CREMACION A ORILLAS DEL BAGMATI
Publicado en
noviembre 14, 2010
Después de llevar en andas el cadáver cobijado con tela de tul, lo depositan sobre la pira y enseguida lo empiezan a adornar con polvo de azafrán y pétalos de caléndulas.Una marcha fúnebre que de fúnebre nada tiene.
Por Iván VallejoTreinta días después de haber dejado Kathmandú, me hallo nuevamente en medio del bullicio de los mercaderes y de los múltiples rituales que por igual, budistas e hinduistas, celebran en cualquier sitio de las callecitas de Thamel.
Ahora me encuentro en paz conmigo mismo, sin apuros y sin presiones, disfrutando a plenitud de este momento, a lo cual Buda quizás me diría que estoy a un paso del Nirvana definitivo; y no es para menos, pues junto con Julio, mi compañero de aventuras, venimos de escalar una de las montañas más hermosas del Himalaya: el Ama Dablam (6.856 m.)Ahora, con casi diez libras menos de peso y con la piel reseca y tostada por el sol de la alta montaña, estamos entregados completamente al placer de los sentidos (a lo cual Buda me llamaría la atención): comer bien, beber abundantemente, disfrutar de la ducha, etc.Julio duerme como un bebé, en justa recompensa por las largas jornadas que vivimos en el Ama Dablam; y yo, madrugador como siempre, me dedico a la tarea de sacar apuntes y recomendaciones del libro que Rodrigo Villacís me obsequiara un día antes del viaje.Entusiasmado en el capítulo de la creatividad, me llega de pronto a través del ventanal los inconfundibles tonos de las tablas y los tambores nepalés, acompasados por los coros de una suerte de cántico festivo.De un brinco estoy en la ventana y miro lo que en principio creo es una procesión; después, al mirar la mortaja que es llevada en vilo por una docena de mujeres y varones nepalés, me percato de que se trata de un traslado; ellas van ataviadas con sus mejores saris, y ellos en cambio trajeados de punto en blanco con pantalón tubo y topi (bonete) a la cabeza.En un santiamén cubro mis paños menores y mis relucientes costillas y tomo la Nikon en mis manos para unirme a la marcha fúnebre, que de fúnebre nada tiene.
A orillas del Bagmati, cuyas aguas son afluentes del sagrado Ganges, se localizan las plataformas de cremación y el templo en honor a Pashupatí, el "señor de las bestias".De los tres dioses principales del hinduismo: Brahma (Creación), Vishnú (Conservación) y Shiva (Destrucción), este último es el más venerado en el Nepal; y no es que el pueblo nepalí tenga una especial tendencia a la destrucción ni mucho menos, sino que según su credo, el hombre debe respetar el hecho de que todas las cosas llegan un día al final, y que desde ese fin, surgirá otra vez un nuevo principio.
Hacia el dios Shiva acuden todos los hinduistas, en la bonanza y en la desventura, en la vida y en la muerte; y ahora, este devoto feligrés (que ha juzgar por los honores y la corte que le acompaña, supongo que se tratará de alguien de la más alta jerarquía de Kathmandú), va rumbo a las orillas del Bagmati, donde su cuerpo será bendecido y luego cremado al pie del templo de Pashupatinath.Entre los diversos aspectos que se presenta Shiva, lo hace como Bahirav, el cruel; Mahadera, el gran dios, o Pashupatí, el señor de las bestias.Como todo dios hinduista, Shiva tiene su consorte: Párvati, y su vehículo propio: el toro (como símbolo de fecundidad), viajando siempre junto a su hijo Ganesh, el dios con cabeza de elefante, el más amable y más imponente del valle de Kathmandú.Pashupatinath, uno de los centros de culto a Shiva más importantes para los hinduistas, se encuentra adornado en su parte más destacada por un gran templo dorado del cual emergen tres enormes tejados con estilo de pagoda.Al pie del templo y prácticamente lamidas por las aguas del Bagmati se localizan las plataformas de cremación (ghats); y del otro lado, en la orilla occidental, después de un inmenso graderío se halla una larga hilera de dharmasalas: los recintos para descanso de peregrinos y viajeros.Mortaja y acompañantes han llegado hasta la entrada del templo, las tablas ya no retumban y los tambores han hecho mutis, mientras tanto pacientemente y con extrema atención la pira ha quedado lista: los troncos de madera apilados los unos sobre los otros y entre cada lecho, una buena dote de paja de arroz que fungirá de combustible en el proceso de cremación.Cuatro hinduistas después de llevar en andas el envoltorio del cadáver cobijado con tela de tul, lo depositan sobre la pira y enseguida lo empiezan a adornar con polvo de azafrán y pétalos de caléndulas que son arrojados calmadamente encima de la mortaja.Luego, su séquito de honor entona el canto de la parcial despedida, a un ritmo y tonos tan movidos que espeluznan a mi particular concepto occidental de la muerte.La fogata se enciende y el leve fuego inicial se agiganta hasta volverse una inmensa llamarada, que avivada por el viento trae hasta mi sitio un especial olor de azafrán y carne quemada.Inmutable ante el hecho de la piel que se tuesta y los huesos que se esfuman, el asistente de cremación dedicadamente va acomodando durante horas, los brazos, el tronco y las extremidades del que en vida fue, para que el calor de la braza complete por fin esta forma terrenal, que por esta ocasión le ha tocado en suerte vivir al ahora difunto.
Al final de la tarde, en medio de las sonrisas y de los comentarios indiferentes de los nepalíes, las cenizas serán arrojadas al Bagmati, y este, después de un largo recorrido se encontrará con el sagrado Ganges.Sentado en el borde del puente, a un costado de las dharmasalas, miro por horas, entre alucinado y extasiado el devenir de la vida en un montón de cenizas.
Al final de la tarde, en medio de las sonrisas y de los comentarios indiferentes de los nepalíes, las cenizas son arrojadas al Bagmati; y este, después de un largo recorrido se encontrará al final con el sagrado Ganges y entonces el deseo se habrá cumplido.A su vez las aguas del gran río subirán hasta lo alto en forma de vapor y desde allí se precipitarán como agua copiosa que será parte nutriente de una nueva agua, de una nueva vida.La brisa del Bagmati al golpearme en el rostro me saca del desvanecimiento en el que he caído, tratando de entender que lo que escuché un día acerca de Lavoisier, en la clase de termodinámica, está lejos de ser un concepto puramente occidental: "...la materia ni se crea ni se destruye, solamente se transforma".He pasado casi dos días a orillas del Bagmati, confundido entre los cantos, las sonrisas de los feligreses, y el humo con especial olor a difunto.Cerca ya del anochecer, la última pira termina por ahogarse, quedando apenas un leve pabilo de tizones y cenizas.Me embarco en la bici que he alquilado en Thamel y al ritmo del pedal voy imaginando que Lavoisier, seguramente, algún día de otoño se mandó a cambiar para Kathmandú y se dio un paseo por las orillas del Bagmati.
Pashupatinath es uno de los templos más importantes para los hinduistas en donde veneran al dios Shiva en su forma de Pashupatí, el "señor de las bestias".