EL CASO MARLEY (Linda Haldeman)
Publicado en
abril 01, 2012
En casa celebramos la Navidad a conciencia: con acebo, muérdago, pesebre y árbol. Colgamos los calcetines y tenemos una jarra de cup siempre lista para los que vienen a felicitarnos la pascua. Lo digo en primera persona del plural por corporativismo, ya que todo el entusiasmo navideño lo aportan Joyce y los chicos. Yo no soy amigo de estas fiestas, e incluso de jovencito procuraba eludir en lo posible esos ritos tribales generalmente tan apreciados.
A otros no les ocurre lo mismo. Por ejemplo, a Joyce. Durante años, no la entendí. Pensé que la decoración de la casa, los villancicos, etcétera, eran sólo para los niños. Pero al crecer los chicos, el feliz jolgorio no disminuyó y, en mis años de madurez, sigo rodeado por un trío de alegres jaraneros que se dedican a decorar paquetes con kilómetros y kilómetros de cinta de raso rojo, y cubrirlo todo de escarcha y oropel.Una semana antes de las pasadas fiestas, me vi obligado a ingerir una mínima dosis de espíritu navideño, asistiendo a la representación de la dickensiana Canción de Navidad que el club juvenil daba en la iglesia. Debo admitir que ésta es la parte que menos me molesta de las habituales saturnales. Evidentemente, no son la Royal Shakespeare Company, pero sí una mejora sobre los festivales navideños de mi infancia, donde cada año se desmayaba al menos un ángel, y los Reyes Magos siempre olvidaban sus parlamentos. Como en todos los actos estacionales, mi familia tuvo un destacado papel en aquella producción. Stephanie, con un vestido de gasa dolorosamente evocador de los disfraces de ángel de las escuelas dominicales, hacía de Fantasma de las Navidades del Pasado.—¿Del pasado remoto? —preguntó recelosamente el niño que interpretaba el papel de Scrooge.—No; de tu pasado —replicó Steffy, con una voz fina y etérea que a mí, su padre, me produjo escalofríos. A veces imagino a Steffy como entrenadora de baloncesto o como pregonera de feria, pero, desde luego, ni como actriz, ni con esa voz. Curioso.Como es natural, Mark hizo de Tiny Tim. Es bajito para su edad, y capaz de proyectar un engañoso aire de angelical inocencia.—Dios nos bendiga a todos —entonó con la atiplada untuosidad de un telepredicador infantil. Fue una actuación que derritió el viejo y sentimental corazón del pobre Scrooge; pero que endureció el mío, no sólo porque me era imposible separar por completo al Mark que sonreía dulcemente en escena del Mark que organizaba los grandes zipizapes durante la cena, sino porque recelo por sistema de los niños virtuosos.De regreso a casa, nos detuvimos en un Mister Donut. Perdida su angelical condición, Steffy pidió un donut doble de chocolate, y una taza de chocolate caliente. Me pareció ver el acné brotando ante mis propios ojos. Optando aparentemente por seguir en su papel, Mark escogió algo con relleno de cabello de ángel.Joyce comentó:—Es realmente asombroso: las grandes obras no envejecen. Pero claro, el espíritu de la Navidad tampoco envejece.—Bah —dije—. Bobadas.—Pero, papá... —Steffy suspiró como sólo las hijas adolescentes saben suspirar.Yo continué.—Lo cierto es que hay algo que siempre me he preguntado. Canción de Navidad empieza diciendo: «Para empezar, Marley estaba muerto. De ello no cabía la menor duda.» —(Me sentí orgulloso de poder citar el texto con tal precisión, ya que los niños quedaron evidentemente impresionados. Y... ¿cuántas veces puede un hombre de mi edad y limitaciones impresionar a sus hijos?)—. Muy bien: Marley estaba muerto. Pero, ¿de qué murió?—No sé; probablemente, de apoplejía o de infarto —dijo Joyce—. Al fin y al cabo, era un tipo clásico. Una personalidad.—¿Habéis considerado la posibilidad de que su muerte no se debiera a causas naturales?Perfecto. Conseguí la plena atención de mi familia, echando un chorro de vinagre sobre su emotivo merengue de paz y buena voluntad. Qué divertido.—Ah, ya —dijo Mark, en un alarde de perspicacia asombroso en él—. A lo mejor lo asesinaron.—¿Y quién iba a haber hecho tal cosa? —rió Joyce.—Busca un motivo.—El primer sospechoso sería el propio Scrooge —dijo Steffy, que, pese a ser un fantasma y estar en segundo de bachillerato, las pesca al vuelo y comparte mi pasión por los relatos detectivescos—. Tenía un motivo. El dinero. Marley era dueño de la mitad del negocio, y luego la heredó Scrooge, ¿no?—Demasiado obvio —dije—. El sospechoso más evidente nunca es el culpable.—Además —intervino Mark—, si Scrooge lo hubiese liquidado, ¿por qué iba Marley a volver de entre los muertos para salvarlo? Apuesto a que fue el bueno de Tiny Tim con su muleta: debió de abrirle la sesera al viejo por no pagarle a su padre un salario decente.—Imposible —afirmó desdeñosamente Steffy—. ¿Qué edad crees que tenía Tiny Tim, enano? Probablemente, cuando murió Marley, él ni siquiera había nacido. Scrooge dice: «Mr. Marley llevaba siete años muerto.» Puede que en aquella época Bob Cratchit ni siquiera trabajase para Scrooge y Marley. Chínchate, mamarracho.De cuando en cuando —no con gran frecuencia, ojo— uno se enorgullece de sus retoños.Ahora que nuestros hijos ya son mayorcitos, celebramos la Navidad temprano, lo cual me agrada, pues significa que lo peor termina pronto, permitiendo que la casa vuelva a la bendita calma invernal. Todo comienza el día de Nochebuena, con un extenso recorrido del vecindario cantando villancicos que concluye en la parroquia de San Nicolás (nada menos), donde se celebra la misa del gallo, a la cual no asisto pues, de todo el oropel, el más absurdo es el oropel litúrgico.Este año me sentía particularmente scroogiento respecto a las celebraciones, así que cené un improvisado tentempié (ayuno antes del festín, supongo) y luego fui a refugiarme en mi estudio y no hice acto de presencia hasta que los parranderos estuvieron a punto de marcha. Entonces los despedí con un resonante «¡Bah, bobadas!» que fue recibido con absurda animación por mi familia.—Oh, papá... —dijo Stephanie.—Ojo con el brandy —me advirtió Joyce.Los despedí en la puerta y luego, desde la ventana de la sala, los observé alejarse hasta que doblaron la esquina y se perdieron de vista. Entonces apagué la policroma guirnalda de luces que adornaba nuestro porche, desenchufé el árbol de Navidad, y la emprendí con el brandy. No desaforadamente, pues me produce una resaca infernal, sino sólo lo bastante para ablandarme. Una vez suficientemente blando, apagué el resto de las luces y me fui a la cama.Fue un error. A veces el brandy cae bien; pero otras es contraproducente. Aunque ignoro si, en realidad, la culpa fue del licor o de lo vacía y silenciosa que se había quedado la casa. Durante el pasado mes, había ansiado silencio y soledad, pero ahora que tenía uno y otra en abundancia, ambos resultaban opresivos.Y luego la luna, que tenía el mal gusto de estar llena en una noche fría y sin nubes. Era una luna blanco-plateada que relucía implacablemente sobre una tierra blanco-plateada. Resultaba demasiado, una auténtica exageración, como si todo el universo estuviera cubierto de oropel. Y la luz no se quedaba en su sitio, o sea fuera, sino que la muy condenada se filtraba por entre los resquicios de la persiana e invadía mi cama, brillando sobre mis ojos e impidiéndome dormir. Así que permanecí despierto, reflexionando, no sé por qué, sobre el destino de Jacob Marley, muerto hacía casi un siglo y medio.Al fin, dándome por vencido, eché a un lado la manta eléctrica, me calcé las zapatillas y fui abajo. La luna me siguió, iluminando las escaleras y el amplio vestíbulo. Los traslúcidos visillos de la sala invitaban generosamente a toda la luna del barrio a pasar. Frente al amplio mirador, el árbol de Navidad tenía el mustio aspecto que sólo los árboles de Navidad apagados tienen. Los árboles del exterior, carentes incluso de la decoración natural de su follaje y silueteados por la omnímoda luz lunar, parecían negros espectros, esqueléticos y amenazadores. Rápidamente, di media vuelta, crucé el vestíbulo y entré en mi estudio. Cerré la puerta, eché las cortinas y encendí la cálida luz de la lámpara de lectura.El tercer estante de la librería que ocupa una de las paredes contenía una excelente colección de las obras completas de Dickens encuadernadas en cuero, una herencia de mi abuelo que yo llevaba años sin tocar. Cogí el volumen titulado Cuentos de Navidad, me acomodé en mi sillón y, en voz baja, leí:—«Para empezar, Marley estaba muerto. De ello no cabía la menor duda.»—Estoy totalmente de acuerdo —declaró una voz que era, a un tiempo, fina y cavernosa.Sobresaltado, respingué y lancé una exclamación, dejando caer el libro. Ante mí estaba el espectro de Jacob Marley, idéntico a como Dickens lo había descrito, un hombre alto y fornido, con chaleco y botas, arrastrando tras él una gran cadena de hierro en la que, a cada pocos eslabones, había enganchados, como dijes en una pulsera, libros de cuentas, llaves, candados, monederos y similares. El tipo era tan transparente que, a través de su cuerpo, eran perfectamente legibles, en la estantería frente a la cual estaba, los títulos de las obras de Dickens de mi abuelo.—¡Pero... ¿qué demonios...?! —exclamé y, según las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de lo absurdas y poco dickensianas que resultaban. La aparición no sonrió, pero quizá no lo hizo porque se lo impedía la blanca venda que llevaba en torno a la cabeza, desde la mandíbula hasta la despoblada coronilla.—Me llamo Marley, señor —dijo—. Jacob Marley.Me tendió su transparente mano y yo automáticamente adelanté la mía para estrechársela; pero enseguida la retiré y con voz que, lo admito, era un poco trémula, protesté:—Con el debido respeto, Mr. Marley, esto es totalmente absurdo. ¿Qué pretende de mí? Bien sabe Dios que festejo la Navidad. Vaya a ver si no el maldito árbol, que debe de tener encima media tonelada de adornos. Incluso canto en el coro navideño de la parroquia. Eso es festejar la Navidad, y de sobra.—Festeje usted la Navidad a su modo, que yo lo haré al mío —dijo ilógicamente el espectro.—¿Dándole a personas inocentes sustos de muerte en plena noche?El espectro suspiró:—Estoy condenado a vagar por el mundo, intentando hacer el bien que no hice en vida.—¿Y qué bien puede hacerme a mí?—Permitirle descansar en paz.—Dios bendito —murmuré, retrepándome en mi butaca.Por su propia iniciativa, el sillón se colocó en posición reclinada, echándome bruscamente para atrás. Cerré los ojos e intenté poner orden en mis caóticos pensamientos. Naturalmente, era posible que en aquellos momentos yo me encontrase sano y salvo, dormido al abrigo de la cálida manta eléctrica y bajo la influencia de una liberal sobredosis de brandy, soñando. O bien mi subconsciente le había ganado al fin la batalla a mi cordura, y me encontraba alucinando en el estudio, entronado como un rey loco en mi sillón reclinable, donde poco daño podía hacer a nadie. Pero, dado que, incluso en los casos más extremos, soy una persona razonable, espero que mis alucinaciones tengan un mínimo de lógica y coherencia.—Creo que está usted confundido, Jacob —dije en voz muy baja, preguntándome si no sería más acertado intentar despertarme en lugar de desperdiciar energía intelectual razonando con un capricho de la parte derecha de mi cerebro. Por otra parte, me daba un poco de miedo descubrir que no estaba dormido—. Usted es el espectro, y yo soy el que debe hacer algo que le permita descansar en paz.—Si puede hacerlo, no sabe cómo se lo agradeceré —dijo cortésmente el espectro de Marley—. Al parecer, aunque usted es de carne y hueso y yo soy un espíritu, compartimos una misma aflicción: no logramos descansar por la noche.—Si alguien apagase la luna, dormiría sin ningún problema.—¿Sólo tiene insomnio cuando hay luna llena? —preguntó el espectro—. No lo creo.—Realmente, un poco de oscuridad me vendría muy bien. No sé por qué diablos no logro dormir. Si lo que dice el cuento es cierto, usted no logra descansar porque en vida fue un miserable y un canalla, y ahora tiene que ir por ahí asustando a otros miserables canallas y convirtiéndonos en émulos de Santa Claus. Si eso es lo que en estos momentos se propone, no podría haber escogido casa menos adecuada.—He venido porque usted me recordó —dijo el fantasma de Marley—. Pensar en mí es lo que lo mantiene despierto. Ha hecho una pregunta que nadie, ni siquiera mi creador, hizo nunca. Conseguir que usted descanse es muy sencillo: basta con hallar respuesta a tal pregunta.Miré al fantasma con asombro.—¿Intenta decirme que usted mismo no sabe de qué murió?Él asintió con la cabeza.—Sólo existo en la medida en que se me ha ideado. Quien me creó no pensó cómo había sido mi muerte. Por consiguiente, mi forma de morir no existía. Al menos, no existía hasta que usted se interesó por ella.—Tampoco sentía tanto interés —rezongué—. Simplemente, hablaba por hablar.—Si hablaba por hablar, ¿cómo es que no logra dormir?—Que me condene si lo sé.El espectro se estremeció, haciendo que su cadena resonase fuertemente sobre la moqueta.—Querido señor: le imploro que no utilice esas expresiones. El caso es que ha suscitado usted mi curiosidad y, dado que, por los motivos que sean, ambos nos hemos quedado sin reposo esta Nochebuena, puede resultar divertido e incluso enriquecedor que dediquemos nuestro tiempo a resolver el misterio, ¿no cree?Me encogí de hombros.—¿Por qué no lo hace usted solo? Yo prefiero volver a la cama.Me levanté, dispuesto a irme, pero su traslúcida mano me agarró por el brazo con sorprendente vigor.—Vamos, amigo mío, no tenga tanta prisa. Dada mi incorporeidad y que soy un fantasma menor, no me es posible viajar solo. Todos mis desplazamientos debo justificarlos como cualquier otro funcionario de ultratumba, y usted podría ser mi justificación. Además, yo era un hombre de negocios, carente de la imaginación necesaria para resolver misterios. Podría usted serme de gran ayuda.—¿Y qué sacaría yo de ello?—O mucho me equivoco, querido señor —dijo el espectro de Marley— o no es usted de los que duermen bien con el estómago vacío o con una duda sin resolver. Lo que le ofrezco es la extraordinaria oportunidad de viajar por el tiempo, de observar el mundo como era y no volverá a ser. En el fondo de su corazón, siempre ha deseado ser detective y resolver algún gran misterio. Ésta es su oportunidad, quizá la única que tenga en su vida, de ver cumplido tal deseo. La existencia corpórea es lastimosamente breve, créame. Cuando se está en este lado, se dispone de mucho tiempo para lamentar las oportunidades perdidas.Lentamente, regresé al sillón reclinable y me senté.—Probablemente moriría usted de un infarto, de apoplejía, o por comer alimentos en mal estado.—Usted no cree que fuera de ese modo y, por consiguiente, no es de ese modo —dijo el espectro de Marley.—¿Y eso qué significa?—Significa, querido amigo, que usted es el autor.Recogió del suelo el tomo de cuero repujado que yo había dejado caer y me lo tendió. Puse el sillón en posición reclinada y comencé a leer en voz alta. El espectro se apoyó en el respaldo y, por encima de mi hombro, contempló la imagen de sí mismo que aparecía en un grabado del libro.—«Para empezar, Marley estaba muerto. De ello no cabía la menor duda. El acta de su entierro la habían firmado el sacerdote, el enterrador y el presidente del sepelio. Scrooge la firmó, y el nombre de Scrooge era...»Un sillón reclinable no es el mejor sitio para leer: resulta demasiado cómodo. Más de una vez me he quedado traspuesto leyendo incluso una apasionante novela de misterio, así que no es extraño que me volviera a ocurrir. Me desperté con un sobresalto al escuchar las campanadas de las doce. Eso tampoco me pareció demasiado anómalo, hasta que recordé que en casa no tenemos reloj de carillón.Me incorporé rápidamente y enderecé el respaldo del sillón. La luna parecía haberse adueñado de mi estudio, poniendo sobre cuanto en él había un toque de oropel. Y plantada frente a mí, en el lugar donde el viejo Marley hizo su primera aparición, estaba mi hija Stephanie, con el vestido de ángel que llevaba en la función navideña, el pelo recogido por una guirnalda de acebo, y una misteriosa sonrisita en los labios. El oropel lunar se reflejaba en ella de tal modo que la chiquilla parecía refulgir.Me esforcé por recuperar el equilibrio mental.—¿Ya habéis vuelto de misa, bonita?—Soy el fantasma de las Navidades del Pasado —dijo, con una gélida voz que me produjo escalofríos.—¿De mi pasado? —pregunté, decidiendo seguirle la corriente.—No; del pasado remoto. Vamos. Mi tiempo es escaso.—Como tu estatura.Me esperaba el habitual «¡Pero, papá!», pero en vez de ello, obtuve un enérgico ademán y una orden tan sosegada como firme:—¡Levanta y acompáñame!—No, gracias, bo... —comencé a decir, pero entonces me di cuenta de que la mano que me llamaba era traslúcida y un poco iridiscente. Me apreté bien contra el sillón, sobre cuyos brazos cerré mis frías pero opacas manos—. ¿No hay... más remedio?La aparición, tan similar y tan distinta a mi hija, meneó solemnemente la cabeza, y pequeñas chispas de oropel flotaron en el aire en torno a ella.—No está obligado a acompañarme, y puede negarse a hacerlo sin temor a castigo. Pero resultaría extraño que lo hiciese, ya que es usted uno de los pocos afortunados que sé libran del doloroso viaje hacia el propio pasado. Lo que se le ofrece es la rarísima oportunidad de visitar un pasado que no es el suyo, para la simple satisfacción de su curiosidad.—¿De veras? ¿Sin compromisos ni moralejas?La tenue sonrisa del Espíritu se amplió levemente.—Pocos viajes se realizan en lo que ustedes llaman «el mundo real» sin aprender algo. Se le mostrarán cosas; lo que usted haga con ellas es asunto suyo. La oportunidad no volverá a presentarse. Acompáñeme ahora, o cierre el libro para siempre.Soy hombre incapaz de pasar ante una puerta abierta sin echarle un vistazo al interior de la habitación, así que, ante semejante reto, sólo podía aceptar. Cogí la mano del Espíritu, y me sorprendió que, al tacto, pareciera carne auténtica. Su tirón fue fortísimo, haciendo que me levantara de la butaca y cruzase el estudio hasta llegar al salón, bañado por la luna. Recordaba perfectamente que la Steffy de carne y hueso me había sacado con idénticas prisas de la comodidad de mi estudio para que viese el árbol decorado. Ahora lo vi, reluciendo bajo la luna. Parecía mayor, con más ramas, más brillante y, si cabe, aún más abigarrado.—¿Cuál es nuestro destino? —pregunté, mientras avanzábamos rápidamente hacia el mirador.—Londres, 24 de diciembre de 1836. —Lo dijo con la entonación que usa la voz del narrador al comienzo de las películas históricas o de ciencia ficción de bajo presupuesto. La fecha, siete años anterior a la publicación de Canción de Navidad, me recordó súbitamente el motivo de mi viaje.—Un momento: ¿dónde está el viejo Marley?—Aquí mismo, querido señor.Y, en efecto, allí estaba, atisbando sobre mi hombro izquierdo y, aparentemente, allí había estado todo el tiempo, sin que yo lo advirtiese. El viejo me cogió la mano izquierda, y los tres juntos atravesamos la ventana del mirador. Noté el sólido cristal pasar en torno a mí como las sartas de una cortina de cuentas.Al acercarme a la ventana había cerrado los ojos y cuando salimos al exterior no los abrí inmediatamente. El aire era distinto; igual de frío pero mucho más húmedo. Y en torno a mí noté un revoltijo de ruidos y de olores: humo de carbón, gas del alumbrado, pescado podrido, cerveza, alcantarilla, y luego, sobreponiéndose a todos ellos, el dulce y cálido aroma del pudding de frutas. Permanecí por unos momentos inmóvil, con la cabeza vuelta hacia arriba, como un sabueso olfateando caza. Luego tuve la sensación, extraña y más bien desagradable, de alguien pasando a través de mí como si yo fuese una cortina de cuentas. Abrí los ojos.Comprendí inmediatamente dónde estaba, pues era un lugar que ya conocía: la City de Londres en un atardecer invernal; una concurrida encrucijada próxima a los tres grandes edificios que forman el cogollo en torno al cual se extendió la ciudad: el Banco de Inglaterra, la Mansion House y el Royal Exchange. Me pasmó lo parecida que era la escena a la que vi en mis días de estudiante, contemplando a los grupos de oficinistas que, al atardecer, atestaban las viejas calles dirigiéndose a las estaciones de metro y tren. Y sin embargo, al recuperarme de la impresión de encontrarme en un lugar que tan bien recordaba, advertí que, aunque muy familiar, todo era también maravillosamente extraño.La calle en que nos encontrábamos se llamaba Leadenhall, y estaba entre dos iglesias: la de St. Michael Cornhill, cuya sólida torre rectangular lo dominaba todo, y la de St. Andrew Undershaft, que se alzaba en el punto que, según la leyenda, antaño ocupase un gran árbol de mayo. Son las iglesias, las ubicuas iglesias, las que le dan a la City londinense su aire intemporal. El Londres en que me encontraba era más viejo, más sucio, más ruidoso y aun más encantador que el de mis años estudiantiles.Soy hombre urbano, y me encantan las prisas, el ajetreo y el ruido de la gran ciudad. Pero aquello era casi demasiado hasta para mí. El ruido resultaba casi increíble, formado por el clamor de las carretillas de burros, los coches de alquiler y los grandes ómnibus que rodaban por el empedrado; los gritos de vendedores que anunciaban sus mercancías a los peatones, y el intermitente redoblar de campanas. Conté los tañidos de la torre de St. Michael y me sorprendió que sólo fueran las tres de la tarde, pues ya reinaba la suficiente oscuridad como para que los faroles de gas se hallasen encendidos. El aire estaba saturado de una opresiva niebla verdosa que todo lo penetraba, suavizando la rudeza de la vida callejera, como si la envolviese en un velo de tul verde-grisáceo.Me era difícil ver con claridad, problema que los nativos parecían haber superado, y me topé con una joven que surgió inesperadamente de la niebla corriendo calle abajo, con un oscuro chal de punto sobre el vestido de seda a rayas y cubierta con una toca que rodeaba un rostro que reflejaba una angustia que parecía fuera de lugar en tan tranquilas facciones. Fui a excusarme, pero, cuando el borde de las enaguas atravesó mi asombrada pierna, comprendí que las disculpas eran, no sólo innecesarias, sino absolutamente inútiles.Sintiendo curiosidad por saber adonde se dirigía y conocer el motivo de su evidente nerviosismo, me coloqué junto a ella y la seguí. La invisibilidad, por cierto, es un atributo muy útil para ir por una calle transitada, especialmente cuando se intenta seguir a alguien que tiene mucha prisa y que ni siquiera sabe que uno está ahí. Yo disfrutaba enormemente, absorbiendo la maravillosa y mugrienta vitalidad urbana, sintiendo el ajetreo y la alegría, observando con deleite el espectáculo de los pintorescos y extraños tipos que deambulaban por la City. De cuando en cuando, mientras atravesaba (literalmente) la multitud, me divertía jugando infantilmente al «hombre invisible», balanceándome de un farol y pasando a través del bruñido «brasero» de latón de un puesto de venta de patatas asadas situado en la confluencia de Whittington Avenue con el viejo Leadenhall Market. Debí de producir un soplo de brisa, ya que de los carbones del brasero se elevó una súbita llama anaranjada que no tardó en extinguirse. Luego recordé a Marley y la superstición de que las llamas se avivan en presencia de los espectros.—Usted dispense —dije, mirando por encima del hombro; pero sólo vi al Fantasma de las Navidades del Pasado ayudando al vendedor de patatas a controlar la conflagración. Marley había seguido su camino, adentrándose en la confusión del gran mercado de aves.—¿Adonde va? —pregunté, por encima del clamor de cientos de pollos, pavos, gansos, patos, y, no me hubiera extrañado nada, también de dodós y emús, que se lamentaban ruidosamente de su destino en las atestadas jaulas del mercado, una dickensiana corte de los milagros avícola si alguna vez la hubo. Un grupo de tres o cuatro sucios y desharrapados muchachos que cantaban desentonando villancicos pasaron a través de mí y rodearon al vendedor de patatas en un intento de aprovecharse de la generosidad de sus clientes y del calor de su fuego.—Mi domicilio —jadeó Marley, señalando vagamente hacia la calle que teníamos enfrente—. Ahí vivía, y aún vivo, por así decirlo, sobre las bodegas.Sintiendo un gran alivio por abandonar el bullicio del mercado de aves, seguí al espectro por un estrecho callejón que flanqueaba la parte trasera de un gran edificio de piedra. Salimos a una calle de enormes e impresionantes edificios, sólo ligeramente menos congestionada que la arteria principal, y el espectro de Marley, haciendo caso omiso de la ligera aguanieve que caía del encapotado cielo, y de las salpicaduras de negro lodo que producían los cascos de los caballos y las ruedas de los carros, siguió a paso vivo hacia un estrecho patio semioculto entre dos edificios. Antes de seguirlo a través de aquella decimonónica hora punta, vacilé un momento, pues aún no terminaba de fiarme de la incorporeidad de mi persona.Un ligero toque en mi brazo hizo que me volviera. El Fantasma de las Navidades del Pasado, disfrazado de mi hija Stephanie, señaló hacia un gran edificio de piedra.—La East India House. Derribada en 1862. Debiera echarle un vistazo a la fachada principal, que da a Leadenhall Street. Contemplaría algo que ninguna persona viviente ha visto.Ese tipo de privilegio exclusivo me atrae poco. Estaba mucho más interesado en explorar las bodegas de Marley, pero en Leadenhall Street había algo que sí captó mi interés: una nerviosa joven con un vestido de seda a rayas, chal y toca, acababa de cruzar la calle y se dirigía hacia el norte pasando ante la iglesia gótica de St. Andrew Undershaft.—¡Eh Marley! ¡Por ahí! —grité—. Quiero ver adonde va esa muchacha.Él me siguió con una obediencia que jamás he logrado suscitar en los vivos.—¿Se me permite preguntar por qué seguimos precisamente a esa persona? —preguntó, cuando se puso a mi altura.—La verdad es que no lo sé. Es una simple corazonada. Los grandes detectives siempre siguen sus corazonadas.Cruzar Leadenhall a aquella hora era peligroso y prácticamente imposible para los simples mortales, pero nosotros atravesamos fácilmente los carros y coches de alquiler. Seguimos a la joven pasando frente a añosas mansiones y reliquias isabelinas de madera y ladrillo, hasta una zona de pequeñas tiendas con viviendas en el piso superior.—¿Dónde estamos? —pregunté a Marley.—En Simmery Axe.St. Mary Axe, traduje para mí. Los topónimos ingleses son maravillosos, y su pronunciación lo es aún más. Al principio no comprendí por qué conocía aquella pronunciación en particular, pero, mientras andaba por la calle en pos de mi corazonada, me vino a la memoria una canción:Me llamo John Wellington Wells,
y soy experto en magia y hechizos,
en bendiciones y maldiciones,
y en siempre repletos bolsillos,
en profecías, brujas y males de ojo.
De Gilbert y Sullivan, ¿no? De joven, yo me sabía de memoria muchas de sus canciones y recitados, y las cantaba a mi modo. El sonido de los cascos de los caballos y el rítmico sonido de la campana de un vendedor de pasteles formaban un adecuado acompañamiento, y rompí a cantar, en la tranquilidad de que ningún oído mortal podía escucharme. Marley, sin embargo, me miró con dolida expresión.Sí deseas que un altivo enemigo desaparezca...
o que tu tío rico en cera fundida se disuelva,
no tienes más que recurrir
a nuestro especialista en brujerías,
en el número setenta de Simmery Axe.
Dios bendito. Me paré bruscamente frente a una de las tenduchas, ya que la joven de la toca se había detenido y la miraba con claro nerviosismo. La fachada de piedra era negra, como la puerta. Los escaparates, pensados para mostrar los productos a la venta, estaban tan manchados de hollín que parecían igualmente negros. El fluctuante brillo de velas dentro de la tienda sólo contribuía a oscurecer la visión. Alcé la mirada. Sobre la puerta y el escaparate, escrito con bruñidas letras de latón, se veía el nombre de la tienda, con el número 70 al principio y al final, como si de unas comillas se tratase.70 J. W. WELLS & CÍA., BRUJOS 70
Me eché a reír. Todo aquello era absurdo. No estaba acostumbrado a tener sueños tan literarios. Pero aquél era un tema que conocía, y no podía dejar pasar un error semejante.—Lo siento —dije a Navidades del Pasado, que seguía flotando a mi derecha—. Eso no puede ser. —¿Disculpe? —dijo el amable Espíritu.—Es un anacronismo. Un anacronismo flagrante y descarado. Gilbert escribió El brujo en 1877. Se supone que éste es el Londres de 1836. ¡El propio Gilbert nació en 1836! ¿Qué explicación tiene eso?—Elemental —dijo el Espíritu—. Se trata de una vieja empresa familiar. El actual propietario es el abuelo del brujo de Gilbert.—Eso es ridículo. ¿Cómo puede existir la compañía antes de que su autor la inventase? Es imposible, incluso en la ficción.—En la ficción es posible cualquier cosa, siempre que sea consistente —explicó el Espíritu, con gran paciencia—. Y una vez concebido, un personaje o un lugar adquieren existencia propia: un pasado, un presente y un futuro.Me eché a reír.—Eso es salirse por la tangente. ¿Intenta decirme que no existe diferencia entre la realidad histórica de carne y hueso y... y el producto de la imaginación de alguien?—Querido señor —replicó el Espíritu—, todos somos producto de la imaginación de alguien.Eso es lo que se saca discutiendo con un fantasma.Volví a mi corazonada.La joven, tras otra rápida y aprensiva mirada en torno, entró en el local, haciendo sonar la campanilla de la puerta. La seguí, pasando a través de la puerta una vez ella la hubo cerrado, sólo por el gusto de hacerlo así mientras podía. A fin de cuentas, me pasaré el resto de mi vida abriendo puertas.El interior de la tienda era tan oscuro como el exterior, y la niebla saturada de hollín parecía haberse filtrado por la cerrada puerta, impregnando hasta el último rincón del local. Lo poco que se podía ver entre aquella bruma parecía una mezcla de vieja quincallería y de tienda de artículos de magia y bromas, como las que se encuentran en las ferias, entre el pim-pam-pum y el bingo. Un hombre menudo, rechoncho y calvo, con chaleco de espiga sobre camisa rosa, alzó la vista desde detrás del pequeño escritorio de madera al que estaba sentado haciendo un solitario con una vieja baraja de tarot, a la luz de un quinqué de petróleo de corta mecha que, aparte de un pequeño brasero de carbón, era la única fuente de luz.—¿En qué puedo servirla, señora? —preguntó a la joven con mal disimulado acento cockney. Tenía la cara sonrosada, sonrisa de querubín y voz untuosa.La mano de la joven, cuando la sacó del manguito de piel, temblaba, y su insegura voz estaba cargada de tensión.—He venido a... a por... Bueno, la efigie.El propietario se alzó las gafas sobre la coronilla y escrutó durante casi un minuto el rostro de su cliente. Al fin, lentamente, dijo:—Ah, sí. Mr. Scrooge.Sin levantarse, giró para quedar frente a la atestada estantería de detrás de su escritorio, si bien no tengo ni idea de cómo lo hizo, porque su asiento no era giratorio.—Sí, aquí lo tenemos: Mr. Scrooge.Sacó un paquete cilíndrico, envuelto en papel de periódico, y se lo tendió a la mujer. Ella lo tomó temblorosamente y quedó contemplándolo.—Dios mío... Es terrible. No sé si seré capaz de hacerlo.J. W. Wells sonrió levemente.—La primera vez siempre es la más difícil.—Dios mío —repitió agitadamente la joven—. Yo, desde luego, no pienso volver a hacerlo. Conste que no es para mí. Nunca haría algo semejante en mi beneficio. Es por Fred, por el pobre Fred. No tiene ni un penique, y es tan injusto...—Y no teniendo ni un penique, el querido Fred no puede casarse con usted, ¿verdad?La muchacha bajó la mirada.—Aún no me lo ha pedido.—¿Ah, no? Vaya, vaya... —El menudo tendero rió entre dientes y, con movimiento rápido, suave y firme, cogió la mano de la muchacha—. Bueno, veamos qué hay aquí. —Le quitó el paquete de la mano y le hizo extender la palma y ponerla a la luz del quinqué—. Vaya, esto está muy bien. La línea de la vida es muy larga. Veo que se casará, aunque no pronto. Pese a todo, es una mano excelente: en ella hay felicidad, muchos hijos y prosperidad en su debido momento. Las estrellas dicen que, si tiene usted paciencia, su hora feliz llegará.Soltó la mano y devolvió el paquete a la muchacha.—Un bonito regalo de Navidad para el bueno de Fred. Son cinco libras, señora, más un chelín por leerle la mano. Por ser usted. A los demás clientes les cobro dos chelines y medio.—Oh... —Rebuscó en el interior de su manguito, sacó de él un monedero y contó cuidadosamente las monedas.—¿Está seguro de que es Mr. Scrooge? —preguntó, mirando el pequeño paquete—. ¿Conoce usted a Mr. Scrooge?La risa fue más malévola, menos de querubín.—¿Que si conozco a Mr. Scrooge? Querida señora: desgraciadamente, no hay nadie por estos contornos que no conozca a Mr. Scrooge. Vive cerca de aquí, y muchas veces me lo encuentro por la calle. Yo le digo: «¿Mr. Scrooge?», y lo saludo con el sombrero. Él, cuando tiene a bien contestar, se limita a hacer «Humm». No es hombre amable, nuestro Mr. Scrooge. —Se inclinó sobre el mostrador y, confidencialmente, dijo—: Usted y yo vamos a hacerle un favor a esta ciudad.La joven se estremeció y retrocedió un paso, susurrando:—Es por Fred, sólo por Fred. ¿Qué hago con esto?—Arrójelo al fuego, señora, y diga estas palabras... —Acercó su rostro al de la joven, y le susurró al oído unas frases que yo, aunque arrimé la oreja, no logré captar—. ¿Entendido? Bien. ¿No quiere echarle un vistazo a la efigie? Debo decir que el parecido es maravilloso.—No, no; no lo soportaría. Prefiero no verla.Escondió el paquete en el manguito y salió corriendo de la tienda, seguida por el tintineo de la campanilla.—Muchas gracias y feliz Navidad —dijo el tendero—. Y lo mismo para el afortunado Fred.Atravesé la puerta en el momento en que la gran campana de St. Andrew Undershaft daba las cuatro. El poco cielo que podía verse estaba oscuro, pero la calle refulgía con el brillo de las antorchas y de la luz de gas. Marley se materializó junto a mí.—¿Quién es ese Fred? —me preguntó.—El sobrino de Scrooge.—Ah, sí, ese muchacho tan condenadamente jovial que cada Nochebuena aparece por la contaduría, repartiendo sonrisas como si fuesen mazapán. Scrooge creía que el chico iba detrás de su dinero. Pero a ella no la conozco. ¿Quién es y qué se trae entre manos?—Creo que es la futura sobrina política de Scrooge y, o mucho me equivoco, o, por así decirlo, se propone disolver a un tío rico en cera fundida. Vamos.Avancé a través de la multitud, porque estaba perdiendo de vista a mi corazonada. De pronto, se produjo un tumulto en la esquina suroeste de Leadenhall Street, frente a la abigarrada fachada neoclásica de la East India House. Dos mozos de cuerda ligeramente borrachos habían chocado y ahora estaban zanjando con los puños la cuestión de la preferencia de paso. El cercano mercado se vació en la calle para contemplar la pelea. Atravesé el centro de la multitud, pues había atisbado una toca oscura desapareciendo Whittington Avenue abajo. Luego vi a la joven detenida frente al brasero del vendedor de patatas asadas, que había quedado momentáneamente desatendido. Ella, muy pálida, miró aprensivamente en torno y luego, decidiéndose, tiró el paquete sobre las ascuas del brasero, y salió corriendo en dirección oeste.Para cuando llegué junto al brasero, el papel había ardido en amarillentas llamas, convirtiéndose en una fina y negra costra, y la efigie de cera comenzaba a disolverse. Ver cómo las reconocibles facciones humanas se iban deshaciendo era horroroso. Y las facciones resultaban reconocibles, pues eran la viva imagen de Jacob Marley.Olvidando mi fantasmal estado, grité a la muchacha que se alejaba:—¡Eh! ¡Le ha echado usted mal de ojo al hombre equivocado!La efigie se estaba disolviendo rápidamente, y metí la mano en el brasero, intentando sacarla; pero algo hizo presa en mi muñeca, impidiéndomelo.—Lo único que puede usted hacer es observar —dijo el Fantasma de las Navidades del Pasado—, no intervenir. El pasado no puede cambiarse, ni siquiera en la ficción.Y allí nos quedamos, a la escasa luz del anochecer, tres incongruentes espectros observando cómo, mientras comenzaba a nevar, la efigie se fundía lentamente y grandes lagrimones de cera caían sobre los ardientes carbones.—No lo entiendo —dijo el espectro de Marley.—Es una forma de magia negra —expliqué—. Consiste en tirar una imagen de cera al fuego recitando previamente los conjuros adecuados.—Me resulta difícil creer que una joven bonita y aparentemente virtuosa se dedique a tan tenebrosas actividades.—Creo que la necesidad la ha empujado a ello.—¿Ah, sí? —El espectro de Marley parecía desconcertado—. Pero yo no tengo la culpa.—No. El culpable es su socio. Ella quiere casarse con Fred, cosa que conseguirá en su debido momento, haciéndolo muy feliz. Y supongo que, con el tiempo, también se alegrará de que su intento de brujería fracasara. Naturalmente, la culpa del fracaso no es suya, ni tampoco del brujo que, aparentemente, lo tomó a usted por Scrooge. Colijo que usted, a veces, respondía cuando lo llamaban Scrooge, como él, según está escrito, hacía igualmente: «A veces, la gente llamaba Scrooge a Scrooge, y otras veces lo llamaba Marley, pero él respondía en ambos casos, pues poco le importaba la diferencia.»El espectro de Marley asintió solemnemente con la cabeza, y sus mandíbulas, bajo la blanca venda, se encajaron.—Éramos como una sola persona con dos cuerpos. También era un truco para chasquear a los clientes. Si alguien a quien no deseaba ver me preguntaba por Mr. Marley, yo le respondía que había salido y me hacía pasar por Scrooge. Era una estratagema sumamente práctica.—Una estratagema que le costó a usted la vida.En aquel preciso instante, al espectro de Marley se le cortó la respiración y respingó, señalando algo con el dedo. Siguiendo su ademán, vi al propio Marley, en carne y hueso, un sólido mellizo de mi compañero, idéntico a él en todo, salvo por el vendaje de la cabeza. El hombre venía hacia nosotros. Su paso era inseguro, como si el hechizo comenzara a obrar efecto. Tropezó con un adoquín suelto del empedrado y, a través de mi cuerpo, cayó sobre el brasero, a cuya asa se agarró para recuperar el equilibrio. Fortuitamente, su vista cayó en los ardientes carbones. La efigie había comenzado a fundirse por la parte de la nuca, y ahora el rostro se extendía sobre las brasas como un mapa en relieve. Intenté ocultarle a Marley el espectáculo; pero naturalmente, él vio a través de mi cuerpo. El pobre hombre lanzó un grito y se echó para atrás con la mano sobre el pecho. Retrocedió tres pasos y cayó.Los tres nos quedamos allí plantados, impotentes en nuestra incorporeidad, observando cómo se formaba un grupo en torno al caído. Luego abrieron paso para que se acercara un médico, tras lo cual el grupo volvió a cerrarse en torno a Marley. Momentos más tarde, seis fornidos hombres, como seis prematuros portadores del féretro, se llevaron al agonizante calle abajo, hacia su domicilio. Aunque los peatones no estaban seguros de si aquél era Mr. Scrooge o Mr. Marley, todos sabían que era uno de aquellos dos caballeros, y que su casa estaba sobre las bodegas y oficinas del viejo edificio situado en un patio próximo a Lime Street.Volvieron a sonar las campanas de la torre de St. Andrew. Debían de ser las seis, me dije. La gran campana tañó una vez y luego se produjo un opresivo silencio. Esperé a que siguiera sonando; pero no lo hizo. En torno a mí, todo era oscuridad y silencio, y me encontraba a solas. ¿Dónde estaba? ¿En las oscuras habitaciones de Scrooge, sobre las bodegas y la oficina, vacía por las fiestas? Él no podía encontrarse más solo que yo. Me retrepé, porque, estuviera donde estuviera, estaba sentado, y deseé con todas mis fuerzas tener compañía, ansié escuchar el ominoso arrastrar de cadenas, ver alguna luminosidad de ultratumba que disipase la terrible oscuridad. Entonces comprendí cuál era la maldición de Scrooge y de Marley: estar solos y sin afecto en Navidad.En la distancia escuché voces, tenues al principio, pero que iban acercándose. Se trataba indudablemente de un coro de ángeles enviado para redimir mi endurecida alma. Según se aproximaban, mi alivio aumentaba más y más.Campana sobre campana,
y sobre campana, una.
Asómate a la ventana,
verás a un niño en la cuna.
Sintiendo una oleada de alivio y alegría, comprendí que estaba en mi sillón reclinable del estudio, y que el coro angelical lo formaban Joyce y los chicos, que regresaban de la misa del gallo, esparciendo oropel vocal a su paso.Me puse trabajosamente en pie, y busqué a tientas un interruptor. Debía encender las luces navideñas antes de que ellos volvieran. De pronto, había perdido todo deseo de emular a Scrooge. Tanteé la pared, tocando lomos de libros y haciendo caer algún bibelot. Los cantos se aproximaban.Belén,
campanas de Belén,
que los ángeles tocan,
¿qué nuevas me traéis?
Mi mano estaba sobre el tirador, y abrí la puerta. Luz, brillante luz de Navidad, festiva, polícroma, refulgente, llenaba el salón y relucía en el porche. Las guirnaldas se habían encendido, ignoraba cómo ni por qué, pero le di las gracias al Fantasma de las Navidades del Presente, que debía de ser el responsable.La puerta principal se abrió, y allí estaban mi esposa e hijos, radiantes a la luz de las guirnaldas exteriores. Y yo me alegraba muchísimo de verlos.Mark se plantó como un joven orador en mitad del vestíbulo y, sacudiéndose la nieve, que cayó como fragmentos de oropel, exclamó:—¡Que Dios nos bendiga a todos!—Estoy totalmente de acuerdo —respondí. Después volví al estudio sólo para recoger y cerrar cuidadosamente el libro que yacía en el suelo, y que aún estaba abierto por la página en que aparecía el grabado del espectro de Marley. Luego me uní a la familia en torno al abigarrado árbol de Navidad del salón.—¿Enciendo las velas? —preguntó Joyce.—No —contesté—. No lo hagas. Ya hay suficiente luz.Y la besé rápidamente, bajo el muérdago.Fin