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diciembre 25, 2011

Hacen falta jueces, y todos lo somos en parte. Pero cuando aceptamos lo que sucede, sin evaluarlo, la vida gana en intensidad y posibilidades. A veces conviene mantener apaciguado a ese crítico interior.
Por Francesc MirallesUna de las máximas más conocidas de la Biblia, No juzguéis y no seréis juzgados, alude a la incapacidad del ser humano de emitir juicios certeros sin poseer la mirada ecuánime de la divinidad. Porque solo quien ve el conjunto de la realidad está capacitado para entender y valorar los actos humanos. Las mismas Escrituras indican que quien tiene una viga en el ojo propio no debería juzgar la paja en el ojo ajeno.
Sin embargo, juzgar es una actitud inherente al ser humano. Cuando conocemos a alguien nuevo o presenciamos cualquier acontecimiento, inevitablemente emitimos un juicio de valor. Saber lo que pensamos sobre alguien o algo nos proporciona seguridad y nos permite guiar nuestras reacciones -el origen del término juzgar, en hebreo, significa justamente ”dirigir” o ”guiar” .Cuando calificamos a una persona de honesta o deshonesta, de valiosa o despreciable, en realidad estamos decidiendo la forma en la que nos relacionaremos con ella. Del mismo modo, cuando calificamos de peligrosa una determinada situación, nuestra actitud y reacciones quedan condicionadas por esa visión.Juzgar proporciona, por lo tanto, la sensación de pisar terreno firme. Pero al mismo tiempo nos aleja del mundo. Desde el momento en que etiquetamos la realidad dejamos de observar lo que sucede para fijarnos solo en la etiqueta.LA PESADILLA DE JOSEF K
El miedo a ser juzgado está profundamente enraizado en el ser humano. ¿Cuántas veces hemos soñado que nos juzgan por algo que no hemos cometido o por un suceso que ya habíamos olvidado?
En su novela El proceso, Franz Kafka describió de manera magistral esta pesadilla. El protagonista, Josef K, es detenido una mañana en su habitación sin que sus captores revelen cuál ha sido su falta; simplemente le comunican que está siendo juzgado, por lo que antes o después llegará la condena.A partir de aquí vive una rocambolesca aventura por impenetrables cancillerías y extraños tribunales en los que jamás se le explica de qué está acusado. En una de las escenas más memorables se refugia en una iglesia, donde le explica desesperado al sacerdote que es inocente. ”El problema es que así es como hablan los culpables” , responde el religioso.Todos lo hemos vivido alguna vez: tras estallar un conflicto con un compañero o con un familiar, el acontecimiento eclipsa las otras facetas de esa persona. El esposo que ha cometido un desliz es calificado de infiel incurable, y el contable atrapado con un error de cálculo es juzgado solo por esa operación desafortunada.JUZGAR LLEVA A PREJUZGAR
De algún modo, al trazar una línea de separación entre nosotros y el mundo, establecemos dónde está el campo de batalla. Nuestro juicio es una frontera que nos aleja de la realidad, porque no nos permite sumergirnos directamente en ella.
La meditación, entre muchas otras cosas, hace caer los filtros que enturbian la mirada del individuo sobre la vida. Partiendo de la base de que al mirar la realidad la teñimos de nosotros mismos, la finalidad ultima de la meditación es conseguir ver -y verse- sin que intervengan las opiniones ni los prejuicios.Porque otro de los grandes peligros de emitir juicios es que se llega a juzgar incluso antes de que las cosas hayan sucedido. El prejuicio es la falsa seguridad de que alguien va a actuar de cierta manera solo por su condición o procedencia.En nuestro mundo globalizado existen prejuicios sobre el país de origen de una persona, sobre la clase social, la religión o incluso su opción sexual. Tal como indica la etimología, el prejuicio nos sitúa en la antesala del juicio: emitimos la condena antes de conocer los hechos.TENSIÓN CON LOS VECINOS
Los prejuicios también actúan de filtro en las relaciones con las personas cercanas a nosotros. El miedo a que alguien o algo nos hiera puede acabar precipitando los acontecimientos -en psicología se habla de la profecía que se autocumple-, como ilustra la ya famosa historia del martillo de Paul Watzlavvick.
Un hombre quiere colgar un cuadro pero se da cuenta de que le falta el martillo. Piensa en pedírselo al vecino, pero en la escalera empieza a hacerse cabalas sobre si accederá o no. Recuerda que le ha mirado de forma extraña en el ascensor y llega a la conclusión de que le tiene manía y de que, a diferencia de él, jamás le prestará el martillo. En la cumbre de todas estas elucubraciones, cuando el vecino finalmente abre la puerta respondiendo a la llamada, el primero le grita: ”Quédese con su martillo, zopenco!”Esta pequeña fábula muestra qué ocurre cuando desplazamos el centro de gravedad de los hechos y personas a las opiniones y prejuicios que tenemos sobre ellas. Alguien que piensa como el hombre del martillo difícilmente podrá vivir con los demás de manera espontánea, porque sus expectativas sobre las cosas se erigen como muros que no le permiten mirar más allá de sus límites mentales.Jiddu Krishnamurti decía: Mientras haya mediador no habrá mediación, lo cual viene a significar que asumir la posición de observador nos impide observar el mundo de manera fértil. Como las partículas que, en los experimentos de mecánica cuántica, modifican su comportamiento al ser observadas, también el juicio acaba afectando a lo juzgado.LA ILUMINACIÓN COTIDIANA
Por esa misma razón, cuando dejamos de juzgar, experimentamos una gran libertad: de repente el mundo ya no se reduce a la idea o expectativas que tenemos de él.
En nuestras contiendas diarias, frases como ¿Por qué lo has hecho? o ¡Nunca me lo habría esperado de ti! encierran una dolorosa carga de reproche y descalificación. Al igual que el juez que mira al acusado desde las alturas de la ley, esta actitud hace que nos sintamos moralmente superiores, ya que quien juzga se siente implícitamente libre de lo juzgado.Cuando renunciamos a juzgar y condenar, en cambio, las paredes que limitaban nuestra comprensión del mundo se derrumban para dejar paso a la aceptación. Al no discriminar entre ”bueno” y ”malo” nos abrimos al potencial que encierra cada persona y cada momento, aceptando los distintos platos que la vida va poniendo en nuestra mesa.Es la agradable sensación que experimenta el meditador cuando, para su alivio, se libera de las amarras mentales. Cuando dejamos de juzgar en el tren, en una cola, en el trabajo, en el hospital, de repente nos invade un amor incondicional hacia la humanidad y la vida. Descubrimos que no estamos separados del mundo, sino que todos remamos en el mismo mar azotado por las turbulencias en busca de la felicidad.Al comprender que, en esencia, el otro tiene las mismas necesidades que nosotros -de amor, seguridad, reconocimiento- desaparece, la diferencia entre ”jefes” e ”inferiores” y nos unimos a un magma común en el que cada ser humano puede manifestar todo su potencial.¿QUÉ SE ESCONDE TRAS EL HÁBITO DE JUZGAR?
En una sociedad tan intelectualizada como la nuestra es difícil vivir al margen de los juicios. Desde pequeños en la escuela ya nos están valorando y calificando. La pregunta seria: ¿que nos lleva a juzgar de forma enfermiza?
Cada juicio nos ofrece la falsa tranquilidad de que hemos cerrado una puerta, confiere la sensación de que estamos protegidos y en posesión de la verdad. No obstante, si somos capaces de identificar los detonantes del acto de juzgar lograremos disolver esa frontera entre nosotros y el mundo:Inseguridad. Cuando tememos no estar a la altura de las circunstancias, un juicio rápido nos sirve de muleta. Cimentar lo que opinamos sobre algo o alguien nos libera del esfuerzo que supone comprender lo que es diferente a nosotros.Complejo de inferioridad. Así como muchas personas acomplejadas compensan su baja autoestima con una conducción agresiva, detrás de muchos juicios de conductas ajenas hay el miedo a juzgarse a uno mismo, porque inconscientemente la persona se siente en desventaja.Furia contenida. El poso de amargura que deja haber sido tratado injustamente, sobre todo en la infancia, hace que reproduzcamos las mismas actitudes que nos hicieron sufrir. Así, una persona que ha tenido un padre excesivamente autoritario se desquita erigiéndose, en la edad adulta, en juez sobre el mundo.Miopía emocional. La costumbre de mirarse el ombligo puede derivar en una incapacidad para entender lo que sucede alrededor. Cuando las personas que nos rodean se convierten en un mundo extraño y amenazador, el juicio se convierte en una barrera protectora.Rigidez. Los individuos que juzgan por sistema suelen tener dificultades para adaptarse a los cambios. Desde el inmovilismo que promueve actuar como juez, antes prefieren alfombrar el mundo entero que calzarse unos mocasines.MÁS ALLÁ DE LAS DIFICULTADES
El Apocalipsis presenta una imagen dantesca del Juicio Final, aunque este relato también se puede interpretar en clave simbólica. ¿Qué sucede con el final del juicio? ¿Qué nuevo mundo se abre ante nosotros cuando ya no queda nada que juzgar?
Un dicho popular reza Si quieres ser feliz como dices, no analices y, ciertamente, la libertad que nos procura abandonar la toga de juez hace que merezca la pena renunciar a esta actitud limitadora.Al dejar de juzgar nos sentimos reintegrados al mundo, al que ya no le exigimos que sea perfecto. Eso no significa que ignoremos los problemas o que idealicemos la realidad, sino que somos conscientes de las dificultades que nos rodean, pero no nos sentimos confinados por ellas.Libres de la necesidad de etiquetar y censurar, solo entonces seremos capaces de confiar en la potencialidad de cada individuo y de la familia humana.
EL LADO POSITIVO DE LA BALANZA
En su decálogo dirigido a los jóvenes escritores, a la hora de hacer descripciones -por ejemplo, de una habitación- Ernest Hemingway remarcaba la importancia de hablar sobre lo que hay en vez de lo que no hay. Aplicado a los juicios, un primer paso para deshabituarse del mal hábito de criticar y censurar es prestar atención solo a los aspectos positivos de ios demás. En lugar de ver los defectos de las personas que nos rodean, podemos resaltar aquello que si hacen bien e incluso comunicárselo para reforzar este tipo de actitudes. Si positivamos nuestra percepción del mundo, llegará el momento en el que ni siquiera necesitaremos juzgar positivamente, ya que estaremos en paz con los demás y con nosotros mismos.
5 VÍAS PARA NO JUZGAR
Liberarse de etiquetar a los demás permite mirar la realidad sin filtros y brinda una mayor compenetración con el mundo.
Cultiva la empatia. El antídoto más efectivo contra el hábito de juzgar es ponerse en el lugar del otro. Cuando abandonamos nuestro pedestal y miramos el mundo desde una situación que no es la nuestra accedemos a una comprensión profunda y espontánea de la vida.Limpia tu mirada de prejuicios. Antes de opinar sobre cualquier cuestión, visualiza la lente con la que miras el mundo. Examina si contiene impurezas -prejuicios- que enturbian tu visión. Trata de contemplar lo que sucede sin que intervenga el intelecto.Escucha activamente. Los que juzgan por sistema no suelen escuchar a su interlocutor, ya que antes de que este haya terminado ya están analizando, diseccionando, buscando los puntos débiles en el discurso y formándose una opinión. Al prestar atención absoluta a lo que nos están diciendo, desaparece la urgencia de juzgar.Relativiza los contratiempos. Cuando el mundo parece ponerse en contra nuestra nos sentimos tentados a criticar y censurar. Sin embargo, en lugar de dejarse arrastrar por esta actitud que no aporta soluciones, conviene aceptar que cada día tiene su signo. Para ganar tranquilidad puede ser útil decirse: ”Esto también pasará".Separa el hecho de la persona. Si alguien se comporta de manera contraria a nuestros intereses, nos sentimos tentados a etiquetarle de manera negativa. Un primer paso para no juzgar es valorar solo el acto en si, sin caer en calificativos morales. Antes de condenar a una persona, es preferible dialogar con ella para conocer los motivos que la han llevado a actuar así.LIBROS RECOMENDADOS
CONCIENCIA SIN FRONTERASKen Wilber. Ed. KairósEL ARTE DE AMARGARSE LA VIDAPaul Watzlawick. Ed HerderEL PROCESOFranz Kafka. Ed AlianzaFuente:
CUERPO MENTE - ESPAÑA - OCTUBRE 2008