CUANDO LOS SEGUNDOS CUENTAN
Publicado en
junio 03, 2012

"Los accidentes no avisan", me dijo una vez mi instructor de primeros auxilios.
¡Cuánta razón tenía!
Por Kristina Avery (según lo relató a Andro Linklater)
Foto: ©Telegraph Colour Library/FPGERA UN DIA espléndido de mediados del verano, y lo pasé en una isla situada frente a la hermosa costa occidental de Suecia, en compañía de mi madre, que es sueca, y unos parientes y amigos. Un empresario del lugar, llamado Jean Gustafsson, buen amigo de mi tío Bo, nos llevó allí en lancha. Hombre corpulento y alegre de cincuenta y tantos anos, Jean tenía una casa de campo en tierra firme y conocía bien aquellas aguas.
Nos asoleamos en las tibias rocas, nadamos y comimos hasta bien entrada la tarde, cuando el sol dejó de calentar. Entonces nos embarcamos para volver a la costa. Tierra adentro empezaban a formarse unos nubarrones, pero donde estábamos nosotros el cielo seguía despejado. Al parecer habíamos emprendido el: regreso a tiempo.—Suban a la casa —nos indicó Jean cuando llegamos al muelle—. Yo voy a llevar la lancha al atracadero; no tardo.TORMENTA INESPERADA
Mientras Jean y mi tío se ocupaban del bote, las demás —mi madre, mi tía, la esposa de Jean (Martha) y yo— ascendimos despacio la empinada cuesta. Antes de que llegáramos a la casa el cielo se oscureció con un manto de nubes violáceas y plomizas, y se soltó un aguacero. Entramos corriendo y fuimos al balcón que daba a la bahía, para ver lo que hacían los hombres.
Jean había quitado el motor de la lancha para que mi tío lo subiera a la casa en coche, e iba remando hacia el atracadero, situado directamente debajo del balcón.—Va a llegar aquí hecho una sopa —anunció mi madre cuando vio las gruesas gotas que acribillaban el mar.Pero él estaba como si tal cosa. Se había quitado la camisa y a todas luces la lluvia le resultaba refrescante después del calor del día. Ya iba a llegar al atracadero cuando un par de muchachos aparecieron en la playa, agitando una bolsa en el aire para llamarle la atención. Al parecer, en la bolsa llevaban algo muy importante para un yate que estaba atracado no lejos de allí, pues Jean se acercó a recogerla, remó hasta el yate y la echó a bordo.A esas alturas el cielo se había ennegrecido, y Jean avanzaba trabajosamente en las agitadas aguas. Por fin llegó a la escollera. Cuando sacaba la lancha del agua, un rayo amarillo cayó al otro lado de la bahía con un trueno ensordecedor, y Martha perdió la paciencia.—¡Por Dios, date prisa! —gritó a voz en cuello.Como si la hubiera oído, Jean echó a andar a paso vivo hacia el sendero rocoso que llevaba a la casa. En un momento en que lo perdí de vista, otro rayo cayó al pie del sendero y levantó una bocanada de humo.En seguida supe que había pasado algo terrible.—¡¿Dónde está Jean?! —grité, y salí corriendo al instante.Todavía no sé cómo hice para sortear la abrupta bajada.CARRERA CIEGA
La distancia hasta abajo era de apenas unos 140 metros, pero me pareció que tardaba una eternidad en recorrerla. Las piernas me pesaban y sentía fuertes palpitaciones. La lluvia que me escurría por el rostro debe de haberme cegado, pues al llegar abajo no vi a Jean.
—.Jean, Jean! ¿Dónde estás? —grité con desesperación.Me volví hacia donde me parecía haberlo visto por última vez y allí estaba, tendido boca abajo en la hierba, con los brazos pegados al cuerpo y muy quieto. Aterrada, grité su nombre varias veces.A pesar del pánico fui capaz de pensar. Por el curso de primeros auxilios que había tomado a los 14 años —hacía 12— sabía que, si el rayo le había caído a Jean, la descarga eléctrica podía haberle detenido el corazón, y en esas condiciones no le estaría llegando oxígeno al cerebro y no tardaría en morir.Como no respiraba, mi primera tarea fue cambiarlo de posición para despegarle la boca del suelo; para ello lo sujeté con fuerza y me puse a mecerlo de un lado a otro hasta que conseguí voltear su mole de 83 kilos. Parecía un ser sacado de una película de espanto: tenía la piel y la lengua pálidas y amoratadas, un ojo dirigido hacia arriba y el otro medio cerrado. ¡Está muerto!, pensé.Le observé el pecho y comprobé que no se movía. Luego le palpé el cuello en busca del pulso, y nada. Llamé a mi madre, que venía bajando por el camino a toda prisa, pero ella no me oyó a causa de la lluvia. Me encontraba sola, y si Jean aún tenía salvación, su vida estaba en mis manos.En un instante retrocedí mentalmente a la vieja y polvorienta aula donde el instructor nos enseñó el abecé de la reanimación cardiopulmonar: (a) abrir las vías respiratorias de la víctima apartando la lengua y echando la cabeza hacia atrás; (b) dar respiración boca a boca, y (c) reactivar la circulación mediante compresiones del pecho. "Obsérvenme con atención", nos dijo. "Los accidentes no avisan, y cuando se da el caso de poner esto en práctica no hay tiempo para pedir ayuda".Jean estaba boca arriba. Le pasé una mano por debajo de la nuca y tiré hacia arriba para echarle la cabeza atrás, pero no pude moverlo lo suficiente. Entrecerrando los ojos para que no me entrara la lluvia, traté de levantarlo por los hombros, pero estaba tan mojado que se me resbaló, y así me ocurrió cuantas veces hice el intento.MEDIDA DESESPERADA
Decidí que, aun así, debía darle cuanto antes la respiración boca a boca. Sin hacer caso del ojo abierto, puse mi boca sobre sus fríos labios y soplé, en vano. Volví a soplar varias veces, pero sentía que el aire no estaba llegándole a los pulmones.
La aritmética de la falta de oxígeno me resonó en los oídos: a los tres minutos de inactividad cardiaca se corre un gran riesgo de sufrir una lesión cerebral; a los cuatro minutos la lesión es casi inevitable, y poco después las probabilidades de sobrevivir empiezan a ser cada vez menores. Recordé con toda claridad el momento en que el instructor nos mostró cómo hacer las compresiones de pecho: con ambas manos, una encima de la otra, y los brazos extendidos, para hundir el esternón y hacerlo que oprima momentáneamente el corazón contra la columna vertebral y lo reanime.Junté las manos con los dedos entrelazados e hice presión sobre el pecho de Jean, pero no pude hundírselo ni un ápice. Le di otro apretón, esta vez con más energía, sin ningún resultado. Yo sólo pesaba 51 kilos; no tenía la fuerza necesaria.Eché otro vistazo al pálido rostro. Tenía tan mal aspecto, que me pareció que ya no había nada que hacer para ayudarlo, pero no podía darme por vencida. En un esfuerzo desesperado, le di varios apretones más y luego volví a soplarle en la boca. Aun así, Jean siguió sin moverse. Furiosa, y dispuesta a intentar cualquier cosa con tal de hundirle las recias costillas, le pegué un puñetazo en el pecho.En eso llegó mi tío corriendo.—¿Cómo está? —me preguntó, resoplando.—¡Está muerto! —contesté con lágrimas en los ojos, pero en seguida me contuve.Aunque eso era lo que estaba pensando, decirlo en voz alta me consternó y me decidió a no permitirlo.SEÑAL DE VIDA
Con una furia controlada, volví a darle un puñetazo en el esternón, esta vez dejando caer todo mi peso sobre él. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando de su boca salió un resuello entrecortado! Fue el ruido más agradable que he escuchado en mi vida. Rebosante de alegría, volví a golpearlo con la misma fuerza, y una vez más se oyó el ahogado resoplido.
—¡Está vivo, está vivo! —grité.Y efectivamente estaba vivo, pero su respiración era todavía superficial e irregular. A tirones y empellones logré ponerlo en la posición de reanimación, que mantiene despejadas las vías respiratorias.El color le volvió casi de inmediato, y recobró el conocimiento al grado de preguntar qué le pasaba y dónde estaba su mujer. Me llevé otro susto al ver que comenzaba a hundirse de nuevo en la inconsciencia, pero por fortuna mi madre ya había llegado y se puso a hacerle preguntas en tono apremiante para obligarlo a contestar. Poco a poco, la voz de Jean se fue haciendo más fuerte.En ese momento supe que se pondría bien, y no cabía en mí de felicidad. Con los ojos llenos de lágrimas, le eché los brazos al cuello y le di un beso.La ambulancia llegó al cabo de lo que me pareció una eternidad. Cuando los paramédicos se lo llevaron, sentí que me quitaban un gran peso de encima.Un examen rápido que le hicieron en la ambulancia dio resultados tranquilizadores, pero aún no sabíamos si se recuperaría del todo. Mientras caminábamos de regreso a la casa, nos pusimos a calcular el tiempo que había transcurrido desde la caída del rayo hasta que Jean volvió a respirar. Habían sido por lo menos dos minutos y medio, o casi tres. Mi tío nos confesó que al ver el cuerpo exánime de Jean lo había dado por muerto. Sin embargo, la última recomendación de mi instructor había sido: "Nunca pierdan la esperanza".Las pruebas efectuadas en el hospital revelaron que no se había producido ninguna lesión cerebral. Jean había corrido con mucha suerte. Al parecer, el rayo había caído en el suelo, detrás de él, donde había unas cadenas de hierro enterradas, y la descarga le había subido por las piernas y recorrido el cuerpo. Tenía un ojo morado, una cortadura en el mentón y dos dientes desportillados por la caída, y las únicas huellas de la descarga eran quemaduras leves en la frente, una muñeca y un tobillo.Cuando lo vi en la sala de urgencias, unas horas después, estaba incorporado y sonriendo. Fue un momento muy emotivo, y pasamos un rato en silencio.—Me siento bien —dijo al fin para responder a mi pregunta—. Lo único que me duele es el pecho: siento como si me hubiera pateado un caballo. No puedo creer que lo hayas hecho tú.Yo tampoco podía creerlo, pero allí estaba él, prueba viviente de que sí lo había hecho.