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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    COLISIÓN DE LOS MUNDOS (Robert Silverberg)

    Publicado el domingo, abril 13, 2014

    Sinopsis

    La fatal colisión de dos imperios estelares, el terrestre y el de Norgla, cuando su mutua expansión los pone en inevitable contacto. Mediante una nave más rápida que la luz, los terrestres llegan a una región de la galaxia situada a 10.000 años-luz de la Tierra, donde descubren otra raza humanoide dedicada a la colonización de aquellos mundos. El choque hubiera sido inevitable, a causa del orgullo de los Norglanos, de no ser por una especie extragaláctica, los avanzadísimos Rosgollanos, que obligan a terrestres y norglanos a dividirse la Galaxia en los partes o esferas de influencia iguales.

    A Leo y Norma Brown con mi agradecimiento. ROBERT SlLVERBERG
    Robert Silverberg.


    —I—


    HACÍA SÓLO UN MES que el Tecnarca McKenzie había enviado cinco hombres, tranquilamente, a una muerte probable en nombre del progreso de la Tierra. Pero, según parecía, aquellos cinco hombres no habían muerto realmente, después de todo, y el rostro tallado en piedra de McKenzie reflejaba una tensión interna y la carga emocional propia de la anticipación de semejante hecho.

    El mensaje que le llegó al Centro de los Arcontes había sido muy breve: «El Centro de detección de la Luna informa de la vuelta al sistema solar del XV-ftl(1). Aterrizaje en espacio-puerto de Australia Central, calculado para las 12.00, hora local»

    El Tecnarca leyó el mensaje dos veces haciendo gestos aprobatorios, incluso permitiéndose a sí mismo el lujo de una leve sonrisa. Bien, ya estaban de vuelta... ¿tras un viaje de éxito? «Veremos a los hombres en las galaxias lejanas, pensó, y dentro de mi gobierno en este Arconato.»

    Su naturaleza era demasiado rígida para permitirse más de un momento de natural orgullo. Había jugado, había vencido y tal vez su nombre quedaría para siempre en la Historia por milenios.

    Bien, aquello no importaba demasiado. La nave experimental que viajaba por el espacio a velocidades superiores a las de la luz retornaba segura. Aquello le obligaba, como Tecnarca de la Tierra, a estar presente en el aterrizaje.

    Oprimió un botón a su alcance.

    —Dispongan una conexión de transmateria para el espaciopuerto de Australia Central, Naylor. Partida inmediata.
    —Al momento, Excelencia.

    McKenzie se quedó mirando fijamente por unos instantes los grandes y recios dedos de sus manos puestas sobre su despacho de trabajo. Manos como aquéllas jamás podrían arreglar un delicado circuito electrónico, ni manejar un bisturí eléctrico, o sintonizar los finos controles de un generador termonuclear. Pero eran unas manos que gobernaban al mundo y que habían escrito: «Si permanecemos limitados para siempre a la velocidad limitada de la luz, seremos como unos caracoles arrastrándose a través de toda un continente. No podemos quedarnos dormidos en una vida complaciente con vistas a la expansión de nuestro imperio colonial, tan lento y tardío. Debemos darnos prisa, cueste lo que cueste, a salir hacia las lejanías del Universo, y la propulsión superlumínica tiene que ser el supremo objetivo de toda nuestra inteligencia y de todos nuestros esfuerzos aunados.»

    Tales palabras las había escrito sólo quince años antes, en el 2.765 y hechas públicas al mundo al ser ascendido a la suprema autoridad del Arconato.

    Y pasados aquellos quince años, una nave había salido hacia las estrellas y vuelto en menos de un mes. Siempre había existido la posibilidad de que no hubiesen ido más allá de la órbita de Plutón, fracasados y obligados a volver a la Tierra.

    Levantándose, McKenzie atravesó el resplandeciente suelo de mármol de su cámara privada, una vergonzosa extravagancia, según había opinado personalmente; pero la cámara no había sido diseñada para su gusto único y personal; y pasó a través de la entrada del mecanismo de la transmateria. Naylor le esperaba allí, un tipo obsequioso y pequeñito vestido con la rígida ropa negra del personal del Tecnarca.

    —Las coordenadas están a punto, Excelencia.
    — ¿Todo en orden y comprobado?
    —Por supuesto, Excelencia. Las he comprobado dos veces.

    McKenzie entró en la cabina. El radiante campo de energía del transmisor instantáneo de la materia, coloreado de verde, se abrió formando una cortina que dividía el interior en dos partes. Los ocultos generadores de energía del transmisor de materia estaban ligados directamente al generador principal que giraba eternamente sobre sus polos en alguna parte debajo del Atlántico, condensando la fuerza «theta» que hacía posible el viaje instantáneo de la materia. McKenzie no se preocupó en absoluto de comprobar el correcto dispositivo de las coordenadas dispuestas por Naylor, era para él como un acto de fe. El Tecnarca, estaba extraordinariamente confiado en que nadie hubiera podido ni siquiera imaginar la necesidad de su asesinato. La menor distorsión de una abscisa, y los átomos del Tecnarca se habrían perdido en la nada. Con la mayor naturalidad se dispuso a partir entre aquel verde resplandor que le rodeaba sin detenerse a examinar las coordenadas.

    No hubo ni la menor sensación. El Tecnarca McKenzie fue instantáneamente disuelto en sus átomos constituyentes y conducido por un rayo energético, a medio mundo de distancia, para ser reconstituidos integralmente. Si el momento de la destrucción hubiese sido perceptible, el dolor producido habría sido insoportable. Pero el campo de la transmateria dispuso del cuerpo del Tecnarca, molécula a molécula, en una tal fracción de micro-segundo, que su sistema nervioso ni siquiera pudo percibir la menor sensación de dolor, y la restauración de la vida, fue casi instantánea, perfecta y completa. Rehecho y sin el menor daño, McKenzie salió de la cabina casi instantáneamente más tarde en el terminal de transmateria del Espacíopuerto de Australia Central, en donde una vez, siglos antes, había existido el desierto de Gibson y que entonces era el mayor espaciopuerto de la Tierra.

    Cuando partió de New York era algo antes del mediodía y allí se halló en las primeras horas de la mañana. Un reloj de pared marcaba las 2.13. McKenzie abandonó el receptáculo de la transmateria.

    Le localizaron en el acto; la impresionante figura del Tecnarca con su corpulencia y su aire de mando innato, era algo familiar en el Espaciopuerto de Australia Central y todos acudieron a darle inmediatamente la bienvenida. McKenzie sonrió al saludar a Daviot y a Leeson que habían desarrollado el sistema de propulsión en el hiperespacio de la nave experimental, a Herbig, el Comandante del espaciopuerto y a Jesperson, el coordinador de la investigación de las velocidades superlumínicas.

    Jesperson hizo un gesto tímido al ser preguntado inmediatamente por el Tecnarca sobre qué noticias había de la astronave.

    —Excelencia, han enviado todas las señales de conformidad hace cinco minutos. Ahora se encuentran en una órbita de deceleración descendiendo propulsados por cohetes y tocarán tierra sobre las 2.33.
    — ¿Y qué hay respecto al viaje?

    Leeson respondió tranquilo, con su hermosa voz de bajo.

    —Parece que lo hicieron de ida y vuelta en buenas condiciones.
    —No podemos dar tal cosa como segura —objetó Daviot.

    McKenzie frunció el entrecejo.

    —Bien, caballeros, decídanse.
    —Todo lo que sabemos —dijo Daviot—, es que conectaron la propulsión desde el vuelo en el hiperespacio a la propulsión plasmática poco tiempo después de pasar la órbita de Júpiter.
    — ¿No quiere decir eso que la propulsión en el hiperespacio ha sido un éxito? — preguntó Leeson.
    —Lo que significa todo —-repuso. Daviot en tono pedante—, es que han tenido éxito en la conversión de una forma de propulsión en la otra. Eso no quiere decir que la propulsión en el hiperespacio les lleve necesariamente a cualquier parte.
    —No, pero...
    —Está bien, señores, dejémonos de discusiones —intervino Jesperson, al descubrir señales de molestia en el rostro del Tecnarca—. Lo sabremos dentro de veinte minutos.
    —Pero el Tecnarca quería saber... —comenzó a decir Daviot, pero su voz se apagó y quedó en silencio.

    McKenzie se alejó de la reunión. Se hallaban cerca del techo de ama gran cúpula transparente que cubría cientos de acres de terreno. Al exterior, sobre el espaciopuerto, la temperatura era sofocante incluso entonces, en las horas de la madrugada. Dentro, los acondicionadores de aire, mantenían un clima más agradable.

    El Tecnarca recorrió el panorama con la vista. El aire del desierto, completamente transparente, proporcionaba una esplendorosa visión del cielo. Las estrellas brillaban en chispas repartidas por el firmamento como joyas relucientes y la Luna, en plenilunio, esparcía su pálido fulgor por el inmenso panorama. Muchos hombres se estaban dando prisa, corriendo de un lado a otro, disponiéndolo todo para la astronave que estaba a punto de tomar contacto con el espaciopuerto en pocos minutos.

    McKenzie sintió un nudo en la garganta y una molesta opresión en el estómago. Le irritaba el hallarse tan tenso; pero ningún esfuerzo de su voluntad de hierro fue capaz de mantenerle relajado de la tensión interna que estaba padeciendo en aquellos momentos.

    En menos de veinte minutos, él XV-ftl estaría de vuelta.

    Miró a las estrellas. Cientos, miles de ellas, esparcidas por los cielos. Todas las estrellas dentro de un radio de cien años luz y que tuvieran un planeta habitable en su sistema, de los que había muchos, había sido ya alcanzado por la humanidad. Por siglos entonces, las astronaves viajando a nueve décimas de la velocidad de la luz(2), se habían dirigido hacia las estrellas, prisioneras por el límite de esa velocidad, pero sin embargo, capaces de devorar parsecs(3) dado el tiempo necesario. Se había llevado seis años en hacer el primer viaje al sistema de Centauro y el retorno vía transmateria había sido casi instantáneo.

    Pero era indispensable llegar primero a las estrellas antes de poder instalar allí los dispositivos de la transmateria, y aquel era el problema acuciante y fundamental. Siempre más lejos, a saltos intermitentes y continuados, el imperio del Hombre se extendía pero siempre estorbado por los inexorables límites matemáticos del universo conocido. Una vez que cualquier planeta era alcanzado y eslabonado a la red interestelar de la transmateria, se hallaba tan próximo a la Tierra como cualquier otro punto de la red. La transmateria proporcionaba una infinita capacidad de enlace... una vez que el eslabón de enlace se había establecido. Pero hasta entonces...

    El progreso, en tales condiciones, había sido lento. Tras algo más de cuatro siglos de viajes interestelares, el género humano había colonizado todos los mundos habitables dentro de una esfera de un radio de cuatrocientos años luz. Era razonable asumir que la pauta seguida por tal esfera se sostuviera en iguales condiciones para el resto de la galaxia; por lo menos un planeta habitable, pero inhabitado, giraba en órbita alrededor de un sol en condiciones similares al de la Tierra. No se había descubierto nunca ninguna otra forma de vida inteligente; el universo pertenecía al hombre... pero transcurrirían milenios antes de tomar posesión completa de él.

    El hecho en sí había fastidiado a McKenzie durante los años de su entrenamiento para el Arcanato y cuando se produjo la muerte del Tecnarca Bongstrom, McKenzie fue elevado a tan suprema jerarquía. Entonces, ordenó que todas las energías de la Tierra se dedicasen a la tarea de crear los medios necesarios para burlar y escapar a las inflexibles, hasta entonces, cadenas de la Relatividad.

    Hubo fracasos en los intentos y algunos verdaderamente costosos. Astronaves de ensayo se habían enviado al espacio exterior controladas y seguidas por otras tripuladas; pero muchas habían explotado reduciéndose a átomos y jamás habían vuelto. Pero así y todo, siempre había voluntarios para la próxima nave de ensayo y para la otra y la siguiente, y la que pudiera seguir a la otra.

    Hasta que llegó el advenimiento glorioso de la Propulsión Daviot-Leeson, con su increíble generador de poco espacio y volumen, perforando el espacio-tiempo por empujes controlados termonucleares... y de repente, todo se hizo más claro y fácil. El espacio, en la región de una estrella, habían razonado Daviot y Leeson, está curvado y distorsionado por el calor y la masa de la estrella. Con sólo poder duplicar el mismo efecto, en miniatura, si sólo se pudiera abrir un resquicio en la estructura espacio-tiempo lo suficiente para que pasara a su través una astronave, y que viajase en una ruta predeterminada, y volver... los dominios del hombre no conocerían fronteras.

    Se llevó seis años desde el envío del primer modelo piloto hasta el ya perfeccionado y digno de confianza que McKenzie permitió enviar tripulado hacia las estrellas. Y entonces se hallaba de vuelta... ya dentro de unos doce minutos. Los minutos pasaban tensos, interminables. Nadie osaba hablar. Jesperson, con los audífonos en la cabeza, estaba en permanente contacto con la estación monitora establecida en el extremo, más alejado del campo.

    A los cinco minutos antes de la toma de tierra, Jesperson anunció:

    —Han sido avistados clara y perfectamente. Llegarán a su debido tiempo.

    McKenzie se humedeció los labios, apartándose de los demás para no dejar traslucir la tensión interna que estaba padeciendo. Cuatro minutos. Tres. Dos.

    Jesperson estaba ya disponiendo la cuenta atrás. Y entonces, el XV-ftl apareció, como una dorada llama de fuego, descendiendo hasta posarse suavemente frente a ellos sobre sus estabilizadores y amortiguadores de aterrizaje. La descontaminación fue rápidamente efectuada por el personal de tierra y se abrió la escotilla principal.

    Unos hombres salieron de su interior.

    El Tecnarza los contó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. No faltaba ninguno. A la distancia en que se encontraba, casi a unas mil yardas, no podía distinguir bien las facciones de los astronautas; pero eran cinco hombres los que habían salido hacia las estrellas y cinco los que volvían. Los nombres, comenzaron a formar un remolino en la mente del Tecnarca. Laurance, Peterszoon, Nakamura, Clive, Hernández. Hernández, Clive, Nakamura, Peterszoon, Laurance...

    Los astronautas atravesaron ya el campo en dirección a la cúpula principal. Al aproximarse más, McKenzie observó que tres de ellos se habían dejado crecer la barba. Recordó el día en que los cinco habían permanecido en posición de firmes ante él en su cámara privada, despidiéndose y diciéndole adiós, que en su fuero interno no pudo evitar el creer que sería el último. Pero habían vuelto.

    El Tecnarca dijo a Jesperson.

    —Haga que los hombres vengan aquí inmediatamente.
    —Entendido, señor.

    Jesperson transmitió unas instrucciones por un intercomunicador. Momentos más tarde, la irisada puerta de acceso se abría y la tripulación del XV-ftl entró: Laurance, Peterszoon, Nakamura, Clive y Hernández.

    Aparecían fatigados, entristecidos, sudorosos

    Los barbudos eran Laurance, Peterszoon y Clive. La cara de Nakamura aparecía limpia y afeitada; pero sus cabellos negros le colgaban en desorden por las orejas. Sólo Hernández daba el aspecto de hallarse en buena forma. Pero todos ofrecían el mismo aspecto decaído y derrotado.

    McKenzie se dirigió prestamente hacia ellos y su manaza vigorosa apretó con decisión y fuerza la húmeda de Laurance.

    —Bienvenido, Comandante. Bienvenidos todos ustedes, caballeros.
    —Nuestra obediencia, Excelencia. Es... bueno volver.
    — ¿Ha sido un viaje de éxito?

    Una expresión de duda surgió en la mirada enrojecida de Laurance y sus ojos rodeados de profundas ojeras, preocupados.

    — ¿Éxito? Bien, supongo que sí. La propulsión ha funcionado a las mil maravillas. Hemos cubierto 98 años luz de distancia con el chasquido de un dedo. Pero... Daviot aparecía contento como un chiquillo. Leeson dio unas palmadas de entusiasmo en la espalda de Jesperson.
    —Pero... ¿qué? —restalló McKenzie con su suprema autoridad.

    Laurance miró a su alrededor.

    —Es... es algo privado, Excelencia. Tal vez será mejor que hablemos de esto más tarde.
    —Puede usted hablar en presencia de estos hombres —dijo el Tecnarca.
    —De acuerdo, pues. El viaje ha sido magnífico. Entramos y salimos del hiperespacio cuando lo deseamos y hemos regresado en la misma forma. Sólo que hemos encontrado una raza extraterrestre.
    — ¿Que se han encontrado ustedes extraños?
    —No solamente los hemos encontrado. Los hemos visto con nuestros propios ojos e hicimos lo imposible por salir de allí antes de que nos vieran. Estaban construyendo una ciudad, Excelencia. Daba la impresión como si... como si estuvieran colonizando aquel planeta, en la misma forma que lo solemos hacer nosotros.


    —II—


    CUATRO HORAS MÁS TARDE, la totalidad del Arconato se reunió en el Centro Arconata en una sesión extraordinaria(4) convocada por McKenzie. Los trece hombres que gobernaban la Tierra y su red de mundos esparcidos en el espacio, se reunieron en el Gran Salón situado en el piso 109 del edificio del Centro.

    Habían llegado desde todas las partes del mundo, con devota sumisión a la llamada de McKenzie y con sus respectivas responsabilidades, tomando asiento en sus lugares preestablecidos de antemano, tradicionalmente alrededor de la gran mesa rectangular. En el lugar de honor, tomaba asiento el Geoarca, el anciano Ronholm, nominalmente el primero entre los trece miembros iguales que comprendía el Arconato. A la derecha de Ronholm, se sentaba el actual Tecnarca McKenzie. A la izquierda, estaba Wissiner, Arconte de Comunicaciones. Junto a Wissiner, Nelson, Arconte de la Educación; Heimrich, Arconte de la Agricultura; Vornik, Arconte de la Salud; Lestrade, Arconte de Seguridad; Dawson, Arconte de las Finanzas. A la derecha de McKenzie estaban Klaus, Arconte de Defensa; Chang, Arconte de las colonias; Santelli, Arconte de los Transportes; Minek, Arconte de la Vivienda; y Croy, Arconte de la Energía.

    Como Arconte de la Tecnología, Ciencia e Investigación, McKenzie era el hombre más importante de todos los reunidos; pero observaba el protocolo meticulosamente, y en tal sentido, dejó que el Geoarca Ronholm pronunciase las primeras palabras.

    —Nos hemos reunido hoy en esta sesión extraordinaria —dijo el anciano— para oír los asuntos que el Tecnarca considera de primerísima importancia para el futuro bienestar de nuestros mundos. Cedo, pues, la palabra y la presidencia de esta Reunión a nuestro Tecnarca, el Arconte del Desarrollo Tecnológico.

    McKenzie habló entonces sin ponerse en pie:

    —Miembros del Arconato: hace sólo cuatro horas que una astronave aterrizó en Australia tras haber llevado a cabo un viaje de casi diez mil años luz de distancia en menos de un mes, y de este mes, casi más de tres semanas se han empleado en exploraciones. El viaje actual entre las estrellas, es virtualmente casi instantáneo. Esto es, evidentemente, un gran motivo de regocijo y por ahora ya contamos con muchas estrellas que están al alcance de nuestra mano por la duración de nuestras vidas. Pero existe un factor que complica las cosas. Voy a llamar ahora al Dr. John Laurance, Comandante del XV-ftl que ha vuelto hace sólo pocas horas, de este inolvidable e histórico viaje, quien explicará la naturaleza de este factor de complicación a toda esta respetable Asamblea.

    McKenzie hizo un gesto y Laurance se adelantó con su esbelta figura el centro de la Gran Sala. Los cinco hombres de la tripulación de la nave super-lumínica, permanecían de cara al Arconato.

    Los cinco hombres habían permanecido sin dormir por algo más, ya, de treinta y seis horas; pero el Tecnarca creyó conveniente llamarles a la sesión extraordinaria del Arconato y así no había existido la oportunidad de haber descansado, ni para Laurance, ni sus compañeros de tripulación. Apenas si habían tenido tiempo de afeitarse la barba, arreglarse el cabello, lavarse y tratarse con estimulantes contra la fatiga, antes de acudir a la Gran Sala.

    Laurance avanzó hasta hallarse a veinte pies de distancia de los Arcontes. No mostraba ningún temor, simplemente un respeto normal ante aquellas jerarquías mundiales. Era un hombre de cuarenta años, de espesos cabellos ya algo grises en las sienes y un rostro inteligente y noble, enérgico y vivaz, que dejaba mostrar la tensión natural de su reciente viaje. Sus ojos, de un gris pálido, tenían una mirada cálida que reflejaban la rapidez lúcida de su gran mente y la musculosa y felina constitución de su cuerpo. Con una voz solemne, profunda y segura, comenzó a hablar:

    —Excelencias: Fui elegido por ustedes para mandar la primera nave tripulada interestelar Daviot-Leeson. Dejé la Tierra el día primero del pasado Quinto Mes, con mi tripulación de cuatro hombres, aquí presentes. Viajando a velocidad constante interplanetaria, alcanzamos la órbita de Plutón(5) como zona asignada de seguridad, para efectuar allí la conversión de la propulsión Daviot-Leeson.

    «Dejamos así el universo "normal" a la distancia de cuarenta unidades astronómicas aproximadamente(6) de la Tierra y continuamos nuestra ruta precalculada durante diez y siete horas, hasta llegar a la posición pretendida. Haciendo uso de la propulsión Daviot-Leeson de nuevo, volvimos al espacio "normal" encontrando, ciertamente, que habíamos alcanzado nuestro objetivo, la estrella NGCR 185.143, que se halla de la Tierra aproximadamente a 9.800 años luz(7).

    Esta estrella es una del tipo G, de la familia de nuestro Sol con once planetas en órbita en su sistema. Siguiendo nuestras instrucciones, fuimos tomando contacto y aterrizamos en el cuarto planeta, muy similar a la Tierra y apropiado para futura colonización. Pero para nuestra gran sorpresa, hallamos que se estaba construyendo una ciudad en ese planeta.

    Sobre el estrado, McKenzie frunció el entrecejo. La narración de Laurance había sido tan totalmente clara y sencilla, esquemática y sinóptica, que el hombre que había sido el héroe que había llevado a cabo la maravilla del primer viaje interestelar a velocidades superlumínicas, había convertido semejante hazaña de significado incalculable, en un informe casi mecánico, la que tuvo la virtud de irritar interiormente al Tecnarca.

    —Bien, háblenos de los seres extraños que vieron allá —dijo McKenzie.
    —Sí, Excelencia. Envié a Hernández y a Clive a reconocer el terreno. Estuvieron observando a los extraterrestres durante varias horas.
    — ¿Y pasaron inadvertidos? —preguntó McKenzie.
    —Por lo que sabemos, así es.
    — ¿Y qué aspecto tienen esos seres extraños? —preguntó entonces el Arconte de Defensa, Klaus, con su voz firme y escudriñadora.
    —Son humanoides, Excelencia. Tenemos fotografías de ellos, dispuestas para ser observadas. Tienen casi dos metros de altura, andan sobre dos piernas y respiran oxígeno. En muchos aspectos tienen un gran parecido con nosotros. La pigmentación de la piel es verde, aunque observamos que algunos la tienen de color azul. En cierta forma, parece ser que disponen de una estructura esquelética más compleja que la nuestra; por ejemplo, sus brazos tienen un doble codo, lo que les permite efectuar movimientos en todas direcciones. Por lo que pudimos observar a cierta distancia prudente, parece ser que tienen en sus manos siete u ocho dedos. En resumen, tienen todo el aspecto de una raza inteligente y plena de energía y que se encuentra en un estadio evolutivo prácticamente igual al nuestro.

    El Arconte de Seguridad, preguntó con calma:

    — ¿Está usted seguro de no haber sido observado?
    —No prestaron la menor atención al exterior de nuestra nave. En todas las ocasiones, mis hombres permanecieron escondidos mientras les observaban. Tras dos horas de observación, dejamos el cuarto planeta de que acabo de hablarles y seguirlos hacia el tercero del sistema, que también es de un tipo aproximadamente igual al de la Tierra y de la misma forma, se estaba procediendo a la construcción de colonias. Desde allí, seguimos ya en propulsión hiperespacial hacia una estrella situada a dos años luz de distancia, en cuyo sistema se estaba llevando a cabo una colonización parecida. Una tercera visita, a siete años luz, nos mostró idéntico proceso, se construían igualmente colonias vivientes del mismo tipo. Hemos llegado a la conclusión cierta de que se trata de un movimiento sustancialmente colonial y que se está llevando a cabo en ese sector del espacio. Tras nuestra visita al tercer sistema solar, lo abandonamos y pusimos proa a la Tierra a donde hemos llegado, como saben sus Excelencias, hace unas pocas horas.
    —No estamos solos, pues —dijo el Geoarca Ronholm, casi medio para sí mismo—. Otros seres también exploran el espacio en busca de colonias, de espacio vital...
    —Sí —interrumpió McKenzie crispado—. Construyendo colonias también. Creo que estamos sometidos a la amenaza más grande que jamás haya tenido nuestra historia humana...
    — ¿Y por qué dice eso? —preguntó Nelson, el Arconte de Educación—. ¿Sólo porque otra especie que se halla a diez mil años luz de distancia está extendiéndose a algunos planetas, puede usted obtener esas conclusiones?
    —Sí que puedo, y lo mantengo. Hoy, la esfera de mundos de la Tierra y la de esos extraños, se hallan distanciadas por diez mil años de luz. Pero nosotros tendremos que expandirnos constantemente, incluso olvidando por un momento la nueva propulsión espacial, y así lo hacen ellos. Es una colisión entre mundos distintos. No una colisión entre naves del espacio, de planetas o incluso de estrellas; es una colisión inevitable entre dos imperios estelares, el suyo y el nuestro.
    — ¿Tiene usted algo que proponer? —preguntó el Geoarca.
    —Sí —repuso McKenzie—. Tenemos que entrar en contacto con esas criaturas inmediatamente. No dentro de cien años a partir de ahora, ni el año que viene, sino en la semana próxima. Tenemos que mostrarles que nosotros también estamos presentes en el Universo, y que es preciso llegar a alguna especie de acuerdo, ¡antes de que se produzca la colisión!

    Se produjo una pausa de completo silencio. McKenzie miró fijamente a la persona del Comandante Laurance, de pie ante la Asamblea y flanqueado por sus hombres.

    — ¿Cómo sabe usted que esos... extraños tienen algunas intenciones hostiles, en absoluto? —preguntó entonces el Arconte de Seguridad, Lestrade.
    —La intención hostil no tiene ahora importancia. Ellos existen, existimos nosotros. Ellos colonizan su zona del espacio, nosotros la nuestra. Nos encaminamos inevitablemente a un choque.
    —Bien, haga sus recomendaciones, Tecnarca McKenzie —indicó el Geoarca con voz inalterada.

    McKenzie se puso en pie.

    —Mi recomendación es que la astronave que ahora es capaz de atravesar el espacio a velocidades superlumínicas y que acaba de regresar, se envíe inmediatamente al espacio; pero esta vez llevando consigo un grupo de negociadores, quienes puedan entrar en contacto directo con esos extraños. Los negociadores, intentarán, por todos los medios a su alcance, el descubrir cuáles son los propósitos de esos seres y llegar a un acuerdo de cooperación, en el que ciertas zonas de la Galaxia queden reservadas para una ü otra de las razas colonizadoras.
    — ¿Y quién va a pilotar la astronave esta vez? —preguntó el Arconte de Comunicaciones. McKenzie pareció sorprendido.
    — ¡Vaya! Ya tenemos una tripulación bien entrenada y que ha demostrado su magnífica capacidad para hacerlo.
    —Acaban de regresar de un viaje de un mes por el espacio —protestó el Arconte Wissiner—. Esos hombres tienen familias, parientes, amigos. ¡No pensará usted en volver a enviarlos inmediatamente!
    — ¿Sería mejor arriesgar nuestra única astronave superlumínica disponible por ahora en manos de hombres sin experiencia? —repuso McKenzie—. Si el Arconato lo aprueba, presentaré dentro de breves días una lista de los hombres capacitados para llevar a cabo las negociaciones a que me he referido y para que traten con esas criaturas extraterrestres. Una vez estén de acuerdo, la astronave deberá salir inmediatamente. Ahora dejo la cuestión en vuestras manos.


    McKenzie volvió a su asiento. Siguió su debate breve y sin gran fuerza, aunque varios de los Arcontes se resentían privadamente de los métodos tan directos del Tecnarca; sin embargo, raramente votaban en contra de sus decisiones o propuestas cuando llegaba el momento de hacerlo. McKenzie había demostrado tener razón siempre, demasiadas veces en el paso, para que cualquiera se opusiera a él entonces.

    Permaneció sentado tranquilamente, escuchando la discusión y tomando parte en ella sólo cuando era necesario para defender algún punto. Sus facciones no reflejaban ninguna de las sensaciones amargas que le habían trastornado desde la vuelta del XV-ftl. Había vuelto a recobrar su temple y su gran poder de visión y de mando. Pero en su mente aquel gran problema no dejaba de dar vueltas y más vueltas.

    Extraños que construyen colonias, pensó preocupado. El brillante juguete que era el universo quedaba así empañado en la mente del Tecnarca. Él había soñado con un universo de planetas que sólo esperaban la llegada del hombre y a través de los cuales el género humano pudiese expandirse como la corriente viva de un río poderoso. Pero no era ya así; tras cientos de años, se habían hallado otras especies inteligentes como el hombre. ¿Iguales? Así parecía... de no ser peor aún la cosa. Fuesen cuales fuesen sus capacidades, el hecho significaba que el género humano estaba ya limitado y que una parte importante o tal vez el resto del universo le estaba prohibido, vallado. Y en tal respecto, McKenzie no podía por menos que sentirse disminuido.

    No había otra cosa que negociar, que salvar alguna porción de la infinitud del Imperio de la Tierra. McKenzie suspiró. El hombre mejor calificado para ser el Embajador de la Tierra era él mismo. Pero la Ley prohibía a un Arconte abandonar la Tierra; sólo renunciando al arconato podría acompañar al equipo diplomático de negociaciones..., pero tal renuncia le resultaba imposible considerarla.

    Esperó, impaciente en su asiento, a que el debate se terminase pronunciándose la Asamblea en uno u otro sentido. Esperó tener el voto de confianza necesario. Pero debía esperar.

    Esperar a que Dawson hubiera terminado de exponer si la extensión del género humano era financieramente prudente, a que Wissiner expusiera sus puntos de vista sobre la eficacia de la negociación; hasta que Croy hubiese agotado la objeción de que tal vez los extraterrestres estuvieran expandiéndose en otra dirección; o que Klaus hubiera terminado de sugerir de una forma velada que una guerra inmediata, y no las negociaciones, fueran el procedimiento más derecho y eficaz.

    Y así continuó el debate, donde cada Arconte exponía su preocupación personal, mientras que los cinco astronautas, fatigados y deshechos por el viaje que acababan de realizar, asistían al desacostumbrado espectáculo de presenciar las discusiones de la oligarquía que gobernaba la Tierra. Al final, el Geoarca llamó la atención de la Asamblea del Arconato con su voz de anciano suave, calmosa y temblona:

    —Puede procederse a la votación.

    Y se llevó a cabo la votación. Cada Arconte manipuló secretamente con un dispositivo oculto bajo su sección de la mesa. Hacia la derecha, significaba el apoyo a la medida a tomar, y la izquierda la oposición. Por encima de la mesa, un globo resplandeciente registraba el voto secreto de los Arcontes. El blanco era el color de la aceptación incondicional, y el negro el veto rotundo a la medida o proposición expuesta. McKenzie fue el primero en operar su conexión privada: un destello de luz blanca comenzó a danzar en la profundidad moteada de gris del interior del globo. Un instante más tarde, una chispa de negro puso su lóbrego contraste. ¿Sería el voto contrario de Wissiner?, pensó McKenzie. Después, otro blanco, seguido de otro negro. El matiz general del globo comenzó poco a poco a inclinarse hacia el color blanco, aunque inciertamente todavía. El sudor perlaba la frente del Tecnarca. El color iba haciéndose más claro conforme avanzaba lentamente la votación.

    Al final, el globo mostró el puro blancor de la unanimidad de la votación. El Geoarca tomó la palabra.

    —La propuesta es aprobada. El Tecnarca McKenzie preparará los planes oportunos para la misión negociadora y la presentará a este Arconato para nuestra aprobación. Esta reunión queda, pues, prorrogada hasta ser nuevamente convocada por el Tecnarca.

    Levantándose, McKenzie descendió de su asiento privilegiado de honor en el estrado y se dirigió hacia los cinco astronautas, que en silencio se miraban el uno al otro, llenos de incertidumbre.

    Esperaban a pie firme en el centro de la Gran Sala. Al aproximarse, uno de ellos, Peterszoon, el rubio gigante, le miró con una expresión de inequívoca hostilidad y desagrado.

    — ¿Podemos marcharnos, Excelencia? —preguntó Laurance, obviamente haciendo un esfuerzo para contener su estado de ánimo.
    —Un momento. Quisiera decirles unas palabras.
    —Por supuesto, Excelencia.

    McKenzie hizo un esfuerzo para configurar una especie de sonrisa con sus rudas y graves facciones.

    —No he venido a pedirles excusas, muchachos; pero sí quiero decirles que sé mejor que nadie cuánto necesitan y se merecen ustedes unas vacaciones. Pero lamento que todavía no puedan disfrutarlas. La Tierra les necesita y sólo ustedes pueden llevar nuevamente esa astronave al espacio. Ustedes son lo mejor que tenemos; ésa es la única razón de que tengan que ir.

    Y fue mirando uno a uno, Laurance, Peterszoon, Nakamura, Clive y Hernández. Una ira mal disimulada brillaba en los ojos de todos. Su mirada era claramente desafiante, y tenían toda la razón para hacerlo. Sin embargo, todos tenían profunda conciencia de ver lo que había más allá de la situación personal presente.

    —Bueno, ¿dispondremos de un par de días, al menos, Excelencia? —preguntó Laurance en un tono de firmeza deliberado. —Eso como mucho —repuso el Tecnarca—. Pero tan pronto como se reúnan los negociadores tendrán que salir.
    — ¿Cuántos van a reunir? La astronave no puede llevar a más de nueve personas, diez como máximo. —No designaré muchos. Un lingüista, un diplomático, un par de biofísicos y un sociólogo. Tendrán sitio suficiente. —Y el Tecnarca sonrió de nuevo—. Sé que es una mala pasada tener que volver a enviar a ustedes a otro viaje interestelar casi en el momento de regresar de las estrellas y un mes de ausencia en el espacio. Pero sé que ustedes lo comprenderán. Y... si de algo les vale..., tendrán la gratitud del Tecnarca para toda la vida.

    Era todo lo que podía decir el Tecnarca sin rebajarse más desde su alto puesto en el Arconato mundial respecto a cualquier ser ordinario del mundo corriente, fuese quien fuese. La sonrisa desapareció de sus labios, hizo un gesto de frío saludo, cortés, pero rígido, y se alejó de los astronautas.

    Laurance y sus hombres se marcharon también.

    El problema ahora consistía en reunir la misión negociadora.


    —III—


    EL DR. MARTIN BERNARD se encontraba a su gusto aquella tarde en su piso de South Kensington, próximo a Cromwell Road. Al exterior de las ventanas aparecía, como siempre, la niebla eterna y característica del viejo Londres, la niebla que dura seis meses en la gran metrópoli; pero la niebla no parecía afectar para nada al Dr. Bernard. Las ventanas de su piso eran opacas; dentro del piso todo era cómodo, cálido y confortable, como a él le gustaba. Inmortales composiciones de música clásica desgranaban sus maravillosas y antiguas armonías procedentes de su instalación de estéreo alta fidelidad. Por lo general, prefería la música solemne de Bach. La tenía controlada al límite de la mínima audición, casi exactamente a nivel del umbral perceptible del oído. De aquella forma, Bach no exigía demasiado su atención, pero sentía su presencia armoniosa y exquisita.

    Bernard permanecía tumbado en una vibro-butaca, hojeando un volumen de Yeats, mientras que con una lámpara de codo iluminaba la página que estaba leyendo, no importando cuál fuese la postura que adoptase en aquel mueble funcional del siglo XXVIII. Cerca y a la mano, una botella de buen brandy, de veinte años de vejez, importado de uno de los mundos de la estrella Proción. Y así, Bernard gozaba de su bebida preferida, su música, su poesía y su confort. ¿Qué mejor podía hacer que relajarse así tras haber pasado dos horas intentando meter en la cabeza una serie de puntos esenciales de la moderna sociología a un puñado de obtusos estudiantes de segundo año?

    A pesar del placer de su comodidad, Bernard sentía un leve resquemor de conciencia, como sintiéndose culpable por aquella forma de vivir. Los académicos como él no eran considerados como sibaritas, pero él repetía constantemente que creía merecérselo. Era el mejor hombre en su campo de investigación. Había escrito además un libro que había tenido un enorme éxito. Sus poemas eran altamente estimados y publicados profusamente en antologías. Había luchado mucho y duro por llegar a su posición actual como sabio e intelectual, y ahora, a los cuarenta y tres años, con el problema del dinero resuelto y el de su segundo matrimonio igualmente liquidado, no había razón alguna para que no pudiera pasar sus tardes en una lujosa soledad, rodeado de todo el confort posible.

    Se sonrió. Katha se había divorciado de él, acusándole de crueldad mental, aunque Bernard pensaba de sí mismo que era el hombre menos cruel que jamás hubiera podido existir. Todo había consistido sencillamente en que sus trabajos, su cátedra y sus escritos no le habían dejado un minuto libre para dedicárselo a su esposa. Y ella había pedido el divorcio. Bien, la cosa tenía poca importancia. Ahora comprobaba, con un desapasionado análisis de sus dos matrimonios, que ninguno de ellos había sido en realidad matrimonio de ningún género. En realidad no había nacido para casado.

    Se volvió hacia el libro de Yeats. «Un maravilloso poeta, pensó Bernard, tal vez el mejor de la Ultima Edad Media(8)».

    No hay país para viejos. El joven
    está en los brazos de su pareja, los pájaros en los árboles
    —esas generaciones moribundas— en su canto,
    los salmones que saltan las cascadas,
    los mares poblados de caballas.
    Pez, carne, pájaros,
    gozan de su verano largo y cálido
    y engendren lo que engendren, nacen y mueren…
    atrapados por él hado...


    En aquel momento zumbó suavemente el teléfono. Bernard no pudo evitar una sorda exclamación de disgusto, y apoyándose en el codo y dejando a un lado el libro de poesías de Yeats, cruzó la estancia y se colocó frente al aparato audio-televisivo, pulsando el botón de recepción. Nunca había dispuesto que se hubiera hecho una extensión del dispositivo hasta su vibro-sillón. No era tan sibarita como para hablar por teléfono mientras continuaba acostado.

    Se iluminó la pantalla, pero en lugar de una cara comente apareció la de uno de los ayudantes próximos del Tecnarca con su ropaje oscuro y su distintivo especial. Bernard miró fijamente aquella insignia amarillo y azul que ostentaba en el hombro.

    Una voz impersonal sonó en el altavoz.

    — ¿El doctor Martin Bernard?
    —Así es, señor mío,
    —El Tecnarca McKenzie desea hablarle. ¿Se encuentra solo?
    —Sí, estoy completamente solo en mi apartamento.
    —Por favor, no se retire.

    Desapareció aquella imagen de la pantalla y un momento después dio paso a la cabeza y los hombros del Tecnarca en persona. Bernard miró fijamente a aquel rostro vigoroso y fuerte de McKenzie. Él y el Tecnarca se habían hablado unas cuantas veces, aunque en contadas ocasiones. McKenzie le había condecorado con la Orden del Mérito siete años atrás y desde entonces se habían saludado en determinadas reuniones a alto nivel de carácter científico. Pero la voz tonante del Tecnarca la había escuchado muchas veces en cientos de ocasiones de tipo político a través de la televisión mundial en 3D.

    Bernard inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.

    —Mi obediencia, Tecnarca.
    —Buenas tardes, doctor Bernard. Se ha presentado algo fuera de lo usual. Creo que puede usted ayudarme..., ayudarnos a todos...
    —Si hay algo en que pueda servirle, Excelencia...
    —Sí, lo hay. Vamos a enviar una astronave al espacio a velocidades superlumínicas, Dr. Bernard.

    Llegará hasta un sistema solar que se encuentra a diez mil años luz de distancia. Se ha descubierto una raza de criaturas extraterrestres que están construyendo colonias. Hemos de negociar un tratado con ellos. Deseo que sea usted el jefe del equipo de negociadores.

    La serie de cortas y directas frases dejó a Bernard perplejo y atónito. Fue siguiendo al Tecnarca de una en otra, pero el párrafo final le sorprendió casi con la violencia física de un mazazo.

    — ¿Quiere... que yo... encabece el equipo negociador? —repitió Bernard balbuceante.
    —Irá usted acompañado por otros tres negociadores y por una tripulación de cinco únicos hombres. La tripulación está a punto y dispuesta; aún espero la aceptación de alguno de los demás. La partida será inmediata. El tiempo de tránsito será prácticamente despreciable. El período de negociación puede ser tan breve como usted sea capaz de llevarlo a cabo. Podría usted muy bien estar de vuelta en la Tierra en menos de un mes.

    Bernard se sintió presa del vértigo. Todo parecía que se lo había tragado aquella llamada transatlántica: el libro de poesías, el brandy, su cálido confort y la música; de repente y con la velocidad de un rayo.

    Bernard respondió un tanto vacilante:

    — ¿Por qué...? ¿Por qué he sido elegido yo para esta misión?
    — Porque usted es el mejor de su profesión —replicó sencillamente el Tecnarca—. ¿Puede desembarazarse de todo compromiso para las próximas semanas? —Yo... Bueno, supongo que sí.
    — ¿Puedo contar con su conformidad, doctor Bernard?
    —Yo... sí, Excelencia. Acepto.
    —Sus servicios no quedarán sin recompensa. Preséntese en el Centro del Arconato tan pronto como le sea posible, doctor; pero no más tarde de mañana por la tarde, hora de New York. Cuenta usted con mi más profunda gratitud, Dr. Bernard.

    La pantalla quedó en blanco.

    Bernard tragó saliva frente a la rayita de luz, que fue contrayéndose hasta desaparecer del receptor y que un momento antes había sido la fiel imagen del rostro del Tecnarca. Se quedó mirando al suelo fijamente, aturdido. ¡Dios mío! —pensó—. ¡A qué me he comprometido! ¡A una expedición interestelar!

    Después sonrió irónicamente. El Tecnarca le había ofrecido la oportunidad para ser uno de los primeros seres humanos que tuvieran que entrevistarse cara a cara con un ser inteligente no terrestre. Y allí se encontraba, preocupándose por una temporal separación de aquella pequeña serie de comodidades personales. Debería estar dando saltos de alegría —pensó— y no preocupándome. El brandy y el vibro-sillón pueden esperar. ¡Esta es la cosa más importante que haya hecho en mi vida!

    Desconectó la pantalla cónica, la música de Bach se desvaneció entre una armoniosa cadencia, Yeats volvió a la librería y por fin se tomó el último sorbo de brandy, cuya botella volvió a colocar en una alacena.

    En la media hora siguiente tenía que hacer un resumen con la correspondiente lista de las personas a quienes debería comunicar su partida, y programó los datos en una secretaria-robot para que hiciese tales notificaciones... después de haberse marchado. No había que pensar en enfrascarse en largos debates con las personas a quienes tendría que dar clase o las de su nuevo libro. Lo mejor era encararlas con el hecho consumado de su partida del Gran Londres y dejar que tomasen sus decisiones sin él.

    El equipaje se le presentó como un problema; anduvo entresacando algunos gruesos libros, acabando por tomar dos más pequeños, alguna ropa y unos mnemodiscos. A la hora de dormir se encontró incapaz de conciliar el sueño, incluso habiendo tomado un comprimido para relajarse, levantándose casi antes de la aurora para ir a pasear el piso de un lado a otro, en una tensa anticipación de la gran aventura que tan súbitamente había llegado a alterar su vida pacífica y comodona. A las once decidió utilizar la transmateria para New York, pero su guía le indicó que sería todavía muy temprano al otro lado del Atlántico. Esperó una hora, llamó por cortesía solicitando la autorización de cruzar y dispuso su instantánea transferencia al Arconato.

    Se introdujo en la maravillosa máquina de la transmateria, preguntándose anteriormente la forma en que aquello se llevaba a cabo. Su propio pensamiento quedó cortado en dos al apoderarse el campo energético del dispositivo, ya que al emerger del otro lado estaba en su mente el mismo pensamiento.

    Con sus caras de piedra, los hombres del Arconato le estaban esperando.

    —Por aquí, doctor Bernard, tenga la bondad.

    Les siguió, sintiéndose extrañamente en forma parecida a una víctima propiciatoria que está siendo conducida al altar. Le condujeron a un salón adjunto cuya monumentalidad indicaba claramente que era la cámara privada del Tecnarca McKenzie, la personificación de la fuerza y la ambición humanas.

    No estaba presente el propio Tecnarca en aquel momento en la cámara. Pero sí lo estaban otros tres hombres, quienes dirigieron su atención hacia Bernard en cuanto entró en ella, mirándole con la tensa anticipación propia de los hombres que aún no están ciertos de sus propias posiciones.

    Bernard, a su vez, les estudió con detalle.

    A su izquierda, en el rincón más lejano, permanecía de pie un hombre alto y de rostro de piel oscura, cuyos labios permanecían cerrados en una delgada línea austera, casi como expresando un cariz sombrío. Su cuerpo resultaba largo y anguloso, como si estuviera montado en unos bastones y trozos de tubería. Se vestía con las ropas oscuras que indicaban a las claras su afiliación al movimiento Neopuritano. Bernard sintió un instintivo gesto de aversión; toda su vida había crecido considerando a los Neopuritanos con un abierto desagrado, como hombres cuyos valores se hallaban muy lejos de los suyos y cuya conciliación le resultaba imposible.

    Cerca de Bernard permanecía en pie un segundo hombre de talla más corta, pero así y todo de algo más de seis pies. Daba la impresión de un individuo simpático, de agradable aspecto, de una edad próxima a los cincuenta años y con un rostro sano y pulcramente afeitado que irradiaba salud y un cierto sentido de gozar de la vida. El tercer hombre de la habitación era pequeño de talla y fuerte de constitución, con unos ojos negros vivaces e inteligentes y una serie de arrugas en la frente. Daba la impresión de ser un enorme condensador de energía, dispuesto a emprender cualquier acción en el momento más imprevisto.

    Finalmente, Bernard miró a todo su alrededor con un cierto aire de hallarse incómodo.

    —Hola —dijo antes de que ninguno de los otros hablase—. Mi nombre es Martin Bernard, soy sociólogo y uno de los que supongo será compañero de ustedes en este asunto. ¿Son ustedes también, los tres, miembros del mismo equipo o se hallan aquí simplemente para conferenciar?

    El hombre de piel rosada y de afable aspecto le sonrió cálidamente y le ofreció su mano en el acto, que Bernard estrechó. Era una mano suave, pero enérgica a pesar de todo.

    —Soy Roy Stone —declaró—. Soy básicamente un político, supongo. Oficialmente soy el sobresaliente para ocupar el cargo de Arconte de Asuntos Coloniales.
    —Encantado —repuso Bernard ritualmente.
    —Y yo soy Norman Dominici —se presentó entonces el de más corta talla, pero enérgico y fuerte como una pantera, cruzando la sala a grandes pasos, dando la impresión de una poderosa energía nerviosa—. Soy un biofísico... cuando no me encuentro metido en un lío como éste, en que se supone que vamos a ver tipos con caras verdes. Bienvenido a nuestro pequeño grupo, Bernard.

    Sólo el Neopuritano no se ofreció a presentarse como habían hecho los demás. Permaneció donde estaba, junto a la pared pero sin apoyarse en ella. Bernard se sintió irritado ante la falta de cortesía de aquel hombre; pero su innato deseo de amistad, surgió de su interior captando lo mejor de su persona y se volvió algo incierto hacia el neopuritano, decidido a ser él quien diese el primer paso.

    —Hola —saludó algo vacilante.
    —Cuidado —le dijo Dominici en voz baja—. No es la clase de tipo amistoso que puede esperarse.

    Aquel tipo imponente, se volvió hacia Bernard con lentitud. Era un verdadero gigante, debía tener como seis pies y ocho pulgadas de estatura(9) por lo menos. El neopuritano llevaba consigo el aire solitario y tímido y la mirada retraída con que ciertos muchachos crecen a enormes alturas de talla en edad precoz. Un muchacho de diez años que tiene seis pies de estatura, nunca suele reunirse con los chicos de su edad a quienes sobresale tan ostensiblemente y ese aislamiento por lo general, suele acompañarles en los años de su juventud y madurez.

    —Me llamo Thomas Havig —dijo por fin el neopuritano con una voz de tenor lírico, realmente sorprendente para su enorme estatura—. No creo que nos hayamos saludado antes, Dr. Bernard... si bien ambos hemos compartido las páginas de algunos periódicos y revistas especializados en un pasado reciente.

    Los ojos de Bernard se dilataron llenos de sorpresa y perplejidad. ¿Sería posible...?

    — ¿Usted es, pues, Thomas Havig, de Columbia? —preguntó.
    —Thomas Havig de Columbia, sí —repuso el hombretón—. El Thomas Havig que escribió Conjeturas sobre los morfemas etruscos Dr. Bernard. —Y la sombra de una sonrisa apareció por fin en los delgados labios de Havig—. Fue un artículo que pareció no apreciar usted mucho, según me temo.

    Bernard miró a los otros dos hombres y finalmente volvió a encararse con Havig.

    —Vaya... pues, sencillamente es que me encontré situado en una postura en que me resultaba absolutamente imposible aceptar sus premisas, Havig. Comenzando desde sus primeras exposiciones sobre la materia y llegando al final de su exposición lingüística. Desde mi punto de vista, usted contradecía de plano todo cuanto sabemos respecto a la cultura y a la personalidad etrusca. Para mí, usted sólo buscó el distorsionar el conocido cuerpo del conocimiento de la famosa y vieja cultura prerromana para encajarlo en su propia y personal filosofía preconcebida. Usted... usted simplemente manejó esos argumentos en una forma en que yo no los creí apropiados.
    —Y en consecuencia —repuso Havig con calma— se tomó usted la molestia y la tarea de intentar destruir mi reputación y postura en la comunidad académica.
    —Pues no señor, no debe creerlo así. Yo me limité a escribir una opinión contradictoria —repuso algo acaloradamente Bernard—. No podía leer sus declaraciones y dejarlas sin respuesta. Y el Journal vio con agrado su impresión. Por ello...
    —Fue un artículo malicioso y difamatorio —repuso Havig sin levantar su voz al tono de Bernard—. Bajo el aspecto de un estilo erudito, usted me cubrió de un tremendo ridículo y propagó a los cuatro vientos mis creencias privadas...
    — ¡Qué eran de la mayor importancia para el argumento que presentó usted!
    —De todas formas que se considere, Dr. Bernard, la suya fue una actitud muy poco académica. Su ataque contra mí de tipo emocional, nubló el aspecto de la publicación e hizo imposible ver a los lectores desinteresados qué punto de disensión existía realmente entre nosotros. Su artículo fue un despliegue de agudeza, pero difícilmente una refutación escolástica.

    Stone y Dominici habían estado asistiendo hasta aquel momento, un tanto perplejos y confusos, a aquel fuego cruzado en forma de rápido intercambio de acusaciones. Entonces, decidió Stone que la cuestión había llegado ya demasiado lejos. Sonrió entre dientes, con la risa propia de un diplomático y dijo interviniendo.

    —Caballeros, evidentemente son ustedes viejos amigos, aunque al parecer no se hayan saludado antes. ¿O podría decir, más exactamente, que son viejos enemigos?

    Bernard miró irritadamente al neopuritano. Valiente fraude piadoso, pensó.

    —Hemos tenido nuestros desacuerdos académicos —admitió Bernard.
    —Bien, no irán ustedes a seguir llevando tales desacuerdos a lo largo de diez mil años luz de distancia, ¿verdad? —intervino entonces Dominici—. Eso haría las cosas condenadamente incómodas en esa astronave, si ustedes resuelven continuar batallando sobre esos morfemas etruscos durante todo el viaje, ¿no les parece?

    Bernard sonrió abiertamente. No se hallaba particularmente dispuesto a ser amistoso hacia Havig; pero no se ganaba nada continuando semejante disputa. Las causas yacían más profundamente, como para ser resueltas fácilmente. Estaba convencido de que Havig le odiaba amargamente y que no haría nada para suavizar la cuestión; sin embargo, la armonía de la expedición era mucho más importante.

    —Supongo que podremos olvidar a los etruscos en este viaje, ¿eh, Havig? Después de todo, nuestra disputa no ha sido más que una lluvia de verano.

    Y extendió la mano. Tras un momento, la del neopuritano la tomó. El apretón fue breve y ambas manos cayeron pronto a los costados de sus respectivos dueños. Bernard se humedeció los labios. Tanto él como Havig habían batallado sobre lo que era, en definitiva, una cuestión de relativa poca importancia. Era una de esas disputas en las que se enzarzan los especialistas y en las que desde especialidades distintas, hallan un punto común de fricción. Pero constituía un mal augurio el que él y Havig formasen parte de la misma expedición; lo que les separaba fundamentalmente en sus creencias, llegaría a ser demasiado grande para permitir una real y verdadera cooperación.

    —Bien —dijo Stone nerviosamente—, tendremos que salir dentro de pocos minutos.
    —El Tecnarca dijo que lo haríamos a la noche —repuso Bernard.
    —Sí. Pero ya estamos todos reunidos. Y la astronave y la tripulación están dispuestas. Por tanto, no hay caso en demorar la partida.
    —El Tecnarca no malgasta el tiempo —murmuró Havig sombríamente.
    —No hay en realidad mucho tiempo que perder —replicó Stone—. Cuanto más pronto salgamos y lleguemos a un acuerdo con esos seres extraños, más pronto tendremos la certeza de prevenir una guerra entre dos culturas.
    —La guerra es inevitable, Stone —dijo Dominici convencido—. No hay que ser sociólogo para verlo. Dos culturas están en colisión. Creo que perdemos el tiempo con ir al espacio para evitar lo inevitable.
    —Si es así como piensa —dijo Bernard—, ¿por qué viene usted con nosotros, Dominici?
    —Porque el Tecnarca me lo ha pedido —repuso lisa y llanamente el interpelado—. No era precisa mejor razón. Pero no tengo la menor confianza en el éxito.

    Una puerta iridiscente se abrió de par en par. El Tecnarca McKenzie entró con su robusta e impresionante persona vestida en sus ropas formales. Los Tecnarcas eran elegidos, tanto por su figura corporal como por otras muchas cualidades mentales.

    —Caballeros, ¿se han presentado ustedes mismos ya?
    —Sí, Excelencia —repuso Stone.

    McKenzie dirigió a todos una sonrisa breve.

    —Saldrán ustedes dentro de cuatro horas desde Australia Central. Utilizaremos el transmisor de materia de la habitación contigua. El Comandante Laurance y su tripulación están dispuestos y haciendo las comprobaciones finales para el viaje espacial. —Los ojos del Tecnarca fueron un instante desde Bernard a Havig y en sentido contrario—. Les he elegido a ustedes por sus especiales capacidades para esta gran empresa. Sé que algunos de ustedes han tenido algunas diferencias profesionales. Olvídenlas. ¿Queda esto bien comprendido?

    Bernard hizo un gesto de asentimiento. Havig, a su vez, se comportó en igual forma.

    —Bueno —dijo rápidamente el Tecnarca—. He designado al doctor Bernard como jefe nominal de la expedición. Todo lo que esto significa es que las decisiones finales tiene que tomarlas él, en caso de abocarse a un callejón sin salida. Si alguno de ustedes tiene algo que objetar que tenga la bondad de hacerlo ahora.

    El Tecnarca miró a Havig. Pero nadie objetó nada. McKenzie continuó:

    —No es preciso que les diga que tienen que cooperar con el Comandante Laurance y su tripulación, de todas las formas posibles. Son hombres magníficos; pero acaban de retornar de un viaje terrible por el espacio y casi sin respiro tienen que volverlo a hacer de nuevo. No toquen sus nervios por ningún concepto. Podría costarles a todos la vida si uno aprieta el botón equivocado.

    El Tecnarca hizo una pausa como si esperase una pregunta final. Pero ninguno la hizo. Volviéndose, les condujo hacia el dispositivo de la transmateria próximo a la gran sala en que se hallaban, con él al frente. Le siguieron Stone, Havig y Dominici con Bernard finalmente.

    Formamos un grupo singular para salir hacia las estrellas, —pensó Bernard—. Pero el Tecnarca tiene que saber qué es lo que está haciendo. Al menos, así lo espero.


    —IV—


    EN LOS AÑOS de pacífica expansión del Arconato, había una cosa que el género humano se había olvidado de hacer: cómo esperar. La transmateria proveía la comunicación y el transporte instantáneos, desde cualquier punto dentro de un radio de 400 años luz de distancia de la esfera de la Tierra, que constituía su dominio, cualquier otro punto podía ser alcanzado instantáneamente. Semejante medio conveniente no había engendrado precisamente generaciones de hombres pacientes. De todos los hijos de la Tierra, sólo unos pocos, muy pocos, habían aprendido a esperar.

    Y eran los espaciopilotos, los astronautas, que tripulaban las solitarias astronaves propulsadas por el plasma en las lejanías del espacio y la noche cósmica, llevando con ellos los generadores de la transmateria para hacer de sus destinos algo instantáneamente accesible a los hombres que después les siguieran.

    Pero alguien tenía primeramente que hacer el primer viaje en solitario y con lentitud. Los hombres del espacio sabían cómo aguardar el paso de las horas vacías y los turnos cíclicos sin fin de guardias y relevos. A diferencia de los demás, las horas pasaban para ellos llenas de algo práctico que realizar.

    El XV-ftl había dejado la Tierra a una aceleración de 3 G, dejando tras de sí un espectacular chorro de fuego estriado hasta alcanzar una velocidad de tres cuarto de la de la luz. La propulsión de plasma se cortaba entonces y la astronave se hundía en el espacio a un régimen de velocidad capaz de darle cinco veces la vuelta a la Tierra en un abrir y cerrar de ojos. Y sus cuatro pasajeros comenzaron a sufrir toda una agonía de impaciencia.

    Bernard miraba sin comprender nada las páginas de su libro. Havig paseaba de un lado a otro. Dominici chirriaba los dientes y fruncía las arrugas de la frente hasta hacer que se juntasen sus cejas. Stone miraba hechizado por una de las claraboyas de la astronave, oteando el brillo helado de las estrellas como si quisiera hallar en ellas las respuestas de muchas preguntas sin palabras.

    Los cuatro hombres habían sido alojados juntos en el compartimiento posterior de la esbelta nave. El Comandante Laurance y sus hombres estaban alojados en la parte delantera. Cuando hubo terminado el período de aceleración, Bernard subió hacia arriba para observar su trabajo. Era algo así como observar a ciertos sacerdotes de algún arcano rito. Laurance permanecía en el centro del panel de control como un árbol erguido en una tormenta, mientras que los demás, a su alrededor, llevaban adelante sus trabajos con la furia de una rabiosa energía. Nakamura, con los ojos recubiertos por el ocular de un dispositivo de astronavegación, recitaba cifras a Clive; Clive los integraba pasándolos a Hernández, quien a su vez los alimentaba dentro de una computadora. Peterszoon los correlacionaba; y Laurance finalmente, coordinaba. Cada hombre tenía su trabajo específico y todos lo ejecutaban igualmente bien. Bernard se alejó, impresionado por su aguda eficiencia y como sintiendo el temor de un laico frente a algo sagrado.

    «No hay duda que piensan que todo eso es tan misterioso como escribir un soneto o formular un teorema de sociometría», pensó. La complejidad es todo una cuestión de punto de vista. Una situación especial de la filosofía relativista.

    Las horas fueron pasando sin piedad. En algún momento más tarde de aquel «día» en el espacio, cuando los cuatro pasajeros se hallaban ya a punto de perder sus nervios, se abrió la puerta de su compartimiento y el miembro de la tripulación llamado Clive, entró.

    Era un hombre de no gran talla, como si estuviera construido a escala reducida, con un rostro juvenil y burlón y unos cabellos extrañamente grises. Sonrió y dijo:

    —Estamos pasando por la órbita de Plutón. El Comandante Laurance me encarga que les diga que a partir de ahora y en cualquier momento se hará la conversión del tiempo-masa.
    — ¿Habrá alguna advertencia... o sencillamente ocurrirá? —preguntó Dominici.
    —Lo sabrán ustedes. Sonará un gong. No deben perder esa señal.
    —Gracias a Dios que salimos del sistema solar —exclamó Bernard fervientemente—. Creo que la primera singladura del viaje iba a durar para siempre... Clive emitió una risita entre dientes.
    — ¿Se ha dado usted cuenta de que ha cubierto seis mil millones de kilómetros en menos de un día?
    —Aun así me parece demasiado tiempo.
    —Pues los hombres del espacio medievales hubieran estado encantados de haber llegado a Marte en un año —dijo Clive—. ¿Le parece poco? Debería meditar un poco lo que significa la propulsión plasmática en un salto entre las estrellas. Como cinco años en una pequeña astronave, hasta poder plantar un dispositivo de transmateria por ejemplo en Betelgeuze XXIX. Entonces aprendería usted a tener paciencia.
    — ¿Cuánto tiempo permaneceremos en el hiper-espacio? —preguntó Stone.
    —Diez y siete horas. Después se llevará algunas pocas horas en decelerar. Puede considerar un día completo entre este momento y el del aterrizaje de nuestro objetivo. — El hombrecito mostró sus dientes amarillos—. ¡Trate de imaginarlo! ¡Un día y medio en cubrir diez mil años luz y aún se quejan!

    Soltó una carcajada de resignación, se golpeó el muslo con la palma de la mano y se dispuso a marcharse. Bernard y los otros observaron al tripulante sin comentario alguno. Clive volvió a ponerse serio.

    —Recuerden: cuando oigan el gong, estaremos haciendo la conversión.
    — ¿Deberemos sujetarnos con los cinturones de seguridad?

    Clive denegó con un gesto.

    —No hay cambio en la velocidad; no sentirán ustedes ningún tirón. —Entonces hizo un guiño—. Tal vez no sientan nada en absoluto. Ya saben que esto es algo nuevo, en volar a mayores velocidades que las de la luz.

    Nadie replicó. Clive se encogió de hombros y salió, cerrando el mamparo de la cabina tras él. Bernard rio:

    —Tiene razón, desde luego. Somos unos perfectos idiotas siendo impacientes. Es sólo la costumbre de ir a cualquier parte al instante lo que nos hace sentirnos así. Para ellos, este viaje debe parecer ridículamente rápido.
    —A mí no me importa nada lo que les parezca a ellos —opinó Dominici—. El estar sentado en una cabina reducida como ésta durante horas y horas, es como un infierno para mí. Y creo que para el resto de nosotros.
    —Quizás ahora pueda usted aprender a saber por sí mismo lo que es la existencia de la falta de comodidad —intervino Havig solemne—. La impaciencia es imprudente. Conduce a la irritación, la irritación a la rudeza y la rudeza al pecado. Pero...

    Dominici se volvió como impelido como un resorte para encararse con el neopuritano, con todos los músculos tensos. El biofísico restalló irritado:

    — ¡No vaya a largarme ahora alguno de sus piadosos sermones, Havig! Me encuentro tenso y nervioso y maldito si me gusta que me lo recuerden. Las palabras no van a cambiar las cosas. Y además...
    —No, las palabras, no —repuso Havig con ecuanimidad—. Pero las verdades que yacen tras las palabras sí que son importantes. La verdad de verse a usted mismo en relación con la Eternidad..., el saber que cualquier demora momentánea no tiene ninguna importancia..., el ver el lugar que ocupa en el vasto mecanismo del universo..., eso sí que puede ayudar a cualquiera a superar la irritación de la impaciencia.
    — ¿Quiere guardarse sus ideas para sí mismo? —gritó Dominici literalmente.
    —Vamos, vamos, ustedes dos... —interrumpió Stone. El diplomático parecía sentirse en su papel de mantenedor de la paz en la expedición—. Cálmese, Dominici. La cosa no es para tanto. No va usted a hacer las cosas más fáciles para nadie poniéndose así. Por favor, tenga un poco de calma.
    —Ha sido provocado —opinó Bernard, mirando irritado a Havig—. Mr. Sombrío está en el rincón para darnos conferencias. Eso es ya suficiente para sacar de quicio a cualquiera. Me sorprende que no haya usted traído un brazado de panfletos de propaganda para repartirlos, Havig.

    Una sombra de diversión pareció brillar en los ojos del neopuritano.

    —Les presento mis excusas, señores. Sólo trataba de aliviar la tensión que están sufriendo y no incrementarla. Tal vez he cometido un error al hablar. Me pareció que ése era mi deber, eso es todo.
    —No somos material convertible —protestó Bernard desafiante.
    —Nosotros enseñamos; pero no intentamos hacer prosélitos —repuso Havig sin perder la calma—. Sólo intentaba ser de alguna utilidad.
    —No hacía ninguna falta, Pero... ¿dentro de dónde? ¿En qué clase de universo?

    La mente de Bernard no pudo formarse la menor imagen comprensible de la realidad. Todo lo que sabía era que entrarían todos ellos en una especie de universo próximo; pero distinto, donde las distancias dejan de tener significado en cifras y donde los objetos podrían ocupar simultáneamente el mismo espacio. Un universo que había sido calculado y precisado ¿hasta qué límite de precisión? —se preguntó—, en cinco años de trabajos experimentales y ahora estaba siendo navegado por unos hombres que irrumpían hacia su interior; pero con el más nebuloso de los conceptos de dónde se hallaban o a dónde podrían ser conducidos.

    El tremendo zumbido aumentó de potencia.

    — ¿Cuándo va a ocurrir? —preguntó Stone.

    Bernard se encogió de hombros. En el silencio reinante, se escuchó a sí mismo decir:

    —Supongo que se llevará a los generadores un par de minutos en conseguir la carga precisa. Después, saldremos disparados a su través...

    Y llegó el cambio.

    La primera sensación fue el parpadear de las luces, sólo momentáneamente, como si la inmensa carga de energía hubiese debilitado las dinamos de la astronave. El efecto inmediato, fue físico. Bernard se sintió aislado, cortado del resto del mundo, apartado de todo lo que sabía y confiaba, como esparcido en la oscuridad de una forma tan poderosa algo más allá de toda comprensión para un hombre mortal.

    La sensación pasó pronto. Bernard respiró sintiéndose un tanto desamparado. Havig movía silenciosamente los labios como rezando una plegaria, los ojos abiertos aunque perdidos en la contemplación de la Eternidad, entonces tan próxima. De la garganta de Dominica, surgían murmullos enronquecidos que eran perceptibles en toda la cabina, recitando una letanía de palabras en latín, lengua antiquísima que Bernard conocía por sus estudios. Stone, evidentemente como Bernard, un hombre sin filiación religiosa, había perdido algo de los rosados colores de sus mejillas, y permanecía echado sobre la pared opuesta, intentando dar la sensación de que nada le importaba. Y todos esperaron.

    Si las horas transcurridas desde el despegue de la Tierra les habían parecido largas, los minutos que siguieron entonces parecieron eternidades. Nadie habló una palabra. Bernard estaba sentado en su litera, preguntándose si era el miedo lo que había dejado tan seca su lengua.

    No tenía ninguna clara idea de qué efecto podría producirse anticipadamente al hacer la conversión translumínica. Los momentos fueron pasando, y después sintió una extraña vibración y un sonido potente aunque a baja escala auditiva. Seguramente debería tratarse de los generadores de alto potencial Daviot-Leeson. Bernard conocía de la teoría, lo que cualquier otro hombre inteligente, aunque profano en la especialidad. En unos momentos, un incalculable impacto de energía incidiría con violencia cósmica, desgarraría el continuo espacio-tiempo y crearía un acceso a través del cual el XV-ftl pudiera deslizarse en el hiperespacio.

    Stone suspiró.

    — ¡Valiente puñado de embajadores somos, como para llevar a cabo un acuerdo a escala cósmica! Dentro de nada se estarán tirando unos a otros a la garganta, si esto sigue así...

    El gong sonó repentinamente, resonando a través de la cabina con un impacto que todos oyeron perfectamente. Era una vibración profunda, repetida tres veces y que se fue desvaneciendo lentamente hasta perderse en la última escala armónica de los sonidos perceptibles.

    La disputa cesó como por encanto, como si una cortina hubiese caído entre los elementos que la llevaban a cabo.

    —Estamos haciendo la conversión —murmuró Dominici.

    Y se volvió de cara a la pared. Bernard comprobó con la mayor sorpresa, al observar el movimiento del codo de Dominici, que la mano correspondiente del que parecía un biofísico escéptico estaba trazando la señal de la Cruz. Bernard se sintió a disgusto. Aunque no era en sí hombre religioso, deseó íntimamente, en cierta forma, el haberse podido encomendar a alguna deidad providente que le hubiese proporcionado algún consuelo a su espíritu. Tal y como era, sólo podía esperar en la buena suerte. Se sintió momentáneamente solo, con la infinita oscuridad de la noche del Universo a escasas pulgadas de distancia, del otro lado del casco de la astronave. Y muy pronto, ni siquiera el universo estaría tampoco allí al penetrar en la distorsión del hiperespacio.

    Miró a sus otros compañeros de expedición, sin-fundamente aliviado. Después de todo nada resultaba diferente. La sensación de soledad y de aislamiento, de separación, todo había sido seguramente un efecto imprevisto de su exaltada imaginación.

    —Mire por la escotilla —dijo Stone cpn una voz apenas audible—. Las estrellas... ¡no están en ninguna parte!

    Bernard giró rápidamente su cuerpo. Era cierto. Un momento antes, la claraboya, en forma de pantalla de televisión que estaba inserta en la misma estructura metálica del casco de la astronave, había brillado con la gloria radiante de las estrellas. Cataratas sin fin de fúlgidos resplandores habían salpicado el cielo de la Vía Láctea, notándose la presencia inmediata de los planetas, tales como el rojizo Marte y Venus, como una joya tallada.

    Ahora, todo había desaparecido. Estrellas, planetas, cascadas de resplandeciente gloria luminosa. La pantalla mostraba sólo un color gris indefinible y sin la menor característica especial. Era como si todo el universo se hubiese borrado al exterior de la astronave.

    De nuevo, las luces brillaron normalmente. Stone pulsó el botón del intercomunicador y esta vez fue la voz del Comandante la que resonó segura y alegre:

    —Hemos realizado la conversión con todo éxito, señores. Lo que ven ustedes en la claraboya es un universo completamente vacío en donde nosotros sólo somos una pizca de materia.
    —En tal caso —dijo Stone—, ¿para qué gobierna usted la astronave?
    —Es una regla de principio. Las naves no tripuladas se enviaron al no-espacio; viajaron a lo largo de ciertos vectores que habíamos determinado en el mapa celestial, y emergieron en cualquier punto del universo. A falta de señales y puntos de referencia, continuamos al frente del gobierno de la astronave como si fuese un viaje normal.
    —No parece que sea eso una forma eficaz de llegar a cualquier parte deseada —dijo Dominici.
    —Y no lo es —admitió Laurance—. Pero da la casualidad de que no tenemos otra alternativa.

    Bernard estudió, aproximándose, más de cerca al hombre del espacio. La fatiga era más que evidente en el rostro ojeroso y ajado de Laurance. Los ojos del Comandante, usualmente suaves y singularmente serenos de aspecto, aparecían enrojecidos con diminutos capilares sanguíneos al descubierto. Se decía, que Laurance tenía suficiente con tres horas de sueño por cada veinticuatro; pero estaba claro que ni siquiera había obtenido ese mínimo tiempo de reposo.

    —Parece usted cansado, Comandante —dijo el sociólogo.

    De nuevo se encogió de hombros el Comandante.

    —Y lo estoy, Dr. Bernard. Todos mis hombres están igualmente fatigados. Pero de nuevo también... no tenemos otra elección ni otra alternativa.
    — ¿Y es seguro el operar en una astronave tan complicada como ésta, hallándose ustedes sobrecargados de fatiga?
    —El Tecnarca parece creerlo así —replicó Laurance, con un leve tono de amargura en la voz—. El Tecnarca tenía una prisa desatinada, al parecer, porque esta astronave volviera a salir al espacio.
    —Tenemos fe en el Tecnarca —opinó entonces Dominici—. McKenzie tiene una buena cabeza sobre los hombros y como nunca la tuvo el viejo Bengstrom. Ha tenido necesidad absoluta por alguna razón para darnos a todos semejante prisa.
    —El Tecnarca McKenzie no es más que un simple mortal —remarcó Havig—. También está sujeto a error.

    Dominici enarcó una ceja.

    —Hay gentes que sufrirían un ataque si tales palabras cayeran al alcance de sus oídos, dichas respecto de un Arconte, Havig.
    —Yo no he exagerado el temor por esos hombres. Fueron elegidos entre el género humano —continuó el neopuritano.
    —Sí —repuso Bernard—. Escogidos en los primeros años de sus vidas y entrenadas durante décadas en el arte de gobernar, antes de que eventualmente lleguen al Arconato. Es obviamente un buen sistema, en realidad, el primer sistema realmente eficaz que jamás haya tenido la Tierra. Pero el Comandante Laurance, aquí presente, me imagino que no ha venido para discutir sobre las aptitudes del Tecnarca.
    —No, claro que no —repuso Laurance con una grave sonrisa—. Todo lo que he querido decirles, es que la astronave marcha perfectamente, que comeremos dentro de media hora y que esperamos estar en las proximidades de la estrella NGCR 185.143 en... bueno, en diecisiete horas, más o menos algunos segundos. —Laurance hizo una pausa para consolidar y dejar sentir su dominio sobre el grupo. Después añadió—: Ah. Mr. Clive me ha informado de que ha presenciado alguna disputa entre ustedes.

    Bernard enrojeció. Estaba comenzando a leer un principio de desdén en los ojos del Comandante, producido por la disputa académica surgida en la cabina.

    Como anteriormente, el diplomático Stone, surgió en el momento preciso para suavizar la incipiente tirantez producida.

    —Bueno... hemos tenido algunos desacuerdos de poca importancia, Comandante. Sólo han sido pequeñas diferencias de opinión.
    —Lo comprendo, caballeros —repuso Laurance en tono cortés; aunque tras la suavidad de aquella cortesía, se palpaba la dureza del acero—. Debo recordarles que se les ha confiado una gran responsabilidad. Espero que arreglen ustedes esas... «pequeñas diferencias» antes de que lleguemos a nuestro destino.
    —De hecho, ya han terminado —dijo Stone.
    —Me parece muy bien. —Y Laurance se dirigió hacia la puerta—. Encontrarán ustedes un paquete de comprimidos ansiolíticos en el botiquín médico ahí a la izquierda, en caso de que sus «diferencias» continúen y lleguen a constituir un serio problema. Les espero en la cocina de proa dentro de media hora.

    Se produjo un silencio expectante, una vez se hubo marchado Laurance. Dominici dijo entonces:

    —Este tipo habla con el mismo tono de realeza que el Tecnarca, ¿no les parece? Debo recordarles que se les ha confiado una gran responsabilidad —dijo remedando a Laurance—. El Comandante tiene la misma forma señorial de decirle a uno lo que desea y hacer que parezca tres pies más alto, al igual que el Tecnarca McKenzie.
    —Tal vez Laurance ha sido un discípulo entrenado que no llegó a obtener el grado de Arconte —sugirió Stone. Como le sucedía a él mismo, entrenado igualmente para un alto cargo, el Arconato de los Asuntos Coloniales, Stone podría haber esperado saber algo de la íntima historia de la forma de maniobrar en tal alto oficio.

    Pero Bernard, dijo:

    —Realmente no lo creo así. McKenzie no confiaría algo de semejante importancia a otra persona, con la menor sospecha de que pudiese existir alguna rivalidad. Por cuanto sé, creo estar seguro de que Laurance es uno de los hombres de la próxima generación que algún día sucederá a McKenzie.
    — ¿Y cree usted que McKenzie arriesgaría a este posible sucesor en un vuelo tan peligroso como éste? —preguntó Dominici profundamente interesado.
    —Un Tecnarca tiene que estar forjado en el crisol del peligro —observó Havig—. Si Laurance no pudiera sobrevivir a un viaje en el espacio, ¿cómo lo haría bajo las tensiones de tan alto cargo? Éste puede ser muy bien un viaje de prueba.
    —Sí, creo que eso es perfectamente posible —admitió Stone reflexivamente.

    No se produjeron más especulaciones al respecto. La tensión y la incertidumbre de la tarea que tenían ante ellos, oscureció la conversación, haciéndoles a todos más tensos y responsables.

    Transcurrida media hora, los cuatro subieron a la cocina a tomar un poco de comida. El menú estaba compuesto de alimentos sintéticos, por supuesto; pero preparados amorosamente por Nakamura y Hernández, que dedicaban al arte culinario la misma atención y el cariño que otros hombres ponían en escribir versos. Tras la comida, los cuatro pasajeros volvieron a su cabina. Quedaban por delante más de dieciséis horas en aquel fabuloso salto en el hiperespacio, para llegar a su punto de destino. El tiempo parecía arrastrarse como un gusano en su tremenda lentitud, más bien les parecía que tenían ante sí dieciséis años para cumplir el objetivo de tan largo viaje por el universo.

    Bernard tomó asiento en su cojín especial de aceleración e intentó leer; pero le resultó inútil. Una serie de absurdos pensamientos de inminente peligro se interponían entre su mente y el libro. Las palabras danzaban sobre las páginas y las delicadas imágenes poéticas de Suyamo, en sus clásicos versos, se entremezclaban en una borrosa confusión. Con súbito disgusto, Bernard cerró el libro de golpe.

    Cerró los ojos. Tras un rato, y poco a poco, fue cayendo en un sueño difícil e intranquilo, que acabó prolongándose. Algún tiempo después, se despertó lentamente. Un vistazo al reloj de la cabina, le mostró que sólo quedaban cuatro horas para la transición al espacio normal; lo que le demostró que había dormido casi doce horas de un tirón. Aquello le sorprendió. No había imaginado el haberse hallado tan fatigado, como para haber permanecido dormido tanto tiempo.

    Miró alrededor de la cabina. Dominici seguía dormido con los ojos cerrados y los labios contorsionados en una mueca singular. Se retorcía intranquilo y cambiaba de posición mientras dormía; no cabía duda que tenía un mal sueño. Bernard se preguntó si a él le habría ocurrido cosa parecida.

    Cerca de donde se encontraba, Stone permanecía mirando por la claraboya a aquella nada del exterior. Comprobando que Bernard estaba despierto, Stone se volvió y le dirigió un guiño amistoso, volviéndose de nuevo a su contemplación absurda de la nada existente en el no-espacio.

    Solamente Havig daba la impresión de hallarse en completa paz consigo mismo y con el misterioso entorno del exterior de la astronave. El hombretón estaba apoyado contra la pared metálica de la cabina y sus largas piernas relajadas en un raro gesto de reposo. Sobre sus piernas yacía un libro. Un libro de oraciones, pensó Bernard, probablemente. El neopuritano volvía una página tras otra parsimoniosamente, haciendo gestos de aprobación y sonriendo ocasionalmente. Parecía no darse cuenta de quienes le rodeaban, ni prestar atención alguna a nadie. Aquella profunda tranquilidad de Havig, tuvo la virtud de irritar a Bernard de una forma inconsciente.

    Bernard forzó su mente a detenerse a pensar respecto a las fricciones que se habían producido en aquella cabina y ponderar la enigmática naturaleza de los seres extraños que le esperaban en las lejanías del espacio.

    Había visto sus fotografías, en color y tridimensionales, y de tal forma, tenía cuando menos una idea aproximada de cómo apreciarlos físicamente. Pero con todo, quiso anticipar de algún modo cómo se produciría el encuentro que yacía dentro de la más completa incertidumbre. ¿Sería posible un contacto aunque fuese de la más simple forma? Y si aquellas criaturas pudiesen hablar y expresarse en sonidos y eventualmente llegarse a comprender mutuamente, ¿sería posible llegar a cualquier tipo de arreglo? ¿O estaría la civilización del Hombre condenada a ser arrasada por una guerra interestelar que enterrase en el polvo y el olvido los siglos de paz impuestos por la sabiduría del Arconato?

    El resurgimiento de la oligarquía, pensó Bernard, había acabado con la confusión y la duda de los Años de la Pesadilla. Pero... ¿qué ocurriría si aquellos extraños seres de otro planeta rehusaban acceder y suscribir a un tratado de paz? ¿De qué serviría entonces la inmensa fuerza del Arconato?

    No obtuvo respuestas para ninguna de aquellas preguntas. Se forzó nuevamente a concentrarse en la lectura. Las horas seguían pasando, hasta que el gong volvió a sonar, como anunciando el Apocalipsis.

    El sonido vibrante del gong se desvaneció. La transición se había llevado a cabo.

    La pantalla visora de la cabina, volvió a resurgir en una vida esplendorosa de luz. Nuevas constelaciones, nuevos enjambres estelares, totalmente desconocidos desde la Tierra, tal vez existiendo entre ellos un diminuto puntito de luz que fuese el Sol de la patria lejana.

    Y suspendida en el vacío ante ellos, como un globo resplandeciente, apareció un sol dorado-amarillo oscurecido por las sombras de los planetas que cruzaban en tránsito su disco de fuego y de luz.


    —V—


    LA NAVE se lanzó «hacia abajo», atravesando y cortando el plano de la eclíptica para hallar la órbita del cuarto de los once planetas de aquel sistema solar, con su estrella amarillo-dorada. Adoptando una órbita de unas quinientas cincuenta millas de altura sobre el planeta, el XV-ftl realizó cuatro órbitas a su alrededor, antes de localizar el establecimiento extraterrestre. En aquel momento, quedaba en la parte oscurecida del planeta. Por el paso de luz observado en el giro de aquel cuerpo celeste, el Comandante obtuvo la conclusión de que el establecimiento procedente de otros mundos, no se hallaba a muchas horas del amanecer.

    En la cabina de atrás, Martin Bernard y sus colegas negociadores yacían con sus cinturones de seguridad, escudados contra el choque atmosférico propio del aterrizaje, esperando que fuesen terminando los minutos que aún quedaban al XV-ftl para terminar la serie de espirales que le iban conduciendo al lugar preciso dentro de la oscuridad existente bajo ellos. Bernard se sintió extrañamente desamparado como una criatura, conforme el aparato iba reduciendo sus órbitas de aterrizaje. Bien, aquí estoy, pensó, envuelto en este colchón amortiguador, como una criatura en el vientre de su madre y que aún tiene que nacer. Y no más capaz que ese mismo bebé, pues soy tan inútil para gobernar esta astronave, como el bebé para salir del vientre de su madre y cortarse el cordón umbilical.

    Sintió una fuerte opresión en el estómago. Su vida, todas las vidas allí presentes, estaban en manos de cinco hombres cansados y con los ojos enrojecidos por una terrible fatiga. Un cálculo mal hecho por la computación de cualquiera de ellos, y todos se estrellarían contra la superficie del planeta, de aquel planeta desconocido y sin nombre que tenían debajo a cincuenta mil millas por segundo. O podrían pasar de largo, perdiendo su objetivo, para tener que volver nuevamente a otra enervante maniobra en idéntico sentido.

    Bernard torció la cabeza hasta encontrarse con la mirada de Stone. La sonrosada cara del diplomático estaba pálida y brillante por el sudor. Pero hizo un esfuerzo para devolverle un guiño amistoso.

    —Creo que no me van muy bien los viajes por el espacio —dijo Bernard—. ¿Y a usted, que tal le van?
    —A mí que me proporcionen siempre los viajes por la transmateria —murmuró Stone—. Pero creo que no hemos podido elegir mucho en este viaje, ¿eh?
    —No, creo que no, tiene usted razón.

    Se volvió silencioso de nuevo, recordando de nuevo también qué poco alcance tiene la libre acción para un ser humano. Aquella sombría idea determinista, le había martilleado la mente desde sus días de estudiante de bachillerato, cuando había comenzado a enfrentarse a poco con las series de ecuaciones sociométricas sin respuesta que cubrían la mayor parte de la conducta y de las acciones humanas. Difícilmente tenemos elección. Somos prisioneros... bien, de la necesidad, llamémosle así, a falta de un término más claro. Las solas opciones que tenemos a nuestro alcance están sólo a muy bajo nivel y tal vez, ni incluso las hayamos elegido en realidad.

    La astronave comenzó a atravesar la envolvente atmosférica del planeta. Resultó una caída hábil y maestra en manos de aquellos magníficos astronautas, aunque difícil y Bernard se sintió agradecido de hallarse tumbado sobre aquella especie de cuna protectora. Nunca se había imaginado que un viaje por el espacio tuviese sus inconvenientes como los que entonces estaba padeciendo y sus aspectos crudos y difíciles. Un aparato de transmateria era algo fácil, instantáneo y limpio, agudo como el filo de una hoja de afeitar; se entraba en él, y se salía al otro extremo receptor en una fracción de segundo. Y sin tener que sufrir las fatigantes fuerzas de la aceleración y la deceleración, los cambios de velocidades y los juegos terribles de las reacciones contra diversas acciones iguales; pero opuestas.

    Sonrió, dándose cuenta de cuan poco sabía de los problemas físicos de los viajes por el espacio. Él, que había empleado su luna de miel en un encantador planeta verde en el sistema de la estrella Sirio y que había gozado de algunas vacaciones en planetas de la Beta del Centauro, en Bellatrix y en la Eta de la Osa Mayor, se sentía tan ignorante de los hechos astronómicos del universo como la mayor parte de los estudiantes que construían sus primeros modelos de naves cohete(10). Tenía que reprochárselo a la transmateria. Nadie se preocupaba de saber cómo funcionaba una astronave, cuando resultaba tan fácil entrar en los receptáculos del transmisor de materia con su verde fosforescencia y sentirse al instante en mundos alejados en años luz de distancia por el universo.

    Bernard miró el planeta que crecía a ojos vistas a través de la claraboya. Se hallaban demasiado próximos para verlo como una esfera; se aparecía tremendamente aplanado y una gran parte de su masa escapada del ángulo de visión de la escotilla de observación.

    Conforme el XV-ftl pasaba como una flecha por el lado iluminado por el sol, Bernard fue captando la vista de grandes continentes rodeados por las manchas azuladas de sus mares. Todo aparecía quieto, incluso las grandes nubes existentes allá abajo y la zona negra de una tormenta o un ciclón. Después, volvieron a sumergirse en la noche, donde apenas podían distinguirse sombras poco definidas.

    Emergiendo del lado del día otra vez, Bernard pudo observar más claramente, por la proximidad, los plateados cursos de sus ríos y la perspectiva de sus cadenas montañosas. Un gran curso fluvial, parecía atravesar diagonalmente el mayor de los continentes, como un canal que hubiera sido construido desde el nordeste al sudoeste, proliferando en cientos de corrientes menores. Unas enormes montañas surgían en el lejano oeste y hacia el norte. La mayor parte de los continentes, aparecían de un verde oscuro, matizándose en tonos más sombríos hacia el norte y en las tierras altas.

    Cerrando los ojos, Bernard hizo un esfuerzo y esperó el momento de la toma de contacto con la superficie. Llegó poco después; dándose cuenta de que estaba algo mareado como un efecto retardado, seguramente a causa de las píldoras que para la deceleración le había entregado Nakamura en la última comida. Pero se despertó súbitamente, como sintiendo la premonición de la llegada y momentos después, sintió un ligero choque apenas perceptible. Aquello fue todo.

    Se había realizado un aterrizaje perfecto.

    La voz de Laurance, le llegó a través del intercomunicador de la cabina.

    —Hemos aterrizado sin dificultades, caballeros. Nuestro punto de toma de contacto se encuentra aproximadamente a unas diez o doce millas del establecimiento extraterrestre. El sol deberá salir de aquí a una hora poco más o menos. Abandonaremos la nave en cuanto se haya llevado a cabo la descontaminación. La rutina de dicha operación, fue cuestión de pocos minutos. Después, una vez que todos los productos de la radiación incidentes en la toma de contacto fueron anulados, la escotilla de salida se deslizó suavemente hacia un lado y el aire de un nuevo mundo se filtró en la astronave.

    Bernard se asomó al borde, respirando y comprobando el aire de aquel planeta sin nombre. Se parecía mucho al de la Tierra, aunque creyó apreciar que tenía un contenido ligeramente mayor de oxígeno, no como para amenazar la salud de un humano, sino más bien para proporcionar al aire una calidad más rica y saludable. Era casi como respirar un suave y enervante vino blanco. Sintió, tras haber inhalado aquel aire unas cuantas veces, una confianza que le había abandonado en las horas terribles que habían precedido al aterrizaje.

    —Vamos, Dr. Bernard —le dijo Peterszoon desde abajo—. No podemos esperar todo el día.
    —Ah, lo siento.

    Se sintió un poco avergonzado y dándose prisa descendió por la escalera metálica de la astronave hasta el suelo. Los cinco hombres de la tripulación ya estaban allí. Stone, Dominici y Havig les habían seguido.

    Una fresca brisa matutina, ligeramente fría, soplaba suavemente a través de la inmensa pradera en donde habían tomado contacto con aquel nuevo mundo. El cielo aparecía todavía gris, y unas cuantas estrellas, de las más brillantes, aún eran perceptibles. Pero ya asomaba por el oriente el rosado resplandor del amanecer. La temperatura la estimó Bernard en unos cincuenta grados lo cual prometía una mañana cálida(11). El aire tenía la transparente frescura que se encuentra en un mundo virgen donde se desconoce aún la vaharada de un horno artificial.

    Podía muy bien haber sido igual a la propia Tierra en el siglo IX, pensó Bernard; pero existían diferencias sutiles; pero no menos positivas. La hierba que tenía bajo sus pies, sólo para tomar un ejemplo, surgía en tallos rectos y sus hojas de un verde azulado, triples en el mismo brote, se retorcían en una compleja estructura antes de seguir creciendo. Ninguna hierba de la Tierra había crecido de semejante forma.

    Los árboles —unos gigantes de un verde oscuro y de doscientos pies de altura, con troncos de una docena de pies de espesor en la base—, también eran distintos. Del más próximo, colgaban unas piñas de tres pies de longitud; la corteza era de un amarillo pálido con estrías horizontales y sus hojas anchas y de un verde brillante, como cuchillos, tenían un pie de largo por dos pulgadas de anchura. Los grillos pululaban por el suelo; pero cuando Bernard se fijó detenidamente en uno de ellos, lo que vio fue una grotesca criatura de tres o cuatro pulgadas de longitud de color verde, con unos ojos saltones dorados y un pequeño y salvaje pico. Unas grandes setas ovales con una masa carnosa como remate en la parte superior, de casi un pie o más de diámetro, surgían por todas partes en la inmensa pradera, de un púrpura brillante contra el verde azulado de la vegetación. Dominici se arrodilló para tocar una de ellas y al tocar levemente con un dedo en el hongo, pareció desvanecerse como un sueño.

    Durante un breve rato, nadie dijo una palabra. Bernard sintió una especie de extraño temor, sabiendo que los otros estaban compartiéndolo con él; era la maravilla de poner el pie en un planeta donde el género humano y la civilización no habían todavía comenzado a efectuar cambios en su apariencia. Era un planeta virginal, tal y como había quedado al salir de las manos de su Hacedor. Incluso un incrédulo como Bernard, escéptico y racionalista, no podía encontrar respuesta alguna a sus mudas preguntas.

    Los hombres de la expedición permanecieron silenciosos, oyendo solamente la fresca brisa silbar suavemente entre aquellos enormes árboles, la armoniosa e invisible sinfonía de los grillos y los gritos de los pájaros, tampoco conocidos, que despertaban hambrientos saludando al nuevo día, mezclado todo ello con algún grito tenso y extraño enterrado allá en lo profundo del bosque que se extendía en una gran faja de verdor hacia el sur.

    Después, la maravilla se desvaneció.

    Aquel mundo no estaba realmente en estado virginal, pensó Bernard. La raza humana no había instalado ninguna colonia todavía... pero otros lo habían hecho.

    En su mente surgió el desagradable pensamiento por el recuerdo del propósito que les había llevado hasta allí, entre aquella belleza primitiva. La expresión de Bernard se oscureció. ¿Cómo un mundo tan encantador como aquél podía ser una amenaza para la Tierra? Pero la amenaza no consistía en el mundo en sí mismo... Simbolizaba sencillamente la amenaza de dos culturas en colisión.

    Laurance interrumpió su estado de ánimo, diciendo quieta, aunque enérgicamente:

    —Nos dirigiremos al poblado a pie. Hay dos vehículos todo terreno en la astronave; pero no voy a utilizarlos.
    — ¿Y es necesaria esa caminata? —preguntó Bernard.
    —Creo que sí —replicó Laurance, sin ocultar demasiado bien su disgusto por la afición a la comodidad de Bernard—. Creo que daríamos demasiado la impresión de una invasión armada hacia esos extraterrestres, si llegamos rodando en los vehículos. Nunca podríamos tener una oportunidad para causarles una impresión amistosa.
    —En tal caso, ¿qué hay respecto a las armas? —preguntó Dominici—. ¿Tiene usted suficientes de repuesto para los cuatro? Si tenemos que defendernos, entonces...
    — ¿Armas? —replicó interrumpiendo bruscamente el Comandante—. ¿Espera usted realmente que llevemos armas?
    —Bien... —farfulló el biofísico, vacilante por el tono de Laurance—. Por supuesto que deberíamos ir armados, aunque sólo fuese como una medida de precaución. Son criaturas extraterrestres... usted mismo ha reconocido que podrían sobresaltarse al aproximarnos...

    Laurance se palpó la pistola magnum que llevaba al costado.

    —Yo llevaré la única arma que necesitamos.
    —Pero...
    —Si esos extraños reaccionan hostilmente —continuó Laurance secamente—, todos vamos a convertirnos en mártires de la causa de la diplomacia de la Tierra. Quiero que todos y cada uno se reconcilien con esta idea por completo, aquí y ahora. Prefiero que todos seamos reducidos a cenizas por las armas de esos extraterrestres, mucho más que tener que correr el riesgo de que se le vaya la mano a alguno y comience a disparar, sólo porque pierda el control de sus nervios. No es prudente, desde luego, llevar a cabo una jornada de diez millas a pie sin alguna especie de arma defensiva y por un territorio desconocido. Por eso llevo esto. Pero no puedo permitir que irrumpamos en ese campamento de criaturas de otro mundo con el aspecto de un grupo armado. —Miró a su alrededor, para ir a detenerse con la mirada en Dominici—. ¿Está eso perfectamente claro?

    Nadie replicó. Sintiéndose incómodo, Bernard se rascó la barbilla y se esforzó en dar el aspecto de un hombre que se ha hecho a la idea del martirio. Pero no lo estaba.

    —No hay objeciones —dijo Laurance, más relajado—. Está bien. De acuerdo. Yo llevaré la pistola magnum; yo me responsabilizo de todas las consecuencias de llevarla a la cintura. Pueden ustedes estar seguros de que no me preocupa tanto mi supervivencia, como el que cualquiera pueda cometer una acción imprudente. ¿Alguna pregunta?

    No oyendo ninguna, Laurance se encogió de hombros.

    —Muy bien. Adelante, pues. Se volvió, comprobando su posición mediante una diminuta brújula que junto con otros aparatos indicadores llevaba insertos en la manga de su chaquetón de cuero y se dirigió hacia el norte. Y sin otro preámbulo, comenzó a andar en aquella dirección.

    Nakamura y Peterszoon, le siguieron sin pronunciar una palabra. Clive y Hernández siguieron inmediatamente. Los cinco hombres acometieron el camino a buen paso, sin volverse ninguno a comprobar si los negociadores les seguían.

    Bernard se decidió el primero a seguir a aquellos cinco hombres del espacio que ya comenzaban a alejarse, con Dominici a su lado. Les seguía Stone, con Havig con su aire reservado y severo, como de costumbre, a la retaguardia del grupo.

    —No parecen tratarnos como si fuésemos personas importantes —se quejó Bernard a Dominici—. Parecen olvidar que nosotros somos la razón de que ellos se encuentren aquí.
    —No lo olvidan —observó Dominici—. Sencillamente es que sienten un cierto desprecio por un equipo de hombres perezosos como nosotros. En cierta forma, se resienten de nuestra existencia. «Gente de la transmateria» suelen llamarnos, con una especie de arrogancia en la voz al decirlo. Como si es que hubiese algo moralmente reprobable en tomar el camino más rápido que exista entre dos puntos...
    —Sólo hasta donde eso debilita al cuerpo en su capacidad de resistencia —opinó Havig con calma desde atrás—. Cualquier cosa que nos haga menos a propósito para soportar el paso de las dificultades de la existencia terrestre, es moralmente reprobable.
    —El utilizar la transmateria, engendra realmente en nosotros un mal hábito —dijo entonces Bernard, sorprendiéndose de hallarse por primera vez de acuerdo con Havig— . Perdemos el sentido de la apreciación del universo. Desde que se inventó la transmateria, hemos olvidado totalmente cuál es el hecho que en realidad significa la distancia. Hemos dejado de pensar ya en el tiempo como función de la distancia; pero ellos no. Y por extensión y consecuencia, el hecho de que no podamos controlar nuestra impaciencia, nos hace aparecer ante los ojos de esos hombres del espacio, como hombres débiles y asustadizos.
    —Y todos nosotros, débiles a los ojos de Dios —dijo Havig—. Pero algunos de nosotros, estamos mejor preparados para ir hacia Él que otros.
    — ¡Cállese ya! —gritó Dominici aunque sin rencor—. Todos podemos acudir a Su presencia en muy poco tiempo. No me lo recuerde...
    — ¿Es que tiene usted miedo de morir? —Sólo me preocupa el pensamiento de no haber hecho todas las cosas que me hubiera gustado hacer—repuso Dominici—. Bien, dejémonos de tópicos.
    —Sí, mejor es cambiar de conversación —apuntó Bernard con vehemencia—. Ese filósofo de una sola idea que llevamos atrás, no tiene otra manía que recordar su especialísima forma de ver la piedad, y...
    —Observen —murmuró en son de aviso Stone.

    Todos permanecieron silenciosos. El sendero que seguían se inclinaba hacia arriba ligeramente y a despecho del extra porcentaje de oxígeno en el aire, Bernard se sintió jadeando como si realizase un enorme esfuerzo. A Bernard le parecía haberse sentido un hombre fuerte por haber realizado algunos ejercicios importantes, al dar largos paseos en una casa de Djakarta; pero entonces descubrió rápidamente la mesurable diferencia fisiológica entre hacer algunos ejercicios en un gimnasio, en condiciones de relajamiento, y el tener que efectuar una subida por una colina de un mundo extraño a la Tierra.

    Una especie de toxinas de ansiedad, comenzaban a correrle en el interior de su cuerpo entonces. El veneno del temor se añadía a la fatiga de sus músculos, reduciendo su capacidad física. Se dejó caer por un momento, dejando que Dominici le sobrepasara. A poco, dio un traspiés y Havig le sostuvo por el codo para rehacerse; cuando miró al que le había ayudado, vio la mueca bondadosa del neopuritano que le decía con su voz en calma:

    —Amigo mío, todos damos algún traspiés en nuestro camino.

    Bernard se hallaba demasiado confuso para contestarle. Havig parecía tener una fantástica capacidad para convertir cualquier incidente, por pequeño que fuese, en toda una homilía. ¿O sería que Havig estuviera remedándole en su sentido del humor? Pero no, Havig era incapaz de poseer el menor sentido del humor en su inmensa corpulencia humana.

    Cuando decía algo, es que de veras y honradamente, lo sentía.

    Bernard hizo un esfuerzo y continuó adelante. Laurance y sus hombres, siempre al frente, no parecían sentir la menor sensación de fatiga. Parecían caminar con botas de siete leguas, abriendo paso entre la maraña de matorrales y arbustos que parecía a veces impasables; a veces desviándose diestramente para dar la vuelta a algún árbol caído o bien pateando con fuerza manojos de aquellos enormes hongos, o sorteando impasiblemente pequeñas corrientes de agua que les llegaban por encima de los tobillos, cubriéndoles las botas,

    Bernard estaba ya perdiendo toda apreciación de la salvaje belleza de aquel nuevo mundo. Hasta la propia belleza puede molestar, especialmente bajo determinadas circunstancias de falta de confort. La brillante gloria de las flores purpúreas de casi un pie que le rodeaban por doquier, junto con otras no menos hermosas y extrañas, realmente fascinantes, dejaron de llamarle la atención. La esbelta gracia de unas criaturas parecidas a un gato que saltaban en graciosos saltos al paso, como unas ráfagas flamígeras, dejó de gustarle totalmente. Los agudos o roncos chillidos de los misteriosos pájaros de aquellos enormes árboles, dejaron de parecerle divertidos, más bien los creyó insultantes.

    Bernard no había comprobado nunca, en ninguna forma racional, lo que el terminó abstracto de «diez millas» significaba traducido en pasos, uno tras otro, pero efectuados por el esfuerzo corporal. Sentía los pies doloridos, agujetas en los músculos de las pantorrillas, dolores, molestos en todo su cuerpo y la embotada sensación de que iba siendo arrastrado. Y apenas si habían comenzado a caminar, pensó sombríamente. Se sentía casi próximo al colapso, tras media hora de marcha.

    — ¿Cree que estemos llegando? —preguntó a Dominici.

    El biofísico hizo una mueca de buen humor.

    — ¿Está usted bromeando? No hemos recorrido más de dos millas y media, tres a lo sumo. Vamos, Bernard, tómelo con calma. Hay mucho camino todavía por delante.

    Bernard hizo un gesto resignado de asentimiento. Un paso de diez minutos por milla, era probablemente bastante bueno. Ciertamente que no habrían hecho más de dos millas... una quinta o sexta parte de la jornada. Y ya se sentía cansado...

    Pero no había otra cosa que fastidiarse y seguir andando. El día apenas si había comenzado entonces; el cielo ya aparecía esplendoroso y el sol daba la impresión de hallarse escondido entre los árboles, presto a salir de entre el bosque. El aire se había recalentado considerablemente también, y la temperatura tenía que haber subido a 60 grados Fahrenheit. Bernard tuvo que desabotonarse la chaqueta. Comenzó a tomar sorbos de agua de su cantimplora, en la confianza de que le quedase bastante hasta el término del camino. La vez anterior, Laurance y sus hombres habían analizado el agua y hallaron que incuestionablemente era H2O, presumiblemente potable y perfectamente apta para ser bebida, como la de la Tierra.

    Pero no había quedado tiempo para elaboradas comprobaciones respecto a la existencia de microorganismos. Aunque fuese improbable que un organismo no terrestre pudiese tener graves efectos sobre el metabolismo de un hombre; Bernard no quiso hacerse a la idea de tomar semejante riesgo.

    Descansaron al fin de la primera hora de camino, apoyándose la espalda, una vez sentados en el suelo, contra los macizos troncos de unos árboles caídos.

    — ¿Cansados? —preguntó Laurance. Stone hizo un gesto de aprobación. Bernard emitió una especie de bufido para repetir lo mismo. En los ojos de Laurance, apareció un parpadeo especial. —Yo también lo estoy —admitió con la mayor naturalidad—; pero hay que seguir caminando.

    El sol salió a pleno cielo definitivamente, a los pocos minutos de haber reemprendido el viaje. Aparecía radiante y esplendoroso, un joven sol en plena juventud de su naturaleza cósmica. La temperatura continuaba subiendo, seguramente debería estar en los 70°. Bernard calculó preocupado que para el mediodía debería llegar a los 90° seguramente. Y recordó la frase medieval: «Los perros locos y los ingleses salen a buscar el sol de mediodía.» Se tuvo que sonreír ante tal pensamiento. No más de una o dos veces pensó de sí mismo como inglés, aun habiendo nacido en Manchester y crecido en Londres. Aquél era otro efecto de la civilización de la transmateria; proporcionaba tan maravillosa movilidad, que en realidad nadie se consideraba ligado a ninguna nación, a ningún continente, ni siquiera al mundo. Sólo en algunos instantes muy pasajeros, se le ocurrió a Bernard considerarse a sí mismo como a un inglés y así, en cierta forma nebulosa, heredero de Alfredo, Guillermo o Ricardo Corazón de León, de Churchill o de otros famosos habitantes de lo que había sido la Inglaterra del distante pasado.

    Los perros locos y los ingleses salen a buscar el sol a mediodía.

    El doctor Martin Bernard se enjugó el sudor de la frente y haciendo un sombrío esfuerzo forzó a sus piernas a llevarle hacia adelante.


    —VI—


    LA MARCHA llegó a hacerse algo puramente mecánico tras algún tiempo, y Bernard dejó de preocuparse y de tenerse lástima a sí mismo, concentrándose únicamente en reunir todas sus energías físicas y mentales en ir echando una pierna tras otra, una y otra vez. Las yardas se alargaron en millas y la distancia entre la astronave y el campamento de los extraterrestres fue encogiéndose y reduciéndose a menos. Nada como una caminata de diez millas a 70° u 80° de calor para enseñar a una «persona de la transmateria» qué es lo que significa de verdad, él concepto del tiempo, pensó Bernard. Lo estaba descubriendo entonces en su verdadera dimensión. La distancia significaba ir chorreando de sudor, sudor que caía por la cara, cegando los ojos; la distancia era el rozar cruel de las botas en los talones, el dolor de las articulaciones, de los huesos de los pies, las agujetas en los músculos. Y sólo era un trayecto de diez millas...

    —Me gustaría saber qué tal es el Tecnarca como caminante —dijo Dominici irreverentemente.
    —Tiene que serlo condenadamente bueno, más bien que lo contrario —murmuró Bernard—. Por eso es un Tecnarca. Tiene que ser capaz de sobrepasar a cualquiera en todas las cosas, tanto si es para caminar como tratar de la mecánica de los quanta(12).
    —A pesar de eso, me gustaría verle por aquí sudando bajo este sol condenado, con... —Y el biofísico se detuvo—. Por allá se están deteniendo a la cabeza. Tal vez hayamos llegado ya.
    —Espero que sea así. Hemos estado andando casi tres horas.

    A la cabeza del grupo de marcha, la procesión se había detenido. Laurance y sus hombres, se habían parado en la cúspide de una colina suavemente escarpada. Peterszoon apuntaba con la mano a algún sitio y el Comandante hacía gestos aprobatorios con la cabeza.

    Al fijarse en ellos, Bernard comprobó que estaban haciendo indicaciones de apuntar hacia el valle. Era el establecimiento extraterrestre.

    La colonia estaba siendo construida sobre la ribera oeste de un río de rápida corriente de unas cien yardas de anchura. Estaba abrigado en aquel ancho y verde valle, que aparecía bordeado de un lado por el grupo de colinas sobre las que se hallaban los hombres de la Tierra y del otro, por una planicie extensa que se levantaba, poco a poco, en una ladera de poca pendiente hasta alcanzar una serie de redondeces que formaban al fin una cadena montañosa a varias millas de distancia.

    En aquella colonia, una furiosa actividad parecía ser la nota dominante. Los seres extraterrestres se movían como insectos provistos de una fabulosa energía.

    Ya habían construido seis hileras de edificios rematados por una cúpula, en forma radial y a partir de un edificio mucho mayor, como centro. El trabajo continuaba, más bien seguía como una olla a presión, sobre otras construcciones que extendían más los radios trazados. En la distancia, pequeñas nubes de polvo surgían al aire de tanto en tanto, según que aquellas criaturas procedentes de otro mundo, utilizaban lo que parecía ser un cierto dispositivo excavador de gran potencia y de desconocida fuente de energía, cavando en el terreno los cimientos para otros grupos de edificios en serie. A otros se les veía trabajando en un pozo en una zona de terreno más al interior de la ribera del río y hacia un lado de la colonia, mientras que otros grupos se arracimaban alrededor de una curiosa y extraña maquinaria — ¿generadores? ¿Dínamos?— que en abultadas formaciones existían a lo ancho de la planicie.

    A algunos miles de yardas hacia el norte de la principal escena de actividad se erigía imponente una nave del espacio, maciza y azulada, adoptando más bien la forma cilíndrica, pero extrañamente estriada y festoneada en su diseño superficial, proporcionando una inequívoca sensación de ser totalmente extraterrestre. La nave del espacio aparecía con sus escotillas abiertas de par en par, y los seres extraños que por allí pululaban entraban y salían sin cesar, extrayendo materiales sin duda almacenados en el interior.

    Una vez pasado el primer efecto de sorpresa a la vista de la furiosa actividad energética de aquellas extrañas criaturas, Bernard concentró su atención en los propios seres extraterrestres, no sin un escalofrío. A aquella distancia, de algo más de quinientas yardas, resultaba difícil apreciarlos en detalle. Pero se apreciaba perfectamente que se mantenían erectos en dos piernas, como los seres humanos, y sólo la coloración de su piel y la singular libertad de movimientos de su doble codo en los brazos, atestiguaba sin lugar a dudas su calidad de criaturas extraterrestres.

    Comprobó también, poco a poco, que los había de dos clases: los verdes, que constituían la gran mayoría de la población. Éstos tenían el aspecto de ser una especie de capataces o vigilantes. ¿Una supremacía especial por el color de la piel tal vez? Tenía que ser interesante sociológicamente conocer aquellas especies que todavía practicaban el predominio del color de la piel. Quizás aquellos seres extraños se sentían sorprendidos al darse cuenta de la presencia de dos hombres negros y uno de raza amarilla en el Arconato que gobernaba la Tierra. Pero, fuese lo que fuese, lo evidente era que los azules parecían ser dueños de la situación, gritando órdenes a diestro y siniestro, y que apenas si podían ser oídas desde la cima de la colina en que ellos se hallaban. Y los verdes obedecían. La colonia parecía crecer a ojos vistas y estar siendo construida a una prisa casi irritante.

    —Vamos a bajar por la colina y dirigirnos en línea recta hacia la colonia —dijo Laurance con calma y dominio de sí mismo—. Doctor Bernard, usted es el jefe nominal de las negociaciones, y es algo que no quiero discutir..., pero recuerde que yo soy el responsable de la seguridad de todos y mis instrucciones tienen que ser obedecidas finalmente sin hacer preguntas.

    Le pareció a Bernard que Laurance se estaba arrogando demasiada responsabilidad para sí mismo en la expedición. El Tecnarca no había expresado abiertamente que Laurance fuese el jefe absoluto. Pero el sociólogo no estaba inclinado a disputar sobre el punto de la jefatura en aquella situación. Laurance parecía conocer lo que era mejor y Bernard creyó sentirse contento frente a tal perspectiva. Se humedeció los labios y miró hacia el valle. El Comandante continuó:

    —La cosa más importante es recordar que bajo ningún aspecto hay que demostrar el menor signo de miedo. Doctor Bernard, vaya usted al frente conmigo. Dominici, Nakamura, Peterszoon, sígannos inmediatamente detrás. Después, Stone, Havig, Clive y Hernández. Así formaremos una especie de triángulo. Mantengamos esa formación, caminemos lentamente y con calma y, ocurra lo que ocurra, que nadie deje traslucir el menor signo de temor o tensión. —Laurance recorrió rápidamente el grupo de un vistazo, como si quisiera comprobar .el estado de valor del grupo. —. Si tienen un aspecto amenazador, sonrían ustedes. No descompongan su aspecto ni corran, a menos que nos ataquen abiertamente. Permanezcan en calma y recuerden que somos hombres de la Tierra, los primeros hombres que jamás hayan llegado a otro mundo y digan « ¡Hola!». Bien, vamos; doctor Bernard, por favor, junto a mí. Adelante.

    Bernard se unió a Laurance y comenzaron a descender por la colina con los demás siguiéndoles en el orden asignado por el Comandante. Mientras caminaba, Bernard intentó relajarse. Los hombros atrás, las piernas sueltas. ¡Quítate esa tirantez del cuello, Bernard! ¡La tensión interna se refleja al exterior! ¡Ten la apariencia de un hombre sereno!

    Pero resultaba más fácil decirlo que hacerlo. De por sí ya tenía los huesos molidos por la larga caminata y la tableta de cloruro de sodio que había tomado no hacía mucho se lleva su tiempo para reponer la pérdida de sal que había excretado por el sudor durante la mañana. Sufría además de la tensión física propia de la fatiga y también la tensión mental, mucho mayor aún de tener conciencia de que se hallaba bajando por una colina, en un mundo extraño y en dirección a una colonia erigida por seres de otro mundo, inteligentes y que no tenían ni la más leve traza de ser «humanos».

    Durante unos momentos pareció que aquellos seres extraños no repararan en absoluto en los cinco hombres de la Tierra que se dirigían hacia ellos. Estaban tan ocupados con sus construcciones, que ni siquiera levantaron los ojos de sus respectivas ocupaciones. Laurance y Bernard continuaron avanzando a paso firme sin decir nada, y ya habían cubierto quizás un centenar de pasos antes de que alguno de los extraterrestres reaccionase frente a su llegada.

    La primera reacción se produjo cuando un trabajador, que desataba un haz de troncos, miró casualmente hacia los terrestres.

    Aquel ser extraño pareció quedarse helado, mirando sin comprender hacia el grupo que avanzaba.

    Después hizo un gesto, totalmente fuera de lo humano, a un compañero que se hallaba próximo.

    —Acaban de vernos —murmuró Bernard.
    —Ya lo sé —repuso Laurance—. Sigamos hacia ellos.

    La consternación más profunda pareció extenderse entre aquellos trabajadores de piel verde. Virtualmente habían detenido el trabajo para mirar fijamente, inmóviles, a los recién llegados. Ya más cerca, Bernard pudo apreciar sus facciones y características; los ojos eran unas cosas inmensamente saltonas que les proporcionaban el aspecto del más increíble asombro, que tal vez no sintieran en su interior.

    Pronto la atención recayó sobre uno de los de piel azul. Se aproximó para ver qué era lo que había detenido el trabajo de forma tan inusitada, y después, fijándose en los terrestres, hizo un gesto de ponerse a ambos lados del cuerpo sus brazos de doble codo, lo que probablemente podía significar un genuino signo de sorpresa.

    Gritó algo incomprensible a otro de piel azul para que se aproximase a la zona de los trabajos, el cual se acercó al trote tras haber oído aquel rudo grito destemplado y gutural. Con evidente precaución, los dos extraños se dirigieron hacia los terrestres, dando cada paso con exquisito cuidado y obviamente alertas ante el peligro que aquella fantástica visita podía suponer, disponiéndose a una rápida retirada.

    —Están asustados de nosotros, como nosotros lo estamos de ellos —oyó Bernard que decía Dominici tras él—. Tenemos seguramente que parecerles un horror de pesadilla que desciende de la colina.

    Sólo un centenar de pies separaba ya a los dos grupos. Los demás extraterrestres habían cesado de trabajar en su totalidad, dejando caer sus herramientas; se arracimaron tras los dos individuos de piel azul, mirando fijamente con lo que parecía ser evidentemente aprensión frente a los hombres de la Tierra.

    El sol caía inmisericorde; la camisa de Bernard era sólo un mojado emplasto contra su piel. Se dirigió a Laurence con un murmullo:

    —Deberíamos hacerles algún gesto de amistad. En caso contrario, pueden volverse demasiado asustados y dispararnos de algún modo antes de que nos hallemos del lado seguro.
    —Sí, de acuerdo —repuso el Comandante. Y en voz fuerte, sin volver la cabeza, gritó al grupo—: ¡Atención todos! Levanten las manos con las palmas hacia fuera. ¡Con calma! Eso podría convencerles de que venimos con intenciones pacíficas.

    Con el corazón latiéndole alocadamente dentro del pecho, Bernard levantó los brazos en la forma indicada por Laurance. Ya sólo estaban a cincuenta pies de los extraños. Los extraterrestres ya se habían detenido. Bernard y Laurance aún continuaron avanzando deliberadamente, aunque con lentitud, bajo aquel sol ardiente.

    Bernard estudió de cerca a los seres de piel azul. Daban la impresión de tener una talla parecida a los seres humanos, tal vez algo mayor, sobre seis pies y dos o tres pulgadas. Sólo vestían una especie de túnica de punto, de color amarillo, como si fuese su único ornamento alrededor de la cintura. Su piel azul brillaba con el sudor, lo que argumentaba en favor de que aquellos seres de otro mundo eran metabólicamente bastante parecidos a los terrestres. Sus ojos enormes se movían fácilmente mirando a uno y otro de los componentes del grupo terrestre y en todos sentidos demostrando no sólo la curiosidad, sino una «posible disposición de visión estereoscópica.

    Por lo demás, parecían no tener nariz, como tal, sino unas aberturas estrechas en el lugar de tal apéndice facial recubiertas con unas aletas móviles. La boca aparecía desprovista de labios, y el rostro en general tenía una disposición aplastada, plana, dando la sensación de que la piel la tenían estirada sobre los huesos como la de un tambor.

    Cuando hablaban uno al otro, Bernard captó la rápida visión de tener unos dientes rojos y una lengua tan azul, que prácticamente parecía negra. Por tanto, diferían de los hombres de la Tierra en la pigmentación de la piel y en otros detalles más bien menores; pero su diseño físico era a bulto el mismo, como si para la vida inteligente existiese una pauta general en el Universo, aunque matizada por otros factores. De nuevo una falta de elección, pensó Bernard con un despego filosófico que incluso le sorprendió, mientras que sus piernas temblorosas continuaban avanzando. El Universo da la impresión de una libre voluntad, pero en la realidad las grandes cosas sólo tienen una sola forma de ser.

    Los brazos de aquellos seres extraños le fascinaron. El doble codo parecía un dispositivo mecánico de junta universal, capaz de poder girar en cualquier dirección imaginable, haciendo de aquellas criaturas seres capaces de hacer cosas fantásticas e improbables con semejantes brazos. Una perfecta obra de ingeniería fisiológica —siguió pensando Bernard—. Ese brazo combina todas las ventajas de un tentáculo sin huesos con las de un miembro rígido. Los de piel verde se parecían mucho a los azules, sus inspectores o capataces, excepto que eran sensiblemente más cortos de talla y su cuerpo era mucho más recio y potente. La impresión de que los verdes estaban concebidos para el trabajo y los azules para dirigirles era obvia.

    Apareció un tercer tipo azul, cruzando diagonalmente desde la parte del establecimiento en construcción a reunirse con sus dos colegas. Los tres extraterrestres aguardaron inmóviles como estatuas de piedra, registrando en sus extraños rostros la impresión de una invasión imprevista. Cuando estuvieron ya a sólo diez pies de los extraños, Laurance se detuvo.

    —Adelante —murmuró a Bernard—. Comuníquese con ellos. Dígales que queremos ser amigos.

    El sociólogo respiró profundamente con un hondo suspiro. Se hallaba irónicamente consciente de que habían llegado hasta allí, en aquel momento, mil años de estudios profundos del folklore para acercarse a un nivel de realidad y que aquél era el momento, el primero en todos los registros de la Historia, en que un hombre de la Tierra iba a ofrecer un saludo a un ser no humano.

    Se sintió un poco atacado de vértigo. Su mente comenzó a girar. ¿Qué decir? Somos amigos. Llevadnos a vuestro Jefe. ¡Saludos, hombres de otro mundo!

    Aquello era difícil, no tenía precedentes, pensó. Los viejos clichés se habían hecho tal precisamente porque eran tan condenadamente válidos. ¿Qué otra cosa se supone que puede decirse cuando se hace el primer contacto con una criatura no terrestre? Así y todo, Bernard se sintió consciente de su deber, y la frase y el gesto estereotipado, como más útil, se convirtió en historia.

    Se tocó el pecho y apuntó hacia el cielo.

    —Somos hombres de la Tierra —dijo, enunciando cada sílaba de sus palabras con una dolorosa crispación—. Venimos del cielo. Queremos ser sus amigos.

    Tales palabras, por supuesto, no significarían absolutamente nada para aquellas criaturas no terrestres y sólo unos sonidos absurdos. Pero no había excusa para dejar de decir las palabras justas a pesar de todo...

    Se apuntó hacia sí mismo una vez más y después hacia el cielo. Luego, dándose golpes en el pecho, dijo:

    —Yo. —Y apuntando hacia los no terrestres, teniendo cuidado de no alarmarles, dijo—: Ustedes. Yo-ustedes. Yo-ustedes amigos.

    Bernard sonrió, queriendo saber para sus adentros si tal vez el mostrar los dientes podría significar un símbolo de fiero desafío para los extraños. Aquello era mucho más difícil y delicado que el encuentro de dos separadas culturas de la vieja Tierra. Al menos la misma sangre corría por las venas de un antiguo capitán inglés que por las de un pirata polinesio o un jefe de tribu africana; existía el mismo fondo de común biología y remoto origen. Pero allí no. Ningún valor aceptado previamente tenía en tales instantes la menor aplicación.

    Bernard esperó y, tras él, los otros ocho hombres de la Tierra compartiendo su tensión nerviosa. Miró fijamente a los abultados ojos del azul que tenía más cercano. Aquellos seres exhalaban un olor particular, no desagradable por cierto, aunque intenso. Bernard se preguntó cómo olerían ellos respecto a los no terrestres.

    Con precaución extendió la mano.

    —Amigo —dijo.

    Se produjo un largo silencio. Después, vacilantemente, el de la piel azul levantó la mano, dirigiéndola hacia arriba con un movimiento fácil y sorprendente. El extraño miraba fijamente a su mano como si no formara parte de su cuerpo. Bernard la miró también rápidamente: tenía siete u ocho dedos con un pulgar pronunciadamente curvado. Cada dedo mostraba una uña azul de una pulgada de largura.

    El extraterrestre se aproximó y, por un instante, la dura piel de su mano tocó la de Bernard. Después la dejó caer rápidamente.

    Aquel ser produjo un extraño sonido. Podría muy bien haber sido un gruñido gutural de desafío, pero a Bernard le pareció que sonaba a algo así como «ahhhmiiiggok», y así lo consideró.

    Sonriendo, hizo un gesto de aprobación con la cabeza y repitió:

    —Amigo. Yo-usted. Usted-yo. Amigo.

    A sus oídos llegó la repetición, y esta vez era inequívoca.

    —/Ahhhmiiiggok!

    El extraterrestre empuñó la extendida mano de Bernard y la estrechó con fuerza. Bernard hizo una mueca de triunfo y satisfacción.

    Para bien o para mal, se había realizado el primer contacto.


    —VII—


    PASADA UNA SEMANA, ya pudo contarse con una especie de comunicación, aunque ruda y elemental.

    Los no terrestres captaron la idea en el acto. Vieron, sin que fuese necesario ningún ruego, que uno u otro grupo tendría que aprender el lenguaje del contrario y que cuanto más pronto se hiciera, mucho mejor. No se planteó la cuestión de quién era el que aprendería la lengua del otro. Los no terrestres se expresaban en un lenguaje ampliamente modulado que implicaba variaciones en el timbre de la voz y en la intensidad, aparte, además, de las lógicas complejidades gramaticales, y resultó obvio que los terrestres habrían tenido que dislocarse las mandíbulas en el intento de reproducir aquellos chasquidos, silbidos y modulaciones del lenguaje no terrestre. Teniendo en cuenta la base fisiológica, era imposible para los hombres de la Tierra aprender el lenguaje de los extraños; por tanto, eran éstos los que tendrían que aprender el lenguaje terrestre.

    Y procedieron sistemáticamente a hacerlo. Havig, como lingüista del grupo, tenía a su cargo tal misión, y durante muchas horas cada día fue fabricando una especie de charadas para demostrar y enseñar los verbos del lenguaje terrestre. A veces resultaba una labor de titán, capaz de volver loco a cualquiera, especialmente bajo el calor, que sobrepasaba los noventa grados la mayor parte del día; pero Havig, con una infinita paciencia y una tenacidad heroica, no dejó perder un momento y cargó con todo el trabajo.

    —Es preciso enseñar los verbos, y el resto se aprende fácilmente —decía una y otra vez—. Los nombres no ofrecen dificultad; sólo hay que apuntar al objeto y obtener el nombre sustantivo correspondiente. Son los verbos los que es preciso enseñar primero. Especialmente los verbos abstractos.

    La primera sesión se prolongó casi a las seis horas. Los tres pieles azules que parecían hallarse al frente de la colonia estaban sentados en cuclillas de forma peculiar, al parecer incómoda, con los talones rozando con la parte posterior de los muslos, mientras que Havig iba dándoles instrucciones, seguido por los terrestres que tenía a su alrededor, sudando de una forma terrible.

    — ¡Doblar, doblar! —Y el lingüista se volvía hacia los no terrestres, uniendo la acción a la palabra, encorvando y doblando su enorme cuerpo y repitiendo de nuevo—: Doblar.
    —Do...blarrr —repetían los extraños por turno.

    Parecía imposible que una lengua pudiese ser enseñada de semejante forma, pero aquellas criaturas de piel azul gozaban de una excelente memoria retentiva y Havig tomó su tarea de enseñarles como si constituyera su sagrada tarea en el Cosmos. Y para cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte oeste, ya se habían establecido claramente diversos conceptos verbales clave, tales como ser, construir, trabajar, andar... Al menos, Havig esperó que hubieran quedado establecidos. Parecía que sí, pero siempre quedaba la incertidumbre.

    Los extraños parecían divertidos y encantados con su nuevo conocimiento. Se tocaban el pecho y exclamaban:

    —Yo... norglan. Tú... terrestre.
    —Yo terrestre. Nosotros... terrestres.
    —Terrestres llegar. Cielo. Estrella.

    Bernard se hallaba satisfecho. Por mucho que hubiera estado en desacuerdo con las ideas fundamentales de Havig respecto a las viejas culturas terrestres, además de sus particulares ideas del neopuritanismo de la época, tuvo que admitir que el lingüista había hecho un soberbio trabajo en aquellas primeras horas.

    La noche se aproximaba y el calor del día se evaporaba a toda prisa. Evidentemente, aquélla era la zona del planeta en que deberían ser más sensibles los contrastes dinámicos de las temperaturas, con la columna del mercurio subiendo y bajando en una medida extrema.

    —Dígales que tenemos que marcharnos. Vea la forma de preguntarles si tienen alguna clase de vehículo y que nos lleven hasta nuestra astronave —dijo el Comandante al fin.

    A Havig le costó quince minutos expresar tal idea con el auxilio de diversos movimientos del cuerpo y gesticulaciones de los brazos. Los pieles azules le escuchaban atentamente, repitiendo entonces más palabras con mucha mayor facilidad. Pero no parecían comprender bien. Bernard miró la decepcionante perspectiva de otra caminata de diez millas en dirección a la astronave con el frío y la oscuridad. Pero, finalmente, pareció surgir la adecuada chispa de comprensión. Uno de los pieles azules se puso en pie al instante con un rápido y casi imposible movimiento anatómico y gritó unas órdenes a un centinela verde que aguardaba.

    Momentos más tarde, tres pequeños vehículos que parecían, en conjunto, muy similares a los de todo terreno de los terrestres llegaron al punto de reunión, conducido cada uno por un piel verde. Aquellos coches parecían unos escarabajos ovales, recubiertos en el exterior por lo que parecían ser planchas de cobre, y a una velocidad máxima de unas cuarenta millas por hora aproximadamente. Los pieles verdes conducían impasiblemente sin pronunciar una palabra, siguiendo simplemente la dirección que Laurance les iba señalando. Cuando llegaron a los arroyos y cursos de agua, pasaron sencillamente sobre ellos como pequeños tanques anfibios. El viaje de vuelta al XV-ftl les llevó menos de una hora, incluso teniendo en cuenta los largos rodeos que tuvieron que hacer frente a las infranqueables zonas de bosques. Cuando los hombres de la Tierra descendieron de aquellos vehículos, la noche había caído plenamente sobre aquel mundo. Se apreciaba una terrible quietud. Todo el clamor y el estallido de la vida que les había rodeado durante el día habían desaparecido por completo a aquella hora. Unas brillantes y desconocidas constelaciones de estrellas refulgían en el cielo con las más extrañas configuraciones. Y una luna estaba surgiendo por el horizonte del este, una diminuta masa de roca rojiza que tal vez no tuviera más de cien millas de diámetro, comenzando a recorrer su paso silencioso en la noche. Pero lo hacía a una velocidad ostensible que contrastaba tan vivamente a los ojos de los humanos, acostumbrados desde los principios del Tiempo y del hombre a su suave paso por el cielo de la Tierra lejana.

    Los pieles verdes se marcharon sin decir una sola palabra.

    Los terrestres permanecieron igualmente silenciosos al saltar por la escalera metálica a bordo de la astronave. Había sido un largo día, fatigante y exhaustivo, y Bernard no pudo recordar en qué momento se había sentido más cansado. Jamás le había agotado tanto ninguna responsabilidad académica ni ninguna otra tribulación de su vida.

    Pero aun sintiendo el peso de la enorme fatiga sufrida, que pesaba sobre todos los componentes del grupo, era imposible no sentir una profunda sensación de orgullo y la satisfacción de un deber bien cumplido. La Tierra había entrado en contacto con otra raza extraterrestre en aquel día memorable, con unas criaturas de otro mundo, y se había establecido una comunicación salvando el insondable abismo que les separaba.

    En el interior de la astronave, Bernard buscó a Havig con cierta mala gana, pero con un deseo interior no menos imperativo. El neopuritano ni siquiera se había aflojado el apretado cuello de su traje negro, sino que se había dejado caer sobre su litera sin desnudarse. Bernard se le aproximó. Havig tenía los ojos abiertos, pero pareció no haber reparado en la presencia del sociólogo.

    — ¿Havig?

    La mirada del neopuritano se dirigió hacia Bernard.

    — ¿Qué ocurre? Bernard vaciló, luchando interiormente ante la idea de establecer una conversación con el otro.
    —Yo... sólo quería expresarle mi creencia y la satisfacción de que ha hecho usted un espléndido trabajo hoy. Hemos tenido nuestras diferencias en el pasado, Havig, pero eso no impide en absoluto que le ofrezca mi más sincera felicitación por la forma en que ha conseguido usted tales resultados en la sesión de hoy con esos extraños seres. Sé reconocer un buen trabajo allí donde se produzca.

    El neopuritano se incorporó a medias. Sus ojos grises miraron directamente a los más dulces de expresión y de azul claro de Bernard.

    —No busco felicitaciones por mi trabajo, Bernard. Sea lo que haya podido llevar a cabo, he hecho sólo lo que Dios, por su virtud, ha querido que haga valiéndose de mí; por tanto, no hay ningún mérito que yo pueda considerar por pequeño que sea.
    —Bueno, está bien. Dios ha actuado valiéndose de usted —replicó Bernard, sorprendiéndose de sus mismas palabras—. Pero sigo creyendo que hizo usted un trabajo formidable, magnífico y...
    —No merezco su alabanza, Dr. Bernard. Pero reconozco y agradezco su gesto espiritual al ofrecérmela. —Entonces sonrió levemente—. Buenas noches, Dr. Bernard. —Y Havig volvió a tenderse a todo lo largo en su litera.

    Bernard parpadeó maravillado. Se había sentido contento del esfuerzo realizado para felicitar al neopuritano, cosa que había considerado como un sacrificio de su propio orgullo personal.

    Y aunque su gesto no había sido recibido con una completa repulsión, era evidente que Havig lo había considerado con una ostensible indiferencia. Bernard se sintió interiormente irritado. Y comenzó a decir algo.

    Dominici le interrumpió amistosamente.

    —Déjele solo, Bernard. Tanto él como usted caminan sin proponérselo en la misma dirección, recta y honrada. No fuerce las cosas ahora. ¿Qué espera que le diga: sonreírle y darle las gracias? Havig no cree realmente que se merece ninguna felicitación.
    —Ha podido evitarme las palabras entonces —murmuró Bernard.

    Se volvió y se dispuso a dormir. Havig, con los ojos cerrados, daba la impresión de haberse quedado ya dormido. Stone estaba tomando notas en una agenda y Dominici bañándose bajo la vibro-ducha de la cabina.

    Bernard se desnudó y se unió al biofísico, situándose bajo la zona vigorizadora molecular de aquel chorro de iones que limpió de su cuerpo la suciedad y el sudor del día.

    —No se tome la cosa a pecho porque no correspondiese cálidamente a su enhorabuena, Bernard —dijo Dominici—. Usted hizo lo correcto al felicitarle. Y él estuvo magnífico en su actuación con esos pieles azules.
    —Sí, es cierto —convino Bernard—. Este hombre es un tipo congénitamente agrio como el vinagre.

    No se ha portado conmigo con la más elemental forma de cortesía humana. Es...

    —Havig cree honestamente que es un simple instrumento a través del cual Dios ha actuado hoy —dijo Dominici—. Creo que es mejor que olvide lo sucedido, que no cambie de actitud y que usted le haga pensar de forma diferente. Me parece que lo mejor es que se sienta agradecido por la forma en que ha actuado hoy allá y descanse tranquilamente.

    Bernard se dejó caer en su litera e intentó relajarse. Intentó alejar de su mente a Havig, preguntándose una y otra vez qué clase de hombre era y cómo podía renunciar a todas las alegrías del vivir, a todos los placeres naturales y que tan sombríamente conducía su existencia, sin sonreír apenas jamás, yendo siempre vestido de negro. No había duda de que Havig había llevado a cabo un excelente trabajo, de una indiscutible primera categoría en su especialidad; pero ¿había de veras algo moralmente nocivo en aceptar la enhorabuena que se le había ofrecido tan humanamente? Tal vez, pensó Bernard, Havig era uno de esos hombres que son incapaces de aceptar cara a cara cualquier elogio sin sentirse profundamente confundidos, y de ahí que se escondiese bajo la máscara de una autosuficiencia con que su credo le proveía.

    Bernard cerró los ojos, poniéndose las manos sobre ellos. Pensó por un momento en su propia vida cómoda, la vida que había dejado atrás, la vida que era tan diferente de la de Havig, como era fácil imaginarse. No había duda de que Havig la hubiera estimado como escandalosa, blasfema incluso tal vez, al gastar una tarde oyendo música, leyendo poesías y tomando un buen brandy a sorbos, cuyas horas podrían muy bien emplearse en la oración, la contemplación o la puesta en práctica de acciones caritativas.

    Con todo, a pesar de su rígida, disciplina, no era mejor en su especialidad que Bernard en la suya; ni aun tomando en cuenta toda la indulgencia de Bernard, no era peor en su campo que Havig en el de la lingüística. Soy un hombre de vida fácil y hedonista; quizás un poco egoísta incluso, pero soy un buen hombre en mi campo de trabajo intelectual. Como Havig en el suyo, excepto cuando comienza a mezclar la propaganda con sus conclusiones. Para cimentar una cultura era indispensable tomar todo un completo espectro en mil matices con sus hombres correspondientes. Ponderó a Havig, queriendo saber qué es lo que había motivado su preocupación respecto a él, si era un fanático o si en él existía algo más y distinto.

    Tras un rato, Bernard se quedó dormido.

    Cuando despertó, lo hizo de mala gana. Nakamura se hallaba sobre su litera sacudiéndole sin contemplaciones.

    —Es hora de levantarse, Dr. Bernard. — El sociólogo miraba fijamente al miembro de la tripulación, un tanto adormilado—. El Comandante Laurance dice que, por hoy, ya han dormido ustedes bastante.

    El Comandante tenía, efectivamente, razón sobre el particular, tuvo que admitir Bernard; un vistazo al reloj le dijo que había dormido algo más de once horas. Pero le parecía sentir todavía la cabeza llena de telarañas, y tuvo que hacer un esfuerzo restregándose los ojos, como un chico, para sentirse completamente despierto.

    Hacía ya una hora que había salido el sol. El día en aquel planeta era de veintiocho horas de tiempo absoluto con respecto al de la Tierra, más veintiocho minutos. Todavía soñoliento, Bernard se reunió con los demás para tomar el desayuno.

    Laurance ya había dispuesto que se sacaran de la astronave los vehículos todo terreno. Al acabar el desayuno ordenó:

    —Nos dividiremos en dos grupos. Clive, pilotará usted el número uno y le acompañarán Havig y Stone. Yo iré en él también. Hernández, tome usted el segundo, llevando a Bernard, Dominici, Peterszoon y Nakamura.

    El viaje de ida al establecimiento extraterrestre les llevó aproximadamente una hora. Cuando los hombres de la Tierra llegaron a la colonia norglan comprobaron que la escena se parecía en mucho a la vista el día anterior; los constructores trabajaban frenéticamente como un enjambre de hormigas, con su fiera energía sin decaer lo más mínimo. Los tres pieles azules, que se habían hecho cargo de aprender el lenguaje terrestre, se aproximaron para saludarles, exhibiendo todo un vocabulario ya aprendido a guisa de saludo:

    —Yo-ustedes. Viajar. Venir. Aquí. Nosotros-norglans. Ustedes-terrestres.

    Bernard sonrió. En aquel momento la conversación tenía su tinte irónico, pero teniendo conciencia de que aquella especie de lenguaje casi silábico y elemental ya constituía un logro impresionante. Y sólo era el comienzo.

    Tras otras tres horas de instrucción, un par de pieles verdes aparecieron un tanto vacilantes llevando una bandeja repleta de alimentos en unos platos amarillos y que aparecían a rebosar con una especie de filetes de carne de buen olor y unas botellas en forma de jarras de espesa arcilla curiosamente diseñada, con una especie de vino negro. Havig miró incierto al Comandante, quien le dijo:

    —Rehúselo tan cortésmente como le sea posible. No tocaremos nada de eso en tanto Dominici no tenga la oportunidad de efectuar un análisis de esos alimentos.

    El alimento fue cortésmente rechazado. Los hombres de la Tierra sacaron sus propios alimentos y Havig explicó de la mejor forma posible que podría no ser bueno para ellos el alimento norglan. Los extraterrestres parecieron comprender perfectamente la sugerencia al respecto.

    Durante aquel día y el siguiente y el otro, Havig trabajó sin tomarse un momento de respiro, mientras que los hombres de la Tierra estaban aguardando, siendo de más o menos utilidad, excepto en sugerir una especie de charadas hechas con nuevos verbos. Bernard encontró aquellas lecciones tremendamente fatigantes, como para acabar con toda su paciencia. Había muy poco que pudiera hacer, excepto seguir expuesto a aquel sol terrible y contemplar el trabajo de Havig.

    Aquel trabajo era increíble. Al quinto día, los norglans ya sabían reunir y expresar una serie muy plausible de frases y sentencias, manejando alrededor de quinientas palabras. Y aunque farfullaban se equivocaban o eventualmente las confundían u olvidaban alguna vez, resultaba evidente que eran unas criaturas dotadas de un fantástico poder de asimilación y de rápido aprendizaje. De cada seis palabras, cinco iban resultando bien hilvanadas y comprensibles. Y naturalmente, cuanto más amplia resultaba su riqueza de vocabulario, más fácil era seguir aprendiéndolo.

    Al llegar el séptimo día, suficiente ya para una mutua comprensión y entendimiento, se iniciaron las negociaciones. La primera cuestión de la orden del día era establecer un lugar donde reunirse; el permanecer sentados por el suelo al aire libre con todo aquel frenético movimiento a su alrededor en la colonia no constituía ciertamente el lugar ideal.

    A. sugerencia de Havig, los norglans erigieron una tienda en medio de la zona de la colonia, en cuyo interior tuvieron lugar las futuras discusiones.

    Cuando fue terminada la tienda, los hombres de la Tierra sonrieron aliviados. Una semana en aquel planeta les había quemado ya y tostado bien la piel. A los extraterrestres no parecía importarles mucho; sudaban, pero evidentemente su pigmentación les protegía de cualquier posible daño en sus tejidos celulares. Bernard, por otra parte, tenía el aspecto de una langosta. Dominici había comenzado a broncearse la piel y los demás miembros del grupo terrestre sufrían en más o en menos las molestias propias de su exposición a aquel ardiente sol.

    Las negociaciones comenzaron en la mañana del noveno día. Stone, según habían decidido, no tomaría la palabra, dejando a Havig ser el portavoz del lenguaje convenientemente. Bernard haría las observaciones de tipo cultural y sociológico, Dominici las propias de la biofísica y de tal forma, los terrestres llegarían a un mejor entendimiento. El Tecnarca había elegido a sus hombres cuidadosamente.

    En el interior de la tienda, se había dispuesto una mesa rudamente construida de madera. Los extraterrestres se quedaron en pie, al parecer no tenían la menor necesidad de asientos. Los terrestres, en el lado opuesto, adoptaron una posición de sentados con las piernas cruzadas. Havig comenzó:

    —Este hombre de la Tierra se llama Stone. Él os hablará hoy.

    El mayor en estatura de los tres norglans, quien se había identificado a sí mismo como Zagidh, sin que pudiera saberse si tal palabra significaba su nombre propio, o un título de dignidad o categoría, tomó la palabra.

    — ¿Ser piedra? ¿Yo tocar?(13)

    Una mano de ocho dedos se alargó y agarró fuertemente el brazo de Stone. El diplomático se sintió alarmado por unos instantes; pero después le sonrió al norglan, estrechando a su vez el brazo extendido.

    Zagidh soltó su mano y se quedó mirando fijamente a Stone.

    —Stone, ser dura. Él no ser duro.
    —Stone es una marca; no una descripción —explicó Havig.

    El extraterrestre pareció embrollado durante unos momentos. Dominici murmuró:

    —Tienes que echarle la culpa a tu nombre, Stone. Puede que nunca salvemos este punto porque no estás hecho de granito.

    A Havig le llevó diez minutos explicar convenientemente la dificultad surgida y el que Zagidh pudiera entenderlo. Bernard pensó, que si un detalle tan poco importante les había proporcionado, de entrada, tal dificultad, ¿qué iba a ser el resto de las negociaciones?

    Stone se lanzó con calma, procurando pronunciar las palabras lentamente y ayudado por Havig, a establecer un bosquejo fundamental de las negociaciones; pero tuvo éxito al fin, quedando bien entendido lo siguiente:

    La Tierra era el núcleo de un Imperio Colonial.

    El mundo de los norglans, donde quiera que estuviese, era un centro similar de expansión por el Universo.

    Que era inevitable que alguna especie de conflicto resultaría entre dos sistemas planetarios en dinámica expansión.

    Que, en consecuencia, era vital que allí y en aquel momento, se decidiese qué parte de la Galaxia debería ser reservada para los norglans y cuál para los terrestres.

    Zagidh y sus compañeros, conferenciaron en su misterioso lenguaje respecto a aquellos cuatro puntos, y parecieron dar muestras de un completo entendimiento de lo que aquello significaba. Hubo una breve y férvida discusión entre los tres norglans, finalmente. Después el norglan situado a la izquierda de Zagidh hizo ademán de marcharse y los otros dos le siguieron, sin que antes Zagidh hiciera una extraña mueca que parecía ser adecuada a una declaración de mucha importancia. Con voz lenta y clara, dijo:

    —Esto ser cuestión importante. Yo-nosotros no tener gran autoridad. Ustedes-nosotros no poder hablar más ahora. Otros-nosotros venir. Aquellas frases parecieron haber agotado al norglan. La lengua se le enrolló en la boca y jadeó por el esfuerzo realizado. Se marcharon, dejando solos a los hombres de la Tierra.


    —VIII—


    ¿QUÉ CREEN USTEDES QUE SIGNIFICA ESTO? —preguntó Stone sintiéndose incómodo. Hacía ya media hora que los norglans habían abandonado la tienda. Unos cuantos curiosos de piel verde habían pasado de tanto en tanto, lanzando rápidas miradas a los hombres de la Tierra; pero sus capataces de piel azul les habían gritado enérgicamente para que volvieran al trabajo y desde entonces, ya no habían vuelto a molestar más a los terrestres.

    —Es evidente que Zagidh y sus amigos se han dado cuenta de que se las tienen que ver con algo demasiado grande para solucionarlo por sus propios medios —opinó Bernard—. Supongamos que ustedes fuesen unos administradores coloniales, ocupados en construir edificios y en hacer prospecciones de agua y que de pronto, se dejan caer del cielo unos seres extraños que les proponen una discusión para repartirse el Universo. ¿Se sentarían ustedes a redactar un tratado, por su sola cuenta... o darían cuenta al Arconato con la mayor rapidez que les fuese posible?
    —Sí... sí, por supuesto —dijo Stone—. Han tenido que acudir a sus altas autoridades, quienes sean. Pero... ¿cuánto tiempo se llevará el asunto?
    —Si dispusieran de algo parecido a la transmateria, no les llevaría apenas nada —dijo Dominici—. Si no...
    —Si no —intervino Bernard—, la cosa va para largo, me temo.

    Todos quedaron en silencio. Bernard salió de la tienda y echó un vistazo por los alrededores. El trabajo continuaba como siempre, sin descanso. Aparentemente, los norglans no eran gente dispuesta en ningún caso a perder el tiempo.

    No quedaba nada que hacer, sino esperar. Bernard se sintió irritado interiormente. Aquella misión era una lección de primera clase en cuestión de educar la paciencia. Laurance y sus hombres continuaban sentados calmosamente en un rincón, sin participar para nada en las deliberaciones, sino sencillamente cumpliendo con su misión de ver transcurrir los minutos y el tiempo, con el temple propio de los astronautas. Havig, con su autodominio neopuritano, no mostraba la menor apariencia externa de inquietud ni de impaciencia.

    — ¿Se ha traído alguien un juego de hacer pirámides con dados? —preguntó Dominici—. Podríamos entretenernos mientras...
    —Ofenderíamos a Havig —opinó Stone—. A ellos no les gustan los juegos.
    —Esas artificiosas alusiones me cansan —repuso Havig sonriendo ligeramente—. ¿Acaso me interfiero yo en sus actividades? Yo vivo por las normas de mi propia conducta..., pero no creo haber mantenido nunca que sigan ustedes el mismo ejemplo.

    Bernard se mordió los labios. Se halló a sí mismo envidiando el poderoso autodominio que poseía Havig. Al menos, el lingüístico, sabía quedarse sentado sin moverse, inmóvil, tan inmóvil y con la misma calma que los astronautas, esperando que transcurrieran aquellas horas de incertidumbre.

    Ya habían transcurrido tres horas desde que los norglans se habían marchado tan abruptamente. Estaba ya mediada la tarde, un calor terrible caía sobre la zona de trabajo de los pieles verdes; pero a éstos no parecía importarles gran cosa. Dentro de la tienda, el aire estaba insoportable, tórrido y casi irrespirable y por dos veces Bernard luchó desesperadamente con la tentación de vaciar de un trago el contenido de su cantimplora. Pero se la fue racionando, un trago ahora, otro después y así de un cuarto de hora de vez en vez. Sólo para mantener al menos la garganta sin resecarse como la estopa.

    —Esperaremos hasta la puesta del sol —advirtió el Comandante—. Si no vuelven para entonces, nos volvemos a la nave y lo intentaremos mañana de nuevo temprano. ¿Qué le parece, Dr. Bernard?
    —Una sugerencia tan buena como otra cualquiera —convino el sociólogo—. La puesta del sol es una hora normal para interrumpir cualquier reunión. No creo que encuentren razón alguna para sentirse ofendidos si nos marchamos.
    —Pero..., ¿y lo que se nos ofende a nosotros? —dijo Dominici un tanto exaltado—. Esos condenados pieles azules se limitan a marcharse sin decir una palabra y a dejarnos aquí horas y horas. ¿Por qué diablos tenemos que preocuparnos de sus formas de sentir o pensar, cuando nos dejan así?
    —Porque nosotros somos hombres de la Tierra —dijo Bernard—. Tal vez ellos no tengan los mismos conceptos en relación con la cortesía. Quizás hayan actuado de la forma más natural para su especie al abandonarnos en esa forma. No podemos juzgarlos a ellos por nuestras propias normas de conducta.
    —Ustedes, los sociólogos, parecen creer que nadie puede ser juzgado por cualquier tipo de conducta —insistió Dominici—. Todas las cosas son relativas, ¿no es cierto? Según eso, no debe haber ninguna conducta determinada. Simplemente, pautas individuales de comportarse. Bien, yo digo...
    —Calma amigo —ordenó Laurance serenamente—. ¡Alguien viene!

    La falda de entrada a la tienda se abrió y entraron tres extraterrestres. El primero era Zagidh. Tras él, llegaron dos norglans de enorme estatura, con su pigmentación dérmica de un rico azul púrpura. Venían vestidos con unos ropajes extraños y altamente elaborados y su compostura tenía el aspecto de la realeza. Zagidh adoptó pronto su clásica postura de cuclillas en tan extraña forma como solía hacerlo. Los otros dos permanecieron de pie.

    Haciendo unas muecas forzadas terriblemente, Zagidh dijo:

    —Dos... kharvish haber venido desde Norgla. Hablar. Con tiempo... aprender lengua Tierra. Ellos-nosotros hablar a ustedes.

    Zagidh se salió fuera de la tienda. Los dos norglans gigantescos adoptaron al unísono la misma forma de sentarse en cuclillas que solía hacer Zagidh.

    Los terrestres se miraron con cierta inquietud. Bernard se mordió inquieto también el labio inferior. Aquellos dos tipos eran sin duda unos norglans Muy Importantes, sin duda alguna.

    Con aire majestuoso, en una voz que sonaba en cierta forma melodiosa como la de un violoncelo, uno de aquellos dos enormes norglans dijo:

    —Yo soy nombrado Skrinri. Este ser nombrado Vortakel. Él-yo nosotros dos ser kharvish. ¿Cómo decir ustedes? Uno-que-va-hablar-otros-de igual categoría.
    —Embajador —sugirió Havig.
    —Emba...jador. Sí, embajador. Yo ser nombrado Skrinri, este Vortakel, él-yo nombrados embajadores. De Norgla. Del planeta patrio.
    —Habla usted la lengua terrestre muy bien —dijo Stone pronunciando las sílabas con lentitud y claridad—. ¿Han sido ustedes enseñados por Zagidh? —No... significar... —El participio pasado —observó Havig—. No lo conocen. Intente decirles: ¿Enseñar Zadigh a ustedes?
    —El enseñar yo-nosotros— afirmó Skrinri—. Nosotros estar aquí desde el sol alto en cielo.
    —Desde mediodía —tradujo Havig.
    — ¿Han venido a hablar con nosotros? —preguntó Stone.
    —Sí. Ustedes venir de Tierra. ¿Dónde está Tierra?
    —Muy lejos —dijo Stone—. ¿Cómo podría explicárselo, Havig? ¿Sabrían lo que significa un año-luz de distancia? —No, a menos que él sepa primero lo que significa un año —repuso Havig—. Es mejor dejarlos que se expresen como puedan. —De acuerdo —convino Stone—. ¿Su mundo está cerca? —Todos mundos estar cerca. No tomar tiempo viajar de allí a aquí.
    — ¡Entonces es que también disponen de la transmateria! —exclamó Stone perplejo.
    —O algo que produzca el mismo efecto —opinó Laurance.

    Observando atentamente desde su rincón de la tienda, Bernard siguió la cadena de razonamiento. Una cosa era cierta: aquellos dos norglans eran bastante especiales, tal vez muy superiores a Zagidh y a los otros pieles azules que se hallaban en escala superior a su vez sobre los trabajadores. Skrinri y Vortakel aprendían el lenguaje terrestre a increíble velocidad, captándolo con frases enteras e incluso con las mismas inflexiones de voz, según Stone iba hablando y explicando sus declaraciones.

    Gradualmente, las similitudes de los dos Imperios comenzaron a quedar al descubierto.

    Los norglans poseían la transmateria, según parecía; Skrinri y Vortakel habían llegado desde el planeta patrio sólo hacía horas, vía un sistema de transporte instantáneo. La enorme astronave que surgía poderosa por encima del establecimiento colonial era el testimonio más seguro de que también los norglans utilizaban algún sistema convencional de viajes espaciales, probablemente a velocidades aproximadas, aunque no superiores a las de la luz.

    Resultó muy difícil aclarar la información concerniente a las distancias en el espacio. Pero resultaba razonable suponer que el planeta patrio de los norglans debería hallarse más o menos en un punto de a trescientos o cuatrocientos años luz del planeta en que todos se encontraban en aquel momento; quizás menos, y muy probablemente no a mayor distancia. Lo que significaba, que los norglans y la esfera de colonización de los norglans era aproximadamente del mismo orden de la magnitud que poseía la Tierra.

    Entendido aquello, al fin, la cosa apareció mucho más clara. Pero todavía no se había planteado el problema verdadero de la misión. Stone estaba calculándolo de la mejor forma, reuniendo una serie de ideas apropiadas para su misión diplomática, que debería exponer llegado el momento preciso.

    Conforme iban hablando, Bernard que seguía cada palabra, intentó reconstruir una imagen de los norglans como personas con quienes tratar adecuadamente, de acuerdo con la ciencia sociológica, en las futuras negociaciones. Se trataba de una raza estratificada, aquello era algo por descontado; la variación de color de la piel no era una simple diferencia de pigmentación, sino toda una fundamental categoría genética. Los pieles verdes eran más cortos de talla, más fuertes y macizos y evidentemente poco dotados intelectualmente; constituían la clase ideal de trabajadores para aquella clase de labor. Los pieles azules, eran más agudos de inteligencia, buenos organizadores, de rápida percepción de pensamientos, aunque se les notaba la falta de una cualidad interna de autoridad, la decisiva huella de auténtica personalidad que distinguía al jefe nato. Aquellos pieles azules púrpura poseían la fuerza necesaria.

    ¿Serían los individuos situados en la cima de la pirámide social de su constitución evolutiva? O, ¿más bien serían, por turno, los que dependiesen de alguna especie aún más capacitada de la especie de los norglans? ¿Hasta dónde podría estar extendida aquella estratificación social?

    No había forma de decirlo; pero parecía lo más verosímil que Skrinri y Vortakel representaban muy de cerca el pináculo de la evolución norglan. De existir todavía otros individuos mucho mejores, entonces los norglans deberían poseer un grado evolutivo mucho mayor que los terrestres.

    Al exterior de la tienda, se extendían ya las sombras de la noche. El gradiente de temperatura caía rápidamente. Un viento frío barría la planicie, sacudiendo con cierta violencia las lonas de la tienda. Los primeros síntomas de un gran apetito comenzaron a sentirse en el estómago de Bernard. Pero los norglans no parecían indicar en absoluto que fuesen a suspender las negociaciones por el hecho de que llegase la noche.

    Stone se encontraba enfrascado en su elemento, avanzando sin descanso y sin fatiga en la cadena de razonamientos y medios de intercomunicación, hasta que creyese llegado el momento de enfrentarse con el punto crucial de la misión.

    Aquel momento estaba ya aproximándose. Stone estaba dibujando unos diagramas en el suelo de la tienda de conferencias. Dibujó un punto con un círculo a su alrededor; era la esfera de colonización de la Tierra. A una distancia de varias yardas, otro punto con otra esfera; la de los norglans.

    Más allá de aquellas esferas de acción, otros puntos sin círculos. Aquéllas eran las estrellas sin colonizar, la tierra incógnita de la galaxia que ni los terrestres ni los norglans habían alcanzado todavía en sus respectivas expansiones.

    —El pueblo de la Tierra se expande hacia el exterior. Nos establecemos en otros mundos —anunció gravemente Stone.

    Y dibujó una serie de radios proyectados fuera del círculo que era la esfera de dominación de la Tierra. Aquellos trazos llegaban hasta la zona neutral.

    —El pueblo norglan se extiende también hacia el exterior. Ustedes construyen sus colonias, nosotros construimos las nuestras.

    Y, de igual forma, una serie de trazos partieron de la esfera norglan, al igual que lo había hecho Stone.

    El diplomático terrestre, marcando ostensiblemente los trazos con el palito que dibujaba en el suelo, extendió los radios de la esfera norglan hasta llegar a tocarse en determinada zona con los de la Tierra.

    —Ustedes construyen aquí —dijo Stone—. Nosotros allí. Nosotros continuamos estableciendo nuevos mundos. Pronto esto va a ocurrir...

    Stone lo bosquejó gráficamente. Dos de aquellos trazos se encontraron, cruzándose. Otros se entrecruzaron igualmente.

    —Nosotros llegamos y alcanzamos el mismo territorio. Nosotros luchamos sobre este mundo o sobre aquél. Entonces habrá guerra entre terrestres y norglans. Y allá habrá muerte. Destrucción.

    Skrinri y Vortakel miraron fijamente al diagrama dibujado sobre el suelo como si fuese la simbología de algún complicado rito. Sus rostros sin carne, no dejaban traslucir ninguno de los pensamientos que bullían en sus mentes. Los terrestres esperaron, silenciosamente, sin atreverse apenas a respirar.

    Fue Vortakel quien dijo lentamente:

    —Esto no debe suceder. No tiene que haber guerra entre los hombres de la Tierra y los norglans.
    —No tiene que haber guerra —repitió Stone.

    Bernard se inclinó un poco hacia adelante, abandonando un poco su papel de espectador; pero tan tenso como si estuviera llevando a cabo las negociaciones y no Stone. A despecho del frío y el hambre, sintió en su pecho el resurgir de un sentimiento de triunfo. Los extraterrestres habían comprendido; había existido una comunicación en ambos sentidos; los embajadores norglans se daban cuenta exacta de los graves peligros de la guerra. El conflicto tenía que ser evitado. Los senderos de la expansión del Imperio deberían ser desviados de una posible colisión entre mundos distintos.

    —Necesitamos elegir el camino de la paz —dijo Stone—. Los jefes norglans y terrestres se encontrarán. Dividiremos las estrellas entre nosotros. —E hizo una pausa para que los embajadores norglans comprendiesen bien lo que significaba dividir—. Trazaremos una línea— continuó Stone, recargando el énfasis de sus palabras al dibujar una frontera entre las dos esferas de la dominación universal, y borrando las líneas norglans que se entrecruzaban con las terrestres y éstas con respecto a las de los norglans. Stone sonrió:
    —Todos estos mundos —dijo, haciendo un amplio gesto hacia la parte izquierda del dibujo—, serán norglans. Ningún establecimiento terrestre se construirá allí. Y a este lado —e indicó el dominio de la Tierra—, ningún norglan vendrá. Estos mundos serán para la Tierra.

    Y esperó alguna respuesta de los norglans.

    Los extraños permanecieron en silencio, mirando con ojos inteligentes al dibujo trazado sobre el polvo del suelo. Tomando su silencio por falta de entendimiento, Stone repitió la misma sugerencia.

    —Sobre este lado, todos los mundos serán de la Tierra. Sobre este otro, todos de los norglans. ¿Comprenden ustedes?
    —Nosotros comprender bien —repuso Skrinri lenta y pesadamente.

    El viento sopló con furia sobre la tienda, batiendo con fuerza el trozo de lona de la entrada de un lado a otro. Abandonando la posición que hasta entonces había mantenido con tan poco esfuerzo, Skrinri se dirigió, en pie, hacia el diagrama de Stone.

    Plantando cuidadosamente un pie desnudo sobre las líneas trazadas, el norglan borró la frontera que Stone había trazado como delimitación de los sectores norglan y terrestre. Después, arrodillándose, Skrinri fue haciendo desaparecer con los dedos cada uno de los trazos dibujados por Stone como expansión propia de la Tierra a partir de la esfera de dominio supuesta.

    Momentos antes de hablar Skrinri, Martin Bernard adivinó en el acto lo que el norglan iba a decir. Una mano fría pareció apretar la garganta del sociólogo. El triunfo sentido hacía un instante, se desvaneció como una débil llamita. La voz de Skrinri era concisa, grave y sin el menor matiz de malicia. Hizo un amplio gesto con ambas manos como si con ellas quisiera abarcar la totalidad del Universo.

    —Norglans construir colonias. Nosotros expandir. Ustedes... hombres de la Tierra han ocupado ciertos mundos. Pueden guardar esos mundos. No los tomaremos. Otros mundos pertenecerán a los norglans. No tenemos nada más que hablar.

    Con una dignidad silenciosa, los dos norglans salieron de la tienda. En el silencio que siguió, producto de un verdadero golpe de sorpresa, el viento parecía silbar con un gesto de burla.

    Otros mundos pertenecerán a Norgla. Perplejos, los nueve hombres de la Tierra, se miraron pálidos, unos a otros; ninguno había esperado aquello.

    — ¡Eso es una fanfarronada!—exclamó finalmente Dominici—. ¿Querer limitar nuestros propósitos presentes? ¡Eso no puede ser! —Tal vez puedan hacerlo —opinó Havig, con calma—. Quizás esto sea el final del sueño de nuestra colonización galáctica. Y es posible que sea una bendición de Dios revelada bajo ese disfraz. Vamos, ya no tenemos nada más que hacer por hoy.

    Los hombres de la Tierra fueron saliendo de la tienda uno tras otro, a la oscuridad de aquel planeta extraño, y azotados por la hostilidad de aquel viento frío y despiadado.


    —IX—


    LA MAÑANA llegó con lentitud. La pequeña luna rojiza pasó con prisa a través del cielo nocturno del planeta; las constelaciones desconocidas fueron borrando su configuración celestial desvaneciéndose con la proximidad de las primeras luces del nuevo día. La oscuridad fue cediendo paso a los tintes grises del alba y el frío de la madrugada a la tibia temperatura del amanecer. Los hombres del XV-ftl, comenzaron sus trabajos de rutina. Nadie había dormido aquella noche a bordo de la astronave. Las luces habían permanecido encendidas hasta el amanecer, mientras que los hombres de la Tierra, demasiado afectados por la situación como para haber dormido, habían argumentado sin descanso los diversos aspectos de la situación.

    —No deberíamos haberles permitido que se fueran de esa forma —dijo Stone hondamente preocupado, con las manos cubriéndose las mejillas—. Se marcharon como dos príncipes que nada tienen que decir a un puñado de plebeyos: deberíamos haberles obligado a quedarse con nosotros, y hacerles saber claramente que la Tierra no iba a escuchar semejantes absurdos.
    —Pueden ustedes conservar esos mundos —repitió Dominici, remedando a los norglans con tono sardónico—. Todos los otros mundos pertenecen a Norgla. ¡Como si fuéramos unos gusanos!
    —Quizás sea la voluntad de Dios que la expansión del hombre por los cielos llegue a detenerse —sugirió Havig—. Los norglans pueden haber sido enviados como recordatorio de que el orgullo está lleno de pecado y que existen límites, más allá de los cuales, no debemos continuar.
    —Está usted asumiendo que los norglans constituyen por sí mismos un genuino límite —dijo Bernard—. Yo no creo que lo son. No creo tampoco que su tecnología sea capaz de evitar que quedemos reducidos a nuestra presente esfera de influencia. A mí me han parecido unos fanfarrones.
    —Yo también lo creo igual —opinó Dominici—. Lo que he visto de su ciencia, no me ha impresionado en absoluto. Tienen astronaves y alguna forma de transmateria; pero nada que sea cualitativamente avanzado sobre lo que nosotros ya poseemos. En una guerra, podríamos muy bien hacerles frente y derrotarles. Estoy seguro.
    —Pero... ¿por qué una guerra? —intervino Havig—. ¿Por qué no aceptar lo convenido y mantenernos dentro de nuestros propios límites? —Y contestó inmediatamente a sus propias preguntas interrumpiendo la salida de tono que Dominici estaba a punto de producir—: Ya sé. No aceptamos límites, porque somos hombres de la Tierra y en cierta forma misteriosa, los hombres recibieron un mandato divino de expandirse a través de todo el Universo. Ninguno de ustedes presta atención a lo que estoy diciendo, por supuesto —continuó con una triste sonrisa—. Piensan que soy un religioso maniático, y a sus ojos, supongo que debo parecerlo. Pero, ¿es que resulta tan extraño el ser un poco humildes, caballeros? El retirarse y quedarse en nuestras fronteras y decir: «hasta aquí debemos llegar». Cuando la alternativa es una guerra sangrienta y destructora, ¿es acaso una cobardía el elegir la vía de la paz?

    Bernard le miró con atención.

    —Comprendo toda la fuerza que hay en sus manifestaciones, Havig. Ninguno de nosotros quiere una guerra con esta gente, y tal vez no sea el destino del hombre el colonizar la totalidad del Universo. No puedo dar una respuesta de lo que es o no es nuestro destino. Pero sí sé lo bastante de la psicología como para conocer a esas gentes, por extrañas que nos parezcan y que realmente son respecto a nosotros. Por ahora, son tolerantes, en una especie de forma señorial, dejándonos que mantengamos nuestro pequeño imperio, supuesto que les dejemos todo el resto para ellos. Pero esa tolerancia no continuará por siempre. Si todo el resto del Universo se pasa a manos de los norglans, cualquier día volverán sus ojos codiciosos hacia nosotros y decidirán barrernos de la Historia. Si ahora les dejamos el camino expedito, no hacemos más que invitarles a que nos exterminen más tarde. Havig, maldita sea, hombre, ¡hay mucha diferencia entre ser humildes y convertirse en unos borregos suicidas!
    —Así, ¿cree usted que deberíamos declarar la guerra a los norglans? —preguntó el lingüista.
    —Creo que deberemos volver hoy con ellos y hacerles saber que no estamos dispuestos a que nos traten a su capricho. Rechazar ese ultimátum. Es muy posible que ésa sea la forma más simple de su extraña forma de negociar: comenzar con una absurda petición y ceder después hasta llegar a un compromiso.
    —No —dijo entonces Dominici—. Quieren la guerra. Se ve que la están deseando. Bien, ¡se la daremos! Digámosle a Laurance que nos marchamos de aquí de vuelta a casa. Pondremos toda la cuestión en manos del Arconato y esperemos que suene el primer disparo.

    Stone sacudió lentamente la cabeza. —Bernard tiene razón, Dominici. Debemos volver e intentarlo de nuevo. No podemos volver a casa con los pies fríos y la cabeza caliente, o presentarnos como perros con el rabo entre las piernas, como le gustaría a Havig. Lo intentaremos de nuevo hoy.

    Se abrió la puerta de la cabina y entró el Comandante. Le seguían Clive y Hernández. Ellos también habían pasado la noche en vela, a juzgar por la palidez de su semblante y las ojeras que mostraban todos. Laurance hizo un esfuerzo para sonreír.

    —Es casi ya amanecido. Veo que no han dormido ustedes mucho.
    —Hemos estado discutiendo de si ir o no, e intentar una nueva conferencia con los norglans —repuso Bernard.
    — ¿Y bien? ¿Cuál es la decisión? —No estamos seguros. En realidad, nos hallamos divididos a tal respecto.
    — ¿Cuál es el punto de desacuerdo? —preguntó Laurance.
    —Creo que es llegada la hora de que la humanidad reflexione —dijo Havig con una sonrisa en son de excusa—. Nuestro amigo Dominici quiere volver a la Tierra; pero por razones contrarias. No piensa que valga la pena volver a conferenciar con los norglans.
    — ¡No entiende lo que digo! —restalló Dominici—. Han mostrado bien a las claras que temen a la guerra. Nosotros debemos mostrarles que...
    —Me gustaría guardarme mis objeciones para otra sesión —repuso Havig con su temple acostumbrado—. Hay algo en mi interior que me sugiere que ir a la Tierra ahora, nos llevaría a una guerra. Yo estoy del lado del Dr. Bernard y del Sr. Stone. Hablemos de nuevo con los norglans.

    Como si buscara un aliado, Dominici miró fijamente a todos con incertidumbre. Todos los ojos estaban posados en él en aquel momento. Tras un momento, frunció el entrecejo y dijo de mala gana: —Está bien, supongo que todos ustedes están de acuerdo. Pero no va a llevarnos a ninguna parte el hablar con ellos otra vez.

    — ¿Está decidido, pues? —preguntó el Comandante—. ¿Nos quedaremos otro día?
    —Sí —dijo Bernard—. Al menos, otro día. El desayuno fue una comida incómoda; tras toda una larga noche de discusiones y debates, nadie, prácticamente, tenía apetito. Bernard se fue tragando los alimentos preparados por Nakamura, más por obligación de alimentarse que por sentir apetito. Tenía el rostro macilento y ojeroso. Después se miró al espejo y se sorprendió de verse allí reflejado. Su cara había perdido toda su animada expresión. Mal afeitado, macilento y con los ojos hundidos, resultaba una visión poco agradable. Tal vez, su falta de energías y su pesadez, se pudiera deber a la gravitación en aquel planeta, que era una fracción mayor que la de la Tierra. Pero las causas principales, se debían, a la fatiga y a la desilusión.

    Se encaminaron una hora después de salir el sol, hacia el establecimiento colonial de los norglans. El calor comenzó muy pronto a dejarse sentir. Las plantas que habían recogido sus hojas durante la noche, ya las desplegaban a la caricia del sol del nuevo día. Por todas partes, en aquel mundo virginal, la vida parecía florecer en todos sus aspectos como en una eterna primavera. Sólo en el valle en que los norglans acampaban, la belleza natural de aquel mundo encantador se veía afeada por la actividad de la civilización.

    Y aquella colonia norglan, pensó Bernard, era el centro de una plaga desde el cual podría extenderse en todas direcciones la corrupción de la civilización, hasta que cualquier día, cada pulgada de aquella tierra virgen, tuviera que servir a los propósitos de sus colonizadores. Algún día, aquel mundo fresco y lujuriante en su prístina belleza natural, sería como la Tierra, civilizada hasta la última micropulgada de terreno. Bernard sacudió lentamente la cabeza en sus íntimas reflexiones. Havig estaba equivocado; era insoportable pensar en retirar los límites fronterizos de la esfera de dominio de la Tierra y abandonar un Universo completo e inmenso de mundos vírgenes a los norglans. Ya que llegaría el momento en que los nuevos mundos del sistema terrestre se convertirían en viejos y gastados, habría rascacielos en Betelgeuze XXIII y el sistema terrestre herviría de vida, sin lugar a donde ir, ya que todo sería del dominio de los norglans.

    ¡No!, pensó Bernard. Mejor condenar a ambos imperios a reducirse a cenizas, que entregar a los futuros descendientes del Hombre, en su derecho a nacer, en manos de los norglans.

    El día era caluroso para cuando los vehículos terrestres llegaron a los arrabales del establecimiento norglan.

    Los pieles verdes continuaban trabajando sin la menor señal de fatiga. Toda una enorme hilera de viviendas estaba siendo comenzada. Los norglans construían como si la velocidad con que erigían su colonia fuese una cuestión vital.

    Los hombres de la Tierra irrumpieron juntos en el centro de la colonia, con Bernard, Laurance y Stone a la cabeza del grupo. Los pieles verdes habían perdido todo interés en su presencia, y seguían trabajando continuamente sin mostrar la menor señal de curiosidad. Pero un piel azul, a quien Bernard reconoció como a Zagidh, les salió al encuentro.

    —Han vuelto ustedes —les dijo de plano.
    —Sí. Queremos hablar con Skrinri y Vortakel de nuevo —dijo Stone—. Dígales que estamos aquí.

    Zagidh hizo un extraño gesto con sus brazos de doble codo.

    —Los kharvish se han ido.
    — ¿Ido? '
    —Nosotros-ellos dijimos nosotros-yo no hablar ustedes-ellos de nuevo.

    Stone frunció el ceño, embarullado por la complejidad de la versión del piel azul en su lenguaje terrestre.

    —No hemos terminado de hablar con los kharvish. Tráigalos como hizo usted ayer.

    Los brazos de Zagidh repitieron sus extraños movimientos.

    —Yo puedo no hacer eso. Ellos no querer hablar a ustedes-ellos otra vez.

    Desde la retaguardia del grupo, llegó la amarga voz de Dominici.

    —Entregaron su ultimátum y se han marchado. Creo que estamos perdiendo el tiempo parloteando con ese cara azul. ¿Es que no está la cosa bastante clara?
    —Calma —le advirtió Bernard—. No nos rindamos tan pronto.

    Pacientemente, Stone intentó varias formas de aproximación. Pero el resultado fue siempre el mismo. Skrinri y Vortakel se habían marchado de vuelta al planeta patrio, ya nada tenían que hablar ni decir a los hombres de la Tierra. Y no, Zagidh no volvería a llamarlos por segunda vez. ¿Por qué tendría que hacerlo? La postura estaba clara como la luz del día. Skrinri había ordenado a los hombres de la Tierra no colonizar más nuevos mundos. ¿Acaso es que semejante declaración requería más explicaciones? —preguntó Zagidh.

    — ¿No ve usted que esto puede significar la guerra entre Norgla y la Tierra? — exclamó Stone exasperado—. Criaturas inocentes van a morir por causa de su testarudez. Tenemos que hablar de nuevo con los kharvish.

    Zagidh hizo uno de sus inverosímiles gestos con los brazos pero esta vez con más rapidez, denotando una evidente irritación.

    —Yo decir palabras que me han dicho. Ahora necesitar construir. Ustedes marchar. Los kharvish no volver.

    Y con un gesto final de los brazos de doble codo, Zagidh dio media vuelta e instantáneamente comenzó a dar instrucciones a grito pelado a un grupo de pieles verdes que marchaban próximos, cargados con unas pesadas cajas de equipo o herramientas. Los hombres de la Tierra, ignorados, se quedaron sin saber qué partido tomar a pleno sol, mientras que aquel incesante trabajo de colmena continuaba a su alrededor.

    —Creo que la cosa va en serio —dijo Bernard—. No parece que esto tenga remedio. Es posible que estén fanfarroneando; pero lo hacen de firme.
    — ¡Puff! ¡Los grandes señores no se quieren molestar en hablarnos! —gruñó Dominici—. ¡Marchaos, hombrecitos de la Tierra! ¡No nos molesten! ¡Están provocando la guerra!
    —Tal vez sea eso lo que quieren —repuso Bernard—. O quizás se imaginen que somos unas obedientes criaturas insignificantes que nos volvamos a casa para quedarnos dentro de las fronteras que ellos nos permiten tener...
    —Esto nos viene como un castigo por nuestro orgullo —dijo Havig—. Estuvimos en el Universo solos por demasiado tiempo. En la soledad, un hombre desarrolla una extraña fantasía hacia el poder... fantasías que se caen por su base cuando sabe que ya no está solo.
    —Bien, caballeros, supongo que debemos volver a la Tierra —dijo con calma el Comandante—. ¿O quieren todavía decir algo a Zagidh antes de que nos vayamos?

    Bernard sacudió la cabeza negativamente.

    —No hay nada que podamos decirle más.
    —Sí, creo que debemos marcharnos. Hemos llegado a un callejón sin salida. El Arconato tendrá que decidir qué va a suceder... y no nosotros —opinó tristemente Stone.

    El grupo se volvió hacia los vehículos y comenzó a alejarse de la colonia norglan. Volviendo la cabeza hacia atrás, Bernard comprobó que nadie se preocupaba de observar su partida. Aquello le tenía totalmente sin cuidado a todos los norglans.

    Viajaron de vuelta a la astronave a través de las onduladas colinas y las praderas, por el sendero ya casi bien formado y en silencio. Bernard sentía que su corazón era un pedazo de frío plomo contra sus costillas. Se estremeció pensando en lo que tendría que decirle al Tecnarca a pocos días fecha. McKenzie se pondría furioso; quizá la galaxia ardería en una guerra espantosa tan pronto como las naves del modelo superlumínico estuviesen dispuestas en suficiente número.

    —Así... creo que iremos a la guerra —dijo Stone, al fin—. Y ni siquiera sabemos realmente, contra quién tendremos que luchar.
    —Ni ellos saben tampoco quiénes somos nosotros —hizo resaltar Laurance—. Seremos como unos ciegos que luchan en la oscuridad. Nuestro principal objetivo será el hallar Norgla y el suyo localizar la Tierra.
    — ¿Y si no disponen de naves superlumínicas? —apuntó Bernard. No estarían en condiciones de llegar a la Tierra; pero nosotros sí que podríamos atacarles de firme.
    —Hasta la primera ocasión en que capturen una de nuestras astronaves —comentó Laurance—. Tienen que disponer de la propulsión superlumínica. De otra forma, no creo qué se arriesgasen a una guerra tan a la ligera.

    Desde la parte delantera del vehículo, Clive soltó una risita burlona.

    —Es curioso... —dijo—. Hemos podido seguir como estábamos durante miles de años sin haber caído jamás cerca de esos norglans. Si no hubiésemos construido el XV-ftl, y si no hubiese dado la casualidad de haber tomado contacto con un planeta colonizado por ellos, y si el Tecnarca no hubiese decidida negociar por adelantado el conflicto...
    —Esos son muchos síes —comentó Bernard.
    —Pero son todos válidos —protestó Clive—. Si nos hubiéramos ocupado de nuestros propios asuntos y expandido a un ritmo normal, nada de todo esto hubiera ocurrido.
    —Lo que dice su subordinado está muy cerca de la traición—dijo Stone al Comandante.
    —Déjele que hable —repuso el astronauta con un encogimiento de hombros—. Ya hemos escuchado a los Arcontes y ¿a dónde nos están llevando? Precisamente al mismo problema de la guerra que el Arconato se propuso abolir al establecerse, por tanto...
    — ¡Laurance! —restalló Bernard. El Comandante sonrió con calma.
    — ¿Cree también que estoy hablando como un traidor? Muy bien, cuélguenme en el árbol más cercano al de Clive. Pero ésta será la guerra que tendrá que afrontar McKenzie ¡por el Espacio! Y se gane o se pierda, lo más seguro es que el Arconato se vaya al cuerno.


    —X—


    LAS PALABRAS desafiantes de Laurance permanecieron en la mente de Bernard, mientras que éste se dirigía hacia su cabina preparándose para el despegue. No era frecuente que se oyera de nadie expresar un antagonismo tan libremente frente al Arconato, especialmente cuando aquel estallido de rebeldía procedía de un hombre de la talla de Laurance. Bernard comprobó que el pequeño intercambio de palabras al respecto, le habían excitado los nervios en mayor medida que la que era de esperar. Estamos condicionados en el amor y el respeto al Arconato, pensó. Y no nos damos cuenta de cuan profundamente se halla arraigado ese acondicionamiento mental, hasta que surge alguien que roza el problemas

    Resultaba extraño el pensar que se criticase al Arconato o a cualquier Arconte en particular. Al hacerlo así, se producía virtualmente una demostración atávica del urgente deseo de volver a los días de la terrible confusión que precedieron al Arconato. Y tal retorno a semejante situación, era, desde luego, inconcebible.

    Los Arcontes habían gobernado la Tierra desde los lejanos días de la edad del espacio en sus comienzos. El Primer Arconato había surgido de la anarquía de pesadilla del siglo XXII, de la desorganización y la desesperación del género humano; trece hombres fuertes y verdaderos, habían empuñado las riendas del mando y establecido las cosas en su justo lugar. Antes del Arconato, la humanidad, dividida en nacionalidades, no había hecho otra cosa que agitarse en guerras intestinas y lanzarse unas a otras a la garganta como perros rabiosos, mientras que las estrellas esperaban en vano. Pero la invención por Merriman, de la transmateria, había hecho posible la promulgación del Arconato, con el propio Merriman como el primer Tecnarca, hacía ya cinco siglos. El hombre había aceptado el gobierno de la oligarquía y los Arcontes habían llevado al hombre hacia las estrellas.

    Y, entrenando y eligiendo a sus propios sucesores, el Arconato había permanecido firme como una roca, como un cuerpo de suprema autoridad mundial, ya entonces casi tan sagrado para la Tierra como para cualquier otro planeta de su esfera de dominio. Pero Martin Bernard había estudiado muy bien la historia medieval y había aprendido que los patrones y sistemas del pasado demostraban que ningún imperio se sostenía por sí mismo indefinidamente. Todos y cada uno, a su tiempo, cometían su error fatal, para dar paso a otro sistema de gobierno.

    ¿Estaría a punto de terminar el ciclo del Arconato?, pensó Bernard mientras aguardaba impaciente el despegue de la astronave. Un mes atrás, semejante idea ni siquiera se le hubiera ocurrido. Pero quizás McKenzie —uno de los más grandes Tecnarcas desde Merriman, admitido por todos—, se había sobrepasado a sí mismo, había cometido el pecado que los griegos denominaban con la palabra hybris, al empujar a los hombres a romper las fronteras del límite de la velocidad. Aquel empuje desmedido y soberbio de McKenzie en el espacio interestelar, llevaría ahora la amenaza de una guerra devastadora a la Tierra, guerra que pulverizaría la paz de cinco siglos, con todos los logros adquiridos con su beneficio, aniquilando de paso en su caída, al Arconato, que pasaría al limbo del olvido con otros sistemas de gobierno y de suprema autoridad del hombre desde hacía ocho mil años.

    Nakamura entró en la cabina.

    —El Comandante Laurance, dice que estamos dispuestos a partir. ¿Están todos dispuestos en las literas de aceleración?

    Hacia casa como un puñado de perros apaleados, reflexionó Bernard para sí. Comprobó los cinturones de seguridad y esperó la partida.

    La señal llegó momentos después. Con sus estabilizadores retráctiles y posado en la pradera, el XV-ftl se erguía orgulloso, mientras que a diez millas de distancia, otra raza extraña estaba construyendo su colonia. Un trueno de iones lanzó la astronave hacia arriba, hasta que el planeta se fue alejando y desapareció como una mota brillante contra el llameante resplandor de aquel sistema cuyo sol ni tenía nombre. En el interior de la nave, Bernard yacía sobre su litera, sufriendo la inevitable tracción aceleradora, tenso y con las molestias de tres G que el XV-ftl empleaba para su velocidad de escape.

    El tiempo fue pasando monótono e incierto. El sociólogo dejó de pensar en nada; el pensar no era más que repasar el catálogo de las humillaciones sufridas, y repetir la cuenta del tratamiento que había recibido de manos de Zagidh y de los orgullosos norglans Skrinri y Vortakel. Esperó, con la mente ausente volando en el vacío espacial, mientras que la astronave incrementaba su velocidad en cada continuo instante de su aceleración.

    Al fin, cesó la aceleración. La velocidad se hizo constante. Y todos pudieron relajarse.

    Peterszoon entró en la cabina para informarles que la conversión al hiperespacio era inminente. El grande y talludo holandés, taciturno como siempre, se limitó a informar estrictamente del hecho y salió sin otras palabras. Peterszoon ya había dado claramente a entender que no tenía el menor interés en el viaje, y mucho menos en los cuatro pasajeros. Se le había ordenado por el Tecnarca servir en la tripulación, y eso estaba haciendo; pero las órdenes del Tecnarca no implicaban el sonreír a nadie.

    Algún tiempo después, el gong de aviso comenzó a sonar. Bernard se puso tenso y nervioso. Entraban al no-espacio, al misterioso vacío del hiperespacio, lo que significaba en la práctica, que en menos de un día aterrizarían en la Tierra. No halló ninguna alegría en volver al hogar. En los tiempos antiguos —siguió pensando Bernard— un mensajero portador de malas noticias era muerto a renglón seguido. Nosotros no tendremos tanta suerte. Tendremos que vivir... y ser conocidos por siempre como los hombres que fueron derrotados por los norglans sin saber evitarlo.

    Casi instantes antes de que llegara la conversión, Bernard se volvió para captar un vistazo final del sistema solar que quedaba atrás. No habían perdido por completo la vecindad de la estrella NGCR 185.143; brillaba en la pantalla con un disco apreciable todavía como una moneda de hierro de cinco créditos y fugazmente visible entre su resplandor, los oscuros puntos de sus planetas semiocultos. Después las luces de la cabina parpadearon y la pantalla se recubrió del gris indescifrable propio del hiperespacio. Bernard sintió el extraño golpe que le separaba del mundo que conocía.

    Se había efectuado la conversión.

    Ahora, transcurrirían diez y siete horas de espera terrible, sin fin. Bernard tomó un libro de su pequeño armario. Su existencia tan ordenada y simétrica de enseñar, leer y tomarse un brandy a sorbos regularmente, le pareció entonces infinitamente distante; pero esperó volver a captar algo, al menos, de la vida que le gustaba, antes de haber sido llevado a aquella misión capaz de destrozar los nervios de un superhombre.

    ¿Deberé compararte a un día de verano?
    Tú eres más hermosa y más atemperada fuertes vientos sacuden las flores de Mayo;
    el verano tiene un encanto fugaz,
    a veces el ojo del cielo brilla con demasiado fuego.
    Y con frecuencia su dorada luz amengua,
    y de tanto en tanto, todo se agosta y declina,
    en virtud de la naturaleza cambiante...


    Bernard suspiró con una completa frustración, dejando a un lado el libro. Era inútil, absolutamente inútil.

    — ¿Qué está leyendo? —preguntó Dominici.
    —No estoy. Estaba. No puedo concentrarme.
    —Bien, ¿y qué era?
    —Shakespeare. Un poeta inglés medieval.
    —Sí, sí, he oído hablar de Shakespeare —dijo Dominici—. ¿Era uno de los verdaderamente grandiosos, verdad?

    Bernard sonrió mecánicamente.

    —El más grande de todos, según creen algunos. Tengo aquí uno de sus libros de sonetos. Pero es inútil leerlos. No puedo evitar el recordar que Shakespeare murió hace mil doscientos años; la cara de Skrinri se interpone entre la página y yo.
    —Veamos, démelo, por favor. Nunca leí nada de eso. Tal vez me guste.

    Encogiéndose de hombros, Bernard le alargó el libro. Dominici lo abrió al azar y casi en el acto, frunció el .entrecejo. Levantó los ojos de la lectura a los pocos instantes.

    — ¡Esto no puede leerse! No me diga que lo ha estado usted leyendo en el original. ¿Qué es esto? ¿Griego? ¿Sánscrito?
    —Inglés —repuso Bernard—. Es una afición particular mía, el estudiar las antiguas lenguas. Pero siga adelante, fíjese en cada palabra y pronúnciela fonéticamente como pueda. El inglés de Shakespeare no está suprimido de la Tierra hace tanto tiempo. Es que parece extraño. Pero debe saber que esa lengua «extraña» es la antepasada directa de nuestro idioma.

    Dominici hizo un signo de extrañeza nuevamente, murmuró unas cuantas palabras con gran dificultad, a título experimental y pareció rendirse.

    —Creo que es algo imposible para mí. Incluso aunque pudiera descubrir todas las palabras, nunca captaría el sentido que tienen. Tómelo.

    Bernard se hizo cargo del libro. Era singular; pensó, se había hecho de forma tan natural al antiguo inglés que lo leía sin la menor dificultad. Pero tuvo que admitir, que no era, en realidad muy contemporáneo respecto al lenguaje terrestre. Cientos de años de civilización utilizando la transmateria, había mezclado de tal forma las lenguas de la Tierra en una homogénea, que tenía sus fundamentos en el inglés, pero inmensamente distinta en su estructura universal.

    Resultaba extraño pensar que había existido una época en que los hombres habían hablado centenares de lenguajes distintos, y miles de dialectos. Pero así había sido el mundo a pocos siglos de distancia en el pasado. Sólo la transmateria, capacitando a una persona para ser más veloz que el rayo en sus desplazamientos, había reafirmado la continua uniformidad del lenguaje terrestre y su cultura por todas partes.

    Puso el libro a un lado. La concentración era imposible; intervenían en la mente demasiados factores de temor, extraños e impalpables. Se sintió las manos frías por la tensión interna. La pantalla visora no mostraba nada, excepto el gris extraño y sin configuración posible del hiperespacio; resultaba imposible también decir si se estaban moviendo; pero lo cierto es que allí estaban, salvando incalculables distancias del universo a cada fracción de segundo, lanzados hacia la Tierra a velocidades superlumínicas.

    Bernard no deseaba en modo alguno ver la cara del Tecnarca McKenzie cuando recibiese las noticias respecto a los norglans, y a su ultimátum. Pensó que de alguna forma, sería mejor enviarle alguna especie de informe escrito. Pero no habría forma de escapar a la prueba; la información tendría que ser dada en persona. Aquél sería un momento temible, de eso estaba bien seguro.

    La cabina permanecía silenciosa. Havig, continuaba como inmerso en aquella impenetrable capa de abstracción que le era tan peculiar, como en una permanente comunión con Dios; era inútil, pues, buscar su compañía. Dominici se había quedado dormido. Stone miraba sin apartar la vista de aquel gris extraño de la pantalla, obviamente pensando en el fracaso total de su carrera diplomática. Un hombre que va a negociar un tratado y vuelve con el ultimátum de un enemigo, no puede soñar siquiera con llegar algún día a formar parte del Arconato.

    Bernard se dirigió fuera de la cabina y se encaminó a la sala de control situada en el morro de la astronave. La puerta estaba abierta. En su interior, pudo apreciar a los cinco hombres de la tripulación dedicados por entero a su trabajo, como partes de un mismo organismo, una extensión de la propia astronave. Durante unos minutos, ninguno se apercibió de la presencia del sociólogo, a pesar de haber entrado y fisgoneado con curiosidad en las luces coloreadas de los computadores y los diversos controles, escuchando de tanto en tanto, los chasquidos mecánicos de las computadoras electrónicas.

    Fue el Comandante el primero en verle. Volviendo los ojos, Laurance le miró con el ceño fruncido. A Bernard le pareció que las facciones de Laurance aparecían extrañamente rígidas, casi torturadas.

    —Lo siento Dr. Bernard. Estamos muy ocupados. ¿No le importaría permanecer en su cabina?
    —Ah, sí, claro, por supuesto. Lamento haber hecho el intruso...

    Molesto e irritado, Bernard volvió a la parte de la astronave destinada a los pasajeros. Nada había cambiado. El reloj indicaba que quedaban todavía casi catorce horas de viaje por el hiperespacio.

    Se sentía hambriento. Pero a pesar del paso de las manecillas del reloj, nadie aparecía para anunciarles que era la hora de comer algo. Bernard esperó.

    — ¿Tiene apetito? —le preguntó Stone.
    —Sí, bastante. Pero todos parecen muy ocupados cuando estuve a verles hace un rato. Tal vez no tengan tiempo para ocuparse por ahora de la comida.
    —Esperaremos otra hora —dijo Stone—. Entonces comeremos sin ellos.

    Pasó la hora, y otra media, y otra hora más, completa. Stone y Bernard subieron ambos hasta la cabina de control y comprobó que los cinco hombres de la tripulación estaban frenéticamente dedicados a sus quehaceres como antes. Encogiéndose de hombros, salió sin ser advertido de nuevo.

    —No parece que tengan planeado el comer —dijo Bernard—. Creo que podríamos hacerlo nosotros por nuestra cuenta.
    — ¿Y los otros dos?
    —Dominici está dormido y Havig sumido en la meditación. Después de todo, pueden comer cuando les parezca.
    —Creo que tiene usted razón —convino Stone.

    Y se dedicaron a buscar los alimentos sintéticos. Nakamura conservaba la despensa en perfecto orden, con cada cosa en su lugar. Fijándose en el almacenamiento de los alimentos, en sus alacenas, Bernard descubrió con sorpresa que la astronave llevaba alimentos para cuando menos, varios meses. Esto debe ser para un caso de emergencia, pensó automáticamente. Después, pensó en sí mismo. ¿Una emergencia? Por primera vez, se dio cuenta de que el XV-ftl era una astronave experimental y que los viajes a velocidades superlumínicas, se hallaban todavía en su infancia.

    Bernard preparó algunos alimentos con menos destreza culinaria que Nakamura, y los tomaron en silencio. Era la séptima hora del viaje por el hiperespacio para cuando terminaron la comida. En menos de medio día, el XV-ftl surgiría al universo familiar y al normal continuo espacio-tiempo, en alguna parte próxima a la órbita de Plutón.

    Volviendo a la cabina, Bernard se sentó en su litera. Dominici se había despertado.

    — ¿Me he perdido el almuerzo? —preguntó.
    —La tripulación está demasiado ocupada para tomarse ningún respiro —dijo Stone— . Nos hemos preparado el almuerzo nosotros mismos. Estaba usted profundamente dormido y no quisimos despertarle.
    —Ah, está bien.

    Dominici se dirigió por su cuenta en busca de comida y a poco le siguió Havig. Bernard siguió tumbado en su litera, con las manos tras la cabeza y se adormiló durante un buen rato. Cuando despertó, habían transcurrido seis horas más y volvió a sentir apetito.

    —Creo que se han perdido ustedes algo —les aseguró Dominici—. La tripulación continúa condenadamente atareada allá en la cabina de control.
    — ¿Todavía? —preguntó Bernard alarmado. Y comenzó a sentirse a disgusto e inquieto.

    Las horas continuaban pasando. Ya quedaban sólo tres horas, dos, una. Comenzó a contar los minutos. El plazo de las diecisiete horas del hiperespacio había terminado. Deberían ya haber efectuado la conversión; pero no llegaba la menor noticia procedente de la cabina de mando. La conversión comenzó a retrasarse en veinte minutos, en treinta. Una hora.

    — ¿Supone usted que haya alguna razón especial para que dure más la conversión del hiperespacio en el viaje de vuelta que en el de ida? —preguntó Stone.

    Dominici se encogió de hombros.

    —En el hiperespacio la teoría no significa casi nada. Pero no me gusta esto. En absoluto.

    Cuando ya iba en retraso la conversión por tres horas, Bernard que ya no podía soportar más la tensión reinante, dijo tenso:

    —Tal vez sea mejor que subamos a ver lo que pasa.
    —Todavía no —opinó Stone—. Seamos pacientes.

    Intentaron serlo. Sólo Havig lo consiguió, continuando inmóvil en su calma inalterable. Transcurrió otra hora, más difícil que las ya pasadas. De repente, el gong sonó por tres veces, reverberando el sonido por toda la astronave.

    —Al fin —murmuró Bernard con alivio—. Con cuatro horas de retraso.

    Las luces se oscurecieron, les llegó la indefinible sensación producida por la transición y al instante, la pantalla se iluminó con las luces del espacio normal. Por fin habían retornado al Universo...

    Pero entonces, Bernard, frunció el ceño. La pantalla visora...

    No era astrónomo; pero aun así se dio cuenta de que algo sorprendente y fantástico había ocurrido. Aquéllas no eran las constelaciones que conocía; las estrellas no aparecían en modo alguno de aquella forma en la órbita de Plutón. Aquella brillante estrella azul doble, con un círculo de otras pequeñas estrellas... era una formación celestial que jamás había visto antes, ni tenía la menor noción de lo que pudiera ser. Un frío pánico le recorrió la médula.

    Laurance entró en la cabina súbitamente. Tenía el rostro pálido como una hoja de papel y sus labios incoloros, como si la sangre se hubiera retirado de ellos.

    — ¿Qué sucede, Comandante? —preguntaron Bernard y Dominici al mismo tiempo. Sin perder la calma, Laurance, contestó:
    —Encomiéndense ustedes a cualesquiera que sean los dioses en que creen. Nos hemos salido de la trayectoria prevista al efectuar la conversión. No sé dónde estamos... pero parece lo más verosímil que estemos a cien mil años luz de distancia de la Tierra.


    —XI—


    ¿QUIERE USTED DECIR QUE ESTAMOS PERDIDOS? —preguntó Dominici como si la voz se negara a salir de su garganta. —Eso es exactamente lo que he querido decir.

    — ¿Y por qué no lo dijo antes? —demandó Bernard ansioso—. ¿Cómo es que nos ha dejado permanecer en tal incertidumbre hasta ahora?

    Laurance se encogió de hombros.

    —Estuvimos haciendo compensaciones de la más diversa índole intentando volver sobre la trayectoria justa; pero ha resultado algo imposible. No hemos hallado ni una sola de las referencias calculadas en nuestro viaje. Y parece que cuanto hicimos han empeorado el estado de las cosas. Como análisis final, no sabemos realmente ni una pizca de la navegación ultralumínica. —Los hombros de Laurance parecieron caer en un gesto de desamparo—. Decidimos rendirnos hace ya bastante rato y hacer la conversión al universo normal. Pero no hallamos ahora ni la más leve señal que nos resulte familiar en este cielo. Estamos absolutamente extraviados en el espacio.
    — ¿Y cómo ha podido suceder tal cosa? —quiso saber Stone—. Yo creí que nuestra ruta estaba predeterminada... y todo calculado automáticamente por anticipado...
    —Hasta una cierta medida, sí —convino Laurance—. Pero existen otros ajustes delicados y muy precisos y un margen de falta de control posible. Puede que sea un fallo mecánico, o tal vez un error humano. No lo sabemos.
    — ¿Importa eso ahora? —dijo Bernard.
    —Poco, en realidad. Una millonésima de segundo en un error de paralaje... que se convierte en una distancia fabulosa de la ruta prevista casi instantáneamente. Y de esa forma... es como nos encontramos aquí.
    — ¿Y dónde? —preguntó Stone.
    —Lo mejor que puedo ofrecerles, es una suposición aproximada. Creemos que hemos surgido del no-espacio en alguna parte de la Gran Nube de Magallanes(14). Hernández está ahora efectuando algunas observaciones pertinentes. Hemos localizado una estrella de la que estamos bastante seguros que se trata de la S de la constelación del Dorado, lo que aclararía mejor las cosas.
    —Vaya, así no estamos tan lejos de casa —dijo

    Dominici con una risita burlona—. Sólo en la galaxia más próxima, eso es todo. ¿Qué es, una bagatela de 50.000 parsecs?(15)

    —Si sabemos, al menos, dónde estamos —dijo Stone—, ¿no podríamos estar en condiciones de hallar la vuelta a la Tierra?
    —No necesariamente —replicó Laurance—. El viaje por el hiperespacio, no sigue ninguna pauta lógica. No existe correlación entre el tiempo y la distancia y no hay forma de determinar la dirección. Estamos viajando a ciegas; lo mejor que podemos hacer es enviar al exterior una nave experimental no tripulada, seguir su rastro, hallar a dónde va y después duplicar su ruta. Sólo que no disponemos de naves auxiliares no tripuladas. Nuestra sola oportunidad de llegar a casa es la computación de ensayar y equivocarse, lo que es tan razonable el asumir que en nuestro próximo salto nos hallemos cerca de Andrómeda(16) como de vuelta a nuestra propia galaxia.
    —Al menos, creo que debería intentarse —opinó Bernard.
    —No estoy muy seguro que debamos hacerlo. En este momento, estamos en una galaxia bastante parecida a la nuestra. Podría ser mucho más prudente elegir y dirigirnos a un planeta del tipo terrestre y establecernos allí más bien que vagar a ciegas por el hiperespacio, para ir a embarrancar a algún punto del infinito, entre galaxias, donde nos espera inexorablemente la muerte por inanición.
    —Es mejor morirse de hambre en el intento de volver al hogar —dijo entonces Havig rompiendo su silencio—, que perdernos en un mundo extraño.
    —Probablemente tenga usted razón —dijo Laurance—. Pero hemos de pensar las cosas muy cuidadosamente antes de precipitar los acontecimientos y tomar una determinación. Tenemos alimentos en la nave para tres meses. Así, tenemos tiempo por delante para buscar la mejor solución antes de que tengamos que buscar un planeta habitable. Yo...

    Nakamura entró repentinamente en la cabina. En voz baja, dijo al Comandante:

    —Comandante, ¿podría venir usted allá arriba un momento? Hay algo que nos gustaría que viese usted.
    —Claro que sí. Excúsenme, caballeros.

    El astronauta salió de la cabina. Por bastante tiempo, se hizo un denso silencio entre los que allí quedaban, después de haber marchado el Comandante. Bernard miraba fijamente a la pantalla visora. Era una visión que cortaba la respiración: un fabuloso campo de estrellas, una Vía Láctea que ningún ser humano había contemplado antes jamás. Unas estrellas radiantes gigantes, blancoazuladas, alternando con otras de un rojo pálido ocupaban toda la zona de visión. Y en la parte baja de la pantalla, una nebulosa en espiral, con un brazo que surgía a cada extremo. Con una sorpresa que le golpeó casi físicamente, Bernard se dio cuenta de que estaba mirando a su propia galaxia. En alguna parte dentro de aquellos cien mil millones de estrellas lejanas, estaría la masa del Sol y los millares de mundos que pertenecían a la esfera de dominio de la Tierra; allí también, estaban los mundos de los norglans, aparte de muchos otros millones de mundos inhabitados e inexplorados. Y todo estaba allí, ambos imperios rivales y tal vez toda la vida inteligente del Universo, pareciendo en la distancia como un parche brillante de no mayor tamaño que una mano.

    Bernard sintió que se le cortaba la respiración. Era algo inimaginable la vista de la galaxia desde una distancia de 50.000 parsecs. Aquello le mostraba claramente una diferente perspectiva de las cosas, y le demostraba visiblemente, qué pequeño era el hombre en sus locas ambiciones de poder y de gloria, en comparación con la incomprensible grandeza del Universo. A semejante distancia, era imposible distinguir ninguna estrella conocida de la Galaxia patria, a simple vista. Pero con todo, en aquel enjambre arracimado de estrellas que brillaba en un rincón de la pantalla, ¿cuántos grandiosos planes de conquista universal nacían antes de cada amanecer?

    Stone se puso a reír amargamente y desamparado.

    — ¿Qué cosa es peor, de todas formas? ¿El hallarse perdido aquí a 50.000 parsecs del hogar... o volver a la Tierra con el ultimátum de los norglans? Por lo que a mí respecta, creo que más bien quedaría perdido para siempre en el Cosmos, que volver a la Tierra llevando tal clase de noticias.
    —Pues yo no —dijo Dominici sin vacilar—. No estoy en su misma situación. Si volvemos a la Tierra, sobreviviré a la rabia del Tecnarca y a su ira y tal vez incluso tenga la suerte de sobrevivir también a la guerra con los norglans. Al menos, si tuviera que morir, no sería una muerte tan solitaria y espantosa. No puedo compartir con usted su preferencia de quedarse perdido en el espacio. No sería la cosa tan mala con un par de mujeres a bordo, quizás; pero de ningún modo perdido y embarrancado sin ninguna esperanza en esta forma, en el borde de la nada. ¿Nueve Adanes sin ninguna Eva? Eso no es para mí, amigos.

    Ignorando la discusión, Bernard continuó mirando fijamente aquel cielo extraño por la pantalla de la escotilla.

    Una vez, pareció que diez mil años luz de distancia de la Tierra era una inconcebible separación, por lo vasta e incalculable. Pero no lo era, realmente, cuando se la situaba en su apropiada perspectiva. La Tierra y Norgla estaban virtualmente a cuatro pasos de la misma vecindad, cuando se consideraba la cuestión desde el lugar en que Bernard observaba el Cosmos. Bernard no pudo por menos que sonreír irónicamente. ¡Y pensar que los norglans y nosotros estábamos dispuestos a dividirnos el Universo en partes iguales! ¡Qué cósmica arrogancia, qué fantástico disparate! ¿Qué derecho tenemos ninguno de nosotros, encerrados en los límites de nuestra pequeña Galaxia, a reclamar todavía algo más allá de sus límites?

    — ¿Qué le parece, Bernard? —preguntó Dominici—. No ha dicho usted esta boca es mía... ¿Qué piensa de la idea de Stone? ¿Prefiere usted quedarse perdido en el espacio o volver siendo el portador de las malas noticias?
    —Oh, yo prefiero volver a casa —dijo Bernard casi ausente—. Sí, no tengo dudas al respecto. Echo mucho de menos mis libros, mi música e incluso mis discípulos.
    — ¿No tiene familia?
    —En realidad, no —repuso Bernard—. Estuve dos veces casado, y me divorcié en ambos casos. Tengo un hijo en alguna parte, de mi primera esposa. Se llama David Martin Bernard. No le he visto desde hace quince años. Creo que no utiliza mi apellido. Ha crecido pensando que alguien distinto ha sido su padre. Creo que si le encontrase en la calle, ni siquiera me reconocería por el nombre.
    —Oh... —repuso-el biofísico confuso—. Lamento haberle recordado todo eso...

    Bernard se encogió de hombros.

    —No tiene que excusarse. No es nada que pueda herirme, nada de eso. Es sencillamente que yo no tengo madera de padre de familia. No soy capaz de sentirme suficientemente ligado a otra gente, excepto en cuestiones de amistad, de estudios o relaciones sociales, fuera del hogar. La lástima es que no me hubiera dado cuenta de todo ello, antes de mi primer matrimonio, esto es todo. —Bernard mientras hablaba, se estaba preguntando interiormente por qué tendría que explicar todo aquello—. No fue sino hasta que se rompió el segundo matrimonio —continuó—, cuando comprobé que temperamentalmente yo había nacido para soltero definitivamente. Por tanto, no me liga nadie en cuestión familiar, a la Tierra. Pero, sin embargo, me gustaría volver allá, así y todo.
    —Creo que todos lo deseamos —dijo Stone—. Lo que dije hace pocos minutos antes, no fue realmente sentido. Creo que ha sido una opinión producto de esta extraña situación...
    —Yo también estuve casado una vez —dijo entonces Dominici, a nadie en particular—. Ella era un técnico de laboratorio con unos cabellos dorados preciosos y nos fuimos de luna de miel a Farraville, en Arturo. X. Murió hace diez años.

    Y seguramente aún no te has repuesto de la tragedia, pensó Bernard, comprobando el gesto de angustia en las facciones de Dominici. El sociólogo se sintió a disgusto. Hasta aquel momento, había existido una especie de comprensión y entendimiento entre los cuatro, si bien para nada se había tocado la vida privada del grupo ni de ninguno de sus componentes. Pero ahora todo parecía salir a relucir, seguramente como un alivio de la tensión sufrida, dadas las circunstancias, con sus tristes biografías, el relato de sus amores perdidos, sus frustraciones y los pequeños e íntimos problemas personales. La situación en la cabina se le hacía así intolerable. Cada uno parecía estar deseando explicar su autobiografía, mientras que los demás escuchaban. Bernard pensó que en el fondo, la culpa era suya, por haber tocado al resorte de las revelaciones.

    Stone habló a su vez.

    —No estuve nunca casado, por lo que en ese particular, no tengo nada que me ate a la Tierra. No es que nunca hubiese alguna mujer en mi vida; pero la cosa no marchó bien, pero eso no importa. No quiero echar raíces por el resto de mi vida en un planeta extraño a mitad del Universo de distancia de la Tierra. Morir solitario, desconocido, olvidado...
    — ¿Sería así la voluntad de Dios, no es cierto? —intervino Dominici—. Todas las cosas son la voluntad de Dios. Todo lo que hay que hacer es esperar a que Dios derrame sobre uno todas las dificultades y entonces, encogerse de hombros estoicamente porque esa es Su voluntad, y por tanto, es inútil quejarse. —La voz de Dominici se iba exaltando en un tono nervioso y penetrante—. ¿No es así, Havig? Usted es un experto en las cosas de Dios. ¿Cómo es que no nos ha dedicado usted sus especiales sermones para consolarnos? Nosotros... ¡Havig!

    Bernard se volvió rápidamente.

    Le resultó algo sorprendente lo que vio. Sentado en su litera y aislado de los demás, según era en él cosa usual, sin tomar parte en la conversación, el neopuritano estaba sufriendo en silencio lo que sin duda alguna era un ataque de histerismo.

    Como otro cualquiera de los extraños aspectos de su personalidad incluso aquella histeria, era algo reprimido, introvertido.

    Su cuerpo estaba siendo sacudido por una serie de sollozos, y Bernard pudo comprobar que la tremenda resistencia que Havig oponía a su expansión le estaba atacando con una demoníaca intensidad. Tenía los ojos húmedos por las lágrimas, las mandíbulas terriblemente apretadas y los nudillos de las manos, blancos de la tremenda fuerza que ejercía contra los bordes de la litera. Aquellos sollozos le hacían temblar de pies a cabeza, sin dejar escapar de su boca ni el menor sonido. El conflicto entre la disciplina y el colapso era evidente. El efecto, era totalmente asombroso.

    Los otros tres parecieron helados por la sorpresa, durante unos instantes. Después, fue Dominici quien le gritó:

    — ¡Havig! ¡Havig! ¿Qué le ocurre? ¿Está usted enfermo?
    —No... no estoy enfermo, —repuso en una voz hueca y profunda.
    — ¿Qué le sucede, hombre? ¿Hay algo que podemos hacer por usted?
    —Que me dejen solo —murmuró el neopuritano.

    Bernard se quedó mirando fijamente al neopuritano, consternado. Por primera vez, el sociólogo sintió que había penetrado a través de la máscara con que se recubría Havig y comprender lo que le ocurría.

    — ¿No pueden ustedes ver lo que está pensando? —dijo a Stone y Dominici—. Está pensando que toda su vida ha sido un buen hombre, observando los caminos de Dios como él los ve, trabajando de duro y rezando. Le ha adorado como supone que Él debe ser adorado. Y ahora... esto. Perdido aquí, a miles y miles de millones de millas de su hogar, de su iglesia, de su familia. De su esposa, de sus hijos. Perdido. ¿Por qué? Se siente aplastado por la realidad de esta situación. Y no sabe por qué.

    El hombretón se puso en pie y echó dos pasos hacia adelante con los ojos fijos y las mandíbulas apretadas como un epiléptico.

    — ¡Cójanlo! —gritó Dominici presa del pánico—. ¡Se está volviendo loco! ¡Echémosle una mano o perderá el juicio!

    Sin perder un segundo, los tres hombres se lanzaron sobre él. Bernard y Stone le cogieron por uno de sus largos y enormes brazos, mientras que Dominici se lanzó hacia adelante sujetándole por los hombros. Juntos, a la pura fuerza, le obligaron a tumbarse en la litera y a que permaneciera en aquella posición.

    Los ojos de Havig brillaban como los de un loco con una furia incontenible.

    — ¡Quiten sus manos de mí! ¡Váyanse! ¡Les prohíbo que me toquen! ¿Me han oído? —Bueno, bueno, quédese ahí y cálmese —le dijo Bernard—. Relájese, Havig. Quédese quieto, por favor; eso le hará bien.
    —Cuidado con él —murmuró Dominici.

    Pero Havig no ofrecía ya resistencia. Miró hacia el suelo y murmuró con una voz introspectiva:

    —He debido cometer algún pecado..., tengo que haberlo hecho...; si no, ¿por qué tendría que haber ocurrido esto? ¿Por qué Él me ha desamparado a mí..., a todos nosotros?
    —No es usted el primero que se hace esa misma pregunta —dijo Dominici—. Al menos se halla usted en buena compañía. Aquella especie de opinión blasfema tuvo la virtud de sacar a Bernard de sus casillas y se encolerizó por alguna extraña razón que ni él mismo comprendió:
    — ¡Cállese, idiota! —restalló indignado—. ¿Es que quiere volverle loco? Denme mejor un sedante. —De alguna forma he tenido que ofenderle sin darme cuenta —continuó Havig—. Y Él ha apartado su luz de mí. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué nos has desamparado?

    Bernard sintió cordialmente una oleada de piedad y compasión tan intensa que le sorprendió interiormente. Aquél era un individuo a quien una vez había despreciado por místico y fanático, un hombre a quien había atacado en letras de molde en términos que ahora comprendía que habían sido extremados. Pero ahora la corteza de fe que recubría a Havig parecía saltar hecha añicos, y Bernard no pudo por menos que sentirse apiadado intensamente con la situación del neopuritano.

    Inclinándose sobre él, le dijo con fuerza en sus palabras:

    —Está usted equivocado, Havig. Usted no ha sido desamparado. Esto es una prueba..., una prueba para su fe. Dios está enviándole tribulaciones. Recuerde a Job, Havig. Job nunca perdió su fe.

    Los ojos de Havig brillaron y una débil sonrisa abrió brecha en su desesperación.

    —Sí, tal vez sea así. Una prueba para mi fe..., de mi fe y de la de ustedes también. Como Job, es cierto. Pero ¿cómo podemos soportarla? Perdidos aquí en el infinito..., tal vez Dios haya vuelto su rostro de nosotros, quizás... —Y cayó en un profundo silencio, mientras que las lágrimas le rodaban por las mejillas. Havig miraba implorante a Bernard, con toda su fuerza anterior perdida, mientras comenzaba a temblar como una hoja en el árbol.

    Acercándose a él, Bernard utilizó diestramente el inyector sónico, presionándolo sobre una de las venas de Havig. El líquido sedante quedó instantáneamente inyectado en el torrente circulatorio del hombretón. Havig murmuró alguna cosa ininteligible, sacudió la cabeza varias veces, cerró los ojos, ya relajado, y pronto dio la impresión de hallarse dormido.

    Levantándose, Bernard se limpió el sudor que le perlaba la frente.

    — ¡Uff! No podía esperar que sucediera esto. Y se ha presentado tan repentinamente... —Está loco. Absolutamente loco —dijo Stone—. ¿Cómo ha podido alguien tan inestable ser enviado a bordo de esta astronave para esta misión?

    Bernard sacudió la cabeza.

    —Havig no es un tipo inestable, a despecho de la escena que acabamos de presenciar.
    — ¿Qué es, pues, de no ser un individuo inestable?
    —Creo que todo esto es perfectamente comprensible. Havig es un hombre que ha construido y llevado toda su vida alrededor de una serie de sólidas creencias. Y ha vivido esas creencias no limitándose a hablar de ellas. Pueden llamarle un fanático si lo desean; yo mismo, ciertamente, podría aplicarle otra serie de nombres, y de hecho ya lo hice alguna vez. Bien, ha llegado el momento en que todo ha parecido desequilibrado para su mente y se ha sentido hundido moralmente. Seguramente ha sido algo que no ha podido resistir al creer que Dios le envía todas estas tribulaciones, sin hallarse con fuerzas para resistirlo estoicamente. No ha encontrado ninguna explicación. Y su mente se ha desbocado.
    — ¿Y estará bien cuando despierte? —preguntó Dominici—. ¿O volverá otra vez por las andadas?
    —Creo que estará bien. Lo espero, al menos. Le he suministrado un buen sedante para que descanse profundamente, cuando menos por cuatro horas. Quizá se haya calmado mucho más cuando la droga haya hecho su efecto.
    —Si va a repetir la escena —dijo Stone— tendremos que amarrarle. O mantenerle drogado, para su bien y el nuestro. Si no, va a volvernos locos a todos.
    —Creo que recobrará su equilibrio —opinó Bernard—. Es un individuo fundamentalmente sólido mentalmente, a pesar de lo ocurrido.
    —Creí que le había usted llamado un chiflado —objetó Dominici.
    —Quizá comprenda a Havig y a sus creencias un poco mejor ahora—repuso Bernard calmosamente—. Bien, creo que deberemos volver al tema de Job cuando despierte. Si conseguimos que esa idea quede fija en su mente, será de nuevo como una torre de fuerza de ahora en adelante, y no se producirán más crisis como ésta.
    — ¿Job? ¿Qué es eso? —preguntó Stone. —Es un personaje de los libros de la religión judeo-cristiana —explicó Bernard—. En realidad es un gran poema. Refiere cómo el Diablo hizo una apuesta con Dios de que aquel hombre, Job, perdería su fe bajo la presión de adversas circunstancias, y así se permitió al Diablo que volcase sobre Job toda suerte de calamidades. Esto que ahora nos ocurre son pequeñas cosas en comparación. Pero Job supo mantenerse fiel, sin perder su fe en Dios, a pesar de haber perdido sus riquezas, su familia, sus amigos y verse arrojado a un muladar recubierto de llagas y ser convertido en una piltrafa humana. Nunca, ni en los momentos más increíblemente negros y desesperados, quebró su profunda fe. Y eventualmente...

    Se abrió la cabina en aquel momento y entró el Comandante, seguido por Clive y Nakamura.

    — ¿Qué es lo que ha ocurrido aquí? He oído algunos gritos destemplados y...
    —Havig ha perdido los estribos —repuso Dominici.
    — ¿Qué?
    —La cosa no es tan desesperada —explicó Bernard—. Ha sufrido un desaliento, una especie de desesperación pasajera. De repente el Universo se ha hecho demasiado grande y pesado para él, y de alguna forma ha perdido el control de sus nervios.
    — ¿Ha producido algún daño? —No —dijo Bernard—. Le metimos en su litera inmediatamente. Ahora está bajo los efectos de un sedante y creo que se encontrará perfectamente cuando despierte.
    —Pues parecía un motín desde allá arriba —dijo el Comandante—. Creíamos que estaban ustedes matándose los unos a los otros.

    No creo que te importase si lo hubiéramos hecho en tanto que no hubiéramos amenazado tu seguridad, pensó Bernard.

    —Estará bien pronto —repitió Bernard—. ¿Qué noticias tienen ustedes? ¿Han calculado ya dónde nos encontramos? ¿O es información secreta?

    Laurance le miró con agudeza y repuso:

    —Estamos en la Gran Nube de Magallanes.
    — ¿Está eso bien definido? —preguntó Dominici.
    —Tan bien definido como es posible hacerlo —declaró el Comandante sin vacilar—. Hemos encontrado la estrella S del Dorado y algunas variables del tipo RR de Lyra, de lo que estamos bien seguros. En la forma en que hemos explorado la población estelar, existen muchas Cefeidas, muchas estrellas del tipo O y B y K supergigantes, lo que concuerda perfectamente con la estructura de la formación extragaláctica de la Gran Nube de Magallanes.
    —Pero ¿qué hay de estrellas del tipo Sol, como la nuestra? —preguntó ansiosamente Stone—. ¿Han encontrado ya alguna? Esas otras que usted ha mencionado no son apropiadas para pensar en quedarse en sus sistemas, ¿verdad?
    —No pienso que tengamos que preocuparnos demasiado por eso —repuso Laurance con una sonrisa algo nerviosa.
    — ¿Qué quiere usted decir? —Pues que las cosas ya no dependen de nosotros, que están fuera del alcance de nuestras manos.

    Por primera vez, Bernard comprobó lo que debería haber sido inmediatamente obvio para él, excepto que era algo que nadie se hubiera atrevido a pensarlo. Se dio perfecta cuenta de que los cinco hombres habían abandonado la cabina de control al mismo tiempo. Aquello no había sucedido nunca en todo el viaje. Pero Laurance, Clive y Nakamura estaban allí, y Peterszoon y Hernández esperando en el exterior. Y sin nadie en la cabina de control...

    — ¿Qué está ocurriendo? —preguntó Bernard atacado de pánico—. ¿Quién pilota la astronave?
    —Eso es lo que me gustaría saber —repuso Laurance, dirigiéndose hacia la pantalla visora—. Hace una hora aproximadamente que una fuerza externa nos está controlando a todos. Estamos totalmente incapacitados para maniobrar por nuestra propia, voluntad. Somos arrastrados por una mano invisible, y hacia un sol amarillo que está ya ahí mismo.


    —XII—


    A LA DERIVA y hacia abajo, cayendo siempre, a través de la negrura del espacio, pasando de largo los brillantes soles de aquel cielo ignoto y arrastrados como una mota inútil... sin que nadie fuese capaz de hacer nada por evitarlo. A bordo del XV-ftl, nueve hombres esperaban impotentes.

    Los controles aparecían totalmente bloqueados, los reactores de plasma habían dejado de funcionar, los cohetes estabilizadores estaban fuera de todo servicio y ningún indicador registraba nada. Resultaba incluso absolutamente imposible la conexión con la propulsión Daviot-Leeson para la conversión al hiperespacio.

    Nada que hacer sino esperar. Y esperar en silencio. ¿Qué podría decirse? Aquello estaba más allá de toda comprensión humana, más allá de toda razón y de toda lógica.

    —Podría postularse un campo magnético enorme —sugirió Dominici—. Algo así como cincuenta trillones de gauss(17), de tal intensidad que ni siquiera podamos imaginar. Es como si fuese el total del campo magnético de todo este enjambre estelar tal vez. Y nos encontramos atrapados en él, arrastrados sin saber dónde...
    —Los campos magnéticos no se interfieren con los propulsores de las astronaves — remarcó Bernard—. Tampoco congelan los controles. Ni siquiera toda esa cifra de gauss u otra cualquiera mayor que usted propone. Hay alguna inteligencia poderosa tras todo esto..., y yo diría que una inteligencia tan superior a la nuestra como lo estaría ese imaginario campo magnético de otro cualquiera que pudiéramos medir.

    Havig se estremeció en su litera, murmurando algo incoherentemente. Volvía en sí, aunque daba la impresión de hallarse solo en el umbral de la conciencia de sus sentidos.

    — ¿A qué velocidad nos desplazamos? —preguntó Stone.

    El Comandante Laurance miró al diplomático. —Imposible decirlo. Pero una cosa es cierta: que nos desplazamos a enorme velocidad. Los muchachos están intentando obtener algún punto de referencia por el efecto Doppler. Me atrevería a decir que viajamos muy próximo a la velocidad de la luz.

    —Sin aceleración —dijo Nakamura abstraído y sombrío—. Es algo incomprensible. Desde un arranque normal hasta C, sin aceleración. Ya pueden ustedes figurarse lo que eso significa. Es increíble. La conversación declinó. En la pantalla visora, las estrellas daban la impresión de echárseles materialmente encima, con sus discos ardientes y multicolores, pasando y quedando atrás a velocidades fantásticas. Los cálculos vectoriales de Laurance habían sido precisos: se dirigían hacia un sol amarillento que crecía a pasos agigantados a cada momento que transcurría.

    Y continuó aquel fantástico viaje por el espacio. Pasó una hora de aquel viaje forzado, una segunda y otra más. Hernández informó de que su cálculo de la velocidad, a juzgar por los efectos Doppler obtenidos, debería ser muy aproximadamente la de 9,6/10 de la velocidad de la luz. Lo que significaba que estaban viajando virtualmente al tope máximo del universo normal... sin ninguna fuente aparente de energía.

    Era algo increíble. No tenía el menor sentido. Continuó siendo algo absurdo por las tres horas siguientes. Por entonces Havig ya se había despertado. El lingüista se incorporó de golpe, sacudiendo la cabeza. — ¿Qué...?

    — ¿Se siente mejor, Havig? — ¿Qué es lo que ha ocurrido? Todos ustedes me miran de una forma tan extraña... ¿Qué sucede? —Nada de particular —le repuso Bernard—. Se trastornó usted un poco, tuvimos que inyectarle un sedante soporífero y ha descansado varias horas. ¿Se siente ahora con más calma?

    Havig se pasó una mano temblorosa por la frente. — ¡Oh!, sí, estoy perfectamente en calma. Estoy tratando de recordar... Sí, el terror me invadió. Quiero pedirles excusas a todos ustedes. Y... Bernard, tengo que darle las gracias en particular por haber intentado confortarme. Ha sido un gesto generoso y lo que más le agradezco ha sido el esfuerzo que le ha costado. Ahora recuerdo, sí... La analogía de Job, eso fue exactamente...

    —A mí me lo pareció también.

    Havig sonrió.

    —Supongo que uno puede controlarse a sí mismo durante mucho tiempo, y cuando menos lo espera esa fuerza se debilita... aun creyendo uno que es fuerte. Creo que me he comportado como un hombre débil y cobarde. Pero fue una experiencia importante para mí. Ello me ha demostrado que mi fe puede ser sacudida. Sacudida, pero no destruida. Vea usted, como lo veo yo ahora, que Dios puede a veces retirar sus dones y su gracia para nuestro bien aunque no podamos ver su propósito realmente... Job no lo comprendió, pero obedeció. Como yo tendría que haber hecho, pero en un momento de debilidad... Ahora me enfrento con la prueba que quiera enviarme más fuerte que nunca. Es la prueba de la fe lo que confirma... —Havig se detuvo y sonrió humildemente—. Bien, no quiero darles a ustedes toda una conferencia con mi agradecimiento. Les suplico su indulgencia por la escena.
    —Olvídelo, Havig —dijo Dominici—. Todos hemos ido pasando por turno nuestros berrinches. Usted ha debido ir aguantándolo todo hasta que, llegado un momento, ha estallado.

    Havig aprobó con un gesto.

    —Sí, pero gracias de nuevo, muchísimas gracias a todos. Sin embargo, creo que hay algo que me están ustedes ocultando, algo que está ocurriendo desde que he estado dormido. Todos ustedes tan pálidos, tan asustados...
    —Creo que será mejor que se lo digamos —dijo Dominici.
    —Adelante —le urgió Stone.

    Tan concisamente como pudo, Bernard explicó la situación, tal y como se hallaba en aquel momento. Havig escuchó las explicaciones de Bernard gravemente, frunciendo el ceño más y más conforme avanzaba en su narración.

    —Y así, pues, es como nos encontramos fuera de control —terminó Bernard abruptamente—. Eso es todo. No tenemos nada absolutamente que hacer sino esperar y ver qué es lo que tiene que ocurrirnos. Si alguna vez tuvo que presentarse una ocasión para su estoicismo neopuritano, aquí la tiene ahora.
    —Todos tenemos ahora que armarnos de valor —repuso Havig con firmeza—. Todos tenemos que darnos cuenta de que lo que nos está destinado es para nuestro bien, y no debemos temer nada.

    Bernard aprobó con un gesto de la cabeza. Entonces comenzó realmente el verdadero Havig, un hombre que era ciertamente austero y sombrío, pero que, a despecho de sus formas ascéticas de vida, era algo que imponía respeto. No el estar de acuerdo con él, sino respetarlo. Existía un evidente núcleo interno de fuerza en Havig. No utilizaba sus creencias como un escudo para ayudarse egoístamente en su paso por la vida, sino como una guía que le capacitaba para enfrentarse con la existencia firme y honestamente. Algo que el propio Bernard no hubiera sido capaz de hacer antes de aquel viaje.

    Se sintió aliviado. Evidentemente, el momentáneo desmayo de Havig al perder el control de sus acciones había terminado, un breve destello de bisterismo que había muerto apenas había aparecido. Dominici susurró casi al oído de Bernard: —Creo que tiene usted razón respecto a la prueba de Job. Se está adaptando a ello.

    —Ya se había adaptado —repuso Bernard—. Es más fuerte de lo que usted supone.

    Resultaba confortante, pensó Bernard, saber que una vez más había un hombre a bordo dueño de una calma absoluta, fatalmente resignado a cualquier cosa que pudiera sobrevenir, fuese lo que fuese. Aunque no, no de forma fatalista. Aquélla era una expresión equivocada. Havig aparecía mucho más cordial entonces. La fe y la resignación no son la misma cosa.

    Continuó la caída de la astronave por más de otra hora, hasta que parecía que tuviese que estar haciéndolo por siempre, como una caída sin fin, la caída de Lucifer extendida hacia el infinito... o hasta que la astronave desapareciera convertida en átomos antes de llegar al sol amarillo que parecía su destino irrevocable.

    Los hombres forzaron la mente a ignorar la situación en que se hallaban. Estaba todo demasiado fuera de su poder de controlarla como para preocuparse más por ello.

    Nakamura preparó una comida; todos comieron, aunque sin el menor entusiasmo. Clive sacó de alguna parte un sintetizador sónico y tocó una serie de canciones folklóricas, mientras que las cantaba con una voz rasgada y nasal que alcanzaba una sorprendente calidad artística. Bernard puso atención a las palabras de las canciones, realmente fascinado; la mayor parte de ellas correspondían a viejos idiomas y lenguajes de la Tierra, lenguas enterradas ya en el polvo de los siglos. Bernard obtuvo una grata sensación de comprensión en el sentido sociológico de aquellas viejas canciones.

    Pero poco después llegó a sentirse aburrido. Clive dejó el aparato a un lado. Resultaba imposible olvidar que la astronave se hallaba fuera de todo control, llevándoles desamparados y sin rumbo fijo, al parecer, hacia lo que parecía ser una condenación fatal e indetenible. Era imposible también olvidar que se enfrentaban con fuerzas más allá de toda imaginación. E imposible seguir viviendo bajo tales condiciones. Pero tuvieron que continuar viviendo.

    Y entonces los rosgolianos llegaron a bordo.

    Laurance y sus hombres permanecían en sus puestos intentando inútilmente hacerse con los controles y albergando una muy débil esperanza de poder conseguir algún resultado de los hasta entonces inútiles esfuerzos. En el compartimiento de los pasajeros el tiempo transcurría con lentitud. Bernard intentó leer algo sin absorber nada, hasta acabar por dejar el libro a un lado y quedarse mirando fijamente cualquier punto perdido del espacio.

    La primera noticia de que algo extraño iba a ocurrir llegó cuando sintió un resplandor repentino esparciéndose desde el rincón trasero de la cabina, cerca de la litera de Dominici. Aquella extraña luminosidad se filtró por la totalidad de la cabina. Frunciendo el ceño y perplejo, Bernard se volvió para ver la causa. Antes de conseguirlo le llegó la voz de Dominici presa del pánico.

    — ¡María, Madre de Dios, protégeme! —gritó el biofísico—. ¡Estoy perdiendo el juicio!

    Bernard se quedó con la boca abierta ante lo que vio.

    En la cabina se había materializado una figura directamente tras la litera de Dominici. Aparecía a unos tres o cuatro pies del suelo en la intersección de los planos de la pared. De aquella figura irradiaba un resplandor misterioso e indefinible. Era un ser de pequeña estatura, de tal vez unos cuatro pies de altura, suspendido tranquilamente en el aire. Aunque se hallaba completamente desnudo, resultaba imposible considerarlo de tal guisa. Una especie de ornamento de luz le envolvía de una forma fantástica, aunque sin ocultarlo del todo. Su rostro era algo como una especie de planos resplandecientes en ángulos inimaginables. Tras haberlo mirado unos momentos, Bernard se sintió mareado, teniendo que apartar los ojos de aquella fantástica criatura.

    Aquel ser irradiaba no solamente una bella y fantástica luz resplandeciente, sino una impresión de total serenidad, de completa confianza y la más asombrosa habilidad y capacidad para realizar cualquier acto.

    — ¿Qué... diablos... es eso? —preguntó Stone, igualmente perplejo, con una voz que apenas le salía de la garganta. Dominici estaba postrado, hablando rápidamente para sí mismo con una voz monocorde. Havig, todavía con su autodominio, se había arrodillado, rezando, mientras temblaba visiblemente. Bernard hizo un esfuerzo por tragar saliva.
    —No tienen que tener ningún miedo —dijo la visión—. No recibirán daño alguno.

    Las palabras no fueron pronunciadas en voz alta.

    Parecían simplemente fluir del cuerpo de aquella criatura radiante, tan claras e inequívocas como su brillo luminoso.

    A pesar de aquellas palabras de seguridad y confianza, Bernard sintió una oleada de terror invadirle la mente y el cuerpo de pies a cabeza. Sus piernas se negaban a sostenerle y se dejó caer a plomo sobre su litera, apretándose las manos fuertemente. Sabía, sin lugar a dudas, que se hallaba frente a una criatura tan infinitamente evolucionada respecto al hombre como el hombre de los monos. Y posiblemente el abismo fuera mucho más insondable que la comparación antedicha. Bernard se sintió presa del temor, de una especie de reverencia y, por encima de todo, una sensación tremenda de temor ante lo desconocido.

    —No tienen ustedes que temer nada —repitió aquella criatura, pronunciando cada palabra con perfección, clara y distinta. Por un instante la luz que irradiaba creció a mayor intensidad hasta adoptar un matiz de un marrón claro. Bernard sentía ya el temor como un peso que efectivamente gravitase sobre él.

    Miró vacilante a la fantástica criatura y farfulló como pudo una instintiva pregunta.

    — ¿Quién... qué... es... usted?
    —Yo soy un rosgoliano, hombres de la Tierra. Seré su guía mientras toman tierra.
    —Y... ¿somos entonces llevados...?
    —A Rosgola, hombres de la Tierra. —La respuesta era calmosa, precisa y totalmente desprovista de toda información.

    Bernard sacudió la cabeza. Esto debe ser una alucinación, es la única respuesta posible, pensó entre el caos de ideas que le bullía en la cabeza—. Sí, es la única explicación. Incluso en la Gran Nube de Magallanes resulta imposible imaginar que haya seres que lleguen a través de las paredes metálicas de una astronave y que hablen perfectamente el idioma terrestre.

    Se puso en pie.

    — ¡Dominici! —gritó—. ¡Vamos, de pie! ¡Havig! ¡Vamos, deje ya de estar arrodillado! ¿No ven ustedes que es absolutamente irreal? Estamos sufriendo una alucinación colectiva...
    — ¿De veras lo piensa usted así? —dijo la voz gentil del rosgoliano. En su voz había un ligero tinte de humor. Aquella voz tranquila continuó—: Ustedes, pequeñas criaturas dignas de lástima, ¿quiénes son para decidir con tanta arrogancia entre lo que es y no es real? En el Universo existen muchísimas cosas más que los hombres de la Tierra jamás podrán comprender aunque piensen que tienen el dominio de ellas. No somos ninguna alucinación. Muy lejos de eso, hombres de la Tierra.

    Las mejillas de Bernard se pusieron al rojo. Inclinó la cabeza y le vinieron a la mente las palabras de Shakespeare: Hay más cosas en los cielos y en la tierra, Horacio...

    Se mordió los labios y permaneció silencioso.

    Por toda la cabina retumbó como un millar de carcajadas alegres. El extraño ser parecía enormemente divertido por las pretensiones de los humanos.

    —Una vez fuimos como vosotros, terrestres, hace cientos de miles de años. Éramos inquietos, bulliciosos, exploradores, además de afectados, fanfarrones, orgullosos y estúpidos, como lo sois ahora vosotros, terrestres. Sobrevivimos a tal estadio de evolución. Tal vez vosotros lo consigáis también.

    Stone levantó la vista, pálido el rostro y contraídas las facciones.

    — ¿Cómo... cómo nos han encontrado? ¿Han sido ustedes la causa de que nos hayamos perdido?
    —No —replicó el rosgoliano—. Les hemos estado observando desde hace mucho tiempo, a medida que han ido evolucionando; pero sin el menor deseo de tomar contacto con vosotros. Hasta el momento en que tuvimos noticias de que una astronave vuestra se aproximaba a nuestra galaxia. Al principio, temimos que vinierais en nuestra busca..., pero pronto nos convencimos de que estabais perdidos en el espacio. Me enviaron a mí para hacer de guía y conduciros a puerto seguro. Hay muchas cosas que tenéis que oír.
    — ¿Dónde..., cómo...? —insistió Stone.
    —Por ahora es bastante —repuso el rosgoliano con un tono de firmeza que descartaba cualquier ulterior discusión—. Las respuestas se os darán más tarde, a su debido tiempo. Voy a volver.

    La luz se desvaneció.

    Y el rosgoliano desapareció de su presencia como por encanto.

    La pantalla visora mostraba el sol amarillo tan grande ya en el espacio que ocupaba casi un cuadrante. En la cabina, cuatro hombres aterrados se miraron fijamente uno al otro, en la más completa confusión y desaliento. Stone encontró palabras para hablar primero.

    — ¿Lo hemos visto en realidad? —preguntó con los ojos dilatados por el asombro. —Sí, lo hemos visto —repuso Havig—. Apareció en aquel rincón. Comenzó a radiar una especie de luz extraña. Y nos habló después. Bernard comenzó a reír con unas secas carcajadas que tenían poco de humor. Los demás fruncieron el ceño ante él. —Parece divertido —dijo Stone.
    — ¿Qué broma es esa, Bernard? —preguntó Dominici.
    —No es ninguna broma, la broma está en nosotros mismos. Sobre todos los que ocupamos esta cabina, en los norglans y sobre el pobre y viejo Tecnarca McKenzie, también. ¿Recuerdan ustedes lo que nos dijeron Skrinri y Vortakel? ¿Los términos del ultimátum?
    —Pues claro que sí —repuso Stone. E imitando el tono de los norglans repitió: Ustedes pueden conservar esos mundos. Todos los demás pertenecen a Norgla.
    —Así es —convino Bernard—. En este estallido de orgullo cósmico hemos atravesado el espacio en busca de los norglans, para ofrecerles magnánimamente dividir el universo en partes iguales con ellos. Y ellos, con mayor orgullo todavía, nos dieron con la puerta en las narices. Y... ¿quién somos nosotros, de cualquier forma para decir... «Este Universo es nuestro»? ¡Insectos! ¡Monos! Unas criaturas que no tienen la menor importancia.
    —Somos hombres —dijo Havig con solemnidad.

    Bernard se volvió hacia el ne