Publicado en
marzo 11, 2012

Habían dicho que la cachorrita era demasiado inquieta para triunfar. Pero un entrenador de agallas reconoció su casta de campeona.
Por Everett Skehan. Ilustración John Eggert"SAQUEN DE aquí a esta perra!", gritó la señora Fran D'Errico. "¡
Ya volvió a las andadas!" La cachorrita de raza setter seguía haciendo de las suyas, volcando cestos de basura, regando la ropa recién lavada, royendo los escalones del sótano.Roger, el esposo de Fran, también tenía problemas con la perra. Cada vez que la soltaba en el bosque que estaba cerca de su hogar, en Maine, el animal se alejaba demasiado y se perdía. Era una hermosa cachorrita, de pelaje plateado con manchas negras, cara blanca y coquetona, con una especie de antifaz de bandido y unos ojos pardos grandes y traviesos. Con todo, concluyó Roger, era demasiado inquieta para vivir en una zona residencial. Así que le telefoneó a su compañero de cacería de perdices, Frank Gilley, y le ofreció en venta la perra."Necesito ver su pedigrí", repuso Gilley a D'Errico. "Y quiero verla correr".A las dos semanas, Gilley fue a mostrarle la perra al entrenador Pat LaBree. "Tiene un estupendo pedigrí", convino Gilley. Y añadió: "Le pondré Tip Top Mollie".Detrás de sus perreras de Bradley, Maine, LaBree vio correr a la perra a campo traviesa, con la cabeza alta, de cara al viento y moviendo alegremente la cola. "¡Es una perrita sensacional!", exclamó. "Me quedo con ella, Frank".En ese momento, Mollie irrumpió en un escondrijo de codornices. Las aves volaron en todas direcciones, y Mollie las persiguió hacia el lejano horizonte.—Sí que le gustan las aves —comentó Pat—, pero no le importa mucho señalarlas.La mayoría de los setter tienen el hábito innato de detenerse cuando descubren un ave y mirar fijamente el lugar hasta que su amo llega con el arma lista. A esto se le llama "señalar".—Bueno, consérvala un tiempo y pruébala —sugirió Gilley—. Si tiene madera, ya veremos si la inscribimos en concursos de campo.VIVIR AL DIA
Aquella primera noche, Mollie aulló tanto, que los demás ejemplares de la perrera empezaron a ladrar. Cuando Pat salió a tranquilizarla, Mollie saltó y se abalanzó cariñosamente sobre él.
—¿Qué cree la perra que es esto? —le preguntó Pat a su padre, quien le ayudaba en aquel negocio incipiente—. Yo tengo una perrera; no una guardería para perros.—Le veo trazas de perra faldera —contestó su padre—. No le gusta el encerramiento de la perrera.—¿En dónde va a vivir, entonces? ¿En mi casa?Su padre sonrió malicioso:—Así parece, ¿verdad?Mollie se divirtió en grande aquel verano, persiguiendo codornices y perdices a través de campos y breñales, detrás de las perreras de Pat. Luego, una noche de agosto volvió a casa con la nariz llena de púas de puerco espín. Pat se pasó dos horas quitándole las espinas con unas pinzas. Cuando terminó, el animal estaba atontado y cubierto de sangre, y gemía débilmente. Aquella fue la primera noche que Pat metió a Mollie en la casa para que durmiera en el sofá.A la mañana siguiente encontró sus botas de caza mordisqueadas y llenas de agujeros. Mollie lo miró con expresión de inocencia, al tiempo que azotaba la alfombra con la cola. Pat se preguntó si no estaría desperdiciando el tiempo en una renegada. Pero había sido precisamente su vivacidad lo que le había atraído desde que la vio.Cuando combatió en Vietnam, Pat había sido también un renegado. Aunque le otorgaron la Medalla al Valor, detestaba obedecer órdenes, y siempre andaba en dificultades. Él y Mollie se entendían. Además, su perrera estaba a punto de quebrar, y necesitaba una campeona para hacerse de más clientes. Tal vez Mollie fuera su última carta.Pero, aparte de él, muy pocos tenían fe en la perra. Mientras limpiaba la perrera una noche, le preguntó a Pat su padre:—¿Es verdad lo que andan diciendo algunos entrenadores: que Mollie nunca va a ser campeona?Pat se enfureció:—¡No les hagas caso! Ya verás algún día. ¡Todos lo verán!AUSENTE SIN PERMISO
En los primeros tres años, Mollie estuvo muchas veces a punto de agotar la paciencia de Pat. "¡Caramba! ¡Ya no la soporto!", solía rezongar viendo a la perra correr por alguna colina lejana. Pero a la mañana siguiente volvía a darle órdenes y a reprenderla cuando desobedecía.
Una noche de verano, Pat se pasó un buen rato sentado, impaciente, en su camión, tratando de escuchar a través de la ventana abierta la campanilla de Mollie, que había vuelto a ausentarse.Recordó entonces aquella noche en que él y su amigo Happy volvieron a su base de Lao Cai, en Vietnam. Necesitaban descansar, pero se habían cancelado las licencias. Así pues, al amparo de las tinieblas, saltaron la barda y entraron subrepticiamente en la aldea.A la mañana siguiente, cuando Pat volvía en silencio a las barracas, un policía militar le gritó a sus espaldas: "Ya te vi, soldado. ¡Te van a arrestar!"—Ojalá te hayas divertido mucho —le dijo a Pat un sargento primero—; porque te va a sobrar tiempo para pensar en ello mientras limpias todas las letrinas.También yo le daré tiempo a Mollie para pensar en esto, se dijo Pat, airado. Pero después se preocupó al pensar que acaso la hubieran atropellado en la carretera.Saltó del camión y avanzó por los matorrales. Ahí, a unos cuantos cientos de metros, estaba Mollie, tiesa como una estatua, señalando una becada. Después de todo, no había dejado de cumplir con su deber.¡UNA URGENCIA!
Cuando unos vecinos se quejaron a la policía de los ladridos de los perros, las autoridades clausuraron temporalmente la perrera y Pat tuvo que trabajar en una panadería.
"He enviado todos los perros a casa, excepto a Mollie, porque va a tener cachorros", informó Pat a su padre.Poco después, Mollie dio a luz su camada: tres machos y tres hembras. Como buena madre, se pasaba el día limpiando y cuidando a su prole. Y con la maternidad pareció sentar cabeza.Pronto, su nueva madurez empezó a manifestarse en los campos. Era firme como una roca y elegante en sus movimientos, combinación que le hizo ganar varios concursos aquel otoño. Por la primavera, su fama iba cundiendo.El primer domingo de septiembre de 1984, Pat y Mollie iban a aspirar a su más importante premio en el Campeonato de la Becada del Nordeste, en Rhode Island. Mollie corrió por una cañada de espeso bosque y desapareció luego por un valle, al otro lado. Hacía apenas nueve minutos que se había iniciado el concurso y Mollie ya había desaparecido.Pat oyó el agudo chillido de un grajo. Estaba nervioso, atrapado por una creciente expectación. Se hallaban allí muchos de los mejores perros de la región, y todos sus entrenadores pugnaban por el mismo objetivo: el prestigio de ganar el campeonato. Para Pat, aquello significaba mucho más: la supervivencia. Las facturas sin pagar seguían apilándose, y carecía de dinero para pagarlas. Una campeona podría salvar a las Perreras Wilderland.Oyó entonces la campanilla de Mollie y la vio salir como un rayo a través de un estrecho claro entre hayas. La vereda, que seguía la orilla de un arroyo, formaba un recodo. Pat tenía que llamar la atención de Mollie, o la perra correría en la dirección errónea. iMollie!, gritó.Con las cuatro patas en el aire, Mollie se volvió.El momento no pudo ser peor: una raíz que, como una lanza, brotaba del tronco de un cedro derribado, se clavó en el cuerpo de la perrita. Mollie lanzó un agudo aullido. Pat vio cómo se sacudía Mollie cuando, con su propio impulso, salió disparada a unos 30 metros de allí. Luego se desplomó y empezó a retorcerse entre las hojas secas.Pat corrió colina arriba, abriéndose paso entre las ramas. Mollie tenía un gran agujero en el pecho y los ojos en blanco.Pat había visto esa misma mirada lejana en los ojos de los soldados caídos, mientras agonizaban. Nadie había logrado salvar a los soldados y Pat dudó de que alguien pudiese salvar a Mollie. El camino más próximo quedaba a tres kilómetros de allí, y un veterinario, probablemente mucho más lejos.Richie Frisella, uno de los jueces del concurso, llegó corriendo detrás de Pat. "¡Un caso de urgencia!", gritó ante su radio. "Tenemos aquí un perro gravemente herido. ¡Necesitamos auxilio, rápido!"La voz de otro hombre llegó, como un trueno, desde un kilómetro y medio de allí, y trasmitió la llamada al criador Bob Fleury, quien iba en su camioneta en un camino de grava, en el límite del alcance del radio. "Por poco no me encuentra", dijo Fleury. "Voy para allá". Pat tomó a Mollie en brazos. "Aguanta, muchacha", musitó. "Todo va a salir bien".Corrió hacia el camino en que Fleury aguardaba. "¡Suban!", gritó Fleury mientras los rescatistas trataban de llegar a la camioneta. Sabía que el único veterinario que abría su establecimiento los domingos cerraba al mediodía.Ya en la carretera, Fleury avanzó, a toda velocidad, rebasando cuanto vehículo podía. Cuando llegaron a la clínica veterinaria, vio al doctor Richard Zahora, en el momento en que se disponía a sacar su auto."Un segundo más, y me habría perdido en el tráfico", dijo Zahora, mientras recibía a Mollie de brazos de Pat. Ya en el interior, Zahora colocó a la perra en la mesa de operaciones y le hizo tragar un analgésico. Luego le administró oxígeno y la anestesió.Por unos cuantos centímetros, la raíz del árbol no llegó al corazón de Mollie. Pese a la profusa hemorragia, no había interesado ninguna arteria importante.—¿Cree que sobreviva? —preguntó Pat al concluir la operación.—No puedo garantizarle nada —repuso Zahora—, pero creo que todo resultó bien. Ahora, mucho dependerá de ella.HERIDAS DE GUERRA
Pat se fue a su motel, y empezó a pasearse por todo el cuarto. Intentó dormir, pero no pudo. Cerca de las 3 de la mañana, con el televisor encendido, ya sin imagen, empezó a adormecerse.
Soñó que iba en un helicóptero, ametralladora en mano. Se oían explosiones por doquier y, allá abajo, la jungla se iluminaba con el fuego enemigo. Balas y fragmentos de metralla penetraban en la nave."¡Cuidado!", gritó, y despertó súbitamente; el corazón le latía desbocado y le chorreaba sudor por la cara. Recordó la ocasión en que él y su amigo Happy habían rescatado a un soldado que gritaba de dolor. Inmovilizado su pelotón por el fuego enemigo, aquel soldado —un adolescente— se había echado a correr hacia los helicópteros de rescate y había pisado una mina. Mientras Pat y Happy lo arrastraban hacia el helicóptero, el muchacho se desmayó de dolor.Pat se preguntó qué habría sido de ese soldado. Se preguntó qué le pasaría a Mollie. Aun si salía con vida, acaso nunca recobrara su vitalidad. Nunca se recuperan del todo, pensó.Al día siguiente, Pat llegó temprano a la clínica. El doctor Zahora sonreía. "No me lo va a creer", dijo, y guió a Pat al área de la perrera. Ahí estaba Mollie, que empezó a mover efusivamente la cola en cuanto vio acercarse a Pat."Así son algunos animales", prosiguió Zahora. "Una herida como esta podría tener a un hombre en cama durante semanas. ¡Pero vaya voluntad de vivir que tiene!"EL COMPROMISO DE REGRESAR
Varias semanas después, viendo a Mollie tropezar y hundirse en la húmeda hojarasca, Pat pensó: Estoy cometiendo un error. Antes de llegar a la mitad del campo de entrenamiento la perra ya íba jadeando. Su ímpetu era más fuerte que sus patas.
—¿Qué harás con ella? —le preguntó un día su padre a Pat mientras este sacaba del campo a la exhausta Mollie.—¿Qué puedo hacer? —contestó, impaciente, Pat.Si un perro no era capaz de ganar en concursos, se convertía en una carga. Mollie tendría que demostrar su categoría, o ese sería el fin de su carrera.Aquel invierno fue inclemente, pero Pat no dejó de trabajar con Mollie, y esta fue cobrando vigor. Luego, un día, a principios de la primavera, la perra corrió con gran fuerza durante casi una hora. Aunque acabó muy cansada, en opinión de Pat Tip Top Mollie era ya la misma de antes.Catorce meses después del accidente, Mollie estuvo presente en la inauguración del Gran Campeonato Nacional de la Perdiz, en las montañas de Allegheny, en Pensilvania. Richie Frisella, el que había ayudado a salvarle la vida, era uno de los jueces del campeonato. "Es un milagro que viva, y más lo es que pueda correr", comentó Frisella.Pero Mollie no sólo estaba con vida mientras atravesaba el terreno difícil, recorriendo a toda carrera kilómetro tras kilómetro en busca de aves. Cuando faltaban menos de 60 segundos del tiempo reglamentario llegó a lo alto de una colina y se lanzó hacia abajo por unos pastizales pantanosos. Parecía exhausta. ¡Ya perdimos!, pensó Pat.De pronto, Mollie se detuvo junto a un bosquecillo y señaló. Pat avanzó, se colocó delante de ella, y una perdiz emprendió el vuelo con ruidoso aleteo. Así concluyó su maravillosa actuación.Esa temporada Mollie ganó en varias pruebas más, y a comienzos de septiembre de 1986 ella y Pat estaban preparados para el reto más difícil: el regreso al Campeonato de la Becada del Nordeste, en Rhode Island."No puedo creerlo", comentó Pat varias noches antes de empezar el campeonato. "Vamos a correr por el mismo rumbo en que Mollie se hirió".Pero desde el momento en que Pat le silbó, Mollie atacó la espesura, implacable. Los espectadores contuvieron el aliento mientras Mollie pasaba sin titubear sobre el tronco de cedro que la había herido.Media hora después, Mollie se detuvo a señalar. Se había metido en un bosquecillo de pinos y álamos, a unos 30 metros del sendero. Al acercarse Pat y el juez Danny Nein, una becada se elevó describiendo una espiral y planeó sobre las copas de los árboles. Luego remontaron el vuelo otras dos becadas levantando un remolino. Su ruidoso despegue hubiera espantado a muchos perros; pero Mollie se quedó inmóvil, como estatua de acero. Ningún entrenador habría esperado una mejor actuación.Eso opinaron también los jueces. Dos días después, Tip Top Mollie fue declarada campeona de la Becada del Nordeste. La pequeña setter había vuelto por sus fueros.EN EL CAMINO de regreso a Maine, Mollie se acurrucó en el regazo de Pat. El entrenador volvió a rememorar a aquel soldado adolescente que él y Happy habían rescatado. Pat tuvo la sensación de que también él había logrado sobrevivir.
Pocos días después, caminaba Pat hacia su camioneta, en compañía de su padre.—Estoy pensando en ampliar la perrera. Me gustaría añadirle 20 jaulas. Mollie ha atraído clientes.—¿Para el próximo otoño? —preguntó su padre—. Falta mucho para eso, ¿no, hijo?—Hay que planear con anticipación, ¿no lo crees?El anciano sonrió. Mollie estaba en actitud atenta, sentada en el asiento del conductor. Pat notó que se aprestaba a echar a correr.