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julio 01, 2012

Robert terminaba un ciclo; yo, otro. A veces es difícil lidiar con estos sentimientos.
Por Mary E. PotterHACE VARIAS SEMANAS escuché ruidos en el piso de arriba. Cuando subí a investigar, encontré a mi hijo Robert, de 13 años, cambiando de lugar la cómoda de su cuarto.
—Pero, ¿dónde vas a poner el librero ahora? —pregunté.—Allá afuera —dijo, señalando un espacio detrás del cubo de la escalera. Era un espacio tan estrecho que quien quisiera tomar un libro tendría que pararse en los escalones y sacarlo por entre los balaustres.Al ver mi gesto de consternación, Robert se apresuró a añadir:—No te preocupes, mamá. La mayoría son libros que leí hace mucho tiempo.No lo dijo, pero quiso darme a entender que ya no tenía edad para leer libros de niños.¿Sería posible? Yo tenía la impresión de que hacía poco habíamos sacado montones de volúmenes de su librero para llevarlos al gran baúl de la planta baja. Durante años he guardado allí los libros que mi hijo va dejando (para los nietos que algún día tendré) y he rescatado otros —los que desechan los hermanos mayores de Robert—, para llenar los huecos de su librero.ME PARÉ EN LA ESCALERA a examinar los títulos: The Wind in the Willows ("El viento y los sauces"), Charlotte's Web ("La telaraña de Carlota"), Island of the Blue Dolphins ("La isla de los delfines azules") y el favorito de Robert: Treasure Island ("La isla del tesoro"), que leyó cuatro veces. Mi hijo tenía razón: había rebasado el nivel emocional de la mayoría de esos libros. No le interesaba regresar a la infancia. Le interesaba el mundo que se abría ante él y, sobre todo, le interesaba convertirse en hombre.Llevo semanas pasando frente a los libros al subir y bajar la escalera, sintiendo el llamado del deber no cumplido, pero aún no me animo a guardarlos. Me resisto porque sé que son los últimos libros infantiles que leyó el más pequeño de mis hijos. Cuando los guarde en el baúl no habrá otros que sacar. Es el mismo sentimiento de pérdida que experimenté el día en que me di cuenta de que hacía mucho que no le leía a Robert en voz alta. Ahora él necesitaba estar a solas al momento de irse a la cama, y rodearse de libros para jóvenes.Una maestra de primaria me dijo una vez que cuando dejó de leerles a sus hijos en voz alta lo echó tanto de menos que se hizo maestra sólo para volver a tener quién la escuchara. La comprendo muy bien.El deseo de leerles en voz alta a los niños no obedece a un afán de protagonismo ni al anhelo egoísta de que no crezcan. Es el deseo de dar a conocer una historia bien narrada, de comunicar las verdades de la vida, de la emoción, del espíritu humano; de expandir la mente del niño, estimular su imaginación y educar su sentido del humor.Este proceso es una experiencia compartida que une al que lee con el que escucha, y la única recompensa que necesita el lector es ver que las semillas echen raíces.PRONTO GUARDARÉ los libros. El asomo de tristeza ha cedido ante el gusto de ver a Robert avanzar hacia libros más maduros, hacia ideas más complejas. Cierta noche que entré en su habitación a guardar la ropa limpia, estaba cerrando Of Mice and Men ("La fuerza bruta").—Ya acabé —dijo con ese pesar que todos sentimos al terminar de leer un buen libro—. Es tan triste —agregó con compasión, y empezó a relatarme la historia del cándido Lennie y sus esperanzas.Por unos minutos volvimos a compartir la hora del cuento: ahora Robert contaba y yo escuchaba.Las semillas que sembré noche tras noche, año tras año, no sólo habían echado raíces, estaban creciendo fuertes.© 1995 POR MARY E. POTTER. CONDENSADO DE BERKSHIRE EAGLE (7-11-1995), DE PITTSFIELD, MASSACHUSETTS.