FULMINADO POR 25.000 VOLTIOS
Publicado en
julio 08, 2012
Lee Taylor— El futbol siempre ha sido su gran pasión.El conductor del tren dio aviso de que un montón de trapos se estaba quemando sobre las vías. La policía descubrió con horror que se trataba de un hombre.
Por Colin BrennanLEE TAYLOR regresaba a casa después de un día de clases en la universidad, en Crewe, Inglaterra, donde estudiaba administración de empresas, cuando se encontró con unos amigos.
—Mañana es tu cumpleaños, Lee —le dijeron—. ¡Vamos a celebrar!Lee, un popular joven de 22 años, tez apiñonada y cabello oscuro, vio que no iba a poder zafarse.Más tarde, luego de tomar unas copas en el bar de la universidad, se escabulló. No podía dejar de pensar en el partido de futbol del día siguiente, en el que iba a jugar para un club galés. Era buen jugador y deseaba llegar a ser profesional. Tenía un futuro muy prometedor.En aquella brumosa noche de noviembre, Lee pasó junto a cuatro jóvenes de poco más de 20 años, que se hallaban fuera de un concurrido bar. Instantes después se dio cuenta de que lo seguían.Había habido informes de ataques a estudiantes por parte de unos pandilleros de la localidad. Asustado, Lee echó a correr, pero los otros fueron tras él.—¡Atrápenlo! —gritó uno.Lee, de 1,80 metros de estatura, tenía buena condición física porque solía correr ocho kilómetros diarios en las montañas cercanas a su casa, eñ Talgarth, Gales. El chico escaló una reja que estaba junto al camino y que daba a un erial.Miró atrás y pensó que había perdido a los pandilleros. Empezó a trepar por una cerca que daba a un pequeño puente.En ese momento se produjo un inmenso relámpago. Lee sintió que se quemaba al tiempo que una poderosa descarga eléctrica lo lanzaba por el aire como si fuera una chispa que brotara de una fogata. Había tocado un cable con corriente que se hallaba sobre un puente de señales ferroviarias, y había recibido una letal descarga de 25.000 voltios.Gritando, Lee cayó y rodó seis metros, envuelto en llamas y con los miembros rígidos. Cuando recuperó la conciencia, percibió una vibración en el hombro. Oyó un ruido a la distancia. Estoy tendido en la vía del tren, se dijo. Unas luces venían hacia él. Hizo un enorme esfuerzo para rodar; en seguida, se desmayó.EN LA ESTACIÓN de la Policía Británica de Transportes, a menos de un kilómetro de distancia, se había dado la alarma: poco después de la medianoche, el conductor de un tren con destino a Rugby había visto lo que pensó que era un montón de trapos que ardían sobre los rieles, a unos kilómetros al norte de Crewe.
Al recibir el aviso, el sargento Vernon Grinney y dos colegas suyos fueron a inspeccionar las vías. En medio de la penumbra vieron un bulto que parecía una bolsa negra de basura. Estaba humeando. Grinney se inclinó y se quedó sin aliento al ver que se trataba de un hombre, tan quemado que, salvo por el blanco de sus ojos, parecía de carbón. Una llovizna había extinguido las llamas, pero no sin que antes le hubieran comido la carne.Grinney se percató de que era un joven, y se le arrasaron los ojos al pensar en sus propios hijos adolescentes. Se quitó la chaqueta y envolvió a Lee cuidadosamente en ella.Mientras los otros dos hombres iban en busca de los socorristas para conducirlos hasta el empinado terraplén, Grinney se quedó con el muchacho. Pensó que estaba agonizando, y un impulso lo hizo tenderle la mano para reconfortarlo. Se sorprendió al sentir que Lee la sujetaba con fuerza. A fin de mantenerlo despierto, se puso a hablarle en voz baja hasta que llegaron los paramédicos. El sargento le soltó suavemente la mano al joven, y en la palma se le quedaron restos de piel carbonizada.Lee fue trasladado sin demora al cercano Hospital Leighton. La doctora Teri Gilpin, la residente en turno, no podía creer que aquello fuera un ser humano. Tenía la cara hinchada y negra; el cabello, azulado y erizado. De la cintura para arriba, el fuego le había quemado el tejido muscular y, en partes, el óseo. Sus ojos, de color verde, se le habían puesto grises.La doctora Gilpin, de 24 años de edad y uno en el puesto, tuvo que dominar sus nervios. Lee podía morir en cualquier momento a causa de la pérdida de fluidos o del daño que hubiera producido la enorme descarga eléctrica a su ritmo cardiaco. Se apresuró a administrarle suero y oxígeno, le transfundió sangre y ordenó que se le hicieran radiografías para ver si tenía lesiones en la columna vertebral.—Lee, tuviste un accidente —le dijo en voz alta—. Te encuentras en el hospital y estamos ayudándote.Miró su rostro en busca de alguna señal de que la había oído. Notó que el joven, a quien estaban anestesiando, respiraba con dificultad. Las quemaduras que tenía en el pecho eran como un torniquete, pues le tensaban la piel y le oprimían los pulmones. Se estaba asfixiando.Entonces la doctora Gilpin recordó una imagen de cierto libro de medicina. Era de un procedimiento de urgencia que ella nunca había visto practicar.—Sé lo que debo hacer —dijo.Ante la mirada consternada de Grinney, quien no se separaba de Lee, la doctora Gilpin hizo tres incisiones profundas en la carne quemada, desde el pecho hasta la cintura.Pero a Lee todavía se le dificultaba respirar, así que la doctora cortó aún más profundamente hasta que al fin brotó la sangre y supo que había tocado tejido vivo. Con ello disminuyó la presión sobre los pulmones de Lee, y el pecho se le expandió, facilitándole la respiración. Mientras lo trasladaban a la unidad de terapia intensiva, con las manos dentro de bolsas de plástico y el cuerpo envuelto en una película protectora adherible, Teri Gilpin se preguntó si el joven amanecería con vida.AL OTRO DÍA, 11 de noviembre de 1994, Lee fue llevado al Hospital Whiston, en Liverpool. El cirujano Ian James, jefe de la unidad de quemaduras, lo operó de inmediato para retirarle la piel muerta antes de que se le acumularan toxinas letales y lo envenenaran.
Los padres de Lee, Carol y Robert, llegaron al hospital. Al caminar por los monótonos pasillos, les pareció que el personal los eludía.—Creen que Lee va a morir —dijo Carol—, pero no lo conocen. No se dará por vencido.Se puso a charlar con las enfermeras y les hizo ver lo especial que era su hijo. Les contó de la bondad de Lee y de su labor con niños en campamentos de verano. Les dijo también que el muchacho iba a ser futbolista y que tenía un futuro prometedor.Por fin les permitieron verlo. Lee estaba cubierto de vendas. En el cuarto sólo se oía el ruido de las máquinas que lo mantenían con vida.Ian James les explicó que le habían inducido a Lee un estado de inconsciencia profunda para que no sintiera dolor.—Sufrió quemaduras en el 60 por ciento del cuerpo; estuvo a punto de perder estómago, hígado y garganta; además, casi una cuarta parte de su tejido muscular quedó destruida. Se fracturó la cadera, una pierna y varias costillas, y tiene el pulmón derecho perforado.Lo que no les dijo fue que, en su opinión, las probabilidades de que Lee sobreviviera eran de menos del uno por ciento.—Pronto tendremos que volver a operarlo para retirar más piel y tejido muscular muertos —continuó el cirujano—. Sin embargo, las heridas no sanarán por sí solas; Lee necesita muchos injertos. Tomamos piel de sus piernas, pero no basta. ¿Alguno de ustedes podría donar piel de los muslos?Carol se ofreció en el acto.Empezaron a hacerle a Lee transfusiones periódicas de sangre. Tenía tan poca piel que al principio la sangre rezumaba por las vendas y goteaba sobre el piso. En el transcurso de las siguientes semanas le hicieron extensos injertos de piel propia y de su madre en el pecho, el abdomen y la espalda.Un día en que lo llevaban al quirófano, Robert acompañó a su hijo, que iba inconsciente.—Olvídate de la operación, Lee —le dijo con voz queda—. Esto es un partido de futbol, y debes salir a ganar.Lee estuvo cinco semanas en sedación profunda en la unidad de terapia intensiva, sin saber que sus amigos y parientes le estaban enviando cientos de mensajes en los que le expresaban sus buenos deseos. Cuando ya no requirió el respirador artificial, fue trasladado a la unidad de quemaduras.
Sobrevivió al dolor- Lee ha luchado con denuedo por reintegrarse a la vida.
Fotografía de Ben SchottLEE ESPERABA CON terror a que llegaran las primeras horas de la mañana, y con ellas las enfermeras que le cambiaban las vendas. Como estaba creando resistencia y adicción a la morfina que le daban para combatir el dolor, le redujeron la dosis.
Al principio se desmayaba cuando las enfermeras le cambiaban las vendas. Después se obligó a no quejarse. No debes entorpecerles el trabajo, se decía, a la vez que buscaba nuevas formas de bloquear el dolor. Imaginaba que se hallaba en los Alpes nevados, sobre el trampolín de un lago. Se veía saltar en el aire y sentía el roce del viento en el cuerpo. Al zambullirse en el agua helada, su frescura lo inundaba y lo aliviaba. Se sumergía más y más, y durante unos gloriosos segundos, el dolor desaparecía.EN LAS 19 SEMANAS SIGUIENTES, Lee se sometió a 30 operaciones y recibió más de 95 litros de sangre. Un par de veces tuvo insuficiencia renal; los pulmones se le colapsaron y hubo que drenarlos. Algunos injertos no prendieron y fue preciso empezar nuevamente.
Pese a todo, al cabo de dos meses ya podía sentarse, y a los cuatro levantaba los brazos por encima de la cabeza. Esto, según le habían dicho, no lo iba a poder hacer antes de tres años.—Me asombra su valentía —le dijo Ian James a Carol.A fines de marzo de 1995, Lee fue trasladado al Hospital Bronllys, a unos kilómetros de su casa. Llegó a pesar 32 kilos, menos de la mitad de lo que pesaba antes. Se veía tan frágil como un pájaro herido. Aún necesitaba ayuda para levantarse de la cama, y sólo podía dar unos pasitos.Las quemaduras superficiales de la cara le estaban sanando; no iba a tener cicatrices. Pero la debilidad que le quedó en los músculos de un lado del cuello lo obligaba a tener la cabeza permanentemente ladeada.En el hospital, la fisioterapeuta Kumari Dias dijo que la única esperanza de que Lee recuperara completamente el movimiento eran los ejercicios para distender cicatrices y músculos. La fisioterapia ayudaría a lubricar y dar movilidad a las articulaciones, y los ejercicios con pesas fortalecerían los músculos.—Vas a odiarme —le advirtió Kumari—. Tendré que presionarte, y te va a doler.No entendió por qué Lee rió entre dientes. Más tarde lo supo: fue él quien la presionó a ella.Lee trabajaba con ahínco. Deseaba con toda el alma poder erguir y sostener la cabeza. Con frecuencia,al mirarse en el espejo, sentía una rabia ciega. Luego se sometía con coraje a otra hora de fisioterapia agotadora para estirar los músculos de los hombros y equilibrarlos.Tras una sesión particularmente dolorosa, durante la cual Kumari había estirado y tirado de Lee con toda su fuerza, quiso darla por terminada, pero él insistió en seguir. Al llegar a su cuarto, Lee se derrumbó en la cama, pálido de dolor.—Pareces de hierro —le dijo.Al cabo de unas semanas lo observó por una ventana. Encorvado y renqueando como anciano, caminaba una y otra vez alrededor del hospital. Estaba tan flaco que parecía un espantapájaros. A Kumari se le partió el corazón.EN JULIO DE 1995, apenas ocho meses después del accidente, Lee y su padre fueron a una cancha de futbol a jugar un poco. Robert estaba orgulloso de su hijo, a quien no le importaba que le vieran las piernas llenas de cicatrices. Ya estaba subiendo de peso.
—Esto te hará bien, hijo —le dijo Robert, aunque Lee tenía sus dudas.La cadera que se había fracturado le causaba molestias.—No tiene sentido —dijo, con frustración—. Estoy muy rígido y lento. No puedo driblar como antes.Con todo, meses más tarde estaba corriendo otra vez por los cerros, y en enero de 1998 lo invitaron a participar en un partido de beneficencia. Lee no cabía en sí de gozo.Regresó a la universidad a terminar su carrera de administración de empresas. Tras graduarse se sometió a una última operación. Le pusieron unos globos bajo la piel ilesa del lado izquierdo del cuello, y los inflaron poco a poco a lo largo de varias semanas para estirarle la piel; luego, mediante cirugía, extendieron ésta sobre las cicatrices que quedaban.Lee supo que, la semana posterior al accidente, Teri Gilpin había estado llamando al hospital dos veces al día para conocer su estado. Quería agradecérselo personalmente.Teri se sentía nerviosa mientras esperaba en la sala de visitas del hospital. ¿Qué aspecto tendrá? Lo había visto gravemente herido y la única imagen que conservaba de él eran sus cejas quemadas y su piel grotescamente carbonizada.Un joven alto y atractivo fue hacia ella y le dio las gracias. La médica se asombró tanto que se echó a llorar. Dios mío, éste es el hombre al que salvé, pensó cuando la abrazó. Está vivo. Tiene toda la vida por delante.Actualmente Lee trabaja en el Fideicomiso de Salud de Powys, en Gales. Hace poco pasó dos semanas de vacaciones en Estados Unidos, donde entrenó a un equipo de futbol de estudiantes de enseñanza media en Washington, D.C. El futbol sigue siendo su pasión.