Barrett. Y había dicho un montón de tonterías. Daba la sensación de que no sabía cuál era la diferencia entre Keynes y Ricardo, y que no le importaba, cosa rara en un supuesto economista. Parecía no saber ni remotamente qué representaba su partido político. No había protestado cuando Barrett le soltó una serie de conceptos doctrinarios deliberadamente estúpidos. Tenía tan poca preparación revolucionaria que desconocía la asombrosa broma de Hutchett once años antes.

    Parecía falso de la cabeza a los pies.

    ¿Cómo era posible, entonces, que le hubieran encontrado suficientes méritos para mandarlo a la Estación Hawksbill? Allí sólo enviaban a los principales activistas y a los más eficaces opositores del gobierno. Sentenciar a un hombre a la Estación Hawksbill era casi como sentenciarlo a muerte, paso que no podía dar a la ligera un gobierno tan preocupado por mostrarse benévolo, respetable y tolerante.

    Barrett no entendía por qué estaba allí Hahn. Parecía sinceramente angustiado por ese destierro, y era evidente que había dejado Arriba a una esposa amada, pero no había en él ninguna otra cosa que resultara convincente.

    ¿Sería, como había sugerido Don Latimer, algún tipo de espía?

    Barrett rechazó la idea enseguida. No quería que lo afectara la paranoia de Latimer. No era nada probable que el gobierno enviara a alguien a finales del período cámbrico, en un viaje sin retorno, y sólo para espiar a un grupo de revolucionarios avejentados que nunca podrían volver a crear problemas. Entonces ¿qué estaba haciendo allí Hahn?

    Habría que seguir vigilándolo, decidió Barrett.

    El propio Barrett se encargó de parte de esa vigilancia. Pero se ocupó de conseguir ayuda. Cuando menos, el proyecto de vigilancia de Hahn podría servir como una especie de terapia para los casos psicopáticos ambulatorios, los que eran superficialmente funcionales pero que estaban llenos de miedos y supersticiones. Podrían aprovechar esos miedos y supersticiones y jugar a los detectives, lo que mejoraría su propia imagen y ayudaría a Barrett a comprender el significado de la presencia de Hahn en la Estación.

    Al día siguiente, durante el almuerzo, Barrett llevó aparte a Don Latimer.

    — Anoche hablé un poco con tu amigo Hahn —dijo Barrett—. Y las cosas que me contó me parecieron un poco raras.

    Latimer se animó.

    — ¿Raras? ¿En qué sentido?
    — Traté de ver qué sabía de economía y de teoría política. O no sabe nada de ninguna de las dos cosas o cree que soy tan imbécil que no necesita decir nada coherente cuando habla conmigo. En cualquier caso, es raro.
    — ¡Te dije que era sospechoso!
    — Bueno, ahora te creo —dijo Barrett.
    — ¿Qué vas a hacer?
    — Por ahora, nada. Así que vigílalo y trata de descubrir por qué está aquí.
    — ¿Y si es un espía del gobierno?

    Barrett negó con la cabeza.

    — Tomaremos todas las medidas necesarias para protegernos, Don. Pero lo más importante es no actuar de manera precipitada. Quizá lo estamos malinterpretando, y no quiero hacer nada que vuelva incómoda nuestra convivencia. En un grupo como éste, para mantener la cohesión tenemos que evitar las tensiones antes de que ocurran. Así que no seremos nada duros con Hahn, pero lo tendremos controlado. Quiero que me informes con regularidad, Don. Vigílalo atentamente. Hazte el dormido y obsérvalo. Si fuera posible, echa una mirada a escondidas a esas notas que ha estado tomando, pero hazlo con discreción, sin que sospeche.

    Latimer enrojeció de orgullo.

    — Puedes contar conmigo, Jim.
    — Otra cosa. Busca ayuda. Organiza un pequeño equipo para vigilar a Hahn. Ned Altman parece llevarse bien con él; ponlo también a trabajar. Busca otros, algunos de los más enfermos, que necesitan responsabilidades. Ya sabes de quienes hablo. Te pongo al frente de este proyecto. Recluta a tus hombres y distribuye las tareas. Reúne información y después transmítemela. ¿De acuerdo?
    — De acuerdo —dijo Latimer.

    Y se pusieron a vigilar al nuevo.

    El día siguiente era el quinto que pasaba Lew Hahn en la Estación. Mel Rudiger necesitaba a otros dos hombres para ir a pescar, en reemplazo de los que habían salido con la expedición al Mar. Interior. «Llévate a Hahn», sugirió Barrett: Rudiger habló con Hahn, a quien pareció gustarle mucho la oferta.

    — No entiendo mucho de pesca con redes —dijo—, pero me encantaría ir.
    — Te enseñaré todo lo necesario —dijo Rudiger—. En media hora serás un experto pescador. Tienes que recordar que en realidad no buscamos peces. Lo que cae en nuestras redes son montones de invertebrados tontos, a los que no cuesta mucho engañar. Ven conmigo y te enseñaré.

    Barrett se quedó un largo rato en el borde del mundo, observando el pequeño bote que cabeceaba sobre las olas del Atlántico. Durante las siguientes dos horas Hahn estaría fuera de la Estación Hawksbill, sin poder volver hasta que lo decidiera Rudiger: Eso daba a Latimer una oportunidad perfecta para estudiar el cuaderno de Hahn. Barrett no sugirió exactamente a Latimer que violara de esa manera la intimidad de su compañero de vivienda, pero sí le hizo saber que Hahn estaría un rato en el mar. Contaba con que Latimer sacara la conclusión apropiada.

    Rudiger nunca se alejaba demasiado de la costa —ochocientos, mil metros—, pero a esa distancia las aguas ya eran bastante turbulentas. Las olas venían rodando con miles de kilómetros de energía acumulada, y golpeaban con fuerza contra los colmillos rocosos que servían de rompeolas. La plataforma continental bajaba con suavidad hacia el mar, y por lo tanto las aguas no eran demasiado profundas incluso a cierta distancia de la costa. Rudiger había hecho mediciones hasta una milla mar adentro, y no había encontrado ninguna profundidad superior a los cincuenta metros.

    No era que temieran caerse del mundo si se alejaban demasiado por el este. Lo que motivaba su cautela era sencillamente que para hombres avejentados remar una milla usando pequeños remos fabricados con cajas viejas representaba un gran esfuerzo. Arriba no se les había ocurrido mandarles un motor fuera borda.

    Mirando hacia el horizonte, Barrett tuvo un extraño pensamiento. Le habían dicho que el equivalente femenino de la Estación Hawksbill estaba instalado a una distancia segura, un par de cientos de millones de años en el futuro. Pero ¿cómo podía tener la certeza de eso? El gobierno de Arriba no difundía comunicados de prensa sobre los campos de prisioneros que tenía en el pasado y, de todos modos, era insensato creer en algo que saliera de una fuente gubernamental, por indirecta que fuera. En tiempos de Barrett, la ciudadanía ni siquiera conocía la existencia de la Estación Hawksbill. Él se había enterado durante los interrogatorios, cuando habían intentado doblegarlo explicándole adónde podían llegar a mandarlo. Después, tal vez adrede, se habían filtrado algunos detalles. La nación descubrió que sí era cierto que a los políticos incorregibles los enviaban al principio de los tiempos; después se aclaró que los hombres iban a una era y las mujeres a otra, pero Barrett no tenía ningún motivo para creerlo.

    Por lo que sabía, podía haber otra Estación Hawksbill en alguna parte de ese mismo año, y nadie de los que vivían allí tenía cómo enterarse. Un campo de mujeres del otro lado del Atlántico, digamos, o quizá sólo del otro lado del Mar Interior.

    Barrett comprendía que eso no era muy probable. Con todo el pasado a su disposición para desterrar a los activistas políticos, los nerviosos hombres de Arriba no correrían el riesgo de que los dos grupos deportados se juntaran y engendraran una pequeña tribu de subversivos. Tomarían todas las precauciones necesarias para poner entre los hombres y las mujeres una impenetrable barrera de épocas.

    Pero era una idea tentadora. De vez en cuando Barrett pensaba si Janet no estaría en esa otra Estación Hawksbill.

    Cuando examinaba la idea racionalmente, sabía que era imposible. Janet había sido arrestada en el verano de 1994, y desde entonces nadie había vuelto a tener noticias de ella. Las deportaciones a la Estación Hawksbill no habían empezado hasta 2005. En 1998, la última vez que había hablado con él del tema, el propio Hawksbill no había perfeccionado el proceso de transferencia en el tiempo. Eso significaba que habían pasado por lo menos cuatro años, probablemente más de once, entre el momento de la detención de Janet y el comienzo de los envíos a la era cámbrica.

    Si Janet hubiera estado en una prisión estatal todo ese tiempo, el movimiento clandestino seguramente se habría enterado de alguna manera. Pero nadie había tenido noticias. Por lo tanto, la conclusión lógica era qué el gobierno se había deshecho de ella, con toda probabilidad a los pocos días de su arresto. Era una locura pensar que Janet había llegado viva a 1995, y mucho menos que la habían mantenido incomunicada hasta que Hawksbill terminó su investigación y que después la habían enviado a aquel segmento del pasado.

    No, Janet estaba muerta. Pero Barrett, como cualquier otro, se permitía el lujo de algunas ilusiones. Así que a veces tenía la fantasía de que la habían mandado al pasado, y eso lo llevaba a otra fantasía aún más descabellada, según la cual podría encontrarla allí mismo, en esa época. Ahora, calculaba, tendría cerca de setenta años. Hacía treinta y cinco años que no la veía. Trató de imaginarla como una viejecita gorda, y no pudo. Sabía que la Janet que había vivido en su recuerdo todas esas décadas era muy diferente de cualquier Janet que hubiera podido sobrevivir… Mejor ser realista y admitir que estaba muerta, pensó. Mejor no esperar encontrarla, porque el deseo podía cumplirse, y acabar de manera terrible con su sueño.

    Pero la idea de una Estación Hawksbill femenina en esa misma época planteaba interesantes posibilidades que podían ser muy útiles. Barrett se preguntó si podía transmitir la idea a los demás de manera convincente. Quizá sí. Quizá con un poco de esfuerzo podría hacerles creer en la existencia de dos estaciones Hawksbill simultáneas en la misma época, separadas no por el tiempo sino apenas por la geografía.

    Si creyeran eso, pensó, podría ser su salvación.

    Los ejemplos de psicosis degenerativa empezaban ahora a multiplicarse. Demasiados hombres llevaban allí demasiado tiempo, y un colapso alimentaba el siguiente. La tensión de vivir en ese mundo baldío y estéril, que no estaba hecho para los seres humanos, iba erosionando a los presos. El destino de Valdosto y Altman y los otros enfermos sería el destino de todos los demás. Los hombres necesitaban proyectos continuos para seguir funcionando, para combatir el aburrimiento mortal. Empezaban a caer en la esquizofrenia, como Valdosto, o se metían en proyectos disparatados, como la novia de Frankenstein de Altman o la búsqueda de la puerta extrasensorial de Latimer.

    ¿Qué pasaría, pensó Barrett, si pudiera entusiasmarlos con la idea de llegar a otros continentes?

    Una expedición alrededor del mundo. Quizá podrían construir algún tipo de barco grande. Eso ocuparía a muchos hombres durante un largo tiempo. Y tendrían que inventar algunos instrumentos de navegación: brújulas, sextantes, cronómetros, etcétera. Alguien tendría que improvisar una radio. Por supuesto, los fenicios se las habían arreglado bastante bien sin radios y sin cronómetros, pero en realidad no habían salido al mar abierto. Se habían mantenido cerca de la costa. Pero en ese mundo casi no había costas, y además los presos de la Estación no eran fenicios. Necesitarían ayuda para navegar.

    Diseñar y construir el barco y los instrumentos era el tipo de proyecto que podía llevar treinta o cuarenta años. Algo de largo alcance donde centrar nuestras energías, pensó Barrett. Por supuesto, no viviré lo suficiente para ver zarpar ese barco, pero no importa. Es una manera de conjurar el colapso. La verdad es que no me importa lo que pueda haber del otro lado del mar, pero sí me importa, y mucho, lo que le pasa aquí a mi gente. Hemos construido la escalera que lleva al mar, pero ya está terminada. Ahora necesitamos hacer algo más grande. Las manos ociosas propician mentes ociosas… mentes enfermas… Le gustaba la idea que se le había ocurrido. Llevaba semanas preocupado por el deterioro de las condiciones de la Estación, y buscando alguna manera nueva de hacerle frente. Ahora creía que tenía la solución. ¡Un viaje! ¡El arca de Barrett!

    Al volver la cabeza vio a Don Latimer y a Ned Altman a sus espaldas.

    — ¿Cuánto hace que estáis aquí? —preguntó.
    — Dos minutos —dijo Latimer—. No queríamos interrumpirte. Parecías muy concentrado.
    — Estaba soñando —dijo Barrett.
    — Tenemos algo para mostrarte —dijo Latimer.

    Entonces Barrett vio el fajo de papeles que tenía en la mano.

    Altman asintió vigorosamente con la cabeza.

    — Tienes que leerlo. Lo trajimos para que lo leas.
    — ¿Qué es? —preguntó Barrett.
    — Las notas de Hahn —dijo Latimer.


    10


    Barrett vaciló un momento, sin decir nada, sin intentar quitar los papeles de la mano de Latimer. Estaba contento de que Latimer hubiera hecho eso, pero tenía que ser prudente. La propiedad privada era sagrada en la Estación Hawksbill. Inmiscuirse en lo que otro había escrito era una falta ética grave. Por eso Barrett no había ordenado expresamente a Latimer que registrara la litera de Hahn. No podía implicarse en un delito tan flagrante.

    Pero, por supuesto, tenía que saber en qué andaba. Sus responsabilidades como líder de la Estación, se dijo, trascendían el código moral. Por eso había pedido a Latimer que vigilara a Hahn. Y por eso había pedido a Rudiger que llevase a Hahn a pescar. Latimer había dado el paso siguiente sin necesidad de que se lo insinuaran.

    — Esto de revisar las pertenencias de alguien no me convence mucho, Don —dijo Barrett finalmente.
    — Tenemos que saber algo más sobre ese hombre, Jim.
    — Sí, pero una sociedad tiene que regirse por su propia moral, aunque se esté defendiendo de posibles enemigos. Ésa era nuestra queja contra los sindicalistas, ¿recuerdas? Ellos no jugaban limpio.
    — ¿Acaso somos una sociedad? —dijo Latimer.
    — Claro que sí. Somos toda la población del mundo. Un microcosmos. Y yo represento al Estado, que ha de tener sus leyes. No sé si quiero mirar esos papeles que tienes ahí, Don.
    — Me parece que deberías hacerlo: Cuando caen en manos del Estado pruebas importantes, el Estado tiene la obligación de examinarlas. Me refiero a que aquí no sólo está en juego el bienestar de Hahn. También tienes que velar por el resto de los presos.
    — ¿Hay algo importante en los papeles de Hahn?
    — Vaya si lo hay —intervino Altman—. ¡Es totalmente culpable!
    — Recuerda —dijo Barrett con voz tranquila— que nunca te pedí que me trajeras esos documentos. Que hayas curioseado en ellos es un problema tuyo con Hahn, al menos hasta que se demuestre que hay motivos para tomar medidas contra él. ¿Está claro?

    Latimer parecía un poco dolido.

    — Supongo que sí. Encontré los papeles escondidos en la litera de Hahn después de su partida en el bote de Rudiger. Sé que no tengo que invadir su intimidad, pero me vi obligado a observar qué es lo que está escribiendo. Y mira lo que descubrí. Es un espía.

    Ofreció el fajo de papeles doblados a Barrett. Barrett los agarró y les echó una rápida mirada sin leerlos.

    — Los estudiaré un poco más tarde —dijo—. ¿Qué es lo que ha escrito Hahn? En pocas palabras.
    — Una descripción de la Estación, y un perfil de la mayoría de los hombres que ha conocido —dijo Latimer. Sonrió con frialdad—. Los perfiles son muy detallados y no muy halagadores. La opinión que Hahn tiene de mí es que he perdido la razón y que no quiero reconocerlo. Su opinión sobre ti es un poco más favorable, Jim, pero no mucho.
    — Las opiniones de ese hombre no son de mucho valor —dijo Barrett—. Tiene todo el derecho a pensar que somos un montón de viejos chiflados. Quizá lo seamos. Ha hecho un pequeño ejercicio literario a nuestra costa. Nosotros…
    — También ha andado merodeando por el Martillo —dijo Altman en tono rotundo.
    — ¿Qué?
    — Vi cómo iba hasta allí por la noche, tarde. Entró en el edificio. Lo seguí sin que se diera cuenta. Se quedó un largo rato mirando el Martillo. Caminando alrededor y estudiándolo. No lo tocó.
    — ¿Por qué demonios no me lo dijiste enseguida? —preguntó Barrett con brusquedad.

    Altman parecía confundido y aterrorizado. Parpadeó cinco o seis veces y retrocedió nerviosamente, alejándose de Barrett, pasándose las manos por el pelo amarillo.

    — No estaba seguro de que fuera importante —dijo finalmente—. Quizá era sólo curiosidad. Primero tuve que hablar del tema con Don. Y no pude hacerlo hasta que Hahn se fue de pesca.

    La cara de Barrett se llenó de sudor. Se recordó que estaba hablando con un individuo un poco psicótico y contuvo la voz todo lo posible, disimulando la alarma repentina que se había apoderado de él.

    — Escucha, Ned. Si alguna vez vuelves a sorprender a Hahn cerca del equipo de transmisión temporal, me lo haces saber enseguida. Vienes a verme inmediatamente, esté despierto o dormido, comiendo o descansando. Sin consultar a Don ni a nadie. ¿De acuerdo?
    — De acuerdo —dijo Altman.
    — ¿Sabías esto? —dijo Barrett dirigiéndose a Latimer. Latimer dijo que sí con la cabeza.
    — Ned me lo contó poco antes de venir para aquí. Pero pensé que era más urgente darte los papeles. Me refiero a que Hahn no podría dañar el Martillo mientras está en el bote, y lo que pueda haber hecho anoche, hecho está.

    Barrett tuvo que darle la razón. Pero no podía quitarse la angustia. El Martillo, por insatisfactorio que les pareciera, era su único punto de contacto con el mundo que los había expulsado. Dependían de él para los suministros, para el nuevo personal, para las escasas noticias que traían los nuevos de Arriba. Si algún perturbado destrozaba el Martillo, caería sobre ellos el asfixiante silencio del aislamiento total. Incomunicados con todo, viviendo en un mundo sin vegetación, sin materias primas, sin máquinas, volverían al estado salvaje en pocos meses.

    Pero ¿qué estaría haciendo Hahn cerca del Martillo?, se preguntó Barrett. Altman soltó una risita nerviosa.

    — ¿Sabes lo que pienso? Que Arriba han decidido exterminarnos. Quieren deshacerse de nosotros. Hahn ha sido enviado aquí como voluntario suicida. Nos está estudiando, preparando todo. Después enviarán una bomba de cobalto a través del Martillo y volarán la Estación. Tendríamos que destrozar el Martillo y el Yunque antes de que puedan hacerlo.
    — Pero ¿para qué habrían de enviar un voluntario suicida? —preguntó Latimer—. Si su meta era acabar con nosotros, podrían mandar simplemente una bomba, y ahorrarse el agente. A menos que tengan alguna manera de rescatar a su espía…
    — En cualquiera de los casos, no tendríamos que arriesgarnos —argumentó Altman—. Empecemos por destrozar el Martillo. Impidamos que nos bombardeen desde Arriba.
    — Podría ser una buena idea. ¿Tú qué piensas, Jim?

    Barrett pensaba que Altman estaba loco y que Latimer lo seguía a poca distancia.

    — Yo no me preocuparía tanto por esa teoría de la bomba, Ned —se limitó a decir—. Arriba no tienen ninguna razón para eliminarnos. Y si la tuvieran, estoy de acuerdo con lo que dice Don: no nos enviarían un agente, sino una bomba.
    — Aun así, quizá deberíamos inutilizar el Martillo por las dudas…
    — No —dijo Barrett. En tono enérgico, agregó—: Si hacemos algo al Martillo es como si nos cortáramos la cabeza. Por eso es tan serio —lo que anduvo haciendo Hahn. Y tú deja también de pensar cosas raras sobre el Martillo, Ned. El Martillo nos envía comida y ropa. No bombas.
    — Pero…
    — Sin embargo…
    — Callaos los dos —gruñó Barrett—. Quiero ver estos papeles.

    Habría que proteger el Martillo, pensó. Él y Quesada tendrían que idear algún sistema de vigilancia, como habían hecho para las provisiones de fármacos. Pero algo más eficaz.

    Se apartó unos pasos de Altman y Latimer y se sentó en un saliente de roca. Abrió el fajo de papeles.

    Empezó a leer.

    Hahn tenía una caligrafía apretada que le permitía meter un máximo de información en un mínimo de espacio, como si pensara que era un pecado mortal malgastar papel. Estaba bien, porque allí el papel era un bien escaso. Pero era evidente que Hahn había traído esas hojas de Arriba. Eran delgadas y tenían una textura metálica. Cuando se deslizaban unas sobre otras, producían un susurro.

    A pesar de que la letra era pequeña, Barrett no tuvo dificultad para descifrarla. La letra de Hahn era clara. También sus opiniones.

    Dolorosamente.

    Había escrito un análisis detallado de las condiciones en la Estación Hawksbill, y era un trabajo impresionante. En unas cinco mil palabras bien organizadas, Hahn había expuesto todo lo que Barrett sabía que andaba mal. La objetividad de aquel hombre era despiadada. Describía a los hombres como revolucionarios avejentados en quienes el viejo fervor se había vuelto rancio; enumeraba a los evidentemente psicóticos y a los que estaban al borde de serlo, y en otra categoría ponía a los que aún resistían, como Quesada y Norton y Rudiger. A Barrett le interesó ver que Hahn percibía en esos tres una grave tensión, y que podían desmoronarse en cualquier momento. Para él, Quesada y Norton y Rudiger eran casi tan estables como cuando habían caído en el Yunque de la Estación Hawksbill; pero eso quizá se debía al efecto distorsionador de sus propias percepciones borrosas. Para alguien de afuera como Hahn, el panorama era diferente y quizá más preciso.

    Barrett se obligó a no saltar hasta la valoración que Hahn hacía de él.

    Siguió leyendo con tenacidad la descripción del probable futuro de la población de Hawksbill: nada brillante. Hahn pensaba que el proceso de deterioro era acumulativo e imparable, y que a cualquier hombre que hubiera estado en aquel sitio más de un año o dos lo doblegarían pronto el aislamiento y el desarraigo. Barrett pensaba lo mismo, aunque creía que los más jóvenes resistían algo más. Pero el razonamiento de Hahn era inexorable y su evaluación de las posibilidades parecía convincente. ¿Cómo ha sabido tanto de nosotros en tan poco tiempo?, se preguntó Barrett. ¿Será tan agudo? ¿O será que somos muy transparentes?

    En la quinta página, Barrett encontró la descripción que Hahn hacía de él. No le gustó.

    «La Estación —había escrito Hahn— está nominalmente bajo la autoridad de Jim Barrett, un revolucionario de la vieja guardia que lleva aquí cerca de veinte años. Barrett es el prisionero de mayor jerarquía en cuanto a antigüedad. Toma las decisiones administrativas y parece servir de fuerza estabilizadora. Algunos de los hombres lo adoran, pero no creo que pudiera ejercer una influencia real en caso de que alguien cuestionara su autoridad o intentara derrocarlo. En la imprecisa anarquía social de la Estación Hawksbill, el gobierno de Barrett se basa casi por completo en el consentimiento de los gobernados, y si le retiraran su apoyo, como en la Estación no hay armas, él no podría imponer su voluntad. De todos modos no me parece probable que eso vaya a ocurrir, puesto que la mayoría de los hombres de este lugar están desvitalizados y desmoralizados, y no tendrían fuerzas para organizar una insurrección contra Barrett aunque lo necesitaran.
    »En general Barrett ha sido una fuerza positiva dentro de la Estación. Aunque algunos otros hombres del lugar tienen calidades de liderazgo, es evidente que sin él todo esto se habría fragmentado en una desastrosa confusión hace mucho tiempo. Sin embargo, Barrett es como una viga fuerte roída desde dentro por las termitas. Parece sólido, pero un buen empujón lo quebraría. Una reciente herida en un pie ha tenido para él un efecto evidentemente nefasto. Los otros hombres dicen que solía tener una gran energía física y que su autoridad provenía en gran medida de su estatura y de su fuerza. Ahora Barrett apenas puede caminar. Pero creo que el problema de Barrett es inherente a la vida de la Estación Hawksbill, y que no tiene mucho que ver con su cojera. Lleva muchos años alejado de los impulsos humanos normales. El ejercicio del poder le ha dado la ilusión de estabilidad y le ha permitido seguir funcionando, pero el suyo es un poder en un vacío, y dentro de él han ocurrido cosas de las que no tiene ninguna conciencia. Necesita terapia urgente. Quizá ya no se pueda hacer nada por él.»

    Atónito, Barrett leyó ese pasaje varias veces. Las palabras se le clavaban como agujas. Roída desde dentro por las termitas…

    … un buen empujón…

    … dentro de él han ocurrido cosas… terapia urgente…

    … no se pueda hacer nada por él…

    Las palabras de Hahn enfadaron a Barrett menos de lo que esperaba. Hahn tenía derecho a su propia opinión. A lo mejor hasta tenía razón. Barrett llevaba allí demasiados años viviendo separado de los demás; nadie se atrevía a hablarle sin rodeos. ¿Se habría deteriorado? ¿Acaso los demás lo estarían tratando con demasiada amabilidad?

    Finalmente, Barrett dejó de releer lo que Hahn había escrito sobre él y continuó hasta la última página de las notas. El ensayo terminaba con estas palabras: «Por lo tanto, recomiendo el rápido cese de la colonia penal de la Estación Hawksbill y, hasta donde sea posible, la rehabilitación terapéutica de sus presos.»

    ¿Qué demonios era aquello?

    ¡Parecía el informe de un inspector para conceder una libertad condicional! Pero no había libertad condicional en la Estación Hawksbill. Aquella disparatada frase final anulaba la viabilidad de todo lo precedente. Que Hahn percibiera con tanta claridad y agudeza lo que pasaba en la Estación no servía para nada. Un hombre que podía escribir «Recomiendo el rápido cese de la colonia penal de la Estación Hawksbill» estaba loco.

    Era evidente que Hahn fingía preparar un informe para el gobierno de Arriba. Con prosa enérgica y capaz había diseccionado la Estación y ofrecido un análisis total. Pero un muro de mil millones de años de espesor le impedía presentar ese informe. Así que Hahn estaba delirando, tanto como Altman y Valdosto y los demás. En su mente febril creía que podía enviar mensajes a la gente de Arriba, documentos pomposos en los que trazaba los defectos y los puntos flacos de los demás prisioneros.

    Eso planteaba una escalofriante posibilidad. Hahn podía estar chiflado, pero no había estado en la Estación el tiempo suficiente para haberse vuelto loco allí. Tenía que haber traído su locura de Arriba.

    ¿Qué pasaría si hubieran dejado de usar la Estación Hawksbill como campo de prisioneros políticos, se preguntó Barrett, y estuvieran comenzando a usarla como manicomio?

    Era una idea tenebrosa: una cascada de psicópatas cayendo en la Estación. Del Martillo llovería todo tipo de desechos humanos. Hombres que habían ido perdiendo la razón de manera honorable a causa de la tensión nerviosa producida por el largo confinamiento tendrían que hacer sitio a locos comunes.

    Barrett se estremeció. Apuntó con los papeles de Hahn hacia Latimer, que estaba sentado a pocos metros de distancia observándolo con atención.

    — ¿Qué te pareció esto? —preguntó Latimer.
    — Creo que cuesta valorarlo con una sola lectura. —Se frotó la cara con la mano, apretando con fuerza—. Pero es probable que el amigo Hahn tenga algún trastorno mental. Esto no me parece obra de un hombre sano.
    — ¿Crees que es un espía de Arriba?
    — No —dijo Barrett—. No lo creo. Pero me parece que él piensa que es un espía de Arriba. Eso es lo que me resulta más alarmante.
    — ¿Qué vas a hacer con él? —quiso saber Altman.
    — Por el momento sólo observarlo y esperar —dijo Barrett con suavidad. Dobló el delgado fajo de papeles y se lo dio a Latimer—. Deja esto exactamente como lo encontraste, Don. Y que Hahn no tenga la menor sospecha de que lo has leído o sacado de allí.
    — De acuerdo.
    — Y ven a verme en cuanto creas que tengo que enterarme de algo relacionado con él —dijo Barrett—. Puede estar muy enfermo. Quizá necesite toda nuestra ayuda.


    11


    Barrett no tuvo ninguna mujer estable después de que arrestaron a Janet. Vivía solo, aunque en su cama había bastante compañía transitoria. De algún modo se sentía culpable de la desaparición de Janet, y no quería que alguna otra chica corriese la misma suerte.

    Sabía que esa culpa era injustificada. Janet ya estaba en el movimiento clandestino cuando él se enteró de su existencia, y sin duda la policía la había estado observando durante mucho tiempo. Probablemente la habían detenido porque la consideraban peligrosa y no porque estuvieran tratando de llegar a Barrett. Pero no podía evitar la sensación de responsabilidad, la idea de que pondría en peligro la libertad de cualquier chica que fuera a vivir con él.

    Pero no tenía dificultades para encontrar compañeras. Ahora era el virtual líder del grupo de Nueva York, y eso le daba un carisma que para las muchachas era irresistible. Pleyel, más asceta y piadoso, se había retirado al papel de teórico puro. Barrett se encargaba de la rutina diaria de la organización. Barrett despachaba a los mensajeros, coordinaba las actividades de las áreas contiguas y planeaba los golpes. Y, como un pararrayos, se convirtió en el foco de los anhelos de muchos jóvenes de ambos sexos. Para ellos era un famoso héroe de la revolución, un Viejo Revolucionario. Se estaba convirtiendo en una leyenda. Casi tenía treinta años.

    Así que las chicas acudían en tropel a su pequeño apartamento. A veces vivía con una chica hasta dos semanas. Entonces le sugería que ya era hora de que se fuera.

    — ¿Por qué me echas? —preguntaba la chica de turno—. ¿No te gusto? ¿No te hago feliz, Jim?

    Y la respuesta de él era más o menos ésta:

    — Muñeca, eres maravillosa. Pero si te quedas aquí, uno de estos días la policía vendrá a buscarte. No es la primera vez. Te llevarán y no sabremos más de ti.
    — Yo no soy nadie. ¿Para qué les serviría?
    — Para acosarme —explicaba Barrett—. Por eso conviene que te vayas. Por favor. Por tu propia seguridad.

    Finalmente tenía que echarlas. Y entonces seguían una o dos semanas de soledad monástica, buenas para el alma, pero la ropa sucia empezaba a apilarse y no le vendría mal cambiar las sábanas y compren—, día que la vida monástica tenía sus desventajas, y alguna otra adolescente revolucionaria se mudaba emocionada a su apartamento y se dedicaba a las necesidades terrenales de Barrett durante un tiempo. A él le costaba diferenciarlas en el recuerdo. Por lo general tenían piernas largas y se vestían de la manera más inconformista del momento y la mayoría tenían rostros vulgares y buenos cuerpos. La Revolución tendía a atraer a ese tipo de chicas que no pueden— esperar para quitarse la ropa y probar que sus pechos y muslos y nalgas compensaban las deficiencias del rostro.

    Ahora nunca faltaba sangre nueva. De eso se había encargado la psicología de estado policial introducida por el canciller Dantell. Dantell conducía con mano firme la nave del Estado, pero cada vez que sus secuaces iban a golpear en una puerta a medianoche, creaban nuevos revolucionarios. Los temores de Jack Bernstein de que el movimiento clandestino terminara en la impotencia como consecuencia de la sabia benevolencia del gobierno eran infundados. El gobierno no era del todo infalible, y no podía resistir del todo la tentación del totalitarismo; así, el movimiento de resistencia sobrevivía de manera desorganizada y crecía un poco cada año. El gobierno del canciller Arnold había sido más astuto, pero el canciller Arnold estaba muerto.

    Entre la gente nueva que entró en el movimiento durante esos años difíciles de finales de la década de los noventa estaba Bruce Valdosto. Apareció en Nueva York un día de comienzos de 1997; no conocía a nadie y estaba lleno de ira y de odios no canalizados. Venía de Los Ángeles. Su padre tenía allí una taberna, y cuando un cobrador de impuestos lo acosó demasiado, le rompió la cara y lo arrojó a la calle. (El gobierno sindicalista, famoso por su puritanismo, era casi tan duro con los fabricantes y vendedores de bebidas alcohólicas como con los artistas y los escritores.) Ese día, más tarde, el recaudador de impuestos regresó con seis colegas y entre todos, metódicamente, mataron a golpes a Valdosto padre. El hijo, incapaz de detener la matanza, había sido arrestado por interferir en las funciones de los funcionarios del gobierno, y puesto en libertad después de un mes de intensos interrogatorios, cuya traducción era «torturas». Entonces Valdosto inició la hégira transcontinental que lo llevó al apartamento de Jim Barrett, en el sur de Manhattan.

    Tenía poco más de diecisiete años. Barrett no lo sabía. Para él, Valdosto era un hombre moreno, de baja estatura y de más o menos su misma edad, con hombros inmensos y torso fuerte y piernas extrañamente desproporcionadas. Tenía el pelo enmarañado y grueso, y los ojos ardientes y feroces de un terrorista nato, pero ni su aspecto ni sus palabras ni sus actos delataban su juventud. Barrett nunca supo si Valdosto había nacido ya así o si había sufrido un envejecimiento acelerado en el crisol del tanque de interrogatorios de Los Ángeles.

    — ¿Cuándo empieza La Revolución? —quiso saber Valdosto—. ¿Cuándo empieza la matanza?
    — No habrá ninguna matanza —dijo Barrett—. El golpe, cuando se produzca, será incruento.
    — ¡Imposible! Tenemos que sacarle la cabeza al enemigo. Zas, como quien mata una serpiente.

    Barrett le mostró los organigramas de La Revolución: el plan según el cual se detendría al canciller y al Consejo de Síndicos, los oficiales jóvenes del ejército proclamarían la ley marcial y una Corte Suprema organizada anunciaría la reinstauración de la Constitución de 1789. Valdosto miró los gráficos, se hurgó la nariz, se rascó el pecho peludo, cerró los puños y gruñó:

    — No. Eso no funcionará nunca. Es imposible pretender dominar un país mediante el arresto de un par de docenas de hombres clave.
    — Ocurrió en 1984 —señaló Barrett.
    — Eso fue diferente. El gobierno estaba en ruinas. Ese año ni siquiera hubo presidente. Pero ahora tenemos un gobierno de auténticos profesionales. La cabeza de la serpiente es mucho más grande de lo que crees, Barrett. Vas a tener que ir mucho más allá de los síndicos. Vas a tener que meterte con los burócratas. Con los pequeños führers, con los tiranos de medio pelo que adoran tanto su puesto que harán cualquier cosa para conservarlo. El tipo de sujetos que mataron a mi padre. Hay que acabar con ellos.
    — Son miles —dijo Barrett, alarmado—. ¿Y estás diciendo que tendríamos que ejecutar a todos los funcionarios públicos?
    — No todos. Pero sí a la mayoría. Limpiar a los que se han ensuciado. Borrón y cuenta nueva.

    Lo más aterrador de Valdosto, pensó Barrett, no era su afición a expresar con vehemencia ideas incendiarias, sino que sinceramente creía en ellas y estaba totalmente dispuesto a llevarlas a cabo. A la hora de haber conocido a Valdosto, Barrett se había convencido de que ya debía de haber cometido por lo menos una docena de asesinatos. Después Barrett descubrió que Valdosto no era más que un niño que soñaba con vengar a su padre, aunque nunca perdió la incómoda sensación de que Val carecía de los habituales escrúpulos. Recordó al adolescente Jack Bernstein insistiendo, casi una década antes, en que para derribar al gobierno hacía falta una campaña calculada de crímenes. Y Pleyel, suave como siempre, había comentado: «El asesinato no es un método válido de discurso político.» Hasta donde sabía Barrett, los deseos asesinos de Bernstein nunca habían pasado de la fase teórica; pero allí estaba el joven Valdosto, ofreciéndose como el ángel exterminador para cumplir los sueños revolucionarios de Jack. Era una suerte, se dijo Barrett, que Bernstein no estuviese ya tan metido en las actividades del movimiento clandestino. Con el aliento adecuado, Valdosto podía convertirse en una brigada de terror unipersonal.

    En vez de eso se convirtió en el compañero de cuarto de Barrett. El acuerdo fue accidental. Valdosto necesitaba un sitio para pasar la primera noche en la ciudad, y Barrett le ofreció un sofá. Como Val no tenía dinero, no estaba en condiciones de buscar un apartamento, y aunque terminó en la nómina de lo que ahora llamaban el Frente Continental de Liberación, siguió viviendo con Barrett. A Barrett no le importaba. Después de la tercera semana le dijo:

    — Olvídate de buscar un sitio para vivir. Puedes seguir quedándote aquí.

    Se llevaban muy bien, a pesar de la diferencia de edad y de temperamento. Barrett descubrió que Valdosto le producía un efecto rejuvenecedor. Aunque sólo estaba a punto de cumplir treinta años, Barrett se sentía mayor; a veces se sentía incluso viejo. Llevaba en el movimiento clandestino casi la mitad de su vida, de manera que La Revolución se había transformado para él en una pura abstracción, en reuniones interminables y mensajes secretos y panfletos. A un médico que sólo va curando narices acatarradas le cuesta imaginar que trabaja, paso a paso, hacia un mundo del que desaparecerán las enfermedades; y Barrett, inmerso en los rituales nimios de la burocracia revolucionaria, perdía a menudo de vista la meta principal, o se olvidaba de que existía esa meta. Empezaba a deslizarse hacia la esfera enrarecida habitada por Pleyel y los demás agitadores originales: una esfera donde todo fervor estaba muerto y donde el idealismo se había transmutado en ideología. Valdosto lo rescató de todo eso.

    Para Val, La Revolución no tenía nada de abstracto. Para él La Revolución era cuestión de romper cráneos y retorcer pescuezos y bombardear oficinas. Consideraba a los anónimos funcionarios del gobierno sus enemigos especiales, conocía sus nombres y soñaba con los castigos que impondría a cada uno. Su intensidad era contagiosa. Barrett, cuando lograba sustraerse al ansia destructora de Valdosto, empezaba a recordar que había un propósito central, fundamental para su cadena de rutinas diarias. Valdosto le hizo renacer los sueños revolucionarios tan difíciles de sustentar, semana tras semana, durante años y décadas.

    Y cuando no estaba pensando en un derramamiento de sangre, Valdosto era un compañero alegre y divertido. Por supuesto, llevaba un tiempo acostumbrarse a él. Casi carecía de inhibiciones y le gustaba andar desnudo por el apartamento, incluso cuando había visitas; la primera vez que salió así fue como una aparición antropoide, increíblemente grotesca, con aquel cuerpo fornido densamente cubierto de pelo grueso enmarañado, las piernas tan enanas que no le costaría tocar el suelo con los nudillos. Y unos días más tarde, cuando tenía una chica en la habitación, los dos salieron desnudos corriendo atropelladamente, persiguiéndose por la sala mientras Barrett, Pleyel y otros dos miraban asombrados. La chica, muy nerviosa, puros muslos blancos y pechos movedizos, se vio finalmente atrapada en un rincón, y Val la levantó de manera triunfal y se la llevó para la consumación.

    — Es muy primitivo —explicó Barrett, avergonzado.

    Valdosto pronto abandonó sus travesuras más estrafalarias, pero nunca se sabía qué haría a continuación. Parecía estar sublimando los impulsos terroristas con acrobacias eróticas, y a veces llevaba las mujeres de a dos y de a tres a su habitación; después arrojaba los desechos a Barrett. Los primeros meses fueron un poco frenéticos para Barrett, pero con el tiempo se adaptó al hecho de que siempre, a cualquier hora, encontraría el sitio lleno de mujeres desparramadas, desnudas y exhaustas, y participaba en la diversión con genuino entusiasmo, diciéndose que la vida de un revolucionario no tenía por qué ser austera.

    El apartamento de Barrett se convirtió otra vez en centro social del grupo clandestino, como ya lo había sido cuando vivía con Janet. El clima de terror había vuelto a disminuir, y no hacía falta una exagerada cautela; aunque Barrett sabía que lo vigilaban, permitía sin dudar que otros lo visitaran.

    Hawksbill apareció algunas veces. Barrett se encontró con él por casualidad en una de sus raras incursiones en círculos sociales no revolucionarios. Columbia University había reabierto después de una forzada suspensión de las clases durante tres años, y Barrett se encontró viajando a Mornigside Heights una helada noche de primavera del998 para asistir a una fiesta organizada por un hombre que apenas conocía, un profesor de tecnología de la información aplicada llamado Golkin. Por entre la espesa nube de humo vislumbró a Edmond Hawksbill del otro lado de la habitación, y sus miradas se encontraron e intercambiaron remotos saludos con la cabeza, y Barrett empezó a dudar si saludarlo o no, y Hawksbill parecía estar en la misma situación; después de un—rato Barrett pensó, al demonio, sí lo saludo, y empezó a abrirse paso entre la gente.

    Se encontraron a medio camino. Barrett no veía al matemático desde hacía casi dos años, y el cambio de aspecto lo asustó. Hawksbill nunca había sido un hombre apuesto, pero ahora parecía como si hubiera sufrido algún tipo de colapso glandular, y los efectos resultaban inquietantes. Estaba totalmente calvo. Sus mejillas, que siempre habían parecido sucias, mal afeitadas, eran de un extraño color rosa. Sus labios y su nariz habían engordado; tenía los ojos perdidos dentro de órbitas carnosas; su barriga era enorme, y todo su cuerpo parecía incrustado dentro de nuevas capas de grasa. Se estrecharon brevemente la mano; la piel de Hawksbill era húmeda, los dedos blandos y fláccidos. Barrett recordó que era sólo nueve años mayor que él, y que por tanto no había cumplido aún los cuarenta años. Parecía un hombre al borde de la tumba.

    — ¿Qué haces aquí? —dijeron los dos al mismo tiempo.

    Barrett le explicó su vaga amistad con Golkin, el anfitrión. Hawksbill contó que acababan de invitarlo a formar parte de la facultad de matemáticas avanzadas de Columbia.

    — Creía que no te gustaba enseñar —dijo Barrett.
    — Es cierto. No me gusta. Me han dado un cargó de investigador. Trabajo para el gobierno.
    — ¿Clasificado?
    — ¿Existe alguna otra modalidad? —preguntó Hawksbill con una leve sonrisa.

    Barrett sintió que el aspecto de aquel hombre le ponía la piel de gallina. Detrás de las gruesas gafas, los ojos de Hawksbill parecían fríos y extraños; algún efecto de la miopía quitaba toda humanidad a aquella mirada, que recordaba a un ser de otro mundo.

    — No sabía que aceptabas dinero del gobierno —dijo Barrett con un escalofrío—. Entonces quizá no tendría que hablar contigo. Podría comprometerte.
    — ¿Quieres decir que le sigues dando duro a La Revolución? —preguntó Hawksbill.
    — Sí, le sigo dando duro.

    El matemático le regaló una fluida sonrisa.

    — Suponía que un hombre de tu inteligencia se habría desencantado de todos esos pelmazos inadaptados.
    — No soy tan brillante como crees, Ed —dijo Barrett sin levantar la voz—. Ni siquiera tengo un título universitario, ¿recuerdas? Soy lo suficientemente estúpido como para creer que aquello por lo que trabajamos tiene sentido. Tú mismo lo creíste alguna vez.
    — Todavía lo creo.
    — ¿Así que te opones al gobierno pero trabajas para el gobierno? —preguntó Barrett. Hawksbill movió los cubitos de hielo del vaso.
    — ¿Te cuesta tanto aceptarlo? El gobierno y yo hemos pactado un matrimonio de conveniencia. Ellos saben, por supuesto, que estoy contaminado por un pasado revolucionario. Y yo sé que ellos son una pandilla de cabrones fascistas. Pero estoy realizando una investigación que sencillamente no podría llevar adelante sin una ayuda financiera de varios millones de dólares anuales, y eso me obliga a buscar subvenciones oficiales. Y el gobierno tiene suficiente interés en el proyecto y confía lo suficiente en mi talento como para apoyarme sin preocuparse por las ideologías. Yo los detesto y ellos desconfían de mí. Hemos llegado a un acuerdo que nos permite trabajar salvando las distancias.
    — Orwell llamaba a eso pensamiento contradictorio.
    — Ah, no —dijo Hawksbill—. Es Realpolitik, es cinismo, pero no pensamiento contradictorio. Ninguna de las partes se hace ilusiones con la otra. Nos usamos mutuamente, amigo mío. Yo necesito su dinero, ellos necesitan mi cerebro. Pero yo sigo abominando de la filosofía de este gobierno, y ellos lo saben.
    — En ese caso —dijo Barrett—, podrías seguir trabajando con nosotros sin poner en peligro tu subvención.
    — Supongo que sí.
    — Entonces ¿por qué te has alejado del movimiento? Necesitamos tu talento, Ed. No tenemos a nadie con una mente que pueda barajar cincuenta factores simultáneos, y tú lo haces con facilidad. Te hemos echado de menos. ¿Puedo pedirte que vuelvas al grupo?
    — No —dijo Hawksbill—. Sirvámonos algo más y te lo explico,
    — Muy bien.

    Pasaron por todo el ritual de llenarse los vasos. Hawksbill tomó un largo trago. En el borde 'de la boca le quedaron unas gotas que le bajaron por la barbilla carnosa hasta perderse en los pliegues manchados del cuello. Barrett apartó la mirada, tomando un buen trago de su propio vaso.

    — No me he alejado de tu grupo porque tuviera miedo a ser arrestado —dijo entonces Hawksbill—. Ni porque haya dejado de desdeñar a los sindicalistas, ni porque me haya vendido a ellos. No. Me fui, si quieres que te lo diga, por aburrimiento y por desprecio. Decidí que el Frente Continental de Liberación no merecía mis energías.
    — Eso es muy fuerte —dijo Barrett.
    — ¿Sabes por qué? Porque la dirección del movimiento cayó en manos de postergadores simpáticos como tú. ¿Dónde está La Revolución? Vivimos en el año 1998, Jim. Los sindicalistas llevan casi catorce años en el gobierno. No ha habido un solo intento visible de sacarlos del poder.
    — Las revoluciones no sé planifican en una semana, Ed.
    — Pero, ¿catorce años? ¿Catorce años? Quizá si Jack Bernstein estuviera al frente habría habido alguna acción. Pero Jack se amargó y se fue. Muy bien: Edmond Hawksbill no tiene más que una vida, y quiere vivirla de manera útil. Me cansé de los debates económicos serios y del parlamentarismo procesal. Me dediqué más a mi propia investigación. Me retiré.
    — Lamento que te hayamos aburrido tanto, Ed.
    — Yo también. Durante un tiempo creí que el país tenía posibilidades de recuperar su libertad. Después me di cuenta de que eso era imposible.
    — ¿Vendrás de todos modos a visitarme? Quizá puedas ayudarnos a arrancar de nuevo —dijo Barrett—. Todo el tiempo se incorporan jóvenes. Hay un tipo de California llamado Valdosto que tiene más fervor que diez de nosotros juntos. Y otra gente. Si vinieras, y nos dieras tu prestigio…

    Hawksbill se mostró escéptico. Le costaba ocultar su total desdén por el Frente Continental de Liberación. Pero no podía negar que aún apoyaba los ideales que defendía el Frente, así que Barrett se las ingenió para que aceptara hacerle una visita.

    Hawksbill apareció por el apartamento, la semana siguiente. Había allí una docena de personas, la mayoría muchachas que se sentaron a los pies de Hawksbill y lo miraron con adoración mientras él apretaba el vaso y rezumaba sudor y aburrido sarcasmo. Era, pensó Barrett, como una enorme babosa blanca en el sillón, húmedo, epiceno, repulsivo. Pero el atractivo que tenía para esas chicas era francamente sexual. Barrett notó que Hawksbill se encargaba muy bien de eludir las insinuaciones antes de que hubieran llegado demasiado lejos. A Hawksbill le gustaba ser el foco de sus deseos —Barrett sospechaba que ése era el motivo por el que acudía con tanta frecuencia—, pero no mostraba ningún interés en capitalizar sus oportunidades.

    Hawksbill consumía grandes cantidades del ron de Barrett y explicaba con lujo de detalles por qué el Frente Continental de Liberación estaba condenado al fracaso. El tacto nunca había sido el punto fuerte de Hawksbill, y a veces su análisis de los defectos del movimiento clandestino eran ferozmente agudos. Durante un tiempo Barrett pensó que era un error exponer ante él a los revolucionarios neófitos, dado que su crudo pesimismo podía llegar a desalentarlos para siempre. Pero Barrett descubrió que ninguno de los jóvenes admiradores de Hawksbill tomaba en serio sus espantosas acusaciones. Adoraban al matemático por su brillo como matemático, y daban por sentado que su pesimismo formaba parte de su excentricidad general, junto con su falta de cuidado y su gordura y su flaccidez. Así que valía la pena correr el riesgo de tener cerca a Hawksbill soltando esas largas peroratas con la esperanza de recuperarlo para el movimiento.

    En un momento de descuido, cargado de ron, Hawksbill permitió que Barrett le preguntase sobre la investigación secreta que estaba haciendo para el gobierno.

    — Estoy construyendo un transporte temporal —dijo Hawksbill.
    — ¿Sigues con eso? Creía que lo habías dejado hace mucho tiempo.
    — ¿Por qué habría de dejarlo? Las ecuaciones iniciales de 1983 son válidas, Jim. Toda una generación ha atacado mi trabajo, y nadie le ha encontrado un punto débil. Así que todo es cuestión de llevar la teoría a la práctica.
    — Siempre despreciabas el trabajo experimental. Eras un teórico puro.
    — Cambié de idea —dijo Hawksbill. Llevé la teoría hasta donde hace falta. —Se inclinó hacia delante y entrelazó pesadamente los dedos rechonchos y rosados sobre la barriga— La inversión temporal es un hecho consumado en el nivel subatómico, Jim. Los rusos apuntaron en esa dirección hace por lo menos cuarenta años. Mis ecuaciones confirmaron sus extrañas conjeturas. En el laboratorio se puede invertir la senda temporal de un electrón y enviarlo hacia atrás un segundo.
    — ¿Hablas en serio?
    — Eso ya es cosa vieja. El electrón, cuando se lo acelera, altera su carga y se transforma en positrón. Eso estaría bien, pero tiende a buscar un electrón que avanza por su misma senda y se aniquilan mutuamente.
    — ¿Causando una explosión atómica? —preguntó Barrett.
    — No lo creo. —Hawksbill sonrió—. Se produce una liberación de energía, pero es sólo un rayo gamma. Bueno, al menos hemos logrado prolongar la vida de nuestro positrón, que viaja hacia atrás unos' mil millones de veces más que antes, aunque eso no llega a ser ni siquiera un segundo. Sin embargo, si podemos enviar un solo electrón un solo segundo hacia atrás, sabemos que no hay ningún impedimento teórico para enviar un elefante un billón de años hacia atrás. Sólo hay dificultades técnicas. Tenemos que aprender a aumentar la masa de transmisión. Tenemos que resolver la inversión de la carga; de lo contrario sólo mandaríamos bombas de antimateria a nuestro propio pasado, y destruiríamos nuestros laboratorios. También tenemos que averiguar qué hace a un ser viviente la inversión de la carga. Pero ésas son trivialidades. En cinco, diez o veinte años las habremos resuelto. Lo que cuenta es la teoría. La teoría es sólida. —Hawksbill soltó un fuerte eructo—. Mi vaso vuelve a estar vacío, Jim.

    Barrett se lo llenó.

    — ¿Por qué quiere el gobierno financiar tu investigación sobre la máquina del tiempo?
    — ¿Quién sabe? Lo único que me importa es el hecho de que autorizan mis gastos. No me toca a mí pensar por qué. Yo hago mi trabajo y espero que todo sea para un buen fin.
    — Increíble —dijo Barrett en voz baja.
    — ¿Una máquina del tiempo? No, no es increíble. No lo es si estudias mis ecuaciones.
    — No digo que la máquina del tiempo sea increíble, Ed. No si tú dices que puede construirse. Lo que me parece increíble es que estés dispuesto a dejar que el gobierno se apodere de ella. ¿No te das cuenta del poder que les das, la posibilidad de ir y venir por el tiempo a su antojo y eliminar a los abuelos de la gente que les crea problemas? Revisar el pasado para…
    — Oh —dijo Hawksbill—, nadie podrá ir y venir por el tiempo. Las ecuaciones sólo se refieren al viaje hacia atrás. Ni siquiera me he planteado el movimiento hacia adelante. De todos modos, no creo que sea posible. La entropía es la entropía, y no se la puede invertir, al menos en el sentido que yo empleo. El viaje por el tiempo será en una sola dirección, tal como nos ocurre hoy a todos los pobres mortales. Sólo cambiará de sentido, eso es todo.

    A Barrett, gran parte de lo que Hawksbill decía acerca de la máquina del tiempo le resultaba incomprensible, y lo demás insoportable por la petulancia. Pero se quedó con la incómoda sensación de que el matemático estaba al borde del éxito, que en pocos años se habría perfeccionado un proceso para invertir el flujo del tiempo y que estaría en manos del gobierno. Bueno, pensó, el mundo había sobrevivido a Albert Einstein. Había sobrevivido a J. Robert Oppenheimer. De alguna manera también sobreviviría a Edmond Hawksbill.

    Quería saber más acerca de la investigación de Hawksbill. Pero justo entonces llegó Jack Bernstein, y Hawksbill, recordando tardíamente que su trabajo era secreto, cambió bruscamente de tema.

    Bernstein, como Hawksbill, se había alejado bastante del movimiento clandestino en los últimos años. A efectos prácticos se había retirado después de la ola de arrestos del verano de 1994. Durante los cuatro años siguientes Barrett lo había visto quizá una docena de veces. Sus encuentros eran fríos y distantes. Barrett empezaba a pensar que aquellas tardes, cuando los dos tenían quince años y discutían furiosamente sobre cualquier tema de interés intelectual entre las paredes cubiertas de libros del pequeño dormitorio de Jack, eran producto de su imaginación. Las caminatas por la nieve, la colaboración para las tareas del colegio, los primeros tiempos compartidos en el movimiento clandestino, ¿habrían, ocurrido de verdad? El pasado, para Barrett, se estaba desprendiendo y cayendo como una piel muerta, y su amistad juvenil con Jack Bernstein era lo primero que había perdido.

    Bernstein ahora era duro y frío, un hombre pequeño y enjuto que bien podría estar tallado en piedra. Nunca se había casado. Desde que había abandonado el movimiento clandestino ejercía la abogacía; tenía un apartamento en la parte alta de la ciudad, y dedicaba gran parte de su tiempo a viajar por asuntos de negocios. Barrett no entendía por qué Bernstein había empezado a visitarlo de nuevo. Por motivos sentimentales no era, seguramente. Tampoco mostraba el menor interés por las espasmódicas actividades del Frente Continental de Liberación. Quizá lo que le atraía era la figura de Hawksbill, pensó Barrett. Costaba imaginar a una persona tan glacial y reservada como Jack idolatrando a alguien, pero quizá no había superado su admiración adolescente por Hawksbill.

    Llegaba, se sentaba, bebía, de vez en cuando hablaba. Hablaba como si cada palabra le costara una libra de carne. Sus labios parecían cerrarse como tijeras entre las sílabas. Sus ojos, pequeños y enrojecidos, parpadeaban como si sufrieran un dolor contenido. Bernstein ponía muy incómodo a Barrett. Siempre había creído que Jack era un hombre atormentado por los demonios, pero ahora esos demonios parecían demasiado cerca de la superficie, demasiado capaces de prorrumpir y atacar a transeúntes inocentes.

    Y Barrett sentía el cosquilleo de la burla sorda de Jack. Como ex revolucionario, Bernstein parecía compartir la idea de Hawksbill de que el Frente era inútil y sus miembros unos ilusos. Sonriendo casi a escondidas, Bernstein parecía estar juzgando el grupo al que había dedicado tantos años de su propia vida. Pero sólo una vez dejó aflorar su desprecio. Pleyel entró en la habitación, una figura maravillosa, con una larga barba blanca, absorta en los cálculos para el próximo milenio. Saludó a Bernstein con la cabeza, como si hubiera olvidado quién era.

    — Buenas noches, camarada—dijo Bernstein—. ¿Cómo va La Revolución?
    — Nuestros planes están madurando —dijo— Pleyel con voz suave.
    — Sí. Sí. Es una excelente estrategia, camarada. Espera pacientemente hasta que los sindicalistas mueran a la décima generación. ¡Después ataca, ataca con dureza!

    Pleyel parecía desconcertado. Sonrió y se marchó a consultar algo con Valdosto, obviamente sin registrar el amargo sarcasmo de Bernstein. Barrett estaba molesto.

    — Jack, si buscas un blanco, úsame a mí. Bernstein soltó una risa áspera.
    — Tú eres demasiado grande, Jim. Contigo no podría errar el tiro, y entonces no sería deporte. Además, es cruel disparar a una presa fácil.

    Esa noche —a finales de noviembre de 1998— fue la última vez que Bernstein acudió al apartamento de Barrett. Hawksbill hizo una sola visita más, tres meses más tarde.

    — ¿Sabes algo de Jack? —le preguntó Barrett.
    — Ahora se hace llamar Jacob. Jacob Bernstein.
    — Siempre detestó ese nombre. Lo guardaba en secreto. Hawksbill parpadeó de manera afable.
    — Allá él. Cuando lo reconocí y lo llamé Jack, me explicó que se llamaba Jacob. Lo hizo de una manera bastante brusca.
    — Yo no he vuelto a verlo desde aquella noche de noviembre. ¿Qué está haciendo?
    — ¿De veras no te has enterado?
    — No —dijo Barrett—. ¿Es algo que yo deba saber?
    — Supongo que sí —dijo Hawksbill, ahogando una risita—. Jacob tiene un nuevo trabajo, y es probable que no vuelva a visitar socialmente a los líderes del Frente. Quizá les haga visitas profesionales, pero no sociales.
    — ¿Qué tipo de trabajo tiene? —dijo Barrett controlando la voz.

    Hawksbill parecía disfrutar diciéndolo.

    — Ahora es interrogador. Para la policía del régimen. Un trabajo que se acomoda muy bien a su personalidad, ¿no te parece? Seguramente va a tener mucho éxito.


    12


    La expedición de pesca regresó a la Estación en las primeras horas de la tarde. Barrett vio que el bote de Rudiger estaba rebosante, y a Hahn, desembarcando con brazadas de trilobites arponeados, se lo veía bronceado y contento.

    Barrett se acercó a mirar lo que habían pescado. Rudiger estaba de un humor efusivo, y levantó un crustáceo de un rojo vivo que podía haber sido el tatarabuelo de todas las langostas hervidas, pero no tenía pinzas delanteras y donde debería tener la cola le brotaba una púa triple de aspecto maligno. Medía algo más de medio metro de largo y era feo.

    — ¡Una nueva especie! —dijo Rudiger con orgullo—. No hay nada parecido en ningún museo. Dios mío, cómo me gustaría tener un sitio donde ponerlo para que después lo encontraran. Quizá en la cima de alguna montaña.
    — Si se pudiera encontrar, ya lo habrían encontrado —le recordó Barrett—. Algún paleontólogo del siglo xx lo habría desenterrado y exhibido en algún sitio, y tú te habrías enterado de todo. Así que olvídate, Mel.
    — He estado pensando en eso —dijo Hahn—. ¿Cómo es posible que nadie de Arriba haya encontrado jamás los restos fósiles de la Estación Hawksbill? ¿No les preocupa que alguno de los primeros cazadores de fósiles los encuentre en los estratos del cámbrico y arme un escándalo? Por ejemplo, alguno de los excavadores de dinosaurios del siglo XIX. Qué sorpresa se llevaría si encontrara chozas y huesos humanos y herramientas en un estrato más antiguo que los dinosaurios.

    Barrett movió negativamente la cabeza.

    — En primer lugar, ningún paleontólogo, desde el origen de la ciencia hasta la fundación de Hawksbill en el año 2005, desenterró la Estación. De eso hay datos: no sucedió, así que no hay de qué preocuparse. Y si la Estación apareciera después de 2005, todo el mundo sabría qué es y no pasaría nada. No habría ninguna paradoja.
    — Además —dijo Rudiger con tristeza—, dentro de otros mil millones de años esta cadena rocosa estará en el fondo del Atlántico, con tres kilómetros de sedimento encima. Es imposible que nos encuentren. O que alguien de Arriba vea alguna vez a este bicho que atrapé hoy. En realidad, me importa un bledo. Yo lo vi. Yo lo disecaré. Ellos se lo pierden.
    — Pero lamentas el hecho de que la ciencia no pueda conocer nunca esta especie —dijo Hahn—. La ciencia del siglo xxi.
    — Sí, claro. Pero no tengo yo la culpa. La ciencia conoce esta especie. Yo. Yo soy la ciencia. Soy el principal paleontólogo de esta época. ¿Acaso es culpa mía que no pueda publicar los descubrimientos en las revistas profesionales?

    Frunció el entrecejo y se marchó llevando al enorme crustáceo rojo.

    Hahn y Barrett se miraron y sonrieron, respondiendo con naturalidad al malhumorado arranque de Rudiger. Entonces la sonrisa se borró de la cara de Barrett.

    … termitas.: un buen empujón… terapia…

    — ¿Pasa algo? —preguntó Hahn.
    — ¿Por qué?
    — De pronto puso una cara muy triste.
    — Sentí una punzada en el pie —dijo Barrett—. Me pasa a veces. Vamos. Te ayudaré a llevar esas cosas. Está noche habrá cóctel fresco de trilobites.

    Empezaron a subir por los escalones hacia la propia Estación. De repente se oyó un fuerte grito en lo alto, la voz de Quesada:

    — ¡Atrapadlo! ¡Va hacia vosotros! ¡Atrapadlo!

    Alarmado, Barrett levantó la cabeza y vio a Bruce Valdosto que bajaba apresuradamente por los escalones de la cara del acantilado, desnudo del todo y arrastrando jirones del colchón de gomaespuma donde había estado aprisionado. Quizá unos treinta metros más arriba estaba Quesada, chorreando sangre por la nariz, con cara de aturdido y apaleado.

    Valdosto, bajando hacia ellos, tenía un aspecto terrible. Nunca había sido un hombre ágil, a causa de las piernas, pero ahora, después de semanas bajo el efecto de los sedantes, apenas se podía tener de pie. Avanzaba tambaleándose, tropezando y cayendo, levantándose y recorriendo unos metros antes de volver a caer. Le brillaba el cuerpo velludo, cubierto de sudor, y tenía una mirada desorbitada; separaba los labios hacia atrás en una sonrisa rígida. Parecía un animal que acaba de soltarse de la correa y huye al mismo tiempo, de manera desordenada, hacia la libertad y la destrucción.

    Barrett y Hahn apenas tuvieron tiempo de dejar en el suelo la carga de trilobites cuando ya tenían a Valdosto encima.

    — Ponga su hombro contra el mío —dijo Hahn—, así lo bloquearemos. Barrett dijo que sí con la cabeza, pero no pudo moverse con suficiente rapidez, y Hahn lo agarró del brazo y lo colocó en la posición correcta. Barrett se afirmó en la muleta.

    Valdosto chocó contra ellos como una piedra.

    Bajaba medio corriendo y medio cayendo por los escalones, y cuando estaba todavía tres metros por encima de ellos se arrojó al aire.

    — ¡Val! —jadeó Barrett, tratando de detenerlo, pero entonces Valdosto lo golpeó entre el pecho y la cintura.

    Barrett absorbió todo el impacto. La muleta se le incrustó en la axila, y giró sobre las rodillas, torciendo la pierna sana y mandando un violento mensaje de dolor a lo largo de todo el cuerpo. Para no dislocarse el hombro, soltó la muleta, y mientras la muleta caía sintió que también él iba hacia el suelo, y la atrapó antes de perder del todo el equilibrio. Al cambiar de posición, quedó un hueco entre él y Hahn. Como una pelota saltarina, Valdosto se metió por esa abertura. Eludió la mano de Hahn que intentaba aferrarlo y se alejó escaleras abajo.

    — ¡Val, vuelve aquí! —dijo Barrett con voz resonante—. ¡Val!

    Pero lo único que podía hacer era gritan Vio con impotencia cómo Valdosto llegaba al borde del mar y, resbalando y zambulléndose, se lanzaba al agua. Movía los brazos de manera desenfrenada, remando como un loco. Su cabeza oscura asomó un momento; después una ola imponente le cayó encima y lo barrió. Cuando Barrett volvió a verlo, estaba a cincuenta metros de la orilla.

    Para entonces Hahn había llegado al bote varado de Rudiger y estaba soltando las amarras. Lo llevó hasta el agua y se puso a remar con desesperación. Pero la marea estaba alta, y la marea era despiadada; las olas zarandeaban el bote como si fuera una ramita. Por cada metro que Hahn se apartaba de la orilla, las aguas lo hacían retroceder medio metro. Mientras tanto, Valdosto se iba alejando cada vez más, golpeando las olas con las manos abiertas, saliendo brevemente a la superficie y desapareciendo después un largo rato.

    Barrett, aturdido, se había quedado dolorido y paralizado en el mismo sitio por donde se les había escapado Valdosto. Ahora Quesada estaba a su lado.

    — ¿Qué pasó? —preguntó Barrett.
    — Le estaba poniendo un sedante y se volvió loco. Estaba suelto en el catre y se levantó de golpe y me derribó. Echó a correr. Hacia el mar… Gritaba todo el tiempo que volvía a casa a nado.
    — Eso está haciendo —dijo Barrett.

    Observaron la lucha. Hahn, exhausto, trataba furiosamente de hacer avanzar un bote demasiado pesado para un solo remero ante olas demasiado encrespadas. Valdosto, usando las últimas energías, había dejado atrás los primeros rompientes y nadaba sin cesar hacia el mar abierto. Pero la plataforma de roca subía en la zona que tenía por delante, y el agua espumosa salpicaba los abultados dientes pedregosos. Con la marea alta se formaban allí remolinos. Valdosto avanzó sin dudar hacia las aguas más revueltas. Las olas lo arrebataron, lo levantaron y lo hundieron de nuevo. Pronto fue sólo 'una línea contra el horizonte.

    Los demás estaban llegando ahora, atraídos por los gritos. Uno a uno se fueron acomodando a lo largo de la orilla o de la escalera de piedra. Altman, Rudiger, Latimer, Schultz, los cuerdos y los enfermos, los soñadores, los viejos, los cansados, se quedaron paralizados mientras Hahn azotaba el mar con los remos y Valdosto saltaba entre las olas. Ahora Hahn estaba volviendo. Se abría paso entre el oleaje, y Rudiger y dos o tres más salieron de aquel estado de trance, agarraron el bote y lo arrastraron a tierra y lo amarraron. Hahn bajó tropezando, pálido de cansancio. Cayó de rodillas y se puso a hacer arcadas sobre las piedras mientras las olas le lamían las botas. Cuando se hubo repuesto, se levantó tambaleándose y caminó hasta donde estaba Barrett.

    — Hice todo lo posible —dijo—. El bote no se movía. Pero intenté rescatarlo.
    — Está bien —dijo Barrett con suavidad—. Nadie lo podría haber hecho. Las aguas estaban demasiado revueltas.
    — Quizá si hubiera intentado nadar…
    — No —dijo Doc Quesada—. Valdosto estaba loco. Y era muy fuerte. Te habría hundido si las olas no lo lograban antes.
    — ¿Dónde está? —preguntó Barrett—. ¿Alguien lo ve?
    — Allá, junto a las rocas —dijo Latimer—. ¿No es él?
    — Se ha hundido —dijo Rudiger—. Hace tres o cuatro minutos que no sale a la superficie. Es mejor así. Para él, para nosotros, para todo el mundo.

    Barrett volvió la espalda al mar. Nadie se acercó a él. Conocían su relación con Valdosto, los treinta años de amistad, el apartamento compartido, las noches desaforadas y los días tormentosos. Algunos de ellos estaban allí aquel día no tan lejano en el que Valdosto había caído sobre el Yunque y Barrett, que no lo veía desde hacía más de una década, había soltado un grito de alegría y de placer. Acababa de cortarse uno de los últimos lazos con el pasado lejano; pero Barrett sabía que Valdosto ya se había ido hacía mucho tiempo.

    Estaba oscureciendo. Despacio, Barrett empezó a subir por el acantilado hacia la Estación. Media hora más tarde se le acercó Rudiger.

    — El mar está ahora más tranquilo. Las aguas arrastraron el cuerpo de Val hasta la orilla.
    — ¿Dónde está?
    — Dos de los muchachos lo están trayendo para el funeral. Después lo pondremos en el bote y lo llevaremos a enterrar.
    — Bien —dijo Barrett.

    Había una sola forma de entierro en la Estación Hawksbill, y era el entierro en el mar. Cavar tumbas en la roca viva resultaba casi imposible. Entonces Valdosto sería enterrado dos veces. Devuelto por las olas, habría que sacarlo, ponerle unas pesas y enviarlo a su última morada. Por lo general habrían celebrado el funeral en la orilla, pero ahora, como tácita concesión por el impedimento de Barrett, para no obligarlo a otra extenuante caminata por el acantilado, llevaban a Valdosto hasta arriba. En cierto modo parecía absurdo andar arrastrando aquella carne sin vida de un lado para otro. Habría sido mejor, pensó Barrett, que el mar se hubiera llevado a Val la primera vez.

    Pronto aparecieron Hahn y algunos más llevando el cuerpo envuelto en un plástico azul.

    Lo colocaron en el suelo delante de la choza de Barrett. Una de las tareas que se había impuesto en ese lugar era la de pronunciar los discursos de despedida; tenía la impresión de que había habido unos cincuenta sólo en el último año. Estaban presentes cerca de treinta hombres. A los demás no les importaban los muertos, o les importaban tanto que no podían asistir.

    Barrett hizo un discurso sencillo. Habló brevemente de su amistad con Valdosto, de los días compartidos a finales del siglo anterior, de las actividades revolucionarias de Valdosto. Explicó algunos de los actos heroicos de Valdosto. Barrett se había enterado de la mayoría indirectamente, dado que él mismo había estado prisionero en Hawksbill durante los años de mayor fama de Valdosto. Entre 2006 y 2015, casi sin ayuda de nadie, con bombas y minas y muertes Val había llevado al gobierno a una especie de fatiga de combate.

    — Sabían quién era —dijo Barrett—, pero no lo podían encontrar. Lo persiguieron durante años, y un día lo atraparon y lo sometieron a juicio, ya todos sabemos a qué tipo de juicio, y nos lo enviaron a la Estación Hawksbill. Y aquí, durante muchos años, Val fue un líder. Pero no estaba hecho para ser prisionero. No podía adaptarse a un mundo donde no podía pelear contra el gobierno. Por eso se desmoronó. Todos fuimos testigos, y no nos resultó nada fácil. A él tampoco. Que descanse en paz.

    Barrett hizo un ademán. Los portadores levantaron el cuerpo y echaron a andar hacia el este. La mayoría de los presentes los siguieron. Barrett no. Se quedó mirando hasta que el cortejo fúnebre empezó a bajar por la escalera que llevaba al mar; después dio media vuelta y entró en la choza. Al cabo de un rato se durmió.

    Poco antes de la medianoche, el ruido de unos pasos rápidos delante de la choza despertó a Jim Barrett. Mientras se incorporaba, buscando a tientas el interruptor de la luz, Ned Altman entró a los tumbos.

    Barrett lo miró parpadeando.

    — ¿Qué pasa, Ned?
    — ¡Hahn! —dijo Altman con voz áspera—. Anda otra vez merodeando por el Martillo. Acabamos de verlo entrar en el edificio.

    Barrett se despojó del sopor con la energía de una foca que sale del agua. Sin prestar atención a la insistente punzada de la pierna izquierda, se levantó de la cama y agarró algo de ropa. Era más aprensivo de lo que quería que viera Altman, y mantuvo una cara inexpresiva, como una máscara. Si Hahn, jugando con el mecanismo temporal, rompía el Martillo accidental o deliberadamente, quizá no podrían volver a recibir repuestos de Arriba. Eso implicaría que todos los embarques futuros —si los hubiera— cayeran al azar, en cualquier año pasado y a grandes distancias de la Estación. Después de todo ¿qué tenía que hacer Hahn en la máquina?

    Mientras Barrett se ponía los pantalones, Altman dijo:

    — Latimer está allá vigilándolo. Empezó a sospechar cuando vio que Hahn no volvía a la choza a la hora de acostarse, y vino a verme y salimos a buscarlo. Y allí estaba, husmeando alrededor del Martillo.
    — ¿Haciendo qué?
    — No lo sé. En cuanto vimos que entraba en el edificio, vine directamente a buscarte. Eso es lo que se suponía que tenía que hacer, ¿no es así?
    — Sí —dijo Barrett—. ¡Vamos!

    Salió ruidosamente de la choza e hizo todo lo posible por trotar hacia el edificio principal. El dolor le recorría la mitad inferior del cuerpo como un reguero de ácido. La muleta, al descargar en ella todo el peso, se le clavaba despiadadamente en la axila izquierda. El pie dañado, colgando en el aire, ardía con fría incandescencia. La pierna derecha, al tener que soportar la mayor parte del peso, crujía y rechinaba. Altman corría a su lado, jadeando. Bajo la luna de color salmón, la Estación parecía irreal. A esa hora estaba terriblemente silenciosa.

    Pasaron por delante de la cabaña de Quesada. Barrett pensó en despertar al médico y llevarlo con ellos. Decidió no hacerlo. No importa lo que estuviera haciendo Hahn: él podría resolver solo la situación. Después de todo, algo de fuerza quedaba en la viga roída.

    Latimer los estaba esperando en la entrada de la cúpula principal. Estaba al borde del pánico, o quizá ya del otro lado. Parecía asustado y conmocionado. Era la primera vez que Barrett veía farfullar a un hombre.

    Puso una garra grande en el hombro delgado de Latimer.

    — Bueno, ¿dónde está? ¿Dónde está Hahn?
    — Ha… desaparecido.
    — ¿Qué demonios quieres decir? ¿Hacia dónde se fue?

    Latimer soltó un gemido. Su cara angulosa estaba blanca como el papel. Le temblaban los labios y le costaba hablar.

    — Subió al Yunque —barbotó Latimer finalmente—. Apareció esa luz… Esa incandescencia. ¡Y entonces Hahn desapareció!

    Altman ensayó una risita.

    — ¡Qué me dices! ¡Así que desapareció! ¿Subió a la máquina y listo?
    — No —dijo Barrett—. No es posible. La máquina no está preparada para enviar sino para recibir. Debes de haberte equivocado, Don.
    — ¡Vi cómo se iba!
    — Está escondido en alguna parte del edificio —insistió Barrett con tenacidad—. No hay otra posibilidad. ¡Cierra esa puerta! ¡Registra todo hasta que lo encuentres!
    — Quizá desapareció, Jim —dijo Altman con voz suave—. Si Don lo dice, será cierto…
    — Sí —dijo Latimer, en el mismo tono suave—. Es verdad. Se subió al Yunque. Después todo se puso rojo en la sala y Hahn desapareció.

    Barrett cerró los puños y apretó los nudillos contra las doloridas sienes. Había una candente llamarada detrás de su frente que casi le hacía olvidarse del dolor del pie. Ahora veía con claridad su error. Había dependido para su espionaje de dos hombres que estaban clara e inequívocamente locos; su decisión no había sido muy cuerda. A un hombre se lo conoce por los lugartenientes que elige. Bueno, él había confiado en Altman y en Latimer, que ahora le daban exactamente el tipo de información que podía esperar de semejantes espías.

    — Estás alucinando —le dijo Barrett a Latimer en tono cortante—. Ned, ve a despertar a Quesada y tráelo enseguida. Tú, Don, quédate aquí en la entrada, y si aparece Hahn quiero que lo anuncies con toda la fuerza de tus pulmones. Voy a registrar el edificio.
    — Espera —dijo Latimer, agarrando a Barrett por la muñeca. Parecía que estaba haciendo de nuevo un esfuerzo para dominarse—. Jim, ¿te acuerdas de cuando te pregunté si creías que yo estaba loco? Me dijiste que no. Dijiste que confiabas en mí.
    — ¿Qué quieres decir?
    — Bueno, que no dejes de confiar en mí ahora. Te digo que no son alucinaciones. Vi cómo desaparecía Hahn. No lo puedo explicar, pero soy suficientemente racional para saber qué fue lo que vi.

    Barrett le clavó la mirada. Claro, pensó. Confía en la palabra de un loco cuando te dice con voz tranquila y agradable que está perfectamente cuerdo. Por supuesto.

    — Muy bien, Don —dijo Barrett con un tono más suave—. Quizá tengas razón. De todos modos, quiero que te quedes junto a la puerta. Iré a echar un vistazo para ver si hay algo raro.

    Se metió en el edificio con la intención de recorrerlo, empezando por la habitación donde estaba montado el Martillo. Entró en ella. Todo parecía estar en perfecto orden. No se veía ningún resplandor de Campo de Hawksbill, y Barrett tampoco encontraba ningún indicio de que hubieran alterado algo.

    En la sala no había armarios ni alcobas ni grietas donde hubiera podido ocultarse Hahn. Después de inspeccionar a fondo la sala, Barrett siguió por el pasillo, mirando la enfermería, el comedor, la cocina, la sala de recibo. Miró todos los posibles escondites. Miró hacia arriba y hacia abajo.

    Hahn no estaba. No estaba en ninguna parte.

    Por supuesto, había suficientes sitios en esos cuartos donde Hahn hubiera podido ocultarse. Quizá estaba sentado en el refrigerador, encima de un montón de trilobites gélidos. Quizá estaba debajo de todas las cosas que guardaban en la sala de juego. Quizá estaba en el armario de los medicamentos.

    Pero Barrett dudaba de que Hahn estuviera en el edificio. Lo más probable era que estuviera dando un paseo taciturno por la orilla del mar y no hubiera pisado ese sitio desde anoche. Lo más probable era que todo ese episodio fuera sólo una fantasía febril de Latimer. Sabiendo que Barrett estaba preocupado por el interés de Hahn en el Martillo, Latimer y Altman se habían aliado para imaginar que lo habían visto husmeando por allí, y habían terminado convenciéndose de su propia historia.

    Barrett acabó de recorrer el pasillo circular del edificio y se encontró de nuevo en la entrada principal. Latimer seguía montando guardia allí. Lo acompañaba ahora un soñoliento Quesada con la cara magullada e hinchada por la batalla con Valdosto. Altman, pálido y tembloroso, estaba delante de la puerta.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Quesada.
    — No lo sé muy bien —dijo Barrett—. Don y Ned tuvieron la impresión de que habían visto a Lew Hahn merodeando cerca del equipo para viajar por el tiempo. He registrado todo el edificio y no parece estar aquí, así que quizá hayan cometido algún error. Te sugiero que lleves a los dos a la enfermería y les inyectes algo para calmarles los nervios mientras yo voy a dormir un rato.

    Latimer, con un hilo de voz, dijo:

    — Te juro que lo vi…
    — ¡Calla! —lo interrumpió Altman—. ¡Escucha! ¡Escucha! ¿Qué es ese ruido?

    Barrett escuchó. El sonido era ahora claro: el aullido sibilante de la ionización. Era el sonido producido por un Campo de Hawksbill funcionando. De repente se le puso carne de gallina.

    — El Campo está encendido —dijo en voz baja—. Quizá nos lleguen algunos suministros.
    — ¿A esta hora? —dijo Latimer.
    — No sabemos qué hora será Arriba. Quiero que todos os quedéis aquí. Yo iré a ver qué pasa con el Martillo.
    — Quizá debiera acompañarte, Jim —sugirió Quesada con amabilidad.
    — ¡Quedaos aquí! —tronó Barrett. Después calló, avergonzado de esa muestra de cólera explosiva. Nervios. Nervios. Bajando la voz, agregó—: Con que vaya uno de nosotros a ver qué pasa, es suficiente. No os mováis. Vuelvo enseguida.

    Sin esperar a oír más opiniones en contra, Barrett dio media vuelta y se alejó cojeando hacia la sala del Martillo. Abrió la puerta con el hombro y se asomó. No necesitaba encender la luz. La incandescencia intensamente roja del Campo de Hawksbill iluminaba todo.

    Se quedó por el lado de dentro de la puerta. Casi sin atreverse a respirar, clavó la mirada en la masa metálica del Martillo, observando el juego de colores contra los ejes y las barras de potencia y los fusibles. El resplandor del Campo se intensificó, y pasó por varios tonos de rosa hacia el carmesí antes de extenderse y envolver el Yunque. Pasó un momento interminable.

    Entonces se oyó el trueno implosivo, y Lew Hahn salió de la nada y se quedó un momento acostado en la ancha placa del Yunque, atontado por el choque temporal.


    13


    Habían arrestado a Barrett en un espléndido día de octubre de 2006, cuando las hojas estaban secas y amarillentas, cuando el aire era claro y fresco, cuando el cielo despejado y azul parecía reflejar toda la gloria del otoño. Ese día estaba en Boston, como el día que, una decena de años antes, habían arrestado a Janet en su apartamento de Nueva York. Iba por la calle Boylston rumbo a una cita cuando dos jóvenes ágiles con traje de calle gris neutro acompasaron su paso al suyo durante unos cinco metros y se acercaron para flanquearlo.

    — ¿James Edward Barrett? —dijo el de la izquierda.
    — Sí.

    ¿Para qué fingir?

    — Nos gustaría que nos acompañaras —dijo el de la derecha.
    — Por favor, no intentes usar la violencia —dijo su compañero—. Será mejor para todos. Especialmente para ti.
    — No crearé ningún problema —dijo Barrett.

    Tenían un coche estacionado en la esquina. Sin apartarse de él en ningún momento, lo guiaron hasta el coche y lo metieron dentro. Cuando cerraron las puertas, no las trabaron manualmente sino con aparato de radio.

    — ¿Puedo hacer una llamada telefónica? —preguntó Barrett.
    — No. Lo siento.

    El agente que iba sentado a su izquierda sacó un desmagnetizador y rápidamente anuló cualquier dispositivo de grabación que pudiera llevar Barrett. El agente de la derecha comprobó si llevaba instrumentos de comunicación y le encontró el teléfono montado sobre la oreja y hábilmente se lo sacó. Bloquearon a Barrett con un campo inhibidor de microondas que le dejaba bastante libertad para bostezar o desperezarse pero no para tocar a los agentes que iban a su lado. El coche se alejó de la acera.

    — Parece que al fin me ha tocado —dijo Barrett—. Llevo esperándolo tantos años que ya empezaba a creer que no me ocurriría nunca.
    — Tarde o temprano ocurre —dijo el de la izquierda.
    — A todos los que estáis en esto —dijo el de la derecha—. Sólo es cuestión de tiempo.

    Tiempo. Sí. En 1985, 1986, 1987, los primeros años en el movimiento de resistencia, un Jim Barrett adolescente había esperado constantemente el arresto. El arresto o algo peor: un rayo láser que salía de la nada y le perforaba la calavera. En esos años veía el nuevo gobierno como algo omnisciente y amenazador, y se consideraba en peligro constante. Pero los arrestos habían sido pocos, y con el tiempo Barrett se había ido al otro extremo, convencido ya de que la policía secreta no lo tocaría nunca. Hasta se había convencido de que habían tomado la decisión de no molestarlo, que el régimen no lo detenía para mostrar su tolerancia hacia los disidentes. Cuando el canciller Dantell reemplazó al canciller Arnold, Barrett perdió parte de aquella ingenua confianza en la gracia personal. Pero en realidad no había considerado en serio la posibilidad del arresto hasta el día que se llevaron a Janet. Uno no cree que pueda ser golpeado por un rayo hasta que ve cómo mata al que está al lado. Y después de eso espera siempre que los cielos se vuelvan a abrir cada vez que aparece una nube.

    Había habido arrestos durante el período duro de mediados de la década de los noventa, pero a él nunca lo habían buscado para interrogarlo. Con el tiempo llegó a pensar de nuevo que era inmune. Después de veinte años conviviendo de manera intermitente con la idea del arresto, Barrett había relegado esa posibilidad a un rincón de la mente y se había desentendido del asunto. Y ahora habían ido finalmente a buscarlo.

    Buscó en el alma alguna reacción, y la única que encontró —alivio— lo sorprendió. La incertidumbre había terminado. También el duro trabajo. Ahora podría descansar.

    Tenía treinta y ocho años. Era comandante supremo de la División Oriental del Frente Continental de Liberación. Desde la adolescencia había trabajado para provocar el derrocamiento del gobierno, dando un millón de pequeños pasos que no lo habían llevado a ninguna parte. De todos los que habían estado presentes en su primera reunión clandestina, aquel día de 1984, sólo quedaba él. Janet estaba desaparecida y probablemente muerta. Jack Bernstein, su mentor en temas revolucionarios, se había pasado alegremente al enemigo. Hacía pocos años había muerto Hawksbill, hinchado e hipotiroideo, a los cuarenta y tres. Decían que su trabajo sobre los viajes por el tiempo había sido un éxito. Había construido una máquina del tiempo que funcionaba y la había entregado al gobierno. Existía el rumor de que el gobierno hacía experimentos con la máquina, usando como sujetos a los prisioneros políticos. Barrett había oído que el viejo Pleyel había sido una de las personas usadas. Lo habían arrestado en marzo de 2005; y ahora nadie sabía dónde estaba. El arresto de Pleyel había dejado a Barrett al mando del sector, tanto en lo nominal como en la práctica, pero había esperado tener algo más de tiempo antes de que lo detuvieran también a él.

    Así que de los demás revolucionarios de 1984 no había nadie: todos estaban muertos o desaparecidos o se habían pasado al otro bando. Sólo quedaba él, y ahora estaba a punto también de desaparecer o de morir. Curiosamente, casi no se lamentaba. Estaba dispuesto a dejar que otros se encargaran de la aburrida tarea de prepararse para La Revolución.

    La Revolución que jamás llegaría, pensó con amargura. La tenían perdida desde antes de empezar. A través del tiempo le llegaban las palabras de Jack Bernstein en 1987: « ¡Si no nos apropiamos de los niños que están creciendo, perderemos! Los sindicalistas se — apropian de ellos, los educan para que piensen que el sindicalismo es verdadero y bueno y hermoso, y cuanto más dure eso, más durará. Es algo que se autoperpetúa. Aquel que quiera volver a la vieja constitución, o que quiera enmendar la nueva, pasará por un radical peligroso, y los sindicalistas serán los chicos agradables, seguros, conservadores que siempre hemos tenido y que siempre queremos. Al llegar a ese punto, todo se habrá acabado para siempre.» Sí. Jack tenía razón. El Frente sé había apropiado de algunos niños que estaban creciendo, pero no de los suficientes. A pesar de una campaña propagandística cada vez más sofisticada, a: pesar de la astuta mezcla de agitación revolucionaria con entretenimiento popular, a pesar del apoyo financiero de algunas de las mejores mentes de la nación, no habían logrado nada. No habían podido movilizar a la enorme y plácida masa de ciudadanos que estaban satisfechos con el gobierno, fuera cual fuese ese gobierno, ni a los que temían más ponerse a mover peligrosamente el barco que el barco los devorara.

    Entonces, que me arresten, se dijo Barrett. Estoy acabado. No me queda nada que pueda ofrecer al Frente. He admitido mi derrota interior, y si me quedo envenenaré a los más jóvenes con mi pesimismo.

    Era cierto. Hacía años que había dejado de ser un agitador revolucionario. Ahora era un burócrata de la revolución, un representante de los intereses creados. Si ahora estallara La Revolución, ¿se alegraría o se espantaría? Se había acostumbrado a vivir al borde de la revolución. Allí estaba cómodo. Su compromiso con el cambio estaba erosionado.

    — Estás muy tranquilo—dijo el agente que tenía a la izquierda.
    — ¿Tendría que estar gritando y sollozando?
    — Esperábamos tener más problemas contigo —dijo el agente de la derecha—. Un máximo como tú…
    — Tú no me conoces muy bien —dijo Barrett—. Estoy en una etapa en la que ya no me importa lo que hagáis conmigo.
    — ¿De veras? No es ése el perfil tuyo que tenemos. Tú, Barrett, eres un revolucionario devoto desde hace mucho tiempo. Eres un radical peligroso. Te hemos estado observando.
    — Entonces ¿por qué tardasteis tanto en arrestarme?
    — No creemos que haya que detener a todo el mundo al mismo tiempo. Tenemos un programa de arrestos de largo alcance. Todo es programado para lograr un impacto. Detenemos a un líder este año, al otro el próximo, a otro dentro de cinco años…
    — Claro —dijo Barrett—. Podéis daros el lujo de esperar, porque de cualquier manera no representamos una verdadera amenaza. No somos más que una pandilla de farsantes.
    — Casi parece que hablas en serio —dijo el agente de la izquierda.

    Barrett se echó a reír.

    — Eres muy curioso —dijo el agente de la derecha—. Nunca habíamos detenido a nadie como tú. Ni siquiera pareces un agitador. Casi podrías pasar por un abogado o algo parecido. Algo respetable.
    — Entonces, ¿estáis seguros de haber detenido a la persona que buscabais? —preguntó Barrett.

    Los dos agentes se miraron. El hombre de la derecha detuvo el coche y desactivó el campo inhibidor dentro del cual estaba enjaulado Barrett. Agarró la mano derecha de Barrett y la llevó hasta la placa de datos del tablero de mandos. Tecleó algo en el ordenador y esperó. Pasó un momento mientras el ordenador central cotejaba las huellas digitales de Barrett con sus archivos.

    — Sí, eres Barrett —dijo el agente con evidente alivio.
    — Creo que nunca lo negué. Sólo pregunté si estabais seguros.
    — Bueno, ahora estamos más seguros todavía.
    — Muy bien.
    — Eres muy raro, Barrett.

    Le llevaron al aeropuerto. Allí esperaba un pequeño avión del gobierno. El viaje duró dos horas, tiempo casi suficiente para cruzar todo el continente, pero Barrett no tenía ninguna certeza de que hubiesen viajado semejante distancia. Podían haber estado dando vueltas sobre Boston todo ese tiempo; sabía que el gobierno hacía esas cosas. Cuando aterrizó ya era de noche. Casi no vio ningún detalle del aeropuerto, pues acercaron una cápsula sellada de transporte al avión y lo metieron en ella a toda prisa. Eso impidió a Barrett saber dónde podía estar. Pero no necesitaba que le dijeran cuál era el destino. Terminó el viaje en uno de los campamentos de interrogatorios del gobierno. A sus espaldas se cerró una puerta de metal lisa, suave y negra. Dentro todo era pulcro, intensamente iluminado, antiséptico. Podría haber sido un hospital. Los pasillos se alejaban en muchas direcciones; las luces indirectas producían un agradable resplandor entre verdoso y amarillo.

    Le dieron de comer. Le dieron un uniforme de una sola pieza hecho con una tela de aspecto imperecedero.

    Lo metieron en una celda.

    Barrett se sorprendió y se alegró un poco al descubrir que no había caído en un sector de máxima seguridad. Su celda era una habitación cómoda, de unos diez por catorce, con una litera, un inodoro, un baño ultrasónico y un ojo de vídeo detrás de una barrera casi invisible en el techo. En la puerta de la celda había una reja a través de la cual podría entablar conversaciones con los prisioneros de las células de enfrente. No reconocía sus nombres. Algunos pertenecían a grupos clandestinos de los que él nunca había oído hablar, a pesar de que él creía estar enterado de todo. Al menos unos cuantos de sus vecinos probablemente fueran espías del gobierno, pero eso a Barrett no le importaba porque era algo con lo que ya contaba.

    — ¿Con qué frecuencia vienen los interrogadores? —preguntó Barrett.
    — No vienen nunca —dijo el hombre barbudo y fornido que tenía enfrente. Se llamaba Fulks—. Yo llevo aquí un mes y todavía no han venido a interrogarme.
    — No vienen aquí a interrogar —dijo el hombre de al lado de Fulks—. Te sacan y te interrogan en alguna otra parte. Después ya no regresas aquí. Pero no tienen prisa: Yo llevo aquí un mes y medio.

    Pasó una semana y nadie parecía darse por enterado oficialmente de la presencia de Barrett. Lo alimentaban con regularidad, le permitían solicitar ciertas lecturas y cada tres días lo sacaban de la celda para hacer ejercicio en el patio. Pero no había ningún indicio de que fueran a interrogarlo o a procesarlo o incluso a acusarlo de algo. Según la ley de detención preventiva, si se lo consideraba peligroso para la continuidad del Estado podían retenerlo de manera indefinida sin obligación de hacerlo comparecer ante un juez.

    A algunos de los prisioneros se los llevaban. No regresaban nunca. Todos los días llegaban prisioneros nuevos.

    Gran parte de la conversación se centraba en el programa de los viajes temporales.

    — Están haciendo experimentos —informó un recién llegado, delgado y de expresión severa llamado Anderson—. Están estudiando un proceso que les permite enviar conejos y monos hacia el pasado, un par de años. Ya casi lo han perfeccionado. Después empezarán a enviar prisioneros. Nos van a mandar un millón de años hacia atrás para que nos coman los dinosaurios.

    A Barrett le parecía improbable, aunque había hablado del proyecto con su inventor hacía seis años. Bueno, ahora Hawksbill estaba muerto, y su trabajo era propiedad de quienes le habían pagado los gastos, y pobres de nosotros si aquellas historias descabelladas eran ciertas. ¿Un millón de años hacia el pasado? El gobierno, piadosamente, declaraba que había renunciado a la pena capital; pero quizá podía meter a un hombre en la máquina de Hawksbill y enviarlo quién sabe a dónde o a cuándo y tener la conciencia limpia.

    Barrett creía que llevaba detenido cuatro semanas cuando lo sacaron de la celda y lo trasladaron al departamento de interrogatorios. No estaba seguro, porque había tenido algunas dificultades para llevar la cuenta exacta de los días, pero creía que eran unas cuatro semanas. Nunca había sentido que veintiocho días pasaran tan despacio. No se sorprendería nada si se enterara de que llevaba en esa celda cuatro años cuando fueron a buscarlo.

    Un coche eléctrico pequeño de nariz chata lo llevó por interminables laberintos y lo entregó en una oficina alegre donde pasó por un complicado proceso de registro.

    Cuando terminaron las rutinas, dos monitores lo acompañaron hasta un cuarto pequeño y austero, donde había un escritorio, un sofá y una silla.

    — Acuéstate —dijo un monitor.

    Barrett obedeció. Se daba cuenta de que a su alrededor se iba formando una barrera inhibidora. Estudió el techo. Era gris y perfectamente liso, como si el cuarto entero estuviera hecho con la misma pieza de material. Le permitieron examinar la perfección del techo durante varias horas, y después, cuando ya empezaba a tener hambre, una parte de la pared se deslizó lo suficiente para dejar pasar la enjuta figura de Jack Bernstein.

    — Sabía que eras tú, Jack —dijo Barrett con voz tranquila.
    — Por favor, llámame Jacob.
    — De niño nunca dejabas que te llamaran Jacob —dijo Barrett—. Insistías en que tu nombre era Jack, incluso en la partida de nacimiento. ¿Recuerdas cuando un grupo de compañeros de clase se enfadó contigo y te persiguió por todo el patio de recreo gritando Jacob, Jacob, Jacob? Entonces tuve que salvarte. ¿Cuánto tiempo ha pasado, Jack? ¿Veinticinco años? Dos tercios de nuestra vida, Jack.
    — Jacob
    — ¿Te molesta si te sigo llamando Jack? Después de tanto tiempo no puedo acostumbrarme al cambio.
    — Te conviene llamarme Jacob —dijo Bernstein—. Tengo mucho poder sobre tu futuro.
    — No tengo ningún futuro. Soy prisionero para el resto de mi vida.
    — No necesariamente.
    — No me tomes el pelo, Jack. El único poder que tienes es decidir, tal vez, si me torturan o si simplemente dejan que me pudra de aburrimiento. Y la verdad es que me importa un bledo lo que pase. Estoy fuera de tu alcance, Jack. Nada de lo que puedas hacerme tiene importancia.
    — No obstante —dijo Bernstein—, quizá te convenga cooperar conmigo, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Por desesperada que consideres tu situación actual, aún estás vivo, y quizá descubras que no queremos hacerte daño. Pero todo eso depende de tu actitud. Ahora resulta que me gusta que me llamen Jacob, y no creo que te cueste tanto adaptarte.
    — Ya que querías cambiarte el nombre, Jack —dijo Barrett en tono afable—, ¿por qué no te pusiste judas?

    Bernstein no contestó de inmediato. Atravesó la habitación y se detuvo junto al sofá donde estaba acostado Barrett, y lo miró con aire impersonal, distraído. Su cara, pensó Barrett, parece tranquila y relajada por primera vez desde que lo conozco. Pero ha perdido más peso. Sus pómulos son como cuchillos. No puede pesar más de cincuenta kilos. Y sus ojos son tan, tan brillantes…

    — Qué imbécil has sido siempre, Jim —dijo Bernstein.
    — Si. No tuve la sensatez de ser radical cuando tú entraste en el movimiento clandestino. Después no tuve la sensatez de saltar al otro lado cuando hubiera sido conveniente.
    — Y ahora no tienes la sensatez de complacer a tu interrogador.
    — No sé venderme, Jack. Jacob.
    — ¿Ni siquiera para salvarte?
    — ¿Qué pasa si no quiero salvarme?
    — La Revolución te necesita, ¿no es así? —preguntó Bernstein—. Es tu deber salir de aquí y seguir con tu tarea sagrada de derribar al gobierno.
    — ¿De veras?
    — De veras.
    — No lo creo, Jack. Estoy cansado de ser un revolucionario. Siento que me gustaría quedarme aquí acostado descansando durante los próximos cuarenta o cincuenta años. Teniendo en cuenta lo que son las prisiones, ésta es bastante cómoda.
    — Puedo conseguir que te liberen —dijo Bernstein—. Pero sólo si cooperas.

    Barrett sonrió.

    — De acuerdo, Jacob. Dime qué quieres saber y veré si puedo darte las respuestas que buscas.
    — Ahora no tengo preguntas.
    — ¿Ninguna?
    — Ninguna.
    — Qué manera estúpida de interrogar a un hombre, ¿no te parece?
    — Sigues resistiéndote mucho, Jim. Volveré en otro momento, y hablaremos de nuevo.

    Bernstein salió de la habitación. Dejaron solo a Barrett durante un par de horas, hasta que pensó que enloquecería de aburrimiento, y entonces le llevaron comida. Esperaba que Bernstein regresase después de la cena, pero Barrett no volvió a ver al interrogador por un largo tiempo.

    Esa noche lo metieron en un tanque de interrogatorios.

    Según la teoría, muy razonable por otra parte, si se priva a alguien de todos los estímulos sensoriales se le reduce la individualidad, y por lo tanto su tendencia a la obstinación. Tapónale las orejas, tápale los ojos, mételo en un baño caliente de nutrientes, envíale comida y aire por conductos plásticos, déjalo flotar ociosamente, como si estuviera en el útero, día tras día, hasta que se le pudra el espíritu y se le erosione el ego. Barrett entró en el tanque. No oía. No veía. Poco tiempo después no podía dormir.

    Acostado allí en el tanque, se dictó su propia autobiografía, un documento de varios volúmenes. Inventó juegos matemáticos de gran complejidad. Recitó los nombres de los estados de los viejos Estados Unidos de Norteamérica y trató de recordar los nombres de sus capitales. Revivió escenas que habían sido culminantes en su vida, alterando de vez en cuando el guion.

    Después hasta pensar le costaba, y se dejó flotar a la deriva en la marea amniótica. Llegó a creer que estaba muerto, y que aquello era la otra vida, el descanso eterno. Pronto su mente entró en una renovada actividad, y esperó ansiosamente a que lo sacaran del tanque y lo interrogaran; después esperó con desesperación, y después esperó con furia, y después, sencillamente, dejó de esperar.

    Después de algo así como ochocientos años, lo sacaron del tanque.

    — ¿Cómo te sientes? —preguntó un guardia. La voz fue como un chillido. Barrett se llevó las manos a las orejas y cayó al suelo. Lo levantaron.
    — Ya te acostumbrarás al sonido de las voces —dijo el guardia.
    — Basta —murmuró Barrett—. ¡Cállate!

    No soportaba ni siquiera el sonido de su propia voz. Los latidos de su corazón eran truenos despiadados en sus oídos. Su respiración producía un susurro feroz, como si unas ráfagas de viento estuvieran destrozando bosques. Tenía los ojos anestesiados por la avalancha de impresiones visuales. Temblaba. Sentía escalofríos.

    Jacob Bernstein fue a verlo cuando hacía una hora que lo habían sacado del tanque.

    — ¿Te sientes descansado? —preguntó Bernstein—. ¿Relajado, feliz, con ganas de cooperar?
    — ¿Cuánto tiempo estuve allí dentro?
    — No estoy autorizado a decírtelo.
    — ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Qué día es hoy?
    — Da igual, Jim.
    — Por favor, deja de hablar. Tu voz me lastima los oídos. Bernstein sonrió.
    — Ya te adaptarás. Espero que hayas repasado tus recuerdos mientras descansabas, Jim. Ahora te pido que respondas a algunas preguntas. Para empezar, los nombres de personas de tu grupo. No todo el mundo… Sólo los que están en puestos de responsabilidad.
    — Tú conoces todos los nombres —murmuró Barrett.
    — Quiero oírtelos a ti.
    — ¿Para qué?
    — Quizá te sacamos del tanque antes de tiempo.
    — Entonces ponme allí de nuevo —dijo Barrett.
    — No seas testarudo. Hazme la lista de algunos nombres.
    — Al hablar me duelen los oídos.

    Bernstein cruzó los brazos.

    — Deja que los nombres vayan saliendo. Tengo aquí una declaración en la que se describe el grado de tus actividades contrarrevolucionarias.
    — ¿Contrarrevolucionarias?
    — Sí. En contra de la obra permanente de los fundadores de La Revolución de 1984.
    — Hace mucho tiempo que no oigo que nos llamen contrarrevolucionarios, Jack.
    — Jacob.
    — Jacob.
    — Gracias. Leeré la declaración. Puedes corregirla si encuentras algún detalle incorrecto. Después tendrás que firmarla. —Abrió un largo documento y leyó una breve y seca descripción de la carrera de Barrett en el movimiento clandestino, básicamente exacta, desde aquella primera reunión en 1984 hasta el presente. Cuándo terminó, dijo— ¿Tienes alguna sugerencia o crítica?
    — No.
    — Entonces fírmalo.
    — En este momento mi coordinación muscular es pésima. No puedo sujetar una pluma. Creo que estuve demasiado tiempo en tu tanque.
    — Entonces dicta una adhesión verbal a lo que declaras en la confesión. Grabaremos tu voz, que servirá perfectamente de prueba.
    — No.
    — ¿Niegas que esto sea un resumen fiel de tu carrera?
    — Invoco la Quinta Enmienda.
    — El concepto de la Quinta Enmienda no existe —dijo Bernstein—. ¿Vas a admitir que has trabajado deliberadamente para derrocar al gobierno legalmente constituido de esta nación?
    — ¿No te da asco oír de tu boca palabras como las que estás diciendo, Jack?
    — No lances un ataque personal contra mi integridad —dijo Bernstein sin levantar la voz— No puedes entender los motivos que me llevaron a transferir mi lealtad del movimiento clandestino al gobierno, y no voy a hablar de eso contigo. Se te está interrogando a ti, no a mí.
    — Espero que te toque pronto el turno.
    — Dudo que alguna vez me toque.
    — Cuando teníamos dieciséis años —dijo Barrett— hablabas de este gobierno como de lobos que se comían el mundo. Me advertiste que si no despertaba sería un esclavo más en un mundo lleno de esclavos. Y yo dije que prefería ser un esclavo vivo antes que subversivo muerto, ¿recuerdas? Y tú me insultaste por haber dicho eso. Ahora ahí estás, en el equipo de los lobos. Tú eres un esclavo vivo y yo voy a ser un subversivo muerto.
    — Este gobierno ha renunciado a la pena capital —dijo Bernstein—. Yo no me considero lobo ni esclavo. Y con tus propias palabras justamente has demostrado la falacia de tratar de defender en la madurez las opiniones de la adolescencia.
    — ¿Qué quieres de mí, Jack?
    — Dos cosas. La aceptación del resumen que acabo de leerte. Y tu cooperación para conseguir información sobre los líderes del Frente Continental de Liberación.
    — Te olvidas de algo. También quieres que te llame Jacob, Jacob.

    Bernstein no sonrió.

    — Si cooperas, puedo prometerte que este interrogatorio tendrá un final satisfactorio.
    — ¿Y si no coopero?
    — No somos vengativos. Pero hacemos todo lo necesario para garantizar la seguridad de los ciudadanos sacando de su ambiente a los que amenazan la estabilidad nacional.
    — Pero no matáis a la gente —dijo Barrett—. Demonios, cómo estarán de llenas a estas alturas vuestras cárceles. A menos que eso del viaje por el tiempo sea cierto.

    Por primera vez pareció que hacía mella en la armadura impasible de Bernstein.

    — ¿Es cierto? —preguntó Barrett—. ¿Construyó Hawksbill una máquina que os permite lanzar prisioneros al pasado? ¿Estáis alimentando a los dinosaurios?
    — Te daré otra oportunidad para responder a mis preguntas —dijo Bernstein, irritado—. Dime…
    — Jack, me ha pasado algo curioso en este lugar de interrogatorios. Cuando la policía me detuvo aquel día en Boston, la verdad es que no me importó. Había perdido interés en La Revolución. Aquel día estaba tan poco comprometido como cuando tenía dieciséis años y tú me metiste en ese asunto. Había perdido mi fe en el proceso revolucionario. Había dejado de creer que algún día podríamos derrocar al gobierno, y veía que estaba haciendo todo por pura inercia, envejeciendo cada vez más, usando mi vida en un fútil sueño bolchevique, guardando las apariencias para no desalentar a los chicos del movimiento. Acababa de descubrir que mi vida estaba vacía. Por lo tanto ¿qué importaba que se me arrestara? Yo no era nada. Estoy seguro de que si me hubieras interrogado el primer día de prisión te habría contado todo lo que quieres saber, simplemente porque estaba demasiado aburrido para seguir resistiendo. Pero ahora llevo en este centro de interrogatorios seis meses, un año, quién sabe cuánto tiempo, y el efecto ha sido muy interesante. Vuelvo a ser testarudo. Entré aquí con poca voluntad, y tú me la has fortalecido hasta volverla más resistente que nunca. ¿No te parece interesante, Jack? Supongo que no quedas muy bien parado como interrogador, y lo lamento, pero creí que podría interesarte saber cómo me ha afectado este proceso.
    — ¿Estás pidiendo que te torturen, Jim?
    — No pido nada. Sólo te cuento.

    Llevaron a Barrett de vuelta al tanque. Como antes, no supo cuánto tiempo lo habían dejado allí, pero le pareció más largo que la primera vez, y al salir se sintió más débil.

    Durante las primeras tres horas después de salir, no pudieron interrogarlo porque no toleraba el ruido. Bernstein lo intentó, pero se rindió y esperó a que le mejorara el umbral del dolor. Barrett no cooperó. Bernstein estaba preocupado.

    La próxima vez aplicaron una tortura física moderada a Barrett, que la soportó.

    Bernstein trató de ser amigable. Le ofreció cigarrillos, quitó a Barrett la atadura magnética y le habló de los viejos tiempos. Discutieron las ideologías desde todos los ángulos. Se rieron juntos. Bromearon.

    — Ahora ¿me vas a ayudar, Jim? —preguntó Bernstein—. Sólo quiero que respondas a unas pocas preguntas.
    — No necesitas la información que yo pueda darte. Está todo en los archivos. Sólo buscas una capitulación simbólica. Bueno, voy a resistir eternamente. Te recomiendo que te rindas y me inicies un proceso.
    — Tu proceso no puede empezar hasta que hayas firmado la declaración —dijo Bernstein.
    — En ese caso tendrás que seguir interrogándome.

    Pero al final lo venció el aburrimiento. Estaba cansado de las inmersiones en el tanque, cansado de las luces brillantes, de las sondas electrónicas, de los choques subcutáneos, de las preguntas punzantes, cansado de la cara ojerosa de Bernstein mirando la suya. El proceso parecía la única salida. Barrett firmó el resumen que le presentó Bernstein. Entregó una lista de nombres de líderes del Frente Continental de Liberación. Los nombres eran imaginarios y Bernstein lo sabía; pero estaba satisfecho. Lo que buscaba era una apariencia de capitulación.

    — Se te juzgará la semana próxima —dijo Bernstein.
    — Felicitaciones —dijo Barrett—. Hiciste un trabajo magistral para quebrar mi espíritu. Ahora estoy completamente derrotado. Tengo la voluntad por el suelo. Me he rendido en todos los aspectos. Eres un lujo para tu profesión… Jack.

    La mirada que le dirigió Jacob Bernstein estaba cargada de ácido.

    El proceso tuvo lugar en la fecha anunciada: Sin jurado, sin defensor, sólo un funcionario del gobierno sentando ante una serie de datos generados por un ordenador. La confesión de Barrett fue incluida en su prontuario. El propio Barrett agregó una declaración verbal. En el transcurso del proceso hubo que poner fecha a todos aquellos informes, y así Barrett se enteró de que estaban en el verano de 2008. Llevaba en el centro de interrogatorios veinte meses.

    — El veredicto, como ya esperaba, fue de culpabilidad. James Edward Barrett, lo condenamos a cadena perpetua, que deberá cumplir en la Estación Hawksbill.
    — ¿Dónde?

    No hubo respuesta. Lo sacaron de allí.

    ¿La Estación Hawksbill? ¿Qué era eso? ¿Acaso algo relacionado con la máquina del tiempo?

    Barrett pronto lo descubrió.

    Lo llevaron a una enorme habitación repleta de máquinas improbables. En el centro de todo había una reluciente placa metálica de unos ocho metros de diámetro. Encima, bajando del alto techo, había un conglomerado de aparatos que pesaban muchas toneladas, una serie de colosales pistones y núcleos de energía que parecían un monstruo prehistórico a punto de atacar… o quizá un gigantesco martillo. La sala estaba llena de técnicos muy atareados, mirando con atención diales y pantallas. Nadie habló con Barrett. Lo pusieron encima de la enorme placa parecida a un yunque debajo del martillo monstruoso. A su alrededor, la sala era pura actividad. Cuánto alboroto, se dijo, por un cansado prisionero político. ¿Irían a enviarlo ya mismo a la Estación Hawksbill?

    En la sala había ahora un resplandor rojo.

    Pero durante un rato no ocurrió nada. Barrett se levantó pacientemente, sintiéndose un poco absurdo.

    — ¿Cómo está el calibrado? —dijo un voz a sus espaldas.
    — Bien. Lo lanzaremos exactamente mil millones de años hacia atrás.
    — ¡Un momento! —gritó Barrett—. Mil millones de años…

    No le prestaron atención. No podría moverse. Se oyó un sonido agudo, y apareció un extraño olor en el aire. Entonces sintió el dolor, el dolor más intenso y desgarrador que había experimentado jamás. ¿Acaso habría bajado aquel martillo y lo habría aplastado? No veía nada. No estaba en ninguna parte. Y…

    … caía…

    … aterrizando…

    … se incorporó, aturdido, sudando, desconcertado. Estaba en otra sala, rodeado por el mismo tipo de máquinas, pero las caras que lo rodeaban no eran las caras inexpresivas de técnicos impersonales. Reconoció esas caras. Miembros del Frente de Liberación Continental… hombres que no veía desde hacía años, hombres que habían sido arrestados, cuyo paradero no conocía nadie.

    Allí estaba Norman Pleyel, con lágrimas en los dulces ojos.

    — ¡Jim… Jim Barrett… así que finalmente te mandaron aquí también, Jim! No intentes levantarte. Ahora estás bajo un shock temporal, pero pronto se te pasará.
    — ¿Ésta es la Estación Hawksbill? —dijo Barrett con voz ronca.
    — Ésta es la Estación Hawksbill. Tal como la ves. —¿Dónde está?
    — No dónde, Jim, sino cuándo. Esto queda en el pasado, a mil millones de años de distancia.
    — No. No.

    Negó con la cabeza aturdida. Así que la máquina de Hawksbill había funcionado, y los rumores tenían fundamento, y era allí adonde mandaban a los revolucionarios más problemáticos. Janet ¿estaba también en ese sitio?, preguntó. No, dijo Pleyel. Allí sólo había hombres. Veinte o treinta prisioneros que de algún modo se las arreglaban para sobrevivir.

    A Barrett le costaba creerlo. Pero entonces le ayudaron a bajar del Yunque y lo sacaron del edificio para mostrarle cómo era el mundo, y se quedó mirando fascinado la curva de roca desnuda que bajaba suavemente hasta el mar gris, la costa deshabitada e impoluta, y entonces le cayó encima la realidad del destierro, y el golpe fue aún más doloroso que el que le había descargado el Martillo.


    14


    Al principio, en la oscuridad, Hahn no advirtió la presencia de Barrett. Se levantó despacio, sacudiéndose los abrumadores efectos de un viaje por el tiempo. Después de unos segundos se empujó hasta el borde del Yunque y dejó las piernas colgando. Las balanceó para reactivar la circulación. Aspiró profundamente varias veces. Por último se deslizó hasta el suelo. El resplandor del campo había desaparecido en el momento de su llegada, así que se movía con cautela, como tratando de no chocar contra nada.

    De repente, Barrett encendió la luz y dijo: — ¿Qué has estado haciendo, Hahn?

    El joven retrocedió como si lo hubieran pinchado en el estómago. Ahogó un grito, saltó algunos pasos hacia atrás y levantó las dos manos en actitud defensiva…

    — Contéstame —dijo Barrett.

    Hahn pareció recuperar el equilibrio. Echó una rápida mirada más allá de la voluminosa figura de Barrett, hacia el vestíbulo, y dijo:

    — Déjeme pasar. Ahora no se lo puedo explicar.
    — Más vale que me lo expliques.
    — Será más fácil para todos si no lo hago —dijo Hahn—. Por favor. Déjeme pasar. Barrett siguió bloqueándole la puerta.
    — Quiero saber dónde estuviste esta noche. Y qué anduviste haciendo con el Martillo.
    — Nada. Sólo estudiándolo un poco.
    — Hace un minuto no estabas en esta habitación. Después apareciste de la nada. ¿De dónde saliste, Hahn?
    — Se equivoca. Estaba detrás del Martillo. No…
    — Te vi caer en el Yunque. Hiciste un viaje por el tiempo, ¿verdad?
    — No.
    — ¡No me mientas! No sé cómo lo haces, pero has encontrado alguna manera de viajar hacia adelante en el tiempo, ¿no es así? Nos has estado espiando, y fuiste a alguna parte a llevar tu informe… y ahora estás de regreso.

    La frente pálida de Hahn brillaba.

    — Barrett, se lo advierto, no haga demasiadas preguntas en este momento —dijo con voz tensa—. Sabrá todo lo que quiere saber a su debido tiempo. Éste no es el momento adecuado. Ahora, por favor, déjeme pasar.
    — Primero las respuestas —dijo Barrett.

    Se dio cuenta de que estaba temblando. Ya conocía las respuestas, y eran respuestas que lo sacudían hasta el fondo del alma. Sabía dónde había estado Hahn.

    Pero el propio Hahn tenía que admitirlo.

    Hahn no dijo nada. Dio un par de pasos indecisos hacia Barrett, que no se movió. Hahn parecía estar adquiriendo impulso para iniciar una repentina carrera hacia la puerta.

    — No saldrás de esta habitación —dijo Barrett— mientras no me digas lo que quiero saber. Hahn arremetió.

    Barrett se plantó con firmeza, la muleta contra el marco de la puerta, la pierna sana apoyada en el suelo, y esperó al joven. Calculaba que pesaba por lo menos cuarenta kilos más que Hahn. Eso podía alcanzar para equilibrar el hecho de que Hahn tenía unos treinta años menos y una pierna más. Al entrar en contacto, Barrett le agarró los hombros, tratando de sujetarlo para obligarlo a volver a la habitación.

    Hahn cedió tres o cuatro centímetros. Miró a Barrett sin decir una palabra y empujó de nuevo.

    — No lo hagas —gruñó Barrett—. No… te… dejaré…
    — No quiero hacer esto —dijo Hahn.

    Empujó otra vez. Barrett sintió que se doblaba ante el impacto. Hundió las manos todo lo posible en los hombros de Hahn, y trató de meterlo de nuevo en la habitación. Pero Hahn resistió, y toda la energía de Barrett se redujo a un empujón hacia atrás que rebotó sobre él mismo. Perdió el control de la muleta, que resbaló por el marco de la puerta y se le escapó de debajo del brazo. Por un angustioso instante todo el peso de Barrett se apoyó en la aplastada inutilidad de su pie izquierdo, y entonces, como si las extremidades se le estuvieran derritiendo debajo del cuerpo, empezó a hundirse hacia el suelo. Aterrizó con un resonante estrépito.

    Quesada, Altman y Latimer entraron corriendo en la habitación. Barrett se retorcía de dolor en el suelo, clavando los dedos en el muslo de la pierna herida. Hahn estaba de pie a su lado con cara triste, las manos entrelazadas.

    — Lo siento —dijo—. No tendría que haberme cerrado así el paso. Barrett lo miró furioso.
    — Viajaste por el tiempo, ¿no es así? ¡Ahora puedes contestarme!
    — Sí —dijo por fin Hahn—. Fui Arriba.

    Una hora más tarde, después de que Quesada le inyectó suficientes calmantes para que no aullara de dolor, Barrett oyó la historia completa. Hahn no quería revelar aquello tan pronto, pero había cambiado de idea después de la pequeña pelea.

    Todo era muy sencillo. El viaje por el tiempo funcionaba ahora en ambas direcciones. Toda la palabrería sobre el flujo de la entropía había quedado sencillamente en eso: palabras vacías.

    — No —dijo Barrett—. Yo mismo lo discutí con Hawksbill en… a ver… en 1998. Hawksbill y yo nos conocíamos. Le dije: Con tu máquina ¿la gente puede viajar para adelante y para atrás en el tiempo?, y él dijo que no, que sólo se podía viajar hacia atrás. El movimiento hacia adelante era imposible según sus ecuaciones.
    — Sus ecuaciones eran incompletas —dijo Hahn—. Obviamente. Hawksbill nunca desarrolló la parte del movimiento hacia el futuro.
    — ¿Cómo pudo haberse equivocado un hombre del nivel de Hawksbill?
    — Al menos cometió un error. Después hubo otras investigaciones, y ahora sabemos movernos en ambas direcciones. Hasta a Einstein tuvieron que corregirlo. ¿Por qué no a Hawksbill?

    Barrett negó con la cabeza. Sí, ¿por qué no, a Hawksbill?, se preguntó. Pero él se había convencido de que el trabajo de Hawksbill era perfecto, y que estaba condenado a vivir hasta sus últimos días en el comienzo de los tiempos.

    — ¿Cuánto tiempo hace, que se conoce la posibilidad de viajar en ambas direcciones? —preguntó Barrett.
    — Por lo menos cinco años —dijo Hahn. Todavía no sabemos con exactitud cuándo se produjo el gran avance. Cuando terminemos de revisar todos los archivos secretos del anterior gobierno…
    — ¿El anterior gobierno?

    Hahn asintió.

    — La revolución se produjo en enero. De 2029. No fue nada violenta. Los sindicalistas se enmohecieron por dentro, y cuando recibieron el primer empujón se cayeron. Había un gobierno revolucionario esperando entre bastidores para hacerse cargo del poder y restituir las viejas garantías constitucionales.
    — ¿Fue el moho? —preguntó Barrett ruborizándose—. ¿O las termitas? No te equivoques de metáfora.

    Hahn miró para otro lado.

    — Lo que importa es que cayó el viejo gobierno. Ahora tenemos un régimen liberal provisional, y habrá elecciones libres dentro de unos seis meses. No me pregunte demasiado por la filosofía de la nueva administración. No soy un teórico político. Ni siquiera un economista. Usted acertó.
    — Entonces ¿qué eres?
    — Un policía —dijo Hahn—. Parte de la comisión que estudia el régimen penitenciario del anterior gobierno. Incluyendo esta prisión.
    — ¿Qué pasa con los prisioneros que están Arriba? —dijo Barrett—. Los políticos.
    — Los están liberando. Revisamos sus casos y por lo general los soltamos enseguida. Barrett asintió.
    — ¿Y los sindicalistas? ¿Qué ha pasado con ellos? No sé si podrás contarme algo sobre uno en particular, un interrogador llamado Jacob Bernstein. Quizá lo conozcas.
    — ¿Bernstein? Sí, claro. Pertenecía al Consejo de Síndicos. Fue jefe de interrogación.
    — ¿Fue?
    — Se suicidó —dijo Hahn—. Muchos Síndicos hicieron lo mismo cuando cayó el régimen. Bernstein fue el primero.
    — No me extraña —dijo Barrett, sintiéndose curiosamente conmovido.

    Se produjo un largo silencio.

    — Había una chica —dijo Barrett—. Hace mucho tiempo… desapareció… La arrestaron en 1994, y nadie pudo averiguar qué le había ocurrido. Me pregunto si… si…

    Hahn negó con la cabeza.

    — Lo siento —dijo con suavidad—. Eso fue hace treinta y cinco años. No encontramos a ningún prisionero que hubiera estado en la cárcel más de seis o siete años. El núcleo de la oposición fue enviado a la Estación Hawksbill, y los demás… Bueno, si era una amiga especial suya… no es probable que aparezca.
    — No —dijo Barrett—. Tienes razón. Lo más probable es que haya muerto hace mucho tiempo. Pero no pude dejar de preguntártelo, por las dudas…

    Miró a Quesada y después a Hahn. Los pensamientos le giraban en la cabeza como un torbellino, y no pudo recordar la última vez que se había sentido tan abrumado por los acontecimientos. Tenía que esforzarse para evitar de nuevo los temblores. La voz le falló un poco cuando le dijo a Hahn:

    — Tú viniste a observar la Estación Hawksbill, ¿verdad?, a ver cómo estábamos. Y fuiste Arriba esta noche a contarles lo que habías visto aquí. Supongo que te pareceremos un grupo bastante lamentable.

    Aquí todo el mundo ha sufrido una enorme tensión —dijo Hahn—. Dadas las circunstancias de este encarcelamiento… El destierro a esta era remota…

    Lo interrumpió Quesada.

    — Si ahora hay un gobierno liberal en el poder y se puede viajar por el tiempo en ambas direcciones, ¿acierto si digo que los prisioneros de la Estación Hawksbill serán enviados Arriba?
    — Por supuesto —dijo Hahn—. Se hará lo antes posible, en cuanto dispongamos de toda la logística. Ése ha sido el motivo de mi viaje de reconocimiento. Primero averiguar si todos estaban todavía vivos, pues ni siquiera sabíamos si alguien habría sobrevivido al viaje por el tiempo. Y después ver en qué estado estaban, qué necesidades de tratamiento había. Desde luego, todo el mundo contará con los recursos de la terapia moderna, sin reparar en gastos.

    Barrett casi no prestaba atención a las palabras de Hahn. Había estado temiendo algo parecido toda la noche, desde que Altman le avisó de que Hahn andaba tocando el Martillo. Pero nunca se había permitido del todo creer que aquello fuese posible.

    Ahora veía que su reino se desmoronaba.

    Se veía regresando a un mundo que no podría empezar a comprender, un Rip van Winkle rengo volviendo después de veinte años.

    Y se veía arrancado de un sitio que había llegado a ser su hogar.

    — ¿Sabes una cosa? —dijo Barrett con voz cansada—. Algunos hombres no van a poder adaptarse al impacto de la libertad. Si los metes en el mundo real otra vez, pueden morirse. Tenemos aquí a muchos psicópatas graves. Tú mismo los has visto. Viste lo que hizo Valdosto esta tarde.
    — Sí —dijo Hahn—. He hablado de esos casos en mi informe.
    — A los enfermos habrá que prepararlos por etapas para la idea del regreso —dijo Barrett—. Puede llevar más tiempo del que pensamos.
    — No soy terapeuta —dijo Hahn—. Se hará lo que los médicos consideren más conveniente. Quizá haya que dejar aquí a algunos de manera permanente. Entiendo que la vuelta los puede trastornar mucho después de todos estos años aquí creyendo que el regreso era imposible.
    — Más aún —dijo Barrett—. Aquí se puede hacer mucho trabajo. Trabajo científico, quiero decir. Exploración. Viajes por este mundo, e incluso por el tiempo, hacia arriba y hacia abajo, usando este lugar como base de operaciones. No creo que se deba cerrar para siempre la Estación Hawksbill.
    — Nadie propuso hacer eso. Tenemos toda la —intención de mantenerla funcionando, más o menos como usted dice. Va a haber un tremendo programa de exploración temporal, y una base como ésta en el pasado será invalorable. Pero la Estación no será nunca más una prisión. El concepto de prisión se ha acabado. Ya no existe.
    — Muy bien —dijo Barrett. Buscó a tientas la muleta, la encontró y se levantó pesadamente, tambaleándose un poco. Quesada se acercó como si quisiera ayudarle a recuperar el equilibro, pero Barrett lo apartó bruscamente.
    — Vayamos afuera —dijo.

    Salieron del edificio. Una niebla gris se había instalado sobre la Estación, y empezaba a caer una fina llovizna. Barrett miró alrededor las chozas desperdigadas. Miró el océano, apenas visible por el este a la débil luz de la luna. Miró hacia el oeste, hacia el distante mar. Pensó en Charley Norton y en el grupo que había salido, como todos los años, de expedición al Mar Interior. Qué sorpresa se van a llevar, pensó, cuando vuelvan aquí dentro de unas semanas y descubran que todos estamos en libertad y podemos regresar a casa.

    Con sorpresa, Barrett sintió una presión repentina alrededor de los párpados, como si unas lágrimas intentaran abrirse paso.

    Se volvió hacia Hahn y Quesada.

    — ¿Quedó claro lo que trataba de explicar? —dijo Barrett en voz baja—. Alguien tendrá que quedarse aquí para facilitar la transición de los enfermos que no podrán soportar el impacto del regreso. Alguien tendrá que mantener esta base funcionando. Alguien tendrá que explicar las cosas a los nuevos que lleguen aquí, a los científicos.
    — Por supuesto —dijo Hahn.
    — El que cumpla esa función, el que se quede cuando salgan todos, tiene que ser alguien muy familiarizado con la Estación. Alguien en condiciones de volver Arriba inmediatamente pero dispuesto a hacer el sacrificio de quedarse. ¿Se entiende lo que digo? Un voluntario.

    Ahora le sonreían. Barrett se preguntó si esas sonrisas no serían un tanto condescendientes. Se preguntó si no estaría siendo un poco transparente de más. Que se vayan al diablo los dos, pensó. Aspiró el aire cámbrico hasta hincharse bien los pulmones.

    — Me ofrezco para quedarme —dijo Barrett levantando la voz. Lanzó a los dos una mirada desafiante para que no osaran oponerse. Pero sabía que no se atreverían a hacerlo. En la Estación Hawksbill él era el rey. Y quería seguir ocupando el puesto—. Yo seré el voluntario —dijo—. Yo seré el que se quede.

    Los dos hombres siguieron sonriéndole. Barrett no soportó más las sonrisas. Les dio la espalda.

    Desde lo alto de la colina contempló su reino.


    FIN



    Título original; "Hawksbill Station"
    Autor: Robert Silverberg
    Editorial / Colección: Plaza & Janés / Mundos imaginarios
    Género: Ciencia Ficción, Fantasía
    Año Publicación: 2000
    Traductor: Antonio Prado
    Diseño o fotografía de portada: Jordi Forcada
    ISBN: 978—84—0—10137—13
    Idioma: Español
    Colección Mundos Imaginarios nº 9